Jesús Gómez Fregoso

Acentos

El Cubilete: 1923 y 2012
2012-03-23 Lo que se vive estos días en los rumbos de León, Silao y Guanajuato contrasta con lo ocurrido hace noventa años, cuando el secretario de Gobernación Plutarco Elías Calles expulsó del país al delegado apostólico Filippi por el crimen de haber dado la bendición a la primera piedra del monumento a Cristo Rey que se levantaría en el Cerro de El Cubilete. Eran los tiempos en que los gobiernos emanados de la Revolución, manifestaban su empeño en hacer cumplir las Leyes de Reforma que Porfirio Díaz había soslayado con discreción. En aquellos antieres, como ahora, se confundía al Estado laico con el estado antirreligioso, realidades muy distintas, pero que en México no pocos se empeñan en confundir. Laico no es sinónimo de antirreligoso. Eran los días del presidente Obregón, quien años antes, en Agosto de 1914, al llegar triunfante a la capital del país, cerró templos y, a las Damas Católicas que fueron a manifestar su protesta, el bronco norteño se negó a escucharlas y les dijo que esperaba ir pronto a la Villa de

Guadalupe para “arrancar ese trapo y ponérselo a mi caballo”. Ahora, en enero de 1923, el presidente Obregón tenía como Secretario de Gobernación a su compadre Plutarco Elías Calles. “Obregón le dijo a Calles: por el bien de la Nación nos haremos los compadres, ¡Viva la Revolución!”. El gobernador de Guanajuato Antonio Madrazo había pedido al obispo de León que evitara todo desorden y, desde Guadalajara, el señor Francisco Orozco y Jiménez había precisado que la ceremonia de la bendición no violaría ninguna ley puesto que se realizaría en un terreno particular. En Silao, el presidente de la ACJM era Luis Ildefonso Rodríguez quien, con todo el entusiasmo de sus casi veinte años, se desvivía en los preparativos de la ceremonia que se realizaría en El Cubilete. Nadie pensaba que Rodríguez sería con el tiempo de los grandes jerarcas del PRM en tiempos de Lázaro Cárdenas y furibundo enemigo de la Iglesia. Así pues a principios de enero de 1923, Luis I. Rodríguez y su gente se disponía a recibir a varios obispos y a los casi cuarenta mil fieles católicos que habían llegado para solemnizar la ceremonia.

Según todo lo previsto, el 11 de enero de 1923 Monseñor Ernesto Filippi bendijo la primera piedra, y al día siguiente la Federación Anticlerical Mexicana, protestó ante la Secretaria de Gobernación por la violación a las Leyes de Reforma. La noche anterior en la velada que se organizó en Silao en honor de los obispos, el orador estrella fue Luis I. Rodríguez, quien, años después sería secretario particular de Lázaro Cárdenas. Cuando el Secretario de Gobernación Plutarco Elías Calles ordenó a Monseñor Filippi que abandonara el territorio nacional en el término de 3 días, el gobernador Madrazo comunicó a Calles que la ceremonia se había realizado en un territorio privado perteneciente a José Natividad Macias, constituyente del 17 y consejero de Carranza. Como expresó Madrazo, también antiguo constituyente, en su respuesta a Calles: “no hubo ninguna infracción a la ley durante los actos efectuados en el Cerro del Cubilete”. El Presidente Obregón se declaró satisfecho y descargó toda la responsabilidad sobre “los directores y organizadores de la romería que se realizó en el Cerro del Cubilete”. El 13 de enero, cinco obispos telegrafiaron a Obregón, y las Damas Católicas recibieron la siguiente respuesta de Obregón a su propio telegrama: “orden expulsión Monseñor Filippi no debe ser considerada como ataque religión cuyo libre ejercicio ampara Gobierno tengo honor presidir, para todos los cultos sin más limitaciones que las que la ley

establece”. (Archivo General de la Nación, Ramo Presidentes, Obregón /Calles, paquete 35-2A, 438-O-38.). En aquellos antieres de 1923 el Estado mexicano no reconocía ni al Papa ni a su delegado; ahora se reconoce al jefe de la Iglesia, quien no sólo bendecirá una piedra, como el señor Filippi, sino que oficiará una misa solemne. Ahora no se expulsará del país al representante del Papa, sino que se recibirá a Benedicto XVI con todos los honores. Antes de las reformas al artículo 130, en 1992, México era la única nación del mundo que consideraba ilegal cualquier manifestación religiosa pública, cosa que ningún Estado laico ha hecho.

