#1 JUNIO 2012

FUNDAÇÃO JOSÉ SARAMAGO

CARLOS FUENTES, IN MEMORIAM

TEXTOS DE FEDERICO REYES HEROLES, NÉLIDA PIÑON Y JOSÉ SARAMAGO



 LIBRO INFANTIL Y PROMOCIÓN DE LA LECTURA

UTOPÍA Y DISTOPÍA URBANA



 SARAMAGUIANA


JUAN JOSE TAMAYO, DIOS, SILENCIO DEL UNIVERSO

#1 JUNIO 2012 Director: Sérgio Machado Letria Edición/Redacción: Andreia Brites, Sara Figueiredo Costa Maquetación: Fundação José Saramago Maquetado com iBooks Author/Apple Traducciones: Cátedra José Saramago de Traducción / Instituto Camões de Barcelona Fundação José Saramago Casa dos Bicos Rua dos Bacalhoeiros, 10 1100-135 Lisboa - Portugal blimunda@josesaramago.org http://www.josesaramago.org N.º registro na ERC - 126 238 Los textos firmados son responsabilidad de sus respectivos autores. Los contenidos de esta publicación pueden ser reproducidos bajo la licencia Creative Commons

No dejemos que nuestros muertos mueran. Parece una frase de efecto, pero es, en realidad, una condición de vida. Porque si dejamos morir a los muertos lo que estamos rechazando es su contribución a la vida.
José Saramago, 1981 © Archivo de la Fundação José Saramago

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Blimunda

 Tras un primer arranque, la revista literaria digital de la Fundación José Saramago resurge ahora con el nombre de Blimunda. Este cambio, motivado por razones administrativas con el registro de la cabecera, hizo que el nombre de la mujer protagonista de Memorial del convento, aquella que coleccionaba voluntades y veía el interior de las personas, figurase en la mancheta y diese personalidad al espacio electrónico que mantiene los objetivos de la Fundación José Saramago. Centrada en cuestiones literarias, la Blimunda no perderá de vista otros principios que orientan la Fundación, como la defensa del medio ambiente, la revalorización de la cultura portuguesa, literaria y no sólo, y aquellos otros que están plasmados en la Carta Universal de los Derechos Humanos y en la Carta de Deberes Humanos sobre la que la Fundación está trabajando. La publicación de este primer número de Blimunda coincide con la apertura a la visita pública de la nueva sede de la Fundación, en la emblemática Casa dos Bicos. Este espacio, totalmente recuperado, permitirá la creación de un nuevo centro cultural en la ciudad de Lisboa, dispuesto para quienes quieran visitarlo y, tal vez, compartir objetivos. La Fundación abre sus puertas con una gran exposición sobre la vida y la obra de José Saramago, organizada por Fernando Gómez Aguilera y titulada José Saramago. La simiente y los frutos. En ella pueden ser vistos diversos originales del escritor, un conjunto de proyecciones y varios cientos de traducciones de los libros que escribió y que fueron publicados a lo largo del mundo, es decir, los sabrosos frutos que nacieron de las simientes del trabajo realizado a lo largo de una vida plena que culminó el 18 de junio de 2010, hace ahora dos años, y que con este número de Blimunda humildemente se pretende homenajear.
Sérgio Machado Letria

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Lecturas del mes
Alexandra Lucas Coelho, “Retrato en Blanco, Pardo y Negro”, Atlântico Sul/Público En un artículo en la revista Atlântico Sul, publicada los domingos junto con el periódico Público, la periodista Alexandra Lucas Coelho recoge los resultados del Censo Demográfico de 2012 llevado a cabo por el Instituto Brasileiro de Geografia e Estatística sobre cómo los brasileños se autodeclaran según el color de piel. “El resultado del censo es el siguiente: de 190,7 millones, 96,7 millones se autodefinen como negros o pardos (término que usa el IBGE, Instituto Brasileiro de Geografia e Estatística, para referirse a los mestizos). Del 50,7% de la población, un 7,6% se declaran negros y un 43,1%, pardos. Estos resultados contradicen la opinión extendida en las zonas ricas de las ciudades de Brasil, y por lo tanto, las más capaces de difundir dicho parecer. Además, contradicen la observación que se puede hacer relativa a las personas que ocupan cargos de poder o puestos importantes ya sea en la política, en la educación, en empresas o en otros ámbitos. A partir de estos resultados y de su respectivo análisis, la periodista portuguesa, de raíces cariocas, da una visión de la evolución de los descendentes de los esclavos, las relaciones entre los diferentes pueblos que han convivido en Brasil, en el pasado y en el presente, y el debate de todas estas cuestiones a raíz del Censo, del crecimiento económico que el país está viviendo y de las recientes medidas para fomentar la economía brasileña.
http://blogues.publico.pt/atlantico-sul/2012/05/09/retrato-em-branco-pardo-e -negro/

Manuel Hidalgo, “La comida, enemiga del cuerpo y del alma”, blog Tengo Una Cíta/ El Cultural Un libro sobre la salud y la alimentación escrito por un clérigo de mediados del siglo XX sirve de pretexto a Manuel Hidalgo para reflejar la obsesión con la vida saludable. Entre el moralismo sobre la vida ajena y la ilusión de la vida eterna, las cosas no parecen haber cambiado tanto desde que el padre Joaquín García Roca signara su “Tesoro de la salud psicosomática”, ahora recuperado por el cronista de “El Cultural” en una parada en el Feria del Libro Antiguo y de Ocasión: “Pero ahora viene lo bueno. Si despojamos al libro – que es mucho despojar – de su prieta hojarasca moralista, resulta que muchas de las recomendaciones de García Roca son las que hoy proliferan en libros de idéntico éxito a cargo de médicos, dietistas o nutricionistas, y también de ideólogos del vegetarianismo, el orientalismo y, en fin, el sacrificado cuidado del cuerpo para estar sano, en forma, delgado y todas esas cosas que hoy constituyen una nueva religión. ¡La de siempre!”
http://www.elcultural.es/blogs_comentario/Tengo_una_cita/23/33775/La_co mida_enemiga_del_cuerpo_y_del_alma

Jovino Santos Neto, “Llamando al tiembre de la casa de Hermeto Pascoal”, Agulha – Revista de Cultura El músico y productor brasileño Jovino Santos Neto explica, en la revista Agulha, su experiencia al lado de Hermeto Pascoal, con el que tocó durante 15 años. La colaboración empieza en 1997, cuando Santos Neta se arma de coraje y llama a la puerta de Hermeto Pascoal. La idea era presentarse y confesar su devoción
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por el trabajo del músico, pero Hermeto acaba por invitarlo a tocar junto a él. A raíz de este momento, empieza una colaboración duradera y fructuosa. En el texto, Jovino Santos Neto habla de su experiencia tocando al lado de unos de los nombres más admirados de la música brasileña, pero la prosa acaba centrándose, sobretodo, en Hermeto, en su modo de trabajar y en su atención a los que le rodean.
http://www.revista.agulha.nom.br/ARC02HermetoPascoalPor.htm

veces dudamos: la universalidad de las aspiraciones de libertad, equidad y justicia social.”
http://blogs.elpais.com/cafe-steiner/2012/05/no-tengo-enemigos-no-conozcoel-odio.html

José Ignacio Torreblanca, “No Tengo Inimigos, No Conozco el Odio”, Café Steiner/El País En el blog Café Steiner, José Ignacio Torreblanca escribe sobre la edición española del libro No Tengo Enemigos, No Conozco el Odio (RBA), en el que se recopilan los mejores ensayos de Liu Xiaobo, escritor chino y activista de los derechos humanos que fue distinguido con el Premio Nobel de la Paz en 2010, preso desde el año 2009 por “incitar a la subversión contra el poder estatal”. Sobre el libro, Torreblanca explica: “Hay también un punto de amargura en Liu, al comprobar cómo un gran número de chinos de clase media ha decidido seguir el ejemplo de la elite y corromperse intercambiando su silencio y complicidad con el régimen a cambio de una vida opulenta y fácil. Pero más allá de ese punto amargo, la lectura del libro de Liu nos llena de esperanza y nos permite seguir soñando con algo sobre lo que a
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Andréa del Fuego, Os Malaquias 
 (Porto Editora. Ed. brasileña Língua Geral) Se trata de la primera novela de Andrea del Fuego con la que ganó la edición de 2011 del premio literario José Saramago / Fundação Círculo de Leitores. Os Malaquias acompañan la descendencia de un matrimonio que perdió la vida cuando un rayó destrozó gran parte del terreno de Serra Morena, en el interior de Brasil. En ella, se construye el camino atormentado de los hijos del matrimonio, tres niños huérfanos, mediante una historia que recorre a un tiempo que se convierte en la base que sustenta la novela, una especie de momento, en suspense, donde pasado y presente, memoria y deseo, se cruzan para intentar mirar hacia el futuro. Erguido sobre una descripción de gestos que siempre se irán repitiendo y de paisajes donde la intervención humana se resume, hasta cierto punto de la novela, en la edificación de casas rurales y en la agricultura extensiva, el tiempo de Os Malaquias se vuelve frenético cuando la pequeña localidad se empieza a preparar para el cambio, en busca de nuevos sitios para fijar sus raíces, para que el embalse de la presa, que prometió al mundo la maravilla de la electricidad, pueda inundar todo el espacio. En la profecía de diluvio, no faltan los ecos de Noé, el espejismo del mar nunca visto y la duda sobre lo que depara el futuro. Y si la

llegada del agua se prepara para cambiar las rutinas repetidas des del inicio de los tiempos, el destino tiene un cierto peso para garantizar la respiración de Serra Morena y la de sus habitantes, una pulsación unísona tan parecida a una cosmología sin principio ni fin, que permanecerá igual, a pesar de todos los obstáculos modernos. Esa pulsación es, en parte, representada por aquello conocido como realismo mágico, aunque Os Malaquias asume características que se escapan a la cristalización estilística, concepto adoptado en épocas más recientes a los de su afirmación, en la América Latina de los años 60 y 70. En la escritura de Andrea del Fuego, el realismo mágico no es pirotecnia fantasiosa para exacerbar el posible exotismo del lugar, pero sí una manera de derrumbar las fronteras entre los gestos de la cuotidiano y los estados del alma que les dan impulso, entrelazando la memoria, el presente y hasta el futuro en un mismo momento. El lenguaje es siempre contenido y sin floreados, registra, con la misma frontalidad, lo probable y lo indecible, lo que garantiza que tanto la descripción de una paisaje como la desaparición de un personaje a través de una tetera sean verosímiles. Pero nada de todo esto, hace de Os Malaquias, una novela de género o una historia de la época. El trabajo en el lenguaje, la consciencia de que el tiempo no es una cronología ordenada y secuencial y el hecho de asumir la memoria (incluida también, aquella que parece haberse perdido entre la genealogía y los obstáculos de la vida) como pilar esencial de cualquier futuro, aseguran que la estrella de Andrea del Fuego, en la novela, se sitúe fuera, y a pesar del vértigo a la novedad, regala a la literatura contemporánea de expresión portuguesa, un momento privilegiado para reinventarse. Sara Figueiredo Costa
 Traducción: Meritxell Soria Orti

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Carlos Fuentes
La Muerte de Artemio Cruz
 A Carlos Fuentes, in memoriam, Federico Reyes Heroles
 Adiós a Carlos, por Nélida Piñon
 Carlos Fuentes por José Saramago

La Muerte de Artemio Cruz
1913: 4 de diciembre Él sintió el hueco de la rodilla de la mujer, húmedo, junto a su cintura. Siempre sudaba de esa manera ligera y fresca: cuando él separó el brazo de la cintura de Regina, allí también sintió la humedad de cristales líquidos. Extendió la mano para acariciar toda la espalda, lentamente, y creyó dormirse: podría permanecer así durante horas, sin más ocupación que acariciar la espalda de Regina. Cuando cerró los ojos, se dio cuenta de la infinidad amorosa de ese cuerpo joven abrazado al suyo: pensó que la vida entera no bastaría para recorrerlo y descubrirlo, para explorar esa geografía suave, ondulante, de accidentes negros, rosados. El cuerpo de Regina esperaba y él, sin voz y sin vista, se estiró sobre la cama, tocando los barrotes de fierro con las puntas de las manos y de los pies: se alargó hacia ambos extremos de la cama. Vivían dentro de este cristal negro: la madrugada aún estaba lejos. El mosquitero no pesaba y los aislaba de todo lo que quedaba fuera de los dos cuerpos. Abrió los ojos. La mejilla de la muchacha se acercó a la suya; la barba revuelta raspó la piel de Regina. No bastaba la oscuridad. Los ojos largos de Regina brillaban, entreabiertos, como una cicatriz negra y luminosa. Respiró hondo. Las manos de Regina se unieron sobre la nuca del hombre y los perfiles volvieron a acercarse. El calor de los muslos se fundió en una sola llama. Él respiró: recámara de blusas y faldones almidonados, de membrillos abiertos sobre la mesa de nogal, de veladora apagada. Y más cerca, el tufo marino de la mujer humedecida y blanda. Las uñas hicieron un ruido de gato entre las sábanas;

