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Créditos

Idea y organización: Marie April Portada: Marie April Maquetación: Elleh Étoile

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Si la pasión, si la locura no pasaran alguna vez por las almas… ¿Qué valdría la vida? —Jacinto Benavente.

Cuando mi voz calle con la muerte, mi corazón te seguirá hablando. — Rabindranath Tagore.

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índice
Un siglo para los cobardes de Elleh Étoile Sentimientos que resurgen de Yahira Potterica Miel amarga de Alice Llévame a París de Carolina von Strauss El chico del piano de Fairytale Love Porque los sueños, sueños son de Constellationme Un baile a medianoche de Rita Morrigan Redreso a ti de Soycazadoradesombrasylibros Caricias de seda de Icarina_juan Para siempre de Araceli Alemán Cuerpo de seda, tacto de fuego de Blas C. Terán Amor imposible de Itzy Pozuelo El encuentro de Fuegodeaire Reencuentro de Enrique García Díaz Ángel de Inés Cardoso Perfecto de Nanni-li Shool de Srta While La eternidad de un instante de Chris Lightwood A la medianoche de Alan D.D Napalm de Leara Martell Las galletas de Isabella de Andrea Castellanos Dulce y ardiente amor de Victoria Vílchez Dos gotas en el mar de Laura Ramón El abismo de tu boca de Esther Magar Champán, sangre y bombones de Misha Baker En las colinas de Newport de Maya Maro Él era su tumba y su epitafío de Bullet Efusión de amor de Nina Benedetta Deseo concedido de Patricia K. Olivera Latidos de amor de Raquel Campos Volver a crecer de Ashaia Weschsler Amor, escondido tras un velo de Sofía Un gato negro y una mirada de fuego de Beatriz Naveira El corazón de Jade de Marisa Sicilia Breathless de Virginia S. McKenzie Dulce pasión de Pam Cullen Señal y despedida de Claudio Leonel Siadore Gut Suave como la seda. Un color azul como el mar de Cristina Buz A veces hay que provocar la casualidad de Selin Un desconocido de Andie Mai La novia del mar de Alba Sánchez Guerrero Adiós de Yazmín Durán Seis meses de Agustina Melemberg Fuego en el cuerpo de Eomoi Paparruchas de Maica Susurros de un ángel de Alura Velle Bajo el papel de seda de Gabriela Aldama El día que me enamoré de Belisima Encerrada de Raquel Díaz Fuego y seda, quemar no te ayudará a olvidar de Alba Morales Rosa Habitación 243 de Elle Levy Jugando con fuego de Claudia Cardozo Melodía agridulce de Angus Wood Mi último baile… de Klaudia Dargo Mío por una noche de Cristina Velvet So nice de Demian Jarcos 6 8 9 12 14 16 18 20 23 25 27 29 30 32 35 38 40 41 44 46 48 50 51 53 54 56 58 60 62 64 66 69 71 73 75 77 79 80 82 84 87 89 91 94 96 97 99 102 104 106 107 108 110 112 114 116

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Agradecimientos
No es la primera vez que organizo una antología de relatos en el blog, pero Seda y Fuego junto a Susurros de invierno han resultado ser un éxito inesperado, a la vez que emocionante. La intención detrás de estas iniciativas es doble: que la gente se anime a escribir y que todos podamos disfrutar de la lectura. No sólo hemos conseguido eso sino que lo hemos hecho a lo grande. Mi más sincero agradecimiento a cada uno de los autores de Seda y Fuego, y mis felicitaciones por las ganas y el sentimiento puesto en cada relato. Lo que hace que esta antología sea especial es la variedad de estilos y la diversidad de historias y subgéneros que la forman. Cuando propuse la idea, una de las cosas que tenía más claras es que cada autor tenía que sentirse libre en su propio mundo interior y aprovechar la inspiración con el menor número de ataduras posibles. Creo que hemos conseguido que esta antología tenga personalidad propia. Hago especial mención a Elleh Étoile, la artista que se ha encargado de la maquetación, la que ha elegido el vestido más elegante y hermoso de la fiesta para Seda y Fuego. A veces no hace falta conocer personalmente a alguien para intuir esa generosidad honesta y desinteresada que le caracteriza. Sabía que podía confiar en ella, y no me equivoqué, no podría haber tenido más suerte. Espero que sepa lo mucho que significa para mí que haya formado parte de este proyecto, y lo agradecida que estoy por su paciencia y apoyo constante. Gracias a todos los que se tomaron unos segundos de su tiempo para difundir la iniciativa y, por supuesto, a los que estáis leyendo esto. Esperamos de corazón que sepáis abrazar cada palabra con el mismo cariño con el que os ofrecemos este regalo. Feliz lectura. Marie April

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Un siglo para los cobardes
https://twitter.com/EllehlEtoile Zeta había olvidado el sabor del atormentador enamoramiento. Ese regusto amargo que deja al bajarte por la garganta y asentarse en tu estómago, esa emoción empalagosa que crea estragos en cualquier capacidad cognitiva y motora que perteneciera al cuerpo. Zeta la había olvidado por completo o quizás se había obligado a sí misma a desterrarla a millones de kilómetros lejos para no verse abrumada bajo su nefasto poder. Había sido relativamente fácil cuando Lévitan se fue, dejándola sola y desamparada contra sus propios demonios. Había sido fácil mientras se pasaba las noches de lucha en lucha y de guerra en guerra. Había sido fácil cuando sucumbió al poder de las tinieblas y el mundo se convirtió en el peor campo de pesadilla que hubiese podido imaginar jamás. Había sido fácil… tan fácil como salir del jodido infierno, envuelta en llamas y arrastrada por centenares de demonios ansiosos por probar su sangre. Zeta se removió inquieta ante los oscuros recuerdos de unos días largo tiempo enterrados y apenas alzó la mirada del suelo cuando Lévitan apareció ante ella, tan magnífico como la última vez que lo había visto. Vestía de negro de la cabeza a los pies y sus enormes ojos de arco iris brillaban de una forma que le atenazó el corazón. Sin embargo, tan dura como la habían hecho las circunstancias, Zeta no mostró reacción alguna. Estaba hecha pedazos por dentro, podía ser un mero recuerdo de la fiera que una vez fue, pero tan maltrecha como estaba sabía a ciencia cierta que había una nimia llama en su interior que seguía siendo vulnerable. Vulnerable a él y a su inherente capacidad de destrucción. Se miraron sin decir nada durante lo que parecieron siglos, rememorando cada pulla, cada grito y cada desafío; se miraron con los recuerdos de un amor tan condenado al fracaso que incluso ahora se reía de sí misma por su absurda ingenuidad. —Tú y yo somos el ying y el yang, Lev—había dicho Zeta con la voz tomada—. La luna y el sol. Ambas caras de una moneda. Somos los extremos de una cuerda que jamás logran tocarse. Vivimos en reinos opuestos, a universos de distancia. Lévitan había tensado el cuerpo de tal manera que Zeta había creído que iba a romperse… más de lo que ya se estaba rompiendo a sí mismo. —¿Esa es tu forma de decirme que prefieres ser una cobarde a luchar por mi?—había preguntado, tan frío como el dios que era. —No, Lev. Esta es mi forma de decirte que te quiero, pero que no puedo esperar eternamente a que tú hagas lo mismo. Habían sido las palabras más sinceras que había dicho en su vida; una asesina mentirosa que no había podido protegerse a sí misma del único ser capaz de destruirla. Lévitan había tarda-

Elleh Etoile

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do siglos en responder y cuando lo hizo, fue con palabras creadas para matarlos a los dos. —Entonces supongo que adiós, Zeta. Aunque, antes de irme, debo decirte algo: yo sí te quiero, mi amor. Como no he querido jamás a ninguna existencia de este plano ni de ningún otro. Un segundo después había desaparecido. De eso hacía ya casi cien años y el mundo había dado demasiadas vueltas sobre sí mismo para que aquello siguiera doliendo. Aún así, la arpía notó un ruido atroz perforar todo su sistema al verle, al sentirle tan cerca. —¿Qué haces aquí, Lev?—preguntó, con la voz tomada como aquella otra vez. Él no respondió, sólo la miró como lo hacía antaño, atravesándole el alma, el corazón y su esencia más enterrada con esos ojos de dios omnipotente. —No has muerto—dijo, sin más. —¿Qué? —Nox dijo que ibas a morir como todos los demás, pero no has muerto. —¿Y has venido a rematarme? ¿Dónde está tu amigo la Muerte? Pensé que estábamos de acuerdo en que la cobardía no iba a permitirte volver a acercarte a mí hasta el final de los tiempos. Lévitan se movió tan rápido que Zeta apenas lo vio acercarse y antes de poder parpadear, lo tenía delante de ella con su rostro encerrado en esas conocidas y cálidas manos. —No te equivoques, mi amor—susurró con tanto ardor que Zeta se quemó en su rabia—. La única cobarde aquí eres tú, que no pudiste sacar la cabeza ni un poco de tus miedos para hacerme sitio a mí. Estaban tan cerca… y a la vez tan lejos. Lévitan fue el centro de su existencia durante un tiempo demasiado breve y aún así había grabado a fuego su presencia en ella como solo un dios podía hacer. —Te odio—repuso Zeta con suave fiereza—. Te odio más que a todos los druidas que me torturaron durante años. Te odio, Lévitan, y no hay amor en el mundo que vaya a eclipsar a este desecho en que me has convertido. Me has obligado a ahogarme en los fuegos del Infierno y jamás lograré perdonarte. Me hiciste dártelo todo, he perdido en tus manos lo poco de mí misma que me pertenecía a mí y solo a mí. Lévitan la besó entonces con tanta furia que el mundo se resquebrajó en dos por su intensidad. Zeta se agarró a sus manos, que seguían cogiéndole el rostro con la ira de un dios nacido para el Caos y se sintió morir como todas esas veces que él había hecho lo mismo. Cesó el beso con la misma celeridad pero no la soltó. Sin embargo sus ojos, más brillantes que nunca, se clavaron en ella y la marcaron de la misma forma en que las palmas de sus manos estaban marcando sus mejillas con magulladuras. —Ay, mi amor, si supieras el tamaño del odio que te proceso yo a ti ni siquiera te atreverías a respirar. Tengo la existencia del propio universo y ningún ser me ha hecho odiar tanto la vida como lo haces tú. ¿Crees que soy feliz sabiendo que la anarquía de mi alma se ha visto sumida a tu eterna desesperación y cobardía? ¿Crees que soy feliz sabiendo que he perdido el poder y la razón por una mujer aterrada de luchar por mí? Te odio más que al orden y al control, Zeta, porque aunque yo me haya llevado tu alma y tu cordura, tú te has llevado al poderoso dios que una vez fui. Y mientras que tu odio durará breves décadas más, yo tendré que vivir hasta la eternidad con tus malditas heridas supurando en mi cuerpo; con la certeza de que fui el dios más tonto del cosmos al entregar un corazón que no creía poseer a una arpía mestiza que se creía guerrera pero que resultó ser una niña rota sin valor ni presencia. Y aún así, mi amor…—Lévitan acarició sus labios con los suyos con tanta ternura que Zeta temió romperse en sendos sollozos de dolor—… debes saber que no podría odiarte tanto si no te hubiese amado con la misma intensidad una vez, hace millones de años; si no hubiese en mi interior resquicios de esa emoción que tanto detesto y que tan asustadiza te ha convertido a ti. —No puedo combatir las emociones de lo que me has hecho. —Entonces adiós otra vez, mi amada Zeta. Volveremos a vernos dentro de cien años. Y volvió a desaparecer de su vida, tan rápido que Zeta temió haberse vuelto aún más loca… o peor: que solo hubiese sido un sueño desesperado de su corazón hecho pedazos.

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SENTIMIENTOS QUE RESURGEN
http://un-gran-mundo-imperfecto.blogspot.com.es Oscuridad, solo se veía oscuridad y al fondo un pequeño halo de luz, esa era su mente. Miraba dentro de ella, viajando al fondo de ésta, más allá del pensamiento, de los recuerdos, hasta llegar a un diminuto rincón, olvidado. Nadie había entrado allí desde hace tiempo, un lugar que no había sido tocado, nada había cambiado, los dos lados seguían igual de tranquilos, de uniformes, ninguno ganaba, estaba todo demasiado neutral. La luz regresó y con ella todas esas formas tan conocidas para ella, ese cuarto tan conocido para ella, su cuarto. Siempre fue el mismo, nunca cambió nada, no quitó nada ni tampoco añadió. Arrodillada en su cama, respiraba de forma profunda. Volvió a meterse en su mente y volvió a ir a ese pequeño rincón. ¿Por qué desde hace cinco años seguía igual? ¿Por qué no podía sentir ni amor ni odio? Era alguien neutral, alguien sin ningún tipo de sentimientos. Todas lo quieren, galán como ninguno, el más hermoso de todo hombre visto en la ciudad. Todas las chicas pelean por él, todas menos una. Siempre de flor en flor, siempre buscando sentimientos que quemar, personas a las que dar su mejor sonrisa y luego olvidar, ni siquiera hacerles un hueco en los recuerdos. Todas los han probado y todas han llorado. Ahora él tiene un nuevo desafío, conquistar la a ella. La seda es tan frágil, tan delicada y tan hermosa al mismo tiempo que todo el mundo quiere tocarla aunque sea una vez en su vida, pero ella se guarda del dolor, de esas manos aperas, de ser rota, se protege a sí misma. También la quiere tocar el fuego, la desea, pero él sí que va a destruirla, ya no hay marcha atrás se acerca demasiado rápido, ella no puede escapar. Es tan brillante, tan hermoso, pero duele, ya es demasiado tarde, ya está ardiendo en sus brazos, consumiéndose para siempre, volviendo a sentir de nuevo lo olvidado.

Yahira Potterica

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Miel amarga
http://fty-world.blogspot.com Su penetrante e intensa mirada llenaba las calles de luz durante todas las mañanas y la sonrisa que se dibujaba en su rostro, tan dulce y pícara a la vez, hacía que me sonrojara todos los días, sin excepción, dándole a mis mejillas un matiz de color más rojizo que el rosado que siempre solía tener dibujado. Simplemente era un instante, un momento, apenas un segundo en el que sus ojos y los míos se encontraban entre la gente que caminaba deprisa y con rumbo fijo hacia su trabajo. Como yo. Como él. Pasos fuertes y decididos correteaban por las calles. Sonidos de tacones apresurados que no llegaban al metro o que pedían un taxi desesperadamente. Gente con teléfonos móviles en las manos que daban órdenes a voces o las recibían acatadamente. Madres y padres que llevaban a sus hijos al colegio algunos entre llantos, otros corriendo delante de sus padres y muchos aún restregándose los ojos por el sueño. Los transportes ya empezaban a echar humo durante esas primeras horas de la mañana para no detenerse hasta bien entrada la noche. Pero cuando él y yo nos cruzábamos todo parecía congelarse, todo parecía silenciarse y tan solo existían su mirada de color miel que buscaba tímidamente el calor que desprendía la mía, como si de una taza de chocolate deshecho se tratara. Cada mañana ansiaba ese momento en el que salía de casa y empezaba a caminar hasta la calle central con aquel escalofrío que me recorría la espalda, el cual empezaba a hacerse tan familiar en mi. Me cerraba el abrigo fuertemente con una mano sobre el pecho y no porque tuviera frío, si no porque me daba miedo de que el corazón se saliera del pecho. Parecía un potro desbocado que saltaba de felicidad como si quisiera despertar a mis ojos dormidos y que buscaran con más atención aquella melena que normalmente iba recogida en una cola de caballo baja. Entonces llegaba al cruce, cogía aire intentando calmar mis nervios y rezando para que mis piernas no me traicionaran y decidieran perder el equilibro en el momento menos oportuno cuando empezaran a temblar junto con todo mi ser, y soltándolo con un gran suspiro me lanzaba a por esos instantes que me dejaban como subida entre nubes de algodón. Pero aquel día fue diferente. Paré en medio del gentío que parecía haber subido el tono en todos los aspectos y era ensordecedor. Busqué con mis ojos por todas partes aquel fuego que me derretía pero no lo encontré por ningún lado. Ni aquel día, ni el siguiente, ni un mes después, hasta que me di por vencida y cambié de trayecto para llegar al hospital en el que trabajaba. Mi vida volvía a ser normal, como antes; de casa al trabajo y del trabajo a casa con tan solo la compañía de Dream, mi gata, y la estantería repleta de novelas que me esperaban para ser devoradas. Volví a vivir para trabajar y el tiempo entre turnos dobles y algún que otro favor a mis compañeros, se esfumaba como el humo. Pero el destino jugaba sus cartas por mi y durante aquella mañana empezó a planear su dulce y amarga jugada cuando un repartidor llegó a mi consulta con un ramo de rosas de un intenso color granate desprendiendo un perfume embriagador y dando color a la consulta.

Alice

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“Lo siento, soy un cobarde y tú te ves una chica demasiado decidida. Me dio miedo y me alejé para olvidar tu tierna mirada y tu sonrisa resplandeciente. Como ves he fracasado en el intento y después de estos largos meses he decidido lanzarme y que pase lo que tenga que pasar. Te espero en la puerta. Si no bajas lo entenderé. Oliver”

Bajé las cuatro plantas como alma que lleva el diablo, sorteando las escaleras, sin pensar en coger el ascensor atestado de gente, mientras me pellizcaba las mejillas y volvía a colocar mi mano sobre el pecho por mi loco corazón. Y, al salir al exterior, frené en seco; ahí estaba, plantado, de espaldas a mi, con los brazos cruzados sobre el pecho y los suaves rizos que se le formaban en las puntas de su cabello el que parecía haberle crecido un poco más y yo no había olvidado tampoco. Como sabiendo que mis ojos se habían clavado en su nuca, se volvió hacia mí y caminó con paso decidido mientras yo no podía apartar mis ojos de él, de aquella mirada que había ansiado y soñado tanto, de aquellos brazos en las que una y mil noches había querido perderme y de aquellos labios carnosos que hubiera querido saborear todos los días. Parecía que ninguno podía hablar, tan solo nos mirábamos a los ojos, buscando una respuesta en ellos a la pregunta que ambos teníamos cerrada con llave en nuestro interior. Oliver se acercó un poco más, con su mano extendida con la que acarició mi mejilla mientras que con el pulgar rozaba mis labios que se abrieron sutilmente sin yo ser consciente de ello. - He echado tanto de menos el rubor de tus mejillas… Eres tan hermosa. No quiero espantarte por mi actitud –negué con la cabeza-. ¿Cenarás conmigo pasado mañana? –. Le sonreí ampliamente dando a conocer mi respuesta. Y en ese preciso momento bajó su cabeza hasta que nuestros labios se encontraron en un primer beso sutil, dulce y cargado de miedo por aquello que empezábamos y no sabíamos como iba a continuar aunque seguramente, nos dejaríamos llevar. Pero el destino empezó a jugar sus últimas cartas aquella noche, cuando estaba dispuesta a salir de casa y encontrarme de nuevo con él, con el chico con el que había estado soñando últimamente. Sonó mi teléfono móvil. Era el director del hospital. - Lisa tienes que presentarte ahora mismo aquí. Tenemos un paciente con serios problemas en el corazón. Turner no puede atenderlo está en medio de una operación. Ha sufrido un accidente y está bastante jodido. Sé que es tu noche libre pero… - Pero… -pensé en la vida de ese alguien cuando estaba decidida a reclamar-. Lo entiendo. Voy para allá –colgué. Llamé a Oliver mientras corría al hospital, situado no muy lejos de mi casa, pero no pude localizarle y me di por vencida a las cinco llamadas pensando en que más tarde lo vería. Una vida corría peligro. Cuando llegué al quirófano el paciente había perdido mucha sangre y estaban intentando reanimarle pero su corazón no respondía. Así que me enfundé rápidamente la bata, la mascarilla, me puse los guante para seguir el trabajo de los demás y entonces… le vi la cara. Era Oliver y estaba allí tumbado en la camilla. Mis ojos se nublaron y mi respiración empezó a dificultarse. Tan solo con una ojeada supe que todo el golpe lo tenía en el pecho y si no encontrábamos un corazón para él no aguantaría 24 horas con vida. Mi grito fue desgarrador mientras noté el duro golpe contra el frío del suelo en mis rodillas. Tuvieron que sacarme del quirófano para que otro médico me suplantara. Dicen que no quise apartarme de él en el tiempo que estuvo ingresado hasta que murió. Dicen que durante un tiempo no podía entrar a la sala de operaciones sin salir irreconocible, gritando, pataleando… y acom-

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pañada por alguien más. Mi calidez se había apagado para siempre. Su miel permanecería siempre grabada en mis retinas. Su sonrisa sería el sueño de todas las noches. Su caricia un recuerdo que se pasearía por mi piel para siempre. Y sus besos… sus besos serían el sello de mis labios que jamás me permitiría borrar. ¿Se podía llegar a amar a alguien tan intensamente con la mirada? ¿Se podía sufrir tanto después de aquellos besos fugaces? Solo sé que con él se fue todo lo que siempre había querido ser y que cuando me miraba, todo el gris que nos rodeaba se esfumaba para dejar paso al amor que veíamos en nuestros ojos. Su miel… ahora era miel amarga.

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llévame a París
Carolina von Strauss
Inglaterra. Londres. City. Febrero 14, 2013. 6:00am. El sol no ha acabado de salir cuando ya estoy despierta. Miro con odio el móvil y me entran arcadas. Yo ODIO el día de San Valentín. Este maldito día me recuerda cuando yo era de flores y corazones. No tengo tiempo de nada cuando alguien toca mi puerta. Extrañada, camino hasta ella, me asomo por la mirilla y descubro a un chico allí parado, con las manos en los bolsillos. Abro. Zachary sonríe. −Vístete, nos vamos ya−Sonrió−. Y no acepto un no por respuesta. Le dejé pasar. No dije nada mientras le servía café. Me di una rápida ducha y peiné mi cabello hacia atrás, estilo Marilyn Monroe. Con un corto vestido blanco. Él me cogió del brazo y tomamos un taxi hasta la estación de metro. Compró dos boletos y a las 7:00am estábamos abordando el vagón del tren. −Zack…Gracias− Fue todo lo que tuve fuerza de decir. Él se encogió de hombros. Llevaba una bonita camisa de cuadros rojos, una camiseta blanca y jeans. Converse, igual que yo. Solo tenía dieciséis, pero ya lucía como un hombrecito y me hubiese agradado pensar en él. Pensar de la forma en que no puedo hacerlo. Le conozco desde que tiene trece, nos hicimos mejores amigos al instante y sé que le fastidia tanto como a mí, pero me repito que no soy chica para él. Fin. El viaje transcurrió en silencio y me sorprendí al escuchar por los altavoces que llegamos a París. Él sabía que yo siempre había querido venir, el corazón se me aceleró y tuve un pequeño nudo en la garganta. ¿Por qué no se casaba conmigo o algo por el estilo? Hacerlo aquí en París, a escondidas, era muchísimo más romántico. Venir aquí y nunca volver, ni mirar atrás, hacia los amargos recuerdos. Saltamos fuera del tren cogidos de la mano. Yo soy más alta que él y reí. −Sé mi novia por hoy, Lana. Asentí, llevada por la dulzura de sus palabras. Caminamos por cada callejuela que encontramos y cada vez que sentíamos hambre, comíamos croissant con café. Tomamos unas mil fotos típicas de turistas: con boinas puestas y poses de mimo. En cada esquina y lugar. Pero el tiempo paso de prisa y pronto, estábamos el uno al lado del otro, dentro del tren. 7.00pm. Nos íbamos y el corazón se me rompía. Cogió mi brazo y lo acarició mientras me abrazaba. Me aferré a él como nunca. Respirando su perfume y cogiendo valor. −Zack… siento que mi corazón se rompe. Hay algo que debo decirte: te amo, te quiero, te adoro. Lo eres todo para mí. No me importa los seis años que hay en el medio, lo lejos que vivamos el uno del otro, lo malo que me haya pasado y todo lo que sufro. Porque pierdo cada día de mi vida que no te amo, por estas estupideces que creo que me alejan de ti. Quisiera quedarnos, juntos y no volver. Quiero ser tuya,

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en Londres, en París, en Berlín, no importa como sea. Quiero hacernos felices a ambos. Lloré, porque llevaba tres años callándome eso, pero entonces él me cogió el rostro y hizo lo último que pensé que haría. Me besó. Con gentileza y pasión, llevando sus manos por todo mi torso y mi piel desnuda. Ardiente. −Cállate Lana, porque el único momento que importa es esté donde me quemo y me fundo en ti, en tu piel de seda y en tus labios suaves. Y era eso, solo eso, seda y fuego. Como totales opuestos unidos, por él y por mí, sin que nada en el mundo pudiera separarlos. Feliz San Valentín, pensé, volviendo a él. Olvidándome del resto del mundo. −Cuando volvamos todo esto será como un sueño−Pedí con cierta tristeza−. Siempre he creído que soy libre y eso no puede cambiar, porque quiero que tú también lo seas. Estaba recostada de espaldas contra su pecho. Ya casi llegábamos de nuevo a Londres. Besé sus manos mientras pude. −Pero… Siempre que quieras que sea tuya. Llévame a París.

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El chico del piano
http://elrincondelarelop.blogspot.com Se encontraba llorando en su habitación por culpa de él, le había roto el corazón por segunda vez y esta vez había sido la que más le había dolido. Estaba sentada en el alfeizar de la ventana con ella abierta mirando cómo la gente se divertía o como la gente paseaba sin más. A lo lejos se podía escuchar a alguien tocar el piano y cantar, la voz era masculina y muy suave, bonita y el piano lo tocaba con sutileza y con destreza. Bajó por la enredadera y buscó por la urbanización de donde podía proceder esa música. Estuvo mirando por aquellas calles un buen rato sin resultados. Cuando se iba a dar por vencida le encontró en el centro cívico de la urbanización que estaba cerrado al público por reformas. Entró con cuidado, no quería que nadie le viera. Miró por las aulas hasta que le encontró, era un joven muy guapo de eso no le cabía duda, el pelo corto bien peinado era de una marrón caoba y los ojos eran de un verde manzana. Iba muy bien vestido, con una camisa blanca, una corbata negra que le daba un toque de masculinidad, el jersey también era negro de pico, los pantalones eran unos vaqueros negros y los zapatos unos mocasines de cordones también negros. —¿Puedo ayudarte en algo? -—preguntó el joven que había dejado de tocar y de cantar , que se encontraba mirando a la joven que estaba de pie en el umbral de la puerta la cual se había quedado contemplándolo. No dijo nada, las palabras no conseguían salir de sus labios—. Jovencita, si necesitas algo el centro cívico está cerrado hasta la semana que viene, así que no se qué haces aquí —Bueno esto,... yo... vine a... —se notaba como si al hablar le faltaran fuerzas para hacerlo seguido. Así que respiró hondo y luego expiró el aire—. He venido atraída por tu música. Te he escuchado desde mi casa y me gusta lo que he escuchado. —Muchas gracias —dijo él con una sonrisa en los labios—. No te quedes ahí y siéntate que estarás mas cómoda—le hizo caso, gracias a él las lagrimas derramadas por el tonto aquel habían cesado, ¿pero que le estaba pasando?—. Mi nombre es Jeremy. “Bonito” pensó ella. —Yo me llamo Blair —comentó ella mientras se sentaba cerca de él—. Puedes seguir tocando y cantando, a mí no me importa. El continuó cantando y tocando el piano y a cada canción y sobre todo con cada acorde ella se encontraba como si flotara en una nube esponjosa. —¿Sabes tocar el piano? —aquella pregunta sacó a Blair de sus pensamientos y la devolvió a la realidad. —No mucho, lo básico—él le dijo que se acercara que le enseñaría. ¿Por qué era tan amable con ella? ¿Por qué? Quiso preguntarlo pero no le pareció el mejor momento. Cuando la mano de ella y la de él se tocaron, ella sintió un cosquilleo que le recorrió el cuerpo en

Fairytale Love

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cuestión de segundos. Él sonrió, le estaba enseñando a una completa desconocida a tocar y no le importaba porque le gustaba, algo le había atraído cuando la vio en el umbral de la puerta minutos atrás. Ambos se encontraban felices y en una nube de la que ninguno quería bajarse.

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Porque los sueños, sueños son
http://buhardilladeconstelaciones.blogspot.com.es Dormitaba feliz una mañana de verano, y el sol de madrugada asomaba su deslumbrante cabecita por la ventana. Sus rayos se colaban por las rendijas de la persiana entreabierta en la habitación donde Princesita soñaba radiante. Ella abrió sus ojos cuando uno de esos juguetones rayos de sol acarició su mejilla, coloreándola de un sin igual tono rosado. Despacito se incorporó y cubrió su cuerpo, casi desnudo, con las suaves sábanas, de única seda blanca, que vestían la acogedora cama de matrimonio donde había soñado durante toda la noche; sábanas completamente blancas, como la mayoría de los muebles y las paredes de tan bella estancia. Princesita comprobó sigilosa que se hallaba sola aquella mañana, pero sabía que no lo había estado hace tan solo unos minutos atrás. Todavía se podía sentir el calor humano guardado entre las sábanas, en esa cama desconocida. Un calor acompañado de un dulce aroma que nunca podrá olvidar… Y volvió a hundirse en el colchón, y volvió a cerrar sus ojos. Y en tan sólo unos segundos, un chirrido acompañado de unos débiles pasos anunciaban la llegada de Sol. Sabía que era él, podía sentirlo, allá en un rinconcito de su enamorado corazón. Y una bella melodía desprendida por el instrumento más romántico del mundo inundaba de ilusión aquella habitación luminosa en la que Princesita dormía, soñaba. Y así, nuevamente ella abrió sus ojos ante semejante belleza, su octava maravilla. Y allí estaba él, Sol, con su vida, con su saxofón. Una enorme sonrisa se dibujó, como por arte de magia, en el feliz rostro de Princesita. Y Principito se acercaba a Princesita regalándole el más maravilloso despertar de su vida en medio de un amanecer de verano, de su primer verano junto a él. El sol fue testigo del amor que desprendía la melodía de Principito, la sonrisa de Princesita, las miradas cautivas y cómplices de ambos. Nunca antes se había sentido tan querida como en aquel momento, en el instante en el que Principito le susurró suave, lento al oído un verdadero “Buenos días, princesa” con un besito en su mano de regalo. Es mejor que soñar, pensaba Princesita. Y sentados, cogidos de la mano se querían. Y de nuevo Principito susurró, más suave y lento aún, a Princesita que había una sorpresa esperándola en el salón. Y ella no podía dejar dejar de sonreír. Principito guardaba el saxofón, Princesita buscaba por la desordenada habitación su vestido de flores, pero no lo encontraba. Principio reía, estaba tan graciosa cubierta por la sábana intentando encontrar su vestido. Y con una de sus manos escondidas detrás de la espalda, Principito acarició a Princesita con la otra en la mejilla y la invitó a vestirse con una de sus camisas favoritas; blanca con pequeños cuadros azul mar. Y lentamente se vistió y abrochó los botones, le estaba grande, larga, pero estaba preciosa, más que nunca. Princesita se puso de puntillas y le dio a Principito un beso de esquimal en la nariz para agradecer tan magnífico detalle. Y Principito alzó a Princesita al vuelo, ella rodeaba con sus delicados y frágiles brazos su cuello, él la bajaba en sus fuertes brazos por las escaleras, como una verdadera princesa. Y llegan felices a su destino. El salón los esperaba impaciente con un trapo de cuadros rojos y blancos tendidos en el suelo, en el que está deliciosamente preparado el desayuno, junto a una hermosa rosa

Constellationme

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roja. Se tumban juntos, desayunan juntos, sonríen y se quieren, más que nunca antes. Principito postra sobre el cabello de Princesita la rosa; y un beso repleto de pasión concluye el sueño.* ...porque la vida es un sueño, y los sueños sueños son.

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Un baile a medianoche
Rita Morrigan
www.ritamorrigan.com Una cálida ligereza inundó el cuerpo de Giselle. El vértigo y la sensación de mareo inicial, pronto dieron paso a un frenesí embriagador. Sus vigorosos brazos la envolvían. Al fin. En un principio le había observado altiva desde su escenario. Pero con su persistente danza, él pronto transformó su desinterés en curiosidad. Giselle se descubrió esperando con anhelo a que el día terminara para verle. Y sin darse cuenta, la curiosidad dio paso al amor. Él continuó bailando cada noche; brioso, incitante, provocador. Bailaba para ella. Lo sabía. Le clavaba su ardiente mirada durante toda la danza, para no apartarla en toda la velada; hasta que el sol brillaba, hasta que él se marchaba. Giselle se sabía perdida. Enamorada como estaba, era de esperar que tarde o temprano acabara en su lecho. Allí, ahora, sentía que no había vivido antes. Lo que le estaba haciendo la aturdía. Las ásperas manos ascendían por sus piernas provocándole sacudidas de deseo. Giselle elevó la cintura en busca de un mayor contacto. Él correspondió inclinando su rojiza cabellera y dejándole un rastro de abrasadores besos a lo largo del cuello. Descendió hasta el escote de su vestido y se detuvo, en una febril exploración de sus senos. El vestido de seda no tardó en desaparecer, al igual que las medias y el corsé. Completamente desnuda y a su merced, Giselle notó que su cabeza comenzaba a dar vueltas. Sentía sus manos candentes por todas partes, su lengua la asaltaba una y otra vez, incitándola a corresponderle. Ella le obedeció y se abandonó. Y él la tomó por completo, poseyendo su cuerpo hasta la esencia misma. El creciente balanceo la dejó exhausta. De repente, un violento éxtasis la consumió. Gritó, y todo su mundo explotó en un millón estrellas. — ¡No! —Chilló Laura desde el umbral de la puerta, quebrando el silencio que reinaba en su habitación—. ¡Maldito seas Miguel! Se aproximó a grandes zancadas a su hermano mayor, que se hallaba frente a la chimenea con una perversa sonrisa, y le empujó con todas sus fuerzas. Miguel sólo tenía un año más que ella, pero nunca había dejado de fastidiarla. Sin embargo, lo que acababa de hacer no se lo iba a perdonar en la vida. —Apártate idiota. Laura se arrodilló frente al fuego y trató de rescatar la cajita de música que su malvado hermano acababa de arrojar dentro. Pero las fuertes llamas se lo impidieron. Entristecida, contempló cómo la madera de la estructura ardía y el vestido de seda de la bailarina Giselle era consumido por el calor. La cerámica de sus piernas se quebró y desapareció. Con lágrimas en los ojos, Laura vio desaparecer aquella muñequita preciosa que había danzado siempre que necesitaba ayuda para dormir. Antes de acostarse accionaba el mecanismo de la caja de música que se hallaba sobre la repisa de la chimenea. Las piruetas de Giselle al ritmo de la suave melodía y el candente resplandor del hogar, la arrullaban hasta que se sumía por completo en el mundo de los sueños. La echaría de menos, y sus desvelos no tardarían en regresar.

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Entonces, algo insólito llamó la atención de Laura. Sorprendida se secó las lágrimas con el dorso de la mano; por un instante le pareció observar que Giselle sonreía dichosa, justo antes de ser devorada por el fuego.

