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La Historia Enlazada

II
Adictos a la escritura

Incertidumbre Por angy.w Eric se irguió y miró a su alrededor, desesperado. La neblina roja había desaparecido, pero había dejado su huella en aquel terreno, ahora yermo y desolado. Las tierras áridas, que una vez estuvieron llenas de vegetación, se extendían hacia el horizonte, dejándole una angustiante sensación de vacío y muerte. No quedaba nada, tan solo los putrefactos cadáveres de los caídos y troncos negruzcos que se arremolinaban aquí y allá. — ¿Qué ha pasado aquí?—murmuró, horrorizado—. ¿Todo esto lo ha causado la Bestia de la Epidemia? Val asintió con gravedad. —El poder de las bestias es devastador, Eric. —Pero… ¿cómo ha podido causar todo esto?—susurró de nuevo, incrédulo. Mirara donde mirara, siempre veía el mismo paisaje gris y enfermizo, mermando sus esperanzas de volver a encontrar vida alguna vez. —Recuerda que las bestias están por encima de lo terrenal. En la guerra, estuvieron a punto de destruir el mundo. Esto no es nada comparado con todo lo que pueden llegar a hacer—le explicó Laela. Eric tragó saliva con dificultad. Las bestias eran realmente aterradoras, y poseían una fuerza descomunal que no pertenecía a aquella dimensión. ¿Y él se había enfrentado a una de ellas hacía tan sólo unos momentos? No podía creerlo. —Lo único que puede protegernos, no sólo de Luzbel, sino también de ellas, es la luz—dijo Val—. Laela y tú sois los únicos del grupo que la poseéis, por eso eres tan importante. Eres fundamental en esta misión, Eric. ¿Lo comprendes? El chico tardó un rato en asentir, abrumado. Aún le costaba acostumbrarse a su nuevo papel, y sentía que no llegaba a la altura de las expectativas puestas en él. —Pero ahora debemos centrarnos en encontrar a los demás—dijo Kaal, preocupado—. Laela, ¿crees que podrás guiarnos hasta ellos? Ella negó con la cabeza, apesadumbrada. —Mi poder es limitado. La visión astral consume muchísima energía y no puedo usarla más de una vez al día. Debemos esperar hasta mañana. Ahora lo único que podemos hacer es buscar un refugio donde pasar la noche y rezar para que estén bien. Kaal miró al cielo plomizo, preocupado. Se preguntó cómo se encontrarían en ese momento los demás, sobre todo Elidi. ***

Elidi fulminó por enésima vez al viejo curandero con la mirada. No comprendía cómo podía permanecer tan tranquilo e impasible en una situación como esa, incluso parecía alegre, silbando sin parar la misma musiquilla desde hacía horas, seguramente perdido en su mundo de flores. Desde luego la edad lo había empezado a afectar. Pero la cruda realidad era muy distinta. No habían conseguido encontrar al grupo de Laela, y en ese momento vagaban sin rumbo, perdidos, y encima ella tenía que llevar a Aura a cuestas porque Elever era demasiado viejo para cargarla. El enorme grupo inicial de aldeanos se había visto reducido drásticamente a unas pocas personas, pues la mayoría había muerto. Y como siguieran así, no tardarían en correr el

mismo destino. La chica se empezó a preguntar si de verdad había sido buena idea seguir a Val. Tras pasar una vida llena de sufrimiento y penurias, Elidi se había visto obligada a madurar a una edad muy temprana, y había aprendido a no fiarse de nadie y a mantenerse siempre alerta para sobrevivir. Por eso no comprendía la fe que sentía hacia Val, ni tampoco su propio papel descabellado de salvadora del mundo, cuando éste le había tratado tan mal y ella era una don nadie. Y aún más incomprensible le resultaba su enorme confianza y aprecio hacia Kaal. Quizá porque él fue el único que se dignó a ayudarla a escapar de los esclavistas. Pero ninguno de ellos se encontraba allí. En ese momento eran sólo cinco vulnerables personas caminando en medio de un desierto de pobreza y soledad. Con el viejo no podía contar, y Aura estaba inconsciente (y pesaba más de lo que parecía), así que Elidi se sintió responsable del grupo. Miró a los últimos miembros, eran dos gemelos rubios de ojos oscuros, de no más de 11 años, que les seguían mansamente. Ellos, eran los únicos que quedaban de todos los aldeanos. Pensarlo hizo que sintiera ganas de llorar. Era la primera vez que reparaba en los niños y se percató, con cierta culpabilidad, de que ni siquiera conocía sus nombres. Ambos caminaban muy juntos, cogidos de la mano, en silencio. La chica pensó en lo horrible que sería que uno de ellos muriera, dejando al otro solo en el mundo. Ella también tuvo una melliza, con la que escapó de su dolorosa infancia. Sin embargo, su hermana pereció en el camino, y ella tuvo que seguir luchando sola. No era algo que a Elidi le gustara recordar. No quería que aquellos gemelos sufrieran como ella lo hizo, y se prometió, aún a costa de su vida, que no permitiría que les pasase nada. ***

Eric daba vueltas y vueltas en el suelo de madera, sin lograr conciliar el sueño. Habían tenido una enorme suerte al dar con aquella cabaña abandonada antes de que oscureciera, pero estaba intranquilo. Finalmente, se rindió. Se levantó en silencio, procurando no despertar a los demás, y salió al exterior. Lo recibió la apacible noche, y se dio cuenta con sorpresa de que no era el único allí. Val estaba sentado, recostado contra la pared, observando la luna. Su pálida luz le iluminaba el rostro, profiriéndole un aspecto extraño. — ¿Tú tampoco puedes dormir?—le preguntó. Él se giró al oírle. —Eric—lo saludó con una sonrisa. El muchacho se sentó a su lado, y observó a su compañero con detenimiento. Su pose era grave, y su expresión sombría revelaba su preocupación. Le puso una mano en el hombro. —Tranquilo, ella está bien. Estoy seguro. Val volvió a sonreír, esta vez con cierta amargura, captando al instante a quién se estaba refiriendo. —Sería un poco egoísta por mi parte preocuparme sólo por ella, ¿no crees? Ambos se miraron por unos instantes con profundidad, comprendiendo cosas que no se podían decir con palabras. Finalmente, Eric sonrió también, negando con la cabeza. —De todos modos, Aura es una chica fuerte. Resistirá.

—Lo sé. Igualmente, ella no es lo único que me inquieta—respondió, volviendo a observar la luna. — ¿Qué ocurre? —Pronto será cuarto creciente. El chico tenía buena memoria, y recordó al instante las palabras de Val el primer día. —La Bestia de la Destrucción…—murmuró. —Exacto. Y ella es la peor de todas. Me temo que esta vez lo tendremos realmente difícil. — ¿Tan horrible es?—Eric estaba empezando a asustarse. —Ella es…diferente a las demás. Y creo que hacer que recupere la memoria no ayudará mucho. — ¿Qué quieres decir?—preguntó, confuso. —La Bestia de la Destrucción es la más propensa a caer en la tentación y seguir al Mal. Ella fue la primera que se alió con Luzbel, y engañó a La Bestia de la Epidemia, aprovechando que era la más influenciable de todas, para que se pusiera de su parte. —Pero… ¡si son criaturas del Creador! ¿No se supone que deben velar por el bien? —Sí y no. Verás, Eric, las dos bestias con las que te has encontrado hasta ahora son las más débiles y simples del grupo. Tienen la mentalidad de un animal. Pero de ahora en adelante, las cosas serán distintas, pues el resto de las bestias son inteligentes, y tienen raciocinio propio. Incluso podrán comunicarse contigo—añadió, sin poder evitar pensar en una en concreto—. Por supuesto que todas tienen el deber de proteger este mundo, pero las hay que realmente creen en ello y las hay que lo hacen solo porque están obligadas a hacerlo. Cada una tiene su propio carácter. Eric lo contemplaba fascinado mientras hablaba. ¿Cómo era posible que supiera tantas cosas? Val en realidad ni siquiera llegaba a los treinta años, pero la profundidad de su mirada lo hacía parecer mucho más mayor. El chico se preguntó qué cosas habría visto, y qué cosas le quedaban aún por ver. Su cicatriz en el ojo derecho llamaba la atención al instante, y su origen era un misterio incluso para su dueño. Se preguntó cómo se la habría hecho, y si alguna vez ese lado oculto habría visto algo. —Val, ¿puedo hacerte una pregunta? El hombre lo miró sorprendido. —Claro. — ¿Por qué empezaste esta lucha? Aquello volvió a sorprenderlo de nuevo, pero al cabo de un rato sonrió. —Eso depende de si lo que me quieres preguntar es porqué lucho ahora, o porqué quise luchar en su momento. —Un poco de ambos. —Ahora es porque defiendo un ideal, quiero ayudar a Metatrón y a los demás a ganar esta guerra contra Luzbel y traer la ansiada paz al mundo. Puede que sólo sea un mero sueño, pero es lo que me impulsa a seguir viviendo. Pero en su momento…lo hice por una promesa. — ¿Una promesa? —Una promesa a mí mismo. Antes incluso de saber a lo que me enfrentaba, antes de que Metatrón viniese a buscarme y me revelase esta misión, yo ya me había jurado luchar en esta guerra. Porque me había prometido partir, y buscar a los dos únicos amigos que había tenido en el mundo. Ambos se preguntaron qué posibilidades tenía aún de lograrlo. Dónde se encontrarían en ese momento.

***

Los secuaces de Luzbel estaban por todas partes, y él, sin moverse de su trono, podía controlar todo lo que ocurría en el mundo exterior. En ese momento observaba divertido al pequeño grupo de humanos que seguía vagando, sin rumbo. Era una batalla perdida. Ni siquiera le preocupaba que ellos consiguieran a las dos primeras bestias, pues esas dos tontas no merecían que él actuara. En realidad, no importaba quién conseguía los diamantes, pues siempre podrían robárselos entre ellos. Incluso podía dejar que aquellos ridículos e insignificantes humanos hicieran la tarea por él, y arrebatárselos después. Bastaba con que se hiciera con una sola de las bestias para que no consiguieran reunir la joya completa. Y con La Bestia de la Destrucción, la suerte estaba echada. No, eso no le preocupaba en lo más mínimo. En ese momento centraba todo su interés en aquella bella muchacha de cabello oscuro y ojos verde esmeralda. Ella era diferente a las demás, era inteligente y desconfiada. Esa chica sabía buscarse la vida, y no perdía el tiempo apiadándose de nadie, ni siquiera de sí misma. Su belleza, determinación y elegancia lo fascinaban. Hacía tiempo que ninguna humana lo atraía tanto. Pronunció su nombre, mientras sentía crecer en él el deseo y la lujuria. En cuanto los atraparan, dejaría a la hembra pelirroja para sus secuaces, pero Elidi sería suya. Quizá era ya hora de buscarse a una nueva reina. Se estaba cansando de Atanasia.

Marcada Por Charo Arqued Por fin la agónica sensación que precedía a la muerte abandonaba a Aura. No estaba segura si fue salvada o contrariamente las sombras que la rodearon habían sido las ganadoras de la batalla. En su corta vida siempre fue una chica de espíritu luchador y en estos, sus últimos momentos, no sería menos. Armada de valor, respiró hondo y abrió poco a poco los ojos dispuesta a encarar su destino. El sol se imponía de forma cegadora sobre un cielo azul como nunca recordaba haber visto, provocando que Aura tuviese que poner su mano a modo de visera para poder observar todo lo que la rodeaba. Frente a ella una pequeña colina de pasto verde se alzaba dando grandiosidad al entorno. Un tremendo sentimiento de paz se respiraba en este mundo de ensueño; pero al igual que sabía que la paz que sentía era irreal, tan solo producto de sus anhelos, sabía que tras esa colina se encontraba la verdad de su mundo. Una parte de ella, aunque ínfima, quería desatender esa voz interior que le decía que ascendiera hasta la cima para conocer el destino que les deparaba. Esa pequeña parte de ella quería quedarse en esta pradera de felicidad y evadirse de todo, excepto de la sensación que le había producido ese bello ser alado cuando extendió sus manos reclamándola para sí; a ella y a lo que portaba. Los remordimientos la atenazaron, ella era la guardiana de las joyas de las Bestias, la portadora del estandarte, tenía que salir de ese sueño que hostigaba su mente. Con paso raudo se dirigió hacia la colina empapándose de la belleza que la envolvía. Pasaría algún tiempo hasta que sus ojos vieran de nuevo, fuera de un sueño, cielos azules y tierras floridas, suponiendo que ese día llegara para ella y no pereciera en el camino; porque si de algo estaba segura en la vida, era que la luz ganaría la batalla a Luzbel y el mundo renacería de la mano de los valientes que lucharían para que las Bestias Sagradas del Creador no cedieran ante los engaños de los moradores del averno. Absorta en sus pensamientos anduvo el largo trecho hasta la cima de la colina y una vez allí lo que vio hizo que una neblina de pesimismo azotara su ser. Ante sus ojos, un centenar de Ángeles luchaban entre sí, la situación era caótica. La tierra temblaba cuando uno de estos seres, fuese de alas blancas o negras, posaba sus pies sobre esta. Cada vez que un Ángel de luz era alcanzado una nueva brecha se abría en el cielo, resquebrajándolo más de lo que ya estaba; si se trataba de un oscuro el que era derrotado, la vida volvía a resurgir donde este yacía. Si descendía esta pequeña colina dejaría un mundo florido y lleno de vida, en el cual el sol podría calentar su alma, para adentrarse en un mundo de parajes inhóspitos, que tan solo de contemplarlo dejaba su cuerpo aterido. Aquí solo ella tenía la potestad de decidir qué lado elegir, nadie le recriminaría su decisión, excepto su propia conciencia. El grito de una voz familiar hizo que sus reflexiones quedaran relegadas a un segundo plano y que todos sus sentidos se centraran en los humanos que se encontraban en el centro del páramo. Cubiertos por un manto de luz, Eric, Kaal, Elever y Laela, fijaban la vista en el cuerpo sin vida a los pies de la gigantesca Bestia de 4 ojos y armadura de plata, mientras Metatrón y Luvriniev, espada en mano, intentaban protegerlos sin mucho éxito. La respiración comenzó a acelerársele conforme el estupor que embargaba su mente dejaba paso a la comprensión, era Val, su Val, quien permanecía inerte a los pies de la Bestia de la Destrucción. Sin pensarlo un segundo se dispuso a incursionar en ese mundo de caos y robar de las garras de la Bestia el cuerpo de su líder. Ese guía al que decidió seguir ofreciéndole su

hombro como apoyo, al igual que lo haría una hermana pequeña o una buena amiga. Ese hombre al que ahora, viendo su cuerpo sin vida, tenía que reconocer que no solo le había ofrecido su hombro, también sin ella pretenderlo, le había entregado su corazón; suyo para amar o desdeñar, ya no solo como amigo o hermano, sino como hombre. Guiada por el corazón y no por la razón, pues sabía que ella correría la misma suerte que su amado si enfrentaba a la Bestia, comenzó a descender, pero tan solo un paso pudo dar antes de que unas fuertes manos apresaran sus antebrazos. — ¡No! La simple palabra, aunque dicha con autoridad, la dejaba indefensa ante el ser que ahora posaba los labios en su hombro. Notó el calor que emanaba el cuerpo tras ella conforme este pegaba su torso a su espalda. Otra vez esa sensación sensual y de excitación inquietaba su cuerpo. — No puedes hacer nada por ellos…aquí no. —Habló su asaltante mientras pegaba más su cuerpo al de ella. — Envidio a ese humano, es afortunado, el corazón de la guardiana le pertenece, pero a la vez le desprecio porque no sabrá ver tan preciado regalo… ¡Lo que daría yo por poder disfrutar de tus favores!, pero todo se andará, espero que llegue el día que tu corazón desee mi redención. Aura intentó zafarse de su agarre y encarar al malvado ser que hacía que de sus labios escaparan involuntariamente leves jadeos, siendo consciente que con ello ensalzaba el ego del secuaz de Luzbel — ¡Suéltame maldito esbirro de Lucifer, mi corazón jamás albergara nada hacia vosotros! —musitó Aura con voz temblorosa, pero llena de convicción. Su vista estaba centrada en el cuerpo sin vida de su amado, su corazón lloraba su muerte, no obstante su cuerpo traidor acompasaba los movimientos de su captor, sucumbiendo a las caricias del malévolo Caído. — Mi bella mortal, tu cuerpo no piensa lo mismo… —dijo con voz seductora— de todas formas mi misión aquí es otra. Sería estúpido por mi parte cometer el mismo error que me llevó a estar siglos encadenado a una piedra… ¿No crees? Azazel libró de su agarre a la humana y se posicionó a su lado. Observó como toda la excitación, que momentos antes había saturado a la guardiana, era reemplazada por una rabia que la hacía resplandecer en su belleza. Después de tantos siglos seguía sin entender porque el Creador los condenó por amar a sus hijas, eran sublimes a sus ojos, seres creados para venerar. Puede que ese fuese el problema, que se sintieron mas atraídos por ellas que por el mismísimo Creador. — Estoy aquí para procurar por vosotros en esta batalla. Como comprenderás no puedo presentarme ante vosotros estando esos dos cerca…—dijo señalando con la cabeza a Metatrón y Luvriniev— por lo que lo haré cuando tu consciencia alcance el plano de los sueños y solo la tuya, confío en tu buen juicio para que este sea nuestro pequeño secreto. — Aseveró con tono burlón y guiñando el ojo. Aura intentaba engranar todas las piezas en su cabeza. A su lado un sicario del mal le ofrecía su ayuda para sobrevivir al despertar de las Bestias. Según él había estado preso por siglos y estaba claro que solo uno de sus verdugos era el responsable de su liberación, por lo que, pese a ser un Caído, su misión era encomendada por un ser de luz, tenía que saber quién era. Abrió la boca con la intención de interrogar al Ángel o Demonio, pues ahora no estaba del todo segura como definirlo, y despejar sus dudas, pero él, posando un dedo sobre sus labios, acalló sus palabras antes de que estas fuesen pronunciadas.

