DOMINGO DE SEXAGÉSIMA

SUGERENCIAS PARA LA HOMILÍA

GLORIA IESU IN MARÍA!
Estimados lectores del Rincón Litúrgico: Ofrecemos a continuación una selección de textos para ayudar a preparar la liturgia del domingo según la forma extraordinaria del Rito Romano. La liturgia de este domingo pone de relieve la Palabra de Dios. “La semilla es la palabra de Dios, aquella palabra cuyo incensable sembrador fue Pablo, entre afanes y sufrimientos y hasta la muerte a filo de espada; aquella palabra encarnada en Cristo, Verbo divino, centro de la Sagrada Escritura.” Las grandes páginas de la Biblia, leídas en maitines, anuncian, una tras otra, el misterio pascual. Noé, el segundo padre del género humano, simboliza la renovación de la humanidad: “vea el mundo el levantarse de lo caído, el renovarse de lo envejecido, el retorno de todo a su prístina integridad por obra del mismo que lo creara. (Sábado Santo, oficio antiguo). En adelante, la salvación se obrará en el seno de la Iglesia, cuya figura es el arca, y en ella serán regeneradas, no sólo ocho personas, sino toda la multitud de los bautizados que salen de las aguas. (Epístola del viernes de Pascua). Los cantos de la misa tienen el mismo acento que los del domingo anterior: llamamiento penetrante y confiado a Dios desde el seno de nuestra miseria. Desde el Introito la santa Iglesia nos hace oír la ferviente plegaria del Salmista implorando el auxilio del Altísimo en medio de las tribulaciones que le rodeaban. En la Colecta expresa su confianza en la intercesión del gran Apóstol San Pablo, celosísimo propagador de la divina palabra, de la divina semilla que había de renovar la faz de la tierra. Y si es bien, observemos la íntima relación que guarda la Colecta con la estación que se verifica hoy en la Iglesia de San Pablo. ¿A dónde podría dirigirse mejor la asamblea cristiana para impetrar la intercesión del Apóstol de las Gentes, que al lugar en que descansan sus preciosísimas reliquias? La Epístola es uno de los más bellos pasajes de los escritos de San Pablo en que enumera la multitud de trabajos soportados por la difusión del Evangelio. Por ella podemos comprender de algún modo las fatigas de cuantos propagaron la buena nueva en los áridos páramos de la gentilidad. En el Gradual implora la Iglesia el socorro del Señor contra los que se oponen a la misión que ya ha recibido de suscitar por todas partes adoradores del verdadero Dios. El Evangelista refiere la parábola del sembrador, cuyo significado el mismo divino Maestro se dignó explicar. Nosotros, por tanto, no tenemos que hacer más que escuchar y meditar religiosamente sus enseñanzas. Esto inculca y repite la Iglesia en el Ofertorio; que en ello nos afirme el vivificador Sacramento, pide en la oración Secreta. La frecuente recepción de la Eucaristía será el medio que fertilizará y hará fecundas nuestras almas. Por esto se invita en la Comunión a acercarnos a la Sagrada Mesa, en la que recobramos nuevo vigor y nueva juventud, y pide en la Poscomunión que así sea por la práctica de actos santos y costumbres buenas. Esperamos que el material ofrecido os sirva para la preparación de la homilía; y también para vuestra meditación y enriquecimiento espiritual.

TEXTOS DE LA SANTA MISA
Introito. Ps. 43, 23-26.- ¡Despertad, Señor! ¿Por qué aparentáis dormir? Despertad y no nos rechacéis para siempre. ¿Por qué escondéis vuestro rostro y olvidáis nuestra tribulación? Pegado está nuestro cuerpo a la tierra; despertad, Señor, ayudadnos y libradnos. Sal. 43, 2.- Nuestros oídos, Señor, lo oyeron; nuestros padres nos lo contaron. Gloria al Padre... Oración. - Oh Dios, que veis cómo no confiamos en ninguna de nuestras acciones, concedednos propicio que seamos fortalecidos por la protección del Doctor de las gentes contra toda adversidad. Por N. S. J. C. Epístola. Cor. 11, 19-33; 12, 1-9.Hermanos: ¡Qué a gusto soportáis a los tontos, vosotros los listos! Porque aguantáis que esa gente os tiranice, os devore, os explote, os humille, os abofetee. Me refiero a vuestra crítica de que hemos sido débiles. Pero si hay que darse importancia, voy a disparatar y a dármela también yo. ¿Qué son hebreos? También yo. ¿Qué son israelitas? También yo. ¿Qué son descendientes de Abraham? También yo. ¿Qué son siervos de Cristo? Voy a decir un disparate: Mucho más yo. Yo les gano en trabajos, les gano en cárceles, no digamos en palizas, y en muchos peligros de muerte. De los judíos he recibido cinco veces los treinta y nueve azotes de rigor; tres veces me han azotado con varas, una vez me han apedreado. He padecido tres naufragios, pasando veinticuatro horas en medio del mar. Siempre de viaje: En peligros de ríos, en peligros de bandoleros, en peligros de mis paisanos, en peligros de los gentiles, peligros de la ciudad, peligros en despoblado, peligros del mar, peligros de falsos hermanos. Trabajo y agotamiento, sin poder dormir muchas veces; con hambre y con sed en ayunos frecuentes, con frío y sin ropa. Además de estas cosas externas, la carga de cada día: la preocupación por todas las iglesias. ¿Quién enferma, sin que yo enferme? ¿Quién cae, sin que a mí me dé fiebre? Si ahora toca presumir, presumiré de mi debilidad. Bien sabe Dios, Padre del Señor Jesús (bendito sea su nombre por siempre), que no miento: En Damasco, el gobernador del rey Aretas puso guardia en la ciudad para prenderme: metido en un costal me descolgaron por una ventana de la muralla y así escapé de sus manos. ¿Hay que presumir? —aunque sé que no esté bien—, pues paso a las visiones y revelaciones del Señor. Yo sé de un cristiano que hace catorce años —no sabría decir si en el cuerpo o fuera del cuerpo, Dios lo sabe— fue arrebatado hasta el tercer cielo. Y puedo decir que este tal — no sabría decir si en el cuerpo o sin él, Dios lo sabe— fue arrebatado al Paraíso y oyó palabras arcanas que un hombre no puede repetir. De éste presumiré; en cuanto a mí, sólo presumiré de mis debilidades. Y si me diera por presumir, no sería disparatar, porque diría la verdad: pero lo dejo, para que nadie me tenga por más de lo que en mí ve y oye. Y por la grandeza de estas revelaciones, para que no tenga soberbia, me han metido una espina en la carne: un emisario de Satanás que me apalea, para que no sea soberbio. Tres veces le he pedido al Señor verme libre de él y me ha respondido: Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad. Por eso, muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Gradual. Sal. 82, 19 y 14.- Reconozcan los gentiles que tú, Señor, eres el único excelso en toda la tierra. Dios mío, hazlos hojarasca, vilanos frente al vendaval. Tracto. Sal. 59, 4 y 6.- Señor, has sacudido la tierra, y la has hendido: sana sus quiebras, que se ha estremecido. Que puedan huir de los arcos, y se salven tus escogidos. Evangelio. Luc. 8, 4-15.- En aquel tiempo se reunía mucha gente en torno a Jesús y al pasar por los pueblos, otros se iban añadiendo. Entonces les dijo esta parábola: Salió el sembrador a sembrar su semilla. Al sembrarla, algo cayó al borde del camino, lo pisaron, y los pájaros del cielo se lo

comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, y al crecer se secó por falta de humedad. Otro poco cayó entre zarzas, y las zarzas, creciendo al mismo tiempo, lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena, y al crecer dio fruto al ciento por uno. Dicho esto, exclamó: El que tenga oídos para oír, que oiga. Entonces le preguntaron sus discípulos: ¿Qué significa esta parábola? Y Él les respondió: A vosotros se os ha concedido conocer los misterios del Reino de Dios; a los demás, en parábolas, para que viendo no vean y oyendo no entiendan. El sentido de la parábola es éste: La semilla es la Palabra de Dios. Los del borde del camino son los que escuchan, pero luego viene el diablo y se lleva la Palabra de sus corazones, para que no crean y se salven. Los del terreno pedregoso son los que, al escucharla, reciben la Palabra con alegría, pero no tienen raíz; son los que por el momento creen, pero en el momento de la prueba fallan. Lo que cayó entre las zarzas son los que escuchan, pero con los afanes y riquezas y placeres de la vida, se van ahogando y no maduran. Lo de la tierra buena son los que con un corazón noble y bueno escuchan la Palabra, la guardan y perseveran hasta dar fruto. Ofertorio. Ps.16,5,6-7.- Asegurad mis pasos en vuestras sendas, para que no resbalen mis pies; inclinad vuestros oídos y escuchad mis palabras. Ostentad vuestra magnífica piedad, oh Señor, que salváis a los que esperan en Vos.

Secreta. - El sacrificio, Señor, que os ofrecemos, nos vivifique siempre y nos defienda. Por nuestro Señor Jesucristo... Prefacio de la Santísima Trinidad. Realmente es justo y necesario, es nuestro deber y salvación, darte gracias, siempre y en todo lugar, Señor, Padre Santo, Dios Todopoderoso y eterno: Que con tu Único Hijo y el Espíritu Santo eres un solo Dios, un solo Señor; no una sola persona, sino tres Personas en una sola naturaleza. Y lo que creemos de tu gloria, porque Tú lo revelaste, lo afirmamos también de tu Hijo, y también del Espíritu Santo, sin diferencia ni distinción. De modo que al proclamar nuestra fe en la verdadera y eterna divinidad, adoramos tres Personas distintas, de única naturaleza e iguales en su dignidad; A quien alaban los Ángeles y los Arcángeles y todos los coros celestiales, que no cesan de aclamare con una sola voz: Santo… Comunión. Ps. 42, 4. - Me llegaré al altar de Dios, que llena de alegría mi juventud. Poscomunión. - Humildemente os suplicamos, Dios Todopoderoso, que, pues nos alimentáis con vuestros Sacramentos nos concedáis serviros dignamente con costumbres agradables a Vos. Por N. S. J. C...

TEXTO I CATENAE AURAE
(almudi.org)

Teofilacto.- Lo que David había predicho de la persona de Jesucristo "Abriré mi boca en parábolas" (Sal 77, 2), lo cumple aquí el Señor. Por esto se dice: "Y como hubiese concurrido un crecido número de pueblo, y acudiesen solícitos a El de las ciudades, dijo por semejanza". El Señor hablaba por medio de parábolas primeramente para que le oyesen con más atención, porque acostumbraban los hombres a ejercitarse en las cosas oscuras, menospreciando las más claras. En segundo lugar, para que los indignos no comprendiesen lo que se les decía místicamente. Orígenes.- Por esto se dice terminantemente: "Y como hubiese concurrido un crecido número y acudiesen de las ciudades", etc. No son muchos, sino pocos, los que andan por el camino estrecho y los que encuentran el camino que conduce a la vida. Por esto dice San Mateo ( Mt 13), que fuera de la casa enseñaba por medio de parábolas, pero que explicaba estas mismas a sus discípulos, cuando se encontraban dentro. Eusebio.- El Señor expone muy oportunamente esta primera parábola a la muchedumbre, no sólo a la que estaba presente, sino también a la que después de ella había de venir, invitándolos a escuchar sus palabras, cuando dice: "Salió el que siembra, a sembrar su simiente". Beda.- No podemos entender que este sembrador sea otro que el Hijo de Dios, quien saliendo del seno de su Padre, a donde las criaturas no podían llegar, vino a este mundo, para dar testimonio de la verdad ( Jn 19). Crisóstomo in Mat. hom. 45.- Salió el que está en todas partes y no en un solo lugar, pero se aproximó a nosotros por medio del vestido de la carne. Con razón Jesucristo designa su venida con el nombre de salida, porque estábamos excluidos de Dios y como rebeldes condenados por el Rey. De esta manera el que quiere reconciliarlos, saliendo fuera hacia ellos, les habla hasta que, resultando dignos de la presencia del Rey, los introduce. Así obró Jesucristo. Teofilacto.- Sale ahora no para perder a los labradores, ni a quemar la tierra, sino a sembrar; porque muchas veces el labrador que siembra, sale con otro fin, y no sólo a sembrar. Eusebio.- Salieron también algunos de la patria celestial y bajaron a los hombres, no a sembrar, puesto que no eran sembradores, sino enviados a ejercer el oficio de ministros del Espíritu. Moisés, y los profetas después de él, no sembraron en los hombres los misterios del reino de los cielos; pero retraían a los insensatos del error de la maldad y del culto de los ídolos. Cultivaban, por decirlo así, las almas de los hombres, y las convertían en campos nuevos. Sólo el sembrador de todos, el Verbo de Dios, salió a evangelizar la nueva semilla, esto es, los misterios del reino de los cielos.

Teofilacto.- No cesa el Hijo de Dios de sembrar en nuestras almas, porque no solamente cuando enseña, sino también cuando crea, siembra en nuestras almas las buenas semillas. Tito Bostrense.- Salió a sembrar su propia semilla, porque no recibió la palabra como prestada, puesto que El es por naturaleza el Verbo de Dios vivo. La semilla de Pablo ni la de Juan son propias; la tienen porque la han recibido. Jesucristo, por el contrario, tiene su propia semilla, sacando de su naturaleza la doctrina. Por eso los mismos judíos decían: "¿Cómo conoce éste las letras, que no aprendió?" ( Jn 7, 15). Eusebio.- Enseña que hay dos grados entre aquellos que reciben la divina semilla. El primero se compone de aquellos que se hicieron dignos de la vocación del cielo, pero que pierden la gracia por negligencia y tibieza. El segundo se compone de aquellos que multiplican la semilla por medio de buenos frutos. Además San Mateo establece tres diferencias en cada uno de estos grados. Porque aquellos que sofocan la semilla no tienen igual modo de perderla y los que fructifican con ella, no reciben la misma abundancia. Por esto da a conocer las ocasiones en que se pierde la semilla. Los unos, sin haber pecado, pierden la semilla saludable que hay en sus almas, sustraída a su atención y a su memoria por los espíritus malignos y por los demonios que vuelan en el aire, o por los hombres engañosos y astutos, que llamó volátiles. Por esto añade: "Y cuando sembraba, una parte cayó junto al camino". Teofilacto.- No dijo que, el que siembra, arrojó la semilla junto al camino, sino que la semilla cayó. El que siembra enseña buena doctrina, pero su palabra cae sobre los oyentes de diversa manera, de suerte que algunos de ellos se consideran como camino: "Y fue hollada, y las aves del cielo la comieron". San Cirilo.- Todo camino es árido e inculto en cierto sentido, porque es pisado por todos y ninguna semilla puede desarrollarse en él. Así, en los que tienen su corazón indócil, no pueden penetrar las divinas enseñanzas ni germinar la alabanza de las virtudes. Estos son el camino frecuentado por los espíritus inmundos. Hay también algunos que reciben la fe de una manera superficial, como si ésta sólo consistiese en palabras. La fe de éstos carece de raíz. Y por esto añade: "Y otra cayó sobre piedras, y cuando fue nacida, se secó, porque no tenía humedad". Beda.- Llama piedra al corazón endurecido e indomable. Por el contrario, la humedad es agua para la raíz de la semilla, que en otra parábola está figurado por el óleo, destinado a alimentar las lámparas de las vírgenes ( Mt 25), y que representa el amor y la perseverancia en la virtud. Eusebio. -Hay también algunos que Cristo llama espinas, por la avaricia, por el apetito sensual y por los cuidados del mundo. Sofocan la semilla que en ellos se sembró. Acerca de lo que dice: "Y otra cayó entre espinas", etc. Crisóstomo in Mat. hom. 4.- Así como las espinas no permiten que nazca la semilla, sino que la sofocan por su espesor, así los cuidados de la vida presente, no permiten que fructifique la semilla espiritual. Reprensible sería el labrador que sembrase sobre espinas punzantes, sobre piedras y en el camino. Porque no es posible que la piedra se haga tierra, ni que el camino deje de ser camino, ni que las espinas dejen de ser espinas. Al contrario, no sucede lo mismo en las cosas espirituales, pues es posible que la piedra se convierta en tierra rica, que el camino no se pise y que las espinas desaparezcan.

San Cirilo.- Son tierra rica y fértil las almas humildes y buenas, que en su humildad reciben la semilla de la palabra, la conservan y la hacen fructificar. Y en cuanto a esto se dice: "Y otra cayó en buena tierra, nació y dio fruto de ciento por uno". Cuando se introduce la palabra divina en una inteligencia limpia de los cuidados mundanos, echa raíces profundas, produce espigas y crece oportunamente. Beda.- El fruto centuplicado es el que llama fruto perfecto, pues el número diez expresa siempre la perfección, porque la custodia de la ley (esto es, su observancia) se contiene en diez preceptos. El número diez multiplicado por sí mismo, forma el número cien, y con este número se representa la gran perfección. San Cirilo.- Cuál es el sentido de esta parábola, lo vamos a saber por Aquel que la compuso. Por esto sigue: "Dicho esto, comenzó a hablar en alta voz diciendo: Quién tiene orejas de oír, oiga". San Basilio.- Oír pertenece al entendimiento. Por esto el Señor llama la atención a los que lo oyen, para que comprendan bien lo que va a decir. Beda.- Cuantas veces se hace esta advertencia, ya en el Evangelio ya en el Apocalipsis de San Juan. Anuncia que lo que se dice es misterioso y que debemos meditarlo con más atención. Por eso los discípulos, ignorándolo, preguntaban al Salvador. Sigue, pues: "Sus discípulos le preguntaban qué parábola era ésta". Sin embargo, no se crea que los discípulos le preguntaron al punto que terminó la parábola, sino que, como dice San Marcos: "Le preguntaron estando solo" ( Mc 4, 10). Orígenes.- La parábola es el relato de un hecho imaginario que no aconteció como se cuenta, pero que es posible, y que significa otra cosa por la aplicación de lo que se refiera en la parábola. Un enigma es la consecuencia de una relación imaginaria, que ni aconteció ni es posible, pero que tiene un sentido oculto, como aquello que se dice en el libro de los Jueces: "Que los árboles se reunieron para elegir rey" ( Jc 9, 8). No aconteció a la letra como lo refiere el evangelista, aunque fue posible que se hiciese. Eusebio.- El Señor les dijo el motivo por qué hablaba a las turbas por medio de parábolas. Por esto añade: "Y les dijo: A vosotros es dado el saber el misterio del reino de Dios". San Gregorio Nacianceno.- Cuando oigas esto no introduzcas diferentes naturalezas, como ciertos herejes, que piensan que la naturaleza de unos es de perderse, y la de otros de salvarse. Sin embargo algunos son de tal modo, que su voluntad los lleva a lo peor o a lo mejor. Pero añade a esto que se dice: "A vosotros es dado". Es dado a los que quieren y a los simplemente dignos. Teofilacto.- A los que son indignos de tan grandes misterios, se les dice de un modo oscuro. De donde sigue: "Mas a los otros en parábolas, para que viendo no vean y oyendo no entiendan". Ellos creen que ven, pero no ven; y oyen ciertamente, pero no entienden. Jesucristo les ha ocultado esto para que no reciban un daño mayor si llegan a despreciar estos misterios divinos después de conocerlos, pues el que primero entiende y después desprecia, merece mayor castigo

Beda.- Así oyen sólo en parábolas, cuando cerrados los sentidos de su alma, no se cuidan de conocer la verdad, olvidándose de lo que dijo el Señor: "Quien tiene orejas de oír, oiga". San Gregorio in Evang. hom. 15.- El Señor se dignó explicar lo que había dicho para que sepamos buscar la significación de todas las cosas, aun de aquéllas que no nos quiso explicar. Porque sigue: "Es, pues, ésta la parábola: La simiente es la palabra de Dios". San Eusebio.- Dice que hay tres causas por medio de las que se destruye la semilla que cae sobre nuestras almas. Unos destruyen la semilla escondida en sus almas, dando oídos a todos los que quieren engañarlos. De éstos añade: "Y los que junto al camino, son aquéllos que la oyen; mas luego viene el diablo y quita la palabra del corazón de ellos". Beda.- Estos son los que oyen la palabra divina sin fe, sin deseo de conocerla, sin ninguna intención de sacar provecho de ella aplicándola a sus acciones. Eusebio.- Otros, no habiendo recibido la palabra de Dios en el fondo de su alma, la dejan perecer cuando llega el día de la adversidad, acerca de los que dice el Señor: "Mas los que sobre piedra, son los que reciben con gozo la palabra cuando la oyeron, y éstos no tienen raíces, porque a tiempo creen y en el tiempo de la tentación vuelve atrás". San Cirilo.- Cuando entran en la iglesia oyen la explicación de los divinos misterios con poca voluntad y cuando han salido de la iglesia se olvidan de los sagrados misterios. Y si la fe cristiana está en paz, perseveran. Pero si la persecución la turba, su alma huye, porque su fe no tiene raíces. San Gregorio, hom. 15, in Evang.- Muchos emprenden buenas obras y cuando empiezan a ser molestados por las adversidades o por las tentaciones, abandonan lo empezado. La tierra pedragosa de sus corazones no tuvo humedad suficiente para poder hacer germinar la semilla que recibió y que llegase a dar fruto. Eusebio.- Algunos, en verdad, sofocan también la semilla escondida en sus corazones con las riquezas y con los placeres, como con espinas punzantes. Respecto de los que se añade: "Y la que cayó entre espinas; éstos son los que la oyeron, pero en quienes es sofocada por los afanes, por las riquezas y los deleites de la vida", etc. San Gregorio ut sup.- Es digno de admiración el considerar cómo el Señor llamó a las riquezas espinas, siendo así que éstas punzan y aquéllas deleitan. Y sin embargo, son espinas, porque hieren la inteligencia con las punzadas de sus pensamientos y cuando la conducen hasta el pecado, le infieren cruelmente una terrible herida. Las riquezas llevan consigo dos cosas: los cuidados y las satisfacciones; porque oprimen la inteligencia con el afán de los cuidados y la disipan con su afluencia. Sofocan también la semilla, porque interceptan el camino de la inteligencia con vanos pensamientos, y no permitiendo que entre en el corazón ningún buen deseo, cierran la puerta a la inspiración divina. Eusebio.- Todo esto fue predicho por el Salvador y ha sido demostrado por los hechos. No se ha dado ninguna otra manera de culto divino, sino según alguno de los modos predichos por El.

Crisóstomo in Mat. hom. 45.- Y para compendiar esto en pocas palabras, diremos que éstos no quieren oírlo por negligencia, aquéllos por cobardía o debilidad, los otros, en fin, porque se han hecho como esclavos del placer y de las cosas del mundo. Bueno es el orden del camino, de la piedra y de las espinas. Necesarias son, por consiguiente, en primer lugar la memoria y la cautela, después la fortaleza y consiguientemente el menosprecio de las cosas presentes. Habla después de la buena tierra, que hace lo contrario que el camino, la piedra y las espinas, cuando añade: "Mas la que cayó en buena tierra, éstos son los que, oyendo la palabra con corazón bueno y muy sano, la retienen", etc. No la retienen los que están junto al camino, porque el diablo les roba la semilla; los que están sobre la piedra no sostienen con paciencia el empuje de la tentación por su imbecilidad; y los que están sobre espinas, no fructifican, sino que se sofocan. San Gregorio ut sup.- La tierra buena produce el fruto por medio de la paciencia. Porque son inútiles todas nuestras buenas obras si no sufrimos con resignación aun las malas acciones de nuestros prójimos. Así producen frutos de paciencia, porque sufriendo humildemente todas las contrariedades, son admitidos después de las pruebas al gozo y al reposo.

TEXTO II « DIOS VIENE AL ENCUENTRO DEL HOMBRE » LA REVELACIÓN DE DIOS
Compendio del Catecismo
6. ¿Qué revela Dios al hombre? Dios, en su bondad y sabiduría, se revela al hombre. Por medio de acontecimientos y palabras, se revela a sí mismo y el designio de benevolencia que él mismo ha preestablecido desde la eternidad en Cristo en favor de los hombres. Este designio consiste en hacer partícipes de la vida divina a todos los hombres, mediante la gracia del Espíritu Santo, para hacer de ellos hijos adoptivos en su Hijo Unigénito. 7. ¿Cuáles son las primeras etapas de la Revelación de Dios? Desde el principio, Dios se manifiesta a Adán y Eva, nuestros primeros padres, y les invita a una íntima comunión con Él. Después de la caída, Dios no interrumpe su revelación, y les promete la salvación para toda su descendencia. Después del diluvio, establece con Noé una alianza que abraza a todos los seres vivientes. 8. ¿Cuáles son las sucesivas etapas de la Revelación de Dios? Dios escogió a Abram llamándolo a abandonar su tierra para hacer de él «el padre de una multitud de naciones» (Gn 17, 5), y prometiéndole bendecir en él a «todas las naciones de la tierra» (Gn 12,3). Los descendientes de Abraham serán los depositarios de las promesas divinas hechas a los patriarcas. Dios forma a Israel como su pueblo elegido, salvándolo de la esclavitud de Egipto, establece con él la Alianza del Sinaí, y le da su Ley por medio de Moisés. Los Profetas anuncian una radical redención del pueblo y una salvación que abrazará a todas las naciones en una Alianza nueva y eterna. Del pueblo de Israel, de la estirpe del rey David, nacerá el Mesías: Jesús. 9. ¿Cuál es la plena y definitiva etapa de la Revelación de Dios? La plena y definitiva etapa de la Revelación de Dios es la que Él mismo llevó a cabo en su Verbo encarnado, Jesucristo, mediador y plenitud de la Revelación. En cuanto Hijo Unigénito de Dios hecho hombre, Él es la Palabra perfecta y definitiva del Padre. Con la venida del Hijo y el don del Espíritu, la Revelación ya se ha cumplido plenamente,

aunque la fe de la Iglesia deberá comprender gradualmente todo su alcance a lo largo de los siglos. «Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra, y no tiene más que hablar» (San Juan de la Cruz) 10. ¿Qué valor tienen las revelaciones privadas? Aunque no pertenecen al depósito de la fe, las revelaciones privadas pueden ayudar a vivir la misma fe, si mantienen su íntima orientación a Cristo. El Magisterio de la Iglesia, al que corresponde el discernimiento de tales revelaciones, no puede aceptar, por tanto, aquellas “revelaciones” que pretendan superar o corregir la Revelación definitiva, que es Cristo.
LA TRANSMISIÓN DE LA DIVINA REVELACIÓN

14. ¿Qué relación existe entre Tradición y Sagrada Escritura? La Tradición y la Sagrada Escritura están íntimamente unidas y compenetradas entre sí. En efecto, ambas hacen presente y fecundo en la Iglesia el Misterio de Cristo, y surgen de la misma fuente divina: constituyen un solo sagrado depósito de la fe, del cual la Iglesia saca su propia certeza sobre todas las cosas reveladas. 15. ¿A quién ha sido confiado el depósito de la fe? El depósito de la fe ha sido confiado por los Apóstoles a toda la Iglesia. Todo el Pueblo de Dios, con el sentido sobrenatural de la fe, sostenido por el Espíritu Santo y guiado por el Magisterio de la Iglesia, acoge la Revelación divina, la comprende cada vez mejor, y la aplica a la vida. 16. ¿A quién corresponde interpretar auténticamente el depósito de la fe? La interpretación auténtica del depósito de la fe corresponde sólo al Magisterio vivo de la Iglesia, es decir, al Sucesor de Pedro, el Obispo de Roma, y a los obispos en comunión con él. Al Magisterio, el cual, en el servicio de la Palabra de Dios, goza del carisma cierto de la verdad, compete también definir los dogmas, que son formulaciones de las verdades contenidas en la divina Revelación; dicha autoridad se extiende también a las verdades necesariamente relacionadas con la Revelación. 17. ¿Qué relación existe entre Escritura, Tradición y Magisterio? Escritura, Tradición y Magisterio están tan estrechamente unidos entre sí, que ninguno de ellos existe sin los otros. Juntos, bajo la acción del Espíritu Santo, contribuyen eficazmente, cada uno a su modo, a la salvación de los hombres.
LA SAGRADA ESCRITURA

11. ¿Por qué y de qué modo se transmite la divina Revelación? Dios «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2, 4), es decir, de Jesucristo. Es preciso, pues, que Cristo sea anunciado a todos los hombres, según su propio mandato: «Id y haced discípulos de todos los pueblos» (Mt 28, 19). Esto se lleva a cabo mediante la Tradición Apostólica. 12. ¿Qué es la Tradición Apostólica? La Tradición Apostólica es la transmisión del mensaje de Cristo llevada a cabo, desde los comienzos del cristianismo, por la predicación, el testimonio, las instituciones, el culto y los escritos inspirados. Los Apóstoles transmitieron a sus sucesores, los obispos y, a través de éstos, a todas las generaciones hasta el fin de los tiempos todo lo que habían recibido de Cristo y aprendido del Espíritu Santo. 13. ¿De qué modo se realiza la Tradición Apostólica? La Tradición Apostólica se realiza de dos modos: con la transmisión viva de la Palabra de Dios (también llamada simplemente Tradición) y con la Sagrada Escritura, que es el mismo anuncio de la salvación puesto por escrito.

