DOMINGO DE SEPTUAGÉSIMA

SUGERENCIAS PARA LA HOMILÍA

GLORIA IESU IN MARÍA!
Estimados lectores del Rincón Litúrgico: Ofrecemos a continuación una selección de textos para ayudar a preparar la liturgia del domingo según la forma extraordinaria del Rito Romano. Con el tiempo de Septuagésima comienza el segundo ciclo del año eclesiástico. El ciclo de Navidad está centrado en el nacimiento del Salvador; el ciclo de Pascua en su Pasión y Resurrección. En uno y otro se trata el mismo tema; es decir, de la transformación radical de nuestra vida con la venida de Cristo a este mundo. Éramos pecadores y enemigos de Dios, y Cristo ha hecho de nosotros hijos de Dios, que ´participan de su propia vida; nos hemos convertido en coherederos de su reino. Pero mientras Navidad es la salvación que baja de lo alto, la transformación de nuestra vida por el misterio de la encarnación del Verbo, Pascua es la redención de los hombres, adquirida al precio de la cruz. Aquí, el Salvador entra en lucha con el demonio y las potestades del mal para triunfar, aplastar a Satanás, resucitar glorioso y llevarnos consigo a la patria del cielo. Así pues, el periodo litúrgico que se abre con Septuagésima y que se extenderá hasta el fin de la Cuaresma se presenta como un periodo de lucha y esfuerzos que debemos afrontar con Cristo y que terminará gracias a él, con la victoria y la alegría triunfal de la Pascua. En la mañana de Pascua, en la tumba de Cristo brotará la vida nueva de los bautizados, resucitados con él. En el Tiempo de Septuagésima, que abre el ciclo de Pascua, entra de lleno en el tema de la liturgia de Cuaresma y del Tiempo Pascual, a saber: el paso de la humanidad del estado de decadencia y esclavitud a que le redujo el pecado a una regeneración y una liberación que sólo Dios puede concederle. La liturgia, pues, comienza introduciéndonos en las profundidades de la decadencia humana. En maitines -el oficio de lecturas que rezan los clérigos- relee el Antiguo Testamento para que adquiramos conciencia de nuestra miseria. El primer domingo recuerda el pecado original con la caída de nuestro primer padre: Adán (Septuagésima). Luego viene el cuadro lamentable de sus consecuencias funestas, con la perversión de los hombres y el diluvio universal, que es

su castigo: Noé (Sexagésima). El gesto de Abraham preparándose para inmolar a su hijo presagia el sacrificio que va a exigir Dios de su propio Hijo, en expiación de las transgresiones cometidas por la humanidad (Quincuagésima). En la misa, después de un angustioso, aunque confiado llamamiento al socorro divino (introito de los tres domingos), hallarnos en las epístolas de san Pablo una apremiante invitación a la fidelidad y al esfuerzo, así como a la caridad, de la que hace un elogio admirable. Vienen luego los evangelios, llenos totalmente de la esperanza de la salvación. La parábola de los obreros de la viña muestra que la redención se extiende a todas las edades; la del sembrador que llega a todo hombre que recibe la palabra de Dios; la curación, del ciego de Jericó, que sigue al anuncio de la pasión, proclama ya el paso de las tinieblas a la luz. Esta liturgia, en que la miseria y la extensión del pecado imploran la redención anunciada, sirve de introducción admirable a la Cuaresma y a la liberación pascual. La Epístola (1 Cor 9, 24-27. 10, 1-5). El apóstol se invita a sí mismo y a la comunidad de Corinto a que se esfuercen en la ascesis de la vida cristiana como el atleta que espera recibir la corona. El Evangelio (Mt 20, 1-16). Parábola de los jornaleros de la viña. El Dios de Nuestro Señor Jesucristo es un Dios de misericordia que premia a sus trabajadores. Esperamos que el material ofrecido os sirva para la preparación de la homilía; y también para vuestra meditación y enriquecimiento espiritual.

TEXTOS DE LA SANTA MISA
Introito – Me cercaron angustias de muerte; dolores de infierno me rodearon: y en mi tribulación invoqué al señor, y Él oyó mi voz desde su santo templo. Ps. Te amaré Señor, fortaleza mía: el Señor es mi fortaleza y mi refugio, y mi libertador. V. Gloria al Padre. Oración-Colecta. Te rogamos, Señor, escuches benignamente las oraciones de tu pueblo, haciendo que los que nos sentimos justamente atormentados a consecuencia de nuestros pecados, seamos salvos misericordiosamente para honra de tu nombre. Por Jesucristo Nuestro Señor. Lección de la Epístola del Apóstol San Pablo a losCorintios (IX, 24-27; X, 1-5) Hermanos: ¿No sabéis que los atletas que corren en el estadio, todos en verdad corren, pero uno sólo alcanza el premio? Corred vosotros de tal manera que lo alcancéis. Todo el que quiere luchar, de todo se abstiene: y esto hácelo por recibir una corona corruptible: en tanto que nosotros aspiramos a una incorruptible. Por eso yo corro no como quien corre a la aventura: y peleo, no como quien azota al viento; sino que castigo mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre, temeroso de que, después de predicar a los demás, resulte yo reprobado. Porque no quiero, hermanos, que ignoréis que nuestros padres estuvieron todos a la sombra de la nube en el desierto, y todos pasaron el mar,l y todos dirigidos por Moisés, fueron bautizados en la nube y en el mar: y todos comieron un mismo manjar espiritual y bebieron la misma bebida espiritual (porque bebían de una piedra misteriosa que los iba siguiendo, piedra que era figura de Cristo): mas aun así, muchos de ellos desagradaron a Dios. Gradual - Tú eres, oh Señor nuestro socorro en los trances difíciles y en la tribulación: esperen en Ti los que te conocen, porque no abandonas a los que te buscan. V. Porque el desvalido no será siempre olvidado: la paciencia de los afligidos no se verá frustrada para siempre: levántate, Señor, y que no triunfe el hombre impío. Tracto - Desde lo más profundo he clamado a Ti, Señor: Señor, oye mi voz. V. Presta oídos a la oración de tu siervo. V. Si tienes en cuenta nuestras culpas, Señor, ¿quién podrá subsistir delante de Ti? V. Pero en Ti se encuentra el perdón, y confiado en tus palabras espero en Ti, oh Señor. + Continuación del Santo Evangelio según San Mateo (XX, 1-16) - En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: semejante es el reino de los cielos a un hombre, padre de familias, que salió muy de mañana a ajustar trabajadores para su viña. Y habiendo convenido con los trabajadores en un denario por día, los envió a su viña. Y saliendo a eso del a hora de tercia, vio otros en la plaza que estaban ociosos, y les dijo: Id también vosotros a mi viña, y os daré el salario justo. Y ellos fueron. Volvió a salir a eso de la hora de sexta y de nona, e hizo lo mismo. Salió por fin a eso de la hora de vísperas, y vio a otros que se estaban allí, y les dijo: ¿Qué hacéis aquí, todo el día ociosos? Y ellos le respondieron: Porque ninguno nos ha contratado. díceles: Id también vosotros a mi viña. Y al llegar la noche, dijo el dueño de la viña a su mayordomo: Llama a los trabajadores, y págales su jornal, comenzando desde los últimos hasta los primeros. Cuando vinieron los que habían ido a eso de la hora de vísperas, recibieron cada cual un denario. Y cuando llegaron los primeros, creyeron que recibirían más; pero no recibió sino un denario cada uno: Y al recibirlo murmuraban contra el padre de familias, diciendo: Estos últimos sólo han trabajado una hora, y los has igualado con nosotros, que hemos soportado el peso del día y del calor. Mas él respondió a uno de ellos, y le dijo: Amigo, no te hago ningún agravio: ¿no conviniste conmigo en un denario? Toma lo que es tuyo, y vete: pues yo quiero dar a este último tanto como a ti. ¿O es que no puedo yo hacer de lo mío lo que quiero? ¿Acaso tu ojo es malo, porque yo soy bueno? Así que los últimos serán los primeros, y los primeros, los últimos. Porque muchos son los llamados, mas pocos los escogidos. - Credo. Ofertorio - Bueno es alabar al Señor y cantar salmos a tu nombre ¡oh Altísimo! Oración-Secreta. Ya que, has recibido oh Señor, nuestras oraciones y ofrendas, purifícanos con estos santos misterios y despacha favorablemente nuestros ruegos. Por Jesucristo Nuestro Señor Comunión. - Haz brillar tu rostro sobre tu siervo, y sálvame por tu misericordia: señor, no sea confundido, pues yo te he invocado. Oración-Postcomunión. Haz, oh Dios, que tus fieles se sientan fortalecidos con tus dones; para que, recibiéndolos, más y más los busquen, y buscándolos, eternamente los gusten. Por Jesucristo Nuestro Señor.

TEXTO I CATENAE AURAE
(almudi.org)

Remigio.- Habiendo dicho el Señor: "Que muchos de los que están los primeros serán los últimos y los últimos los primeros" ( Mt 19,29), añade, en apoyo de esta verdad, la siguiente parábola: "Semejante es el Reino de los Cielos", etc. Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 34.- El padre de familia es Cristo, y el cielo y la tierra son como su única casa y su familia todas las criaturas. Su viña es la justicia, en la que se encuentran todas las clases de justicia, como plantas distintas de una misma viña; por ejemplo, la mansedumbre, la castidad, la paciencia y otras virtudes, todas las cuales están comprendidas en el nombre general de justicia y los cultivadores de esta viña son los hombres. Por eso se dice: "Que salió muy de mañana a ajustar trabajadores", etc. Dios ha grabado la justicia en nuestras facultades, no para su utilidad, sino para la nuestra. Sabed, pues, que nosotros somos conducidos a la viña como asalariados. Y así como nadie lleva a un asalariado a su viña con el objeto único de que coma, así también nosotros hemos sido llamados por Cristo al trabajo, no sólo para que obtengamos nuestra utilidad personal, sino para la mayor gloria de Dios; y así como el asalariado se ocupa primero de su trabajo y después de su alimentación diaria, así también nosotros debemos ocuparnos primero de lo que se refiere a la gloria de Dios y después de lo que concierne a nuestra utilidad. Así como el mercenario emplea todo el día en las obras de su señor y sólo consagra una hora para su alimentación, así también nosotros debemos emplear todo el tiempo de nuestra vida en la gloria de Dios y no conceder más que un poco de tiempo a nuestras necesidades temporales y así como el mercenario se avergüenza de entrar en la casa de su señor y de pedirle pan el día en que no trabaja, ¿cómo vosotros no os avergonzáis de entrar en la Iglesia y de estar delante de Dios el día en que no practicáis una obra buena? San GregorioMagno, homiliae in Evangelia, 19,1.- O también el Padre de familia, es decir, nuestro Creador, tiene una viña, esto es, la Iglesia universal, que ha arrojado tantos sarmientos cuantos son los santos que ha producido, desde el justo Abel hasta el último santo que produzca hasta el fin del mundo. En ningún tiempo ha dejado el Señor de mandar predicadores como trabajadores que enviaba para cultivar su viña a fin de que instruyeran a su pueblo. Porque El ha trabajado en el cultivo de su viña, primeramente por los patriarcas, después por los doctores de la Ley y los profetas y últimamente por los apóstoles, como sus operarios. Se puede decir que todo hombre que obra con recta intención es de alguna manera y en cierta medida trabajador de su viña. Orígenes, homilia 10 in Matthaeum.- Podemos decir que todo el siglo presente no es más que un solo día. Porque aunque para nosotros es mucho un siglo, para la vida de Dios es un tiempo muy corto. San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 19,1.- La mañana del mundo es el tiempo trascurrido desde Adán hasta Noé y por eso se dice: "Que salió muy de mañana a ajustar trabajadores para su viña". Y añade el modo de ajustarlos en estas palabras: "Y habiendo concertado, etc."

Orígenes, homilia 10 in Matthaeum.- Yo soy de opinión, que la palabra denario se aplica a la salud. Remigio.- El denario era una moneda que valía antiguamente diez ases y que tenía la efigie del emperador. Con razón, pues, el denario representa en este pasaje la recompensa por la observancia del Decálogo. Por eso el Señor dice de una manera significativa: "Y habiendo concertado, etc.". Porque en el campo de la Iglesia trabajan todos por la esperanza de una recompensa futura. San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 19,1.- La hora de tercia, de la que se dice: "Y habiendo salido cerca de la hora de tercia, vio otros en la plaza que estaban ociosos" comprende el tiempo que media desde Noé hasta Abraham. Orígenes, homilia 10 in Matthaeum.- La plaza es todo lo que está fuera de la viña, esto es, de la Iglesia de Cristo. Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 34.- Los hombres viven en este mundo vendiendo y comprando y sustentan sus vidas con sus recíprocos engaños. San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 19,1.- Con razón se llama ocioso a aquel que vive para sí y se recrea en los placeres de su carne, porque ése no trabaja para recoger los frutos de las obras de Dios. Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 34.- O también es ocioso, no el pecador, porque ése está muerto, sino el que no trabaja en las obras de Dios. ¿Queréis, pues, no estar ociosos? No toméis los bienes de otros y dad los que son vuestros y cultivando la planta de la misericordia, habréis trabajado en la viña del Señor. Sigue: "Y les dijo: Id también vosotros a mi viña". Es de advertir que sólo a los primeros les fija un denario, mientras que somete a los otros a un precio indeterminado, diciéndoles: "Os daré lo que es justo". El Señor sabía que Adán pecaría y que después de él perecerían todos los hombres en el diluvio y para que en ninguna ocasión se pudiese decir que Adán había abandonado la justicia porque ignoraba la recompensa que había de recibir, se concertó con él. Mas no hizo convenio con los otros, porque estaba dispuesto a retribuirles de una manera superior a lo que podía esperar un asalariado. Orígenes, homilia 10 in Matthaeum.- O también, porque El había invitado a los trabajadores de la hora de tercia para toda la obra y se reservó el distribuirles la recompensa justa hasta después de ver lo que habían trabajado. Porque podían haber trabajado lo mismo que los que estaban desde por la mañana muy temprano, desplegando en poco tiempo una energía de trabajo que compensase la falta de trabajo de por la mañana. San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 19,1.- La hora de sexta comprende desde Abraham hasta Moisés y la de nona desde Moisés hasta la venida del Señor. Por eso sigue: "Volvió a salir", etc. Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 34.- Y unió la hora de sexta con la de nona, porque en ese tiempo llamó al pueblo judío y se reveló con más frecuencia a los hombres para dar todas las disposiciones, porque ya se aproximaba el tiempo como definitivo de la salvación de todos.

San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 19,1.- La hora undécima comprende el tiempo que media desde su venida hasta el fin del mundo. El trabajador de la mañana, de la hora de tercia, de sexta y de nona, es el pueblo judío, que por sus elegidos no cesa de trabajar en la viña del Señor, desde el principio del mundo, esforzándose en honrar a Dios con la rectitud de su fe. Los gentiles son los llamados a la hora undécima. Por eso sigue: "Y salió cerca de la hora de vísperas". Porque estaban ociosos todo el día, sin haber hecho esfuerzo alguno en ninguna de las tan largas épocas del mundo para cultivar su viña; pero reparad en la respuesta que dan cuando fueron preguntados: "Y ellos le respondieron. Porque ninguno nos ha llamado a jornal". Efectivamente, ningún patriarca, ni ningún profeta se había acercado a ellos. ¿Y qué otra cosa significa la contestación: "Ninguno nos ha llamado a jornal", sino el que nadie les había predicado el camino de la vida. Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 34.- ¿Qué es lo que ha concertado con nosotros y cuál el precio de este contrato? La promesa de la vida eterna. Las naciones estaban solas y no conocían a Dios, ni sus promesas. San Hilario, in Matthaeum, 20.- Por eso son mandados a la viña: "Díceles: Id también vosotros", etc. Rábano.- Es justo que, después de haberles tomado el Señor cuenta de los trabajos del día, llegue el momento tan deseado de la recompensa: "Y al venir la noche"; esto es, cuando el día de todo el universo se fuere inclinando hacia la tarde de la consumación de todas las cosas. Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 34.- Advertid que, cuando da la recompensa, es por la tarde y no a la otra mañana. Por consiguiente, tendrá lugar el juicio dentro del presente siglo y entonces se dará a cada uno su recompensa. Y esto por dos razones: primera, porque la recompensa de la justicia es la misma bienaventuranza eterna; de donde resulta, que antes de la eternidad, esto es, en esta vida, tendrá lugar el juicio. Y la segunda, porque el juicio precederá al día de la eternidad, a fin de que los pecadores no vean la felicidad de aquel día. Sigue: "Dice el Señor a su mayordomo", es decir, el Hijo al Espíritu Santo. Glosa.- O también, si os parece bien, dice el Padre al Hijo, porque el Padre obra por el Hijo y el Hijo por el Espíritu Santo, sin que por esto haya entre las tres personas diferencia alguna de sustancia o de dignidad. Orígenes, homilia 10 in Matthaeum.- O también dice a su mayordomo, esto es, a alguno de los ángeles destinado a distribuir las recompensas o también a uno de los numerosos administradores, según aquellas palabras de San Pablo ( Gál 4,2): "Que el heredero, mientras es pequeño, está bajo el poder de los administradores y tutores".

Remigio.- O también, Nuestro Señor Jesucristo es el Padre de familia y el mayordomo de la viña; como también es El mismo la puerta y el portero. Porque El es quien ha de venir a juzgarnos y a dar a cada uno según sus obras y cuando reuniere a todos en su juicio, para que cada uno reciba según sus obras, entonces es cuando llama a los trabajadores y les da la recompensa. Orígenes, homilia 10 in Matthaeum.- Mas los primeros trabajadores, que no tienen más testimonio que el de su fe, no recibieron la promesa de Dios porque el Padre de familia nos ha reservado a nosotros alguna cosa mejor, no queriendo que sean terminadas sus obras sin nuestros trabajos. Nosotros que somos de Cristo y que hemos alcanzado su misericordia, esperamos recibir la recompensa antes que los demás, mientras que los que trabajaron inicialmente, la tendrán después que nosotros, por eso se dice: "Llama los trabajadores y págales su jornal". Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 34.- Siempre damos con más gusto a aquéllos a quienes damos alguna cosa gratuitamente, porque entonces concedemos las cosas sólo por nuestra honra. Por consiguiente, dando Dios su recompensa a todos los santos, se muestra justo, y dándosela a los gentiles, misericordioso; según las palabras de San Pablo ( Rom 15,9): "En cuanto a los gentiles, no tienen ellos más que alabar a Dios por su misericordia". Y por eso se dice: "Comenzando desde los últimos hasta los primeros". El Señor efectivamente, a fin de manifestar su inefable misericordia, da su recompensa; primeramente a los últimos y a los más indignos y después a los primeros. Su excesiva misericordia no tiene en cuenta el orden. San Agustín, de spiritu et littera, 24.- O también los últimos son considerados como los primeros porque se les ha diferido su recompensa por menos tiempo. San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 19,1.- El mismo denario, que con tanto deseo estuvieron esperando todos, reciben tanto los que trabajaron a la hora undécima, como los que trabajaron desde la primera hora, porque igual recompensa, la de la vida eterna, consiguen los que fueron llamados desde el principio del mundo, como los que vengan a Dios hasta el fin del mundo. Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 34.- Y esto es justo. Porque el que nació al principio del siglo, no vivió más que el tiempo marcado a su vida; ¿y qué perjuicio le ha resultado con que continuara después de su muerte el mundo? Y los que nacen al final, no viven menos tiempo que los días que les han sido destinados; ¿y qué utilidad les reporta, con respecto al cómputo de su trabajo, que el mundo termine pronto, puesto que cumplen con la tarea de su vida antes del fin del mundo? Además, no depende del hombre el haber nacido antes o después, porque esto depende de la voluntad divina. Y ciertamente, no debe reivindicar para sí el primer puesto el que ha nacido primero, ni debe considerarse como más despreciable al que ha nacido después. Sigue: "Y tomándole, murmuraban contra el Padre de familia diciendo: etc." Mas si es verdad lo que hemos dicho, que los primeros y últimos no han vivido ni más ni menos tiempo que el que tenían marcado y a unos y otros ha arrebatado la muerte, ¿qué razón tienen para decir: "¿Hemos llevado el peso del día y del calor?" Sin duda conocer que está cerca el fin de los tiempos nos da fuerza para alcanzar la justicia. Por ello el Señor, dándonos un arma para la lucha, decía ( Mt 4,17): "El Reino de los Cielos está próximo". Para ellos era motivo de debilidad saber que el mundo duraría aún mucho tiempo. Por esto, si bien no han vivido todo un siglo, sin embargo parece que hubieran soportado el peso de sus cien años. O

bien: "el peso de todo el día", son los mandamientos pesados de la ley; "el calor" es la abrasadora tentación del error, inflamada por los espíritus malignos en sus corazones, a fin de irritarlos para emulación de todos estos gentiles. De estos, los que creen en Cristo, salieron libres de los lazos y están a salvo por la plenitud de gracia, que lo resume todo. San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 19,1.- O también: "el llevar el peso del día y del calor" es estar fatigado durante el tiempo de una larga vida, por la lucha contra los estímulos de la carne. Pero se puede preguntar: ¿Cómo es posible que murmuren los que son llamados al Reino de los Cielos? Porque el que murmura, no recibe el Reino de los Cielos y el que recibe, no puede murmurar. San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 64,3.- No es conveniente examinar las parábolas hasta en sus más pequeños detalles, sino penetrarse de la intención del que la ha dicho y no pasar más adelante. Por consiguiente, en la parábola de que tratamos, no se propuso el Señor el manifestar que había algunos envidiosos, sino el de hacer ver que todos ellos gozaban de tantos honores, que sus mismos honores podían engendrar en otros el vicio de la envidia. San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 19,1.- O también: "el murmurar" quiere decir que todos los antiguos patriarcas, a pesar de haber vivido en la justicia, no pudieron entrar en el reino, hasta la venida del Señor y por eso es propio de ellos el haber murmurado. Mientras que nosotros no podemos murmurar, porque a pesar de haber venido a la hora undécima y de haber nacido después de la venida del Mediador, entramos en el reino en seguida que abandonamos nuestros cuerpos. San Jerónimo.- O también el pueblo judío, que es llamado antes, tiene envidia de los gentiles y encuentra su tormento en la gracia del Evangelio. San Hilario, in Matthaeum, 20.- El murmurar de los trabajadores, se vio bien claro en tiempo de Moisés, por la boca insolente del pueblo. Remigio.- Por este "uno" pueden entenderse todos los judíos, que recibieron la fe y a quienes el Señor llama, por razón de esta misma fe "amigos". Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 34.- Mas no se quejan de no haber recibido lo que se les había prometido, sino de que los otros hubiesen recibido más de lo que merecían. Esto es propio de los envidiosos, que siempre se quejan de lo que se da a otros como si se les quitara a ellos; de donde resulta que la envidia es hija de la vanagloria y por eso, el que aquí se queja, no se queja de ser el segundo más que por los vivos deseos que tiene de ser el primero. Por esta razón, rechaza el Señor este movimiento de la envidia diciendo: "¿No te concertaste conmigo por un denario?" San Jerónimo.- El denario tiene la efigie del rey. Habéis recibido, pues, la recompensa que os he prometido, es decir, mi imagen y semejanza, ¿qué más queréis? Y vosotros