— Se que en estos momentos en tu cabecita la incertidumbre te hace desconfiar, pero escúchame y después decide. Si quieres creerme bien, si no, pues también. Será solo tu decisión. **********

Elidi estaba desesperada, aunque habían tenido la suerte de encontrarse con los compañeros de viaje de Laela, seguían sin dar con Val, Eric, Kaal y la propia Laela, tampoco ayudaba que Aura no despertara. Por más que el viejo curandero hacia bajar por su garganta los líquidos ambarinos de sus botellitas, ella no respondía. Hacía tres días que no sabían nada de los suyos y solo la idea de que algo le hubiese pasado a Kaal hacia que su corazón se contrajera…<< ¿Desde cuándo te preocupas por nadie que no seas tú? >> pensó Elidi, pero no necesitaba respuesta para esa pregunta, era lo que tenía el amor. La mala fortuna siempre había sido su compañera en la vida, para ella ese sentimiento que tendría que ser sinónimo de felicidad y alegría suponía sufrimiento y desesperación. — ¡Elidi, Elidi! —La llamó Elever, mientras hacía aspavientos con los brazos reclamando su atención— ¡Se ha despertado!, ¡Aura por fin está con nosotros! Salió tan disparada que apenas los pies rozaban el suelo, parecía que después de todo no estaban dejados de la mano de Dios como ella llegó a pensar. Aura despertó entre arcadas, el líquido que segundos antes había bajado por su garganta estaba ansioso por salir de su cuerpo. El vómito no tardó en llegar y doblándose en dos vació su estomago, el cual solo albergaba el asqueroso brebaje. — ¡Por Dios chiquilla, no sabes el susto que nos has hecho pasar! —le espetó Elever. Aura sentía su cuerpo débil y la cabeza todavía le daba vueltas y para colmo el anciano curandero le reprochaba el haber estado sumida en ese sueño profundo. Miró a su alrededor buscando el rostro de Val, pero no lo encontró, ni tampoco el de Eric; lo que si advirtió fue la presencia de personas que, aunque sus caras no le eran del todo desconocidas, sabía que jamás había conocido fuera de su sueño. Todos estaban allí: el Arcángel Pravuil reencarnado en humano, el cual sería el único que podría mermar el poder demoledor de la Bestia de la Destrucción, los gemelos que despertarían a la Bestia de la Sabia Inocencia y Elidi, quien también tenía su propia misión en esta batalla. Las palabras de Aza… << ¡No Aura! Recuerda lo que él te dijo… -Nunca pronuncies mi nombre, solo cuando quieras requerir mi presencia. Cítalo en tu mente y yo apareceré ante ti. Te doy el poder de saber mi verdadero nombre, en tus manos dejo mi destino, pues allá donde aparezca o ante quien aparezca será a tu juicio. Soy tu fiel siervo mi guardiana- … ¿Realmente sería portadora de tal poder? >> Parpadeó varias veces y enfocó la vista en los labios de Elidi que articulaban las palabras que poco a poco sus oídos comenzaban a captar. — Llevas inconsciente tres días, llegamos a pensar que nunca despertarías. No sabemos que ha sido de quienes fueron a combatir a la Bestia de la Peste. Por suerte encontramos a los compañeros de Laela, ellos tenían comida y bueno… ¿Estás bien Aura? —Preguntó Elidi algo preocupada. — ¡Si, sí, estoy bien! Ahora tenemos que darnos prisa. Yo sé cómo encontrarlos, solo debemos seguir el camino que él nos guie… —dijo señalando al hombre que según el innombrable era el único Arcángel con alma— Esta noche es cuarto creciente y tenemos

que llegar al despertar de la Bestia antes de que sea demasiado tarde. —Manifestó Aura con voz de mando. El grupo se apresuró a seguirla. Nadie cuestionó su orden, aunque la mirada inquisidora de Elever y Elidi le dejó bien claro que les debía algunas explicaciones y ella se las pensaba dar, les contaría todo lo que le fue revelado en su sueño. Un nudo atenazó su garganta y sus ojos comenzaron a aguarse. La imagen del cuerpo sin vida de su querido Val desgarró por segunda vez su corazón, pero tenía que ser fuerte, llevaría a Pravuil a su destino lo quisiese como si no, no permitiría que Val muriera. Un escalofrío recorrió su cuerpo cuando se percató que no había dudado, ni tan siquiera un segundo, en desdeñar la vida de un hombre para salvar la de otro. Era muy posible que sus conocimientos recién adquiridos les sirviesen para luchar contra las fuerzas del mal, pero… ¿A qué precio? Sus dedos fueron directos al símbolo tatuado en su antebrazo. Era el nombre del Caído y según él una protección que la mantendría a salvo frente a Orpra, el secuaz que pretendía apoderarse de la joya de la Bestia. Esperaba no estar equivocada, porque como bien le había dicho su supuesto protector, sería su decisión. Solo deseaba no envenenar su alma en el camino, aunque en estos momentos lo haría gustosa por salvar las vidas de todos sus amigos. **********

Val estaba inquieto. Metatrón los había guiado hasta el lugar donde despertaría la tercera Bestia y en los dos días que habían tardado en llegar a su destino tuvo esperanza de encontrarse con las chicas y el anciano, pero no fue así. A Laela por alguna razón, la cual no comprendía, le había resultado imposible contactar con ellos a través de su visión astral. La imagen de la dulce chica, con la cara empapada por las lagrimas y agarrando su garganta, sucumbiendo al estupor de la muerte le había perseguido durante estos tres días. Había llegado a tener la descabellada idea de que esta valiente y bella mujer de cabellos rojos podría llegar a conseguir que su exánime corazón volviese a latir, después de todo había clavado una daga en el corazón de Atanasia para salvar a Aura. Aunque no se tratara de ella en verdad, si tenía su apariencia y eso ya era algo, estaba seguro que de ser la verdadera lo hubiese hecho igualmente. El ruido sobre la colina hizo que Eric y Kaal se posicionaran junto a él con las armas ya dispuestas. Contrariamente a lo que esperaban, sobre la cima, la figura de una mujer cobró vida bajo la penumbra que otorgaba la luna. Un codazo en las costillas hizo que Val desviara la vista y mirara con reproche a Eric, pero en cuanto vio que su rostro, hasta ahora de gesto compungido e incluso algo cetrino, cambiaba exhibiendo una sonrisa de verdadera felicidad y, para dolor suyo, de amor, se apartó de ellos con la cabeza gacha; negándose el poder sostener entre sus brazos a la persona que le había devuelto las esperanzas que nunca pensó tener. El verdadero amor era anteponer al ser amado sobre uno mismo y eso pensaba hacer, dejaría que fuese el chico quien la sostuviera en sus brazos y prodigara las caricias que él se moría por dar. Le había arrebatado a la muchacha la posibilidad de una vida en la que la ignorancia era sinónimo de una efímera felicidad, por eso no la despojaría de lo que ella era merecedora, ser amada sobre todas las cosas. *********

— ¡Azazel! —El grito de Lucifer resonó en el averno, provocando que nuevas grietas se abrieran en la baldía tierra, dejando escapar de ellas nuevas sombras oscuras que se retorcían entre los vapores nauseabundos de las profundidades del infierno. Se sentía impotente sentado en su trono sin poder salir de esta prisión, porque eso era lo que el infierno suponía para él. Todo aquel que permanecía aquí lo hacía por un castigo autoimpuesto. No era sabido, pero tan solo él era el único ser que no podía salir de aquí. Su salvación, su escape de esta infesta morada, recaía en las manos de sus aliados y ahora uno de ellos había aunado esfuerzos con sus enemigos, los malditos mortales.

Almas caóticas Por ChrisMuñoz Aura y Kaal habían formado parte de su vida desde que tenía memoria. Habían nacido y crecido en el mismo pueblo y el hecho de tener la misma edad había contribuido bastante a ese hecho. Desde que escaparon de su pueblo, los tres se habían quedado solos y no concebía la idea de perderlos a ninguno de los dos. Por eso, cuando Eric vio aparecer a Aura después de tantos días sin saber de su paradero, sintió un vuelco al corazón de puro alivio y alegría. Sin pensarlo ni un momento, corrió hacia ella y la abrazó con fuerza, estrechándola contra su pecho. Notó cómo ella le correspondía con efusividad y sintió en lo más profundo de su ser no haber estado a su lado cuando estuvo inconsciente. Pero pronto notó cómo ella se desprendía de sus brazos y corría a reunirse con Val. No pudo evitar sentirse un poco idiota, ahí plantado mirando como su amiga se alejaba de él, así que optó por marcharse y fingir que nada había pasado por su cabeza. Aura, mientras tanto, estaba radiante de felicidad al poder por fin abrazar a Val, había pasado mucho miedo y pensaba que no le volvería a ver más. Pero su encuentro con él ni fue ni mucho menos tan efusivo como con Eric. Este parecía ausente y su abrazo era realmente distante, sólo se alegró de haberla vuelto a ver y luego les indicó a ella y al grupo que les acompañara. No pudo evitar entristecerse, había deseado con todas sus fuerzas volver a estar con él, ¿y ese era su recibimiento? ¿Acaso ella estaba equivocada y había interpretado mal las señales que pensaba que Val le mandaba? —¡Aura no te quedes ahí parada!—oyó de pronto la voz de Elidi mientras tiraba de su brazo para que se moviese. Ella entonces la siguió sorprendida por la brusquedad con la que hacía avanzar, ¿qué le pasaría? Durante el camino parecía mucho más animada ante la idea de reencontrarse con los demás, pero ahora tenía los labios fruncidos y parecía tremendamente disgustada. No pudo evitar preguntar: —¿Elidi?—al ver que la chica se daba la vuelta para encararla y el gesto que le dedicaba no era muy amistoso, dudó si continuar hablando—, ¿es… estás bien? —¡Por supuesto que sí!—contestó ella, aunque claramente no era así—, sólo estoy algo cansada y los demás también. Aunque no parezca importar mucho mientras tú estés bien. Tras decir lo que realmente estaba pensando, soltó a Aura y siguió caminando siguiendo a Val junto a los gemelos que ahora no se separaban de ella. Aura se quedó en silencio, sin saber qué hacer. No comprendía nada, ni la frialdad de Val, ni el repentino enfado de Elidi y Eric… ¿Dónde estaba Eric? Dio una vuelta completa sobre sí misma y no le halló por ningún lado. ¿Cuándo se había marchado de su lado? Se vio en un momento sola y tuvo que echar a correr detrás de sus compañeros para no perderlos de vista. El mal humor de Eric, sin embargo, no disminuyó y no entendía por qué. Se sentía mal sin tener motivos para ello y, como siempre que estaba de mal humor, estaba sentado apartado del grupo mirando a la nada con el entrecejo fruncido. No podía evitar sentirse estúpido por esos sentimientos que no comprendía, Aura era su amiga, ¿por qué tenía que molestarse porque se alegrase de ver a otro hombre? ¿Por qué sintió cuando ella se apartó de sus brazos para abrazar a Val como si algo dentro de él hubiera sido arrancado de la peor manera? Estaba muy confuso y sentía ganas de salir corriendo. Mientras su cabeza se

volvía un hervidero de confusión, Eric volvió la vista hacia el cielo. La luna en cuarto creciente le saludaba rodeada de estrellas, imperturbables, como si no les afectase nada de lo que estaba ocurriendo bajo ellas. Ya estaban en el lugar donde despertaría la tercera bestia y todo lo que Val había dicho se había cumplido, ¿por qué no aparecía? “Estás perdiendo el tiempo”, una voz de pronto le habló en el fondo de su mente, sobresaltándole. ¿Había sido un pensamiento?, “¿No te das cuenta que no es verdad nada de lo que te dicen?”. “Además, por más que trates de que Aura te mire, no lo hará. No eres nadie para ella, eres estúpido”. Eric se sorprendió ante ese último pensamiento, le parecía muy ajeno a él, pero a la vez tan propio que se sentía confuso. ¿Así era como se sentía? “Pero no es culpa tuya, la culpa es de Val, él es quien te quita el cariño de Aura. Si él no estuviera, ella te querría a ti, ¿verdad?” ¿Era verdad? Siempre se había sentido pequeño ante la admirada figura de su líder, pero él también era importante, había vencido a la Bestia de la Epidemia. “Deberías acabar con todo esto, Aura y tú no necesitáis a nadie más. Deberíais iros y vosotros podréis vencer a Luzbel. Ya habéis vencido a dos Bestias, ¿por qué no podríais con los demás?”. ¿Irse? ¿De verdad estaba pensado en irse? Sin darse cuenta se vio fantaseando con esa idea, Aura y él solos luchando codo con codo contra los esbirros de Luzbel, sin que nadie se interpusiera entre ellos. Sonrió ante aquella imagen que cruzó su mente, quería que las cosas fueran así y sabía lo que tenía que hacer. Muy seguro de sí mismo y envalentonado, se levantó y volvió al campamento perdiéndose en la oscuridad, pero el reflejo de su espada siendo desenvainada a la luz de la luna brilló por todo el bosque. Mientras, en el campamento, otros problemas se estaban desencadenando. Lo que en un principio parecía un simple enfado sin importancia, a Elidi se le fue de las manos. Ni siquiera pudo disfrutar de un rato a solas con Kaal. Ambos se habían encontrado tras el momento de efusividad del grupo hacia Aura y había sido reconfortante para ella que él fuese el único que se alegrase por volverla a ver. Pero su encuentro no fue tan efusivo como el de Aura y Eric. Aún apenas se conocían bien y recién ambos estaban descubriendo sus sentimientos, aunque el otro los desconociese. Se sentían muy torpes actuando. Simplemente Elidi le sonrió y le presentó a los gemelos, durante el viaje se había encomendado a la tarea de protegerles y se habían unido mucho. Después de ello, siguieron a Val hasta el campamento improvisado que habían levantado en espera del despertar de la bestia. Pero este seguía ausente y al rato desapareció dejándoles más confusos de lo que ya estaban. Elever y Laela se habían acomodado al lado de ellos y habían comenzado a hablar sobre la bestia que despertarían de un momento a otro. Elidi estaba molesta. Primero los ignoran y ahora tenía que esperar por algo que nadie parecía estar seguro de cómo aparecería. No podía evitar que su desconfianza aumentara a medida que pasaba más tiempo allí sin hacer nada. “¿Por qué insistes en permanecer al lado de quien no le importas?, de pronto ese pensamiento rondó su cabeza. Al contrario que Eric, ella no se inmutó, llevaba mucho tiempo pensando en lo absurdo de su campaña y aquel pensamiento sólo le daba razón, “Si no hubiera sido por Aura, nadie os hubiera extrañado, ¿por qué persigues una campaña que sólo pone en peligro a ti, a Kaal y a los gemelos?”