las piernas volvieron a levantarse, ligeras, para apresar la cintura del hombre. Los labios buscaron el cuello. Las puntas de los senos temblaron alegremente cuando él acercó sus labios, riendo, apartando la larga cabe- llera revuelta. Si Regina hablara: él sintió el aliento cercano y le tapó los labios con la mano. Sin lengua y sin ojos: sólo la carne muda, abandonada a su propio placer. Ella lo entendió. Se apretó más junto al cuerpo del hombre. Su mano descendió al sexo del hombre y la de él al monte duro y casi lampiño de esta niña: la recordó desnuda, de pie, joven y dura en su inmovilidad, pero ondulante y suave en cuanto caminaba: a lavarse en secreto, correr las cortinas, abanicar el brasero. Volvieron a dormir, cada uno poseído del centro del otro. Sólo las manos, una mano, se movió en el sueño sonriente. —Te seguiré. —¿En dónde vivirás? —Me colaré a cada pueblo antes de que lo tomen. Y allí te esperaré. —¿Lo dejas todo? —Me llevaré unos cuantos vestidos. Tú me darás para comprar fruta y comida y yo te esperaré. Cuando entres al pueblo, ya estaré allí. Con un vestido tengo. Esa falda que ahora descansaba sobre la silla del cuarto alquilado. Cuando despierta, le gusta tocarla y tocar también las otras cosas: las peinetas, las zapatillas negras, los pequeños aretes dejados sobre la mesa. Quisiera, en esos momentos, ofrecerle algo más que estos días de separaciones y encuentros difíciles. Ya en otras ocasiones alguna orden imprevista, la necesidad de dar caza al enemigo, alguna derrota que los hacía retroceder al norte, los separó durante varias semanas. Pero ella, como una gaviota, parecía distinguir, por encima de las mil incidencias de la lucha y la fortuna, el movimiento de la marea revolucionaria: si no en el pueblo que habían dicho, aparecería tarde o temprano en otro. Iría de pueblo
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en pueblo, preguntando por el batallón, escuchando las respuestas de los viejos y mujeres que quedaban en las casas: aquí. —Hace ya como quince días que pasaron por —Dicen que no quedó ni uno vivo. —Quién sabe. Puede que regresen. Dejaron unos cañones olvidados. Tenga cuidado con los federales, que andan tronando a todo el que le da ayuda a los alzados” y acabarían por encontrarse de nuevo, como ahora. Ella tendría el cuarto listo, con frutas y comida, y la falda estaría arrojada sobre una silla. Lo esperaría así, lista como si no quisiera perder un minuto en las cosas in- necesarias. Pero nada es innecesario. Verla caminar, arreglar la cama, soltarse el pelo. Quitarle las últimas ropas y besar todo el cuerpo, mientras ella permanece de pie y él se va hincando, recorriéndola con los labios, saboreando la piel y el vello, la humedad del caracol; recogiendo en la boca los temblores de la niña erguida que acabará por tomar la cabeza del hombre entre las manos para obligarlo a descansar, a dejar los labios en un solo lugar. Y se dejará ir de pie, apretando la cabeza del hombre, con un suspiro entrecortado, hasta que él la sienta limpia y la cargue a la cama en brazos. —Artemio, ¿te volveré a ver? —Nunca digas eso. Haz de cuenta que sólo nos conocimos una vez.

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A Carlos Fuentes, 
 in memoriam
Decía Alexis de Tocqueville que la fortaleza de una nación radica en la solidez de sus recuerdos y el poderío de sus sueños. Pero el recuerdo y los sueños de una nación se tienen que plasmar en palabras. Sólo la palabra permite reconocernos, compartir, ser en lo individual y en lo colectivo. Pero la palabra no cae de un árbol como fruto gracioso. La palabra necesita de ingenieros que consoliden los cimientos, de arquitectos que imaginen una forma y, quizá lo más difícil de encontrar, de un alma que sienta por sí misma y por los demás. Cruzábamos el Atlántico en un buque allá por los años sesenta. Mira allí está Carlos Fuentes, vamos a saludarlo, dijo mi madre. Yo era un niño. Se conocían desde muy jóvenes del Servicio Exterior. Husmeaba en la biblioteca del barco cuando lo interrumpimos. Fue afable, vestía jeans, me pareció gozoso. Es un gran escritor fue la única explicación que recibí. Escritor pensé, qué misterio. Con los años comprendí que el quehacer de un escritor era ampliar el alma para sentir más y mejor y poder poner esos sentimientos en negro sobre blanco, atraparlos en palabras. El referente del escritor era Fuentes. De Quetzalcóatl a Pepsicóatl escribió Fuentes en un libro tan arbitrario como brillante, Tiempo Mexicano. ¿Pero a quién se le ocurre algo así? A Fuentes que atrapó la tensión entre las tradiciones y la modernidad. Además en el título mismo de la obra delataba una de sus grandes obsesiones: el Tiempo, con mayúscula, no el que miden las agujas de un reloj, -¡qué fácil sería!- el otro, el

Federico Reyes Heroles con Carlos Fuentes

subjetivo, el de Kant en el cual una mirada, un minuto puede transformar una vida y un siglo, ser un interminable pasmo.

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Tus dedos helados... sin tacto... tus uñas negras, azules... tus quijadas temblorosas... Artemio Cruz... nombre... ‘inútil’... ”corazón”... “masaje”... “inútil”... ya no sabrás... te traje adentro y moriré contigo... los tres... moriremos... Tú... mueres... has muerto... moriré”. Son los últimos renglones de La Muerte de Artemio Cruz, novela icónica del laberinto social y emocional de la post revolución. Allí Fuentes indagaba en los recuerdos, lo hacía para construir nación, para crear una identidad a través de la palabra, su gran obstinación. Decir las cosas, decirlas a tiempo y con un sentido final capaz de hermanar emociones, esa era la meta. Pero si la Revolución era tema arquetípico de la literatura mexicana de la segunda mitad de siglo XX, el retrato de una gran ciudad no lo era. Fuentes venía ya de La Región más Trasparente donde había logrado delatar a la pseudo aristocracia, a los Betos y las Gladys, a los amenazados en su imaginario colectivo por la revuelta popular. Triunfadores de oropel, fracasados con disfraz, el proletariado tan de moda en esa época y los que fluctúan de una clase a otra –decía Fuentes- para designar a las que hoy llamamos clases medias. Muchos personajes representativos de un México que, por desgracia, todavía no queda atrás del todo. La capital cobró conciencia de sí misma. La nación cobró conciencia de su capital. Pasado, Artemio Cruz, presente, La Región más Transparente y por qué no futuro. Por qué no imaginar un transporte aéreo masivo para los trabajadores mexicanos que se ganan sus pesos colgando de las ventanas de los grandes edificios de Chicago o de Nueva York, ciudad que Carlos amaba como a pocas. Se bambolean en sus cuerdas limpiando vidrios sucios para los cuales ya no hay valientes en nuestro vecino del Norte. Hacen dinero y se vienen a México volando. Allí están los relatos que imaginaban un futuro que crea nación. Por qué no una identidad nacional que surge al norte de

México y al sur de los Estados Unidos. Una nueva identidad que obliga al encuentro. Ciudadanos de Oaxaca o Michoacán conviviendo con texanos y californianos. Pintores, poetas, d ra m a t u r g o s p r o d u c t o d e e s e e n c u e n t r o f a n t á s t i c o e incomprendido. Fuentes siempre creyó en esa fuerza resultado del encuentro de culturas. Lo que salga será mejor, pensaba. El purismo no era su convicción. Alumno informal de un gran tutor con quien lo unió una profunda amistad, me refiero a Alfonso Reyes, Carlos Fuentes siempre defendió la tesis del regiomontano: la cultura o es universal o no es cultura. Lo demás es folclor. Por eso se lanzó a una aventura magna como lo es El Espejo Enterrado en donde nos habla de Zurbarán o de las Bodas del Fígaro, ese espléndido y complejo texto en que cruza los mares, el Atlántico en particular, para mostrar los puentes invisibles pero indestructibles que unen a las culturas de una y otra costa. Qué hombre más complejo y completo era Fuentes. Lo recuerdo en la excelente versión de ese libro –El Espejo Enterradoelaborada por la televisión británica. Allí nuestro gran escritor se despliega frente a las cámaras como si lo hubiera hecho toda la vida. Y ya que en las cámaras andamos, cómo dejar de mencionar a ese Carlos cinéfilo que competía con José Luis Cuevas y con Monsiváis recordando directores, guionistas, camarógrafos y por supuesto actores y actrices, sobre todo a las bellas. Porque también estaba ese Fuentes capaz de cantar tramos enteros de Don Giovani o de repetir al alimón con García Márquez grandes parrafadas de Quevedo o de Góngora. Un escritor no puede tener límites, debe poder experimentar emociones diversas, disfrutar de una deliciosa nieve o baliar en algún arrabal de Buenos Aires, ciudad por la cual también tenía una particular debilidad consecuencia de su estadía infantil como hijo de diplomático.
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Pero Carlos Fuentes vio con toda claridad que tenía varias misiones culturales que cumplir: su obra por supuesto, su trabajo en los recuerdos y en los sueños, era la principal. Pero podía también servir de puente, de enlace entre los brillantes pero desorganizados brotes de la literatura de habla hispana. De ahí su fantástica producción como ensayista y crítico literario: de La Nueva Novela Hispanoamericana, donde hace una radiografía de Vargas Llosa, de Carpentier, de su gran amigo García Márquez, de Cortázar y Goytisolo, libro de finales de los sesenta, a La Gran Novela Latinoamericana del 2011, pasando por Geografía de la Novela del 93. Pero basta de traer a la memoria los infinitos títulos de su amplísima obra. Para eso tendremos, por desgracia, mucho tiempo para ordenar y recapacitar. Sería injusto quedarnos allí. Porque hay mucho más. Voy a las virtudes. Carlos Fuentes el gran conversador.- No sólo me refiero a los recuerdos privados de prolongadas noches, sino a las múltiples entrevistas donde el ánimo pedagógico imperaba y la pasión se engalanaba. Admirador de sus grandes maestros de la Facultad de Derecho de la UNAM, Fuentes sabía del poder de la oralidad y lo explotaba segundo a segundo. Nada odiaba más que una conversación insulsa, insabora e incolora. Carlos Fuentes el laborioso.Se dice fácil decenas de

libros pero la disciplina cotidiana de Fuentes, su ritual de trabajo, su severidad consigo mismo, el sacrificio implícito, son una lección para todos. Fuentes se tomó en serio su oficio y eso debe ser ejemplo para muchos. Carlos Fuentes el conferencista.- Francés, inglés y por supuesto español todos a la perfección, Fuentes era un gran seductor que atrapaba con un solo instrumento: la palabra. La construcción de las oraciones y los párrafos; los adjetivos, la entonación, su cuidada dicción y por supuesto su gran capacidad histriónica al servicio de las ideas. Ni pantallas, ni lucecitas, ni música de fondo. Carlos rompía el silencio del auditorio y sabía el instante preciso para regresarlo y provocar una ovación. Carlos Fuentes el organizador de aventuras.- Como si no tuviera qué hacer, se daba tiempo para organizar encuentros, congresos e incluso una institución como lo es el Foro Iberoamérica con más de una década de vida donde, año con año, propició la reunión de empresarios, intelectuales y personajes de la talla de Felipe González, los expresidentes Sanguinetti, Cardoso, Gaviria, Lagos y varios más, todo con el fin de mantener viva la flama de su sana obsesión iberoamericanista. Pero no todo era suavidad y cortesía del diplomático natural que llevaba dentro. El comentarista periodístico Fuentes, era una pluma de tenerle miedo. Basta con revisar un texto implacable que se describe en el título: Contra Bush. Su posición liberal y progresista lo llevó a comprender los límites de los ensueños de los sesenta y a fortalecer las libertades como única ruta hacia la gran libertad. Imposible no recordar otro atributo. Carlos Fuentes fue un hombre muy generoso. Lo fue con sus amigos, pues era muy amigo de sus amigos, pero también con desconocidos a los que firmaba, en
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apariencia sin cansancio, cientos de ejemplares, aunque después estuviera agotado. Generoso, muy generoso, con los escritores jóvenes, a quienes nunca se cansó de impulsar. Por algo murió el día del maestro. Brinco al plural, generosos, porque Silvia y él no podían contenerse de compartir sus comentarios sobre una buena película o DVD o puesta en escena de una ópera. Generosidad que inundó su casa para convertirla en lugar de encuentro de los diversos, de discusión, de abrazos fraternales de los adversarios políticos. ¡Qué enseñanza civilizatoria! Viajeros incansables Silvia Lemus, su gran amor, su gran compañera en las muy buenas y las muy malas, que también las hubo, le llevaba hogar a donde Carlos tuviera que ir. Los Fuentes se erigieron en una antena muy sensible de lo que ocurría en el mundo. Durante meses de ausencia y vuelos innumerables por todo el globo, acumulaban información y conocimiento que llegaban a compartir. Hoy puede parecer poca cosa, pero en un país cerrado esa labor fue vital. Encarnó la convicción de llevar México al mundo y traer más mundo a México. Lo veo en aquel buque muy lejano en la memoria; lo veo en su estudio mirando a los volcanes, rodeado de libros; lo veo enfático y convincente en una conferencia. Lo veo tomándonos un bravo martini simplemente porque sí; lo veo en La Orduña, cerca de Jalapa, visitando solos el ingenio azucarero donde había sido concebido, eso me dijo; lo veo bailando con Silvia en Cartagena al lado de los Gabos; lo veo en Londres trepando a su departamento y en Roma gozando la ciudad y una pasta; lo veo con sus dedos índices chuecos, por no decir deformados, de tanto apretar la tecla, pero sobre todo lo veo discutiendo sobre su México, ese que siempre quiso fuera mejor, más próspero, más justo, un México que estuviera a la altura del mundo.

