Componentes Basicos de la Renovacion

Benigno Juanes S.J.

Imprimatur Nicolás de Js. López Rodríguez Arzobispo Metropolitano de Sto. Dgo. Primado de América Asesor Nacional de la Renovación Cristiana en el Espíritu Santo Sto. Dgo., Febrero de 1991 Nihil Obstat: Benito Blanco, S.J. Provincial Santo Domingo, Febrero de 1991

Portada: Diseño: Equipo de publicación Elaboración: Publicitaria Cumbre, S.A. Printed in Dominican Republic Impreso en Rep. Dom. Composición y diagramación: Editora Buho impresión: Editora Amigo del Hogar Calle Manuel María Valencia No. 4 Los Prados, Santo Domingo © Renovación Carismática Católica Reservados todos los derechos de impresión

El P. Benigno Juanes, S.J., es sacerdote perteneciente a la Compañía de Jesús. Ha ejercido su ministerio en Cuba, Venezuela y, sobre todo, en la República Dominicana. Durante diecisiete años se dedicó a la enseñanza y formación de los jesuitas jóvenes. Conoció la Renovación Carismática hace dieciséis años y en ella ha colaborado asiduamente. Es asesor arquidiocesano de la misma en Santo Domingo, República Dominicana. Trabajó en la Renovación a tiempo completo. Da frecuentemente Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, especialmente a miembros de la misma Renovación.

INDICE Presentación Prologo I ¿Qué es la Renovación Carismática? 1- Un punto de partid: Visión Básica 2- Enseñanza Básica 3- Característica distintiva y punto de insistencia fundamental 4- Metas 5- Elementos esenciales y medios opcionales 6- Método necesario o discernimiento de autenticidad II Elementos Característicos de la Renovación Cristiana en el Espíritu Santo 1- Observaciones previas 2- Elementos característicos de la Renovación Carismática A) Tres principios básicos B) La dinámica “interna” espiritual de los grupos de oración C) Lo fundamental III El Bautismo (o Efusión) en el Espíritu Santo 1- ¿Qué no es el Bautismo en el Espíritu Santo? 2- ¿Qué es el Bautismo (o efusión) en el Espíritu Santo 3- El Bautismo (o efusión) en el Espíritu Santo como Experiencia del Espíritu 4- El Bautismo en el Espíritu Santo como actuación de los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación 5- El Bautismo en el Espíritu Santo, experiencia de liberación 6- Exigencias del Bautismo o Efusión en el Espíritu Santo 7- Las múltiples efusiones del Espíritu Santo 8- La expresión “envío del Espíritu Santo” Efectos del Bautismo en el Espíritu Santo y Seguimiento 1- Efectos 2- Necesidad del seguimiento 3- Resumen y complemento Los carismas 1- Listas principales de carismas 2- Explicación 3- Consecuencias 4- Los carismas en el Vaticano II 5- ¿Por qué no se desarrollan más los carismas en los grupos de oración? 6- Hacia dónde deben conducir los carismas o frutos de los mismos 7- Tres peligros concretos: iluminismo, subjetivismo, apropiación Carismas más frecuentes en los grupos de oración 1- Carisma de “acogida” 2- Carisma del “canto y de la música” 3- Carisma de “ servicio” 4- Carismas de “enseñanza” y de exhortación 5- Carisma de “compasión” y de “misericordia” 6- Carisma de “ciencia” 7- Carisma de “palabra de conocimiento” 8- Carisma de “palabra de sabiduría” 9- Carisma de “orar en lenguas” 10-Carisma de “interpretación” 11-Carisma de “canto en lenguas” 12-Carisma de “fe carismática” 13-Carisma de “curaciones” 14-Carisma de “milagros” 15-Carisma de “profecía” El grupo de oración a la luz de las primitivas comunidades cristianas 1- Lo que no es un círculo de oración 2- Lo que no es solamente el grupo de oración 3- La fuente de inspiración de los grupos de oración en la Renovación Carismática 4- El amor cristiano

IV

V

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5- Bases bíblicas de los grupos de oración 6- La oración compartida VIII ¿Por qué y para qué se reúnen los grupos de oración? 1- La formulación teológica 2- ¿Por qué se reúnen para orar y para qué? 3- Tres tiempos en la reunión de oración a) Tiempo de disponerse b) Tiempo de presencia c) Tiempo de acogida y ejercicio de carismas El “Ser Intimo” de los grupos de oración 1- Observaciones previas 2- Principios básicos de los grupos de oración a) La promesa de Jesucristo b) La experiencia intensa de la presencia de Jesús c) La persuasión íntima de que El cumple sus promesas d) Oración dada y recibida como tal por el Espíritu e) Ninguno es una “isla” f) Definición Líneas de Fuerza de los grupos de oración 1- La presencia de Jesús resucitado por su Espíritu 2- La apertura al Espíritu 3- La oración de alabanza 4- La comunión fraternal de los participantes 5- La Palabra de Dios 6- Comunidad Misionera Objetivos concretos de los grupos de oración 12345XII Orar Escuchar Crecer en el amor a Dios y al prójimo La necesidad de nuestra cooperación Itinerario de conversión, de crecimiento, de compromiso

IX

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Obstáculos a la eficacia de la acción del Señor en el grupo de oración 1- Obstáculos provenientes de causas físicas o biológicas a) La falta de puntualidad b) La sordera c) La debilidad de la voz o el hábito de hablar para sí 2- Obstáculos provenientes de causas psicológicas a) La angustia b) La sobrevaloración de elementos no fundamentales 3- Obstáculos provenientes de causas espirituales a) Los prejuicios b) La racionalización c) La obsesión de los carismas d) Constituirse en un dirigente “humano” e) La falta de preparación debida para asistir al grupo f) El individualismo

XIII

Dificultades y problemas de la vida de los grupos de oración: la actuación del servidor 123456Consideraciones generales Los problemas que los dirigentes tienen que enfrentar ordinariamente ¿Qué deben hacer los servidores si juzgan que las reuniones de oración no marchan bien Prevenir y evitar dificultades y problemas en lo posible Las dificultades que pueden crear los recién llegados al grupo de oración y la actuación del servidor La tentación de “abandono”

XIV

Preparación para los Grupos de Oración 1- Preparación a) Remota b) Próxima 2- Amplificando la preparación a) Recordando lo que el grupo de oración debe ser b) Cuatro requisitos o actitudes básicas para adorar y alabar a Dios en los grupos de oración c) Hablando desde la experiencia

XV

Frutos de los Grupos de Oración 1- A la luz del Documento de los Obispos reunidos en La Ceja 2- Otros frutos preciosos

XVI

La Evangelización como fruto de los Grupos de Oración 12345La evangelización, misión esencial de la Iglesia y su urgencia hoy. La evangelización, tarea de todo miembro de la Iglesia El aliento evangelizador en la Renovación Carismática actual La evangelización como fruto espiritual de los grupos de oración A modo de resumen

XVII El compromiso social como fruto de los grupos de oración 1- La raíz del compromiso social en el cristianismo a) Compromiso con una persona: Cristo b) “Dios nos amó primero” c) El compromiso social en el Vaticano II y en Puebla d) La aportación de la Renovación Carismática e) La oración auténtica conduce al compromiso social f) La experiencia vivida g) Una conclusión XVIII El Amor y la opción preferencial por los pobres como fruto de los Grupos de Oración 1- La doctrina 2- La aplicación a la Renovación Carismática Apéndice: Recomendaciones útiles para la oración en común en los Grupos de la Renovación Carismática

PRESENTACION Con gusto presentamos este segundo libro del P. Benigno Juanes, S.J. "Componentes básicos de la Renovación Carismática". Me une a él una antigua y cordial amistad. Hemos compartido hermosas horas de trabajo en el mismo campo pastoral. La lectura detenida de todo el original me ha dejado gratamente impresionado por la abundancia, el equilibrio y la practicidad que se manifiesta en toda la obra. No tenemos la menor duda que beneficiará mucho a los grupos de oración y a cuantos desean sinceramente conocer diversos aspectos de esta "corriente de gracia" (Card. Suenens), que el Espíritu Santo ha suscitado en Su Iglesia. Hay un tema que me es especialmente querido, tocado por el autor en la instrucción XVII, y que presenta como un fruto precioso, que debe darse en y a través de los grupos de oración: La "evangelización". Para mí sería un verdadero gozo presentar algunos textos admirables de la "Evangelii Nuntiandi" de su Santidad Pablo VI y de los obispos latinoamericanos en su Reunión de Puebla (1979). Me contento con remitir a los números que yo hubiera querido amplificar por la importancia que revisten: Evangelii Nuntiandi, 27, 29, 75; Puebla, 352, 356-361, 207. Tómese su tiempo, cuando pueda, léalos, reflexione sobre ellos en espíritu de oración y hallará motivaciones poderosas para ofrecerse a colaborar en el plan grandioso de salvación de Dios, la Evangelización, que forma la esencia más íntima e insustituible de la misión confiada a la Iglesia por el mismo Señor Jesucristo (Mateo 28, 19-20; Marcos 16, 15-20). Creemos que la Renovación Carismática tiene unos aportes propios y específicos que dar al clamor del Papa Juan Pablo II, lanzado como inspirada consigna: "una Nueva Evangelización" (Haití, 1983; Santo Domingo, 1984). Es un reto para todo cristiano esta "nueva evangelización", no nueva precisamente en su contenido, sino "nueva en sus métodos, en su ardor, en sus expresiones". Quizá, la Renovación Carismática estuvo en sus comienzos vuelta hacia sí, y no atendió suficientemente este campo, por necesidad de arraigarse y profundizar su relación personal y comunitaria con Cristo. Pero creemos que la acción del Espíritu Santo en ella, el interés de sus dirigentes en conocer y realizar las sugerencias, indicaciones y planes pastorales de los Pastores de la Iglesia, la va convirtiendo a esta primordial tarea. Podemos esperar a ilusionarnos con una aportación, ya en parte, realidad en no pocas regiones, que contribuya poderosamente a cristianizar nuestro mundo, tan angustiosamente necesitado de evangelización. Con esta palabra queremos significar no solamente el anuncio de la Buena Nueva de Jesucristo, el Kerigma, con la variedad de formas que caben ser usadas, sino también la "catequesis" progresiva que alimenta y educa la fe y otras mil tareas evangelizadoras más, incluidas la caridad social y la promoción integral del hombre: La Renovación Carismática, centrada en la acción poderosa del Espíritu Santo en la propia santificación, y en el impulso de su acción hacia afuera, hacia la edificación de la Iglesia en la caridad, por la fuerza de sus "carismas", goza de una oportunidad evangelizadora peculiar. Reconoce que el Señor se está valiendo de otros Movimientos de Iglesia para realizar su plan de evangelización. A todos ellos ha de amar la Renovación Carismática; y debe orar por ellos para que sean bendecidos copiosamente por el Señor. La Renovación no pretende ni puede hacerlo todo: pero situar toda su labor dentro de la tarea evangelizadora de la Iglesia es irrenunciable para ella. Ya el Papa Pablo VI en 1975 tocó este punto y lanzó la frase afortunada de: "Vistos los frutos que produce, cómo no decir que será una suerte para la Iglesia? Y si es así, cómo no poner todos los medios para que continúe siéndolo?". Juan Pablo II hace otra afirmación luminosa ante los líderes de la Renovación en Roma. "El vigor y la fecundidad de la Renovación atestiguan la poderosa presencia del Espíritu en la Iglesia". Quisiéramos hacer nuestras, igualmente, las palabras del actual Consejero personal del Papa acerca de la Renovación Carismática Mons. P.J. Cordes, pronunciadas en el Congreso de Notre Dame, 1985: "Sed verdaderamente lo que sois. Sed un movimiento de evangelización como individuos y como, comunidad. (. . .Ejerced una gran influencia con vuestras palabras, vuestros actos, vuestra manera de vivir". Una vez más nos alegramos del fruto que esperamos produzca esta nueva obra del querido P. Benigno Juanes, S.J. a quien doy gustosamente mi bendición episcopal. Que las oraciones de la Renovación Carismática, su distintivo específico, sigan acompañando mi quehacer de Pastor. Cuenta con ellas.

Monseñor Ramón De la Rosa y Carpio Obispo Auxiliar de Santo Domingo

PROLOGO Nos ha parecido oportuno reproducir el prólogo con que abríamos la publicación de una serie de tomos sobre la Renovación Carismática. Correspondía al tomo tercero y éste de ahora, al segundo. Nos agradaría que estuviera presente en los demás que esperamos seguir produciendo, con la ayuda de Dios. Sobre la Renovación Carismática o Renovación cristiana en el Espíritu Santo, se ha escrito, en sus veintidós años de existencia, una cantidad extraordinaria de artículos y de libros. Muchos de ellos son de gran valor y de fuerte actualidad. Este acontecimiento, obra del Espíritu, ha llamado la atención de muchos que han querido abordarlo desde ángulos, perspectivas e intenciones diversas. Desde luego, los que parecen predominar, por su calidad de valor, son los que han dimanado de la Iglesia a través de los Papas, Conferencias Episcopales, obispos y también de teólogos, escrituristas, pastoralistas, conocedores a fondo de la Renovación por su experiencia personal de la misma, por sus estudios e intercambios de opiniones, etc. Más de uno, no obstante esta riqueza, ha echado de menos una síntesis de cuanto concierne a la Renovación Carismática, que pudiera servir para enseñanza y formación, sobre todo de los líderes (entre nosotros llamados servidores), sin excluir a los que asisten a los grupos de oración y a cuantos quisieran enterarse, con cierta seguridad y amplitud de qué es la Renovación Carismática y de los diversos elementos que la conforman. Esto, precisamente, hemos intentado hacer en un trabajo que nos ha tomado quince años de estudio, de convivencia constante con la misma Renovación, con la lectura y reflexión sobre multitud de obras, con el trato de personas impuestas en la Renovación y un poco, también, con la experiencia de estos años de asesoramiento directo en ella. La obra, que esperamos poder completar con la ayuda de Dios, toca, prácticamente, todos los aspectos de la Renovación Carismática. Comenzamos por el tercero en el orden en que pensamos que podrían alinearse. La obra no pretende la originalidad, sino dar lo más fielmente que hemos podido, una enseñanza que está avalada por no pocas citas de prestigio, de autores, a nuestro juicio, solventes de sus afirmaciones. Si el reto para la Renovación, a juicio de la Conferencia Episcopal norteamericana, está en la formación de sus líderes, pensamos que este proyecto puede servir no poco a tan necesaria tarea. La presentamos, pues, con toda sencillez, sin pretensiones, pero con la esperanza puesta en el Señor de que la bendecirá copiosamente. La Renovación Carismática ha confirmado ser lo que ya Pablo VI previo.- "una suerte para la Iglesia". Afirmación que Juan Pablo II hizo suya en su discurso a los dirigentes de la Renovación, en su encuentro internacional, mayo, 1987. Con amor y fraternal sinceridad, dedicamos este libro y los restantes a todos los que participan en los grupos de oración, a los servidores de los mismos y a cuantos desean conocer esta "corriente de gracia" que el Espíritu Santo ha suscitado en nuestros tiempos en la Iglesia, para bien de la misma y del mundo. Damos sinceramente gracias, en primer lugar, a su Excelencia Mons. Nicolás de Jesús López Rodríguez, Arzobispo de Santo Domingo, Sede Metropolitana de América, que acogió y alentó esta obra; a mis Superiores de la Compañía de Jesús que dieron su visto bueno al proyecto. De modo particular quiero dar gracias a las personas que comprometieron sus oraciones y sacrificios para que el Señor la bendijera; al ingeniero Héctor Cuevas que ha sido el alma oculta siempre creativa y alentadora y a quien se debe en buena parte la realización; a la Srta. Digna Sánchez que ha corrido generosa y sacrificada- mente con las repetidas transcripciones de los originales en un trabajo constante y esmerado. A la señora Sara Peralta de Rathe, verdaderamente experta y cuidadosa en corregir los manuscritos, cuyo celo, dedicación y eficacia recomendamos a las bendiciones de Dios; al equipo de personas de la Renovación Carismática que ha tomado sobre sí la carga de correr con todos los muchos aspectos que implica la publicación de una obra: desde la primera copia hasta la distribución de la misma. Su trabajo representa un fino servicio lleno de abnegación y de amor. Agradecemos muy sinceramente, y Dios se lo recompensará con generosidad, las contribuciones anónimas de las personas que hacen posible que este libro tenga un costo módico, al alcance de la mayoría. Presentamos notas, relativamente abundantes, para quienes deseen utilizarlas; además de ofrecer una copiosa bibliografía, vienen a ser un complemento de lo expuesto en el cuerpo del libro. La variedad de estilo que a veces se encontrará: amplificaciones extensas e indicaciones esbozadas obedece a una pedagogía impuesta por el deseo de no hacer excesivamente voluminosa la obra y por responder a temas que los mismos beneficiarios pueden, con su estudio, ampliar personalmente. Añadimos solamente unas líneas: el volumen que ahora presentamos toca tres elementos básicos de la Renovación Carismática: El Bautismo (o Efusión) del Espíritu Santo; los Carismas, los Grupos de oración. Todos ellos deben ser bien conocidos por los servidores de los grupos y representan aspectos que han de tener muy presentes en su dirección. De aquí el título que nos ha parecido apto para sintetizar nuestro objetivo: "Orientaciones básicas para los grupos de oración". Precede un capítulo sobre el ser de la Renovación Carismática. Es fundamental conocer y dominar esta realidad que, muchas veces se presupone, pero que en la práctica dista no poco de ser verdad. Inclusive los mismos que dirigen grupos de oración, más aún los participantes, conocen la maravillosa realidad de la Renovación Carismática superficialmente. De ahí, en buena parte, que ésta no dé el fruto abundante que los Papas (Pablo VI, Juan Pablo II) creen firmemente que entra en el plan de Dios para la Iglesia y el mundo.

I ¿QUE ES LA RENOVACION CARISMATICA? Antes de abordar directamente el tema de los grupos de oración de la Renovación Carismática en sus líneas fundamentales, nos parece oportuno dar una síntesis de la Renovación Carismática. Pues ellos son un rico y valioso elemento de la misma. La Renovación Carismática es un acontecimiento religioso que ya no resulta fácil desconocer. Nacido en la Iglesia y para la Iglesia, ha tomado, en sólo 20 años, tales proporciones que viene a estar presente en el mundo entero. Pretender definirla, es, a la vez, fácil y difícil. Fácil, porque sus puntos fundamentales están muy definidos; no son nada complejos cuando se la ha comprendido en sus líneas esenciales. Difícil, porque su riqueza, como todo lo que se enraíza en el Evangelio, en la palabra divina, rebasa cuanto pueda caber en una definición, por más exacta que sea. Nuestra pretensión es muy modesta, pero quisiéramos que tocara lo medular de la Renovación Carismática. Nos limitaremos a señalar lo que, a la luz de los documentos de la Iglesia: alocuciones de los Papas Pablo VI y Juan Pablo II; declaraciones de no pocas conferencias episcopales que se han pronunciado sobre ella; juicios de hombres eminentes que han estudiado y vivido esta realidad, forma el ser más profundo de la Renovación Carismática. Habría que añadir otras muchas cosas, completarlas con definiciones complementarias, para llegar a intuir toda la riqueza y la fundada promesa, ya en parte realidad, que representa para la Iglesia. Creemos sinceramente que se impone una insistencia discreta sobre el ser íntimo de la Renovación Carismática. Los juicios de valor que a veces se emiten sobre ella, se basan en conocimientos imperfectos, marginales, de segunda mano y, muchas veces, no avalados por una experiencia prolongada de la misma desde dentro. En los puntos que tocamos nos hemos guiado, sobre todo, por el informe que le fue presentado al Papa Juan Pablo II por el Consejo Internacional de la Renovación Carismática en Roma, el año 1979. Cuanto digamos aquí sobre la Renovación se halla tratado ampliamente en el tomo primero: ¿Qué es y qué pretende la Renovación Carismática? 1—Un punto de partida: visión básica

a)

La visión básica no puede ser otra que la que el mismo Jesucristo tuvo al dar su vida para reconciliar al hombre con el Padre y al resucitar para nuestra justificación (Romanos 4,25). Es la visión de San Pablo en su carta a los Romanos 8,29. En ella se nos propone a Cristo como el modelo de nuestra vida, el ideal de todo bautizado, que ha sido regenerado por las aguas del Sacramento. El grandioso himno cristológico de Efesios 1,3-14, compendia, con vigor y claridad, el fin del Padre Celestial sobre cada hombre: andar en el amor de Dios, vivir en la santidad, en Cristo, su Hijo y a su imitación. Los textos que pudieran aducirse para iluminar y enraizar esta visión básica en la Revelación divina son abundantes. Se pudiera decir que, de algún modo, compendian y resumen toda la Historia de la salvación. Hacia ahí se orienta y en ella se realiza, se profundiza y se consuma. El mismo Cristo nos manifestó su propia visión básica sobre el hombre al proponernos con encarecimiento el programa de vida: "Así, pues, sed perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto" (Mateo 5,48). Lo que Jesús nos propone es, nada menos, que imitar a Dios; reproducir en nosotros, con el propio esfuerzo y, sobre todo, con la ayuda del Espíritu, la conducta de Dios. Somos creaturas e hijos de Dios, de cuya vida participamos. Nada tiene de extraño que Jesús se "aventure" a pedirnos que "reproduzcamos la manera de ser y de existir propia de Dios, su manera de pensar y sentir, sobre todo su amor divino. Uno podría espantarse ante estos pensamientos".1 Esta llamada a la perfección de Dios, como le es dado realizarla a una criatura, "solamente puede entenderse bien desde el punto de vista del amor, que es la manera de ser de Dios (. . .). Esta reivindicación sobrepasa todo lo que podríamos pensar o hacer. El mismo Dios tiene que suscitar en nosotros el estímulo que nos arrastre más lejos de lo que nosotros iríamos". 2

b)

c)

d)

De otra manera: Dios quiere un pueblo que sé le parezca. La visión de Dios es que los hombres se le asemejen. Esto quiere decir que el pueblo cristiano debe caracterizarse por el amor a Dios y al prójimo (Marcos 12,29-31); por la obediencia a sus mandatos; por realizar su palabra en la vida diaria; por comunicarse con Él en la oración, intimidad de comunicación divina; por irradiar en todo su ser la imagen de Dios; por comprometerse en el amor con los que lo necesitan. Es todo un bello y realísimo programa que se nos ofrece para realizarlo en nuestra existencia, fijos los ojos en aquel que es el consumador de toda santidad, Cristo Jesús (Hebreos 12,2). Esta visión básica es lo que está en el fondo del ser de la Renovación Carismática. Es una visión plenamente real porque se apoya en la visión misma de Dios sobre su pueblo, la que Cristo nos da en su doctrina y la que realiza fundamentalmente, con su pasión, resurrección e institución de los Sacramentos.3

e)

f)

Esta es la visión del Concilio Vaticano II que dejó plasmada, sobre todo en dos grandes Constituciones: Lumen Gentium y Gaudium et Spes. El capítulo V de la Lumen Gentium en su contenido: "Vocación universal a la santidad en la Iglesia" sintetiza admirablemente esta visión.

2. Enseñanza básica "La Renovación Carismática católica es profunda y esencialmente cristocéntrica: proclama a Jesús como Salvador y Señor.

a)

El anuncio de Jesús Salvador se opone a la influencia, sentida tan fuertemente en el mundo, y aun, a veces, dentro de la Iglesia, de un nuevo "pelagianismo". Es decir, la actuación, en la práctica, con la persuasión de que el hombre puede salvarse a sí mismo por medio de la ciencia, la técnica, los métodos psicológicos de au- torrealización. Nada de cuanto Dios ha creado le es ajeno a la Renovación Carismática teórica ni prácticamente. Pero reconoce que son creaturas de Dios para servicio del hombre y alabanza de la gloria del Padre.4 Nada, pues, debe ser usado al margen de Dios, como si El no existiera, ni tuviera que ver en la realización humana del hombre, ni le correspondiera recibir alabanza, agradecimiento, adoración de quienes son beneficiarios de los dones creados para ellos. Jesús, proclama la Renovación Carismática, es el Salvador. No hay otro fuera de El (Hechos 4,12). Todos los demás, son instrumentos de su salvación, de quien reciben la misión, el poder y la gracia de cooperar en su obra salvífica. "Mientras un cristiano no haya entregado personalmente su vida a Jesús y no haya experimentado efectivamente esa salvación y el poder real y la obra del Espíritu Santo en su vida, no puede decir que es plenamente cristiano". 5 La Renovación Carismática proclama a Jesús como Señor. En esta confesión y proclamación pretende oponerse a las filosofías modernas y a las políticas de "libertad" que predican un individualismo tan radical que niegan incluso el señorío personal de Dios en nuestras vidas. Ni se trata solamente de una confesión de fe en Jesús, el Señor. El señorío de Cristo, dado en plenitud por el Padre a partir de la Resurrección (Hechos 2,3i6), debe ser una realidad que abarque a todo individuo en la totalidad de su persona. No debe existir área alguna que no esté, de hecho, sometida a este señorío amoroso de Jesús. A Él le corresponde, por derecho propio, reinar en la familia, en la comunidad, en el mundo. Nada se debe sustraer a su dominio, a su reinado de paz, de amor, de mutuo entendimiento y servicio. El señorío de Jesús no niega la realidad, el valor y la relativa autonomía de las realidades humanas. Pero envolviéndolo todo, elevándolo, poniéndolo al servicio de los hombres y a la gloria de Dios, debe tener su puesto de privilegio el señorío de Jesús. La Renovación Carismática reconoce que el error fundamental y la desviación teórica y práctica en el reconocimiento del señorío de Jesús es la razón de fondo de una convivencia humana profunda y esencialmente viciada por toda clase de injusticias. "Como un movimiento dentro de la Iglesia, la Renovación Carismática tiene sus raíces en el testimonio de la tradición del Evangelio: Jesús es el Señor, por el poder del Espíritu Santo, para la gloria del Padre. La Renovación sigue en su intento de asimilar aquel testimonio evangélico.'6  El gran proyecto, pues, de la Renovación Carismática, contemplado desde esta perspectiva del señorío de Jesús, no puede ser más evangélico, entusiasman te y ambicioso, sin desconocer las grandes dificultades que habrá de superar: Un señorío de Jesús, un dominio de su persona, un sometimiento a sus leyes, una realización de su Evangelio en las vidas y en la sociedad que permitan al hombre ser lo que Dios desea para él en su plan amoroso de salvación del hombre total.  Esta confesión teórica y, sobre todo práctica de: 44Jesús es Señor y Salvador\ tiene hoy una importancia excepcional: la realidad de vivir en un mundo de espaldas a Dios es innegable, a causa, principalmente, del secularismo y del materialismo que destruyen los valores cristianos y convierten al hombre en esclavo de ídolos como el dinero, el sexo y el poder. De la secularización brota el "secularismo" que, con tanta fuerza, domina en muchos sectores y personas de la sociedad. Relega a Dios a un "ente" más, sin preocuparse de su existencia o inexistencia. Lo considera, en realidad, como un ser prácticamente muerto para la persona humana que puede construir y vivir su vida al margen totalmente de Él. Esencialmente, es la tentación y el pecado angélico y de nuestros orígenes: No hay por qué Dios se meta en mi vida; puedo y quiero construirla y vivirla por mí; El está bien en su cielo, nosotros ignoramos su existencia y su intervención en la vicia y en el mundo. Nada tan aterrador y destructivo como esta visión y realización práctica del "secularismo". Esto se agrava aún más por su posición ante las realidades sobrenaturales, especialmente ante la vida futura. Arranca del corazón del hombre toda esperanza y tiende, por su misma fuerza, a sumergirlo en una vivencia materialista en este mundo, eliminando despiadadamente toda visión del "más allá"; de la existencia de otra vida junto a Dios, sin mencionarla siquiera. Contra esta visión y actitud ante Dios y la vida futura, con cuanto implican, se levanta contestataria- mente la Renovación Carismática.7

b)

 Insistimos en el tema, por su importancia: La Renovación Carismática es también una fuerte oposición al "secularismo". Precisamente apareció cuando éste se hallaba en la cima de su reinado teórico-práctico y su expresión más extrema se encuentra en la literatura que predominó de 1960 a 1970: "La muerte de Dios". Esta confesión increíble y, sobre todo, el relegarlo al campo de lo "no preocupante", de lo que se puede y se debe prescindir en la vida para que el hombre la viva totalmente al margen de Dios, encontró, providencialmente, su fuerte oposición en la Renovación Carismática. Difícilmente se puede entender todo su profundo significado y su importantísima misión en la Iglesia, si no es teniendo en cuenta las circunstancias religiosas en que apareció en 1967. El hecho de que la Renovación Carismática sea una fuerte y decidida "contestación" al "secularismo" entonces —y ahora— reinantes, va implícita en la confesión de que Jesús es "Señor y Salvador". Pero es una "contestación", "atestación"; es decir, la Renovación Carismática pretende contestar la marginación práctica de Dios de la vida individual y social y la reducción de la existencia humana a esta vida terrena, arrancando del hombre toda esperanza del mas allá, de la vida futura, despojándolo de toda esperanza, al poner el énfasis en una actuación profundamente cristiana en la vida individual y social. Por eso, no es fácil entender ciertas actitudes de los miembros de la Renovación si no es a partir de esta contestación, aunque los mismos sujetos desconozcan las palabras bien sabidas a nivel teológico. Es, sencillamente, la obra del Espíritu que, al suscitar esta corriente de gracia actúa también y hace que se dé una confesión de fe, por la alabanza, el testimonio, la vida ferviente sacramental, la adhesión a la Palabra de Dios, el amor y el compromiso, en el Señor, con los demás, especialmente con los más necesitados, de diversas y múltiples maneras; como hace que se dé también la obediencia a quienes Dios ha puesto en la Iglesia para dirigirlos y discernir los caminos del Espíritu. La indiferencia y aun el rechazo con que muchas personas pasan junto a la Renovación Carismática

—aparte de los errores que sus miembros puedan cometer y de los que nadie está exento— se debe, en gran parte, a una profunda ignorancia de lo que es la Renovación Carismática en la Iglesia y de lo que en el plan de Dios, señalado aun por los Papas, está llamada a ser.8 c) Esta proclamación de Jesús como Señor, tiene, obviamente, dos aspectos complementarios: el aspecto de proclamar una realidad inscrita repetida y profundamente en las Escrituras. Viene a ser como el centro de la revelación, puesto que pertenece al hecho de Jesús resucitado, constituido por el Padre, Señor de todas las cosas (Hechos 2,36). Especificándolo brevemente, "Jesús es Señor" incluye una riqueza maravillosamente abundante que toca el ser más profundo de la Trinidad: Al afirmar Pablo en la carta a los Filipenses (2,9) lo que Dios concedió a Jesús, como premio a su obediencia y humillación muriendo en la cruz "por los pecadores", no Se refiere al nombre de Jesús. Habla de un "título" y, sobre todo, de una dignidad real (Efesios 1.21; Hebreos 1,4). Está pensando en el nombre de Señor (Cf. v. 11; Hechos 2,21.36). En el Antiguo Testamento pertenece y se da solamente a Dios. Es el nombre utilizado para expresar el nombre impronunciable de Dios mismo (Éxodo 3,15). De este modo, el Señorío de Dios se revela en Jesús y comienza a realizarse en la más extrema de sus humillaciones. Jesús es el Señor es un título, pero real: corresponde a quien es constituido rey del universo y bajo cuyos pies han sido puestas todas las cosas y ha llegado a ser la plenitud de toda la creación (Efesios 1,22). Jesús es Señor tiene el pleno sentido de que El llena todo el mundo, está presente en todo y todo lo está en El y todo cae bajo el influjo de su soberanía y amor de resucitado. Hay textos fundamentales que nos descorren un poco el velo de este gran misterio: del sentido y del indescriptible contenido del Señorío de Jesús: Colosenses 1,15-20; Hebreos 1,10; 2,8; 6,20. Pero este Señorío de Jesús, en su realidad concreta, está exigiendo que toda mi vida, la vida de todo hombre sea del Señor: es decir, el que domina, sustenta, llena y ha tomado posesión de mi ser personal. Yo dependo en mi vida y en todas sus áreas de Jesús, el Señor. Nada debe quedar fuera de su Señorío, aun las realidades aparentemente intrascendentes: los trabajos y luchas diarias, los quehaceres cotidianos, las vicisitudes de todos los días. . . El Señorío de Jesús sobre mi vida es una llamada apremiante a la conversión constante a Él y a la entrega a los demás; al esfuerzo, asistido por el poder del Espíritu Santo, a eliminar de mi vida el pecado; al deseo y realización de su voluntad sobre mí; a la entrega, por El y en El, al servicio de los demás. Jesús, el Señor, quiere no sólo reconciliarme con el Padre, sino también unificarme, integrarme en El y condecirme al Padre en su Espíritu. Es un ambicioso proyecto el que se ha trazado sobre mí, sobre cada persona y sobre toda la creación. Esto es lo que, insinuado y resumido, significa el Señorío concreto de Jesús. Hacia aquí tiende la Renovación Carismática y pretende realizarlo, en humildad, progresivamente, por la fuerza del Espíritu Santo. Sin él no es posible que Jesús sea verdaderamente el Señor de nuestras vidas. No aceptes que se diga que la Renovación es un "movimiento de oración". Es más bien una corriente de conversión. Se apoya con insistencia en la oración como lugar de acogida del Espíritu que hace nacer de nuevo (Juan 3,5) y cambia de arriba a abajo nuestras vidas para construir la Iglesia (cf. Relato del primer Pentecostés en Hechos 2). Hay una cierta astucia en la oración de la Renovación: astucia de tu Señor. Al principio no sabes a dónde te llevará aquella; pero todo está preparado para que te lleve más lejos de lo que pensabas. El descubrimiento de tu verdad —tu pecado está comprendido en ella- te impide que sigas dormitando en la mediocridad. La lectura de la Escritura te conduce a este radicalismo del Evangelio que todavía has tomado tan poco en serio. La alabanza libera en ti una confianza que te empuja hacia adelante. Después está el ejemplo de los hermanos: los que han dado un paso más decisivo que tú; aquellos que han aceptado su muerte con una gozosa renuncia; aquellos que se han visto arrancados de la droga, de la prostitu: ción, del arribismo; aquellos que se han sacudido de encima sus amarguras y su hastío de vivir. Ves la fuerza del Espíritu en acción en su Iglesia (y sabes perfectamente que El obra también fuera de la Renovación, razón de más para no resistirle). Hay una conversión de cada día; hay tiempos fuertes de conversión, que nuestra falta de fe vuelve cada vez más necesarios. Pues bien, en los grupos "carismáticos" se te ofrece uno de estos tiempos fuertes, un acontecimiento decisivo en tu existencia: es la "oración para la efusión del Espíritu (...) La oración de la 'Renovación' va muy unida a la efusión del Espíritu que ella prepara, rodea y conserva en sus efectos. La obra de regeneración alcanza en nuestro ser diferentes grados de profundidad y exige que se prosiga. La conversión cristiana da derecho, sobre todo, a nuevas conversiones, pues no hay santidad ya adquirida. Nunca dejarás de tener necesidad de la intercesión de los hermanos".9 3. Característica distintiva y punto de insistencia fundamental "Lo que distingue a la Renovación (carismática) de cualquier renovación o movimiento auténtico en la Iglesia es su interpretación de que el papel del Espíritu Santo en la Iglesia no ha cambiado desde los primeros siglos y que hoy podemos experimentar su efusión, su poder y sus dones de la misma manera que los primitivos cristianos** (Del Documento presentado al Papa Juan Pablo II por la Oficina Internacional de la Renovación Carismática en Roma, 1979. (El énfasis es nuestro). a) Lo singular, pues, de la Renovación Carismática es aceptar para todos los miembros de la Iglesia de hoy, esta efusión y experiencia del Espíritu con todo su poder y el don de sus carismas. En otras palabras, la gran aportación de la Renovación Carismática es el redescubrimiento de la Persona del Espíritu Santo, el énfasis que pone y la importancia que da a su acción en nosotros. Esta es la renovación de toda la persona, el cambio del corazón; el hombre que se entrega a la santificación propia, a vivir el Evangelio con todas sus consecuencias y la ayuda que presta a los demás; su trabajo en el Reino de Dios. Tiene la firme persuasión de que también hoy el Espíritu Santo puede transformar profundamente al hombre desde sus mismas raíces, desde su intimidad más profunda y equiparlo con sus dones y carismas para que, a semejanza de los apóstoles, sea su testigo ante todas las gentes (Hechos 1,8), evangelizándolas con poder.

b) "La Renovación Carismática conecta con algo que es fontal e imprescindible en la vida cristiana, es decir, con la actuación del Espíritu Santo en la Iglesia. Otros movimientos destacan aspectos fundamentales de la vida cristiana, pero no fontales, como puedan ser la vivencia del amor, de la comunidad, de determinados tipos de compromisos o aspectos catequéticos y catecumenales. "En la Renovación Carismática se intenta restituir al Espíritu Santo, a nivel de praxis, el protagonismo que tuvo en los primeros momentos de la Iglesia. Por el poder y la luz del Espíritu, los primeros cristianos descubrieron a Jesús resucitado como Señor y Salvador (. . .) No es posible a las fuerzas humanas amar de una manera permanente a los antipáticos y enemigos, dar una túnica cuando se tienen sólo dos, formar comunidad con desconocidos (. . .). Lo original en el cristianismo es poder hacer esto (...) Este poder sólo viene de la gracia del Espíritu Santo. De ahí que sea absolutamente necesario apelar a la gracia, acogerla como un don y hacer del Espíritu el protagonista de toda renovación y aun de los compromisos más arduos. Toda esta teología se trata de hacer vida en la Renovación Carismática".10,11 c) La acción del Espíritu Santo es "total". Queremos decir, que su obra tiende a asemejarnos a Cristo, hacia adentro, por la santificación y hacia afuera, por la efusión de su fuerza que nos permite realizar el trabajo apostólico, colaborar en su Reino más allá de nuestras fuerzas. Esta doble acción fue la obra característica del Espíritu en Pentecostés: santificarlos y equiparlos con sus carismas para que pudieran realizar la misión de evangelizar "con poder" (Hechos 1,5-8; 2,1 y siguientes).12 El redescubrimiento del poder del Espíritu Santo, significa también el redescubrimiento de sus carismas. La Renovación Carismática está consciente de que estos dones gratuitos de Dios no fueron privilegio de la Iglesia primitiva. Pertenecen a la vida normal de la misma. Todo su valor está en ser dados para la construcción de la Iglesia en la caridad (1 Corintios 12-14). No son un fin en sí, pero tienen una importancia fundamental en la edificación de la Iglesia con poder. Todos ellos, aun los que pudieran parecer más pequeños, deben ser apreciados como dones del Espíritu para contribuir poderosamente a la expansión y profundización del Reino de Cristo. Por eso, precisamente hoy, se hacen más necesarios en este mundo que niega el señorío de Jesús. Ellos, los carismas, lo manifiestan y contribuyen a testimoniar que Jesucristo está vivo y actuante por su Espíritu.13 d) El Vaticano II, en los numerosos textos en que hace referencia a ellos, expresa claramente su pensamiento. Ya no puede quedar duda alguna sobre este punto, si se aceptan estos textos en toda su claridad y exigencia. Léanse, sobre todo, el número 12 de la constitución dogmática sobre la Iglesia (.Lumen Gentium); el número 3, en su párrafo 3ro. del decreto sobre el apostolado de los laicos (Apostólicam actuositatem) y el número 9, párrafo 3 del documento conciliar Presbyterorum Ordinis. e) El hecho de que la Renovación Carismática dé un relieve tan marcado a la acción del Espíritu, no resta nada a la dimensión cristológica de la vida cristiana. Jesús es y será el centro de toda sana espiritualidad, dado por el padre (Romanos 8,29). La obra del Espíritu es, precisamente, llevarnos a Jesús, insertarnos en El, hacemos crecer en El y disponernos para trabajar, como El, en el Reino que el Padre le entregó como premio a su muerte. Creemos sinceramente que la Renovación Carismática, no obstante los errores que pueda cometer y que trata de evitar con humildad y obediencia a los Pastores de la Iglesia, armoniza equilibradamente los diversos aspectos fundamentales que constituyen una sana y segura espiritualidad cristiana. f) Si tratáramos de resumir cuanto hemos dicho en este apartado sobre la característica distintiva de la Renovación Carismática podríamos formularlo del modo siguiente: La Renovación Cristiana en el Espíritu Santo es el redescubrimiento experimental del poder del Espíritu Santo en cada uno y en la Iglesia, y la apertura a su acción para vivir el Evangelio en plenitud (hasta sus últimas consecuencias), para evangelizar con poder, para ser testigos de Cristo resucitado y renovar todas las formas de presencia y de servicio de Cristo en la Iglesia y en el mundo. Parece una empresa idealista y hasta vanidosa. Ciertamente lo es cuando se cuenta con las propias fuerzas. Pero no es éste el caso de la Renovación Carismática auténtica. Precisamente, la importancia que le da a la obra del Espíritu indica que esta empresa es suya especialmente y que al hombre le toca colaborar con quien es el protagonista y actor principal, el Espíritu Santo.14 La Renovación Carismática nacida en la Iglesia y para la Iglesia es muy consciente de que cuanto haga y emprenda ha de ser bajo la autoridad y obediencia de aquellos a quienes el Señor ha constituido sucesores de los apóstoles y guías de su Iglesia. Nos llena de gozo poder citar el párrafo con que termina el documento sobre la Renovación Carismática de los Obispos norteamericanos, pues es una confirmación de lo que acabamos de decir: "Queremos que todos los de la Renovación Carismática sepan que nosotros hacemos nuestro el parecer de Yves Congar: 'La Renovación Carismática es una gracia para la Iglesia'. Sepan, pues, los miembros de la Renovación Carismática, que gozan del apoyo de los Obispos de los Estados Unidos y que los animamos en sus esfuerzos para renovar la vida de la Iglesia".15 Esta afirmación del episcopado norteamericano, la repiten en formulaciones diversas otros episcopados; y, sobre todo, la voz de los supremos pastores de la Iglesia: Pablo VI en su célebre discurso a los líderes de la Renovación Carismática en 1975 y Juan Pablo II que, en diversas ocasiones, ha hecho suyo el sentir de su predecesor 1sobre la Renovación Carismática.

4. Metas Por más que ya estén indicadas de un modo general, nos parece oportuno especificarlas brevemente: a) La Renovación Carismática, como “corriente desgracia" no tiene un fin específico determinado y fijo, sino que es eso: la irrupción de la fuerza del Espíritu en los individuos y en toda la Iglesia, para renovarlos desde lo más íntimo, con todas sus

consecuencias, de modo que puedan realizar en sí y en otros la auténtica vida cristiana, según el modelo dado por el Padre: Cristo Jesús (Romanos 8,29).16 b) Como ''movimiento", es decir, en cuanto consta de una estructura cuya finalidad es encauzar, fomentar la corriente de gracia del Espíritu, tiene un fin pluriforme; resumiéndolo, cabe enunciarlo diciendo que trata de penetrar, con la mentalidad descrita, toda persona, todo entrenamiento, apostólico, sacerdotal, laical. c) Especificándolo brevemente lo sintetizamos, sin agotarlo, de la manera siguiente:  Llevar a los individuos a una conversión profunda personal, que se haga cada vez más consciente e intensa, a Cristo Jesús como Salvador y Señor.  Prepararlos a recibir la efusión del Espíritu Santo en un itinerario de conversión y de entrega total a Jesús.  Llevarlos a comprender y experimentar personalmente el poder del mismo Espíritu, también por la aceptación y uso de los dones espirituales carismáticos, para alabanza del Padre y construcción de la Iglesia en el amor. De otro modo, renovar el compromiso y la unción del Espíritu de los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación.  Conducirlos al desarrollo de una sólida espiritualidad cristiana, de una madurez en la que cada uno es fortalecido por el Espíritu Santo para realizar una labor específica en el Reino de Cristo, en los compromisos más arduos por él, sobre todo por el testimonio de vida y la evangelización.  Y, todo esto, en un contexto de fe, de esperanza de caridad y de praxis plenamente católica y eclesial. 17.18 5. Elementos esenciales y medios opcionales.

a)

Lo esencial: "Todos los movimientos de renovación de la Iglesia —y hay más de uno— verdaderamente renuevan, volviendo a las palabras y hechos de Jesús que forman la realidad fundamental del Evangelio. En la medida en que la Renovación Carismática hace propia esta realidad primaria del Evangelio, da testimonio de los elementos de la Buena Noticia que son esencialmente no opcionales: el amor de alianza del Padre, el Señorío de Jesús, el poder del Espíritu, la vida sacramental y comunitaria, la oración, los carismas y la necesidad de evangelizar (...) En la medida en que la Renovación Carismática hace suyo lo que es central en la realidad permanente del Evangelio, no puede ser descartada como periférica a la vida de la Iglesia. Ha demostrado repetidamente su dedicación a la Iglesia pidiendo orientación pastoral a los Obispos y al Papa y apoyándolos con sus oraciones".19

b)

Los medios opcionales son el modo concreto, las formas históricas en que la Renovación Carismática encarna los elementos esenciales del Evangelio. Estas formas incluyen los grupos de oración, las comunidades de alianza, los Seminarios de Vida en el Espíritu, los retiros, las asambleas, las conferencias, publicaciones, los diversos ministerios que asumen y los compromisos que implican. Los medios opcionales, por el mero hecho de serlo, no pierden en importancia dentro de la Renovación Carismática. La experiencia de su eficacia y el modo cómo han ido surgiendo y consolidándose, dan la seguridad de que la acción del Espíritu ha estado suscitándolos y fortaleciéndolos. Vienen a ser los canales por donde corre la corriente de gracia como ya es clásico denominar la realidad más íntima de la Renovación Carismática. Por eso, dentro de la opcionabilidad, son elementos que configuran la Renovación Carismática desde fuera y la distinguen de otros movimientos. Tan unidos se hallan (aunque no sean necesariamente irreemplazables en su conjunto) con los elementos esenciales, que vienen a ser modalidad importante de la "identidad" de la Renovación Carismática. Por eso purificar, fortalecer estos medios es llevar a la madurez la Renovación Cristiana en su más íntima realidad. Sin ellos, o con los mismos debilitados, pobre o desviadamente usados, se verían amenazados los elementos esenciales; la acción del Espíritu en y por la Renovación Carismática sufriría en su fluidez y eficacia; los carismas se debilitarían; la conversión personal y comunitaria se vería frenada. La madurez de la vida cristiana —la renovación desde el fondo profundo del Evangelio— no encontraría el fuerte apoyo que la experiencia nos muestra que tienen de hecho, cuando estos cauces son usados ferviente y perseverantemente. c) De hecho, cuando los Sumos Pontífices y los Obispos consideran a la Renovación Carismática "una suerte, una gracia para la Iglesia", y, directa o indirectamente, declaran que hay que poner los medios para que continúe siéndolo, se refieren a los elementos esenciales y a los opcionales: la corriente de gracia y el lecho por donde corre. En realidad, dentro de la Renovación Carismática el rio de gracia del Espíritu, y el cauce por donde fluye no parece que deban separarse, so pena de que aquella se desborde o se debilite. Poniendo cada elemento en su puesto, cobran una gran importancia. Sin ser valederos por sí mismos, se relacionan admirablemente con los esenciales: estos constituyen la finalidad última de aquellos, pero necesitan, a su vez, los elementos opcionales para realizarse en creciente plenitud. Usando otra formulación, los medios a que nos referimos, se designan, no pocas veces, con la expresión de constituir la flexible y discreta estructuración de la Renovación Carismática. Sin embargo, nadie duda de que hay muchos que "sin pertenecer a la Renovación" viven del Espíritu Santo y también en ellos se producen los frutos que vemos que se dan en quienes se abren a su acción. d) No creemos que sea una consecuencia desacertada —teniendo presente cuanto se ha dicho— mencionar un error, señalado ya por personas de toda garantía como el Cardenal Suenens, durante no pocos años delegado personé de Paulo VI y luego de Juan Pablo II, para la Renovación Carismática, y de Monseñor R. Coffy, arzobispo de Marsella coordinador durante un tiempo de la Renovación Carismática en Francia ante la Conferencia Episcopal Francesa.20 Desde luego, ya se han mencionado los aspectos esenciales y opcionales de la Renovación Carismática y, precisamente, en virtud de las estructuras aludidas, se puede considerar también como "movimiento". Pero antes y por encima de esta realidad, está otra a la que todo lo demás se subordina. Es lo que incansablemente el Cardenal Suenens designa con el nombre de "corriente de gracia" del Espíritu; o si se prefiere, la repetición a nivel personal y aun social, del pentecostés

primitivo de la Iglesia. Este, con toda su grande e inagotable riqueza y exigencias, es lo que constituye la realidad más íntima de la Renovación Carismática. A medida que las personas van comprendiendo esto como un patrimonio, en el plan de Dios, para todos, se van disponiendo a él por una sincera y progresiva conversión y aceptan dejar actuar en sus vidas al Espíritu Santo que recibimos en el sacramento del Bautismo. Así, la obra profunda de la Renovación Carismática se va extendiendo y profundizando en la Iglesia. La Renovación Carismática no es, por más qué pueda sonar a vanidad y "elitismo" del que se tiene buen cuidado preservar a sus miembros, un movimiento más al lado de otros movimientos. Ni es un supermovimiento-, ni pretende acaparar la obra del Espíritu, ni siquiera entrar en comparación con los movimientos religiosos que el Señor ha suscitado en su Iglesia y de los que ésta se beneficia constante y abundantemente. La Renovación Carismática por más que parezca desconcertante "es lo que es". Y esto que es, ha sido esbozado sólo ligeramente en lo que precede. Los mismos Papas, sobre todo Paulo VI y Juan Pablo II, diversas Conferencias Episcopales, muchos obispos y personas profundamente conocedoras teórica y experimentalmente de la Renovación Carismática, lo han afirmado repetidas veces. El ser de la Renovación Carismática es penetrar en los sujetos, movimientos, instituciones, no para cambiar su "identidad", sino para que sean transformados en profundidad en sus vidas y equiparlos con los dones del Espíritu, para trabajar con poder en el Reino de Cristo, en todas sus manifestaciones. Desde luego, la realidad de la Renovación Carismática es tal que, como advierte el segundo documento del Episcopado norteamericano (1979) y el primer documento de Malinas (1974), será muy difícil conocerla a fondo, si no se tiene una larga experiencia, por más que se haya leído. El hecho de que, en la práctica, la Renovación puede funcionar como los otros movimientos, a nivel diocesano y parroquial, no debe debilitar su propia "identidad sin la cual dejaría de ser lo que realmente es y los mismos Sumos Pontífices quieren que sea. Ni debe, tampoco, impedir que realice la misión que le es propia y que ha sido indicada en las páginas precedentes.21'22'23 6. Método necesario o discernimiento de autenticidad. La autenticidad de la experiencia del Espíritu y de sus dones no depende de un análisis de la misma en sí, sino que se discierne por sus efectos en la vida de las personas. La experiencia de Dios, por más estimable que sea, no es por sí una autoridad suprema. Es necesario someterla a un sano y competente discernimiento. Por la ambigüedad que puede tener, es preciso hacerla pasar por la criba de los criterios auténticos del discernimiento cristiano. De otro modo, se corre el peligro de asirse a algo subjetivo y de aplicar al Espíritu algo que no le pertenece. Por eso, en la Renovación Carismática se tiene buen cuidado de usar el discernimiento y de mirarlo como elemento imprescindible a la hora de juzgar la autenticidad de la experiencia del Espíritu y de sus carismas. El tema es por demás importante y requeriría un espacio del que no disponemos. 24 Quizás pudiéramos resumir qué es la Renovación cristiana en el Espíritu Santo con las palabras acertadas del gran teólogo dominico, Y. Congar: "De entrada, un don incondicional de uno mismo a Cristo viviente, en el sentimiento de una radical miseria de nuestra vida; una apertura al Espíritu a través del cual actúa el Señor vivo; una acogida filial a aquello que El quisiera hacer en nosotros y por nosotros; una ofrenda confiada de nosotros mismos a la oración de hermanos cristianos visitados o habitados por el Espíritu. Entonces sucede una cosa. No de golpe; nada automático. Pero las vidas cambian, están en paz y alegría, animadas por un gusto nuevo de la oración, sobre todo de alabanza; por un gusto nuevo de la Palabra de Dios; por una serena y diligente apertura a los demás; un ser instrumentos poderosos para la Iglesia y para el mundo a través de los carismas del Espíritu." Una autoridad tan indiscutida sobre la Renovación carisma- tica como Mons. A. Uribe Jaramillo, al tratar de definir la Renovación cristiana en el Espíritu Santo, la sintetiza del modo siguiente: • Un mejor conocimiento de la Persona y de la Obra del Espíritu Santo. • Una experiencia profunda de su Presencia en nosotros y de su acción en nuestras vidas. • Una entrega sin limitaciones a la conducción del Espíritu Santo y una constante docilidad para seguir sus inspiraciones. • Es la Renovación del amor en todas sus proyecciones. • La Renovación abarca a todo el hombre.25 Y como una definición, ya mencionada, especialmente querida para nosotros, que se amplifica en otra parte, la Renovación cristiana en el Espíritu Santo 44es el redescubrimiento experimental del poder del Espíritu Santo en cada uno y en la Iglesia, y la apertura a su acción, para vivir el Evangelio en plenitud, para evangelizar con poder, ser testigos de Cristo resucitado y renovar todas las formas de presencia (y de servicio) de Cristo en la Iglesia y en el mundo 26 Otra autoridad indiscutible en el campo de la espiritualidad, hoy, Gustavo Thils, afirma lo siguiente: "La Renovación en el Espíritu constituye actualmente una expresión notable del espíritu llamado 'carismático'. Esta renovación se manifiesta primero exteriormente por un conjunto de reuniones orantes, ya sea de alabanza y la aclamación de Dios, ya sea con la intención de curar o de librar a las personas, en un clima de alegría e incluso de exaltación espiritual. Estas diversas expresiones de la acción del Espíritu, que son como los momentos fuertes de tales reuniones, explican el uso frecuente del término "carismático'. La experiencia de base que constituye el marco es una especie de experiencia espiritual, como una gracia de desbloqueo y de descubrimiento místico que tiene como efecto radical reactualizar el bautismo y la confirmación, en un nuevo pentecostés. Es como si la vida cristiana, vivida y mantenida desde siempre, fuera objeto de un descubrimiento súbito en el impulso del Espíritu. Tal estado, siempre latente, y avivado fácilmente, se caracteriza por tres elementos: conversión personal, reconocimiento de Jesucristo, nueva apertura a la acción del Espíritu". 27 Con todo lo dicho anteriormente, podemos llegar a pensar que la Renovación Carismática tiene su propia espiritualidad, dentro de las diversas que existen en el seno de la Iglesia católica. Sin embargo, parece oportuno recordar las palabras del P. Kolvenbach, General de los Jesuitas, a este propósito: "El famoso mensaje del llorado P. Karl Rahner, que sería el último suyo a los carismáticos, subraya que la Renovación Carismática, lejos de inventar una nueva espiritualidad, recuerda de manera nueva al pueblo de Dios muchas riquezas de la tradición de la Iglesia, olvidadas y oscurecidas."

NOTAS
W. Trilling, "El Evangelio según San Mateo, I", Herder, Barcelona 1970, 140. W. Trilling, o.c.f 140-141. A. Th. Schields, New Covenant, septiembre. 1982, 13. San Ignacio de Loyola, "Ejercicios espirituales", no. 23; GS 36. Mons. Uribe Jaramillo, "El Espíritu Santo actúa en nosotros", Ediciones Paulinas, Bogotá, 1976, 26-27. Declaración Pastoral sobre la Renovación Carismática de los Obispos norteamericanos, marzo 1984, n. 1; en Koinonía, n. 54, julio-agosto 1975, 2. 7. Documento citado más arriba de los obispos norteamericanos. 8. Mons. R. Coffy, "Le Renouveau, histoire et significatión, Nouvelle Revue Theologique", 109 (1987), 211; Cfr. Catecismo Católico para adultos, (Conferencia episcopal alemana, BAC. 170-173, 1989). 9. C. Gerest, "Una iniciación a la oración en Presencia de la Renovación Carismática, Edit. Roma, Barcelona, 1981, 116-116, (varios). 10. P. Villarroel, "Vida Nueva", 1981 (29-30) 1143-1144. 11. "La Fuerza de la Renovación Carismática está en que cree en el constante Pentecostés que el Espíritu Santo realiza en la Iglesia y en cada uno de sus miembros". La Renovación espiritual católica carismática, Documento del Encuentro Episcopal Latinoamericano, efectuado en la Ceja (Colombia), septiembre de 1987, No. 31. "Para comprender, pues, la Renovación Carismática, hay que situarla necesariamente en el marco de Pentecostés. Bajo ese signo nació a la vida y sigue desarrollándose y madurando." S. Carrillo Alday, 'La Renovación en el Espíritu Santo", Instituto de Teología, México, 1984, 36. La gracia de la Renovación, expresable de modos distintos encuentra una formulación afortunada en estas palabras de E. Garin: ". . .la gracia de la Renovación es gracia pentecostal: nuevo nacimiento, comienzos constantemente renovados; vida dada con poder". E. Garin, Mirabilia, mai 1988, 5. 12. S. Carrillo Alday, o.c., 34-35. "Este redescubrimiento no es un hallazgo humano; es obra de Dios: una revelación —con poder—, el "nuevo Pentecostés" que pedía Juan XXIII y el orbe cristiano con él. Este nuevo Pentecostés responde a la necesidad dramática de los hombres. "Para un mundo así. . . nada hay más necesario que... esta renovación espiritual que vemos al Espíritu suscitar hoy en día" (Pablo VI). C. Aldunate, "¿Renovación Carismática?", Edic. Paulinas, 1978, 36-37. 13. Documento citado del Encuentro Episcopal Latinoamericano, nn. 43-61. 14. C. Santos. "Sobre la Renovación Carismática", Información, S. J. marzo- abril, 1985, 70-72. 15. Documento citado de los Obispos norteamericanos, n. 39. Koinonía n. 54, julio-agosto, 1985. 16. “La Renovación no es algo que está dentro de la Iglesia, como si fuera un grupo especial; Es una acción del Espíritu Santo que invita a los hijos de Dios a una nueva apertura (nueva porque cada uno de ellos no la tenía antes), para transformarlos en cristianos. (El subrayado es nuestro). Y. esta acción del Espíritu no se limita a una Iglesia; abarca todas las Iglesias y aun comienza a extenderse a otras religiones (. . .). La Renovación en la Iglesia Católica no es ni más ni menos que una renovada apertura y respuesta a la acción de Dios que quiere el establecimiento de su Reino. El Espíritu Santo está reactivando su acción en todos los frentes: santificación personal, vida comunitaria, evangelización. t." 17. Cfr. T. Forrest, Newsletter, mayo-junio, 1991; K, Ranaghan, Koinonía, n. 44, 1983,10-12. "Poniendo a su disposición (de Jesús) el Espíritu Santo (Hechos 2, 23), el Padre le concede alcanzar los corazones y transformar toda la creación". J. Guillet, "Jesucristo ayer y hoy", Edic.Marova, 1971, 121. "La intuición fundamental de la Renovación Carismática no es nada añadido al ser cristiano o al propio Bautismo, sino la toma de conciencia de la realidad eclesial, la toma de conciencia de la propia vocación que brota de los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación y que se realiza por el poder del Espíritu Santo." R. Puigdollers, Koinonía, n. 66, julio-agosto, 1987,2. 18. Por eso, "el verdadero peligro para la renovación no está en los excesos de algunas personas que muestran celo indiscreto, vanidad, emocionalismo, etc., sino en que estas personas ignoren o descuiden la profundidad de conversión a que están llamadas. Esta conversión no es ni más ni menos, que una realiza* ción progresiva de todo lo que está implicado en nuestro compromiso del bautismo". C. Aldunate, o.c., 37. 19. Documento citado de los Obispos norteamericanos, n. 3. Koinonía, n. 54, julio-agosto, 1985,3. 20. Cfr. Card. Suenens, "Un Phenoméne controversé: "Le repos dans i'Esprit", Desclée de Brouwer, París, 1986, 13-17; "¿Un nuevo Pentecostés?",, Des- clée de Brouwer, Bilbao, 1975, 114-116.; Mons. R. Coffy, "Renovación e Iglesia Católica", Koinonía, n. 57; enero-febrero, 1985,12-13. 21. Elementos esenciales y medios opcionales: Este mismo pensamiento lo expresa Mons. A. Coffy en una formulación distinta. "Después de la crisis o, más exactamente, en la crisis que atravesamos y que está marcada, ya lo he dicho antes, por la secularización, la racionalidad, la indiferencia, con el riesgo permanente para la Iglesia de poner su confianza en los métodos más que en el poder de la palabra de Dios y el riesgo de que domine la preocupación incesante de la eficacia' temporal, es toda la Iglesia la que se debe enraizar en lo esencial, es decir, en Jesucristo y en el Espíritu. Pero es necesario que haya cristianos que pertenezcan a la Renovación para ser una constante llamada a eso esencial (...) "(. . .) Es normal que la Renovación se considere, no como un movimiento, sino más bien como una corriente. Sin embargo, sus miembros deben distinguir entre lo que es universalizable y aquello que debe ser particular para que sea una llamada, porque, una vez más, si hubierais reproducido los modelos antiguos de oración no habríais sido escuchados. "Lo que es universalizable es la importancia de la oración, y de una oración que no sea la recitación de un formulario, sino una oración espontánea, una oración que sale del corazón y una oración que compromete. "Lo que es universalizable es el lugar del Espíritu Santo que, en occidente, se lo había dejado un poco de lado en la vida del cristiano. "Lo que es universalizable es la indispensable conversión del corazón a Jesucristo, viviendo en su Iglesia: conversión que abre el corazón al Padre y también a los hermanos, a los demás. "Lo que es universalizable es, una vez más, la comunión entre hermanos y hermanas que creen en el mismo Señor, esta comunión entre bautizados que se expresa en los comportamientos, en la ayuda mutua, en cierto afecto; un afecto, yo diría, que es característico de la Renovación. "Lo que es universalizable es esta preocupación por vivir —y esto aparece principalmente en las nuevas

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comunidades— la radicalidad del Evangelio y, en particular, de las bienaventuranzas, de manera especial, la pobreza. "Lo que es universalizable es la fe en la palabra de Dios, en la misión, y la voluntad de anunciar a Jesucristo, a tiempo y a destiempo, y de dar testimonio de la propia conversión. "Estas son las cosas que yo considero universalizables, pero (...) hay aspectos de la Renovación que la caracterizan, y que le son propios, que no es necesario tratar de imponer a los demás. "Tenemos los que no entrarán jamás en ciertas formas de orar, los que nunca levantarán los brazos, y tendrán dificultad incluso para formular delante de los demás su propia oración interior (...) También es propio de la Renovación la imposición de manos v el bautismo en el Espíritu. Que el Espíritu Santo llegue a ser el alma de todo creyente, de acuerdo. Pero, ¿es necesario que se exprese de esta forma? Yo no sé nada. Otra cosa que es también característica y que vosotros debéis conservar, pero no es necesariamente universalizable es el canto en lenguas e incluso las curaciones. Entonces yo hago la pregunta ¿debe verdaderamente la Iglesia convertirse en la Renovación tal como se vive hoy? No necesariamente. La pregunta al menos merece ser formulada, y debemos acogernos unos y otros como diferentes en la expresión de una misma fe y oración a un mismo Señor. Otro tanto diré de la Misión". Mons. R. Coffy, "Renouveau et Eglise Catholique", Tychique No. 59; Janvier, 1986, 14-16; Cfr. Koinonía, No. 57, febrero 1986, 13-14. Algunos piensan, equivocadamente, que esta Renovación se centra exclusivamente en el Espíritu Santo y minimiza la acción del Padre y la de Jesús. Muy por el contrario, el Espíritu Santo es quien da al cristiano testimonio de Jesús (Juan 15,26) y quien lo capacita para que sea testigo de su resurrección. Precisamente, uno de los frutos de la Renovación es la proclamación alegre que muchos están haciendo de un Jesús vivo, "constituido Señor y Cristo por Dios" (Hechos 2,36) y a quien están sirviendo con gozo pascual. A la luz del Evangelio la Renovación está descubriendo, cada día mejor, la Salvación integral de Jesús, pero no como un hecho del pasado, sino como una realidad actual que está cambiando la vida de muchas personas. También los Grupos de Discipulado están profundizando en las enseñanzas de Jesús, el Maestro, y están avanzando en su seguimiento e imitación. Y, lo más importante, es que, bajo la acción unitiva del divino Espíritu, están estrechando su amistad con Jesús en la oración y en la vida, y están ansiosos de "permanecer en su amor" (Juan 15,9). Pero no tenemos acceso al Padre sino en el Espíritu (Efesios 2,18) que "se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios y que nos hace exclamar: Abbá ¡Padre! (Romanos 8,15-17). El don de piedad que nos regala este Espíritu Santo nos acerca filialmente al "Padre de las misericordias" y nos permite profundizar en la riqueza de la Revelación que nos dice cómo, "al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer. . . para que recibiéramos la filiación adoptiva". "La prueba de que somos hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama, Abbá, Padre". "De modo que ya no eres esclavo, sino hijo; y al ser hijo, también heredero por voluntad de Dios" (Gálatas 4,4-8). Volviendo sobre lo indicado, creemos sinceramente que considerar a la Renovación como un movimiento religioso que se coloca junto a los otros existentes, tiene más importancia de lo que, a primera vista, pudiera parecer. Cierto que, por el hecho de tener alguna estructuración necesaria, se la puede considerar como movimiento, pero en su esencia más íntima rebasa esta formulación. La Renovación Carismática es, ante todo y sobre todo, la obra del Espíritu, la corriente de gracia que tiene como centro vital el redescubrimiento de la acción del Espíritu Santo en cada uno de los creyentes. Y esta obra fundamental se puede condensar en la aceptación, la vivencia, en toda la realidad de la vida, del señorío de Jesús: Jesús ha pasado a ser el centro de mi vida;" El rige toda mi existencia; a El someto todo mi ser; mi modo de pensar, querer, amar, el comportarme frente a Dios, a los demás, a mí mismo. Conforme a El, quiero llevar toda mi vida en múltiples manifestaciones. Nada escapa a este señorío que, libremente, acepto y trato de realizar. Desconocer, minimizar, no darle el lugar primordial que debe tener en la Renovación Carismática el hecho de ser "una corriente de gracia" es despojarla de esa fuerza inmensa de transformación. La voz de los Papas (Pablo VI, Juan Pablo II), la experiencia, el testimonio de multitud de personas transformabas por el poder del Espíritu, que confiesan haberlo encontrado en la Renovación, es un increíble "referendum" testimonial de esta verdad. Por más que se la pueda llamar movimiento, se ha de cuidar mucho el que esto se entienda en su propio sentido. Y, por encima de todo ha de mantenerse claro el pensamiento de que la Renovación es, en su esencia más íntima, lo que el mismo Paulo VI quiso dejar bien claro: "una corriente de gracia", suscitada por el Espíritu que, en su dinamismo, tiende a renovarlo y vivificarlo todo en la Iglesia y en el mundo, guiada por los que el Señor ha puesto como "pastores" auténticos de su santa Iglesia. Cfr. Mons. R. Coffy, "Renouveau et Eglise Catholique", Tychique, n. 59, Janvier, 1986, 13-16. "Por mi parte, yo intento decir 'por fas y por nefas' que la Renovación 'Carismática' no es un 'movimiento' a catalogar al lado de otros movimientos, sino una gracia de tipo 'pentecostal' (es decir, en la línea del acontecimiento de Pentecostés), ofrecido a la Iglesia como tal, y a todos los movimientos de la Iglesia. "Esta batalla no está siempre ganada, ni aun entre las autoridades favorables a la Renovación, y si no se deshace el equívoco, se corre el riesgo de que se reduzca a grupos de oración al margen del conjunto, o a comunidades aisladas. Es un poco lo que aconteció a los comienzos de la renovación litúrgica que apareció durante largo tiempo como un asunto de los benedictinos \ Card. Suenens, "Un Phenomene controversé: Le repos dans l'EspritDes- clée de Brouwer, París, 1986, 13-16. "Nunca se dirá que la Renovación es un movimiento. No es el resultado de un plan bien organizado y decidido con vistas a un fin determinado. No tiene fundador entre los hombres, ni centro espiritual, ni teología particular. No hay registros con listas de miembros que aportan cotizaciones y trabajan siguiendo un programa de acción. Se vive en todas las espiritualidades porque, como lo dice H. Muhlen: la Renovación es una figura histórica nueva de la experiencia cristiana fundamental". B-V, Aufauvre, G. Constant, E. Garin, "¿Qui ferá taire le vent?", Desclée de Brouwer, 1988, 20. El Pastor Besse en la revista "Actas", de enero de 1976, da algunas precisiones para evitar malentendidos: "La palabra 'movimiento' es impropia, porque no se trata ni de una tendencia estrecha, ni de un movimiento especializado en la Iglesia, como el escultismo, la Cruz Azul, etc. Se trata, contrariamente, de una Renovación (. . .) Es antes que nada Renovación de la fe, por lo tanto, de la vida. El término 'Renovación' deja también entender que lo que se produce no es otra cosa que la puesta en valor de las promesas de la renovación bíblica, las cuales ya fueron experimentadas en ciertas épocas de la Iglesia, después cayeron en el sueño". Citado en la obra anterior, 20-21. "Una de las cosas curiosas de la Renovación carismática es que no es un movimiento más al lado de otros. ¿Por qué? Sencillamente, porque tocios deben ser carismáticos. Carismáticos pueden ser los franciscanos, los neocatecumenales, un matrimonio, y hasta un equipo cristiano de fútbol, si hace, oración, debe ser carismático. Esto nos pone en la pista de que la Renovación Carismática, conecta con algo que es fontal en la vida cristiana, es decir, con la actuación del Espíritu Santo en la Iglesia. (El subrayado es nuestro). Otros

23.

movimientos destacan aspectos fundamentales de la vida cristiana, pero no fontales, como pueden ser la vivencia del amor de la comunidad, de determinados tipos de compromiso o aspectos catequéticos y catecumenales. "En la Renovación Carismática se intenta restituir al Espíritu Santo a nivel de praxis, el protagonismo que tuvo en los primeros momentos de la Iglesia. Por el poder y la luz del Espíritu, los primeros cristianos descubrieron a Jesús resucitado como Señor y Salvador. El mismo Espíritu, hacía presente a Jesús en medio de las asambleas cristianas, como una presencia más viva y actuante que cuando vivía en carne mortal. El fue, en fin, el que formó la primera comunidad cristiana dotándola de todos los dones y carismas". P. Villarroel, o.c., (29-30; 1143-1144). 24. "Los movimientos de renovación nunca han faltado en la Iglesia. Hemos conocido la acción católica, el movimiento bíblico y litúrgico, el movimiento ecuménico y muchos otros. En 1967, surgió en los Estados Unidos la Renovación Carismática. ¿Un movimiento más? Quizás sea más que un movimiento. Los obispos franceses, reunidos en Lourdes, en 19S2, hablan de una corriente de vida. En efecto, los primeros que vivieron la Renovación, un pe queño grupo de profesores y alumnos de la Universidad de Duquesne de Pittsburgh, no lo fundaron como se funda o lanza un movimiento. Fueron más bien ellos, con gran sorpresa suya, los que fueron lanzados, o si se prefiere, los que quedaron inmersos espiritualmente. Sin haberlo previsto ni programado, sin previa organización, un buen día de febrero, la gracia de Dios los invadió, los cogió en lo más profundo de su ser. Aquel día, en una casa de campo de la montaña, una nueva corriente de vida nacía en la Iglesia Católica". j "Los Jesuítas y la Renovación Carismática", Centrum Ignatianum Spiritua- iitatis, Roma, 1985, Introducción (Varios). Card. Suenens, "Cuite de Moi et Foi Chretienne", 1985, 33-40. 25. M.A. Uribe Jaraznillo, "La Renovación Carismática", Librería Parroquial, México, 1978, 8-16. 26. Definición atribuida al P. Emiliano Tardif. 27. G. Thils, "Existencia y Santidad en Jesucristo", Edic. Sigúeme, Salamanca, 1987, 54.

