Capitalismo y deshumanización Notas de clase

(Curso de Análisis Político del Programa de Estudios Políticos y Gobierno de la Universidad Bolivariana de Venezuela, sede Zulia. Enero-Febrero 2012) José Javier León1 Febrero, 2013

«Una religión (el capitalismo) que no reclama ni siquiera, pues, obediencia, puesto que no contempla otra opción: actuar, vivir, dentro del sociometabolismo del capital, es ya obedecer» Eduardo Grüner Acaso no existan dudas de que el capitalismo es un sistema económico terriblemente deshumanizador. En efecto, en este régimen de producción y explotación el ser humano es reducido a su mínima expresión, y en realidad, todo lo humano queda subordinado a las necesidades del capital. Si la filosofía dijo alguna vez «todo lo humano me compete» el capitalismo bien pudiera afirmar «lo humano me importa un bledo». Pero, aunque concluyamos que deshumaniza, vale la pena al menos por pura pedagogía preguntarnos, qué es lo humano específicamente; es decir, qué cosa en tanto que humano es destruido por el capital toda vez que hemos dicho que des-humaniza.

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A esta pregunta, respondieron los estudiantes: lo propio del ser humano es que transforma, piensa y socializa. Es decir, transforma la realidad en la que vive, y puede o logra en infinidad de casos, adaptarse prácticamente a cualquier lugar del planeta transformando las condiciones existentes. El ser humano piensa y, en tercer lugar, crea sociedad. Pero, si el capitalismo destruye lo humano entonces –decíamos- ha de destruir el poder de transformación, de pensar y de socializar, sólo que, a la vista está en que, lejos de destruir tales cosas es evidente que vivimos en un mundo transformado, y transformado continuamente; en un mundo en el que pensamos y no se deja de pensar y, además, en una sociedad, o en tipos o modelos de sociedad. Vistas así las cosas el capitalismo ofrece la apariencia de no destruir lo humano, esto es, la transformación, el pensamiento y la socialización. Pero, se transforma la realidad, se piensa y se socializa aunque no es poco argüir que se desarrollan en el capitalismo, lo cual quiere decir que si bien los seres humanos siempre hemos transformado, pensado y socializado muy distinto fue hacerlo antes de la aparición histórica del capitalismo y muy distinto es y será hacerlo no-capitalistamente. En otras palabras, lo que ha hecho ahora sí, específicamente, el capitalismo es transformar, pensar y socializar en términos capitalistas. A lo que sigue entonces la pregunta: ¿qué es lo específico del capitalismo? Y la respuesta la encontramos no en el intercambio, el mercado o el comercio, sino en un proceso acaso el más extraño y complejo, casi metafísico: en la producción de mercancías. En efecto, sólo cuando aparece la mercancía, aparece como tal el capitalismo. Con la mercancía aparece la valorización del capital. Desde este momento, acumular mercancías (una actividad completamente absurda si la vemos desde las necesidades humanas de vestido, alimentos, viviendas, etc.) se traduce en la actividad por antonomasia del capitalismo. No se acumulan productos (de la actividad y el ingenio humano destinados a la satisfacción de necesidades concretas) sino mercancías, por lo tanto no son productos que se pueden en algún momento consumir (la mercancía no está pensada para ser consumida) sino simple y llanamente mercancías, cuyo valor útil existe sólo en tanto son eso, mercancías. Véase que comprar o vender mercancías difiere como de la tierra al cielo con respecto al simple consumo de un producto. Se compra o vende mercancía, digamos un producto cualquiera: «maíz», pero en un sentido concreto no tener maíz en casa para hacer unas arepas, y ello ocurre sencillamente porque la mercancía «maíz» no es necesariamente maíz. Otro ejemplo: se puede transportar la mercancía «agua» y no obstante morir de sed. En pocas palabras, la producción e intercambio y en general la vida toda de las mercancías, está alejada y en realidad completamente aislada del cumplimiento de las necesidades humanas, el mundo de éstas nada tiene que ver en lo que a su satisfacción o urgencias se refiere, con el mundo de las mercancías. Es como si en verdad tuvieran una vida propia, se ciñeran a leyes extrañas, otras, distintas. En el capitalismo importa entonces la producción de mercancías hasta el punto de que se puede dar la paradoja de que la producción mate o en el proceso mueran los productores, mas, no se resentirán tales pérdidas –humanas- sino en la medida que atasquen provisoriamente dicha producción de mercancías, atasco que será superado rápidamente dado el ejército de desocupados obligados a dar su vida toda por el capital.