El asunto del laicismo
2012-03-30 La visita del papa Benedicto XVI a México y la reforma del artículo 24 constitucional han vuelto a encender el tema de laicismo y el Estado laico. El tema y otros afines han sido objeto de muy variados estudios durante los últimos años. Francia ha sido, desde los días de la revolución que decapitó a Luis XVI y solemnemente deificó a “La Razón” en el altar mayor de Notre Dame, la campeona del laicismo. No mucho antes, Voltaire había escrito: “Diderot y yo somos misioneros laicos que predican el culto a Santa Catalina”.

Se refería a Catalina la Grande, Zarina de Rusia. Ya en 1877, en el suplemento al diccionario Littré, máxima autoridad en el idioma francés, se definía “laicidad” como “concepción política que implica la separación de la sociedad civil de la sociedad religiosa, el Estado no ejerce ningún poder religioso y las Iglesias ningún poder político”. El tema se sigue estudiando y debatiendo desde entonces. No es este el lugar para hacer una revisión, aunque fuera muy somera, sobre cómo se ha vivido en México, desde la independencia, la relación entre la Iglesia y el Estado; pero nadie puede negar que, en nuestra complicada historia, el Estado se ha metido con la Iglesia y más de uno de los jerarcas católicos ha intervenido en asuntos del Estado. Hablando de la “Francia laica” o “laicista”, no olvido mi experiencia en esos rumbos durante los años sesenta del pasado siglo. Estaba Charles de Gaulle en la presidencia de la República, y nunca ocultó ni disimuló su convicción de católico. En todas las granes celebraciones, como el 14 de julio, día de La Bastilla, o el 25 de agosto, día de la liberación en la Segunda Guerra, comenzaban los festejos oficiales con una misa solemne en la catedral de Notre Dame, a la que asistía el señor presidente que siempre se acercaba a comulgar. Después seguían otros festejos. En esa Francia laica, nadie protestaba porque se vulneraba o se afectaba al “Estado Laico”.

En su pueblo natal, Colombe aux Eglises, Charles de Gaulle le daba preferencia muy educada al curita del lugar, y nadie protestaba porque el jefe de un Estado laico respetaba a un cura de pueblo. En la Francia laica de esos años, lo recuerdo muy bien, en los Liceos, es decir en las Prepas, el Estado laico pagaba a un sacerdote católico, a un pastor protestante y a un rabino judío, una pequeña oficina frente a cada Liceo para que los alumnos que lo desearan pudieran consultarlos. En las prepas de mujeres, esas oficinitas, pagadas por el Estado laico, estaban dentro de los mismos edificios, para evitarles a las muchachas la molestia de cruzar la calle en esa Francia laica. Nadie protestaba: la libertad religiosa nunca se vio como amenaza al Estado laico. Las diversas religiones podían expresarse públicamente en el Estado laico. En México mucha gente identifica laico con antirreligioso. El laico civilizado, como todo ser civilizado, respeta la libertad religiosa, aunque él sea ateo o agnóstico o librepensador. En México, sobre todo a partir de la “educación socialista” de Bassols, Cárdenas y Garrido Canabal, la educación no era laica, era antirreligiosa y en no pocos ambientes de educación superior, no son raros los maestros abiertamente antirreligiosos, con el pretexto del laicismo.

No olvido, allá por 1974, cuando entré a la Universidad de Guadalajara, me encomendaron hacer audiovisuales, como se usaba entonces, para ayudar en las clases de historia. En una ocasión me llamó todo el “Estado Mayor” de enseñanza media-superior para felicitarme por ese trabajo, pero con una muy seria objeción: en un audiovisual sobre no sé qué ciudad maya, decía yo, que se registró alrededor del año mil después de Cristo. La objeción del Estado Mayor era que debía decirse. “año mil de nuestra era”. Esa vez, instintiva y muy deliberadamente, estallé en cólera: “me parece el colmo, ridículo de intolerancia religiosa” y puse como condición que se respetara esa redacción, o retiraba yo los demás audiovisuales que, desde hacía tiempo, se proyectaban en las prepas de la UdeG. Es aberrante que, según el artículo 24, la mayor fiesta tapatía, la “llevada” de la Virgen de Zapopan, sea ilegal. Obviamente lo ocurrido en Silao y León fue ilegal en un Estado que se dice moderno y democrático.

