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“El hijo del farero”

Javier Pérez Gosálvez

Inventario

Prólogo

(solo para jóvenes…)

Capítulo I: “La isla del tesoro” Capítulo II: “Robinson Crusoe” Capítulo III: “Los viajes de Gulliver” Capítulo IV: “El doctor Jeckyll y Míster Hyde” Capítulo V: “Las minas del rey Salomón” Capítulo VI: “Capitanes intrépidos” Epílogo (o cómo explicar todo esto)

Prólogo (solo para jóvenes…)

¿Recordáis los ocho años o los diez? ¿Quién no ha creía a fe ciega lo que te contaban los mayores? ¿Quién no lloró más de una vez? ¿Quién no tuvo miedo?

Tengo cuarenta y tantos años y sigo creyendo en algunas ideas universales de liberación, justicia, cooperación… Lloro de vez en cuando, sobre todo en los aeropuertos, cuando veo decenas de abrazos y besos a los seres amados que llegan. Tengo miedo, tengo miedos en plural, de las malas maneras de

los desalmados, de mi impaciencia, de un accidente, de perder a alguien cercano, de no haber hecho lo suficiente…

Por tanto, creo que no he cambiado mucho desde aquella temprana edad. Sigo creyendo, llorando y teniendo miedo.

Así se forjó esta historia, siendo niño. Sentado sobre la alfombra de mi cuarto, en las eternas tardes de invierno, junto a un libro gordo de cuentos, un muñeco articulado, una pelota de tenis (nunca jugué al tenis, pero amaba el tacto fibroso de aquella bola), unos cuadernos, lápices que afilaba hasta pincharme, una lamparilla que daba escasa luz,

suficiente en las noches, zapatillas de andar por casa, un sombreo verde con pluma de algún disfraz olvidado, el

banderín de mi colegio, una medalla por participar en algo… y la imaginación. Suficiente.

Atrapado

en

ese

cuarto

durante

las

tardes

de

tantos

años, me liberé. Escapé sin moverme de allí, siguiendo los viajes de mi padre, anotando sus rutas en el atlas,

boquiabierto, ante los documentales de la tele en blanco y negro, con el libro de animales salvajes que una vez al mes

llegaba a casa (era una suerte, nos había tocado otra vez o ¿alguien los mandaba…?), me perdía en los cromos de la

colección Vida y Color de mi hermano mayor, en el intercambio de tebeos con mi primo Miguel, en descubrir las entrañas de una radio transistor de mamá, en la merienda repetida día tras día de pan, aceite y sal… El mundo se abría ante mis ojos cada tarde. de un Lo descubría viejo, en en cada las mapa, canciones en cada me

ilustración

cuento

que

regalaba la radio, en la expedición de mi muñeco articulado a lo alto del armario…

Sin embargo, los sábados por la mañana, en el comedor del colegio, la proyectaban Familia películas de Abbot para y las Costello, risas y

Charlot,

Monster,

Maciste…

escándalo de los chiquillos. Era maravilloso, era cine.

No importa dónde estés amigo lector, dónde hayas estado. Estás empezando un libro. Enhorabuena, eres especial,

valiente, seguro que también crees, lloras y tienes miedos… Quizá por eso estás en este renglón, comenzando otra película ahí dentro, en tu mente inquieta.

Recuerda que lo importante reside en la creatividad. No, lo importante es la imaginación. No, no, lo importante es buscar, saber. Lo importante, a veces no es importante.

Eso sí, aprendiste a leer. Ahora, lee para aprender.

El encabezamiento de cada capítulo pertenece a la novela del mismo nombre. Seis obras maravillosas que retorcieron mis sueños, cada una en un momento distinto, como si estuvieran esperando a ser leídas, mejor dicho, descubiertas por un

buscador de tesoros. Lo son, sin duda. No dejes de buscarlas, no te van a defraudar.

De cada una extraje un párrafo. Léelo con atención. Es el pretexto, tal vez la razón de lo narrado. Es posible que no encuentres ninguna coincidencia, quizá sí. Solo los que imaginan lo inimaginable, como vicio, lo percibirán…

Ven conmigo a esa edad temprana, a una isla con una sola casa y un faro. No hay nada más, pero está repleta de… Bueno, averígualo.

Sigue leyendo…

J.

I

“La isla del tesoro”

“Entró en la taberna casi a media noche. Llovía con intensidad. Estaba empapado pero no le importaba. Sus ojos eran blancos. Un bastón le ayudaba en su ceguera y una cicatriz le recorría el cuello de oreja a oreja. Era

evidente que había sido ahorcado, pero algo o alguien lo liberó del sacrificio. Su voz rota rujió como un trueno. Pidió de comer y una botella de ron… Yo sabía quién era aquel pirata ciego. […]”

• Hijo, es la hora… - dijo en voz alta mi padre desde el comedor -. • Voy, Padre… - respondí rápido -.

Padre me llamaba todas las tardes a la hora de encender el faro. Él conocía mi pasión por esa máquina, una linterna gigante que producía un rayo de luz que se perdía en la inmensidad de la noche. Solo la podía manipular en su

presencia. El resto del tiempo, tenía prohibido subir.

- Esto puede salvar vidas, hijo, pero también las puede quitar si alguien inexperto toca lo que no debe… Somos la

salvación hablaba

del

perdido,

no

podemos las

fallar

nunca… más

me

me el

mientras

manipulaba

palancas

pesadas,

resto del rito de encendido, lo dejaba en mis manos -.

Deslizándome por la baranda como un pirata al abordaje, bajaba del piso superior de la casa. Corría hacia la puerta exterior del faro. Sí, amigos, de la única casa que existía en esta isla, nuestra casa, construida junto a un faro, el faro de la Isla del Monje.

Entraba en la torre y subía por la escalera de caracol saltando los escalones de dos en dos. El pequeño motor de gasoil era arrancado con la fuerza de Padre. Mi cometido era limpiar los vidrios de la linterna, ajustarlos y engrasar con la aceitera todo el mecanismo. Lenta, la gran bombilla

comenzaba a encenderse con la electricidad que generaba el motor. En su interior, un filamento grueso como un cordón se prendía despacio al rojo vivo. La magia de la luz aparecía ante mí. Era un momento especial. No decíamos nada. La

claridad crecía, inundaba la sala encristalada. El resplandor pronto cegaba. Los destellos comenzaban a dibujarse a través

de los vidrios cóncavos. El rayo de luz se marchaba por el mar…

Padre, mi padre, era el farero, la persona encargada de encender, cuidar y apagar el faro en la parte norte de esta isla, islote, diría ahora. En aquellos años, para mí era sobradamente grande, repleta de rincones por explorar, cuevas descubiertas al bajar la marea y un único montículo, hueco por dentro, ¿volcán apagado o guarida de algún secreto…? La Isla del Monje, así se llamaba. Su nombre vino por las

antiguas colonias de foca monje que parían a sus crías en estas aguas. Nunca vi alguna. Padre nos contaba que años atrás: los bancos de sardina y jurel, pasaban por aquí

llevados por las corrientes frías del norte. La foca monje los devoraba con locura, dando brincos fuera del agua con la boca llena de pescado... Los años de pesca descontrolada acabaron con la sardina y así, con el regreso de la monje… No se la volvió a ver. Buscaron otro lugar de cría.

Solo hay una casa, mi casa, unida a la torre del faro. Una pequeña playa con un pequeño muelle, donde amarra un barco chico, no más... Todo era diminuto en este pedacito de

tierra, tierra rodeada de oleaje. Aquel puertito era el único acceso al islote. El resto de su costa era rocosa e

impracticable para cualquier embarcación.

Cada

quince

días

llegaba

una

flotilla

del

puerto

de

Atlantia, capital del archipiélago de Llanaria. No era más que un antiguo pesquero reconvertido en barco de la autoridad del puerto.

Nos traía provisiones: alimentos, jabón, agua, gasoil, utensilios, herramientas, pintura, aceite… además de

periódicos, todos los que podía conseguir Pepe Sánchez, el agente portuario amigo de Padre. Era un hombre enorme,

fuerte, con un

barrigón redondo que daba saltitos cuando

reía. Pepe Sánchez era muy divertido, contaba chistes… Les contaré uno de aquellos…

- ¿Sabes cuál es el animal que tiene las patas en la cabeza…? - preguntaba muy serio dando tiempo a pensar -... El piojo, hombre, el piojo… es el único animal que tiene las patas en “tu cabeza…” ¡ja, ja, ja! - reía a carcajadas, contagiaba esa risa a cualquiera, su barriga daba saltitos…-.

Y

algo

más,

Pepe

Sánchez,

además

de

alegría,

traía

libros, decenas de títulos que le pedía Padre.

Vivir

aislados,

sin

más

personas

que

tu

familia,

implicaba no pisar una escuela, entre otras cosas. Eso no significaba que no aprendiéramos nada, no. Padre nos enseñaba cálculo matemático, trazo de rumbo, manejo de la brújula, localización de una posición guiado por del sextante, grados, minutos y segundos, estrellas, manejo escritura de un

cuaderno de bitácora, geografía mundial de océanos, mares y costas, puertos, ciudades importantes, ciudades peligrosas, las mágicas, las olvidadas.

