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Manuel Martel P.

1. El agua como recurso hídrico
El agua, al ser un elemento fundamental para la vida se convierte en un recurso, es decir, puede ser aprovechada para el uso humano. Las reservas hídricas son la cantidad de agua dulce aprovechable. 1.1 El agua en la naturaleza El agua se presenta con diferentes aspectos según las fases del ciclo hidrológico. En la Tierra el agua se encuentra en diversas formas y lugares. En primer lugar, debemos distinguir dos clases de medios acuáticos: Las aguas oceánicas corresponden a los océanos y mares. Es agua salada y comprenden un 98% de todas las aguas de la Tierra. Las aguas continentales son las que se encuentran en las placas continentales. Corresponden tan solo a un 2% de los medios acuáticos del planeta. Normalmente, las aguas continentales son agua dulce y por eso constituyen nuestros recursos hídricos. Así, el porcentaje de agua que tenemos a nuestra disposición es muy pequeño.
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La fase terrestre del ciclo hidrológico es la más compleja. La precipitación puede llegar al suelo o ser interceptada por la vegetación. Desde el suelo, puede volver a evaporarse, percolarse hacia el interior de la tierra, o bien fluir por la superficie hasta alcanzar un lago o el mar. En este recorrido por la superficie forma diversos accidentes geográficos (ríos, ramblas, arroyos, valles, torrentes…). Las aguas continentales pueden clasificarse en: Aguas superficiales: son los ríos, los lagos y las zonas húmedas. Se encuentran o fluyen por la superficie del continente. Aguas subterráneas: son las que circulan por debajo de la superficie y se almacenan en el interior de las cavidades formadas por paredes de roca.

Los geógrafos, al estudiar los recursos hídricos, calculan el balance hídrico, es decir, la pérdida o ganancia del agua caída en las precipitaciones. Esto significa que no solo es importante la cantidad de milímetros de agua precipitada, sino la cantidad que de ella aprovechan los animales y las plantas. El balance hídrico, pues, depende del ciclo hidrológico de la zona estudiada, así como de las rocas y la vegetación que la integran. En la Península Ibérica, la escasa pluviosidad provoca que los recursos hídricos de los que disponemos sean reducidos y estén mal repartidos.

2. Los ríos

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La red fluvial de nuestra Península tiene una distribución desigual en el territorio. Uno de los factores que determinan los ríos es la disposición orográfica. La Cordillera Cantábrica y los sistemas Ibéricos y Béticos dividen en vertientes a los ríos españoles, la mayoría de los cuales desembocan en el Atlántico. Diferentes ríos discurren por cada una de las tres vertientes (atlántica, mediterránea y cantábrica) y cada uno forma parte de una cuenca concreta. La cuenca es el territorio regado por un rio principal y sus afluentes. Es simétrica si la estructura y el número de afluentes son parecidos en ambas vertientes. Se denomina exorreica si sus ríos desaguan en el océano o en mares abiertos, y endorreica si desaguan en mares interiores, lagos o lagunas. Dentro de su cuenca, cada río traza su propio cauce, que es el espacio por el que circula. Cuando el curso fluvial recorre un territorio llano, el cauce puede trazar grandes curvas llamadas meandros. Los factores atmosféricos determinan las características de los ríos. Así, los diversos climas que afectan la Península Ibérica provocan diferentes tipos de pluviosidad. En la Península hay unas zonas dominadas por el clima oceánico, con precipitaciones superiores a los 500600 mm anuales y con una distribución regular al cabo del año. Esta zona ocupa un 10% agua precipitada permite que los ríos fluyan con un caudal mínimamente constante a lo largo de todo el año. En el resto de la Península, es decir, en la mayor parte del territorio español, se da el clima mediterráneo, donde la pluviosidad es inferior a los 500-600 mm y la distribución es muy irregular. En esta zona la escasez de lluvia durante el verano es general, lo que provoca que sus ríos fluyan con diferente cantidad de agua a lo largo del año. El clima de montaña se encuentra en zonas de alta montaña, donde la pluviosidad –o la nieve, en invierno- es abundante. 2.1 El régimen fluvial La cantidad de agua que lleva cada río varía a lo largo del año. Esta fluctuación se denomina régimen fluvial. Los tipos que podemos encontrar son los siguientes: Régimen nival: es propio de las zonas de alta montaña. Las aguas altas se dan en verano, que es cuando se produce el deshielo, y los estiajes en la estación fría, por ser todas las precipitaciones en forma de nieve y quedarse solidificadas. Ej.: Segre. Régimen nivo-pluvial: depende mayoritariamente de las nieves, pero las lluvias influyen en sus crecidas. Las aguas alcanzan su máximo en mayo, por la fusión de las nieves, asi como en octubre cuando empiezan las lluvias otoñales. Ej.: Nalón. Régimen pluvio-nival: la mayor aportación del agua las reciben de las lluvias primaverales, pero la fusión de nieves cercanas también es importante. Ej.: Tormes. Régimen pluvial: la mayoría de nuestros ríos pertenece a este grupo. La cantidad de agua depende de las lluvias y normalmente sufren una importante reducción de sus aguas durante el verano, la estación seca. Ej.: Segura.

