LA REVISTA DIVULGATIVA DE LA ASOCIACIÓN HISPANIA ROMANA

X
Invierno 13
Hiems 13
Las bases del esplendor del siglo II
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ISSN 1989-9750
Trajano
emperador
Trajano
emperador
2 hiems·mmdcclxvi·auc
L
os historiadores afrman que el
germen de la destrucción del
Imperio romano estaba ya bien
arraigado con los primeros césares. Ese
momento congelado que es Pompeya
revela que, por debajo de los caprichos
provincianos de la clase acomodada,
latían desequilibrios inquietantes que
fueron en aumento con el tiempo. Pero,
comoquiera que el desarrollo y la des-
trucción caminan a paso diferente, el
Imperio afrontaba el siglo II con expec-
tativas en cierto modo prometedoras.
En este contexto aparece Trajano. El
primer emperador hispano supo preser-
var lo más valioso de sus antecesores
en el trono –ambición y buenas dotes
de gestión de recursos– y prescindir
de los elementos de discordia, como
el autoritarismo contundente de Domi-
ciano. Bajo su reinado se plantaron las
bases de un periodo de bonanza en el
que Italia trató de convertirse en el foco
aglutinador de un panorama en el que la
población provincial cada vez tenía un
papel más relevante.
En las próximas páginas seguimos
los hitos más importantes del periodo
trajaneo. En nuestra línea habitual, he-
mos rehuido los enfoques tradicionales
para dar un repaso a realidades menos
conocidas, pero indispensables para
que se produjesen los grandes aconte-
cimientos. Es el caso de las fundacio-
nes de benefcencia promovidas por el
poder imperial, los alimenta, con las
que se quería paliar la pobreza de las
clases populares, pero también fomen-
tar la recentralización del Imperio en la
Península Itálica, concebida como una
cantera de soldados y legionarios.
En el aspecto militar, nos acerca-
mos a las principales campañas con
un ángulo transversal. Por una parte,
la construcción de una vía en los con-
fnes orientales se hizo con el propósito
de allanar el camino a la invasión de la
Arabia Petrea y la romanización de la
zona. Por otra parte, la reorganización
del ejército de Trajano puso a su ser-
vicio una máquina bélica capaz de las
fulgurantes Guerras Dácicas.
Y si hablamos de la vida cotidiana,
los escritores satíricos nos permiten
barruntar cómo era la existencia de am-
plias capas de la sociedad, mientras los
autores científcos nos revelan el mun-
do que se iba abriendo a los habitantes
de la Urbe.
No querría acabar esta introduc-
ción sin un reconocimiento para todos
aquellos que nos permiten conocer
nuestro pasado y que, en las difíciles
circunstancias actuales, están sufriendo
recortes y restricciones en su labor de
investigación, enseñanza y divulgación.
Confemos en que, tras la crisis actual,
se abra un nuevo periodo de esplendor
como el que protagonizó Trajano.
roberto.pastrana@yahoo.es
CARTA DEL DIRECTOR
Protagonista de un
nuevo periodo
Edita: Asociación Hispania Romana.
Dirige y maqueta: Roberto Pastrana.
Consejo Editorial: Alejandro Carneiro
y Enrique Santamaría.
Corrige: Paco Gómez.
Secretaria de redacción: Asunción
Fernández.
Colaboran Helena Alonso García de
Rivera, Javier Alonso, Filomena Barata,
José Luis Centeno, César Figueiredo,
Jesús del Hoyo, Óscar Madrid, Charo
Marco, Alfonso Núñez Dopazo, David
P. Sandoval, Salvador Pacheco, Ángel
José Pérez Izquierdo, Juan Luis Posa-
das, Javier Ramos, Rocío Rivas Martí-
nez, Rafael Sabio, Enrique Santamaría,
Víctor Úbeda Martínez, Marcos Uyá y
Alejandro Valiño.
Correo: stilus@hispaniaromana.es
Portada: retrato de Trajano en el British
Museum, por Nick Thompson.
Stilus no comparte necesariamente los
puntos de vista expresados por los auto-
res, que son los responsables únicos.
la viñeta
Por El Kuko.
No comprendo tu obsesión por ir
cada vez más lejos a la conquista
de tierras desconocidas... Si yo
fuera emperador, me dedicaría
a disfrutar de los placeres de la
capi tal del mundo y no saldría de
Roma.
Si supieras lo que te espera en Roma...
¡¡Jefe!!, ¿qué
hay de lo mío?
¡¡Aquí!!
¡¡Aquííí!!
¡Me manda tu tía Valeria,
la de Clunia, la prima de
Julia!
¡Marqui tos!, ¿no te acuerdas de mí?
¡Coincidimos en un
viaje organizado a
Tarraco!
EN ESTE NÚMERO
firma invitada 4
UN TURDETANO AL FRENTE
DEL IMPERIO. Por Alicia M.ª Canto.
biografías 12
LOS ORÍGENES DE TRAJANO.
Por Juan Luis Posadas y Javier Ramos.
biografías 14
EL EMPERADOR VENIDO DE
HISPANIA. Por Juan Luis Posadas.
entrevista
20
JOSÉ MARÍA BLÁZQUEZ.
Por Roberto Pastrana.
las crónicas dicen... 22
SUSTENTO PÚBLICO PARA LOS
HAMBRIENTOS. Por Marcos Uyá.
las crónicas dicen... 26
EL EJÉRCITO QUE DERROTÓ
A DECÉBALO. Por José Luis Centeno.
arqueología 32
LA AUTOPISTA DEL DESIERTO.
Por Ángel José Pérez Izquierdo.
cultura y artes 38
UNA VENTANA LITERARIA
AL MUNDO DEL SIGLO II.
Por Helena Alonso García de Rivera.
vida cotidiana 42
ATAVIADOS PARA LA VIDA
PÚBLICA. Por Rocío Rivas Martínez.
las crónicas dicen... 46
EL AMANECER DE UN NUEVO
REINADO. Por Víctor Úbeda Martínez.
vida cotidiana 50
ESTILO, UNA PUNTA SOBRE LA
CERA. Por Javier Alonso y Rafael Sabio.
asentamientos hispanos 54
MIRÓBRIGA, EL FOCO ROMANI-
ZADOR DEL BAJO ALENTEJO.
Por Filomena Barata.
el rincón de esculapio 58
REPOSO Y RECUPERACIÓN EN
EL CAMPAMENTO.
Por Salvador Pacheco.
arqueología 62
UN APOYO AL ESTUDIO AR-
QUEOLÓGICO. Por César Figueiredo.
derecho romano 64
POR LA AUTORIDAD DEL
EMPERADOR. Por Alejandro Valiño.
etimologías sorprendentes 68
VENENOS PARA EL AMOR.
Por Javier del Hoyo.
ludoteca 70
GRANDES INVASIONES.
Por Alfonso Núñez Dopazo.
7 WONDERS. Por Roberto Pastrana.
sabores de la antigüedad 72
TISANAM BARRICAM.
Por Charo Marco.
breviarium 73
la cinemateca de clío 78
ATILA, REY DE LOS HUNOS. Por
David P. Sandoval.
Felicior Augusto, melior Trajano
ENRIQUE SANTAMARÍA
Miembro del Consejo Editorial de Stilus
Q
ue seas más afortunado que Augusto y mejor que
Trajano. Esta fue, durante siglos, la frase con la que
el Senado recibía a todo nuevo emperador. Y esa es
la imagen de Trajano, el primer emperador hispano, el prime-
ro de una serie de emperadores adoptados por sus predeceso-
res en función de su capacidad; o de una dinastía de monarcas
emparentados por la línea hispana materna, según estudios
actuales.
Y, por una vez, la imagen se corresponde bastante bien
con la realidad.
Trajano procedía de una familia de soldados semi-profe-
sionales que se abrieron un hueco en la corte imperial gracias
a la milicia. Su padre alternó, al igual que él, los cargos ho-
norífcos del cursus honorum con una serie de mandos mili-
tares sucesivos y de gobernaturas de provincias confictivas.
Estuvo, por ejemplo, al mando de la mítica X Legión durante
la Gran Rebelión Judía, encabezando el asalto al Templo de
Jerusalén o el asedio y conquista de la impresionante forta-
leza de Masada. A su lado aprendió el ofcio y fue el ejército
quien impuso su nombramiento a un Senado reticente.
Con semejantes antecedentes no es de extrañar que fuera
uno de los emperadores más activos y brillantes en campa-
ña, cosechando victorias en todos los frentes y llevando el
Imperio a la máxima extensión que jamás alcanzaría. Pero
fue eso y mucho más. Dirigió programas sociales, construyó
orfanatos, escuelas, repartió tierras abandonadas o mal explo-
tadas entre decenas de miles de nuevos colonos, impulsó la
industria, el comercio, las artes…
Reformó todo el centro de la caótica Roma, para abrirlo al
público; mejoró o reparó muchos monumentos, construyó el
mayor de los foros de la ciudad, la basílica Argentaria, la Ul-
pia, termas, mercados, el nuevo puerto de Ostia, carreteras…
Y no solo en la capital, también actuó en todo el Imperio para
dejar claro que todos formaban parte de un mismo proyecto
y podían disfrutar de sus benefcios. En Egipto unió el Mar
Rojo con el Nilo –y, por tanto, con el Mediterráneo– median-
te un canal navegable. En Hispania impulsó todo tipo de in-
fraestructuras, reformando la red viaria y levantando multitud
de puentes, muchos de los cuales, como el famosísimo de
Alcántara, han llegado hasta nosotros.
Estableció el primer organismo dedicado específcamente
a combatir la corrupción en la administración, depurándola, y
dejando claro que toda ella, desde el propio emperador hasta
el último recaudador de impuestos, debía servir al ciudadano.
No fue perfecto, nadie pude serlo, pero sí excelente, ópti-
mo. Optimus Princeps, el mejor de los príncipes, en opinión
de sus contemporáneos y de cientos de generaciones poste-
riores. Solo recientemente su recuerdo se ha ido diluyendo.
Hollywood, el gran referente cultural de nuestra época –nos
guste o no–, se ha demostrado indiferente ante un emperador
sin morbosas taras mentales; por un gobernante universal,
justo y efcaz, aunque sin la menor relación con Gran Bretaña
ni con el norte de Europa.
Pese a ello, su legado perdura. Y si aún conservamos esa
imagen positiva de Roma, como patria cultural común, no es
gracias César o a Augusto, sino a Trajano y a la dinastía que
lo sucedió e hizo del siglo II «el mejor siglo de la Historia de
la Humanidad», en palabras de Edward Gibbon.
ROSTRA

TEMA DEL NÚMERO
4 hiems·mmdcclxvi·auc
Por Alicia M.ª Canto.
Especialmente desde el siglo XVIII,
los historiadores europeos tendieron en
sus trabajos, libros y manuales, a des-
vincular a los grandes emperadores del
siglo II de su Hispania natal o ancestral.
Por ello es imposible reconocer a través
de estos autores sus raíces hispanas, o
el peso que éstas pudieron tener en sus
acertados reinados, hechos ambos que
con gran frecuencia se silenciaban o
desvirtuaban.
Así ocurre con Trajano, del que uni-
versalmente se afrma que, aunque na-
cido en la bella y estratégica Itálica, su
familia Ulpia y sus raíces eran italianas,
de la ciudad umbra Tuder (hoy Todi).
En la doctrina común nacional e inter-
nacional es creencia inmutable –pues se
cuentan apenas tres excepciones en cua-
tro siglos– que tal gens Ulpia se había
asentado en Hispania en los tiempos de
Escipión, en el año 206 a. C., “como la
de Adriano”, aunque para ello no exis-
tiera en realidad ninguna fuente antigua
disponible. Pasa también con el propio
Adriano, que para la mayoría ni siquie-
ra había nacido en Itálica. Y con otros
emperadores de este brillante periodo,
como Marco Aurelio, al que se vincula
más con su tío político Antonino Pío, de
origen galo, que con su abuelo paterno,
el poderoso triple cónsul cordobés (de
Ucubi, la actual Espejo) Marco Annio
Vero. Cuando, en el caso de Antonino
Pío y Marco Aurelio, debieron más el
imperio a Adriano y a las dos Annias
béticas, madre e hija, sus respectivas y
casquivanas esposas.
Esta situación explica que tradicio-
nalmente los emperadores del siglo II
aparecieran familiarmente desconecta-
dos. Se les ubicaba, juntos o por sepa-
Los padres de la Histo-
riografía moderna, en
los siglos XVII y XVIII,
borraron el rastro de la
ascendencia hispana de
Trajano. Sin embargo,
Alicia M.ª Canto, profe-
sora de la Universidad
Autónoma de Madrid y
Académica de la Historia,
ha reunido en los últimos
30 años diversos testi-
monios y evidencias que
demuestran las probables
raíces autóctonas de su
familia, y su apellido real.
Un turdetano
al frente del Imperio
Foto: Junta de Andalucía
FIRMAINVITADA
Itálica, en pri-
mer plano. La
patria de Traja-
no se situaba a
pocos kilóme-
tros de Sevilla,
e inmediata al
Guadalquivir.
ANTECEDENTES FAMILIARES
5
invierno·2013
rado, bajo defniciones globales como
“Antoninos” (la más general e injusta),
“Buenos” o “Adoptivos”, que muchos
autores siguen hoy utilizando a pesar de
que realmente no concuerdan con los
textos literarios o las pruebas epigráf-
cas, que abundan en lo contrario.
Se puede decir que la discrepancia
de los historiadores modernos a la hora
de clasifcar y defnir a la serie imperial
que comenzó con Nerva (96 d. C.) y
terminó con Cómodo (muerto en 192
d. C.) era y es simplemente estrepito-
sa. Como comenté en 1998, clasifcar
a Trajano como “el segundo antonino”
(así lo hacen sus importantes biógra-
fos Léon Homo, en 1969, y E. Çizek,
en 1983) hubiera dejado de piedra al
propio Trajano, que se preguntaría ante
todo a qué desconocido y tan importan-
te Antonino se referían, pues, al acceder
él al trono, el futuro Pío contaba con
apenas 12 años.
Durante décadas y siglos se han
perpetuado todos estos tópicos, por la
simple repetición acrítica de conceptos
previamente fjados por grandes frmas
de la Historia Antigua. Por esta razón se
hace preciso desmontarlos con pacien-
cia y sólidos argumentos, mediante una
revisión prudente pero decidida de los
textos antiguos ya conocidos y de los
nuevos materiales.
Las raíces de Trajano
Del complejo y soterrado complot béti-
co-narbonense que consiguió la llegada
al trono de un genuino nativo de His-
pania me vengo ocupando desde 1985.
En 1991 publiqué un artículo en la re-
vista alemana Chiron acerca del papel
que pudo desempeñar en todo ello el
poderoso y temido triple cónsul Lucio
Licinio Sura, para mí un italicense cuya
familia paterna procedía de Tarraco. Me
basaba en uno de los más famosos tes-
tamentos romanos, muy mal conserva-
do, llamado por Mommsen testamen-
tum Dasumii. En él son citados Trajano,
Adriano y varios senadores y persona-
jes béticos, aunque no se conserva el
nombre del riquísimo testador.
En 1998 tuve ocasión de ocuparme
de lo poco que se sabía seguro sobre la
genealogía y la familia natal del em-
perador Trajano al preparar, a petición
del Ministerio de Educación y Cultura
español, un stemma o árbol genealógi-
co de Trajano y sus sucesores para uno
de los paneles de la gran exposición
conmemorativa del “Año de Trajano”
que se exhibió en Zaragoza y Mérida
en 1998 y 1999. Esto me llevó, ya en
el catálogo, a tratar ese brillante siglo II
como la obra de una dinastía hispana,
por lo que lo llamé ya Saeculum His-
panum.
A raíz de aquel encargo me decidí a
revisar más en detalle lo ya conocido, y
a estudiar algunas claves acerca de los
Tradicionalmente la historiografía
sostuvo la idea de que Trajano, «el
mejor de todos los emperadores»,
era tan italiano y romano como
los demás, aunque por una vieja
emigración hubiera nacido fuera
de Italia. Se presuponía, también,
que los emperadores del siglo II no
tenían relación alguna de paren-
tesco entre sí, sucediéndose por
meras y casuales adopciones. Tal
razonamiento se debe en buena
parte a una inercia dogmática que
arranca de los grandes historia-
dores europeos de los siglos XVII
y XVIII, tales como J.-B. Bossuet
(1681), L.-S. Le Nain de Tillemont
(1691), el barón de Montesquieu
(1734-1748) y, sobre todo, Ed-
ward Gibbon (1776).
Cuando se estaban asentando
los pilares de la Historia de Roma,
España era una potencia odiada
por los países europeos más infu-
yentes en la bibliografía posterior.
Además carecía de historiadores
de talla que pudieran oponerse a
los citados estudiosos, si es que
siquiera llegaba a conocerse aquí
puntual y ampliamente lo que de-
cían. Para los grandes historiado-
res europeos del momento debía
de ser difícil reconocer que «la
mejor centuria de la Historia de la
Humanidad», según bautizó al si-
glo II Gibbon, la inaugurara y la
determinara en cambios esencia-
les, un hispano.
Esta tácita renuencia se apre-
cia, en esa misma época, en los
mismos próceres de la Historia
de los que arrancan defniciones
tan poco apoyadas históricamen-
te como las de “emperadores an-
toninos”, “buenos emperadores”
o “emperadores adoptivos”, todas
ellas utilizadas desde entonces y
destinadas a negar que en el siglo
II hubiera una verdadera dinastía
y, más aún, que pudiera ser de orí-
genes hispanos.
Viejos problemas historiográfcos
El historiador Edward Gibbon,
retratado por Henry Walton.
Cuando Trajano accedió
al trono Antonino Pío,
que da tradicionalmente
nombre a la dinastía,
contaba apenas 12 años
6 hiems·mmdcclxvi·auc
enigmáticos orígenes del Optimus Prin-
ceps. Según mi conclusión el emperador
no era un Ulpio italiano, sino un Trahius/
Traius italicense. Busqué pruebas de una
ascendencia no italiana y de las raíces es-
trictamente béticas de quien llegó fundar
una dinastía, y en realizada hispana, a la
que propuse defnir con más justicia, ya
en 2003, como ulpio-aelia.
Como corolario de los trabajos cita-
dos –que, a su vez, profundizaban en una
vieja intuición sobre los Traii recogida
en mi tesis doctoral (1983) en torno a la
epigrafía italicense–, dediqué una peque-
ña monografía a demostrar que Trajano
era un turdetano. Esto es, un verdadero
extranjero con respecto a Roma y a Ita-
lia, aunque estuviera, naturalmente, muy
romanizado.
Marco Ulpio Trajano era un bético
nato y neto. Y no sólo por su nacimiento,
el 18 de septiembre del año 53 d. C., en
la ciudad de Itálica, algo que se acepta
con muy escasas excepciones, –como W.
Eck o A. Caballos, aún en la vieja línea
de J. Lipsio (1600)–, sino que también
era turdetano por un hecho nunca cues-
tionado: su más vieja ascendencia por
línea paterna. Para mí ésta no sería la de
los Ulpios italianos de Tuder, sino una
familia de notables locales de Itálica, los
Trahii/Traii, apellido familiar o nomen
indígena. De la adopción de su padre por
un Ulpio derivaría realmente el cogno-
men o apellido propio Traianus.
Traianus pater fue un competente
senador y general que por su lealtad y
buenos servicios, especialmente durante
la guerra civil de sucesión tras la muerte
de Nerón (68-69 d. C.), fue ascendido a
patricio por el emperador Vespasiano.
De hecho, Trajano debía sentirse hijo
de su padre biológico en igual medida
que de Marco Cocceyo Nerva, el fugaz
emperador que lo adoptó a toda prisa en
octubre de 97, en lo que creo, como Ro-
nald Syme, que fue un golpe de Estado
encubierto, justo mientras Licinio Sura
ejercía su primer consulado.
Esta doble paternidad y devoción de
Trajano la demuestra un áureo acuñado
hacia 115 d. C., en el que sus dos patres
aparecen divinizados. Al tratar a su padre
natural como un dios, e igualarlo a Nerva
(aunque en distintos sitios del Olimpo)
Trajano reconocía lo mucho que también
le debía; más quizá que a Nerva, cuyo
apellido familiar, Cocceyo, incluso sien-
do ya su hijo adoptivo y césar heredero,
declinó aceptar aunque ésta era la norma
legal en Roma.
Los cuatro textos fundamentales
No se conserva ninguna biografía de
época de Trajano. Grandes historiadores
coetáneos que pudieron hacerla, como
Suetonio, Tácito o incluso Plinio el Jo-
ven, se abstuvieron, al igual que tampoco
le cantaron poetas como Juvenal y hasta
el hispano Marcial. Aunque es de notar
que casualmente todos ellos progresaron
mucho personalmente bajo su reinado.
El historiador del siglo IV Flavio Eu-
tropio, aunque califcado por sir Ronald
Syme como «poco académico» y «poco
informado», era senador y nada menos
que magister memoriae de Valente (364-
378 d. C.). Por encargo de este empera-
dor compuso su justamente famoso Bre-
viarium Historiae Romanae. En dicha
obra (8, 2, 1) afrma que Trajano era «de
una familia más antigua que ilustre», lo
que hace bastante normal que no se pre-
serven muchos datos al respecto, lo que
me parece un nuevo silencio a conside-
rar máxime si en su tiempo no se quiso
hacer mucho hincapié en su extranjería.
El conservadurismo de la época en las
tradiciones romanas se aprecia también
en Plinio el Joven. En un panegírico tan
minucioso como el que dedica en el 100
d. C. a su imperial benefactor, se es-
fuerza con todo cuidado a lo largo de su
adulador discurso en no mencionar ni el
lugar de nacimiento de Trajano, ni su as-
cendencia familiar más allá de su padre.
A pesar de las difcultades, en cuanto a
su origen pueden rescatarse cuatro textos
antiguos, que suelen recibir menos aten-
ción, cuando no son directamente malin-
terpretados o, incluso, pasados por alto.
El primero, en orden cronológico, es
Dión Casio (155-post 235 d. C.), sena-
dor e historiador de origen griego con
acceso a fuentes ofciales. Fue autor de
una muy utilizada Historia Romana. En
dicha obra (cita 1) elogia claramente la
visión política de Nerva al adoptar a Tra-
jano como hijo y sucesor, pues sólo tuvo
Οὕτω μὲν ὁ Τραϊανὸς Καῖσαρ, καὶ μετὰ τοῦτο αὐτοκράτωρ ἐγένετο,
καίτοι συγγενῶν τοῦ Νερούα ὄντων τινῶν. Ἀλλ´ οὐ γὰρ τῆς τῶν κοινῶν
σωτηρίας ὁ ἀνὴρ τὴν συγγένειαν προετίμησεν· Οὐδ´αὖ, ὅτι Ἴβηρ
ὁ Τραϊανὸς, ἀλλ´ οὐκ Ἰταλὸς, οὐδ´ Ἰταλιώτης ἦν, ἧττόν τι παρὰ τοῦτο αὐτὸν
ἐποιήσατο, ἐπειδὴ μηδεὶς πρόσθεν ἀλλοεθνὴς τὸ τῶν Ῥωμαίων κράτος ἐσχήκει·
Τὴν γὰρ ἀρετὴν, ἀλλ´ οὐ τὴν πατρίδα τινὸς, ἐξετάζειν δεῖν ᾤετο.
De esta forma Trajano se convirtió en césar y más tarde en emperador, a
pesar de que Nerva tenía algunos parientes. Éste tuvo en cuenta más la
salvación del Estado que los lazos familiares, y decidió adoptar a Trajano
a pesar de que era un íbero, no un italo ni un italiota, y de que ningún
hombre de otra raza había imperado antes sobre los romanos. Pensó que
lo que había que tener en cuenta eran los méritos de un hombre, y no
su patria.
Dión Casio, Historia Romana, LXVIII, 4, 1-2
Las claves del origen de Trajano
1
Áureo de Trajano, acuñado antes
de 115 d.C. A la izquierda Nerva,
a la derecha Trajano el general,
ambos DIVI y PAT(res). Foto
Museo Arqueológico Nacional, nº
inv.1992/80/59, en Canto, 2003, fg. 4.
7
invierno·2013
en cuenta el interés del Estado. En su
decisión no fue un obstáculo que Tra-
jano fuese «un ibero, no un italo, ni un
italiota», o que ningún álloethnès (ex-
tranjero) hubiera sido antes emperador.
Dión Casio, que escribe en griego,
no puede decir más claramente que
Trajano era ibero, que no había nacido
en Italia ni tampoco de familia italiana
emigrante (italiota). Precisa aún más
que era de otra raza (álloethnès), y por
ello el primer emperador de origen fo-
ráneo que alcanzaba al trono. Era esta
extracción genuinamente provincial
y autóctona lo que para un historiador
como él hacía tan excepcional su as-
censo a emperador, por mucho que se
tratara de un natural de una provincia
altamente romanizada como la Bética,
y de una familia que era ya senatorial y
dos veces consular.
El segundo autor es Sexto Aurelio
Víctor (h. 320- h. 390 d. C.), prefecto
del emperador Juliano y posiblemen-
te cónsul. Como historiador escribió
una Historia de los Césares terminada
hacia 360 d. C. Son importantes en él
dos textos. El primero de ellos (cita 2)
es precioso para mi tesis dinástica de
los ulpio-aelios, su origen externo y su
favorable infujo en la dirección de los
destinos de Roma.
El dictamen histórico de este se-
nador romano es demoledor en varios
sentidos. No es extraño que este texto
apenas aparezca en las biografías y
manuales europeos, e incluso espa-
ñoles, porque contradice de plano las
tesis más tradicionales de la Historio-
grafía desde el siglo XVII, y de una
forma brutalmente histórica. Pasa, a
continuación de este resumen intro-
ductorio, a referir datos de las vidas
de todos los emperadores del siglo II,
incluyendo, naturalmente, a Trajano,
que resulta así un llegado de fuera, un
«foráneo».
Unos párrafos más abajo, empezan-
do ya la biografía del emperador, cita
su origen hispano en el mismo sentido
que Dión Casio (cita 3). Como vemos,
Aurelio Víctor vuelve a marcar aquí la
excepcionalidad de que Nerva adopta-
ra y designara a un sucesor de origen
provincial, justifcándolo en el hecho de
que era senador, y ya había sido cónsul.
El último de los textos históricos
sobre la ascendencia de Trajano es el
Epitome de Caesaribus, de fnes del
siglo IV d. C. Es una compilación muy
breve de todos los emperadores desde
Augusto a Teodosio. Atribuída duran-
te mucho tiempo a Aurelio Víctor, es
más probable que esta obra sea anóni-
ma y se base en varias fuentes previas
y no sólo en Víctor, pues aporta más
información. Al comenzar la biografía
de Trajano nos regala un párrafo (cita
4), habitualmente malinterpretado, a
mi juicio. Bien leído, afrma no sólo
que Trajano era un turdetano (con una
corrección argumentada, la que pongo
entre corchetes angulares), sino que
además por su linaje paterno, el mas-
culino, no era un Ulpio, sino un Trayo.
Lo que corrijo es el ex urbe Tuder-
tina, que viene en varios manuscritos
que pudieron ser alterados en la Edad
Media. La procedencia tudertina con-
tradice en la práctica los textos anterio-
res, pero todos los historiadores se han
empeñado durante siglos en afrmar y
repetir, a partir de este texto, que la fa-
milia de Trajano era oriunda de Tuder,
la actual Todi, en la Umbría italiana.
La lectura “turdetana”
Antes de 1998 yo misma había acepta-
do, como todo el mundo, que no había
que corregir la palabra Tudertina de los
manuscritos del “Epitome”. La primera
vez que esta enmienda, Tu<rdeta>na,
se propuso fue en fecha tan lejana como
Ulpius Traianus, ex urbe
Tu<rdeta>na, Ulpius ab
avo dictus, Traianus a Traio
paterni generis auctore vel de
nomine Traiani patris sic appe-
llatus, imperavit annis viginti.
Ulpio Trajano fue emperador
durante veinte años. (Oriun-
do) de una ciudad turdetana,
su apellido fue Ulpio por su
abuelo, y se le llamó Trajano, o
por Trayo, el fundador del lina-
je paterno, o bien del apellido
familiar de Trajano, su padre.
Epitome de Caesaribus, 13
Las claves
del origen de Trajano
Hactenus Romae seu per Italiam orti imperium rexere, hinc ad-
venae quoque; nescio an ut in Prisco Tarquinio longe meliores.
Ac mihi quidem audienti multa legentique plane compertum urbem Ro-
mam externorum virtute atque insitivis artibus praecipue crevisse.
Hasta entonces habían regido el Imperio hombres nacidos en Roma o en
Italia. A partir ahora, sin embargo, [lo harían] los llegados de fuera, y
no sé incluso si ellos fueron con mucho los mejores, igual que pasó con
Tarquinio Prisco. Pues para mí, que he escuchado y leído muchas cosas,
está muy claro que Roma prosperó sobre todo gracias a los méritos de los
emperadores foráneos, y a las cualidades que ellos importaron.
Namque (scil., Nerva) Ulpium Traianum Italica, urbe Hispaniae,
ortum, amplissimi ordinis tamen, atque etiam consulari loco,
arrogatum accepit dedit.
Ya que [Nerva] adoptó como arrogado a Ulpio Trajano que, aunque natu-
ral de Itálica, ciudad de Hispania, al menos pertenecía al orden senatorial
y ya había sido cónsul.
Aurelio Víctor, Historia de los Césares, 12-13
Las claves del origen de Trajano
2
3
4
8 hiems·mmdcclxvi·auc
1600. La hizo el célebre belga Justo
Lipsio, en sus Dissertatiuncula apud
principes. Item C. Plini Panegyricus
liber Traianus dictus (Amberes, 1600,
págs. 37-38).
Lipsio, un protegido de la corte es-
pañola a través de la infanta Isabel Cla-
ra Eugenia, quizá propuso la enmienda
por razones diplomáticas (según sugirió
en 2000 J. M. Maestre). Sin embargo,
dejó la cuestión abierta al argumentar
acto seguido contra su propia idea. Por
mala suerte además la quiso apoyar con
una inscripción falsa que hacía de Tra-
jano un arévaco (CIL II 232*), con lo
que su propuesta de corrección textual,
que era buena, no prosperó.
La misma lectura recogió, y defen-
dió con calor a favor de Itálica, el hu-
manista se villano Nicolás Antonio en
1696 (Bi bliotheca Hispana Vetus, pp.
92-96 de la edición de 1788). Cayó en
el mismo error que Lipsio, pero añadió
el acierto de recordar por primera vez a
los Traii de Arva (Alcolea del Río). A
pesar de todo ello, la propuesta turdeta-
na volvió a caer en el olvido.
No se volvió a retomar seriamente
hasta dos siglos y medio más tarde, en
1868, por el suizo J. Dierauer. Éste sólo
fue apoyado, ya a fnes del siglo XX
(1974), por otro alemán, J. Schlumber-
ger, sin ser secundados en general ni el
uno ni el otro. Entre los españoles mo-
dernos, sólo Ángel Montenegro (1954)
fue un decidido partidario de la hispani-
dad remota del emperador. Contestaba
así a los desesperados intentos de otro
gran biógrafo, Roberto Paribeni (1926-
1927), para salvar la procedencia italia-
na de Trajano.
Cuando tanto tiempo después me
propuse revisar críticamente los textos
sobre Trajano llegué, para mi propia
sorpresa, a la misma conclusión que
mis predecesores: el texto original no
podía decir Tudertina, sino Turdetana.
El problema era aportar argumentos de
más peso, capaces de calar en la histo-
riografía.
Pero convencer a los historiadores
del mundo de que la única lectura po-
sible es ex urbe Turdetana es difícil, in-
cluso entre los españoles. Hay contadas
excepciones como la de José M.ª Bláz-
quez, frme partidario de mi hipótesis
en su monografía sobre Trajano (Ariel,
2003) o en sus estudios en la Fon-
dazione Canussio. El resto sigue
repitiendo en bloque, e incluso de-
fendiendo, la ascendencia italiana
de Trajano.
Un peso pesado como Syme refor-
zó la procedencia italiana del empera-
dor en su celebérrimo Tacitus (Oxford,
1958, p. 31 con nota 1, y p. 595). En esa
obra citó una inscripción perdida de Tu-
der (CIL XI, 4686) en la que se mencio-
naría a un supuesto M. Traius M. f. Sin
embargo, el gran epigrafsta L. Muratori
había visto aquella inscripción y, si-
guiendo su interpretación, insólitamente
descartada, en realidad se trata de una
dedicación de dos Attios a un tercero.
Desde J. Bennett (1997) hasta M.
Griffn en la última edición de la in-
fuyente Cambridge Ancient History
(2000) –en la que además se adjudica a
Dión Casio una inexistente «mirada de
desprecio por ser español», p. 101–, se
continúa la misma línea de Syme, con
el consabido predominio de lo escrito
en inglés, sea o no cierto.
Tu<rdeta>na, a pesar de todo, es la
lectura correcta y algún día se impondrá
por un hecho de peso (al menos de tanto
peso como el de los argumentos del gran
Syme): que el adjetivo Tudertinus/a no
existió en latín. Ni en el literario, ni en
el epigráfco. Los habitantes de Tuder
se llamaban Tudertes, incluso Tudernes
(según califcaba Plinio a las viñas de
esta localidad), pero jamás Tudertini.
Por lo cual, sencillamente, nunca pudo
existir una urbs Tudertina. Es lo que
llamamos un fantasma textual, con su
correspondiente secuela de fantasma
historiográfco.
Y, aunque sea verdad (como algunos
han argumentado en apoyo de la tesis
tradicional) que el apellido Ulpio es de
origen osco-umbro, debe prevalecer lo
anterior. Máxime en cuanto comprobe-
mos que la gens natal de Trajano, la pa-
terna, tampoco fue la Ulpia. Por un lado
y por otro, pues, la lectura Tudertina
pierde el sentido y el crédito de los que
secularmente viene disfrutando.
Lo anterior queda ratifcado por lo
que sigue en el texto del anónimo Epi-
tomador (cita 4), que por ello es el más
fundamental respecto a los orígenes
de Trajano. Continúa informándonos
de que Trajano «era un Ulpio por su
abuelo», una observación superfua si
su familia paterna hubiera sido la Ulpia
desde siempre, desde Italia, o “desde
los tiempos de Escipión”.
Por el contrario, al no indicar de qué
línea habla, hemos de entender, como
en otros casos, que no es la paterna. Y,
por tanto, que Trajano era un Ulpio por
su abuelo materno. Si lo interpretamos
así, como manda la lógica, el panorama
familiar de Trajano cambia instantánea-
mente y por completo. Como corrobo-
rando esta manera de analizarlo, acto
seguido el Epitomador pasa en efecto a
la línea masculina, diciéndonos que el
nombre Trajano lo debía, «bien a Tra-
yo, el fundador de su linaje paterno»,
«o bien al de su padre», el general. Lo
cual sugiere a su vez que “Trajano”
tampoco era un apelativo original en el
Retrato colosal, procedente del
Foro de Trajano en Roma. Es
posible que se trate de la madre
de Trajano, Ulpia ¿Marcia-
na?, aunque usualmente se ha
atribuído a Agripina la Menor
(cf. D. Boschung y W. Eck, AA,
1998 y Canto 2003 fg. 5).
F
o
t
o
:

A
n
t
o
i
n
e

M
o
t
t
e
W
P

C
o
m
m
o
n
s
9
invierno·2013
propio padre del emperador.
En resumen, el autor nos dice de
una manera concisa que si Trajano era
un Ulpio lo era por la línea materna
y esto nos permite deducir varios he-
chos. El primero es que el padre de
Trajano, M. Ulpio Trajano, no era por
su sangre un Ulpio. En segundo lugar,
que el avus Ulpius que cita la Historia
de los Césares tuvo que ser más bien
el abuelo materno. Y en consecuen-
cia, que la madre de Trajano no sería,
como se viene pensando, una Marcia,
sino la auténtica Ulpia. Por último, que
el fundador del linaje de Trajano era un
Traius (o Trahius, como más tarde ve-
remos), mientras que la gens o familia
Ulpia era la materna.
En efecto, al no haber existido nun-
ca una ciudad Traia de la que pudiera
derivar el nombre (como sí hay una
Hadria para Hadriano), la explicación
de un cognomen como Trajano sólo
puede encontrarse en la adopción de un
Trayo (Traius) por parte de su suegro
Ulpio, que sería el abuelo materno de
Trajano. En estos casos normalmente
el apellido de nacimiento pasaba a ser
nuevo cognomen con la terminación
–anus. Ése sería exactamente el caso
del padre de Trajano: Marcus Ulpius
Trai-anus.
La adopción legal era algo muy fre-
cuente entre élites romanas carentes de
hijos varones, con objeto de que al me-
nos el yerno y los nietos preservaran
tanto el apellido como el patrimonio.
Todas ellas son conclusiones a las
que se puede llegar sólo con analizar
de otra forma más estricta a un autor
antiguo y bien informado. Si en cua-
tro siglos sólo se ha defendido esta
lectura cuatro veces, y sólo en lo rela-
tivo a rechazar el Tudertina (pues los
demás elementos de juicio aún no se
conocían), se debe al enorme peso de
la tradición y de grandes autores de la
Historia Antigua, así como a la resis-
tencia a abandonar axiomas de siem-
pre conocidos.
Los Trahii italicenses
Entre 1971 y 1973, durante las ex-
cavaciones del teatro de Itálica en
las que participé, apareció una enor-
me inscripción de más de 20 metros
de largo, de cuidado mármol blanco.
Estaba originalmente cubierta con le-
tras de bronce dorado. En mi opinión,
ratifcada en 1977 por una competen-
te estratigrafía de M. Pellicer, no es
augustea, como dice unánimemente
lo que llamo la “ortodoxia italicen-
se”, sino parte de la gran y esperable
ampliación y embellecimiento del
edifcio en los primeros decenios del
siglo II d. C., cuando dos italicenses
se convierten consecutivamente en
emperadores.
En la inscripción se podía restituir
el apellido del segundo de los dedi-
cantes. Es lo que hice en 1981 y 1983
(con casi general aceptación) como
Traius: C. Tr[ai]us C. f. Pollio. Éste,
junto con un probable hermano o pri-
mo local, L. Blattius L.f. Traianus Po-
llio (quizá otro Trayo, adoptado esta
vez por un Lucio Blattio), había rega-
lado valiosas mejoras y obsequios en
el teatro. Ambos serían los primeros
pontífces y alcaldes (duoviri) de la
nueva colonia de Itálica, ahora ya, por
concesión de Adriano, Aelia Augusta
y de derecho romano.
A partir de ambos, en 1981 ya se po-
dría inferir que la gens o familia Traya
existía y era importante en la ciudad.