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Regreso a ti
Soycazadoradesombrasylibros
http://www.soycazadoradesombrasylibros.com/ En antaño, el fuego quemaba mi piel y como la seda, eran tus caricias pero hace tiempo que te habías ido apagando y no sabia el motivo o si la culpable era yo. Con unas letras de una canción prendidas a mi mente andaba por la calle en aquella gélida tarde de Enero, con la mirada perdida y sin mirar hacia donde me dirigía, solamente en mi mente una frase que parecía no quererse soltar de mi pensamiento: Te esperare el tiempo que haga falta, ¿De eso? ¿Cuánto tiempo hacia? Ni yo me acordaba, solo necesitaba alejarme de esta ciudad que me tenía prisionera, hacia otro lugar. El aire me estaba agrietando los labios, y peligrosamente se empezaron a asomar las primeras lagrimas de nuevo, ¡Tan simple había podido ser todo! ¡Con una sola palabra!, ¡Un, si, habría bastado para cambiarlo todo!, pero no fui capaz, de articular nada y salí disparada como si el suelo quemara. Ha pasado otro año mas, me acabo de tropezar contigo y todas las emociones que se hallaban ocultas, se han desbocado al pensar como, tus palabras, han caído en un saco roto y no me has sabido esperar ni doce meses, ya estas prometido a otra y cuando nuestras miradas se han fusionado en una sola, he sentido tu odio y otro sentimiento que jamás pensé que sentirías, hacia mi. Las gotas que quieren salir de mis ojos, se van aglomerándose ,pero no pueden salir, debo mantener mi compostura de mujer fuerte. Me acomodo en el último vagón del tren que me lleva al aeropuerto, a mi nuevo destino y me dejo guiar por mi corazón. He intercambiado mi casa con una persona que vive en Irlanda, que al igual que yo, necesitaba desconectar…los mal de amores parecen que surgen en cualquier lugar este planeta, pero quizás, en este nuevo sitio me vuelva a encontrar a mi misma y espante a mi “particular fantasma del pasado”. Tras un viaje sin ninguna complicación llego a esta casa que durante un año entero será mía, a una hora de Dublín, entre montañas y prados verdes, y por primera vez sonrió ¿Hace cuanto que no lo hacia? Demasiado tiempo… Llamo a un taxi el cual avanza lentamente, mientras el conductor se dirige por Darty Road hacia otro rumbo, otras imágenes se vuelven a reunirse en mi mente. Debo de confesar que había vivido la mejor época de mi vida en esta pequeña pero esplendida ciudad, con sus afables lugareños y con sus tabernas bulliciosas de vida cuando llegaba el atardecer, y que una vez no hace mucho tiempo me había permitido ser feliz y había regresado para intentarlo, ¡Era una locura!, pero en este momento en el que me hallaba frente a este, mi segundo hogar, sabia lo había venido a hacer ¡Creía en las segundas oportunidades! Y que mejor época que la que se acercaba, San Valentín. Durante el trayecto, me había preparado a conciencia para un no, ya que siempre hay que estar preparada para lo negativo, o algo así, decía siempre mi madre. Pasaban los minutos y el taxi, paro frente a su casa, en los grandes ventanales del segundo piso, se veían tenues luces, pero ninguna señal de que el se encontrase allí, por lo que no sabia, si llamar al timbre,

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o esperar ante su puerta. Pague al joven taxista y le di una propina, se la merecía por no haberme preguntado nada, mientras sus ojos cada dos por tres se incrustaban en los míos con interrogantes formándose. Opté por lo segundo, me senté en el rellano de la escalera tras haber llamado un par de veces y no haber obtenido respuesta alguna, aunque la tarde se iba cerrando e iba a dar paso a la noche, la temperatura era agradable, para ser principios de Febrero y estar en Irlanda, por lo que me eche a mirar las estrellas sobre esas escaleras de piedra que tanto recordaba. No habían pasado ni quince minutos, cuando algo o alguien ,me impidió verlas, con esa oscuridad era imposible saber qué era, me incorporé de un salto y me choqué con él, frente a la única persona que había querido y al que había roto su corazón una vez pero… ¿Qué demonios? ¡Era el taxista! Por eso me miraba de aquella manera tan rara…las palabras no me salieron aunque se agolparon de golpe en mi garganta y lo que había estado ensayando muchas veces durante el trayecto se quedo en un silencio incomodo, en un silencio del que no sabia como salir y tampoco quería romper. Sentándose junto a mi, me toco ligeramente el hombro y me dijo —¿Qué te trae por aquí de nuevo Mary? —Tú, ¿me has vuelto a traer? —¿Cómo? —No lo sé, pero quiero remendar si se puede el daño que te hice antaño. —¿Volviendo a mi vida, así por las buenas? —Estoy intentando pedirte perdón de la mejor manera que se y sabes que soy orgullosa —¿Todavía lo eres? —¿Y tú sigues siendo sarcástico y un chulo? —Ambas cosas, y ¿vienes a la puerta de mi casa a recriminarme todo esto? —Vengo a….déjalo, me sigues poniendo nerviosa Una tenue sonrisa se dibujo en los labios finos pero carnosos de Declan y sus ojos grises me miraron con una luz que ya no estaba acostumbrada a ver en nadie. Levantando las manos hacia arriba me dijo. —Cálmate, solo quería saber cómo estabas de dañada —¿A qué te refieres? —Desde que te fuiste corriendo de esta isla he seguido tus pasos y sé todo lo que has pasado ¿Te enteraste que él estaba con ella mientras te proponía matrimonio? —Sí— dije titubeando… Mientras las heridas se volvían abrir, pero no quería reflejar ninguna emoción. —Lo siento por sacar temas espinosos, pero cuando te he visto subir a mi taxi y ni siquiera mirarme y decirme que querías venir hasta aquí, me ha sorprendido, solo es eso, pero me alegro de que estés aquí. —¡Ah sí! —Sií, porque aunque me hiciste daño, yo la promesa que te hice la sigo manteniendo: Te he esperado cinco largos años y aunque al principio no quise saber nada de ti, luego comprendí que algo de tu cabeza había pensado… —Te descubrí abrazando a mi mejor amiga y luego besándola ¿Te parece eso la escusa perfecta para no salir echando leches de esta isla? Me levanté enervada y eche a correr, tres minutos después, sentí que una mano me cogía el codo y me acercaba a el, su aliento en mi nuca y su oído acercándose al mío y una frase cargada de sentimiento saliendo de sus labios, me hizo estremecerme: —Pero tus labios de seda no eran como los de ella y ella no desataba el fuego que tenía, ni me hacía enfadar, ni tenía las pataletas que tú tenías cuando llegaba algo achispado, ella vino a mi porque había dejado a Connor y fueron sus labios los que viste posándose sobre los míos, no al contrario. —¿Me lo juras?

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—Sí y aunque se que estas herida en estos momentos y yo he salido de una relación hace unas horas por ti, quiero ir poco a poco de nuevo y volvernos a conocer como antaño pero sobre todo que confíes en mi. Separándome de él, le alargué mi mano y le dije: —Me llamo Mary, encantada y feliz de estar aquí —Yo Declan y como se dice por aquí: Is é an sásamh mianach. (el placer es mío) Espero que te quedes por mucho tiempo. —Eso es lo que deseo, si tú quieres. —Todavia es pronto, pero sí lo deseo.

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Caricias de seda
http://elmundodeicarina.blogspot.com.es Afuera llovía y las gotas precipitadas desde el cielo discurrían salvajes por el cristal de la ventana, uniéndose a otras para crear cristalinos ríos que deformaban la realidad exterior hasta llegar al alféizar de la ventana. Una vez allí, se volvían pausadas, conformando diminutos charcos en los que perdían la noción del tiempo, para instantes después, y empujadas por torrentes de gotas nuevas, proseguir su viaje hasta morir definitivamente en el suelo. Yo, desde el otro lado de la ventana, y como queriendo romper la barrera que me separaba de ellas, las seguía con el dedo en sus serpenteantes viajes. Había venido hasta el salón auxiliar para aislarme un poco del agobio que estaba produciendo en mí tantos comensales como habían acudido a la boda de mi hermana mayor. Y tan absorto estaba en estos juegos que no me percaté que ya no estaba solo. —¿Recuerdas cuando de niños corríamos bajo la lluvia y llegábamos a tu casa totalmente empapados? Tu madre te recriminaba que hubieras permitido que me mojara y tú no encontrabas las palabras adecuadas para defenderte. Yo, entre risas, te daba un beso –escuché a mi espalda. Antes de volverme cerré un instante los ojos y recordé las veces que había soñado con aquella voz en los últimos años y ahora...ahora susurraba cerca de mi. Marie se acercó también a la ventana e imitó mis movimientos anteriores, siguiendo con un dedo el curso de una gota de lluvia. —Me alegra mucho que hayas vuelto aunque sea sólo por un día. ¿Cuántos años hace ya que te marchaste? ¿Son ya quince años los que llevas casada? –dije casi tartamudeando como cuando era pequeño. —Sí, quince años ya. ¡Cómo pasa el tiempo! Y si al menos hubieran merecido la pena.... –había bajado la cabeza y jugaba ahora a entrelazar sus dedos- Tú no me has contestado aún a mi pregunta. —Sabes bien que sí me acuerdo. No he olvidado ninguno de los momentos que pasé contigo. Ni he podido olvidarte a ti. Tal vez pienses que estoy loco, pero a menudo hablo solo y digo tu nombre. Hacía fresco en la habitación; en la chimenea apenas había unas ascuas. Me acerqué y añadí algo más de leña. El fuego se avivó y rápidamente se escuchó el crepitar de las ramas más secas que comenzaban a ser devoradas por la vorágine de unas llamas multicolor. Pese a que no tenía en los ojos el brillo de otras épocas, Marie volvió a parecerme encantadora. El vestido de seda que había elegido para la ocasión parecía una segunda piel en su cuerpo, resaltando su silueta. Esta vez no estaba dispuesto a dejar pasar la oportunidad de besarla. Era lo único que tendría de ella: sus labios. Me acerqué y dejé que mis manos se fundieran en su cintura. Por un momento me pareció ver en ella la picardía de cuando era niña. —Marie, yo...nunca te dije que.... –se había iniciado en mi interior una enorme batalla por acertar a robarle el beso y que, a su vez, no trascendiera el enorme nerviosismo que me invadía. —Calla, no digas nada –con uno de sus dedos selló mis labios-. Tenemos la peligrosa costumbre de cambiar el destino cada vez que hablamos. Somos libres y nos encerramos en la cárcel de unas palabras

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que, a veces, hablan más que nosotros mismos. La besé. Había besado a otras mujeres, pero aquellos labios me supieron deliciosos. La vi cerrar los ojos y dejarse hacer. Mis manos torpes desprendieron uno a uno cada botón de su vestido. Despacio, recreándome en un tiempo que sólo podía ser mío, aparté aquella tela de sus hombros y el vestido se deslizó sin oponer resistencia. Sucumbí a cada suspiro, a cada milímetro de su piel también de seda. Mis manos iniciaron en sus pechos un ritual que ya no encontraría fin, tan sólo el del placer fraguado en la imaginación desde años atrás. El fuego, en aquel día lluvioso, reflejaba en la pared cada cadencioso movimiento de dos cuerpos que, hechos ya uno sólo, se amaban con pasión. Desperté totalmente sudoroso e inquieto. Acerqué mi mano hasta mi frente. Ardía. La fiebre se había adueñado de mí otro día más y me hacía delirar. Y como siempre, en mis desvaríos la veía a ella; la imaginaba acercándose a mí, hablándome al oído y entregándome ese cuerpo que jamás sería mío. Afuera llovía y las gotas precipitadas desde el cielo discurrían salvajes por el cristal de la ventana, uniéndose a otras para crear cristalinos ríos que deformaban la realidad exterior hasta llegar al alféizar de la ventana y después morir irremediablemente en el suelo.

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Para siempre
sofadetucasa.blogspot.com Manos. Miradas. Caricias. Besos. Abrazos. Todo en un mismo ser, todo entrelazado. No existe un mañana, solo un ahora que dura lo que nosotros queramos. Porque te quiero y porque me quieres. Porque estamos juntos en esto, en lo bueno y en lo malo. Dos corazones que bombean al mismo ritmo de esa melodía que penetra en nuestros oídos haciéndonos partícipes de un momento inolvidable. Días, semanas, meses, años. ¿Qué importa? Sólo te quiero a ti, aquí y ahora. El fuego de la chimenea nos abraza haciendo que nuestros cuerpos no sientan el frío del exterior, el mismo que se clavará en mi piel desde que me sueltes y te vayas. Porque no hay sentimiento más completo, más entero y más vital que el amor. El mismo que sentí por ti el día que me acompañaste a mi casa, el día que me prestaste tu chaqueta, el día que me sonreíste en aquella parada… Miles y miles de recuerdos que se amontonan en mi mente y en mi corazón. Algunos insignificantes como cuando recogiste mi pañuelo del suelo. Otros más felices como cuando me hiciste reír mientras lloraba. Otros más íntimos como cuando acariciaste con tus largos y suaves dedos mi mejilla. Aún sonrío cuando me acuerdo del salto que dio mi corazón el día que quedamos juntos por primera vez, a solas, sin amigos que interrumpieran esas conversaciones que al mismo tiempo eran serias y locas. Ese primer paseo con nuestras manos entrelazadas a la perfección, como si hubieran sido creadas por un mismo molde, como si estuvieran esperando ese primer roce. Pero más se acelera al contemplar nuestra primera foto, el día que lo cambiaste todo. Cuando me dijiste esas palabras que tanto deseaba escuchar. Te quiero. Ese primer beso terminó por desestabilizarme, mis piernas no respondían pero ahí estabas tú para sujetarme. Tantas primeras veces consumidas en dos vidas dispuestas a aparecer en mi mente aunque no lo pida. Sonríes y sonrío sin decir nada, solo con miradas. Me conoces tan bien que es imposible guardarme dentro lo que siento. Sabes en qué pienso, sabes que te pienso. Todo esto ha hecho que te quiera por cómo eres, por quién eres. Dudo mucho que encuentre a alguien parecido y por eso quiero que esto sea un para siempre. Porque solo tú me haces sentir así. Viva, feliz, plena, amada. No puedo estar mejor conmigo misma. Me das seguridad y confianza, fuerza para afrontar los malos momentos y apoyo para sobrellevarlos. Eres esa mano invisible dispuesta a ayudar en cualquier momento, esa boca llena de palabras lista para llenar silencios, esos largos brazos capaces de abrazar cada uno de mis miedos. No puedo ser más afortunada. Sería egoísta pedirle más a la vida ahora que te tengo a mi lado en esta cama. Duermes profundamente mientras yo hago un repaso por lo que hemos vivido, por todo lo que hemos pasado.

Araceli Aleman

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Me encanta ver esos ojos oscuros ahora cerrados, ese pelo negro ahora alborotado, esa boca perfecta ahora cerrada, ese cuerpo enloquecedor ahora reposando en calma y esos brazos protectores ahora rodeándome como cada noche, como cada mañana. No quiero que pase el tiempo tan rápido, quiero seguir saboreando cada instante, acariciando cada detalle. Que este calor tan intenso no se apague nunca. Por si acaso, nos taparemos con esta fina sábana de seda, quizás así el destino me escuche y haga parar las manecillas de este caprichoso reloj.

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Cuerpo de seda, tacto de fuego
Blas C. Teran
Suave y despacio, como se debe sentir una caricia o una mirada; como veo donde se dibuja ese cuerpo que necesita del tacto para que se erice. Sabes: me pones justo donde se labran las pasiones, me provocas el despojo de todo lo que te cubre para recorrer tu cuerpo desnudo con mis manos y mi boca para besarte desde la punta de tus pies hasta llegar a tus oídos y escuchar como susurro tus leves gemidos. No sabes, ni siquiera te imaginas lo que esa tierna mirada me dice por las noches cuando busco tus formas debajo de la ropa. Quien tuviera tus manos tocándome. Así que relájate, desnúdate, recuéstate. Imagina que estoy junto a ti. Siente como respiro agitado. Siente como los dedos de tus pies comienzan a sentir mi boca, siente como cada uno de ellos reconoce el calor mientras una de mis manos recorre tus muslos. Siente como suben mis labios por tus piernas hermosas besándolas, mordiéndolas con suavidad mientras la otra de mis manos acaricia tu humedad de seda. Siente como el camino que recorro me acerca para saborearte. Tómame del pelo y marca el rumbo. Disfruta de esta sensación por los minutos que tu deseo soporte. Ya estoy ahí, abro tus labios, los separo y busco. Cuanto toca mi lengua lo palpa con rapidez calmosa para después aventurarse un poco adentro y regresar a lamerte, arriba, abajo. Los dedos de mis manos ya acarician-aprietan suave tus senos. Ya te escurres. Ya degusto tu sabor. Dejo la seda de tu ser y sigo mi camino hasta las aureolas de tu pecho, las revelo, las mojo con mi boca mientras uno de mis dedos ya te hurga. Muerdo quedo tus pezones. Mis labios van a tu cuello, lo beso. Sigo con mis dedos en tu humedad, con ellos la recorro e inundas. Levanto mi cara y veo tu rostro. Descubro tu mirada llena. Así tenme hasta que el mar se escuche entre tus muslos y apague el fuego. Tu tiempo. Tómame erecto y comienza. Sube y baja sobre el mástil que navega tu tacto. Aprieta dócil, después acerca tus labios, que apenas rocen, que tu boca recorra, que tus manos soben. Abre tus labios para que te visite, sácalo hasta el suspiro y regresa hasta ahogarte mientras las uñas de una de tus manos acaricie debajo. Me quito, mimo tu cara llena, me acomodo encima. Tendida, acostado tu cuerpo. Estoy frente a tu boca y tú frente a la mía. Saboreo, tú también lo haces. Mi lengua otra vez con prisa. Empujas mis nalgas. Quedémonos así por una eternidad. Me levanto. Te veo tendida. Abres tus muslos. Te beso con lujuria. Compartimos nuestros resabios. Con mis brazos abro más tus piernas y las levanto. Te abalanzas y siento el fuego que te invade.

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Esa parte de mi cuerpo te visita, los puntos cardinales ya no existen, eres el centro exacto. Ahora estoy en el camino a tu frontera. Me separo de ti, regreso con mi boca a tu rocío, lamo, chupo. Me vuelvo a separar. Reclamas. Pido que te voltees, que muestres tus nalgas, Vuelvo a visitarte. Ver tus nalgas me excita. Ver me excita. Fuerte gimes, casi gritas, pides que no pare… me separo para que seas tú la que cabalgues. Nada comparable con una diosa erguida mostrando el movimiento de sus pechos. Me recuestas boca arriba. Te montas, te hilvanas, comienzas a moverte, arriba, abajo, a un lado, al otro. Con tu ritmo soy tu esclavo. Solo tu movimiento me controla. Jadeas. Respiras acelerada. Veo tus senos bailarina, los tomo lujurioso. No pares. Siento el fuego hasta quemar. Siento como te escurres. Me señalas que estas en el camino a la desesperación. Agitada me dices que no pare. Tú eres la que no para. Al final de los caminos la refrescante ternura del instinto. Te estremeces. Te mueves con rapidez. Entras, sales violentamente, te convulsionas, tiemblas. La piel se eriza. Una y otra vez el mar se revela por esa parte de tu cuerpo. Me pides que termine entrecortada. Te mueves. Siento que me empapas. Exploto. Después de unos minutos tomas mi voluntad y la llevas a tu boca, besas mientras acaricio tu rostro con ternura. Vuelves, me tomas, me tocas, abro la puerta a besos.

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Amor imposible
http://www.itsypozuelo.com/ Berto miraba al fuego sumido en sus pensamientos. A mí me gustaba observarle desde el sofá. Sus ojos decían palabras que sus labios no se atrevían a pronunciar. Al sentirse observado se levantó del suelo y se acercó hasta el sofá, no tuve que hacerle sitio, se puso sobre mí y nuestros rostros se quedaron frente a frente. Sonreí. —¿Estás cómodo?- pregunté pícara. —Ajam-. Fue lo único que me regaló como respuesta. Sus ojos y los míos se encontraron, nuestros labios se acercaban como si una fuerza superior los juntara. Ninguno de los dos tenía intención de contenerse. Apoyado en sus codos, pasó el dorso de la mano por mi rostro. Alcé la barbilla para restar la poca distancia que quedaba entre nuestros labios. Un rugido salió de su pecho. No debíamos hacerlo pero mi lengua ya había comenzado su propio juego. Ambos suspiramos. Con dificultad se apartó y hundió la cabeza en mi cuello. Inspiró embriagándose de mi esencia. Le abracé. Noté como unas lágrimas me mojaban. —Lo sé- susurré conteniéndome —. Créeme que lo sé— resoplé. Tembló, temblé. Estiré el abrazo hasta alcanzar una sábana de seda que rezaba a nuestros pies. No hubo más palabras. Cerré los ojos y me dejé llevar a un sueño donde todo era perfecto. Donde él, no debía marcharse de mi lado.

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El encuentro
http://twitter.com/fuegodeaire De rodillas ante ti, aún sin saber de dónde me llega el aroma... no es miedo, es la adrenalina de lo que viene. Antes estuve aquí. Reconozco algunos sonidos aunque no puedo distinguir mucho. No pude ver tu rostro. Al llegar al lugar acordado, antes incluso de conocerte, has dado la orden. Llevábamos tiempo jugando a esto de manera virtual, así que adivinaba que algo así harías. Obedecí. Al final lo había logrado. Estaba aquí, en esta dirección, tras meses de digerirnos en letras, visceralmente, casi de manera letal. Me habías arrancado más de una vez mis ropas, me habías hincado ante tí con los ojos vendados con suave seda e inundado mi garganta con tus ganas de mi, sacando las lágrimas con tu fuego, de estos ojos que aún ahora, a centímetros reales de ti, les prohibes verte. Ah... pero ya te conozco. Adiviné que al entrar a aquella habitación donde me habías citado, querrías que hiciera mi pequeño ritual. que entrara y dejara mi bolsa en la silla, y con la mirada baja me desnudara  y caminara despacio hace donde sabía que estarías acabando en mis rodillas. Traté de disimular mi sonrisa, el color de mis mejillas no podría mentirte. Quería aventarme a tus brazos y comerte a besos, pero era más la intensa lujuria de por fin sentir de ti los azotes. De asomarme a ese mundo fantasioso donde fuiste mi amo desde la primera vez que te leí. Desnuda a tus pies, con los ojos bajos. Escucho tu voz, ronca. Sexy, autoritaria, mi vientre interno se estremece y el deseo empieza a bailar dentro de mí, esperando ansioso tu acometida. —Llegas tarde. Tendré que castigarte.- Tu voz se cuela por mis oídos acariciando en su camino mi vientre desnudo, mis senos, arremolinándose en mis pezones  y erizando mi piel. Dios, sólo puedo sentir. Es la primera vez que te tengo frente. Crucé el océano para venir a verte. Y sí, me retrasé, encuentro eróticamente indignante tener que disculparme por los minutos de más que tardó el taxi en traerme a ti. —Lo siento.- Murmuro despacio, casi sin voz. - ¡Sh! - Y el sonido es una orden que juega con los jugos de mi vagina. Tiemblo un poco, siento tu mano tomar mi pelo por la nuca y echas para atrás mi cabeza mientras me colocas la venda de seda  en mis ojos. No alcanzo a mirarte. Me vas a hacer el amor de la manera más salvaje y erótica que me lo han hecho, y no conozco tu rostro. Encuentro eso increíblemente excitante. Dicen que una imagen habla más que mil palabras. Yo podría trazar mil palabras en tu piel, y no harían válida la viva imagen de la seda en mis ojos vendados mientras siento la vara golpetearme la entrepierna, despacio en una consecuencia repetitiva y rápida. Gimo un poco entre el dolor el chapoteo y el placer. Me has prohibido venirme. Debo obedecer. Quizás me queda grande eso de ser una sumisa improvisada, porque me cuesta seguir tus órdenes. Es una vara delgada, flexible, forrada de piel negra, me imagino, con unas tiras de piel en la punta, en cada azote puedo sentir mi humedad empapándola, el dolor, tus bufidos y una profunda hambre de ti.  —Por favor—suplico—. No. Te has portado mal—entonces te detienes, y me retuerce la espera. NOOOO. No te detengas. Mi cuerpo encabritado, gritando por ti se arquea en la cama, muevo las piernas,

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giro, se ha apoderado de mí el animal salvaje. Como potrillo desbocado hago cabriolas, pero no puedo mover los brazos, estoy atada. —¡No te muevas! Tendré que atarte los pies—dices cortante. Pareces molesto. ¿O es parte del juego? Ah... lo que daría porque en este momento me penetraras con salvajes embestidas. Anda, qué esperas, ¡te deseo! Grito en mi cabeza, pero no musito palabra, porque no quiero que me amordaces. Deseo e imploro tu lengua. La deseo. En mi boca, hurgando en mí. El golpeteo cesa, y de nuevo tus dedos me penetran, esta vez sin delicadeza, casi violentamente.  —Al parecer, no sabes estarte quieta—dices con enojo. Estiras mis piernas. colocas unas esposas en mis tobillos y me quedo así. con brazos y piernas abiertas, forcejeando, sin poderme mover mucho. Comienza el golpeteo de nuevo y el fuego a arder. Ahhh... y se acerca de nuevo la luz, gimo, escucho tu bufido. Quisiera verte. Huelo y me imagino tu erección, pero quisiera mirarla, tocarla, probarla, comerla. —No te vengas! —¡No te detengas!—ruego. —¿No te gusta esperar? ¡A mí tampoco! No volverás a llegar tarde, ¿entendiste? En respuesta gimo. Estoy a punto de llegar de nuevo. Entonces te detienes de nuevo. Mi respiración es entrecortada. Estoy excitadísima. No puedo esperar el momento en que arremeterás con tu hierro mi carne. Porque lo harás, ¿verdad? Por favor... Me concentro en los sonidos, los aromas. El lugar huele a sexo. Huele a mí. Colocas tus dedos mojados de mí en mis labios, mi boca los abraza, y chupo, los mamo con una devoción como si fuera tu miembro en mi boca. ¡Dios! ¿Cómo pude esperar tanto tiempo para sentir esto?  —¿Me deseas? —Sí...—gimo. —¿Quieres ser mía? —Lo he sido siempre... Entonces, sin aviso, me embistes. Entras salvajemente, llenando todos mis rincones, llegas al fondo. Ahhhh... allí, a lo lejos, de nuevo la luz. Pienso en el extremo placer que una persona que amo, sin rostro me penetre con todas sus ganas. El paraíso... casi lo toco. Tres embestidas salvajes, de entrar y salir a fondo. Y te sales. ¡Nooooooooo! ¡Regresa! —¿Qué se siente que te hagan esperar, Anna? -Gruñes.  Tengo ganas de llorar. ¡Es tan frustrante! Dijiste que me castigarías... siento algo frío en mi cuello. Deslizas un hielo. Mi carne arde, y el contacto del frío me desconcierta y duele. Recorres con el hielo todo mi cuerpo. Y yo jadeo. Aún no has logrado que no me mueva, a pesar de las ataduras, de las esposas, simplemente no puedo no moverme. El hielo baja por mis senos, explora mis pezones. Baja a mi ombligo, y en mi puerta te detienes, con el hielo recorres mi entrepierna, y tus hábiles dedos lo meten en mí, hasta el fondo.  El hielo casi me quema, mi cuerpo ardiente lo recibe con un grito, y casi de inmediato fuego ardiente cae en mi ombligo haciendo linea recta hasta mi sexo. ¿Es cera? ¡Dios! Empiezan los espasmos. Grito. —¡NO!—prohibes, y con tu palma azotas con fuerza mis muslos. Son golpes bruscos, 5 en cada pierna. El dolor me aturde y aleja al orgasmo. ¡Maldito!  El hielo ya se derritió mezclándose con mis jugos y la cera ya se ambientó a mi piel, el escozor de las piernas me hacen imaginar mis muslos rojos. En esas condiciones, entras en mí. esta vez en un contoneo constante, primero despacio, cada embestida llega al fondo, y vas aumentando la velocidad, hasta que no podemos más, y explotas en mí, de manera salvaje, te corres en mí como fuego y entonces llego contigo. En ese mismo instante, me besas. Es un beso intenso, profundo, amoroso, febril, lleno de pasión y entrega. Es nuestro primer beso, fundido en el primer orgasmo de muchos que unirán nuestras almas. De la mano me llevas entonces, del infierno, al paraíso.

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Reencuentro
Enrique Garcia Diaz
http://relatoskike.blogspot.com.es/ La fiesta estaba bastante animada pese a las altas horas de la noche que eran. Adrián miró su reloj y resopló. Cada minuto que pasaba allí le parecía una pérdida de tiempo. Se acercó a Germán, quien charlaba con una chica bastante atractiva, y que parecía beber los vientos por él. —Me marcho, tío. —Oh, venga ya. Es San Valentín. Deberías buscarte una pareja. Una última copa y nos vamos. Prometido. Adrián lo miró con una sonrisa cínica sabiendo que no lo cumpliría, pero por algún extraño motivo accedió. Estaba cansado de aquella fiesta para encontrar pareja. —¿Una copa más entonces? –le preguntó mientras Germán asentía.— ¿Y tu amiga? —No. Parece que está bastante contenta ya –le dijo guiñándole un ojo en complicidad. Adrián asintió mientras asumía que esa noche tendría que regresar solo a casa. Germán no lo acompañaría. Se abrió pasó entre la gente, disculpándose a cada paso que daba. Alguien estuvo a punto de tirarle la copa por encima, mientras otro le propinaba un buen pisotón. ¿Cómo se había dejado convencer por Germán para estar allí? Llegó a la barra y justo cuando iba a pedir, alguien se le adelantó. Resopló abrumado por la situación. —Perdona, pero estaba yo –le dijo con voz educada mientras miraba el cabello corto de color moreno frente a él. Una mujer en un vestido de seda color Burdeos, que dejaba al descubierto la piel suave de los hombros, y que resaltaba su figura impactante. Su perfume lo golpeó envolviéndolo de manera sutil. Quiso moverse, pero alguien lo arrolló haciendo que se apretara más contra su cuerpo. —Eh, podías tener más cuidado ¿no? –le espetó volviéndose dispuesta incluso a golpearlo si se sobrepasaba. —Si no te hubieras…—sus palabras quedaron atascadas cuando aquel rostro y aquellos ojos verdes se enfrentaron a él. Un repentino escalofrío recorrió su espalda en el mismo instante que la reconoció. Esa misma sensación debió experimentar ella, ya que se quedó con la boca abierta mirándolo.— ¿Verónica? No era posible que fuera ella. Había transcurrido un año desde su pequeño, pero intenso escarceo amoroso. Y de repente un día desapareció sin decir nada más. Sin un adiós. La buscó de manera incesante por todas partes. Llegó a pensar que ella no era real. Que la había imaginado. No, —se dijo—. Ella es real. La marca que le había dejado era tan real como sus deseos de encontrarla. Y ahora de repente… —Adrián…—murmuró sorprendida por encontrarse con él allí en una fiesta de San Valentín. Sostuvo su mirada mientras se humedecía los labios, y su enfado desaparecía por arte de magia. Una sonrisa se dibujó en su rostro y sintió que la coraza, que había erigido a su alrededor el día que se marchó de su lado parecía tener alguna grieta por la que acaba de filtrarse él. Aceptó tomar una copa con él mientras charlaban amistosamente. Pero Verónica sabía que tarde o temprano él querría respuestas.

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—¿Porqué desapareciste sin decirme nada? ¿Qué te pasó? ¿Hice algo mal? –le preguntó minutos después, a solas en la terraza del club donde se celebraba la fiesta. —¿Has estado buscándome? –le preguntó sin acabar de creerlo. —Cada día desde que te marchaste. —Vaya, no creí que fuera tan importante para ti –le comentó esbozando una sonrisa irónica, al tiempo que sus mejillas se encendían y su interior se agitaba de manera extraña por sus palabras. Se apartó de él y caminó hacia el borde de la terraza y se apoyó en la barandilla mirando a lo lejos, tratando de evitarlo para que los recuerdos no la golpearan. Adrián seguía contemplándola en silencio. Estaba preciosa, pensó mientras temía que desaparecería con rozarla. No. Esta vez no, se dijo mientras ella sonreía. —Me quedé sólo y echo polvo. No he vuelto a ser quien fui contigo. —Yo no hice nada. Sólo…—titubeó antes de seguir.— Sólo me dejé llevar por lo que sentía en ese momento. —Pero, ¿entonces qué salió mal Verónica? –insistió sabiendo que debía obtener su respuesta o se volvería loco.— No creo que lo que hubo fuera tan desastroso como para que salieras huyendo. Le gustaba como sonaba su nombre en sus labios. Sacudió su cabeza mientras sonreía tímidamente y se giraba hacia él. Le gustaba ver ese anhelo por saber más, esa entrega en sus palabras. ¿La había echado de menos? ¿Seguiría haciéndolo? ¿Tan imprescindible era para él? —No, no lo fue –le dijo mientras inclinaba su cabeza como si no quisiera que la mirara. Inspiró hondo antes de confesarle porqué se había marchado. Jugueteaba con el anillo que él le había regalado en su primer San Valentín. Y ahora volvían a estar en esa fecha. No se había desprendido de éste en ningún momento. Adrián sonrió complacido al verlo en su dedo. Una parte de él la había acompañado. Deslizó su mano bajo su mentón con extrema delicadeza, y entonces el recuerdo de sus caricias la hizo estremecerse. ¿Cómo olvidar lo que él transmitía con el solo roce de las yemas de sus dedos? El toque mágico que poseía para arrancarle una sonrisa. Sus besos apasionados bajo la lluvia que parecían hacerla levitar. Sus gemidos, sus manos entrelazadas en pleno éxtasis… —Me fui porque todo era perfecto. —¿Perfecto? –repitió extrañado por aquella definición. —Todo era demasiado perfecto para ser real. Estaba soñando y tenía miedo a despertar. Preferí marcharme antes de que me hicieras daño. Lo que sentíamos… —Todo era real –le dijo posando sus manos en ella para volverla hacia él provocándole un repentino fulgor en su rostro. Con solo tocarla…— Cada caricia, cada beso, cada palabra ¿Por eso me dejaste sumido en esta situación? —Quería convencerme de que el fondo te necesitaba. —¿Y ahora, ya lo has pensado? ¿Tienes una respuesta Verónica? —.Su aliento acariciaba sus labios mientras se acercaba peligrosamente y con determinación a los de ella. Su voz ronca la hacía vibrar, mientras la necesidad por sentir sus labios era acuciante. Era prisionera del deseo que la quemaba como fuego. Sin poderlo resistir más tiempo, lo rodeó por el cuello para atraerlo hacia sus labios. Un leve roce, una caricia furtiva en la oscuridad de la terraza, un momento tan anhelado. Sus labios juguetearon con los de él, le dio leves mordiscos, lo succionó hasta elevar el deseo en él. Verónica sonrió divertida y lo atrajo una vez más hacia ella dejando que la besara entre gemidos. Se marcharon juntos. Desaparecieron de la fiesta para recuperar el tiempo perdido. Ahora, a solas Adrián volvía a recorrer el cuerpo desnudo de ella, expuesto sólo para él mientras dejaba un reguero de besos, que parecieran estarla marcando a fuego. Esta vez no se marcharía, no huirá de su lado. Estaba segura de que era real. Tan real como lo que le hacía sentir. Se incorporó sobre él y comenzó a besarlo con urgencia, con desesperación, como queriendo recuperar el tiempo perdido. Adrián la escuchó gemir cuando la sujetó por las caderas mientras ella se movía con exquisita sensualidad. Besó, lamió y succionó sus pezones erectos por el deseo mientras juntos llegaban al clímax. Verónica se dejó caer sobre él mientras Adrián la abrazaba con todas sus fuerzas.

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—No hace falta que me aprietes. Esta vez no pienso irme –le dijo sonriendo. —Por si acaso. —Sé que es real –le aseguró.— Dime, ¿qué hacías en una fiesta de San Valentín? —Umm acompañar a un amigo. Pasar el rato. Verónica sacudió la cabeza. —No. En realidad sabías que habías ido a buscarme. Fuiste para encontrarme –le susurró mientras volvía a besarlo entregándose por entero a él.