Nos enseñaba historia, pero la historia de los hombres y mujeres que dedicaron su vida a un sueño, como Ulises el viajero, Ícaro y sus alas de cera, Marco Polo en su

larguísimo viaje a China, Cristóbal Colón en las islas de los indios Caribe, Juan Gutenberg y su máquina de copiar libros, Ibn Battuta (el gran viajero y geógrafo musulmán…), Galileo Galilei y su telescopio, Copérnico y su teoría de que la Tierra giraba alrededor del Sol y no al revés como le

obligaron a reescribir, Scott y Amundsen (los primeros en llegar al Polo Sur caminando por el frío insoportable de la Antártida), Mallory e Irvine (otros esforzados que alcanzaron la cima del Everest, pero no volvieron para contarlo…),

mujeres como Mary Henrietta Kinsley (la primera mujer que se adentró en África para explorarla), Marie Curie (científica y Premio Nobel por Mary sus descubrimientos y sobre su la libro

radioactividad),

Wollstonecraft

“Reivindicación de los derechos de la mujer”, donde habló por primera vez de la igualdad entre hombres y mujeres en mil setecientos y pico…

Pero lo que más le apasionaba a Padre era leer. Leer libros de viajes, viajes arriesgados a lugares lejanos,

conocer a personajes valientes, a malvados, a tipos astutos, a cobardes detestables, a supervivientes, a náufragos, a

hombres de honor, a mujeres luchadoras, a muchachos osados… Además, libros devoraba de libros de de mecánica, diccionarios, de los atlas, últimos

plantas, estudios culturas

medicina,

libros de

inventos, libros de

arqueológicos y

lugares allende

escondidos, los mares,

tradiciones

recorridos históricos, libros de las absurdas guerras, arte fotografiado, libros de belleza en poesía, todo ello

acompañado por algo de música, en forma de disco de pizarra para el gramófono… Esa pasión por la lectura me la impuso a la fuerza, sí, algún que otro golpe me llevé por descuidar mis tareas lectoras. Después, se convirtió en una necesidad… Algo indispensable cada día, como el comer o moverse.

Vivíamos aislados, pero conocí a tanta gente, estuve en tantos lugares… Soñaba rodeado de personas, fantasías,

visiones, ensueños con personajes de ficción…

Sabía que muchos de ellos no existían, pero los traía ante mí, aparecían al leer. Cerraba el libro y desaparecían.

Magia. No importaba. Los observaba de cerca. Tuve el honor de conocer bien a Crusoe, a Hood, a Fogg, Jeckyll, Holmes,

Simbad, Manuel el pescador, a Nemo, al doctor Livingstone, a Bagheera y Mowgli, a Don Quijote y Panza, al Amadís de

Gaula… ¡Había viajado tanto sin salir de mi isla!

Hice un recorrido de cinco semanas en globo por África, casi caigo herido en los territorios salvajes de las Minas del Rey Salomón, el miedo me helaba la sangre al caminar por las oscuras calles de Londres detrás de Míster Hyde, sorteé

terribles tormentas en medio del océano, fui náufrago durante varios años en una isla desierta, creí ver más de una vez un par de liliputienses corriendo entre las estanterías de la buhardilla…

Los libros que me daba Padre me permitieron transitar por esos lugares, sin salir de la Isla del Monje. No me importaba, conocía tantos sitios, que podía describirlos a ojos cerrados.

Sin embargo, mi hermano mayor, Roberto Luis, dibujaba. Lo hacía tan bien que Madre tenía las paredes de la casa repletas de sus dibujos. Leía los mismos libros que yo, Padre le obligaba también, pero se escabullía al menor descuido, con los carboncillos y un enorme cuaderno de dibujo. Se

escondía en el Risco Asiento, una roca que el mar había labrado dejando la forma de un mullido sillón. Allí pasaba horas, hasta que la voz poderosa de Padre lo arrancaba como una centella de su escondrijo.

Roberto Luis hablaba poco conmigo, bueno, no hablaba con nadie. Era introvertido. Tenía cerrada su voz. No se quejaba

nunca de nada. Hacía caso siempre a lo que Padre y Madre le pedían. Creo que sus dibujos hablaban más que él. Si estaba triste, dibujaba algo triste, si estaba aburrido, dibujaba algo fácil, si tenía miedo, dibujaba imágenes oscuras de

calles lluviosas con puertas entreabiertas. También dibujaba a menudo la figura de una chica de cabellos largos, siempre de espaldas, no mostraba nunca su rostro… Ya les contaré…

Era el dibujo que más veces repetía. Nunca colgó ninguno de ellos en las paredes, ni en nuestro cuarto, los guardaba en una carpeta. Le preguntaba a menudo por qué hacía eso. Él no respondía. Me miraba y alzaba un lado de su boca, como una sonrisa sin risa… Seguía sin entenderle.

Yo admiraba a mi hermano. Intenté imitar alguno de sus dibujos, era imposible… Ni se parecían. Desistí en mi empeño.

Roberto Luis ayudaba a Padre en todas las tareas del faro, lo hacía perfectamente. Tenía la fuerza suficiente para arrancar el motor de gasoil. Raspaba y pintaba las fachadas que el salitre iba comiéndose, lijaba los óxidos exteriores de la linterna colgado de una cuerda. El óxido se pega en

todo lo que sea metálico, hay que raspar a mano, lijar, pintar… y volver a comenzar por el otro lado, raspar, lijar y pintar, raspar, lijar y pintar...

A mí nunca me dejaron utilizar la brocha, ni colgarme de la cuerda para raspar, lijar y pintar… No sé por qué. Así, me dedicaba más a ayudar a Madre en las labores de la casa: barrer el salón y la cocina, colocar y recoger la mesa, limpiar los cristales de las ventanas que el maldito salitre volvía turbios. No se llegaba a ver nada si no se limpiaban en tres días.

A veces pensaba que era el viento, que se enfadaba con nosotros soplando con vigor durante largas jornadas. No se oía otra cosa. Nos envolvía. Arrancaba gotas al mar y las estrellaba en todas partes, incluso en mi cara. En días así me imaginaba navegando en un galeón que crujía al azote de las olas, zarandeándose lento, perezoso, a merced de las montañas de agua que a veces volcaban sobre la cubierta, dejando eternos, respirar… toda la nave bajo el agua como durante un unos segundos quiere

emergiendo

al

poco

gigante

que

Los

navegantes,

los

piratas,

los

hombres

de

la

mar,

todos miran a proa siempre, siguiendo el rumbo previsto. No quieren sorpresas, como colisionar con otro barco, con un arrecife, con un iceberg o encallar en la arena de un islote que no aparecía en las cartas de navegación.

El mar es infinito, pensaba. Nunca acaba ni empieza, estuvieras donde estuvieras, siempre estabas en medio si no veías tierra. Imaginaba estar toda la vida navegando, dando vueltas al globo terráqueo. Aunque, perderse era fácil, más de lo que uno cree. Las brújulas a veces se vuelven locas, decía Padre, el sextante no sirve cuando las nubes tapan el sol y las estrellas. Solo ves agua a tu alrededor. Todo es igual y llega la noche, la noche cerrada, no se ve más allá de un metro, navegas a tientas, con el corazón palpitando como un tambor, las horas se detienen…

Cuando

caía

la

tarde,

volvía

a

la

casa.

Cenaba

y

retomaba el libro que estuviera leyendo. Recuerdo

“La isla

del tesoro”. Aquella novela me atrapó entre sus páginas como el cepo a un zorro inglés. Creí que estaba en el mejor lugar

del mundo para leer la mejor historia de piratería que jamás se escribió. ¡Por todos los rayos y diablos de la mar!, era tan real que, por aquel entonces, dormí una temporada con un ojo abierto, por si aquel pirata cojo aparecía por la puerta de mi alcoba…

Roberto Luis llegaba también del Risco Asiento con su cuaderno de dibujos. Le miraba preguntándole que había

dibujado esta vez sin decir palabra. Él me contestaba con su mueca…

Al rato, llegaba la noche, la noche mojada de sal. El faro ya estaba alumbrando. Padre también entraba. Cenaban él y Madre. Ella solía servir sopa caliente, queso y pan para los dos. Recogía al acabar, lavaba la loza y se sentaba junto a él a bordar. A la luz de la bandeja de velas gastadas y nuevas, Padre abría su libro. No había silencio. Viento

quería entrar igualmente, como uno más de la familia. Llamaba a la puerta, golpeaba las ventanas, silbaba por las esquinas. Solo conseguía colar un hilo de su cabello invisible por la rendija de la ventana.

Los dos hermanos ya estábamos arriba, en la buhardilla, con nuestros libros, alumbrados por el farol de petróleo, tranquilos, cada cual en lo suyo. Soplaba, susurraba, ráfagas como enfados, iba y venía, brisa y poniente, noches al abrigo de la lectura… En vigilias como esa, me sentía flotando. Se escuchaba el estallido de las olas contra el muelle de la playa, así sonarían contra el casco del galeón. Nadie

hablaba. Ya estaba en cubierta, quiero decir, en mi cuarto. Allí seguiría sobre las olas, navegando.

Bueno, leyendo.

Después, soñando…

II “Robinson Crusoe”

“Caminé por la playa absorto, contemplando mi salvación, mientras pensaba en todos mis compañeros que se ahogaron, no se salvó ni un alma, excepto yo, ya que no volví a verlos ni encontré rastro de ellos, salvo tres sombreros y dos zapatos de distinto par. […]”

Padre nos decía qué libros debíamos leer. Él se hacía cargo de nuestra formación. Cada noche comentábamos lo que habíamos leído. Roberto Luis lo dibujaba. Nos preguntaba

sobre los lugares visitados. Si no los conocíamos abría un viejo atlas y nos mostraba el mapa de aquel lugar lejano. Cómo llegar hasta allí, qué ruta elegir, los vientos

favorables, las estrellas que deberíamos ver, su posición en el firmamento. Nos hacía calcular los grados, minutos y

segundos de las coordenadas. Prever adversidades y peligros. Calcular provisiones de agua y alimentos para la tripulación. Costes en distintas monedas. Arreglos de averías en plena navegación…

Padre

había

sido

pescador

de

altura

durante

años.

