II DOMINGO POST EPIFANÍA

SUGERENCIAS PARA LA HOMILÍA

GLORIA IESU IN MARÍA!
Estimados lectores del Rincón Litúrgico: Ofrecemos a continuación una selección de textos para ayudar a preparar la liturgia del domingo según la forma extraordinaria del Rito Romano. La liturgia. La Epístola (Rom 12, 6-16). El apóstol da una serie de recomendaciones y consejos –siempre válidos- a la comunidad para que la armonía y la paz de Cristo habite en medio de ellos. El Evangelio (Jn 2, 1-11). El texto del Evangelio nos narra las bodas de Cana donde 1) al realizar el primer milagro-signo, 2) Cristo se manifiesta a sus discípulos como tercer momento de su Epifanía, 3) gracias, a la intercesión y mediación de la Virgen María. 4) Su presencia en las bodas eleva el matrimonio a sacramento, signo de la alianza de Dios con la humanidad, de los desposorios de Nuestro Señor Jesucristo con su Iglesia y con cada alma en particular. Esperamos que el material ofrecido os sirva para la preparación de la homilía; y también para vuestra meditación y enriquecimiento espiritual.

TEXTOS DE LA SANTA MISA
Introito.Salm. 65.4,1-2- Adórete toda la tierra, ¡oh Dios!, y cante tus loores; diga un salmo a tu nombre, ¡oh Altísimo! Ps. Cantad a Dios, ¡oh tierra toda!, cantad salmos a su nombre; dadle gloria y alabanzas. Gloria al Padre. Colecta.- Omnipotente y sempiterno Dios, que gobiernas a la par cielos y tierra, escucha Clemente las súplicas de tu pueblo y concede la paz a nuestros días. Por nuestro Señor Jesucristo. Epístola. Rom. 12.6-16.- Hermanos: Tenemos dones diferentes según la gracia que se nos ha dado; unos la profecía, según la medida de la fe; otros, el ministerio para servir; otros, la enseñanza para enseñar; quién, el de exhortación, para exhortar; quién, el de dar con sencillez; el que preside, hágalo con solicitud; el que hace obras de misericordia, hágalas con alegría. Vuestra caridad sea sincera, aborreced lo malo, aplicaos a lo bueno, amaos mutuamente con fraternal amor, anticipándoos en honraros unos a otros. Sed diligentes sin flojedad, fervorosos de espíritu, pues servís al Señor; gozaos con la esperanza; en la tribulación sed sufridos; en la oración, perseverantes; socorred las necesidades de los fieles; ejerced la hospitalidad. Bendecid a los que os persiguen; bendecid y no maldigáis. Alegraos con los que se alegran; llorad con los que lloran; vivid en armonía; no ansiéis grandezas, sino acomodaos a lo que sea más humilde. Gradual.Salm. 106. 20-21.- Envió el Señor su palabra y los sanó; y los arrancó de la muerte. V/ Alaben al Señor por sus misericordias y sus maravillas en favor de los hijos de los hombres. Aleluya. Salm. 148.2.- Aleluya, aleluya. Alabad al Señor, todos sus ángeles; alabadle, todos sus ejércitos. Aleluya Evangelio. Juan 2.1-11.- Al comentar san Ambrosio el papel de la Virgen María en las bodas de Caná, subraya el significado de su intervención. Ella había aprendido de su hijo a no pedirle servicios ordinarios, sino únicamente aquéllos que sólo Dios puede satisfacer. En aquel tiempo celebráronse unas bodas en Caná de Galilea y estaba la madre de Jesús allí. Fue convidado también Jesús con sus discípulos a las bodas. Y llegando a faltar vino, la madre de Jesús le dice: No tienen vino. Respondióle Jesús: Mujer, ¿qué nos va a ti y a mí? Aún no ha llegado mi hora. Mas su madre dijo a los que servían: Haced cuanto él os dijere. Había allí seis cántaros de piedra destinados a las purificaciones judaicas, en cada uno de los cuales cabían dos o tres metretas. Y les dijo Jesús: Llenad de agua los cántaros. Y los llenaron hasta el borde. Y les dijo Jesús: Sacad ahora y llevad al maestresala. Y así lo hicieron. Y luego que gustó el maestresala el agua hecha vino, como no sabía de dónde era (aunque los sirvientes lo sabían, porque habían sacado el agua), llamó al esposo y le dijo: Todos suelen servir al principio el buen vino, y cuando ya han bebido bien los convidados, entonces sacan el más flojo; pero tú has reservado el bueno hasta ahora. Éste fue el primer milagro que hizo Jesús en Caná de Galilea y manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos. Credo. Ofertorio. Salm. 65.1-2,16.- Canta a Dios, ¡oh tierra toda!, canta un himno a su nombre; venid y oíd todos los que teméis a Dios, y os contaré todo lo que ha hecho el Señor a mi alma, aleluya. Secreta.- Santifica, Señor, los dones ofrecidos, y límpianos las manchas de nuestros pecados. Por nuestro Señor Jesucristo que contigo vive. Comunión. Juan 2.7-11.- Dice el Señor: Llenad de agua los cántaros, y llevad al maestresala. Habiendo gustado el maestresala el agua hecha vino, dijo al esposo: Tú has reservado el buen vino hasta ahora. Éste fue el primer milagro de Jesús en presencia de sus discípulos. Poscomunión.- Te rogamos, Señor, que aumente en nosotros la operación de tu poder; para que, alimentados con los sacramentos divinos, nos preparemos con tu gracia a conseguir tus promesas. Por nuestro Señor Jesucristo.

TEXTO I CATENAE AURAE
(almudi.org)

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 20.- Como el Señor era conocido en Galilea, lo invitaron a unas bodas. Por esto sigue: "De allí a tres días se celebraron unas bodas en Caná de Galilea". Alcuino.- Caná es un pueblecito de la provincia de Galilea. Crisóstomo, ut sup.- Llaman al Señor a las bodas, no como persona distinguida, sino como uno de muchos, y sencillamente porque era conocido. Para expresar esto, el Evangelista dice: "Y estaba la madre de Jesús allí". Y así como habían llamado a la Madre, llamaron también al Hijo. Por esto sigue: "Y fue también convidado Jesús y sus discípulos a las bodas, y acudió". Esto no afectaba a su dignidad, sino que sucedía en beneficio nuestro; porque Aquél que no desdeñó de tomar la forma de siervo, tampoco desdeñó el venir a las bodas de sus siervos. San Agustín, De verb. Dom., serm. 41.- Avergüéncese, por tanto, el hombre, de ser soberbio, porque Dios se humilló. Considera aquí cómo entre otras cosas el Hijo de la Virgen vino a las bodas, siendo así que cuando estaba con el Padre instituyó el matrimonio Beda, hom dom. 1 post. Epiph.- Se dignó el Señor venir a las bodas (según está escrito), para confirmar la fe de los que creen bien. Además manifiesta cuán perjudicial sea la malicia de Taciano y Marción 2, y de otros que condenan el matrimonio. Si hubiese culpa en el matrimonio, celebrado con la debida castidad, y sombra de pecado en la santidad del lecho nupcial, de ninguna manera hubiese concurrido el Señor a las bodas; ahora bien, así como es buena la castidad conyugal, mejor es la continencia de los viudos, y óptima la perfección virginal. Se dignó nacer de las entrañas inmaculadas de la Virgen María, para demostrar la excelencia relativa de todos los grados, y distinguir el mérito de cada uno; fue bendecido a poco de nacer, por la palabra profética de la viuda Ana; fue convidado cuando ya era joven por los que celebraban sus bodas, y honró éstas con la presencia de su santidad. San Agustín, in Ioannem, tract. 8.- ¿Qué de extraño tiene que fuera a aquella casa donde se celebraban las bodas, Aquél que vino al mundo a celebrar las suyas? Porque tiene aquí a su Esposa, a quien redimió con su sangre, a quien concedió como obsequio el Espíritu Santo, y a la que se unió desde el vientre de la Virgen; porque en realidad el Verbo

es el Esposo, y la carne humana es la Esposa. Y así el Hijo de Dios es las dos cosas, y a la vez el Hijo del hombre. Aquellas entrañas de la Virgen María son su lecho, de donde salió como sale el esposo de su lecho ( Sal 18,6). Beda.- No carece de misterio, cuando se dice que las bodas se celebraron en el tercer día. Aparece el primer tiempo del mundo, antes de la Ley, por el ejemplo de los Patriarcas. El segundo, bajo el dominio de la Ley, por medio de los escritos de los profetas. Y el tercer tiempo de la gracia brilló (como la luz del tercer día) por las predicaciones de los evangelistas, y en el cual fue cuando el Señor apareció vestido de nuestra carne. Además, como se dice que estas bodas se celebraron en Caná de Galilea (esto es, en el celo de la trasmigración) 3, se demuestra en sentido figurado que son muy dignos de la gracia de Jesucristo aquéllos que, distinguiéndose por el fervor de su piedad, pasan de los vicios a las virtudes, y saben que emigran de las cosas de la tierra a las del cielo. Estando ya recostado el Señor 4 en las bodas, faltó el vino, con el objeto de que se manifestase la gloria de Dios, oculta bajo la forma humana, por medio del vino de mejor condición. Por esto sigue: "Y llegando a faltar el vino, la Madre de Jesús le dice: No tienen vino". Crisóstomo, ut sup.- Es digno de notarse cómo vino a la imaginación de la Madre haber concebido un concepto tan elevado de su Hijo, siendo así que hasta entonces ningún milagro había hecho. Prosigue: "Esto sirvió de principio a los milagros de Jesucristo, etc." Pero ya había empezado a revelarse tal como era por medio de San Juan, y por las palabras que decía a sus discípulos. Además, antes de todo esto, su concepción y cuanto siguió a su nacimiento habían hecho concebir grande estimación respecto de aquel Niño. Por esto dice San Lucas: "María conservaba todas estas palabras, examinándolas en su corazón" ( Lc 2,19). Esta es la causa por la cual ya antes no le había incitado a que hiciese milagro alguno, mas ya había llegado el tiempo de su manifestación, y hasta entonces había hablado como uno de muchos, por lo que no presumía su madre deberle decir tal cosa. Y como oyó que Juan daba testimonio de El, y como ya tenía discípulos, ruega con confianza al Señor respecto de esto mismo. Alcuino.- Representa también en este caso a la sinagoga, que invita al Salvador a que haga milagros; porque era costumbre entre los judíos el pedir milagros. Prosigue: Y Jesús le dijo: "Mujer, ¿qué hay de común entre tú y yo?" San Agustín, in Ioannem, tract. 8, sparsim.- Algunos, contrariando el Evangelio, y diciendo que Jesús no nació de la Virgen María, se esfuerzan en sacar de aquí un argumento para confirmar un error, y dicen: ¿Cómo puede creerse que era su madre, aquélla a quien dijo: "Mujer, ¿qué hay de común entre tú y yo?" Pero ¿quién refiere, para que le demos crédito, que el Señor dijo esas palabras? Pues el mismo Evangelista San Juan, que poco antes había dicho: "Y estaba allí la madre de Jesús". ¿Y por qué esto, sino porque una y otra cosa son verdad? ¿O es que Jesús vino a las bodas para enseñar a despreciar a las madres? Crisóstomo.- Pero que respetaba mucho a su madre, lo refiere San Lucas cuando manifiesta que Jesús vivía sometido a sus padres; porque cuando los padres no prohiben lo que agrada a Dios, hay obligación de obedecerles. Mas cuando fuera del tiempo oportuno pretenden algo, o tratan de separarnos de las cosas espirituales, no es seguro el obedecerles.

San Agustín, De Symbolo, 2, 4.- Para distinguir entre Dios y el hombre (porque en cuanto a hombre, era menor y estaba sujeto, y en cuanto a Dios, estaba por encima de todos), dijo: "Mujer, ¿qué hay de común entre tú y yo?" Crisóstomo, in Ioannem, hom. 20 et 21.- Y además por otra causa; para que no se hiciesen sospechosos sus milagros -pues no convenía que los pidiese su Madre, sino aquéllos que los necesitaban-, quiso mostrar que todo debía ser hecho en tiempo oportuno, no haciéndolos todos a la vez, porque resultaría cierta confusión. Por lo cual sigue: "Aun no es llegada la hora", esto es, todavía no soy conocido por los que están aquí presentes, ni saben que falta vino; deja, pues, que lo sepan primero. Porque el que no tiene necesidad no agradece el beneficio. San Agustín, ut sup.- Procurad, no obstante, no incurrir en el error de los maniqueos 5, que buscaban motivo a sus pérfidos designios en las mismas palabras del Señor, que dice: "¿Qué hay de común entre nosotros dos, mujer?" Y aquí los matemáticos 6 hallan pretexto para sus sofismas, cuando Cristo dijo: "Aun no es llegada mi hora". Ved aquí, dicen, que Cristo estaba sujeto a la fatalidad, cuando dice: "No ha llegado mi hora". Pero deben más bien creer a Dios, que también dice: "Tengo poder para deponer mi alma, y volver a tomarla de nuevo" ( Jn 10,18). Y busquen la verdadera explicación de por qué se dijo: "Aun no es llegada mi hora", para que no pongan al Creador del cielo bajo los caprichos del hado 7. Porque si el hado dependiera de los astros, no podría estar sometido a los astros el Creador de los astros. A esto debe agregarse que no sólo no estuvo Jesucristo bajo el poder de lo que ellos denominan hado, pero ni tú ni nadie. ¿Por qué, pues, dijo: "Aun no es llegada mi hora"? Porque estaba en su mano el tiempo en que había de morir, pero aún no le parecía tiempo oportuno para usar de tal poder. Habían de ser llamados primeramente los discípulos; se había de anunciar el reino de los cielos; se habían de ostentar los prodigios de su misión, para fundamentar en milagros la divinidad del Señor, y recomendarse la humildad en la misma sumisión a las leyes de nuestra mortalidad. Cuando todo esto se hizo de manera que las pruebas fuesen irrecusables, entonces fue la hora, no de la necesidad, sino de manifestar su voluntad; no de la condición, sino de su poder.
Notas 1. El Hijo instituye el matrimonio natural cuando estaba con el Padre, desde el momento de la creación (ver Gén 1,27; 2,20-25). 2. Las herejías de Taciano y Marción tienen en común su repudio del matrimonio por considerarlo adúltero. Los partidarios de Taciano eran conocidos como la secta de los encratitas, y rechazaba de plano el aporte del pensamiento griego y latino, buscando promover una dura reacción desde la fe cristiana en oposición a la educación y cultura de su época. 3. El celo de la transmigración: parece referirse al piadoso cumplimiento de la Ley que brota de la experiencia del regreso del destierro en Babilonia y del movimiento restaurador iniciado por Esdras y Nehemías. 4. En esa época se acostumbraba recostarse sobre triclinios (una especie de divanes) para tomar los alimentos. 5. Los maniqueos afirmaban la coexistencia de dos principios, uno para el bien y otro para el mal, actuantes en el universo, oponiéndose entre sí hasta una resolución que es la vuelta al estado primero de todo. 6. Los matemáticos son una secta gnóstica. 7. El hado es una divinidad o fuerza desconocida que, según algunos paganos, obraba irresistiblemente sobre las demás divinidades, y sobre los seres humanos y los sucesos. Para algunos filósofos eran una serie y orden de causas íntimamente ligadas entre sí que necesariamente producen su efecto.

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 21.- Aunque había dicho "no es llegada mi hora", al fin hizo lo que su Madre le había pedido. Y así prueba suficientemente que no estaba sujeto a horas. Pues si lo hubiese estado, ¿cómo hizo esto cuando aun no había llegado la hora debida? Además, por honra de su madre, a quien no creía oportuno contradecir, ni quería avergonzar delante de todos; pues ésta le había traído a los que servían para que la petición se hiciese por muchos. Por esto sigue: "Dijo la madre de El a los que servían: Haced cuanto El os dijere". Beda.- Como diciendo: Aunque parece que se niega, lo hará sin embargo. La madre sabía, pues, que era bueno y caritativo. Prosigue: "Y había allí seis hidrias de piedra", etcétera. Se llaman hidrias a unos cántaros a propósito para llevar agua, del griego udwr que significa agua. Alcuino.- Los vasos que tenían para llevar agua con el fin de que se purificasen los judíos eran los que tradicionalmente empleaban los fariseos, que también tenían esta costumbre, y que con frecuencia se lavaban. Crisóstomo, ut sup.- Mas como Palestina era escasa de agua, y ésta no se encontraba en muchos sitios por haber pocas fuentes y pozos, llenaban las hidrias de agua para no tener que volver muchas veces, porque en cuanto se manchaban tenían cerca el medio de purificarse. Y para que los infieles no sospechasen que de los restos que habían quedado en el fondo de los vasos, después de haber introducido el agua, hizo aquel vino tan exquisito, por eso dice el Evangelista: "Conforme a la purificación de los judíos"; manifestando que aquellas hidrias nunca habían estado destinadas a contener vino. San Agustín, in Ioannem, tract. 9.- Con la palabra metretas significa ciertas medidas, como si dijera urnas o cántaros, o algo por el estilo; la palabra medida en griego es metron; de aquí el que se llamen metretas. Beda.- Y cuando dice las palabras "dos o tres", no quiere decir que en unas urnas cupiesen tres y en otras dos medidas, sino que todas ellas servían indiferentemente para dos o para tres medidas. Crisóstomo, ut sup.- Pero ¿por qué no hizo el milagro antes que las hidrias fuesen llenas de agua? Porque hubiese sido mucho más admirable si hubiese sacado aquella sustancia de la nada y hubiese brillado mucho más el milagro, toda vez que allí no hubo otra cosa que el cambio de una esencia en otra. Esto, en verdad, hubiera sido más prodigioso; pero muchos, en cambio, no lo hubiesen creído. Por esta razón se abstiene muchas veces de hacer milagros estupendos, queriendo hacer más creíble lo que hacía, y con esto destruía las malas doctrinas. Y como hay algunos que dicen que hay otro Creador del mundo, El hace muchos milagros con las sustancias que le están sometidas; pues si el que ha creado el mundo fuera contrario al Salvador, éste no se valdría de medios ajenos para probar su propia virtud. Pero no las llenó El mismo de agua y mostró después el vino, sino que mandó a los que servían para que fuesen testigos de lo que acontecía. Por esto sigue: "Y Jesús les dijo: Sacad ahora, y llevad al maestresala". Alcuino.- La palabra Architriclino quiere decir jefe del triclinio, y triclinio quiere decir una fila de tres asientos, del griego klinh ; esto es, el primero de los convidados, que, según se acostumbraba antiguamente, se recostaba 1 en el primer lugar. Alguno entiende por

architriclino a alguno de los sacerdotes de los judíos, que podía asistir a las bodas para que instruyese a los esposos acerca de éstas. Crisóstomo, in Ioannem, hom. 25.- Otros creen que, como los convidados podían estar embriagados, era fácil que creyesen que se habían trastornado las cosas, y que no supieran si era agua o vino lo que bebían; mas aquellos a quienes estaba confiado el cuidado de los que asistían al convite, vigilaban mucho para que nada faltase y todo estuviese a punto y en orden. Por lo tanto, en testimonio de lo que sucedía, dijo el Señor: "Llevad al maestresala", porque era quien tenía el cuidado. Y no dijo: servid a los convidados. San Hilario, De Trin., 1, 3.- He aquí que se echó agua en las hidrias y de ellas se sacó vino, que se vaciaba en las copas. Así sucede que la opinión de los que echaron el agua difiere de la opinión de los que bebían. Los que las llenaron creían que saldría agua, mas los que las vaciaban veían que salía vino. Por esto sigue: "Y luego que gustó el maestresala el agua hecha vino, y no sabía de dónde era (pero los que servían sabían muy bien que habían echado agua), llamó al esposo el maestresala". Y en ello no hubo mezcla, sino creación; faltó la sencillez del agua, y apareció el sabor del vino. No acontece que por la mezcla de un líquido de inferior calidad se obtiene otro superior, sino que realmente desaparece lo que era y aparece lo que no existía. Crisóstomo, in Ioannem, hom. 21.- El Señor quería que sus milagros fuesen conocidos poco a poco, y por lo tanto ni El revelaba lo que había hecho, ni el maestresala llamó a los sirvientes (porque no se les hubiera creído, si ellos hubiesen dado tal testimonio de alguien a quien se consideraba un mero hombre), sino que llama al esposo, que era quien podía haber visto lo que había sucedido. Y Jesucristo no hizo vino sencillamente, sino un vino exquisito. Por esto sigue: "Y le dijo: Todo hombre sirve primero el buen vino", etc. Tales son los milagros de Jesucristo, que todo lo que hace es mucho más útil y hermoso que lo que se hace por la naturaleza. Por lo tanto, tuvo por testigos a los sirvientes, de que en realidad era agua lo que se había convertido en vino, y de que el vino era bueno, al maestresala y al esposo. Y es probable que el esposo respondería, pero el Evangelio nada dice de esto, ocupándose únicamente de lo que era necesario saber; esto es, que el agua se había convertido en vino. Por lo que añade en seguida: "Este fue el primer milagro que hizo Jesús en Caná de Galilea". Crisóstomo, in Ioannem, hom. 22.- Entonces era necesario hacer milagros, porque los discípulos ya estaban reunidos y atentos, fijándose en todas las cosas que sucedían claramente. Mas si alguno dijese que esto no era razón suficiente sobre que era el principio de los milagros -porque el Evangelista añadió "En Caná de Galilea", como significando que ya se habían hecho primero en otra parte-, diremos lo que ya antes hemos advertido: que dijo San Juan haber él venido a bautizar para darlo a conocer en Israel ( Jn 1,31). Y si hubiera hecho milagros en su niñez, los israelitas no hubieran necesitado de otro que se lo manifestase. Y el que en poco tiempo brilló tanto por sus muchos milagros, que su nombre fue conocido de todos, mucho más lo hubiera sido si hubiera hecho milagros desde sus primeros años, porque los milagros que se hubiesen hecho por El siendo niño, hubieran sido más portentosos por proceder de un infante, y había además más tiempo para que se extendieran. Muy convenientemente no empezó a hacer milagros en la primera edad, porque hubiesen creído que la Encarnación era sólo aparente, y lo hubieran crucificado antes del tiempo oportuno, acosados por la envidia.