En este abrupto vacío tenemos un consuelo: terminó como quería, leyendo, viajando, con proyectos, discutiendo y sobre todo, con los dedos sobre el teclado. Fue un hombre cruzado por la pasión, en la charla, frente a la hoja en blanco, ante la estética. Qué buen artículo, le dije el lunes a eso de las dos de la tarde. Si te gustó este, espérate al de mañana. Ya lo comentaremos, me dijo. Guaseamos un rato, me habló de su nuevo proyecto y del problema de mover tantos libros. Oye, le dije, quedamos de ir al teatro. Es cierto búscate algo. Órale, le respondí. Yo disparo la cena, me dijo, tú pagaste la última comida. De esa no te escapas querido Carlos. Siguiendo a Tocqueville, te habremos de buscar en nuestros recuerdos y en nuestros sueños sabiendo que eres parte central de la gran nación que ayudaste a construir. Gracias Carlos por lo mucho que nos diste, a los individuos, a tu México. Descansa. Sin ti, pero rodeada de los muchos que te quieren, tu güerita, tu gran preocupación, habrá de estar bien. Ha sido un honor. Gracias. Federico Reyes Heroles

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Adiós a Carlos

llorar por diversos muertos al mismo tiempo. Aquél, no obstante, que nos había dejado, encarnaba un hombre excepcional, instalado hacía mucho tiempo en el panteón de las Américas, la figura paradigmática de un escritor universal. Sujeta, con todo, a los dictámenes personales, prolongo mi tristeza y recuerdo preciosos detalles de la vida de Carlos Fuentes, de cuya riqueza nos hizo depositarios. Evoco su obra que perdurará, y aun sus gestos, su caminar apresurado, casi intemporal, su rostro parecido al de un palimpsesto en el que se estampaban los rastros de las variadas civilizaciones que había estudiado a lo largo de su formación intelectual. Pienso, asimismo, cómo cosechábamos sus reflexiones , originarias de un recóndito saber, venido de lejos , tal vez de Micenas , o incluso del comienzo del mundo, y que él las iba actualizando mientras cotejaba este vasto repertorio con el cotidiano, aunque corriente, donde se instalaba en la compañía de sus amigos. Y al improvisar seguía una pauta que ordenaba el voltaje de las ideas. Todo en él propicio para retarse a sí mismo y a los demás. Altivo y polisémico, insatisfecho con el arte de descifrar el mundo a nuestro alcance, se esforzaba en contribuir con la exégesis humana .Y ya al final de sus días, este inquieto pensador no dudó en reconocer en un reciente diálogo con el ex presidente Ricardo Lagos, de Chile, su dificultad en interpretar las crisis que ahora asolan a la sociedad contemporánea. Desde el comienzo revestí a Carlos Fuentes con el manto de la inmortalidad. Esto es, como si estuviéramos todos destinados a morir, salvo él. O creía que permanecería entre nosotros por lo menos durante dos siglos, tiempo suficiente para que cesara de brotar la riqueza que provenía de aquella espléndida matriz
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Nélida Piñon con Carlos Fuentes / Archivo personal de Nélida Piñon

Me costó creer en la voz que, desde el otro lado del Atlántico, me anunciaba el fallecimiento de Carlos Fuentes. La noticia generó en mí tal incredulidad que insté a esa voz a que me la repitiera tres veces. Un número con una dimensión mágica, capaz, quién sabe, de disolver los efectos de una realidad que me dolía. Las moiras del destino, que son tres, y cuyas acciones malévolas nunca se ausentan, insistieron sin embargo en afirmar que el escritor ya no se encontraba entre nosotros. Que a partir de esa fecha deberíamos contentarnos con su obra y su memoria literaria. Me sumergí en el luto, que es una tradición de mi grey. El traje negro, en un sentido simbólico, posee la ventaja de servir para

humana. Ciertamente, me imaginé que su madre Berta, inspirada en la nereida Tetis, que sumergió a su hijo Aquiles aún pequeño en una tina con agua del río Estigia para asegurarle la invulnerabilidad, habría hecho lo mismo con Carlos. O se habrá contentado con concederle a su hijo un talento creador con el que invadiera en el futuro la matriz de la lengua, las huellas de lo invisible y lo inestable, los enigmas del ser humano, el sortilegio de la poesía. Al fin y al cabo la historia ha probado que Carlos Fuentes edificó una obra capaz de prorrogar las excelencias de la lengua, a los personajes arquetipos, de examinar las idiosincrasias colectivas, las historias secretas, sobre todo aquéllas relegadas al olvido, y que sólo pasaron a existir gracias a su convicción narrativa. Vi sus retratos de familia. De su vida privada, de Silvia y de sus tres hijos. De sus amigos, de los seres que integran su historia y la de Méjico. Y al recoger este compendio afectivo, constato una trayectoria marcada, desde su nacimiento, por el instinto de la narrativa. Empezando por el hecho de haber nacido en Panamá, donde su padre Rafael actuaba como diplomático, cuyo canal de intrincada mecánica desafía a la imaginación. Hasta sus 15 años, aunque se entendiera por mejicano, vivió en diversos países. A propósito, Río de Janeiro formó parte de este periplo. En esta ciudad, aún pequeño, se encariñó con Alfonso Reyes, el autor de “VISIÓN DE ANÁHUAC, el genial erudito que Carlos preservó en su marco mental como modelo a ser seguido. Al tal punto de venir a ser como Alfonso Reyes, a quien visitaba frecuentemente en su casa de Cuernavaca, ensayista de las Américas. E aun la ficción de que, a fin de crear su propia epopeya, engendrara en su obra la epopeya americana. Desde temprano aprendió lenguas y perfeccionaba el español en sus vacaciones escolares que las pasaba en Méjico .Había que

conocer el país, estar con las abuelas, que lo seducían con el fabulario mejicano. Convivencia que marcó su manera de

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examinar el país. De estos seres familiares emanaba la seducción que le enriquecía la imaginación. Ellas le daban aliento para se encaminara por el denso cotidiano del país, por las leyendas y mitos en torno de las culturas amerindias y de la revolución, por los sueños populares, para auscultar la vida de los vecinos que fundamentarían sus invenciones. Le sonaba natural que sus abuelas exageraran en sus narrativas. Gracias al fervor de los afectos, los enredos enriquecían el arsenal que su nieto utilizaría para contar lo que le hiciera falta. Debido al oficio de escritor, escudriñó su árbol genealógico para entender a las naciones. No en búsqueda de un linaje que lo distinguiera. Sólo los nobles investigan su pasado en busca de algún rey que les oferte la corona con la que al final se ajustan al presente. Carlos amaba los documentos, la lectura intensa, la tradición, las desilusiones de los pueblos, materias en fin que le garantizaban la dimensión de la modernidad. Había heredado, sin duda, la conciencia de que proveníamos de una secuencia familiar que fortalecía en periodos de ascensión a la visión humanística. Pienso que atribuía a su familia el trayecto literario sin el cual el romance carecería de las afinidades colectivas. Lo que permite a propósito que Don Quijote de La Mancha sea leído en el desierto de Gobi o en cualquier otro rincón del mundo. Los abuelos pues, quienes fueran, con su última soberanía, sembraban en los sucesores las monedas con las cuales escribir la historia social. Pero en caso de que ellos no nos cedieran sus historias, ¿de qué valdrían sus monedas? Su familia paterna era de Veracruz, del golfo de Méjico, de la región de donde se traía a pie, en loca carrera, hasta la altiplanicie,

el pez fresco que abastecía al emperador Moctezuma. Su bisabuelo, un socialista alemán, se había refugiado en Veracruz luego de haber hostilizado a Bismarck . Y con el objetivo de abolir resquicios de la memoria, prohibió que se hablara el alemán en casa. Su abuela Clotilde, también veracruzana, era bella y valiente. En cierta ocasión, yendo desde la capital hacia Veracruz, la diligencia en la que viajaba fue asaltada por bandidos que le exigieron que les entregara la alianza. Ofendida con semejante atrevimiento, resistió en entregarles el símbolo conyugal. Éstos entonces sin contemplación le cortaron el dedo de un solo golpe. Desilusionada por la violencia, no dejó nunca más de utilizar unos guantes que le escondieran la mutilación sufrida. Emilia, su abuela materna, vivía en Mazatlán, descendiente de inmigrantes españoles y de los indios yaquis. Habiendo enviudado joven, educó sola a sus 4 hijas, trabajando en la campaña escolar emprendida por José Vasconcelos , autor del notable LA RAZA CÓSMICA que revolucionó la educación mejicana, con reflejos en toda América. Ella poseía un espíritu beligerante. Enfrentaba vicisitudes e igualmente a cierto pariente de alta patente militar, con quien argumentaba asegurándole que no le importaba la batalla que ambos trabasen, ella saldría siempre vencedora. Ambas mujeres tenían en común el gusto de narrar, de proveer a su nieto con subvenciones, personales e históricas, que nutrieran la imaginación del futuro escritor. Esta célula familiar, con tantas irradiaciones dramáticas, actuaban en la ficción de Carlos Fuentes, dentro y fuera de casa, en su educación. Su universo novelístico registraba los despliegues de la acción familiar en el deflagrar del drama. Las marcas de la
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tragedia se habían iniciado con Adán y Eva, Caín y Abel, la primera familia. Suerte que los dioses, secundados por los enigmas de los oráculos, configuraban en las tragedias griegas. Como ejemplo del circuito familiar: Jasón y Medea, Electra y Orestes, Clitemnestra y Agamenón, Edipo, Antígona, ésta como precursora del sistema familiar. Esta materia familiar, que se expande, se adueña del universo americano y desemboca en su gran romance TERRA NOSTRA. Por lo tanto, los manejos históricos y psíquicos integran el arte narrativo que Fuentes maneja en el afán de reflejar la grandeza advenida de la fabulación, de la voluptuosa onírica. De las palabras centelleantes que constituyen en cada página un festín inigualable. Un esfuerzo creativo amparado por la pasión que revelan personajes y lectores. Su narrativa cumple estrictamente el enredo al que está atraillado. Aunque sometida a los dictámenes de la fatalidad de los personajes, no abdica de los hechos históricos que corren paralelos a la acción de la historia. Tiene a Méjico como una metáfora fundadora, un telón de fondo de su creación. Con menor presencia en AURA, romance contaminado por un misterio cuya procedencia crepuscular y difusa opera en el atormentado sentimiento humano. Al leer su obra siempre me sumergí en una exaltada aventura, con la sensación de que existía en ella la verdad narrativa que hablaba a respecto de mí misma. Y que de nada valía salir de la sala para librarme de las provocaciones encendidas por el inmenso talento del autor. Yo medía, con todo y con eso, el desbordamiento de las emociones que la lectura me despertaba. Su obra proporcionaba que lograra
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ver los andamios de la creación, el repertorio de las ideas por donde transitaban las frases cuyo tenor poético trasladaba mi casa a fin de que yo adhiriera a su explosión verbal. Estoy muy agradecida a él por la grandeza con que enriqueció mi condición de escritora, de ibérica, de brasileña .Constato hoy, cómo él supo amar y servir a su tribu literaria .Cómo , al hablar de cada uno de nosotros, parecía que hablara de sí mismo. Habiendo permitido que yo lo sintiera como a un hermano en la escritura y en la visión del mundo. Tuve el privilegio de atestiguar su amor por el Brasil. Daba pruebas de entender quiénes éramos, pese a que nuestras sensibilidades, brasileña y mejicana, no siempre recorrieran los mismos caminos. Don Agustín Lara y Doña María Felix, LA DUEÑA, no eran los personajes de la manera como nosotros los veíamos. Evocaba el hotel Copacabana Palace como el territorio mítico donde ensayara, en su niñez, audaces sueños de los que nunca más se habría olvidado. Se quedaba en la ciudad siempre que podía .Recientemente, Silvia y Carlos me habían invitado a desayunar en el Barrio de Barra da Tijuca. Fue el pasado 26 de abril, días antes de su fallecimiento. Estarían en Río casi incógnitos para participar en un seminario internacional sobre educación. En la ocasión leyó su discurso, siempre sabio. Ganó un premio y lo aplaudieron. Lo abracé y no vi indicios de su despedida que nos golpearía próximamente. Al despedirnos, quedamos en vernos en junio. Me alejé, no obstante como la mujer de Lot, mire hacia atrás. Lo vi de espaldas, a paso firme, con su pelo un tanto largo, canoso. Aún bello, una efigie. Me recuerdo de su alegría al recibir la medalla Machado de Assis en 1997, con motivo de los festejos del I Centenario de la ABL

cuando, invitado por esta institución y por el periódico O Globo , discurrió en el teatro, so aplausos entusiasmados. Era un gran orador. Asimismo, se emocionó en Brasília el mismo año, durante la ceremonia de imposición de insignias, al recibir de manos del presidente Fernando Henrique Cardoso la condecoración de la Gran Cruz de la Orden Nacional de Cruzeiro do Sul. Ya en el Palacio de Alvorada, antes de un almuerzo, quiso conocer los jardines y los animales que allí habitaban. La vida lo instigaba, jamás se descuidaba. Enseguida, al lado del presidente y de Ruth Cardoso, y del sociólogo Ricardo Lago, a vísperas de asumir su cargo como presidente de Chile, animó la charla con temas que abordaban, de preferencia las problemáticas latinoamericanas. Sin embargo lo que más le importaba de Brasil era Machado de Assis, de quien decía ser el novelista carioca que mejor asumió la lección oriunda de Cervantes. Si no fuera por Machado, un habitante periférico de un Brasil remoto, todos habríamos perdido las enseñanzas provenidas del Quijote de la Mancha que Machado había recobrado. Queridos amigos Pero es como creador que Carlos Fuentes me fecunda. Aunque dude qué romance destacar de su numerosa obra, reposo mi lupa sobre “La muerte de Artemio Cruz “.Releo este romance, lo decanto, es un manjar inolvidable, un raro vino de terroir. Bastaría con este Artemio Cruz para consagrarlo.. Una obra prima urdida por un autor que alcanzaría la culminación narrativa a sus 32 años .Un clásico sin duda , que al utilizar un abordaje legendario para erguir a una nación y contar la historia de un hombre llamado Artemio Cruz, se estableció para siempre en la historia literaria.
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Estos días he hojeado ciertos capítulos. El libro, despierto, surgió entero. He recuperado los rumbos estéticos, el deliberado artificio de lenguaje en ciertos pasajes, la visión polisémica que, con imponente riqueza, pauta sus páginas. La reconstitución de la inestabilidad política originaria de la revolución mejicana a partir de 1910. De cómo la población de diversos estamentos, gravita todavía hoy en torno de un movimiento transformador. De cómo los mejicanos tienen arraigadas en su psiquis las consecuencias de un conflicto tan complejo y ambiguo. Una narrativa que, so forma de inmenso frescor, ilustra la conducta de los revolucionarios y sus sucesores. Destaca paulatinamente la ruptura de los sueños, la deterioración de la utopía por parte de los que se apartaron de los ideales revolucionarios. El autor pinza los instantes constitutivos de este moderno panel, mientras elige el lento espectáculo de la muerte de Artemio Cruz como tema. Sitúa el enigma románico precisamente en medio del embate que se traba entre la vida y la muerte. La muerte de un personaje que se convierte en metáfora del desvanecimiento de una nación. Y como a lo largo del transcurso narrativo, la acción se vuelve en sí explicativa, mientras insinúa el inminente desenlace. Cuando vemos cómo Artemio, en la agonía de la muerte, se aferra de las prerrogativas de la tenue vida que le queda. El personaje es de conmovedora dimensión. A punto de autorizar el advenimiento de la propia muerte, recorre su existencia en un ritual casi litúrgico. En voz tríptica, entona la letanía que lo afecta y da secuencia a escenas que le impregnan la memoria . Una evocación oscura y lírica que cede argumentos a la muerte para que la misma actúe según su conveniencia .