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www.lasrunasantiguas.blogspot.com No es fácil ser un ángel. Para nada. Ser un ángel es, más bien, una tortura. O al menos eso piensan algunos. Todo depende de a qué humano le toques, claro está. Porque claro, los humanos son muy volátiles. Cambian de opinión constantemente. Nunca están conformes. Son insensatos e imprudentes. Les atrae demasiado el peligro. Y, sobre todo, a los humanos les gustan las cosas que son malas para ellos. Son lo que cualquier ángel denominaría masoquista. Veréis, los ángeles no soportan a los humanos, pero, desde su nacimiento, se ven abocados a su protección y cuidado. Y es que cada nacimiento humano se produce a la vez que el nacimiento de un ángel, que surge de la luz, y que recibe el mismo sexo y nombre que su protegido. Y ese ángel no tiene otra misión en la vida que vigilar a su humano hasta el día en que muera, momento en el que el ángel dejará el mundo, pasando a formar, de nuevo, parte de la luz. Una existencia penosa a ojos de las criaturas celestiales. Una vida entera a merced de la inmundicia humana, de esos seres irreflexivos y egoístas a los que tanto aborrecen por someterlos a su voluntad sin siquiera saberlo. Pero claro, nadie puede evitarlo. Siempre ha sido así, y si no lo fuera, la existencia de los ángeles no tendría ningún sentido. De todos modos, no es de los deseos de libertad de los ángeles de lo que va esta historia. O quizá sí. En cualquier caso, lo que voy a contaros es una historia de amor, trágica, claro está, que sucedió no hace mucho allá arriba, desde donde los ángeles nos vigilan y protegen, subyugados a nuestros irracionales y alocados deseos. * * * El ángel que nació aquel día recibió el nombre de Grace, y el cometido de cuidar a una niña humana. Y sucedió que ambas, niña y ángel, alcanzaron cierto nivel de afinidad, algo muy extraño e inusual en las relaciones ángel-humano. El ángel Grace estaba contenta con su responsable humana, que llevaba una vida tranquila y ordenada. La verdad es que Grace tenía poco que hacer, porque su humana no le daba preocupaciones ni quebraderos de cabeza. Su humana sabía cuidarse sola. Así que Grace tenía mucho tiempo libre. Y durante ese tiempo libre conoció a Harael. Harael, como ella, cuidaba de un humano extremadamente prudente y responsable. Así que, día

Ines Cardoso

Ángel

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tras día, se entretenía dando largos paseos, pues su humano no causaba problemas que solucionar ni se metía en líos de los que sacarlo. Grace y Harael comenzaron a pasar las mañanas juntos. Poco después, también las tardes. Y luego las noches. Ambos sabían que estaban quebrantando las normas al verse a escondidas de noche. Nada prohibía a los ángeles trabar amistad unos con otros, pero las relaciones amorosas entre ángeles las determinaban los humanos. Cada ángel debía emparejarse con él ángel de la pareja que su humano hubiera elegido, y separarse de él si el humano así lo decidía. Y los dos sabían que, si alguien los descubría, las consecuencias serían terribles. Pero Grace y Harael se amaban, y decidieron arriesgarse. Durante un tiempo funcionó. Nadie les prestaba atención, ya que la gran mayoría de los ángeles andaban muy ocupados cuidando de sus respectivos humanos. Grace y Harael tenían tiempo de sobra para verse, tanto de día como de noche, y todo fue bien durante una temporada. Hasta que Grace, la humana, se enamoró. Y, por desgracia, no se enamoró del humano de Harael. El chico se llamaba Maël, y su ángel no tardó en hacer aparición en la vida de Grace. Por supuesto, la reclamó como pareja, y Grace no tuvo más remedio que fingir para que no descubrieran su amor por Harael. Al principio, Grace pensó que podría seguir viendo a Harael a escondidas, pero Maël andaba siempre cerca, requiriendo su atención. Así que Grace, desolada, se resignó a su nueva vida como pareja de Maël e intentó olvidar a Harael. Sin embargo, no fue capaz. Y Harael tampoco. Una noche, Harael fue a buscarla. Le pidió que escapara con él. Grace dudó. No porque quisiera quedarse con Maël, sino porque sabía que no llegarían muy lejos. No había ningún lugar al que huir. Los atraparían, y los castigarían por su osadía. Sus humanos quedarían abandonados, a merced de la crueldad del mundo. Y ellos desaparecerían para siempre. Y entonces Grace miró a Harael a los ojos y lo entendió. Quizá eso fuera mejor opción que vivir el uno sin el otro. Así que Grace huyó con Harael, agarrada a su mano, observando la figura de su amado, que se alzaba orgulloso y decidido junto a ella. Y Grace sonrió, porque supo que estaba haciendo lo correcto. Como ella había predicho, no llegaron muy lejos. Quizá si no hubieran ido cogidos de la mano, a nadie le habría extrañado verlos juntos. Pero sus dedos estaban entrelazados, y los demás ángeles no tardaron en atar cabos. Por supuesto, los atraparon. Los llevaron ante los ángeles guardianes, encargados de controlar a los demás ángeles y de impartir justicia. Se les dio la oportunidad de explicarse, pero ninguno de los dos negó lo evidente. ¿Cuál era el sentido? Se amaban. ¿Es que acaso el amor era un pecado? ¿Por qué no podían los ángeles elegir a quién amar? ¿Por qué habían de estar sometidos a la elección de aquellos seres tan inferiores a los que se veían forzados a dedicar sus vidas? ¿Acaso no era mejor morir que vivir toda una vida fingiendo amar a quien detestabas? Sus palabras calaron hondo en muchos de sus compañeros, pero los ángeles guardianes no podían eludir su deber. Así que Grace y Harael fueron condenados a la destrucción por haber quebrantado las reglas. Ambos se cogieron de la mano, con fuerza, con valentía, aceptando su destino. Se miraron a los ojos, diciéndose con un gesto todo lo que sentían el uno por el otro. Y entonces los dos ángeles estallaron en una intensa explosión de luz, tras la que Grace y Harael dejaron atrás sus vidas como ángeles. Y así, en forma de luz, estuvieron juntos para siempre. * * *

La trágica historia de Grace y Harael fue muy comentada entre los ángeles. Los humanos de ambos

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protectores se las arreglaron muy bien sin ellos, hecho que provocó las dudas y los recelos en la comunidad celestial. Los ángeles, siguiendo el ejemplo de Grace y Harael, se rebelaron contra el orden establecido, clamando independencia de la raza humana y libertad para elegir. Y quizá lo consiguieran. Pero esa es otra historia que no tiene nada que ver con ésta. O tal vez sí. Pero debe ser contada en otra ocasión.

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Perfcecto
http://es-mi-paraiso.blogspot.com.ar/ —¿Lista Karina? —me pregunta Matías, mi hermano. ¿Lista? ¿Preparada? ¿Cuándo lo iba a entender? Jamás estaría lista para esta locura. De haber sabido que esto iba a pasar no hubiera venido. Hace una hora que llegamos al aeroclub, mi hermano siempre quiso vivir la experiencia de saltar con paracaídas, hasta que finalmente se decidió a vivirla, y no quería perderme el momento cuando actúe como gallina, se acobarde y le devuelvan el dinero (que quiero aclara es mucho) de esta experiencia de menos de 10 minutos. Luego de firmar unos papeles donde dice que es 100% responsable de sus actos y único culpable si algo le sucede, pasamos a las clases de prácticas. Está bien lo admito, otra de las razones por las que vine es para conocer a un sexy paracaidista, los chicos atléticos me enloquecen y no me decepcioné después de ver a Alex. Su cuerpo es increíble, sus bíceps perfectamente marcados, en su rostro se marcaban 2 hoyuelos cada vez que sonreía, su cabello castaño con su muy cuidado peinado despeinado, su piel casualmente broceada, en general todo de él era increíblemente perfecto. Nos dirigimos a las prácticas de paracaidismo, ahí Alex le explicaba Matías como saltar, y como dejarse llevar por el paracaidista profesional que saltaría con él, había otras personas reunidas con nosotros, nuevas en esta experiencia escuchando atentamente, todos tenían muchas preguntas y graciosas caras de miedo y falsa valentía en sus rostros, ¿Dónde hay una cámara de fotos cuando se la necesita? Las explicaciones de Alex eran muy claras y ¿era mi impresión o me miraba todo el tiempo? Finalmente la hora de saltar había llegado, todavía estaba esperando que Matías se acobarde cuando Alex comenzó a colocarle el arnés junto con otro saltador profesional, Julián que parecía ser de unos 40 años. —¿Lista para saltar tú también?—Alex me preguntó. Me mostraba su más amable sonrisa de perfectos dientes blancos. —Solo vine a ver a mi hermano, me encantaría pero no tengo el dinero—estaba empezando a balbucear. —No te preocupes por eso, te vas a divertir, yo te voy a cuidar—¿me estaba coqueteando Don Perfecto? —No estoy muy segura, no estaba prestando atención cuando dabas la explicación sobre lo fundamental, estaba distraída – lo digo con mi más adorable sonrisa. No le dije que la verdadera razón por la que no prestaba atención era por su increíble cuerpo y sus ojos verdes que me distraían cuando daba las instrucciones. Una tercera voz se sumó a la discusión. —Ya estás acá, no te acobardes ahora, y empezó a cacarear como gallina—dijo Matías, yo que venía a burlarme de él y ahora él se burla de mi, algún día lo voy a matar, pero por el momento tomé una deci-

Nanni-Li

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sión.

—Está bien, si me vas a cuidar y no vas a dejar que nada me pase, en ese caso, acepto tu oferta. El vuelo en avión fue hermoso, Alex nunca soltaba mi mano, estaba muy tranquila mirando el paisaje, cuando era pequeña siempre soñaba con volar igual que un pájaro, supongo que todos quieren sentir los mismo. El momento llegó, primero saltó Julián con Matías, luego otras personas, Alex y yo éramos los últimos, nos acercamos a la puerta, primero me dio un pequeño empujón, tomó mi mano fuertemente y me traspasó su infinita seguridad de profesional, otro pequeño movimiento y después caíamos en una completa paz y armonía, Alex sabía que movimientos hacer para estabilizarnos y que la caída fuera perfecta, me dejé llevar por él, miré hacia abajo, disfrutaba del paisaje, los primeros saltadores ya habían abierto sus paracaídas y el desfile de colores en el cielo azul era perfecto, comprendí por qué Alex quería que seamos los últimos, el contraste del verde campo y los alegres colores de los paracaídas eran magníficos, de repente nuestro paracaídas se abrió, no fue la situación más romántica del mundo, esa cosa gigantesca hace que subas unos metros de forma brusca, pero luego caes lentamente, y estás planeando. Cerré los ojos y me dejé llevar, sentí la brisa que nos mecía, la sensación era inexplicable, al igual que un pájaro libre en el cielo tampoco puede explicar que es lo que siente al tener un gran espacio abierto solo para él. —Es perfecto—me animé a decir. No sabía si interrumpir la armonía con una charla, pero no lo puede evitar, estaba contenta de compartir la perfección con alguien más. —Esta sensación es mejor que cualquier otra, me encanta que lo disfrutes tanto como yo, y que lo hayas experimentado conmigo. No creía lo que escuchaba, quería abrazarlo, pero no podía por la ubicación en la que estábamos, quería tomarlo de la mano pero él tenía que dirigir el paracaídas al lugar de aterrizaje. Así que opté por seguir disfrutando de la hermosura ante mis ojos, ya tendríamos tiempo para lo nuestro. Luego de un par de minutos más me di cuenta que nos habíamos alejado de los demás paracaidistas, me pareció que Alex leyó mi mente porque dijo: —Tengo una sorpresa para ti. Un lugar especial para aterrizar. No sabía que esperar y no lo creí hasta que lo vi. Unos metros por debajo de nosotros se extendían un gran campo de flores silvestres rojas, rosas, violetas, no entraba felicidad en mi corazón. Alex sabía perfectamente como aterrizar, me dijo que suba los pies y él se encargaría, cuando estuvimos lo suficientemente cerca del campo extendí las manos, rozaba las flores, la sensación era como disfrutar una delicada y perfecta seda. Finalmente él se incorporó firmemente en el suelo y yo también, me liberó del arnés de seguridad y por fin pude ver su expresión. Había una gran sonrisa en su rostro, sus ojos verdes brillaban de felicidad y reflejaban la mía, tomé su rostro e hice algo que normalmente no haría, le di un profundo y apasionado beso, comenzaba a alejarme pero él no me dejó, me devolvió el beso, primero fue tierno hasta que incrementaba en pasión como un fuego que nos envolvía era exquisito y adictivo, hasta que se alejó un poco para verme mejor, en sus ojos había un interrogante, estaba preocupado por mí. Antes que me pregunte le conteste. —Estoy bien—jamás había estado tan segura—. No te preocupes. —¿Segura? Porque eres la primera chica que después del salto no cae en un estado nervioso o catatónico. —Estoy perfectamente bien y luego del salto mejor aún. Me siguió mirando preocupado hasta que se convenció. Nos abrazamos y quedamos en silencio, ya no había nada más que decir, nos teníamos el uno al otro. —Probablemente deberíamos volver, deben estar preocupados. Si, regresemos. La sensación de volar fue maravillosa, pero el beso con Alex, fue algo más. Nunca antes alguien había experimentado la perfección como lo hice yo.

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Srta While
Fuego, ella era ardiente pasión concentrada en apenas un metro sesenta. Las piernas largas y finas, con sus músculos tersos y marcados por el trabajo del baile que se tensaban cuando taconeaba con pasión. Fruncía el ceño, provocando una mueca de dolor en su rostro, mientras juntaba las manos, las hacía chocar, con fuerza. Las separaba, y una de ellas subía con elegancia, cogía la invisible manzana creando un círculo perfecto con la muñeca y la volvía a bajar con rapidez y fuerza. Taconeo, sus pequeños pies se movían tan rápido que apenas se veían, volvía a tensar los músculos de las piernas, los de sus bronceados y finos brazos, que agarraban la larga y roja falda. Y paró. El silencio se hizo pesado en la sala, subió la cabeza que durante todo este rato había estado gacha y taladró al público con su mirada, oscura, ardiente, felina, con el carácter que mostraban sus gestos. Se llevó sus dedos hacia su moño y el pelo largo y negro calló sobre sus hombros, liso, como una cascada de petróleo. Después agarró su pecho y se empujó hacia atrás, volviendo así a bailar entre palmas que la acompañaban. Movía la cabeza, esta vez con el pelo suelto, de un lado a otro, con la mueca de satisfacción en su cara, no había sonreído ni una sola vez. Taconeó de nuevo, y una guitarra sonó de repente al fondo del escenario, sin verse. Se empezó a notar el vaivén del pecho de la gitana a causa del cansancio, su respiración irregular, su aliento pesado saliendo de sus rojos labios. Me quedé mirándolos, sin saber muy bien qué me estaba pasando, deseé balancearme sobre ella y hacerle el amor mientras los demás nos miraban, besar esos labios carnosos que seguramente sabrían a rocío, a flores y flamenco. Y su piel, del tacto de la seda, terciopelo, sería droga en mis venas y nicotina en mis pulmones, dejándomelos tan negros como sus ojos. Me desperté de mis ensoñaciones cuando volvió a sonar un taconeo más fuerte que cualquiera de los de antes y la música y ella pararon. Esta, por primera vez, sonrió, y supe en ese momento que no pararía hasta tenerla, hasta que supiera quién era. Todos los allí presentes gritaron su nombre y se levantaron, emocionados. Yo me quedé en el sitio, las piernas las tenía flácidas, pero gritaba Shool más alto que cualquiera. ¿De verdad podría haberme enamorado de una persona sólo por haberla visto bailar una hora y media? Cuando la vi desaparecer del escenario el corazón se me paró, estaba claro que sí.

Shool

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La eternidad de un instante
http://aquellaspequeas.blogspot.com.es/ Nunca he creído en el destino. Siempre he pensado que tiene una manera algo peculiar de llevar a cabo sus planes para nosotros. Juega sus cartas con astucia y, sin que nos demos cuenta, ya está, el destino ha decidido por nosotros. Acababa de salir de trabajar de la librería, iba sin paraguas y estaba cayendo una lluvia casi torrencial. “Genial”, pensé, ya que había dejado el coche aparcado a más de diez minutos caminando. Supongo que hoy tocaría darme una ducha más pronto de lo esperado, así que, casi corriendo, e intentando encontrar balcones bajo los que cobijarme, empecé mi travesía. No habían pasado más de 3 minutos cuando volví a toparme con él. Otra vez. Definitivamente, hoy no era mi día. Era la tercera vez que lo veía en menos de 24 horas, después de que un día, sin más, no me dirigiera más la palabra. Íbamos por la misma acera, así que no me quedó otra que aguantarme y seguir adelante con paso firme. Al fin y al cabo, se suponía que lo nuestro hacía ya tiempo que había pasado a la historia. Me rozó con el hombro al pasar, y no pude evitar que se me acelerara el corazón. “Relájate Iris, tienes esta historia más que superada”, me dije a mi misma. Y ahí fue cuando el destino hizo su última jugada. Me tropecé y caí de bruces dentro de un charco. —¡Mierda! Me giré para ver si me había visto, y lo vi allí parado, mirándome, con esos ojos que, a pesar de ser marrones, eran los más preciosos que había visto jamás. Y de repente, empezó a caminar hacia mi. Yo empecé a levantarme, para ver como se me habían quedado los vaqueros perdidos de barro. Pero en cuanto levanté la vista, ahí estaba ya él, tan imponente como siempre y con su mirada clavada en mi de nuevo. —¿Te has hecho daño? ¿Estás bien? - parecía algo contrariado, como si realmente no quisiera estar allí. —Sí, tranquilo, me encuentro bien. He tenido un mal día y supongo que me he despistado. Lo siento si te asusté – dije casi sin poder mirarle a los ojos. —¿Quieres que te lleve a casa? Tengo el coche aquí al lado. No pude evitar pensar en todas las veces que anteriormente me había llevado a casa. Y en todos los recuerdos que me traía ese coche. Sí, me moría de ganas de subirme de nuevo a ese Audi, pero no era buena idea. —No, no te preocupes. Tengo el coche a cinco minutos. Gracias, Leo. Ya me estaba dando la vuelta cuando me cogió de la mano y me hizo mirarlo fijamente. En cuanto se dio cuenta de que me tenía la mano agarrada, me la soltó. —Déjame llevarte al menos hasta tu coche, Iris. Me gustaría poder hablar contigo. “¿Hablar conmigo?” pensé. Hacía más de un año que apenas le veía, que apenas se atrevía a saludarme cuando me veía, ya lo viera yendo solo o acompañado. A pesar de nuestro pasado, no le guardaba rencor, así que asentí y me subí a su coche, que tenía a no más de diez pasos de donde me había caído.

Chris Lightwood

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—Te lo voy a dejar todo perdido de barro Leo, puedo ir a pie si así lo prefieres, no está lejos. —Por favor, déjame llevarte, necesito hablar contigo. Llevo mucho tiempo queriendo hacerlo, y como no lo haga ahora, me volveré a acobardar, y creo que ya es hora de poner las cartas sobre la mesa. Me lo dijo con un gesto bastante serio, y eso hizo que me asustara. Lo conocía muy bien, o al menos, antes lo hacía. Cuatro años de relación habían dado para mucho. Siempre pensé que él había sido la persona adecuada en el momento equivocado. Creo que por eso lo nuestro terminó como lo hizo. Éramos demasiado jóvenes, demasiado inexpertos. Había habido otros después de él, como él también había tenido otras. Pero siempre tuve esa sensación de que, de habernos conocido más tarde, las cosas habrían sido distintas. Así que le di la oportunidad de hablar y así, quizá, pudiéramos volver a ser amigos algún día. Puso el coche en marcha y en cuanto arrancó, le dije en qué calle debía dejarme. Asintió, se quedó en silencio y de repente, empezó a hablar. —Iris, siento mucho este silencio durante todo este tiempo. Cuando todo terminó como lo hizo, intenté borrarlo todo, quitarte de en medio de todas las formas posibles, pero no pude. Así que recurrí a lo más fácil: el odio. Y dejé de hablarte. Pero cuanto más tiempo pasaba, y más maduraba, más me iba dando cuenta del gran error que cometí contigo. Sabes que nunca te fui infiel, pero tampoco supe demostrarte nunca el amor que sentía por ti. Hasta que fue demasiado tarde. Debería haber intentado al menos conservar tu amistad, ya que eso ha sido lo que más he echado de menos durante todo este tiempo que hemos pasado separados. Siento mi inmadurez y mi comportamiento, y aunque se que quizá es tarde para pedir perdón y quizá tampoco lo merezco por lo mal que me porté contigo, al menos quería que supieras que me arrepiento. No te equivocabas cuando decías que necesitaba madurar, y ahora que lo he hecho, ha sido cuando me he dado cuenta de todo. Lo siento, de verdad. Me quedé de piedra. No me esperaba para nada esto. Ni sus disculpas ni sus explicaciones. Sí, es verdad que parecía mucho más adulto, más maduro. Pero ya había confiado demasiado en él una vez y aunque mi corazón quisiera creerle, no era tan fácil. —Nunca te he guardado rencor, ni por tu silencio ni por tus hechos del pasado, que tú y yo sabemos que hiciste mal. Pero no te negaré que tus acciones en su momento me dolieron. Me dejaste de lado después de decirme un día antes que era uno de los pilares de tu vida. Aprendí a vivir con esa pérdida, porque fuiste un gran apoyo para mi, tanto cuando estábamos juntos, como cuando no. Pero el tiempo ha pasado, y supongo que ha llegado la hora de perdonar. Así que no te preocupes, puedes tener la conciencia tranquila por ello. Entre tanto discurso, ya habíamos llegado a mi coche. Él aparcó el suyo, y cuando yo fui a bajar, bloqueó las puertas del coche impidiéndome salir. —Iris, no he terminado – me dijo mirándome a los ojos con gesto serio y firme. —Ya he aceptado tus disculpas y con esto, podemos ser amigos, no tengo ningún problema con ello. —Necesito algo más, Iris. No sabes el tormento en el que he vivido desde que no has estado. Fingiendo estar bien cuando no lo estaba. Sé que es muy abrupto, pero necesito que lo intentemos de nuevo. He cambiado, he madurado, al fin y al cabo era lo que querías. Te necesito aquí, conmigo. —¿Y todo lo que ha pasado mientras yo no he estado? ¿No ha significado nada para ti? Mentiría si te dijera que aún no estoy dolida, Leo—le confesé con las lágrimas a punto de salirme de los ojos-. Quiero confiar en ti, con todo mi corazón, pero debes entender que para mi no es... Sin dejarme acabar, tiró de mi y me besó. Un beso que transmitía un montón de sensaciones que creía ya olvidadas: añoranza, anhelo, deseo. Y ternura, algo que él nunca me había transmitido. Mi corazón se doblegó a él y a su beso, correspondiéndole con ganas a pesar de que mi cabeza me pedía precaución. Pero no podía tener precaución, no con él, después de lo mucho que había deseado este momento. —Nada ha tenido significado para mi mientras tu no has estado, Iris. Todo me recordaba a ti, por mucho que no quisiera admitirlo. Nunca pude olvidarte, pequeña. Pequeña. Me había llamado pequeña. Sabía lo mucho que significaba para mi esa palabra. Era nuestra palabra. ¿Quizá debería intentarlo de nuevo con él? ¿Podía confiar en él otra vez? No iba a pregun-

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tarme si podía volver a quererlo, acababa de descubrir que nunca había dejado de hacerlo. —Yo también te he echado mucho de menos, Leo. Pero me lo negaba a mi misma porque creía que tú no querías saber nada de mi. ¿Cómo podía siquiera imaginarme esto si no nos hablábamos? —Entonces, ¿Volvemos a intentarlo? Prometo, esta vez, hacerte la mujer más feliz del mundo. Haré que olvides el pasado. Empezaremos de nuevo. Seremos felices; este es nuestro momento, Iris. Te quiero, nunca he dejado de quererte. —Tengo miedo. Mucho miedo. Ya terminé herida una vez, no quiero volver a pasar por lo mismo. —No lo harás. Te demostraré que puedes ser feliz conmigo. Cada día. A cada hora. Este será el principio de algo eterno, te lo prometo. Y en cuanto me besó, supe que realmente había cambiado. Podía ser feliz, podíamos ser felices juntos eternamente.

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A la medianoche
Alan D. D.
Me levanté con un increíble dolor de cabeza. Era muy de mañana, más de lo que realmente esperaba, así que me alisté con calma y esperé a que pasara el autobús escolar. El clima era bastante cálido, nublado y con una suave brisa. Sentía un cierto hormigueo en el pecho, era extraño, pues no me molestaba, como normalmente hacía, sino que realmente era agradable, una pequeña calidez que me reconfortaba, sencillamente eso. El viaje fue tranquilo, mejor dicho, aburrido. Estefan llevaba ya una semana en coma y los doctores parecían no ver ninguna posibilidad de que despertar en mucho tiempo, aun cuando por unos segundos, cuando lo visitaba, lograba mover unos pocos dedos. Por mucho tiempo habíamos sido mejores amigos, pues los dos habíamos sido los torturados en las clases del colegio. Como habíamos tenido muchos amigos de nuestro mismo sexo, nos aconsejábamos mutuamente para no cometer deslices en nuestras relaciones. Cuando Estefan se fijaba en alguna chica, yo era la primera en saberlo, la primera en decirle si era alguien conveniente para él, cómo tratarla, qué detalles darle; y él lo mismo conmigo si me interesaba algún chico, qué cosas decirle para que se fijara en mí, como atraer su atención, que ropa me hacía lucir mejor, además de que por ser el deportista del salón lograba sociabilizar fácilmente con el muchacho y decirme si valía la pena o si era un cretino, que era la respuesta más usual. Ninguna de nuestras relaciones había funcionado, ninguna pasaba del mes, pues no terminábamos de conocer a la persona, era una perra regalada, si era Estefan, o un gigolo, si era conmigo. Como si cupido quisiera errar las flechas a propósito y hacernos vivir una historia romántica con comedia negra. Extrañaba bastante las conversaciones con Estefan, pues, en los pocos minutos de receso y en las horas libres cuando faltaba algún profesor, hablábamos desde la receta de las galletas de la abuela del primo lejano de un primo hasta el génesis como si fuera una historia de terror para niños. En una de esas conversaciones habíamos hablado tanto que terminamos llegando tarde a la clase de biología, casi nos perdimos la mitad de la clase, él tuvo que soportar las bromas pesadas de los chicos y sus insinuaciones y yo los insultos y miradas de furia de las chicas. Me valía poco lo que ellas pensaran, yo no era menos que ellas ni ellas más que yo, así que no perdía la ocasión que tuviera para demostrárselos y cerrarles la boca, perdón, el hocico, como aquella vez en que en una rutina de baile en la que Estefan participó y me escogió como pareja, nada más y nada menos que el Lovegame de Lady Gaga. Cuando llegó el primer receso y salía comprar mi desayuno vi que las chicas estaban alborotadas con sus celulares y hablando a toda voz; era signo de que había una noticia importante. Me acerqué un poco, le jalé los cabellos a Rebecca, que era con la que mejor me llevaba y le saqué toda la información: Estefan estaba en estado crítico y no creían que pasara la noche. Eso me bastó para pedirle las llaves a un profesor, sacar mi morral, devolverlas y escaparme del colegio. Corrí a todo lo que podía para llegar cuan-

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to antes al hospital en donde Estefan estaba internado, con lágrimas en los ojos, con el corazón latiéndome a mil kilómetros por minuto, con las piernas cada vez más cansadas, pero estaba en ese estado en que no puedes ni detenerte ni acelerar, solamente mantener ese ritmo. Estuve toda la tarde a su lado, telefoneé a mi madre para avisarle que me quedaría con él y que no me esperara, pero fuera de eso, estuve hablando largas horas, sin parar ni siquiera para tomar agua, tratando de que al menos me reconociera por la voz, de que supiera que estaba esperándolo. Llegada la noche, a eso de las once, Estefan estaba muy inestable y tuve que salir de la habitación, pues fue internado de emergencia por especialistas que trataron de hacer todo lo posible por mantenerlo vivo, pero no lo lograban, así que dejaron de intervenir esperando que su mismo organismo terminara de nivelarse para seguir, una condenada de muerte dicha con lindas palabras. Sus padres fueron a tomar un poco de aire para calmarse y luego regresar a llevarse a su hijo a la casa, así que aproveché esos pocos segundos para estar con él. Fue un parpadeo, entré y la respiración de Estefan se cortó de repente, su corazón se detuve. Me desesperé tanto que no lo pensé dos veces antes de darle respiración boca a boca el tiempo suficiente hasta volver a estabilizarlo. A la medianoche, Estefan despertó, y seguidamente me besó.

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Leara Martell

Napalm

Deslizó un dedo perezoso por encima de su camiseta, trazando círculos lentos e irregulares por alguna zona cercana a su ombligo, mientras le miraba directamente a los ojos con una sonrisa divertida formándose en sus labios. Todo había empezado como un juego hacía menos de treinta minutos. Después de haberse esforzado toda la tarde en cabrearla, sacarla de sus casillas y mantener conversaciones trascendentales cuando el fuego dentro de ella bullía a plena potencia, había tenido la desfachatez de insinuar que se acostaran. “Bueno. Ya sabemos lo que hay. Podemos follar tranquilamente”. Ella se había negado, por supuesto. Habían tenido todo un fin de semana para acostarse y él lo proponía ahora, como si no tuviera la menor importancia. Como si todos aquellos meses conociéndose, trabajando juntos, aquel fin de semana en la playa, no significaran nada. La estaba provocando, lo sabía, y aún así no podía evitar la ira, la sensación de derrota. —¿Sabes qué? Puede que ahora haya cambiado de opinión. Él la miró levantando una ceja. Llevaba ya un rato sentado en el sofá tranquilamente, decidiendo la próxima película que verían. Y por un momento, un mísero segundo, ella vio miedo ante su propia determinación. Una voz que no reconocía como suya habló, contoneándose hasta él. —Ahora que tú no quieres, lo deseo yo. —¿Por qué? —Porque quiero ganarte en algo. Los minutos que continuaron a aquello eran un borrón inverosímil en su memoria. Ella se había acostado bocabajo, con la cabeza cerca de sus piernas y había fingido más miedo del que realmente sentía por la película, consiguiendo que él se ofreciera a acariciarle el brazo para calmarla. Con una sonrisa que él no podía ver, se acercó a su mano. El simple contacto con su piel, la forma torpe y posesiva a la vez con la que la tocaba... Sin demasiada timidez, ella alargó su brazo e hizo lo propio sobre el estómago del chico. A medida que él se volvía más osado con sus caricias, así lo hacía ella. La segunda vez que él le agarró el pelo en un puño y se lo soltó con reticencia, ella decidió que era el momento de aventurarse un poco más abajo de la cinturilla del pantalón de deporte que llevaba. —Parece que no soy tan inmune como pensaba —ella dio un salto al oír aquello y no pudo reprimir una sonrisa pícara cuando se dio cuenta de la enorme erección que tenía cerca de su mano. —¿Y ahora qué vamos a hacer con eso? —¿quien hablaba? Ella jamás había tratado a un chico con tanto descaro. Nunca había tomado de aquella manera la iniciativa. —¿Tú qué crees? —¿Y si ahora te digo que no? —bromeó, pero por la expresión de él supo que aquella no era una opción. Sin darle tiempo a decir nada más, él se quitó la camiseta y la tiró al suelo. Ella no había apartado

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ni un instante la mirada de sus ojos marrones mientras seguía con sus caricias en un punto que cada vez se estaba poniendo más duro. Llevaba viéndole sin camiseta todo el fin de semana en la playa, pero en aquel momento, tan cerca, tan dispuesto y tan suyo, la perspectiva cobraba un curioso nuevo sentido. Él la miró y la necesidad que vio en sus ojos la abrasó. El deseo en su cuerpo creció como una avalancha. Lento, desapercibido... furioso y primario. —Bésame —exigió. Y aunque sabía que el hombre no estaba acostumbrado a seguir esas órdenes, se lo concedió. Así no es como había imaginado que sería su primer beso. En su imaginación, el beso iba a ser lento, gustoso, educado. En cambio, la realidad acabó con aquel pensamiento infantil cuando su propio cuerpo reaccionó al de él con aquella fuerza divina que la obligó a atacar su boca y reclamar su victoria dentro de ella. La fuerza de los músculos de sus hombros contrayéndose bajo las palmas de sus manos la excitó más si cabía y gritó de rabia cuando él volvió a tirarle del pelo, amenazándola con alejarla de su rostro. Hasta ese momento, no había sido consciente de cuánto lo necesita, de lo sedienta que estaba. Y aún no había empezado si quiera a saciarse. En aquel punto, la ropa de ambos se convirtió en una barrera incómoda y estúpida. Él volvió a tomar el control de la situación, se la quitó un momento de encima y se levantó lo suficiente para deshacerse de sus pantalones. Tumbada en el sofá, la chica esbozó una mueca burlona. Tantas veces que le había repetido que entre ellos no podría ocurrir nada jamás y no habían hecho falta más que unas cuantas caricias para hacerle perder la razón de aquella manera. Míster Freezer fuera de sus casillas, incapaz de pensar con claridad. —¿Es esto lo que querías, verdad? —dijo él sorprendido, como si él también acabara de darse cuenta de su comportamiento impetuoso y pasional y fuera incapaz de encontrarle una explicación lógica. —Sí —respondió altiva. Complacida consigo misma. Ebria del poder que él les estaba otorgando sin saberlo. —Me tienes justo donde querías —otra vez la sorpresa en su voz. ¿Acaso era tan difícil de creer? —Lo sé. —Quítate la ropa. Ella obedeció sin pensárselo una segunda vez porque, por mucho que odiara admitirlo, la necesidad de él era casi tan profunda como la de respirar. Nunca había creído en todas esas tonterías que suelen describir las novelas de amor sobre el sexo y la persona adecuada. Nunca había experimentado nada parecido al éxtasis amorgásmico que tanto gustaba a las lectoras. Y entonces lo sintió. El vacío hambriento de su ser. La abrumadora necesidad de llenarlo con algo, con él. Algo que sobrepasaba lo físico y la aterraba. Con una delicadeza que no creía capaz en alguien de su tamaño y su fuerza, el chico se tumbó sobre ella y la miró a los ojos. La miró a los ojos mientras se fundía con ella, mientras la llenaba y le hacía tener de nuevo fe. La miró a los ojos cuando su cuerpo se convulsionaba bajo el de él y cuando sus labios eran incapaces de acallar los gemidos que él arrancaba a su cuerpo. Y sonrió. Una sonrisa genuina que jamás había visto en él. Sonrió mientras la miraba. —Luego pienso llevarte a ver las estrellas y volveré a enseñarte dónde está la osa mayor —dijo sin aire, aumentando el ritmo, justo antes de besarla. Ella se entregó. Al beso, al deseo, a las sensaciones y a todo lo que él despertaba en ella: el anhelo, la esperanza, el amor. Y entre gritos contra sus labios, bebiéndose su aliento, alcanzó ese éxtasis que creía imposible y rezó por que no acabara nunca. Lo agarró con fuerza. Era suyo y en alguna parte de su ser sabía que siempre lo sería.

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Las galletas de Isabella
Andrea Castellanos
http://twitter.com/Chocozuela92 En la víspera de San Valentín, Mateo estaba bastante nervioso. Sabía perfectamente que estaba enamorado de Isabella desde que la vio por primera vez en el recreo. Corriendo con ese cabello sedoso y esas mejillas sonrosadas. No sabía si era recíproco pero así lo creía él, pues un día ella trajo las mejores galletas del mundo y solo las compartió con él. El día de San Valentín le parecía adecuado para declararse y así se lo manifestó a su madre, quien se lo había tomado con humor. Mateo estaba enfadado puesto que su madre no le tomaba en serio. Pero aún así, como cualquier madre, le ayudó con los detalles: le planchó una de sus chaquetas más bonitas para que fuese guapo al momento en cuestión, le introdujo servilletas en los bolsillos de su pantalón por si se daba el caso de que se manchase accidentalmente, y le limpió los zapatos del uniforme. Ahora sí, aunque nervioso se sentía preparado y fuerte. Con la cabeza en alto, entró al colegio como si todos y todo le perteneciese. Su pelo mojado, tras la ducha mañanera, y peinado hacia atrás por él mismo le daban un aire de seriedad y decisión que no pasaba desapercibido. Entró en clase y se sentó en su pupitre con el sonido del timbre. Pasó la primera hora entusiasmado y expectante. Era el primero en realizar todos los deberes que marcaba la profesora, y hoy, a diferencia de los demás días, no se salió ni una sola vez del perfil del dibujo. Hoy era su día. A segunda hora, un poco más impaciente, unió los puntos del libro creando las cinco vocales con el pulso menos acertado que la hora anterior. Se sorprendía a sí mismo mirándola de cuando en cuando. Pero qué podía hacer él, estaba irremediablemente enamorado. Para la tercera hora ya había tenido que utilizar algunas servilletas para secar el sudor traicionero que revelaba sus intenciones. Esta vez intentó acercarse a ella, a lo mejor si se ponía a su lado, conseguían estar en el mismo equipo de gimnasia. Mas todo esfuerzo fue en vano. El profesor hizo los grupos enumerando a todos los niños de la clase uno tras otro, de esta manera a Isabella le tocó formar parte del grupo 4 y a Mateo el grupo 5. Aunque estaba enfadado por el catastrófico resultado de su esfuerzo, poco le duró al jugar al fútbol, con tal mala suerte que al final de la segunda parte tropezó y cayó de cara al suelo. Cuando finalmente sonó el timbre del recreo, Mateo estaba nerviosísimo, sudoroso (tanto por hacer deporte como por el estrés del momento), los zapatos se le habían ensuciado al igual que su camisa al caer durante el partido, su cabello fue presa del viento y las servilletas ya se le habían acabado. No obstante, él estaba dispuesto a cumplir su cometido. Así pues, una vez hubo bebido agua, se aproximó a la chica en cuestión con sus pequeñas manos en la espalda. Ella, quien estaba jugando con sus amigas al escondite, se percató de que Mateo estaba rondándola “Será que quiere más galletas”, pensó. Con intención de compartir su merienda se aproximó a Mateo y le ofreció unas pocas. El niño ante este gesto, mostró entre sus manos otro paquete de galletas igual que el de ella, siendo

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este un obsequio. Isabela le miró por un instante que para él fue eterno esperando su reacción. Finalmente rió divertida. “No puede ser”, dijo para sí indignado. “No me toma en serio, igual que mi mamá.” Con el ceño fruncido decidió, en un momento de valor, darle un beso para que la niña comprendiese la importancia que tenía para él ese momento. Ese instante eterno del calor de aquel primer beso, esa ausencia del mundo ordinario mediante un simple gesto de amor en su más estado puro. Para Mateo, la espera había valido la pena.