18. ¿Por qué decimos que la Sagrada Escritura enseña la verdad? Decimos que la Sagrada Escritura enseña la verdad porque Dios mismo es su autor: por eso afirmamos que está inspirada y enseña sin error las verdades necesarias para nuestra salvación. El Espíritu Santo ha inspirado, en efecto, a los autores

humanos de la Sagrada Escritura, los cuales han escrito lo que el Espíritu ha querido enseñarnos. La fe cristiana, sin embargo, no es una «religión del libro», sino de la Palabra de Dios, que no es «una palabra escrita y muda, sino el Verbo encarnado y vivo» (San Bernardo de Claraval). 19. ¿Cómo se debe leer la Sagrada Escritura? La Sagrada Escritura debe ser leída e interpretada con la ayuda del Espíritu Santo y bajo la guía del Magisterio de la Iglesia, según tres criterios: 1) atención al contenido y a la unidad de toda la Escritura; 2) lectura de la Escritura en la Tradición viva de la Iglesia; 3) respeto de la analogía de la fe, es decir, de la cohesión entre las verdades de la fe. 20. ¿Qué es el canon de las Escrituras? El canon de las Escrituras es el elenco completo de todos los escritos que la Tradición Apostólica ha hecho discernir a la Iglesia como sagrados. Tal canon comprende cuarenta y seis escritos del Antiguo Testamento y veintisiete del Nuevo. 21. ¿Qué importancia tiene el Antiguo Testamento para los cristianos? Los cristianos veneran el Antiguo Testamento como verdadera Palabra de Dios: todos sus libros están divinamente inspirados y conservan un valor permanente, dan testimonio de la pedagogía divina del amor salvífico de Dios, y han sido escritos sobre todo para preparar la venida de Cristo Salvador del mundo.

22. ¿Qué importancia tiene el Nuevo Testamento para los cristianos? El Nuevo Testamento, cuyo centro es Jesucristo, nos transmite la verdad definitiva de la Revelación divina. En él, los cuatro Evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, siendo el principal testimonio de la vida y doctrina de Jesús, constituyen el corazón de todas las Escrituras y ocupan un puesto único en la Iglesia. 23. ¿Qué unidad existe entre el Antiguo y el Nuevo Testamento? La Escritura es una porque es única la Palabra de Dios, único el proyecto salvífico de Dios y única la inspiración divina de ambos Testamentos. El Antiguo Testamento prepara el Nuevo, mientras que éste da cumplimiento al Antiguo: ambos se iluminan recíprocamente. 24. ¿Qué función tiene la Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia? La Sagrada Escritura proporciona apoyo y vigor a la vida de la Iglesia. Para sus hijos, es firmeza de la fe, alimento y manantial de vida espiritual. Es el alma de la teología y de la predicación pastoral. Dice el Salmista: «lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero» (Sal 119, 105). Por esto la Iglesia exhorta a la lectura frecuente de la Sagrada Escritura, pues «desconocer la Escritura es desconocer a Cristo» (San Jerónimo).

TEXTO III CONSTITUCIÓN DOGMÁTICA DEI VERBUM SOBRE LA DIVINA REVELACIÓN
PROEMIO El Santo Concilio, escuchando religiosamente la palabra de Dios y proclamándola confiadamente, hace cuya la frase de San Juan, cuando dice: "Os anunciamos la vida eterna, que estaba en el Padre y se nos manifestó: lo que hemos visto y oído os lo anunciamos a vosotros, a fin de que viváis también en comunión con nosotros, y esta comunión nuestra sea con el Padre y con su Hijo Jesucristo" (1 Jn., 1,2-3). Por tanto siguiendo las huellas de los Concilios Tridentino y Vaticano I, se propone exponer la doctrina genuina sobre la divina revelación y sobre su transmisión para que todo el mundo, oyendo, crea el anuncio de la salvación; creyendo, espere, y esperando, ame.

CAPÍTULO I LA REVELACIÓN EN SÍ MISMA

Naturaleza y objeto de la revelación 2. Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a Sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina. En consecuencia, por esta revelación, Dios invisible habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor y mora con ellos, para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía. Este plan de la revelación se realiza con hechos y palabras intrínsecamente conexos entre sí, de forma que las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y los hechos significados por las palabras, y las palabras, por su parte, proclaman las obras y esclarecen el misterio contenido en ellas. Pero la verdad íntima acerca de Dios y acerca de la salvación humana se nos manifiesta por la revelación en Cristo, que es a un tiempo mediador y plenitud de toda la revelación Preparación de la revelación evangélica 3. Dios, creándolo todo y conservándolo por su Verbo, da a los hombres testimonio perenne de sí en las cosas creadas, y, queriendo abrir el camino de la salvación sobrenatural, se manifestó, además, personalmente a nuestros primeros padres ya desde el principio. Después de su caída alentó en ellos la esperanza de la salvación, con la promesa de la redención, y tuvo incesante cuidado del género humano, para dar la vida eterna a todos los que buscan la salvación con la perseverancia en las buenas obras. En su tiempo llamó a Abraham para hacerlo padre de un gran pueblo, al que luego instruyó por los Patriarcas, por Moisés y por los Profetas para que lo reconocieran Dios único, vivo y verdadero, Padre providente y justo juez, y para que esperaran al Salvador prometido, y de esta forma, a través de los siglos, fue preparando el camino del Evangelio. En Cristo culmina la revelación 4. Después que Dios habló muchas veces y de muchas maneras por los Profetas, "últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo". Pues envió a su Hijo, es decir, al Verbo eterno, que ilumina a todos los hombres, para que viviera entre ellos y les manifestara los secretos de Dios; Jesucristo, pues, el Verbo hecho carne, "hombre enviado, a los hombres", "habla palabras de Dios" y lleva a cabo la obra de la salvación que el Padre le confió. Por tanto, Jesucristo ver al cual es ver al Padre-, con su total presencia y manifestación personal, con palabras y obras, señales y milagros, y, sobre todo, con su muerte y resurrección gloriosa de entre los muertos; finalmente, con el envío del Espíritu de verdad, completa la revelación y confirma con el testimonio divino que vive en Dios con nosotros para librarnos de las tinieblas del pecado y de la muerte y resucitarnos a la vida eterna. La economía cristiana, por tanto, como alianza nueva y definitiva, nunca cesará, y no hay que esperar ya ninguna revelación pública antes de la gloriosa manifestación de nuestro Señor Jesucristo (cf. 1 Tim., 6,14; Tit., 2,13). La revelación hay que recibirla con fe 5. Cuando Dios revela hay que prestarle "la obediencia de la fe", por la que el hombre se confía libre y totalmente a Dios prestando "a Dios revelador el homenaje del entendimiento y de la voluntad", y asintiendo voluntariamente a la revelación hecha por El. Para profesar esta fe es necesaria la gracia de Dios, que proviene y ayuda, a los auxilios internos del Espíritu Santo, el cual mueve el corazón y lo convierte a Dios, abre los ojos de la mente y da "a todos la suavidad en el aceptar y creer la verdad". Y para que la inteligencia de la revelación sea más profunda, el mismo Espíritu Santo perfecciona constantemente la fe por medio de sus dones. Las verdades reveladas 6. Mediante la revelación divina quiso Dios manifestarse a Sí mismo y los eternos decretos de su voluntad acerca de la salvación de los hombres, "para comunicarles los bienes divinos, que superan totalmente la comprensión de la inteligencia humana".

Confiesa el Santo Concilio "que Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser conocido con seguridad por la luz natural de la razón humana, partiendo de las criaturas"; pero enseña que hay que atribuir a Su revelación "el que todo lo divino que por su naturaleza no sea inaccesible a la razón humana lo pueden conocer todos fácilmente, con certeza y sin error alguno, incluso en la condición presente del género humano. CAPITULO II TRANSMISIÓN DE LA REVELACIÓN DIVINA Los Apóstoles y sus sucesores, heraldos del Evangelio 7. Dispuso Dios benignamente que todo lo que había revelado para la salvación de los hombres permaneciera íntegro para siempre y se fuera transmitiendo a todas las generaciones. Por ello Cristo Señor, en quien se consuma la revelación total del Dios sumo, mandó a los Apóstoles que predicaran a todos los hombres el Evangelio, comunicándoles los dones divinos. Este Evangelio, prometido antes por los Profetas, lo completó El y lo promulgó con su propia boca, como fuente de toda la verdad salvadora y de la ordenación de las costumbres. Lo cual fue realizado fielmente, tanto por los Apóstoles, que en la predicación oral comunicaron con ejemplos e instituciones lo que habían recibido por la palabra, por la convivencia y por las obras de Cristo, o habían aprendido por la inspiración del Espíritu Santo, como por aquellos Apóstoles y varones apostólicos que, bajo la inspiración del mismo Espíritu, escribieron el mensaje de la salvación. Mas para que el Evangelio se conservara constantemente íntegro y vivo en la Iglesia, los Apóstoles dejaron como sucesores suyos a los Obispos, "entregándoles su propio cargo del magisterio". Por consiguiente, esta sagrada tradición y la Sagrada Escritura de ambos Testamentos son como un espejo en que la Iglesia peregrina en la tierra contempla a Dios, de quien todo lo recibe, hasta que le sea concedido el verbo cara a cara, tal como es (cf. 1 Jn., 3,2). La Sagrada Tradición 8. Así, pues, la predicación apostólica, que está expuesta de un modo especial en los libros inspirados, debía conservarse hasta el fin de los tiempos por una sucesión continua. De ahí que los Apóstoles, comunicando lo que de ellos mismos han recibido, amonestan a los fieles que conserven las tradiciones que han aprendido o de palabra o por escrito, y que sigan combatiendo por la fe que se les ha dado una vez para siempre. Ahora bien, lo que enseñaron los Apóstoles encierra todo lo necesario para que el Pueblo de Dios viva santamente y aumente su fe, y de esta forma la Iglesia, en su doctrina, en su vida y en su culto perpetúa y transmite a todas las generaciones todo lo que ella es, todo lo que cree. Esta Tradición, que deriva de los Apóstoles, progresa en la Iglesia con la asistencia del Espíritu Santo: puesto que va creciendo en la comprensión de las cosas y de las palabras transmitidas, ya por la contemplación y el estudio de los creyentes, que las meditan en su corazón y, ya por la percepción íntima que experimentan de las cosas espirituales, ya por el anuncio de aquellos que con la sucesión del episcopado recibieron el carisma cierto de la verdad. Es decir, la Iglesia, en el decurso de los siglos, tiende constantemente a la plenitud de la verdad divina, hasta que en ella se cumplan las palabras de Dios. Las enseñanzas de los Santos Padres testifican la presencia viva de esta tradición, cuyos tesoros se comunican a la práctica y a la vida de la Iglesia creyente y orante. Por esta Tradición conoce la Iglesia el Canon íntegro de los libros sagrados, y la misma Sagrada Escritura se va conociendo en ella más a fondo y se hace incesantemente operativa, y de esta forma, Dios, que habló en otro tiempo, habla sin intermisión con la Esposa de su amado Hijo; y el Espíritu Santo, por quien la voz del Evangelio resuena viva en la Iglesia, y por ella en el mundo, va induciendo a los creyentes en la verdad entera, y hace que la palabra de Cristo habite en ellos abundantemente (cf. Col., 3,16). Mutua relación entre la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura 9. Así, pues, la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura están íntimamente unidas y compenetradas. Porque surgiendo ambas de la misma divina fuente, se funden en cierto modo y tienden a un mismo fin. Ya que la

Sagrada Escritura es la palabra de Dios en cuanto se consigna por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo, y la Sagrada Tradición transmite íntegramente a los sucesores de los Apóstoles la palabra de Dios, a ellos confiada por Cristo Señor y por el Espíritu Santo para que, con la luz del Espíritu de la verdad la guarden fielmente, la expongan y la difundan con su predicación; de donde se sigue que la Iglesia no deriva solamente de la Sagrada Escritura su certeza acerca de todas las verdades reveladas. Por eso se han de recibir y venerar ambas con un mismo espíritu de piedad. Relación de una y otra con toda la Iglesia y con el Magisterio 10. La Sagrada Tradición, pues, y la Sagrada Escritura constituyen un solo depósito sagrado de la palabra de Dios, confiado a la Iglesia; fiel a este depósito todo el pueblo santo, unido con sus pastores en la doctrina de los Apóstoles y en la comunión, persevera constantemente en la fracción del pan y en la oración (cf. Act., 8,42), de suerte que prelados y fieles colaboran estrechamente en la conservación, en el ejercicio y en la profesión de la fe recibida. Pero el oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios escrita o transmitida ha sido confiado únicamente al Magisterio vivo de la Iglesia, cuya autoridad se ejerce en el nombre de Jesucristo. Este Magisterio, evidentemente, no está sobre la palabra de Dios, sino que la sirve, enseñando solamente lo que le ha sido confiado, por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo la oye con piedad, la guarda con exactitud y la expone con fidelidad, y de este único depósito de la fe saca todo lo que propone como verdad revelada por Dios que se ha de creer. Es evidente, por tanto, que la Sagrada Tradición, la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia, según el designio sapientísimo de Dios, están entrelazados y unidos de tal forma que no tiene consistencia el uno sin el otro, y que, juntos, cada uno a su modo, bajo la acción del Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de las almas. CAPÍTULO III INSPIRACIÓN DIVINA DE LA SAGRADA ESCRITURA Y SU INTERPRETACIÓN Se establece el hecho de la inspiración y de la verdad de la Sagrada Escritura 11. Las verdades reveladas por Dios, que se contienen y manifiestan en la Sagrada Escritura, se consignaron por inspiración del Espíritu Santo. la santa Madre Iglesia, según la fe apostólica, tiene por santos y canónicos los libros enteros del Antiguo y Nuevo Testamento con todas sus partes, porque, escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor y como tales se le han entregado a la misma Iglesia. Pero en la redacción de los libros sagrados, Dios eligió a hombres, que utilizó usando de sus propias facultades y medios, de forma que obrando El en ellos y por ellos, escribieron, como verdaderos autores, todo y sólo lo que El quería. Pues, como todo lo que los autores inspirados o hagiógrafos afirman, debe tenerse como afirmado por el Espíritu Santo, hay que confesar que los libros de la Escritura enseñan firmemente, con fidelidad y sin error, la verdad que Dios quiso consignar en las sagradas letras para nuestra salvación. Así, pues, "toda la Escritura es divinamente inspirada y útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y equipado para toda obra buena" (2 Tim., 3,16-17). Cómo hay que interpretar la Sagrada Escritura 12. Habiendo, pues, hablando dios en la Sagrada Escritura por hombres y a la manera humana, para que el intérprete de la Sagrada Escritura comprenda lo que El quiso comunicarnos, debe investigar con atención lo que pretendieron expresar realmente los hagiógrafos y plugo a Dios manifestar con las palabras de ellos. Para descubrir la intención de los hagiógrafos, entre otras cosas hay que atender a "los géneros literarios". Puesto que la verdad se propone y se expresa de maneras diversas en los textos de diverso género: histórico, profético, poético o en otros géneros literarios. Conviene, además, que el intérprete investigue el sentido que intentó expresar y expresó el hagiógrafo en cada circunstancia según la condición de su tiempo y de su cultura, según los géneros literarios usados en su época. Pues para

entender rectamente lo que el autor sagrado quiso afirmar en sus escritos, hay que atender cuidadosamente tanto a las formas nativas usadas de pensar, de hablar o de narrar vigentes en los tiempos del hagiógrafo, como a las que en aquella época solían usarse en el trato mutuo de los hombres. Y como la Sagrada Escritura hay que leerla e interpretarla con el mismo Espíritu con que se escribió para sacar el sentido exacto de los textos sagrados, hay que atender no menos diligentemente al contenido y a la unidad de toda la Sagrada Escritura, teniendo en cuanta la Tradición viva de toda la Iglesia y la analogía de la fe. Es deber de los exegetas trabajar según estas reglas para entender y exponer totalmente el sentido de la Sagrada Escritura, para que, como en un estudio previo, vaya madurando el juicio de la Iglesia. Por que todo lo que se refiere a la interpretación de la Sagrada Escritura, está sometido en última instancia a la Iglesia, que tiene el mandato y el ministerio divino de conservar y de interpretar la palabra de Dios. Condescendencia de Dios 13. En la Sagrada Escritura, pues, se manifiesta, salva siempre la verdad y la santidad de Dios, la admirable "condescendencia" de la sabiduría eterna, "para que conozcamos la inefable benignidad de Dios, y de cuánta adaptación de palabra ha uso teniendo providencia y cuidado de nuestra naturaleza". Porque las palabras de Dios expresadas con lenguas humanas se han hecho semejantes al habla humana, como en otro tiempo el Verbo del Padre Eterno, tomada la carne de la debilidad humana, se hizo semejante a los hombres.

CAPÍTULO VI LA SAGRADA ESCRITURA EN LA VIDA DE LA IGLESIA La Iglesia venera las Sagradas Escrituras 21. la Iglesia ha venerado siempre las Sagradas Escrituras al igual que el mismo Cuerpo del Señor, no dejando de tomar de la mesa y de distribuir a los fieles el pan de vida, tanto de la palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo, sobre todo en la Sagrada Liturgia. Siempre las ha considerado y considera, juntamente con la Sagrada Tradición, como la regla suprema de su fe, puesto que, inspiradas por Dios y escritas de una vez para siempre, comunican inmutablemente la palabra del mismo Dios, y hacen resonar la voz del Espíritu Santo en las palabras de los Profetas y de los Apóstoles. Es necesario, por consiguiente, que toda la predicación eclesiástica, como la misma religión cristiana, se nutra de la Sagrada Escritura, y se rija por ella. Porque en los sagrados libros el Padre que está en los cielos se dirige con amor a sus hijos y habla con ellos; y es tanta la eficacia que radica en la palabra de Dios, que es, en verdad, apoyo y vigor de la Iglesia, y fortaleza de la fe para sus hijos, alimento del alma, fuente pura y perenne de la vida espiritual. Muy a propósito se aplican a la Sagrada Escritura estas palabras: "Pues la palabra de Dios es viva y eficaz", "que puede edificar y dar la herencia a todos los que han sido santificados". Se recomiendan las traducciones bien cuidadas 22. Es conveniente que los cristianos tengan amplio acceso ala Sagrada Escritura. Por ello la Iglesia ya desde sus principios, tomó como suya la antiquísima versión griega del Antiguo Testamento, llamada de los Setenta, y conserva siempre con honor otras traducciones orientales y latinas, sobre todo la que llaman Vulgata. Pero como la palabra de Dios debe estar siempre disponible, la Iglesia procura, con solicitud materna, que se redacten traducciones aptas y fieles en varias lenguas, sobre todo de los textos primitivos de los sagrados libros. Y si estas traducciones, oportunamente y con el beneplácito de la Autoridad de la Iglesia, se llevan a cabo incluso con la colaboración de los hermanos separados, podrán usarse por todos los cristianos. Deber de los católicos doctos 23. La esposa del Verbo Encarnado, es decir, la Iglesia, enseñada por el Espíritu Santo, se esfuerza en acercarse, de día en día, a la más profunda inteligencia de las Sagradas Escrituras, para alimentar sin desfallecimiento a sus hijos con la divina enseñanzas; por lo

cual fomenta también convenientemente el estudio de los Santos Padres, tanto del Oriente como del Occidente, y de las Sagradas Liturgias. Los exegetas católicos, y demás teólogos deben trabajar, aunando diligentemente sus fuerzas, para investigar y proponer las Letras divinas, bajo la vigilancia del Sagrado Magisterio, con los instrumentos oportunos, de forma que el mayor número posible de ministros de la palabra puedan repartir fructuosamente al Pueblo de Dios el alimento de las Escrituras, que ilumine la mente, robustezca las voluntades y encienda los corazones de los hombres en el amor de Dios. El Sagrado Concilio anima a los hijos de la Iglesia dedicados a los estudios bíblicos, para que la obra felizmente comenzada, renovando constantemente las fuerzas, la sigan realizando con todo celo, según el sentir de la Iglesia. Importancia de la Sagrada Escritura para la Teología 24. La Sagrada Teología se apoya, como en cimientos perpetuos en la palabra escrita de Dios, al mismo tiempo que en la Sagrada Tradición, y con ella se robustece firmemente y se rejuvenece de continuo, investigando a la luz de la fe toda la verdad contenida en el misterio de Cristo. Las Sagradas Escrituras contienen la palabra de Dios y, por ser inspiradas, son en verdad la palabra de Dios; por consiguiente, el estudio de la Sagrada Escritura ha de ser como el alma de la Sagrada Teología. También el ministerio de la palabra, esto es, la predicación pastoral, la catequesis y toda instrucción cristiana, en que es preciso que ocupe un lugar importante la homilía litúrgica, se nutre saludablemente y se vigoriza santamente con la misma palabra de la Escritura. Se recomienda la lectura asidua de la Sagrada Escritura 25. Es necesario, pues, que todos los clérigos, sobre todo los sacerdotes de Cristo y los demás que como los diáconos y catequistas se dedican legítimamente al ministerio de la palabra, se sumerjan en las Escrituras con asidua lectura y con estudio diligente, para que ninguno de ellos resulte "predicador vacío y superfluo de la palabra de Dios que no la escucha en su interior", puesto que debe comunicar a los fieles que se le han confiado, sobre todo en la Sagrada Liturgia, las inmensas riquezas de la palabra divina. De igual forma el Santo Concilio exhorta con vehemencia a todos los cristianos en particular a los religiosos, a que aprendan "el sublime conocimiento de Jesucristo", con la lectura frecuente de las divinas Escrituras. "Porque el desconocimiento de las Escrituras es desconocimiento de Cristo". Lléguense, pues, gustosamente, al mismo sagrado texto, ya por la Sagrada Liturgia, llena del lenguaje de Dios, ya por la lectura espiritual, ya por instituciones aptas para ello, y por otros medios, que con la aprobación o el cuidado de los Pastores de la Iglesia se difunden ahora laudablemente por todas partes. Pero no olviden que debe acompañar la oración a la lectura de la Sagrada Escritura para que se entable diálogo entre Dios y el hombre; porque "a El hablamos cuando oramos, y a El oímos cuando leemos las palabras divinas. Incumbe a los prelados, "en quienes está la doctrina apostólica, instruir oportunamente a los fieles a ellos confiados, para que usen rectamente los libros sagrados, sobre todo el Nuevo Testamento, y especialmente los Evangelios por medio de traducciones de los sagrados textos, que estén provistas de las explicaciones necesarias y suficientes para que los hijos de la Iglesia se familiaricen sin peligro y provechosamente con las Sagradas Escrituras y se penetren de su espíritu. Háganse, además, ediciones de la Sagrada Escritura, provistas de notas convenientes, para uso también de los no cristianos, y acomodadas a sus condiciones, y procuren los pastores de las almas y los cristianos de cualquier estado divulgarlas como puedan con toda habilidad. Epílogo 26. Así, pues, con la lectura y el estudio de los Libros Sagrados "la palabra de Dios se difunda y resplandezca" y el tesoro de la revelación, confiado a la Iglesia, llene más y más los corazones de los hombres. Como la vida de la Iglesia recibe su incremento de la renovación constante del misterio Eucarístico, así es de esperar un nuevo impulso de la vida espiritual de la acrecida veneración de la palabra de Dios que "permanece para siempre" (Is., 40,8; cf. 1 Pe., 1,2325). Todas y cada una de las cosas contenidas en esta Constitución Dogmática han obtenido el beneplácito de los Padres del Sacrosanto Concilio. Y Nos, en virtud de la potestad apostólica

recibida de Cristo, juntamente con los Venerables Padres, las aprobamos, decretamos y establecemos en el Espíritu Santo, y mandamos que lo así decidido conciliarmente sea promulgado para gloria de Dios.

TEXTO IV COMENTARIO A LA EPÍSTOLA (1)
19 Con gusto toleráis a los insensatos, siendo sensatos vosotros. 20 Porque toleráis si alguno os tiraniza, si os devora, si os explota, si os trata altivamente, si os abofetea. El apóstol, irritado, ataca con duras palabras. Llama insensatos a sus adversarios, porque a esto les ha llevado su jactancia. Pero ocurre que, frente a estos insensatos, los corintios manifiestan una gran paciencia y los soportan con gusto. Con aguda ironía llama Pablo a los corintios sensatos, pues se creen tan listos y no se dan cuenta de que están siendo engañados. Pablo pone al descubierto lo que hay detrás de la prudencia de los corintios. En cinco cortas frases simétricas los fustiga como a latigazos. Lo aceptan y toleran todo, sin darse cuenta de que son engañados. No advierten que son sojuzgados por falsos profetas, que les imponen leyes y preceptos, y les arrebatan la libertad de los redimidos. Los corintios son explotados; más, son devorados, pues los enemigos de Pablo les exigen el sustento. Son atacados y hechos prisioneros, porque permiten que se les obligue a seguir a los falsos apóstoles. Y, con todo, no aciertan a reconocer la soberbia de estos apóstoles, por los que se dejan dominar. Se dejan abofetear por ellos, se dejan injuriar groseramente y soportan todos los ultrajes. Pablo lanza graves acusaciones contra los enemigos para abrir los ojos a los corintios. Estos adversarios no sólo predican un falso evangelio (11,4), sino que se presentan con un porte arrogante y dominador. Derriban toda oposición sin consideración alguna. En todo buscan explotar a las comunidades en su propio provecho. 21 Lo digo a deshonra, como si nos hubiéramos mostrado débiles. Pero en aquello en que alguno se atreve -hablo a la manera insensata-, me atrevo también yo. La breve afirmación con que Pablo abre su lista de acusaciones está tan concisamente formulada que su interpretación es dudosa 82. Pablo quiere decir, desde luego, que debería conceder, para deshonra propia, que es demasiado débil para imponerse a una comunidad, como hacen sus enemigos. Sigue hablando, pues, irónicamente. Lo que llama su deshonra es sólo su desinterés en el ministerio. Pero los corintios no saben reconocer la auténtica realidad. Con esto cree Pablo que ya se ha disculpado y justificado lo suficiente como para dar comienzo al necio discurso de su propia glorificación: no hace sino lo que hacen aquellos otros a quienes los corintios se lo consienten todo.
............... 82. Ya el Padre de la Iglesia, Juan Crisóstomo, observaba en el siglo V: «La frase es obscura». Pablo no explica a deshonra de quién debe ocurrir y debe decirse lo que él piensa. ¿A deshonra suya o a deshonra de los corintios ? Además de la interpretación que se da en el comentario, se ha ideado otra, que concibe las cosas así: Para deshonra vuestra lo digo. Afirmáis de mí que me presento en una apariencia demasiado débil (10,10). ¿Es que os impone la apariencia poderosa de los otros? ..........

22 ¿Son hebreos? También yo. ¿Son israelitas? También yo. ¿Son del linaje de Abraham? También yo. Ahora, por fin, comienza Pablo su insensato discurso de glorificación propia. El discurso se divide en dos partes: 11,22-33 trata de cosas humanas y terrenas; 12,1-10, de revelaciones divinas y celestiales. La exposición va encuadrada en series homogéneas, en las que Pablo enumera las fatigas de su ministerio. Es un discurso superior a todos los demás por su riqueza, universalidad y vehemencia. Avanza con poderoso movimiento, bajo la impetuosa corriente de la excitación. Se apoya en la elocuencia natural que brota del sentimiento auténtico, pero se sirve también de las formas y fórmulas que proporciona el arte.