deseáis, no tanto el recibir más, como el que otro no reciba nada. Tomad lo vuestro y marchaos. Remigio.- Es decir, recibid vuestra recompensa y marchaos a la gloria. Yo quiero dar a este último, esto es, al pueblo gentil (según sus méritos) tanto como a vosotros. Orígenes, homilia 10 in Matthaeum.- Pueda ser que dirigiera a Adán estas palabras: "Amigo, no te hago agravio: ¿No te concertaste conmigo por un denario? Toma lo que es tuyo y vete". El denario, esto es, la salvación es lo tuyo; yo quiero dar a este último tanto como a ti. Se puede creer, sin faltar a la verdad, que este último, que trabajó una hora y sin duda más que los que le precedieron, es el apóstol San Pablo. San Agustín, de sancta virginitate, 26.- Da a todos un denario, recompensa de todos, porque a todos será igualmente dada la misma vida eterna. Habrá en la vida eterna, en la casa del Padre, muchas moradas y resaltará en ellas, de un modo diferente, el brillo de los méritos de cada uno. El denario, que es el mismo para todos, significa, que todos vivirán el mismo tiempo en el cielo y la diferencia de mansiones, indica la gloria distinta de los santos. San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 19,1.- Y como nosotros recibimos la corona de la bienaventuranza por efecto de la bondad del Señor, añade: "¿No me es lícito hacer lo que quiero?". Grande insensatez del hombre es murmurar contra la bondad de Dios. Porque podría quejarse de Dios cuando no le diera lo que le debe; pero no tiene motivo para formular sus quejas cuando El no da lo que no le debe. Por eso añade con tanta claridad: "¿Acaso tu ojo es malo, porque yo soy bueno?" Remigio.- El ojo significa la intención. Los judíos tuvieron un ojo malvado, es decir, una intención perversa, porque tenían envidia de la salud de los gentiles. Las palabras del Señor: "Así serán los postreros, primeros y los primeros postreros". Nos dan a entender el objeto que se propuso el Señor en esta parábola, es decir, manifestarnos el tránsito de los judíos, desde la cabeza a la cola y el tránsito nuestro, desde la cola a la cabeza. Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 34.- O también llama a los primeros postreros y a los postreros primeros, no porque los postreros sean más dignos que los primeros, sino para manifestar que la época diferente de su vocación no establece entre ellos diferencia alguna. Las palabras: "Muchos son los llamados y pocos los escogidos"; no se refieren a los santos de que hemos hablado arriba, sino a las naciones, entre las que habrá muchos que serán llamados y pocos los que serán escogidos. San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 19,1.- Muchos vienen a la fe, pero son pocos los que llegan al Reino de los Cielos, porque son muchos los que siguen a Dios con los labios y huyen de El con sus costumbres. De todo esto, podemos sacar dos consecuencias. Primera, que nadie debe presumir de sí mismo. Porque aunque uno haya sido llamado a la fe, no sabe si estará elegido para el Reino; y segunda, que nadie debe desconfiar de la salvación del prójimo, aunque lo vea entregado al vicio, porque todos ignoramos los tesoros de la misericordia de Dios. O de otra manera, nuestra mañana es la niñez; la hora de tercia la adolescencia, porque el calor que en esa edad se desarrolla, es como el del sol cuando sube a lo más elevado de su carrera; la hora de sexta es la juventud, época en que el hombre adquiere toda su robustez y la de nona es la vejez, edad

en que falta el calor de la juventud, como al sol cuando se retira de los puestos elevados de su carrera. Por último, la hora undécima, es la edad que se llama decrepitud o veterana. San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 64,3.- La diferencia de las almas de los trabajadores está bien marcada en el hecho de ser llamados unos por la mañana, otros a la hora de tercia y así sucesivamente. El Señor los llamó a todos cuando estaban en disposición de obedecer, cosa que hizo con el buen ladrón, a quien llamó el Señor cuando vio que obedecería. Mas si dicen: "Porque ninguno nos ha llamado a jornal" ( Mt 20,7), es preciso tener presente, como ya hemos dicho antes, que no debemos investigar todos los detalles de la parábola, además de que no es el Salvador quien dice eso, sino los trabajadores. Y en el mismo hecho del Salvador, en cuanto está de su parte, llamar a todos a la primera hora, significa que el Salvador no excluyó a nadie como lo indican las siguientes palabras: "Salió muy de mañana a ajustar trabajadores" ( Mt 20,1). San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 19,1.- Estuvieron ociosos hasta la hora undécima todos los que se retrasaron en vivir, según Dios, hasta la hora última. A éstos, sin embargo, los llama el padre de las familias y muchas veces los recompensa en primer lugar, porque mueren y van al reino antes que aquellos, que son llamados desde los primeros años de su infancia. Orígenes, homilia 10 in Matthaeum.- Las palabras: "¿Qué hacéis ociosos todo el día?" ( Mt 20,6) no se dirigen a los que habiendo comenzado por el espíritu, concluyen por la carne, si después vuelven al espíritu para vivir otra vez espiritualmente. Y no decimos esto para disuadir a los hijos lascivos, que han gastado con su vida lujuriosa todos los tesoros evangélicos, a que vuelvan a la casa de su Padre, sino para hacer ver que hay una gran diferencia entre ellos y aquellos que pecaron en su juventud, cuando aún no tenían conocimiento de lo que enseña la fe. San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 64,4.- En las palabras: "Los primeros serán los postreros y los postreros serán los primeros" ( Mt 20,16) indica el Señor de una manera encubierta que se refería a los que resplandecieron primero en la virtud y después la despreciaron; y además, a aquellos que se separaron del mal y se sobrepusieron a muchos. Esta parábola fue, pues, compuesta con el objeto de avivar más los deseos de aquellos que se convertían al Señor en sus últimos años y que por lo mismo tenían la idea de que ellos recibirían menos recompensa que los demás.

TEXTO II

«Redención: creación renovada»
IOANNES PAULUS PP. II, REDEMPTOR HOMINIS

¡Redentor del mundo! En Él se ha revelado de un modo nuevo y más admirable la verdad fundamental sobre la creación que testimonia el Libro del Génesis cuando repite varias veces: «Y vio Dios ser bueno».38 El bien tiene su fuente en la Sabiduría y en el Amor. En Jesucristo, el mundo visible, creado por Dios para el hombre39 —el mundo que, entrando el pecado está sujeto a la vanidad— 40 adquiere nuevamente el vínculo original con la misma fuente divina de la Sabiduría y del Amor. En efecto, «amó Dios tanto al mundo, que le dio su unigénito Hijo».41 Así como en el hombre-Adán este vínculo quedó roto, así en el Hombre-Cristo ha quedado unido de nuevo.42 ¿ Es posible que no nos convenzan, a nosotros hombres del siglo XX,

las palabras del Apóstol de las gentes, pronunciadas con arrebatadora elocuencia, acerca de «la creación entera que hasta ahora gime y siente dolores de parto»43 y «está esperando la manifestación de los hijos de Dios»,44 acerca de la creación que está sujeta a la vanidad? El inmenso progreso, jamás conocido, que se ha verificado particularmente durante este nuestro siglo, en el campo de dominación del mundo por parte del hombre, ¿no revela quizá el mismo, y por lo demás en un grado jamás antes alcanzado, esa multiforme sumisión «a la vanidad»? Baste recordar aquí algunos fenómenos como la amenaza de contaminación del ambiente natural en los lugares de rápida industrialización, o también los conflictos armados que explotan y se repiten continuamente, o las perspectivas de autodestrucción a través del uso de las armas atómicas: al hidrógeno, al neutrón y similares, la falta de respeto a la vida de los nonacidos. El mundo de la nueva época, el mundo de los vuelos cósmicos, el mundo de las conquistas científicas y técnicas, jamás logradas anteriormente, ¿no es al mismo tiempo que «gime y sufre»45 y «está esperando la manifestación de los hijos de Dios»?46 El Concilio Vaticano II, en su análisis penetrante «del mundo contemporáneo», llegaba al punto más importante del mundo visible: el hombre bajando —como Cristo— a lo profundo de las conciencias humanas, tocando el misterio interior del hombre, que en el lenguaje bíblico, y no bíblico también, se expresa con la palabra «corazón». Cristo, Redentor del mundo, es Aquel que ha penetrado, de modo único e irrepetible, en el misterio del hombre y ha entrado en su «corazón». Justamente pues enseña el Concilio Vaticano II: «En realidad el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir (Rom 5, 14), es decir, Cristo nuestro Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación». Y más adelante: «Él, que es imagen de Dios invisible (Col 1, 15), es también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el primer pecado. En él la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido en cierto modo con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado».47 ¡Él, el Redentor del hombre!

Cristo, el Hombre nuevo

GAUDIUM ET SPES

22. En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, Cristo nuestro Señor, Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación. Nada extraño, pues, que

todas las verdades hasta aquí expuestas encuentren en Cristo su fuente y su corona. El que es imagen de Dios invisible (Col 1,15) es también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el primer pecado. En él, la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejantes en todo a nosotros, excepto en el pecado. Cordero inocente, con la entrega libérrima de su sangre nos mereció la vida. En El Dios nos reconcilió consigo y con nosotros y nos liberó de la esclavitud del diablo y del pecado, por lo que cualquiera de nosotros puede decir con el Apóstol: El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí (Gal 2,20). Padeciendo por nosotros, nos dio ejemplo para seguir sus pasos y, además abrió el camino, con cuyo seguimiento la vida y la muerte se santifican y adquieren nuevo sentido. El hombre cristiano, conformado con la imagen del Hijo, que es el Primogénito entre muchos hermanos, recibe las primicias del Espíritu (Rom 8,23), las cuales le capacitan para cumplir la ley nueva del amor. Por medio de este Espíritu, que es prenda de la herencia (Eph 1,14), se restaura internamente todo el hombre hasta que llegue la redención del cuerpo (Rom 8,23). Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos dará también vida a vuestros cuerpos mortales por virtud de su Espíritu que habita en vosotros (Rom 8,11). Urgen al cristiano la necesidad y el deber de luchar, con muchas tribulaciones, contra el demonio, e incluso de padecer la muerte. Pero, asociado al misterio pascual, configurado con la muerte de Cristo, llegará, corroborado por la esperanza, a la resurrección. Esto vale no solamente para los cristianos, sino también para todos los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de modo invisible. Cristo murió por todos, y la vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, la divina. En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual. Este es el gran misterio del hombre que la Revelación cristiana esclarece a los fieles. Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte, que fuera del Evangelio nos envuelve en absoluta obscuridad. Cristo resucitó; con su muerte destruyó la muerte y nos dio la vida, para que, hijos en el Hijo, clamemos en el Espíritu: Abba!,¡Padre!

TEXTO III

«ADÁN: TIPO DE JESUCRISTO»
A lo largo de las escrituras encontramos personajes que de un modo u otro apuntaban a la venida del Mesías. Algunos nos hablaban de la liberación del pueblo, otros del carácter del Mesías. En esta ocasión hablaré acerca de Adán. Adán significa rojo, de tierra o humano.

Adán fue el primer hombre y a él le entregó Dios el dominio sobre todas las criaturas, la administración del huerto del Edén, y la vida eterna. El primer pecado fue la desobediencia de Adán a Dios al comer la fruta del árbol del conocimiento del bien y del mal (Génesis 2:17). Adán y Eva su esposa fueron expulsados del huerto del Edén y castigados con vida breve y trabajo. Tuvieron tres hijos: Caín, Abel y Set. Adán vivió 930 años y su vida se narra en Génesis 1-5, y se menciona además en otras partes de la Biblia. Pablo lo contrasta con Cristo: cuando Adán cayó, el pecado y la muerte entraron en el mundo; pero Cristo, " `el segundo Adán' fue justo y mediante él se dio la vida eterna" (véase 1 Corintios 15:22). Adán nos muestra algunas características del Mesías. Mencionaré ocho de ellas brevemente. I. Primero, Adán no tuvo otro padre sino Dios; así también Cristo no tuvo otro padre sino Dios, Hebreos 13:8; Lucas 3:38. II. Segundo, como el pecado de Adán fue imputado a toda descendencia así, la justicia de Cristo es imputada a toda Su descendencia por medio de la fe en Él, Romanos 5:12, 19; I Corintios 15:22, 45; Hebreos 12:29; Lucas 19:10. Cristo, el postrer Adán, también es una persona verdadera, representando a toda Su descendencia espiritual. Como el pecado de Adán fue imputado a toda su descendencia, así también la justicia de Cristo fue imputada a toda Su descendencia, Romanos 5:19. III. Tercero, Adán recibió todo en herencia, para labrar la tierra y cuidar de todo. Tenía dominio sobre todo y era responsable de todo (Génesis 2:15). De igual forma, Cristo ha recibido todo en heredad, para gobernar sobre todo y todos (Hebreos 1:2). IV. Cuarto, Adán fue creado a imagen de Dios (Génesis 1:26). Imagen que se ha ido desvaneciendo en el hombre por su maldad. C risto es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación (Colosenses 1:15). V. Quinto, todo había sido creado para el hombre, representado por Adán. Dios creó todo primero y luego colocó al hombre (Génesis 2:8). Todo fue creado para Cristo y por medio de Él (Juan 1:3; Colosenses 1:16). VI. Sexto, Adán fue creado puro, inocente, irreprochable hasta su caída (Génesis 1:31). Cristo, quien no conoció pecado, se hizo pecado por nosotros (2 Corintios 5:21). VII. Séptimo, Adán representa a toda la humanidad, su naturaleza pecaminosa y descarrío. Adán es el padre de la humanidad (El primer Adán) (Romanos 5:12-14, 1 Corintios 15:45). En Adán todos mueren, pero en Cristo todos somos vivificados. Cristo es la propiciación por todos nuestros pecados. Él representa a todos los humanos muriendo por nosotros (2 Corintios 5:14-19). VIII. Octavo, Por medio de Adán entró el pecado al mundo y el pecado pasó a todos los hombres (Romanos 5:12; 3:23). Pero por Cristo entró la justicia de Dios (Romanos 5:1719). Conclusión: Como podemos ver Adán apuntaba hacia aquel que había de venir, aunque imperfectamente. Por Adán entró la muerte, por Cristo la Vida; Adán había sido constituido heredero de todo y se lo entregó al Diablo, mas Cristo ha sido constituido heredero de todo por los siglos de los siglos habiéndoselo arrebatado al Diablo y a la muerte al vencerlos en la cruz. Y Ud. ¿Con quién está? ¿Todavía sigue a Adán, viviendo en su naturaleza caída, o ya entregó su vida a Cristo, quien nos rescató del reino de la muerte?

TEXTO IV

«CREO EN LA VIDA ETERNA» Compendio del Catecismo
207. ¿Qué es la vida eterna? La vida eterna es la que comienza inmediatamente después de la muerte. Esta vida no tendrá fin; será precedida para cada uno por un juicio particular por parte de Cristo, juez de vivos y muertos, y será ratificada en el juicio final. 208. ¿Qué es el juicio particular? Es el juicio de retribución inmediata, que, en el momento de la muerte, cada uno recibe de Dios en su alma inmortal, en relación con su fe y sus obras. Esta retribución consiste en el acceso a la felicidad del cielo, inmediatamente o después de una adecuada purificación, o bien de la condenación eterna al infierno. 209. ¿Qué se entiende por cielo? Por cielo se entiende el estado de felicidad suprema y definitiva. Todos aquellos que mueren en gracia de Dios y no tienen necesidad de posterior purificación, son reunidos en torno a Jesús, a María, a los ángeles y a los santos, formando así la Iglesia del cielo, donde ven a Dios «cara a cara» (1 Co 13, 12), viven en comunión de amor con la Santísima Trinidad e interceden por nosotros. «La vida subsistente y verdadera es el Padre que, por el Hijo y en el Espíritu Santo, derrama sobre todos sin excepción los dones celestiales. Gracias a su misericordia, nosotros también, hombres, hemos recibido la promesa indefectible de la vida eterna» (San Cirilo de Jerusalén). 210 ¿Qué es el purgatorio? El purgatorio es el estado de los que mueren en amistad con Dios pero, aunque están seguros de su salvación eterna, necesitan aún de purificación para entrar en la eterna bienaventuranza. 211. ¿Cómo podemos ayudar en la purificación de las almas del purgatorio? En virtud de la comunión de los santos, los fieles que peregrinan aún en la tierra pueden ayudar a las almas del purgatorio ofreciendo por ellas oraciones de sufragio, en particular el sacrificio de la Eucaristía, pero también limosnas, indulgencias y obras de penitencia. 212. ¿En qué consiste el infierno? Consiste en la condenación eterna de todos aquellos que mueren, por libre elección, en pecado mortal. La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios, en quien únicamente encuentra el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira. Cristo mismo expresa esta realidad con las palabras «Alejaos de mí, malditos al fuego eterno» (Mt 25, 41). 213. ¿Cómo se concilia la existencia del infierno con la infinita bondad de Dios? Dios quiere que «todos lleguen a la conversión» (2 P 3, 9), pero, habiendo creado al hombre libre y responsable, respeta sus decisiones. Por tanto, es el hombre mismo quien, con plena autonomía, se excluye voluntariamente de la comunión con Dios si, en el momento de la propia muerte, persiste en el pecado mortal, rechazando el amor misericordioso de Dios. 214. ¿En qué consistirá el juicio final? El juicio final (universal) consistirá en la sentencia de vida bienaventurada o de condena eterna que el Señor Jesús, retornando como juez de vivos y muertos, emitirá respecto «de los justos y de los pecadores» (Hch 24, 15), reunidos todos juntos delante de sí. Tras del juicio final, el cuerpo resucitado participará de la retribución que el alma ha recibido en el juicio particular. 215. ¿Cuándo tendrá lugar este juicio? El juicio final sucederá al fin del mundo, del que sólo Dios conoce el día y la hora. 216. ¿Qué es la esperanza de los cielos nuevos y de la tierra nueva? Después del juicio final, el universo entero, liberado de la esclavitud de la

corrupción, participará de la gloria de Cristo, inaugurando «los nuevos cielos y la tierra nueva» (2 P 3, 13). Así se alcanzará la plenitud del Reino de Dios, es decir, la realización definitiva del designio salvífico de Dios de

«hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra» (Ef 1, 10). Dios será entonces «todo en todos» (1 Co 15, 28), en la vida eterna.

TEXTO V COMENTARIO A LA EPÍSTOLA
1Co 09,19-27
La parábola del atleta que corre en el estadio se emplea pocas veces para explicar la actitud del que predica el evangelio por vocación. Quizá no sean muchos los que la conocen, pero no es halagadora para los «profesionales». De ordinario, el atleta es una persona admirada durante la competición. Pero su vida no consiste sólo en este momento. Hay muchos otros momentos, los más importantes, que no son brillantes y que están hechos de silencio, de esfuerzo, de soledad, de constantes sacrificios. La parábola de Pablo, referida a su propio apostolado -pero aplicable a todos los apóstoles-, acentúa precisamente esos momentos que hacen que un atleta auténtico, a diferencia de un aficionado, "se mantenga en forma" (v 27). En la perícopa de hoy expone Pablo un principio general de su trabajo misionero y, al mismo tiempo, nos permite comprender por qué puede repetir que es «un hombre libre» (vv 1 y 19) El principio es claro: renunciar a las libertades personales con el fin de ganar a todos para la causa de Cristo (23) Parece sencillo, pero no lo es. Y no lo es porque para poder renunciar a una cosa hay que ser dueño de ella y tener libertad para hacer de ella lo que se quiera. Para desvincularse de la ley es preciso haber estado sometido a la ley y sentirse libre de ella. De otro modo, tal desvinculación no pasa de ser una transgresión que produce angustia. El texto de hoy es importante, porque la confesión de Pablo nos lleva hasta el umbral de una situación personal en la que no sólo se ha superado la cuestión de los derechos y deberes -como en el caso de la renuncia a vivir a costa del evangelio-, sino también otros condicionamientos más profundos, como el étnico. Pero también es evidente que las renuncias de Pablo tienen una finalidad, ya apuntada al explicar su opción por el celibato (7,32) y confirmada ahora: «Todo lo hago por el evangelio, para que la buena noticia me aproveche también a mí» (v 23) La Iglesia, y especialmente quien ha recibido la misión de predicar el evangelio, debe ejercitarse en la libertad para dar credibilidad a su anuncio. Mientras esté aferrada a cualquiera de sus seguridades -viejas o nuevas-, su carrera sólo puede obtener la categoría de «aficionado».
A. R. SASTRE, LA BIBLIA DIA A DIA Comentario exegético a las lecturas de la Liturgia de las Horas Ediciones CRISTIANDAD.MADRID-1981.Pág. 516 s.ç

TEXTO VI COMENTARIO A LA EPÍSTOLA (2) “En el estadio todos corren”
En el estadio todos corren. Los cristianos han de correr la carrera de San Pablo, como corren los atletas en el estadio. “¿No sabéis que en la carrera del estadio todos corren, más uno solo recibe el premio?” (1 Cor 9, 24) La carrera del estadio,

en el nido de los pájaros” Ante el asombro de una multitud de espectadores que sirvieron como testigos de una nueva hazaña olímpica, un fuerte y vigoroso atleta jamaiquino, Usain Bolt marcó un nuevo récord mundial de la carrera de los 100 metros planos en el estadio del Nido del Pájaro, corrida en los recientes juegos olímpicos que se vienen celebrando en China. “Vine aquí a ganar....Ahora me voy a concentrar en los 200 metros. Vine aquí con la preparación bien hecha y voy a hacerlo”, declaró para los periodistas, y lo reafirmó nuevamente en la prueba de los 200 metros. La carrera pedestres de velocidad siguen siendo unas de las pruebas mas emotivas de las celebraciones olímpicas, y la manifestación mas contundente del esfuerzo, confianza, seguridad del espíritu agonístico qu e también los atletas de Dios ponen en la carrera de la predicación. San Pablo tomó la figura de la carrera del estadio ligada a su carrera, la carrera de los cristianos y la propia carrera del Evangelio. La carrera en el Antiguo Testamento.- Para comenzar, hagamos un ligero repaso por el tratamiento que el A.T hace a la práctica física de la carrera. Verifiquemos el conocimiento que los Hebreos tuvieron de la carrera como una practica física con reconocimientos meritorios. En el hebreo bíblico se emplea la palabra mêrôth, merûtsâh, para referirse a la carrera; y así como los griegos, los hebreos también practicaron las carreras tanto pedestres como de carros tirados por caballos. Por otro lado, si leemos con cuidado al Salmista, vemos que compara al Sol como un joven fuerte que corre con alegría su carrera ( Cfr Sal. 19,5 ). Por su parte, Salomón; ya sea porque lo observó o tal vez porque lo experimentó, sabía que la victoria no siempre la obtenía el corredor más veloz, sino a veces quien fuera favorecido por las circunstancias y la suerte (Ec. 9,11 ). El apóstol de los gentiles, emplea el símil de la carrera familiarizada con la practica competitiva como una metáfora comparativa con la vida cristiana; lo hace para estimular a sus lectores a que dominemos nuestros propios cuerpos como lo hacen los agonistas que se entrenan para una competencia, y nos exhorta a un esfuerzo permanente, en busqueda de un premio eterno. (1 Cor 9, 24-27). La carrera de San Pablo.- Pablo, el mismo que para algunos comentadores debió haber practicado la carrera del estadio, durante su juventud [1] emplea en tres ocasiones la palabra τρεχω en 1 Cor 24 vinculándola al significado de la carrera del estadio; veamos:
24a εν στ& #945;διω τρεχοντες: “carrera del estadio” 24b παντες μεν τρεχουσιν: “todos corren” 24c ουτωmς τρεχετε:“Corred así”

Mas adelante, en v 26 la emplea nuevamente para afirmar que el también corre:
26. εγω τοινυν ουτως τρεχω ως: “Así que yo corro”

Detengámonos brevemente a aclarar el aspecto atlético de esta prueba.