San Agustín, in Ioannem, tract. 9.- Este milagro del Señor, por el que convirtió el agua en vino, no llama la atención a los que conocen que es Dios el que lo hace; el mismo que hizo el vino en las hidrias es el que todos los años lo está haciendo en las viñas. Pero esto, por suceder siempre, ya no causa admiración. Y así el Señor se reservó el hacer ciertas cosas que no suceden con frecuencia, para excitar la admiración de los hombres que duermen e inducirlos a la adoración que le deben. Por lo que sigue: "Y manifestó su gloria". Alcuino.- El es el Rey de la gloria, quien transforma también los elementos como Señor de ellos. Crisóstomo, ut sup.- Y esto en cuanto a su poder. Y si entonces no lo conocieron muchos, sin embargo, después todos habían de oír hablar del milagro. Por esto sigue: "Y creyeron en El sus discípulos". Estos debían creer con más facilidad y atender diligentemente a todo lo que hacía. San Agustín, De cons evang. 2, 17.- Mas si entonces creyeron en El, todavía no eran discípulos suyos cuando fueron convidados a las bodas. Mas se dijo así, de a la misma manera que solemos decir que el apóstol San Pablo nació en Tarso de Cilicia, pues cuando nació aún no era apóstol. A semejanza de esto, cuando oímos decir que los discípulos del Señor fueron convidados a las bodas, debemos entender que no eran discípulos aún, sino que lo serían con el tiempo. San Agustín, ut sup.- Véanse los misterios que se encierran en estos milagros del Señor. Convenía que se cumpliese en Jesucristo lo que se había escrito acerca de El. Aquélla era agua, pero del agua hizo vino cuando les iluminó sus inteligencias y les explicó las Escrituras. Así tuvo sabor lo que no lo tenía, y embriagó lo que no embriagaba. Beda.- Cuando el Señor apareció en carne mortal, la suavidad del conocimiento de la Ley, parecida al vino, poco a poco empezó a corromperse por la interpretación material que le daban los fariseos, alejándose de su primitiva virtud. San Agustín, ut sup.- Si hubiese mandado quitar el agua y hubiese introducido vino, puesto que conoce los secretos de la creación humana, hubiese parecido que desaprobaba las antiguas Escrituras 2. Mas como convirtió el agua en vino, nos dio a conocer que la Escritura antigua le pertenecía, porque en virtud de su mandato se llenaron las hidrias. Mas aquella Escritura no tiene sabor, si no se comprende en ella a Jesucristo. Sabemos también que la Ley data desde los primeros tiempos, esto es desde el principio del mundo, desde donde hasta nuestros días se cuentan seis edades: la primera data desde Adán hasta Noé; la segunda, desde Noé hasta Abraham; la tercera, desde Abraham hasta David; la cuarta, desde David hasta la trasmigración de Babilonia 3; la quinta, hasta el Bautista (San Juan Bautista), y la sexta desde aquí hasta el fin del mundo. Aquellas seis hidrias representan estas seis edades, en las cuales nunca faltó alguna profecía. Y cuando se

cumplieron las profecías se llenaron las hidrias. Y ¿qué representa aquello de que cabían dos o tres cántaros? Si solamente hubiese dicho que cabían tres, nuestra imaginación no hubiese creído otra cosa sino que se refería al misterio de la Trinidad. Pero ni aun así debemos separarnos de esta idea, porque dijo dos o tres, en atención a que una vez nombrado el Padre y el Hijo, debe entenderse, como consecuencia, el Espíritu Santo. Conviene, por lo tanto, entender, el amor del Padre y del Hijo (que es el Espíritu Santo). Pero también puede entenderse otra cosa; por dos metretas se entienden las dos clases de hombres; esto es, los judíos y los griegos. Y por tres, los tres hijos de Noé. Alcuino.- Los servidores son los doctores del Nuevo Testamento que explican las Escrituras a otros en sentido espiritual. El maestresala es algún doctor de la Ley, como Nicodemo, Gamaliel o Saulo. Cuando se confió a éstos la predicación del Evangelio, que se ocultaba en la letra de la Ley, representaban al maestresala, a quien se le daba a gustar el vino hecho del agua. Y en la casa de las bodas había tres clases de hombres recostados, como en la Iglesia hay tres clases de fieles, a saber: casados, continentes y doctores. Pero el Señor reservó el vino exquisito para el final; esto es, el Evangelio, que llegó en la sexta edad. Notas
1. Se recostaban para comer. 2. El Antiguo Testamento. 3. La deportación de Babilonia.

TEXTO II

EL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO Compendio del Catecismo
337. ¿Cuál es el designio de Dios sobre el hombre y la mujer? Dios, que es amor y creó al hombre por amor, lo ha llamado a amar. Creando al hombre y a la mujer, los ha llamado en el Matrimonio a una íntima comunión de vida y amor entre ellos, «de manera que ya no son dos, sino una sola carne» (Mt 19, 6). Al bendecirlos, Dios les dijo: «Creced y multiplicaos» (Gn 1, 28). 338. ¿Con qué fines ha instituido Dios el Matrimonio? La alianza matrimonial del hombre y de la mujer, fundada y estructurada con leyes propias dadas por el Creador, está ordenada por su propia naturaleza a la comunión y al bien de los cónyuges, y a la procreación y educación de los hijos. Jesús enseña que, según el designio original divino, la unión matrimonial es indisoluble: «Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre» (Mc 10, 9). 339. ¿De qué modo el pecado amenaza al Matrimonio?A causa del primer pecado, que ha provocado también la ruptura de la comunión del hombre y de la mujer, donada por el Creador, la unión matrimonial está muy frecuentemente amenazada por la discordia y la infidelidad. Sin embargo, Dios, en su infinita misericordia, da al hombre y a la mujer su gracia para realizar la unión de sus vidas según el designio divino original. 340. ¿Qué enseña el Antiguo Testamento sobre el Matrimonio? Dios ayuda a su pueblo a madurar progresivamente en la conciencia de la unidad e indisolubilidad del Matrimonio, sobre todo mediante la pedagogía de la Ley y los Profetas. La alianza nupcial entre Dios e Israel prepara y prefigura la Alianza nueva realizada por el Hijo de Dios, Jesucristo, con su esposa, la Iglesia. 341. ¿Qué novedad aporta Cristo al Matrimonio? Jesucristo no sólo restablece el orden original del Matrimonio querido por Dios, sino que otorga la gracia para vivirlo en su nueva

dignidad de sacramento, que es el signo del amor esponsal hacia la Iglesia: «Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo ama a la Iglesia» (Ef 5, 25) 342. ¿Es el Matrimonio una obligación para todos? El Matrimonio no es una obligación para todos. En particular, Dios llama a algunos hombres y mujeres a seguir a Jesús por el camino de la virginidad o del celibato por el Reino de los cielos; éstos renuncian al gran bien del Matrimonio para ocupase de las cosas del Señor tratando de agradarle, y se convierten en signo de la primacía absoluta del amor de Cristo y de la ardiente esperanza de su vuelta gloriosa. 343. ¿Cómo se celebra el sacramento del Matrimonio? Dado que el Matrimonio constituye a los cónyuges en un estado público de vida en la Iglesia, su celebración litúrgica es pública, en presencia del sacerdote (o de un testigo cualificado de la Iglesia) y de otros testigos. 344. ¿Qué es el consentimiento matrimonial? El consentimiento matrimonial es la voluntad, expresada por un hombre y una mujer, de entregarse mutua y definitivamente, con el fin de vivir una alianza de amor fiel y fecundo. Puesto que el consentimiento hace el Matrimonio, resulta indispensable e insustituible. Para que el Matrimonio sea válido el consentimiento debe tener como objeto el verdadero Matrimonio, y ser un acto humano, consciente y libre, no determinado por la violencia o la coacción. 345. ¿Qué se exige cuando uno de los esposos no es católico? Para ser lícitos, los matrimonios mixtos (entre católico y bautizado no católico) necesitan la licencia de la autoridad eclesiástica. Los matrimonios con disparidad de culto (entre un católico y un no bautizado), para ser válidos necesitan una dispensa. En todo caso, es esencial que los cónyuges no excluyan la aceptación de los fines y las propiedades esenciales del Matrimonio, y que el cónyuge católico confirme el compromiso, conocido también por el otro cónyuge, de conservar la fe y asegurar el Bautismo y la educación católica de los hijos.

346. ¿Cuáles son los efectos del sacramento del Matrimonio? El sacramento del Matrimonio crea entre los cónyuges un vínculo perpetuo y exclusivo. Dios mismo ratifica el consentimiento de los esposos. Por tanto, el Matrimonio rato y consumado entre bautizados no podrá ser nunca disuelto. Por otra parte, este sacramento confiere a los esposos la gracia necesaria para alcanzar la santidad en la vida conyugal y acoger y educar responsablemente a los hijos. 347. ¿Cuáles son los pecados gravemente contrarios al sacramento del Matrimonio? Los pecados gravemente contrarios al sacramento del Matrimonio son los siguientes: el adulterio, la poligamia, en cuanto contradice la idéntica dignidad entre el hombre y la mujer y la unidad y exclusividad del amor conyugal; el rechazo de la fecundidad, que priva a la vida conyugal del don de los hijos; y el divorcio, que contradice la indisolubilidad. 348. ¿Cuándo admite la Iglesia la separación física de los esposos? La Iglesia admite la separación física de los esposos cuando la cohabitación entre ellos se ha hecho, por diversas razones, prácticamente imposible, aunque procura su reconciliación. Pero éstos, mientras viva el otro cónyuge, no son libres para contraer una nueva unión, a menos que el matrimonio entre ellos sea nulo y, como tal, declarado por la autoridad eclesiástica. 349. ¿Cuál es la actitud de la Iglesia hacia los divorciados vueltos a casar? Fiel al Señor, la Iglesia no puede reconocer como matrimonio la unión de divorciados vueltos a casar civilmente. «Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquella; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio» (Mc 10, 11-12). Hacia ellos la Iglesia muestra una atenta solicitud, invitándoles a una vida de fe, a la oración, a las obras de caridad y a la educación cristiana de los hijos; pero no pueden recibir la absolución sacramental, acercarse a la comunión eucarística ni ejercer ciertas responsabilidades eclesiales, mientras dure tal situación, que contrasta objetivamente con la ley de Dios.

350. ¿Por qué la familia cristiana es llamada Iglesia doméstica? La familia cristiana es llamada Iglesia doméstica, porque manifiesta y realiza la naturaleza comunitaria y familiar de la Iglesia en cuanto familia de Dios. Cada

miembro, según su propio papel, ejerce el sacerdocio bautismal, contribuyendo a hacer de la familia una comunidad de gracia y de oración, escuela de virtudes humanas y cristianas y lugar del primer anuncio de la fe a los hijos.

TEXTO III COMENTARIO A LA EPÍSTOLA
6 Y teniendo como tenemos dones que difieren según la gracia que nos ha sido otorgada, si uno tiene el don de profecía, ejercítelo de acuerdo con la fe; 7 si el de servir, que sirva; si el de enseñar, que enseñe; 8 si el de exhortar, que exhorte; el que da, que dé con sencillez; el que preside, que lo haga con solicitud; el que practica la misericordia, que la practique con alegría.

Los dones de gracia o carismas, que Pablo enumera aquí a modo de ejemplo, permiten conocer de modo particular su carácter de servicio. La profecía (cf. lCor 12,1o) no es aquí solamente la palabra de vaticinio, sino cualquier palabra de los cristianos inspirada por Dios, por medio de la cual se descubre la verdad de las cosas. Esto acontece en la instrucción cristiana, en la exhortación y en la corrección. El lenguaje profético implica siempre una postura crítica frente al presente estado de cosas, y desde luego no en razón del propio punto de vista y menos aún por principio -la crítica por la crítica-, sino en virtud de la revelación divina y del conocimiento consiguiente de la voluntad de Dios. De ahí que el lenguaje cristiano (= la profecía) deba ejercitarse «de acuerdo con la fe», fe en que el cristiano se deja dirigir constantemente por Jesucristo. Los otros carismas mencionados -«servir» o diaconía, «enseñar», «exhortar», caridad, presidir, obras de misericordia- no permiten reconocer en su enumeración un ordenamiento determinado. Ni siquiera se evitan las repeticiones e interferencias de las distintas funciones. Lo que a Pablo le interesa aquí no es un sistema perfectamente organizado de servicios y competencias dentro de la misma comunidad, sino que todo se desarrolle a su debido tiempo y lugar, aunque siempre con desinterés y sencillez para edificación de la comunidad. Porque, sólo así, consigue Dios con sus dones hacerse valer y alcanzar su objetivo que no es otro que la salvación de sus criaturas. 3. INSTRUCCIONES PARA TODOS (Rm/12/09-21)
9 Sea el amor sin fingimiento. Aborreced lo malo. Estad firmemente adheridos a lo bueno. 10 Con el cálido afecto de hermanos amaos cordialmente los unos a los otros. En cuanto a la estimación, tened por más dignos a los demás. 11 En vuestro celo no seáis negligentes. En el espíritu, manteneos fervientes. Servid (al precepto) del tiempo. 12 Vivid gozosos en la esperanza, firmes en la tribulación, constantes en la oración. 13 Socorred las necesidades de los hermanos en la fe. Practicad la hospitalidad. 14 Bendecid a los que os persiguen; bendecidlos, y no los maldigáis. 15 Alegraos con los que se alegran. Llorad con los que lloran. 16 Tened unos con otros el mismo sentir no abrigando sentimientos de grandeza, sino dejándoos llevar al trato con los humildes. «No os tengáis por sabios ante vosotros mismos» (Prov 3,7). 17 A nadie devolváis mal por mal. «Procurad hacer el bien aun delante de todos los hombres» (Prov. 3,4). 18 Si es posible, y en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres. 19 No os venguéis personalmente, queridos míos, sino dad lugar a la ira (de Dios). Porque escrito está «A mí me corresponde la venganza; yo daré el pago merecido, dice el Señor» (Dt 32,35). 20 Antes bien: «Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber. Porque, haciendo esto, ascuas ardientes acumularás

sobre su cabeza» (Prov 25,21s). 21 No te dejes vencer por el mal, sino vence al mal con el bien.

El Apóstol da una serie de instrucciones para una conducta ordenada. En este catálogo de exhortaciones no resulta posible descubrir un tema constante o un determinado ordenamiento de cada una de las amonestaciones. De todos modos, aparece en primer término y por encima de las demás la exhortación al amor. Un amor que debe ser «sin fingimiento». Y se insiste especialmente en el amor a los hermanos (v. 10). El amor es el fundamento último de la conducta cristiana; así lo demuestran con singular relieve una vez más las instrucciones de 13,8-10. En esta sección de 12,9-21 la posición incomparable del amor queda un poco velada por venir dentro de una lista de numerosas exhortaciones, bien que ocupe el primer lugar; concretamente el amor a los hermanos aparece como una exhortación más entre otras varias. Si se pregunta cuál es el distintivo cristiano entre las actitudes que aquí se mencionan, no sería fácil responder de forma satisfactoria cuál de todas estas virtudes es la primera y más específica de cuantas han de practicar los cristianos. Cabría referirse ante todo tanto al fervor de espíritu que se nos ha dado (v. 11), como a la esperanza que nos alegra (v. 12). Las afirmaciones que aquí se hacen sobre el espíritu y la esperanza, como fuerzas condicionantes de la conducta cristiana, sin duda que Pablo no las entiende en un sentido diverso del que les otorga en otros pasajes (véase especialmente el capitulo 8). Pero en conjunto Pablo no presenta aquí unas posturas específicamente cristianas, sino más bien unas actitudes que también puede adoptar el no cristiano por otros motivos racionales. Que se haya de aborrecer el mal y tender al bien (v. 9) es un principio ético de validez universal, que aún vuelve a repetirse un par de veces dentro de esta misma sección (v. 17 y 21). Pablo se apropia aquí en parte puntos de vista y preceptos morales de la ética helenística y judía de su tiempo. Tampoco hay que pasar por alto el empleo de citas sapienciales del Antiguo Testamento y del judaísmo y sus exhortaciones: v. 16.17 y 20. Pero lo específicamente cristiano de las amonestaciones paulinas no hemos de buscarlo en cada uno de los contenidos concretos, sino más bien en el hecho de que a través de todo eso se realiza la ofrenda del propio cuerpo de los cristianos (cf. 12,1). En su conducta moral los cristianos pueden hacer las mismas cosas que quienes no lo son y obran de acuerdo con su recta conciencia; sin embargo, no se trata de la misma realidad. Pues el cristiano puede llevar a efecto múltiples obras buenas, en las que pone su esfuerzo, como exigidas por Dios, y desde luego como preceptos que es preciso observar en la hora presente, sin que por lo mismo realice todavía un acto sagrado propiamente dicho. Esto es lo que pondría especialmente de relieve el v. 11 que manda «servir al precepto del tiempo»45. Según el v. 2 pertenece al cristiano el juzgar rectamente «cuál es la voluntad de Dios, lo que es bueno, lo que le agrada, lo que es perfecto». Ahora bien, esto acontece precisamente cuando me esfuerzo por comprender cuál es la voluntad de Dios ahora, en este nuestro tiempo, en este nuestro

momento. Reconozco la voluntad de Dios cuando tomo en serio este mi tiempo y en él descubro la presencia divina. El cristiano procura responder a esa voluntad. ...............
45. En el v. 11b la mayor parte de }os manuscritos antiguos lee, en lugar del texto que nosotros hemos preferido. «Servid al Señor», pues las dos palabras griegas kairo ( = tiempo) y Kyrio ( = Señor) eran muy parecidas, especialmente en las abreviaturas. Se echa de ver fácilmente que en la trasmisión del texto resultaba más fácil corregir kairo por kyrio que no al revés.

TEXTO IV COMENTARIO A LA EPÍSTOLA (2)
Rom. 12, 9-16. Dios nos ha creado y nos conserva en la existencia por puro amor, amor gratuito y libre. Jesús es para nosotros la manifestación más grande del amor que Dios nos tiene, y de la excelsa vocación que hemos recibido. Corresponde a la Iglesia manifestar y al mismo tiempo realizar el misterio del amor de Dios al hombre. Por eso nuestro amor fraterno debe ser sin fingimiento. Jesús nos ha dado el mandamiento nuevo del amor, indicándonos que nos amemos los unos a los otros, como Él nos ha amado a nosotros. Sólo cuando en verdad ayudemos a los hermanos en sus necesidades y nos esmeremos en la hospitalidad, no sólo recibiendo a los peregrinos en nuestra casa, sino recibiendo a todos en nuestro corazón con un gran amor, podremos decir que la Iglesia es una Iglesia que ama y que se convierte en una verdadera bendición para todos. Quien se comporte de un modo altivo, quien desprecie a su prójimo, quien conculque los derechos fundamentales de los demás, quien acabe con sus esperanzas e ilusiones no puede llamarse hijo de Dios, pues no irá tras las huellas de Cristo, sino tras las huellas del espíritu del mal. Que Dios nos conceda amarnos cordialmente los unos a los otros, como buenos hermanos.

