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El Rey Mono

José Lezama Lima me prestó esta novela china en 1969 y exigió su devolución en tres días, ya que era el libro de cabecera de alguien que se autodefinía como “el peregrino inmóvil”, alguien gordo como un buda, que consultaba los hexagramas del I Ching bajo los auspicios de una estatuilla de Lao Tsé cabalgando un búfalo de jade. Recuerdo que su título —Mono, a secas— sonaba más enigmático que Viaje al Oeste y que era un único tomo a diferencia de los tres volúmenes ahora publicados por la editorial Siruela. Probablemente se trataba de una versión expurgada y amputada de alguna editorial argentina, pero he olvidado ese detalle. Tampoco recuerdo que el ejemplar estuviera confeccionado con papel biblia para reducir cuerpo. Tras su muerte, la biblioteca de Lezama Lima corrió una suerte similar a los avatares de los personajes de este relato chino: fue a parar a un depósito bajo llave en la Biblioteca Nacional. Considerados por entonces libros peligrosos, debían permanecer a la sombra. Algo así como el Index Librorum Prohibitorum o los famosos “Archivos Secretos del Vaticano”. Allí durmió Mono varios años hasta que manos anónimas se lo robaron, o lo rescataron, usando unos trucos de cerrajería similares a las artimañas del protagonista simiesco de la novela. Así, tras no pocas peripecias, aquel ejemplar de Mono manoseado por Lezama, reanudó su peregrinación habanera, pasando por las manos de unos cuantos lectores enterados, hasta llegar por segunda vez a las mías. Pero Mono también desapareció de mi casa como por arte de magia, nunca supe quién me lo robó, lo cual, lejos de irritarme, se me antojó el destino más apropiado para un libro repleto de desapariciones, metamorfosis y escamoteos de lo invisible. Años más tarde, peregriné por las mejores librerías de Francia y de España buscando en vano esta joya de la literatura universal. Por

último, hace poco volví a conseguirla —de manera subrepticia, casi fraudulentamente— en esta nueva edición castellana. Luego me vi obligado a venderla, y es curioso que por más librerías de viejo que visité en Barcelona, nadie quiso comprarla a ningún precio. Sólo entonces comprendí que esta novela no quería desprenderse de mí, y que la única forma de exorcizar estos fantasmas chinos, que me persiguen desde la adolescencia, era escribiendo esta reseña. A primera vista parece un cuento de hadas de corte medieval, pero esta impresión se desvanece tan pronto nos sumergimos en sus páginas. Monumento literario que nada tiene que envidiarle a los clásicos de Occidente, la novela parte de un hecho rigurosamente histórico, pues hubo un monje nacido en 596 que viajó hasta la India regresando a China con 657 textos budistas. Durante mil años la hazaña de este monje viajero fecundó la imaginación popular, pasando de la tradición oral al teatro hasta culminar en esta novela atribuida a Wu Cheng-En, quien nació en 1500. Tal vez gracias a ese largo proceso de gestación, la obra no se limita a consignar el peregrinaje del monje Tripitaka y sus tres discípulos, sino que es también una crónica de lo maravilloso, un viaje iniciático, una aventura interior; un recorrido a través del Tao, amenizado con todos los metabolismos metafóricos del ying y del yang, donde se dan cita la alquimia, el budismo, el taoísmo, el confucianismo, el yoga, las artes marciales, la astrología, la metempsicosis, la escatología y la mitología chinas, la reencarnación y el arte de las diez mil metamorfosis. En el transcurso de esta misión sagrada que dura 14 años, los cuatro peregrinos pasan por aldeas, palacios, monasterios, ríos, mares, bosques, cavernas, desfiladeros; siempre envueltos en batallas aéreas, subterráneas, submarinas y aun cósmicas, luchando contra demonios, cadáveres vivientes, esqueletadas, dragones, fantasmas, brujas lascivas, doncellas que son monstruos y todo un bestiario de criaturas sobrenaturales. A su paso van liberando princesas raptadas, curan reyes o combaten la sequía propiciando lluvias por encantamiento. Todo lo cual se debe, no tanto al monje Tripitaka, sino al primero de sus discípulos, que es el auténtico héroe de esta gesta: el Rey de los Monos sin duda inspirado