El dromos o la carrera del estadio.- De acuerdo con la tradición sobre el origen de los antiguos juegos olímpicos, Heracles contó 600 pies suyos que medían 32 ctms, y trazó en la distancia de un estadio, es decir 192. 27 m, en la que organizó una carrera para que compitieran sus cuatro hermanos, en homenaje al triunfo de Zeus sobre su padre Cronos, por eso la tradición le atribuye la institución de esta prueba que mas tarde se conocerá como la carrera de velocidad, el dromos o la carrera del estadio. Esta prueba es la que se instituye oficialmente como la única de los juegos olímpicos desde su primera edición y desde cuando se empieza a contar los juegos en el año 776 a.C hasta el año 728 en que se introducen otras modalidades de competencia. Los corredores partían desde una línea de inicio formada por piedras calcares empotradas en el suelo, llamada “aphesis” situada al oeste, y corrían un trayecto en forma de U alargada hasta llegar a otra línea de piedra llamada “terma”. Aunque se daban otras modalidades de carreras pedestres, como la del doble estadio (192.27 x 2) llamada “diaulo”, la del diez veces el estadio conocida como “dolicós” (192.27 x 10), es mas probable que Pablo estuviera haciendo mención a la carrera de un estadio. Pablo, el atleta del Evangelio.- En efecto, en Gal 2, 2 San Pablo vincula τρεχω (correr), con la carrera pedestre:”Subí movido por una revelación y les expuse el Evangelio que proclamo entre los gentiles - tomando aparte a los notables - para saber si corría o había corrido en vano”. Obsérvemos las dos palabras empleadas por el apóstol: τρεχω η εδραμον “en vano corro o he corrido”. Igual vinculo lo hallamos en Filp 2, 16, en donde el autor emplea la expresión εδραμον asociada una figura metafórica en donde describe la proclamación del Evangelio como una carrera que no corre en vano y que su fatiga no es infructuosa: “: οτι ουκ εις κενον εδραμον “Porque no habré corrido en vano”(Cfr. Filp 2, 16). La Palabra de Dios corre.- Por otro lado, en 2 Tes 3, 1 el verbo τρεχω aplicado a la Palabra del Señor, podría dar a entender que “La palabra del Señor corra”, (ινα ο λογος του κυριου τρεχη), sin embargo, el traductor que empleamos para este informe, lo traduce así: “para que la palabra del señor siga propagándose”. Ciertamente, San Pablo en cuanto Atleta del Evangelio no corre en vano, corre llevando el testimonio de la Palabra de Dios que también corre en cuanto que sea proclamada por sus atletas. Corramos la carrera.- De lo anterior se sigue que los cristianos adquirimos una participación en la carrera de San Pablo, así lo expresa nuestro apóstol en Heb 12,1: “Por tanto, también nosotros, teniendo en torno nuestro tan gran nube de testigos, sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corram os con fortaleza la prueba que se nos propone,” ( δι υπομονης τρεχωμεν τον προκειμενον ημιν αγωνα ). Tengamos presente que la expresión αγωνα hace relación a la lucha de los competidores. En la conclusión que Pablo de Tarso presenta en (Rom 9, 16) nos recuerda lo siguiente: “Por tanto, no se trata de querer o de correr, sino de que Dios tenga misericordia”, hace una variación al tratamiento de la carrera como acción que conduce hacia un premio logrado por el merito propio, pues ya no se trata de correr o de querer, toda vez que el corredor depende de la misericordia de Dios. Se

reafirma la proposición que el uso de la palabra trecho tiene en Pablo el significado de una carrera competitiva en la expresión usada en Gal 5, 7: “Comenzasteis bien vuestra carrera, ¿quién os puso obstáculo para no seguir a la verdad?” ( ετρεχετε καλως « corriste bien »). Con el apóstol de los gentiles, debemos reconocer que todo atleta mantiene su atención puesta hacia una meta que se encuentra siempre adelante, y que su entrenamiento y aún su misma vida se orienta hacia ese sentido. Pues bien, comprendamos que como Pablo, somos unos corredores rodeados de una multitud que presencia nuestros esfuerzos y fatigas (Cfr Heb 12, 1 -2 que estamos corriendo una carrera con una meta, un sentido, para la cual hemos de despojarnos de todo aquello que nos estorba en pos de alcanzar la victoria imperecedera.), esto para su vida que al final, la compara con una carrera corrida con éxito (2 Ti. 4:7). En Heb 12, 1- 2 dice que el cristiano está rodeado por una gran multitud de testigos; como los casi cien mil espectadores que recientemente testimoniaron la vitori a de Usain Bolt, y nos advierte que nuestro entrenamiento requiere mucha paciencia, por lo tanto debemos despojarnos de todo cuanto sobre y estorbe para alcanzar una victoria imperecedera. Hoy, decimos como el actual ganador de los 100 metros planos, ahora nos vamos a concentrar en la carrera de Pablo, vinimos a este mundo correr con el Evangelio y lo vamos a hacer.

TEXTO VII COMENTARIO A LA EPÍSTOLA (3)
Todavía dentro de la cadencia del «todo», el versículo nos introduce en otro difícil punto. «Todo esto lo hago por el Evangelio» podría ser una síntesis de las ideas precedentes. Pero ahora ya no se dice: «para ganar a los otros», sino «para tener (yo) parte en él (en el Evangelio)». ¡Qué cambio tan sorprendente! El, el Apóstol, no debe preocuparse tan sólo por la salvación de las almas de los demás, sino también por la suya propia. Aquí queda implícito el punto verdaderamente punzante del pensamiento: si yo ¡cuánto más vosotros! Nunca ocurre que nadie, ni siquiera un apóstol, esté tan seguro de su salvación que, partiendo de esta seguridad, puede dedicarse a los otros. La propia elección es presupuesto del servicio a los hermanos, pero este servicio, a su vez, es presupuesto de aquella elección. Aquí radica la solidaridad última de todos en la Iglesia, que vincula profundamente a los que enseñan y administran con los que oyen y reciben. Esta diferencia tiene amplia aplicación, pero no se prolonga hasta lo profundo del misterio de la santidad y de la gracia. Aquí la diferencia desaparece; administrar y recibir son cosas permutables. La preocupación que le trabaja, y que podría trasladar muy bien a los demasiado seguros, a los satisfechos de sí mismos, le lleva a la comparación, tomada del deporte y de todos conocida por las lecturas de las páginas deportivas de la prensa. El mundo de los deportes era más familiar a los habitantes de las grandes ciudades del mundo antiguo que al término medio de los cristianos de hoy. Pablo se refiere expresamente a dos especialidades deportivas: las carreras y el pugilato. En las carreras sólo uno consigue el premio, pero todos se esfuerzan por lograrlo. Aquí, en la arena del cristianismo, todos pueden

obtener el premio, pero también deben esforzarse todos por conseguirlo. El premio es la vida eterna. Aquí cada cual corre por su propia vida. Para disputar una carrera no cuenta sólo el esfuerzo del momento, en el que se decide el premio. Quien aspira seriamente a la victoria sabe que debe preceder una preparación exhaustiva y prolongada, y que debe renunciar a todo lo que perjudique su buena forma, de manera especial las bebidas alcohólicas y los placeres sexuales. ¡Qué severa disciplina la de los auténticos deportistas! Y el premio que se puede conseguir es hoy, en el fondo, tan perecedero como entonces. En la antigua Hélade consistía en una verde corona de laurel. Hoy es acaso un récord que el próximo año será superado. La imagen de la corona desempeñó un papel importante en la primitiva cristiandad. Al finalizar el mundo antiguo y pasar de la lengua griega a la latina, el stephanos se convirtió en corona 22. Por un instante parece haber torturado de alguna manera al Apóstol la idea de las vanas metas por las que los hombres se afanan: como cuando se corre de acá para allá sin objetivo o bien -y ahora pasa al otro deporte- como un púgil que yerra el golpe. Pero ¿quién es el enemigo que Pablo quiere derribar? ¡Su propio cuerpo! ¿Es, pues, el cristianismo enemigo del cuerpo? Debe ponerse en claro que aquí se está hablando en imágenes y desde una doble perspectiva. Pablo ve el peligro interno y externo de los corintios de hacer fácil su cristianismo, olvidando que el seguimiento de Jesús exige luchar con el mundo y con el propio yo. Y como ha elegido la imagen del pugilato, debe presentar también, en su imagen, al adversario. Indudablemente, con la dura expresión, que en el lenguaje del boxeo actual debería traducirse por «gancho a la mandíbula», no piensa en ejercicios o mortificaciones ascéticas, sino en las asperezas y fatigas que le causa su vida apostólica y que él mismo se exige sin contemplaciones. Objetivamente, aquí se dice lo mismo que en el versículo 19: me hice esclavo de todos. Que la nota sea aquí más acusada se debe a que quiere hacer recordar a los corintios, de la manera más apremiante, su peligroso juego. Si él, siendo apóstol, puede llegar a temer que se le encuentre indigno del premio y sea descalificado, muchos más motivos tendrán ellos para permanecer en vela contra sí mismos.
............... 22. Cf. 2Tm 4,8; IP 5,4; Hch 2,10; 3,11..

TEXTO VIII COMENTARIOS A LA LECTURA
1Co 10, 1-06.10-12

1. FEDERICO PASTOR, DABAR 1986, 17

Muchos de los problemas morales planteados en la Primera a los Corintios tienen su substrato común. Bastantes corintios estaban excesivamente confiados por su conversión al Evangelio, entendida de forma entusiástica y se despreocupaban demasiado de la vida concreta en que esas vivencias cobran su forma determinada. Pablo les exhorta a no fiarse de exterioridades necesarias pero no suficientes, sino a

llevar una vida responsable, coherente con esa conversión. No basta la pertenencia a un grupo, ni siquiera la mera ideología. Para ello apela a casos del Antiguo Testamento, particularmente del Éxodo. Aquí no es preciso detallar, pero es importante no dejarse distraer por los rasgos de esta perícopa, importante para saber cómo utiliza el apóstol el Antiguo Testamento. En ella hay "midras", alegoría alejandrina y los principios tipológicos paulinos. Esto último es lo más importante para la comprensión del párrafo. Pablo está convencido de la unidad fundamental de las líneas de acción de Dios en su comunicación con el hombre. De ahí que los sucesos pasados sean lección, "tipo", para nosotros (v. 11) a fin de que aprendamos de lo ya sucedido. La aplicación concreta de éste en la perícopa es la apuntada al principio. La pertenencia al grupo, en este caso a la Iglesia, no es suficiente si no hay un actitud total, interna y externa coherente con ello. Las consecuencias para hoy so obvias.
2. EUCARISTÍA 1986, 11

La presente lectura sólo puede comprenderse si se tiene en cuenta el más amplio contexto en el que San Pablo aborda la cuestión de la licitud o no para los cristianos de comer carne sacrificada a los ídolos. La palabra "sacrificar", que tiene hoy para nosotros un segundo sentido y más usual completamente profano (sacrificar una res en el matadero), nos habla de unos tiempos en los que toda carne para el consumo humano había sido antes sacrificada a los dioses. Esto planteaba un problema de conciencia para los primeros cristianos ya que entendían que comer carne sacrificada a los ídolos era tanto como participar en el culto pagano. Pablo da una solución a este problema fundándose en la libertad de los hijos de Dios, pero advierte que los cristianos deben evitar una participación expresa en las orgías y en los cultos paganos. Les dice que pueden comer de toda carne vendida en los mercados públicos, pero que la participación en la cena del Señor es incompatible con la participación en una comida expresamente sacrificial pagana. Pablo amonesta a los Corintios para que no se dejen llevar por las costumbres paganas del ambiente en que viven, y les recuerda lo que sucedió en otro tiempo a los israelitas que prevaricaron en el desierto y adoraron al becerro de oro. Pablo quiere que los cristianos escarmienten en cabeza ajena, que el nuevo Israel no se olvide nunca del castigo que sobrevino contra el viejo Israel. Los israelitas fueron especialmente favorecidos por Dios con unas señales que anticipaban proféticamente las gracias cristianas: El paso del mar Rojo, que fue para ellos la señal inequívoca de haber sido liberados de la esclavitud de Egipto, anticipaba el bautismo por el que los cristianos son liberados de la esclavitud del pecado; el maná con el que fueron ellos alimentados en su peregrinación a través del desierto, no era más, según dice San Pablo (siguiendo en esto a Filón de Alejandría, que veía en esa "roca" el símbolo de la presencia de la sabiduría de Dios en medio de su pueblo) que una anticipación profética de la presencia del Señor en medio de la Iglesia que peregrina por este mundo. En consecuencia, Pablo ve también en los castigos que sobrevivieron a Israel por sus pecados una amenaza ejemplar a la Iglesia y una advertencia de los castigos que le pueden sobrevenir si se deja contaminar de la idolatría ambiental

3. PERE FRANQUESA, MISA DOMINICAL 1986, 5

Los capítulos 8,1-11,1 responden a la pregunta de si se podían comer las carnes inmoladas a los ídolos. Esta cuestión tenía una importancia especial para las comunidades cristianas venidas del paganismo. Comer estas carnes suponían una convivencia con el culto pagano y exigía tener clara la libertad cristiana y sus límites. Pablo afirma la libertad pero pone en guardia contra hacer de ella un criterio absoluto y exclusivo en la actuación. FE/DEBILES: La libertad y el conocimiento = la ciencia deben someterse a la caridad, porque sólo el amor edifica y nos lleva al servicio de los demás. La verdadera ciencia ha de tener en cuenta a los "débiles" en la fe que no pueden poner en práctica todavía los conocimientos que han adquirido. Para demostrarlo y convencer Pablo, en el cap. 9, dice que él se ha hecho todo para todos, a pesar del profundo conocimiento que tiene de Cristo y de su libertad. El contacto con la idolatría es peligroso... Mirad lo que aconteció a los padres. A pesar de ser bautizados en el mar y en la nube y de comer y beber (eucaristía) no les sirvió de nada, Dios no se complació en ellos. De la historia del pueblo de Israel los corintios deben sacar la conclusión y aplicarla a su forma de vida. La intención principal de la 1 Corintios es la edificación de la Iglesia, que en Corinto estaba en peligro por la tensión entre ciencia y caridad. Los corintios se creían la comunidad ideal. Fiados en la consagración bautismal y en la cena eucarística creían ser perfectos. Poseían el Espíritu y el cuerpo no tenía importancia para su vida de fe. Pablo con su argumentación les recuerda que la edificación y el progreso de la Iglesia consisten en asumir la "forma de Cristo", configurarse con Cristo. El cristiano es entonces un ser que está siempre "re-formándose", recibiendo la forma de Cristo. Quien quiera edificar la Iglesia desde estos criterios debe tener clara la relación ciencia-caridad. No puede sobrevalorar la propia ciencia. La libertad ha de tener como medida la caridad que edifica.
4.- SASTRE, LA BIBLIA DIA A DIA

La perícopa de hoy es un ejemplo característico de interpretación tipológica del AT. Esta interpretación es posible gracias a una determinada comprensión de la historia de salvación, en la que la continuidad de la acción salvífica de Dios permite establecer una relación entre los tiempos de la antigua alianza y los de la nueva. El dato temporal que da Pablo cuando habla de «el fin de los tiempos» (v 11) debe entenderse del momento típico en el cual se sitúan los cristianos: la encrucijada en que acaba el tiempo viejo y comienza el nuevo y definitivo. La interpretación del Apóstol acepta no sólo la historicidad de los hechos antiguos, sino también la concreta realidad salvífica que significaron para el pueblo de Israel en un momento determinado. Además de signos externos, eran actualización de la salvación de Dios o, si se prefiere, el hecho mismo implica la presencia salvífica de Dios manifestada mediante unos signos. Habría que examinar de cerca los detalles del texto; pero es evidente que Pablo establece un paralelismo entre las manifestaciones salvíficas de Dios en Israel y los sacramentos cristianos: bautismo y eucaristía. También estos signos de la nueva época son presencia salvífica de Dios, pero no a través de la roca, sino a través de Cristo. Se trata, pues, de una presencia definitiva y plena que los signos antiguos no hacían sino enunciar profética y figurativamente. La salvación de Dios está presente y es real en toda la historia, pero en un tiempo como figura e imagen, en otro como plenitud y realidad. El paralelismo que establece Pablo entre las situaciones del pueblo de Israel y el nuevo pueblo de Dios está matizado con gran sensibilidad. La situación de la Iglesia brotada de Cristo se compara con la del pueblo que caminaba por el desierto, situación que algunos profetas

consideran como el tiempo de la infancia y otros como tiempo de la prueba. En todo caso, para san Pablo es claro que el peligro crece con la inexperiencia, y que no es precisamente el más pequeño el hecho de confundir la confianza en la presencia salvífica de Dios en medio del pueblo con la negligencia en asumir responsablemente una nueva vida según el Espíritu.
5. JOAN NASPLEDA

-"Nuestros padres... fueron bautizados en Moisés por la nube y el mar": Todos los cristianos, tanto los que proceden del judaísmo como de los gentiles, son hijos de Abrahán, por su incorporación a Cristo, descendencia de Abrahán. El paso a través del mar Rojo lleva la referencia hacia el bautismo: el paso por el agua como liberación de la esclavitud y del pecado. -"Todos comieron el mismo alimento espiritual": Unos nuevos hechos del Éxodo ilustran la Eucaristía: el maná y el agua que brota de la roca en el desierto. La expresión "espiritual" se ha interpretado de varias maneras: como sinónimo de simbólico; o por su origen milagroso; pero la mejor lectura es referirlo a Cristo resucitado. La Eucaristía es una comida y una bebida que hacen participar al hombre de la situación gloriosa de Cristo. Notemos cómo Pablo añade una leyenda rabínica sobre la roca que seguía al pueblo en el desierto: la roca se convierte en un símbolo de Cristo. -"Todo esto les sucedía como un ejemplo": Pese a las maravillas que Dios realizó en favor de su pueblo, algunos cayeron en la idolatría o murmuraron y murieron castigados en el desierto. Conviene que los cristianos lean el AT como una advertencia también para ellos, ya que están insertos en la misma historia de la salvación.

TEXTO IX COMENTARIO A LA EPISTOLA
3. EJEMPLOS DE FALSA SEGURIDAD (10,1-13). a) Los sacramentos no garantizan la salvación (1Co/10/01-05). El peligro que Pablo ve bajo la consulta más bien práctica de las carnes inmoladas a los ídolos le debió parecer tan grande que no se contenta con ofrecer un ejemplo personal, descrito con tanta minuciosidad, sino que, una vez más, busca un nuevo argumento desde un planteamiento completamente distinto. Aduce, además, algunos hechos de la historia de Israel. ¿No son traídos un poco por los cabellos? Quien así pensara, sabría muy poco de la estructura esencial de la actuación salvadora de Dios. Hoy se insiste por doquier en la historicidad del hombre, Pero con ello se busca casi siempre una simple exculpación o justificación de la situación cambiante de muchas ideas e instituciones, es decir, en cierto sentido se quiere sacudir el lastre del pasado. Se oye hablar, en cambio, mucho menos de algo que es también historicidad, a saber, que no podemos -y menos aún nos es lícito- quitarnos de encima el pasado. Cierto que la Iglesia, el cristianismo, la fe tienen que afrontar el futuro y cuentan con una promesa de asistencia para ello. Pero poseeremos el futuro sólo como herederos, esto es, en continuidad con aquel pasado del que procedemos, con aquellas raíces de las que hemos surgido. Si Cristo no ha venido a abolir, sino a cumplir (Mt 5,17), esta ley sigue siendo válida. Por eso la Iglesia ni puede atrincherarse tras la letra -ni siquiera la letra del Nuevo Testamento- como si en ella se hubiera

regulado y consignado ya todo y de una vez para siempre ni puede, por el contrario, dar por nulo el Antiguo Testamento, como si estuviera ya por siempre y lisamente desbordado. No siempre resulta fácil distinguir entre lo que es letra que, en cuanto tal, ya no nos obliga, y lo que es espíritu, y permanece. Justamente la historicidad incluye la tarea de distinguir, una y otra vez, a medida que pasa el tiempo, entre estos valores. En los ejemplos que ha venido citando hasta ahora Pablo no ha ido a espigar entre los textos veterotestamentarios de más denso contenido, como puede acaso comprobarse en el ejemplo del buey que trilla. Pero lo que aquí cita ahora tiene otro rango. ¿Por qué? Porque los ejemplos proceden de la época de la marcha de Israel por el desierto. Después del éxodo de Egipto, símbolo permanente de la liberación, el pueblo de Dios está en camino hacia la tierra prometida, símbolo permanente de la plenitud. En el espacio intermedio corre un tiempo extraño, lleno de milagros y demostraciones del amor divino, hasta tal punto que, más adelante, casi idealizado, fue celebrado como la época del amor de juventud entre Dios y su pueblo. En realidad, fue un período lleno de caídas, murmuraciones y apartamientos, de tal suerte que se puede presentar también como una cadena ininterrumpida de pecados (así en algunos salmos). No se trata de algo casual. En esta época aparece diáfanamente la total dualidad de la historia humana. Merece suma atención advertir que los cuarenta días de ayuno de Jesús en el desierto, al comienzo de su misión pública, sean una señal de esta época de la salvación, así como también que el tentador se le acerque precisamente durante este período. Todas las respuestas de Jesús a las tentaciones proceden del libro del Deuteronomio, y dentro de este contexto de la marcha por el desierto. Otros textos neotestamentarios nos permiten ver que también la Iglesia naciente se orientaba con predilección hacia esta época especial de la historia de la salvación, porque también ella se sabía sacada de la esclavitud, y en camino, expuesta, por tanto, a la tentación (lPe 5,8s; Heb 3,7-4,13). Por eso Pablo puede llamar a aquellos israelitas «nuestros padres», aunque los corintios eran, en su mayor parte, no judíos. Son nuestros padres porque sólo existe una historia salvífica dentro de la cual Dios ofrece continuamente la salvación y en la que mantiene ciertas estructuras permanentes. Cuando Pablo dice: fueron bautizados, fueron alimentados, experimentamos una cierta sorpresa inicial. ¿No retrotrae así los sacramentos cristianos a una época en la que todavía no existían? Él sabe muy bien que entonces no había ni bautismo, ni eucaristía cristiana. Pero sabe también, por otra parte, que el bautismo cristiano y la eucaristía hunden sus raíces allí, tienen allí su prototipo. Lo que se dio a los israelitas era -comparativamente- lo mismo que a nosotros nos comunican el bautismo y la eucaristía. Y esto precisamente es lo que constituye la unidad de la historia de la salvación. A medida que avanza, todo se hace mayor y más perfecto, pero la estructura sigue siendo la misma (como siguen siendo iguales los triángulos equiláteros, independientemente de su magnitud). Si (según 8,6), Cristo fue intermediario de la creación, fue también colaborador de la salvación ya en la antigua alianza. Se puede, pues, no sólo decir que todas las maravillas hechas en favor de aquel pueblo de la alianza antigua eran presignos y preejemplos de los medios de la gracia por venir, sino que también, a la inversa, puede afirmarse que las señales vigentes en la realidad neotestamentaria pueden retrotraerse a los niveles precedentes. Por otra parte, en este pasaje se reconoce por primera vez que el bautismo y la eucaristía forman unidad entre sí. De suyo, no había motivo alguno, para hablar aquí del bautismo, a no ser que el Apóstol supiera ya que ambos hechos son de alguna manera espirituales, es decir, que son justamente «sacramentos». Hubiera sido difícil que Pablo hubiera encontrado, ni siquiera buscado, estas correspondencias veterotestamentarias con el bautismo, si no estuvieran tan a la mano las que se dan entre la eucaristía y el maná. Que a partir de aquí, la travesía del mar, es

decir, la liberación a través de las aguas, pueda ser comparada con el bautismo, es algo evidente, dado el modo de bautizar de Pablo por inmersión en el agua (y agua corriente, con toda probabilidad). ¿Qué significa aquí la nube? ¿Está ligada en este pasaje al agua o se la piensa como elemento independiente, en cuanto que es signo de la presencia eficaz de Dios? En todo caso, la nube es siempre, en la marcha por el desierto, manifestación graciosa de la alianza divina23. Ambas juntas, agua y nube, se hacen signos casi sacramentales sólo a través de Moisés. «Bautizados en Moisés», se dice, imitando por anticipación la realidad de Cristo, en el sentido de que los israelitas, adhiriéndose a Moisés, participaban de su relación de gracia con Dios, del mismo modo que participamos nosotros de Cristo a través del bautismo (Rom 6,3). Si alguien no se considera satisfecho con este modo de pensar, puede, en todo caso, sacar una lección: no se trata de rebajar los dones salvadores veterotestamentarios para encumbrar los del Nuevo Testamento. El Nuevo Testamento no tiene necesidad de recurrir a estos métodos para mostrar su superioridad. Damos más gloria a Dios si reconocemos agradecidos el progreso del uno al otro, sin dejar de ver su unidad total. Los detalles de la comparación son, en este sentido, menos importantes y no deben tomarse al pie de la letra. Lo que a Pablo le interesa es poner en guardia frente a los gnósticos de Corinto, tan seguros de sí: no penséis que los sacramentos que habéis recibido sean ya un salvoconducto para cualquier género de comportamiento. Se puede haber recibido el bautismo de una vez para siempre, se puede haber recibido la eucaristía muchas veces y, no obstante, ser rechazados por Dios. Existía una leyenda judía según la cual la roca de la que brotó el agua acompañó al pueblo en su marcha por el desierto. Al Apóstol le vino bien para aludir a la realidad de Cristo, que está siempre cerca de nosotros, los cristianos, para comunicar la vida, como lo estaba cerca de su pueblo, de una manera acomodada a su mentalidad. Merece la pena mencionar el hecho de que Cristo, como roca vivificante, aparece en otros escritos neotestamentarios, y de una manera muy especial en aquella escena de la fiesta de las tiendas en la que Jesús proclama que debe acudirse a él para beber agua (Jn 7,37ss).
............... 23. La nube, como shekinah (es decir, como tienda o presencia de Dios) es un hacerse visible la majestad. Lo que dice el Nuevo Testamento sobre la doxa (la gloria) recibe, por tanto, desde aquí, una cierta dosis de cosa visible, de contemplación.

