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Programación neurolingüística

para falsos profetas y otras aves
de mal agüero








Francisco Arriaga



Programación neurolingüística para falsos profetas
y otras aves de mal agüero


Cuentario




Francisco Arriaga.




Todos los derechos reservados.
México, Frontera Norte.
2014.










…graue peccatum esse circa ea que a voluntate hominis
dependent iudiciis astrorum uti.

Thomas Aquinas, Tractatus de iudiciis astrorum.
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Último sueño de Nadia*

Ese olor.
Profundo, agrio. El olor del descuido, del cuerpo exudado y agotado en alguna lucha
olvidada.
-Ese olor.
Percibe los resabios como una mala pasada, un sueño que debe olvidar. Fue eso, un sueño,
pero el gusto y el olfato se han impregnado de aquel olor. Cómo quitarse el sabor de los labios.
Cómo aliviar el olfato de la presencia insoportable de aquella sensación.
El despertador le dice que son las cuatro de la mañana, piensa que es demasiado temprano
para levantarse, y demasiado tarde para seguir durmiendo. Girando sobre sí misma, da una, dos,
tres vueltas. Prefiere dormir de nuevo.
Y el olor baja hasta la garganta, alcanza los pulmones. Pesada regurgitación que ahoga, su
voz es un intento. Sus labios parecieran moverse, murmurar algo, abre los ojos y se encuentra
ante un cielo que no es el suyo, tendida de espaldas contra una armazón de maderos. Aquella
debe ser una broma, los maderos se mecen cual si fueran una balsa dejada a su suerte en un
mar oscuro y cósmico, pero alrededor nada hay, algún abismo del que no distingue profundidad,
ni anchura.
El rocío matinal clavándose en sus vestidos, andrajos que no ocultan sus miembros, curtidos
y agrietados, como meros apéndices de un cuerpo que desconoce.
Alzándose, intenta vislumbrar qué es ese lugar. Hasta dónde llega el horizonte. Y como si
fuera poco, un olor fétido se desprende de algún sitio muy cercano. Arrodillándose, andando a
gatas por la minúscula estructura de madera, encuentra una caja de madera sucia, manchada
de lo que adivina son sus orines y excrementos.
-Debo estar soñando –se dice y al instante percibe que aquella voz es grave, es una voz que
no reconoce, y que allí encima de aquella plataforma, nadie escuchará.
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Repentinamente añora la regadera y el agua tibia, el tacto de su piel, lozana y fresca, con
ese olor que Mauricio le ha dicho es lo mejor de lo mejor, un olor que no necesita estropear con
lociones ni perfumes.
Pero las estrellas parecieran fijas, el tiempo de esa noche pareciera empecinado en andar
demasiado lento, despacio, sin afán de llegar a destino alguno.
-Puedo descolgarme por el lazo. Si el cubo está aquí es porque el lazo alcanza hasta el suelo,
por tanto no estoy trepada en lo alto de un abismo. Puedo escapar de este lugar.
Venciendo su aversión al olor y la humedad de los desechos, comienza a alzar la cuerda. Es
una cuerda fuerte, seguro que aguantará su peso. Intenta medir en medio de aquella oscuridad.
Abre los brazos sosteniendo una punta y dejando caer el resto por la orilla de aquella plataforma.
Recorre, y mide otro tramo exactamente igual que el anterior. Calcula que, según el dibujo de
Leonardo, cada brazada tendrá 1,63 metros, que es la de su estatura. Tres veces y alcanza el
otro extremo, son cuatro metros y medio de lazo, ella estará a tres o tres metros y medio sobre
la tierra.
-Quién me puso aquí, quién carajos me puso aquí.
Dónde asegurar la cuerda. No encuentra lugar mejor que la esquina donde colgaba el cubo.
Sujeta con firmeza una gran arcada, y va ajustándola hasta dejarla perfectamente ceñida a aquel
trozo de madera.
Comienza a bajar, y sus manos se lastiman con el contacto del material rugoso y húmedo,
la intensidad del rocío aumenta hasta ser una pequeña brisa, que le irrita garganta y fosas
nasales.
Descendiendo poco a poco mira hacia arriba, allá se queda la plataforma y aquellas estrellas
anacrónicas. Una ráfaga de viento trae de lo lejos el canto de algún gallo y el relincho inesperado
de algún caballo.
Sus pies alcanzan el suelo, y ella cierra los ojos al sentir el dolor de las lozas afiladas
rasgando sus plantas cual si fuesen cuchillas sobre una pieza de queso. Abre los ojos y el reloj
está a punto de sonar, son las 5:45 de la mañana.
Percibe que olvidó enfundarse en sus calcetas gruesas; sus pies fríos y casi rígidos, le duelen
de manera insospechada.
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Intenta masajear las plantas, y advierte las cortaduras, la inesperada resequedad en el área
de los talones.
-Es lo que me faltaba, pie de atleta en medio del invierno. Maldito clima.
Al dejar su casa no puede deshacerse del olor nauseabundo de sudor, excreciones y
humedad, ni de la visión insólita de un cielo abierto sobre ella, y la sensación de vagar sobre una
balsa suspendida en el viento.
Sale sin revisar el contenido de su bolso. Sabe que lleva un par de toallas higiénicas -por si
las dudas-, el desodorante, el maquillaje, y el perfume que Mauricio le regaló hace un par de
semanas, pero no lleva las llaves de la oficina.
Y cuando llega frente a los ventanales luminosamente limpios y la puerta de cristal de doble
hoja, seis compañeros con la paciencia a punto de ceder la observan sin decir una palabra. Busca
una y otra vez. Las malditas llaves no están en el bolso.
-¿Quiere que la lleve, licenciada? –pregunta Jacinto, el afanador que siempre estaciona el
coche de la empresa en el último cajón.
-Permítame, Jacinto. Déjeme ver si no las traigo guardadas en algún otro lugar de la bolsa.
Es inútil. Los compartimentos minúsculos, revisados uno por uno van siendo también
descartados consecutivamente. -Lléveme, antes de que se haga más tarde.
Jacinto maneja con tranquilidad, sólo es una veintena de cuadras desde el trabajo hasta la
casa de Nadia, quien desiste de continuar buscando en el bolso. Al llegar baja del coche a toda
carrera, olvidando los zapatos en el automóvil.
Al regresar llaves en mano, Jacinto la mira con asombro y sólo acierta a preguntar -¿No se
le irá a infectar?
Señala sus pies ensangrentados, en un contraste violento donde resalta la blancura de sus
piernas y el discretísimo color perla de su falda.
-¡Lo siento! No quise mancharle el coche.
-No se preocupe, licenciada; lo lavaré más tarde. Pero usted, ¿segura que no se hizo daño?
Algo ronda su pensamiento y recuerdos, como en un sueño, el contacto con las lozas
afiladas de un suelo que no era el suyo. –No lo sé. La verdad no recuerdo cómo me hice esto.
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-Jacinto, le voy a pedir un favor –continúa. Llévele las llaves al licenciado Argüelles; que
abra la oficina. Lo espero en el coche, también necesitaré que me lleve al hospital.
Manejando con pericia, Jacinto estaciona nuevamente el automóvil en el último cajón de
la batería. Baja y entrega las llaves, tal como Nadia se lo pidió. Momentos después, enfila por la
calle atestada de vehículos hacia el hospital más cercano.
Al llegar, Nadia pide a Jacinto que busque a la enfermera de turno. Jacinto informa
rápidamente qué es lo que sucede, y Nadia mira cómo ambos se acercan al automóvil llevando
una silla de ruedas. Permite que Jacinto la tome en brazos, para acomodarla posteriormente en
la silla, donde la enfermera puede revisar sus pies, y los envuelve en enormes gasas que
inmediatamente se impregnan con la sangre que no ha dejado de brotar.
-¿Está segura que no le duelen? Cualquiera con esas heridas estaría a grito abierto, son muy
profundas y si no fuera porque revisé el estado de sus pies, pensaría que se dañó los nervios y
por eso no siente nada.
-No, la verdad no me duelen, y lo peor es que no recuerdo cómo me hice esto. Sólo bajé
del coche por las llaves, al entrar a mi departamento no había nada extraño. Tomé el llavero,
regresé, y si no fuera por Jacinto, ni me hubiera enterado de las heridas ni del sangrado.
-Bien. En ese caso deberemos hacerle una evaluación médica más a fondo, para descartar
cualquier daño de gravedad. Le adelanto que la mantendremos sedada, la revisión puede ser
muy dolorosa, aún con los sedantes.
Nadia asiente, dejándose hacer. Poco a poco va siendo menos consciente del catéter y los
medicamentos. La pesadez de sus extremidades va sumiéndola en un sopor embrutecido,
permitiéndole la conciencia de sus pies que en el sueño comienzan a doler, a supurar, mientras
algún buen vecino se aproxima y se los lava con el agua de un cubo de madera.
Sabe que no es suficiente, por alguna razón oscura, deberá subir más alto aún.
-Que lo hagan de nuevo, pero esta vez, que sean siete metros.
-¡Pero siete metros es más del doble! Si con esta caída estuvo tan cerca de la muerte, ¿por
qué subir hasta los siete metros?
-Porque allí debo estar.
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El vecino asiente. Uno, dos, cuatro curiosos se acercan. Comenta su deseo, que a lo ya
hecho se añadan otros cuatro metros de maderos, hay que aumentar la altura.
-Pero ya no serán sólo maderos. La columna ha de ser de piedra, y la base superior de
madera, con una pequeña balaustrada. No quiero que algún niño sufra daño cuando me alcance
lo que generosamente me envían ustedes para poder subsistir. No necesito más que un par de
rebanadas de pan cada día, y si es posible, un poco de leche de cabra.
Un par de días más tarde, la columna está lista. Erguida y reluciente, parece una estela de
luz sobre la que sobresale el color macizo y recio de los estrechos maderos.
-Así está bien, ha quedado perfecta. Allí podré darme por completo a la alabanza y
contemplación del Señor.
La orden fue expresa, la base de madera no ha de tener más de un metro por lado, así,
cuando esté de pie o descansando y con las piernas cruzadas, no habrá más espacio que el
necesario y suficiente para no caer. Se ha prohibido toda posibilidad de yacer en posición
horizontal, la propia del reparador decúbito, y también la posición del placer carnal.
El sol a plomo sobre la columna que no emite sombra alguna, se encona rabiosamente en
sus hombros. Que comienzan a mostrar signos de un daño gravísimo, del que dan testimonio las
pequeñas costras de piel reseca desprendiéndose, y mostrando cicatrices rosáceas, algunas que
son en realidad muestras de su carne al vivo.
La enfermera pregunta si está segura de eso, que sólo se golpeó los pies y que si no habrá
sido una caída de motocicleta o algo parecido. –Mire que esas lesiones no salen de un día para
otro, y son dolorosas y tardan en sanar.
Nadia toma una de las escamas, y comprueba que el hedor es insoportable. Siente ganas
de vomitar, la enfermera, maliciosamente, indaga cuándo fue la última vez que le vino el
periodo.
Sonríe. ‘Estoy operada, y por si fuera poco, hace más de dos años que no tengo nada serio
con nadie. Las veces que he tenido relaciones exijo que usen condón, ¿sabe?, no están las cosas
para menos’.
No puede darse el lujo de admitir que Mauricio estuvo en la casa y que existe una
posibilidad, aunque muy remota, de que él esté detrás de todo eso. Mauricio tiene ya tres meses
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buscando empleo, y lo que menos necesitan ambos es un escándalo en el currículum de
cualquiera de ellos.
La enfermera asiente, y piensa que Nadia es una muchacha linda y es una lástima que se
haya operado, seguramente tendría hijos muy guapos y podría haberse conseguido un muy buen
marido.
Limpia con cuidado las heridas de los hombros, y con los movimientos del agua y las gasas
algunos otros jirones de piel se desprenden de sus antebrazos y también del cuello.
-¡Pero niña! ¡Parece que te asaron a fuego lento!
El dolor se extiende de lado a lado, concentrándose en la nuca, y descendiendo por la espina
dorsal como un escalofrío insoportable. Entreabre los ojos, al tiempo que escucha voces de los
niños que se acercan, y pelean por tener la oportunidad de subir, trepando la columna, y
entregarle el pan y la leche.
¡Si tan sólo allí, en la altura, pudiese de algún modo desprenderse de ese envoltorio
incómodo, y regresar a la casa del Padre!
Pero soporta, y sonríe al chiquillo que asoma gustoso, sujetándose firmemente de la
balaustrada.
-Que el Señor te bendiga, hijito mío.
Sin perder la sonrisa, el chiquillo desparece bajo la plataforma, y va deslizándose
suavemente hasta alcanzar nuevamente el piso, donde los demás le preguntan si la vio.
-¡Claro que la vi! Tiene lastimados los hombros, pero supongo que fue por prudencia que
no quiso decir nada en la primera revisión. Si no fuera porque según dice, no vive con nadie,
bien pudiéramos tener otro caso más de maltrato de pareja. A esa niña debieron tallarla contra
la pared, de otra manera no me explico lesiones tan graves y profundas.
La doctora y la psicóloga que presta servicio social en la institución de salud, llegaron al
mismo tiempo.
-Bien, entraré contigo, nada más no menciones que soy psicóloga, eso ayuda muchísimo,
sobre todo en los casos como este, donde al parecer hubo abuso.
La doctora asiente, se hacen conducir por la enfermera, quien también tiene curiosidad por
saber cómo terminará todo eso.
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Al abrir la puerta no pueden evitar sentir el estupor de un olor insoportable, que emana de
aquellas heridas.
Nadia, sentada con las piernas cruzadas y recargada en el respaldo más alto de la cama,
permanece inmóvil. Percibe como entre sueños la voz de la enfermera quien dice su nombre
tres, cuatro, cinco veces.
Otras voces van sumándose, hacen algo con su cuerpo, la estiran, hacen el intento de
acostarla para poder hacer una revisión más detallada, pero son incapaces de mover sus
miembros. Sus piernas parecieran fundidas una a otra, sus manos entrelazadas están en una
posición que para la doctora resulta imposible.
-No podemos reacomodar sus miembros, presenta rigidez cadavérica, pero claramente
podemos ver que aún respira. ¿Hicieron los análisis toxicológicos y la resonancia
electromagnética?
-Aún no, doctora –dice la enfermera. –Esperábamos su llegada y el primer diagnóstico.
-Quizá está drogada –comenta la psicóloga. –No son raros los casos en que los drogadictos
pueden pasar horas interminables bailando sin desfallecer, o completamente quietos, hasta el
punto de parecer efectivamente muertos.
Presa ya de la curiosidad, Nadia espera escuchar la palabra mágica, se imagina siendo
inyectada directamente en el corazón y despertando de aquel sueño, en el que su cuerpo es un
costal pestilente de huesos, y donde por alguna razón tiene genitales masculinos ya atrofiados
e inútiles. Tratando de abrir los ojos una, dos, tres veces, escucha los preparativos, la cápsula
rota, el envoltorio plástico rasgado, y comienza a sentirse agradecida por la oportunidad de la
vigilia, escape seguro de aquel sueño. Siente el dolor en medio del pecho, y súbitamente se
incorpora, gritando, aullando con un sonido que destroza su garganta, y que llega hasta el
caserío. Poco después, algunos hombres alumbrados con cuatro o cinco antorchas comienzan a
salir para acercarse a la columna.
Experimenta otra certeza, la de que es hora ya de su muerte.
Mira el horizonte, donde el sol aún no hace anuncio de su próxima aparición, y donde
algunos caseríos más alejados sólo muestran pequeños resquicios por donde escapa la luz que
es devorada por las tinieblas omnipresentes. Recuerda que fue muy claro: la última vez que pisó
el suelo pidió que aumentaran más aún la altura de la columna. Debe tener el doble de alto, y
un metro más.
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Escandalizados y esperanzados, los hombres tallaron nuevos bloques de piedra, hasta
conseguir el portento de sujetar la tarima y la balaustrada sobre aquella columna, que desde el
caserío semejaba una aguja apuntando al cielo. Prácticamente todos ellos habían muerto ya.
El chiquillo que la tarde anterior le llevara los panes y la leche sube cargando una larga
cuerda, maciza, lo suficientemente fuerte para soportar su peso. El chiquillo hace los amarres
sujetándolo firmemente del tórax y siente una presión increíble en los pechos, como si alguien
los presionase con una prensa de tornillo.
-¡Rápido, estamos perdiéndola! –dice la enfermera, y ella escucha un zumbido gris, el
sonido de dos placas metálicas frotándose y un estremecimiento brusco que recorre todo su
cuerpo, nervio por nervio, petrificando cada uno de sus músculos y concentrando una presión
increíble en la nuca y las cervicales. Justo en el momento en que el zumbido cesa vuelve a gritar,
abre los ojos, y mira al chiquillo en el borde de la balaustrada, quien le dice ‘aquí me quedo,
hermano Simeón; yo tomaré su lugar’.
El chiquillo quedará allá arriba y puede ver en su rostro la decisión ya tomada de no
descender nunca más. ‘Que Dios te bendiga’ acierta a decir, y sujetándose mientras los hombres
allá abajo hacen las maniobras necesarias para recibirlo y conocer la razón de su grito, comienza
a descender.
-Ya no puedo sostenerme, ayúdenme por favor –les dice, y ellos aprovechan la oportunidad
de tocarlo, reliquia viviente y muestra indudable de que el favor del Omnipotente está con ellos
y presente en aquel caserío.
Alguien acerca una estera burda, él hace el intento de evitarla. Pero ellos pueden más y
acomodan su cuerpo avejentado y seco sobre la estera. Alguno opina que es un buen momento
para asearlo. Pero él es categórico: nada de aseo y nada de limpiezas.
-Esta vez no. Así como muera así me enterrarán, en una sepultura sin honor ni gloria, con
esta vestimenta que no serviría ni para vestir a un leproso.
-Padre, no podemos prometerte eso.
-No quiero promesas: eso es lo que harán.
Ya no quiere hablar más. Entrecierra los ojos, oyendo cómo los primeros gallos anuncian un
sol que ya no verán sus ojos.
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Nadie recuerda haberlo visto subir en la columna. Sólo algún anciano, padre de sus padres,
estuvo presente. De ello hace treinta y siete años, y mirándose unos a otros por fin caen en la
cuenta de que esa es la primera vez que ven al asceta en otro lugar que no es su tarima de
madera.
Alguien señala hacia lo alto mientras pregunta -¿qué hace ese chiquillo allá arriba? ¡Que
alguien suba y lo haga bajar!
-¡No lo molesten! –les dice con una voz débil, extenuada. –Es la voluntad del Padre que él
tome mi lugar. Lo tratarán y le darán los mismos cuidados que me han dado a mí. El Padre así lo
quiere.
Cierra los ojos, no tiene fuerza para siquiera intentar abrir los párpados. Le hablan, pero no
responde.
-Agoniza, llevémoslo al pueblo.
Un último murmullo -¡No! Aquí me dejarán, aquí será enterrado mi cuerpo.
Todos callan, y él, tranquilo, comienza a esbozar una oración, agradecimiento por el sueño
definitivo que aproximándose más y más, le libertará por fin de las imágenes atroces de un
mundo que no conoce, de un cuerpo de mujer que ha sido su prisión en cada minúsculo
momento de su dormir y donde ha experimentado alguna vez, el placer sacrílego de la carne.















*Gracias a Simitrio Quezada por cederme el título para este cuento, título original de su excelente
poema: Raída que fuiste nube.

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Cloruro de sodio

Atracciones turísticas.
Tal fue el uso que se dio a los primeros bloques macizos y de formas perfectamente cúbicas.
Tres metros con sesenta centímetros por lado, dispuestos con espacios armónicamente
distribuidos, que variaban según la media de cada región geográfica o país, para permitir el
acomodo en óptimas condiciones de los cadáveres, uno al lado de otro. Cuando alguien excedía
la estatura media, se hacía uso de los espacios existentes entre las esquinas entre cubo y cubo.
Esto, como cualquier estudiante de nivel medio lo sabe, permitió que el sistema cuadriculado
de pasillos terminara siendo un complejo sistema de redes que en cada esquina contaba con
una barrera formada por los cadáveres momificados, mientras los espacios interiores podían
estar vacíos, o resguardar sólo un par de lo que alguna vez fueron cuerpos humanos.
Dicho método tuvo desde el inicio varias ventajas. Entre ellas la más ensalzada era que, haciendo
uso único y exclusivo de materiales naturales, la contaminación debida a los bloques y a la lenta
degradación de los cuerpos tendía a cero. En aquel ambiente la existencia de cualquier forma
orgánica se vería minimizada y aniquilada por factores naturales: las altas temperaturas por la
refracción de la luz, la aséptica atmósfera que se autodepuraba de bacterias y malos olores, y el
resultado final, que era el de un mar geométrico donde –los matemáticos llegarían a esta
conclusión apenas cuatro años después de implementado el sistema- aparecían fragmentarios
bancos coralinos que en realidad se trataba de cadáveres amontonados siguiendo un patrón que
los epidemiólogos enarbolaban como la comprobación irrefutable de sus predicciones y
esquemas.
Esa fue la euforia inicial.
Al menos antes de que algunos otros, indiferentes en el inicio, decidieran sopesar las
posibilidades más extremas del procedimiento.
La fórmula más simple del compuesto resultó ser también la más idónea. Los cristales cúbicos
permitían compresión natural y estabilidad inherente a su composición química. Los ingenieros
sopesaron entonces la posibilidad de agregar mayor presión sobre los cristales, alcanzando en
ese momento el sueño anhelado de ambientalistas, gobernantes y ciudadanos en general:
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estructuras naturales, inertes y útiles, características que se obtenían gracias a los costos
mínimos de la evaporación de cantidades industriales de agua.
Sobre todo, el auge de esta técnica se debió al hecho innegable y visible de que las extensiones
marinas eran ya sólo un hervidero de cristales salinos, e impedían la proliferación de cualquier
forma de vida acuática. El mar había muerto hacía un par de siglos.
Los primeros cubos sirvieron de bancos coralinos, de una claridad impresionante. Físicamente,
la estructura de aquellos cubos salinos no difería de la del cristal, ni siquiera del agua
químicamente pura.
El agua destilada se resguardó, y se procesó de diferentes maneras, nunca como antes la
provisión de agua potable se restableció, y efectivamente la sensación del ciudadano común era
la de quien se encuentra ante una cascada artificial, sabiendo que la maquinaria empleada para
mantenerla en funcionamiento cuenta con recursos ilimitados y renovables.
Conforme el límite marítimo descendió, centímetro a centímetro, el espacio empleado en el
acomodo de los cristales se incrementó sustancialmente, dotando de espacios anteriormente
no tomados en cuenta, a la fabricación de grandes centros habitacionales.
Ese fue el segundo paso, a aquellos conglomerados de construcciones verdaderamente
monolíticas se les llamó ‘distritos de cristal’ -hubo quienes jugaban con el término, cambiando
‘distritos’ por ‘detritus’, lo que también realzaba paradógicamente la posibilidad de erigir
construcciones sólidas y perfectas en niveles verticales además de horizontales-.
Los primeros en habitar aquellas habitaciones aprovecharon las posibilidades estéticas de la
estructura de aquellas habitaciones. La tensión impresa en cada uno de los módulos hizo
resistente cada una de las edificaciones a inundaciones y erosión. De la mano con esta sensación
de seguridad, se aprovechaba la extraordinaria visibilidad de los muros, que no disminuía el
horizonte visual por más muros que se encontraran entre el observador y el punto final de sus
miradas. En todo edificio es posible mirar de uno a otro extremo del inmueble sin que exista la
menor distorsión visual, con una claridad que sobrepasa la de los espacios donde sólo existe aire
o agua.
Cada uno de los habitantes de aquel inmueble, como lo he comentado, empleó aquella
posibilidad extraordinaria para hacer una vida en común, que derivó en un misticismo donde
cada estructura era tenida por el templo mayor, único y exclusivo de la secta que habitaba el
edificio.
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Se entendía por vida comunal la convivencia de cada individuo sin necesidad de ocultar nada a
nadie, y los únicos lugares -por pudor más que por otra cosa- donde se permitió tener muros
opacos, fueron los cuartos de aseo. Fuera de esos espacios, absolutamente todos los rincones
eran visibles, desde todos los ángulos.
Por la noche nadie osaba sustraerse a las miradas ajenas, y esto mismo amplificó la sensación
de cofradía y hermandad al aprovechar de una forma también útil, la natural disposición del
individuo al voyeurismo. Se coyuntaba en público, simultáneamente con cuanta pareja
accediera al comercio carnal, en cualquier momento.
Aun así, la promiscuidad se mantenía en niveles mínimos. Los sujetos que disfrutaban de una
pareja, por común acuerdo un día cualquiera rompían ese vínculo uniéndose a alguien más
perteneciente a la misma construcción. Finalmente, tuvo que legislarse cómo llevar a cabo
uniones con células adyacentes, para evitar altercados y la saturación en los espacios disponibles
en cada construcción.
Se le dio un nombre a este tipo de reglamentos: ‘Manuales de migración, transplante y
adaptación’. Consistían sólo en algunas cláusulas prácticas, también reducidas a un mínimo de
sentido común, y muchas veces, fruto de cuestiones prácticas que, si bien no afectaban al grueso
de las células, sí podían presentarse en algún momento a mediano o largo plazo en la mayoría
de ellas. Por ejemplo, la convivencia con mascotas.
Aunque cada construcción tenía algunas normas propias y generalmente se admitía la
convivencia con mascotas, alguien que deseara cambiar de célula no podía, bajo ningún
concepto, llevar a su mascota consigo. Esto para evitar la proliferación de enfermedades, o
fomentar la mutación de las afecciones ya existentes entre la comunidad.
Sin embargo, aunque la mascota no podía migrar directamente de una célula o construcción a
otra, sí era permitido que el hijo neonato de cualquier mascota pudiera crecer en otra célula,
lejos de sus padres biológicos. Así, su crecimiento y adaptación permitirían las variaciones
necesarias para su crecimiento en un ambiente diferente del que vivieron sus padres, y podría
contarse con la seguridad de tener al lado el espécimen más apto e idóneo de cada raza, familia,
y especie.
También para los seres humanos se impusieron limitantes. Nadie era candidato a mudar de
célula antes de pasar ocho meses viviendo en otra. Esta medida favorecía la heterogeneidad al
disminuir drásticamente cualquier posibilidad de que un hijo viviese en el mismo edificio que
sus padres. Tal conclusión se obtuvo después de tres años de estudios, al cabo de los cuales se
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resaltó la costumbre arraigada de mudar residencia al cabo de los ocho meses estipulados.
Aunque también se dieron flagrantes transgresiones a esta medida, y colonias hubo arraigadas
en edificios donde el total de habitantes eran miembros de una misma familia, sin cruce
consanguíneo ajeno con nadie más.
Tales hechos fueron tolerados por el sistema judiciario y de salubridad, ya que era necesaria
también una razonable capacidad de transgresión para fomentar la cohesión del resto de las
colonias. Y haciendo uso de esa previsión típica, el estudio de los entornos ambientales vaticinó
las mutaciones que surgieron gradualmente, y la mayor parte de las veces, de manera insensible.
Las más notorias se dieron en colonias cerradas, donde la interacción con el resto de colonias
era inexistente. El cruce de cepas pertenecientes a la misma familia propició la aparición de
características brutales que no obstante, ofrecían también mayores garantías de supervivencia.
Cuando las primeras colonias asentadas en los edificios presentaron graves enfermedades
cutáneas, se decidió modificar las capas superiores para evitar la filtración de gamas dañinas de
radiación solar hasta los límites inferiores, que como se ha dicho ya, recibían prácticamente la
misma cantidad e intensidad de rayos solares que los límites superiores. Por ello, se recubrieron
paulatinamente las techumbres con compuestos también derivados del cloruro de sodio,
alterados para evitar la filtración de radiación nociva.
Aunque en algunos casos, el daño sufrido por las colonias era total e irreversible.
Cuando la muda de piel dañada concluyó, después de un natural espacio de veintiún días,
aparecieron los primeros hombres totalmente blancos. Impedidos para vagar por pasillos y
corredores en el día, se refugiaron en los cuartos sanitarios, y sólo deambulaban por las
instalaciones de su colonia respectiva por las noches. Y por si esto fuera poco, la desventaja que
supuso su decoloración de piel, aumentó e incrementó las potencialidades de otras funciones
orgánicas, como el gusto, el oído, el olfato o la vista.
Podían reconocer a un miembro de cualquier colonia vecina por el olor, y percibir variaciones
mínimas en la densidad atmosférica del horizonte para advertir la inminencia de la lluvia,
ventarrones o cualquier otro fenómeno atmosférico.
El Departamento de Salud aprovechó al máximo este tipo de mutaciones, enviando a cada
colonia un sensor -tal nombre se les dio- quien tenía como tarea primordial, informar cualquier
alteración que no hubiera sido calculada por el departamento gubernamental correspondiente.
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Así fue como pudo evitarse la propagación de las hemorragias negras, que diezmaron
considerablemente algunos distritos de cristal, y se contuvo lo que pudo haber sido una de las
mayores y peores epidemias jamás vistas.
Las hemorragias negras consistían en una supuración constante de sangre envenenada por vía
nasal. Eran imparables; aparecidas las primeras muestras de sangrado, la persona infectada sólo
contaba con el tiempo que le diera su organismo antes de desangrarse y finalmente, fallecer. En
tales casos, y con la aparición del primer síntoma, la cuarentena era inminente. El edificio se
sellaba herméticamente, y los dispositivos enclavados en las paredes de cristal permitían la
alimentación de los inquilinos vía intravenosa, por suministro exterior que no requería contacto
alguno con los habitantes del inmueble, al realizarse el traslado de alimentos y la liberación de
desechos por intrincados pero eficientes sistemas de tuberías.
Con ello se permitía a la colonia afectada sobrevivir sin el riesgo de contagio adyacente, y
también se permitía al Departamento Sanitario la supervisión de primer orden del área afectada,
y el resultado final de cualquier infección.
Conforme se afinó el sistema de cuarentena, se percibieron alteraciones genéticas que hicieron
posible la convivencia y neutralización por vías naturales, de algunas infecciones mortales, por
ejemplo, la asfixia cerebral.
Contrariamente a lo que sucedía al infectarse de la hemorragia negra, la asfixia cerebral se debía
a una sobreirrigación sanguínea, que se ocasionaba por el fallo súbito de arterias y vasos
sanguíneos. La presión interna del cerebro aumentaba súbitamente, ocasionando la muerte casi
instantánea. Para contrarrestar tal malestar –que se supo, fue causado a propósito por una
colonia cerrada que buscaba algún tipo de revancha cuyas causas aún se desconocen- se pensó
en la conveniencia de contar con un sensor, y al mismo tiempo con un hemófago nativo.
La mutación llamada ‘hemofagia nativa’, se verificó por primera vez hace unos veinte o
veinticinco años. Fue resultado de las cruzas internas de un clan, que ocasionó a los hijos
neonatos la imposibilidad de consumir cualquier alimento que no fuera sangre, en primera
instancia provista por la madre, y posteriormente adaptándose para tolerar cualquier tipo de
sangre ingerida.
Cuando la primera víctima de asfixia cerebral era detectada, inmediatamente se enviaba a la
colonia correspondiente al sensor y al hemófago. Por la noche, el sensor verificaba los signos
vitales de los miembros de la colonia, e indicaba al hemófago quién era el más propenso a sufrir
el mal, y por tanto, requería extracción urgente y necesaria de fluido sanguíneo.
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Los hemófagos desarrollaron en las palmas de las manos un sistema de ventosas en cuyo centro
se erigía un pequeño aguijón, lo que permitía una adhesión completa y la succión más eficaz e
inmediata de sangre.
El sensor levantaba un poco el cuello del paciente adormecido, mientras el hemófago colocaba
su palma en la nuca y comenzaba la extracción. Dicho proceso concluía pasados un par de
minutos, y no dejaba ningún tipo de marca visible en el cuerpo.
Tales convenios –la existencia simultánea de diferentes cepas pertenecientes a diferentes
colonias- propiciaron la aparición de multicolonias, donde la interacción con el resto de colonias
o multicolonias se agudizó hasta el punto de dictar la pena de muerte a cualquier miembro que
se atreviese a dejar su colonia sin un consentimiento explícito de todas y cada una de las colonias
pertenecientes a esa entidad.
La forma idónea de aplicar dichas penas de muerte se encontró en los edificios sellados, que
sirvieron como celdas de castigo y ejecución de los renuentes a acatar las disposiciones de las
multicolonias -y finalmente del sistema judicial-.
Existían distritos donde cada multicolonia contaba con un par –por lo menos- de edificios en
cuarentena, que se utilizaban para la ejecución de los transgresores. Podía tratarse de
cuarentena por hemorragia negra, de asfixia cerebral, de resequedad salina o petrificación
muscular, el resultado finalmente, era la muerte.
A quienes se les otorgaba clemencia –adolescentes, por ejemplo- se les permitía morir
desangrados a manos de los hemófagos, o desactivar manualmente y a discreción la protección
anti-radiación de los techos, con lo que prácticamente se condenaban a morir quemados, mas
con una muerte casi instantánea. Una vez desactivada la protección solar, la temperatura se
incrementaba hasta alcanzar trescientos o cuatrocientos grados centígrados en un par de
segundos. El resultado era una muerte rápida, y paradógicamente, limpia.
Impedido para salir, todo colono sabía que los sistemas de interrupción de la protección solar
sólo podían activarse o desactivarse desde el interior de cada colonia. La unidad habitacional
tenía el absoluto control sobre este dispositivo, utilizado en ocasiones para la inmolación ritual
que devino en el crecimiento de cultos debidos a mártires hoy olvidados.
Hubo quien, en el último momento, decidía darse muerte desactivando la protección solar, sólo
para permitir que en el futuro próximo la misma construcción pudiera ser habitada nuevamente,
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y asegurar con aquella tabula rasa la supervivencia de cualquier miembro que viviera fuera de
su colonia nativa.
Las tasas porcentuales, analizadas por los expertos en demografía, mostraron que, como años
antes, la disposición de unidades en cuarentena y las unidades rehabilitadas por mártires auto-
inmolados tendían a un equilibrio geométrico indudable.
Entonces se llegó a la conclusión más sorprendente que jamás pudo haberse previsto: la
existencia de la población se encontraba en los límites más peligrosos para la supervivencia
humana, por lo que el equilibrio tendría que mantenerse incluso a expensas de los ciudadanos
mismos. Para ello, se realizó un censo casi astronómico, donde cada uno de los habitantes de
cada colonia del mundo fue registrado, y gracias al cual se tomó la medida óptima para que el
sistema judicial, penal, alimenticio y habitacional continuara en funcionamiento sin llegar al
colapso: 8,589’934,592 seres humanos.
Para mantener un récord cercano a esa cifra, se optó por adiestrar a los sensores neonatos, para
que estuvieran dispuestos a inmolarse con toda una colonia, cuando fuera inminentemente
necesario. Al mediodía desactivaban manualmente la protección solar, y en cuestión de
segundos las cifras eran reducidas hasta alcanzar nuevamente el número deseado, purificando
edificios, y permitiendo la existencia del resto de colonias y distritos.
Se supone que tales inmolaciones sean un secreto. De hecho, puedo afirmar con certeza que,
cada vez que alguien opta por auto-inmolarse, las oficinas gubernamentales emiten un boletín
denunciando las pequeñas anomalías que permitieron la aparición de un acontecimiento como
ese. Jamás se ha sugerido un plan detallado –científico y matemático- detrás de esas auto-
inmolaciones espontáneas.
Pero lo sé porque me ha llegado la orden, y deberé ejecutarla el día de hoy. Aún faltan algunos
minutos antes de que el sol se muestre como aquello que verdaderamente es: un astro que
debió exterminarnos y borrarnos de la faz de la tierra hace siglos.
Miro los demás edificios y son hermosos, hermoso es el ser humano, algunos dicen que mi rostro
también es hermoso. Ojalá y no esté lejano el día en que algún sensor, y quizá también los demás
sensores, opte por auto-inmolarse simultáneamente, distrito por distrito. Nuestro número es tal
que poco falta para que ese día llegue. Aunque sé que, estadísticamente, esto ha sido también
previsto, como el hecho de que yo esté aquí en este momento y en este lugar.