Conocía todos los secretos de ese trabajo tan duro. Desde muy joven se embarcó como aprendiz. Durante meses navegaban

buscando los mejores bancos de peces en la pesca del bacalao, la merluza negra, el abadejo, el cangrejo rey… De este modo, visitó todos los continentes, incluso la Antártida, en la triste pesca de la ballena. Lo contaba realmente con pena. Esos enormes animales no se defendían, no podían hacerlo. Mirar su ojo, del tamaño de un balón y verte reflejado, te provocaba una tremenda tristeza. Te miraba preguntándote por

qué, por qué me matas, yo no te hecho nada, no molesto a nadie… Creí ver lágrimas, pero eran las mías - decía con sentimiento…-. Abandonó esa pesca en el primer puerto. Volvió a la pesca tradicional. regreso a

Consiguió, años después, el empleo de farero porque un atún de doscientos kilos le sajó los tendones del antebrazo izquierdo en plena lucha. Ese sí que es un valiente, pelea hasta la muerte, pierde su sangre en cubierta, coleteando hasta la extenuación. Me acerqué demasiado y ya veis cómo quedó este brazo… Ya no podía ser pescador. Con un único brazo útil, no sirves para el oficio… - decía con enfado -.

Pero él amaba el mar. Este trabajo le permitía estar cerca de su olor azul…

Sus manos eran fuertes, poderosas, llenas de cicatrices, al igual que su sabiduría. Tantos años de viaje, le

concedieron mucha experiencia en buenos, malos, peligrosos y placenteros momentos. Padre sabía, sabía de todo. Era el hombre más instruido que he conocido en mi vida. Había leído cientos, quizá miles de libros, incluso en inglés, francés o

portugués.

Tanto

tiempo

en

un

barco,

te

presta

horas

infinitas para leer, leer todo, hasta el más extraño libro. Solía decirnos…: “el tiempo que pasas navegando, digo,

leyendo, no se descuenta de tu vida…”. Para él, navegar y leer eran una misma cosa.

Cuando desembarcaba en algún puerto extranjero, buscaba una librería o visitaba la biblioteca de la ciudad. Pedía prestados libros que devolvía al año siguiente, cuando

retornaba en la nueva temporada de pesca. Compraba otros, usados, viejos, decenas de ellos. Los cargaba en su saco junto a tabaco de pipa y alguna botella de licor más de la zona. Le gustaba probar todo. Comió - nos contaba en las largas noches de invierno, alrededor de la bandeja de velas gastadas y nuevas - saltamontes y hormigas fritas, ratas y murciélagos a la brasa, la deliciosa carne de serpiente,

incluso, cerebro de mono crudo… ¡Qué asco, solo imaginarlo…! Él reía a carcajadas al ver nuestras caras de aprensión.

Lucía una cabellera larga que los años habían teñido de color blanco y plata viejos. Encendía su quemada pipa de espuma de mar. Se la compró a un pescador turco a orillas del

Mar Negro. La espuma de mar es un mineral blanco, que solo se encuentra en aquella zona del este de Europa. Como una roca de mármol sin brillo, los artesanos la tallan con hermosos adornos geométricos o con la cara de una sirena o la de un viejo pescador… Fue en la pesca del esturión, ese enorme pez del que se extrae la hueva. Le llaman caviar. El oro negro del mar, porque es negro, aunque también lo hay rojo. Esa exquisitez se vende más cara que el propio oro amarillo, en cualquier decía. parte del mundo. Se pagan verdaderas fortunas…

Nos instruía con todo su saber. También nos dio algunos buenos bofetones cuando no cumplíamos con nuestras tareas. Después, se encerraba en su cuarto. Un día le oí llorar, no soportaba pegarnos… Creo que le dolía más a él que a

nosotros. Pero lo peor estaba por venir…

Madre nos volvía a dar con el cucharón de madera por hacer sufrir a Padre. Cuando hacíamos algo mal, cobrábamos doble ración… Era una justicia difícil de entender para un niño.

Ser

padre

es

difícil.

Nadie

nace

con

el

oficio

aprendido. Ahora, a mis cuarenta y tantos, mientras escribo estas páginas, miro a mi hija. Tiene dos años, juega en la alfombra con un peluche y una caja de cartón. Me pregunto si seré capaz de enseñarle todo lo que Padre, mi padre, me enseñó.

No me he presentado todavía. Soy el hijo del farero, Julio. Ese es mi nombre. Y esta que lees es la novela de mis primeros años en aquella pequeña isla, la Isla del Monje. Cuando crecí, supe por qué Padre puso de nombre Roberto Luis y Julio a sus dos hijos, pero eso te lo contaré otro día…

No cambiaría ni un solo minuto de los vividos en aquel islote por otros en cualquier lugar. Como Robinson Crusoe, allí aprendí muchísimas cosas de la vida, sobre todo, a no sentirme aislado. Fabricaba todo lo necesario para vivir, mis juegos, mis herramientas, mis mapas, mi catalejo de cartón, mi espada pirata, mi sombrero de tres picos, el tesoro (una lata de galletas) escondido, marcado con una equis en uno de mis mapas. En él, conchas, un collar de madre roto, vidrios gastados, una pipa de Padre, una lupa y lo mejor, una brújula

dorada. Le sacaba brillo siempre que destapaba el cofre, bueno, la lata oxidada. Era la mejor pieza… Todavía la tengo.

Mis sueños hechos realidad. Mejor dicho, realidad hecha de sueños…

¿Qué debe hacer un niño si no…?

Ser niño…

III

“Los viajes de Gulliver”

“Gulliver, sin dudar un solo segundo, cruzó el estrecho andando, pues el agua le llegaba a la cintura, llegó a la isla enemiga, amarró todos los barcos con una cuerda y tirando de ellos, los llevó a Liliput. […]”

No hay cosa que me excite más que encontrar un objeto extraño por casualidad.

Una tarde de septiembre, Roberto Luis halló una botella flotando con un mensaje dentro, atrapada entre unas rocas al otro lado del faro. Mi hermano descendió ágil hasta el charco donde había quedado atrapada. Era peligroso, los golpes de mar habrían podido arrojarlo contra las riscos, golpearlo, incluso, llevárselo… Padre no nos permitía acercarnos tanto a esa zona. Daba al norte, el océano era muy bravo y

traicionero en ese mes. Las olas y mareas

eran inmensas.

Roberto Luis me la mostró. Era una botella normal, con el tapón bien hundido. Dentro, un papel enrollado, atado con

un cordoncito de zapato. Fuimos corriendo a la casa. Buscamos desesperados un sacacorchos. Al fin dimos con él en el cajón de los cubiertos y cucharones de cocinar. Con mucho esfuerzo y a la vez cuidado, mi hermano extrajo el corcho inflado por el mar, no quería romperlo… No había entrado ni una gota, su interior permanecía seco. El papel enrollado salió con

facilidad. Desató el cordoncito. Esto es lo que decía:

El mar. La mar. El mar. La mar. El mar. ¡Solo la mar!

¿Por qué me trajiste, Padre, a la cuidad? ¿Por qué me desenterraste del mar? En sueños, la marejada me tira del corazón. Se lo quisiera llevar.

Padre, ¿por qué me trajiste acá?

Roberto Luis quedó en silencio unos instantes… Bueno, es una manera de hablar… Pero ni el mismísimo dios de los mares me hubiera impresionado tanto cuando la voz entrecortada de mi hermano pronunció dos palabras: ¡Josefina Pla…!

Se trataba de un poema conocido por Padre. Nos lo había dado a leer unas semanas atrás, era de un poeta andaluz,

Rafael Alberti. Pero mi hermano se fijó más en el dibujo de un corazón, con un barquito navegando, y por supuesto, en el nombre de esa chica.

¿Quién

es

Josefina

Pla?

¿La

conoces?

-

le

pregunté

nervioso -. Pero volvió a su silencio… Sin embargo, esta vez, su mueca de cómplice se había convertido en sonrisa. Me

regaló la botella y el tapón. Él se llevó el papel. Subió a la buhardilla y pasó la tarde dibujando.

Volví a asomarme al otro lado del faro… Quizá tendría suerte y encontraría otro mensaje flotando para mí. Desde aquel día, solía pasar de vez en cuando por la Playa Chica, quizá tendría suerte y descubriría otra botella mensajera.

Así fue como comenzó Roberto Luis a dibujarla, siempre de espaldas, no conocía su rostro, pero él la dibujaba una y otra vez.

La Isla del Monje es pequeña. Se puede caminar entera en una mañana. A veces, los domingos, vienen a pasar el día algunos visitantes. “Turistas” los llama Padre. Son viajeros sin aventura. No lo entendía. comían, bebían y desafinaban Venían, caminaban un rato, canciones entre risas. Al

atardecer, el barquito del amigo Pepe Sánchez los devolvía al puerto de Atlantia. La isla, mi isla, volvía a tener su sonido: el viento, ¡cómo me gustaba sentirlo…!

En una de estas visitas de turistas, vi como Roberto Luis entregaba algo a Pepe Sánchez. Nunca lo pude confirmar, pero estaba convencido de que la destinataria de aquel

paquete era Josefina Pla.

No entendía por qué se enamoraban las personas. ¿Cómo ocurría? ¿Qué tendría que pasar? Tendría que haber algún

acercamiento, un beso, un paseo de la mano… Mi hermano estaba por Josefina… pero ni siquiera la había visto. Unos meses

después, descubrí entre los carboncillos y dibujos de Roberto Luis unas cartas, escritas con la misma letra de aquel poema de Rafael Alberti… Eran de ella, dirigidas a él…

Padre y Madre se querían inmensamente. Se trataban con tanto cariño y respeto que, a veces, se quedaban mirando el uno al otro, hablándose sin palabras, como si no hubiera nadie más en el mundo. Después, nos descubrían allí y volvían a sus quehaceres con una sonrisa. Qué extraño me resultaba eso del amor. Tendría que buscar a mi Josefina Pla para entenderlo, pero dónde…

Volví a mis labores. Recuerdo que Padre me había marcado unos párrafos de “Los viajes de Gulliver”. Extravagante

historia. Gigantes, Liliputienses y un viaje navegando a esos extraños lugares… Me preguntaba qué había al otro lado del océano… Imaginaba tantos lugares inexplorados… Los imaginaba al cerrar los ojos antes de dormir. Personas de otras razas, ataviados con ropas de colores imposibles, perfumes a maderas y especias, olores incomparables, comidas exóticas… O

viajando al pasado acompañando a un almirante en su búsqueda de la ruta hacia ese lugar que nadie conocía.