TEXTO X

Y LA ROCA ERA CRISTO
"Y la roca era Cristo" (/1Co/10/04), dice el Apóstol. El es la roca, la piedra que otrora contemplara el Rey en sueños, según leemos en Daniel: "Una piedra desprendida, no lanzada por mano alguna, hirió a la estatua en sus pies de hierro y barro y la destrozó...; la piedra que había herido a la estatua se hizo una gran montaña, que llenó toda la tierra". En esta piedra reconocía ya anticipadamente el Profeta al Mesías y su reino. Pero los Padres de la Iglesia, a quienes fue dado contemplar el cumplimiento de la visión, sabían que la piedra es Cristo, "una gran montaña" si miramos su divinidad; pero el "pequeño monte" de que habla el salmista (Sal 41, 07) y la piedra a que alude el Profeta, si miramos su humanidad, pues "sin ser lanzada por mano alguna", es decir, sin "germen humano, del seno virginal" (·Jerónimosan, a Dn. 2, 40), se hizo hombre. Y la piedra se convirtió en una gran montaña, que llenó la tierra entera; en efecto, en toda la tierra resuena el anuncio de la resurrección de Cristo y de todos los pueblos de la tierra se ha edificado el Resucitado su cuerpo místico, la Iglesia. (...) Así es como entienden los Santos Padres el sueño de Nabucodonosor. "Cristo lo es todo por amor a ti", dice ·Ambrosio-san. "Es piedra por amor a ti: has de ser edificado. Es monte por amor a ti: has de subir. ¡Sube, pues al monte, tú que suspiras por lo celestial! Por eso ha inclinado los cielos, para que estés más cerca de ellos; por eso está en la cima del monte, para elevarte" (S. Ambrosio, De interpellationes Job et David, 2, 17). El Verbo hecho hombre, forma primitiva, invisible y eterna de todas las cosas y autor de su forma visible, se mostró bajo "la deformidad" de la "carne del pecado" (Rm 8, 3), restaurando así la belleza del hombre dentro de la Iglesia, al penetrar en ella e iluminarla. Así convirtió la casa sobre el monte en obra suya, tan parecida a El como la imagen de un espejo, esta casa que es "templo santo del Señor" (Ef 2, 21) y que hace resaltar la belleza del monte, deformado tan sólo en apariencia. Ex Sion species decoris ejus.
EMILIANA LÖHR, EL AÑO DEL SEÑOR EL MISTERIO DE CRISTO EN EL AÑO LITURGICO I

TEXTO XI Meditación del Evangelio
(Mt/20/01-16)
Es una escena de la vida campesina en tiempo de Jesús. Para tener trabajo no se arma escándalo, como hoy día. Hasta se prefiere no trabajar. Para vivir no se precisa gran cosa: un trozo de pan, un pececillo oreado. Es por la mañana. Los obreros están reunidos en la plaza. Viene a contratarlos el propietario de un majuelo. Se ponen de acuerdo en el salario: un denario. A mediodía vuelve a pasar por allí el dueño. Y contrata a otros: «Os daré un jornal razonable». Una hora antes de la salida del sol, quedan siempre obreros en la plaza: «Id a trabajar a

mi viña». Termina la jornada. Pasan a la casa del propietario para cobrar el jornal. El dueño de la viña dice a su administrador: «Llama a los obreros y págales, empezando por los últimos». Los dos de la hora undécima se adelantaron y recibieron un denario. Se adelantaron los primeros, creyendo que iban a recibir más, pero recibieron un denario. Cogieron su dinero con un mohín de disgusto, y murmuraban contra el padre de familia: «Estos últimos han trabajado sólo una hora, y nosotros hemos soportado el peso del día y del calor». El padre de familia se hace el encontradizo con uno de ellos: «Amigo, has recibido la cuenta justa. ¿No te pusiste de acuerdo conmigo en un denario? Toma tu dinero y vete. ¿Qué pasa, si yo quiero dar a este último tanto como a ti? ¿Acaso no soy dueño de lo mío? ¿O se hace tu ojo malo, porque yo soy bueno?». Así, concluye la parábola, los últimos serán los primeros, y los primeros serán los últimos. Esta palabra final nos descubre la intención de Jesús. Hay dos clases entre estos obreros; los obreros de la hora undécima, en contra de lo presumible, gozan de las preferencias del padre de familia, es decir, de Dios. Los primeros han trabajado doce horas de un tirón. Pero no es el trabajo como tal el que interesa al dueño de la viña, puesto que todos, incluso los que han trabajado sólo una hora, reciben el mismo salario. ¡Si a lo menos estos últimos hubieran trabajado mejor que los otros! Pero la parábola no dice nada que permita suponerlo. Su silencio es tanto más elocuente cuanto que el Talmud de Jerusalén conoce una historia análoga, con una conclusión que revela un estado de espíritu totalmente opuesto al del cristianismo. «¿A quién se parece el caso del rabí Bonn bar R. Hiyya? Se parece a un rey que había comprometido a su servicio muchos obreros, uno de los cuales era más activo en su trabajo. Al ver esto, ¿qué hace el rey? Le lleva consigo y pasea con él en todas direcciones. Por la tarde, llegan los obreros para que los pague, y entrega igualmente la paga entera a aquel con quien había estado paseando. A la vista de esto, se quejan sus compañeros diciendo: Nosotros nos hemos cansado en el trabajo todo el dia, y éste, que solamente se ha molestado un par de horas, ¿recibe tanto jornal como nosotros? Es que éste, aclara el rey, ha cumplido más en dos horas que vosotros en una jornada entera. De la misma manera, cuando R. Bonn estudió la Ley hasta los veintiocho años, la conocía mejor que un sabio o que un hombre piadoso que la hubiera estudiado hasta los cien años». Esta historieta se contaba con esta forma, hacia el año 325 de nuestra era, en el elogio fúnebre del rabí Bonn. Era un relato típico, que pudo haber sido conocido de Jesús. Pero ¡qué diferencia de tono! En la parábola del Talmud, el salario debe ser justo, y ser la paga del trabajo realizado. En la parábola del evangelio, el esfuerzo es una cosa, y el salario otra. El padre de familia no «debe» ser justo, con esa justicia que nosotros llamamos distributiva. La conclusión de la parábola del Talmud es ésta: el salario es merecido, está medido en proporción al trabajo hecho, pues en dos horas se ha hecho tanto como en una jornada. Conclusión de la parábola del evangelio: el salario se da gratuitamente por simple generosidad, incluso a aquel que ha trabajado sólo una hora, con tal que él se haya comprometido. Porque el último que ha llegado se ha comprometido enteramente igual. El último que ha llegado tiene buen final. ¿Qué hay en su conducta que le atraiga la simpatía del dueño? Porque cuenta ciertamente con su simpatía; el dueño se encarga de defender su situación y su conducta. ¿Qué es lo que hay ahí? Que no ha trabajado para merecer su salario, que no se ha preocupado de eso: el amo de la viña le llama; él, con confianza, se compromete. No hay ningún otro mérito. Volvamos a leer atentamente la parábola. Con los primeros obreros, el dueño se pone de acuerdo sobre el salario. Han discutido las condiciones. Han hecho un contrato de trabajo. Un día de trabajo, un denario de jornal. Los obreros siguientes no han hecho contrato. El dueño les ha dicho: os daré lo que sea justo. Se han fiado de él. Los obreros de la hora undécima ni han hablado

ni han oído hablar de salario: «Id a trabajar a mi viña». Y han ido. Y, ciertamente, habrán trabajado con todo su corazón. Cuanto más se desinteresa uno de sus derechos, de su salario, más obrero se es según el corazón de Dios. El obrero de la hora undécima se ha desinteresado totalmente, se ha dado totalmente. Los obreros del salario son los judíos de la categoría farisea. Su vida consiste en producir obras de justicia, por las que Dios les debe la recompensa del cielo. En resumen, Dios es su deudor. ¿No se ha reconocido, en los obreros de la hora undécima, a los héroes de las tres grandes parábolas de la «justicia», de san Lucas? Dios puede ejercer su misericordia, como ha hecho con el samaritano, con el publicano, con el pecador público. En retorno, se contenta con la confianza de su criatura. La parábola de san Mateo va, es cierto, más lejos, porque «la justicia de la fe» queda ensalzada, en el juicio final. Pero ya aquí abajo era una prenda de la alegría celestial, en la que Dios acoge a sus buenos y fieles servidores. Unicamente la misericordia por parte de Dios, y el amor por parte de los hombres, son los que dan al trabajo su valor religioso. Pero el trabajo, cuando está bien hecho, es una prueba también del amor del que procede. Que construya casas temporales o templos celestiales, es necesario que esté bien hecho, dentro del respeto a las reglas y buenas tradiciones de la arquitectura. «El orden lleva a Dios».

TEXTO XII
COMENTARIOS AL EVANGELIO Mt 20, 1-16

1. MAERTENS-FRISQUE La consecuencia que Jesús quiso se dedujera de esta parábola está expresada en el v. 15. El agravio fundamental que acaba de hacerse al dueño de la viña (Dios) es su falta de "justicia". Esta misma queja fue formulada por el hijo mayor al padre del hijo pródigo (Lc 15. 29-30), agravio de los "buenos" judíos a la audición de la doctrina de la retribución (Ez 18. 25-29), reproche de Jonás ante el perdón otorgado por Dios a Nínive, la ciudad pagana (Jon 4. 2). En cada uno de estos casos, los textos oponen la justicia de Dios, tal como los hombres la conciben, y su comportamiento misericordioso, no esperado por los hombres (Lc 15. 1-2). Cristo sale al paso de esta objeción con un argumento "ad hominem": el amo de la viña es "justo" (según el modo humano de concebir la justicia) con los primeros, ya que les da el sueldo convenido; de igual modo es justo con los últimos de una manera divina, ya que entre el dueño y éstos no se había establecido ninguna clase de convenio condicionante del trabajo y salario. Este argumento es, no obstante, de poco valor, pues la injusticia que en este caso se le reprocha a Dios no reside en el trato dispersado a cada uno de estos grupos de jornaleros tomados separadamente de los otros, sino en la comparación entre las dos maneras de actuar. Además, Cristo pasa de un punto a otro, afirmando la primacía de la bondad de Dios. No es que su forma de actuar se oponga a la justicia humana, sino que la trasciende totalmente en el amor. Según esto, el pacto establecido entre el amo de la viña y los jornaleros se nos muestra como una imagen de la alianza entre Dios y los suyos, alianza que, por otra parte, no tiene nada que ver con el contrato "do ut des" que los judíos trataban de

encontrar en ella, sino que es un acto gratuito de Dios (/Dt/07/07-10; 4. 7). La alianza es, según el texto antes citado, una gracia del amor gratuito del Padre, gracia que descansa totalmente en la libertad de Dios y que supone la nuestra (Ga 3. 16-22; 4. 21-31). Al aplicar una justicia a los primeros y otra distinta a los segundos, Dios trata de poner de manifiesto su amor a unos y a otros, teniendo siempre en cuenta las situaciones en que cada uno se encuentra. En esta perícopa, Cristo pretende dar a entender a los oyentes de su Palabra el comportamiento misericordioso de Dios, al margen de los cauces excesivamente estrechos y de las concepciones en que le darían cabida la visión humana de la justicia y los contratos bilaterales que rigen exclusivamente las relaciones entre los hombres. 2. A. BENITO, DABAR 1990/47 Para la comprensión de este texto es absolutamente indispensable tener en cuenta el contexto precedente. Al joven que quería saber lo que tendría que hacer para alcanzar la vida eterna, Jesús le ha propuesto repartir sus posesiones entre los pobres y seguirle. Oída la propuesta, es Pedro una vez más quien pregunta: "Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo para seguirte; ¿qué recibiremos por ello?" Respuesta de Jesús: "Todos los que hayan dejado esposa... por causa mía, recibirán la herencia de la vida eterna. Ahora bien, muchos que son primeros, serán últimos y muchos que son últimos, serán primeros". La respuesta va dirigida exclusivamente a los discípulos y tiene una doble vertiente: promesas y llamada de atención. Por haber dejado todo, los discípulos son primeros, pero pueden ser últimos. El texto de hoy empalma con esta respuesta de Jesús, explicando y dando razón a los discípulos de la llamada de atención que se les ha hecho. De ahí que, al final, se vuelva a repetir la inversión propuesta: "Así es como los últimos serán los primeros y los primeros los últimos" (v. 16). El sentido general del texto es, pues, el de hacer ver a los discípulos que ellos pueden ser los últimos. Centrándonos ya en el texto, éste es una parábola. Por estar dirigida a los discípulos no se trata de una parábola pura. El versículo final, en efecto, ofrece la pauta para su interpretación. La horas de contratación manejadas en la parábola son las siguientes: 6 de la mañana (amanecer, hora primera, prima), 9 (media mañana, hora tercera, tercia), 12 (mediodía, hora sexta), 3 de la tarde (media tarde, hora novena, nona), 5 de la tarde (caer de la tarde, hora undécima). Los judíos computaban las horas diurnas de 6 de la mañana a 6 de la tarde. Por consiguiente, los primeros jornaleros contratados trabajan doce horas frente a una que trabajan los últimos. El contraste entre los primeros y últimos no puede ser más gráfico y cortante. El pago comienza por los últimos y termina por los primeros. Comienzo de la inversión: los últimos pasan a primeros y los primeros a últimos. Al ser el mismo el pago para todos, la inversión disgusta a los últimos en cobrar: éstos comparan y exigen. Se consuma así la inversión. Los últimos en cobrar no tienen altura ni categoría. Son, efectivamente, últimos, no porque sean malos sino porque no dan la talla en el Reino de Dios. * Comentario: Presumo que muchos pensamos como los jornaleros de las 6 de la mañana. Lo siento. Somos buenos y muy trabajadores, pero no somos discípulos de Jesús. ¿Va quedando ya claro que ser discípulo de Jesús no es ser mejor sino ser diferente? El discípulo de Jesús no pasa la cuenta ni la hoja de servicios prestados; no exige; no establece comparaciones. El discípulo de Jesús es; está; todo lo experimenta como don; vive asombrado de lo que es; agradece ser discípulo el mayor tiempo posible, sin preocuparle "el peso del día y el bochorno"; no se entiende a sí mismo ni actúa desde lo que está mandado ni desde el

raquitismo de la ley del mínimo esfuerzo. He aquí algunos de los rasgos que conforman la talla de persona del Reino de los Cielos. 3. A. BENITO, DABAR 1987/47 ¿Qué te parece? Los de las 5 de la tarde son primeros y los de las 6 de la mañana últimos. Insisto: ¿Qué te parece? Formulémoslo de otra manera, tomando como base a Mt 19. 29: los que no han dejado casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras, son primeros, y los que han dejado todo esto por Jesús, son últimos. Y de nuevo te pregunto: ¿Qué te parece? Queda descartado que se trate de un problema de injusticia. "Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete". Indudablemente la parábola dibuja un perfil que rompe esquemas basados en conceptos tales como justicia-injusticia, obligación-derecho, cumplimiento-exigencia. Un domingo más caemos en la cuenta, y son ya cinco, que Mt nos está introduciendo en un talante de vida que tiene poco que ver con esquemas y criterios habituales, incluso exquisitamente justos. Un talante de vida que tiene poco que ver con estos esquemas porque va más allá de ellos, los sobrepasa. A este talante se refiere ya Mt en 5. 20 con las siguientes palabras: "Si vuestra justicia no sobrepasa la de los letrados y fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos". Varias veces, a lo largo de este ciclo, he escrito que el problema de los letrados y fariseos no es de maldad, de incumplimiento, de injusticia o de falta de prestación. Al contrario: ellos son primeros, de las 6 de la mañana, de los trabajadores que han aguantado el peso del día y el bochorno. El problema de los primeros, de los de las 6 de la mañana, arranca precisamente de su justicia, de su obligación cumplida, de su prestación, de su cumplimiento. Todo esto lo vivencian como derecho adquirido, como exigencia, como superioridad. ¡Este es el problema! La novela de Bruce Marshall, "A cada uno un denario" podría ser un animado comentario al texto de hoy. 4. COMENTARIOS A LA BIBLIA LITURGICA NT La parábola parte de la existencia de obreros parados que se presentaban en la plaza pública a la libre contratación de un propietario que necesitase de su trabajo. El tiempo de la jornada de trabajo está limitado por la luz del día: "desde la salida del sol hasta la aparición de las estrellas". El jornal diario normal era un denario. Exactamente lo convenido con los trabajadores de primera hora. Junto a ellos hay otros que han trabajado en la viña desde las nueve, las tres y las cinco de la tarde respectivamente. Esta diversidad en la duración del trabajo tiende a poner de relieve la enseñanza principal de la parábola. Según las prescripciones del Antiguo Testamento el salario debía pagarse el mismo día en que había sido realizado el trabajo (Lev 19, 13; Deut 24, 15). El dueño de la viña manda a su mayordomo que pague a los obreros en orden inverso a como habían sido contratados. Y que todos reciban la misma cantidad. Estos dos detalles tienen también importancia para la enseñanza de la parábola. Las protestas de los obreros de primera hora no estarían justificadas en la parábola si no hubiesen visto que los de última hora recibían un denario. Es entonces cuando se acusa de injusticia al señor de la viña. Este, sin embargo, atribuye la protesta a que "tu ojo es malo", es decir, a la envidia y animosidad contra los favorecidos. La parábola podía haberse titulado "recompensa igual para un trabajo desigual". La parábola pretende únicamente acentuar la diversidad en el trabajo. No hace referencia ni a los diversos períodos en la historia de la salvación o de la humanidad ni a la

diferente edad en que el hombre atiende la invitación que se le hace para formar parte del reino. Precisamente por eso resulta ilegítimo concluir que los últimos recibieron la misma recompensa que los primeros por su mayor aplicación y rendimiento en el trabajo. Esta interpretación destruiría la intención primera de la enseñanza parabólica. El centro de interés lo tenemos en el v. 15: "¿No puedo hacer lo que quiero de mis bienes? ¿O has de ver con mal ojo que yo sea bueno?", y también en la recompensa, que es igual para todos. Como el dueño de la viña es Dios, la parábola pone todo su acento en la liberalidad soberana de su actuación independiente. Actuación divina que, juzgada con criterio humano, resulta incomprensible, pero lógica. ¿Quién puede pedir cuentas a Dios por su conducta? El hombre es su siervo (Lc 17,7-10). No puede presentarse ante su Señor con pretendidos derechos. La recompensa que Dios otorga al hombre será siempre pura gracia. El hombre nunca tiene derecho a pasar la factura a Dios. Cierto que Pablo espera la recompensa que le es debida en justicia (2 Tim 4,7). Pero este premio tiene su último fundamento en la gracia previamente concedida por el Señor. La conclusión de la parábola es, pues, la siguiente: Dios obra como el dueño de la viña en cuestión, que, por su bondad, se compadeció de aquellos hombres e hizo que, sin merecerlo, también llegase a ellos un salario desproporcionado a su trabajo. Pura gracia del Señor. ¡Así es Dios, así de bueno con los hombres! La sentencia final de los últimos y los primeros se halla en la misma línea de la parábola: los primeros son, en este caso, los fariseos y, en general, el pueblo elegido, que se creía con peculiares privilegios ante Dios y con el derecho de pasarle la factura. Jesús, con la parábola en cuestión y la sentencia final, dio el golpe de gracia a este concepto de Dios y de su retribución. Porque el escándalo por el proceder de Dios no estaba justificado desde el terreno de la justicia. ¡Lo había provocado su bondad! Pero, ¿la bondad para con el prójimo justifica esta clase de escándalos? 5. EUCARISTÍA 1990/24 El Talmud de Jerusalén contiene un relato parecido en la forma a la parábola que hemos escuchado. Se trata del discurso funerario que pronuncia un rabino al sepultar a un joven maestro de 28 años. En él se cuenta cómo un rey contrató obreros para su viña y también pagó a todos lo mismo. Pero, ante las protestas, su contestación fue: éste ha trabajado en dos horas más que vosotros en todo el día. El joven rabino difunto había hecho más en 28 años que muchos doctores en cien. Se le premiaba la cantidad de trabajo que fue capaz de realizar en poco tiempo. La forma narrativa, como se ve, es bien similar, pero el fondo es muy distinto: mientras el discurso rabínico habla de mérito, la parábola de Jesús se refiere a la gracia. En el primer caso, la causa del premio está en el trabajo de quien lo recibe; en el segundo, en la bondad del que lo otorga. En alguna ocasión, la liturgia de la misa recoge en sus oraciones: no por nuestros méritos sino conforme a tu bondad. Nos cuesta entender que los caminos del Señor son distintos a los nuestros. Dios se presenta como un amo generoso que no funciona por rentabilidad, sino por amor gratuito e inmerecido. Esta es la buena noticia del evangelio. Pero nosotros insistimos en atribuirle el metro siempre injusto de nuestra humana justicia. En vez de parecernos a él intentamos que él se parezca a nosotros con salarios, tarifas, comisiones y porcentajes. Queremos comerciar con él y que nos pague puntualmente el tiempo que le dedicamos y que prácticamente se reduce al empleado en unos ritos sin compromiso y unas oraciones sin corazón. Con una mentalidad utilitarista, muy propia de nuestro tiempo, preguntamos: ¿Para qué sirve ir a misa, si Dios nos va a querer igual? Así evidenciamos que no