En 11,22s, Pablo comienza por enfrentarse a sus enemigos en algo de lo que ellos se jactan y que el mismo Pablo tiene. En 11,24-33 abandona las comparaciones. Ya no piensa en sus enemigos, sino en su propia vida personal, sobrecargada de fatigas y sufrimientos. Pablo comienza por los privilegios externos de que sus enemigos se pavonean, privilegios de estirpe, de nobleza de nacimiento. Oye las aclamaciones del partido de sus adversarios, que se glorían de tales privilegios. Pablo replica aceradamente que él no va a la zaga en estas cosas y que aventaja incluso a sus enemigos. Las afirmaciones de un triple privilegio de nacimiento -hebreos, israelitas, linaje de Abraham- no son meras palabras ampulosas, sino que encierran un especial contenido. Hebreo es la designación del pueblo que se distingue de los demás pueblos por su linaje, fe, lengua y costumbres (Gén 11,14). La palabra alude a la pureza de la sangre, que los judíos preservaban con supremo orgullo. Israel (es decir, fuerte contra Dios) es el nombre que Dios mismo dio al patriarca Jacob (Gen 32,28). El nombre contiene en sí las promesas a Israel, sus esperas y sus esperanzas, así como su seguridad de pertenecer al pueblo elegido. Abraham es el padre de Israel y el portador de las grandes promesas mesiánicas (Gén 15,5). Pertenecer al linaje de Abraham es la garantía de participar en la futura plenitud de salvación mesiánica. Al jactarse sus enemigos de todos estos privilegios, se describen como judíos auténticos. Por otra parte, proclaman a Jesús y el Evangelio a su propia manera (11,4). Los adversarios de Pablo son, pues, cristianos que proceden del judaísmo y que se sienten orgullosos de él 84. Pablo afirma que en lo tocante a la pureza y nobleza de la sangre judía no cede absolutamente en nada a sus adversarios. Deja entender con suficiente claridad que también él, como auténtico judío, está orgulloso de su linaje. Se gloría de que su árbol genealógico puede remontarse hasta Benjamín, uno de los doce hijos de Jacob y, por tanto, hasta los santos patriarcas de Israel. Así, dice: «Yo soy israelita, del linaje de Abraham, de la tribu de Benjamín» (Rom 11,1). Y también: «Si algún otro cree tener razones para confiar en la carne, yo mucho más. Circuncidado el octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo e hijo de hebreos» (Flp 3,4s). Pero, en todo caso, se trata sólo de privilegios carnales, que ahora, en la salvación donada por Cristo, carecen de valor y hasta son una pérdida (Flp 3,7s). Por eso tuvo que enfrentarse Pablo al falso evangelio y a las funestas exigencias de los judaizantes.
............... 84. En la historia de los tiempos neotestamentarios se distinguía entre judíos, judeocristianos y judaizantes. Por judíos se entendían aquellos israelitas que rechazaron a Jesús como Mesías y se convirtieron inmediatamente en acérrimos adversarios de la Iglesia. Judeocristianos son aquellos israelitas que aceptaron el Evangelio. A éstos se les planteaba el problema de la postura que debían adoptar respecto de los numerosos preceptos del Antiguo Testamento, que habían sido hasta entonces la norma de su vida y de la de todo su pueblo. Con mucha frecuencia adoptaron la decisión de seguir cumpliendo con fidelidad estos mandamientos, aunque comprendían también que los gentiles que entraban en la Iglesia, los griegos y romanos por ejemplo, no estaban obligados a la observancia de los numerosos preceptos judíos. Los judaizantes son los judeocristianos que pretendían que todos los cristianos, también los procedentes de la gentilidad, estaban obligados a observar todos los mandamientos veterotestamentarios, es decir, tanto los diez mandamientos como todos los demás preceptos. Según ellos, los etnicocristianos no sólo debían bautizarse, sino también circuncidarse. Debían someterse también a las numerosas normas del judaísmo veterotestamentario, tales como las prescripciones sobre el descanso sabático, las leyes sobre los alimentos, según las cuales sólo podían comer animales puros y ritualmente sacrificados, las leyes de la pureza, que prescribían que aquel que había tocado algo impuro o muerto tenía que lavarse. Si estas exigencias se hubieran convertido en ley de la vida cristiana, la Iglesia hubiera quedado reducida a una secta judía,; nunca hubiera llegado a ser Iglesia universal. Pablo combatió a los judaizantes con más determinación que ningún otro. Frente a la pretensión de que el hombre piadoso se justifica ante Dios mediante la observancia de los preceptos mencionados, afirma Pablo con toda determinación que ningún hombre puede observar tan gran número de preceptos. Así pues, nadie puede merecer la justificación ante Dios mediante la observancia de la ley. Al contrario, todo hombre es pecador ante Dios, porque se niega a cumplir los preceptos. Pero Cristo ha satisfecho por la ley y el pecado, al hacerse sacrificio expiatorio entre el cielo y la tierra (Gál 3,13s). Ahora, la justificación es un don de Dios a aquel que se adhiere a Cristo por la fe y, como pecador, se somete a la acción de la gracia (Rom 3,24; Gál 3,2). No se trata, pues, de conseguir, mediante las obras de la ley, algo que la fe no tendría. Pierde totalmente a Cristo aquel que se aparta de él a medias para conseguir otra justificación mejor (Gál 3,5; 5,2). ...............

23 ¿Son servidores de Cristo? Lo diré como delirando: ¡Mucho más lo soy yo! Más, en trabajos; más, en cárceles; muchísimo más, en palizas, y, frecuentemente, en peligros de muerte.

Además de los privilegios de nacimiento, los enemigos de Pablo reclaman otro título de gloria, el de ser servidores de Cristo. Y esto no simplemente en el sentido en que puede decirse de cualquier cristiano, sino que afirman ser servidores de Cristo en un sentido especial, en cuanto apóstoles al servicio de la misión y, por tanto, del Señor. El tema se había tocado ya antes (11,15). Allí Pablo no reconoció a sus adversarios este título, y les marcó a fuego como servidores de Satán. Aquí no examina los derechos a semejante pretensión, pero declara que, en todo caso, él merece mucho más que ellos el título de servidor de Cristo. Aquí Pablo no se contenta ya con afirmar y demostrar los títulos de nobleza de nacimiento. Afirma su absoluta superioridad sobre todos sus enemigos. Pero no lo hace sin antes pedir, por última vez, disculpas por su vanagloria: habla como delirando. Incluso frente a los doce primeros apóstoles puede decir Pablo: «Trabajé más que todos ellos» (lCor 15,10). Pero donde puede demostrar plenamente la verdad de esta afirmación es frente a los falsos apóstoles de Corinto, Enumera, en primer lugar, con cuatro frases simétricas, situaciones típicas que se le han presentado repetidas veces y en las que Pablo ha demostrado ser un verdadero siervo de Cristo: fatigas del trabajo misional, cárceles (6,5), procesos judiciales en los que tuvo que sufrir azotes (11,24s) y, finalmente peligros de muerte (1,9s; 4,11). Estas cuatro afirmaciones sumarias son ampliadas a continuación, al narrar Pablo, con numerosos detalles, algunos de sus sufrimientos y peligros de su ministerio. 24 De los judíos recibí cinco veces los cuarenta azotes menos uno. Pablo hace una larga enumeración de acontecimientos y experiencias concretas de su vida como misionero. Los intérpretes tienen que esforzarse mucho para determinar de qué manera ordena Pablo los hechos. Es evidente que no sigue un orden cronológico, sino que agrupa las cosas según su afinidad de contenido. Así, nombra aquí, en primer lugar, algunos graves contratiempos que pueden contarse con números exactos. Menciona, para comenzar, los azotes que ha sufrido de parte de las autoridades judías, Alude, pues, antes que a nadie, a los judíos. Las autoridades judías se acomodaron, en el castigo de los azotes, a los cuarenta golpes menos uno fijados a base de la Escritura: «Podrá infligirle cuarenta azotes, pero no más» (Dt 25,3). Para no rebasar la prescripción de la ley, se aplicaban sólo treinta y nueve golpes. De acuerdo con las normas judías de la flagelación, el condenado era atado a una columna y azotado con correas de cuero. Este castigo no sólo era muy cruel -podía causar la muerte- sino también sumamente deshonroso. Pablo tuvo que soportar el duro castigo en un cuerpo débil (12,7). Los judíos imponían estos castigos a los que enseñaban falsas doctrinas. Con seguridad se le impusieron a Pablo a causa de sus afirmaciones de que el Crucificado era el Mesías, que la salvación pertenece a todos, judíos y gentiles, que Israel ha perdido sus prerrogativas y que la ley de la antigua alianza ya no obliga 85. ...............
85. Cf. Act 2l,20s.28. En los Hechos de los apóstoles no se relata ninguno de estos castigos del Apóstol, lo cual permite concluir, como en otros muchos casos, que los Hechos son incompletos. El autor de este libro hizo una pequeña selección de acontecimientos. ...............

25 Tres veces apaleado; una fui apedreado; tres naufragué: pasé un día y una noche en medio del mar. Pablo distingue entre los castigos recibidos de las autoridades judías y tres otros castigos con varas. Evidentemente, éstos fueron ordenados por las autoridades romanas, acaso bajo la acusación de que Pablo provocaba disturbios. Los Hechos de los apóstoles nos informan de un caso de castigo del apóstol y de su compañero Silas en Filipos86. La lapidación mencionada debe ser la que se narra en los Hechos (Act 14,19), cuando Pablo fue apedreado en Listra por la muchedumbre del pueblo, a instigación de los judíos. Normalmente la lapidación acarreaba la muerte, como en el caso de la lapidación de Esteban (Act 7,60). También en Listra arrastraron a Pablo fuera de la ciudad, creyendo que estaba muerto. Pero Pablo volvió en sí y pudo tenerse en pie. Los Hechos de los apóstoles guardan silencio absoluto sobre los tres naufragios (de Malta, de Act 27,9 44, aconteció años después de haber sido escrita la segunda carta a los Corintios). No podemos decir cuándo ocurrieron estos naufragios, si en algunos de los viajes narrados en los

Hechos o en otros completamente distintos. Pablo menciona, aquí, un peligro de muerte realmente extremo en el que tuvo que pasar largas horas sobre el abismo del mar.
............... 86. Los castigos con varas o palos decretados por las autoridades romanas contra Pablo constituían una infracción legal, ya que Pablo era ciudadano romano y, como tal, no podía ser castigado con la vergüenza en público (cf. Act 22,25). Pero el caso de Filipos, donde Pablo fue castigado a los azotes (Act 16 37) sucedió más de una vez en diversos lugares. ...............

26 En frecuentes viajes: peligros de ríos, peligros de bandoleros, peligros de parte de mis compatriotas, peligros de parte de los gentiles, peligros en ciudades, peligros en despoblado, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos. La enumeración sigue mencionando los peligros de los viajes misionales soportados por Pablo. A la frase (como en 11,27) le falta un verbo. Hay que completarla con el pasaje anterior (11,23): he demostrado ser un servidor de Cristo. Los peligros -puestos enfáticamente ante los ojos mediante una óctuple repetición de la palabra- son, en parte, los normales de todos los viajeros de la antigüedad, y, en parte, los peculiares de Pablo como mensajero del Evangelio. Vadear o atravesar corrientes de agua podía resultar peligroso, sobre todo en época de lluvias. Pablo tuvo que atravesar innumerables veces grandes corrientes de agua, a lo largo de sus viajes, sobre todo en Asia Menor. Aparte los peligros provenientes de la salvaje naturaleza, amenazaban otros de parte de los hombres. Pablo menciona en primer lugar los bandoleros al acecho y después las asechanzas que se le tendían como misionero del cristianismo. Tuvo que soportarlas de parte de los judíos, de los gentiles y de los cristianos. Ha mencionado ya los peligros de parte de los judíos, tales como flagelaciones y lapidaciones. Sufrió, además, de parte de ellos, asechanzas, acusaciones ante las autoridades romanas, las iras de los tumultos populares, expulsión de ciudad en ciudad 87. También ha mencionado ya los peligros y sufrimientos de parte de los gentiles, cuando ha citado los tres castigos con varas. Hubo, además, cárceles, juicios ante los tribunales y cosas semejantes (finalmente, Pablo fue decapitado por los gentiles en la vía de Roma a Ostia). Pero incluso en sus propias comunidades amenazaban a Pablo peligros de parte de los falsos hermanos. Estos peligros eran mucho más perniciosos porque Pablo vivía, sin sospecharlo, en medio de ellos en la Iglesia y pasaba, acaso, mucho tiempo antes de que pudiera advertirlo. Podemos pensar en los falsos apóstoles, que también eran falsos hermanos, de que nos informa esta misma carta segunda a los Corintios. O en las dificultades que le habían preparado a Pablo los judeocristianos fanáticos de Jerusalén (Act 21,20-22) o en la exacerbada hostilidad de los judeocristianos de Galacia, que exigían que también los cristianos procedentes del paganismo aceptaran la manera de vivir de los judíos (Gál 2, 4; 5,12; 6,3). Pablo sostuvo con estos enemigos una ruda batalla. Así, se vio siempre en la precisión de rechazar los constantes ataques, calumnias y tentaciones que le amenazaban de parte de los falsos hermanos. Es posible que en alguna ocasión llegaran a amenazarle de muerte. En la tercera serie enumera Pablo los peligros que vienen definidos por razón del lugar: en la ciudad 88, en despoblado, en el mar. Son los mismos que se han mencionado antes, pero desde otro punto de vista
............... 87. Cf. 1Ts 2,l4s; 2Ts 3,10s. 88. Cf. Hch 9,23.29; 13,50; 14,5; 23,12; 24,27. ...............

27 En trabajo y agotamiento; sin poder muchas veces dormir; en hambre y sed; con frecuencia, sin poder comer; en frío y desnudez. También estas privaciones y trabajos soportó Pablo en el ministerio apostólico. Tuvo que pasar noches en vela, parte obligado por el trabajo pastoral que -ocupado durante el día en ganarse su sustento- tenía que desempeñar por la noche, parte porque las preocupaciones opresivas le quitaban el sueño. Hambre, sed y ayuno no eran penitencias elegidas por propia voluntad sino, con frecuencia, pura y lisamente hambre que pasaba el apóstol, privado de recursos. Las persecuciones y encarcelamientos eran nuevas fuentes de privaciones. También tuvo que soportar Pablo calor y frío bajo las azarosas circunstancias de sus viajes. Es seguro que hizo a pie la mayor parte de sus viajes terrestres; no podía ni pensar en viajar en carruaje. Pablo era un hombre pobre, que se veía privado de muchas de las comodidades posibles en aquel tiempo, porque no tenía los

medios económicos para procurárselas. Los adversarios de Pablo no sentían, en cambio, vergüenza alguna en explotar a las comunidades (11,20). 28 Además de otras cosas, lo que pesa sobre mí cada día: la preocupación por todas las Iglesias. Pablo describe, finalmente, las cargas propias del llamamiento al ministerio apostólico. La preocupación que pesaba sobre él cada día, por las personas y por las cosas. ¡Cuántos hombres le buscaban y le necesitaban! Cristianos que precisaban su consejo o su consuelo, su palabra de aliento o de amonestación. Gentiles que buscaban más amplia instrucción. Judíos o cristianos litigantes que se quejaban y desasosegaban al apóstol. También acosaba al apóstol la preocupación por las cosas y por los hechos, las dificultades y apuros inacabables, que le cercaban por todas partes, día tras día, o que le procuraban con toda intención. A la preocupación pastoral que le proporcionaba, a veces, la comunidad del lugar donde se hablaba, se añadía la agotadora preocupación por las comunidades fundadas por Pablo y cuyo ulterior desenvolvimiento tenía que dirigir. Todas las comunidades le mantenían en tensión y preocupación constante. Quería y tenía que encontrarse al mismo tiempo en todas partes. Pero la mayoría de las veces debía contentarse con prestarles su ayuda a través de mensajeros y cartas. Llevaba sobre sus hombros una carga verdaderamente ecuménica, cada vez mayor. ¿Qué sabían de esto los malévolos adversarios de Pablo en Corinto? ¿Lo sabían, al menos, sus propios amigos? 29 ¿Quién desfallece, sin que yo no desfallezca? ¿Quién sufre un escándalo, sin que yo no me abrase? Pablo ha hablado hasta aquí de la extensión y amplitud de sus preocupaciones; ahora habla de su profundidad y peso. La preocupación universal por la Iglesia toda es, al mismo tiempo, una coparticipación en la vida y en los sufrimientos de cada uno. A cada uno en particular lleva Pablo en el corazón orando y preocupándose por ellos (Flp 1,7). Sufre dolores de parto hasta que Cristo llora con los que lloran (Rom 12,15). Sufre en sí mismo la tragedia de caída y la perdición de todos los pecadores. Se hizo débil con los débiles (lCor 9,22). Si alguno, escandalizado, acaba por caer, el mismo Pablo se abrasa de angustia, de dolor, de compasión y también, ciertamente, de cólera, aunque siempre con la intención de ayudar y salvar. 30 Si hay que presumir, presumiré de mi debilidad. 31 El Dios y Padre del Señor Jesús -el que es bendito por los siglos- sabe bien que no miento. Pablo pone fin a esta parte de su discurso de alabanza de sí mismo fundamentando y disculpando, una vez más, su insensatez. Puesto que hay que presumir, puesto que otros lo hacen, lo ha hecho Pablo. Pero aquello de que Pablo presume es algo completamente diferente de la soberbia jactancia de los adversarios, que se glorían de sus privilegios y sus obras. Pablo se gloría de su debilidad. Lo que ha narrado es, desde luego, también una manifestación del poder, de la constancia y de la fuerza del apóstol. Pero es, asimismo, una descripción de la debilidad en cuanto que descubre la constante insuficiencia de las fuerzas humanas. Y desde este punto de vista habla Pablo ahora. Frente a todos los obstáculos y dificultades interiores y exteriores, frente a los peligros de la naturaleza y la maldad de los hombres, el hombre se encuentra desamparado y desvalido, y además de su desvalimiento debe tomar sobre sí el de sus hermanos. Por eso es una descripción de su debilidad. Por eso la conducta de Pablo es enteramente opuesta a la de sus enemigos de Corinto, que se gloriaban de sus privilegios y de sus trabajos. Ciertamente también Pablo se gloría de la debilidad y en la debilidad, porque en la debilidad se descubre la fuerza de Dios, que está con el apóstol y le acredita públicamente ante la Iglesia y el mundo, pues, a pesar de toda su debilidad, no ha sucumbido hasta el momento. Esto insinúan aquí las palabras del apóstol, cuando dice que la fuerza se manifiesta en la flaqueza (12,9). Pablo pone el sello a la descripción de sus trabajos afirmando que su discurso de alabanza de sí mismo es enteramente veraz. Emplea de nuevo (como en 1,23) una fórmula de juramento ante el Dios y Padre de Jesús, a la que añade una alabanza a la divinidad.

32 En Damasco, el gobernador del rey Aretas tenía puestos guardias en la ciudad de Damasco para prenderme, 33 y, por una ventana a través del muro, fui descolgado, metido en una cesta y escapé de sus manos. Estos dos versículos constituyen, evidentemente, un paréntesis, dentro del discurso de glorificación. Mientras que en el discurso el estilo es conciso, rítmico y movido, la inserción es deslavazada, prosaica, y cita nombres concretos de lugares y personas. También en los Hechos de los apóstoles (Act 9,24) se relata el episodio de la huida de Pablo de Damasco. Aretas IV, rey de los nabateos (9 a.C.-40 d.C.), era, en aquel tiempo, señor de la ciudad de Damasco, regida, en su nombre, por un gobernador. Éste, instigado por los judíos, quiso encarcelar a Pablo. El apóstol esquivó el golpe descolgándose por el muro (desde una casa que estaba junto a la muralla) y escapándose. Es posible que al enumerar la larga lista de sus sufrimientos y trabajos se le haya venido a Pablo a la memoria este episodio con especial viveza, como caso típico de los peligros y de las amenazas mortales contra su vida. Y así lo insertó al final de su discurso. 1 Hay que gloriarse. Pues, aunque no es conveniente, vendré, sin embargo, a visiones y revelaciones del Señor. La perícopa 12,19a constituye la segunda parte del discurso en que Pablo se vanagloria. Hay que notar, en primer término, que ofrece un contraste con la primera parte. En la sección anterior se hablaba de privilegios terrenos (11,22), pero, sobre todo, de trabajos, sufrimientos y flaquezas del apóstol (11,23-33). Aquí, en cambio, Pablo descubre las extraordinarias revelaciones divinas con que Dios le ha honrado. Con todo, también esta gracia es una gloria de la debilidad, pues Pablo afirma que la gracia se concede a los que sufren y que, también aquí, el poder de Dios actúa en la debilidad. De este modo hay un punto de contacto entre las dos partes del discurso. Pablo insiste una vez más en que él se gloría sólo porque se ha visto obligado. Sabe muy bien que no es conveniente. No es provechoso para el cristiano, para obrar «según el Señor» (11,17). Sin embargo, él va a gloriarse de sus visiones y revelaciones. Sólo porque se ha visto obligado habla aquí Pablo públicamente de ellas. Aparte esto, algunos otros lugares de sus cartas contienen someras alusiones al hecho de que ha recibido revelaciones. Así, en Rom 11,25 dice que le han sido descubiertas algunas cosas sobre la salvación final de Israel, su pueblo; en lCor 15,51, sobre el misterio de la resurrección de los muertos al final de los tiempos, y en lTes 4,15 sobre la nueva venida de Cristo. Habla repetidas veces de la aparición del Señor ascendido, que le fue concedida en su viaje a Damasco 89. Los Hechos de los apóstoles hablan de otras visiones misteriosas90. ...............
89. Cf. 1Cor 9,1; 15,8; Ga 1,15s. 90. Según los Hechos 16,9, una noche Pablo vio a un macedonio que le instaba a pasar a Europa. Según Act 18,9, se le apareció el Señor durante la noche en sueños y habló con él. El mismo Pablo menciona otra visión en Act 22,17 y 27-23. La exégesis se pregunta si Pablo enumera bajo el epígrafe de «visiones y revelaciones» de que habla en 12,1 todas estas gracias, de tal modo que las que menciona en 12,2-4 sean sólo una pequeña selección, o si, por el contrario, distingue las citadas en 12,2-4 de todas las demás y quiere hablar sólo de éstas, bien porque fueran revelaciones de una especial profundidad, bien excepcionales por cualquier otro motivo. Es difícil hallar una respuesta a esta pregunta. ...............

2 Sé de un hombre en Cristo que hace catorce años -si en el cuerpo, no lo sé; si fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe- fue arrebatado al tercer cielo. Con un lenguaje extremadamente peculiar, solemne y misterioso habla Pablo de la suprema experiencia de un viaje al cielo, hecho catorce años antes. Se pasan en silencio los detalles más importantes. No dice dónde aconteció, cómo hizo el viaje, qué es lo que vio, qué palabras oyó, cómo regresó a la tierra. Pablo comunica un misterio. Pero levanta el velo sólo a medias. Él mismo se siente inseguro al dar estas noticias. Algunas cosas quedaron ocultas también para él. «No lo sé», reconoce él mismo. Lo que narra, lo hace porque se ve obligado a defender su ministerio. Lo demás, lo que sintió, vio y oyó, no lo cuenta, porque son cosas sobre las que, en cuanto misterios de Dios, no le es lícito hablar y también porque el lenguaje humano es incapaz de describirlas (12,4). En todo este asunto parece como si Pablo no hablase de sí mismo, sino de alguna otra persona conocida por él, de un hombre en Cristo. El mismo Pablo explica el motivo de esta manera de narrar: «De éste me gloriaré. En cuanto a mí, no me gloriaré» (12,5). El apóstol reconoce que no ha

merecido personalmente y por sí mismo este favor y que él no vale tanto. Así pues, no dice «yo», sino que habla de «un hombre en Cristo». El que ha vivido esta experiencia no es el hombre humano y terreno, sino el salvado y santificado en Cristo. Pablo da una fecha exacta. Vivió esta experiencia del viaje al cielo hace catorce años. Ha sido una experiencia absolutamente extraordinaria, que le ha sellado para siempre como una persona excepcional. Estas experiencias se le conceden, incluso a un Pablo, muy raras veces y en modo alguno es algo de lo que puede disponer a voluntad. Lo constantemente presente son los trabajos y las flaquezas, a las que casi sucumbe. Los éxtasis son una excepción, de ninguna manera la forma y figura de su ser en Cristo 91. Pablo afirma que ignora las modalidades del arrobamiento y de las percepciones que recibió. Pero sí dice que el arrobamiento tuvo que ocurrir en una de las dos formas en que acontecen estos viajes celestes: o en el cuerpo, es decir, a modo de un arrobamiento del hombre total, con alma y cuerpo, o fuera del cuerpo, es decir, a modo de un viaje del alma sola, mientras que el cuerpo permanece en la tierra. Por los escritos de la antigüedad, y especialmente por los del judaísmo de aquella época, podemos saber que un viaje al cielo, en una de estas dos formas, era una eventualidad que se consideraba como posible y que incluso corrían narraciones de algunos hombres, favorecidos por la gracia, que tuvieron experiencias de arrobamientos en una u otra de estas dos maneras. Pablo utiliza, pues, las ideas generales de su tiempo, para explicar y exponer a los demás sus vivencias extraordinarias. Él sabe con absoluta certeza que ha recibido una gracia extraordinaria. «Dios lo sabe» cómo ocurrió. Dios es quien sale garante por el apóstol de que su viaje al cielo fue real y verdadero. A este Dios pone Pablo por testigo, cuando habla de este tema. También se acomoda a las ideas del judaísmo de su época cuando habla del tercer cielo y del paraíso en el cielo. Los teólogos judíos contemporáneos admitían la existencia de varios cielos, colocados el uno junto al otro. Se enumeraban tres, cinco, siete o diez cielos. Los inferiores eran el cielo atmosférico y el cielo de las estrellas; venían luego los cielos en los que habitaban los bienaventuradoss los ángeles y, finalmente, Dios. De acuerdo con esta concepción del universo, Pablo habla del tercer cielo, que para él debe significar el cielo superior y supremo. Como supo que se trataba del tercero, no lo dice Pablo. Acaso lo supo por revelación. Acaso lo supuso él así, siempre de acuerdo con las ideas, las imágenes y los cálculos de su tiempo.
............... 91. Se intenta fijar la fecha del viaje al cielo en la vida de Pablo siguiendo los datos proporcionados por él mismo. Si la segunda carta a los Corintios ha sido escrita el año 57 (cf. la introducción, 1), entonces el viaje al cielo tuvo lugar el año 43. La conversión de Pablo en el camino de Damasco puede ser situada alrededor del año 35. Después predicó algún tiempo en Damasco y se retiró a la Arabia. Emprendió un viaje a Jerusalén y luego vivió unos cuantos años desconocido en Tarso. Allí fue a buscarle Bernabé, el verano del 43, y se lo ganó para los trabajos misionales, primero en Antioquia (Act 11-2Ss). Según esto, el viaje al cielo debió acontecer en los comienzos de su actividad misionera. ¿Fue acaso esta experiencia la que proporcionó a Pablo aquel su poderoso impulso en la predicación del Evangelio? Pueden barajarse estos cálculos, pero no podemos establecer una respuesta segura. En todo caso, contienen cierta probabilidad. ...............

3 Y sé que este hombre -si en el cuerpo o fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe- 4a fue arrebatado al paraíso... Con las mismas palabras que acaba de emplear hace un momento, describe Pablo de nuevo un arrobamiento. No puede decirse con seguridad si Pablo, en estos dos relatos simétricos, se refiere a un mismo viaje al cielo o habla de viajes diferentes. Aunque la doble descripción pudiera sugerir la hipótesis de que Pablo habla de dos experimentos diferentes, lo más probable, con todo, es que relata un solo éxtasis. Ambas descripciones ocurren en la misma fecha: «hace catorce años». En la época de Pablo se creía que, después de la caída de Adán, el paraíso fue trasladado de la tierra al cielo y se encuentra ahora en el tercer cielo, como lugar de la felicidad92. Parece que Pablo se acomoda a estas ideas cuando indica que su viaje le ha llevado al tercer cielo o, lo que es igual, al paraíso. La prolijidad de la doble descripción de un mismo viaje debía servir, pues, para expresar la magnitud de la experiencia.
............... 92. Así lo testifica, por ejemplo, la descripción de un viaje al cielo del libro de Henoc eslavo 8,1. El origen del libro debe situarse hacia la época de Pablo: «Los dos varones (es decir, ángeles) me tomaron y me llevaron al tercer cielo, y me colocaron en medio del Paraíso, en un lugar extremadamente hermoso». ...............

4b, y oyó palabras inefables que a un hombre no le es lícito proferir. Pablo no dice ni una sola palabra sobre lo que vio en el cielo. Las narraciones judías contemporáneas sobre viajes celestes daban descripciones detalladas, para saciar la curiosidad. Pablo se diferencia -y esto es sintomático- de todos aquellos escritos. No quiere alimentar la fantasía y la curiosidad. Pablo dice sólo que oyó palabras que no puede dar a conocer, porque ningún hombre las puede pronunciar. Son misterios de Dios, que no pueden descubrirse antes de tiempo. El haber podido participar en ellos es la exaltación suprema del apóstol y una elección que no comparte con ningún hombre. De hecho, éste es su más alto título de gloria. Por eso habla aquí de él. Con esto, Pablo corta el relato. Ya no dice nada de su bajada del cielo, de su despertar y volver en sí después del viaje, cosas todas que describían minuciosamente los escritos similares de aquel tiempo. Tampoco aquí quiere Pablo dar pábulo a la curiosidad. El apóstol describe sus vivencias sirviéndose de las ideas e imágenes que aquella época ponía a su disposición, y con ayuda de las cuales se había formado él, como teólogo rabínico, su propia idea y concepción del mundo. El mismo Pablo sospecha la incertidumbre y discutibilidad de su descripción, cuando asevera repetidamente: «no lo sé», «Dios lo sabe». Los hombres piensan y hablan siempre sirviéndose de las ideas de su tiempo. También nosotros lo hacemos así. En la medida en que Pablo utiliza ideas y conceptos condicionados por su época, sus afirmaciones no son de fe y revelación. Pero, con todo, estas formas condicionadas por el tiempo describen una experiencia de sublime revelación. Nosotros no tenemos experiencia de estas cosas y no podemos, por tanto, seguir su pista. Pero no por eso tenemos ya derecho a hacer de nuestra situación de conciencia y de nuestras posibilidades de experiencia la medida de todas las cosas en el cielo y en la tierra. No tenemos tampoco, por tanto, ningún derecho a considerar las experiencias relatadas por Pablo como cosas ciertamente muy ocultas y misteriosas, pero en última instancia, de psicología natural. Él está convencido y sabe que ha experimentado una suprema gracia divina. Acerca del modo, confiesa Pablo que sólo Dios lo sabe. 5 De esto me gloriaré. En cuanto a mí, no me gloriaré sino de mis debilidades. Pablo ha revelado todas estas cosas empujado por la necesidad de unas especiales circunstancias. Narra algo extraordinariamente glorioso. Pero no se alaba a sí mismo. Alaba a aquel otro hombre que fue agraciado. No se glorifica a sí mismo, sino a la gracia del Señor y al Señor que actuó poderosamente en El. Aunque habla de sí mismo, queda siempre en claro que no puede gloriarse más que de su debilidad. Tras largas vacilaciones, y sólo porque se veía obligado, descubrió Pablo sus más altas vivencias. De otra forma, nunca hubiera hablado de ello, porque son revelaciones personales, sobre las que ni está fundada ni puede edificarse la Iglesia. No son Evangelio de Cristo y, por lo mismo, tampoco son objeto de predicación en la Iglesia. ¿No debería ser esto una norma constante de la Iglesia, de tal modo que no se predicaran las experiencias extáticas y las visiones que se reciben a título de gracia personal? 6 Y si quisiera gloriarme, no seria insensato, porque diría la verdad. Pero me abstengo, para que nadie me estime en más de lo que en mí ve u oye, 7a o sea, a causa de la grandeza de las revelaciones. Pablo no quiere gloriarse, aunque bien pudiera hacerlo, apoyado en sus especiales gracias y revelaciones. ¿Piensa, al decir esto, en el viaje al cielo que acaba de describir, o en otras revelaciones que se le han hecho y de las que no quiere seguir hablando? En todo caso, si se gloriara, diría la verdad. Pero renuncia a ello. Él sólo quiere ser juzgado por las cosas ordinarias, por los hechos y las manifestaciones que todo el mundo puede ver y percibir. No quiere que nadie ponga a su cuenta (esto es lo que dice, literalmente) las experiencias extraordinarias, algunas de las cuales acaba de mencionar. Es decir, no quiere que al enjuiciar su persona, o cuando se trate con él, se le tomen en consideración estas revelaciones. No quiere rodearse del nimbo de una naturaleza superior, de piadoso, de santo, y ni siquiera de hombre que ha estado una vez en el cielo. Todo esto es un secreto entre el apóstol y Dios, y como tal debe permanecer.