Laico y socialista
2012-04-13 No olvido aquella mañana de junio de 1981 en Varsovia. Eran tiempos de intenso intercambio académico entre la Universidad de Guadalajara y la de Varsovia.

Por insistencia del equipo de Lech Valesa, se pidió un curso sobre Historia del Sindicalismo en México. El que esto escribe fue el designado para impartir ese curso. Fui con otros cinco maestros de la UdeG de diversas especialidades. Yo viajé en compañía de la llorada Carmen Castañeda en un Boeing de la Pan American, el Mermaid of the seas, que años después explotó sobre Escocia. El último de mayo llegamos a Londres donde todo, absolutamente todo, en el aeropuerto anunciaba la boda de Diana y Carlos: las bolsas, ceniceros, llaveros, sombreros, playeras, todo se refería a la próxima boda. Como nuestro vuelo había salido tarde de Miami, no alcanzamos la conexión y hubo que esperar un día para volar a Polonia. El primero de junio, día de mi cumpleaños, llegamos a Varsovia, pero resultó que inesperadamente había seria amenaza de invasión soviética y no se impartirían los cursos de los maestros invitados. Los otros cinco maestros, incluido el doctor Manuel Rodríguez Lapuente, regresaron a Guadalajara. Yo me quedé: con pasaporte oficial, todos los gastos pagados, y mi salario de profesor huésped, me pareció poco inteligente no quedarme un mes en Polonia, además con el morbo de la posible invasión.

Como a la semana, desayunando en el hotel, el Europeisky Orbi, me sorprendió oír un canto que yo oía mucho en mi infancia: un himno cristero, en polaco, claro, pero con la melodía mexicana: “¡Que viva mi Cristo/que viva mi rey/que impere doquiera/ triunfante su ley/Viva Cristo Rey/.” Salí a la calle y vi a media Varsovia, con ropa dominguera, cantando en una procesión multitudinaria: era el Jueves de Corpus. Todo mundo cantaba; cientos de niñas y niños vestidos de blanco, iniciaban la procesión arrojando pétalos de flores al paso del Santísimo; sacerdotes y monjas con sus hábitos seguían a los niños, y luego, como dije, media o toda Varsovia. Con mi grabadora al cuello y mi cámara Leika me hice pasar por periodista mexicano y llegué al interior de la catedral, donde, en el altar mayor dejaron empotrada una oruga de un tanque alemán, para no olvidar la destrucción de Varsovia. Ese mismo día por la tarde me visitó un estudiante de la UdeG, que sacaba un posgrado en Varsovia: estaba indignado porque en un Estado laico y, para mayor lujo, socialista, “se toleraba ese fanatismo”. Le dije: “Polonia es un Estado laico, socialista, pero el laicismo no es antirreligioso como pretenden no pocos en México”.

Al regresar a Guadalajara, un mes después, fui a dar cuenta de mi encargo y le comenté al rector de la Universidad: “a diferencia de aquí, donde muchos son rojillos, en Varsovia solamente encontré a dos marxistas: a dos becarios de la UdeG, indignados de que en un Estado laico se permitan manifestaciones religiosas públicas y furiosos porque todos sus compañeros eran católicos”. Es interesante el caso de México en asuntos religiosos: de los planteamientos de Hidalgo, de Morelos, de la Constitución de Apatzingán, del Plan de Iguala, de la primera constitución federal de 1824, donde la religión católica era la única “sin tolerancia de otra alguna”, se ha llegado en este 2012 a la aberración de mantener vigente el artículo 24 que prohíbe la manifestación pública de la religión. Se debería prohibir también que se hagan manifestaciones públicas cuando las Chivas han ganado el campeonato, o en Madrid, cuando el equipo de futbol se coronó en el mundial y los jugadores, en un camión especial, llevaban la copa, que por cierto se les cayó. ¿Qué diferencia hay, en el fondo, con llevar y aclamar la copa que ganaron las Chivas o llevar la imagen de la Virgen de Zapopan en “la llevada” del 12 de Octubre? Manifestarse católico, o de la Luz del Mundo, o hari cristna, o musulmán, o de cualquier religión, no tiene por qué prohibirse por el Estado laico. El término “laicidad” se acuñó en Francia, y el Diccionario Littré de 1877 inventó la palabra, con la siguiente acepción: “concepción política que implica la separación de la

sociedad civil de la sociedad religiosa, el Estado no ejerce ningún poder religioso y las Iglesias ningún poder político”.