hemos tenido la experiencia de que Dios nos quiere y no reaccionamos en consecuencia amándole también más por encima de leyes y medidas. Dios es gratuito. Nuestra tendencia farisea (para enfado de Pablo) surge exigiendo normas cuyo cumplimiento diferencie a los buenos de los malos. Vemos absurdo y hasta injusto ser queridos todos por igual. ¡A cada uno lo suyo!, decimos como quien da un argumento incontestable con tono de protesta sindical ante Dios. Tardamos en comprender que la traducción no es: "Paz a los hombres de buena voluntad", sino: "Paz a los hombres que Dios ama". Tampoco hay conexión entre culpa y desgracia. Olvidamos que la gracia ha sustituido a la ley. Necesitamos que existan los malos para podernos calificar de buenos. De esta forma, el amor al hermano se torna imposible. 8. EUCARISTÍA 1978/44 Esta parábola de Jesús hace resaltar ya desde el comienzo la regia y soberana actitud del dueño de la viña. Dios es misericordioso porque puede serlo, porque todo le pertenece. Reconocer esa soberanía generosa de Dios es el primer paso. Sin embargo el autor presenta a los jornaleros contratados como con cierta exigencia, al menos de tipo laboral, para con el amo. El desarrollo ulterior de la parábola dejará en claro la imposibilidad de comprender a Dios cuando se le va con "exigencias" del tipo que sean. Solamente una actitud de contemplación es la que podría introducirnos en el núcleo del asunto. Todo el acento de la parábola recae sobre estos obreros de la hora undécima, los que no tienen nada que exigir, los que llegan tarde y se acogen al amparo de cualquiera que les pueda echar una mano. Aquí tenemos la interpretación de la parábola. No se trata de la idea del llamamiento o de la vocación, no se trata del juicio o de la retribución después de la muerte, ni siquiera de la igualdad de los hombres ante Dios soberano; sino que lo que se pretende afirmar es la bondad soberana de Dios que acoge, por Jesucristo, a los que han llegado tarde al reino de Dios, es decir a todos nosotros. Situada en el contexto religioso del tiempo de Jesús esta parábola presenta un fuerte carácter polémico. Para el judío, el pagano no tiene posibilidad de salvación. Está condenado por ser pagano. Jesús indica, por el contrario, que esos son precisamente los sujetos del reino. No es de extrañar que "murmuraran", que se opusieran a esta concepción de las relaciones del hombre con Dios. El que está seguro de sí mismo, el que tiene la certeza de poseer algo entre manos y abriga la solapada intención de "comprar" el cielo no ha entendido de qué se trata en el evangelio. En el tiempo en que se escribe el evangelio de Mt afluían a la Iglesia numerosos paganos convertidos con gran escándalo de parte de la mentalidad judía. Esta situación solamente puede ser comprendida por un corazón que haya hecho él mismo la prueba de su propio experiencia de pecado. Quien se sabe pecador quiere que la gracia de la muerte de Cristo caiga bien profundamente sobre todos. Ante una situación así ¿quién puede hablar de grupos y privilegios?

9. JAUME FONTBONA Hemos dejado Galilea. Entramos en la parte que precede a la pasión y muerte de Jesús en Jerusalén, Mt 19, 1-25, 46, donde destacan Jesús e Israel: conflicto y juicio. De las siete parábolas que incluye, leemos seis. Hoy empezamos por la primera que, además, es la primera de las tres inspiradas en la imagen de la viña. La parábola de hoy, la del dueño de la viña, se inicia con la fórmula fija, v. 1a. La acción transcurre en dos fases, alrededor de la iniciativa del dueño: 1) Contrato de los trabajadores, vv. 1b-7: cuatro salidas, trabajo con contrato; última salida, trabajo sin contrato, es cuando el dueño establece una breve diálogo con los que todavía están en la plaza esperando a ser contratados (6-7). 2) Pago a los trabajadores y discusión, vv. 8-15: orden de pago (8-11); protesta de los "primeros" (12); respuesta del dueño (1315) y sentencia conclusiva-aplicación, v.16 (cf. Mt 19, 30). En su contexto original, invita a los oyentes, primero, a identificarse con los que protestan y, después, a tomar partido. Sorprende el orden del dueño que alimenta la ilusión de los "primeros". Sorprende, todavía más el sistema de pago: los trabajadores que han realizado toda la jornada son tratados igual que aquellos que sólo han hecho una hora y en el momento más favorable; eso, ciertamente, ¡no es justo! Este es el punto de vista de los primeros, pero no el de los últimos que tienen todo derecho a vivir aunque el dueño les haya contratado a última hora. Sorprende, pues, la libertad y la generosidad del dueño: v. 15. En su contexto histórico, el de Jesús, expresa simbólicamente una situación conflictiva o polémica: las opciones de Jesús, a favor de los que no contaban para nada en el mundo socio-religioso de entonces, hacen explotar las críticas de los observantes y comprometidos (fariseos y escribas). Jesús, con esta parábola, se remite al estilo de Dios Padre. El actuar de Jesús revela y hace presente esta libertad del amor de Dios Padre, que ya tiene sus precedentes en la historia bíblica. Mt, colocándola aquí, hace notar un aspecto del debate en el interior de la comunidad y del conflicto con el judaísmo: "Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos". Los paganos, los últimos, toman el lugar de Israel, llamado en primer lugar. Y aquellos que en la comunidad son considerados últimos, los más pequeños de entre los hermanos, en la perspectiva del Reino y del juicio de Dios serán primeros. Hay que decir que este texto ha sufrido diversas interpretaciones y que son legítimas en la medida en que no contradicen su sentido global originario, ligado al contexto histórico de Jesús. 10. BRUNO MAGGIONI. TEXTO. INTERPRETACIONES DIVERSAS. Ya sabemos a estas alturas que Mt sigue fielmente el cap. 10 de Mc. Pero, después de la pregunta de Pedro y de la respuesta de Jesús ("Todo el que dejare casa o hermanos o hermanas o padre o madre o hijos o campos por mi nombre, recibirá el céntuplo y tendrá como herencia la vida eterna": 19. 29), interrumpe de improviso el hilo de Mc e introduce la parábola de los obreros llamados a trabajar a lo largo de todas las horas. No es una interpretación al azar; efectivamente, la parábola, según veremos, le sugiere al discípulo preocupado de su recompensa ("Lo hemos dejado todo y te hemos seguido, ¿qué obtendremos?: 19. 27) que no plantee la cuestión en términos fiscales: dar tanto y recibir tanto. El Reino de Dios se rige por otras leyes. Se trata de una parábola difícil, que requiere mucha atención. El propietario de una viña ajusta a unos braceros para una jornada de trabajo. Recluta a algunos en la primera hora del día, siendo el salario ajustado por una jornada completa de un denario. Hasta aquí todo es normal; la escena era muy familiar para los aldeanos del

tiempo de Jesús. Pero luego el amo llama también a otros obreros a lo largo de las horas del día, incluso hasta una hora antes del término de la jornada. Con los nuevos llamados, el señor no ajusta una paga precisa, sino que les dice simplemente: "Os daré lo que es justo". Hábilmente la parábola encamina al oyente a preguntarse: ¿Cómo se conducirá el amo con estos últimos? La respuesta es desconcertante y completamente inesperada: el amo da a todos la misma paga, incluso a los últimos. No es justo, dicen los obreros de la primera hora. Y, evidentemente, lo mismo piensan los otros oyentes: una sola hora de trabajo no merece la misma paga que una jornada entera. -INTERPRETACIONES INSUFICIENTES. Se diría, pues, que el amo no respeta las normas más elementales de justicia. ¿Acaso quiere Jesús enseñarnos que lo que a nosotros nos parece injusto es justo para Dios, el cual está por encima de nuestros criterios y es sobradamente libre en su manera de obrar? ¿Quiere quizás Jesús mostrar a los fariseos que Dios supera la justicia del mérito (del tanto cuanto), y que salva por pura bondad y gracia? Muchos así lo piensan. Sin embargo, esta conclusión es demasiado apresurada y no puede menos de ser provisional. Conviene examinar otras interpretaciones propuestas por los estudiosos, antiguos y modernos. Para algunos antiguos, el motivo central de la parábola lo constituye la "llamada". Dios llama a todas las horas, cuando y como le parece. El momento en que llegue, pronto o tarde, no tiene importancia. Lo importante es estar preparados para responder a la llamada cuando llegue y aferrar la ocasión única que se nos ofrece. El motivo de la llamada a cualquier hora -nunca es tarde y cada uno tiene su hora- es, indudablemente, evangélico. Sin embargo, no puede ser éste el punto central de la parábola. El acento no cae en la llamada, sino en el comportamiento del amo, que por la tarde da a todos el mismo salario. Otros, apoyándose en algunos códices del evangelio de Mt que añaden el versículo final ("Muchos son los llamados, pero pocos los elegidos"), ven en la parábola el tema del juicio. Existe siempre la posibilidad del rechazo, incluso para el que ha sido llamado a primera hora y ha trabajado toda la jornada. "Toma lo que te corresponde y vete", dice el amo. Luego se puede perder neciamente la salvación a causa de murmuraciones, de autosuficiencia, de rebeldía. Se puede perder el Reino incluso en la última hora después de haber trabajado todo el día. El evangelista Mt da su propia interpretación de la parábola, según puede verse por la afirmación que abre (19. 30) y cierra (20. 16) la parábola misma: "Los primeros serán los últimos y los últimos los primeros". El Reino invierte las posiciones alterando las jerarquías de valores que el hombre ha construido. Dios tiene un módulo diverso; posee una justicia distinta; por ejemplo, prefiere los pobres a los ricos, los pecadores a los fariseos. Exactamente como Jesús, que predica el Reino a multitudes innumerables, a los enfermos, a los pobres, a los publicanos, y no concede privilegios a los fariseos y a los escribas. Mas tampoco esta lectura de Mt (surgida quizás a la luz del conocido problema: ¿Por qué ha transferido Dios el Reino a los paganos?), aun sin ser enteramente extraña a la parábola, da en su punto central. Se apoya en un particular secundario: el amo comenzó por los últimos en lugar de los primeros. La verdadera razón de las quejas de los primeros obreros no es por haber sido pagados los últimos, sino porque han sido pagados "con el mismo salario que los últimos". El sentido de la parábola, si olvidamos por un instante los vv. 19. 30 y 20. 16, estriba todo él en la paradoja de la injusticia del amo: ¿Por qué da a todos, incluidos los obreros de la última hora, el mismo salario que a los primeros? Este es el punto. Volvemos a encontrarnos con una pregunta que ya hemos formulado: ¿Injusticia? Conocemos también la respuesta. Es la proclamación de la misericordia de Dios, la proclamación de la gracia. En esto consiste la novedad desconcertante del evangelio.

Dios da su Reino a los pecadores, lo da a los paganos, lo da incluso a quienes, a nuestro entender, no lo merecerían (luego también a nosotros). Pero si el discurso fuese solamente esto, habría que esperar que la parábola estuviera dirigida a los pecadores y a los pobres para consolarlos, para abrirles a la esperanza, para anunciarles la alegre nueva. En lugar de ello, la parábola va dirigida a los llamados justos, a los fariseos, que sienten envidia e irritación por la bondad de Dios con los otros, con lo que ellos condenaban. Esto significa que el razonamiento de la parábola es distinto; significa, por lo menos, que hay un matiz importante que no se puede descuidar. -La envidia del justo El centro de la parábola lo constituye el v. 10 ("Cuando llegaron los primeros creyeron que recibirían más, pero también ellos recibieron un denario cada uno"), y así lo aclaran las críticas que los obreros formulan contra el amo (vv. 11-12) y la respuesta de éste (vv. 13-15). Bien mirado, los obreros de la primera hora no se quejan de haber padecido una injusticia (ajustaron un denario y lo recibieron), sino más bien de la ventaja concedida a los otros. No pretenden recibir más, sino que se muestran envidiosos de que los otros hayan sido tratados como ellos. Quieren defender una diferencia. Eso es lo que les irrita: la falta de distinción. La injusticia de que creen ser víctima no consiste en recibir una paga insuficiente, sino en ver que el amo es bueno con los otros. Es la envidia del justo frente a un Dios que perdona a los pecadores. Así leída, la parábola no quiere enseñarnos en primer lugar cómo se conduce Dios, sino más bien cómo han de conducirse los justos ante la misericordia de Dios; concretamente ante la manera de obrar de Jesús y ante un Reino que se abre a los paganos. "El problema no es el de los derechos y los deberes de un amo, sino el de la solidaridad que debe unir a los obreros entre sí" (J. Dupont), a los afortunados con los desafortunados, a los justos con los pecadores. Los justos no deben sentir envidia, sino alegrarse ante un Padre que perdona a los hermanos pecadores. De esta manera hemos llegado con toda probabilidad a la situación histórica concreta de la predicación de Jesús; en otras palabras, al ambiente en que nació la parábola. Con la parábola Jesús intenta justificar, frente a los fariseos celosos, su comportamiento, su familiaridad y su preferencia con los pecadores. Él no establece diferencias entre justos y pecadores, y por ello se sienten ofendidos los justos; él no parece reconocer su situación privilegiada delante de Dios. Y, además de la situación histórica, hemos llegado a la pretensión más profunda de Jesús: la de ser el revelador del Padre, la de señalar con su venida la llegada de una hora excepcional de gracia.

TEXTO XIII LA PARÁBOLA DE LOS OBREROS DE LA "UNDÉCIMA HORA"
-La parábola de los obreros de la "Undécima hora" es célebre. Solamente la relata Mateo. Para interpretarla no olvidemos la regla elemental siguiente: -"la alegoría" es un género literario en el cual el conjunto de los detalles aporta una significación... -"la parábola", por el contrario, es un género literario en el que hay que buscar una lección central. El resto de los detalles está allí para ceñir el relato, forzar la atención, interesar. Está claro, por ejemplo, que ¡Jesús no pretende defender la injusticia social que consistiría en no

pagar al obrero según su trabajo... o aun en establecer salarios completamente arbitrarios según el capricho del patrono! -El Reino de Dios es semejante a un propietario que salió al amanecer a contratar jornales para "su viña"... Todo el resto del relato muestra que no se trata de un propietario ordinario. No se va a contratar jornaleros cuando sólo falta una hora para terminar la jornada de trabajo. Esta "viña"... nos da ya una pista simbólica: en todo el Antiguo Testamento, y por lo tanto, para los primeros oyentes de Jesús, la "viña" de Dios, es el pueblo escogido, es el lugar de la Alianza (Is 5, 1-7) Sí, Tú quieres, Señor, introducirnos en tu hacienda, en tu gozo y en tu alegría. -Les contrata... Al amanecer... A media mañana, sobre las nueve... Luego al mediodía... Luego a las tres... y a las cinco de la tarde -"la hora Undécima"-. Adivinamos que no los contrata para su propio interés. Es un patrón que se preocupa profundamente del drama de los sin trabajo: "¿Cómo estáis aquí el día entero sin trabajar?" -Los últimos llegados cobraron "un denario"... como los primeros... Humanamente hablando esto es inverosímil. Pero, precisamente, es el caso que ya no estamos en una historia "humana". Ese amo sorprendente, lleno de bondad, que "favorece a los más pobres", para quien los "últimos son los primeros"... es Dios. -Y ¡se protesta! "Estos últimos han trabajado sólo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos cargado con el peso del día y el bochorno." Para Dios no hay privilegios. Las "naciones paganas", las últimas invitadas a la Alianza, son tratadas al igual con Israel, que se benefició más pronto de la Viña de Dios. Veinte veces, en el evangelio, Jesús valora así a los pobres, a los excluidos, a los "últimos". -"Amigo, quiero darle a este último lo mismo que a ti. ¿Es que no tengo derecho de disponer de mis bienes? ¿o ves tú con malos ojos que yo sea generoso?" Tal es la lección central de esa parábola. Si sabemos leer entre líneas y no nos escandalizamos de detalles accesorios, he aquí el retrato maravilloso que Jesús nos traza de su Padre: -un Dios que ama a los hombres prioritariamente, y los ama y quiere introducirlos en su propia felicidad... -un Dios que reparte sus beneficios a todos y llama sin parar... -un Dios cuya generosidad y bondad no está "limitada" por nuestros méritos, sino que da con largueza, sin calcular... -un Dios que aparta a cualquiera que pretendiera tener derechos y privilegios impidiendo a los demás a aprovecharse... Esta parábola nos hace una revelación absolutamente esencial: la salvación que Dios nos da es totalmente gratuita y desproporcionada a nuestros pobres méritos humanos. ¿Qué podríamos esperar si contáramos con sólo nuestras fuerzas? Pero, Señor, nos has dicho que lo esperemos todo de tu "bondad". Gracias.
NOEL QUESSON, PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 2 EVANG. DE PENTECOSTES A ADVIENTO, EDIT. CLARET/BARCELONA 1983.Pág. 132 s

TEXTO XIV

Salario igual para un trabajo desigual
FELIPE E RAMOS Los obreros que comienzan a trabajar a distintas horas del día no simbolizan ni los distintos períodos de la historia de Israel, ni las diferentes edades en que cada persona atiende la invitación a formar parte del Reino. Pretende únicamente poner de relieve la diferencia en el trabajo. Precisamente por eso resulta completamente ilegítimo concluir que los últimos merecieron la misma recompensa que los primeros, por su mayor aplicación y rendimiento en el trabajo. Esta interpretación destruiría la intención primera de la enseñanza parabólica (Mt 20, 1-16).¡ La originalidad del pensamiento de Jesús está precisamente en la diversidad del trabajo realizado al que ha sido retribuido con la misma medida. Justamente en esta "extravagancia se halla la peculiaridad de su pensamiento. Una diferencia radical frente a la enseñanza de la parábola de rabí Zeira, en la que el dueño, el señor, invita a uno de los obreros a pasear largo rato con él. Después le paga lo mismo que a los demás, porque en el tiempo que estuvo en el tajo se aplicó con tanta intensidad al trabajo que, en poco tiempo, hizo tanto o mayor trabajo que el que más tiempo había estado trabajando. Esta parábola, tan parecida a la de Jesús en una primera lectura, es totalmente contraria a ella. El centro de gravedad de la parábola de Jesús está precisamente en acentuar la diferencia fundamental en cuanto al trabajo realizado. Las parábolas extravagantes tienen la finalidad de poner de relieve el cambio radical en la jerarquía humanamente establecida de valores. Él habla de un vuelco total en dicha jerarquía de valores. Y este cambio de 180 grados lo ha producido la presencia del Reino. La mezcla de lo real y de lo inverosímil hace surgir la sorpresa, el desconcierto e, incluso, la repulsa. Todo ello se halla provocado por dos concepciones distintas de la realidad. Una de ellas regida por la justicia retributiva, que da a cada uno según sus prestaciones. La otra cuenta con una nueva valoración, que es la gratuidad del amor. Ambas concepciones se enfrentan y autoexcluyen. Esta mezcla de lo verosímil con lo inverosímil hace pensar en la implicación que se da en los cuentos de hadas entre lo real y lo maravilloso. Pero aquí el papel de lo maravilloso está ocupado por la presencia del Reino. Es él el que produce la nueva jerarquía de valores. Solamente desde la fe que exige puede ser aceptado este cambio en la jerarquía de valores. Como el dueño de la viña es Dios, la parábola pone todo su acento en la liberalidad soberana de su actuación independiente. Actuación divina que, juzgada con criterio humano, resulta incomprensible, pero lógica. ¿Quién puede pedirle cuentas de su conducta? El hombre es siervo (Lc 17, 7-10). No puede presentarse ante el Señor aduciendo pretendidos derechos. La recompensa que Dios otorga al hombre será siempre pura gracia. Cierto que el apóstol Pablo, al final de su vida, espera la corona de justicia (2Tim 4, 7). Pero este premio tiene su último fundamento en la gracia, previamente concedida por el Señor. Esta última afirmación es la revelación de Dios. Pero, ¿quién ha sido el revelador? ¿Quién ha proclamado y realizado esta nueva jerarquía de valores? El Hijo ha revelado al Padre y el Padre se ha revelado en el Hijo. De este modo la extravagancia de la parábola se convierte en una escenificación, en un audiovisual, en el que se manifiestan ambas revelaciones.