7b Por eso, para que no tengas soberbia, se me clavó un aguijón en la carne: un ángel de Satán, para que me golpee a puñetazos, a fin de que no me envanezca. Pablo ha sido favorecido por la gracia más que ningún otro. Pero Dios le somete, y precisamente a él, a un correctivo, para preservar de toda soberbia a este favorecido de la gracia. Este correctivo de Dios, que Pablo ha de experimentar, es un sufrimiento grave, que debe llevar sobre sí. Esta cosa de que Pablo habla tan misteriosamente es -de acuerdo con la opinión más prevalente- una enfermedad que limita sus fuerzas y le humilla 93. Pablo describe esta enfermedad primero con una imagen sacada de la esfera natural. Percibe el sufrimiento corporal como una espina o aguijón, que está continuamente clavado en su cuerpo y le atormenta. ¿O acaso quiere expresar, con una imagen impresionante y atormentada, que siente su enfermedad como una estaca en su carne? En la antigüedad se practicaba el terrible castigo del empalamiento. ¿Quería decir Pablo que tenía que vivir continuamente como un hombre empalado o espetado? Para la segunda descripción metafórica de su sufrimiento utiliza palabras y conceptos de la mitología. Pablo siente su enfermedad algo así como si un ángel de Satán le golpeara a puñetazos e intentara derribarle. Repetidamente dice Pablo que Satán pone obstáculos a la misión 94. Satán cuenta con aliados para ello, como los que enumera, por ejemplo, la carta a los Efesios: principados, potestades, dominadores de este mundo (Ef 6,12); La concepción paulina se acomoda a la mentalidad bíblica general, que considera a Satán causa de las enfermedades. En la gran epopeya veterotestamentaria de Job, Satán puede herir al justo Job con la lepra (Job 2,6s). El mismo Jesús dice de una mujer encorvada durante 18 años que Satán había tenido atada a aquella hija de Abraham (Lc 13,16). El fundamento de esta concepción es que la fe sabe y considera a Dios como creador y dador de la vida. Ahora bien, la enfermedad y la muerte son decadencia y destrucción de la vida. Pero Dios, Señor de la vida, no puede ser su destructor. Por tanto, la enfermedad y la muerte no proceden de él, sino que son obra del destructor universal, de Satán. Dios permitió y permite a Satán que hiera a Pablo con la enfermedad. Le fue dado, dice Pablo. Dios lo dio. Satán no es un señor de poder ilimitado, sino que tiene que servir a los planes y objetivos de Dios. El trabajo del apóstol se vio seriamente obstaculizado porque le fallaban las fuerzas corporales. Pero precisamente así se preservaba a este hombre, tan altamente favorecido por la gracia, de la soberbia idea de que él podía conseguirlo todo con sus fuerzas solas. Es muy típico de Pablo este modo de describir su enfermedad de maneras tan radicalmente diversas. Primero echa mano de una imagen de la vida diaria para describir sus experiencias, pero luego las describe con graves y profundas afirmaciones referidas a Dios y a Satán. Para él estas dos maneras tienen la misma validez. No existe ninguna diferencia esencial entre ellas, mientras que la interpretación actual más en uso las diferencia (algo así como explicación natural y explicación mitológica). Las dos maneras de hablar son para Pablo imágenes y comparaciones, y no pretende hacer hincapié en las palabras tomadas al pie de la letra. Evidentemente, no se trata de afirmaciones de fe en ninguno de los dos casos. La convicción que Pablo expresa es que también el mal entra en los planes de Dios y debe servir a la salvación, como se dice en otro pasaje: «Todas las cosas colaboran para bien de quienes aman a Dios» (Rm 8,28).
............... 93. La teología y la medicina se han esforzado por determinar más concretamente la clase de enfermedad padecida por Pablo. Con todo, atendidos los pocos datos que da el apóstol y el mucho tiempo transcurrido, resulta imposible dar un diagnóstico de cierta garantía. Acaso Pablo haya sufrido a intervalos más o menos largos ataques cuyo parecido más probable sería las manifestaciones externas de la epilepsia, lo cual no quiere decir que Pablo fuera epiléptico. 94. Cf.en 2,11 y 11,4.

............... 8 Clamé al Señor tres veces que apartara de mí este aguijón. Pablo narra, con tanta sencillez como emotividad, que pidió tres veces que se le quitara aquel opresivo sufrimiento. En su relato no habla para nada de la consciente y prolongada paciencia con que pudo haber aceptado la enfermedad. Lo que recuerda especialmente es que clamó por tres veces y luchó en la oración. En el combate de la oración presentó tres veces consecutivas la misma petición o bien pidió auxilio en tres ocasiones y épocas distintas. Pablo preguntaba por el sentido del castigo y se esforzaba por comprender aquella carga. Exigía vehementemente a Cristo que ayudara a su apóstol contra Satán. Por dos veces fue desatendida su oración. Sólo a la tercera recibió respuesta.

Pablo invocó por tres veces al Señor. ¿Quién es este Señor? Desde luego, no es simplemente Dios, tal como pudiera interpretarse la palabra, sino el Señor Cristo, En efecto, Pablo da a Cristo con frecuencia el título de Señor, lo que demuestra la dignidad divina de Jesús. Según el Evangelio, Cristo es el «más fuerte», que entra en la casa del fuerte (o Satán) y le ata (Mt 12,29)! La obra redentora de Cristo ha vencido a Satán y a sus colaboradores (Col 2,15). Por eso, ante la petición de Pablo, este Cristo debería pronunciar una palabra imperiosa contra el ángel de Satán. Estas palabras de Pablo nos indican que él, y también la Iglesia, oran a Cristo. Para nosotros esto es hoy una práctica indiscutida. Pero no fue así desde el principio en el Nuevo Testamento. Fundamentalmente, la oración de la Iglesia se dirige al Padre eterno. Con todo, ya en el mismo Nuevo Testamento comenzó la Iglesia a orar a Cristo, con lo cual testifica que cree en él como el Señor de gloria y poder divinos. Por eso a los cristianos se les designa como los que invocan el nombre del Señor (Act 9, 14). Y el mismo Pablo describe a la Iglesia como la comunidad de los que «invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo» (lCor 1,2). 9a Pero él me dijo: «Te basta mi gracia; pues mi poder se manifiesta en la flaqueza.» Pablo invocó al Señor para que le liberara de la carga de la enfermedad. La respuesta de Cristo fue una negativa a la petición. En efecto, la respuesta sonaba así: La fuerza de la gracia que tú tienes, basta. No es necesario liberarte del ángel de Satán. La gracia divina actúa como una fuerza en favor del hombre. Y esta fuerza actúa y se manifiesta con tanta mayor transparencia cuanto más débil es la fuerza del hombre en el que ejerce su poder. Allí donde a simple vista se ve que el hombre es impotente, es evidente que no es la fuerza humana la que actúa, sino la fuerza de Dios. Por eso no puede exigirse que se haga desaparecer el estado de debilidad de Pablo. Al contrario, sólo en la debilidad -y precisamente en la debilidadde Pablo alcanza su plenitud la gracia divina. Pablo tiene que narrar, al mismo tiempo, que está vinculado al mundo celeste en virtud de un maravilloso ensalzamiento y que está expuesto, con dolorosa impotencia, al poder satánico, causa de sus sufrimientos. Contempla los misterios divinos y recibe mensajes inefables, pero sufre sometido a los golpes del ángel de Satán. Su vida está distendida entre las supremas cumbres y los más hondos abismos. Estos son los casi insoportables contrastes de su vida y de su ministerio. Con todo, comprende que tiene que ser así para seguir siendo servidor de Cristo, preservado de toda soberbia religiosa y de toda falsa vanagloria. Los sufrimientos y los golpes del ángel de Satán no le separarán del Señor y de su gracia. A pesar de ellos sigue siendo el apóstol en Cristo. La misma debilidad es revelación y lugar de la fuerza del Señor, y prueba de que la gracia acompaña al apóstol. Esto es lo que le dijo expresamente la respuesta del Señor. Lo que experimentó el apóstol es un ejemplo de lo que acontece en la vida de todo creyente cristiano.

9b Muy a gusto, pues, me gloriaré de mis flaquezas, para que en mí resida el poder de Cristo. En respuesta a la palabra del Señor, de nuevo asegura Pablo que él quiere gloriarse de su flaqueza. La declaración que ha hecho mientras tanto, de su experiencia de la fuerza divina en la impotencia humana, da a su afirmación nuevo fundamento y profundidad. Quiere gloriarse de su flaqueza con ánimo alegre. Gloriarse significa ahora renunciar a su deseo de verse libre de su carga. El apóstol confía y sabe que la debilidad es colmada siempre por la fuerza del Señor. La fuerza y la gracia de Dios no son nunca dadas como algo definitivo y de una vez para siempre, sino que son siempre acontecimiento, verdad y salvación renovadas en favor del hombre. Esta es la certeza de la victoria que Pablo repite una y otra vez. «Vivo, pero no yo; es Cristo quien vive en mi» (Gál 2,20); o bien: «Todo lo puedo en aquel que me da fuerzas» (Flp 4,13).

TEXTO V COMENTARIO A LA EPÍSTOLA (2)
Epístolas Paulinas, por Lorenzo Turrado

.

Sigue gloriándose de su obra apostólica, 11:16-33. Ya anteriormente Pablo había hecho recuento a los corintios en dos ocasiones de sus trabajos y penalidades (cf. 4:8-12; 6:3-10). Ahora vuelve a lo mismo, y con una lista todavía más impresionante. Trata de comparar, pues las circunstancias le obligan, sus propios servicios a Cristo y al Evangelio con los de los falsos apóstoles, que seguían todavía ejerciendo nefasto influjo sobre algunos fieles de Corinto. Primeramente pide de nuevo perdón por tener que gloriarse (v.16). Lo va a hacer como en locura, no "según el Señor," que nos prohibió alabarnos (cf. Mt 6:1-6; Lc 17:10); pero, puesto que sus enemigos se glorían "según la carne" y hacen impresión en los corintios (cf. 12:11), se ve también él obligado a combatirlos en el mismo terreno, haciendo resaltar sus cualidades humanas y sus méritos. Claro que, añade con mordaz ironía, a ellos gustosamente los soportáis, pues despiadadamente os explotan y esclavizan, mientras que yo, para vergüenza mía lo digo, soy en eso inferior a ellos, ya que siempre me he mostrado "débil" con vosotros (v.19-21a). Luego, dejada toda ironía, afirma abiertamente que no teme la comparación (v.21b); cosa que hace acto continuo, mostrando que, por lo que toca a la ascendencia hebrea, es igual a ellos (v.22), y por lo que toca al apostolado, es muy superior (v.2333). Las expresiones hebreo, israelita, descendiente de Abraham (v.22), prácticamente vienen a significar lo mismo. Quizás, si es que no pretende simplemente presentar la comparación con más énfasis, los términos aludan respectivamente a origen judío, religión santa de Israel, herederos de las promesas mesiánicas. La lista de sufrimientos por Cristo en el ejercicio de su ministerio apostólico (v.23-33) es impresionante. San Pablo habla primero de sufrimientos físicos (v.23-27), de muchos de los cuales no nos queda más noticia que la que aquí nos da él; luego habla de sufrimientos morales, preocupado por la suerte de tantas comunidades cristianas como había fundado (v.28) y también por la de cada uno de los individuos (v.29). Resumiendo: después de haber enumerado sus sufrimientos, dice que, "si es menester gloriarse," es así, en sus "flaquezas," como se gloriará él (v.30; cf. v. 17-18), pues ellas son la mejor prueba de que tiene el apoyo de Cristo (cf. 12:9). En confirmación de que es verdad cuanto dice, pone a Dios por testigo (v.31). Los v.3233, aludiendo a su huida de Damasco, parecen aquí un añadido fuera de lugar. Quizás Pablo, cerrada la lista de "flaquezas," se acordó de improviso de este episodio, uno de los primeros en su vida de apóstol, y, sin más, lo introdujo aquí, como apéndice a la lista de "flaquezas." Del episodio en sí ya hablamos al comentar Act 9:23-25. Las revelaciones divinas de Pablo, 12:1-10. Aunque habla de "visiones y revelaciones," en plural (v.1), concretando no describe sino una (v.2-4). Que tuvo muchas, nos consta por otros lugares (cf. Act 9:3-9; 16:9; 18:9; 22:18; 27:23; 1 Cor 9:1; 15:8; Gal 1:12; 2:2), y al menos algunas de ellas, como la de Damasco, eran perfectamente conocidas de los fieles. Aquí, sin embargo, se fija en una, a la que da una importancia especial y que describe como quien está haciendo la confidencia de un hecho desconocido. No da su nombre, sino que usa la perífrasis "sé de un hombre en Cristo" (= un cristiano, v.2), pero es claro que está refiriéndose a sí mismo (cf. v.7). La visión había tenido lugar hacía "catorce años" (v.2). Si, pues, la carta está escrita a fines del año 57, hemos de colocarla hacia los años 43-44, en los principios de sus tareas apostólicas. Del tiempo se acuerda perfectamente; el modo, en cambio, lo ignora. No sabe si fue "en el cuerpo" o "fuera del cuerpo," es decir, si solamente fue su alma la que fue arrebatada "hasta el tercer cielo" o fue conjuntamente con el cuerpo. La expresión "el tercer cielo" (v.2), para designar el lugar donde mora Dios, está tomada del lenguaje que le era familiar, en conformidad con la ciencia astronómica de entonces, distinguiendo el cielo atmosférico, el de los astros y el superior o empíreo. Se corresponde con la otra expresión "paraíso"

(v.3), que es de sabor más judío (cf. Gen 2:8), y ya fue empleada por Jesucristo para designar el lugar donde van las almas de los justos después de la muerte (cf. Le 23:43). Allí, en ese "paraíso" o "tercer cielo," San Pablo oyó "palabras inefables que el hombre no puede decir" (v.4). Se considera impotente para expresar lo que allí contempló. Todo hace suponer que el Apóstol llegó hasta el máximo que puede alcanzar una persona en la vida, acercándose a la directa contemplación de Dios. Después de estas manifestaciones, San Pablo da como un paso atrás, temiendo que alguno le considere más de lo que es, y dice que, aunque pudiera gloriarse de la alteza de esas revelaciones que Dios le ha concedido, él prefiere gloriarse de sus "flaquezas," que es cosa más suya (v.5-6). Con esta ocasión hace (v.7) una declaración importante: la de que, para que no se engriese con esas revelaciones, Dios le dio "una espina en la carne, un emisario de Satanás, que le abofetee" (σκόλοψ τη σαρκί, άγγελοβ σατανά, ϊνα με κολαφίζη). Mucho se ha discutido sobre el sentido de estas expresiones. Creemos, con la mayoría de los autores modernos (Cornely, Fillión, Prat, Alio, Spicq), que el Apóstol alude a alguna enfermedad corporal que le hacía sufrir fuertemente, sea en sentido físico, sea también en sentido moral, en cuanto parecía un obstáculo a su labor misionera. Lo más probable es qué esta enfermedad, sobre cuya naturaleza es aventurado afirmar nada concreto, sea la misma que la aludida en Gal 4:13-14. Nada tiene de extraño que la llame "emisario de Satanás," pues era corriente entre los judíos atribuir las enfermedades al demonio (cf. Le 13:16; Job 2:6); y, además, siempre es verdad que el demonio se aprovecha de todos los tantos (cf. 2:11) para hacernos daño y llevarnos al pesimismo 211. San Pablo rogó "tres veces" al Señor, como Jesús en Getsemaní (cf. Mt 26:44), que le quitara esa enfermedad (v.8); pero, como Jesús, también él hubo de aceptar la prueba, confortado con la respuesta del mismo Jesús: "Te basta mi gracia, que en la flaqueza llega al colmo el poder" (v.9). Respuesta sublime, que constituye un magnífico resumen de la doctrina que Pablo ha venido inculcando en toda la carta. No es extraño, pues, que, apoyado en ella, vuelva a hacer lista de sus "debilidades" para gloriarse en ellas (v.10).

TEXTO VI COMENTARIO A LA LECTURA
7. TE BASTA MI GRACIA (2 COR. 12,9). Hasta ahora hemos recorrido cuatro aspectos de la obra de la gracia de Dios en Pablo. Primero hemos visto a Pablo llamado a ser seguidor de Jesucristo, luego le hemos visto salvado, esto es, reconciliado con Dios por la oblación de Cristo y destinado a reproducir su imagen (cf. Rom. 8,29); le hemos visto trabajando en la predicación del evangelio a los gentiles y por fin viviendo en la Iglesia en una interdependencia de carismas y misiones que es la manera como "está armónicamente ensamblado y ajustado" el Cuerpo de Cristo (cf. Ef.4,16). Me parece que todavía queda por apuntar un aspecto importante de la obra de la gracia en el que Pablo hubo de ser enseñado. El aspecto es el siguiente: la gracia de Dios, sea cual sea el don, basta y sobra al hombre para llevarle a su realización porque con la gracia se nos regala también todo lo demás (cf Rom. 8,32). En los capítulos 10 al 13 de la segunda carta a los corintios, con toda probabilidad, guardamos lo que nos ha quedado de la carta que con muchas lágrimas (cf. 2 Cor. 2,4) escribió Pablo a los corintios en unos momentos de graves dificultades en que los propios corintios rechazaron la autoridad del apóstol. En ese contexto Pablo nos atestigua una dificultad de su vida personal: "Me han clavado en la carne una espina, emisario de Satanás, que me abofetee para que no

me ensoberbezca..." (/2Co/12/07-09). No sabemos en concreto qué fue esa espina, pero sí sabemos más o menos de qué hubo de tratarse: un emisario de Satanás, clavado en la carne ha de ser una enfermedad o un defecto. Más probablemente lo primero que lo segundo. Ello hace que Pablo no pueda ensoberbecerse pues cada tanto algo le recuerda su débil condición. Y Pablo pide a Dios verse libre de esa espina, pero... "Se me ha dicho: Te basta mi gracia, pues la fuerza se realiza en la debilidad" (2 Cor. 12,9). Pablo aprendió desde su primer encuentro con Cristo en el camino de Damasco a reconocer el poder de Dios y de su gracia en la capacidad de ésta para transformar al hombre como él experimentó. Luego fue percibiendo su fuerza en la efectividad de sus correrlas apostólicas: "La gracia que se me dio no fue ineficaz; al contrario, trabajé más que todos (los demás apóstoles); no yo, sino la gracia de Dios que está conmigo" (1 Cor. 15,10). Sin embargo, Pablo necesitaba, como también probablemente nosotros ser enseñados a reconocer el poder y la actuación de Dios, es decir, su gracia y sus dones en lo aparentemente, -sólo aparentemente-, negativo. Eso es así porque el don de Dios, su gracia, está presente en el hombre aunque no aparezca su operatividad. Por eso, Pablo puede escuchar: "Te basta mi gracia. Pues la fuerza se realiza en la debilidad". Me parece que esta experiencia es de tal manera básica para el cristiano que me atrevo a decir que allí donde no se haya dado no hay propiamente fe cristiana. Quien se experimenta querido por Dios, abrazado por su gracia no necesita ya ninguna otra cosa 4. En otro pasaje de sus cartas Pablo nos atestigua también esta forma de comprender su vida y su situación: "Lo que eran para mi ganancias, a causa del Mesías las he considerado una pérdida; más aún, incluso considero que todo es una pérdida por la enorme ventaja del conocimiento de Cristo Jesús mi Señor, por quien sufrí la pérdida de todo, y considero todo basura a fin de ganar a Cristo, y existir en él, sin poseer una justicia mía que proceda de la ley..." (Fil. 3,8-9). 8. ¿SON MINISTROS DE CRISTO?... ¡YO MÁS! (2 COR. 11,23-28) En el mismo contexto de legitimación de su propia autoridad frente a la comunidad de Corinto, que Pablo hace en la carta de las muchas lágrimas, hay un pasaje que me parece especialmente importante para subrayar cómo entiende Pablo lo que significa "ganar a Cristo y existir en él". En un momento en que la autoridad de Pablo está puesta en entredicho por una de sus propias comunidades, siendo coherente con su concepción de que su ministerio y la predicación de "su evangelio" es algo que se debe al don de Cristo, Pablo sólo puede legitimar su autoridad refiriéndose al mismo Cristo y a su vinculación con él. "Nuestro motivo de orgullo es el siguiente: el testimonio de nuestra conciencia de que hemos procedido en el mundo, y más ante vosotros, con sencillez y sinceridad de Dios, y no con sabiduría humana, sino con la gracia de Dios" (2 Cor 1,12). Pablo se reconoce entonces tan hebreo y tan israelita como sus oponentes en Corinto. Pero más discípulo de Cristo que ellos. Reconociendo que habla entre delirios Pablo se presenta como un discípulo de Cristo especialmente aventajado. ¿A qué es debido? Pablo es más discípulo de Cristo porque Pablo ha seguido más de cerca el camino de entrega, debilidad y sufrimiento de Cristo. Merece la pena citar un texto un poco largo: "En trabajos, más; en cárceles, más; en golpes, de sobra; en peligros de muerte, muchas veces; cinco veces recibí de los judíos cuarenta golpes menos uno; tres veces fui azotado con varas, una vez apedreado, tuve tres naufragios, he pasado un día y una noche (flotando) en alta mar; en viajes a pie, muchas veces, con peligros de ríos, peligros de bandidos, peligros de los de mi raza, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en despoblado, peligros en el

mar, peligros entre falsos hermanos; con trabajo y fatiga; con noches sin dormir, muchas veces; con hambre y sed; con ayunos muchas veces; con frío y desnudez; sin contar lo que habría que añadir, mi carga de cada día, la preocupación por todas las Iglesias" (2 Co 11,23-28). Pablo podría haber aportado otros motivos para ser reconocido por los corintios, también podría haber aducido otros méritos que le hicieran más discípulo de Cristo. Por ejemplo, sus éxitos apostólicos, haber convertido a personas importantes como el procurador Sergio Paulo, haber sido el teólogo triunfante en el concilio de Jerusalén, haber introducido el cristianismo en Europa al fundar la Iglesia de Filipos, ser el fundador de la Iglesia de Corinto, una de las ciudades más importantes del Mediterráneo oriental en aquel entonces, etc... Sin embargo Pablo aduce solamente un tipo de méritos: sus sufrimientos que le acercan más a los sufrimientos de Cristo y por tanto le hacen más discípulo que sus oponentes. Entre todos los aspectos con los que el discípulo sigue al Maestro, -predicando como Cristo predicó, enseñando como Cristo lo hizo, curando o consolando como Cristo, retirándose a orar o anunciando su perdón-, el aspecto que más le identifica con el Señor es el realizar su entrega muriendo su misma muerte. La fuerza de la gracia se realiza en la debilidad humana. En este sentido Pablo, es discípulo aventajado de Cristo que llevó adelante su misión no desde la gloria y el poder sino desde la humillación y la Cruz (cf. Lc. 4,1-3 y Fil. 2,6 8).

TEXTO VII COMENTARIO A LA EPISTOLA
La apología a la que Pablo se ve obligado, aunque no le agrade hacerla, levanta el velo sobre sus hazañas misioneras. Como sus amigos lo han denigrado comparándolo a los que, según dicen, son apóstoles mejores que él, Pablo expondrá -y es consciente de ello que se trata de una locura- todo lo que ha hecho por Dios. Una especie de corta biografía impresionante. -Hebreo... israelita... descendiente de Abraham... ministro de Cristo. He ahí sus títulos, según un orden creciente. Pablo lo recuerda: es judío de origen, su educación se hizo junto a los mejores fariseos israelitas de Jerusalén. No puede ponerse en duda que pertenece a la más auténtica «tradición». Es un innovador, es cierto. Lo es por estar todo él orientado hacia los paganos, o gentiles; pero no es por abandono de la integridad de su fe de judío... se trata de una fidelidad más profunda. Cristo lo escogió para El. Concédenos también, Señor, ser a la vez fieles a la tradición auténtica y estar decididamente volcados hacia el futuro. -Trabajos... golpes... cárceles... peligro de muerte... De los judíos recibí cinco veces treinta y nueve azotes... tres veces fui azotado con varas... y una vez apedreado... Estos son los suplicios que la Ley judía reservaba a los herejes, según el Deuteronomio 25, 2-3 y el Levítico 20. Así nueve veces fue «denunciado» Pablo por cristianos judaizantes que espiaban su manera de enseñar. Ayuda, Señor, las diversas tendencias de tu Iglesia de HOY a no destrozarse las unas a las otras. -Naufragios... bandoleros... falsos hermanos... noches sin dormir... hambre y sed... frío... La acumulación de todos esos peligros y pruebas es sorprendente.

El balance de la primera evangelización da mucha sangre derramada, muchas fatigas, y muchos obstáculos de toda especie. No. La Iglesia no nacía con facilidades. No estaba todo hecho por adelantado. Fue preciso construir a fuerza de puños, lentamente y, a menudo, con todas las apariencias del fracaso. Que esto aclare, Señor, mi apreciación actual de la Iglesia. -Y aparte de otras cosas, mi preocupación diaria, el cuidado de todas las Iglesias. ¿Quién desfallece, sin que desfallezca yo? ¿Quién tropieza -en brasas- sin que yo me queme? San Pablo, rogad por nosotros. Ayudadnos también a llevar el peso de todas las Iglesias... «a simpatizar, a sufrir con todos los que sufren»... a «no juzgar despectivamente a los que tropiezan o caen, sino a experimentar el dolor de su caída»... Aplico todo esto a mi vida. ¿Quién desfallece o es débil a mi alrededor? ¿Quién está en trance de tropezar cerca de mí? -Si hay que gloriarse ¡me gloriaré en mi flaqueza! Pablo opone la «flaqueza» de su apostolado a la «potencia» de que creen disponer los falsos apóstoles que le acusan. Su flaqueza no le abate, le refuerza su convicción de que es Dios quien actúa en él. Que mis pobrezas, Señor, lejos de desesperarme me conduzcan a Ti.
NOEL QUESSON, PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 5 PRIMERAS LECTURAS PARA EL TIEMPO ORDINARIO

TEXTO VIII NOÉ FIGURA DE CRISTO
http://www.aciprensa.com/navidad/figuras.htm

Noé fue la consolación de su padre Lamech: esto es lo que significa el nombre Noé; Jesús (este nombre significa Salvador) es, por la salvación que procura a los hombres, la consolación del Padre Eterno, que el pecado había irritado. Noe fue un hombre justo y perfecto en medio de los hombres de tu tiempo; Noé, por orden de Dios, construyó un arca que debía salvar a todo aquellos que estaban con él. Jesús estableció la Iglesia, especie de arca providencial, fuera de la cual no hay salvación. A la vez que construía el arca, Noé no dejaba de predicar la penitencia y no dejaba de decir a los judíos: “Hagan penitencia; si no hacen penitencia, perecerán todos”; y nadie le escuchaba. Después del sacrificio ofrecido a la salida del arca, Dios Hizo alianza con Noé; después del sacrificio de la cruz, Dios lo hizo con Nuestro Señor, y mediante Él con los hombres, una alianza que será eterna. Noé repobló la tierra; nuestro Señor la pobló de justos, y el cielo de santos. Noe fue ultrajado por Cam; Jesús expuesto sobre la cruz, fue ultrajado por los judíos. Cam, hijo de Noé, fue maldito en su posteridad, y sus hermanos, benditos de Dios; los Judíos insultadores fueron malditos de Dios y los verdaderos hijos de Israel, los discípulos de Jesús, fueron colmados de bendiciones.