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2.2 Elementos de un régimen fluvial

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El caudal consiste en la cantidad de agua que fluye por un río, medida en metros cúbicos, evacuada por dicho río a lo largo de un periodo de tiempo, que suele ser de 1 segundo. Las variaciones estacionales son provocadas por la variación en la pluviosidad que tiene lugar a lo largo del año. Por ejemplo, en verano, la falta de lluvias provoca que los caudales disminuyan. Es el estiaje. Las crecidas son los momentos de máximo caudal de un río, en los que se pueden llegar a producir desbordamientos. La escorrentía, que relaciona la precipitación caída con el agua que circula por el curso fluvial. Este dato es muy significativo, porque expresa la parte del agua que escurre en cada cuenca, la cual depende de la evapotranspiración y de la infiltración. Los arrastres son los materiales que se erosionan por las lluvias y que van a parar al río. Conocer la cantidad de solidos que arrastra un río puede ser importante para prevenir su acumulación en los embalses y evitar así que disminuya su capacidad. 2.3 Vertientes  VERTIENTE CANTÁBRICA La Cordillera Cantábrica, abrupta y escarpada, y con alturas que superan los 2500 m, da lugar s cursos fluviales de corta longitud, con ríos de una media de 100 km. Esta vertiente, aunque solo ocupa un 4% de la superficie peninsular, es importante porque constituye la zona de la Península donde se producen más precipitaciones. Los ríos cantábricos son los cursos más regulares de España, debido a la constante pluviosidad. Destacan el Nalón, el Bidasoa y el Nervión. Los ríos de las zonas gallegas y asturianas sufren un corto, pero claro estiaje, debido a la mayor influencia del anticiclón de las Azores. En cambio, los ríos cántabros y los vascos no padecen de la misma manera la falta de pluviosidad, porque las lluvias de esa zona son más abundantes y repartidas a lo largo del año. Las crecidas son poco frecuentes, sin embargo, debido a que los ríos de esta zona son los de escorrentía más elevada, di que se dan factores que pueden provocar crecidas de mayor o menor envergadura. En 1º lugar, la topografía, con vertientes que salvan mucho desnivel en pocos km, facilita la rápida propagación del agua. En 2º lugar, la colonización humana alrededor de los lechos más anchos de los ríos y las construcciones que reducen los cauces han provocado retenciones, que en momentos de crecidas, han resultado catastróficas. Estas crecidas son más habituales en invierno. Los ríos cantábricos, caudalosos, tienen una gran fuerza erosiva, lo que ha provocado la formación de hoces profundas. Son famosas las hoces del Cares y las del Deva.  VERTIENTE ATLÁNTICA Los ríos gallegos son cortos y caudalosos. Los ríos que atraviesan la Meseta son los más largos de España y son irregulares pues alcanzan sus caudales máximos entre diciembre y marzo, que suele ser la época de mayor pluviosidad en la Meseta. El Miño nace en el Macizo Galaico y su caudal es considerable. Junto con su afluente, el Sil, recoge las aguas de las depresiones de Lugo y Ourense.
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La cuenca del Duero es la más extensa de toda la Península. Además, es simétrica, aunque los afluentes que nacen en la vertiente sur de la Cordillera Cantábrica son siempre más caudalosos que los que lo hacen en el Sistema Centra, donde la pluviosidad es menor. Sus afluentes más importantes son el Pisuerga, el Esla y el Tormes. El río Tajo es el más largo de la Península, con un total de 1202 km. Su cuenca es la tercera en extensión. Algunos afluentes son el Jarama, el Tiétar y el Alagón.
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El río Guadiana es el de menor caudal de nuestros principales cursos de agua, debido a que atraviesa zonas de poca pluviosidad. Su nacimiento proviene del afloramiento de aguas subterráneas. Presenta tres tramos diferenciados. El primero, tras nacer en los Ojos del Guadiana, destaca por su drenaje subterráneo, donde se hallan las Tablas de Daimiel. En Extremadura, entre Don Benito y Badajoz, su vega es amplia y regada, mientras que en el Alentejo portugués su cuenca se estrecha. Algunos de sus afluentes son el Jabalón y el Matachel. El Tajo y el Guadiana tienen cuencas disimétricas, porque sus ejes transcurren más próximos a los Mts. de Toledo, los cuales, a pesar de su escasa altitud, actúan como divisoria entre las dos cuencas. El río Guadalquivir nace en la Sª de Cazorla, Jaén. Es el más largo y caudaloso de Andalucía. Su cuenca estuvo abierta al mar y por eso todavía penetra en ella en forma de marismas. Sus afluentes forma una red disimétrica, pues los más caudalosos provienen de Sierra Nevada. Además, en la vertiente atlántica discurren otros ríos, como el Tinto, el Odiel, el Guadalete y el Barbate, que desembocan en el Golfo de Cádiz y tienen acusado estiaje.