TEXTO V COMENTARIO A LA EPÍSTOLA (3)
Terminada la exposición «doctrinal», he ahí la parte de «aplicaciones prácticas» de orden más moral: hay que sacar conclusiones concretas... ¿cómo viviremos, ahora que hemos comprendido mejor el designio de Dios? -Todos nosotros, siendo muchos, no formamos más que un solo cuerpo en Cristo, siendo cada uno por su parte los unos miembros de los otros. La primera consecuencia concreta es la «unidad» de la comunidad cristiana. Era uno de los grandes problemas de san Pablo. Los primeros cristianos venían de ambientes muy diferentes, con usos y costumbres diametralmente opuestos los unos a los otros. El peligro de cisma, de escisión, de secta, amenazaba siempre. También ocurre así HOY, en que los conflictos parecen exasperarse. San Pablo empieza dando el «principio» de la unidad, el «Cuerpo único que nosotros formamos». La frase es casi intraducible; en el texto griego, las palabras «oí polloi en soma esmen» son voluntariamente aproximativas... «los muchos un cuerpo somos»... La unidad de la Iglesia queda así establecida en su más profundo nivel: aquel a quien no acepto, aquel que me pone los nervios de punta, aquel que tiene opiniones enteramente opuestas a las mías, aquel que me hace sufrir... ¡es un «miembro de mí mismo»! somos «miembros los unos de los otros».

-Según la gracia de Dios, hemos recibido dones «diferentes». ¡No nos parecemos! Tanto mejor. Somos «diferentes». Tanto mejor. Ha sido hecho adrede. Dios lo ha querido así. Es un don de Dios. Pero, en conjunto, no nos gusta. No nos gustan las diferencias entre nosotros. Esto no es agradable. Las cosas serían mucho más fáciles si todo el mundo se pareciese a «mi» y pensara como «yo». -Don de profecía... Don de servicio... Don de enseñar... Don de animar... Don de dirigir... Don de abnegación... Pablo insiste sobre la diversidad de los dones de Dios. Ningún orgullo, dice. Lo recibido no es para sí. Concédeme, Señor, no humillar los «dones» de los demás... Concédeme, Señor, no humillar a los demás con mis propios dones... Concédeme poner todos mis dones al servicio del conjunto. Ayúdanos, Señor, a descubrir y a valorar los dones de los demás... a ayudarlos a desplegar su personalidad, a ocupar su lugar en la comunidad. Dedico un rato a descubrir los «dones» de los que me rodean... Es una oración que ha de hacerse a menudo. -Manteneos unidos los unos a los otros con afecto fraterno... Fraternidad... -Sed respetuosos, rivalizando en la estima mutua... Es el reconocimiento de los dones... -No frenéis el empuje de vuestra generosidad... dinamismo, empuje... -Dejad surgir el Espíritu... ¡Es extraordinaria esta fórmula audaz! -Manteneos siempre al servicio del Señor... Pablo nos lo dijo ya: «servidores». -Que la esperanza os mantenga alegres... Cuando viene la alegría, aceptarla. -En las tribulaciones sed enteros... No os rajéis. Aguantad. -Compartid... Que vuestra casa sea siempre acogedora... ¡Todo un programa! -Bendecid a los que os persiguen. Desead el bien para ellos... No es nada fácil, Señor. -Alegraos con los que se alegran. Llorad con los que lloran... Adaptarse a los sentimientos de los demás: mantened relaciones interpersonales. -Estad de acuerdo entre vosotros... San Pablo es reiterativo ¡Las cosas no se arreglan en seguida! -No penséis en grandezas... No queráis dominar. Dejaos atraer por lo humilde... Así, las altas consideraciones doctrinales, teológicas. terminan en estos consejos sencillos y concretos que es preciso releer y a partir de los cuales hay que orar.
NOEL QUESSON PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 5 EDIT. CLARET/BARCELONA 1983.Pág. 370 ss

TEXTO VI Comentarios al Evangelio Jn 02, 01-12
1. EUCARISTÍA 1989, 4

Hay que destacar que Juan, al contrario que los sinópticos, emplea dos niveles de formulación: el nivel de superficie para los personajes en torno a Jesús, y el nivel profundo en el que se mueve Jesús mismo. Así es como se explica la aparente falta de concatenación entre pregunta y respuesta. El sentido de la respuesta de Jesús se escapa a este texto concreto y es sólo comprensible en la perspectiva global de todo el evangelio. La hora no es el momento del milagro, sino la pasión (17, 1; 12, 27). La pasión, a su vez, es el momento de la glorificación de Jesús, porque es la expresión suprema de su amor. "No hay amor más grande que dar la vida por los amigos" (15,13). Por este motivo, la pasión es en Juan la gloria de Jesús; su hora, la hora exuberante del amor. Esta exuberancia de amor tiene en nuestro relato un símbolo: el vino bueno que aparece con profusión al final de la boda. ¿De dónde proviene este vino? "De las tinajas de piedra para la purificación de los judíos". Juan capacita así al lector para que lea entre líneas algo muy concreto: el orden religioso judío queda superado por Jesús. Agua y vino funcionan en el relato como símbolos de los dos órdenes distintos: ley (judaísmo), amor (Jesús). 2. EUCARISTÍA 1986, 5 El sentido liberador del Evangelio se muestra también en medio de la vida cotidiana y no sólo en situaciones extremas y en momentos excepcionales. En el presente relato se dice que Jesús comenzó sus signos, comenzó a dar "señales" de la vida y de la abundancia de la vida que vino a traernos, precisamente en medio de una fiesta, en unas bodas que se celebraban en Caná de Galilea. Las fiestas nupciales duraban hasta siete días cuando la novia era virgen, siendo sólo de tres cuando se trataba de una viuda. Es posible que María llegara a la fiesta el primer día, y hasta que ayudara a los familiares. De todas formas, le bastaría su condición femenina para darse cuenta del apuro por el que pasaban los novios al faltarles el vino. Parece que Jesús llegó más tarde con sus discípulos, y hasta podría pensarse que la situación se agravaría con la presencia de aquellos pescadores. A todo esto, María intercede por los novios ante su hijo. La respuesta de Jesús debió de ser para el evangelista de gran importancia, pero es de difícil interpretación para nosotros. En ella se aprecia un cierto distanciamiento de Jesús frente a su madre, como si quisiera dejar en claro que nadie debe inmiscuirse en la misión que ha venido a cumplir. Por eso la llama "mujer", cosa muy extraña en la boca de un hijo y sobre todo en el contexto socio-cultural de Jesús. Sin embargo María no entendió esta respuesta como un rechazo y advirtió a los sirvientes que estuvieran atentos a lo que les dijera Jesús. J/HORA: También es difícil saber lo que significaba la "hora". Hay comentaristas que entienden esa "hora" como la hora de la cruz, en la que Jesús tenía que ser glorificado o exaltado según la voluntad del Padre. Otros dicen que se trata de la hora del milagro o de su primera manifestación como enviado de Dios. De todos modos, la hora de la manifestación de Jesús no la señalan los hombres. Porque es la hora que Dios quiere y que sólo él conoce. De hecho no llega nunca con el simple transcurrir del tiempo, sino cuando acontece la fe

como un don de Dios. Jesús, con su respuesta aparentemente dura, es el que prepara y actualiza la fe de su madre, y entonces llega la hora del milagro o del signo. Jn/SIGNO: La palabra "signo" tiene en el evangelio de Juan un doble sentido: de una parte es una demostración del poder de Dios y de su presencia salvadora; de otra, es la revelación de la verdad de Dios y su mensaje. Queremos decir que los "signos" son en el cuarto evangelio como palabras visibles, como símbolos que deben ser interpretados y que suelen preceder a una enseñanza más detenida. La transformación del agua en vino significa la abundancia de la vida que Jesús ha venido a traer al mundo, la nueva vida y el verdadero gozo de vivir. Es un signo paralelo al de la multiplicación de los panes en el desierto. Uno y otro anticipan el sacrificio de Cristo, en el que se vuelca la generosidad de Dios sobre nosotros. Es lo que celebramos en la eucaristía con pan y vino, con el pan de cada día y con el vino de las fiestas. Es la gracia, que llena hasta rebosar las tinajas de la ley (de las purificaciones de los judíos) y que es el cumplimiento de todas las promesas. 3. EUCARISTÍA 1971, 12 Según la tradición, se trata del lugar conocido por el nombre de Chirbet Caná, situado al norte de Nazaret, a unos catorce kilómetros. Si la novia era virgen, duraban las fiestas hasta siete días; pero si era viuda, solamente se celebraban tres días de fiesta. Probablemente, María, invitada por motivos de amistad o parentesco, se encontraba ya en Caná desde los comienzos de las fiestas. Se explica perfectamente que el vino llegara a faltar durante tantos días de boda y que María, que con toda seguridad ayudaría en la tarea de atender a los convidados, se diera cuenta de los apuros de los novios. Aunque Jesús no había hecho aún ningún milagro, María, al verle ya rodeado de discípulo, pudo creer que el momento de su manifestación a los hombres había llegado. La respuesta de Jesús conserva el tono duro e independiente de aquella respuesta que le dio en el Templo, cuando sólo tenía doce años. En ambos casos, quiere hacernos ver que en el cumplimiento de su misión excelsa únicamente depende de su Padre. Si todavía "no ha llegado la hora", ¿cómo ejecuta el milagro? La respuesta no es fácil. Entre otras posibles explicaciones, parece ser ésta la más probable: La fe de María, su petición humilde y confiada, hizo que sonara la hora de la "manifestación de la gloria" de Jesús. El momento de la manifestación del poder de Dios no lo señalan los astros sino la fe de los hombres: donde hay fe, allí ha llegado el momento. Pero la fe es un don de Dios, que El da cuando quiere y a quien quiere. Jesús, con su respuesta aparentemente dura, es el que prepara y actualiza la fe de la Virgen que señala el momento de la manifestación de Dios. "Signo" debe entenderse en un doble sentido: demostrativo del poder de Dios y mostrativo o aclarativo del Misterio. Los milagros que nos relata San Juan tienen siempre un significado. En este caso puede tratarse de la abundancia de la gracia salvadora (seiscientos litros de vino) que llena hasta el borde las exigencias de la Ley (las tinajas servían para la purificación prescrita por la Ley).

4. A. BENITO, DABAR 1989, 9 El propio autor dice de él al final que es un signo. Es decir, nos hallamos ante un relato evocativo, representativo. Su sentido no hay pues que buscarlo en el relato mismo, sino en la realidad evocada y representada en él. Para que esta búsqueda no sea subjetiva ni caprichosa deberá partir de los propios indicadores existentes en el relato. HORA/GLORIA: Primer indicador: una indicación temporal no recogida en el texto litúrgico. El relato comienza así: Tres días después tuvo lugar una boda... En el conjunto de indicaciones temporales dadas con anterioridad por el autor, estos tres días después nos llevan al día séptimo. El autor sitúa la boda en el día séptimo. Segundo indicador: la indicación temporal de futuro "todavía no ha llegado mi hora". La hora es el término característico que emplea el autor del cuarto evangelio para referirse a la glorificación de Jesús, la cual tiene lugar en la cruz. El Calvario es la hora de la gloria de Jesús. Gloria en sentido etimológico hebreo significa peso, consistencia. En sentido figurado y aplicado a las personas es el conjunto de cualidades que las distinguen, su personalidad. En su comentario final el autor nos dice que a través del signo realizado Jesús manifestó su gloria, es decir, puso de manifiesto su cálida personal. Desde estos dos indicadores podemos concluir que la realidad evocada en el relato de Caná es la fiesta del Señor, su gloria puesta de manifiesto en la cruz, cuya celebración tiene lugar el día séptimo, el domingo, el día del Señor. Si, pues, los indicadores nos llevan al Calvario, vayamos a él de la pluma de Juan y leamos Jn. 19, 25-27. ¿A quién encontramos allí? A la madre de Jesús. Exactamente la misma designación empleada en el relato de Caná. En ambos casos no se le designa por el nombre, sino por su relación con Jesús. Pero aún hay más. En ambos casos Jesús interpela a su madre de la misma manera: ¡Mujer! Estas correlaciones entre los dos relatos nos llevan a interpretar las palabras de Jesús a su madre en el relato de Caná no como rechazo, sino positiva y colectivamente: ¿Qué nos va a ti y a mí ahora, si nuestro tiempo no es éste sino el de la Cruz? Llegamos así a la conclusión de que el autor está contraponiendo dos tiempos, de los cuales uno, el de la cruz, es el propio de Jesús y de su madre. ¿Cuál es el otro? "El tiempo de las purificaciones de los judíos". Se trata de dos tiempos cualitativos, de dos talantes contrapuestos, a cada uno de los cuales el autor le asigna un símbolo: agua para el tiempo de las purificaciones, vino para el de la cruz. ¿Cuál de los dos tiempos es el mejor? El autor responde con toda claridad que la cruz supera en calidad a la purificación. Descubrimos además que el autor del cuarto evangelio gusta de la ironía, pues el reconocimiento de la superior calidad de la cruz lo hace alguien perteneciente a la purificación. Resumiendo: el autor ha escrito un relato eminentemente evocador, cuya clave de interpretación se encuentra en el calvario, donde Jesús manifiesta todo el peso de su gloria, un peso superior al de las purificaciones. Comentario. El tiempo de la cruz es el tiempo de la donación desinteresada. No está mal proceder por reglamento, código o ley, pero está mucho mejor proceder por amor. Nadie dice que el agua está mal en una comida, pero un buen vino siempre es mejor, Jesús es el buen vino; el reglamento y la ley son el agua. Se tiene siempre más miedo al vino que al agua. ¿Será por eso por lo que el Judaísmo y la Iglesia gustan tanto de la ley y del código? La diferencia entre el que

ama y el que cumple es que el primero es capaz de imposibles, mientras que el segundo nunca jamás puede nada. Si el amor supremo consiste en dar la vida por los amigos, se comprende perfectamente que la cruz sea el lugar supremo de la revelación de Jesús y, como consecuencia, del creyente en Jesús. La madre de Jesús es el prototipo de creyente en Jesús. Por eso mismo su tiempo y su lugar están, como los de su hijo, en la cruz. 5. A. BENITO, DABAR 1986, 11 El texto de hoy no pertenece a Lucas sino a Juan. Dos autores, muy diferentes en manera de escribir, Juan escribe en clave. De ahí que el sentido de sus textos no sea siempre evidente a primera vista. La clave la sitúa en el futuro y la denomina "la hora". Todavía no ha llegado mi hora. Esta hora es la muerte de Jesús en la cruz. Lo que el autor escribe con anterioridad a ella es signo de esa muerte, es decir, señal que apunta hacia ella, que la evoca o la representa. Así comenzó sus signos. El relato de hoy hay que leerlo, pues, desde la muerte de Jesús. Esta muerte la concibe Juan como la glorificación de Jesús, es decir, su grandeza, su esplendor, su magnificencia. Todo lo anterior son adelantos, anticipos de esa gloria, también esta palabra aparece en el texto de hoy. Manifestó su gloria. Parece evidente que Juan quiere que leamos este texto como anticipo de la gloria de Jesús que se va a manifestar en la cruz. Es el relato de su gloria futura anticipada en símbolos, Jesús es el vino bueno que mejora al anterior. Sus raíces hay que buscarlas en suelo y tradición judíos. Son el agua de las tinajas. A estas alturas del evangelio (estamos solamente en el cap. 2) no hay ningún tipo de tensión entre el agua y el vino. Hay simplemente constatación de una situación mejorada. "Estaba junto a la cruz de Jesús su madre" (Jn. 19,25). La misma interpelación: Mujer. Un rasgo más de que el texto de hoy es una anticipación de la cruz. "Mujer, a ti y a mí, ¿qué nos va la vieja situación? Nuestra gloria está en la cruz". Es, en efecto, en la cruz donde el autor nos presenta a la madre de Jesús como madre de la Iglesia. Un evangelio precioso el de hoy. Un evangelio que en el texto original tiene lugar al tercer día. 6. DABAR 1983, 11 Texto. Forma parte de las distintas escenas de presentación de Jesús que el autor del cuarto evangelio hace preceder a la actuación propiamente dicha de Jesús. Esta actuación, a iniciativa de Jesús, comienza a partir del último versículo de hoy. En la escena que precede (bodas de Caná) no es Jesús quien lleva la iniciativa. Jesús se encuentra en una boda y con él los discípulos: personaje este que en buena parte de los doce primeros capítulos del evangelio va a tener un simple papel de observador, descubriendo lentamente quién y de dónde es Jesús. El relato tiene su centro de atención en el vino. La ausencia de vino primero y su presencia después dominan la escena. Por el comentario del autor en el v.

11 resulta claro que el vino funciona como signo de Jesús. Un signo que se abre hacia un después, hacia una hora. Esta hora puede verse en el cap. 19 del evangelio, donde encontraremos los mismos personajes que en Caná. Este cap. 19, es la clave de lectura de todo el evangelio y en particular de 2, 112. Comentario. El relato quiere explicar en clave plástica quién y de dónde es Jesús. La clave es el vino, que procede de un agua, a la que supera. Los sirvientes conocen-descubren esta clave: el mayordomo, no. Y es precisamente el que no conoce la clave, quien canta las excelencias del vino (idéntico recurso empleará el autor con Caifás en 11, 50). Pero el agua es también signo de algo y de alguien: purificaciones de los judíos. Agua y vino representan dos órdenes sucesivos. Con mucha ironía el autor hace que un representante del orden-agua reconozca que el orden-vino es mejor. Estamos sólo en los comienzos del evangelio. Lo trágico es que esta mejor calidad la adquiere el vino gracias a su color rojo y recio de sangre. Y tal vez todavía más trágico es que, en esa hora y creyendo dar culto a Dios, el mayordomo escanciará la sangre (cfr. Jn. 16,2). Pero también en esa hora alguien conocerá-descubrirá la clave: unas mujeres (=discípulo amado). Con audacia de autor genial es a este discípulo a quien Juan reserva el título de hijo de María (confrontándose Jn. 19, 26-27. Nótese cómo en Caná a María se le llama madre de Jesús, pero a Jesús no se le llama hijo de María). 7. J. NASPLEDA, MISA DOMINICAL 1989, 2 "La madre de Jesús le dijo: No les queda vino": María interviene esperando la acción de Jesús, pero recibe una respuesta negativa. Aquí Juan se mantiene en la misma línea de los sinópticos a propósito de las intervenciones de su familia: los lazos de parentesco no pueden ni detener ni poner en marcha su misión. Aunque a menudo se ha intentado extraer de este pasaje un poder intercesor de María, más bien se pone de relieve la absoluta soberanía y libertad de Jesús. "Haced lo que él os diga": María debe colocarse en el reconocimiento de esta soberanía y en la confianza de la fe: sólo desde esta posición será posible el milagro. 8. VINO-ALEGRIA/SV: J. GUITERAS, MISA DOMINICAL 1974 Paradójicamente el invitado (Jesús) se convierte en el auténtico Esposo; para ello, el otro esposo no puede ofrecer vino. De este modo se quiere indicar la insuficiencia de la etapa antigua de Israel, contrapuesta a la plenitud mesiánica. Es el último vino, el de los tiempos escatológicos, el que es bueno. Hay una "Hora" adelantada, hecha prenda a través del signo- que ratificará la insuficiencia del Antiguo Testamento. María constata esta insuficiencia e indica donde está la plenitud: en Jesús, el vino nuevo que trae la alegría abundante de la salvación, que saca de la situación desesperada e insuficiente en la que viven los hombres, que ofrece la inmensa perspectiva de la fe liberadora y transformadora, que es la Palabra que da sentido y dinamismo, que hace creer en el amor y la fe. El "signo" está relacionado evidentemente con la Eucaristía y con la Pascua ("signo" culminante y radical del evangelio de Juan). Nos hallamos, pues, ante la teología de la salvación; en la plenitud de los tiempos en este momento- llega el don de Dios, en abundancia, en la Iglesia. A nosotros

