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Teódulo

Daniel Albarrán

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Título original: Teódulo Autor: Daniel Albarrán Depósito legal: lf 0812007800231 I.S.B.N. 980-12-2377-4

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Subía la cuesta, Teódulo Ruiz, con un costal lleno del mercado de las dos semanas siguientes. Acostumbraba bajar cada quince días a la ciudad a comprar lo que necesitaba para seguir su entrega y abnegación a las matas y cultivo de lo que le llenaba y realizaba. Su pedazo de tierra le daba los huevos, la leche, los cambures, el fríjol, y todo lo necesario para no tener que ir a la ciudad con más frecuencia, que la de cada quince días. Y aún cuando lo hiciera no se sentía tan a gusto como en medio de las tres vaquitas, algunas gallinas, y otros individuos del género animal que poseía y a los que cuidaba con esmero y dedicación. El tiempo restante era para las matas de café, de cambures, el maíz, las caraotas, la caña y sus hortalizas, que eran variadas. La ciudad le proveía de sal, carne, arroz, fideos, y de la harina de trigo, que nunca podía faltar para hacer sus arepitas, todas las mañanas. Como igualmente, el miche, aunque lo prefería casero. Pero, había que ajustarse a que Manuel lo fabricara y lo vendiera, como cosa de

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mucho valor. Y lo era. A este miche lo llamaban “callejonero”, porque lo hacían en alambiques domésticos, y por lo general, estaba en callejones o lugares escondidos, y era visto como una actividad ilegal. Era más fuerte y picante que el de la fábrica industrializada y no contenía ningún aditivo químico. Aunque, no se entendía por qué era ilegal; más bien, podría verse como un producto artesanal y familiar. Pero, en todo caso, era así. Eso le daba más valor al miche, aunque costaba menos. Había bajado por un momento su costal, repleto del mercado, para descansar a la mitad del camino y aprovechar un traguito de miche, que con éste ya era el segundo. Pues era como parte de la rutina dar su aprobación con el primer trago, en el momento de la compra, en la casa de Manuel, con su característico carrasqueo de garganta, como reacción de lo fuerte de la bebida. Pero este carrasquido era más de satisfacción por el sabor del licor que por lo ardiente de esta agua, que no en vano lleva el calificativo de “aguaardiente”. Entre más ardiente, más sabrosita aquella agua, casi medicinal, en medio de tantas fatigas del trabajo del campo. Aquella botellita representaba, sin duda, como un premio a su trabajo. Allí radicaba la satisfacción. Más que justificada.

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El camino era de tierra, y si se hubiera visto desde el aire, se podía notar su forma de culebra, entrecruzando y escalando parte de la montaña, para comunicar algunas casas de familia entre sí y con el caserío principal, que estaba a una media hora, más abajo. Pocas casas se encontraban en el recorrido. En algunas intercesiones había que desviarse para ir a cualquier otra familia. Para hacerlo, tenía que ser por cualquier motivo importante, como asistir a algún velorio, visitar un enfermo, participar de la paradura del Niño, en el mes de enero; o, inclusive, ir a dar el feliz año. Eran muy poco frecuentes las visitas. Y eso, porque todos se hallaban en sus faenas diarias del campo, y no había mucho tiempo libre para hacer visitas, durante el año. Sólo en ocasiones verdaderamente especiales, como el hecho de ser invitado exclusivamente, por coincidencia, como que fuese pasando, o por eventualidades. Teódulo ya había realizado el segundo traguito de rutina y se disponía a levantar otra vez su costal para llevárselo a sus espaldas y proseguir su marcha. En él llevaba lo de siempre. Lo de cada quince días. Antes de reiniciar su marcha se llevó un poco de chimó a la boca. Tomando el costal por el cuello y retorciéndolo un poco dio el impulso necesario para que el costal fuera a descansar en sus