Volvía al camarote. Tenía que ponerme a navegar, iba a leer…

IV “El Doctor Jeckyll y Míster Hyde”

“- Mi señor lleva recluido una semana en su laboratorio. No abre la puerta. Pero lo peor de todo, después de veinte años, es que sé reconocer su voz. Ese alarido que me manda traerle medicinas no es su voz. Hay alguien ahí dentro que no es el doctor Jeckyll. […]”

Vivir en una isla tiene muchas desventajas, pero algunas sorpresas. Sin embargo, determinados acontecimientos pueden cambiar el curso de los días para siempre. Todas las jornadas eran iguales, se debía hacer lo mismo, incluso los domingos. Padre y Madre cumplían sus tareas de sin queja. Los No hijos estaba

obedecíamos permitido.

sin

posibilidad

rechistar.

Disponíamos cuidábamos. Madre

de

un

pequeño plantado

huerto

que

los y

cuatro maíz.

había

lentejas,

trigo

Incluso seis vides para intentar hacer vino. Nunca se logró fermentar un buen caldo. Después de un año de trabajo y cuidado de las uvas, Padre no pudo beberlo, había fabricado vinagre. Madre lo aliñó añadiéndole hierbas y azúcar. Se Sánchez nos

utilizó para conservar las verduras que Pepe traía.

También

debíamos

pescar.

El

pescado

era

parte

fundamental de nuestra alimentación. Las viejas, las bogas, alguna barracuda además de lapas, mejillones y burgaos

salvajes que crecían pegados a los riscos, eran fáciles de atrapar, despegándolos a cuchillo. Madre solía jarear el

pescado

que

no

se

comía

en

el

día.

Así

disponíamos

de

provisión para varios días o cuando el mal tiempo no nos permitía la pesca.

Dos cabras nos daban abundante leche a diario. Madre se ocupaba de ellas. Las ordeñaba temprano. Tibia la leche, nos la daba a beber con harina de trigo y maíz añadiendo algo de

azúcar. A veces Padre le añadía un chorrito de ron cuando el frío apretaba. Nos daba a probar. Me quemaba la garganta, ¿cómo se podía beber aquello?

En mis ratos libres, por la tarde, solía caminar por la isla. Roberto Luis había encontrado una botella con un poema. Así ocupaba su mente, puesta en Josefina Pla. Yo tenía los libros y sus historias para poblar mi pensamiento. Unas veces creía estar en la costa escocesa, otras, en las oscuras y húmedas calles de Londres, el Liliput de Gulliver, la isla de Simbad el marino o la de Robinson Crusoe…

Mi pensamiento viajaba tanto que a veces me agotaba. Quedaba tumbado en la playa o sobre una roca plana mirando

las nubes, detrás, el azul celeste, después, los planetas y al oscurecer, las estrellas.

La

imaginación

me

dejaba

ver,

oler,

oír,

sentirme

detective, doctor, pirata, trotamundos, náufrago… Recuerdo la lectura del “Extraño caso del Doctor Jeckyll y Míster Hyde” coincidió con un hecho que os narraré a continuación.

Caminaba por las oscuras calles de Londres, (creo que las sabría recorrer sin haber estado nunca…) Robert Louis Stevenson, su autor, te llevaba de un sitio a otro sin darte cuenta…

¿Cómo

podía

alguien

escribir

tan

bien?

El

miedo

a

encontrarme cara a cara con Míster Hyde al doblar una esquina me recorría las venas en cada párrafo. Leía de noche, a la luz de unas velas. Cómo no, Viento golpeaba la ventana,

insistía una y otra vez. Se colaba por las rendijas. Movía la cortina suavemente… ¡Estremecimiento!

Recuerdo perfectamente esa noche. Dejé el libro sobre la mesilla. Salí de la casa cuando todos dormían. Me abrigué con el chaquetón de Padre, me quedaba grande, apenas asomaban mis manos por las mangas. Era pesado, calentaba. Me puse también su gorro de lana azul. Llevé la linterna de petróleo y los fósforos. Había visto moverse algo desde mi ventana, al final de la Playa Chica. Caminé sigiloso con el farol apagado. Lo encendería allí mismo, pensé.

Me acerqué lo bastante para comprobar que alguien estaba saliendo del mar. Se acercaban nadando, en silencio, uno

detrás de otro. Serían unos seis o siete. La escasa luz de la media luna dejaba ver cierto brillo en sus espaldas mojadas.

Un escalofrío me recorrió la espalda, se enrolló en mi nuca. Piel de gallina en brazos y piernas. No sabía qué hacer, si volver corriendo a avisar a Padre o encararme con ellos con la potente luz del farol.

¡Cielo santo! Seguían llegando más. Podía contar doce de ellos. Me acerqué con la intención de deslumbrarles. Al

intentar encender la mecha, se me cayó la cajita de fósforos

por

el

temblor

de

mis

dedos.

Tuve

que

bajar

más

para

recogerlas. Resbalé por la humedad de la roca, provocando un pequeño desprendimiento que enseguida detectaron los

invasores. Sí, así les llamé desde entonces, los invasores.

El ruido les hizo volver al agua con una rapidez y agilidad extraordinarias. Solo escuché el chapuzón del último de ellos. Desaparecieron en un santiamén.

Volví a la casa. No hice ruido. Subí a mi cuarto. Desde allí volví a mirar por la ventana. Tenía frío, no solo por la humedad de la noche sino por la repentina visita de los invasores. ¿Qué querrían? ¿Quiénes eran? Mi hermano dormía

al otro lado de la habitación rodeado de sus dibujos y sus sueños…

A la mañana siguiente, no comenté nada en el desayuno. Padre nos desarrollaba el plan del día: las tareas propias del faro, la casa y el huerto. Además de realizar hojas de cálculo matemático, lecturas que debíamos acabar, recogida y clasificación de diferentes tipos de rocas, estudiar las

aves, reptiles de la isla, más los mamíferos, que consistían

únicamente en unos conejos y dos gatos salvajes que alguien trajo. Otros días, nos obligaba a dibujar las plantas de la isla, su lugar de ubicación y el proceso de crecimiento según la estación anual. Por supuesto, Roberto Luis se encargaba de ello mientras yo buscaba el nombre científico en los libros de botánica de nuestra gran biblioteca.

Sí amigos, en esta isla disponíamos de una biblioteca inmensa, todos los libros que Padre fue recopilando desde su infancia. temas, en Cientos, quizá miles de ellos, con organizados de por

estanterías

improvisadas

cajas

madera.

Clavadas unas sobre otras, las

paredes del escritorio de

Padre parecían un panal organizado. Cada vez que el amigo Pepe Sánchez nos traía provisiones dejaba un par de ellas para seguir ampliando el espacio y orden de los libros.

Padre no nos permitía tocar ni un solo tomo sin su permiso. El orden que daba a los libros era preciso. Podía encontrar en unos segundos cualquier ejemplar de ciencia, historia, planos literatura, faro, de pesca, barcos… buceo, Solo manuales él se de motores, de

del

encargaba

devolverlos a su lugar asignado.

Recuerdo

su

enfado

supremo

cuando

un

diminuto

ratón

había practicado un túnel entre libros, de un lado a otro en una caja. Atravesó toda la colección de cuentos de Christian Andersen. Sin embargo, nos quedamos boquiabiertos al

comprobar que se había detenido en el relato de “La ratita presumida”. Pero lo asombroso fue comprobar la causa, había interrumpido la excavación de su cueva en una página

concreta, ante la palabra “ratón”.

Padre pasó del enfado a la carcajada, casi se cayó de tanto reír. No me lo puedo creer entre risas -, este

mentecato sabe leer ¡ja, ja, ja!… - casi se asfixió -…

Estuvimos

buscando

al

ratón

lector.

Pusimos

trampas

incluso, pero no apareció. Se iría atiborrado de palabras, ofuscado. No pudo roer “ratón”, sería como comerse a sí

mismo… Marcharía meditabundo…

La biblioteca de Padre era un lugar especial. El olor era distinto, una mezcla del aroma del tabaco de pipa con el

salitre marino. Él pasaba largas horas allí, cuando no estaba en el faro.

En la torre también colocaba ejemplares, solo los que tenían al mar entre sus historias, novelas de viajes, de piratería, de buscadores de tesoros. La voz del océano

apacienta el alma… - era una frase que Padre solía decir con una sonrisa… -. Las olas traen las historias en su espuma, solo hay que escucharlas… - continuaba -…

Les confieso que no entendía muy bien esas frases. Sin embargo, se grabaron en mi memoria. Con los años, siendo adulto ya, las he entendido. Mejor dicho, entendí a Padre, mi padre.

Vivir solo con tus progenitores y un hermano en una isla tan pequeña como aquella, podía parecer agobiante, incluso, el lugar más solitario. Nunca fue así. Jamás me sentí solo. El mar que nos rodeaba, nos permitía ver las islas cercanas. No vivía aislado, vivía en una isla. Esa condición me llevaba más allá del océano.

Los

días

despejados,

veíamos

el

gigante

volcán

que

presidía la mayor de las ínsulas. Tan grande que, a veces, se escondía tras las nubes. Muchas veces le había pedido a Padre que nos llevara a visitarlo. No me cabía en la cabeza su tamaño: llegar hasta las nubes, ¿podría tocarlas?