nos corresponde el "reconocimiento", el convertirnos en discípulos, caminando espiritualmente hacia "la Hora" de Jesús. 9. H. RAGUER, MISA DOMINICAL 1977 El leccionario ha reemplazado el inicio del fragmento, "Al tercer día...", por el convencional "En aquel tiempo...". El evangelista, con aquella indicación cronológica precisa, quería indicar que el signo de Caná cierra una semana completa, que él ha descrito día a día: la semana de la epifanía o manifestación del Señor, que concluye con la revelación de su gloria y la fe de los discípulos. También al final de la vida pública de Jesús el cuarto evangelio nos describirá día a día la última semana, para desembocar asimismo en el acto de fe pascual de los apóstoles y los lectores. María, que aparece en este primer signo, reaparecerá en la semana final, al pie de la cruz (19, 25-27); en ambos casos Jesús le da el insólito tratamiento de "mujer". En la boda de Caná de Galilea encontramos los temas principales del cuarto evangelio. Es el primero de los milagros, o signos, como les llama Juan, porque no son sólo hechos prodigiosos para atraer la atención, sino significativos o pedagógicos. Los demás evangelios cuentan muchos milagros, Juan ha escogido sólo siete, cada uno de los cuales es explicado detalladamente e ilustrado con un diálogo o un discurso de Jesús, con el fin de extraer de él una lección, puesto que cada signo revela un aspecto del Reino; en este caso, los tiempos mesiánicos que ya los profetas habían simbolizado con los desposorios y el banquete. 10. MAERTENS-FRISQUE Jesús comienza su ministerio de rabino y de taumaturgo casi dentro de unos círculos familiares: su propia ciudad, Cafarnaún, su familia o la de sus apóstoles. Pero Juan ve ya en esas actuaciones, todavía discretas, toda la obra de divinización de la humanidad y, al mismo tiempo, la irradiación del misterio pascual. La lectura de este episodio bastante insignificante adquiere relieve si se mira con los ojos de Juan. **** a) El que María diga a Jesús que los convidados no tienen ya vino obedece sin duda a una preocupación de orden práctico por parte de una mujer atenta a los pequeños detalles de la recepción, pero significa también, en el plano simbólico, que el pueblo falto del vino de la felicidad y de la sabiduría y que permanece en actitud de pobre, espera la iniciativa de Dios para devolverle la felicidad. Jesús distribuye efectivamente el "buen vino" de esa felicidad prometida para los últimos tiempos, signo de la plenitud y de la sabiduría con que favorece al mundo. b) Pero ese don depende de la glorificación final del Mesías, de esa "semana" y de esa "hora" que inaugurarán, a través de la muerte, el misterio de la gloria del Señor. Parece, en efecto, que las indicaciones cronológicas sembradas a lo largo de Jn. 1, 19 a 2, 1 (1, 29; 1, 35; 1, 39; 1, 41; 1, 43; 2, 1) son bastante intencionadas en la pluma de Juan: el evangelista no pondrá tanto

cuidado por fechar los hechos y gestos del Señor a lo largo de su primera semana de ministerio que en su última semana, la de su pasión. El hecho de que el milagro se sitúe en un "tercer día" (v. 1; cf. Jn. 11, 6-7; 13, 33; Lc. 24, 7; Os. 6, 2-5) es igualmente una forma de hacer referencia al cumplimiento de la Pascua de Cristo. Pero lo decisivo en esta ocasión es el tema de la hora (v. 4; cf. Jn. 2, 14; 7, 30-39; 8, 20; 13, 1; 17, 1). La hora designa concretamente la muerte del Señor, pero es una muerte que le glorifica y glorifica al Padre, puesto que realiza la salvación del mundo. Se puede incluso afirmar que, a partir de Jn. 7, 30, las referencias a la hora de Jesús designan ese momento de su vida en que se verá reducido a la impotencia, en que ya no hará milagros (cf.Jn. 9, 4; 11, 9-10; cf. el tema del "lugar" en Jn. 18, 12, 24; 19, 40). Así es como se comprende el diálogo entre María y su Hijo. La Virgen no viene a pedir un milagro, sino que se limita a señalar un momento de apuro (v. 3). Jesús responde con bastante dulzura: "¿Qué nos va a ti y a Mi, mujer?" (v. 4): que quiere decir: sitúate en otro plano: el de mi omnipotencia, en lugar de quedarte en este punto de vista rastrero. Y así la explicación surge normalmente: "mi hora (es decir, la hora en que me veré atado, imposibilitado) no ha llegado aún. Sigo estando libre para hacer milagros" (v. 4). María acepta inmediatamente esa visión de fe y ordena que se hagan los preparativos del milagro (v. 5). Cristo se refiere, por tanto, claramente al signo y la obra por excelencia que realizará en la humillación de su muerte, pero hasta tanto suene esa hora, le es facultativo dejar signos y realizar maravillas provisionales, algo así como provisionales eran las diferentes liberaciones maravillosas del Antiguo Testamento. La idea de Cristo sería, por tanto, ésta: puedo hacer hoy el milagro que se me propone, pero llegará una hora en que mi omnipotencia realizará el milagro por excelencia, puesto que pasará por el amor hasta la muerte (Jn. 13, 1): todo milagro tiene una parte de caducidad hasta tanto no haya sido marcado por mi muerte y no esté vinculado a la única verdadera fe en mi resurrección. c) Juan nos ofrece, pues, en este relato del episodio de Caná un ejemplo de la forma en que reflexiona en torno a un milagro de Jesús. aun cuando sea muy corriente, hasta ver en él un signo (v. 11). Lo sitúa al final de una semana; introduce incluso el tema de la hora; subraya intencionadamente la materia del vino; señala, los mismo que en Jn. 7, 1-10, la incapacidad de los suyos para descifrar correctamente el milagro; y todo eso para probar que un milagro es un llamamiento a la fe. No se trata tan solo de creer que Jesús puede hacer un milagro, como sucede en los sinópticos, sino también de leer su significado misterioso, sólo captable por quien ha comprendido el misterio pascual y vive del amor que entraña. Tener esa fe que puede leer los signos no consiste tan sólo en apreciar el cambio del agua en vino (como quisiera María), ni en comprender el cambio del vino en la sangre de Cristo en la misa (que es hasta donde llegan algunos fieles), sino en captar la densidad pascual del signo realizado y en situarse a sí mismo dentro de una participación convencida en ese misterio.

TEXTO VII EL INTERÉS "MATERNO" DE MARÍA EN CANÁ.
A propósito del milagro de las bodas de Caná, está claro por todo el relato que el evangelista quiere poner de relieve la figura de Cristo; es como la primera epifanía de su gloria y de su poder mesiánico. En efecto, el relato concluye con estos términos: "Así, en Caná de Galilea, dio principio Jesús a sus milagros, manifestó su gloria y creyeron en él sus discípulos" (Jn 2,11). Mas, por otra parte, es obligado recordar que si Jesús es el protagonista de toda la escena, la que

pone en marcha el mecanismo del milagro, aunque sea de modo muy discreto, es María, llamada la madre de Jesús hasta cuatro veces (2,1.3.4.12). Léanse sólo el comienzo y el final del relato: "Tres días después hubo una boda en Caná de Galilea, en la que se hallaba la madre de Jesús" (v. 1); "Después bajó a Cafarnaún con su madre, sus hermanos..." (v. 12). Así pues, el episodio entero está bajo el signo de María en cuanto madre de Jesús. Pero lo interesante es que María parece casi más preocupada de los otros que de su Hijo, el cual permanece siempre, sin embargo, como el punto de referencia. Ella, en efecto, es la que interviene y le indica a Jesús la situación embarazosa de los jóvenes esposos, que desconocen la penosa situación en que pronto se hubieran encontrado: "No tienen vino" (v. 3). No sabemos si se trata de una petición o de alguna recomendación; ciertamente, no es un gesto de mera información. María, como se ve, sabe ponerse en el lugar de los otros, como una madre y más que una madre. Interprétese como se quiera la enigmática respuesta de Jesús: "¿Qué hay entre tú y yo, mujer?" (negativa, incertidumbre, acogida); lo cierto es que María deja abiertas todas las puertas y se preocupa de disponer a los servidores para cualquier intervención de su Hijo: "Haced lo que él os diga" (v. 5). En estas palabras de María hay un doble aspecto de la maternidad: el interés por la situación de apuro material de los esposos y la premura enteramente espiritual para que los servidores atiendan a cualquier palabra del Hijo. "En este sentido, el cuarto evangelista nos presenta a María como la madre de los cristianos, porque coopera a que se abra la flor de la fe en el corazón de los hombres, y por tanto al nacimiento de los hijos de Dios (cf Jn I, 12)".

TEXTO VIII LAS BODAS DE CANA
Con la narración de las bodas de Caná empieza el relato joánico del ministerio de Jesús. Hay que ver en estrecha conexión tanto esa narración como la siguiente sobre la primera aparición de Jesús en Jerusalén con la purificación del templo (2,13-22). Y es que ambos relatos tienen un carácter programático, por cuanto uno y otro ponen bajo una luz deslumbrante la importancia de Jesús en el sentido joánico, y no mediante discursos sino con dos acciones cargadas de simbolismo. En ambos casos se trata de relatos o escenas, en las que todo cuanto tienen que decir aparece en su alcance simbólico A ello se suma el hecho de que el narrador subraya intencionadamente esa importancia, bien mediante la frase final 2,11, bien mediante el discurso 2,18-22. Las bodas de Caná abren al mismo tiempo el ciclo de los «relatos de milagros», o más exactamente «relatos de señales». Esas bodas son el comienzo de las señales; si la historia de curación de 4.46-54 -que según Jn también ocurre en Caná- se relata como la «segunda señal», no por ello hay que concluir en una «fuente de señales» escrita, puesto que la numeración se puede deber perfectamente al propio evangelista, sobre todo cuando éste propende con frecuencia a una «señalización» esquemática (por ejemplo, en el relato de la pasión, aunque también en 1,19-51). Además la numeración no continúa. En conjunto son siete los relatos de milagros o señales: 1) las bodas de Caná (2,1-11), 2) la curación del hijo de un funcionario (4,46-54); 3) la curación del tullido de la piscina de Betzatá (5,1-9); 4) la alimentación milagrosa (6,1-15); 5) el paseo por las aguas del lago (6,16-21); 6) la curación del ciego de nacimiento (9,141); 7) la resurrección de Lázaro (11,1-44). Si hay que dar al número siete una significación simbólica o no es algo que se puede pasar por alto o darle una respuesta negativa, pues parece que la multiplicación milagrosa de los panes y el deambular sobre las aguas (6,121) hay que verlo en estrecha conexión, lo que se sugiere asimismo por la historia de la

tradición (cf. Mc 6,32-44.45-52). Sorprende además que con los relatos de milagros o señales joánicos, prescindiendo de los dos primeros, siempre van unidos largos discursos de revelación o polémicos, que por lo general tienden a proyectar la mayor luz posible sobre el significado de la señal respectiva. Se tiene la impresión de que los discursos de revelación, anexos a los milagros o señales, se han desarrollado en conexión más o menos directa con éstos; o, más exactamente, que se trata de homilías de tipo midráshico sobre los relatos de señales; por tanto, de prédicas como las que se pronunciaban en la liturgia cristiana. Sobre todo ello volveremos más adelante. Por lo que al género literario se refiere, tenemos aquí -según la visión certera de Bultmann- «una típica historia de milagros; los v. 1-2 proporcionan la exposición, los v. 3-5 presentan la preparación del milagro, que estilísticamente relatan en forma que suscite tensión; los v. 6-8 refieren el milagro en sí, aunque en un estilo indirecto silenciando el proceso milagroso propiamente dicho; los v. 9-10 constituyen la conclusión que, por su estilo, pone de relieve la paradoja del milagro». Jn ha tomado la narración -«que por lo demás, forma algo así como un bloque errático dentro de nuestro evangelio», mostrando unas peculiaridades estilísticas relativamente poco joánicas de su tradición particular, aunque reelaborándola con trazos típicos suyos con vistas a su empleo en la predicación. Aquí el pretender una distinción precisa entre redacción y tradición parece de escasa utilidad, toda vez que el relato tal como se encuentra ahora presenta una estructura consecuente y bien pensada. Lo mejor será interpretarlo en un plano sincrónico. Se indica el lugar, en que discurre la historia, como «Caná de Galilea» (cf. también 4,46), que es también el lugar de origen de Natanael (21,2). Se trata de Khirbet-Kana, sito 14 Km al norte de Nazaret. «Sólo en este pasaje se ha conservado el nombre de Caná en la Galilea propiamente dicha, y el constante determinativo tes Galilaias por el que se distingue del Caná sirio, prueba que en Galilea sólo había un poblado con tal nombre, que según la opinión común correspondía a Khirbet-Kana». El lugar lo menciona también Flavio Josefo y desempeña también un papel de cierta importancia en la guerra judía (66-70 d.C.). Dado que Jn nombra tres veces Caná, cabe suponer que para la tradición joánica a ese lugar iban vinculadas algunas tradiciones locales particulares. Si, como sospecha Lagrange, la invitación a la boda del lugar se la hizo Natanael a Jesús, es posible que esa tradición local esté en la base del relato. En cualquier caso, garantiza el hecho de que Caná haya existido (y todavía hoy existe), pero no garantiza, en modo alguno, la facticidad histórica de la subsiguiente historia milagrosa, como veremos después. Lo que interesa en primer término a esa historia es una teología narrativa. 1 Al tercer día, se celebró una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. 2 También fueron invitados a la boda Jesús y sus discípulos. 3 Y como llegó a faltar vino, la madre de Jesús le dice a éste: No tienen vino. 4 Pero Jesús le responde: ¿Qué nos va a mí y a ti, mujer? Todavía no ha llegado mi hora. 5 Dice su madre a los sirvientes: Haced lo que él os diga. 6 Había allí seis tinajas de piedra dispuestas para las purificaciones de los judíos, con capacidad, cada una, de dos o tres medidas. 7 Díceles Jesús: Llenad estas tinajas de agua. Y las llenaron hasta arriba. 8 Entonces les manda: Sacad ahora y llevadlo al mayordomo. Así lo hicieron. 9 Cuando el mayordomo probó el agua convertida en vino, sin saber él de dónde procedía, aunque sí lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llama al esposo 10 y le dice: Todos sirven al principio el vino bueno; y cuando ya la gente está bebida, el más flojo. Pero tú has guardado el mejor vino hasta ahora. 11 Esta es la primera de las señales que Jesús realizó en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él 12 Después de esto, bajó a Cafarnaúm él, con su madre, los hermanos y sus discípulos; pero no se quedaron allí muchos días. La indicación «al tercer día» enlaza la nueva escena con lo que precede, al tiempo que constituye la introducción al inmediato relato milagroso, que hay que considerar como una

unidad autónoma y que tiene muchas semejanzas con las perícopas sinópticas de milagros. El suceso que iba a ocurrir ese día era, según se nos dice, una boda en Caná de Galilea. Como en todas las culturas humanas, también en Israel y en el judaísmo las bodas constituyen uno de los grandes festejos. A la boda precede normalmente el noviazgo, que según la costumbre judeoveterotestamentaria representaba una promesa en firme de matrimonio, que se hacía con un período de antelación mayor o menor a la boda. «Con el noviazgo la unión de un hombre y una mujer para el matrimonio era en la estimación judía perfecta bajo todos los aspectos. De ahí que a la novia prometida se la llame «mujer» del varón». Algún tiempo después de la promesa matrimonial el novio invitaba a la novia a que abandonara su casa paterna para trasladarse a la casa del novio. Véase, por ejemplo, la bella canción nupcial del Sal 45 en que se dice: «Escucha, hija, atiende y apresta tus oídos: olvida tu nación y tu familia si se prendare el rey de tu hermosura ya que él es tu señor, póstrate ante él» (Sal 45,11s). La auténtica fiesta nupcial, que se celebraba con toda pompa y con el mayor boato, era la conducción de la novia a casa del novio. Las bodas se prolongaban por lo general ocho días, tiempo en el que llegaban de continuo nuevos invitados mientras otros se marchaban. La reunión nupcial no era una asamblea cerrada: además de los parientes y amigos de la nueva pareja, la fiesta estaba abierta para cuantos querían participar en la celebración. Para ello no se escatimaba en la comida ni en la bebida. Y por supuesto que en las bodas, como en cualquier festejo, no podía faltar el vino. Cuando se dice que la madre de Jesús -cuyo nombre no se menciona en la historia- estaba entre los participantes en la fiesta y que también Jesús había sido invitado con sus discípulos, se están haciendo unas indicaciones necesarias para la comprensión del relato, aunque sin decir nada concreto sobre las relaciones de Jesús y su madre con los anfitriones. Formaban parte de los asistentes a la fiesta; eso es lo que importa. Y durante la celebración del festejo surge un gran contratiempo: el vino se termina amenazando con poner fin a la euforia y jolgorio. El hecho se narra brevemente y casi a modo de inciso. Pero allí está la madre de Jesús, que advierte la circunstancia y que inmediatamente llama la atención de su hijo sobre tal contratiempo: «¡No tienen vino!» La indicación de la madre de Jesús sirve en el curso de la narración para preparar el milagro. Si la madre de Jesús advierte el hecho y llama la atención de su hijo sobre el mismo, hay que suponer que espera ayuda de su hijo Jesús. La respuesta de éste a su madre es negativa y muy ruda: «¿Qué nos va a mí y a ti, mujer?» ¿Por qué tienes que meterte en mis asuntos? El tratamiento de «mujer» o «señora» dado a la propia madre resultaba incluso en tiempo de Jesús muy inhabitual, frío y distanciado cuando no hiriente. Subraya en cualquier caso la distancia entre Jesús y su madre, y de ningún modo la intimidad cercana y cordial. Distancia que aún pone más de relieve la afirmación siguiente, y que ha de entenderse como el motivo explicativo: «Todavía no ha llegado mi hora.» ¿Qué quiere decir esa frase singular? La hora de Jesús, en su pleno sentido, es para Jn la «hora de la glorificación», la hora de la pasión y resurrección de Jesús. De ahí que algunos expositores pretendan ver también aquí una alusión anticipada a esa hora singular de la salvación. Lo cual no va por completo descaminado, porque tal expresión permite escuchar una asociación lingüística en esa dirección. No obstante lo cual la expresión hay que interpretarla también desde el contexto inmediato. Se trata ante todo de que el tiempo de Jesús, su hora, es radicalmente distinto del tiempo de los hombres o del tiempo del cosmos; Jesús no está «dirigido desde fuera» sino «desde dentro». Lo que ha de hacer u omitir en el fondo no se lo puede decir ningún hombre, ni siquiera su propia madre. La hora de Jesús depende más bien de la voluntad del Padre y de su propio albedrío que se orienta por esa voluntad del Padre. Sólo Jesús sabe cuándo es realmente tiempo de algo. Si, pese a todo, la madre de Jesús recomienda a los criados «Haced cuanto él os diga», es que, al parecer, no ha entendido la negativa de Jesús como algo definitivo, sino que sigue contando con una posibilidad de que Jesús intervenga en plan de ayuda. Sin duda que la expresión vuelve a ser

polivalente, aunque en último término lo que importa es hacer cuanto Jesús dice. El giro pasa por alto la situación concreta y se dirige al lector por cuanto que le dice cuál ha de ser su conducta respecto de Jesús. Hasta ahí la situación sigue abierta por completo. Es a partir del v. 6 cuando el relato toma una dirección concreta hacia el milagro. Se refiere que en la casa nupcial había seis tinajas de piedra para el agua, de una capacidad notable, toda vez que cabían en cada una de dos a tres medidas (metretas dice el texto griego; la capacidad de cada una era de aproximadamente 40 litros, exactamente 39,39 litros; las 2/3 medidas hacían alrededor de 1 hectólitro, lo que daba en conjunto unos 600 litros). Estos datos de las medidas de capacidad indican la gran abundancia, que es importante para el inminente milagro. Las tinajas estaban dispuestas para las prescripciones de purificación del ritual judío (1). Y las tinajas de piedra se recomendaban sobre todo porque así no contraían ninguna impureza ritual. Jesús ordena a los sirvientes que llenen las tinajas de agua; ellos se atienen a la recomendación de la madre de Jesús y hacen lo que éste les dice. Las tinajas quedaron llenas hasta los bordes. Y la orden siguiente de Jesús suena así: «Sacad ahora y llevadlo al mayordomo.» Las versiones antiguas traducen habitualmente en este pasaje la palabra griega arkhitriklinos por «maestresala». Se entiende por tal la persona -entre griegos y romanos generalmente un esclavo- que corría con la responsabilidad suprema del desarrollo ordenado del festín, al que correspondía asimismo cuidarse del vino. Implícitamente se da a entender que ahora el milagro ya está hecho, sin que se describa en sí mismo el proceso milagroso; lo único que se puede describir es el resultado. Cuando el maestresala o mayordomo prueba la bebida que le ofrecen, el milagro ya ha ocurrido. Lo que saborea es el agua convertida en vino; y se encuentra ante un enigma completo; ya que no sabe de dónde ha salido el vino nuevo, cosa que sólo los sirvientes sabían. ¡Lo curioso es que no se les pregunta sobre el particular y que nada digan! Corresponde, pues, al narrador fundamentalmente explicar en lo posible el misterio que rodea la procedencia del vino. En su comentario al pasaje Schnackenburg apunta con razón al hecho de que el «de dónde» tiene un sentido con trasfondo, «constantemente se trata en el Evangelio según Juan de la cuestión sobre «de dónde» viene el don de Jesús (4,11) y «de dónde» viene él mismo (7,27s; 8,14; 9, 29s). Con el origen se insinúa también la índole (celestial y divina) del don, o bien lo que éste indica simbólicamente...». Para el mayordomo el enigma persiste a lo largo de todo el episodio; y ello constituye el supuesto de lo que sigue En efecto, llama al novio y le dirige estas palabras: «Todos sirven al principio el vino nuevo; y cuando ya la gente está bebida, el más flojo. Pero tú has guardado el mejor vino hasta ahora» (v. 10). Lo que aquí proclama el mayordomo no es la regla escalonada, conocida desde antiguo, ni tampoco es seguro que las palabras hayan de tomarse como una observación humorística; lo que su frase expresa es su asombro por algo total y absolutamente desusado. El sentido es éste: normalmente se acostumbra a ofrecer a los invitados a bodas el vino bueno cuando todavía están sobrios y cuerdos, porque aún conservan el buen paladar para saborear y alegrarse con el vino generoso. Para el que está bebido ese buen vino es como tirado; por eso a medida que el tiempo avanza se pasa a un vino peor. Mas lo que él saborea ahora va en contra de tal uso y también contra las expectativas del propio mayordomo, quien se admira de que después de agotado el vino, quede todavía algo tan singularmente sabroso. El novio había reservado lo mejor para el final. Y así termina la primera historia milagrosa. El v. 11 es una observación complementaria del evangelista y tiene una función explicativa. Dice, primero, que el milagro del vino en Caná fue «la primera de las señales»; es decir, que fue la primera «señal» o signo. Segundo, que con tal signo Jesús «manifestó su gloria», con lo que se indica algo de la importancia de la señal, pues tiene algo que ver con la revelación de la gloria de Jesús. Tercero, se menciona el efecto del signo: «Y sus discípulos creyeron en él.» Esta