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espaldas. Acto seguido se acomodó el sombrero y con ello comenzó a caminar para continuar la subida y acortar la distancia que lo separaba de la casa, en donde lo esperaba Inés, su esposa. Inés era su segunda esposa. Teódulo había enviudado hacía unos veinte años y había contraído segundo matrimonio para hacer menos pesados sus años menos jóvenes. Del primer matrimonio tenía ocho hijos y vivían en la parte principal del caserío. Todos estaban casados y realizados. Les había dado a cada uno una parcela para que hiciera cada uno su casa, como de hecho era. Había dejado para sí la casa principal y había adquirido una finca en la loma para su segundo matrimonio. Cada vez que bajaba solía ir a su casa y algunas veces sus hijos tenían que levantarlo del piso de uno de los corredores de la casa principal en donde se sentaba a tomarse algunas botellitas de miche. Tal vez, era el dolor de la primera pérdida lo que lo inducía a ello. Otras veces, dos de sus hijos lo acompañaban y eran tres, entonces, los que amanecían en el corredor. Había allí una solidaridad, que vista fríamente desde afuera, no era sino una desconsideración. Pero, era más que esa impresión. Inés, sufría al pensar que Teódulo tenía que bajar a realizar las compras, cada quince días. Eso suponía la posibilidad de que

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Teódulo no regresara el sábado. El motivo era que, a veces, se quedaba en la casa de los hijos, o en la casa principal, tomando miche. Así lo decía ella. De manera fuerte y agresiva, generando en el propio Teódulo más los deseos de quedarse haciéndolo. Ella, verdaderamente, no comprendía que Teódulo hiciera ese espectáculo. Era egoísta al no buscar comprenderlo. Y no hacía el más mínimo esfuerzo en comprender. Más bien le reclamaba y le recriminaba. Eso hacía que se distanciaran cada vez más y que Teódulo incrementara más las salidas al caserío, algunas veces, hasta cada ocho días, o, incluso, menos. Eran pasadas las seis de la tarde. En la casa de Teódulo se podía notar, desde la distancia, el humo de la chimenea. Galán, que así se llamaba el perro, al divisar a su amo, salió formando una algarabía festiva, a su encuentro. Teódulo hizo su silbido característico, a unos doscientos metros, anunciando su llegada, antes de llegar a la puerta de palo y de alambre de púa. Su casa estaba en un plancito en medio de un potrero, lleno de naranjos, matas de café y matas de cambures. Se podía respirar aire puro y mucha tranquilidad. Parecía un paraíso aquel paraje. De hecho, mucha gente conocida de la ciudad venía a visitar a Teódulo, en los

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días festivos de diciembre, para disfrutar de aquel regalo de la naturaleza. -- ¡Hola, Inés! – saludó Teódulo al llegar a la cocina y descargar el costal en el suelo. Mientras que Inés se aprontaba a montar la olla con agua para hacer café, dejando a un lado el malangá que estaba pelando para los cochinos. La cocina era oscura y había un fuerte olor a humo de leña. El humo de la leña con la que se cocinaba se había encargado de darle un toque de pintura oscura a todas las paredes de la cocina, y la hacían acogedora. -- ¡Menos mal! ¡Ya estaba pensando que se iba a quedar tomando miche! – fue la bienvenida de Inés, al tiempo que movía algunos palos de leña en el fogón para aumentar la candela. Teódulo se acomodaba en la silla de cuero y colocaba su sombrero encima de la mesa, mientras que Galán movía la cola mirando a Teódulo mostrándole su alegría, al pie de la mesa de la cocina.