Ese último pensamiento sólo la hizo irritarse aún más. Era cierto, sólo perdían el tiempo, se ponían en peligro y nadie reparaba en ellos. Val parecía saber más de lo que quería contarles, a Eric sólo le preocupaba Aura y Elever y Laela también parecían ocultarles cosas, Aura… “Aura es débil y lo sabes. Es la guardiana de las joyas de las bestias porque tiene el favor de Val, no porque ella lo merezca. Lo sabes, no debes proteger a alguien que sólo es una carga”. “Deberíais olvidar esta empresa y salvar la vida, que sean ellos los que mueran”. Se estremeció por este último pensamiento, ¿de verdad pensaba eso? Sin embargo, no pudo evitar sentirse de acuerdo ante los últimos acontecimientos de su vida. Aura había sido una carga y si no hubiera sido por ella, hubiera muerto. ¿Acaso eso no importaba? Pero de pronto, sus pensamientos fueron interrumpidos por la aparición repentina de Eric. Estaba muy raro, caminaba como obcecado en algo y llevaba la espada en posición de defensa. Kaal también se había percatado del comportamiento de su amigo y se levantó corriendo a bloquearle el paso. No comprendía qué le ocurría, estaba como ido, demasiado enfadado como para ser él e iba armado. Eso no podía acabar bien. Kaal se interpuso en su camino y le agarró del brazo con fuerza cuando vio que Eric estaba dispuesto a atacarle: —¿Qué te pasa? ¿Estás loco?—le preguntó alterado. —¡Apártate de mi camino!—contestó Eric fuera de sí—. Aura y yo nos vamos y nadie se interpondrá en nuestro camino. Ante aquella respuesta tan fuera de lugar, Kaal se quedó muy sorprendido y bajó la guardia. Eric le golpeó con la empuñadura y lo apartó de su camino. Buscaba a Aura, cuando la encontrase, ambos se marcharían y si alguien se interponía, sufriría bajo el filo de su espada. “Ellos sólo quieren impedir que seas feliz, Aura te espera para que os vayáis. No dejes que te detengan”, sus pensamientos estaban desatados, no había manera de contenerlos. De pronto, unos fuertes brazos rodearon sus hombros obligándole a detenerse. Se dio la vuelta y se encontró con Kaal y sus ojos verdes brillando de furia. Antes de que pudiese hacer nada, recibió un puñetazo en la cara que le dejó tambaleando y por el que soltó la espada: —No sé qué te pasa, pero no permitiré que hagas daño a nadie. ¿Acaso eres idiota? ¿Quieres arruinar todo? “Siempre te está llamando idiota, siempre te está atacando. ¿Vas a permitir que siga así?” Furioso, Eric se irguió y corrió en dirección a su amigo para devolverle el golpe. Pero algo se interpuso entre ellos, la figura de Elidi medió entre los dos muy seria y también furiosa: —¡No permitiré que hagas daño a Kaal! ¡Estoy harta de vosotros! Aura no se irá contigo a ninguna parte, eres un idiota. Estoy harta de que sólo os importe ella. —¡Apártate de mi camino!—gritó Eric conteniendo las ganas de atacarla a ella también. Pero Elidi no sólo no se apartó, sino que además le golpeó con fuerza en la cara. Esperaban que así el chico recuperase la razón, pero más lejos de realidad no podía estar. Parecía haberse enfurecido más al empujarla a un lado para quedar enfrente de Kaal. Este también le miraba. No sabía por qué estaba tan enfadado, pero ya comenzaba a estar harto de sus continuas estupideces. “¿Cómo puedes ser amigo de alguien que siempre te está menospreciando y que pierde el control de esa manera?” “Deberías ponerle en su sitio de una vez”. Esas palabras habían sonado con fuerza en su cabeza, dándole la razón a todo lo que estaba pensando. Aunque era su amigo desde que tenía memoria, Eric siempre le había dado

problemas, era demasiado inseguro y ello le hacía perder el control. Siempre siguiendo a Aura a pesar de que ella nunca le prestase atención. Era tan estúpido, no le soportaba… “Eso, no le soportas, le odias, si estáis juntos es porque os criasteis juntos, no porque tú lo consideres tu amigo. ¡Golpéale otra vez! ¡Demuéstrale cuán poco le soportas!” Y le hizo caso. Volvió a pegar a su amigo y éste no se quedo quieto porque le devolvió el puñetazo. La pelea había comenzado y Elidi se había unido a ellos sin intentar separarles. Todo se volvió un caos. Laela estaba horrorizada, por más que trataba calmarles con el poder su mente, era imposible. Estaban fuera de sí, algo estaba interponiéndose en su labor y esos ataques de furia no provenían de ellos. Miró a Elever y él lo comprendió. Necesitaban a Val y a Aura. Apartado en una zona segura, una figura encorvada contemplaba la situación con una sonrisa sesgada cruzando su rostro. Los humanos eran débiles, sólo había necesitado azuzar sus sentimientos más ocultos para provocar el caos. Él sabía lo que les atormentaba y sabía cómo jugar con ello para que todo siguiera su camino. La Bestia de la Destrucción no podía despertar por sí sola, necesitaba un aliciente. Un aliciente de caos que, unido a la fase de la luna, provocase su despertar más destructivo. Podía sentir cómo el suelo temblaba bajo sus pies. Su misión había sido un éxito. Ya nada podría detener el caos que provocaría el poder de la Bestia. Ajeno a todo aquello, Val se encontraba solo, reflexionando. Todo estaba dispuesto para el despertar la Bestia, ¿por qué no ocurría nada? ¿Se habrían equivocado? Contemplando la luna, no pudo evitar que sus pensamientos más importantes fuesen desplazados por otros que le estaban atormentando más. Aura. Su recibimiento hacia ella había sido frío y sabía que a ella la habría confundido, pero no lo pudo evitar. Le preocupaba el hecho de que una preferencia de ella hacia su persona desencadenase el distanciamiento de Eric. Conocía sus sentimientos y sabía lo inestable que era, era un buen muchacho, pero era inseguro, necesitaba tener a Aura. Aunque le doliese reconocerlo, no podía romper ese lazo. Por otro lado, estaba el recuerdo de Atanasia. Ella ha sido la mujer más importante de su vida y la habían utilizado contra él, era una guerra donde todo valía y no pensaba permitir que utilizasen a Aura en su contra. No podría soportarlo… —Val…—oyó de pronto la inconfundible dulce voz de la mujer de la que huía. Se dio la vuelta y la encontró frente a él, no muy segura de si acercarse o no. Él simplemente la miró y la invitó a acompañarle. Puede que hubiera pensado que lo mejor era distanciarse por su seguridad, pero no era piedra, ni mucho menos. Ella aceptó la invitación y tímidamente se sentó a su lado sin decir nada. Ambos se quedaron mirando la luna en cuarto creciente, no hacía falta que nadie hablase, todo estaba en perfecta armonía. Aura sentía que nada podía ser más perfecto, nada podía estropearlo. Inconscientemente, dejó caer su cabeza sobre el hombro de Val y ambos se quedaron como en una burbuja de intimidad en perfecta sintonía. Pero en aquel mundo, nada podría ser perfecto o simplemente feliz. Al momento, oyeron los pasos torpes pero apresurados de Elever. Ambos se dieron la vuelta y se encontraron al jadeante viejo, que parecía haber corrido más que en toda su vida, parecía tan alterado que ambos se levantaron de golpe, preocupados.

—¡Tenéis que volver, Val!—comenzó a hablar cuando logró recuperar el aliento—. Se han vuelto locos… ¡Eric se ha vuelto loco y ha atacado a Kaal! ¡Elidi también está fuera de sí! No somos capaces de controlarles. —¿Pero no podéis detenerles?—preguntó Val alterado. —Laela no puede entrar en sus mentes, algo parece bloquear sus intentos. Tenéis que volver. No sé cómo puede acabar esto. Ambos se miraron asustados. ¿Qué había pasado? Pero no pudieron dar ni un paso cuando de repente, el suelo dio una enorme sacudida que les hizo precipitarse contra el suelo. Se oyó a lo lejos un gran alarido desgarrador que les provocó un escalofrío cruzando su espalda, era como un alarido de una enorme bestia. Val palideció ante la verdad. La Bestia de la Destrucción había despertado y en el peor momento en que podría haberlo hecho. Tomó a Aura del brazo y miró a Elever, que también había llegado a la misma conclusión. Esa bestia era la más destructiva de todas y les había pillado con la guardia baja y en medio de un completo caos. Sólo había una cosa que podían hacer en ese momento para poder salvar la vida: —¡Corred!—gritó Val con fuerza a la vez que él emprendía el camino al campamento a toda velocidad.

Las tinieblas del corazón Por Rivela El suelo crujía bajo sus pies y temblaba tan erráticamente que les dificultaba mucho el paso. —¿Qué está pasando? —preguntó Aura asustada, pero nadie le respondió. Pararon en seco cuando las sacudidas se detuvieron de golpe. Val notó el fuerte agarre que tenía sobre ella y cuestionó su posición como líder. Había cometido ya un par de deslices durante su corta travesía con esos muchachos, no podía darse el lujo de complacer a su egoísta corazón y, mucho menos, perder la batalla contra Luzbel. «Has fallado. Les has fallado a todos. ¿Qué diría la Bestia de la Creación si supiera que depósito toda su fe y esperanza en un fracasado?» El murmullo de una voz viperina calaban profundo en él y continuó reprochándole: «¿A cuántas personas más arrastrarás contigo? ¿Cuántas personas deben morir para que estés satisfecho y te des cuenta que todo está perdido?» La voz estaba cargada de ponzoña e inyectaba directo a su sensibilidad las peores dudas y miedos. Era Orpra que, lentamente, llenaba a Val de veneno. De adentro hacia afuera, inmovilizaba su cuerpo y arrastraba su alma a las tinieblas del infierno. «Acéptalo. No has hecho más que guiar a todas esas personas a su muerte.» El demonio continuó susurrando cizaña dentro de su mente hasta hacer que sus piernas fallasen y, con la poca consciencia que quedaba en sí, Val se preguntaba por sus acompañantes. ¿Dónde estaban? ¿Se habían ido sin él? ¿Acaso lo habían abandonado? Por primera vez en mucho tiempo, Val sintió ganas de llorar. Una aflicción que nunca había sentido antes se atoró en su garganta impidiéndole respirar y, a pesar de decirse a sí mismo que no dejaría escapar lágrima alguna, conforme se fueron cerrando sus párpados una solitaria gota salada escapó del rabillo del ojo donde tenía su cicatriz. —Aura —clamó sumergiéndose en la oscuridad.

Una sonora carcajada se dejó escuchar en el bosque y, como si la resonancia del estrépito limpiara el entorno, todo volvió a una aparente calma. Kaal, Eric y Elidi se miraron entre sí, sin entender bien qué había pasado, rodeados de los pocos sobrevivientes y llenos de moretes y cortadas. —¿Qué ha pasado? —preguntó Eric con desconcierto. Los gemelos, que no hablaban demasiado excepto con Elidi, lo señalaron de manera acusadora. Él los miró pero, al advertir que los demás también lo miraban sorprendidos, bajó la vista a su pecho y oteó que una luz brotaba del mismo, más o menos a la altura del corazón. —¿Qué es eso? —Elidi inquirió atrayendo los niños hacia sí, mientras Kaal se interponía entre él y Pravuil. —N-no lo sé… —Eric tocó su propio torso, curioso por ese fulgor tan misterioso, y los halos que provenían de él se intensificaron tanto que parecía un pequeño sol. La luminiscencia de Eric fue temporal, duró lo suficiente para tranquilizar los corazones de los ahí presentes; después fue perdiendo fuerza hasta convertirse en una delgada línea que conectaba directamente con el cuarto creciente. La cara de Pravuil también empezó a brillar, aunque de manera diferente. Era algo mucho menos intenso, apenas un diminuto destello que desapareció en el momento que, en su frente, se dibujó un extraño símbolo de color dorado.

—¡¿Qué es esa luz?! —Elever rompió el silencio. Había llegado con Laela hasta el campamento improvisado y ambos estaban sin aliento, respiraban tan agitadamente que el soniquete resultaba algo perturbador, como si fueran animales y no personas. —¿Dónde está Aura? —cuestionó Eric escudriñando con la mirada más allá de ellos, en las entrañas sombrías de la frondosidad. —Olvida a Aura —reprochó Elidi—, ¿dónde está Val? Ambos mayores negaron con la cabeza. Ninguno de los dos se dio cuenta en qué momento los habían perdido, aunque no les cabía duda alguna que era obra de algún secuaz de Luzbel —la maniática risotada era prueba irrefutable de ello—. Tanto Elever como Laela se lamentaban el haber bajado la guardia en la noche más importante su misión y temían que, el no haber visto aún a la bestia, era señal inequívoca de su derrota ante las fuerzas del mal. «Aún no está todo perdido», pensó la guardiana celestial reparando, ya de cerca, el débil halo que unía a Eric con la luna. De hecho, fue la refulgencia proveniente de Eric la que los guió hasta donde estaban los demás y, de paso, apaciguó sus desbocados corazones rebosantes de incertidumbre y sobresalto. —¿Qué es esa luz? —solicitó Elever, ahora calmado y acercándose a Eric y Pravuil por turnos. —No lo sabemos —Kaal también se acercó a Pravuil y miró con atención el símbolo en su frente inclinándose sobre él—. ¿Crees que tenga que ver con la Bestia de la Destrucción? —Debe ser —Elever siguió el trayecto de luz hasta el cielo y suspiró—. ¿O crees que hayan sido los ángeles que nos protegieron? Todos guardaron silencio. Bien podría ser que Metratón y Luvriniev intervinieron a favor suyo, pero no les quedaban esperanzas de ello. La pelea entre los más jóvenes del grupo despertó en ellos un desasosiego que eran incapaces de calmar. Probablemente, más que los golpes en sí, las palabras trastocaron su tranquilidad. ¿Cómo seguirían ese viaje sin poder confiar los unos en los otros? Eric, Kaal y Elidi evitaban mirarse a los ojos, inclusive se eludían entre ellos porque lo dicho, fuera bajo el control de un ser maligno, escondía algo de verdad. Encima, la desaparición de Val y Aura, mermaba mucho las probabilidades que tuvieran de sobrevivir. —¿Crees que harían eso por nosotros? —la voz de Elidi era apenas audible. Los gemelos la miraron y ella sonrió triste. —¿Por qué no? —rebatió Elever—. Recuerden que esta lucha no es solo contra Luzbel y sus demonios, también es contra nosotros mismos. El silencio se hizo más tenso. Elever y Laela intercambiaron miradas antes de echarle otro vistazo a Eric. Ella caminó hasta el joven guerrero y puso una de sus manos sobre su pecho. Al instante el brillo se apagó y, como si hubiera absorbido ella la magia dentro de él, una esfera se formó en sus manos. Sus ojos, incapaces de ver, se iluminaron por unos momentos y empezaron a escurrir lágrimas por sus mejillas. —¡Rápido! —exclamó sosteniendo la bola con ambas manos—. ¡Todos deben tocar la esfera! El vínculo con el cuarto creciente se había perdido por completo y la tierra empezó a temblar ligeramente. — ¡Rápido! ¡No hay tiempo que perder! Se miraron unos a otros, dudosos y desalentados, mas el gradual aumento del sismo les hizo salir de su pasmo. Cada uno colocó una de sus manos sobre el objeto, este se rompió en pedazos que fueron absorbidos por su piel.

Ahora Laela, guardiana celestial y portadora de grandes poderes astrales, luchaba contra su propio abatimiento; sin embargo, a diferencia de los demás —y quizá por su edad y sabiduría— no lo haría sola: Elever la detuvo y le dio unas palmadas en los hombros cuando intentó alejarse del grupo para lamentarse a solas. —No hay tiempo para eso —le dijo él a sabiendas que eran palabras duras, pero no por eso inciertas. —Mi hermana… —musitó con voz quebrada— ¡ha muerto! ¡Fue ella quien detuvo la llegada de la Bestia! Elever asintió sin saber qué más decirle. No había dudas que esta batalla entre el bien y el mal les había cobrado una gran factura a todos, no obstante, y como él lo veía, lo más importante era permanecer vivos y juntos.

Luzbel, aún sentado en su trono, llamaba sin descanso a Azazel. Su voz retumbaba en todo el infierno y viajaba tan lejos su eco que se distorsionaba en el bramido de una bestia. —¡Azazel! —rugió una vez más, casi al borde de perder la paciencia. No dejaría que su larga espera fuera en vano. Por fin la humanidad estaba al borde de la extinción y las fuerzas celestiales estaban muy debilitadas; si tenía que pasar por encima de sus propios secuaces para triunfar, lo haría. Entonces, siguiendo ese pensamiento, su boca se curvó en una sonrisa siniestra y ladina. Era el príncipe de las tinieblas por muchas razones, ya era hora que hiciera uso de todo su potencial como ángel caído y señor de todos los demonios. —¡Azazel, yo te invoco! —el tono de su voz, aunque menos severo, seguía siendo imponente. Y no le quedó más a Azazel que aparecer ante su rey. Antes que su súbdito pronunciara palabra alguna, Luzbel sonrió de manera siniestra y se apresuró a hablar. —Azazel… —su tono de voz malignamente más suave y embaucador—. Tengo entendido que has estado jugando con los humanos. ¿Hay algún humano en particular que te llame la atención? —No, mi señor. —¿Ni siquiera esa mujer de cabellos rojos? —el cuerpo de Azazel se tensó notablemente— . No te preocupes, Azazel. No le haré nada ni tampoco a ti por traicionarme de esa manera. Por fin Azazel levantó la mirada hacia Luzbel, pero lo que veía no le tranquilizaba en lo más mínimo. «Si hay dos seres a los que no se les puede ocultar nada es a Dios y a Luzbel» pensó el demonio y, sorprendentemente, más que temer por sí mismo temía por esa humana. —Esto no podría ser mejor —Luzbel frotó sus manos y relamía sus labios—. Verás, esa mujer puede ser tuya. Lo único que tienes que hacer es traerla aquí al infierno. De esa manera podrías estar siempre con ella y nadie los separará, ni los ángeles ni esos humanos que tanto la protegen. —¿Qué tengo que hacer? La perversa sonrisa del primer ángel caído se ensanchó. Poco le importaba el destino de Aura y mucho menos lo que Azazel fuera a hacer con ella. No dejaría escapar una oportunidad tan perfecta como esa: estaba por hacer una jugada que le daría la ventaja en la guerra celestial. Orpra ya había despertado y removido todo lo negativo en los corazones de los humanos, solo quedaba esperar.

—Al amanecer despertará la Bestia —se dijo a sí mismo sapiente que alguien había interferido con las manipulaciones de Orpra—. No hay marcha atrás.