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La cuerda
The sweet intoxication of the fall.
Sting, Desert rose.


Aún quedan algunos sabios. Son pocos, y siguen empeñados en tratar de encontrar una cura. A
pesar de su erudición –y quizá debido a ella- olvidaron que lo nuestro no es una enfermedad.
Quisiéramos que fuese así, que un día alguien encontrase el antídoto, ‘la vacuna’. Pero no será
así.
Tarde que temprano se olvida. No podríamos seguir viviendo si no pudiéramos olvidar. La vida
común y más animal -la vida del hombre-, sólo puede durar un centenar de años. Algunos
pueden sobrepasar y con sufrimientos terribles, esa cifra. Nosotros hemos olvidado nuestra
edad. Puede medirse en un par de milenios y poco más. Nuestra vida se confunde con la vida de
otros, he llegado a pensar que la existencia no es más que un sueño prolongado, un estado de
somnolencia crónica.
He sido también muchos hombres, he tenido muchos rostros. Los más de ellos, anónimos,
susceptibles de olvidarse al instante. Incluso mi rostro, el de aquella noche, lo he perdido y hoy
me sé incapaz de recuperarlo.
De la misma forma he perdido otras cosas, y por algún capricho incomprensible, el destino
siempre vuelve uno contra otro los recuerdos, obligándome a pensar en Él.
Pienso en Él cuando veo alguna película medianamente bien filmada, con más ficción y fantasía
que realidad. Por ejemplo, es un mito que temamos al sol. O que el sol nos despedace. Todo lo
contrario, el sol nos gusta, y aprovechamos cualquier instante para sentir ese calor que carcome
la piel sin aumentar un solo grado la gélida temperatura de nuestra sangre petrificada.
Otro mito es el de la incisión en la yugular. Ese es el más atroz de todos. No vamos por allí
mordiendo y alimentándonos de los hombres, ni temiendo crucifijos o estacas de madera ni cosa
por el estilo. Nuestra vida nos fue dada por la maldición de aquel galileo cobarde. Él nos
condenó.
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Y a pesar de todo, yo estuve allí, cuando Juan el viejo, en medio de su exilio, escribió el último
libro de los libros, aquel en que relata cómo será el fin de los tiempos, y que redactaba sin pensar
siquiera que yo, o alguno de los míos, llegaría a verlo. Él pensó –pobre viejo- que efectivamente
me había arrepentido de mis acciones. De mi acción más reprobable, vender al Maestro. Por eso
me admitió y me entregó aquel libro, que a su debido tiempo puse en manos de Saulo, el
verdugo converso.
El de Tarso algo fue capaz de entrever, después de leerlo letra por letra. Decidió que lo mejor
era esperar a que el discípulo galileo cumpliera su papel. Igual que todos deberíamos cumplirlo
tarde que temprano. Por eso se dejó matar en Roma, al igual que el galileo, al igual que, de no
haber sido otro nuestro destino, nosotros debiéramos de morir.
Pero Saulo tampoco lo supo.
Expulsó a Simón, maldiciéndolo hasta el fin de sus días, y más lo maldijo cuando tuvo noticias
que le informaban de seguidores en número creciente, capaces de subyugar a pequeños
príncipes y aristócratas, compitiendo francamente y de frente contra esos cristianos recién
bautizados. A Simón le negaron el Don de Dones, por haber solicitado un intercambio
económico. Ni Saulo ni los otros advirtieron que hay otras maneras de hacer presente El Reino;
no podía hacerlo, -a él no se le encomendó el cuidado de los bienes, magros y fácilmente
perecederos, que en su día hube de custodiar por mi propio riesgo. Por eso Simón aprovechó y
fundó escuela, esforzándose en vivir más allá del centenar de años concedido a los hombres
comunes. Él vivió algo más de ciento treinta años, y aducía que, a pesar de todo, el bautismo
que recibió de Saulo le imprimió ese Don de Dones que más tarde Saulo se negaría a otorgarle
en plenitud. Hacerlo hubiera sido proclamarle obispo, y Saulo no estuvo jamás dispuesto a ello,
Simón ya era de por sí muy apreciado por la primera comunidad cristiana.
Los cristianos eligieron el camino más difícil. Porque así lo decidió Él también, al pretender que
se le matase como un becerro indefenso. Él, nuestro caudillo, se dejó matar. Esa es la verdad.
Cobardemente, se dejó apresar y matar de la peor manera.
Esa fue una verdad que nadie estuvo dispuesto a aceptar. Ninguno de los once. Sólo se
escondieron, y se dedicaron a orar al Padre a favor de los que aún quedaban, y buscando el
perdón por sus pecados, el de cobardía al centro de todos los demás.
El código de honor dictaba que no sólo hubiera uno, sino doce, colgando de higueras. Que todos
muriéramos con él, nuestro caudillo muerto por voluntad propia.
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Pero ellos se acobardaron. Y pretendían que también me echase para atrás.
Hallar una cuerda no fue tan difícil. Encontrar en medio de la noche una higuera mucho menos.
Al sentir aquella presión, y poco antes de partirme la nuca dejándome caer, divisé al galileo. No
me buscó para disuadirme, sino para echarme en cara mi traición. Ellos se mantendrían juntos
y orantes, esperando el momento de la resurrección, no podían darse el lujo de morir esa noche.
Sesenta años más tarde supe la razón.
Y entonces me maldijo, a no gozar de la resurrección de la carne, sino a vivir eternamente, hasta
que el Maestro regrese y me juzgue frente a frente, a mí, el que era entonces, el mismo que soy
ahora, el mismo que seré aquel día. Apenas comenzó a hablar, me dejé caer al vacío. Él sacó una
daga, la que siempre cargaba cuidadosamente escondida en el cinto, como hacían los demás
zelotas. Cortó la cuerda y me dejó caer.
No pude morir. Me encerré cuarenta días con sus cuarenta noches en otro sepulcro nuevo,
tapiado a piedra y argamasa, sin poder morir. Me abrí la yugular y escurrí hasta la última gota
de sangre, pero no morí. Me clavé en el corazón una daga, me lancé en el torrente de Hebrón
pero no pude ahogarme. Entonces pensé que el viejo Juan, él último, podría ayudarme. Y a él
dirigí mis pasos.
Lo encontré escribiendo, raído y delirante, en pergaminos baratos, con una letra casi imposible
de descifrar. Y así, le ayudé a escribir aquella historia que habla de el día en que Él regresará,
triunfante y majestuoso. El día que estoy condenado a ver con estos mismos ojos que no pueden
cerrarse en el sueño profundo de la muerte.
Él fue, muy a su pesar, quien me dio la clave. Las maldiciones nunca llegan solas, suelen
compartirse, y de hecho toda maldición es una maldición de múltiples individuos. No se maldice
una gota de sangre sin que se maldiga a la estirpe entera, desde sus antepasados hasta sus
últimos descendientes. Así que era eso, imitar el ritual de la cena donde sólo estuve un par de
minutos. Bastan tres gotas de mi sangre vertidas sobre un pedazo de pan ázimo para que otro
sea como yo. Es decir, para que la muerte le huya y se acumulen años y años sobre su espalda,
sin que la carne se permita morir.
Al morir Simón, tomé el mando de la secta. Sus seguidores eran muchos, y deseaban continuar
el legado de magia y misticismo, de ensalmos y encantamientos que Simón llevaba a cabo,
incluso encontrándose inmerso en una ancianidad deplorable.
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Elegí también a doce. Y me siguieron con fidelidad. No podían imaginar que esa maldición fuera
tal; de ellos quizá tres o cuatro se atrevieron a reclutar otros discípulos. Pero de aquellos doce
la desesperanza hizo presa y decidieron perderse, sacarse de esta vida maldita por cualquier
medio que estuviera a la mano. Todas las formas posibles de muerte fallaron, menos una.
Alguien recurrió a la higuera y a la soga, en la creencia de que mi muerte abruptamente
interrumpida por el discípulo galileo sería permitida a otros que no hubiesen sido maldecidos
directamente, como lo había sido yo. Y para ellos, el remedio funcionó. Sólo quedaron seis.
Con el tiempo, fueron cayendo otros más. A veces esperaron algún evento histórico, como la
degradación y el escarnio templario. Los carpinteros hicieron las horcas con los maderos
principales reforzados con troncos de higuera. Así que para aquellos seguidores de quienes
fueron mis compañeros, el remedio funcionó muy bien, y murieron mil años después de haber
nacido.
Aún quedan algunos sabios.
Tres de ellos son mis discípulos directos, que han olvidado y buscan una cura para los otros, para
quienes ignoran cuál es nuestro origen y por qué la muerte nos huye sin cesar.
He perdido toda esperanza, la capacidad del remordimiento, incluso, el orgullo de saberme
merecedor de la maldición que llevo a cuestas. He perdido lo que fui, y sólo queda de mí esto
que soy, dos mil años de espera, y la certeza de saber que todo se cumple, tarde que temprano.
Cuando los primeros discípulos y los demás seguidores fenecieron, y después de que los once
buscaron y consiguieron el martirio, después de todo ello, supe que la maldición estaba
cumpliéndose al pie de la letra.
Y a pesar de habérseme condenado, fue Juan, ese viejo escritor casi ciego de textos
apocalípticos, quien me confió el secreto guardado tantos años.
-¿No lo sabes? El Señor no murió. Fue Juan, su discípulo amado, quien tomó su lugar. Al Maestro
lo sedaron, y Juan ocupó su lugar. Cuando el Maestro despertó, tres días más tarde, fue a buscar
a Juan, pero nosotros nos encargamos de hacer desaparecer su cadáver destrozado y
desangrado. Un cuerpo ausente indicaría la resurrección tantas veces anunciada por el Maestro,
y prepararía el camino para su regreso, la derrota final de Roma y Grecia, y la entronización de
nuestro pueblo. Al Maestro vivo recién despierto vieron las mujeres, y se taladró manos y
costados con artificio: sabía que nadie osaría poner su dedo en semejantes llagas. Después se
fue, ayudado por los brebajes que tomamos antes de despedirle y mirarle subir a los cielos. En
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el fondo, creo que nos odió en secreto, dejándonos por penitencia que Pedro, ese infame galileo,
tomase su lugar y nos hiciera matar inútilmente en espectáculos paganos. Búscale; si Pedro te
maldijo, tal vez el Maestro podrá resarcirte con su favor.
Tardé veintidós años en encontrarle. Huyendo de las persecuciones y disfrazado como cristiano,
se refugió en Bitinia, creyéndose a salvo en aquel lugar olvidado de Roma.
Coincidió con la llegada de un sabio romano el comienzo de la persecución en esa región. Plinio
el Júnior envió noticias a Trajano y éste agradeció haciendo prender y ejecutar a varios cristianos
como escarmiento. Algunos otros cristianos preparaban la huida, y a él lo encontré haciendo los
preparativos de su escape.
Nos miramos y sé que éramos los mismos de ochenta años atrás. Ni él ni yo habíamos sufrido
los estragos de la edad, ambos cargábamos a cuestas el mismo cuerpo y el mismo cansancio.
Me propuso que huyéramos juntos. Su plan era infantil a la par que divino: esperar un par de
siglos más, y convocar a los cristianos encumbrados para hacer realidad El Reino, apoderándose
entonces de los principales y más importantes cargos públicos.
La persecución, la sangre, el martirio y sufrimiento se debían a un judío oprimido, con sueños
de grandeza más etéreos que aquel fuego en la zarza del Sinaí. A eso conducían sus palabras y
acciones, y también la frustración de su vida forzada: aumentar el número para aumentar la
fuerza.
Le respondí que sí, que me uniría a su proyecto y como antes me dejaría guiar, a la espera del
momento oportuno, -ya contábamos con la Escritura, con los primeros escritos que relataban la
vida de ese Mesías jamás muerto, y algunas cartas de Saulo comenzaban a leerse también como
inspiradas por el mismo Espíritu.
No me pensé ni creí con derecho de hacer lo que hice, aunque la tentación de la venganza fue
grande. Así, en lugar de la venganza, realicé la historia tal como debió ser: él muriendo en el
Gólgota, bajo el imperio Romano, incapaz de llevar a cabo la rebelión y exaltación del pueblo de
Israel, obligándolo a morir y a resucitar, a ser verdaderamente el Hijo de Dios y no sólo el hijo
de Miriam y del carpintero, eso es lo que buscábamos nosotros los doce.
Nos hicimos al camino, por la madrugada, y él me confesó su turbación al despertar tres días
más tarde, en la comodidad de un lecho samaritano y atendido por el discípulo galileo, cómo
lloró por la pérdida de Juan el menor, y cómo los odió a ellos, a los otros.
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Algo había perdido con los años, y hoy puedo comprender que era el desgaste incipiente que se
acentuaría en mí y en quienes me siguieron a lo largo de estos siglos. Sé que nos hubiéramos
aborrecido y que seguramente, las cosas habrían terminado mucho peor.
Al Maestro lo ahorqué con mis propias manos, una mañana de julio del año 110, a la orilla del
camino que llevaba a Nicea.



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Los rostros

Tecleó su nombre sin convencimiento: Arturo Díaz Madrigal. Un par de segundos después la
imagen recortada por el cuadrado diminuto de su perfil público, le devolvió el rostro que no
había visto durante ocho años.
Con cierto aire de superioridad revisó la información disponible, dónde vivía, quién era su mujer,
cómo era el rostro del hijo que había engendrado: Arturo Júnior, quien recién cumplía cinco
años.
Al repasar su escueta pero sustancial galería de fotografías públicas, comprobó lo poco que se
permitió cambiar en ese tiempo. Su uso de la computadora aún se reducía al manejo de un par
de hojas de cálculo, donde capturaba los informes que enviaba a sus jefes inmediatos –esto lo
supuso al confirmar que seguía trabajando para la misma empresa que en aquel entonces-, una
dirección de correo que no se preocupó en esconder, y aquella cuenta de Followingpeople.com
donde su mujer parecía no tener interés alguno en interactuar.
Pero ambos estaban ligados públicamente, y eso sólo significaba una cosa: su mujer sabía que
ella existía como una parte del pasado de Arturo.
Ocho años atrás ella no quiso formalizar su relación con él. Ambos eran tan distintos y
antagónicos que precisamente esos dos factores llenaban de energías e intensidad sus
encuentros de fin de semana, sin dejar ninguna otra atadura que no fuera ese ritual cumplido
puntualmente.
Él laboraba como contador para una empresa externa que se encargaba de las sumas y restas
de alguna multinacional de nombre larguísimo e imponente. Ella era la responsable del
departamento de finanzas, cerebro y motor del despacho contable que lidiaba con la cobranza,
los créditos y los réditos de cada operación y transacción comercial. Cuando coincidieron por
vez primera en una comida de negocios, ambos se sorprendieron de encontrarse frente a frente
después de un par de años de laborar en la empresa: sólo entonces supieron que los cubículos
de ambos quedaban espalda con espalda, y sus horarios no permitían coincidencia alguna.
Ella disfrutaba dejándose admirar, la sola mirada de Arturo era capaz de hacerle sentir esa
desnudez animal, ante la que no existía ni lencería ni traje de marca que pudiera resguardarla.
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En cambio él, acostumbrado a las formalidades del trato continuo e involuntario con
empresarios, socios comerciales, clientes y proveedores, echaba mano del interés fingido que
perfeccionó en juntas y meetings para descargarlo sinceramente en aquellas comidas de
negocios.
Le ofreció un café al terminar la conferencia: implantar la nueva plataforma financiera requeriría
infraestructura, y resultaba necesario calcular los costos y las ganancias a mediano y corto plazo
-de cuatro a ocho meses, como lo marca el protocolo-. Ambos estaban en la punta de lanza de
cada departamento, y coincidirían con tanto entusiasmo que un par de meses más tarde
pudieron cambiar cubículos, y quedar uno al lado del otro.
Aprovecharon la oportunidad para festejar por los avances logrados, y comenzaron su relación
haciéndose el amor frenéticamente en un hotel de lujo en pleno corazón de Querétaro. Los seis
meses restantes no hubo sobresaltos; acostumbrados ambos a planear cada detalle con
precisión milimétrica, los espacios iban adecuándose al proyecto y a la vida personal de una
forma complementaria: terminando las reuniones públicas cenaban o paseaban, sin levantar
sospechas y cuidando bien la facturación que les requería puntillosamente la empresa.
Cómo llegaron las confesiones es algo que ninguno de los dos supo a ciencia cierta. Ella le
confesó que alguna vez se besó con una compañera en el bachillerato, más por experimentar
que por otra cosa, y finalmente se convenció que lo suyo era el amor hetero. Él le confesó que
sus relaciones eran efímeras y muy inconsistentes, y la mayoría de las veces se citaba con una
antigua compañera de facultad quien tampoco buscaba compromisos, y cual dos adultos se
saludaban, cenaban, se acostaban y finalmente regresaban a sus rutinas, dosificando sus
encuentros con una mezcla de resignación y adicción.
Se prometieron vivir lo suyo día con día, excluyendo de antemano cualquier compromiso a largo
plazo. Nada de vivir los dos bajo el mismo techo, de hacer la despensa o visitar al médico juntos.
Ahora, ella percibía claramente que esos detalles fueron la causa de que su relación en la
empresa jamás fuera descubierta. Si estuviéramos en medio de la Guerra Fría, tú y yo seríamos
los mejores espías del mundo, comentaba Jessica. Si estuviéramos en la Segunda Guerra
Mundial, seríamos el mejor equipo de táctica del mundo, respondía Arturo.
Ahora, al mirar su rostro debajo de las letras parpadeantes y multicolores del aquel sitio web,
sentía la necesidad imperiosa de abrir su propio perfil y enviarle algún mensaje. Despierta, esa
sería una estupidez imperdonable.
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Se detuvo. Comenzó a hurgar en el perfil e información de su mujer, mucho más abierta y
despreocupada que Arturo.
Dedicada a la docencia, Alicia trabajaba en un colegio privado, dando clase a una veintena de
alumnos de algún grado de nivel primaria. Sus preocupaciones más comunes y sus críticas más
acerbas no podían ser otras, quejarse de los incrementos a la gasolina, pelear por las primas
vacacionales jamás pagadas, o sacar el mayor provecho posible de los periodos vacacionales
desviviéndose por fotografiar todos los perfiles de ese hijo que tanto se parecía a Arturo.
Jessica intuyó que la perfección gritada y proclamada por Alicia era más inventada que real. Que
no pase lo mismo que yo, ella no se merece esto. Agregó su nombre y apellidos al formulario, y
envió la solicitud. Alicia contestó de inmediato.
_¿Quién eres?
Esperó un par de minutos antes de comenzar a escribir una respuesta. El pequeño indicador en
un verde chillón parpadeante le informaba que Alicia seguía en línea, eran las siete de la tarde.
Finalmente, eligió lo que le pareció más adecuado: decirle simple y llanamente quién era, quién
había sido en la vida de Arturo.
_Soy Jessica. A lo mejor mi nombre no te suena, pero alguna vez fui alguien importante para
Arturo.
Alicia envió una invitación para el chat, y Jessica la aceptó casi al instante.
_Sabía que no era la única mujer en la vida de Arturo. Pero no entiendo por qué me buscas
ahora, después de tantos años. Porque supongo que ya te habrás enterado que Arturo y yo
tenemos ocho años viviendo juntos.
Jessica experimentó un pequeño vacío en la boca del estómago, una molesta presión en la caja
torácica y advirtió el inevitable aceleramiento de su frecuencia cardiaca.
_Mira: no quiero darte problemas, si piensas que es por eso. Ni a ti ni a Arturo, lo que pasó entre
nosotros se terminó y hace también ocho años que murió. Del todo.
Alicia leyó la respuesta y comprendió que lo muerto, según su puntos de vista, puede resucitar
algún día, o reencarnar o la mierda que sea, pero la muerte no es sino sólo un estadio, capaz de
mudanzas y transformaciones.
_No te creo. Arturo ha estado muy raro últimamente, y estoy segura que me engaña.
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Jessica contestó de inmediato: _No conmigo. Lo encontré por pura suerte, a él y a otros seis
compañeros del buró contable donde trabajábamos.
_¿Entonces eres una mujerzuela, de esas que le ruegan al hombre que no las deje?
Jessica respiró profundo. La mezcla de ira y vergüenza no le impidió contestar:
_Si fuera una mujerzuela seguro que tú lo serías también. Arturo no cambia ni cambiará jamás
sus gustos. Supongo que hasta has de tener pintado el cabello de color castaño. A él le encanta,
y más cuando llega hasta la altura de los hombros.
Alicia no podía desmentir aquello. Precisamente en sus encuentros íntimos, a él le gustaba
sentirla montada y sujeta por el cabello, donde tiraba suavemente siguiendo el vaivén de sus
caderas y el arqueo del cuerpo de Arturo.
_Si piensas que te voy a pedir disculpas estás muy equivocada. A fin de cuentas tú me buscaste,
y quizá hasta le enviaste invitación a Arturo para que recuerden los buenos tiempos.
Jessica sintió que era el momento preciso para acabar con esa conversación que iba agriándose
más y más, y retomar su intención de poner en sobreaviso a Alicia.
_Lee con atención, Alicia. Si te busqué es por una cosa nada más. Porque sé que Arturo es un
cabrón hijo de puta, y no quiero que te haga lo que ya una vez me hizo a mí, y no sé a cuántas
otras más.

***

Un par de meses atrás, Arturo cambió su actitud en lo tocante a un detalle casi imperceptible.
En lugar de invitarla a tomar algún trago, se las ingeniaba para ir a su departamento y hacerse
acompañar de dos o tres pares de amigos. Eso era los viernes y sábados.
Alternaban las margaritas con los whiskies y la cerveza.
Tres o cuatro semanas más tarde, Jessica encontró a una pareja haciéndose el amor sobre la
cama de Arturo. Al entrar en la recámara entornó los ojos para acostumbrarse mejor a la
semioscuridad de la habitación. Aquellos dos invitados se encontraban totalmente desnudos, y
usaban la cama como si fuera su propio lecho. Jessica fue incapaz de reaccionar, la excitante
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desnudez ajena fue como un anestésico, miró aquellos cuerpos y los sexos en una comunión
obtusa, y sintió envidia por saberse incapaz de hacer algo así, entregarse en un lugar cualquiera,
quizá a un extraño cualquiera.
Pensó en salir a buscar inmediatamente a Arturo, pero se sintió disminuida y súbitamente
ridícula al pensar que eso sólo podría hacerlo una muchachita de dieciséis años, y no alguien
como ella, que se consideraba a sí misma como alguien con amplio criterio.
Al intentar cerrar la puerta, miró hacia la derecha, y lo descubrió oculto por la penumbra. Arturo
sostenía una videocámara y filmaba la escena con luz de visión nocturna, desde la comodidad
de un sillón donde se dejaba hacer sexo oral por otro hombre.
Intentó salir de la habitación, mas no lo logró. Unas manos que emergieron a sus espaldas la
sujetaron, y la lanzaron con fuerza al centro de la recámara, muy cerca de la cabecera baja de la
cama. La desvistieron rápidamente, con una celeridad que sólo se adquiere con la experiencia.
No supo cómo se encontró besando a otra mujer, mientras sentía la vigorosa fricción de unos
dedos ásperos y expertos en su clítoris y vulva.
Alguien la levantó y la llevó en brazos hasta recostarla en la cama donde se sintió penetrada,
besada; supo que alguien más chupaba enérgicamente sus pezones, y las sensaciones añadidas
unas a otras le hicieron alcanzar un orgasmo masivo, que pareció estallar en sus límites cuando
miró el lente de la cámara que Arturo seguía sosteniendo sin abandonar su sillón.
Cuando sus invitados se despidieron ya era sábado y la alborada se adivinaba tras los cortinajes.
Le dijo que todo estaba bien, que a él le gustaban las mujeres así, desinhibidas, sin ningún tipo
de tabúes ni remordimientos. Que ella era lo máximo, y que él no se había equivocado al
escogerla como su mujer, amante y compañera.
En la pelea de saberse usada y a la vez vencedora de aquella prueba inesperada, resultó
victoriosa esta última certeza. A ello contribuyó el que se inyectase sistemáticamente, por
petición de Arturo, una solución anticonceptiva cada mes, costumbre que había adquirido pocos
años antes.
A media semana se sorprendió gratamente al percibir algo nuevo: la impaciencia casi
desesperada por encontrarse nuevamente el viernes bebiendo y entregándose ante la mirada
complacida de Arturo.
Mas su excitación era tal que no necesitó beber absolutamente nada, se desnudó y recostó en
una posición impúdica en la que cada uno de sus miembros parecía buscar un punto cardinal
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independiente y diferente. Arturo entró en la habitación con la cámara encendida, y se hacía
acompañar por una mujer que ya tenía su mano derecha metida en el pantalón aprovechando
la bragueta y zipper abiertos. Tras ellos entraron dos hombres más.
El primero se arrodilló frente a ella, subió a la cama y lamió su sexo sin consideración alguna. El
otro se aproximó a ella, se desabrochó los pantalones y dejó su sexo al descubierto. La tomó por
el cabello y la obligó a hacerle sexo oral.
Jessica intentó levantarse, mas aquellas manos hundidas y enredadas con su cabello se lo
impidieron, y al mismo tiempo sintió cómo el miembro impaciente de quien la estuvo chupando
la penetró y se vació en ella tras unos pocos meneos pélvicos.
Arturo miraba y grababa desde el sillón, y su compañera lamía y tragaba el semen que brotaba
de su sexo endurecido. Hasta ese momento, Jessica jamás había sido forzada ni por Arturo ni
por nadie a tener sexo en manera alguna. Todo había sido hasta cierto punto voluntario, pero
aquella noche encontró la grandeza magnánima que da la abyección más profunda.
Se supo la más excelente de las putas, esa noche ella fue la Puta de las putas.
La semana siguiente sus encuentros con Arturo fueron más viscerales. Dejaron de lado las
ternuras, y ella buscaba complacerlo en todo y a pesar de todo. La mezcla de dolor y éxtasis les
permitía encontrarse en la madrugada teniendo sexo, un par de horas antes de ir al trabajo.
Ese jueves, por la noche, recibió una llamada telefónica.
-Con Arturo.
-¿Quién lo busca?
-¡Hola, mamita! No pensé que Arturito te tuviera de planta. Bueno, si no respondió él, será
porque anda padroteando a otra mami como tú. Dile que ya tengo su dinero, que el sábado se
lo entrego después de coger contigo. Mamita, no sabes las ganas que tengo.
No supo cuánto tiempo tuvo contra su oreja el auricular telefónico. Arturo la había utilizado, sí,
por su propia voluntad, para su propio placer y el de aquellos invitados extraños y desconocidos,
y también Arturo había estado prostituyéndola aquellas noches.