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Inés estaba sirviendo el café con leche en una taza grande de peltre, para el desayuno. La leche había sido recién sacada de las vacas en esa mañana. Una parte era para el consumo diario y otra para hacer “cuajadas”, también para el consumo propio, como para la venta de algunos que venían a buscarlas cada tres días y revendían en el caserío principal. Esa era una entrada, igual que las de las caraotas, los cambures, los huevos y otros que producía la finca de Teódulo. Sin contar con la pensión de la que disfrutaba Teódulo desde hacía unos siete años, por haber trabajado en las Obras Públicas del Estado, como del cobro de los alquileres de las dos casas que poseía en la ciudad, propiamente. Acompañaban a la taza de café con leche algunas arepas de harina de trigo y una cuajada. Ese era el desayuno. Algunas veces se combinaba con la arepa algunas caraotas del día anterior. No podía faltar a las caraotas unas dos cucharadas de ají, igualmente casero como picante. Teódulo se reabastecía esa mañana, como

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todas, casi a la misma hora, para iniciar la faena del día. Vestía de color caqui. Llevaba una correa ancha a la cintura en la que colgaba su machete. Sus zapatos eran unas botas de cuero, color marrón, con una punta de hierro y que le daban en el Ministerio, como solía decir el mismo Teódulo. Parte de la mañana se le iba en picarle algunas cañas de azúcar y darles la primera ración de comida a los dos cochinos que tenía en la parte trasera de la casa, que era lo primero que hacía. Insaciables eran estos dos animalitos. Después, el maíz para las gallinas y las palomas. El pasto para las tres vacas y sus becerros. La comida para su burrito. Sin olvidar, como es lógico, el desayuno de Galán, que era lo primero de lo primero, y que lo acompañaba con algún que otro juego y movida de cola, en todas sus actividades. No en vano experimentaba Teódulo la fama de su lealtad en la amistad. Sentía por su perro un especial sentimiento. Algo especial los hacía inseparables. Conversaba con él y hasta parecía que se entendían. Teódulo no era rico. No era pobre. Tenía las maneras para vivir como vivía. No le faltaba nada. Tenía trabajo. Su finca era su trabajo y era todo lo que tenía. En ella estaba toda su vida. Era su alegría. Su razón de vivir. Tenía algunos ahorritos para cualquier

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eventualidad. No se afanaba por aumentarlos, ni mucho menos, en gastarlos. Allí estaban en una Cuenta del Banco. Subían con los depósitos mensuales que hacía. Gastaba lo justamente necesario. Además, su finca le proporcionaba todo lo que necesitaba, incluyendo algunas ganancias en moneda. Podía vivir mejor. De eso no había duda. Pero no era un problema. Nunca había vivido en la opulencia, aunque tenía todas las posibilidades. Sus hijos le recriminaban al respecto y le criticaban que trabajara, todavía a sus sesenta y ocho años, cuando era para que estuviera descansando. Pero, toda una vida de trabajo, significaba que su cuerpo se enfermaría si dejaba de estar activo, como siempre lo había sido y estado. Tampoco era para que hubiera comprado una finca tan lejos. Además no tenía ninguna necesidad de ello. Tenía casa. Tenía hijos que lo recibirían alegremente en sus casas. Era un viejo cabeza dura. Así se lo decían, de vez en cuando. Para las tareas de abono y deshierbe del maíz y de las caraotas había que buscar obreros, porque exigía más tiempo y dedicación de la que él le dedicaba diariamente. Eso significaba unos tres o cuatro obreros por una o dos semanas consecutivas. Y eso era más trabajo para Inés en la cocina pues aumentaban los