—¡Val! —gritó Aura a todo pulmón—. ¡Laela! ¡Elever! Llevaba un buen rato dando vueltas por el bosque. Había escuchado ruidos lejanos después del temblor y, en cuanto este cesó y Val la soltó, los perdió sin explicarse cómo. Dio un vistazo alrededor. ¿Había estado dando vueltas en círculos? ¿La habían dejado atrás? Eso explicaría por qué Val se portaba frío y distante con ella de manera tan repentina e injustificable. Quizá era esa la razón por la que Val la había soltado en medio del tumulto aquel, para deshacerse de ella y no tener que lidiar con un cariño no correspondido. Se mordió los labios de angustia y frustración. ¿Qué haría entonces? Sola, en un mundo reinado por las tinieblas y sin cabida en la grandiosa misión de salvar la humanidad y restaurar el orden en el mundo. —¿Qué pasa, querida? —bisbiseó Azazel a su oído sobresaltándola—. Te dije que me llamaras cuando me necesitaras. Aura no sabía cómo reaccionar. Si bien era cierto que necesitaba un hombro en el qué apoyarse, aún no estaba lo suficientemente desesperada y resentida como para ir directo a los brazos de un demonio. «¿En qué estás pensando?» se reprendió al reparar en la consideración de buscar consuelo en Azazel cuando este simplemente le ofrecía ayuda, y quién sabe bajo qué condiciones. —Vete de aquí. No te necesito —declaró firme dándole la espalda. —Si es lo que quieres… —su cuerpo se mimetizó con la oscuridad del bosque quedando solo sus brillantes ojos felinos visibles—. Yo solo quería ayudarte y decirte que tu amado Val está en peligro. Su autocontrol, si es que le quedaba poco, se perdió en un instante. Dio la media vuelta caminando uno o dos pasos en una dirección y en otra indagando en la negrura por Azazel. —¡¿Dónde está Val?! ¡¿Qué le han hecho?! —gritaba la guardiana de las gemas sin decoro—. ¡Llévame a donde está! Azazel sonrió para sí mismo amargamente al mismo tiempo que Luzbel reía con aires de triunfo y satisfacción desde su trono.

Una larga noche Por Nerea Aquella noche estaba siendo demasiado larga para todos. Aun quedaba mucho hasta el amanecer y sabían que no había tiempo para descansar. En el campamento improvisado todos estaban asombrados con lo que le había pasado a Laela y ella entendió que necesitaban respuestas. Así les contó lo que había visto en su mente: −Mi hermana a muerto, ha sido ella quien ha interrumpido el despertar de La Bestia, aun que creo que no será por mucho tiempo… −¿Pero cómo? No entiendo nada –dijo Eric preocupado. −Todo ha sido obra de Luzbel, él sabía qué mi hermana tenía unos grandes poderes astrales y envió a Orpra para jugar con su mente y con las nuestras. Seguramente consiguió manipular a mi hermana para que hiciera un hechizo que retrasara el despertar de la Bestia de la Destrucción, esos hechizos son muy peligrosos y pueden ser mortales a pesar de ser poco efectivos. Ahora no podemos saber cuando despertará. −¿Y cómo sabes todo eso? –preguntó Elidi. −Mi hermana y yo teníamos una gran conexión, creo que ha sido ella quién a través de Eric me ha mandado la respuesta junto con sus poderes. Que Laela hubiera heredado los poderes de su hermana provocó una pizca de esperanza entre todos, al menos ahora podrían estar más protegidos. −Tenemos que encontrar a Val y a Aura –dijo Laela –Sé que Luzbel y Orpra no están de brazos cruzados, todo lo han hecho para distraernos y hacernos perder tiempo. Debemos encontrarles antes de que la Bestia despierte. Así en la oscura noche todos se pusieron en marcha, buscando a Val y Aura por todo el bosque. *** Val estaba solo y perdido. No sabía que había pasado, seguramente sus compañeros habían decidido abandonarle porque sólo les traía desgracias. “Eso es Val, ellos no quieren que sigas conduciéndoles a una muerte segura. Deberías irte antes de que Metatrón y Luvriniev te encuentren, deben estar muy enfadados contigo.” Esa dura voz se le clavaba en la mente impidiéndole pensar claramente, estaba tan confundido que pensó que quizá era su propia conciencia la que le hablaba y le mostraba la realidad. −¿Oh que puedo hacer? –susurró destrozado. “No te preocupes Val, sólo tienes que encontrar un sitio dónde puedas empezar de nuevo, estás muy cerca. Si traspasas esa cortina de hojas verdes vas a descubrir que la vida puede ser mejor.” Val obedeció automáticamente. Se levantó y al traspasar la cortina de hojas descubrió un estanque iluminado por una luz blanquecina y suave, sin duda era hermoso. ¿Pero de dónde venía esa luz? Claramente no podía ser de la Luna y mirara donde mirara no encontraba el lugar del que provenía. “Val, deja de buscar y mira bien el estanque.” Volvió a decirle la voz de su cabeza. Él miró de nuevo y descubrió a unas preciosas y sensuales ninfas cepillándose el pelo, nadando, cantando…

−¡Oh Val! –Gritó una de ellas ilusionada –¡Te estábamos esperando! −Es nuestro querido Val, chicas –dijo otra sonriendo −Eres un hombre tan hermoso, llevamos tanto tiempo deseando que vinieras… Val seguía muy confundido y no entendía quienes eran esas ninfas ni porqué sabían su nombre, pero cada vez que intentaba cuestionarse algo esa voz sonaba de nuevo en su cabeza. “Disfruta, Val. Relájate y disfruta de ellas, están deseando que las poseas…” Entonces Val besó a una de las hermosas ninfas y cayó sobre el suelo sin conocimiento. Orpra rio orgulloso, había sido fácil engañarles a todos y tampoco le había costado tanto con Val. La única mente que le había costado algo de esfuerzo manipular era la de aquella chica con poderes, pero ahora ya estaba muerta. Realmente estaba disfrutando mucho jugando con las mentes de todos ellos y sobretodo con la de Val. *** Aura y Azazel llevaban mucho tiempo caminando por el bosque, ella no dejaba de pensaba en Val. Ni si quiera pensaba demasiado en los demás. Necesitaba saber dónde estaba su amado y salvarle del peligro que estuviera corriendo. −Azazel llevamos horas caminando ¿A caso pretendes engañarme? ¡Llévame hasta Val de una vez! –le gritó nerviosa. −Aura, preciosa. Estamos en camino. Por supuesto Azazel no pensaba llevarla hasta él, Aura sería suya. Ya no tenía escapatoria. Por fin había llegado al punto al que Luzbel le había ordenado ir, ahora irían hasta el infierno y esos humanos jamás volverían a saber de ella. −¿Azazel por qué te paras? −Yo sé que él esta cerca, querida –mintió esperando a que la puerta del inframundo se abriera para ellos. Pero nada sucedía, ni siquiera rugía la tierra. Aura comenzaba a preocuparse, no era tonta y cualquiera se daría cuenta de qué Azazel esperaba algo impacientemente. Sin duda aquél demonio no iba a llevarla a ninguna parte y mucho menos al lado de Val. Ahora lo comprendía todo, se había dejado engañar inútilmente. Vio la oportunidad y echó a correr, Azazel maldijo a su amo quién había incumplido su promesa y fue tras ella. No le costó alcanzarla. −Aura, mi queridísima Aura… ¿Por qué te empeñas en huir de mí? Ahora tendrás que ser mía, no puedo dejar que te marches –le dijo maliciosamente mientras ella comprendía lo que eso significaba. −¡No, no me toques! ¡Suéltame! −Lo siento cariño, pero debo hacerlo… -Azazel se disponía a violarla, era la única forma de que el alma de Aura fuera suya para siempre aunque no pudieran volver al infierno y Lucifer se enfureciera. Ya eso no le importaba, Aura tenía que ser suya de cualquier manera y estaba dispuesto a lo que fuese necesario. En su cara se mezclaban el placer y la ambición haciendo que Aura gritara y llorara desesperadamente, pero antes de que pudiera lograr nada una daga se clavó en su espalda. −¡Arg! -–se dio la vuelta y pudo ver a Eric desenvainando su espada, listo para una pelea en la que no estaba solo. Laela y Elever corrieron hasta Aura para ver si estaba herida.

Kaal, Eric y los guerreros que acompañaban a Laela estaban preparados para eliminar a Azazel de una vez por todas. Él intentaba quitarse la daga de su espalda y al hacerlo el dolor fue mayor y un líquido negro comenzó a salir de la herida, para su suerte Luzbel le invocó antes de que pudiera sufrir más daños. −¡Azazel! ¿Se puede saber que pretendías? ¿Ya no recuerdas lo qué sucede cuando te mezclas con una humana en la tierra? −¡Ella tenía que ser mía y ya no quería escucharme! −¡Ni querrá hacerlo jamás! Azazel deberías haber tenido paciencia. Pensaste que incumplí mi promesa y tomaste tus propias reglas. ¡Ahora pagarás el castigo por desobedecer a tu señor! –dijo con su imponente voz. Las sombras de Lucifer se llevaron a Azazel para que cumpliese su nuevo castigo. Atanasia sentada al lado del Caído veía todo cuanto le estaba pasando a Val. Pero no podía hacer nada más que sufrir en silencio, Luzbel la tenía bien atada al trono y ni si quiera le permitía hablar o llorar. −¿Y tú que miras, mi reina? –ella bajó la cabeza ante la mirada de desprecio que le dedicó – Pensándolo bien tampoco importa, pronto dejarás de ser digna de este trono, estoy cansado de tenerte aquí sin poder hacer nada contigo, ya no me complaces. Pensaba sustituirte mucho antes, hoy mismo. Pero Azazel lo ha estropeado todo, si hubiera esperado más los amiguitos del dichoso Val hubieran llegado a tiempo y habrían pasado las puertas del infierno, así yo ganaría esta guerra mucho antes y tendría a la mujer que quiero. Atanasia se sorprendió ante sus confesiones y se asustó, que él fuera a sustituirla no quería decir que fuera a volver con Val. Más bien le esperaría un destino peor, lo más seguro es que acabase en manos de cualquiera de los monstruos y demonios como Azazel. Tendría que comenzar a complacer al dueño de su alma de nuevo aunque no le gustara y traicionara a su verdadero amor. Ella sabía que los demonios se portarían peor que Luzbel, pues él al menos disfrutaba de ella con paciencia mientras que los otros devorarían su cuerpo el primer día que pudieran tenerla. Atanasia quería suplicarle, Lucifer lo sabía y solo él podía permitírselo. −Habla, reina. −Lucifer, mi rey… Te ruego perdón –suplicó –Te prometo que ya jamás dejaré de complacerte, por favor dame una oportunidad. Una sonrisa maliciosa se mostró en su rostro, había conseguido tenerla dónde quería. Ahora mientras no tuviera a Elidi disfrutaría de Atanasia. Aura se sentía muy mal consigo misma, sabía que no debería haber aceptado la ayuda del demonio y mucho menos seguirle. Ella era la guardiana de las joyas de las Bestias Sagradas y no podía permitirse esos peligrosos tratos con el otro bando ni dejar engañarse de esa manera. −No sabéis cuanto lo siento… Val está en peligro y yo he perdido el tiempo dejándome engañar por Azazel… Lo siento… −Vamos Aura, le encontraremos –la abrazó Eric sin poder remediar sus sentimientos. Ella aunque amaba a Val sentía un cariño especial por él y agradeció mucho que la abrazara. −Pongámonos en marcha por Dios –reclamó Elidi –Val no está y la Bestia aun no ha despertado y vosotros estáis aquí con cariñitos.

Kaal la cogió del brazo y la apartó del grupo antes de que los demás pudieran responderle de mala manera. −Elidi, no seas así. Todos lo estamos pasando mal… A veces la gente necesita un abrazo, un gesto. Cualquier señal de cariño para seguir adelante. Las palabras de Kaal llegaron a su corazón, pues en realidad ella sabía muy bien que era sentirse sola y querer el apoyo de alguien. Se avergonzó de su comportamiento y bajó la cabeza para ocultar sus lágrimas. −No llores, Elidi –la abrazó Kaal –Yo estoy aquí para ayudarte. Después de ese acercamiento Elidi se sentía más segura e incluso en su interior se despertó algo de ilusión, pero no podía dejar que creciera ni enamorarse. Sabía desde bien pequeña que el amor podía ser destructivo. −Chicos, pongámonos en marcha. Aun no sabemos dónde está Val y la Bestia de la Destrucción despertará en cualquier momento –les recordó Laela.

*** Val despertó sobre una colcha de hojas húmedas, a su alrededor seguían las hermosas ninfas en el estanque. −¿Qué ha pasado? −Querido, debes tener cuidado cuando nos beses –le respondió una de ellas. Val se sentía muy mal, parecía que con ese beso un veneno hubiera entrado en su cuerpo. −No me siento bien –dijo. −¿Cómo no puedes sentirte bien? Si estás mejor que nunca, mírate. Las ninfas le mostraron un espejo para que pudiera contemplarse, al hacerlo se vio con los dos ojos abiertos. La cicatriz había desaparecido pero él no sentía nada diferente. No lograba pensar con claridad hasta que la voz de Metatrón sonó en su cabeza “No sucumbas más al engaño, Val. Tú sabes que nada es real.” Entonces Val llevó su mano hasta la cicatriz que no veía pero que podía tocar en su cara perfectamente. −¡Es cierto mi cicatriz ha desaparecido! Las ninfas saltaron felices y Orpra cayó en su engaño. De repente Val con su espada atravesó a una de las ninfas que se transformó en lo que era en realidad seguida de sus compañeras, sombras. El estanque, la luz y toda la belleza recreada por el demonio desapareció. Ya no había más que el bosque y la noche de la que quedaba poco tiempo. Val no sabía aun quién estaba detrás de esa artimaña y solo pudo ver el cuerpo de una joven que yacía allí mismo. Trató de despertarla pero era inútil, parecía que estaba muerta pero no podía asegurarlo así que decidió hacer lo único que podía hacer. Sacó la poción que Elever le había dado para un caso de urgencia y depositó el contenido en la boca de la chica. Antes de que pudiera ver si hacía efecto Orpra apareció de la oscuridad. −Tú, maldito tuerto. Ya no puedes hacer nada por ella, gastó su vida en un hechizo para retrasar el despertar de la Bestia. Ahora por fin estáis dónde queríamos. ¿Crees que vas a poder luchar conmigo sin ayuda de tus amigos? Val muy alerta con su espada en mano se preparó para una lucha.

Orpra demonio de piel oscura y ojos amarillentos era muy poderoso jugando con las mentes, pero Val ya había aprendido la lección. −¡No vas a engañarme, demonio! Ya veremos, pensó él. De pronto el paisaje volvió a transformarse, esta vez Val estaba en el mar y Aura se encontraba dentro del agua jugando e invitándole a que fuera con ella. Pero Val no se iba a dejar engañar y corriendo con su espada atravesó el corazón de la falsa Aura que igual que las ninfas se convirtió en otra abatida sombra. Así lo que quedaba de noche se convirtió en una interminable lucha, Orpra no quería dar la cara y trataba de engañar a la mente de Val con sus sombras, pero no lo conseguía. −¿Por qué no dejas a tus sombras y luchas cara a cara conmigo maldito? –gritó Val ya cansado de sus juegos. −Porqué ya no hace falta… El amanecer ha llegado. En el momento justo en que comenzó a asomar el sol la tierra comenzó a temblar, la Bestia de la Destrucción estaba despertando al fin. Metatrón llegó hasta Val. −Val la bestia esta despertando. ¡Tenemos que impedir que se vaya con Orpra! La Bestia de la Destrucción había salido de las profundidades del bosque que ahora estaba destrozando. Era un ser enorme con grandes ojos verdes y de una piel dura como el hierro. −Val la Bestia se esta acercando, en cuanto la tengamos de frente tendremos que convencerla para que se quede con nosotros. Val asintió pero cuando se dio cuenta de que la Bestia se acercaba y no encontraba a la joven de antes comenzó a preocuparse. ¿Y si la aplastaba? No podía permitirlo. −¡Metatrón espera, he de encontrarla! Val le dejó allí solo y para cuando volvió con la chica en sus brazos Metatrón se encontraba abatido. −¡Metatrón! ¿Estás bien? ¿Qué ha sucedido? –preguntó alarmado. −La Bestia de la Destrucción… Se ha ido con Orpra… No he podido evitarlo. A Val se le vino el mundo encima. ¿Cómo habían fallado de esa manera? Además la joven seguía inconsciente, quién sabía si muerta. No se lo perdonaría nunca, si hubiera permanecido al lado de Metatrón la Bestia estaría con ellos. −No te culpes más y llama a Luvriniev. Obedeciendo llamó al otro ángel quién no vino solo. Ninguno se podía creer que Val estuviera allí. Aura iba a correr a abrazarle pero de pronto la chica de sus brazos despertó y Laela no podía creer lo que sus oídos estaban escuchando ni la presencia que estaba sintiendo: −¿Puedes oírme? –le preguntó Val a la chica que asintió −¿Cuál es tu nombre muchacha? −Flora. −¡Oh Flora, hermana mía! –Laela corrió hasta ella con lágrimas en los ojos −¡Gracias al cielo, pensé que jamás volvería a verte! Flora muy feliz se puso en pie y abrazó a su hermana. −Me salvé gracias a él, Laela. ¿Cómo te llamas? –le preguntó a su salvador. −Val, me llamo Val… −respondió tímidamente al darse cuenta de lo bella que era Flora. −Val, muchísimas gracias. Me has salvado la vida. Entre los dos se regalaron una intensa mirada llena de buenos sentimientos.