II ELEMENTOS CARACTERISTICOS DE LA RENOVACION CRISTIANA EN EL ESPIRITU SANTO 1. - Observaciones previas:  Enumeramos los dos elementos principales: grupo o círculos) de oración y Bautismo (o Efusión) en el Espíritu Santo.  A éstos, añadimos un tercer elemento, aunque muchos no lo consideran como tal: los "carismas". Estos caracterizan a la Renovación. Pertenecen a la esencia misma de la Iglesia "carismática". Son, por lo tanto, patrimonio de cada cristiano y de todo movimiento apostólico. Sin embargo, por la importancia primordial y por el cultivo y uso que se les da en la Renovación Carismática, pueden considerarse como un tercer elemento que la constituye.  Estos diversos elementos se tratan aquí sumariamente. En la Escuela de Servidores tienen un puesto especial, y se les da el tiempo y la profundidad, al menos relativa, que les corresponde.  Los retiros, tanto de iniciación como de profundización, convivencias, etc., no deben considerarse como elementos fundamentales de la Renovación Cristiana. Son medios excelentes que se utilizan, con gran fruto, en la Renovación.  Hacemos solamente ligeras indicaciones sobre ellos, puesto que se tratarán ampliamente más adelante. 2. Elementos característicos de la Renovación Carismática: Veamos, más de cerca, este fenómeno extraordinario. Está a punto de vivificar, desde el interior, el conjunto del cristianismo, comprendidas las instituciones, renovando toda la vida: personal, conyugal, familiar, profesional, política. Remitimos a una instrucción ulterior, los grupos de oración donde se "motiva" la existencia de estos grupos. La Renovación Carismática, ya se dijo, es eminentemente "cristocéntrica": en definitiva, en ella se trata de "vivir la vida de Jesús" (en creciente plenitud), con el "poder del Espíritu Santo". Los grupos de oración, por lo tanto, al constituir uno de los elementos opcionales fundamentales de la Renovación Carismática, deben comportar esta misma realidad. La vida de Jesús, Hijo de Dios, fue dar gloria al Padre en la fuerza del Espíritu, poseído en plenitud. Su relación con el Padre fue decir, desde el fondo de su ser y con plena conciencia de su identidad, "Abba, Padre" y realizar su voluntad. Nosotros formamos el Cuerpo místico de Cristo (1 Corintios 12,12 y siguientes); conocemos al Padre en Cristo Jesús, por el Espíritu (Romanos 8, 14-17); El Espíritu Santo es la "mente" el poder "fontal" del grupo de oración (Hechos 16,44-46). Por lo tanto, Jesús busca personas que se unan para dar gloria al Padre, para decir, como El: "Abba, Padre", para realizar en el amor, Su voluntad. Esta es la obra del Espíritu Santo, por quien el Hijo, Cristo Jesús, cumple su deseo de glorificar al Padre. No es la obra directa del Padre: El es el origen de todo bien. El debe ser alabado, a Él se le deben dar gracias, en Cristo, por el Espíritu. Toda 1 i obra de la Iglesia se dirige al Padre por Cristo en el Espíritu. Iniciamos ya aquí lo que será nuestra ocupación en la gloria..1 Esta es la gran realidad de los grupos (o círculos de oración): glorificar al Padre como hijos; glorificarlo en Cristo y tomándolo como "modelo" (Romanos 8,29); glorificarlo con el poder del Espíritu Santo que nos capacita de un modo especial para realizar lo que nosotros, por nuestra debilidad no podemos, y nos asocia a su oración de alabanza (Romanos 8,14- 17; 26-27). Por esto, todo en el grupo de oración debe estar en función de esta finalidad suprema: alabar al Padre en Cristo, por el Espíritu Santo: la misma alabanza, los cantos, la Palabra de Dios, los testimonios, las peticiones, etc.; es decir, cada elemento constitutivo del grupo de oración en su propia característica. Por esto: Podemos formular tres principios básicos que rigen los grupos de oración: A. Tres principios básicos a) Principio cristológico: Es la reunión de cristianos, unidos vitalmente a Jesús, que han tomado conciencia, la reviven e intensifican cada vez la presencia, en medio de ellos, de Cristo resucitado, vivo y actuante, por su Santo Espíritu, para alabar al Padre. Tratase, pues, de la presencia de Jesucristo, prometida por El en Mateo 18,20: "Donde dos o tres están reunidos en mi nombre (por el Espíritu), allí estoy yo en medio de ellos". Este texto, cuando se vive en fe su contenido, juega un papel decisivo en los grupos de oración carismáticos. Por lo tanto: • La primera característica (que se amplificará más adelante), de un grupo de oración carismática, es una fe viva en- la presencia de Cristo el Señor, que está allí, en medio de los cristianos, reunidos para alabar al Padre. • La persuasión íntima de contar con la ayuda y la suplencia del Espíritu Santo que actúa poderosamente en el nombre de Jesús. • El fin primordial: realizar la alabanza más perfecta, unidos a Jesús, como Cuerpo místico, animados por la acción poderosa del Espíritu. • En un ambiente de unidad, de amor, de mutua compenetración de fe, esperanza y caridad. b) Principio de "oración carismática": • No significa una oración incontrolada en la que cada uno pueda pensar, decir y hacer lo que se le ocurra. Sería ir manifiestamente contra el "orden" tan recomendado por San Pablo (1 Corintios 14,40), y en el que solamente en él actúa el Espíritu. • Es oración carismática, por la aparición y uso recto de los carismas. Estos, normalmente, deben brotar en una comunidad que va madurando espiritualmente y se va abriendo a los dones del Espíritu, de modo especial el don de lenguas y el de profecía. • Es "carismática", sobre todo, porque en ella los participantes permanecen abiertos totalmente a la acción del Espíritu Santo. Aquí es donde hay que situar, insustituiblemente, lo "carismática" en los grupos de oración. Esto supone:

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Que se invoca con fe viva al Espíritu Santo y se está pendiente de él. Que se superan, los bloqueos interiores que puedan impedir la apertura de la persona a El, a su acción. Que se halla uno disponible para recibir y usar debidamente los carismas para edificación de la comunidad. (Estas son disposiciones "subjetivas ' importantes). c) Principios de "alabanza" al Padre:  Es el fin por el cual todo lo demás se ordena.  Es la "fuente" de transformación de la persona en Cristo: la acción del Espíritu, agente de Jesús, en la fe, la comunión con los demás, la pureza de intención, la participación de toda la persona, la profundidad del ser en la alabanza.  Es la unión en Cristo con los hermanos, operada por la misma alabanza en su dinámica profunda de unir a los que participan en ella, al mismo Padre celestial, en el mismo Hijo, Jesús, con la misma fuerza del Espíritu (Efesios 4,4).  Es el conocimiento "experiencial" de Dios como Padre, en su relación íntima de oración, en la que Jesús cumple su promesa (Mateo 11,27). B. La "dinámica" interna espiritual de los grupos de oración. Nos referimos ahora a los elementos más importantes de esta dinámica interna. Existen otros de menor importancia a los cuales nos referiremos más adelante. Se trata de una experiencia "trinitaria', vivida en forma personal, pero "comunitariamente": • A Cristo se le experimenta vivo y actuante (por su Espíritu en la comunidad de oración. Así se va construyendo y perfeccionando el Cuerpo de Cristo en el amor, finalidad última de todo grupo de oración: por las alabanzas al Padre, en Cristo, con el poder del Espíritu. • Respecto del Padre se da una sensibilización que se intensifica y profundiza: de su presencia, de su amor, de su paternidad y de nuestra filiación:  El Padre nos ama. Somos sus hijos; pertenecemos a su familia.  Se toma conciencia progresiva de esta filiación, de esta pertenencia, de este amor inefable; se abre la persona a este amor: se deja amar por el Padre en Jesús, por el Espíritu, y se participa a otros de este mismo amor.  Por eso, el deseo de que llegue el encuentro semanal de oración, para estar con Dios Padre, para alabarlo y bendecirlo, porque es bueno, porque se ha experimentado su amor, porque merece, por sí mismo, nuestra alabanza. Y este deseo se alimenta y profundiza con la oración personal diaria y la vida de oración. (Justamente la oración de alabanza se puede considerar como una de las aportaciones específicas de la Renovación Carismática a la espiritualidad cristiana actual). • El Espíritu Santo, por su parte, nos lleva a la relación íntima con Cristo y Cristo nos introduce en el conocimiento y en el amor del Padre. Es el lazo de unión. En El experimentamos a Dios Padre, a través de los efectos que la acción del Espíritu produce en nuestro interior. C. Lo fundamental: Al tratar de exponer lo que designamos como componentes de la Renovación Carismática (no exclusivamente, sino los que constituyen una acusada característica de la misma) no queremos afirmar que nos centramos en puntos esenciales. Aun tratándose de los carismas, elemento esencial de la Renovación, no los consideramos como el centro de la Renovación Carismática. La cuestión central se sintetiza en la visión de la misma Iglesia que afirma y desea que el Espíritu Santo sea totalmente activo. (Lumen Gentium 4) Respecto a las múltiples promesas de Jesucristo (Juan 7,37- 39; 14,115-17. 25-26; 15, 26-27; 16, 7-8. 12-14; Hechos 1, 4-5. 7-8; Lucas 24,49) es manifiesto que El les quiere enseñar que, en adelante, estará presente entre ellos (Mateo 28, 20) en la presencia actuante del Espíritu. Será el encargado de realizar, con su envío y en su nombre, lo que El ha hecho durante su vida terrena. El Espíritu Santo es la Fuerza del Padre y del Hijo y a El corresponde no solamente unir por el Amor a las dos primeras Personas de la Trinidad, sino también realizar la obra de santificación de los fieles, conforme a la imagen de Cristo Jesús (Romanos 8,29), y equiparlos con los carismas apropiados para construir el Reino en la caridad. Muy sencillamente dicho: el Espíritu Santo es para todos en el designio de Dios. Si esta verdad fuera predicada, si se tuviera esta persuasión y las almas se abrieran a recibir en ellas este Poder, entonces el poder de la resurrección de Cristo manifestaría toda su eficacia. Pero si no es predicado con insistencia, si no existe en las personas esta profunda persuasión ni se abren a la acción poderosa del Espíritu, y se mezcla esta verdad fundamental con otras secundarias, poniéndolas al mismo nivel de aquella, entonces se pierde el poder de la etapa o edad de los últimos tiempos inaugurada por Jesucristo, precisamente con el envío del Espíritu en Pentecostés. (Hechos 2,1 y siguientes). Esta es también la enseñanza básica de San Pablo; su mensaje fundamental, que predica constantemente y con suprema claridad, con modos y pensamientos diversos, pero coincidentes en su contenido. Los mismos apóstoles, en boca de Pedro, afirman con energía el don del Espíritu como una gracia para todos (Hechos 2,39). Y no puede ser de otro modo: El Espíritu Santo, como alma del Cuerpo Místico (Lumen Gentium 4,7) toca toda parte de la Iglesia. Es el punto central, el foco fundamental .del que depende el hecho mismo de que Jesús sea verdaderamente el Señor proclamado y vivido por la Iglesia y por cada alma y que Jesús no se reduzca a ser, prácticamente una persona histórica, que vivió hace 2,000 años. (1 Corintios 12,3). A esta luz se puede comprender la importancia de la Renovación Carismática y cuál es su objetivo o finalidad primordial: es el fin total de la Renovación en el que se insertan, eficaz y naturalmente, todos los demás servicios que pueda prestar y todos los demás aspectos que la conforman: Bautismo en el Espíritu, Carismas, Grupos de oración, etc. Afirmar, pues, que éstos son los que constituyen la Renovación, es un error. Ciertamente son un elemento valioso, y una gran oportunidad para que el Espíritu Santo ejerza su doble poder o misión de transformarnos en Cristo y hacer eficaz nuestro trabajo por la donación de sus carismas. Pero lo fundamental es su Persona. Y la tarea insustituible de la Renovación

Carismática es colaborar con todas sus fuerzas, ayudar a la gracia de Dios, al mismo Espíritu a que El llegue a ser poderoso en cada persona en el mundo. Así la Renovación se sitúa en un aspecto central: que el Espíritu llegue a ser la fuerza primaria de toda vida. El tiempo transcurrido desde el nacimiento y desarrollo de las primitivas comunidades cristianas, en las que estaba muy viva esta persuasión, no ha cambiado para nada esta realidad de la trascendencia y finalidad del aspecto central de la Iglesia. De él depende la realización de la doble urgencia que compromete a todo hombre, sobre todo, a los bautizados: la propia santificación en Cristo y la misión de cooperar, activa y eficazmente, en el trabajo del Reino de Dios. Repetimos algo ya enunciado por su importancia: La finalidad fundamental de que el Espíritu Santo sea activo dentro de cada persona es la finalidad total de la Renovación y el objetivo central de la Iglesia. Con la gran particularidad de que éste no agota el fin de su existencia. Por ser el foco de actividad, se suscitarán otros fines y misiones, que brotarán, al impulso del mismo Espíritu, y cobrarán una fuerza y eficacia especial, vivificados por el poder del Espíritu. Lo dicho no excluye el que Dios se pueda servir, y de hecho se sirva, de otros llamados movimientos para realizar la misma finalidad. Pero, sin entrar en competencias ni preferencias, hay que afirmar que la Renovación Carismática nació, por obra del mismo Espíritu, marcada con esta finalidad bien concreta y fundamental. Esto, por otra parte, nos explica la insistencia con que muchos autores insignes de la Renovación Carismática, y aun Conferencias Episcopales, insisten en la inconveniencia de designar a la Renovación Carismática como un movimiento espiritual al lado de otro y no como una corriente de gracia, llamada a penetrar con la realidad de su misión fundamental toda persona, institución y movimiento. Pensamos que vendrá a la mente la dificultad, hasta cierto punto obvia: la insistencia en la acción del Espíritu Santo, ¿no implica el peligro de caer en el "iluminismo", en el 4inti- mismo", en ilusionarse con la idea de tener "hilo directo con el Espíritu Santo"? Ciertamente siempre se darán estos peligros. Pero no deben ser motivo para abstenernos de insistir en una realidad tan primordial e insustituible. El peligro o peligros indicados deben ser una llamada a la vigilancia discreta, a la guía sabia, experimentada y llena del mismo Espíritu de las personas que están al frente de la Renovación Carismática. Y, como una salvaguardia fundamental, tenemos la dirección de la Iglesia en sus Pastores, sobre todo a través del discernimiento. Esta, pensamos, es una razón poderosa y apremiante de que los sacerdotes consideren la responsabilidad que tienen frente a una realidad que, en afirmaciones claras y repetidas de los Sumos Pontífices (Pablo VI y Juan Pablo II), viene manifiestamente de Dios.

III EL BAUTISMO (O EFUSION) EN EL ESPIRITU SANTO

Nos limitamos a dar una breve descripción de un tema fundamental que constituye una experiencia espiritual central en la Renovación Carismática. Omitimos, por lo tanto, aspectos capitales del mismo puesto que se trata en otra obra sobre ellos, como son, por ejemplo, los efectos que produce, el modo de prepararse, etc. 1. ¿Qué no es el bautismo (o efusión) en el Espíritu Santo? Queremos tratar, desde perspectivas diversas, el Bautismo en el Espíritu Santo. El tema, por su importancia, lo merece. Formularlo y considerarlo, primero, negativamente, no sólo facilita la comprensión del análisis positivo; añade también matices que aparecen a una luz más viva que en su contrario. Esto es lo que hacemos, frecuentemente, en el amplio campo de las ciencias humanas.  El Bautismo en el Espíritu Santo, no es un "sacramento": lo supone.1 Según Romanos 8,9, quien no tiene el Espíritu de Cristo no es cristiano. Es decir, no se es cristiano sin el Espíritu. La iniciación cristiana supone la recepción del Espíritu, recibido por vez primera en el sacramento del Bautismo.2 Apurando más la afirmación anterior, el Bautismo en el Espíritu Santo no es un nuevo Bautismo sacramental3 Ni siquiera es un segundo bautismo "no sacramental" necesario para recibir el Espíritu Santo. Este se nos da, como don por excelencia, en el rito del sacramento y se nos acrecienta en la Confirmación, produciendo los efectos propios de cada uno de los dos sacramentos. No designa, tanto para los católicos como "para los pentecostales y ciertos carismáticos protestantes", una nueva efusión del Espíritu más significativa que el Bautismo de agua, prácticamente desligado de todo contexto con el sacramento del Bautismo.4 Sobre este punto, los católicos deben tener las ideas bien claras: el sentido neto y único del Bautismo sacramental. No pueden confundirlo con ningún otro, ni considerar al Bautismo en el Espíritu Santo sin referencia al sacramental. No se da, pues, dualidad. En realidad solamente existe un Bautismo, el de agua o sacramental; el otro es tan sólo una nueva efusión del Espíritu, ya contenido en el primero. Menos, por lo tanto, será el Bautismo o Efusión del Espíritu Santo un superbautismo sacramental, que vendría a ser como un soporte de la vida "cristiana".5 Esta se halla, germinal y potencialmente, en los maravillosos efectos causados por el Bautismo sacramental que exigen, suscitan y alientan el cambio de vida hacia Cristo, la transformación de la existencia en El, la admirable "cristificación" de que habla encarecidamente San Pablo. En un plano más rudimentario, ni siquiera podemos admitir que el don de "hablar lenguas" sea, de por sí una prueba de la autenticidad de haber recibido el Bautismo o Efusión del Espíritu Santo. 6 Es cierto que la Efusión del Espíritu, a que nos referimos, comporta, en el momento o después de recibirla, una experiencia hasta profunda y singular del Señor. Pero no hemos de deducir de aquí, que se trata de una tentativa o punto de apoyo para construir una doctrina sobre el fundamento de experiencias particulares.7 Este, fundamentalmente, reside en la fe; en todo el arco iris de sus verdades que se nos proponen para ser aceptadas y vividas y que el Señor hace penetrar vivencialmente en el fondo de nuestro ser. Allí nos las da a percibir, como realidades vivas, según la medida de su plan salvífico particular. Nos parece justificada la turbación que no pocos sufren al oír la formulación de "Bautismo en el Espíritu Santo”. En realidad, se presta a interpretaciones no rectas. Hipotéticamente, lo mejor sería emplear otra fórmula que evitara toda posibilidad de confusión. Esto podría, quizá, conseguirse con la expresión: "Efusión del Espíritu Santo". Sin embargo, la fórmula primera parece haber arraigado ya profundamente en muchas partes y tomado carta de ciudadanía. Por eso, pensamos que, sin hacer problema de nomenclaturas, hay que explicar claramente y repetir el verdadero sentido de la fórmula. Se dan muchas oportunidades para ello. Y como algo pedagógico, es un acierto usarla frecuentemente unida a la expresión de "Efusión del Espíritu Santo", que le antecede o se le pospone. De este modo, el fiel va asimilando, insensiblemente, la equivalencia y, por lo tanto, se aleja el peligro de confundirlo con el Bautismo sacramental. Lo importante es que se capte su verdadero sentido; su referencia y, a la vez, su diferencia del Bautismo de la iniciación cristiana: es, sencillamente, una manifestación experiencial del Espíritu ya recibido en el sacramento del Bautismo. Quizá nuestro método de abordarlo primero negativamente, contribuya a aclarar su contenido y aun a profundizarlo, tal como se entiende en la Renovación Cristiana en el Espíritu Santo.

2. ¿Qué es el "Bautismo en el Espíritu Santo"?  Fundamento escripturistica: Por más que la expresión en sí: "bautismo en el Espíritu Santo" no se halle en la Sagrada Escritura, y, más concretamente, ni en los Evangelios ni en los Hechos de los Apóstoles, sí se encuentra otra equivalente: "Seréis bautizados en el Espíritu Santo" (Hechos 1, 4-5). "De hecho, los cuatro evangelistas reportan la expresión de Juan Bautista, el cual hablando de Jesús, dice: 'Yo os bautizo en agua para la penitencia, pero Aquél que viene detrás de mí es más poderoso que yo. . . El os bautizará en Espíritu Santo y fuego' (Mateo 3,11; Marcos 1,8; Lucas 3,16; Juan 1,33). Jesús mismo antes de subir a los cielos dice a sus apóstoles: Juan

bautizó con agua, pero vosotros, dentro de pocos días, seréis bautizados con Espíritu Santo' (Hechos 1,5). Estas palabras del Señor las recuerda Pedro para justificar el bautismo conferido a Cornelio (Hechos 11,16). La expresión, por lo tanto, es bíblica. (. . .) Estas expresiones, según las cuales el Espíritu se difunde, se comunica, se manifiesta, denotan una presencia dinámica del Espíritu Santo".8 Otros textos que aluden al bautismo o efusión del Espíritu Santo: Hechos 2,38; 8,14-17; 10,44-48. Manifiestamente, por más que la expresión de Bautismo en el Espíritu Santo no se halle expresamente en la Biblia, está su equivalente "Ser bautizado en el Espíritu Santo" que tiene el mismo contenido. Y este bautismo anunciado por Jesús, designa, con gran precisión, el "revestimiento" del poder del Espíritu del que Lucas nos habla en su evangelio, 24,49. Y de tal modo es esto manifiesto, que el mismo Jesús les aclara a sus discípulos la incomprensión de este bautismo de que les ha hablado en 1,5 con palabras que no dejan lugar a dudas: "Recibiréis la fuerza del Espíritu que vendrá sobre vosotros. . ." (Hechos 1,8).9 (El tema por lo demás, es amplio; requeriría darle una extensión proporcionada a su importancia. Pero aquí solamente hemos aludido a él con brevedad). Notemos, sin embargo, que esta experiencia no murió con los Apóstoles. Por varios siglos permaneció en los fieles en general; más particularmente hasta nuestros días ha estado aconteciendo en no pocas personas, aunque el lugar de la experiencia no haya sido la Renovación Carismática.  Lo formulamos comprensivamente y de un modo simple; son varios los ricos aspectos que incluye, no fácilmente integrables en una definición que trata solamente de orientar. Eso lo haremos en otra ocasión. El Bautismo en el Espíritu Santo es la "Renovación" de nuestro Bautismo "mesiánico" o de iniciación cristiana: Bautismo sacramental. Es pedir una nueva Efusión del Espíritu Santo sobre nosotros para que ponga en mayor actividad el rico potencial de gracia que atesora el Bautismo de agua, en orden a la santificación personal y a l a "edificación" de la Iglesia. Con esto se indica la ''novedad" del Bautismo en el Espíritu Santo dentro de la Renovación Carismática y su doble aspecto personal y comunitario. No es, por lo tanto, confundible con la renovación de las promesas del Bautismo. Las características peculiares, de las cuales hablaremos, hacen que esté situado aparte.  Bosquejo del Bautismo en el Espíritu Santo. Importa mucho, aunque volvamos ampliamente sobre ello, aclarar, ya desde el comienzo, qué es el Bautismo en el Espíritu Santo. En frase condensada es "La renovación' de nuestro bautismo "mesiánico”. Con esta palabra, acuñada, por el P. Carrillo Alday, hay una referencia manifiesta al Sacramento del Bautismo sacramental. De otro modo, es el bautismo de agua y de Espíritu a que alude Jesús en su coloquio con Nicodemo (Juan 3,5); aquél a quien el Señor resucitado envía a sus apóstoles a enseñarlo y administrarlo (Mateo 28,19), para formar el nuevo pueblo de Dios. En realidad solamente hay un bautismo: el "mesiánico", el sacramental. El que muchos designan con la fórmula de Bautismo en el Espíritu Santo no es más que una "renovación" del anterior, aunque tenga sus propias características que lo colocan aparte de un mero rito, una consagración al Espíritu Santo, una súplica piadosa. Dentro de su categoría de "renovación", de petición comunitaria de una nueva Efusión del Espíritu, tiene su propia personalidad. De ello hablaremos más adelante. Los maravillosos efectos del Bautismo sacramental, que tantos hemos recibido en nuestra infancia, se resumen, sobre todo, en "ser hechos realmente hijos de Dios" (Romanos 8,14-15); injertados en la Humanidad resucitada de Cristo (1 Corintios 6,15); Romanos 12,5; 6,1-14; 1 Corintios 6,19; 1 Corintios 12); templos vivos del Espíritu Santo (1 Corintios 6,19) incorporados a su Pueblo santo, la Iglesia (1 Pedro 2,5). Estos efectos, expresados de modos diversos, intentan descubrir una porción de la gran riqueza que se nos da gratuitamente en nuestro bautismo sacramental. Es todo un abanico de dones el que se nos regala por la presencia actuante de Cristo resucitado en el rito bautismal. Un dato que importa, sobre todo, subrayar: el don por excelencia del Espíritu prometido por Jesús (Juan 3,5). Tan importante es, en sí mismo, que "no hay bautismo cristiano mientras no haya efusión del Espíritu de Cristo".10 Formulado de otro modo, el Bautismo en el Espíritu Santo se puede describir así. Viene a expresar la esencia de lo que hemos designado anteriormente como "renovación" de nuestro bautismo "mesiánico" o sacramental: Es pedir al Padre por Jesús una nueva efusión del Espíritu Santo que pone en actividad el rico potencial de .gracia que Dios ha dado a cada uno (en el Bautismo sacramental) según la propia vocación y según el carisma personal del estado propio de vida en orden a obtener una completa renovación de toda la vida cristiana a nivel personal y comunitario, ser testigos eficaces del Señor y servir al mundo dentro de la Iglesia de Cristo.11 Añadimos algo que nos parece completar lo apuntado: El Bautismo en el Espíritu Santo, dentro de la Renovación Carismática, con ser un elemento fundamental, no puede considerarse fuera del ámbito del fin general de la Renovación. Es un aspecto, y, aunque posee su fin propio, "peculiar", se halla englobado en la totalidad de un fin que se irradia a todos los elementos de la Renovación. George Martin formula el fin general de la Renovación Carismática así: "El fin último no es tener un exitoso y triunfal movimiento carismático, sino obtener una completa renovación de la vida cristiana en el poder del Espíritu Santo".12 Abarca, por lo tanto, el nivel individual y el comunitario. Se introduce, inevitablemente, en el último. La renovación personal es indispensable, pero no puede darse por satisfecha con la renovación del sujeto. Formamos la comunidad eclesial; cada grupo es una pequeña iglesia que hace presente a la grande Iglesia universal de Cristo. El movimiento carismático camina hacia una renovación comunitaria. Por eso, una autoridad tan indiscutible como H. Muhlen se atreve a afirmar que "el objeto es una Iglesia carismáticamente renovada"13 Es decir, no sólo en la rica floración de carismas, sino, sobre todo, en la docilidad y disponibilidad al Espíritu, el don por excelencia. Pues bien, en este contexto, el fin del Bautismo en el Espíritu Santo, dentro de la Renovación Carismática, en frase del jesuita D. Gelpi es “una llamada poderosa y divina en orden a vivir la plenitud de la vida y misión de un cristiano” 14 Allanado el terreno con estas notas aclaratorias anticipadas, podemos lanzarnos a describir la gran riqueza del Bautismo en el Espíritu Santo, desde diversas perspectivas que se complementan. Ello, a su vez, nos indica la capital importancia que de hecho tiene y se le asigna en la Renovación Carismática: "Dentro de este movimiento, con todas sus diferencias, predomina una convicción común: el Bautismo con Espíritu Santo es un acontecimiento de extrema importancia y puede tener lugar en la vida de todo cristiano.

"Es el fundamento de una plena vida en el Espíritu para cada cristiano y para la Iglesia de Cristo en conjunto; significa la base de la vida de oración y del testimonio misional. El movimiento pentecostal apoya esta afirmación del Nuevo Testamento, sobre todo en los Hechos de los Apóstoles y en su propia experiencia".15 3. El Bautismo en el Espíritu Santo como "Experiencia" del Espíritu:  Es suplicar vivir la experiencia de Pentecostés Desde luego, no se trata de un retorno simplista, carente de sentido histórico, al acontecimiento fundamental que protagonizan los Apóstoles, sino de vivir, en una proximidad, mayor o menor, en intensidad diversa, el acontecimiento de Pentecostés que se halla en la base de la Renovación Carismática Cristiana en el Espíritu Santo. Tenemos una afirmación clave de Jesús para orientarnos con seguridad en la comprensión de la realidad del Bautismo en el Espíritu Santo. En una doble vertiente, los apóstoles recibirán la fuerza del Espíritu de Cristo, fuerza de Dios; gracias a ella, podrán ser testigos de Jesús en toda la tierra y, además, brotará pujante su ímpetu misionero (Hechos 1,5-8; Mateo 28,19-20).16 Partiendo, pues, de este fundamento, el Bautismo en el Espíritu Santo, es suplicar a Jesús que realice en nosotros lo mismo que realizó en sus apóstoles y con la misma finalidad. Nos hallamos, por lo tanto, ante un acontecimiento de nuestros días que nos remite, inevitablemente, al acontecimiento fundacional de Pentecostés. A él, necesariamente, tenemos que referirnos. Porque se trata en la Renovación de algo que reproduce el suceso "ejemplar"; aunque varíe en circunstancias y modalidades, coincide en el espíritu. Supuesto nuestro Bautismo sacramental, pedimos al Señor vivir la experiencia de Pentecostés, en el modo e intensidad que El quiera; la que vivieron los apóstoles y las primeras comunidades eclesiales. Es, por consiguiente, para nosotros, una manifestación de la virtualidad de nuestro Bautismo sacramental que irrumpe por obra del Espíritu Santo. En esta misma línea y complementando lo expuesto, es: pedir la "inmersión" en la experiencia espiritual consciente del Espíritu recibido en virtud de la iniciación cristiana en el bautismo de agua. Por cuanto se dirá a propósito de los carismas, se entiende que también éstos, si se nos dieran, entrarían en la experiencia. Evidentemente, la experiencia fundamental es la del mismo Espíritu, fuente de sus propios dones. Pero también ellos están comprendidos en la fórmula; en su experiencia, experimentamos al Autor. La pregunta que parece sugerir la afirmación de haber recibido ya al Espíritu Santo en el Sacramento del Bautismo, salta espontánea: si éste se nos ha dado, ¿qué es lo nuevo del Bautismo en el Espíritu Santo? ¿No parece una redundancia que complica y amenaza la claridad con que entendemos el bautismo-sacramento? La respuesta ya está dada más arriba; la abordamos ahora desde la experiencia. No deja de ser emocionante, si hemos de creer y fiarnos de la "nube de testigos" que, con toda sencillez nos relatan sus más íntimas experiencias. A través de ellas, manifestadas para cantar la gloria del Señor, se nos introduce en la novedad del tema tras el que vamos: Agnes Ozman la describe como "el saltar de un río de agua viva". Se expresa en los términos mismos con que Jesús formulaba la promesa del Espíritu Santo en San Juan 4,14. Patricia Gallagher nos da su experiencia en términos que parecen exagerados. Nada más inexacto, si se ha tenido la fortuna de oír las confidencias múltiples y variadas de personas con un índice de normalidad más que ordinario”(. . .) de repente me di cuenta de que el Espíritu Santo me llenaba con su presencia y supe que verdaderamente 'Dios es verdadero* (. . .) y que El nos ama (. . .). Experimenté lo que significa 'morar en el amor".17 Un jesuita que iba a ser ordenado un mes después nos dice: "Para mí el efecto ha sido una total liberación de toda ansiedad y miedo respecto del sacerdocio-, una inmensa confianza en el Señor". Un sacerdote con muchos años de experiencia en los caminos del Señor se expresa con serena emoción: "Durante un par de semanas me invadió un gozo inexplicable; una conciencia viva de la presencia de Dios; las lágrimas corrían por mis mejillas tranquila y suavemente y aun la risa me sorprendía como manando de una fuente de gozo".18 Nada más bello y estimulante que continuar con estos testimonios no sospechosos de exageración. Otros se expresan de un modo aún más impresionante: afirman haber sido sumergidos en un gran océano. Pero ese océano era el Espíritu del Señor. No siempre y en todos se dan estas experiencias tan profundas. Pero, nos atreveríamos a decir que, más temprano o más tarde, el Señor hace pasar y vivir la Efusión del Espíritu en una forma nueva y singular. Más que una "novedad", propiamente tal, objetiva, ya instaurada en nosotros desde el sacramento del Bautismo, es una manera nueva de vivir lo que ya era una adhesión de fe. Es importante caer en la cuenta de que la experiencia a que nos referimos no es algo exótico en el cristianismo. Es - o debería ser— "el florecimiento normal de la gracia, la realización de nuestra condición de hijos de Dios. Se impone, por lo tanto, por la misma naturaleza de la gracia, las virtudes teologales y los dones del Espíritu Santo".19 Resumimos lo dicho con la afirmación del Coloquio de Malinas: "Pentecostés es el prototipo de las demás experiencias bautismales. El bautismo en el Espíritu está, pues, siempre unido al Bautismo sacramental recibido en la Iglesia y es un modo de actualización en beneficio de un individuo o de una comunidad particular".20 4. El Bautismo en el Espíritu Santo, como Actuación de los Sacramentos del Bautismo y de la confirmación.  Es pedir por Cristo al Padre que ponga en actividad el rico potencial de los sacramentos de la iniciación cristiana: Bautismo y Confirmación. Ya lo dijimos: se trata de una nueva, no de una primera, Efusión del Espíritu Santo. Esta nueva efusión es la que pone en actividad el rico potencial, la gracia que el Señor ha depositado en cada uno de los sacramentos de iniciación cristiana. Recordemos la confesión de San Pablo: "Todos hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un único cuerpo. Y a todos se nos ha dado a beber el único Espíritu" (1 Corintios 12,13). No podría decir más claro que el Bautismo de agua ha derramado sobre nosotros el Espíritu Santo. Poseemos al Espíritu del Señor Jesús que habita en nosotros como en su templo (1 Corintios, 6,19). Añadamos que este Espíritu se halla en nosotros con una potencialidad infinita. Puede, por lo tanto, haber a lo largo de nuestra vida, nuevas y crecientes efusiones, aun fuera de la pertenencia a la Renovación Carismática. Esta, sin embargo, en

su Bautismo o Efusión del Espíritu, es para muchos una extraordinaria oportunidad que Dios ha suscitado en nuestros días. Lo es, entre otras razones, porque la persona se prepara para este "acontecimiento" singular. Se instruye, se da, se ofrece, se entrega; se "abre" al Espíritu Santo, para que El la maneje y la "sumerja" en El y realice los planes de salvación que tiene en sus designios. Carrillo Alday sintetiza esto así: "(. . .) Es una efusión más; una nueva efusión del Espíritu Santo que pone en actividad el rico potencial de gracia que Dios ha dado a cada uno según la propia vocación y según el carisma personal del estado propio de vida (1 Corintios 7,7) en orden a la renovación total de la vida cristiana".21 Es una nueva venida del Espíritu ya presente, una nueva efusión que no viene desde fuera, sino desde dentro, desde la virtualidad y gracia sacramental del Bautismo. "Se trata de un brote, de una expansión, de una acción del Espíritu que expresa y libera grandes energías internas latentes. Es decir, se trata de una toma de conciencia más acentuada de su presencia y de su poder".22 Esta acción del Espíritu, recibido en el rito bautismal, se manifestará ahora activando los sacramentos de iniciación y otras veces lo recibido a través de la Penitencia y la Eucaristía. Para los casados puede ser una reactivación de la gracia matrimonial; para los llamados al celibato o virginidad será un nuevo modo de encontrar y practicar el carisma sacerdotal o el de la castidad consagrada.23 Los testimonios que confirman esta hermosa doctrina, son innumerables. "El Señor nos da (ahora) a los dos el poder orar y amarnos de una manera antes imposible" testifica un matrimonio. "A los 84 años de edad reencontré el sentido de mi sacerdocio, que había perdido mucho tiempo antes". "Recibí un amor a las Escrituras que antes no tenía. Si no leo la Palabra de Dios, mi día no parece normal. La Misa tiene para mí un significado más profundo. Amo y entiendo mejor a nuestros sacerdotes': 24 Ni la Iglesia, como institución, ni la devoción sana y piadosa, ni la liturgia, ni los sacramentos, pierden nada de su sentido y de su práctica; al contrario, se reencuentran purificados, profundizados, vividos en mayor conocimiento y amor.25 Podemos afirmar que esta gracia puede recibirse de dos maneras: hay quienes, sin experiencia llamativa interior, la han recibido y se manifiesta en el crecimiento de su vida cristiana, en un proceso que abarca un tiempo discreto. Otros, en cambio, han tenido una experiencia más dramática, han percibido, aun con manifestaciones externas, el don de alguno o algunos carismas, el derramamiento del Espíritu. Este segundo modo es menos conocido, hoy en día, fuera de la Renovación Carismática. Y no hay por qué se desdeñe ni se tome una actitud incrédula respecto de él. Pero, en definitiva, los efectos que produce el Espíritu son los que nos han de guiar con certeza a concluir si lo hemos recibido auténticamente o no.  Es suplicar al Señor que actualice de manera dinámica, efectiva, constructiva, la vocación a que hemos sido llamados y a la que nos hemos comprometido en el Bautismo, o una Conversión profunda y progresiva hacia Dios. Lo importante no es lo emocional, sino lo operacional: que el Agape (el amor) de Dios se ejerza, no se entierre reducido al estado de trigo permanentemente sepultado.26 Encierra, por lo tanto, un triple sentido: el de la "conversión" tradicional, como segunda conversión; el encuentro con Dios inmenso, vivificante, caluroso; el amor de Dios como centro que impulsa a darse sin medida a los demás. Este sería el sentido operacional indicado. El Bautismo sacramento debería ser el punto inicial de un cambio espiritual profundo que guiara a la persona, ya del todo consciente, a un mundo nuevo de verdad y de experiencia, con sus propios principios distintivos de acción: moral y carismática. Existe una indisoluble unión entre Cristo exaltado y la conversión u orientación definitiva hacia El: un nuevo corazón; una renuncia a Satanás, príncipe de este mundo; una experiencia viva e impulsora del Espíritu de Dios. El contraste, sin embargo, entre lo que es y lo que debería ser la vida cristiana en virtud de las exigencias del Bautismo, es fuerte y hasta desolador. Debemos admitir que no hay muchos entre nosotros que hayan experimentado el bautismo sacramento de este modo vivencial y práctico. Aquí es donde entra en juego el papel del Bautismo en el Espíritu Santo: si nos arrancamos el amor propio y nos entregamos al verdadero amor, encontraremos, de hecho, que el Espíritu Santo está siempre actuando. Si le permitimos obrar, llegaremos a un equilibrio en el que nos hallaremos centrados, no en un centro psíquico, sino en Cristo Jesús mismo. El será quien controle nuestra vida. En el Bautismo en el Espíritu Santo se nos da la fuerza para sumergirnos en un nivel más profundo del corazón para dejar que el Espíritu de Dios trabaje en nosotros, enfrentándonos a la realidad del Bautismo sacramental: Cristo en nosotros, y realizándola guiados y actuando por el Espíritu.27 "Esta influencia del Espíritu constituye un momento capital en el desarrollo espiritual de una persona. Es un impulso hacia una vida nueva en la que, de una manera más fecunda y manifiesta que antes, la persona es guiada, fortalecida e iluminada por el Espíritu. (...). Visto así, el Bautismo en el Espíritu Santo aparece como la plena realización de nuestro estado de hijos de Dios. (.. .) Si ahondamos en la doctrina del renacer en el Espíritu, contenida en el Nuevo Testamento, no es tanto la experiencia de este gran misterio de la fe que necesita explicación, sino el hecho de que falta a tantos cristianos,28 La experiencia de Pentecostés, el Bautismo en el Espíritu Santo, es una "real innovación" de la persona por el Espíritu que la habita; y una "innovación" de las relaciones con Cristo Jesús y con el Espíritu que habita en el hombre. Cristo se constituye, bajo la acción de su Espíritu, el verdadero centro de la persona, no sólo a nivel del efecto producido por el Bautismo sacramento, sino también por la orientación de toda la vida hacia El y por la vivencia moral de acuerdo con su doctrina y su obrar. "Todo ello comporta un conocimiento que estalla en un amor más ardiente a Dios". 29 Así, el Bautismo en el Espíritu Santo debe ser juzgado en función del proyecto de vida de una conversión profunda y progresiva hacia Dios; de un dominio "central" de Cristo, aceptado como Salvador y Señor, en nuestra existencia y de una relación personal con la Trinidad que se proyecta en una vida comunitaria y se despliega en el servicio a la Iglesia con el poder de los carismas.30 La preparación, pues, para la recepción del Bautismo o efusión del Espíritu Santo, implica un itinerario de conversión y de entrega al Señor "o la "renovación de la decisión fundamental del cristiano", en expresión del documento de la Conferencia Episcopal Austríaca. Conviene aclarar un aspecto para no desenfocar el puesto y el valor del Bautismo en el Espíritu Santo: éste, en cuanto compromiso, ocupa un lugar central en la Renovación Carismática. Pero hay que evitar reducirlo a un momento determinado. Algunos parecen dar esa impresión. Minimizan, no sólo el Bautismo en el

Espíritu, sino la misma Renovación. Parecen querer decir: "¿Has recibido el Bautismo en el Espíritu Santo? No te preocupes de más. Te hayas en la cima de la Renovación". Nada más inexacto. El Bautismo en el Espíritu "no es un fin en sí mismo"; menos aún, un punto final en la vida cristiana; todavía menos, una experiencia aislada. Es menos importante saber si uno ha tenido la experiencia que saber si vive y actúa según el Espíritu. Más que verlo como un momento en que se recibe un don, debe, sobre todo, considerárselo como una nueva relación con Cristo y con su Espíritu. Nos abrimos al gozo de poseerlo y de percibir su acción en nosotros; orientamos nuestra vida hacia el Señor, hacia su gloría. De este modo no insistimos únicamente en el Espíritu, sino de igual modo en la "conversión" a Cristo y en la filiación gratuita del Padre. Nuestra vida se hace felizmente trinitaria.31 Finalmente, no obstante la importancia que posee el Bautismo en el Espíritu, no podemos ser tan ingenuos que pensemos que agota toda la riqueza de la Renovación Carismática. El Bautismo en el Espíritu debe ser el comienzo de una nueva vida en Cristo bajo el poder del Espíritu Santo. 5. El Bautismo en el Espíritu Santo, experiencia de "Liberación":  Es suplicar por la “liberación" del Espíritu Santo en nosotros para que actúe con poder. Mirado el Bautismo en el Espíritu Santo desde la perspectiva que pudiera llamarse de "liberación", se entendería como sigue: A través de una comparación, podemos llegar al sentido profundo que buscamos. El agua de un río tiene en sí la potencialidad de producir energía eléctrica, de fecundar la tierra, de refrescar el ambiente en su largo curso. Pero una esclusa es capaz de impedir que tan grande fuerza actúe. Es preciso levantar la compuerta, quitar el impedimento, para dar salida al poder inmenso del agua embalsada. El Espíritu Santo, fuerza de Dios, vive en nosotros por el bautismo y su esencial dinamismo tiene poder para invadirnos con su fuerza, para transformarnos en Cristo y participarnos sus dones y frutos. Pero existen, ocultos o manifiestos, muchos obstáculos que le impiden actuar libremente en nosotros. La petición del Bautismo en el Espíritu Santo nos impone, ordinariamente, una preparación: un fuerte comienzo de allanamiento y eliminación de dificultades. El hecho mismo de recibirlo hace ya que esa fuerza divina quede liberada. Quita, a partir de nuestra súplica y la oración de nuestros hermanos, los impedimentos. Entonces, el Espíritu actúa conforme a su ser y a su misión. Lo dejamos actuar y El nos ayuda a "liberarlo" en el interior. El - actividad infinita, amor en constante deseo de comunicársenos— es la fuerza de esta liberación y produce una "eclosión'' de vida, cuyas manifestaciones serán: la vida cristiana del "hombre nuevo", los carismas. Esta es una de las clásicas interpretaciones del Bautismo en el Espíritu Santo, entre los carismáticos: "dejar en libertad al Espíritu Santo recibido en el Bautismo, para que actúe en nosotros con todo su poder y nos comunique los frutos de su acción soberana".32 Resumen Podríamos resumir lo dicho anteriormente con las palabras de S. Carrillo Alday: "La oración por 'efusión del Espíritu Santo' consiste en la oración, llena de fe y de esperanza, que una comunidad cristiana eleva a Jesús glorificado para que derrame su Espíritu, de manera nueva y en mayor abundancia, sobre la persona que ardientemente lo pide y por quien los demás oran. "Esta oración se hace de ordinario mediante la imposición de las manos, la cual no es ni un ademán mágico, ni un rito sacramental, sino un gesto sensible de amor fraterno, una expresión elocuente de comunión humana, un signo externo de solidaridad en la oración, con el deseo ardiente, sometido a la voluntad de Dios, de que Jesús derrame sobre nuestro hermano el don del Espíritu Santo que El nos ha comunicado". "Esta nueva efusión del Espíritu Santo (dado por primera vez en el sacramento del Bautismo), puede explicarse a la luz de la teología de las 'misiones divinas'. Que el Espíritu Santo sea enviado o venga de nuevo, no quiere decir que se desplace, sino que surge en la criatura una relación nueva para con el Espíritu".33 Este empieza a actuar de diferente manera a como lo hacía antes porque hemos quitado los obstáculos que se oponían a ello y porque le hemos suplicado ardientemente que actúe en nosotros con poder. Esto responde a lo que antes dijimos en una de las diversas formulaciones: a la experiencia de la liberación del Espíritu Santo en nosotros. Tan importante es la Efusión o Bautismo del Espíritu Santo en la Renovación Carismática que viene a ser la entrada personal en esta Renovación. ¿Algo superfluo? No, porque jamás termina el hombre de entregarse al Espíritu Santo, y el Espíritu Santo jamás se hace parco y mezquino en la concesión de nuevos dones. Sin embargo, esta "efusión" no será para unos el mismo acontecimiento decisivo que para otros, aunque pueda ser la ocasión de franquear un nuevo dintel espiritual.

En la Renovación se recibe, a veces, la "efusión del Espíritu" antes de haber recibido el sacramento de la Confirmación; ello no significa que haya que mantener una dependencia de esta efusión del Espíritu al sacramento de la Confirmación. ¿No es libre el Espíritu Santo para conceder sus gracias a quien quiera? Acordémonos de Cornelio que recibe sus dones en abundancia antes de haber sido bautizado (Hechos 10,44-46).34. 35

6. Exigencias del bautismo o efusión del Espíritu Santo: "En numerosos grupos de oración se han quemado con demasiada facilidad las etapas (de preparación) y se ha querido recibir la Efusión del Espíritu Santo sin una adecuada preparación. Esta supone no solamente una visión teológica exacta, sino también una conversión espiritual y moral, de las que no se pueden omitir o minimizar las exigencias".36 El hecho de haber recibido el bautismo o efusión del Espíritu Santo, graba a las personas con exigencias bien concretas y reales; a veces dolor osas y arduas:

 El paso por el misterio pascual No significa, en modo alguno, la exención del pasó por el misterio pascual que domina toda la vida cristiana: la muerte para llegar a la vida; la vida que nace de la oscuridad y dureza de la muerte. La ascética tradicional de renunciamiento, de abnegación, y aun de una cruda "desolación" en sus grados más dolorosos y purificantes, está también muy presente en la Renovación Carismática. Pe ro hay que aclarar que lo definitivo ahora, y en toda la tradición eclesial, a partir de la predicación apostólica y de los Evangelios, no es, precisamente, la muerte ni la abnegación como tal. Es la gloria de la resurrección que ya se comienza a participar en este estadio de "peregrinación" hacia el Padre. Los hechos confirman plenamente el proceso difícil de santificación, no obstante la experiencia, más o menos prolongada e intensa, de lo que S. Clark llama oración "infusa" clásica. Ni se excluye —se recalca fuertemente en la Renovación— el proceso de una conformación con Cristo sucesiva, larga, que pone a prueba la fe, la constancia, la esperanza, el recurso humilde, confiado, constante al Señor. Remitimos al lector, como a un sencillo muestrario, a algunos autores que tocan expresamente el tema.  La "conversión" profundizada en el contexto del Bautismo en el Espíritu Santo Pudiéramos decir que es, a la vez, exigencia, proceso y experiencia del Bautismo en el Espíritu. La conversión, tanto a nivel individual como a nivel comunitario ofrece dos facetas distintas: por una parte, ésta no siempre se da antes de recibirlo, aunque sea lo más deseable. No son tan singulares los casos de sujetos que han sido fuertemente movidos a recibirlo, aun en una situación de alejamiento del Señor. Entonces, la conversión es un fruto inapreciable que va unido indisolublemente a la obra del Espíritu en quien ha recibido su efusión. Por otra parte, lo más ordinario, en la experiencia que tenemos, es una "conversión'' que antecede a la recepción del bautismo en el Espíritu, aunque sea en un grado inicial. Hacia aquí hay que orientar a cuantos se preparan a recibirlo, si el Señor no se ha adelantado y tomado otra iniciativa. Está fuera de toda discusión la importancia de convertirse o de profundizar la conversión y entrega al Señor como una preparación profunda al bautismo en el Espíritu. La misma esencia de éste lo pide: si el peticionario está seriamente decidido a hacer de Cristo el "centro" de su vida, a aceptarlo de veras como su Salvador y Señor, nada más lógico que la ruptura con el pasado pecador. Aun en el caso de haber ya precedido la "conversión" hacia el bien, siempre puede y debe tener lugar una mayor profundización de conversión. A cada paso, nos vemos envueltos en la infidelidad; constantemente sentimos el toque de la gracia que nos insta a una mayor entrega al Señor. Somos cristianos en perpetuo estado de conversión. No vamos a dialogar sobre tema tan amplio. Solamente indicamos, a modo de puntos de meditación varios capítulos que incluyen: la "conversión": nueva visión o cambio de la mente; la "conversión": cambio del corazón, de todo el ser, desde lo más profundo del ser. La "conversión": transformación de toda la vida en Cristo. La "conversión": una actitud para toda la vida, un proceso de "cambio" que se realiza durante toda la existencia, en una proyección individual y comunitaria. Hay que insistir en este último aspecto, para no vernos detenidos y satisfechos con lo meramente individual. El cambio ha de llegar hasta lo comunitario y estructural. No olvidemos que la Renovación Carismática, en su esencia, según H. Muhlen, es una "experiencia social de Dios"; una "experiencia comunitaria de fe", una "experiencia eclesial del 'nosotros' ". Y esto supone o exige una conversión comunitaria y estructural: sentirse sinceramente responsables del mal que vive en la comunidad; aceptar la responsabilidad del mal que tiene su raíz en unas estructuras de pecado y sentirnos obligados a cooperar en su "conversión", en su "cambio" conforme con el plan de salvación de Dios. De otro modo: si es auténtico mi cambio a la relación interpersonal del amor de Dios, tiene que operar un cambio en las relaciones interpersonales de amor con la comunidad y a la aportación de mi amor activo a la transformación de un mundo estructurado en el mal.37  El "compromiso de vida" a partir del Bautismo en el Espíritu Santo Ya tocamos el tema en nuestra primera obra. Añadimos, ahora, breves notas desde la perspectiva del Bautismo en el Espíritu. La importancia del asunto en litigio, merecería un tratado. Si el Bautismo en el Espíritu hay que interpretarlo, sobre todo, a partir de la real "innovación" en nuestras relaciones con El y desde la visión de ser ya Cristo, realmente, el centro de nuestra vida, es consecuencia ineludible la innovación de las relaciones con el prójimo; el compromiso "nuevo" que se instala en nuestro ser, a imitación del suyo. Por otra parte, el Bautismo en el Espíritu se da en orden a la misión (Juan 20,21-22; Mateo 28,19-20). Por lo tanto, "La comunidad carismática debe proyectar hacia afuera los frutos de su oración en un compromiso de vida total". La proyección apostólica de los participantes es un signo de crecimiento y profundización auxiliados por los carismas del Espíritu. La falta de compromiso, especialmente con los más necesitados y oprimidos, puede hacer languidecer la vitalidad de un círculo de oración. Mas para situarnos debidamente y no dar en los extremos que delata Laurentin, se ha de tener en cuenta, por una parte la naturaleza específica de la Renovación Carismática; por otra, las directrices de la Jerarquía y las necesidades peculiares de cada país y aun región. S. Glark ha dejado asentado con toda seriedad, la irreemplazable necesidad de afirmarse primero sólidamente en el Señor, si no se quiere concluir en un movimiento sociológico o a utilizar la Renovación para fines particulares o grupales. No vamos a repetir sus palabras ya citadas en la obra mencionada. Más serias e iluminadoras son aún las de Ralph Martin sobre el tema. Podemos citar aquí, y aplicar a la Renovación el conocido texto del protestante D. Bonhoffer: "Para nosotros no hay más camino hacia el prójimo que el que pasa por Cristo, por su palabra y nuestro seguimiento". La Renovación Carismática no es un movimiento pietista, ni se queda en un descarnado espiritualismo; hay en ella una fuerza expansiva apostólica que abarca toda necesidad, todo sufrimiento y todo sano compromiso. No en vano es el acontecimiento de Pentecostés repetido en nuestros días, en orden al testimonio y a la misión. Pero esta empresa hacia afuera, está fuertemente respaldada por la oración comunitaria (e individual), como en los apóstoles y, sobre todo, por la fuerza del Espíritu que actúa con poder a partir del Bautismo en el Espíritu, por sí y por la donación de sus carismas. En la Renovación Carismática es esencial el compromiso con el Señor, donde El quiera y como quiera. No es, precisamente, lo esencial, hacer muchas cosas, sino cumplir la voluntad del Señor y ésta se descubre en la oración, en los signos de los tiempos y en las orientaciones de quienes El puso para guiarnos.

La experiencia va poniendo las cosas en su punto y dando la razón al testimonio de personas calificadas que observan la marcha de la Renovación en todos sus aspectos. 7. Las múltiples efusiones del Espíritu: Evidentemente, los apóstoles vivieron un Pentecostés único. En él, el Espíritu Santo se derramó sobre ellos con una fuerza inusitada. Fueron transformados radicalmente y llenos del poder de los carismas que necesitaban para su misión de testimonio y de evangelización (Hechos 1,8). Pero la lectura del Libro de los Hechos nos certifica que vivieron otros Pentecostés, que se apoyaban en el gran Pentecostés primero, y que les iban abriendo, en profundidad creciente, a la misión y a la dimensión del mundo que evangelizaban. Esto nos confirma la gran realidad de todo "carismático": quien lo ha deseado vivamente, lo ha pedido y, en la pedagogía ordinaria de Dios, se ha preparado en conversión, vive una profunda efusión que hace florecer poderosamente la gracia del bautismo y de la confirmación. Es la efusión fundamental, la gracia carismática que le es concedida gratuitamente, y en la que son revitalizadas, especialmente, las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad. A partir de este día, aunque los efectos no se perciban inmediatamente, la persona sabe que puede confiar en que ese mismo Espíritu Santo que la invadió poderosamente, puede volver a realizar otras efusiones cada vez que lo necesite y lo pida sincera e insistentemente. Puede ser que su vida interior esté urgida de una gracia especial de Dios, para desarrollarse, superar una tentación, corresponder a una llamada especial que toca a su puerta interior, que requiera una asistencia particularmente poderosa a través de un carisma para realizar una importante misión, para tocar un corazón empedernido, etc. Nuestra fragilidad se manifiesta a cada paso y necesitamos de la fuerza de lo alto. Contamos con ella, como San Pablo exhorta y anima a su discípulo Timoteo a confiar (1 Timoteo 1,6-7). Cada uno de los que acuden a los grupos de oración tiene una oportunidad excepcional de que el Espíritu se vuelque sobre él en un pequeño, pero importante nuevo Pentecostés, que se apoya en el ya recibido y lo continúa. La realidad de estar convocados por el Espíritu Santo, la presencia viva de Jesús actuante por su Espíritu, el fervor de la alabanza, la comunión fraterna, deberían hacerlos conscientes a cuantos participan en los grupos de oración, que la reunión semanal es una ocasión sumamente propicia para pedir interiormente la repetición de la efusión. Y cuando el ambiente exterior e interior sea tal que se perciba una acción especial del Señor, no debería haber reparo en demandarla para los presentes. El Señor está dispuesto a hacerlo aunque no se le pida expresamente, cuando la comunidad se entrega plenamente a la acción del Espíritu. Esto no quiere decir que aquellos que no han recibido la efusión fundamental, se sientan dispensados de ella.38 Desde luego, y no es necesario insistir sobre esto, la "efusión del Espíritu Santo", puede producirse —y de hecho lo hace— fuera de la Renovación Carismática. Ni es exclusiva de ella ni se produce siempre con una intensidad especial. El mismo Espíritu tiene sus caminos impredecibles. En los momentos menos pensados, puede darse una invasión sorprendente del Espíritu. Pero no hemos de callar que en la Renovación Carismática ocupa un puesto de privilegio y que, ordinariamente, se prepara a las personas para que esta efusión del Espíritu tenga la cooperación de una verdadera conversión y entrega al Señor y el Espíritu se derrame abundantemente sobre el alma. 8. La expresión: "envío del Espíritu Santo" Ya lo hemos anotado: Jesús prometió, en muchas ocasiones, enviar su Espíritu (Lucas 24,49; Juan 14,26; 15,26; 16,7; Hechos 1,8). Pensamos que hay muchas personas, aun dentro de la Renovación Carismática, que no interpretan rectamente el sentido de la palabra "enviar". Como dice acertadamente Mons. Walsh, Jesús no envía su Espíritu en el modo que un padre puede enviar a su hijo a hacerle una diligencia. Ni significa, por otra parte, el comienzo de la obra del Espíritu. El estuvo ya maravillosamente activo en el Antiguo Testamento, aunque su revelación, la de su existencia como Tercera Persona de la Trinidad (allí solamente insinuada) se reserva para el Nuevo Testamento. Jesucristo mismo fue el gran revelador, no solamente del Padre, sino también del Espíritu Santo. El "envío" del Espíritu tiene el profundo sentido de que se efectúa un cambio en las relaciones de la humanidad, de la Iglesia, de la persona concreta a la que se envía. Es entrar en una nueva relación con El y, consiguientemente, con Jesús y el Padre. Nos limitamos a ampliar brevemente esto, en relación con la persona concreta a la que se envía. Desde luego, el envío del Espíritu es una realidad universal; es decir, el Espíritu está disponible, es accesible a todos. Y sus poderes y su misión sobrepasan, se encuentran más allá de una previa finalidad. Sin embargo, no todos experimentan, se benefician, de este envío; no todos entran en una nueva relación con El. Como el beneficio de la educación puede estar a disposición de todos y, no obstante, habrá muchos que no participen de él por rehusarlo. Dios, en su bondad, quiere que todos se beneficien de este en- vio de su Espíritu, que comiencen una nueva relación, a partir de aquella en la que se encontraban; pero el hombre, en su libertad, puede abrirse, acogerlo o cerrarse, deliberadamente. Esta "nueva" relación es una palabra realmente apropiada: "nueva" no significa siempre nueva en el sentido de un comienzo, como si antes no hubiera existido nada. Para muchos, quizá la mayor parte, significará una novedad de relación que comienza en el nivel en que se halla al entrar el Espíritu Santo en una nueva actividad en el alma. Por otra parte, los poderes del Espíritu, su acción en la profundidad del hombre que lo acoge, que le permite actuar, que desea una acción Suya más profunda, son reducibles 73 dos aspectos íntimamente relacionados: el poder de santificar la a persona, unirla con Dios más estrechamente, transformarla a imagen de Jesús. Es toda la vida espiritual interior de la persona que es tocada en un "nuevo" modo, en una "nueva" relación. A esta función fundamental del Espíritu, hay que añadir -otra no menos importante: la acción "carismática": el equipar a la persona con "nueva" fuerza y poder con sus dones, carismas gratuitamente dados para el ministerio de servir a los demás, edificando la Iglesia de Cristo en el amor. La consecuencia es manifiesta: a partir de este nuevo envío se entra en una nueva relación con el Espíritu de Jesús, en su doble manifestación santificadora y carismática; así, se puede intuir la importancia que encierra el deseo de ser beneficiados con una nueva Efusión del Espíritu, con el ser nuevamente bautizados en El.