El discurso de la muerte es de rara singularidad. Representa a Tolstoi, con su Ivan Illich. Sin duda, un tributo elegiaco al ocaso de la vida. El cruel esbozo de una realidad que obliga al narrador Artemio, amedrentado y desordenado, a aceptar un enigmático YO, seguido por dos otras voces, ciertamente suyas . Es mediante estas alternancias vocales que la muerte le pide permiso al moribundo, quien le concede el deseo. Un trueque que sin embargo obliga a Artemio a revelar las molestias y las miserias del cuerpo cercano al desenlace. Cuando, sumiso a la ley y al absolutismo de la carne , su “YO “ se ve en el rostro de quien , cercano al lecho, le observa , y a quien él, Artemio , confiere autonomía para juzgarlo. Artemio Cruz como narrador domina esta acción universal. Designa a quien debe permanecer a su lado, y exime a los que no incluye en el viaje al infierno, al centro de sí mismo. Él sabe que Méjico es su último caleidoscopio, cuando las piezas cromáticas se mueven. En estos instantes, se funden las etapas finales de su vida. Su agonía se asocia a la insalubridad del tiempo. Y ya no cuenta más con el inconsciente y la memoria .Son desecho que no forman más parte de su rutina. Le faltan definitivamente los recursos con qué defenderse ante una existencia fétida y translúcida. Entre tanto, su estado terminal aún reivindica la custodia de la memoria , que le cuente su historia. Intuye, tal vez, que gracias al lenguaje no lineal, caótico, interrumpido por monólogos esparcidos y disonantes, gane algunas horas más. Un juego sutil que predica en su favor. No obstante, las nociones del tiempo, a servicio de Artemio, se disuelven. El sonido y la furia shakesperiana retumben en su resollar de despedida. la ambigüedad de Artemio Cruz ,con todo, so el impacto de la circularidad temporal , es también su verdad narrativa . Integra la cadena de la intriga en la que se esconden las claves del personaje
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en su alteridad. El Yo, el TÚ, el ÉL escenifican a la mortalidad , son otra efigie. Las voces que orquestan la narrativa, como artimañas evocativas, son una masa coral beethoveniana cuyos metales, cuerdas , oboe , trompetas hablan, le lloran al personaje femenino, Regina , rejuvenecen a Artemio al soñar con Catalina, se albergan en los brazos del mulato Lunado que vio al moribundo nacer. Así transversal, la realidad mejicana, y la de Artemio, baraja los naipes de la existencia, usa los sentimientos térmicos, los contrapuntos, la frase de Calderón, de la “cuna al sepulcro “. Carlos Fuentes afina la unidad narrativa con disonancias deliberadas .Ninguna voz se atreve a decirlo todo .Sólo el tiempo, regresivo, subjetivo y mítico se pronuncia. Carece que la lógica de la narrativa predomine. A veces, como lectora, fantaseo que Carlos Fuentes, al esbozar a Artemio Cruz, siguió el suntuoso modelo del conde Olivares , de Velásquez, ahora en el Prado, aunque le falte al moribundo la imponente montura de este político. E indago si Carlos guardó en su corazón, en nombre de las inquietudes inherentes al creador, los rasgos del sentimiento, del arrepentimiento, que el sevillano Velásquez preservó en su cuadro. Pero, ¿cómo saberlo? Lo que juzgo saber, eso sí, es que el romance, como obedeciendo a una regla griega, se ajusta a la medida humana .So el resguardo de los arcanos, de las leyendas , de los mitos , de la historia, su magnitud consagra al antihéroe enclaustrado en su habitación mientras, a la espera de su muerte, reconstituye el malogro personal y el de Méjico. El antihéroe que encarna las carencias del arquetipo y cuya representación narrativa modela a las instituciones y cuenta la historia del siglo XX . Es él quien, luego

de haber perdido la inocencia y traicionado sus utopías, le oferta a la muerte el legado de su alma corrupta y desilusionada . Un personaje en torno del cual, y al margen de la ruptura histórica de sus identidades nacionales, el autor, como un Balzac moderno, consigna los rasgos antropológicos y espirituales de una nación. Obliga a la sociedad iberoamericana a asumir su representatividad, a cuestionar quiénes somos, a averiguar el grado de nuestras contradicciones, de nuestra moralidad cívica, de nuestros escrúpulos. Para saber, finalmente, quién ha de llorar por nosotros, mientras pasamos a existir en revista. AMIGOS: Conocí a Carlos Fuentes en Méjico en 1966. Llegué allí por acaso. Venía de los Estados Unidos, donde había estado disfrutando de una beca concedida a futuros líderes de Latinoamérica. En aquel entonces él ya era un escritor reputado y admirado, mientras tanto yo no disponía de acreditaciones para ser llevada ante su presencia. A él, sin embargo, no le importó que fuera una desconocida. Me recibió en su casa con afecto y generosidad, me cedió su tiempo. En ningún momento filtró mi saber o me examinó, ni me indagó acerca de mis títulos. Me hizo sentar en una confortable sala como si yo fuera uno de los suyos. Para él yo era tangible, porque pertenecía a la falange de los ángeles que formaban parte de la literatura. Integraba, pues, el flujo inventivo que emanaba del continente americano. La escritura y el aliento del arte nos unían. Y él me estimuló a soñar en un continente que exige del escritor la vigilancia y fabulación, que están en la mira de la escritura. Desde esa época, nunca lo he olvidado. Con los años nos hicimos amigos. Sólo que mi profunda amistad con él envuelve ahora a Silvia Lemus de Fuentes, una mujer de refinada inteligencia y
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sensibilidad. Ambos son inseparables en mi corazón. A ella estoy especialmente vinculada puesto que tenemos afinidades, nos apreciamos mucho, porque nos entendemos con una sencilla mirada, porque lloramos juntas. Y ahora seguiremos llorando por Carlos que le hará falta a ella y a los amigos, todos afectados por su irreparable pérdida. Pude abrazar a Silvia y a Carlos en los momentos de gloria y dolor. Aprendí con ellos a oír el diapasón secreto de los sentimientos. Y donde quiera que Carlos Fuentes navegue ahora, siguiendo un mapa cuyas líneas están al alcance de Silvia para acompañarlo aun desde lejos, continuaremos juntas, nos comunicaremos, nos comprometemos con el futuro de esta amistad. De una amistad que me ayuda a vivir. Pues soy lo que los afectos me pautan y me dicen. Le agradezco a Carlos por haber existido en mi vida. Río de Janeiro, 23 de mayo de 2012 Nélida Piñon

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una entrevista que le di a Silvia), y juntos visitamos la Fundación César Manrique. Quedó claro, desde el primer momento, que estábamos colocan- do la primera piedra de una amistad que se consolidará (estoy seguro de eso) en el viaje que Pilar y yo haremos, el próximo año, a México. Registro aquí el recogimiento con que Carlos Fuentes leyó el poema de Rafael Alberti dedi- cado a César Manrique, aquel que está en la Fundación: Vuelvo a encontrar mi azul... Al final, Fuentes dijo: «Poetas como Alberti y Neruda convierten en poesía todo lo que tocan». Fue un gran día para Lanzarote. José Saramago
 in Cuadernos de Lanzarote, volume V

Carlos Fuentes Carlos Fuentes, creador de la expresión “territorio de La Mancha”, una fórmula afortunada que expresa la diversidad y la complejidad de las vivencias existenciales y culturales que unen la Península Ibérica y América del Sur, acaba de recibir en Toledo el Premio D. Quijote. Lo que sigue es mi homenaje al escritor, al hombre, al amigo.El primer libro de Carlos Fuentes que leí fue “Aura”. Aunque no he vuelto a él, guardo desde aquel día (más de cuarenta años han pasado) la impresión de haber penetrado en un mundo diferente a todo lo que había conocido hasta entonces, una atmósfera compuesta de objetividad realista y de misteriosa magia, en que estos contrarios, en el fondo más aparentes que efectivos, se fundían para crear en el espíritu del lector una vibración singular en todos los aspectos. No han sido muchos los casos en que el encuentro con un libro haya dejado en mi memoria un tan intenso y perenne recuerdo.No era un tiempo en que las literaturas
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Carlos Fuentes por José Saramago
Carlos Fuentes en Lanzarote 28 de agosto de 1997 Carlos Fuentes, el gran escritor mexicano, a quien admiro desde que, hace muchos años ya, leí ese libro fascinante que es Aura, estuvo ayer en Lanzarote. Vino con su mujer,  la periodista Silvia Lemus, estuvieron algunas horas (dos de las cuales ocupadas en

americanas (a las del Sur, me refiero) gozasen de un especial fervor del público ilustrado. Fascinados desde generaciones por las  lumières  francesas, hoy empalidecidas, observamos con cierta displicencia (la fingida displicencia de la ignorancia que sufre por tener que reconocerse como tal) lo que se iba haciendo a este lado del río Grande y que, para agravar la situación, aunque pudiera viajar con relativa comodidad a España, apenas se detenía en Portugal. Existían lagunas, libros que simplemente no aparecían en las librerías, y también padecíamos la angustiosa falta de una crítica competente que nos ayudase a encontrar, en lo poco que iba siendo puesto a nuestro alcance, lo mucho de excelente que aquellas literaturas, luchando en tantos casos con dificultades semejantes, iban elaborando. Tal vez en el fondo hubiera otra explicación: los libros viajaban poco, pero nosotros todavía viajábamos menos.Mi primer viaje a México fue para participar, en Morelia, en un congreso sobre la crónica. No tuve tiempo entonces para visitar librerías, pero ya frecuentaba con asiduidad la obra de Carlos Fuentes a través de, por ejemplo, la lectura de libros fundamentales como “La región más trasparente” y “La muerte de Artemio Cruz”. Entonces ya era evidente para mí también que estaba ante un escritor de altísima categoría artística y de una infrecuente riqueza conceptual. Más tarde, otra novela extraordinaria, “Terra nostra” me abrió nuevas perspectivas y de ahí en adelante, sin que sea necesario referir otros títulos (salvo “El espejo enterrado” libro de fondo, indispensable para un conocimiento sensible y consciente de América de Sur, como siempre me gusta denominar a esa parte del mundo) me reconocí, definitivamente, como devoto admirador del autor de “Gringo Viejo”. Conocía al escritor, me faltaba conocer al hombre y ese momento no tardó en llegar, aunque fue necesario que antes me lanzara en esta cosa de escribir. A partir de ahí nos fuimos encontrando en diferentes países, en nuestras casas respectivas, en

actos académicos tutelados por Julio Cortázar y bajo la mirada, siempre benevolente y algo irónica de García Márquez, nos presentamos amigos que pasaron a serlo de uno y otro, y así hasta que una noche, en el DF, en un bailongo en que se festejaba el aniversario de un libro tan transparente como antaño lo fue la ciudad descrita, Fuentes me declaró portugués y mexicano y supe que aquella declaración me comprometía mucho. Desde luego a la reciprocidad, de modo que ahora tengo que declararlo a él, en Lisboa, mexicano y portugués, asunto que debe realizarse cuanto antes, porque hay motivo y es la hora en punto.Y por fin, una confesión. No soy persona que pueda ser fácilmente intimidada, muy por lo contrario, pero mis primeros contactos con Carlos Fuentes, en todo caso siempre cordiales, como era de esperar tratándose de dos personas bien educadas, no fueron fáciles, no por su culpa, sino por una especia de resistencia que me impedía aceptar con naturalidad lo que en Carlos Fuentes era naturalísimo, y que no es otra cosa que su forma de vestir. Todos sabemos que Fuentes viste bien, con elegancia y buen gusto, la camisa sin una arruga, los pantalones con la raya perfecta, pero, por ignotas razones, pensaba yo que un escritor, especialmente si pertenecía a esa parte del mundo, no debería vestir así. Gran equivocación mía. Al final, Carlos Fuentes hizo compatible la mayor exigencia crítica, el mayor rigor ético, que son los suyos, con una corbata bien elegida. No es pequeña cosa, créanme. José Saramago
 in Cuaderno de Saramago
 (14 de octubre de 2008)