Lo repetí en 1983 en mi tesis doctoral,
reuniendo y anotando el proporcional-
mente alto número de Trayos que se
documentaba en Hispania, donde hay
once de los doce casos conocidos en
todo el Imperio. Se trata, pues, de un
apellido raro e infrecuente y, según su
casuística y localización, más propia-
mente bético.
En 1984 aquella intuición fue re-
compensada por el ciego azar con un
imprevisto hallazgo muy favorable a la
imaginada existencia y antigüedad de
los Trayos italicenses: un espléndido
mosaico en el clásico opus signinum
tardorrepublicano, que feché hacia 90-
70 a. C. y propuse formara parte de la
vieja curia de Itálica, en su época es-
tatutaria de colonia latina, antes de ser
un municipium romano con César. Su
texto, según mi lectura, sería así:
M(arcus) Trahius C(aii) f(ilius),
pr(aetor), Ap[ollinis aedem?] de
stipe, idemq(ue) caul[as d(e)
s(ua) p(ecunia) fac(iendum)
coir(avit)?].
Esto es: «Marco Trayo, hijo de
Cayo, pretor (de Itálica), se encargó
de que se construyera el santuario de
Apolo del dinero de los donativos, y
al mismo tiempo, a sus expensas, las
cancelas».
En el curso de este cuarto de siglo
desde que apareció, la datación del
contexto arqueológico de esta excava-
ción y la del mosaico se han querido
llevar a época augustea. Se pretendía
así que este arcaico pavimento fuera
contemporáneo de la inscripción del
teatro, que para muchos autores sería
igualmente augustea. Algo inverosí-
Detalle de la gran inscripción de
la orchestra del teatro de Itálica,
con las dedicaciones de los duoviri
y pontifces primi creati coloniales
L. Blattius L.f. Traianus Pollio y C.
Tr[ai]us C.f. Pollio. Estamos ante
dos posibles parientes locales de
Trajano y Adriano.
Foto: A. M. Canto
10 hiems·mmdcclxvi·auc
mil, entre otros detalles, sólo con com-
parar la concepción, los materiales y las
letras de ambos.
Una gran mayoría de los autores que
han tratado del mosaico han querido in-
sistentemente desarrollar la abreviatura
PR· como pr(aefectus): prefecto de al-
gún collegium iuvenum de época augus-
tea, de un collegium de Apolo, de obras,
o hasta de un collegium encargado del
mantenimiento del aedes (sic). Todas
estas lecturas se han propuesto a pesar
de que la abreviatura de praefectus sea
usualmente PRAEF·. Además de que ta-
les colegios juveniles no se pueden do-
cumentar en las provincias hasta mucho
tiempo después de Augusto.
Lo más sencillo y coherente es leer
en el mosaico la normal y corriente
abreviatura PR· de un pr(aetor) latino.
Naturalmente, este cargo público y es-
tatuto serían imposibles en una Itálica
augustea. Lo cierto es que las evidencias
arqueológicas, epigráfcas y de paralelos
musivos, en Hispania e Italia, a favor de
una cronología republicana, resultan de-
masiado contundentes, y apuntan al pri-
mer tercio del siglo I a. C. El mosaico de
Trahius demuestra, de paso, el carácter
estatutario de Itálica como colonia latina
por aquel entonces. De hecho, quizá lo
era desde muy poco después de su fun-
dación romana, en el 206 a. C. Del mis-
mo modo, el texto del suntuoso epígrafe
marmóreo y broncíneo de la orchestra
sólo se explica adecuadamente a co-
mienzos del siglo II d. C.
El mosaico, aparte de ser un bello e
infrecuente ejemplar de este tipo de pa-
vimentos en la Bética, nos revela al que
creo es el más antiguo Trayo notable del
que tengamos noticia. Conserva este
Trayo una interesante y arcaica H inter-
DESPERTA FERRO


í ü
í á

Foto: E. Sáenz de San Pedro
Mosaico de Marcus Trahius. Museo Arqueológico Provincial de Sevilla.
11
invierno·2013
media en su nombre (Trahius), como
las trahae agrícolas turdetanas que
mencionan Varrón y Columela en sus
tratados de agricultura y que aún hoy
llamamos traíllas.
En cuanto hijo legítimo de Cayo
Trayo (como evidencia la fliación C.
f.), Marco era ciudadano latino desde al
menos alguna generación más. Quizá,
como supuse, descendían de aquellos
“indígenas escogidos” que los romanos
solían invitar a convivir con ellos, en
su habitual fórmula de sinoicismo. No
lleva cognomen o tercer nombre, como
era lo usual en esa época (al contrario
que bajo Augusto).
Su cargo de máximo magistrado en
Itálica, así como la saneada economía
de Marco Trayo, que paga de su propio
peculio las cancelas del edifcio, proba-
blemente de bronce, permiten deducir
que estamos ante un rico ancestro di-
recto, masculino, de ambos Trajanos y
por tanto, según mi hipótesis, dentro del
esquema patrilineal del emperador.
Por el cálculo de generaciones,
podríamos incluso hallarnos ante el
mismísimo auctor generis paterni, el
«fundador del linaje paterno» del que
nos hablaba el autor del Epitome. Ésta
es una prueba material, como dice Eu-
tropio, de que la familia era antiqua,
pero no clara. Es decir, no era ilustre
por no haber entrado en el Senado has-
ta, probablemente, la época de Claudio
o Nerón, algo antes de que Vespasiano
hiciera patricio y cónsul al padre de
Trajano.
Si tratáramos de calcular por gene-
raciones, dando a éstas una media de
25 años, el praetor Marco Trayo, hijo
de Cayo, sería el cuarto o quinto abue-
lo del emperador, nacido entre los años
120 y 90 a. C., según se date el mosaico
dentro del abanico de fechas que pro-
puse más arriba. Sumando al padre de
Trajano y a él mismo, se completarían
cinco o seis generaciones. Buena prue-
ba, pues, de que los Trayos formarían
parte de la élite municipal italicense, y
de que eran seguramente ya muy ricos
al menos desde tres o cuatro generacio-
nes antes de Trajano.
En todo caso, este Marco Trayo,
ocupado en embellecer el templo de
Apolo que solía estar adjunto a la cu-
ria o sede política de una ciudad, estaba
muy lejos de imaginar que algún día,
casi dos siglos más tarde, un tataranieto
suyo llegaría a ocupar la más alta ma-
gistratura del nuevo régimen del Princi-
pado que sustituyó a la República en la
que él vivió. Y menos aún de que podría
fgurar con pleno derecho como lejano
cimiento del prestigioso stemma o árbol
genealógico de la brillante y muy béti-
ca, aunque también ya muy romaniza-
da, dinastía ulpio-aelia. ◙
• CANTO, A. M.: http://uam.
academia.edu/AliciaMCanto
• BLÁZQUEZ J. M.ª (2003):
Trajano. Ariel. Barcelona.
• VV. AA. (2003): El Imperio de
Trajano. Actas. (J. M.ª Blázquez
y J. Alvar edd). Madrid.
• VV. AA. (2005): Marco Ulpio
Trajano, emperador de Roma.
Documentos y fuentes para el
estudio de su reinado. (J. Gon-
zález y J.C. Saquete, coords.).
Junta de Andalucía. Sevilla.
PARA SABER MÁS:
Un nuevo árbol genealógico para Trajano
Propuesta de nuevo stemma familiar del emperador Trajano. En su parte superior, entre M. Trahius C.f. pr(aetor) y el abuelo paterno (Trahius) del
emperador, hay que suponer una o dos generaciones más (de A. M. Canto, en Hispania. El Legado de Roma, 1999. p. 236, ligeramente modifcado).
12 hiems·mmdcclxvi·auc
Por Juan Luis Posadas.
Del padre del emperador Trajano se
sabe poquísimo. Su origo y fliación
familiar han suscitado cierta polémi-
ca. Según Alicia M.ª Canto, Trajano
padre nació en Itálica, pero su cogno-
men Trajanus indica que había naci-
do de la familia turdetana de los Traii
siendo adoptado tras su boda con una
Ulpia por su suegro, quizá llamado
Marco Ulpio Marciano. De ahí proce-
dería el nombre de su hermana Ulpia
Marciana y de otra posible hermana,
quizá casada con un Domicio de Ga-
des, madre de Domicia Paulina, ma-
dre a su vez del emperador Adriano.
De esa manera se entendería el vín-
culo familiar de Trajano con Adriano
a través de ambos progenitores, lo
cual aparece en Eutropio. Y también
se entendería lo que las fuentes dicen
de Trajano: que era un extranjero, un
alloethnés, pues su sangre era turde-
tana, solo romana por adopción de su
padre.
Trajano padre procedía del orden
ecuestre y pasó al orden senatorial,
quizá en época de Nerón. Tal vez fue
gobernador de la Bética hacia el año
67. Su aparición en la Historia data
del famoso año 69, como legado de
la X Fretensis en la guerra judaica.
Aunque Trajano tenía entonces a su
cargo un tercio del ejército romano
en la guerra, quiso reservar el honor
de tomar la ciudad de Jaffa al hijo
de Vespasiano, Tito, para lo cual lo
mandó llamar. Este acto de deferen-
cia tuvo frutos inmediatos: tras ven-
cer en la guerra civil contra Vitelio,
Vespasiano lo nombró cónsul sufecto
en el año 70 (aunque esto se discute
todavía entre los expertos). Además,
Trajano fue elevado al rango patricio
por adlectio imperial.
Desempeñó varios cargos impor-
tantes, como XVvir sacris faciundis,
probablemente la censura, y los go-
biernos de Capadocia-Galacia y el de
Siria (entre los años 73 y 78, como
máximo). Su estancia en Siria está
atestiguada por el “Panegírico de Tra-
jano” de Plinio, quien dice de él que
consiguió una especie de ornamento
triunfal, el Parthica laurus, y por una
inscripción en Mileto con su cursus
en un orden no habitual. Es importan-
te señalar que su hijo Trajano militó
con su padre en Siria como tribuno
militar.
Los logros de su gobierno en Si-
ria, donde probablemente llevó a
cabo alguna campaña fronteriza por
la que consiguió dichos ornamentos
triunfales, le abrieron paso a la cum-
bre de su carrera político-militar: el
proconsulado de Asia, último cargo
registrado por las fuentes. Su carre-
ra bajo Vespasiano no continuó más
allá, bajo Tito o Domiciano, salvo
con algún cargo honorífco, como el
de Sodalis Flavialis, vinculado a la
Casa Imperial. Es posible que la vin-
culación estrecha de Trajano con Ves-
pasiano le hiciera poco adecuado para
seguir medrando bajo el gobierno de
Domiciano. Pero sí le dio la infuen-
cia necesaria para apoyar la carrera
de su hijo, el posterior emperador. Es
posible que, en esta época, Trajano
padre fuera el “jefe” del llamado clan
hispano en Roma, al menos hasta su
muerte.
De la muerte de Trajano padre no
se sabe nada, aunque es posible que
fuera anterior a la adopción de su hijo
por Nerva. Sí es conocida su “ascen-
sión” al Olimpo romano como Divus
Trajanus Pater, que Cizek y otros au-
tores fechan en el año 112, aunque en
las fuentes anteriores al 114 no se le
nombre como tal. ◙
El áureo dedicado acuñado en 115 d.
C. En el anverso aparece Trajano. En
el reverso, su padre biológico con la
inscripción DIVVS PATER TRAIANVS.
Para que Trajano se convirtiese en el hombre más pode-
roso de su tiempo, tuvo que apoyarse en muchas perso-
nalidades. Destacamos dos de ellas, que jugaron un papel
clave en su carrera: su padre, que fue un exitoso general,
y el emperador que lo adoptó.
BIOGRAFÍAS
Marco Ulpio Trajano, el Viejo
Los orígenes de un emperador
13
invierno·2013
Los orígenes de un emperador
BIOGRAFÍAS
Por Javier Ramos.
Natural de Narni, a 80 kilómetros de
Roma, procedía de una antigua y rica fa-
milia senatorial de Italia. Tenía 70 años
cuando Domiciano fue asesinado. Los
conjurados propusieron a Nerva como
nuevo emperador romano, lo que no
produjo una reacción negativa del Se-
nado. El elegido no había tenido hijos
y contaba con la experiencia de varias
magistraturas desde fnales del gobierno
de Nerón, como la pretura (66 d. C.) y el
consulado (71 y 90 d. C.), en cuyo ejer-
cicio pudo demostrar su gran ecuanimi-
dad y honradez. El provecto emperador
tomó sin oposición los títulos de Impe-
rator Caesar Augustus.
Bajo Nerva, el Senado recuperó su
antiguo prestigio y estableció que el ré-
gimen imperial no debía fundamentar
su poder a costa de dicho órgano. Uno
de sus primeros postulados fue que,
mientras él viviese, ningún senador sería
condenado a muerte. Asimismo, el nue-
vo emperador, que había sufrido el des-
tierro durante el reinado de Domiciano,
permitió el regreso de todos los exilia-
dos. Los lemas de las monedas acuñadas
propagaban que se había recuperado la
libertad y el prestigio político del Sena-
do: había vuelto la libertas publica y la
providentia senatus.
Con probabilidad, los conspiradores
que terminaron con la vida de Domi-
ciano eligieron a Nerva, que recordaba
mucho a Galba, como una fgura de
transición, conscientes de que no reunía
grandes dotes militares. Sin embargo, el
anciano emperador acometió importan-
tes reformas.
Quiso iniciar un nuevo mandato apli-
cando medidas represivas contra los res-
ponsables de la muerte de su predecesor.
Hizo equilibrios políticos para mantener
la memoria de Domiciano, tal y como
había decretado el Senado, y aplacar el
descontento de la plebe y las legiones.
La población de Roma recibió un dona-
tivo, los soldados se benefciaron de una
paga extraordinaria y los pretorianos lo-
graron la reposición de Casperio Eliano
como prefecto del pretorio.
Nerva tomó medidas que hicieron
nacer la esperanza en un periodo repara-
dor: castigó con la muerte a los esclavos
y libertos que bajo Domiciano habían
traicionado a sus dueños, suprimió los
procesos de alta traición y amenazó con
penas severas a los falsos delatores.
Ideó el proyecto del sistema de ayu-
das conocidas como alimenta que solo
llegó a implantarse plenamente bajo Tra-
jano (ver página 22). Las soluciones de
Nerva siempre tenían un cariz republica-
no: su ley agraria incluía el compromiso
del Estado de comprar tierras para sus
posterior distribución. Nerva concedió
créditos por valor de la tierra de hasta 60
millones de sestercios. El corto tiempo
de su mandato solo permitió una aplica-
ción parcial de esta medida tomada en
los inicios de su gobierno.
Tal vez en compensación por los
sufrimientos de los judíos durante la
persecución de Domiciano, Nerva les li-
beró de un impuesto específco, el fscus
Judaicus, que venían pagando desde el
año 70. Tales medidas económicas con-
tenían también una cierta carga humani-
taria debida a una fuerte infuencia de la
ideología estoica.
Sin embargo, en poco tiempo, las
medidas de Nerva supusieron una gran
carga para el Tesoro de Roma, ya de por
sí exhausto por los enormes costes mili-
tares. El emperador ordenó la formación
de una comisión especial para reducir
drásticamente el gasto. Los benefcios
de sus propuestas afectaron a todos, pero
de modo particular a la población de Ita-
lia, que se libró de la obligación de cos-
tear el sistema público de postas.
La comisión estableció la supresión
de la mayoría de los dispendios super-
fuos, incluyendo los sacrifcios religio-
sos, los juegos y las carreras de caballos.
Mientras, Nerva estimuló la economía a
con la subasta de las propiedades de Do-
miciano. También obtuvo dinero proce-
dente de la fundición de las estatuas de
oro y plata de su predecesor.
Una de las medidas de mayor alcance
de Nerva fue la instauración de una nue-
va modalidad de transmisión del poder
basada en la adopción. Se fjó en un ex-
celente general para sucederle. En el Ca-
pitolio, al pie de la estatua de Júpiter y en
presencia del Senado y de los caballeros,
adoptó al general M. Ulpio Trajano. La
tutela fue seguida de una asociación par-
cial al gobierno al conceder al hispano el
imperium majus, la potestas tribunicia,
el título de César y un consulado. Era el
año 97. En enero de 98, murió. ◙
Marco Cocceyo Nerva
M. Cocceyo Nerva.
14 hiems·mmdcclxvi·auc
Por Juan Luis Posadas.
El Imperio romano llegó a su máxima
extensión bajo el emperador Marco
Ulpio Trajano, quien llevó las fronte-
ras desde más allá del Danubio hasta
el golfo Pérsico y el mar Rojo. Sin
embargo, de este gran conquistador se
sabe bien poco. Las fuentes históricas
sobre Trajano son escasas: el resumen
(redactado en el siglo XI) del libro 68
de la “Historia” de Dión Casio; el
“Panegírico de Trajano” de Plinio el
Joven, junto con más de 120 cartas
entre él y el Emperador; algunas re-
ferencias sueltas en autores como
Vitrubio, Marcial, Juvenal, Táci-
to, Apiano, Amiano Marcelino,
Aurelio Víctor o Eutropio; y
unos cuantos epígrafes e ins-
cripciones más o menos incompletas.
A ello habría que sumar la informa-
ción que nos suministran las fuentes
arqueológicas, como los monumentos
erigidos por Trajano o su muy variada
iconografía estatuaria.
Estas fuentes nos acercan al pri-
mer emperador que nació en Itálica
(Sevilla). Marco Ulpio Trajano inició
su carrera bajo Vespasiano, pero fue
ascendido por sus hijos Tito y Domi-
ciano. Lo hizo siempre con el apoyo
de su padre y de un clan hispano de
senadores capitaneado por Lucio
Licinio Sura, a quien se ha llamado
«fabricante de emperadores» porque
conspiró en la sombra para el nom-
bramiento de Nerva y la posterior
adopción de Trajano. No es de ex-
trañar que la profesora Canto llame a
El emperador venido
de Hispania
TRAJANO
En el año 98, entraba triunfante en Roma el primer emperador
nacido en provincias. Hombre de mano frme y enemigo del
boato, Trajano inauguró una dinastía que llevaría al Imperio
al punto álgido en lo político. Nuevas formas de llevar las
riendas del Estado abrían un período de esplendor, que no
estuvo exento de contradicciones. Un viaje entre la riqueza y
la infación; entre la humildad y la divinización.
BIOGRAFÍAS
15
invierno·2013
la dinastía fundada por Trajano «di-
nastía Ulpia-Elia» (porque Trajano,
Adriano, Marco Aurelio y Cómodo
pertenecían a esas familias hispa-
nas), contra la inveterada costumbre
de llamar Antonina a una dinastía en
la que sólo respondía a ese nombre
uno de sus miembros.
Elección sucesoria, a la fuerza
Tras la muerte de Domiciano, la pro-
clamación de Nerva por el Senado y
el ejército era ideal. Un hombre vie-
jo, de carrera civil, y sin herederos,
parecía idóneo como transición. Uno
de los primeros problemas que tuvo
que afrontar Nerva fue la petición,
proveniente del Senado y los secto-
res que habían apoyado a Domicia-
no, de un castigo para los asesinos de
su antecesor en el cargo.
Cuando Nerva se opuso comen-
zó un período de problemas para el
emperador: se descubrió primero
una conspiración tradicionalista, que
quedó sin castigo, liderada por Cal-
purnio Craso Frugi Liciniano, un pa-
riente del heredero de Galba. Nerva,
en una política de compromiso, pero
bastante trémula, apoyó después a
estos sectores tradicionales y se re-
concilió con el Senado. Esto le costó
otra revuelta, pero esta vez militar,
la del prefecto pretoriano Casperio
Eliano.
Nerva reaccionó nuevamente se-
gún la marcha de los acontecimien-
tos, cediendo ante los pretorianos,
y mandó ajusticiar a los asesinos de
Domiciano, una de las reivindicacio-
nes del Pretorio.
En este panorama de política sin
rumbo fjo, se planteó el problema de
la sucesión, apenas un año después
de la entronización de Nerva. El Em-
perador era mayor pero tenía parien-
tes (no hijos) y tampoco parecía in-
minente su muerte. Por eso se piensa
que la adopción se le pidió casi a la
fuerza. El elegido fue el gobernador
de la Germania Superior, Marco Ul-
pio Trajano, y la fórmula escogida,
su verdadera asociación al Imperio
como Imperator et Consors Tribuni-
ciae Potestatis: de esta forma se con-
fguró una doble monarquía electiva,
con co-emperadores civil y militar.
Marco Ulpio Trajano fue el primer
emperador que era adoptado por un
predecesor que no pertenecía a su
familia, ni siquiera política, y que le
sucedió en el gobierno del Imperio
sin derramamiento de sangre, tras la
muerte de Nerva en enero del año 98.
Un vencedor modesto
Los primeros momentos de Trajano
transcurrieron en las fronteras occi-
dentales del Imperio, hasta que, a fna-
les del año 98, entró en Roma de ma-
nera triunfal, aunque sin ostentación.
Todos estos pasos fueron del sincero
agrado de los sectores tradicionalis-
tas del Senado, pues demostraban la
Los estudios modernos sobre la
sociología de las instituciones cor-
tesanas, que tanto se han exten-
dido en las últimas décadas, han
recalado poco en la Corte romana.
Sí se sabe que esa Corte, llamada
Aula Caesaris, estaba compuesta
por los familiares directos del em-
perador, sus consortes, hijos, so-
brinos y demás familia, así como
por los libertos imperiales, médi-
co personal, secretarios y algunos
amigos y miembros de las familias
aristocráticas más renombradas.
En la Corte de Trajano, sin em-
bargo, las que brillaban eran sus
mujeres: su esposa, hermana, so-
brina y sobrinas nietas. Siempre
se ha escrito que el origen de la
emperatriz Pompeya Plotina era
Nîmes, ciudad de la Galia Nar-
bonense. Sin embargo, aho-
ra se empieza a considerar
la posibilidad de que Plotina
fuera también hispana, in-
cluso prima carnal del Empe-
rador.
Casio Dión transmitió las pala-
bras humildes de Plotina al entrar
en Palacio: «Entro aquí como mu-
jer de la misma manera que deseo
salir», así como que vivió siendo
fel a su modestia y pasó a la pos-
teridad sin tacha. La emperatriz
Plotina, que recibió el título de Au-
gusta el año 105, murió años des-
pués que su esposo, hacia el año
123, y fue divinizada por Adriano.
La compañera modesta
Camafeo que representa de per-
fl a Trajano, en primer plano,
y a su esposa, Pompeya Plotina.
Museo Británico.
Foto cedida por Roger Ulrich
Aunque Nerva era de
edad avanzada, su hipo-
tética muerte podía ser
cubierta con parientes
masculinos. Sin embargo,
eligió a Trajano
16 hiems·mmdcclxvi·auc
frmeza del emperador ante los preto-
rianos, su preocupación militarista de
expansión, una de las aspiraciones del
nuevo Senado, y su respeto a la tradi-
ción romana de modestia.
Esta primera impresión queda-
ría reforzada ante las primeras me-
didas del emperador: no usar la ley
de lesa majestad, rehusar el título de
Pater Patriae y no aceptar grandes
estatuas. Otras medidas de su prime-
ra época lo separaban de la política
de Domiciano: persiguió a algunos
delatores y expulsó de Roma a los
pantomimos. En una política de con-
senso entre el Senado y el pueblo de
Roma, favoreció fscalmente a la ple-
be y organizó juegos circenses. Esta
decisión fue apoyada hábilmente por
la propaganda de la época: las mo-
nedas con leyendas de Concordia,
Clementia, Pietas, Providentia, Pax
Augusti y Fortuna.
Trajano se apoyó en sus familia-
res y en sus amigos para dirigir la
nave del Imperio mediante dos insti-
tuciones: la Corte o Aula Caesaris y
el Consejo de Gobierno o Consilium
Principis. Además, utilizó o manipu-
ló la existencia de una serie de
círculos intelectuales para crear
la opinión y la ideología del ré-
gimen, dada la impericia relativa de
Trajano para la cultura; impericia no
reñida con su admiración hacia los
hombres de letras y su apoyo a mu-
chos de ellos.
Los resortes del poder
El Consejo de Gobierno de Trajano
servía para mantenerle en contacto
permanente y en buenas relaciones
con el Senado, para preparar las can-
didaturas a los cargos y magistratu-
ras del Imperio, para allanar el ca-
mino para las reformas legislativas y
para amañar las sentencias judiciales
que pudieran ser lesivas para los in-
tereses del Emperador. Este Consejo
se reunía generalmente en el Palacio
imperial, la domus Flavia construida
por Vespasiano y ampliada poste-
riormente por Domicia-
Los hombres de confanza
En su relación con el Senado, Traja-
no encontró en el abogado y senador
Plinio el Joven un excelente colabo-
rador. Sabemos de la relación del
príncipe con Plinio por una obra que
escribió, el “Panegírico de Trajano”, y
por un libro de cartas entre él y el
emperador, escritas durante la misión
imperial que llevó a Plinio a la provin-
cia senatorial de Bitinia (en la actual
Turquía). Plinio era, sin duda, uno de
los ideólogos del régimen, autor de
las expresiones “Óptimo Príncipe” y
“Siglo de Trajano”, que hicieron fortu-
na en su época y en la nuestra.
Además de Plinio, los consejeros
más estrechos de Trajano eran los
hispanos Lucio Licinio Sura y Julio
Urso Serviano. El primero, jefe del
clan hispano y principal valedor de
Trajano para su acceso al Imperio,
actuó como lugarteniente del empe-
rador durante sus ausencias guerre-
ras de la capital. Tan grande era su
confanza en él que, en respuesta a
quienes le acusaban de pretender su
muerte, Trajano acudió a casa de su
amigo, se sentó a su mesa,
bebió y comió sin reparo, se
dejó atender por el médico
de su amigo y cortar la bar-
ba por su barbero. Al día si-
guiente declaró, según Ca-
sio Dión: «Si Sura hubiera
querido matarme, lo habría
hecho ayer». A la muerte
de este fel amigo, acae-
cida en el año 110, le su-
cedió en la confanza del
Emperador el citado Urso Serviano,
emparentado con Trajano.
Por supuesto, otros senadores,
cónsules y miembros del Consejo
brillaban en ocasiones determina-
das: los prefectos del Pretorio Su-
burano Emiliano y Claudio Liviano
eran, institucionalmente, los lugar-
tenientes del Emperador; el secreta-
rio de Trajano, Titinio Capitón, tenía
gran poder; los consejos del gene-
ral Laberio Máximo pesaban mucho
en asuntos militares; por último, los
juristas de la escuela de Proculeyo,
Neracio Prisco y Juvencio Celso, eran
los expertos de Trajano en asuntos
legales. No hay que olvidar entre
los más estrechos colaboradores del
Emperador al más grande arquitec-
to romano, Apolodoro de Damasco,
quien frmó los proyectos del puente
sobre el Danubio y el grandioso foro
de Trajano.
Un resorte directo para
controlar el Senado fue
su renovación, que per-
mitió la entrada de un
numeroso contingente
hispano y oriental
Los Sura eran una infuyente y
adinerada familia hispana, como
atestigua el arco que mandó con-
truir cerca de Tarraco uno de sus
miembros más prominentes.
17
invierno·2013
no, que se ve hoy día en el Palatino.
Sin embargo, sabemos por una carta
de Plinio que también se reunió en
alguna ocasión en la villa campestre
de Trajano, situada por Torelli, en
Civitavecchia. Es signifcativo que
el órgano de gobierno de Trajano no
fuera el Senado, sino su Consejo, y
que este se reuniera, no en el Foro
o en algún entorno cívico, sino en el
Palacio o en la villa del emperador.
La tercera institución que apoyó
a Trajano fue el Senado. Este cola-
boró activamente con la política de
Trajano, en un camino medio entre
la libertad y el servilismo. Es cierto
que Trajano no condenó a ningún
senador y que, según Eutropio, dijo
que «como emperador se comporta-
ba con los particulares de la misma
forma que él querría que los empera-
dores se comportaran con él mismo
como particular».
Se ha hablado, en los primeros
tiempos de Trajano, de un cogobier-
no con el Senado, en el que este cuer-
po tomaría para sí ciertas responsabi-
lidades y formas de actuación. Pero
lo cierto es que el Emperador poseía
resortes de todo tipo para controlar
al orden senatorial, y uno de los más
claros –como lo había sido en épo-
ca de Augusto– fue la actividad de
Trajano como promotor de la entra-
da de numerosos novi homines en el
Senado, por medio del recurso a la
adlectio o por la candidatura impe-
rial a la cuestura. Esta actividad del
Emperador consiguió, seguramente,
modifcar la composición del Senado
en su origen social y de procedencia,
constituyéndose un importante con-
tingente de senadores provinciales,
cifrado en un tercio del ordo, desta-
cando los orientales y los hispanos.
El impulso expansionista
Tras esta etapa de gobierno en Roma,
Trajano, entre los años 101 y 106, se
embarcó en dos guerras para anexio-
narse la Dacia, regida por Decébalo
(ver página 26). En dos campañas
distintas, el emperador consiguió
derrotar y someter como rey cliente
a Decébalo (año 102), primero, y re-
primir su revuelta e incorporar Dacia
después como nueva provincia roma-
na (año 106). Los hechos principales
de esta guerra, como la construcción
del puente sobre el Danubio, el ase-
dio de la capital dácica, la derrota
fnal de Decébalo y el hallazgo de
su Tesoro Real, inspiraron escenas
grandiosas en la columna de Traja-
no erigida en medio del Foro que el
Emperador construyó en Roma. De
hecho, la política edilicia de Trajano
en la capital, que incluye el Foro con
el templo de Trajano, la Columna, la
biblioteca Ulpia y los mercados de
Trajano, y en otros lugares del Impe-
rio, pudo ser llevada a cabo gracias
a las riquezas encontradas en Dacia,
diligentemente expurgadas por los
romanos.
Estas conquistas, junto con la del
reino nabateo por parte del legado de
Siria, Cornelio Palma, en el mismo
año 106, formaron parte de una po-
lítica expansiva que Trajano, aconse-
jado por sus amigos hispanos, llevó
a cabo durante casi todo su principa-
do, con el objetivo de llenar las arcas
imperiales. La conquista de la Dacia
supuso, desde luego, la entrada en el
Erario de un ingente tesoro en oro y
plata, y un aporte grande en tierras
para los veteranos, así como una
fuente casi inagotable de esclavos
para el Imperio.
Precisamente se vivió, durante los
primeros años de Trajano, un verda-
dero esplendor económico provoca-
do por la explotación intensiva de las
minas y por el remonte de la crisis
agrícola; este esplendor repercutió
en medidas de liberalización fscal y
en otras de reparto y redistribución
entre los más desfavorecidos. Sin
embargo, a partir de la conquista de
la Dacia, el aumento del número de
Foto: R. Pastrana
Foto: Cristian Marinescu
Las arcas públicas se sanearon gracias
a la conquista de Dacia (der., enemigos
representados en la Columna Trajana)
y la anexión del reino nabateo (arriba,
capitel de Petra).
18 hiems·mmdcclxvi·auc
contribuyentes y, sobre todo, el in-
gente botín del rey dácico, signifca-
ron un ingreso tal en las arcas impe-
riales que Trajano hubo de devaluar,
en el año 107, la monedación de pla-
ta en un 5% de su peso, y también la
de oro.
Tras la conquista de la Dacia, se
redujo la libertad otorgada al Sena-
do, por lo que Trajano volvió sobre
sus pasos en una política más abso-
lutista; reacción en la que tuvo consi-
derable peso la inefcacia demostra-
da por el Senado en sus funciones.
Guerra e involución política
La segunda gran intervención de
Trajano en las fronteras, tras la con-
quista de la Dacia, necesitó de una
mayor organización: se trataba de
someter al rey parto, ardua labor en
la que antaño habían fracasado hom-
bres de la talla de Craso y Marco An-
tonio. La organización de la guerra
pártica contra Cosroes obligó a Tra-
jano a una política de involución, el
llamado “recodo” político Trajano
del año 112.
Durante estos años, se puede hablar
del “paternalismo” de Trajano como
el denominador común de su política
interior; un paternalismo modera-
do pero frme, según se desprende
de las fuentes sobre la ideología del
período. Al parecer, las medidas ab-
solutistas atribuidas a Adriano fueron
tomadas ya en época de Trajano, bajo
una apariencia cívica y respetuosa
para con el Senado.
Durante el principado de Trajano
se dieron ya todos los elementos cen-
tralizadores y burocráticos que serán
habituales en épocas posteriores. Por
ejemplo, promulgó una serie de me-
didas tendentes a sustraer parcelas
importantes del gobierno de Italia
de las administraciones senatorial y
local; por otra parte, sus altos fun-
cionarios, aunque senadores, fueron
enviados como comisionados espe-
ciales para resolver algunos proble-
mas en las provincias que dependían
de la Curia; además, ciertos indicios
vienen a mostrar que ya bajo Traja-
no empezó a confgurarse el cursus
honorum de los ecuestres, aunque
será bajo Adriano cuando éste cuaje
del todo.
Se puede objetar a este pater-
nalismo o absolutismo moderado de
Trajano que el Emperador no osten-
tó la magistratura consular más que
seis veces; pero, si se dejan de lado
los tres primeros consulados, Trajano
accedería al cargo en los momentos
cardinales del principado: en el año
101, en plena guerra dácica; en el
año 103, preparando la segunda; y
en el año 112, preparando la campa-
ña pártica y con motivo de una invo-
lución política. Por otra parte, su ac-
ción promotora de nuevos senadores
y, sobre todo, la creación de diecio-
cho nuevas procuratelas ecuestres,
hasta alcanzar la cifra de ochenta,
además del apoyo a las compañías
de publicani, hablan por sí mismas
del proceso de centralización impe-
rial bajo Trajano; proceso que no se-
ría criticado hasta que se hizo más
evidente bajo su sucesor.
Pero no solo en su política guber-
nativa se observa ese paternalismo.
Esto se puede ver bien en sus me-
didas protectoras de la plebe: los
congiaria, distribuciones gratuitas
de trigo, y los alimenta, fundacio-
nes de caridad para niños pobres de
Italia (ver página 14). La institución
alimentaria de niños pobres de Italia
aparece en el “Panegírico de Traja-
no” de Plinio de manera signifcativa,
aunque se ha señalado su corto al-
cance y su carácter propagandístico.
En todo caso, en esto, como en mu-
chos otros apartados de su política
interior, Trajano no hizo sino seguir
una línea de actuación en contra del
empobrecimiento de la población
de Italia que había empezado ya en
época de Domiciano.
El paternalismo de Trajano se ob-
serva también en la organización y
ampliación del aparato administrativo
imperial, el control y efciencia de la
administración provincial y en la reor-
ganización del ejército. En todo esto,
así como en su política económica de
explotación de las minas de oro para
controlar los precios, desarrollo de la
agricultura italiana y la política contra
la infación, etc., se plasmó su pater-
nalismo y el hecho indudable de que
él estaba al timón, en el centro de
toda la acción económica y social.
Como no podía ser menos, la po-
lítica de paternalismo imperial y el
proceso de reafrmación del poder de
Palacio en Roma vinieron acompa-
ñadas por un desarrollo su culto, en
el que Trajano representaría un gran
papel. Este impulso dado al culto im-
perial signifcó también la vigilancia
para que los cultos extranjeros no pu-
sieran en peligro la unidad espiritual
del mundo romano; así se explica la
política represiva seguida con los cris-
tianos, pero de una manera modera-
da, con vistas a la reintegración de los
que abjuraran en la comunidad regida
por el Emperador.
El emperador paternalista
Trajano asumió la dignidad consular
en unos pocos momentos de su reinado,
coincidiendo con episodios delicados. A
la derecha, denario que conmemora su
quinto consulado.
19
invierno·2013
La esencia del cambio fue el re-
forzamiento del poder imperial,
consecuencia lógica del crecimiento
de sus atribuciones y su burocracia
palaciega, debido también a la inef-
cacia de los senadores en las tareas a
ellos encomendadas. Por otra parte,
la necesidad de una absoluta calma
en el interior mientras Trajano es-
tuviera en Oriente, y la obligación
ideológica de presentarse en el Este
como un monarca absoluto divino,
por razones propagandísticas, le exi-
gían ese cambio.
Este cambio en la política interior
fue realizado con prudencia, mante-
niendo, en lo posible, las buenas re-
laciones con el Senado. Sin embargo,
alguna oposición se encontró Tra-
jano a su reforma absolutista entre
sectores conservadores del Senado,
encabezados por el díscolo Calpur-
nio Craso Frugi Liciniano, que esta
vez fue exiliado hacia el año 113, y
de una parte del ejército y del círculo
de amici de Trajano, liderados por el
militar Laberio Máximo.
Como muestras externas de ese
recodo político, en el año 112 con-
fuyeron el primer consulado ordina-
rio de Trajano desde el año 103, la
construcción del foro de su nombre,
la adlectio al Senado del primer bár-
baro, un general germano, y la divi-
nización de su familia. En efecto, de
ese año datan la elevación al Olimpo
romano del padre del Emperador, Ul-
pio Trajano, y de su hermana, Ulpia
Marciana. También en ese año co-
mienzan a aparecer en las monedas
las efgies de Plotina, la emperatriz,
y de la sobrina de Trajano, Matidia.
Imagen y poder
Todo ello respondía a una mitifca-
ción de la fgura del Emperador y de
su entorno; un proceso en el que se
observa en las monedas un proce-
so de divinización progresiva al ser
asociado Trajano con Júpiter a par-
tir de 114 y con otras deidades. Por
otra parte, sus ideólogos, como Dión
de Prusa, se apoderaron del mito de
Alejandro para reforzar la imagen
del emperador absoluto pero pater-
nalista, conquistador del Oriente.
También se hizo uso de la imagen de
César, el gran conquistador, asocián-
dolo con Trajano en algunos aspec-
tos, como en ciertas monedas a partir
del año 107.
La guerra en Oriente, provocada
por la usurpación del trono armenio
por parte del sobrino del rey parto
Cosroes, tuvo lugar entre los años 114
y 116. El éxito coronó la empresa.
Los romanos consiguieron conquistar
Armenia y convertirla en parte de la
provincia de Capadocia. También lo-
graron invadir Mesopotamia hasta el
golfo Pérsico, situando en el trono de
Partia al hijo de Cosroes.
Tras estos triunfos militares, las
revueltas de los judíos de Cirenaica,
Egipto y Chipre, y su mala salud,
obligaron al emperador y a su Corte
a volverse a Roma, pero la muerte
sorprende a Trajano en Selinus, Cili-
cia, en agosto del 117, dejando como
sucesor a su sobrino-nieto político
Adriano, a la sazón gobernador de
Siria. ◙
• BLÁZQUEZ, J. M. (2003): Tra-
jano. Madrid.