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De donde se deduce que aquello que decíamos era lo específico del ser humano (la transformación, el pensamiento y la socialización) una vez que pasa por la criba de la producción de mercancías, nos lleva a la siguiente situación: el ser humano, volcado a la producción de mercancías, transforma, piensa y socializa en función de dicha producción; porque no hay manera de ser humano y tener tiempo para producir mercancías. La producción de mercancías es absorbente y absoluta, toda vez que en el capitalismo todo es mercancía. Producir alimentos para alimentarnos es muy distinto a la producción de la mercancía «alimentos». Ocurre que tales mercancías, para ser más y mejores, pueden hacerse –paradójicamente- no comestibles. La mercancía alimento no – necesariamente- alimenta a un ser humano, puede incluso matarlo, lenta o progresivamente, e incluso puede hacerlo rápidamente. La producción de mercancías, en fin, ocurre en una suerte de mundo aparte, pero es de tal manera englobante que los seres humanos bajo régimen capitalista no pueden hacer otra cosa que servir por entero a la producción de mercancías. Suponer que se pueden producir mercancías y retornar a la vida y a la producción de bienes para la satisfacción de necesidades, es un romanticismo alejado de la realidad. Lo que en verdad ocurre es que utilizamos y el capitalismo se encarga de que empleemos todo el tiempo para producir mercancías y sobrevivamos en tanto que nosotros mismos convertidos en mercancías consumidores mercancías (es decir, de productos atractivos para el régimen de la circulación de mercancías, pero no aptos para el consumo y el uso humano). Suponer que tendremos tiempo para transformar, pensar y socializar al margen de la producción de mercancías es no entender cómo funciona dicha producción. Transformar, pensar y socializar al margen de la producción de mercancías supone la producción de productos que satisfacen necesidades humanas, y esta producción y los productos que de ella emanan no cumplen y al contrario desafían las exigencias de ritmo, velocidad y urgencias de las mercancías. No es lo mismo un tomate producido para seres humanos que el tomate-mercancía, cuyo consumo efectivo (por un infeliz ser humano que con él se tope) puede ocurrir o no. Pero salta a la vista que el régimen capitalista (es decir, el reino de la producción de mercancías) no puede darse el lujo de volver apetecible el tomate y para ello dedicar todos sus encantos y esperar que por pura persuasión este infeliz ser humano decida motu propio comérselo. El régimen capitalista hace lo que tiene que hacer para que su mercancía sea consumida: saca de circulación y elimina de raíz la posibilidad de que existan otros tomates que no sean mercancías (he aquí la expresión política del capital, sin la cual no existiera. Quien piense que el capitalismo es sólo un régimen económico se equivoca; primero es político –en tanto que crea condiciones en el régimen político de los seres humanos que hacen plausible y posible la producción de mercancías. En otras palabras, para producir mercancías los seres humanos deben ser despojados y ello no puede ocurrir sino violentamente, de la posibilidad de producir para la satisfacción