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Alfarrábio
João Cabral de Melo Neto Morte e Vida Severina e
 Outros Poemas em Voz Alta José Olympio Editora 1991 (29ª ed) Comprado en la livraria Esperança
 (Funchal, Madeira; 8.00 euros) La tarjeta de visita de la librería Esperança de Funchal son las centenas de miles de libros expuestos con las portadas bien visibles en un lugar que fácilmente se confunde con un laberinto, pero que ofrece, sobretodo, la gran posibilidad de encontrar aquel libro que se iba persiguiendo hace algún tiempo y que ninguna librería sabía encontrar. Siempre que esté escrito en portugués y la editora no haya agotado la edición, la Esperança lo tendrá. Y, efectivamente, Morte e Vida Severina e Outros Poemas em Voz Alta de João Cabral de Melo Neto, estaba allí, en Funchal, en la 29ª edición de la Editora José Olimpio que data de 1991. En su texto, que subtituló Auto de Natal Pernambucano, João Cabral de Melo Neto rescató temas y estructuras poéticas de tradición regionalista y creó una obra que acompaña a Severino en su migración en dirección Recife, un camino que, por haber sido hecho por tanta gente en semejantes condiciones de pobreza, independientemente del lugar de partida y de llegada, se asume

como símbolo de todas las ansias de lograr una vida menos miserable y con más esperanza. Durante su camino desde el interior hasta el litoral, Severino se esfuerza en abandonar una vida en la que se muere “de viejo, antes de los treinta, / en una emboscada, antes de los veinte ,/ de hambre, un poco cada día / (de flaqueza y de enfermedad/ es que la muerte severina, /ataca a cualquier edad,/ y hasta a gente no nacida).” Los muchos años transcurridos desde su primera edición en 1955 no arrinconan una de las obras menos herméticas del autor, marcada por los ecos de la poesía popular del noreste del Brasil, por la temática que creó escuela en la prosa regionalista de aquella época y por la relectura de la poesía medieval europea, una obra con capacidad de renovarse constantemente, algo que solo las grandes obras nunca pierden. Es imposible no ver en Severino a un hombre sin hacienda, sin instrucción ni perspectivas de futuro, en un noreste brasileño marcado por la sequía en un período en la que la miseria no tenía más atenuante que buscarse un nuevo lugar para recomenzar. Pero para João Cabral de Melo Neto, Severino nos es solo un emigrante nordestino que camina en dirección al litoral en un determinado período de la historia del Brasil, llevando consigo nada más que las ganas de trabajar y la lucha indomable por sobrevivir. Severino personifica también a todos los emigrantes de todos los siglos y países y, en sus pasos, resuenan los mismos dolores y las mismas esperanzas. Que lograse esa universalidad y esa intemporalidad a través de unos versos en los que las miserias de cierta parte del noreste brasileño son, simultáneamente, elementos temáticos y estructura formal, solo confirma lo mucho que ya se ha escrito sobre la genialidad del poeta de Recife. Sara Figueiredo Costa
 Traducción: Wilhelm Neunzig
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Proyectos en el mundo
Los burros del altiplano mirandês: 
 preservación y sustentabilidad

APEGA nace en 2001, a partir de una iniciativa del PNDI, del Parque Natural do Douro Internacional, en colaboración con un grupo de lugareños preocupados por la conservación el ganado asinino, concretamente por la raza Asinina de Miranda. “Desde un principio comprendimos, que no tendría sentido recuperar la raza del Burro de Miranda sin conservar también la cultura de la región de la que el asno es originario.” El la actualidad, la APEGA tiene dos mil quinientos socios y cuenta, durante todo el año, con el apoyo de unos treinta voluntarios, esenciales para el desarrollo de las actividades de la asociación y para ocuparse del trabajo cotidiano. La población de Miranda tiene una relación con los burros que viene de muy lejos, no solo por su presencia en la región, sino, sobretodo, porque los animales se integraron desde muy pronto a la actividad económica local, especialmente en la agricultura, pero también en el comercio y en el transporte de personas y mercancías, en una zona de difícil acceso. Los burros fueron domesticados hace cerca de 5000 años y contribuyeron, con su fuerza y su buena relación con el hombre, a llevar a cabo trabajos que, de otro modo, hubieran sido muy difíciles realizar. También en la zona de Miranda, la raza autóctona fue esencial para el desarrollo local. Conscientes de su papel dentro de la cultura y la organización social mirandesa, la APEGA, se planteó un reto que iba mucho más allá de la preservación de una especie animal, porque comprendió, que esta raza constituía un elemento fundamental en la cultura tradicional mirandesa y su constante evolución y que ofrecía, además, nuevas oportunidades para el desarrollo de nuevas áreas, como lo es el eco-turismo: “Nuestros pensamientos se dirigen a la conservación de una raza y su necesaria valoración a largo plazo, que pueden ser veinte años, cincuenta años o hasta cien años y, en este sentido, nuestra
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La protección de las especies animales y vegetales representa una tarea esencial para impedir que se produzca una drástica reducción de la biodiversidad lo que afectaría al equilibrio del hábitat natural y de los ecosistemas. Más allá de la relación emocional con un determinado animal o planta, las campañas de protección del medio ambiente apuestan por una conservación de las relaciones entre animales, plantas y seres humanos, o sea, de los elementos estructurales de una comunidad, del ecosistema y de su sostenibilidad. A partir de estas reflexiones surgió la Associação para o Estudo e Protecção do Gado Asinino (AEPGA) en la región de Tras-os-Montes al norte de Portugal, tal como lo explicaron a Blimunda dos de sus socios, Joana Braga y Miguel Nóvoa: “La

principal preocupación es afianzar al burro nuevamente en la cultura, sea en tareas tradicionales como de nueva creación. Reconocemos que la población de esta raza está envejecida, pero empezamos a observar cambios importantes y, en estos momentos, el número de nacimientos es motivador, pero nuestra gran preocupación es implicar a jóvenes en la cría del Burro de Miranda, es apostar por un gran número pequeños criadores con pocos animales, bien tratados y queridos, y evitar así grandes fincas con un elevado número de animales que dependerán siempre de muchos otros factores. Nuestro interés es preservar al burro en su relación con el hombre.” Esta relación se hace visible en el trabajo cotidiano de los criadores con sus animales, pero también en la divulgación de las características del burro mirandés, indisociables de la cultura que lo vio nacer y con la que se fue desarrollando. Los trabajos agrícolas, la comunicación entre las aldeas y el transporte de mercancías, pero también las fiestas, la literatura de transmisión oral o la arquitectura popular tienen una relación estrechísima con el burro, por lo que su preservación, más allá que asegurar la continuidad de una determinada especie, representa preservar un modo de vida y el patrimonio socio-cultural. En palabras de Joana Braga e Miguel Nóvoa “el Burro de Miranda es el símbolo de la calidad de vida de

la región y la APEGA se preocupa de conservarlo dentro de su propio contexto social.” Traducción: Wilhelm Neunzig

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De un vistazo
La portada de un libro, según los ojos que la miren, puede llevar a lecturas muy diferentes. Si, para el departamento de marketing de una editorial, la portada constituye el envoltorio que servirá para la divulgación y, sobretodo, para la venta del libro, para el lector bibliófilo constituirá la puerta de entrada, lograda o no, a un universo donde perderse. Por otra parte, mientras que para un librero es un elemento fundamental en la organización de su espacio de venta, para el técnico del taller gráfico puede suponer un dolor de cabeza para lograr la mezcla exacta de los colores solicitados. Al inaugurar el espacio de intercambio de ideas con responsables del diseño de las portadas de los libros de José Saramago, hemos elegido la edición noruega de su obra Caim (Kain) de la editorial Cappelen Damm, realizada por Marianne Zaitzow. El objetivo es arrojar un poco de luz al complejo, y no siempre fácil, proceso de crear, diseñar y elegir una portada, con el fin de conciliar las indicaciones del editor y las eventuales sugerencias del autor, la línea gráfica de una determinada colección, la fidelidad al contenido del libro y, muy a menudo, con la necesidad de que sobresalga entre las miles de otras portadas que pueblan las librerías. A través de un intercambio de e-mails, Marianne Zaitzow habló para Lucerna sobre el proceso de trabajo seguido a lo largo de la creación de la portada de Kain. Sobre un fondo amarillo puntillado en las cuatro esquinas por detalles que parecen indicar pequeños desgarros, como si la portada fuera un póster colgado con clavos a una pared, una mano con el dedo en ristre agita las letras que componen el título del libro. Se trata de una imagen estilizada, construida a través de la técnica de esténcil, que no necesita otros detalles que la forma y el
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color negro para transmitir una fuerza pictórica que tiene una relación directa con el contenido de la novela de Saramago. La mano de Dios, la primera y más obvia lectura de esta portada, es también la mano del autor, como explica Marianne Zaitzow: “La mano fue la primera idea que tuve para la imagen de la portada. En general, trabajo con la idea de una portada durante mucho tiempo, hasta que estoy convencida de haber captado la esencia del libro. En este caso, la mano hace referencia a Dios y a la historia bíblica de Caín pero es, igualmente, la mano de Saramago rompiendo la visión que, comúnmente, tenemos de la Biblia.” Por tanto, quién no conociese al autor y encontrase, en una librería, este libro con esta portada concreta, seguro que, como primer mensaje, supondría que no iba a encontrar la historia de Caín tal y como nos la cuenta la , sino otra, desconcertante tal vez, a juzgar por las letras del título que parecen derrumbarse. Esta estructura solo fue posible gracias a que la designer contó con total libertad en lo referente a la colocación de los elementos que componen la portada del libro. “El único elemento definido por el editor sido la posición en la portada del logo de la editorial. Todos los otros, los pude colocar adonde quise. Es cierto que la situación más común es que el nombre del autor y el título de la obra aparezcan en la parte superior, pero en este caso creo que el concepto de la portada se encuentra reforzado por la colocación del título en la parte inferior. En lo que concierne a las letras, Marianne Zaitzow ha elegido la fuente Bad Type “en la medida en que tienen una apariencia simple y naif que parecen haber sido dibujadas a mano, pero que, sin embargo, son fuertes, poderosas. De hecho, constituyen una parte muy importante de la imagen.” Esta apariencia del título de haber sido escrito a mano, gana si se lee relacionándolo con la imagen de la mano, dado que la técnica del esténcil es también una técnica

con un componente manual preponderante. Además, su reproducción en ordenador, obtenida a través de programas preparados para replicar los gestos y los procesos utilizados por las técnicas artesanales, acentúa el efecto. Al describir su proceso de trabajo a partir de un ejemplo que no guarda relación con el diseño, Marianne Zaitzow subraya la relación profunda y bilateral que la portada ha de establecer con el libro al cual sirve de rostro: “La portada está muy relacionada con el título del libro. Yo como designer considero importante contar la historia del libro en la portada. Mi función es ser la ‘voz’ del autor y no mi propia voz. Es como si tuviéramos que vestir a otra persona. Es necesario conocerla, saber quién es, como piensa, como trabaja, donde vive. No íbamos a vestir con un vestido a un hombre que trabaja de minero…” En el caso de Kain, el efecto está bien logrado y lo que podría parecer un “desorden” en relación a los códigos que suelen utilizarse en la presentación de un título es, en realidad, un efecto visual capaz de sintetizar gran parte de la esencia de esta novela de José Saramago. Es el traje adecuado. Traducción: Helena Tanqueiro

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Libro infantil y promoción de la lectura
La ciudad como espacio de utopías y distopías:
 En cuatro libros ilustrados se analisan perspectivas utópicas
 y realistas del espacio urbano;
 Medellín, el paradigma de la biblioteca
 como agente de inclusión social.

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Actuar en la Ciudad: 
 construir, transformar, sobrevivir
La ciudad, como tema, no cuenta con un lugar destacado en los libros álbumes infantiles. Las obras tienden a describir un universo limitado y reconocible: la casa, la escuela, la habitación, la calle o el jardín o a adentrarse en un lugar maravilloso y onírico. La narrativa escoge a animales para dar vida a sus personajes y los presenta en su espacio natural, por lo que la selva, el bosque, el mar o el campo aparecen de forma recurrente. Popville (Anouck Boisrobert; Loius Rigaud; Bruaá, 2010) es, en este contexto, un libro original, en primer lugar porque escoge la ciudad como tema y también por su ambigüedad en cuanto a la intención y puesta en escena: la relación entre la narrativa del pop-up y la narrativa textual da lugar a plurisignificados. La construcción de una ciudad, ¿es una utopía o no lo es? Al principio solo una calle que desemboca en un campanario, en cada nueva página aparecen casas, fábricas, nuevas calles y un ferrocarril y cables de alta tensión y edificios y un almacén, y autobuses, monumentos, coches de la policía y de los bomberos. En el texto de Jon Sorman, incluido en el libro, éste concluye: “Se llega allí por autopistas recién construidas, lisas como la lava, las personas allá se aglutinan, viven en comunidad, aquella que lanzó su gran proyecto: construir.” No hay figuras humanas en el libro. Ese vacío lo ocupa el lector que se va imaginando todo lo que sería
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necesario para erigir la cuidad perfecta. En una especie de work in progress, el libro tiene no un final cerrado que puede ser acrecentado, alterado, remodelado por la imaginación de cada uno. La construcción es, por ello y más allá ello, una utopía individual que expresa la necesidad del individuo de agruparse. Construir una ciudad significa partir de un campanario aislado y la oportunidad de materializar, a partir de cero, un ideal (en este caso, urbano). Puede que haya alguien que no se identifique con el resultado al que llega el libro, pero no dejará de sentir una mezcla de sorpresa y reconocimiento en cada página que hojea. El elemento más programático de la obra es, sin duda, el texto a continuación de la narrativa visual en tres dimensiones de la construcción de la cuidad, que, a través del uso predominante de los colores primarios, aproxima esta obra todavía más a cualquier juego de construcción, en el que las posibilidades son tan ilimitadas como la imaginación de quien lo juega, solo dependiente del número de piezas y del espacio del que uno dispone. Pero estos dos condicionantes carecen de importancia ante tamaña libertad. Siga a Seta! (con texto de Isabel 2 Minhós Martins e ilustración de A n d r é s S a n d ova l ) e s c o g e u n planteamiento casi antinómico al narrar una historia de liberación en una ciudad organizada por setas que limitan los pasos al que vive y se mueve en ella: “En la Ciudad de las Setas nadie se perdía. Estando en casa o en la calle, las personas siempre encontraban una seta que les indicaba a donde ir o lo que h a c e r a c o n t i n u a c i ó n . To d o s
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conocían su rumbo y no habían sobresaltos.” Partiendo de una crítica al miedo a arriesgar y a la falta de curiosidad por lo desconocido, el libro persigue, cual guiño al Big Brother orwelliano, las palabras y actos de la Comisión de Especialistas que cela escrupulosamente sobre la circulación. A pesar del orden impuesto y aceptado, el espacio no se muestra menos altivo. Al principio del libro, el aspecto de la cuidad se nos presenta caótico, entre altos edificios de formas sui generis y calles que se entrecruzan constantemente, todo dirigido por setas de tamaños y hechuras para todos los gustos. La idea de una distópia urbana asociada al futurismo tecnológico sienta como un guante a esta narración en la que el héroe, un niño curioso, decide explorar los espacios vacíos que las setas pretenden ignorar. Así descubre un oso que toca el piano, la playa en invierno y un zorro que le cura una herida en la pierna. Pero, encima de todo, consigue observar desde nuevos ángulos lo que estaba acostumbrado a ver desde una 4 sola perspectiva, la de los caminos indicados por las setas. Y el espacio se vuelve más amplio y vacío, sin la abundancia de construcciones que aquel sistema exigía. El chico se auto-impone una misión revolucionaria: la de robar a las setas y dar a las personas la posibilidad de ver lo que él vio. Y, como los cambios son lentos, no consigue que todos sigan su ejemplo: “Las señales no tardaron en volver a sus sitios. Pero, desde entonces, encuentra entre las setas cada vez a más personas, pero no muchas ... ¿saben porqué? Porque, cuando empieza a haber mucha gente en el mismo espacio, aparece la Comisión de Especialistas para dar miles de instrucciones, rompiendo así toda la magia del lugar (y provocando que los aventureros valerosos que por ahí andan salgan huyendo a toda prisa).” Así acaba este libro álbum, reiterando la importancia del que se arriesga. Los “aventureros valerosos” del subtítulo son ahora más numerosos que al principio, cuando un solo chico tuvo el coraje de adentrarse en lo desconocido.