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Dulce y ardiente amor
www.unaspocaslineas.blogspot.com.es Me levanto de la cama en silencio, despacio, midiendo cada uno de mis movimientos para evitar despertarte. A pesar de ello, te revuelves inquieta, das varias vueltas hasta situarte en el lado de la cama que yo mismo ocupaba hasta hace unos instantes, como si inconscientemente buscases el calor que ha dejado mi cuerpo sobre las sábanas. No puedo evitar inclinarme sobre ti y deslizar la yema de los dedos por tu cuerpo, trazando sus sinuosas curvas, recreándome con el tacto de tu piel, tan suave que me parece estar acariciando la más exquisita seda. Me gustaría quedarme a tu lado, permanecer siempre contigo, olvidar quién soy yo y quién eres tú, y no tener que decir nunca adiós. Por eso he de marcharme ahora, antes de que el sol comience su perezoso ascenso por el cielo, antes de que despiertes y me mires con tus grandes ojos verdes. Esos repletos de ansia, amor y deseo, los mismos que anoche me susurraban cuánto me necesitabas. No puedo enfrentarme a ellos. No puedo enfrentarme a ti. Me marcho ya, con paso lento y vacilante. Pero antes de irme deposito un último beso en tus labios húmedos y calientes, sensuales, llenos de promesas que no podrás cumplir por mi culpa. Y ese pequeño roce me quema por dentro, transformando mi sangre en un fuego que arrasa a su paso cualquier rastro de mi decisión, avanzando imparable por mis venas hasta llegar a mi corazón. Es entonces, solo en ese momento, cuando el primer rayo de luz se cuela por la ventana, cuando abres los ojos y me miras fijamente. Tus pupilas se dilatan y un gemido escapa de tus labios, golpeando mi cuerpo, mi alma. Todo desaparece. Todo salvo tú y yo, tu cuerpo y mi cuerpo, tu alma y mi alma, tu amor y mi amor, dulce y ardiente amor.

Victoria Vilchez

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dos gotas en el mar
http://oscuroyseductorromance.blogspot.com Se subió las gafas empujando la montura por encima del arco de la nariz y siguió, con la cabeza ladeada, hojeando los títulos de la librería, uno a uno, hasta que dio con el que buscaba. Hizo un espacio y colocó en su sitio la biografía de Audrey Hepburn, la sencillez y la elegancia en persona. Algo de lo que Violeta no andaba muy sobrada precisamente. Solía vestir de forma extravagante y su carácter, bastante peculiar, era difícil de comprender por cualquiera que se le acercara. Era una mujer solitaria que disfrutaba dando largos paseos hasta bien entrada la noche, en los que solía imaginar vidas pasadas donde su alter ego era compañera de aventuras de Jeanne Baret, Jerrie Cobb ó la mismísima Amelia Earhart. Soñaba despierta tan ensimismada en sus pensamientos, que no percibió en ningún momento que alguien seguía cada uno de sus pasos y velaba por su bienestar. Mario era un hombre hecho y derecho, que había abandonado sus grandes sueños al igual que Violeta. Había tenido que madurar antes de tiempo para poder sacar adelante la empresa familiar. Una fábrica textil que se encargaba de extraer la seda de los capullos de mariposa para realizar con ella blusas, corbatas, chales e incluso lencería, entre otras cosas. Llevaba cinco años al frente del negocio y éste se había afianzado en el mercado dando grandes beneficios. Fuera de su trabajo, Mario no tenía vida. Había dedicado cada minuto de su tiempo en mejorar el sueño que varias generaciones habían mantenido vivo con tanto esfuerzo. Nunca se había parado a pensar en formar una familia aunque, últimamente, su madre no hacía más que recordarle que quería tener nietos de los que disfrutar antes de que su hora llegara. Fue un día que a Mario se le hizo tarde en la fábrica ultimando unos detalles cuando decidió darse un paseo para despejar su cabeza de las actividades del día. Terminó desviándose tanto del centro que acabó recorriendo el extrarradio con la luna brillando en lo alto e iluminando con su tenue luz a los pocos transeúntes que a esas horas andaban por allí cerca. Uno entre todos resultaba llamativo por su forma de andar. Caminaba sin rumbo fijo y, de vez en cuando, se detenía a observar el infinito. Mario pensó que se trataba de algún pobre diablo o borrachín haciendo de las suyas. Sus pasos le llevaron bajo una farola, gracias a la cual pudo descubrir la identidad del misterioso caminante. Una mujer con extravagantes ropas paseaba su soledad como quien pasea a su perro. Algo en su melancólico rostro hizo que su corazón se encogiera sin proponérselo. Desde aquella noche, comenzó a frecuentar aquellas calles y la seguía en sus caminatas hasta que volvía sobre sus pasos a casa. Cuidaba de ella en las sombras. Aquella noche de mediados de julio, el calor estaba haciendo estragos entre la población e invitaba a quedarse en casa en la más oscura de las soledades. Sin embargo, dos personas salieron a dar su habitual paseo de todos los días. Una, a la luz de las farolas, la otra en tinieblas. Violeta se sentía agotada, exhausta por el calor que desprendía el asfalto acumulado a lo largo del día. La sensación era tal que notaba un fuego ardiendo dentro de ella, una llama viva asfixiándola. Buscó

Laura Ramon

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algo con lo que poder abanicarse y localizó un periódico en un banco cercano. No tuvo tiempo de cogerlo cuando una brisa de aire caliente la dio en plena cara e hizo que se tambaleara. Se sujetó al asiento y apoyó su cabeza en él para evitar golpearse con el suelo. Su cuerpo no pudo soportarlo más y cedió quedando inconsciente. Estando la calle desierta y sin posibilidad de que nadie la socorriera, Mario no dudó en correr hacia ella. Comprobó sus constantes vitales, apenas perceptibles, y la abrió un par de botones de su camisa para que pudiera respirar. Viendo que no reaccionaba pasado un tiempo, decidió llevarla a su casa. La tomó en brazos y comenzó a caminar con ligereza tratando de acercar su cuerpo al de ella lo menos posible para no hacerla empeorar. Cuando llegaron, la instaló sobre el sofá con un paño húmedo en la frente y esperó sentado sobre el sillón de al lado hasta que ésta diera señales de vida. Pasó toda la noche de vigilia hasta bien entrado el amanecer. Cuando Mario pensó entonces en llamar al médico, comprobó que sus ojos comenzaban a parpadear. Se levantó con intención de irse antes de que ella lo viera, pero la mano de Violeta ya rozaba la suya y mirándole le rogó que no se fuera. Ese único roce bastó para ponerle los pelos de punta a Mario, quien se giró con suavidad y se agachó lo justo para plantarle un tierno y casto beso en sus labios. Eros había llamado a su puerta y qué duda cabe de que la flecha había aterrizado en plena diana.

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el abismo de tu boca
http://relatosmagar.com/ En el momento más oportuno, recuerdo aquella frase de “La insoportable levedad del ser” que me marcó hace tantos años. Decía que el vértigo no es el miedo a la caída, sino el deseo de caer y el espanto que esa atracción nos provoca. De repente, al verte frente a mí, confesándome los desvelos y silencios de los que soy culpable aun sin saberlo, esa frase mil veces rememorada ha cobrado pleno sentido... Tirarnos al vacío no parece una buena idea. Todo apunta a que nos estamparemos contra el suelo. Incluso así, los instantes anteriores nos sugieren una experiencia excitante. El corazón encogido. Por un momento, todo es posible. Despegar los pies de la tierra firme, dejar atrás todo lo seguro, lo razonable, lo previsible. Volar. Imaginar que podemos ser libres, diferentes. ¿Y si, de pronto, evadiéramos la ley de la gravedad y nos quedáramos suspendidos en el aire, con infinitas posibilidades a nuestro alcance? Pero cuando el suelo continúa aproximándose, el golpe se prevé doloroso. Quizá disfrutemos de una caída amortiguada, ¿quién sabe? La incertidumbre de lo que sucederá lo vuelve aún más sugerente. ¿Compensa la emoción momentánea al desastre inminente? Siento vértigo. Sé que es un error, pero resulta atrayente abocarme a tu abismo. Miedo y deseo a la par. Mi corazón se azora ante tus palabras. Nunca antes alguien me había hablado como tú, eso me abruma. Las lágrimas que anegan tu rostro me perturban. Deseo estrecharte entre mis brazos. Ese simple acto reflejo supondría dejarme caer en picado. No sé si conseguiré mantener los pies en tierra. La atracción a la caída es superior a mí… En algún lugar de mi cabeza, mi conciencia me avisa por enésima vez: —Los amigos no deberían hacer esas cosas… Pero mis instintos han llegado a tiempo y la han amordazado en un rincón. Ahora ellos han tomado el control de mi cuerpo. Me abalanzo sobre ti y te abrazo muy fuerte. Noto que mis pies ya no tocan el suelo cuando saboreo en mi boca las lágrimas alojadas en la comisura de tus labios. Y sucede lo que nunca planeé. Custodiados por la oscuridad, nos leemos en silencio. Con los ojos cerrados, nuestras manos hablan por nosotros. Extraña sensación esta de descubrir tu cuerpo. Por primera vez en mi vida siento pudor al tocar una piel desnuda. Quizá sea porque hay más que piel entre nosotros. Siento aún la humedad que las lágrimas dejaron en tu rostro, y me estremezco con su tibieza. Recorro con mis labios el camino que marcaron, intentando borrar su rastro. Ya pasó, no llores más, por favor. Te lo susurro sin tener que hacer uso de las palabras, porque sé que tú me entiendes. La estrechez de tu abrazo me lo confirma. Todo ocurre despacio, algo insólito en mis costumbres. Acariciarte es más que un mero preámbulo, es el fin en sí mismo. No tengo prisa por quitarte la ropa, quemar cada paso, solventar el trámite y salir corriendo. Me siento bien adorándote sin más. Disfruto del momento. Fuego y seda, exquisita mezcla. Curioso no haber aprendido antes a pararme en estos pequeños placeres. No me reconozco. Sólo tú eres realidad. Y esta noche, sólo sueño.

Esther Magar

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Champán, sangre y bombones
Misha Baker
—Paul — Regina volteó su cabeza, sus bucles rubios volaron al compás del aire. — Paul, no me des esos sustos. Dime que eres tú, o gritaré. —Gina, Gina, mi dulce caramelo — oír su voz hizo que la cordura de la chica desapareciera. Se lanzó a sus brazos, sin percatarse siquiera de la sangre de su ropa — ¿Me has echado de menos, mi pequeña mariposa? Ambos amantes se fundieron en un beso profundo. Regi rodeó la cintura de su pareja con sus piernas mientras le sonreía, Cualquiera diría que estaba loca, pero lo que sentía por él, era el amor más puro que jamás había sentido por nadie. Ni siquiera por su madre, la pobre y sumisa mujer florero del borracho de su padre, tuvo jamás un sentimiento más allá del de la propia supervivencia. No sentía pena alguna por ella cuando la oía, llorando, implorando su regreso. Jamás volvería, no si eso significaba perder a su Paul. Sabía que a él le costaba reconocer lo mucho que la amaba, no era algo propio de personas como él declarar lo que sentían hacía el otro. Gina recordaba con todo lujo de detalles el día que le conoció. Como pensar que a partir de ese frío día de invierno cambiaría su vida para siempre. —Esa pregunta es estúpida, amor mío — le dijo mientra guiaba su mano hacia su nalga derecha, encima del tatuaje que le había valido su apodo. — Hoy es San Valentín. ¿Lo recordabas? Nuestro primer día de San Valentín. —Pues no — se lo imaginaba, pero se sintió decepcionada. — Pero te he traído esto. Del bolsillo de su cazadora sacó un objeto que hizo enmudecer a su chica. Regina se apartó el pelo, dejando que su chico le pusiera ese colgante, hecho de seda y un accesorio muy peculiar. —Hecho con las mejores costillas flotantes del mundo. Las humanas — se sorprendió al sentir el beso en la mejilla de Paul. —Es precioso, cariño. Muchas gracias. Ambos cenaron, mano junto a mano en lo que ya era su hogar, el sótano de la casa de Paul Banks ese hombre que todos tachaban como peligroso. Regina sabía la verdad, Paul jamás le ocultaba nada. La policía tenía la orden, conocían su paradero. Pronto vendrían a por ella, sin preguntarle si quería. —Quiero que sepas algo, mariposa — Paul la cogió de la cintura. Regina le rodeó la nuca con los brazos — no he sentido nada por nadie. —Lo sé, amor mío. Eres asesino. —Y a ti no te importa — Regina negó con la cabeza — me conoces y no huyes. Te conozco y no deseo matarte. Creo que puedo decir algo sin mentir. —¿El qué? — Pero la pregunta de Gina se quedo sin respuesta. Reconoció ese ruido, era el de unas bisagras cediendo ante una patada. Igual que el día de su

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décimo cumpleaños, cuando no quiso aceptar el regalo de su padre. Igual que la puerta de su habitación cuando la echó abajo y la violó por primera vez durante cinco años. —FBI — gritaron los hombres — Paul Banks, esta rodeado. Sabemos que tiene secuestrada a Regina Dolz. Libérela. —Yo no la retengo — les contestó Paul en voz baja mientras cogía una automática. La gemela se la tendió a Regina. Ella se ajustó su nuevo abalorio antes de aceptarla. —Te quiero, Paul —Yo también te quiero. Las palabras que siempre había querido oír. Ambos se cogieron de las manos, conociendo su final. La linterna de el primer federal asomó por las escaleras, pronto llegarían los hombres, y las pistolas. Pero a Regina no le importaba su destino. Tenía todo cuanto quería.

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En las colinas de Newport
Maya Maro
Susan llegó con lágrimas en los ojos y dejó caer la carta sobre la fina hierba verdosa que crecía frente a las costas de Gales. Aquella carta le relataba que su esposo, al que hacía más de un año había perdido la pista, no se encontraba tampoco en las costas de Nueva Zelanda. Le habían buscado sin cesar por medio mundo y nadie sabía de su paradero. Edward se había embarcado solo una semana después de que ambos se convirtieran en marido y mujer. Y ahora jamás volvería a verle. Se habían criado prácticamente el uno junto al otro desde que eran niños y las familias de ambos estuvieron de acuerdo en que llegada la hora los Jones y los Davenport fueran un solo apellido. De ese modo en la primavera de 1875 Susan Davenport pasó a convertirse en la señora de Edward Jones y la felicidad llenó la casa que había estado vacía tantos años desde la muerte de los abuelos del joven. A pesar de ser primavera, recordaba, todavía había sido necesario encender las chimeneas de la casa de dos plantas que ahora les pertenecía. En la planta baja se encontraban el gran salón de invitados, la biblioteca y el despacho separados por una enorme puerta de roble labrada, las cocinas y una sala de estar donde se había pasado los últimos meses a la espera de que Edward regresara. La planta de arriba se componía de cinco habitaciones que parecían grandes salones de baile, todas equipadas con sus respectivos aseos donde siempre había agua caliente y jabón para los invitados. Todavía podía sentir las manos de Edward recorriendo su cuerpo, llegando a los rincones más ocultos que tanto tiempo había deseado que tocara. Nunca habían llegado hasta el final, hasta “ese momento que tanto dolía”, le habían dicho sus sirvientas pocos días antes de la boda. “Sangras, el dolor es soportable, sobre todo después.” “¿Qué pasa después?”, había preguntado una ingenua Susan con el rostro pálido como el vestido de boda que le estaban probando en ese entonces. “Debes dejar que él te penetre, y una vez lo haga, su semilla os dará muchos hijos.” Susan no había preguntado qué era eso de la semilla, no quería saber más. Edward y ella habían estado solos muchas veces, se habían besado y tocado hasta la extenuación, pero él nunca la había “penetrado”, sonaba ya hiriente solo con la palabra. Pero a pesar de los temores, que aquellas viejas chismosas había infundado en ella, la primera vez que ella y Edward hicieron el amor fue sin duda inolvidable. El camisón de seda que su madre le había comprado para el ajuar, además de ropa de cama, elementos de higiene, vestidos, sombreros y mucha ropa intima, no dejaba mucho a la imaginación de su esposo. Sus pechos se marcaban con la fría tela y las caderas invitaban a ser recorridas. Cuando se fue acercando hasta su esposo, vio el brillo en sus ojos. El fuego de la chimenea se mezclaba con el calor que irradiaban sus manos al agarrarla por la cintura y sus besos, mucho más cálidos que nunca, despertaban en ella los más íntimos de sus deseos. La había tendido sobre la cama, todavía con el camisón de seda puesto, y él había comenzado a desvestirse. Su torso desnudo era muy distinto al cuerpo de su padre, su único referente masculino o esos hombres que trabajaban al cuidado de sus caballos en la gran casa de los Davenport. Edward estaba bien definido, su piel era bronceada, mucho más que la de la mayoría de los hombres

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ingleses. Sus dedos enmarcaron su rostro y aquel beso la hizo gemir, deseando por fin un encuentro más abajo, aunque no sabía de qué. Aquella zona de su cuerpo, de la que tan poco había oído hablar, pedía a gritos que la descubrieran. Como si hubiera escuchado sus pensamientos su esposo cumplió sus deseos. Fue esta vez su boca la que encontró su humedad y descubrió que estando desnuda se podía estar hermosa. Nunca había experimentado algo semejante. Aquel calor, aquel placer que hacía imposible acallar sus gemidos. Edward la despojo definitivamente del camisón de seda que arrojó con fuerza al suelo. Nunca había visto a un hombre totalmente desnudo, ni siquiera a él, pero sabía que bajo sus pantalones algo había aumentado de tamaño, y aunque nunca se había atrevido a tocarlo en esa parte de su cuerpo, aquella noche lo hizo. Tomó entre sus manos el miembro erecto de su marido y lo acarició suavemente, lo que hizo que el comenzara a respirar más pesadamente. Las sirvientas tenían razón, dolía, era imposible que aquello pudiese entrar por allí. Edward se retiró, temiendo hacerla daño, pero ella le invitó a que volviera a probar. De ese modo el dolor se convirtió en placer y en lo sucesivo se recordaría a si misma aquella noche y las siguientes hasta que Edward regresara. Como aquella mañana. De aquellas noches de pasión había nacido su hija Alice, que dormía plácidamente en su cunita. Ella tampoco podría conocer a su padre. Edward había desaparecido de la faz de la tierra. Se secó las lágrimas, puesto que estaba agotada de llorar por él. Su hija merecía una madre alegre y feliz que le diera una infancia llena de satisfacciones. Recogió la carta y la guardó en un bolsillo de su falda dispuesta a volver a la casa donde se la necesitaba para dar las últimas órdenes sobre el menú de aquella fría y húmeda semana. —Susan.—Oyó a sus espaldas. Las ganas de llorar volvieron y eso que se había prometido que no volvería a hacerlo. Su voz era algo que jamás olvidaría, fuerte, serena, cálida al mismo tiempo. Su voz le definía en cuerpo y alma. Edward estaba allí, pero no podía moverse hacia él. Todos esos meses escribiendo cartas, hablando con personas, esperando contestaciones, esperando su regreso, la habían paralizado ahora que estaba junto a ella de nuevo. —Ed….—Ni siquiera podía hablar. Se dio la vuelta y se tiró a sus brazos como si con ello todo el tiempo de dolor se difuminara para siempre. —Pensé que no volvería a verte. No podía regresar. El barco encalló en un lugar extraño y tampoco podía hacerte llegar una carta…Te he echado tanto de menos… —Edward.—Se apartó para besarle. Después sonrió en su boca y recordó que tenía a alguien a quien debía presentar.—Ven. No he sido yo la única que ha estado esperándote. Caminaron de regreso a la casa que se levantaba hermosa sobre una pendiente, imaginando que el futuro que le esperaba no había hecho más que comenzar.

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Él era su tumba y su epitafio
http://solosomosbalasperdidas.blogspot.com.es/ Sus piernas se balanceaban sobre el vacío que la separaba del suelo, colgando en el borde del balcón a través de los barrotes sobre los que tenía apoyada la frente. Cualquiera podría pensar que lo lógico sería mirar al cielo, incluso aunque estuviera carente de estrellas, pero Estefanía tenía la vista clavada en el suelo, como si fueran los clavos de su cruz. Miraba al suelo a sabiendas de que caer sería fácil, de que lo fácil era sostener la cruz sobre sus hombros y mantenerse ahí, con las piernas en vilo sobre la ciudad. Qué rendirse era fácil, pero seguir esperando lo que nunca llegaría era la parte difícil. Era la parte cruel y despiadada, el seguir en pie con algo latiendo en tu pecho aun sabiendo que hacía tiempo que te habían arrancado el corazón. Tenía los pies colgado hacia el infinito, pero la mirada clavada en el suelo. Apenas notaba los mordiscos del frío en su piel desnuda, tan solo cubierta por un frágil camisón de seda, pero notó un escalofrío devorar sus vértebras ante su presencia. Tan siquiera fue capaz de levantar la vista del punto fijo del asfalto en el que la había clavado, ya que no sabía si podría cargar con la decepción de darse cuenta de que no había sido más que una imaginación. Que su propio deseo de volver a verle había nublado su mente, igual que las lágrimas nublaban sus ojos, y había creado un precioso oasis en mitad del desierto de hielo al que aferrarse, como a un clavo ardiente. Unos pasos en las escaleras, una voz grave pronunciando su nombre, apenas un reflejo en un escaparate, una risa áspera como la lija. No eran más que pequeñas piezas que su mente esparcía por el suelo y luego ella recogía en sus sueños, formando el puzle en el que le veía volver. Pero entonces lo escuchó, con una claridad meridiana que ni siquiera su mente podía reproducir. Y la certeza la golpeó casi tan fuerte como la decepción, la golpeó como una bola de demolición contra sus costillas. Luego se dio cuenta de que esa bola no era más que su corazón desbocado, golpeando en su pecho. — ¿Planeas tirarte, princesa? —Ahí estaba, ese tono ácido con el que pronunciaba halagos como si fueran insultos. Estefanía casi notaba el sabor del azufre en su boca al oírle—. Pensaba que esos loqueros habrían acabado con tus instintos suicidas. Estefanía no tuvo que levantar demasiado la cabeza, tan solo unos centímetros, apoyando la mejilla sobre los barrotes en vez de su frente. Holocausto se había sentado junto a ella, con la vista clavada en el horizonte. Para él, el suelo era mucho más insoportable que el cielo, ya que si este se hubiera abierto y caído sobre ellos le habría hecho un favor. Pero la distancia que le separaba del suelo no era un abismo insalvable como lo era para ella, tan solo era un recuerdo de su inmortalidad. De que por mucho que se lanzara de azoteas, seguiría en pie. Que tan siquiera el corazón de Estefanía, tan fuerte como una bola de demolición, había conseguido hacer que dejara de respirar. — Si hubieran acabado con mis instintos suicidas, no seguiría esperándote —murmuró, mirando su rostro. Poseía esa belleza propia de las estatuas, propia del mármol y el marfil. Estefanía se preguntó cómo

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sería tocarlo, si notaría el frío y la dureza bajo sus dedos, ya que no recordaba la última vez que había podido hacerlo. No sabía hasta qué punto sus recuerdos habían sido mancillados con su imaginación y sus ganas, del mismo modo en que su piel marmórea podía mancillarse con sus dedos. No sabía qué necesitaba para agrietar la piedra de la que parecía estar hecho el demonio, pero sabía que algo podría hacerlo. Podía ser inmortal, pero no era indestructible. Había visto caer las estrellas de sus ojos como noches sin luna; había visto su mirada insoldable desquebrajarse de esa forma desastrosa en que caen los imperios: pedazo a pedazo, hasta que la magnificencia se convierte en ruina. Había visto el naufragio en él, que parecía un mar en calma. Ni siquiera su imaginación era capaz de dibujar semejante masacre tras sus párpados cerrados, eso era algo que solo había podido ver con los ojos abiertos. Como la línea del horizonte o la aurora boreal, era algo que la superaba. — Yo no te pedí que me esperaras —mustió él, en respuesta. Fijó la mirada en Estefanía, y ella se sintió tan lejana como el horizonte. — Yo no te pedí que me arrancaras el corazón. Holocausto se puso en pie de un salto, con esa agilidad más propia de un león que de una persona. Y se colocó sobre los barrotes, sin tan solo un tambaleo, firme sobre sus pies como el mejor de los equilibristas. Sin trastabillar sobre la barandilla, sobre la cuerda floja que cruzaba el abismo que separaba la vida de la muerte, a la que él estaba anclado. — Esperaba que, teniendo tu corazón en mis manos, no extrañara no tener el mío en mi pecho — las palabras cayeron sobre Estefanía, una a una, como las bombas sobre una ciudad ya hecha ruinas. Las balas sobre un cuerpo ya caído. Solo por pura crueldad, Holocausto confesaba lo inconfesable. Cuando ya no había remedio, ni vuelta atrás, él le decía la verdad y Estefanía, que sin corazón seguía queriéndole, sintió un nudo en su estómago. Un nudo en su estómago y otro, más fuerte y menos visible, en su garganta. Y ambos la estaban ahogando. No tuvo tiempo de contestar, ni siquiera de gemir de puro dolor, antes de que él se lanzara desde el balcón. Mientras para Estefanía lo difícil era esperar ahí sentada sin caer, para él había sido lanzarse al vacío siendo consciente de que seguiría en pie. Y es que, si la penitencia de Estefanía era mantenerse en pie, la de Holocausto era caer. Esa era su diferencia: que mientras ella intentaba escapar de la tumba que se había cavado, Holocausto se lanzaba de cabeza a cualquier tumba abierta sabiendo que nunca sería enterrado. Él tenía un cementerio entre su pecho y su espalda y ella había cavado una tumba allí con sus propios manos, cuyo epitafio eran los latidos de su corazón, su amor sin medida, sus lágrimas caídas. Cuyo epitafio era él pronunciando su nombre. Y es que él era su tumba y su epitafio. Su locura y su cordura, su amor y su odio. Era el veneno y, a la vez, el antídoto. Era masacre y, a veces, cuando amanecía o cuando se tiraba desde un balcón, parecía que era persona.

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Efusión de Amor
http://morsinamore.blogspot.mx/ Alma sintió entre sus dientes ese pezón dulce y cálido, y aquella sensación de culpabilidad la sorprendió de nuevo. Ni siquiera podía hacerse a la idea de que se encontraba ahí, haciendo lo que hacía y, lo que era aún peor, disfrutándolo. La chica volvió a montarse en ella acariciando su nuca con una mirada perversa, y ella quiso hacer un esfuerzo por no mirar tan descaradamente su cuerpo desnudo, esas formas tan cadenciosas y vulgares, sus enormes y sensuales pechos que bailaban frente a su rostro con un ritmo acompasado y esas poderosas piernas que la apretaron sutilmente, llenando su cuerpo de un estremecimiento agudo y lleno de placer. El mundo había dejado de existir para ella cuando Raquel la besó una vez más, suavemente introduciendo la lengua dentro de su boca, jugando con cada fibra de su ser. Tryno, sentado en el reposet frente a la cama adosada, se tocaba lánguidamente, recorriendo con una mano su grueso y largo pene, disfrutando apaciblemente del espectáculo que tenía frente a sí, saboreando cada movimiento de las dos mujeres que se debatían entre las sábanas, mordiéndose el labio inferior para contener la terrible necesidad de acercarse a ellas y tomar parte en el acto. Hasta que sus ganas lograron dominarlo, y, decidido a dejar su papel de espectador y consumir el fuego que se propagó en su cuerpo entero, se levantó lentamente del sofá, desprendiéndose de la camisa que aún tenía puesta para unirse al grupo. Acechando a Raquel por la espalda, le pasó una mano por el vientre mientras que con la otra le acariciaba los turgentes y voluptuosos pechos, rozó con un par de dedos su pezón erecto al tiempo que miraba complacido el rostro de Alma. Por un instante le causó gracia la expresión de su rostro, como si se hubiera visto pillada en algo turbio, ruin, pero no era así, esa era la experiencia que él tanto había deseado, la que tanto trabajo le había costado por realizar. Alma sintió que se le acababa la respiración. Mirar a Tryno mientras tocaba cínicamente a Raquel frente a sus ojos, era una imagen que habría deseado no ver jamás. Quizás había tenido sospechas de sus aventuras con otras mujeres, pero nunca nada concreto. El tenerlo tan claro ahora era como una daga cruel atravesándole el pecho. No obstante, se limitó a olvidar enseguida, lo que acontecía en esos momentos era solo una experiencia más que pasaría y eventualmente se terminaría. Ella lo había querido así, había accedido a hacerlo y no tenía más remedio que soportar, soportar y terminar con todo. Pero no pudo evitar cerrar los ojos y voltear la cara cuando Tryno la penetró finalmente y ella pudo escuchar aquellos gemidos de placer que le produjeron un vértigo imposible de vencer con la razón. Quiso huir, salir corriendo y gritar, desgarrarse el cuerpo para no pensar más en lo que sucedía. Raquel se encontraba a gatas sobre ella, disfrutando de los envistes de Tryno, de su esposo, tan frenéticos y salvajes que le produjeron un odio intenso. Alma intentó recordar cuándo había sido la última vez que él la había tomado de esa manera tan agresiva y excitante. Quizás serían años desde aquella vez y

Nina Benedetta

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nunca tan frenéticos como ahora. Nunca olvidaría el rostro de Tryno, sus ojos imbuidos por la fruición y el deleite. Perdido entre los placeres más bajos, sudoroso y purpúreo. —Ven aquí preciosa—era la voz de Raquel, que le hablaba entre gemidos. Alma deseó romper su cara cuando la escuchó hablar, pero en vez de eso se limitó a obedecer. Sus rostros se rozaron, y cuando por fin iba a besarla como pedía, sintió que su lengua lamía sus labios con un furor que nunca había sentido. Saboreando su piel como si se tratara de una gatita que bebe leche, así bebía Raquel de su boca, desesperada, violenta y tierna al mismo tiempo. No sabía por que, pero desde el primer instante en que la había visto, algo dentro de ella se había convertido, Raquel incluso podía jurar que se había enamorado de ella. Tal vez para cualquier otro eso era imposible, pero para alguien como ella, para quien el amor es un sentimiento lejano y hasta inexistente, esa emoción que ahora sentía era divina. Alma pudo escuchar que Tryno llegaba al orgasmo mientras Raquel la besaba de aquella forma tan apasionada. También ella exclamó un breve gemido de placer entre sus labios. Pero cuando su esposo cayó, desfallecido y lleno de palpitantes y placenteras sensaciones y ella creyó que sería el final, Raquel la tomó por los hombros y la obligó, dulcemente, a recostarse en la cama. Ágilmente recorrió su cuerpo con los labios, acariciando cada recóndito lugar. Amando su cuerpo como nunca había amado antes. Succionó de sus pezones como un crío indefenso al tiempo que una de sus manos se aventuraba a explorar más abajo, acariciando el pubis y las caderas, hasta adentrarse suavemente en su sexo. Con un dedo la penetró suavemente y Alma exclamó un quejido de placer, mordiendo la sábana de seda que se había llevado a la boca, sintió que la chica se agachaba y comenzaba a lamer el clítoris, chupando, absorbiendo todo su delicado sabor, inhalando aquel sublime aroma que la enloqueció por completo. Echó una breve mirada a Alma, quien parecía complacida con los lengüetazos que le daba de forma magistral, acariciando sus senos mientras lo hacía. Suavemente se dejó llevar por Raquel entre sus muslos, acariciando y mordiendo, lamiendo y besando, penetrándola con la lengua y saboreando sus fluidos hasta que sus gritos de placer llenaron el aire y cargaron todo de una atmósfera más placentera para ella, el orgasmo había sido no solo sublime si no que la había hecho olvidarlo todo. Hasta dejarla entumecida al filo de la cama, jadeante y llena de gozo. Al salir de aquel cuarto de hotel, Tryno y Alma no pudieron despedirse de su pequeño juguetito ya que Raquel, después de recibir su paga por los favores ofrecidos había salido mucho antes de una forma apremiante. Así debía de ser, así era como había pedido ella. Aunque, si hubiera sabido que sería así de excitante le habría pedido que no se marchara jamás. Sintió en la mejilla el beso que Tryno le imprimió y que quiso que pareciera tierno, pero que para ella solo estaba lleno de un veneno cruel y abrasnte. Era el beso de judas. —Gracias por hacer esto conmigo—le susurró. Alma quiso abofetearlo, desaparecer esa estúpida sonrisa de su cara. Sabía que después de lo sucedido no volvería a ver a su esposo de la misma manera y a pesar de sus advertencias él no cejaba en la idea de cumplir su más grande fantasía, y aunque se había asegurado y jurado que no sucedería eso, ella se dio cuenta más tarde de que algo en su relación se había muerto aquella noche. Aunque no podía dejar de pensar en ella. Alma nunca había conocido las pasiones y los deleites tan penetrantes que el sexo ofrecía, ni siquiera después de tener siete años de casada con el hombre al que muchas que lo hubieran conocido describirían como todo un experto en la cama. Para Tryno ella había dejado de ser mujer el mismo instante en que se convirtió en su esposa y ahora sólo era la madre de su hija y aquella que le tenía ordenada su casa y la cena lista al llegar… Pero al menos Alma había sacado algo bueno de Tryno, al fin le había obsequiado el verdadero placer. No sabía como terminaría su relación con él, ni lo que sentiría después, pero de algo si estaba completamente segura. Esa noche no sería la última y Raquel volvería a ser suya una vez más.