Val estaba contento de haber salvado a la hermana de Laela, además ella estaba muy agradecida y era muy hermosa… Sus castaños cabellos caían y se ondulaban en su espalda y sus ojos azules y sus labios rojizos emitían a Val una dulzura indescriptible. Aura observó la escena celosa. Parecía que su Val ya no estaba por ella… −Aura, me alegra mucho que estés a salvo –fue lo único que Val le dijo, ni si quiera le mostró un gesto de cariño. Los ángeles contaron a los demás que la Bestia de la Destrucción se había ido con el bando equivocado. −Es horrible. No podremos permitirnos otro desliz cómo este –dijo Eric –tendremos que ir con más cuidado. −Sí –dijo Aura –Ha sido muy fácil manipularnos y perder a la Bestia… Val habló entonces sintiendo la desilusión y preocupación de sus compañeros. −No podemos rendirnos ahora, ellos piensan que son más fuertes pero no lo tenemos todo perdido. Contra más seguro se sienta Luzbel más fácil será vencerle. ¡Nos prepararemos y no perderemos más batallas! Tras las palabras de su líder todos se calmaron, aunque sabían que no podían confiar ya ni en sus propias mentes no tenían elección que seguir su camino. Flora escuchaba a Val con más admiración que el resto y no podía dejar de mirarle pero él a pesar de sentir una gran atracción por ella seguía teniendo una espina de Aura clavada en el corazón. −Ahora dejemos que Metatrón nos cuente cómo la Bestia de la Destrucción se fue con Orpra y porqué él y Luvriniev no pudieron venir a ayudarnos –concluyó Val. *** Mientras tanto Lucifer se sentía bien satisfecho, la Bestia de la Destrucción era suya y de nuevo Atanasia le complacía. Realmente las cosas comenzaban a ir bien y muy pronto Elidi estaría con él y sería su nueva reina. Las cosas eran cada vez más fáciles para ganar la guerra y su nuevo plan para conseguir a Elidi y ganar de una vez la batalla no iba a fallar de nuevo. Además ahora Azazel no volvería a meterse en sus asuntos. Él estaba allí solo en su prisión. De momento había recibido unas cuantas palizas y sabía que el castigo de Lucifer no acababa ahí. Pero ya no importaba lo que el señor pensara hacer con él porque Aura iba a pagar lo que había hecho y sus ansias de tenerla no habían hecho más que aumentar. Tenía que pensar muy bien la forma de escaparse, pero lo conseguiría. Sí, estaba seguro de que escaparía y de que Aura sería suya de una vez por todas.

Malos entendidos Por Patricia O.(Patokata) «Ahora, dejemos que Metatrón nos cuente cómo la Bestia de la Destrucción se fue con Orpra; y porqué él y Luvriniev no pudieron venir a ayudarnos», fue lo último que escuchó Aura, antes de sumirse en pensamientos acerca de lo que debía hacer de ahora en más. Internamente se sentía desilusionada, ya no quería estar en ese lugar, ni ser quien portara las gemas de las bestias, ni siquiera salvar al mundo de una posible destrucción. No sabía qué era lo que estaba haciendo allí, con gente que no conocía y soportando cosas inimaginables, en lugar de emprender retirada hacía algún sitio donde vivir tranquila hasta que el mundo se hiciera añicos. «Te advertí Aura, que tus amigos humanos no son de fiar. ¿Qué más piensas esperar antes de aceptar lo que yo puedo ofrecerte?», la voz de Azazel se coló en su cabeza. Éste, atado a un cepo estaba disfrutando de unos escasos minutos de descanso a su calvario. Pero ni siquiera eso, ó Lucifer, podrían hacer que él se saliera con la suya; aunque nunca pudiera tener a Aura, él se vengaría del trato que su amo le daba, ya estaba cansado de sus humillaciones y agravios. Advertía el malestar por el que la muchacha estaba cursando, los consejos del despecho serían buenos aliados para dirigirla, sino a sus brazos, por lo menos a sus mismos objetivos. «¿Qué me ofreces a cambio?», la fría respuesta mental de la chica ya no se hizo esperar. ―Debemos permanecer unidos. Ninguno de nosotros puede ni debe dejarse influenciar por los sentimientos dañinos que nos están envolviendo constantemente. La voz de Elever llegó hasta ella, como si el viejo supiera lo que pasaba por su corazón. Hasta parecía que la observaba. Aura esbozó una sonrisa burlona y miró hacia otro lado. A su alrededor, el paisaje le confirmaba que todo era una nada, un camino incierto que los conducía a otra nada mayor de la que no podrían escapar, hicieran lo que hicieran. «Te entregaré las gemas y me haré a un lado. Tú, comprométete a dejarme en paz y a aliarte conmigo ante quien se ponga en mi camino. Solo quiero salir de aquí y vivir en paz». Ya no había nada más que meditar ó sopesar. Las gemas, ocultas en su cinto, parecían tironear para liberarse de su prisión; quizá presentían que ya no estaban en buenas manos. «No estoy de acuerdo con dejarte en paz, pero si es lo que quieres así será. Recuerda que junto a mí puedes vivir y ser como una reina, mi única reina», oyó la voz pesarosa de Azazel. Luego de oír su respuesta, movió sus labios imperceptiblemente y lo convocó. ****

Una carcajada ensordecedora resonó en todo el averno, al tiempo que un incesante temblor se dejó sentir por un breve instante. Azazel ya no estaba atrapado en su instrumento de castigo. Lucifer no había tenido en cuenta que aquel estaba obligado a presentarse en donde lo convocaran, aunque estuviera apresado y siendo castigado bajo sus propias órdenes. «Maldito gusano. Ya tendré la ocasión de tenerte entre mis manos, y en ese momento no tendré clemencia. Te aplastaré gustoso con mis propios dedos», pensó indignado el supremo del averno, con los ojos inyectados en sangre y fuego. **** Cuando los ángeles protectores terminaron de explicar cuál fue la razón por la que habían perdido a la Bestia de la Destrucción, todos se pusieron en marcha en busca de un lugar tranquilo donde descansar antes de que los pillara la noche. A partir de la decisión tomada, Aura ya no fue la misma. Se tornó taciturna y se apartaba frecuentemente del grupo, ya no sonreía ni buscaba motivos para ayudar a los otros. Ahora, tenía que esperar a que Azazel apareciera y la sacara de allí. ―Estás muy callada. La voz de Eric le llegó a través de miles de kilómetros. ―No te preocupes, estoy bien. Algo cansada solamente. Sentía en su pecho un dolor muy hondo que apenas podía controlar. Pero sabía, como todos allí, que las heridas del corazón duelen hasta sangrar pero no son mortales. Éste continuó caminando a su lado, iba callado. Sabía lo que le pasaba y lo lamentaba. Varias veces su mirada se había cruzado con la de Val que venía atrás del todo, solo y sumido en sus pensamientos, como siempre. Al fin, hallaron una cueva bastante cómoda y que podía albergarlos a todos. Una vez que prendieron una fogata y se alimentaron con lo que encontraron por allí, intentaron descansar un poco. Cuando todos dormían, o casi todos, el fuego arrojó la sombra de una figura sobre las paredes de piedra. Alguien se movía sigiloso entre los cuerpos esparcidos por el suelo y salía a la negrura de la noche. «Aura», atinó a pensar Val cuando la vio salir de forma sospechosa. No estaba dormido, solo tenía los ojos entornados; meditaba acerca de la forma de acercarse a ella para solucionar el mal entendido que él mismo había provocado. Silenciosamente fue tras la muchacha; que iba resuelta, sin mirar a los costados y con una decisión que parecía ser definitiva. La siguió, refugiándose tras los troncos deformes de los

árboles. Algo le decía que Aura se había dejado llevar por las apariencias y decidió tomar el camino equivocado. ―Al fin llegas, querida Aura. Se oyó la seductora voz de Azazel, desde las sombras que reinaban en ese claro al que había llegado. La muchacha se acercó a él, sus temores y desconfianza pronto se convirtieron en fascinación al verlo. Era lo que éste provocaba en el sexo femenino aun en contra de sus voluntades. Pero ella sabía controlar esas locas sensaciones que le despertaba en el cuerpo y en la piel, no olvidaba el motivo por el que estaba allí. Lentamente se quitó el cinturón donde llevaba oculta las gemas y se lo extendió. El demonio la observó fijamente, buscando en el fondo de sus ojos los síntomas propios del arrepentimiento, pero no los halló. Sólo percibió el profundo despecho que invadía el alma de la chica y el amor que desbordaba su corazón; un amor que no era para él y que no le pertenecería jamás. Entornó los ojos, le molestaba ponerse en calidad de perdedor, pero ya veía que no había otra posibilidad. Oculto entre las sombras, Val observaba todo gracias a la luna que había emergido de entre las nubes grises. No podía creer que Aura los traicionara de la manera que lo estaba haciendo. ―Aura, ¿qué haces? Al fin, este decidió salir de su escondite para enfrentarlos, con su espada en alto. Aura lo miró como si no lo reconociera y se acercó a Azazel, ya no le importaba lo que tenía para decirle. ―Es más que evidente que no tienes nada que hacer aquí ―se burló el demonio, esbozando una media sonrisa sarcástica ―. ¿Nos vamos querida?―le dijo a la chica, tomándola por la cintura. Ella hizo un movimiento afirmativo con la cabeza, mirando a Val, y ambos desaparecieron. ―¡Aura! ―gritó Val, culpándose de que se hubiera llegado a esa situación. Sin pérdida de tiempo se dirigió a la cueva, tenía que despertar al grupo para contarles lo sucedido. ―¿Azazel? ―preguntó Flora, con tristeza en la voz, al tiempo que bajaba la mirada. Su hermana la miró perpleja y frunció el ceño. Se acercó a ella y la tomó de un brazo. ―¿Qué sucede? Acaso…¿tú tienes algo que ver con ése demonio?

Había indignación en la voz de Laela, que tenía los ojos clavados en la chica y la sacudía del brazo. ―Lo siento, yo…me dejé seducir y acepté hacer lo que me pidió. Todo por quedarse con Aura ―susurró avergonzada―, y enviar a la bestia de la destrucción hacía Orpra. De ésta forma desviaría la presión de Lucifer sobre él y se ocuparía de otras cosas. Val miraba al piso y sacudía la cabeza. Todo había sido una trampa desde el inicio, y él se dejó envolver como un niño inexperto. Los malos entendidos y las palabras no dichas habían desencadenado lo que sucedía ahora. Se sentía como un verdadero estúpido, al dudar, sembró la duda a su alrededor y las cosas se confundieron. ―Laela, debes mostrarme el camino a Azazel. ―Es que no sé si mis poderes son tan potentes como para localizar a un demonio tan astuto como ese ―le dijo y se cruzó de brazos sin dejar de observarlo―. Lo que tú me pides va más allá de la bestia de la destrucción…Es algo personal ―concluyó convencida. ―Y mucho ―fue toda la respuesta que recibió de Val. ―No crees que es un poco tarde ―le espetó Eric. Él, mejor que nadie, sabía lo herida que se sentía Aura por la actitud de aquél. Val lo miró con frialdad y no dijo nada. Entendía que estuviera molesto y se lo recriminará. El demonio se había cuidado de llevar a la chica a un lugar de ensueño, lejos de la cruda realidad que la tenía tan abatida. Confiaba que el paisaje y la tranquilidad ayudaran a conquistar su rebelde corazón. Aura estaba sentada a la orilla de un arroyo, cuyos pececitos saltaban en el aire creando una atmósfera de brillantes colores. Tenía la mirada perdida en el agua, se encontraba muy ensimismada. ―¿Y cómo es que Orpra logró convencer a la Bestia de la Destrucción de que lo siguiera?―preguntó de repente. Azazel que estaba por allí, observándola en silencio, enarcó las cejas. ―¿Y cómo es que se te ocurre preguntar eso ahora?― repreguntó astutamente. ―¿No puedo? Estoy en mi derecho de saber, supongo. Lo miró como para fulminarlo. Si había algo que Aura no sentía por él, era miedo a ser lastimada; por el contrario, sabía que debía cuidarse de no caer en sus redes. No debía dejarse seducir por su atractiva sonrisa de labios sensuales. El demonio sonrió, él lo sabía, sin necesidad de que abriera la boca.

―Digamos que Orpra sufrió una especie de transformación, que convenció a la bestia de que iba por el camino correcto ―explicó enigmáticamente, con su mejor sonrisa. «Una bestia solo persigue a otra bestia», concluyó Aura y se mantuvo pensativa. Su cabeza trabajaba a la velocidad de la luz, sabía que la respuesta a sus interrogantes estaba frente a ella. Súbitamente, sintió su sangre caliente y la excitación de su cuerpo dispararse de forma alarmante. Se levantó de un salto y se alejó, sabía que Azazel se había acercado a ella. Era suficiente un ínfimo contacto con su campo de siniestra luz para experimentar todos los placeres del universo juntos. ―¡Aléjate de mí!―le ordenó, desvainando su espada. Un risa siniestra salió de los labios de aquel, curvado ahora en una sonrisa de satisfacción. ―No te resistas. Tarde o temprano serás mía, tú misma me pedirás que te posea. ―¡Déjame en paz! Salió corriendo para apartarse de él, necesitaba pensar. Sabía que podía resolver el enigma de cómo hacer retornar a la bestia que habían perdido. «En fin, no sé para qué me preocupo. Debería importarme un bledo lo que suceda de aquí en más». Le resultaba difícil desviar su atención del asunto, al tiempo que caminaba inquieta y pateaba las piedras que encontraba a su paso. Sumida en estos interrogantes llego a otro lago y se tumbó en el pasto, mirando las nubes blancas que pasaban rápidas en el cielo. Un extraño sopor se apoderó de ella, le parecía escuchar susurros a su alrededor. Despertó y Val estaba a su lado, llamándola por su nombre y acariciándole la mejilla. ―Val ―susurró y sonrió. Él se acercó más y la besó. Los suaves labios del hombre juguetearon con los suyos hasta que hizo el beso más profundo y su lengua se abrió paso hasta su boca. Al principio ella se asustó, pero luego se dejó llevar y pronto sus labios estuvieron en su cuello, y sus manos la desnudaban sin que opusiera ninguna resistencia. Su piel se acostumbró a esas caricias que en algún momento se imagino, y que desechó de sus pensamientos por sentirse culpable de ansiarlas en un momento como el que estaban atravesando: con la destrucción del mundo a un paso de ellos. Dejó que sus dedos se enredaran en los lacios cabellos de Val, al tiempo que oía sus palabras de amor y se perdía en la luz de sus ojos oscuros, profundos y llenos de apasionados sentimientos hacía ella. Sus caricias la estaban llevando al mismo paraíso que con tanto esfuerzo buscaban restaurar en la Tierra. Lo veía, veía a Val junto a ella; desnudos los dos, haciendo el amor.

―¡Val!―gritó, cuando despertó sobresaltada, jadeando y empapada en sudor. ―Vaya, olvidé decirte que tuvieras cuidado con este lago. Le gusta inducir los deseos reprimidos durante el sueño. La sarcástica voz de Azazel le llegó desde una distancia prudencial. El muy cretino reía con sorna, seguramente tuvo acceso al espejismo onírico al que la había sometido ese maldito lago. Nuevamente se apartó de él. Necesitaba estar sola y calmarse. Todo había sido un sueño tan real, y el corazón palpitaba con fuerza en su pecho. Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas; sabía que existía una única verdad: ella estaba enamorada de Val y él no le correspondía. ―¡Aura!―la voz de Val resonó en sus oídos. Con la espada en alto se dio vuelta y enfrentó al espejismo. ―Déjame en paz Azazel, si no quieres que te mate como sea ―le advirtió. ―Aura, soy yo…Val ―insistió, acercándose peligrosamente. Antes de que ella atinara a defenderse, algo surgió de la nada y cayó sobre lo que pensaba era el espejismo de Val. ―¿Qué haces aquí, invadiendo mis dominios? ―bramó Azazel, trabándose en lucha con Val. Aura no entendía lo que estaba pasando. Era Val, no era un espejismo ―¡Basta! ―le ordenó a los dos. Ambos se habían separado, sangrando por los golpes y los rasguños, y se miraban de forma amenazante. ―Aura, vine por ti ―le dijo Val, mirándola, al tiempo que se tocaba el labio partido―. Tenemos que hablar, hubo un mal entendido ― ella lo miró con rabia y con los labios apretados ―. Por favor, ven conmigo… ―No te das cuenta de que no quiere saber nada contigo. Tuviste tu oportunidad y la perdiste. Ella me pertenece ahora ―le habló el demonio de forma amenazante, con el brillo de maldad que lo caracterizaba. De la nada, Azazel sacó una daga afilada y la lanzó contra su contrincante. No hubo tiempo a reaccionar, cuando Val quiso ver ella estaba sangrando entre sus brazos; quiso protegerlo y terminó herida.

La furia del demonio no se hizo esperar, y de sus ojos de fuego salieron llamas capaces de quemar un bosque entero pero ya era tarde; Val había desaparecido, llevándose lo que había venido a buscar, con la incertidumbre de no saber si había llegado a tiempo. ―La Bestia de la Sabia Inocencia...la atraerá…Laela…búscala... Fue lo último que murmuró Aura, antes de desvanecerse en la cueva a donde habían regresado, y en donde todos la rodeaban con pena y asombro.