observación final apunta a la cuestión de la que ahora hemos de ocuparnos más ampliamente: ¿Cuál es el sentido de esta historia? a) La concepción joánica de los milagros: el milagro como «señal». El concepto o categoría con que Jn califica el milagro del vino en Caná se denomina «señal» o signo, semeion en griego. En Caná realizó Jesús «la primera de las señales» (2,11a). Es evidente que con ello se insinúa una peculiar inteligencia teológica de las historias de milagros: hay que entenderlos como «señales». En cambio la idea de que los sinópticos tienen de los milagros se expresa habitualmente por la palabra dynamis = muestra de poder, acto poderoso (cf., por ejemplo, Mc 6,2.5.14; 9,39; Mt 11,20.21.23; 13,5S). «La singularidad del uso joánico de semeion está en que aquí la palabra... ha venido a asumir la función de designar en exclusiva determinados procesos milagrosos, función que en el Nuevo Testamento, y especialmente en los sinópticos desempeña dynamis». El concepto semeion (señal) pertenece al particular lenguaje técnico de la teología del evangelio y del círculo joánicos (cf. 2,11.18.21; 3,2; 4,48.54; 6,2.14.26.30; 7,31; 9,16; 10,41; 11,47; 12,18.37; 20,30). Mas, dado que precisamente en los relatos milagrosos Jn depende de tradiciones más antiguas, que en parte aparecen como fuentes entrecruzadas de la tradición sinóptica, se puede captar perfectamente bien la teología joánica tanto en la elaboración de esas tradiciones por Jn como en su interpretación cual señales. La palabra griega semeion tiene originariamente el simple significado de «señal, nota, indicio», sin ningún especial contenido teológico; por consiguiente en principio no connota la significación de milagro. Las señales tienen una función indicativa, tienen algo que significar, quieren llamar la atención y transmitir un determinado conocimiento. Para el hombre, como ser dotado de lenguaje, es necesario y típico poner señales y poder desarrollar sistemas de signos en el sentido más amplio; en definitiva todos los sistemas humanos de señales se fundan en la capacidad lingüística del hombre: sin lenguaje no hay signos. Tales signos están «en lugar de algo» a lo que apuntan y sólo resultan comprensibles en un contexto más amplio, en un «conjunto referencial». En la Biblia griega de los setenta (LXX) semeion es la traducción de la palabra hebrea 'ot, traducción interesante en extremo para la semántica teológica de semeion. El término 'ot aparece en el AT dentro de contextos diferentes. La función más importante del signo es indicar algo. «'Ot, señal, es una cosa, un proceso, un acontecimiento, por el que se puede conocer, aprender, recordar o ver la credibilidad de algo. Esta definición, dada por H. Gunkel (Génesis 150), subraya atinadamente el carácter funcional del signo. Pues lo importante para su significado no es el objeto de la señal sino su función, no su ejecución sino su comunicación. Los objetos de las señales son tan abigarrados como el mundo en que acontecen». Así hay señales en la creación, como las luminarias del firmamento, el sol, la luna y las estrellas, de las que se dice «que separen el día de la noche y que sirvan de señales para estaciones, días y años», o, lo que es lo mismo, sirven para el establecimiento del calendario de las fiestas litúrgicas (Gén 1,14-19). Y está el arco iris que, tras el diluvio universal, Dios pone en las nubes como signo de paz, de reconciliación y de la alianza que establece con Noé (Gén 9,12-17). Asimismo hay señales en la historia; y aquí hemos de mencionar en primer término los diversos signos vinculados a la salida de Israel del país de Egipto, y sobre todo las plagas y los distintos signos milagros del tiempo del éxodo: «Yahveh hizo en Egipto, a nuestros propios ojos, señales y prodigios, grandiosos y terribles, contra el faraón y contra toda su casa. Y nos sacó de Egipto para hacernos entrar en posesión de la tierra, que con juramento había prometido a nuestros padres» (Dt 6,22s). Es curioso, efectivamente, que el concepto de señal aparezca con frecuencia especial en el libro del Éxodo, y sobre todo en los capítulos 4-13, que tratan el acontecimiento de la salida (Cf. Ex 3,12: 4,8.9.17.28.30: 7,3.9: 8,23; 10,1. 2; 11,9 10;

12,13; 13,9.16; 31,13.17). Singularmente importantes son las señales que Moisés hubo de realizar en presencia del pueblo y del faraón a fin de legitimar la misión divina que se le había confiado de sacar a Israel del país egipcio (cf. Ex 4). «Y es que el propósito de la señal no es aterrar a quienes la contemplan, sino transmitir un conocimiento o mover a una forma de conducta. Cuando Moisés obra señales por orden de Dios (Ex 3,12; 4,8.9.28.30), tales señales contribuyen a su legitimación personal, no para asombrar a los israelitas». Asimismo las señales cumplidas por Dios en Egipto sirven en definitiva para conducir al faraón y a sus gentes «al conocimiento de que yo soy Yahveh» (cf. Éx 7,3 y v. 5) o «a fin de que sepas que yo, Yahveh, estoy en medio de la tierra (com. a Ex 8,19, cf. v. 18)». «La conexión entre conocimiento y señal es tan estrecha que -en el contexto de la aserción cognoscitiva- conocer equivale a "dejarse proporcionar la certeza de una cosa mediante una señal"». Así pues, con las señales del Éxodo se trata, ante todo, de demostrar que Moisés es realmente el libertador enviado y autorizado por Dios; para e]lo el signo es la señal de reconocimiento, que debe obrar en conocimiento y la conducta correspondiente. Pero, en definitiva, de lo que se trata es del reconocimiento del propio Yahveh, que con esas señales se muestra como el Dios que actúa en la historia y que se hace presente con su actuación. Quiere esto decir que ya en el AT se encuentra la señal como signo de fe, que debe conducir al reconocimiento del emisario divino, de Moisés, y, por medio de él, al reconocimiento del propio Yahveh y de la fe en él. Según Dt 11,3 (cf. 11, 1-9) las señales del éxodo de Egipto y de la conquista de la tierra prometida son un motivo capital para «amar a Yahveh, tu Dios, y obedecer sus mandamientos». De todo ello saca Helfmeyer esta conclusión: «No es el signo como tal el que puede motivar la fe; lo determinante es más bien la palabra que se convierte en signo. Esa palabra dice la fe en quién o en qué ha de motivar la señal. De conformidad con ello no hay ninguna revelación en señal que no vaya acompañada de la correspondiente revelación de palabras que la interpreta». Por el contrario las acciones simbólicas (= acciones con señales) de los profetas apuntan en otra dirección. Van estrechamente unidas a la predicación profética y contribuyen a la dramatización del mensaje, a su exposición demostrativa y señalizadora, a su actualización concreta. «Al igual que la palabra tampoco la acción profética no es una mera referencia al acontecimiento inminente, sino el anuncio eficaz y cargado de realidad. Es una predicación operativa por cuanto produce la acción de Dios que debe cumplirse». Esta definición de Fohrer encaja abiertamente mejor con la concepción sinóptica del milagro que no con la joánica. La idea que Jn tiene del signo parece estar más cerca de la concepción del Pentateuco, y especialmente del libro del Éxodo, que de la acción simbólica de los profetas. A este respecto también hay que tener en cuenta la función de Moisés, como recientemente ha expuesto con gran acierto J.A. Buhner, al presentar la importancia de Moisés como shali'akh (= enviado, mensajero) de Dios en los testimonios rabínicos. También las señales adecuadas contaban para la legitimación de Moisés y de Aarón, como un apoyo divino de los mensajeros en el cumplimiento de su misión. Con la

referencia a Moisés se abre un nuevo aspecto lleno de significación, a saber: la expectativa judía de que en el tiempo final, por mediación del «profeta escatológico como Moisés», es decir, por el Mesías, se renovarán las maravillas del Éxodo. Así, por ejemplo, se esperaba al final de los tiempos la renovación del milagro del maná por obra del Mesías: «Rabí Berekía (hacia 340) ha dicho en nombre del rabí Yizkhak (hacia 300): como el primer libertador (es decir, Moisés), así el libertador último (= el Mesías)... Como el primer libertador hizo descender el maná, Ex 16,4: Voy a haceros llover pan del cielo; así también el libertador último hará bajar el maná del cielo, cf. Sal 72,16: Habrá pan de trigo sobre la tierra (así el Midrash)». Que esa expectación era extraordinariamente viva en tiempo de Jesús y del cristianismo primitivo, sobre todo antes y durante la guerra judía, nos lo certifica Flavio Josefo en un texto interesante. Refiere, en efecto, la crisis creciente antes de la sublevación de los judíos, la aparición de terroristas como los sicarios, y continúa: «se formó además otra banda de hombres indignos, cuyas manos estaban limpias, pero cuya mente era no menos impía que la de los asesinos a sueldo, los cuales trajeron la destrucción de la felicidad de la ciudad. Eran, en efecto, espíritus exaltados y embaucadores, que, so pretexto de inspiración divina, provocaban el malestar y la insurrección y con su palabra ponían a la multitud en una exaltación demoníaca. Finalmente condujeron al pueblo hasta el desierto porque allí Dios quería mostrarles las señales milagrosas, que anuncian la libertad». Las «señales de la libertad» (Semeia tes eleutherias) a las que se refiere, o mejor aún, los «signos de la liberación» son las señales o milagros del Éxodo; de ahí también la marcha al desierto que querían organizar esos profetas mesiánicos que Josefa sólo puede calificar como espíritus exaltados y embaucadores. Parece que la tradición joánica y el cuarto Evangelio hubieron de enfrentarse a su manera a tales manifestaciones y problemas. Somos del parecer que la teología joánica del signo debe entenderse desde ese trasfondo judío. Resulta interesante que, sobre esta temática, hasta ahora no se hayan encontrado paralelos convincentes en la literatura gnóstica. Rengstorf subraya, por lo demás con razón, que semeion (señal) en el lenguaje joánico ha de entenderse como una interpretación teológica. Es decir, que la concepción de los milagros de Jesús como «señales» es algo típico de la tradición joánica, que expresa también así su peculiar idea de Jesús. Según esa concepción, Jesús es el profeta y mesías escatológico, siendo, por tanto, el contratipo de Moisés que con sus obras milagrosas realiza los signos mesiánicos del tiempo último. Así al menos según el postulado de la teología de las señales. De todos modos aquí se plantea un problema: el problema de la divergencia entre la expectación judía de las señales en relación con el Mesías y la tradición de los milagros de Jesús, sin que sea posible reducir ambas concepciones a un común denominador. El cuarto Evangelio asume sin embargo el peso probatorio sobre la base de la convicción cristiana de que Jesús es el Mesías. Porque para la fe cristiana del círculo joánico Jesús es el Mesías, también los milagros que se nos han transmitido acerca de él han de entenderse también como las señales del tiempo de la salvación mesiánica que se abre con Jesús. En ese sentido la confesión cristiana: Jesús es el Mesías prometido constituye el auténtico fundamento para la teología joánica de los signos. Sin embargo esa teología significativa no es un complemento posterior de la tradición joánica de los milagros, como piensa Richter, sino que la inteligencia mesiánica de las señales se dejaba ya sentir en la recepción y reinterpretación de la tradición milagrosa joánica. Los relatos milagrosos los ha transformado Jn, incluso formalmente, en «relatos señales», de tal modo que la teología significativa se encuentra en el cuarto Evangelio en una doble forma: primera, en los «relatos señales» y, segunda, en la teología significativa profundamente meditada. Esas señales tienen también en Jn una función especial, que interesa sobre todo y que es una función de referencia y reconocimiento. La función indicativa queda subrayada por el hecho de que los relatos joánicos de milagros refuerzan el carácter de lo

milagroso más allá de la tradición culminando en lo demostrativo. En las bodas de Caná, Jesús crea una auténtica bodega de vino (2,6s). En el caso del hijo del funcionario el clímax se alcanza por cuanto que, en la curación a distancia, se agranda notablemente esa distancia al tiempo que se acentúa la simultaneidad de la palabra de Jesús y del resultado de la curación (4,43-54). El enfermo de la piscina de Betzetá, al que Jesús sana, lleva ya treinta y ocho años de enfermedad y su curación estaba descartada de hecho (5,1-9). También en el milagro de los panes -que recoge y evoca directamente la expectación mesiánica- se destaca la enorme abundancia, ya que con las sobras se llenan doce canastos (6,1-15). En la curación del ciego se dice explícitamente que era ciego de nacimiento sin culpa suya (9,1-7). Pero el milagro máximo y más demostrativo es la resurrección de Lázaro (11,1-44), que dentro de la serie joánica de milagros ocupa enfáticamente el último puesto y que, según Jn, tiene como consecuencia directa la condena a muerte de Jesús por parte del sanedrín (11,45-53). En otras palabras: los milagros de Jesús se presentan intencionadamente como grandes milagros y como «señales», sobre los que no se puede pasar por alto sólo con que se tengan ojos en la cara. La tradición joánica afirma con toda exactitud: no pueden pasar inadvertidos en modo alguno; si de hecho ocurrió lo contrario, ello se debió a una ceguera, y desde luego intencionada. También el objetivo de las señales está perfectamente claro: deben llevar a la fe en Jesús y en su misión divina (2,11.23; 4,48; 6,2). Las señales dan a conocer abiertamente a Jesús, de modo que es preciso enfrentarse con él y su pretensión, y formularse de continuo esta pregunta: ¿Es este Jesús el Mesías o es un pecador? En ningún caso puede dejarse de tomar una posición (7,31; 9,16; 11,47). En sentido positivo se expresa Nicodemo cuando dice: «Rabí, nosotros lo sabemos: tú has venido de parte de Dios en calidad de maestro, porque nadie puede hacer esas señales que tú haces, si Dios no está con él» (3,2). En Jn se trata, por tanto, de que en el ministerio mesiánico de Jesús se ve a Dios actuando, por lo que hay que creer en Jesús. De no hacerlo así, las señales se convierten en acusación y castigo de la incredulidad (12,37), de modo parecido a lo que en tiempos pasados ocurrió en Egipto. Y además las «señales» tienen en Jn una clara e inequívoca relación cristológica y un carácter simbólico. Y eso es precisamente lo que más las diferencia de los relatos milagrosos de los sinópticos. Deben dejar traslucir la gloria de Jesús, por completo en el sentido que ésta tiene en el prólogo (1,14: «nosotros vimos su gloria»), como la gloria del Logos encarnado, del Mesías, Hijo del hombre y revelador de Dios. El motivo de la revelación de la gloria no es en ningún caso algo apendicular, sino que pertenece ya a la configuración joánica de los relatos milagrosos, como lo demuestra la exaltación de lo milagroso. Sin embargo Jn utiliza de manera especial el sentido metafórico de los relatos de milagros tradicionales a fin de reelaborar también intencionadamente su contenido simbólico. Ciertos rasgos particulares, que les son propios, se acentúan ahora de propósito, lo cual llega hasta la elección de las palabras; como es bien sabido, Jn prefiere vocablos polivalentes y abiertos, alusiones, la sugerencia más que el concepto preciso. Lo que a menudo crea dificultades a la exégesis, favorece la configuración. Así el milagro de los panes apunta al «verdadero pan de vida», que es Jesús. La curación del ciego alude a Jesús como «la luz del mundo». La resurrección de Lázaro desarrolla simbólicamente en una teología narrativa la aseveración «Yo soy la resurrección y la vida». Aquí se pone de manifiesto el contenido simbolista y revelador que de cara a la cristología tienen las señales a través de los discursos de revelación que no deben separarse de esas mismas señales. Muestran, en efecto, que Jesús es el salvador escatológico y el donador de vida eterna. Como signos de revelación cristológica los relatos joánicos de mi]agros proclaman la unidad intrínseca de donante y don. No se puede discutir que en éste pasaje las afirmaciones joánicas van más allá de los supuestos veterotestamentarios y judíos. Indudablemente que también pertenece a la exposición joánica de los milagros como señales el singular claroscuro, lo impreciso y ambivalente, que comporta asimismo una

devaluación crítica del milagro y de la fe milagrera. Por una parte, los milagros constituyen otras tantas demostraciones grandes y vigorosas, que, en modo alguno, pueden pasar inadvertidas, que provocan la adhesión de muchas gentes a Jesús. Por otra parte, sin embargo, nunca se sabe con certeza la hondura que alcanza la fe en Jesús de quienes creen en los milagros. Como quiera que sea, es curioso que incluso según Jn no se llega a la fe en Jesús pese a la multitud de las señales milagrosas. El cuarto Evangelio es el único que habla claramente de una deserción de las multitudes respecto de Jesús (6,60-66). Son precisamente los signos los que ponen al hombre ante la decisión de fe, en la que no se trata de creer o no creer en los milagros, sino de querer creer o no en Jesús. En cuanto señales los milagros constituyen unas indicaciones; pero justamente como tales conservan una categoría subordinada; la fe recta puede darse muy bien sin ellos. Quien desea asistir como testigo presencial y directo a un milagro está fallando justa y precisamente en la significación de la señal, en su carácter de referencia indicativa: «Como no veáis señales y prodigios, nunca jamás creeréis» (4,48); también les dice: «De verdad os aseguro que me andáis buscando, no porque habéis visto señales, sino porque habéis comido pan hasta saciaros» (6,26). De ese modo, las señales contienen un «tropiezo» en el doble sentido de la palabra: como impulso y estímulo para creer en Jesús, o como tropezón que lleva a escandalizarse de Jesús y que conduce a la incredulidad. La dirección que cada cual toma es asunto exclusivo de su libertad y, por ende, de su fe. c) Resumen. La significación del milagro del vino en Caná debería haber quedado clara de algún modo. Jn ha colocado intencionadamente esa señal al principio, porque de hecho podría ejercer la función de una importante escena de apertura de la revelación de Jesús. Lo que con esa señal trae Jesús es nada menos que el comienzo de la época mesiánica de salvación. Es esa época un tiempo de plenitud divina; así el signo de Caná puede entenderse como una ilustración del enunciado «De su plenitud todos nosotros hemos recibido: gracia por gracia». La conversión del agua en vino designa el tránsito del tiempo viejo al tiempo nuevo, el comienzo de la nueva realidad escatológica. En ese aspecto están también justificadas las explicaciones que ven en las seis tinajas de agua, dispuestas para los lavatorios rituales judíos, el viejo tiempo de la ley que fue dada por mediación de Moisés, y que ha sido suplantado por el tiempo nuevo de «gracia y verdad», que irrumpe y se abre con la llegada de Jesús. La relación cristológica, que no se ha de ver estrecha en demasía, consiste en que mediante esa señal Jesús se da a conocer como el portador de la salud y a cuya presencia va ligada dicha salvación. Por el don se echa de ver quién y qué tal es el donante. El v. 10b, con el que originariamente terminaba el relato, destaca en forma clara el elemento escatológico: «Pero tú has guardado el mejor vino hasta ahora.» Ese «hasta ahora» señala el comienzo de la era de salvación. El v. 11, por el contrario hay que entenderlo como interpretación del evangelista, enmarcando la historia milagrosa dentro de su teología cristológica de los signos, aunque no deja de estar en una cierta tensión con el mismo relato. Como ocurre las más de las veces en la interpretación teórica de unas narraciones, cuando la historia ha de llevarse a un concepto, la tesis sólo recoge una parte del relato en cuestión, y en cierto aspecto lo reduce demasiado. Ése es también nuestro caso. La interpretación entiende la señal como «signo revelador de la gloria divina de Jesús». Es interesante que a estas señales no siga todavía ningún discurso de revelación y que no se llegue a una decisión crítica. El efecto es más bien positivo por completo: «Y sus discípulos creyeron en él.» Aparece así al principio el propósito kerigmático de presentar la importancia soteriológica de Jesús y el comienzo de la era de salvación con una limpieza sin sombras y en la pura alegría de una consumación perfecta. Comparándolo con los otros relatos de señales, en el milagro del vino de Caná brilla un sol claro y jubiloso. Por lo que toca a la función de la madre de Jesús, la historia no gira primordialmente en torno a ella. Se la