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DESEO CONCEDIDO
http://mismusascuenteras.blogspot.com Leía con avidez el voluminoso libro que tenía entre manos. Llegó como novedad a la librería donde trabajaba y, movida por un extraño impulso que no supo explicar, se lo compró. Cuanto más avanzaba en la historia, más envidiaba a la protagonista; deseaba ser ella quien saciara la sed del apuesto vampiro, que sus colmillos se clavaran en su cuello mientras hacían el amor. —¡Por Dios! —. Cerró el libro con brusquedad—. Lo que daría por dejar de lado mi aburrida vida y vivir una historia así —murmuró, mientras se encaminaba al baño para cepillarse los dientes. Esperaba continuar con la lectura al otro día, si el trabajo se lo permitía. Conciliar el sueño le resultó difícil pero la imagen de la luna llena que asomaba por la ventana poco a poco la adormiló. *** Despertó aturdida, la cama parecía más grande que nunca y, por el desorden, dedujo que el sueño fue intranquilo. Se desperezó y notó su desnudez. ¿Tanto calor sentí en la noche?, pensó, mirándose a sí misma con asombro. Levantó la vista y no reconoció la habitación, el estilo era antiguo, gótico y lúgubre. Miró hacía el costado y dio un respingo al ver un hombre durmiendo a su lado. ¿Qué está pasando? Me estoy volviendo loca, pensó, asustada. Se ruborizó, él también estaba desnudo, su sueño era profundo y apacible, y su rostro muy atractivo. Se restregó los ojos para comprobar que no seguía dormida. Con un gesto distraído se pasó la mano por el cuello, fue cuando notó dos pequeñas marcas. Buscó un espejo, cuando estaba por desistir dio con uno muy bello escondido en el fondo de un viejo armario. Al reflejarse en él vio dos orificios y dedujo con sorna que un vampiro, como el de su libro, podría ser el responsable. Se estremeció al recordar lo que había deseado la noche anterior, ¿podía estar sucediendo? Quedó ensimismada frente a su imagen en el espejo, ante el notorio contraste entre su blanca piel y su cabello azabache. Alguien, cuya imagen no se reflejó, la abrazó por detrás, sintió sus brazos rodeándola y su manifiesta excitación pegándose a ella. Era el hombre que descubrió a su lado en la cama. Cuando la giró se vio frente a unos ojos azules y traviesos, adormilados, y una mata de cabellos rojizos, desordenados. Él la besó con lujuria, se estremeció, fuera quien fuera le pertenecía, así se lo decía el corazón. Al instante siguiente estaban en la cama y él deslizaba sus manos por su piel hasta llegar a su rostro. —Sabía que esta vez leerías el libro —susurró sobre sus labios. Ella intentó reaccionar pero no podía escapara a su hechizo—. Mañana…, mañana serás mi compañera para toda la eternidad. Como siempre lo has sido. Valió la pena el camino recorrido para llegar a este momento —continuó, mirándola con sus intensos ojos azules mientras le lamía el ombligo. Cerró los ojos disfrutando del momento, qué más quisiera ella que estar toda la vida a su lado. ***

Patricia K. Olivera

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Al otro día amaneció confundida. Que sueño más maravilloso, pensó, mientras se pasaba los dedos por los labios y luego por el blanco cuello, notando dos pequeñas protuberancias que el día anterior no tenía. Al mismo tiempo, el libro que estaba sobre la cama cayó al suelo y un sobre blanco se deslizó de entre sus hojas. Lo levantó sorprendida, estaba abierto, el mensaje era breve y contundente. “Esta noche serás mía para siempre”. Tenía fecha del día y estaba escrita en una lengua muy antigua (que, para su asombro, entendió muy bien), con una caligrafía elegante. Pensó que se trataba de una broma hasta que se vio las marcas del cuello y concluyó que nada había sido un sueño, mucho menos un chiste. Se sintió extraña durante toda la jornada, presentía que algo estaba a punto de suceder; para colmo era el libre de su compañera y debía soportar a los clientes ella sola. Hacía el anochecer, mientras ordenaba algunos libros en la trastienda, oyó el tintinear de la puerta de entrada. Otro cliente. No veo la hora de irme, pensó, poniendo los ojos en blanco. Se encaminó, con desgana, hacía el mostrador intentando dibujar en su cara la mejor sonrisa. Alguien curioseaba entre los estantes, esperó a que se acercara y, con la vista perdida en el paisaje exterior, pensó en el sueño y en el mensaje. Sin previo aviso unas manos muy blancas se apoyaron sobre la madera, un cosquilleo en el estómago la alertó antes de levantar la vista. —Ansiaba el momento de volver a verte —dijo una voz que ya conocía. Él estaba allí, con esa sonrisa tan seductora y esos ojos que parecían desnudarla. Lo vio rodear los obstáculos para acercarse. Su corazón latió frenético cuando la aprisionó contra la caja registradora y notó su excitación a través de la ropa. —Si entra algún cliente…—logró decir, ante esa mirada feroz e insistente. —No te preocupes, me tomé el atrevimiento de poner el cartel de cerrado —le susurró, el vampiro, al oído—. Quizá deberíamos apagar las luces para que nadie intente molestar —volvió a decir y la besó sin más. Durante varios meses la policía la buscó sin resultados. En su departamento encontraron todo en orden. Un sobre amarillento sobre la mesa de noche no llamó la atención, como tampoco el libro, de autor desconocido, que nadie se molestó en ojear… La última página contenía fotografías de la pareja de vampiros protagonistas de la historia; ambos muy hermosos, enfundados en negros atuendos de época. La chica era copia fiel, mucho más pálida, de la muchacha que se veía en los cuadros que colgaban de las paredes del moderno apartamento.t

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Látidos de amor
http://raecj.blogspot.com.es/ La señorita Caroline era la calma personificada, nada le hacía estremecerse y alzar la voz más allá de lo razonable. Los hombres la encontraban aburrida y totalmente carente de pasión ante la vida. Ella no pensaba lo mismo, pero se guardaba de decir a nadie lo contrario. La vida de esta joven rayaba pues, en la absoluta paz y armonía. Su aislamiento y su vida, aparte de su familia, eran los libros. Ahora tras cinco años de ausencia, volvía la única persona que sacaba lo peor de sí misma. Christian, el hermano de su mejor amiga. Él era el único que la había hecho enfadar e incluso gritar. En ese momento, y mientras intentaba leer, rememoraba todas esas ocasiones en las que ambos habían discutido y las añoraba como el sediento anhela un vaso de agua. Y para más mortificación, según la señora Meredith, la dueña de una de las tiendas más bonitas de la ciudad, había vuelto convertido en todo un hombre. El ruido de la puerta la sacó de sus pensamientos. Elena, una de las doncellas entró a la habitación con las mejillas arreboladas. —Perdone señorita, su padre me ha mandado que la llame. Tienen una visita –Caroline enarcó una ceja, ¿quién podría ser a esas horas de la tarde? — ¿Sabes quién es Elena? —Richard lo ha anunciado como el capitán Whisper –el libro de Caroline cayó al suelo ante un gran estrépito. No se lo podía creer, ¡él estaba aquí e iba a verlo! —Dile a mi padre que bajo enseguida. ¿Cómo tengo el pelo? –la joven doncella ahogó una sonrisa, era la primera vez que la señorita se preocupaba por su aspecto. —Está preciosa señorita Caroline –la doncella salió dejando a la joven nerviosa. Sabía que su visita era de pura formalidad, ambas familias tenían una gran amistad y él vendría a presentar sus respetos después de su larga ausencia. En el salón junto a los señores de la casa, Christian esperaba a Caroline. Había viajado por todo el mundo, había conocido el placer en otros brazos y conocido a bellas mujeres; pero el desasosiego que sentía mientras esperaba a su amiga nunca lo había sentido con ninguna otra mujer. Sentía hablar a esa entrañable pareja, pero no se podía concentrar en sus palabras y contestaba de forma redundante. La puerta se abrió y apareció la causa de sus desvelos. Ambos se quedaron de piedra al observarse, los años habían pasado para los dos pero les habían tratado muy bien. Su amigo se había convertido en el hombre más alto y corpulento que jamás había visto. La figura de la joven armonizaba a la perfección con su bello rostro. —Caroline, mira quién ha venido a visitarnos después de tantos años –Caroline se acercó a él y le alargó la mano. Él no pudo evitar demorarse algo más de lo que las normas permitían. —Cuánto me alegra volver a verte, Christian –el hombre saboreó esas benditas palabras y se sumergió en la calidez de esos ojos que nunca le habían abandonado. —Estos años te han sentado bien, pelo rojo –el despectivo nombre con el que la llamaba en su

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niñez no surtió el mismo efecto que en esa época, ahora sabía que era mentira y sonrió esperanzada. —Tú siempre tan adulador –los padres mientras tomaban el té, exhortaron al joven para que hablara de su vida en ultramar, así que Christian tuvo que contar varias aventuras. En ningún momento los ojos dorados se apartaron de él, fue en ese instante en el que lo vio. Ella no podía apartar la mirada de esos ojos negros que tanto la cautivaban y tanto brillaban, de esa boca que se le antojaba sensual y que deseaba besar de forma vehemente. No podía frenar el fuego que crecía en su interior. La sonrisa de Christian, cuando sus padres salieron a comprobar un imprevisto, cautivó a Caroline que estaba presa de un sueño. Había llegado la madre del señor y esta urgía verlo enseguida, la palabra de esa señora no se podía discutir por su enfermedad. El joven se acercó un poco más a la joven, sentándose junto a ella. Le rozó el colgante con los dedos y Caroline ahogó un suspiro por la cercanía y el calor que le provocaba el contacto. — ¿Todavía te pones esta baratija? –Caroline se miró el colgante, se le había olvidado que lo llevaba siempre puesto. Miró los ojos que amaba más allá de la razón. —Es lo único que tenía tuyo, me ayudó a soportar tu ausencia. — ¿Añorabas nuestras peleas? –ella sonrió, sin saber por qué no estaba nerviosa ni sentía timidez alguna. —Esas peleas eran las únicas ocasiones en las que era yo y solo tú lo hacías posible. — ¿Puedes creer que me has acompañado siempre? –ella bajó la cabeza, el reloj de la entrada daban las ocho y las suaves campanadas se confundían con los violentos latidos de sus corazón. ¿Podría ser posible?—. Siempre has estado aquí –Christian se señaló el corazón. — ¿Por qué has tardado tanto? –el deje de dolor en su voz hirió al joven como un puñal, odiaba que ella hubiera sufrido. — Ahora he vuelto y no deseo otra cosa más que seas mi esposa. Te he amado durante mucho tiempo y no quiero esperar ni un segundo más. —Te amo –se fundieron en beso envuelto en suavidad y más tarde en un absorbente fuego.

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Volver a creer
http://elrincondeshia.blogspot.com.es/ —Así que… ¿hoy es el día? —Annie levanto la mirada de los documentos contables que estaba clasificando para mirar a su amiga Sopie, compañera de trabajo, gran amiga y cotilla consumada que no apartaba la mirada de ella esperando su respuesta. —Puede ser… —Suspirando volvió de nuevo su atención a las facturas y listados de caja que tenía que clasificar mientras pensaba una y otra vez en las palabras de Shopie. —Aunque no tengo muchas expectativas puestas en este día. ¿Por qué no se lo había contado ya? Annie no tenía muchas expectativas porque no había nada que esperar, su relación, después de cinco maravillosos años había terminado y no había mucho más. Hacía siete días, es decir ciento sesenta y ocho horas que no sabía nada de Robert. Diez mil ochenta minutos de penitencia que no eran más que el principio y aunque aun se sentía dolida, estaba a escasos pasos de ir arrastrándose a suplicar perdón. «¡No!» No podía arrastrarse, había llorado muchas noches, demasiadas como para echarse atrás, no había explicación para lo que él había hecho y tampoco era algo de lo que quisiera hablar. Era algo demasiado humillante. Resignada a pasar otra noche de infierno e inventar una excusa para no hablar de una noche romántica inexistente, Annie se dispuso a centrar toda su atención de nuevo en las facturas y los libros de caja, pero le fue realmente imposible, después de toda una mañana en silencio, el teléfono de su mesa se dispuso a sonar en ese momento. —Annie Prescot. —Señorita Prescot soy Alan Stanton —Annie frunció el ceño ante la mención de ese apellido aunque no era capaz de recordar de que le resultaba familiar— Pertenezco al buffete Stanton, Soller, Mesen & CO. Durante unos instantes Annie se quedo sin respiración. Al final, Robert había cumplido con su palabra y para vergüenza de Annie, tendrían que repartirse lo poco que tenían dentro de unos juzgados. Podía escuchar el murmullo lejano de la voz del abogado, la voz de Shopie también intentando llegar hasta ella, pero no podía entender nada, nada ni nadie era capaz de sacarla de la marea turbulenta de sentimientos que la rodeaba y si poder hacer nada, se dejo engullir por ella. —¿Señorita Prescot?... —Annie frunció el ceño cando una luz brillante se poso frente a sus ojos, sentía como los dedos de alguien, frescos y agradables, presionaban suavemente sus mejillas y lentamente un agradable olor a menta fresca le relajaba— ¿Annie? ¿Puede oírme? Suspirante y después de que otra ráfaga de luz le molestara en los ojos, Annie logro abrirlos para encontrarse con que dios había descendido a la tierra hecho hombre. —Bienvenida de nuevo señorita Prescot… —Su voz ronca y profunda envío un escalofrío a través

Ashaia Wechsler

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del cuerpo de Annie, haciéndole más consciente que nunca de todas las terminaciones nerviosas de su cuerpo.— Soy el doctor Andrews. El doctor Andrews.. frunciendo el ceño Annie miro a su alrededor, ya no se encontraba rodeada de cubículos llenos de contables apurado por organizar sus facturas, ahora estaba en una sala blanca y austera llena de instrumental médico y a solas con el Adonis moreno. —Se desmayó y se dio un buen golpe señorita Prescot —Lentamente dejando que su mano tocara suavemente la de ella, Annie sintió de nuevo escalofríos, mientras su mirada se centraba en los preciosos ojos oscuros del doctor Andrews. —No recuerdo… —Annie gimió de dolor cuando se llevo la mano a la cabeza y se palpo la zona donde debería haber golpeado alguna de las zonas de su cubículo. Efectivamente se había golpeado con algo y supuso que al no recordarlo era porque el doctor tenía razón y se había desmayado. —No se preocupe, es normal que le cueste un poco recordarlo —Soltando su mano, el doctor Andrews se dirigió a los pies de la cama y sacando un bolígrafo del bolsillo de su camisa, se puso a escribir rápidamente en una libreta mientras le hablaba— Espero que no tuviera planes para esta noche… —No yo no.. —Sonrojándose por haberle interrumpido, Annie miro hacia su izquierda intentando encontrar algo en lo que concentrarse y no pensar en los precisos labios del doctor curvándose en una sonrisa. —Bien, porque creo que debería pasar esta noche en observación para ver cómo evoluciona el chichón que tiene en la cabeza —Entrando dentro del campo de visión de Annie, el doctor volvió a hablar de nuevo— ¿Desea que avisemos a alguien señorita Prescot? ¿Familiares,… Marido…? —Y-yo… —meditándolo un momento, Annie cayó en la cuenta de que no tenía a nadie a quien llamar… ¿A Shopie? No tenía valor para estropear el plan con su marido… ¿A Robert? Lo suyo había terminado y no en buenos términos ¿A sus padres? Estaban a más de cinco mil kilómetros, cuando ellos llegaran, ya tendría el alta. Así que mientras se le llenaban los ojos de lágrimas y después de respirar hondo unas cuantas veces consiguió encontrar las palabras para responder a la pregunta del doctor— No, no hay nadie. —Bien —dándose la vuelta de nuevo para caminar hacia el final de la cama donde dejar su informe mientras guardaba su pluma dentro del bolsillo de su bata, el doctor Andrews hablo de nuevo— Esa es una buena noticia… Frunciendo el ceño Annie levantó la mirada hacia donde él se encontraba y mientras él se dirigía hacia el perchero que descansaba en una esquina de la habitación y se quitaba la bata, Annie no puedo hacer más que observarle mientras su espalda musculada se ondulaba en cada uno de sus movimientos ¿Esa es una buena noticia? A que había venido eso… Perdida en sus pensamientos, Annie no se había dado cuenta de que el la estaba mirando fijamente, con una mirada oscura mientras lentamente como un león se acercaba a ella de nuevo. —Señorita Prescot… —Su voz mucho mas ronca le envío de nuevo escalofríos a través de todas las terminaciones de su cuerpo, dando vida a todas sus terminaciones nerviosas— Mi nombre es Nathan Andrews y sería para mí un honor que esta noche cenara conmigo. Ocho años, tres pleitos y dos hijos después, Annie se encontraba de nuevo al teléfono dentro de su cubículo mientras sonreía a Shopie que no paraba de mirarla con una sonrisa fuertemente marcada en los labios. —Sí, cariño, volveré pronto, solo tengo que pasar un momento por el bufete de Jason para firmar una documentación de la ultima demanda —Suspirando y sabiendo que disponía del total apoyo de su marido, Annie sonrío de nuevo mientras recordaba la especial noche de San Valentín que había preparado Nathan la noche anterior. Si se concentraba aún podía sentir las manos de él recorriendo su cuerpo— Sí, sí, cariño, nos veremos en unos… —levantó su mirada de Shopie al reloj que colgaba tras de ella— en unos cuarenta y cinco minutos… Sí, yo también te amo…. ¡Sí claro que sí! Después de colgar el teléfono y acercarse al cajón a coger su abrigo, se quedó completamente quieta

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cuando un precioso ramo de rosas blancas, veinticuatro nada más y nada menos apareció frente a ella. —Feliz aniversario querida —Levantando la mirada hacia su príncipe particular Annie no podía creer que hubiera ido al trabajo a buscarla y más sabiendo todo el trabajo que tenía en el hospital. Acercando una rosa hacia ella, olió el delicioso aroma floral mientras mantenía sus ojos fijos en los oscuros ojos de Nathan. Su corazón palpitaba a toda velocidad mientras se perdía en las profundidades oscuras de su esposo, un esposo que había hecho mucho mas por ella que cualquiera durante toda su vida y es que el apoyo de Nathan, la había arropado una y otra vez durante los momentos más difíciles de los últimos ocho años. No importaban para nada los estúpidos pleitos de Robert, no importaba que al final, hubiera perdido todo lo que tenía en su relación con él, gracias a la llamada impudente de un abogado joven que había querido llegar a un acuerdo extraoficial para ahorrarse un juicio que no le había aportado más que vergüenza y desprestigio a su bufete. Annie ahora tenía lo que más quería, lo que siempre había soñado. Y todo eso se lo debía a Robert Dubrinsky, si no hubiera sido por sus perversiones sexuales y sus infidelidades, ahora Annie no tendría a su Nathan, a su adorado e idolatrado Nathan, su caballero oscuro que la sacaba de cualquier lío en el que pudiera encontrarse sin importar lo que tuviera que hacer, un hombre que a todas luces, había conseguido que, después de haber perdido toda la fe, Annie volviera a creer en San Valentín y en que, por mucho que las cosas le fueran mal en la vida, siempre tenía alguien a su lado para apoyarla. Porque así era Nathan, su lugar de seda donde arroparse y el fuego ardiente que la calentaba hasta hacerla enloquecer.

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Amor escondido tras un velo
http://sopa-de-letras-sophie.blogspot.com.es Esta es la historia de dos enamorados. Dos personas, separadas por una religión, un continente y una barrera social. Su encuentro había sido fortuito, como el de muchas otras personas. Se conocieron en un zoco árabe. Ella estaba comprando lo que sería la comida de su familia; el preparaba un documental de fotografías sobre el país donde se encontraba, para presentarlo en una galería londinense. Sus miradas se habían cruzado, tras un choque entre ambos cuerpo. Ese choque, produjo que a la mujer se le cayese la compra al suelo. El hombre, tan caballeroso y arrepintiéndose de su descuido, pues él tenía la culpa de haber embestido a la mujer, con su angulosa espalda, por un descuido mientras intentaba sacar una bonita instantánea a un mercader; le pagó el destrozo ocasionado a los alimentos y se ofreció a llevarle la compra a su vivienda. A lo que se negó al principio, pero el joven turista insistiendo la hizo cambiar de parecer. Salieron de la plaza, donde se encontraba el zoco, atravesaron diferentes calles, por donde el hombre fue tomando fotografías. Cruzaron en diagonal otra plaza, y girando por un estrecho callejón, llegaron a la vivienda de la mujer, que portaba un velo dejando ver parte de su rostro. En la puerta de la casa, una vivienda baja y de piedra, se encontraba el padre de la chica, que le regañó gritándole y quejándose de su tardanza, además de advertirle que no se juntase con turistas despechados que solo traerían desgracias. El anciano, entró en la casa abatido por los problemas que daba su única hija. La mujer le cogió las bolsas al fotógrafo y este conmocionado por las palabras del anciano, le entregó una tarjeta a la chica. Era una tarjeta con su información, donde ponía su dirección tanto postal como electrónica. Y le dijo que le escribiese, que él quería seguir hablando con ella. Antes de marcharse a Londres tuvieron otro pequeño encuentro, donde la mujer le enseñó los pequeños rincones de la ciudad que muy poca gente conocía, y tras el encuentro el hombre se despidió regresando a su ciudad. Desde ese par de encuentros inciertos y dudosos, sobre todo por parte de la mujer que había desobedecido una orden de su padre; ambos se escribieron cartas, pues ella no tiene un ordenador, ni siquiera una lavadora. Ambos empezaron a intercambiar correspondencia, donde narran su vida cotidiana y expresaban sus sentimientos. Ella, en su primera carta, le contó que le había gustado conocerle, y le hizo una pequeña descripción de su familia, formada por sus dos progenitores y sus siete hermanos, de los cuales era la única chica, y era la que se encargaba de las tareas de la casa y la compra, además de cuidar a los hermanos más peque-

Sofia

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ños.

Él le contestó, con una breve referencia a su familia, la cual sus padres estaban divorciados pero se llevaban bien, también tenía una hermana, que estaba estudiando química para trabajar en laboratorios. Él también le comento que su exposición había sido un éxito, sobre todo con una foto de una mujer comprando, con los ojos color verde, la piel avellana, y unos mechones oscuros saliendo de debajo de su velo, que le envolvía el rostro ovalado. Ella le escribió pasado un mes, felicitándole por su exposición y alegrándose de que la fotografía donde aparecía, hubiese tenido tanto éxito. Pero dejándose de esas alegrías, le comentó que probablemente no podría continuar mucho más tiempo con aquellas escrituras, pero no explicó el motivo. El hombre, preocupado le volvió a escribir una breve carta pidiéndole alguna explicación. Ella se excusó, diciéndole que su padre, el anciano que conoció durante su visita, le había buscado marido. También le dijo que aunque en su país eso no lo hicieran, en su cultura era tradición, pues a las mujeres se les casaba jóvenes, y ella era una de las pocas excepciones pues ya superaba la edad normal de casamiento, además de que la boda sería con un hombre que eligiese su padre. Por último escribió, que había tenido suerte de haber conocido a alguien tan diferente a ella, pero que también le conocía. Él tras leer esa carta, le contestó en otra carta, que si ella no quería a ese hombre podía negarse. Ella le respondió con un escueto, no puedo, estoy obligada. Él le volvió a escribir y le dijo que sí podía, que él le ayudaría. Pero el hombre no recibió más cartas, ni la mujer escribió más palabras en papeles desgastados, con minas de carbón, bajo la luz de una vela. Él sin rendirse, redactó su breve historia en correos electrónicos, en cartas de papel y en postales , que fue enviando a desconocidos, eligiendo las direcciones al azar; fue colocándolas en parques y centros públicos, para que su historia se conociese. Para que se conociese que en lugares recónditos y no tan escondidos el amor no tenía cavidad. Que el amor era un mero sueño, que aunque alguien viviese una bonita historia esta se acabaría, pues la mujer no tenía derecho, ni siquiera para experimentar este sentimiento, el amor. Y que el amor a primera vista, podía llegar en el momento menos esperado.

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Un gato negro y una mirada de fuego
http://beatriznaveira.blogspot.com.es/ Kim empezaba a impacientarse, el tiempo estaba dispuesto a empeorar y su tía no parecía tener intención de salir de la tienda. A sus dieciséis años, Kimberly Watson era lo suficientemente madura para conocer su pasado de familia, una genealogía de brujas, pero no para conocer los trucos con los que empezar a realizar hechizos. No es que ella terminara de creerse ese rollo de su tía, pero si la hacia feliz, Kim seria su perfecta discípula. Genial, ahora empezaba a chispear, y la tienda no tenia ningún sitio donde poder guarecerse. A la mierda, se dijo, desatendiendo las advertencias de su tía, cruzó la calle. La tienda de ultramarinos, más bien su tejado, no le proporcionaría un buen refugio, pero menos daba una piedra. Desde su nueva posición, podía mirar el interior de la tienda, cosa que no le valía de nada. Su tía y su amiga, la dueña de la tienda esotérica habían ido hasta la parte de atrás, para no se sabe que conspiraciones, y solo veía a su mascota, un gato negro muy tranquilo que descansaba en la mesa de recepción. Le vio maullar, aburrido , pero no tanto como ella. —Esto es un coñazo —suspiró, agobiada por la interminable búsqueda de lo que sea que buscaran esas dos mujeres y no aparecía. —Esa boca, niña. No me hagas lavártela con agua y jabón. Reconoció esa voz antes de ver su rostro. Jim “Boston” Morgan, el chico más odioso que Kim conocía en todo el pueblo. Tenía veinte años, quizás veintiuno, no lo recordaba. Su tía no dejaba que se acercara a menos de cinco metros de él, posiblemente por la diferencia de edad. Y porque hasta un ciego podría ver la atracción que ella sentía hasta ese gruñón de pelo castaño y ojos violeta. Sí, lo odiaba, no debería pero no podía controlarlo, cada vez que veía a ese chico, su corazón se desbocaba como un caballo encabritado. —No puedo hablar contigo, Boston —Kim se hizo la dura. Dudaba que un chico como Boston mostrase el mínimo interés por una niña de dieciséis. Aunque, si esto era así, ¿por qué se molestaba en hablar con ella? —Me metería en un lío. —Claro, no recordaba que tú eras una niña modesta y ejemplar —rió Boston —el vivo reflejo de los Vacci. —Ese no es mi apellido. —Eso cambia, querida. Sobre todo si hablamos de mujeres. —¿Quieres que añada misógino al perfil mental que tengo de ti? —Sólo digo que no me parece justo que la mujer deba perder su identidad cuando se casa. —¿Cómo hemos llegado a esta conversación? —Si mal no recuerdo, cuando me amenazaste. —Esta bien. Si yo lo empecé, yo lo terminaré. Adiós Boston —Kim se disponía a irse , pero Boston se interpuso entre ella y el camino. Sin saber como había llegado a esa situación, estaba atrapada entre dos brazos vestidos con una camisa de seda roja como el fuego. Tras su atractivo carcelero, oyó otra vez mau-

Beatriz Naveira

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llar al gato. —Mi tía saldrá de un momento a otro. Y te la vas a cargar. Es bruja, ¿sabes? Te convertirá en un sapo en un abrir y cerrar de ojos. Bueno, aunque alguien ya ha hecho el trabajo ¿Verdad, Gustavo? Boston soltó varias carcajadas, la chica le divertía. —Sí, bueno, más que un sapo, me convirtieron en otro animal. Un murciélago. —¿Oh, si? ¿Eres un vampiro? —Kim ya no sabía si reír o pedir ayuda a un manicomio —Harías buenas migas con mi tía, si no fuera porque te odia. —Normal, brujas y vampiros hemos tenido nuestros más y nuestros menos —De repente, algo pareció llamar la atención de Boston a su espalda, Kim creyó ver sus ojos pendientes en la tienda esotérica, de la que en cualquier momento su tía podía salir. Dentro de su ser, a Kim no le apetecía ser rescatada por ella. Tan absorta estaba en sus pensamientos que el beso de Boston la pilló con las defensas bajadas. Su cuerpo se llenó de un poderosos fuego que le era incapaz de controlar hasta que la bombilla de la farola de su izquierda explotó. —Vaya, tienes más poder del que me imaginaba. Vas a ser una bruja de categoría. Me va a gustar estar a tu lado, preciosa. —Estás como una cabra —Kim controlo un grito de angustia al ver los ojos de Boston. Ya no tenían su color habitual, sino de un verde esmeralda impactante. Y, como no, quien podía obviar esos colmillos. —No te merece la pena ser tan escéptica, Kimberly Watson —y le guiñó un ojo antes de irse. Kim rozó sus labios con un dedo, aún tenia el sabor frío de Boston en su boca. Había sido extraño y a la vez inolvidable, se sorprendió riendo como una tonta. El gato la miraba sin perder detalle y sin saber porqué se sonrojó ante la mirada del minino. —Cómo digas algo, te pelo el rabo —le amenazó, justo a tiempo. Su tía hizo su aparición.

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El corazón de Jade
http://marisasicilia.blogspot.com.es/ La luz entra a raudales por las cristaleras del palacio de Namanhzen. Es primavera. La nieve aún brilla en los picos de las montañas de Lintao, pero en el jardín los sauces tienden sus ramas hacia el lago, las lilas perfuman el aire y los cerezos en flor pintan de rosa el paisaje. Jonh Heights piensa en el frío, el hielo y la escarcha mientras el hierro candente abrasa su piel y siente el repulsivo olor de su propia carne quemada. —Basta —dice impávido Wang Wei Zhou, molesto tal vez por tener que soportar los agónicos sonidos guturales que escapan de su garganta al margen de su voluntad. El símbolo ha quedado impreso junto a su hombro. La daga invertida. La señal que marca a los asesinos, los ladrones, los proscritos… Una sentencia de muerte. Y es solo el principio. —Aún estás a tiempo de salvar tu vida, Heights —dice Wang leyendo sus pensamientos— Solo tienes que decirme dónde has escondido el corazón de jade de Yiangxi. No sabe cuánto lleva amarrado a esas cuerdas. El tiempo ha perdido dimensión y consistencia. Podrían ser días, podrían ser solo horas. El rostro frío e impasible de Wang parece a veces borroso y otras demasiado cercano y nítido. Él solo repite una y otra vez la misma cantinela, aunque apenas tiene ya las fuerzas necesarias para recitarla. —No sé dónde está el corazón. No lo tengo. Yo no lo robé —La furia se pinta brusca y teatral en los rasgos de Wang y se dirige a uno de sus siervos. —Otra vez —Las cuerdas se tensan y tiran simultáneamente de todos sus miembros, sus músculos suplican desgarrarse para aliviar el dolor y su garganta grita. Grita. Y sus gritos y el dolor es cuánto pude percibir. —Eres tenaz, John Heigts —murmura ella, sus ojos negros brillando como si un fuego oscuro ardiese sin llama en su interior. —Solo soy una víctima de tu belleza —susurra mientras enreda sus dedos en la seda de su pelo. —Sabes que pertenezco a la hermandad —le reprocha—. Hice una promesa. —No hay promesa que no se pueda romper —responde cínico y se apresura a besarla para callar sus protestas. Li Xian se tensa bajo su peso, su cuerpo esbelto y desnudo se rebela por un segundo, pero al final cede a su fuerza y su deseo. Li Xian comparte su deseo. El dolor se afila y corta de un tajo sus pensamientos. Lo divide en dos. Un hombre lacerado y vencido en el que apenas se reconoce, que únicamente resiste a causa de una extraña inercia. Y otro que lo ve todo desde la distancia, que solo piensa en ella y que incluso cree sentirla a su lado y escuchar su voz en su oído.

Marisa Sicilia

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—Era una idea estúpida. —Lo hice por ti. —No mientas, John Heights… Siempre tratas de conseguir lo que está fuera de tu alcance. —Te quería a ti —afirma intentando inútilmente convencerla. —No puedo entregarme a nadie, John. Te lo advertí —dice ella con tristeza en sus ojos. Y el dolor vuelve a envolverle como una llama que prendiese todo su cuerpo. Un criado irrumpe en la sala y murmura unas palabras al oído de Wang. Él asiente y una joven ataviada con un traje ceremonial de seda blanca entra y saluda a Wang inclinándose reverencialmente. —¿Qué quieres, mujer? —pregunta Wang devorándola con ojos golosos y voraces. —Quiero al extranjero. Es mío —afirma. Él abre los ojos y piensa que la realidad y los sueños se mezclan ya sin orden en su cabeza. Wang ríe, pero sus carcajadas se apagan bruscamente y ladra una corta orden. — Matadla. Los hombres se lanzan hacia ella espada en mano, pero Li saca de entre los pliegues de su túnica un sable curvo y el acero resplandece con una viva llama azul grisácea. Son muchos más que ella, pero Li para los golpes con facilidad. Semeja una danza. Toda ella es elegancia, precisión y destreza. Las cabezas de los esbirros caen al suelo partidas como melones maduros. La incredulidad y el miedo se pintan en el rostro de Wang e intenta escapar como la rata cobarde que es. Pero antes busca venganza. —Muere, Heights —Y el frío filo de una daga se clava en su vientre. Pero el acero no llega a herir su carne. El cuerpo de Wang se vuelve rígido, sus ojos se quedan en blanco y Wang cae hacia atrás, abatido por la estrella letal inserta en su nuca. Los cuerpos caídos la rodean. Ella aún mantiene en alto su espada, pero la baja cuando comprueba que solo ellos dos quedan en pie en la sala. Se acerca a él despacio y le mira compasiva. —Tienes muy mal aspecto, John Heights. —Tú, en cambio, estás preciosa —dice contemplando su rostro nacarado salpicado de minúsculas gotas de sangre, sin saber si confiar en que aquello sea realmente verdad y no otra de sus alucinaciones. Li se inclina hacia él y besa sus labios resecos y cuarteados. Lo hace con suavidad y delicadeza, pero a su contacto siente su calor, su temple y su fuerza. Y es como si ahora también él poseyera alguna de esas cualidades. —Creía que me habías olvidado —dice mientras ella corta sus ligaduras. —Algunas promesas no deben romperse —responde Li Xian con seriedad y aunque él no lo diga también cree firmemente en ello. Los brazos no le responden, pero consigue acercarse hasta ella lo suficiente para abrir un poco su vestido y acariciar su piel bajo la seda. Li sonríe.