• ÇIZEK, E. (1983): L’epoque de
Trajan: circonstances politiques
et problèmes idéologiques. París.
• GONZÁLEZ, J. (2000): Trajano
emperador de Roma. Roma.
• GONZÁLEZ-CONDE, M. P.
(1991): La guerra y la paz bajo
Trajano y Adriano. Madrid.
• PASSERINI, E. (1950): Il regno
di traiano. Mailand.
PARA SABER MÁS:
La llegada de riquezas procedentes del
saqueo de Dacia provocó a la larga im-
portantes distorsiones en la economía.
A la derecha, desfle triunfal con escla-
vos encadenados al carro. Terracota
de fnales del siglo I o principios del II.
Museo Británico.
F
o
t
o
:

R
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P
a
s
t
r
a
n
a
Necesitado de calma en
el interior para enfrentar-
se a los temibles partos,
Trajano emprendió una
reforma absolutista que
provocó cierta oposición
20 hiems·mmdcclxvi·auc
Por Roberto Pastrana.
—Usted escribió en 2003
una biografía sobre Tra-
jano. Si tuviera que hacer
un perfl rápido de la f-
gura histórica de este em-
perador, ¿qué diría?
—Trajano es un conti-
nuador del programa polí-
tico de Domiciano. En el
momento de su designa-
ción no aporta ideas nue-
vas o geniales, pero las que
hereda de sus predecesores
las lleva a cabo muy bien.
Probablemente las incur-
siones en Germania y la
Dacia estaban ya planeadas
en tiempos de Domiciano,
con objeto de defender las
fronteras del Imperio y do-
minar zonas con minas de
oro, pero quedaron en sus-
penso con el asesinato del
Emperador.
—Es, por tanto, un
gran conquistador.
—Y algo más. En épo-
ca de Aureliano, en 270, la
Dacia estaba tan romaniza-
da como Hispania, pese a
llevar mucho menos tiem-
po dentro del Imperio. El
proceso de romanización
fue muy profundo debi-
do a la intensa presencia
de gentes llegadas para
administrar las minas. La
explotación de las riquezas
transformó rápidamente la
zona, al igual que en época
republicana había pasado
con la llegada de publica-
nos a las áreas mineras his-
panas de Sierra Morena.
—¿Cómo logra un his-
pano-romano asentarse
en el solio imperial?
—Mucho antes de la
elección de Trajano se ha-
bía consolidado en Roma
un poderoso clan hispa-
no, especialmente activo
durante la dinastía favia.
Estaban presentes en el Se-
nado y la Administración.
Trajano se apoyará en ellos
para construir un equipo
muy preparado con el que
llevar a cabo sus planes.
José María Blázquez es una fgura emblemática de
la Arqueología española. Sabe que el estudio de la
Historia es fundamental para comprender el mun-
do actual, pero también es consciente de que este
conocimiento no proporciona las claves para pre-
decir el futuro. Blázquez se faja con las limitaciones
de una disciplina a la que ha dedicado toda su vida.
Quizá por eso la charla con el profesor se libera de
dogmas y se convierte en una ocasión para disfru-
tar de una conversación meditada.
José María
Blázquez
“Trajano llevó al Imperio a su máxima
expansión, pero fue Nerón quien logró el
máximo esplendor”
LAENTREVISTA
21
invierno·2013
Muchos de los sena-
dores que apoyaron el as-
censo y fnal coronación
de Trajano probablemente
procedían del sur de la Pe-
nínsula Ibérica, pero cu-
riosamente la epigrafía de
esta zona no los menciona.
Ronald Syme ya hacía no-
tar hace tiempo esta falta
de huellas de los podero-
sos senadores hispanos en
sus supuestos lugares de
origen. Tengo la sospecha
de que, a pesar de tener la
mayoría de sus bienes raí-
ces en la Península, estos
senadores se trasladaron
a Roma, donde debieron
pasar todos sus días, hasta
su muerte. Por eso las ins-
cripciones que dejaron per-
manecen en Roma y no en
Hispania.
El profesor Blázquez
contesta con facundia las
preguntas sobre Trajano, el
primer emperador nacido
en Itálica, aunque en sus
respuestas desliza datos
sobre la probable ascen-
dencia itálica de su familia.
Sabe perfectamente que la
procedencia del Empera-
dor ha dado lugar a veces
a interpretaciones nacio-
nalistas muy lejanas a la
realidad. No es la primera
vez que pasa algo similar.
Recuerda que su profesor
Antonio Blanco Freijei-
ro causó un gran revuelo
cuando afrmó que Séne-
ca se hubiese ofendido de
que le tachasen de hispano.
«Hubo amigos que le re-
comendaron que no apare-
ciese por Córdoba en unos
años, hasta que se calma-
sen los ánimos».
Aquellos eran otros
tiempos aunque, para con-
jurar el peligro de más con-
fusiones, Blázquez aclara
que «lo bueno del Imperio
es que hizo que sus habi-
tantes se sintiesen roma-
nos. Había una estructura,
una cultura común».
—¿Contar con un em-
perador nacido en Itálica
supuso un benefcio para
la Península o las élites
que lo encumbraron?
— Yo diría que la polí-
tica imperial utilizó al clan
hispano y no al revés. Estos
fueron una pieza clave para
la realización de la política
de Trajano. De hecho, el
pacifsta Adriano prescinde
de los consejeros de su an-
tecesor al caer en la cuen-
ta de que era imposible
continuar con una política
de ampliación de las fron-
teras. Probablemente los
consejeros de Trajano eran
partidarios de continuar las
guerras, pero Adriano deci-
dió ceder parte del Oriente
y replegarse a líneas más
fáciles de defender frente a
los partos.
—Usted también ha
estudiado la fgura de
Adriano. ¿Qué le atrajo
de este otro emperador?
—Adriano se puso de
moda a la sombra de los
estudios de Trajano, que
fue su tutor. De hecho, fue
Trajano quien le llamó a
Roma para alejarle de su
gran afción por la caza, a
la que daba rienda suelta en
Itálica. Es curioso que pese
a los esfuerzos de su pre-
ceptor, la pasión cinegética
le acompañará toda la vida,
como vemos en los tondos
de Adriano que luego sir-
vieron de decoración para
el Arco de Constantino. En
ellos se le representa cazan-
do osos, leones, haciendo
ofrendas a Diana...
Frente a la calidad mili-
tar de Trajano, que conquis-
tó una de las zonas mine-
ras más ricas del Imperio,
la labor de Adriano posee
más facetas. Es por eso que
para mí, este último tuvo
una repercusión histórica
mayor. Acometió una serie
de medidas administrativas
que se mantendrán hasta la
reforma de Diocleciano, a
fnales del siglo III.
—Sin embargo, con
Trajano el Imperio llega
a su máxima expansión.
¿Podemos afrmar que
llega también a su máxi-
mo esplendor?
—Me parece que el
máximo esplendor se da
durante el reinado de Ne-
rón. Tradicionalmente los
trabajos de Nerón se fjaban
en los escándalos persona-
les de este emperador y en
asuntos como el incendio de
Roma, en el que hoy se cree
que no tuvo nada que ver.
Así se obtenía una imagen
nada favorecedora, en cuya
construcción los cristianos
tenían mucho que ver.
No obstante, si analiza-
mos su faceta de adminis-
trador y el forecimiento de
las artes comprendemos por
qué hoy su fgura está por
las nubes. Nerón nombró a
espléndidos administrado-
res para las provincias his-
panas, Galba y Otón. En sus
siete años de servicios, es-
tos hombres lograron que,
bajo los Flavios, los hispa-
nos recibiesen el jus latii.
Es decir, se había avanzado
tanto en la romanización
de estos territorios, que la
Península podía pedir el
derecho de ciudadanía para
todos sus habitantes.
—Nerón ha tenido
siempre un problema de
imagen. Se le presentaba
como un déspota capri-
choso y cruel, mientras
que los Antoninos pasa-
ban por gobernantes sa-
bios y prudentes.
—En el hombre peor
siempre hay, al menos, una
faceta buena y viceversa.
Depende de en qué nos f-
jemos. Uno de los mejores
investigadores cristianos,
Ricardo García-Villoslada,
me dijo una vez: «Yo, que
he manejado fuentes, pue-
do decir que la mayoría de
los santos han sido unos
sinvergüenzas. Pero todos
tuvieron algún aspecto muy
positivo. La Iglesia se ha
fjado en esos aspectos para
ponerlos como ejemplo de
santidad, callando lo nega-
tivo». Ese es el quid de la
cuestión: todo depende de
las fuentes hacia las que nos
inclinemos. ◙
Entrevista íntegra en
http://blogtabula.blogspot.com.es/
La política im-
perial utilizó al
clan hispano y no
viceversa. Los se-
nadores hispanos
fueron claves para
realizar la política
de Trajano
El primer empe-
rador hispano es
un continuador
del plan expansivo
diseñado en su día
por Domiciano
22 hiems·mmdcclxvi·auc
Por Marcos Uyá.
Durante el mandato del emperador
Marco Ulpio Trajano se desarrolló en
la Península Itálica una vasta política
de impulso socio-económico que re-
cibió el nombre de su proyecto más
emblemático, pero no único: las fun-
daciones alimentarias públicas o ali-
menta. La bibliografía existente sobre
el tema no alcanza un acuerdo unáni-
me sobre el fn último de esta política,
que tuvo numerosas vertientes.
En lo económico, el principal ob-
jetivo del plan era el impulso del sec-
tor agrícola itálico, que arrastraba dé-
cadas de profunda crisis. A principios
del siglo II, la situación había llegado
al culmen del despoblamiento rural
por la improductividad de las explo-
taciones. El intenso fujo migratorio
hacia las ciudades hacía necesarias
drásticas medidas que pivotaron, se-
gún Lo Cascio y Hirschfeld, en tor-
no a una línea de préstamos públicos
para impulsar la producción de las
fncas rústicas.
La devolución de los créditos re-
vertía en una iniciativa social, las
ayudas a la crianza de los niños de las
familias más desfavorecidas. De esta
forma, la iniciativa pública en favor
de la agricultura acababa impulsando
la demografía del campo itálico, que
desde tiempos de Augusto caía en pi-
cado, a pesar de las sucesivas medi-
das de fomento del matrimonio y la
natalidad.
Dejando de lado la controversia
actual sobre el verdadero fn de esta
política, los alimenta representaron
un intento muy signifcativo por parte
del emperador para recuperar el pa-
pel de Italia como cabeza visible del
Imperio. Lo que no excluye que fuese
también una magnífca ocasión para
consolidar la popularidad del nuevo
emperador.
Con todo, la iniciativa no era una
idea original de Trajano. Según los
estudios realizados, en los que desta-
can las aportaciones de Mainino, todo
apunta a que su origen estuvo en su
predecesor, Marco Coceyo Nerva, que
Hacia el año 101 se puso en marcha una ambi-
ciosa política para devolver a la Península Itáli-
ca a la vanguardia económica del Imperio. Pese
a su trasfondo macroeconómico, la medida fue
presentada con la cara más amable y humana
de la benefcencia infantil. La constitución de
una línea de préstamos a propietarios rurales
generó fondos para instituir ayudas orientadas
al sustento de niños desfavorecidos. Los docu-
mentos fragmentarios que han llegado hasta
nosotros dan una idea del sistema de reparto
en el que los varones recibían más que las mu-
jeres, y los hijos legítimos, más que los nacidos
fuera del matrimonio.
POLÍTICA SOCIAL: LOS ALIMENTA
Sustento público
para los hambrientos
LASCRÓNICASDICEN...
23
invierno·2013
puso en marcha una serie de medidas
con el fn de ganarse la voluntad del
pueblo, que no había visto con buenos
ojos su llegada. En lo económico, re-
bajó los impuestos de las clases me-
nos pudientes e impulsó una política
de ayudas, principalmente destinadas
a la plebe, como el reparto de harina
(frumentationes), de alimentos (congi-
naria) y dinero (donativa).
A todo lo anterior, se venía a aña-
dir los alimenta, una obra de bene-
fcencia pública que consistía en la
entrega de créditos estatales a los pro-
pietarios de fncas rústicas italianas,
a un interés inferior a los préstamos
entre particulares cuyo máximo esta-
ba regulado en un 12% anual. El dine-
ro generado con estas operaciones se
destinaba a la manutención de niños y
niñas pobres hasta probablemente los
18 y 14 años respectivamente. Nerva
no tuvo tiempo de poner en marcha
la iniciativa en su corto mandato, sino
que sería seguramente potenciado e
impulsado por su sucesor.
Reparto por demarcaciones
No sabemos con exactitud en cuántas
ciudades itálicas se puso en marcha
la iniciativa de los alimenta, aunque
sí tenemos claro que no llegó a to-
das ellas. Se ha calculado que, de las
1.197 ciudades que había en Italia en
aquel momento, aproximadamente
la mitad pudieron benefciarse de la
asistencia. Parece que los alimenta
tuvieron un alcance desigual, ya que
las tres cuartas partes fueron desti-
nadas exclusivamente a las ciudades
centrales de la Península Itálica.
La organización de estas funda-
ciones alimentarias se basaba en dis-
tritos, al mando de los que se ponía
a un magistrado estatal con rango
consular o pretorial. El cometido de
este magistrado era el de constituir
una fundación en su demarcación e
inspeccionar si se cumplía el cobro de
las rentas y su distribución entre los
niños y niñas más necesitados.
Los delegados estatales estaban
asistidos por magistrados municipales
que recibían el nombre de quaestores
alimentorum municipales. Ellos eran
los encargados de que se efectuasen
los ingresos de las rentas y el poste-
rior reparto entre las familias selec-
cionadas.
No siempre se producía la ante-
rior estructura organizativa, ya que
había municipios de pequeño tama-
ño, como los de Emilia o Transpada-
nia, en los que no existía la fgura del
quaestor alimentorum municipal. En
estos casos el magistrado estatal se
encargaba directamente de la inspec-
ción del ingreso y distribución de los
fondos.
Dos testimonios de la época
Conocemos la cantidad percibida por
los niños y niñas gracias a la famosa
Tabla de Veleya, encontrada cerca de
Piacenza, que constituye una de las
fuentes primordiales para el estudio
de este sistema. Descubierta en 1747,
Las fundaciones alimentarias pú-
blicas, bien recogidas en el De-
recho Romano, suscitan cierto
debate en cuanto a su naturaleza
jurídica. Para Segré el acto jurí-
dico no era un préstamo, sino lo
que él denomina largitio, es de-
cir, la entrega de un capital no
repetible a los propietarios de las
fncas rústicas. A cambio de este
capital, el benefciario se com-
prometía a constituir una renta
perpetua para alimentar a los
niños integrados en el programa.
Por otro lado, Biscardi y Brinz
aluden a este programa como
verdaderas fundaciones en las
que el patrimonio iba destinado
a un fn concreto. Según ellos, el
Fisco renunciaba a la repetición
del capital prestado, que queda-
ba afectado para el cumplimento
del respectivo fn. Finalmente,
Criniti, aunando las anteriores
opiniones, considera que la na-
turaleza jurídica de los alimenta
correspondería a una especie de
fundación impropia en la que los
patrimonios están sujetos indef-
nidamente a la benefcencia, se-
gún la voluntad del fundador, que
en este caso era el Fisco romano.
Tampoco existe un acuerdo uná-
nime en lo que se refere a la vo-
luntariedad en la participación de
estos préstamos. Algunos testimo-
nios como las “Epístolas” de Plinio
(10, 55) parecen sustentar la op-
cionalidad en la participación en
el programa, aunque cuesta creer
que miles de propietarios acepta-
sen una carga fnanciera, que po-
dría ser perpetua, por el hecho de
ayudar a los niños pobres.
Si bien la mayoría de los au-
tores, como el propio Segré,
defenden la voluntariedad en la
aceptación de estos préstamos,
Papa alega que se debió de im-
poner obligatoriamente dada la
importancia que esta labor asis-
tencial tenía para el emperador.
Por su parte, Veyne sugirió que
los participantes en el programa
podrían haber gozado de venta-
jas fscales por aceptar el capital
en cuestión.
Otro aspecto que suscita po-
lémica entre los estudiosos es la
repetibilidad de los préstamos,
es decir, si solamente se hacían
una vez por benefciario o era
posible concurrir en varias oca-
siones. Parece probable, según
autores como Papa o Segré, que
el préstamo no fuese repetible,
ya que hubiera repercutido nega-
tivamente al fn de la institución
alimentaria. Sin embargo, Veyne
argumenta la tesis contraria en la
posibilidad de que los propieta-
rios de las fncas rústicas podían
librarse del pago de los intereses
reembolsando el capital recibido.
¿Por qué participar en el
programa de benefcencia?
24 hiems·mmdcclxvi·auc
contiene el proceso de constitución
de las fundaciones alimentarias de
esta ciudad.
Se pueden distinguir dos fases en
el desarrollo del plan. En la primera,
realizada entre los años 99 y 101, el
legado Cornelio Galicano, con rango
consular, distribuyó en préstamos a
los propietarios de tierras un total de
72.000 sestercios. Durante la segun-
da, realizada por Pomponio Baso en-
tre los años 106 y 114, se presta (aun-
que no sabemos por cuánto tiempo)
un total de 1.044.000 sestercios a un
interés anual del 5%. Dicha cantidad
era equivalente al 8% del valor esti-
mado del conjunto de las fncas. El
cobro de los intereses del préstamo
estatal reportaba un total de 52.000
sestercios anuales, que se distribuían
de la siguiente forma: los 245 niños
legítimos recibieron 47.040. Esto es,
cada uno cobraba 192 sestercios al
año, a una media de 16 al mes. Los
4.896 restantes eran distribuidos
entre 34 niñas, lo que equivalía a
144 sestercios anuales (12 al mes),
cantidades que daban para una die-
ta frugal consistente en pan y aceite
diarios. Por otra parte, tenemos in-
formación de que a un hijo bastardo
(spurius) se le concedían 144 sester-
cios al año y a una spuria, 120.
La tabula de la que se han ex-
traído los anteriores datos también
incluye una enumeración de los
prestatarios: 5 en la primera fase y
47 en la segunda, entre propietarios
y concesionarios de suelos públicos
(vectigalistae). En esta segunda fase
aparecen las sumas de cada présta-
mo, el número de niños y niñas be-
nefciados, la renta asignada a cada
Tabla de los Ligures Baebiani espe-
cifca con detalle la administración
de los alimenta en una demarcación
cercana a la actual Benevento.
Un flón propagandístico
Las instituciones alimentarias tuvie-
ron una importante utilidad para la
propaganda imperial, que no dudó
en capitalizar la preocupación de
Trajano por los infantes para refor-
zar, de paso, la fgura y autoridad
del princeps. Se acuñaron monedas
que resaltaban el deseo del empera-
dor de reforzar Italia como cabeza y
sede principal del Imperio. Para ello,
entre los años 103-111, se emiten
series de sestercios en cuyo rever-
so fgura la leyenda REST. ITALIA
en el exergo y S. P. Q. R. OPTIMO
PRINCIPI alrededor. El lema atribu-
ye carácter de Restitutor al Empe-
rador, idea que se refuerza con la
iconografía de estas monedas: Tra-
jano, que aparece representado
en pie y portando un cetro co-
ronado por el águila, levanta a
Italia, mostrada como una mu-
jer arrodillada que sostiene un
globo. En esta escena, el cen-
tro está ocupado por dos niños
que tienden las manos.
Los sestercios acuñados en el 109
también conmemoran las fundaciones
alimentarias. En el exergo aparece la
leyenda ALI. ITALIAE, o en ocasiones
ALIM. ITAL. y de nuevo el consabido
S. P. Q. R. OPTIMO PRINCIPI alrede-
dor. La iconografía es parecida a la an-
terior: Trajano aparece sentado ante
una mujer que representa a Italia,
con dos niños en sus brazos. En oca-
siones la mujer sostiene una espiga o
cornucopia, símbolos de prosperidad,
que identifcan a la portadora con el
modelo iconográfco de la Abundantia
(que brinda protección a los niños) o
la Annona (literalmente signifca co-
secha), con un niño a sus pies.
También existe una emisión de de-
narios con la leyenda COS. V. PP. S. P.
R. Q. OPTIMO PRINC. y en el exergo
ALIM. ITAL. En estas monedas apare-
ce un personaje con velo o toga que
ofrece algo a dos niños. No está claro
que esta fgura sea la del emperador,
ni sabemos exactamente qué ofrece,
pero también podría interpretarse
como una invitación a que se acer-
quen para recibir protección.
No solo la moneda fue testigo de
este tipo de propaganda. El Arco de
Trajano en Benevento, construido por
la apertura de la vía Trajana, también
contiene alusiones a los alimenta. En
uno de los relieves se representa la
distribución de víveres a los niños
y niñas pobres a través de esta
institución y aparecen juntos Tra-
jano y la Abundantia, a la cual no
se le ve el brazo derecho, pero sí
la diadema y la cornucopia.
25
invierno·2013
uno de ellos, el valor de los fundos
puestos como garantía para el pago
de las rentas y el tipo de interés.
Una segunda fuente digna de in-
terés, aunque más incompleta, es la
llama Tabla de los Ligures Baebiani,
encontrada en el pueblo de Macchia
de Circello a unos 40 kilómetros al
norte de Benevento, en 1831. Estu-
diada por prestigiosos especialistas
como Paul Veyne, su datación se si-
túa en torno al año 101, en el consu-
lado del propio emperador Trajano y
de Quinto Articuleyo Peto. El texto
se repartía en cuatro columnas de las
que subsisten dos, más la mitad de
una tercera.
La tabla consigna el nombre del
propietario que se acogía al progra-
ma, el valor en que se estimó su pro-
piedad y la cantidad que recibió. El
capital prestado representó casi el
8% del valor global de las propieda-
des adscritas en la tabula, mientras
que el tipo de interés, al contrario
que el 5% estipulado en Veleya,
bajaba en esta ocasión al 2,5%. En
su momento, Veyne trató de expli-
car este porcentaje reducido con la
hipótesis de que pocos campesinos
se acogieron al programa. De ser
cierta esta suposición, sería posible
que las tasas de interés variasen de
unas ciudades a otras. En cuanto a
las ayudas destinadas a los niños
y niñas pobres, desgraciadamente
apenas se poseen datos, los cuales
quizás estarían expuestos en las par-
tes no conservadas de la Tabla de
los Ligures Baebiani.
Otras fundaciones
La institución alimentaria parece que
pervivió durante todo el siglo II, bajo
la dinastía Antonina. Dos fuentes
(Ulp. 1.2. fdeic. y la SHA, vita Ha-
driani, 7, 8) informan de que Adriano
constituyó en Antinoopolis (Egipto)
una fundación a favor de los hijos de
sus ciudadanos. Lo mismo parece su-
ceder en Atenas, según se recoge en
una posible tabula alimentaria en-
contrada. En ella aparece una lista de
propietarios, su fnca, la localidad y la
suma de dinero que percibieron.
En época de Antonino Pío, se crea
la Institución Alimentaria de las Niñas
Faustinas, en honor a su mujer, Faus-
tina la Mayor. Esta fundación se dedi-
caba a la asistencia social de las niñas
pobres. También su sucesor, Marco
Aurelio, siguió el ejemplo con una
fundación denominada Nuevas Niñas
Faustinarias, en honor a su hija Lucila
y a su esposa Faustina la Menor.
A partir de ese momento la insti-
tución alimentaria parece entrar en
un proceso de decadencia, si bien
Pertinax en su corto reinado intenta
reinstaurarla. A tenor de la escasez de
fuentes posteriores, se puede deducir
que la crisis militar, económica y po-
lítica del siglo III llevó a los alimenta
a extinguirse y desaparecer. ◙
• BLANCH NOUGUÉS, J. M.
(2008): “Las fundaciones en
Derecho Romano: las llama-
das fundaciones alimentarias
públicas romanas”, en Régimen
jurídico de las fundaciones en
Derecho Romano, Ed. Dykinson,
123-169 págs.
• BLAZQUEZ, J., M. (2003):
Trajano. Ariel, Barcelona.
• GARZON BLANCO, J. M.
(1988): “La política alimentaria
desde Trajano a Antonino Pío en
la propaganda numismática”,
en Studia Historica, 6, 165-174
págs.
• VEYNE, P. (1957): “La Ta-
ble des Ligures Baebiani et
l´institution alimentaire de Tra-
jan”, en Melanges d´archéologie
et d´histoire T. 69, 81-135 págs.
PARA SABER MÁS:
Un niño recibía 192
sestercios al año.
La cantidad para las
niñas era inferior: 144
anuales, lo mismo
que para los varones
nacidos fuera del
matrimonio
Representación del reparto de alimentos entre los
niños necesitados. Relieve decorativo del Arco de
Trajano, en Benevento.
26 hiems·mmdcclxvi·auc
LASCRÓNICASDICEN...
Por José Luis Centeno.
A principios del siglo II el limes rena-
no-danubiano se dirigía hacia un es-
cenario de guerra. Antes del estallido
de hostilidades, en el lado romano se
habían producido movimientos que
presagiaban un conficto a gran escala,
como la reorganización de las tropas
en la zona o la inspección de las pro-
vincias de Panonia y Moesia por parte
del propio emperador.
Ciertamente, el hombre que estaba
al frente del Estado no era descono-
cedor de la situación de la frontera.
Tampoco era ajeno a la realidad de la
maquinaria militar que comandaba.
Desde los inicios de su principado,
la fgura de emperador ideal (optimus
princeps) de Trajano apareció muy
marcada por su faceta de homo milita-
ris. Esta pose, que debe mucho a Pli-
nio el Joven, atribuía mayor relevancia
a los asuntos militares que a los civi-
les. No en vano, Trajano permaneció
en el limes renano-danubiano para su
reforzamiento y reorganización, tras la
muerte de Nerva en 98 d. C.
El emperador hispano marcó dife-
rencias respecto al anterior gobierno
en lo relativo al ejército. No nos ha de
extrañar, ya que éste era el verdadero
fltro de acceso al Principado. Su papel
de regulador de las relaciones internas
y externas de Roma lo convertía en
una fuerza que había de ser manejada
con frmeza y disciplina.
Trajano prestó gran atención al
ejército, sobre el que asentó buena
parte de su política. Llevó a cabo re-
formas que, si bien no fueron radicales
ni innovadoras, lograron incrementar
notablemente su efcacia gracias a una
mejor administración, organización y
Cuatro años después de
subir al trono, Trajano lanzó
una gran ofensiva en el Da-
nubio. Pero antes de afron-
tar una campaña de gran
envergadura, el experimen-
tado general acometió una
serie de reformas con las
que puso al día la ingente
maquinaria bélica del Impe-
rio y la preparó para nuevas
empresas expansionistas.
La guerra en Dacia fue su
banco de pruebas.
El ejército que derrotó
a Decébalo
GUERRAS DÁCICAS
El ejército que derrotó
a Decébalo
Foto: Cristian Marinescu
GUERRAS DÁCICAS
27
invierno·2013
distribuición de los recursos.
Así por ejemplo, se replanteó el uso
de la caballería para mejorar las comu-
nicaciones. Se reforzaron los puntos
neurálgicos de las fronteras, en Dacia,
Panonia, o incluso al otro lado del Éu-
frates. También se distribuyeron los
recursos de forma más efciente.
Otro ejemplo de las nuevas direc-
trices de Trajano afectó a las tropas de
élite, como la guardia pretoriana, que
ganaron un papel más activo en las
guerras. Los más aptos de entre las tro-
pas auxiliares de caballería formaron
una nueva unidad, ala singularium,
como complemento a su guardia per-
sonal y como respuesta a la revuelta
pretoriana del año 97 encabezada por
el prefecto del pretorio.
Vuelta al expansionismo
La llegada de Trajano al poder supuso
el inicio de un nuevo periodo expan-
sionista en el que se dejó de lado la
política augústea de mantenimiento de
las fronteras. Estas se habían identif-
cado tradicionalmente con los grandes
ríos que marcaban la diferencia entre
el mundo romano (identifcado con la
oikumene) y el bárbaro.
Los planes del emperador hispano
dieron aliento al último gran intento
expansionista de etapa imperial, como
demuestra la anexión de la Dacia como
provincia romana o las campañas pár-
Trajano elevó el número de legio-
nes de 28 a 30 con la creación de
la Legio II Trajana Fortis y la Legio
XXX Ulpia Victrix. El reclutamiento
seguía las pautas de la época Fla-
via, es decir, la leva entre los ciu-
dadanos de las provincias occiden-
tales y de Macedonia. Si bien en el
reclutamiento y en la organización
militar legionaria no hay cambios
notorios, sí existen novedades en
su organización administrativa, con
la que se consiguió relanzar la ef-
cacia bélica del Imperio.
Los regimientos de infantería se
dividían en cohortes y podían cons-
tar de 500 hombres (cohors quin-
genaria) con un praefectus al fren-
te, o de 1.000 (cohors milliaria),
dirigidas por un tribuno. Por su par-
te, la organización de la caballería
tenía sus peculiaridades ya que se
dividía en alae, a cuyo mando esta-
ba un praefectus alae, y constaban
de 500 jinetes (ala quingenaria), o
de 1000 (ala milliaria). Cada ala se
subdividía en dieciséis y veinticua-
tro turmae, respectivamente, con
un decurión al frente.
Las tropas auxiliares experi-
mentaron las modifcaciones más
notorias. El emperador hispano,
gran conocedor de la legión, sa-
bedor de sus defectos y virtudes,
supo corregir, hasta cierto punto,
dos de sus debilidades: su escasa
maniobrabilidad y su habitual rigi-
dez en combate. Ambas se habían
revelado a veces muy nocivas en
campo abierto. Para ello aumentó
el número de unidades auxiliares
hasta un máximo de quince, en to-
das sus vertientes: infantería, ca-
ballería y mixtas.
Durante la época de estudio to-
dos los ofciales de las tropas auxi-
liares todavía poseían la ciudadanía
romana, aunque estos rangos eran
menos prestigiosos que los corres-
pondientes en la legión. Con todo, a
lo largo de este periodo dichos efec-
tivos adquirieron gran importancia,
como atestigua su presencia en la
Columna Trajana con su particular
vestimenta y armamento.
La utilización de tropas auxi-
liares mixtas, es decir, elementos
de infantería junto con algunos de
caballería (ala pediata) o al revés
(cohors equitata) también se ha
comprobado, teniendo sus propias
divisiones en centurias y turmae.
El licenciamiento del servicio mi-
litar para los auxiliares se producía
a los veinticinco años de servicio, en
algunos casos incluso antes (ante
emerita estipendia), y representaba
la obtención de la ciudadanía roma-
na y la legitimación de sus matrimo-
nios (conubium) y su descendencia.
La paulatina revalorización de los auxiliares
¡Qué magnífco es el que hayas restablecido de nuevo la disciplina militar, que había caído en desuso y desaparecido de nuestros campamentos!
Plinio el Joven. Panegírico a Trajano. 18, 1.
Dibujo sacado de la Columna Trajana, en la que el empera-
dor (vestido de púrpura) recibe a unos mensajeros, arropado
por una hueste heterogénea de soldados auxiliares.
28 hiems·mmdcclxvi·auc
ticas. Según Hidalgo de la Vega: «Con
él se retomó en una nueva versión el
modelo de emperador conquistador
que reinventaba los deseos “ilusorios”
de los grandes generales de fnales de
la República, que aspiraban a la domi-
natio mundi».
Pese a estos presupuestos ideológi-
cos, las razones directas de la guerra
en Dacia no están todavía resueltas
de manera satisfactoria. Las fuentes
no detallan mucho al respecto. Dion
Casio alude a la abundancia de plata
y oro, pero el ruido provocado por la
propaganda imperial impide ver con
sufciente claridad los motivos de fon-
do. Quizá no sea adecuado enfocar el
tema de una manera unidireccional,
sino como la suma de diversas causas.
Las guerras emprendidas por Tra-
jano hunden sus raíces en la época de
Domiciano, entre los años 85 y 89, y
cuyo resultado se podía califcar de
desastroso para los romanos. Hubo
episodios muy desafortunados,
como la muerte del prefecto
del pretorio Cornelio Fusco.
Dion Casio (67, 5-6), Eutro-
pio (7.15) o Suetonio (“Domiciano”,
6.1) se hacen eco de estas derrotas,
haciendo también alusión a la situa-
ción de inestabilidad que Domiciano
lega a su sucesor, como subraya Tá-
cito (Agn., 41.3). Un tratado el año
89 dio por fnalizada la guerra dácica
de Domiciano, en unos términos ver-
gonzosos e inaceptables, que serían
empleados por Trajano como causa y
propaganda para el inicio de las hosti-
lidades el año 101.
En segundo lugar, existía la motiva-
ción estratégica de evitar una alianza de
los pueblos circundantes bajo el rey da-
cio (confederatio barbarica), con el fn
de sacudirse el yugo romano, como se-
ñala Dion Casio (68.6.2). Junto a esto,
el aumento y la mejora del ejército de
Decébalo, llevada a cabo gracias a los
subsidios y ayudas técnicas cedidas por
Domiciano, contribuía aún más a au-
mentar la desconfanza de Roma.
Un tercer elemento que explica la
confagración, quizá uno de los más
destacados, es el económico. El deseo
de Trajano de poner en marcha un am-
bicioso programa de obras públicas y
evergetismo encontraba su respuesta
en la explotación de las ricas minas de
oro y plata de la Dacia. Finalmente,
como cuarto apunte, hemos de sopesar
la ambición expansionista del empe-
rador Trajano como una contingencia
para estimular el inicio de la contienda.
Guerra en Dacia
La primera guerra tuvo lugar entre
los años 101 y 102. No sabemos el
número total de efectivos que
participaron en ella, aunque
podemos hacer alguna
aproximación gracias
a los diplomas mi-
litares.
Domiciano legó a su
sucesor una situación
muy inestable en la
frontera dácica
debido a varias
campañas funestas
El Trofeo de
Adamclisi muestra
la nueva equipación
militar romana. Un
legionario romano se
protege la cabeza con
un casco especialmente
diseñado para resistir mejor
las terribles espadas (sica),
como la que blande un enemigo, o el
puñal dacio superior, expuesto en el Museo
de las Puertas de Hierro, de Drobeta-Turnu
Severin. A la izquierda, un par de recons-
truccionistas lucen un casco con una cruce-
ta que refuerza la parte superior, y amplias
carrilleras y cubrenuca.
El armamento de los dacios impuso cambios e innovaciones en la pa-
noplia romana. La alteración más notoria se produjo en el casco. El
conocido como tipo Gálico Imperial reforzó la bóveda con unas “costi-
llas” metálicas de lado a lado que le daban mucha más consistencia y
solidez. Por otra parte, unas mayores dismensiones de las carrilleras
y el cubrenuca se mostraron tan efcaces que se siguieron utilizando
hasta el siglo III d. C.
Costillas protectoras
Foto: F. Dijkstra Foto: Cristian Marinescu
C
.

M
a
r
in
e
s
c
u
29
invierno·2013
Sí conocemos los preparativos de
esta guerra, que ponen de manifes-
to la preocupación de Trajano por los
aspectos logísticos y militares. Prue-
ba de ello son la construcción de una
carretera que corría paralela a la orilla
derecha del Danubio, con la intención
de mejorar la movilidad de sus tropas a
lo largo de la cuenca renano-danubiana;
la apertura de un canal de navegación
para una mejor defensa; la edifcación
de un puente de más de un kilómetro
de longitud durante el período de entre
guerras, obra de Apolodoro de Damas-
co (durante la Segunda Guerra Dácica);
o el empleo de un elevado número de
tropas auxiliares, que ascendieron hasta
21, procedentes principalmente de Pa-
nonia y Mesia Inferior y Superior, como
atestiguan los diplomas militares.
El primer enfrentamiento armado
tuvo lugar en Tapae y la victoria se
decantó del lado romano, pero no su-
puso unas pérdidas muy elevadas para
Decébalo, que se lanzó al ataque sobre
Mesia Inferior, durante la retirada de
Trajano para invernar.
La derrota de Decébalo y sus alia-
dos contra Roma, que había conse-
guido vencer no sin pocos esfuerzos,
supuso el levantamiento de un trofeo
conmemorativo en Adamclisi y el fnal
de las hostilidades el año 102. Con la
frma de un nuevo tratado en el que
Decébalo aceptaba las condiciones ro-
manas sin opción.
La frma de este tratado no dio re-
sultados muy duraderos, ya que había
sido fruto de las necesidades del mo-
mento. Creó las circunstancias que
llevaron a la Segunda Guerra Dácica
entre los años 105 y 106. Los orígenes
de este nuevo conficto son mal cono-
cidos ya que sólo tenemos un resumen
que Xiflino hizo de un texto de Dion
Casio. En él se expone que los roma-
nos se encontraban reorganizando el
limes en el momento del estallido de
hostilidades.
Este hecho debe ser complemen-
tado y entendido junto con un rearme
de Decébalo, quien reconstruyó las
fortalezas, levantó de nuevo un ejérci-
to e intentó atraer de nuevo hacia su
posición a los pueblos circundantes. El
ultimátum enviado por Roma el año
105 fue contestado por Decébalo con
un ataque exitoso sobre las posiciones
romanas en el Banato.
La respuesta de Roma no se hizo
esperar y el año 106 con la ayuda de
algunos grupos de nobles locales, cuya
alianza con Roma no había podido
romper Decébalo, Trajano se dispuso
a reconquistar las posiciones del Bana-
to. Su propósito era sitiar y conquistar
Sarmizegetusa Regia. El desarrollo del
plan se atestigua bien en la Columna
Trajana.
El desarrollo de las guerras no estu-
vo exento de difcultades para Roma,
Muy experimentado a lo largo
de su carrera militar, Trajano
supo incrementar la intensidad
del entrenamiento de los sol-
dados para la guerra, evitando
que fueran empleados en otras
tareas de vigilancia. No hay que
olvidar que el ejército de fnales
del siglo I estaba subdividido en
legiones, unidades auxiliares,
guardia pretoriana y singulares,
y policía (urbaniciani).
Bajo Trajano, al cuerpo mi-
litar se le asigna la única tarea
de combatir al enemigo externo
y se le somete a un constante
ejercicio físico para mejorar la
técnica y la preparación para el
combate. Asimismo, se desarro-
lló fuertemente la disciplina mi-
litar y una psicología más dura.
Como punto de cohesión de to-
dos estos aspectos, la captura
de abundante botín o, en el caso
de los auxiliares, la obtención de
la ciudadanía romana, eran po-
tentes acicates para una lucha
más efectiva.