***
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_Arturo no contestó su celular. Jamás había llegado después de medianoche, pero no aquel día,
supongo que después de llamarme le hablaron directamente a él, para asegurarse de que el
mensaje había sido recibido.
_Puede ser, parece que tenía un plan previsto.
_Sí, además del plan, yo era su negocio. Cuando regresó, tuvo el cinismo de decirme que era
puta por mi propia voluntad, que nadie me había obligado a cogerme a otros. Que eso hacían
las putas, cogían delante de su padrote, y él era eso. De qué me admiraba.
_¿Y qué hiciste? ¿No tuviste ni siquiera el valor para demandarlo, o de perdido darle una buena
bofetada?
_Hice algo mejor. Lo dejé al día siguiente. De eso hace ya ocho años.
La pausa de Jessica se alargó un par de minutos. Alicia no sabía si cerrar la ventana o apagar la
computadora, no sabía si sería conveniente buscar a Arturo y mentarle la madre, no sabía si lo
más conveniente era callarse y dejar que las cosas cayeran por su propio peso.
_No ha cambiado. En estos años, es algo de lo que puedes estar bien segura. Sigue siendo el
mismo hijo de puta que conociste.
Arturo comenzaba a resentir el ritmo de vida que se permitió llevar aquel tiempo. Viernes y
sábado era obligada la reunión en su departamento, los días laborales se vertía literalmente
hablando en su cubículo, permitiendo alternar con una Alicia que ansiaba encontrarse con él en
la noche, un ansia que tenía mucho de ofrecimiento y exigencia. Sentíase en desventaja, en una
competencia donde no conocía a su contrincante, pero Arturo no dejaba traslucir desazón ni
cansancio alguno.
Hasta que alguna noche le pidió algo extraño: que le insertara en el recto el vibrador con el que
tantas veces él se había ayudado para darle placer a ella.
Se sirvió de gel lubricante, y Arturo se dejó penetrar, como si fuera una puta cualquiera. Sólo
algunos minutos más tarde comenzó a desaparecer la flaccidez de su miembro, que se encendió
de púrpura en una erección inesperada.
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Alicia lamió poco a poco aquella carne que tantas veces había gozado y vaciado en ella, y advirtió
la dureza compacta de los testículos, signo inequívoco de que Arturo no soportaría demasiado
antes de eyacular y encontrarse ella sobre él, o en la posición que fuera.
Se montó en él dándole la espalda, mientras sus manos sostenían y reforzaban el vaivén del
vibrador, encarnado ya entre las nalgas de Arturo, quien se vertió en ella al mismo tiempo que
pedía una inserción más profunda de aquel juguete.
Escucharlo, mirarlo, saberse la única dueña de ese placer obsceno, le consiguió a Alicia un
orgasmo decidido, profundo.
_Arturo es un maldito maricón de clóset, pero eso ya lo sabes.
_Lo sé, me pidió que me lo cogiera usando mi propio vibrador.
Se dejó caer sobre Arturo, exhausta y feliz. Él recorrió un poco su cuerpo casi inerte, y la recostó
a su lado, mesándole los cabellos, y besándole suavemente el lóbulo izquierdo. Ella gimió,
acurrucándose en sus brazos, y dejándose llevar en un sueño plácido.
Al despertar, en lo que ella pensó sería madrugada cerrada, sintió atadas sus muñecas a los
postes de la cama. Arturo la miraba detenidamente, sentado a su lado derecho, acariciándole el
rostro con los dedos que olían a ella, a su sexo.
_’Despertó’. Eso fue lo que dijo el hijo de puta.
En ese momento reparó en la pareja que aguardaba de pie, desnuda, a la izquierda de la cama.
‘Cógetela’ dijo ella, mientras daba un par de chupadas al miembro de él, inmediatamente
después se situó a su lado, sujetándola de las caderas.
Escupió en el sexo de Alicia mientras le separaba las piernas, y entreabría su carne, haciéndola
sentir expuesta e indefensa. ‘Hasta adentro, como siempre has querido’.
Lubricado con la saliva de su pareja, él la tomó sin miramientos, disfrutando la opresión animal
de la entrega involuntaria, y mirando aquel sexo oculto por la penumbra, cuyo olor indicaba una
generosa lubricación, que su compañera se apuró en lamer siguiendo el vaivén de aquella
penetración anal.
Alicia sintió repulsión por ellos, la ira de saberse atada y usada, y también el asco mezclado con
veneración y agradecimiento, cristalizado en la mano y los dedos de Arturo que se entrelazaban
con sus propios dedos, palma contra palma.
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‘Métemela’, ordenó la mujer a Arturo, quien pasó sobre Alicia, y de rodillas se situó detrás de
ella, sujetándola de las caderas y tomándola con movimientos fuertes, bestiales.
Ella no dejó de lamer el sexo de Alicia, quien poco después se dejaba ir en un orgasmo
espasmódico, que aquel hombre aprovechó para eyacular en ella, mientras adivinaba a Arturo
vaciándose en la otra mujer, allí, a su lado.
Arturo volvió a sentarse junto a ella, la pareja salió de la habitación sin preocuparse por ocultar
su desnudez, y ambos regresaron minutos más tarde, para entregarle a Arturo un sobre con lo
debido por sus servicios.
-Son lo máximo. En serio, Arturo, qué guardadito te lo tenías. Ella vale oro -dijo la mujer.
Él permaneció en silencio, la abrazó tomándola de la cintura, y Alicia escuchó sus pasos al
alejarse por los corredores, y salir por la puerta principal del departamento.
Arturo no la desató, sino hasta el día siguiente, bien entrada la mañana.
_’Siempre serás mi puta, no es justo que las ganas que tienes me las quede nada más para mí’.
Eso dijo el bastardo, después de desatarme.
Se guardó el sobre en la bolsa del pantalón, y sólo me dijo que iba al banco, a hacer un depósito.
‘Este dinero también es tuyo, pero así como te cuido, tengo que cuidar de nuestras ganancias’.
Las muñecas me ardían, estaban en carne viva por los amarres que me hizo el hijo de puta, pero
más me molestaba saber que a mis expensas él había estado viviendo como padrote,
vendiéndome, como si fuera cualquier otra cosa o algún adorno del departamento.
Entonces tomé una decisión. Muy simple: quedarme con todo el dinero que tuviera en la cuenta
del banco. Desconfiado como era, necesitaba aprovechar una sesión de sexo grupal, que
seguramente comenzaría bien entrado el viernes por la noche, justo después de haber dejado a
Arturito en casa de mis papás.
Cuando llegaron sus amigos me mostré más dispuesta a hacer todos sus caprichos.
Prácticamente antes de amanecer el sábado, se recostó en la cama y le dije que había sido todo
un semental, que ahora lo quería a él para mí solita. Extendió los brazos y se dejó atar, también
até sus pies a la otra cabecera de la cama. Le metí mi vibrador entre las nalgas que ya alguno de
sus amigos le había lubricado lo suficiente, y lo masturbé lo suficiente para que él eyaculara.
Entonces me dirigí a la cómoda.
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Arturo, como todo maricón de clóset, gustaba de la seda, del satín. Encontré una pañoleta que
no era mía, guardada bien, en el fondo del cajón donde guardaba su ropa interior.
Le pregunté si sabía por qué los castrati eran tan buenos cantantes.
-Vete a la mierda, puta. No tienes el valor para hacerlo, menos cuando me acabas de confesar
que nadie como yo te ha cogido así, antes.
-Bien, ya que lo quieres, te voy a dar la oportunidad de elegir. O tus dos güevitos o tu cuenta del
banco.
-Puta, sabes que jamás harás lo que dices. No tienes el valor, por eso te gustó tanto ser mi puta,
por eso te dejaste coger por todos los imbéciles que he traído a la casa. No eres otra cosa más
que eso, una puta, la más pendeja de las putas.
_Entonces me acerqué a él, y le enredé la pañoleta en los testículos. Tiré un poco, lo suficiente
para que la presión de su sangre comenzara a tornar azulino el escroto. Abría los ojos como si
quisiera botarlos, gritaba como loco. Pero no pudo zafarse.
_Me gustaría haberlo visto así.
_Tengo fotos, te las enviaré más tarde.
En algún momento gritó, pidiendo la laptop. Era sábado, a media mañana, así que aún podían
hacerse transferencias de cuenta a cuenta. Pero cuando consulté el saldo no podía creerlo, el
hijo de puta tenía más de 60,000 dólares en una cuenta mixta, y casi 80,000 pesos en moneda
nacional. Le dije que la morralla se la regalaba, que me guardaría los dólares, tomándolos como
compensación por todas las pendejadas que me había hecho.
Los traspasé a mi cuenta, me vestí y fui directamente al banco. Allí, en las oficinas, hice otro
traspaso, a una cuenta que Arturo no conocía, y regresé de nuevo a la casa. Arturo había
forcejeado, buscando zafarse de las ataduras, y al hacerlo también se había abierto las muñecas.
Su escroto tenía un color casi marrón mezclado con azul, la presión había aumentado y
finalmente se había desvanecido.
_Por lo menos le hiciste pagar lo que nos hizo.
_También te debía la satisfacción, pero eso es algo que no puedo darte de su parte. Sólo puedo
decirte que cuando despertó, lo castré como hacían con aquellos niños adolescentes para que
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tuvieran por siempre su voz de ángeles. Apreté la pañoleta hasta que sus dos testículos nadaron
en su escroto. Él gritó. Pero allí nadie podía escucharlo, sólo yo.
Volvió a desmayarse. Tomé las pocas cosas que realmente me pertenecían, y sólo le desaté una
mano, la que estaba más cerca del teléfono. Allí, a un lado, le dejé el revólver cargado. No estaba
muy segura que el cabrón jalara del gatillo, así que me quedé afuera, esperando, por si
escuchaba algo. Después de todo, mirar películas de psicópatas y asesinos en serie había servido
de algo, le copié la escena al matón de los siete pecados.
_¿Estuviste allí, afuera?
_Sí. Escuché el disparo. Seguro que los vecinos también, no pasaron ni veinte minutos cuando
la ambulancia y una patrulla llegaron al departamento. Entraron y sólo salieron con una camilla,
cubierta con una sábana manchada de sangre.
_No siento pena por él.
_No deberías. Ni debemos. Se trataba de poner las cosas en su lugar, de que el maldito supiera
que con nosotras no debió jugar como lo hizo.
_Supongo que después de esto nosotras también quedamos en tablas.
_No, tanto como quedar a mano, o en un empate, no. Las cosas no son así. Tengo los dólares
que le quité antes de que se matara. Sé que algún día alguien me encontrará, alguno de sus
amigos, alguna de sus amantes, alguna otra como nosotras.
_¿Nosotras? Yo no fui puta por gusto.
_Ni yo, pero no creo que seamos las únicas, aunque tus fechas y las mías encajen a la perfección.
Así que no puedo quedármelo todo yo para mi sola. Por lo menos te corresponde la mitad de lo
que conseguí quitarle. Tomé el riesgo y acepto las consecuencias, y tú eres una de ellas.
_No te conocía.
_Tampoco yo, pero ambas sospechábamos que Arturo no era perfecto aunque como semental
fuera lo máximo.
_No quiero nada de él, ni siquiera lo que me pudiera haber pagado como puta a su servicio.
_Bien, entonces olvídate del asunto.
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Jessica cerró la ventana del navegador tratando de recordar el rostro de Arturo, descubriendo
que el rostro de su recuerdo correspondía al del perfil que un par de horas encontró en la página
de aquella comunidad virtual.
Pensó que Arturito con sus cinco años sería quien más lo extrañaría, y pasaría mucho tiempo
antes de que Alicia le dijera que tiene los mismos ojos que su padre.


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De speculis

Omnis mundi creatura
Quasi liber et pictura
Nobis est in speculum


Disfrutaba la textura terrosa, el sonido de las conchas resquebrajándose entre los dientes.
Mamá Pita la dejaba hacer. Sabía que los malvones y los amores de un rato, así como la
albahaca y la yerbabuena estaban a salvo. Malú se encargaba de ello.
No recordaba cuántos años atrás dejó de hacer el intento de disuadirla. Le costó mucho
trabajo aceptar que su hija, por alguna razón que ella no comprendía, disfrutaba cazando los
caracolillos escondidos en las macetas del jardín, para llevárselos a la boca y trituralos con los
dientes, moliéndolos poco a poco, cual si fuesen golosinas de carmelo macizo.
Malú le comentó que no era con la intención de dañar a los pobres animalillos. 'Es más
doloroso para ellos primero sacarlos de la concha, y luego quebrar el caparazón vacío. Mejor así,
cuando la concha se quiebra, los animalillos se mueren. Muy rápido, y estoy segura de que no
sufren.'
Pero eso no fue todo.
Una tarde, muchísimos años atrás, ella entró en su recámara, azotando las puertas y
alegando que había visto algo en el espejo.
-¡Se murieron, mamá! ¡Se murieron!
Mamá Pita se sobresaltó, preguntando que quiénes, cuándo, dónde, quién le había dicho.
Ella no decía otra cosa, sólo que el avión se había caído, que todos habían muerto,
recordaba una nena de brazos y a su madre, que la abrazaba fuertemente mientras decía un
nombre que ella no lograba recordar.
Mamá Pita pensó que aquella era una alucinación, y que Malú seguramente se había
quedado dormida en la mecedora, mientras peinaba el cabello de hilaza de su muñeca más
querida. La muchacha tenía dieciséis años cumplidos, pero seguía comportándose como si
apenas estuviera entrando en la primera infancia.
Por la noche, después de acompañarla en el rezo de las oraciones, notó que Malú sangraba
de las encías. Parecían pequeños cortes hechos a navaja, profundos y exactos. Le preguntó si
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alguien la había molestado, o si se había caído y raspado con el piso o la pared. Ella le dijo que
no, que nada le pasaba, que todo estaba bien y no había de qué preocuparse.
Esa noche, se quedó a su lado hasta que ella se durmió. Acariciaba lentamente la cabellera
negra, sedosa, y en algún momento recordó las caricias de su difunto esposo, muerto por un
ataque violentísimo de tosferina doce años atrás. Él le decía que tenía el pelo suave y terso, que
le encantaba olerlo y acariciarlo así, tal como ella ahora lo hacía con su hija.
Sintió una pequeña punzada en los dedos y se detuvo. Enredado en un mechón de cabello,
la blancura del caparazón resaltaba incluso así, a media luz.
Era un pedazo de concha de caracol.
Mamá Pita imaginó que eso había sucedido, la niña jugaba y se tropezó, yendo a caer en la
tierra mojada del jardín, y arañándose boca y labios con los caparazones de aquellos animalillos.
Intentó olvidar el asunto, hasta que algunas semanas después, la sorprendió masticando
lentamente uno tras otro los caparazones con los caracolillos atrapados en ellos, absorta en el
placer del sonido cerámico, de la ruptura sistemática de aquellos frágiles huesecillos.
La lucha que llevaron se extendió por años.
Malú seguía empecinada en triturar caracoles, Mamá Pita en alejarla del jardín. Hasta que
en algún momento, el hastío de aquel juego ilógico, donde ninguna de las dos perdía pero
tampoco ninguna de las dos ganaba, a ambas les arrebató la partida.
'Allá tú si quieres quedarte sin dientes. Serás una vieja chimuela cuando cumplas los treinta
años. Nadie va a quererte, ni como mujer, ni como criada, ni como nada. Allá tú.'
Malú, para sorpresa suya, le contestó con una voz recargada de serenidad y una sabiduría
extraña, extática.
'Mamá: sé que no lo entiendes, y que piensas que estoy loca. No lo estoy. Esta es la única
manera de regresar el mundo a su centro, y que podamos recobrar el equilibrio de una vez por
todas. No me creíste cuando te conté del avión, cuando te dije de la nena muerta entre los
brazos de su madre. Tampoco me creerás si te digo que a pesar de todo, hubo un solo
sobreviviente. Alguien se escapó de la muerte segura, sólo porque no estuvo ni en el tiempo ni
el momento indicado. Es un fantasma de carne y hueso, y sólo con los caracoles y el espejo
puedo verlo, seguirle el rastro. El sabor de los caracoles es asqueroso, pero es un precio que con
gusto pagaré, si puedo arreglar el universo algún día.'
De aquella plática sólo recordaba con claridad los ojos fijos y penetrantes de Malú, quien
volvió a sumirse en su indiferencia, en su apatía ensimismada.
Y así como se resignó al crujir de dientes, a encontrarla encorvada y a la caza de los
caracolillos del jardín, un buen día se acostumbró a la idea de no tener descendencia, a no tener
un nieto con quién jugar, y a la idea desdichada de que su hija, por decisión propia, moriría sola,
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en aquella casa enorme, de la que había olvidado habitaciones y rincones y que ahora se reducía
a un par de estancias, enlazadas por el amplísimo jardín.
Poco esperaba ya, de ella con sus casi ochenta años encima, y de su hija, solterona,
agrietada, vistiendo el blusón blanquísimo de siempre, que le daba una apariencia espectral
incluso cuando vagaba por el jardín a mediodía.
Y fue precisamente por esa desesperanza, que la noticia que escuchó no la sacó del
aletargamiento, fue como si su hija estuviese contándole una historia tan irreal como las
telenovelas vespertinas, que últimamente las entretenían muy poco. Era de madrugada, noche
cerrada aún, cuando Malú abrió las puertas de su recámara, y se recostó suavemente, a su lado.
-Mamá, no te asustes. Hoy hice lo que tenía que hacer; tuvimos que esperar todos estos
años, pero por fin tú y yo y todos estamos seguros. Vi que él tenía miedo, encerrado en aquel
coche, derrapando por la autopista en una carrera loca hasta que se estrelló contra los cristales
de una puerta enorme.
Sé que él me miró porque yo lo miré. Y podía verlo a él y todo a su alrededor, a los hombres
que se acercaban y disparaban, sentí todo su miedo y entonces le dije ‘no te preocupes, tu mujer
y tu hija te esperan, desde siempre te han esperado y echado de menos’.
Creo que él comprendió porque dejó de tener miedo, y se dejó ir así, tranquilo después de
todo.
Ya no te preocupes por mí, mamá, ni por nosotras, sólo quiero que seas paciente cuando te
den la otra noticia, la que falta.
Mamá Pita la abrazó, y le dio un beso en la mejilla. Ella, su pobre hija, con esos sueños. Qué
hacerle.
Por la mañana Mamá Pita preparó el almuerzo, y sólo recordaba que por alguna razón Malú
había entrado a su recámara, despertándola horas antes. Pensó que dejarla dormir en su cuarto
era buena idea y también sería bueno para ambas, así tendría un poco tiempo para preparar
todo con calma y cocinar como era debido.
Terminó de servir los platos, y salió de la cocina. Era hora de despertar a Malú.
Regresó a su cuarto; la cama desecha y vacía amplificaba el ruido de sus pasos sobre las
lozas, Malú no estaba allí. Pensó en buscarla en su recámara, regresó al pasillo y al hacer el
intento de abrir, encontró la puerta trabada. Parecía cerrada con llave.
Golpeó con fuerza y la llamó a gritos, cuatro, cinco veces. Nadie respondió.
Con la rapidez que le permitieron sus piernas cansadas y achacosas, fue hasta su recámara
y buscó la copia de la llave, segura que Malú había cerrado por dentro por alguna de sus manías
incorregibles.
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Al girar la llave, sintió una pesadumbre inesperada en la barra del cerrojo, que chirriaba
exactamente igual que cuando se quiere abrir una chapa oxidada y deslucida. Al abrir el cuarto,
encontró la cama hecha, los muebles con una capa ceniza de polvo, y un olor a encierro de años.
Pensó que había equivocado la habitación, aquella, su casa, tenía cuatro recámaras, sin
contar el cuarto de huéspedes. Buscó las otras llaves. ‘Esta niña ha de estar jugando a las
escondidas’ pensó mientras abría la segunda recámara. Algo en su interior le dijo que no
encontraría a Malú en las otras, pero aun así, fue abriendo una tras otra las recámaras faltantes.
Cuando no encontró a Malú, sintió pánico. Y supo que tenía que guardar la calma, por algo
Malú le había dicho que fuera paciente. Pidió ayuda a los vecinos, la casa era grande pero no
tanto como para que alguien pudiera perderse en ella definitivamente.
Los vecinos buscaron y buscaron, entrando a recámaras tapiadas hacía más de treinta años;
subieron a los techos, alguno propuso buscar en el aljibe. Nada encontraron.
Sólo un rastro de fragmentos diminutos, casi pulverizados, de conchas blancuzcas, que se
perdía en un rincón del jardín, bajo el malvón más prominente.
Fue Jacinto, uno de sus vecinos, quien aguzando la mirada distinguió un olán parduzco
sobresaliendo entre los tallos y las hojas.
Mamá Pita parecía no comprender, no quiso comprender. Sus vecinos la recostaron en su
recámara, y le dijeron que no se preocupara. Que todo estaría bien.
Al llegar el perito, descubrió a Malú, prácticamente momificada, boca abajo, con un puñado
de caracolas secas en la boca. Tenía por lo menos treinta años de muerta, y según lo que advirtió,
murió asfixiada, con una caracola que se deslizó hasta lo más estrecho y profundo de su
garganta.
Poco después, con la intención de animarla y distraerla, algún vecino encendió el televisor,
que transmitía en todos los canales la misma noticia. Algún cantante famoso había muerto en
algún lugar lejano, en Centroamérica.
Mamá Pita no quería saber los detalles, sabía cómo había muerto aquél hombre.
Su hija le había relatado la escena, por la madrugada, unas cuantas horas antes.

A Facundo, in memoriam.



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El once de septiembre

La estúpida costumbre del silencio.
Después de la cama, ella se mira en el espejo, de reojo la sombra de sábanas y almohadas realzan
la figura de Eduardo, quien se deja mirar, libre de afectaciones.
Su miembro ahora fláccido, rebosante de ella, es una extensión anodina de su cuerpo. Ella lo
vuelve a mirar, y persiste en su silencio.
Aplica un poco de maquillaje sobre los pómulos, se delinea los labios con humectante. Él la mira.
Observa sus caderas abrillantadas por una capa etérea de sudor y loción líquida. Quizá residuos
de su saliva, de su semen. Observa la línea delicada y armónica de su cintura, el descenso del
pelo que yace sobre los hombros, guardando la compostura, y deshaciendo los pequeños rizos
que aún se resisten a desaparecer.
-¿Qué hora es? –pregunta Eduardo, sabiendo que cualquiera que sea la respuesta, estarán un
poco más cerca, y más ansiosos.
-Las tres y cuarto. Falta un par de horas –responde Mireille, rociándose un poco de colonia sobre
los pechos. –Aún hace calor, maldita ventilación, nunca funcionó del todo.
-Olvídate de la calefacción. –Eduardo vacila, pero continúa sabiendo que aquello tampoco
importará. –Hoy no cerraste las cortinas.
-Ni hoy ni nunca. –Mireille lo mira. Y sonríe.
Eduardo sabe que aquella sonrisa sólo aparece cuando hay alguna confesión de por medio,
cuando hay algo que va a ser dicho de una manera definitiva.
-Creo que nunca te conté de la barda.
Eduardo se incorpora. Recargándose en la cama, se rehúsa a cubrirse con las sábanas.
-Sabía que hubo algo con esa pinche barda, pero ni idea.
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Ella voltea. Eduardo admira la forma de los pechos, la brillantez en sus ojos que tienen los rastros
del insomnio traducido en la alteración de las pequeñas ramificaciones rojizas que circundan sus
pupilas.
-Cuando los vecinos pusieron la barda habían pasado sólo tres días. ¿Recuerdas lo que pasó el
once de septiembre?
-Se cayeron las pinches torres, ¿qué nó? –Eduardo sigue mirándola, esta noche ella no está
dispuesta a ceder ante nada, sabe que él también aguarda la hora, y continúa respondiendo su
propia pregunta.
-Esa noche te veniste en mi seis veces. Las conté.
-¡Wow! ¡Qué buena memoria! –Eduardo advierte un movimiento involuntario en los testículos.
La sola idea de rehacer aquella maratónica noche basta para prepararlo nuevamente, la decisiva
respuesta de su miembro lo confirma.
-Sí. Esa noche gritaste como loco. Me gusta cuando haces eso, cuando no te callas.
-Pensé que al final te reías de mí.
-No me río de ti. Me río de los vecinos, imaginando la cara que pondrán al escucharnos a los dos.
Eduardo guarda silencio un momento. No es difícil obtener el resultado de aquella ecuación.
-¿Entonces los vecinos nos escucharon y prefirieron pagar por levantar la barda?
-No sólo eso. –Mireille apenas puede contenerse. La risa franca en su rostro es el signo
inequívoco de que está a punto de revelar una verdad catastrófica. –Nos miraron toda la
mañana.
-¿La mañana? Pero si ese día nos despertamos hasta las dos de la tarde.
A Mireille le encanta la cara de Eduardo cuando él sabe que la situación salió de sus manos. Es
un rostro con ojos grandes, la boca haciendo los gestos de cualquier adolescente que se sabe
descubierto, pillado haciendo algo indebido.
-Ese día tú te despertaste a las dos de la tarde. Yo desperté a las once de la mañana, y me di
cuenta que se habían caído los cortinajes de la recámara. Te habías recostado sobre la cortina
como si fuera la sábana de la cama, y se vinieron abajo todos los herrajes. Los vecinos nos
miraron desnudos toda la mañana.
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Eduardo no puede contener una risa abierta. -¿Nos miraron en cueros?
-Sí amor, tu escultural figura y mi cuerpo perfecto. Por eso levantaron el muro en un fin de
semana, no podían darse el lujo de mirarnos y dejar que sus hijos aprendieran antes de tiempo
lo que algún día deberán saber con su teoría y práctica.
Eduardo se desliza un poco sobre la cama. Acomoda su almohada y más sereno, sin dejar de
sonreír, le dice:
-También tengo algo por confesarte.
-¿Sobre esa mañana?
-Sí. Me desperté a las dos de la tarde, pero también me levanté antes. A las siete de la mañana
el vecino imbécil comenzó a aspirar el coche con su música grupera. La vecina apareció en
camisón, y le meneaba el trasero desde la puerta del traspatio. Y me dije que si querían presumir
de algo no los dejaríamos que nos dieran batalla. Ni de cerca. Así que acomodé la cortina sobre
la cama, y bastó con que me rodara un poco y se vino abajo todo el cortinaje. Los dos voltearon,
y te miraron dormida, y mi actuación los convenció tanto que estuvieron así, mirándonos y sin
decirse nada. En eso alguno de los niños les habló para algo, y entraron disparados a la casa. No
volvieron a asomarse en un par de horas, y volví a quedarme dormido.
Mireille escucha divertida, sonríe. No puede interrumpirlo, aquellos detalles son lo que más le
encantan, ese es el Eduardo con quien ella quiere estar todo el tiempo que se pueda.
-Pero lo que no nos perdonó el vecino fue que por entrar corriendo se olvidó de cerrar el coche,
y se quedó sin carga en la batería. El lunes que lo saludé por la mañana vi que su carro no
arrancaba, la marcha hacía un clic clic clic y nada más. Le pregunté si quería que le pasara cables,
pero me dijo que no, que era una terminal suelta. Lo dejé y me fui, pero sé que fue por lo del
domingo que no quiso que le ayudara.
-Pues ahora, estoy más convencida que nunca de que debemos hacerlo.
-¿Qué hora es? –vuelve a preguntar Eduardo.
-¡Deja ya de preguntar! -Mireille voltea hacia el amplio ventanal. Del otro lado de la cerca un
pequeño resplandor ilumina débilmente el follaje superior del pino plantado ceremoniosamente
en el centro del traspatio. –Alguien se levantó. Es hora.
-Subamos, ya no puedo aguantarme las ganas.
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Mireille admira el cuerpo de Eduardo. Su miembro levemente erecto está listo para hacerla
disfrutar, y ella siente ese cosquilleo en el bajoviente que sólo Eduardo sabe saciar.
Él la carga llevándola en brazos. Sube a la segunda planta de la casa, donde la terraza recibe el
viento fresco de la mañana, aún oscura.
Eduardo acomodó aquel sillón la noche anterior, Mireille lo cubrió con una sábana blanca. El
calor de la tarde se había disipado por completo, comenzaron a acariciarse y los besos profundos
endurecieron simultáneamente los sexos de ambos, y los pechos de ella. Bastaron un par de
gemidos, para que en la casa de los vecinos se encendiera otra luz, en lo que debería ser la
recámara.
Cuando Eduardo entró en ella, Mireille no pudo contenerse y el gemido aunado a la certeza de
cuatro ojos que los miraban fue el afrodisíaco más eficaz.
Eduardo pensó que los vecinos tenían todo el derecho de levantar su barda hasta donde
quisieran, pero no el derecho de poner aquella barda en el terreno de su jardín.
Si querían librarse de ellos, tendrían que levantar su barda otros tres metros.
Pero Eduardo no le confesó a Mireille que no fue el vecino, sino su vecina, quien aspiraba el
coche buscando exhibirse para él.
Y Mireille no le confesó que el vecino les tomó una fotografía con el celular, enfocándola bien
cuando por un descuido voluntario se desplegó desnuda ante sus ojos.