TEXTO IX Meditación del Evangelio

BENEDICTO XVI. Discurso, 11 de Febrero de 2012 La renovación comienza dentro; se os dará una fuerza de lo Alto. La fuerza dinámica del futuro está dentro de vosotros. Está dentro..., pero ¿cómo? Como la vida está oculta en la semilla: así lo explicó Jesús en un momento crítico de su ministerio. Éste comenzó con gran entusiasmo, pues la gente veía que se curaba a los enfermos, se expulsaba a los demonios y se proclamaba el Evangelio; pero, por lo demás, el mundo seguía como antes: los romanos dominaban todavía, la vida era difícil en el día a día, a pesar de estos signos y de estas bellas palabras. El entusiasmo se fue apagando, hasta el punto de que muchos discípulos abandonaron al Maestro (cf. Jn 6,66), que predicaba, pero no transformaba el mundo. Y todos se preguntaban: En fondo, ¿qué valor tiene este mensaje? ¿Qué aporta este Profeta de Dios? Entonces, Jesús habló de un sembrador, que esparce su semilla en el campo del mundo, explicando después que la semilla es su Palabra (cf. Mc 4,3-20) y son sus curaciones: ciertamente poco, si se compara con las enormes carencias y dificultades de la realidad cotidiana. Y, sin embargo, en la semilla está presente el futuro, porque la semilla lleva consigo el pan del mañana, la vida del mañana. La semilla parece que no es casi nada, pero es la presencia del futuro, es la promesa que ya hoy está presente; cuando cae en tierra buena da una cosecha del treinta, el sesenta y hasta el ciento por uno. Amigos míos, vosotros sois una semilla que Dios ha sembrado en la tierra, que encierra en su interior una fuerza de lo Alto, la fuerza del Espíritu Santo. No obstante, para que la promesa de vida se convierta en fruto, el único camino posible es dar la vida por amor, es morir por amor. Lo dijo Jesús mismo: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero, si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna» (Jn 12,24-25). Así habló y así hizo Jesús: su crucifixión parece un fracaso total, pero no lo es. Jesús, en virtud «del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha» (Hb 9,14). De este modo, cayendo en tierra, pudo dar fruto en todo tiempo y a lo largo de todos los tiempos. En medio de vosotros tenéis el nuevo Pan, el Pan de la vida futura, la Santa Eucaristía que nos alimenta y hace brotar la vida trinitaria en el corazón de los hombres. Jóvenes amigos, semillas con la fuerza del mismo Espíritu Eterno, que han germinado al calor de la Eucaristía, en la que se realiza el testamento del Señor. Él se nos entrega y nosotros respondemos entregándonos a los otros por amor suyo. Éste es el camino de la vida; pero se podrá recorrer sólo con un diálogo constante con el Señor y en auténtico diálogo entre vosotros. La cultura social predominante no os ayuda a vivir la Palabra de Jesús, ni tampoco el don de vosotros mismos, al que Él os invita según el designio del Padre. Queridísimos amigos, la fuerza se encuentra dentro de vosotros, como estaba en Jesús, que decía: «El Padre, que permanece en mí, Él mismo hace las obras... El que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre» (Jn 14,10.12). Por eso, no tengáis miedo de tomar decisiones definitivas. Generosidad no os falta, lo sé. Pero frente al riesgo de comprometerse de por vida, tanto en el matrimonio como en una vida de especial consagración, sentís miedo: «El mundo vive en continuo movimiento y la vida está llena de posibilidades. ¿Podré disponer en este momento por completo de mi vida sin saber los imprevistos que me esperan? ¿No será que yo, con una decisión definitiva, me juego mi libertad y me ato con mis propias manos?» Éstas son las dudas que os asaltan y que la actual cultura individualista y hedonista exaspera. Pero cuando el joven no se decide, corre el riesgo de seguir siendo eternamente niño. Yo os digo: ¡Ánimo! Atreveos a tomar decisiones definitivas, porque, en verdad, éstas son las únicas que no destruyen la libertad, sino que crean su correcta orientación, permitiendo avanzar y alcanzar algo grande en la vida. Sin duda, la vida tiene un valor sólo si tenéis el

arrojo de la aventura, la confianza de que el Señor nunca os dejará solos. Juventud angoleña, deja libre dentro de ti al Espíritu Santo, a la fuerza de lo Alto. Confiando en esta fuerza, como Jesús, arriésgate a dar este salto, por decirlo así, hacia lo definitivo y, con él, da una posibilidad a la vida. Así se crearán entre vosotros islas, oasis y después grandes espacios de cultura cristiana, donde se hará visible esa «ciudad Santa, que descendía del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia». Ésta es la vida que merece la pena vivir y que de corazón os deseo.

TEXTO X
COMENTARIO AL EVANGELIO Lc 8, 4-15
Se pronuncia la parábola del sembrador (8,4-8), cuya interpretación es don de Dios (8,9-lO), que se otorga en primer lugar a los discípulos (8,12-15). Según Marcos, la parábola del sembrador inaugura la predicación en el lago. De ésta no dice nada Lucas. En Marcos es el lago el centro de la actividad docente de Jesús; en Lucas sólo una vez aparece Jesús en el lago. La exposición está puesta al servicio de una idea de la historia de la salvación. Jesús actúa en el interior del país, en el estrecho ámbito de Palestina; después de recibir el Espíritu Santo abandonarán los apóstoles aquella tierra y se harán a la mar para llevar la palabra de Dios por el ancho mundo. El tiempo de Cristo en la historia de la salvación está limitado a Palestina y al período del tiempo de Cristo mismo, mientras que el tiempo de la Iglesia se extiende al mundo entero y dura hasta la segunda venida de Cristo. No obstante, el tiempo de Cristo es el punto medio de los tiempos, es cumplimiento y realización de lo antiguo y raíz y fundamento de lo venidero.
4 Reunida mucha gente, y los que iban acudiendo a él de cada ciudad, les dijo mediante una parábola: 5 Salió el sembrador a sembrar su semilla. Y según iba sembrando, parte de la semilla cayó al borde del camino; fue pisoteada y los pájaros del cielo se la comieron. 6 Otro poco cayó sobre la piedra; y, después de nacido, se secó, por no tener humedad. 7 Otro poco cayó en medio de las zarzas; y cuando las zarzas crecieron juntamente, la ahogaron. 8a Y otro poco cayó en tierra buena; y, después de nacido, llegó a dar fruto al ciento por uno.

En la parábola se tiene ante la vista un sembrador típico. Han pasado las lluvias de otoño: es el período de mediados de noviembre a diciembre. El sembrador lleva la semilla en un saco colgado del cuello o en el ruedo levantado de su túnica. Sale de casa y va al campo, que está en barbecho y todavía no se ha arado. Allí paso a paso, según camina, va lanzando a voleo los granos, con un amplio movimiento del brazo. Después de sembrar se labra la tierra a fin de que quede envuelta por ella la semilla. Siembra el labrador su simiente: trigo o cebada; en su simiente está encerrada parte del destino de su vida. Las suertes de la semilla dependen del terreno. El campo está situado en terreno montañoso sobre el lago de Genesaret. Por el campo en barbecho se han marcado caminos. En algunos puntos escasamente cubre el mantillo las rocas calcáreas. Hay cardos de la altura de una persona. Parte de la semilla cayó al borde del camino. El sembrador no tiene que preocuparse de dónde cae la semilla, pues también el camino se revolverá cuando se pase con el arado. Lucas no se crió en Galilea. Por eso dice que la semilla fue pisoteada. A esto hay que añadir los pájaros que se comieron parte de la semilla. El evangelista escribe en estilo

bíblico: las aves del cielo (Gén 1,26). Otro poco cayó sobre la piedra. La ligera capa de mantillo que cubre escasamente las rocas se caldea pronto. La planta brota pujante, pero no tarda en secarse por falta de humedad. Parte de la semilla cayó también en medio de las zarzas. También éstos se revuelven después de la siembra. Sin embargo, al germinar el trigo, crecen también con fuerza y lozanía los cardos y ahogan las tiernas plantas nacidas de los granos. Marcos habla de un rendimiento del treinta, sesenta y hasta del ciento por uno. Lucas se contenta con dar un solo dato. Se atiene al más alto, desatendiendo la imagen en beneficio de la realidad representada por ella. En efecto, en la tierra de montaña no se suele cosechar más del siete por uno. Lucas cambió más de una vez el texto de su fuente y con ello abandonó también el terreno de la realidad palestina. Pensó que así podía hacer más accesible y comprensible la parábola a sus destinatarios. Más que la fidelidad a la letra le interesa que se entienda la verdad significada. Los Evangelios quieren ser, ante todo, proclamación de la fe a determinadas personas en una situación determinada, y no sólo reproducción literal de lo que se dijo y sucedió. Sin embargo, Lucas se limitó sólo a retocar un poco. El respeto a la historia vedaba modificar notablemente el cuadro, pero la proclamación permitía lo que aprovechaba al fruto del Evangelio. Lucas mira retrospectivamente al tiempo de Jesús, pero el tiempo de Jesús ha de determinar el tiempo de la Iglesia. El evangelio tiene que tener vida, no ha de ser algo abstracto y estereotipado.
8b Dicho esto, exclama: El que tenga oídos para oír, que oiga. 9 Entonces sus discípulos le preguntaron qué significaba esta parábola. 10 Él les contestó: A vosotros se os ha concedido conocer los misterios del reino de Dios; a los demás, en parábolas, para que viendo, no vean, y oyendo, no entiendan.

Jesús invita a prestar atención, a recogerse para oír su palabras a reflexionar. Exclamaba. Es mensajero y heraldo del tiempo de la decisión. Las muchedumbres están todavía presentes. Los discípulos preguntan por el significado de la parábola. La situación que pinta Marcos parece haberse abandonado deliberadamente. Los discípulos no están solos con Jesús. Piden la explicación de la parábola para sí mismos y también para el pueblo. El reino de Dios es un misterio, es designio de Dios, que estaba oculto (Mt 13,35), pero que se revela al final de los tiempos. Jesús trae el reino de Dios, por Jesús se hace presente el misterio del reino de Dios, se inicia el tiempo de salvación. El que comprende que Jesús es el portador del acontecimiento final, comprende también los misterios del reino. Este conocimiento, esta comprensión no es fruto de la penetración personal, sino don de Dios. A vosotros se os ha concedido... por Dios. El conocimiento de que con Jesús se ha inaugurado el reino de Dios distingue de los demás a los discípulos. A los discípulos se ha dado comprender las parábolas que hablan del reino de Dios. Para los demás las parábolas veladas, de modo que viendo, no vean, y oyendo, no entiendan. Las parábolas de Jesús dan cierto conocimiento general del reino de Dios, aunque sin descubrir el misterio de que el reino ha llegado ya en Jesús. Se ve algo, pero no se ve lo esencial, se oye algo, pero no se oye lo esencial. Lo esencial consiste en reconocer que está ya presente el reino de Dios y que Jesús es el portador del tiempo final. El profeta Isaías habló de que habrá quienes viendo no vean, y oyendo no oigan. ¿Por qué conocen los discípulos los misterios del reino y por qué los otros no? El evangelista no estudia psicología de la fe y de la incredulidad, sino que muestra la última razón teológica. Así está fijado por el designio de Dios, tal como aparece en la Escritura. Dios, sin embargo, no condena a nadie a la incredulidad sin culpa por parte

del hombre. El que viendo no ve, y oyendo no oye, se ha endurecido frente a la palabra de Dios. La brecha que se abre entre los discípulos y los demás no es infranqueable. Los discípulos preguntan por el sentido de la parábola para sí mismos y para el pueblo, delante del cual interrogan a Jesús. La explicación que reciban de Jesús la transmitirán también a los demás. La gracia del conocimiento se da por medio de ellos también a los otros, con tal que éstos sean receptivos y hayan hecho penitencia. Pedro dice en su sermón después de la ascensión del Señor: «Sepa, por tanto, con absoluta seguridad toda la casa de Israel que Dios ha hecho Señor y Mesías a este Jesús a quien vosotros crucificasteis. Al oír esto, se dolieron de corazón y dijeron a Pedro y a los demás apóstoles: ¿Qué tenemos que hacer, hermanos? Pedro les respondió: Convertíos, y que cada uno de vosotros se bautice en el nombre de Jesucristo para remisión de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo» (Act 2,36ss).
11 Este es el sentido de la parábola: la semilla es la palabra de Dios. 12 Los del borde del camino son los que escuchan; pero luego viene el diablo y se lleva de su corazón la palabra, para que no crean y se salven. 13 Los de sobre la piedra son los que, al oír, reciben con alegría la palabra, pero no tienen raíz; son los que creen por algún tiempo, pero en el momento de la tentación se retiran. 14 Lo que cayó entre zarzas son los que oyeron; pero con las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida, se van ahogando y no llegan a madurar. 15 Lo de la tierra buena son los que oyen la palabra con un corazón noble y generoso, la retienen y por su constancia dan fruto.

La palabra de Dios es la palabra acerca del reino de Dios, la palabra acerca de Jesucristo, portador del reino de Dios, el Evangelio. Como palabra que procede de Dios, tiene fuerza, crece y produce efecto en nosotros. El último fruto de esta palabra es la salvación. La palabra de Dios es palabra de reconciliación, de salvación. de gracia, de vida, de verdad... (2 Co 5,19; Hch 13,26; Hch 14,3; 20,32; Flp 2,16; 2Co 6,7). A fin de que la palabra lleve fruto en el hombre y alcance la meta, debe formar una comunidad de vida con los hombres. En lugar de las palabras: Los del borde del camino son los que... habríamos aguardado algo así como: La semilla que cayó en el camino significa la palabra de Dios... Bajo la fórmula algo extraña late evidentemente la idea: Los hombres son el campo en que se siembra, y a la vez la semilla que tiene que crecer. La palabra entra como en combinación con los hombres, transforma al hombre y le da una nueva configuración. La imagen exacta del hombre no es el terreno, sino lo que en él crece, que vive a la vez del grano de semilla y de la sustancia de la tierra. El desarrollo y la fructificación están amenazados de peligros. Los peligros vienen del demonio, de la inconstancia, de la tentación a desertar, de las preocupaciones cotidianas, de la riqueza y de los placeres. En las explicaciones están entretejidas amargas experiencias, por las que había tenido que pasar la Iglesia en la predicación de la palabra y que todavía son impedimentos que se oponen constantemente al pleno desarrollo de la palabra de Dios. Si la palabra ha de llevar fruto, debe predicarse, oírse, recibirse en el corazón y creerse. «¿Cómo podrán tener fe en aquel de quien no oyeron hablar? ¿Y cómo van a oír sin que nadie lo proclame? ¿Y cómo podrán proclamarlo, sin haber sido enviados?» (Rom 10,14s). Para que la palabra logre el mejor desarrollo posible, hay que cumplir tres condiciones: el corazón ha de ser bello y bueno. Aquí se oye como un eco del ideal moral de vida griego (kalokagathia: belleza y bondad moral). El hombre de bien se amolda a la voluntad de la divinidad. El hombre naturalmente bueno lleva en sí la mejor base para la acción de la palabra de Dios. La palabra debe aceptarse y retenerse, pese a las tentaciones y a las amenazas. Es necesario fructificar con paciencia, con constancia, día tras día, con perseverancia y firmeza. Pese a todos los

ataques, se realiza y se vive la palabra de Dios. La palabra de Dios transforma al hombre, pero no sin la cooperación del hombre. Mientras se proclama y se recibe la palabra, están en acecho los enemigos de la salvación, tratando de impedir y anular su crecimiento. Quien proclama la palabra de Dios en el mundo debe contar con estos adversarios, aunque estos tampoco perdonan al que la recibe. La lucha se desencadena a todos los niveles: mientras se recibe, mientras se desarrolla y antes del resultado definitivo. No sin razón se pone al fin la palabra «constancia».

TEXTO XI COMENTARIOS AL EVANGELIO

1. Sabemos que cada página del evangelio se puede leer en una doble dimensión: la situación
originaria del tiempo de Cristo y su actualización en tiempo de la Iglesia. Esto es así sobre todo para las parábolas. Por eso se han de tener presentes las dos dimensiones en nuestra lectura. La enseñanza de la parábola del sembrador -ésta parece ser la situación más originaria: la de Cristo- no se refiere ante todo a los oyentes de la palabra, sino a los sembradores, o sea, a los predicadores, el primero de los cuales es Cristo, y en pos de él todos los demás, los cuales no pueden pretender ser más que el Maestro. La parábola, leída en sí misma, sin tener en cuenta las explicaciones que ofrece más adelante el evangelista, llama la atención sobre el trabajo del sembrador; trabajo abundante, sin medida, sin distinciones, que parece inútil por el momento, infructuoso y desperdiciado; sin embargo, dice Jesús llegarán los frutos en abundancia. Porque el fracaso no es más que aparente; en el Reino de Dios no existe trabajo inútil; nada se malgasta. "Aunque a los ojos de los hombres gran parte de su trabajo parece inútil y vano, aunque los fracasos parezcan sumarse a los fracasos, Jesús está rebosante de alegría y de certeza; la hora de Dios llega y, con ella, una cosecha abundante superior a toda súplica e imaginación. A despecho de los fracasos y las resistencias, Dios hace que de comienzos desesperados brote el espléndido final que ha prometido" (J. ·Jeremías-JQ). De todas formas, éxito o fracaso, derroche o no derroche, el trabajo de la siembra no ha de ser calculado, cauto, precavido; sobre todo, no hay que escoger el terreno o echar las semillas en unos sí y en otros no. El sembrador arroja la simiente a voleo y sin distinguir. ¿Cómo saber en el momento de la siembra qué terrenos van a fructificar y cuáles no? Por eso, dirá Jesús, más adelante, nadie debe anticipar el juicio de Dios; ni siquiera el sembrador tiene derecho a hacerlo. -La actualización de la parábola. La tradición, ya conocida por Marcos y recogida por Mateo, no se contentó con transmitir la parábola, sino que le añadió una explicación o, mejor, una actualización, que transforma la parábola -dirigida en su origen a los predicadores- en una catequesis para convertidos. La explicación tiene presentes a los fieles, e insiste en la necesidad de algunas disposiciones interiores y personales para que la palabra escuchada sea entendida y crezca. Las principales disposiciones son: apertura y sensibilidad a los valores del Reino, valor frente a las persecuciones, constancia, resistencia al espíritu mundano y libertad interior.
BRUNO MAGGIONI EL RELATO DE MATEO EDIC. PAULINAS/MADRID 1982.Pág. 140

2. Jesús continúa enseñando, pero lo hace en un lenguaje parabólico. Este lenguaje, lo mismo
que todo símbolo, abre la puerta a interpretaciones muy diversas; resultará tanto más fácil a los espíritus tercos encerrarse en sus propias ideas y quedarse en la historieta, ignorando su

significado; y a la inversa, los espíritus abiertos, los corazones dóciles, serán discretamente introducidos en el conocimiento de una doctrina profunda: de unos "misterios". Hay, pues, personas que no acogen como conviene la palabra de Jesús. A los ojos de los discípulos, testigos de este "fracaso" del Maestro, o a los de los cristianos que meditan en la vida de Jesús, en la que, por lo demás, vuelven a ver su propia historia, el esfuerzo de evangelización en medios judíos, ¿no topa con un fracaso casi total? ¿No es la palabra de Dios lo que Jesús trae? ¿Y la palabra de Dios puede ser tan limitada, tan ineficaz e infructuosa? No se trata de ir a buscar la explicación de este drama en la in-significancia de la Palabra o en su ineficacia. La lección que transmite hoy la primera lectura ha sido bien asimilada por el evangelista. Antaño, un profeta isaiano del destierro había hecho reflexionar a sus compañeros de exilio en la incoercible eficacia de la Palabra, en la inevitable realización de lo que Dios ha prometido. Se trataba de mantener en aquellos desgraciados que lloraban "a orillas de los ríos de Babilonia" (Sal 137. 1), la verdad del anuncio profético que prometía, en nombre de Dios, la inminente liberación y un retorno feliz a la tierra de los antepasados. El evangelista conoce todo esto: está, pues, seguro de que la semilla, símbolo de la Palabra, es capaz de dar frutos abundantes. No hay más que un solo motivo que pueda explicar la esterilidad de una semilla echada en la tierra o la ineficacia de la Palabra predicada a los judíos: la pobreza del suelo que recibe el grano, o en otras palabras, las malas disposiciones de los oyentes. En cuanto a estas malas disposiciones, Mateo dice varias cosas. En primer lugar, las nombra: inconstancia, afanes de este mundo, seducción de la riqueza. Ve en ello, además, el efecto de la actividad disimulada del Maligno (una causa entre otras). Porque advierte sobre todo que la Palabra se halla en el centro de un conflicto. Hay persecuciones que hacen vacilar a los oyentes inconstantes y que son provocados por la Palabra. Esta tiene, asimismo, adversarios que luchan encarnizadamente contra ella, en un conflicto permanente. Y es que el fracaso que Jesús conoció, mal recibido por los judíos incrédulos, lo experimenta la Iglesia a su vez; pero el profeta Isaías había ya pasado por esa dolorosa experiencia (v. 14/15). El combate de la Palabra y de la incredulidad viene desde los más remotos tiempos de la historia del pueblo de Dios y parece que ha de durar tanto como esa historia. ¿Cuál es su final? Este combate lleva a fracasos repetidos que preocupan al evangelista. Pero al autor le interesa más otra cosa: el éxito maravilloso que, en último término, obtiene la proclamación de la Palabra. Porque el Evangelio, rechazado, perseguido, combatido ya ha "triunfado". En el seno de un mundo incrédulo, existe hoy una comunidad de discípulos. El inmediato entorno de Jesús era, en un principio, el signo modesto de un cierto éxito de la palabra de Jesús; pero a partir de entonces, todos aquellos que en todos los tiempos, especialmente hoy, se tienen por discípulos de Jesús, son signos de que la Palabra da sus frutos. Tras el "vosotros" (v.11), se oculta, en efecto, toda la Iglesia, se oculta incluso el auditorio que escucha hoy nuestro comentario del Evangelio. Más que en los adversarios obstinados, Mateo se fija con entusiasta atención en los discípulos de Jesús; los ve vivir en medio de un mundo (v.38) incrédulo: "aquellos que..." (v.12). Los ve, sin embargo, colmados: "A vosotros es dado". Y puesto que en ellos el "don" se ha demostrado eficaz, se les da cada vez más: "A quien tenga se le dará". Este don pródigamente concedido es el de un conocimiento supremo: "conocer los misterios del Reino de Dios". Este conocimiento ilumina toda la vida; gracias a él, sabrán los discípulos hacer las opciones que se imponen y participar como conviene en el combate de la Palabra. Y es cierto que tras la explicación de las vicisitudes que atraviese el Reino al implantarse en el mundo, se oculta un mensaje decisivo: el mensaje pascual. Porque la aventura de la Palabra, constantemente desdeñada, perseguida pero siempre viva y eficaz, semejante al grano de trigo que debe "morir" para dar fruto (/Jn/12/24),

¿no es el misterio de Pascua? El conocimiento de tales misterios es un privilegio del que los discípulos deben ser conscientes. Lo que los cristianos oyen en la proclamación del Evangelio, lo que ven en la experiencia cristiana, hay muchos hombres que no pueden verlo ni oírlo. Aun los Profetas, esos privilegiados del A.T. y con ellos, por lo tanto, todo el pueblo de la Antigua Alianza, no pudieron, a pesar de sus deseos, obtener semejante revelación de los "caminos" de Dios, de los secretos de su Reino. Esta parábola, al igual que muchas otras parábolas de Mateo, tiene algo de doloroso, de dramático incluso: ¡tanta semilla perdida, tanta palabra rechazada! Pero no percibir los sonidos alegres con que resuena, sería entenderla mal. Aunque no esté permitido permanecer insensibles a esa tragedia que constituye la evangelización y a sus "fracasos", cuyos perdedores son los hombres, ¿sería lícito no dejar resonar nunca en nosotros -acogidas con una profunda humildadestas palabras de esperanza. "¡Ah, sí, dichosos vosotros!; dichosos vuestro ojos porque han sabido ver y vuestros oídos porque han sabido oír"? ¿Sería lícito permanecer insensibles ante la promesa, implícitamente contenida en la última frase del Evangelio, y de la que encontramos una formulación más clara en el apóstol Pablo, cuando habla de la "Gloria de los hijos de Dios"? Nosotros sabemos de esa Gloria no sólo que está "preparada" para nosotros, sino además que, con la transmisión de la Palabra, nos está ya comunicada; y que, semejante a una semilla, crece en nosotros. ¡Cómo, entonces, negarse uno a llamarse "dichoso"!
LOUIS MONLOUBOU LEER Y PREDICAR EL EVANGELIO DE MATEO EDIT. SAL TERRAE SANTANDER 1981.Pág. 183

3.EV/INTERPRETACION: PUEDEN HABER TRES SIGNIFICACIONES EN UNA PARÁBOLA: LA DE XTO/LA DEL EVANGELISTA Y LA DE LA IGLESIA PRIMITIVA. La parábola del sembrador plantea al lector tres problemas sucesivos: el significado de la parábola tal como salió de los labios de Xto (vv. 1-9), el valor que Mateo le atribuye introduciéndola en esta parte de su Evangelio y, finalmente, la significación de la explicación que da la Iglesia primitiva (vv. 18-23). a)En cuatro escenas sucesivas, colocadas entre una descripción de la siembra (v. 3) y una descripción de la recolección (v. 8), la parábola propiamente dicha se interesa, sobre todo, por la suerte reservada a la semilla en los cuatro terrenos diferentes. Las escenas están dispuestas de manera progresiva y optimista, para desembocar en la visión de la fructificación extraordinaria de la semilla. El tema de la cosecha, imagen de los últimos tiempos, es tradicional en Israel (Jl 4. 13); lo nuevo es la insistencia en las laboriosas siembras que la preparan. Jesús, pues, suaviza ligeramente el matiz escatológico de la venida del Reino (cosecha) subrayando más bien las condiciones difíciles de su realización. Proclama la venida del Reino, pero insiste en la lentitud de su instauración y en la dificultad de su maduración. b)Insertando esta parábola en este lugar de su Evangelio, Mateo da una interpretación cristológica de la parábola. Jesús se plantea el problema de los fracasos y de las resistencias que se oponen a su mensaje: ceguera de los escribas, entusiasmo superficial de las masas, desconfianza de sus parientes, etc. Pretende dar un sentido a esta incomprensión y lo descubre en la oposición entre el trabajo casi infructuoso del sembrador y la rica cosecha que se recogerá en su tiempo oportuno. Jesús piensa en su misión difícil y la analiza a la luz del juicio que se acerca. Concretamente, este juicio

se produce a través de la inteligencia que los discípulos parecen mostrar (vv. 10-17) y que compensa la indiferencia de los otros miembros del auditorio. c)La explicación de esta parábola nos la dan las comunidades primitivas. Para ellas ya no hay que explicar la misión de Xto, sino las motivaciones de su conversión; la cosecha final no les da miedo, sino más bien las dificultades cotidianas que suscita la persecución (v. 21). Desde este momento la interpretación adopta un matiz alegorizante; cada escena de la parábola se interpreta en función de un tipo de "conversión": ya no importa tanto la semilla como la manera en que es acogida. Hasta el matiz escatológico de la parábola se difumina en consideraciones, sobre todo psicológicas y parenéticas (v. 24). Jesús era optimista sobre el sentido de su misión; la Iglesia primitiva parece más preocupada.
MAERTENS-FRISQUE NUEVA GUIA DE LA ASAMBLEA CRISTIANA V MAROVA MADRID 1969.Pág. 160

4. PARA/FINALIDAD: PALABRAS ESCANDALOSAS.SU VERDADERO SENTIDO. Digamos algo sobre "la finalidad de las parábolas", ya que, en nuestro texto, aparecen esas palabras casi escandalosas de Jesús: ¿utilizó las parábolas para que no le entendiesen? Ha habido dos teorías que se han hecho clásicas para explicar estas duras palabras: teoría de la justicia: la parábola oculta la verdad para castigar la infidelidad del pueblo que ha rechazado la palabra de Dios cuando le era expuesta con toda claridad. Esta teoría va en contra de la naturaleza de las parábolas y en contra de la misión de Jesús. Teoría de la misericordia: la parábola no habla con claridad. Jesús recurre a ellas para mitigar la culpabilidad de los que no creían. Teoría injustificada desde las parábolas mismas, que son suficientemente claras. Además, en otras ocasiones, Jesús hablaba no sólo con claridad sino hasta con crudeza. Para resolver el problema hay que contar con los elementos siguientes: a)el texto está fuera de lugar (lo demuestra el hecho elemental de ser preguntado Jesús por "las" parábolas, cuando en realidad no ha expuesto más que una); b)la expresión se refería originariamente a toda la enseñanza de Jesús, ya que el término "parábola", "mashal" en hebreo, puede significar tanto parábola como misterio, sentencia, enigma, proverbio, enseñanza; c)esta diversidad de significados hizo que, al traducir la palabra "mashal" al griego, y después a las demás lenguas, se convirtiese en "parábola"; d)el texto se halla traducido defectuosamente y reconstruyéndolo en su forma original aramea tendríamos lo siguiente: "a vosotros os ha sido dado a conocer el misterio del reino de Dios, pero a los de fuera todo les resulta misterioso". A continuación viene la partícula final "para que"; pero esta partícula puede ser, además de final, consecutiva y entonces traduciríamos así: "de modo que se cumple la palabra de la Escritura" (a continuación viene la cita del profeta Isaías 6. 9-10). Quedan, por tanto, las últimas palabras, las más "escandalosas": "no sea que se conviertan...". Tendríamos aquí latente o subyacente la partícula aramea "dilema", que, además de los sentidos "para que no", "no sea que", tiene también este otro "sea, pues, que..." y en este sentido debe ser entendida aquí. La conclusión que parece imponerse hoy es que la traducción del célebre y torturante texto debe ser la siguiente: "a vosotros os ha dado Dios a conocer el misterio del Reino; para los que están fuera todo es misterioso, de modo que como está escrito- miran y no ven, oyen y no entienden; que se conviertan, pues, y

Dios les perdonará". La solución de los que están fuera no es desesperada. Tienen todavía una oportunidad: que se conviertan.
COMENTARIOS A LA BIBLIA LITURGICA NT EDIC MAROVA/MADRID 1976.Pág. 1015