Otro punto de gran importan-
cia, que Trajano supo utilizar con
habilidad, fue el estímulo de los
lazos afectivos y la convivencia
entre los soldados y sus ofciales,
incluido el emperador. El objeti-
vo era consolidar una fdelidad
(fdes) mutua y, por tanto, un
mejor rendimiento en el comba-
te. El establecimiento de la fdes
como uno de los principales va-
lores de las antiguas tradiciones
(mos majorum), sancionadas en
última instancia por la divinidad,
hacía de este concepto algo aún
más importante. El propio Empe-
rador se embarcó personalmente
en este intento por revalorizar
la fdelidad, participando en nu-
merosas batallas y acabando con
privilegios, algo que consiguió sin
que se produjesen sediciones.
Motivación y entrenamiento
Foto: Cristian Marinescu
El ansia de botín siempre ha sido un potente acicate del ardor guerrero,
aunque las injusticias en su reparto son frecuente origen de disputas y
problemas. Trajano refrenó los privilegios de los ofciales. En la imagen,
captura de los hijos de Decébalo. Detalle de la réplica de la Columna Tra-
jana, que alberga el Museo Nacional de Historia de Rumanía.
30 hiems·mmdcclxvi·auc
que hubo de superar el secuestro de Cn.
Pompeyo Longino y el intento de ase-
sinato del propio Trajano, según Dion
Casio (68.11.3). Esta misma fuente in-
forma de que la toma de Sarmizegetusa
provocó la huida de Decébalo, quien
acabó por quitarse la vida (68.14.3).
Repercusiones de la victoria
El éxito bélico convirtió el Estado
cliente de Dacia en una provincia de
Roma, que perdió su sector danubiano
en favor de Mesia (aunque no sería de-
fnitivamente organizada hasta el 117,
ya con Adriano). Sólo la parte más sep-
tentrional de los nuevos territorios que-
dó fuera de la provincia recién creada.
El gobierno y administración de esta
región quedó sometida al emperador y,
por tanto, bajo el mando de un legatus
Augusti, hecho lógico al tratarse de un
dominio recién conquistado y con gran
importancia aurífera.
El carácter de territorio recién ad-
quirido provocó la permanencia de un
gran número de militares, que consti-
tuyeron un elemento fundamental para
la administración y posterior integra-
ción en el Imperio. Si bien el sector
militar tiene un peso muy relevante
en la primera fase de romanización, la
parte civil también habría de tener mu-
cha importancia, a través de una colo-
nización masiva. Eutropio (8, 6, 2) in-
dica que el Emperador «trajo grandes
cantidades de personas de todas partes
del mundo romano para trabajar en los
campos y en las ciudades».
Las propias peculiaridades de la
Dacia hacen de su romanización algo
totalmente diferente, dada la ausencia
de ciudades y asentamientos autó-
nomos, que llevó a la creación, entre
otras fundaciones, de la Colonia Dá-
cica (Colonia Ulpia Trajana Augusta
Dacica Sarmizegetusa). También cabe
resaltar la falta de una estructura ad-
ministrativa; la carencia de una lengua
que rivalizara con el latín; y el papel
de la religión dácica, y sus similitudes
con el culto imperial, como elemento
de integración social e ideológica en el
aparato romano.
Con todo, y de forma paradójica, la
romanización e inclusión de la Dacia
dentro de la oikoumene supuso la casi
exclusión de los dacios del proceso.
Gran parte de ellos fueron desplazados
a las zonas rurales, exterminados, ven-
didos como esclavos, o emigraron. Por
otro lado, la victoria supuso para Roma,
militarmente hablando, el reforzamien-
to del limes danubiano y la obtención y
explotación de las ricas minas de oro y
plata que allí se encontraban.
La victoria sobre los dacios supuso
la consolidación de la imagen de Tra-
jano como emperador-soldado a través
de varias aclamaciones militares y con
el título honorífco de Dácico (102). La
propaganda ofcial lanzada por él, tan-
El éxito de Dacia
animó a Trajano a
emprender nuevas
campañas con la idea
de extender un
gobierno ecuménico
31
invierno·2013
to durante las guerras como después
de ellas, es perfectamente visible en
las series y leyendas monetales (Da-
cia capta) y en diversos monumentos,
como símbolo de la felicitas y la abun-
dantia en la que Roma se encuentra
inmersa gracias a sus acciones. Este
esfuerzo consiguió que la victoria y
sus repercusiones se hicieran insepa-
rables de la persona del emperador. Al
mismo tiempo, Trajano logra con su
triunfo una importante justifcación
para las ulteriores campañas párticas,
junto con la idea de un gobierno ecu-
ménico y cosmocrático, sustentado
además en su deseo de gloria militar y
expansión hacia el este mesopotámi-
co (aemulatio Alexandri).
Por otra parte, la conquista de la
Dacia tuvo importantes repercusio-
nes económicas. Centrándonos solo
en la propia ciudad de Roma, parte
del botín se utilizó en la construcción
de la Columna de Trajano, ofcial-
mente terminada y consagrada el 18
de mayo del año 113 d. C. Fue obra
de Apolodoro de Damasco y ocupó
un lugar preeminente en el Foro de
Trajano como recuerdo de los 35
metros de tierra que hubo que remo-
ver para su instalación. Asimismo,
los 200 metros de relieve que reco-
rren la estructura vertical narran las
victorias de Trajano sobre el pueblo
dácico, de gran utilidad para el estu-
dio de las guerras, aunque se reali-
ce una gran exaltación de la victoria
trajanea y de los valores de la cultura
romana.
Como parte inseparable de la co-
lumna, hemos de mencionar el Foro
Trajano que fue el último y el más
grande de los foros imperiales. En este
caso Trajano también contó con la es-
pecializada ayuda de Apolodoro, que
fnalizó la obra en el año 112. Dentro
del foro destaca la construcción de la
Basílica Ulpia de planta rectangular y
dividida en cinco grandes naves.
Continuando con este proceso de
monumentalización en Roma hemos
de mencionar la edifcación de un tea-
tro, una naumaquia, el levantamien-
to de un nuevo acueducto, la Aqua
Trajana (109) y las termas Suranae,
estas últimas erigidas por Lucio Lici-
nio Sura en el monte Aventino. Todos
estos espacios públicos contribuyeron
a que se produjera una relación di-
recta entre los ciudadanos, el poder y
los benefcios que éste revertía en la
Urbe.
La labor urbanística y construc-
tora de Trajano no solo se limitó a
Roma. Existen buenos ejemplos de
su ímpetu edilicio en la construcción
de la Via Trajana (113), que acortaba
el recorrido de la Via Appia; también
en la remodelación y ampliación del
puerto de Ostia, o en la construcción
del puente del Alcántara en Hispa-
nia, bajo la supervisión del ingeniero
Cayo Julio Lácer.
En el aspecto social, Trajano des-
plegó también un amplio progra-
ma en el que destacan los alimenta
(ver página 22) y la condonación de
deudas. Pese a estas iniciativas des-
lumbrantes, no se han de obviar las
contradicciones que van surgiendo
en diferentes ámbitos y que se irán
acentuando durante el gobierno de
sus sucesores. ◙
• GÓNZALEZ-CONDE, M. P.
(1991): La guerra y la paz bajo
Trajano y Adriano. Fundación
Pastor de Estudios Clásicos.
Madrid.
• ROSSI, L. (1971): Trajans
column and the dacian wars.
Thames and Hudson Corp.
Londres.
• STEFAN, A. S. (2005): Les
guerres daciques de Domitien et
de Trajan: architecture militaire,
topographie, image et historie.
École français de Rome. Roma.
• WEBESTER, G. (1969): The
roman imperial army: of the
first and second centuries A.D.
Adam & Charles Black. Londres.
PARA SABER MÁS:
El elemento indígena fue des-
plazado hacia el campo tras la
conquista de la Dacia. Guerre-
ros dacios, del Museo Militar
Rey Fernando I (Bucarest).
Foto: Cristian Marinescu
F
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Las grandes rique-
zas de la Dacia atra-
jeron la atención
de Roma. Monedas
dacias custodiadas
en el Museo de las
Puertas de Hierro
de Drobeta-Turnu
Severin (Rumanía).
32 hiems·mmdcclxvi·auc
Por Ángel José Pérez Izquierdo.
Las tropas, perfectamente alineadas
en orden de marcha, esperaban la
orden del legado. Un simple gesto
de Cornelio Palma, y los legionarios
comenzaron a atravesar los límites
de la provincia romana de Siria, ante
un horizonte de arena y piedras. Co-
menzaba la anexión por el Imperio
romano del reino nabateo de Petra.
Estamos en el año 106 d. C. y,
aunque el emperador no está presen-
te –le ocupa la conclusión de la gue-
rra en Dacia–, el ejército romano está
listo. No en vano, desde hace meses
se viene preparando la campaña en
asuntos tan vitales como la red de
transportes para el abastecimiento.
Al paso de las legiones se va te-
jiendo un sistema de calzadas que
une las nuevas posesiones con el res-
to del Imperio. Una de las piezas de
esta red es la Via Nova Trajana, que
fue construida entre el 111 y el 114
d. C. para consolidar y administrar
la nueva provincia romana de Arabia
Petraea.
Su trazado discurría a lo largo de
430 kilómetros, desde Bostra, la ca-
pital de la nueva provincia, hasta el
importante puerto de Aila en el Gol-
fo de Aqaba, salida natural hacia el
Mar Rojo, conectando importantes
ciudades a lo largo de su recorrido.
Los encargados de su construcción
fueron las fuerzas militares estacio-
nadas en la zona y durante al menos
cuatro siglos permitió el movimiento
de soldados, funcionarios, bienes y
equipos.
Siguió por lo general el trazado
del antiguo Camino Real nabateo,
citado ya en la Biblia. La misma
ruta, que sigue siendo utilizada hoy
en día por los viajeros en Jordania,
era estratégica, como lo demuestra
que fuera poco a poco guarnecida y
asegurada con varios campamentos
legionarios, fortalezas y torres de
vigilancia. Este cuidado responde a
su carácter de punto de unión de las
diversas partes del Imperio romano
en Oriente, ya que a ella confuían
ramales que conectaban importantes
ciudades y otras rutas procedentes de
Egipto, Palestina y Siria.
La autopista
del desierto
ARQUEOLOGÍA
La conquista de Partia comenzó años antes de desenvainar
las espadas. Roma allanó el camino en Oriente Próximo con la
anexión del reino nabateo y la construcción de una red de calza-
das al servicio del ejército. La Via Nova Trajana fue un elemento
clave en esos planes pero, gracias a su buena factura, fue una
ruta en uso durante muchos siglos después.
33
invierno·2013
Fotos: R. Pastrana
Los primeros miliarios identi-
fcados hasta ahora datan de entre
el 111 y el 114 d. C., entre cinco y
ocho años tras la anexión romana.
Las inscripciones de los miliarios
y las fuentes históricas indican que
Trajano creó una nueva provincia. El
tiempo transcurrido entre la invasión
romana y estas inscripciones coinci-
de también con la leyenda de diver-
sas monedas datadas en el año 111
d. C. que indican que la región fue
anexionada (adquisita).
Llama la atención la falta de ins-
cripciones anteriores al 111 d. C.
indicando la anexión. No hay que
olvidar que las inscripciones en los
miliarios y en las monedas eran dos
formas clave de hacer publicidad en
una época carente de medios de co-
municación tal como hoy los cono-
cemos.
Una posible explicación para este
retraso es que Trajano esperó delibe-
radamente hasta el 111 d. C. para ha-
cer declaración pública de la anexión
como un hecho ya consumado me-
diante inscripciones, monedas, etc.
Parece claro que quería tener el te-
rritorio consolidado antes de iniciar
su gran campaña hacia el este contra
los partos, en el 114-115 d. C. La
construcción de la Via Nova forma-
ría parte importante de ese proceso
de consolidación. En relación con la
organización de la nueva provincia y
como acto preparatorio para la cam-
paña contra Partia, en las mismas fe-
chas de construcción de la Via Nova
se crean seis unidades militares de
Cohortes Ulpiae Petraeorum, con
efectivos del anterior ejército real
nabateo.
Los inicios de la vía
El nombre actual de Via Nova Traja-
na viene dado por las inscripciones
de los miliarios instalados en su fase
inicial de construcción:
Via nova apervit et stravit a
fnibus Syriae usque ad Mare
Rubrum redacta in formam
provinciae Arabia
Textos como este indican que una
nueva calzada fue creada y pavimen-
De aliado a provincia
La anexión del reino nabateo se
puede contemplar como la fase
inicial de una empresa militar mu-
cho más ambiciosa, la conquista
del Imperio parto, iniciada en el
114 d. C.
El reino nabateo, amigo de
Roma, había cumplido una función
de muro de contención para pro-
teger las provincias orientales del
Imperio contra las incursiones de
las tribus nómadas de Arabia y del
poderoso Imperio Parto. Geográf-
camente correspondería en la ac-
tualidad a gran parte de Jordania,
la zona sur de Siria e Israel, el Si-
naí en Egipto y el noroeste de Ara-
bia Saudita. En el momento de la
anexión lindaba con las provincias
romanas de Siria, Judea y Egipto.
Su economía se basaba en el
control de las rutas comerciales
que unían Oriente y Occidente. En
Petra, la capital, se almacenaban
mercancías que llegaban del le-
jano oriente, de la India y China,
siendo luego transportadas en ca-
ravanas a diferentes lugares y por
diversas rutas preestablecidas.
Tras la muerte del último rey
nabateo, Rabbel II, Trajano decide
la anexión del reino en el 106 d.
C., que pasó a ser la nueva provin-
cia de Arabia Petraea. Las fuentes
históricas guardan silencio sobre
las condiciones en que se produjo
la anexión y solo se sabe que fue
realizada por Cornelio Palma, el
legado romano en Siria. La fuerza
de invasión debió estar compuesta
de unidades pertenecientes por lo
menos a dos legiones, la III Cyre-
naica y la VI Ferrata, procedentes
de las provincias de Egipto y Siria,
respectivamente.
Aunque siempre se ha conside-
rado que se trató de una anexión
pacífca, ciertos indicios de des-
trucción apuntan a que se produ-
jeron enfrentamientos. En todo
caso serían de baja intensidad y
puede ser signifcativo el hecho de
que las monedas acuñadas cinco
años después de la anexión pre-
sentan la leyenda Arabia adquisita
(Arabia anexionada) en lugar de
capta (capturada), que era lo ha-
bitual cuando se conquistaba una
región por la fuerza.
Los romanos fjaron en Bostra
la capital de la nueva provincia,
trasladando el centro económico y
político que hasta entonces había
asumido Petra, la capital del an-
tiguo reino nabateo. La Legio III
Cyrenaica fue acantonada en la
nueva capital, en donde se han ha-
llado los restos de un campamento
con unas dimensiones de 363 por
463 metros y un área de unas 18
hectáreas. Este campamento ac-
tuaría como base principal para
el control militar de la nueva pro-
vincia, situando diversas unidades
en las ciudades más importantes,
como Gerasa, Madaba o Petra.
Vía principal que atraviesa la ciudad de Petra.
34 hiems·mmdcclxvi·auc
tada desde los límites de Siria hasta
el Mar Rojo cuando Arabia fue con-
vertida en provincia. Los nombres
y títulos del emperador Trajano y
los de su legado y gobernador de la
nueva provincia, Claudio Severo, da-
tan los miliarios colocados entre los
años 111 a 114 d. C.
Según la cronología refejada en
estos miliarios iniciales se observan
varias etapas en el desarrollo del tra-
zado de la Via Nova Trajana, lo que
permite dividir su construcción en
tres tramos principales: norte, central
y sur. En el 111 se terminó la primera
sección, la central, desarrollada en-
tre Petra y Philadelphia, la moderna
Ammán. El siguiente tramo construi-
do fue la sección sur, la ruta entre Pe-
tra y el puerto de Aila (Aqaba), ter-
minado en el 112. Por último se trazó
la sección norte, entre Philadelphia
y Bostra, la nueva capital, en el 114.
Desde hace tiempo se conocen
bien las secciones central y norte, la
ruta entre Bostra y Petra, con alrede-
dor de 200 miliarios que permitían se-
guir su trazado; pero del tramo entre
Petra y Aila, unos 125 kilómetros y un
30% del recorrido total de la calzada,
sólo se habían descubierto una docena
de estos hitos. Investigaciones recien-
tes han documentado mejor este tra-
mo sur, hasta ahora con 42 miliarios.
También se han descubierto secciones
pavimentadas de la vía y numerosas
estaciones de parada y puestos de
guardia a lo largo de esta.
La zona mejor conocida del traza-
do es el sector central, que cruza las
tierras altas de Jordania en un reco-
rrido norte-sur, atravesando los pro-
fundos valles de Wadi al-Hasa, Wadi
al-Mujib y Wadi al-Walah. En los
tramos mejor conservados de la cal-
zada se observa la estructura carac-
terística de las vías romanas, con un
lecho de piedras planas ligeramente
elevado en su parte central y una
simple línea de piedras en los bordes,
con anchuras de unos 5,5 metros.
Trazar un camino en una zona de
terreno abrupto como la que presentan
estos valles conlleva un importante
trabajo de ingeniería. En primer lugar,
es necesario seleccionar las pendien-
tes más adecuadas, para facilitar el
tránsito de personas y animales. Los
benefcios de trazar la calzada se ob-
servan comparando la pendiente de la
Via Nova con la del terreno que atra-
viesa en los valles. Aun así la calzada
presenta desniveles en algunos de los
tramos de estos valles del 6 al 10%
(entre 6 y 10 metros de desnivel en un
recorrido de 100).
En el valle de Wadi al-Mujib, con
desniveles del terreno en algunas zo-
nas de entre el 28 y el 41%, la reduc-
ción de pendiente en el trazado de la
Via Nova es signifcativa, reduciendo
la fatiga en el ascenso y permitien-
do un paso del valle más rápido, de
unas tres horas. El camino cercano
al desierto situado más al este, que
presumiblemente usaban las rutas
Trajano era un buen conocedor de la
ingeniería aplicada al trazado óptimo
de caminos que facilitaban el movi-
miento entre núcleos de población.
Las fuentes escritas muestran al em-
perador participando personalmente
en diversas actividades relacionadas
con la construcción de calzadas, y
así pudo suceder en lo referente a la
Via Nova. De la preocupación de Tra-
jano por mejorar las vías de comuni-
cación nos da noticias el médico y f-
lósofo griego Galeno en un pasaje de
su principal obra, “Methodo meden-
di“ (Sobre el arte de la curación):
Incluso hoy en día podemos
ver que algunos de los más
antiguos caminos del mundo
están en parte inundados, cu-
biertos de rocas y matorrales;
con fuertes pendientes e in-
festados de animales salvajes,
intransitables por ríos anchos
o de rápida corriente. Trajano
mejoró todos los caminos de
Italia que estaban en estas
condiciones. En aquellos que
estaban inundados reforzó el
lecho de piedras o los elevó;
los despejó de plantas y ma-
torrales y construyó puentes
para cruzar los ríos; donde
el camino era excesivamente
largo se construyeron atajos
para acortar el trazado; si el
camino era difícil debido a las
pendientes, lo desviaba a zo-
nas más accesibles; si estaba
infestado de animales salva-
jes o cruzaba zonas desier-
tas, desviaba la ruta, uniendo
zonas pobladas y haciendo el
trazado lo más cómodo posi-
ble.
Galeno compara en este pasaje
sus propios logros en medicina con
el trabajo ejemplar desarrollado por
Trajano en la construcción de cami-
nos. Aunque se refere a los caminos
de Italia, las alabanzas de Galeno a
las calzadas de Trajano indican que
la mejora de las vías de comunica-
ción formaba una parte signifcativa
de la reputación de Trajano.
A la luz de este pasaje, escrito
unas décadas después de la muerte
del emperador, la Via Nova aparece
como otro ejemplo del interés de Tra-
jano, Optimus Princeps, por trazar
nuevas y efcientes carreteras, en
este caso en la provincia de Arabia.
El príncipe constructor de calzadas
En Wadi al-Mujib, la vía
trazada en tiempos de
Trajano reduce a la mitad
la duración del viaje que
hacían los caravaneros
35
invierno·2013
caravaneras anteriores a la anexión
por los romanos, emplea seis horas
en realizar un recorrido similar, el
doble de tiempo.
El sector central demuestra que
el trazado de la Via Nova Trajana
no siempre seguía el de los antiguos
caminos nabateos. Por ejemplo, des-
de Petra a Bostra el recorrido de la
Via Nova atravesaba los tres profun-
dos valles o wadis indicados, a pesar
de existir un terreno más nivelado
y cómodo de recorrer a unos pocos
kilómetros al este, a lo largo de las
cabeceras de los valles, como ya se
ha señalado.
Los terrenos llanos eran preferi-
dos por las rutas caravaneras de ca-
mellos, debido al acusado balanceo
de estos animales y a su elevado cen-
tro de gravedad. Los observadores
modernos han llegado a la conclu-
sión de que la Via Nova en el tramo
de Wadi al-Mujib no es factible para
el paso de camellos, opinión corro-
borada por los habitantes de la zona,
que incluso apuntan las difcultades
para atravesarlo con caballos. Según
esta información, se piensa que las
antiguas caravanas de camellos te-
nían su punto de parada en Udruh,
a partir de la cual se movían por la
franja que bordea el desierto cerca de
las cabeceras de los wadis, por lo que
el trazado de la Via Nova que atra-
viesa los valles era completamente
nuevo. La mayor parte de los prime-
ros miliarios con la inscripción Via
Nova, fechados entre el 111 y el 112
d. C., se concentran en el paso de es-
tos valles.
La segunda fase de la construc-
ción, en el 112, une Petra con Aila,
en el Golfo de Aqaba. Es una zona
donde se han encontrado miliarios
con inscripciones datadas en los si-
glos II, III y IV d. C. y que parece
haber mantenido cierta importancia
durante todo el periodo romano y,
posteriormente, el bizantino. Es un
testimonio impresionante de cons-
trucción y mantenimiento de calza-
das a través de desiertos y dunas de
arena. La conservación de este tramo
de la vía tuvo carácter ofcial en el
periodo bizantino, aunque se desa-
rrollaron otras rutas para permitir el
poblamiento de la parte este hasta
donde el desierto lo permitía.
Los benefcios de construir un nue-
vo trazado son evidentes en el terreno
que atraviesa la tercera fase de la Via
Nova, construida en el 114 d. C., que
llegaba hasta Bostra. Aquí la calzada
recorre diferentes paisajes, que van
desde zonas completamente llanas a
colinas rocosas; en otras partes de la
ruta se atraviesan valles de empinadas
colinas a ambos lados. Los miliarios
y el enlosado de la calzada marcaban
la ruta a seguir, reduciendo la incerti-
dumbre y la pérdida de tiempo, ayu-
dando a los viajeros a realizar más
rápidamente las jornadas.
Uso exclusivo del servicio imperial
Hay muchos debates entre los in-
vestigadores sobre el propósito de la
construcción de la Via Nova Traja-
na. Unos sugieren que fue construida
para facilitar el comercio o defender
la región. Sin embargo hay un aspecto
sobre el que apenas hay discrepancia,
y es el propósito de la Via Nova como
sistema de cursus publicus en Arabia.
El cursus publicus era una infraes-
tructura de vías de comunicación re-
servada para uso del correo imperial
y para funcionarios del Gobierno con
permiso (diplomata), permitiéndoles
el uso exclusivo de las vías.
El propósito de la Via Nova parece
haber sido el de actuar como cursus
publicus, proporcionando un camino
rápido y directo entre los centros ad-
ministrativos nabateos que pasaron
a convertirse en ciudades romanas.
El análisis geográfco de la ruta de la
Via Nova muestra, por ejemplo, que
en Wadi al-Mujib, uno de los bene-
fcios de la nueva ruta fue reducir el
La Via Nova Trajana probablemente estaba reservada al servicio estatal. Le-
giones, correos (como el representado arriba por el grupo Septimani Seniores/I
Germánica) y otros funcionarios tenían preferencia sobre los comeciantes (abajo).
La nueva vía sirvió para
agilizar la comunicación
del correo imperial y el
tránsito de funcionarios
del gobierno
Fotos: R. Pastrana
Fotos: Nicolas Moulin
36 hiems·mmdcclxvi·auc
cansancio y señalizar correctamente
los pasos más adecuados para cru-
zar el profundo valle, disminuyendo
el tiempo empleado. Asimismo, los
emisarios del Gobierno podían atra-
vesar con cierta seguridad los dife-
rentes terrenos existentes a lo largo de
la vía. Estos factores contribuyeron a
aumentar la velocidad y facilitaron su
función como integrante del sistema
de cursus publicus: cuando la rapidez
en las entregas era lo importante, el
sistema más adecuado era un correo
autorizado circulando por la vía.
La idea de que la Via Nova fue
construida como parte de las infra-
estructuras del cursus publicus en la
provincia de Arabia Petraea ayuda a
explicar otros aspectos de su trazado,
como por ejemplo el fuerte ángulo
que presenta desde Wadi al-Walah ha-
cia el noreste. La nueva ruta se dirigía
hacia Bostra en este punto, alejándose
del nudo de caminos de la zona no-
roeste y Judea. La ciudad de Bostra,
con su nuevo nombre Nova Trajana
Bostra y su campamento legionario,
era el nuevo centro militar y adminis-
trativo de Arabia, situado en el rincón
noreste de la nueva provincia. Con el
enlace de los nuevos centros admi-
nistrativos situados al sur de Bostra,
Trajano quería asegurar una ruta de-
dicada para correos y movimiento de
tropas durante la campaña contra Par-
tia en el 115 d. C.
Con la Via Nova como parte inte-
grante del sistema de cursus publicus,
se produjeron cambios signifcativos
en los sistemas locales anteriores a la
anexión. El suministro y alimentación
de caballerías y los puestos de descan-
so y relevos debían proporcionarlos la
población local, pero el tránsito por la
vía estaría reservado a los funciona-
rios del Gobierno. Como el trazado
de la Via Nova seguía en determina-
dos tramos caminos más antiguos, el
sistema de vías de comunicación an-
terior a la llegada de los romanos se
vería también afectado por estas res-
tricciones, que obligaría a trazar nue-
vos caminos para el comercio local.
Este sistema permitió al estado
romano satisfacer sus necesidades de
comunicación y transporte más im-
portantes, al permitir el rápido envío
de mensajes y el traslado de funcio-
narios públicos y de determinadas
mercancías.
El limes Arabicus
Durante la dinastía severa, que reinó
entre 193 y 235 d. C., los romanos
reforzaron sus defensas en la frontera
oriental, construyendo varios fuertes,
y reparando y mejorando los caminos.
Sobre el 300 d. C., bajo el mandato
de Diocleciano, fue el momento de
mayor esfuerzo militar en la región,
construyéndose nuevos fuertes, torres
de vigilancia y fortines a lo largo de la
franja desértica al este de la Via Nova
Trajana. Al conjunto de instalaciones
militares existentes en una línea que
iba de norte a sur siguiendo el trazado
de la calzada se le dio el nombre de
limes Arabicus. Esta línea de defensa
se extendía desde el sur de Damasco
hasta el puerto de Aila; sólo la región
situada entre Wadi al-Mujib y Wadi
al-Hasa contenía cuatro fuertes (cas-
tella) y un campamento legionario.
La Via Nova adoptó un importante
papel como vía de comunicación en
el limes, una auténtica columna ver-
tebral que permitía de forma rápida y
Cayo Julio Sabino y su hijo, C.
Julio Apolinaris, eran soldados
en la Legio III Cyrenaica. Sabino
era portaestandarte (signifer) de
la centuria. Cuando la legión se
traslada al área de Palestina en
los años 106-107 d. C., es des-
tinado a la Legio XXII Deitoriana,
acantonada en Egipto. En parale-
lo, su hijo va ascendiendo en la
carrera militar. En el 106 es libra-
rius legionis; dos años después le
encontramos destinado en Bostra,
en la nueva provincia de Arabia,
como legionario exento de reali-
zar determinadas tareas (princi-
palis). En el 119 es ofcial de en-
lace entre su unidad militar y el
gobierno imperial (frumentarius).
Sabemos la vida de estos hom-
bres gracias a la correspondencia
que se cruzaron padre e hijo, y
que fue encontrada en Egipto. El
hallazgo se realizó en una sencilla
vivienda de Karanis. El material
utilizado es el papiro y la lengua
el griego. Los originales pertene-
cen actualmente a la colección de
la Biblioteca de la Universidad de
Michigan.
En una de las cartas a su pa-
dre, estando destinado en Bostra
con la Legio III Cyrenaica, Ju-
lio Apolinaris describe cómo sus
compañeros se dedican todo el
día a romper piedras y a otras ta-
reas pesadas, actividades que él
no está obligado a realizar gracias
a su ascenso como principalis.
Acto seguido, informa de que ha-
bía sido adscrito a la ofcina del
comandante de la legión (off-
cium).
La labor de cortar piedra podría
estar relacionada con la construc-
ción de la Via Nova Trajana que,
dada su longitud, debió de reque-
rir una gran cantidad de piedra
trabajada.
Cartas a pie de obra
37
invierno·2013
efciente los movimientos de tropas,
su abastecimiento y el intercambio de
órdenes y noticias entre los diferentes
puestos militares.
La línea de defensa romana del
limes estaba formada por tres o cua-
tro campamentos legionarios, loca-
lizados a intervalos de unos cien ki-
lómetros. El situado más al norte se
localiza junto a la ciudad de Bostra, y
fue ocupado por la Legio III Cyrenai-
ca desde el siglo II d. C. hasta, por lo
menos, el siglo V. En la región central
se sitúa el-Lejjun, llamado Betthorus
en los escritos romanos. Construido
alrededor del 300 para acantonar a las
unidades de la Legio IV Martia, debió
albergar unos dos mil hombres. Más
al sur se encuentra el fuerte legionario
de Udruh, localizado justo al este de
Petra. Su tamaño y diseño son simila-
res al de el-Lejjun y parece haber sido
construido en los inicios del siglo II d.
C., en la época de la anexión. Proba-
blemente aquí se encontraban unida-
des de la Legio VI Ferrata.
Un campamento legionario podría
haber existido en Aila, el puerto del
Golfo de Aqaba, dada su importancia
como centro del tráfco marítimo en
el Mar Rojo. Los restos sugieren que
podría haber sido construido al fnal
del siglo IV o principios del V d. C.
Aquí confuyen varias rutas terrestres,
de las que la Via Nova Trajana es la
más importante. La Legio X Freten-
sis, originalmente acantonada en Je-
rusalén, fue transferida a este lugar.
Para asegurar las zonas existentes
entre los grandes campamentos se
establecieron una serie de fortines y
torres de observación. Estas últimas
se situaban en lo alto de colinas y con
buena visibilidad entre unas y otras.
Posiblemente pudieran usar para co-
municarse señales de humo durante el
día y señales con el fuego de antor-
chas durante la noche.
La decadencia de la Via Nova
La presencia militar romana en la
zona empieza a declinar a mediados
del siglo V, cuando muchas unidades
fueron transferidas a otras fronteras
más problemáticas. Alrededor del
530 d. C. las tropas fueron retiradas
y el limes Arabicus dejó de existir,
abandonándose los puestos militares.
Está retirada permitió posteriormente
la conquista musulmana de la región
en el 600 d. C.
La paulatina retirada de tropas ro-
manas afectó al mantenimiento de la
calzada. Sin embargo, los romanos
construían caminos cuidadosamente
diseñados para durar mucho tiempo
por lo que, incluso sin mantenimien-
to, las vías romanas eran a menudo las
mejores rutas para desplazarse cien-
tos de años después de que hubieran
abandonado la región. De hecho, uno
de los dos principales ejes de comu-
nicación norte-sur de la actual Jor-
dania sigue en gran parte el trazado
de la Via Nova. Por otra parte todavía
hoy son visibles muchos tramos de la
calzada romana a poca distancia de la
carretera moderna, y partes no exca-
vadas se presume que se encuentran
bajo el asfalto. ◙
• BLÁNQUEZ, C. (2008): “La
provincia de Arabia: la ciudad
romana de Petra”, en El terri-
torio de las ciudades romanas,
págs. 373-384. Ed. Sísifo.
• BORSTAD, K. (2008): “His-
tory from Geography: the initial
route of the Via Nova Traiana
in Jordan”, en Levant 40, págs.
55-70.
• GRAF, D. (1995): “The Via
Nova Traiana in Arabia Petraea”,
en Journal of Roman Archaeo-
logy Supplementary Series 14,
pp. 241-267.
• GRAF, D. (1998): Rome and
the Arabian Frontier: from the
Nabateans to the Saracens. Ed.
Ashgate.
PARA SABER MÁS:
Qasr Bashir, situado en la actual
Jordania, es uno de los fuertes
mejor conservados de entre to-
dos aquellos que se construyeron
cerca de la Via Nova Trajana para
asegurar el limes Arabicus. Era un
puesto de caballería situado a unos
15 kilómetros al norte del campa-
mento legionario de el-Lejjun. Una
inscripción en su entrada principal
indica que fue construido en los
años 293-305 d. C.
Su tipología es la de un quadri-
burgium, es decir, de planta cua-
drada con grandes torres en cada
una de sus cuatro esquinas. Ocu-
pa una superfcie de unas 0,31
hectáreas y posee una estructu-
ra de tres pisos, de los cuales la
planta baja de todo el perímetro
interior del edifcio estaba reser-
vada para la caballería. Encima de
los establos se situaban los barra-
cones para los soldados, de modo
que el fuerte podía acomodar un
total de 150 hombres con sus ani-
males.
Un fuerte en el desierto
Uno de los principales
ejes de comunicación
norte-sur de Jordania va
en paralelo a la antigua
calzada romana
38 hiems·mmdcclxvi·auc
CULTURAYARTES
Una ventana escrita
al mundo del siglo II
LITERATURA
Helena Alonso García de Rivera.
El reinado de Trajano fue una épo-
ca de esplendor en el ámbito políti-
co. Se dedicaron grandes esfuerzos
para ampliar el Imperio y mantener
la paz, al tiempo que se acomentían
drásticas reformas políticas, socia-
les, económicas y territoriales. En
el plano espiritual, la época de Tra-
jano marca el abandono de la ética
y moral griegas en favor del puro
estoicismo, que pretendía liberar al
individuo del peso de la sociedad.
Esta corriente reivindicaba a la per-
sona como un sujeto independiente,
con capacidad para opinar y expresar
sus ideas. Es más, cada cual diseña
su vida al margen de los deseos de
los dioses.
La difusión de las ideas de la stoa
tuvo profundas repercusiones sobre
la literatura. En las producciones “de
ocio” se desvanecen los ideales y es-
cenarios perfectos, en favor de la opi-
nión crítica y directa del erudito. Esta
forma de vida y pensamiento infuyó
en literatos como Tácito, Séneca, Ju-
venal, o su mayor representante, Dion
Crisóstomo.
El estoicismo también propició
un gran auge de los tipos literarios
eminentemente prácticos. Se impul-
só la producción de obras funcio-
nales, en especial las dedicadas a la
Administración, la jurisprudencia y
los ámbitos políticos. Asimismo, se
desarrollaron otros tipos que daban
respuesta a las necesidades del mo-
mento. Tocan temas como la Agri-
mensura y la Ingeniería Civil, el
Ejército y el Ámbito Militar, la Ju-
risprudencia, la Geografía del Impe-
rio, la Agricultura, las Artes Culina-
rias y las Ciencias de la Naturaleza.
Ciertamente, la producción aca-
démica no es una característica única
de la época trajanea, sino que se desa-
rrolla a lo largo del siglo I d. C., a la
par que el Imperio crecía y necesitaba
mayor control económico-político y
avances tecnológicos.
Así, algo anterior a la llegada al
poder de Trajano, la literatura agraria
de Columela (“De re rustica”) infu-
yó de manera decisiva en los autores
posteriores. Coetáneo de Columela,
Séneca escribió “Naturales quaestio-
nes”, una obra que resulta decisiva en
el conocimiento y la concepción de la
Naturaleza no como un territorio para
los dioses, sino un lugar a descubrir
Aunque Trajano destacó por su
oratoria, no fue un hombre espe-
cialmente culto o protector de las
artes. Con todo, las letras latinas
gozaron de brillantes literatos que
trascendieron el esteticismo de
sus antecesores. Asimismo, en un
Imperio en expansión no faltaron
quienes como Tácito describieron
las nuevas tierras conquistadas y
sus costumbres. La realidad que-
da plasmada en las páginas, bien
a través de los géneros inclinados
a lo práctico y funcional, bien en
los vigorosos trazos de las compo-
siciones satíricas.
39
invierno·2013
gracias a la práctica del empirismo. Ya
en el reinado de Trajano, Tácito escribe
“Germánicas”, obra geográfca esencial
para el conocimiento de un lugar aleja-
do y extraño, que el Imperio se anexiona
ahora.
Espíritu crítico y belleza formal
En la vertiente de lo que podemos
llamar “literatura de ocio”, que tiene
fnalidad pública y de divertimento
erudito, encontramos cierta ruptura
con la tradición anterior. A diferencia
de sus antecesores directos, que prima-
ban la belleza y la armonía, los autores
de principios del siglo II destacan por
su deseo de aunar la perfección formal
y compositiva, con un espíritu crítico
respecto a la dura realidad de la época.
Las “Sátiras” de Juvenal, hechas
para ser declamadas en público, daban
rienda suelta a la mordacidad. También
los epigramas de Marcial muestran
una sociedad un tanto exagerada, para
divertimento de la ciudadanía. Las
pequeñas composiciones satíricas del
autor hispano, compendiadas en obras
como “Liber spectaculorum”, “Xenia”
y “Apophoreta”, muestran una exqui-
sita formación y dominio técnico.
Por otro lado, aunque no se desa-
rrollaron tan profusamente como en
épocas anteriores, podemos encon-
trar composiciones de poesía y prosa
que vuelven a los modelos arcaicos y
rusticistas legados de la tradición grie-
ga, pero modifcadas y adaptadas a la
mentalidad romana. En la vertiente de
poesía épica se encuadra Silio Itálico y
sus Punica, en la que trata la Segunda
Guerra Púnica según el estilo homéri-
co y virgiliano, de tipo arcaizante.
La prosa romana destaca por su pro-
yección en tres direcciones diferentes.
Por un lado, existe una vertiente dedi-
cada a mantener el recuerdo de la His-
toria del pueblo romano. Su máximo
exponente es Tácito, que en las obras
“Anales” e “Historias”, a la manera
más puramente griega, hace un reco-
rrido histórico de los emperadores y su
época correspondiente. También cabe
destacar a Flavio Josefo, con sus “An-
Las muestras literarias latinas
más antiguas son del III a. C. Se
trata de las obras épicas de Livio
Andrónico (“Odussia”), Gneo Ne-
vio (“La Guerra Púnica”) y Quinto
Ennio (“Anales”), cuyos títulos
nos dejan patente la adopción del
modelo griego como base épica.
Sin embargo, el momento máxi-
mo de perfección y esplendor
literarios se daría en el intervalo
de cambio político de la República
al Imperio, la época augustea.