¿Revolverlas con mis manos? ¿Dibujar espirales en el humo espeso del agua? Tendría que ser espectacular…

La mayor altura que teníamos en la isla era la montaña de La Caldera, de unos cien metros. En la parte oeste, caía directamente al mar. Tenía un sendero que subía a la cima. Allí anidaban las pardelas y otras aves marinas. De cuando en cuando, Padre subía a capturar algunos ejemplares, sobre

todo, después del verano. Habían acumulado mucha grasa. Este aceite de pardela era un remedio popular para la tos de los niños, el reuma de los mayores e incluso para reponer fuerzas después de una larga enfermedad. También se salaban para

comer. No solíamos subir, Padre no nos dejaba. Decía que era peligroso, que podíamos caer al mar desde lo alto si

descuidábamos un pie.

Pero yo intentaba imaginar los 3718 metros del gigante Echeide, así lo llamaban. Pero no podía. Miraba al cielo. Pensaba que allí se podría llegar andando. Sabía de los

aviones, de los globos científicos que subían fuera de la atmósfera… pero llegar por mi propio pie, era algo que me inquietaba.

¿Qué habría en la cima? ¿Los invasores tendrían allí una base secreta? ¿Un túnel que bajara hasta el mar? ¿Harían experimentos? ¿Por qué vinieron hasta mi isla? ¿El saber que estaba casi desierta les serviría para sus ensayos? O

¿estarían buscando algo?

Esas

preguntas

me

las

solía

hacer

cuando

Padre

me

contestaba que ya veremos, lo de ir a ver el Echeide está complicado… Sin duda, se refería a que no disponíamos de un sustituto que se ocupara del faro para tomarnos unos días de viaje. Era complicado en aquellos años. Cualquiera no podía desempeñar ese oficio. Necesitaba de una gran preparación marinera, accidente técnica, o de auxilio en la y salvamento De modo en caso de

naufragio

costa.

que,

nunca

disfrutamos de lo que hoy llaman vacaciones.

Si vienen aquí, de noche, en secreto y no quieren ser vistos, es que vienen por algo. Eso es… éste fue mi

planteamiento -. Lo buscaban en mi isla. Pero ¿el qué? ¿Qué buscaban? ¿Qué hay aquí que tanto les importa? ¿Lo habrían dejado hace tiempo y ahora querrían recuperarlo?

Muchos años después, supe quienes fueron los invasores. Sin pretender, ahuyenté a un grupo perdido de focas monje que habían vuelto a la isla. No sé bien por qué lo hicieron. Quizá tenían grabado en su instinto que allí, en aquella playa, sus antepasados vivieron, parieron sus crías,

descansaron, se quisieron… Sin darme cuenta, rompí de nuevo esa intuición que las hizo volver.

A veces, los seres humanos somos tan destructivos como una bomba. Golpeamos a la naturaleza con tanta fuerza que destruimos hogares solo con nuestra presencia.

No volvieron más.

Mientras pensaba y pensaba, no adivinaba quiénes podrían ser.

Una noche Padre nos habló de alguien, de Arráez, el terrible pirata Arráez.

Morato Arráez fue un sanguinario. Lo peor de lo peor en los mares. Navegó por estas aguas desde 1586, asaltando la isla de Lancelot y posteriormente las costas de Málaga y Cartagena. No tenía piedad, dejaba destrucción a su paso.

Arrasaba ciudades y campos, pasaba a cuchillo a los valientes que osaban defenderse. Se adueñaba Quemaba de todo casas, aquello iglesias, que establos, valor

cosechas.

tuviera

comercial, incluso secuestraba niños para pedir un suculento rescate en oro por su liberación. Era odioso. El terror le precedía. Las gentes se alarmaban al ver sus barcos a lo lejos. Corrían despavoridas a esconderse. Otros, sin embargo, escondían antes sus riquezas que a sus familias.

Padre, con gesto serio, nos contó esta historia. Fue cierta, terrible para muchos isleños, los libros de Historia lo recogieron en sus páginas de dolor.

Estos hechos generaron muchas leyendas, una de ellas refería que el propio pirata Arráez había enterrado el mejor de sus tesoros en nuestra isla, en la isla más pequeña, la deshabitada, la isla perfecta para esconder un secreto, no solo riquezas… No se había encontrado nada hasta entonces.

Estuve una temporada buscando. Después, lo dejaba, para continuar con nuevos ánimos pasados unos días. Era una tarea que siempre tenía en mente. Buscaba de alguna señal, algún que la

montoncito

de

piedras

ubicadas

forma

extraña,

naturaleza por sí sola no las hubiera podido colocar. Me asomaba a los pequeños pero peligrosos acantilados para dar con una cueva abierta en marea baja. Salía de los dos únicos senderos fijándome si todo era normal, si la silueta o una marca grabada en una roca indicaba una ruta hacia algún lugar o un rayo de sol que entrara entre dos rocas al atardecer, para marcar un punto con el haz de luz…

Varias rocas cumplían con esa posibilidad, ya que si algo existía en abundancia en mi isla, eran rocas. De todos los tamaños, colores y formas. Varias tenían nombre: El Risco

del diablo, el Risco de los Niños Feos, La Bomba, El Roque del Este… Al igual que recovecos y calas como La Punta del Marrajo, La Caleta de la Caldera, Morro Felipe, Cueva de Los Lobos, Playa del Sobrado, Bajo de los Cuernos, Cueva de las Palomas… Nunca supe quién ni por qué puso esos nombres. Pero, sin duda, el que más temor infundía era el primero de la lista, el Risco del Diablo.

Junto

al

mar

emergía

una

roca

gigante,

con

tres

aberturas que simulaban ojos y

boca terroríficos.

Tenía un

aspecto fantasmal, de engullirte si intentabas entrar…

Nunca me acerqué. Era demasiado fácil esconder ahí un tesoro. Era el primer lugar donde habría buscado cualquiera…

Seguí con mis tareas, seguí escudriñando cada metro de terreno y mar a la redonda.

Un día encontré algo…

Me arrepiento tanto…

No debí…

V “Las minas del rey Salomón”

“Dirigimos nuestras miradas hacia allí, pero durante unos momentos no pudimos distinguir nada, debido a un resplandor plateado que nos cegaba. Cuando nuestros ojos se acostumbraron, vimos que el arca estaba llena de diamantes sin tallar, en su mayoría de tamaño considerable. Me agaché y cogí unos cuantos. […]”

Como no disponíamos de ningún árbol, no podía subir a ninguna altitud a inspeccionar el terreno. Desde el faro, resultaba demasiado alto y mi cuarto miraba al mar. Así que tenía que recorrer el terreno palmo a palmo.

Hice un mapa de la isla y fui cuadriculando el terreno. Lo conservo todavía. Es este…

Dibujo del mapa hecho en una hoja de libreta antigua, de una raya tal vez…

Lo

había

visto

en

un

libro

de

arqueología.

Estos

investigadores del pasado se pasan media vida en el campo o bajo el mar y la otra media en sus laboratorios.

Buscan y buscan, o van donde alguien ha encontrado algo. Con un pincel van quitando el polvo, aunque sea un agujero enorme. Nunca sabes lo que puedes encontrar, dicen. Si te descuidas, puedes romper una pieza valiosísima, tal vez

única. Son unos

tipos metódicos, siguen siempre el mismo

orden en su rutina. Minuciosos, capaces de distinguir un diente fosilizado en medio de un campo de piedritas.

Después,

en

el

laboratorio,

empieza

el

trabajo

más

fascinante: averiguar qué nos cuenta cada pieza, qué secretos tiene, a quién perteneció, por qué llegó hasta allí, cuándo… Uno de ellos escribió: “Es maravilloso, el pasado se asoma ante tus ojos. Lo que el tiempo ocultó, viaja al presente…”

Leí todo el libro. Me fijé bien en el material necesario de un arqueólogo: pinceles, cepillos de varios tamaños, una pala pequeña, cuerdas, estacas de madera, una brújula (no sabía bien para qué pero la llevé por si acaso…), libreta, una lupa, linterna… Lo guardé en una mochila.

Saqué mi mapa cuadriculado y fui marcando la ruta a recorrer cada día: cuadrante A-3, A-4, A-5…

Pasé por las antiguas chozas de los portugueses, fueron los que construyeron el faro y mi casa. Ya había estado muchas veces por allí. Decidí seguir mi camino, no creía que hubiera nada oculto bajo esas casas derruidas.

Durante semanas fui recorriendo cada cuadro de mi mapa. Por las tardes, después de mis obligaciones de estudio y hogareñas, con la mochila al hombro, bocadillo de pan, aceite y sal y una cantimplora de agua fresca me despedía de madre.

Volvía antes del anochecer, cuando Padre y Roberto Luis encendían el faro. En esos andares por mi pequeña isla,

encontré lugares que nunca había visto, a pesar de haber estado varias veces cerca. No me había fijado en pequeñas cuevas o las diminutas playas que aparecían hasta que el mar las volvía a esconder, como si no quisiera compartirlas con nadie, arenas mojadas que el sol no llegaba a secar.

Pero, lo que más me gustaba, era encontrar restos de barcos que la marea arrojaba contra los riscos: cajones de

madera

rota,

pedazos

de

tablas,

trozos

de

redes,

boyas,

botellas… Cualquier cosa que flotara era arrastrada hasta uno de los rincones de mi isla…

A veces, no sabía bien qué era aquello. Lo guardaba con cuidado en la mochila. Después, en casa, lo analizaba con la lupa y si no lograba averiguar qué era, preguntaba a Padre. Él enseguida me sacaba de la duda.