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comensales. Pero, viéndolo bien, tampoco era tanto el trabajo de la cocina. Todo consistía en pelar más cambures, unas tres manos más; aumentar el agua de la sopa y con ello unas cuatro tazas más de caraotas o arbejas, según lo que se comiera ese día. Y esto no era mucho quehacer, sino más que añadir. Lo mismo sucedía con la carne y las papas y todo el guiso, que era exquisito y en el que era famosa Inés. Tal vez era el cocido en leña lo que le daba ese toque especial a la comida de Inés. O tal vez las ganas con la que comían los obreros. Aunque, había que reconocer que en el amasado de la arepa de harina, sí había un poco más de trabajo para Inés, ya que los obreros hacían desayuno, almuerzo y media tarde, todos los días de trabajo. Se podía contar con un buen hervido de gallina gorda, a media semana, con varios platos de cambures, y ají casero. Cuando el día estaba un poco toldado, entonces, había uno o dos traguitos de miche, del callejonero. Ese día los obreros trabajaban más contentos y con las mejillas a medio encender. Inés, por su parte, todas las mañanas se dedicaba a limpiar el cochinero, a recoger los huevos de las gallinas; echarle afrecho remojado a los cochinos; a picar los cambures restantes del día anterior para las gallinas; a limpiar la casa; a lavar la ropa; a fregar

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los corotos de la cocina; a hacer el almuerzo, simultáneamente; a desgranar el maíz; a limpiar las caraotas de piedritas y demás. En fin, su actividad no era poco, tampoco. Inés era alta y delgada. Tenía unos ocho años menos que Teódulo. Era habladora y también un poco chismosa. ¿Pero qué mujer hay que no ejerza bien este oficio? No era la excepción. Siempre andaba con un par de crinejas que le colgaban por ambos hombros. Su cabello hacía una combinación entre negro y canoso, con más tendencia, a esta altura de su vida, a lo segundo. Tenía una gran cualidad y un gran defecto: era trabajadora como ninguna otra. Era eso lo que le gustaba a Teódulo. Una auténtica mujer de trabajo, de las que se enamoraría cualquier hombre de campo, y de las que se hubiesen sentido muy contentos y orgullosos los padres de Teódulo. De esas que no se dejan morir de hambre y de las que necesita un hombre de trabajo y de bien. Esos eran los consejos que Teódulo escuchaba de muchacho de sus mayores. Motivos tendrían sus padres para sentirse felices del acierto en la escogencia de su hijo. No se quejaba. No tenía motivos. Pero, no todo es perfecto. Era muy habladora y se quejaba de todo. En este aspecto, Teódulo se sentía desacreditado. El tema principal era el miche. Y todo

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provenía de allí. Teódulo no le daba mala vida. Sólo que se tomaba alguna que otra botellita y se ponía conversador. Nada más. Pero Inés se valía de eso para hacerse pasar por víctima. Era, entonces, cuando Teódulo buscaba quedarse en la casa de abajo porque no hallaba la compañera que hubiese querido. Y que, de hecho, no era ya que en las otras obligaciones no había ningún cumplimiento, por parte de ella, que aunque, a sus sesenta y ocho años, hubiese sido más que reconfortante una palabra afectuosa y de estímulo; sin obviar las otras manifestaciones. Pero ni uno, sin lo otro. Inés, por su parte, no concebía otra idea. El trabajo que hacía era el concepto que poseía de matrimonio. En parte, tenía sus razones. Una de ellas era que se había casado sin saber lo que era amor de pareja y de compañero. No era la principal razón, sino ser mujer de trabajo. Lo demás no entraba en su entendimiento y razón. -- ¡Mija! – La otra semana vamos a tener obreros. Hay que aporcar las maticas de café, antes de que caigan las lluvias – comentó Teódulo a Inés mientras se llevaba a la boca un pedazo de arepa de harina de trigo, rellena con un buen tajo de cuajada. El olor del humo le daba a la cocina un ambiente bonito. Las llamas que producía la leña parecían estar contentas aquella mañana. Algunos