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de necesidades humanas, y no para las del capital). Es así que el capitalismo hizo lo primero que había que hacer: eliminar de raíz la posibilidad de que los seres humanos produjeran tomates al margen de la producción de tomates-mercancía. Tenemos entonces que la producción de mercancías colma completamente la realidad, la asfixia, eliminando los resquicios de la producción al margen del régimen de producción capitalista. De donde se deduce que, si efectivamente transformamos, pensamos y socializamos, lo hacemos empujados –obligados- por la producción de mercancías. En otras palabras, el mundo se transforma por y para la producción de mercancías, pensamos por y para la producción de mercancías, y socializamos por y para la producción de mercancías. Ahora bien, en qué se transforma esa transformación cuando transforma en función de la producción de mercancías, es una pregunta que debemos hacernos porque esa «transformación» o mejor, ese concepto de «transformación» es el que hemos conocido y es el que manejamos. En efecto, este transformar implica que el intercambio orgánico con la naturaleza (el concepto de trabajo, por ejemplo) conlleve la producción de mercancías no para la satisfacción de necesidades humanas sino para la valorización del capital. En ese sentido, transformar la harina en pan no supone hacer pan para el consumo humano, sino pan-mercancía (potencialmente comestible o no), sólo pues, debe contar con los atributos de la mercancía, entre ellos, ser pasible de venta, y una vez vendido puede ser consumido, mas este paso ocurre ciertamente al margen de la producción de mercancías, aunque puede llegar a ocurrir que el consumidor perciba y luego se cerciore de que lo que le vendieron no era pan o era casi pan o de una variedad verdaderamente peligrosa de pan-mercancía y acuda al puesto de venta y, si tiene suerte, exigir la presencia del panadero y hasta del dueño de la panadería y hasta exigir la presencia de autoridades que protegen a los consumidores, de modo que el panadero y en realidad todos los panaderos buscan la manera de hacer pan-mercancía que cumpla los estándares, no sólo que parezca sino que sea –hasta donde puede en verdad ser algo que sólo aparentemente es- pan.2 Lo mismo con el pensar. En efecto, el pensar en función de la producción de mercancías transforma el pensar en una actividad que no tenderá a satisfacer ninguna necesidad humana, de modo que podemos dedicarnos toda la vida profesional por ejemplo, a pensar pensamiento-mercancía, esto es, pensamiento que será puesto a la venta, y que por un lado se acumulará no en conciencias y experiencias sino en soportes físicos o virtuales (que son en definitiva también físicos), índices, registros, bases de datos; y por otro lado, como mercancía, producido y vendido en función de la producción de mercancías y la valorización del capital: conocimiento científico y técnico articulado a la maquinaria industrial del capitalismo. Igualmente, con respecto a la sociedad, la producción de mercancías postula y necesita un tipo de sociedad, conformada por personas que no piensan ni transforman en función de sus necesidades colectivas, sino en función de la producción de mercancías, la cual amerita en primer lugar que las personas no se relacionen como colectivos con algún proyecto de transformación común en función de sus necesidades humanas, sino como individualidades en pugna y competencia, en función de las exigencias impersonales de la producción de
Se entiende por ello que, en la «crisis actual capitalista», cuando se ha ido generalizando en la población que el capitalismo nos ha estafado; ahora que los velos caen uno tras otro, el capitalismo comienza a vendernos realidad-mercancía; es decir, ahora nos vende pan-de-verdad, agua-de-verdad, frutas-deverdad, todo natural, en rigor, todo al natural.
