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De vuelta a casa

(Estampa ngobe)

Atravesando la puerta oriental del misionero campo de fútbol, el grupo familiar apareció ante mis ojos sorprendidos de postal indígena, uno detrás de otro, en un desorden armónico, encabezados por la mujer con su pollera color sangre: caminaba con el cuerpo algo echado hacia adelante para soportar mejor el peso y el volumen de una gran mochila encorreada sobre la frente; detrás seguía una muchachita no más que adolescente, cargando una niña o niño lechoncito dentro de un macuto a su espalda tierna y resignada; dos chiquillos de corta edad se movían a los lados, sin guardar el orden de la ronda doméstica, un poco a su aire infantil, juguetón y distraído, pero sin olvidarse de los propios acarreos; con su pequeña mochila al hombro, el padre observaba el grupo como buey suelto, su mayor preocupación era un ejemplar de puerco, pero en género femenino: se movía lento, constante, impasible, con su preñez abultada, sin importarle mucho la cuerda que lo amarraba al cuello y a las manos de su patrón; de todos los personajes en tránsito, el hombre fue el único que volvía su cabeza hacia este espectador detenido y asombrado ante semejante comitiva indígena camino de la montaña: con sus miradas insistentes parecía extrañarse de que mis ojos se extrañaran por una experiencia normal y rutinaria para él y casi cinematográfica para mí; un chucho realengo, flaco y tranquilote, cerraba el paso del grupo de viajeros: caminaba a su aire, sin compromiso alguno, el más feliz de todos para tener que aguantar una vida de perro; el conjunto de todos daba la impresión de un grupo familiar de vuelta a casa, pero con la casa a cuestas; sólo les faltaban las tablas y los palos de la vivienda: seguramente, ahora iban a su encuentro… Como a cámara fueron desplazándose a través de mis ojos, y alejarse los vi en dirección al potrero de los López sobre un terreno hecho de barro, agua estancada, raíces sueltas, hierba alta a los dos lados y mosquitos volando alrededor: imperturbables todos, el clan familiar siguió su ruta fijada, imagino en dirección a Odobate; pero ahí mismo, frente a sus pasos enlodados, les esperaba la empinada loma de Chacrate con sus senderos retorcidos y desordenados, rotos en muchos lugares por las torrenteras, impregnados de arcilla resbalosa y en tramos de escaleras gigantes, con un cierto parecido a la ruta del Calvario, cambiando únicamente el polvo por el barro y el sol por la lluvia… Bajo su mochila grande y pesada, lenta y sin palabras, pero ngobe al fin, la mujer podrá con ese gran obstáculo natural; de su lado, la muchachita, con su hermanito lechón a la espalda, también subirá la colina luego de varias caídas y resbalones: su progenitora le va marcando el espíritu de la tribu; los dos chicuelos, fuertes y ya acostumbrados en una edad tan menuda, con barro hasta las orejas superarán todos los obstáculos y algunos más, porque nacieron para ese oficio: caminar y caminar sin importar el camino; del hombre

nada digamos: mucha fuerza, pequeño transporte y ninguna vergüenza para subir esos peldaños a la medida del diablo y sus ángeles; el perro, fuerte, flaco y ligero, sin cuerda al cuello ni peso a sus espaldas, lo tiene muy fácil: subirá la cuesta-calvario como los salmones las pendientes de agua, a saltos, a brincos, a empujones; entre los miembros de ese doméstico batallón, el problema grande y complicado lo tiene la hermosa y preñada lechona: ¿cómo superar tantos y empinados obstáculos hasta llegar a la cima del Chacrate? Aunque lo logre (¡menudo milagro!), aún le queda un largo trayecto con subidas empinadas, descensos peligrosos, y más adelante, la tumultuosa corriente del río Siráin; luego más ascensos y descensos y quebradas y… ¡pobre cerda embarazada! ¿Alcanzará su objetivo? Estrecha cuestión para un difícil desenlace. Con unos prismáticos me hubiera gustado contemplar la turbulenta ascensión de esa ronda doméstica por la cuesta del Calvario misional, pero no ha podido ser. Me consuela un razonamiento evidente: si todos ellos, incluidos el can y la verraca, están ahora de vuelta a casa, no hace tanto llegaron hasta Kankintú por la misma espiral de caminos, sendas, ríos y quebradas. A su destino ¡seguro llegan sin más dificultades a las encontradas en su venida! Perdiéndose a lo lejos, de la mano de su preciada cerda, el hombre aún remira hacia atrás, inquieto todavía por la insistente contemplación de mis curiosos y asombrados ojos sobre esa caravana familiar con su casa a cuestas, pero de vuelta a casa, una vez finalizadas estas fiestas de Navidad y Año Nuevo.

11 – urtarrila – 2013 Kankintú Ostirala
Experiencia vivida durante mi paseo matinal: sólo faltó una cámara para captar esa estampa curiosa e irrepetible…
xabierpatxigoikoetxeavillanueva