Obviamente, aunque en el designio de Dios el envío de su Espíritu, el entrar en una nueva relación con El, sea universal, está destinado a todos, sin embargo, se dan diversidad de envíos: hay envíos o relaciones personales con El muy particulares; por ejemplo, cuando una persona es ungida con el Espíritu para ser testigo de Jesús con su muerte sangrienta, cuando lo es para profetizar, curar, servir a necesidades particulares, a lo cual no todos son llamados.39

NOTAS
S. Tugwell, en: R. Laurentin, "Pentecotisme chez les catholiques", Beau- chesne, París, 1974,42. C. Granado, "Renovación Carismática en la Iglesia. La oración hoy", (va rios), 1977,251. F. A. Sullivan, "Baptism in the Holy Spirit", Gregorianum, 55,1274, 61. F. A. Sullivan, o.c., 61. "La Renouveau Charismatíque", Colloque de Malines, 21-26, mai, 1974, 20. H. Caffarel, "Faut-il parler d' un pentecostisme catholique?", Edit. du Feu Nouveau, París, 1973, 51-52, Y.Congar, "Je crois en 1' Esprit Saint", Edit. du carf, París, 1979, II, 250-251. 7. "Le Renouveau Charismatíque", Colloque de Malines, 20. 8. D. Grasso, "Vivere nello Spirito, Ediz. Paoline, Roma, 1980, 119,. 9. R. Jacob, Tychique, n. 54, mars, 1985, 36. 10. J. Mateos, "Nuevo Testamento", Cristiandad, Madrid, 1974, 711. 11. S. Carrillo Alday, "El Bautismo en el Espíritu Santo", México, 1975, 21. 12. G. Martin, "Parish Renewal", Ann Arbor, Michigan, 12. 13. H. Muhlen, "Espíritu, Carisma, Liberación", Secretariado Trinitario, Salamanca, 1976, 18. 14. D. Gelpi, Alabaré, n. 11, (1974), 2. 15. P. Shoonenberg, "El Bautismo en el Espíritu Santo", Concilium, noviembre, 1974), 59. 16. J. Kurzinger, "Los Hechos de los Apóstoles", Edit. Herder, Barcelona, I, 28-30. 17. K. and D. Ranaghan, "Pentecostales católicos", Logos internacional, N. Y. 1971,25. 18. J. C. Haughey, 2, Studies in the Spirituality of Jesuits, The pentecostal Thing and Jesuits, (mimeografiado), 119. 19. E. O'Connor, "La Renovación en la Iglesia Católica", Lasser Press mexicana, 1974,193. 20. Colloque de Malines, 19. 21. S. Carrillo Alday, o.c., 19. 22. Card. Suenens, "¿Un nuevo Pentecostés?", Edit. Desclée de Brouwer, Bilbao, 1975, 21. 23. S. Carrillo Alday, o.c., 22. 24. Citas de diversos testimonios. 25. r<Nosotros proclamamos que 'Jesús es el Señor1 (. . .). Esta proclamación, hecha 'en Espíritu y en verdad', se está perfilando como el alma de la renovación, como su fuerza máxima. Pero hemos de tener bien claro en la mente que ese Jesús que, con Pablo, (Filipenses 2,11), proclamamos 'Señor', no es un Jesús cualquiera, un Jesús al óleo, o en acuarela: es el Jesús Crucificado Este es el Jesús, y no otro, el que el Padre nos da como Señor". R. Cantala messa, "Renovarse en el Espíritu", Librería Parroquial de Clavería, México, 1985,15-16. 26. J. C. Sagne, "El Espíritu Santo, Maestro de la vida interior", en Presencia de la Renovación Carismática. (Varios), 173, 178, 179. 27. S. Tugwell, "Did You receive the Spirit?" Darton, Longman and Fodd, Lon- don, 1973. Las definiciones de "el bautismo en el Espíritu Santo" pueden ser diversas. Pero concuerdan entre sí fundamentalmente. La experiencia de Pentecostés marca una época en la vida; es corriente oír a las personas referirse a un "antes" y a un "después". A este respecto escribe el P. Salvador Carrillo: "El día de este 'bautismo en el Espíritu' goza de particular significación en la vida religiosa de la persona que lo recibe. Cuando la persona es consciente de lo que quiere recibir, algo pasa en su vida. Y es fácil de comprender. Porque, si cuantas veces el Espíritu Santo, que es Fuerza de Dios, toma posesión de un creyente algo obra en él, ¡qué será cuando a ciencia y conciencia un cristiano prepara y abre su ser, su espíritu, su alma y su cuerpo, para que el Espíritu Santo lo llene en plenitud y sea quien dirija toda su vida!" El Cardenal Suenens expresó en una entrevista: "Participamos del Espíritu por el Bautismo y la Confirmación. Pero hay todavía una necesidad para muchos de nosotros de ser bautizados en el Espíritu, de experimentar una liberación del Espíritu, rendirse a El, permitir al Espíritu de Dios tomar posesión". C. Aldunate, La experiencia carismática, Edic. Paulinas, Santiago, Chile, 1977.10. 28. E. O'Connor, citado por W. Smett, "Yo hago un mundo nuevo", Edit. Roma, Barcelona, 1975, 97-98. 29. F. A. Sullivan, "Baptism in the Holy Spirit", Gregorianum, 55 (1974), 66. 30. R. Laurentin, o.c., 53. 31. K. McDoneU, citado por W. Smet, o.c., 98. 32. Ciertamente, no son éstas las únicas virtualidades fundamentales del Bautismo o efusión del Espíritu Santo. En las obras citadas y en otras que tratan el tema, pueden leerse y considerarse, así como las exigencias de la preparación. Cfr. R. Cantalamessa, "Renovarse en el Espíritu", Librería Parroquial, de Clavera, México, 92-107. S. Carrillo Alday, "La Renovación en el Espíritu Santo", Instituto de Sagrada Escritura, México, 1984, 45-52. G. Montague, "The Spirit and his Gifts", Paulist Press, N.Y. 1974, 3-17. F. A- Sullivan, "Charism and Charismatic Renewal", Servant-Books, Ann Arbor, Michigan, 1982, 59-76. Esta obra es fundamental y especialmente recomendada. 33. J. Carrillo Alday, "La Renovación en el Espíritu Santo", México, 1974, 47. 34. Por la importancia que tiene, no queremos omitir el tratar, brevemente, la relación existente entre el Bautismo en el Espíritu Santo y el sacramento de la Confirmación. Nos tomamos la libertad de hacerlo valiéndonos del resumen denso y exacto de HJ Caffarel en su obra: "Faut-ü Parler d'un Pentecotisme Catholique?" (p.56-58). "Puede afirmarse que, en un sentido amplio, se le ofrecen al cristiano, a lo largo de su vida, numerosas efusiones del Espíritu dentro de la comunidad de la Iglesia: todos los medios de santificación ya enumerados, en primer lugar el Bautismo, efusión primordial por la que el Espíritu Santo se nos da con la recepción bautismal, y la efusión definitiva y suprema: la visión de Dios después de la muerte; de otro modo, el despliegue en plenitud de la gracia del Bautismo. "Nos parece preferible reservar esta expresión de 'efusión del Espíritu' para una intervención más específica del Espíritu Santo. Pues bien, existe en la Iglesia un sacramento que es el de una especial 'efusión del Espíritu': el sacramento de la Confirmación. "Mientras que por el Bautismo el hombre pecador es sumergido en la gracia pascual de Cristo, activa en su Iglesia, para hacer participar al discípulo en la muerte y en la resurrección del Señor, la Confirmación hace participar al bautizado en la gracia de Pentecostés; ésta es la acción de Cristo glorificado quien, por su Espíritu, anima a la Iglesia para que sea, en el seno de la humanidad,

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el testigo viviente de su victoria y de su poder, capaz de transformar el mundo. Por esto parece razonable que la Confirmación merezca ser* designada, de un modo especial, 'efusión del Espíritu'. "En la práctica, la Confirmación rara vez se recibe con las disposiciones que permiten al Espíritu Santo dispensar las riquezas de sus dones. La confirmación 'marca' al cristiano (imprime en él, como se dice en teología, un 'carácter') para que llegue a ser hijo de Dios movido por el Espíritu Santo (Romanos 8, 14). Importa mucho, por consiguiente, que todo cristiano confirmado sea ayudado a abrirse conscientemente a las gracias de su Confirmación. En esta perspectiva creemos que es necesario entender la petición de la 'efusión del Espíritu': el cristiano expresa su deseo de que el Espíritu Santo, recibido primeramente en el Bautismo y más especialmente en la Confirmación, actúe siempre más poderosamente tanto en su vida íntima como en su vida apostólica. Se puede pues, hablar aquí legítimamente de 'efusión del Espíritu1, puesto que se refiere a esta 'efusión del Espíritu' que es el sacramento de la Confirmación con el deseo de desplegar todas sus potencialidades. "Así aparece claro que la 'efusión del Espíritu' en la Renovación no tiene su razón de ser y no se entiende bien si no es en relación con el Sacramento de la Confirmación. Al menos, es una explicación que merece estudiarse seriamente. Es como el encuentro de dos intervenciones del Espíritu Santo, desde arriba y desde abajo, si podemos hablar de este modo: por el obispo que confiere el sacramento de la Confirmación al bautizado y por la asamblea que ora para obtener que los efectos de la Confirmación se desplieguen siempre más libremente en el que pide la 'efusión del Espíritu'. "En los cristianos cuya vida espiritual se desarrolla en crecimiento, la animación del Espíritu Santo se hace, poco a poco, más profunda y habitual, independientemente de toda petición de la 'efusión del Espíritu'." Sin embargo, en el punto que tocamos, se dan otras interpretaciones dignas de tenerse en cuenta. He aquí una de ellas que se presenta con especiales garantías de solidez: "Distinto del bautismo de agua en el nombre de Jesús, el bautismo en el Espíritu no recubre (no abarca) lo que los católicos designan como sacramento de la confirmación. Este sacramento 'se enraíza en el acontecimiento de Pentecostés, pero no expresa el contenido total de esta experiencia pneumática'. La confirmación es, ante todo, una confirmación, una ratificación del bautismo, que da solidez al cristiano para hacer de él un adulto en la fe, que imprime en él una marca indeleble por una visita especial del Espíritu Santo, con el texto de referencia de Isaías 11, y siguientes. El bautismo en el Espíritu al contrario, se presenta como revestimiento exterior de poder, que no imprime 'carácter' en el corazón del creyente, y se manifiesta por caris- mas en la línea de 1 Corintios 12. Y si la confirmación se refiere al texto de Hechos 8, 14-21, no da cuenta suficientemente de todo el contenido caris- mático de estos versos, subrayado por la reacción de Simón el mago. Si se continúa leyendo los Hechos, se puede notar que el episodio de Efeso se aparta más aún de la confirmación, con la manifestación carismática sencillamente mencionada en Hechos 19,6. En fin, el caso de Cornelio, inasimilable a la confirmación (ni la palabra ni el gesto), se inscribe perfectamente en la línea del bautismo en el Espíritu tal como la hemos expuesto. "Así el bautismo en el Espíritu se nos presenta como una experiencia única, sencillamente distinta de un mundo sacramental que se sitúa, esencialmente, en la línea de la gracia interior y la transmisión de la vida divina; (esto es igualmente verdadero de la confirmación, que imprime un 'carácter' interior, aumenta la gracia y fortalece la fe)". R. Jacob, Pour on contre le Capreme dans l'Esprit?, Tychique, n. 54, mars, 1985,35-36. Card. Suenens, en el prefacio a la obra de P. Philippe, "A fin que vous por- tiez beaucoup Fruits, Pneumatheque, París, 1982,1, 5. Para este punto de las discretas exigencias de la recepción del Bautismo en el Espíritu Santo, ver los autores ya citados. Incluimos, además, "The Life in the Spirit, Seminars Team Manual", (Catho- lic edition), Servant Books, Ann Arbor, Michigan, 1979,5,ss.; "Life in the Spirit Seminars", redactado por ICCRÓ, Roma, 1984, para todos los países de Africa, 5-20; P. Philippe, "A fin que vous portiez beaucoup de Fruits", Pneumatheque, Paris, 1982,1, 13-34. Es fundamental captar la relación que existe entre bautismo en el Espíritu Santo y conversión. "Algunos como H. Muhlen hablan de una 'segunda conversión', en oposición al primer conocimiento de Jesús adquirido en la niñez. Esta conversión está preparada por un mayor conocimiento de la esencia de nuestra fe: no un conocimiento de doctrinas sino Jesucristo, como centro de nuestra vida, Salvador y Señor. (...) El compromiso con Cristo implica la entrega a su Espíritu, la docilidad a sus inspiraciones, la receptividad ante sus dones, la apertura para con nuestros hermanos que forman parte del mismo Cuerpo, y con los cuales estamos unidos en el mismo Espíritu. La segunda conversión supone una gracia de Dios: gracia extraordinaria por su importancia, pero también gracia común ya que Dios llama a todos a esta conversión. El testimonio de otros que han experimentado esta gracia es el mejor aliento para los que Se sienten llamados a dar el paso. "Porque toda conversión es un compromiso, un paso decisivo en la vida. Y se da este paso con tanta mayor resolución cuanto mayor confianza se tiene de alcanzarla. "La segunda conversión es un paso en fe, en contradicción con 'el ateísmo de corazón que niega la posibilidad de que el Espíritu de Dios y de Cristo puedan ser activos entre los hombres en el tiempo presente'. "El 'Bautismo en el Espíritu' o 'efusión del Espíritu' es la experiencia que corresponde a esta segunda conversión. Y nuevas conversiones traerán consigo nuevas experiencias similares. Todas estas conversiones serán respuestas del hombre a las invitaciones de Dios que pide un cumplimiento cada vez más pleno del compromiso del Bautismo. Y cada nueva conversión remueve más los obstáculos que impiden nuestra receptividad a las gracias de Dios. "La experiencia inicial es el primer paso —y por eso muy importante— en la apertura al Espíritu. Es también el descubrimiento de los dones del Espíritu". C. Aldunate, "La experiencia carismática", 29-30. F. A. Sullivan, "Charism and Charismatic Renewal", Servant Books, Ann Arbor, Michigan, 1982, 70-75. V. Walsh, "A key to pentecostal catholic Renewal", key of David Publica- tion, Philadelphia, 1985,2ss.

IV

EFECTOS DEL BAUTISMO EN EL ESPIRITU Y SEGUIMIENTO

1. Efectos Tocamos brevemente un punto que está en íntima relación con otro ya antes abordado: exigencias del Bautismo en el Espíritu. Podríamos decir que viene a ser una continuación del mismo. Más de una persona que se dispone o, de hecho, ya ha recibido el Bautismo en el Espíritu, pregunta: "¿Y cómo sé yo si realmente lo he recibido o no?". Ya dijimos que se dan dos modos o dos movimientos de la gracia en nuestro consciente: uno, gradualmente, sin experiencia notable y aun sin percepción alguna interior, sino unida al crecimiento progresivo en la vida cristiana. Otro modo acontece repentinamente: la persona es capaz, puede precisar, casi con certeza, el momento en que decidió entregarse a Cristo, a la acción de su Espíritu y tuvo la experiencia del derramamiento interior de este mismo Espíritu. Y no es infrecuente que esta presencia percibida y en acción vaya acompañada de la aparición de uno o más carismas. Pues bien, a la pregunta formulada contestamos del modo siguiente: Para este segundo modo de recibir el Bautismo, tenemos unos criterios que, sin ser definitivos, sí nos dan una seguridad moral de haber recibido el Bautismo en el Espíritu: el gozo íntimo, la paz de una calidad "nueva" que la distingue de cualquier otra paz normal de la vida, la percepción purificada que sentimos del amor de Dios hacia nosotros, los impulsos discretos pero intensos que se levantan en nosotros a alabar a Dios, incluso las lágrimas que corren por nuestras mejillas, como expresión corporal de un toque interior, delicado del Espíritu. Son criterios "inmediatos" de que algo "nuevo ' ha pasado en nuestro ser íntimo bajo la acción del Espíritu cuando oraron sobre nosotros. A veces, estas percepciones las tienen algunos no en el momento mismo en que se ora por ellos, sino algún tiempo después, por ejemplo, cuando se retiran y reposan en su asiento, una o varias horas más tarde en un momento, quizás inesperado, incluso uno o más días después de haberse orado por ellos. Este, repetimos, es un aceptable criterio "inmediato". Para los que no han tenido experiencia inmediata alguna, que se han acercado a recibirlo y han permanecido en fe creyendo en que el Señor tiene caminos diversos y modos variados de actuar, hay un criterio que pudiéramos llamar criterio "mediato". También este criterio debe estar presente en los que han recibido el Bautismo en el Espíritu, por más que se hayan producido manifestaciones interiores, y aun externas, de su recepción. Es el criterio definitivo, sin el cual habría que dudar de la autenticidad del criterio "inmediato". Se trata, pues, de efectos producidos por la acción del Espíritu Santo que pueden darse con cierta superficialidad al comienzo o con una profundidad fuera de su actuar ordinario. En todo caso, todos y cada uno de ellos están sujetos a un desarrollo que, en una maduración constante y en un crecimiento progresivo, van a suponer toda una vida cristiana de acercamiento, de crecimiento y de asimilación de Cristo, por la acción del Espíritu. Son, resumiendo, los llamados frutos del Espíritu Santo (Gálatas 5, 22). Y recordemos que los enumerados por San Pablo vienen a ser como un muestrario. Hay otros fundamentales que él no incluye en la lista. Indicamos algunos, realmente importantes, siguiendo la enu meración de un autor tan solvente como T. E. Dobson. Lo hacemos resumidamente, inspirándonos en su pensamiento:

El desarrollo de una relación personal con Jesús El Espíritu Santo, vínculo de unión entre el Padre y el Hijo, y el supremo maestro de la vida espiritual, suscita en el que ha recibido el Bautismo en el Espíritu, un deseo creciente de conocer vivencialmente al Padre en Cristo Jesús; de otro modo, y consecuentemente, de establecer una relación íntima con Jesús, imagen perfecta del Padre. Y esta relación que irá tomando cuerpo progresivamente, se caracteriza, en su intimidad, por una relación de amistad. (En la mujer es posible que comience a tomar el aspecto de una relación esponsal). El, Jesús, por su Espíritu, ha "trastornado" nuestra vida (Efesios 4,23), y cuanto somos, deseamos y hacemos, anhelamos referirlo a Él. Y junto con esta relación de amistad, va creándose una relación de diálogo, de reciprocidad, de crecimiento personal, que llega a ser un elemento esencial en nuestra relación con Dios. A medida que el tiempo transcurre, somos fieles a la llamada interior del Espíritu y nos abrimos más y más a su acción; esta relación con Jesús se convierte en elemento "central" de nuestra vida. Ella transforma nuestros valores, nuestros deseos, aspiraciones, aun el uso del tiempo, del dinero, de la energía, de las cualidades humanas. Por eso, lo diremos después, esta relación personal con Jesús, se halla tan íntimamente unida a la oración personal y comunitaria, como momentos privilegiados de intimidad.

Llegar a ser una ”nueva persona" San Pablo nos asegura: "Quien está en Cristo, es una nueva criatura" (2 Corintios 5,17). En realidad, se refiere a los efectos de la nueva relación instaurada con Cristo a partir del Bautismo en el Espíritu: el nacimiento y el crecimiento de un nuevo ser. Efectivamente, la persona bautizada en el Espíritu comienza a experimentar la novedad de una transformación personal que, normalmente y con nuestra cooperación a la gracia derramada en nosotros, va desarrollándose en un proceso más o menos rápido e intenso. Esta transformación personal tiene su expresión concreta en la curación de antiguos hábitos que nos tenían encadenados y obstaculizaban fuertemente nuestra vida espiritual y la recepción de muchas gracias y dones del Espíritu.

Las expresiones con que se suele designar esta realidad de ser transformados por el Espíritu a imagen y semejanza de Jesús, son varias: "Vivir en Cristo", "morir y resucitar con Cristo", "morir al pecado y vivir para Dios", "vivir en el Espíritu", "vivir teniendo a Cristo como centro de la propia Vida", "morir asimismo, al hombre viejo", etc. Todas estas expresiones quieren significar una cosa: la obra de Jesús en nosotros a través de su Espíritu, que se realiza en esa relación personal íntima comenzada y desarrollada a partir del Bautismo en el Espíritu. Revela, también, su poder sobre el pecado y su destrucción cada vez más profunda en nosotros. Algo imprescindible en toda vida espiritual es procurar no resistir a esta acción poderosa del Espíritu, sino cooperar con ella, con la misma gracia del Espíritu. • Una vida más profunda de oración Hay muchos cristianos, quizá la inmensa mayoría, que no tienen para la oración un puesto importante en sus vidas; ni aun siquiera como elemento secundario, pero existente. Otros, aunque oren, tienen una resistencia habitual a hacerlo. Pensamos que la razón fundamental - pero no la única— es que no les ha sido revelada, manifestada, la persona de Jesús. Entonces El es algo impersonal, no Alguien concreto al que hablamos, con el que nos comunicamos, al que oímos, con el que tenemos un intercambio lleno de confianza y de amor. Uno de los efectos del Bautismo en el Espíritu Santo es "descubrirnos" la persona de Jesús por la acción del Espíritu que actúa en nosotros poderosamente. Entonces, el mismo Jesús, a quien el Espíritu nos ha manifestado, nos conduce al Padre y nos guía personalmente hacia el Espíritu. Así se establece para unos, comienza para muchos, se intensifica para otros, una viva y profunda interacción de relaciones a través de la oración personal y comunitaria. La oración personal comienza a tomar vida en nosotros: empezamos a orar o lo hacemos de modo distinto a como lo veníamos realizando. La oración personal implica un tiempo. Tiene la exigencia de todo diálogo íntimo con un verdadero amigo en el nivel humano: pide el empleo de tiempo para que la comunicación, el diálogo, sea rico, profundo, íntimo; para que toque todas las capas de nuestro ser y llegue al nivel espiritual de la unión. Esto, precisamente, pasa también en la oración, por más que en ella el principal interlocutor sea Jesús, y contemos con la presencia y acción del Espíritu Santo, maestro insustituible de toda oración cristiana. Hoy, el encontrar tiempo para orar, para relacionarse, al menos en cierta amplitud, con el Señor, se hace especialmente difícil: las ocupaciones, los compromisos inevitables. . . todo parece que nos trata de cerrar el pasó á esta comunicación con Jesús por la oración personal. Sin embargo, cuando uno se ha decidido a orar, va descubriendo un nuevo mundo y se está dispuesto a sacrificar muchas cosas que antes parecían imposibles. Poique la comunicación con Jesús en una oración personal ha comenzado a ocupar el puesto que le corresponde en la propia vida y al cual el Espíritu de Cristo nos urge de modos diversos, a partir del Bautismo en el Espíritu. • La Escritura, los Sacramentos, la Iglesia se hacen más importantes Los testimonios respecto de estos elementos fundamentales son abundantes y, muchas veces, emocionantes. Incluimos algunos testimonios, como ejemplo: "Cuando leo la Escritura, tengo la persuasión de que Dios me habla a mí personalmente". "Tengo un hambre de la Palabra de Dios que parece no saciarse nunca". "Tengo un nuevo deseo, un nuevo fervor al recibir la Eucaristía". "Me parece que se cumple en mí la promesa de Cristo, pero de un modo vivencial: 'Quien come mi cuerpo y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él " (Juan 6,57). “He alcanzado un nuevo amor y fidelidad hacia la Iglesia-, la amo y la veo santa, aun en medio de sus imperfecciones; tengo verdaderos deseos de servirla y obedecerla". No puede haber duda en ello: puesto que el Espíritu Santo ha sido derramado en nuestros corazones (Romanos 5, 5), El actúa realizando la obra que le es propia; y en la nueva relación que ha creado entre nosotros y Jesús, nos infunde un nuevo amor a las Escrituras, a los Sacramento^ especialmente a la Eucaristía y a la Reconciliación; a la Iglesia, esposa de Cristo, amada y rescatada por su sangre preciosa (Efesios 5,25-30). • Donación de carismas Obviamente no nos sorprenderemos de ciertas manifestaciones del Espíritu Santo cuando consideramos el Bautismo en el Espíritu como nuevo envío del mismo, que implica un conocimiento experiencia! de Dios. No nos sorprenderemos de que se produzcan signos específicos y discernibles de su presencia y poder, los cuales aparecerán en las vidas de quienes han sido bautizados en el Espíritu. Estas manifestaciones a que nos referimos y que se apoyan en la nueva relación de la persona con el Espíritu Santo, las llamamos "carismas": dones gratuitos concedidos por el Espíritu a cada uno, según Su querer. Su finalidad no se orienta, precisamente, a enriquecer espiritual- mente al sujeto, al menos como objetivo principal, sino a la edificación del Cuerpo de Cristo, la Iglesia (1 Corintios 12,7-11). Los carismas los da el Espíritu Santo a los miembros de la comunidad eclesial según le place; y de un modo complementario, sin que un miembro de ella reciba todos. Así se pone de manifiesto que cada uno necesita del otro, como la comunidad tiene necesidad de los miembros y éstos, a su vez, de la comunidad. Y el Espíritu Santo que es quien dirige a la comunidad, a la Iglesia, al hacerse presente en ella, lo hace también a través de los carismas (1 Corintios 12,7-11).

• El servicio a los necesitados Todo cristiano, en expresión de San Pablo, es un embajador de Cristo (2 Corintios 5,20) o cooperador (1 Corintios 3,5-9) de su obra. Con mayor razón podemos a firmarlo cuando el Espíritu Santo nos ha dado alguno de sus carismas, cuya finalidad es contribuir a la edificación y crecimiento de la Iglesia. De este modo, El nos hace capaces de ayudar eficazmente a aquellos que se encuentran en alguna necesidad. Las cualidades humanas evidentemente tienen su valor y han de ser utilizadas a su debido tiempo. Pero tienen un límite, más allá del cual su eficacia se apaga. Cuando los carismas entran en acción (recordemos que éstos se apoyan) tienen su base en cualidades humanas; entonces éstas son llevadas más allá de lo que pueden dar por sí mismas: la fuerza del Espíritu las "revitaliza", las asume y les da una fuerza y eficacia que pertenecen ya al orden sobrenatural. Tal puede acontecer con el carisma de la predicación para convertir, con el carisma de la curación para obtener la salud física o emocional y con tantos otros. Por eso, los que han sido bautizados en el Espíritu y han recibido algún carisma, suficientemente discernido (Lumen Gentium 12), deben beneficiar discretamente a otros de él. Así contribuyen al crecimiento del Cuerpo de Cristo, la Iglesia. Terminamos este apartado con un pensamiento del mismo T. E. Dobson, glosado sencillamente: La experiencia de la Escritura, de la historia, manifiesta que el Bautismo ert el Espíritu es una parte ordinaria de la vida cristiana. Este elemento común que fortalece con el poder del Espíritu a las personas bautizadas en El para vivir con plena conciencia su compromiso bautismal, les da un conocimiento experiencia! de Dios; proporciona, frecuentemente, alguno o algunos de los carismas, para trabajar más eficazmente en la viña del Señor ; da un nuevo entusiasmo y un nuevo amor. Es, por lo tanto, algo deseable que debe ser pedido discretamente, y, en modo alguno, debemos considerarlo con desdén o periférico a la vida de la Iglesia; es decir, algo que puede elegirse o rechazarse sin más, de acuerdo a los propios sentimientos. Naturalmente, su gran importancia requiere una preparación de la que hablaremos más adelante. Es preciso insistir discretamente, siguiendo el pensamiento de San Pablo y de Santo Tomás, en que, quienes reciben el Bautismo en el Espíritu Santo, tengan el deseo y pidan con plena disponibilidad que se liberen en ellos los carismas según el beneplácito del Señor. La experiencia demuestra que vienen a ser una parte importante de la "nueva vida" que se instaura en la efusión recibida, al ser invadidos de una manera nueva por la fuerza del Espíritu. Así como participan más intensamente de la vida de Dios, participan también más intensamente de su poder. El mismo Vaticano II se muestra en este punto alentador (Gaudium et Spes 12; Presbyterorum Ordinis 9; Apostolicam Actuositatem 3). El hecho de que reciban gratuitamente alguno o algunos carismas no quiere decir que sea necesariamente en el momento en que se esté orando por ellos pata el Bautismo. Puede ser entonces, puede ser después; pero, en todo caso, viene a ser el signo de la presencia de Él. Pues bien, la experiencia de toda vida espiritual, aun la de aquéllos que han sido transformados de un modo fulgurante como San Pablo, requiere un verdadero seguimiento. Es necesario fortalecer, purificar y madurar la conversión incipiente, aunque ésta sea un "gran paso" en el camino del Señor. El mismo apóstol nos dice que él se retiró durante tres años al desierto de Arabia (Gálatas 1, 17). Sin duda, fue un largo tiempo de meditación, de un mayor conocimiento del Señor Jesús, de una maduración en él de los frutos del Espíritu que habían comenzado a germinar en su conversión. Y, quizás, una lucha contra la tentación inherente a todo auténtico entregarse al Señor. Esta es la pedagogía ordinaria de Dios con aquellos que responden a su llamada y no quedan excluidos de ella quienes tienen una fuerte experiencia de Dios en el Bautismo en el Espíritu. • La llamada "puerta giratoria" Por otra parte, y en una experiencia contraria, se han dado casos, no tan infrecuentes, de personas que se acercaron a recibir el Bautismo en el Espíritu, tuvieron la fuerte experiencia de la acción del Señor en sus vidas, comenzaron sinceramente una vida nueva guiada por el Espíritu que suscitaba y hacía crecer con vigor sus frutos (Gálatas 5,22), pero el entusiasmo de los comienzos se fue, aparentemente, apagando poco a poco, se vieron aún con antiguas imperfecciones, se sintieron atacados por la tentación, fueron descuidando los medios de fortalecimiento espiritual y desalentados, cansados prematuramente, turbados, desorientados, terminaron por irse abandonando y volver a la situación anterior en la que estaban antes de recibir el Bautismo en el Espíritu. Dejaron los grupos de oración, abandonaron la frecuencia de los sacramentos. He aquí la "puerta giratoria". Salieron por la misma que habían entrado, pero por un lado falso, fueron engañados, por sí mismos, por el espíritu del mal que aprovechó con éxito su situación. Espíritu en la persona, que la manifiesta perceptiblemente por los carismas. La participación en Su vida y en Su poder, aun de una manera que nos sorprenda, entra en Su plan de salvación, forma parte de Sus deseos más íntimos respecto de Sus hijos, y, en cierto modo, nos traslada a Sus designios divinos antes del pecado original. "En esta dinámica (de la Efusión del Espíritu por la imposición de manos y la oración de la comunidad), se destacan el acento en el Señorío de Cristo, el ofrecimiento de sí mismo al Señor Jesús, la expectación del Don y sus manifestaciones particulares (cf. 1 Corintios 12,12-27). El Espíritu Santo, enviado 'a fin de santificar todas las cosas llevando a plenitud su obra en el mundo' (cf. Plegaria Eucarística IV), concede los carismas para que los creyentes anuncien eficazmente el Reino. "Tres elementos que muestran una marcada semejanza entre las dos experiencias (de Ejercicios espirituales y Renovación carismática): el conocimiento profundo del Señor Jesús, la Consagración a su Reino (suponemos conocida la meditación de

dos Banderas, EE 145-147), el ofrecimiento al Señor Jesús. Estos tres elementos convergen para crear una unidad: conocer al Señor Jesús de una manera tan nueva y abrumadora que uno se le entrega a Él —y a su Reino— sin reservas".1,2 2. Necesidad del seguimiento  La experiencia: Uno de los efectos del Bautismo en el Espíritu, entre otros, hermosos y profundamente renovadores, es la "conversión" o la profundización de la misma. Esta, a su vez, implica el nacimiento o la maduración de otros frutos espirituales que constituyen el Bautismo o efusión del Espíritu Santo en una piedra angular de la Renovación Carismática.Olvidaron, por otra parte, que toda vida espiritual está sujeta a un proceso, que toda conversión y toda nueva vida hay que fortalecerla, al menos durante un tiempo regularmente largo, a menudo durante toda la vida. Esto es capital.  La falta de seguimiento Una de las causas de este desastre, o del estancamiento en lo recibido en el Bautismo en el Espíritu, o del retroceso, puede ser —y de hecho lo es, muchas veces— el no haber recibido seguimiento espiritual una vez terminada la etapa de preparación al Bautismo en el Espíritu y su recepción. Esto nos hace pensar en la gran necesidad de que ha de continuarse atendiendo a cuantos recibieron el Bautismo en el Espíritu, sin excepciones. Y esto es lo que desde un comienzo se ha procurado hacer en la Renovación Carismática. No basta, de ordinario, con la asistencia perseverante a los grupos de oración. Se impone un seguimiento adicional para estas personas que puede extenderse por un tiempo discreto.  Los frutos de este seguimiento Pueden ser abundantes. Indicamos, a modo de ejemplo, algunos de ellos sin agotarlos: Un conocimiento mayor, progresivo, de la Renovación Carismática, de lo que realmente es, en sus líneas generales. Un conocimiento incipiente, si se quiere, de los carismas, de su importancia, de su buen uso, de su apertura de la persona hacia ellos.  Una vivencia de cuanto se le va mostrando, de modo que no quede reducido a mera teoría, sino que se vaya introduciendo en la mente y en el corazón.  Una persuasión de emplear, con una convivencia cada vez más iluminada, los medios ordinarios, indispensables, de crecimiento espiritual: la Palabra de Dios, los Sacramentos, de modo particular la "Eucaristía", pero sin descuidar el uso relativamente frecuente y muy consciente de la Reconciliación, la oración personal.  Una persuasión de que otros medios, empleados con fe, pueden ser una ayuda valiosa para que el Señor sea cada vez más el centro de la vida: la devoción a María, el amor a la Iglesia, la obediencia a los "pastores de ella", particularmente al propio, el obispo.  Nos haríamos demasiado prolijos si continuáramos enumerando los frutos que puede producir el seguimiento dado a las personas después de haber recibido el Bautismo en el Espíritu Santo. Y todo ello influirá en reafirmar, madurar, fortalecer, la "Nueva vida" de la persona. • ¿Cómo realizar el seguimiento? Tratamos de dar pautas para ponerlo en práctica. Los modos son diversos y están condicionados por las posibilidades de las personas que lo reciben, por los que dan el seguimiento, aun por el lugar en que se hallan ubicadas.  En algunas partes, se da el seguimiento a través de los llamados "Cursos de crecimiento", durante un año o medio año (un día a la semana). Disponen de un Manual hecho expresamente para el caso.  Hay quienes emplean para ello retiros de crecimiento que los dan en fines de semana consecutivos o distribuidos a lo largo de un tiempo de discreta duración.  Pueden darse a través de una "convivencia" de un día, durante un lapso conveniente, pero de modo que no se distancien mucho una convivencia de la otra.  Sabemos que también cabe —así se ha hecho la experiencia— asignar a una persona un "acompañante", que sea un poco su guía espiritual. Entendemos que este modo requiere que el acompañante esté preparado para su misión, que sea seguro en la fe, que tenga fuerte y auténtica experiencia de Dios, que conozca bien la Renovación y los aspectos fundamentales de ella, que discreto y equilibrado emocionalmente, y aun la edad se ha de tener en cuenta, porque a ella, ordinariamente, van ligados aspectos humanos y espirituales que necesitan tiempo para madurar.  Caben otros modos que, sin duda, existen. Lo importante es tener conciencia de la importancia del seguimiento que debe darse a los que han recibido el Bautismo en el Espíritu. A este seguimiento va ligado, en gran manera, el crecimiento de lo que ha comenzado y aun la perseverancia. Nos consta que en algunas partes se da el seguimiento de acuerdo a la temática de los Ejercicios espirituales de San Ignacio, repartidos a lo largo de un año, un día a la semana. Y nos confirman que el éxito ha sido manifiesto. Los miembros de la/ Renovación que han recibido el "Bautismo en el Espíritu" tienen que continuar el proceso de renovación y conversión por medio de la conferencia o retiro anual, semanal (o grupo de oración), fidelidad a la oración, la lectura de la escritura, etc.3,4

3. Resumen y complemento  El Bautismo en el Espíritu Santo Es muy importante comprender con toda exactitud el sentido del Bautismo en el Espíritu Santo, prepararse para recibirlo y caminar madurando y profundizando sus efectos.

— Una preparación responsable
La importancia del Bautismo en el Espíritu se ve confirmada por la esmerada preparación que se exige dondequiera que se hacen seminarios de vida en el Espíritu; por el método que se sigue, avalado por la experiencia y el éxito espiritual; por la preparación responsable que deben tener cuantos colaboran, de un modo o de otro, en disponer a los que desean recibirlo.

— Una marcha de conversión personal
El Bautismo o Efusión del Espíritu Santo no es un rito propiamente. Es "una doble marcha" que se hace con vistas a una intervención específica, profunda, del Espíritu en la vida del que lo pide. Es una marcha de "conversión" personal y de renovación espiritual: El Bautismo sacramental nos ha revestido del "hombre nuevo" en expresión de San Pablo (Colosenses 3,10); hemos sido trasladados del reino de las tinieblas al reino de la luz (Efesios 5,8); nos hemos revestido de Cristo (Gálatas 3,27); participamos realmente de la vida del Padre en Cristo por el Espíritu (2 Pedro 1,4). Ahora, al recibir la Efusión del Espíritu, profundizamos esas "inmensas" realidades, por el poder del Espíritu Santo que nos abre a su acción. Pero esta realidad pide de nuestra parte, una apertura a su acción que exige un itinerario de "conversión" de todos nuestro ser al Señor. Aun para poder realizar esta marcha necesitamos la gracia de Dios, que no niega nunca. Está a nuestra disposición para renovarnos espiritualmente y vivir nuestra realidad de bautizados, la identidad cristiana que está en lo más profundo de nuestro ser: Hijos de Dios, en Cristo, por el Espíritu Santo.

— Una transformación progresiva
Nb es otro el fin de pedir la Efusión del Espíritu Santo: se trata de vivir esta renovación incesante espiritual, esta conversión constante al amor del Padre, a ejemplo de Cristo Jesús en la fuerza del Espíritu. Por más que se requiere, ordinariamente, una conversión, ésta debe irse profundizando más y más. La divinización que existe en lo más íntimo de nosotros debe serlo también en el plano del comportamiento cristiano, teniendo siempre la mirada fija en el modelo supremo, Jesús. Se trata de nuestra "transformación" progresiva en Cristo (Gálatas 2, 19-20): adquirir los modos de pensar, de ver, de actuar de Cristo Jesús; llegar a ser la imagen del Hijo; imitar al Padre celestial, imitando a Jesús en el que somos hijos de Dios (Efesios 1,3-11; Romanos 8, 29-30).

— Una obra por encima de las fuerzas de la naturaleza
Por eso se pide la Efusión del Espíritu Santo: para poder realizar una obra que está por encima de las fuerzas de la naturaleza, tomando conciencia de nuestra impotencia y debilidad (Juan 15,5). Al pedir la Efusión del Espíritu Santo se debe estar muy consciente de la obra que trata de realizar en nosotros y, como irradiación de Cristo, dentro de nosotros, en los demás. Esta doble dimensión no es posible vivirla a fuerza de "puños", ni de voluntad, por más que siempre esté presente ante nosotros la exigencia irreemplazable de cooperar en la obra de Dios. Se tiene la experiencia de la profunda realidad de la palabra del Señor: "Sin mí, nada podéis" (Juan 15,5); se vive en la experiencia ajena la expresión paulina: "Todo lo puedo en Aquél que me conforta" (Filipenses 4,13). Y éste es Cristo por su Espíritu.

— Un acto de Fe
Frente a esta realidad, el que pide el Bautismo en el Espíritu se decide, con la gracia del Señor, volverse seria y profundamente hacia El; convertirse, rompiendo con el mundo de pecado, de tibieza, de infidelidad al Dios que lo llama y quiere santificarlo. Decide hacer un acto de fe en el poder del Espíritu en el que Jesús ha puesto la realización del plan de santificación del Padre y desea ser conducido por El (Gálatas 5, 16). Se da en él, por lo tanto, una renuncia al voluntarismo; es decir, al poder de la voluntad, al margen de Jesús, para hacernos auténticos cristianos. No se renuncia a la cooperación que podemos y debemos dar a la acción del Espíritu a través de nuestra facultades, de los dones naturales con que El nos ha enriquecido. No es una renuncia mal entendida para caer en un peligro mayor: el "quietismo", el dejarlo todo al Señor y cruzarnos de brazos, esperando pasivamente su acción eficaz al margen de nuestra cooperación. Sabemos que la fe en el poder del Espíritu no suprime la "necesidad" de la mortificación y abnegación, de una discreta vigilancia espiritual sobre nosotros, pero todo esto, siendo necesario e irremplazable, ocupa el segundo lugar (1 Corintios 15,10). Aquí es donde se sitúa la petición de la Efusión del Espíritu Santo en su lugar más exacto y profundo: realizar este plan de santificación del Padre que, por nosotros mismos, somos totalmente incapaces de comenzar, proseguir y coronar. Esta petición, aunque externamente se pida a la comunidad, en su realidad más íntima se reclama humildemente al Señor. El es el único que puede concederla. Se quiere y se pide pertenecer totalmente al Señor; se anhela entregarse a la acción poderosa del Espíritu, que habiéndolo ya recibido en el Bautismo y en la Confirmación, no ha realizado su tarea en plenitud

porque nuestro corazón ha estado más o menos cerrado a su fuerza transformante. El egoísmo, la sensualidad, la soberbia, el temor a las exigencias de Dios, la pereza, el voluntarismo, han levantado un muro que el Espíritu del Señor no ha derribado, respetando nuestra elección frente a El. Ahora renunciamos a este mundo de tinieblas y nos abrimos a su acción. — Un acto comunitario La petición de la Efusión del Espíritu Santo es, también, un itinerario o una marcha "comunitaria". Todos y cada uno de los que se hallan presentes en la ceremonia hacen suya la petición del hermano o de la hermana; se sienten verdaderamente unos en Cristo con ellos y tienen muy presentes las palabras del Señor: "Si dos o tres, sobre la tierra, unen sus peticiones para pedir cualquier cosa, ésta será concedida por mi Padre. Porque donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos", (Mateo 18, 19-20). Pero más aún que esta promesa del Señor, halla un eco sorprendente en los grupos de oración, la palabra solemne de Jesús que asegura bajo su autoridad: "Si vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan" (Lucas 11,13). Es toda la comunidad de fe y de amor,, reunida en torno a Jesús, la que pide, desde el fondo de su ser, invadido por la esperanza de la promesa del Señor, la Efusión del Espíritu Santo; su oración, unida a la misma dé Jesús por su Espíritu, ora en los que piden y por los que piden en lenguaje "inefable" al que el Padre no puede resistirse (Romanos 8,27). Se trata de una intervención "poderosa" del Espíritu Santo. Recibido ya en el Bautismo y la Confirmación, de hecho produce sus efectos, partiendo de estos dos sacramentos, con mayor eficacia al tomar una "nueva conciencia", al "redescubrir" con mayor claridad su misión y la fuerza de su acción, por una preparación plenamente consciente y en una actitud de conversión y de renovación profunda espiritual. Las energías que comunican estos dos sacramentos de la iniciación no actúan automáticamente. Es necesario ponerlas en situación de desplegarse. Y esto, precisamente, es lo que se pretende en la Efusión del Espíritu: alma de la Iglesia, animador y santificador del Cuerpo Místico, se derrama sobre cada uno de sus miembros, cuando se le quitan los obstáculos que lo impiden. Esta Efusión no es algo que viene de fuera-, salta desde dentro, desde lo más íntimo de nosotros donde habita, como en su morada, el Espíritu del Señor. El Espíritu Santo no realizará esta obra a menos que nosotros le permitamos invadirnos y tengamos el deseo, que El mismo suscita, de llenarnos de Sí y de sus dones. Y la petición de la Efusión del Espíritu, en amor y en humildad, es precisamente decir "Sí" a este impulso interior que El mismo se ha adelantado a poner. Toda la comunidad, en un gesto de hermandad en el más purificado amor, ruega al Padre de Jesús que cumpla la promesa de su Hijo. Por eso, la oración de la comunidad, sin que sea estrictamente necesaria —el mismo Jesús puede bautizar al margen de toda otra participación y puede realizarse si ora una sola persona que pide la Efusión— siempre será aconsejable y preferible la presencia y la petición ferviente, en fe y en amor, de toda la comunidad. — Una donación de carismas Ya lo hemos indicado: los Seminarios de Vida en el Espíritu tienen como finalidad prepararnos para recibir la Efusión del Espíritu Santo, una más plena y consciente recepción de su poder para ayudarnos a vivir la nueva vida que se centra en una experiencia de relación íntima con el Señor, que se irradia en todas las circunstancias de nuestra existencia; dicho de otro modo, para vivir el Evangelio en plenitud hasta sus últimas consecuencias. Esta fuerza del Espíritu, El nos la comunica gratuitamente y con ella va operando nuestra transformación en Cristo. Pero no se agota con ello la virtualidad del Seminario de Vida en el Espíritu. También aquí hemos de tener en cuenta los carismas: esas gracias gratuitas del Espíritu para "edificar" la Iglesia en el amor y el servicio a nuestros hermanos. Por eso, es frecuente que el Señor se prodigue, de un modo o de otro, con sus dones. Sobre todo, la donación del carisma de lenguas es una manifestación del Espíritu, que se hace presente en no pocas personas en la misma recepción del Bautismo. No es indispensable, ni señal fehaciente de haber actuado más fuertemente el Espíritu que en aquel que no lo recibió; pero debe apreciarse como un hermoso don privado de alabanza y es necesario pedir al Señor que, según sus planes, se digne concederlo a muchos. La misma charla que precede a la recepción del Bautismo se presta a tocar discretamente este punto de modo que se cree un deseo vivo, pero discreto y pacificante, de él. Todo su ser debe hallarse embebido en el deseo de que el Señor cumpla su promesa para con él, esperando de su misericordia esta gracia más allá de lo previsto. — Una colaboración bien preparada Cuanto antecede nos pone de manifiesto la gran importancia de los Seminarios de Vida en el Espíritu y la responsabilidad que todos cuantos participan se echan a cuestas ante el Señor y sus hermanos. Por eso, toda la preparación, que debe ser cuidada con esmero, ha de estar bajo el clima de una oración intensa y de una capacitación, aunque humana, digna del Señor y de la repercusión profunda en el porvenir espiritual de los que piden el Bautismo en el Espíritu. No deben ser admitidos a colaborar sino personas de plena garantía humana y espiritual, convenientemente preparados. Si en todo ministerio ha de haber selección, éste la requiere más que ninguno. Sin tratar de exagerar, creemos que deben tomar con toda seriedad, en conciencia, su cooperación, y atenerse a cuanto los organizadores y el método seguido les indiquen. No obstante lo dicho, siempre será cierto que se darán excepciones y que la infinita libertad del Señor, puede actuar y "bautizar" en el Espíritu Santo, cuando quiera y como quiera.

NOTAS

1. 2.

T. E. Dobson, "Understanding the Catholic Charismatical Renewal", Easter Publications, Lakewood, Colorado, 1985, 5-7. F. Cultrera, "La Efusión del Espíritu Santo y el Coloquio de las dos Banderas", en: Ejercicios espirituales y Renovación Carismática, Centrum Ig- natianum Spiritualitatis, Roma 1989, 125-126. 3. Para lo expuesto anteriormente es muy inspirador, por su riqueza y acierto, el resumen de T. E. Dobson en la obra citada más arriba, 5-7. 4. "La Renovación es un proceso que no se cierra dentro de una estructura. Generalmente comienza con un encuentro con el Señor y con una decisión de entrega. Esta entrega se va concretando a través de una "vida nueva" (. . .). En la Renovación, la decisión se concreta alrededor de la "efusión del Espíritu Santo", porque este paso contiene un compromiso de fidelidad al mismo Espíritu" (. . .) La decisión es creadora, porque es una entrega de voluntad para cooperar con la voluntad de Dios en una "nueva creación.. .'(2 Corintios 5,17). "Esta decisión comprende varios pasos, aunque la persona concreta no tenga conciencia clara ordinariamente de cada uno de ellos: El deseo. La iniciativa es de Dios; El pone en el corazón del hombre ese deseo de un cambio de vida, que El acoge. "La petición responsable que hace con plena conciencia del compromiso de entrega que se contrae. Pedir esa gracia de Dios es, implícitamente, comprometerse a ser fifeT a ella. Recepción de esa gracia. Es la acogida en la fuerza que se recibe. Esta recepción sigue inmediatamente a una petición bien hecha, (Lucas 11, 9-13; Marcos 11, 22-24). Perseverancia en fidelidad. Esta solamente es posible con la gracia recibida. Es una nueva manera de vivir bajo *la dirección del Espíritu Santo, que supone e implica una colaboración consciente a su acción en el alma. "Por eso, con razón, se le da una importancia de primer orden al bautismo o efusión del Espíritu Santo en la Renovación Carismática." C. Aldunate, o.c., 43-44". Esencialmente, la efusión del Espíritu Santo no es la experiencia de carismas sino el conocimiento "íntimo" de Jesús el Señor. (Y. Congar y F. A. Sullivan). Esta afirmación tiene sus raíces en la Biblia. Pablo pone como fundamento de su tratado sobre los carismas (1 Corintios 12-14), la discriminante cristología: "nadie puede decir 'Jesús es el Señor' si no es impulsado por el Espíritu Santo" (1 Corintios 12,3). Es la acción del Espíritu la que le revela al creyente de manera existencial la verdad central de la fe: Jesús de Nazaret, muerto en la cruz, ha resucitado y ha sido proclamado Señor. Experiencia única y en cierto modo intraducibie: a la mirada atónita aparece la gloria del Señor Crucificado; el creyente se le entrega por entero y sin reservas. Hemos descrito el núcleo de la experiencia de la efusión del Espíritu. Así es como se muestra en numerosos testimonios: un encuentro con el Señor Jesús, con unas características experienciales tan marcadas que producen la impresión de que antes sólo se lo conocía de oídas (cf. Job 42,5). La promesa del Paráclito en el Evangelio de Juan se refiere asimismo, a un conocimiento profundo del misterio de Cristo: "El consolador que os enviará recordando todo lo que yo os he dicho" (Juan 14,26). "Cuando venga El, el Espíritu de la verdad, os irá guiando a la verdad toda" (Juan 16,13). La verdad toda entera a la que conduce el Espíritu no es una revelación nueva. Enseña la misma verdad de Jesús con una plenitud nueva: toda entera, dada la verdadera inteligencia que penetra hasta el corazón de esta verdad y la hace comprender desde dentro. El Espíritu hace que la revelación de Jesús no quede en letra muerta sino que se haga para el creyente como una revelación nueva, interior, verdaderamente personal. La verdad toda entera es la verdad de Jesús, el ser mismo de Jesús, su obra y su persona, su misión de revelación y su obra de salvación: es Jesús mismo en el misterio de su relación con el Padre, Jesús como Hijo de Dios. "El himno cristológico de la carta a los Filipenses (2,5-11), expresa lo que la Iglesia primitiva entendió como misterio de Cristo, y a la vez recoge el itinerario de los Ejercicios Espirituales, la kenosis de la Encarnación, la humillación y obediencia de la cruz, la exaltación a la Derecha del Padre en la Resurrección y Ascención de Cristo. El himno expresa la esencia de la experiencia carismática: Jesucristo es el Señor (Filipenses 2,11). Al Jesús que fue condenado a muerte, el Padre lo ha resucitado de entre los muertos y lo ha constituido Señor. Como Señor, derrama el Espíritu sobre toda carne, (cf. Hechos 2f 22-36). El Espíritu, derramado sobre la carne, revela a Cristo, mueve a proclamar que Jesús es el Señor para gloria del Padre." F. Cultrera, o.c., 93-94. No están unidas indisolublemente, ni mucho menos, Renovación Carismática con Bautismo (o Efusión) del Espíritu Santo, aunque en ella, el Señor frecuentemente lo otorgue. "En los seminarios de introducción a la Renovación Carismática comunitaria, el adulto ya bautizado hace efectivo, de un modo personal y consciente, aquel camino que recorrió ya en su juventud por la catequesis y los sacramentos. En ellos se vuelven ahora más evidentes aquellas etapas del hacerse cristiano, a través de las cuales el Espíritu de Dios ha conducido a los hombres hacia una vida totalmente cristiana desde los comienzos de la Iglesia, (cf. Hechos 2,38): — conversión y decisión personal de fe; — aceptación renovada de la oferta divina de gracia sacramental; y — disposición de apertura a la plenitud del Espíritu Santo y a sus dones. "En esos seminarios los participantes se van preparando para un paso que se denomina 'renovación en el Espíritu'. En presencia de otros, ellos se colocan ante Dios para entregarle nuevamente su vida. Los presentes son invitados a seguir este acontecimiento con oraciones e imposición de manos. Si en la Renovación en el Espíritu se le otorga al hombre simultáneamente también una experiencia del Espíritu y en qué medida se le otorga esta experiencia, en la que el hombre resulta perceptiblemente sorprendido y poseído en su corazón por el Espíritu Santo y en la que él encuentra personalmente a Cristo, esto es algo que sigue siendo un misterio del designio gratuito de Dios y algo de lo que el hombre no puede disponer. A veces se otorga una experiencia tan intensa que adquiere el carácter de una vivencia de plenitud: algo que puede darse en conexión con todos los tres grados de crecimiento anteriormente mencionados (. . .) La oración en lenguas (. . .) no se considera en modo alguno como la puerta de ingreso o como él 'picaporte' de la experiencia carismática. En los seminarios introductorios se habla de este don del Espíritu como de uno entre otros. La experiencia muestra que sobre este don del Espíritu debería hablarse, como ocasión más propicia, en los encuentros de profundización. "Normalmente, los pasos de la conversión personal, de la curación interior, de la entrega de la vida, es decir, las primeras etapas de la Renovación en el Espíritu, constituyen un presupuesto para la recepción de los dones del Espíritu y también de la oración en lenguas. 'En.

esta entrega se incluyen nuestras capacidades y así permitimos al Espíritu que se apropie de nuestra capacidad de hablar, así podemos hacernos como niños y orar "en el Espíritu" (1 Corintios 15,15 y siguientes), es decir con el corazón y desde la profundidad de la persona. "Una marcha característica y decisiva de los grupos carismáticos es la que se llama muy frecuentemente efusión del Espíritu con preferencia a bautismo en el Espíritu Santo. En muchos grupos, se distingue a quienes han recibido la efusión del Espíritu y a aquellos que no la han recibido. "Hay un antes y un después. 'Antes': es un observador o postulante; 'después': se compromete, en solidaridad con el grupo. "Muchas sesiones tienen por fin explicar la naturaleza y ayudar a la preparación (...) El Padre J. Boishu, principal organizador (de la que el autor habla antes), abrió la sesión con estas palabras: "En la Iglesia hoy, los grupos de oración se multiplican. Algunos dicen ser de la Renovación Carismática. Un grupo de la Renovación no es un grupo de piedad, sino un lugar en el que cada uno hace la experiencia de Pentecostés. Muchos cristianos incluidos algunos que están en la Renovación, permanecen orando en el Cenáculo sin atreverse a salir. Muchos cristianos salen de allí por su propia iniciativa sin haber acogido el soplo del Espíritu Santo. No hacen sino una obra humana. La experiencia de la efusión del Espíritu Santo es central en la Renovación. Se trata de acoger el Espíritu de Pentecostés y de dejarse conducir más allá de los muros del Cenáculo y de los límites humanos". Y. Jehanno, L'enjeu du Renouveau Charismatique? Le Sarment, Fa- yard, 1988, 54 y siguientes. "Recordemos, una vez más, que en la vida cristiana, la experiencia espiritual, por intensa y transformante que sea, no es un fin en sí misma. Cede —debe ceder— el primer lugar al doble mandamiento del amor a Dios y al prójimo. San Pablo es claro y terminante en este punto. El excepcional capítulo 13 de su primera carta a los Corintios, lo demuestra manifiesta y vigorosamente. Y el verso 31 del capítulo 12 de la misma carta nos transmite este consejo y afirmación del apóstol: "Aspirad a los dones mejores. Y todavía os voy a mostrar un camino infinitamente superior: la caridad." Y. Jéhanno, o.c., 75".

V LOS CARISMAS Repetimos aquí, la observación hecha respecto de los Elementos anteriormente tratados: solamente hacemos ligeras indicaciones sobre los carismas. Tratarlos más detenidamente y en profundidad se reserva para la obra que se les dedica. "Los carismas van a construir la asamblea, haciendo un cuerpo articulado, constituido por una multitud de miembros movidos por el Espíritu y percibidos como tales. Los caris- mas son, en efecto, esas manifestaciones del Espíritu que actúa tan bien que su presencia se hace visible, audible, evidente. ¿Cómo no tener la impresión de 'tocar' el Espíritu en la interpretación de un canto en lenguas que nos permite 'aspirar' la brisa de su presencia? (...) Así, cada uno se constituye en miembro de la asamblea personalizada, única, por el hecho de uno o de varios carismas que el Espíritu le da. Una asamblea no será carismática si cada uno no se abandona a las iniciativas del Espíritu en él, se atreve a expresarse tal como se siente movido en el interior de sí mismo. Por los carismas distribuidos a unos y otros según el deseo del Espíritu, es como la asamblea entera se encuentra a sí misma. Particularmente la asamblea se constata purificada gratuitamente del arraigado individualismo que es el veneno de nuestras sociedades. La asamblea se vive, en efecto, como una 'Visitación': cada uno se regocija del don que él recibe a través del carisma de su vecino, cada uno se alegra por la acogida que todos hacen de su propio carisma. Así los corazones se dilatan y se hacen acción de gracias porque sienten el dinamismo del Espíritu que se manifiesta por esta sucesión de carismas".1 Pero no todos tienen la misma importancia. Los hay tales que, si faltan, la asamblea, aunque tenga otros, se sentirá como "amputada". Indudablemente, están la fe, esperanza y caridad antes que todo. Estas virtudes teologales son de tal importancia en la vida de una asamblea como lo son en la vida de todo cristiano. Es el don de la vida divina que anima o debe animar a todo cristiano y manifestarse bullente en él. Si el ejercicio de la fe, la esperanza y caridad no se da o se manifiesta muy mezquinamente en una asamblea de oración, ésta tendrá una vida lánguida. Recordemos lo que dice San Pablo sobre la caridad en su primera carta a los de Corinto (1 Corintios 13). Y esto mismo se puede afirmar, de la fe y de la esperanza. Los carismas no son tanto elemento característico de la Renovación cuanto elemento “esencial” Por eso se les reserva un tratado especial. "Uno de los méritos de la renovación carismática es recordar (. . .) la importancia de los carismas en la vida de la comunidad cristiana y de sus miembros. Su presencia en la Iglesia no es insólita o accesoria. Es una característica esencial de la misma (...) Los carismas son auxiliares indispensables de la caridad (...), su papel puede resumirse en una sola palabra: servicio". "La Renovación Carismática", Obispos canadienses. Mensaje a todos los católicos del Canadá, Otawa, 28 de abril de 1975, n. 14-15. 1. Listas principales de carismas 1 Corintios 12, 4-11.- 1 Corintios 12,27-28.- Romanos 12, 4-8. - Efesios 4, 7-11.- 1 Pedro 4, 10-11. Se mencionan otros carismas a través de la Escritura. Y éstas, manifiestamente, no son listas exhaustivas; vienen a ser muestrarios de un cúmulo admirable de carismas que el Espíritu suscita según las necesidades de la Iglesia. Indican la gran diversidad de modos de obrar de Dios en su Iglesia. En definitiva, su finalidad es acercar más y más al hombre a Él. 2. Explicación

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¿Qué son a partir del sentido de la palabra?: La palabra "carisma" viene del término griego "jarisma", cuya raíz es "jaris". Significa una "gracia", un "don gratuito". ¿Qué son a partir de los datos de la Revelación y de la enseñanza de la Iglesia?:  No son una gracia que "justifica", que diviniza al hombre, como lo es la gracia "habitual" o santificante"; las virtudes infusas de la fe, la esperanza y la caridad; los dones del Espíritu Santo (los llamados "siete" dones del Espíritu Santo). Estas gracias se confieren directamente en vista a santificar, transformar interiormente a aquél a quien se les da. También ésta es una gracia "gratuita": el hombre la recibe de Dios sin que se deba a ningún mérito.  Los carismas tienen como fuente al Espíritu Santo: él es el dador de ellos, los da a quien quiere y cuando quiere: Gaudium et Spes 12. Son una manifestación de su presencia y un signo de su acción, del "dinamismo" del Espíritu; de la "irradiación y libre circulación de la acción del Espíritu Santo".  Se dan directamente con vista a la utilidad común, a la "edificación" de la Iglesia en el doble sentido de la palabra: "a su construcción y al crecimiento del amor fraterno".  Aquél a quien se dan puede beneficiarse espiritualmente mucho: la actuación del Espíritu, a través de él, no puede menos de contribuir a construirlo a él también cristianamente y hacerlo crecer en el amor, si los utiliza debidamente. Uno de los signos de autenticidad de los carismas y de su buen uso es, precisamente, este crecimiento espiritual.  La concesión de los carismas no supone mayor santidad de vida.  El beneficiario no hace sino servir de "instrumento" para el bien total de la comunidad.  Los carismas pertenecen a la esencia de la Iglesia. Están dentro no sólo de la Revelación, sino de la enseñanza de la misma: Lumen Gentium 12; Apostolicam Actuosi- tatem 3.  Nuestra actitud respecto de los carismas: Lumen Gentium 12; Apostolicam Actuositatem 3.  Todo carisma necesita ser "discernido" en su autenticidad y buen uso: Lumen Gentium 12, Apostolicam Actuositatem 3, Presbyterorum Ordinis 9.  Los carismas suelen aparecer, normalmente, en forma "incipiente" (o "embrionaria"); no es lo común que ya desde el comienzo se muestren en pleno desarrollo. Este se va dando progresivamente, a medida de su uso correcto, de su discernimiento, de la entrega de la persona al Señor, de la docilidad de la misma a las mociones del Espíritu.

3. Consecuencias  Lo que constituye, entre otras, una diferencia fundamental entre la oración comunitaria de la Renovación Carismática y otras formas sociales de oración es el uso de los carismas. Esto no quiere decir que no se den, de hecho, en ellas. Pero en la Renovación Carismática se piden como un don gratuito, se colabora con el Espíritu en su aparición, se usan como elemento importantísimo para la "construcción" de la comunidad en el amor. Indudablemente, en la Iglesia no llegarán a extinguirse los carismas, por ser los dones de que va acompañada la presencia y acción del Espíritu y por ser una dimensión esencial de la misma. Pero en la hipótesis de que esto sucediera, la Iglesia se vería privada de un medio fundamental de edificarse en el amor, de crecer en Cristo Jesús, de evangelizar con poder.2 Entre estos carismas variados, que el Espíritu da según las necesidades de la comunidad, parecen sobresalir los que San Pablo enumera en 1 Corintios 12,7-11. Otras listas de carismas amplían el número y vienen a ser como un muestrario de los muchos que reparte el Espíritu según quiere. Pero en las asambleas de oración parecen prevalecer los que incluye la lista mencionada. De entre estos, hay varios que aparecen con más frecuencia: el don de lenguas, de profecía, de interpretación, de discernimiento, de curaciones. Todavía creemos que puede considerarse como el más común en los grupos de oración de la Renovación Carismática, el don de lenguas, con las diversas modalidades que tiene: hablar en lenguas, orar y cantar en lenguas. Existe un núcleo de la Renovación Carismática que creemos que constituye el ser íntimo o esencia de los grupos de oración. De él se tratará en otra parte.3 Aunque todos los carismas contribuyen, de modos diversos, a la edificación y crecimiento de la Iglesia en el amor, hay, sin embargo, carismas con una función especial en ella: así el Espíritu Santo une al pueblo de Dios con el Padre a través de los carismas de orar en lenguas, de interpretación, de profecía, de alabanza; robustece a la Iglesia a través de los carismas de "apóstoles", "profetas", "pastor es", "maestros", "evangelistas" (Efesios 4, 4-11); la conforta y cura a través de los carismas de curaciones, milagros, fe. Y es preciso no olvidar esto: aunque los carismas sean dados a las personas como mediadoras del Espíritu para otros, hemos de verlos dados primariamente para la comunidad. 4. Los carismas en el Vaticano II Los principales puntos doctrinales expuestos por el Vaticano II sobre este tema son los siguientes. (Aun corriendo el riesgo de repetir no poco de lo dicho anteriormente añadimos los que siguen. La repetición grabará más una doctrina tan necesaria y delicada).  Todos recibimos Carismas para utilidad de la Iglesia.  Hay carismas ordinarios y extraordinarios. (Hoy, a los teólogos no suele agradarles mucho esta distinción, por el peligro que ven de que ¡se valoren excesivamente los extraordinarios y, por el contrario, se tengan en menos los ordinarios que, por su mayor frecuencia, no pierden en importancia).  Todos son muy útiles y adecuados a las necesidades de la Iglesia.  No debemos pedir temerariamente los carismas extraordinarios.  Tampoco debemos esperar de ellos con presunción los frutos del trabajo apostólico.  Corresponde a quienes tienen la autoridad en la Iglesia emitir el juicio acerca de la autenticidad y del ejercicio razonable de, los carismas.  Todos tenemos el derecho y el deber de ejercitar los caris- mas para el bien de la humanidad y la edificación de la Iglesia.  Este ejercicio de los carismas debe hacerse en unión con los hermanos y, sobre todo, con los pastores de la Iglesia.  "Avanzando la edad, el alma se abre mejor y cada uno puede ejercer con mayor eficacia los Carismas que el Espíritu Santo le dio para bien de sus hermanos". (Cfr. Vaticano II, sobre todo Lumen Gentium, 12; Presby- terorum Ordinis 92;Apostolicam Actuositatem 34). La doctrina conciliar contenida en el No. 12 de la Constitución Lumen Gentium precisa varios conceptos importantes respecto a los carismas que debemos tener en cuenta para su justo aprecio.  Los carismas son "gracias especiales que el Espíritu Santo distribuye entre los fieles de cualquier condición". El término "especiar' no exige que sea algo extraordinario, ya que los carismas pueden ser también "ordinarios", según el texto Conciliar.4  La causa de los carismas es el Espíritu Santo que es el vínculo de amor del Padre y del Hijo y el alma de toda la Iglesia. Por lo tanto, todo carisma es una manifestación amorosa del Espíritu Santo que ama a la Iglesia y la enriquece con todos los dones que Ella necesita para su constante crecimiento.  Los beneficiarios de estos carismas son todos los fieles, cualquiera que sea el puesto que ocupen en la Iglesia. Todos los miembros de la Iglesia tienen que ser carismáticos. Una persona que no poseyese ningún carisma sería un miembro inútil en la Iglesia.  El fin de los carismas es "hacernos aptos y prontos para ejercer las diversas obras y deberes que sean útiles para la renovación y la mayor edificación de la Iglesia". Es una pena que no se haya tenido en cuenta esta sabia visión Conciliar para apreciar el valor y la necesidad de los carismas. (Y la dificultad que no pocos encuentran en admitirla de hecho y abrirse a estas gracias del Espíritu Santo). A esto se debe, en parte* el que la renovación y el crecimiento de la Iglesia no tengan la prontitud y dimensión que tanto anhelamos.  Los carismas tienen una función comunitaria y un carácter gratuito que los identifica.  Es también una característica de los carismas su intensidad, tanto en la fuerza como en la eficacia, para cumplir su fidelidad propia. Por eso no podemos llamar carisma a toda virtud o cualidad.

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— Para evitar las desviaciones y adulteraciones en los carismas y en su empleo está la gran regla pastoral, que "el juicio de su autenticidad y de su ejercicio razonable pertenece a quienes tienen la autoridad en la Iglesia". 5 5. ¿Por qué no se desarrollan más los carismas en los grupos de oración? Damos algunas orientaciones, sin intentar agotar las causas que pueden contribuir a que realmente ello ocurra.