Convalecencia Por Deborah La herida sangraba profusamente y Val hizo lo posible por taponarla, sin demasiado éxito. Los demás no tardaron en reaccionar y ponerse en movimiento, algunos para intentar ayudarle y otros para buscar al curandero, que hacía sólo unos momentos estaba con ellos pero que ahora había desaparecido sin dejar rastro.. -¡Elever! -gritó Val desesperado, con lágrimas en los ojos-. ¡Elever! El anciano apareció momentos después con varios instrumentos, pero según la miró su cara lo dijo todo: -Haré lo que pueda por ella, pero con una herida así... -Ella no puede morir -dijo Val con decisión. -Apenas hay esperanza -respondió el curandero mientras se sentaba junto a Aura, poniéndose manos a la obra e indicando por señas a los demás que le dejaran sitio y que sacaran a Val de allí. -Es fuerte. Ella no puede morir -gritó él, fuera de sí, mientras Erik se acercaba a él decidido y le alejaba de Aura. El joven esperó a que estuvieran a suficiente distancia para pegarle un fuerte puñetazo en la cara, haciéndole caer al suelo, donde permaneció con la mirada perdida, como un juguete roto. -Todo esto lo has provocado tú con tu estúpida actitud -le reprochó, furioso, mientras iba y venía frente a él, mirando de tanto en tanto hacia el campamento, como tratando de averiguar el estado de Aura por los movimientos que veía a lo lejos-. ¿Qué es lo que ha pasado allí? -Él me atacó. Ella se puso delante. -Te ama, aunque le has hecho daño. Si sale de ésta-Aura no morirá -afirmó Val, como una letanía, aunque en el fondo pensaba, como todos, que la muchacha no pasaría de esa noche. -Si sale de ésta -repitió Erik-, hablarás con ella y aclararás todo, aunque tenga que ponerte la espada en la garganta para que lo hagas. -No son necesarias las amenazas -respondió el otro tristemente-. Esa era mi intención incluso antes de que todo esto pasara. -Yo sólo quería dejar las cosas claras -gruñó Erik antes dirigirse al campamento, dejándole allí solo. *** Azazel apareció de nuevo en su prisión y lo primero que se encontró fue la mirada perversa de Lucifer. No hicieron falta palabras, el terror le paralizó y supo que su jugada no sólo había sido un fracaso, sino que además había resultado ser mortal para él. Nadie jugaba con el señor del averno y salía impune. -Flora, invócame -rogó por telepatía, pero ella cerró su mente a él y fue incapaz de acceder de nuevo. -Aura -fue lo último que dijo antes de que su alma fuera desmembrada y entregada como alimento a las sombras. *** Elever trabajó sin descanso, durante varias horas, hasta que finalmente dejó a un lado su instrumental y se levantó lentamente.

-He hecho cuanto he podido -afirmó, agotado, antes de retirarse a dormir y dejar a Laela al cuidado de Aura. Val se acercó al poco rato y se arrodilló junto a ella, mirando inquisitivamente a su cuidadora, que negó con la cabeza con tristeza. -No puede morir. -Ahora, está en manos del Señor. -No puede morir. Es fuerte -repitió, pero cada vez que pronunciaba su letanía menos convencido lo hacía, como si la idea de que ella muriera fuera calando poco a poco en su corazón. Laela suspiró y le dejó solo con Aura, para que pudiera despedirse. Sabía que sería duro para Val, que necesitaba aclarar muchas cosas, y que decirlas en voz alta, aunque ella no pudiera oírlas, le ayudaría a superar mejor la pérdida de la muchacha. Pero, aun así, era muy posible que él no superara la pérdida y que Lucifer contaría con una ventaja más al perder el grupo a su líder. Val, una vez estuvieron solos, abrió por fin su corazón y dejó salir todo lo que tenía dentro, desde su amor por Atanasia hasta su dolor por su pérdida, su miedo a volver a amar y cómo ella había ido resquebrajando la armadura que había construido en torno a su corazón. Explicó detalladamente a Aura cómo se había sentido, por qué se había apartado de ella y cómo se sentía en ese momento, experimentando al acabar un gran alivio que pronto dio paso al arrepentimiento y al dolor por no haber expresado antes sus sentimientos. No obstante, justo cuando empezaba a hundirse en la autocompasión, en un pozo del que dudaba que pudiera salir algún día, Aura abrió los ojos y esbozó una breve sonrisa antes de dormirse otra vez. *** Kaal, tras escuchar junto a Erik cómo Val empezaba a disculparse frente al cuerpo de Aura y le abría su corazón, acudió al lado de Elidi, dispuesto a aclarar las cosas también con ella. No obstante, ésta, con su actitud indiferente y sus continuos cambios de tema, le indicó que no estaba para nada por la labor de escuchar lo que tuviera que decirle, lo que no le desanimó en absoluto. Estaba en plena persecución de la joven por todo el campamento, intentando hacer que ella escuchara mientras le ignoraba visiblemente desempeñando una tarea tras otra, cuando se oyó el grito de Val: -¡Elever! ¡Ha abierto los ojos! Kaal se dio la vuelta e hizo amago de acudir junto a la enferma cuando oyó el resoplido de Elidi. -Oye-Vete. Lo estás deseando -gruñó ella, con envidia indisimulada en la voz, y siguió con lo que estaba haciendo como si nada importara. -No, no me voy a ninguna parte -respondió él-. Aura puede esperar y aún no he terminado aquí. Entonces, por primera vez, Elidi le miró a los ojos y pareció dispuesta a escuchar. *** -Es un milagro-dijo el curandero tras examinar a la joven, que dormía plácidamente. La herida se curaba rápido, y en unas pocas horas parecía que llevaba una semana sanándose. -Entonces, vivirá -dijo Val, algo incrédulo e inmensamente feliz. -Sí, eso parece. Nunca había visto nada igual -respondió el anciano. En ese momento, Aura volvió a abrir los ojos.

-Aura... -susurró Val dulcemente-. ¿Cómo te encuentras? -Ella sonrió débilmente e hizo el intento de mover la cabeza-. Aura, yo... -Lo he escuchado todo -se esforzó por decir, aunque tenía la garganta seca. Elever le tendió una bota de agua para que bebiera y, cuando sació su sed, añadió-. Debemos hablar de ello, pero antes debemos tratar otros asuntos. Sé cómo debemos enfrentarnos a Lucifer.

Baja moral Por 000latani000 —Aura, yo…—Val sonaba confuso mientras su mano enlazaba la de la chica. Se preguntaba hasta qué punto ella era consciente de sus recientes confesiones. Decía que lo había escuchado todo pero quizás ni siquiera lo había oído completamente, o quizás habían sido sus palabras las que la habían despertado de la convalecencia. Lo importante ahora era que ella ya se encontraba entre todos de nuevo, y según los pronósticos de Elever pronto estaría recuperada del todo. Por lo que él alcanzó a ver cuando alcanzó a Aura, Azazel el demonio traidor, trataba de embaucarla para poseerla y quitarle las piedras, pero ella se resistió a entregarse, y entonces él quiso tomarla a la fuerza y fue cuando Val apareció y tuvo lugar la lucha. Quién sabe con qué trucos o chantajes la habría arrastrado a su lado en aquel punto del bosque. Era imposible que ella hubiese acudido voluntariamente. Y lo que es peor, hasta dónde hubiese llegado para poder conseguir lo que andaba buscando. Aunque lo más evidente parecía ser que había sido gestado en contra de la voluntad de Luzbel, podría tratarse de una estrategia pactada para desmembrar al grupo y obtener información sobre las futuras localizaciones de las bestias faltantes. Al fin y al cabo, Luzbel ya había intentado acercárseles (y despistarles) utilizando el recuerdo de Atanasia. Aura se había convertido en una pieza clave dentro del grupo de supervivientes y Luzbel y sus secuaces lo sabían bien. Mientras tanto, Eric se encontraba fuera de la tienda donde Aura volvía en sí. Escuchaba el alboroto que salía de allí, pero él no quería entrar porque sabía que no podría controlar sus instintos. Quería a Aura, ahora todos lo sabían, pero no iba a poder entrar sin reprocharle su falta de criterio y de responsabilidad con el grupo adorando sin medida a ese Val distante. Aunque entendía que lo raro hubiese resultado que no ocurriera, puesto que la personalidad y el talante de Val realmente resultaban cautivadores aún con lo reservado que era. También se encontraba allí dentro el propio Val, que tenía la situación en su terreno. De él dependía que Aura fuera feliz, sólo de él. Por eso Eric se sentía inferior, sentía una gran rabia contenida a la que no iba a poder dar salida. Pero por el aprecio y el respeto que el líder se había ganado, nunca podría disparar su envidia contra su rival. Ahora se encontraba tan dolido y confuso con la situación, que por su mente sobrevolaba la idea de abandonar el grupo. Sabía que él también tenía una función importante, y de hecho no dejaría atrás su responsabilidad en todo este cometido, pero no iba a ser junto a los demás. Prefería luchar sólo, en la distancia, y revolcarse en su veneno antes que volver a sentirse parte conjunta en todo aquello para descubrir con amargura que sólo era una marioneta más de los arcángeles y del Altísimo para ayudarles a conseguir a sus malditas bestias… Aura contó a todos lo que ocurrió con Azazel, y los demás escuchaban sorprendidos sacando sus conclusiones, desde la perpetración del engaño sufrido por Orpra para ganar la Bestia de la Destrucción hasta el posterior soborno a manos de Azazel a cambio de las gemas y de su propio cuerpo. Sobre este último punto Val estaba leyendo entre las palabras no pronunciadas por Aura. En la historia había algo más que ella no contaba. Se dio cuenta de que Azazel realmente hubiera deseado que Aura le correspondiera más allá de conseguir las joyas, sino porque se había encaprichado de ella. Podría haberle ofrecido esa vida de ensueño que le prometió, y quizás Aura podría incluso haberla disfrutado. ¿Era ese el

problema? A lo mejor Aura hubiese seguido adelante si él no se hubiese interpuesto. De repente, ahora que todo se había aclarado a la vista de todos (aunque ellos todavía necesitaban hablar a solas) Val se sentía con más dudas que nunca. Comenzaba a dudar del amor de Aura, y lo que era peor, de que él mismo pudiera ser lo que ella estaba buscando… Su misión de salvar al mundo ocupaba ya un lugar secundario en su mente. No podía concentrarse en lo que estaba por venir, sólo tenía pensamientos para Aura y su futura, o no, relación. Su cara comenzaba a contraerse en una mueca desconfiada mientras oía de lejos la voz de Aura. Laela vivía la escena desde una esquina de la habitación. Notaba a Aura demasiado despierta cuando apenas habían pasado unas horas desde que despertara. Parecía forzar sus palabras y fingir una alegría que no sentía, aunque los demás parecían no percatarse. Y no sería algo negativo de no ser por la contraposición de un silencio interior que presentía en algunos de los presentes. Por un lado, aunque Val tenía cogida la mano de la jóven, mostraba una falta de consejo que resultaba alarmante. Estaba abstraído en sus pensamientos. Un líder no podía permitirse ese tipo de escarceos con sus responsabilidades, debía mantenerse al cien por cien con ellos. Con todos en la lucha. Pero él estaba ausente, eso ya lo estaba notando Laela. Por otro lado, Elever tampoco daba crédito a la rápida recuperación de Aura, y hacía pequeños ruidos de negación con su garganta en algunos momentos de la historia de Aura que delataban que no estaba dando todo el crédito que debiera a lo que oía. Probablemente también sintiera esa suspicacia hacia la extraña y exaltada actitud de Aura, como le ocurría a ella misma. Elidi también se encontraba de cuerpo presente, pero tampoco decía nada. La energía que transmitía era agitada, nerviosa. ¡Se sentía amenazada por la pequeña Aura! Tan sólo los gemelos, Polcar y Roncel, a los que tenía sujetos cariñosamente por los hombros, daban grititos y saltos de alegría cuando Aura escenificaba sus esperpénticas exclamaciones en medio de su relato. Flora, su hermana, tan solo escuchaba y hacía pequeños comentarios. También era sabia e intuía que debía andar con tiento ante Aura, que cualquier pequeña confusión la pondría en contra suya. Kaal paseaba por las inmediaciones del campamento cuando vió de lejos como Metatrón y Luminiev debatían airados junto al río sobre el próximo emplazamiento de la siguiente bestia: —Debes recordar que en la próxima gibosa iluminante de la luna aparecerá la preciosa bestia de la Sabia Inocencia. No podemos mover el campamento ahora mismo, puesto que Aura necesita más reposo o no estará en condiciones de ser nada más que una carga añadida al grupo. Esta noche es el cuarto creciente, así que aún disponemos de un día más como mínimo para descubrir la localización exacta. Aún puede aparecer en los cinco siguientes días y debemos estar preparados. Además el grupo debe tomar fuerzas y recuperar la confianza. Desde la aparición de Orpra, y sus oscuras artes para sacar lo peor de cada uno, no han vuelto a levantar el mismo ánimo con el que partían hace unas semanas, cuando se creían invencibles. —Me temo que los cuatro demonios cuya misión es atacar a los humanos, no han hecho aún todas sus intervenciones, ya que el único que ha dejado ver claramente sus artimañas ha sido Orpra. Los demás no deben andar lejos y debemos prevenir al grupo sobre ellos. No sabemos cómo van a atacarles la próxima vez, pero los ataques cada vez serán más fuertes y ellos se encontrarán cada vez más débiles… Lucharemos con ellos hasta el final, con el

triunfo de la luz como meta, pero puedo sentir su desaliento en la luz interior que desprende cada uno y no resulta nada esperanzador. Kaal volvió al campamento, cabizbajo. Sin fuerzas y sintiéndose ya derrotado. No podrían continuar la lucha, las esperanzas estaban perdidas incluso para los ángeles protectores que les acompañaban y guiaban. ¿Cómo iban a poder salir airosos si ni siquiera los que tenían más poder lo veían claro?

Pártalax, uno de los cuatro demonios escondido tras una roca grandiosa que protegía el campamento por la parte trasera, había mutado su apariencia a la de un gran cuervo negro. Y sobrevolando sus cabezas, a plena luz del día mientras murmuraba unas palabras extrañas, iba a dejar que la desazón acampara también entre los supervivientes. Dejaría actuar a su magia y ellos mismos, sin saberlo, serían el detonante de tan devastador hechizo. Sólo harían falta unas pocas horas y ellos mismos se darían cuenta de que no tenían ya nada que hacer contra los ejércitos de las sombras.

Los gemelos jugaban tranquilos junto a la fogata de la cena cuando volvieron Metatrón y Luminiev. Todo parecía sosegado. Pero no vieron a nadie más junto a los niños. Se preguntaron dónde se encontraban todos los adultos, pues había muchas cosas que hablar todavía, y debían prepararse para una nueva embestida de las tinieblas. Cuando preguntaron a los niños, que jugaban con unas ramas retorcidas simulando las batallas que habían visto, éstos les dijeron con expresión confusa que todos parecían tristes. Polcar dijo en un susurro que había visto llorar a lo largo del día a Eric, a Elidi y a la propia Laela, pero que nadie quería decirle por qué todos estaban tan abatidos. Metatrón levantó la vista alarmado, tratando de buscar a todos en la distancia. Si Elidi estuvo llorando es que algo muy malo se estaba gestando en el campamento. Había visto algo con sus ojos ciegos o habría tenido alguna revelación que la había dejado sobrecogida. Debían encontrarla. Al primero que vieron fue a Eric, que se encontraba escondido y agazapado tras un gran árbol. Cuando se dirigieron hacia su posición él se contrajo sobre sí mismo, no quería hablar con ellos. —Eric, no debes desfallecer, tienes un papel primordial en esta guerra y debes continuar siendo la mano derecha de Val. Te necesita más que nunca—.Le dijo Luminiev tratando de ponerle una mano sobre el hombro en un gesto tranquilizador. La respuesta de Eric no se hizo esperar: su cuerpo se encogió aún más pero continuó con la cabeza agachada y sin decir palabra alguna. —Vamos Eric, todo se puede hablar entre vosotros, ¿qué te ocurre que es tan grave como para no querer hablar con nosotros? Lentamente Eric fue levantando la mirada hacia ellos, mientras en su cara se adivinaba una mancha gris en la parte derecha. Les miraba sintiéndose culpable, y levantó hacia ellos el dorso de su mano izquierda que también presentaba esa mancha grisácea. —No sé qué me ocurre, pero esto puede ser contagioso. Cada vez se está extendiendo más. Lo siento pero no pienso volver al campamento.