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ruiditos disparejos salían de la leña que se iba resquebrajando por la voracidad de las llamas. En la parte izquierda del cimiento de la cocina se hallaba una máquina manual de moler café y maíz, fija en una mesa. Un poco más allá había un montoncito de leña seca, entre algunos leños, más o menos pequeños, y algunas chamizas. Había también una cocina de kerosén, de cuatro hornillas, que se usaba muy de vez en cuando; también una cocina de gas comprimido, que se usaba menos que la de kerosén; ambas, estaban tapadas con un cobertor plástico de color amarillo como protección, y se usaban cuando venían los hijos de Teódulo de visita. Inés prefería el fogón. Le rendía más y sus llamaradas le alegraban más que las llamitas, casi pálidas, de las dos cocinas. No había comparación. A Inés, esas cocinas le parecían muy finas y bonitas, pero de poco rendimiento. Era cuestión de costumbre. Casi inmediatamente a la orilla de la puerta había una nevera en donde se guardaba la carne y algunos comestibles que se traían de la ciudad. Junto a la nevera, pegado a la pared, había un estante, más o menos grande, con puertas y llaves, donde se guardaban el arroz, la sal, el azúcar, en potes de leche. En ese estante había, igualmente, algunos paquetes de fideos, de marcas diferentes, sobre todo, macarrones de los gruesos; unos

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diez potes de sardina enlatada, en aceite. A Teódulo le encantaba comer fideos con sardina, acompañado con unos buenos cambures, que no podían faltar. Y en la despensa no faltaban nunca unas latas de sardina. -- ¡Este año la cosecha va a estar buena! – continuó Teódulo, mientras iban disminuyendo las arepas del plato, al igual que la cuajada. -- ¡Gracias a Dios y a la Virgen! – acuñó en comentario agradecido Inés, en donde no podía ser de otra manera, en su sentimiento de agradecimiento natural por la generosidad de su finca, y en recompensa a sus propios trabajos y dedicación. Es sorprendente descubrir en la gente de campo esa disponibilidad en reconocer en todos sus quehaceres la mano de la Providencia. Si llueve, o no, es obra de Dios. Si la cosecha es buena, o no, también. Si sucede algo en beneficio, está la mano de Dios; si no, igualmente. Tal vez, sean la propia generosidad de la tierra y su aprovechamiento lo que hacen que se viva en esa total sintonía. Ellos así vivían, así lo experimentaban, y así lo expresaban. Con absoluta naturalidad y libertad. No sólo ellos, casi todos. Muy poco

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se les escapaba un lamento o un suspiro lastimero, a pesar de sus pesares. Era domingo y no harían actividades fuertes, como de costumbre. El día sábado solían darle triple ración a todos los animales, para que tuvieran para el domingo. No sucedía lo mismo con los cochinos, que a pesar del aumento de la ración había que hacerles dos visitas, por lo menos, pues no tenían fondo en sus estómagos. A más comida, más apetito. Los domingos, Inés bajaba a la Misa, en el caserío principal. Después, aprovechaba para visitar a dos de sus hermanos, que vivían cerca de la capillita donde celebraban la Misa, y pasaba a darle un vistazo a su mamá, que vivía a una media hora, cuesta arriba, al otro lado, como solía llamársele, y que no era sino la otra ladera de la misma montaña donde vivía Teódulo. A Inés le hacía mucho bien el descanso del día domingo. Le era propicio para darle un poquito a la lengua y saludar a sus amigas. Por lo general le llevaba en una bolsa algunos huevos a su mamá, o una cuajada. Era su presente. Estaba acostumbrada, como todos los del lugar, a no hacer visitas sin llegar con algo, cualquier cosa. Ese domingo le llevaría una gallina con algunas verduras para hacerle un sancochito.

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Teódulo, por su parte, se quedaría en casa. Aprovecharía el día para descansar un poco en alguna otra actividad, distinta a las de la semana. Remendaría algunos costales en el corredor. Encendería la radio. Mascaría un poco de chimó. Lo escupiría. Se acostaría en la estera a perecear un poco. No mucho, porque no era su costumbre. Conversaría con Galán. Saldría al filo a mirar desde arriba la ciudad, que se divisaba y se veía como en postal. Se echaría en pleno potrero, junto al filo, a dormir la siesta, después de haber calentado el almuerzo que había dejado hecho Inés, y comido. Se taparía la cara con el sombrero para no encandilarse demasiado. Se despertaría a la media hora sintiendo que no había cosa más sabrosa que la siesta a pleno sol en un día domingo. Y cada uno a lo suyo, después del desayuno. Galán acompañó a Inés hasta el filo y se regresó en carrera al corredor en donde dio varias vueltas en estilo juguetón. Tal vez, sabía que era domingo.