A su vez, Jorge, en O Jardim 3 Curioso (Peter Brown, Caminho, 2010), consigue motivar a más personas para implicarse en su idea. La gran misión del chico, que no se resigna a vivir en una cuidad sin jardines, es la defensa de la ecología. Al explorar unas vías de ferrocarril abandonadas descubre un reducto de naturaleza que lucha por sobrevivir. Jorge dedica todo su empeño no solo a salvar aquellas hierbas, sino a expandir su jardín a lo largo de los carriles abandonados. Y, tal como las hierbas abren el camino a las flores entre muros, grietas, paredes y paseos, también el color toma posesión de su lugar, cambiando radicalmente el aspecto inicial de la ciudad, marrón y gris, llena de chimeneas y humos oscuros y espesos. Los detalles visuales de las ilustraciones, que convierten poco a poco los edificios degradados en hiedras, musgo, setos, mariposas y abejas, representan el gran potenciador ideológico del álbum, que nos muestra un espacio en transformación. La duración y la persistencia en el tiempo son el secreto de esta historia que al final nos presenta a Jorge adulto cuidando, con su familia, el jardín de los carriles. Aquí, como en Siga a Seta!, la utopía solo se alcanza con ayuda de todos y esta perspectiva del autor nos lleva a un final feliz: “Pero lo más sorprendente que ocurrió fueron los nuevos jardineros.” En la doble página que cierra el libro que, como muchas otras a lo largo del libro, no incluye texto, muestra la misma perspectiva general de la ciudad que la que abre el libro, pero en ésta los jardines han proliferando cambiando radicalmente su aspecto. Además, si al
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principio las personas no salían de casa, al final, las personas disfrutan de los espacios verdes, juegan, leen, cuidan las plantas, cultivan, observan, pasean. Este desenlace incluye las terrazas, las escaleras, los edificios y las calles de la ciudad que se ha ido t ra n s f o r m a n d o v i ñ e t a a viñeta. La utopía se materializó. Entre las cuatro lecturas, que se proponen, será A menina dos caracóis de ouro e dos três ursos por Anthony B r o w n e e m E u e Tu (Caminho, 2010) la que nos muestra de la manera más realista el lado distópico de la ciudad. Lo original del cuento es que parte de la perspectiva de la niña cuyo comportamiento está enmarcado y, de algún modo, justificado. Mientras que los tres osos viven felices en su casa amarilla rodeada de verde, el barrio que la niña, saliendo de casa, va atravesando es gris y degradado, lleno de grafitis, ventanas rotas y alambre de púas. Al optar por tonos grises en la narrativa visual que acompaña a la niña en las páginas pares y contrastarlos con los colores suaves de la casa y del parque en el que la familia de los osos pasea, el autor no se harta de comparar dos realidades antagónicas: la de la armonía y la de la fragilidad social que la cuidad ofrece a sus habitantes. El globo perdido, que es el motivo de la aventura de la niña por la ciudad, se olvida rápidamente para dar paso a la curiosidad de explorar una casa tal acogedora. Sin embargo, este espacio tan

confortable nunca se le presenta con los colorees que la familia de osos lo ve, ya que ese espacio no es el suyo. También la ropa, pantalones y chaqueta de capucha, que apenas deja entrever una mecha de cabello rubio (la referencia para identificar el título del libro, la niña de los caracoles de oro), la identifican con la cultura de una urbe donde no existe la sencillez. Tras ser descubierta en la cama del pequeño oso y darse a la fuga, aparece la imagen del narrador en una ventana que se pregunta: “¿Qué le aconteció?” acentuando la preocupación y sorpresa de la otra cría (el oso). La sombra del bosque, por detrás de él, sugiere que pertenece a otro universo. Al colocar lado a lado, mediante el diálogo de las ilustraciones, dos sitios antagónicos, Browne destaca las diferencias no solo entre los espacios utópicos y distópicos de la ciudad, sino también entre la utopía de la literatura y la distopía de la realidad. Estos cuatro libros reflejan la tendencia utópica de tratar las cuestiones sociales, medioambientales y políticas que eligen la cuidad como trasfondo y principal agente. Tal vez no sea una tendencia específica de esta temática, pero sí una visión optimista que enlaza bien con su destinatario ideal. No se omiten asuntos menos obvios, ni siquiera menos agradables, pero se invita al lector a reflexionar y a actuar. La distopía urbana posmoderna es un tema muy delicado y se necesita maestría para tratarla, como lo logra Browne. Lo que, obviamente, no sorprende.
1 Edición original: Popville, Hélium Éditions, 2009, Francia 2 Edición original: Siga a Seta!; Planeta Tangerina, 2010, Portugal 3 Edición original: The Curious Garden; Little, Brown and Company, 2009, EEUU 4 Edición original: Me and You; Random House Children’s Books, 2009, Reino Unido

Andreia Brites
 Traducción: Wilhelm Neunzig
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Llegar a los lugares,
 llegar a las personas
Asombra la cantidad de Bibliotecas que tiene la colombiana cuidad de Medellín: veinte y una bibliotecas, esparcidas por toda la malla urbana, que llegan a toda la población. ‘A toda’ no es exagerado, refleja una intención y una práctica política de gran éxito. En la web de la Red de Bibliotecas leemos en los ‘objetivos específicos’: “Permitir que las bibliotecas lleguen a los hogares”. Para lograrlo se puso en marcha un proyecto de construcción de Parques-Bibliotecas en cinco barrios marginados de la ciudad, donde esta estructura llegó a ser un núcleo de inserción, combatiendo así, activamente, la violencia inherente al narcotráfico, uno de los mayores flagelos de Medellín. El proyecto tiene unas características muy sugerentes. En edificios de unos 11.000 m2, el espacio para las bibliotecas ocupa aproximadamente 3.400 m2 divididos en un área de formación cultural, un auditorio y un área de servicios dedicados al libro, a la oferta audiovisual, a periódicos y a ordenadores. Todos los edificios, que se construyen bajo la responsabilidad del Municipio, son diseñados por arquitectos y sobresalen en un paisaje periférico y pobre, enriqueciéndolo y que son motivo de orgullo para su población. Funcionan en colaboración con dos “Cajas de Compensación Familiar” – la Confama y la Comfenalco. La Confama y la Comfenalco asumen la gestión administrativa y la programación, la parte técnica se desarrolla a través de un convenio con el municipio.

Estas instituciones son realmente importantes en el trabajo social, en el área de la salud, las bibliotecas, el turismo, el deporte, el crédito y los subsidios. Todos los empresarios están obligados a ser socios en una de estas Cajas, a las que contribuyen con un 4% de sus ingresos. Estas bibliotecas están integradas en la red de Bibliotecas Públicas, tienen las mismas funciones y se rigen por las mismas reglas de funcionamiento técnico, programación y formación. La primera de estas cinco mega-bibliotecas, la del Parque Biblioteca Santo Domingo Sabio, fue inaugurada en 2007 con la presencia de los Reyes de España que reconocieron el esfuerzo que el país hizo en apoyo de este espacio. Se trata de una solución que permite al Municipio tener las bibliotecas conectadas en una red, que incluye, por ejemplo, el préstamo entre bibliotecas y actuaciones dirigidas a un público específico en cada una de las realidades geográficas. Del Bibliomóvil a la Red de Bibliotecas

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Pero no es la primera medida para acercar la biblioteca a la gente. Ya muchos años antes, en la década de los cincuenta, después de la construcción de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín (la segunda Biblioteca Piloto de la UNESCO), los libros y periódicos empezaron a llegar a las fábricas, a los hospitales y a otras instituciones estatales, a través de las Cajas de Lectura y del Bibliomóvil, que no solo transportaban los libros, sino que también educaban y motivaban a la población a aprovechar este servicio. Cuando llegaba, el bibliomóvil anunciaba: “Todas las semanas vendrá a este lugar la biblioteca móvil y permanecerá aquí dos horas con sus libros para prestarlos, por quince días, a todos los que quieran leer y educarse. Para prestar los libros es preciso venir a esta biblioteca móvil, registrarse como lector, obtener la tarjeta correspondiente y comprometerse a tratar bien los libros.” Desde un principio se asumió, con realismo, que las clases obreras no irían a la Biblioteca Pública Piloto y por ello se recurrió a una oferta ajustada a la realidad social de la ciudad, sin nunca perder de vista el principal objetivo de esta Biblioteca que era el de resolver los problemas de educación de la región y, en especial, la erradicación del analfabetismo. Así, los libros y periódicos llegaron a muchos lugares, a las fábricas, al aeropuerto, a la maternidad y a los cafés, provocando toda una revolución hasta que, en la década de los 70, una grave crisis económica obligó a acabar con algunos de estos programas, entre los que se encontraba el bibliomóvil. Sin embargo, algunas de las salas de lectura, que fueron naciendo, subsistieron e integran hoy el Sistema de Bibliotecas Públicas del Municipio de Medellín agrupadas en la Biblioteca Pública Piloto (BPP) que funciona como Biblioteca Central. Hoy en día, la BPP cuenta con convenios con diez y seis entidades del ámbito de la promoción de la lectura para que ésta sea articulada de forma que llegue a cada tipo de público con sus especificidades propias. La oferta de actividades es enorme, desde talleres de escritura hasta cuentacuentos, pasando por la formación cívica y profesional, por círculos de lectura, concursos, cine,

encuentros con escritores y muchos otros proyectos. El Programa Institucional de Promoción de la Lectura y Escritura, que también puede ser consultado el la página web de la BPP, aglutina hoy de todos los proyectos, analiza sus objetivos, sus estrategias y resultados, dándoles así la visibilidad que merecen. El espacio forma a las personas, 
 las personas forman el espacio Para llegar a todos los lugares, además de los recién creados Parques Biblioteca, la BPP contaba ya con seis puntos estratégicos, todos ellos integrados en los barrios con los que, aprovechando los espacios disponibles, se atendía a la población, sea a la de en edad escolar o a la adulta, partiendo de una relación de proximidad. Un ejemplo es la Biblioteca Tren de Papel – Carlos Castro Saavedra, que no es, ni más ni menos, un conjunto de carrozas antiguas reaprovechadas y adaptadas para el servicio de la biblioteca.

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Además del fondo bibliotecario hay ordenadores con acceso a Internet y diferentes actividades que se realizan o bien dentro de las carrozas o al aire libre, todo ello protegido por un gran toldo: talleres literarios, de pintura, de guitarra y otros más. La Biblioteca da servicio, desde 19779, a diferentes barrios de Medellín y a otros tantos de la ciudad de Bello. La relación afectiva entre los lugareños y estos espacios es evidente: en la Biblioteca Pública Centro Occidental, la sala de lectura se llama Refugio. Cuando entre 1990 y 2000, la zona de la Comuna 13, una de las más pobres y violentas de la ciudad, sufría un grave conflicto armado, la gente se refugiaba en la biblioteca. Después de todo este tiempo, la comunidad no solo siente el espacio como propio, sino que sigue recordando lo que allí pasó. Este es además, una de las importantes tareas que las bibliotecas asumen: la de trabajar constantemente la memoria colectiva, para que se superen, pero esencialmente para fortalecer los lazos de identidad, muchas veces desfigurada por el narcotráfico y las luchas armadas. El trabajo en torno a la memoria colectiva involucra a las bibliotecas en la historia de la ciudad, desarrollando una narrativa común con el fin de compartir momentos muy difíciles y otros más felices. La Piel de la Memoria En este sentido, el proyecto que cambió el rumbo de una de las zonas más problemáticas de Medellín fue “La Piel de la Memoria”. Un autobús fue convertido en un Mueso Ambulante que recorría diferentes zonas del barrio de Antioquia para rescatar la memoria colectiva de sus habitantes a partir de la recogida de objetos que les pertenecían. Todo comenzó con una idea de la antropóloga Pilar Riano Alcalá que, con un grupo de activistas por la paz, artistas y algunas organizaciones civiles, lograron que unos jóvenes, oriundos de zonas rivales de Antioquia, participaran en el Museo. Cada uno se responsabilizaba de recoger de entre los moradores de cada barrio uno o más objetos representativos de la memoria, sea ésta social o personal. Los jóvenes tuvieron así la

oportunidad, mientras iban recogiendo los objetos, de conocer a vecinos que nunca habían visto o en los que nunca se habían fijado y de escuchar sus historias. Después, los centenares de objetos recogidos, fueron depositados en vitrinas dentro del autobús reconvertido: desde objetos religiosos a peluches, fotografías de victimas de la violencia del barrio, giradiscos, balas... Finalmente, el autobús recorrió diversas calles de la zona para que todos pudiesen visitarlo. Este proyecto fomentó el conocimiento del pasado, se reconstruyó una memoria que estaba aislada y fragmentada, muchas veces frutos de las rivalidades entre barrios, y contribuyó a crear un sentido de identidad y, con ello, a la paz, especialmente entre los jóvenes. Como explica la propia Pilar Riano Alcalá, la memoria tiene una piel y la piel está en las historias de los objetos expuestos que ahora las comparten los que las contaron, las que las escucharon y las que entraron en el Museo. La creación de la red de bibliotecas es un proyecto político con recursos y presupuesto para llevarlo a cabo. La conciencia política permite a los especialistas trabajar in situ en la creación y el desarrollo en proyectos a largo plazo para llevar a la gente a las bibliotecas, envolviéndola en actividades que suben su autoestima, su conciencia social y su sentido de pertenecer a una comunidad. Sea cual sea la profesión de los que
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trabajan en los equipos de la biblioteca, todos recibieron formación socio-política, lo que dice mucho sobre los principios que rigen la función de las bibliotecas. Su inclusión en la comunidad se lleva a cabo sin imposición de un modelo, se logra a través de la relación que se va estableciendo, la Biblioteca es un espacio dinámico y versátil que se abrió para acoger a la comunidad en un lugar que ésta no puede dejar de sentirlo como propio. Más que servicios, formación o espectáculos, estos centros funcionan sobre la base de la proximidad que genera una confianza imprescindible para sacar fruto.