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mercancías. Una sociedad de productores de mercancías no necesita una sociedad cohesionada e integrada en función de un territorio y una memoria colectivas sino dependientes (sin posibilidades concretas de reproducir autónomamente alguna forma de vida y organización social) conectadas a circuitos productivos ajenos a sus necesidades humanas. Éstas se satisfarán al margen o a despecho de la producción de mercancías, pues el capitalismo vive de vender mercancías, no de que las personas consumamos viviendas, alimentos, vestidos, educación o salud. Cuando el capitalismo dice que vende y, por tanto, compramos algunos de esos bienes, en realidad son apariencias, visajes, fantasmas. Un buen ejercicio para la desmercantilización es pensar cómo serían las casas, los alimentos, los vestidos, la educación y la salud por ejemplo, no aparentes, es decir, no fantasmas o ilusiones capitalistas. Que las casas sean casas, los alimentos alimentos, los vestidos vestidos, la educación educación, la salud salud. La alienación capitalista nos convence y por tanto nos confunde al hacernos creer que las cosas que por tales conocemos son reales y no aparentes. ¿Acaso las casas que produce el capital no son depósitos para cuerpos humanos? ¿Los alimentos no terminan matando debido a la cantidad de componentes, preservantes, en fin, químicos? ¿Los vestidos no son todos productos que satisfacen intereses y caprichos mercantiles de marcas y fábricas extrañas a los climas y variedades geográficas y sobre todo culturales? ¿Y con respecto a la educación, no nos invade con frecuencia la terrible sensación de que lo que estudiamos es profundamente inútil, que lo que en verdad debemos saber no lo sabemos y que, a fin de cuentas, no sabemos qué es lo que en verdad debemos saber? Finalmente, mirando bien las cosas, ¿no tenemos casi la certeza de que la salud-mercancía no cura sino que nos mantiene enfermos, dependientes de los fármacos y su industria? En fin. El capitalismo, al quitar la tierra (única base real puesto que los seres humanos no podemos vivir en el aire o en algo que se le asemeje, aunque de hecho el capitalismo nos obliga a vivir –y a malvivir- como en el aire, despegados de nuestras realidades geográficas concretas, sin saber ni donde estamos, en casas, urbanizaciones, ciudades en las que hormigueamos sin sentido pero conectados siempre en el límite de la sobrevivencia a los circuitos de circulación de las mercancías, convertidos nosotros mismos, nuestros cuerpos, también en mercancías…); al quitarnos la tierra, decía, el capitalismo nos despojó del Espacio; y si la producción de mercancías ocupa todo el tiempo podemos en consecuencia afirmar que, con el Espacio a los humanos nos fue arrebatado también el Tiempo. (Ciertamente, el Capitalismo nos obliga a vivir en una suerte de limbo, separados de la realidad, alienados. Nos torna abstractos aunque muramos concretamente. No le importa nuestra condición humana sino la abstracción de nuestras energías y fuerzas. Si fuéramos idiotas y trabajáramos competentemente para el capital sería mucho mejor, más rentable, por eso su ideal de ciudadanía es el rebaño de ilotas.) Esto se expresa concretamente en que si se nos quita la tierra ya no podemos asociarnos y pensar juntos para transformar la realidad de manera de satisfacer necesidades colectivas, comunes. La tierra convertida en espacio para la producción de mercancías tiene su propia lógica reproductiva, y lo que sea transformar, pensar y socializar debe adaptarse a los requerimientos y exigencias de dicha producción. Las mercancías tienen su propio ritmo, y éste no es humano, o no se corresponde con los ritmos de lo humano (que son obviamente los ritmos de la naturaleza).

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Podemos decir entonces, que los seres humanos hemos perdido con la tierra el tiempo. Por lo que luchar y ganar políticamente la tierra es en consecuencia, luchar y ganar políticamente el tiempo. Una cosa viene con la otra; la tenencia de la tierra supone que nos asociemos para pensar juntos cómo transformar la realidad, cómo hacer producir la tierra para la satisfacción de nuestras necesidades. Y ello sólo puede ocurrir si tenemos tiempo. (Es por eso que un país soberano debe construir murallas, defensas militares, y en general amparos de todo tipo, toda vez que tiene que salvaguardar además de la tierra, el tiempo para la construcción social. De ahí provienen buena parte de las hostigaciones y la desestabilización, de la necesidad del Capital de impedir por todos los medios que un pueblo dueño de su tierra sueñe en ella, invierta su tiempo no en la producción de mercancías sino en la de la satisfacción de necesidades humanas; en otras palabras que invierta el sentido de la economía y la ponga sobre sus pies.)

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