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Ahí iba Inés. Camino abajo. Recién bañada y vestida con ropa de domingo. Iba contenta. Sus crinejas iban bien arregladas y colgaban en sus hombros. Su vestido azul con flores parecía nuevo. Acostumbraba lavarlo con almidón y después de plancharlo le quedaba como de primera postura. Llevaba una mochila de costal con agarradero largo que colgaba del costado izquierdo. Allí llevaba algunas papas, auyama, cilantro, y otras cosas necesarias para completar el aderezo del sancocho que pensaba hacerle a su mamá. La gallina la llevaba colgando patas arriba, en la mano derecha, amarrada por las patas. De vez en cuando, la gallina hacía algunos movimientos bruscos para hacerse sentir, como si le fuera a servir de algo. Dentro de la mochila llevaba el par de zapatos que al llegar a la carretera principal cambiaría, pues, eran los del domingo y de fiesta, o días especiales. -- ¡Adiós, Inés! – saludó desde unos cien metros la mujer de Melecio. – ¡Pase a tomarse un cafecito que está acabadito de hacer!

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— La casa de Melecio quedaba a pocos metros del camino real. Todo el que andara el camino tenía que pasar por el frente de la casa de Melecio. Marcaba la propiedad privada una cerca de palos con alambres y se hacía sentir que era privado. El camino bordeaba esa propiedad y continuaba. Era camino real. Por él cualquiera podía pasar. Por eso era real. -- ¡Pero, solamente café, porque voy pa’Misa! – contestó Inés, aceptando la invitación, a la vez que se dirigía hacia el portón de la casa de Melecio. Melecio tocaba muy bien el violín y era famoso por las paraduras del Niño. Junto con él eran tres los violinistas en el caserío en estos servicios en los meses de enero y febrero. Eso significaba que en esos dos meses del año, Melecio, no trabajaba. No podía, aunque lo quisiera. Ya que tenía que aceptar las invitaciones a las casas a “tocarle al Niño”. Y ante ese compromiso no había otro que fuese mayor. Se trataba de una devoción religiosa. Hubiese sido un desagravio para la familia que cumplía con su devoción heredada que Melecio no aceptara con su violín y sus acompañantes ir a la Paradura del Niño. Este compromiso los adquiría Melecio ya desde el mes de octubre. Su música era más suave y ligera que la de los otros dos violinistas. Su violín no

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chirriaba tanto como los de Clemente o Poncio. Además, éstos dos eran famosos por emborracharse y llegar tomados a las paraduras restantes del día. Eso significaba que Melecio era más serio y asumía sus compromisos con más cordura. Porque en un mismo día eran tres o cuatro las paraduras que tenía que tocar, como se decía en su lenguaje coloquial. Lógicamente que recibía un pago por el servicio y con él se las arreglaba de manera holgada durante esos dos meses. A Melecio se le miraba con mucho respeto en el caserío, tanto en la parte donde vivía, como en el principal. Con mucho respeto y agradecimiento. Hablar con él era como una especie de conexión espiritual. Influía en esa percepción el hecho de relacionarlo con el “Niño” y las “Paraduras”. -- ¿Cómo está hoy, señora María? – saludó Inés a la mujer de Melecio, dejando atrás el portón y entrando al patio de la casa de Melecio, cubierto todo de terracota roja. -- ¡Con mis achaques de siempre! -- respondió María a la pregunta de Inés. -- Y por allá, ¿cómo están? -- ¡La más enferma soy yo, y ya me ve! ¡Andando! – respondió Inés.