en el dios mono Januman venerado por los hindúes. Dotado de extraordinarios poderes, el Rey Mono no sólo es capaz de volar por las nubes y transfigurarse en abeja, sino que puede multiplicarse a sí mismo hasta cien veces con sólo arrancarse un puñado de pelos y luego escupirlos. Todo en este libro es fantástico, desde la cosmogonía inicial —una versión china del Génesis— hasta el nacimiento de este Mono, salido de un huevo de piedra que, a su vez, brotó de una montaña preñada por la copulación del sol con la luna. Pero este mágico macaco abusa tanto de sus atributos que será castigado por Buda a pasar quinientos años debajo de una roca. Lo mismo ocurre con los otros dos discípulos de Tripitaka: seres inmortales que por diversas causas cayeron en desgracia y ahora convierten en gloria sus antiguas condenas viajando en busca de las sagradas escrituras búdicas. Pero si Chu Ba-Chie y el Bonzo Sha fueron transformados en monstruos, y aún conservan rasgos zoomórficos, el origen del Rey de los Mono es completamente sobrenatural y, por tanto, carece de vidas anteriores. Por su carácter travieso, impetuoso, díscolo y burlón, deviene el protagonista mayor de la historia. Sus constantes batallas celestiales o terrenales contra dioses, demonios y salteadores de caminos, a menudo recuerdan las peripecias de Don Quijote con los molinos de viento. Por si fuera poco, los diálogos de Tripitaka con sus discípulos se parecen también a los del Caballero de la Triste Figura con Sancho, pues mientras el monje despliega un lenguaje trascendental, sus adeptos se contentan citando refranes populares. A su vez, el hambre insaciable de Chu Ba-Chie hace pensar en la gula del escudero de Alonso Quijano. Todos los clásicos se dan un aire de familia. Por eso hay aquí una Bodhisattva —la deliciosa Kwan-Ing— que desciende sin cesar, prestando auxilio a los cuatro buscadores de escrituras, del mismo modo que las deidades griegas ayudaban a los contendientes en la Guerra de Troya. Si el episodio donde una diablesa seduce al monje Tripitaka recuerda en algo a Circe; y si al final aparece una variante china de la barca de Caronte; en realidad todo el viaje tiene que ver con Dante, pues los cuatro peregrinos van desde las regiones inferiores

pobladas por monstruos hasta la Montaña del Espíritu, donde se entrevistan con Buda, lo que equivale a ir del Infierno al Paraíso. La obra conserva la estructura del relato oral, donde cada uno de los cien capítulos se engarza, como los abalorios de un collar, siguiendo un poco el recurso de Scherezade. Quizás la asombrosa modernidad de esta novela se deba al humor que impregna sus páginas. No sólo resultan jocosos los personajes zoomórficos que acompañan al monje, sino que hasta los Budas se burlan y gastan bromas, como entregar rollos de sutras completamente en blanco. Este sentido del humor a lo divino, ese desenfado sabiamente combinado con las enseñanzas más profundas, es lo que otorga inmortalidad a estas prosas chinas del siglo XVI. Aquí se pasa sin chirriar de una disquisición taoísta sobre la forma y el vacío a cualquier jarana, lo que impide el tono admonitorio de la catequesis. De esa densidad filosófica y de su estilo sostenido nace el aliento poético que distingue a las obras maestras. Cuando para describir una escena espeluznante se nos dice que “el cerebro saltó como si fueran diez mil pétalos rojizos de flor de melocotón”, cuando leemos que “Tripitaka se sentía como un salmón que hubiera escapado del engañoso fulgor de un anzuelo de oro”; o cuando sabemos que una doncella se llama “Vergüenza de la Cien Flores”, intuimos que hemos llegado al reino de la poesía, igual que los cuatro peregrinos, ya para siempre en la patria del Nirvana, cada uno instalado en su trono de loto.

Manuel PEREIRA
Nado en la Habana, el 31 octubre de 1948, es el nombre literario de Manuel Leonel Pereira Quinteiro. Novelista y ensayista cubano. También fue traductor, crítico literario, de cine y de artes, periodista y guionista cinematográfico. Luego de estudiar Artes Plásticas en la Academia de Sano Alejandro, empezó a ejercer como periodista, a partir de 1968, en diversas publicaciones cubanas y extranjeras.

Entre 1968 y 1978 trabajó y colaboró en diversas revistas como Cuba Internacional, O Caimán Barbudo, Bohemia, Revolución y Cultura, Casa de las Américas. En 1978 se licenció en la carrera de Periodismo por la Universidad de la Habana. Colaboró con diversas publicaciones españolas (ABC, El País, El Mundo, Babelia, Quimera) y mejicanas, como Día Siete, suplemento dominical del Universal. En la primera mitad de los años ochenta se desempeñó como guionista cinematográfico en el ICAIC (Instituto Cubano de Artes e Industria Cinematográfica), y como Jefe de Redacción -y más tarde Subdirectorde la revista especializada Cine Cubano. Entre 1984 y 1988 fue agregado cultural ante la UNESCO en París.