—Elever es un gran curandero, él puede ayudarte y lo sabes. Quizás conozca el origen de lo que te está pasando. O incluso mejor, podría conocer el remedio… Si has comido algo en mal estado, o algún animal te ha lanzado su veneno… — ¡Dejadlo ya! ¡Esto sólo es el castigo a mis pensamientos oscuros, que se han visto reflejados en estas manchas grisáceas! —Debemos saber qué te ocurre, quizás sea alguna treta de las tinieblas para hacernos débiles… — ¡No! Por si os interesa, estas manchas duelen, ¡y duelen mucho! El dolor sale desde dentro, y hacia fuera… pues hacia fuera es lo que veis. Y desde ahí no podéis olerlo, pero es repugnante. ¡Mi piel se está pudriendo, puedo sentirlo! Así que dejadme aquí sólo con mis miserias. Podría poner en peligro a todos. No merezco un trato diferente. Contrariados, los arcángeles se dirigieron a la tienda de Elever. Debían contarle lo ocurrido con Eric, además de alertarle sobre el estado apagado de todo el mundo. Le dirían lo del llanto de Laela. Eso ya eran palabras mayores y además no la veían en ninguna parte. Se cruzaron con Elidi cuando se dirigía a los gemelos enfadada. Debían dejar de jugar ya, les gritaba, estaban incomodando a todos los que necesitaban un poco de paz. —Elidi, ¿que está ocurriendo? ¿Qué ha pasado aquí esta tarde que todos os encontráis diseminados por el campamento y con esas caras largas? ¿Has visto lo que le ha ocurrido a Eric? —No sé a qué os referís, pero si queréis hablar con Val o Aura, se encuentran en la tienda de Elever. Aura aún no ha salido de la cama pero sigue hablando de ensoñaciones y espejismos. Y repite una y otra vez que sabe lo que debemos hacer y que conoce el plan de Luzbel… Yo creo que aun no se ha recuperado del todo. ¡Niños, basta ya! ¡Venid aquí! Los pequeños se acercaron corriendo haciendo pequeñas bromas entre ellos, y cuando llegaron donde se encontraba el trío, pidieron perdón por el escándalo y bajaron la mirada avergonzados. De repente, Roncel tiró de la manga del brazo de Polcar, y con un gesto de la cabeza señaló el empeine de uno de los pies de Elidi. Polcar se agachó despacio sin decir nada y tocó con su dedo índice la pequeña mancha gris que comenzaba a abrirse camino en la piel de su amiga. Al sentirla blanda, apartó el dedo sacudido por una corriente de repulsión. Instintivamente se llevó el dedo a la nariz para olisquear lo que había tocado y un olor fuera de lo común le hizo reprimir una arcada. Elidi sacudió el pie en el mismo momento del roce, fue como si le hubiesen clavado una aguja sobre una herida abierta. Aunque hasta ahora no se había dado ni cuenta de lo que tenía en el pie. Ahora sí estaban asustados los arcángeles, debían juntar al grupo. Estaba claro que podía ser algo contagioso, pero ni siquiera ellos mismos tenían conciencia de lo que tenían hasta que no se hacía una mancha evidente según parecía. En seguida cogieron a los gemelos y los zarandearon en busca de manchas también en sus cuerpos, pero no las veían. Era extraño. Y mientras los movían y los desvestían, los niños no paraban de jugar, ajenos a la alarma que se estaba creando. Nada, nada sobre los niños. Presentían que Laela también tendría sus marcas. A lo mejor por eso lloraba… Y no andaban mal encaminados pues a los pocos minutos apareció mirándose los brazos que presentaban pequeñas manchas, no mucho más grandes que lunares, muy juntas unas de otras.

— ¡Por fin, ya estáis aquí! Mirad lo que me está saliendo en los brazos desde esta mañana. No lo entiendo, no toqué nada en el bosque y la comida ha sido la misma para todos… Elever no sabe qué puede ser tampoco. Ha tocado y dice que es blando al tacto. A mí me duele al tocarlo. Elever dice también que huele mal a putrefacción. Puede ser alguna enfermedad enviada por las tinieblas. Debemos revisar los cuerpos de todo el grupo…— Hablaba rápido, casi sin pensar. —Laela, ¿has estado llorando esta mañana? ¿Qué ha pasado? ¿Qué has visto? Los niños han dicho que estabas muy abatida. Sorprendida por la pregunta, calló al instante y bajó la mirada.

Extraños sucesos Por PukitChan Laela permaneció unos segundos en silencio, sin saber si debía mentir ridículamente porque de antemano comprendía que por mucho que tratara de engañarlos, ella misma había sido demasiado obvia al permitir que los gemelos la observaran llorando. Y ahora estaban frente a ella los arcángeles preguntándole la razón de sus lágrimas, aunque bien sabía que los motivos para ello sobraban. Esa guerra, la perdida de la confianza entre su equipo, su hermana, aquello que había iniciando lleno de valor y voluntad parecía haberse esfumado desde hacía varios días… ―¿Laela? ―preguntó Metatrón, incitándola a continuar, mas lo último que el arcángel esperaba es que ella le mirara con reproche, un reproche que parecía quemar no sólo a uno, sino a ambos arcángeles que se preguntaban el porqué de semejante mirada. ―¡¿Y todavía me lo preguntan?! ―explotó Laela, mujer descendiente de ellos mismos, que rara vez perdía la compostura. Ellos, aún sin comprender observaron cómo la mujer extendía sus brazos para señalar el improvisado campamento, el ambiente pesado, al peste que poco a poco comenzaba a cubrirlos―. ¡¿Es que no se dan cuenta?! ―Por supuesto que nos damos cuenta ―exclamó Luminiev, observando las manchas de putrefacción que comenzaban a comerse el cuerpo de aquellos―. Esto se está propagando y debemos solucionarlo lo antes posible, antes del despertar de la siguiente bestia. Laela los miró sorprendida. Quería mandar muy lejos aquella extraña epidemia, confiaba que de alguna manera lo haría, pero eso no era lo que derramó sus lágrimas, sino su falta de cuidado. Ese hombre había sido callado, estando con ella sólo en los momentos de ánimo, de alguna forma ella se había descuidado porque sabía que era una reencarnación de alguien poderoso, pero aquello no lo hacía inmortal… sobre todo ahora que era humano. ―¿Dónde está Pravuil, arcángeles? ¿Acaso, al igual que yo, no se percataron de que éste despareció?―preguntó en un susurró frío la mujer. Ellos parecieron sorprendidos de sí mismos, mirándose de soslayo y a su vez, buscando la reencarnación de su hermano arcángel. No… no estaba. Y parecía que nunca lo hubiese hecho. Como si su presencia fuese ignorada en ese grupo por completo y en cierta manera así era; nadie le prestaba la real atención al muchacho, de la misma manera en la que mancha gris parecía hacerlo con los gemelos, que se miraban entre sí, sin entender demasiado las palabras de aquellos adultos que se levantaban la voz entre todos, que se miraban raro y que encima de todo parecían estar enojados siempre. Laela gruñó, mientras todos estaban peleándose por sus conflictos emocionales, incluida ella también, no se habían percatado de que uno de ellos sin más había desaparecido. Y eso le hacía pensar a Laela, que sólo los volvía egoístas. Sí, supuestamente estaban salvado al mundo… pero parecían más preocupados en hacerlo por ellos mismos. Su mano se entumió, pensando que quizás era por la rabia, pero comprendió que aquellas manchas comenzaban a extenderse poco a poco sobre su piel. ―No importa dónde esté Pravuil ahora ―decidió uno de los arcángeles―. Hay que sanar a todos ustedes. ***

Aunque cansado y escondido bajo un ropaje desaliñado y roto, el hombre joven, reencarnación de un arcángel, no podía ocultar la belleza antinatural que poseía. No se preguntaba si alguien en el campamento se había dado cuenta de su desaparición, porque confiaba claramente de que no sería así, ni por sus mismos hermanos que permanecían cerca de él sin hablarle en realidad. Quizá tenía que ver con el hecho de que era callado y su presencia apenas era notada por los demás, cosa que no le molestó sino que aprovechó para poder cumplir su misión. Sabía que él sería el único que podría detener a la Bestia de la Destrucción. Cada uno de los presentes en ese lugar tenían la suya propia: ésta era la que Pravuil debía cumplir. Nadie se lo había dicho, sencillamente sólo lo sabía. Y ahora confiaba en que en el momento real del despertar, la pudiera detener, no ahora sabiendo que estaba bajo la influencia Orpra, no totalmente, pero sí en su medida. No por nada había sido la primera en revelarse a su misión y por un momento sintió que no podía dejar de haber una conexión más mortal que aquella: Orpra, capaz de infundir los más oscuros pensamientos para perturbar y causar caos y la Bestia de la Destrucción, que sin duda usaría ese caos para hacer relucir con orgullo y horror el nombre que la coronaba. Se tensó cuando sintió unas vibraciones en su mente, apresurándose a bloquearse a sí mismo; comprendió que alguien ya se había percatado de su escape improvisado, pues claramente era Metatrón y Luminiev lo que trataban de contactarlo. Pravuil cerró sus ojos, recurriendo desesperadamente a su humanidad para que los arcángeles no notaran esa aura celestial que cubría su cuerpo mortal. Ahora no era el momento para ello, pues estaba justo detrás de la Bestia y de Orpra, siguiéndolos silencioso y cauteloso hacía el lugar donde seguramente sería el despertar de la siguiente Bestia Sagrada para acabar de una buena vez con todo aquello. ***

En el campamento, justo parado sobre una roca que ocultaba su presencia pero a la vez le permitía apreciar todo en su totalidad, gozaba de placer al ver la confusión que había dejado caer sobre ellos. Si sus miedos ya estaban latentes, él los haría aún mayores. Culpa, culpa. ¡Maldita culpa! Qué delicia sería ver a esos humanos verse consumidos por sus propias culpas, creyendo firmemente que aquello sólo era un castigo por los pecados que hasta ahora iban cometiendo uno a uno, aunque sólo hubiese producto de ellos. Los veía estresados, lo suficiente para atacarse en cualquier momento el uno al otro y sin duda, le pareció divertido. Orpra había hecho un buen trabajo y aunque éste se había alejado por otras situaciones, sin duda lo que dejó decididamente Pártalax no lo desperdiciaría.

***

“Es eso… es el castigo que recibo por no cuidar de Pravuil. Sí, sin duda estas manchas son las consecuencias de ello. ¡Es la señal de que ha muerto por mi culpa! ¡Ahora todos caerán

en desgracia por que no he hecho mi labor como debí hacerla. ¡Murió por mi culpa, mi culpa! ” ―¡Laela! ―Metatrón sacudió a la mujer que parecía no haberse percatado de nada, de cómo mientras estaba sumergida en sus pensamientos, probablemente de miedo por aquellas manchas, éstas iban en aumento al igual que un sutil aroma a putrefacción que parecían haber percibido algunos carroñeros del mismo bosque. ―¡¿Qué me pasa?! ¿Qué nos pasa? ―preguntó angustiada, mirando a todos lados mientras mentalmente repetía “Es mi culpa, es mi culpa ¿Cómo se los digo ahora?” Los arcángeles se miraron entre sí, al igual que los gemelos que tomaron las manos de Laela. Ella, con sus ojos perdidos en algún lugar que era visible sólo para ella, comenzó a temblar. ¿Y si no podía proteger a los más pequeños del grupo? ¿Y si ellos se enfermaban en breve también? Se soltó de ellos y caminó, o más bien corrió alejándose para refugiarse con su hermana, aunque no sirvió de mucho ya que ella también empezaba a ser llenada de aquellas grisáceas marcas. Flora también se había dejado influenciar bajo aquella misteriosa enfermedad. “¡Es mi culpa!” se repetía “Si no me hubiera dejado influenciar por Azazel, si acaso Val no me hubiera salvado la vida. ¡Quizás yo traje esto después de ser tocada por el demonio! ¡Es un castigo que él manda por haber despertado” Pero ellas no eran las únicas, también Kaal se reprochaba el no ser un buen guerrero, Elidi, por sus maneras de razonar que parecían cada vez más frías, Eric sus actuaciones, sus pensamientos. Inclusive sin percatarse de lo que ocurría, Aura también caía en una fiebre por ello, “Si no los hubiera traicionado, si hubiera amado a Val… sino me hubiera dejado convencer….” Los únicos inmunes a ello parecían ser Elever, los gemelos, Val y los arcángeles, aunque estos últimos eran lógicos al ser seres divinos. Era fácil el porqué los gemelos no estaban contagiados, eran demasiado inocentes y felices a su manera, como para dejarse perder por aquello. La razón de Elever probablemente era la misma de siempre; su edad. Para un hombre que había comprendido la vida desde hacía tiempo, la culpas eran lo que menos estaban en su mente, sino su decisión de sobre todas las cosas intervenir y ayudar. Pero averiguar todo aquello no iba a ser sencillo. Los arcángeles caminaron por en medio de los sobrevivientes. Seguían teniendo la esperanza de contactar a Pravuil, pero eso quedó en segundo plano cuando al caminar por el campamento junto con Eleven, todos los demás estaban sentados en posición fetal, susurrando palabras confusas que parecían estar claramente dirigidas a sí mismos. ―Es como el mismo infierno… ―susurró Luminiev al ver a todos a su alrededor de esa manera, sintiéndose impotente y preocupado, la siguiente bestia, aunque calculaban que tenían algunos días más por delante, ésta podría aparecer sin previo aviso. Suplicaba que contaran con el tiempo suficiente para salir de aquel percance. ―Todos auticastigan…

Luminiev, que no concluyó aquellas palabras, miró a Elever y a Metatrón. ¿Acaso…? ¿Sería posible que ellos estuvieran autocastigandose de lo que ocurría…? No había peor juez que uno mismo… y más en tiempo de guerra. ―¡Pártalax! ―gritaron ambos arcángeles al mismo tiempo, levantando su mirada para buscar al demonio, localizándolo en cuervo negro que parecía soltar una estruendosa carcajada de maldad mientras desaparecía, consumido por el fuego. Los arcángeles sabían que no importaba si el otro se había retirado: el daño ya estaba hecho. Eso explicaba porqué cada uno se había sumergido, porque cada cabeza ahora estaba perdida en su propio mundo de culpa y remordimiento. Era algo más complicado que la última vez: sabían que influencia de Orpra los haría ser irracionales, actuar con violencia, hacer cosas que anteriormente no habrían hecho… pero Pártalax los había encerrado en sí mismos y sabían que si las manchas grisáceas cubrían toda su piel, la oscuridad habría ganado. No sólo habrían podrido sus cuerpos humanos, sino también condenado sus almas. ―¡Metatrón! ―gritó Val, corriendo hacía ellos. Algo en su angustiada y distante mirada les hacía pensar que aquello iba de mal en peor. ―¡Aura…! ¡Aura está… delirando en fiebre! Todos sabían que tenían que encontrar la cura pronto. Ni Aura ni los demás resistirían un golpe más. Los arcángeles explicaron la situación a Elever y a Val, explicándoles que la cura no la conocía, pero mientras la buscaban, suplicaban por la fortaleza y entereza del alma de todos. ―¿Qué hay de los gemelos? ―cuestionó Val, mirando a los niños que confusos estaban tomados de la mano. ―Ellos están inmunes… ―aclaró Elever. ―¡Precisamente por eso! ¡Porque son inmunes e inocentes a la culpa… ¿No habría una forma de ayudar a los demás con su ayuda?! Aquella propuesta no parecía ser tan descabellada porque después de todos, sabían que si el destino o la voluntad de Dios los había reunido ahí a todos era para algo. Val se agachó ante los gemelos y se sincero con ellos. ―Sé que están asustados y cansados de nosotros, chicos… pero, ¿creen que quizás si se nos ocurre algo, ustedes puedan ayudarnos? Polcar y Roncel tomaron sus manos con más fuerza y asintieron al mismo tiempo, diciendo un “sí” al unísono mientras lo miraban con decisión, misma decisión que provocó al arcángel Luminiev dar un paso hacia delante, admirando la fuerza de los niños. ―Creo que hay una manera…

Cura milagrosa Por Brie Metatron levanto el rostro y dijo: -Todo aquel que tenga el corazón tan puro, libre de culpa y lleno de inocencia como el de un niño, será digno del privilegio de ser portador de la luz eterna. De repente Roncel, miro a su hermano entrecerrando los ojos y le dijo; recuerdas la historia de mamá…, acto seguido Polcar sonrió levemente como si estuviese recordando algo y ambos dijeron: -¡Los Delfines! Al mismo tiempo que levantaban los brazos. -Nuestra madre decía que existen unos delfines que se curan las heridas tan solo con el roce del agua del río donde viven y cuando ya están cicatrizadas sus heridas la piel que nace es muy suave pero de un tinte rosa, esos delfines se les conoce como “botos”. Polcar levanto su dedo índice como queriendo aclarar algo más. -Quizás sí, el resto de nuestro amigos que tienen esas feas manchas grises, fueran a ese río y lavasen sus cuerpos como los delfines del cuento de mamá, talvez podrían sanarse, porque si el Creador cuida de sus animalitos solo con agua porque no sanaría a sus hijos. -Aun más si están ayudando a buscar a sus bestias sagradas, dijo Roncel, emocionado.

Elever, Val, Metatron y Luvriniev, sopesaban la teoría de los niños, quizás la cura más sencilla ha estado siempre frente a nuestro ojos, igual no perdemos nada en intentarlo. Para esto los gemelos ya estaban en camino a ver a Elidi para convencerla de que les acompañe al río más cercano. Ahí se encontraba ella, cubriéndose con las manos su rostro que lo tenía bañado en llanto. -Elidi, ya sabemos cómo curarte- le dijo Polcar mientras la abrazaba suavemente. -Mis pequeños, no deberían estar aquí pues podría contagiarlos- ella no quería sentirse culpable por que los pequeños terminaran también contaminados cuando ella había prometido cuidarlos a toda costa. -No tengas miedo Elidi, mejor ven con nosotros estamos muy cerca del río, te prometemos que si nos acompañas ya no te molestaremos más, por favor! Elidi no pudo resistirse ante sus miradas suplicantes, así que con esfuerzo se levantó apoyándose en los hombros de los niños, que le sonrían ampliamente.