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Terra lemnia


UNO

Un tiempo tú me decías,
prometiendo el bien que espero:
-“Abre la boca, que quiero
henchirla de gracias mías”;
y ahora que en tus visitas
de sed impaciente rabio,
apenas la llevo al labio
cuando la taza me quitas.

Juan de Palafox y Mendoza, Un deseo lleno
de impaciencia santa.


-La abuela decía que la medianoche es la hora de las brujas. Hoy sé que ella lo decía así, para
diferenciar muy bien la hora de las brujas de la hora de los demonios. En ese espacio de tiempo
que sucede al instante preciso en que el reloj marca las doce de la noche se desatan todos los
males, vicios, terrores, y también los goces prohibidos, la pasión y el júbilo. Pero al llegar las 3
de la mañana los demonios hacen acto de presencia, disfrutando las libaciones y el sacrificio de
la carne adormecida por el placer.
‘La medianoche es la hora de las brujas. Cuídate, hijo, de cometer tonterías a esa hora. Y si llegan
a cruzarse en tu camino, sigue de largo y no les hagas caso’.
Sincerándome puedo decir que ignoré el aviso. Su advertencia impresionaba, estaba hecha para
amonestar y disuadir pero nunca antes, hasta hace un par de semanas, dejó de ser un conjunto
coherente de palabras, o sílabas enlazadas con un significado unívoco.
Pablo supo algo que jamás me dijo. Y mientras espero, aún guardo la esperanza ya inútil de
entender los porqués, determinar el momento en que el destino me quitó las riendas de las
manos y me llevó a vagar sin rumbo hasta terminar aquí, esperando que den conmigo y me
maten, arrasando hasta los cimientos la memoria de lo que he sido y enterrando la forma caótica
de mis noches y mis días, valiéndose del acero enrojecido.
La abuela tenía razón, la medianoche es la hora de las brujas. Por suerte, no pudo comprobar
que la hora de los demonios es más fatal no por los demonios mismos, sino por sus seguidores,
fanáticos de fe petrificada y sedienta de sacrificios. Los brujos son peores.

*****

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Pablo no ocultaba sus aficiones. Por decirlo así, no tenía aficiones ocultas porque todos sabíamos
exactamente en qué andaba metido. Pero su afición no dejaba de ser extraña, al menos para
nosotros y nuestra mirada profana.
Por usar los términos que últimamente eran nuestra referencia, puede decirse que sus aficiones
eran de origen esotérico. Nunca perteneció a secta, grupo ni organización secreta; él mismo nos
lo dijo y nosotros podíamos comprobarlo: no podía llevar una doble vida por la sencilla razón de
que no tenía tiempo para ello.
Nos constaba que después de la escuela iba a casa a comer, y el resto de la tarde la pasaba junto
a nosotros en la biblioteca, estudiando y haciendo traducciones autodidactas de autores
inverosímiles. Cuando terminamos la carrera, Pablo sólo disponía de la noche para seguir
estudiando; el trabajo de oficina lo ocupaba hasta las seis de la tarde.
Al principio éramos cuatro. Fermín, Leonardo y yo lo visitábamos los viernes por la noche,
llevando una pizza o algunas tortas y siempre algunas cervezas, tratando de armar algo parecido
a una bohemia, pero siempre quedándonos lejos, hablando de cosas que no entendíamos
completamente y valiéndonos de los tópicos para zanjar cualquier discusión.
-¿Cómo puedes pensar que Beda el Venerable tenga vigencia aún...? ¡Hace mil trescientos años
que calculó y escribió sus Tabulae...! –dijo Leonardo un par de sábados antes de dejarnos,
hastiado de lo que consideraba un circulus vitiosus, donde era necesario aceptar de antemano
que los grandes tenían razón antes de comenzar a discutir la validez –o la imbecilidad, como él
la calificaba- de esos mismos maestros.
-Las estrellas son las mismas de entonces y siguen en la misma ruta. Y vamos, te concedo lo de
la aceleración, quizá vayan girando más y más rápido, aumentando la distancia de las elípticas y
demás, pero las proporciones son las mismas. ¿Por qué no pueden seguir siendo ciertas sus
observaciones? Para Beda la tierra era el centro del mundo, ahora sabemos que no somos
apenas una pequeña roca perdida entre un millar de millones de astros tan sólo en esta galaxia
y que corremos hasta el infinito, y que ya sea ahora o dentro de cincuenta mil millones de años
alcanzaremos el límite de la expansión y el universo volverá a colapsarse y todo volverá a
suceder desde el principio. Pero si dejas eso de lado, todo lo que hemos descubierto en los
últimos cinco siglos, bien puedes levantar los ojos a los astros y sentir exactamente lo mismo
que el monje: somos el centro del universo, y existe una armonía en las proporciones y los
tiempos.
Manuel no daba su brazo a torcer, y con argumentaciones como esa -pontificando sin saberlo-,
encerraba a su contrincante y lo obligaba a claudicar o renunciar a la batalla aún antes de
calzarse la armadura. Leonardo guardó silencio y se despidió unos minutos más tarde. Aquella
fue la última vez que estuvo con nosotros.
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*****

-¡Yo no ví nada, me cái que no ví nada! –dijo casi entre dientes, escupiendo saliva mezclada con
la sangre de labios y encías reventadas, y la voz apenas audible que el poco aire de sus pulmones
aún le permitían.
-¡Confiesa, cabrón! ¡De todos modos te va a cargar la chingada!
El Picos y el Martinete le dieron otro par de puñetazos en el estómago. A pocos metros de
distancia, El Cura y el Llavero se limitaban a observar la escena. Cuando El Cura les gritó ‘¡déjenlo,
ese pendejo no fue!’, El Picos y el Martinete comenzaron a treparlo a puntapiés en la caja de la
camioneta Ram que lucía sendos logotipos de la Policía Federal del Estado.
-¿No crees que ‘ora sí se pasaron ese par de pendejos? –preguntó el Llavero.
-Ni madres, total, si aquél güey no fue, de todos modos el pase de coca que traía en la bolsa del
pantalón basta para entambarlo de perdido tres meses. Se tenía bien ganada la calentada que
le metieron.
El Llavero no dijo más, no por nada el Cura era el sub-comandante y nadie se mete con los
superiores, ni en la Federal ni en ningún lado.
Antes de dar el arrancón, el Cura –que aún no había cruzado palabras con el arrestado- le
preguntó, en un tono amenazante y lleno sin titubeos:
-¿Seguro que tú no fuiste, cabrón...?
Los golpes en la cara comenzaban a inflamarle los pómulos y una mancha de color oscuro iba
extendiéndose por ambos párpados, y aunque la pequeña hemorragia en uno de ellos había
cedido y comenzaba a cicatrizar, debajo de la piel la sangre molida comenzaba a dibujar manchas
irregulares con tonos entre púrpura, rojo y naranja. Su voz era una súplica; no quería llorar, no
quería que aquellos cabrones se salieran con la suya ni aunque lo tuvieran esposado y tirado en
la caja de la camioneta; pero lo más importante en ese momento era evitar por todos los medios
que lo culparan de aquello.
-Les digo que cuando llegué, la chava ya estaba así... nomás me arrimé porque la bolsa estaba
cerrada... ¡yo no fui!, yo sólo quería darle vajilla a la vieja con la feria que traía guardada en la
bolsa...
-Entonces, ¿seguro que no viste a nadie...? –vuelve a preguntar el Cura, sin dejar de mirarlo a la
cara, directamente a los ojos.
-¡Seguro!, yo no fui, ¡me cái que yo no fui...!
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-Bueno, cabrón, entonces vamos a hacer algo bien sencillo, me voy a quedar con tu credencial
para votar y si nada tienes que ver con eso, te la regresamos en un par de meses. Si no, ya
sabemos dónde y cómo encontrarte y donde quiera que te veamos, te partiremos la madre.
El Llavero parecía no entender. Lo ayudaron a bajarse de la caja, y antes de irse le advirtieron:
-Ni se te ocurra pensar en pelarte, de todos modos te encontraremos y de la calentada que te
daremos me cái que te vamos a dejar paralítico.
Se alejó de allí corriendo torpemente y tropezando un par de veces con las piedras sueltas de la
terracería. Cuando ya se encontraba a una veintena de metros, el Llavero le preguntó al Cura, -
¿por qué lo dejaste ir?
-Ése cabrón no fue. No tiene ni los güevos ni la sangre fría para hacer lo que aquel hijo de puta
hizo con el cuerpo de la muchacha. Lo que me jode es que estamos como al principio y no
sabemos ni madres, y ese hijo de la chingada seguirá; ten por seguro que no va a detenerse.

*****

Seis o siete meses después de la deserción de Leonardo, Pablo nos puso al tanto de sus avances
sobre la Mónada y recalcó que el latín utilizado por Dee para escribir su tratado tenía más de
inglés que de italiano, y argumentó que precisamente detalles como ese hicieron del doctor
alguien ya famoso en vida al punto de ser tomado por Shakespeare como el modelo para su
Próspero. Incluso en la versión traducida ‘fielmente’ del latín al inglés, algunas frases parecían
haber sido acrisoladas plena y totalmente en inglés mejor que en latín.
-El problema fue que se perdieron las claves. Aunque el tratado haya estado escrito en latín y
también las glosas y los comentarios, lo poco que fue escrito sobre el tema por sus
contemporáneos está en latín; es sabido que la tradición oral que pasaba de maestro a discípulo
en algún momento se perdió y la obra se quedó sin poder ser descifrada aunque haya sido uno
de los trabajos más leídos en los últimos cuatrocientos años.
Era imposible detenerlo. Una vez así, después del arranque inicial, cortar su discurso era más
difícil que detener a media marcha el Transiberiano. Del doctor pasó inmediatamente a las
Tabulae, y Pablo nos confesó que recién comenzaba el estudio de las armonías clásicas con los
tratados de Beda el Venerable y de Boecio. ‘Entre uno y otro median algo más de cuatrocientos
años, pero la teoría de uno completa y enriquece a la del otro’, argumentó.
-¿No te parece raro que hasta Sor Juana en una de sus odas más famosas, se valga de la teoría
armónica de Boecio, cuando la polifonía y las nuevas teorías de las armonías y correspondencias
comenzaban a imponerse como un nuevo canon? –preguntó Fermín.
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-La verdad, no –replicó Pablo. -Recuerda que según los últimos estudios históricos es muy
probable que Sor Juana descendiera directamente de una familia de origen judío o sefardí. Eran
conversos; y lo que menos les convenía en esos momentos era adoptar la forma de pensar y
criticar tan poco ortodoxas de los teóricos más intrépidos de la armonía musical, y aunque
menciona a Kircher en varios de sus escritos, era un secreto a voces que el mismísimo Kircher
era un jesuita cuidadosamente vigilado por la Inquisición.
La discusión no llegó más lejos. Fermín había osado tocar con sus manos impuras el ídolo
sagrado, y tal delito sólo podía pagarse con la muerte, la aniquilación total. Los tres sabíamos
que respondiendo así, Fermín estaba fijando postura y a partir de ese punto sólo cabía la
divergencia y la separación.
Aquel sábado vi por primera vez que Pablo, casi con reverencia y unción, escribía en una libreta
de forma italiana con pastas de cartón duro algunos apuntes. Señalándome el engargolado con
las fotostáticas de la Monas, me pidió que leyera el teorema XVIII, que cierra con un dictamen
sólo justificable por alguien que puede demostrar empíricamente aquello de lo que habla: ‘Nihil
hîc effe extra noftræ MONADIS virtutem Hieroglyphicam, qui animum iftis Myfterijs fincerius
applicat, clarifsimè perfpiciet.’
La frase me causó escalofríos. Pensé preguntarle ‘¿en qué te estás metiendo?’, pero ya conocía
lo suficiente a Pablo para saber que sus estudios autodidactas sólo tenían sentido
considerándolos como parte de un programa más vasto y que ese programa escapaba, quizá, de
sus mismas previsiones.

*****

-Otra, ¡chíngadamadre! -vociferó el Cura, al recibir el reporte policial.
A un centenar de metros de la planta maquiladora, el cuerpo de una mujer muerta a navajazos
yacía semienterrado entre algunos matorrales y ramas de arbustos recién cortadas. Algunos
peritos hacían ya su trabajo, recolectando muestras de barro, ramas, hojas, fotografiando y
midiendo. -Pinche pérdida de tiempo. A ésta ni quién vaya a reclamarla –dijo el fotógrafo antes
de guardar en su estuche la cámara Canon con su juego de lentes.
-Era una puta decente.
Esa fue la descripción que sus compañeros de trabajo le dieron de aquella muchacha; su doble
vida era del dominio público y parecía no importar al Departamento de Recursos Humanos ya
que en la planta, y según contaba en los reportes, su desempeño era ejemplar. Trabajaba por la
tarde y su función era la de coser las suelas de los zapatos, ensamblando los cortes de cuero y
dejándolos listos para fijar la plantilla y perforar las solapas. Al terminar el turno se dedicaba a
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venderse al mejor postor entre sus compañeros de trabajo. Quienes tuvieron trato con ella
declararon que ella se decía contenta; había tenido negocios casi con todos, sus clientes eran
seguros y eso le impedía sentirse sola y despertar en una cama fría al amanecer. El mejor trabajo
es el que haces por gusto, y por el que además te pagan, les decía por la mañana, al cobrar por
su compañía.
Interrogó a media docena de compañeros de turno y así fue como se enteró de sus ocupaciones
extra-laborales y de los servicios que prestaba a la línea de producción. En ambos trabajos era
buena, y había podido llevar sin problemas el equilibrio entre la jornada laboral y su vida privada.
Hasta que se topó con aquél hijo de puta.
El crimen se publicó a toda página en los periódicos amarillistas de la tarde y todos enfatizaban
la forma en que había sido apuñalada, reproduciendo algunas fotografías forenses pirateadas
donde podía verse con claridad una serie de cortes en la piel que entonces aún nadie identificó
como un mensaje, aunque ya era evidente que allí había un patrón. Asestaba la primera
puñalada en el estómago: así inmovilizaba a la víctima, debilitándola hasta el extremo de no
poder gritar pero asegurando una muerte lenta; era cuestión de esperar una treintena de
minutos y asunto arreglado.
-Nomás falta que este cabrón se dedique a coleccionar fotografías y trofeos de sus pendejadas
–aventuró el Llavero. Habían encontrado un rollo velado de película fotográfica, pero ninguna
huella, ningún indicio; ese rollo pudo haberse comprado en cualquier tienda de cámaras o de
autoservicio, para eso tenían franquicias locales de las grandes cadenas comerciales del país.
-Estamos en México, si este cabrón se dedica a tomar fotos sólo puede ser un pinche loco gringo,
o un mamón que se quiere pasar de listo. Nadie carga en nuestro país un álbum de fotografías
mostrando mujeres muertas y casi despedazadas, y menos con lo persignada que es la gente de
nuestras tierras –comentó el Cura en voz alta. La idea de las fotografías era lo más seguro,
aunque de momento no podía comprender para qué serviría matar a una chica por muy puta
que fuera y en lugar de violarla, conformarse con tasajearla y matarla para después tomarle
fotos. -Este cuate está bien pinche loco... es la única explicación.

*****

-Imagina que por un momento pudieras ser Dios. No se trata de que todo lo que quieres se haga
realidad; no pienses como si fuera ganarse la lotería pegándole al gordo. Imagina, por ejemplo,
que dejara de existir para ti el tiempo. Que tuvieras la eternidad como única cifra de tu reloj.
Que tu conciencia lo abarcara absolutamente todo, que conocieras el pasado, presente y futuro,
y te fueran revelados todos los secretos.
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-Sería preferible morirse en ese mismo instante. Si fueras Dios tu existencia tal y como la
experimentas en este momento dejaría de tener razón de ser. No podrías amar, ya no
disfrutarías del presente, ni del futuro, te olvidarías del calor y las caricias que aguardan en los
brazos y en el cuerpo de las mujeres, ¡vamos!, dejarías de ser tú.
-De eso se trata, Manuel. Precisamente de eso. Imagina que pudieras ser Dios, tener todos los
atributos de Dios sin dejar de ser lo que eres. Es decir, sin perder la conciencia de tus actos.
Podrías rehacer todo el presente y el pasado, quitarte complejos, corregir errores, crearte un
universo perfecto y después invitar a otros a vivir en ese universo alterno, ¿no estaría de
pocamadre?
Me quedé pensando que aunque no compartiera su punto de vista, la idea en sí misma era muy
tentadora. Ser omnipotente sin dejar de ser lo que somos... bueno, el riesgo sería que nuestras
fortalezas y debilidades serían también y al mismo tiempo, infinitas. Podríamos hacer que el
mundo desapareciera con sólo un parpadeo, o crear un mundo para nosotros mismos, donde el
sol nunca llegara al mediodía, con un clima perfecto y lejos del calor que sufrimos últimamente
por estos lugares.
Me sonreí al darme cuenta que estaba haciendo lo primero que Pablo me exigió que no hiciera.
Pensé en aquella posibilidad sin percibir el lado más grosero de las posibilidades: el beneficio. Al
dar por hecho que ya no necesitaríamos el aire acondicionado también pensaba en partirle la
madre a las paraestatales y a los sindicatos, únicos beneficiarios de subsidios y compadrazgos.
-Con lo cargado que llegan los recibos de la luz sí que valdría la pena ser Dios –le contesté,
haciendo burla-, aunque sólo fuera para hacer el clima más templado.
-Te pasas de cabrón y de pendejo –fue lo único que dijo Manuel.

*****

El Cura se ganó su apodo a pulso. Cuando por cuestiones de trabajo lo enviaron a aprender los
rudimentos de latín, el párroco encargado de ayudarle le exigió que rezaran el Padrenuestro, el
Avemaría, y el Gloria en esa lengua, antes de comenzar con la clase.
-No entiendo para qué quieren los jefes que aprendas latín, ni que fueras a dar misa, pinche
Cura –le dijo El Llavero. Tenían más de siete años de conocerse y claro, al Cura no le hacía
ninguna gracia. Pero necesitaba saber por lo menos lo básico. Las primeras veces ‘el pinche
mata-putas’ se dedicó a escribir a filo de navaja frases o palabras sueltas en espejo, sobre la piel
de las víctimas.
Nadie se dio cuenta de que era latín, hasta que el fotógrafo forense procesó el texto invertido.
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-Oigan, esa palabra como que se parece a la palabra ‘tierra’ nomás que está mal escrita... le
falta la letra ‘i’. Escribieron nada más ‘terra’.
En la plancha de acero resaltaba el cuerpo blanquísimo de la muchacha. Entre sus pechos había
una figura, marcada en la carne con pulso de médico. La frase, escrita de derecha a izquierda,
en forma de espejo, decía: ‘Nutriri vero scimus in TERRA LEMNIA’.
Lo único medianamente familiar era la palabra ‘terra’, que seguramente significaba ‘tierra’. Las
demás palabras parecían no tener sentido y por más que le dieron vueltas y vueltas, nadie pudo
siquiera acercarse un poco a lo que pudieran significar en verdad.
El jefe le dio órdenes al Cura, para que fuera con un conocido suyo, párroco de la colonia, para
que ayudara con los rudimentos de latín.
-No sé para qué me envía allá... basta con preguntarle al cura qué significa la frase y listo, salimos
de las dudas y no me hace perder mi tiempo.
-¡Con una chingada! ¿No entiendes, Josué? No se trata de perder el tiempo en pendejadas, lo
que queremos es precisamente eso, no tener que andar preguntándole al padrecito qué significa
cualquier palabra que vayamos a encontrar; si se riega el chisme de que necesitamos de los
padrecitos para hacer nuestro trabajo en buen aprieto que nos veríamos metidos, ¿o nó...?
El Cura tuvo que aceptar que el jefe -al menos en esta ocasión- tenía razón.
Un jueves de octubre, a media tarde, el Cura llegó hasta la Parroquia de Nuestra Señora de los
Dolores, y entró por primera vez en la Casa Parroquial. No recordaba cuándo fue la última vez
que pisó las baldosas enceradas del templo, ni cuándo fue la última vez que escuchó misa. Al
preguntar por el padre Héctor, se sorprendió al ver a un sacerdote no mayor que él, aunque
hablando con los modismos y los gestos de alguien educado lejos. –Fui compañero de clase del
hijo mayor del comandante –explicó a Josué-. Por eso él me conoce y tenemos trato.
Últimamente viene poco por la parroquia, pero con el trabajo que tiene quién puede reclamarle
nada. Lo tengo en mis oraciones, es lo menos que puedo hacer por él y por ustedes.
El Cura percibió en las palabras una alusión clara a su separación de la comunidad parroquial.
Esa tarde también sabría que Héctor recién regresaba de estudiar en Roma, y el comandante no
podría haberle conseguido un mejor maestro de latín que ese.
Le invitó a pasar a una salita cómoda, con aire acondicionado y muy limpia, casi blindada contra
el ruido adormecedor de la tarde. -Sor Juana aprendió latín en veintidós lecciones, así que no
debería ser tan difícil. Pero no se trata de buscar superar el récord, nosotros sólo trataremos de
aprovechar bien los próximos veintidós días y hacer que puedas traducir por lo menos el
padrenuestro y el avemaría.
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El Cura se quedó mirando al párroco, y no podía creer que apenas habían pasado cinco minutos
y ya estaba hasta la coronilla de los olores de la madera impregnada de aceite, del incienso y
sobre todo, del olor de la cera.
-Ojalá y los veintiún días que faltan se pasen pronto... –pensó. Y fue en ese momento que el
padre Héctor le dio una tarjetita con las oraciones escritas.
-Repita conmigo: Pater noster Qui es in coelis...

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DOS

No es amor correspondencia:
causas tiene superiores
que las concilian los astros
o la engendran perfecciones.

Sor Juana Inés de la Cruz, Incendios.

El Llavero se encargaba de anotar en una hoja de papel los distintos símbolos que iban
resultando, uno tras otro. Ya tenían cuatro antes del último. Y precisamente en el pecho de
aquella muchacha, el último símbolo era más confuso todavía y también el más elaborado. En
su dibujo y para identificarlo mejor, lo encerró en un
marco dibujado a pluma, aislándolo de los cuatro
restantes. El Cura pensó que no podría preguntarle
al párroco si conocía aquellos símbolos, semejaban
más inscripciones de corte satánico que algún tipo de código. Entonces le vino la idea de visitar
a alguien que le debía un favor, desde hacía mucho tiempo.
Su conocido era el propietario de uno de los cibercafés mejor equipados de la región y el único
que ofrecía un ‘servicio plus’: cubículos perfectamente separados, uno para cada uno de sus
clientes. Y su discreción era lo mejor de todo. El Cura sabía que podía encontrar ya pasadas las
diez de la noche, clientes dispares que sólo compartían su afición por los videos y fotografías de
sexo duro: pornógrafos empedernidos, pederastas y sadomasoquistas que bajaban lo que
podían y después lo grababan en un cd que sólo costaba veinte pesos.
Dos años atrás mientras llevaban a cabo una redada conoció de la peor manera a Manuel, a
quien ya tenían echado el ojo por facilitar acceso a esos materiales prohibidos. Al entrar en el
local lo primero que vio fue a Manuel quien de espaldas y con sólo oprimir un par de teclas
desconectó todas las computadoras del internet, borrando automáticamente los discos duros.
Se había valido de un método brusco, pero eficaz: bajo los discos duros de la computadora se
encontraban pequeños pistones neumáticos, accionados por un compresor industrial de aire y
que en su extremo superior tenían atornillado un imán industrial del tamaño de un diskette. Al
presionar las teclas predeterminadas todos los motores se ponían en marcha, borrando los
discos a fuerza de imantación directa. No pudo recuperarse ni un solo bite de información pero
el Cura en lugar de emperrarse con aquel informático de mierda, se volvió uno de sus clientes
más asiduos; iba de semana en semana a navegar por páginas de ‘latinas calientes’, y Manuel
sabía cómo procurarle videos que, a su vez, él podía ver cómodamente en la computadora de
su casa. El Cura no tenía acceso a internet en su casa, Manuel supuso el por qué.
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-Con eso de los pinches piratas informáticos no me gustaría estar viendo tranquilamente cómo
se ponen a coger esas putas del internet, y luego enterarme que andan tras mis huesos mis
propios jefes, o el FBI, o quienquiera que ande investigando asuntos igual de jodidos...
La discreción de Manuel fue bien recompensada por el Cura. A partir de entonces nadie más
volvió a organizar redadas ni revisiones en el cibercafé, aunque en los registros del local
constaba que los clientes eran y seguirían siendo los mismos.
Pero aquella vez, el Cura llegó con una tarea especial.
-Necesito que me ayudes a buscar información sobre algo. Ya sabes, es información confidencial
y no queremos que se filtre, de lo contrario comenzaría otra oleada de histeria colectiva, como
la de principios de los noventas cuando la ejecuciones narcosatánicas de Constanzo y la Aldrete.
Quiero que me ayudes a encontrar todo lo que se pueda sobre este símbolo.
Cuando el Cura desdobló la hoja de papel, señaló el último dibujo; la penumbra del lugar y la
atención que puso al señalar el símbolo con el dedo índice, le impidió ver cómo Manuel se puso
pálido, mientras comenzaba a navegar por los websites esotéricos más especializados.

*****

-La cadena de los seres no era una patraña. Iba desde los elementos inferiores, ascendiendo,
hasta pasar por las entidades angélicas, y terminar con Dios, el eslabón superior y perfectísimo
de ese orden.
Por esos días ya había notado que Pablo tenía un par de semanas sin leer en mi presencia los
textos fotocopiados del Doctor Dee, y cuando iba por el cibercafé se limitaba a platicar de las
últimas lecturas sobre otros autores, o los resultados de sus búsquedas de documentos cada vez
más raros y menos ortodoxos.
Me dijo que ya había leído a Agrippa, a Bruno, Trithemius, Alberto Magno, Paracelso, María la
Judía, Ramón Llull, Fludd, y Giovanni Pico della Mirandola. Mas la lucidez de sus discursos y
peroratas iniciales había sido reemplazada por la mera divagación, tratando de ensamblar un
esqueleto con partes arrancadas de campos tan disímiles como las astrología, la necromancia,
las artes adivinatorias, la alquimia, la esteganografía, o el estudio de las entidades angélicas.
-¿Recuerdas el teorema XIV...? –me preguntó. Y más por cortar de tajo aquella que se adivinaba
sería otra disertación sobre el últimamente poco mencionado Dee que por un sincero interés en
el tema, le respondí que no.
Manuel, sin tomar en cuenta mi respuesta, siguió su disertación con la misma euforia arrebatada
de quien se sabe a punto de descubrir algo importante.
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-No importa. En ese teorema es donde afirma que Hermes a su vez dijo que los máximos
misterios y la tierra misma tienen al Sol como Padre, y a la Luna por Madre. Nutriri vero scimus
in Terra Lemnia radiis nimirum lvnaribvs & solaribvs, singularem circa Eandem, exercentibus
Inflventiam. Pero estoy a punto de demostrar que esa afirmación está incompleta y que John
Dee la dividió en dos axiomas separados, uno meramente informativo y otro completamente
empírico. Así se aseguró de que sólo quien conozca la teoría podría llegar fácilmente a la
comprensión de las formas materiales, y de allí dar el salto hasta cómo ejecutar los distintos
procedimientos para lograr lo que sea que se proponga.
Cuando le mencioné que eso me sonaba más a la doctrina política del fin y los medios que a
enunciados de magia y astrología, Pablo lo aceptó.
-También me di cuenta de ello y no sería aventurado decir que el Doctor leyó a Maquiavelo. Y
ya sabemos que Maquiavelo estaba completamente imbuido en la teoría socio-político-
humanista del renacimiento, y que los principales autores y estudiosos renacentistas tenían
como fuentes a Platón, las doctrinas de Hermes, y la Gran Cadena del Ser. Como puedes ver,
esos señores no dejaban nada al azar, y mucho menos crían en las coincidencias.
La conversación siguió en el mismo tono un par de horas más. Por conveniencia y también con
la intención de hacernos de un poco más de tiempo para conversar y no permanecer detrás del
mostrador sólo registrando la entrada y salida de los clientes, aquella noche decidí que el horario
de servicio terminaría hasta las tres de la mañana. Seguro estaba de tener algunos clientes que
pagarían bien por esas cinco horas que iban de diez de la noche a las tres de la mañana, quienes
sólo exigían que una vez en el cubículo no se les molestase. Y no me importaba lo que pudieran
hacer con las computadoras en renta, siempre y cuando no terminaran masturbándose allí
mismo. Ese veintidós de mayo, una veintena de minutos antes de la medianoche, Pablo me pidió
un favor.
-Necesito que me guardes un sobre, sólo por la noche de hoy. No quiero andar por la calle a
estas horas con un sobre tan evidente y que alguien piense que llevo papeles importantes;
mañana vendré a recogerlo.
-No hay problema, yo te lo cuido. Ya sabes, aquí estará seguro.
Al amanecer, el periódico daba cuenta de los últimos escándalos políticos, los amoríos de tal y
cual artista. Lo de siempre. Y perdida entre otras tantas, leí la noticia. “Aparece mujer asesinada
a puñaladas”. El reportero, sin pudor alguno, mencionaba cómo habían encontrado el cuerpo
desnudo: entre unos matorrales, con los brazos abiertos y la cabeza dirigida al norte, sin signos
de violación pero tasajeada con saña, como si alguien hubiera querido vengarse de ella.
Me pregunté si el asesino no podría encontrarse entre los clientes del cibercafé; aunque el sub-
comandante Josué me cuidaba muy bien de sus jefes no faltaría alguno que llegase tarde o
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temprano, a hacer preguntas. Pero eso era poco probable. Además, todos los clientes
noctámbulos abandonaban el cibercafé a las dos de la mañana en punto, y se suponía que la
chica debió haber muerto entre las doce treinta y doce cuarenta y cinco. Automáticamente, la
lista de salida y entrega de las máquinas los libraba de cualquier sospecha, incluyéndome a mí.
Pero a las doce del mediodía en punto, una llamada me hizo darme cuenta de que Pablo estaba
metido en algo cabronsísimo.
-Sabemos que usted no tiene nada qué ver con los últimos acontecimientos, tan
lamentables por demás. Es sólo que su amigo Pablo descubrió algo que no debía, y
nuestra comunidad necesita salvaguardar perfectamente todos sus secretos con sus ritos
y ceremonias. Usted ha recibido de sus manos un sobre que contiene información que
nos compromete, así que le pedimos encarecidamente que ni siquiera lo toque, de lo
contrario nos veremos obligados a tomar represalias también contra usted. Será mejor
que no se entrometa en asuntos que, aunque quisiera, no es capaz de comprender. En
tres horas, alguien pasará a recoger el sobre, téngalo listo por favor.
Necesitaba saber, por lo menos, en qué me había enredado Pablo. Fue por eso que abrí el sobre.