AB
 Traducción: Wilhelm Neunzig

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Destaques
El lugar del monstruo Maurice Sendak es, para muchos, el padre del libro-álbum moderno. Cuando, en 1963, escribe su libro más famoso, Where the Wild Things Are, da a Max una densidad psicológica poco común para su época, de tal forma que el personaje pasa a representar un paradigma de la complejidad del universo infantil, de sus miedos, de sus juegos de poder, de sus deseos. A este libro de ruptura le siguen In The Night Kitchen (1970) y Outside Over There (1981). Además de esta trilogía, que le convirtió en un autor relevante, este americano de origen polaco ilustró cerca de cien libros infantiles. Su calidad le valió los principales premios en este campo: recibió, en dos ocasiones, el Caldecott Medal (1964 y 1974), le fue atribuido el Hans Christian Andersen (1970) y, finalmente, ganó el Astrid Lindgren Memorial, en el primer año de existencia de dicho galardón, en 2003. Luchó contra la estigmatización del libro infantil y contra la inferioridad a la que eran sometidos escritores e ilustradores que trabajaban con este público. Se negaba a mentir a los niños y creía que los respetaba en sus libros, tratándoles como eran. Maurice Sendak falleció el 8 de mayo a los 83 años. Después de casi treinta años sin editar, dejó al público una última obra, Bumble-Ardy.

Premio Nacional de Ilustración para Maria João Worm


 Maria João Worm (1966) fue la ganadora de la 16ª edición del Premio Nacional de Ilustración de Portugal, destinado a obras de ilustradores portugueses publicadas en 2011. Os Animais Domésticos (Quarto de Jade) es un libro armonio, que retrata un conjunto de animales haciendo las tareas domésticas más básicas y en el que se recorre a la litografía y a una paleta reducida de colores, donde predomina el rosa. Cada imagen es acompañada de una explicación caligrafiada, que la hace todavía más polisémica: “1 Cerco plancha ropa si 1 pez salpica la ropa” o ”2 Galápagos limpian el zócalo de una pequeña habitación”. La amplia obra de
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la autora, en diferentes editoriales independientes, abarca desde la pintura, la estampación y el cómic hasta la ilustración. Además, se otorgaron dos Menciones Especiales: a António Manuel Saraiva, por las ilustraciones de Cesário Verde, Antologia Poética (Kalandraka) y a Catarina Sobral por Greve (Orfeu Negro). Desde la Direcção Geral do Livro e das Bibliotecas, quien otorga el premio, se destacó, también, las ilustraciones de André Letria en Se eu fosse um livro (texto de José Jorge Letria, ediciones Pato Lógico). Además del valor pecuniario del premio, tanto la vencedora como los galardonados con las menciones especiales recibirán 1500 euros para que puedan estar presentes en la Feria Internacional del Libro Infantil de Bolonia, como es costumbre hacer los años.
http://www.quartodejade.com/hp.php

Actualmente esta revista trimestral tiene un tiraje de 1000 ejemplares, se puede conseguir en las librerías y es posible suscribirse directamente desde su página web. Los objetivos siguen siendo los mismos que perseguían el grupo de profesores hace un cuarto de década: dedicar un espacio a la literatura, otro a la ilustración y otro a la animación a la lectura. En la página web están disponibles las portadas y los sumarios de los últimos números, cada uno dedicado a un tema diferente. El número 100 cuenta con el testimonio de sus autores, con un artículo sobre los Talleres de Ilustración donde la Peonza participaba y que, actualmente, han desparecido y otro sobre el Salón del Libro Infantil y Juvenil de Cantabria, que también forma parte de la historia de la revista. Además, hay un apartado para una reflexión colectiva sobre los últimos veinticinco años de literatura infanto-juvenil, donde constan Teresa Colomer y Teresa Dúran, entre otros. Larga vida a esta peonza.

Girando desde hace veintecinco años La Revista Peonza celebra sus veinticinco años con la publicación de su centésimo número. Dedicada a la lectura y al libro infantil y juvenil, la revista de Santander (España) tiene el mérito de nunca haber claudicado en un universo con tan poco reconocimiento. El proyecto surgió de la idea de un conjunto de profesores de crear un boletín como respuesta al apoyo que el Ministerio de la Educación daba a las escuelas rurales aisladas. El boletín pretendía divulgar la literatura infantil y juvenil y convertirse en una plataforma para el intercambio de experiencias entre los profesores de esos grupos y los propios alumnos, especialmente en lo que se refería a la animación a la lectura.

http://www.peonza.es/

Semana dedicada a Guus Kuïjer, en Suecia Todos los años, durante el mes de mayo, los vencedores del Premio ALMA (Astrid Lindgren Memorial Award) se desplazan a Suecia para participar en las actividades dedicadas a la Award Week.
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Este año Guus Kuijer tuvo la oportunidad de compartir su obra juvenil con el público sueco. El día 22 de mayo, el autor dio una pequeña conferencia y hizo una lectura de su obra. El día 25 participó en la Conferencia Anual Astrid Lindgren, dedicada al tema “Sobre política y libros infantiles, y política en los libros infantiles”. La semana concluyó, el día 28, con la ceremonia de entrega del premio. El autor neerlandés, nacido en 1942, tiene una amplia obra destinada, mayoritariamente, al público juvenil, de entre la que destaca Het boek va alle dingen (The book of everything, en la traducción inglesa), en la qué narra la lucha de un hombre, en los años 50, que intenta defenderse de un padre violento y excesivamente religioso. Comprometido con los temas sociales, Kuïjer también reflexiona sobre los grandes temas de la humanidad como la violencia y la intolerancia, a través de la voz de sus personajes adolescentes. En lengua portuguesa se puede leer

O Livro de Todas as Coisas, publicado por la editorial brasileña Martins Fontes. En castellano, Alfaguara publicó Una Cabeza Llena de Macarrones y, Ediciones Castillo, El Libro de Todas las Cosas.

Del mundo al periódico “Livros de Palmo e Meio” acaba de nacer. Es un periódico personal digital sobre literatura infantil y juvenil de todo el mundo, creado por la profesora universitaria portuguesa Ana Margarida Ramos. La plataforma paper.li permite poner en contacto a varios colaboradores que estén en las redes sociales, de acuerdo con temáticas o palabras-clave que remitan a los asuntos pretendidos. De esta forma, el periódico divulga libros, críticas, noticias de congresos, coloquios, encuentros, cursos, efemérides, artículos sobre autores o editoriales en varias lenguas y desde diferentes lugares del mundo. La autora del periódico, actualizado entre una y dos veces por semana, considera que este es un medio para reunir y seleccionar informaciones pertinentes que normalmente se encuentran dispersas en las redes sociales. El título del periódico reproduce el título de un libro de la investigadora, en el qué se reúnen grandes y pequeñas reflexiones sobre diversas obras de la literatura infantil y juvenil portuguesa (Livros de Palmo e Meio, Caminho, Portugal).
http://paper.li/f-1336589161#

Traducción: Nazir Can

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Saramaguiana
Juan José Tamayo,
 Saramago: Dios, silencio del Universo

Saramago: Dios, silencio del universo
Saramago, buen samaritano Durante los últimos cinco años de la vida de José Saramago tuve el privilegio de disfrutar de su amistad, de compartir experiencias de fe y de increencia, de solidaridad y de trabajo intelectual, en total sintonía. A la hora de reflexionar sobre su personalidad, la primera imagen que espontáneamente me viene a la memoria es la parábola que en la tradición bíblica conocemos como “El buen Samaritano”, que narra el evangelio de Lucas de esta guisa:

hecho la pregunta contestó: ‘El que tuvo compasión de él.’ Jesús le dijo: ‘Pues anda, haz tú lo mismo’” (Lc 9,29-37). Esta parábola es, sin duda, una de las más severas críticas contra la religión oficial, leguleya e insensible al sufrimiento humano; una de las denuncias más radicales contra la casta sacerdotal y clerical, adicta al culto y ajena al grito de las víctimas, y uno de los más bellos cantos a la ética de la solidaridad, de la compasión, de la projimidad, de la alteridad, de la fraternidad-sororidad. Una ética laica, en fin, no mediada por motivación religiosa alguna. El sacerdote y el levita, funcionarios de Dios, pasan de largo, peor aún, dan un rodeo para no auxiliar a la persona malherida. El samaritano, que estaba fuera de la religión oficial y era considerado hereje por los judíos, aparece, a los ojos de Jesús y del propio jurista, como ejemplo a imitar por haber tenido entrañas de misericordia. Por su comportamiento humanitario, el hereje se convierte en sacramento del prójimo; por su actitud inmisericorde, el sacerdote y el levita devienen anti-sacramento de Dios: es la religión del revés o, si se prefiere, la verdadera religión, la que consiste en defender los derechos de las víctimas, caminar por la senda de la justicia y seguir la dirección de la compasión. Así entendieron la religión los profetas de Israel, los fundadores y reformadores de las religiones. El “factor Dios” Saramago siempre se declaró ateo, y desde su ateísmo fue un crítico impenitente de las religiones, de sus atropellos, de sus engaños, sobre todo de las guerras y cruzadas convocadas, legitimadas y santificadas por ellas en nombre de Dios: “Una de ellas (de las muertes) –afirma-, la más criminal, la más absurda, la que más ofende a la simple razón es aquella que, desde el principio de los tiempos y de las civilizaciones manda matar en nombre de Dios…
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Juan José Tamayo com
 José Saramago

“Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y lo asaltaron unos bandidos; lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon dejándolo medio muerto. Coincidió que bajaba un sacerdote por aquel camino; al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Lo mismo hizo un clérigo que llegó a aquel sitio; al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje llegó a donde estaba el hombre y, al verlo, se conmovió, se acercó a él y le vendó las heridas, echándoles aceite y vino. Luego lo montó en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente sacó dos denarios de plata y, dándoselos al posadero, le dijo: ‘Cuida de él, y lo que gastes de más te lo pagaré a la vuelta’. ¿Qué te parece? ¿Cuál de éstos se hizo prójimo del que cayó en manos de los bandidos?’, preguntó Jesús. El jurista que le había

Ya se ha dicho que las religiones, todas ellas, sin excepción… han sido y siguen siendo causa de sufrimientos inenarrables, de matanzas, de monstruosas violencias físicas y espirituales que constituyen uno de los más tenebrosos capítulos de la miserable historia humana”. Con la historia en la mano, ¿quién va a negar tamaña verdad? Pero la crítica de Saramago va más allá, y llega al corazón de las religiones, a Dios mismo, en cuyo nombre, afirma, “se ha permitido y justificado todo, principalmente lo peor, lo más horrendo y cruel”. Y pone como ejemplo la Inquisición, a la que compara con los talibán de hoy, califica de “organización terrorista” y acusa de interpretar perversamente sus propios textos sagrados en los que decía creer, hasta hacer un monstruoso matrimonio entre la Religión y el Estado “contra la libertad de conciencia y el derecho a decir no, el derecho a la herejía, el derecho a escoger otra cosa, que sólo eso es lo que la palabra herejía significa”. Esta denuncia de Dios se sitúa dentro de las más importantes e incisivas críticas de la religión de anteayer, como la de Epicuro y Demócrito, la de Jesús de Nazaret y el cristianismo primitivo, de ayer, como la de los maestros de la sospecha, y de hoy, como la de los científicos. Mas, aun cuando piensa que los dioses sólo existen en el cerebro humano, al premio Nobel portugués le preocupan los efectos del “factor Dios” -título de uno de sus más célebres y celebrados artículos-, que está presente en la vida de los seres humanos, creyentes o no, como si fuese dueño y señor de ella, se exhibe en los billetes del dólar, ha intoxicado el pensamiento y abierto las puertas a las más sórdidas intolerancias. “Factor Dios” en el que se convirtió el Dios islámico en los atentados contra las Torres Gemelas al grito de “muerte a los infieles!” de Osama Bin Laden.