La falta de fe en el Espíritu de Pentecostés: Cuando ésta se da, indefectiblemente se frena la vida carismática. No parece que el Señor prodigue el envío de su Espíritu cuando no se cree en que la realidad primitiva de la Iglesia invadida por el Espíritu, pueda acontecer hoy también en la vida personal de cada uno. Cuando no se suscita interiormente el deseo de recibir la efusión del Espíritu, consecuentemente, no habrá interés alguno en demandarla. Y si esto acontece en casi todos los que participan en el grupo de oración, éste se estancará, llevará una vida lánguida. Lo mismo habría que decir de los que, sin razón, están en contra de las afirmaciones clarísimas del Vaticano II (Lumen Gentium 12; Presbyterorum Ordinis 92; Apostolicam Actuositatem 34, etc.) y sostienen que los carismas fueron privilegio exclusivo de la Iglesia primitiva. Todos estos argumentos y tomas de posición repercuten muy desfavorablemente en la aparición y desarrollo de los carismas en el grupo de oración. El temor al Espíritu: El temor consciente o inconsciente de abandonarse activamente (cooperando con El) a su soplo. El mismo Jesucristo, en el coloquio con Nicodemo (Juan 3, y siguientes) indicó claramente lo imprevisible de su acción. Ponerse, pues, bajo su acción, es vivir un acto de fe, de confianza en su providencia. Y esto nos ha de conducir a una salida de nosotros mismos, de nuestros planes, de hacer lo que nos gusta, de no tener que correr sino los riesgos que nosotros mismos nos imponemos. Es contar con nuestras fuerzas fiados en que con ellas podemos andar en el camino espiritual, tranquilamente, como si desconociéramos la afirmación del Señor: "Sin mí nada podéis" (Juan 15,5). El temor de ser juzgados: Todos dependemos, más de lo que pensamos, del juicio de los demás; a veces, hasta la esclavitud. Evitamos quedar mal, ser juzgados y condenados. Velamos cuidadosamente por mantener una imagen que nosotros mismos nos hemos fabricado. Entonces, ¿cómo no temer ser juzgados por los demás, aun practicando discretamente el don de orar en lenguas u otros carismas? El temor de ser juzgados por otros y por nosotros mismos, que nos consideren ridículos, nos paraliza y nos hace prescindir y ocultar los dones del Espíritu por más discernidos que estén y sean usados con prudencia humana y divina. El culto o guarda excesiva del orden: Evidentemente, como afirma San Pablo, Dios, es un Dios de orden (1 Corintios 14,30). En el desorden, nada aceptable ni bueno puede florecer. Aun la misma acción del Espíritu Santo se obstaculiza o debilita. Las comunidades de Corinto, a las que Pablo reprende con energía, son buen ejemplo de ello. Pero una cosa es un orden discreto y otra muy distinta regular de tal modo cuanto se hace que no se haya lugar sino para nosotros. Es como cerrar las puertas al Espíritu Santo, a su acción. Todo es perfecto, acabado. No hay lugar para más. La Renovación pecó en sus comienzos de cierto desorden, no pocas veces acentuado. Quizás hoy tenemos el peligro de corrernos al otro extremo. Y cuando es así, ¿dónde y cómo podrá actuar el Espíritu Santo con el derramamiento de sus carismas? ¿Cómo dar lugar a su actuación tantas veces imprevista e imprevisible? El justo equilibrio, no fácil; de tener, es el que nos librará de ambos peligros. Bien merece que nos esforcemos por conseguirlo y lo pidamos como un hermoso fruto del Espíritu. La ignorancia: "He aquí la puerta abierta por la que entran los errores que desvían o falsean la vida de un grupo de oración carismático. Las consecuencias son lamentables; confusión entre intuición y palabra de conocimiento, tomar a la letra una palabra de la Escritura, prestar al responsable una obediencia tal que solamente le es debida a Cristo, atribuirle al Espíritu deseos que son nuestros. . . Muchos grupos tienen necesidad urgente de formación en la auténtica vida del Espíritu y de enseñanza de los caminos de la vida espiritual (El énfasis es nuestro). El "formulismo": "La imagen del 'carismático' tipo llega a ser una norma rápidamente: un verdadero 'carismático' debe batir las manos, repetir ¡aleluya! y tener presta una sonrisa que en los medios de comunicación se ostenta y se exhibe incesantemente. Ser uno mismo verdaderamente no es siempre fácil. Igualmente, en la reunión de oración puede darse una especie de ritual que no deja, muchas veces, lugar a la acción imprevista del Espíritu (...) Entonces no hay sino apariencias carismáticas que se suceden casi de manera bien determinada, minuto a minuto, como una liturgia sabia en la que todo está perfectamente programado". 6 La falta de personas formadas en la vida del Espíritu y en el discernimiento: Creemos que ello es el impedimento mayor al normal desarrollo y crecimiento de los carismas en la reunión de oración. Manifiestamente, los caminos del Señor, frecuentemente pasan por los caminos de los hombres. Queremos indicar que Dios, en su providencia, cuenta con personas que han aprendido a ser dóciles al Espíritu, que han recibido, ordinariamente, instrucción respecto de los caminos del Señor. Por lo tanto, son capaces de ser tomadas como instrumentos para orientar y dirigir a otros. Antiguamente, esta misión de guiar en la vida espiritual estaba prácticamente

reservada a los monasterios, a los formadores de novicios, a sacerdotes que habían adquirido prestigio en este arte espiritual. Hoy, parece que la realidad ha variado, al menos respecto de la Renovación Carismática. Son muchas las personas "sedientas" de Dios y anhelantes de progresar en sus caminos. Por otra parte, en los grupos de oración, la delicadeza del manejo de los carismas, la dificultad que no pocas veces ofrecen, la actitud de las mismas personas que son agraciadas: cerrada o imprudentemente abierta, hace que sea poco menos que necesario la presencia de personas formadas en la vida del Espíritu y en el discernimiento. En este campo no puede uno por su cuenta lanzarse, exponerse y exponer a otros a graves daños espirituales. La Iglesia siempre ha tenido gran celo y velado por este ministerio para no, dejarlo en manos inexpertas. La presencia de sacerdotes, religiosos y religiosas en los grupos de oración ha sido una gran ayuda, un don precioso del Señor. Pero el hecho de la oposición de no pocos responsables de la Iglesia a la Renovación Carismática o el mirarla con indiferencia, ha repercutido en los grupos de oración privándolos de la ayuda que estas personas experimentadas podían haberles prestado, sobre todo en el discernimiento. Hoy parece que el Señor está llamando a algunos seglares a suplir esta deficiencia. Estos deben tener la persuasión de que en el régimen ordinario del Espíritu, no basta la buena voluntad, ni, muchas veces, la unción del Espíritu. Es preciso instruirse en los caminos del Señor y tener la experiencia suficiente, normalmente adquirida al lado de verdaderos maestros.7 Habría que añadir otros obstáculos, tales como el excesivo anhelo de carismas (o carismanía); el mal uso que se hace de ellos; la carencia de buenos servidores, etc. Pero de esto se habla en otra parte. La tibieza de la alabanza. Ella es una causa, mejor dicho, un impedimento para la aparición y desarrollo de los carismas, en que buena parte de los mejores tratadistas convienen. Por otro lado, las razones de esta realidad son obvias. En la Renovación Carismática, concretamente en los grupos de oración, juega un papel fundamental la alabanza. Prescindiendo de los frutos abundantes y exquisitos que produce, cuando realmente es una alabanza ferviente, íntima, profunda, hemos de tener muy en cuenta la acción especial del Espíritu Santo que en ella se da. Toda oración, toda comunicación con Dios, lo es en el Espíritu: bajo su acción y por su fuerza. En la, oración de alabanza de un grupo, de una comunidad reunida expresamente para alabar a Dios en Cristo por el Espíritu, se da, y, frecuentemente, se hace sentir esa actuación poderosa de la presencia del Espíritu. Ya hemos dicho que los carismas son manifestaciones perceptibles de ésta. Cuando tal presencia es intensa, manifiesta que el Espíritu Santo quiere hacerse "tangible" por la aparición o intensificación de las manifestaciones que le son propias: los carismas. El hecho, pues, de que en un grupo de oración, al menos de cierto crecimiento, no aparezcan los carismas o sean infrecuentes y faltos de poder, indica que probablemente la alabanza es rutinaria, apagada, tibia. La alabanza cálida, nacida de lo profundo del ser, marcada con un deseo íntimo, ardiente de alabar a Dios no sólo muestra una acción a fondo del Espíritu: clama, implícitamente, porque El haga sentir su presencia poderosamente a través de los carismas para construir más y más en el amor la comunidad. Creemos acertada la expresión de un autor que afirma, al hablar de la ausencia de carismas en ciertos grupos de oración, que éstos no se dan porque "no tienen suelo donde arraigar". Y este suelo a que se refiere es, precisamente, la oración de alabanza pobre, tibia, sin alma.  El canto en lenguas es una modalidad de orar en lenguas. Cuando esta oración espontánea de orar en lenguas toma la forma de un canto colectivo improvisado, tal oración, a menudo, alcanza una gran belleza y una impresionante intensidad religiosa ante todo aquel que la escucha sin prevención. La experiencia nos muestra que el canto en lenguas surge bajo la fuerza del Espíritu, cuando realmente es auténtico, en momentos que no deben ser programados, pero que parecen pedir ciertas condiciones que favorezcan su aparición. Indicamos una secuencia flexible, que hemos encontrado repetidamente y que parece estar muy de acuerdo con la finalidad que el Espíritu Santo pretende al suscitar el canto en lenguas: alabar a Dios con una intensidad especial y elevar profundamente la oración interior del corazón.  No se trata de pasos seguros que haya necesariamente que dar, pero es conveniente enumerarlos, para ayudarnos y ayudar al Señor cuando quiere suscitar este carisma en la comunidad: Cuando la asamblea ha orado con profundidad, el Espíritu suele suscitar el deseo de intensificar más aún la oración. Entonces fácilmente nos hallamos en el estadio de un deseo profundo que invade nuestro ser de ir más allá, en nuestra alabanza, de las palabras espontáneas con que alabábamos al Señor. De aquí que, espontáneamente también, brote en nosotros el deseo y el impulso interior de "expresar lo inexpresable", en palabras humanas: expresar al Señor nuestro amor, nuestra adoración, nuestro gozo de volcar en su presencia el profundo anhelo de todo nuestro ser, de alabarlo como El se merece y nosotros quisiéramos. Hay una acción intensa interior del Espíritu en el alma, en su profundidad, que suscita el deseo y mueve a expresarlo por el orar en lenguas. Esta bella realidad nos dice que no es inútil, que no es cualquier cosa balad í el alabar al Señor de ese modo que puede parecer extraño y hasta ridículo cuando se ve con prevención o se ignora el profundo sentido que subyace en él.  De este modo de alabar a Dios por el orar en lenguas, se pasa fácilmente al canto en lenguas. El orar en lenguas, como un efecto que le es propio, intensifica aún más la oración del corazón y el deseo de entregarle al Señor todo nuestro ser en la más pura alabanza. El Espíritu Santo está acrecentando el deseo, suscitando la moción de expresar a Dios lo que él está actuando en nuestra profunda intimidad. Es el momento en que los participantes en un grupo de oración prorrumpen en el canto en lenguas. Frecuentemente, es una persona o varias las que, espontáneamente, inician el canto y van siendo acompañadas por otras. Está a la obra del Espíritu Santo; por eso, la oración del canto en lenguas, en la que cada persona inventa su propia melodía a partir de acordes y tonos básicos, tiene una gran belleza, variedad, consonancia, tonalidades complementarias que suben y bajan, se entrecruzan rítmicamente. Suele tener una duración variada y, a partir de cierto punto "álgido" o cima, va descendiendo suavemente hasta extinguirse lentamente, sin que permanezcan rezagados solistas inoportunos. Ha habido un maestro invisible, el Espíritu Santo que ha estado, desde dentro de las personas, suscitando, prosiguiendo y terminando el canto de profunda alabanza al Señor. Su acción para

nada tropieza con la libertad de la persona que, en ningún momento, es suplantada y es libre para intervenir y cesar a voluntad.  "Mientras tanto", dice el P.D. Jaramillo, "el ministerio de música podrá colaborar, improvisando tonadas o acompañando con los acordes básicos la música que el coro entona, o sugiriendo melodías fáciles a partir de las cuales la asamblea se sienta apoyada y sostenida en su oración. "Hay unas palabras de Pablo a los Corintios que entreabren las puertas a una oración elevada al Señor, no con la mente que analiza los conceptos y capta el sentido de cuanto decimos, sino con el espíritu, de donde brotan el anhelo, el afecto y la emoción ante el Dios que nos ama y nos salva. Las palabras del Apóstol son éstas: 4Oraré en el espíritu, pero oraré también con la mente, Cantaré salmos con el espíritu, pero los cantaré también con la mente* (1 Corintios 14,15). "Cantar con el espíritu es dejar que nuestra voz module melodías espontáneas, que brotan de nosotros, no por la fuerza del pensamiento, sino por el ansia del corazón que desea alabar a Dios. No importa decir de dónde provienen las palabras de oración en lenguas; ¿de nosotros? ¿del Espíritu Santo? El mismo papa Pablo VI se lo pregunta al escribir: 'sólo con el Espíritu y acaso por el Espíritu mismo en nosotros y por nosotros pronunciadas inefablemente'. Las citas de Pablo a los Romanos y a los Gálatas apoyarían ambas interpretaciones (Romanos 8,15; Gálatas 4,6). Lo cierto es que el Espíritu llena al creyente y por la fuerza de su presión lo hace estallar en alabanzas como brota el agua en los surtidores por la acción de las presiones internas". Este modo de alabar al Señor a través del canto en el Espíritu creemos que corresponde al canto que se hace en la propia lengua, inventando la melodía bajo la fuerza del Espíritu Santo, aunque no se deba limitar a esta modalidad. Para muchos autores es una denominación general que comprende el canto jubiloso (o simplemente de júbilo) y el canto en lenguas. Por eso, en el enunciado que encabeza este carisma, aunque distingamos los dos aspectos de canto en el Espíritu y de canto en lenguas, lo hacemos para no olvidar la modalidad del canto en la fuerza del Espíritu que se puede hacer formando la propia melodía en la lengua hablada. De este deducimos, obviamente, que también el canto en lenguas es canto en el Espíritu. El canto jubiloso (o júbilo, regocijo), era usado frecuentemente en los primeros siglos de la Iglesia, de atenernos a los testimonios de autores como San Agustín, San Jerónimo, San Juan Crisóstomo, etc. Aunque actualmente parece haber desaparecido su uso, creemos que se asemeja, al menos en ciertas modalidades, al canto en el Espíritu que usan algunas personas y grupos en la oración de alabanza, cuando van más allá de la simple alabanza espontánea y brota el canto en la propia lengua que puede tomar la modalidad tan hermosamente ya descrita por San Agustín. 6. ¿Hacia dónde deben conducir los carismas o frutos de los mismos? Ya se dijo desde el comienzo y el mismo apóstol Pablo subraya su finalidad: "para bien común", o para edificación de la Iglesia en la caridad (1 Corintios 12,7). Pero especificándola brevemente, podemos sintetizarlos en los siguientes. Los enumeramos como frutos de los carismas, de la acción del Espíritu, puesto que son los frutos de su acción en la Iglesia (Lumen Gentium 4). Consecuentemente, deben ser los mismos que producen su acción en los miembros de ella.

Hacia la unidad: "El Espíritu Santo" guía a la Iglesia a toda la verdad (cf. Juan 16,8.15-16 y 26), la unifica en comunión y caridad". "Y así, toda la Iglesia aparece como 'un pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo' " (Lumen Gentium 4). Es el mismo fruto que produce en aquellos que son utilizados como canales del Espíritu y en quienes se benefician. La misma realidad íntima del Espíritu Santo: ser lazo de unión entre el Padre y el Hijo, como Amor de ambos entre sí, está exigiendo este fruto en aquellos que se abren a su acción. Consecuentemente, todo cuanto lleve la impronta de la desunión es signo de otra fuerza distinta de la del Espíritu.

Hacia la santidad: "Consumada la obra que el Padre encomendó realizar al Hijo sobre la tierra (cf. Juan 17,4), fue enviado el Espíritu Santo el día de Pentecostés a fin de santificar indefinidamente la Iglesia y para que de este modo los fieles tengan acceso al Padre por medio de Cristo en un mismo Espíritu (cf. Efesios 2,18)" (Lumen Gentium 4). La misión del Espíritu Santo, derramado en nuestros corazones (Romanos 5,5) es reproducir en nosotros la imagen de Jesucristo (Romanos 8,29), para que El sea el primogénito entre muchos hermanos. Es, por lo tanto, irnos santificando progresivamente, de modo que nuestro pensar, querer, actuar, sea cada vez más semejante al de Jesucristo. Esta es la santidad que obra en la Iglesia como Esposa de Jesús (Efesios 5,23), la santidad que El quiere realizar en los miembros del cuerpo místico de Cristo. Esto lo va obrando en una creciente conversión, que opera en el tiempo, con nuestra cooperación. También el buen uso de los carismas, manifestaciones de la presencia y de la acción del Espíritu deben contribuir a esta conversión que se profundiza en el alma, que nos asemeja, acerca, adhiere a Jesucristo desde dentro. Por actuar en los carismas con poder, el Espíritu Saiito ha de irradiar su influjo en la vida concreta del "carismático" y ha de manifestarse en la santidad de vida. Sin su acción, no es posible que realmente Jesús sea el Señor (1 Corintios 12,2-3) de nuestras vidas. Por eso un criterio de discernimiento de los auténticos carismas es su orientación y contribución a la santificación de la persona, de la comunidad agraciada con carismas.

Hacia el espíritu de apertura: "Y el Señor cada día integraba a la comunidad a los que habían de salvarse" (los integraba por la fuerza del Espíritu) (Hechos 3,47). "El Espíritu habita en la Iglesia y en el corazón de los fieles como en un templo (1 Corintios 3,16; 9,19), y ora en ellos y da testimonio de su adopción como hijos (cf. Gálatas 4,6; Romanos 8,15-16 y 26)" (Lumen Gentium 4).

Una característica acusada de la acción del Espíritu en el alma es crear un corazón abierto, una integración en la comunidad. Este, quizás, fue el fruto más hermoso de la venida del Espíritu en Pentecostés: la "nueva" comunidad, el nuevo pueblo de Dios nacido a impulsos del Espíritu. Los Hechos de los Apóstoles son un maravilloso testimonio de esta verdad. Así nació oficialmente la Iglesia por la fuerza del Espíritu. Y este mismo Espíritu iba agregando fieles a ella y dándoles un mismo corazón (Hechos 4,32). Siendo la misma Persona divina, que actúa enviada por Jesús a instancias del Padre, no puede menos de crear la misma integración en los fieles, y lo hace también a través de los carismas. En los Hechos, éstos aparecen como elemento fundamental del que se vale el Espíritu para su obra de integración. Es, asimismo, crear el espíritu de catolicidad, el que se da y robustece en la Iglesia. Al lado de la Iglesia una y santa, aparece la catolicidad. Y en cada fiel utilizado por el Señor con carismas o beneficiado por ellos, se debe dar este signo que es inseparable de la obra del Espíritu en sus manifestaciones. Aquí entra la dimensión de la apertura a los demás, a cuantos necesitan nuestra ayuda, especialmente a aquellos a quienes el mismo Señor privilegió con su atención durante su vida y ahora quiere seguir haciéndolo por nosotros : pobres, enfermos, pecadores.

Hacia la misión apostólica: Es decir, es el Espíritu de apostolicidad (Lumen Gentium 7-8). Es la persuasión de pertenecer a una Iglesia en la que la sucesión de los apóstoles y del Vicario de Cristo se continúa, ininterrumpidamente, con la asistencia de Jesús en su Espíritu. Es amor profundo a los que han sido puestos como pastores para regirla, enseñarla y santificarla, no obstante los defectos que se puedan encontrar en su seguimiento de Cristo, a quien sirven en sus hermanos. Es la adhesión a la doctrina auténtica de la Iglesia y la fidelidad en seguir la norma viva de la propia existencia. Es la obediencia, por lo tanto, a sus directrices, aunque esto no inhibe la sana libertad de manifestar discretamente nuestra opinión en materias en las que podemos estar versados. Es compromiso en y con la Iglesia, cuya misión fundamental es evangelizar. Por lo tanto, es el compromiso y la inserción en la pastoral de la propia diócesis y de la propia parroquia dentro de las posibilidades de cada uno. Es prestar con entusiasmo y creatividad las cualidades humanas, las habilidades, los dones sobrenaturales, como voluntaria colaboración para realizar los planes de trabajo de la parroquia. Esto no restará nada a la misión peculiar del seglar de evangelizar el mundo desde y a través de su profesión. El Vaticano II es excepcionalmente iluminador en este punto (cf. Lumen Gentium y Apostolicam Actuositatem). El Espíritu Santo actúa y mueve a dar con generosidad de nosotros mismos a una Iglesia de la que recibimos lo que somos sobrenaturalmente. Y todo esto: unidad, santidad, espíritu de apertura, misión apostólica, como fruto preciso de la acción carismática, envuelto en la humildad del que es "nada" ante Dios, pero lo es todo porque es hijo querido del Padre celestial. "Pero la mayor de todas es la caridad" (1 Corintios 13,13).

Hacia la caridad concreta: (1 Corintios 13) Esta es la piedra de toque del buen uso de los carismas. Aunque ya abordamos el tema, es preciso volver sobre él para tener bien arraigado el pensamiento de Pablo, que se manifiesta de una manera bien clara. Precisamente este capítulo —el más importante de toda la primera carta a los Corintios- fue puesto para aclarar, por vía de discernimiento, la mala comprensión de algunos miembros de la comunidad.

Lo que necesitáis, les viene a decir Pablo a los Corintios, es, sobre todo, el amor. Vuestra falla fundamental es la carencia de él. No los disuade de pedir y de usar los carismas: al contrario, los alienta. Pero lo que importa, más que otra cosa, es caminar en el amor (1 Corintios 12,2). Y sin él, ni los mismos carismas, aun los más provechosos, son nada. Pablo se está refiriendo, de un modo especial, a aquellos que parece eran los más apetecidos y quizá peor usados: los carismas de sabiduría, ciencia y conocimiento, así como el don de curaciones, el de profecía y el de orar en lenguas. Ninguno, si no está informado por el amor y no conduce a incrementarlo, merece ser considerado. La falta de amor en ellos, por más que el Espíritu Santo se prodigó en sus dones, los llevó a rivalidades, celos, y a pecados serios manifiestos. A través de toda la carta, San Pablo se expresa en términos de fuerte y paternal corrección. Pero, al mismo tiempo, explícita o implícitamente, muestra toda la importancia de los carismas, como gracias y regalos gratuitos del Espíritu, como manifestaciones de su presencia, para la construcción en Cristo de la comunidad, de la Iglesia. Guiados por sus sabios consejos, podemos nosotros hoy usar bien, en el amor, estas 4'herramientas" necesarias para la edificación común. El Vaticano II ha dejado bien claro su pensamiento sobre la importancia de los carismas en el crecimiento y arraigo en Cristo de las personas, de la comunidad, de la Iglesia del Señor Jesús. (Lumen Gentium 12; Apostolicam Actuo- sitatem 3; Presbyterorum Ordinis 9).  Es un error desconocer voluntariamente, minusvalorar los carismas de los que fue lleno Jesús en su Santa Humanidad. Como todo, aun lo más sagrado, tiene sus propios peligros, además de que el espíritu del mal está especialmente activo para que desenfoquemos, y aun hagamos perjudiciales, instrumentos tan valiosos y necesarios en eí mundo de hoy, invadido por la autosuficiencia. El Señor está dispuesto a auxiliarnos con su Espíritu para superar los peligros y vivir los carismas en la caridad, que se compromete, comparte, y sirve como Jesús. 7. Tres peligros concretos: iluminismo, subjetivismo, apropiación. Cuanto hay de beneficioso y excelente en las auténticas profecías, se puede desvirtuar en este carisma, incluso dar lugar a inconvenientes y perjuicios espirituales y de otro género. La causa se halla en la tendencia que se observa en algunos a tomar las palabras proféticas, y otras semejantes, demasiado al pie de la letra y sin suficiente discernimiento. Este error que, en la literatura espiritual se designa con el nombre de iluminismo se debe a que las palabras proféticas no se someten a un serio discernimiento. Sobre este punto hablaremos con cierta amplitud al proponer los criterios objetivos y subjetivos de discernir,

en este caso, al explicar cómo se discierne una profecía por el discernimiento de la misma profecía concreta y por lo que respecta al profeta. A veces, y no es tan raro, se cae en errores lamentables, porque consideramos la autoridad de la persona que da la profecía de tal modo que, sin más, se tiene por palabra "de Dios" lo que ella ha expresado. Estas y parecidas actitudes en el caso de la profecía, pueden conducir a dejar a un lado un "sano criticismo" y llevar a un "anti intelectualismo que cierre a más de uno a la Renovación Carismática y presente ante los demás —indiferentes, prejuiciados o simplemente desconocedores de la bella realidad de la Renovación— una faz que no es, en modo alguno, la realidad verdadera. Otro peligro, emparentado con el anterior es el subjetivismo. Este, aunque presenta diversos aspectos, lo referimos ahora como "darle demasiada importancia al nivel personal de la revelación". De otro modo, hay personas que han hecho una costumbre, o toman imprudentemente a la ligera, el decir a una persona para la que piensan les hace el Señor portadores de un mensaje: "El Señor me ha dicho para ti. . .". Las hay que proceden crédulamente porque dan por supuesto que proviene del Señor lo que procede de una pura subjetividad, de un oculto deseo de ser tenidas como profetas, de un consciente o inconsciente deseo de "manipular" a otro, incluso a un grupo de oración o comunidad. La revelación profética se da, ordinariamente, para la comunidad y en un contexto comunitario. Cuando esto no ocurre, ofrece una particular dificultad para ser admitida. La revelación personal que suele formularse: "El Señor me ha dicho que te diga. . ." siempre debe ser sometida a discernimiento de quienes ofrecen verdadera garantía y su validez no debe ser considerada ni admitida mientras no conste, al menos con seguridad moral, su autenticidad. Este punto tiene una importancia práctica mayor de la que, comúnmente, se le concede. Cuando se oye con frecuencia, podemos hacernos la idea de que estamos en un mundo de "visionarios": se puede inducir a una persona a tomar decisiones imprudentes que arrastren consigo consecuencias lamentables y, como antes dijimos, presentan la Renovación ante otros muy distinta de lo que realmente es. No será fácil habérselas con algunas personas que han hecho de este "subjetivismo" un hábito. Pero el saber proceder con autoridad discreta, perseverante, fortalecidos en el Señor, dará sus frutos de enmienda.8 Desde luego, el iluminismo y el subjetivismo abarcan mucho más los peligros que aquí hemos tocado. Pero hemos querido limitarnos a ellos, por parecemos que son dos aspectos que amenazan más de cerca a la Renovación Carismática, mejor dicho, a algunos que pertenecen a ella. El peligro, no infrecuente, de las personas con carismas, sobre todo externamente llamativos, es sucumbir al "ego" pequeño, desordenado, ambicioso que existe en cada uno de nosotros. Y, consecuentemente, de apropiarnos de lo que pertenece al Señor. Ciertamente, la obra es del Señor y nosotros somos sus pobres instrumentos. El hecho de que Dios haya querido depositar en una persona algún carisma y hacerla instrumento de su amor y de su "poder" debe orientarla y urgiría a confiar en este amor y poder divinos; de ninguna manera en los suyos propios. Por lo tanto, debe darse, en quien recibe el carisma una espiritualidad de sencilla, confiada y humilde dependencia respecto del Dador, Dios. Sería no sólo desordenado e imprudente sino ofensivo al Señor confiar en su propia sabiduría, por ejemplo, y actuar cuando se quiera, como se quiera, desplazando a Dios de su puesto y constituirse en dueño del carisma. Confiamos en la sabiduría, en el amor y el poder de Dios y tratamos de colaborar al ser dóciles a quien desea usarnos para otros. Ahora entendemos, de algún modo, que el uso correcto de los carismas implique un "morir a sí mismo" por el despojo que lleva consigo: por la disponibilidad a la purificación que, indudablemente, el Señor obrará, a su tiempo y a su modo, en los que ha depositado su poder, como instrumentos y administradores. Cuando nos miramos a nosotros, a nuestro ser profundo, nos encontramos desprovistos de todo poder, en una pobreza personal impresionante. Y esta realidad nos urge a acercarnos, a unirnos a Aquel que es el poder y el amor infinitos. Así, no solamente eliminamos el peligro, la tentación que nos acecha, no sólo nos vamos santificando progresivamente, sino que contribuimos a la construcción de la Iglesia, del pueblo de Dios al ilustrarlo respecto de los misterios de Dios. Vamos más allá todavía: lo ponemos en contacto personal con Dios en la adoración, la alabanza, la conversión, el amor, la oración. Los carismas, en su finalidad última, "van descentrando" a las personas beneficiadas, más y más de sí mismas, para que Jesús realmente venga a ser el "centro" de sus vidas y crezca hasta la plenitud de la santidad (Efesios 4, 11-16). La forma más común y frecuente de oración comunitaria o, al menos, debería serlo, sin reducirse a ella, ni mucho menos, es la reunión del grupo de oración para orar. En ella, tiene un puesto de privilegio la alabanza que, a su vez, viene a ser un precioso carisma del Espíritu. Pero también otros muchos carismas, hasta aquellos que pudieran parecer excepcionales, se experimentan en la asamblea y el Espíritu los suscita libremente según sus designios.9 Por otra parte, en el ejercicio de los carismas, "hay que excluir toda agitación pseudomística". Explosiones puramente emocionales, pretendidas profecías que no son más que la proyección de nuestros temores y deseos; la presentación de textos bíblicos no discernidos como inspirados por el Espíritu Santo.. ."10

NOTAS

1.

Ponemos al comienzo de estas "Notas" que corresponden al capítulo sobre los carismas, una lista de obras y autores significativos que nos han servido —algunos de manera especial— en él. Omitimos otros que han sido consultados ocasionalmente, de los que también hemos recibido luz y orientación. Pero, quizás una ayuda fundamental, provenga de la experiencia de personas favorecidas y usadas por el Señor generosamente. — E.D. O'Connor, "La Renovación Carismática en la Iglesia Católica", Lasser mexicana, 1974,101; 11Q; 184-192. — D. Grasso, "Vivere nello Spirito", Ediz. Paoline, Roma, 1980, 90-118. — D. Grasso, "Los Carismas en la Iglesia", Edic. Cristiandad, 1984. — Pere Philippe, "Afin que vous portiez beaucoup de Fruits", 2, Renou- veau Charismatique, Pneumatheque, Paris, 1983, 153-204. — Card. L. J. Suenens, "¿Un nuevo Pentecostés?", Desclée de Brouwer, 1975, 57-116. — E. Dearn, "Christ and Charism", Renda Publications, Sydney, 1982, 60-65. — H. Muhlen, "Espíritu, Carisma, Liberación", Secretariado Trinitario, Salamanca, 1976,252-287. — A. Bittliger, "Gifts and Ministries", W. B. Eermans "Publishing Company, Grand Rapids, Michigan, 1973. — A. Bittliger, "Gifts and Graces", W. B. Eermans Publishing Company, Michigan, 1976. — F. A. Sullivan, "Charism and Charismatic Renewal", Servant Books, Ann Arbor, Michigan. Libro fundamental sobre el tema, así como en el Bautismo (efusión) en el Espíritu Santo. — T. E. Dobson, "Understanding the Catholic Charismatic Renewal" Easter Publications, Lakewood, Colorado, 7-9. — S. Carrillo Alday, "La Renovación en el Espíritu Santo", Instituto de Sagrada Escritura, México, 1984, 53-64. — E. Tardif, "Jesús está vivo", Amigo del Hogar, Santo Domingo, 1984. — "La Renovación Espiritual Carismática Católica", Documento del Encuentro Episcopal Latinoamericano, efectuado en La Ceja (Colombia) en septiembre de 1987, nn. 42-60. — R. Laurentin, "Pentecotisme Chez les Catholiques", Edit. Beauchesne, París, 1974, 57-200. — M. A. Uribe Jaramillo, "Carismas", Editorial Argemino Salazar, Medellín, 1977. — R-V., Aufauvre, G. Constant, E. Garin, "Qui fera taire le vent?", Desclée de Brouwer, 1988, 91-147. — Y. Jehanno, "L'enjeu du Renouveau Charismatique?", Le Sarment, Fa- yard, 81-98. — V. M. Walsh, "A Key to Charismatic Renewal in the Catholic Church", Abbey Press, St. Minrad, 1976. — H. Muhlen, (varios), "Dones del Espíritu, hoy", Secretariado Trinitario, Salamanca, 1987. — Los carismas se tocan en diversos artículos del número 61-62, de la Revista del Centrum Ignatianum Spiritualitatis, el número aludido es: "Ejercicios Espirituales y Renovación Carismática", Roma, 1989. Omitimos enumerar los artículos de las revistas, especialmente de New Covenant y Tychique. 2. Cfr. D. Grasso, "Los Carismas en la Iglesia", citada anteriormente. 3. Cfr. D. O'Connor, citado anteriormente. 4. Cfr. citas del Vaticano II, antes enumeradas. 5. Cfr. citas precedentes del Vaticano II. 6. Cfr. H. Muhlen, etc., citados previamente. 7. Cfr. R-V. Aufauvre. 129-133; M. Walsh, "A Key to the Catholic Pentecostal Renewal". Key of David Publications. Philadelphia, 198!). 171-185. Añadimos la discreta reflexión de un autor sobre los carismas: ". . .Es bueno vivir sin temor los carismas, pero también es bueno no centrarse en la experiencia de los carismas. El Espíritu Santo se sirve de los carismas para ponernos al servicio de la Iglesia. Lo único que cuenta es la acción de Dios que ofrece la salvación a los hombres manifestándoles la santidad de su Iglesia. Para nuestra generación, el acontecimiento de Dios es la Iglesia, nuestra Iglesia Católica, en la que el Espíritu Santo nos hace el don de reconocer, de confesar y de amar la Presencia de Jesús Vivo. Servimos humildemente a la Iglesia con los dones que el Espíritu Santo nos concede para ello. El servidor no reivindica la estima y menos todavía la curiosidad. La alegría del servidor es saber que contribuye con otros a preparar el retorno del Esposo: "Es preciso que El crezca y que yo disminuya" (Juan 3,30). 8. T. E. Dobson, o.c., 18-19. 9. T.E. Dobson, o.c., 8-9. 10. E. Gueydan y J. Misson, "Un grupo de jesuítas se pregunta: ¿cómo articular Ejercicios Espirituales y Dinámica carismática?", CIS, nn. 61-62, Centrum Ignatianum Spiritualitatis, Roma, 1989, 84.

VI CARISMAS MÁS FRECUENTES EN LOS GRUPOS DE ORACION 1. Carisma de "acogida". Se podría afirmar que cada grupo de oración recibe carismas peculiares. Pero hay entre ellos, algunos que, habitualmente, se encuentran en muchos grupos de oración de la Renovación Carismática. Los indicamos brevemente porque se tratarán ampliamente en una obra sobre el tema. El carisma de "acogida" no es, precisamente, la delicadeza de trato de una persona educada esmeradamente. Esta cualidad humana es muy apreciable y puede ser el sustrato del carisma. Este carisma, tan poco mencionado, es la acogida cálida, natural, ungida con el amor del Señor que reciben las personas. Diríamos que es la acogida que les da el mismo Cristo a través de nosotros; la que dan las personas a los que participan en el grupo, en nombre de Cristo. Se manifiesta en el calor humano, en los gestos llenos de simpatía, de bondad, de amor, que hacen sentirse bien a la persona. Cuando esto se hace sinceramente a impulsos del Espíritu, comunica a todo el grupo la actitud de Cristo ante los pequeños, los humildes, los pecadores. Es un carisma "precioso" que el Señor quiere comunicar a todos. Este carisma, de algún modo, supone una unión grande con Cristo para poder ejercerlo, a su semejanza y en su nombre, por la fuerza del Espíritu. Puesto que el Verbo se hizo hombre —el Dios-Hombre Cristo Jesús— y tomó nuestra condición, es necesario que nosotros tratemos al hombre como a Cristo. Este carisma nos capacita y, a la vez, es un modo admirable de practicar el precepto del Señor (Juan 13, 34-35).1 2. Carisma de "alabanza". Alabar a Dios es volverse hacia El para admirarlo, expresarle de todas maneras que El es Dios. Es decirle su bondad, su providencia, su amor, su magnificencia; maravillarnos ante la realidad eterna de Dios. Cada uno de nosotros está llamado, tiene la vocación de ser alabanza de su gloria (Efesios 1, 3 y siguientes, 5,19-29, Filipenses 1,11, Colosenses 3,16-17), inaugurando esta vida la del cielo (Apocalipsis 4, 8-10; 5,12-13). No obstante, a muchos les resulta difícil. Se sienten temerosos, cohibidos, cuando intentan alabar a Dios en público. Estamos acostumbrados a reservarlo para nuestra vida privada y para nuestro fuero íntimo; pensamos que es imparticipable. Sin embargo, no procedemos así cuando se trata de nuestras interrelaciones personales, ni cuando participamos en acontecimientos en que nos sentimos admirados ante una obra, un gesto heroico, un deporte. El carisma de alabanza es un don maravilloso que no nos hemos de cansar de pedir. Hemos de crecer en él incesantemente y velar para que no derive en formulismo y sea destruido por la rutina, muerte de toda vida espiritual. La alabanza se va convirtiendo en una especie de "júbilo" interno que se manifiesta en la expresión exterior y en los gestos sinceros, sencillos, intensos, ausentes de todo exhibicionismo, pero expresión honda de lo que vive y bulle en la intimidad de nuestro ser y del amor con que abrazamos a nuestro Creador, Padre y Señor. Es como la "respiración admirativa", por más sencillas que sean las expresiones. Este carisma es el que primero y el que más debemos pedir en los grupos de oración y aun fuera de ellos. Por él, en su ejercicio, podemos gustar intensamente al Señor y ser liberados de las preocupaciones que nos envuelven. Por eso, es muy recomendable usarlo también como un medio eficacísimo para deshacernos de las distracciones y tentaciones que nos asedien. La experiencia nos muestra que cuando el grupo de oración se desarrolla en una alabanza poderosa, llena de amor, como de hijos queridos al Padre amoroso, a Cristo el hermano, en el Espíritu Santo, la comunidad percibe con una fuerza inusitada la presencia y la acción del Señor. Frecuentemente, es la puerta de entrada que se abre al ejercicio de otros carismas: orar o cantar en lenguas, profecía, curaciones u otros. Y, sobre todo, a la acción transformante del Espíritu que actúa personalizadamente en todo el grupo de oración.2 3. Carisma del "canto y de la música". Todos sabemos el papel fundamental del canto y de la música en la Renovación Carismática. A él nos anima frecuentemente San Pablo: Efesios 5,19-20; Colosenses 3,16-17. No se trata de ser técnicos musicales, ni de dominar el uso de los instrumentos profesionalmente, ni de poseer una voz espléndida. Todo eso es bueno, pero el carisma del canto y de la música lo sobrepasa y eleva. Del mismo modo que el Espíritu utiliza nuestro lenguaje a conceptual para orar y cantar en lenguas, de la misma manera quiere servirse del canto y de los instrumentos musicales para construir el Reino de Dios. "Su soplo pasa a través de aquellos que tienen el don natural del canto y de la música aunque este don sea muy elemental. Frecuentemente, uno se sorprende de ver que, con medios muy pobres, el Espíritu realiza y consigue frutos espirituales insospechados y sorprendentes. Por otra parte, vemos en nuestras iglesias ejecuciones corales perfectas que han exigido inmensos esfuerzos de repeticiones y que producen solamente efectos humanos: emoción artística, felicitaciones a los actuantes, etc. (...). El soplo del Espíritu no actúa solamente sobre la música, sobre la voz de los cantores, también sobre las palabras cantadas; en general, ellas son un reflejo muy puro de la palabra inspirada".3 Quienes ejercen el carisma del canto y de la música contribuyen a que la asamblea pueda sentir que se halla en la presencia del Señor; que es tocada en su corazón más que a nivel de sensibilidad (Juan 3,2). Y el canto por excelencia es el canto en lenguas suscitado por el Espíritu, cuando aquel es auténtico. Los frutos, son muy preciosos si el alma está dispuesta a recibirlos: la comunión con Jesús Salvador y Señor; la comunión con la grandeza y la ternura del Padre; la comunión entre todos los que están reunidos en el grupo, bajo el impulso del Espíritu que actúa en nosotros; y sobre todo, el corazón de los oyentes que se siente ardiendo en el amor de Dios.

Estos frutos auténticos que se irradian en el trabajo por el Reino de Dios y el compromiso con nuestros hermanos son los más necesarios. El canto y la música siempre han sido y seguirán siendo un medio maravilloso de "evangelización". De aquí se deduce que la importancia del canto y de la música es tal que, sin ellos, la oración, la escucha de la Palabra, se hacen difíciles. El canto contribuye poderosamente a incitar la alabanza y a abrirse a la Palabra de Dios. (Apocalipsis 7,9-12). Este carisma no se puede ejercer si no es pidiéndolo humildemente al Espíritu Santo. Esta es la razón suprema de por qué quienes cantan deben orar siempre unidos, antes de prestar este servicio al grupo de oración. Este orar juntos, atrae sobre ellos la unción del Espíritu Santo, los unifica entre sí, purifica su intención, concuerda sus corazones y sus voces y se irradia para que se una a ellos la asamblea y sea tocada en su interior profundamente. Pero la acción del Espíritu no elimina, sino que exige la cooperación de los que cantan y tocan. El no trabaja sin nosotros. Está presto a pasar a través de las voces, melodías e instrumentos, pero exige cortésmente un esfuerzo de parte de los que actúan, un prestar la colaboración a su acción. Aquí es donde tiene lugar el ensayo repetido, las convivencias, para pedir abrirse a este don. ¡Que todos los grupos de oración hagan este esfuerzo generoso y el Señor los bendecirá copiosamente para bien de su Reino!4

4. Carisma de "servicio". Es un carisma muy poco citado, aunque San Pablo lo estime tanto que lo incluya en la lista de Romanos (12,7). Por más ordinario que pueda parecer este carisma es, sin embargo, de gran importancia, dado que sin él los demás apenas se podrían ejercer. Ordinariamente se manifiesta de manera modesta no llamativa. Aquí vale aplicar la doctrina de San Pablo sobre la utilidad diversa que presta cada miembro en el cuerpo. Todos tienen una función importante que desempeñar y benefician a los demás de modos diversos (1 Corintios 12,12-30). Cristo se presentó como el servidor de todos y ejerció el servicio con la mayor generosidad: "No he venido a ser servido sino a servir" (Mateo 20,28). Afirmó que la autoridad debe ser un servicio: "El mayor entre vosotros será el menor, y el que manda como el que sirve" (Lucas 22,26). La vida cristiana debe ser un servicio al Señor, y si lo es, auténticamente, ha de servir a los demás; se sirve a Dios sirviendo a los hermanos (Mateo 25,3 y siguientes) . .y el Padre lo honrará" (Juan 12,26). El Espíritu Santo es quien infunde el carisma: no es aptitud, habilidad, hábito adquirido por el esfuerzo y autodominio o disposición psicológica del hombre. Se reconoce el carisma de servicio por una moción interior: ésta nos hace percibir una necesidad determinada, una situación concreta, pero al mismo tiempo somos impulsados a hacernos cargo de lo que hay que ejecutar. Por ejemplo, es frecuente en los retiros que la gente tenga prisa por llegar a sus hogares y que aun los encargados de ordenar las cosas se descuiden o se olviden. Veo esta situación y me hago cargo de ordenarla. Nuestra motivación ha de ser por el Reino de Dios (Mateo 25, 40). No se tiene en cuenta, por lo tanto, a las personas de modo que se dé una verdadera discriminación. Y, lo que viene a ser la prueba más difícil: "que tu mano izquierda ignore lo que hace tu derecha" (Mateo 6,3). Más aún, se da una inclinación a servir a los más necesitados, a las personas poco amables, y aun físicamente repugnantes. El caso de San Pedro Claver, en Cartagena de Colombia, con los esclavos negros, es un caso verdaderamente ejemplarizante. El carisma de servicio, por lo tanto, es una obediencia al Espíritu que nos impulsa a hacer lo que el Señor pide, como El pide y donde lo pide. Este carisma de servicio va, ordinariamente, acompañado de una actitud externa que, aunque el servicio hiera la propia sensibilidad, está como diciendo: quiero servirte, estoy dispuesto a hacerlo, ahora vivo para ti. No se trata, pues, de confundir el carisma de servicio con un mero ofrecerse, ni hacerse cargo de lo que otros descuidan. Esto está a nivel humano, aunque sea laudable. El carisma de servicio es, en cierto modo, tener los mismos sentimientos de Jesús (Filipenses 2,5) y actuar en consecuencia. Realmente es un don de Dios contar con personas dotadas de este carisma, casi siempre escondido, pero frecuentemente el más necesario y, a veces, superior a otros extraordinarios. 5 5. Carisma de "enseñanza" y carisma de "exhortación". (Romanos 12,8). Es el carisma del "evangelizador": Este expone con claridad la doctrina que el Señor ha revelado" (Mateo 28,19). Jesús aparece, de la manera más clara, constante y necesaria como el dotado por excelencia del carisma de la enseñanza. Todo el Evangelio es un perenne testimonio de este don, de su uso, del mandato a los suyos para que prosigan su obra: predicar la doctrina del Padre celestial, la Buena Nueva del Reino (Lucas 4,14-18; Mateo 7,28). Este carisma es de una necesidad vital para la Iglesia de Cristo: manifiesta la urgente y constante actitud de anunciar el Reino de Dios. "Evangelizar" es la misión por excelencia de la Iglesia. Es su vocación propia, según la "Evangelii Nuntiandi", y, aunque no se realice solamente por la enseñanza, sí es un modo imprescindible y constantemente empleado. San Pablo lo expresa con un dramatismo emocionante (Romanos 10,14-21; 1 Corintios 9,16). Este carisma deberían pedirlo con insistencia los evangeliza- dores, los catequistas, los profesores de religión, los defensores de la fe, los maestros, los padres de familia (primeros evangelizadores), los sacerdotes. "El carisma de enseñar se manifiesta por la capacidad que recibe del Espíritu Santo una persona para captar el mensaje del Señor con claridad y autenticidad y para poderlo comunicar a los demás, de manera tal que puedan percibirlo".6 Es exponer con una competencia superior a nuestras capacidades humanas el designio de Dios (1 Corintios 2,7). Hay autores que lo confunden con el carisma de la exhortación. San Pablo los distingue claramente puesto que, según la Biblia de Jerusalén, enumera primero el carisma de la enseñanza (12,7), y a continuación el de la exhortación (12,8). Ambos carismas están muy relacionados entre sí y, en cierto modo, se complementan: "Mediante la exhortación no nos dedicamos a comunicar la verdad, sino a inducir a la práctica de las enseñanzas recibidas. La enseñanza requiere a veces de la exhortación para que no se quede en mero acopio de conocimientos, sino que se convierta en norma de conducta y sea provechosa. El carisma de exhortación da una fuerza especial y un poder de convicción muy grande, mediante los cuales se

consigue que la persona a quien se dirige el que exhorta haga lo que debe hacer en un momento dado, o se abstenga de realizar una mala acción que tiene planeada" (Lucas 24,42).7 Notemos que el carisma de enseñanza, aunque fundamentalmente se oriente a comunicar la Buena Nueva de la Revelación divina, en definitiva, su objetivo es conducir a la vida en Cristo. En frase del P. Salvador Carrillo es 4'una enseñanza a impulsos del Espíritu". El carisma de la exhortación, para que no sea ineficaz, debe ir acompañado de amor fraternal o paternal, aunque esté, más de una vez, impregnado de fortaleza. Quien lo ha recibido debe profundizar en el conocimiento de la Palabra de Dios, para que su exhortación no sea superficial.8 San Agustín, en su lenguaje original y en la densidad de su pensamiento, nos ha dejado un testimonio elocuente de la necesidad de la acción del Espíritu Santo para que la palabra exterior llegue a tocar el corazón: "Advertid, hermanos, que aquí late un gran misterio: el sonido de nuestras palabras sacude nuestros oídos, el Maestro está dentro. No penséis que se puede aprender algo de otro hombre. Podemos llamar vuestra atención con el estrépito de nuestra voz. Si no está dentro quien puede enseñar, nuestro estrépito resulta inútil. ¿Queréis una prueba? ¿Acaso no habéis oído todos vosotros esta predicación? ¿Y cuántos saldrán de aquí sin haberse enterado de nada? Por lo que me concierne, he hablado a todos; pero aquellos a los que el Espíritu Santo no alecciona por dentro, vuelven a marcharse tan ignorantes como vinieron. Las enseñanzas exteriores son una ayuda y un toque de atención. Pero el que enseña a los corazones tiene su cátedra en el cielo. . . Las palabras que pronunciamos por fuera son lo mismo que lo que el campesino es para el árbol". San Agustín, In I Johannem, Tract. 3, 12-13: PL 35,2004. 6. Carismas de "compasión" y de "misericordia". (Romanos 12,8). Aunque, de hecho, habría que exponer los matices que cada uno de ellos implica, en la práctica, por motivos pedagógicos, los consideraremos equivalentes. Ambos carismas son un don precioso en las relaciones con los demás en sus situaciones dolorosas; sobre todo en nuestro mundo, profundamente herido en su interior. Jesús los tuvo de un modo eminente y no sintió reparo alguno en manifestarlos. El caso más saliente de su compasión fue l su llanto junto a la tumba de su amigo Lázaro al ver el dolor de Marta y de María. Cuantas curaciones, milagros y sanaciones interiores hizo fueron el resultado, la actuación eficaz, de su compasión interior. Por la compasión, la persona vive —no con una emoción superficial— la situación dolorosa de otra, y actúa para consolarla con la palabra, la oración, la ayuda material, si le es posible. Es el corazón del hombre, que, por la acción del Espíritu, se vuelve semejante al de Jesús e impregna todas las reacciones de los miembros desde dentro, con fortaleza, pero con bondad compasiva y misericordia. Como el Padre, Jesús, manifestación visible de su misericordia, tiene entrañas de misericordia: es en El una actitud y disposición permanente; un carisma del que revistió a su Humanidad el Espíritu Santo, con una profusión inefable. Sus palabras (Mateo 9,13; Juan 8,11, etc.) y, sobre todo, sus obras, (Marcos 6,34; Lucas 7,13), son una manifestación impresionante de su corazón compasivo y misericordioso! Siendo un carisma ordinario, es "más importante que! los carismas extraordinarios" (P. Philippe, 185). Se manifiesta por una moción interior que se desarrolla, ordinariamente, de un modo progresivo, en lo profundo del ser, y puede tener repercusiones corporales, lágrimas, dolor físico. Es un carisma precioso cuando se trata de orar por curación física, interior o ejercer la liberación. Cuantos, de algún modo, están comprometidos con los necesitados física, psicológica o espiritualmente, deben pedir con insistencia este carisma. Es la compasión de Jesús que se manifiesta a través de sus instrumentos. Es un carisma que, aunque muchas veces comporta un gran dolor su ejercicio por la participación en la situación dolorosa de la persona, San Pablo exhorta a practicarlo con alegría (Romanos 12,8). 7. Carisma de "ciencia". (1 Corintios 12,8). El carisma de ciencia consiste en un conocimiento de Dios, "una devota y reconocida atestación junto con un conocimiento teórico de Dios, de su voluntad y de sus prerrogativas soberanas. "Este, lejos de constituir un conocimiento adquirido y definitivo, actúa en la vida del cristiano como continua obediencia y continua reflexión. Por esto se le considera como una gracia que distingue la vida del cristiano e inspira todas sus manifestaciones" (Bultmann). Por lo tanto, el carisma de ciencia no es un conocimiento natural de Dios, que se adquiere con el ejercicio y la reflexión (Romanos 1,18-20). Tampoco es la ciencia que se adquiere con el estudio de la teología y de la Sagrada Escritura. El carisma de ciencia es un conocimiento sabroso, vivo, amoroso, experimental. En él, el alma conoce a Dios, gusta la dulzura y la belleza divina. (De hecho, puede darse en el sabio y en el ignorante en conocimientos humanos y religiosos). Es una gracia de Dios, pero no supone una revelación (1 Corintios 12,9). Si queremos aclararla a partir del Evangelio, es la ciencia que tuvieron los apóstoles acerca de Jesús y de los misterios de Dios y por la que El dio gracias al Padre celestial contra poniéndola a la ciencia humana (Lucas 10,21). Hay autores que lo identifican con la "palabra de ciencia", "palabra de conocimiento". Nosotros lo consideramos separadamente, siguiendo a otros autores de solvencia: carisma de ciencia, carisma de "palabra de conocimiento". Algunos ejemplos de la Escritura pueden ser: Mateo 16,16; Juan 1,47- 48, etc. La experiencia nos dice que este carisma de ciencia se halla más abundantemente entre las personas humildes, sencillas que reconocen su pobreza "espiritual", que buscan sinceramente al Señor y son conscientes de su "nada" ante El. Un aspecto, ya indicado de este carisma es el "saboreo" que el Espíritu Santo da a la Palabra y que es gustado por la persona favorecida con el carisma. El Espíritu Santo provee con este don en necesidades particulares de la Iglesia, sobre todo. Ya quedan como ejemplos clásicos, como personas llenas prodigiosamente de este carisma, un San Ignacio de Loyola, una Santa Teresa, La Beata Isabel de la Trinidad, en nuestros días Carlos de Foucauld. San Francisco de Asís gozó de este carisma de un modo singular y con él proclamó la perfecta alegría y el valor de 'la pobreza asumida voluntariamente por Cristo.9

8. Carisma de "palabra de conocimiento" ("palabra de ciencia"). (1 Corintios 12,8). La dificultad y la delicadeza de este carisma exige que sea tratado más ampliamente. Ciertamente, no es posible profundizar en esta síntesis sobre los carismas que estamos ofreciendo. Por eso, nos contentamos con delinearlo brevemente: Este carisma tiene un aspecto extraordinario que, a la vez, maravilla y turba. Por la Palabra de conocimiento, el Señor, a través de la persona usada, dice lo que desea hacer o está en trance de hacer. La Palabra de conocimiento es un don hecho a la Iglesia y para la Iglesia; en modo alguno, es un don de adorno o exhibición. No es fácil describirlo. C. Aldunate lo presenta como una manifestación carismática, "de una u otra manera iluminación del entendimiento para conocer un hecho". Es un signo ligado a un contexto particular: se produce, sobre todo, en el curso de una celebración de la Palabra, en una asamblea de oración. El modo de presentarse es variado, por una comunicación espiritual interior. Los modos varían, aunque predominen algunos de ellos.* se presenta bajo la forma de una percepción clara interior acompañada de la seguridad de que es de Dios; como un conocimiento inmediato intelectual: por un pensamiento que se hace tenaz, persistente que se desarrolla y precisa sólo cuando la persona se atreve a abrir su boca para formularla públicamente; se presenta también bajo la forma de las llamadas "imágenes mentales". Todo esto incluido en la percepción interior de que el Espíritu de Dios desea hacer o está a punto de realizar algo en una persona de la asamblea. Quien recibe tal conocimiento se siente invitado a anunciarlo y la persona a quien concierne se siente tocada, frecuentemente, de maneras diversas: calor interior, paz, liberación o simplemente certeza. Este carisma está muy ligado a la oración de curación física y también de curación interior. El signo de su validez es el testimonio de la persona afectada que, no pocas veces, exigirá tiempo de comprobación. No se trata de una información que se da, sino de una invitación a acoger un don del Señor. Una Palabra de conocimiento, si es auténtica, dista mucho y no se puede confundir con una simple intuición o con los casos de telepatía. El ejercicio de este carisma exige una gran vigilancia y el discernimiento tiene un lugar irreemplazable, que durará, a veces, un tiempo prolongado. Hasta que el carisma esté suficientemente autenticado, hay que examinar cada caso. Cuando se trata de casos de sanación interior, es fundamental ver si es necesario o conveniente manifestarlo a la persona o si es preferible sugerir preguntas discretas en su lugar. Hay que evitar los dos extremos: negarse a dejarse usar por los peligros que ofrece; o ser arriesgado imprudentemente. El exhibicionismo, la imitación, la generalización son peligros reales que amenazan. Lleva consigo un "mínimo" de precisiones para que las personas determinadas puedan reconocerse sin confusión.10 9. Carisma de palabra de "sabiduría". (1 Corintios 12,8). Para algunos autores significa el conocimiento profundo del plan salvífico de Dios. Aquí lo entendemos como el carisma con el que se sirve a la comunidad con una palabra breve, inesperada, reconocida, eficaz en una situación particular de la asamblea; algunos autores dicen "en casos de emergencia". En Jesús aparece esta palabra con frecuencia. Tales son, por ejemplo, Lucas 20,25; Mateo 6,24, Juan 8,7, etc. Es como un socorro que da el Señor a la comunidad en un caso importante. Este carisma es muy útil. Por él se pueden evadir las redes que a veces se tienden al grupo, confundir la falsa sabiduría de los hombres, poner las cosas en su lugar. Posee una fuerza de luz, liberación y verdad, y toca los corazones bien dispuestos. Es portadora de la fuerza del Espíritu. Muy frecuentemente, el que ha expresado la palabra no cae en cuenta de haber sido usado por el Señor. Serán los demás, quienes, por los efectos, descubrirán el socorro que les ha venido de lo alto por ese hermano, de un modo sencillo, natural y eficaz.11 Monseñor Uribe Jaramillo describe con un acierto especial la "palabra de sabiduría". Nos permitimos tomar una larga cita de uno de sus libros. "Aquí no se trata del don de sabiduría que perfecciona la virtud de la caridad y reside como hábito a la vez en el entendimiento y la voluntad, porque nos llena de luz y de amor, y que es definido por San Bernardo: Conocimiento sabroso de las cosas divinas'. "La palabra de sabiduría es un Carisma que nos proporciona, en un momento dado, los conocimientos necesarios para defender la fe, para dar testimonio del Señor o para solucionar un problema difícil, o para ver la manera de realizar un plan que el Señor nos ha mostrado individual o comunitariamente. Aquí no se trata de la sabiduría humana, fruto del estudio o de la experiencia, sino de un conocimiento sobrenatural que en un momento dado nos proporciona el Espíritu de verdad y que lo hace para crecimiento y renovación de la Iglesia. "Este Carisma consiste en recibir en forma súbita y bajo la acción directa del Espíritu Santo los conocimientos necesarios para enfrentarnos a una situación difícil, dar la respuesta o solución acertadas a preguntas o problemas difíciles. Es, por lo tanto, distinta esta palabra de sabiduría de la sabiduría intelectual y muy importante que el Señor nos proporciona como fruto de la oración y del estudio para profundizar en el mensaje y en los criterios del Señor y para juzgar sabiamente los acontecimientos y realidades. A esta última se refiere Santiago cuando escribe: 'y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual la da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada' (Santiago 1,5). Y también San Pablo cuando dice a los Colosenses: 'No cesamos de orar por vosotros para que seáis llenos del conocimiento de la voluntad de Dios con toda sabiduría e inteligencia espiritual (Colosenses 1,9). "El carisma de sabiduría nos capacita para utilizar bien, en un momento dado, los conocimientos naturales o sobrenaturales que hayamos adquirido. Sin este don, la sabiduría puede perjudicarnos por volverse mundana y convertirse en fuente de orgullo y autosuficiencia. San Pablo tiene que escribir a los Corintios: 'Pues el mensaje de la cruz de Cristo es una necesidad para los que se pierden; más para los que se salvan -para nosotros— es fuerza de Dios. Porque dice la Escritura: Destruiré la sabiduría de los sabios, reprobaré la prudencia de los prudentes. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el docto? ¿Dónde el sofista de este mundo? ¿Acaso no entonteció Dios la sabiduría del mundo? De hecho, como el mundo, mediante su propia sabiduría, no conoció a Dios en su divina sabiduría, quiso Dios salvar a los creyentes mediante la predicación. Así, mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; más para los llamados, lo mismo judío que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los

hombres*. "Ejemplos de la presencia y acción de este Carisma los hallamos tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento y los vemos con frecuencia en la Renovación actual que el Espíritu Santo está realizando en todas partes. A José le revela el Señor el significado de los sueños del Faraón. Lo mismo sucede con Daniel cuando puede descifrar las palabras que aparecen en la pared durante el banquete que ofrece Baltasar. El diácono Esteban recibe una claridad tan grande para contestar a los miembros del Sanedrín, que éstos no pudieron responder a la fuerza de sus argumentos sino con pedradas. Tampoco habían podido 'resistir a su sabiduría y al espíritu con que hablaba, algunos de la Sinagoga que se habían levantado para disputar con él* (Hechos 6,9). "Hoy necesitamos mucho este Carisma porque arrecian los cargos y sofismas para desacreditar a la Iglesia y porque las ocasiones para hablar con sabiduría del Señor y de su misterio se multiplican por doquier".12 10. Carisma de "orar en lenguas". (1 Corintios 12,10). Si este es un don del Espíritu, y lo es, no puede ser rechazado ni combatido por el solo hecho de que no guste a tal o cual persona. No nos toca decirle al Espíritu cuáles puede dar y cuáles no. El mejor punto de partida para estudiar este don y su importancia es reflexionar sobre las afirmaciones que hace San Pablo cuando se refiere a él: — "El que habla en lenguas habla a Dios, no a los hombres" (1 Corintios 14,2). — "El que habla en lenguas se edifica a sí mismo" (1 Corintios 14,4). — "Deseo que habléis todos en lenguas" (1 Corintios 14,5). — "Doy gracias a Dios de que hablo en lenguas más que todos vosotros" (1 Corintios 14,18). — "No estorbéis hablar en lenguas, pero hágase todo con orden y decoro" (1 Corintios 14,39). Se encuentre también mencionado en la definición "'clásica" de San Pablo sobre los Carismas (1 Corintios 12,10; en 12, 28-30 como un carisma ordinario en la comunidad cristiana de Corinto, y otras). Se cita igualmente en muchos pasajes de los Hechos y aparecen las personas sobre las que se ha orado para recibir el Bautismo, orando en lenguas. (Hechos 10,46; 19,6). No hay que creer que se trata del carisma clave, pero tampoco se debe menospreciar. Sólo quien lo reciba y reciba sus beneficios podrá valorarlo y agradecerlo al Señor.13 Hay que confesar que el carisma de orar en lenguas, ofrece hoy cierta dificultad en la Renovación carismática, que puede llegar a no usarlo y hasta olvidarlo: su irrupción en los grupos de oración ha hecho que algunos asistentes o no participantes en ellos, se sintieran mal, por parecerles innecesario y hasta "raro" y "absurdo" el emitir sílabas que, en sí, no tienen sentido alguno, como un modo de alabar al Señor en el Espíritu. ¿Para qué usarlo cuando puedo alabar al Señor en la lengua propia? El carisma, por su aspecto de "rareza" e "infantilismo" les parece poco menos que una tontería que no tiene que ver nada con la vida cristiana. Esto ha hecho que se creara un ambiente de desconfianza, de temor, sobre todo de "ridiculez" que amenaza constantemente su uso. Hay sobre él un desconocimiento lamentable, que contribuye mucho a tomar actitudes de rechazo y hasta de mofa. 14 Pretendemos dar alguna enseñanza, reservando tratarlo más ampliamente en una obra expresa sobre él. Remitimos, a la vez, a las que se han escrito sobre el tema. La oración en lenguas no responde a un estado de "trance" o de "éxtasis", ni está suscitado por una emoción exagerada o "emocionalismo", ni es el resultado de una actividad mental. Orar en lenguas es un lenguaje a conceptual o pre conceptual: no expresa ideas, conceptos, como el lenguaje corriente que empleamos para comunicarnos con los demás. Es un "signo" formado externamente por silabas o palabras sin sentido propio. En su formación interviene todo nuestro aparato fónico y está en la posibilidad de todo sujeto fisiológicamente normal. Pero este solo hecho no es el carisma; constituye la aptitud o capacidad humana que puede convertirse en carisma cuando el Espíritu Santo lo "vivifica" y lo ordena a la "construcción" o "edificación" de la comunidad (de la Iglesia) por la alabanza. "Esta oración en lenguas no consiste en un 'balbuceo* descompuesto (desordenado), sino que se desarrolla con palabras (y sílabas) articuladas, con acentos y cadencias, como ocurre en las palabras comunes de una lengua conocida, pero no comprendida por el que la usa y por esto, quien habla se dice que habla una lengua y no sólo que emite sonidos. "Según una opinión bastante difundida este don es muy común. San Pablo desea que lo tengan todos los de Corinto (1 Corintios 14,5). Frecuentemente esta oración en lenguas se ejercita por toda la asamblea, y es un signo de su unidad. Naturalmente, tampoco en este caso tiene necesidad de interpretación".15 Es un "signo" que expresa el deseo, el anhelo profundo de todo el ser del hombre de alabar, de glorificar, de dar gracias a Dios más allá de lo que puede con su lenguaje propio. "Un esfuerzo para expresar lo inexpresable" (Karl Bath). Es una "expresión religiosa", por eso suele designarse como carisma de oración privada, aunque puede usarse también en público en ciertas circunstancias. San Pablo dirá que el Espíritu Santo mismo intercede por nosotros Ion gemidos inefables. (Romanos 8,26). Y se une él a tal oración misteriosa, inarticulada, dejando a Dios mismo el cuidado de glorificarle y darle gracias por un amor que sobrepasa a todo conocimiento (Efesios 3,19). “En lenguaje psicológico se diría: he aquí la voz del subconsciente que se eleva hacia Dios. Una expresión, pues, del subconsciente, como lo son también los sueños, la risa, las lágrimas, la pintura, la danza. Todo ello tiene lugar en las profundidades de nuestro ser (ahora orientado hacia Dios por el Espíritu Santo en alabanza, adoración, acción de gracias, amor). De esta realidad que parte del subconsciente proceden efectos, beneficios, acentuados por la intervención del Espíritu Santo, tales como (por ejemplo) un efecto de profunda oración que es a menudo reconocido; curación de traumatismos ocultos que impiden el desarrollo de la vida interior".16 Para que verdaderamente sea carisma, dijimos, es suficiente que la capacidad natural de emitir sílabas se ejerza bajo el poder y la inspiración del Espíritu Santo y sea dirigida hacia la edificación del Reino de Cristo (por la alabanza). La novedad, por lo tanto, consiste en el modo: vivificación de la capacidad natural por el Espíritu Santo y por el fin: orientado a la construcción del Reino de Dios. Lo "inefable" puede ser un sentimiento de compunción, de petición, de acción de gracias; sobre todo de adoración y alabanza expresada con todo el ser desde el fondo del alma, con el poder del Espíritu Santo. El disponerse a orar en lenguas debe ser hecho en humildad, sencillez, actitud de profunda oración, de deseo de la más pura alabanza. Es un don que, según muchos autores, Dios lo quiere conceder ampliamente. Pero exige condiciones, de ordinario: creer en el don, pedirlo con humildad, buscar el apoyo de los hermanos experimentados, "entregarse" al Espíritu Santo.