Con las semanas de búsqueda, fui llenando mi buhardilla con todos esos objetos que el mar me iba regalando. A Roberto Luis también le gustaban. Incluso apartó alguno de sus

dibujos para colgar una inmensa red en una de las paredes. Colgamos en ella infinidad de conchas, tablas con letras

japonesas, estrellas de mar secas, boyas de cristal, un farol oxidado, la punta de un arpón ballenero de Padre, el garfio de arrastrar cajas de pescado, la espada de un marlín… Era hermoso. Mi hermano fue colocando todos aquellos objetos con un orden especial, parecía saber el sitio exacto de cada uno. Tenía un don increíble para llenar los espacios. Te dejaba con la boca abierta, ahora le llamo arte. Aquel fue su primer collage… sin duda. Pero había algo más, algo que llenó

nuestro cuarto, no se veía. Llegó para quedarse: el olor. Sí, la red nos traía el aroma del fondo marino, algas, pequeños crustáceos, restos de pequeños peces secos… inundó nuestro cuarto. Era un olor extraño, salado, ligeramente podrido de maderas húmedas o del salitre verde de las boyas de cristal…

Se acababa la búsqueda. Solo me quedaba la Playa de La Concha y el otro lado del por Puertito, el azote donde del Padre viento no y nos las

permitía

estar

solos

corrientes.

La Playa de La Concha no deparaba grandes secretos, la había recorrido con cientos y de veces, Era el jugando, lugar corriendo, para

pescando

Padre

Madre.

perfecto

disfrutar de una jornada de descanso. Con forma de concha redonda, de ahí su nombre. Se cerraba por el Este y por el Oeste en dos brazos naturales de rocas, como si te fueran a dar un abrazo. Por el centro, un tramo de unos pocos metros dejaba entrar alguna ola solitaria, que se deshacía en mis pies, sin espuma. Era ideal. La arena era tan bella que, a veces, robaba reflejos sonrosados al sol. Entonces, el agua se tornaba en verdes de cristal, de cristal blando, lento en

movimientos. De hecho, así le llamaba de pequeño a aquel maravilloso lugar, la playa de los cristales blandos, porque el mar tenía ese brillo que cegaba a la vez que se mecía perezoso. Un vidrio gigante echado sobre un lago de tela cristalina…

Unos

pequeños

muros

de

piedra

en

forma

semicircular

surgían sobre la arena. Los utilizábamos para resguardarnos del viento. Alguien había agrupado esas piedras. Habían

permanecido siempre allí, eran parte del paisaje.

Me senté a merendar al abrigo de

uno de ellos. Las

piedras colocadas, una sobre otra, me cobijaban bien del frío húmedo de la tarde. Saqué mi pan con aceite y sal y lo comí contemplando una vez más aquel sol reflejado de atardecer. Esta vez, se reflejaba en los cristales blandos dándoles

color metálico, verdes y morados metálicos. Me encantaba.

Saqué la cantimplora y bebí un buen trago. Al dejarla sobre la arena se volcó, no me di cuenta. Cuando quise volver a beber, se había vaciado.

Con

el

enfado,

no

lo

vi.

Al

intentar

escurrir

las

últimas gotas en mi boca, arrojé de mala gana la cantimplora. La miré con rabia, no tendría trago hasta llegar a casa. Al poco, me percaté del pequeño agujero que había hecho el agua. Se abrió paso entre las piedras del muro y la arena. Metí la mano siguiendo la caída del líquido. Después, usé las dos manos. Ante mis ojos se destapaba un hoyo. Retiraba la arena con cuidado, volvía a caer, la volvía a sacar. Las piedras del muro desenterradas dibujaban una colocación distinta, no seguían la línea superior.

Era

un

trabajo

inútil.

La

arena

caía

por

un

lado

mientras destapaba el otro. Iba agrandando la excavación, para que no se enterrara de nuevo. Alguien había colocado esas piedras con algún propósito, ¿para qué...?

Cuando conseguí profundizar un metro, exhausto (ya tenía un movimiento de arena de tres metros alrededor) toqué algo duro. Otra piedra – pensé -, pero era grande. Seguí

limpiando. ¡Cielos! Es la más grande, plana, como una tapa.

Tuve que detenerme a tomar aire. Me iba a estallar el corazón. Me detuve. Pensé en cómo podría sacar esa enorme plancha. Bajé de nuevo al hoyo con la palita metálica y se partió al intentar moverla. Era evidente, yo solo, no podía. Tendría que buscar la ayuda de Padre y Roberto Luis.

Volví a casa con paso rápido. La noticia lo merecía.

Esa

noche, a

después la

de

relatar con mi

en mapa

la

cena

mis

investigaciones

familia,

cuadriculado,

marqué el lugar del descubrimiento. Quedamos organizados para el día siguiente con buen acopio de herramientas.

Como digo, esa noche no pegué ojo. Los nervios no me dejaron dormir. Vi las horas pasar en el reloj de la mesilla. Eternas. ¡Qué larga es la noche!, nunca la había visto,

siempre la dormía.

Imaginé,

qué

yo,

cientos

de

objetos,

tesoros,

incluso, una cueva olvidada, o la madriguera de un monstruo marino de largos tentáculos, o tal vez algo que los invasores

tenían olvidado, y

eso era lo que andaban buscando… Era

evidente que nadie había destapado ese hueco en muchos años.

Amaneció…

Tomamos

un

buen

desayuno.

Los

hombres

de

la

familia

íbamos a hacer algo importante, unidos, por primera vez. Era una sensación extraordinaria. En ese momento me daba igual lo que encontráramos. El hecho de hacer algo junto a Padre y Roberto Luis me hizo mayor. De la noche a la mañana sentí que había crecido, que tenía responsabilidad, obligación de hacer las cosas bien, de ser un hombre bueno, trabajador. Era el momento de dejar las chiquilladas atrás.

Serios,

apenas

sin

hablar,

cargados

con

nuestras

herramientas y el estómago dándome brincos, salimos hacia el sur de la isla.

El trayecto nos llevaría una hora a buen paso. Pero enseguida me di cuenta, iba a ser menos tiempo. Seguir a Padre era un ejercicio de fuerza y agilidad. Cada zancada de

él, eran dos mías. Así deduje que debía hacer el doble de esfuerzo… El sudor comenzó a asomarse por mi frente y brazos. No me quejé en ningún momento, los mayores no lo hacen…

Llegamos al destino antes de que el sol llegara a lo alto, serían las nueve de la mañana. El aire fresco de la Playa de La Concha me alivió, traía la boca seca.

• ¿Puedo beber un poco, Padre? • Sí, pero un trago. No gastemos el agua ahora. Esto nos puede llevar todo el día…

Quedamos de pie junto al lugar. Quietos. Padre miró a un lado y a otro. Se volvió y miró de nuevo, como buscando algo. Después, se fijó en el hoyo. Pensó, volvió a levantar la vista hacia la entrada de mar que la playa ofrece. Tardó unos minutos. Los dos hermanos estábamos estáticos, observándole, a la espera de sus órdenes.

- Vamos a ver qué hay en este hoyo… - Mirando a sus hijos con una sonrisa - .

Sacamos

dos

palas.

Roberto

Luis

y

yo

comenzamos

a

apartar la arena haciendo más ancha la boca del agujero. Era curioso ver las piedras que la arena había enterrado. Eran más planas en sus caras que las superiores. El viento, el agua, el pulido de la naturaleza las dejaba redondas, suaves, pero era el mismo tipo de roca.

Después de una hora de limpieza apartando arena, Padre limpió con un cepillo lo que parecía la tapadera de un

pequeño pozo. Era rectangular, de un metro de largo por medio de ancho. Con un esfuerzo supremo, haciendo palanca los tres, conseguimos moverla del sitio. Roberto Luis metió el mango de la pala y consiguió deslizarla un poco más. Padre la agarró con sus potentes manos, consiguió alzarla suavemente

colocándola a un lado. El pozo no era un pozo, ni la entrada de una cueva, ni una madriguera de algún monstruo marino… Tenía medio metro de profundidad. Estaba forrado por planchas de piedra como la de la tapa en sus cuatro paredes y suelo. El olor a humedad podrida nos espantó. Padre nos advirtió que nos apartáramos un momento. Podía ser tóxico ese aire

encerrado cientos de años…

Notaba los latidos de mi corazón en la cabeza. Era la primera vez que encontraba algo inexplicable. Ninguno de los tres dijo nada durante unos minutos. Inmóviles, de pie, no apartamos la vista de aquello. Creo que tuve la boca abierta durante un buen rato… Se me había secado. Tomé un trago de la cantimplora sin permiso de Padre. No apartaba la mirada del agujero.

Lo

que

había

allí

dentro

no

dejaba

lugar

a

dudas,

alguien lo había ocultado en ese hoyo por alguna razón. La cuestión era saber quién, por qué, cuándo…

Para extraer el

ello,

lo

primero romana

que

se

debía -

hacer sí,

antes

de

ánfora

del

agujero

amigos,

esas

fueron las palabras de Padre, ánfora romana - era medirla, comprobar su estado de conservación e intentar averiguar si había algún impedimento que dificultara su extracción.

Era de mediano tamaño. Estaba colocada en diagonal para aprovechar el espacio interior. Su color era verdoso, pardo,

grisáceo. Aparecía forrada con los restos de pequeñas algas secas y otras húmedas. Diminutos crustáceos adheridos habían dejado su huella también. Tenía un tapón perfectamente

encajado. Parecía de madera, recubierto de cera. Después, un paño o lo que quedaba de él, cubría la boca del recipiente debajo de una soga deshilachada enredada al cuello. Dos

asas, una a cada lado, la hacían muy manejable.

Padre pidió a Roberto Luis que dibujara un esbozo del hallazgo en su cuaderno. Este fue el resultado…

Al cabo de unos minutos, parecía no haber razón alguna que impidiera sacarla del agujero. Padre introdujo sus manos

por debajo. La levantó con esfuerzo, era pesada. Con sumo cuidado la alzó. Parecía llevar un bebé en sus brazos.

En la misma arena, pidió que extendiéramos un mantel que llevaba en su saco. La colocó con extremo cuidado, sin dejar de observarla un segundo. Se encontraba en buen estado. La cerámica humedad. romana había aguantado el salitre del mar y la

Llegó el momento de destaparla. El resto de trapo y cuerdas que cubrían la boca no fueron problema, hasta que dimos con un tapón de corcho recubierto de cera, cera de abeja sin duda, fundida para que adoptara la forma de la boca del ánfora y así poder sellarla a cualquier humedad, arena o polvo.