Junto a la crítica de la religión, de Dios y del “factor Dios”, cabe destacar el sentido solidario de la vida que caracterizó a Saramago. Desde la filantropía y sin apoyatura religiosa alguna, fue el defensor de las causas perdidas, algunas de las cuales se ganaron gracias a su apoyo. Cito sólo tres, de entre las más emblemáticas. Una, era la solidaridad con el pueblo palestino ante la masacre de que fue objeto entre diciembre de 2008 y enero de 2009 por parte del Ejército israelí que causó 1400 muertos, y que el Nobel portugués calificó de genocidio. La segunda, el apoyo y acompañamiento a la dirigente saharaui Aminatu Haidar durante su huelga de hambre en el aeropuerto de Lanzarote. La tercera, haber destinado los derechos de autor de su última novela a los damnificados del terremoto de Haití. Mientras releía Caín, me vinieron a la memoria las palabras de Epicuro: “vana es la palabra del filósofo que no sea capaz de aliviar el sufrimiento humano”. En el caso de Saramago, sus palabras y sus textos no fueron vanos. Estuvieron cargados de solidaridad y de compromiso con las personas más vulnerables. Por eso me atrevo a llamarle respetuosamente “buen samaritano”. “Dios es el silencio del universo” “Dios es el silencio del universo, y el ser humano el grito que da sentido a ese silencio”. Esta definición que daba Saramago de Dios es una de las más bellas que nunca haya leído o escuchado. La leí en sus Cuadernos de Lanzarote, de 1993, y la he dado a conocer
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doquiera he hablado de Dios. Lo recuerda el propio Saramago en El Cuaderno: Hace muchos años, nada menos que en 1993, escribí en los Cuadernos de Lanzarote unas cuantas palabras que hicieron las delicias de algunos teólogos de esta parte de la Península, especialmente Juan José Tamayo, que desde entonces, generosamente me dio su amistad. Fueron estas: ‘Dios es el silencio del universo, y el ser humano el grito que da sentido a ese silencio’. Reconózcaseme que la idea no está mal formulada, con su quantum satis de poesía, su intención levemente provocadora y el subentendido de que los ateos son muy capaces de aventurarse por los escabrosos caminos de la teología, aunque sea elemental” (Alfaguara, Madrid, 2009, pp. 152-153). Esta definición merecería aparecer entre las veinticuatro definiciones –con ella, veinticinco- de otros tantos sabios reunidos en un Simposio que recoge el Libro de los 24 filósofos (Siruela, Madrid, 2000), cuyo contenido fue objeto de un amplio debate entre filósofos y teólogos durante la Edad Media. Para un teólogo dogmático, definir a Dios como silencio del universo quizá sea decir poco. Para un teólogo heterodoxo como yo, seguidor de las místicas y los místicos judíos, cristianos, musulmanes como el Pseudo-Dionisio, Rabia de Bagdad, Abraham Abufalia, Algazel, Ibn al Arabi, Rumi, Hadewich de Amberes, Margarita Porete, Hildegarda de Bingen, Maestro Eckhardt, Juliana de Norwich, Juan de la Cruz, Teresa de Jesús, Baal Shem Tov) cristianos laicos como Dag Hammarksjlöd, indúes como Tukaram y Mohandas K. Gandhi, y no creyentes como Simone Weil, es más que suficiente. Decir más sería una falta de respeto para con Dios, se crea o no en su existencia. “Si comprendes –decía Agustín de Hipona- no es Dios”.

Permítaseme contextualizar la definición tal como la viví hace algo más de un lustro. Caminábamos por las calles de Sevilla el día 11 de enero de 2006 el escritor y premio Nobel José Saramago, su esposa la periodista Pilar del Río, hoy entre nosotros, la pintora Sofía Gandarias y yo en dirección al Paraninfo de la Universidad Hispalense para participar en un Simposio sobre Diálogo de Civilizaciones y Modernidad. A las 9 de la mañana, al pasar por la plaza de la Giralda, comenzaron a repicar alocadamente las campanas de la catedral de Sevilla –antes mezquita, mandada construir por el califa almohade Abu Yacub Yusuf-. “Tocan las campanas porque pasa un teólogo”, dijo con su habitual sentido del humor Saramago. “No –le contesté en el mismo tono- repican las campanas porque un ateo está a punto de convertirse al cristianismo”. En ese diálogo fugaz, la respuesta del novelista portugués no se hizo esperar: “Eso nunca. Ateo he sido toda mi vida y lo seguiré siendo en el futuro”. De inmediato me vino a la mente una poética definición de Dios que le recité sin vacilación: “Dios es el silencio del universo, y el ser humano el grito que da sentido a ese silencio”. “Esa definición es mía”, reaccionó sin dilación el Premio Nobel. “Efectivamente, por eso la he citado –le contesté-. Y esa definición está más cerca de un místico que de un ateo”. Mi observación le impresionó. Nadie le había dicho nunca nada parecido y le dio que pensar, sin por ello dejarse embaucar por mi ocurrencia. Era un hombre de convicciones profundas. En lucha titánica con Dios Saramago compartió con Nietzsche la parábola de Zaratustra y el apólogo del Loco sobre la muerte de Dios y quizá pudiera poner su rúbrica bajo dos de las afirmaciones nietzschianas más provocativas: “Dios es nuestra más larga mentira” y “Mejor ningún dios, mejor construirse cada uno su destino”. Quizá coincidiera también con Ernst Bloch en que “lo mejor de la religión es que crea
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herejes” y en que “sólo un buen ateo puede ser un bueno cristiano, sólo un buen cristiano puede ser un buen ateo”. Su vida y su obra fueron una lucha titánica con Dios a brazo partido. En su novela Caín recrea la imagen violenta y sanguinaria del Dios de la Biblia judía, “uno de los libros más llenos de sangre de la literatura mundial”, al decir de Norbert Lohfink, uno de los más prestigiosos biblistas del siglo XX. Imagen que continúa en algunos textos de la Biblia cristiana, donde se presenta a Cristo como víctima propiciatoria para reconciliar a la humanidad con Dios y que vuelve a repetirse en el teólogo medieval Anselmo de Canterbury, quien presenta a Dios como dueño de vidas y haciendas y como un señor feudal, que trata a sus adoradores como si de siervos de la gleba se tratara y exige el sacrificio de su hijo más querido, Jesucristo, para reparar la ofensa infinita que la humanidad ha cometido contra Dios”. El Dios asesino de Caín sigue presente en no pocos de los rituales bélicos de nuestro tiempo: en los atentados terroristas cometidos por falsos creyentes musulmanes que en nombre de Dios practican la guerra santa contra los infieles; en dirigentes políticos autocalificados cristianos, que apelan a Dios para justificar el derramamiento de sangre de inocentes en operaciones que llevan el nombre de Justicia Infinita o Libertad Duradera; en políticos israelíes que, creyéndose el pueblo elegido de Dios y únicos propietarios de la tierra que califican de “prometida”, llevan a cabo operaciones de destrucción masiva de territorios, muros carcelarios y asesinatos, calculados impunemente, de miles de palestinos. Tras estas operaciones, Saramago no podía menos que estar de acuerdo con el testimonio del filósofo judío Martin Buber: “Dios es la palabra más vilipendiada de todas las palabras humanas. Ninguna ha sido tan mancillada, tan mutilada... Las generaciones

humanas han hecho rodar sobre esta palabra el peso de su vida angustiada, y la han oprimido contra el suelo. Yace en el polvo y sostiene el peso de todas ellas. Las generaciones humanas, con sus partidismos religiosos, han desgarrado esta palabra. Han matado y se han dejado matar por ella. Esta palabra lleva sus huellas dactilares y su sangre... Los hombres dibujan un monigote y escriben debajo la palabra ‘Dios’. Se asesinan unos a otros, y dicen: ‘lo hacemos en nombre de Dios’... Debemos respetar a los que prohíben esta palabra, porque se rebelan contra la injusticia y los excesos que con tanta facilidad se cometen con una supuesta autorización de ‘Dios’ Yo también pongo mi rúbrica bajo esta afirmación de Buber. Por eso muy raras veces oso pronunciar el nombre de Dios. La lucha contra los fundamentalismos, los religiosos y los políticos es el mejor antídoto contra el Dios violento y contra la violencia en nombre de Dios. En esa lucha no violenta estuvo comprometido Saramago de pensamiento, palabra y obra Efectivamente, la vida y la obra de Saramago fueron una permanente lucha titánica con-contra Dios. Como lo fuera la del Job bíblico –“el Prometeo hebreo”, para Bloch-, quien maldice el día que nació, siente asco de su vida y osa preguntar a Dios, en tono desafiante, por qué le ataca tan violentamente, por qué le oprime de manera tan inhumana y por qué le destruye sin piedad (Job, 10). O como el patriarca Jacob, que pasó toda una noche peleando a brazo partido contra Dios y terminó con el nervio ciático herido (Génesis 32,23-33). No es el caso de Saramago, que salió indemne de las peleas con Dios y nunca se dio por vencido y, que a sus 87 años en Caín siguió preguntándose y preguntando a los teólogos y creyentes qué diablo de Dios es éste que, para enaltecer a Abel, tiene que despreciar a Caín.
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Familiarizado con la Biblia, la judía y la cristiana, recrea con humor, un humor iconoclasta de lo divino y desestabilizador de lo humano, algunas de sus figuras más emblemáticas y desmiente los cuentos con que, al decir de León Felipe, “han mecido la cuna del hombre” (sic). Lo hizo en El evangelio según Jesucristo, novela que presenta a Jesús de Nazaret como un hombre que vive, ama y muere como cualquier otra persona y a quien Dios elige como eslabón de un inmenso movimiento estratégico y como víctima de un poder que le sobrepasa y sobre el que nada puede hacer. Volvió a hacerlo en la novela ya citada Caín, donde recrea literaria y teológicamente el mito bíblico, que toma sus imágenes y símbolos de las tradiciones más antiguas sobre los orígenes de la humanidad. La Biblia presenta a Caín como el asesino de su hermano Abel empujado por la envidia y a Dios como “perdonavidas”. Saramago invierte los papeles del bueno y del malo, del asesino y del juez. Responsabiliza a dios, al señor (siempre con minúscula) de la muerte de Abel y le acusa de ser rencoroso, arbitrario y enloquecedor de las personas. Caín mata a su hermano no arbitrariamente, sino en legítima defensa, porque dios le había preterido en su favor. Y lo mata porque no puede matar a dios. Se comparta o no la lectura de la Biblia judía que hace Saramago, creo que hay que estar de acuerdo con él en que “la historia de los hombres es la historia de sus desencuentros con dios, ni él nos entiende a nosotros, ni nosotros lo entendemos a él”. ¡Excelente

lección de contra-teología en tiempos de fundamentalismos religiosos! Cualquiera fuere la responsabilidad de Caín o de Dios en la muerte de Abel, queda en pie la pregunta que hoy sigue tan viva como entonces o más, y que apela a la responsabilidad de la humanidad en el actual desorden mundial, en las guerras y las hambrunas que asolan nuestro planeta: “¿Dónde está tu hermano” (Génesis 4,9). Y la respuesta no puede ser un evasivo “No sé. ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?”, sino, siguiendo con la Biblia, la parábola evangélica del Buen Samaritano, que demuestra compasión con una persona malherida, que es religiosamente adversaria suya. ¡Excelente lección de ética solidaria en tiempos estos en que la ética está sometida al asedio del mercado! Juan José Tamayo
 Diretor de la Cátedra de Teología y Ciências de las Religiones
 Universidad Carlos III de Madrid

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Exposición en la Fundação José Saramago,
 en la Casa dos Bicos De lunes a viernes, de 10 a 18 Horas
 Sábados, de 10 a 14 Horas

Fotografía: Helena Gonçalves
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Agenda
PHotoEspaña 12 Del 6 de junio al 22 de julio. En toda la ciudad, 70 exposiciones señalan los quince años del Festival Internacional de Fotografía y Artes Visuales de Madrid. http://www.phe.es/ El Especulador, de Honoré de Balzac Del 2 de junio al 2 de agosto. Dirección de Francisco Javier. Teatro San Martín, Buenos Aires. http://www.complejoteatral.gov.ar/ Festival Silêncio - Ler Saramago 30 de junio, 18 horas. Lectura de poemas de José Saramago abierta al público, en la calle junto a la Casa dos Bicos. 30 de junio, 19 horas, “É tão fundo o silêncio”, en el Auditorio de la Casa dos Bicos, con la participación de Anabela Mota Ribeiro, Nuno Júdice y Miguel Gonçalves Mendes. http://www.festivalsilencio.com/2012/category.php?id=9 http://www.festivalsilencio.com/2012/post.php?id=35 Type in Motion Hasta el 23 de setiembre. Exposición concebida por el Museo del Design de Zurique, integrando el trabajo de más de 80 designers. Fundación Barrié de la Maza, A Coruña. http://www.fundacionbarrie.org/ Locus Solus. Impresiones de Raymond Roussel Hasta el 1 de julio. Exposición sobre la figura del poeta, dramaturgo y novelista francês Raymond Roussel. Fundação Serralves, Porto. http://www.serralves.pt/ Góngora. La estrella inextinguible Hasta el 19 de agosto. Exposición sobre el poeta Luis de Góngora. Biblioteca Nacional de España, Madrid. http://www.bne.es/ Estranhamente Possível Hasta el 22 de julio. Exposición de artistas brasileños Dias&Riedweg. Museo de Arte Moderna de Bahia, Salvador. http://www.mam.ba.gov.br/ 40 Años – Museo de la Solidaridad Por Chile Hasta el 29 de julio. Exposición colectiva conmemorativa de los 40 años del Museo de la Solidaridad Salvador Allende. Santiago de Chile. http://www.mssa.cl/ III Feria del Libro Independiente Hasta el 8 de julio. México DF. https://www.facebook.com/profile.php?id=100001075125739

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Futuro Próximo / Next Future: Fiesta de la Literatura y del Pensamiento del Norte de África Seminarios, debates, exposiciones, cine. Fundação Calouste Gulbenkian, Lisboa. http://www.proximofuturo.gulbenkian.pt/licoes/festa-da-literatu ra-e-do-pensamento-do-norte-de-africa

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