*****

El Cura no deja de darle vueltas y vueltas, buscando la justificación y por cualquier medio poder
explicar cómo un detalle como aquel se le pudo escapar. Los dos se conocían, y con seguridad
que Manuel fue si no un cómplice, sí por lo menos un testigo de los asesinatos de Manuel.
-Par de pendejos, quién les mandaba andar metiendo las narices donde no debían. Y si el imbécil
de Manuel no fue el cómplice de Pablo, de todos modos es muy probable que termine como él.
El Llavero tenía aún en la mano derecha el juego de ganzúas que siempre le acompañaba. Antes
de trabajar en la Federal había laborado un par de años en una ferretería. Allí encontró el
‘Manual para Cerrajeros Profesionales’ y el apartado que más le gustó fue aquel donde se
mostraba paso a paso cómo abrir cualquier tipo de cerraduras, sin importar la cantidad de
cilindros, que utilizaran una llave común y corriente. Ese conocimiento les había servido en
varias ocasiones, para entrar en casas particulares o negocios cuando no tenían orden de cateo,
evitando romper las cerraduras y candados.
Así fue como entraron al cibercafé.
Estaba por amanecer y lo único fuera de lo común eran las computadoras: estaban todas
encendidas. El registro de salida del programa de rentas mostraba que Manuel había cerrado,
como siempre, a las dos de la mañana.
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-Debió haber salido corriendo, nomás cerró la puerta y los candados y ni siquiera apagó el aire
acondicionado, -dijo El Picos.
El Cura, habituado al lugar, le pidió al Picos y al Martinete que buscaran algún papel, diskette o
cd colocado aún en los lectores de las computadoras. Como era de esperarse, no encontraron
nada. El Cura reparó entonces en el led color rojo que parpadeaba en la contestadora de
teléfono. Había un mensaje nuevo, recibido quince minutos antes de la hora dictaminada por
los peritos en la que Pablo había sido asesinado.
Hallaron su cuerpo cerca de los terrenos donde se localizó la última víctima, pero a Pablo le
marcaron en la frente el símbolo que se encargó de dibujar, con la mayor fidelidad posible, el
Llavero.
-Al menos corrió con mejor suerte que las mujeres, a este le dieron cinco balazos en el pecho y
dos acertaron en el corazón.
El Cura estuvo seguro entonces de que Pablo había estado metido en algo más ‘grande’ de lo
que pensaba y también que por eso nunca podrían llegar a saber si él era o fue el asesino de las
mujeres, o si sólo encontró algo que no debía, enterándose de algo que jamás debió conocer.
Daba las últimas órdenes mientras trataba de ordenar los hechos, y rebobinó la cinta de la
contestadora automática. Escuchó entonces lo último que recordaría de Pablo:
-Manuel, no vayas a donde te dije. Me están siguiendo, y quizá me maten en cualquier
momento. No quise meterte en esto, no pensé que también te estarían vigilando; en verdad lo
siento, hermano. Lástima que nadie podrá saber que tuve razón, el Doctor Dee dejó toda su obra
condensada en un axioma de dos partes. Enunció primero la última parte, y dos axiomas después
la primera. Por eso nadie pudo darse cuenta. Perdóname, mi hermano. Y si puedes entrégales
el sobre, quizás aún estés a tiempo de salvarte.
-Pero si Manuel salió corriendo como loco, fue porque también conocía el contenido del sobre
–se atrevió a opinar El Llavero.
El Cura pensó que Manuel no podía haber dejado que alguien le plantase un troyano en alguna
de las computadoras del cibercafé. Tenía la mejor seguridad, programas a prueba de hackers,
ruteadores encriptados y demás. ¿Cómo fue posible que alguien, quien haya sido, se hubiera
dado cuenta de que Manuel también había leído el contenido del sobre?
Sólo había una cámara digital con visión panorámica, y estaba conectada a la computadora de
Manuel y a un monitor CRT a colores, fijo a un lado de la caja registradora. A la computadora no
podía entrar absolutamente nadie: tenía el disco duro encriptado, y un sensor exigía
identificación biométrica para desbloquear la pantalla, además de una contraseña alfanumérica
y un password basado en un patrón trazado sobre imágenes aleatorias.
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El Cura tomó la camarita circular. En la pantalla del monitor pudo ver su imagen, lo que le hizo
enojarse al sentirse observado por alguien. –Es algo estúpido –pensó mientras daba un estirón
brusco al cordón de la cámara, pero aunque percibió exactamente el momento en que la cámara
se desconectó de la parte posterior de la computadora, la imagen no cesó. Al despegar el
escritorio de la pared, para examinar más de cerca las conexiones de la computadora y del
monitor, pudo observar un adaptador de red conectado a la cámara. Además de llevar la imagen
directamente a la computadora de Manuel, un cordón grisáceo se perdía en una pequeña
perforación en la pared. Ese fue el cable que se desconectó al tirar de la cámara.
Cuando se dieron a la tarea de seguir el rastro de aquel cable, encontraron un pequeño
adaptador para transmisiones en ondas infrarrojas, situado en el techo del cibercafé, en un
rincón apenas visible desde la calle.
-Si esa antenita muy a duras penas puede verse desde la calle y a plena luz del día, ni qué decir
a las dos de la mañana y con la oscuridad de las calles. Manuel, Manuel. Te jodieron donde
menos pensabas y mientras abrías el sobre alguien más se encargaba de ajustar la mira y
apuntarte a la frente. Sólo falta esperar y que estas muertes de mierda se acaben de una vez.
Qué chinga te metieron, Manuel.

*****

-Sé que vienen por mí. No me da miedo la idea de morir. Lo que temo es no saber cómo voy a
morir. No sé si me torturarán una vez que me encuentren, si me matarán de un balazo, o
enterrándome una daga en el corazón. El destino no existe, Pablo y yo lo supimos hace mucho
tiempo, pero teníamos que actuar como si pensáramos lo contrario. No somos dioses, por
fortuna. Y por desgracia, jamás dejaremos de ser sólo hombres. Cuando Pablo habló de
permutar, actualizando la lista y las fórmulas, pensé que habíamos cruzado ya los límites. Aquí
me quedo, le dije, y él sonrió. Terra lemnia, enfatizó.
-Tierra roja. Tierra manchada con sangre humana, un sacrificio. ¿Te das cuenta, Manuel? Para
conseguir que todo funcione, es necesario seguir los rituales al pie de la letra, y regar la tierra
con la sangre del sacrificio. Si en verdad el Doctor nunca hubiese conseguido hacerse con la
piedra filosofal, no tendría caso dejarlo por escrito, al contrario, estaría jugándose el pellejo en
la corte y sólo con pisar las calles estaba arriesgándose a ser degollado y desangrado en
cualquier callejón. Si él tuvo que decir que nunca consiguió la piedra filosofal, entonces dalo por
hecho: sí la consiguió. Y declarando lo contrario estaba salvaguardando su vida, y poniendo a
resguardo la seguridad de Inglaterra.
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-¿Era eso, fue realmente eso lo que pasó? ¿Pudo Pablo después de noches y noches de desvelos,
traducciones y adaptaciones, hacerse él mismo con la piedra filosofal? ¿Es por eso que me
persiguen, y estoy a punto de morir? Cuando me alcancen no podré decirles que la tengo,
porque entonces me pedirán que les entregue algo que no está en mi poder. Y tampoco podré
decirles que no la tengo, porque harán conmigo lo que no hicieron con el Doctor. Pase lo que
pase, sé que he de morir pronto. Pablo también lo supo y quizá esa fue la mayor de las gracias
otorgadas por la piedra filosofal del Doctor Dee: no saberse eterno y siempre renovado, sino
saber exactamente en qué momento, cuándo y en qué hora habremos de morir.
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TRES

Caveatis ergo ne in ista operatione alicui
secreta nostra reveletis. Herum moneo, ut
sitis cauti : et perseverate in operationibus,
et nolite fastidium habere, scientes quod
post operationem vestram magna sequetur
utilitas.

Albertus Magnus, Libellus de alchimia,
Præfatio.


Tomándose un receso, Pablo visitó aquella tarde a Manuel. Llegó temprano al cibercafé y
entusiasmado le habló de sus avances en el estudio del latín.
-Duro de roer, el padre Héctor. Pero se acordó de mí, y los días en que mi madre me llevaba para
servir de monaguillo, por la época en que a él le daban vacaciones y dejaba el seminario para
pasar un par de meses con su familia. Así que por fin estoy estudiando latín en serio, y ya pude
traducir algunas líneas difíciles sin tantos problemas.
Pablo llevaba un par de meses leyendo la Monas Hieroglyphica y estudiando latín de forma
autodidacta, así que a Manuel no le resultó extraño el interés de Pablo en el aprendizaje de las
lenguas clásicas.
Manuel se esforzaba visiblemente por no quedarse atrás, y mientras Pablo intentaba leer en el
latín original a Dee, Manuel buscaba las traducciones más acreditadas que estuviesen a la mano
en algún sitio de internet. Le preguntó a Pablo qué significaba la frase ‘introducing and
imprinting these four geogonic figures in the pure Earth very simply prepared by us’. Debajo de
la frase aparecían cinco figuras, la última encerrada en un cuadro y separada de las otras cuatro.
Pablo le dijo que pasando del símbolo a la forma material, con seguridad se trataba del cuerpo
de una mujer.
-Tendrían que imprimirse los símbolos uno por uno en el cuerpo de una mujer, aunque claro, la
mujer elegida para tal efecto no podría dejarse viva y el rito exigiría por lo menos cinco muertes
antes de completar el ciclo.
-¿Serías capaz de llevar a cabo un rito como eso, con tal de llegar a ser como Dios?
-Sediento de saber lo que Dios sabe –contestó Pedro, con una sonrisa apenas perceptible en los
labios.
-No te pases de cabrón.
-Ya. ¡Vamos! Es una pregunta capciosa. Sólo podrías saber si valió la pena al finalizar el rito, y en
ese momento el universo tal como lo entendemos dejaría de existir, y también seríamos otra
cosa; seríamos otros.
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Manuel advirtió que la respuesta de Pablo era más una incitación a seguir discutiendo que la
contemplación siquiera pasajera de una idea como esa: sacrificar cinco mujeres para que el rito
pudiera llevarse a cabo.
-Qué desperdicio –contestó Manuel. –Matar a cinco mujeres para volverte Dios, sabiendo que
los placeres de la carne ya no serían los mismos.
Pablo se consideraba ducho en cuestión de mujeres y Manuel lo sabía, por eso esperaba recibir
una respuesta contundente y afilada cual cuchilla de afeitar. Pablo no lo defraudó.
-Deja de pensar con categorías humanas. El placer de la carne sería un equivalente del placer
místico o la experiencia de lo divino, esa en que se funden las almas con el Creador supremo. Y
si concediéramos que las mitologías grecorromanas tenían un ápice de razón, estoy seguro que
el dios judeocristiano escogería a la Tierra para satisfacer sus necesidades si pudiese pensar y
sentir alguna vez como nosotros los hombres, meros mortales. Por eso la rancia tentación de
pensar que el Cristo tuvo descendencia y coyuntó con la Magdalena, disfrutando así de la carne
y de la grosera capacidad de dar vida más allá del propio cuerpo. Y resultaría curioso, porque
sea la Magdalena o la Madre Tierra, en la cadena de los seres estaríamos precisamente uniendo
el más inerte y el más inanimado de todos los elementos, y el elemento más superior y excelso
en la Gran Cadena del Ser. Sea como sea, la Cadena de los Seres seguiría siendo un círculo
perfecto: el Principio y el Fin, lo de arriba y lo de abajo volverían a encontrarse. ¿Ves cómo todo
el sistema es perfecto?
-Dios no tiene sexo y tampoco necesidades humanas –replicó Manuel. -Pero algo es cierto, las
entrañas de la Madre Tierra son igual de candentes y devastadoras que las entrañas de las
mujeres y Dios llevaría la de perder. Ante la Magdalena el dios hecho hombre llevó siempre la
de perder, como todos los hombres ante todas las mujeres.
Pablo se despidió poco después de las dos de la mañana, aduciendo que la hora de los demonios
estaba cerca y no quería exponerse a que el doctor Dee estuviese en lo cierto y las fuerzas del
inframundo le partieran la madre como a cualquier hijo de vecino.
Manuel no se inmutó. Manías enajenadas de diletante, se dijo mientras miraba a Pablo llegar a
la esquina de la cuadra y dar vuelta a la izquierda.
Al hojear el periódico matutino Manuel leyó con morbo más que con interés la noticia sobre una
mujer que había aparecido brutalmente apuñalada en un terreno baldío. Le habían grabado algo
en el pecho pero nadie sabía qué era, quizá sólo se tratara de algún drogadicto alucinado
teniendo un mal viaje.
Manuel no podía saber que se trataba del primer símbolo, de la serie de cinco.
Pablo apareció por el cibercafé poco después de las siete de la tarde, lucía unas ojeras profundas,
y su rostro mostraba un cansancio casi brutal.
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-¿No pudiste dormir...? –preguntó Manuel.
-Puto insomnio. Espero que no sea nada grave –contestó. –Llevo un par de semanas sin poder
dormir bien, ha de ser El Buen Doctor quien no quiere que le saque sus trapitos al aire.
Manuel pudo ver cómo Pablo guardaba las copias fotostáticas del texto del Doctor John Dee,
repletas de anotaciones manuscritas, en un sobre color manila sobre el que escribió, en
mayúsculas: EXPERIMENTA ANGELICA.

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Su cuerpo

A Carolina García

Initium ut esset, homo creatus est.
S. Agustín


Borrosos, poco a poco distinguió los ojos que le miraban. Ella adivinó su pensamiento, antes de
que intentara volver la cabeza a un lado y a otro le advirtió para que no lo hiciera. ‘Amor, aún
no, es demasiado pronto’.
Entonces fue que sintió los tubos entrando por la nariz y perdiéndose en algún lugar profundo
de su garganta, tomó conciencia de las agujas inyectadas a sus brazos y piernas. Podía sentirlas,
todo está bien, todo estará bien.
Incluso las seis semanas que pasaría internado y en observación constante, los aparatos
electrónicos marcando su pulso y registrando cualquier variación de su presión arterial,
cualquier indicio sobre el funcionamiento de sus órganos internos, cualquier alteración por
mínima que fuera en los compuestos de su sangre, de su orina, sabía perfectamente lo que le
esperaba, aceptó con gusto y con gusto pasaría los exámenes, los antibióticos, la terapia y
rehabilitación.
Supuso que ella también habría pasado malos momentos, aunque no diría nada para no
entorpecer su proceso de recuperación. Era tan fácil pelear y reencontrarse, discutir y
perdonarse, era tan fácil que su rutina sólo se rompió cuando ella lo conoció.
Alfonso pensó que no sólo las mujeres poseen ese sexto sentido del que tanto se habla. Como
hombre de una sola mujer también había podido desarrollar algo parecido a ese sentido extra
femenino, y pudo sentir claramente la presencia del extraño en el cuerpo y las caricias y las
palabras de Ana.
Hombre de una sola mujer. Qué estupidez. Pero así era.
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No fue difícil saber de quién se trataba, siguió a Ana una y otra vez hasta la puerta del
departamento donde Carlos saciaba de caricias y besos a la mujer que ya no era suya nada más.
Al sentimiento de incredulidad sucedió la ira, y después el rencor enconado y secreto traducido
en minúsculos detalles de una perfección que ya no existía, comenzó a sentir los celos. Como si
fuera una competencia desigual, donde pasara lo que pasara estaba condenado a perder, a salir
derrotado aún antes de comenzar a pelear.
Fue durante una visita al odontólogo que sopesó la posibilidad de vengarse de tal manera que
su derrota fuese el triunfo inequívoco ante la mujer que aún amaba.
‘Aún no es tiempo, amor’.
Claro que era tiempo, este era el tiempo. Esperar seis semanas solamente para retomar el
camino perdido, la relación estropeada, y ponerle un punto final a las cosas.
Esa tarde durmió y al despertar pudo ver que Ana cabeceaba en el sillón incómodo ‘para las
visitas’ que a un lado de la cabecera de su cama era una señal de que su mujer aún sentía algo
por él. Preocupación quizá, y no pudo quitarse de la cabeza que no sólo era preocupación, sino
también la falta de la costumbre y los ritos aprendidos. Él ya no estaba. Jamás volvería a estar.
Poco a poco otra rutina apareció entre visita y visita. La terapia científicamente asistida [‘una
operación así requiere sumo cuidado, y un detallado seguimiento clínico, sin dejar resquicio
alguno para la aparición de factores extraños. Los trasplantes de este tipo sólo tienen 30 años
de poder realizarse, y aún nos quedan algunos misterios y preguntas sin respuesta y sin solución’
les dijo el médico en jefe la misma noche que Alfonso salió de la sala de cuidados intensivos], la
rehabilitación verificada y la alimentación exacta, con un perfil personalizado, único y exclusivo.
A la tercera semana pudo por fin sentarse en el sillón de visitas. A ella no se le permitía ducharlo,
dos enfermeras y un enfermero se encargaban de asearlo cuidadosamente, y aplicar los
antisépticos necesarios después de la ducha, consideraban notable su recuperación. Sólo
cuando estaba perfectamente bien vestido, y las gasas y vendajes puestos en su lugar, permitían
que Ana ingresara en la habitación. ‘No podemos permitirnos correr riesgos innecesarios’.
El doctor lo dijo de una manera críptica: ‘los residuos mnemotécnicos sinápticos harán posible
que usted sepa cosas que ignoraba por completo, y también heredará limitantes y deficiencias
físicas que antes no poseía. Ambas pueden o afianzarse o anularse con la terapia y el ejercicio
correspondiente, en un periodo de tiempo más o menos razonable. Digamos que entre cuatro y
ocho meses’.
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Llevaba solamente uno, y las dos semanas que faltaban serían duras: aunque ya se le permitía y
exigía que diese pasos y pequeñas caminatas era sabido que en las dos últimas semanas el
esfuerzo físico era extenuante. Forzosamente debería poder trotar cuatro kilómetros y medio
sin descanso, al llegar al límite marcado de un mes y medio de rehabilitación. Sabía a lo que
metía, así que no dudó ni un momento. Ya no podía dudar, no estando tan cerca y faltando tan
poco para salir del hospital.
Ana se mantuvo presente, ayudando, compartiendo el dolor. Pensó que un día dejaría de pensar
en él, que Alfonso también exigiría tantos cuidados que la exclusividad que tuviera Carlos hace
unas semanas pertenecería de nueva cuenta a Alfonso.
Mas el solo recuerdo de su nombre seguía alterándola, y no le causaba gracia, ninguna maldita
gracia. Esas noches había llorado por él y por ellos. Alfonso podía irse a la mierda, nada de
sentirse atada, nada de seguir caminando sin saber hacia dónde. Ella no podía caminar más, ya
no.
Apenas un mes y medio antes las cosas eran distintas, su decisión era terminar de una vez por
todas la vida que llevaba al lado de Alfonso, y dejarse llevar por las promesas y las caricias de
Carlos. Estaba hastiada de una rutina vacía, sin futuro. Se merecía ser madre, ser una mujer
completa, y sobre todo, tener a su lado al hombre que la fecundara, que le permitiera sin
trampas vivir y disfrutar la maternidad concedida sólo una única vez, sin segundas
oportunidades, por el estado.
Mientras no existiesen precedentes de ‘maniobras legalmente extrañas’ como abortos
espontáneos o causados era posible tomar la decisión de con quién se tomaría el derecho
traduciéndolo en un acto: dar vida, crear la vida, procrear otro ser humano. Los hombres no
entendían nada de eso, pero algo en lo más oscuro de ella supo desde el primer momento que
Alfonso no sería capaz de cumplir su papel de esposo, compañero, amante, hombre y padre.
Cuando el doctor lo confirmó Alfonso guardó silencio, y ella escuchó la noticia como quien asiste
tras la puerta cerrada a una conversación ajena.
‘¿Cuánto tiempo tenías de saberlo?’ preguntó Ana. Alfonso guardó silencio, no tenía caso
responder y él sabía que las estadísticas y los estudios no mentían. En casos así las mujeres
terminaban buscando ‘otras alternativas’ lo que era tolerado e incentivado por el estado,
asistiendo en cada paso de la separación y la unión con una nueva pareja. El estado siempre
protegía a quien consideraba más valioso: la mujer y su capacidad de prolongar la existencia
humana como tal. El estigma impuesto a los hombres ‘dejados’ o ‘descartados’ resultaba
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demoledor, aunque también se tenían programas de apoyo y ayuda e incentivos laborales.
Excluidos de la categoría activa de miembros de una familia o una relación fecunda, las empresas
sucumbían a la tentación de atraerse candidatos con esas características. Los altos mandos
figuraban entre los puestos más deseados y también los más detestados. Alfonso no se hacía
ilusiones, no quería un trabajo de veinticuatro por siete por trescientos sesenta y cinco, no era
eso lo que deseaba.
Pero no podía tampoco dar el primer paso, necesitaba y era absolutamente necesario que Ana
tomara una decisión.
La rutina, los ritmos encontrados y las situaciones en péndulo tanto para Alfonso como para Ana
se transformaron en un modo de vida. Para Alfonso bastaba un gesto o una palabra y Ana la
respuesta de Ana era la prevista. Ana también supo muy pronto la palabra justa para minimizar
y neutralizar a Alfonso. Ella percibió en Alfonso los cambios y pareciera que Alfonso deseara
ponerle un punto final cuanto antes a la relación. Y la invitación de Carlos dejó de serlo para
volverse una exigencia, una decisión tomada.
‘Dame tres días, sólo tres días’, le pidió a Carlos. Tres días nada más, antes de poder plantarse
frente a Alfonso y decirle sin rodeos ‘esto se acabó’.
Ana no esperaba ninguna noticia de Carlos ese fin de semana. El viernes por la noche cenaron
como lo habían hecho los tres años pasados, alguna referencia vaga sobre el trabajo de Alfonso,
un comentario vacío e inútil de lo que pasaba en casa. Ana quiso terminar de una vez con todo,
pero había un plazo legal de 48 horas desde que una mujer decidiera poner fin a su vida con
pareja antes de poder comenzar a vivir dentro de una nueva relación. Cuarenta y ocho horas.
Sólo pensarlo le pareció insoportable, con una excusa cualquiera se levantó de la mesa y fue a
enjuagarse la cara con un poco de agua. Ya no usaba maquillaje, no para Alfonso.
En ese momento el pequeño artefacto mostró en su pantalla el mensaje en textos de alta
resolución ‘Estos serán los tres días más largos de mi vida’. De pronto, la tranquilidad que
buscara los últimos meses estuvo al alcance de la mano. Borró el mensaje y esperó a que Ana
regresara y terminara con la interpretación del papel que ninguno de los dos quería tener en el
montaje impecable de aquella farsa. ‘No podemos seguir juntos, ya no quiero’.
Para Alfonso fue como si Ana echara a andar el cronómetro. Cuarenta y ocho horas, lo marcaba
la ley. ‘Hace cinco meses me hiciste una pregunta. La respuesta es: no lo sabía. No sabía que era
biológicamente incompetente para hacerte madre. No importa, toma tu decisión, yo me
ocuparé de mi vida’.
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Ana también suspiró, antes de entrar en la recámara escuchó el ruido de la puerta a cerrarse,
segura que Alfonso tomaría un par de tragos con sus amigos de la oficina, y que regresaría más
tarde a dormir por penúltima vez junto a ella. Alfonso no regresó.
Poco antes de las tres de la mañana recibió la noticia, ella seguía siendo su esposa y la vida de
Alfonso estaba en sus manos: sólo faltaba su autorización, y Alfonso seria registrado
inmediatamente en la lista de espera. Desganada, firmó todos los papeles y selló con sus huellas
digitales los formularios electrónicos que aparecieron uno tras otro en la pantalla que le
mostraba una enfermera en la recepción del hospital. ‘El trámite puede hacerse en dos horas,
no hace falta más tiempo. Si lo desea puede ir a descansar a su casa, lo que sigue son los
procedimientos protocolarios, nada extraordinario’.
‘No regresaré a casa, en cuanto Alfonso salga del hospital me separaré y buscaré a Carlos. Esa
ya no es mi casa’ pensaba mientras las últimas luces de la noche comenzaban a apagarse,
dejando entrever un cielo borroso y azulado que se aclaraba un poco más minuto a minuto. ‘Qué
suerte para ustedes, señora. Alfonso acaba de entrar a la sala de microcirugía, en un par de
meses habrán olvidado todo esto’. No comprendió muy bien lo que decía el doctor. Hasta que
la sensación de estar ante un peligro desconocido la hizo sentirse oprimida, desgastada y
ansiosa. Esperar una hora y otra hora, desfile de médicos, filas de enfermeras, silencio absoluto
en la sala aséptica. ‘¿Cómo puede alguien llegar a ser tan estúpido? ¿Cómo puede alguien
atravesarse de lado a lado encima de una reja residencial sin morir inmediatamente? ¿Por qué
carajos sigues vivo, Alfonso?’
Cuarenta y ocho horas, quizá un poco más, o un poco menos, revisó la pantalla de cristal y no
encontró mensajes nuevos. ‘Carlos, Carlos, Carlos… mándame un maldito mensaje, por favor’.
‘Hace treinta años el procedimiento tomaba treinta y seis horas, y medio centenar de médicos
y enfermeras. Hoy nos basta con una docena de médicos y nueve o diez enfermeras, es increíble
cómo la tecnología nos ha facilitado hasta las microcirugías más difíciles. El donante
correspondía en un ochenta y nueve por ciento al índice de compatibilidad necesario, la felicito,
señora, se recuperará pronto. No todas las mujeres tienen la fortuna de que su marido estrene
un cuerpo nuevo’.
‘Carlos, ¿por qué no me escribes?’ se preguntaba una y otra vez, y una y otra vez se respondía
que nadie mejor que ella conocía la respuesta. ‘Puede irse a dormir a casa, aquí nos
encargaremos de todo’. Ella no quería descansar ni dormir, sólo deseaba estar lo más lejos
posible de Alfonso, extrañaba los abrazos y las caricias, el olor de Carlos.
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Veinticuatro horas. Un día completo. ‘No esperaré más. Si quieres morirte, muérete de una vez,
pero muérete solo’ se dijo en un susurro que ni sus propios oídos pudieron escuchar. Domingo
por la madrugada, las cinco de la mañana. A esa hora comenzaba el trajinar de la ciudad
somnolienta aún, desganada y en letargo voluntario. Apenas entrando al edificio supo que algo
andaba mal. Había algo distinto, fue hasta que vio las cintas amarillas de restricción y los sellos
policiales cubriendo los goznes de la puerta de entrada cuando reparó en el número del
departamento: 224. Restricción judicial. Sus pasos despertaron a la vecina de al lado, que asomó
la cabeza para confirmar sus sospechas, ‘sí, ¿no lo sabe? El joven Carlos sufrió un accidente el
día de ayer. Hasta su esposa vino a buscarlo, nadie entiende cómo pudo llamar por teléfono si
tenía la cara casi destrozada, discúlpeme, señorita, pero fue algo que nadie quisiera ver jamás.
Dijeron los peritos que el joven Carlos se levantó de madrugada, y debió resbalar yéndose de
frente contra el vidrio de la puerta que cerraba la regadera. De no haber metido las manos para
apoyarse el golpe de la cabeza en el vidrio lo hubiera hecho polvo y nada hubiera pasado. Nada
grave, digo, quizá algunos rozones y cortaditas sin chiste. Pero cuando metió las manos la inercia
de la caída quebró la parte baja del vidrio, ensartándole pequeños fragmentos del cristal en el
cuello, la barbilla y el rostro. Debió quedar aturdido y sin poderse levantar, por eso los pedazos
grandes que aún quedaban colgando de la estructura metálica le cayeron en la nuca, como
navajas de guillotina. Le digo que nadie comprende cómo tuvo fuerza para llamar por teléfono,
ni siquiera alcanzó a colgar de nuevo…’
Eran pocos los casos, pero los había, de mujeres que terminaban aceptando quedarse con sus
parejas estériles y buscaban en otro lado las emociones que perdían noche tras noche en las
habitaciones compartidas y frías. Carlos tenía esposa, pero algo no encajaba del todo. La mujer
seguía mirándola detenidamente, hasta que por fin preguntó ‘¿en serio eran tan buenos sus
servicios?’
-¿Servicios? No sé de qué me habla.
-Vamos, no sería ni la primera ni la última, la esposa de Carlos era estéril, y el hombre buscaba
una compañera. Un permiso del estado es un verdadero cheque en blanco, y cualquier mujer en
su sano juicio buscaría un beneficio doble…
Volvió a mirar las cintas amarillas y los sellos, y decidió dar media vuelta y salir del edificio. ‘No
sobrevivirá mucho tiempo, es imposible con un daño así’. Las palabras de aquella vecina
desconocida fueron repitiéndose una y otra vez, al llegar a casa sólo quería dormir, olvidarse de
Alfonso, y olvidarse también de él. Cuántas estupideces en sólo un par de días.
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El sol del mediodía inundaba los cortinajes, llenando de penumbras la recámara odiada. Comió
lo que encontró en el refrigerador, y decidió regresar al hospital, no podía seguir al lado de
Alfonso, pero dejarlo en esas condiciones ahora no tenía la misma importancia que un par de
días antes. Apenas se dio cuenta de las semanas en avance irrefrenable, y al término de la sexta
advirtió que todo aquello era poco menos que un sueño, al que no podía asir con las manos, y
del que no recordaba detalles que en su tiempo fueran importantes.
Alfonso supero la prueba atlética y una huella rosácea alrededor del cuello era el único vestigio
de lo que pasara mes y medio antes. Al darlo de alta entregaron un formulario minuciosamente
redactado, y se le exigió a Ana que firmara el recibo donde se daba por enterada de todo el
contenido: instrucciones sobre la dieta, síntomas de riesgo, calendario de revisiones y chequeos
médicos.
Ana lo miraba una y otra vez. Su tranquilidad, la serenidad. Había vuelto a nacer, ni duda de eso,
pero Alfonso apenas si regresaba la mirada. La cena, acompañada de una buena dosis de
medicamentos y antibióticos pasó como si retomaran una conversación viejísima. ‘Se que no
quieres quedarte conmigo. Que tienes planes. Tienes todo el derecho de tener planes para tu
vida, en la mía hay pocos. Casi ninguno, pero podré salir adelante. Quédate hasta mañana, no
tiene caso que salgas a la calle y te expongas esta noche. Mañana puedes irte a la hora que
quieras’. Ana se recostó en la cama después de que Alfonso se negara a dejarse acompañar al
cuarto de baño. ‘No tiene caso, esto tendré que hacerlo todos los días por los próximos cuatro
meses y medio, descansa. Si quieres dormiré en la sala, sabes que siempre me gustó el sillón del
recibidor’. Ana no contestó. Apagó la lámpara de noche y esperó a que Alfonso cerrara la puerta
del baño. Se desnudó y una vez recostada en la cama se cubrió con las sábanas que olían a
guardado y a limpio, el olor que siempre tienen las sábanas ajenas.
Alfonso salió del baño con una bata ceñida, la luz apagada y el cuarto en penumbras le ayudaron
a quitarse el miedo. Se quitó la bata de encima, y se cubrió con la misma sábana de Ana.
Ninguno de los dos supo quién comenzó el juego. Si fueron las manos de Alfonso rozando el talle
y los muslos y pechos de Ana, o si fueron las manos de Ana acariciando el rostro y el tórax y el
bajovientre de Alfonso. Fue como tres años antes, cuando sus cuerpos se buscaban y se perdían
y se encontraban en una cama infinita, entre sábanas que terminaban inundadas de olores y
sudor, sobre almohadas cálidas y un lecho silencioso. Ana se dejó tomar una y otra vez, Alfonso
sintió entonces la memoria de ese cuerpo que no era suyo, una superposición de recuerdos y
sensaciones vertiginosas. Ana permitió que se vaciara dentro de ella, Alfonso sabía por qué: los
antibióticos y medicamentos causaban esterilidad temporal, y aunque el cuerpo que ahora tenía
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había sido dictaminado por los médicos como ‘apto para la procreación’ el riesgo de que Ana
resultara embarazada, incluso estando en sus días fértiles, era prácticamente nulo.
Entrada la madrugada, Ana se recostó sobre el pecho de Alfonso, quien la abrazó y le besó la
frente. Quizá ese sería el último beso que aquella mujer recibiría de él. Sólo restaba dormir,
descansar un poco, lo que pasara una vez que amaneciera estaba fuera de dudas, él lo había
querido así, lo había hecho así.
El grito de Ana lo despertó. Apenas pudo contener las manos crispadas que intentaban arañarlo,
sus dientes buscando morder e hincarse en esa carne que ahora era suya.
-¡Maldito, maldito! ¡Mil veces maldito seas!
Sujetándola de las muñecas la fue sometiendo hasta que cayó sobre sus rodillas, gimiendo y
sollozando casi hasta el punto de la asfixia. Buscó la bata que la noche anterior dejara caer al pie
de la cama, y vistiéndosela se la volvió a ceñir lentamente, mientras Ana seguía llorando, cada
vez menos fuerte, hasta que sólo quedaban lágrimas y se le acabó la voz.
-Puedes irte cuando quieras, ya ves que nada nos une.
Apenas con un hilo de voz, Ana seguía repitiendo ‘maldito, maldito, maldito seas…’ Ignorándola,
Alfonso se quitó la bata y después se vistió despacio, sin prisas, su ropa aún permanecía sobre
el buró, exactamente como la había acomodado la noche anterior.
Sin decir una palabra salió de la recámara, abrió la puerta del departamento, y aspiró el aire
artificialmente renovado del corredor del edificio. No sintió remordimiento, también él dejaba
saldadas las cuentas pendientes. No por nada casi se dejó matar dejándose caer encima de las
puntiagudas flechas de unas rejas de protección. Tampoco era en balde que un mes y medio
antes muriera Carlos.
Alfonso seguía admirado. No creyó que fuese tan difícil, pero sí, Carlos se defendió hasta el
último minuto. Matarlo no había sido nada fácil.


