Se la ponen en bandeja

Pedro Ortiz Bisso Jueves 17 de enero del 2013

Si de las declaraciones de Marco Tulio Gutiérrez dependiera, Susana Villarán podría abandonar su mutismo autoimpuesto y esperar las ocho semanas que restan hasta el 17 de marzo con tranquilidad. La recatafila de barbaridades que el revocador profiere cada vez que tiene un micrófono encima podría repletar un tratado sobre la ignominia o dar pie a un estudio sobre los efectos de la vergüenza ajena en la ciudadanía. Su repertorio es variado: medias verdades, agravios y alusiones racistas. Tiene de todo, como en botica. La calle, sin embargo, sigue diciendo otra cosa. A la espera de lo que señale Ipsos Apoyo este fin de semana, no hay encuesta que no indique –números más, números menos– que un 60% de limeños no quiere que la alcaldesa continúe en su cargo. Las cifras no han variado sustancialmente en los últimos meses, pese al visible esfuerzo de sus asesores en mostrarla como una trabajadora todoterreno, que inaugura obras, las supervisa y no deja de interesarse en los problemas del vecino. Villarán le ganó a Lourdes Flores por unos 37 mil votos en unos comicios en donde afloró lo peor de muchos limeños en uno y otro bando. No tiene alcaldes distritales, bancada en el Congreso, su relación con el Gobierno es ambigua y su partido perdió su inscripción. Pese a esta situación tan precaria, no se cuidó las espaldas –léase entablar alianzas, hacer trabajo político– y olvidó el valor simbólico que tiene el cemento para el limeño de a pie. Notables logros como el mercado de Santa Anita, el inicio de la reforma del transporte o acuerdos de inversión para obras viales por US$4.000 millones quedaron empequeñecidos frente al „olón‟ de La Herradura, el aumento de los pasajes del Metropolitano o el infame “todo estaba previsto” previo a la inundación en Vía Parque Rímac. Para sobrevivir, Villarán necesita convocar y convencer. Requiere poner en práctica toda su capacidad de persuasión sobre ese grupo de limeños que aún no ha decidido su opción y en tratar de horadar ese núcleo duro, hasta ahora muy firme, asentado en los sectores más empobrecidos, que la rechaza con vehemencia.

¿Qué hemos visto a cambio? Una campaña por el No cuasi silenciosa cuando toca hablar de sus financistas, poca humildad para reconocer errores, una renovada apuesta por la victimización y un desmesurado afán por hacer de estos comicios un enfrentamiento entre buenos y malos. En lugar de atraer a quienes sin ser partidarios de Gutiérrez creen en la revocatoria porque cuestionan su capacidad de gestión, hay un sector fundamentalista que ataca hasta la ofensa a todo aquel que piense distinto. Para que una autoridad sea revocada requiere que así lo confirmen la mitad más uno de los electores; por ello, aún es prematuro señalar que todo esté decidido. Además, todos sabemos que en el Perú ocho semanas son un mundo en cualquier contienda electoral. Para remontar estos números, se requiere un cambio no solo de estrategia, sino de actitud. Por ahora, el villaranismo le está sirviendo en bandeja el triunfo a los revocadores.