Cuando llegaron al río Polcar metió sus manos en el agua y luego la derramó suavemente en el empeine del pie izquierdo de Elidi, el cual tenía una gran mancha gris, ella cerro los ojos y se sobresaltó porque pensó que el agua estaría fría pero se sorprendió al sentirla muy refrescante tanto que ella se internó en la piscina natural que se había formado debajo de la cascada, se sumergió por completo y después de unos segundos ya sentía íntegramente renovada. -Polcar, Roncel ya no tengo las manchas en mi cuerpo debemos ir pronto al campamento para traer a los demás a como dé lugar, ¡vamos niños corran! El curandero se quedó impresionado al ver tan sana Elidi, no dudo ni un instante fue a ayudar Val para llevar a Aura a la orilla del río, la recostaron y remojaron unos paños en aquella cura bendita y se la pusieron la frente para que le baje la fiebre, poco a poco la pelirroja iba recuperando la conciencia. Al mismo tiempo Val veía desaparecer esa mancha pestilente que estaba en su pulgar. Desde una prudente distancia estaba Eric que veía como Val levantaba en sus brazos a Aura, sintiéndose tan culpable de no ser correspondido por la mujer que siempre había amado, porque nunca se lo armo de valor para decirle lo que sentía por ella. Fue entonces cuando la chica regreso su rostro hacia él para llamarle a gran voz y decirle: -Hermano mío, ven ERIC, ERIC, el agua esta agradable y corriendo le tomó del brazo y como era de suponerse, el sonrió y fue tras de ella. Eric aspiro mucho aire y se zambullo en el agua, resignándose a que ella siempre la apreciaría como a un hermano, nada más. Al emerger a la superficie noto que habían desaparecido las manchas de su rostro y las de sus manos. Debía ir a donde su gran amigo Kaal, compartirle de la cura milagrosa. -Kaal, Kaal, ven hermano ya estoy libre de todas las manchas sé cómo sanarte -, pero su amigo estaba postrado en el césped con el rostro pegado al suelo llorando amargamente y continuaba culpándose de ser indigno de seguir en la batalla. -Que dice amigo mío, si eres muy fuerte y acaso no te has dado cuenta cómo te mira Elidi, ella a pesar de tener un carácter tan duro siempre sonrió y se ruboriza cuando menciona tu nombre, hermano tu por ningún motivo estas solo.- Eric abrazó con fuerza a su amigo le ayudo a levantarse y juntos convencieron al resto de los aldeanos a ir al río. Laela y Flora, escucharon las risas de los gemelos que se acercaban rápidamente. -FLORA, LAELA, solo faltan ustedes, los demás están jugando n el río, vengan el agua que sana a los delfines también cura las manchas de la epi-epi… Epidemia! Roncel, ya te lo dije que se llamaba epidemia.- Elever le dio un empujón juguetón en el hombro del niño.

Los gemelos rieron de nuevo y agitaron sus cabezas empapadas con la intención de salpicar a las mujeres que sonreían con ternura ante la ocurrencia de los pequeños. -Te fe estimada Laela que no es el agua mágica ni mucho menos, es solo cuestión de creer que el dueño del universo cuida de cada uno de nosotros – Susurro el curandero en el oído de la única mujer que sería capaz de entender esa frase, pues ella veía con el alma. Ahora que ya se encontraba todos sanos y confiaban los unos en los otros, estaban listos para el despertar de la siguiente bestia.

La encrucijada Por SharonVBelmont Seguir el camino del rio de los delfines parecía la opción mas apropiada para ese grupo de renovados caminantes. Empezaba a oscurecer de nuevo y aun no habían probado bocado desde aquella ocasión en el campamento, un suceso que les hizo perder mucho.. incluso el hambre. Han pasado unos 3 días sobreviviendo solo con agua y ninguna señal de los secuaces de Luzbel o siquiera una de las bestias. Val se dio cuenta al mirar por encima de su hombro que lo que realmente habían hecho antes era vagar en círculos en ese inmenso bosque medio muerto que, ahora distante, apreciaba que se encontraba rodeado de una afilada cordillera, tal como si saliesen de las fauces de un cocodrilo de piedra. Eso provocó un escalofrío por su espalda, bastante incomodo. Aura ya había logrado empezar a caminar de nuevo aunque su sonrisa aun se veía algo débil, yendo a su lado y en ocasiones tomándole de la mano tratando de infundirle valor, dándole un vistazo de ves en cuando a aquel cinto dorado que en un brillo tenue parecía querer expresar algo. Eric justo detrás de ellos solo podía preguntarse si podrían resistir otro ataque tan devastador dada la fragilidad en la que todos se encontraban, al hablar con Kaal y Elidi durante el camino parecían estar de acuerdo. Era inevitable no sentir temor todavía. Sin embargo solo podían poner sus esperanzas en que Val pudiera ahora guiarles y que la suerte les acompañase en esta ocasión. –Eric– dijo Val repentinamente mientras cruzaban el fondo de un acantilado, mientras el rio continuaba mas adelante. Despacio soltó la mano de Aura, estando ella a la expectativa ante su repentino cambio de tono. –¿Si Val? – se aproximó el joven mencionado, pasando junto a Laela y Flora que iban tomadas de la mano. Todos se detuvieron. Incluso los curiosos gemelos dejaron de jugar con sus ramitas y solo se picaban las costillas, próximos a Elidi y Elever. –Vamos nosotros primero, percibo que hay una serie de cuevas mas adelante y no quisiera arriesgar a los demás a una emboscada de algún tipo, estar aquí es muy peligroso pero no hay otro camino. –Tienes razón, oye Kaal amigo…–volteando hacia Kaal, aquel moreno de cabello oscuro que se acercó sin dudar - ¿podrías cuidar de los demás aquí un momento? –Seguro, pero tengan cuidado, aun así les vigilamos las espaldas desde aquí– dijo resuelto ante su tarea que le resultaba importante, aunque el mismo estuviese inseguro un tanto. Entonces los dos valientes hombres con armas en mano se adelantaron en el camino de piedra. Apenas si sus pisadas se podían escuchar en ese eco seco y polvoriento, alzando la mirada a sus costados para vigilar que, efectivamente, estaban rodeados por filas de cuevas oscuras. Debían avanzar con cautela, unos ojos brillantes parecían empezar a abrirse y multiplicarse, atentos a su avance.

–¿Por qué siempre percibes las peores cosas y no cosas mas felices como… conejitos y florecitas? – dijo Eric en un tono algo sarcástico en voz baja hacia Val, realmente no estaba muy contento de ir a su lado, menos al recordar que Aura le tomaba la mano últimamente con una excesiva confianza, no lo podía evitar. –Pues…– murmuro Val mientras su atención de reojo percibió que de las cuevas comenzaban a brotar sus siniestros habitantes…- Ah mira ¿Quién lo creyera? Conejos… -¿Qué?- volteo Eric para con horror contemplar que unos monstruosos conejos de ojos rojos y dientes afilados se relamían hambrientos. Su pelaje sucio y picudo era amenazante teniendo tonalidades distintas, siendo estos seres del tamaño de tortugas gigantes. –¡¡AAAAAAAAAAAAHHHHHH!! –¡AURA!– gritaron Val y Eric al unisono al escuchar esa alertante voz que reconocían muy bien. El resto del grupo se aproximaba corriendo rápidamente, asustados mientras enormes raíces picudas intentaban atraparles justo detrás desde el camino, sobre ellos se alzaba como un enorme pulpo un girasol que se sostenía de los costados de aquel acantilado en su avance, con enormes pinzas a manera de boca y ojos rojos tal como los de un insecto vil y ponzoñoso. –¡Corran deprisa!– dijo Kaal mientras con esfuerzos usando un improvisado arco y unas flechas trataba de alejar esos tentáculos verdes, los gemelos corrieron al frente pasando a Val y Eric hacia una cueva oscura al fondo, no había tiempo de pensar, todos padecían rasguños en sus cuerpos pero el cinturón dorado permanecía con Aura. Todo empeoró cuando los conejos empezaron a brincar para atacarles. ¿De quién de todos los secuaces de Luzbel habría sido esa idea esta vez?... –¡A la cueva, a la cueva!– gritó Val con fuerza mientras con su espada cortaba a los conejos y los pateaba apartándolos, mientras los demás lograban pasarles siguiendo a los gemelos. Eric con el mismo valor atacando a su lado, a momentos resplandeciendo la luz en su pecho que hacia chillar a esos horribles seres. Los tentáculos de esa enorme planta les empezaban a alcanzar también, sabían que no podrían aguantar ambas cosas a la vez. Entre saltos, pateando conejos y cortando tentáculos verdes lograron adentrarse en la cueva, temblando la tierra en un cumulo de polvo y piedras pequeñas unos instantes ante el choque del coloso contra el arco de piedra, chirriando al sus tentáculos quemarse apenas atravesaba el umbral, apartándose. Un desafortunado conejo se retorcía y pataleaba quemándose en vida al haber brincado queriendo tirar una mordida a Eric sin éxito, próximo a ellos entre la confusión. Desconcertados solo podían ver a Val, quien por igual parecía no comprender aquel fenómeno, acercándose al conejo y pateándolo de vuelta afuera. Aura se acercó y con cuidado tomo el brazo de Val entre sus manos, viéndole, llevándole con ella a donde estaban los demás despacio, seguidos de Eric aun con escalofríos en la nuca, agitado y cansado. –¿Qué fue eso?- dijo ella preocupada – ¿no nos falta nadie… verdad?

–Veamos… Laela, Flora, los gemelos… oh no… –¿Qué sucede Val? – dijo Eric ante la pálida expresión en su rostro. –Faltan Elever, Elidi y Kaal… –¿Qué no pasaron frente a nosotros cuando estábamos enfrentando a los conejos?– dijo algo exasperado Eric ante la idea. – ¿No se habrán adentrado a la cueva?.. Los gemelos ante las palabras de Eric solo podían negar. –Nadie mas vino– dijo Polcar, ante la mirada triste de Roncel casi al punto del llanto. La misma expresión tenia Aura, le aterrorizaba el saber que repentinamente andaban perdidos y con esos monstruos rondando afuera. No podían regresar, solo podían rogar que, como decía Eric, que estuviesen escondidos más profundo en la cueva, o quizás hubiesen encontrado otra cueva para refugiarse, sucedió aquello tan rápido y de forma tan extraña… ¿Cómo pudo haber ocurrido eso de nuevo? Eso le remordía la conciencia a Val, impotente. Sabía que esos seres eran venenosos. Momentos después caminando el pequeño grupo en esa oscura cueva pudieron distinguir el camino del rio, Aura limpiándose algunas lágrimas y queriendo consolar a los gemelos que iban ahora pegados a sus piernas caminando, en leves sollozos. Hasta que en su andar empezaron a ver luces tenues, resplandecientes y a momentos danzarinas sobre el suelo y las paredes de la cueva, junto al ruido de una caída de agua. –Una cascada– dijo Laela repentinamente, aproximándose hacia el espacio iluminado y Flora tras de si, los gemelos le siguieron mientras sus caritas mostraban un asombro y una alegría. Aura, Val y Eric llegaron tras ellos y no podían creerlo: realmente había una cascada magnifica de agua fresca rodeada por una muralla de hielo, que esta a su vez tenia creciendo de ella arboles blancos que sostenían con sus ramas aquel techo de piedra. La luz provenía del agua en ese pequeño lago que fluía formando la corriente del rio. Unos pasos se comenzaron a escuchar detrás de ellos en la cueva ¿serian ellos? No… eran dos personas nada mas ¿Quiénes?... El pequeño grupo se apartó del camino de la cueva y se colocó a un costado de ese brillante lago, algo alertado. Val y Eric sostenían aun sus espadas, cualquier cosa podían esperar ahora. Ante ellos una figura grande se detuvo, de unos 2 metros de alta, cabello negro ondulado hasta media cintura y piel morena, les contemplaba. Sus manos apenas visibles y su forma entre las ropas oscuras andrajosas que traía daban a entender que era una mujer, cubriéndose la boca y la nariz con las telas. Val fue el valiente que se atrevió a mirarle a los ojos, notando esos ojos ambarinos salvajes, que devolvían el gesto.

–Si esperaban a sus amigos, ni se molesten. Están muertos– dijo aquella desconocida en un tono serio e incluso frívolo. – están perdiendo mucho el tiempo ¿en que rayos están pensando?.. – entonó alzando un poco la voz, muy molesta. –¡¿Qué les hiciste?!– exclamo Eric, muy enojado por no tener la delicadeza de decir las cosas, sumamente desconfiado apuntando su espada contra ella. Aura ya se encontraba de rodillas llorando junto a los gemelos. -Dinos que le pasó a nuestros amigos, por favor.. si sabes algo de ellos, quienquiera que seas…¿de que lado estas?- dijo Val serio e igual de frívolo, no podía entender porque le temblaba la mano que sostenía su espada. Precisamente esto les tenía que pasar ya cuando Metatron y Luvriniev no podían ayudarles más desde ahora. –¿Laela, Flora?– la voz de Pravuil se hizo notar justo detrás de esa intimidante mujer, algo manchado de sangre sus ropas puras, guardando sus armas, aproximándose, aliviado de ver a los demás con vida. Laela y Flora corrieron a su encuentro abrazándole. –Seguramente ni nuestros nombres se saben…–seguía hablando la mujer casi para si misma. –¿Podrías responder mi pregunta? –dijo Val ya empezando a perder la paciencia, aunque aun impresionado de que trajese consigo a Pravuil ¿no era una amenaza entonces?, pero el rencarnado arcángel fue el que respondió. –lo que dice ella es verdad, están muertos, no pudimos hacer nada para salvarlos, y les recomiendo que le hablen con mas respeto. Están frente a la Bestia Guardiana de la Creación. Val se le abrieron los ojos tanto que el habla se le perdió y cayó la espada de su mano. No había duda ¡era ella, su mirada se lo había dicho!...se sintió bastante apenado de haber dudado siquiera de las señales del cinto dorado, porque había casi perdido las esperanzas de encontrarle antes que Luzbel. Esto solo provocaba mas dudas todavía. –Val, sigues siendo un chiquillo algo incrédulo– dijo la mujer en un tono en forma de un gruñido algo burlón, bajando despacio la tela de sus labios tatuados de un color oscuro, para ofrecerle una lenta sonrisa leve, asomándose por la comisura de sus labios uno de sus dientes afilados. A pesar de su apariencia humanoide conservaba ese porte elegante y bello que el recordaba de su infancia, aun mas acentuado. Eric sin querer se ruborizó ante esa extraña sensualidad que poseía.– y por cierto, me llamo Galdei en nuestra lengua sagrada… pero en esta forma temporal pueden llamarme Eclipse. Todas tenemos nombre y deben aprender a entonarlo sino ninguna les ayudará de buena gana. Todos se quedaron callados, porque al parecer realmente la habían hecho enojar, pero no tenían idea del porqué. Estaban dispuestos a escuchar, incluso Val solo podía bajar la cabeza, asintiendo. Eclipse prosiguió. –He venido a buscarles desde unas tierras que aun no han sido destrozadas por este caos, un pedazo aun fértil donde reposa nuestro templo. Allí he logrado congregar junto a unos aliados míos a mas sobrevivientes, entre animales, humanos y demás seres que han sido

desolados por las huestes de Luzbel. Sé que su misión es encontrar a mis hermanas pero ante todo el desastre que esta ocurriendo en todos lados me temo que están ocurriendo ciertas….distracciones que deben evitar –volteando su mirar ambarino salvaje hacia los leves sollozos de Aura, quien viéndola en ese instante un rubor tenue se acentuó en sus mejillas, pareciera que supiese exactamente a que se refería. Mas débil se sentía e inútil, pero tenia razón. –No se confíen, se los voy advirtiendo, no dependan de las fases de la luna ni de lo que dice la leyenda: yo soy prueba viviente de ello y puedo asegurarles que estamos muy despiertas, aun cuando estamos en esa fase de letargo. ¿No es asi hermana Karmaloth? –en el cinto dorado hubo un resplandor oscuro de parte de la Bestia de la Oscuridad– ¿y qué me dices tu, hermana revoltosa Garoth? Me sorprende estés aquí tan pronto –el resplandor apagado y algo malhumorado de la segunda bestia confirmó la respuesta. –Vengo a pedirles su ayuda en el templo, por las personas que muchas de ellas padecen problemas y traumas que yo sinceramente no puedo comprender o mis aliados, algo de sensibilidad humana aliviaría y nos traería fuerza en estos tiempos difíciles. Otros pueden continuar la búsqueda pero no estarán solos, yo iré con ustedes para mantener mas seguro su camino, no tenemos tiempo que perder. Luzbel planea con su ejército en las próximas dos semanas atacar el templo junto con nuestra hermana mayor Arshmer, la Bestia de la Destrucción. Así que decidan… quiénes iremos juntos contra las barbaries mas espantosas que se pueden ver sobre la tierra y quienes se irán con Pravuil al templo a resguardar y apoyar a los heridos sobrevivientes de cada especie. Decidan sabiamente estos dos grupos. El futuro de este mundo dependerá de ello más que nunca. Después de su discurso, Eclipse cruzó los brazos bajo las telas andrajosas, caminando y recargándose en uno de esos arboles blancos, para dejarlos en privado discutirlo. Percibiendo de reojo en el hielo la figura de su hermana Yahid: un gran delfín blanco de hermosas joyas adornado su lomo así como de oro y otros elementos preciosos, nadando detrás y contemplando con sus ojos azules a ese grupo de humanos. Esperando con curiosidad.