introduce sin duda para motivar la presencia de Jesús y de sus discípulos: allí estaban también los hermanos de Jesús, como sabemos por el v. 12. Advierte a Jesús del aprieto en que se encontraba aquella gente y aconseja amistosamente a los servidores de la mesa que hagan lo que les diga Jesús. Y establece así en la historia las conexiones, sin que recaiga sobre las mismas un peso mayor. Por el contrario, la respuesta de Jesús pone fuertemente de relieve la distancia entre él y su madre; su conducta no viene determinada por el hombre, sino que está sujeta a una instancia interior. Es un distanciamiento similar al que refleja el episodio de «Jesús a los doce años en el templo» cuando dice a sus padres: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que tenía que estar en la casa de mi Padre?» (Lc 2,49). Ambos pasajes quieren decir que Jesús pertenece por completo al mundo de Dios. El v. 12 da la noticia de que Jesús «bajó a Cafarnaúm, con su madre, los hermanos y sus discípulos» y que permanecieron allí algunos días. Bajo esa noticia late también la tradición, conocida también por otras fuentes, de que durante su actividad en Galilea Jesús tuvo su «cuartel general» en Cafarnaúm, ciudad situada en la orilla noroccidental del lago. Nuestro texto da la impresión de que los parientes de Jesús, su madre y sus hermanos, formaban entre sus seguidores, lo que según el propio Jn (7,1-9) resulta muy problemático. La noticia redaccional- nos permite más bien entrever las grandes lagunas, la falta de informaciones fidedignas de Jn sobre el ministerio de Jesús en Galilea con las que nos debemos contentar.
............... 1. Sobre el lavatorio ritual de las manos en la comida y las prescripciones de pureza legal entre los judíos, cf. Mc 7,1-5 y par. Mt 15,1-2: el enjugarse las manos antes de la comida, es un uso que sin duda se remonta a la tradición de los letrados en la Escritura, pero que muy pronto se afianzó como algo propio y, como sucede a menudo con tales ritos, adquirió una significación muy especial. Una sentencia rabínica (de ha. 300 d.C.) afirma: «EI que come pan sin haberse lavado las manos es como el que cohabita con una ramera».

TEXTO IX Meditación del Evangelio
Novum genus potentiae! Aquae rubescunt hydriae vinumque iussa fundere mundavit unda originem. Un nuevo milagro de su poder: las cántaras de agua se arrebolan y al mandato de arrojar vino el agua cambia su naturaleza. C Sedulio 209 «Nosotros llamamos para que él nos abra y nos dé a beber del vino invisible, y él nos ha convertido en vino, nos ha hecho sabrosos (sabios), pues tenemos el sabor de su fe los que antes éramos insípidos (ignorantes)» (·Agustín-SAN, In Job. VIII, 3). Según la interpretación que hemos propuesto, Jn coloca al principio la señal del milagro del vino en las bodas de Caná, a fin de demostrar el comienzo del tiempo de salvación que se abre con la llegada de Jesús. Con Jesús ha llegado al hombre la salvación de Dios, salvación que se presenta con abundancia inagotable. Con esa imagen grandiosa Jn nos dice en qué consiste según su concepción lo nuevo y peculiar del cristianismo. Con ello expresa exactamente la esencia del cristianismo. Ocurre así que en Jn las bodas de Caná representan el mismo acontecimiento que Mc 1,15 expresa con estas palabras: «Se ha cumplido el tiempo; el reino de Dios está cerca; convertíos y creed al evangelio.» Si nos atenemos al testimonio de los evangelios y de las cartas de Pablo, el cristianismo se entiende desde el comienzo, a partir del propio Jesús, como la «religión del cumplimiento», de la plenitud. Lo que eso significa realmente pueden expresarlo las imágenes y la historia mucho mejor que unos conceptos rígidos. Y eso es lo que aportan precisamente las «señales» y las «acciones simbólicas» en forma mucho más directa y adecuada. La celebración de bodas, la fiesta de los

esponsales, la alegría, los cantos, los banquetes y las danzas nupciales se entienden como fiesta del amor y de la vida que se prolonga, como fiesta de la familia y de la sociedad, cual fiesta cósmica que abraza el cielo y la tierra. Al menos entre los pueblos y culturas de la antigüedad difícilmente puede encontrarse una imagen para expresar del modo más intenso y extático la suprema alegría del vivir, la felicidad y el placer de la existencia como la fiesta nupcial. Cierto que la religión bíblica, el AT, es contraria a los cultos orgiásticos de los baales y a su divinización de la sexualidad y la fecundidad; pero afirma sin reservas y toma muy en serio su importancia humana, como se ve sobre todo en el Cantar de los Cantares. Incluso ha encontrado en ese campo un símbolo de las relaciones entre Yahveh e Israel. Enlazando con el Cantar de los Cantares algunos teólogos cristianos han visto en la imagen de las bodas la encarnación como unión de la naturaleza divina con la humana y como culminación de la alianza amorosa de Dios con toda la humanidad. Desde tal tradición escribe todavía E. Przywara: «Visto así, en el milagro de las bodas de Caná de Galilea se compendia todo el prodigio nupcial del reino de Dios: las nupcias como forma intimísima de la singular unidad de divinidad y humanidad en Cristo (según Agustín); nupcias como misterio fundamental entre Cristo, cual segundo Adán, y María cual segunda Eva (Agustín, Serm. 195,3 y 192,2.3); nupcias como forma fundamental de la nueva alianza a partir de Juan Bautista (Jn 3,29) hasta el sentido último de esa misma alianza (Ap 19, 7-9ss); nupcias como misterio entre Dios y el mundo en Cristo en el misterio de la suprema conversión nupcial que es la eucarística; nupcias, finalmente, también como forma básica de la unidad de Dios y del mundo en Cristo en general, que empieza en la señal de las bodas de Caná y se consuma en el ser de toda boda humana como misterio entre Cristo y la Iglesia (Ef 5,29-32)». «Festivo es, pues, un tiempo que se toma para proporcionar al sentimiento la plena expresión. Contiene un elemento de afán de prodigalidad, de vida superior, que no admite más aclaraciones. Acepta la experiencia. Trae alegría, lo que explica por lo demás, por qué deseamos a la gente mucha suerte en las fiestas y por qué se considera logrado un convite cuando ha sido del agrado de todos. La fiesta, como todo lo que hacemos por sí mismo, nos procura una breve pausa y aliento en el engranaje de lo cotidiano; un cambio sin el que la vida sería insoportable» (·COX-H). En el calendario festivo del año eclesiástico las bodas de Caná constituyen un aspecto esencial de la fiesta de la manifestación del Señor (o epifanía), el 6 de enero. «Celebramos la festividad marcada por tres milagros. Hoy la estrella condujo a los sabios hasta el pesebre; hoy en las bodas el agua se convirtió en vino; hoy quiso Cristo ser bautizado en el Jordán para salvarnos, aleluya» (antífona del magnificat), La epifanía es la fiesta helenístico-cristiana más antigua de tradición no judía que nosotros conocemos, y debe «su origen sin duda a la acomodación a las fiestas paganas existentes, como las celebraciones del día natal del dios Eón, el mito solar, y también debido a la relación con la fiesta de Dioniso». En el campo helenístico pronto pudo establecerse también una relación entre el milagro del vino de Caná y el dios del vino, Dioniso. Inmediatamente después se estableció ya una relación entre Cristo y Dioniso, y los intentos de Holderlin por reunir a Dioniso, Heracles y Cristo tendrían una significación más profunda de lo que muchas veces se ha supuesto. A partir de ahí también se proyecta una luz peculiar sobre la figura de un F. Nietzsche y sus visiones. ¿No existe quizá entre el Crucificado y Dioniso la alternativa radical que Nietzsche afirmó? Lo que se vive en Dioniso es la plenitud beoda de una existencia que se derrama y transciende en una embriaguez extática. El anhelo que ahí late se vería colmado cuando el hombre se perdiera en la plenitud del amor divino, para reencontrarse en el Dios del amor en la exuberancia extática de una alegría infinita. Por lo demás resulta instructivo cómo ya en el cristianismo primitivo aflora un miedo a lo extático, que intenta racionalizar y sublimar la intensidad elemental del sentimiento de fe y de salvación; lo cual puede advertirse precisamente en la interpretación de las bodas de Caná. «El

hecho de que el Logos en las bodas haya convertido el agua en vino, no es porque quisiera permitir emborracharse, sino que ha vivificado el sentir humano equiparable al agua, al hombre convertido desde Adán en autor de la ley y hasta al cosmos entero lo ha inundado con la sangre de la vid, por cuanto ofreció la bebida de la verdad, la mezcla de la ley antigua y del Logos nuevo para cumplir la preanunciada era de la felicidad divina» (Clemente de Alejandría). Plenitud de la salvación, ofrecida como don milagroso del amor divino, que el hombre sólo puede recibir agradecido; pero también como fuente de juventud a la que el hombre puede siempre volver desde todos los fallos y errores de su vida, a fin de renovarse en amor inusual; todo lo cual está contenido en la imagen de las bodas de Caná. Tampoco, según Jn, es el cristianismo, ni una anquilosada religión legal, ni una oscura fe dogmática, sino el anuncio al hombre del amor inagotable de Dios, la revelación del Dios de la alegría y de la vida, que también despierta al hombre a la plenitud de la vida.

TEXTO X
MARÍA EN LAS BODAS DE CANÁ
Juan escribe su evangelio en torno al 90-100 d.C. Es, por tanto, el autor más tardío del NT, como tal, transmite a la iglesia una de las reflexiones más maduras sobre la persona y la obra del Salvador. Alude a la madre de Jesús en el prólogo (1,13), con tal que se acepte la lectura de este versículo en singular. Luego, en el c. 6, v. 42, recoge este comentario de los judíos: "¿No es éste Jesús, el hijo de José, cuyo padre y cuya madre nosotros conocemos? ¿Cómo dice ahora: He bajado del cielo?" Pero los dos pasajes Marianos clásicos del cuarto evangelio son las bodas de Caná (2,1-12) y la escena del Calvario (19,25-27): dos episodios estrechamente relacionados, ya que se apelan mutuamente como si fueran una gran inclusión. Dedicaremos unas notas explicativas a cada uno de ellos. ***** Caná es una aldea de Galilea, mencionada tres veces en el evangelio de Juan (2,1; 4,46; 21,2). Flavio Josefo (s. I d.C.) la recuerda en su autobiografía. En cuanto a su ubicación los pareceres no van de acuerdo. Los autores medievales con algunos modernos, opinan que se trata de Kirbet Qana, localidad en ruinas situada en el límite septentrional de la llanura de Battôf al abrigo de una montaña. Está bastante cerca de

Séforis, una ciudad importante de Galilea, a unos 14 kms. al norte de Nazaret. Pero de ordinario se localiza a Caná en la alegre aldea de Kefar-Kana, a unos 8 kms. al nordeste de Nazaret, en el camino que lleva a Tiberíades. Un día, en aquella aldea, se celebraban unas bodas (Jn 2,1a). María estaba entre los invitados a su celebración, quizá por motivos de parentesco. En efecto, una tradición cristiana del s. XII (referida, por ej., por Juan de Würzburgo en 1165) dice que Séforis era la patria de Ana de la que —como atestigua el Protoevangelio de Santiago (s. II)— nació la Virgen. Y Séforis se encontraba cerca de Caná. La invitación se extendió también a Jesús y a sus discípulos (v. 2). En el origen de este gesto de cortesía había probablemente motivos de amistad. En efecto, Juan nos informa que Natanael uno de los apóstoles escogidos por Jesús (Jn 1,43-51), era precisamente natural de Caná (21,2). Según las costumbres del AT, las fiestas de la boda duraban normalmente siete días (Gén 29 27, Jue 14,12; Tob 11,20), pero podían prolongarse durante dos semanas (Tob 8,20; 10,8). Y eran lógicamente la ocasión de un alegre banquete (Gén 29,22; Jue 14,10, Tob 7,14), servido de ordinario en casa del esposo (cf Mt 22,2). Por tanto, se necesitaba —como es fácil comprender— tener una buena provisión de vino. Y esto fue lo que falló en Caná (v. 3a). El malestar de la situación no se le pasó de largo a la atención femenina de María, que puso al corriente de ello a su Hijo (v. 3b). Después de una respuesta un tanto enigmática (v. 4), Jesús escuchó la petición de la madre. En efecto, convirtió en vino copioso el agua contenida en las seis tinajas, puestas allí para las abluciones rituales que los judíos realizaban antes de sentarse a la mesa (vv. 6-10). De esta forma Jesús dio comienzo a sus prodigios y fue aquél el signo que suscitó la fe incipiente de los discípulos en él como mesías (v. 11). Todo esto —podemos pensarlo así— constituye el núcleo de lo que ocurrió en Caná, durante aquel banquete de bodas que estuvo a punto de terminar con una amarga desilusión. Juan, que era probablemente uno de los comensales, registra este episodio en su evangelio. Cuando él escribe (entre el 90 y el 100), recuerda e interpreta al mismo tiempo. El Espíritu Santo, derramado por Jesús resucitado, guiaba a la iglesia hacia la comprensión más plena de las palabras y de los gestos de Jesús (cf Jn 14,25-26, 16,13-15). "Lo que yo hago —decia el Señor a Pedro durante el lavatorio de los pies en la última cena— ahora tú no lo entiendes; lo entenderás más tarde"(Jn 13,7). Gracias al don clarificador del Espíritu Juan está en disposición de penetrar en el sentido arcano que se escondía en aquel episodio de las bodas de Caná. Justamente él lo define como un signo (v. 11), es decir, como un hecho que en sus apariencias exteriores remite a una realidad más intima, más oculta, inherente en definitiva al misterio mismo de la persona de Jesús. En las siguientes lineas nos limitaremos a algunas reflexiones sobre la presencia y la función que tuvo María en aquella epifanía incipiente de su Hijo. "El tercer-día" (v. 1a). De esta forma introduce Juan el signo de Caná. Esta indicación cronológica tiene la finalidad de poner en relación el primer milagro de Jesús con el Sinaí y con la resurrección. El Sinaí. El tercer día de Caná forma parte a su vez de los días dentro de los cuales subdivide Juan los primeros hechos del ministerio profético de Jesús. De este modo obtiene una secuencia de jornadas (una hemerología), articulada de la siguiente manera. Primer día: testimonio de Juan Bautista ante los sacerdotes y levitas enviados de Jerusalén (1,19-28), segundo día: el Bautista señala a Jesús como el Cordero de Dios (1,29-34); tercer día: vocación de dos discípulos de Juan (uno es Andrés) y de Simón Pedro ( I ,3542), cuarto día: vocación de Felipe y de Natanael (1,43-51 ); el

tercer día: bodas de Caná (2,1-1 1); no muchos días: permanencia de Jesús en Cafarnaún con su madre, sus hermanos y los discípulos (v. 12). Por tanto, éste es el orden de la mencionada secuencia de días: I, II, lIl, IV, el tercer día (el de Caná), no muchos días. La fuente en la que se inspira Juan para este esquema cronológico es, con una discreta probabilidad, una antigua tradición judía. Partiendo de Ex 19,1.10-11.16, esta tradición solía distribuir en varios días los hechos que acompañaron la revelación del monte Sinaí, cuando Yavé hizo su alianza con Israel y le dio la ley por medio de Moisés (Éx 19-24). A partir de estas indicaciones bíblicas, la literatura judía narra la célebre teofanía del Sinaí enmarcándolo en un esquema cronológico de días, que se suceden en el orden siguiente: I, II lll, IV, el tercer día (corresponde al Vl, ya que se computa desde el IV día incluido). Hasta aquí el esquema es idéntico en casi todas las fuentes que lo recogen. Luego varía en cuanto que algunos añaden un día séptimo o (al parecer) un día octavo. Hay que notar en particular que el tercer día (= el sexto) es aquel en que se le dio la ley a Moisés. Es indudablemente el más importante. La mencionada tradición judía — que parece remontarse por lo menos al s. I-II d.C.— presenta notables afinidades con la serie de los días iniciales del ministerio de Jesús, según Jn 1,19-2,12. Por eso se vislumbra una posible emergencia: con la adopción de este cliché literario, ¿no querrá Juan encuadrar quizá el primer signo de Jesús en la perspectiva de lo que sucedió en el Sinaí? Efectivamente, pienso que esta relación ideal (Caná-Sinaí) tiene buenas razones en su favor. Un indicio de ello son los diversos contactos de argumentos y de términos que aparecen por diversas partes entre las tradiciones de la teofanía sinaítica y Jn 1,19-2,12. Los iremos poniendo de manifiesto en nuestra exposición. Uno de los resultados fundamentales será éste: lo mismo que en el Sinaí Yavé reveló su gloria dando su ley a Moisés, así en Caná Jesús revela su gloria dando el vino mejor, símbolo de la nueva ley que es su evangelio. La resurrección. Además de al tercer día del Sinaí, el tercer día de Caná hace referencia al tercer día del misterio pascual, entendido como pasión-muerteresurrección de Cristo. Por lo que se refiere al cuarto evangelio, la conexión entre el tercer día y la resurrección se basa sobre todo en Jn 2,19-21: "Destruid este templo [= muerte] y en tres días lo reedificaré [= resurrección]... Pero (Jesús) hablaba del templo que es su cuerpo". Lo que ocurrió "en tres días" tiene lógicamente su término "al tercer día". Por consiguiente, también para Juan —como para los sinópticos y para Pablo— el tercer día es el de la resurrección de Cristo. Es un elemento que pertenece al núcleo de la predicación primitiva, atestiguada, por ejemplo, en ICor 15,3-4. Siempre en el ámbito de la doctrina de Juan, la fórmula el tercer día se relaciona además con la hora de Jesús, como se verá en la respuesta del mismo Jesús a su madre (v. 4). Pues bien, Ia hora de Cristo, según el cuarto evangelio, designa como una sola realidad la pasión-muerte-resurrección del Salvador. Es el momento supremo en que Jesús pasa de este mundo al Padre; momento que Juan define como su hora (2,4; 7,30; 8,20; 13,1), "la hora", con el articulo determinado en posición enfática (12,23; 17,1), o "esta hora" (12,27). Desde el principio hasta el fin de la actividad de Cristo (2,4: 13,1; 19,27) esta hora confiere una marcha dramática al evangelio de Juan. Es la cumbre de la misión de Jesús: él ha venido para esta hora ( 12,27). Su cumplimiento está fijado por la voluntad del Padre y no puede ser anticipado ni por las exigencias de su madre (2,4) ni mucho menos por el poder violento de los enemigos de Cristo (7,30; 8,28). En esta hora el Padre revela la gloria del Hijo, es decir, la verdad plena de su persona. Esta revelación comprende dos aspectos: la igualdad de Jesús con el Padre en

la divinidad y su comunión con los hombres. Lo afirma claramente el mismo Jesús: 'Aquel día (es decir, en el misterio pascual) sabréis que yo estoy en el Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros" /Jn/14/20. Para terminar estas reflexiones introductorias sobre el tercer día de Caná, podemos decir por tanto que en la trama teológica del cuarto evangelio corre un hilo entre "el tercer día" del Sinaí, "el tercer día" de Caná y el "tercer día" de la pasión glorificante de Cristo: tres piedras miliarias del único itinerario de salvación. Los diversos momentos del primer signo de Jesús tienen que leerse en referencia con esta doble polaridad, sintetizada en el siguiente esquema:
SINAÍ El tercer día Yavé reveló su gloria a Moisés y el pueblo creyó también en él (Ex 19.11.9). CANÁ El tercer día Jesús reveló su gloria y sus discípulos creyeron en él (Jn 2, 1.11). PASCUA El tercer día Jesús reveló su gloria y sus discípulos creyeron en él (Jn 2, 19-20; 20-21).