Con delicado esmero, Padre fue eliminando poco a poco esa gruesa capa con su cuchillo. Lo manejaba con maestría, agarrándolo directamente desde la afilada hoja. No se cortaba nunca.

La cera caía al mantel a pedacitos. Pronto se vio el tapón de corcho. Parecía nuevo, como recién puesto. No fue problema su extracción. Padre incrustó su cuchillo en medio, giró con fuerza y lo sacó como quién destapa una botella de vino.

No habíamos pronunciado ni una sola palabra en todo ese tiempo. Creo que no hizo falta. La incertidumbre de ver el contenido nos había enmudecido, como a Roberto Luis. Ni si quiera él gesticulaba.

No pude esperar. Puse mi cara en la boca del ánfora… No vi nada. Estaba oscuro. Padre me apartó con su mano poderosa. Levantó el recipiente por su parte inferior como quien va a vaciar una jarra de agua. Y allí cayó, sobre el mantel: un rollo de cuero atado, una cajita de madera tallada con bellas piedras de colores y cientos, quizá mil monedas de color verde, como podridas con moho por la humedad. Padre sacudió el ánfora, no paraban de caer. Se formó una “montaña” de aquellos metales verdes…

Sonreí, al igual que Roberto Luis. Me vino a la mente el capítulo donde, en medio de la oscuridad, el brillo de los diamantes en bruto cegó a los buscadores de “Las Minas del Rey Salomón”.

Esa noche, en la cama, decidí dedicarme a esto, a buscar tesoros por todo el mundo.

Hoy tengo mi propia empresa de arqueología submarina. Desde galeones, barcos de guerra, cargueros, aviones… todos ellos hundidos al por distintas No busco razones, se convierten tesoros, en sino que

ventanas

pasado.

únicamente

respuestas, respuestas a todas las preguntas importantes nos hacemos los historiadores: ¿Por qué estalló

aquella

guerra? ¿Quién construyó esta maravilla? ¿Cómo se hundió? ¿Quién era el responsable de esta nave? ¿A dónde se dirigía?

No es por la riqueza de otros. Busco el pasado para entenderlo. Hay más perdido que encontrado… Busco, porque un día encontré algo que cambió mi vida.

Los tesoros han provocado más pobreza que riqueza, más muerte que vida, más desaliento que esperanza. A lo largo de los siglos, de se la ha visto crecer más la avaricia Quien desmedida acopio en de

perjuicio

pobreza

pobre.

hace

riqueza, la despoja de sus legítimos dueños. La codicia del ser humano no tiene límites, nunca es suficiente, se puede poseer aún más.

Por eso entrego la mayor parte de lo encontrado a las autoridades de cada país, según sus leyes, para que puedan ser expuestas en los museos o para que sean devueltas a sus antiguos dueños. Me otorgan una pequeña porción o, a veces, una recompensa. Me es suficiente. Esto me permite vivir.

Una noche, una espantosa noche, algo de mí desapareció. La riqueza andaba por medio…

VI

“Capitanes intrépidos”

“Todavía no puedo hacer el trabajo de un hombre, pero puedo manejar un bote casi tan bien como Dan, y en una niebla no me pierdo… del todo. Puedo manejar el timón cuando el viento no es muy fuerte y poner cebo en una red; naturalmente conozco todas las velas y puedo pescar; y te demostraré como colar café con una piel de pescado… No tenéis ni idea de lo que hay que trabajar para ganar diez dólares y medio al mes […]”

Pepe Sánchez había llegado como cada lunes. Traía las provisiones, noticias, periódicos, libros y, como siempre, algún chiste nuevo…

- Julio, ¿sabes cuál es el último pez? -su mirada se clavaba en la mía apretando los labios para no reír…-. Pues… no. No sé cuál es el último pez, Pepe… -

respondí, sin entender mucho la pregunta…- Pues… el delfín, muchacho. El del-fin… es el último pez… ¡ja, ja, ja…!

Sus

carcajadas

eran

contagiosas

como

un

catarro

de

invierno. Todos reíamos a la vez con él. Eran momentos muy divertidos. Pepe Sánchez era genial.

Madre sacaba una botella de licor y tres vasitos. Ella también gustaba de beber en compañía de aquel amigo. Los tres siempre mantenían una larga charla, donde nosotros durábamos los primeros minutos. Después, seguían hablando de las cosas del puerto, de los rumores, de alguna noticia sobre la

posible guerra en Europa… Almorzaba con nosotros y se volvía a primera hora de la tarde, cantando viejas canciones con Padre y recordando sus hazañas de juventud, cuando

recorrieron miles de millas en los cargueros ingleses.

Pero aquel día, no hubo canciones, ni recuerdos. Padre le habló de nuestro hallazgo. No precisó el lugar, pero le describió el ánfora y su contenido. Pepe Sánchez no lo creía, pensaba piratería que era una broma. por Las viejas las leyendas que de la de

eran

conocidas

todos,

hablaban

tesoros escondidos en esta isla deshabitada.

Padre le invitó a subir a nuestro cuarto. Sobre una mesa, teníamos ordenadas y a medio limpiar las mil monedas de oro, sí, eran de oro… Además de la cajita de madera con las decenas de piedras preciosas, que con los años, supe

realmente lo que eran…

Pero lo que fascinó a Padre, y en definitiva, a mí también, fue el documento del cuero, escrito en latín, el idioma de los romanos.

No se trataba pues de Morato Arráez, el perverso. No. Fue un comerciante romano, hasta sabíamos su nombre,

Cornelius M. Cuenta que su barco naufragó en estas aguas y que fue rescatado por unos hombres que vestían con pieles y se adornaban con conchas y huesos tallados. Que fue llevado hasta el rey, que llamaban Zonzamas. Curaron sus heridas y lo alimentaron. El romano solo salvó esta ánfora, a la que se abrazaba en todo momento. Al tiempo, otro barco romano

apareció en la costa y marchó en él. Pudo convencerles de hacer una parada en esta isla, les habló de una paloma, la pardela, que daba un aceite milagroso. Aprovechó la ocasión

para esconder su fortuna en la playa. Algún día volvería a recogerla. Nunca lo hizo.

Los ojos de Pepe Sánchez se abrieron como dos soles. Padre le miró sonriente, pero al momento cambió su sonrisa por otra sonrisa forzada. Le pidió a su amigo que no dijera nada a nadie, que que tal quería vez mantenerlo en el en secreto por el

momento,

hablaría

ayuntamiento

para

llevarlo al nuevo museo de la capital y exponerlo como el primer tesoro romano descubierto en estas aguas…

Pepe Sánchez no apartó ni un segundo su mirada de la mesa. Padre no apartó su mirada de Pepe…

Hay momentos en la vida que no puedes creer lo que está pasando, solo en las novelas de aventuras o en los viajes más difíciles ocurren hechos asombrosos. Por eso se escriben las novelas, para hacer creíble lo increíble; por eso se hacen viajes extraordinarios, no para llegar, sino para viajar…

En ningún momento sospeché, con las miles de horas que dedicaba a imaginar lugares, personas, emociones… que pudiera pasar, lo que iba a pasar.

- No, no llames al ayuntamiento - el gesto de Pepe Sánchez se tornó serio como nunca lo había visto -. Esto es un tesoro, amigo mío, y es propiedad de quien lo encuentra. Creo que tienes una fortuna incalculable encima de esta mesa. A ti y a tu familia os podría sacar de este triste faro para siempre…

Padre no contestó. Miró a los ojos de su amigo. Creo que no le gustó lo que había detrás de aquellas palabras. Se limitó a decir: “¡ya veremos Pepe, ya veremos…!”

Salimos

de

nuestro

cuarto.

Pepe

Sánchez

volvió

de

improviso a su acostumbrado buen humor. Besó a Madre y se despidió de nosotros. Salió con paso ágil, cosa que no había hecho nunca.

Yo, por supuesto, miraba a Padre. Sabía que algo no iba bien. Su mirada hablaba. No pronunció palabra alguna, pero decía muchas cosas.

Al día siguiente, nos obligó a recoger todo el tesoro. Lo volvimos a meter en el ánfora. Roberto Luis no entendía nada. Yo sí.

- ¿Dónde lo vamos a esconder, Padre? - pregunté muy serio -.

Él me miró como si le hubiera leído el pensamiento. Respondió directamente.

- En el último rincón de esta isla… - Y eso ¿dónde está, Padre…? - En la Playa de La Concha, en su agujero. Vamos a devolverlo buscarán… al lugar donde lo encontraste. Ahí nunca lo

Aunque Padre había hablado de la Playa de La Concha a su amigo, no precisó el lugar. Estaba seguro que jamás irían a desenterrarlo de nuevo. Nadie lo buscaría allí.

Esa misma tarde, después de volver a guardar con cuidado todo dentro del ánfora, sellarle el tapón de corcho con cera nueva, trapo de lona y cordón de marinear, caminamos el

sendero de la playa.

Llegamos al hoyo. Ni siquiera lo habíamos tapado desde el hallazgo. Estaba intacto, preparado para ocultar la pieza de nuevo. Padre colocó el ánfora y la losa encima. Sobre ella unas piedras pesadas y arena, mucha arena, toda la arena… Incluso nos obligó a borrar cualquier huella de nuestros pies en la zona, arrastrando un matorral, siguiendo las ondas que el viendo hace sobre la arena seca.

Roberto Luis estaba enfadado, no entendía el porqué de aquella acción. Padre le tranquilizó hablándole todo el

camino de vuelta.

El ambiente en casa se enrareció. Padre nos mandó a dormir a la caseta del pozo, lejos del faro. Allí, Madre amontonó maleza de los alrededores en un rincón. Colocó una lona encima y fabricó una cama incómoda para los tres. Padre quedaba solo en el faro. Dejaba una vela encendida en la cocina. Una de las noches siguientes le vi revisar su

escopeta de cazar conejos… Me extrañó que pensara salir a perseguir algún gazapo en la oscuridad.