TEXTO XV PARÁBOLA DE LOS OBREROS DE LA VIÑA
El pasaje anterior concluyó con la frase: «Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros» (19,30). Quizás fue únicamente esta frase la que indujo al evangelista a insertar la parábola en este pasaje. En la parábola se paga el jornal primero a los últimos y en postrer lugar a los primeros. Ésta es también la única coincidencia, que se da entre la sentencia y la narración. El evangelista concluye la parábola con la misma frase (20,16), luego probablemente ha empleado esta frase como idea directriz y así ha remachado los versículos sobre el seguimiento con la parábola de los obreros. Pero la importancia de esta parábola está orientada en otra dirección. Para entenderla tenemos que prescindir de esta frase final; por tanto tenemos que procurar explicarla sin el versículo 16. No obstante hemos de preguntarnos si el lugar actual está elegido con mucha oportunidad. En la pregunta de Pedro se trató de la recompensa (19,27), en la parábola también se trata de lo mismo. Allí Jesús en su respuesta habló de una recompensa muy superior, que es la vida eterna (19,29). Aquí al último se le da un jornal que es mucho mayor del que puede esperar la justicia. Allí en la frase final (19,30) se invirtió la norma humana mediante la decisión divina, aquí sucede lo mismo. Así pues, el relato está interiormente enlazado con lo precedente por medio de varios hilos. Escucharemos la parábola tal como nos la da a entender el evangelista, es decir como ulterior instrucción sobre la recompensa de Dios para los discípulos, y también sobre nuestra recompensa, que esperamos conseguir. El suceso que Jesús describe está tomado de la vida real, como en la mayoría de las parábolas. En efecto, hay hombres que en el mercado aguardan que alguien les contrate como jornaleros. Un denario corresponde al salario medio de un día de trabajo. Se puede comprender que el dueño de la viña contrate obreros varias veces, porque la necesidad eventual de trabajo es muy grande, si se piensa en el tiempo de la vendimia. Suena algo raro que el dueño de la viña contrate obreros hacia la hora nona, más aún hacia la hora undécima. No es probable que poco antes de terminar el trabajo, todavía haya hombres que esperen ganar algo aquel día. Tampoco es probable que el dueño de la viña recorra por cuarta vez el camino del mercado. Con todo se fundan estos rasgos en la disposición del relato. Explican el suceso sin hacerlo inverosímil. Sólo con los primeros trabajadores se concierta el jornal; de los segundos sólo se dice sin precisar que recibirán lo que sea justo. También esto prepara la liquidación del salario tal como debe efectuarse al final del relato, que se narra minuciosamente y de un modo diáfano en conjunto, pero sólo como preparación para el punto principal. El pago de los jornales al atardecer nos indica el objeto de la parábola. El dueño encarga a su administrador que después de terminar el trabajo pague el jornal comenzando por los últimos y acabando por los primeros. Tiene que seguirse este orden, para que los primeros vean cómo se paga a los últimos, cuando aquellos aún no se hayan ido con su sueldo. Mientras se les paga, se advierte en seguida la indignación de los obreros y también nuestro asombro. Los últimos cobran el mismo jornal que se concertó con

los primeros, un denario por el corto tiempo de trabajo. Es muy comprensible que se levante una murmuración. Los siguientes esperan cobrar más, puesto que a los últimos ya se les ha pagado un denario. Pero todos cobran lo mismo. La conducta del dueño de la viña se puede llamar arbitrariedad extravagante, enorme despreocupación o injusticia directamente social. Así piensan aquí los obreros, así piensa el hombre en general. ¿Cómo se justificará el dueño? Nuestra conciencia social sumamente sensible está intranquila. En la respuesta en primer lugar se trata de la cuestión de la justicia. A los primeros no se les hace ningún agravio por el hecho de que se les pagara el jornal que se había concertado, o sea un denario por la jornada. Aunque los otros recibieran lo mismo, no por eso se perjudica a los primeros. El propietario también ha conocido y manifestado que los murmuradores en fin de cuentas no protestaban por ver que se quebrantaba la justicia, sino por envidia personal. ¿O es tu ojo malo...? El ojo-malo revela una mala manera de pensar o un corazón ofuscado. «Pero si tu ojo está enfermo, todo tu cuerpo quedará en tinieblas» (6,23a). La indignación no la ha causado el celo por el debido orden sino la rivalidad y la malicia. Pero eso sólo es una parte de la respuesta. La parte principal está en el contraste entre los dos miembros siguientes: ¿O es tu ojo malo, porque yo soy bueno? El propietario no procedió por un capricho inconsiderado o por una injusticia consciente, sino por bondad. Eso es lo que propiamente importa. El propietario no quiso dañar a los primeros, sino que quiso ser generoso con los demás. Su manera de pensar ya no se revela como la manera de pensar de un propietario rural terreno, sino como la manera de pensar del Padre divino. El propietario rural no podría decir de sí tranquilamente: «¿Es que yo no puedo hacer en mis asuntos lo que quiera?» Pero Dios sí puede hacer lo que quiera. Porque la recompensa que él tiene que dar, no hay que conseguirla por causa de la justicia, sino por razón de la gracia. No se puede merecer la vida eterna, sino que se adjudica al hombre como don libre. En la vida eterna dejan de existir la lógica humana y la inteligencia calculadora, más aún, deben ser superadas directamente en esta pregunta del propietario. En Dios están vigentes otras reglas. porque Dios piensa de otra manera. Y tiene que pensar de otra manera, porque su recompensa es distinta del jornal pagado por el rendimiento del trabajo del hombre. El Dios propietario puede regalar libremente lo que quiera. Y el hombre no le puede impedir que dé a quien quiera y cuanto quiera. Lo único que debemos saber es que Dios da por bondad. Sólo podemos fiarnos de la bondad de Dios y contar sólo con ella. Nunca se puede contar con el rendimiento del propio trabajo, con el supuesto titulo jurídico, con la correspondencia entre rendimiento y

jornal. Estas cosas son muy importantes para el orden de nuestra vida entre los hombres, pero tienen muy poco valor y son inválidas en el orden divino de la gracia, y nuestra parábola sólo habla de este orden. Contiene una de las grandes revelaciones de Dios y de su modo de pensar como la contiene la parábola del deudor despiadado (18,22-35), aunque sea de una forma distinta. Los rabinos calculaban la recompensa y establecían para cada obra buena un correspondiente sueldo divino. Mediante la parábola se suprime este modo de pensar sobre la recompensa. ¿Qué podríamos esperar, si se pagara la recompensa según nuestro rendimiento? ¡Qué esperanza puede tener ahora quien crea que Dios también puede proceder con él por bondad y que no tiene que proceder por justicia!

TEXTO XVI QUE TODOS TRABAJEN EN LA VIÑA
BENEDICTO XVI, 21 DE SEPTIEMBRE DE 2008

Quizá recordéis que el día de mi elección, cuando me dirigí a la multitud en la plaza de San Pedro, se me ocurrió espontáneamente presentarme como un obrero de la viña del Señor. Pues bien, en el evangelio de hoy (cf. Mt 20, 1-16) Jesús cuenta precisamente la parábola del propietario de la viña que, en diversas horas del día, llama a jornaleros a trabajar en su viña. Y al atardecer da a todos el mismo jornal, un denario, suscitando la protesta de los de la primera hora. Es evidente que este denario representa la vida eterna, don que Dios reserva a todos. Más aún, precisamente aquellos a los que se considera "últimos", si lo aceptan, se convierten en los "primeros", mientras que los "primeros" pueden correr el riesgo de acabar "últimos". Un primer mensaje de esta parábola es que el propietario no tolera, por decirlo así, el desempleo: quiere que todos trabajen en su viña. Y, en realidad, ser llamados ya es la primera recompensa: poder trabajar en la viña del Señor, ponerse a su servicio, colaborar en su obra, constituye de por sí un premio inestimable, que compensa por toda fatiga. Pero eso sólo lo comprende quien ama al Señor y su reino; por el contrario, quien trabaja únicamente por el jornal nunca se dará cuenta del valor de este inestimable tesoro. El que narra la parábola es san Mateo, apóstol y evangelista, cuya fiesta litúrgica, por lo demás, se celebra precisamente hoy. Me complace subrayar que san Mateo vivió personalmente esta experiencia (cf. Mt 9, 9). En efecto, antes de que Jesús lo llamara, ejercía el oficio de publicano y, por eso, era considerado pecador público, excluido de la "viña del Señor". Pero todo cambia cuando Jesús, pasando junto a su mesa de impuestos, lo mira y le dice: "Sígueme". Mateo se levantó y lo siguió. De publicano se convirtió inmediatamente en discípulo de Cristo. De "último" se convirtió en "primero", gracias a la lógica de Dios, que — ¡por suerte para nosotros!— es diversa de la del mundo. "Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos", dice el Señor por boca del profeta Isaías (Is 55, 8). También san Pablo, de quien estamos celebrando un particular Año jubilar,experimentó la alegría de sentirse llamado por el Señor a trabajar en su viña. ¡Y qué gran trabajo realizó! Pero, como él mismo confiesa, fue la gracia de Dios la que actuó en él, la gracia que de perseguidor de la Iglesia lo transformó en Apóstol de los gentiles, hasta el punto de decir: "Para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia" (Flp 1, 21). Pero añade inmediatamente: "Pero si el vivir en la carne significa para mí trabajo fecundo, no sé qué escoger" (Flp 1, 22). San Pablo comprendió bien que trabajar para el Señor ya es una recompensa en esta tierra.

TEXTO XVII EL SALARIO
Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia 250 Para tutelar esta relación entre familia y trabajo, un elemento importante que se ha de apreciar y salvaguardar es el salario familiar , es decir, un salario suficiente que permita mantener y vivir dignamente a la familia.564 Este salario debe permitir un cierto ahorro que favorezca la adquisición de alguna forma de propiedad, como garantía de libertad. El derecho a la propiedad se encuentra estrechamente ligado a la existencia de la familia, que se protege de las necesidades gracias también al ahorro y a la creación de una propiedad familiar.565 Diversas pueden ser las formas de llevar a efecto el salario familiar. Contribuyen a determinarlo algunas medidas sociales importantes, como los subsidios familiares y otras prestaciones por las personas a cargo, así como la remuneración del trabajo en el hogar de uno de los padres. 566 302 El derecho a la justa remuneración y distribución de la renta. La remuneración es el instrumento más importante para practicar la justicia en las relaciones laborales.659 El « salario justo es el fruto legítimo del trabajo »; 660 comete una grave injusticia quien lo niega o no lo da a su debido tiempo y en la justa proporción al trabajo realizado (cf. Lv 19,13; Dt 24,14-15; St 5,4). El salario es el instrumento que permite al trabajador acceder a los bienes de la tierra: « La remuneración del trabajo debe ser tal que permita al hombre y a su familia una vida digna en el plano material, social, cultural y espiritual, teniendo presentes el puesto de trabajo y la productividad de cada uno, así como las condiciones de la empresa y el bien común ».661 El simple acuerdo entre el trabajador y el patrono acerca de la remuneración, no basta para calificar de « justa » la remuneración acordada, porque ésta « no debe ser en manera alguna insuficiente » 662 para el sustento del trabajador: la justicia natural es anterior y superior a la libertad del contrato. 303 El bienestar económico de un país no se mide exclusivamente por la cantidad de bienes producidos, sino también teniendo en cuenta el modo en que son producidos y el grado de equidad en la distribución de la renta, que debería permitir a todos disponer de lo necesario para el desarrollo y el perfeccionamiento de la propia persona. Una justa distribución del rédito debe establecerse no sólo en base a los criterios de justicia conmutativa, sino también de justicia social, es decir, considerando, además del valor objetivo de las prestaciones laborales, la dignidad humana de los sujetos que las realizan. Un bienestar económico auténtico se alcanza también por medio de adecuadas políticas sociales de redistribución de la renta que, teniendo en cuenta las condiciones generales, consideren oportunamente los méritos y las necesidades de todos los ciudadanos.

TEXTO XVIII “RETRIBUCIÓN EN LA SAGRADA ESCRITURA”

J. SALGUERO GARCÍA, GER

El tema de la r. en la Biblia ha ido desvelándose poco a poco, en el desarrollo progresivo y homogéneo de la Revelación; es uno de los ejemplos típicos de cómo textos bíblicos inspirados más antiguos pueden ser mejor entendidos a la luz de textos bíblicos posteriores (v. HEURÍSTICA). 1. Retribución en el Antiguo Testamento. a. Ideas hebreas antiguas. La idea de que Dios es justo en sentido ` moral, en cuanto premia el bien y castiga el mal, pertenece a la época más remota de la humanidad. Toda la Historia de Israel es una continua manifestación de esta justicia divina. Yahwéh hizo una Alianza con Israel (Ex 24,8), y en virtud de ella se comprometió a defender el «derecho de Israel» sobre los demás pueblos. Pero con la condición explícita de que el pueblo observase las estipulaciones de orden moral y religioso que Yahwéh le había impuesto (Ex 19,5; 24,3; Dt 11,13 ss.; 28). De aquí se sigue que la doctrina bíblica de la r. esté en íntima relación con los conceptos de elección y de alianza (v. ELECCIÓN DIVINA; ALIANZA [Religión] II). La r. se puede considerar, además, como un corolario inmediato de la doctrina de la justicia divina, y constituye una cuestión de importancia fundamental en la Biblia. La trayectoria doctrinal de la r. se ha ido desarrollando en diversas etapas, sobre todo en el A. T. Al principio, la r. se presenta frecuentemente en forma de un castigo colectivo a los enemigos de Israel (Ex 23,27; los 24,12). También se consideró como un juicio divino sobre el mismo pueblo de Israel, cuando éste profanaba la alianza en su conjunto, o en sus diferentes miembros (Ex 32; Num 11;1; 13,25-14,38; 17,6-15; 25,3; los 7; 22,20). La doctrina según la cual Dios castiga el pecado y la desobediencia a las prescripciones de la Alianza y, al mismo tiempo, recompensa la obediencia y la sumisión a sus mandamientos, aparece, en efecto, en los más antiguos escritos recogidos por la llamada tradición yahwista (Gen 3,16-19; 11,6-9; etc.). Toda la historia de Israel, tal como aparece principalmente en los libros históricos, es interpretada por los hagiógrafos a la luz de esta doctrina de la r. del bien y del mal. El criterio para juzgar la conducta de Israel no es sólo de orden moral, sino también de orden religioso y cultual, y parece inspirarse en los preceptos del Deuteronomio. La Historia de Israel, después de su instalación en Canaán (v.), es reducida pragmáticamente por la literatura deuteronomista a cuatro términos: pecado-castigoconversión-perdón (Idc 2,11-23; 3,7-9, etc.). Los reveses nacionales de Israel son considerados como el castigo por las infidelidades del pueblo a la Alianza (Idc 4,1 ss.; Is 1,4; 10,6 ss.). Los reyes son juzgados en relación con su fidelidad al Dios de Israel y a las leyes que regulan su culto en Jerusalén (1 Reg 14,22 ss.; 22,43 ss.). b. Retribución colectiva e individual. La explicación más antigua de la r. la presenta más bien en su carácter colectivo. El castigo o la recompensa (Ex 20,5 s.; Dt 5,9 s.) alcanza juntamente a todo el pueblo y a los individuos, a los antepasados y a sus descendientes (Num 14,18; 16,20-22; Idc 3,7 s.; 2 Sam 24,16 s.; 2 Reg 17, 7-23; Am 7,17). Hasta el s. VII a. C. los profetas se preocuparon casi exclusivamente de las sanciones que habían de alcanzar a la nación como un todo. El Deuteronomio (v.), compuesto en la época de Ezequías o tosías, sigue, en la r., la doctrina de los profetas, pero insistiendo más que éstos en la recompensa divina por la obediencia a las leyes y preceptos de Yahwéh (Dt 4,1.40; 6,18; 11,8), así como la desobediencia a los preceptos divinos traerá sobre Israel el castigo de Yahwéh, que destruirá al pueblo y lo dispersará entre las naciones (Dt 4,25-27). Hasta la época de Ezequiel, suele considerarse la r. colectiva, es decir, la r. mira más a Israel como nación. Sin embargo, ya en época anterior al destierro se encuentran alusiones a la r. individual, contra la idea de una r. únicamente colectiva (Ex 34,7 ss.; Num 12,10; 2 Sam 6,6; etc.), especialmente en ciertos refranes populares (Ier 31,29). Jeremías (v.) rechaza estos proverbios de sus contemporáneos; pero, al mismo tiempo que

considera la r. colectiva (Ier 2,5-9; 11,22; 16,10 ss.; 20,6; 29,32), enseña la r. individual (Ier 31,29 s.). El profeta Ezequiel (v.) dio realce especial a la doctrina de la responsabilidad individual (Ez 18,33,10-20). También la literatura litúrgica (Ps 1; 32,10; 62,13; 94; etc.) y la sapiencial (2 Par 21,15-18; 24,24; 26-20) insisten de modo particular en la r. de cada fiel israelita por parte de Dios (Eccli 16,11-23). Dios premia o castiga toda acción, toda palabra y todo pensamiento (Tob 14,9-11; Eccl 3,17; 11,9; 12,14; Prv 24,12; Sap 1,7-11). Sin embargo, aun después de Ezequiel, la teoría de la r. colectiva persiste de diversas formas en muchos ambientes israelitas (Is 65,6-7). , c. Carácter de la retribución. Tanto la r. colectiva como individual parece muchas veces colocada más bien en este mundo. Hay que llegar a los libros de Daniel, 2 Macabeos y Sabiduría para encontrar menciones más explícitas de sanciones ultraterrenas. La Ley prometía recompensas a los justos describiéndolas en forma de bienes temporales, y amenazaba a los malvados con castigos de este mundo (Lev 26,3-45; Dt 4,40; 28). Al que teme a Dios y cumple sus mandamientos, se promete la prosperidad, una larga vida y una numerosa descendencia (Gen 15,15; 25,8; Idc 8,32; Dt 30,20; Ps 21,5; lob 5,26). Por el contrario, se amenaza al impío y al malvado con castigos y con la muerte; sus días serán cortos y desgraciados (Ps 52,7; lob 15,20; Eccl 7,17; Ecc1i 40,14 s.). La mayor parte de los libros veterotestamentarios ejemplifican la r. con sanciones terrenas (Prv 2,21 s.; 3,2; 11,58; Ps 1,2 s.; 31,20 s.; 33,18 s.; 34,10 ss.; 55,19 ss.; 92; 125). Incluso libros próximos a la época neotestamentaria, y notables por su piedad, explican la r. con descripciones de felicidad terrena (Eccli 1,12; 11,14 ss.; 41,5-3; Tob 4,5 ss.; 14). Ante la interpretación estrictamente literal de las sanciones terrenas, hubo profetas y sabios que reaccionaron fuertemente. Su insuficiencia para explicar muchísimos hechos que parecían contradecirla era flagrante (Mal 3,13). Habacuc (v.) pide a Dios le explique el sentido de la aflicción de los justos (Hab 1,1-4). No comprendía cómo Yahwéh podía conceder la victoria a los babilonios, cuando eran mucho peores que los impíos que había en Judá. También Jeremías preguntaba al Señor: «¿Por qué es próspero el camino de los impíos, y son afortunados los perdidos y los malvados?» (Jer 12,1 s.). Este doloroso problema se refleja también grandemente en algunos salmos, que han expresado con elocuencia lo doloroso, e incluso lo escandaloso, que resultaba para las almas justas el espectáculo de la felicidad de los malvados (Ps 37; 38; 39; 49; 73; 92). Pero fue el libro de Job (v.) el que planteó el problema de un modo particularmente patético, Él experimenta en su propia persona la falsedad de la interpretación literal de la r. terrena, pues Dios le castiga a pesar de ser inocente (Job 6,9 ss.; 9,17; 13,15 s.; 27,2-10). El libro del Eclesiastés (v.) vuelve a considerar el mismo tema, aunque bajo un punto de vista un poco distinto: el valor de la vida. Para él, la vida presente no basta, y ni siquiera la vida más bella del mundo dejaría satisfecho; tiene sueños, deseos de eternidad (Eccl 2,16 s.; 5,14; 6,6; 9,5.10). El hecho de que los justos sufran y los impíos prosperen le parece un desorden grave en sí, una violación de la justicia (8,10.14). Esto lleva a rechazar la opinión fácilmente popular y corriente sobre la r. en sentido material, como inadecuada y contraria a los hechos (Eccl 7,15; 9,2). Estas reflexiones de los sabios judíos abren el camino para una visión y comprensión más adecuada del problema de la r. En ciertos salmos se percibe ya un intenso deseo de unión estable con Dios (Ps 16,8 ss.; 73; 23 ss.). La profunda piedad de los `anawzm (v. POBRES DE YAHWÉH) los lleva a profundizar en perspectivas más interiores y duraderas. d. La retribución en la vida futura. Aunque ya desde el principio se encuentran en la S. E. claras alusiones a la inmortalidad del alma y la vida en el más allá (Gen 15,15; 25,8.17; Dt 31,16; etc.), es el libro de Daniel (v.) el documento inspirado del A. T. que habla más explícitamente de la suerte diferente que aguarda a los buenos y a los impíos después de la muerte (Dan 12,1-3). En el último día del mundo, muchos de entre los muertos resucitarán: unos, es decir, los israelitas fieles a la Ley, resucitarán para la vida eterna; otros, para la vergüenza eterna. También el segundo libro de los Macabeos afirma claramente la resurrección de los muertos (2 Mach 7,9.11. 14.15.16 s. 18 s. 23). Admite, además, la

posibilidad de una satisfacción después de la muerte por las faltas cometidas y no expiadas aún (12,43-46). La resurrección de los justos, según 2 Mach, tendrá lugar al fin de los tiempos en la vida futura; mientras tanto, los justos viven en un estado transitorio, esperando la resurrección. Respecto de los impíos alude a que también son castigados en este mundo (5,9 s.). Finalmente, el libro de la Sabiduría (s. i a. C.; v.) enseña claramente con su doctrina sobre la inmortalidad la bienaventuranza de los justos al lado de Dios. Los buenos, una vez librados del cuerpo corruptible, irán a morar junto al Señor (Sap 2,21-23; 3,9; 5,15); serán asociados a su reino y recibirán una hermosa corona de manos del Señor (3,8; 5,16) (v. RESURRECCIÓN DE LOS MUERTOS; MUNDO III). 2. Retribución en el Nuevo Testamento. En el N. T. confluyen todas las líneas de desarrollo de la doctrina de la r. del A. T. y de la teología judía. Pero, al mismo tiempo, el N. T. ofrece algo peculiar que no se encuentra en el A. T. a. Los Evangelios. Nuestro Señor une frecuentemente la idea de la r. en este mundo con la del fin de los tiempos. Así sucede, p. ej., en las bienaventuranzas (v.) y en las imprecaciones, tal como se nos ofrecen en Le 6,20-26. Lo mismo acaece cuando Jesús promete la recompensa a los discípulos que lo han seguido y han renunciado a todo por amor a Él: «recibirán el céntuplo ahora en este tiempo..., y la vida eterna en el siglo venidero» (Me 10,29). También cuando asegura a sus seguidores que hallarán el descanso para sus almas, y promete aliviar a los que estén fatigados (Mt 11,28 ss.); y cuando habla del castigo de Jerusalén (Mt 23,37 ss.; cfr. Le 19,41-44). Pero también Cristo habla de la vida y del castigo eternos que serán dados a los buenos y a los malos en el último juicio (Mt 25,46; cfr. Me 8,35; 9,43 ss.), y del tesoro que irán amontonando en el cielo los buenos con su desprendimiento de las riquezas de este mundo y con sus obras buenas (Me 10,21; Mt 6,19). Tienen igualmente sentido escatológico las imágenes de «sentarse a la mesa en el Reino de Dios» (Le 13,29), y las de «más vale entrar manco en la vida, que con ambas manos ir a la gehenna, al fuego inextinguible» (Me 9,43.47), que está «preparado para el diablo y para sus ángeles» (Mt 25,41). Jesús defiende el concepto de r. individual: Dios dará a cada hombre un salario según sus obras (Mt 16,27; Me 9,41). Cada uno debe decidir su suerte por medio de fe, de la conversión y por amor a Dios y al prójimo (Mt 10,32; 25,31-45). Nuestro Señor admite la posibilidad de que un pueblo entero, una ciudad, una generación pueda ser castigada (Me 9,19; Mt 11,20-24; 12,38 ss.), pero rechaza absolutamente la idea de que un individuo pueda ser castigado por las culpas de otros, y de que los judíos se creyesen salvados por los méritos de sus antepasados (lo 8,33; Le 16,26). La única excepción será su muerte «para redención de muchos» (Me 10,45), que será en realidad la auténtica superación del concepto colectivo de r., porque habla de la humanidad entera. Lo que propiamente especifica la enseñanza de Cristo sobre la r. es su independencia de la doctrina del tardo judaísmo. La doctrina de Jesús evita todo cálculo mezquino, toda equivalencia material entre el cumplimiento de un hecho, de una acción y su recompensa. Para Él, el premio es un premio gracioso y libre que el Padre concede por puro amor (Mt 20,1-15; Le 15,11-32). La doctrina de Jesús sobre la r. se sintetiza en el Reino de Dios (v.) tal como es anunciado por Cristo. Entrar en el Reino es el premio (Mt 5,3.10; 25,34); ser excluido de él, el castigo. Lo que significa que Jesús no reconoce ningún premio fuera de Dios. El premio de los justos es el mismo Dios, y el castigo el alejamiento del mismo (Le 17,7-10; 18,10-14). Por eso, el auténtico imitador de Cristo hará de este premio, que es Dios mismo, el motivo de su propio obrar; temiendo, por otra parte, el terrible castigo de poder ser alejado de Él. La norma en que Dios se basa, para dar la r. a los hombres, es la actitud que éstos adoptan respecto del mismo Cristo. b. Los demás libros del Nuevo Testamento. La doctrina de la r. en el resto del N. T. continúa desarrollando la enseñanza de Cristo. Por eso se afirma que cada uno recibirá la r. en conformidad con sus obras (Rom 2,6; 1 Cor 5,10; 2 Tim 2,12; Apc 20,12). Además, si exceptuamos el texto de 1 Cor 11,30 en que S. Pablo parece aludir a una r. de Dios en este mundo, la r. se pone siempre en el día de la parusía (v.), en el juicio final (2 Cor 5,10; lac

5,9; 1 Pet 1,4 s.; 4,13; 5,14; Apc 22,12). Y se basa sobre las obras de cada uno (lo 5,29) y sobre la fe en Cristo (lo 12,47-50; 2 Thes 1,7). El premio se describe bajo las imágenes de ingreso en el Reino eterno del Señor (2 Pet 1,11), de gloria, honor, paz, inmortalidad y gozo (Rom 2,6 s. 10; 1 Pet 4,13). El castigo, en cambio, es como una muerte que dura eternamente (lo 5,24; 8,51; Rom 1,32; 6,21 ss.; lac 1,15; Apc 2,11), como la perdición y la ruina del hombre (Philp 1,28; 1 Thes 5,3; 1 Tim 6,9). Sin embargo, el premio y el castigo del último día son también como una realidad en cierto modo ya presente. Así, S. Juan enseña que los hombres se juzgan a sí mismos según la actitud que toman respecto de Cristo (lo 8,24). El juicio y la suerte final de los hombres se manifiestan ya en la separación actual (lo 3,18 s.; 9,39). S. Pablo, por su parte, explica cómo la r. divina es ya aquí un desarrollo orgánico de la vida sobrenatural en el que toma parte el hombre (Gal 6,7-10). Pero éste no podrá conseguir nada sin la ayuda de Dios; de ahí que la r. sea un don gracioso y totalmente gratuito de Dios; por eso el hombre no podrá gloriarse de sus obras (Rom 3,27), ya que todo es obra del Espíritu Santo (Rom 8,14-17; Gal 5,22; Philp 2,13).