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 VERTIENTE MEDITERRÁNEA Los ríos mediterráneos son cortos y de escaso caudal y resultan los más irregulares de la Península, debido al déficit de lluvias de su clima. En verano sufren un fuerte estiaje y por eso algunos de ellos son ramblas. Las crecidas tienen lugar principalmente durante el otoño y están relacionadas con el fenómeno de la gota fría, que produce precipitaciones abundantes en poco tiempo. Ello, unido a las fuertes pendientes y a la escasez de una vegetación que pueda frenar la escorrentía hace que las crecidas sean en ocasiones catastróficas. El río Ebro es una excepción. Se trata del más importante de la vertiente mediterránea y es la segunda cuenca más extensa de la Península. De forma triangular, tiene escasa pendiente. Sus afluentes forman una red disimétrica porque son más numerosos los que llegan de los Pirineos, cordillera con más altura y pluviosidad, como el Gállego, el Cinca o el Segre; mientras que los afluentes del Sistema Ibérico, como el Jalón, llevan menos caudal. Las máximas de caudal suelen ocurrir entre octubre y julio, mientras que en verano se produce el estiaje. Los ríos catalanes, levantinos y andaluces tienen características similares. Así, los principales ríos catalanes son el Llobregat y el Ter, que atraviesan el Sistema Mediterráneo.

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Los ríos levantinos destacan por la elevada pendiente de sus cauces, los fuertes desniveles que deben salvar y sus cursos son reducidos. La mayoría de estos ríos han creado llanuras litorales muy fértiles en los lugares donde la pendiente disminuye bruscamente.