No quise creer lo que estábamos haciendo, escondiéndonos de… Me negaba a creerlo, no puede ser. Pero ¿por qué? ¿Por qué nos ocultábamos de Pepe Sánchez? Sí, amigos. Padre le esperaba, y con una escopeta cargada. Si era nuestro amigo… No lo entendía. ¿Es el oro? ¿Las piedras de colores? ¿Tanto cambió su mirada al brillo dorado de unas monedas antiguas? ¿Qué les ocurre a los mayores? ¿Por qué desean lo que no es suyo? Cada noche pensaba estas cosas en la incomodidad de aquel camastro.

Padre,

como

siempre,

acertó.

Tres

noches

y

sus

días

hicieron falta para que unos individuos con la cara tapada se plantaran de improviso en la cocina. Le apuntaban con un

arma. Se había quedado dormido sobre la mesa, delante de un libro y su vieja pipa.

Un golpe en el hombro le despertó. Los tres hombres solo asomaban sus ojos entre la gorra y un pañuelo en la cara. Dos de ellos subieron a nuestro cuarto. Sabían donde tenían que ir. El otro quedó de pie apuntando a Padre. Se oían golpes, cajas tiradas, muebles volcados. A los pocos minutos, bajaron con gran enfado.

- ¿Dónde está? - preguntó el más alto amenazando a Padre -. - ¿Acaso Pepe Sánchez no te lo explicó bien? - fue su respuesta tranquila -. - ¿No me explicó el qué? - ¿También os ha engañado? ¿Qué os ha contado, que había encontrado un tesoro y que lo tenía en el cuarto de mis hijos? Pobres infelices… Os ha engañado como a mí. Sí,

encontré unas monedas antiguas. Me las pidió para llevarlas a un tasador… De eso hace dos semanas… Todavía no ha vuelto… Y ahora os manda para qué, ya lo sé, para que acabéis conmigo y

silenciar

el

asunto.

Yo,

caído

por

el

acantilado

en

un

accidente… y vosotros detrás de unas monedas que Dios sabe dónde estarán ya… - ¡Estás mintiendo! – gritó el que parecía cabecilla del grupo apuntando a Padre con su escopeta -. - ¿Por qué he de hacerlo? El asunto está claro. Él se queda con todo, yo fuera de juego y vosotros no podéis ir por ahí preguntando por un tesoro. Nadie os creería y menos la policía - respondió Padre con más tranquilidad -. - Ya… - le interrumpió - pero ¿dónde están tu mujer y tus hijos? Los escondes. Sabías que vendría alguien a por las monedas… - Por supuesto. Han pasado quince días y no sé nada de Pepe Sánchez, es lógico que no estén aquí, es más, si mañana no se enciende el faro, sabrán que me ha pasado algo. Mis hijos están con su madre en la capital, en casa de un

pariente desde cuya ventana se ve esta luz. Solo han de esperar a que anochezca para saber que todo va bien. Si no hay luz, avisarán a las autoridades y vendrán de inmediato. - ¡Vámonos de aquí! - dijo asustado uno de los tres, el más joven -. - ¡Cállate, Antoñito! - le inquirió el más alto -.

- ¿Por qué has dicho mi nombre? Ahora sabe quién soy… Sí, lo sé le habló Padre -. Lo sé desde que

entraste. Te conozco. Bueno, os conozco a los tres. Soléis pasar por la taberna del muelle. Y sé quién es tu padre, Antoñito… El chico se quedó inmóvil. No sabía qué decir.

- Hagamos un trato - continuó Padre-. Yo me olvido de esta visita van y a vosotros pedirle os vais por a donde Pepe habéis venido. si lo

Mañana

cuentas

Sánchez,

encuentran, claro.

Padre

intentaba

ganar

tiempo,

salir

de

aquella

situación. Sabía que no podía y no quería usar la fuerza contra aquellos infelices. Casi los tenía convencidos cuando el más alto insistió en creer que Padre mentía…

-

Está

bien,

si

no

me

creéis

vamos

a

la

capital.

Llevadme con vosotros. Vamos a casa de Pepe Sánchez… - les propuso Padre, con la intención de salir de allí con vida. Una vez en la ciudad, sería más fácil salvar la situación -.

Los tres se miraron y asintieron.

Volvieron al barquillo. Lo que no sabían era que Madre tenía el aviso de zarpar en nuestra barca cuando los

malhechores atracaran en el muelle del faro. El ruido del motor ya la había despertado. Les vio subir por la ladera del faro a la casa. Cuando llevas muchos años viviendo en el mismo lugar conoces entre otras cosas, sus sonidos, los

sonidos de cada hora, de cada día, de cada estación incluso.

Nos sacó del camastro de un porrazo. Nos embarcó a la carrera rumbo al puerto capitalino. Cumplió el plan de Padre, salir de inmediato en busca de ayuda.

Cuando atracamos en el muelle de los pescadores, fuimos en busca de la policía local para contarles lo que estaba pasando.

Padre asustado, no dejaba de mirar a proa y a popa, para averiguar si le seguíamos o navegábamos adelantados. Llegamos al puerto con media hora de adelanto, suficiente para que los agentes organizaran el arresto. El Sargento Ayala y un grupo de guardias se ocultaron detrás de las cajas de pescado.

La sorpresa fue mayúscula cuando cayeron sobre los tres asaltantes. Sin embargo, Padre no dijo nada de Pepe Sánchez.

Con un gesto serio, como nunca vi en su cara, tomó paso ágil encaminándose a la casa del que había sido su gran amigo… Madre le intentó detener, pero no pudo. Los guardias estaban ocupados con aquellos canallas, despojándoles de sus armas, pañuelos, esposándoles, metiéndoles en el furgón

policial… Madre les llamó, pero no le hicieron caso en un primer momento.

Unos minutos después, tras la insistencia de Madre, el Sargento Ayala salió corriendo tras Padre, pero ya estaba lejos, había llegado a la casa de Pepe Sánchez.

A golpes, rompió la puerta y subió los escalones de dos en dos hacia en el la dormitorio habitación que de se un acabada portazo, de iluminar. del

Irrumpió

jadeando

esfuerzo, miró fijamente a su amigo…

- Te delató la mirada, Pepe… - Pero ¿qué haces aquí? ¿Qué ocurre? No entiendo de qué me hablas…

Carmen, la esposa de Pepe Sánchez, estaba muy asustada. Padre quedó en silencio unos segundos. Agarró una silla y la destrozó contra la pared, quedándose con una de las patas en la mano.

- Pero ¿qué haces? ¿Te has vuelto loco? - apenas le salía un hilo de voz a Sánchez -. - Tu mirada Pepe, fue tu mirada sobre las monedas. Eso te delató… y a esos tres que mandaste. Ahora vengo a ajustar cuentas contigo… - la voz de Padre era cada vez más agresiva -.

- No te entiendo… ¿Qué tres mandé yo? - en ese instante Pepe Sánchez arrojó la colcha de la cama sobre Padre

empujándole fuera del cuarto. Cayeron escaleras abajo…-.

El Sargento Ayala llegó en ese mismo instante. Padre yacía en el suelo. Se había golpeado la cabeza con algún escalón.

Allí quedó…

EPÍLOGO (o cómo explicar todo esto)

Han caído las hojas de tantos calendarios… Aquella noche de muerte está turbia en mi memoria. Apenas la recuerdo bien. Madre nos contó lo sucedido cuando ya tuvimos edad.

Es difícil educarse sin un padre, pero más lo fue para un chiquillo que admiraba al suyo en todos los sentidos. Desde que nací estuvo a mi lado, y una noche, de golpe, de un golpe, de un seco y fatídico golpe, esa noche, dejó de estar, de vivir, de ser Padre. Desde esa hora de dolor, la persona

más imprescindible de mi vida pasó a ser un recuerdo…

Vuelvo la vista atrás.

Imagino que mi estatura no subía mucho de su cintura, por eso recuerdo perfectamente sus manos, quedaban a la

altura de mis ojos, poderosas, llenas de cicatrices, sabias… Después, su voz ruda, pero dulce cuando hablaba a Madre. Sus largos cabellos blanqueados por los años, anudados en una cola como un marino de cuento. Su fuerza, su saber. La

sonrisa cuando me hablaba del mar…

¿Qué haces en una situación así? Nada. No puedes hacer nada. Nadie está preparado para esto. Los mayores siguieron haciendo las mismas cosas, nada distinto. Yo también, pero con una diferencia, por primera vez, por primerísima vez en mi corta vida, me sentí solo, realmente aislado, vacío,

hueco…

Seguí viviendo. Alcancé los estudios universitarios de Historia. Madre y Roberto Luis trabajaron duro para pagar toda mi formación. Como os dije, tengo mi propia empresa de arqueología submarina con dos socios. Entre los tres leemos, buscamos, investigamos y, a veces, encontramos.

Es curioso. Hace unas semanas me di cuenta de algo, ahora tengo la misma edad que él vivió, sus mismos años. Me emociona pensarlo.

Sin embargo, mis manos no son rudas, ni sabias, ni mi voz es ronca, ni soy fuerte, ni fumo, ni bebo licores… No me parezco a él en nada. Lo único que he podido hacer es

escribir esta historia. Poner en un papel que algo dentro de mí sigue igual: solo, aislado, vacío, hueco…

Lo que daría por pasar un rato en su compañía, ser su amigo. Sentarme a escucharle en este momento, con toda mi atención. Quererle. Cuidarle. Lo disfrutaría tanto…

Delante de su libro, a la luz de las velas, es mi último recuerdo. Allí lo dejé, leyendo, en la cocina de casa.

Allí estará siempre.

Hace tiempo que enciendo una vela cuando me dispongo a leer, aunque tenga una lamparilla. Es la luz del faro que llega hasta ese rincón, es la luz de Padre, mi padre.