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Ars Memoriae
A Simitrio Quezada, mi hermano.


Lo descubrió por error. La carátula de cristal líquido
seguía mostrando el aviso, ‘datos restablecidos en
la memoria permanente’. Hasta ese día había
seguido el procedimiento. Paso por paso: alimentar
la pastilla, volcar el contenido, respaldar en el dispositivo central oficial [gubernamental
se nombraba a veces], y limpiar la pastilla de todo contenido, para regresarla a su lugar
original: exactamente detrás de la oreja derecha.
Diseñada con la última tecnología nano-celular, un indicador lumínico advertía al usuario
el momento indicado para retirar la pastilla y guardar el contenido. ‘No soy dueño de mi
memoria, es tan valiosa que nuestro gobierno se encarga de ella’ rezaban los spots
publicitarios del frigorífico, también el espejo del cuarto de baño desplegaba el
comunicado.
Aquella mañana el dispositivo dejó ver su color azul ultravioleta. Asustado, equivocó el
botón, y cuando quiso reparar su error, el mensaje en la pantalla de cristal líquido fue
una amenaza certera.
gov:usr8f6eac29$_Restored data on fixed memory
gov:usr8f6eac29$_Job status exit: successful

Los dispositivos de almacenamiento fueron diseñados para que al presionar botón
indicado, todo recuerdo pase automáticamente al dispositivo; no nos ocuparíamos de
ello nunca más. Incluso el gobierno, haciendo gala de sus recursos casi ilimitados, se
valía de psicólogos, sociólogos y antropólogos, y estudiando los recuerdos almacenados
se esfuerza en buscar la pareja ideal, en organizar la vida individual de tal manera que
resulte prefecta, sin altibajos. No era una vida gris, claro que no; para evitar esto, el
gobierno se cuidaba de proporcionar memorias con datos ligeramente maquillados,

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gov:usr8f6eac29$_0000.0000
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recuerdos de infancia, recuerdos de los primeros tocamientos sexuales, recuerdos de
los primeros helados y pedazos de pastel comidos en la infancia.
Sólo en ese momento advirtió el porqué de su error: insertó el interruptor remoto con
la polaridad invertida. Al presionar el botón que se suponía retiraría los datos oprimió
efectivamente el botón contrario. El sentimiento de culpa, atroz, lo dejó paralizado. A
los 2 minutos una voz que tenía su origen en la pantalla de cristal líquido del frigorífico
le espetó: ‘Ernesto Alfa, código 8f6eac29, sus signos vitales aparecen alterados en
nuestros monitores, repórtese lo antes posible en su cubículo de medicina interna para
una evaluación integral’.
Era tanto su miedo que prefirió pedir vacaciones adelantadas, trámite que se procesó
en 43 segundos, tal y como lo marcaba el procedimiento. A veces el procedimiento tarda
1 minuto y 18 segundos, mas entonces debió darse alguna infracción en el
procedimiento, y que las vacaciones serían negadas irremediablemente por el sistema;
cuarenta y siete segundos después aparecería en la pantalla un desplegado con las
razones de la negación, y las soluciones propuestas. Dichas soluciones eran recortar el
horario de comida, disminuyéndolo de 35 minutos a 5. Claro que tomar pastillas en lugar
de líquidos y sólidos no era muy llamativo, pero a final de mes se contaba con la cantidad
nada despreciable de 10 horas si se trabajaba en horario estándar, o 20 horas si se
trabajaba en horario doble, que repartido en jornadas laborales suponía, previa
bonificación y verificación de la producción laboral, 2 días o 4 días con los que se podía
hacer lo que se quisiera.
Pero la respuesta no tardó un minuto y dieciocho segundos en llegar, sino sólo 43.
Habían aprobado vacaciones por 5 días, más bonificación por productividad de 3 días
extras.
Tengo 8 días para saber qué hacer con ese recuerdo. No lo quiero y lo tengo. Pero si el
departamento de recolección se entera de que envié un cartucho vacío entonces mi
penalización será… no quiero ni pensarlo. No debería estar pensando esto. No debería
estar grabando esto. No debería tener la pastilla colocada en su lugar.
‘Apto para trabajo especializado de tipo manual’ fue lo que determinó el sistema una
vez concluido su adiestramiento a los 15 años, empleándose desde entonces con toda
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la responsabilidad posible en su primer puesto de trabajo. La escuela vino naturalmente
compartida entre el trabajo semi-estándar y la vida familiar, permitida por el código a53-
8.086 sección x.8.0. Ingeniería especializada en circuitos macrocelulares, fue lo que el
sistema decidió por él como opción de estudios superiores. Los llevó a cabo según se
tenía previsto, y terminó también en el tiempo previsto. Esto suponía una ventaja sobre
sus demás condiscípulos: poder elegir el turno de trabajo, y el lugar. Las plazas en esa
ocasión eran solamente 23. En ocasiones subían a 28 o 29, pero nunca pasaban de 30.
Se suponía que esto era por las posibilidades estadísticas de que de un grupo se
recibieran más de 30 estudiantes a la vez, cosa que no sucedía nunca. Siempre había
alguien que se quedaba a medio camino, o que decidía bloquear su pastilla
deliberadamente colocando un pequeño pedazo de materia vegetal, y pasando a
continuación cualquier escáner de códigos de barras. Este procedimiento hacía que la
pastilla tomara la información del fragmento vegetal y lo insertara completamente en el
circuito, resultando incompatible con la información del usuario legítimo de allí en
adelante. Los únicos casos en que esto no era penalizado se presentaban con ingenieros
ambientales, o ingenieros de etología comparada. Al regresar de sus campamentos y
pretender vaciar sus pastillas era común encontrar adheridos a ellas pedazos de
cortezas, espinas, pequeñas semillas de polen. El concentrador gubernamental pasaba
sobre la pastilla su escáner de la misma frecuencia de los lectores de códigos de barras,
y la memoria quedaba bloqueada. En estos casos la reposición era casi inmediata: 3
horas 45 minutos.
Decidió que dormiría. Por alguna razón los sueños no quedaban registrados en la
pastilla, así que ya habría tiempo de despertar y seguir buscando alguna solución para
el problema.

No quitaría la pastilla hasta que se encontrara
completamente llena. Lo decidió apenas abrió los
ojos, deshaciéndose por completo de las imágenes
del sueño. Siempre soñaba la misma escena: un
laberinto de escaleras, con paredes muy semejantes a los paneles de nano-fibras que

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eran personalizables según el gusto de los usuarios, en las oficinas más o menos
importantes.
El suyo era simple hasta el extremo. Después supo que, de acuerdo a su evaluación
psicológica y sociológica, dicho panel había sido catalogado como ‘resultado exacto de
los análisis realizados’, esto quería decir que no transgredía ninguna norma, ninguna
regla, y podía seguir formando y reacomodando patrones cromáticos sin que nadie
reclamara ni desaprobara nada. Lo primero que programó fue que su panel tuviera la
forma del viejo edredón que sólo conoció por el par de fotografías almacenadas en una
de las primeras tarjetas motivacionales que recibió por parte del gobierno, cuando
cumplió la mayoría de edad, es decir, a los 14 años.
En esa pastilla se incluyeron: 2 fotografías del edredón de la abuela paterna, 1 fotografía
de la casa de campo a orillas de un lago que parecía misteriosamente el lago muerto a
las afueras de la ciudad, pero sin tantos filtros y tubos y con algo más de esos tintes
verdosos que el gobierno se ha propuesto erradicar por completo. Se añadieron también
una canción que no conocía -la letra era enigmática: ‘He deals the cards as a
meditation…’-, un par de poemas de Ezra Pound, y un extracto de William S. Maugham
tomado de Of Human Bondage, cuyo volumen correspondiente no pudo localizar en
librería alguna, y ni siquiera en los índices.
Al llenar el formato para consultas personales, indagó sobre el sentido de la canción y el
fragmento de la novela. Dada su ocupación, dicha canción es idónea para relajarse y
mantener a la vez el cerebro ocupado, fue lo que recibió como respuesta.
Tomada su decisión, automáticamente pensó: ocho días, con veinticuatro horas cada
uno son 192 horas. Si dormí 2 horas, tengo sólo 190 para salir de esto. Cualquier cosa
que haga quedará registrada en la pastilla. Lo que significa que si alguien me descubre
antes, servirá para hundirme, pero si logo salir de esto, podré usar la pastilla para
recordar. Podré tener recuerdos.
Primero el problema inmediato: cómo enviar una pastilla al dispositivo central que no
estuviera vacía. Entre sus herramientas, utensilios de emergencia que rara vez utilizaba,
tenía todo lo necesario. Desmontó una pastilla con recuerdos motivacionales, y el
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procedimiento fue simple. Un collage de pequeños momentos recuperados retazo a
retazo. Parecía, una vez terminado el collage, que había pasado algunos días repasando
uno a uno los chips motivacionales. Poca gente hacía eso: era una pérdida de tiempo, la
producción bajaba peligrosamente, y se corría el riesgo de sufrir algún tipo de adicción.
Cuando terminó de ensamblar de nueva cuenta los componentes de la pastilla
motivacional y la colocó en la ranura apropiada, el dispositivo central aceptó
inmediatamente los datos enviados. ¿Realmente serán revisadas todas las pastillas de
todos los pobladores de este lugar? Sólo en mi edificio seremos más de 600 personas,
difícil parece, pero no imposible. Catorce segundos después, un bip-bip le advirtió que
aún no retiraba la pastilla del concentrador. Sin la pastilla colocada en su lugar era
prácticamente imposible hacer cualquier cosa: ni siquiera las puertas del departamento
se abrirían. El frigorífico permanecería cerrado siempre, aunque la sensación de hambre
estuviera adueñándose del cuerpo completamente, y un sentimiento vago -entre
ansiedad, fastidio, enojo, ira- comenzaría a recorrer la gama del espectro anímico
entera. Pensó que él no sería capaz de cometer locuras, algunas parecían meras
leyendas urbanas. Se contaba de alguien que insertó su pastilla en el contenedor sin
darse cuenta que tenía residuos de pegamento con base de poliacrílicos. Fue imposible
retirar la pastilla, y sin medios para salir, ni operar siquiera el comunicador inter-
departamental, terminó sucumbiendo a la desesperación. Comenzó por comer todos los
peces encerrados en su acuario de cristal, siguió después con las plantas de ornato. Se
dice que consiguió agua haciendo algo vandálicamente deplorable: con una silla rompió
el tragaluz del cuarto de baño, único que no era de cristal blindado, y pudo recoger agua
de lluvia con el cuenco de las manos. El gusto, aunque máximo, le duró poco: sin
refrigeración ambiental su departamento hizo las veces de horno, y el calor fue tan
insoportable, que murió deshidratado, completamente desnudo y con los ojos secos. Se
comentó por lo bajo que había sido afortunado, la muerte le llegó antes de que el
hambre lo hubiera terminado de enloquecer por completo, y entonces habría seguido
con los dedos y manos y una vez mutilado, seguramente habría muerto por las
cortaduras y no por el calor.
Al extender el brazo para tomar la pastilla y retirarla del concentrador, un pequeño
temblor en los dedos y en el antebrazo lo detuvieron un par de segundos. ‘Enfócate, no
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puedes seguir recibiendo mensajes de advertencia. Con el chequeo general que tienes
programado es más que suficiente’. Al tomar la pastilla parpadeó repetidamente, sabía
que esa la forma de parpadear de quienes tenían alguna afección de tipo neurológico.
Había algo distinto. Había algo que era lo mismo. Algo que era distinto y era lo mismo.
El susto de hacía dos horas y media regresó, apresuradamente retiró la pastilla y la arrojó
lejos de sí, a un rincón del comedor. Su práctica en ese tipo de trabajos manuales le
sirvió perfectamente bien: no se astilló ni despedazó. Al contrario, rebotó en la pared
quedando brillante, incólume, en el piso. ‘No olvides que todo lo estás grabando, no
olvides que todo está registrado, no olvides que tienes menos tiempo’.
Eso era recordar. Ya tenía catorce horas sin
descansar, absorto en su hallazgo atroz, magnífico,
que semejaba algunos grados de la excitación
erótica. Lo que había guardado en su memoria
permanente era precisamente lo vivido la semana
anterior. El programa y la estructura misma del dispositivo sólo permitía almacenajes
máximos de doce días, y mínimos de ocho. Era el intervalo considerado como ‘sano,
dentro de la normalidad aceptada por el gobierno’. Grabar menos de ocho días era
considerado imposible: nadie había podido agotar el espacio del dispositivo guardando
sólo 7 o 6 días de memorias, a menos que no hubiera dormido ni un solo minuto en
todos esos días, o se hubiera dado a una vida frenética y sin descansos. Al contrario,
almacenar más de doce jornadas era peligroso: los límites de pasividad permitidos se
reflejaban en el tiempo laborado, en los índices estadísticos de productividad, incluso,
en el tiempo que se pasaba durmiendo, comiendo, o relacionándose con los
compañeros de trabajo.
En su caso, admiraba de la previsión asombrosa de quienes habían ideado el dispositivo.
Como era imposible vaciar la memoria completa sin correr el riesgo de que cada
ciudadano tuviera que aprenderlo todo desde el principio –es decir, costumbres,
aficiones, cosas tan elementales como caminar, hablar, escribir, ducharse o ir al retrete-
se tenía un sector del dispositivo con un fragmento que no se borraba jamás. ‘Perfil y
horizonte vivencial’, se llamaba comúnmente, y también allí estaban guardados los
rostros y nombres de los compañeros de trabajo, y los hábitos diarios con rutas y

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horarios, con habilidades y destrezas, con las especializaciones, estudios y aprendizajes
sintéticos oficiales.
Los ejercicios obligados, cinco minutos al despertar, permitían ambientarse en la
jornada sin entrar en shock ante la idea de tener ante sí una jornada exigente, minuciosa
a la par que intransigente. Comenzaba recordando los rostros y nombres, la ruta y su
puesto, sus tareas. Terminaba revisando lo que había vestido la jornada anterior, y lo
que había vestido antes que el día de ayer. ‘Mi cerebro ha estado acostumbrándose
desde no sé hace cuánto tiempo a trabajar con una sola parte cada vez: o con el perfil
vivencial, o con las jornadas almacenadas. ¿Qué será esto que ahora estoy haciendo?’.
Sintió un pequeño dolor entre las sienes, advirtió el circular de la sangre, latidos
desaforados que brotaban de su corazón, acelerado y como estrangulado. Al repasar a
los compañeros de trabajo encontró 2 cosas raras. El recordaba que día con día había
trabajado, la semana pasada, con Parténope Sigma, código e19b56c1, según el perfil
vivencial. Pero en las jornadas grabadas ella no aparecía ni una sola vez. Y complicándolo
todo, en ambos registros se presentaba constante, a su lado, una imagen también
femenina. Cabello al hombro, sonrisa amplia, con quien conversaba y llegaba a
compartir su almuerzo. Ella se quedaba en el cubículo ayudándole a terminar de
acomodar la papelería, sirviéndole el café. Llegaban incluso a bromear sobre si el
sistema algún día los relacionaría dándoles el visto bueno para vivir en pareja, como
familia. En su perfil vivencial ella no estaba. Ni siquiera sabía su nombre, pero a lo largo
de la semana ella estuvo presente, todos los días. Era la primera en saludarle, la última
en despedirse. Aun así, no lograba rescatar el nombre que debería estar grabado en el
gafete, y su rostro -bien delineado entre los recuerdos-, no tenía correspondencia con
ningún perfil almacenado en su pastilla.
Intentó tranquilizarse pensando que la pastilla funcionaba como detonante, y no como
implosivo: Si alguien cuyos datos e información se encontraban en la pastilla había
faltado al trabajo por cuestiones de salud, o había sido asignado a otra sección podían
pasar 3 o 4 revisiones antes de que se actualizasen todos los dispositivos. Sería un
registro inútil almacenado en el dispositivo. Y la segunda situación también resultaba
explicable desde ese punto de vista. Sólo que en este caso faltaba el elemento esencial:
la retención de datos en esa memoria volátil de la que se desprendía cada vez que
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presionaba el botón para ‘enviar datos al concentrador oficial’. Cuando los datos se
revisaran, alguien, forzosamente, tendría que haber visto aquella imagen presente, que
no figuraba en la pastilla. ¿Y si la imagen sí estaba pregrabada, pero ese sector se había
dañado, o bloqueado y vuelto así inaccesible? Eso explicaría por qué hasta ese momento
no había recibido notificación alguna para chequeo integral antes del día de ayer, y por
qué todo en su trabajo seguía su curso, sin alteraciones. Un detalle resaltó en ese
momento: vacaciones abruptas ya eran de por sí una alteración grave. Sobre todo
tratándose de él, que no tenía familia ni familiares con quién relacionarse, y muy apenas
compañeros de trabajo. La soledad como un sentimiento de encontrarse frente a frente
con el entorno y sentir la urgencia imperativa de hacerle frente sin otra cosa que la
propia voluntad y el propio tesón, era algo que no existía. A su lado siempre estaba el
estado, vigilando, cuidando: siempre la línea abierta para enviar y recibir cualquier tipo
de información pertinente. Con la firme intención de no perder más tiempo en esas
cavilaciones, optó por cambiar la cena de sólidos y líquidos por una ración de pastillas.
Al tenerlas en la lengua, y percibir el acidulento sabor desplegándose por las papilas
gustativas, tuvo la sensación de que hacía poco había hecho lo mismo. Le desagradaban
las pastillas. Con un cierto grado de asco las tragó, y siguió preguntándose por qué le
resultaba conocida aquella sensación. Así llegó a la hora dieciocho sin dormir. Sabiendo
que no podría soportar más tiempo en vigilia, tomó un somnífero programado, y se
recostó sobre el lecho. Despertaría, automáticamente, seis horas y media después.

El sueño cíclico partía de una puerta abriéndose, y un corredor que desembocaba en
una biblioteca. Estantes metálicos de alturas
absurdas, sobre ellos se encontraban libros y discos
compactos alternados, mezclados sin aparente
orden. El bibliotecario jugaba con una ficha
bibliográfica de papel cartulina, antes de poder decir una sola palabra, extendía el brazo
ofreciéndole la ficha. La tomaba y buscaba el libro. ‘Somnus Scipionis’, según se leía en
el papel amarillento. Encontraba el libro, y lo sacaba del anaquel. A punto de abrir el
volumen, una mano blanca se posaba sobre su brazo, y el aliento cálido y dulce
acompañado de una voz suave y firme alertaba sus oídos. ‘Déjalo. Hay cosas más irreales

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que los sueños’. Al volver la cara para ver abiertamente la figura y la imagen de aquella
mujer, encontraba una puerta que sabía tenía que empujar, y de alguna manera también
sabía que era la entrada a un corredor que desembocaba en una biblioteca.
No era un shock eléctrico, más bien como quien se pincha el talón con un alfiler, o se
clava una astilla de vidrio en la planta de los pies. Despertó una vez transcurridos los
trescientos noventa minutos. Sin tardanza se duchó, tomó otra dosis de pastillas
alimenticias, y salió a la calle.
El sol del mediodía caló en los ojos. Aquellos dos días ni siquiera se había preocupado
por recorrer las cortinas, en ese momento podría haber jurado que los relojes
reanudaron su andar. Al igual que él.

Acostumbrado a leer en pantallas de cristal líquido,
consultar los volúmenes impresos en papel de la
biblioteca pública le parecía lo mismo que andar
sobre esos artefactos arcaicos que la gente seguía
nombrando ‘velocípedos’. Su uso quedaba registrado minuciosamente, cada libro
solicitado llevaba consigo un récord que mantenía el gobierno para consultas
posteriores. Entre los usos de tales registros se encontraba la creación de nuevos perfiles
psicológicos, cálculo de medias conductuales, análisis de transgresiones normativas.
Somnus Scipionis. Para qué, si ni siquiera sabía latín. La bibliotecaria –mujer que tendría
más o menos la misma edad que él- miró detenidamente su brazalete y leyó con la
mirada fija en el monitor: Ernesto Alfa, código 8f6eac29. En estos dos años ha pedido
prestado este volumen 5 veces. Como sea, no tiene caso que le diga esto, en una semana
lo habrá olvidado.
Sí, claro, la pastilla, el lavado de cerebro, la limpieza a fondo de recuerdos estériles.
Tomó el libro y se acomodó en un pequeño escritorio. Empotrado en la mesa, un cristal
permitía tomar escaneos personalizados de la obra, que eran enviados inmediatamente
al domicilio indicado, en cualquier medio disponible: envío cibernético, copia impresa
enviada por mensajería, copia de imágenes en discos o chips desechables. Incluso, si se
contaba con la debida aprobación cabía la posibilidad de enviarse a la impresora del

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estado y obtener una impresión íntegra en papel, con propósito de estudio. En tales
casos, se ejecutaba un aislamiento supervisado, y la pastilla era retirada por un
funcionario quien proveía otra pastilla completamente nueva como reemplazo.
En algunos casos, el estado no puede permitirse correr el riesgo de perder información
que pudiera resultar, a corto, mediano o largo plazo, esencial para el desarrollo
intelectual de los miembros de la sociedad.
¿Puedo obtener una copia de las fechas en que he solicitado para lectura este libro? La
bibliotecaria consultó nuevamente la pantalla, y verificó que él había formulado la
misma pregunta las 5 veces anteriores, y las 5 veces le había sido concedida dicha copia.
No sé para qué quiere la hoja. Aunque pudiera conservarla para trabajar sobre esos
datos al borrar su pastilla olvidaría también para qué quería el registro, y por si fuera
poco, olvidaría también en qué sitio lo ocultó. A mí me piden que renueve la pastilla cada
5 días en lugar de cada ocho. Dicen que mi trabajo soporta demasiado estrés, y que los
nano-circuitos pueden fallar de un momento a otro. Le confesaré que puedo tener acceso
a todos los registros de todos los usuarios, incluyendo funcionarios de gobierno,
asistentes de administración, colaboradores sociales y demás. Pero tengo bloqueado el
acceso a mi propio registro, no sé si antes de hoy, si antes de 5 días he leído algo.
Supongo que así me protegen de algo que sería peligroso, para mí y para todos. ¿Se
imagina si de pronto pudiera recordar todos los libros que alguien ha consultado y
comenzara a sacar conclusiones de eso? Dejaría sin trabajo a los equipos de valoración
psicológica e investigación socio-cultural. Sería desastroso, ¿nó?
Ernesto advirtió una pequeña sonrisa, tímida, apenas insinuada en los labios de la
bibliotecaria. Sus problemas y sus preguntas no eran distintos de los suyos, ambos
sabían que recordar podía resultar perjudicial. En el caso de la mujer que tenía frente
no sabía ni quería saber si tenía familia, hijos, si le había sido otorgada una pareja y se
le había concedido la oportunidad de crear descendencia. Si esto fuera así, ella tendría
muchísimas cosas por perder indagando lo que no debía. Él no tenía a nadie, así que
tomó la hoja con sus registros y volvió a su lugar.
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En el registro faltó la
última fecha. Una vez
entregado el libro la base
de datos se actualizaría y
serían 6 entradas en lugar
de 5. En ese momento
tuvo la certeza de saber
por qué nunca le había
sido negada la consulta
del volumen: se prohíbe
consultar obras completas reiteradas veces, nunca fragmentos o extractos ni
resúmenes. Un fragmento no contiene toda la obra, y un resumen o síntesis no es la
obra misma, por muy comentada que pueda estar.
Liber VI. Somnus Scipionis. El papel cartulinizado contenía la impresión minuciosa que
pretendía ser a la vez un facsimilar, ignoraba cuántos siglos atrás se imprimió el último
libro genuino o auténtico. La polución terminó con bibliotecas enteras, y las pocas que
conservaron tomos y colecciones completas fueron infectadas pocos años después,
cuando la polución afectó a los libros dejando sus hojas completamente negras. Se le
llamó ‘cáncer de tinta’, pequeñas bacterias que se alimentaban del pigmento liberado
en la superficie de las hojas impresas, y cuyas excrecencias iban creando manchas que
comenzaban por ser pequeños puntos negros, hasta ir tornando la página
completamente negra. El procedimiento para acabar con tales bacterias resultaba
carísimo, y pocos volúmenes soportaron la prueba de fuego: ¿útil para la sociedad o nó?
Los libros técnicos fueron los primeros en tratarse contra la polución bacterial, cuando
se quiso llegar a los libros de contenidos abstractos, muchos considerados inútiles, era
demasiado tarde. Entonces las bibliotecas virtuales y sus proyectos de digitalización
recibieron órdenes en todos los lenguajes e idiomas posibles de restringir el acceso
remoto a las obras conservadas. Los datos en sus medios físicos de almacenaje fueron
trasladados a lugares estratégicos, al resguardo de los gobiernos ‘propietarios’ de
tecnologías e información. A continuación comenzó la reimpresión de todos los
volúmenes almacenados, una reimpresión por biblioteca nada más. Esto suponía tener

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gov:usr8f6eac29$_open library
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gov:usr8f6eac29$_display last 5 queries
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0000.1.1100
0001.0.0001
0101.1.1100
0101.1.0110
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un control exacto y matemático de distintas obras, y economizar recursos
eficientemente. Al poseer un solo volumen de una sola obra se obligaba al usuario a
registrarse en una lista de espera si el volumen solicitado era también solicitado por
varios usuarios. Así, los casos en que el usuario terminaba por no usar su lugar en la fila
de espera de la obra, al cumplirse el término para llevar a cabo el vaciado de su pastilla,
fueron aumentando considerablemente.
En casos extraordinarios se aprobaba la consulta y estudio continuo y exhaustivo de
algún libro. En tales excepciones, la memoria física nueva retenía lo aprendido en las
sesiones anteriores, de manera que el espacio de datos contenidos en el horizonte
aumentaba considerablemente. Un estudio de un mes o un mes y medio llevado a cabo
por algún especialista se monitoreaba por las instituciones gubernamentales con todo
detalle: suponía el cambio físico de la pastilla una vez al día. Nunca, hasta la fecha, se
había otorgado un permiso para estudiar una obra más allá de 2 meses. Al solicitarse un
periodo extremadamente largo de estudio, se optaba por un método mucho más simple
que el simple intercambio de pastillas: se tomaba el último respaldo que se hizo de la
memoria de algún estudioso que trabajó sobre la obra solicitada, y se volcaba junto con
‘el horizonte’ en la pastilla que se proporcionaba al solicitante. De esta forma todo el
contenido estaba incluido en la pastilla, y no era necesario llevar a cabo por segunda vez
el mismo procedimiento engorroso si se trataba de analizar una obra anteriormente
estudiada por otro usuario.
Dijo Africano: Esfuérzate, y ten por cierto que sólo es mortal este cuerpo que tienes, y
que no eres tú el que muestra esta forma visible, sino que cada uno es lo que es su mente
y no la figura que puede señalarse con el dedo. Has de saber que eres un ser divino,
puesto que es dios el que existe, piensa, recuerda, actúa providentemente, el que rige,
gobierna y mueve ese cuerpo que de él depende, lo mismo que el dios principal lo hace
con este mundo, y del mismo modo que aquel mismo dios eterno mueve un mundo que
es, en parte, mortal, así también el alma sempiterna mueve un cuerpo caduco.
Hizo un alto. ¿Por qué leo como si fuera mi propia lengua lo que está escrito en una
lengua que no conozco? Dejando su lugar y el libro sobre el escritorio, caminó
apresuradamente hasta el mostrador donde la bibliotecaria ya le estaba esperando.
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Aquí tiene, también lo ha solicitado cinco veces. El papel, lacónicamente, sólo tenía
escrita una línea:
Ernesto Alfa, código 8f6eac29. Cantidad de solicitudes realizadas: 5.
Aprobadas: 1. Negadas: 4. Permiso de estudio extenso otorgado el 0100.1.0010.
Tiempo empleado: 42 días. Estado del último volcado de memoria: No disponible.
Código 00x1x002.
En la mesa de consultas encontró el registro de códigos. El código 00x1x002 significaba
llanamente ‘extravío físico de dispositivos de almacenaje de información’. Había leído
por lo menos 5 veces el libro y las primeras 4 veces que solicitó préstamo extendido le
fue negado. La última se concedió, pero el respaldo de la última pastilla no fue
entregado. Por eso no me negaron la consulta de este volumen, quieren ver si logro
llevarlos a donde está guardada la pastilla con los resultados de mi estudio. Que se jodan.