Del rancho a la capital
2012-04-20 Agradeceré disculpen esta página a que me obliga perentoriamente mi ex alumno y entrañable amigo Guillermo Gatt. Nací en 1933 en un rancho del sur de Jalisco, cuando aún humeaban los rifles cristeros de la región. Aunque las maestras de la escuela del rancho eran amigas de mi papá, él se hubiera sentido agraviado si su hijo mayor se hubiera formado en una escuela del odiado Gobierno. Decidió contratarme una maestra particular: la señorita Rómula, rechoncha, morena, con huellas de viruela en la cara. Luego la señorita Victoria, que venía desde Zapotlán; y luego la señorita Luz, que cada lunes por la mañana venía a pie desde Zapotiltic y regresaba con su mamá los viernes por la tarde. Cuando cumplí nueve años tenía que ir a una escuela donde me dieran “papeles” oficiales. El lugar indicado era Guadalajara y el Instituto de Ciencias la escuela ideal, que tenía como primara el Colegio Unión,

en la calle Madero 808, esquina con Camarena, a una cuadra del Expiatorio. Un profesor, el señor Maurilio Montemayor, me examinó y dijo que podía ir a sexto año, pero, por mi edad, era mejor que fuera a cuarto. Además era más fácil sacarme papeles de cuarto que el certificado de primaria. Me llevaron con mi abuela materna, a la que nunca quise. Era ella muy cinéfila y cada sábado iba al Teatro Alameda, o al Cine Avenida, o al Variedades. Hablo de 1942, cuando iniciaba la época de oro del cine mexicano. Pero yo estaba a disgusto porque las películas estaban en B1, B2, o B3 y mi papá me había dicho que podía ir solamente a películas en clasificación A. Le reclamaba yo a mi abuela que viera la clasificación de las películas antes de invitarme. Yo me rebelaba contra ella que no obedecía las indicaciones de mi papá, y a fines del mes, pedí salir de esa casa. Me llevaron a la calle Libertad 927, a una casa de estudiantes a media cuadra de Tolsa (no Tolsá como dicen los que no saben de historia de Guadalajara). Ahí sufrí mucho entre estudiantes de secundaria y prepa; uno de ellos se divertía haciendo enojar al niño de nueve años

que venía de un rancho y no sabía manejar el teléfono automático, diferente del ranchero, en que se llamaba a la operadora para que le comunicara el número deseado. Menos mal que el colegio era una delicia. Tuve de compañero de banca, porque eran dobles, a Hugo Gutiérrez Vega, quien me compartió su riquísima biblioteca y frecuentemente, los domingos, me invitaba a comer en su casa de Tolsa, “más allá” de la calle de Libertad. La abuelita de Hugo, guapa alteña de Lagos, era una magnífica cocinera. De mis compañeros de cuarto año guardo excelentes recuerdos, todos agradables; a los que más frecuentaba eran Manuel Castañeda Morales, Manuel Baeza González, Adolfo Iturbide Camarena, Luis Méndez Ramírez, Manuel Uruñuela, Edmundo Aviña Levy, Panchito Ramírez Padilla, con el que me lié a golpes en dos ocasiones y que hace poco tuve el gusto de encontrar. Es fraile benedictino del famoso monasterio de Cuernavaca del padre Lemercier, quien hizo que todos sus frailes se sometieran al psicoanálisis y, al final, sólo dos quedaron: Panchito Ramírez y el tapatío Gabriel Chávez de la Mora, de la primera generación de Arquitectura de la UdeG. Tenía el colegio una excelente biblioteca, y los viernes por la tarde sacábamos libros para leer el fin de semana. Los sábados íbamos a jugar al Club Atlas en el Paradero.

Nos codeábamos con los jugadores del primer equipo, que, junto con el Guadalajara, se estrenaban en la “Liga Mayor”. Debo decir que, años después, en la secundaria en el D.F., ví la luz y me hice Chiva, afición que aún conservo, aunque menos ferviente desde que llegó el señor Jorge Vergara. En el colegio, en la Navidad del 42, hicimos una excursión a México y Puebla durante dos semanas. Visitamos pueblos y ciudades del Edo. De México y Michoacán: la carretera era México-Morelia-Guadalajara. Yo era el más pequeño del grupo y guardo muy agradables recuerdos de esa excursión y desde entonces me hice todo un “pata de perro”. Son algunos recuerdos de un niño que, a los nueve años, salió de su rancho natal y comenzó a hacerse tapatío.