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Tras el Ebro, el río Júcar es el más importante de la vertiente mediterránea. Tiene su cabecera en los Mts. Universales (Sist. Ibérico), y fluye a través de La Mancha. Su cuenca baja es una amplia llanura de inundación. El Segura nace en la Sierra de Segura (Sist. Bético). Es uno de los ríos que más acusan el estiaje, motivo por el cual se construyó el trasvase Tajo-Segura. Los ríos andaluces de la vertiente mediterránea son cortos y con fuertes pendientes ya que nacen muy cerca del mar. Los más importantes son el Guadalhorce, el Guadalfeo, El Andarax y el Almanzora.
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3. Lagos, lagunas y zonas húmedas
3.1 Los lagos y las lagunas El territorio español ocupado por lagos es escaso. Pueden clasificarse según su origen en: Endógenos: han sido formados por fuerzas internas, como fallas o volcanes. Un ejemplo son los del Campo de Calatrava (Ciudad Real). Exógenos: tienen escasa capacidad y han sido generados por fuerzas externas, como la acción del agua o del hielo. Hay ejemplos de este tipo de lagos en los Pirineos. Mixtos: han sido creado por fuerzas de los dos tipos anteriores. Los más famosos son el de Banyoles (Girona).

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Las lagunas normalmente son de agua dulce y suelen tener dimensiones muy desiguales y poca profundidad. Las más importantes son las lagunas de las Tablas de Daimiel. Al tener escasa profundidad, a veces se saliniza su agua debido a los efectos de la evaporación. 3.2 Las zonas húmedas Las restantes zonas húmedas de la Península son de distinto tipo: albuferas, deltas… Las albuferas, ensenadas marinas cerradas por una barra arenosa, y las marismas pueden contener agua dulce o salada. La posterior alimentación de aguas interiores puede desalinizarla. Ejemplo de ellas son las albuferas de Valencia o las Marismas del Guadalquivir. En el Mediterráneo, se forman deltas, como el del Ebro, o abanicos aluviales, como el del Llobregat. Cuando la corriente fluvial alcanza las aguas de un mar sin fuertes mareas y oleaje que arrastren los sedimentos mar adentro, estos se depositan en capas en la misma desembocadura. Por otro lado encontramos que la falta de recursos hídricos ha motivado la intervención humana sea cada vez mayor. Los embalses son extensiones de agua almacenada artificialmente mediante la construcción de una presa. Con ellos se pretende la regulación de los caudales, el riego, la producción de energía eléctrica y el abastecimiento urbano y para usos industriales. Son superficies lacustres de agua dulce.

4. Las aguas subterráneas

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Cuando se dan precipitaciones, parte del agua se infiltra y se almacena en el subsuelo, penetra a través de la vegetación y las grietas, y por acción de la gravedad, va descendiendo hasta encontrar una capa de rocas impermeables. Esta parte de agua constituyen las aguas subterráneas. El agua que circula bajo tierra no atraviesa los estratos impermeables y forma acuíferos, que son bolsas de agua. En ellos el agua puede permanecer almacenada cientos de años. En países como España, los acuíferos constituyen una reserva del gran valor. En Andalucía los acuíferos tienen una gran importancia, sobre todo en el litoral mediterráneo, donde son el recurso hídrico principal. Cuando llegan a su máximo nivel freático, las aguas buscan una salida. Esta puede ser en forma de manantial (Guadiana), fluyendo hacia otros acuíferos, o bien dirigiéndose directamente hacia el mar. 4.1 Los pozos Para extraer y aprovechar el agua de los acuíferos se construyen pozos, es decir, excavaciones verticales que alcanzan el nivel freático. Antes de su construcción se realizan estudios geológicos y sondeos que permiten calcular si la extracción del agua será rentable o no. La calidad de las aguas subterráneas depende de las rocas que las contienen. Existen rocas de tipo silíceo, calizo y detrítico, lo que determina la calidad de las aguas que en ellas se almacenan. Así, las aguas pueden ser bicarbonatadas o silíceas. Pero si atraviesa suelos formados principalmente por arcillas, el agua no tiene tan buena calidad y puede llegar a ser salada. También existen rocas más permeables que facilitan filtraciones y no permiten recoger tanta agua. La sobreexplotación y la infiltración de sustancias contaminantes son los principales problemas que afectan a los pozos. En los acuíferos costeros se ha procedido a una extracción masiva de aguas por necesidades urbanas, agrícolas y por causa del turismo. La extracción a un ritmo superior al de reposición natural, es decir, la sobreexplotación, no permite que el agua subterránea se renueve. En algunas ocasiones, esto ha provocado que, en los acuíferos cercanos a la costa, el agua del mar se infiltrara y se salinizaran sus aguas. Por otra parte, el uso de pesticidas para los cultivos, así como los vertidos industriales y urbanos, han llevado a la contaminación de muchos acuíferos.
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5. La red hidrográfica
Se han formado las confederaciones hidrográficas, que llevan los nombres de las cuencas a las que hacen referencia y son las administraciones que controlan la gestión del agua. Estas confederaciones, que no siempre coinciden con las cuencas de los ríos principales, planifican los recursos en función de las necesidades a la vez que de los intereses. Para ello, realizan unos estudios de sus cuencas en los que se tienen en cuenta diferentes valores. El balance anual de estas confederaciones hidrográficas muestra la relación entre los recursos hídricos disponibles y la demanda de dichos recursos. A continuación, planifican las posibles modificaciones que deben aplicarse.