Este don se discierne en lo inmediato, por los efectos que produce: paz interior profunda, gozo sincero, deseos de entregarse a Él, elevación de la oración. Mediatamente, o a largo plazo, se discierne, como todos los carismas, por los frutos del Espíritu que van apareciendo en la persona. En su uso, importa mucho tener prudencia y discreción en el modo: tener en cuenta las circunstancias, el ambiente. No exponerlo a ser ridiculizado. Las personas, sobre todo en los comienzos, se sienten mal consigo mismas, "se ven ridículas". Hay que superar esa impresión para no cerrarse a un carisma tan útil para alabar con poder al Señor. Es un don de oración privada, pero puede ser usado en otras circunstancias, por ejemplo, en la oración llamada de conjunto. Este carisma tiene también otras virtualidades que omitimos. San Pablo nos dice terminantemente que el orar en lenguas "nos edifica" (1 Corintios 14,3). En expresión tan sencilla hay un misterio de contenido: nos conduce a un encuentro amoroso con la Trinidad que habita en nosotros. ¿Quién va a atreverse a decir que orar en lenguas es inútil y que está al margen de la vida cristiana? Un autor tan ponderado como el P. Van den Eynde nos da una preciosa -interpretación de la expresión paulina citada. "Por este carisma bien vivido, se acoge al Espíritu, se experimenta su presencia viviente, actuante; el alma se entrega; se le da poder sobre uno; se apoya realmente en El. Y El, el Espíritu, actúa en nosotros, habita nuestra vida, se sirve de nuestro cuerpo, pasa a través de todo lo que somos para obrar, revelar a Jesús, manifestar la gloria de Jesús". He aquí un modo prudente de actuar: ciertamente, no es el único camino para entrar en el misterio de la oración. Quienes han recibido este don que no lo desprecien; quienes no lo han recibido, pídanlo, y aquéllos que han descubierto otro camino, que no desprecien nunca a los que oran en lenguas. Y no olvidemos que orar en lenguas es también una gran ayuda cuando intercedemos por los hermanos y hermanas que tienen necesidad de sanación y de liberación. La dificultad mayor para abrirnos a este don la encontramos dentro de nosotros mismos: en nuestra actitud de reserva y en la renuencia a "hacernos como niños", incluso a sentirnos mal ante nosotros como si hubiera algo de ridículo en su uso. Estamos, por otra parte, rodeados en nuestra vida de formulismos que se oponen a la sana espontaneidad de este don, y, quizá, más que nada la cultura cerebral que nos ha penetrado en los huesos y nos impide exteriorizar nuestros sentimientos religiosos profundos. El carisma de orar en lenguas, tal como se ha descrito brevemente, no tiene necesidad de ser interpretado, porque es una oración hecha directamente a Dios. Esta es la razón por la cual San Pablo aconseja usar este modo de orar en la oración personal como lo hace él mismo (1 Corintios 14,18-19). A él se refiere la oración descrita en los Hechos (2,4). Allí se trata de una oración de alabanza y no de una enseñanza. Con toda probabilidad, se trata de un milagro de "escucha" en cuanto que los apóstoles hablaban en su lengua materna mientras que los presentes los escuchaban en la lengua propia. De este mismo modo de orar dan cuenta los Hechos en la casa de Cornelio (Hechos 10,46), y la oración en lenguas de los bautizados por Pedro en Efeso (Hechos 19,6).17 "Hay que decir que este don no es siempre sobrenatural; puede ser un hecho natural proveniente de la intensidad del sentimiento religioso que encuentra más fácil expresarse fuera del lenguaje comúnmente usado. Un poco como el don de las 'lágrimas' que San Ignacio poseía. Indudablemente es un don que cuestiona a los 'alejados', cuando vienen a una reunión por primera vez. San Pablo dice que es un signo para los incrédulos" (1 Corintios 14,22).18 El don de lenguas, (diferenciado del "orar en lenguas") es otra cosa. Se trata de un don no permanente, por el que un miembro de la asamblea pronuncia un mensaje especial (de parte de Dios), pero en lenguas. A éste debe seguir una interpretación, por parte de la misma persona o de otra. Si ninguna de ellas interpreta, el don no debe ser usado. No tiene sentido dar un mensaje que no se interpreta. A veces ocurre que el Señor suscita en una persona el don de interpretación y ésta se calla por temor. Como diremos, en la interpretación no basta la buena voluntad de decir algo provechoso; Dios toca a una persona y le da el contenido del mensaje para la asamblea. Por eso el mensaje en lenguas es muy parecido a la profecía. Y el carisma de hablar en lenguas no se reduce sólo a orar en lenguas, aunque este aspecto sea, con mucho, el que más se prodiga. Resumiendo los dos aspectos de la glosolalia: se da el carisma de orar en lenguas (don para la alabanza, especialmente) y el don de lenguas por el cual se transmite un mensaje de parte del Señor. 11. Carisma de "interpretación". (1 Corintios 12,12) El carisma de hablar en lenguas (glosolalia) tiene, repetimos, dos aspectos que los autores suelen formular: carisma de orar en lenguas y don de lenguas. En el primero se trata o "consiste en la capacidad de una persona, proveniente del Espíritu, de orar en una lengua que no es el resultado de una actividad mental. Puede ser una Oración personal privada o colectiva dirigida a Dios mismo (í Corintios 14,2)". Ya describimos anteriormente, de un modo abreviado, en qué consiste. El otro aspecto se denomina don de lenguas y se refiere al mensaje que un miembro de la asamblea da, en nombre de Dios, pero en lenguas. El Espíritu se sirve de este lenguaje a conceptual para dar un mensaje a la asamblea. Los autores lo describen de modo distinto, pero esencialmente coincidente. "Una persona determinada percibe en sí una pulsión interior casi irresistible y de su boca salen sonidos. Se da cuenta de que el Espíritu habla a través de él pero no comprende el sentido de lo que dice. Entonces interviene el carisma de interpretación. Esta es una acción del Espíritu que da las palabras para hacer comprender a la asamblea lo que el Señor quiere decirle. Es del mismo orden que la profecía con cierta suerte de insistencia. El mensaje en lenguas se parece a un golpe que se da en una pandereta, que pone atentos los oídos de la asamblea. El Señor parece querer decir: 'Están dormidos, ustedes no ponen atención a la profecía'. "La interpretación no es una traducción, sino una comprensión intuitiva del sentido de la palabra dada: aquél que interpreta recibe una inspiración distinta concerniente al sentido de lo que se ha dicho, sin haber comprendido el sentido de las palabras (de los vocablos a conceptuales). Es de hecho una forma de oración que responde a la de lenguas, ofreciéndole la percepción intuitiva de una inteligencia movida por el Espíritu (.. .)"19

En este don se perciben signos manifestativos del Señor cuando El quiere usar a una persona determinada para dar la interpretación. Algo queda ya indicado más arriba, pero es preciso amplificarlo más para un mayor conocimiento. Se reserva para otro lugar. Es un carisma que, en el uso, se presta, más que otros, a que lo humano se mezcle con lo divino. Este riesgo se halla presente en todos los carismas, pero es preciso, discreta y prudentemente, bajo la guía de personas expertas y del Espíritu, correr un riesgo "prudente". El don se irá purificando progresivamente. Puede suceder que varias personas reciban una misma interpretación. No coinciden en las palabras, pero sí en el mensaje.20 12. Carisma de "canto en lenguas". (1 Corintios 14,15) "Se trata menos de un 'hablar* que de un canto o de una modulación lírica, celebrando las maravillas de Dios (...). El glosólalo toma conciencia de que, como dice San Pablo, 'el Espíritu se une en persona a su espíritu , (Romanos 8,16), que El golpea a la puerta de su corazón, que El le pide abrir, que El mueve a cantar. Si el glosólalo lo acepta, si se entrega libre y totalmente a El, el Espíritu Santo libera su soplo, le hace cantar dando a su voz una fuerza, un poder y una seguridad que no son los mismos que cuando él canta de sí (.. .). Mientras que la palabra ordinaria es el instrumento del intercambio con el otro, el 'hablar en lenguas' es la expresión de la vida (la expresión de lo inexpresable). El (el Espíritu) la utiliza mejor que la palabra, a saber, el soplo, la respiración que es la expresión de la vida profunda (de los deseos más ardientes del corazón, de alabar y de amar a Dios). "Por eso el canto en lenguas es la respiración del amor del Espíritu Santo en el que canta. Así San Pablo dice del glosólalo que es 'su espíritu quien ora' (1 Corintios 14,14), que 'él ora con el espíritu' (1 Corintios 14,15), esto es, con su 'corazón' en el sentido bíblico de la palabra, donde habita el Espíritu Santo. "Su canto va más allá de las expresiones conceptuales que vienen de la cabeza, y brota directamente, libremente de la fuente profunda del corazón vivificado por el Espíritu. Es, verdaderamente, un canto 'inspirado' según la expresión de San Pablo (Efesios 5,19); un canto bello que interioriza y da paz y alegría. "Pero esto no quiere decir que la inteligencia no esté presente. 'Si yo oro (canto) en lenguas, dice San Pablo, mi espíritu ora, pero mi inteligencia no saca ningún provecho. ¿Qué hacer, entonces, pues? Yo oraré con el espíritu, pero oraré también con la inteligencia (1 Corintios 14,14-15). Es todo el hombre quien debe orar: espíritu, inteligencia y cuerpo' ".21 De esta hermosa cita deducimos la excelencia del canto en lenguas, el aprecio y el uso debido que de él hemos de hacer, cuando es suscitado por el Espíritu en las asambleas. Su poder es excepcional para cantar las maravillas de Dios, para alabarlo desde el fondo del ser, para edificarse a sí mismo y edificar también la comunidad. Ciertamente se darán cantos en lenguas que no vienen del Espíritu, que son falsos. Un criterio del discernimiento es si producen o no paz interior, elevación del corazón a Dios, sentimiento de su presencia, deseos de amor a los hermanos. Todo canto en el Espíritu, si es auténtico, debe ser armonioso, puesto que es el mismo Espíritu quien lo unifica. Como algo particularmente sorprendente, por la coincidencia, citamos un párrafo de la famosa "jubilado" de que nos habla San Agustín. No pocos autores ven en ella un fenómeno equivalente o muy cercano al canto en lenguas de que hablamos: "¿Qué significa cantar con regocijo? Entender, porque no puede explicarse con palabras, lo que se canta en el corazón. Así, pues, los que cantan ya en la siega o en la vendimia, o en algún trabajo activo o agitado, cuando comienzan a alborozarse de alegría por las palabras de los cánticos, estando ya como llenos de tanta alegría, no pudiendo ya aplicarla con palabras, se comen las silabas de las palabras y se entregan al canto del regocijo (...). El júbilo es cierto cántico o sonido con el cual se significa que da a luz el corazón lo que no puede decir o expresar. Y ¿a quién conviene esta alegría sino al Dios inefable? Es inefable aquel a quien no puedes dar a conocer, y si no puedes darla a conocer y no debes callar, ¿qué resta sino regocijarse para que se alegre el corazón sin palabras y la intensidad de la alegría pueda sobrepasar los límites de las palabras?".22 Sobre este carisma se tratará detenidamente en otro lugar. 13. Carisma de "fe carismática". (Corintios 12,9) La fe como carisma es distinta de la virtud teologal. La virtud de la fe se nos infunde en el sacramento del Bautismo y por ella aceptamos todo lo que Dios ha revelado, en la certeza de que El no se puede engañar ni quiere engañarnos. Por ella se nos facilita el creer, el adherirnos aun a las verdades más "increíbles" que Dios ha revelado, como es nuestra llamada "a ser de la familia de Dios", a participar de la misma vida divina en Cristo Jesús. Esta fe es un hábito permanente y no se pierde ni aun por el pecado mortal, a no ser que éste sea un pecado de incredulidad. De esta virtud presente en nosotros por la obra del Espíritu Santo, se derivan los frutos que San Pablo enumera en su carta a los Gálatas (5,22). Es una consecuencia natural que así sea, puesto que el hombre, mediante la fe, se inserta en Cristo como el sarmiento en la cepa. Pero no se producen automáticamente ni sólo por la obra del Espíritu: el hombre libremente debe corresponder con el ejercicio de la misma fe irradiada en obras buenas, hechas con pureza de motivaciones. El carisma de la fe no es dado a todos. Solamente es concebido por el Espíritu Santo. Consiste, sobre todo, en un acto, en un arrojarse hacia Dios que da la certeza de que El hará lo que se pide o que será fiel a sus promesas, a pesar de que todo parezca indicar lo contrario.23 Jesús mismo ha expresado esta fe en su célebre afirmación en Mateo 17,20. Esta es la fe que tuvo Abraham cuando se dispuso a sacrificar a su hijo Isaac (Génesis c.22). La que tuvo María en la Anunciación (Lucas 1,39 y siguientes), al ser alabada por su prima Isabel (Lucas 1,45). La que tuvieron el centurión romano (Mateo 8,10) y la cananea (Mateo 15,28). La de Pedro al caminar sobre las aguas (Mateo 14,29). La del mismo Pedro en la resurrección de Tabitá (Hechos 9,40). Jesús la llevó a la cima en su vida y un caso sobresaliente es la resurrección de Lázaro (Juan 11, 41). Es la fe a que se refiere Jesús al decir que los que tengan fe harán las obras que El hizo y aun mayores (Juan 14,12). "Este carisma contribuye a la edificación de la Iglesia porque quien lo posee muestra, de un modo concreto, que Dios es más grande que nosotros y lo que quiere hacer por medio de quien tiene confianza en El. "A medida que aumente el carisma de la fe, se multiplicarán también las obras y manifestaciones del poder de Dios que actúa con amor en favor de la Iglesia y del mundo.

"Pero no olvidemos: una cosa es el carisma de la fe y otra muy distinta, la "presunción" de tenerla".24 Para muchos autores este carisma es la puerta de entrada a los carismas extraordinarios: milagros, curaciones, palabras de ciencia. 14. Carisma de "curaciones". (1 Corintios 12,9) Hemos de confesar que este carisma es uno de los que encuentran mayor resistencia y más fuertes prevenciones cuando se oye hablar de la Renovación Carismática. No vamos a exponer aquí las razones en que pueda apoyarse tal actitud, que reservamos para otro lugar. Sin embargo, el ministerio de curación ha jugado en la vida de Jesús un papel fundamental. Sus curaciones se extienden no sólo al nivel espiritual. Abarcan también, y mucho más de lo que una lectura superficial del evangelio pudiera indicar, las curaciones llamadas interiores. Pero se advierten con especial frecuencia las curaciones físicas. Es la realización manifiesta de lo que ya había sido profetizado y prefigurado en el Antiguo Testamento: Exodo 15,16; 2 Reyes capítulo 5; 15,3; 20,1-7; Job 42,2-6; Isaías 35,5-6; 61,1-25. En Lucas 7,22 Jesús echa mano de estas promesas para confirmar su mesianismo, cuando se lo confronta con las preguntas de Juan el Bautista. Jesús cura no sólo a miembros del pueblo de Dios (que llenan buena parte de los Evangelios), sino también a paganos: al siervo, del centurión romano (Mateo 8, 5 y siguientes), a la hija dé la cananea (Mateo 15,27) y a muchos otros. Ciertamente, Jesús conocía las intenciones con que se aproximaban a El para ser curados, no siempre puras, pero trataba de elevar y purificar su fe y de que el beneficio físico los llevara a una curación mayor, espiritual. El curaba no por ostentación de poder, sino porque su corazón se conmovía por la compasión. Veía en ellos, hijos del Padre celestial maltratados en su cuerpo o en su espíritu, y actuaba para sanar, para salvar al hombre total. Las curaciones físicas del Nuevo Testamento son muchas y vienen a formar una buena parte de la actividad del Señor. El, generosa y libremente, comunicó este poder también a sus apóstoles, actuando en ellos que se prestan a ser sus instrumentos humanos. Y se los comunica como signo de la venida del Reino de Dios (Marcos 16,16-20). Los Hechos de los Apóstoles están llenos de narraciones milagrosas (Hechos 5,15; 19,12; etc.). En la cita de Marcos ya aludida (Marcos 16-16-18), las curaciones se presentan como uno de los signos que acompañarán la predicación de los apóstoles de la Iglesia. La deducción que podemos hacer, a partir del deseo de Jesucristo, es legítima: el carisma de las curaciones en la Iglesia es, y debe ser normal, si no lo impedimos. El mismo Vaticano II viene a confirmarlo al afirmar que la Iglesia, habiendo recibido el Espíritu Santo, está equipada con los mismos dones de su fundador (Lumen Gentium, n.5). Tenemos derecho a pedirla confiados en la promesa de Jesús de pedir al Padre en su nombre, pero siempre dispuestos a aceptar su voluntad, que más de una vez será confortarnos y asociarnos, por el dolor, a la obra salvífica de la Iglesia (Colosenses 1,24). Pedir por la curación física y por la curación interior, en nada se opone al uso de los médicos y de las medicinas. Muchas veces Dios se valdrá de estas oraciones para dar a los médicos, sicólogos y siquiatras un acierto especial en su diagnóstico y tratamiento y hacer que las medicinas produzcan un efecto que está más allá de su eficacia normal. 26 Dios mismo ha hecho un elogio maravilloso de los médicos en el libro del Eclesiástico, capítulo 38. Este elogio puede ex tenderse a sicólogos y siquiatras cuando actúan respetando las leyes de la propia ciencia; de la conciencia moral y religiosa de los pacientes. 27 Esta fe en el poder del Señor (y en su amor compasivo), operando en favor del enfermo, a través de nuestra plegaria, es preciso que la, renovemos. Vamos viendo cómo renace en el seno de la Iglesia Católica, dentro de los medios influenciados por la renovación carismática, la práctica de la oración colectiva en favor de los enfermos. Es preciso que a la luz de una enseñanza cristiana renovada acerca de la oración y curación consideremos aquellas recomendaciones de Santiago: "Si alguno de vosotros enferma, que llame a los presbíteros de la Iglesia y que oren sobre él (. . .). La oración de fe salvará al paciente y el Señor lo curará. . . Rogad unos por otros a fin de que seáis curados" (Santiago 5,14-16). No olvidemos: el Espíritu Santo en Persona no es sino la Unción viva y divina a través de la cual Jesús continúa su obra. El hecho de que no pocos se acerquen con motivaciones únicamente orientadas hacia su curación, no debe ser razón para dejar de ejercer este carisma. Por eso, se impone una catequesis previa y un seguimiento, en cuanto sea posible, de las personas favorecidas con la curación, para que en ellas se vea realizado el plan del Señor, que, en parte, se manifiesta en el favor recibido. Reservamos para otro lugar tratar, con cierta amplitud, el tema, ya de sí extenso, del carisma de las curaciones. 28 En la Renovación Carismática no son pocos los que han aprendido a servir a los enfermos y a los turbados interiormente (curación física e interior). Han ido desarrollando, bajo la acción del Espíritu Santo y la propia experiencia, una sensibilidad por los que sufren y el Señor los ha ido convirtiendo en canales del poder divino para curar. Es un servicio preciso a la Iglesia que, al mismo tiempo, los construye en la humildad, la obediencia y el contacto íntimo con la fuente de toda curación: Jesús. Un dato sobre el que insistimos y que viene a constituir el núcleo de las curaciones de Jesús y de sus discípulos, es la "compasión". Ciertamente, no es la única motivación de su ministerio de curar, pero es sorprendente por la frecuencia explícita o implícita con que aparece su sensibilidad humana y divina ante el sufrimiento. La compasión viene a ser la fuente de sus curaciones (Marcos 1,41; 5,21 y siguientes, etc.). Las curaciones y milagros, además de ser signos de 1¿ llegada del Reino, de la presencia compasiva y actuante de Jesús, son experiencia de fe: lo son porque la fe de la persona por quienes se ora y la misma de los orantes juegan un papel importante ante el Señor; lo son porque en el amor y el poder del Señor se entrega uno a la fuerza curativa que proviene de Dios, capaz de curar física, emocional y espiritualmente y lo son también, porque las curaciones tienen la virtualidad, si se abren las personas a ellas, de robustecerlas espiritualmente y llevarlas a fortalecer su fe en Jesucristo. El reino del "empirismo" y del "racionalismo", asentado también en el corazón de muchos cristianos, hace que este carisma encuentre una especial resistencia y que el Señor se vea impedido de prodigarlo más, como, sin duda, está en su plan, bien manifiesto al instruir y mandar a su Iglesia, a los suyos, que continuarán su ministerio de curación (Marcos 16,16-18). 15. Carisma de "milagros". (1 Corintios 12,10) Abordamos un carisma muy especialmente "contestado" en nuestros días, aun por muchas personas que en los demás puntos de la fe católica son irreprochables. Este hecho tiene diversas causas, de acuerdo con la situación espiritual de la persona. En general, podemos afirmar que viene a ser, en muchos casos, el resultado del mundo en que vivimos, en el quilo "sobrenatural" es negado fría o irónicamente. No se quiere admitir nada sino dentro de una explicación meramente natural.

Estamos en un mundo fuertemente "secularizado". Otra causa, muy próxima a la anterior, es la profunda crisis de fe: creer en la posibilidad y en la realidad garantizada de la acción sanadora de Dios, aun por el milagro, supone creer firmemente en su poder, en su amor, en su providencia. Esto, a su vez, lleva a creer en el contacto con Dios por la oración donde se fortalece, vivifica y hace actuar nuestra fe. Aquí es donde se juega la creencia o la no creencia en el poder sanador de Jesús hoy, a través de los que a Él le plazca utilizar; la falta de fe o la tibieza en la misma hace imposible la oración. Y en ella, precisamente, es donde tiene lugar la obra sanadora del Señor. Por eso, ante una obra extraordinaria de Dios, la curación, por ejemplo, de una enfermedad diagnosticada como incurable, se toman de hecho diversas posiciones: el creyente, aunque confiese que se halla ante un misterio, admite una intervención particular de Dios. El no creyente, también el creyente pobre en su vida de fe, o dominado por prejuicios o imbuido de lo que sólo la ciencia puede explicar, de algún modo, las llamadas intervenciones de Dios, tratará de "justificar" los efectos de la curación: por el recurso a las ciencias sicológicas, a las fuerzas desconocidas de la naturaleza, etc. Esta doble actitud ante la misma realidad nos demuestra que la libertad del hombre, respetada celosamente por Dios, entrará siempre en acción ante las curaciones y milagros, signos de la presencia y actuación divinas.29 Otros obstáculos a creer y admitir los milagros cuando comprobadamente se han dado, están en el ambiente cultural que respiramos, profundamente secularizado; en los prejuicios o falta de correcta información sobre el milagro; en una educación falseada; en la "deificación" de la ciencia moderna, etc. Omitimos amplificar estas actitudes, puesto que se tratan ampliamente en otra obra. Hemos de evitar cuidadosamente el caer en un doble extremo: creer que los milagros se presentan por todas partes, a cada paso, o confundirlos con lo que es una simple curación en la que ha intervenido el Señor; relegar el milagro al campo de la "credulidad" o negar, sencillamente, la existencia de los milagros en el presente. "Por falta de ideas claras acerca de la noción de milagro y de su fin en el plan salvífico de Dios, se llama milagro a lo que no lo es y se tiene una posición negativa y prevenida frente a una realidad tan importante como es el milagro en la vida de Jesús y en la historia de la Iglesia".30 Prescindiendo de los milagros narrados en el Antiguo Testamento, en la vida de Jesús los que él obró, cubren un campo realmente importante de su apostolado. Citamos algunos de ellos: — Juan 2,1-11: El cambio del agua en vino, en las bodas de Cana. — Lucas 8,24-25: La tempestad calmada en el lago de Genesaret. ~ Juan 6,1 y siguientes.: La multiplicación de los panes. — Mateo 14,25-33: Jesús camina sobre las aguas y en su nombre, también Pedro. — Juan 21,5-12: La pesca milagrosa. — Juan 11,1 y siguientes: La resurrección de Lázaro, etc. "El Evangelio pone siempre los milagros en relación con la bondad del Señor que usa su poder para socorrer las necesidades de los hombres (...) Jesús lo afirmó de modo general en todos sus milagros, también de aquéllos que consistían en curaciones (...) Jesús, de modo también general, pone sus milagros en relación con la fe que debían suscitar en aquéllos que los contemplaban (Juan 10,25); y en relación con la predicación que mandó hacer a sus discípulos, a los que dio este poder (Marcos l6,l6-20)"31 "El milagro, pues, no es una demostración arbitraria de la omnipotencia de Dios, sino un testimonio del poder que tiene de producir nuestra salvación en Jesucristo. El milagro es un signo del poder y del amor de Dios que quiere salvar a todo hombre".32 Este mismo Jesús, obrador de milagros, prometió que actuaría, una vez subido a los cielos, a través de sus discípulos: -- Juan 14,12. Si creen en El, harán aún cosas mayores que las que El hizo. — Marcos Í6,17-19: Serán señales que acompañarán a los que creen. — Hechos 3,7-9; 19,11; 16,26; 28,3 y siguientes, etc. Casos y afirmaciones de esta misma realidad. — Hechos 3,7-9; 19,11; 16,26; 28,3ss., etc. Casos y afirmaciones de esta misma realidad. El prometer Jesús que continuaría efectuándolos a través de sus discípulos, ¿no será, si no se prodigan más, testimonio de nuestra poca fe y de nuestra actitud de rechazo ante ellos? "El carisma de los milagros se distingue del carisma de curaciones, en cuanto que, al menos comúnmente, indicamos con ello, hechos extraordinarios que se refieren a la naturaleza física. Es cuestión de términos. Hay curaciones que son verdaderamente milagros, hechos que superan las leyes de la naturaleza y piden una intervención inmediata de Dios. Todavía, pretendiendo entendernos, por el carisma de milagros nos referimos a los hechos extraordinarios que se dan fuera de la naturaleza viviente. Así en el Nuevo Testamento son milagros la transformación del agua en vino (Juan 2,1-11), la multiplicación de los panes (Marcos 6,38-44); la tempestad calmada (Marcos 6,45-52) etc."33 ¿Cómo hemos de acogerlos: — Con discernimiento espiritual (Juan 6,26) y con una competente confirmación médica, evitando precipitaciones y cuidando de todo contagio, sobre todo en las multitudes. — Con acción de gracias a Dios, realizador del milagro (Lucas 17,51); y proclamando sus maravillas. — Yendo más allá del milagro: a la conversión profunda y entrega al plan de salvación divina. 16. Carisma de "profecía". (1 Corintios 12,10) San Pablo da mucha importancia al carisma de profecía. Y aun se puede afirmar que lo pone en lugar de preferencia: "Aspirad a los dones espirituales, sobre todo al de profecía" (1 Corintios 14,1-5). Y en la lista que nos presenta en la carta a los Efesios, coloca a los profetas inmediatamente después de los apóstoles (Efesios 4,11). El profeta Joel (2,28-29) promete, ya con muchos siglos de anticipación, que en los tiempos mesiánicos por venir, el espíritu profético se derramará sobre todo el pueblo de Dios. Y Pedro, precisamente en su discurso después de la efusión de Pentecostés, alude a este mismo texto. El considera haber comenzado el cumplimiento de esta profecía el día mismo de Pentecostés (Hechos 2,16-18). Jesús es el gran profeta, el profeta por excelencia, de cuya realidad profética que le corresponde como Dios-Hombre, participan los fieles (Lumen Gentium 35). Jesús era esperado como Mesías, pero este mesías había de ser un profeta (Mateo 13,37).

El mismo Jesús se caracteriza como un profeta y sus mismos contemporáneos describen, definen su misión, como la de un profeta (Mateo 16,14; Lucas 7,16; 24,19; Juan 4,19). Sus mismos enemigos exhiben débiles argumentos contra esta misión que dicen que se arroga El mismo (Lucas 7,39. 49). Sus palabras de profeta emplean frecuentemente un tono fuerte (Mateo 5,13). Otras, son expresiones terribles (Mateo 23,27). Pero, más frecuentemente, y es la nota predominante en su ejercicio de profeta, son palabras de consolación, de esperanza, de misericordia (Mateo 5,3-11). Esta misión de Jesús la transmite a sus discípulos, cíe modo semejante a como les transmitió el poder de curar, de hacer las obras que El hizo (Juan 14,12). Y San Pablo lo confirma al decir que el Espíritu Santo da a algunos el don de profecía (1 Corintios 12,10). Ello quiere decir que el Espíritu Santo va a actuar sobre una persona, a fin de hacerla instrumento al oír un mensaje de Jesús, para construcción y crecimiento de la Iglesia en el amor de Dios. En las cartas de San Pablo y en los Hechos de los Apóstoles hay menciones frecuentes de profecía (2 Corintios 12,4; Hechos 27,23 y siguientes; 1 Corintios 14,24 y siguientes) etc.34 Notemos que, ordinariamente, la profecía no es la predicción del futuro. Respecto de esto, los autores se muestran muy reticentes. Y aunque confiesan darse, no son ni las más frecuentes ni las más dignas de crédito. Y hasta llegan a afirmar que mientras no haya un serio discernimiento sobre ellas ni ofrezcan una garantía digna de un serio crédito, no se les debe hacer caso. El profeta habla en nombre de Dios para amonestar, animar corregir, orientar y para encaminar todo lo que el Señor quiere transmitir a su pueblo a través de él. Por lo tanto, no es profecía una palabra de consuelo, de ánimo, que, con el buen deseo de ayudar, se dice a la comunidad. Ni una frase consolatoria que se toma de la Escritura, aunque pueda hacer bien. "El carisma de la profecía consiste en proclamar a una asamblea (o a una persona determinada) un mensaje proveniente de Dios. El profeta, por lo tanto, es aquél que habla en nombre de Dios, o aquél por cuya boca habla (...) En el Nuevo Testamento es un modo de actualizar la Palabra de Dios revelada en Jesús y en los apóstoles. "El contenido de la profecía, según San Pablo, es esencialmente una palabra de edificación, de exhortación, de consolación (1 Corintios 14,3), de convencimiento, de juicio (1 Corintios 14,24), de instrucción (1 Corintios 14,31) (. . .) Para que se dé el carisma de la profecía no basta con proclamar a una asamblea (o a una persona singular) una exhortación, o de consolación o de juicio. Se requiere que esto se haga en fuerza de una iluminación del Espíritu, con la cual se percibe que esta palabra viene de Él, y de una moción del mismo Espíritu, el cual quiere que esto que El ha hecho percibir al profeta, se comunique".35 Las personas de los grupos de oración deben ser educadas e instruidas para que no caigan en el error de considerar profecía una palabra piadosa que se les ocurra. Dios va preparando el interior de la persona de modos diversos, para usarla como instrumento de su palabra: le hace percibir en el fondo de su ser una llamada, una moción que la impulsa (no la obliga) a hablar y, al mismo tiempo, suscita una palabra, una frase, una idea, que se va desarrollando a medida que la proclama; o el contenido del mensaje que el profeta vacía en su propio vocabulario. La forma que D. Grasso indica, anotada más arriba, expresa muy bien la forma de actuar del Señor. Se trata, resumidamente, de un doble elemento, por parte del profeta: de convicción de provenir del Señor (iluminación), no de sí mismo, y de urgencia (moción), no coacción, ni imposibilidad de sus traerse, de que es Dios quien desea que se manifieste su mensaje. No es fácil el uso correcto de la auténtica profecía. Por eso, es necesario someterla a discernimiento. Ni resulta fácil tampoco distinguir la voz propia de la de Dios. Toda profecía, por más auténtica que sea, pasa por nuestra sicología y lo humano va, frecuentemente, mezclado a lo divino. La mayor dificultad no está en distinguir la auténtica de la que no lo es, y tampoco en separar la verdadera de la falsa. Para esta última tenemos los criterios de conformidad con la doctrina revelada y con el magisterio de la Iglesia (1 Corintios 12,3). La mayor dificultad está en distinguir el verdadero del falso profeta (Mateo 24,24). En este punto, la vida del profeta ha de ser muy tenida en cuenta (Mateo 7,16). No basta, pues, discernir la verdadera o auténtica profecía de la que no lo es. Es necesario discernir la vida del profeta. Toda la dificultad está en determinar si un profeta ha hablado bajo el influjo del Espíritu Santo o no. Aparte de reconocer este influjo, a través de una iluminación interna sobrenatural o por un milagro externo, tenemos criterios de discernimiento que nos pueden dejar moralmente seguros de hallarnos frente a una auténtica profecía. Un criterio que merece credibilidad es la sumisión de la persona usada, al discernimiento de la comunidad y al de los que dirigen el grupo de oración. A ellos, se les supone familiarizados con los criterios generales de discernimiento aplicables también a la profecía y al profeta. Una regla de discernimiento que suele considerarse de oro, son los frutos que produce: fruto de amor que se derrama en la asamblea, fruto de paz interior, de gozo en el Espíritu, de unidad en Cristo Jesús. Los que tratan de la profecía con verdadera competencia y seriedad insisten mucho en que no se permita ejercerla a las personas sicológicamente taradas, aun en el supuesto de que, más de una vez, haya resultado verdadera. Tales personas suelen ser un foco de dificultades y es frecuente que creen grandes inquietudes y aun serios problemas, sobre todo en las personas sencillas; más aún en las "crédulas". Uno de los peligros que la experiencia nos muestra que puede introducirse en el grupo de oración es la desconfianza: el hecho de que se hayan dado casos de profecías falsas e inauténticas, o que se quiera hacer pasar por verdaderas, palabras consolatorias, puede llegar a crear un ambiente de incredulidad respecto de la profecía, y, por lo tanto, extinguirla. Una cosa es la discreción, el discernimiento y el cuidado de ir eliminando los elementos humanos que se mezclan frecuentemente con la verdadera profecía y otra muy distinta desconfiar de ella hasta el punto de llegar a sofocarla. Tengamos muy presente la sabia exhortación de San Pablo: "No despreciéis las profecías. Examinadlo todo y quedaos con lo bueno" (1 Tesalonicenses 5,20).36 Reservamos para otro lugar el tratamiento del carisma de discernimiento con amplitud. Cerramos este capítulo con esta reconfortante cita: "Las asambleas carismáticas de oración desean ser reconocidas por lo que ellas se sienten llamadas a ser: un lugar de Pentecostés, como lo repite incansablemente el Cardenal Suenens, un lugar en el que el pueblo de Dios vive un incesante renacimiento en cuanto comunidad edificada por el Espíritu Santo, un lugar en donde la Iglesia se construye con la ayuda de los carismas que manifiestan a cada uno que es morada del Espíritu. "Mas ejercer los carismas exige una formación. (El énfasis es nuestro). La necesidad de ésta, es hoy reconocida casi en todas partes. No solamente los miembros de la Renovación carismática han puesto en práctica numerosas y diversas sesiones de formación, sino que también participan más y más en todo lo que la Iglesia propone con esta finalidad". 37 Queremos añadir lo siguiente: el carisma de profecía es del más alto valor para San Pablo, porque contribuye a fortalecer poderosamente el grupo de oración, la comunidad. El tipo más frecuente (no el único) es el de la profecía que anima y consuela (1 Corintios 14,3). Pero no son infrecuentes las que reprenden y amonestan.

Una palabra profética es realmente una palabra del Señor; aunque salga de labios humanos, es la expresión verbal de una persona que manifiesta un mensaje del Señor para la comunidad. La profecía verdadera tiene en sí una gran efectividad: tiene el poder de hacer lo que dice. Por eso uno de los criterios, es su eficacia en fortalecer al grupo para el que se enuncia. Si esto, a veces, no sucede es porque él no le da la importancia debida, porque hay una sutil incredulidad en un considerable número de miembros o por otras razones que obstaculizan la eficacia del mensaje de Dios. El carisma de profecía no debe identificarse con el oficio de profeta: éste puede ser participado por todos los miembros de la Iglesia y consiste, fundamentalmente, en que son testigos vivientes del Señor a través de sus vidas de fe, esperanza y caridad. Se distingue también del ministerio de profeta: el que lo ejerce es una persona llamada a ser un profeta de una manera habitual y, por consiguiente, a edificar la comunidad con su palabra (dicha en nombre de Dios, mensaje auténtico del Señor) y con la vivencia personal de esa palabra. Esto no quiere decir que el que ejerce el ministerio de profeta pueda, a su gusto, ejercer la profecía como si "cargara" con el carisma, puesto a su disposición. En cada una de ellas ha de intervenir Dios, y la misma frecuencia en ser usada la persona para "profetizar", no le confiere derechos o poderes que pueda libremente utilizar. Pero sí podemos suponer que si el grupo o la comunidad necesitan una palabra de Dios, éste usará frecuentemente a la persona que ejerce ese ministerio. Recordemos, una vez más, la estima de San Pablo (1 Corintios 1,5) respecto de la profecía. Esto ha de inducir a los responsables de los grupos de oración a tener los conocimientos suficientes y exactos sobre un carisma que, en la práctica, ofrece no pocas dificultades e ir educando al grupo. Obviamente, la profecía debe ser discernida cuidadosamente. A veces, la comunidad reacciona ante ella tan gozosa, espontánea, libre y sencillamente que hemos de pensar que se trata de un discernimiento masivo, comunitario. Una autoridad tan notable y reconocida como el P.F. Sullivan, teólogo, afirma que tenemos poderosas razones para pensar que las profecías auténticas que se dan en los grupos de oración, pertenecen a la clase de profecía de que nos habla San Pablo en su primera Carta a los Corintios.38

NOTAS Cfr. J. M. Martín-Moreno, "Tu palabra me da vida", Edic. Paulinas, Madrid, 1984. Del mismo autor: "Alabaré a mi Señor", Edic. Paulinas, Madrid, 1982; B. Borragán, "Vivir en alabanza", Edic. Paulinas, Madrid, 1984. 2. P. Philippe, "Afín que vous portiez beaucoup de Fruits", 2, Pneumatheque, Paris, 1983,188-190. 3. Cfr. P. Philippe, o.c., 2,188-190. 4. Cfr. Mons. Uribe Jaramillo, "Carismas y Oración", 38; Cfr. P. Philippe, 2, o.c., 186-188. 5. Mons. Uribe Jaramillo, o.c., 39. 6. Mons. Uribe Jaramillo, o.c., 40. 7. Cfr. P. Philippe, o.c., 2, 169-174; Cfr. B-V. Aufauvre, G. Constant, E. Garin, o.c., 129-130. 8. D. Grasso, "Vivere nello Spirit o". Ediz. Paoline, Roma, 1980, 94-96; para los carismas de la palabra cfr. B. Pouzoullio, exercice des Carismes, II est Vivant, n. 71, 1989,15-18. 9. Cfr. B-V, Aufauvre, et al, o.c., 139-141; P. Philippe, 2, o.c., 194-196; Mons. Uribe Jaramillo, o.c., 50-51; E. Tardif, "Jesús está vivo", Edic. Kerygma, México; Amigo del Hogar, Santo Domingo, 1984, 47-54; D. Betancourt, "Vengo a sanar", Minuto de Dios, Bogotá, 1985,93-105. 10. P. Philippe, 2, o.c., 174-176; B-V. Aufauvre, G. Constant, E. Garin, o.c., 127- 128; A. Bittlinger, "Gifts and Graces", William B. Eerdmans Publishing Company, Grand Rapids, Michigan, 1968,28-30. 11. Mons. Uribe Jaramillo, o.c., 48-50; 12. Mons. Uribe Jaramillo, o.c., 60. 13. P. Philippe, 2, o.c., 181. 14. D. Grasso, o.c., 110. 15. F. A. Sullivan, "Charism and Charismatic Renewal", Ann Arbor, 1982,148- 150. 16. Card. Suenens, "¿Un nuevo Pentecostés?", Desclée de Brouwer, 1975; Mons. V.M. Valsh, "A Key to the Catholic Pentecostal, Renewal", Key of David Publications, Philadelphia, 1985,197-196. 17. D. Grasso, o.c., 111; Cfr. F. A. Sullivan, "Charisms and Charismatic Renewal", Servant Books, Ann Arbor, 1982,12 ss. 18. Cfr. A. Bittlinger, "Gifts and Graces", 48-51; B-V, Aufauvre, G. Constant, E. Garin, "Qui fera taire le vent?", Desclée de Brouwer, 1988, en los siguientes apartados: — Orar en lenguas es orar en una lengua de niño. — Orar en lenguas es el carisma, don de Dios para sí mismo. — Orar en lenguas puede ser también manifestación del Espíritu para el anuncio del Evangelio. — Orar en lenguas es manifestar el renacimiento que viene de lo alto. — Orar en lenguas es expresar lo inexpresable. — Otar en lenguas es acoger un signo que acompaña la fe en la promesa de Jesús. — Orar en lenguas, lugar de un combate espiritual. 19. P. Philippe, 2, o.c., 184. 20. B-V. Aufauvre, o.c., 138-139; H. Bittliger, o.c., 56-53; G.T. Montague, "The Spirit and His Gifts", Paulist Press, N.Y., 1974, 30ss. 21. Ch. Massabki, "Qui est l'Esprit Saint?", prieuré Saint Benoit, 1977, 245-247. 22. A. Solignac, Dictionnaire de Spiritualité, art. "Jubilatio", 1471-1478. 23. A. Bittlinger, o.c., 32-34; Cfr. B-V. Aufauvre, o.c., 128-129. 24. F. A. Sullivan, "Charisms and Charismatic Renewal", Servant Books, Ann Arbor, 1982, 151-168; D. Grasso, o.c., 98-99; Mons. Uribe Jaramillo, o.c., 53-55. 25. A. Bittlinger, o.c., 34ss. 26. N. Astelly, A. Smets, Sauver ce qui e tacit perdun", Editions Saint-Paul, París, 1986, 137-146. 27. D. Grasso, o.c., 100-101. 28. A. Bittliger, o.c., 37-39. 29. Mons. Uribe Jaramillo, o.c., 56-57. 30. Mons. R. Coffy, "Guerison et Renouveau", II est Vivant, No. 50, avrü, 1985, 4-5. 31. Mons. Uribe Jaramillo, o.c., 57. 32. D. Grasso, o.c., 103. 33. Mons. Uribe Jaramillo, o.c., 57; Cfr. J-B. Metz, Sacramentum mundi, 599. 34. D. Grasso, o.c., 102-103; Cfr. A. Bittliger, o.c., 40-41; P. Grelot, "Miracles", 280-287, en: "Les Grands Themes de la Foi Catholique", Desdée de Brouwer, Paris, 1979 (varios); Recomendamos los dos excelentes Jibros del bien conocido P. Emiliano Tardif, "Jesús está vivo", Amigo del Hogar, Santo Domingo, 1984; "Jesús es el Mesías", 1989. 35. A. Bittliger, o.c., 42-45. 36. D. Grasso, o.c., 104-105. 37. Cfr. Bruce Yocum, "Prophecy, Word of Life", Michigan, 1976; F. A. Sullivan, "Charisms and Charismatic Renewal", Servant Books, Ann Arbor, Michigan, 1982, 91-120; D. Grasso, "II Carisma de la Profezia", Ediz. Paoline, Roma 1979. B.V. Aufauvre, G. Constant, E. Garin, o.c., 232-233; Cfr. B. Pouzoullic, "L'exercice des Charismes", II est Vivant, 1990 n. 72,15-18. 38. T.E. Dobson, o.c., 22-23.

1.

VII EL GRUPO DE ORACION A LA LUZ DE LAS PRIMITIVAS COMUNIDADES CRISTIANAS Los grupos de oración de la Renovación Carismática y las llamadas "comunidades carismáticas", tienen su inspiración en las comunidades cristianas primitivas. A ellas miran para captar su espíritu y tratar de injertarlo en los grupos de oración, brotados al soplo del Espíritu. Pretenden vivirlo en circunstancias, situaciones, ambientes y culturas muy diversas a aquéllas en las que las primeras florecieron. Por eso, se hace necesario mirar con amor hacia ellas y beber directamente en la palabra inspirada lo que fueron, con espíritu flexible y real que toma lo esencial para encarnarlo discretamente en la Renovación Carismática y hacer de sus elementos esenciales la base evangélica de los grupos de oración. 1. Lo que no es un círculo de oración. a) No es un sitio para discusión o diálogo sobre teología, exégesis o pastoral; tales actividades son muy provechosas, pero tienen su lugar propio en otra parte. La formación intelectual y doctrinal debe ser cultivada, cada vez más, en la Renovación Carismática. Más todo tiene su tiempo y oportunidad. La instrucción, que constituye uno de los elementos del grupo de oración, es muy importante. Pero no es lo principal. Y debe cuidarse de que el círculo de oración no se convierta en una reunión de instrucción.1 b) No es lugar de iniciación a la oración según los diversos métodos que existen. La oración personal es uno de los frutos preciosos de los grupos de oración y el Señor va instruyendo internamente a quienes se ponen en contacto con Él y le dan oportunidad de comunicárseles. Pero el círculo de oración no tiene esa finalidad ni siquiera como algo secundario. Eso no quiere decir que no se puedan tocar alguna vez en la instrucción los modos de orar. El orar es una realidad que se va aprendiendo y profundizando en la práctica, pero oír sobre ella, la facilita y enriquece. c) No es una reunión para solucionar problemas. Hay personas que se acercan a ellos con ese propósito principal, en el comienzo. Después, su intención se va purificando hasta acudir a los grupos de oración, centrados en el Señor, no en sí, y con el deseo primordial de alabarlo y glorificarlo. Ciertamente, el Señor, de modos diversos, sobre todo por el buen uso de los carismas, la acogida fraternal, el poder sanador de la alabanza y del amor que se respira, obra verdaderos prodigios. Pero lo más importante es el Señor, no sus beneficios. La actitud fundamental del que asiste a los grupos es "centrarse en el Señor no en nosotros ni en nuestros problemas y proclamar la gloria del Señor en la asamblea";2 d) No es una reunión social. Presenta su peligro cuando las personas son familiares, amigos, vecinos, profesionales conocidos entre sí, etc. Pero no es difícil eliminar este peligro de encuentros periódicos y comentar intereses o problemas comunes. Si esto llegara a ocurrir, el grupo no crecería espiritualmente. e) No es lugar para hacer "liberaciones Ni habitual ni periódicamente, se deben hacer oraciones de liberación en el grupo de oración. Fuera de casos excepcionales, que pueden ocurrir, esa finalidad no entra en las reuniones de oración. Es un ministerio que no debe ser ejercido sino por personas de mucha oración, experiencia y llamadas a ejercitarlo, después de haber sido discernido convenientemente. Si ocurriere, los servidores deben saber actuar en tales casos. Esto no impide, y sería conveniente, tener una habitación aparte reservada para orar, después del grupo de oración, por las personas que deseen que se ore por su salud física, o por sanación interior. Y aquí tendría su puesto discreto el orar, cuando fuere necesario, por liberación. f) No es una sesión de "terapia Hay quienes vienen al círculo de oración porque han oído hablar de milagros y curaciones que allí se realizan. Su asistencia está motivada por la curiosidad sensacionalista o el interés de una curación física, no tanto por el deseo sincero de encontrarse con el Señor. Lo esencial de la reunión de oración no es centrarse en nosotros y en nuestros problemas, sino proclamar la gloria del Señor en la asamblea.3 Estas motivaciones imperfectas hay que irlas purificando. A veces el Señor se vale de ellas para atraer, pero su deseo es que se purifiquen y eleven. El servidor ha de procurar captar las motivaciones fundamentales con las que las personas se acercan a los grupos de oración. Debe insistir sobre cuál es la finalidad de un grupo de oración. No se excluyen tales motivaciones, pero deben ser secundarias. De más está decir que el servidor ha de procurar seriamente conducir su grupo, sobre todo, mediante la oración: privada y en reunión de servidores, para que sea iluminado y sepa usar, con discreción, también de las cualidades humanas en la guía de los que le han sido encomendados. 2. Lo que "no es" solamente el grupo de oración. Este modo de proceder nos ayudará a comprender mejor lo que es-, al mismo tiempo, nos alecciona sobre lo que no debemos buscar en él y a purificar nuestras motivaciones si viéramos que "algo" de esto se ha inmiscuido. Tiene, a la vez, un valor aplicativo, a otro tipo de comunidades: la familiar.

—No es, fundamentalmente, un vivir juntos. —No es, solamente, una buena organización del grupo y un hacer unidos. — No es, solamente, la realización de una serie de actividades. —No es, solamente, un ambiente donde nos llevamos bien. —No es solamente, un ambiente donde se me valora, acoge, quiere, ayuda, comprende. —No es tan sólo compartir cosas y vidas. —No es un grupo de personas "santas", sino que tienden sinceramente a la santidad, con el impulso de Jesús y la fuerza del

Espíritu Santo; por lo tanto, en actitud de constante "conversión". Nada más ajeno al ser íntimo de la Renovación Carismática que intentar formar una "élite espiritual En ella habría una oculta soberbia, verdadera oposición a la obra del Espíritu Santo, y seriamente peligrosa en el campo espiritual. Esto significa que la vida de la comunidad cristiana es algo más profundo, aunque contiene o expresa todos los elementos anteriores .4 3. La fuente de inspiración de los grupos de oración en la Renovación Carismática La mejor síntesis de los elementos de una comunidad la encontramos en los Hechos de los Apóstoles, 2,42: "Acudían asiduamente a la enseñanza de los Apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones". a) La enseñanza de los apóstoles: • "La enseñanza de los apóstoles consistía principalmente en que ellos vivían y practicaban las enseñanzas de Jesús. Los líderes (servidores) necesitan desarrollar sus relaciones al estilo que enseñó Jesús: vivir, orar, trabajar juntos, todo esto dentro del amor que se recibe de Dios, por su Espíritu, para darlo a los hermanos".5 En las comunidades cristianas de hoy no se trata de copiar externamente cuanto hacían, sino de tener la actitud, la disposición interna, el espíritu que movía a aquella comunidad primitiva. Lo externo se acomodará a la situación y circunstancias de la realidad actual de la sociedad y de las personas. Sea una imitación muy cercana, sea una acomodación, un lineamiento con una creatividad nueva, sana y equilibrada, tendrá, necesariamente que estar vivificada por el espíritu de las primitivas comunidades donde el Señor Jesús resucitado vivía, estaba presente, era el centro de la comunidad, todo actuado por la fuerza del Espíritu.

La enseñanza implica, asimismo, el alimento doctrinal de la palabra revelada, especialmente de la Palabra por excelencia: Cristo Jesús. Esta enseñanza se entiende, ante todo, como educación para el estilo de vida y no tanto como un conjunto teórico de doctrina. Esta enseñanza, especialmente la doctrina sobre Jesús, y cuanto la Iglesia, depositaría e intérprete de la Revelación, nos propone, es algo excelente y necesario. Pero no un fin en sí. Se subordina a otra realidad superior: al "discipulado" como se entendía en el Nuevo Testamento; es decir, como el que sigue a Jesús, no como alumnos de una escuela. La obra del servidor en su enseñanza, preparado por todos los medios divinos y humanos, se orienta a cooperar, a hacer "discípulos" de Jesús.

b) La Comunión (Koinonía):  Consistía en poner en común todos los bienes: espirituales, culturales, materiales: En la comunidad ponemos nuestra vida —nuestro tiempo— nuestras ideas ante los demás, para enriquecerlos y enriquecernos, permitirles que nos valoren, nos aconsejen, nos ayuden a tomar decisiones, a crecer en la fe, a corregirnos. Esto no excluye la propia ''responsabilidad"; la discreción, el "pudor" espiritual, el aprecio y amor; el proceso y tiempo. Es entrega fundamental de corazones o la primacía del amor.

La comunidad implicaba también poner en común los bienes materiales. Esta entrega expresa y refuerza la entrega de los corazones. Hechos 2,46. "Sin ninguna coacción externa, con plena libertad de decisión personal, los fieles renunciaron a la propiedad privada (. . .). Nuestro informe solamente quiere dar un testimonio muy expresivo de que la comunidad naciente había emprendido la senda que conduce al pleno cumplimiento del amor fraterno, como mandamiento fundamental, que Jesús ha legado a los suyos como santa obligación".6 “Estas son las formas prácticas de ir experimentando el amor que el Espíritu Santo pone en nuestros corazones y de ir purificando nuestro amor humano, para que en él resida el amor que el Padre tiene al Hijo 7 "La comunidad cristiana siempre se da con una misión. Hechos 7,8. Sus miembros no se reúnen para sí mismos principalmente, sino para que, logrado cierto modo de vida cristiana, puedan llevar al mundo una misión de curación y de purificación. La comunidad se mira a sí misma para hacerse instrumento para servir. Así es como se capacita para proclamar el Evangelio y para liberar a los hombres de todas sus esclavitudes".8 (Respecto de esto último y mirando hacia los "grupos de oración", hay que recalcar lo siguiente: al tratar aquí de la comunidad cristiana no la asimilamos totalmente a los "grupos de oración" de la Renovación Carismática. Aquí nos fijamos, fundamentalmente, en las primitivas comunidades con las que tienen rasgos muy marcados y coincidencias profundas. Las proponemos como puntos de mira, modelos a los que se asemejan, por lo menos en las características esenciales, los grupos de oración. ! Tampoco las equiparemos a las "comunidades carismáticas", cuyas formas son variadas, aunque también se dé coincidencia en rasgos fundamentales y traten de tenerlas muy presentes para acomodarlas y vivirlas en nuestras circunstancias, sin coartar la creatividad humana y, sobre todo, los impulsos y nuevas formas a que puede llevar el Espíritu. Como dijimos, las consideramos porque su ser y sus características nos introducen en el campo de la Renovación Carismática e imponen los requisitos para la formación y la selección previa de los "servidores de los grupos de oración".

c) La fracción del pan: “Es la fuente y el culmen de la vida cristiana"  Se nombra la "fracción del pan" como distintivo especial de la solidaridad fraterna. Se alude a ello en el mismo relato: "Diariamente perseveraban unánimes en el templo, partían el pan por las casas y tomaban juntos el alimento con gran alegría y sencillez de corazón" (Hechos 2,46). El pan, en el modo de hablar bíblico, alimento básico del hombre, comprende todos los demás alimentos. Esto se expresa claramente en el Padrenuestro. Cuando en la memorable cena de despedida antes de su Pasión, Jesús asoció de una forma misteriosa la fracción del pan con su muerte, el concepto de "fracción del pan" obtuvo, cada vez más, una relación especial con el banquete eucarístico del Señor.9

De la "fracción del pan" (Eucaristía) procede la fuerza para la vida comunitaria y para el trabajo en la Iglesia y en el mundo. Esta comunión eucarística tiene que desembocar en la propia vida y actividades. La comunidad cristiana es comunión eucarística.

d) Las oraciones. No alude, solamente, a las oraciones que se rezaban en las comidas rituales.  Los primeros cristianos, mientras mantuvieron su unión religiosa con el judaísmo, era probable que participaran en las oraciones que se rezaban en los actos de culto de la sinagoga (Hechos 3,1).

Rezaban también los salmos. La oración comunitaria de Hechos 4,24-30 nos muestra un ejemplo de cómo la nueva fe consiguió expresarse en el rezo de los salmos, en los que predominan la alabanza y la acción de gracias. Como oración "característica" de la primera comunidad podemos considerar el "Padrenuestro", que, gracias a su uso en la liturgia, está en los Evangelios (Mateo 6,9-13; Lucas 11,24). Podemos pensar que muchas oraciones y cantos brotaban de la contemplación de los sagrados misterios y de ellos tomaban dirección y testimonios de respuestas en fe de los demás.

4. El amor cristiano: a) Su primacía. Aunque ya va incluido en el compartir fraterno que constituía una característica fundamental de las primitivas comunidades, es preciso tratarlo expresamente como la nota peculiarísima de ellas y el vehículo unificador de todas las demás. Evidentemente, había de ser así y no cabía otra conformación que no fuera ésta.  Las primitivas comunidades nacieron al impulso del Espíritu. Fueron el fruto más preciso de la profunda efusión que cayó sobre los discípulos (Hechos 2,42-47; 4,32-35). Eran algo completamente nuevo, no sólo por el fin que en ellas se pretendía, realizar el mandamiento del amor (Juan 13,34-35; 17,20-21), sino, sobre todo, por la fuente de donde brotaban: la acción del Espíritu Santo, personificación del amor personal del Padre y del Hijo. El, el Espíritu, tenía que dejar profundamente impreso su sello, el de su propia personalidad, lo que a El lo constituye en su mismo ser, y lo diferencia, como Persona, de] Padre y del Hijo, Espíritu de Amor que personaliza el que existe entre las dos primeras de la Trinidad. Cuanto El toque, tiene que llevar el sello de su procedencia; tiene que ir impregnado, desde su misma entraña, por lo que es más íntimo y propio de Aquél que da vida a una nueva creatura: la comunidad cristiana. Por eso, no es concebible una comunidad, nacida del Espíritu Santo, que no tenga como centro vital y unificador lo que constituye el ser específico de quien es el origen, la fuente, el creador de ella.

Los discípulos recibieron el encargo de proclamar la Buena Nueva comunicada y vivida por Jesús. Tenían que ser testigos y proclamadores de lo que habían visto, oído, tocado, experimentado (1 Juan 1,1-3). Y esto, evidentemente, fue el amor sin límites del Señor y su precepto de realizarlo, testificarlo, proclamarlo a todos los hombres. Era la nota más saliente y llena de una novedad más sorprendente, porque expresaba el amor del Padre, manifestado en Cristo Jesús a través de la fuerza del Espíritu actuante. La respuesta de cuantos siguieron a Cristo tenía que ser, precisamente, esa: imitar el amor de quienes lo habían prodigado hasta el exceso-, proclamar con todo poder lo que ellos habían vivido y tenían el encargo de testificarlo con sus vidas y predicarlo con su palabra. San Juan nos lo ha dejado consignado con una fuerza admirable y con una frecuencia repetitiva que indica, claramente, la importancia que tiene en su mensaje y, sobre todo, en la vida y doctrina del Maestro. Los textos son casi innumerables. Citamos algunos: 1 Juan 4,7-12; 20-21; 3,14-15; 3,16-18; Juan 13,1; 15,15; 11,52; 14,23; 15,9-17; 17,20; Mateo 26,28; 28,19-20, etc.

b) El amor cristiano: su manifestación. Nos referimos, expresamente, a las primitivas comunidades. Sabemos, ciertamente, que en ellas no todo era unión, servicio desinteresado, amor de los más finos quilates. Las cartas de San Pablo, de un modo especial, nos ponen de manifiesto las fragilidades, las apetencias, los egoísmos, las faltas y pecados que en ellas se daban. No obstante estar guiadas por el Espíritu, aparecía con frecuencia el "hombre carnal", la condición pecadora que se imponía, por el dominio del "hombre viejo", a los deseos del Espíritu. Este, por más que toque y solicite al hombre, le deja la posibilidad de cerrarse a sus llamadas y mociones y aun de oponerse y salir victorioso. Sin embargo, el cúmulo de errores, infidelidades, pecados que se manifiestan en ellas, no puede opacar la respuesta de amor que dieron al plan de Dios y a la acción del Espíritu que actuaba con poder. Trataremos de resumir la vivencia del amor en la unidad en las comunidades primitivas.

Además de cuanto ya se ha tocado anteriormente en las cuatro grandes características de ellas, podemos consignar otras manifestaciones especiales:

Esta unidad va mucho más allá de la que podría existir entre los miembros de una comunidad: la Iglesia de Jesucristo no es una federación de comunidades. Cada una de las iglesias forma parte del pueblo de Dios, es una parte de la gran asamblea de los fieles. Por lo tanto, cada iglesia, cada comunidad, debía realizar, estar y permanecer unida a la Iglesia, la Iglesia apostólica. Por consiguiente, la unidad de vida, la unidad de gobierno, la unidád de tradiciones y de enseñanzas era vital en cada una de ellas (1 Corintios 15,11). La comunidad debe mirar hacia sus orígenes en cuya raíz está la acción del Espíritu Santo que continúa su obra, manteniendo y fortaleciendo la unidad. Esta unidad se realiza en el Cuerpo de Cristo que es para la Iglesia, centro y símbolo de la unidad: Dios es uno, el Espíritu es quien anima toda la comunidad, pero lo hace en el cristiano que ha sido injertado, por el Bautismo, en el Cuerpo de Cristo. Ha sido bautizado en la muerte y resurrección de Jesús (Romanos 6, 3 y siguientes). El Señor Jesús es el centro unificador de la comunidad: lo es porque El ha sido constituido Señor (Hechos 2,36; 10,42; Colosenses 1,15 y siguientes). Es la piedra angular sobre la que, necesariamente, se asienta todo el edificio de la Iglesia (Efesios 2,20-22). Y esta unidad fundamental se manifestaba en la unión de los miembros de la comunidad, pese a todos los obstáculos, tentaciones y caídas que se dieron entre ellos.10

c) La vivencia del amor en el servicio desinteresado entre los miembros de las comunidades primitivas.

San Lucas es quien más resalta la actitud de servició de las comunidades primitivas, partiendo de la comunidad de Jerusalén. Este servicio se trasluce en una serie de actitudes de la comunidad, que se revelan como signos manifestativos de los muchos servicios que prestan. En realidad, al existir el amor verdadero entre sus miembros, amor que se centraba en Cristo, tenía necesariamente que manifestarse en multiplicidad de obras de servicio mutuo, a que los arrastraba la acción interna del Espíritu. Su acción se orienta a despojarnos del egoísmo para entregarnos a la voluntad de Jesús, cuyo precepto del amor a los demás fue tan claramente consignado por Juan. Los Hechos de los Apóstoles nos hablan del servicio diario, organizado por la comunidad en favor de los necesitados, concretamente, de las viudas (Hechos 6,1-3). Hay, entre las diversas iglesias, una fraternal solicitud de ayuda, y la de Jerusalén se vio largamente socorrida por la generosidad de los demás (Hechos 2,29-30). San Pablo alude a esta caridad y servicio con agradecida admiración (Gálatas 2,10). El mismo apóstol acude, frecuentemente, a colectas organizadas, sobre todo, para socorrer a la Iglesia de Jerusalén que se hallaba en circunstancias económicas de urgente necesidad (1 Corintios 16,1-3; 2 Corintios 8,9; 12;16-18; Romanos 15,25-28). La comunidad de bienes (Hechos 4,35) es una manifestación del servicio que, en este renglón, se prestaban y su ideal era que no existiera entre ellos ningún indigente. "Ahí radicaba la vida cristiana. Esta tenía como meta no tanto la pobreza, cuanto el ejercicio del amor fraternal. El desprendimiento voluntario era una consecuencia de la caridad que impulsaba al servicio recíproco. Este amor, que configura a los hermanos en la igualdad, era el signo distintivo de los cristianos, según la mente de Pablo. Por eso, la comunidad de bienes era prenuncio de otra comunicación (y servicio) superior: la espiritual".11 Esto lo deja consignado San Lucas cuando afirma que entre los cristianos había "un solo corazón y una sola alma" (Hechos 4,32). Con ello está aludiendo a la gran armonía, a la unión de sentimientos y la participación en todo, características de la amistad.

5. Bases bíblicas de los Grupos de Oración.

a)

Jesús, el centro de la comunidad. • Como Fundamento: 1 Corintios 3,10-16; Hechos 4,11-12. • Como Cabeza y Señor: Efesios 5,23-32 del Cuerpo de Cristo (que somos): Romanos 12,4-5; 1 Corintios 12,12-31; Efesios 4,1-6; Juan 15,18 La base de la relación en la comunidad, es la comunión en la fe: El hecho: • Primero con el Padre y el Hijo: 1 Juan 1,1-4 • Que por su Espíritu nos hace Hijos de Dios: Romanos 8,14-15 • Y, por lo tanto, hermanos en Cristo Jesús: Romanos 8,14-15 l : • Que viven la Nueva Alianza: "Amaos. .. como yo. . Juan 17,21 • Para que el mundo crea. . .: Juan 17,21 Esta comunión en la fe (viva, dinámica) lleva a un compromiso con el Señor y con los hermanos: • Comprometerse para caminar en la fe (Romanos 1,16) • Para cuidar de la fe de los hermanos y crecer en ella (Juan 6,28; Efesios 3,17-19) • Así se realiza la Pascua (el Paso) en nosotros (1 Juan 3,14), del individualismo (egoísmo) a la comunión fraterna (Hechos 2,44-47). (En este sentido, la autoridad y la sumisión en la vida comunitaria dependen del grado y del tipo de compromiso). El Señor, a través de su Santo Espíritu, santifica y edifica a la comunidad cristiana, para esto: • Nos bautiza con su Espíritu. • Nos congrega y nos da vida por medio de su Espíritu. • Suscita en nosotros el deseo de alabar, de adorar y de dar gracias. • Distribuye dones, manifestaciones, ministerios para edificar su Cuerpo por medio del amor (1 Corintios c.13), produciendo verdaderos frutos del Espíritu (Gálatas 5,22) • "El mismo Espíritu, a través de los obispos, coloca presbíteros (sacerdotes) para apacentar al Pueblo de Dios (1 Pedro 5,1-5) y éstos, a su vez, comparten su responsabilidad con un grupo de líderes (servidores) para atender a la vida de la comunidad".12

b)

6. La oración compartida. Jesucristo mismo pone las bases de la oración compartida cuando nos asegura que si dos se ponen de acuerdo para pedir algo, lo conseguirán de su Padre celestial. Y añade la razón: "porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mateo 18,19-20). 1 Corintios 14,26; Efesios 5,18-21: "El texto de San Pablo a los efesios es muy rico y valioso. En él se pone la oración en grupo como un gran medio para llenarnos del Espíritu Santo y se enumeran las distintas modalidades que puede tener nuestra oración (pública o en silencio) cantando o salmodiando, para manifestar al Señor nuestros sentimientos de alabanza, de gratitud o de súplica".13 Aunque no exista la palabra, se da el hecho de la oración compartida como lo expresa San Pablo en la cita aludida a los Efesios. Por su parte, el P. O'Connor escribe: "La práctica de reunirse en pequeños grupos para orar en forma espontánea y sin ceremonias, no ha sido constante en la Iglesia Católica por mucho tiempo. En la Iglesia primitiva las asambleas eucarísticas parece que tenían ese carácter; pero muy pronto, la oración se polariza hacia dos tipos definidos: la pública, que sigue un texto y rúbricas fijas, y la individual, que es espontánea pero silenciosa. Entre ambas clases de oración hay otras híbridas, como la vocal individual. Pero que se reúnan cristianos para orar en voz alta y espontáneamente —no en coro y siguiendo una mis14.15 ma fórmula— no ha sido uso común por muchos siglos".

NOTAS

1. J. Blatner, "Prayer Group Workshop" (varios), Servant Books, Ann Arbor, Michigan, 1979, 8. 2. José H. Prado Flores, "Las reuniones de oración", México, 1980,21-22. 3. José H. Prado Flores, o.c., 21. 4. "Los Líderes en la Renovación Carismática", Minuto de Dios, Bogotá, 1979, 19. 5. "Los Líderes en la Renovación Carismática", 22. 6. J. Kurzinger, "Los Hechos de los Apóstoles, I", Herder, Barcelona, 1974, 79-80. 7. "Los Líderes en la Renovación Carismática", 24. 8. Los Líderes, etc. 8. 9. J. Kurzinger, o.c., 80. 10. L. Cerfaux, "Une Egüse charismatique", Les edit. du Cerf, París, 1975, 103- 106. 11. S. Vergés, "Imagen del Espíritu de Jesús", Secretariado Trinitario, Salamanca, 1977, 76-76; cfr. o.c., 73-79. 12. "Los Líderes de la Renovación Carismática", 25-27. 13. Mons. Uribe Jaramillo, "Orientaciones para grupos de oración", publicaciones San Antonio, Río Negro, 1979,16. 14. E. D. O'Connor, "La Renovación Carismática en la Iglesia Católica"' Lasser Press mexicana, 1974, 101. 15. Las comunidades primitivas no son, en la mente de la Renovación Cristiana en el Espíritu Santo, sino fuentes de inspiración

para los grupos de oración y para las denominadas "comunidades de alianza". No se trata de una copia literal de las mismas. Se tiene, pues, en cuenta el Espíritu, la inspiración básica evangélica que les dio vida y las hizo florecer en santidad y apostolado. Teniendo en cuenta lo precedente, se juzga un error caer en el "historicismo" así denominado por Pablo VI, en esta materia; es decir, considerar a la Iglesia primitiva y su forma social particular como la única forma de cristiandad verdadera. Coincidiendo, pues, en lo fundamental que constituye el Espíritu perenne del Evangelio y de la tradición de la Iglesia, se piensa que existen diversas formas sociales particulares de asumir, realizar y vivir en creciente y progresiva perfección la vida cristiana y apostólica. Esto, gracias al Señor, a la obra del Espíritu y a la cooperación prudente, sobre todo de los Papas, de las Conferencias episcopales, de obispos, sacerdotes y seglares, va siendo una realidad cada vez más purificada y fecunda. Coincidiendo en lo esencial, repetimos, caben discretas diferencias que están sugeridas y aun impuestas por las diversas culturas, tradiciones, realidad humana y sociológica, el desarrollo religioso, etc. Siempre en la diversidad de situaciones, la unidad será signo de la presencia del Espíritu Santo, don que no es posible tener sin amor, humildad y obediencia, sobre todo, a la autoridad pastoral de la Iglesia.