Cristiada
2012-05-04 Después de aplaudir la proyección de la cinta Cristiada, recordé una página de la autobiografía del chihuahuense José Fuentes Mares, uno de los historiadores que más admiro. Recordando sus años de niño, escribe: “a los siete años hice la primera comunión, en vísperas de la clausura de los templos por la Iglesia en acto de protesta contra la política anticlerical de Calles, origen también de la guerra Cristera.

Jamás olvidaré cómo llegaba el cura a nuestra casa, ocultándose como facineroso para celebrar el Santo Sacrificio. De aquellos días arranca mi detestación por Calles y a la par mi admiración por los cristeros, no obstante sus atrocidades. Hoy, sobre todo, ante la postración moral generalizada, me deslumbran los cristeros aunque su lucha hubiese sido por Mahoma. El callismo fue pandilla de matones dueña del país, convertido por ellos en rebaño conformista. Ahora leo con entusiasmo las hazañas de los cristeros, hombres cabales como sus abuelos de la Reforma y del Imperio, seres capaces de renunciar a las comodidades de la vida y a la vida misma, en aras de una gran ilusión. De la Reforma y la Cristiada pasamos a los actuales mexicanos, resueltos a todo para obtener dádivas al margen de compromisos morales. En mi Biografía de una nación escribí: La Cristiada fue hazaña del pueblo mexicano, no del gobierno o sus soldados. Esa guerra probó que el pueblo mexicano existe, aunque por lo general guarde silencio o duerma. Me aterroriza pensar que hombres como los de la Cristiada hayan desaparecido, y prefiero suponer que andan por allí, confundidos entre los que salen de casa a ver a quién compran o a ver a quién venden.

De eso no retiro una palabra. En la Cristiada entreveo al pueblo que pudo ser éste, con raíces, tronco y magnífico follaje. Pueblo del cual nos queda el follaje apenas, sujeto al viento que sopla en invernaderos de primavera mentirosa. De la Cristiada podrán contarse cuantas atrocidades se quiera, pero fue raíz, como raíz fue mi madre en los días del furor anticatólico. Al celebrar misa en su pobre casa, exponiéndose a perderla por confiscación, votaba contra la tiranía cerril de Plutarco Elías Calles. Doña María me enseñó a vivir con dignidad de hombre, no con instrumentalidad de cosa. Si alguna vez he capitulado, mis debilidades sólo prueban que el hijo no resultó de la pasta materna; querría haber sido como ella, con su entereza y su fe, próspera raíz en la buena tierra.”• (Intravagario,1985, p.30). Al hablar de la Cristiada, no puedo omitir el inspirador recuerdo de una experiencia de hace nueve años, cuando un entrañable amigo, con bien ganada fama de anticlerical, que no de ateo ni antirreligioso, platicaba conmigo sobre el tema. Vi llorar a mi amigo, cuando se había enterado de mi admiración por los cristeros.

Mi amigo es hijo de un militar de esos años: recordaba, con enorme cariño y pena, a su padre que había sufrido por las balas cristeras. “Guillermo –le dije– nos tocó sobrevivir a la experiencia de esos tiempos, pero en bandos opuestos”. El mismo hecho hizo que los niños que nacimos poco después, recibiéramos sentimientos contrarios. No hay duda de que los humanos vamos haciendo y padeciendo la historia con la convicción personal de que estamos en el camino recto, camino con veredas encontradas y diversas. Es una manifestación más de lo que Kundera llamó “la insoportable levedad del ser”: la ininteligible fragilidad y relatividad de nuestros actos y convicciones; una expresión muy elocuente de la visión que tenía Pascal de la existencia frágil y maravillosa de la existencia humana: “el hombre es un carrizo pensante”; capaz de elevarse a lo más alto por el pensamiento, pero tremendamente frágil y contingente. Cada día que vivo me convenzo más de que el único absoluto es el amor de Dios, todo lo demás, todo, absolutamente todo, es relativo. Los humanos somos incapaces de meternos en el corazón de los cristeros y de los federales y dictaminar sobre el mérito o demérito de cada quien. Pero, en mi limitado y frágil pensar, comparto las palabras de Fuentes Mares: en la búsqueda del bien que todos

vivimos, me coloco del lado de los cristeros y de su lucha por la libertad de pensar y de expresar los propios sentimientos y convicciones.

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