No debería estar pensando esto, no debería haber
pensado esto, no debería haber querido hacer esto,
no debería haber leído el libro, no debería haber
hablado con la bibliotecaria, no debería haber
escondido el chip, no debería haber salido de casa, no debería haber pedido vacaciones,
no debería haber cambiado mi pastilla, no debería. Al regresar a casa era noche cerrada.
¿Dónde esconder una pastilla sin que los escáneres ni los localizadores gps ni los
investigadores puedan encontrarla? Extravío físico no significaba forzosamente lo
mismo que destrucción física. En el rincón aún brillaba la pastilla collage, con la que
falsificó su entrega de datos. Quizá a esa hora ya no era una falsificación, el estado
debería saber que todos los datos entregados eran falsos, fragmentos legítimos
engarzados de maneras arbitrarias. Ellos, y ahora él también, deseaban lo que se
escondía en esa pastilla extraviada. Cansado, y extrañamente tranquilo, se dispuso a
dormir sin ingerir somníferos. Tomó la decisión de despertar y levantarse tarde el día
siguiente, tanto como lo permitiera el cuerpo acostumbrado a sus jornadas laborales de
diez o doce horas.

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gov:usr8f6eac29$_0f57.ac8e
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Al realizar sus preparativos previos al descanso, repasó lo que podía usar para encontrar
el dispositivo perdido. Para ser localizado por la tecnología gps era obligatorio que dicho
dispositivo estuviese encendido. Cualquier técnico lo sabía. Y para encontrar en las
exploraciones con escáner el dispositivo era necesario que dicho dispositivo existiera,
tuviera la forma estándar de un dispositivo cualquiera, y que fuese detectable al lanzar
cualquier señal de alerta. El primer lugar donde un técnico de investigaciones buscaría
era el contenedor de pastillas motivacionales, como eran difíciles de falsificar, se habrán
contentado entonces con verificar los hologramas de autenticidad, y los sellos de
seguridad del dispositivo. Si todo estaba en orden, no era necesario reproducirlos uno
por uno. Pero él no podía pensar como cualquier técnico de investigaciones. Necesitaba
una pastilla auxiliar, un repositorio temporal para realizar lo que se proponía hacer.
Usaría la pastilla collage.
Al comenzar a usarse esa tecnología, hubo problemas de bloqueos no intencionales. Un
usuario retiraba su pastilla, y si por alguna razón no lograba insertarla en el concentrador
antes de pasados 8 minutos, dicho usuario caía desvanecido instantáneamente. Hubo
muertes por esto: ciudadanos que golpeaban la cabeza contra muros, muebles, contra
el mismo suelo. Otra característica nano-celular permitía el crecimiento continuo y
adaptable de la pastilla según la fisonomía del individuo. En los poquísimos casos en que
el dispositivo no era insertado inmediatamente después del nacimiento, era necesaria
una intervención neurológica a nivel microscópico para poder insertar tanto la pastilla
como su contenedor en el lugar donde debía ir: tras el lóbulo de la oreja derecha. La
convalecencia era terrible, algunos niños, no acostumbrados a la sensación del objeto
extraño rascaban y rascaban. Con las uñas terminaban por levantar la piel y dejar al
descubierto la pastilla, los efectos posteriores nunca fueron más atroces. Gritos
continuos, pataleos, jadeos, ceguera permanente. Vida vegetal. Afortunadamente, para
quienes quedaron en estado vegetal el estado aprobó una ley que permitía seguir
manteniendo vivo el cuerpo, usándolo paulatinamente como almacén de refacciones: la
mayor cantidad de nacimientos era por clonación, fecundación extra-útero. Todos
somos costillas de alguien más, se bromeaba constantemente en pasillos de oficinas y
casas habitación, y cada órgano retirado de un cuerpo vegetal era reemplazado por
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piezas mecánicas, que avanzaban conforme progresaban los alcances médicos, pero
nunca dejaban de ser elementos extraños dentro del cuerpo.
Aquel problema fue erradicado de raíz: una vez retirado el dispositivo del receptáculo,
sólo se seguía contando con los mismos 8 minutos para insertarlo en el concentrador, si
dicho plazo de tiempo era excedido, automáticamente la pastilla enviaba una señal de
bloqueo a todos los dispositivos electrónicos circundantes, y habilitaba un control
remoto que consistía en una táctica primitiva pero eficaz: pistolas cargadas de
somníferos líquidos que eran inyectados por jeringas teledirigidas. El individuo caía
dormido inmediatamente, y a la vez las funciones cerebrales disminuían hasta lo
ínfimamente posible sólo continuaba su tarea el hígado, riñón, páncreas, pulmones y
corazón. La señal también advertía a los paramédicos, que acudían al domicilio donde el
ciudadano se encontrara en ese momento. Una vez allí, la pastilla era volcada
manualmente en el concentrador, y vuelta a colocar en el receptáculo del dueño. Hecho
esto, el dispositivo enviaba una señal que tenía su origen en los efectos ampliamente
conocidos de la adrenalina. Se sabía que para adaptarse nuevamente al dispositivo y
recuperar las tareas interrumpidas por el bloqueo era necesario un periodo de tiempo
nunca mayor que doce horas. Así que ese día se otorgaba automáticamente un permiso
de suspensión de labores, sin penalización alguna, pero que quedaba registrado en el
reporte gubernamental correspondiente.
Ernesto Alfa, código 8f6eac29, no necesitaba 8 minutos, sólo una veintena de segundos.
Retiró su pastilla e introdujo después la pastilla collage. Desde la memoria permanente,
esa que tanta ansiedad le causaba, volcó los recuerdos fijos. Ahora podía disponer del
collage proporcionado por el gobierno oficial, y también de la memoria de los ocho días
guardados indeleblemente. Con la memoria de los 3 días anteriores en sus manos, y se
dispuso a diseccionar cada cosa sucedida en ellos; de existir la posibilidad de encontrar
algo útil, lo encontraría.
Todas las memorias, en razón de la estructura y formatos de grabación, presentaban un
punto de vista único de todos los hechos. Por eso resultaban tan atractivas para quienes
se dedicaban al estudio de las medias conductuales. Alguien perteneciente a ese círculo
intelectual filtró la información de la factibilidad de intercambiar memorias sin volcar,
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permitiendo quedarse sólo con un collage de los fragmentos deseados. El único
problema –el gran problema- era conseguir dispositivos lo suficientemente grandes para
almacenar esa colección de recuerdos ajenos: no los había. Los dispositivos
motivacionales generalmente se proporcionaban con la mitad de la capacidad estándar:
al ser colecciones oficiales pasaban por distintas revisiones antes de aprobarse y
enviarse al destinatario.
Colocó su pastilla en el reproductor adosado al costado de la gran pantalla de cristal
líquido empotrada a la pared. Aparecieron casi instantáneamente los menús del
programa reproductor, vio con sorpresa que allí estaban la memoria temporal, ‘el
horizonte’, y la memoria permanente. El horizonte fue lo primero que diseccionó parte
por parte. Fue difícil ya que protocolariamente el sistema anulaba todos los registros
donde apareciera un espejo, un cristal reflejante, o un reflejo acuático o metálico. Con
un programa avanzado de edición de video –él tenía licenciados 4 programas avanzados:
uno para edición de video, uno para edición de audio, uno para edición de circuitos
nano, y un programa de diseño de dispositivos de almacenaje- pudo rescatar lo que era
su rostro en cada uno de los momentos salvaguardados en aquel sector. Amplificando
pequeños dobleces en los pasamanos del tren, del automóvil, un pequeño reflejo en la
superficie convexa de una cuchara, y también amplificando considerablemente el reflejo
de los ojos de su interlocutor, pudo hacerse una imagen bastante clara de cómo era él
cuando tenía cinco años, doce años, veintiuno, cuando cumplió treinta años. En varios
registros distinguió junto a su reflejo la imagen de la mujer que él recordaba con el
nombre de Parténope Sigma. Su figura no podía ser confundida ni reemplazada con
ninguna otra figura de las mujeres que existían a su alrededor, ni el trabajo ni el edificio
donde vivía, pero esa figura estaba presente en momentos específicos, la graduación a
los 17, tomando algún diplomado a los 24, riendo a las afueras de un centro de estudios
en la hora del receso. ¿De veras se llamaba Parténope Sigma? Misteriosamente pudo
ver que no había ningún recuerdo guardado de algún día o fecha de los últimos 4 años.
A partir del último registro oficial –hecho al cumplir los 30 años-, su memoria no
agregaba nada. Decidió pasar a lo que seguía: aquellos 8 días que ahora sería imposible
borrar. El rostro de la otra mujer resultaba familiar, conocido. Su manera de reír, la voz,
sus gestos, como si fuesen amigos de años. No había encontrado huella de su rostro ni
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de su presencia en el horizonte, por tanto, su recuerdo de esa imagen debería formar
parte de los últimos 4 años de su vida, y si no existía un solo detalle ni registro eso
significaba que alguien los borró intencionalmente. ‘¿Quién eres?’, preguntaba una y
otra vez hasta que el sentimiento del hambre lo obligo a levantarse del sillón y retirarse
de la mesa de centro, sobre la que estaban dispersos los apuntes y las notas que había
redactado sobre cada uno de sus recuerdos. Sabiendo que tenía todo el tiempo del
mundo, comió sin prisa, preparándose los alimentos y empleándose a fondo en ello en
cada parte del proceso realizado. El sabor y la sazón no son otra cosa que una correcta
administración de cantidades y tiempos. Teniendo absoluto dominio sobre estos 2 ejes,
seremos los reyes del mundo.
¿Cómo te llamas? Fue lo que pensó una y otra vez,
hasta el momento de dormir. El cansancio hacía
estragos con su espalda, pequeños dolores
amplificándose a lo largo de la columna, una especie
de debilidad por la que no respondían sus piernas del todo, acompañada por una
pequeña punzada en el cuello, bajo el occipucio.
Las había contado una y otra vez: tenía en su poder 6 pastillas motivacionales. En ese
mínimo espacio puede condensarse una vida. Incapaz de sentir pena, conmiseración por
sí mismo, decidió dormir solamente lo necesario para que su dosis de pastillas
alimenticias hicieran su trabajo integrándose a la sangre, tejidos y huesos: 4 horas. A las
5 de la mañana pequeños astros aún podían distinguirse a simple vista desde las
ventanas y balcones. Las pantallas de cristal líquido advertían sobre el riesgo de salir a
esa hora a mirar cielos y estrellas: la polución comenzaba a enfriarse y a descender en
forma de pequeñas plumas cenizas, que se desbarataban al contacto del piso en miles
de partículas minúsculas. El estado repetía incansablemente que este desecho no
constituía por sí mismo un atentado o una amenaza contra la sociedad. Que el desecho
terminaría integrándose como fertilizante semi-artificial al suelo, a la tierra donde
crecían, en la orilla de las carreras principalmente, los pequeños arbustos ornamentales
donde algunos animales tenían aún sus madrigueras.

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Analizó las pastillas una por una, en sesiones de 2 horas dándose un tiempo para
descansar entre cada una de ellas, de 45 minutos. Las primeras 4 pastillas no aportaron
más información que lo que contenía su horizonte, la diferencia entre ambas fue que en
el horizonte estaban sólo bosquejadas las situaciones, y en las pastillas motivacionales
aparecían las situaciones extensamente, sin cortes. Al menos se suponía que no habían
sido editadas, o que la edición por parte de los censores era tan meticulosa, detallada y
profesional, que prácticamente no se notaba. Pero él lo notó. Un aspecto fundamental
era no poder recordar qué había en los libreros, donde, en las pastillas de la infancia,
vería sólo bultos de colores con letras pintadas en los lomos, pero sin acercarse jamás.
‘Al abuelo no le gasta que juegues con los libros. Ya sabes que son muy valiosos, además,
si tienes un poco de paciencia todos los libros serán tuyos’.
Preguntándose por qué el abuelo tenía libros, ‘si los libros desaparecieron hace siglos, y
los que hoy tenemos son reimpresiones autorizadas sólo para uso público en las
bibliotecas’, encontró la forma de rellenar los huecos de las pastillas motivacionales. En
una de ellas la vio. Parténope estaba presente en su horizonte por la simple razón de
que es -¿fue?- parte de su familia. Era su hermana menor, presente como perfil, pero
ausente como recuerdo. Rescató su rostro en el último volcado, gracias al mango pulido
de un tenedor. En el reflejo metálico pudo ver la forma del rostro de su hermana,
abrazándole a él, mientras sus padres se colocaban atrás de ellos. Era la pose obligada
para tomarse una fotografía. Fatigado, y con otra pregunta, descansó lo mínimo posible.
Esa noche no tuvo pesadillas. El fármaco y el alimento hicieron efecto inmediatamente.
Al despertar, sin luces aún, decidió regresar a la biblioteca. En algún libro, en alguna re-
impresión estaría el dato que buscaba: el nombre de su hermana. Repasó lo que había
leído, y entonces pudo sentir, totalmente, que su conocimiento del latín venía no de
hacía un par de años, sino desde siempre. Había crecido hablando y escribiendo en latín,
además de la lengua oficial del estado. El Sueño de Escipión era el VI libro de la obra
archiconocida de Cicerón. Una de las pocas que se permitía a casi todo ciudadano
consultar, como una muestra fehaciente de que el sistema era tolerante y soportaba
sólidamente cualquier crítica que pudiera formulársele. ¿Cuál de todos los libros pedir?
La restricción importaba muchísimo, cualquier acción equivocada activaría otras
alarmas además de las que ya se habían encendido al faltar al trabajo, aunque fuera
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tomándose vacaciones. ‘Tengo acceso a todos los registros, menos al mío.’ Si fuese cierto
-y ya había visto que sí- no habría problema en pedir el registro de otros libros de Cicerón
leídos por él, fuera en la época que fuera.
‘Lo siento, el único que usted frecuentemente ha leído y consultado ha sido el Somnus,
nada más. Aparecen consultas desperdigadas entre las bases de datos de filosofía,
cocina y meteorología, pero sobre humanidades, y sobre latinidad, nada, usted sólo ha
leído el Somnus 6 veces y ningún otro libro. Al menos no en esta biblioteca y en este
mundo’.
¿Cuántas personas vivimos en esta ciudad? Ernesto supo que había hecho una pregunta
estúpida. También ella debería saber que eran 24’678,099 personas en total, menos los
4 delincuentes que serían ejecutados por la noche, y los 62 nacimientos contemplados
para los 3 días siguientes. ‘Veinticuatro millones, seiscientos setenta y ocho mil noventa
y nueve personas, menos los que van a morir hoy por la noche y también los que se espera
que nazcan el fin de semana’. Ernesto pensó que no había ironía ni burla en su voz o en
su mirada, al igual que él, en momentos de trabajo sólo se podía permitir trabajar. Por
eso la sociedad y sus motores funcionaban perfectamente. Se le ocurrió transgredir las
normas de cortesía y pedir, llanamente: Me gustaría consultar si alguien con los mismos
números de sector y sección que los míos ha consultado algún libro últimamente.
-¿Tiene el nombre? –preguntó sin denotar emoción o sobresalto alguno.
-Nó. De hecho, me gustaría que esto no fuera oficial, si fuera posible que no se guardara
ningún registro de mi consulta…
Ella lo miró y parpadeó repetidamente.
Ernesto Alfa advirtió ese gesto. Estás pensándolo en serio, tu programación y
aprendizaje te dicen que no, pero tienes ganas de decir que sí.
Ocho segundos después, decidida y segura dio media vuelta, alejándose del mostrador.
Ernesto Alfa espero pacientemente tres minutos y medio, ella regresó con una lista
diminuta, que en media hoja café sólo contenía 4 inscripciones impresas, de sendas
fotografías de lápidas mortuorias, y un nombre que no había borrado, o marcado aún.
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Si eran parte de su familia, 4 de ellos han muerto. Aún vive Helena Alfa, código 8d56c796.
Pero no pidió préstamo de ningún libro. Sólo se dedicaba a escuchar antiguos discos
compactos, versiones digitales de grabaciones mucho más viejas. Le imprimí un reporte
en la oficina del director del centro bibliotecario. Allí no se lleva ningún registro. Iré por
la hoja impresa y regresaré en un par de minutos, y a esta hoja la manejaré como un
reporte provisional del centro bibliotecario, será destruida en la trituradora de papeles
al terminar la jornada laboral, comprenderá que no puedo entregársela.
Parténope Sigma era Helena Alfa. ¿Por qué cambiarse el nombre, o cómo consiguió que
los ingenieros del estado le asignaran otra identidad? ¿Por qué lo hizo? Apenas
transcurrido un minuto y medio ya estaba la bibliotecaria de regreso con las hojas de
registro. ‘No cupo la información en una sola hoja, fueron necesarias 3 hojas para que
todo quedara impreso’. Ernesto Alfa se acomodó en la misma mesa donde el día anterior
había releído el Sueño, y sacando los audífonos inalámbricos del cajoncito contendor
empotrado en la mesa, se dispuso a escuchar discos compactos el resto del día.

Senza fine, tu trascini la nostra vita… Canciones en
italiano, francés. Sinfonías, conciertos, recitales. El
abuelo tenía libros. ¿Qué carajos está pasando?
Todo lo que busco está en la memoria permanente y
en el horizonte. Hay algo, un detalle, un dato que no he visto aún, revisaré todo desde el
principio.
Tomó su ración de pastillas, en el estómago comenzó a sentir un pequeño ardor.
Después de consumir alimentos de esa forma por más de 5 días se sabía que los
malestares digestivos afloraban con violencia. Gastritis, inflamación del hígado, riñones,
infecciones urinarias, colitis, peritonitis. Demasiadas vitaminas y ácidos de una vez,
aunque los jugos estuvieran listos, eso no evitaba que el estómago comenzara a comerse
a sí mismo.
No lo pensó antes, la idea, a pesar de todo no era descabellada: ¿y si mi familia vive? ¿y
si tengo hijos? ¿y si alguna vez tuve una mujer? Todo dependía del estado. Si al estado
le convenía el sujeto podía conservar su núcleo vital –familia, amigos, trabajo-

gov:usr8f6eac29$_start
gov:usr8f6eac29$_0e571.951f
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indefinidamente. Cuando ocurría alguna transgresión al código civil, o cuando la
inadaptación por parte del sujeto era tal que impedía insertarlo definitivamente en
algún sitio, se procedía al borrado permanente y constante de cualquier tipo de
recuerdo almacenado en el dispositivo. Entonces las consecuencias fueron que, por
ejemplo, conjuntos habitacionales completos eran tenidos como hogares de paso donde
el individuo en cuestión vivía un par de meses, hasta ser reasignado a otro edificio,
procedimiento repetido hasta que el cansancio agotaba tanto al sujeto como a la
pastilla. Otra consecuencia fue el surgimiento de las familias ficticias. De esto último
sólo el estado guardaba registro, nadie estaba al tanto de qué pasaba o cómo se elegían
distintos individuos para formar con ellos un núcleo familiar. Un hombre y una mujer
adultos eran asignados a un grupo determinado de menores de edad, y con memorias
nuevas y horizontes y pastillas motivacionales programadas ad hoc, se pretendía que
funcionarían dentro del sistema sin mayores contratiempos. La mayoría de las veces el
procedimiento funcionaba, pero los fallos en el sistema eran catastróficos con medias
estadísticas altas. Poco se habló, y más como una leyenda urbana, del caso de una
familia cuyos hijos intercambiaron las pastillas de los padres. Habiendo bloqueado el
concentrador oficial para evitar la inserción de las pastillas antes de los ocho minutos de
margen, los padres, indefensos, no pudieron evitar que las pastillas ocuparan sus
receptáculos sin vaciar. Control remoto activo, los hijos insertaron todo el contenido
temporal en la memoria permanente de cada uno. Supieron que su ‘familia’ no era tal,
y advirtieron que el conglomerado de integrantes vivían bajo el mismo techo y
compartían el mismo pan sin siquiera tener secciones y números en común. Ambos
padres neutralizaron a los hijos, extrayéndoles las pastillas y destruyéndolas. Justo antes
de que los elementos de seguridad pudieran entrar en el departamento retiraron las
suyas propias, y destruyeron todo el contenido. Alcanzaron a bloquear las puertas de
acceso al departamento, el tiempo suficiente. Cuando el departamento fue ocupado por
el cuerpo policial, encontraron sólo 5 cuerpos vegetales, sin conciencia ni reflejo alguno.
Mas cuando el procedimiento funcionaba, los resultados eran mejores. Después de
cierto tiempo, y con la autorización correspondiente, a los miembros iniciales se iban
agregando los hijos que la pareja tenía permitidos, y podían ser familias numerosas,
según lo que se entiende de 6 miembros o más.
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Ernesto Alfa percibió la memoria de otras partes de su cuerpo presente, activa. Sus
manos estaban hechas a la caricia de alguien que no tenía ante sí, sus ojos miraban
entrecerrados algunos rincones. Creyó mucho tiempo –no sabía cuánto- que eran meros
actos reflejos ocasionados por el estrés. Levantarse por determinado lado de la cama,
servirse el almuerzo siguiendo un orden inalterable, bañarse siempre a la misma hora.
Según el estado, su comportamiento era ejemplar -¿realmente lo era?- y digno de
cualquier ciudadano preocupado por seguir el protocolo y ser útil a la sociedad. Sus
costumbres tenían otra razón, otra causa, y no era sólo el afán de agradar, ni la intención
de quedar bien con el gobierno, ni siquiera de quedar bien ante alguien ausente ya –un
mero recuerdo-, pero presente en esa memoria celular, táctil, olfativa, que llegaba y
brotaba en los momentos menos esperados.
Pastilla uno, dos, tres… detalladamente, cuadro por cuadro. Buscó el reflejo en los sitios
metálicos, en cristales, superficies pulidas. En la pastilla 4 la encontró.

Corrió apresuradamente, poco faltó para que
tropezara en las escaleras. Siguió el camino y ruta,
que conoció perfectamente en esos 5 días. Ante la
puerta, se detuvo unos instantes. Sólo tengo unos
segundos, será mejor correr.
No entró en el elevador: dispositivo electromécanico podía bloquearse con sólo oprimir
un botón. De dos en dos o de tres en tres pasó los escalones, al llegar al mostrador la
encontró, acomodándose los lentes, y con la misma sonrisa amable de siempre.
‘Parece que al fin encontró algo…’
Eras mi mujer. Vivíamos juntos, algo pasó. No sé qué. Por eso te recuerdo, y por eso no
sé tu nombre. Creo que tampoco tú lo sabes. Te cambiaste el corte de pelo, hoy usas
lentes, has adelgazado un poco, quizá igual que a mí no te ha ido del todo bien.
-¿Qué?, usted me confunde, tengo a mi familia, a mis hijos…
-Algo no funcionó. Por eso no me recuerdas, y por eso te he estado recordando tanto
tiempo.

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El elevador se detuvo y abrió sus puertas. Un grupo de 5 agentes de seguridad se
dirigieron hacia el mostrador, dos de ellos sujetaron a la bibliotecaria, y los otros 3
restantes lo detuvieron con fuerza. No era necesario ni levantarlo en vilo ni esposarlo,
tales métodos, inseguros, eran tenidos como mera barbarie y resultaban ineficientes al
lado de las drogas soporíferas de última generación y los métodos más extremos:
descargas eléctricas y proyectiles de aleaciones metálicas.
Ernesto Alfa, código 8f6eac29, según la solicitud 697c65d8-5, le ha sido retirado todo
vestigio de su vida anterior, y se le ha autorizado desde hace 4 años a vivir aislado y con
un trabajo fijo y estable. Acatando lo especificado en su misma solicitud, su pastilla
actual, al igual que todas las pastillas motivacionales que le han sido proporcionadas,
serán destruidas y restituidas posteriormente por pastillas plenamente autorizadas y
supervisadas por las autoridades correspondientes. Como requisito indispensable para
dar seguimiento a su solicitud, es absolutamente necesario que se reproduzca para usted
el testimonio digital almacenado en nuestra base de datos, y en el que usted declara,
expresamente, su deseo de ser reasignado a una nueva vida, y un núcleo laboral distinto
al que poseía originalmente.
Una pequeña pantalla de cristal líquido, semejante a las que poseían coleccionistas y
anticuarios con reproductores de los descontinuados dvds desplegó su imagen, y el
audio, perfectamente entendible, se extendió por la sala principal de la biblioteca.
No puedo soportar la idea de que mi esposa haya decidido vivir sin mí. Que pueda ser
feliz sin mí, que mis hijos y los recuerdos de nuestra vida en pareja, nuestros momentos
vividos juntos, ya no tengan valor para ella. Esta es mi petición, y mi autorización
también. Deseo que todos mis recuerdos anteriores sean completamente eliminados, y
sustituidos por alguna batería de recuerdos adecuados para mí, según lo que considere
conveniente nuestro estado y gobierno. Conozco bien mis debilidades, sé que intentaré
volver una y otra vez a lo que fui. Así que doy plena autorización a realizar el mismo
procedimiento tantas cuantas veces sea necesario con tal de que se sigan manteniendo
y cumpliendo mis peticiones expresas.
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En ese instante pudo ver cómo a la bibliotecaria le era retirada de su receptáculo la
pastilla y vaciada en una terminal del concentrador oficial. Volcado el contenido, la
pastilla fue retirada de la terminal y colocada en el receptáculo.
Ernesto Alfa, código 8f6eac29 pudo ver cómo, retomando la conciencia y advirtiendo el
lugar donde se encontraba, lo miraba sorprendida, aunque la presencia de los agentes
le impidió moverse e indagar directamente qué era lo que sucedía en la sala principal de
la biblioteca.
Decidí borrarlo todo. Debió ser lo mejor, debe ser lo mejor, si esto era lo que sentí
entonces, mejor vivir sin recuerdos.
Sentándose lentamente en una banca de la sala, vio que un agente se acercó a él,
abriendo un maletín de donde extrajo una pastilla.
-Esta es la memoria que será insertada. El número 6 significa que antes que esta ha
habido otras 5, no recordará esto, por eso se lo explico. Los recuerdos que envió a su
memoria permanente no son especialmente peligrosos, ni para usted ni para la
sociedad. Recordará eso como parte de su horizonte, y podrá elaborar nuevas tramas.
El procedimiento que le permitió llegar otra vez a la biblioteca y a la bibliotecaria está
almacenado en su pastilla actual. Al ser retirada usted no conservará memoria alguna
sobre la última semana que ha vivido, podrá continuar viviendo tranquilamente, sin
sorpresas ni angustia.
Una pequeña opresión bajo la garganta, en medio del pecho comenzaba a crecer. Había
leído sobre ello: miedo, ira, angustia, deseo, frustración. Pero sólo leído. Estaba seguro
que no había en la ciudad, en el país, una sola persona que quisiera sentir tal cual se
decía en esos textos, en las canciones a las que él tenía acceso.
Sólo quedaban palabras. Y las palabras, por fortuna, pueden aprenderse y olvidarse de
nuevo. Sucede lo mismo con las caras, los nombres, y las fechas.


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Les nerfs du coeur


1
Asco.
Aún sin soltar el gatillo el asco nauseabundo resbaló por la garganta, siempre sucedía lo mismo.
Despacio y sin remordimiento –sólo el asco, la garganta anudada- esperó a que sus ojos
terminaran de opacarse por completo. Se dio tiempo para acariciarle los párpados, evitando
llevarse polvillo de rímel en la yema de los dedos; era muy guapa y los labios recién pintados y
acentuados por el humectante resaltaban aún más los rasgos finos y delicados de su rostro.
El color escarlata formó una aureola alrededor de su cabeza, los azulejos blancos repletos de
venas grises y marmóreas reflejaban como si se tratase de un sendero lumínico, las dos hileras
paralelas de focos empotrados en el cielo falso que conducían hasta la puerta de la casa. La sala
era amplia, demasiado amplia según su gusto, mas quienes la visitaban invariablemente miraban
al cielo falso. Los focos marcaban el recorrido justo para ir de la puerta al desván, tras una pared
falsa la puerta del dormitorio se abría pocas veces. A los pies de sillones y mesitas de estar una
piel tamaño natural –muy artificial y sintética, pero efectista- de tigre hacía las veces de alfombra
y lecho de amor cuando era necesario.
Al llegar le había pedido la tarjetita. Despacio y sin prisa la buscó en la bolsa interior del saco, la
encontró y se la entregó como lo que era realmente: una tarjeta de crédito canjeable por un
cuerpo, una letra de pago en efectivo. Apenas dándose la vuelta dejó caer la bata y ante sus ojos
apareció el tatuaje del sol y la luna, unidos en una circunferencia eterna y compartida,
simultánea y excluyente. No había duda, era ella. Y sin dudarlo un momento hizo lo que tenía
mandado, la llamó por su nombre de pila, y antes de que volteara a verlo apretó el gatillo. Eso
había pasado un par de minutos antes. Ahora el mandato era encontrar la tarjeta, y más que la
tarjeta, el número de folio. No debía borrarlo ni destruirlo: la orden era regresar esa misma
tarjeta a su dueño. No podía salir de allí sin terminar el trabajo.