El reinado de Augusto se ca-
racterizó por el fomento de las
artes por parte de C. Cilnio Me-
cenas, en torno al cual se con-
centraron los mayores literatos
y artistas del momento. En esta
época de oro, dominada por un
período de relativa paz, se pusie-
ron las bases de un nuevo régi-
men político bajo la máscara de
la República. Por eso, la literatura
de la época está dedicada al en-
grandecimiento del Estado roma-
no y su res publica, bajo la mano
del «padre» del Estado y «pas-
tor» de la ciudadanía, Augusto.
De este momento destacan la
obra épica “La Eneida”, de Virgi-
lio, y la historiográfca “Ab Urbe
condita”, de Tito Livio.
La dinastía Julio-Claudia llevó
la literatura a su máximo desa-
rrollo, mientras que la dinastía
Flavia destacó por perfeccionar
el latín literario para convertirlo
en lo que se ha llamado el “la-
tín argénteo”. En ambas épocas
la literatura fue un medio de cul-
to al emperador, basada en la
imitación de la literatura griega
(imitatio) y la emulación (emula-
tio) que pretende no solo imitar,
sino superar a los propios clásicos
griegos. Estos antecedentes fue-
ron adoptados y renovados por
los contemporáneos de Trajano,
que confrieron matices novedo-
sos a la creación literaria.
Antecesores
de oro
Conocemos el nombre de los grandes autores que sirvieron de refe-
rencia y fueron copiados por estudiosos posteriores. A continuación
se mencionan los grandes escritores cuyo legado ha permanecido vivo
hasta la actualidad, pero es indudable que existieron otros literatos,
desconocidos hoy en día, que compusieron sus obras y formaron parte
de la realidad histórica del momento.
Agrimensura e Ingeniería Civil
HIGINO EL GROMÁTICO: “Cons-
titutio limitum”.
FRONTINO: “De aquaeductu
urbis Romae”.
Ejército y ámbito militar
FRONTINO: “Strategemata”.
PSEUDO-HIGINIO: “De munitio-
nibus castrorum”.
Jurisprudencia
GAYO: “Institutiones”.
Geografía
POMPONIO MELA: “De chorogra-
phia”.
TÁCITO: “Germania”.
Agricultura
COLUMELA: “De re rustica”.
Artes Culinarias
APICIO: “De re coquinaria”.
Ciencias de la Naturaleza
SÉNECA: “Naturales quaestiones”
PLINIO EL VIEJO: “Naturalis
historia”.
Astronomía
GERMÁNICO: “Arati phaenomena”.
MANILIO: “Astronomica”.
Medicina
ESCRIBONIO: “Compositiones”.
CORNELIO CELSO: “De medicina”.
GRANDES NOMBRES
Pasa a la página 41
40 hiems·mmdcclxvi·auc
El contexto histórico entre los siglos
I y II d. C. en el Imperio romano,
tanto en la política externa como en
la social e interna infuyó en el origen
y desarrollo de la obra literaria lati-
na, en especial la de Juvenal. Este
autor trabaja con un género poético
de origen griego, la sátira, que Roma
desarrollaría hasta su máxima ex-
presión, la cual nos ha llegado hasta
hoy en día.
Conocer la vida de Juvenal es
harto problemático puesto que no
tenemos información sobre él mismo
a través de sus textos. Sabemos que
no fue siempre un literato adinerado,
sino más bien de orígenes humildes
y clientelares. También conocemos
que vivió entre los años 55-60 y 132
d. C., un lapso en el que se sucedie-
ron ocho emperadores: Nerón, Gal-
ba, Otón, Vitelio, Vespasiano, Tito,
Domiciano, Nerva, Trajano y Adria-
no. Todos ellos plantearon gobiernos
unipersonales caracterizados por el
férreo control de la libertad de ex-
presión, y por lo tanto, de la literatu-
ra, algo que también infuyó fuerte-
mente en las obras del autor satírico.
Las “Sátiras” de Juvenal contie-
nen 16 composiciones –la última
inconclusa, puede que por su muer-
te– recogidas en cinco libros. Se
caracterizan por su enorme comple-
jidad, no sólo por las diferentes in-
fuencias que demuestran tener en el
desarrollo de su género (de Demó-
crito, Lucilio y Horacio), sino también
por las adaptaciones que tuvieron
que sufrir dentro de una época histó-
rica en la que los cánones y las tradi-
ciones sociales se estaban olvidando
rápidamente.
Las “Sátiras” de Juvenal están
dominadas por tres elementos prin-
cipales: el ánimo moralizante y di-
dáctico de la literatura, la conciencia
del férreo control por parte del po-
der y una vívida descripción de una
sociedad en plena transformación.
Estos elementos se pueden localizar,
a grandes rasgos, en la Sátira I. Allí
aparece el contexto histórico domi-
nado por un poder imperial uniper-
sonal, corrupto y controlador de las
libertades de los ciudadanos. Juvenal
nos indica que no se permite la liber-
tad de expresión de los literatos, a
diferencia de los tiempos de los Gra-
co, bajo la República (siglo II a. C.),
época en la que se desarrolló la obra
del satírico Lucilio.
A pesar de las quejas de Juvenal,
la Sátira I desprende perfectamente
el espíritu crítico basado en el estoi-
cismo imperante. Un espíritu que se
expresa a través de una literatura
que ahora no solo divierte, sino
también moraliza y adiestra.
Este papel se desempeña mediante
el uso de formas poéticas canónicas
que dan forma a los pensamientos
racionales y llegan al pueblo de for-
ma reivindicativa y didáctica.
En una sociedad completamente
cambiante, a merced de las modas,
gustos y costumbres que llegaban
del exterior, Juvenal muestra un pa-
norama totalmente visual y plástico
de su entorno. La realidad social for-
ma una Roma en proceso de profun-
da corrupción en todos sus aspectos:
las relaciones clientelares y amis-
tosas, la corrupción política (como
ejemplo está la larga lista de em-
peradores que se sucedieron en tan
breve tiempo), los crímenes absue-
tos sin pena, la prostitución ilegal, la
pérdida de los valores familiares...
El mundo femenino aparece des-
crito en la Sátira VI, que critica a las
mujeres que han dejado de respetar
las obligaciones de su sexo y con-
dición para entregarse a los gustos
dañinos y las prácticas criminales del
Próximo Oriente (como envenenar a
sus maridos).
La intención de las “Sátiras” de
Juvenal es la crítica indignada, rei-
vindicativa e irónica de su tiempo.
Aunque no se debe olvidar que la
expresión satírica impone una visión
exagerada de ciertos aspectos, tan-
to Juvenal como otros autores co-
etáneos muestran una época histó-
rica que no se alejaba demasiado de
la realidad romana que conocemos
hoy en día.
Juvenal, el azote de una sociedad cambiante
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La visión crítica de
los satíricos caló
en el imaginario
colectivo posterior
que, como este gra-
bado de Wenceslas
Hollar, vio en la
sociedad romana la
cima de la depra-
vación.
Xilografía que representa a
Juvenal. Pertenece a “Las
crónicas de Núremberg”,
de fnales del siglo XV.
41
invierno·2013
tigüedades judías“ y “La guerra de los
judíos”. En estas obras narra la historia
de este pueblo semítico y su relación
con los romanos y nabateos, entre otros.
Por su parte, Dion Crisóstomo y sus
“Discursos” muestran la visión de las
corrientes cínica y estoica, escuelas flo-
sófcas que adoptaría el cristianismo. En
cuanto a la Oratoria, esta disciplina tiene
como principal fgura a Plinio el Joven
y su destacable “Panegírico a Trajano”,
en el que reconoce al Emperador como
el ejemplo de la justicia y el gobierno. El
cultivo de las biografías tiene a su máxi-
mo exponente en el griego Plutarco. Sus
“Vidas paralelas” son una recopilación y
comparación de estadistas, con el fn de
mostrar de forma didáctica lo que debía
ser un buen gobernante. Tampoco pode-
mos olvidar a Suetonio, que en “Vida de
los doce Césares” narra las vidas y man-
datos de los gobernantes romanos desde
Julio César hasta Domiciano.
Legitimación del poder
La literatura se convirtió desde la época
de Augusto en un instrumento de legiti-
mación del poder imperial. Bajo Trajano
esta fnalidad de culto al emperador se
mantuvo no solo en la literatura, sino en
el resto de las artes e incluso en la nu-
mismática. Conviene no olvidar que con
Trajano comenzó el período de empe-
radores adoptados que necesitaban una
buena promoción. Junto a este objetivo,
se desarrollaron tipos literarios más prác-
ticos y menos ociosos que se dedicaron
a la Administración y la Jurisprudencia.
Instrumento de propaganda y publi-
cidad, la literatura en época de Trajano
se conformó en un medio didáctico para
enseñar la virtud a los gobernantes.
Unas veces fue mediante los panegíri-
cos como el de Plinio el Joven, a cuya
estela se desarrollarían otros ejemplos
hasta el siglo IV d. C. Otras veces fue
a través del binomio de emperadores
buenos y emperadores malos, que cul-
tivó Plutarco y que siglos más tarde
encontró otro brillante personaje. El
flósofo y político Nicolás Maquiavelo,
en el siglo XVI, retomó la literatura bio-
gráfca de Plutarco en sus “Discursos
sobre la primera década de Tito Livio”.
En esta obra disertaba sobre la dinastía
antonina –compuesta por Nerva, Traja-
no, Adriano, Antonino Pío y Marco Au-
relio– como una muestra de templanza,
humildad, justicia y buen gobierno.
Asimismo, el siglo I d. C. es el mo-
mento en el que se conforman las bases
de las posteriores disciplinas literarias,
tanto académicas como ociosas, que se
desarrollarían a través de los últimos
siglos del Imperio y que se heredarían
en la Edad Media europea, como los
manuales de Agricultura, de Ciencias
Naturales, o la poesía épica griega que
gracias a su práctica en Roma llegó al
Medievo. ◙
• BIAGIO CONTE, G.; SOLODOW,
J. B. (1999): Latin literature: a
history. The Johns Hopkins Uni-
versity Press.
• BICKEL, E. (2009): Historia de
la literatura romana. Ed. Gredos.
Barcelona.
• CONOÑER, C. (editor) (2009):
Historia de la literatura latina, Ed.
Cátedra, Madrid.
• PANIAGUA AGUILAR, D.
(2006): El panorama literario
técnico-científco en Roma (siglos
I-II d.C.), “Et docere et delecta-
re”. Universidad de Salamanca.
• VON ALBRECHT, M. (1999):
Historia de la literatura romana.
Vol. I y II. Ed. Herder. Barcelona.
PARA SABER MÁS:
Desde la presencia de Roma como potencia indiscutible del Mediterráneo
entre los siglos VI/V-II a. C. el vínculo entre Grecia y Roma se fue estre-
chando hasta hacerse permanente tras la toma de Corinto en 146 a. C. Se
forjó así una relación de tipo bidireccional en la que Grecia estuvo parcial-
mente bajo el poder romano, pero también en la que el conquistador cayó
subyugado por la cultura griega. Como escribiría siglos después Horacio
en sus “Epístolas”: «La Grecia conquistada conquistó a su fero vencedor e
introdujo las artes en el rústico Lacio».
El dominio sobre Grecia no solo infuyó en las artes romanas. La vesti-
menta, la Arquitectura (hechos muy conocidos y estudiados por la histo-
riografía moderna) y disciplinas mucho más profundas e importantes para
la defnición del propio carácter romano, como la Filosofía y la Literatura,
también adoptaron los modelos helenísticos.
La infuencia de Grecia
42 hiems·mmdcclxvi·auc
VIDACOTIDIANA
VESTIMENTA Y ADORNO PERSONAL
Por Rocío Rivas Martínez.
Para los romanos y romanas tener una
buena apariencia exterior era muy im-
portante de cara a la vida pública. De
ahí su extraordinaria preocupación en
cuestiones de vestido y aseo personal.
Tanto hombres como mujeres solían
lavarse diariamente las partes del cuer-
po más expuestas a la suciedad –cara,
brazos y piernas– y tomar un baño
cada nueve días con jabones extraídos
de raíces vegetales (saponaria), según
Séneca.
En los tiempos de Trajano las casas
acomodadas disponían de una estancia
dedicada a la higiene, equipada con
una bañera fja o barreño. Asimismo,
se acentuó la construcción de grandes
baños imperiales, destacando espe-
cialmente las Termas de Trajano (104
d. C.) erigidas sobre la Domus Aurea
de Nerón. Se trataba de una gran es-
tructura con la capacidad de albergar
hasta ocho millones de litros. No solo
era un balneario, sino que constaba de
estadios para carreras, palestras para
realizar ejercicios, jardines y avenidas
para pasear, bibliotecas… Todas estas
equipaciones rodeaban la construc-
ción central, las termas, que constaban
La civilización romana siempre otorgó una gran importancia
a la vida social de las élites. La necesidad de llevar a cabo
numerosos actos públicos obligaba a prestar gran atención
al aspecto exterior. Este esmero no solo afectaba a la higie-
ne sino también al atuendo, convertido en un elemento que
mostraba a la sociedad la relevancia y riqueza de su portador.
Ataviados para
la vida pública
Las ruinas de las
monumentales Ter-
mas de Trajano aún
eran bien visibles en
el siglo XVIII, como
se puede ver en este
grabado de Piranesi
de 1756.
43
invierno·2013
de baño de agua caliente (caldarium),
baños de agua fría (frigidarium), baño
de vapor (laconicum), vestuarios (apo-
dyterium)…
Respecto a la vestimenta en sí, aun-
que a lo largo de la historia de Roma
los gustos fueron cambiando y evolu-
cionando, la moda se fundamentó en
torno a dos o tres prendas básicas, que
siempre se mantuvieron en el vestuario
de hombres y mujeres.
A pesar de su poca variedad, el ves-
tido poseía una fuerte carga simbólica
y se confguró como un elemento que
acentuaba el estatus. Se establecieron en
torno a la vestimenta una serie de nor-
mas que eran manifestación de poder
y de posición social, de las diferencias
profesionales e, incluso, personales.
Sin duda, la principal prenda que
marcaba las diferencias sociales y el
poder fue la toga. Solo la podían llevar
los ciudadanos –de sexo masculino–
que nacían libres. Se marcaba así una
frontera con las clases bajas, libertos y
esclavos. Sabemos, además, que varios
ofcios gustaban de lucir distintivos de
color en esta prenda. Así, los médicos
llevaban algún detalle en verde, los f-
lósofos en azul, los teólogos en negro…
La distinción entre ricos y pobres era
patente por el uso de materiales caros
como el lino o la seda (introducidos a
partir del siglo III d. C.) y de colores
cuyo tinte era laborioso y caro. Pero
incluso dentro de la misma condición
social había diferentes tipos de toga que
indicaban distintas edades, funciones y
rangos.
Atuendo masculino
Bajo la toga, los hombres llevaban la
túnica, una prenda de origen helénico,
hecha en lana blanca, sin mangas, que
se debía llevar ceñida a la cintura y que
llegaba hasta las rodillas. Muchos son
los autores de la época que nos infor-
man en sus escritos de cómo debían ser
las túnicas. Así, Gelio nos dice que lle-
var mangas estaba mal visto porque era
de afeminados:
En Roma y en el Lacio entero
se tuvo por indecoroso que las
túnicas de los hombres llegaran
hasta el comienzo de la manoe
incluso hasta los dedos. A tales
túnicas los nuestros les aplicaron
el nombre griego fechirodytas y
pensaron que una túnica amplia
y larga que cubriera los brazos
y las piernas únicamente es-
taba bien para las mujeres por
decencia. Los varones romanos,
al principio, no usaban la túnica.
Les bastaba la toga. Luego lleva-
ron unas túnicas ceñidas y bre-
ves que caían hacia la espalda,
una especie de exómida griega
(Gell.6, 12).
La túnica era la prenda que los ro-
manos, por comodidad, utilizaban en
casa ya que, para salir a la calle, todo
ciudadano romano debía llevar la toga.
Es más, esa comodidad provocó que
también fuera utilizada por los soldados
en campaña (con mangas), por los gla-
diadores (con un hombro descubierto) y
para trabajar.
Aun así, la túnica no fue la única
prenda que se utilizaba para estar en
casa. La synthesis también se ponía
sobre la túnica para estar en casa y en
los banquetes. Llegó a utilizarse como
ostentación de lujo, por la riqueza de
su tejido. Fuera de casa no se llevaba
más que en las festas Saturnales, en las
que se celebraban muchos banquetes y
en las que la gente quedaba liberada de
la norma de etiqueta de llevar la toga:
«Cuando el caballero y el noble senador
se divierten con la síntesis…» (Mar-
cial.14,1, 2)
Gente togada
Sin duda, la prenda clave dentro del
vestuario masculino fue la toga. Su ori-
gen se remonta a los etruscos, aunque
fue en época romana cuando se convir-
tió en un símbolo nacional, de clase y
de prestigio. Es decir, se convirtió en
signo externo de las más veneradas vir-
tudes del buen romano: la dignitas y la
gravitas. Así lo manifestaba Marcial:
«A los romanos, señores del mundo y
gente togada, los hace aquel que le ha
dado los astros a nuestro gran padre»
(Martial.14, 124).
La toga era un manto de lana blan-
ca de forma trapezoidal, de entre seis
y siete metros de ancho y dos o tres
de largo, que envolvía todo el cuerpo
hasta los pies, dejando el brazo dere-
cho descubierto. Requería de la ayuda
de un esclavo para colocarla. Prime-
ro se pasaba por la parte trasera del
hombro izquierdo y se doblaba por la
espalda. Después, se pasaba por de-
bajo del brazo derecho. Finalmente,
se volvía a pasar por el hombro iz-
quierdo, y el extremo, por la espalda.
El brazo derecho quedaba libre y el
izquierdo, cubierto.
Una vez puesta, la persona que lleva-
ba este atuendo apenas tenía capacidad
de movimiento, siendo solo apta para la
vida pública, social o ceremonial.
Fotos: R. Pastrana
La toga era la prenda por excelencia
que llevaban con orgullo los ciudada-
nos romanos, a pesar de lo incómodo
de su uso.. Estatua de togado del
Museo Nacional de Arte Romano.
La ley establecía que
solo los ciudadanos
romanos nacidos
libres podían vestir la
toga
44 hiems·mmdcclxvi·auc
Existía otro tipo de prendas que
se ponían encima de la toga. La
lacerna era un manto de lana sin
mangas, fjado al hombro derecho
con un broche que se ponía sobre
la toga para protegerla del polvo
o el agua. Tambien conocemos la
paenula –parecida al actual pon-
cho–, que era una prenda de lana sin
mangas y con un agujero en el cen-
tro, por el que se introducía la cabe-
za. Se utilizaba para resguardarse del
frío y el agua.
En lo que se refere al calzado
utilizado por los romanos, había una
gran variedad, pero dos fueron los es-
tilos más utilizados. Por un lado los
calcei, zapatos de cuero que cubrían
todo el pie. Por otro lado, las soleae
eran sandalias de cuero unidas al pie
mediante tiras de cuero. Su uso se li-
mitaba al interior de la casa.
La apariencia exterior del hombre
incluía un esmerado cuidado de todos
los detalles, como revela para una épo-
ca ligeramente posterior el escritor Ter-
tuliano:
También los hombres saben ha-
cer sus embustes: atusarse la
barba, entresacársela, ordenar
el cabello, componerlo y dar co-
lor a las canas; quitar el vello del
cuerpo; pintarlo en partes con
afeites afeminados. Y, en otras
partes, alisarlo de cierta mane-
ra; saben consultar el espejo en
cualquier ocasión, mirarse en él
con cuidado (Tertul., De Cult.
Fem., 2, 8, 2).
A todo lo anterior se unía, en el caso
de los individuos más adinerados, el
uso de complementos. Generalmente,
llevaban un anillo de oro que, a la vez
que servía de sello para certifcar docu-
mentos, era anillo de compromiso.
La apariencia femenina
Las mujeres utilizaban la túnica como
prenda principal, bajo la que se coloca-
ban varias piezas. La elascia pectora-
lis, parecido al corpiño actual, realza-
ba la fgura y daba frmeza al busto. El
mamillare era una cinta de piel utiliza-
da para sostener el pecho, mientras que
la subucula se trataba de una túnica in-
terior de lana con mangas, ceñida a la
cintura y que llegaba hasta las rodillas.
Sobre la túnica se lucía la stola, una
túnica exterior hecha en lana (o también
seda, lino, y más tarde algodón) que cu-
bría el cuerpo desde el cuello, que
decoraban con bordados, hasta
los pies. Iba ceñida a la cadera
con un cinturón, llamado zona, y fjada
a ambos hombros por unos broches. Si
la túnica interior tenía mangas, la stola
no las tenía. Pero si se daba la situación
opuesta, las mangas de la stola se abro-
chaban con unos botones o broches por
la parte superior del brazo.
Entre las prendas exteriores, tam-
bién podemos citar la palla, un manto
rectangular de lana que cubría la stola
y envolvía todo el cuerpo desde la ca-
beza a los pies. Se colocaba de forma
parecida a la toga: envolvía el busto, se
pasaba sobre el hombro izquierdo des-
de atrás y se dejaba caer hasta los pies.
El resto de la pieza volvía en torno a
la espalda y se llevaba por debajo del
brazo derecho. Una parte de la prenda
se dejaba sobresaliente, para cubrir la
cabeza.
La stola era la prenda más solem-
ne, sinónimo de majestuosidad, nos
revelan según escritos como los de
Apuleyo:
Las soleae eran unas sanda-
lias ligeras que se llevaban en
casa, pero era inapropiado
salir a la calle con ellas. En la
foto, detalle de un adorno en
bronce, hallado en Pompeya.
Las romanas usaban ropa interior, como
muestran las gimnastas de Piazza Arme-
rina. Sin embargo, para salir a la calle
las mujeres solían cubrirse con varias
prendas que tapaban casi todo el cuerpo.
A la derecha, piezas del Museo del Traje
de Madrid.
45
invierno·2013
Lo que percibía mi vista a lo le-
jos era una palla negrísima que
brillaba con un negro resplandor.
Tras envolver su cuerpo, pasaba
por debajo del costado derecho
e iba a colgarse como un escudo
del hombro izquierdo, pendiendo
en muchos pliegues. En la par-
te baja del manto, caía hermo-
samente una franja de fecos.
Por su extremidad bordada y
esparcidas por toda su superf-
cie brillaban muchedumbre de
estrellas y en su centro la luna
llena exhalaba resplandores bri-
llantes. En toda la amplitud de
aquella capa singular, adherida
por una invisible trama, corría
una guirnalda con toda clase de
fores y frutas.
En lo que se refere al calzado, el
más utilizado por las féminas era el cal-
ceus y la solea. Pero, a diferencia del
calzado masculino, el femenino estaba
embellecido con perlas, bordados, era
de piel más suave y de colores.
Para rematar la apariencia exterior,
las romanas utilizaban su pelo para lucir
complejos peinados (ver Stilus9). En
época de Trajano, se pusieron de moda
los que marcaban gran cantidad de rizos
en la parte delantera, para dar volumen,
mientras en la parte trasera el pelo se re-
cogía en la nuca con postizos en forma
de rodetes. Tal fue la complejidad de los
peinados de las patricias, que tenían pe-
luqueras personals (ornatrices).
Las mujeres se teñían el pelo y lo
decoraban con lazos, alfleres de oro o
marfl, diademas, coronas de fores…
Autores como Apuleyo se hacen eco de
esta suntuosidad capilar:
Háblame de una cabellera cuyo
color es tan agradable como su
lustre, cuyo resplandor brilla
a los rayos del sol o se refeja
con suavidad, presentando di-
versos matices según los acci-
dentes de la luz. Ora sean ca-
bellos rubios cuyo oro, menos
claro en la raíz, toma el matiz
de un rayo de miel. Ora sea
negro de azabache que com-
petirá con las irisaciones del
cuello de un pichón. Si están
perfumados con esencias de la
Arabia, que los recorra un pei-
nado fno y los reúna detrás de
la cabeza…
Otras veces, unidos en trenzas
espesas, coronan la cabeza.
Otros, extendidos libremente,
caen en larga trenza sobre las
espaldas. En fn, el peinado es
un ornato tan ventajoso, que a
pesar del oro, de los ricos ves-
tidos, de los diamantes y de to-
das las otras seducciones de la
coquetería con que una mujer
se presenta adornada, si su ca-
bellera está mal cuidada, no re-
cibirá alabanza alguna su ade-
rezo (Apul., Met., 2, 9; 2, 7-9).
Las romanas destacaron, asimis-
mo, por su gusto por los comple-
mentos como la sombrilla (umbella),
el abanico (fabellum) o el pañuelo
(sudaria). También sentían verdadera
pasión por las joyas: anillos, broches,
coronas, diademas, brazaletes, colla-
res, pendientes… ◙
• BOURBON, F. y LIBERATI, A.
M. (2005): Grandes Civilizacio-
nes del pasado: Roma Antigua.
Folio. Barcelona.
• CROOM, A. T. (2002): Roman
clothing and fashion. Tempus.
• GUILLÉN, J. (1977): Vrbs
Roma. Vida y costumbre de los
romanos. Ed. Sígueme. Sala-
manca.
• WROHNSTON, H. (2010): La
vida en la Antigua Roma. Histo-
ria Alianza Editorial. Madrid.
PARA SABER MÁS:
La complejidad de los peina-
dos, aunque no llegó al nivel de
la época favia, hacía acon-
sejable el uso de los servicios
especializados de peluqueras,
que llegaron a estar muy
cotizadas. A la derecha, retrato
de Faustina la Mayor, en los
Museos Vaticanos.
El calzado de hombres y
mujeres se diferenciaba
en la fnura de la piel y los
adornos utilizados en las
piezas fabricadas para el
público femenino. En la
imagen, reconstrucción de
un calceus de mujer a par-
tir de un hallazgo. Museo
de Saalburg (Alemania).
46 hiems·mmdcclxvi·auc
Por Víctor Úbeda Martínez.
El 8 de agosto del año 117 d. C., el em-
perador Marco Ulpio Trajano moría en
Selinus sin haber engendrado ningún
hijo ni haber designado –según nos in-
forman las diversas fuentes– a herede-
ro alguno para sucederle en el gobier-
no. El Imperio quedaba huérfano en
un momento en el que había una gran
tensión en las fronteras, especialmen-
te en la oriental, debido a las guerras
con los partos. Esta situación podría
haber desembocado en una nueva gue-
rra civil si P. Elio Adriano no se hu-
biese convertido en nuevo Augusto de
Roma, gracias a su supuesta adopción
por parte de Trajano en los últimos
instantes de su vida.
El 9 de agosto, Adriano recibía en
Siria, provincia de la cual era gober-
nador en ese momento, una carta que
le anunciaba su nombramiento como
César, y tres días más tarde se conver-
tía en emperador al difundirse la noti-
cia del fallecimiento de Trajano (SHA,
Hadr. 4, 6). El anuncio de la muerte
del Emperador días después de que fa-
lleciera se debe, sin duda, al deseo de
proclamar en primer lugar a Adriano
como César, para que de este modo no
hubiera ningún tipo de problemas en
el proceso de transmisión del poder al
nuevo gobernante.
La designación en el último mo-
mento de Adriano hizo que se propa-
garan multitud de rumores en torno
al verdadero deseo de Trajano sobre
la cuestión sucesoria. Respecto a este
punto, las fuentes nos transmiten di-
ferentes escenarios. La “Historia Au-
gusta” recoge la posibilidad de que
el Emperador se hubiera inclinado en
favor del jurista Neracio Prisco. Pero
también se rumoreó sobre una posible
lista de candidatos, elaborada por el
propio Trajano y de donde el Senado
habría de escoger a su sucesor. Incluso
hubo quienes pensaron que el Empera-
dor murió sin designar ningún sucesor,
al estilo de Alejandro Magno (SHA,
Hadr. 4, 8-9).
La otra fuente fundamental para
este punto, Dión Casio, nos informa de
que Adriano no había sido designado
La muerte sorprendió a Trajano en plena cam-
paña contra el Impero parto. La noticia llegó
pronto a oídos de su sucesor Adriano, aunque
tardó días en conocerse públicamente. Para
entonces, el traspaso de poder estaba afanza-
do. El proceso no ha dejado de suscitar, desde
el mismo momento en que aconteció, dudas
y cuestiones acerca de detalles oscuros. ¿Fue
Adriano realmente la opción escogida por el
viejo emperador hispano? ¿Hubo un grupo de
personas que movieron el ánimo de Trajano en
favor de su pariente?
LA DESIGNACIÓN DEL HEREDERO
El amanecer
de un nuevo reinado
LASCRÓNICASDICEN...
Apenas quedan restos de la antigua Selinus, donde
falleció Trajano. El conocido como cenotafo del em-
perador, en realidad es un edifcio muy posterior.
47
invierno·2013
como sucesor en vida de Trajano:
Adriano no fue adoptado por
Trajano. Era, sí, paisano suyo,
había sido su pupilo, pertene-
cía al mismo linaje, se había
casado con una sobrina suya,
en todo lo había acompañado
y había vivido a su vera, y ha-
bía sido nombrado gobernador
de Siria en la guerra contra
los partos; pero no había re-
cibido de él ninguna distinción
especial ni había sido de los
primeros en recibir el consu-
lado. Quienes nombraron a
Adriano, César y emperador,
al morir Trajano sin hijos, fue-
ron Atiano, por ser su paisano
y antiguo tutor, y Plotina, por
una pasión amorosa, estando
Adriano cerca y al frente de un
gran ejército.
Mi padre Aproniano, al gobernar
Cilicia, se enteró perfectamente
de toda la historia; y contaba
muy en particular, entre otros
pormenores, que por este mo-
tivo se mantuvo en secreto du-
rante algunos días la muerte de
Trajano, para que antes se di-
vulgara la adopción. Lo mismo
quedó patente, asimismo, en
las cartas de Trajano enviadas
al Senado; pues las frmó, no
el Emperador en persona, sino
Plotina, algo que jamás había
hecho (Dio. LXIX, 1, 1-4).
La historia que relata Dión nos pue-
de inducir a pensar que la adopción
se llevó a cabo una vez el Emperador
hubo fallecido y por interés de la es-
posa de Trajano. Este último punto
es muy importante ya que todas las
fuentes están de acuerdo en el papel
fundamental que juega esta mujer a la
hora de promocionar a Adriano. Según
estas versiones Trajano no había dado
muestras de desear que éste fuera ele-
gido como su sucesor al morir.
Hispanos y parientes
Al igual que el tema sucesorio, tam-
poco están claros los lazos de paren-
tesco entre Trajano y Adriano, ya que
en este punto las fuentes también nos
transmiten diferentes versiones. Según
la “Historia Augusta” (Hadr. 1, 2) y
el “Epitome de Caesaribus” (14, 1),
el padre de Adriano, Elio Adriano, era
primo hermano del Emperador, mien-
tras que Eutropio (8, 6, 1) nos informa
de que la familiaridad proviene por
parte de la madre de Adriano, Domicia
Paulina, que era hija de Ulpia, la tía de
Trajano.
En cualquier caso, una vez Adria-
no quedó huérfano en el 85, uno de
sus tutores fue el futuro emperador
Trajano y posteriormente le tomó por
hijo (Hadr. 2, 1-2). Estos lazos queda-
rían reforzados por el matrimonio de
Adriano con Vibia Sabina, nieta de la
hermana del emperador. En este punto
¿Emperadores adoptivos?
Desde Gibbon hasta la actualidad,
el conjunto de gobernantes que co-
mienzan con Nerva y acaban con
Cómodo han sido llamados común-
mente Antoninos, aunque no en po-
cas ocasiones la historiografía se ha
referido a ellos como emperadores
adoptivos. El método de adopción
fue aparentemente utilizado por es-
tos emperadores con el fn de ele-
gir al mejor candidato para que le
sucediera en el trono. Pese a ser
ofcialmente así, no hay un acuerdo
historiográfco y, por ello, la dinas-
tía ha sido denominada de muchas
maneras: Antoninos, “emperadores
adoptivos”, “emperadores hispanos”
o, simplemente, “buenos emperado-
res”. La profesora A. M.ª Canto ha
tratado todas estas denominaciones,
e incluso, ha propuesto una propia:
la dinastía Ulpio-Aelia, atendiendo
a la consanguineidad y parentesco
de todos los emperadores que con-
forman la dinastía, exceptuando a
Nerva, al cual considera como un
elemento necesario para comenzar
este conjunto de reinados.
Canto considera que la dinastía
se rige por dos principios funda-
mentales: su origen hispano y los
apellidos Ulpius y, principalmente,
Aelius. Además, demuestra que
para los autores de la Antigüedad,
estos gobernantes eran considera-
dos un único conjunto de extran-
jeros (Epit. de Caes. 11, 15) e in-
cluso Herodiano habla de Cómodo
como un emperador de cuarta ge-
neración (Hist., 1, 7, 4).
Por tanto, presentar la adopción
como elemento rector de la dinastía
no es correcto, ya que en realidad
están perpetuando el poder dentro
de un grupo dinástico emparenta-
do, tanto sanguíneamente a través
de las mujeres, como por su origen
hispano, exceptuando a Antonino
Pío, que era de procedencia gala.
Además, un claro ejemplo de que
estos emperadores no tenían en
mente el método de la adopción
como el mejor, sino que buscaban
crear una dinastía, lo encontramos
en Dión Casio cuando pone en boca
de Adriano la siguiente frase: «La
naturaleza, queridos amigos, no
me permitió tener un hijo varón»
(LXIX, 20, 2), refriéndose a su su-
cesión en el trono.
Nerva fue el iniciador de una di-
nastía que se perpetuó en el poder
durante cerca de un siglo. En la
foto, denario acuñado en época de
este emperador.
48 hiems·mmdcclxvi·auc
los textos clásicos vuelven a resaltar el
papel de Plotina, ya que le atribuyen
el haber conseguido este matrimonio
para Adriano, pese a las resistencias
iniciales de Trajano a ese enlace (SHA.
Hadr. 2, 9). Dicha unión permitía a
Adriano establecer un vínculo sanguí-
neo claro con la familia imperial.
En cuanto a la relación personal
entre el emperador y Adriano, de las
fuentes se desprende que mantuvieron
un estrecho vínculo de amistad (Hadr.
2, 7; 2, 10; Dio. LXIX, 1, 1) e incluso
llegaron a compartir vino, elemento
reseñable debido a la afción de Tra-
jano por esta bebida (Hadr. 3, 2). La
confanza de Trajano en su pupilo era
muy grande, lo que le llevó a otorgar-
le importantes cargos durante su rei-
nado, especialmente el de comandar
las tropas en la frontera pártica en el
momento en que el Emperador ago-
nizaba. Estos hechos contradicen la
visión que nos quiere transmitir Dión
Casio en sus escritos, al igual que el
resto de relatos, que siempre destacan
que en ningún momento Adriano fue
nombrado formalmente como sucesor
y que tampoco había recibido honores
especiales.
De la cuestura al solio imperial
Durante los reinados de Nerva y Tra-
jano, Adriano desempeñó algunos car-
gos y ostentó el mando de diferentes
tropas (Hadr. 3, 1-11; 4, 1-4). Ejerció la
cuestura al mismo tiempo que Trajano
ostentaba el cargo de cónsul, le acom-
pañó en la Primera Guerra Dácica y,
posteriormente, fue nombrado tribuno
de la plebe. Durante la campaña de
anexión del reino de la Dacia, Adriano
ejerció el mando de la primera legión
Minervia, lo que le valió para obtener
un gran prestigio militar.
Una vez acabada la guerra, osten-
tó el cargo de pretor y posteriormen-
te se le nombró legado pretoriano en
Panonia, gracias a lo cual, fnalmente,
consiguió el consulado. Durante la
campaña contra los partos fue nombra-
do legado y posteriormente sería nom-
brado cónsul de nuevo gracias al apo-
yo, de nuevo, de Plotina. Gracias a sus
acciones militares en la guerra dácica,
según la “Historia Augusta”, Trajano
le recompensó con una piedra preciosa
que Nerva le había entregado, lo que
puede entenderse como una acción de
designar su sucesor. Finalmente, cuan-
do Trajano se disponía a emprender
una nueva campaña en Mesopotamia,
cayó enfermo y dejó el mando del ejér-
cito de Siria bajo las órdenes de Adria-
no (Dio. XXXIII, 1).
Como se puede ver, Adriano po-
seía una gran experiencia tanto ad-
ministrativa como militar. Había
desempeñado diferentes tipos de
cargos e incluso ostentó el consula-
do en dos ocasiones. Esta situación
choca de nuevo con la información
que transmite Dión Casio e incluso
parece, según la “Historia Augusta”,
que sí obtuvo una distinción especial
al entregarle el Emperador la piedra
preciosa que anteriormente Nerva le
había entregado a él. Por tanto, vemos
que Trajano tenía en gran estima al
que posteriormente sería su sucesor.
Tampoco hay que olvidar el pres-
tigio que había acumulado Adriano
en el terreno militar gracias a puestos
de relevancia, y que le llevaría a ob-
tener el control del ejército de la zona
pártica. Es probable que Trajano, un
emperador-militar, valorara altamente
las aptitudes de mando en las perso-
nas que pudiera tener en cuenta para
su sucesión.
El problema sucesorio
Hemos visto cómo la actuación en
vida de Trajano hacia Adriano, permi-
te intuir que tenía a su compatriota en
mente para sucederle. Pero entonces,
¿por qué las fuentes transmiten esta
imagen negativa respecto a la suce-
sión? Los textos que se han conser-
vado son claramente de una tendencia
senatorial y pueden tener una visión
Algunas fuentes señalan a Plotina, la
mujer de Trajano, como una fgura
clave en la elección del sucesor al palio
imperial. A la izquierda, busto custo-
diado en el Museo Vaticano.
49
invierno·2013
contraria a Adriano porque le acha-
can el abandono de las provincias
conquistadas por Trajano, excepto la
Dacia (SHA. Hadr. 5, 3). No en vano,
este recibió el epíteto de Optimus
Princeps, entre otros motivos, por su
relación con el Senado. Por ello, se
puede ver a su sucesor como un go-
bernante débil y en ocasiones déspo-
ta, como demuestra el hecho de asesi-
nar a su prefecto del pretorio Atiano,
al no soportar su infuencia política
(Hadr. 9, 3), o su decisión de conde-
nar a Apolodoro de Damasco por ha-
berle reprendido cuando aún Trajano
era emperador (Dio. LXIX, 1, 2).