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Breathless
Virginia S. McKenzie
El antiguo almacén, con su enorme puerta de hierro y sus paredes ajadas que parecían taparse con pudor con una vieja y sucia sábana blanca, tan raída que dejaba ver el ladrillo que había debajo, había estado años abandonado. Incluso después de haberlo limpiado y adecentado seguía teniendo un aspecto decrépito, pero eso, en el fondo, formaba parte de su encanto. No era en exceso amplio, pero sí muy luminoso gracias a los ventanales horizontales que culminaban los tabiques ya cerca del alto techo. Visto desde fuera, con su triste fachada gris manchada de polución y de graffitis no muy artísticos, nadie hubiera imaginado lo que se hallaba dentro. Sí, su belleza estaba en el interior, en la magnífica acústica que lo convertía en el lugar ideal para tocar. Allí, las notas del piano situado en el centro, entre las cuatro columnas que sostenían la edificación, reverberaban fuertes y cálidas. Mágicas. Junto al pilar izquierdo más cercano a la puerta había una batería. La guitarra eléctrica y el bajo descansaban a los pies de dos grandes amplificadores no muy lejos de esta. Al lado derecho de la entrada zumbaba un viejo mini bar acompañado por cinco puffs negros; cerca, pegado a la pared, reposaba un sofá de aspecto victoriano cuya comodidad era inversamente proporcional a su horrendo estampado floral. Tumbada en él había una figura femenina. Su piel rosada y su cabello oscuro resaltaban en claro contraste con el tapizado. Las líneas de su cuerpo desnudo recostado de lado armonizaban con la curvatura del alto respaldo. El muro de enfrente lo dominaban una máquina tocadiscos americana y otra convencional bajo la que se apilaban una montaña de vinilos. Esparcidas por el suelo y sobre el piano titilaban grandes y gruesas velas, perfectas para decorar, pero sobre todo como iluminación de emergencia cuando se iba la luz, lo que solía suceder como mínimo una vez a la semana a causa del pésimo servicio eléctrico. En ese momento estaban todas encendidas. —Hazlo. Su voz salió más ronca y tensa de lo que había esperado, lo que dotó a aquella simple palabra de un tinte de mandato. Ella enarcó las cejas y alzó el mentón con ese gesto altivo que la caracterizaba, y le hizo creer por un momento que lo había estropeado todo incluso antes de haber empezado. Sin embargo, siguió sentada en el sofá observándolo con la perezosa majestuosidad de un felino, y sus jugosos y rosados labios dibujaron una sonrisa tan pícara que rozaba la lascivia. —Hazlo —repitió. Esta vez con deliberada contundencia. Y ella obedeció. Con cruel lentitud se recostó contra el respaldo y alzó las piernas hasta apoyar los talones sobre el mullido asiento. Despacio, muy despacio, las fue separando hasta quedar por completo expuesta. La sola visión de su centro húmedo por el deseo y de su largo cabello serpenteando por su piel clara hasta alcanzar sus turgentes pechos, bastó para enfebrecerlo hasta el punto de hacerlo dudar de si podría continuar con aquel juego. Como si hubiera querido hacer justicia al título de la canción de Shayne Ward que los envolvía en ese momento, se quedó sin aliento1 cuando ella comenzó a acariciarse. Sin apartar la mirada de él se acunó los senos, los amasó, los provocó, hasta que un débil gemido escapó de entre sus labios cuando pellizcó

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los enhiestos pezones. —Más —demandó él con un ardiente nudo de deseo en las entrañas y sintiéndose más duro de lo que hubiera estado jamás. Ansiaba deshacerse de su propia ropa, recorrer la poca distancia que los separaba y hundirse hasta el fondo en su interior, bombear con fuerza entre sus piernas hasta que ambos alcanzaran la gloriosa liberación. Pero no lo haría, porque esa agridulce tortura bien merecía la pena. Siguiendo su orden deslizó sus manos por el esbelto torso hasta llegar al pequeño nido de rizos negros entre sus piernas. Allí se demoró. Sus dedos largos se movían con destreza, mientras la luz de las velas se mezclaba con los pálidos rayos de luna que atravesaban los ventanales para arrancar exquisitos claroscuros a su enardecido cuerpo desnudo. Estaba mojada y más que preparada, abierta para él. Fue entonces cuando lo vio, justo en el pliegue del muslo izquierdo con las nalgas. Un lunar oscuro y perfecto. Un tentador punto de partida desde el que comenzar a recorrer con la lengua un ardiente camino hasta la húmeda meta. No lo pudo resistir más. En un par de zancadas llegó hasta el sofá y se hincó de rodillas. Ella sonrió triunfal. Y él, con un gruñido, lamió aquel pequeño y magnífico tesoro oculto entre sus muslos. Lo saboreó, sin prisa, bebiendo de la suavidad de su piel para luego hacer el recorrido hasta su centro. Separó los labios con la ayuda de ambos pulgares y hundió la lengua en su calor. Su entrepierna palpitó con fuerza cuando la oyó gemir. La agarró con firmeza de las caderas sin alzar la cabeza; su lengua dentro y fuera de ella, impregnada de su sabor, de su olor. Aumentó la presión y el ritmo sintiendo que él mismo estaba en el borde. Ella se arqueó y lo agarró del pelo para instarlo, guiarlo. No tuvo objeción. Ayudándose del pulgar acarició su clítoris mientras continuaba lamiéndola. Siguió un poco más incluso cuando la notó alcanzar el orgasmo contra su boca. Se relamió y entonces sí, levantó el rostro para mirarla. —Ahora serás mía. —Afirmó poniéndose en pie, sintiéndose a punto de estallar. La camiseta acabó en el suelo antes de que ella le desabrochara el pantalón vaquero y bajara la cremallera con manos diestras. Las mismas con las que dibujó la envergadura de su miembro al liberarlo. Apretó los dientes al notar el cálido aliento sobre el glande, los dedos delicados y decididos cerrados en un puño en la base. El tacto de sus labios le arrancó un gruñido. Apoyó las palmas en el respaldo y se inclinó sobre ella, quien lo acogió con un gemido gutural cuando embistió con las caderas. Su boca lo succionaba, su mano lo apresaba, su lengua lo lamía con denuedo, y aquello lo estaba enloqueciendo. Le masajeó los testículos a la vez que lo masturbaba con fruición manifiesta en sus mejillas arreboladas y sus ojos brillantes de lujuria. Los jadeos de ambos resonaban en la nave en un eco impúdico que los excitaba aún más. Se separó cuando sintió que el orgasmo estaba cerca. La tomó en brazos y ella le rodeó la cintura con las piernas al tiempo que se fundían en un sórdido beso. La apoyó en la pared y la penetró con un solo envite. Febril, incapaz de contenerse un instante más. Envuelto en su calor aumentó el ritmo, un vaivén salvaje que los llevaba al deseado clímax. Ella lo alcanzó primero, constriñéndolo con cada espasmo, y lo empujó hacia un orgasmo arrollador que liberó con un rugido. India sonrió, maravillada y del todo satisfecha. Aún le costaba creer que Evan hubiera logrado alquilar de nuevo aquel lugar e incluso réplicas de todo lo que un día ocupó su interior. Todo aquello le traía tantos recuerdos… Y eso hacía todavía más especial un regalo que no había esperado y que nunca olvidaría. Se acurrucó contra su amplio pecho cuando se sentó con ella en el sofá. Había sido el mejor detalle que hubiera recibido por San Valentín. La recreación de la noche mágica en la que le pidió matrimonio. Aunque ni siquiera la celebración del sí había logrado dejarla sin respiración. Claro que, desde entonces, habían tenido diez años para pulir sus habilidades…

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Dulce pasión
Pam Cullen
La música suena alegremente en la pista de baile con la banda bien uniformada con traje blanco que contrasta con la piel negra de cada uno de los integrantes que poseían maravillosas voces y en este momento tocaban sin parar rock&roll, pero en este momento lo que más necesitaba Emily era tan solo un poco de aire, un respiro después de bailar sin parar durante la última hora. Salió a la terraza del elegante salón donde se celebraba la boda de su cuñada, la noche era fresca pero no le importó, se respiraba un aire de tranquilidad y fiesta en aquella noche estrellada; una ráfaga de viento soplo y ella titiritó un momento dando un par de brinquitos casi imperceptible. —No deberías estar aquí afuera sin tu abrigo La grave voz de su esposo la sobresaltó, no había oído cuando salió por la puerta corrediza, Emily le sonrió a manera de disculpa. —No hagas eso, sabes que esa linda sonrisa me derrite – le dijo Ryan —¿Enserio? – levantó un hombro seductoramente No podía evitarlo, junto a él se sentía valiente, segura y sexy, y como no estarlo Ryan el amor de su vida siempre la había apoyado en los momentos más amargos en su vida y había compartido los más felices, aun recordaba la primera vez que lo vio saliendo del mar como si fuera uno de los protagonistas de la famosa serie de televisión “Guardianes de la bahía” con su tabla de surf bajo el brazo, su cabello rubio y su piel bronceada por el sol que resaltaba cada línea de sus trabajados músculos. Y esa mirada de ojos cafés que la habían atrapado desde el primer instante. —No hagas eso – se quitó su saco y se lo puso a ella sobre los hombros – sabes que te puedes resfriar y eso no es conveniente —Lo siento pero necesitaba un respiro, he bailado demasiado y estoy agotada – se recargó en la pared junto a la puerta de cristal de tal manera que nadie la vería ahí —Me estás diciendo que no bailaras una canción romántica conmigo—se acercó peligrosamente a ella, con la mirada de un depredador—. Tendrás que compensarme —No creo que pueda – debió la mirada y comenzó a jugar con la solapa del saco —Yo creo que sí– le dijo al oído –sabes que odio que lleves el cabello recogido Demostrando su inconformidad le quito el broche que mantenía su largo cabello elegantemente recogido, al soltarlo callo por su hombros como fuego liquido —Resplandeciente y suave como la seda – dijo Ryan a la vez que le mordía la oreja juguetonamente y con una mano acariciaba un mecho de su pelirrojo cabello Ante tal provocación Emily lo tomo por la camisa para reclamar sus labios que la recibieron con ansia, pasión y desesperación. Un beso largo y lleno de amor por ambas partes. Ryan la tomó por la nuca para guiar el beso, mientras con la otra mano tomó posesión de su pierna, masajeándola, recorriéndola lentamente pero al ser demasiado estorbos el vestido, cambió de objetivo hacia su cuello.

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—Basta—jadeó—nos van a ver—dijo librando su boca en busca de aire pro inmediatamente comenzó a mordisquear esa varonil mandíbula que en ese momento mostraba la sombra de una futura barba. —Estamos casados, ¿no crees que es comprensible? – dijo mientras con un dedo le recorría el cuello, bajando cada vez mas hasta que llego a su destino favorito Lo último que sintió Emily fue frío cuando él le acaricio el pecho, lenta y sensualmente con toda la calma que un hombre podría tener al saber que ella era suya y él de ella por siempre. —Lo malo hubiera sido que nos encontraran de esta manera hace dos años en la boda de tu primo – susurró – aunque pensándolo mejor no sé por qué no lo hice en aquel tiempo — dicho esto volvió a besarla con toda la pasión de su corazón. Emily sintió que las piernas no soportarían su tiempo mucho mas, así que le paso los brazos alrededor del cuello mientras él seguía su recorrido hacia abajo por encima del vestido hasta que llegó a su vientre ligeramente abultado. Ryan se separó un poco y bajó la mirada hacia donde su mano acariciaba tiernamente la zona donde su bebé crecía, su hijo o hija. Aún no lo podía creer, en cinco meses sería padre, la emociones eran grandes y contradictorias, el terror de no estar preparado, la gran emoción y sobre todo el amor por Emily, su esposa, su amante, su mejor amiga. Ella lo conocía bastante bien y esa mirada reflejaba sus propios sentimientos; puso su propia mano encima de la de él sobre su vientre. —Te amo, más de lo que puedo expresar —Y yo a ti, al infinito y mas allá Rieron juntos como siempre. —Entremos Em debes de cuidarte —¿Y tú te aseguraras de que eso pase? —Sí – dijo muy confiado – aunque tenga que atarte a mi cama y créeme eso sería muy divertido

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Señal y despedida
Claudio Leonel Siadore Gut
Señal aire. Él y ella descansaban bajo el sol del otoño, sobre las hojas del techo. —¿Te acuerdas de esto? —dijo él, trazando dos líneas verticales, una medialuna y una equis en el

—Sí, tintinea en la playa, en una noche sin luna de verano —respondió ella. Ella se dispersaba. Él lo estaba viendo. —Se erguía con palos, abalorios, seda y una hoz que colgaba—sonrió—… era un símbolo sagrado. —Es —la voz de ella tembló como una campanita—… es la señal de que el sueño se termina aquí.

Las mariposas caerán como hojas. —Ha llegado el otoño —suspiraste otra vez y te cruzaste de brazos. La Luna llena convertía el trigal que rodeaba tu árbol en un mar azul. Deseaba quedarme contigo hasta que llegase el cuervo. —Ya me iba —susurré. —No —sonreíste iluminada—, todavía no. El último grillo comenzaba a cantar.

Despedida

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Suave como la seda. Un color azul como el mar
Cristina Buz
Una voz femenina en el teléfono se escucha inesperada y audaz. Cuánta dulce armonía hay en esa voz sin cuerpo. Lo dijo Nikolai Gumiliov (1886—1921) y mi marido si viviese… ¿No es cierto que escuchar unas palabras que provienen de una voz envolvente, varonil, aterciopelada puede parecer la mejor de las sedas cuando se desvanece de arriba abajo por todo tu cuerpo? Color, delicadeza, sutileza, levedad. Eso es lo que me pasa si cierro los ojos y le escucho. Él decía sobre mí que se endulzaba los oídos. Era un galán romántico empedernido que, seguramente, si se lo pidiéramos, nos regalaría una de esas historias que poco abundan: la nuestra pero sólo porque es única. Me he pasado la vida aprendiendo de él, todavía guardo todos sus libros de Historia, de novela romántica y erótica, de Pintura, Música, un sinfín de temas que le apasionaban pero mi gran tesoro son unas grabaciones que narraban nuestras cartas manuscritas en hojas de colores. Me encanta perderme en esa seda y todavía lo percibo aunque ya no le pueda mirar a los ojos. Heredé una fortuna en Amor y por eso, porque me siento afortunada sé que, algún día, a no sé a qué hora, nos encontraremos en la Plaza Mayor de Fernando Po (= muy lejos), donde debe haber mucha gente interesante y divertida, que es lo que nos gusta a nosotros....Para que veáis lo curioso de nuestro flechazo, os cuento que nosotros acordamos en cierta ocasión que, cuando nuestro amor se resintiera, como terapia, nos tendríamos que llamar por teléfono…y siempre, de una forma u otra, terminábamos resolviendo nuestras desavenencias. Me enamoré a través del auricular de un aparato, sí, ya sé, es imposible, bla, bla, bla, pues no. Me enamoré hasta las trancas pero yo no quise definirlo por miedo, como suele pasar cuando emprendes algo. Decidí comenzar una nueva vida, sola, lejos de mi familia, al lado del mar, en una isla. Vamos, como en las pelis. Lo de la isla no lo elegí yo pero me dieron trabajo allí, eso me aportaba seguridad. Encontré la fuerza y motivación para ponerme a tocar la guitarra y prepararme bien las oposiciones de ese año. Busqué un profesor (ya tenía otra para la parte teórica), necesitaba ayuda, era fundamental. Fui a la Escuela de Música que me recomendaron y de su tablón anoté un teléfono en una hoja pequeña medio doblada que encontré en un bolsillo. No podía perder más tiempo, los días pasan y tengo que empezar rápidamente. A ver, a ver…. “Profesor de guitarra con la titulación superior imparte clases particulares en Santa Cruz de Tenerife. Todos los niveles y estilos”. Vamos que me venía que ni pintao…Salí de allí con una energía digna de un red bull, estaba emocionada, todo iba saliendo como yo esperaba. —Hola, soy Cristina, he conseguido su teléfono en la Escuela, ¿hablo con Javier? —Sí, soy yo. Respondió con voz entrecortada. —Mire, estaba interesada en unas clases particulares para prepararme las oposiciones de este año ¿sería posible? Sólo podríamos vernos los sábados por la mañana, es el día que voy para allá.

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—Mmm, sí, en principio, sí. Creo que estuvimos hablando alrededor de cuarenta y cinco minutos. Me parecieron cinco. Me gustaba cómo manejaba su voz y cómo se expresaba: correcto, calculador, embaucador. Mmm….le puse cara, cuerpo y todo. La verdad es que entre una quinceañera y yo no hubieseis notado diferencia alguna. Cuando colgué el teléfono, miré al cielo y pedí al de arriba, una y otra vez, que por favor, no tuviera novia. Por un momento, me imaginé que en el caso que tuviéramos algo yo no sé si me iba a complicar la vida ya que mi prioridad en aquél momento eran y las opos. Pero qué narices, quizá eso me motivaría lo justo. Durante dos semanas no nos pudimos ver en persona porque él tenía planeado desde hace tiempo varios viajes. Nunca quisimos ver nuestras fotos, no era necesario para ambos. Mientras tanto me enviaba tarea para el primer día de clase. Hablábamos por teléfono casi a diario. Buscábamos una escusa para llamarnos. Hasta que llegó nuestro primer beso y, por supuesto, como no podía ser de otra forma, nos lo dimos por teléfono. Todavía recuerdo cómo me temblaban las piernas cuando le dije, ya de madrugada, al final de una larga conversación: —No te vayas todavía, por favor, ¡yo quería darte un beso! Le dije como si fuera una rabieta de niña pequeña. Llevaba varios días queriendo hacerlo pero nunca pude percibir ni un atisbo de emoción, sólo notaba que le gustaba hablar conmigo y que había conexión. —Silencio. —Si estuvieras aquí yo te correspondería con otro beso. Nos estremecimos, pero creo que yo más que él porque fui demasiado lanzada, lo reconozco. Me arrojé al vacío sin saber ni siquiera cómo iba a tomárselo. No sabía nada de él, ni lo que sentía, ni cómo era, NADA fuera de varias largas conversaciones de los temas más variados. Y llegó nuestra primera cita un viernes de Noviembre antes de la primera clase. Fue en uno de esos fines de semana que aprovechaba para recibir clases de la otra profesora. Quedamos a cenar y a ponerle cara a tantas y tantas horas de momentos mágicos. Se escondió detrás de un coche para verme bajar por la calle. Me dijo que supo quién era al primer golpe de vista. Cuando él relata nuestra historia siempre regala con una sonrisa las palabras que reflejan el momento en que percibió que yo era una de esas mujeres que tienen luz y eso me hace recordar lo feliz que soy con un hombre que me admira. Yo iba de rojo, con una camiseta que dejaba un hombro al aire, con el escote medio caído a un lado, vamos, lo que se dice muy sexy. Recuerdo estar pletórica y nerviosísima, con las manos heladas. Se acercó a mí y me dijo: —¡Cris—ti—na! Formuló las palabras mágicas. Creo que nunca me había estremecido tanto escuchar mi nombre, con su voz tan cerca, de una forma tan dulce. Todavía tengo su sonrisa en mi mente. No recuerdo mirar otra cosa, ni cuerpo, ni manos, ni nada, la forma de su sonrisa y unos ojos tan expresivos como cautivadores. Eran preciosos y azules (de hecho me di cuenta de su color a la mañana siguiente) así como el mar que rodeaba mi isla. Ese azul era una señal: unos ojos que estaban esperando expectantes a que yo llegara….

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A veces hay que provocar la casualidad
http://selin-xxi.blogspot.com.es Alicia deseaba más atención por parte de Vicente, que escuchaba lo que decían Raúl y Noemí, sentados a la misma mesa del comedor laboral. Comprendía que fuese educado, pero le fastidiaba la intromisión, cuando se las había arreglado para estar un rato tranquilos, solos aunque fuese en un lugar público como ese. Tampoco esperaba demasiados avances, no en vano conocía la timidez de Vicente. Se sentía como bloqueada, en parte por las circunstancias que no acompañaban demasiado sus propósitos y también por una cierta tirantez que notaba en su cuerpo. Sin darse mucha cuenta del lugar dónde estaba, se estiró, levantando los brazos cuanto podía, junto con un liberador bostezo. A su lado, Noemí respingó un tanto, sorprendida por la posición descarada que había adoptado Alicia con ese gesto, mostrando sus formas a los dos compañeros. Al percatarse de esa reacción negativa, la intentó camuflar: —¡Uff, qué día! ¡Cómo me duele la espalda! No podía girarse para saber si había tenido éxito. Tampoco le importaba mucho en ese momento, pues estaba satisfecha al conseguir que se posasen en ella las miradas de sus dos acompañantes y se olvidasen por un instante de la conversación. Raúl giró enseguida la cabeza cuando escuchó hablar a Noemí, no así Vicente que se quedó parado hasta después de que Alicia ya hubiese bajado los brazos a una posición más normal y dejase de exponer sus encantos. Lo que le interesaba sí había funcionado, o eso imaginaba, pues pudo comprobar que Vicente estaba como ausente, participando apenas del resto de conversación hasta que acabaron de comer y fueron de nuevo hacia sus zonas respectivas de trabajo. Primero se separaron Raúl y Noemí, entrando en su departamento que quedaba antes en el recorrido, luego venía el de Alicia. Empezó a abrir la puerta cuando escuchó decir a Vicente: —¿Cómo estás? —Ya se me pasará —respondió Alicia con un estudiado gesto de malestar. —Si te parece, puedo entrar contigo y hacerte un poco de masaje... bueno, no sé... o qué pensarán... —No creo que haya nadie ahora, no te preocupes. —¿Entonces... entro, sí? —Sí, por favor, Vicente, me irá muy bien. Había un margen de pocos minutos hasta que volviesen los demás. Alicia pensó que podría ser suficiente si aprovechaba bien el tiempo. Fue hasta su silla, se sentó erguida para dejar el espacio adecuado a Vicente, que se colocó de pie tras ella. Vicente estaba nervioso, no era muy ducho con las manos y tampoco sabía bien lo que Alicia esperaba de él, ni hasta donde podría llegar. Si por su imaginación fuese, bastante lejos, pero se tendría que contentar con mostrarse solícito y sin excesos que estropeasen la situación. Más bien no era un masaje, sino suaves caricias por encima del jersey de lana en la zona del cuello

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y de los hombros. Sentía como le subía el calor y pensó que era una suerte que no le viese, notaba como le ardía la cara, así que debía estar totalmente ruborizado. Poco a poco las manos ampliaron la zona de masaje, bajando un trecho por la espalda, subiendo por los lados, descendiendo un escaso trecho por delante, interrumpido por el movimiento de las manos de Alicia, que las cruzó ante su pecho para evitar, no el acercamiento que también deseaba, aunque no todavía, sino que la holgura del jersey dejase al descubierto más de la cuenta. Por si acaso había entendido otra cosa, se vio obligada a alabar sus caricias: —Me estás dejando como nueva, Vicente, sigue un poco más, por favor. El buen rato duró poco más que un minuto, hasta que se empezaron a escuchar voces en el pasillo. Vicente se separó con un suspiro, intentando relajarse, se acababa la intimidad y sentía algo de frustración. Se paró delante de su mesa sin saber bien si podía esperar algo más. Alicia aprovechó la oportunidad: —Gracias, Vicente, eres un sol. —No es nada, Alicia, yo sólo... —Oye —le interrumpió—, ¿te apetecería visitar la feria de artesanos que han puesto aquí cerca? —¿Contigo, ...los dos? —Sí, claro —Alicia intentaba mantener una sonrisa acogedora al ver como se azoraba—. Podemos ir cuando acabemos del trabajo, ¿te parece? —continuó rápido para concretar antes de que se le escapase la oportunidad— Nos encontramos al lado del quiosco de prensa, ¿de acuerdo? —Sí, ...esto, ... nos vemos luego —Vicente retrocedió hacia la puerta, maldiciéndose en su interior por lo torpe que se mostraba. Salió medio tropezándose con quienes iban a entrar. El saludo de cortesía tampoco le salió como debería, pero no se quedó a comprobar si se le quedaban mirando o se ponían a cuchichear sobre él. El resto de la tarde se le hizo eterna. Cuando ambos salieron, casi coincidiendo, se acercaron hacia el quiosco y luego se encaminaron hacia la feria. La tarde se había puesto bastante fresca, una excusa perfecta para que Alicia se arrebujase junto a Vicente mientras andaban. El contacto fue suficiente para sentirse muy cercanos. Antes de que se diesen cuenta ya iban con las manos entrelazadas y sus corazones latían unidos.

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Un desconocido
https://twitter.com/AndieMai Lo miré levantar mi pañuelo de seda verde, sorprendida de repente por la mirada penetrante de aquel hombre. Aquel desconocido japonés de rostro suave y cabello dócil, tapando parcialmente uno de sus ojos, me había tomado desprevenida en un mirador de una playa desierta en Canadá. El hombre aparentaba unos 27 años, quizá menos, y su estatura no pasaba de la media. Llevaba puesto un sueter blanco de cuello alto debajo de su elegante gabán negro. —Gracias —balbuceé tímida en inglés, mientras tomaba mi pañuelo. El hombre siguió mirándome sin decir nada. Sus ojos eran oscuros y brillantes, y su mirada curiosa y a la vez profunda, como si quisiera desentrañar qué pasaba por mi mente, o decirme algo importante. Solté una pequeña risa nerviosa y giré mi rostro hacia el mar, sumamente incómoda. —Takanori Sato —dijo de repente, su voz grave chocando con el sonido del viento y de las olas. Mi interior se agitó por un breve momento, aquel lapso de tiempo en que oí su voz. Lo miré a los ojos y simplemente pronuncié mi nombre en un murmullo. Conocí a un par de japoneses en mi vida, pero nunca me había fijado en su belleza, y él me parecía por demás atractivo. Sin embargo, no había hecho un viaje hasta Canadá para conocer hombres, sino para olvidarme de uno. —¿De vacaciones? —su pronunciación del inglés no era perfecta, lo que me dio la pauta de que también era un viajante. Asentí. —¿Y tú? —Vine por trabajo. Takanori ladeó la cabeza aún mirándome, y para aliviar la tensión, lo imité. El sonrió de lado, divertido. —¿Qué haces aquí con este frío? Suspiré en silencio y volví la vista hacia el mar al tiempo que apoyaba mis manos en la barandilla de madera del mirador. —Observando el paisaje. Nunca vi una playa con nieve y escarcha en la orilla del mar. Él giró su cuerpo hacia el océano y puso las manos en los bolsillos de su pantalón. Durante unos tres minutos que se hicieron eternos en su compañía, Takanori no dijo nada. —Un paisaje un poco melancólico. Igual que tú ahora. —indicó con suavidad. Ambos giramos la cabeza y nos observamos en silencio. Sus ojos me transmitían paz, confianza y calidez, pero aún así, el misterio lo envolvía totalmente. Y aún sin saber nada de él, lograba que me sienta atraída y deseosa de hurgar en sus secretos. —Vine aquí para olvidar —mis manos se aferraron aún más a la barandilla. —Entiendo. Takanori extendió su mano derecha y la colocó delicadamente encima de la mía, la que sujetaba todavía el pañuelo de seda.

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—¿Me permites tu pañuelo? —pidió en un tono bajo. Lo miré sorprendida y mi interior se agitó nuevamente con su voz. Sin dejar de mirarlo, abrí el puño que lo sostenía. Takanori deslizó levemente la yema de sus dedos por mi palma hasta llegar al pliegue de tela. Mi corazón comenzó a latir algo atolondrado. Me sentí una adolescente tímida e inexperta, disfrutando de aquel pequeño roce como si fuera lo más sensual que existe. Pero al mismo tiempo, había instalado la necesidad de obtener más de él. Takanori caminó a mi alrededor hasta quedar detrás mío. Algo asustada, quise voltearme, pero él colocó sus manos sobre mis hombros para mantenerme en mi lugar. —Confía en mí, por favor. —sentí su voz y su aliento caliente sobre mi oreja y me estremecí— Cierra los ojos. Es un truco que uso para desconectarme de los problemas, aunque sea momentáneamente. Se trata de concentrarse en lo sensorial. —explicó. Takanori tapó mis ojos con el pañuelo, y lo ató no muy fuerte. —Ahora quiero que pongas tu mente en blanco y me digas qué escuchas. —indicó con dulzura. —Tu voz... —dije a punto de derretirme. Lo escuché soltar una risita. Sentí calor en mis mejillas a pesar del frío invernal. —¿Qué más? —apremió. Relajé mi cuerpo y traté de concentrarme, de dejarme llevar. —El mar, el viento... Mi corazón —susurré a lo último. —¿Qué hueles? —dijo acercándose un poco más a mi cuerpo, sus manos posándose en mi cintura. Tu perfume, quise decir. Pero sólo me pondría aún más en evidencia. —El olor del mar... —¿Sólo eso? —preguntó en mi oído. Asentí, incapaz de responder y debatiéndome internamente acerca de si parar todo esto, o seguir adelante. —¿Qué sientes? —nuestros cuerpos ya estaban pegados. —Calor —dije sin pensar. Con el frío que hacía, no era lo normal. Pero este hombre había logrado encender el fuego en apenas unos minutos. Envolvió mi cintura con sus brazos, y apoyó sus labios sobre la piel de mi cuello. Mi corazón ya latía descontroladamente. Y me di cuenta de que no quería frenarlo. —¿Qué más sientes? —su voz sonó ronca de repente. —¿Más calor? —pregunté en un hilo de voz. Takanori volvió a reír brevemente, y luego comenzó a acariciar mi cuello con sus labios. Pero sentía mucho más que eso, un arrebato de deseo que hace mucho no experimentaba. La necesidad de ser anhelada. La osadía de enredarme con un desconocido sin saber nada de él. Una locura que me estaba resultando deliciosa. Sus labios subieron por la longitud de mi cuello, hasta besar el lóbulo de mi oreja. Podía sentir en mi cuerpo los efectos de su comportamiento. Suspiré en medio de sus caricias. Una de sus manos me apretó contra su cuerpo por las caderas, y noté que él estaba tan encendido como yo. —¿Por qué estás aquí? —su voz había adquirido un tono entristecido. —No lo sé... —contesté sin pensar. Pero luego, reparé en que él había dejado de hablar en inglés, para hablar un perfecto español— ¿Cómo... Takanori tomó mis muñecas y me hizo girar. Intenté quitarme el pañuelo, pero no me lo permitió. Simplemente me abrazó. Descolocada por la situación, le pregunté quién era. —Un amigo de la infancia que te extraña cada día de su vida, pero que seguro no recordarás. Pero no tardé en comprender quién era. Él había sido más que un amigo durante la escuela primaria, había sido como un hermano. Luego, su familia decidió mudarse a Japón, y con el tiempo perdimos contacto. Jamás le había podido decir cuánto le quería, cuánta falta me hacía. No me di cuenta que había empezado a llorar silenciosamente, hasta que Takanori, que en realidad se llamaba Marcos, me liberó del abrazo y empezó a secar las lágrimas de mis mejillas con sus dedos. Desató el pañuelo de seda, y lo miré a los ojos. El tiempo lo había cambiado tanto que me resultaba un desconocido, uno que había logrado seducirme en pocos minutos. Entonces lo recordé, aquella vez a

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los 12 años que, defendiéndome de unos compañeros, él había resultado herido. Inspeccioné su rostro y vi una pequeña cicatriz en el mentón que reconocí de inmediato. Alcé mi mano y la acaricié, aún sumida en los recuerdos, sorprendida de que el destino nos volviese a juntar en un sitio tan lejano de nuestros respectivos hogares. —Yo también te he extrañado todos estos años desde que te fuiste. Marcos tomó mi mano y me acercó a él. Y con anhelo en los ojos y en las entrañas, esperé paciente nuestro primer beso.

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La novia del mar
Alba Sanchez Guerrero
Hace tiempo que cuando los marineros atraviesan los mares asiáticos en el mes de febrero, temen morir en el intento. Pues la voz de la novia del mar los embruja y lleva a toda la tripulación a perecer en el fondo del mar. Unos dicen que se trata de una sirena, puede incluso, que una de aquellas que quiso devorar a Ulises cuando hizo su viaje, otros cuentan que es un demonio marino, y solo ella misma sabe cuál es la verdad. Amó a un hombre, a un único hombre con el que fundió su cuerpo... todos creen que su mensaje es de muerte: se equivocan. La única verdad es una pasión tan desmedida como prohibida... El capitán Jackson oteaba el mar desde la proa de su barco, todos sus marineros ponían el último aliento en llegar a su destino. Habían pasado días de niebla, lluvia, hambre... estaban exhaustos, el frío calaba sus huesos y algunos ni siquiera llegarían a ver la tierra ansiada. —Capitán —pronunció entre dientes un marinero— hay otro muerto, no ha sobrevivido. Lo hemos intentado todo. No hubo respuesta. —Mi señor...—suplicó— no es propio de grandes marineros decir esto pero... deberíamos abandonar el viaje, no sabemos si vamos a llegar. —Duck, vamos a las tierras que nos descubrió Marco Polo, ¡a la rica China!... Llegaremos. Tarde o temprano, llegaremos. —¡Pero señor, la mayoría de mis hombres ha muerto en el intento! No nos queda nada, si no tomamos alimentos, viajaremos con las Parcas todos, hasta usted. Jackson se volvió y clavó sus ojos, los reflejos del mar, en los de su marinero. —Tarde o temprano, avistaremos tierra. Con estas últimas palabras se retiró. Apenas iba a entrar en su camarote, cuando el vigía con lágrimas en los ojos dijo: —¡Capitán hay algo en el mar! ¡Un cuerpo, un cuerpo! Todos decidieron asomarse por la ventana, no se distinguía bien, pero intuían el cuerpo de una persona. —¡Echad las redes al agua! Hicieron lo ordenado, en tan solo unos minutos y cubierta por un banco de peces, tuvieron sobre la cubierta de aquel barco a una mujer, su cuerpo estaba desnudo, yacía recostada, hecha un ovillo, pudieron ver con total claridad su rostro, ojos rasgados y unos labios finos, con unos pómulos rosados, demasiado rosados para haber estado a punto de morir ahogada, sentenciaron algunos. Jackson se acercó sin dudarlo y la cubrió con una sábana para que las miradas indiscretas no siguieran trazando mapas invisibles sobre su cuerpo. La sorpresa del capitán fue que la muchacha estaba totalmente despierta. Ella le sonrió, y él la cogió en su regazo, llevándola hacia el camarote. —¿Nos queda algo de comer? —preguntó a uno de sus marineros.

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—Muy poco señor, apenas tenemos lo justo para hoy y... mañana, quizá. —Ofrécele de comer lo que me corresponda a mí, no lo necesito. —Como ordene. La puso sobre su cama y la observó en silencio. La había visto desnuda, tenía bastante experiencia con mujeres desnudas. Miles de damas, en puertos distintos, le había mostrado su cuerpo y él disfrutaba recorriendo cada esquina, cada recoveco, de aquellas dulces formas que se le antojaban pura delicia para sus ojos y sus sentidos. Sin embargo, jamás había visto a una mujer como ella, de piel tan sumamente blanca, fina, de ojos tan rasgados que se perdían en un leve pestañeo... —¿De dónde eres? No respondió. —¿Ha naufragado el barco en el que viajabas? Nada. —¿Tienes familia? Levantó su brazo y sus largos dedos señalaron hacia la ventana por la que se veía el mar. Jackson no la comprendió, ella se limitó a sonreír. Sus hombres trajeron comida para la joven, venían en grupo numeroso, no querían perderse el maravilloso hallazgo, aquella perla preciosa que habían sacado del mar. Cuando el capitán los hubo ahuyentado intentó mantener otra conversación, pero ella no respondía... solo sonreía y señalaba hacia el mar. Pasó toda la tarde hablándole, le daba igual que no le respondiera, simplemente necesitaba contarle, no estaba seguro de que ella entendiera ni una sola palabra, pero podía jurar que sí. Tan solo lo miraba y sonreía... Cuando llegó la noche, la joven llevó sus manos hacia el rostro de aquel hombre, sabía que no estaba bien, que aquel no era su cometido, pero en aquella sucesión de horas lo había visto reír y llorar, lo había sentido, incluso, quizás... Jackson dejó que sus manos estudiaran su rostro, era tan preciosa que se conformaba con observarla, jamás había visto una mujer tan hermosa, de una belleza tan inocente, tan dulce. Recorrió sus labios, dibujándolos, sus pómulos, sus ojos, se permitió recorrer su pecho trazando una línea invisible... El capitán ardía de amor, sentía cómo el fuego quemaba su interior, cómo su corazón se desbocada sintiendo el ligero tacto de aquella perfección tan absoluta. Tomó sus manos y ella se ruborizó, llevó los dedos de la joven hacia sus labios y los besó dulcemente, despacio, provocando un leve tintineo. Ella le sonrió, y aunque sabía que no podía ser, se dejó llevar... lo besó, en los labios... le entregó su aroma y él apartó la sábana que cubría su cuerpo. Ella desabrochó su camisa y recorrió su cuello con los labios, llevó sus manos hacia sus pechos y se unieron acompasando sus respiraciones. El fuego lo quemaba besando aquella piel de seda que le entregaba su aliento, su olor se clavaba en sus sentidos... Después de la pasión llegó la quietud y con ella la calma.... El viento se levantó y las olas comenzaron a bramar gritando su nombre... y ella lo sabía... el mar la reclamaba... lo dejó dormido besándolo dulcemente, pues jamás pensó que le entregaría su corazón a un marinero, a un mortal... Desnuda y sobre la proa volvió a fundir su cuerpo en un abrazo con el mar... Una tormenta azotó a los navegantes, la ira del mar acabó con toda la tripulación, hundió a aquel que osó tocar el cuerpo de aquella mujer. Sin embargo, ella lo salvó, pidió clemencia y el mar, celoso pero sensato, le concedió la salvación de aquel pobre mortal. Ella recogió su cadáver y lo estrechó sobre sus brazos, lo abrazó con tantísima fuerza que, tal y como los antiguos griegos describían la pasión de los que se amaban en los simposio, o tal y como Salmacis abrazó a Hermafrodito, aquel cuerpo y aquella mujer inmortal se unieron en uno solo, en un mismo aliento, en una sola respiración y en un único corazón... Aquel hombre había amado a una corézales, a una muchacha del mar, a una novia del mar, ninfas inmortales a las que el océano enviaba para ayudar a los marineros perdidos... pero aquella entregó su corazón a un hombre que también le entregó el suyo, y cada catorce de febrero, víspera de esta unión, los marineros que se adentran en estas aguas oyen el canto de una mujer, y algunos juran incluso que han visto a una muchacha y a un hombre amándose en las profundidades del mar, mientras este se incendiaba de pasión...

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http://rincon-de-hadas.blogspot.mx ¿Quién dice que el amor es sencillo? ¿Y por qué el amor es tan doloroso? No pensé que el amor doliera tanto. Una simple despedida te desgarra el alma. Así me pasó a mí, una despedida convirtió mi vida de colores a un tono gris, sólo quedó tristeza y soledad. Despedirme del amor de mi vida fue una cruel batalla que aún no logro ganar ni superar. En ese día soleado, hace tres años, no sabía cómo decirle a ese hombre que sólo se dedicaba a hacerme feliz, que me iba lejos, muy lejos, a vivir. No tenía el valor para romperle el corazón, no tenía el valor de ver sus ojos cafés y decirle la dolorosa verdad. Pero tenía que hacerlo. Quería que ese último día juntos fuera perfecto. Esperé hasta el último día para decirle porque no quería ver su cara de sufrimiento por tantos días al saber que pronto me iría. Ese día le dije que quería estar con él, y obviamente él aceptó con todo el ánimo del mundo, ya que no nos habíamos visto por varios días. Decidimos ir al parque de diversiones, quería divertirme al máximo con él. Al entrar, inmediatamente fuimos a subirnos a algunos juegos mecánicos, algunos tranquilos y otros más extremos, mientras pensaba cómo decirle y no dañarlo tanto. Él se veía tan feliz, definitivamente no tenía el valor para herirlo, y eso me causó un nudo en la garganta. Decidí que el último juego mecánico al que nos subiríamos fuera la rueda de la fortuna. Casi era de noche, pensé que tal vez la vista desde arriba sería magnifica… y no me equivoqué. El atardecer se veía precioso. Aproveché y saqué mi cámara fotográfica para captar ese mágico instante. El momento llegó… Le dije que tenía algo muy importante que decirle, él escuchaba con mucha atención, ¿cómo decírselo? Le dije con mucha delicadeza que me mudaría a otro país, el motivo era ajeno a mí. La sonrisa de mi amado desapareció poco a poco dando paso a la tristeza, sólo se dedicó a guardar silencio y a mirarme. Sus ojos reflejaban el dolor que sentía, siempre me odiaré por haberle roto el corazón así. Volvimos a casa. Le dije que no se fuera y él aceptó. Subimos a mi habitación, me paré frente a él y lo besé con mucha dulzura transmitiéndole todo ese amor que sentía por él. Me correspondió el beso y me atrajo más a su cuerpo. Mis lágrimas empezaron a rodar por mis mejillas, eran frías, tanto como la ausencia que ya empezaba a sentir. Se separó de mí y me miró fijamente con la misma tristeza que yo sentía, y me besó de nuevo, no quería que la noche terminara. Entre besos y caricias, empezó a quitarme la ropa con mucha delicadeza. Me tocaba dulcemente para que no me incomodara, y muy suavemente me recostó en la cama. Me hizo el amor. Fue mi primera vez y la hizo muy especial, un momento que nunca olvidaré. Un momento que no quería que acabara, pero desgraciadamente tenía que terminar, y el sol ya estaba asomando sus primeros rayos de luz. La mañana estaba llegando. El momento de irme se estaba acercando.