TEXTO XIX El trabajo
Juan Pablo II, 20 de septiembre 1981
1. "El reino de los cielos es semejante a un amo de casa que salió muy de mañana a ajustar obreros para su viña..." (Mt 20, 1). Con estas palabras comienza el pasaje evangélico de la liturgia de hoy. La tan conocida parábola de los trabajadores de la viña contiene en sí muchos temas. Entre éstos es fundamental la idea de que es Dios quien llama al hombre al trabajo y que el trabajo debe contribuir a la plasmación continua del mundo según el proyecto del mismo Dios. Todo tipo de trabajo humano, todas sus variantes, están incluidas en la parábola evangélica. En el punto de partida esta parábola incluye la llamada al hombre a redescubrir el significado del trabajo, teniendo presente el designio salvífico de Dios. 2. ¿Qué es el trabajo humano? A este interrogante hay que dar una respuesta articulada. Ante todo es una prerrogativa del hombrepersona, un factor de plenitud humana que ayuda precisamente al hombre a ser más hombre. Sin el trabajo no sólo no puede alimentarse, sino que tampoco puede autorrealizarse, es decir, llegar a su dimensión verdadera. En segundo lugar y consecuentemente el trabajo es una necesidad, un deber, que da al ser humano, vida, serenidad, interés, sentido. El Apóstol Pablo advierte severamente, recordémoslo: "el que no quiere trabajar, no coma" (2 Tes 3, 10). Por consiguiente, cada uno está llamado a desempeñar una actividad sea al nivel que fuere, y el ocio y el vivir a costa de otros quedan condenados. El trabajo es, además, un derecho, "es el grande y fundamental derecho del hombre", como dije hace dos años en Polonia, en Nowy Targ. En cuanto tal, debe ser mantenido y salvaguardado por la sociedad también cuando entre en conflicto con otros derechos. Bajo estas condiciones, el trabajo llega a ser igualmente un

servicio, de tal modo que "el hombre crece en la medida en que se entrega por los demás" (A los agricultores de Legazpi City, 21 de febrero de 1981). Y de esta armonía se beneficia no sólo el individuo sino también, y sobre todo diría yo, la misma sociedad. 3. Estos son solamente algunos pensamientos sobre el tema acerca de la naturaleza del trabajo humano. Los ponemos juntos aquí haciendo referencia a la llamada del amo de casa que sigue saliendo a contratar obreros para su viña para la jornada, como dice la parábola evangélica. Recordemos que en su mismo punto de partida esta parábola contiene la invitación al hombre a que encuentre su significado último en el designio salvífico de Dios, sea cual fuere el tipo de trabajo que desarrolle. Y oremos para que crezca y se ahonde en cada hombre la conciencia de este significado. Pues según el designio de Dios, con el trabajo no sólo debemos dominar la tierra, sino también alcanzar la salvación. Por tanto, al trabajo está vinculado no sólo la dimensión de la temporalidad, sino también la dimensión de la eternidad

TEXTO XX A TODAS LAS HORAS

Autor: Padre Francisco Fernández Carvajal

— Para todos hay una llamada del Señor a trabajar en su viña. Nos llama a corredimir con Él en el mundo. — Cualquier hora y circunstancia son buenas para el apostolado. El ejemplo de los primeros cristianos. — Todo el que haya pasado cerca de nuestra vida debería poder decir que se sintió movido a vivir más cerca de Cristo. I. El Señor se compara en el Evangelio de la Misa1 a un padre de familia que sale a distintas horas a contratar obreros para trabajar en su viña: al amanecer, a la hora de tercia, de sexta, de nona... Con los primeros –los que fueron contratados en primer lugar– se ajustó el salario en un denario. Los demás fueron contratados por lo que fuera justo. A última hora, cuando ya estaba próximo el final de la jornada laboral, a la hora undécima, salió de nuevo el padre de familia y encontró a otros que estaban sin trabajar, y les dijo: ¿Cómo es que estáis aquí todo el día parados? Y le contestaron: Porque nadie nos ha contratado. Y los envió también a trabajar en su viña. El Señor quiere darnos una enseñanza fundamental: para todos los hombres hay una llamada de parte de Dios. Unos reciben la invitación de Cristo en el amanecer de su vida, en una edad muy temprana, y recae sobre ellos una particular predilección divina por haber sido llamados tan pronto. Otros, cuando ya han recorrido una buena parte del camino. Y todos en circunstancias bien distintas: las que presenta el mundo en que vivimos. El denario que todos reciben al terminar el día es la gloria eterna, la participación en la misma vida de Dios2, en una felicidad sin término al concluir la jornada de la vida, y la incomparable alegría, ya aquí, de trabajar para el Maestro, de gastar la vida por Cristo. Trabajar en la viña del Señor, en cualquier edad en que nos encontremos, es colaborar con Cristo en la Redención del mundo: difundiendo su doctrina, con ocasión y sin ella; facilitando a otros el sacramento de la Confesión, quizá enseñándoles el modo de hacer el examen de conciencia, exponiendo los grandes bienes que se derivan de este sacramento; llamando a otros a que sigan a Cristo más de cerca a través de una vida de oración;

participando en alguna catequesis o labor de formación; colaborando económicamente para crear nuevos instrumentos apostólicos; apartando a alguno de una situación en la que puede ofender a Dios, con el oportuno consejo o mediante la corrección fraterna; planteando a algún amigo, con la prudencia necesaria y después de pedir insistentemente luces en la oración, la posibilidad de entregarse más plenamente a Dios... Quien se siente llamado a trabajar en la viña del Señor debe, de muy diversos modos, «participar en el designio divino de la salvación. Debe marchar hacia la salvación y ayudar a los demás a fin de que se salven. Ayudando a los demás se salva a sí mismo»3. No sería posible seguir a Cristo, si a la vez no transmitimos la alegre nueva de su llamada a todos los hombres, «pues el que en esta vida procura solo su propio interés no ha entrado en la viña del Señor»4. Trabajan para Cristo quienes «se desvelan por ganar almas y se dan prisa por llevar a otros a la viña»5; prisa, porque el tiempo de la vida es escaso. II. El Señor sale a contratar obreros para su viña a horas muy diversas y en situaciones distintas. Cualquier hora, cualquier momento es bueno para el apostolado, para llevar obreros a la viña del Señor, para que sean útiles y den frutos. Dios llama a cada uno de acuerdo con sus circunstancias personales, con su modo de ser peculiar, con sus defectos y también con la capacidad de nuevas virtudes. Pero son incontables quienes quizá mueran sin saber apenas que Cristo vive y que trae la salvación a todos, porque nadie les transmitió la llamada del Señor. ¿Vamos nosotros a estar parados, sin hablar de Dios? «Me dirás, quizá: ¿y por qué habría de esforzarme? No te contesto yo, sino San Pablo: el amor de Cristo nos urge (2 Cor 5, 14). Todo el espacio de una existencia es poco, para ensanchar las fronteras de tu caridad»6. Los primeros cristianos aprendieron bien que el apostolado no tiene limitaciones de personas, lugares o situaciones. Con frecuencia comenzaban por la propia familia: «a los siervos y siervas y a los hijos, si los tienen, les persuaden a hacerse cristianos por el amor que hacia ellos tienen, y cuando se hacen tales, los llaman hermanos sin distinción»7. Fueron incontables las familias que, desde el menor de los siervos hasta los hijos, o los padres, recibieron la fe y vivieron en el amor a Cristo. Después quizá fueron los vecinos, los clientes o los compañeros de oficio o de armas... La vida de los campamentos, las mismas virtudes castrenses y bien pronto el testimonio de los mártires favoreció la expansión del Evangelio entre soldados. El ejército proporciona mártires en Italia, en África, en Egipto y hasta en las orillas del Danubio. Incluso la última persecución comenzó por una depuración de las legiones8. Todas las situaciones eran buenas para acercar las almas a Cristo, incluso las que humanamente podrían parecer menos adecuadas, como la de comparecer ante un tribunal. San Pablo, prisionero en Cesarea, habla en defensa propia ante el procurador Festo y el rey Agripa. Les desvela los misterios de la fe de tal forma que mientras se defendía de este modo (anunciando la resurrección de Cristo), el rey dijo en alta voz: Estás loco, Pablo, las muchas letras te han hecho perder el juicio. Y comenta San Beda: «Consideraba locura que un hombre encadenado no hablara de las calumnias que le hostigaban desde fuera sino de las convicciones que le iluminan por dentro»9. Más tarde, Agripa dirá a Pablo: Un poco más y me convences de que me haga cristiano. Y Pablo le respondió: Quisiera Dios que, con poco o con mucho, no solo tú sino todos los que me escuchan hoy se hicieran como yo... pero sin estas cadenas10. Y nosotros, ¿no sabremos llevar, con paciencia, con cordialidad, a nuestros parientes, vecinos, amigos... hasta el Señor? El sentido apostólico de nuestra vida nos indicará el amor que tenemos a Cristo. No desaprovechemos ninguna ocasión: todas las horas son

buenas para llevar obreros hasta la viña del Señor. Todas las edades son buenas para llenar las manos de frutos. III. Sorprende que el padre de familia saliera a última hora, cuando ya apenas quedaba tiempo para trabajar; y sorprende también la razón que dieron aquellos que fueron contratados a esta hora tardía: Nadie nos ha contratado, ninguno nos hizo llegar la buena noticia de que el dueño del campo buscaba obreros para que trabajaran en su viña. Es la misma respuesta que darían ahora muchos que fueron bautizados, pero que se encuentran con una fe que languidece por momentos, porque nadie se ocupó de ellos. «Has tenido una conversación con este, con aquel, con el de más allá, porque te consume el celo por las almas. —Persevera: que ninguno pueda después excusarse afirmando “quia nemo nos conduxit” -nadie nos ha llamado»11. Ninguno de nuestros parientes, de los amigos, de los vecinos..., de quien estuvo con nosotros una sola tarde, o realizó un mismo viaje, o trabajó en la misma empresa, o estudió en la misma Facultad... debería decir que no se sintió contagiado de nuestro amor a Cristo. Cuando el querer es grande se manifiesta en la más pequeña oportunidad. Muchos se sentirán movidos por nuestras palabras que hablan con vigor y con alegría del Maestro, a otros les ayudará el ejemplo de un trabajo bien acabado, o la serenidad ante el dolor y la dificultad, o quizá el trato cordial que hunde sus raíces en la virtud de la caridad..., y todos se sentirán urgidos por nuestra oración y por una honda alegría, consecuencia de seguir a Cristo. Nadie que nos haya conocido en cualquier circunstancia debería poder decir al final de sus días que no hubo quien se ocupara de él. Algunos de los contratados a la viña protestaron a la hora de recibir el salario. Sin razón, pues se le dio a cada uno lo que se había ajustado con él: un denario. No comprendieron que servir al Señor es ya un honor inmerecido. Trabajar para Cristo es reinar, y motivo de acción de gracias por haber sido llamados de la plaza pública a la propiedad de Dios. En el mismo servicio a Dios, siendo apóstoles en medio del mundo, encontramos la recompensa, porque en realidad nada buscamos para nosotros mismos: solo amar cada vez más a Cristo y servirle, llamando a otros para que vayan a trabajar en su campo. El Señor no nos olvidará jamás. Debemos tener en cuenta que en el denario del salario «está incisa la imagen del Rey»12: se nos da Dios mismo en esta vida. Y, al atardecer, nos dará una gloria sin fin: cada uno recibirá a la medida de su trabajo13. «Acude conmigo a la Madre de Cristo. Madre Nuestra, que has visto crecer a Jesús, que le has visto aprovechar su paso entre los hombres: enséñame a utilizar mis días en servicio de la Iglesia y de las almas; enséñame a oír en lo más íntimo de mi corazón, como un reproche cariñoso, Madre buena, siempre que sea menester, que mi tiempo no me pertenece, porque es del Padre Nuestro que está en los Cielos»14. Pidamos ayuda a San José para que nos enseñe a gastar la vida en el servicio a Jesús, mientras realizamos con alegría nuestro quehacer en el mundo
1 Mt 20,1-16. — 2 Cfr. F. M. Moschner, Las Parábolas del reino de los cielos, p. 215. — 3 Juan Pablo II, Sobre la virtud de la prudencia, 25-X-1978. — 4 San Gregorio Magno, Homilías sobre los Evangelios, 19, 2. — 5 Ibídem. — 6 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 43. — 7 Arístides, cit. por D. Ramos, El testimonio de los primeros cristianos, p. 195. — 8 A. G. Hamman, La vida cotidiana de los primeros cristianos, Palabra, 2ª ed., Madrid 1986, p. 81. — 9 San Beda, Comentario a los Hechos de los Apóstoles, in loc. — 10 Hech 26, 24-32. — 11 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 205. — 12 San Jerónimo, Comentario al Evangelio de San Mateo, 4, 3. — 13 1 Cor 3, 8. — 14 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 54.

TEXTO XXI LOS FIELES CRISTIANOS LAICOS
Catecismo de la Iglesia Católica
897 "Por laicos se entiende aquí a todos los cristianos, excepto los miembros del orden sagrado y del estado religioso reconocido en la Iglesia. Son, pues, los cristianos que están incorporados a Cristo por el bautismo, que forman el Pueblo de Dios y que participan a su manera de las funciones de Cristo, Sacerdote, Profeta y Rey. Ellos realizan, según su condición, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo" (LG 31). La vocación de los laicos 898 "Los laicos tienen como vocación propia el buscar el Reino de Dios ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según Dios [...] A ellos de manera especial corresponde iluminar y ordenar todas las realidades temporales, a las que están estrechamente unidos, de tal manera que éstas lleguen a ser según Cristo, se desarrollen y sean para alabanza del Creador y Redentor" (LG 31). 899 La iniciativa de los cristianos laicos es particularmente necesaria cuando se trata de descubrir o de idear los medios para que las exigencias de la doctrina y de la vida cristianas impregnen las realidades sociales, políticas y económicas. Esta iniciativa es un elemento normal de la vida de la Iglesia: «Los fieles laicos se encuentran en la línea más avanzada de la vida de la Iglesia; por ellos la Iglesia es el principio vital de la sociedad. Por tanto ellos, especialmente, deben tener conciencia, cada vez más clara, no sólo de pertenecer a la Iglesia, sino de ser la Iglesia; es decir, la comunidad de los fieles sobre la tierra bajo la guía del jefe común, el Romano Pontífice, y de los Obispos en comunión con él. Ellos son la Iglesia» (Pío XII, Discurso a los cardenales recién creados, 20 de febrero de 1946; citado por Juan Pablo II en CL 9). 900 Como todos los fieles, los laicos están encargados por Dios del apostolado en virtud del Bautismo y de la Confirmación y por eso tienen la obligación y gozan del derecho, individualmente o agrupados en asociaciones, de trabajar para que el mensaje divino de salvación sea conocido y recibido por todos los hombres y en toda la tierra; esta obligación es tanto más apremiante cuando sólo por medio de ellos los demás hombres pueden oír el Evangelio y conocer a Cristo. En las comunidades eclesiales, su acción es tan necesaria que, sin ella, el apostolado de los pastores no puede obtener en la mayoría de las veces su plena eficacia (cf. LG 33). La participación de los laicos en la misión sacerdotal de Cristo 901 "Los laicos, consagrados a Cristo y ungidos por el Espíritu Santo, están maravillosamente llamados y preparados para producir siempre los frutos más abundantes del Espíritu. En efecto, todas sus obras, oraciones, tareas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el trabajo diario, el descanso espiritual y corporal, si se realizan en el Espíritu, incluso las molestias de la vida, si se llevan con paciencia, todo ello se convierte en sacrificios espirituales agradables a Dios por Jesucristo (cf 1P 2, 5), que ellos ofrecen con toda piedad a Dios Padre en la celebración de la Eucaristía uniéndolos a la ofrenda del cuerpo del Señor. De esta manera, también los laicos, como adoradores que en todas partes llevan una conducta sana, consagran el mundo mismo a Dios" (LG 34; cf. LG 10). 902 De manera particular, los padres participan de la misión de santificación "impregnando de espíritu cristiano la vida conyugal y procurando la educación cristiana de los hijos" (CIC, can. 835, 4).

903 Los laicos, si tienen las cualidades requeridas, pueden ser admitidos de manera estable a los ministerios de lectores y de acólito (cf. CIC, can. 230, 1). "Donde lo aconseje la necesidad de la Iglesia y no haya ministros, pueden también los laicos, aunque no sean lectores ni acólitos, suplirles en algunas de sus funciones, es decir, ejercitar el ministerio de la palabra, presidir las oraciones litúrgicas, administrar el Bautismo y dar la sagrada Comunión, según las prescripciones del derecho" (CIC, can. 230, 3). Su participación en la misión profética de Cristo 904 "Cristo [...] realiza su función profética no sólo a través de la jerarquía [...] sino también por medio de los laicos. Él los hace sus testigos y les da el sentido de la fe y la gracia de la palabra" (LG 35). «Enseñar a alguien [...] para traerlo a la fe [...] es tarea de todo predicador e incluso de todo creyente (Santo Tomás de Aquino, S. Th. 3, q. 71, a.4, ad 3). 905 Los laicos cumplen también su misión profética evangelizando, con "el anuncio de Cristo comunicado con el testimonio de la vida y de la palabra". En los laicos, "esta evangelización [...] adquiere una nota específica y una eficacia particular por el hecho de que se realiza en las condiciones generales de nuestro mundo" (LG 35): «Este apostolado no consiste sólo en el testimonio de vida; el verdadero apostolado busca ocasiones para anunciar a Cristo con su palabra, tanto a los no creyentes [...] como a los fieles» (AA 6; cf. AG 15). 906 Los fieles laicos que sean capaces de ello y que se formen para ello también pueden prestar su colaboración en la formación catequética (cf. CIC, can. 774, 776, 780), en la enseñanza de las ciencias sagradas (cf. CIC, can. 229), en los medios de comunicación social (cf. CIC, can 823, 1). 907 "Tienen el derecho, y a veces incluso el deber, en razón de su propio conocimiento, competencia y prestigio, de manifestar a los pastores sagrados su opinión sobre aquello que pertenece al bien de la Iglesia y de manifestarla a los demás fieles, salvando siempre la integridad de la fe y de las costumbres y la reverencia hacia los pastores, habida cuenta de la utilidad común y de la dignidad de las personas" (CIC, can. 212, 3). Su participación en la misión real de Cristo 908 Por su obediencia hasta la muerte (cf. Flp 2, 8-9), Cristo ha comunicado a sus discípulos el don de la libertad regia, "para que vencieran en sí mismos, con la apropia renuncia y una vida santa, al reino del pecado" (LG 36): «El que somete su propio cuerpo y domina su alma, sin dejarse llevar por las pasiones es dueño de sí mismo: se puede llamar rey porque es capaz de gobernar su propia persona; es libre e independiente y no se deja cautivar por una esclavitud culpable» (San Ambrosio, Expositio psalmi CXVIII, 14, 30: PL 15, 1476). 909 "Los laicos, además, juntando también sus fuerzas, han de sanear las estructuras y las condiciones del mundo, de tal forma que, si algunas de sus costumbres incitan al pecado,

todas ellas sean conformes con las normas de la justicia y favorezcan en vez de impedir la práctica de las virtudes. Obrando así, impregnarán de valores morales toda la cultura y las realizaciones humanas" (LG 36). 910 "Los seglares [...] también pueden sentirse llamados o ser llamados a colaborar con sus pastores en el servicio de la comunidad eclesial, para el crecimiento y la vida de ésta, ejerciendo ministerios muy diversos según la gracia y los carismas que el Señor quiera concederles" (EN 73). 911 En la Iglesia, en el ejercicio de la potestad de régimen "los fieles laicos pueden cooperar a tenor del derecho" (CIC, can. 129, 2). Así, con su presencia en los concilios particulares (can. 443, 4), los sínodos diocesanos (can. 463, 1 y 2), los consejos pastorales (can. 511; 536); en el ejercicio de la tarea pastoral de una parroquia (can. 517, 2); la colaboración en los consejos de los asuntos económicos (can. 492, 1; 536); la participación en los tribunales eclesiásticos (can. 1421, 2), etc. 912 Los fieles han de "aprender a distinguir cuidadosamente entre los derechos y deberes que tienen como miembros de la Iglesia y los que les corresponden como miembros de la sociedad humana. Deben esforzarse en integrarlos en buena armonía, recordando que en cualquier cuestión temporal han de guiarse por la conciencia cristiana. En efecto, ninguna actividad humana, ni siquiera en los asuntos temporales, puede sustraerse a la soberanía de Dios" (LG 36). 913 "Así, todo laico, por el simple hecho de haber recibido sus dones, es a la vez testigo e instrumento vivo de la misión de la Iglesia misma `según la medida del don de Cristo'" (LG 33).