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2
Semana tras semana el cuento era el mismo: buscar la noticia que llenase la maldita cuartilla
que le exigía el editor ‘nó, pendejo, eso no hace llorar ni a las momias de la vela perpetua; ni
madres, cabrón, en el periódico no se publican esas chingaderas; ¿otra vez? esto no me sirve ni
pa’ limpiarme el culo’. Cuando pensaba que el cheque compensaba muy poco los gritos del jefe
de edición, le daban ganas de soltarle de una vez en plena cara: ‘el que te da de tragar soy yo,
pendejo, acuérdate de una vez’. La costumbre hizo que el alejamiento fuera gradual, y nadie en
la oficina llegara a notarlo. Era la convicción absoluta de saberse insoportables uno para el otro;
tomaba la grabadora digital y la cámara Pentax, buscando salir pronto de las exigencias laborales
para volver a hacer lo que le gustaba de veras: aguardar frente a la entrada del departamento
de Jasmina para fotografiar los rostros de quienes entraban y salían, para comparar cuánto
cambia la cara de hombres y mujeres cuando el placer ha llegado y se ha ido momentos antes.
Cómo era posible que aquella hora pagada en oro cambiara el semblante de quien entraba en
aquella casa, lo único que permanecía imperturbable, siempre igual y sin alteraciones, era el
rostro de Jasmina.
Día tras día su agenda le marcaba sin margen de error cuánto tiempo disponía para cada cliente.
Pensaba que aquella chiquilla no tendría aún diecinueve años cumplidos, pero la experiencia de
una meretriz romana era algo que nadie le disputaría ni por error, meses antes había dejado la
escuela, y sus dos o tres pretendientes de entonces jamás regresaron: perdieron la esperanza
de conseguir gratis lo que para otros era pago por compañía, por sexo, o diversión morbosa. Los
voyeristas tampoco faltaban.
Ella ignoraba la historia y él pudiera habérsela contado completa y con lujo de detalles, tomó las
fotografías y esa fue la primera –y única- vez que maldijo haber aprendido a tomar las mejores
fotografías del periódico. Jasmina daba un aire de novedad espontánea a los avejentados vitrales
del edificio, con su arquitectura sesentona, desgastada por el uso y la costumbre. A pesar de las
cinco o seis manos de pintura embadurnadas unas sobre otras, el edificio comenzaba a mostrar
lo que realmente era: un complejo habitacional con departamentos de tercera.
Esa tarde él lo miró cuando entraba, tomó la fotografía. Cuando salió, dieciséis minutos después,
bastó sólo con mirar el rostro a través de los lentes de aumento. Se sintió tranquilo: los sucesos
se ordenaban naturalmente uno tras otro, como un inmenso empedrado que cubriese la cara
de los callejones y del mirador de la ciudad.

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3
Pasando encima de su cuerpo apenas alcanzó a evitar el charco de sangre que comenzaba a
secarse. Las varitas de incienso aromático aún despedían su fragancia de lavanda y vainilla, le
habían dicho que tras la pared falsa encontraría la entrada al cuarto de su víctima: otra de sus
obligaciones era verificar que no hubiese nadie más en el lugar. Al abrir la puerta un
estremecimiento se adueñó de su cuerpo. Entonces reconoció la distribución de los cuartos, el
reacomodo de las paredes. Diecinueve años antes había estado en el mismo lugar, él solo.
Enganchado por la coca y la piedra, buscaba dinero fácil para pagarse el vicio. Tocó la puerta y
abrió el dueño de la casa, quien al verlo quiso cerrar pero él ya tenía medio cuerpo dentro de la
sala, y lo alcanzó a picar en el brazo izquierdo. ‘¡Esconde a los niños!’ escuchó que gritaba a una
mujer, quien corrió al fondo de la estancia, entrando a la recámara y atrancando la puerta por
dentro. Sería la adrenalina, el miedo o esa ansiedad que asfixiaba y le oprimía el pecho, navajazo
tras navajazo se dejó ir sobre el hombre que a poco yacía tirado sobre el piso, inmóvil y con los
ojos abiertos en un gesto de dolor profundo. Oyó los llantos de la mujer y un niño al fondo de la
sala, con una patada partió en dos la puerta de aserrín prensado, en la recámara ella intentaba
esconder tras de sí a un niño que apenas si rozaba la pubertad, y la cuna donde un bebé recién
nacido comenzaba a llorar pidiendo biberón.
Lo último que recordaba de aquel día era a la mujer que se le dejó ir de frente y sin detenerse,
y que habían forcejeado poco. Le alcanzó a arañar el rostro, pero su navaja tampoco tuvo
compasión de ella. Eso era lo único que recordaba, lo demás lo supo por el periódico, cuatro días
después, cuando despertó en el rincón de una casucha abandonada, en la periferia de la ciudad,
justo en el momento en que una locomotora hacía rugir su silbato ronco avisando que no se
detendría por nada en el mundo.

4
Tenía miedo, ¿por qué no iba a aceptarlo? Él lo citó a las siete y media de la tarde en el cuarto
914 del hotel Iturbi, y el miedo no lo iba a detener. Llevaba en la mochila junto a su cámara el
fajo con billetes de veinte y cincuenta dólares, tres mil quinientos en total. Entró por la puerta
del estacionamiento, a esa hora el cambio de turno distraía a recepcionistas y vigilantes, subió
por las escaleras y tocó sólo dos veces, como habían acordado. Lo recibió pistola en mano.
‘Entre’, le ordenó. La cama hecha, una maleta discreta, los muebles limpios. Para él era sólo un
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lugar de encuentro, no había residuos ni siquiera de perfume en el ambiente, para ambos era lo
mejor.
-¿Tiene la tarjeta? –preguntó sin preámbulos.
Él cambió la pistola a la mano izquierda y con la derecha buscó en la bolsa interior del saco.
-No fue fácil encontrarla en el charco de sangre, el folio aún es visible. Puede hacer con ella lo
que desee, ese trabajo terminó.
-En la mochila encontrará el dinero que pactamos. Si gusta puede contarlo, billetes de veinte y
cincuenta dólares, tal como lo pidió.
-Confiaré en usted, negocios son negocios y estamos entre gente seria. No sé ni me interesa
saber por qué quería muerta a esa puta; en este momento me voy de la ciudad.
Volvió a tomar el arma con la mano derecha y se dirigió hacia la cama sin dejar de apuntarle,
tomó su maleta con la mano izquierda e hizo el ademán de alcanzar la puerta, ya sin apuntarle
con la pistola pero con un gesto de irrefrenable resolución.
-Antes de que se vaya, hay algo que deseo entregarle –le dijo. Pudo ver cómo se alineaba de
costado hacia él, movimiento que sólo significaba una cosa: ‘si me juegas sucio aquí mismo te
mueres’.
-Lo siento, no conservo recuerdos personales, ni de mis clientes ni de… los negocios que hago.
Al escuchar su titubeo confirmó que él sabía lo que tenía que saber. Un truco que aprendió en
la secundaria fue el de hacer aparecer y desaparecer una moneda, acto de prestidigitación más
que de magia; cuando le explicaron que el chiste era llamar la atención del espectador en una
parte del cuerpo mientras con otra se hace lo que realmente cuenta, todos los trucos de magia
perdieron su encanto aunque se quedó con la enseñanza aplicándola cada vez que podía. Estaba
entre pares, no debía ignorarlo: el matón contratado a buen precio conocía muy bien su negocio,
y seguro que estaría acostumbrado a evitar como fuera tomaduras de pelo, chantajes y
sobornos, así que con movimientos pausados pero decididos buscó la cartera en la bolsa trasera
del pantalón, la abrió con la misma determinación, y extrajo una credencial de elector
plastificada. Supo que esa credencial tendría más de quince años.
-No debí decir que mi intención era darle algo. Lo que deseo más bien es regresarle algo. Tómela,
esta credencial es suya.
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Dejó caer la maleta y extendió la mano izquierda para tomarla, apenas mirando la fotografía
volteó a verlo. ‘¡¿Qué?!’ pero ya lo tenía encima, sintió un dolor fulminante en el pecho y lo
tenía tan cerca que no pudo usar la pistola, tampoco defenderse buscando estrangularlo o
dándole un puntapié en la ingle.
-¡Te busqué diecinueve años, cabrón! ¿Verdad que te acuerdas? Me vale madre que hayas
matado a los papás y a los niños. ¡Me vale madres a cuántos más te hayas cargado, hijo de puta!
Lo que le hiciste al bebé no tiene nombre. Merecías sufrir más, pero ya no hay tiempo para eso.
Te moriste con ellos hace diecinueve años, y a mí nomás me tocó hacértelo saber. Ya te cargó la
chingada.
Se desplomó lentamente mientras un hilillo de sangre escurría por su boca. En un arranque de
superstición repentina no permitió que cayera de bruces, lo detuvo de las solapas y lo dejó caer
de espaldas. El sonido de su nuca coincidió con el último movimiento de sus ojos, entrecerrados
y opacos, ya cristalizados.

5
En sus recuerdos había matado al padre, y a la madre, los diarios decían que el niño mayor había
muerto degollado de un solo tajo. Pero por más que hacía el intento de recordar no encontraba
un solo indicio, nada que confirmara lo que los periódicos consideraban el crimen más atroz
jamás habido en la ciudad. Al bebé recién nacido lo habían matado tomándolo de los pies y
estrellándole la cabeza en la pared, como quien balancea un costal de papas. Se dijo primero
como chisme y después con incredulidad que todos los policías y periodistas que estuvieron en
la escena del crimen no podían hablar de él sin descomponerse y casi soltar el llanto. Pero él no
recordaba nada, los rostros de la mujer y el hombre seguían ante él, no recordaba al niño, mucho
menos al bebé.
Pero los periódicos así lo decían y los periódicos nunca mienten.
Dentro de él no se obró una conversión ni hubo epifanía alguna, tampoco era miedo ni
arrepentimiento, supo que al menor descuido sería atrapado y en la cárcel reos y guardianes
por lo menos lo dejarían molido a golpes para matarlo después sin que a nadie le importara.
Buscando su propia seguridad desde ese momento no volvió a inyectarse, obligándose a vivir en
un cuartucho donde alguna vez su madre y los abuelos vivieran, y que fuera su casa antes de
aprender a vivir en la calle. Se encerró con cadena y candado, y sólo salió del cuarto veintitrés
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días después, cuando los efectos de la droga disminuyeron y la desintoxicación casi era
completa. Los vecinos del caserío pensaron que era por el dolor de las muertes de su mamá, la
señora Amadita, y doña Juanita que había muerto de bronquitis hacía más de diez años. En
cuanto abrió la puerta las mujeres comenzaron a llegar llevándole tacos, pequeños envoltorios
de tortillas y pan casi duro, alguna vecina en un pequeño plato de barro le llevó lo que parecía
un caldo de gallina y verdura.
José, qué bueno que regresó, a doña Juanita le hubiera gustado que usted se quedara a vivir en
la casa, ya ve lo abandonada que está.

6
-Lánzate volando a la Américo Vespucio, y saca todas las fotos que puedas, antes de que llegue
la competencia. Acaban de tasajear a una familia completa, parece que no quedó nadie vivo.
Tómale fotos a todo, y no almuerces hasta que regreses de allá. Es más, hasta el hambre se te
va a quitar, me dijeron que lo que acaba de pasar es de lo más ojete.
Subió en la camioneta y con la sirena amarilla se abrió paso entre automóviles y bicicletas, no
faltaron los vivos que se unieron a él como papalote que lleva cola, y buscaban adelantar en las
filas de tráfico que comenzaban a llenar los principales circuitos de la ciudad. La fatal hora de la
comida, aunada a la entrada y salida de escuelas era mortal para quien no calculaba y conocía
muy bien sus tiempos.
Al llegar le sorprendió que los vecinos, por lo general metiches, hicieran un semicírculo muy
amplio enfrente de la puerta abierta que dejaba ver un charco de sangre sobre el que yacía
tirado el cuerpo de un hombre, navajeado con saña.
Se puso los guantes de látex, desenfundó la cámara y tomó foto tras foto, unas huellas de sangre
corrían hasta el fondo de la sala, interrumpiéndose por una puerta entreabierta. Supuso que la
escena por encontrar era la misma y no se equivocó. Una mujer de bruces rodeada por otro
charco de sangre, sobre ella un niño en una postura grotesca, con el abdomen prácticamente
destrozado y un tajo profundísimo en el cuello, poco faltó para que lo decapitaran por completo.
Al volver la vista hacia la izquierda sintió cómo de repente la fuerza de las piernas se le esfumó,
tuvo que sujetarse del respaldo bajo de la cama: una enorme mancha de sangre con rastros de
piel y lo que supuso sería masa encefálica decoraba el centro de la pared azul cielo. Bajo ella y
en el piso lo que parecía un maltrecho muñeco de plástico también estaba rodeado de un
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pequeño lago de sangre. No pudo contenerse y volvió el estómago allí mismo. Como pudo se
levantó para salir corriendo, y entonces la vió junto a los pies del niño, una credencial enmicada.
La tomó y se la guardó en la bolsa: necesitaba por lo menos un nombre para alcanzar a publicar
la noticia en el vespertino, aún contaba con veinte minutos.
Al verlo salir se topó con los primeros ministeriales, ‘¿qué pasa, mamita? ¿no te cayó bien el
almuerzo de chorizo con güevos?’ Alcanzó a oír cómo uno por uno dejaban de carcajearse al
entrar en la recámara, sólo entonces se dio cuenta que en la camisa y el pantalón tenía rastros
de vómito apestando a mierda.

7
El editor en jefe terminaba su turno cuando le venía en gana. El horario establecido marcaba las
dos de la mañana para salir y frecuentemente antes de dar las siete de la tarde, apenas iniciado
el turno, cerraba la oficina y lo mandaba todo al carajo. Y pobre del que valiéndose de eso no
entregara su colaboración a tiempo, una suspensión de tres días era común; a un reportero de
sociales le aplicó dos semanas sin goce de sueldo ‘a como están las cosas, si no quieres regresar
allá tú, a chingarte buscando otro trabajo’. Como se suponía, regresó dos semanas después, la
mirada baja y con la carcajada del editor ‘¡ya lo ves, cabrón, de ahora en adelante a joderle duro
que el sueldo que les dan para tragar nadie se los regala!’.
Sabía que así sólo conseguía hacerse de enemigos gratuitos, mas conociendo bien a los
empleados, gritaba a voz en cuello a la primera oportunidad: ‘sé que me odian, pendejos. Pero
también sé que son tan maricones que no hay nadie aquí que se atreva a levantar la jeta cuando
le hablo. Por eso ustedes tienen que chingarse tomando fotos y yo puedo gritarles todo lo que
me de mi chingada gana, cabrones’.
Varios en el periódico se la tenían jurada, se decía incluso que en dos ocasiones le habían
balaceado la casa, y que en otra le incendiaron el coche recién comprado.
Nada cambió, prudente como nadie, usaba siempre chaleco antibalas bajo el saco, y las
compañías de seguros se habían encargado de reponerle sin falta y rápidamente el coche y los
cristales rotos en los atentados.
Aun así, sobre la pared al fondo de la oficina lucía sus tres premios nacionales de periodismo, un
premio de fotografía, y también un trofeo de algún oscuro certamen cinegético. Todo lo
acomodó de tal manera que fuese imposible para quienquiera que entrase en la oficina mirar
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un reconocimiento sin mirar los demás: era su manera de decir ‘aquí estoy porque merezco
estarlo’.
El otro rumor que circulaba era que años antes algo le había pasado que le hizo cambiar
completamente su comportamiento. De ser corrector de pruebas un buen día se armó de coraje
entrando al despacho del director del periódico, y después de hablar poco salía como editor del
vespertino. También decían que por esas fechas fue que algo le pasó a alguno de sus hijos, pero
de eso nunca hablaba con nadie: sólo el contador, el jefe de recursos humanos y el director de
la empresa conocían su segundo apellido: Guillermo Chavarría era el nombre que todos tenían
la obligación de memorizar, aunque en los conciliábulos clandestinos se cambiaba
unánimemente por el de ‘Memo el culo’.
Aquella tarde Carlitos el fotógrafo entró en la oficina justo antes de que se dispusiera a dejar el
trabajo, faltaban catorce minutos para las ocho de la noche.
-¿Se te perdió algo, cabrón? –le preguntó sin levantar la mirada de los papeles que acomodaba
sobre el escritorio.
-Quiero hablar con usted.
-No se puede, no tengo tiempo. Mañana después de las seis hablaremos, ahorita ni te molestes
en hablar, no te haré caso ni aunque me pagues.
‘E-esta vez s-se v’a quedar’. No pudo evitar tartamudear poco antes de terminar la frase, ya no
había vuelta atrás.
-¿Con que muchos güevos, hijo de puta? –le gritó mientras golpeaba con ambos puños el
escritorio. -¡A mí nadie me viene con chingaderas!
-Pues hoy sí, y quien se va a chingar es usted, jefe.
Abrió la carpeta de piel negra y sacó una fotografía de cuatro por seis, unida con un clip a lo que
parecía ser un acta de nacimiento.
‘¿Y yo para qué quiero estas pendejadas?’. Los músculos tensos del cuello delataban lo cerca
que estaba de soltarle un buen golpe, sin rodeos Carlitos le contestó ‘-Esa era su hija. Lea el
nombre’.
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No supo si era una mueca de dolor, de coraje, de ira o frustración. Pudo ver cómo lentamente
se dejó caer en el sillón mientras sus ojos se llenaban de diminutas venas hinchadas de sangre,
casi a punto de reventar.
Eso era todo, se dio media vuelta, y salió de la oficina cerrando tras de sí la puerta, sin
escándalos, como si nada hubiera pasado.

8
Al llegar al periódico reveló las fotografías y fue revisándolas una por una, pensando cuál sería
la ideal que pudiera salir sin censura en el vespertino. Recordó la tarjeta plastificada que tenía
en el bolso del pantalón, cuando vio el nombre la dirección una sensación de vértigo y mareo se
adueñó de su cerebro, el banquillo firme y rotatorio sobre el que estaba sentado lo salvó de
resbalar y estrellarse de bruces en el piso. Dejó al corrector una fotografía cualquiera y la nota
explicativa, para buscar inmediatamente la dirección escrita en la tarjeta. Al llegar comprobó sus
temores: era un vecindario destartalado, con cuartuchos en su mayor parte deshabitados,
parecía más una ‘tiendita’ de droga que lugar para vivir. Algunas mujeres muy jóvenes y con
caras de niñas se ofrecían a la entrada de los pocos cuartos que contaban aún con puertas
funcionales; armándose de valor entró al zaguán. El cuarto número tres estaba en ruinas, sin
ventanas, sin puerta, algunas tiras de goma dispersas en el suelo y varias jeringas con las puntas
manchadas de sangre. Era un maldito picadero. ‘Dame la cartera o aquí te chingas, pendejo’
escuchó a sus espaldas. Le pasó la cartera y vio al hombre sacar rápidamente de entre los
pliegues todo el efectivo que cargaba en ese momento. Se la tiró de un golpe en el rostro y salió
corriendo, nadie hizo escándalo, sería un viejo conocido y protegido por los drogos que vivían
allí.
Al regresar al diario volvió a revisar lentamente cada una de las fotografías. Fue en la última foto
panorámica de la escena del crimen que distinguió la silueta de una mano pequeñísima
asomando entre los olanes de la colcha que caían hasta rozar el suelo. ‘¡No es posible, hay un
testigo!’.
Los partes policiales y médicos nada dijeron, el nombre de los integrantes de aquella familia se
mantuvo en absoluto secreto.
‘Si acaso alguien de la familia quedó vivito y coleando, entonces se salió entre los reporteros y
los peritos sin que nadie lo notara. Nadie más estaba en la casa cuando pusieron en puertas y
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ventanas los sellos de restricción’ fue lo que le dijo un policía que tres o cuatro veces por semana
le detallaba escenas, móviles y las teorías que explicaban los casos cada vez más inverosímiles
que pasaban en la ciudad. ‘Quienquiera que haya sido se llevó todas las fotos de la familia, y
dejó que la tierra se los tragara’.
-¿Se los tragara? ¿Eran dos?
-Los vecinos dicen que había niños recién nacidos en la casa, parece que una parejita. Al
varoncito lo mataron pero la niña no apareció. Algún vecino gaviotón se la debió llevar antes de
que llegaras, y de paso también se cargó las fotos y documentos de la familia. En una de esas
hasta un favor le hicieron a la nena.
Pero él sabía que no había sido ningún favor. A pesar de no tener edad ni para pedir el biberón
con gestos, algo debió quedar grabado en su mente, catorce años más tarde lo enviaron a cubrir
una nota roja y entonces la encontró.
Una mujer se había colgado de la regadera cuando ya no pudo seguir pagando el alquiler, debía
ya tres meses de renta. Los dueños enviaron el aviso de desalojo y sin tener a dónde ir, prefirió
verse muerta antes que en la calle. En la mesa del departamento había un sobre amarillo con
varios papeles oficiales y fotografías. No dejó nota póstuma, pero los vecinos inmediatamente
hicieron todo tipo de comentarios a los agentes ministeriales que atiborraron el lugar. ‘No podía
ser su hija, la niña era blanca y de ojos de color, y ya ve, la pobre de doña Magda era más bien
morena y de cabello negro’. ‘¡Nómbre, qué iba a ser su hija! Nomás de un día para otro apareció
con la bebé en brazos, nunca tuvo panza: doña Magda era chaparrita y muy flaca’.
Actas de nacimiento, fotografías, escrituras, todo estaba en el sobre amarillo. Jasmina tuvo que
esperar sólo dos años para que los trámites legales le devolvieran lo que era suyo, el
departamento, y su verdadero nombre, resguardados tan sólo por un sobre de papel. Allí estaba
su verdadera identidad.
Sólo guardó las actas y las escrituras pagadas y liberadas por el seguro, se dijo que no había
necesitado a su verdadera familia los últimos años, así que no había razón para leer ni conservar
ningún otro documento. Quemó las noticias y vació las cenizas en el inodoro. Nada quedó de
Dulce, nombre que le pusiera la que una vez fuera su madre y sin dolor y sin miedo, de la noche
a la mañana tenía departamento nuevo, y un seguro por cobrar que con suerte le daría para vivir
cinco años sin preocuparse por el dinero. Gracias a los dos años pasados en la casa hogar del DIF
aprendió a valerse por sí misma, al salir no quedaba dolor ni resentimiento: sus verdaderos
padres habían muerto, y nada debía a Magdalena, quien la cuidara lo mejor que pudo hasta que
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decidió matarse. La mitad del dinero que le entregó el seguro la gastó en remodelar el
departamento, tumbar y volver a levantar y pintar paredes, reemplazar el piso cerámico de
todos los cuartos del departamento, ensamblar un cielo falso espectacular, que daba la idea de
ser un camino de salida o llegada, según desde donde se mirara.
Intentó seguir estudiando mas al terminar la preparatoria no pudo ignorar la realidad que se le
venía encima: el dinero estaba a punto de terminarse. Bonita y asediada por compañeros del
salón y de otros salones, no esperó demasiado antes de tomar la decisión de ofrecerse al mejor
postor, lo que le daría la oportunidad de poder elegir qué y con quién hacer, y cuánto ganar de
una vez. Contaba con que su piel resultara atrayente, y así fue. A las pocas semanas ya contaba
con una cartera de clientes exclusivos y discretos, que preguntaban poco y pagaban en efectivo.
Nada quedaba del pasado, y tampoco nada esperaba del futuro; enervante y vertiginoso el
presente le ofrecía la calma y tranquilidad por las que con gusto hubiera pagado mucho más.
Aquellos dos años habían pasado pronto, y haciendo un balance, no habían sido malos. En
absoluto.

9
Se largó con todo, llevándose a los niños y vaciándole la casa. Le dejó la ropa y la cama, y el
maldito perro malagradecido de su hermano se encargó de manejar, llevándose también el
coche: ella no manejaba estándar. No dejaron recados, ni le llamaron por teléfono. Nada.
Buscó entre los parientes que vivían en Aguascalientes, y entre los otros que en León también
podían dar alojo al hermano y a la esposa que lo había abandonado y nada, ninguna noticia.
Supo de sus amoríos cinco meses antes, cuando con el pretexto de un chequeo médico de rutina
su hermano se ofreció a llevarla con la ginecóloga, quien le dijo a su mujer: ‘Señora, su esposo
va a tener que trabajar mucho más, viene una parejita en camino, no hay duda, son dos’. Al ir a
pagar los exámenes en la clínica la recepcionista le preguntó por qué no había ido ella o su
esposo a recogerlos.
-¿Su esposo?
-Sí, vinieron juntos a la cita y entraron los dos a hablar con la doctora. Se nota que él la quiere
mucho, al salir iban abrazados y muy remilgaditos, notamos que él se esmeraba en cuidarla
todo lo que puede. Y teniendo en cuenta que serán gemelitos, pues con mayor razón.
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Comprendió entonces la ruptura entre su hermano y su novia de siempre, seis años de noviazgo
echados a la basura, y también las pequeñas discusiones entre su mujer y él cada noche, apenas
el niño se iba a la cama. Por si fuera poco, en el periódico las cosas no iban bien, los cambios de
personal, los horarios movibles, y ahora que le habían cambiado el automóvil de transmisión
automática por el de estándar era necesario aprender a manejar otra vez, retardándose en la
hora de llegada al trabajo casi siempre.
No le preguntó si los niños eran de él o de su hermano: no les daría el gusto ni ahora ni después
de verlo humillado y confundido.
Cuando cinco meses después se largaron llevándose todo lo que había en la casa y el coche que
estúpidamente él había puesto a nombre de ella, cualquier duda que tuviera desapareció:
aquellos niños no eran suyos. Jamás le dijo a nadie, y sólo cuando el director le preguntó cómo
iban las cosas con la esposa, y si pensaban darse una segunda oportunidad él respondió sin
parpadear siquiera: ‘no habrá segunda vuelta, ahora sí puedo echarme encima el compromiso
de trabajar como jefe de editores’.
Le correspondía delegar a quién le tocaba revisar cada nota, cuáles iban en la primera página y
a todo color y cuáles en las distintas secciones. Cuando vio la noticia de la familia navajeada en
esa misma ciudad pensó en la suerte que tuvieron, muriéndose todos al mismo tiempo. El papá
y la mamá, y dos niños. No encontraron ningún documento, nadie supo sus nombres, tenían
cuatro días viviendo en el departamento. El reportero gráfico quiso enseñarle las fotografías que
tomó. ‘No me jodas con eso, Carlitos. Suficiente basura tengo que leer todos los días para encima
de eso andar viendo fotografías de muertos abiertos en canal. Para que veas que confío en tu
capacidad, publica la que quieras’.

10
Antes de llegar siquiera a su cubículo escuchó el timbre de su radio que pocas veces sonaba para
otras cosas: dos asesinatos en el mismo día. ‘Es mejor que te vayas directo al hotel donde
encontraron al navajeado; la muerta era una putilla de la que nadie va a ocuparse. La ejecutaron
de un balazo en la espalda, ha de haber tenido algún asunto pendiente con algún narco y así le
fue’. En lugar de salir como se le indicó abrió el cajón del escritorio y allí dejó la cámara, las llaves
del vehículo que la empresa le proporcionara, y el gafete de identificación. Carlitos salió por la
entrada principal, sabiendo que el editor en jefe estaría echando pestes a grito abierto, y que de
paso también le mentaría la madre hasta cansarse.
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Nadie recordó la masacre de aquella familia, y tampoco recordarían a Jasmina; su rostro y su
historia eran suyos por completo. Quienes algún día fueran su madre y su tío sólo mudaron de
domicilio, quedándose en la misma ciudad, ambos sabían que Guillermo jamás los buscaría allí.
Minutos más tarde, todos en la oficina escucharon los gritos.
-¡Carlitos, ven para acá, hijo de puta!
No hubo respuesta. Carlitos tenía semanas sin pasar por el cubículo, se decía que se veía todas
las tardes con una puta barata en unos departamentos corrientes y de mala fama, y que le
gustaba espiarla y fotografiarla a cada rato. Seguro que su cajón estaría lleno de fotos.




Francisco Arriaga. 2014. Todos los derechos reservados.

Programación neurolingüística para falsos profetas y otras aves de mal agüero

109

Visiones

Último sueño de Nadia 3
Cloruro de sodio 12
La cuerda 19
Los rostros 25
De speculis 37
El once de septiembre 41
Terra lemnia 45
Su cuerpo 64
Ars memoriae 72
Les nerf du coeur 96
Visiones 109
Vestigios 110


Francisco Arriaga. 2014. Todos los derechos reservados.

Programación neurolingüística para falsos profetas y otras aves de mal agüero

110
Primera edición: 17 de febrero de 2013.
Segunda edición: 11 de agosto de 2014.
Tercera edición: 21 de septiembre de 2014.
Vestigios


Último sueño de Nadia
Francisco Arriaga.
México, Frontera Norte.
6 Diciembre 2011, 18 de Enero de 2012.



Cloruro de sodio
Francisco Arriaga.
México, Frontera Norte.
23 Septiembre de 2011.



La cuerda
Francisco Arriaga.
México, Frontera Norte.
12 Mayo, 08 Junio de 2011.



Los rostros
Francisco Arriaga.
México, Frontera Norte.
24 Agosto 2011.



De speculis
Francisco Arriaga.
México, Frontera Norte.
21 de Julio de 2011.












El once de septiembre
Francisco Arriaga.
México, Frontera Norte.
11 Diciembre 2010.



Terra lemnia
Franvisco Arriaga
México, Frontera Norte.
28 de Mayo de 2003
Rev. 04 - 09 Agosto de 2014.


Su cuerpo
Francisco Arriaga.
México, Frontera Norte.
27 Noviembre 2008.


Ars memoriae
Francisco Arriaga.
México, Frontera Norte.
13-14 Marzo 2008.
Rev. 15-17 Febrero 2013.


Les nefs du coeur
Francisco Arriaga.
México, Frontera Norte.
28 de Febrero de 2009.
Rev. 17 Febrero 2013.
Francisco Arriaga. 2014. Todos los derechos reservados.