Yazmin Duran

Adiós

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Me llevó hasta el aeropuerto, yo no quería que me acompañara, pero él insistió. Faltaban unos minutos para subir al avión. Lo abracé por última vez y le dije cuanto lo amaba. Él me besó y por primera vez vi que en sus ojos se empezaban a asomar las lágrimas; se acercó a mi oído y me dijo en un susurro: “Te amo y siempre te amaré. Te estaré esperando el tiempo que sea necesario”. Me desgarró el corazón, no pude aguantar y solté el llanto… y me dirigí a mi vuelo. Hoy es su cumpleaños y espero poder darle el mejor regalo del mundo. Sólo les digo que voy en un avión de vuelta a mi hogar, directo a sus brazos.

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Agustina Meiemberg
agusmeiemberg.blogspot.com.es Pablo caminó hacia Noelia con decisión. Estaban en la cafetería de la empresa, ellos dos solos y dos empleados más. La sala estaba vacía, ahora era el momento. —Noelia —la llamó, e intentó controlar su expresión excitada cuando ella se volvió para mirarle con una sonrisa—, ¿podemos hablar? —Preguntó con amabilidad señalando una mesa con dos sillas, puestas una enfrente de la otra. —Claro —ella asintió y le precedió al sentarse en la mesa—. ¿Necesitas algo, Pablo? Pablo no contestó enseguida. La necesitaba a ella. La quería. La deseaba desde el momento en el que sus ojos se posaron en sus ojos azules y su cabello rubio y largo. —Sí. A ti. Lo dijo sin tapujos, ¿por qué disimular cuando estaba tan claro que Noelia sentía el mismo deseo que él? Lo sabía, lo veía en sus ojos, en cómo se humedecía los labios, en cómo se tocaba el pelo y se ruborizaba al mirarle. Noelia solo suspiró cortamente y desvió su mirada hasta un punto que antes ya había llamado su atención: un anillo dorado, en el dedo anular de la mano derecha de Pablo. —Estás casado. No era una pregunta, pero Pablo sintió que tenía que responder. —Sí. Pero no es nada importante —añadió con una sonrisa intentando agarrar la mano de Noelia, aunque esta se apartó en el último momento. —¿Cómo no va a ser importante? Prometiste amarla y respetarla, os casarais o no por la iglesia. Pablo se apoyó contra la silla incómodo, ni siquiera se había dado cuenta de que ambos estaban inclinados el uno hacia el otro mirándose a los ojos. Sí, había prometido amarla y respetarla y estar con ella en lo bueno y en lo malo y en mil mierdas más que ya no recordaba. ¡Ni siquiera recordaba qué día era su aniversario! —Sencillamente no es importante. ¿A ti te importa? Noelia no sabía qué decir. Sí, sí que le importaba, porque sus padres se habían casado y siempre se habían mantenido juntos y habían sido fieles el uno al otro. Se amaban. Y le entristecía que el hombre que ella amaba no fuera feliz aunque por otra parte no fuera “suyo”. —¿Amas a tu mujer? ¿Le eres fiel? —Noelia no podía evitarlo, tenía que preguntarlo, tenía que saberlo. Pablo se quedó en silencio mucho, mucho tiempo. Tanto, que Noelia estaba convencida de que no iba a contestarle. Pero se equivocaba. —No, no le soy fiel, pero ella tampoco me lo es a mí. —Eso no es una respuesta válida, Pablo. ¿Tú la amas? ¿Ella te pregunta si la quieres y si la engañas? La última pregunta que le hizo la joven rubia hizo que Pablo levantara la cabeza y la mirara.

Seis meses

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—¿Qué tiene que ver que me pregunte si la engaño? Noelia solo sonrió tristemente. —Cuando una persona te pregunta si le eres fiel, Pablo, es que no te engaña. Créeme, si lo hace es que está enamorada de ti, y seguramente sabe que la engañas pero te ama tanto que... que te lo perdona una y otra vez. Pablo la miró con malas pulgas un segundo y después apartó la mirada. —¿Y tú cómo lo sabes? ¿Eres una repentina experta o qué? —Pablo... Si lo sé es porque yo haría exactamente eso. Te perdonaría, no te diría nada, pero te diría que te quiero y te preguntaría si me engañas solo porque sabría que a ti eso te gustaría. Te gustaría pensar que eres más listo que yo. El ejecutivo miró a la becaria de ojos azules con intensidad. La observó en todo momento. Cuando le sonrió y le hizo sentir culpable con una simple sonrisa. Cuando se levantó y le dijo que debía descubrir si amaba o no a su mujer. Cuando le besó en la mejilla y le susurró que la diferencia entre el amor y el simple deseo era... Anna estaba preparando la cena en la cocina cuando Pablo entró por la puerta. —Hola, cariño —le saludó sin levantar la vista, centrándose en dar vueltas al caldo. Anna no quería que Pablo la viera, por lo que suspiró cuando él murmuró un saludo y se fue casi corriendo a su habitación. Anna quería llorar. Quería gritarle y pegarle e insultarle y decirle que lo suyo había terminado y que se iba y que no volvería y... pero no, siempre se quedaba. Siempre acababa haciendo la cena. Siempre acababa sonriéndole y llorando a solas en la cama cuando él se quedaba dormido. Apoyó las dos manos en la encimera tras apagar el fuego. Ella no iba a cenar. Y al parecer, Pablo tampoco. ¿Por qué todo era tan difícil? Ella le amaba, lo sabía con cada célula de su cuerpo y él... Él desaparecía dos días enteros, sin llamadas ni mensajes ni notas ni nada por el estilo y lo único que Anna hacía era saludarle con un “Hola, cariño” cuando volvía sin pedir perdón ni nada por el estilo. ¿En qué se había convertido? O, mejor dicho: ¿en quién se había convertido? Tan enfrascada estaba en su lucha interna, que no notó que Pablo se le acercaba por detrás y, cuando la abrazó y le dijo que lo sentía, solo pudo dar un respingo, echarse a llorar y darse la vuelta para que el hombre de su vida, que no la amaba, la abrazara fuertemente. —Lo siento muchísimo, Ann —murmuró Pablo junto a su oído—. Me fui porque... necesitaba pensar en nosotros. En mí. Va a divorciarse de mí, lo sé, pensó Anna llorando más amargamente si era posible. Se irá de mi vida para siempre porque yo no soy como las becarias con las que trabaja, porque yo no soy la mujer de su vida... —Quiero que sepas que te quiero. Va a cortar conmigo. No quiere ni verme. —Te amo. Va a... —¿Qué? —Preguntó Anna separándose de Pablo y mirándolo a los ojos. —Que te amo. Que sí, que te... te he engañado. No te mentiré, han sido muchas, muchas veces. Pero siempre acababa volviendo a casa contigo y te veía y te miraba y yo me sentía... me sentía como una mierda y quería decirte lo que había hecho pero... pero si te lo decía entonces te darías cuenta de que no valgo ni la mitad de lo que vales tú y me dejarías y yo no... no puedo vivir sin ti, Ann. No quiero vivir sin ti y te prometo... No, te juro que si te quedas conmigo te querré como te mereces, te cuidaré y te respetaré y no me iré con nadie más porque... Ann, Ann, mírame, por favor... Ann, mírame. Vamos, levanta la cabeza, por favor, Ann... —Cállate —murmuró Ann mirando al suelo.

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Solo cuando Pablo agachó la cabeza, callándose, ella lo miró con ojos ardientes y dolidos. —Sabía que me engañabas. Sabía que te ibas y que le hacías a otras cosas que nunca me has hecho a mí, ¿desde hace cuánto? ¿Seis meses? Y sé porqué, no te creas. Aquí no tenías a una chica joven y guapa. Pero podrías habérmelo contado. Soy... Era —se corrigió tragando saliva, porque no quería llorar aún— tu mejor amiga y podrías habérmelo contado. Pero ahora que por fin me lo has dicho... ¿De verdad piensas que me iría? Pablo, he soportado seis meses de infidelidades contigo, si me dices que no van a repetirse, ¿te piensas que me voy a ir? ¿Tan idiota eres? Te amo, joder, Pablo. Date cuenta, estaré aquí me mientas o no, me ames o no. Estaré porque prefiero estar contigo sin que me ames a que no estés. Soy demasiado egoísta como para no quererte conmig... Pero Anna no pudo continuar. Pablo la había abrazado con tanta fuerza que la había dejado sin respiración. Y cuando la besó, con tanta intensidad y amor como solo un hombre enamorado puede besar a una mujer, Anna sintió que se mareaba de felicidad. Aquella noche hicieron el amor. A lo bestia, con cuidado, de pie, acostados, sentados, en la ducha, en la bañera... Hicieron el amor y Pablo siempre volvía a la carga con la excusa de que debía ganarse su perdón y hacer que ella olvidara esos horribles seis meses. Y cada vez que le sacaba un gemido, una sonrisa o un grito a su mujer, no podía evitar acordarse de Noelia y se daba cuenta de que sí, amaba a su mujer.

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Fuego en el cuerpo
Eomoi
Nunca me había caído demasiado bien mi tía, pero cuando me quedé sin curro, sin novio y sin piso la misma semana de un febrero fatídico, no tuve más remedio que reclamar antiguos favores familiares para tener un sitio donde aclarar mis ideas y planear un nuevo comienzo. Por suerte, mi tía no sabe que me cae mal y tiene un dúplex enorme en el centro, que comparte con su macizo nuevo novio, diecisiete años más joven que ella. Llevo aquí más de tres meses y he de reconocer que hasta esta mañana, la convivencia estaba siendo mejor de lo que esperaba. Incluso agradable. Mi antiguo piso, en el que vivía con aquel cerdo, cabría en lo que ahora es mi dormitorio. Tengo baño propio y ni siquiera me importa lo grande que es porque no tengo que limpiarlo. Para eso está el servicio, ya se ha encargado mi tía de dejármelo claro cada vez que me levanto de la mesa para dejar los platos en el fregadero. Una podría acostumbrarse a esta vida. Lo cierto es que mi tía se pasa la mayor parte del día fuera de casa, dirigiendo la editorial que heredó de su segundo marido. A su novio lo veo más, trabaja en casa. Es artista. Se llama Sansón. No sé si será por el nombre, pero tiene un cuerpo para no poder evitar pensar en pecar, pecar todo el día. En el primer piso del dúplex hay un estudio cerrado a cal y canto donde trabaja, justo enfrente del dormitorio principal. Nos solemos encontrar en la cocina, cuando salgo a tomar algo fresco para despejar la mente de mis nuevos proyectos. Esta mañana ha pasado algo horrible y la culpa es de María, la chica que viene a limpiar los jueves. Me cae bien, hasta he descubierto que estudió en mi misma facultad. Trabaja de freelance, pero la vida está tan apretada que no tiene más remedio que pluriemplearse. Lo malo es que no se le da muy bien la limpieza y, mezclando no sé qué productos, dejó el aire de los baños del segundo piso completamente irrespirable, así que tuve que bajar al piso inferior para ir al lavabo que hay justo al lado del búnker de Sansón. Al salir, no vi a Sansón por ningún lado y, sin embargo, la puerta del estudio estaba abierta de par en par. No pude evitarlo y entré, gritando su nombre por si estaba allí para no sorprenderlo. Creo que se me descolgó la mandíbula cuando vi lo que había dentro: más de dos docenas de caballetes con cuadros cuyas protagonistas eran las diferentes partes de la anatomía de Sansón. Colgadas de pizarras de corcho en las paredes, cientos de fotos del novio de mi tía en diversas posturas. Podría haber contado con los dedos de las manos aquellas en las que llevaba ropa. Sin darme cuenta, me estaba acercando a uno de los caballetes con el brazo extendido. Estuve a punto de tocarlo medio hipnotizada, ¡quién no lo estaría con un dibujo del cuerpo de Sansón completamente desnudo salvo por una tela vaporosa tapando una generosa erección! Parpadeé con fuerza para librarme de la sensación de irrealidad y salí corriendo. Cerré la puerta a mis espaldas y me escabullí a mi habitación. Necesitaba una ducha, no sólo porque me había levantado hacía menos de media hora y estaba despeinada y sudorosa. Mi cuerpo ardía, los shorts viejos que usaba para dormir me incomodaban en algunos sitios muy sensibles y la camiseta hería la piel de mis pechos. Los lavabos seguían apestando a química quemada así que, como estaba sola en casa, me quedé en bragas, cogí una toalla y me

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metí en el cuarto de baño de la habitación principal de la casa. Necesitaba una ducha fría, pero al ver la enorme bañera de hidromasaje, la hilera de velas aromáticas dispuestas alrededor de la misma y los botes de sales de baño, preferí aprovecharme un poco más de mi tía y darme un baño caliente. Lo único malo era que el calentón producido por la conjunción de los factores “más de tres meses sin follar” y “visión de fotos del buenorro de mi tía en pelotas” sólo se resolvería de dos formas: una ducha fría o una sesión de autoplacer. Opté por la segunda opción, ya que las circunstancias eran mucho mejores que cuando me veía obligada a hacerlo en la cómoda cama del cuarto de invitados. ¿Agua caliente, olores sensuales, luz de velas y un par de orgasmos? Era mi mejor opción, pero tenía que darme prisa porque no sabía cuándo volvería Sansón. Estaba yo allí, a lo mío, cubierta de agua y espuma, con los ojos cerrados en la penumbra, cuando oí una exclamación masculina algo ahogada. Dejé de respirar de la vergüenza, no podía creerme que no hubiera oído la puerta del baño. Pero entonces la exclamación se convirtió en un grito y empecé a oír manotazos y pataleos. Eso ya no podía ignorarlo. Abrí los ojos y me encontré a Sansón desnudo, tratando de quitarse un pañuelo de seda que parecía arder y que tenía atado a la cintura. Incluso con esos aspavientos estaba para hacerle un par de favores. Me irritó comprobar que mi cuerpo, que había perdido las ganas de marcha cuando supe quién había entrado y cómo me había encontrado en la bañera, reaccionaba pidiendo nuevas caricias, a poder ser de otras manos. Me acerqué a Sansón con la intención de ayudarlo sin saber si lo hacía porque debía evitar que se hiciera daño o porque mis hormonas me pedían acercarme lo más posible a ese cuerpo esculpido en mármol. Antes de que llegara, consiguió deshacerse del trapo pero se quedó encogido y su espalda temblaba. Comprendí que se estaba aguantando la risa. No entendía nada, pero si no se había hecho daño, yo iba a salir de allí a toda leche. Cogí la toalla e intenté abrir la puerta cuando Sansón apoyó su mano en ella para mantenerla cerrada y, de paso, aprisionarme allí. Estaba de espaldas a él decidiendo si pegarle una patada en los huevos o lanzarme a por su boca cuando noté cómo me sujetaba las caderas y me apretaba contra su cintura. Me apartó el pelo de la nuca y comenzó a besarla y morderla mientras me balanceaba para que notara el alcance de su excitación. Descolocada, quería saber qué había pasado, pero mi cuerpo desechaba la necesidad de una explicación al pañuelo ardiendo. Sansón me lo aclaró con sus palabras: —Desde que he visto que entrabas aquí he pensado cómo podría sorprenderte para acabar teniéndote así y al ver que has descubierto lo que hay en mi estudio se me ha ocurrido que venir preparado y con uno de mis pañuelos en la polla te gustaría. Pero creo que me he pasado con la sorpresa, ¡no pensé que te dedicarías a encender todas las velas del cuarto de baño! Luego se encargó de satisfacer otro tipo de necesidades.

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Paparruchas
http://alsurdelostambores.blogspot.com.es/ El amor…… ¡bah!! Paparruchas. Se dice. Fuego en los ojos y desprecio absoluto hacia ese tonto sentimiento que dicen sentir la mayoría de los humanos y que esgrimen como el mejor arma henchidos de orgullo. Tanto hablar del amor ¿para qué? Tantos apelativos para definir única y exclusivamente la necesidad, la dependencia, la utilización del otro: ternura, ambrosía, suave terciopelo caliente, piel de seda, mejillas de nácar. El amor, la palabra sale como un exabrupto de la boca torcida por el gesto de desprecio. Hundido, solo, estático, se recuesta en el banco de madera dejando apenas posar la mirada sobre la vida que resuena en las copas de los árboles, en el murmullo del estanque, en el esplendor de la hierba cuajada de miles de gotas multicolores. Desde el fondo de la vereda alguien se acerca, silueta de luz que atesora toda la belleza expandida en armonía. A su paso, la vida ¡canta!. Sobre el banco descansa el libro que ha dejado caer con desgana. Ella posa la mirada sobre el título, él, extiende al desgaire la pierna obstaculizando su paso. Le mira un instante y sortea con pasitos cortos el pie extendido cimbreando el cuerpo menudo con una sonrisa pícara en la cara. Según se aleja, la luz se va con ella. ¡¡Diantres!! Lo único que desea es seguirla, descubrir quién es, estar con ella. El corazón late trastocado, se acerca, extiende la mano y roza su piel de seda. ¡Dios! si esto es el amor. ¡¡Cuánta belleza!!

Maica

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Susurros de un ángel
http://suspirandoletras.blogspot.com.es/ El despertador suena como un día más, pero para mí no lo es. Es nuestro aniversario. Me desperezo poco a poco y miro el techo, donde dibujamos mentalmente nuestros sueños, proyectos de futuro y demás cosas que quedarán en el olvido. Salgo de la cama y me envuelvo en la bata de seda, aquella de color zafiro que me regalaste hace un par de años. Anudo el lazo con desgana y calzo mis pies con unas zapatillas infantiles. El pasillo vacío me devuelve el eco de mis pisadas, haciendo más evidente mi soledad en esta casa a las afueras de Londres donde planeamos vivir un día rodeados de niños y tal vez de un labrador color chocolate. La cocina me recibe con su fría encimera y la tibieza que desprende el horno. De madrugada recordé nuestra tradición de las tartas y no pude evitar salir corriendo a hornear un ejemplar de magníficas manzanas, Rosa me las vendió hace poco y tienen un dulzor exquisito. Mi teléfono móvil vibra, en días como hoy Adelaida, nuestra única hija, se muestra más cercana e intenta hacernos sentir que no estamos solos, pero sé que es una mentira piadosa que lucha por salir de su garganta, aun cuando sabe que odio escuchar cosas que no son ciertas. Alargo la mano y me hago con el artilugio, tengo un mensaje de ella, donde propone venir con Jaime a tomar tarta hoy a las cuatro. No me agrada la idea, ella se sentirá incomoda, y Jaime también lo estará, es un chico estupendo pero le cuesta entender que su novia tiene una madre algo mayor y con problemas que nadie salvo tú y yo comprendemos. Además me niego a compartir con nadie más que no seas tú el amor de un día como hoy, Adelaida me entendería si tuviera el valor de explicárselo. Pero al contrario de lo que pasa por mi mente le contesto con palabras entusiastas que ella no creerá, pero a las cuatro de forma totalmente puntual estarán aquí para celebrar con nosotros algo demasiado íntimo. La tarta me sonríe en la encimera, invitándome a echarme a llorar y recordar viejos tiempos que no volverán, pero tú siempre me proteges de las estupideces. Siempre fuiste algo estricto referente a la expresión de sentimientos negativos. Si no hay nada bueno que decir, no lo digas. Solías decir cuando me acercaba con una carta de hacienda en las manos, o tal vez un vestido de la pequeña manchado de barro. Chasqueo la lengua y me miro en el reflejo de los cristales de la puerta del jardín, mis ojos vidriosos delatan todo lo que pasa por mi cabeza, pero debo serenarme, tengo invitados a las cuatro. Entro en nuestro dormitorio y abro el segundo cajón, al fondo, en el rincón derecho, envuelto en camisones escondo unas cartas llenas de amor e ilusiones infantiles, tales días como hoy las leo en mi cama, apoyada en tu almohada y respirando el aroma a puros que el tiempo ha impregnado a la estancia. Comprenderá usted que por mi cabeza pasen algunas ensoñaciones que una señorita no debería ni mencionar cuando hace esas aclaraciones.

Alura Velle

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Te decía cuando insinuabas algo relacionado con mi belleza y mis carnosos labios. No deja usted de ser una señorita respetable por imaginar lo que deseo desde que me encontré frente a sus ojos caramelo. Me gustaría enseñarla a tocar el piano ¿Querría? Siempre fuiste un músico excelente y aprovechabas tus dotes para impresionarme con obras hermosas que interpretabas solo para mí. Mientras solo lo imagine señor, no habrá problema alguno… Debería saber usted que soy una negada para la música, no llevo el ritmo y no me gustaría hacerle perder su preciado tiempo. Te contestaba yo en una de mis cartas, querías enseñarme a tocar tu instrumento, y eso era algo que solo tú sabías hacer con tal maestría. Señorita, si alguna vez la veo pasar y vuelve a coquetearme puede que pase de mis imaginaciones a una realidad contundente, y sinceramente no creo que le disgustara a usted, bella dama. ¿Negada para la música? Lo único que necesita usted es un buen maestro. Y en caso de que no lo encuentre, perder el tiempo con usted no sería para mí perder el tiempo. Guardo los sobres una vez leídas las frases que se han marcado en mi mente tras leerlas tantas veces que podría recitarlas y sentir lo mismo que la primera vez que las leí. El día está un poco frío, el cielo está nuboso. Las nubes son los soplos del señor que nos llevarán al cielo cuando nos llegue nuestro momento. Me decías cuando miraba con el ceño fruncido el cielo encapotado, tal y como lo hago ahora. Me siento en el sofá y enciendo la calefacción mientras me tapo con una manta de lana, luego miro la estantería y el libro que descansa en la mesa. Lo estuve leyendo ayer antes de irme a dormir. Susurros de un ángel fue una novela que escribí en mis buenos años, cuando Adelaida era una cría de ojos verdes como tú y trenzas rubias como yo. Recuerdo que correteaba de un lado para otro cuando cogía la máquina de escribir, no le gustaba ese cacharro, decía que era un monstruo que le robaba a su mamá, entonces yo le daba un beso en la frente y le decía que no era así, que era un instrumento que servía para hacer dibujos con palabras en las que dibujaba a un ángel tan hermoso como ella. Te gustaba verme teclear, sonreías mientras pasabas las horas muertas sentado junto a mí, fumando puros o bebiendo café mientras tu lenta respiración me inspiraba para seguir escribiendo una historia tan hermosa como la nuestra. Con manos temblorosas la busco en el arcón de madera oscura y comienzo a teclear de nuevo, mientras en mi corazón algo se acciona y me recuerdo que aunque tú ya no estés a mi lado mientras escriba esta historia, seguirás sonriendo al verme, donde quiera que estés.

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Bajo el papel de seda
http://leyendo-ando.blogspot.com.ar/ La noche me encontró a los pies de la chimenea escuchando a mi hermana menor, lamentarse por no haberse enamorado nunca. La miré con ternura y le advertí que tarde o temprano sucedería y ella suspiró con la ansiedad propia de los adolescentes. El fuego se reflejaba en nuestros ojos cuando ella quiso investigar sobre mi pasado y escarbó en mi alma buscando el nombre de mi primer amor. Cerré los ojos un momento y al abrirlos, observé las manchas ambarinas que el fuego dibujaba en nuestros rostros. Creí que el calor de las llamas me estaba quemando por dentro, pero era el recuerdo de aquel muchacho de ojos grises que me supo amar. Imaginariamente abrí la cajita donde atesoro mis recuerdos, aquellos que llevan diez años envueltos en un papel de seda que los protege y conserva más allá del tiempo y de la inocencia perdida. —Mi primer amor fue Santiago. Lo amé desde el primer día que lo vi y nadie me va a amar como lo hizo él —le confesé con un hilo de voz mientras bebía un poco de vino. Relaté mi historia anhelando llegar al final para poder cubrirla de nuevo con el papel de seda. Mi corazón exigía que lo hiciera rápido, suplicándome que no la dañe trayéndola al presente. Mi hermana con su entusiasmo juvenil sugirió que lo buscara, afirmando que un amor tan grande merecía un reencuentro. Ocultando lo conmovida que estaba por el recuerdo, negué en un movimiento de cabeza y con un aire de superioridad fingida argumenté que al pasado hay que dejarlo atrás y no correr el riesgo de encontrarlo pelado, viejo y panzón. Y así, ocultando las emociones que había despertado, escapé a mi cuarto buscando refugio. Sentía el cuerpo helado y vacío y la cajita con mis recuerdos estaba a un paso de distancia, en un estante de mi ropero. Podía sentir la calidez de su amor latiendo bajo el papel de seda, pujando para volver a llenar mis espacios vacíos, lamer cada herida y eternizar mi sonrisa. No pude abrir la caja, sentía que era profanar nuestra intimidad sagrada. Lo dejé descansar, sabiendo que estaba protegido por la sedosa capa de mi amor. Meses más tarde fui a una fiesta y allí me encontré con Mariano. Lo recordaba por ser el mejor amigo de Santiago, por los años compartidos durante mi adolescencia y por el amor secreto que sentía por mí en aquella época. Volver a verlo me emocionó. Al reconocerme me abrazó con cariño y me fundí en un reencuentro que resultó tierno. Descubrí en su mirada el renacer de sus antiguos sentimientos, aquellos que ocultó por respeto a su amigo, y me dejé adorar no sin antes suplicarle irracionalmente que evitara hablar de Santiago. Deseaba saber todo de él pero me daba miedo y a los dos nos convenía mantenerlo lejos. Comenzamos a salir con frecuencia. Fuimos a cenar, al cine, nos perdíamos en largas charlas y paseos, manteniendo el acuerdo tácito de no nombrar a Santiago. Ambos sentíamos que él era un corazón bombeando entre nosotros y no podíamos ignorar sus latidos marcando el compás de nuestros encuen-

Gabriela Aldama

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tros.

Podría guardarle rencor por lo que sucedió en nuestra última salida pero entendí que Mariano necesitó de mí una prueba de fuego. H abíamos llegado a una casa de Palermo a la que accedimos atravesando una arcada de hierro que desembocaba en un patio interno bañado de enredaderas y lucecitas blancas. Lo primero que vi fue el antiguo aljibe que terminó albergando mi sorpresa. En el fondo del patio una mesa larga enmarcaba una reunión de viejos amigos. Me quedé congelada a mitad de camino mientras Mariano saludaba a los presentes, muchos rostros que me resultaban familiares y no dejaban de mirarme. Eran sus amigos. Aquellos chicos con los que compartí mi adolescencia, mis cinco años de amor. Los amigos que Santiago me prestó. El corazón comenzó a golpearme el pecho a un ritmo vertiginoso mientras mis ojos repasaban todos esos rostros buscando aquel que tanto había acariciado años atrás. Estaba asustada y al terminar mi recorrido visual sentí alivio. Santiago no estaba entre ellos. Había niños y mujeres que no conocía pero también estaban esos escandalosos jóvenes que conocí a mis quince años. El tiempo había pasado y se reflejaba en sus rostros, en sus modos y en la mirada serena que me regalaban. Algo me llevó a cerrar los ojos e inspirar un recuerdo perfumado y al abrirlos sentí el fuego que abrazaba mi espalda. Una sensación familiar me recorrió el cuerpo y al momento de reconocerlo, una voz ronca y pausada acarició mi oído. —Hola, extraña… Todo sucedió al mismo tiempo: mis piernas se aflojaron, sus brazos rodearon mi cintura. Su cuerpo me atrapó con el calor del pasado y yo no tenía el valor de mirarlo. Me sentí morir, me sentí en casa. Una vez más. Salí de mi aturdimiento y no sé cómo, lo saludé. Escapé buscando refugio en el reencuentro con los amigos del ayer y me dispuse a pasar una velada amena. La noche transcurría entre risas y anécdotas y cada tanto nos encontrábamos mirándonos el uno al otro desde lejos, con muchos testigos. En un momento fui a la cocina a buscar hielo y él vino a mi encuentro. Estaba igual. No estaba pelado, ni gordo, ni viejo. Estar con él era como volver al hogar. Me buscaba la boca con su mirada, me hablaba y su boca acariciaba la mía. Yo me escapaba, me dejaba, me mareaba. Iba y venía en el tiempo hasta quedar completamente abatida por la vida, con una cubetera en la mano y mi primer amor cerrándome el paso. En un momento me liberó. Caminé hacia la mesada y él recorrió la cocina de un lado a otro. Como antes, cuando algo lo golpeaba por dentro. Santiago estaba en una jaula e inquieto y yo forcejeaba con la cubetera que retenía los cubos de hielo con la misma fuerza que yo deseaba huir. Un huracán me levantó y me sentó sobre la mesada. Me besó en un asalto. Me besó como antes. Lo besé en un viaje a 1996, mientras por la ventana de la cocina se veían las lucecitas blancas adornando la enredadera y las voces de sus amigos se fundían y renacían mientras nuestros labios se reconocían. Me abandonó en otro beso. Caminó otra vez de un lado a otro y como si se tratara de una bandera blanca en señal de rendición exclamó en un grito ahogado que se había casado. Se fue dejándome sentada en la mesada. Esperé un rato. Esperé hasta dejar mi 1996 y volver al presente. Cuando regresé al patio descubrí a la recién llegada que todos saludaban. Cargaba con una pequeña en brazos a la que Santiago alzó con ternura y eso bastó para no necesitar presentación alguna. Me hipnotizó verlo dándole de comer, jugar con ella y festejarle las monerías. Lo vi padre, lo vi esposo. Lo vi mirarme con intensidad y dolor. Yo estaba atrapada en el recuerdo de aquel inmenso amor que vivimos y me estaba consumiendo bajo el fuego de su mirada. En una época Santiago fue el chico mayor que me esperaba a la salida del colegio, aquel que con su experiencia me enseñó, entre tantísimas cosas, a amar. Esa noche, por primera vez, éramos pares. Ni yo era la adolescente caprichosa e inocente, ni él era el imponente hombre que tenía que esperarme en tantas

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cosas.

Yo ya había crecido y mi Santiago ya no estaba más. Ahora era de ella, su esposa. Las dos tuvimos distintas versiones de Santiago, las dos tuvimos la mejor. Como si fuera un quejido, Santiago le imploró a Mariano que me sacara de ahí. Podría haberme ofendido pero cuando nuestros ojos se encontraron lo entendí. Me despedí de todos pero antes de llegar a la puerta Santiago me alcanzó. Mariano prometió esperarme en el auto y allí solos, bajo la arcada de hierro, el silencio nos acarició. Nos miramos una última vez. Me miró triste y yo le sonreí con el amor del pasado. Se acercó y me alzó como hacía antes. Me abrazó fuerte y cuando me bajó dijo sonriendo: —Chiquita… Le sonreí una vez más y me despedí diciéndole: —Ya crecí. Esa noche no dormí. Lloré, recordé, lo ame de nuevo, sola. Lo quise tanto esa noche que por momentos no sabía en qué año estaba. A los pocos días me llamó y quiso verme. Nunca fui. Volví a guardarlo en la cajita con los mejores recuerdos de mi vida. En esas cajas donde uno guarda los tesoros más preciados, lo que uno no quiere olvidar. Y ahí se quedó mi primer amor, arropado por el papel de seda que lo protege. Allí duerme quien me amó tanto. El amor que nunca va a volver, porque yo no voy a volver a tener quince años, ni tendrán que amarme tanto como para esperar que crezca. Ya crecí.