6. El uso y el aprovechamiento de las aguas

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Las diferentes culturas que han vivido en la Península intentaron obtener el máximo provecho de sus recursos hídricos. Los romanos construyeron acueductos (Segovia), y pantanos, como el de Almuñécar. Trazaron canales para el regadío e incluso para las minas. Los musulmanes también construyeron acequias y canales para el regadío, aunque destacaron por sus norias. Edificaron también molinos de viento para extraer agua de los acuíferos. Si bien en los reinos cristianos se llevaron a acabo construcciones para el regadío, la expulsión de los musulmanes significó en muchos casos que quedaran desatendidas y posteriormente olvidadas sus obras hidráulicas.
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Los reyes de la casa de los Austrias planificaron canales, pero pocos fueron construidos, y los construidos escasamente utilizados. Hasta el siglo XIX, bajo los Borbones, no se llevaron a cabo proyectos de envergadura. A principios del siglo XX, empezó a estudiarse la construcción de pantanos a gran escala, pero pocos se realizaron. Surgieron también empresas dedicadas a la obtención de electricidad y que aprovechan los recursos hidráulicos. Durante la II República se proyectó elaborar una planificación global que regulara los recursos hídricos, pero el estallido de la guerra civil no permitió que los estudios que se habían realizado fueran aplicados en la construcción de las obras. El gran impulso de las obras hidráulicas previamente planificadas para ampliar las zonas de regadío y obtener energía eléctrica empieza en los años cincuenta del S. XX. Hoy en día, la intervención del ser humano se centra en la creación de reservas regulables (aguas embalsadas) y en el transporte y trasvase de agua de un lugar donde abunda hacia otro cuyas necesidades superan sus reservas hídricas. Esto es muy necesario en un país como España, cuyos recursos hídricos no son abundantes. Además, la necesidad de agua va en aumento y por eso es imprescindible una adecuada utilización de nuestros recursos hídricos. El consumo de agua en España se distribuye por sectores: El consumo de la industria (12-15%) se mantiene como consecuencia de las medidas de ahorro que se están implantando para reducir costes. El uso urbano (8-10%). Este porcentaje se prevé que aumente por el desarrollo del turismo, precisamente en las zonas donde el agua es más escasa y se emplea con finalidades de ocio. En el suministro de agua a ciudades e industrias uno de los principales problemas es el de las pérdidas en las cañerías de distribución, se estima que del 50% al 70% del agua que se extrae se desperdicia, por evaporación, fugas y otros motivos.

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En España, cerca del 80% de los recursos hídricos se emplean en la agricultura. Actualmente existen 3.700.000 hectáreas (Ha.) en regadío, en las que aproximadamente un millón existe regadío tradicional. El aumento de la superficie de regadío que propone el Plan Nacional de Regadíos para el 2008 es de 228.518 Ha, a través del impulso del ritmo de terminación de las zonas regables en ejecución, estableciendo pequeños regadíos destinados a mejorar las condiciones del mundo rural. Este aumento de zonas de regadío se debe a los altos rendimientos que presentan estos cultivos frente a los de secano. Para el aprovechamiento del agua de nuestros ríos, se ha construido en el último siglo un gran número de embalses. Estos son extensiones de agua almacenada artificialmente mediante la construcción de una