Las relaciones entre el nuevo em-
perador y el Senado no fueron buenas,
debido a que apenas contó con este
órgano sino que impulsó el Consejo
Imperial. Esto generó la oposición del
orden senatorial, lo cual se ve plasma-
do en su rechazo para concederle la
apoteosis una vez fallecido (Hadr. 27,
1). No hay que olvidar que el comien-
zo del reinado de Adriano se inicia con
la muerte de los consulares A. Corne-
lio Palma, C. Avidio Nigrino, L. Pu-
blilio Celso y Lusio Quieto acusados
de conspiración, aunque las fuentes
exculpan al Emperador del que dicen
que no estaba de acuerdo con estas eje-
cuciones (SHA. Hadr. 7, 2).
Resulta interesante que Adriano no
desatase la represión hacia el resto de
supuestos candidatos. Incluso Neracio
Prisco desarrolla parte de su obra le-
gislativa durante el reinado de aquel,
algo que resultaría incoherente si real-
mente Prisco hubiera sido designado
como sucesor por parte de Trajano, ya
que podría desencadenar una lucha por
el poder. También parece poco proba-
ble la posibilidad de que el Emperador
muriera sin designar un sucesor tenien-
do en mente el ejemplo de Alejandro,
situación que conduciría a la guerra
civil y podría ocasionar una situación
parecida a la del año de los cuatro em-
peradores (69 d. C.), hechos vividos
por el propio Trajano. En cuanto a la
supuesta lista elaborada por Trajano y
de la que el Senado habría de elegir al
sucesor, puede ser una invención his-
tórica de las fuentes que engrandezca
aún más las relaciones entre el Senado
y el Emperador.
Actualmente la historiografía tien-
de a pensar que realmente Trajano
designó a Adriano como su sucesor,
como vemos en los estudios de Canto
y Galimberti. Para este autor, Traja-
no había nombrado César a Adriano
y por ello se encontraba comandando
las tropas de la frontera pártica, la
más importante del momento, a car-
go del efectivo más poderoso de la
época. Su principal prueba radica en
un áureo de Emesa acuñado en el 117
d. C. y cuya leyenda reza: «Hadriano
Traiano Caesari».
Este dato, junto con los nombra-
mientos que recibe Adriano mientras
Trajano está en vida, induce a pensar
que verdaderamente sí que habría
sido elegido como sucesor y la adop-
ción no sería más que un paso nece-
sario para ello, al igual que Augusto
adoptó a Tiberio para que este le suce-
diera en el Gobierno imperial. Segu-
ramente Adriano representaba para el
Emperador la fgura más cercana a un
hijo, ya que había sido su tutor desde
que era solamente un niño, le había
acompañado durante sus campañas y
ambos procedían de la ciudad hispana
de Itálica.
Por tanto, y a la luz de los datos
que arrojan las fuentes, se puede con-
cluir que Trajano sí pensó en Adriano
como su sucesor en el trono. Desde
comienzos del reinado de Trajano,
al futuro emperador se le van conce-
diendo diferentes honores, sin olvidar
la relación previa que tenían ambos
y que se refuerza con el matrimonio
entre Adriano y Sabina. Esta hipótesis
se consolida con la acuñación a la que
Galimberti hace mención.
No obstante, todas las fuentes nos
informan de que la adopción de Adria-
no no se produjo en vida, especialmen-
te Dión Casio –quien dice contar con
el testimonio de su propio padre–, sino
tras la muerte del Emperador. Este he-
cho pudo suceder porque Trajano estu-
vo esperando hasta el último momento
para ofcializar el nombramiento de su
sucesor mediante una adopción, aun-
que no le dio tiempo, al sobrevenirle
su muerte. Debido a ello, fue su esposa
quien se encargó de redactar el docu-
mento de adopción y, por este motivo,
también se aguardaron unos días para
difundir la notica sobre el fallecimien-
to de Trajano. Pero en este momento
tampoco se puede hablar de una adop-
ción real, ya que Adriano no pasó a
formar parte de la gens Ulpia, sino
que solamente asumió el cognomen de
Trajano, según resalta la profesora Ali-
cia M.ª Canto. ◙
• BIRLEY, A. (2003): Adriano: la
biografía de un emperador que
cambió el curso de la historia.
Ediciones Península. Barcelona.
• CANTO, A. M. (2003): “La di-
nastía Ulpio-Aelia (98-192 d.C.):
Ni tan ‘buenos’, ni tan ‘adop-
tivos’ ni tan ‘antoninos’”, para
Gerión, 21, 1 (305-347).
• GALIMBERTI, A. (2007):
Adriano e l’ideologia del princi-
pato. L’erma di Bretschneider
(15-30). Roma.
• GONZÁLEZ, J.; SAQUETE, J.
C. (coords.) (2003): Marco Ulpio
Trajano, emperador de Roma:
documentos y fuentes para el
estudio de su reinado. Funda-
ción Itálica de Estudios Clásicos.
Sevilla.
• BENNETT, J. (1997): Trajan:
Optimus Princeps. Routledge.
London.
PARA SABER MÁS:
El reinado de Adriano
comienza con el ajus-
ticiamiento de varios
senadores acusados
de conspiración, pero
no ejecutó al resto de
posibles competidores
por el solio imperial
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Por Javier Alonso y Rafael Sabio.
La sociedad romana no era ni mu-
cho menos analfabeta, era una so-
ciedad agraria pero con un relativo
alto grado de alfabetización. Como
muestra de ello, se pueden encontrar
por todos los territorios de la antigua
Roma inscripciones sobre piedra ta-
llada con cincel, así como en África
aparecen sin cesar papiros escritos
con tinta y cálamo. En distintas
partes del Imperio, como Britania
o Dacia, se encuentran tablillas u
hojas de madera sobre las cuales se
escribía con tinta, las tilia. También
suelen encontrarse por doquier tex-
tos sobre cerámica o sobre tablillas
de cera. Sobre la superfcie de estos
dos últimos tipos de soporte se es-
cribía con styli o estiletes rayando el
texto que se quería escribir.
Los styli eran los instrumentos
que se usaban junto con las tabulae
ceratae, unas tablillas de madera
con un rebaje en su interior cubierto
de cera sobre la que se podía rayar
para formar letras. Aunque no han
sobrevivido hasta nosotros muchos
ejemplares, son conocidas sobre
todo las de Pompeya, Vindonisa y
las de las guarniciones del muro de
Adriano, al norte de Britania, entre
otras tablillas.
En España solo conocemos un
ejemplar que se encuentra actual-
mente en el Museo Arqueológico
Provincial de Toledo. Cuando las
tablillas eran de pequeño tamaño se
las llamaba pugilares, pues cabían
en una mano, como la que actual-
mente se expone en el Museo Ar-
queológico Provincial de Sevilla.
Las tablillas tenían una serie de
ventajas, pues eran ligeras y fáciles
de llevar, además de ser un tipo de
soporte duradero. Se podían usar
varias veces, o por medio del borra-
do del texto, o cambiando la capa
de cera que impregnaba la madera.
Asimismo, podían perforarse por un
lado y unirse formándose entonces
dípticos, trípticos o polípticos, hasta
llegar a un máximo de diez tablillas
enlazadas. Estos serán los primeros
códices.
Según su tamaño y su calidad se
podían identifcar distintos forma-
tos. De hecho, en un papiro hallado
en Kelis (Egipto) se ordena a Theog-
noto que enviara a su «hermano
Isión una tablilla de diez hojas, bien
proporcionada de calidad, para la
ciudad», lo cual puede dar una idea
de los diferentes tipos de tablillas
que se podían elaborar en los talle-
res. Estas tablillas eran tan peculia-
res en su fabricación que existía una
profesión específca. Así Apolodoro
de Caristo llegó a escribir una obra
titulada “El fabricante de tablillas de
cera”.
Otra protagonista de la escritura
en cera que debemos mencionar es
Estiletes, trazos
sobre la cera
CULTURA ESCRITA
Durante muchos
siglos, la Humani-
dad utilizó estiletes
y tablillas enceradas
para tomar notas
apresuradas. Este
sistema de escritura
permitía dejar cons-
tancia de lecciones,
discursos o tratos
comerciales. La
ubicuidad de estos
instrumentos es
buena muestra de la
difusión de la cultura
a lo largo de todo el
Imperio.
VIDACOTIDIANA
51
invierno·2013
la espátula. Tanto la escritura como
las correcciones ocasionaban una pér-
dida de cera, por lo que era necesario
verter nuevas capas en las tabulae y
esparcirlas por la superfcie unifor-
memente. Las espátulas eran requeri-
das por ello, tanto para extraer la cera
sobrante, como para alisar la nueva
capa.
Suelen presentar forma triangu-
lar y lisa, hallándose por lo general
elaboradas de hierro, aunque como
variedad tipológica se distingue una
segunda categoría que está formada
por espátulas dobles contrapuestas.
Las espátulas de cera suelen terminar
en una cabeza en forma de pomo. Se
podría pensar a primera vista que se
trata de instrumentos de albañilería,
pero, debido a su pequeño tamaño, a
su fnísimo flo y a que no presentan
marcas de haber sido golpeadas, se
debe descartar esta posibilidad.
Merten indica los usos del pomo,
pues serviría para rellenar de cera las
esquinas de las tabulae, esparcirla
uniformemente y borrar parte del tex-
to escrito. El empleo de tales piezas
como material de escritura está ates-
tiguado por su presencia en contextos
funerarios junto a otros instrumentos
de escritura, así como por su repre-
sentación en diversas pinturas, mosai-
cos y estelas junto a otros instrumenta
scriptoria.
La cera que se empleaba, de
color roja o negra, parece
que fue consistente,
pues como nos indica
Diógenes Laercio, se
escribía sobre ella con
difcultad, lo cual expli-
caría el uso de estiletes de metal, más
duraderos. Cuando se desgastaba, se
debía rellenar otra vez la tablilla con
una capa de cera, lo cual ocurría, se-
gún Herodas, una vez al mes.
Los styli o estiletes son de ori-
gen incierto, aunque bien pudieran
proceder de Grecia o de Oriente. Su
uso principal fue escribir, aunque
también han aparecido relacionados
con el trabajo de herrería, cerámi-
ca, cuero… Incluso pudieron llegar
a ser usados como arma, ya que el
emperador Claudio dio la orden de
prohibir que se le acercaran quienes
portaran estuches de estiletes.
Fueron confeccionados en diver-
sos materiales (bronce, hierro, hue-
so, marfl, e incluso oro y plata). Los
de hierro y bronce son los más abun-
dantes y mejor estudiados. Tienden a
contar con tres partes diferenciadas:
la punta con la cual se podía escribir
sobre cera; el mango/vástago que a
veces presentaba un espesamiento
más o menos pronunciado para faci-
litar su aprensión; y la cabeza, que
suele terminar en una espátula con la
que se podían realizar pequeñas co-
rrecciones, como borrar letras o pa-
labras en la cera sobre sobre la que
se escribía. De hecho, la expresión
stylum vertere (dar la vuelta al esti-
lete) equivalía a corregir la escritura.
En cuanto a la forma que podían
adoptar, los estiletes de hierro suelen
ser más bastos y simples, y aunque
se hayan localizado algunas piezas
de hierro decoradas, son las menos.
Los ejemplares mejor decorados son
los de bronce, que pueden presen-
tar diferentes motivos como líneas
horizontales, oblicuas o en espiral,
A la izquierda, extremo del estilete
que se usaba para hacer correc-
ciones de lo escrito. A su lado, una
pequeña espátula con la que se
extendía la cera de forma uniforme
por las tablillas, para posibilitar su
reutilización.
Grabado que
reproduce un
fresco hallado en
Pompeya, en el que
aparecen dife-
rentes utensilios
relacionados con la
escritura
Su naturaleza punzante
podía convertir el estilete
en un arma. Claudio
prohibió que se le
acercasen portando
este instrumento
52 hiems·mmdcclxvi·auc
triángulos contrapuestos formando
diamantes, perlas. También pueden
representar ranuras y acanaladuras
efectuadas a lima y buril, que embe-
llecen la forma del vástago, destina-
das a recibir hilos metálicos dorados
(de latón) que imitarían el color del
oro y provocarían contraste con el
tono oscuro del hierro o bronce. En
algunos casos aislados, incluso se
aprecia más extraordinariamente la
presencia de motivos animales.
Ciertos ejemplares (sobre todo en
hueso) llevaban inscritos el nombre
del dueño, mientras que por contraste,
otras piezas podían presentar inscrip-
ciones de tipo jocoso o erótico como
«Escribo sin la mano», «Mi dulce
amiga es una Venus lasciva», «A
amar se aprende con la práctica», etc.
Las personas encargadas de escri-
bir sobre tablillas de cera recibían el
nombre de scribae ceratii, en con-
traposición a los que escribían con
tinta y papiro, que se denominaban
scribae librarii. Podían realizar fun-
ciones de secretarios personales, co-
pistas de libros, contables o podían
trabajar para una ciudad bajo contra-
to, si no eran esclavos.
El trabajo era de cierta dureza
como muestran algunos colofones
escritos por ellos: «Con qué satis-
facción descansan mis tres dedos» o
«Fui escrito por el estilete, la mano y
la rodilla», lo que indica que no usa-
El escriba apoya la pierna en una capsa
de documentos y usa su rodilla como
pupitre improvisado. Bajorrelieve ha-
llado en Virunum, en la actual Austria.
Los estiletes de Mérida
Desde el Museo Nacional de Arte
Romano se están llevando a cabo
estudios para poder determinar
mejor el alcance efectivo de la al-
fabetización en Augusta Emerita.
Gracias a la colaboración del Con-
sorcio de la Ciudad Monumental de
Mérida se han estudiado no menos
de cincuenta styli.
Todos los ejemplares son de
hierro y bronce; estos últimos de
mejor factura. Dos de ellos mues-
tran una profusa decoración a lo
largo del vástago, si bien uno está
fracturado y apenas conserva la
cabeza y parte del cuerpo. Dicha
decoración está compuesta por una
serie de motivos geométricos que
se suceden alternando bandas de
triángulos facetados con series de
líneas incisas dispuestas, bien en
diagonal, bien transversalmente al
sentido del vástago. Otro destaca-
do ejemplar se debió componer de
dos partes de las cuales se conser-
va una. La punta, aunque perdida,
debió de ir inserta en el orifcio del
extremo engrosado, pudo haber
estado realizada en una materia
distinta a la del resto de la pieza,
quizá hierro, para así propiciar su
duración. Pero el ejemplar más
singular es, sin lugar a dudas, el
que muestra en el extremo corres-
pondiente a la espátula, un motivo
animal claramente identifcable con
un delfín. Piezas con la represen-
tación de motivos zoomorfos como
esta evolucionan durante la Edad
Media, hasta adoptar forma de
dragón.
La arqueología nos da otras
pruebas sobre el grado de alfabe-
tización alcanzado en la capital de
la Lusitania, como por ejemplo el
gran número de tinteros hallados
en Mérida, que encuentran aquí la
mayor concentración de toda His-
pania. El refejo de todo esto se
puede ver en las excavaciones de
Mérida, donde se han hallado una
serie de tumbas que entre otros
objetos contenían estiletes, a ve-
ces en parejas. Una de estas se-
pulturas pertenece a un niño, lo
cual corroboraría su uso durante la
etapa de aprendizaje.
De otras tumbas inferimos que
en Augusta Emerita existió una
clase acomodada, no pertenecien-
te a las élites políticas o económi-
cas, sino a profesionales de cierto
valor. Estas personas eran ente-
rradas con signos distintivos que
le eran propios, como los estile-
tes, dejando así constancia de una
formación cultural de la cual se
hallaban orgullosos, algo también
constatado en tumbas del resto
del Imperio.
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ban mesa, sino que escribirían en una
silla colocando un tablero sobre las
rodillas; o de pie, como muestra un
relieve en Maria Saal, Austria, donde
el librarius tiene apoyado el pie sobre
una capsa, un contenedor de forma
cilíndrica donde se guardaban los ro-
llos.
Cabe destacar que para escribir
con estiletes, la mano no podía entrar
en contacto con las tablillas de cera,
pues se corría el riesgo de que la tem-
peratura del cuerpo calentara la cera
y, al pasar la mano se borraran trazos
débiles; o que la cera que sobraba al
trazar sobre ella se presionara sobre
la superfcie e hiciera ilegible el texto.
Los estiletes se han hallado a lo
largo y ancho de toda Europa, tanto
en ciudades como en el campo, por
lo podemos decir que la escritura es
tanto un hecho urbano como rural.
Estos instrumentos fueron usados
por un amplio espectro social. Es
de interés reseñar su aparición en un
alto número de asentamientos humil-
des, de lo cual se puede deducir que
el acceso a los materiales de escri-
tura, y lógicamente a la formación
que llevaba su uso, no se limitaba
a las élites sociales. Paralelamente,
los styli suelen aparecer vinculados
sobre todo a contextos funerarios y
vertederos, y se hallan con frecuen-
cia también en las vías cercanas a las
ciudades y en las inmediaciones de
los pórticos.
Es curioso observar que cuan-
do en las ciudades se asocian a un
uso doméstico, han tendido a apa-
recer no en las domus más lujosas
sino en las más humildes: se piensa
que el motivo de ello es que en ta-
les viviendas los estiletes, al caer, se
perderían en el barro, mientras que
sobre pavimento de mosaico de una
domus señorial se encontrarían más
fácilmente.
Los usos que tenían los estiletes
y las tablillas eran múltiples, pues
eran el instrumental de los niños en
las escuelas ya desde la época hele-
nística; servían para escribir notas,
para componer textos, etc. Incluso se
da el caso, en Pompeya, de haberse
utilizado en un archivo personal para
consignar notas sobre préstamos y
subastas. Igualmente, en los archi-
vos de la administración se escribían
cierto tipo de textos sobre tabulae
ceratae. También se usaron para
albergar obras literarias, como nos
cuenta Apuleyo: «Yo, situado a corta
distancia, lamentaba de veras no te-
ner a mano tablillas y estilete para
anotar tan delicioso cuento».
De la pervivencia de los estile-
tes y la escritura sobre cera una vez
caído el Imperio romano, tenemos
constancia de su empleo por parte de
San Isidoro de Sevilla, quien asegu-
ra que «la cera es el material para la
escritura; es la nodriza de los niños,
pues ella despierta el ingenio de los
niños y sus primeros sentidos». Es
más, algunas miniaturas sobre códi-
ces medievales muestran a clérigos
escribiendo sobre tablillas de cera
con estiletes. ◙
• BIRT, T. (1907): Die Buchrolle in
der antike Kunst. Leipzig.
• BOZIC, D. y FEUGÉRE, M.,
(2004): Les instruments de
l´écriture. Gallia.
• SABIO GONZÁLEZ, R.; ALON-
SO, J. (2011): “Instrumentos de
escritura en las colecciones del
Museo Nacional de Arte Romano
de Mérida: estiletes y espátulas”.
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cas, 11, 2006. [En prensa].
• SCHALTENBRAND-OBRECHT,
V. (1998): “Wie wurden eiserne
Stili in römischer Zeit hergestellt
und verziert?”. En R. Ebersbach
y A. R. Furger (eds.), Mille Fiori.
Festschrift für Ludwig Berger zu
seinem 65. Geburtstag. Augst.
PARA SABER MÁS:
Relieve funerario que resalta la
altura intelectual del fallecido.
Un servidor toma apuntes en
una tablilla mientras el amo va
dictando.
*
El artículo respeta la grafía utilizada
por los autores del trabajo para de-
signar al instrumento romano de es-
critura. No obstante, para despejar
posibles dudas entre el stylus que
protagoniza el texto y el stilus que
da nombre a la revista, aclararamos
que ambas formas coexisten en do-
cumentos clásicos. En una lengua
como el latín, que no se normalizó
hasta fechas recientes, la grafía con
“y” parece obedecer a una mayor ex-
posición a las influencias helenísticas.
Este cultismo podría reflejar incluso
una diferenciación fonética en dife-
rentes partes del Imperio.
54 hiems·mmdcclxvi·auc
Por Filomena Barata.
Miróbriga se sitúa en el Bajo Alentejo
Litoral, en las proximidades de la ciu-
dad de Santiago do Cacém. A día de
hoy, los testimonios de su poblamien-
to romano se encuentran expuestos
en el museo municipal de Santiago
do Cacém y en el centro de interpre-
tación del propio yacimiento, al que
accedemos cerca de la capilla de San
Bras. El pequeño templo es el único
edifcio en pie de la antigua ciudad de
Miróbriga.
La ciudad de Miróbriga gozaba
de una óptima situación estratégica,
al dominar una amplia franja areno-
sa que se extiende hasta el océano, a
unos 15 kilómetros en línea recta. Los
recursos agrícolas y mineros del en-
torno debieron de conferir a la ciudad
importantes funciones comerciales.
El lugar fue habitado desde por lo
menos la Edad del Hierro por pueblos
de posible fliación céltica. El topóni-
mo terminado en “-briga”, común a
más de un centenar de sitios arqueo-
lógicos peninsulares, puede signifcar
poblado fortifcado o edifcado en un
punto alto. La implantación latina en
Miróbriga fue condicionada por esta
ocupación anterior, así como por la
red de relaciones establecida entre las
comunidades de la Edad del Hierro.
Miróbriga entró en la esfera de in-
fuencia romana en el siglo II a. C.
Los habitantes de la ciudad debieron
de someterse al poder de Roma, que
declaró al núcleo oppidum stipendia-
rium. Esto es, fueron declarados li-
bres aunque sometidos a los distintos
tipos de impuestos y cargas fscales.
El material arqueológico encon-
trado en el yacimiento prueba que el
asentamiento llegó a su máxima ocu-
pación en el siglo I de nuestra Era. Es
Poblada desde la Edad del
Hierro, Miróbriga pasó a
ser dominio romano en el
siglo II a. C. Desde en-
tonces fue un importante
nodo comercial cuyo rastro
perdura hasta más allá del
siglo IV. Repasamos varios
ambientes de esta urbe
para descubrir cómo vivían
sus habitantes, así como
sus usos y creencias. Cons-
trucciones como el foro,
las termas y el hipódromo
hicieron de Miróbriga un
centro de romanización en
la Lusitania.
MIRÓBRIGA
Foro de Miróbriga, presidido por las ruinas de un templo sobre podio.
El foco romanizador
del Bajo Alentejo
ASENTAMIENTOSHISPANOS
Foto: Sergon Photos
55
invierno·2013
probable que obtuviese la municipa-
lización en este mismo siglo y que se
benefciase del Edicto de Latinidad
del emperador Vespasiano (73-74 d.
C.), junto a otras ciudades de la Pe-
nínsula.
Desarrolladas por esta razón las es-
tructuras municipales para dotarse de
una organización acorde a las nuevas
necesidades, se acometió la remode-
lación urbana correspondiente.
En el siglo III se confrma una enor-
me vitalidad y una intensa ocupación
en Miróbriga, atestiguada por la con-
centración de la cerámica de este pe-
riodo. Esta circunstancia tiende a dis-
minuir en la segunda mitad del siglo
IV. Sin embargo, no se puede hablar
de colapso, porque se sigue importan-
do cerámica de África y continúa el
comercio con el Mediterráneo orien-
tal.
Llegan los moradores romanos
Los romanos ocuparon primero la
parte superior de la acrópolis o for-
taleza prerromana, que tiene una
muralla construida con la técnica de
piedra en seco, dominando el territo-
rio circundante. La ocupación rompió
el amurallamiento en algunas zonas,
como puede verse cerca del templo
central, dedicado al culto imperial.
Aunque no se conoce completa-
mente el perímetro y el tejido urbano
de la ciudad, que solo puede ser acla-
rado por futuras excavaciones, el tra-
bajo de prospección dirigido por Félix
Teichner parece confrmar un área de
ocupación de unas 9 o 10 hectáreas.
La población fja de Miróbriga, por lo
tanto, no debía superar los 2.500 ha-
bitantes, en la línea de las ciudades de
dimensiones pequeñas.
Aun suponiendo que el hipódromo
se encuentra en un lugar periférico en
relación con el centro urbano –dista
un kilómetro del centro de la ciudad–,
es lógico que la zona intermedia tu-
viese las estructuras que normalmente
se desarrollan a partir de los centros
urbanos, como fábricas, villae o gran-
jas.
Por las características particulares
de la topografa y el urbanismo de
Miróbriga, que se asienta en un po-
blado fortifcado de la Edad del Hie-
rro, no es posible encontrar indicios
de un crecimiento defnido a partir de
los ejes viarios principales –cardo y
decumano–, como es común en las
fundaciones latinas de plan ortogonal
o lineal.
Sin embargo, los restos conocidos
nos permiten delimitar el espacio
ocupado por algunas manzanas de
viviendas (insulae) y defnir los reco-
rridos de acceso a algunos de los edi-
fcios públicos, como es el caso del
foro y las termas.
El foro estaba rodeado por una red
viaria en forma de circunvalación.
Las viviendas se disponían en anillos
concéntricos que recuerdan a veces a
modelos urbanos medievales. Entre
las vías se implantaban áreas comer-
ciales y habitacionales. Las casas se
adaptan a la pendiente, y los desnive-
les son vencidos con grandes escale-
ras que comunican las vías.
Todos los tramos de calzadas cono-
cidos muestran grandes lajas asenta-
das directamente en el aforamiento
pizarroso o sobre el suelo, y carecen
de cualquier tratamiento para su co-
locación.
En algunos puntos, esas calzadas
presentan rebordes laterales cubier-
tos con opus signinum, una mezcla
de tierras que se relaciona con la im-
permeabilización de la entrada de las
tiendas (tabernae) y de las vivien-
das. En otros casos, se puede ver la
construcción, con una técnica irregu-
lar (opus incertum), de conductos de
desagüe hacia las cloacas, pavimen-
tados con materiales cerámicos. Así
acontece en el área habitacional cer-
cana a la entrada actual a las ruinas
y en el lado suroeste del foro, donde
solo restan algunos vestigios de la
vía pública. Estas cloacas estaban
cubiertas, aunque actualmente no
existan vestigios de estas coberturas.
Solo se conocen algunas viviendas
de las muchas que existieron en el nú-
cleo urbano de Miróbriga. De un lado
y del otro de la calzada que se en-
cuentra en la entrada actual del yaci-
miento, se pueden ver varias insulae,
cuyos datos arqueológicos apuntan a
una ocupación ininterrumpida entre
los siglos I y IV d. C.
A pesar del conocimiento incipien-
El estatus municipal de Miróbri-
ga obligaba a tener personal ad-
ministrativo y una estructura de
cierta complejidad. Este hecho
puede rastraerse en la existencia
de un magister, Cayo Julio Ruf-
no, dedicante de un ara a Venus,
y de Marco Julio Marcelo, alcalde
y duunviro.
Otro ejemplo que confrma la
complejidad administrativa de
Miróbriga es una referencia al
splendidissimus ordo en un altar
dedicado a Esculapio. Esta cita
muestra la existencia de un se-
nado o asamblea local. Tal ordo
decurionum era el responsable
de sancionar casi todos los ac-
tos de la vida local, incluyendo la
celebración de actos religiosos y
festividades e incluso de organi-
zar los juegos en honor a Minerva
(quinquatrus) en el hipódromo
de Miróbriga.
El hallazgo de esta pieza que
habla del splendidissimus ordo
tiene gran importancia admi-
nistrativa pero también ayuda a
dilucidar la vida religiosa de la
comunidad. El hecho de estar de-
dicada a Esculapio hizo que du-
rante décadas se atribuyese a su
culto el templo central del foro.
Sociedad
compleja
Inscripción hallada en Miróbriga.
56 hiems·mmdcclxvi·auc
te de las zonas habitacionales de esta
área, las manzanas son de diferentes
medidas. En función de las calles y
de los accesos públicos varían entre
los 25 y los 30 metros de longitud.
Algunos de los bloques tenían canali-
zaciones de agua, como se pudo veri-
fcar durante los trabajos de limpieza
y restauración en la Casa con Frescos.
Junto a la entrada existía un pequeño
tanque, posiblemente de aprovisiona-
mento de agua, que era alimentado
por tuberías de plomo.
Un foro en varias alturas
En la zona más elevada del aglome-
rado urbano, sobre un área anterior,
fue edifcado un foro, en el que se
implantaban los edifcios político-
administrativos y religiosos.
El foro de Miróbriga puede consi-
derarse de pequeñas dimensiones res-
pecto a otros de la Lusitania. Poseía
dos alas en forma de L, para cerrar la
plaza. Pero el elemento que dominaba
el conjunto era un edifcio religioso:
un templo in antis, cuya fachada prin-
cipal se orientaba a la plaza pública.
El acceso se producía a través de es-
caleras laterales del podium sobre el
que se elevaba, produciendo un nota-
ble efecto escenográfco.
El aspecto monumental de la plaza
pública se reforzó gracias a la cons-
trucción en diferentes alturas. Se cor-
tó y aplanó la roca para crear varias
plataformas. Esta situación es bien
visible en el lado norte del foro, don-
de un gran muro de contención vence
la diferencia de alturas existente entre
las dos plataformas. En la más alta se
localizan el templo anteriormente ci-
tado y otro edifcio religioso de planta
absidial, que ha sido atribuido al culto
a Venus.
Cabe destacar que en Miróbriga
existen testimonios arqueológicos del
culto a la diosa del amor. En concreto,
se hallaron fragmentos de una estatua
de la Venus Capitolina y dos inscrip-
ciones dedicadas a esta divinidad.
Asimismo, en el centro del ábside de
la construcción aneja al templo, es vi-
sible la base de un altar.
A una cota más baja que el templo
se extendía la plaza pública propia-
mente dicha, en la que se encuen-
tran las edifcaciones habituales de
los foros provinciales: la basílica y,
en un espacio anexo, lo que debía de
ser la curia. Al sur y oeste del foro,
a un nivel inferior, se encontraba la
zona comercial, en la que las taber-
nae se adosaron a un tercer talud de
opus caementicium.
Las tiendas son de pequeñas dimen-
siones y se sitúan al nivel de la calle.
En algunos casos poseían aposentos
en un piso superior, al que se accedía
a través de escaleras. Los depósitos o
almacenes podían localizarse en com-
partimientos interiores, en la parte de
atrás de las tabernae.
La existencia de una argolla de
hierro clavada y soldada en una de
las construcciones de esta zona co-
mercial, al sur del foro, contribuye a
acentuar la idea de que ahí se desa-
rrollasen las actividades mercantiles.
Asimismo, en una taberna de planta
irregular situada junto a la escalinata
de acceso al foro se encontró un sillar
decorado con una cabeza de toro de
estilo naturalista.
Un paseo por las termas
Aprovechando la depresión natural
del terreno, que ayuda a la captación
y a la concentración de las aguas plu-
viales, los romanos instalaron unas
termas públicas en una de las zonas
más bajas de la ciudad y ligeramente
alejada de la zona céntrica.
Para llevar a cabo el plan, se adosa-
ron dos edifcios de construcción no
muy distante en el tiempo. Es más, la
existencia de dotaciones conectadas,
sobre todo la red de desagües, permi-
te suponer que ambas construcciones
pueden ser parte de un proyecto con-
temporáneo.
El edifcio oriental, a una cota más
baja que el occidental, se excavó en
el aforamiento pizarroso. Nada más
sobrepasar la puerta se accedía a una
zona porticada, que debía de circun-
dar una pequeña palestra. En la zona
norte de la presunta palestra, se si-
tuaba un vestuario (apodyterium) de-
corado con frescos, y a todo lo largo
del cual se extendía un banco de obra
revestido de opus signinum.
Del apodyterium se podía pasar al
frigidarium y a la piscina, que aún
presenta un revestimiento íntegro de
opus signinum. Sobre el vaso de la
piscina, pinturas al fresco decoraban
este ámbito. El frigidarium se comu-
nicaba con la zona templada (tepida-
rium) y la caliente (caldarium).
Junto a la zona de alimentación del
horno que calefactaba estas estancias
(praefurnium), se detectó una enorme
concentración de cenizas, confrman-
do la identifcación del comparti-
miento.
El edifcio termal occidental está
en mejor estado de conservación.
Aunque no totalmente excavado,
puede considerase como un buen
Se han hallado en el
yacimiento fragmen-
tos de una estatua
y dos inscripciones
dedicadas a Venus
El terreno abrupto sobre el que
se asentó Miróbriga, así como su
pasado prerromano, impusieron
ciertas limitaciones a la ciudad
romana. Sobre estas líneas, el plano
y la fotografía aérea del foro, que
se construyó en varias alturas para
adaptarse a los desniveles.
57
invierno·2013
ejemplo de los balnearios de las
provincias occidentales. El edifcio,
construido casi integramente en opus
incertum, presenta una fachada más
cuidada, con grandes sillares cuya
utilización parece apuntar al periodo
neroniano o posterior.
Para acceder al edifcio se descien-
den tres escalones al pie de los cuales
había tres altas columnas cilíndricas
que fueron trasladadas por Fernando
de Almeida al foro, cuando se realizó
su reconstrucción.
Se podía acceder a las letrinas o,
a través de una puerta de grandes
dimensiones, a una amplia sala (ves-
tibulum) que tenía anexos dos com-
partimientos más pequeños, posible-
mente con funciones de vestuario.
El pavimento del vestibulum estaba
revestido con losas de calcáreo do-
lomítico. En esta zona encontramos
una zona de nichos en los que podría
haber sido colocado algún elemento
escultórico.
Del vestibulum se accedía a través de
dos entradas al frigidarium, de forma
rectangular y con dos piscinas en los
lados más cortos. Una estaba dentro
de una estructura en forma de nicho.
La otra es bastante más honda y casi
se podría tratar de una pequeña piscina
para practicar la natación (natatio).
Un pequeño corredor lleva a una es-
tancia caldeada con hipocausto y equi-
pado con soportes verticales –pilae–,
posiblemente un sudatorium. De ahí
se pasaba al tepidarium, con paredes
dobles edifcadas en opus testaceum
para mantener calientes los comparti-
mientos.
Por último, el caldarium poseía dos
pequeños espacios anexos (alvei), que
presentan desagües de plomo. El cal-
darium se orientaba hacia el suroeste
para aprovechar el calor de la tarde.
El pavimento de las zonas destina-
das a los usuarios de las termas estaba
revestido con opus signinum, sobre el
cual fueron colocadas lajas calcáreas.
Algunas de las salas del tepidarium y
del caldarium tenían ventanas a po-
niente, que daban al patio o pequeña
palestra.
La mayoría de los compartimientos
de las termas occidentales estaban re-
vestidos de placas calcáreas, ya sea en
el pavimento o en las paredes, para un
fácil mantenimiento del edifcio. Es-
tas placas eran fjadas a la pared me-
diante espigones de cobre o bronce.
Recientemente se descubrió un de-
pósito edifcado a una altura superior
al complejo termal, que debía de ga-
rantizar el abastecimiento de agua. Po-
siblemente estaría cubierto para garan-
tizar la limpieza del agua y difcultar la
evaporación. Por otro lado, un conduc-
to abovedado evacuaba las aguas a una
cloaca aún visible junto al puente.
El suministro de agua probable-
mente se reforzaba con una fuente
cercana, cuya existencia se deduce a
partir de un canal que discurre por las
cercanías de la zona.
Espectáculos pagados por la elite
Los lugares de espectáculo (teatros,
anfteatros y circos) fueron en las
provincias una forma de facilitar la
romanización, pues incentivaban el
desplazamiento periódico de los habi-
tantes rurales a la ciudad. Eran, ade-
más, locales ideales para la expansión
de la mística imperialista.
La construcción de un hipódromo
en Miróbriga debe haber obedecido
al mismo principio de contribuir a la
difusión de la ideología imperial. Co-
nocemos el legado testamentario de
un medicus, Cayo Atio Januario, que
dejó dinero al consejo municipal para
que organizara los quinquatrus, jue-
gos que posiblemente se realizarían
en el hipódromo.
Este edifcio distaba aproximada-
mente un kilómetro en línea recta de
la zona céntrica del aglomerado urba-
no, como acontece en muchos locales
de espectáculo con estas caracterís-
ticas, que son alejados por motivos
prácticos, dada la gran afuencia de
público. ◙
• BARATA, F. (1998): Miróbri-
ga: Urbanismo e Arquitectura.
IPPAR. Lisboa
• BARATA, F. (2011): “Conheça
o Forum de Miróbriga mais em
pormenor”, en la web Portugal
Romano. (http://www.portugalromano.
com/2011/04/conheca-o-forum-de-mirobri-
ga-mais-em-pormenor/)
• CORREIA, V. H. (1990): Miró-
briga, roteiros da arqueologia
portuguesa. Instituto Português
de Património Cultural. Lisboa.
• HAUSHILD, T. (1989-90): “Ar-
quitectura religiosa romana em
Portugal”, en Anas. Museo Na-
cional de Arte Romano. Mérida.
PARA SABER MÁS:
Las termas de Miróbriga son
uno de los mejores ejemplos
conservados de la Lusitania. En
la imagen, detalle del hipocausto
de uno de los edifcios, con los
típicos pilares construidos con
ladrillos.
58 hiems·mmdcclxvi·auc
ELRINCÓNDEESCULAPIO
LA MEDICINA MILITAR (y III)
Por Salvador Pacheco.
El criterio militar era prioritario en la
planifcación de los campamentos le-
gionarios, pero no era el único. Tam-
bién se tenían en cuenta la higiene y
comodidad personal de los soldados,
a juzgar por la existencia de termas
en algunos de ellos. Los tratadistas
recomendaban, incluso, que los cam-
pos de instrucción fuesen cubiertos
para protegerse del sol, lluvia y otras
inclemencias.
Uno de los factores que infuye
decisivamente en la calidad de vida
de los soldados es la salubridad del
entorno. Los teóricos recomenda-
ban el frecuente cambio de ubica-
ción de acuartelamientos no perma-
nentes para evitar la propagación de
enfermedades por la contaminación
del agua y el ambiente (Vegecio,
III, 2). Por estas mismas razones,
en los campamentos permanentes se
pretendían construir las infraestruc-
turas necesarias para el aporte de
agua fresca, se practicaban comple-
jos sistemas de drenaje que evitaran
la inundación del acuartelamiento o
se cavaban fosas sépticas y letrinas.
Para el caso de que, pese a las me-
didas de higiene, un soldado cayese
enfermo o fuese herido en batalla, los
campamentos se dotaron desde bien
pronto de recintos sanitarios. Los pri-
meros hospitales en los campamentos
republicanos, más o menos estables,
debieron de estar formados por sim-
ples tiendas de campaña.
En época imperial, con el estable-
cimiento de fronteras cada vez más
lejanas, se multiplicaron los campa-
Los legionarios heridos o
enfermos recibían cuida-
dos para reestablecerse
lo antes posible. El lugar
donde eran tratados, el
valetudinarium, fue adqui-
riendo unas características
bien defnidas que pre-
tendían hacer la estancia
más cómoda y mejorar la
atención. El estudio de es-
tos recintos completa una
serie de artículos dedicados
al sistema sanitario en la
legión y a los profesionales
que trabajaron en él.