VIII ¿POR QUE Y PARA QUE SE REUNEN LOS GRUPOS DE ORACION Hay grupos de oración que, prácticamente, se definen de una manera más sociológica que teológica: La primera elección es insuficiente e incompleta: busca responder a las necesidades de sus miembros: fraternidad, enseñanza, curación, animar a los que se han ido vaciando y decepcionando con los cuidados y preocupaciones del mundo. Esto entra como finalidad apreciable del grupo de oración, pero secundaria. 1. La formulación teológica. Si realmente ella es auténtica, es la que da el sentido profundo a la reunión de oración, la que expresa la finalidad fundamental del grupo de oración de la Renovación Cristiana en el Espíritu Santo. Podría sintetizarse en esta expresión: "la oración es nuestra razón de ser". a) No obstante las necesidades apremiantes de nuestro tiempo que afectan, hasta de un modo trágico a nuestros hermanos, estamos en el momento en que necesitamos volvernos al Señor completamente: cuerpo y actividad, corazón y espíritu, todo orientado y entregado a El. Es el tiempo de ofrecernos plenamente al Señor en la alabanza, la adoración y la acción de gracias. De más está decir que el grupo de oración que se entrega a una alabanza en el Espíritu, va siendo movido por El, hacia compromisos cada vez más arduos y abnegados. Si esto no ocurriera, habría que cuestionar la bondad y autenticidad de una oración que no se manifiesta por los frutos propios de la acción del Espíritu. " De hecho, yo pienso que si cada grupo de oración se reuniese una vez por semana para no hacer otra cosa que adorar a Dios y que no pasase nada más (. . .), encontraríamos allí a Dios de una manera particularmente bendecida. Adorar es colocarse por encima de los propios cuidados, en la corriente misma de Dios, en el punto de encuentro de Dios. La adoración, la alabanza, tiene su valor en ella misma. No es un instrumento de palanca para tocar a Dios. La adoración es lo que se hace el día en que tomamos conciencia de que estamos en la mano de Dios. Es siempre un fin, jamás un medio".1 b) He aquí el testimonio de quien conoce a fondo el ser y la marcha de la Renovación cristiana en el Espíritu Santo: "(. . .) Seréis Iglesia en tanto y en cuanto que seáis; es decir, siendo miembros de la Renovación, y siendo plenamente lo que vosotros sois en la Iglesia: una llamada y un recuerdo. La llamada ya se ha oído. Constato un redescubrimiento de la oración de alabanza, de la acción de gracias y, en los movimientos apostólicos, de esa necesidad de proclamar el Evangelio allí donde otras veces había más bien, tendencia a decir: vayamos lentamente, veamos primero cómo se vive esto y después anunciaremos a Jesucristo. Creo que la Renovación ha contribuido a plantear la pregunta. Hay una renovación de la oración que se manifiesta, hay una voluntad de decir su identidad cristiana, y creo que la Renovación ha contribuido a plantear la pregunta. Hay una Renovación de la oración que se manifiesta, hay una voluntad de decir su identidad cristiana, y creo que vosotros habéis contribuido a esto (...). "Siendo un grupo de oración desempeñáis una función en la Iglesia. Sed este signo de llamada y de recuerdo de que lo esencial es estar arraigados en Jesucristo, abrirse al Espíritu y dejarse curar interiormente por el Espíritu Santo".2 Para eso, de un modo especial y preferencialmente, se reúnen los grupos de oración: Su función en la Iglesia toca algo insustituible de lo que el mismo Jesucristo nos dio el más admirable ejemplo con su vida de unión y de comunicación con el Padre. Y junto a esto, como una exigencia e irradiación de la misma, viene el compromiso apostólico, el trabajo en el reino por la persona de Jesús, como motivación fundamental. 2. ¿Por qué se reúnen a orar los grupos de oración y para qué? Responder a esta doble pregunta, tener muy clara la finalidad, es capital para la eficacia de la reunión de oración. • Ciertamente, cuantos elementos entran en el grupo de oración son importantes, aunque no todos en la misma medida. Pero lo fundamental es que el fin sobrepasa ampliamente a la suma de estos elementos. Las personas que asisten a los grupos de oración y son realmente conscientes de los motivos últimos y fundamentales que deben impulsarlos, saben que se reúnen porque son el pueblo de Dios y se ofrecen al Señor. • "Se reúnen, en primer lugar, por amor por Dios, para rendirle, tributarle, el honor y la alabanza que le son debidos. • Y se reúnen por ellos: para que el Señor actúe profundamente en sus vidas por el poder del Espíritu Santo. Se va a escuchar la Palabra de-Dios y a responder".3 El grupo de oración es una ocasión que Dios aprovecha generosamente para encontrarse con su pueblo; para modelarlo en un cuerpo espiritual, unido al de Cristo y constituir el cuerpo místico del cual El es la Cabeza. Es una oportunidad que se le ofrece, y en el fondo de cuya gracia actúa la obra del Espíritu, para construir y fortalecer al grupo y a cada uno en la vida cristiana, para comprometerlo con los hermanos dentro de su situación y circunstancias concretas, sobre todo colaborando apostólicamente en su parroquia. • La reunión de oración es, pues, mucho más que una serie de actividades; es, repetimos, la ocasión de dar gloria a Dios y de responderle con una vida cristiana que se va asemejando, más y más, a la de Jesús. A partir de aquí tenemos que entender la importancia del grupo de oración, de su eficacia profundamente transformadora y el papel del o de los que guían la reunión de oración. • El hacer a Dios el foco de nuestra oración arrastra consigo, todo lo demás: reunimos no por nosotros, sino por El; para ser y estar con Él; para escuchar su palabra y dejar que penetre y fructifique en nuestros corazones; para hacer un silencio lleno, en el que expresemos una silente y reverencial alabanza; para disponernos a ser inundados con el Espíritu y recibir los dones y carismas de su gracia; para crecer en el amor a nuestros hermanos y cumplir el mandato del Señor, aun en las exigencias más arduas. "El haberse alejado de la alabanza como foco de las reuniones de oración, ha sido la causa de que se hayan debilitado (donde ha sucedido) los grupos de oración".4 Y de que los carismas no hayan encontrado suelo apropiado para florecer. "Si

el Espíritu 'impulsa' a la vida comunitaria, la Renovación carismática de los años sesenta no se manifiesta solamente en la creación de comunidades. “Cuando yo manifesté a Mgr. Huyghe, entonces obispo de Arras, mi proyecto de un libro sobre las comunidades, él me dijo: 'Las comunidades, esto no me parece lo esencial de lo que pasa en la Renovación. Es una mirada muy limitada. Lo que me parece mucho más importante es lo que es invisible. Las comunidades no son sino una forma externa de un fenómeno enorme que escapará a todas las estadísticas. Es el bautismo en el Espíritu que hace que la vida de tantas personas se transforme completamente. Esto no aparece en el papel, pero allí están como una levadura. Veo un viejo jesuita que a sus 80 años, renace a un nuevo fervor; esta religiosa enferma que se transforma; esta sirvienta de 40 años que no se siente llamada a la vida comunitaria pero que abre su casa a todos aquellos que se han caído del nido; esta reunión de 200 catequistas ayer en mi diócesis, entre los cuales una docena ha sido tocada por la Renovación y en la que pasan cosas formidables. Todo esto no es visible” "El terreno de la Renovación, son, en efecto, los grupos de oración".5 Aquí, después de lo expuesto, cabe preguntar: ¿Y quiénes son los que van a los grupos de oración? La respuesta no puede ser simple. Necesariamente exige matices. Desde luego, siendo los grupos de oración abiertos, puede acudir cualquier persona. Hay quienes asisten a la primera y segunda vez, por "ver". Si no se va produciendo en ellos "algo nuevo" interiormente, no volverán. Hay quienes van porque han sido invitados, también a éstos hay que aplicarles la medida anterior: el tratar de dar gusto a una persona, pero si se sienten extraños en el grupo, lo abandonan fácilmente. Pero se debe afirmar que la misericordia de Dios se vale de las cosas más triviales para actuar, aun fuertemente, en el corazón de las personas. Otros acuden porque han oído hablar de las "maravillas" que el Señor obra en los grupos de oración. No van, en primer lugar, por El, sino por ellos: para recibir esa gracia: de curación, de paz. Pero el Espíritu Santo, en su actuar, irá transformando su interior y su vida. Si ellos no corresponden, la semilla plantada terminará por agostarse. Acabarán por dejar el grupo. Quienes van y perseveran son fundamentalmente personas que tienen "sed": "Quien no tiene verdaderamente sed corre el riesgo de no sentirse bien en el grupo. A sus oídos los hiere la espontaneidad de un canto más o menos improvisado, no es una coral; su gusto delicado de la palabra se sentirá mal por la interpretación que se le da (. . .). Pero los que realmente vienen son los "sedientos". Son los que se sienten insatisfechos de lo que el mundo les ofrece, no porque no aprecien todas sus bellezas, sino porque viven otra espera. Miserables o colmados de bienes de la tierra; maltratados e ignorantes del sentido de su existencia o sabios; teólogos, aun aquellos que no tendrían nada que aprender; principiantes en la vida espiritual o viejos caminantes de la vida religiosa o sacerdotal. Una multitud que no tiene nada en común sino la sed interior. "Esta sed común es el deseó de la manifestación del Reino de Dios, el cumplimiento, el retorno para muchos de Jesús (...) Una multitud que se reúne en la fe alrededor del Resucitado, como se reunían en otro tiempo (los discípulos) alrededor de Jesús de Nazáret".6 "Las asambleas carismáticas de oración desean ser reconocidas por lo que ellas se sienten llamadas a ser: un lugar de Pentecostés, como lo repite incansablemente el Cardenal Suenens, un lugar en el que el pueblo de Dios vive un incesante renacimiento en cuanto comunidad edificada por el Espíritu Santo, un lugar en donde la Iglesia se construye con la ayuda de los carismas que manifiestan a cada uno que es morada del Espíritu. "Mas ejercer los carismas exige una formación. La necesidad de ésta, es hoy reconocida casi en todas partes. No solamente los miembros de la Renovación carismática han puesto en prácticas numerosas y diversas sesiones de formación, sino que también participan, más y más, en todo lo que la Iglesia propone con esta finalidad".7 3. Tres tiempos en la reunión de oración. "Cuando decimos oración nos referimos a la forma de oración en la que el hombre se hace disponible a la acción de Dios en lo más íntimo de sí; se trata de dejarse visitar, enseñar, habitar por el amor de Dios, para vivir más intensamente el intercambio de amor con El. "En las asambleas de la Renovación Carismática es la asamblea la que entra en la oración, hace oración, vive la oración. (. . .). Ya al principio la oración se vive como una inmersión comunitaria en la fe y la esperanza: Jesús vive, está presente en medio de los suyos, puesto que éstos se han Reunido en su nombre\ El Espíritu Santo habita en cada uno y en todos: ¿no son 'templos del Espíritu Santo?' Todos oyen el murmullo en la oración de unos y otros aunque ésta sea torpe o balbuciente. Esta fe y esta esperanza se expresan, principalmente, por el canto y la alabanza." "La oración debe desenvolverse de manera que permita al Señor enseñar y construir a su pueblo: mociones y palabras van a circular dentro de este cuerpo animado por el Espíritu Santo y unido en Cristo, que esto es lo que desea ser la Asamblea de Oración" (. . .) La asamblea de oración de la Renovación está llamada a ser como un espacio pentecostal (del acontecimiento de Pentecostés), el lugar de una nueva y más profunda efusión del Espíritu. El Espíritu Santo vivifica al pueblo de Dios-, da a cada uno el poder de liberarse y ofrecerse; permite la edificación conjunta en la Palabra y la presencia de Cristo; suscita los carismas para el servicio de la comunidad y de la misión". a) Tiempo de "disponerse" Es un tiempo realmente precioso, del que dependen, en buena parte, los tiempos subsiguientes. Se trata de una multiplicidad de acciones que hechas en sano orden y espíritu, van disponiendo a la persona para vivir en creciente profundidad los frutos del porqué y para qué se reúnen los grupos de oración. Efectivamente, el encuentro fraterno con los hermanos en el Señor, la fe explícita o implícita con que se acercan, el clima de receptividad, de amor, de gozo que se va expandiendo paulatinamente en la asamblea, la expectación y esperanza que vive en el fondo del alma de cada uno, el irse liberando del "peso" con que se acercaron algunos, comienza a disponer a los participantes para ser un "pueblo de alabanza". Es un "irse abandonando" a la acción del Espíritu, que implica un desprenderse de sí mismo: una disponibilidad, a veces costosa, para la presencia y acción del Espíritu en el corazón de todos y de cada uno. El grupo va pasando a ser de un "aglomerado" con cierta unidad inicial, a una "comunidad" fraternal al disponerse a alabar al Señor, a acoger el don de Dios y a escuchar para obedecer su Palabra. Este primer tiempo corresponde al que suele designarse como acogida, animación, al que se añade la invocación ferviente del Espíritu Santo y los comienzos de la oración de la alabanza.

b) Tiempo de presencia y acción intensificada de Jesús por su Espíritu. La certeza de que Jesús está presente en el grupo se intensifica. La persuasión de hallarse reunidos en su nombre, congregados por su Espíritu, se profundiza. No es raro que los asistentes tengan la percepción de una visita peculiar al corazón de cada uno y a la comunidad, que el Señor concede como don gratuito, pero también como respuesta a la fe y al amor de los hermanos. La calidad de alabanza se purifica y se hace más intensa: toda la persona queda envuelta en ella. "En éste clima de fe, esperanza y ágape fraternal, y gracias a la interpelación de la Palabra, quedan al descubierto raíces en venadas de la personalidad para ser curadas o extirpadas por la compasión y misericordia de Jesús. A veces, todo el grupo queda impactado por lo que ocurre a uno u otro de sus miembros; otras veces, el grupo entero se ve interpelado y llamado a transformarse en el Señor. De todas maneras es clarísimo que Jesús tiene cuidado de su cuerpo y a todos invita a entregársele; y este deseo de ofrecer a Dios nuestra vida y seguir a Cristo Señor brota en la alegría de la salvación".8 c) Acogida y ejercicio de carismas No es, precisamente, que el Espíritu los reserve para este tercer tiempo. Pero en él es cuando más se prodiga normalmente. Ellos permiten a la comunidad ir mucho más allá de sí y edificarse como iglesia. El hecho de que ordinariamente, se den con mayor profusión en este tiempo, obedece a una pedagogía divina en la que nosotros jugamos nuestro papel: "Un carisma no se recibe sino es en una verdadera muerte a sí mismo y como un signo del Resucitado: hace falta mucha humildad, fe y desprendimiento para aceptar y ejercer un Carisma de conocimiento, profecía o curación. Pero qué oportunidad para el cuerpo de Cristo! "9 Esto no invalida el principio de que la donación de carismas en modo alguno supone la santidad de la persona, ni siquiera, que esta es mayor que la de otro individuo cualquiera. La comunidad es "misionada" y se transforma, a su vez, en misionera. Insistimos en lo siguiente: si a los grupos de oración se va por amor a Dios, como dijimos, se deduce que la alabanza en el amor juega un papel primordial. No es exagerado afirmar con Fio Mascarenhas que la "oración de alabanza es de importancia fundamental en la vida del cristiano porque es un índice de nuestra fe: según sea nuestra confianza en la providencia y misericordia de Dios, según sea nuestra fe-convicción de que 'Dios trabaja en todas las cosas por el bien de los que le aman' (Romanos 8,28), seremos capaces de alabar a Dios en todas las circunstancias de nuestra vida. "La alabanza a Dios debe formar parte de la espiritualidad normal de cada uno y no debe depender del humor del momento: cuando uno está convencido personalmente, profundamente, de que 'el amor que Dios nos tiene inunda nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado* (Romanos 5,5), puede prescindir de sentimientos circunstanciales subjetivos y comportarse según la realidad objetiva, que es siempre que Jesús es el Señor. El gobierna y rige nuestras vidas en tiempos de dificultades y sufrimientos como en los de éxito y gozo. 'La Alabanza es cosa de hombres buenos' (Salmo 33,1) y 'buenos' son los discípulos de fe fuerte y establecida, ya que la fe es 'anticipo de lo que se espera, prueba de realidades que no se ven' (Hebreos 11,1)".10 Es preciso tener muy presente lo que A.M. de Monleon afirma: "La oración es el clima normal de la profecía y, en contrapartida, la profecía suscita la oración". Esto viene a ser una hermosa experiencia, frecuente en los grupos de oración de la Renovación Carismática. Por eso, es casi inusitado que se den "en seco", fuera de un contexto de oración; por otra parte, uno de los criterios válidos y garantía de autenticidad de la profecía es ver si suscita la oración, si despierta e intensifica la alabanza, si fortalece y consuela a la asamblea. De aquí se sigue una consecuencia importante: quien dirige la oración no sólo ha de tener sensibilidad para captar las mociones del Espíritu respecto de la asamblea, ha de tener también la habilidad de proporcionar un tiempo de oración recogida, ordinariamente en silencio, en el que el grupo, unido íntimamente al Señor y bajo el influjo del Espíritu, le da oportunidad y se dispone a ser tomado, en uno o varios de sus miembros, a hablar a la asamblea en nombre de Dios. La experiencia nos muestra que no es infrecuente que se dé como un proceso flexible que desemboca en la profecía suscitada por el Espíritu. La alabanza intensa tiende a provocar un canto verdaderamente apropiado que intensifica con su mensaje con el ritmo musical la oración precedente: es una oración íntima musicalizada. El canto, expresión de una asamblea llena de amor al Señor, sumergida en una comunicación de intimidad, hace que el Espíritu Santo suscite la oración y el canto en lenguas. El mismo proceso psicológico afectivo y la necesidad de reposar en el Señor, es decir de interiorizar aún más profundamente la experiencia vivida, pide un tiempo de silencio discreto. Y durante él, es cuando se da una oportunidad especial para preparar el ambiente interior al Señor, dueño de la profecía y de usar a quienes le plazca para hablar a la asamblea en su nombre: manifestarle Su mensaje. Por eso, y es otra consecuencia en contrario, hay una especial dificultad en reconocer como auténtica profecía la que se da fuera de su clima normal: la oración de la asamblea y que, por otra parte, no suscita la oración, aunque ésta se entienda ampliamente.11

NOTAS

1. 2. 3. 4. 5. 6. 7. 8.

D. Thorp, Atalier, "Groupe de priere", Tychique, n. 63, sept. 1986, 13. Mons. R. Coffy, "Renovación e Iglesia Católica", Koinonía, no. 57, enero- febrero, 1986, 14-15. P. Tipton, Atalier, "Groupe de priere", Tychique, sept. 1986, 14-15. D. Thorp, Newsletter, January, 1985,12,7. M. Hebrard, "Les Nouveaux Disciples dix ans apres". Le Centurión, Paris, 1987, 246. B-V. Aufauvre, G. Constant, E. Garin, "Qui fera taire le vent?", Desclée de Brouwer, Paris, 1988, 94-95. B-V. Aufauvre.. . o.c, 232-233. G. Lepoutre, "Oración comunitaria y Ejercicios Espirituales", CIS, nn. 61-62, Centrum Ignatianum Spiritualitatis, Roma, 1989, 119. 9. G. Lepoutre, o.c., 119-120. 10. Fío Mascarenhas, "Lo que el Espíritu dice a las Iglesias", CIS, nn. 61-62, 38-39. 11. A.M. de Monleon, "El espíritu de oración y el espíritu de profecía, Presencia de la Renovación Carismática", Edit. Roma, Barcelona, 1982, 145.; Cfr. P. Simmons, Commitment to Prayer Group, Chariscenter, U.S.A. (Newsletter), Jan, Feb. 1990, 8-10.

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IX EL "SER INTIMO" DE LOS GRUPOS DE ORACION Viene dado por los tres aspectos que se exponen a continuación. 1. Observaciones previas:

Respecto de la formación, no en todas partes se coincide, aunque las variaciones sean de menor importancia. Algunos consideran los grupos de oración en su aspecto genérico; y el juntarse para alabar al Señor, con las peculiaridades de la Renovación Carismática lo denominan reunión de oración. Otros llaman "círculo" de oración a lo que aquí se designa con la expresión habitual, la más frecuente y casi única de grupos de oración. Esta expresión círculo, entre nosotros, ordinariamente se evita por las connotaciones de tipo supersticioso o esotérico que, a veces, envuelve. Otros la hacen equivalente a "asamblea de oración", peculiaridad que, para nosotros, se reserva a la reunión de oración en la que se unen varios grupos.

Sí es conveniente, en cualquier hipótesis, no limitar el grupo de oración al aspecto de reunirse para orar. Estos tienen una misión que rebasa el grupo de oración en cuanto grupo de personas reunidas para orar. Por eso, aunque la misión de los grupos de oración sea, principalmente, juntarse para orar, pero el ser de éstos, como diremos más adelante al exponer sus líneas de fuerza, va más allá de esta realidad fundamental. "Los grupos de oración llenan un vacío que existía en la Iglesia entre la oración individual y la litúrgica que hacemos durante los actos de culto. En estos grupos de oración cada uno participa de una manera personal y espontánea bajo la luz y dirección del Espíritu Santo"1 Es un hermoso complemento a la oración individual que suscita y enriquece; lo mismo que aquélla a ésta. La oración litúrgica, sin ser en modo alguno sustituida, se tiende a vivir más profunda e intensamente. "En esta corriente (de la Renovación Carismática) estamos asistiendo actualmente a una prodigiosa renovación de la Iglesia a partir de las asambleas (o grupos) de oración que nacen por todas partes a través del mundo. Ellas son en muchos sitios lugares de expansión del ser humano, lugares donde brotan verdaderas comunidades fraternales, lugares de redescubrimiento de la Iglesia como sacramento de la presencia de Dios entre los hombres".2 Los frutos preciosos que la experiencia demuestra que se dan en los grupos de oración, no sólo dependen del buen funcionamiento de los mismos, sino también de la constancia en asistir a ellos y de la integración en uno de ellos. Esta integración es más importante de lo que, a primera vista, pudiera parecer: quien anda de grupo en grupo no llegará a formar comunidad en ninguno; no se sentirá miembro y, por lo tanto, dejará de percibir no pocos de los frutos que el Señor da a la comunidad. Puede ser que para algunos sea conveniente hacer la experiencia, por corto tiempo, en varios grupos de oración (dos o tres), no simultáneamente, sino de un modo consecutivo si ve que el grupo elegido no es para él. Pero una vez experimentado y elegido, es sumamente aconsejable y aun necesario para crecer, permanecer en él, fuera de casos excepcionales. Muy unido con lo anterior se halla la asistencia a uno solo, no a varios, fuera de alguna visita ocasional a otro. Esto no está reñido con los llamados pequeños grupos de crecimiento formados por seis o siete personas de las que asisten al grupo mayor y que se reúnen para ayudarse a crecer. De esto se hablará más adelante y se indicarán los requisitos convenientes para que den fruto abundante y no se conviertan en ghetos cerrados, llamados a formar pseudo-comunidades o a desviarse.

2. Principios básicos de los grupos de oración.

a)

La promesa de Jesucristo. El principio básico del grupo de oración es la enseñanza de Nuestro Señor que donde dos o más se reúnen en su nombre allí está él en medio de ellos (Mateo 18,20) y que si dos o tres se ponen de acuerdo sobre cualquier cosa en la tierra para pedirla, les será concedida (Mateo 18,19).3 Jesús, el Señor, no está presente en la comunidad de un modo personal, reservado para el cielo y la Eucaristía. Se halla presente "dinámicamente", actuante por su Espíritu Santo. La experiencia intensa de la Presencia de Cristo. En los grupos de oración se da, muy frecuentemente, una experiencia intensa de la presencia de Jesús resucitado, presente y actuante por su Espíritu, con el mismo poder y amor que en su vida (Hebreos 13,8): Jesús, Salvador y Señor (Efesios 2,11). Se le encuentra y percibe en la fuerza con que el Espíritu Santo se manifiesta allí. "No hay auténtico grupo de oración por el mero hecho de reunirse varias personas para orar. Se requiere que las una la fe viva en la presencia de Cristo en medio de ellas, la esperanza de contar con la bondad infinita del Padre 'que sabe dar cosas buenas a sus hijos cuando se las piden' y el amor del Espíritu Santo, el único que puede crear una verdadera comunidad, y transformar a cada uno".4 Esta percepción más intensa de la presencia activa de Jesús es esencialmente una cuestión de fe y no de emoción, aunque también la afectividad, como elemento esencial de la personalidad humana, intervenga en mayor o menor intensidad. "Quien no busca la fe, no viene; y quien busca únicamente sensaciones, muy pronto queda decepcionado (...) Las comunidades cristianas que no solicitan o niegan su realidad (de los carismas), han cortado una vía de acceso al conocimiento del Cristo viviente".5

b)

¿En qué consiste la atracción que ejercen los grupos de oración de la Renovación Cristiana? Es difícil explicarlo. Todos lo expresan de manera distinta. En el fondo, se trata de la presencia de Dios en la comunidad reunida para orar. Cristo cumple su promesa de estar siempre que varios se junten en su nombre. Y ¿en qué forma hace sentir su presencia o cómo se sabe que está presente? A esto no se puede responder fácilmente. Desde luego, no se aparece, o se manifiesta a los sentidos. Ni surge su imagen en la mente, ni se escuchan palabras en un oído interior. No se niega que ocurran visiones y locuciones; por las Escrituras y la experiencia de la Iglesia, sabemos qué Cristo se manifiesta a veces también por estos medios. Pero no es esa la forma ordinaria en que Nuestro Señor hace sentir su presencia en una asamblea de oración. No existe una criteriología con la cual se pudiera afirmar que determinadas señales pueden comprobar de una manera "objetiva" la presencia de Jesucristo. No obstante, todos saben que El se halla presente y que lo han encontrado. 6 Es una presencia que muchos manifiestan no haber sentido nunca antes, y hacia la cual no hay que hacer un acto de fe para creer en ella, sino que se "experimenta" de un modo misterioso. Dios se halla en todas partes y la naturaleza humana de Cristo está sustancialmente presente en la Eucaristía; pero, de ordinario, no experimentamos esa presencia. Nuestra época se distingue porque Dios desea revelar el misterio de la comunidad cristiana como nunca antes. Las asambleas carismáticas están enfocadas hacia ese misterio; tal vez por ello han sido bendecidas en forma especial. De todos modos, la presencia de Dios que se siente en estas reuniones no es paralela o agregada a la dé los asistentes, sino parece ser una presencia en la comunidad como tal Cristo no se encuentra tanto en la habitación como en la gente reunida.7 "Una cosa caracteriza el proceder de estas personas: su deseo de encontrar a Dios de una manera personal, no como una noción o una teoría, sino como una realidad viva. "Estos hombres no se quedan satisfechos con una religión que predica y que moraliza. Quieren la realidad de Dios vivo (...) Quieren a Dios sin más. En el peor de los casos, no es una excusa para instalarse en una mediocridad satisfecha. No es razonable ni tradicional pensar que la experiencia religiosa esté reservada a algunos privilegiados y que el común de los fieles ( ¿no hay en ello una contradicción?) no pueda aspirar a ella".8 c) La persuasión intima de que Jesús cumple sus promesas. En los grupos de oración, debidamente instruidos y guiados, se da una persuasión profunda de que Jesús cumple constantemente sus promesas de enviarnos su Espíritu. En adelante (después de su "ascensión", su aparición final, como despedida visible de sus seguidores reunidos), la presencia de Jesús entre los apóstoles sería a través del Espíritu, "lo que mi Padre tiene prometido" (Lucas 24, 49; Hechos 1,4), que El derramará en cuanto exaltado a la derecha de Dios (Hebreos, 2,3 3). También se les hará presente "al partir el pan", como da a entender el episodio de Emaús (Lucas 24,35). La aparición a Pablo en el camino de Damasco, es la aparición de Cristo resucitado a un "vaso de elección (Hechos 9,15), individual, especialmente elegido para ser 'el apóstol de los gentiles' " (Romanos 11,13) —acompañado de sus carismas— para realizar, purificar, y hacer crecer en nosotros su "obra" (Juan 14,17-18; Hechos 1,8). En ellos se da una conciencia "experimentada" de la acción del Espíritu en cada uno y en toda la comunidad reunida para alabar al Padre en Cristo por el Espíritu Santo (Romanos 8, 15-17; 26-27; Gálatas 4,6-7). En los grupos de oración se da una conciencia viva de que, para Jesús, que es quien reúne, por su Espíritu, al grupo de oración, debe haber una respuesta de alabanza, de adoración, de acción de gracias, de entrega total, a nivel personal y comunitario; con Jesús y con los hermanos, en la oración y en la vida, hasta sus últimas consecuencias. d) Oración dada y recibida como tal por el Espíritu. Es en cierto modo, la nota principal: el Espíritu Santo es el que suscita la oración, el que la sostiene, la endereza (Romanos 8,26-27). El, pues, es quien da al grupo la oración con que alaba, agradece, pide. Es, por lo tanto, una oración que siendo personal, porque es la persona quien ora, es, a la vez, oración del Espíritu, por ser quien, principalmente, ora con ella y en ella; una oración individual y comunitaria: es cada persona quien ora como sujeto único, como hijo privilegiado que se comunica con el Padre; pero es, a la vez, comunitaria porque se da la oración a las personas en cuanto forman parte de una comunidad reunida en el nombre de Jesús. Esto exige que cada asistente al grupo se sienta y sea, de hecho, miembro del grupo de oración. Desde el momento que se aísla de él, aunque corporalmente se halle presente, se excluye como participante en una comunidad a la que el Señor ha prometido su bendición, por la acción de su Espíritu.

e)

f)

La experiencia de los carismas. En los grupos de oración que se abren a la acción plena del Espíritu, existe también la persuasión de que el Señor puede y quiere dar, en la acción del Espíritu, sus carismas para construir la Iglesia en el amor. Estos son pedidos humildemente por sus miembros, recibidos con agradecimiento, fomentados discretamente y usados en discernimiento. Los carismas en los grupos de oración tienen una función importante: ayudan a construir la comunidad en el amor del Señor y a transformarla a semejanza de Cristo (1 Corintios c.14; Lumen Gentium 12). "El Nuevo Testamento da testimonio de que Dios da su Espíritu Santo y sus dones allí donde los hombres están abiertos hacia El con una fe llena de esperanza (Hechos 1,4.14). "Dios respeta tanto la libertad del hombre, qué espera hasta que seamos nosotros mismos quienes pidamos el Espíritu (Lucas 11,9-13; Juan 13,16). "Una progresiva madurez en la vida espiritual hace ver al hombre, cada vez más claro, qué clase de dones Dios le reserva en el servicio a la Iglesia y a la sociedad. En el acto de la renovación del Espíritu, uno puede pedir explícitamente estos dones. "El nuevo movimiento de la 'Renovación Carismática, ( . . . ) afirma que la medida en que el alma se abre a los dones del Espíritu puede influir en la medida en que Dios los concede".9 Ninguno es una "isla. "En los grupos de oración hay una persuasión de que 'ninguno es una isla'. Todos somos miembros del Cuerpo de Cristo y miembros los unos de los otros (1 Corintios 12,27) (. . .) Uno es testigo de cómo, en estas asambleas, los corazones se abren, las máscaras caen, las inhibiciones infundadas desaparecen bajo la influencia del amor que inflama a todos.

Hombres que oran a un Padre a quien reconocen como a su Padre común, hombres que aprenden unos de otros cómo este Padre los colma de gracias, los envuelve de atenciones, los trata con bondad, los busca con paciencia, los salva de su miseria más profunda; tales hombres se manifiestan sus secretos, están dispuestos a proseguir la obra de Dios en cada uno de ellos, no pueden prescindir el uno del otro con indiferencia". 10 Estos cristianos vienen no solamente a buscar a Cristo en los grupos de oración, sino también a compartir juntos el Cristo que han encontrado. Cada día encuentran a Cristo en la familia, en el trabajo o en la calle, en la medida en que se unen más íntima y más constantemente a El en la oración y en la meditación de la Sagrada Escritura. El gozo y la fuerza que de ella reciben, no pueden guardarlo sólo para sí mismos. Hay que hacerlo disfrutar también a los demás. El amor de Cristo une a los hombres entre sí de tal manera que El y solamente El constituye el motivo fundamental".11 Es muy importante (para que el fruto de los grupos de oración sea abundante cada vez que sus miembros se reúnen) venir a él con una gran disposición de pobreza: "se trata de abandonar un cierto 'yo' voluntarista, organizador,^ n 'yo' que quiere hacer por él mismo, que quiere decir por él mismo todo. Es capital llegar a un estado de disponibilidad, porque esto es lo que va a permitir experimentar, 'realizar' esta palabra de San Pablo: 'No sabemos cómo orar, pero el Espíritu Santo mismo viene a orar en nosotros' (Romanos, 8,26). Si uno se deja verdaderamente penetrar por el Espíritu, si se quiere poner en estado de pobreza, se siente que es el Señor mismo quien (por su Espíritu) conduce la reunión (y construye la oración). Generalmente se encuentra una gran unidad cuando se deja actuar así al Espíritu. Y todo sucede con orden y unidad".12 Supuesto lo anterior, podemos definir el "ser íntimo" de los grupos de oración, aunque incompletamente, del modo siguiente: g) Definición. • Un grupo de personas que se reúnen en el nombre de Jesús y con el amor del Señor en comunidad fraternal, (Hechos, 2,32-36; 4,32) unidos por la fe, la esperanza y la caridad (Efesios 4,4-6). • Para alabar al Padre con alabanza gozosa, en Jesús, bajo la guía y el poder del Espíritu Santo (Efesios 1,12; Juan 4,23; Gálatas 5,22; Romanos 8,14-16; 26-27). • Para ser transformados a imagen de Jesús y realizar el Evangelio hasta sus últimas consecuencias, o "vivir la vida de Jesús" (Romanos 8,29). • Para realizar en la vida la misión de la Iglesia: evangelizar, ser testigos de Cristo resucitado (Hechos 1,8; 2, 42-46), o construir el cuerpo de Cristo en el amor (Juan 13,34; 1 Corintios 14,3). Con la fuerza del Espíritu (Hechos 1,5-8). Como se ve, coincide, en gran parte, con el ser mismo de la Renovación Carismática y no puede ser de otro modo, ya que el objetivo de la Renovación se realiza también, y muy principalmente, a través de los grupos de oración. 13 Entre las diversas descripciones que se pueden dar nos agrada la de un autor que resume, creemos, cuanto se ha dicho anteriormente: "El grupo de oración existe para alabar a Dios y ayudar a vivir en el Espíritu". 14 El grupo de oración, con ser tan excelente, no es un fin en sí; es un medio para otras realidades que van más allá, para las finalidades propias de los grupos.ls Nota: Para una información más detallada sobre los grupos de oración, remitimos al lector al libro "Elementos de los grupos de oración", por P. Benigno Juanes, S.J., colección Torrente 3, Editora Amigo del Hogar, 1990.

NOTAS

1. 2. 3.

E. D. O'Connor, "La Renovación Carismática en la Iglesia Católica", Lasser Press Mexicana, 1974,101. B. Lepesant, "Dynamique de Groupe et Conversión carismatique", Pneumatheque, París, 1976,11-12. L. Roy, en: "Los Jesuítas y la Renovación Carismática" (varios), Centrum Ignatianum Spiritualitatis, Roma, 1984,124. Cfr. L. Roy, "Sous le soufle de l'Esprit", Supplement, n.4/5- (Cahiers de Spiritualité Ignatienne), Quebec, 1980. 4. Mons. Uribe Jaramillo, "Orientaciones para los grupos de oración", publicaciones "San Antonio", Río Negro. 5. W. Smet, "Yo hago un mundo nuevo", Edit. Roma, Barcelona, 1975, 172- 173. 6. No pueden aislarse, consiguientemente, estos dos elementos sobre los que todo se construye, en el medio portador, la Iglesia: "Nunca Cristo solo, sin el Espíritu. Nunca el Espíritu solo sin relación con Cristo. El Espíritu no nos acapara para sí; se da para continuar la misión de Cristo; no para una misión distinta de ella". Tan fundamental es esto que la unidad de los tres elementos: Cristo, el Espíritu y la Iglesia, medio portador o seno en el que se realiza la obra de Cristo y del Espíritu, es necesaria para que se dé el misterio de Pascua-Pentecostés y la realidad de la obra cristiana. A. Fermet, "El Espíritu Santo en nuestra vida", Edit. Sal Terrae, Santander, 1985, 59-60. Y. Congar, "Je crois en l'Esprit Saint", Les Edit. du Cerf, París, II, 1979, 27. Comentarium in Ephesios, c. 2, lect. 5.—San Cirilo de Alejandría citado por Y. Congar, o.c. II, 134. 7. E. D. O'Connor, o.c., 107-108. 8. S. Tugwell, "Did you Receive the Spirit?" Darton, London, 1975, 13. 9. Documento de la Conferencia episcopal austríaca sobre la Renovación Carismática, Koinonía, julio-agosto, 1987, 6-7. 10. W. Smet, o.c. 174. 11. W. Smet, o.c. 174. 12. Ch. Massabki, "Qui es l'Esprit Saint?", 1977, 22. 13. "Uno se siente profundamente impresionado, generalmente, cuando asiste a tales reuniones por la atmósfera de fervor, de recogimiento, de juventud, de gran amor fraternal, de libre espontaneidad que allí reina. 'Poder, muy libremente, exteriorizar su fe, escribe el canónigo Cáffarel, es un factor muy importante para que esta fe crezca. Se comprende así, sin dificultad, que los incrédulos o las personas en búsqueda que participan en tales asambleas de oración, se vean llevadas a descubrir con admiración la fe cristiana y la felicidad de orar; para el cristiano que no practica, la asamblea será, frecuentemente, una posta, un irse disponiendo en el itinerario hacia la asamblea eucarística'* Digamos, a este propósito, que sucede, de tiempo en tiempo, que estas asambleas se terminen con la Eucaristía y que, lejos de sustituir a las asambleas litúrgicas, conduzcan a participar mejor en ellas". Ch. Massabki, o.c., 227. 14. K. and D. Ranaghan, "Spirit, lead us", Paulist Press, N. Y., 1971, 6-61. 15. V. M. Walsh, "Guíen a mi pueblo", Key of David Publications, Philadelphia, 1980, 67.

X

LINEAS DE FUERZA DEL GRUPO DE ORACION De los principios básicos enumerados se deducen las principales líneas de fuerza que se encuentran en los grupos de oración. Lo que ahora se dice viene a ser, en parte, clarificación de lo precedente.1 El nombre de "líneas de fuerza" nos parece bastante apropiado para aplicarlo a una reunión de oración: se trata de orientaciones fundamentales que deben ser tenidas en cuenta, no de un esquema pre-establecido que encuadre rígidamente al grupo de oración. Esto no impide que, a la hora de indicar los elementos constitutivos de un grupo de oración, se redacte un esquema orientador donde conste lo esencial y lo secundario. Ciertamente, el grupo de oración, cuando funciona bien, es guiado por el Espíritu. Pero este, a su vez, pide nuestra discreta cooperación que damos, también, a través de esquemas cuya realización ha de ser flexible y sanamente creativa. Las líneas de fuerza son una preciosa ayuda para los miembros del grupo de oración y para los servidores sobre todo: señalan los puntos de insistencia y lo que nunca se debe perder de vista porque forman el alma del grupo de oración. 1. La presencia de Jesús resucitado en su Espíritu.
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Hay una toma "nueva de conciencia de la presencia del Señor. Es el cumplimiento en la comunidad de la promesa hecha por El (Mateo 18,19-20). "Presencia llena de su poder y de su amor que transforma al hombre y a la comunidad en su totalidad, si se abren a su acción. Es el dinamismo propio de Cristo resucitado, por su Espíritu. "Por lo tanto, allí donde está Cristo, El actúa-, su presencia activa, convierte, cambia, ilumina, mueve, conforta, reprende, sana, ora al Padre. "De otro modo: lo que congrega a los miembros de un grupo de oración es el descubrimiento de Cristo viviente y actuante en ellos. Consiguientemente, todas sus oraciones, cantos, alabanzas, acciones de gracias, son la manifestación sensible, libre, espontánea de esta presencia viviente de Jesús resucitado, por su Espíritu. El, Jesús, no sólo —en expresión de San Agustín— ora por nosotros como nuestro sacerdote, sino que ora como nuestra cabeza, al mismo tiempo que 'es orado* por nosotros como nuestro Dios".2 Las personas que forman el grupo de oración, se reúnen para "encontrar" a Jesús, presente en medio de ellos, congregados en su Nombre. Este punto es tan capital que viene a ser el "centro" de toda la reunión de oración. No es un encuentro pasivo, una mera presencia del Señor y de otra presencia pasiva, en fe, con que se responde a la suya. Es un encuentro con Cristo viviente y actuante. Cada vez que el grupo se reúne para orar unidos a Cristo, bajo el influjo del Espíritu Santo, toma conciencia, como comunidad, de esta presencia activa del Señor.3

2. La apertura al Espíritu.

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La toma de conciencia de la presencia de Jesús resucitado no es posible sino en la apertura del grupo a la acción del Espíritu Santo. En realidad, se participa en el grupo de oración para ofrecerse a una acción más penetrante del Espíritu en todo el ser, en la intimidad profunda de nuestra personalidad. Esta acción del Señor, por su Espíritu, se debe tomar muy en serio y se suplica, de muchos modos, frecuentemente (1 Corintios 12,1-11).4 Se comienza invocando al Espíritu Santo, a Jesús, para que realice, aquí y ahora, su promesa; que repita, según su plan de salvación, el envío de su Espíritu sobre la comunidad reunida en su nombre. Cada miembro participante y la comunidad como tal se abren en fe a su acción y colaboran, a través de toda la oración, a esta acción del Espíritu de los modos diversos que se indicarán, bajo la acción y ayuda de la gracia del mismo Espíritu. La acción del Espíritu conduce a experimentar y sentirse, a nivel profundo de toda la persona, hijos de Dios en Cristo. Introduce en el misterio y el conocimiento de Jesús, Hijo de Dios, y derrama su amor en los corazones (Romanos 5,5). Es ahí, y de ese modo, como se va produciendo, por la acción del Espíritu, la transformación íntima en Cristo de la persona y de la comunidad. Expresado de otro modo que viene a sintetizar lo afirmado: en cada una de las reuniones de oración, se pide al Espíritu Santo una actuación especial, intensa, transformante. Está210 plenamente justificado este proceder: el Espíritu Santo no termina jamás de invadirnos con su poder. Siempre hay en nosotros zonas oscuras que su influjo no ha tocado aún o que no ha profundizado su acción en ellas.

3. La oración de alabanza.
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Es la expresión de lo que el Señor es, ha hecho y está haciendo, en cada uno y en la comunidad. Se siente la necesidad de cantar las maravillas del Señor, de decir lo que es en sí y para nosotros; de alabarlo, de alegrarse y regocijarse con El, en el Espíritu. (La alabanza tiene una gran fuerza para elevar el tono del grupo y hacerlo receptivo a la acción del Espíritu de Jesús). Esta alabanza tiene diversas expresiones. Entre ellas, hay dos esenciales en la Renovación Carismática además de la alabanza de los labios y del corazón y del silencio. (Remitimos a otras instrucciones donde se tratan estos puntos). La oración de alabanza y de agradecimiento constituye una línea de fuerza particular. En modo alguno se excluyen la oración de intercesión y la de petición, pero la nota dominante es la elevación al Dios trino, motivada por lo que es en sí mismo y por las grandes obras que ha llevado a cabo en la historia de la salvación y sigue realizando hoy en quienes se confían a Él con fe simple. No hay nada más bíblico ni más eclesial que la alabanza a Dios y la acción de gracias. Es fruto de una experiencia de fe vivida en su pureza. Es un dirigirse a Dios no sólo por lo que puede dar, sino por lo que es.

Esta manera maravillosa y bíblica de dirigirse a Dios corrige y purifica la imagen mágica de un Dios manejable que está a nuestra disposición para suplir nuestras debilidades y "bondadoso" Señor cuya existencia se justifica en razón de vivir para "tapar" y "cubrir" nuestra impotencia. La alabanza y acción de gracias, por lo tanto, son la expresión de un amor desinteresado y agradecido que nos descubren y profundizan el verdadero rostro de Dios. Por eso, no debe sorprendernos el que la alabanza, cuando realmente es tal, lleve al grupo de oración a una vida cristiana que es "eucaristía": acción de gracias. Consecuentemente, debe desembocar, en el acercamiento, la intensificación y la frecuencia a la "eucaristía sacramental", expresión perfecta de toda acción de gracias y de toda alabanza. 5 Cuando se ha descubierto y se va practicando esta dimensión espléndida de la alabanza, la adoración y acción de gracias, no tenemos que sorprendernos de que la vida propia y de la comunidad como tal cambien profundamente en todas sus dimensiones y de que el Señor se haga presente en su acción salvadora con manifestaciones, aun sorprendentes, a través de la acción poderosa del Espíritu. El hacer a Dios el foco de nuestra oración arrastra consigo todo lo demás: reunimos no por nosotros, sino por El; para ser y estar con El; para escuchar Su palabra y dejar que penetre y fructifique en nuestros corazones; para un silencio lleno, en el que expresamos una silente y reverencial alabanza; para disponernos a ser inundados con el Espíritu y recibir los dones y carismas de su gracia; para crecer en el amor a nuestros hermanos y cumplir el mandato del Señor, aun en las exigencias más arduas, etc. El haberse alejado de la alabanza como foco de las reuniones de oración, ha sido la causa de que se hayan debilitado (donde ha sucedido) los grupos de oración; y los carismas no han encontrado suelo apropiado para florecer.

4. La Comunión fraternal de los participantes entre sí en el Espíritu Santo y con Jesús.

"Las reuniones de oración deben ser, igualmente, expresión viviente de la comunión en Jesucristo. Esta unión en Cristo es esencialmente obra del Espíritu Santo. Por esto se está a la escucha unos de otros, siempre prestos a recibir y a dar. Se cae entonces en la cuenta de la expresión y de la realidad de los Hechos: 'La comunidad de los creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma' (Hechos 4,32). "6 Proviene de la experiencia de que también los participantes se sienten compenetrados en el Señor, en el que se ha- lian injertados (Juan 15,1 y siguientes) por el Espíritu como lazo de unión. Las palabras y los sentimientos de Jesús los van penetrando a nivel profundo del ser. Se perciben, por lo tanto, de un modo o de otro, a los demás formando un solo cuerpo. Empiezan a escuchar a los otros, a compadecerse, a amarlos con un amor que empapa a todo el grupo. El Señor lo está construyendo en el Espíritu. El peligro que acecha a esta vida en unión, es la presión indiscreta, la manipulación del grupo o de las personas; la falta de consideración y respeto al acto de fe personal, a los caminos espirituales de cada uno.7 El grupo de oración, tal como se dirige y vive en la mayor parte de las reuniones de oración de la Renovación Carismática, armoniza ambos aspectos personales y comunitarios. No puede ser de otro modo si realmente se da una verdadera acción del Espíritu que es, esencialmente unificadora, no igualadora. La oración compartida: (Repetimos aquí, por su importancia, algo ya indicado anteriormente). Jesucristo mismo pone las bases de la oración compartida cuando nos asegura que si dos o más se ponen de acuerdo para pedir digo, lo conseguirán de su Padre celestial. Y añade la razón: "Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mateo 18,19-20). 1 Corintios 14,26; Efesios 5,18-21: "El texto de San Pablo a los efesios es muy rico y valioso. En él se pone la oración en grupo como un gran medio para llenarnos del Espíritu Santo y se enumeran las distintas modalidades que puede tener nuestra oración (pública o en silencio), cantando o salmodiando, para manifestar al Señor nuestros sentimientos de alabanza, de gratitud o de súplica". Aunque no exista la palabra, se da el hecho de la oración compartida como lo expresa San Pablo en la cita aludida a los Efesios. Por su parte, el P. O'Connor escribe: "La práctica de reunirse en pequeños grupos para orar en forma espontánea y sin ceremonias, no ha sido constante en la Iglesia Católica por mucho tiempo. En la Iglesia primitiva, las asambleas eucarísticas parece que tenían ese carácter; pero muy pronto, la oración se polariza hacia dos tipos definidos: la pública, que sigue un texto y rúbricas fijas, y la individual, que es espontánea pero silenciosa. Entre ambas clase de oración hay otras híbridas, como la vocal individual. Pero que se reúnan cristianos para orar en voz alta y espontáneamente —no en coro y siguiendo una misma fórmula— no ha sido uso común por muchos siglos".8 La oración compartida, personal o comunitaria, en la que cada persona al orar es el vehículo de alabanza, de acción de gracias de toda la comunidad, es otra característica fundamental del grupo de oración.

5. La Palabra de Dios. El tema es vasto y fundamental. Haremos un breve comentario. La Sagrada Escritura es el lugar privilegiado de la Renovación Carismática, por lo tanto, lo es también de los grupos de oración. • En toda vida espiritual constituye el punto firme de referencia, de inspiración, de punto de apoyo para la oración y la acción evangélicas. • La Palabra de Dios es, ante todo, Cristo, Palabra encarnada: es la gran revelación del Padre (Hebreos 1,1-2). Es la Palabra definitiva que se continúa y prolonga en la Palabra revelada de la Escritura y la tradición. A esta Palabra hay que prestarle atención ya que el mismo Padre nos invita a ello (Mateo 17,5; Juan 1,14). La Sagrada Escritura nos hace presente a Cristo en su Iglesia, presencia que tiene una realidad única y plena en la Eucaristía.

Por la palabra de Dios conocemos sus designios, su plan de salvación (Efesios 1,3 y siguientes); nos vamos transformando en Cristo (Romanos 8,29-30); somos beneficiarios de la acción del Espíritu Santo (Juan 14,25-26); conocemos nuestras más profunda identidad y la de nuestros hermanos: la filiación divina (Romanos 8,15-16; 1 Juan 3,1). De aquí la realidad profunda y eclesial en que se coloca la Renovación Carismática al apoyarse tan firme y constantemente en la Palabra de Dios y darle un puesto de privilegio en sus grupos de oración. En su escuchar, se deja descender al corazón, para que nos enseñe y nos transforme según Cristo. En otra parte se toca el aspecto práctico y se dan orientaciones concretas. Basta ahora indicar esta característica fundamental o, mejor, esta línea de fuerza de los grupos de oración.9

6. Comunidad misionera. Crecían los que se adherían a la Iglesia, cada día, fruto, sobre todo, de la acción del Espíritu Santo por la evangelización de los apóstoles (Hechos 2,47; 5,14; 4,4). Y toda la comunidad apoyaba su predicación con el amor fraterno, la oración y la ayuda (Hechos 4,32). La acción del Espíritu Santo es doble y completa: hacia el interior de la persona, en la santificación personal, a imagen de Jesucristo, y hacia afuera, suscitando deseos de cooperar en el trabajo apostólico del reino de Cristo con poder; es decir acción mística y apostólica. Cuando en un grupo de oración no surge el deseo de comprometerse apostólicamente, después de un tiempo discreto de iniciación y de integración, puede afirmarse que allí hay un obstáculo real a la acción del Espíritu o una formación deficiente y no bien orientada. Esto llevará consigo un estancamiento y aun retroceso del grupo. Incluso, puede peligrar su existencia.10 El modo del compromiso puede variar a nivel de las personas y de los grupos. Pero la realidad del compromiso apostólico permanece en pie. La experiencia nos enseña que cuando el grupo como tal, aunque no sean necesariamente todos sus miembros, se compromete con los más pobres, es bendecido especialmente por Dios.11

NOTAS

1. 2. 3.

P. Gastan, "Le groupe de priere. . . une aventure", Tychique, n. 44, jufllet 1983, 3-9. Ch. Massabki, "Qui est l'Esprit Saint", Prieuré Saint-Benoit, 1977, 227. "Cristo y el Espíritu Santo: Teológicamente se puede vincular esta doble operación de Dios (la complementariedad de lo instituido y de lo espontáneo), para construir el cuerpo eclesial de Cristo a la doble misión del Hijo- Verbo y del Espíritu-Hálito, que el genial y querido San Ireneo compara a las dos manos del Padre con las cuales forma el hombre. Si solamente pudiera conservar una conclusión del intenso estudio que halló su expresión en mi voluminosa obra sobre el Espíritu Santo, sería la unión de la Pneumatología y la cristología: no hay Palabra sin Soplo, no hay Soplo sin Palabra. "La salud de toda renovación carismática es la Palabra de Dios, la verdad, la doctrina, pero una doctrina sin el Soplo es una letra muerta y podría convertirse en una pantalla; un impulso del Espíritu sin doctrina podría derivar en ilusión, en anarquía, en un peligroso y vano iluminismo. "Desde el punto de vista de una teología de la Iglesia, se trata de no considerarla solamente como una institución que tiene su origen en el Cristo histórico como su fundador hace casi dos mil años —aunque lo es—, sino como hecha actualmente por el Cristo Señor Vivo, como su fundamento permanente. Ahora bien, el Señor vivo actúa por su Espíritu, de tal manera que no se les puede distinguir funcionalmente y que San Pablo escribe: 'El Señor es el Espíritu' (2 Corintios 3,17). No es que confunda las personas: hay una treintena de textos trinitarios en San Pablo; sino que desde el punto de vista de su operación actual, el Señor y el Espíritu realizan la misma cosa, el cuerpo universal de Cristo. "El Soplo es aquel que proyecta la Palabra hada afuera; el Espíritu asegura el porvenir de Cristo en los cristianos a través de la historia. Hace avanzar, en el devenir del tiempo, la verdad que toma del Verbo". Y. Congar, Koinonía, n. 71, mayo-junio, 1988, 7. 4. P. Philippe, "A fin que vous portiez beaucoup de Fruits", 2, Phneumathe- que, París, 1983, 72-73. 5. A. Baruffo, en: Nuevo diccionario de espiritualidad, Edic. Paulinas, Madrid, 1980, "carismáticos". 6. P. Philippe, o.c., 1,30. 7. A. Fermet, "El Espíritu Santo es nuestra vida", Sal Terrae, Santander, 1985, 152. 8. E. D. O'Connor, "La Renovación Carismática en la Iglesia Católica", Lasser Press Mexicana, 1974,101. 9. Cfr. J. M. Martín-Moreno, "Tu Palabra me da vida", Edic. Paulinas, Madrid, 1983. Cfr. A. Baruffo, en: Nuevo Diccionario de Espiritualidad, "Carismáticos". 10. Card. Suenens, Nuevo Pentecostés para la Iglesia. "Habla el Cardenal Suenens", Koinonía, n. 71, mayo-junio, 1988,18. 11. Mons. R. Coffy, "Renovación e Iglesia Católica", Koinonía, febr. 1986, n. 57, 14-15. Cfr. el libro, ya clásico por su valor, Bert Ghezzi, Build with the Lord, Ann Arbor, Michigan, 1976.

XI OBJETIVOS CONCRETOS DE LOS GRUPOS DE ORACION 1. Orar. Con toda la variedad de formas de expresión, sobre todo la alabanza (adoración, alabanza, acción de gracias) y con las diversas modalidades: canto, silencios, gestos, este aspecto fundamental del grupo de oración se amplificará en otros capítulos. "La conclusión más fundamental que se desprende (de la lectura de los textos bíblicos) es: que la creación entera debe ser un canto de alabanza a su Creador ; que alabar a Dios es algo más que un acto, un gesto o incluso un modo de oración; que hay un estilo de vida que se expresa totalmente en la alabanza; que existe una manera nueva y absolutamente revolucionaria de vivir la vida de cada día de frente a Dios; que el hombre debe 'vivir en alabanza*. Basta mirar a Dios fijamente y escuchar su palabra para que todo invite a alabarlo. Basta que El esté ahí y que nos ame para saber que no puede haber más camino ni alternativa que bendecirlo eternamente. Basta pensar que somos criaturas para que la exultación y la alabanza broten de nuestro ser como un torrente de agua viva (...) Muchos hombres viven con la queja a flor de labios y la amargura en su corazón, poniendo en duda el poder o la bondad de Dios, o ambas cosas a la vez (...) Dios espera que algún día nosotros, sus hijos, comencemos a mirarlo, aceptemos nuestra condición de criaturas, comprendamos que hemos sido creados para ser 'alabanza de su gloria'. . . y caigamos de rodillas en un acto de adoración y de alabanza sin fin".1 2. Escuchar: Al Señor, a través de los modos diversos de hablar que El tiene: la oración de los hermanos, los textos de la Sagrada Escritura, la profecía, la exhortación, etc. Pero escuchar no pasiva, sino activa, responsablemente: "dejarse penetrar por la Palabra que a cada uno se le dirige personalmente, y a la comunidad, aquí y ahora". • Esta tiene un momento privilegiado en la escucha de la Palabra de Dios. Siendo la manera privilegiada, no única, de oír al Señor, ofrece, también dificultades especiales. El Señor las señaló claramente en la parábola de la semilla (Mateo 13,1-23). Cuando habla de ella, une íntimamente la escucha a la acogida de la misma en el corazón. Por eso, escucharla sinceramente implica acogerla con la misma sinceridad y, a su vez, mencionar las dificultades que o- frece oírla de corazón, es descubrir los obstáculos que se oponen a su acogida. Indicando el mensaje del Señor en la parábola, lo sintetizamos brevemente:  El obstáculo que representa el camino para la germinación y floración de la semilla (Mateo 13,4), indica la parte de dureza que hay en cada uno de nosotros; cuando otros han pasado sobre nuestra persona y nos han herido con sus juicios injustos, precipitados, parciales, imprudentes; nos han pisoteado de algún modo, de maneras diversas y sentimos una especial dificultad en perdonar de todo corazón. Es preciso, entonces, clamar para que se nos dé la gracia de perdonar y se torne blando nuestro corazón para acoger la Palabra del Señor. En el grupo de oración, la alabanza que precede a la lectura de la Palabra, nos ayudará a conseguirlo.  Las piedras del campo (Mateo, 13,5) representan la parte de nuestro interior cerrada sobre nosotros mismos; llena de nuestro "yo". Damos vueltas sobre nosotros como prisioneros encerrados en una celda estrecha. Mientras esta actitud perdure, nos daremos de frente con la dificultad de no poder oír con nuestros oídos del corazón la Palabra de Dios y, por lo tanto, con la imposibilidad de acogerla para hacerla vida en nosotros. También aquí, la alabanza debe abrir este yo cerrado y hacernos accesibles a acoger al Señor que se nos manifiesta en su Palabra.  Las espinas (Mateo 13,7), representan los cuidados, las preocupaciones inmoderadas que no dejan lugar a la providencia; el goce de los placeres que nos acaparan y se convierten en la búsqueda y el centro de nuestra vida; las riquezas a que nos apegamos y las usamos fuera de la voluntad de Dios. Este gran impedimento se opone fuertemente a una aceptación sincera y profunda de la Palabra de Dios. Una vez más, la alabanza debe situarnos frente a Dios y hacernos tomar conciencia de que lo esencial para todo hombre, con más razón para el cristiano, debe ser amar a Dios sobre todas las cosas (Deuteronomio 6,4-9) y de que el amor del Señor por mí concretamente y por todos es la suprema realidad. Al descentrarnos de nosotros mismos nos hacemos capaces de acoger la Palabra, de escuchar a Dios y de convertirla en vida. Por eso, acudir a la reunión de oración supone un corazón purificado o que se purifica en la oración de alabanza para oír con el corazón una palabra que se le dirige, para acogerla con gozo y vivirla con seriedad y entusiasmo.2 3. Crecer en el amor a Dios y entre sí:
  

La vida de cada persona y la de cada grupo debe estar en un continuo crecimiento: (Efesios 3,14 y siguientes). Crecer en el amor es crecer en el amor a Cristo, porque nuestro amor mutuo debe imitar al de Cristo hacia nosotros (Juan 13,34). Este amor tiene que tener todas las características señaladas por San Pablo en su célebre himno al amor cristiano: (1 Corintios c. 13). Por eso, este objetivo del crecimiento en el amor en los grupos de oración, puede formularse, equivalentemente, como: "Convertirse" a Dios, cada vez más profundamente; convertirse a uno mismo, convertirse a los demás. "Transformarse en Jesucristo" o "Caminar, andar, crecer en el Espíritu". Nada tan exigente como el amor (1 Corintios 13). Por eso, el objetivo de los grupos de oración, cuando realmente se realiza, implica el crecimiento y desarrollo de toda la vida espiritual; de las virtudes más sólidas, de los servicios más abnegados. Y todo esto no puede realizarse sin la ayuda poderosa del Espíritu Santo. Sería, por consiguiente, otro modo de definir la esencia de los grupos de oración: crecer en el amor a Cristo y a los hermanos bajo el poder y la guía del Espíritu del Señor.

4. La necesidad de nuestra cooperación.

Pensar que la reunión de oración está conducida por el Espíritu (o que debe estarlo) es cierto; pero despreocuparnos de nuestra actividad como servidores es un error: —No está de acuerdo ni con la doctrina del Señor (Mateo 25,14 y siguientes); — Ni con las enseñanzas de los apóstoles, sobre todo de San Pablo: (1 Corintios 3,9; 4,1; Romanos 1,16; 1 Corintios 3,5; 2 Corintios 3,3; 3,6);  Ni con las indicaciones y enseñanzas que el Señor ha ido dando a los grupos de más larga experiencia y crecimiento en la vida del Espíritu. El Señor no quiere, en modo alguno, que le dejemos a El solo construir. Como personas libres y responsables, como hijos del Padre, quiere que construyamos con El, que trabajemos con El y sigamos siempre sus directrices, que nos llegan por diversos caminos. No nos quiere espectadores sino colaboradores. Cada uno tiene una gran responsabilidad en el grupo de oración, en cierto modo, insustituible, aunque no sea, precisamente, servidor en él.

5. Itinerario de conversión, de crecimiento, de compromiso. Especificando brevemente estos aspectos, indicamos lo siguiente: • El reconocimiento personal y comunitario de Cristo como "Señor" (Hechos 2,36) y Salvador (Hechos 4,12), teórica y prácticamente, en una manera cada vez más profunda y radical. • Consiguientemente, el paso de una vida "carnal", en expresión paulina, a una vida "en el Espíritu" (Romanos c. 8), que se hace más y más consciente y honda. • "Conversión al Cristo total que vive en la Iglesia y en todos los hombres de buena voluntad".3 • Este enunciado es sumamente rico y alentador: incluye la huida de una "súper Iglesia carismática" y la adhesión firme, incondicional a una Iglesia tal como Cristo la instituyó, que se renueva por la acción del Espíritu Santo: • Esta renovación, fundamentalmente interior, integra cada vez más el amor de Dios en el amor a los hermanos, preferente (no exclusivamente) a los más pequeños y necesitados. Por eso, si es auténtica oración de alabanza, en modo alguno es una evasión del compromiso, aun del más arduo, con las realidades temporales, también en sus dimensiones socio-políticas. "La oración vivida con fe auténtica, llena de amor de Dios, se expresa en las obras de caridad (Santiago 2,14 y siguientes.). Siendo comunión con Dios y don de sí a El^ comprende el don de sí a los hermanos para su liberación y su crecimiento integral (...) Saca su inspiración y su energía de la gracia de Dios" (2 Corintios 8,1).4 Este compromiso tiene su expresión privilegiada en la "evangelización", dándole a esta palabra toda la amplia extensión que le da Pablo VI en su instrucción Evangelii Nuntiandi. • Completando lo dicho anteriormente, en los grupos de oración se viven y desarrollan los valores comunitarios y personales. No hay duda de que la vida cristiana, fundamentalmente por nuestra unión con Cristo, a partir del sacramento del Bautismo, se vive comunitariamente, en unión, en Iglesia. Mas para que esto pueda realizarse auténticamente, se requiere un acto de conversión personal, libre, consciente. Lo verdaderamente comunitario está muy lejos de ser "gregario". Manifiestamente, cuando el grupo de oración es auténtico, a pesar de las deficiencias que pueda tener, no sólo ayuda a formar, mantener y profundizar la conversión personal; es un lugar privilegiado de vivencia y crecimiento comunitario cristiano. El peligro que acecha a esta hermosa realidad de la vida en unión, es la presión indiscreta; la manipulación del grupo o de las personas; la falta de consideración y respeto al acto de fe personal, a los caminos espirituales de cada uno. El grupo de oración, tal como se dirige y vive en la mayor parte de las reuniones de oración de la Renovación Carismática, armoniza ambos aspectos, personales y comunitarios. No puede ser de otro modo si realmente las personas se abren a la acción del Espíritu Santo que es, esencialmente, unificadora, no igualadora.5

NOTAS

1. 2. 3. 4. 5.

V. Barragán Mata, "Vivir en alabanza", Edic. Paulinas, Madrid, 1983,7-8. J. van den Eynde, M. Bouülot, "L'ecoute charismatíque de la Parole", en: Priere et Renouveau (varios), Maison Notre-Dame del Travail, Fayt-lez- Manage (Belgique), 1981, 8-9; cfr. J-M. Martín-Moreno, "Tu palabra me da vida", Edic. Paulinas, Madrid, 1984,13 y siguientes. A. Baruffo, "Nuevo diccionario de espiritualidad", Edic. Paulinas, 1983, "carismáticos", 143. A. Baruffo, o.c., 143. A. Fermet, "El Espíritu Santo es nuestra vida", Sal Terrae, Santander, 1985, 152; Cfr. Bert Ghezzi, o.c., Cfr. la obra igualmente clásica: "Prayer group Workshop", Edit. Bert Ghezzi and J. Blattner, Servant Books, Ann Arbor, Michigan, 1979.

XII OBSTACULOS A LA EFICACIA DE LA ACCION DEL SEÑOR EN EL GRUPO DE ORACION Cuanto digamos se refiere a todo el proceso del desarrollo del grupo de oración. Pero se aplica, especialmente, a aquellos elementos que son fundamentales, muy particularmente a la alabanza y a la escucha de la Palabra de Dios. Nuestra vocación es ser oyentes de la Palabra de Dios para responder con nuestra actitud interior, con nuestros actos íntimos y con nuestra vida que se va conformando a la de Cristo. Esta actitud indispensable en el grupo de oración, puede verse obstaculizada, aun seriamente, por causas diversas que impiden o disminuyen la acción de la gracia. No olvidemos el viejo axioma teológico: "la gracia se acomoda a la naturaleza"; la usa, actúa insertándose en ella; la respeta, la tiene en cuenta, por más que Dios permanezca infinitamente libre. 1. Obstáculos provenientes de causas físicas o biológicas. a) La falta de puntualidad. (La incluimos en este apartado aunque no pertenezca a él con propiedad).  Es más importante de lo que, considerada superficialmente, puede parecer. Cuando se es puntual a la hora de comenzar la preparación, la persona se va integrando paulatinamente a la comunidad, se va creando en su interior un clima de acogida propicio a la acción del Espíritu.  Cuando se llega tarde, se priva uno de este beneficio inapreciable de prepararse comunitariamente a entrar en comunicación con Dios. En nuestra calidad de crea- turas e hijos de Dios y frente a la realidad de Dios infinitamente trascendente y, a la vez, Padre que mora en lo íntimo de nosotros, esta preparación tiene una importancia que no siempre se le da en la práctica. El obstáculo de la impuntualidad se acrecienta cuando se llega ya una vez comenzada la alabanza. Por más cuidado que se ponga, casi siempre es un elemento distractivo para los que han entrado en oración. Entonces es cuando se ha de procurar que cada uno, aun exteriormente, contribuya a la edificación de sus hermanos y aporte su recogimiento, para sumergirse totalmente en el trato con Dios, personal y comunitariamente.  Es preciso, pues, que los servidores vayan educando a los participantes en su responsabilidad respecto de la buena marcha del grupo de oración y del crecimiento en ella que depende de todos. Entre las aportaciones que pueden dar, una es ser puntuales a la oración, ya desde sus mismos comienzos, y, si es posible, desde su preparación.  Por otra parte, el comienzo, suele estar muy relacionado con la terminación de la oración: si ésta comienza más tarde de lo programado, por impuntualidad, la terminación se alargará. Teniendo en cuenta que casi todos los grupos de oración se reúnen de tarde o de noche, la tardanza en llegar al hogar puede causar verdaderos problemas, sobre todo, cuando se trata de madres de familia, de esposas que tienen que desplazarse lejos o cuyos esposos, por no estar integrados en los grupos, suelen ver con disgusto su llegada al hogar a una hora tardía.

b)

La sordera.