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presa. Los embalses constituyen en realidad superficies lacustres de gran extensión y nos permiten disponer además de agua dulce. Ejemplo de ellos son el embalse de El Tranco de Beas (Guadalquivir). El consumo creciente del agua nos ha hecho ser conscientes de que el agua es un recurso renovable, pero cada vez más difícil de hallar sin contaminar. Este aumento de demanda hace que se incrementen las técnicas para el máximo aprovechamiento del agua, entre las que se encuentran: Potabilización: el agua potable es el agua apta para beber. Muchas veces, cuando se toma agua de ríos y acuíferos, se debe potabilizar, es decir, tiene que ser sometida a una serie de tratamientos para hacerla apta para el consumo humano. Desalinización: es otro sistema para obtener agua potable. Consiste en extraer la sal del agua del mar y convertirla en agua dulce. En la actualidad varias plantas desalinizadoras en España y otras están en proceso de construcción, por lo que la producción del agua desalada está aumentando en nuestro país en los últimos años. Depuración: Tras ser utilizada por los seres humanos, el agua contiene residuos, por eso se llaman aguas residuales. Esta agua se limpia en las plantas depuradoras. En los últimos años se ha incrementado notablemente su reutilización.

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7. Agua y el medio ambiente
En nuestro planeta el agua es un recurso renovable limitado, pero, más concretamente en España, es un recurso escaso por la confluencia de una pluviosidad escasa e irregular con un consumo excesivo y una demanda creciente. Esto se agrava actualmente con los problemas que generan los malos usos y la contaminación, poniéndose de manifiesto la fragilidad del modelo tradicional del uso y gestión del agua en España. Se impone un uso racional del agua a través del control y gestión del consumo de agua. Es un concepto incluido en la políticas generales de gestión de los recursos naturales renovables y asociado a un desarrollo sostenible que debe permitir el aprovechamiento de los recursos, en este caso del agua, de manera eficiente garantizado su calidad, evitando su degradación con el objeto de no comprometer ni poner en riesgo su disponibilidad futura. En favor de encontrar un desarrollo sostenible y para intentar resolver las múltiples tensiones sociales, territoriales y políticas que genera el tema del agua en España, se han tomado una serie de medidas entre las que cabe destacar la Ley de Aguas (1985),que considera la planificación hidrológica no solo como solución para paliar los déficit crónicos de amplias zonas del país, sino también como principal instrumento de la política hidráulica nacional. De hecho, el principal objetivo que persigue esta ley es conseguir un uso óptimo y racional de los recursos durante las próximas décadas. También encontramos el Plan Hidrológico Nacional (1993 y modificado en 2005) que incluye las medidas necesarios para la coodinacion de los diferentes planes de cuenca, la solución para las posibles alternativas que aquellos ofrezcan, y la previsión y las condiciones de las transferencias de recursos hídricos entre cuencas.

Por otra parte también encontramos el Libro Blanco del Agua (1998) y concretamente en Andalucía, La Agencia Andaluza del Agua se ocupa de coordinar las políticas de gestión de los recursos hídricos de la

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comunidad considerados no solo como un bien de consumo, sino también como un patrimonio ecológico y social que es preciso proteger respetando el ciclo hidrológico natural Considerando que el agua es un bien escaso, la gestión del agua se presenta como un problema cada vez que se proyecta un trasvase (exportación de agua de una cuenca hidrográfica hacia otra) que afecta a distintas Comunidades, o la presión urbanística que degrada los recursos hídricos y que son más alarmantes en unas zonas que en otras. Ejemplos de estos trasvases son el trasvase del Tajo-Segura. A pesar de los logros alcanzados –por ejemplo, los progresos en el tratamiento de aguas residuales urbanas-, la gestión del agua en nuestro país sigue presentando importantes problemas medioambientales: la baja calidad de las aguas de los ríos sobre todo en la época de estiaje; los problemas de eutrofización 6 en los embalses y la contaminación de los acuíferos a causa de la sobreexplotación.
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