Foto: Paco Bernal
Un largo corre-
dor y las habita-
ciones alineadas
a ambos lados
marcan el lugar
donde estuvo
el hospital del
campamento
de Carnuntum,
actual Petronell
(Austria).
Reposo y recuperación
en el campamento
59
invierno·2013
mentos permanentes, que disponían
de hospitales estables, llamados va-
letudinaria. Esta palabra proviene
del término valetudo (salud).
Los primeros valetudinaria es-
tarían formados por simples tiendas
de campaña, pero más adelante pa-
sarían a fabricarse en madera y, des-
pués, en piedra y mampostería. Un
cuidadoso diseño intentaba aportar
las mayores comodidades a heridos
y enfermos. Así, el hospital podía
disponer de baños independientes
del resto del acuartelamiento o, en
su defecto, un acceso privilegiado
a estos y a las letrinas del campa-
mento. Contaban, al parecer, con
una cocina propia, que podía estar
dentro del mismo hospital y permi-
tía preparar dietas prescritas.
Una buena ventilación e ilumina-
ción, así como la tranquilidad de los
heridos y enfermos, eran cuestiones
muy tenidas en cuenta. Por eso, es-
tos edifcios eran construidos, en
general, en una zona privilegiada
del castrum, en una zona céntrica
del acantonamiento, lejos de los
proyectiles en caso de asedio. Ade-
más, se intentaban evitar zonas mo-
lestas o insalubres, en favor de otras
con fácil abastecimiento de agua y
junto al praetorium (Hyginio, De
Munitionibus Castrorum, X), aun-
que esta regla general no siempre
parece cumplirse.
El valetudinarium de obra solía
tener planta cuadrada o rectangular,
con un gran patio interior abierto a
múltiples pórticos, y espacios libres
que permitían la ventilación.
Cuando una legión en marcha pa-
raba para levantar un campamento
temporal, el hospital se instalaba a
la vez que el resto de las dotaciones.
Sus tiendas trataban de imitar a los
hospitales estables: se agrupaban en
un cuadrado o rectángulo, a modo
de pabellón, próximas a una letrina
adyacente.
El ejemplo suizo
Las características comunes de los
hospitales de campaña nos son co-
nocidas por el estudio y cotejo de
varios ejemplos que han llegado
hasta nuestros días. Uno de los más
conocidos es el de Vindonissa. Fue
construido en madera por la XIII
Gemina hacia el año 12 a. C. y, a
comienzo del siglo II, se remodeló
en piedra por parte de la XI Claudia.
Se componía de cuatro alas de dos
pisos que delimitaban un patio cen-
Entre los recintos miilitares mejor conocidos del orbe romano destacan
el valetudinarium de Vindonissa (hoy Windisch, en Suiza) y el de Castra
Vetera (Xanten, en Alemania), pero hay muchos otros localizados:
• Haltern, en Renania del
Norte-Westfalia. Estaba
situado en el interior de la
Germania, y posiblemente
se trate del famoso fuer-
te de Alisum, el único que
resistió tras el desastre de
Teutoburgo. Los veranos
entre los años 12 a. C. y
9 d. C. fue ocupado por las
legiones XVII y XIX.
• Novaesium, en la Ger-
mania Inferior, pertenece
a Neuss, en la actual Re-
nania del Norte-Westfalia.
Fue el primer valetudina-
rium reconocido como tal.
• Bona, en la Germania Inferior. Es hoy Bonn (Alemania)
• Lauriacum, en Nórica, es Lorch (Austria).
• Carnuntum, en Panonia Superior. Hoy es Petronell (Austria).
• Aquincum, en Panonia Inferior. Está en Budapest (Hungría).
• Vindobona, en Panonia Superior, es Viena (Austria).
• Isca Silurum, en Britania, se sitúa en Caerleon, en Gales.
• Vercovicium, junto al Muro de Adriano, es la actual Housesteads
(Reino Unido).
• Segedunum, de época de los Severos, en el extremo este del Muro
de Adriano, en Wallsend (Reino Unido).
• Castra Pinnata, cuartel de la XX Valeria Vitrix en Caledonia durante
los años 84-88 d. C. es hoy Inchtuthil, en Escocia (Reino Unido).
Los hospitales militares
más estudiados
Plano del hospital de Carnuntum.
Reconstrucción hipotética del hospital de Vindonissa.
Los heridos se aco-
modaban en una zona
confortable y a salvo
de proyectiles en caso
de asedio
60 hiems·mmdcclxvi·auc
tral, posiblemente ajardinado. Cada
ala tenía dos flas de habitaciones
separadas por un corredor. La fa-
chada se abría a la calle en forma de
pórtico, con un gran recibidor cen-
tral de entrada.
Exceptuando un pequeño dispen-
sario, ubicado junto al patio interior
y destinado a consultas y tratamien-
tos externos, todo el edifcio se cen-
traba en la atención a los ingresa-
dos. Para ellos había habitaciones,
las más grandes de las cuales podían
alojar a ocho enfermos. En total,
todo el edifcio podía albergar a 480
pacientes. Las habitaciones daban
a un corredor central, mientras que
sus ventanas se abrían a un patio in-
terior o a la calle. El edifcio tenía
cocina y letrinas.
Un caso hispano
También campamentos menores tu-
vieron su centro hospitalario en el
El campamento de Castra Vetera I
estuvo en uso desde fnales del si-
glo I a. C. hasta principios del siglo
II d. C. Dentro de la empalizada
se encuentra un ámbito de planta
cuadrada, de 83 metros de lado. Se
interpreta como un hospital, cuyo
acceso se producía a través de la
fachada que da al norte. La puerta
de entrada se abre a un atrio que
comunica con un cuerpo de guar-
dia. Atravesando el cuerpo de guar-
dia se llegaba a una gran sala que
parecía servir de zona de reuniones
y sala de visita a los enfermos. Era
una amplia habitación que daba
paso a una cámara que, como tam-
bién vemos en Neuss, estaba a un
nivel más bajo que el área ajardina-
da que la rodea.
Algunos autores han querido ver
en esta estancia un quirófano, y ex-
plican su posición rehundida como
un intento de obtener la mejor ilumi-
nación. Esta hipótesis parte de una
cita de Celso donde se recomienda
un lugar bien iluminado para llevar
a cabo la operación de cataratas (7,
7, 14C). Lo cierto es que dadas las
escasas posibilidades de la cirugía
de la época, probablemente muchas
intervenciones no precisarían de un
quirófano propiamente dicho, y po-
drían realizarse en la habitación del
paciente.
Compartiendo el muro derecho
con la sala de visitas se encontraba
la cocina. Solo el pasillo que circun-
valaba todo el edifcio la separaba
de las estancias dedicadas a alma-
cenamiento. En en lado opuesto de
la sala de visitas, se encontraban la
letrina y los baños. Según Von Pe-
trikovitz, todos los valetudinaria te-
nían baños, pero lo cierto es que no
existen evidencias sufcientes para
poder apoyar tal afrmación. Incluso
en aquellos hospitales donde apare-
cen restos de un hipocausto –como
sucede en el de Carnuntum– tam-
poco es una prueba absolutamente
concluyente, pues podrían ser los
retos de un sistema de calefacción
en aquellas frías latitudes.
En cualquier caso, es cierto que
los baños eran un medio terapéutico
en la antigua Roma. Algunos solda-
dos convalecientes eran enviados
a balnearios como los de Baden-
Baden, en Alemania, o Bath, en
Inglaterra, para su recuperación. El
propio von Petrikovitz hace extensi-
bles las consideraciones benéfcas a
las letrinas que, afrma, nunca de-
bieron de faltar entre la infraestruc-
tura obligada del hospital militar. Sin
embargo, esta afrmación suscita las
mismas objeciones que las referen-
tes a la omnipresencia de los baños.
Dejando atrás el lado norte, las
otras tres alas del edifcio parecen
estar dedicadas al cuidado de los
legionarios. Un pasillo en forma de
U recorría el conjunto abriéndose a
uno y otro lado a las distintas estan-
cias destinadas a los enfermos.
Las habitaciones, con unas di-
mensiones de 3,4 por 4,2 metros y
una altura de cinco metros, tenían
capacidad para tres camas. Este
cómputo plantea ciertos problemas,
ya que da una capacidad escasa
(180 enfermos) en comparación con
el de Vindonissa; más aun si tene-
mos en cuenta que alojó durante
mucho tiempo dos legiones. Este
dato hace pensar que pudieran exis-
tir sendos hospitales, uno por legión.
Esto quiere decir que todavía no ha-
bría sido desenterrado un segundo
hospital. Aunque también se espe-
cula con la posibilidad de que, pasa-
do el año 70, cuando Castra Vetera
quedó como acantonamiento de una
única legión, el segundo valetudina-
rium habría sido destruido y su em-
plazamiento, reutilizado.
Las habitaciones para los enfer-
mos estaban colocadas en parejas,
compartiendo entrada, a lo largo de
El hospital de Castra Vetera
El edifcio se disponía
en torno a un patio en
el que podían cultivar
hierbas medicinales
para los enfermos
61
invierno·2013
que se tiende a mantener, en cierto
modo, las líneas generales descritas
para los valetudinaria. En la Penín-
sula Ibérica se especula con la exis-
tencia de uno de estos hospitales en
Aquis Querquennis, aunque algunos
autores barajan la posibilidad de
que se tratara del pretorio del cam-
pamento.
Situado en la parroquia de Ba-
ños de Bande (Galicia), estuvo en
uso entre el último cuarto del siglo
I, desde el reinado de Vespasiano
hasta el 120 d. C. en que es abando-
nado. Se supone que pudo ser utili-
zado por la Cohorte I Gallaica, uni-
dad mixta de caballería e infantería,
subordinada a la Legión Séptima
Gémina, acantonada en León. Su
misión era proteger la Vía XVIII o
Via Nova, que comunicaba Bracara
Augusta (Braga) y Asturica Augusta
(Astorga).
El presunto valetudinarium
presenta una planta casi cuadrada
(24,20 por 24,40 metros), con pare-
cidas dimensiones a la de Benwell
(24,7 por 22,5 metros). Estaba cons-
truido en piedra, con un impluvium
central rodeado de un peristilo so-
portado por pilastras de madera, al
que se abrían las habitaciones. Su
techo era de teja y se han descubier-
to conducciones que llevaban las
aguas de drenaje hacia lo que eran,
posiblemente, las letrinas. Este tipo
de canalizaciones se encuentran en
otros valetudinaria.
Estas características aproximan
este recinto sanitario a otros hospi-
tales de menores proporciones como
el del campamento de Vindolanda,
en Inglaterra. ◙
• BAKER, P. (2009). “Archaeological
remains as a source of evidence for
Roman medicine” en Medicina Anti-
qua. University of Kent. Canterbury.
• JETTNER, D. (1966): “Geschichte
des Hospitals” en Sudhoffs Archive
für Geschichte der Medizin und der
Naturwissenschaften 11. Franz Stei-
ner Verlag GMBh. Wiesbaden.
• JOHNSON, A. (1983): Roman Forts.
Adam & Charles Black. Londres.
• KOENEN, C. (1904): Beschreibung
von Novaesium. Bonner Jahrbucher
111/112. Bonn.
• PENSO, G. (1984): La médeci-
ne romaine. Les Editions Roger
D´Acosta. Paris.
• VON PETRIKOVITZ, H. (1975):
Die Innenbauten römischer Legions-
lager während der Prinzipatzeit.
Westdeutscher Verlag. Berlín.
PARA SABER MÁS:
Foto: David Garrido
un pasillo. Esta misma disposición,
que se puede apreciar también en
el hospital de Novae, en la Mesia
Inferior, permitía dotar de luz y
ventilación a los cuartos, al dar, o
bien al exterior, o al patio del hos-
pital. Este patio estaba porticado y,
probablemente, en él se cultivarían
plantas medicinales que pudieran
ser de uso médico en el hospital,
tradición que se mantuvo en los
monasterios medievales.
En la fachada sur del hospital
parece encontrarse la habitación
destinada al médico de guardia y,
frente a esta, la destinada a far-
macia. No muy lejos, en el ángu-
lo suroeste, autores como Davier,
Liberati y Silverio han querido ver
una estancia dedicada al depósito
de cadáveres.
Otra dependencia, que algu-
nos autores han defendido –sin
base arqueológica que lo justif-
que– como siempre presente en
un valetudinario, es la de una capi-
lla para ceremonias religiosas. Así,
Dyzcek menciona la existencia de
un pequeño santuario dedicado a
las deidades curativas (Esculapio,
Higía, Júpiter y Minerva) en Novae.
Actualmente, la corriente re-
visionista pretende poner de
manifesto, a través de las pun-
tualizaciones anteriores, que la in-
terpretación de los espacios de los
hospitales militares romanos ha
estado muy infuida por la disposi-
ción de los propios recintos hospi-
talarios del siglo XIX.
Estancia del hospital de Aquis Quer-
quennis y reconstrucción del pórtico
que daba acceso a las instalaciones.
62 hiems·mmdcclxvi·auc
Por César Figueiredo.
Desde siempre el diseño ha sido parte
de la esencia humana. Es normal pen-
sar en esta práctica como algo inteli-
gible, de forma acabada y con sopor-
te propio. Pero no es del todo común
juzgar el diseño como forma de pen-
samiento y de producción de conoci-
miento. Para Marques, «la práctica
del diseño está íntimamente ligada al
desarrollo de una idea», de una “visión
mental”. Es un deseo que se vuelve ne-
cesidad innata de transformar un pen-
samiento en algo palpable y visual.
«A través del diseño es posible ob-
servar mejor, entender, registrar y co-
municar hechos y conceptos de cien-
cia», dice Pedro Salgado. Es por eso
que el diseño arqueológico, como en
otras áreas científcas, continúa pre-
friéndose la fotografía porque en la
mayoría de casos permite un mejor re-
gistro visual, capaz de adecuarse a las
necesidades de representación.
El diseño en arqueología es des-
criptivo y evidencia formas y trazos
marcados por la acción humana. Al
contrario que en las ciencias naturales,
que pretenden representar tipos a tra-
vés de las características más comunes
de cada especie, en la arqueología no
existen dos artefactos iguales. Se vuel-
ve por eso, imposible “caricaturizar”
cualquier ruina o cualquier elemen-
to de expolio. A este propósito, Luís
Fortunato Lima refere sobre el diseño
en la Biología: «En la zoología, los
diseños de animales representan espe-
cies. Esto signifca que fguran carac-
terísticas particulares de esa especie,
excluyendo los trazos de ejemplares
particulares. Así un caso concreto se
convierte en un individuo emblemáti-
El estudio de las artes y los
monumentos de la Antigüedad
usa a menudo las representa-
ciones visuales de los hallazgos
para plasmar con fdelidad las
características de los restos
encontrados. El diseño es una
herramienta fundamental para
el arqueólgo. Sin embargo,
los esfuerzos de divulgación
recurren muchas veces a una
práctica con grandes dosis de
imaginación y creatividad: la
ilustración. Ambas disciplinas
son aliados insustituibles para
conocer mejor nuestro pasado.
ARQUEOLOGÍA
DISEÑO E ILUSTRACIÓN
Un apoyo al
estudio arqueológico
arqueológico
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C
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s
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g
u
e
i
r
e
d
o
63
invierno·2013
co». En el diseño arqueológico no se
podrían representar especies, ya que
no sería práctico crear una categoría
“modelo” para cada artefacto.
El diseño y la ilustración arqueo-
lógica son vistas muchas veces como
áreas de apoyo para el estudio o so-
porte de transmisión de información
para la Arqueología. En verdad, exis-
ten diferencias bastante signifcativas
entre los conceptos de diseño arqueo-
lógico e ilustración arqueológica.
Ambas son diseños científcos, pero
mientras que el diseño contribuye a la
representación técnica de materiales
arqueológicos tales como cerámicas,
objetos líticos, vidrios o metales, en-
tre otros, la ilustración privilegia la
visualización de los objetos en el con-
texto en el que fueron usados, aunque
a veces podamos utilizar esta disci-
plina para la representación de ma-
teriales. De este modo, la ilustración
pasa a ser un campo de acción mucho
más amplio que contempla, no solo la
representación de hallazgos, sino que
se extiende a la visualización de los
objetos en la Antigüedad.
La recreación de ambientes históri-
cos y arqueológicos posibilita el enten-
dimiento de un determinado momento
o civilización. Digamos que la ilustra-
ción arqueológica pone el acento en re-
presentar la interacción entre personas,
materiales, animales, medio geográf-
co, etnografa, paisaje e arquitectura en
su vivencia activa del pasado. ◙
• HODGES, E. R. S. (2003): Guild
Handbook of Scientifc Illustra-
tion. Wiley & Sons Hoboken. New
Jersey.
• MADEIRA RODRIGUES, A. L.
(2000): O Desenho. Ordem do
pensamento arquitectónico. Edito-
ral Estampa. Lisboa.
MARTINS, M. (2004): “Urbanismo
e Arquitectura em Bracara Au-
gusta. Balanço dos contributos da
Arqueologia Urbana”, en las actas
del congreso “Simulacra Romae.
Roma y las capitales provinciales
de Occidente”. Tarragona.
• MARQUES, J. S. (2006): As
imagens do desenho: percepção
espacial e representação. Traba-
jo de síntesis presentado para la
prueba de capacidad científca, en
Oporto.
• PIMPAUD, A. B. (1999): Les
Applications de L’Infographie 3D a
L’Archeologie. Tesis dirigida por A.
M. Guimier Sorbets. Universidad
de Paris-X-Nanterre.
• STEINER, M. (2005): Approaches
to Archaeological Illustration: A
Handbook. Council for British Ar-
chaeology. York.
PARA SABER MÁS:
Los diseños arqueológicos (arriba, representación de una fgurilla de Tyche) es un
soporte más de datos científcos. Las ilustraciones (abajo, infografía ideal de una co-
cina) contextualizan los hallazgos para su mejor comprensión por parte del público.
64 hiems·mmdcclxvi·auc
Por Alejandro Valiño.
El advenimiento del período postclási-
co desde el punto de vista de su data-
ción no es cuestión pacífca. Mientras
que la mayor parte de la doctrina hace
coincidir el inicio de esta etapa con
el cambio político llevado a cabo por
Diocleciano (284 d. C.), Álvaro d’Ors
sitúa el comienzo de este período en
torno al 230 con ocasión del asesinato
de Alejandro Severo, que conllevó un
cambio importantísimo en la historia
constitucional de Roma.
En efecto, el insigne romanista
español advirtió que en torno al año
230 d. C. confuyen una serie de hitos,
algunos de carácter político, otros de
signifcación estrictamente jurídica,
los cuales, contemplados todos ellos
conjuntamente, permiten establecer
una nueva etapa dentro de la jurispru-
dencia romana. En el plano político, el
asesinato de Alejandro Severo sumió
al Imperio en una profunda crisis po-
lítica, desencadenante de una devasta-
dora anarquía militar a la que puso fn
precisamente el cambio propiciado por
Diocleciano con la inauguración del
Dominado y una nueva demarcación
territorial.
También por estas fechas se hacen
patentes las consecuencias de la exten-
sión de la ciudadanía a todos los habi-
tantes del Imperio, exceptis dediticiis,
por efecto de la Constitutio Antoninia-
na promulgada por Caracalla en 212
d. C. Ello comportó que el Derecho
creado por los juristas romanos, de
impronta itálica, tuviese una proyec-
ción sobre todas las comunidades del
Imperio, pese a que muchas de sus
instituciones eran bien distantes de la
idiosincrasia local. Este hecho llega a
producir cierta reacción consuetudina-
ria de signo contrario, concretada en la
conservación de sus propias tradicio-
nes locales en el ámbito del derecho
privado.
Dicha resistencia, constante duran-
te todo el Principado, minimizó los
efectos prácticos de la conquista de la
ciudadanía romana y se proyectó más
bien sobre el cuadro organizativo e
institucional de las ciudades romaniza-
das. Se alcanzó así una cierta unifor-
midad administrativa ya patente a fnes
del siglo III d. C.
En este periodo ya se advierten con
nitidez profundas diferencias entre la
parte occidental y oriental del Impe-
rio, que permiten anticipar la posterior
fragmentación.
En las provincias del Oeste, el fe-
nómeno de la romanización se hallaba
muy extendido, especialmente entre
las élites locales, que en gran medida
habían accedido a la ciudadanía roma-
na a través del Latium minus (en épo-
ca de Domiciano) y del Latium majus
(posiblemente en tiempos de Adriano).
Este fenómeno es de tal envergadura
LAS LEYES DEL BAJO IMPERIO
El asesinato de Alejandro Severo sumió al Imperio en
una anarquía de la que Roma saldría profundamente
cambiada. Esta mutación afectó tanto a sus institucio-
nes como al Derecho que regía las vidas de millones de
personas. La fgura del emperador se revistió de un aura
mayestática. Las leyes, emanadas de su autoridad, se
situaban por encima incluso de las costumbres.
Por la autoridad
del emperador
DERECHOROMANO
65
invierno·2013
que no puede pensarse que el Edicto
de Caracalla mudase en gran medida
las cosas.
La epigrafía de la Hispania romana,
manifestada con generosidad a través
de la lex Irnitana, nos deja testimonio
de cómo en lo no contemplado en la
lex municipalis había de regir el dere-
cho civil.
Primacía sobre la costumbre local
Por contra, en las provincias heleniza-
das ha podido constatarse la supervi-
vencia de formas y tradiciones locales
anteriores, lo que conduce a mitigar
en gran medida el alcance de la ro-
manización efectivamente operada de
partida. Sin embargo, más que en su
misma eclosión, la fuerza de la Cons-
titutio Antoniniana ha de encontrarse
en la onda expansiva que de a poco
fue propiciando, hasta el punto de que
en el siglo IV puede constatarse una
general primacía del ordenamiento
jurídico de Roma, frente al cual las
costumbres locales apenas podían
oponer resistencia.
A esta puesta en valor de la Consti-
tutio Antoniniana –si se quiere un tan-
to retardada en el tiempo– bien pudo
contribuir el giro absolutista que trajo
consigo el Dominado. A partir de ese
momento, más que una vigencia de
facto, las tradiciones locales orientales
que sobrevivieron lo fueron en la me-
dida en que terminaron por refejarse
en la legislación imperial. Se ejecutó
de esta forma un recíproco juego de in-
fujos que pone de relieve la permeabi-
lidad del derecho romano, paradigma
de la capacidad de expansión espacial
y temporal más allá de la realidad his-
tórica de su pueblo.
A partir de Constantino, frente a la
orientación eminentemente hostil hacia
las particularidades locales de las que
son fel refejo los rescriptos de época
de Diocleciano, se halla presente la idea
de que las constituctiones Principis es-
tán por encima de la fuerza obligatoria
que dimana de las costumbres.
Así se refeja en una Constitución
de Constantino del año 319 d. C, que
viene a decir que la autoridad de la
costumbre y el uso de largo tiempo
no es despreciable, pero no ha de
ser válida hasta el punto de que
prevalezca, o sobre la razón,
o sobre la ley. En contraste, el
pensamiento de Salvio Juliano
afrmaba que una lex quedaba
derogada al imponerse una cos-
tumbre de signo contrario.
En el campo estrictamente jurídi-
co, no podemos olvidar la importan-
cia de la creación de la Academia de
Berito, donde se inició un estudio es-
colástico del Derecho que suponía una
quiebra con el estilo tradicional. En
esta institución, se cesó la convivencia
con el maestro como método primario
para asegurar la transmisión del saber
jurídico, de forma eminentemente pri-
vada. Ello condujo a ofcializar la en-
señanza del Derecho y a someterla al
control imperial, al propio tiempo que
el saber jurídico perdía buena parte del
pragmatismo y riqueza casuística, para
tomar una orientación más erudita,
abstracta, generalizante y sistemática,
a cargo de los magistri juris.
En este mismo contexto se sitúa, de
forma generalizada, un cambio de for-
mato editorial, esto es, el tránsito del
volumen al codex, especialmente acen-
tuado en los siglos III y IV d. C. Este
paso desató un fenómeno de copia de
libros del antiguo al nuevo género. A
causa de la complejidad de la tarea,
puede pensarse que solo se copiaran
las obras más en boga en aquel tiem-
po, por lo que previsiblemente en esta
época pueda situarse la desaparición
de las obras escritas por los primeros
maestros. Por entonces, eran preferi-
das las de juristas más actuales, quie-
nes, por la orientación enciclopédica
a la que tendían, recogían en no pocas
ocasiones el pensamiento de juristas
de épocas anteriores.
También es característico de este
periodo la generalización del proce-
dimiento cognitorio como modo de
encauzar las reclamaciones procesa-
les. Se ponía así fn a una situación de
convivencia entre el procedimiento
formulario y el sistema de la cognición
ofcial. La codifcación del edicto pre-
torio en 130 d. C. (ver Stilus9) abocó
al primero a la decadencia, en benef-
cio de la cognición ofcial, que encaja-
ba mucho mejor con el monopolio que
desplegaba el Príncipe a través de la
Cancillería y su aparato funcionarial,
sobre todo lo relacionado con la reso-
lución de confictos entre particulares.
La experiencia de convivencia en-
tre dos sistemas tan antagónicos dejó
bien a las claras las bondades del pro-
cedimiento cognitorio en un tiempo
y en un estado de cosas en que nada
escapaba al control siempre crecien-
El Edicto de Caracalla tuvo
mayor impacto en la zona
oriental del Imperio,
donde subsistían aún
tradiciones anteriores a la
llegada de Roma
El reinado de Constantino marca un
punto de infexión. A partir de él, las
constituciones promulgadas por el
emperador adquieren un peso esen-
cial en el ordenamiento jurídico.
Foto: Xerones
66 hiems·mmdcclxvi·auc
te del Príncipe. No es casualidad que
este sesgo burocrático terminara por
proyectarse sobre el mismo ejercicio
de la función jurisprudencial, con una
tendencia intensifcada desde el inicio
del siglo III d. C., a ocuparse de dis-
ciplinas bien alejadas del interés tradi-
cional de los juristas clásicos.
Modifcando a los clásicos
La labor de estos juristas –muchos
de ellos vinculados a la Cancillería
imperial del momento u ocupados
en el desempeño de funciones do-
centes o forenses– aunque está ale-
jada de la creatividad manifestada por
los jurisconsultos de épocas preceden-
tes, es de gran importancia. Su orien-
tación recopiladora y enciclopédica les
llevó a glosar el saber jurídico anterior
y el material normativo emanado de la
propia Cancillería desde los comien-
zos del Principado.
La romanística moderna afrma que
a los autores de este momento se debe
una cierta alteración del material clási-
co debido a la adición, modifcación,
supresión o aclaración de su contenido.
De este modo, la actividad jurispruden-
cial del periodo postclásico, más que
generadora de nuevas obras originales,
se lanza a la acomodación de las escri-
tas en periodos anteriores, refejando en
ellas las orientaciones que va imponien-
do, tanto la legislación imperial, como
la práctica judicial y negocial.
Mayor nivel técnico y estilístico,
merecedor del atributo de ‘clasicismo
jurídico’ por su permanente imitación
de lo clásico, muestra el cultivo juris-
prudencial en Oriente. Allí proliferan
academias, entre las que destacan, por
encima de todas, las de Bérito y Cons-
tantinopla. En este clima, es proba-
ble que se gestaran materiales objeto
de aprovechamiento por parte de los
comisionados de Justiniano con
vistas a la elaboración del Corpus
Juris, que refejan la metodología
cultural helenística de muchos de los
maestros del momento, con una fran-
ca tendencia hacia la abstracción y la
formulación de principios y teorías en
contraste con la concisión del lenguaje
propia de los clásicos.
Más decadente resultaba la actividad
jurisprudencial en la parte occidental
del Imperio, donde abundaron los re-
súmenes y antologías de jurisprudencia
(como las Pauli Sententiae y los Tituli
ex corpore Ulpiani), a veces combi-
nados en torno a temas de fondo con
constituciones imperiales, como sucede
en los Fragmenta Vaticana, en la Co-
llatio o en la más tardía Consultatio. En
todas estas obras pueden reconocerse
distintas alteraciones, bien sea para re-
ducir obras clásicas de mayor extensión
y nivel de detalle, como correspondía
al método casuístico cultivado por los
juristas del primer siglo del Principado,
bien sea para hacer más inteligible su
contenido en un ambiente de creciente
Las fguras más importantes del momento
La presencia de juristas en el consi-
lium Principis, constatable en tiem-
pos de Adriano, se hace más signif-
cativa con Alejandro Severo a modo
de cierre del periodo clásico de la
jurisprudencia, lo que demuestra la
plena subsunción de la función ju-
risprudencial dentro de la maquina-
ria burocrática imperial. Ejemplo de
ello es Domicio Ulpiano, quien asu-
mió bajo el último de los Severos el
cargo de magister libellorum, el de
praefectus annonae y el de praefec-
tus praetorio, lo que marcaría tam-
bién una vertiente literaria dedicada
a los offcia de los magistrados im-
periales, género que respondía a la
fnalidad de predeterminar el modo
en el cual debían desenvolverse los
agentes de la burocracia imperial y
de proteger a los súbditos frente a
la arbitrariedad en el ejercicio de las
funciones administrativas que os-
tentaban.
A caballo entre el periodo clási-
co y postclásico situamos a Heren-
nio Modestino, discípulo de Ulpiano
y preceptor del hijo del emperador
Maximiano, corregente para Occi-
dente en el tiempo de la instaura-
ción del Dominado. Modestino fue
autor de la primera obra de la juris-
prudencia romana escrita en griego.
A partir de entonces, la jurispru-
dencia decae en importancia frente
a la del período anterior, con lo que
apenas podemos mencionar juris-
tas autores de muy escasa perso-
nalidad, como Hermogeniano, quizá
autor del Codex Hermogenianus,
tenido por una recopilación privada
de rescriptos imperiales correspon-
dientes al bienio fnal de Dioclecia-
no. Otra fgura del momento es Au-
relio Arcadio Carisio, autor de obras
dedicadas a las funciones propias
del prefecto del pretorio (De offcio
praefecti praetorio), a los testigos
(De testibus) y a los gravámenes
que pesaban sobre los ciudadanos
(De muneribus civilibus).
Revisiones bajoimperiales introduje-
ron modifcaciones a las obras de los
autores clásicos. En la imagen, escriba
procedente de Magdalensberg
(Austria).
Foto: Johann Jaritz.
67
invierno·2013
depauperación técnica, bien sea, inclu-
so, para actualizar su contenido en la
medida en que el pensamiento refejado
en las obras jurídicas intervenidas pu-
diera no estar ya en boga.
Muchas leyes en circulación
En todo caso, son las constituciones
imperiales las que se erigen en fuen-
te viva del derecho durante el periodo
postclásico, evidenciando el control
monopolístico que el emperador se
reserva en todos los órdenes, también
en lo que respecta a la producción nor-
mativa. Desde Constantino, se impone
la lex generalis como manifestación
concreta de este monopolio imperial,
entendida como una disposición de
carácter general y abstracta, dirigida
a toda o a amplios segmentos de la
población del Imperio. Tanto es así,
que llega a prohibir que los rescrip-
tos imperiales y las epistulae –que en
época clásica tardía eran propiamente
la respuesta jurídica del Príncipe a las
consultas jurídicas de particulares y
de funcionarios– puedan tener alcance
general, cuando su contenido se halle
en contradicción con la legislación ge-
neral imperante. Esta disposición cegó
el papel de fuente viva del derecho
que antaño había caracterizado a los
rescriptos imperiales, de los que nos
son conocidas dos ediciones de carác-
ter privado: los Códigos Gregoriano y
Hermogeniano.
En todo caso, estas constituciones
imperiales, que responden al término
genérico de leges, tienen su funda-
mento, no ya en el poder que el pueblo
romano confería a sus magistrados en
sus reuniones asamblearias, sino en la
propia posición imperante que asume
el emperador. En la práctica, se situa-
ba por encima de las propias leyes que
él mismo había promulgado de forma
ampulosa y mayestática, en congruen-
cia con el carácter providencial que
como dominus ostentaba.
El elevado número de obras juris-
prudenciales en circulación y, sobre
todo, la imposibilidad de determinar en
la práctica de los tribunales su autenti-
cidad condujo a la promulgación de la
Ley de Citas, que es una Constitución
de Valentiniano III del 426 d. C. Esta
obra dispuso que únicamente las obras
de cinco juristas (Papiniano, Paulo, Ul-
piano, Modestino y Gayo) podían ser
empleadas en la práctica de los tribuna-
les. En caso de disparidad de opiniones,
atribuía prevalencia a la mayoría o, en
caso de persistir el empate, al parecer de
Papiniano, por ser tenido como el juris-
ta de mayor auctoritas.
Esta disposición, junto con las
leyes generales promulgadas desde
Constantino, fueron recopiladas en lo
que constituiría el último acto legisla-
tivo común a los Imperios de Oriente
y Occidente: el Codex Theodosianus.
Dicho código entró en vigor en Orien-
te el 1 de enero del 439 d. C., si bien,
a solicitud de Valentiniano III fue
sometido a la aprobación del Sena-
do de Roma. El Código Teodosiano
constituye, en todo caso, el segundo
código ofcial que Roma conoció en
su historia, prácticamente un milenio
después del primero, la Ley de las XII
Tablas. ◙
• AA. VV. (1989): Lineamenti di
storia del diritto romano. Milán.
• D’ORS Á. y D’ORS X. (2004):
Derecho privado romano. Pam-
plona.
• GUZMÁN BRITO, A. (1996):
Derecho privado romano. San-
tiago de Chile.
• MATTIANGELI, D. (2010):
Romanitas, latinitas, peregrini-
tas. Uno studio essenziale sui
principi del diritto di cittadinanza
romano. Ciudad del Vaticano.
• VALIÑO, E. (1991): Institucio-
nes de Derecho privado romano.
Valencia.
PARA SABER MÁS:
68 hiems·mmdcclxvi·auc
Por Javier del Hoyo.
Los amores, el amor y el mal de
amores. Dos temas han movido
siempre a la humanidad: el amor y la
muerte. Dos fuentes permanentes de
inspiración en la literatura y las artes
plásticas. Desde que el hombre toma
conciencia de sí mismo, comienza a
hablar de ello. Griegos y latinos lo
elevaron a una categoría superior y
establecieron a una diosa para pre-
sidir el amor, el cortejo, la sutil se-
ducción, las relaciones sexuales…
Afrodita para los griegos, asimilada
con Venus (Venus, -eris) por los ro-
manos, nos ha legado un verdadero
saco de palabras, que son algo más
que meros términos, son conceptos
que nos señalan una forma de enten-
der este tema. ¿Quién no ha sufrido
alguna vez por culpa del amor? En
una inscripción de Pompeya puede
leerse: «Quiero romperle a Venus
las costillas y destrozar la espalda de
esta diosa a garrotazos. Si ella puede
golpear mi delicado pecho, ¿por qué
no voy a poder romperle la cabeza
con un palo?».
Pero quizás haya que comenzar
por donde empezamos todos los
mortales, por el nacimiento, que en
el caso de la diosa no fue nada ru-
tinario. Porque, puestos a imagi-
nar, seguramente a ninguno de
nosotros se nos hubiera ocu-
rrido nacer de la espuma del
mar. Y menos si esta espuma
se ha formado con el semen
de un dios caído al océano.
Gea (la Tierra) estaba ya un
poco harta de que Urano (el
Cielo) bajara todas las noches
a cubrirla, y encargó a su hijo
menor Saturno que le segara los
genitales cuando bajara esa noche
a yacer con ella. Del semen divino
caído al mar se formó una espuma
(afrós en griego) de la que nació
Afrodita, aunque se suele decir que
nace de una concha, como vemos
en el cuadro de Sandro Botticelli, y
ahí tenemos ya nuestra primera pa-
labra, venera. Como esta se usaba
por los peregrinos en el Camino de
Santiago, en Galicia surgió la viei-
ra, y naturalmente tenemos ‘concha’
en el lenguaje coloquial de algunos
países de habla hispana para señalar
los órganos genitales femeninos, que
no anda muy lejos del monte de
Venus o pubis de la mujer. Con una
concha se cubre precisamente los ge-
nitales alguna de las Venus del arte,
como la del Museo del Prado.
A esta diosa del amor se le daba
verdadero culto para alcanzar los
favores de la amada. Ello dio lugar
a venerar, verbo que en nuestros
días es equívoco respecto a su eti-
mología, porque imagínense a unas
ancianitas venerando con su velo en
la cabeza a la Virgen del Carmen; no
sé si equívoco, pero sí
di st ant e
d e
su primer sentido. Claro,
que las personas ancia-
nas son dignas de
respeto y vene-
ración, por eso
son llamadas
venerables.
Incluso des-
de la Edad
Media se
conoce con
el nombre
de venera-
bles a los
sacer dot es
ancianos, y en
la Iglesia católica se
llama así también a
quienes en su día se
les incoó el proce-
so de beatifcación,
pero ha quedado
interrumpido o se
ha malogrado por
falta de pruebas.
Diosa del amor
tan bella que se-
guimos diciendo de
Venenos para el amor
ETIMOLOGÍAS
69
invierno·2013
una mujer despampanante que nos
parece una venus, como hace dos
mil años («Muchacho, si sintieras las
llamas del amor, no tardarías tan-
to en ver a tu venus» leemos
en un grafto de Pompeya) o
que es venusta o
venusina, y surge
por parte de algunos
hombres la venusto-
fobia, temor al encuen-
tro o relación con una
mujer muy bella.
Venus es tam-
bién sinónimo
de coito.
De Pompeya tenemos
una breve inscripción
en verso que nos ad-
vierte: «Balnea, vina,
Venus, corrumpunt cor-
pora nostra, / sed vitam
faciunt, balnea, vina,
Venus». Que podría
traducirse como «baños,
vinos y amores corrom-
pen nuestros cuer-
pos; pero nos dan la
vida, baños, vinos y
amores». Puede ha-
ber problemas con una
sexualidad muy activa y
promiscua, y contraer, por
ello, enfermedades vené-
reas; o lo contrario, no poder
tener relaciones normales, bien
por anafrodisia (falta de apetito
sexual), por enfermedad o por im-
potencia senil, y tomar entonces
un veneno, es decir, una póci-
ma para poder desarrollar el acto
sexual. El rey Fernando el Católi-
co, al morir la reina Isabel, se casó
con Germana de Foix, que te-
nía 18 años. No iban las
cosas bien, no había
nuevo embarazo,
vaya, condición necesaria en este
caso para que el rey aragonés tuvie-
ra los derechos dinásticos sobre el
reino de Nápoles. De modo que una
criada de Germana le proporcionó
un afrodisíaco, preparado con tes-
tículos de toro como principal ingre-
diente, que lo llevó a la tumba. Es
decir, que aquel ‘fltro’ (procedente
del verbo griego fléo, amar, es exac-
tamente lo mismo) resultó para él un
auténtico veneno.