TEXTO XXII LA SUMA TEOLOGICA
ARTÍCULO 2 ¿Puede un hombre ser más bienaventurado que otro? Objeciones por las que parece que un hombre no puede ser más bienaventurado que otro. Objeciones: 1. La bienaventuranza es el premio de la virtud, como dice el Filósofo en I Ethic. Pero se da a todos la misma recompensa por las obras de las virtudes, pues se dice en Mt 20,10 que todos los trabajadores en la viña recibieron cada uno un denario; porque, como dice Gregorio , consiguieron la misma retribución de vida eterna. Luego uno no será más bienaventurado que otro. 2. Además, la bienaventuranza es el bien sumo. Pero no puede haber algo mayor que lo sumo. Luego no puede haber otra bienaventuranza mayor que la bienaventuranza de un hombre. 3. Además, la bienaventuranza, por ser un bien perfecto y suficiente , aquieta el deseo del hombre. Pero no se aquieta el deseo si falta algún bien que pudiera añadirse. Ahora bien, si no falta nada que pueda añadirse, no podrá haber un bien distinto mayor. Luego o el hombre no es bienaventurado, y, si sí lo es, no puede haber una bienaventuranza mayor que otra. . Contra esto: está lo que se dice en Jn 14,2: En la casa de mi Padre hay muchas moradas, que, como señala Agustín , significan distintas dignidades de méritos en la vida eterna. Pero la dignidad de vida eterna, que se da por los méritos, es la bienaventuranza misma. Luego hay diversos grados de bienaventuranza, y no todos tienen igual bienaventuranza. . Respondo: Como se dijo antes (q.1 a.8; q.2 a.7), en la razón de bienaventuranza se incluyen dos cosas: el fin último, que es el bien sumo, y la consecución o fruición de este

bien. En cuanto al bien, que es objeto y causa de la bienaventuranza, no puede haber una bienaventuranza mayor que otra, porque no hay más que un bien sumo, Dios, con cuya fruición los hombres son bienaventurados. Pero en cuanto a la consecución o fruición de este bien, uno puede ser más bienaventurado que otro, pues cuando más disfruta de este bien, más bienaventurado es. Ahora bien, sucede que uno puede disfrutar de Dios más perfectamente que otro, porque está mejor dispuesto u ordenado a su fruición. Y de acuerdo con esto, uno puede ser más bienaventurado que otro. A las objeciones Soluciones: 1. La unidad del denario significa la unidad de la bienaventuranza por parte del objeto. Pero la diversidad de mansiones significa la diversidad de bienaventuranza según el diverso grado de fruición. 2. Se afirma que la bienaventuranza es el bien sumo, en cuanto que es la posesión o fruición perfecta del bien sumo. 3. A ningún bienaventurado le falta algún bien que pueda desear, pues tiene al mismo bien infinito que es el bien de todo bien, como dice Agustín. Pero se dice que uno es más bienaventurado que otro por la distinta participación en este bien. Sin embargo, la adición de otros bienes no aumenta la bienaventuranza, por eso dice Agustín en V Confess.: Quien te conoce a Ti y las otras cosas, no es más bienaventurado por las otras cosas, sino que es bienaventurado por Ti solo. ARTÍCULO 4 ¿Es la gracia principio del mérito por la caridad más bien que por las otras virtudes? Objeciones por las que no parece que la gracia sea principio del mérito poi la caridad más bien que por las otras virtudes. Objeciones: 1. La retribución se debe a las obras, según aquello de Mt 20,8: Llama a los obreros y dales su salario. Pero todas las virtudes son principio de algunas obras, pues ia virtud, según vimos arriba (q.55 a.2), es un hábito operativo. Luego todas las virtudes son por igual principio del mérito. 2. El Apóstol dice en 1Co 3,8: Cada uno recibirá su recompensa según su propio trabajo. Pero la caridad, en vez de aumentar el trabajo, más bien lo disminuye, ya que, como dice San Agustín en su obra De verbis Dom. , cuanto hay de más duro y penoso lo torna fácil e insignificante el amor. Luego la caridad no aventaja a las otras virtudes como principio del mérito. 3. Parece que como raíz principal del mérito se ha de considerar aquella virtud cuyos actos son más meritorios. Ahora bien, los actos más meritorios parecen ser los de la fe y los de la paciencia o fortaleza, como se ve en los mártires, que por la fe lucharon con paciencia y fortaleza hasta la muerte. Luego hay otras virtudes que aventajan a la caridad como principio del mérito . Contra esto: está lo que dice el Señor en Jn 14,21: Si alguno me ama, será amado por mi Padre y yo le amaré y me manifestaré a él. Pero la vida eterna consiste precisamente en el conocimiento de Dios, que se manifiesta a los santos, tal como se dice en Jn 17,3: Esta es la vida eterna: que conozcan al Dios vivo y verdadero, etc. Luego el mérito de la vida eterna reside sobre todo en la caridad. . Respondo: Como se infiere de lo dicho anteriormente (a.l), el carácter meritorio del acto humano procede de dos causas. La primera y principal es la ordenación divina, en virtud de la cual se dice que el hombre merece aquel bien al que ha sido destinado por Dios. La segunda es el libre albedrío, merced al cual el hombre tiene entre las demás criaturas la prerrogativa de obrar por sí mismo obrando voluntariamente. Ahora bien, bajo ambos aspectos el mérito reside principalmente en la caridad.

Porque, en primer lugar, hay que tener en cuenta que la vida eterna consiste en gozar de Dios. Mas el movimiento por el que el hombre tiende al disfrute del bien divino es el acto propio de la caridad, que dirige hacia este mismo fin los actos de las demás virtudes, ya que todas caen bajo el imperio de la caridad. En consecuencia, merecer la vida eterna pertenece en primer lugar a la caridad, y sólo secundariamente a las demás virtudes, en la medida en que sus actos son imperados por la caridad . Asimismo, es manifiesto que los actos que se hacen por amor son los más voluntarios de todos. Y, como una de las condiciones del mérito es que proceda de un acto voluntario, resulta que el mérito debe ser atribuido principalmente a la caridad. A las objeciones: Soluciones: 1. Al tener el último fin por objeto, la caridad mueve a las demás virtudes a obrar. Pues siempre el hábito que mira al fin gobierna los hábitos concernientes a los medios, como vimos anteriormente (q.9 a.1). 2. Una obra puede ser laboriosa y difícil por dos motivos. Primero por su misma magnitud. Y bajo este aspecto lo laborioso de la obra aumenta el mérito. Por lo demás, la caridad no disminuye esta dificultad; por el contrario, impulsa a acometer las más grandes obras, pues, donde existe, obra grandes cosas, según dice San Gregorio en una homilía. El segundo motivo ocurre por defecto del que obra, ya que siempre resulta laborioso y difícil lo que no se hace con pronta voluntad. Y en este caso la dificultad disminuye el mérito; pero la hace desaparecer la caridad. 3. El acto de fe no es meritorio más que cuando la fe obra por la caridad, como se dice en Ga 5,6. E igual sucede con los actos de paciencia y fortaleza, que no son meritorios más que cuando se hacen por caridad, según aquello de 1Co 13,3: Si entregare mi cuerpo a las llamas, pero no tuviere caridad, de nada me sirve. ARTíCULO 5. El conocimiento previo de los méritos, ¿es o no es causa de predestinación? Objeciones por las que parece que el conocimiento previo de los méritos es causa de predestinación: Objeciones: 1. Dice el Apóstol en (Rm 8,29): A quienes de antemano conoció, a estos predestinó. Y la glosa que sobre aquello de (Rm 9,15): Me apiadaré de quien me apiade, etc., hace Ambrosio, dice: Me apiadaré de aquel que sé de antemano que se volverá a mí de todo corazón. Luego parece que el conocimiento previo de los méritos es causa de predestinación. 2. La predestinación divina incluye la voluntad divina, que no puede ser irracional; pues, como dice Agustín, la predestinación es propósito de apiadarse. Pero no puede haber más razón de la predestinación que el conocimiento previo de los méritos. Luego el conocimiento previo de los méritos es causa o razón de predestinación. 3. Se dice en (Rm 9,14): En Dios no hay iniquidad. Inicuo parece ser tratar de forma distinta a quienes son iguales. Todos los hombres son iguales tanto por naturaleza como por el pecado original. Su desigualdad radica en el mérito o demérito de sus propios actos. Así, pues, Dios no trata de forma distinta a los hombres, predestinando a unos y condenando a otros, a no ser por el conocimiento previo de su diversidad de méritos. Contra esto: está lo que dice el Apóstol en Tt 3,5: Nos salvó no en justicia por nuestras obras, sino por su misericordia. Pues, así como nos salvó, así también nos predestinó a ser salvados. Por lo tanto, el conocimiento previo de los méritos no es causa o razón de predestinación. Respondo: Como la predestinación implica voluntad, según se dijo (a.3 y 4), hay que buscar la razón de la predestinación como se busca la razón de la voluntad divina. Ya se

dijo anteriormente (q.19 a.5), que no hay que asignar causa a la voluntad por parte del acto de querer, sino que se le puede asignar causa por parte de lo querido, esto es, en cuanto que Dios quiere que algo sea por medio de otro. Nunca hubo nadie tan insensato que dijera que los méritos sean causa de predestinación divina por parte de quien predestina. Pero lo que se está tratando ahora es si la predestinación tiene alguna causa por parte de los efectos. Y esto es analizar si Dios predeterminó que daría a alguien el efecto de la predestinación por algunos méritos. Hubo algunos que sostuvieron que el efecto de la predestinación estaba predeterminado para alguien por los méritos preexistentes en otra vida. Esta fue la opinión de Orígenes, quien sostuvo que las almas humanas fueron creadas al principio y que, según la diversidad de sus obras, en este mundo ocupan diversos estados unidas a los cuerpos. Esta opinión la deja sin valor el Apóstol cuando dice en Rm 9,11-13: Antes de que nacieran y pudieran hacer nada bueno ni malo, no por las obras, sino porque El llama, se dijo: El mayor servirá al menor. Hubo otros que sostuvieron que la razón y causa del efecto de la predestinación lo son los méritos preexistentes en esta vida. Así, los pelagianos dijeron que el principio del bien obrar tiene su origen en nosotros y su final en Dios. Así, el motivo de que se dé el efecto de la predestinación a unos y no a otros, está en que unos tuvieron aquel principio y otros no. Contra esto está lo que dice el Apóstol en (2Co 3,5): No somos capaces de pensar algo de nosotros como si fuera nuestro. No es posible encontrar en nosotros un principio anterior al pensamiento. Por lo tanto, no se puede decir que en nosotros haya algún principio motivo del efecto de la predestinación. Por eso hubo otros que dijeron que el efecto de la predestinación es una consecuencia de los méritos. Esto quiere decir que si Dios da la gracia a alguien, y si predeterminó que se la daría, es porque previamente sabía que iba a hacer buen uso de ella. Es como si un rey da un caballo a un soldado porque sabe que éste le sacará rendimiento. Pero quienes sostienen esto parece que distinguen entre lo propio dé la gracia y lo del libre albedrío, como si un mismo efecto no pudiera provenir de ambos. Es evidente que lo propio de la gracia es efecto de la predestinación; y esto no puede ponerse como motivo de la predestinación porque está incluido en ella. Por lo tanto, si por nuestra parte alguna cosa es motivo de la predestinación, eso será anterior al efecto de la predestinación. Pero no es distinto lo que proviene del libre albedrío de lo que proviene de la predestinación; como tampoco es distinto lo que proviene de la causa segunda y la causa primera, pues la providencia divina produce efectos por medio de las causas segundas, como ya se dijo (q.22 a.3). Por eso, lo que se hace por libre albedrío, proviene de la predestinación. Por lo tanto, hay que decir que podemos considerar el efecto de la predestinación en un doble aspecto: 1) Uno, en particular. En este sentido, nada impide que algún efecto de la predestinación sea causa y razón de otro; el posterior del anterior atendiendo a la razón de causa final. El anterior del posterior atendiendo a la razón de la causa de mérito, que se reduce a la disposición de la materia. Es como decir que Dios predeterminó dar la gloria a alguien por sus méritos; y que predeterminó dar la gracia a alguien para que se mereciera la gloria. 2) Otro, considerando el efecto de la predestinación en general. En este sentido, es imposible que todo efecto de la predestinación en general tenga alguna causa por nuestra parte. Porque todo lo que hay en el hombre orientado a la salvación es ya efecto de la predestinación, incluida la misma disposición para la gracia; pues tampoco esto se da si no es por auxilio divino, siguiendo aquello de (Jr 5,21): Señor, oriéntanos hacia ti, y lo haremos. Sin embargo, en este sentido la predestinación en cuanto a los efectos tiene por causa la bondad divina a la que está ordenado como a su fin todo efecto de la predestinación y de la que procede como primer principio impulsor

A las objeciones Soluciones: 1. El conocimiento previo del uso de la gracia no es la razón para la concesión de la gracia, a no ser en orden a la causa final, como ya se dijo. 2. La predestinación en general tiene por parte del efecto una razón: la misma bondad divina. En particular, como ya se dijo, un efecto es la razón de otro. 3. En la misma bondad divina puede encontrarse la razón de la predestinación de algunos y de la condenación de otros. Pues se dice que Dios hizo todas las cosas debido a su bondad, para que la bondad divina estuviera representada en todas las cosas. Por lo tanto, es necesario que la bondad divina, una y simple, en las cosas esté representada de múltiples formas, debido a que las cosas creadas no pueden alcanzar la simplicidad divina. De aquí que para la plenitud del universo se precisen diversos grados en las cosas, ocupando unas el lugar más alto y otras el más bajo. Y para que se mantenga la multiformidad de grados en las cosas Dios permite que haya algunos males a fin de que no se impidan muchos bienes, como ya se dijo anteriormente (q.2 a.3 ad 1; q.22 a.2). Por lo tanto, tomaremos todo el género humano como la totalidad de las cosas. Y así, Dios quiso representar su bondad en algunos hombres, los que predestina, a través de su misericordia, con el perdón; y a otros, los que condena, a través de su justicia, con el castigo. Y ésta es la razón por la que Dios a unos predestina y a otros condena. A esta misma causa se refiere el Apóstol en (Rm 9,22s. cuando dice: Queriendo Dios mostrar su ira (esto es, su justicia vindicativa), y queriendo dar a conocer su poder, contuvo (esto es, permitió) con mucha paciencia los vasos de la ira preparados para la condena a fin de dar a conocer la riqueza de su gloria contenida en los vasos de la misericordia preparados para la bienaventuranza. Y en (2Tm 2,20), dice: En una casa de altura no sólo hay vasos de oro y de plata, sino también de madera y de barro; unos, para servicios honrosos; otros, para servicios más bajos ¿Por qué elige a unos para la gloria y a otros los condena? La razón de esto está en la voluntad divina. Por eso, en Super Ioannem dice Agustín: ¿Por qué a éste? ¿Por qué no a aquél? No quieras juzgarlo si no quieres equivocarte. También en los seres naturales sucede algo semejante, ya que en la materia prima, que es toda uniforme, se puede determinar por qué una de sus partes ha recibido forma de fuego y otra forma de tierra desde que Dios la creó: es decir, para qué hubiera diversidad de especies en las cosas naturales. Pero por qué esta parte tiene una forma y aquella parte otra, depende de la simple voluntad divina. Lo mismo que de la voluntad del arquitecto depende que esta piedra esté en esta parte de la pared y aquélla en la otra, aun cuando la razón de arte estime que unas tengan que estar aquí y otras allí. Sin embargo, aun cuando Dios no trate igual a quienes son iguales, no por eso hay iniquidad en El. De ser así, se opondría a la razón de justicia si el efecto de la predestinación fuera pago de la deuda y no don de la gracia. En lo que se da por gracia, alguien puede dar libremente lo que quiera, o más o menos, mientras no deje de dar lo debido a quien le toque y no haya detrimento de la justicia. Esto es lo que dice el padre de familia en (Mt 20,14s.): Toma lo tuyo y márchate. ¿Acaso no puedo hacer lo que quiero

TEXTO XXIII LECTIO DVINA
1. INVOCA Orar es: escuchar a Dios antes que responderle. Es estar a solas con Dios en la confianza y en la entrega. Es estar con Dios y saber que Él está aquí. Orar es: sobre todo, escuchar la Palabra, el mensaje del Padre, que nos habla por su Hijo, con la inspiración del Espíritu. Jesús, la Palabra del Padre, recibió naturaleza humana en María por mediación del Espíritu. Hoy también se encarna en nosotros la Palabra por la acción del Espíritu. Invocamos al Espíritu para que nos abramos a su fuego y calor: Veni, Sancte Spiritus Ven, Espíritu Santo, te abro la puerta, entra en la celda pequeña de mi propio corazón, llena de luz y de fuego mis entrañas, como un rayo láser opérame de cataratas, quema la escoria de mis ojos que no me deja ver tu luz. Ven. Jesús prometió que no nos dejaría huérfanos. No me dejes solo en esta aventura, por este sendero. Quiero que tú seas mi guía y mi aliento, mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz. Te necesito en mi noche como una gran tea luminosa y ardiente que me ayude a escudriñar las Escrituras. Tú que eres viento, sopla el rescoldo y enciende el fuego. Que arda la lumbre sin llamas ni calor. Tengo la vida acostumbrada y aburrida. Tengo las respuestas rutinarias, mecánicas, aprendidas. Tú que eres viento, enciende la llama que engendra la luz. Tú que eres viento, empuja mi barquilla en esta aventura apasionante de leer tu Palabra, de encontrar a Dios en la Palabra, de encontrarme a mí mismo en la lectura. Oxigena mi sangre al ritmo de la Palabra para que no me muera de aburrimiento. Sopla fuerte, limpia el polvo, llévate lejos todas las hojas secas y todas las flores marchitas de mi propio corazón. Ven, Espíritu Santo, acompáñame en esta aventura y que se renueve la cara de mi vida ante el espejo de tu Palabra. Agua, fuego, viento, luz. Ven, Espíritu Santo. Amén. (A. Somoza)

2. LEE LA PALABRA DE DIOS (Mt 20, 1-16) (Qué dice la Palabra de Dios) Contexto bíblico Esta parábola se encuadra en el contexto de la enseñanza de Jesús sobre la recompensa de los que dejan todo por seguir a Jesús (Mt 19, 16-30). Mateo refleja la situación que se daba cuando escribía el Evangelio: los judíos (los jornaleros de primera hora) eran equiparados en la Iglesia con los jornaleros de última hora (los procedentes del paganismo). Esto, sin duda, habría creado cierto malestar en las comunidades. Recuérdese la polémica entre judaizantes y cristianos, que nos narra el libro de los Hechos (capítulos 11 y 15) y la Carta a los Gálatas. Texto

1. Nuestro Dios es diferente El mensaje central de esta parábola no está en: el trabajo de los jornaleros: tiempo, sueldo... la paga o salario desigual que reciben; La enseñanza de Jesús está en: Dios tiene diferente modo de plantear las cosas que el ser humano: Llama a los trabajadores y págales el jornal, empezando por los últimos hasta los primeros (v. 8). Dios es generoso y justo: ¿O es que tienes envidia porque yo soy bueno? (v. 15). Dios es gratuito con sus dones: ¿No puedo hacer lo que quiera con lo que es mío? (v. 15). Dios es desconcertante en su proceder, pues paga a los últimos lo mismo que a los primeros: Amigo, no te hago ninguna injusticia (v. 13). Dios Padre es el que da lo suficiente a todos. Pero, a algunos les da con mayor abundancia y generosidad. 2. Sólo Dios es bueno En el episodio anterior (Mt 19, 17), Jesús responde al joven rico: Uno solo es bueno. Con esta frase, Jesús quiere decir que sólo Dios es bueno. Nuestro Dios, el Dios de Jesús, es el que cuida y atiende a todos. ¿Acaso podemos dudar de la bondad del proceder de Dios? No busca tanto nuestro rendimiento en las obras que realizamos. Busca, sobre todo, nuestra entrega y respuesta a su gran amor. Dios no nos mide por la cantidad, sino por la calidad. La alianza con Él no va en términos de acuerdo salarial. No mide lo llamativo, la rentabilidad de nuestra tarea, sino la generosidad del amor con que hacemos las cosas, por amor a Él. No nos mide como asalariados sino como hijos. Dios no es un patrono que espera la eficacia de nuestro trabajo. Sólo espera de nosotros que las obras que hacemos, las realicemos con todo amor. Él conoce nuestras limitaciones. Por eso, nos comprende cómo somos y sabe de nuestra pequeñez. Él espera que nuestra actitud sintonice con su querer. Y aunque las obras no nos salgan tan bien, nuestra respuesta ha de ser generosa y total. 3. Dios nos invita siempre Dios sale siempre a nuestro encuentro, en cualquier tiempo y lugar. No se cansa de llamarnos, buscarnos y esperar, a cualquier hora, a cualquier edad, hasta el final de la jornada, hasta el final de la vida. Para Él, nadie es inútil. Todos podemos responder en la tarea del Reino, por Él emprendida. El premio de nuestra respuesta no es mérito nuestro. No lo conseguimos por nuestro esfuerzo. Todo se debe a su gran generosidad, gracia y ayuda. Él siempre está con nosotros. Y éste es el mejor premio: su amistad, nuestra comunión con Él, nuestra vida total como hijos queridos suyos.

3. MEDITA (Qué me/nos dice la Palabra) ¿Cómo me ubico ante Dios? ¿Como hijo querido, como jornalero que busco la recompensa de lo que hago? ¿Cómo me planteo mi crecimiento espiritual? ¿Cómo una escala que hay que subir con puro esfuerzo personal? ¿Como una competencia entre humanos? ¿Reclamo alguna vez a Dios su ayuda y sus consuelos, presentándole, tal vez, mis méritos ganados con mucho esfuerzo con mi comportamiento intachable?

¿O me lo planteo como una experiencia gozosa de comunión con Jesús y con el Padre, que me regalan gratuitamente en su Espíritu? ¿Entiendo que el crecimiento espiritual no se mide ni se valora con criterios humanos, sino que simplemente es estar bien con el Amado?

4. ORAR (Qué le respondo al Señor) Padre, Tú eres el único bueno y de Ti proceden todas las bondades. Quiero entender tu modo de actuar con nosotros. Eres un Dios gratuito, generoso, espléndido, magnífico, admirable. Tú eres el mejor regalo para mí. Tú eres la mejor recompensa que poseo (que me posee) y no quiero otra. Sólo estar contigo, experimentar que Tú eres Padre, que Jesús es mi mejor Amigo, que me lleva a tu amor total Me abandono en Ti, Padre, como Tú, Jesús, lo hiciste en tu vida mortal. Sólo en Ti, Jesús, puedo sentirme feliz, porque sólo en Ti soy totalmente amado y comprendido en mi pequeñez. Gracias, Padre, porque me elegiste por amor antes de la creación del mundo, para ser alabanza de tu gloria (Gal 1, 4-6).

5. CONTEMPLA Al Padre que generosamente se da a todos nosotros por amor. A Jesús, que se entrega a la muerte para darnos su misma vida. A mí mismo, que soy objeto del amor del Padre, manifestado en Jesús. 6. ACTÚA Repetiré muchas veces como María: Proclama mi alma la grandeza del Señor... porque ha mirado la humildad (pequeñez) de su esclava.

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