5. Texto. En el contexto precedente Mateo remarca la línea divisoria entre sabios y entendidos por un lado y gente sencilla por otro. Los primeros se perfilan ya como adversarios y los segundos como familiares. En este contexto introduce Mateo un tipo de enseñanza basada en la parábola. "Jesús comenzó a exponerles muchas cosas por medio de parábolas". Mejor traducción ésta que el "hablar mucho rato" de la traducción litúrgica. Las línea maestras del texto van más por el método de enseñanza empleado que por el contenido de la misma. Veamos. La parábola del sembrador termina con un lacónico "el que tenga oídos que oiga" (v.9). Esta frase está indicando que la parábola contada oculta tanto como desvela, si no más. Ello motiva la pregunta de los discípulos: "¿Por qué hablas a la gente por medio de parábolas?" (v. 10). En los vs. 11-17 se da respuesta a esta pregunta. La respuesta deja en claro una cosa: las parábolas son un medio adecuado de no decir nada a quien no esté en disposición de escuchar y de decir mucho a quien esté en esa disposición. Por lo tanto, el recurso a la parábola lo entiende Mateo como una forma de remarcar la línea divisoria entre dos grupos. A un lado de la línea están los que no ven ni entienden; al otro, los discípulos, es decir, "todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos" (Mt 12, 50). Esta última cita de Mateo ayuda a aclarar el origen de la división. Esta no obedece a un decreto de Dios, sino a la decisión de las propias personas involucradas. Por aquí van los sorprendentes vs. 11 y 12. El v. 11 parece a primera vista estar formulado en el sentido de una división determinada por Dios. Sirviéndose del recurso de la voz pasiva, este versículo afirma, en efecto, que es Dios quien concede o permite a unos conocer los secretos de su Reino y a otros no. Sin embargo, el v. 11 hay que leerlo a la luz del v. 12, el cual sirve de explicación a aquél. Lo que pasa es que la explicación está formulada en términos absolutamente chocantes y sorprendentes, muy en consonancia con el estilo oral, agresivo e hiriente, empleado frecuentemente por Jesús. "Al que tienen se le dará más todavía; al que no tiene se le quitará hasta lo poco que tiene". El problema nos surge por entender el verbo tener en sentido de poseer. Pero no es éste el sentido del verbo ni en la dinámica del texto ni en el contexto de Mateo. "Tener" tiene el sentido activo de "producir". "Al que produce se le dará; al que no produce, no". Así entendida la frase, se comprende perfectamente que el v. 11, del cual el 12 es explicación, no pueda entenderse en el sentido de decreto arbitrario de Dios. El recurso, pues, a las parábolas marca en el Evangelio de Mateo la quiebra de un mundo religioso cerrado en sí mismo, el de los sabios y entendidos, y el surgimiento de una perspectiva abierta y universal, la representada por los discípulos o nueva familia de Jesús. De ahí la larga cita de Isaías, donde se habla del corazón embotado de este pueblo; de ahí también el realce del momento a través del v. 17: "Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver y oír lo que vosotros". Obsérvense las dos mismas denominaciones de profetas y justo que encontrábamos hace dos domingos en Mt. 10, 41 y que responden a categorías de personas cuyo alcance se nos escapa hoy. El texto finaliza desvelando a los discípulos lo oculto de la parábola, y por consiguiente, lo que Mateo considera importante en la misma. Lo significativo está en los lugares receptores: vereda,

pedregal, maleza, terreno fértil. Los tres primeros tienen en común su falta de productividad. Esto es precisamente lo que hay que evitar. La parábola del sembrador en la versión de Mateo es una invitación a ser terreno fértil. No importa la cantidad producida; eso depende de mil circunstancias e imponderables. Lo verdaderamente importante es el ser productivos. Comentario. Dos aspectos resaltan con luz propia en el texto: la alegría y la invitación a hacer algo. Alegría por los nuevos tiempos traídos por Jesús. El discípulo de Jesús está llamado a ser portavoz del cambio cualitativo aportado por Jesús y a vivir desde la alegría por ese camino. "Dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen". Dios me libre de decir a nadie lo que tiene que hacer. Pero en nombre de Dios, que habla por el texto de hoy, sí que te digo: haz, actúa, sé productivo.
ALBERTO BENITO DABAR 1990/37

6. /Mt/13/10-17 Entre la parábola del sembrador (Mt 13, 1-9) dirigida a la muchedumbre
(Mt 13, 3) y la explicación que de ella da a los discípulos (v. 11), Mateo inserta este pasaje manifiestamente adventicio y destinado a servir de transición. Pero los sinópticos, al tiempo que concuerdan en cuanto al contenido literal de la parábola y de su explicación, ponen de manifiesto una gran libertad en la redacción de esta transición (Mc 4, 10-13; Lc 8, 9-11). El núcleo del pasaje se halla localizado en el v. 11; el v. 12, sin duda un añadido tardío de Mateo (cf. Mc.4, 25), podría ser una restricción al versículo precedente a propósito de Judas (?). El v. 13 saca las conclusiones del v. 11, confirmadas aún más en la larga cita de Is 6, 9-10 (vv. 14-15). Los vv. 16-17 son igualmente extraídos de otro contexto (Lc 10, 21-22). a) En la literatura judía, los de fuera es un término utilizado para designar a los gentiles (cf. 1 Cor 5, 12-13; 2 Cor 4, 16; Col 4, 5; 1 Tim 4, 2). Marcos le atribuye, sin embargo, otro sentido (Mc 4, 11), refiriéndose a aquellos que, en el momento en que Cristo habla "en casa" (Mc 3, 20) a sus apóstoles y discípulos, se encuentran "fuera" de ella (cf. M 3, 31), es decir, sus parientes y los fariseos (Mc 3, 22). Con la expresión los "de fuera", Marcos se estaría refiriendo a los mismos judíos, los cuales no podrán entrar en el Reino y convertirse (Mc 4, 12) sin que antes hayan depuesto su incredulidad. b) El texto, en su totalidad, presenta una acusada mentalidad apocalíptica semejante a la del libro de Daniel. Como en el profeta (Dan 2, 47), también aquí parece la revelación en dos tiempos, "secreto" y "misterio", perfectamente marcados; el primero, mediante visiones y símbolos o parábolas; el segundo, mediante explicaciones. Finalmente, las sentencias subrayan el privilegio de los que pueden oir y comprenden las posibles aplicaciones del lenguaje parabólico. Mediante esta forma apocalíptica (véase Mt 11, 25), Mateo trataría de dar a la enseñanza parabólica de Jesús su significación de verdadera revelación procedente de lo alto. c) En su extensa cita de Is 6, 9-10 (vv. 14-15), Mateo pretende hacer resaltar otra intención de Cristo. Jesús conoce su calidad de profeta y acepta las oposiciones y repulsas inherentes a este ministerio, dificultades a que se ha expuesto conscientemente con motivo de su enseñanza por medio de parábolas, trazando así la línea de demarcación entre fe e incredulidad. A Jesús no le extraña su falta de éxito; su actuación es conforme a las Escrituras y concretamente a Isaías. El mismo se encamina así hacia su Pasión. La cita de Is 6, 9-10 es, sin embargo, diferente en Mateo y en Marcos. Para este último, hablar en parábolas es un acto de Dios que, mediante este procedimiento, juzga y condena a los incrédulos. Las modificaciones aportadas por Mateo ("porque" en lugar de "para qué" y "no

ven" en lugar de "ven y no conocen", en los vv. 12-13) ponen de manifiesto que la razón de hablar en parábolas no debe ser buscada en Dios, sino en las disposiciones hostiles del auditorio. Veamos en todo esto más un clima de pasión por parte del profeta que un auténtico juicio de Dios. d) Al redactar este texto, Mateo bloquea las corrientes apocalíptica y profética, uniendo el optimismo de la primera ante los privilegios de los que reciben la revelación, al pesimismo de la segunda, con motivo del rechazo de que es objeto el profeta por parte de la mayoría. Hecho esto, confiere al conjunto un acento nuevo; el de la oposición entre creyentes y nocreyentes, oposición que se acentúa más aún cuando se descubre como algo evidente que es "secreto" de Dios, un misterio insondable suyo (corriente apocalíptica) el oponer aquellas dos categorías, mientras que el pensamiento de Jesús era distinto. e) Mateo (como Mc 4, 1-34) escribe en un momento en que la Iglesia naciente está preocupada por la incredulidad de Israel. El cap. 13 responde a esta inquietud. Mc 4, 11-12 subraya que Jesús no revela su secreto más que a los discípulos y deja a las gentes de fuera en la ignorancia; y así, gracias a la enseñanza parabólica, establece una especie de juicio entre creyentes e incrédulos. Mateo soluciona el problema haciendo ver que, el no comprender la enseñanza de Cristo, si esa falta de comprensión es querida por Dios, no resulta de una decisión arbitraria, sino que es consecuencia de disposiciones espirituales insuficientes. Cristo se pregunta sobre la significación del fracaso de su ministerio profético, y la conclusión que de ello saca es clara: la Pasión ha sentado ya plaza en su vida; la muerte se perfila al término de su misión, y esta prueba definitiva será la que dé el verdadero tono de su fidelidad. La comunidad primitiva también se pregunta, a propósito de este mismo pasaje, sobre el fracaso que constituye para ella la negativa de Israel a admitirla en su fe en el Señor. En la apocalíptica judía encuentra la solución a esta angustia: es "secreto" de Dios el separar así a los hombres en creyentes y no creyentes, y el preparar de este modo el juicio de la humanidad. También la Iglesia actual se pregunta sobre su aparente fracaso y sobre su creciente disminución en el mundo. Pero sabe guardarse muy bien de recurrir a la apocalíptica judía para dividir el mundo entre buenos e impíos, ya que la frontera entre el bien y el mal pasa a través de cada hombre. La única salida que le queda entonces es hacer suyo el punto de vista de Cristo. Porque aunque Cristo haya entrado en la gloria, no por eso la Iglesia quedará dispensada de la ley del fracaso y de la significación pascual del sufrimiento.
MAERTENS-FRISQUE NUEVA GUIA DE LA ASAMBLEA CRISTIANA VI MAROVA MADRID 1969.Pág. 189s

7. Mt/13/10-17: FE/ESCUCHA: D/MISTERIO Jesús responde que Dios es "misterio": no es una realidad fácil de conocer. Dios no está a nivel de las cosas; se toca una piedra, se ve un árbol, se oye a un amigo. Dios no es de este orden. El misterio de Dios no es una verdad que se impone a la inteligencia humana. Es un secreto, un misterio, que sólo se da a los que están dispuesto a escuchar. "Mirar sin ver y escuchar sin oír ni entender". Esta es la segunda razón dada por Jesús. Si el misterio de Dios, es de por sí un secreto difícil de descubrir, es también verdad que muchos hombres son culpables de ni siquiera buscarlo. ¿Busco yo a Dios? "Ni entender con el corazón" En-tender, o sea tender en dirección de alguien. Ser fascinados por Dios. Tomar postura ante él. Dirigirse a él con todo el ser. Sólo entonces se está en disposición de oir y comprender. Primero se convierte uno, o sea, se vuelve hacia... se tiende hacia... y después se comprende.

Hasta humanamente, las mismas cosas son vistas y oídas, de distinta manera por varias personas. ·Scheler ha escrito que si atraviesan un bosque tres sujetos: un pintor, un botánico y un comerciante de maderas, uno habrá visto unas violetas y colores maravillosos (el pintor); otro habrá visto unos musgos diminutos y muy raros, que sólo existen en esa región (el botánico); otro habrá visto cuántos metros cúbicos de madera se pueden sacar por hectárea (el maderero). "Dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen". Debiéramos pedir esos ojos que ven y esos oídos que oyen. Ver con los ojos de la fe tantos acontecimientos de nuestra vida que solamente vemos con una mirada humana. Toda nuestra vida es una parábola en la que Dios está escondido y desde donde nos habla. Uno puede quedarse en el interior de las cosas y de los acontecimientos, o bien, "ver" y "oír" a Dios en el centro de todas las situaciones humanas. Creyente es el que ve y oye a Dios en las cosas vulgares -alegres o tristes- de cada día.

8.Texto. El domingo pasado remarcaba Mateo una linea divisoria entre sabios y entendidos

por un lado y gente sencilla por otro. En este contexto se abre la tercera compilación doctrinal del primer evangelio, caracterizada por las parábolas como vehículo de enseñanza. El texto comienza con la exposición de la parábola del sembrador y finaliza con la aclaración de la misma. Entremedio se recoge una conversación de Jesús con sus discípulos acerca del método de enseñanza adoptado: ¿por qué hablas a la gente por medio de parábolas? La respuesta de Jesús a esta pregunta deja en claro una cosa: las parábolas son un medio adecuado de no decir nada a quien no esté en disposición de escuchar y de decir a quien está en esa disposición. El recurso, pues a las parábolas es una forma de remarcar la linea divisoria entre los dos grupos arriba mencionados. A un lado de la línea están los que no ven ni entienden; al otro, los discípulos, es decir, todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos (Mt. 12,50). Esta cita de Mateo, tomada del contexto inmediatamente precedente al texto de hoy, ayuda a aclarar el origen de la división en dos grupos. Esta no obedece a un decreto de Dios, sino a la decisión de las propias personas involucradas. El v.11, en efecto, parece a primera vista estar formulado en el sentido de una división determinada por Dios. Este versículo, sin embargo, ha de leerse a la luz del 12: al que tiene se le dará más todavía; al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Esta formulación resulta chocante, pues tener suele entenderse en sentido de poseer. No existe, sin embargo, el sentido del verbo ni en la dinámica del texto ni en el contexto de Mateo. Tener tiene el sentido activo de PRODUCIR. Al que produce se le dará; al que no produce, no. Así entendida la frase, se comprende perfectamente que el v. 11 no deba interpretarse en el sentido de decreto arbitrario de Dios. El recurso, pues, a las parábolas marca en el evangelio de Mateo la quiebra de un mundo religioso cerrado en sí mismo, el de los sabios y entendidos, y el surgimiento de una perspectiva abierta y universal, la representada por los discípulos o gente sencilla. De ahí la larga cita de Isaías hablando del corazón embotado. De ahí también el realce del momento en el v. 17: os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver y oír lo que vosotros. El texto finaliza desvelando a los discípulos lo oculto de la parábola. Lo significativo en la misma son los lugares receptores: vereda, pedregal, maleza, terreno fértil. Los tres primeros tienen en común su falta de productividad, justamente lo que hay que evitar. En la versión de Mateo la parábola del sembrador quiere ser una invitación a ser terreno fértil. No importa la cantidad que se produzca; eso depende de mil circunstancias e imponderables. Lo verdaderamente importante es ser productivos.

Comentario.-Lo expuesto en el análisis del texto no dejar lugar a dudas al buen entendedor: menos palabras y más hechos. He aquí el santo y seña del buen discípulo. Junto a este aspecto esencial del texto, hay otro apenas mencionado en el análisis: alegría por los nuevos tiempos traídos por Jesús. El discípulo está llamado a ser portavoz del cambio cualitativo aportado por Jesús y a vivir desde la alegría de ese cambio.
DABAR 1993/37

9. La presente parábola es la primera de una serie que recoge Mateo en el capítulo 13. Jesús la
pronunció sin duda en un momento crítico y culminante de su vida pública, cuando comenzaba a concentrar su atención en los discípulos ante la creciente incredulidad del pueblo y el rechazo de los fariseos. La parábola del sembrador experimentó una acomodación pastoral cuando los apóstoles la predicaron a la primitiva comunidad de Jesús. El comentario que sigue a la parábola y su interpretación en los v. 18 al 23 es el resultado de dicha adaptación. El sentido de la parábola de Jesús es que, a pesar de las dificultades de la siembra, la cosecha está asegurada; es decir, que el Reino de Dios, iniciado en la persona de Jesús y proclamado por Jesús, es una fuerza viva que avanza irresistiblemente hacia su plenitud y gloriosa manifestación, hacia la cosecha final. La Palabra de Dios es como una semilla, pequeña en apariencia, pero llena de vida. No todos la escuchan y la albergan en su corazón; pero quienes la reciben con fe darán fruto. Jesús no habla en parábolas para que no le entiendan; nadie habla en verdad para que no le entiendan. Esta sentencia (cf. 1,15) significa que la parábola esconde siempre un sentido profundo y sugiere la conveniencia de una seria meditación. Sobre todo, es una manera de provocar y de estimular la atención. EUCARISTÍA 1993/33

10. Mateo recoge en el capítulo 13 siete parábolas sobre el Reino de Dios. Leemos la primera

parte y su interpretación, separadas por una explicación sobre el porqué del lenguaje parabólico. A lo largo del capítulo se adivina fácilmente la mano del evangelista en la elaboración de los materiales de que dispone. A menudo el evangelio según Mateo nos dice si Jesús está "en casa", donde habla privadamente con los discípulos, o bien si sale para encontrarse con la gente. En este caso, vemos que Jesús habla a la gente desde una barca, y no se dice que vuelva a casa hasta el versículo 36; pero, entre la parábola del sembrador y su explicación, Jesús habla privadamente a los discípulos, lo que no concuerda con el hilo de toda la narración. La parábola del sembrador apunta a lo que sucede en la acción de sembrar, teniendo en cuenta la manera cómo se hacía en tiempos de Jesús en Palestina: se araba después de sembrar. La parábola hace referencia al fracaso de la siembra (que se menciona tres veces y de manera progresiva) y, sobre todo, al éxito final, que es esplendoroso. La explicación de la parábola, que seguramente no es original de Jesús, hace referencia más bien a la tierra que recibe la semilla, es decir, a las disposiciones de los que escuchan la palabra de Dios y a la acogida que le dan. Entre la parábola y su explicación, Mateo ha inserido un fragmento sobre el porqué del lenguaje parabólico que Jesús utiliza. La parábola revela y esconde a la vez: todo depende de la sintonía y la disposición del que escucha. Una cita de Isaías sirve para mostrar lo que ha pasado

realmente: algunos se han cerrado a la palabra de Jesús, mientras que otros (los discípulos) han hecho caso de ella. Quizá podríamos decir que los discípulos son el verdadero "resto de Israel" que ha sido fiel a la línea de los profetas y los justos que deseaban la manifestación de Dios.
JOSEP M. GRANE MISA DOMINICAL 1994/09

11. www.homiliacatolica.com
Lc. 8, 4-15. Dios espera de nosotros un corazón bueno y bien dispuesto, que nos haga dar fruto por nuestra constancia. Ya en una ocasión el Señor nos había anunciado: Como descienden la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá, sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar, para que dé simiente al sembrador y pan para comer, así será mi palabra, la que salga de mi boca, que no tornará a mí de vacío, sin que haya realizado lo que me plugo y haya cumplido aquello a que la envié. Dios no quiere que seamos terrenos estériles, ni que sólo nos conformemos con aceptar por momentos sus Palabra; Él nos quiere totalmente comprometidos con su Evangelio, de tal forma que, sin importar las persecuciones, manifestemos que esa Palabra es la única capaz de salvarnos y de darle un nuevo rumbo a la historia. Siempre estará el maligno acechando a la puerta de la vida de los creyentes para hacerlos tropezar, pues no quiere que creamos ni nos salvemos; al igual podrá entrar en nosotros el desaliento cuando ante las persecuciones perdamos el ánimo para no comprometernos y evitar el riesgo de ser señalados, perseguidos e incluso asesinados por el Nombre de Dios; finalmente los afanes, las riquezas y placeres de la vida nos pueden embotar de tal forma que, tal vez seamos personas que acuden constantemente a la celebración litúrgica, pero sin el compromiso, sin renovar la alianza que nos hace entrar en comunión con el Señor y nos hace fecundos en buenas obras. Permanezcamos firmemente anclados en el Señor, de tal forma que, no nosotros, sino su Espíritu en nosotros, nos haga tener la misma fecundidad salvífica que procede de Dios y que hace de su Iglesia una comunidad donde abunda la Justicia, la verdad, el amor fraterno, la paz y la alegría, fruto del Espíritu de Dios que actúa en nosotros. Quienes nos consideramos discípulos de Cristo, nos hemos reunido en esta Eucaristía para que el Señor nos dé a conocer los secretos del Reino de Dios, pues Él sabe que somos un terreno fértil capaz de esforzarnos por hacer que su Palabra vaya poco a poco produciendo el fruto deseado. La Palabra de Dios no produce fruto de un modo violento. Hay que armarse de paciencia de ánimo para trabajar constantemente por el Señor, a pesar de que, al paso del tiempo pareciera que el cambio en el corazón de los hombres se genera con demasiada lentitud. No debemos desesperar, sabiendo que, incluso en el campo el sembrador siembra la semilla y tendrá que esperar las lluvias tempranas y tardías y, después de mucha paciencia y cuidado, finalmente podrá recoger el fruto, esfuerzo de sus desvelos. El Señor nos comunica, en esta Eucaristía, su misma Vida y su mismo Espíritu. Permitámosle crecer en nosotros. No vengamos como sordos de los oídos y del corazón; vengamos como discípulos que en verdad creen en el Señor y se dejan instruir y conducir por Él. Quienes hemos acudido a esta celebración Eucarística hemos de examinarnos a nosotros mismos para darnos cuenta si en verdad no sólo escuchamos, sino hacemos nuestra la Palabra de Dios, de tal forma que produzca en nosotros el fruto deseado. Tal vez han pasado muchos años en nuestra vida de fe en la que se ha pronunciando continuamente la Palabra de Dios sobre nosotros, donde el Señor nos ha manifestado su voluntad, pero ¿Hemos vivido más comprometidos con esa Palabra del Señor, o sólo nos presentamos a las acciones litúrgicas por costumbre, con el corazón lleno de preocupaciones por los afanes, riquezas y placeres de la vida, embotados de tal forma que la Palabra de Dios llegue a nosotros inútilmente? El Señor

quiere de nosotros personas capaces de dejarse guiar por su Espíritu, santificar por su Palabra, de tal manera que seamos constructores de un mundo que día a día se va renovando en el amor, en la verdad, en la justicia, en la solidaridad, en la misericordia. Si sólo venimos a la Eucaristía de un modo piadoso, pero faltos de deseos de trabajar para que las cosas vayan mejor en la familia y en la sociedad, tenemos que cuestionarnos si en verdad creemos en Dios y confiamos en Él, o si sólo queremos tranquilizar inútilmente nuestra conciencia. Si nuestra fe nos lleva a un verdadero compromiso con el Reino de Dios que Jesús nos anunció, debemos convertirnos en sembradores de su Palabra en todos los ambientes en que se desarrolle nuestra vida. El mundo no va a cambiar mientras no se preparen los corazones como un buen terreno para sembrar en ellos la Palabra del Señor. Quienes creemos en Cristo no podemos pasarnos la vida sentados y quejándonos porque nuestro mundo se va deteriorando cada vez más y los auténticos valores se nos pulverizan entre las manos. Tenemos que hacer nuestra la Palabra de Dios y comenzar a sembrarla con la valentía que nos viene del Espíritu, y armarnos de paciencia y constancia para que, a pesar de que el proceso de que la vida nueva brote sea demasiado lento, no confiemos en nuestros esfuerzos, sino en el Poder de Dios que es el único que hará que nuestros desvelos logren el fruto deseado. Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de poder trabajar, con sinceridad, por construir el Reino de Dios, de tal forma que la salvación llegue cada día a más y más personas; y así, produciendo todos abundantes frutos de salvación hagamos de nuestro mundo un reflejo de la paz, de la alegría y del amor que se nos ha prometido en la vida eterna. Amén.

TEXTO XII

los que escuchan la Palabra con un corazón bien dispuesto, la retienen, y dan fruto gracias a su constancia
Caminando con Jesús Los discípulos le preguntaron qué significaba esta parábola, y Jesús les dijo: "A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de Dios; a los demás, en cambio, se les habla en parábolas, para que miren sin ver y oigan sin comprender". El que mejor nos puede explicar una parábola es el mismo Jesús, y el que mejor la entenderá, no es el que sepa más de teología, y que se haya leído la Biblia muchas veces. Para comprender las palabras de Jesus, se debe estar libre de toda arrogancia en la contemplación de las cualidades propias, con menosprecio de las de los demás, porque no entenderán el evangelio los que viven seguros de poseer la verdad, sentados cómodamente en el sillón de la fe, sin ningún compromiso con la justicia, sin interés por amar a su prójimo, y sólo pueden entender lo que dé la razón a su modo de vivir, lo que les convenga. No pueden entender las palabras de Jesús los que están cerrados a "conocer los secretos del reino". Difícilmente entenderán el mensaje de Jesús, aquellos no les interese vivir de acuerdo a sus enseñanzas, sin embargo los que escuchan, y profundizan sus palabras y la atesoran en el corazón y la ponen en practica, no la acomodan a su estilo de vida, sino que buscan vivir a semejanza de Jesús, no solo las han entendido de oído, sino que de corazón y mente.

Pero cuidado con esos que aparentan haber recibido bien las palabras de Jesús y que luego pierden de a poco lo que han recibido, que mientras estuvieron bien estaban comprometidos y luego por motivos inspirados por la soberbia o la vanidad la abandonan. “A los demás, en cambio, se les habla en parábolas, para que miren sin ver y oigan sin comprender", para estimularlos a pensar por sí mismos, para que el corazón le encuentre sentido a la enseñanza, la parábola es la narración de un suceso fingido de la que se deduce una enseñanza moral o una verdad y tiene grandes ventajas. La verdad presentada de esta forma queda más grabada en la memoria que una mera exposición didáctica, ninguna enseñanza acerca de la misericordia del Señor hacia los pecadores arrepentidos habría producido el efecto de la parábola del hijo pródigo (Lc. 15:11-32). Por otra parte, cuando un profeta o predicador debía reprender a un personaje importante que no fuera a aceptar su culpabilidad, podían usar una parábola habilidosa para cautivarlos e iluminar su conciencia. “Como se reunía una gran multitud y acudía a Jesús gente de todas las ciudades, él les dijo, valiéndose de una parábola: "El sembrador salió a sembrar su semilla. Al sembrar, una parte de la semilla cayó al borde del camino, donde fue pisoteada y se la comieron los pájaros del cielo.” Esta parábola nos narra de un sembrador que sale a sembrar a voleo, el no ha escogido el terreno, y en el voleo la simiente cae en lugares diferentes, entonces no le es fácil saber si esta fructificará o no, además por ser terrenos distintos donde cae esta, encuentra dificultades para crecer, es así como cae en cuatro terrenos diferentes. Parte de la semilla cayó al borde del camino; esos pequeños caminos que atraviesan los campos. Los pájaros, siempre al acecho, se la comieron. Lucas añade que antes fue pisada por los caminantes. La conclusión es hacernos ver que se perdió. Hemos de distinguir entre escuchar y entender. El desarrollo de la palabra debe pasar desde lo externo a ser algo interior, lo que exige tiempo y un trabajo del individuo por el que se va identificando con unos valores que deben llevarle, lógicamente, a un cambio de conducta. Si no se llega a este cambio de vida, nos quedaremos en unos conocimientos que para poco o nada nos van a servir. De ahí que Jesús nos hable de lo sembrado al borde del camino. Es cuando la palabra queda al margen de la vida de la persona, sin comprometerla. Estaremos en este grupo si rechazamos la palabra abiertamente, y no integramos en nuestra vida, como los que adaptan externamente al mensaje que escuchan, pero no lo asimilan interiormente por no llegarles como algo válido para su vida, sino como una rutina social o una imposición familiar; sin olvidar las resistencias que pueden surgir dentro del hombre para no enfrentarse con los valores en uso en la sociedad. Así son esa mayoría que se declara cristiana sociológicamente, que se bautiza y hasta cumple con algunos ritos establecidos, pero interiormente comparten los mismos criterios de vida que el resto de la sociedad no cristiana. Escuchan sin entender, por ser terreno duro, impenetrable, empedrado y machacado por la costumbre y la rutina. Todo lo escuchan como ya sabido. La semilla cae sobre ellos, pero no puede penetrar, esto es, rebota. Toda religión que no es fruto de la convicción personal termina creando el repudio, haciendo el ridículo. Por esa razón Lucas nos dice que antes de ser comida por los pájaros fue pisada por los hombres (Lc 8,5). Otra parte cayó sobre las piedras y, al brotar, se secó por falta de humedad. Lo sembrado en terreno pedregoso también se pierde. Al tener poca tierra, sin raíces profundas, el sol la secó. Somos de este grupo si aceptamos la palabra sin profundizarla y cuando nos vienen las dificultades lo dejamos todo. Pero también es necesario destacar que muchos jóvenes en sus escuelas reciben inicialmente su formación religiosa, muchos niños asisten a catecismo a fin de preparase para su primera comunión o para la confirmación, y se saben ciertas

cosa que repiten y poco sienten, porque no les hemos enseñado a valorar lo que han recibido, y no profundizan las enseñanzas porque les hemos dejado permisivamente que le den mas importancia a otros valores que no son de nuestra fe, no es como dicen algunos por falta de edad madura, porque los retoños se deben cuidar y regar para crezcan fuertes y si no se hace así, seguro que se secaran antes de crecer. Otra cayó entre las espinas, y éstas, brotando al mismo tiempo, la ahogaron. Otra cayó entre las espinas o las zarzas, que ahogaron la semilla al desarrollarse. La tierra era fecunda y profunda, en ella la semilla podía haber germinado. Sin embargo, también se secó. En este grupo podemos incluirnos si tenemos mucho que dejar para poder ser cristianos: las riquezas, los criterios de clase, los placeres, la posición social y por estos motivos nos apresuramos a ahogar la simiente por miedo a las complicaciones que podrían ocasionarnos. Aquí están los que pretenden engañarse compaginando los valores de Dios con los que representa el dinero. Aquí se sitúan los que suelen gozar de buena reputación y ocupar puestos preferentes en la Iglesia. ¿Estamos dentro de estos? Vemos cómo en tres ocasiones falla la siembra. Lo que no quiere decir que se den claramente estos tres tipos de personas. Suelen darse mezclados y coexistir en el mismo individuo. Lo que importa destacar es que el reino es rechazado por unos, por las razones que sean, y aceptado por otros; y que los que lo aceptan lo demuestran con una vida a favor del pueblo, con una vida en la que están presentes las bienaventuranzas. Otra parte cayó en tierra fértil, brotó y produjo fruto al ciento por uno". una parte cayó en buena tierra y dio el fruto esperado, esto nos representa, solo si hemos escuchado y entendido plenamente, y lo hemos puesto en práctica. Porque sólo si la semilla echa raíces dentro del corazón humano podremos hacer frente a las dificultades que han de llegar inevitablemente. A este grupo pertenecen los que entienden que, aunque hayan recibido el evangelio con corazón sincero, las situaciones externas pueden cambiar y hacerles entrar en crisis. Entienden que cada etapa de la vida tiene sus propias dificultades, que no son seres ya hechos, sino en constante crecimiento, que las situaciones son siempre distintas, que cada día trae sus propias inquietudes y dudas y que diariamente deben plantearse lo que ayer parecía seguro... Son los que reciben el reino de Dios como una revelación, como una interpelación personal, como una llamada constante a superarse. Son los que se dejan vaciar, desenmascarar, desalojar de su seguridad y de su buena conciencia. Son los que toman para sí cuanto se dice, los que están en actitud permanente de conversión y de arrepentimiento, los que se han reconocido en los tres grupos anteriores. El mensaje de Jesús no es aceptable sin más. Es necesario estar libre de toda estima y ambición de poder y de tener; hacerlo nuestro, carne de nuestra carne y espíritu de nuestro espíritu; desprendernos de todo agobio por la subsistencia y del deseo de comodidad. ¿Escuchamos la palabra convencidos de estar ya en el buen camino y aplicándolo sólo a los demás? ¿La escuchamos con entusiasmo y la dejamos cuando nos exige esfuerzo y constancia? ¿Nos vemos con ánimo para irla llevando de verdad a la práctica?... En todo los casos, el que mejor nos puede explicar una parábola es el mismo Jesús Y una vez que dijo esto, exclamó: "¡El que tenga oídos para oír, que oiga!" La parábola quiere decir esto: "La semilla es la Palabra de Dios. Los que están al borde del camino son los que escuchan, pero luego viene el diablo y arrebata la Palabra de sus corazones, para que no crean y se salven. Los que están sobre las piedras son los que reciben la Palabra con alegría, apenas la oyen; pero no tienen raíces: creen por un tiempo, y en el momento de la tentación se vuelven atrás. Lo que cayó entre espinas son los que escuchan, pero con las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida, se van dejando ahogar poco a poco, y no llegan a madurar. Lo que cayó en

tierra fértil son los que escuchan la Palabra con un corazón bien dispuesto, la retienen, y dan fruto gracias a su constancia".