Si en un grupo de oración relativamente numeroso, sobre todo, predominan las personas de edad avanzada, siempre habrá varias de ellas qe tendrán dificultad de oír bien lo que se dice en una voz discreta. Esta dificultad en oír es causa, a veces, de cierta intranquilidad provocada por las personas que no oyen bien y que quieren participar de lo que se dice. Aunque esto no suceda, si no se las tiene en cuenta y se las atiende de algún modo, se las está privando de una parte del bien que pueden recibir, como miembros de la reunión de oración. La caridad y la delicadeza se han de esmerar con dichas personas de modo que, si es posible, se las coloque discretamente allí donde puedan oír con más facilidad. Sin llamar la atención sobre su defecto físico, se las atiende como a miembros especialmente necesitados, en una enfermedad que suele causar disgusto interior en la persona que la padece. De no hacerlo o de no saber actuar con delicadeza con ellas, se corre él peligro de que abandonen el grupo de oración cuando se dan cuenta de que apenas oyen lo que se dice o de que no se las trata con la consideración humana debida, ni con la caridad que cualquiera, en su misma situación, desearía se tuviera.1

c)

La debilidad de la voz o el hábito de hablar para sí.

En esto no suele haber problema cuando se trata de un círculo de pocas personas, colocadas las unas cerca de las otras. Pero si el grupo es mediano o numeroso, el problema puede llegar a ser grande. Hay personas de una voz débil y las hay de voz normal o fuerte pero que han adquirido el hábito de hablar bajo. Parece que no caen en la cuenta de que están en una comunidad en la que se habla para todos. Cuando esto sucede, se crea cierta tensión interior, cierta impaciencia por no oír bien lo que se dice; se hace un esfuerzo sin resultado y se termina prescindiendo de lo que expresan para ponerse aparte, para aislarse interiormente del grupo. Es preciso evitar este obstáculo. Hay modos diversos de hacerlo: invitando a alzar la voz a los que pudiendo hablar más alto, no lo hacen por una costumbre adquirida; poniendo en sitio más accesible a quienes, por la razón que fuere, tienen una voz débil; haciendo correr un micrófono por el grupo para solucionar esta dificultad, si no fuera posible de otro modo. La intervención discreta del que dirige el grupo de oración estará al tanto de estos obstáculos que impiden la actuación de la gracia y hacen menos apetecible la asistencia a él. En un grupo "sano" se tienen en cuenta ésta y otras dificultades parecidas y se procura remediarlas. Cuando está de por medio, como en los grupos de oración, el fruto espiritual que se saca de ellos, frecuentemente abundante, se ponen los medios adecuados para remediarlos. Aun la unidad espiritual se resiente, de algún modo, cuando esto no se hace. A veces, la mala o deficiente audición se debe a la dispersión de las personas que se colocan unas distantes de las otras. Con tacto y con firmeza se ha de procurar invitarlas al centro, que, ordinariamente, suele quedar vacío.

2. Obstáculos provenientes de causas psicológicas. a) La angustia. • Hay muchos obstáculos de origen psíquico. Frecuentemente, se esconden detrás de manifestaciones diversas, verdaderos mecanismos de defensa. Es preciso tener una discreta atención a estos casos que pueden ser un obstáculo al bien de una parte o de toda la asamblea. Se impone, además, una atención especial a tales personas a su tiempo y al modo debido. Aquí indicamos algunos de estos obstáculos. ¿Quién no ha estado alguna vez bajo el dominio de una angustia más o menos aguda? • La angustia es, en expresión de R. Spitz, inherente a la condición humana. Siempre que se hace necesaria una nueva adaptación, el individuo vuelve a sentir, temporalmente, la angustia. Cuando se es capaz, aun a costa de dolores, de crear las condiciones de la adaptación, la angustia se va diluyendo, desaparece.2 • A veces nos encontramos en los grupos de oración con sujetos que usan constantemente fórmulas repetitivas para expresar su oración. Es un esquema que se han fabricado inconscientemente y que salta a sus labios regularmente. Oculta su verdadera realidad: su angustia interior cuya causa puede ser diversa. Importa tener en cuenta estos casos que perturban la oración del grupo y atender a tales personas como convenga. El camino de la sanación interior parece ser el indicado, sin descartar el tratamiento que puede provenir de la psicología o de la psiquiatría. Con síntomas menos acusados, pero reales, pueden ser más frecuentes los casos de comportamiento repetitivos y que también resultan obstáculos al fruto espiritual del grupo. b) La sobrevaloración de elementos importantes pero no fundamentales en la reunión de oración.

No es difícil hallar grupos de oración que no han crecido, como era de esperar, después de largo tiempo, por un error de visión. Es posible, que en el fondo del problema se encuentre una falta de instrucción y de educación del grupo por parte de los servidores. Cuando no hay una doctrina sana y una persuasión interior sobre la importancia de la alabanza y de la acción de gracias, de la Palabra de Dios como elementos fundamentales de la oración comunitaria en las reuniones de oración, el grupo se centra en otros elementos importantes, pero no fundamentales. ¿Quién duda de que el testimonio de la obra del Señor en la vida de una persona, cuando es realmente auténtico y se propone adecuadamente, causa una profunda conmoción interior, fruto de la acción del Espíritu Santo? ¿Y de la petición hecha por una comunidad que vive en unión estrecha con Cristo y con los hermanos? Es algo que debe estar presente en el grupo de oración. Sin embargo, apegarse a estos elementos tan estimables y darles en la práctica una prioridad que no tienen, a costa de otros elementos en los que debe, sobre todo, centrarse la actividad oracional del grupo, puede obstaculizar el crecimiento espiritual del mismo. Los servidores, pues, han de velar para que cada elemento tenga la importancia que le corresponde y que el tiempo que se le dedica, flexiblemente, esté en estrecha relación con su importancia. Los grupos de oración en la Renovación Cristiana en el Espíritu Santo tienen sus propias características y están constituidos por elementos que, siendo todos ellos importantes, no son igualmente fundamentales. También la acción del Espíritu se hace más o menos intensa en la medida en que se le dé una oportunidad mayor o menor a través de ellos. Con los obstáculos señalados, no quedan agotados los que, realmente, obstaculizan la eficacia de la acción del Espíritu en los grupos. Hemos indicado algunos; se han puesto a modo de ejemplo. Los servidores de los grupos, a través de una experiencia ponderada, irán detectando otros tan importantes, y aún mayores que los enumerados. No importa demasiado que sean incluidos correctamente en un apartado u otro, aunque esto facilite la aplicación del remedio. La evaluación frecuente del grupo, el cambio de pareceres, la oración confiada al Señor pidiendo su iluminación, irán descubriendo impedimentos reales que van minando la acción de la gracia y pueden llegar a hacer poco menos que árido a un grupo de oración. Por eso, una vigilancia discreta y pacificante, no alterada, enfermiza, obsesivamente preocupante o precipitada, es un elemento indispensable en todo grupo de oración que verdaderamente quiere crecer y que está consciente de la debilidad humana y de la acción destructora del mal espíritu.

3. Obstáculos provenientes de causas espirituales. Son diversos y múltiples. Indicamos algunos a modo de ejemplo, procurando seleccionar varios que ofrecen una frecuencia e importancia especiales. a) Los prejuicios. Uno de los obstáculos más perjudiciales son los prejuicios: Estos pueden tomar diversas formas:  A veces se trata de una toma de actitud predeterminada de antemano respecto de todo el grupo de oración o de alguno de sus elementos fundamentales. Hay una predisposición negativa que impide abrirse total o parcialmente a la obra del Señor, dejarse captar por el grupo en alabanza, entrar en el espíritu de oración. Cuando el prejuicio es fuerte, acapara a la persona y la inmoviliza espiritualmente. Nada o muy poco de lo que allí se dice o se hace es recibido con apertura y como obra del Señor. Puede ser que estos prejuicios tengan algún fundamento real, que estriben en alguna mala experiencia tenida. No pocas veces, se adelanta el juicio a una sana y prolongada experiencia vivida en ellos, y se forma bajo el influjo de una formación intelectualista. Más de una vez, responden a expresiones oídas respecto del modo de proceder en el que se toma como importante lo que en la misma Renovación se considera de valor relativo: el orar corporalizando, a veces, la oración, por ejemplo, levantando los brazos, etc.

Los prejuicios, como insinuamos, se convierten en un serio obstáculo para la buena marcha del grupo de oración. Cuando se trata de una persona aislada, será ella la que sufre los efectos de su actitud. Cuando son varias, sobre todo si es un grupo pequeño, no dejará de influir en todo él. No podemos olvidar el hecho de la intercomunicación a nivel de Cuerpo Místico, ni el influjo inconsciente, a través de la captación de los estados de ánimo de los demás que comparten un mismo grupo. Por eso, en auténtica lealtad para consigo mismo y para con el grupo, se impone reconocer la actitud que domina en uno; cosa no tan fácil cuando uno se halla bajo el fuerte influjo de una en particular. Sería muy deseable que la persona afectada, en un acto de sencilla humildad, dialogara con quien crea puede ayudarla en su situación, a aclararle aspectos obscuros para ella, a reorientar razones que la predisponen y aun a orar por ella y con ella para ser liberada del obstáculo que le impide ver objetivamente y recibir el beneficio del grupo reunido para alabar a Dios. Y, lo más importante de todo, la persona debe caer en cuenta de que es el Espíritu quien ha de ayudarla a colocarse en una actitud receptiva de su gracia. Los prejuicios, en el caso concreto de la Renovación y de los grupos de oración particularmente, están privando a muchas personas de recibir esta "corriente de gracia" que el Espíritu Santo ha suscitado en su Iglesia en nuestros días.

b) La racionalización. • Podría también formularse como la excesiva preocupación por hallar el "hilo rojo", o la coherencia de cuanto el Señor ha dado a la asamblea en la oración. Ciertamente, más de una vez, el Señor suscita una alabanza que viene a tener un núcleo en el que se nutre y al que se orienta. La expresión con que sintetizamos cuanto intentamos decir puede también resumir el pensamiento de que: "hoy, por ejemplo, el Señor nos ha revelado la paciencia del amor del Padre", como síntesis coherente de cuanto El ha hecho en el grupo. Sin duda que ambas cosas pueden suceder, y de hecho suceden, en el grupo de oración. Pero los dos casos deben ser tomados con flexibilidad y mesura. No podemos encerrar la acción del Espíritu en nuestros esquemas prefijados. • La relación que predomina entre Dios y el alma, entre El y la comunidad orante es la del amor. Y el amor no es generalmente lógico. El amor se da generosamente y hace brotar y robustecer la vida. Esta vida que se comunica a las personas y a la comunidad es lo que principalmente hay que resaltar. Sin excluir la coherencia ni el don especial de una revelación determinada, se ha de tener cuidado de no intentar racionalizarla. La. realidad profunda de la acción de Dios es multiforme y siempre va impregnada de un amor que trasciende cualquier otra realidad. A esta luz podemos, igualmente, afirmar la peligrosidad que implica tratar de juzgar y medir por el mismo rasero la obra del Señor en diversos grupos de oración. Sí hay síntomas, modos de proceder del grupo o de los servidores, por los que se puede expresar un juicio sobre la manera correcta o incorrecta de actuar, que pueden obstaculizar la acción del Espíritu. Pero a la hora de valorar la profundidad de la acción de Dios, cuando el grupo se ha desarrollado en el orden, él fervor, la apertura hemos de mantenernos a discreta distancia y ser cautos en valorar la medida de la acción del Señor. c) La obsesión de los carismas. • "Ciertamente, somos de la Renovación y en ella creemos que el Espíritu otorga carismas en abundancia para la construcción de la asamblea. Pero de aquí a vivir una real 'caza de carismas1 (...). La enfermedad está en esta obligación: puesto que somos carismáticos, es necesario que cada hermano y cada hermana tenga un carisma reconocido y lo ejerza. Y he aquí que lo tenemos constreñido a ejercitar su o sus carismas"3 • El carisma más peligroso en este sentido es, sin duda, el de profecía. Hay grupos de oración en los que prácticamente se le viene a imponer a una persona el ser un "profeta". Todos, por el hecho de ser bautizados, podemos decir una palabra que resulta una fuente de vida para otro. Pero, al hablar de profecía, entendemos el carisma por el que se habla en nombre de Dios, y se expresa algo proveniente de él a la asamblea. Es un don gratuito de Dios y en modo alguno se puede institucionalizar, ni programar. • Esto no equivale a desvalorizar los carismas. Son dones gratuitos del Espíritu y, por lo tanto, deben ser recibidos con humildad y agradecimiento, y han de ser usados con responsabilidad, aun corriendo cierto riesgo prudente. No hay otro modo de reconocer si uno tiene un carisma determinado, por ejemplo, el de curación, si no es orando ante la demanda de un enfermo. Pero la obsesión por los carismas va mucho más allá y se constituye en una dificultad real y aun seria para la buena marcha de un grupo de oración. En vez de ayudar mucho a la obra del Espíritu en el grupo, la obstaculiza y apaga. d) Constituirse en un "dirigente humano" dentro del grupo de oración.  No es difícil que la persona responsable de un grupo de oración y aun el mismo grupo, llegue a formarse un patrón inflexible del papel del dirigente. Este, fundamentalmente, consistiría en distribuir responsabilidades y, prácticamente, ahí terminaría. Ciertamente, la reunión de oración debe transcurrir dentro del orden y de cierta discreta previsión. Como en toda actuación humana, y de un modo especial en la conducción de un grupo de oración, no resulta fácil armonizar el orden y la flexibilidad; evitar la improvisación y dejar que el Espíritu sea, en realidad, el principal agente sin encuadrar su actividad en esquemas que, no sólo no cooperan y preparan su obra, sino que la obstaculizan por la rigidez.  Este es un punto difícil en el que tiene peligro de quedar envuelta la misión del servidor. Ciertamente a él le toca velar discretamente para que todo se realice en el orden que recomienda San Pablo (1 Corintios 14,29-30). Competencia suya es prevenir la "improvisación" de las personas más lanzadas y dar la importancia debida a los elementos fundamentales que integran el núcleo de la oración comunitaria del grupo. Pero todo ello ha de saber realizarlo sin acaparamientos propios, como si él solamente fuera capaz de actuar y de imponer "papeles" a los demás.  De nuevo hay que recordar la parábola del "Buen Pastor" (Juan 10,11 y siguientes) que debe ser la fuente de inspiración de todo el que, de algún modo, participa en la función de Cristo.

Su espíritu debe ser abierto, acogedor, valorador de cualidades y dones, promotor de la personalidad de sus hermanos, solícito en facilitarles a los demás la expresión de lo que el Señor ha puesto en ellos. Por eso, ha de evitar cuidadosamente constituirse en el centro del grupo y el "'imprescindible" sin cuya presencia y permiso nada se ejecuta. Y ha de velar, igualmente, para que el grupo no llegue a "idealizarlo", de modo que se encuentre atado a él como si fuera la persona que lleva en su puño al grupo. Esto tiende a estancarlo, a ponerlo en una situación peligrosa, si llega a tener que dejarlo, a absorber lo que corresponde al que debe ser el centro de la oración y sin cuya acción todo resulta inútil y aun dañoso espiritualmente, Cristo Jesús por su Espíritu. e) La falta de preparación debida para asistir al grupo de oración. • Ciertamente, no podemos comparar la importancia de un grupo de oración y la recepción de un sacramento. Pero cabe afirmar hasta cierto punto, lo que decimos de la gracia recibida en él. La preparación condiciona notablemente la eficacia del grupo, para la asamblea y para la persona. Cuando ésta se acerca al grupo tocada de una fe profunda de que el Señor la espera, de que se reúne para alabarlo, adorarlo, darle gracias; para ser transformada en su interior por la acción del Espíritu, está disponiendo su alma para que el Señor actúe profundamente a lo largo de toda la oración. Verdaderamente, hay un tiempo previo a la entrada en ella en que se trata de preparar a los asistentes para hacerse receptivos a la acción del Espíritu Santo. Es muy importante, pero no siempre se toma con esta actitud interior ni se deja uno captar por el ambiente. • La acción del Espíritu se intensificaría notablemente en cada persona y en el grupo si se llegara a él con verdadero deseo de alabar a Dios, de oír y responder su Palabra, de unirse a sus hermanos para vivir con ellos la vida de Jesús durante el tiempo de oración y de trasladarla, después, a la vida cotidiana de cada día. Estas disposiciones son también fruto del Espíritu y hay que pedirlas humilde y constantemente. Algo se ha dicho de la preparación en otra parte. Debemos darle la importancia que realmente tiene para no convertirnos en un obstáculo por la pereza en prepararnos. No se trata de sentirnos bien dispuestos, sino de ponernos en espíritu de fe a los pies del Señor y de suplicarle que se digne revestirnos de las disposiciones mejores, para poder alabarlo como se merece e irnos transformando en él progresivamente. f) El individualismo.  Creemos poder expresar lo que queremos a partir de la comparación de San Pablo del Cuerpo místico (1 Corintios 12,12-27). Podemos establecer los siguientes principios que resumen el contenido de la doctrina del apóstol: Cada miembro es en el cuerpo un elemento parcial necesario (1 Corintios 12,21 y siguientes). Los miembros son elementos autónomos entre sí; no son simplemente intercambiables. Es decir, los demás miembros, por ejemplo, no pueden desempeñar la función propia del ojo (1 Corintios 12,15). Sin embargo, dentro de la propia autonomía, están sabiamente ordenados unos miembros a otros de modo que en esa armonía se alcanza y se realiza la totalidad que llamamos cuerpo.  Esta imagen es aplicada por Pablo a la estructura carismática de la Iglesia (1 Corintios 12,28): No todos tienen la misma función. Su misión dentro de la comunidad es insustituible, necesaria, pero al mismo tiempo autónoma, puesto que es distinta y no es sustituible por los demás. Cooperando al mismo fin último, sin embargo, lo hacen en sentidos y formas diferentes. El Espíritu Santo es, a la vez, el principio de la diversidad y de la unidad, en la Iglesia y en la comunidad reunida en el nombre de Jesús que es signo de la gran Iglesia de Cristo.  Si aplicamos esta doctrina al culto cristiano, en nuestro caso, a la reunión de oración (1 Corintios 14,26), hemos de afirmar que ninguna aportación es superflua; al contrario, todas son necesarias. Sin ellas, no sería posible la diversidad en la unidad ni la unidad diversificada. No podríamos, mediante la acción eficaz del Espíritu Santo, tener la experiencia comunitaria del "nosotros". Pero toda aportación, dentro de su necesidad, es autónoma; el individuo, libremente, puede colaborar solamente con la fuerza del don que ofrece: es un don estrictamente personal; su don nadie puede ofrecerlo por él y, al mismo tiempo que es un don precioso de la persona, es una manifestación de su valor peculiar. Y, precisamente, con la cooperación de todos, en su autonomía, se forma la unidad del todo: todos participan y todos dan. Participan de su alabanza y se benefician de la de sus hermanos; dan su carisma y éste, a su vez, provocará por la acción del Espíritu, otros diversos (1 Corintios 14,26), que van a edificar a los hermanos, a la asamblea, en la caridad.  Este dar y recibir espontáneo es lo que hace el culto carismático: no se da y se recibe "para sí", sino para los demás, se está en un orar y actuar "comunitariamente" por una actuación común. No se trata de una unión desde fuera, sino desde dentro, cuando hay una intención, al menos implícita de orar juntos, de alabar en unión con los demás con la fuerza del Espíritu. Esta aportación autónoma y una, a la vez, la experiencia del Espíritu de Jesús y del Padre o la experiencia trinitaria, es lo que hace que la oración en los grupos de la Renovación Carismática tenga una gran fuerza de atracción, de construcción de la persona y de la comunidad, de transformación interior y de irradiación social.4 Cuando la persona se aísla queda fuera de este dinamismo. En los grupos de oración hay que poner un serio empeño en que el individualismo no mate esta hermosa realidad.

NOTAS

1. 2. 3. 4.

V. Aufauvre, "L'ecoute de la Parole, La vie des groupes de priere", (varios), Ploermel 6-9 Juillet, 1981, 2-3. (Policopiado). N. Sillamy, "Diccionario de Psicología", Plaza y Janes, Barcelona, 1969, 27-28. V. Aufauvre, o.c., 6. Cfr. H. Muhlen, "Espíritu, Carisma, Liberación", Secretariado Trinitario Salamanca, 1976, 219-222.

XIII DIFICULTADES Y PROBLEMAS EN LA VIDA DE LOS GRUPOS DE ORACION: LA ACTUACION DEL SERVIDOR 1. Consideraciones generales.
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Los problemas, dificultades y obstáculos son inevitables: Los creamos, a veces, nosotros mismos-, los crean otros; los crea la misma reunión de oración. Satanás los aprovecha y los crea también. Esta realidad no debe escandalizarnos ni desilusionarnos: es inherente a la fragilidad, inconstancia, imprevisión, egoísmo, falta de entrega al Señor seria y responsable, etc. El mismo Señor los tuvo en su vida creados por sus enemigos y hasta por sus mismos apóstoles. No podemos pretender actuar siempre del modo mejor, ni contar con una comunidad ideal. Tampoco lo fueron las primitivas comunidades cristianas (Cfr. 1 Corintios). Pero esto no debe ser una justificación para la pereza, el "dejar ir las cosas". Sí debe ser un aliciente y estímulo para procurar disminuirlas, eliminar su gravedad, suprimir las más peligrosas y aun aquéllas que pueden serlo. Debemos tomar una mayor responsabilidad, ser más previsores, sacar experiencia de los desaciertos y problemas pasados, acudir más intensamente a la oración, ayudarnos más eficazmente los unos a los otros, establecer como objetivo supremo la ley del amor de Jesús, procurar ser y actuar en nuestra vida como El. Una vez que los problemas aparecen, hay que enfrentarlos convenientemente, siempre armonizando los sanos recursos humanos y la oración intensa con una confianza inquebrantable en la ayuda del Espíritu de Jesús (Romanos 8,28). Puesto que contamos con tal realidad los servidores deben estar revestidos de paciencia, fortaleza, constancia, tacto, unión entre si, oración constante, discernimiento, disponibilidad, espíritu de sacrificio, de la paz y aun del gozo profundo en medio de las dificultades por experimentar la cruz del Señor; liberación del "quedar mal", liberación de una falsa comprensión de la caridad. Una vez que acontecen, debemos estar prestos y saber actuar para que el mal y los problemas se conviertan en un mayor bien y sean una experiencia que enriquece, valiosísima para el futuro. La Renovación Carismática, por más que sea una preciosa corriente de gracia, no se halla al margen de las dificultades y problemas. Cuando no damos ocasión para ellos, puede ser un signo de purificación y una medida de la eficacia de la obra del Señor: la participación en la Cruz de Cristo de modos diversos. Pero esto no exime de poner, con paz y fortaleza, lo mejor de nosotros en remediarlos y solucionarlos. Para los dirigentes debe ser como un axioma siempre presente en su corazón: el precio del discipulado de Jesús y el precio del trabajo en su Reino está señalado con la cruz gloriosa. Debe, pues, acercarse a su servicio (al de Cristo) esperando participar con El y como El en la cruz que lleva a la resurrección.1

2. Los problemas que los dirigentes tienen que enfrentar ordinariamente. Por más que sean excelentes servidores, tendrán que enfrentar los problemas que indicamos (otros que no se enumeran, harán acto de presencia más de una vez). • Reuniones de oración tristes, opacas, mortecinas, cuando las personas no responden al Espíritu que urge a la alabanza y uso de los dones carismáticos. • Mala comprensión respecto de la actividad de Dios. Las personas se admiran porque Dios no las ayuda más o parece abandonarlas o permite cosas que empeoran la situación. • La falsa y disgregadora profecía, ordinariamente dada por personas perturbadas que sobreestiman las manifestaciones carismáticas. • La inhabilidad de individuos para integrar la nueva acción del Espíritu de Dios en sus vidas con las obligaciones de su estado de vida. • Personas psicológicamente inestables. • Dificultades en las relaciones humanas: un choque de personalidades (quizá aun entre los mismos dirigentes); implicaciones emocionales, celos respecto de los talentos, habilidades o las tareas de servicio. • La actividad de Satanás, manifestada abiertamente en acciones que desunen o manifestadas "suavemente" dentro del corazón de alguno de los miembros que se ha desviado.  La dificultad o falta de habilidad por parte de los servidores, para enfrentar debida y eficazmente los problemas que surgen en los grupos de oración.2 3. ¿Qué deben hacer los servidores si juzgan que las reuniones de oración no marchan bien. Deben dar ciertos pasos: • Informarse convenientemente, con objetividad, de la realidad y hasta dónde llega el mal. • Tratar (discutir) sosegadamente, en espíritu de oración, entre ellos el problema, intentando analizarlo y buscar las soluciones más adecuadas. • Una vez tomadas las resoluciones, deben ser cumplidas, aunque lleve consigo decir cosas duras a algunas personas que sean de hecho las causantes de las dificultades. • Si los servidores a quienes corresponde no pueden solucionar el problema, pedirán ayuda a las personas adecuadas para esa misión. (En nuestro caso, habiendo diferentes Equipos con responsabilidad superior, lo más acertado será acudir a ellos-, aun al Equipo Nacional, al Asesor Nacional, y, si el caso lo requiera al Obispo de la diócesis correspondiente). • Todo debe ser hecho en la mayor responsabilidad, objetividad, espíritu de oración, paz y caridad.3 (Indicaciones más concretas, se indican en cada nivel de actuación del servidor).

4. Prevenir y evitar dificultades y problemas en lo posible. Esto se hará más asequible y fácilmente:  Si se tiene buen cuidado de no admitir como servidores a los que no son llamados a servir.  Si los servidores conocen y progresan en el conocimiento de su misión y saben actuar previniendo y enfrentando la situación oportuna, discreta, caritativamente; con suavidad y fortaleza a la vez.  Si, pacientemente, se va educando al grupo de oración y se le da una instrucción adecuada.  Si se tiene como fin primordial vivir y crecer en el amor en Cristo, amando a cada uno con el amor con que El nos ama. Ser como Jesús.  Si se insiste en la oración y ésta va profundizándose y haciéndose más sincera y comprometida.  Si se deja al Espíritu Santo que actúe como agente principal y encuentra en nosotros diligentes, humildes y constantes colaboradores. 5.

Las dificultades que pueden crear los recién llegados al grupo de oración y la actuación del servidor.

Poblemos: Ordinariamente, no conocen lo que está envuelto en una reunión de oración. Es difícil tener una reunión de oración auténtica, si los nuevos son demasiados con relación al número total. En general se sentirán extraños, fuera de ambiente. Estos obstáculos se pueden superar con una afectuosa acogida; con charlas introductorias por separado y la formación de pequeños grupos. Serán reintegrados al grupo de oración una vez terminada la instrucción especial; se supone que esta se da al mismo tiempo en que se imparte la general.  El modo de orar espontáneo y los recién llegados: Frecuentemente son muy atraídos por la espontaneidad y sencillez del grupo de oración. La mayor parte comienza a usar pronto este modo y van asumiendo otros aspectos del grupo de oración. A veces, sobre todo cuando se trata de personas de formación muy intelectualizada o que van con prejuicios, tardan en abrirse a la oración espontánea. Procúrese explicarles, por separado, este modo de orar, enseñarles la manera de practicarlo y aun iniciarlos en él.  Reacciones ante el don de lenguas: Son diversas: Algunos se sienten muy atraídos. Otros tienen serios prejuicios. A muchos, les falta un conocimiento exacto. Para no pocos, resulta un "espectáculo", y hasta se escandalizan. Otros lo toman con calma: ni se perturban ni los atrae.  El servidor procurará tomar el pulso a las diversas reacciones y actuar de acuerdo al bien general, sin desconocer las dificultades de los que llegan. En todo caso, evítese la profusión en su uso; el "desorden". Si se les va instruyendo convenientemente, por separado, y enseñándoles a tomar actitudes constructivas, se habrá conseguido mucho.  No se les hable del don de lenguas prematuramente, ni menos se les quiera iniciar antes de tiempo. La iniciación es algo delicado: no se debe hacer en grupos numerosos, sino pequeños y mejor individualmente, con gran discreción. No se debe dejar en manos de cualquier persona, sino en las realmente entregadas al Señor, prudentes y con experiencia.  ¿Cuál es el programa normal para los recién llegados: La mayor parte de los grupos de oración tienen charlas introductorias en las que se explica la historia de la Renovación Carismática y se responde a preguntas sobre los dones. (Insistimos en no hablar sobre ellos prematuramente, sino a su debido tiempo). 6. La tentación de "abandono". R. Wild aborda en alguna ocasión, lo que designa con el nombre de experiencia postcarismática. Se refiere al hecho observado en algunos antiguos participantes en los grupos de oración que afirman "haber sobrepasado ya la espiritualidad de los grupos de oración". Allí, dicen, cayeron en la cuenta de la importancia de los carismas y se abrieron a ellos; allí también conocieron la dignidad del cristiano como bautizado y ahora se están insertando en varios ministerios dentro de una Iglesia más amplia. Intentamos decir algo a este respecto que pueda servir de orientación en un punto que, pensamos, nos es poco conocido personalmente como acontecimiento en nuestro medio. El hecho de que haya personas que dejan de asistir a los grupos de oración por una causa o por otra, es inevitable. No hemos de ser rigurosos en nuestro juicio y atribuirlo sencillamente a una "deserción". Es posible, y aun cierto, que algunos, lejos de un "capricho", de un "cansancio" tan propio del ser humano, de una interpretación falseada de una llamada particular de Dios, sean realmente invitados por El a misiones más amplias, a tareas dentro de la Iglesia que les parezca exceder los límites de la Renovación. Aun en el supuesto de que fuera auténtico este modo de enfocar las cosas, y que estuviera de por medio una verdadera voluntad del Señor, creemos que no implica el "abandono" del grupo de oración o la comunidad carismática y poner fin a los beneficios que reportan. Si realmente se ha captado lo que significa la transformación propia cuando uno ha descubierto y se abre al Espíritu la alabanza, la adoración y acción de gracias, no parece ni oportuno ni un buen paso terminar con esta "corriente de gracia" que fluye del grupo, reunido en amor para alabar al Señor, aunque pueden darse otros modos distintos del que se usa en la Renovación. Es fácil ilusionarse, considerarse llamado a metas más altas si no se discierne debidamente, ayudado por quien puede ver objetivamente y a la luz de Dios, la propia situación. No creo que sea correcto designar de "espiritualidad" peculiar de la Renovación el modo que suele prevalecer en los grupos de oración. Y pienso que muchos autores espirituales tendrían dificultad de clasificarla como tal. Un modo de ir a Dios, de convertirse con su gracia por la acción del Espíritu Santo y que, pensamos, debería abarcar a todo cristiano es la alabanza desinteresada, ferviente, profunda al Señor, aunque haya diversos modos de expresarla.

La perseverancia en los grupos de oración que van madurando y creciendo, no obstante sus imperfecciones, son una bendición de Dios, que, según un autor, hay que tratar de aumentar y multiplicar a lo largo y ancho de nuestro mundo. Esto no entra en competencia con otras modalidades de acercarse y crecer en el Señor. Pero la ya relativamente larga experiencia demuestra que están beneficiando mucho a la Iglesia y que han sido para no pocos el lugar del encuentro definitivo con el Señor. Por otra parte, sin turbarnos, hemos de considerar y respetar sus razones y concluir que hay modos diversos de beneficiarse con la Renovación Carismática. En ella, en sus grupos de oración, de hecho existe, cada vez en mayor amplitud y profundidad, lugar para los servicios que requiere el pueblo de Dios. La Renovación no es para sí misma, sino para la Iglesia. De ahí la importancia de insertarse en la diócesis y en la parroquia. Dentro de ella, caben servicios de una aparente ineficacia, pero de valor real ante el Señor. Y caben también servicios que parecen mostrar una dedicación más plena y un poder del Espíritu más profundo. Aun se admite, y no es infrecuente, el que existan grupos de oración interparroquiales e interdiocesanos. No hemos de extrañarnos demasiado del hecho. Este ha de ser como una voz de Dios, una llamada que discretamente dirige a la Renovación para que los grupos de oración estén continuamente tratando, con la ayuda del Espíritu, de profundizar su "espiritualidad": de incluir a los más maduros entre sus servidores, y formarlos cuidadosamente; de ir trabajando incesantemente en la profundización de la conversión y la maduración de sus miembros para que no dejen el grupo, ilusoria o realmente, en orden a seguir "la guía del Señor para un ministerio en una Iglesia más amplia". Este ministerio, después de todo, lamentando el abandono de los grupos, sería también un servicio de la Renovación al mundo. En él la persona encontró al Señor, se abrió a los carismas y al deseo de una mayor santificación y servicio. Pero ya se ve el peligro de sucumbir a una tentación que, aunque no siempre sea, sí amenaza a personas bien intencionadas y deseosas, pero en las que puede suceder que el discernimiento sea débil e incluso mal orientado. Recordemos, a este propósito, las reglas de discernimiento ignacianas de segunda semana. En ellas se nos pone en guardia contra la sutileza de Satanás en tentarnos revestido de ángel de luz. (EE. 328-336). Si después de haber frecuentado nuestras reuniones, tienes la impresión de no progresar, no hay duda de que el Señor te llama hacia algo nuevo, no que debes abandonar la Renovación. Por otra parte, el abandono de la Renovación por parte de algunos de sus miembros, como en otros movimientos de la Iglesia, es, tomado en su conjunto, inevitable. Pero es preciso que no nos dejemos impresionar por este hecho. Lo importante es que el Espíritu Santo vaya profundizando su obra en nosotros, que los grupos de oración sean cálidos, fervientes, que nos abramos a la acción del Espíritu actuante en ellos; que cooperemos en realizar una comunidad fraternal; que nuestro compromiso apostólico se fortalezca junto con una profundización de la conversión inicial; que perseveremos en la asistencia semanal a ellos. No debemos olvidar la importancia, a veces decisiva, de tener un equipo de servidores verdaderamente celosos de su grey y llenos del amor de Jesús y disponibles a la acción del Espíritu Santo. Estos recursos fundamentales, aunque no eliminen totalmente el abandono de algunos, sí contribuirán poderosamente a fortalecer la decisión de muchos. La "nueva vida en Jesús" comenzada en el Bautismo o Efusión del Espíritu Santo, se irá enraizando en Cristo, crecerá y se irradiará a otros aspectos religiosos esenciales: la recepción de los sacramentos, la oración personal, la vida de servicio en el amor.

NOTAS

1. 2. 3.

Se recomienda leer T. W. Engstromm, "The Price of Leadership", en: "The Making of the Christian Leader", Zondervan, Publishing House, Michigan, 1976,95-102. V. M. Walsh, "A Key to Charismatic Renewal in the Catholic Church", Abbey Press, St. Meinrad, 1976,230-231. A estas dificultades y problemas habituales, habrá que añadir otros, más o menos frecuentes. Ni se descartan las crisis, más o menos profundas y duraderas; Cfr. "Prayer Group Workshop", o.c., 69-76; 105-172. Cfr. V .M .Walsh, o.c., 216.

XIV PREPARACION PARA LOS GRUPOS DE ORACION "Cuando se haya advertido que se desarrolla más energía espiritual en el conjunto del grupo comunitario que en la suma de sus componentes, que se percibe más claramente en estos hogares de fe y oración, reunidos en Iglesia, la presencia Casi palpable de ese huésped invisible que es el Espíritu Santo, que el Espíritu está tanto más presente cuanto se le haya invocado más explícitamente (siempre en la Iglesia), el soplo carismático, es decir, la acción poderosa y perceptible del Espíritu se desarrollará de forma totalmente nueva en nuestros grupos. Todo el conocimiento de la vida del Espíritu anterior al Vaticano II habrá pasado a la conciencia y a las realidades posteriores al Vaticano II. Esta vez no sólo en los textos escritos sino también en la vida de los cristianos".1  No se trata de la preparación del grupo de oración sino de la preparación del sujeto que va a actuar en él (del servidor y de los demás asistentes).  Se indican algunos modos; no se agotan ni se excluyen otros.  Debe examinarse la persona con frecuencia para ver si pone los medios adecuados para que el grupo de oración produzca en ella los frutos que el Señor desea. Se puede hacer una comparación "analógica" con la actuación de los sacramentos, a partir de lo que son, de la actuación del recipiente, tomando como ejemplo la Eucaristía. 1. Preparación.

a)

Preparación remota: — Limpieza de conciencia. — Vida de oración durante la semana: personal; en pequeños grupos si es posible. — Tomar conciencia del momento privilegiado de la semana. — Pedir al Señor la gracia de "abrirse a su Espíritu". — Pedir por el grupo, por los servidores, por la propia persona. — El perdón dado y recibido. — El amor practicado, sobre todo, si lleva consigo sacrificio. — Alguna penitencia conveniente. Preparación próxima: Preparación exterior:

b)

— Tomar con tiempo el dejar las cosas dispuestas en la casa para que no sean causa de preocupación en la oración o de
impuntualidad. — No dejar para última hora arreglar el transporte, los avisos que se hayan de dar... libros de canto, etc. — Local apto, preferible ante el Santísimo, en la Iglesia. Preparación interior: — La actitud de "pobreza espiritual". — La motivación de por qué asisto. Purificarla. — El saludo, la acogida a los hermanos que llegan, llena de paz y de amor. — El ambiente de paz interior. — Dejarse captar por el sano ambiente exterior. — Dejarse captar por el ambiente interior. — Dejarse captar, sobre todo, por el Señor: apertura al Espíritu. — Orar antes, aparte, en el grupo de servidores. — La presencia de María, modelo de apertura, de oración intensa; su poder intercesor. 2. Amplificación de la preparación. a) Recordando lo que el grupo de oración debe ser.

• •

El énfasis está no en la primera sino en la segunda palabra. No puede convertirse en un lugar de gran actividad, ni su importancia reside en la belleza del ministerio de música, ni en el amor humano y acogida que se presta a los miembros que acuden, ni en la calidad de la enseñanza que se imparte, ni en el poder del ministerio de sanación. Todo esto puede darse en él, pero la importancia del grupo se halla en que es de oración. Este es el punto focal; esto es lo que confiere al grupo su fuerza y su característica más fundamental. El grupo de oración no es principalmente para hacer cosas "buenas" por Dios, sino para volvernos con todo nuestro corazón a El, con todo nuestro pensamiento, con todo nuestro ser. Es el tiempo para alabar, adorar, etc. Es una persuasión profunda la que debe tener cada participante: si cuantos toman parte en la oración comunitaria creyeran que no puede hacerse cosa mejor en el grupo que ofrecer al Señor un sacrificio de adoración y de alabanza, la reunión de oración tocaría a Dios en su corazón y el grupo sería tocado por el Señor profundamente. Habría en él un Pentecostés semanal para cuantos lo desearan profundamente y lo pidieran. Serían increíbles las bendiciones que derramaría el Espíritu Santo sobre el grupo, y la vida de los participantes se iría transformando progresiva y

profundamente e irradiando a Dios en todas las circunstancias. Y, sin duda, se experimentaría un "gran" derramamiento de los dones del Espíritu.

La adoración y la alabanza a Dios debe ocupar el primer lugar en la oración, aunque también tenga en ella su puesto la acción de gracias. En aquéllas, nos centramos solamente en Dios por lo que es. Aquí tienen verdaderamente aplicación las escenas que se nos describen en el Apocalipsis (4,6-11; 5,8-14). Es Dios en su grandiosa realidad lo que tenemos presente. . Así gozosamente, lo aceptamos, adoramos, alabamos, amamos, nos gloriamos de tener una gran oportunidad de manifestarle lo más profundo de nuestro corazón; nos dejamos captar por su grandeza, por su poder, por su hermosura, por su infinita bondad y misericordia, por la inefabilidad de su amor. En El nos sumergimos y a Él se dirige todo nuestro ser en humilde, confiada, ferviente, filial adoración y alabanza.2

b) Cuatro requisitos o actitudes básicas para adorar y alabar a Dios en los grupos de oración.  La preparación. Más de una vez habremos ido a los grupos de oración vacíos, deseando ser llenados del Señor. No es, precisamente mala disposición. Al contrario, pero no es la ideal. El participante en una reunión de oración debería ir a ella nutrido ya de la gracia de Dios; esto es, con el alma empapada de la unción del Espíritu por haber estado orando a través del día, en la situación concreta en que se halle. Es como ir encendido en el Señor y dispuesto a dejarse invadir por El más y más, y a emplear todo su ser lleno de Dios en la más pura, ardiente y filial alabanza. Tomar conciencia, estar persuadido, renovar la convicción:  De que Dios te ha invitado personalmente, como persona única, con infinito amor, a hacerte presente, a participar en la alabanza a Él en el grupo de oración.  De que Dios, en su bondad y amor te ha dado la gracia de responder a su invitación. No sólo, pues, te la ha hecho generosamente; ha ido mucho más allá al concederte la gracia de que tú libremente, quieras aceptar su oferta a alabarlo, a adorarlo, a entregar toda tu persona en rendimiento, en adoración, en alabanza a su infinito ser.  Dios se te adelantó: El ha llenado con su presencia la reunión de oración. Una presencia activa por la acción del Espíritu Santo que, con su poder y su amor, actúa en el nombre de Jesús y realiza la obra que El le ha encomendado.  Todavía más: la reunión de oración congrega a personas de diversas edades, procedencias, situaciones, culturas. Pero no es una reunión formada al acaso. Jesús te ha traído y unido a otras personas y a éstas, a la vez, contigo para que, llenas del mismo deseo y animadas por el mismo Espíritu, formen un racimo apretado con Jesús y en El para alabar y adorar a la Trinidad. Caer en la cuenta de estas grandes realidades es una hermosa preparación para crear un clima de intenso anhelo de adorar y alabar.
 

Anticipación, expectación: Lo que anteriormente se dijo se completa con lo siguiente:  La expectación que más hondamente debe habitar nuestro corazón es la de que Alguien, Dios en Cristo Jesús, va a estar presente y va a ser adorado y alabado por nosotros. No se descarta, ni se elimina, ni se debilita nuestra expectación de las bendiciones que va a derramar sobre nosotros. Pero no es ésta la expectación que debe ocupar el centro. Ella va a acontecer, con más prodigalidad de lo que esperamos, precisamente porque abrimos y centramos todo nuestro ser en la adoración y la alabanza, en el poder del Espíritu. — Esta actitud es capital para que cada reunión de oración sea diferente de la anterior y tenga una novedad única: la presencia del Señor que capta nuestra mente y nuestro corazón y la apertura de todo el ser al culto en "espíritu y verdad"; es la gran anticipación a la oración. — Quizá el fruto copioso, abundante, sobre nuestra esperanza, no se dé, muchas veces, porque alteramos, desvirtuamos nuestra expectación hacia lo que, siendo bueno, no es lo que principalmente debemos hacer; porque la invitación de Dios es a adorarlo y a alabarlo con profundo amor. — La actitud, por lo tanto, de ir a buscar a los grupos de oración la curación, aunque sea buena, no debe ser la principal, ni menos acaparar nuestro corazón. Hay que insistir, una y otra vez, para grabar bien hondo en cada miembro de los grupos de oración la verdadera, prevalente y acaparadora expectación: en la oración se va a hacer presente a Dios a quien voy a adorar y alabar con mis hermanos. La comunicación: — Esta palabra tiene aquí un sentido bien definido: significa que la mayor parte del tiempo del grupo de oración debe ser empleado en alabar y adorar al Señor. Una adoración y alabanza que se expresa de modos diversos, en un vocabulario que va adquiriendo nuevas riquezas en manifestar lo que bulle en la mente y el corazón. — Proceder de modo contrario, de manera que esta realidad preciosa, la invitación del Señor a adorarlo y alabarlo quede sofocada por la multitud de cantos, peticiones, testimonios, etc., es desnervarla; es reducirla a una actividad más, dentro del grupo de oración. Debemos estar atentos a que esto no suceda. — Ciertamente, el grupo de oración debe ser educado e introducido y fortalecido en este modo de orientar la oración comunitaria. Progresivamente va tomándole sabor a lo principal y relegando a segundo término lo que ha de estar en él, pero no le es debida la primacía. — Los servidores, ordinariamente, son los encargados de ir abriendo a los asistentes a la oración en una variedad discreta de modos: unas veces será inspirándose en la Escritura; otras, concretamente, en frases de los salmos, de las epístolas de San Pablo, de los Evangelios, etc. Que cada persona las convierta en oración formulada y las moldee a su manera; otras veces será acudiendo a las experiencias que pueda haber tenido de Dios, pero expresadas en forma de oración y condensadas en palabras claves que se completan y redondean en frases sencillas, salidas del

corazón: Tales pueden ser, ¡Dios mi roca, mi providencia, mi consuelo, mi paz, mi amor, mi alegría! etc., y todo dentro del ritmo y orden que el Espíritu va imponiendo. Estamos hechos para alabar y adorar a Dios: cualquier expresión nuestra, por insignificante y pobre que parezca, llena de satisfacción y conmueve de ternura el corazón del Padre celestial. No frustremos el plan de Dios anteponiendo otras actitudes, buenas, pero que le quitan la primacía a la gracia de la alabanza y de la adoración. Estas deben ser las que reinen como señoras en el grupo de oración, y deberían ser, también, el clima en que vivimos continuamente a través de nuestro día, nuestras ocupaciones y situaciones, por más diversas que sean. No dudamos de que éste, además, sea el suelo más feraz donde se den y florezcan los carismas.3

c) Hablando desde la experiencia: Es alentador lo que muchas veces hemos presenciado en un grupo de oración, antes de que éste dé comienzo. Se trata de una preparación que se realiza ya bajo la acción del Espíritu que se ve "ayudado" por cada uno. Es difícil dejar de recordar o guardar en el subconsciente el clima de las escenas del Evangelio. Es admirable, en muchas ocasiones, ver cuántas personas dejan, por un par de horas su hogar cada semana, para ir a encontrarse con sus hermanos y, sobre todo, con su Señor, Jesús. Creen firmemente en la promesa del Señor (Mateo 18,20) y están seguros de ser conducidos por el Espíritu y de salir más fortalecidos, más unidos al Señor, más dispuestos a comprometerse en el Reino, a través, sobre todo, de su parroquia. Van con el deseo de alabar a Dios, de mostrarle su agradecimiento y su amor, de ser saciados por su Palabra, de percibir de algún modo, su acción y su presencia o de vivirla en espíritu de fe. Hay una esperanza oculta que aflora en el curso de la oración. Y, de un modo especial, hay una persuasión encubierta o manifiesta de que se hallan entre hermanos y hermanas queridos que tienen y fomentan los mismos deseos, esperanzas, persuasiones. Seguramente, el Espíritu está ya presente en cada uno de los que esa noche lo han dejado todo para alabar y amar juntos al Señor. Después de una ruda jornada, a veces agotadora, vienen, no obstante, sacudiendo la pereza, desprendiéndose de los pretextos, porque el Señor los espera y, porque el Espíritu, quiere obrar en ellos algo nuevo. Solamente el Espíritu es capaz de construir tal reunión, de hacerlos sentir y vivir la fraternidad, de unificarlos en la diversidad, para formar una familia espiritual que se construye progresivamente y que cada semana se solidifica un poco más. Han venido con la esperanza y el amor en el corazón. Todo lo esperan de la acción del Espíritu, y nada esperan de ellos, pues son pobres, indigentes, heridos, pecadores. “¡Ven, Espíritu Santo!", es la exclamación que brota o se oculta discretamente en la intimidad del corazón. No es, pues, extraño, que todos o la mayor parte, salgan de la oración con nuevo aliento, un nuevo sentido de la vida, un nuevo amor a Dios y a los demás, un nuevo deseo de darse sinceramente a las necesidades de los otros, porque en ellos sirven y aman a su Señor, Jesús. Los efectos con tales expectativas y la oración en el Espíritu son admirables: entraron algunos desalentados y se van con un aliento poderoso en su ánimo; llegaron deprimidos y se van ahora ligeros, gozosos; se encontraban cargados por el peso de sus debilidades y salen con la persuasión de que el Señor los sigue amando como son, con un amor particular que se les ha revelado, único, irrepetible. Aun los que entraron, quizás por primera vez, incrédulos, desconfiados pueden comenzar a percibir que, realmente, allí hay algo impalpable para ellos, pero que toca el corazón e invita a convertirse. Y hasta se pueden sorprender con el deseo en el alma de que también ellos comienzan a sentir la necesidad de alabar al Padre, a Jesús, el Señor, en el Espíritu Santo.4

NOTAS

1. 2. 3. 4.

L. Roy, en: "Los Jesuítas y la Renovación Carismática", Centrum Ignatianum Spiritualitatis, Roma, 1984,169 (varios). D. Thorp, Atelier, "Group de priere", en: Tychique, n. 63, sept. 1986, 13-14. D. Thorp, "Caught Up Into God", Newsletter, January, 1985,1-2, 7. Cfr. £. Garin, "El discernimiento espiritual en una asamblea de oración", Presencia de la Renovación Carismática (varios). Edit. Roma, Barcelona, 1981,123-125.

XV FRUTOS DE LOS GRUPOS DE ORACION

1. A la luz del Documento de los Obispos reunidos en La Ceja. (Hacemos nuestra la enumeración que el Documento de los Obispos reunidos en La Ceja señala como frutos de la Renovación Carismática. Se puede aplicar a los grupos de oración lo que se dice de la Renovación. Estos son un elemento característico de la misma y, por consiguiente, el fruto de la Renovación se manifiesta en ellos, con mayor o menor intensidad y abundancia). 69. "Todo árbol bueno da frutos buenos", dijo Jesús. (Mateo 7,17). La Renovación ha demostrado que es un árbol bueno por los excelentes frutos que produce cuando es auténtica y profunda.

70.

Entre los principales podemos enumerar los siguientes: Los Obispos belgas señalan como el primer fruto de la Renovación Carismática, "el descubrimiento de la Persona viviente de Jesús, reconocido como Hijo único de Dios, con el cual el cristiano entra en relación personal como Salvador y Mediador cerca del Padre. Puesto que el Espíritu Santo nos ha sido prometido para revelarnos a Jesús y llevarnos a la plenitud de la Verdad, este descubrimiento de Jesús en profundidad responde a la promesa misma del Maestro". Tomamos así conciencia de que el cristianismo es un encuentro, una identificación con Cristo resucitado, vivo, que ha pasado por la Cruz y por la muerte.

71.2.3 El gusto por una oración profunda, personal y comunitaria. Sin duda el fruto más palpable de esta Renovación es "el haber devuelto al hombre de hoy el gusto por lo espiritual y despertar un gran amor a la oración en todas sus formas" (Pablo VI). Los grupos de oración se multiplican por todas partes y en toda clase de personas. Crece el aprecio por la oración litúrgica y especialmente por la Eucaristía, mientras todos aquéllos que han tenido su encuentro con Jesús Resucitado y han experimentado su amor redentor, sienten la necesidad de buscarlo en la oración personal y en la contemplación. Y sabemos cuántas son las riquezas espirituales que se derivan de la oración. La consigna de San Pablo a los Efesios de "orar en toda ocasión en el Espíritu" (Efesios 6,18) es seguida hoy por un número creciente de personas, que bajo la guía de este Espíritu de amor van progresando en el diálogo con Dios y van recibiendo la experiencia de su amor. 72.4. Amor a la Palabra de Dios. El Espíritu Santo, autor de las Sagradas Escrituras y bajo cuya inspiración fueron escritas, da un gran amor a esta divina Palabra a quienes lo reciben y se dejan conducir por El. Este amor a la Palabra de Dios es cada día mayor en los grupos de la Renovación y va produciendo en sus miembros "la ciencia suprema de Jesucristo". (Filipenses 3,18). "Los Obispos, como transmisores de la doctrina apostólica, debemos instruir a nuestros fieles en el uso recto de los Libros Sagrados" (Dei Verbum 25) para que, sin errores, esta Palabra del Señor y "acompañada de la oración realice el diálogo de Dios con el hombre, pues a Dios hablamos cuando oramos, y a Dios escuchamos cuando leemos sus Palabras" (Ib).

73.5.

Conversión y santificación. La apertura a la presencia y a la acción del Espíritu Santo produce la verdadera conversión o metanoia, a Cristo y a su Evangelio y un afán constante por adquirir la santidad a la cual estamos llamados todos desde el bautismo. Tienen así cumplimiento las palabras del Señor por boca de Ezequiel: "Os rociaré con agua pura y quedaréis purificados; de todas vuestras impurezas y de todas vuestras basuras os purificaré. Y os daré un corazón de carne. Infundiré mi Espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis preceptos y observéis y practiquéis mis normas. Habitaréis la tierra que yo di a vuestros padres. Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios". (Ezequiel 36,25-29). Como lo ha dicho el Concilio: "Consumada la obra que el Padre encomendó realizar al Hijo sobre la tierra, fue enviado el Espíritu Santo el día de Pentecostés a fin de santificar indefinidamente la Iglesia". (Lumen Gentium 4). Este fruto de conversión profunda y de santificación está apareciendo en todos los medios que van siendo animados por la Renovación Espiritual, i Y cómo deseamos que llegue a todos nosotros, a nuestros sacerdotes, religiosos y fieles! "Una amplia abnegación fraterna". (Pablo VI). El Espíritu Santo que es el Amor en la Trinidad y cuya misión es unir personas, derrama el amor fraterno en los corazones, despierta el deseo sincero de servicio y forma la verdadera comunidad en la que todos tienen "un solo corazón y una sola alma". (Hechos 4,32). Es así como vemos surgir en la Renovación comunidades de distinta índole con gran beneficio para sus miembros y para la sociedad hacia la cual se proyectan. Es verdad que algunos grupos de la Renovación han carecido de compromiso social y se han encerrado en un espiritualismo excluyen te, pero éstos constituyen una excepción, mientras aquéllos que han abrazado la Renovación con seriedad y madurez han salido de su egoísmo y están comprometidos en llevar la salvación integral y la liberación cristiana al mayor número de hermanos. Son muchos los grupos de oración ricos en fraternidad y en comunión interpersonal que están abiertos a las angustias de los más necesitados y que sirven a Cristo en el hermano con verdadera caridad. Iniciativas y realizaciones de esta índole aparecen cada vez más numerosas en diversas partes.

74.6.

75.7. Cambio progresivo. En esta época tan marcada por el hedonismo cobran una fuerza especial las palabras de San Pablo: "Os exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual. Y no os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente" (Romanos 12,1-3).

El Espíritu Santo va realizando esta renovación de criterios y de conducta en quienes se dejan poseer y conducir por El. Solamente su gracia puede cambiar al hombre carnal en hombre espiritual y llevarnos a "despojarnos del hombre viejo que se corrompe siguiendo las concupiscencias, a renovar el espíritu de nuestra mente, y a revestirnos del Hombre Nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad". (Efesios 4, 22-25). Sólo el Espíritu Santo puede cambiar el corazón de piedra por el corazón de carne (Ezequiel 36,26) y sanar las relaciones interpersonales en las familias y en todas las comunidades.

76.8.

Aumento de vocaciones. Un hecho, cada día más palpable, es el aumento de vocaciones para el sacerdocio y para la vida religiosa en aquellos países donde han aparecido los distintos movimientos espirituales. Esta afloración vocacional es uno de los mejores y más prometedores frutos de la Renovación Espiritual. Siendo como es verdad que el espíritu misionero brota de la más genuina experiencia de Dios cabe esperar que otro fruto de la Renovación sea el aporte generoso que muchas de nuestras iglesias locales puedan prestar a sus hermanas y que, de esa manera, bajo el soplo del Espíritu se pueda convertir en realidad el anhelo de Puebla de "Proyectarnos más allá de las fronteras 'ad gentes' y de dar desde nuestra pobreza" (No. 368).

77.9.

Devoción Mariana. La verdadera Renovación no deja a un lado a la Virgen María, como lo afirman algunos, sino que, al contrario, fomenta un amor filial a la Madre de Dios y de la Iglesia, y busca rendirle el culto verdadero. Y para que en los grupos de la Renovación crezca el verdadero amor a la Santísima Virgen les recomendamos meditar en estas hermosas palabras de Pablo VI: "Fue el Espíritu Santo quien, llenando de gracia la persona de María en el primer instante de su concepción, la redimió de modo más sublime, en vista de los méritos de Cristo Salvador, del género humano, haciéndola por consiguiente inmaculada (Cf. Pío IX, Bula Ineffabilis Deus, XII-8-54; D.S.2803); fue el Espíritu Santo quien, viniendo sobre ella, le inspiró el asentimiento prestado en nombre del género humano a la concepción virginal del Hijo del Altísimo y fecundó su seno para que diera a luz al Salvador de su pueblo, soberano de un reino imperecedero (Cf. Lucas 1, 35-48); fue también el Espíritu Santo quien enardeció su alma de júbilo y de reconocimiento, estimulándola así a entonar a Dios, su Salvador, el cántico del Magníficat (Cf. Lucas 1,47-55);fue igualmente el Espíritu Santo quien sugirió a la Virgen el buen consejo de guardar fielmente en su corazón el recuerdo de las palabras y de los hechos referentes al nacimiento y a la infancia de su Unigénito, en los que Ella había tenido parte tan íntima y amorosa (Cf. Lucas 2,19. 33,51); fue, asimismo, el Espíritu Santo quien impulsó a María a solicitar amablemente a su Hijo el prodigio de la conversión del agua en vino en las bodas de Caná, con el cual comenzó Jesús su actividad taumatúrgica, provocando la fe de sus discípulos (Cf. Juan 2,11); fue igualmente el Espíritu Santo quien dio ánimos a la Madre de Jesús, presente al pie de la Cruz, inspirándole, como antes en la Anunciación, el Fiat a la voluntad del Padre celestial, que la quería maternalmente asociada al sacrificio del Hijo para la redención del género humano (Juan 19,25); fue también el Espíritu Santo quien dilató, con caridad inmensa, el corazón de la Madre dolorosa, para que recibiese de los labios del Hijo, como su postrer testamento, la misión de Madre para con el discípulo preferido, Juan (Cf. Juan 19,26-27), que prefiguraba, *según el sentir perenne de la Iglesia' (León XIII, Encíclica Adiutricem populi: IX-5-95; Acta Leonis XIII, Vol. XV, Pág. 302), su maternidad espiritual en favor de la humanidad entera; fue una vez más el Espíritu Santo quien elevó a María, en alas de la caridad más ferviente, al papel de orante por excelencia en el Cenáculo, donde los discípulos de Jesús 'perseveraban todos unánimes en la oración, con algunas mujeres y con María, la Madre de Jesús' (Hechos 1,14) en espera del Paráclito prometido; fue finalmente el Espíritu Santo quien, ardiendo con fuego supremo en el alma de María peregrina en la tierra, la hizo ansiosísima de reunirse con el Hijo glorioso, predisponiéndolo a conseguir dignamente, como remate de sus privilegios, el de la Asunción en cuerpo y alma a los cielos, según la definición dogmática" (Mayo 13 de 1975).

78.10 Aprecio de la Vida Sacramental. La verdadera Renovación espiritual Católica lleva, a un aprecio mayor por la vida Sacramental y por toda celebración litúrgica: "Por ser ésta obra de Cristo Sacerdote y de su cuerpo que es la Iglesia" (Sacrosantum Concilium No. 7). El mismo Concilio nos dice que el celo por la Liturgia es el "paso del Espíritu Santo por su Iglesia". (Sacrosantum Concilium No. 43). 79. Y, por eso, cuando este Espíritu anima la vida espiritual suscita aprecio por los Sacramentos que instituyó Cristo para comunicarnos los tesoros de su Redención copiosa, santificarnos y edificarnos como su Cuerpo Místico (Cf. Sacrosantum Concilium No. 59). Es así como vemos el amor que los grupos de Renovación tienen al Sacrificio Eucarístico, "Sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad, banquete pascual en el cual se recibe como alimento a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria venidera" (Sacrosantum Concilium No. 47). La alegría y el fervor que acompañan a estas celebraciones Sacramentales son don y fruto del Espíritu del Señor que "habita en el corazón de los fieles como en un templo y en ellos ora'" (Lumen Gentium 4). 2. Otros frutos preciosos. Después de haber tenido el encuentro personal con Cristo vivo y convertidos por el Espíritu Santo a una vida nueva, los fieles comienzan a sentir un verdadero y poderoso anhelo de evangelizar y de llevar la Buena Nueva de la Salvación integral de Cristo a los demás. Así lo consigna Puebla: "El gran ministerio o servicio que la Iglesia presta al mundo es la evangelización (ofrecida con hechos y palabras), la Buena Nueva de que el Reino de Dios llega a los hombres en Jesucristo" (No. 679).1 A lo señalado por los Obispos podemos añadir lo siguiente; ellos también lo enumeran, incluyendo en éste otros frutos preciosos.

El redescubrimiento de la Iglesia: — Una vinculación más estrecha y viva entre los Pastores y la grey.2 — Una adhesión (y profundización) a la doctrina de la fe de la Iglesia. — Una oración frecuente y ferviente por la Iglesia y sus pastores. — Una mayor atención a sus orientaciones, directrices y entrega a los compromisos que la autoridad de la Iglesia señala. De este modo la Renovación Carismática avanza segura hacia el corazón de la Iglesia, para vivir cada vez más adherida a ella, esposa de Cristo, totalmente a su servicio. Se incorpora y adhiere cada vez más, a la vida de la diócesis y de la parroquia, guardando su propia "identidad". — Una progresiva purificación de la religiosidad popular.3 — Una revitalización de las auténticas comunidades eclesiales de base.4 — Una sincera humildad y obediencia. Lo más hermoso y oculto: Por la enorme importancia que tiene, rogamos al lector que lea nuevamente la cita No. 5 del Capítulo VIII. 5 Los frutos más preciosos siempre serán los frutos del Espíritu (Gálatas 5,22), el aumento creciente, progresivo, de las virtudes teologales, fe, esperanza y sobre todo la caridad (1 Corintios c.13) que se irradia en compromisos aun arduos para con los demás; las virtudes sólidas de la vida cristiana que constituyen el fundamento de toda vida vivida en Cristo y en el Espíritu. Todos los frutos enumerados y otros que se producen en los grupos de oración suponen un proceso que progresivamente se incrementa. Por eso la perseverancia en la asistencia a ellos y la apertura a la acción del Espíritu Santo son necesarias. Puerta de entrada: "Los grupos de oración continúan siendo, verdaderamente, la puerta de entrada para la Renovación en el Espíritu y, de la misma forma que durante la Edad Media se cubrió Europa de blancas catedrales, es necesario pedir que nuestros países se cubran hoy en día de este manto de paz que son los grupos de oración". Y añade después para puntualizar: "No se trata de hacer entrar a la Iglesia en la Renovación, sino de contribuir humildemente, con tantos otros, a la renovación permanente de la Iglesia por el Espíritu de Pentecostés". 6

NOTAS

1. 2. 3. 4. 5.

6.

Documento del Encuentro Episcopal Latinoamericano efectuado en La Ceja (Colombia) en septiembre de 1987, nn. 70-81. Documento citado n. 81. Documento citado, n. 81. Documento citado n. 81. De este modo la Renovación Carismática avanza segura hacia el corazón de la Iglesia, para vivir cada vez más adherida a ella, esposa de Cristo, totalmente a su servicio y contribuyendo a su renovación con la fuerza del Espíritu. Cfr. Card. Suenens, "Enraizados en el corazón de la Iglesia", Koinonía, n. 48, julio-agosto, 1984, 4-9; Card. Suenens, "Entrar en el Corazón de la Iglesia", Koinonía, n. 67, septiembre-octubre, 1987, 45. "La experiencia de Pentecostés da su carácter a la Renovación Carismática. Cada asamblea de oración sería como un pequeño Pentecostés concedido por el Señor a los que con un solo corazón se lo piden con fe". E. Garin, "Los Jesuitas y la Renovación Carismática", (varios), Centrum ig- natianum Spiritualitatis, Roma, 1981, 95. "Cada vez que los corazones se inflaman en el amor de Cristo, cada vez que un soplo, como viento violento, transforma a los miembros de una asamblea y los hace dar testimonio con fortaleza, profetizar, hablar de un modo nuevo, alabar al Señor o ejercer cualquier otro carisma que manifiesta la presencia del Espíritu se da, en cierto modo, un nuevo Pentecostés. Los frutos de esta acción del Espíritu llevan una firma indudable: los que así oraban tenían un mismo corazón y una misma alma; daban con gran valor testimonio de la resurrección de Jesucristo y en todos los fieles resplandecía la gracia con abundancia (Hechos 4,32-33). Muchos de estos rasgos se dan también hoy, en verdad, en las asambleas de oración de la Renovación". E. Garin, obra citada más arriba, 95. J. M. Garrigues, "Renovación Carismática en inserción en la comunidad ecle- sial", en: Presencia de la Renovación Carismática, (varios), Edit. Roma, Barcelona, 1981, 15.