TEXTO XI SIGUIENDO A JESÚS COMO MARÍA
Fraternidad Católica Misionera Verbum Dei “Después, Jesús bajó a Cafarnaún, acompañado de su madre, sus hermanos y sus discípulos y se quedaron allí unos cuantos días” (Jn.2, 12) María, Madre y compañera de Jesús, que bien conoces los caminos del seguimiento, pues tú también fuiste su primer discípula, poniéndote a la escucha de su Palabra, siguiéndole con perseverancia, ¡cuánta compenetración había entre tú y Jesús! Que, seguramente, en la convivencia con él, ibas comprendiendo el modo de actuar de Dios y su plan de salvación, pero Él de ti aprendería a formar y educar a los discípulos con un trato fino y delicado. Madre, tú sabes que es muy difícil seguir a Jesús sin una opción libre y voluntaria, nacida del amor, sabes bien lo que se sufre interiormente cuando externamente se le sigue pero de hecho hace mucho se ha desertado, fuiste y sigues siendo testigo de muchos que iniciaron pero que las palabras y caminos de Jesús se les hicieron duros y difíciles (Jn. 6, 66). Pero, gozosamente, también eres testigo, de muchos que a lo largo de la historia han reconocido que sólo a Jesús vale la pena seguir, ¿quién más sino Él tiene palabras de Vida Eterna? (Jn.6, 68), ¿quién que le ha seguido ha quedado defraudado? (Eclo.2, 10). Gracias Madre por enseñarnos lo que significa ser compañeros de Jesús, no se trata de ir detrás de él, simplemente haciendo lo que él hace, no se trata solamente de imitar, sino que se trata de caminar con Jesús, comulgando con su manera de pensar, de sentir; compenetrándonos con sus sueños, sus proyectos y secundándolos porque empiezan a ser también los nuestros, haciendo de la misión una empresa de los dos, una tarea de los dos. SEGUIMOS A JESÚS PARA APRENDER A ACOMPAÑAR COMO ÉL

I. SEGUIMOS A JESÚS HASTA SER SEMEJANTES A ÉL ¡Qué afortunados somos nosotros al haber recibido una llamada, que nos ha cambiado completamente el rumbo de nuestra vida! Podemos percibir una llamada amorosa que continuamente se vuelve a renovar, que vuelve a resonar en nuestro corazón, y si somos sencillos y delicados con Dios descubrimos que va cada vez a más profundidad: “Ven conmigo y te haré pastor como yo”, “¿me amas? Apacienta mis ovejas” (Jn.21, 15). Sí, el seguimiento es cuestión de amor, y se disfruta mucho más cuando ya hemos hecho una opción fundamental por seguir a Jesús hasta asemejarnos a Él, hasta aprender a acompañar como él. La aventura del seguimiento a Jesús la emprenden todas aquellas personas que se encuentran disponibles para responder a Dios con un “heme aquí Señor, tú me has llamado, envíame” (Is 6, 8). Las actitudes de disponibilidad y apertura nos preparan para que Dios pueda contar con nosotros todos los momentos, con el deseo de aprender del Maestro y así, ir adquiriendo todas las condiciones que Jesús propone para quien le quiera seguir en su misma dedicación a la misión. Seamos ambiciosos en nuestro seguimiento, soñemos alto, soñemos como Jesús, que cuando ve nuestra vida nos ve como continuadores y compañeros de su misma misión de anunciar el Reino. Nos invita a seguirle, a vivir con Él y como Él, a hacer todo lo suyo nuestro, y como nuestra Madre, María ser compañeros fieles en todos sus caminos.

TEXTO XII

Las bodas de Caná
Autor: P. Alberto Ramírez Mozqueda En Caná, Jesús comienza sus milagros y sus signos eficaces para la salvación de todos los hombres. Los mismos discípulos comenzaron a creer en Jesús desde ese día. Ningún acontecimiento familiar mueve a propios y extraños como una boda. Son familias enteras que se unen para la creación de una familia. La alegría es grande en todas las épocas y en todos los continentes. Todos los pueblos tienen sus propios rituales y sus liturgias familiares para obsequiar a los novios que se preparan para emprender toda una vida juntos. Israel tenía su propio ritual, su liturgia propia, donde se mezclaba la alegría humana, y la religiosa, que eran como dos rostros de una misma alegría religiosa. En el pueblo sencillo, las gentes arreglaban con mucho tiempo la fiesta de bodas. En la vida monótona y gris de los pueblos alejados de la gran capital, Jerusalén, la boda era un momento aparte. Era sentirse gentes, sentirse amados, sentirse unidos, sentirse hombres, y hombres amados de Dios porque les confiaba su amor y su cariño. En la fiesta de bodas se entremezclaban los cantos, el baile, la comida y también el vino, que no era propiamente una bebida de placer, sino un alimento, propio de estos días. La fiesta duraba 7 días poco más o menos, según el poder económico de las familias. Se hacía en el patio comunitario de varias familias, y podían participar propiamente todos los moradores del pueblecito. El Evangelio de San Juan nos habla también de una boda, y comienza diciendo sencillamente: “Al tercer día, hubo una boda en Caná de Galilea... fue una boda muy especial... pues a ella estaba invitada María, la Madre de Jesús. Ella fue invitada a servir, a atender a los invitados, era una

familia pobre, sencilla... y también asistió Jesús, que llegó acompañado de los primeros discípulos que fue eligiendo en el camino. Ahí volvieron a encontrarse María y Jesús que ya tenía varias semanas de haber dejado el pobladito de Nazaret. Fue grande la alegría del encuentro, sobre todo para María que no sabía si permanecer en Nazaret, o seguir discretamente a su hijo por los caminos de Israel. Los hombres estaban aparte, en pequeños grupos, entre los que destacaba el de Jesús, por su alegría y su cálida apertura. Las mujeres ocupaban los lugares cercanos al fogón, para atender las necesidades de los comensales. Y ocurrió que con esa intuición y esa mirada que sólo tienen las mujeres y las madres, María se dio cuenta de que los comensales eran mas de la cuenta y que el vino no iba a alcanzar para todos. Era un gran problema para los novios, pues por muchos años serían recordados como los pobretones que no habían atendido adecuadamente a sus invitados que venían de lejos al festejo. Por eso María, sin querer ser notada, se acerca discretamente a Jesús, y al oído le dice: “Hijo, estos pobres muchachos ya no tienen vino”. No pidió nada, no exigió nada. Sólo fue una sugerencia. Cristo lo entendió así. Y después de un momento que pareció de rechazo o de reproche, Jesús, no por motivos humanos, no por salvar anecdóticamente la honra de los novios, sino para comenzar a manifestar su gloria, se decide a atender a la invitación de María. María, por su parte, sin entender totalmente la respuesta de su Hijo, pero con verdadera entereza, va con los novios y les dice: “Hagan lo que él les diga”. Bendita palabra de María. No volverá a pronunciar palabra en todo el Evangelio, pero con eso nos bastará para saber lo que María desea, y lo que María puede hacer. Es la palabra para todos los que quieren la paz, el amor, el consuelo, y es la manera definitiva de entrar a formar parte del Reino de Dios: Hacer la voluntad de Cristo el Hijo de Dios. Los sirvientes se miran unos a otros extrañados de que Jesús les diga que llenen de agua las tinajas para las purificaciones de los invitados. Si ya están completos, ¿para qué más agua? Pero son sirvientes, y tienen que obedecer. Cuando las tienen llenas, van con miedo de prestarse a una broma, al maestresala para que pruebe aquello. Y viene la sorpresa. Es vino excelente. Vino del bueno, y son seiscientos litros. Nadie da crédito a sus ojos y a su paladar. Sorpresa del maestresala, sorpresa de los sirvientes y ¡Sorpresa del novio, que no se daba cuenta de nada! La fiesta transcurrió con una gran algarabía, dando gracias a Dios de tener tales invitados. Para Cristo fue un día de gloria. Hacía poco que había santificado las aguas en el Jordán, y ahora transformaba el agua en vino, que presagiaba el vino nuevo, el de la redención, el de la Nueva Alianza, el vino de su muerte y su resurrección. Ayer había sido el Padre el que lo daba a conocer y lo respaldaba: “Este es mi Hijo Amado, en quien tengo todas mis complacencias”. Hoy era María la que lo presentaba y animaba a que mostrara ya delante de los hombres la misión a la que había sido enviado: a anticipar el Banquete de las bodas del Cordero; “el Reino de Dios es, dirá San Marcos, es como un rey que preparó un festín de bodas para su Hijo”. Ayer Cristo se humilló en el Jordán realizando un verdadero gesto de penitencia, y hoy en Caná deja ver su gloria, en un hermoso juego de luz que se vela y desvela, y sabe compartir y colaborar a la alegría humana en un banquete de bodas. Con el bautismo en el Jordán, Jesús comienza su vida pública. En Caná, Jesús comienza sus milagros y sus signos eficaces para la salvación de todos los hombres. Los mismos discípulos comenzaron a creer en Jesús desde ese día. María, enséñanos a querer lo que Jesús quiere, a desear lo que Jesús desea, y a hacer en todo, la voluntad de tu Hijo Jesucristo, según tu recomendación: “Hagan lo que él os diga”.

TEXTO XIII Comentario del Evangelio de SS. Benedicto XVI,
Santa Misa en Altötting, Alemania. 11 de septiembre de 2006

Por último, en el pasaje evangélico, María pide a su Hijo un favor para unos amigos que pasan dificultades. A primera vista, esto puede parecer una conversación enteramente humana entre la Madre y su Hijo; y, en efecto, también es un diálogo lleno de profunda humanidad. Pero María no se dirige a Jesús simplemente como a un hombre, contando con su habilidad y disponibilidad a ayudar. Ella confía una necesidad humana a su poder, a un poder que supera la habilidad y la capacidad humanas. En este diálogo con Jesús la vemos realmente como Madre que pide, que intercede. Conviene profundizar un poco en este pasaje del evangelio, para entender mejor a Jesús y a María, y también para aprender de María el modo correcto de orar. María propiamente no hace una petición a Jesús; simplemente le dice: "No tienen vino" (Jn 2, 3). Las bodas en Tierra Santa se celebraban durante una semana entera; todo el pueblo participaba y, por consiguiente, se consumía mucho vino. Los esposos se encuentran en dificultades y María simplemente se lo dice a Jesús. No le pide nada en particular, y mucho menos, que Jesús utilice su poder, que realice un milagro produciendo vino. Simplemente informa a Jesús y le deja decidir lo que conviene hacer. Así pues, en las sencillas palabras de la Madre de Jesús podemos apreciar dos cosas: por una parte, su afectuosa solicitud por los hombres, la atención maternal que la lleva a percibir los problemas de los demás. Vemos su cordial bondad y su disponibilidad a ayudar. Esta es la Madre a la que tantas personas, desde hace muchas generaciones, han venido aquí a Altötting en peregrinación. A ella confiamos nuestras preocupaciones, nuestras necesidades y nuestras dificultades. Aquí aparece, por primera vez en la sagrada Escritura, la bondad y disponibilidad a ayudar de la Madre, en la que confiamos. Pero además de este primer aspecto, que a todos nos resulta muy familiar, hay otro, que podría pasarnos fácilmente desapercibido: María lo deja todo al juicio de Dios. En Nazaret, entregó su voluntad, sumergiéndola en la de Dios: "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 38). Esta sigue siendo su actitud fundamental. Así nos enseña a rezar: no querer afirmar ante Dios nuestra voluntad y nuestros deseos, por muy importantes o razonables que nos parezcan, sino presentárselos a él y dejar que él decida lo que quiera hacer. De María aprendemos la bondad y la disposición a ayudar, pero también la humildad y la generosidad para aceptar la voluntad de Dios, confiando en él, convencidos de que su respuesta, sea cual sea, será lo mejor para nosotros. Podemos comprender muy bien la actitud y las palabras de María, pero nos resulta difícil entender la respuesta de Jesús. Para comenzar, no nos gusta la palabra con que se dirige a ella: "Mujer".

¿Por qué no le dice "Madre"? En realidad, este título expresa el lugar que ocupa María en la historia de la salvación. Remite al futuro, a la hora de la crucifixión, cuando Jesús le dirá: "Mujer, ahí tienes a tu hijo", "Hijo, ahí tienes a tu madre" (cf. Jn 19, 26-27). Por tanto, indica anticipadamente la hora en que él convertirá a la mujer, a su Madre, en Madre de todos sus discípulos. Por otra parte, ese título evoca el relato de la creación de Eva: Adán, en medio de la creación, con toda su magnificencia, como ser humano se siente solo. Entonces Dios crea a Eva, y en ella Adán encuentra la compañera que buscaba y le da el nombre de "mujer". Así, en el evangelio según san Juan, María representa la mujer nueva, la mujer definitiva, la compañera del Redentor, nuestra Madre: ese título, en apariencia poco afectuoso, expresa realmente la grandeza de su misión perenne. Nos gusta menos aún lo que Jesús dice luego a María en Caná: "¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora" (Jn 2, 4). Quisiéramos objetar: ¡tienes mucho con ella! Fue ella quien te dio la carne y la sangre, tu cuerpo; y no sólo tu cuerpo: con su "sí", que pronunció desde lo más hondo de su corazón, ella te engendró en su vientre; con amor maternal te dio la vida y te introdujo en la comunidad del pueblo de Israel. Si así le hablamos a Jesús, ya vamos por buen camino para entender su respuesta. Porque todo esto debe hacernos recordar que en el contexto de la encarnación de Jesús hay dos diálogos que van juntos y se funden, se hacen uno. Está ante todo el diálogo de María con el arcángel Gabriel, en el que ella dice: "Hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 38). Pero existe un texto paralelo a este, podríamos decir un diálogo dentro de Dios, que se encuentra recogido en la carta a los Hebreos, cuando dice que las palabras del salmo 40 son como un diálogo entre el Padre y el Hijo, un diálogo con el que se inicia la Encarnación. El Hijo eterno dice al Padre: "Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo. (...) He aquí que vengo (...) para hacer, oh Dios, tu voluntad" (Hb 10, 5-7; cf. Sal 40, 6-8). El "sí" del Hijo —"He aquí que vengo para hacer tu voluntad"— y el "sí" de María —"Hágase en mí según tu palabra"— se convierten en un único "sí". De esta manera el Verbo se hace carne en María. En este doble "sí" la obediencia del Hijo se hace cuerpo, María con su "sí" le da el cuerpo. "¿Qué tengo yo contigo, mujer?". La relación más profunda que tienen Jesús y María es este doble "sí", gracias a cuya coincidencia se realizó la encarnación. Con su respuesta nuestro Señor alude a este punto de su profundísima unidad. A él remite a su Madre. Ahí, en este común "sí" a la voluntad del Padre, se encuentra la solución. También nosotros debemos aprender a encaminarnos hacia este punto; ahí encontraremos la respuesta a nuestras preguntas. Partiendo de ahí comprendemos ahora también la segunda frase de la respuesta de Jesús: "Todavía no ha llegado mi hora". Jesús nunca actúa solamente por sí mismo; nunca actúa para agradar a los otros. Actúa siempre partiendo del Padre, y esto es precisamente lo que lo une a María, porque ahí, en esa unidad de voluntad con el Padre, ha querido poner también ella su petición. Por eso, después de la respuesta de Jesús, que parece rechazar la petición, ella sorprendentemente puede decir a los servidores con sencillez: "Haced lo que él os diga" (Jn 2, 5). Jesús no hace un prodigio, no juega con su poder en un asunto que, en el fondo, es totalmente privado. No; él realiza un signo, con el que anuncia su hora, la hora de las bodas, la hora de la unión entre Dios y el hombre. Él no se limita a "producir" vino, sino que transforma las bodas humanas en una imagen de las

bodas divinas, a las que el Padre invita mediante el Hijo y en las que da la plenitud del bien, representada por la abundancia del vino. Las bodas se convierten en imagen del momento en que Jesús lleva su amor hasta el extremo, permite que le desgarren el cuerpo, y así se entrega a nosotros para siempre, se hace uno con nosotros: bodas entre Dios y el hombre. La hora de la cruz, la hora de la que brota el Sacramento, en el que él se nos da realmente en carne y sangre, pone su cuerpo en nuestras manos y en nuestro corazón; esta es la hora de las bodas. Así, de un modo verdaderamente divino, se resuelve la necesidad del momento y se rebasa ampliamente la petición inicial. La hora de Jesús no ha llegado aún, pero en el signo de la conversión del agua en vino, en el signo del don festivo, anticipa su hora ya en este momento. Su "hora" es la cruz; su hora definitiva será su vuelta al final de los tiempos. Él anticipa continuamente esta hora definitiva precisamente en la Eucaristía, en la cual ya ahora viene siempre. Y lo sigue haciendo siempre por intercesión de su Madre, por intercesión de la Iglesia, que lo invoca en las plegarias eucarísticas: "¡Ven, Señor Jesús!". En el canon, la Iglesia implora siempre nuevamente esta anticipación de la "hora", pide que venga ya ahora y se entregue a nosotros. Así queremos dejarnos guiar por María, por la Madre de las gracias de Altötting, por la Madre de todos los fieles, hacia la "hora" de Jesús. Pidámosle a él el don de reconocerlo y comprenderlo cada vez más. Y no nos limitemos a recibirlo sólo en el momento de la Comunión. Él permanece presente en la Hostia santa y nos espera continuamente. En Altötting la adoración del Señor en la Eucaristía ha encontrado un lugar nuevo en la antigua capilla del tesoro. María y Jesús siempre van juntos. Mediante ella queremos permanecer en diálogo con el Señor, aprendiendo así a recibirlo mejor. ¡Santa Madre de Dios, ruega por nosotros, como rogaste en Caná por los esposos! Guíanos siempre hacia Jesús. Amén.

TEXTO XIV LA VIRGEN MARÍA EN LAS BODAS DE CANA
Juan Pablo II, 26 de febrero de 1997
1. En el episodio de las bodas de Caná, san Juan presenta la primera intervención de María en la vida pública de Jesús y pone de relieve su cooperación en la misión de su Hijo. Ya desde el inicio del relato, el evangelista anota que "estaba allí la madre de Jesús" (Jn 2, 1) y, como para sugerir que esa presencia estaba en el origen de la invitación dirigida por los esposos al mismo Jesús y a sus discípulos (cf. Redemptoris Mater, 21), añade: "Fue invitado a la boda también Jesús con sus discípulos" (Jn 2, 2). Con esas palabras, san Juan parece indicar que en Caná, como en el acontecimiento fundamental de la Encarnación, María es quien introduce al Salvador. El significado y el papel que asume la presencia de la Virgen se manifiesta cuando llega a faltar el vino. Ella, como experta y solícita ama de casa, inmediatamente se da cuenta e interviene para que no decaiga la alegría de todos y, en primer lugar, para ayudar a los esposos en su dificultad. Dirigiéndose a Jesús con las palabras: "No tienen vino" (Jn 2, 3), María le expresa su preocupación por esa situación, esperando una intervención que la resuelva. Más precisamente,

según algunos exégetas, la Madre espera un signo extraordinario, dado que Jesús no disponía de vino. 2. La opción de María, que habría podido tal vez conseguir en otra parte el vino necesario, manifiesta la valentía de su fe porque, hasta ese momento, Jesús no había realizado ningún milagro, ni en Nazaret ni en la vida pública. En Caná, la Virgen muestra una vez más su total disponibilidad a Dios. Ella que, en la Anunciación, creyendo en Jesús antes de verlo, había contribuido al prodigio de la concepción virginal, aquí, confiando en el poder de Jesús aún sin revelar, provoca su "primer signo", la prodigiosa transformación del agua en vino. De ese modo, María procede en la fe a los discípulos que, cómo refiere San Juan, creerán después del milagro: Jesús " manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos" (Jn 2, 11). Más aún, al obtener el signo prodigioso, María brinda un apoyo a su fe. 3. La respuesta de Jesús a las palabras de María: "Mujer, ¿qué nos va a mí y a ti? Todavía no ha llegado mi hora" (Jn 2, 4), expresa un rechazo aparente, como para probar la fe de su madre. Según una interpretación, Jesús, desde el inicio de su misión, parece poner en tela de juicio su relación natural de hijo, ante la intervención de su madre. En efecto, en la lengua hablada del ambiente, esa frase da a entender una distancia entre las personas, excluyendo la comunión de vida. Esta lejanía no elimina el respeto y la estima; el término "mujer", con el que Jesús se dirige a su madre, se usa en una acepción que reaparecerá en los diálogos con la cananea (cf. Mt 15, 28), la samaritana (cf. Jn 4, 21), la adúltera (cf. Jn 8, 10) y María Magdalena (cf. Jn 20, 13), en contextos que manifiestan una relación positiva de Jesús con sus interlocutoras. Con la expresión: "Mujer, ¿qué nos va a mi y a ti?", Jesús desea poner la cooperación de María en el plano de la salvación que, comprometiendo su fe y su esperanza, exige la superación de su papel natural de madre. 4. Mucho más fuerte es la motivación formulada por Jesús: "Todavía no ha llegado mi hora" (Jn. 2, 4). Algunos estudiosos del texto sagrado, siguiendo la interpretación de San Agustín, identifican esa "hora" con el acontecimiento de la Pasión. Para otros, en cambio, se refiere al primer milagro en que se revelaría el poder mesiánico del profeta de Nazaret. Hay otros, por último, que consideran que la frase es interrogativa y prolonga la pregunta anterior: "¿Qué nos va a mí y a ti? ¿no ha llegado ya mi hora?" (Jn 2, 4). Jesús da a entender a María que él ya no depende de ella, sino que debe tomar la iniciativa para realizar la obra del Padre. María, entonces, dócilmente deja de insistir ante él y, en cambio, se dirige a los sirvientes para invitarlos a cumplir sus órdenes. En cualquier caso, su confianza en el Hijo es premiada. Jesús, al que ella ha dejado totalmente la iniciativa, hace el milagro, reconociendo la valentía y la docilidad de su madre: "Jesús les dice: "Llenad las tinajas de agua". Y las llenaron hasta el borde" (Jn 2, 7). Así, también la obediencia de los sirvientes contribuye a proporcionar vino en abundancia. La exhortación de María: "Haced lo que él os diga", conserva un valor siempre actual para los cristianos de todos los tiempos, y está destinada a renovar su efecto maravilloso en la vida de cada uno. Invita a una confianza sin vacilaciones, sobre todo cuando no se entienden el sentido y la utilidad de lo que Cristo pide. De la misma manera que en el relato de la cananea (cf. Mt 15, 24-26) el rechazo aparente de Jesús exalta la fe de la mujer, también las palabras del Hijo "Todavía no ha llegado mi hora", junto con la realización del primer milagro, manifiestan la grandeza de la fe de la Madre y la fuerza de su oración. El episodio de las bodas de Caná nos estimula a ser valientes en la fe y a experimentar en nuestra vida la verdad de las palabras del Evangelio: "Pedid y se os dará" (Mt 7, 7; Lc 11, 9).