TEXTO XIII EL SEMBRADOR
El escenario que presentan los Sinópticos evoca un cuadro familiar: el lago de Cafarnaum, inmóvil dentro de la curva elíptica y alargada de sus colinas, una barca de pesca en la que Cristo está sentado, rodeado de sus discípulos, la muchedumbre en la orilla. ¿Nos atreveríamos a añadir a ese cuadro un personaje más, un sembrador allá en lontananza, en un declive de terreno cultivado? El labriego tiene conciencia de su tarea: está preparando el pan de sus hijos, ese pan que fortalece el cuerpo. La mirada de Jesús, tensa en dirección al cielo, prolonga el espectáculo terrestre. Hay otras semillas distintas de las semillas temporales, infinitamente más preciosas, de más trascendencia. El mundo de Dios tiene también sus mieses que crecen para la cosecha. Jesús las está contemplando. El es el que hace la tarea esencial. El es «el Sembrador». Las semillas del Reino han sido las primeras en ser queridas, las primeras en ser creadas. Las semillas del labriego de Galilea son la imagen de aquellas. Este campesino galileo no trabaja nuestros campos, estas llanuras fértiles en que el viento mece las mieses y el sol y la lluvia las doran suavemente, sino que trabaja unos campos quemados por el sol, unas tierras ingratas. Allí los senderos atraviesan los campos sin fronteras muy precisas; en ellos cae la simiente y los gorriones son voraces. La tierra que se cultiva tiene escasa profundidad; la roca calcárea está a flor de suelo. Una parábola, según algunos exegetas, no puede saltar la barrera que la separa de la alegoría. Pero si Jesús detalla el aspecto del campo, y si lo hace pensando en el fracaso parcial de su misión de Galilea, ¿cómo no iban a ser las resistencias del terreno las causas de su fracaso? En el pensamiento de Dios, las tierras se volvían hacia el sol de mediodía; hoy se inclinan hacia el norte. «La tierra te producirá espinas y abrojos» (Gn 3,18). La desilusión de los sembradores es proverbial. «Se ha sembrado trigo, se cosechan espinas» (Jer 12,13). La siembra se hace con lágrimas. Se diría que el mismo otoño, la estación de la siembra, empuja a la melancolía. «Era un día de otoño, triste y frío. El sembrador salió a sembrar... (Joergensen, Les Paraboles). El labriego, en aquellos tiempos antiguos en que no era rara el hambre, ha descontado previamente su saco de simiente para proveer al alimento necesario a su familia; él no está seguro ni de la buena voluntad del cielo—con sus inviernos crudos y sus sequías—ni de que vayan a respetarle los pillajes de los nómadas o el paso de las tropas armadas. El labrador comienza de nuevo cada año la siembra de sus tierras. Jesús, el divino Sembrador, no ha interrumpido su trabajo de Galilea de generación en generación. Las primaveras de la Iglesia nos prometen unas sementeras de juventud y fertilidad; pero es preciso que primero escuchemos: «El que tenga oídos, que oiga». Volvamos a leer nuestra parábola pensando en nuestras siembras de hoy. Una parte de la simiente cae a lo largo del camino, y los pájaros son voraces. Y aunque la simiente llegue a tocar el suelo, la tierra está endurecida, es incapaz de recibir la semilla. Todas las generaciones son idénticas. La nuestra no es ni mejor ni peor que las otras. Pero hoy se proscribe a Dios de manera abierta. Somos el camino, queremos serlo, lo hacemos todo para endurecerlo como el asfalto.

Afortunadamente, la fe nos asegura que esta dureza es postiza, pura fachada que setambalea en el momento en que una circunstancia cualquiera obliga al hombre a bajar al fondo de sí mismo y darse cuenta de que él no es Dios. Una parte de la semilla cae en terreno pedregoso. La capa de tierra es muy delgada. Brota muy pronto gracias a la humedad de la lluvia o del rocío de la noche. Pero cuando sale el sol y la hiere con sus rayos, se seca. Todo marcha de primera. Somos pasión y fuego para los movimientos idealistas que se multiplican en nuestro tiempo. La vida nos desengaña, porque Dios no se complace más que en las cosas sólidas. «Sobreviene la tribulación, o la persecución por causa de la palabra, y se sucumbe». Pero los valientes continúan. Una parte de la simiente cae entre espinas. Nos encontramos en el camino con hombres excelantes, con los que uno soñaría convertirlos en obreros del Reino. Pero... tienen espinas. El amor de los negocios, del placer, las preocupaciones del siglo y las ilusiones de la riqueza, como nos explica la parábola. La semilla queda ahogada. Y lo que todavía es peor: algunos hombres se sirven del humus de la religión para conseguir una mejor frondosidad de espinas. Finalmente, queda la tierra buena del todo, la que produce el treinta, el sesenta, el ciento por uno. Suele decirse que el cincuenta por uno es ya el máximo, en las mejores tierras; pero la parábola se sitúa por encima de las estadísticas. «Isaac sembró en aquel país (la tierra de Guerar) y recogió aquel año el ciento por uno» (Gn 26,12). Tal cosecha fue excepcional, hasta para el patriarca. Los santos son la cosecha del ciento por uno. El poder de Dios tiene como su desquite en los resultados de la buena tierra. Y ésta es la conclusión de la parábola. A pesar de los obstáculos (san Pablo diría: por causa de los obstáculos), el poder de Dios actúa y obtiene el éxito donde el hombre fracasa. Los fracasos aparentes de Jesús no habían hecho mella alguna en su inquebrantable confianza en Dios: se explicaban por la revelación del misterio del Reino, que es el poder de Dios actuando en la debilidad. Los discípulos de Jesús, los Doce sobre todo, no olvidarían la lección. A través de sus fracasos y de las persecuciones, cumplirán su quehacer, sembrarán, plantarán la Iglesia. Después de ellos, la misma ley se verifica con los cristianos, encargados de ministerios o simples fieles, esa ley misteriosa que regula, desde la siembra, el progreso de la cosecha. Dios quiere depender de los terrenos que él ha creado. Su segunda creación no renueva de arriba abajo la primera, su gracia actúa sobre un primer fondo deteriorado por el pecado. Dentro de esta perspectiva, Dios pide y acepta nuestra colaboración, y nos invita a ser tierra buena, húmeda y cálida, que descascarilla la semilla y la hinche de su propia substancia de manera que tierra y semilla forman una sola cosa. Oigamos a ·Agustin-SAN, al obispo, al gran teólogo y escriturista, explicar y aplicar la parábola a sus sacerdotes y a sus fieles: «Cambiad de conducta mientras se puede, dad vuelta a las partes duras con la reja del arado, echad fuera del campo las piedras, arrancad las espinas. No tengáis el corazón duro, que aniquila inmediatamente la palabra de Dios. No tengáis una capa ligera de tierra, donde la caridad no puede arraigar profundamente. No permitáis que las preocupaciones y deseos del siglo ahoguen la buena semilla, haciendo inútiles nuestros trabajos con vosotros. Todo lo contrario, sed la tierra buena... Y el uno produce el ciento, el otro el sesenta y un tercero el treinta por uno, con frutos más o menos grandes en cada cual. Y todos harán el granero». Aquí radica nuestro consuelo y nuestro gozo. El granero de Dios es espacioso, y su gracia es, indudablemente, más generosa que todo lo que nosotros podemos imaginarnos. Tiene recursos y sabe usar estratagemas que inventa su misericordia en cada minuto, hasta el final de cualquier vida humana. Esta parábola nos hace reflexionar sobre la

debilidad humana, para que crezcan sin medida la misericordia de Dios y nuestra confianza.

TEXTO XIV BENEDICTO XVI COMENTA LA PARÁBOLA
BENEDICTO XVI, Ángelus, 10 de julio de 2011

Jesús se dirige a la multitud con la célebre parábola del sembrador. Es una página de algún modo «autobiográfica», porque refleja la experiencia misma de Jesús, de su predicación: él se identifica con el sembrador, que esparce la buena semilla de la Palabra de Dios, y percibe los diversos efectos que obtiene, según el tipo de acogida reservada al anuncio. Hay quien escucha superficialmente la Palabra pero no la acoge; hay quien la acoge en un primer momento pero no tiene constancia y lo pierde todo; hay quien queda abrumado por las preocupaciones y seducciones del mundo; y hay quien escucha de manera receptiva como la tierra buena: aquí la Palabra da fruto en abundancia. Pero este Evangelio insiste también en el «método» de la predicación de Jesús, es decir, precisamente, en el uso de las parábolas. «¿Por qué les hablas en parábolas?», preguntan los discípulos (Mt 13, 10). Y Jesús responde poniendo una distinción entre ellos y la multitud: a los discípulos, es decir, a los que ya se han decidido por él, les puede hablar del reino de Dios abiertamente; en cambio, a los demás debe anunciarlo en parábolas, para estimular precisamente la decisión, la conversión del corazón; de hecho, las parábolas, por su naturaleza, requieren un esfuerzo de interpretación, interpelan la inteligencia pero también la libertad. Explica san Juan Crisóstomo: «Jesús pronunció estas palabras con la intención de atraer a sí a sus oyentes y solicitarlos asegurando que, si se dirigen a él, los sanará» (Com. al Evang. de Mat., 45, 1-2). En el fondo, la verdadera «Parábola» de Dios es Jesús mismo, su Persona, que, en el signo de la humanidad, oculta y al mismo tiempo revela la divinidad. De esta manera Dios no nos obliga a creer en él, sino que nos atrae hacia sí con la verdad y la bondad de su Hijo encarnado: de hecho, el amor respeta siempre la libertad.

TEXTO XIV El Señor mantiene su fidelidad perpetuamente
Homilía de S.S. Juan Pablo II en la celebración del Jubileo del Mundo Agrícola 12 de noviembre de 2000
1. "El Señor mantiene su fidelidad perpetuamente" (Sal 146, 6). Precisamente para cantar esta fidelidad del Señor, que nos ha recordado el Salmo responsorial, vosotros, amadísimos hermanos y hermanas, os encontráis hoy aquí para vuestro jubileo. Me complace vuestro hermoso testimonio, que acaba de interpretar y expresar el obispo monseñor Fernando Charrier, a quien doy las gracias de corazón. Saludo cordialmente también a las personalidades que han querido manifestar su adhesión, en representación de diversos Estados y, sobre todo, de las organizaciones y organismos de las Naciones Unidas para la agricultura y la alimentación. Saludo a los directivos y miembros de la "Coldiretti" y de las demás organizaciones de agricultores aquí presentes, así como a los miembros de las federaciones de panaderos, de las

cooperativas agroalimentarias y de la Unión forestal de Italia. Vuestra múltiple presencia, amadísimos hermanos y hermanas, nos hace sentir vivamente la unidad de la familia humana y la dimensión universal de nuestra oración, dirigida al único Dios, creador del universo y fiel al hombre. 2. La fidelidad de Dios. Para vosotros, hombres del mundo agrícola, se trata de una experiencia diaria, repetida constantemente en la observación de la naturaleza. Conocéis el lenguaje de la tierra y de las semillas, de la hierba y de los árboles, de la fruta y de las flores. En los más diversos paisajes, desde las altas montañas hasta las llanuras regadas, bajo los más diversos cielos, este lenguaje tiene su encanto, que os resulta familiar. En este lenguaje captáis la fidelidad de Dios a las palabras que pronunció el tercer día de la creación: "Haga brotar la tierra hierba verde que engendre semilla, y árboles frutales" (Gn 1, 11). Dentro del movimiento tranquilo y silencioso, pero lleno de vida de la naturaleza, sigue palpitando la complacencia originaria del Creador: "Y vio Dios todo lo que había hecho; y era muy bueno" (Gn 1, 12). Sí, el Señor mantiene su fidelidad perpetuamente. Y vosotros, expertos en este lenguaje de fidelidad -lenguaje antiguo y siempre nuevo-, sois naturalmente hombres agradecidos. Vuestro prolongado contacto con la maravilla de los productos de la tierra os permite percibirlos como un don inagotable de la Providencia divina. Por eso vuestra jornada anual es, por antonomasia, la "Jornada de acción de gracias". Este año, además, reviste un valor espiritual más alto, al insertarse en el jubileo que celebra el bimilenario del nacimiento de Cristo. Habéis venido para dar gracias por los frutos de la tierra, pero, ante todo, para reconocer en él al Creador y, al mismo tiempo, el fruto más hermoso de nuestra tierra, el "fruto" del seno de María, el Salvador de la humanidad y, en cierto sentido, del "cosmos" mismo. En efecto, la creación, como dice san Pablo, "está gimiendo toda ella con dolores de parto", y alberga la esperanza de ser liberada "de la esclavitud de la corrupción" (Rm 8, 21-22). 3. El "gemido" de la tierra nos lleva con el pensamiento a vuestro trabajo, amadísimos hombres y mujeres de la agricultura, un trabajo muy importante, pero también muy arduo y duro. En el pasaje que hemos escuchado del libro de los Reyes, se evoca precisamente una situación típica de sufrimiento debida a la sequía. El profeta Elías, que padecía hambre y sed, es protagonista y a la vez beneficiario de un milagro de la generosidad. Una pobre viuda lo socorre, compartiendo con él el último puñado de harina y las últimas gotas de su aceite; su generosidad abre el corazón de Dios, hasta el punto de que el profeta puede anunciar: "La vasija de la harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra" (1 R 17, 14). Desde siempre la cultura del mundo agrícola ha estado marcada por el sentido del peligro que se cierne sobre las cosechas a causa de las imprevisibles adversidades atmosféricas. Pero hoy, a los contratiempos tradicionales, se añaden a menudo otros debidos a la negligencia del hombre. La actividad agrícola de nuestro tiempo ha tenido que afrontar las consecuencias de la industrialización y el desarrollo no siempre ordenado de las áreas urbanas, con el fenómeno de la contaminación ambiental y el desequilibrio ecológico, los vertederos de residuos tóxicos y la deforestación. El cristiano, aun confiando siempre en la ayuda de la Providencia, no puede menos de emprender iniciativas responsables para lograr que se respete y promueva el valor de la tierra. Es necesario que el trabajo agrícola esté cada vez más organizado y sostenido por seguros sociales que compensen plenamente el esfuerzo que implica y la gran utilidad que lo distingue. Si el mundo de la técnica más refinada no se armoniza con el lenguaje sencillo de la naturaleza en un equilibrio saludable, la vida del hombre correrá riesgos cada vez mayores, de los que ya vemos actualmente signos preocupantes. 4. Por tanto, amadísimos hermanos y hermanas, estad agradecidos con el Señor, pero, al mismo tiempo, sentíos orgullosos de la tarea que os asigna vuestro trabajo. Resistid a las tentaciones de una productividad y de unos beneficios que no respeten la naturaleza. Dios confió la tierra al

hombre "para que la guardara y la cultivara" (cf. Gn 2, 15). Cuando el hombre olvida este principio, convirtiéndose en tirano y no en custodio de la naturaleza, antes o después esta se rebela. Pero vosotros, queridos hermanos, comprendéis muy bien que este principio de orden, que vale tanto para el trabajo agrícola como para cualquier otro sector de la actividad humana, está arraigado en el corazón del hombre. Por consiguiente, es precisamente el "corazón" el primer terreno que hay que cultivar. No por casualidad Jesús quiso explicar la obra de la palabra de Dios recurriendo, con la parábola del sembrador, a un ejemplo iluminador tomado del mundo agrícola. La palabra de Dios es una semilla destinada a dar fruto abundante, pero, por desgracia, a menudo cae en un terreno poco adecuado, donde el pedregal, los abrojos y las espinas -expresiones múltiples de nuestro pecado- le impiden echar raíces y desarrollarse (cf. Mt 13, 3-23 y paralelos). Por esto, un Padre de la Iglesia, dirigiéndose precisamente a un agricultor, dice: "Por tanto, cuando estés en el campo y contemples tu finca, piensa que también tú eres campo de Cristo, y presta atención a ti mismo como a tu campo. Del mismo modo que exiges a tu obrero que cultive bien tu campo, así también cultiva para el Señor Dios tu corazón" (san Paulino de Nola, Carta 39, 3 a Apro y Amanda). Con vistas a este "cultivo del espíritu" habéis venido hoy aquí a celebrar vuestro jubileo. Más que vuestro esfuerzo profesional, presentáis al Señor el trabajo diario de purificación de vuestro corazón: obra exigente, que jamás lograríamos realizar solos. Nuestra fuerza es Cristo, de quien la carta a los Hebreos acaba de recordarnos que "se ha manifestado una sola vez, en el momento culminante de la historia, para destruir el pecado con el sacrificio de sí mismo" (Hb 9, 26). 5. Este sacrificio, realizado una vez para siempre en el Gólgota, se actualiza para nosotros cada vez que celebramos la Eucaristía. En ella Cristo se hace presente, con su cuerpo y su sangre, para convertirse en nuestro alimento. ¡Qué significativo debe ser para vosotros, hombres del mundo agrícola, contemplar sobre el altar este milagro, que corona y sublima las maravillas mismas de la naturaleza! ¿No se realiza un milagro diario cuando una semilla se transforma en espiga, y muchos granos de trigo maduran para ser molidos y convertirse en pan? ¿No es un milagro de la naturaleza un racimo de uvas que cuelga de los sarmientos de la vid? Ya todo esto entraña, misteriosamente, el signo de Cristo, puesto que "por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de lo que se ha hecho" (cf. Jn 1, 3). Pero mayor aún es el acontecimiento de gracia mediante el cual la Palabra y el Espíritu de Dios transforman el pan y el vino, "fruto de la tierra y del trabajo del hombre", en cuerpo y sangre del Redentor. La gracia jubilar que habéis venido a implorar no es más que sobreabundancia de gracia eucarística, fuerza que nos eleva y nos sana desde lo más profundo, injertándonos en Cristo. 6. Ante esta gracia, la actitud que debemos asumir nos la sugiere el evangelio con el ejemplo de la viuda pobre que echa unas pocas monedas en el cepillo, pero en realidad da más que todos, porque no da de lo que le sobra, sino "todo lo que tenía para vivir" (Mc 12, 44). Esa mujer desconocida imita así la actitud de la viuda de Sarepta, que acogió en su casa a Elías y compartió con él su comida. A ambas las sostenía su confianza en el Señor. Ambas encuentran en la fe la fuerza de una caridad heroica. Esas dos viudas nos invitan a abrir de par en par nuestra celebración jubilar hacia los horizontes de la caridad, abrazando a todos los pobres y necesitados del mundo. Lo que hagamos al más pequeño de ellos, lo haremos a Cristo (cf. Mt 25, 40). Y no podemos olvidar que precisamente en el ámbito del trabajo agrícola se dan situaciones humanas que nos interpelan profundamente. Pueblos enteros, que viven sobre todo del trabajo agrícola en las regiones económicamente menos desarrolladas, se encuentran en condiciones de indigencia. Vastas regiones son devastadas por las frecuentes calamidades naturales. Y, a veces, a estas desgracias se añaden las consecuencias de guerras que, además de causar víctimas, siembran

destrucción, obligan a las poblaciones a abandonar territorios fértiles, y en ocasiones los contaminan con pertrechos bélicos y sustancias nocivas. 7. El jubileo nació en Israel como un gran tiempo de reconciliación y redistribución de los bienes. Ciertamente, acoger hoy este mensaje no significa limitarse a dar un pequeño óbolo. Es preciso contribuir a una cultura de la solidaridad que, también en el ámbito político y económico, tanto nacional como internacional, fomente iniciativas generosas y eficaces en beneficio de los pueblos menos favorecidos. Queremos recordar hoy en nuestra oración a todos estos hermanos, proponiéndonos traducir nuestro amor a ellos en solidaridad activa, para que todos, sin excepción, puedan gozar de los frutos de la "madre tierra" y llevar una vida digna de los hijos de Dios.

TEXTO XV

Parábola del sembrador
Catholic.net -«Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta." ¿Qué tienen que ver con mi vida estas semillas? Todo. Sencillamente todo. En ellas está nuestra realización personal, y la verdadera autenticidad como cristianos. Las semillas son la palabra de Dios, lo dijo Cristo; pero no sólo son la palabra de Dios sino cualquier regalo que nos hace. Lo interesante es qué hacemos con estas semillas. Las primeras caen al borde del camino, vinieron los pájaros y se lo comieron. Esto es cuando al escuchar la palabra de Dios - que nos puede hablar de muchas maneras, por el sacerdote que nos da la homilía en la Santa misa, por un amigo que nos ayuda, por una situación que estamos pasando, por nuestros padres, etc. - le hacemos caso más bien a esas otras muchas voces y no a lo que Dios quiere de nosotros ajenas al querer de Dios. Cuando un amigo nos dice que necesitamos ser más maduros y serios en nuestra vida, pero le preferimos hacer “oídos sordos” y escuchar a los medios de comunicación que nos enseñas que sólo conseguimos la madures madurez y la felicidad abandonando nuestros principios...Echamos en saco roto la palabra y los regalos de Dios. Las siguientes caen en terreno pedregoso. Oyes los consejos y quieres ponerlos en práctica. En tu interior ves brotar los primeros retoños de una primavera prometedora, pero el viento sopla muy fuerte. En un inicio las otras voces que te quieren alejar de Dios parecen brisas que se apagan, pero luego se levantan tornados. Tu tierra no era profunda. Cuando buscaste en tu alma te diste cuenta que habías cavado poco. Viste entonces cómo las flores que se prometían nunca se abrieron, o se consumieron por el miedo a mostrar la belleza de lo que habían recibido. En ese momento se secó la planta. Otras cayeron entre zarzas. ¿Cuáles son las zarzas en nuestra vida? Son todas aquellas seducciones que nos tiende el mundo: el dinero, las vanidades, los lujos, las comodidades superfluas, etc. La semilla es recibida por la tierra. Es una buena tierra, es una buena persona. El problema llega cuando chocan la palabra de Dios que hemos recibido y esto que se pone al alcance de la mano lo fácil del mundo para proporcionarnos que proporciona “felicidad” fácil y efímera. Hay que tener la valentía de escoger la felicidad verdadera porque sólo ella ilumina la conciencia y nos llena de vida. Las últimas caen en tierra buena. Tierra buena es esa que ha sido abonada y preparada con antelación, haciéndose para que sea fértil. ¡Debemos ser tierra buena para la semilla

del amor! Amor de Dios que se nos muestra en los hombres, en nuestros amigos, en nuestra familia. Estos son los cristianos en los que ha fructificado la palabra de Dios. Han recibido la simiente y ha dado raíces. Las raíces sólo ayudan a que la planta pueda dar dos grandes dones a quienes lo rodean: La flor y el fruto. Flor que es la alegría de sentirse regalado por Dios. Flor que es el amor a Dios. Y Fruto, que no es otra cosa sino la manifestación de ese amor en quienes nos rodean. El Cristiano autentico es el que lo demuestra en sus obras. Es el que vive con la conciencia de que la palabra de Dios es viva y eficaz y hace que él obre según la voluntad de Dios, que lo único que busca es su felicidad. Debemos pensar en qué situación está ahora nuestra vida. Casi todos hemos pasado a lo largo de nuestra existencia por todas o casi todas las fases. Ayer, en la homilía, el sacerdote nos hacía ver dos cosas importantes de este evangelio: "El sembrador, que es Jesús, salió a sembrar". Jesús viene el primero hacia nosotros, nos llama y nos llama a cada uno de nosotros todos los días. Él sale a nuestro encuentro, no espera que nos acerquemos a Él, nos sale al camino. Y las semillas son la Palabra de Dios, entre otras cosas, debemos preguntarnos si le dedicamos tiempo a Él, si leemos la Biblia, si meditamos sobre lo que nos dice la Biblia. Para querer a Jesús hay que conocerlo, leer los evangelios, meditarlos, recibir los sacramentos, hablar con Él, pedirle que nos en señe a orar. Ya los apóstoles le pidieron que les enseñara a orar y por eso tenemos El PadreNuestro. Que estas vacaciones, en las que tenemos más tiempo y estamos más relajados, dediquemos más tiempo a Él y a su palabra. Para que, con su ayuda, las semillas den buen fruto en nuestro corazón.

TEXTO XV La misión de la Iglesia: anunciar la palabra de Dios al mundo

BENEDICTO XVI, VERBUM DOMINI

La Palabra del Padre y hacia el Padre 90. San Juan destaca con fuerza la paradoja fundamental de la fe cristiana: por un lado afirma que «a Dios, nadie lo ha visto jamás» (Jn1,18; cf. 1 Jn 4,12). Nuestras imágenes, conceptos o palabras, en modo alguno pueden definir o medir la realidad infinita del Altísimo. Él permanece siendo el Deus semper maior. Por otro lado, afirma que realmente el Verbo «se hizo carne» (Jn1,14). El Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, ha revelado al Dios que «nadie ha visto jamás» (cf. Jn 1,18). Jesucristo acampa entre nosotros «lleno de gracia y de verdad» (Jn1,14), que recibimos por medio de Él (cf. Jn 1,17); en efecto, «de su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia» (Jn1,16). De este modo, el evangelista Juan, en el Prólogo, contempla al Verbo desde su estar junto a Dios hasta su hacerse carne y su vuelta al seno del Padre, llevando consigo nuestra misma humanidad, que Él ha asumido para siempre. En este salir del Padre y volver a Él (cf. Jn 13,3; 16,28; 17,8.10), el Verbo se presenta ante nosotros como «Narrador» de Dios (cf. Jn 1,18). En efecto, dice san Ireneo de Lyon, el Hijo es el «Revelador del Padre».[310] Jesús de Nazaret, por decirlo así, es el «exegeta» de Dios que «nadie ha visto jamás». «Él es imagen del Dios invisible» (Col 1,15). Se cumple aquí la profecía de Isaías sobre la eficacia de la Palabra del Dios: como la lluvia y la nieve bajan desde el cielo para empapar la tierra y hacerla germinar, así la Palabra de Dios «no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo» (Is 55,10s). Jesucristo es esta Palabra definitiva y eficaz que ha salido del Padre y ha vuelto a Él, cumpliendo perfectamente en el mundo su voluntad.