XVI LA EVANGELIZACION COMO FRUTO DE LOS GRUPOS DE ORACION

1. La evangelización, misión esencial de la Iglesia y su urgencia hoy. Es en la evangelización donde se encuentra y se despliega la entera misión de la Iglesia, cuyo caminar en la historia avanza movido por la gracia y el mandato de Jesucristo: "Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación" (Marcos 16,15); "Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mateo 28,20). "Evangelizar" —ha escrito Pablo VI en Evangelii Nuntiandi, 14- "es la gracia y la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda". Por la evangelización la Iglesia es construida y plasmada como comunidad de fe: más precisamente, como comunidad de una fe confesada en la adhesión a la Palabra de Dios, celebrada en los sacramentos, vivida en la caridad como alma de la existencia moral cristiana. En efecto, la "buena nueva" tiende a suscitar en el corazón y en la vida del hombre la conversión y la adhesión personal a Jesucristo Salvador y Señor; dispone al Bautismo y a la Eucaristía y se consolida en el propósito y en la realización de la nueva vida según el Espíritu. En verdad, el imperativo de Jesús: "Id y predicad el Evangelio" mantiene siempre vivo su valor, y está cargado de una urgencia que no puede decaer. Sin embargo, la actual situación no sólo del mundo, sino también de tantas partes de la Iglesia, exige absolutamente que la palabra de Cristo reciba una obediencia más rápida y generosa. Cada discípulo es llamado en primera persona: ningún discípulo puede escamotear su propia respuesta: "Ay de mí si no predicare el Evangelio" (1 Corintios 9,16).1 2. La evangelización, tarea de todo miembro de la Iglesia. "Es absolutamente necesario que cada fiel laico tenga siempre una viva conciencia de ser un 'miembro de la Iglesia' ", a quien se le ha confiado una tarea original, insustituible e indelegable, que debe llevar a cabo para el bien de todos. En esta perspectiva asume todo su significado la afirmación del Concilio sobre la absoluta necesidad del apostolado de cada persona singular: El apostolado que cada uno debe realizar, y que fluye con abundancia de la fuente de una vida auténticamente cristiana (cf. Juan 4,14), es la forma primordial y la condición de todo el apostolado de los laicos, incluso del asociado, y nada puede sustituirlo. A este apostolado, siempre y en todas partes provechoso, y en ciertas circunstancias el único apto y posible, están llamados y obligados todos los laicos, cualquiera que sea su condición, aunque no tengan ocasión o posibilidad de colaborar en las asociaciones".2 3. El aliento evangelizador en la Renovación Carismática actual. "La historia de la Renovación muestra que el aliento evangelizador surge espontáneamente de una comunidad unida por la oración, la caridad fraternal y la escucha (de la Palabra), humilde y atenta, de las mociones del Espíritu Santo (...) Hoy asistimos a una compenetración mejor entre vida comunitaria y la misión. Estos dos elementos de nuestra vocación son inseparables. Cuanto más orante sea nuestra vida comunitaria y fraternal, tanto más vigoroso y fecundo será nuestro compromiso apostólico, percibido como el de un cuerpo y no de individuos aislados. "El P. General, en su alocución del 16 de mayo de 1987 decía: 'No basta hoy servir a la fe; hoy es necesario proclamar con el poder del Espíritu'. De hecho, en todas partes donde compañeros manifiestan con firmeza su fe en Cristo, donde proclaman y viven su profundo amor por el Señor Jesús, donde ellos lo reconocen presente y actuante en su Iglesia y proclaman que El es el Salvador del mundo y que ama a todos los hombres, algo se pone en movimiento en los corazones. "Un soplo de vida y de esperanza pasa y un camino se abre a aquellos que estaban, muchas veces, sin vitalidad espiritual (...) "Entre las nuevas realidades de la Iglesia, la Renovación carismática manifiesta una extensión, una capacidad de adaptación, de evolución, realmente notables. Percibida durante los años setenta como un 'movimiento de oración* muy replegado sobre la vida interior de sus miembros, relativamente indiferentes a las injusticias sociales, etc., ella entra hoy, de manera inesperada en el campo de la misión evangelizadora de la Iglesia y produce ya frutos muy abundantes. "En primer lugar, para muchos cristianos que habían perdido su vitalidad espiritual y, a veces, su relación con la Iglesia, ella es el lugar de una nueva evangelización. En las comunidades o grupos de oración, nacidos de la Renovación, muchos han encontrado el sentido de Dios, los caminos de la oración, la necesidad de purificación interior, la vida sacramental, la fuerza viviente de la Palabra de Dios, la irradiación de María, la adhesión filial al Papa y a los obispos. "En un segundo tiempo, estos cristianos 'renovados', mejor dicho, formados, se ven impulsados a dar testimonio, ante otros, creyentes o no, de la fuerza del Espíritu Santo, a anunciar el señorío de Cristo Jesús y del amor del Padre para todos los hombres. Numerosos centros de formación (teológica, pastorales, de discernimiento espiritual y de retiros, de apertura ecuménica, etc.) despliegan en Europa, por todas partes, esta capacidad de compromiso misionero. "Al llamarse 'Carismática', la Renovación significa su vocación misionera. Los carismas se dan para el crecimiento de la comunidad cristiana y, por consiguiente, para agregar nuevos discípulos y hacer, de este modo, crecer la Iglesia de Jesucristo. "Desde hace algunos años, por la petición del Papa y de los obispos, los grupos de la Renovación se han puesto, más y más, al servicio de las diócesis, de las parroquias, de obras diversas animadas por la Iglesia. "Las Conferencias Episcopales notan que aportan una colaboración no despreciable a la vida de la Iglesia local, pese a que la dimensión 'Carismática' es aún, muy frecuentemente, mal percibida y juzgada perjudicial a la misión".3 Hay que añadir que esta dimensión misionera de evangelización, se desarrolla y crece constantemente y que la aportación de la Renovación, en muchos sitios, es sorprendente, en frases de obispos que conocen bien lo que la Renovación realiza en sus diócesis, comprometida seriamente en sus planes pastorales. Un hecho de singular relieve es el calor, la eficacia promotora y aun directora de la gran década de la Evangelización 2000 que la Renovación, desde su Oficina Internacional de Roma, instalada para ello, irradia en todo el mundo, sobre todo a través de sus delegados para cada uno de los continentes. "Menciono una forma de ministerio al que los grupos neo- pentecostales ciertamente están llamados, y en el que, es mi esperanza y expectación, se comprometerán siempre más y más plena y efectivamente en el futuro: me refiero al ministerio de evangelización que significa la participación del mensaje del evangelio con el prójimo de uno. El poder que los discípulos

recibieron en Pentecostés fue de testificar a Cristo y, por ello, un movimiento que es auténticamente pentecostal debe llevar al mundo este testimonio".4 4. La evangelización como ñuto espiritual de los grupos de oración. (Remitimos a la instrucción sobre qué es la Renovación Carismática y añadimos lo siguiente): La obra de la Renovación Carismática es, esencialmente de evangelización. Y no puede ser de otro modo, si se comprende debidamente qué es la Renovación tal como el Señor la quiere paira nuestros días.  Ella es obra del Espíritu Santo, una "suerte para nuestra Iglesia", en frase de Pablo VI, o en expresión equivalente que emplea la Conferencia episcopal norteamericana "una gracia" especial para nuestro mundo.5 Si el Espíritu Santo es quien actúa en ella, tanto a nivel comunitario como personal, su misión es conformarnos a imagen y semejanza de Cristo, que envía a evangelizar el mundo entero (Marcos 16,15).6 Es decir, nos introduce en una relación personal, íntima, con Dios, que se va profundizando, progresivamente, por obra del Espíritu y de nuestra cooperación. Esta relación íntima con Dios —si realmente lo es— se va irradiando en un cambio de vida (conversión) que toma como modelo la misma persona de Jesús. Vamos asumiendo sus sentimientos, sus valoraciones, su servicio a los demás, nuestra "salida de nosotros mismos" para entregarnos a El en nuestros hermanos.  Pero su misión (del Espíritu Santo) es también ir suscitando en nosotros los deseos de colaborar en el trabajo en su Reino.7 Por eso, en la Renovación Carismática que tiene a Cristo como centro y al Espíritu Santo que nos lleva a realizar la vida de Cristo en toda su amplitud, la evangelización ocupa un lugar privilegiado.  La Renovación Carismática entiende la evangelización en el amplio sentido en que la entiende Pablo VI en su Documentó "Evangelii Nuntiandi" y pretende también tener muy en cuenta las diversas exhortaciones de Juan Pablo II cuando habla de la "nueva evangelización: nueva en el ardor, nueva en los métodos y nueva en la expresión".8  En la Renovación Carismática se abarca todo tipo de personas y modos de presentar la Buena Nueva: los mismos grupos de oración son centros de auténtica evangelización. Los retiros tan frecuentemente masivos, en los que miles de personas oyen la palabra de Dios son una evangelización; en ellos el Señor toca su corazón llamándolas a una conversión. Otros retiros más modestos, pero no menos eficaces, son los llamados retiros zonales o parroquiales que suelen ser numerosos, sobre todo en Cuaresma y Adviento. Los llamados retiros de sanación interior o física en los que se ora por curación de heridas psicológicas y sanación física congregan multitud de personas. También el Señor aprovecha las motivaciones, menos purificadas de muchos oyentes para llamar a su corazón.  La Renovación Carismática imparte cursos de formación para entrenar a las personas elegidas por los párrocos —pertenezcan a la Renovación o no— para la misión de evangelizar casa por casa, y exhorta a sus miembros a comprometerse a evangelizar en su parroquia. Los resultados son muy alentadores. Un modo de evangelizar, casi exclusivo de la Renovación Carismática, es la evangelización a través de las llamadas casas de oración.  La Renovación Carismática tiene modos diversos muy eficaces de evangelización como son los retiros abiertos a cuantos quieren asistir, los retiros cerrados en completo silencio; las experiencias de oración, etc.  Un ministerio de evangelización precioso es el que se ejerce con tantas personas que se acercan pidiendo orientación espiritual, consejo, oración personal, etc. No hay campo donde, más o menos intensamente, la Renovación Carismática no tenga alguna intervención y cada día se ensancha más, a medida que se multiplican los grupos de oración y se van preparando personas para estos ministerios. El Señor se prodiga éon sus dones, tanto naturales como carismáticos, por obra de la acción del Espíritu Santo.  Evangelización, muy preciosa, abnegada y eficaz, es la que se pene en dos campos que, progresivamente, se van convirtiendo en lugares privilegiados para la Renovación Carismática: el de los enfermos y el de los encarcelados.  Son centenares las personas que visitan, por hacer referencia solamente a nuestro país, a los enfermos en los hospitales. A veces se trata de personas que anhelan realizar el urgente llamamiento del Señor (Mateo 25, 31 y siguientes). Pero cada vez más se trata de pequeños equipos que han recibido entrenamiento pastoral para armonizar los recursos que la experiencia humana aporta, con el don de la oración, del consuelo, de la alegría en el Señor. La Evangelización, de acuerdo a la situación y a la necesidad de los enfermos, suele ser la norma que se tiene en cuenta para instruirlos discretamente. Los frutos en este campo en el que está tan presenté el amor, la solicitud, la entrega generosa, la oración dé los visitantes, son sumamente consoladores, aunque no siempre fáciles.  Las cárceles son otro campo privilegiado para la acción evangelizadora y caritativa de la Renovación Carismática. También aquí las personas que visitan a los encarcelados se van capacitando más cada día. Es un ministerio sumamente abnegado por la realidad de muchas cárceles y de muchos encarcelados. Pero el amor del Señor mantiene en una admirable perseverancia a muchas personas que dedican su tiempo a este ministerio. Y los frutos de la evangelización se ven florecer con sinceras conversiones, y en aquéllos que pasan a ser evangeliza- dores de sus compañeros de prisión. Como un dato que avala la importancia que tiene la Renovación Carismática en la Iglesia en el campo de la evangelización, baste indicar la parte destacada en la evangelización como preparación para el año 2000, a escala mundial.  El campo de las comunicaciones sociales: radio, prensa, televisión, está siendo penetrado, cada vez más intensamente, por la Renovación.

Pero lo que hace a la evangelización de la Renovación Carismática especial, con un sello inconfundible —sin intentar comparar, sino exponiendo la realidad sencillamente— es el equilibrio entre acción y oración. Todo tipo de evangelización va preparado y seguido por tiempos largos e intensos de oración. Quienes evangelizan saben que están respaldados por la intercesión de personas profundamente entregadas al Señor, que de modos diversos se les unen pi-

diendo por el fruto de su Palabra en las almas. Están clamando por la acción poderosa del Espíritu que usa como instrumentos a otros hermanos y hermanas. Por eso, ya se ha hecho habitual palpar las bendiciones espirituales, las conversiones, los corazones tocados por la gracia mientras hablan, aconsejan, instruyen, exhortan. Y a esa acción del Espíritu, se une la intercesión de María, a la que se acude filialmente para que todos, los que evangelizan y los evangelizados, sean llevados al conocimiento, al amor y al seguimiento de su Hijo Jesús.

Quizás los mismos miembros de la Renovación Carismática, sobre todo sus dirigentes, sean los culpables del desconocimiento que hay de lo mucho que en ella se hace en la evangelización. La frase de un profundo conocedor de la Renovación que afirma que es "sorprendente" lo que realiza, no nos parece exagerada. La falta de información hacia afuera que caracteriza en muchas partes a la Renovación Carismática es la causa de juicios desacertados, que se basan en el desconocimiento de cuanto se hace a nivel mundial y nacional en este campo. Esta fidelidad de la Renovación en proclamar la Buena Nueva, que se va progresivamente acentuando, debe ser más intensificada respecto de los pobres. Es una urgencia que el Espíritu Santo está avivando con fuerza. Pero aun dando a la evangelización toda la seriedad e importancia que realmente tiene no agota la misión de la Iglesia. Es capital, mas no excluye otros aspectos, la renovación litúrgica, por ejemplo, la bíblica, etc. Por eso, la Renovación Carismática, aunque centre su actividad en la evangelización, no se limita a ella. En este sentido, sería no haber comprendido bien la Renovación pensar y actuar de modo que se tenga al grupo de oración como el momento fuerte en el que, semanalmente, las personas que asisten a él, se llenan de fuerza para realizar la misión de evangelizar. Esto sucederá, pero por la irradiación de la obra del Espíritu.

5. A modo de resumen. Sería realmente interesante ofrecer datos concretos y abundantes de lo que la Renovación Carismática hace en el campo de la evangelización y las formas diversas que emplea. Creemos sinceramente que en este campo el Espíritu está alentando una gran creatividad en la Renovación: los encuentros internacionales; los retiros masivos en los que aun grandes estadios resultan insuficientes para los que acuden a oír la Palabra de Dios; otros de afluencia más modesta; las asambleas locales, interparroquiales y parroquiales; los "fines de semana"; la evangelización en las calles, o en las familias, o de persona a persona; los campamentos de verano; la evangelización por el canto; la difusión del libro, brochures, cassettes, videocassettes; la acogida a drogadictos, madres solteras, alcohólicos, desposeídos, niños abandonados, necesitados de atención psiquiátrica, a todos ellos, de modos diversos, se les va impartiendo la evangelización adecuada. Es singularmente interesante la creatividad juvenil con que los miembros jóvenes de la Renovación tratan, debidamente asesorados, de ganar a otros jóvenes para el Señor y los medios, a veces inusitados, de que se vale Dios para llegar al corazón de una juventud tan codiciada por el mundo. No es fácil la empresa de hacer una síntesis de lo que se aporta en muchos países a la "Nueva evangelización". Como algo muy real y esperanzador, vemos la integración, cada vez más comprometida, de la Renovación a los programas de evangelización de las diócesis y parroquias haciéndolos suyos y aun aportando nuevos métodos de evangelizar. Y no olvidemos: "No habrá nunca evangelización posible sin la acción del Espíritu Santo", frase de Pablo VI que, más de una vez, parecemos haber olvidado. Este aspecto, el más fundamental e insustituible de la evangelización, es muy cuidado por la Renovación. Podemos decir que la evangelización de los "carismáticos" se reconoce pronto, por la importancia primordial que procuran darle a la acción del Espíritu como "agente principal de la evangelización".9

NOTAS

1. 2. 3. 4. 5. 6. 7. 8. 9.

Exhortación apostólica post-sinodal: "Christifideles Laid", Juan Pablo II, 30 dic. 1988, n. 33. Christifideles Laici, n. 28. E. Gueydan, "Mirabilia", n. 12,1988, 6-7. F. A. Sullivan, "Charism and Charismatic Renewal", Servant Books, Ann Arbor, Michigan, 1982, 85. Pablo VI al III Congreso Internacional de Líderes de la Renovación Carismática, reunido en Roma, 1975. Pierre de Jesús, "L'Evangile au monde entier", Tychique, n. 37, mai, 82, 62-72. G. Blaquiere, "L'experience spirítuelle dans la Renouveau", Christus, n. 137, 188,123. Evangelii Nuntiandi, nn., 31-38. Evangelii Nuntiandi, n. 75; Cfr. Jim Cavnar, "Participating in Prayer Mee- tings", Word of Life, Ann Arbor, Michigan, 1974,52-59; L. Albé|ts, "Evan- gelism, Prayer Group Workshop", o.c., 93-98; Mother J. M. Stewart, "Evan- gelization: A Remedy for Stagnation", Chariscenter USA, Newsletter, Jan- leb, 1990,1-3.

XVII EL COMPROMISO SOCIAL COMO FRUTO DE LOS GRUPOS DE ORACION La raíz del compromiso social en el cristiano. El compromiso social en un cristiano debe estar empapado de lo que él realmente es: cristiano, seguidor de Cristo, como realidad que brota de su ser íntimo de bautizado. Si queremos ser fieles a nuestra propia identidad, nada debe haber en nosotros que no parta, en definitiva, de lo que constituye lo más profundo de nuestro ser más peculiar. De otro modo, correremos el riesgo de quedarnos en aspectos humanos buenos y laudables pero que no expresan la realidad profunda que somos. Por más que en la práctica presente dificultades obvias de aplicación concreta, sujeta al discernimiento, en sí nos parece clara y fuera de toda problemática y discusión: el compromiso social para el cristiano si quiere ser fiel a su propia realidad, debe ser tomado a partir de Cristo, tener las motivaciones de Cristo, asimilar el fin definitivo que El tuvo en sus compromisos. No tratamos ahora de exponer todas las raíces de donde brota : la fe viva, la caridad efectiva, la compasión cristiana activa, la participación en una fraternidad que se enraíza en el Señor. . . Pueden sintetizarse, justamente, en el compromiso previo con Cristo. No podemos disociar lo que, intrínsecamente, se halla unido, si no queremos romper la unidad vital que el mismo seguimiento de Cristo establece. a) Compromiso con una persona: Cristo. El Bautismo nos consagra definitivamente al Padre por Cristo y en El. Todo lo demás viene dado y brota de este hecho fundamental que nos dedica a reproducir en nosotros la imagen de Aquel a quien hemos sido consagrados (Romanos 8,29; Gálatas 3,27).  Visto desde esta perspectiva, el compromiso social no puede menos, si es auténticamente cristiano, de existir pero con las notas características de un seguimiento de Cristo. Debe, por lo tanto, tomarse a partir de Él; es decir, es como una consecuencia necesaria de nuestra realidad íntima: reproducir, en nuestra limitación cuanto El hizo y enseñó. Por eso, el compromiso social, que puede tener diversas formulaciones es, en último término, el compromiso con los demás a partir del propio compromiso de Cristo que nos arrastra a imitarlo en una perfección e intensidad creciente. Debe tener las mismas motivaciones del compromiso de Cristo: para El todo desemboca en realizar el amor del Padre, su voluntad. Podemos tener motivaciones diversas: la lucha por la justicia, la compasión humana por los que sufren, etc., pero lo definitivo debe ser realizar en nosotros con nuestros hermanos, el amor de Cristo que se manifiesta como el amor del Padre hecho visible en El.  Jesucristo no tuvo un programa expreso de liberación, pero toda su finalidad en la variedad de sus obras, sin descartar las finalidades humanas, estaba clavado en conducir a aquellos que se beneficiaban de sus milagros y de sus luchas contra el mal, a una relación personal íntima con el Padre celestial: "Tus pecados te son perdonados" le dice al paralítico de Betsaida. "No peques más. .." (Juan 5,14). Liberaciones del poder de Satanás, sanaciones interiores y físicas son para Él un proceso que debe desembocar en el conocimiento y la entrega al amor del Padre.  Nuestro compromiso, por más que tenga aspectos humanos de liberación de la pobreza, de la capacitación de la persona, de lucha evangélica por la justicia, no puede tener sino una finalidad suprema que no elimina, sino engloba, purifica y eleva, superándolas, las demás: conducir a las personas al encuentro personal íntimo con Jesucristo.  Si perdemos de vista esta finalidad y nos quedamos exclusivamente en las motivaciones sociológicas, pronto nos veremos defraudados de nosotros mismos de un modo o de otro o nos pasaremos al campo de aquellos que, saludablemente, aun sin creer, trabajando por el bien ajeno por medios legítimos, consideran como valor supremo el aspecto meramente sociológico. Lo que puede ser suficiente para ellos, no lo es, en modo alguno, para nosotros cristianos que debemos tener como centro y realidad última de toda nuestra vida a Jesucristo.1 b) “Dios nos amó primero”. Cuando San Juan hace esta afirmación, no sólo quiere decir que El tomó la iniciativa (1 Juan 4,10). Se remonta mucho más allá: se traslada a la eternidad, fuera del alcance del tiempo. Y desde ese punto inalcanzable, sitúa a Dios prodigando su amor a los que ya existíamos para El y vinimos a ser realidades concretas en el tiempo (Efesios 1,3 y siguientes).  "Primero" quiere decir también el que más nos amó. El que encabeza la fila de cuantos nos han dado amor y es, a la vez, la fuente de cuanta bondad hemos recibido de las criaturas. Para Juan, esta palabra está cargada de sentidos que confluyen en una realidad maravillosa: Dios Padre nos amó primero, porque nadie antes que El nos prodigó una brizna de amor. "Primero": porque nos amó desde siempre; porque nos amó con todo su Ser y dio capacidad a cuanto existe de ser instrumento de su amor para con nosotros.  La consecuencia que se deduce es obvia; se desprende, como fruta madura, de esta realidad que participamos. Es nuestra respuesta a ese amor "primero" de Dios que se realiza, sobre todo, en lo íntimo de nosotros, donde El habita. Brota de nosotros mismos, porque en lo íntimo de nuestro ser se halla aquel que nos amó —y ama— el "primero". Estas indicaciones sobre el sentido de la expresión no agotan lo que manifiestamente está implícito y que forma lo más hondo y admirable del amor de Dios. No lo vamos a tocar aquí.  La consecuencia es nuestra correspondencia, que debe seguir la orientación que el amor "primero" del Padre nos marca: amarlo a Él antes que a nadie. Empalma claramente con el amor que exigía a su pueblo, unido a El por la Alianza (Deuteronomio 6,1 y siguientes). Pero aquí, en Juan, tiene otro trasfondo mucho más profundo y exigente: se trata de amar a Dios Padre con todo nuestro ser; en su Hijo, Cristo Jesús y a su imitación; amarlo con el poder del Espíritu Santo que nos participa la verdadera filiación divina. Hay una riqueza sorprendente, nueva, una llamada al amor que no estaba todavía presente en los albores casi de la revelación. Es el "paso a paso" de la manifestación de Dios sobre Sí mismo, de lo que es respecto de nosotros y de la exigencia intrínseca que nace de ese amor "primero" del Padre a los hombres.

 Ahora ha llegado la "plenitud" de los tiempos en la revelación, en la manifestación de su amor en su Hijo Jesús y en la respuesta clamorosa de este amor inefable. El mismo San Juan saca la consecuencia y la expone claramente: luego, nosotros debemos amar a nuestros hermanos (1 Juan 4,11), como la respuesta al amor del Padre que desea verlo manifestado en el amor a sus hijos, los hombres, nuestros hermanos. Y una manifestación concreta de este amor á Dios y a los hombres es el compromiso social, hecho y vivido cristianamente. c) El compromiso social en el Vaticano II y en Puebla. Aunque no emplee expresamente esta palabra, se halla tan prodigado en el Vaticano II, que las citas se multiplicarían. En la Lumen Gentium se aborda el tema de un modo general, pero tan clara y decisivamente que viene a constituir una misión fundamental e insustituible del trabajo del laico como colaborador del Señor en el Reino.  El Documento conciliar por excelencia en esta materia es la Constitución Gaudium et Spes. Toda ella, directa o indirectamente, se orienta hacia esta realidad, aunque sea entendida y expuesta más ampliamente de lo que la expresión desnuda de "compromiso social" parezca indicar. Se exponen varios capítulos que vienen a ser una introducción maravillosamente clara, objetiva, actualizada para desembocar en el protagonismo del cristiano como actor necesario de la transformación del mundo según Dios. Se exponen, después, problemas particularmente urgentes en los que el cristiano comprometido debe hacerse presente para colaborar con Dios, en la fuerza del Espíritu, para conducirlos según el plan de salvación de Dios.  Y Puebla, el documento de los obispos latinoamericanos (CELAM), viene a ser un admirable comentario sobre todo de este aspecto expuesto en el Vaticano II. Las citas son tan abundantes que nos ahorramos enumerarlas y remitimos al índice analítico del mismo. Si realmente el grupo de oración está bajo el influjo del Espíritu, no puede menos de ir creando las actitudes y suscitando el compromiso que nos asemeja a Cristo y que la Iglesia pone como necesidad apremiante, beben hacer suyo este compromiso cuantos buscan y pretenden seguir sinceramente a Cristo en su vida. d) La aportación de la Renovación Carismática. Y en consecuencia, la contribución de los grupos de oración puede ser preciosa e insustituible. He aquí algunas, siguiendo a os autores citados:  Una fuerza de vida recibida del Espíritu Santo, porque El, en efecto, está en el origen de todos los principios y de todas las resurrecciones.  Una nueva disponibilidad para la acción, porque la vida del cristiano carece de sentido si no está entregada al Padre y sometida a su voluntad, que conduce a una disponibilidad mucho mayor para la acción.  Una confianza en el Señor que aleje toda inquietud. Si la vida está orientada hacia El, percibimos su presencia viva en nosotros, su poder en acción a nuestro alrededor.  Una mirada de oración que tiende a dirigirse hacia Jesucristo a lo largo de cada una de nuestras jornadas, o una mirada contemplativa que lo transfigura todo. Nada, por lo tanto, es profano, todo es de Dios y para Dios. Servir, pues, a Jesucristo en las actividades de nuestro día es lo que deseamos vivir. Este deseo nos anima; vamos aprendiendo a dejar que la oración entre en los diferentes momentos de nuestra jornada, por más variados que sean. Nos hacemos presentes a Él, que siempre está presente en nosotros. Esto vivifica, motiva, da calor, entusiasmo a nuestra actividad que la hacemos por Él y para servicio de aquellos que vino a salvar. Son hermanos nuestros y nos sentimos solidarios con ellos y los ayudamos con cuanto somos y tenemos. La oración revitaliza nuestra actitud y nuestro trabajo y se encarga de suscitarlo y reavivarlo cuando decae.  Estas aportaciones de la Renovación al compromiso social, indudablemente, tocan lo más fundamental de la actitud, comportamiento y actividad humana y cristiana. Parece ser el camino más eficaz no sólo para cambiar el corazón del hombre —raíz de todo otro auténtico cambio—, sino para lograr las transformaciones de las estructuras que influyen y condicionan poderosamente al hombre y a la sociedad. Estamos, por lo tanto, dentro de un modo extraordinariamente eficaz, visto desde la perspectiva cristiana tan señalada por el Vaticano II.2 e) La oración auténtica conduce al compromiso social. La oración es, fundamentalmente, comunicarse íntimamente con Dios, en Cristo Jesús, bajo la guía del Espíritu. Es, dicho de otro modo, entrar en el "misterio de Dios en Cristo", del que habla San Pablo sobrecogido. (1 Corintios 1,24; 2,7; Colosenses 1,27; 2,9; Efesios 3,17-18; etc.) Pero es entrar llevados por el amor para llegar a comprender, sobre todo con el "corazón profundo", algo de este misterio que nos rebasa y por naturaleza es transformante, a imagen de Jesús (Romanos 8,29). Encontrarse verdaderamente con Dios es hallar en El mismo a sus hermanos y bajar a la "vida ordinaria" en la que Dios se nos ofrece y hace tangible en ellos. Toda la primera carta de San Juan es un constante recordatorio de que el mandamiento del amor a Dios y al prójimo "se encuentran" naturalmente en la oración. El hecho de que, a veces, en la Renovación Carismática parezca dilatarse este compromiso, no es más que aparente. Otras veces, se deberá a que algunos de sus miembros, y aun el grupo entero, necesitan la conversión, el crecimiento de la madurez humana y espiritual. Adelantarse con afán, de prisa, puede ser tan pernicioso como el dilatar innecesariamente integrarse en él. Además de la conveniente formación, es preciso tener sano equilibrio para pasar del grupo de oración —en aquella persona que se halla en etapa de iniciación— a la organización de la pastoral diocesana o parroquial. Hay que evitar el "extenuamiento" espiritual por precipitación, como debe ser evitada, con igual cuidado, la pereza, o la satisfacción de contentarse con asistir una vez por semana al grupo de oración sin más compromiso. Y la oración verdadera, con la guía de dirigentes expertos, celosos, será una ayuda valiosísima para alentar, insistir sabiamente respecto del compromiso adecuado, puesto el grupo o las personas ya aptas a disposición de la pastoral de la parroquia. Entrar en el misterio de Cristo en la oración, por la comunicación íntima con El, con el Padre, bajo el Espíritu, es, ciertamente, maravilloso y profundamente transformante de la persona. Es, en definitiva, el misterio de su amor. (1 Juan 4,8; Juan 3,16).

W. Johnston, al hablar de este misterio, expresa un pensamiento que deseamos darlo al pie de la letra. Primeramente habla, resumiéndolos, de estos misterios de algún modo accesibles al que verdaderamente ora, y prosigue: " ¡Qué serie de misterios! Todo el cristianismo es básicamente misterio. Y todo se contiene en el misterio de Cristo. El que penetra profundamente en este misterio entra en la experiencia mística. "Pero no penséis que entrar en el misterio de Cristo es escapar del mundo. Afirmo de nuevo que el misterio de Cristo se centra en la cruz. Esto quiere decir que es el misterio de los pobres, los enfermos, los afligidos, los perturbados, los encarcelados, los moribundos y de todas las personas que sufren, con las cuales se identifica Jesús. Es el misterio del explotado, del manipulado, del aterrorizado, del oprimido. Es el misterio de la guerra nuclear, del hambre, de la injusticia, de la angustia humana. Es tu misterio y el mío cuando sufrimos y cuando pecamos. La experiencia mística cristiana, lejos de ser una huida del mundo que sufre y que peca, es penetrar hasta su mismo corazón".3 f) La experiencia vivida. Quiero agregar un matiz que añade algo nuevo a lo dicho en el acápite anterior: sobre todo referido a los que están en la Renovación Carismática. La experiencia no sólo de los santos sino también de muchas personas que tratan de llegar a una amistad íntima con el Señor, manifiesta la verdad de lo que venimos diciendo: evidentemente, la oración, cuando es auténtica —tanto la oración comunitaria como la individual— conduce a la amistad con Jesús. El trato de persona a persona va creando y desarrollando la amistad con el que se trata en confianza y sencillez. Cuando la amistad con el Señor ha llegado a cierto nivel de profundidad, no difícil de adquirir cuando la oración es asidua, tiene una dimensión social que podríamos calificar de "inevitable". En la amistad verdadera no me interesan solamente mis problemas: me interesan igualmente, y aún más, los problemas de aquel con quien vivo en amistad. No puedo pasar indiferente ante las realidades que a él lo afectan vivamente. En cierto modo, las hago mías y me preocupo con sinceridad por ellas, dándoles inclusive la preferencia sobre las propias. Pues bien, los problemas, que a Jesús le preocuparon durante su vida y le siguen preocupando ahora en su cuerpo místico son, precisamente, aquellos que los bien instalados, los que se cierran a la compasión, procuran evitar: los pobres, los enfermos, los pisoteados, los que no cuentan ni tienen voz, los explotados, los que carecen de comida suficiente, de techo seguro, de las medicinas necesarias. . . Aquí la lista se podría alargar indefinidamente. El amigo verdadero del Señor, que ha llegado a la amistad a fuerza del trato con El en la oración, bajo la acción del Espíritu, posee ahora una nueva sensibilidad para verlos y sentirlos como propios, porque lo son de Aquél que es para él como la "mitad de su alma". Se compadece, pero va más allá: abre su corazón a este vasto mundo de necesidades, de sufrimientos, de injusticias, de opresiones, y procura remediarlos, aun sacrificando lo propio, o sabiendo que su aportación tiene un límite. Y, a medida que; la amistad con el Señor va creciendo, los problemas ajenos, los de Jesús, pasan a ocupar el centro de sus preocupaciones, se va persuadiendo que dejar en manos del Señor los propios —sin omitir la discreta cooperación que siempre hemos de dar— y vivir más intensamente para los ajenos, los de Cristo, es lo más eficiente y el signo auténtico de que, en verdad, la amistad con Jesús en la oración tiene su prolongación en la vida. El compromiso de amor con el Señor (en su doble dimensión: con el mismo Jesús y con los demás), es la esencia misma de la vida cristiana.

g)

Una conclusión. A lo expuesto, podemos añadir lo siguiente: Las explicaciones de los que viven la realidad del compromiso social en la Renovación Carismática, y el fuerte mentís de tantos grupos de oración y comunidades comprometidos en toda la gama social, aun socio-política, ponen de manifiesto algo importante: que los defectos de compromiso de la Renovación, son de personas o grupos aislados, y que no se pueden achacar ligeramente a toda la Renovación. Hay muchos modos de comprometerse y no han de reducirse a la atención y defensa de los marginados, de los sin poder de decisión o faltos de medios económicos. Todo esto entra, pero el compromiso social comporta otras muchas realidades. La Renovación, en su entrega a los demás, va expandiendo, cada vez más, su compromiso con sectores menos atendidos, sin abandonar los anteriores: el mundo de los rechazados por sus propias familias, de los desesperanzados por su situación psíquica, de los enfermos físicos abandonados, de los envueltos en crisis profundas religiosas, morales, familiares, se acrecienta de día en día. Los que han captado la entraña de la Renovación y han dejado que el Espíritu los transforme, saben sacar provecho de los reproches que nos hacen los que con demasiada facilidad nos encuentran desencarnados. El Espíritu llena "el universo y no solamente las comunidades de cristianos. Debemos hacer lo que sea para unirnos a El en todas las dimensiones de su acción. Como ha dicho bien uno de los nuestros: 'La Renovación no es la evasión de los hombres en el mundo de Dios, sino la invasión de Dios en el mundo de los hombres. "Pero por nuestro lado, recordamos a los que nos ven vivir, que la interioridad de la oración es necesaria para estar a la escucha del Espíritu, que nuestra presencia en el mundo no puede ser un amaño con el espíritu del mundo, y que la Iglesia, hoy, sólo será viva si por todas partes nacen comunidades (o grupos) profundamente comprometidos en la fe. De esta manera será fecunda la interpelación recíproca de los que critican honradamente a la Renovación y de los que viven de ella. Y esto, especialmente, en la dirección de los asuntos humanos”'4 Y algo que escapa, muchas veces, a la mirada de los que ven desde fuera la Renovación es la nueva actitud y la nueva manera de realizar la propia profesión, el trabajo, las ocupaciones de los deberes de estado: intentan realizarlos desde el Señor para sus hermanos con una nueva eficacia, dedicación, honradez, acogida, respeto por la persona. Pretenden, quizás sin conocer la nomenclatura del Concilio Vaticano II, participar activamente en la transformación del mundo según el Evangelio. En este sentido, la afirmación del Cardenal O'Connor llega a parecer exagerada, aunque aplicable también a cuantos cristianos se hallan comprometidos fuera de la Renovación: "Sólo vosotros podéis ir a las clases, penetrar en el mundo de la industria, dentro del ancho espectro de lugares a donde yo no voy y a donde Cristo no puede ir si no es a través de vosotros. Vosotros sois los ojos y los oídos de Cristo. Vosotros sois las manos de Cristo".5 Pero estas alabanzas no invalidan las críticas justas que se puedan hacer a la Renovación. Las deficiencias no son irremediables y el compromiso puede ser cada vez más amplio, purificado, centrado en Cristo y en los hermanos. Como

escribe el P. Matagrin: "Podemos pensar que en este final del segundo milenio el porvenir de la Iglesia en Occidente (había que extenderlo a todo el mundo) está ligado a la reconciliación de las dos corrientes donde se expresa la vitalidad del cristianismo: la renovación espiritual, y el compromiso al servicio de la libertad, de la justicia y de la paz. Sería dramático que las dos corrientes se separaran. Sin renovación espiritual, el compromiso político de los cristianos se arriesga a reducir el Evangelio a un mesianismo terrestre; sin el combate por la libertad, la justicia y la paz, la renovación espiritual corre el riesgo de hundirse en el pietismo, cuando no en el iluminismo”.6 Una autoridad tan indiscutible como H. Muhlen, dentro de la Renovación Carismática y como teólogo sobre el Espíritu Santo afirma, a propósito del compromiso social y la Renovación: "La Renovación Carismática no es, en ningún sentido, un éxodo de la sociedad, sino la capacitación para distanciarse críticamente de todas las ideologías socio-políticas, lo cual hará posible la actividad socio-política desde una original experiencia cristiana fundamental (...) San Pablo nos aclara, además, que un compromiso social y crítico del cristiano frente a la sociedad no se apoya en una ideología política, pues a ésta no le importa, en primer lugar, la verdad, sino el logro de sus objetivos políticos. La postura social de un cristiano debe ser, por el contrario, carismática. Es decir, este compromiso es 'gracia' (cf. 2 Corintios 8,1), y continuidad histórica de Jesús como don de sí mismo. San Pablo dice de los Macedonios: 'en la limosna material no sólo dieron algo, sino que se entregaron a sí mismos: primeramente a Dios y después también a nosotros'. (2 Corintios 8,5). "Preguntémonos ahora qué significa ésta para cada uno de nosotros en particular. Primero, cuando la experiencia comunitaria de Dios en la liturgia no nos lleva a un compromiso social y político más fuerte, cuando permanece limitada a un círculo elegido de los así llamados 'carismáticos', entonces tenemos una unilateralidad culpable. Tú, en una situación así, puedes rezar en el culto, incluso con mucho fervor y emoción; pero cuando las obras no siguen a tu fe, entonces 'te engañas a ti mismo' (cf. Santiago 1, 22). En este caso estás más emocionado por ti mismo que por Cristo, quien se entregó a sí mismo por los demás (Santiago 2, 15-17). Como cristiano, por otra parte, estás armado contra todas las ideologías que buscan únicamente la salvación de los hombres en la igualdad de bienes y, por consiguiente, optan por una reivindicación totalitaria (1 Corintios 13,3). Tú has experimentado en ti mismo el misterio de Dios y, por eso, tienes otra escala de valores con la que puedes medir todas las exigencias totalitarias y las doctrinas que patrocinan una salvación intramundana. Esto presupone que tú trabajas también de hecho y que colaboras, según tus fuerzas, en el cambio de las estructuras sociales injustas y de las relaciones que suponen un dominio absoluto (...) Tú puedes y debes solidarizarte en ciertas circunstancias con todos los que, sin intención de manipularte o de hacer planes sin ti, trabajan por el cambio de las estructuras sociales y por la repartición justa de los bienes. "Tal vez te sientes un carismático lleno de gracias, pues rezas en lenguas y en la oración tienes grandes emociones. Pero si tú crees que éste es el camino propio y más importante hacia Dios, experimentarás una terrible decepción. El mal comienza muchas veces con la exageración de lo bueno. El bautismo en el Espíritu alcanza todas tus fuerzas, incluso a tus emociones. Pero cuando una experiencia tal te hace extraño a la sociedad, cuando tú crees que puedes llevar ahora, por primera vez, una vida justa y limpia, privada y burguesa, entonces habría sido mejor que no hubieras tenido contacto alguno con la Renovación Carismática. O manifiestas tu fe incluso dentro de la sociedad, o te mantienes también frente a Dios en una existencia separada y privada, gozando de lo que tú llamas 'experiencia de Dios', que quizás sea solamente tu propio sentimiento. Jesús se comprometió con los despreciados, con los oprimidos, con los pecadores y su compromiso con ellos fue también emocional".7

NOTAS

1. 2. 3. 4. 5. 6. 7.

Cfr. J. Taveau-J. Mondel, "Renovación y compromiso temporal", Presencia de la Renovación Carismática, (varios). Edit. Roma. Barcelona, 1981, 71-94. Lumen Gentium 33-36. W. Johnston, "El ciervo vulnerado", Edic. Paulinas, Madrid, 1986, 22-23; Cfr. J-M. Garrigues, "Renovación Carismática, inserción en la comunidad eclesial", Presencia de la Renovación Carismática, o.c., 18ss. J. Taveau-J. Mondel, o.c., 91. Card. J. O'Connor, New Covenant, sept. 1989, 20. P. Matagrin, citado por J. Taveau, J. Mondel, o.c., 93; Cfr. Card. L. J. Suenens; Dom Helder Cámara, "Renouveau dans l'Esprit et service de lliomme", Document de Malines 3f Lumen Vitae, Bruxelles, 1979. H. Muhlen, "Catequesis para la Renovación Carismática", Secretariado Trinitario, Salamanca, 1979,188-192; Cfr. E. Griese, "La dimensión crítico-social de los carismas"; H. Muhlen, "Carisma y sociedad", ambos en: Dones del Espíritu, hoy (varios), Secretariado Trinitario, Salamanca, 1987,177-190; 190- 207; J. Alfaro, "Esperanza cristiana y liberación del hombre", Edit. Herder, 1972, sobre todo cc. X, XI, XII.; J. Alfaro, "Hacia una Teología del Progreso humano", Edit. Herder, 1969. Especialmente interesantes son los cc. tercero y cuarto; B. Sorge, "La opción política del cristiano", BAC popular, Madrid, 1976. La competencia del autor hace que todo el libro resulte sumamente provechoso. Para nuestro caso, es particularmente recomendable el capítulo cuarto, p. 37-54; para quienes pueden tener acceso a los documentos de la Congregación General 32 de la Compañía de Jesús, es de gran valor como orientación ideológica y práctica el documento 4 de la misma, 69-100 (nn. 39-50 tocan directamente el tema).

XVIII EL AMOR Y LA OPCION PREFERENCIAL POR LOS POBRES, COMO FRUTO DE LOS GRUPOS DE ORACION 1. La doctrina. Debemos dedicar nuestro servicio a los que más nos necesitan, especialmente, a la inmensa multitud que en los países subdesarrollados viven en una pobreza frecuentemente desgarradora. Hay algo indudable que, por la misma trágica realidad humana y la misión de la Iglesia, orienta la nuestra, particularmente en las actuales circunstancias.  Dedicarse al servicio de los pobres es, sin duda, una práctica de la pobreza que debe realizarse de un modo auténtico. Supone, frecuentemente, tener que renunciar generosamente a un trato social más elevado; dejar de compartir, por la desigualdad de formación, el placer que se experimenta al sentirse comprendido y poder participar de riquezas culturales, morales y religiosas. Es asumir desde dentro un mundo de pobreza de bienes materiales y espirituales. Esto no significa renunciar a una capacitación profesional para servirlos. Hoy, más que antes, se impone una formación cultural, científica, intelectual, profesional, religiosa, que muchas veces podría calificarse de verdadera especialización. Pero se tiene en cuenta, más que la riqueza propia y el desarrollo integral humano, la capacitación para un servicio más efectivo del que no dispensa la actuación de la gracia. Y todo ello vivificado por la motivación y por el amor al Cristo del Evangelio. Este debe ser la insustituible y suprema especialización del cristiano. De otro modo, habríamos, quizá, penetrado en los aspectos sociológicos de nuestra labor, pero estaríamos al margen de lo más peculiar de nuestro ser de personas consagradas enteramente al Padre y por El a la Iglesia y al mundo necesitado.  Conviene repetirlo por su importancia: nuestro amor a los pobres, alma de la entrega a su servicio, no se basa, primordialmente, en la justicia o injusticia con que sean tratados, aunque sea una motivación admirable, sino en el imperativo de imitar el amor del Padre "que hace salir el sol sobre buenos y malos" (Mateo 5,45). Está en la motivación profundamente diversa y en la realidad que subyace. Nos identificamos con los necesitados, no sólo en un gesto de abnegación, sino para elevarlos y cooperar, sobre todo, a que "sean". Siendo signos reales, vivos, actuantes de la pobreza evangélica, en las diversas formas que hoy pueden traducirse en nuestro mundo, no perdemos de vista la tarea urgente de una "promoción humana integral", la construcción del hombre nuevo en Cristo, que ayude a los pobres a hacerse actores de su propia liberación en el amplio contenido de la palabra.  La dedicación al servicio de los pobres no solamente incluye cuanto hemos indicado. Los cristianos tienen muy presente lo que hoy se designa con el nombre de "acción sana y prudentemente concientizadora": despertar el sentido de la dignidad humana, la fuerza e intangibilidad de sus derechos (Gaudium et Spes 15-17). Aún más, deben asumir en favor de los pobres una "función profética", es decir, a la luz de los valores de justicia, amor y paz del Reino, denunciar, con verdadera sensatez y en maneras que manifiesten el respeto a todos, las injusticias de las personas, grupos y estructuras que institucionalizan la violencia contra el pueblo; destacar y salvaguardar los valores que posee y corren el peligro de perderse en un proceso de desarrollo llevado con criterio exclusivamente técnico-económico o bajo la seducción de la "civilización del confort".  Mas esta función profética, en la práctica resulta difícil de cumplir con espíritu auténticamente evangélico: de hecho, declararse uno a sí mismo "como enviado de Dios" para fustigar la sociedad que vivimos —profundamente injusta y alienadora— es peligroso. No todos saben sobreponerse al deseo larvado de llamar la atención sobre sí, de ocultar sus preferencias partidaristas, de dar sobre regímenes que rehúyen, no tanto por criterios humanos y evangélicos, cuanto por estar en oposición con la línea política que en el fondo han asumido. Se necesita pureza de intención, atención a las orientaciones de la Iglesia, al discernimiento a la luz de Dios de los sanos principios sociológicos y psicológicos.  El punto neurálgico, el modo más atendible para distinguir a los "falsos de los verdaderos profetas", es, indiscutiblemente, su posición ante la jerarquía. Este aspecto merecería un tratado amplio por la importancia que reviste y las consecuencias beneficiosas o nefastas que pueden seguirse. Remitimos, sin embargo, a escritos sumamente equilibrados y esclarecedores aparecidos en revistas y otras publicaciones.  Esta tarea hay que realizarla dentro de un marco de madurez no siempre fácil de conseguir. Se trata de la madurez que implica una integración de cualidades diversas: se es, a la vez, humilde y decidido; obediente y creador; disponible y constante; prudente y sin temor. De otro modo, se corren riesgos que el mal puede explotar astutamente para sí. No basta, por ejemplo, afirmar que se tiene el carisma profético y que cuanto se dice o se hace es responsabilidad propia; opinión o acción de la que él solo responde. Puede tenerse el carisma, mas quien dictamina de si existe o no, de si es un don auténtico del Señor o una ficción y un engaño propio, no es el mismo sujeto. Son los representantes jerárquicos de Dios a quienes compete juzgar sobre la realidad de lo que se dice haber recibido. (Lumen Gentium 12). Aun en la hipótesis afirmativa, hay que pesar la oportunidad de exponer juicios, tomar actitudes, realizar acciones concretas. Aquí no sólo entra el discernimiento espiritual tan necesario; la misma prudencia humana no debe jamás brillar por su ausencia. No es coartarse, ni relegarse al rincón, por un temor infundado de comprometerse. Es situar las cosas en su marco propio, en el que debe actuar siempre una persona cristiana. Este modo de ver y actuar enfocando ahora la imitación de nuestro anonadamiento en la dedicación a los pobres, se apoya en el verdadero seguimiento de Cristo pobre y humillado que, libre y decididamente, les ha dado preferencia. Pero no es una opción de "clase"; es más extensa y comprometida. Rebasa el sentido sociológico corriente. Cristo quiso ser pobre personalmente y eligió especialmente a los desheredados. La vida entera da testimonio de ello. Y la doctrina viene a conformar "la opción de fondo de su misión apostólica" (Lucas 4,16-30; Mateo 11,4-5).  Por pobre hemos de entender a los que realmente lo son, pobres reales, afligidos, hambrientos; todos lo que no cuentan, los oprimidos. En ellos, Cristo quiere, preferentemente, manifestar su compasión y su misericordia divina, con los menos favorecidos. En ellos, sobre todo, se hace verdad "la justicia al servicio del amor".

 Pero en Cristo y en el que pretende continuar su vida y misión, la preferencia no significa exclusividad. La salvación no se identifica con los pobres solamente. Incluye la salvación material, pero trasciende la lucha por la justicia social. Incluye, y con preferencia, la salvación espiritual y escatológica. Si hay algo claro en la predicación de Jesús es esto. La opción por la pobreza material es un caso particular importante de la preferencia por todos los afligidos. Entre ellos Cristo encuentra, frecuentemente, los casos más lastimosos de pobreza material y religiosa, que constituye la esencia más honda de su misión y de la instancia espiritual de la misión cristiana: la "liberación de la esclavitud del pecado" (Lucas 19,10; Romanos 5,12 y siguientes; 4,4-7; Hebreos 2,14). Cristo vive su anonadamiento entre estos pobres de bienes materiales y morales. Y "esta predilección" (. . .) "no es una opción fruto de la demagogia y del populismo, sino una preferencia coherente con la concepción del Reino de Dios, que quiere ser manifestación gratuita de justicia y misericordia hacia los más débiles y extraviados". (B. Sorge). El anonadamiento del cristiano ha de seguir y vivir esta elección y preferencia de Cristo. 2. La aplicación a la Renovación Carismática. Una complementariedad necesaria No suele resultarnos fácil, por más buena voluntad que tengamos, armonizar la doble dimensión cristiana: hacia Dios y hacia los hombres; lo "vertical" y lo "horizontal", expresiones que se han prodigado tan profusamente. Ambos son aspectos que se exigen y complementan mutuamente. Jesús nos lo afirmó taxativamente: no podemos prescindir de nuestros hermanos so pretexto de relacionarnos, aunque sea íntimamente con Dios. Como ya hemos afirmado, es una doble misión del Espíritu configurarnos con Cristo que realizó la voluntad del Padre volviéndose y entregándose a los hombres. Por eso, El afirmó que no todo el que dice "Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre" (Mateo 7,21). "Con toda seguridad se habla mucho del hombre-Jesús, pero es para ver en El el modelo del amor de los hermanos y la clave de bóveda de la historia; se olvida añadir que es también el Verbo de Dios quien, viviendo en el seno del Padre, nos comunica a Dios. "Creer en el Reino futuro, es estar convencido de que, porque El es Dios, el advenimiento de una sociedad más justa no es una utopía, a pesar de todos los fracasos del pasado. La misión primera de la Iglesia, como pueblo testigo y portador del mensaje, será ayudar al mundo a llegar a ser adulto, pero parece olvidarse que la misión propia de la Iglesia es ayudar al mundo a encontrar a Dios. "En cuanto a la catequesis, su papel principal será promover entre los jóvenes el espacio de interrogación indispensable para que el problema de Dios pueda surgir un día y la palabra 'Dios* tome un sentido; se subestima la importancia del anuncio explícito de Dios y de la enseñanza religiosa propiamente dicha".1 En la Renovación Carismática: Hay que unir lo que Dios ha querido que viva y permanezca unido: el primero y segundo mandamientos. La Renovación Carismática, pensamos, va centrándose progresivamente de un modo cada vez más maduro y equilibrado. De un acento casi exclusivo en lo explícito y directamente religioso, se va pasando, sin perder fuerza la orientación de los comienzos, a lo que va hacia el hombre, como una exigencia de la relación íntima con Dios, de una fe viva y de la experiencia del amor del Señor que muchos han experimentado fuertemente. Cada vez tiene una visión más clara y un compromiso más sólido y arraigado de que la instauración de la justicia o la dedicación preferencial por los pobres, es un deber fundamental para el hombre. Por lo tanto, para el cristiano y el comprometido en el seguimiento de Cristo tiene una razón y fuerza especial. Esta justicia, en su instauración, concierne, a la vez, a Dios y al prójimo, y el miembro de la Renovación es un instrumento valioso. —“No habrá renovación espiritual en la Iglesia en tanto que el bautizado no haya comprendido y aceptado las exigencias de su bautismo (...) Es Jesucristo quien define nuestra especificidad y no nosotros (...) Los hechos nos describen algunos rasgos del comportamiento 'normar de los primeros cristianos (Hechos 2,42) (...) No podemos engañarnos respecto de nuestra identidad: "El cristiano es aquel que ha entrado en relación personal y viviente con Jesús, reconocido como su Salvador y su Señor. "El no está solo: se comporta como miembro del Cuerpo de Cristo por una inserción en la comunidad eclesial local. Se sabe llamado, por orden del Maestro, a dar frutos, a la vez por la evangelización y por el servicio de los hombres. "Tal es el cristiano 'normal', original, adulto, habiendo decidido seguir al Maestro —hasta el testimonio supremo- incluso el martirio".2 — Las personas en las que la Renovación Carismática ha penetrado, pretenden amar con el corazón de Cristo y, por lo tanto, solidarizarse con sus hermanos los hombres, siguiendo el ejemplo de su Maestro. Se trata, pues, de "evangelización" y de "humanización". Nos parece que la llamada del Espíritu se hace sentir fuertemente sobre la Renovación y ésta va respondiendo y progresando en su respuesta con un compromiso efectivo. Algo típico de ella, que debería ser de todo cristiano comprometido, es que su actividad social pretende realizarla en la fuerza del Espíritu y en el poder de sus carismas. Cuando es así, los frutos del mismo Espíritu Santo se hacen presentes a veces con relieve, porque El, que es el portador de los frutos, los hace nacer, madurar y multiplicarse en abundancia. Su acción, por más interior que sea, se manifiesta hacia afuera.3 No puede haber dicotomía, separación, entre lo humano obra del Espíritu y lo divino, en donde actúa el mismo Espíritu Santo. La lucha cristiana por la justicia, la libertad y la paz también son un fruto hermoso. — Los grupos de oración son lugares de la presencia de Cristo resucitado actuante por su Espíritu. No puede menos, por consiguiente, de realizar allí, en la asamblea, y en el corazón de cada uno de los participantes, la obra que le es propia. Si esto no ocurriera en un período de tiempo discreto, el compromiso con la evangelización y el servicio del hombre, tendría serios obstáculos que le impedirían actuar con poder.4 —Notemos algo verdaderamente consolador: el Papa Juan Pablo II ha dicho a los dirigentes reunidos en Roma que hay que comprender más plenamente que "antes que Buena Nueva para los pobres es Buena Nueva para nosotros mismos". Y sólo acercándonos a los pobres podremos escuchar en su plena autenticidad la Palabra de Aquel que no vino a ser servido sino á servir.

La Renovación surge así como el fruto del Espíritu en el corazón pobre, no como algo que se comunica a los demás. La Renovación es algo que se recibe, algo que engendra el Espíritu del Señor en lo más profundo de los corazones, como un don humilde y gratuito. —Sólo en la pobreza se puede escuchar y anunciar la Buena Nueva a los pobres. Como dijo en otra ocasión el Papa: "Los pobres de espíritu son aquellos que, careciendo de bienes terrenales, saben vivir con dignidad humana los valores de una pobreza espiritual rica de Dios, y aquellos que poseyendo los bienes materiales, viven el desprendimiento interior y la comunicación con los que sufren necesidad"5 No obstante cuanto se ha dicho de la proyección social de los grupos de oración, los dirigentes de la Renovación deben estar precavidos para que ésta no sea usada para fines particulares, aunque sean loables, con detrimento de su "identidad" propia. La misma Renovación tiene que respetar las finalidades que Dios le ha ido mostrando y que le son propias. La voz de varias conferencias episcopales la alertan sobre esto.  La acogida fraternal" de los marginados de la sociedad "Los que oran en las asambleas (o grupos de oración) tienen el corazón abierto a la Palabra. Uno de los frutos que ellos ofrecen a nuestro mundo cruel en el que abundan extraordinariamente los que sufren, es el de la 'compasión'. La 'sensibilidad' excesiva de que se les acusa y que les hace ser tachados fácilmente de retrasados afectivos o de falsos místicos, les permite comprender los gritos de todos aquellos que lloran, descubrir el dolor de todos aquellos que se esconden como leprosos. A todos, quisieran ellos ofrecer una palabra de aliento y de esperanza, la de Cristo resucitado que llevó sobre la cruz el sufrimiento y el peso del pecado del mundo. Toda parroquia sabe bien que ella puede enviar a los miembros de la Renovación carismática a los desgraciados que tocan a su puerta implorando en el nombre de Dios que no se les abandone: jóvenes en dificultad, divorciados, celibatarios que no pueden soportar su soledad. . . pero también los que salen de un hospital psiquiátrico o de una prisión, los envueltos en la droga deseosos de salir de ella, jóvenes que abandonan una secta, enfermos y ancianos, los que no saben qué hacer. Ellos recibirán una acogida fraternal, un albergue más o menos largo y, a veces, aun se les invitará a compartir las vacaciones, pero, sobre todo, se les propondrá orar; el deseo de ir en ayuda de estas personas sufrientes se traduce frecuentemente por una oración de intercesión y aun la petición de la curación (física e interior). Muchos son los enfermos que son visitados regularmente por equipos que oran sin falso pudor con el enfermo, en la medida en que este último lo desea".6 Es, pues, una gloria de la Renovación el que en sus grupos se encuentren personas que se hallan, por una razón u otra, marginadas de la sociedad. Vienen a buscar lo que en otras partes no se les quiere o no se les puede dar. Detrás de Jesús iban no pocos atraídos por su compasión y su amor.

NOTAS

1. 2. 3. 4. 5.

6.

A. Dondeyne, etc. citado por el Card. Suenens en: "Renoveau dans l'Esprit et sérvice de l'homme", Lumen Vitae, Bruxelles, 1979,17-18. Card. L-J. Suenens, Dom Helder Cámara, cita anterior, n. 1,17-18. Card. L-J. Suenens, Dom Helder Cámara, cita anterior, 59-64. Cfr. D. Jaramillo, "Renovación Carismática", Centro carismático, El Minuto de Dios, Bogotá, 1978, 175-193. R. Puigdollers, Koinonía, n. 65, mayo-junio, 1987, 2. Toda la bibliografía citada en el capítulo anterior, tiene un indiscutible valor para el presente, con las variaciones del caso. Especialmente es recomendable la anotada en el número 7. A ella remitimos al lector en las publicaciones a que pueda tener acceso. B-Violaine Aufauvre, G. Constant, A. Garin, "Qui fera taire le vent?", Desclée de Brouwer, París, 1988, 117. Consideramos esta obra de excepcional valor; impregnada de un admirable equilibrio, de un cálido aliento que viene de la experiencia, de la convicción, del amor del Señor y de su Iglesia, de la Renovación Carismática. La claridad, la importancia de los temas abordados, la justeza y la información que se transparentan en sus páginas, la unidad de toda la obra, aun siendo elaborada por varias personas, etc. hacen de ella un trabajo sobre la Renovación Carismática especialmente recomendable.

APENDICE RECOMENDACIONES UTILES PARA LA ORACION COMUN EN LOS GRUPOS DE LA RENOVACION CARISMATICA Inspirados, y siguiendo de cerca las notas de J-D. Fischer (Tychique, n. 68, juillet, 1987, 43-45) presentamos algunas indicaciones prácticas: 1. El silencio: —No tener miedo al silencio. No es raro que esto suceda, sobre todo al comienzo. — El silencio tiene su importancia y su valor irreemplazable: es un recordatorio de que estamos reunidos en la presencia de Dios. Nos hace tomar conciencia de que es el Espíritu Santo quien debe guiar la reunión de oración. El silencio es un tiempo para ser llenado de Dios: bajar a nuestro corazón íntimo para comunicarnos con El: asimilar lo que hemos orado, cantado, leído (su Palabra). El silencio nos da la posibilidad de abrirnos a la oración, a discernir los signos de ser usados en profecía, de profundizar nuestra alabanza. Entrar en diálogo con Dios profundamente, si se excluyen silencios discretos, será difícil para muchos. —El silencio nos da la posibilidad de escuchar lo que Dios nos dice y de inspirar nuestra respuesta. 2. La variedad: — La variedad en los elementos que entran en juego, ya enumerados, dando preferencia a la alabanza, pero recordando y practicando los modos diversos de alabar: la alabanza personal, la alabanza compartida, el canto, el silencio, el orar y cantar en lenguas. — Variedad en las personas que oran: que no sean siempre las mismas ni se derramen en oraciones largas. — Variedad en las motivaciones que inspiran nuestra alabanza. — Variedad en el mensaje de nuestra alabanza o en el contenido de ella. — Variedad en los cantos oportunos, adecuados al momento de la oración. 3. Seguir y mantener discretamente el "hilo rojo": — Es decir, la orientación que, progresivamente, el Señor, por su Espíritu, va imprimiendo a la oración-, por ejemplo, al contenido profundo y sostenido de la alabanza. — Restaurarlo discretamente cuando alguien intempestivamente lo corta o desvía. — Cuando el Señor manifiesta que se mantenga por más tiempo una alabanza intensa, no estar pendiente de que ya pasó el tiempo que, ordinariamente, se le dedica. 4. Clarificar lo que no esté claro: — Puede ser discernir profecías dadas, pero sobre las que pesa una duda razonable de que sean auténticas. — Tomar discretamente decisiones prácticas. — Alentar a obedecer gozosamente lo que se nos ha encomendado. 5. Recomendaciones prácticas:

a) b)

"Una reunión de oración no es una colección de individuos que oran: es una asamblea reunida de miembros de la Iglesia, que sirven a su Señor ejerciendo juntos el ministerio de la oración." "Tiene mucha importancia el singular de la palabra oración: con ello se indica que no se trata de una sucesión de oraciones de diversos sujetos; sino que se trata nada menos que de la obra en común de cristianos, que se han reunido en el nombre del Señor para orar. Se sienten congregados y asistidos por el Espíritu Santo. En la reunión de oración existe solamente una única oración formada en el corazón por el Espíritu Santo y se va expresando sucesivamente por diferentes labios." Se deduce, pues, la importancia de la actitud que debe tener cada sujeto responsabilizado de la parte que le toca, como miembro de ese cuerpo unido en Cristo por el Espíritu. Consecuentemente, cuando uno de los participantes expresa la oración de todos —de la que ella es el alta voz— la actitud de cada uno debe ser la de asociarse a ella en su oración. No debe dejarse arrastrar ni enfriar por las imperfecciones que pueda tener esa oración. El peligro de aprovechar el tiempo para preparar la oración que deseo decir, debe ser superado pronta y decididamente. Hemos de procurar vigilar y purificar nuestras motivaciones en la asistencia a la reunión de oración: no se va a ella para oír orar, ni para juzgar la oración de los demás. Se va para alabar a Dios en Cristo con la fuerza del Espíritu, en unión fraternal con los hermanos; se va para dejarse mover e iluminar por El, para colaborar en la obra común que es la oración. Esto no excluye las dificultades que podamos encontrar y que iremos superando con la ayuda del Señor y de nuestros hermanos. No todo es perfecto, ni mucho menos, desde el comienzo. Hay un caminar progresivo hacia el Señor. Es muy importante el estar totalmente disponibles. Para eso es de una gran ayuda llegar a la reunión de oración liberados de preocupaciones acaparantes; de oraciones directamente personales; de peticiones que nos conciernen y que, a todo trance, queremos exponer; de cosas que se irradien a los demás, los descentren del Señor y los impregnen de la propia pesadez. "Puesto que se trata de una sola oración, es necesario, en la medida de lo posible, que se construya de manera armoniosa. Para esto, ayuda el que cada uno continúe en la línea trazada por la oración precedente, hasta que se agote. Dios no es un Dios de desorden, sino de paz (1 Corintios 14,33).

c)

d)

e)

f)

"Sin embargo, esta recomendación no es absoluta. El Espíritu sopla donde El quiere. Así, no conviene dejar una oración que el Espíritu Santo pone en el corazón, bajo el pretexto de que no está en la línea de continuación. Lo que parecía estar fuera de línea puede aparecer después como algo que se halla en unidad profunda con el conjunto: la lógica del Espíritu Santo no es la nuestra".

g)

La oración es, indudablemente, una acción íntima y secreta del Espíritu Santo obrando en cada uno. Por esto, precisamente, no se podrá orar verdaderamente en común si no es dentro de una atmósfera de confianza fraternal recíproca, y en un ambiente de amor sincero y muchas veces ardiente. Recordemos lo que Jesús dice de la oración personal, aplicable totalmente a la oración comunitaria (Mateo 6,6). Por lo tanto, hemos de ser sumamente cuidadosos de no divulgar lo que se ha dicho en la reunión de oración, sobre todo, si se citan nombres concretos de personas. Naturalmente, a ninguno se le debe constreñir a orar en voz alta. Se le ha de ir animando discretamente, de modo que venza la dificultad que la mayor parte de los que comienzan a asistir, suelen experimentar. No se debe juzgar al que no ora. Pero no es aconsejable asistir a la reunión de oración si de antemano se ha tomado la determinación de no orar, en modo alguno, ni de asociarse a la de aquéllos que lo hacen. Esto, naturalmente, es distinto de la dificultad que ordinariamente se experimenta al comienzo y que, no obstante el silencio, va disponiéndose y tomando parte de modo progresivo, aunque lento. Desconfiemos de las oraciones que se hacen en una excitación psíquica: desconfiemos igualmente de las palabras fatigantes para los demás y de las expresiones inútiles. Esto se aplica a las formas repetitivas que vienen a ser muletillas y apoyos inconscientes. Algunos multiplican sin cesar palabras como "Señor" u otras, de un modo y con una frecuencia que fatiga y enoja. Lo que se ha dicho no tiene, en modo alguno, el carácter de imprescindible. Se trata de recomendaciones hechas a la luz de la experiencia. Deben, pues, considerarse útiles para la buena marcha del grupo de oración y para el crecimiento del mismo en el Señor. Aunque el grupo de oración, según la mayoría de los autores, deba ser preparado en un sano margen de flexibilidad, hay una persuasión, que debe ser cuidada: que Dios se da a todos y a cada uno a través del amor comunitario y de la oración de unos y otros. Esto implica que haya una sana y libre expresión, dentro del "orden" que debe reinar en toda reunión de oración (1 Corintios 14,40).

h)

i)

j)

k) Respecto de la afectividad tan mal interpretada, no pocas veces, desde fuera de la Renovación, desempeña un papel ya desde el principio. Es un elemento indispensable para construir una comunidad fraternal. Pero también en ella caben peligros: quedarse en lo superficial, darle una importancia desmedida, permanecer en el nivel humano. Desde luego, es probable que, siguiendo el dinamismo psicológico, la afectividad se despierte a partir de un nivel superficial: pero ordinariamente, si la persona se deja captar por el ambiente, participa en la alabanza con amor o en espíritu de fe, y se abre a la acción del Espíritu, se va profundizando gradualmente. El Espíritu Santo la va afinando, purificando, sobrenaturalizando, según avanza la oración. Y, progresivamente, se va transformando en un verdadero y profundo amor filial a Dios en Cristo y se irradia poderosamente hacia los hermanos. Entonces es todo el ser de la persona el que se halla bajo la fuerza del amor, del Espíritu, en el que también esa dimensión afectiva del hombre está presente en una pureza e intensidad profundas, animada por la acción del Espíritu de Jesús. (Cfr. G. Leportre, o.c., 121-122).

Impresión Amigo del Hogar Ira. edición: Febrero, 1991 2da. edición: Septiembre, 1992

''Con gusto presentamos este segundo libro del P, Benigno Juanes, S, J, ''Componentes básicos de la Renovación Carismática''. Me une a él una antigua y cordial amistad. Hemos compartido hermosas horas de trabajo en el mismo campo pastoral. La lectura detenida de todo el original me ha dejado gratamente impresionado por ía abundancia, el equilibrio y la practicidad que se manifiesta en toda la obra. No tenemos la menor duda que beneficiará mucho a los grupos de oración y a cuantos desean sinceramente conocer diversos aspectos de esta "corriente de gracia (Caro. Suenens), que el Espíritu Santo ha suscitado en Su Iglesia". "Creemos que la Renovación Carismática tiene unos aportes propios y específicos que dar al clamor del Papa Juan Pablo II, lanzado como inspirada consigna: "una Nueva Evangelización" (Haití, 1983; Santo Domingo, 1984). Es un reto para todo cristiano esta "nueva evangelización", no nueva precisamente en su contenido, sino "nueva en sus métodos, en su ardor, en sus expresiones". "Una vez más nos alegramos del fruto que esperamos produzca esta nueva obra del querido P. Benigno Juanes, S. J. a quien doy gustosamente mi bendición episcopal. Que las oraciones de la Renovación Carismática, su distintivo específico, sigan acompañando mi quehacer de Pastor. Cuenta con ellas". Monseñor Ramón De la Rosa y Carpió Obispo Auxiliar de Santo Domingo,

COLECCIÓN TORRENTES

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