TEXTO XV COMENTARIO DEL EVANGELIO DE S.S. JUAN PABLO II
20 de enero de 1980

2. En el Evangelio de hoy leemos que el Señor Jesús fue invitado a participar en las bodas que tenían lugar en Caná de Galilea. Esto sucede al comienzo mismo de su actividad magisterial, y el episodio se grabó en la memoria de los presentes, porque precisamente allí Jesús reveló por vez primera la extraordinaria potencia que, desde entonces, debía acompañar siempre su enseñanza. Leemos: «Este fue el primer milagro que hizo Jesús, en Caná de Galilea, y manifestó su gloria y creyeron en El sus discípulos» (Jn 2, 11). Aunque el acontecimiento tiene lugar al comienzo de la actividad de Jesús de Nazaret, ya están en torno a El los discípulos (los futuros Apóstoles), al menos los que habían sido llamados primero. Con Jesús está también en Caná de Galilea su Madre. Incluso parece que precisamente Ella había sido invitada principalmente. En efecto, leemos: «Hubo una boda en Caná de Galilea, y estaba allí la Madre de Jesús. Fue invitado también Jesús con sus discípulos a la boda» (Jn 2, 1-2). Se puede deducir, pues, que Jesús fue invitado con la Madre, y quizá en atención a Ella; en cambio los discípulos fueron invitados juntamente con El. 3. Debemos concentrar nuestra atención sobre todo en esta invitación. Por vez primera Jesús es invitado entre los hombres; y acepta esta invitación, se queda con ellos, habla, participa en su alegría (las bodas son un momento gozoso), pero también en sus preocupaciones; y para remediar los inconvenientes, cuando faltó el vino para los invitados, realizó el "signo": el primer milagro en Caná de Galilea. Muchas veces más será invitado Jesús por los hombres en el curso de su actividad magisterial, aceptará sus invitaciones, estará en relación con ellos, se sentará a la mesa, conversará. Conviene insistir en esta línea de los acontecimientos: Jesucristo es invitado continuamente por cada uno de los hombres y por las diversas comunidades. Quizá no exista en el mundo una persona que haya tenido tantas invitaciones, Más aún, es necesario afirmar que Jesucristo acepta estas invitaciones, va con cada uno de los hombres, se queda en medio de las comunidades humanas. En el curso de su vida y de su actividad terrestre, El debió someterse necesariamente a las condiciones de tiempo y de lugar. En cambio, después de la Resurrección y de la Ascensión, y después de la institución de la Eucaristía y de la Iglesia, Jesucristo de un modo nuevo, esto es, sacramental y místico, puede ser huésped simultáneamente de todas las personas y de todas las comunidades, que lo invitan. En efecto, El ha dicho: "Sí alguno me ama, guardará mi palabra. y mi Padre le amará, y vendremos a él y en él haremos morada" (Jn 14, 23). Y he aquí, queridos hermanos y hermanas, que tocamos así la verdad más fundamental para cada uno de vosotros, y al mismo tiempo para vuestra parroquia. También vuestra parroquia es un Caná de Galilea, adonde está invitado Jesús. El ha aceptado esta invitación, y permanece entre vosotros. Permanece incansablemente, incesantemente. Permanece en las comunidades para aceptar, en medio de ellas, la invitación de cada uno. Y el invitado viene y se queda. Meditad profundamente sobre esta presencia de Jesucristo en vuestra parroquia. y en cada uno de vosotros. ¿Sois verdaderamente hospitalarios con El? 4. Jesús fue invitado a Cano de Galilea, para tomar parte en la boda y en la recepción nupcial. Aun cuando diversos acontecimientos están vinculados con el comienzo de la actividad pública de Jesús de Nazaret, podemos deducir justamente del texto evangélico que este episodio precisamente, de modo particular, determina el comienzo de su vida apostólica. Es importante notar que precisamente en la circunstancia de las bodas Jesús

comienza su actividad. Las palabras de la primera lectura del libro del profeta Isaías comprueban esto con la particular tradición profética del Antiguo Testamento. Pero incluso independientemente de esta tradición, el hecho mismo nos ofrece mucho para meditar. Jesucristo, al comienzo mismo de su misión mesiánica, toca, en cierto sentido, la vida humana en su punto fundamental, en el punto de partida. El matrimonio, aun cuando es tan antiguo como la humanidad, significa siempre, cada vez, un nuevo comienzo. Este es sobre todo el comienzo de una nueva comunidad humana, de esa comunidad que se llama "familia". La familia es la comunidad del amor y de la vida. Y por eso a ella ha confiado el Creador el misterio de la vida humana. El matrimonio es el comienzo de la nueva comunidad del amor y de la vida, de la que depende el futuro del hombre sobre la tierra. El Señor Jesús une el comienzo de su actividad a Caná de Galilea, para demostrar esta verdad. Su presencia en la recepción nupcial pone de relieve el significado fundamental del matrimonio y de la familia para la Iglesia y para la sociedad. También la misión de la parroquia está vinculada con el matrimonio y con la familia y la parroquia está orientada de modo fundamental hacia ella. Que mí visita de hoy se convierta también en ocasión para hacernos conscientes todos a la vez de cómo se forma este vínculo entre la parroquia y la familia en la sociedad. ¿En qué medida los cónyuges asumen estos deberes junto con el sacramento, que Dios y la Iglesia ponen ante ellos? ¿Cómo se presenta el problema de la responsabilidad por la vida? ¿Por la educación? Son preguntas serias y comprometidas, particularmente hoy, en este tiempo en que la familia cristiana encuentra ciertamente muchas dificultades para vivir coherencia los principios de su fe. Mientras me complazco por la intensa actividad pastoral desarrollada con tanto celo por los padres josefinos, exhorto a todos a aprovecharse lo más posible de la "catequesis": la instrucción religiosa es hoy absolutamente fundamental para el cristiano, porque la fe debe convertirse en convicción iluminada y personal. Sólo si se está realmente convencidos de que es voluntad de Dios y revelación de Cristo lo que la Iglesia enseña, se tiene la fuerza e incluso la alegría de vivir auténticamente la propia fe, a pesar de las dificultades del ambiente. Por esto dad gran importancia a la Santa Misa festiva y a la homilía del sacerdote, al catecismo pata los niños, a las lecciones de religión en las diversa escuelas, a los encuentros especializados de grupo en la parroquia o en los barrios, a la catequesis para los jóvenes, a la lectura de la prensa formativa. Y centrad vuestras actividades parroquiales en la Eucaristía, en el encuentro personal con Cristo, perenne huésped nuestro, recordando lo que decía vuestro patrono, el joven San Juan Berchmans: «Señor, ¿acaso hay para mí sobre la tierra otra dulzura y otra alegría que la santa comunión?". Por eso en este domingo deseo invitar, de modo especial, a Jesús a todas las familias de esta parroquia. El venga —como en Caná de Galilea— junto con su Madre. ¡Qué elocuente es su presencia, su participación en este acontecimiento que tuvo lugar al comienzo de la actividad pública de Jesús de Nazaret! 5. En Caná se reveló también María en la plena sencillez y verdad de su Maternidad. La Maternidad está siempre abierta al niño, abierta al hombre. Ella participa de sus preocupaciones aun las más ocultas. Asume estas preocupaciones y trata de ponerles remedio. Así ocurrió en la fiesta de las bodas de Cana. Cuando llegó «a faltar el vino» (Jn 2, 3) el maestresala y los esposos se encontraron ciertamente en gran dificultad. Y entonces la Madre de Jesús dijo: «No tienen vino» (Jn 2, 3). El desarrollo posterior del acontecimiento nos es bien conocido. Al mismo tiempo María se revela en Caná de Galilea como Madre consciente de la misión de su Hijo, consciente de su potencia. Precisamente esta conciencia la apremia a decir a los servidores: «Haced lo que El os diga» (Jn 2, 5). Y los servidores siguieron las indicaciones de la Madre de Cristo. ¿Qué otra cosa puedo desearos, con ocasión del encuentro de hoy, a vosotros: esposos y familias; a vosotros: jóvenes y niños; a vosotros: enfermos y los que sufrís,

cansados por la edad; finalmente a vosotros, queridos pastores de almas, religiosos y religiosas; a vosotros todos? ¿Qué cosa os puedo desear sino que escuchéis siempre estas palabras de María, Madre de Cristo: «Haced lo que El os diga»? Y que las aceptéis con el corazón, porque han sido pronunciadas por el corazón. Por el corazón de la Madre. Y que las cumpláis: «A la santificación precisamente os llamó por medio de nuestra evangelización, para que alcanzaseis la gloria de nuestro Señor Jesucristo» (2 Tes 2, 14). Aceptad, pues, esta llamada con toda vuestra vida. Realizad las palabras de Jesucristo. ¡Sed obedientes al Evangelio! Amén.

TEXTO XV En Caná, María induce a Jesús a realizar el primer milagro
Juan Pablo II, 5 de marzo de 1997
1. Al referir la presencia de María en la vida pública de Jesús, el concilio
Vaticano II recuerda su participación en Caná con ocasión del primer milagro: «En las bodas de Caná de Galilea (...), movida por la compasión, consiguió, intercediendo ante él, el primero de los milagros de Jesús el Mesías (cf. Jn 2, 1-11)» (Lumen gentium, 58).

Siguiendo al evangelista Juan, el Concilio destaca el papel discreto y, al mismo tiempo, eficaz de la Madre, que con su palabra consigue de su Hijo «el primero de los milagros». Ella, aun ejerciendo un influjo discreto y materno, con su presencia es, en último término, determinante. La iniciativa de la Virgen resulta aún más sorprendente si se considera la condición de inferioridad de la mujer en la sociedad judía. En efecto, en Caná Jesús no sólo reconoce la dignidad y el papel del genio femenino, sino que también, acogiendo la intervención de su madre, le brinda la posibilidad de participar en su obra mesiánica. El término «Mujer», con el que se dirige a María (cf.Jn 2, 4), no contradice esta intención de Jesús, pues no encierra ninguna connotación negativa y Jesús lo usará de nuevo, refiriéndose a su madre, al pie de la cruz (cf. Jn 19, 26). Según algunos intérpretes, el título «Mujer» presenta a María como la nueva Eva, madre en la fe de todos los creyentes. El Concilio, en el texto citado, usa la expresión: «movida por la compasión», dando a entender que María estaba impulsada por su corazón misericordioso. Al prever el posible apuro de los esposos y de los invitados por la falta de vino, la Virgen compasiva sugiere a Jesús que intervenga con su poder mesiánico. A algunos la petición de María les parece desproporcionada, porque subordina a un acto de compasión el inicio de los milagros del Mesías. A la dificultad responde Jesús mismo, quien, al acoger la solicitud de su madre, muestra la superabundancia con que el Señor responde a las expectativas humanas, manifestando también el gran poder que entraña el amor de una madre. 2. La expresión «dar comienzo a los milagros», que el Concilio recoge del texto de san Juan, llama nuestra atención. El término griego arjé, que se traduce por inicio, principio, se encuentra ya en el Prólogo de su evangelio: «En el principio existía la Palabra» (Jn 1, 1). Esta significativa coincidencia nos lleva a establecer un paralelismo entre el primer origen de la gloria de Cristo en la eternidad y la primera manifestación de la misma gloria en su misión terrena. El evangelista, subrayando la iniciativa de María en el primer milagro y recordando su presencia en el Calvario, al pie de la cruz, ayuda a comprender que la cooperación de María se extiende a toda la obra de Cristo. La petición de la Virgen se sitúa dentro del designio divino de salvación. En el primer milagro obrado por Jesús los Padres de la Iglesia han vislumbrado una fuerte dimensión simbólica, descubriendo, en la transformación del agua en vino, el anuncio del paso de la antigua alianza a la nueva. En Caná, precisamente el agua de las tinajas, destinada a la purificación de los judíos y al cumplimiento de las prescripciones legales (cf. Mc 7, 1-15), se transforma en el vino nuevo del banquete nupcial, símbolo de la unión definitiva entre Dios y la humanidad. 3. El contexto de un banquete de bodas, que Jesús eligió para su primer milagro, remite al simbolismo matrimonial, frecuente en el Antiguo Testamento para indicar la alianza entre Dios y su pueblo (cf. Os 2, 21; Jr 2, 1-8; Sal 44; etc.) y en el Nuevo Testamento para significar la unión de Cristo con la Iglesia (cf. Jn 3, 2830; Ef 5, 25-32; Ap 21, 1-2; etc.). La presencia de Jesús en Caná manifiesta, además, el proyecto salvífico de Dios con respecto al matrimonio. En esa perspectiva, la carencia de vino se puede

interpretar como una alusión a la falta de amor, que lamentablemente es una amenaza que se cierne a menudo sobre la unión conyugal. María pide a Jesús que intervenga en favor de todos los esposos, a quienes sólo un amor fundado en Dios puede librar de los peligros de la infidelidad, de la incomprensión y de las divisiones. La gracia del sacramento ofrece a los esposos esta fuerza superior de amor, que puede robustecer su compromiso de fidelidad incluso en las circunstancias difíciles. Según la interpretación de los autores cristianos, el milagro de Caná encierra, además, un profundo significado eucarístico. Al realizarlo en la proximidad de la solemnidad de la Pascua judía (cf. Jn 2, 13), Jesús manifiesta, como en la multiplicación de los panes (cf. Jn 6, 4), la intención de preparar el verdadero banquete pascual, la Eucaristía. Probablemente, ese deseo, en las bodas de Caná, queda subrayado aún más por la presencia del vino, que alude a la sangre de la nueva alianza, y por el contexto de un banquete. De este modo María, después de estar en el origen de la presencia de Jesús en la fiesta, consigue el milagro del vino nuevo, que prefigura la Eucaristía, signo supremo de la presencia de su Hijo resucitado entre los discípulos. 4. Al final de la narración del primer milagro de Jesús, que hizo posible la fe firme de la Madre del Señor en su Hijo divino, el evangelista Juan concluye: «Sus discípulos creyeron en él» (Jn 2, 11). En Caná María comienza el camino de la fe de la Iglesia, precediendo a los discípulos y orientando hacia Cristo la atención de los sirvientes. Su perseverante intercesión anima, asimismo, a quienes llegan a encontrarse a veces ante la experiencia del «silencio de Dios». Los invita a esperar más allá de toda esperanza, confiando siempre en la bondad del Señor.

Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, vol. I
A primera vista, el milagro de Caná parece que se separa un poco de los otros signos empleados por Jesús. ¿Qué sentido puede tener que Jesús proporcione una gran cantidad de vino —unos 520 litros— para una fiesta privada? Debemos, pues, analizar el asunto con más detalle, para comprender que en modo alguno se trata de un lujo privado, sino de algo con mucho más alcance. Para empezar, es importante la datación: "Tres días después había una boda en Caná de Galilea" (Jn 2, 1). No está muy claro a qué fecha anterior hace referencia con la indicación del tercer día; pero precisamente por eso parece evidente que el evangelista otorga una gran importancia a esta indicación temporal simbólica que él nos ofrece como clave para entender el episodio »En el Antiguo Testamento, el tercer día hace referencia al día de la teofanía como, por ejemplo, en el relato central del encuentro entre Dios e Israel en el Sinaí: "Al amanecer del tercer día, hubo truenos y relámpagos... El Señor había bajado sobre él en medio del fuego" (Ex 19, 16-18). Al mismo tiempo, es posible percibir aquí una referencia anticipada a la teofanía final y decisiva de la historia: la resurrección de Cristo al tercer día, en la cual los anteriores encuentros con Dios dejan paso a la irrupción definitiva de Dios en la tierra; la resurrección en la cual se rasga la tierra de una vez por todas, sumida en la vida misma de

TEXTO XV EL MILAGRO DE CANÁ

Dios. Se encuentra aquí una alusión a que se trata de una primera manifestación de Dios que está en continuidad con los acontecimientos del Antiguo Testamento, los cuales llevan consigo un carácter de promesa y tienden a su cumplimiento (...) »Hay otro elemento fundamental del relato relacionado con esta datación. Jesús dice a María, su madre, que todavía no le ha llegado su "hora". Eso significa, en primer lugar, que Él no actúa ni decide simplemente por iniciativa suya, sino en consonancia con la voluntad del Padre, siempre a partir del designio del Padre. De modo más preciso, la "hora" hace referencia a su "glorificación", en que cruz y resurrección, así como su presencia universal a través de la palabra y el sacramento, se ven como un todo único. La hora de Jesús, la hora de su "gloria", comienza en el momento de la cruz y tiene su exacta localización histórica: cuando los corderos de la Pascua son sacrificados, Jesús derrama su sangre como el verdadero Cordero. Su hora procede de Dios, pero está fijada con extrema precisión en el contexto de la historia, unida a una fecha litúrgica y, precisamente por ello, es el comienzo de la nueva liturgia en "espíritu y verdad". Cuando en aquel instante Jesús habla a María de su hora, está relacionando precisamente ese momento con el del misterio de la cruz concebido como su glorificación. Esa hora no había llegado todavía, esto se debía precisar antes de nada. Y, no obstante, Jesús tiene el poder de anticipar esta "hora" misteriosamente con signos. Por tanto, el milagro de Caná se caracteriza como una anticipación de la hora y está interiormente relacionado con ella »¿Cómo podríamos olvidar que este conmovedor misterio de la anticipación de la hora se sigue produciendo todavía? Así como Jesús, ante el ruego de su madre, anticipa simbólicamente su hora y, al mismo tiempo, se remite a ella, lo mismo ocurre siempre de nuevo en la Eucaristía: ante la oración de la Iglesia, el Señor anticipa en ella su segunda venida, viene ya, celebra ahora la boda con nosotros, nos hace salir de nuestro tiempo lanzándonos hacia aquella "hora" »De esta manera comenzamos a entender lo sucedido en Caná. La señal de Dios es la sobreabundancia. Lo vemos en la multiplicación de los panes, lo volvemos a ver siempre, pero sobre todo en el centro de la historia de la salvación: en el hecho de que se derrocha a sí mismo por la mísera criatura que es el hombre. Este exceso es su "gloria". La sobreabundancia de Caná es, por ello, un signo de que ha comenzado la fiesta de Dios con la humanidad, su entregarse a sí mismo por los hombres. El marco del episodio —la boda— se convierte así en la imagen que, más allá de sí misma, señala la hora mesiánica: la hora de las nupcias de Dios con su pueblo ha comenzado con la venida de Jesús. La promesa escatológica irrumpe en el presente».

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