Anunciar al mundo el «Logos» de la esperanza 91. El Verbo de Dios nos ha comunicado la vida divina que transfigura la faz de la tierra, haciendo nuevas todas las cosas (cf. Ap 21,5). Su Palabra no sólo nos concierne como destinatarios de la revelación divina, sino también como sus anunciadores. Él, el enviado del Padre para cumplir su voluntad (cf. Jn 5,36-38; 6,38-40; 7,16-18), nos atrae hacia sí y nos hace partícipes de su vida y misión. El Espíritu del Resucitado capacita así nuestra vida para el anuncio eficaz de la Palabra en todo el mundo. Ésta es la experiencia de la primera comunidad cristiana, que vio cómo iba creciendo la Palabra mediante la predicación y el testimonio (cf. Hch 6,7). Quisiera referirme aquí, en particular, a la vida del apóstol Pablo, un hombre poseído enteramente por el Señor (cf. Flp 3,12) –«vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí» (Ga 2,20)– y por su misión: «¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!» (1 Co 9,16), consciente de que en Cristo se ha revelado realmente la salvación de todos los pueblos, la liberación de la esclavitud del pecado para entrar en la libertad de los hijos de Dios. En efecto, lo que la Iglesia anuncia al mundo es el Logos de la esperanza (cf. 1 P 3,15); el hombre necesita la «gran esperanza» para poder vivir el propio presente, la gran esperanza que es «el Dios que tiene un rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo (Jn13,1)».[311] Por eso la Iglesia es misionera en su esencia. No podemos guardar para nosotros las palabras de vida eterna que hemos recibido en el encuentro con Jesucristo: son para todos, para cada hombre. Toda persona de nuestro tiempo, lo sepa o no, necesita este anuncio. El Señor mismo, como en los tiempos del profeta Amós, suscita entre los hombres nueva hambre y nueva sed de las palabras del Señor (cf. Am 8,11). Nos corresponde a nosotros la responsabilidad de transmitir lo que, a su vez, hemos recibido por gracia. De la Palabra de Dios surge la misión de la Iglesia 92. El Sínodo de los Obispos ha reiterado con insistencia la necesidad de fortalecer en la Iglesia la conciencia misionera que el Pueblo de Dios ha tenido desde su origen. Los primeros cristianos han considerado el anuncio misionero como una necesidad proveniente de la naturaleza misma de la fe: el Dios en que creían era el Dios de todos, el Dios uno y verdadero que se había manifestado en la historia de Israel y, de manera definitiva, en su Hijo, dando así la respuesta que todos los hombres esperan en lo más íntimo de su corazón. Las primeras comunidades cristianas sentían que su fe no pertenecía a una costumbre cultural particular, que es diferente en cada pueblo, sino al ámbito de la verdad que concierne por igual a todos los hombres. Es de nuevo san Pablo quien, con su vida, nos aclara el sentido de la misión cristiana y su genuina universalidad. Pensemos en el episodio del Areópago de Atenas narrado por los Hechos de los Apóstoles (cf. 17,16-34). En efecto, el Apóstol de las gentes entra en diálogo con hombres de culturas diferentes, consciente de que el misterio de Dios, conocido o desconocido, que todo hombre percibe aunque sea de manera confusa, se ha revelado realmente en la historia: «Eso que adoráis sin conocerlo, os lo anuncio yo» (Hch 17,23). En efecto, la novedad del anuncio cristiano es la posibilidad de decir a todos los pueblos: «Él se ha revelado. Él personalmente. Y ahora está abierto el camino hacia Él. La novedad del anuncio cristiano no consiste en un pensamiento sino en un hecho: Él se ha revelado».[312] Palabra y Reino de Dios 93. Por lo tanto, la misión de la Iglesia no puede ser considerada como algo facultativo o adicional de la vida eclesial. Se trata de dejar que el Espíritu Santo nos asimile a Cristo mismo, participando así en su misma misión: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo» (Jn20,21), para comunicar la Palabra con toda la vida. Es la Palabra misma la

que nos lleva hacia los hermanos; es la Palabra que ilumina, purifica, convierte. Nosotros no somos más que servidores. Es necesario, pues, redescubrir cada vez más la urgencia y la belleza de anunciar la Palabra para que llegue el Reino de Dios, predicado por Cristo mismo. Renovamos en este sentido la conciencia, tan familiar a los Padres de la Iglesia, de que el anuncio de la Palabra tiene como contenido el Reino de Dios (cf. Mc 1,14-15), que es la persona misma de Jesús (la Autobasileia), como recuerda sugestivamente Orígenes.[313] El Señor ofrece la salvación a los hombres de toda época. Todos nos damos cuenta de la necesidad de que la luz de Cristo ilumine todos los ámbitos de la humanidad: la familia, la escuela, la cultura, el trabajo, el tiempo libre y los otros sectores de la vida social.[314] No se trata de anunciar una palabra sólo de consuelo, sino que interpela, que llama a la conversión, que hace accesible el encuentro con Él, por el cual florece una humanidad nueva. Todos los bautizados responsables del anuncio 94. Puesto que todo el Pueblo de Dios es un pueblo «enviado», el Sínodo ha reiterado que «la misión de anunciar la Palabra de Dios es un cometido de todos los discípulos de Jesucristo, como consecuencia de su bautismo».[315] Ningún creyente en Cristo puede sentirse ajeno a esta responsabilidad que proviene de su pertenencia sacramental al Cuerpo de Cristo. Se debe despertar esta conciencia en cada familia, parroquia, comunidad, asociación y movimiento eclesial. La Iglesia, como misterio de comunión, es toda ella misionera y, cada uno en su propio estado de vida, está llamado a dar una contribución incisiva al anuncio cristiano. Los Obispos y sacerdotes, por su propia misión, son los primeros llamados a una vida dedicada al servicio de la Palabra, a anunciar el Evangelio, a celebrar los sacramentos y a formar a los fieles en el conocimiento auténtico de las Escrituras. También los diáconos han de sentirse llamados a colaborar, según su misión, en este compromiso de evangelización. La vida consagrada brilla en toda la historia de la Iglesia por su capacidad de asumir explícitamente la tarea del anuncio y la predicación de la Palabra de Dios, tanto en la missio ad gentes como en las más difíciles situaciones, con disponibilidad también para las nuevas condiciones de evangelización, emprendiendo con ánimo y audacia nuevos itinerarios y nuevos desafíos para anunciar eficazmente la Palabra de Dios.[316] Los laicos están llamados a ejercer su tarea profética, que se deriva directamente del bautismo, y a testimoniar el Evangelio en la vida cotidiana dondequiera que se encuentren. A este propósito, los Padres sinodales han expresado «la más viva estima y gratitud, junto con su aliento, por el servicio a la evangelización que muchos laicos, y en particular las mujeres, ofrecen con generosidad y tesón en las comunidades diseminadas por el mundo, a ejemplo de María Magdalena, primer testigo de la alegría pascual».[317] El Sínodo reconoce con gratitud, además, que los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades son en la Iglesia una gran fuerza para la obra evangelizadora en este tiempo, impulsando a desarrollar nuevas formas de anunciar el Evangelio.[318] Necesidad de la «missio ad gentes» 95. Al exhortar a todos los fieles al anuncio de la Palabra divina, los Padres sinodales han reiterado también la necesidad en nuestro tiempo de un compromiso decidido en la missio ad gentes. La Iglesia no puede limitarse en modo alguno a una pastoral de «mantenimiento» para los que ya conocen el Evangelio de Cristo. El impulso misionero es una señal clara de la madurez de una comunidad eclesial. Además, los Padres han manifestado su firme convicción de que la Palabra de Dios es la verdad salvadora que todo hombre necesita en cualquier época. Por eso, el anuncio debe ser explícito. La Iglesia ha de ir hacia todos con la fuerza del Espíritu (cf. 1 Co 2,5), y seguir defendiendo

proféticamente el derecho y la libertad de las personas de escuchar la Palabra de Dios, buscando los medios más eficaces para proclamarla, incluso con riesgo de sufrir persecución.[319] La Iglesia se siente obligada con todos a anunciar la Palabra que salva (cf. Rm 1,14). Anuncio y nueva evangelización 96. El Papa Juan Pablo II, en la línea de lo que el Papa Pablo VI dijo en la Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, llamó de muchas maneras la atención de los fieles sobre la necesidad de un nuevo tiempo misionero para todo el Pueblo de Dios.[320] Al alba del tercer milenio, no sólo hay todavía muchos pueblos que no han conocido la Buena Nueva, sino también muchos cristianos necesitados de que se les vuelva a anunciar persuasivamente la Palabra de Dios, de manera que puedan experimentar concretamente la fuerza del Evangelio. Tantos hermanos están «bautizados, pero no suficientemente evangelizados».[321] Con frecuencia, naciones un tiempo ricas en fe y vocaciones van perdiendo su propia identidad, bajo la influencia de una cultura secularizada.[322] La exigencia de una nueva evangelización, tan fuertemente sentida por mi venerado Predecesor, ha de ser confirmada sin temor, con la certeza de la eficacia de la Palabra divina. La Iglesia, segura de la fidelidad de su Señor, no se cansa de anunciar la Buena Nueva del Evangelio e invita a todos los cristianos a redescubrir el atractivo del seguimiento de Cristo. Palabra de Dios y testimonio cristiano 97. El inmenso horizonte de la misión eclesial, la complejidad de la situación actual, requieren hoy nuevas formas para poder comunicar eficazmente la Palabra de Dios. El Espíritu Santo, protagonista de toda evangelización, nunca dejará de guiar a la Iglesia de Cristo en este cometido. Sin embargo, es importante que toda modalidad de anuncio tenga presente, ante todo, la intrínseca relación entre comunicación de la Palabra de Dios y testimonio cristiano. De esto depende la credibilidad misma del anuncio. Por una parte, se necesita la Palabra que comunique todo lo que el Señor mismo nos ha dicho. Por otra, es indispensable que, con el testimonio, se dé credibilidad a esta Palabra, para que no aparezca como una bella filosofía o utopía, sino más bien como algo que se puede vivir y que hace vivir. Esta reciprocidad entre Palabra y testimonio vuelve a reflejar el modo con el que Dios mismo se ha comunicado a través de la encarnación de su Verbo. La Palabra de Dios llega a los hombres «por el encuentro con testigos que la hacen presente y viva».[323] De modo particular, las nuevas generaciones necesitan ser introducidas a la Palabra de Dios «a través del encuentro y el testimonio auténtico del adulto, la influencia positiva de los amigos y la gran familia de la comunidad eclesial».[324] Hay una estrecha relación entre el testimonio de la Escritura, como afirmación de la Palabra que Dios pronuncia por sí mismo, y el testimonio de vida de los creyentes. Uno implica y lleva al otro. El testimonio cristiano comunica la Palabra confirmada por la Escritura. La Escritura, a su vez, explica el testimonio que los cristianos están llamados a dar con la propia vida. De este modo, quienes encuentran testigos creíbles del Evangelio se ven movidos así a constatar la eficacia de la Palabra de Dios en quienes la acogen. 98. En esta circularidad entre testimonio y Palabra comprendemos las afirmaciones del Papa Pablo VI en la Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi. Nuestra responsabilidad no se limita a sugerir al mundo valores compartidos; hace falta que se llegue al anuncio explícito de la Palabra de Dios. Sólo así seremos fieles al mandato de Cristo: «La Buena Nueva proclamada por el testimonio de vida deberá ser pues, tarde o temprano, proclamada por la palabra de vida. No hay evangelización verdadera, mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios».[325]

Que el anuncio de la Palabra de Dios requiere el testimonio de la propia vida es algo que la conciencia cristiana ha tenido bien presente desde sus orígenes. Cristo mismo es testigo fiel y veraz (cf. Ap 1,5; 3,14), testigo de la Verdad (cf. Jn 18,37). A este respecto, quisiera hacerme eco de los innumerables testimonios que hemos tenido la gracia de escuchar durante la Asamblea sinodal. Nos hemos sentido muy conmovidos ante las intervenciones de los que han sabido vivir la fe y dar también testimonio espléndido del Evangelio, incluso bajo regímenes adversos al cristianismo o en situaciones de persecución. Todo esto no nos debe dar miedo. Jesús mismo dijo a sus discípulos: «No es el siervo más que su amo. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán» (Jn15,20). Por tanto, deseo elevar a Dios con toda la Iglesia un himno de alabanza por el testimonio de muchos hermanos y hermanas que también en nuestro tiempo han dado la vida para comunicar la verdad del amor de Dios, que se nos ha revelado en Cristo crucificado y resucitado. Además, manifiesto la gratitud de toda la Iglesia por los cristianos que no se rinden ante los obstáculos y las persecuciones a causa del Evangelio. Y nos unimos estrechamente, con afecto profundo y solidario, a los fieles de todas aquellas comunidades cristianas, que en estos tiempos, especialmente en Asia y en África, arriesgan la vida o son marginados de la sociedad a causa de la fe. Vemos realizarse aquí el espíritu de las bienaventuranzas del Evangelio, para los que son perseguidos a causa del Señor Jesús (cf. Mt 5,11). Al mismo tiempo, no dejamos de levantar nuestra voz para que los gobiernos de las naciones garanticen a todos la libertad de conciencia y religión, así como el poder testimoniar también públicamente su propia fe.[326]

TEXTO XVI “DILUVIO”
El recuerdo de una inundación catastrófica, que se remonta a un pasado muy lejano, fue conservado y agrandado por leyendas sumero-babilónicas de fechas diversas. A la luz de la fe monoteísta, la tradición bíblica hizo una selección de los materiales de esta herencia popular y los cargó de enseñanza moral y religiosa. Lo que se atribuía al capricho de los dioses celosos, aparece ya como obra justa del Dios único; la idea de desastre cede el puesto a la de depuración con miras a una salvación, representada por el arca liberadora; más allá de las fuerzas irresponsables resalta un juicio divino que hiere al pecador y hace del justo la simiente de una humanidad nueva. La aventura de Noé cesa así de ser un episodio accidental; resume y simboliza toda la historia de Israel y la historia misma de la humanidad. Sólo a Noé se llama justo Gen 7,1, pero, como Adán, representa a todos los suyos y los salva juntos con él Gen 7,1.7.13. Con esta elección gratuita se reserva Dios un pequeño resto, los que salen indemnes, que serán el tronco de un pueblo nuevo. Si el corazón del hombre que ha sido salvado es todavía proclive al pecado, Dios, no obstante, se declara desde ahora paciente: su misericordia se opone al castigo puramente vindicativo y abre la vía a la conversión Gen 8,15-22. El juicio por las aguas aboca así a una alianza que asegura la fidelidad de Dios a la humanidad entera al mismo tiempo que a la familia de Noé Gen 9,117. 2. Figura del futuro. La teología profética reconoció en el diluvio, como en la liberación por las aguas del mar Rojo en el momento del éxodo, el tipo mismo de los juicios salvíficos de Dios. La vuelta del exilio, del resto, que será la simiente de un pueblo nuevo, aparece no sólo como un nuevo éxodo, sino como la reiteración de la obra de Noé al salir del arca: «En un amor eterno me

apiadé de ti, dice Yahveh, tu redentor. Será como al tiempo de Noé, en que juré que nunca más las aguas de Noé sumergerían a la tierra» Is 54,7ss. Los sabios evocan la idea de un juicio saludable: «Noé fue hallado enteramente justo y en el tiempo de la cólera fue retoño. Por él se conservó un resto en la tierra cuando ocurrió el diluvio; alianzas eternas hizo Dios con él» Eclo 44,17s Sab 10,4s 14,6. Las imágenes mesiánicas del retoño y del resto hacen ya a Noé figura de Jesucristo, que será un día el principio de una nueva creación. 3. El diluvio de los tiempos nuevos. Para anunciar el juicio escatológico evoca Jesús el diluvio Mt 24,37ss. Por lo demás, este juicio se anticipa ya acá en la tierra. En efecto, Cristo, como un nuevo Noé, penetró en las grandes aguas de la muerte y salió de ellas vencedor con una multitud de gentes salidas indemnes. Los que se sumergen en el agua del bautismo, salen de ella salvos y configurados con Cristo resucitado 1Pe 3,18-21. Si, pues, el diluvio prefigura el bautismo, el arca liberadora puede aparecer a los ojos de los padres como la figura de la Iglesia que flota sobre las aguas de un mundo pecador y que recoge a todos los que «quieren salvarse de esta generación perversa» Act 2,40. Sin embargo, todavía no ha venido el juicio final que amenaza a los impíos. Como en los días del diluvio, esta dilación manifiesta la paciente misericordia de Dios; el juicio escatológico está suspendido en espera de que la comunidad mesiánica realice su plenitud 2Pe 2,5.9 3,8s. El autor de la segunda epístola de Pedro distingue, a través de las imágenes apocalípticas de su tiempo, tres etapas en la historia de la salvación: el mundo antiguo que fue juzgado por el agua, el mundo presente que perecerá por el fuego y el mundo futuro con sus nuevos cielos y su nueva tierra 2Pe 3,5ss.11ss. La antigua alianza con Noé se realizará así plenamente en un orden nuevo, en el que la obra creadora de Dios logre hacer vivir en armonía al hombre y al universo purificados.

TEXTO XVIII LA FIGURA DE CRISTO EN EL ARCA DE NOÉ
A este personaje prehistórico, nuevo padre de la humanidad, la Biblia le da el nombre de Noah=consolador, relacionándolo con la raíz niham (forma piel, yénahúmenit, 5,29), consolar, aludiendo a que N. fue el inventor de la viña y del vino (Gen 9,20-27). Se le hace derivar también de la raíz nuah, en el sentido de descansar (los Setenta, dianapausei; hebreo yenihenú =nos hará descansar). En el Apocalipsis de Noé, que forma parte del libro de Henoc (v.), se hace derivar de nuah, en el sentido de «lo que queda o resta» (cfr. Eccli 44,16-18). La primera noticia que tenemos de N. nos la da la tradición yahwista, aunque por razones metodológicas y didácticas, el compilador último del Génesis la haya desplazado a un contexto sacerdotal (Gen 5,28-29), en donde se dice: «Vivió Lamec 180 años, y engendró un hijo, y le dio el nombre de Noé diciendo: Éste nos consolará (hebreo yénahúmenú) de nuestro trabajo y de la fatiga de nuestras manos a causa del suelo que Yahwéh maldijo». La mención de Yahwéh y la alusión al relato yahwista de Gen 3,17-18, demuestran el origen del mencionado texto. Quizá en el documento yahwista (Gen cap. 4) se mencionaba a N. entre los descendientes de Set (v.) por Enós; pero el autor final quitó el nombrede N. de su emplazamiento primitivo y lo puso en el lugar que ocupa en el texto actual (5,29), con el fin de conectarlo con el relato del diluvio (v.), del cual fue el protagonista. Es difícil imaginar que un personaje de santidad tan extraordinaria fuera hijo de un pecador tan insolente como Lamec (v. PATRIARCAS I, l). A la edad de 500 a. engendró N. a Sem (v.), Cam (v.) y Jafet (v.; 5,32; cfr., sin embargo, Gen 9,20-24). Cuando contaba 600 a. sobrevino el diluvio (7,11), en el que pereció toda la humanidad; pero como N. era un hombre justo (hebreo saddiq) y perfecto (hebreo tamim), y «anduvo siempre con Dios» (6,9), «halló gracia a los ojos de Yahwéh» (6,8), y no pereció bajo las aguas como todos los otros hombres. Dios, justo, santo y con entrañas de misericordia, protegió y recompensó la fidelidad de su siervo, al cual indicó lo que debía hacer para salvar su vida. Le mandó fabricar un arca (hebreo tebah) de maderas de gófer, palabra ésta de significación incierta, pero que parece indicar una madera resinosa. Una vez «hizo según todo lo que le había ordenado Dios» (6,22), recibió la orden divina de entrar en el arca él y toda su casa, pues solamente él había

sido hallado justo en aquella generación (7,1). Al cabo de un año de vivir en el arca, salió de ella cuando contaba 601 años de edad. Inmediatamente después, para expresar su reconocimiento y gratitud a Dios, edificó un altar o ara sacrificial (hebreo mizbeah) a Yahwéh y sobre él ofreció un sacrificio de todos los animales y de todas las aves puras, para que llegara a Yahwéh el olor suave de sus holocaustos (8,20-21). Aplacado Dios con estos sacrificios, decide no volver a exterminar todo viviente (8,21), convirtiéndose N. en ministro de reconciliación entre Dios ofendido por el pecado y la humanidad pecadora (Eccli 44,16-18). Después del diluvio se restablece parcialmente la armonía que reinó después de la creación. Dios bendice a N., el nuevo Adán (9,1), con la misma fórmula empleada el día de la creación del primer hombre (1,28). En los orígenes dio al hombre como alimento «toda hierba verde» (1,29), pero ahora autoriza a N. para que coma la carne de todos los animales (9,3), si bien prohibiéndole «comer carne con su sangre» (hebreo nefes) (9,4; Lev 17,10-14; Deut 12,16.23-25, etc.). La señal del pacto que Dios hizo por mediación de N. con toda la humanidad «y toda carne que está sobre la tierra» (9,17) será en adelante el arco de Yahwéh (hebreo gasti), o sea, el arco iris (9,13-17), que no será símbolo de castigo, sino de bondad y misericordia. De este hombre justo se refiere en Gen 9,18-24 un percance desagradable. «Como agricultor que era, comenzó a plantar una viña. Bebió de su viña y se embriagó, y quedó desnudo en medio de su tienda. Vio Cam, el padre de Canaán, la desnudez (hebreo `erbah) de su padre y fue a contárselo a sus hermanos, que estaban fuera» (9,2022). Sem y Jafet taparon con el manto la desnudez de su padre, yendo de espaldas para no verla. Al despertarse N. y conocer lo sucedido «con el más pequeño de sus hijos» (9,24), dijo: «Maldito Canaán, siervo de los siervos de sus hermanos será» (9,25). Todo el pasaje (9,18-27) no se armoniza con los textos anteriores, pues en él se supone que los hijos de N. no estaban casados, ya que vivían en la tienda de su padre. De N. se dice que quedó desnudo en medio de su tienda, cuando se esperaba que como agricultor viviera en su casa (en efecto, los Setenta lo interpretan así al traducir: en to oiko autou), y no en tiendas, como los pastores, que llevan vida seminómada. Cam es llamado el más pequeño de los hijos de N., cuando en otros textos (9,18, etc.) es mencionado antes que Jafet. La acción de Cam, el padre de Canaán, es más propia de un joven irreflexivo e irresponsable que de un hombre casado. Se cree por ello que este pasaje procede de una fuente literaria secundaria. Es muy posible que con la inserción de esta perícopa el autor sagrado último se propusiera condenar y polemizar contra los cananeos, que en las fiestas de sus dioses, los Baales (v.) y Astartés (v.), dioses de la fecundidad y de la fertilidad, se entregaban a la más desenfrenada impudicicia e inmoralidad (v. CANAÁN). En este supuesto, el autor sagrado no insiste tanto en la posible realidad de la embriaguez de N., cuanto en la maldición de Canaán por su mismo padre. Con ello condenaba el autor la vida licenciosa de los cananeos, los cuales, embriagados por el vino que, según ellos, era invención de sus dioses, erigían la inmoralidad en un rito religioso. N. ocupa el décimo lugar en la lista de los patriarcas antediluvianos (v.) y sirve de puente entre un mundo que acaba víctima del pecado, y otro que resurge por la misericordia divina. No tiene ningún contacto con Umnapistim, de la epopeya de Gilgamesh (v.), ni con Xisutros, del relato de Beroso, ni fue ideado a base de un modelo hurrita. Sus rasgos espirituales están dibujados según la teología del A. T. En Israel fue considerado como anillo que enlaza a Abraham (v.) con el primer hombre, Adán (Le 3,36). Su recuerdo estaba ligado con el día en que los hombres, incrédulos (1 Pet 3,20) y entregados a todos los vicios, fueron exterminados por el diluvio (Mt 24,38-39; Le 17,26-27). De toda la humanidad, Dios salvó únicamente a N. a causa de su fe (Heb 11,7), convirtiéndose en pregonero de la justicia para ellos y para las generaciones venideras (2 Pet 2,5).

ALGUNOS TIPOS DE CRISTO EN EL ARCA DE NOE Existen varios tipos o figuras de Jesucristo en el relato de Noé y el diluvio, algunos de los que vamos a tratar aquí son los siguientes: VINO PARA APACENTAR Lamec, padre de Noé, debió de haber escuchado las historias de sus antepasados acerca de la profecía que Dios le dio a Adán con respecto a que algún día vendría uno de sus descendientes a pisotear a la

serpiente y se terminaría la maldición. Gen 5:29 nos dice que al nacer Noé (Consuelo o Descanso), estaban profetizando que él aliviaría toda obra y trabajo de la gente a causa de la maldición de Dios sobre la tierra. Así mismo vemos que en Jesús también seria apacentado el pueblo, como lo dijo el profeta Miqueas (Y él estará, y apacentará con poder de Dios, con grandeza del nombre de Dios; y morarán seguros, porque ahora será engrandecido hasta los confines de la tierra. LA MALDAD DE LA TIERRA En los tiempos de Noé, el mundo era un caos, la perversión y la maldad estaban en todo lugar (Gen 6:5 "Y vio Dios que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal"). También en los tiempos del nacimiento de Jesús las cosas andaban de cabeza, imagínense solamente que el pueblo judío se encontraba dominado por los romanos; no tenían rey (ni reina); los sacerdotes en lugar de ayudarlos para acercarlos a Dios, se la pasaban buscando la forma de hacer su negocio aprovechándose de ellos. LA NECESIDAD DE UN JUICIO: EL HOMBRE JUSTO Como lo dijimos en el punto anterior, la maldad era tal que se necesitaba ponerle un "hasta aquí"; pero Dios, en su gran sabiduría, decidió no destruirla por completo y empezar de nuevo, sino que enviaría una destrucción parcial... Se necesitaba un hombre justo entre todos los malvados, y ahí estaba Noé (Gen 6:8 "Pero Noé halló gracia ante los ojos de Dios"). Al igual con Cristo, para poder redimir a la humanidad del pecado, se necesitaba alguien que fuera justo y solamente Jesús lo era, pues no tenía ninguna mancha del pecado en él (1 Jn 3:5 "Y sabéis que él apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él"). DIOS ES QUIEN EMPIEZA Con Noé, fue Dios quien lo escogió, lo llamó y le dijo que tenía que hacer. Igual pasó con Jesús, es Dios quien lo mandó para hacer la obra. Y como buen Hijo, la realizó. HAY QUE CREER A Noé no le creyeron cuando le dijo al pueblo que venía una terrible destrucción y que necesitaban entrar al arca para salvarse. Después de todo no llovía mucho en ese tiempo (Gen 2:6 "sino que subía de la tierra un vapor, el cual regaba toda la faz de la tierra"). Pero Noé sí creyó. Igual con Jesús, Dios lo mandó para que el que crea en él no se pierda y tenga vida eterna, así que también existe la libertad de creer o no en él. LA OBEDIENCIA DEL ESCOGIDO Noé, a su edad de 500 años, recibió la encomienda de construir una enorme arca para poder resguardar en ella a los que se salvarían, y sin importar de las burlas de la gente, ni de lo difícil o pesado del trabajo (nada más le tardo como 100 años construirla), puso manos a la obra y realizó su encomienda. También Jesús, sin importar lo que dijera la gente (y muchos los trataron de loco - aun su familia), ni de lo doloroso del trabajo (que lo crucificaran), hizo su trabajo según la voluntad del que lo envió. LA GRACIA Noé, aunque apareció como justo ante los ojos de Dios. Aunque también erro emborrachándose. Así que no era del todo perfecto. Pero por la gracia que tuvo, fueron salvados él y su familia. Así que si alguno de nosotros quiere salvarse, no va a ser por nuestras obras ni por nuestra justicia, sino por la gracia de Dios a través de Jesucristo que nos vamos a salvar (Rom 3:21 "la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo").

EL DISEÑO Ni crean que Noé sabía mucho de barcos, y mucho menos era un buen arquitecto o diseñador, pero fue Dios el que le dio los planos y le dijo como hacerlo todo. Tampoco debemos de preocuparnos mucho de cómo le vamos a hacer para salvarnos, pues Dios nos da la forma para salvarnos (Rom 10:9 "que sí confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo"). EL MEDIO DE SALVACION: UNA SOLA PUERTA Por medio del arca, y sobre todo por entrar en ella por la única puerta que tenía, fue la única forma de no terminar ahogado (muerto), así el único medio de salvación para evitar terminar muerto (para siempre) es a través de Cristo (Juan 14:6 Jesús le dijo: "Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí"). EL ARCA FLOTA El arca, sin importar lo duro que esté todo afuera, se encuentra bien y sobre los problemas . Cristo es el Arca y la roca firme, y el que está en Cristo vive con más tranquilidad. Nota, dije que vive con más tranquilidad, no que no le llovería y que no le vendrían problemas. Como el ejemplo de los 2 cimientos (Mt 7:24-27 "Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca. Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca. Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena; y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina"), a los dos les llovió, pero el que construyó sobre la roca (que es Cristo) no se le cayó su casa. EL NUMERO 40 En la Biblia el numero 40 representa el tiempo de prueba o preparación. Encontramos muchos pasajes con este número, pero rápidamente resumimos algunos como sigue: * 40 días y 40 noches duró la lluvia durante el diluvio * Durante el éxodo, el pueblo caminó 40 años por el desierto * Moisés estuvo 40 días en el monte * 40 días estuvieron los espías reconociendo la tierra * Jesús ayunó 40 días antes de ser tentado. LA VENTANA El arca fue construida con una ventana apuntando hacia el cielo, esto es para recordarnos hacia dónde mirar cuando estemos en problemas, ya que el auxilio viene de nuestro Padre que está en los cielos. CALAFATEADO El arca fue cubierta (calafateada) con brea para que no le entrara el agua, así nuestro ser es roaciado (calafateado) con la sangre de Cristo. EL SACRIFICIO AL FINAL Cuando Noé salió del arca, levantó un altar y realizó sacrificios (derramando sangre) a Dios. Jesús se entregó como un sacrificio vivo a Dios, y en la cruz padeció por nosotros y llevo nuestros pecados y con su sangre fuimos limpiados.

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful