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TEMA 1- CARACTERÍSTICAS DEL LENGUAJE LITERARIO 1. La Literatura y la lengua literaria. 1.1. La Literatura. Noción y concepto actual. 1.2. Los recursos expresivos de la literatura. La lengua literaria. 1.3. Modalidades básicas del texto literario. 2. La cuestión epistemológica. 2.1. Concepto de “ciencia” y de “teoría”. El método científico. 2.2. Epistemología cultural. 2.3. La Ciencia de la Literatura. 2.4. Teorías literarias. 1. LA LITERATURA Y LA LENGUA LITERARIA 1.1. LA LITERATURA. NOCIÓN Y CONCEPTO ACTUAL La noción de “literatura” es imprecisa, a pesar de que obviamente ésta es real. Según Eagleton (1983): “En caso de que exista algo que pueda denominarse teoría literaria, resulta obvio que hay una cosa que se denomina literatura sobre la cual se teoriza. Consiguientemente, se presenta el interrogante: ¿qué es literatura?”. La realidad problemática de la definición misma se aprecia al revisar su origen etimológico y la evolución histórica del concepto, desde que surge hasta las ideas más actuales. Según confirma Lázaro Carreter (1980): “La pregunta de qué sea la literatura lleva planteada más de dos milenios, sin que ninguna de las respuestas haya merecido adhesiones estables”. Esta afirmación se entiende al comprobar cómo a lo largo de la historia nos encontramos la literatura como arte o artesanía de escribir, como gramática, como filología, como erudición, como ciencia, como producción literaria, como bibliografía, como actividad literaria, como serie autónoma institucionalizada, como expresión escrita del espíritu de la época y del espíritu nacional, como una de las bellas artes pero dotada de contenido histórico… Profundizando en dicha cuestión, podemos remontarnos a los mismos orígenes etimológicos del término “literatura” y observar la evolución histórica del concepto: - El término literatura proviene del latín litteratura, que a su vez, era una traducción del griego grammatik (actividad del grammatikós, que enseñaba las grammata, las letras –litterae– en latín). En el siglo I d.C. Quintiliano (Institutiones Oratoriae, II, 1, 4) señalaba el origen griego de literatura, equivalente a “gramática”, al igual que en Séneca. - En Cicerón, el término equivale a “escritura alfabética”. - Los Santos Padres entendieron literatura como la erudición general de procedencia pagana, se mostraron severos con ella y le dieron un sentido peyorativo. La tradición latina posterior usó poco el término literatura, prefririó el de litterae. - Más tarde, perdido el sentido peyorativo, literatura significará “ciencia”, y, más concretamente, la “condición de letrado”, es decir, “erudición”. En castellano, Don Juan Manuel usó letradura en el siglo XIV con el significado de “ciencia”, “erudición”, mientras que el término literatura está datado por J. Corominas a fines del XIV. - Los Humanistas llamaron literatos a los buenos escritores de la Antigüedad: respecto a sus coetáneos, consideraron como literatos a los que escribían en latín (y en griego) y no a los que lo hacían en romance.

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- La concepción de la literatura en el sentido de grammatiké o arte de la lectura de los autores perdurará hasta el siglo XVII en que pasa a significar la actividad del hombre de letras. - En el siglo XVIII el término empieza a adquirir un sentido cercano al que tiene hoy. Lessing entiende literatura como “producción literaria”; simultáneamente adquiere la acepción de “producción concreta en una literatura dada”. Mme. de Staël (1800) le dio el sentido de fenómeno literario en general. Con ella, la literatura se acercó al sentido actual. Sustituyó a las “bellas letras”, sintagma empleado hasta entonces. Pero se trataba de dos nociones diferentes: las “bellas letras” englobaban la “elocuencia” y la “poesía” (épica, lírica y dramática), tenían exclusivamente función estética, su concepto era estático (se refería a valores inmutables: la verdad, el bien, lo sublime) y no merecieron tener historia, sino únicamente descripción. La literatura se impuso al tiempo que la “novela” se iba imponiendo como género, tenía dimensión estética y además dimensión “social”. Para Staël, la literatura es el espíritu de la época y el espíritu nacional, aspectos que serán desarrollados más tarde por Taine (raza, ambiente, momento...) Dicho de otro modo: la literatura es un concepto que evoluciona de acuerdo con las circunstancias históricas. Por eso, puede tener historia: la Historia literaria. En el siglo XX, en sus primeros años, literatura era el “arte de escribir”, por oposición a otras artes. En síntesis: Literatura es un concepto que anexiona los usos pasados y los de las “bellas letras”; hace referencia a la “condición de letrado”, que integra la filosofía, la ciencia, etc.; pero, sobre todo, es el mecanismo de la producción literaria. La literatura se hace “institución” (y esto lo saben bien los escritores cuya intención es introducir sus textos en esa “institución”, es decir, hacerlos intencionalmente para que sean dignos de pertenecer a la institución literaria). Wellek y Warren (1949) han explicitado posibilidades de definir la literatura: - Uno de los modos de definir la literatura consistiría en decir que es todo aquello que está en letra de molde, atendiendo a la etimología. Así, los estudios literarios equivaldrían a una historia de la civilización. Esto desborda los estudios estrictamente literarios. - Otro intento es el de circunscribirla a “las grandes obras”, notables por su forma o expresión literaria. El criterio que primaría aquí sería el valor estético. Pero es insuficiente el estudio de grandes obras, pues haría incomprensible la continuidad de la tradición literaria, la evolución de los géneros y la naturaleza misma del proceso literario, además de olvidar el trasfondo de condiciones sociales, lingüísticas, pedagógicas, etc. - Sin duda el modo más sencillo de resolver la cuestión de qué es y qué no es la literatura podría consistir en deslindar el uso del lenguaje que se hace en literatura, puesto que el lenguaje es su material. Las distinciones principales se harían entre el uso literario, el uso corriente y el uso científico del lenguaje. Fácil parece, a primera vista, la distinción lenguaje literario / lenguaje científico. Indico únicamente que al lenguaje científico se le ha considerado puramente denotativo (el signo remitiría inequívocamente a lo que designa), frente al literario, transido de ambigüedades, recuerdos, asociaciones de todo tipo (connotaciones). La distinción lenguaje cotidiano / lenguaje literario es más complicada, pues no carece el cotidiano de función expresiva –muy grande en momentos de crisis emotiva–, rebosa en irracionalidades, etc. Y aunque quiere conseguir resultados, influir en actos y actitudes, no es sólo comunicativo (el niño que habla solo, chácharas mundanas desprovistas de sentido, etc.). Lo que sí es cierto es que el lenguaje literario explotaría de una manera más deliberada y sistemática todos los recursos del lenguaje. Desde el punto de vista pragmático, la diferencia es más clara: Nos negamos a considerar poesía a lo que trate de empujarnos a una acción determinada (la estética habla de “contemplación desinteresada”, “distancia estética”, “invención”…). A pesar de todo hay formas de transición, como el ensayo, la biografía, la literatura autobiográfica… Además, según las épocas, se ha ampliado o estrechado la función estética. De ahí que hoy se vea como núcleo del arte literario la ficción (Pozuelo, 1993), entendiendo que literarios son

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los géneros, tradicionales o no, que remiten al mundo de la fantasía (es decir, que las manifestaciones hechas en una novela, un drama o un poema no son literalmente ciertas). Queda claro que una obra literaria es una organización compleja, con muchos estratos y múltiples sentidos y relaciones, y que son numerosas las dificultades para definir la literatura. De estas dificultades se hacen eco varios estudiosos: - Sapir (1921), tras afirmar que “cuando la expresión lingüística es de extraordinaria significación la llamamos literatura”, añadía en nota al pie: “No podría detenerme a precisar qué tipo de expresión es lo bastante ‘significante’ para merecer el nombre de arte o de literatura. Por lo demás, no lo sé exactamente. Tendremos que emplear el término ‘literatura’ dando por supuesto que todos saben lo que significa”. - Terry Eagleton (1983), tras analizar qué es literatura, en relación con la “ficción”, el empleo característico de la lengua y el carácter no pragmático, acabará constatando que “podemos abandonar de una vez por todas la ilusión de que la categoría ‘literatura’ es ‘objetiva’, en el sentido de ser algo inmutable, dado para toda la eternidad. Cualquier cosa puede ser literatura, y cualquier cosa que inalterable e incuestionablemente se considera literatura […] puede dejar de ser literatura. Puede abandonarse por quimérica cualquier opinión acerca de que el estudio de una entidad estable y bien definida […]. Algunos tipos de novela son literatura, pero otros no lo son […]. No existe literatura tomada como un conjunto de obras de valor asegurado e inalterable, caracterizado por ciertas propiedades, intrínsecas y compartidas”. - Richard Ohmann (1971), después de señalar que busca una definición de literatura que se adentre en su naturaleza misma, una definición que sea clara y que la distinga de sus “vecinos” más cercanos, añade: “Ahora bien, debo admitir la posibilidad de que no exista tal definición”. Sistematizando: las dificultades a la hora de definir la literatura son numerosas y variadas. Podríamos señalar tres tipos de dificultades debidas a: 1. El diferente uso del término “literatura”: - Ambigüedad y plurisignificación del término; se trata de un término de uso común que se aplica a muy distintas realidades: historia literaria, paisaje literario, sentimiento literario, alma literaria, planteamiento literario, etc. - El término literatura es, a veces, sinónimo de “retórico” en sentido devaluado: “eso es literatura”, “estás haciendo literatura”, etc. - Otras veces se utiliza como sinónimo de “escritura”. 2. La relatividad temporal y cultural del concepto: - No en todas las culturas (distantes en el tiempo o en el espacio), “literatura” tiene el mismo significado. - También el valor de una obra literaria es históricamente variable. 3. Los diversos criterios de acercamiento a la noción de “literatura” (con distinto entendimiento según unas u otras teorías). Como consecuencia, algunas definiciones presuponen un conocimiento previo de lo que es literatura, otras ignoran la existencia de la literatura oral, otras le asignan moldes prefijados, otras la consideran propiedad de los lectores, otras acuden a elementos claramente subjetivos, como la vivencia estética, por ejemplo…; y hay quien renuncia a la definición o la soslaya. Está claro que la literatura existe en los textos, idea de la que se deriva otra cuestión esencial: ¿qué textos son literarios y cuáles no? La Teoría de la Literatura del siglo XX pretendió localizar los caracteres específicos de la lengua literaria con el fin de atestiguar la naturaleza de lo literario. Es fundamental cómo se desarrolló ese proceso –desde los formalistas, con su intento de identificar en el lenguaje de la obra literaria la esencia de la literariedad, hasta la “crisis de la literariedad” a partir de la cual se buscarán nuevos criterios–:

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- Los formalistas (formalismo ruso, estructuralismo checo) intentaron identificar en el mismo lenguaje de la obra literaria la esencia de la literariedad. - Jakobson formuló una teoría de lo específico literario en torno a las funciones del lenguaje y, en concreto, a la función poética (Jakobson, 1960), que pone el énfasis en el mensaje como tal, como fin en sí mismo. Esto suponía la formulación más elaborada de la oposición entre lengua poética y lengua estándar; pero Jakobson planteó la función poética no como exclusiva del mensaje poético, sino como dominante. - Otro modelo afortunado fue el proporcionado por Hjelmslev (1943) a quien se debe la noción de connotación. Muchos teóricos de la literatura opusieron lengua poética (connotación) a lengua común (denotación); pero la connotación no es marca específica de literariedad. - La "crisis de la literariedad" no ha impedido la búsqueda de nuevos criterios, puesto que una Teoría de la literatura es natural que se pregunte y pronuncie sobre su objeto con el fin de poder inicialmente delimitarlo y definirlo, aunque se trate de acercamientos no entera ni completamente satisfactorios y la pregunta que Lázaro Carreter veía formulada durante más de dos milenios siga en pie. Por lo tanto, no hay un concepto unívoco de "literatura", universalmente aceptado, a pesar de las distintas teorías y de los diferentes criterios que se manejan, todos ellos -por lo visto- insuficientes. A pesar de todo, conviene seguir indagando por razones no sólo teóricas, sino incluso didácticas. Por ello, es preciso revisar los diferentes criterios manejados en el intento, así como los puntos esenciales de convergencia. Si bien el concepto tradicional de literatura ha entrado en crisis, no pueden desecharse, sin más, algunos de los criterios que diacrónicamente han sido aplicados a la literatura y a los cuales, en no raras ocasiones, se sigue recurriendo. Aludo a algunos de tales criterios tradicionales con esta advertencia previa: no son criterios decisivos; más aún: son criterios hoy descartados, pero de indudable interés práctico: - El gusto personal: pasado de moda, es de carácter subjetivo, cambiante, relativo, pero no siempre es indicio de superficialidad, ni menos de frivolidad. - La cantidad más o menos nutrida de lectores de una obra determinada: criterio peligroso en sí mismo, pues depende de influencias, condiciones y decisiones ajenas a las obras en cuanto literarias. - Los temas que tratan los textos: los llamados temas “eternos” de la literatura son unos pocos y recurrentes diacrónicamente; pero la experiencia enseña que en no pocas ocasiones es el tema mismo el que “engancha” al lector; es el “fondo” el que puede atraer hacia una determinada lectura; este criterio, para ser higiénico, necesita una profunda preparación individual que devuelva al lector a la “forma”, que es lo que, en sus propios términos, configura el texto literario. - Las intenciones del escritor: esas intenciones son irreconocibles en la mayoría de los casos; no son tampoco específicamente literarias. Es mejor hablar de intencionalidad; es un término que parece más operativo y adecuado para hacer comprender que una cosa es el escritor de un libro y otra, muy distinta, el personaje de ese libro que el lector inexperto identifica con el autor real; este aprendizaje se realiza de manera consciente, no pocas veces, cuando el lector empieza a entender que un personaje puede seguir vivo y el autor del texto puede, en cambio, haber muerto hace siglos. - La relación mimética de los textos con la realidad: no está mal como criterio en cierto tipo de obras, pero el concepto de mimesis debe ser considerado con suma cautela porque hay diversas interpretaciones y porque, hoy, la realidad tiene un hondo sentido de relatividad. Puede decirse que si no hay criterios totalmente satisfactorios, sí hay algunos hechos que no pueden soslayarse: - La mayoría de los textos que percibimos como literarios se han producidos como literarios (dentro de unos géneros establecidos).

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- En estos casos, el escritor suele remitir explícitamente a los códigos, las tradiciones, las convenciones que pueden servirle de marcas típicas de literariedad y son un patrimonio lingüístico, retórico y cultural común a escritor y lector. - El texto está, por lo tanto, lleno de señales y orientado en cierta dirección y es, en sí mismo, un discurso ficticio. - Si el lector integra en su horizonte de expectativas esta orientación y estas señales, la atribución del texto a la literatura resultará natural, no problemática. Quiere decirse que estamos colocando el hecho literario en el proceso de la comunicación (literaria) y que, por lo mismo, no se trata tanto de ver en qué consiste lo literario, sino en examinar cómo funciona. Quiere decirse también que no es posible (no es posible hoy, al menos) encontrar las marcas objetivas, especificas, de la literatura y que en su definición entran toda una serie de factores en su conjunto: creación verbal artística, intencionalidad del autor, experiencia estética que suscita en el lector, comunidad que acoge los textos como literarios, enfoques semióticos, pragmáticos y toda una serie de conexiones de la literatura, entre las que puede destacarse la conexión cultural, lo que implica que se sitúe indefectiblemente en la institución o sistema social. En principio, la respuesta a una posible definición de la literatura es de carácter plural: - Se puede decir que hay algunos puntos esenciales de convergencia: la literatura es una creación verbal y creativa; esa creación es una producción artística y suscita una experiencia estética (aunque no hay coincidencia en qué reside el valor artístico y por qué suscita la experiencia estética). En un campo más amplio, encontraremos consideraciones que van desde la Literatura como forma de conocimiento, como producto comunitario o como visión del mundo, hasta su consideración, más o menos intrínseca, como un producto del lenguaje, plasmado en unos objetos llamados textos. - Podríamos intentar incluso un esquema en el que las definiciones aparecieran por categorías; así, habría: a) definiciones funcionales (la Literatura es considerada como expresión de la psique del autor, como forma de conocimiento cercana a la filosofía, como un artefacto de propaganda política, moral, etc., como un producto social, consumible por la comunidad como otro producto cualquiera); b) definiciones estructurales (la Literatura es considerada como ficción, como mimesis de la realidad, como un sistema artísticamente constituido, como lenguaje especial o desviado en oposición al leguaje normal, etc.); c) definiciones institucionales (la Literatura es considerada como un conjunto de obras imaginativas y acordadas a unas normas de “ornatus”, como ese mismo conjunto en cuanto tenido por valioso por y para una comunidad determinada, como algo que depende del uso social que de tal conjunto se haga de acuerdo con la tradición estética, docente, literaria, etc., etc.). - El hecho de que sean tantas las definiciones posibles confirma plenamente la evidencia de que no se ha llegado a formular una convincente y definitiva, lo que no impide que la Literatura exista ni que se pueda hablar de ella, ni que la indagación en torno a ella prosiga. Sintetizaremos, respecto al asunto de qué puede entenderse hoy por “literatura”-, algunas contribuciones relativamente recientes: Brioschi y Di Girolamo (1988), en su acercamiento a la definición de literatura proponen: - Considerar lo literario, no en su esencia, sino en su función. - Resaltan la importancia del lector, que es "quien coloca el mensaje en un primer plano, no el mensaje a sí mismo". - Reconocido un texto como literario, se le somete dentro de una comunidad a un tratamiento particular que responde a determinadas condiciones simbólicas y pragmáticas.

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- El reconocimiento de los textos literarios se produce primeramente dentro de las categorías que lo abarcan (géneros literarios) teniendo en cuenta que pueden producirse derogaciones y cancelaciones (intervienen motivos estéticos, históricos, lingüísticos y hasta morales y políticos). - La noción de literatura, por lo tanto, varía según las épocas y las culturas, por lo que hay necesidad permanente de: a) estudiar las formas que en cada ocasión asume lo literario; b) descubrir los modos de reconocer ciertos textos como literarios y las formas de ser tratados en la sociedad; c) consiguientemente hay que enfrentarse a los textos literarios conociendo las categorías institucionales en las que durante siglos se ha organizado la producción literaria; d) en suma, se trata de ver los textos literarios en relación con los demás textos literarios, insertos en una tradición y en relación con un contexto histórico, social y cultural (con los demás textos no literarios). Lázaro Carreter ha intentado en varias ocasiones un acercamiento a la naturaleza de la literatura (1976; 1980). Interesa especialmente el resumen que él mismo hace de su concepción de "La literatura como fenómeno comunicativo" (1980). Lázaro afirma que "nos encontramos con la posibilidad de definir la literatura" entendida como: - Conjunto de mensajes de carácter no inmediatamente práctico. - Cada uno de estos mensajes lo cifra un emisor o autor con destino a un receptor universal (todos los lectores potenciales de cualquier tiempo y lugar). - El mensaje conlleva su propia situación: para adquirir sentido debe instalarse en la peculiar situación de cada lector, constituyendo una situación de lectura apropiada. - La obra literaria se cifra o escribe en un lenguaje especial que llama literal, es decir, destinado a reproducirse en sus propios términos. - Aunque F. Lázaro contempla los factores esenciales de la comunicación literaria, entiende que en esta concepción "el papel del lector es decisivo". En un artículo titulado “La comunicación literaria” (1994), Ricardo Senabre juzga a la literatura como una “noción imprecisa” y huidiza, sin contornos nítidos ni definidos; a pesar de los múltiples y variados acercamientos al concepto a lo largo de los siglos, ninguno de ellos ha conseguido una aceptación general. En la actualidad, lo prudente parece consistir en partir de una idea elemental: “La literatura es un fenómeno de comunicación”. Ahora bien, como en tal definición coinciden mensajes literarios y no literarios, se trataría de indagar las diferencias específicas de la comunicación literaria frente a cualquier otra comunicación ordinaria. De lo expuesto se desprende que, tras el naufragio de la literariedad, otros criterios han venido a incidir, más que en la esencia de lo literario, en su uso y función dentro de una comunidad que reconoce la existencia de lo literario y, por lo tanto, de la propia literatura. La introducción del proceso literario en el proceso comunicativo parece alumbrar nuevos entendimientos del hecho literario en relación con la intencionalidad del autor que ofrece un mensaje no instrumental, escrito en lenguaje literal y reconocido y aceptado como literario por el lector de manera natural. 1.2. LOS RECURSOS EXPRESIVOS DE LA LITERATURA. LA LENGUA LITERARIA Puesto que la literatura es un hecho de lenguaje, una forma de lenguaje, es básico dilucidar los siguientes interrogantes: ¿Existe o no una lengua diferenciada por características constantes y específicas? ¿Cómo podría caracterizarse? Para responder conviene hacer algunas precisiones históricas que han de abarcar desde los orígenes –con la Poética que ha buscado los rasgos específicos del lenguaje literario–, hasta la época actual –repasando las ideas del Formalismo ruso, Estructuralismo, Estilística y New Criticism, así como las reflexiones semióticas y pragmáticas y la poética de la recepción, que alumbran nuevas formas de consideración del lenguaje literario concebido en el circuito de la comunicación social–. Así se aprecia cómo en el siglo XX la relación entre lenguaje literario y lenguaje no literario ha sido la base de investigación para construir la literariedad.

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“Entre las muchas cosas que puede ser una obra literaria, es sin duda alguna (y ello es importante) una cosa hecha de lenguaje” (Ohmann, 1971). La literatura es, en efecto, una forma de lenguaje. Se construye con palabras. Las palabras tienen muchas formas de manifestarse. Una de esas formas es la lengua literaria. El lector percibe que en el lenguaje hay muchos registros diferentes y lo mismo sucede en el lenguaje literario. "Esta percepción de los diferentes registros por parte del lector se mezcla con otra intuición no menos operante que también se da en el usuario de cualquier lengua: la idea de que existe un uso común, informativo, cotidiano del lenguaje, que nos sirve para comunicarnos con los demás, para conocer las noticias, para toda clase, en fin, de funciones prácticas, y otro uso muy distinto, de carácter artístico, en que la elección de las palabras y la disposición de las frases son más calculadas, tienden al ornato de la expresión, se ajustan a ciertos artificios (...) y no coinciden, ni en su forma ni en su transmisión habitual, con los mensajes cotidianos" (Senabre, 1992). Esta cita nos introduce de lleno en la cuestión del lenguaje literario tal como cabe verlo desde la teoría literaria actual: "El lenguaje no es literario o no literario por sí mismo. En realidad, es el uso del lenguaje lo que confiere carácter artístico o matiz vulgar al mensaje resultante" (Senabre, 1992). La tesis de que la literariedad es una cuestión de uso es la triunfante en los últimos años; pero, de alguna forma, la vieja pregunta de la "literariedad" sigue en pie, al interrogarnos cuáles son los rasgos distintivos de ese uso artístico del lenguaje (si es que esos rasgos distintivos existen). Hagamos algunas precisiones históricas: - Desde sus orígenes, la Poética ha buscado los rasgos específicos del lenguaje literario. El interés por el lenguaje literario viene ya de la tradición greco-latina, de la enorme capacidad de fusión que se dio entre dos disciplinas hermanas: la Poética y la Retórica. - En realidad, en momentos anteriores al siglo XIX la lengua literaria se concebía y estudiaba en sus manifestaciones culturales socialmente prestigiadas (discursos forenses, tratados históricos, obras literarias...), que, a su vez, servían de modelo de enseñanza y aprendizaje de la propia lengua (y, por supuesto, para quienes se ejercitaban en unos u otros usos de la lengua). - Tales usos eran objeto de estudio de diferentes disciplinas cuya obvia conexión en cuanto a su objeto último de estudio propició reajustes y sistematizaciones a lo largo de la historia (así, el trivium medieval). A la Poética y la Retórica hay que sumar la Gramática: todas ellas abordaron teórica y preceptivamente aspectos y actividades en las que la lengua estaba implicada (y siempre orientadas hacia los modelos prestigiosos). Estas disciplinas total o parcialmente están en la base de lo que, reformulado actualmente y con el intermedio de la Filología, y en su caso de la Estética, se ha dado en llamar Lingüística y Teoría de la Literatura. Ambas, una vez que la literatura se ha decantado como una actividad (o corpus de textos, o disciplina académica) diferenciada, se ocupan de la lengua literaria o poética utilizando el inmenso caudal de aportaciones de las tres disciplinas mencionadas sobre la dimensión lingüística y estructural de los textos. En el siglo XX, la relación entre lenguaje literario y lenguaje no literario ha sido la base de investigación para construir la literariedad. A comienzos de siglo, Formalismo ruso, Estilística y New Criticism conciben la lengua como desvío, desautomatización, formulación de la función poética, y entendimiento de la lengua literaria como connotación. - Entienden la lengua como desvío de la lengua estándar o común la estilística idealista, buena parte de la poética estructuralista y lo más difundido de la estilística generativa. A la altura de 1970, la noción de desvío había caído a en desgracia, sobre todo por la difícil delimitación de la norma respecto a la cual la lengua literaria se desviaba. . - En un ámbito teórico cercano al de la noción de desvío, surgió el concepto de desautomatización, de aportación enriquecedora a la especificidad de lo literario: el lenguaje poético se desvincula del referente objetual y descubre, mediante el relieve del signo, una nueva realidad –la de la palabra– no automatizada en tanto que se desgaja de su objeto de representación. Los teorizadores son Slovski, que habló de extrañamiento, Tinianov y Jakobson. No es lo mismo que desvío, por cuanto un lenguaje no desviado puede

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ser vehículo desautomatizador. La noción de desautomatización fue angular en el estructuralismo checo y Mukarovsky vinculó tal concepto al de función y norma estética. - La función poética formulada por Jakobson fue la lógica consecuencia de la insistencia del formalismo ruso en la perceptibilidad de la forma del mensaje como desautomatización. Lázaro Carreter constata que la marca típica de la función poética, la recurrencia, no es específica del mensaje poético. - Una dirección importante del estructuralismo adopta un ángulo de visión distinto: lo literario actualiza determinadas posibilidades del sistema de la lengua; lo literario es una modalidad de uso del propio sistema. Estudiar la lengua literaria será estudiar las connotaciones del lenguaje (Bally, Hjelmslev). - Los accesos inmanentistas anteriores quedan desbordados –entran en crisis– y en las tres últimas décadas la lengua literaria se entiende como un sistema complejo que habrá que abordar desde la totalidad del circuito de la comunicación social (Pozuelo, 1988; Senabre, 1994). Se aboca así a las reflexiones semióticas y pragmáticas y a la poética de la recepción, que alumbran nuevas formas de consideración del lenguaje literario. Un texto será literario no por sus propiedades específicas de tipo lingüístico, sino por su uso o función en la vida social. ¿Puede alcanzarse alguna vez la explicación total de la lengua literaria (o, si se quiere, los rasgos distintivos del uso literario del lenguaje) de forma que tal explicación sea suficiente, abarcadora y universalmente aceptable? No parece que sea posible, pero indudablemente, se han llegado a concretar algunas peculiaridades del lenguaje literario que van cercando el inacabable problema de la literariedad. Me dispongo a sintetizar dos intentos de caracterización: a) lengua literaria frente a lengua común; b) el lenguaje literario dentro de los actos de habla o de lenguaje. a) En primer lugar, confrontando la lengua literaria con la lengua común. Hay que tener en cuenta que la lengua común, aunque sea un ente abstracto, es el punto de referencia de la lengua literaria considerada como “lengua especial”. Las soluciones a la relación lengua común-lengua literaria no son coincidentes. Para unos se trataría de dos lenguas (sistemas) distintas (no hay oposición, por tanto) (Bally, Valéry, Di Girolamo...); los formalistas, Jakobson, Escuela de Praga, las distintas Estilísticas, Senabre entre nosotros, hablan de una sola lengua (sistema) con dos usos, uno el común y otro el literario. b) La investigación literaria aprovechó la formulación teórica de los actos de habla o de lenguaje (Austin, 1962; Searle, 1969) en su intento de definir la literatura y la lengua literaria como un acto de habla o como un caso peculiar de los actos de habla. (Acto locucionario es el que realizamos por el hecho de decir algo, comprende un acto fónico –emitir sonidos– y un acto fáctico –emitir–; acto ilocucionario es el que se lleva a cabo al decir algo, tiene fuerza ilocucionaria; acto perlocucionario es el que tiene lugar por haber dicho algo, tiene el propósito de producir efectos). Ya Austin aludió a la literatura como una circunstancia especial del lenguaje que cifró en tres aspectos: “uso parásito” del lenguaje, “decoloraciones” y “uso mimético” del lenguaje. Searle coincidió básicamente con Austin, pues para él la literatura sigue siendo un uso especial, decolorado, parásito, etc., del lenguaje, sin marca ilocucionaria específica. Ohmann prestó atención a los actos de habla como una posibilidad de entender la literatura. Ohmann llegó a la conclusión de que, a su juicio, el discurso literario carece de fuerza ilocutiva; se trata, en tal caso, de “casi actos de lenguaje”: el escritor, a su parecer, finge relatar un discurso y el lector acepta el fingimiento; de ahí que la fuerza ilocutiva sea mimética, “intencionalmente imitativa”. 1.3. MODALIDADES BÁSICAS DEL TEXTO LITERARIO La lengua literaria o texto literario se nos presenta en dos modalidades, verso y prosa. Para dilucidar sus no siempre claras diferencias acudimos primeramente a la etimología. Verso viene de versus, de vertere, que significa “regresar, volver atrás”. De acuerdo con la etimología, el verso gira sobre sí mismo, no tanto en el sentido de volver a empezar como en el de repetir,

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con variaciones, la misma figura métrico-rítmica. El verso, según esto, es repetición (del mismo esquema métrico, por ejemplo; pero la repetición afecta también a la rima, a figuras opcionales, como la aliteración...); la repetición no quiere decir sucesión de cosas idénticas, sino repetición con variación. El término prosa procede del adjetivo prorsus y de prosus, “que va hacia adelante en línea recta”; oratio prosa era el discurso recto continuo. Etimológicamente el verso gira sobre sí mismo; la prosa procede hacia adelante. En las lenguas modernas el primer indicio que presenta la escritura de índole literaria es el verso, base de la métrica. Desde los orígenes, el verso contrasta con la libertad de la lengua coloquial oponiendo un discurso medido a otro errabundo y fugitivo (López Estrada, 1974). Las primeras manifestaciones del verso en la literatura castellana se organizan en la lírica popular y en los cantares de gesta. El verso se asegura como señal caracterizadora de la obra literaria. Y sólo cuando la organización del verso se ha asegurado de forma irreversible, entra en juego la prosa, en la que también se quiere manifestar la condición literaria. La aparición de la prosa literaria es, pues, posterior a la del verso y progresa con mayores dificultades (López Estrada, 1974). La prosa castellana representó en sus orígenes la “escritura” adecuada para los contenidos de orden didáctico; el desarrollo del uso de la prosa en la creación de ficción ocurrió en el punto en que se encauzó el cuento folclórico por la vía literaria (López Estrada, 1974). Caracterización de verso y prosa Con el apoyo teórico de los formalistas rusos pueden intentarse algunas caracterizaciones aclaradoras de las modalidades textuales; los formalistas diferenciaron verso y prosa como géneros del arte literario (Domínguez Caparrós, 1988). La diferencia entre verso y prosa era, para los formalistas rusos, de tipo funcional. Supusieron un considerable avance en la caracterización de las modalidades textuales, fundamentándolas en la función que desempeña el ritmo en cada modalidad. Destacan las teorías de Tinianov, Tomachevski, Zirmunskij, etc. De modo general, se puede decir que concibieron el ritmo como principio distintivo y organizador del lenguaje poético en todos sus planos, mientras que en la prosa las regularidades son accidentales. La línea estructuralista buscó diferencias textuales entre verso y prosa, pero la conclusión última es que verso es lo que está dispuesto como tal, si bien tal disposición conlleva una tensión (métrica) entre lenguaje versificado y lenguaje estándar. Girolamo (1976) tuvo en cuenta el pensamiento formalista ruso al plantear diferencias. Características del texto versificado (que equipara a poesía) serían el artificio fónico o rítmico; el número y lugar de los acentos; el modelo métrico (el número de posiciones o pies) y la disposición gráfica, elemento este último que será el único que garantice la poeticidad del texto en gran parte de la poesía moderna. Para otros (A. Alonso (1955)), la diferencia entre prosa y verso reside en el carácter distinto de segmentación del discurso en uno y otro. Por ejemplo, para I. Paraíso (1976) que estableció la distinción verso-prosa atendiendo a la mayor periodicidad del verso y, sobre todo, a la presencia de diferentes elementos fundamentales: elemento rítmico de base lingüística en la prosa y ritmos primarios –acentual y cuantitativo– en el verso. Martínez García (1990) fundamentó la distinción verso-prosa desde la Preceptiva: el texto versificado fue desde el principio una modalidad rígidamente sometida a normas. La prosa narrativa no tenía una preceptiva a la que someterse, razón por la que se comportó con esa libertad total que aún conserva. El ámbito del verso era y sigue siendo el de la disciplina; el de la prosa (narrativa) el de la libertad. Respecto al discutido “ritmo de la prosa” puede verse en Cuevas (1972) una clasificación de las posibilidades rítmicas de la prosa por el origen y por la estructura. Pero quiero destacar aquí, principalmente, el análisis práctico y ejemplar de R. Senabre (1964), que estudia la prosa de Ortega atendiendo, por un lado, a los rasgos que afectan a la estructura rítmica de la prosa (plurimembración y paralelismos) y, por otro, a los que afectan a la estructura melódica (metricismos, aliteraciones, asonancias y onomatopeyas).

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Las diferencias entre verso y prosa pueden, por lo dicho, reducirse a que la división de las unidades rítmicas de la prosa (definida como “la ordenación libre, asimétrica e irregular de la cadena fónica”), que son los períodos y miembros de períodos, se funda en razones lógico-sintácticas, mientras que en el verso el esquema rítmico impone su división. En un planteamiento moderno de la métrica hay que partir de las siguientes ideas (Domínguez Caparrós, 1988, 1989, 1993): 1) No hay mecanismos que automáticamente nos diferencien el verso de la prosa; 2) En el verso la segmentación del discurso está sometida a las exigencias rítmicas, mientras que en la prosa depende de razones sintácticas; 3) En la existencia del verso es importante la conciencia de su percepción; 4) La disposición gráfica es relevante, puesto que manifiesta la intención rítmica del autor. 2. LA CUESTIÓN EPISTEMOLÓGICA (Epistemología: Doctrina de los fundamentos y métodos del conocimiento científico). El gran interrogante que se plantea bajo este epígrafe es el de la existencia o no de una Ciencia de la Literatura, y, derivado de ello, si la Teoría de la Literatura posee una construcción epistemológica. Kant afirma que la Literatura no tendría estatuto científico, pues establece la posibilidad de obtener un conocimiento científico de los hechos naturales (ciencias naturales), pero no de los hechos culturales (ciencias del espíritu). Sin embargo, otros defenderán la justificación del estatuto científico de la ciencia cultural y, por tanto, de la Literatura. Para profundizar en dicha cuestión es preciso realizar una inicial revisión del concepto de “ciencia” y del de “teoría”; y un acercamiento posterior al método científico, y al desarrollo de la epistemología cultural y de una Ciencia de la Literatura. 2.1. CONCEPTO DE “CIENCIA” Y DE “TEORÍA”. EL MÉTODO CIENTÍFICO Los estudios culturales en general y los literarios en particular han tratado de ser teoría, ciencia, en el mismo sentido que las ciencias empíricas. Es fundamental dilucidar en este punto qué se entiende por “ciencia”. Frente a la ciencia como construcción conforme a un método, la filosofía del XX ha definido la ciencia como teoría, cuestión ésta de gran importancia para nosotros, puesto que si una teoría, por serlo, tiene rango científico, lo que habrá que demostrar es que en el enunciado Teoría de la Literatura, la palabra teoría cumple los requisitos necesarios para serlo, es decir, para convertirse en ciencia. La teoría se entiende hoy como un "constructo explicativo de orden superior", es decir, como una explicación plausible de la regularidad en la producción de un fenómeno. Las teorías son construcciones intelectuales para comprender, explicar, predecir (e incluso actuar sobre) los fenómenos y sus relaciones. La teoría, hoy, es la médula misma de la ciencia. Una formulación adquiere el carácter de teoría y de teoría científica cuando logra "la unificación racional de un conjunto de conocimientos científicos y elaborados – hechos, deducciones, hipótesis y leyes– en orden a entender cuál es la imagen estructuralmente coherente del ámbito de la realidad al que se refiere". En la cúspide piramidal de las formulaciones científicas están, por lo tanto, las teorías. Uno de los cometidos de la investigación científica es configurar y contrastar empíricamente las teorías. Una investigación es científica en la medida en que aporta información que permita generar o contrastar teorías. En cuanto a los métodos que utiliza el hombre para llegar a descubrir el conocimiento, para esta cuestión epistemológia es fundamental observar las características del razonamiento deductivo y del inductivo. Ese proceso nos lleva directamente a la noción de método científico o hipotético-deductivo, nacido de la necesidad de integrar las vías deductiva e inductiva en un único método. Las fases del método científico son tres. Esquemáticamente: observación de los datos empíricos – construcción de teorías– contrastación de hipótesis. Así pues, se percibe un problema, se identifica y se recogen los datos pertinentes, y desde ahí se asciende hacia la posición teórica de la construcción de hipótesis, volviendo a la dimensión empírica a través de la deducción, con el fin de verificar la hipótesis de

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trabajo. Esta forma de operar es sugestiva, ciertamente, para una Teoría de la Literatura que ha adquirido considerables niveles de abstracción, por lo que hay que abogar por la fundamentación empírica de la teoría, como ha señalado Darío Villanueva (1991) al referirse a la necesidad perentoria de que la Teoría literaria “nunca pierda contacto con la realidad de los textos”. 2.2. EPISTEMOLOGÍA CULTURAL El nacimiento de la epistemología cultural surge como reacción frente a la idea kantiana del conocimiento científico de los hechos naturales. Las tradicionalmente llamadas ciencias del espíritu (o culturales: productos de la cultura, no de la naturaleza) trataron de demostrar a lo largo de los siglos XIX y XX su estatuto científico (Bobes Naves, 1994 y 1999); destacando la evolución acaecida hasta llegar al desarrollo de una epistemología cultural con filósofos como Dilthey (1833), Rickert (1899), Cassirer (19231929, 1942, 1963). Para Kant los objetos naturales tienen caracteres de estabilidad y de exactitud que garantizan el conocimiento científico sobre ellos; los objetos culturales (como la literatura) no tendrían estabilidad ni exactitud en su ser y en sus relaciones: cada uno de ellos es único y las variantes son innumerables. En esa línea, la ciencia natural, con la garantía kantiana, se desarrolló brillantemente en el siglo XIX. Por su parte, las “ciencias culturales” quisieron tener estatuto científico aplicando métodos de las ciencias naturales, así ocurrió con la Lingüística y con la Teoría de la literatura. A finales del siglo XIX se inició una reacción contra esas afirmaciones kantianas opuestas a la posibilidad de un conocimiento científico sobre la cultura. A partir de entonces, surge la epistemología cultural y ésta permite perfilar una epistemología literaria, y, por lo tanto, establecer los conceptos que sirven de base a las distintas teorías de la literatura del siglo XX. Fue Dilthey el que proyectó tal epistemología cultural autónoma al oponer las ciencias humanas a las ciencias de la naturaleza. Su aportación fundamental fue la superación de la idea kantiana del conocimiento científico reducido en exclusiva al de la naturaleza y la defensa de la posibilidad de “experiencia” en el mundo histórico. En ese sentido, el historicismo surgiría como posibilidad de encontrar leyes generales en el cambio que los objetos creados por el hombre sufren en el tiempo, como el intento de lograr un conocimiento científico de la dimensión histórica del mundo del hombre. Dilthey admite para las ciencias humanas un positivismo metodológico semejante al de la ciencia natural. La diferencia no está en el método, sino en el contenido de la investigación: el mundo natural puede ser explicado mediante proposiciones teoréticas; el mundo cultural necesita, además de ser explicado, ser comprendido, frente a la exhaustividad descriptiva de los métodos naturales, las ciencias humanas o culturales proponen una selección, pues la mera descripción o la acumulación de detalles eruditos no basta para la comprensión del objeto en su conjunto. En suma, considera la actividad científica respecto a la cultura como una hermenéutica. Algunas de las ideas de Dilthey han inspirado la investigación estilística, respaldado la historia de la literatura, por la dimensión histórica de la obra literaria, y justificado el análisis de textos de tipo estructural, al admitir los procedimientos positivistas de identificación de unidades y relaciones formales. En el panorama general de la teoría de la ciencia, después de las propuestas diltheanas, y en el siglo XX, se señalan como líneas dominantes el historicismo con que se abrió el siglo (heredado del siglo anterior), el estructuralismo y los movimientos postestructurales (que abocaron a la llamada postmodernidad). 2.3. LA CIENCIA DE LA LITERATURA Es preciso recordar el hecho de que no podemos hablar de un concepto de literatura sino de diferentes conceptos, ni de una teoría literaria, sino de teorías sobre la literatura que, a su vez, van forjando distintos conceptos, que exigen diferentes métodos y responden a fines diversos. Con todo, hemos de aproximarnos al concepto de “Ciencia de la literatura”, siempre polémico. El concepto relativo de “ciencia” y el hecho de que nuestra materia sea un objeto susceptible de ser estudiado con una metodología y unos lenguajes apropiados, nos permite atribuirle dicho "estatuto científico". En resumen, "el propio desenvolvimiento de las ciencias positivas en el último siglo, y los avances en la teoría

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de la Ciencia a que dio lugar, favorecen la inclusión en un nuevo paradigma científico del conjunto de disciplinas que nos ocupan y tienen como objetivo el conocimiento más exhaustivo y riguroso posible de una realidad tan problemática como es el arte literario en general, sus concreciones individuales y las series en las que se integran sincrónica y diacrónicamente" (Villanueva, 1991). Los Estudios literarios constan de tres grandes ramas o disciplinas: Teoría, Crítica e Historia a las que hay que añadir una cuarta, la Literatura comparada. En palabras de D. Villanueva (1991) todas comparten el mismo objeto material, los textos literarios. Estos presentan dos facetas: la teórica (constituida por el sistema de aspectos constantes y específicos de los textos literarios) y la empírica (concretada en el conjunto heterogéneo de las obras de arte verbal en sí). Dicho objeto, además, puede abordarse desde tres perspectivas diferentes, sincrónica (Crítica), diacrónica (Historia literaria) y comparativa (Literatura comparada). Son, por lo tanto, tres modalidades diferentes de acercamiento al objeto de estudio y cuatro materias interdependientes que es necesario deslindar: - La Teoría literaria indaga en los rasgos constantes y específicos comunes a muchas obras (la “literariedad”). Se inició propiamente con Aristóteles (de ahí el nombre de “poética” para la teoría literaria), que estableció algunos principios básicos: mimesis, verosimilitud, catarsis, clasificación de los géneros... - La Critica literaria tiene carácter analítico (descomponer en elementos, describir cada elemento, relaciones entre ellos, etc.). Se aplica a una obra literaria o a un conjunto cerrado de obras. Trata de estudiar los mecanismos por medio de los cuales un discurso adquiere carácter artístico. Puede hablarse de diferentes fases y niveles de proceso crítico –de la mera impresión del lector al análisis y la interpretación–, así como de distintas modalidades, de la crítica inmediata a la crítica académica. - De manera diferente opera la Historia literaria: ordena los materiales que la crítica proporciona –análisis, juicios, relaciones o dependencias de unas obras con respecto a otras, jerarquías estéticas– y los coloca en una secuencia temporal. Crea así series cronológicas que inserta en los cauces más amplios de la historia cultural y política en que se integran. - El comparatismo actual acusa una fuerte influencia de la Teoría literaria (terminológica, conceptual). La propia teoría tiene una dimensión comparatista (atiende a corpus supranacionales y supralingüísticos). Son diferentes modalidades de acercamiento al mismo objeto material: los textos literarios. Las cuatro son interdependientes, a pesar de que tengan objeto, método y lenguaje propio o apropiados (“científicos”). No hay que confundirlas. Las dos facetas, teórica y empírica, son interdependientes, por "la obligatoriedad de fundamentar empíricamente toda teoría" y por "la necesidad perentoria de que (la Teoría literaria) nunca pierda contacto con la realidad de los textos". A su vez las cuatro materias que constituyen la Ciencia de la Literatura están firmemente relacionadas, "hasta el extremo de que ninguna puede alcanzar un cabal desarrollo sin el concurso de las otras" (Villanueva, 1991). Pero no todos aceptan el "estatuto científico" de la llamada Ciencia de la Literatura, razón por la que –aparte de la postura radical de Feyerabend (1975) para quien las mejores investigaciones científicas se han desarrollado siempre sin seguir un método racional, y de otros teóricos como Anderson Imbert, Guillermo de Torre, Juan Luis Alborg o el mismo Steiner (1973, 1976, 1990, 1991), que rechaza tajantemente toda posibilidad de lograr un conocimiento racional de la obra de arte, también de la obra literaria– se remite a la visión planteada por Sultana Wahnón (1991). En su libro Saber literario y hermenéutico. En defensa de la interpretación (1991) apoya a quienes no ven necesidad de dar carácter "científico" a los estudios literarios. En el horizonte postestructuralista sitúa Sultana Wahnón, por lo tanto, su reflexión, que modula en torno a dos supuestos básicos: 1º) La concepción esencialista del objeto debe ser sustituida por una concepción histórica del mismo; 2º) La obsesión cientificista debe ser sustituida por la convicción de que las ciencias humanas no tienen por qué someterse a un modelo de "ciencia" que no es identificable con todo conocimiento posible.

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2.4. Teorías literarias Destaca, por último, la situación de la literatura en la actualidad en relación con las diferentes teorías literarias. Interesa destacar al respecto la división de estas teorías planteada por Carmen Bobes (1994), según se considere la obra literaria en relación con los sujetos (autor-lector); en sí misma; como un signo; o como un hecho social. Fuera de ese sistema quedaría la deconstrucción –y la crítica feminista en algunas de sus vertientes– que niega la posibilidad de un conocimiento de la literatura. Parece claro que las distintas teorías acogen y proponen, a la vez, un concepto de literatura más o menos divergente, lo que permite distintas agrupaciones o clasificaciones de las mismas. La profesora Carmen Bobes (1994) redujo a dos ámbitos principales las teorías literarias actuales en su conjunto: las teorías que consideran la obra literaria en relación con los sujetos (autor-lector) y con el contexto: teorías trascendentes; y las teorías de la obra en sí o teorías (y métodos) inmanentes. Habría que añadir un tercer ámbito: el de las teorías que consideran un ámbito de la obra, viéndola como un hecho semiótico, un hecho social o un hecho histórico; en este ámbito se sitúan también las teorías que tienden a la finalidad (lúdica o gnoseológica); aparte quedarían las teorías que niegan la posibilidad de una ciencia de la literatura. Veamos más detenidamente la cuestión siguiendo a Bobes (1994): 1. Considerada la obra como producto de un autor y destinada a un lector, conduce a estudios biográficos, históricos, psicocríticos, sociológicos y culturales, y a teorías como la estética de la recepción o incluso a una sociología de la literatura, que no se interesa por la obra literaria, sino por sus efectos sociales. - Dos modos fundamentales han adoptado estos estudios, según se buscara la explicación del significado de la obra en hechos que afectan al autor y su entorno o en hechos que están en relación con el lector y su contexto: en cualquier caso, tal explicación se busca fuera de la obra. - Las limitaciones principales de estos estudios provienen de su carácter de estudios externos a la obra: no dan cuenta de la forma literaria; no dan cuenta del lenguaje literario; no tienen en cuenta que el poeta mantiene con su contexto una relación muchas veces negativa (de ahí lo arriesgado de interpretar la obra desde el contexto). Además, las teorías psicológicas (autor) y las teorías sociológicas (lectores) explican hechos psíquicos y sociales y la literatura sólo puede explicarse con una teoría literaria. - Pero también es cierto que no puede limitarse el estudio de la obra únicamente a la materialidad, pues la obra tiene su origen en un autor que vive en un tiempo y un lugar determinados, que se mueve (y conoce) en un espacio social, cultural, ideológico, etc., también determinados; y que la obra se dirige a unos lectores. De todo ello se deduce que la obra necesita tener en cuenta todas estas relaciones exteriores. - La pragmática pretende explicar la obra desde su relación con los usuarios y con el contexto; ve en la literatura un sistema peculiar de comunicación (“comunicación literaria”) y un acto de habla peculiar. 2. Considerada la obra en sí misma, con unas formas lingüísticas que expresan unos contenidos semánticos y unos valores estéticos, ideológicos, culturales, etc., se han formulado teorías y actividades como la ecdótica, la gramática del texto, la crítica lingüística, los estructuralismos y los formalismos: todos atienden a hechos de forma de la obra literaria. - Los contenidos semánticos, en relación con los valores semánticos del lenguaje son analizados por otras teorías como la crítica temática o como la crítica del reflejo, que estudian los motivos (y también las formas) de la obra literaria en relación con el mundo real (la obra literaria como trasunto de los hechos y relaciones del mundo empírico). - Surgen aquí las teorías de los mundos posibles (ficcionalidad) y la teoría de la construcción imaginaria.

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- Como se ve, respecto a los sentidos de la obra literaria hay doble posibilidad: representar el mundo de la realidad o crear otra realidad ficcional coherente, aunque ajena a las condiciones de verdad del mundo real. - En este apartado hay que situar también la psicocrítica y la sociocrítica referidas al mundo ficcional de la obra dramática o narrativa (así, el mundo ficcional está habitado de personajes que, a imagen de la persona, tienen problemas psíquicos y relaciones sociales y se mueven en un tiempo y en un espacio que reproducen los del mundo empírico y pueden ser estudiados con los mismos modelos). - La obra en sí es objeto también de las estilísticas y, en general, de los estudios del lenguaje poético como construcción lingüística diferenciada del lenguaje ordinario. - A pesar de la llamada “crisis de la literariedad”, es indudable que el lenguaje literario presenta una frecuencia mayor de figuras, de recurrencias y de recursos retóricos que el lenguaje ordinario, por lo que es lógico que tales formas se estudien en referencia al lenguaje poético. 3. La obra literaria, considerada como un signo origina la semiología o semiótica literaria (teoría de conjunto que analiza la totalidad de la obra –formas y sentidos– y sus relaciones externas: sintaxis, semántica, pragmática). - Considerada como un hecho social, puede ser objeto de una sociología literaria. - Considerada como un hecho histórico da lugar a estudios históricos centrados en el sistema literario o en relación con otros sistemas culturales (la filología, la hermenéutica, la historia de la literatura). - Atendiendo a las causas teleológicas (finalidad), algunas teorías ven la literatura (el arte) como juego, como proceso de conocimiento de ámbitos no racionales... 4. Fuera de este sistema quedaría la deconstrucción –y la crítica feminista en algunas de sus vertientes– que niega la posibilidad de un conocimiento de la literatura. Como ha podido verse, todas las teorías señaladas parten de un concepto de “literatura”, es decir, dan por supuesta la existencia de la literatura, que se realiza en unos objetos que son las obras literarias. Es, al menos, un punto inicial imprescindible de convergencia. BIBLIOGRAFÍA TEMA 1 ▪ AUSTIN, J.L. (1962): Palabras y acciones. Cómo hacer cosas con las palabras, Buenos Aires, Paidós, 1982. ▪ BOBES NAVES, Mª C. (1994): “La literatura. La ciencia de la literatura. La crítica de la razón literaria”, en Villanueva, D. (Coord.) (1994): Curso de Teoría de la Literatura, Madrid, Taurus, 19-45. -- (1999): “Historia y estructuralismo. Los postestructuralismos (Semiología y postmodernidad)”, en Fuente, R. de la (ed.): La historia de la literatura y la crítica, Salamanca, Colegio de España, 29-64. ▪ BRIOSCHI, F. y DI GIROLAMO, C. (1984): Introducción al estudio de la literatura, Barcelona, Ariel, 1988. ▪ CUEVAS, C. (1972): La prosa métrica. Teoría. Fray Bernardino de Laredo. Estructuración y relaciones con el verso, Granada, Universidad de Granada. ▪ DOMÍNGUEZ CAPARRÓS, J. (1981): “Literatura y actos de lenguaje”, en Mayoral, J.A. (Comp.) (1987): Pragmática de la comunicación literaria, Madrid, Arco Libros, 83-121. -- (1988): Métrica y Poética. Bases para la fundamentación de la métrica en la moderna teoría literaria, Madrid, UNED. -- (1989): Crítica literaria, Madrid, UNED. -- (1993): Métrica española, Madrid, Síntesis.

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