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El día que me enamoré
http://www.elsusurrodeloslibros.blogspot.com.es/ Buscando en el desván de casa, hallé una cajita antigua y polvorienta que contenía un diario. Sorprendida bajé a la cocina a leerlo y al abrirlo descubrí la historia de un antepasado junto al hombre de su vida. “Mi nombre es Anaís Dibonet. Les voy a contar el relato del único amor de mi vida. Día ocho de Diciembre de 1813. Todo comenzó en París, mi ciudad natal. Era una joven de cabello largo y dorado al igual que los rayos del sol, ojos verdes lucían en mi rostro, mi piel, blanca como la nieve, era suave y delicada, al igual que la más prestigiosa seda. Se podría llegar a decir que era la muchacha más hermosa del lugar; tras la muerte de mis padres me encontraba en la soledad de mi mansión, siendo heredera única de la fortuna de mi familia. Era un día soleado. Me vestí con un hermoso vestido de seda rojo como los pétalos de las rosas que se cultivaban en el jardín, decidí dar un paseo por la ciudad y caminando por los bellos bosques llegué a un pequeño pueblo de gente humilde, donde me sentí asustada por la pobreza, observé un pequeño gato asustadizo maullando sin dueño. Para mi asombro, se encontraba en una puerta de un establecimiento, en un improvisado cartel situado en lo alto de la puerta se podía leer ‘’Herrería’’. Recogí al pobre felino, rápidamente me enamoré de su cautivadora mirada y de su largo pelaje, que permanecía brillante a pesar de su mala vida. Entré en ese tugurio, había allí un joven herrero de cabello largo y muy hermoso con su torso destapado y musculado. Estaba forjando acero para la elaboración de espadas. Me sentí anonadada por su escultural cuerpo. Me acerqué a él, y sonrojada le pregunté si era él el dueño de ese animal. Me hizo una cordial reverencia, agarró mi mano y me la besó. Me dijo que no conocía a aquel gato, que era callejero. Me despedí de ese hombre, llevando en mis brazos al gato que robó mi corazón. Día tras día visitaba esa herrería, pues todo lo que sentía hacia ese hombre no lo creí normal en una persona de mi carácter. Consta decir que nunca había experimentado el amor. Un día lluvioso tomé la iniciativa de escribir una carta con mi dirección y mis sentimientos. Me acerqué a él. Le pregunté si me podría forjar unas espadas de acero templado y con incrustaciones doradas basadas en mi escudo familiar, en el cual posaban un león y una rosa. Su cara sudorosa por las ascuas del fuego sonrió y me dijo: “Mi doncella, nada me haría sentir más complacido que forjar unas espadas a una dama como vos”. Dejé caer mi carta encima de una mesa y me marché, despidiéndome de él. Siguieron pasando los días … Las horas se hacían eternas y los segundos se convirtieron en minutos, hasta que una lúgubre mañana escuché a alguien llamando a mi puerta, a mi sorpresa, era ese hombre al que conocí y el cual había llamado mi atención. Traía las armas, le dejé entrar en mi casa, le ofrecí un té. En ningún momento lo rechazó, nos sentamos a hablar, pasaban las horas y yo hipnotizada vi que me estaba enamorando. En esos instantes, se acercó Alastor, mi minino. Acarició las piernas del herrero, vergonzosamente solté una sonrisa y le dije: “Parece que se enamoró de ti”. Él me miró a los ojos, inclinó una pierna

Belisama

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en el suelo y recitándome un poema de William Wordsworth, me expresó que le parecía bella y de buen corazón por mi hazaña con el gato, no sé si sería a causa de los sentimientos de mi corazón, pero me dejé volar. Pasó el tiempo y nos fuimos a vivir juntos a mi mansión. Era una noche estrellada cuando llegó de trabajar, lo recuerdo como si fuera ayer, 14 de Febrero de 1814. Yacía la hora de la unión eterna de nuestros cuerpos, piel a piel, alma por alma, sangre de mi sangre. Yo sentía una sensación ardiente y a su vez, estaba sonrojada. Sería mi único hombre, mi amor. Le esperé en nuestro lecho y se acercó a la habitación donde tocaríamos las estrellas sin horizonte, bajo el gran manto de la luz de la luna. Comenzamos a acariciar nuestros cuerpos desnudos, yo le acariciaba su cabello rojo como el fuego, y él mis senos. Me sentía muy tímida porque no sabía que hacer por culpa de los nervios, siempre dejándome llevar por él. Ha sido una de las noches más maravillosas de mi alma, digan lo que digan. Al amanecer de la mañana siguiente, estaba junto a mí, al momento que despertó le conté la verdad. Él no sospechaba nada, pues me tenía como una mujer de mundo. Le susurré al oído que yo era virgen, que nunca había concebido con un hombre, él soltó una carcajada y me abrazó. Todas las noches nuestro gato se acercaba con nosotros a dormir, era como un hijo para nosotros, pero quería algo más. Tomé la decisión de confesarle a Tristán que deseaba conceder un hijo, él aceptó alegre. Dedicamos toda la noche al acto sexual, pasaron los meses y no concebía, hasta que sorprendentemente, me quedé en estado. Cogí mi carruaje, me acerqué a su herrería y le conté la buena noticia, él muy contento cerró las puertas y se vino a casa conmigo. Allí decidimos celebrar un banquete con nuestras amistades. Día a día, mi herrero iba a trabajar. Yo le ofrecía que lo dejara, pues mi fortuna era bastante, él nunca accedió. Durante su ausencia yo dedicaba el día a pasear por los bellos jardines de mi mansión, pintar y aprender esgrima. Como a diario, Tristán salía de su trabajo, era una noche lluviosa, y yo tenía un mal presentimiento. Pasé esa noche en vela esperando su llegada, pero no regresó. Al día siguiente, fui a la policía francesa a preguntar por él, después de darles su nombre y descripción me dijeron que había sido víctima de un asesinato en una disputa callejera. Se me cayó el mundo encima y quise morir. Entré en una gran depresión y me puse a investigar. Indagando descubrí que fue asesinado por un cliente que no le quiso pagar unas espadas. Siempre recordaré el primer día que lo conocí con mi hermoso vestido de seda y él forjando su acero ayudado del más feroz fuego. Han pasado los años y aquí me encuentro, con mi gato y sin descendencia, ya que a causa de mi depresión acabé abortando. No me volví a enamorar de nadie. Ahora me encontraba otra vez sola en mi mansión, sin nadie, sin él. Los únicos recuerdos que permanecen del hombre que aquel soleado día robó mi corazón son mi gato y mis recuerdos. Miro por la ventana, pero no veo llegar a nadie, mi gato me observa quieto y desde la oscuridad con ojos tristes, como voy envejeciendo. Desde la muerte de Tristán su mirada no había vuelto a ser la misma, la mía tampoco. Sólo él sabe de mi dolor.” Memorias de Anáis Dibonet. Día 14 de Febrero de 1828

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Encerrada
Raquel Diaz
—¿De qué me vale ser una princesa si me quedare para siempre en esta jaula?— le preguntó ella enfadada a su doncella. —No te preocupes querida, tu padre algún día entrará en razón.— le contestó la doncella mientras peinaba sus maravillosos cabellos rojizos que le llegaba hasta la cintura. —¿Eso crees?—dijo enfada, levantándose y caminando enfada por la habitación.— pues yo creo que como no consiga escaparme, me moriré aquí. Los días de encierro pasaban y a la princesa cada día se le hacía más difícil vivir así, encerrada por su padre. Su padre no era un mal hombre pero cuando la madre de la princesa lo abandono se volvió loco. Él la quería con locura. Y también a su hija. Así que para que no le pasase lo mismo con ella, la encerró en la habitación de una torre de su castillo. Era una habitación maravillosa y enorme. Estaba decorada con muebles de madera con adornos de oro. Las telas usadas en la habitación eran de una preciosa seda de colores que le daban vida a la habitación. Sin embargo, ella notaba como si cada día que pasase se estuviera muriendo un poquito más por dentro… En otro punto muy lejano del reino se encontraba un príncipe que se iba a infiltrar en el castillo enemigo para conseguir información de cómo conquistarlo rápidamente. —Hijo… ¿Estás seguro de lo que vas a hacer? —Si, padre. Es lo mejor. Así lograremos vencer rápidamente y con las menos muertes posibles. —Vale hijo, pero…ten cuidado.— le dijo su padre mientras el príncipe se alejaba en su caballo. El príncipe se dirigió al castillo y estuvo varios días infiltrado como sirviente. Cuando ya casi había acabado su trabajo, le mandaron que subiera a la torre un gran baúl ya que era alto y fuerte y en ese momento no había otro sirviente en el castillo tan fuerte como para subir el baúl que el padre de la princesa le regalaba siempre por estas fechas, por su cumpleaños, el catorce de febrero. Él había oído rumores de que el rey tenía una preciosa hija, pero durante su estancia en el castillo no la había visto ni una sola vez. Si hubiese confirmado esos rumores habría intentado un matrimonio en vez de iniciar una guerra, pero ya no le quedaban más opciones. Cuando el príncipe entró en la habitación para dejar el baúl, se encontró ante la mujer más bella que había visto jamás. Tenía una preciosa figura y un pelo rojo como el fuego pero, sin embargo, lo que le cautivó fue esa mirada. Unos ojos verdes se clavaron en los de él y le atravesaron como una espada. No podía apartar la mirada de la de ella, no había tenido en su vida una sensación así. No quería dejar de mirarla. Lo único en que su mente podía pensar era en llevársela con él a su castillo y sin embargo su cuerpo estaba paralizado por esos ojos que no paraban de mirarlo. A la princesa le pasó algo parecido cuando la puerta se abrió y ante ella se materializó el hombre más apuesto que había visto en su vida. Era alto y fuerte, pero lo que más le llamó la atención a la princesa

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fueron esos ojos azules que le recordaron al cielo. Le recordaban la libertad. No podían parar de mirarse. El tiempo se detuvo. Se habían quedado atrapados en la magia que surgió cuando sus miradas se encontraron. El príncipe obligó a sus pies a avanzar hacia ella pero no fue consciente del movimiento hasta que se vio delante de ella, hasta que estaba al alcance de su mano. Sin embargo sus manos no le respondieron cuando lo que más deseaba era tocarla. Ella no pudo apartar la mirada de esos ojos y cada paso que él daba hacia ella podía sentir la liberad más cerca, y la necesitaba más que nada en el mundo. Cuando se encontraban a sólo unos centímetros ella le acarició con las manos la cara. Como si sus manos fueran sus ojos, ya que estos estaban ocupados, perdidos en su mirada. Estas caricias hicieron reaccionar al príncipe y la besó. Cuando ella creía que no podía existir nada mejor que mirar la libertad, él se la hizo sentir con ese beso. En ese momento entre sus cuerpos nació un fuego incontrolable. Sus cuerpos se enredaron con las sábanas de seda de la cama y todo a su alrededor dejó de existir. Ya nada importaba, solo ellos. En esos instantes sus únicos pensamientos eran que iban a pasar el resto de sus días unidos, no sabían cómo, pero lo conseguirían juntos.

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Fuego y seda, quemar no te ayudará a olvidar
Alba Morales Rosa
Había pasado una semana desde que Nate había echado a Lola de su vida; ahora se encontraba sentado en el suelo frente a la chimenea en la noche en que debía celebrar su tercer aniversario. Todavía le costaba mucho asimilar que ya no estuviesen juntos. Tenía grabado a fuego en la retina la visión de Lola con otra persona, esa traición que le llegó a lo más profundo de su alma. No la pudo perdonar, no podía ni mirarla a la cara, no podía tenerla cerca... Así que la echó de casa. Ahora, sentado frente al fuego, pensaba en los momentos tan mágicos que habían vivido juntos a lo largo de esos tres años, cuando creían que estarían juntos hasta hacerse unos viejecitos arrugados. ¿Tan poco esfuerzo le había costado a Lola traicionarlo y engañarlo? Sabía desde hacía bastante que Lola acabaría sucumbiendo a la curiosidad, pero no por ello se sintió menos dolido por ello. Verla con otra mujer, a pesar de ser doloroso, fue una visión muy erótica, una de las últimas que tuvo de ella. Tenía su pequeño camisón de seda entre las manos, estaba muy manoseado y no paraba de darle vuelta entre las manos, era lo único que le quedaba de ella y le estaba torturando, le quemaba en las manos. En un arrebato lo arrojó al fuego, para que se quemara, como si con ello todo fuese a desaparecer, como si fuese inmune a partir de ese momento. Pero ver como todo lo que tenía de Lola se perdía entre las lenguas de fuego le hicieron llorar. No paraba de ver a Lola correr por la casa, con el suelo de madera crujiendo bajo sus pies descalzos, con ese camisón que casi no le tapaba nada, riendo como una niña inocente, intentando provocarle para que corriese tras ella. También una Lola más calmada, con el camisón bajo una fina bata, tomando café en la terraza con un libro en la mano, absorta en su lectura. Y una Lola muy fogosa en la cama, encima de él, intentando domarlo cuando siempre fue él el que se dejaba dominar para que ella se sintiese más poderosa. Nate se levantó de delante del fuego y comenzó a pasear por la casa, mirando todos y cada uno de los rincones que Lola había tocado, veía miles de Lolas a su alrededor, mirándolo y sonriéndole, llorando y suplicándole perdón y una segunda oportunidad. ¿Podría aguantar sin ella? ¿Si le diese la oportunidad volvería a traicionarlo? ¿Estaba dispuesto a vivir con ello? Era demasiado, todo se había roto para siempre. Mientras él subía a la habitación y se dormía, abajo en el fuego ya casi no quedaba restos de seda, el fuego se la había llevado para siempre.

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Habitación 243
www.kissabookblog.com —Quiero tus manos… Ella gemía debajo de él, que se esforzaba en tocarla por todas partes, respondiendo a su súplica. Sus caricias eran suaves pero estaban cargadas de necesidad e impaciencia. El pezón derecho desapareció en su boca, rodeado por sus labios hambrientos. Ella se arqueó con fuerza mientras jadeaba palabras incoherentes, presa del placer. Le encantaba escuchar sus grititos y sintió como la excitación aumentaba al saborear su piel. Estaba intentando alargar aquella deliciosa tortura pero necesitaba estar dentro de ella, notar cómo lo acogía y lo hacía suyo. Se separó un segundo para observarla mientras rozaba su sexo con dedos audances y tiernos. —Eres hermosa—susurró cerca de sus labios–. abre los ojos. Ella lo hizo a la vez que levantaba las manos para enmarcarle el rostro. Le sonrió excitada mientras él intentaba desabrocharse los pantalones con premura. Lo besó con fiereza y él tuvo que apoyar una mano en su suave vientre para que dejara de moverse, el tiempo suficiente para conseguir deshacerse de la última prenda que les separaba. —Date prisa—murmuró ella, que luchó contra las lágrimas cuando sintió la erección rozar su sexo mojado—te necesito—sollozó. —Lo sé, cariño…—jadeó él, empezando a penetrarla. Embistió entonces con fuerza y de un solo golpe se clavó en ella. Los dos gritaron de placer. Acarició su rostro con sus grandes manos mientras la besaba con inmensa ternura, antes de empezar a moverse en su interior. —Te he echado de menos—susurró ella en sus labios—, tu sonrisa, tu voz, tus manos… —No vuelvas a dejarme, no me dejes—jadeó él con desesperación—. Te quiero. Ella sollozó al oír sus palabras, y lo aferró a su cuerpo con sus largas piernas cuando notó que las embestidas tomaban un ritmo frenético. Volvía a ser suyo, ese hombre grande y fuerte le pertenecía. Se dejó llevar por el mar de placer que le recorría el cuerpo y le mordió el hombro cuando notó el orgasmo apoderarse de ella. Fue rápido, suave, salvaje y caliente. Él siguió embistiendo y ahuecó con las manos su trasero. Un grito grave y ronco surgió de su pecho cuando llegó al clímax. Ella sonrió dichosa cuando él se dejó caer encima de su cuerpo. Posó sus labios en su cuello y le regaló pequeños besos. —Bienvenido a casa—susurró ella sobre su piel. Él levantó la cabeza para mirarla, la abrazó más fuerte contra su pecho y le sonrió con la felicidad grabada en su rostro.

Elle Levy

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Jugando con fuego
http://claudiaescritoraylectora.blogspot.com/ Esa pequeña cafetería al final de la calle sería su salvación. Clara aparcó el coche y salió de este como un huracán. Ignoró a las parejas que iban de la mano, los locales con decoración tan recargada que casi le provocó mareos, y se apresuró a ingresar en el establecimiento, cerrando la puerta tras de sí. Necesitaba un café, y lo necesitaba ya. Vio unos cuantos corazones rosas ubicados de modo artístico aquí y allá. Podría soportarlos, y aún más cuando tuviera suficiente cafeína en el cuerpo. Se puso en la línea, esbozó una falsa sonrisa al encargado de tomar su pedido y ocupó una de las pocas mesas disponibles, en espera de ser llamada una vez que su orden estuviera lista. Era un verdadero problema odiar la celebración del día de San Valentín cuando esta era festejada en cada rincón del planeta. Bueno, quizá “odio” no fuera la palabra más apropiada, no era tanto así. No se consideraba una amargada que miraba con el ceño fruncido a quienes optaran por festejar esa fecha. Simplemente, tanto entusiasmo no iba con ella, y no tenía nada que ver con el hecho de que no estuviera en medio de una relación en ese momento. En años anteriores, había logrado convencer a sus parejas de dejar pasar ese día sin concederle demasiada importancia. No quería recibir chocolates y flores solo porque algún genio de la mercadotecnia tuvo la brillante idea de que el catorce de febrero era “el día” perfecto para demostrar amor. A su humilde parecer, era posible hacer tal cosa en cualquier momento. Cuando había amor, pasión o, aún mejor, ambos, ninguna fecha marcada en el calendario iba a imponerle normas acerca de cómo actuar. Al oír su nombre exhaló un suspiro aliviado y se apresuró en ir a recoger su orden. Café negro, sin azúcar. Perfecto. Para el cuarto sorbo, las parejas acurrucadas no le parecían tan dignas de burla, e incluso esos corazones en el decorado le resultaron graciosos. Valió la pena dejar la paz de su apartamento para disfrutar de ese momento. Sola, en una mesa del rincón, bebiendo el mejor café del mundo, y con un nivel de tolerancia mucho más alto del que tenía al llegar. Se recostó en el asiento, esbozó una sonrisa satisfecha, y cruzó las piernas, sintiendo el placentero roce del sencillo vestido de seda al tocar su piel. Hubiera podido permanecer en ese estado por horas, pero un sonido irritante y una sensación curiosa empezaron a incomodarla. Al buscar con la mirada el origen del ruido, encontró también una explicación a ese casi olvidado hormigueo en la piel. Un hombre, unas mesas más allá, daba vueltas entre los largos dedos a un brillante encendedor. Lo encendía y apagaba como quien ejecuta un pequeño acto de magia. ¿Un pirómano en potencia? Quizá,

Claudia Cardozo

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pero uno con muy bonitos ojos, como pudo comprobar al encontrarse con su mirada. Allí estaba la razón de esa sensación tan familiar de saberse observada. Al parecer, él llevaba un tiempo haciéndolo, sin despegar un instante la mirada de su figura. Era halagador, no iba a negarlo, pero la idea de flirtear con un desconocido en un café el día de San Valentín le pareció un cliché tan grande que no pudo evitar reír y él, por supuesto, lo notó, de allí la ceja alzada y la sonrisa cómplice. ¿Cómplice? ¿Pensaba acaso que esa risa fue una especie de invitación? Así debía ser, ya que se incorporó con un movimiento confiado y, antes de que pudiera hacer algo para evitarlo, lo tenía frente a sí. Podía darle algunos puntos por atrevimiento, iba a reconocer eso. —¿Fuego? Ahora iba a quitarle algunos por falta de originalidad. —¿Para qué? Un poco brusca, sí, pero había algo en él que la inspiraba a burlarse, a intentar borrar esa sonrisa complaciente de su rostro. —Para lo que desees, es todo tuyo—dejó el encendedor sobre la mesa en tanto ocupaba una silla vacía a su lado—. ¿Puedo? —No, pero dudo que eso te detenga; de cualquier modo, has debido de preguntar antes. —Buena respuesta. Con toda premeditación, estiró la mano para tomar nuevamente el objeto de acero y lo encendió frente a sus ojos. —Muy bonito—suponía que esperaba un halago. —Me gusta el fuego. —He oído esas líneas en algunas películas de terror, ¿debería asustarme? —No lo sé, ¿es de seda?—acercó el encendedor apagado a centímetros de su vestido y sonrió—. La seda es muy inflamable. —¿Este es el momento en que empiezo a correr? Por toda respuesta, alejó el objeto y lo guardó en el bolsillo de la chaqueta. —No, me comportaré, lo prometo; ¿quién necesita el fuego? —Pensé que te gustaba. —Si tengo que escoger, te prefiero a ti. ¡Vaya! Atrevido, y quizá un poco cursi también, pero prefería quedarse con lo primero. Por algún motivo, la idea de espantarlo ya no le resultaba tan tentadora; empezaba a divertirse. —Además, hay cosas más peligrosas que el fuego para la seda. Fue el turno de Clara para enarcar una ceja ante ese comentario tan misterioso. —¿En verdad? ¿Más peligrosas que el fuego? ¿Qué puede ser? Él cruzó los brazos sobre la mesa y se acercó lo suficiente para hablarle en voz baja y que ella pudiera oírle a la perfección. —Permite que te invite a otro café y tal vez pueda demostrártelo luego. Clara se recostó en la silla y lo miró con renovado interés. De acuerdo, el flirtear en San Valentín era un poco tonto para sus estándares, pero no sabía si estaba dispuesta a renunciar a la emoción de lo que se perfilaba como una aventura que podría ser muy interesante. Dio una mirada alrededor, sonrió ante el espectáculo de las parejas abrazadas, los corazones sobre su cabeza, y tomó una decisión. Bebió su último sorbo de té y empujó la taza vacía hacia el hombre. —Negro, sin azúcar—ignoró su expresión satisfecha y agregó una última frase, solo para dejarlo en claro—. No me gusta el día de San Valentín, por cierto. Él se levantó con la taza en las manos y exhibió una sonrisa aún más amplia. —No sé de qué hablas. Mientras lo veía marchar con paso seguro hacia el mostrador, Clara sonrió en secreto para sí. Tal vez, y solo tal vez, solo por esa ocasión, permitiera que el catorce de febrero dejara un acontecimiento para recordar. Ella, al menos, estaba dispuesta a darle una oportunidad; nunca era tarde para cambiar de opinión.

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Melodía agridulce
http://angus-wood.blogspot.com.ar/ Paz y soledad... Tenerte implica adaptarme a tu locura, a que un día si y otro no, a un día tenerte y otro esperarte... El precio de ser a la que vienes a buscar cuando con quién te casaste no quiere compartir su cama es ese. Desear y no tener, conseguir y perder. Y a veces llego a odiarte, tanto así que intento borrar tu número, olvidar llamarte, no abrirte la puerta de mi habitación... Pero luego el efímero recuerdo de felicidad aplaca todo lo demás, me ciega con una luz que jamás podré ver, revivo de entre las cenizas y creo que el amor aún puede existir, que compartirte con otra no es tan malo... Pero todo cae con la misma precisión que antes logrando un nuevo impacto, el roce suave de tus labios se convierte en un fuego que quema, el aliento que deseé robarte se transforma, tú mutas y ya no eres a quién esperé... y yo no soy lo que esperas, porque jamás seré ella... y tú nunca serás él. Lo que hacemos está mal, ambos lo sabemos, pero de lo mal que está así de bien se siente. No es tú cuerpo el que quiero, pero lo tengo y por más que no lo desee te deseo, provocas que me estremezca y grite, que por razón de algunos segundos olvide que de quién estoy profundamente enamorada me desprecia, y sé que tú olvidas cuánto la has lastimado por estar conmigo. Ambos jugamos el juego de olvidar, y ninguno entiendo cuánto en realidad estamos perdiendo. Y el placer se vuelve algo que nos asfixia, algo que consume mucho más que el aire, es algo que se lo lleva todo... Si alguien me hubiera dicho que sería así jamás habría accedido a dejarte entrar, pero el cuerpo es débil después de la medianoche. El amor propio desea reanimarse, yo busco caricias, y sé lo que buscas, sé lo que logras, sabemos lo que queremos pero no el modo de llegar, por lo que tomamos caminos más fáciles, jugamos a que entre las sabanas de mi cama no existe moral, no hay mañana y tampoco amores rotos, no eres tú y no soy yo, sólo somos dos extraños jugando a amar dulcemente, sintiendo el fuerte y delicioso tormento de dos cuerpo muriendo de placer, si mañana amanece nadie notará la diferencia, si te vas antes de que despierte sabré que volverás al día siguiente... ¿Está mal conformarse con tan poco?, si, sé que lo está, pero qué más da a fin de cuentas. Vivo, sangre corre por mis venas, el fuego de mis emociones muertas me advierte que aunque no quiera sigo de pie, extrañando lo que jamás tuve y perdí... deseando lo que nunca fue mío. Pero hay noches en las que el instante de sosiego no alcanza, en donde el alcohol no nubla ningún recuerdo, en donde los besos de bocas equivocadas no apagan el ardor. Son esas noches en donde la piel nos duele, en donde alcanzar el placer es casi tan difícil como pedir perdón... Esas noches sé que vuelvo a odiarte y odiarme, porque no eres quién espero, y yo... yo ya no soy yo, porque esta patética excusa de mí no soy yo... Y si hay algo peor que no poder perderme, es saber que mi antídoto en algún momento volverá a

Angus Wood

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funcionar, y es más fácil dañar que reparar... es más fácil falsear la verdad... Tú no me amas, yo tengo que vivir con eso, cargar con tu desamor es mucho para mí, es un beso que jamás llegará a mis labios, un olvido intermitente... una melodía con siempre los mismos acordes desafinados, lastimando mis oídos y reviviendo recuerdo de sonrisas pasadas, de momentos más felices, y la película de mí vida se repite ante mis ojos, y sé que en su momento te ame, y sé que me amaste... Porque por unos instantes fui perfecta para ti, lo fui, pero lo fácil me tentó más, lo prohibido que él me brindaba me alentó. No supiste superar su oferta, y jamás entendí que no se trataba de eso... te perdí incluso antes de tenerte. Y verte... verte tan cerca pero desearte de lejos es una tremenda agonía. Sé que en algún momento olvidaré tu nombre, olvidaré los miles de besos que inventé para alentarme en la oscuridad, olvidaré las miles de noches que me hiciste tuya en sueños, olvidaré lo bueno que eres en el arte de matarme deliciosamente lento, sé que te olvidaré, pero aún no... Y cuando despierto sintiendo las caricias fantasmales de tus manos, el éxtasis supremo, el dolor de tus besos aplacando mis gritos en la oscuridad, caigo en la realidad de que son simples fantasías, deseos que jamás serán verdad, mentiras disfrazadas de buenos recuerdos, de dos amantes enamorados... Mentiras que dolerán aún más cuando caiga de noche, cuando nadie pueda protegerme de tus recuerdos... Todavía deseo besarte y que me beses como si no existiera un mañana o nadie que nos juzgue, aún quedan dos malditas palabras que se queman a fuego lento en mis labios, escociendo a mi alma por dentro, envolviendo todo, devastándome como la mejor tormenta, y por más que grite, por más que bese aquella boca que me condenó al infierno, por más que regale mi cuerpo y consiga algo de gloria con ello, por más que invente una buena fantasía, el escenario cae, porque siempre me despierto sola, vacía, fría... ¿Sentirías algo si te dijese que me arrepiento? ¿Me permitirías amarte solo una vez? No, yo conozco la respuesta y es no. Mientras la botella que sostengo entre mis manos se evapora veo las cosas con más claridad, nadie me obligó, nadie me tentó, yo lo quise, yo lo elegí y sé que jamás me perdonarás el haber confundido amor con placer... El sonido de mi celular retumba en toda la habitación llenándola de una melodía plagada de desamor, un frío sonido, el recuerdo de caricias gastadas y prohibidas, y allí está otra vez la respuesta de por qué no me permitirías amarte, no puedo ser tuya porque le pertenezco a él, porque somos iguales, porque nos compenetramos... El antídoto a mi soledad está por llegar, y sé que lo besaré intentando convertirlo en tú boca a la fuerza, lo arrastraré a la oscuridad de mi cuarto y fingiré que eres tú, que son tus manos, que es tu cuerpo, que soy tuya... Nadie me puede prohibir que te imagine, hoy lo necesito, quizás otro día no tenga esa necesidad, pero hoy si. Al menos hoy fingiré ser aquella que una vez fui, y no será él quién me corrompa, sino serás tú... porque en mi dulce fantasías siempre has sido tú...

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Mi último baile...
Klaudia Dargo
El vestido era precioso y me iba como anillo al dedo. Un vestido de Seda negro bien largo y vaporoso. Los vestidos de corsé ajustados y escote de corazón no eran para nada de mi devoción pero, he de confesar, que ese era extremadamente elegante y bonito. Annie tenía un gusto exquisito y unas manos excelentes que cosían preciosas costuras, vestidos de ensueño que hacían que cualquier cuerpo vistiese con elegancia. La falda, con un enorme corte frontal dejaba al desnudo mis piernas al sentarme…terriblemente osado y sexy. Brillantes plateados adornaban la cintura imperio con encaje de donde salían las capas de gasa de la larga falda que acariciaba con suavidad y sutileza mi figura. Los zapatos…eran perfectos. Unos Peeptoes con plataforma Miumiu forrados con una suave tela de ante de color neón con la obertura de los dedos pequeñita para insinuar la puntita del dedo, también en forma de corazón. Daban un pequeño toque alegre a la seriedad del vestido y me hacían unas piernas largas y esbeltas. La ocasión merecía la pena. Cualquier detalle me hacían pensar que me harían esconder los nervios que tenía, me hacían sentir más segura.”Estas guapísima. Bueno, mucho más que guapísimas, estás radiante”…me decía Annie mientras me arreglaba las capas de seda de la falda.” Vas a ser el centro de atención de todos…seguro”. Annie, aparte de ser una muy buena modista, era una buena amiga .Le agradecía con creces sus palabras dulces que siempre tenía para mí y la atención desmesurada que tenía por mí persona, la verdad, es que sólo me importaba que él se fijase en mi, quería poder sentir que me había echado en falta y poder demostrarle que me había vuelto poderosa frente a su presencia. Que ya no me podía .Que ya hacía mucho tiempo que no me hacía falta. Por eso necesitaba ir radiante porque, sabía que me tenía que esconder bajo una apariencia exquisita para poder ocultar una pequeña brasa del fuego que un día encendió y era consciente de que nunca había tenido suficiente valor para apagarla ….La demás gente me eran indiferente. Entré en el salón y me quedé asombrada .Era un salón glamuroso .Columnas de mármol beige adornaban el espacio de la sala. Enormes obras de arte vestían las altísimas paredes. La música de la pequeña orquesta situada en el centro de la sala acompañaban con sus notas los vaivenes de las faldas al bailar el vals. Demasiado grande para encontrarlo. Llevaba tanto tiempo sin verlo que pensaba que no lo iba ni a reconocer.. Empecé a andar despacio éntrela gente. Buscándolo…observando a todo el mundo. Podría ser cualquiera… Me preguntaba cómo le había tratado la vida ,que aspecto tendría y de pronto me pareció verlo…Estaba de espaldas pero la postura de su cuerpo ..Era él, seguro. Rodeé la sala. Quería verlo mejor. Despacio…Ah!..Estaba ahí!..Si, si! era él. Qué guapo estaba .Que bien le habían sentado los años y que ingenua había sido al creerme que me había vuelto fuerte. Ahora mismo acababa de reavivar lo que había guardado bajo llave. Sólo me había engañando a mi misma para poder seguir viviendo sin demasiado dolor. Pero yo misma me engañé y yo misma me descubrí, no tarde nada en darme cuenta…aún lo quería. Nunca podría dejar de quererlo. Las piernas empezaron a temblar. Los finos tacones de los Peeptoes empezaban a jugar con mi falta de costumbre y mi

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penoso equilibrio y lo único que quería era salir corriendo antes de que se diera cuenta de mi presencia y que lo miraba…Hice tarde. De pronto levantó la vista y me miró como si supiese que estaba observándolo hacía rato y, me sonrío…esa sonrisa dulce que tanto había encontrado a faltar…y entonces me quemé. Mi cuerpo empezó arder por dentro como hacía años atrás. El mismo fuego, con la misma intensidad de siempre….como si no hubiese pasado nada, ni siquiera el tiempo. Se acercó… —Estas…preciosa, ¡Buau! Cuánto tiempo… ¿Bailas—m?e pidió mientras cogía mi mano con dulzura para besarla. Noté sus labios calientes en mi mano y él notó como temblaba. Estiró de mí agarrándome por la cintura y con un solo giro mi falda se incorporó al movimiento sutil de las demás dando vueltas alrededor de la orquesta. La música dejó de sonar en mi cabeza reemplazándose por los fuertes latidos de mi corazón. El Salón que ahora mismo me parecía vacío estaba lleno de parejas bailando, riendo y coqueteando pero, para mí, sólo estábamos él y yo. Todo lo demás sé emborronó como en la escena de un gran primer plano. Cogí aire para intentar ahogar el suspiro y él me agarró más fuerte de la cintura acercándome más mi pecho a su cuerpo.. Con todas las veces que me había imaginado la situación y ahora no me salía ni un sólo sonido de mi boca, no sabía que decir…sólo podía sonreírle. Como siempre, mi cabeza olvidó todo lo malo que era, todo el daño que me había causado. Olvidé sus mentiras, sus falsas caricias y sus falsos besos…todo. Como siempre volví a creer que era el hombre perfecto…Lo desee como siempre, apoyé la cabeza en su hombro rodeando el cuello con mis brazos para abrazarlo...y me dejé llevar.

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Mío por una noche
http://palabras-de-terciopelo.blogspot.com.es/ Cuando le vi por primera vez supe que estaba perdida. Aunque no me hubiera dicho su nombre habría sabido quién era. Pelo oscuro, tez morena, ojos grises, labios carnosos, y un cuerpo de escándalo que se escondía debajo de ese traje negro de más de trescientos euros. Era un Don Juan por excelencia, el soltero más sexy de la ciudad: Nicholas Ledger. Incluso su nombre era sexy, ¡Dios! Me derretí incluso antes de que viniera a presentarse y de que me acariciara el hombro derecho. Tenía la piel tan suave que moría por fundirme con él, por convertirnos en uno, por probar el sabor de su piel, porque me acariciara para toda la eternidad. Me sonrió enseñándome una perfecta y blanca dentadura. Sabía lo que aquello significaba. Me cogió de la mano y empezamos a atravesar el salón de baile esquivando la multitud. Las mujeres que encontrábamos por el camino me miraban con odio en sus ojos, y yo sólo podía dedicarles una mirada de satisfacción, porque aquella noche su cuerpo sería mío y no de ellas. Entramos en una habitación de la segunda planta. Me dejó pasar primero y luego él cerró la puerta con el pestillo, mientras yo me sentaba encima de la enorme y suave cama. —No quiero que nos molesten. Se acercó lentamente pero con seguridad. Había un brillo de deseo en sus ojos, y apostaba lo que fuera a que los míos brillaban con esa misma intensidad. Con esa mirada tan intensa podría haberme derretido allí mismo. Sus labios apretaron los míos y me tumbó boca arriba. Empecé a deshacerle la corbata mientras seguíamos besándonos. La tiré al suelo y empecé a desabrocharle la camisa mientras Nicholas me besaba el cuello y el lóbulo de la oreja, jugando con mis pequeños y discretos pendientes de oro. Acaricié su musculado torso y su espalda perfecta. Cuando empezaba a desabrocharle el cinturón me cogió la mano. —Te toca mostrarme un poco de ti. Aparté las manos del bulto que se marcaba a través de los pantalones y dejé que bajara la cremallera de mi vestido y me quitara los tirantes. Mi sujetador también desapareció. Empezó a besar mi escote hasta que encontró un pezón. Inconscientemente solté un gemido. Ese hombre era un dios con la lengua. Notaba como mi ropa interior se iba mojando. Necesitaba sentirlo dentro de mí. No lo quería, lo necesitaba para conservar la cordura. Le desabroché el cinturón y el botón de los pantalones sin que él se opusiera y empecé a bajárselos. Antes de que tuviera tiempo de quitarle los calzoncillos, me quitó lo que me quedaba del vestido y empezó a tocarme a través del tanga. —Veo que no te faltan ganas, ¿eh, hermosa? Le atraje hacia mí poniéndole una mano en la nuca y le besé casi con dureza. Ahora entendía todo lo que había oído por allí acerca de Nicholas Ledger; y todavía no habíamos llegado al centro de la acción. No podía hacer más que recorrer toda su piel con las manos, notando la tensión de sus ejercitados músculos.

Cristina Velvet

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Le quité los calzoncillos y cogí su miembro con la intención de probar su sabor, pero me detuvo y me dio un preservativo. —No me calientes más o explotaré aquí mismo. Y quiero que tu entrepierna se derrita conmigo. Se puso a mi lado y, antes de que tuviera tiempo a hacer nada, me puso un dedo en la vagina. Y luego dos. Mi espalda se arqueaba con sus movimientos. No podría resistirlo mucho más, y quería tener un orgasmo sintiéndole dentro de mí. —Penétrame. No me lo discutió. Con el preservativo ya puesto, se colocó encima de mi cuerpo y empezó a entrar dentro de mí. Suavemente, sin fuerza, aunque los dos estuviéramos deseando llegar hasta el final. Una ola eléctrica empezó a extenderse en mi interior. Poco a poco, empezó a subir el ritmo. Cada embestida multiplicaba esa ola, ese fuego, esa electricidad que recorría cada milímetro de mi cuerpo. Empecé a tocarme. Dios, estaba en el paraíso. Los dos gemíamos de placer. Sin pudor, sin pensar que en la planta de abajo se estaba celebrando la fiesta de cumpleaños de la hermana de Nicholas, sin pensar que nuestros padres estarían unos metros por debajo de esa cama. En ese momento sólo estábamos él y yo, unidos por el deseo, por un delicioso deseo que nos hacía chispear por dentro. Mi cuerpo temblaba, y cada orgasmo me dejaba aturdida durante unos segundos. Estaba teniendo el polvo de mi vida y saboreaba cada segundo de placer que me proporcionaba Nicholas, porque sabía que nunca se volvería a repetir. Él nunca repetía. Le miré directamente a la cara y descubrí que él también me miraba. Él también estaba a punto de llegar. Su respiración se iba acelerando, tenía los ojos entrecerrados y esos temblores no podían disimular su excitación. Empecé a tocarme con más fuerza, dispuesta a llegar a mi último orgasmo con él… Y mi interior estalló de nuevo. Mi cuerpo estaba rendido, y por el sudor que cubría su piel, supuse que el suyo también. Se dejó caer a mi lado. Poco a poco nuestras respiraciones fueron volviendo a la normalidad, y mi corazón empezó a tranquilizarse. Estuvimos algunos minutos en silencio. Él me miraba, yo tenía la mirada fija en la puerta. Cuando volví a notar la fuerza de mis músculos, me levanté. —Veo que me conoces –dijo él. —Conozco lo que dicen de ti—dije, mientras me ponía la roba interior. —Y por eso te vas. —No esperarás que me quede y te pida llorando que me quieras –sonrió. —De ti no lo esperaba; eres diferente. —No soy idiota –me subí la cremallera del vestido. —Cierto, al menos no me lo has parecido. Con los dedos me peiné un poco mi larga y rubia melena. Me retoqué un poco el maquillaje y me dirigí hacia la puerta. —Que te vaya bien, Nicholas. —Igualmente, gatita. Espero que volvamos a vernos algún día. En la intimidad. Le miré una última vez; su torso desnudo, perfecto, esos músculos y esos ojos que quitaban el hipo. Suspiré. No le dije nada más y me fui. Nicholas Ledger nunca repetía; todo el mundo lo sabía.

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So nice
Demian Jacros
11:25 AM Ella enciende un impecable cigarrillo que acaba de armar con un curioso artefacto <obsequio de un amigo en su último viaje a Tokio>, la brisa del mar entra por toda la casa y al fondo Bebel canta “So Nice” por tercera vez. Toma el libro que yace bocabajo entre sus doradas piernas y lee como si le hablara de frente: Oh, divino mío, oh, mi flor de loto Amo ir a bañarme ante ti Te permito contemplar mi belleza Vestida con fino lino Empapada en ungüento perfumado Me sumerjo en el agua para estar contigo Y salgo a la superficie con un pez rojo Que aparece espléndido entre mis dedos Y lo pongo ante ti Vamos! Mírame! Da una fumada más y apaga el cigarrillo en un cenicero que también está sobre la cama, su mano busca afanosa el sexo pero antes de bajar da un par de caricias a sus impacientes areolas. Su piel se eriza eléctrica. Por encima de la fina seda, sus dedos prenden fuego, se mueven lentos pero vigorosos, mientras sus labios repiten cada una de aquellas palabras. En su mente, ella es la concubina egipcia que utiliza todos sus encantos para atraer la atención de aquel faraón, un Dios encarnado en belleza, sabiduría y poder. Continúa así, leyendo con la respiración cada vez más agitada, hasta terminar en un increíble orgasmo. —¡Vamos! ¡Mírame!—termina diciendo extenuada mientras deja caer el libro sobre su pecho y siente cómo su néctar, que lo moja todo, se desperdicia ahora entre sus dedos.

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