Se dice además que Venus llevaba
un cinturón –cestus en latín– que au-
mentaba su atractivo y la hacía irre-
sistible. Por eso, cuando una mujer
tiene mucho éxito en este terreno se
dice que parece llevar el cinturón
de Afrodita. Y ahora un guiño a
los biólogos, porque existen unas
lombrices de mar de unos treinta
centímetros y forma parecida a un
cinturón, a las que se llama cinturón
de Venus o cesto. También llaman
ombligo de Venus (Umbilicus
rupestris) a una planta de hojas car-
nosas y fores amarillas en pequeñas
espigas colgantes.
La importancia de los astros. En
la antigüedad solo se veían a simple
vista cinco planetas que, junto con el
Sol y la Luna, completaban el núme-
ro siete, que indica plenitud. A uno
de esos planetas se lo denominó Ve-
nus por la belleza de su resplandor,
y como cada día de la semana esta-
ba bajo la infuencia de un planeta,
hubo un dies veneris que dio nuestro
viernes. Cada uno de estos plane-
tas se asoció con uno de los metales
primarios, correspondiendo el cobre
con Venus, por lo que en alquimia
venus es sinónimo de cobre.
Tras leernos, cruzamos los dedos
para que nadie tenga que acudir al
venereólogo, y que alcance ve-
nia, favor y gracia de los dioses.
Cuando el abogado pide permiso al
juez para hablar, inclina la cabeza
mientras dice: “Con la venia”, por
lo que venia ha pasado, asimismo, al
lenguaje con el sentido de leve incli-
nación de cabeza, y venial aquello
que puede perdonarse. ◙
El rastro de Venus llega
a los reinos vegetal y ani-
mal. Arriba, un ejemplar
de ombligo de Venus, que
crece sobre rocas y árbo-
les de Europa.
A la izquierda, grabado
de la lombriz marina
conocida como cinturón
de Venus, que puede
medir más de un metro de
longitud.
70 hiems·mmdcclxvi·auc
Guerras de la Edad Oscura
LUDOTECA
Por Alfonso Núñez Dopazo.
Si en ocasiones anteriores hablamos
de juegos de carácter táctico, esta
vez vamos a analizar un producto
de estrategia pura y dura en el que la
economía, la diplomacia e incluso la
religión son factores decisivos para
alzarse con la victoria.
“Grandes Invasiones” es un juego
que se publicó en 2006. En España
la encargada de distribuirlo fue la
ya desaparecida Nobilis, aunque en
el resto del mundo vio la luz gracias
a Strategy First y a Matrix Games.
Actualmente se puede comprar en la
página web de Ageod, que es la edi-
tora de juegos fundada por Phillippe
Thibault, en Matrix Games o en Ga-
mesgate. En ambas encontraréis la
versión 1.07c, que es la más estable.
Recordad haceros con esta versión,
ya que garantiza una experiencia de
juego libre de problemas.
El juego nos pone en la piel de un
caudillo de la Edad Oscura. Es de-
cir, en el periodo comprendido entre
el año 350 d. C. y el 1066. Tenemos
muchos escenarios de juego en este
gran marco temporal: la presión de los
bárbaros sobre el Imperio romano, la
lucha de Constantino por el poder, la
invasión de Britania por los bárbaros,
las invasiones musulmanas... Gracias
a todos estos retos podemos revivir
e incluso jugar a cambiar la Historia,
tratando de que las huestes visigodas
repelan a los musulmanes en la batalla
de Guadalete, o que el Imperio roma-
no se perpetúe por mucho más tiempo.
Si los confictos concretos se que-
dan cortos para nuestra belicosidad,
podemos optar incluso por la Gran
Campaña, que abarca los 700 años
y que puede dejarnos sin vida social
durante un tiempo.
El juego permite a cuatro jugadores
luchar por la victoria, ya sean huma-
nos compitiendo a través de Internet o
un jugador humano en lid contra tres
rivales controlados por la inteligencia
artifcial. Cada jugador controla varias
naciones que pertenecen a un árbol
común. Una posibilidad, por ejemplo,
consiste en dirigir el Imperio romano
de Oriente, el Reino de Soissons y el
Reino de París, entre otros. En esta
modalidad, siguiendo con el ejemplo,
el objetivo del jugador es sobrevivir
tanto como pueda, ya que en este reto
el tiempo de supervivencia es lo que
reporta puntos de victoria que, en últi-
ma instancia, es lo que decide el gana-
dor de la partida.
Las naciones tienen tres estados po-
sibles (bárbaro, reino e imperio) que
conllevan sus ventajas e inconvenien-
tes. Por ejemplo, los bárbaros reciben
levas gratuitas que no cuestan oro ni
mantenimiento. En cambio, los rei-
nos e imperios tienen que invertir oro,
recursos humanos y construir puntos
logísticos que ayuden a su manteni-
miento. El paso de un estado a otro
ocurre según parámetros tales como
la cantidad de provincias que se po-
seen o su infraestructura.
Cada factor es importante. El
caso de la religión, como sucede en
la Historia, es un asunto vital. Y no
solo porque existan obispos con ex-
celentes habilidades marciales, sino
porque la dimensión espiritual de
nuestros dominios dará estabilidad a
nuestra causa, independientemente de
que dirijamos una horda, un reino o
un imperio. Además, cabe mencionar
que la religión es fundamental para
evitar un concepto que ha recibido el
nombre de envejecimiento. Y es que
cada 25 años se acumula 1 punto de
vejez. Al llegar a 12 puntos, pende
sobre nosotros un nuevo riesgo: ten-
dremos que pasar un chequeo que
puede desembocar en escisiones o la
desaparición de nuestra nación, si no
está bien gobernada.
Aunque “Grandes Invasiones” no
será recordado como la joya de la co-
rona de Ageod, es un buen entreteni-
miento para los amantes de la Histo-
ria. Diplomacia, belicismo, multitud
de líderes históricos que encarnar, 80
naciones jugables, 25 etnias distintas
y gran cantidad de ardides que utili-
zar a lo largo de 700 años de juego.
¿Quién da más? ◙

GRANDES INVASIONES
Sistema: XP/Vista/Win7.
Procesador: Pentium III o supe-
rior.
Memoria: 512 MB de RAM.
Disco duro: 800 MB de memoria
disponibles.
71
invierno·2013
LUDOTECA
Por R. Pastrana.
La competencia es el motor de la
evolución natural. Funciona en el
mundo salvaje, pero también en las
más atildadas sociedades humanas.
Abel lo descubrió con una mandíbu-
la batiente. También disponemos de
numerosos testimonios históricos de
esta pulsión irracional. Los pompe-
yanos y nucerinos sentían este afán
por compararse con sus vecinos y se
esforzaban por batirles en cualquier
disciplina. Y esos piques siguen
existiendo hoy, ya sea en los parti-
dos de Real Madrid-Barça o en los
comentarios aviesos que se dedican
coruñeses y compostelanos.
Esta pasión competitiva es la que
anima “7 wonders”, un juego de mesa
en el que nos pondremos al frente de
una de las ciudades que albergaron al-
guna de las maravillas de la Antigüe-
dad. Como responsables de la urbe
tendremos que desarrollarla a través
de tres eras. En nuestra mano está el
equiparlas con dotaciones comercia-
les, militares, científcas y civiles o
suntuarias. Cada una de las edifca-
ciones nos dará diferentes puntuacio-
nes que, sumadas al fnal de la par-
tida, decidirán quién es el vencedor.
Como sucede en la realidad, ni
los recursos a nuestro alcance ni el
tiempo disponible serán sufcientes
para desarrollar todas las facetas. Al
elegir una estrategia de crecimiento,
nos veremos obligados a maximizar
sus benefcios y contrarrestar sus
desventajas. Así, si nuestra ciudad
opta por ser un foco de ciencia y co-
nocimiento probablemente debere-
mos resignarnos a tener un ejército
con una efcacia cuanto menos dis-
cutible. Pero no hay que preocupar-
se. Si logramos alcanzar un esplen-
dor cultural notable, al fnal de la
partida quizá la puntuación que nos
reporte sea mayor que la conseguida
por nuestro belicoso vecino con sus
victorias bélicas.
Una de las singularidades de “7
wonders” es la mecánica de juego.
Las diversas posibilidades de de-
sarrollo de una urbe se extraen de
un mazo de cartas que va pasando
de mano en mano. Este mecanismo
evita que el juego se convierta en un
solitario, en el que cada jugador se
concentra únicamente en seguir su
plan desarrollado desde un principio.
Porque, si advertimos que nuestro
vecino apuesta por embellecer sus
predios para conseguir puntos, ¿no
resulta tentador retirar del mazo, an-
tes de pasarle las cartas, una bonita
estatua para que no pueda erigirla?
Podremos descartarnos directa-
mente o, mejor aún, retirar cartas de
circulación a cambio de avanzar en
la construcción de nuestra maravilla.
Esta opción nos aportará un benef-
cio doble. Por un lado, entorpecemos
la estrategia de nuestros vecinos y,
por otra parte, ensalzamos nuestra
propia urbe.
“7 wonders” es un juego ágil (las
partidas están en torno a la media
hora de duración) y con unas posibi-
lidades sorprendentes. Por debajo de
su aparente simplicidad, el gran aba-
nico de posibilidades para desarro-
llar una estrategia permite que cada
partida sea totalmente diferente.
En el plano histórico, como ocu-
rre en otras producciones lúdicas
analizadas en números anteriores,
el argumento no tiene mucha base.
Las diferentes culturas que compiten
entre sí no tienen rasgos defnitorios,
aunque avanzar en la construcción
de la maravilla brinda a cada conten-
diente benefcios exclusivos. Así, la
única ventaja inicial de la que dis-
pone un jugador es la producción de
una determinada materia prima, que
falicitará la construcción de ciertos
edifcios.
Pese a la muy tenue referencia his-
tórica, “7 wonders” es una opción
atractiva y accesible, incluso para los
no muy “jugones”. Los amantes de
la Historia podrán aderezar las lides
del juego con un esfuerzo de imagi-
nación para ver alzarse el Mausoleo
de Halicarnaso o el Zeus Olímpico.
No es mal acompañamiento al vie-
jo y enfermizo gusto de compararse
con el vecino y sentirse superior a él.
¿Quizá esa sea la octava maravilla
del mundo? ◙

7 WONDERS
Edita: Repos Production.
Distribuye: Asmodee.
Jugadores: de 2 a 7.
Edad recomendada: a partir de
10 años.
Tiempo de juego: 30 minutos.
Rivalidad entre vecinos
72 quintilis·mmdcclx·avc seccion
BREVIARIUM
punto de lectura

IDEAS DE MUJER
Rosario López Grigoris y
Luis Unceta Gómez
Universidad de Alicante, 2012
Esta obra re-
coge varias
pe r s pe c t i -
vas sobre el
papel de la
mujer en la
Antigüedad
grecolatina.
En lugar de
abordar las
biografías de
c o no c i dos
personajes históricos, los autores
han preferido indagar en la intrahis-
toria cotidiana de las mujeres en los
orígenes de la civilización occiden-
tal. Desde este punto de vista, se
tratan diversos aspectos que deter-
minaban la vida de estas Pandoras
de la cultura griega y romana: el
embarazo y la muerte, el amor y el
matrimonio, el trabajo y el poder
político, el pensamiento mágico y
las creencias religiosas. ◙
LAS CECAS IBÉRICAS MERIDIONALES DE LA HISPANIA
ULTERIOR Y SU CIRCULACIÓN MONETARIA
Ildefonso David Ruiz López
British Archaeological Reports International Series, 2012
Trabajo que estudia de la forma más exhaustiva y
completa posible la circulación monetaria de las ce-
cas ibéricas de la provincia Hispania Ulterior, a partir
de los hallazgos numismáticos recopilados por nume-
rosos investigadores. El libro, además, pretende esta-
blecer diferentes tendencias de comportamiento de la
moneda en circulación, e intenta aportar soluciones a
través de la numismática a algunos problemas histó-
ricos vigentes. ◙
escenas romanas
Por Óscar Madrid
SIGLO I a. C. SIGLO II SIGLO IV SIGLO XXI
ROMANOS: MÁS DE 2000 AÑOS ACOSANDO GUIRIS
¡Foto! ¡Foto!
¡No problem!
10 euros, bella.
DEVOTIO. LOS
ENEMIGOS DE CÉSAR
Gabriel Castelló
B de Books, 2012
Novela que desarrolla dos historias
en paralelo: la de Eutiquio de Osca en
tiempos de Diocleciano y las terribles
persecuciones a los cristianos, y la de
Lucio Antonio durante la Guerra Civil.
Sendos episodios turbulentos de Hispa-
nia romana durante la República y el
Imperio. ◙
CIUDADES DE
LA BÉTICA
Juan Eslava Galán
Fundación José Manuel Lara, 2012
Dos amigos afcionados a la arqueolo-
gía y a la vida, Bonoso y su huésped,
el escocés Angus, se proponen visitar
las antiguas ciudades de la Bética. En
animada conversación, recorren dis-
tintos enclaves romanos y prerroma-
nos en busca de la historia y del arte
de la Antigüedad. ◙
73 seccion julio·2007
ENTREVISTAS breves
—Su lanzamiento más
reciente es “Devotio”, la
segunda novela que am-
bienta en época romana.
Esta vez, parte de la ac-
ción transcurre durante
la República; otra, en
tiempos de Diocleciano,
cuando el declive del Im-
perio es más que eviden-
te. ¿Por qué eligió este
periodo?
—Porque soy crepus-
cular. Me gustan más las
historias ambientadas en
tiempos turbulentos. Por
eso opté por escribir ahora
sobre la gran persecución
de los cristianos. Pero, ojo,
Diocleciano es un “brote
verde” surgido de la cri-
sis de finales del siglo III.
Fue uno de los mejores
estadistas que tuvo el Bajo
Imperio. Bajo mi prisma,
él fue el primer emperador
al estilo de soberano todo-
poderoso e incuestionable
que perduraría más de mil
años en Bizancio.
—¿Qué diferencias
ha encontrado al aproxi-
marse a los periodos de
la República y el Bajo
Imperio?
—Muchas. Me encanta
mostrar un mundo que pa-
rece idéntico para el lector
poco versado en la antigua
Roma pero que, en reali-
dad, es muy diferente. El
ímpetu y la ambición de
los hombres que crearon y
mataron la República con-
trastan con la resignación
y apocamiento de quienes
trataron de sostener un Im-
perio a la defensiva que se
estaba resquebrajando él
solo, más por problemas
internos que externos.
Mostrar esas diferencias
de idiosincrasia en boca de
mis personajes me parece
un ejercicio muy gratifi-
cante.
—¿Temió entrar en
polémica al tocar un
tema como el cristianis-
mo primitvo?
—No soy tan maniqueo
para establecer de partida
quién es el bueno o el malo
según nuestros criterios ac-
tuales. Por sus actos, cada
lector catalogará a cada
personaje. En “Devotio”
trato la fgura de Eutiquio
como lo que fue, un joven
íntegro y vehemente en la
defensa de sus creencias,
que se topó con un go-
bernador igual de íntegro
y vehemente que él en la
aplicación de los edictos de
un Imperio que parecía sa-
lir de la deriva tras años de
crisis y descomposición.
Gabriel
Castelló
—Usted es el promotor
de Trebuchet Park, un
parque temático loca-
lizado en Albarracín
(Teruel) y dedicado a los
ingenios de artillería de
la Antigüedad y la Edad
Media. ¿Qué le llevó a
afrontar este proyecto?
—Dedibo a mi tesis
doctoral me interesaba ver
el funcionamiento de las
piezas de artillería y com-
probar si se comportaban
como decían los textos o,
por el contrario, había en
ello cierto toque de pro-
paganda. Gracias a esta
iniciativa comprobé que
los textos clásicos son bas-
tante fieles a la realidad.
Además, ver las máquinas
en funcionamiento brinda
información adicional de
contexto, sobre los asedios
en los que se utilizaron.
—¿Cuándo empie-
zan a usarse ingenios
para asaltar fortifca-
ciones?
—Las primeras torres
de asedio y arietes se do-
cumentan en el mundo
neoasirio, de donde pasa-
ron a Persia y a Fenicia.
Las máquinas de asedio
se extendieron a Carta-
go, que las utilizó en las
guerras contra las ciu-
dades griegas de Sicilia.
Ese contacto debió de ser
decisivo en la llegada de
las máquinas de torsión a
Grecia y a la corte mace-
donia de Filipo, que hasta
entonces habían utiliza-
do máquinas de tensión.
Con Alejandro Magno, la
tecnología se dispersa y
llega incluso a La India.
Bajo el reinado de los
Diadocos, en especial con
Demetrios Poliorcetes, a
todo el orbe.
—¿Cuándo se intro-
duce la artillería en la
Península Ibérica?
—La primera artillería
documentada se usa en
el asedio de Sagunto por
parte de Aníbal, a fnales
del siglo III a. C. En todo
el ámbito mediterráneo,
en el que se movieron
griegos y romanos, exis-
ten tan sólo una veintena
de restos. En España te-
nemos la suerte de contar
con restos de cuatro es-
corpiones. Tres están en
la pronvincia de Teruel.
El más completo es el de
Caminreal.
Rubén
Sanz
HISTORIADOR
Y DIRECTOR DE
TREBUCHET PARK
NOVELISTA
Entrevistas íntegras en
http://blogtabula.blogspot.com.es/
74 quintilis·mmdcclx·avc seccion
Las legumbres han tenido una gran
importancia a lo largo de la Histo-
ria. Junto con los cereales, han sido
desde el Neolítico la principal fuente
de alimentación para la Humanidad.
Con el progreso de las técnicas agrí-
colas aumentó su producción, y se
descubrió que las tierras que habían
dado una producción de legumbres
eran muy provechosas para la cose-
cha de cereales, por lo que se alter-
naban ambas cosechas.
Al igual que los cereales, las le-
gumbres eran fáciles de almacenar,
por lo que estaban a su disposición
en cualquier momento de año. Nor-
malmente se conservaban secas,
pero también en vinagre, salmuera,
aceite, miel, defritum (mosto reduci-
do tras ebullición) y vino.
Conocían su alto valor proteíni-
co, en calcio, en hierro, en fbra y
en hidratos de carbono. Pero por su
precio reducido fueron consideradas
un alimento de baja categoría social.
Con respecto a su consumo, se
tomaban de muchas maneras: en
puré, hervidas, en gachas, en po-
taje, en sopa, aliñadas con sal, en
harina para pan, cocidas, y adere-
zadas con vinagre, con garum, co-
cidas con verduras o con especias
como el cilantro, el comino o la pi-
mienta, e incluso, las tomaban tos-
tadas como aperitivo o postre. Si la
vaina estaba muy tierna, se tomaba
también con ella.
Para cocinarlas se recomendaba
espumarlas, y así eliminar las im-
purezas.
Las legumbres eran consideradas
alimentos vinculados a la muerte,
por lo que se servían en los banque-
tes fúnebres y como ofrenda a los
dioses. Un rito purifcador tras el fu-
neral era la comida llamada silicer-
nium en la que, tras el sacrifcio de
una cerda a Ceres (porca praesen-
tanea), se servían huevos, apio, le-
gumbres (habas, lentejas, principal-
mente), sal y aves de corral.
Por Charo Marco.
Tras dejar a remojo desde la noche anterior los
garbanzos, las lentejas, los guisantes y la cebada,
poner todo a hervir en agua y sal hasta que esté
bien cocido.
Hervir aparte un repollo troceado con agua y sal.
Picar bien el puerro, eneldo, hinojo, acelgas,
malvas (si tenéis), orégano, cilantro, apio y perejil
(en lugar del ligústico). Sofreír todo en una olla de
barro con un poco de aceite.
Añadir el sofrito a las legumbres y a la cebada
junto con un poco de garum o en su lugar dos file-
tes de anchoa triturados en su propio aceite.
Servir la sopa decorada con el repollo.
Sabores de la Antigüedad
Legumbres: nutritivas y baratas
Tisanam barricam
http://derecoquinaria-sagunt.blogspot.com/
Infundis cicer, lenticulam,
pisa. Defricas tisanam et cum
leguminibus elixas. Ubi bene
bullierit, olei satis mittis et
super viridia concidis porrum,
coriandrum, anethum, fenicu-
lum, betam, malvam, colicu-
lum molle, et viridia minuta
concisa in caccabum mittis.
Coliculos elixas et teres feni-
culi semen satis, origanum,
silf, ligusticum. Postquam
triveris, liquamine temperabis,
et super legumina refundis,
agites. Coliculorum minutas
super concidis.
Aliñar garbanzos, lentejas y
guisantes. Limpiar la cebada y
cocerla junto con las legum-
bres. Cuando haya hervido del
todo, añadir aceite en cantidad
sufciente, y cortar puerro,
coriandro, eneldo, hinojo,
acelga, malva y col tierna. To-
das estas hierbas se echarán,
bien picadas, en la cacerola.
Cocer en agua coles peque-
ñas y picar bastante cantidad
de hinojo en grano, orégano,
laserpicio y ligústico. A conti-
nuación, macerarlo con garum
y derramarlo por encima de
las legumbres, removiéndolo.
Las coles se cortarán en trozos
y se echarán sobre ellas.
TISANAM VEL SUCUM
(Apicio, De re coquinaria, IV, 4, 2)
- 200 gr de garbanzos.
- 200 gr de guisantes.
- 200 gr de lentejas.
- 100 gr de cebada.
- Medio repollo.
- 1 puerro.
- 1 manojo de acelgas.
- Unas hojas de
malva (si se pueden
conseguir).
- Sal.
- Agua.
- Aceite de oliva.
- Especias: eneldo,
hinojo, orégano, ci-
lantro, apio y perejil.
- Dos fletes de an-
choa en aceite.
Ingredientes (6 personas)
BREVIARIUM
75
invierno·2013
BREVIARIUM
Por Enrique Santamaría
Flavio Josefo, famoso historiador, era
un judío de casta sacerdotal, la nobleza
en esa comunidad, que vivió en el si-
glo I. Fue aquella una época convulsa
en Judea, llena de tensiones políticas
y religiosas, en la que nuestro hombre
destacó por su inteligencia, fexibili-
dad ideológica e innato instinto de su-
pervivencia.
Por su linaje y posición pertenecía a
los saduceos, la rama moderada del ju-
daísmo. Durante algún tiempo coque-
teó con los esenios, su corriente más
espiritual y apocalíptica, pero acabó
decantándose por los fariseos, grupo
integrista cuyos recursos violentos le
permitieron extenderse y controlar la
sociedad israelí. Los zelotes eran, por
decirlo así, su rama militar.
La buena posición y múltiples con-
tactos de Josefo le facilitaron ser de-
signado para acudir a Roma en misión
diplomática. Aprovechó su estancia en
la Urbe para acercarse a la corte impe-
rial, donde estableció toda una serie de
nuevas relaciones que habrían de serle
muy útiles más adelante. La libertad
de costumbres y el interés por disfrutar
de los placeres de este mundo que allí
descubrió, tan diferentes a la rigidez y
el mesianismo reinantes en su patria,
le entusiasmaron, y se convirtió en un
completo admirador de la forma de
vida romana. De la forma de vida de
la clase alta romana, para ser exactos.
Eso no impidió que, tras regresar
a Israel, se uniera a la triunfante Gran
Revuelta Judía y alcanzara el mando
militar y el gobierno de toda Galilea.
Muy hábil político, logró mantener
su posición en medio del torbellino de
luchas intestinas y conspiraciones en
las que rápidamente degeneró el movi-
miento. Por el contrario, su actuación
militar ante las legiones fue, siendo
benevolentes, bastante discreta. Tras
rendirse a los romanos realizó a su
lado el resto de la campaña, y recogió
lo sucedido en su obra “La Guerra de
los Judíos”, principal fuente histórica
del conficto y un claro intento de jus-
tifcación personal.
El cambio de bando fue el resultado
de una pirueta realmente espectacular.
Cercado por los romanos junto con cua-
renta de sus soldados, estos votaron por
unanimidad suicidarse antes de caer en
manos del enemigo. Fueron matándose
uno a otro hasta que solo quedaron dos:
el general Josefo y un soldado. Nuestro
hombre convenció al otro supervivien-
te de que igual era mejor dejar un poco
el tema de matarse, e ir a probar suerte
con los romanos. Que ya se sabe que
hablando se entiende la gente.
El historiador atribuyó todo lo su-
cedido a la providencia divina, que le
protegió durante la masacre, pero des-
de el mismo instante en que se produ-
jeron los hechos, muchos insistieron
en adjudicarle a él todo el mérito de
su extraordinaria fortuna, hasta el pun-
to que la anécdota ha dado lugar a un
conocido juego, o problema, de mate-
mática recreativa. El enunciado es así:
Eres Flavio Josefo y estás encerra-
do en una cueva junto a un número x
de fanáticos dispuestos a morir antes
que rendirse. A ti la idea no te conven-
ce demasiado y piensas, más bien, en
la manera de pasarte al enemigo. Pero
si sugieres tal cosa delante de semejan-
te banda de asesinos suicidas, te va a
hacer picadillo.
Afortunadamente, el líder puede
decidir la forma en que se realizará la
matanza. ¿Cómo hacerlo para asegu-
rarte de que, al fnal, solo quede vivo
uno, tú? Ese, amigo Flavio, es tu pro-
blema.
El problema de Flavio Josefo
ENCONSTRUCCIÓN
escribaa
stilus@
hispaniarom
ana.es
Seguroquepuedeecharnosunamanoparahacer
unarevistamejor.
Colaboreensurealización.
¿LegustalaHistoria?¿Disfrutaescribiendo?
¿Seledabieneldibujo?
La solución, en la página 77
76 hiems·mmdcclxvi·auc
¿
Por Alejandro Carneiro.
C
lístenes de Sición fue un ti-
rano que gobernó su ciudad
natal entre el año 600 y el 570
a. C. Al hablar de “tirano” nos referi-
mos a la personas que, en la antigua
Grecia, tomaba el poder absoluto en
una ciudad (polis) con el apoyo popu-
lar. Normalmente gozaban del apoyo
de los grupos sociales más desfavo-
recidos para gobernar y hacer de las
suyas como niños.
La ciudad de Sición era una pe-
queña polis a menos de 20 kilómetros
de Corinto y a 2 de la costa del otrora
famoso golfo de Lepanto, ya dentro
del Peloponeso. Aunque pequeña, te-
nía fama de ser una de las polis más
antiguas de Grecia. Se decía que allí
mismo había bajado el titán Prometeo
con el fuego de los dioses. Además,
uno de sus reyes había dado nombre
al mar Egeo, como quien no quiere la
cosa. Y, no hacía mucho, había sido
también la cuna de la Tragedia. Un
currículum interesante.
En ningún momento de su historia
se cita a la vecina, poderosa y famo-
sa Corinto. Para los sicionitas no era
más que una simple ciudad de adve-
nedizos con suerte. Pero a la polis que
no podían dejar de mencionar era a
Argos, otra famosa ciudad a unos 30
kilómetros al sur. La aristocracia de
Sición provenía de allí, eran dorios de
pura cepa, mientras la mayoría de la
población sicionita era aquea de cepa
pura y se sentía dominada por esa éli-
te “extranjera”. Hacía falta un héroe
que cambiase el orden de las cepas.
Y entonces aparece el soldado Or-
tágoras, hijo de Andreas el Cocinero,
que dio un golpe de Estado. Exilió a
Argos o ejecutó a unos cuantos aristó-
cratas floargivos y, voilà, ya tenemos
al primer tirano de la polis. Era el 650
a. C., mes arriba, mes abajo.
Ortágoras creará una dinastía ti-
ránica que vivió su gran momento
familiar con Clístenes, su nieto. Este,
tras una abrupta subida al trono, se
encontró con que hacer felices a los
sicionitas no era fácil. Heródoto, que
parece tener simpatía por este perso-
naje, nos cuenta lo que hizo en sus
libros V y VI.
Primero se propuso darles una vic-
toria con eco en toda la Hélade. Así
que Clístenes organizó la Primera
Guerra Sagrada. Llamada así porque
se hizo para defender el Oráculo de
Delfos y a su dios Apolo. Resulta
que, enfrente de Sición, al otro lado
del golfo, la ciudad de Cirra abusaba
de los peregrinos por mar que iban a
Delfos.
La fota sicionita bloqueó el puerto
de Cirra mientras atenienses y otros
pueblos, cuyos peregrinos habían su-
frido las exacciones de los cirrios, ata-
caban la ciudad por tierra. Los tunan-
tes cirrios resultaron ser unos impíos
muy duros, y se tardó cinco años en to-
mar su ciudad y exterminarlos de raíz,
como ordenó el cabreado Apolo. Pero
se cumplió la orden divina, y Clístenes
alcanzó tal fama que Sición entró en la
Liga Anfctiónica, una especie de club
privado de protectores del Oráculo.
Conseguida la victoria sonada,
Clístenes les dio a sus paisanos una
conquista: atacó la polis vecina de
Pellene, una vieja enemiga en deca-
dencia, y la tomó sin muchos proble-
mas.
Pero Clístenes no paraba. Tras la
victoria sonada y la conquista de la
polis vecina, llegó el momento de la
burla a otra polis cercana. Pero con
la advenediza-con-suerte Corinto,
mejor no meterse. Por lo que Clíste-
nes se volvíó hacia Argos. Prohibió
en Sición el culto al héroe Adrasto,
héroe originario de la odiada vecina,
y lo sustituyó por el de otro héroe,
Melanipo. Por si no lo saben, el hé-
roe Melanipo era un tebano que había
matado al hijo y al yerno de Adrasto.
El cual debió revolverse en su tumba
tras semejante insulto a su memoria
heroica.
También se prohibió recitar en Si-
ción los cantos homéricos, porque en
ellos se daban muchas alabanzas a los
héroes argivos. Ante tales humillacio-
nes, los de Argos prefrieron no darse
por enterados. Comprensible actitud,
porque Clístenes ya infundía miedo.
Pero los sicionitas que le apoya-
ban no estaban todavía satisfechos.
Así que Clístenes decidió darles otro
regalo. La ciudad estaba dividida en
cuatro tribus. La mayoría de la pobla-
ción, de origen aqueo y su seguidora,
Clístenes de Sición
Principios del siglo VI a. C.
¿Quién era...
BREVIARIUM
Una muestra de la
pintura que decían
haber inventado los
sicionitas: las tablas
de Pitsa.
77
invierno·2013
se concentraba en una sola. Clístenes
la renombró como la tribu de los “jefes
del pueblo”. A las otras tres, de origen
dorio, les puso nombres con muy mala
leche: Hyatai (los cerditas), Choireatai
(los brutitas) y Oneatai (los burritas).
Sus seguidores aplaudieron este regalo
cómico con gran alborozo.
Sin embargo, pedían más. Así que
Clistenes les convirtió en un centro cul-
tural. Atrajo con buena paga a pintores,
escultores y ceramistas de todo el mun-
do griego. En pocos años, sus escuelas
de pintura y escultura se hicieron famo-
sas, a la par que sus exportaciones de
cerámica, lo que enriqueció a la ciudad.
Tanto fue el éxito de sus artesanos, que
en siglos posteriores se contaría la le-
yenda de que la pintura se había inven-
tado en Sición.
Y más madera. A imitación de los
reyes de los poemas épicos, Clístenes
anunció a los aristócratas reunidos en
Olimpia que el que quisiera casarse con
su hija Agarista debería presentarse en
Sición en menos de sesenta días y parti-
cipar en una competición por su mano.
El concurso sería una mezcla de prue-
bas atléticas y sociales (tener buenos
modales y educación) que duraría un
año entero, con todos los gastos paga-
dos. Trece famosos aristócratas de todo
el mundo griego aceptaron semejante
invitación a unas vacaciones de lujo con
chica de premio.
Al fnal, quedaron dos atenienses
como candidatos fnalistas: Megacles e
Hipoclides. El primero de la ilustre fa-
milia de los Alcmeónidas y el segundo
emparentado con los tiranos cipsélidas
de la-advenediza-con-suerte Corinto.
Pero en un banquete, Hipoclides se
pasó con el vino especiado y se puso a
bailar como un saltimbanqui, haciendo
el pino. Se pueden imaginar el escán-
dalo. Porque si Hipoclides era griego,
entonces llevaba túnica y, por tanto, al
ponerse patas arriba mostró todos sus
atributos a los invitados. Algo vio en-
tonces Clístenes en el viril Hipoclides
que no le gustó, pues comentó en alto:
«Bailando te has alejado de la novia».
A lo que Hipoclides contestó, en plena
efervescencia acrobática: «¡A Hipocli-
des no le importa!». Expresión que se
haría famosa en Grecia, convirtiéndose
en refrán durante los siglos posteriores,
con el signifcado de “que me quiten lo
bailao”.
Alrededor del 560 a. C. moría nues-
tro tirano Clístenes en su cama, feliz y
tranquilo –a diferencia de la mayoría
de los tiranos–, y muy querido por sus
amados sicionitas; victoriosos, conquis-
tadores, burlones, cultos, ricos, “jefes
del pueblo”, inventores de la pintura y
glamurosos.
Su hija pariría a otro Clístenes, que
acabaría con los tiranos de Atenas e ins-
tauraría la democracia, ensombreciendo
la fama de su abuelo. Y la hija de este
Clístenes revolucionario pariría a un tal
Pericles, cuya fama enterraría ya para
siempre a la de sus antepasados.
Pero bueno, a esas alturas el viejo
Clístenes podría decir «¡A Hiplocides
no le importa!» ◙
BREVIARIUM
La formulación del problema da lugar
a muchas ramifcaciones en función
del número de personas implicadas y
de si esta cifra es potencia de 2. Así-
mismo es fundamental decidir si solo
calculamos la posición de Flavio Jose-
fo o si también debemos conocer la del
otro superviviente. Es decir, si consi-
deramos que Josefo eligió al zelote su-
perviviente al azar o, por el contrario,
era su cómplice desde el principio.
Pero nosotros vamos a atenernos a
los hechos históricos que conocemos:
Flavio Josefo estaba acorralado junto a
40 de sus hombres; 41 en total, impar.
Supongamos que cada hombre apu-
ñala a su vecino. Los textos no dicen
nada, pero es de suponer que si se hu-
biera recurrido a fórmulas más compli-
cas –y difíciles de explicar a un grupo
de hombres tan numeroso y estresado-
lo recogerían.
En estas circunstancias se producen
cuatro rondas. En la primera, el 1 mata
al 2, el tres al 4… y así hasta el 41, que,
por no haber un 42 al que matar, acaba
con el 1.
Afrontamos la segunda ronda. El 3
es ahora el primero y mata al 5. El 7 al
9, el 11 al 13… Así hasta el 39, que
acaba con el 41.
Una nueva serie. El 3 mata al 7, el
11 al 15, el 19 al 23, el 27 al 31 y, fnal-
mente, el 35 al 39.
En la última ronda de apuñalamien-
tos el 11 cae a manos del 3. Al 27 lo
liquida el 19. Y al 3, el 35.
Así pues, sólo si hubiéseis ele-
gido desde el inicio el puesto 19 o
35 habríais llegado vivos hasta el
fnal.¿Cómo se calcula esto matemáti-
camente? Existe una sencilla fórmula
matemática, que podéis consultar en la
entrada correspondiente del blog Ta-
bula.
Texto íntegro en
http://blogtabula.blogspot.com.es/
Solución al problema de Flavio Josefo
Texto íntegro en
http://blogtabula.blogspot.com.es/
Clío
presenta...
Por David P. Sandoval.
Primera escena de “Atila, rey de los
Hunos”. Tras unos créditos que inclu-
yen a los «políticos, ciudadanos, sol-
dados de los ejércitos de Roma y las
hordas de Atila», asistimos a una ca-
balgada muy al estilo del Hollywood
de los años 50. Los jinetes se detienen
en un decorado de caravanas y caba-
llos donde Atila, interpretado por un
suave y tenebroso Jack Palance, captu-
ra al romano Marciano. Este, temiendo
por su vida, actúa con bravuconería
antes de darse cuenta de que Atila no
es el bárbaro que espera, pues la pro-
puesta que recibe es la de un líder in-
teligente: instruir a sus hombres en el
arte del asedio.
Tras una rápida relación con la hija
de Atila, Marciano huye a Constantino-
pla, donde la película toma la atmósfera
clásica en estas producciones: intrigas
palaciegas que implican a Pulqueria, la
hermana del Emperador, en un complot
para derrocarle, eunucos sibilinos, be-
llas mujeres luciendo palmito y ejecu-
tando danzas repletas de sensualidad...
Las recreaciones son, en una pro-
ducción más bien económica, una
mezcolanza de estilos y épocas. La
sala de recepción de Teodosio II luce
el famoso mosaico de Justiniano… un
siglo antes de su realización y a miles
de kilómetros de su ubicación origi-
nal, Rávena. También hay ambientes
pompeyanos, soldados de cuero y lata,
y una visión de Roma casi medieval
hacia el fnal de la película.
En general, se trata de un peplum
de sandalia y espada, en todos los
sentidos: hay forzudos, peleas, intri-
gas sencillas y mujeres tan peligrosas
como seductoramente vestidas. Todos
estos elementos se remueven y mez-
clan con grandes dosis de ambición
y una fotografía cálida y carnosa. Las
intrigas, descontando la simplifcación
de aquel período convulso, resultan
llamativas pese a que quizá fuesen me-
nos interesantes de lo que llegaron a
ser en realidad.
Sin embargo, lo que destaca y, en
cierta medida, llega a lastrar esta pelícu-
la es el extraño debate metafísico al que
se somete el propio Atila. Con una voz
susurrante y persuasiva, menos ame-
nazadora que su fgura, Jack Palance
crea una personalidad muy alejada del
imaginario popular bárbaro. La acerca
por extraños vericuetos a la fgura más
instruida e inteligente que sí fue Atila.
No en vano fue conocedor –según el
historiador bizantino Prisco de Tracia–
del latín y el griego, entre otras lenguas,
y de muchos de los rasgos de la cultura
grecorromana a la que se enfrentó.
Tal vez este Atila se parezca al En-
rique V de Kenneth Branagh, un líder
sometido a un destino quizá no desea-
do, pero que supo exprimir al máximo.
En todo caso, Atila se debate entre
dudas sobre las fuerzas divinas y los
hombres, máxime tras cumplirse el
“martirio” de su hija y la preeminencia
de la cruz cristiana frente a las paganas
calaveras de los hunos. ◙
No tan bárbaros
ATILA, REY DE LOS HUNOS
Sign of the pagan (1954)
Director: Douglas Sirk.
Productor: Albert J. Cohen.
Actores: Jack Palance, Jeff Chandler,
Ludmilla Tcherina, Rita Gam.
L
a
c
in
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m
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t
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c
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