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La mujer de Melecio acomodaba una silla en el porche inmediato al patio para que se sentara Inés, mientras se quedaría de pie, atendiendo la visita dominical matutina. -- ¿Cómo está el señor Teódulo? -- ¡Está bien! -- ¡Rosa! ¡Rosa! – En ese momento llamó María a su hija mayor, de unos veintidós años, para que le trajera café a Inés. Rosa saludó a Inés, con el característico “usted” del uso diario. No cabía el tú en la conversación, ni familiar, ni casual. Se habían acostumbrado a tratarse de “usted” y se trataban así diariamente. No para hacer diferencia o poner distancia, como podría verse desde afuera. Era parte de su misma manera de ser entre ellos. La mamá jamás tuteaba a sus hijos, ni éstos entre ellos. El “tú” era para la gente de la capital y de gente fina. Y no sabían que había diferencias en el uso de “tú” y de “usted”. Además, tampoco sabían usarlo bien. Pues unían mal el uso de la segunda persona con sus respectivas terminaciones. Así, por ejemplo, usaban el usted, con el correspondiente él o ella, en todas las maneras. Si en vez de usar “tu comes pan”, como sería, y es, si se usa el “tú” en la conversación diaria y coloquial; ellos, usarían “tu come pan”, incurriendo en un

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grande error gramatical. La razón era que estaban acostumbrados a usar siempre el “usted” para todo. Este error gramatical podría verse, y se veía, como ignorancia. Y lo era. Pero se ignora cuando no se usa o no se está acostumbrado. Ellos se daban cuenta de ese error. Por eso usaban siempre el “usted”. Lo importante era que no era por no caer en un error gramatical, cosa que les importaba menos que un bledo, sino porque había en su trato una consideración natural de respeto por las demás personas. Y esto era lo que hacía que el “usted” estuviese a flor de labios. Además, qué les podría añadir o quitar a sus propias vidas el que tuviese una “ese” de más o de menos cada verbo utilizado en segunda persona del singular. Lo que sí era “singular” en ellos, era, precisamente, esa concepción respetuosa en el diario vivir. Lo demás, sobraba o faltaba. Y no era problema. Inés saboreó hasta el último sorbo de café, y con él, la tertulia con la señora María. No era tanto por el cafecito, sino para conversar un poquito. Nada especial. Porque nada especial acaecía en sus vidas, sino lo de siempre. Se despidieron e Inés volvió a donde iba y a lo que iba, como casi todos los domingos. Al menos, cada vez que podía. La gallina volvía a quedar con las patas hacia

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arriba y de vez en cuando a moverse. Inés volvió a acomodarse su mochila de costal y cuesta abajo, por el camino real. Quince minutos más tarde ya se hallaba llegando a la carretera del caserío principal. Al llegar a la carretera de asfalto colocó la gallina en el suelo. La gallina hizo ademán de correr pero todo quedó en un movimiento brusco porque se hallaba amarrada de las patas. Inés bajó su mochila. La abrió. Sacó una bolsa de papel. Sacó sus zapatos de domingo y de fiesta y de ocasiones especiales. Se quitó los zapatos del camino. Se limpió los pies con un pañito, que llevaba para tales menesteres, y se puso los zapatos que traía, guardando en la misma bolsa los del camino. Pisó firme como para cerciorarse que eran sus pies y sus zapatos. Se pasó las dos manos por la cabeza para recogerse el cabello, en caso de haberse despeinado, y movió la cabeza, como para decirse que todo seguía donde tenía que estar. Volvió a guindarse la mochila al hombro. Y otra vez la gallina a ir como venía: con las patas arriba y la cabeza abajo. ¡Vaya suerte! ¡Le había llegado su domingo! Todavía le quedaba a Inés unos cuarenta y cinco minutos de tiempo libre, antes del principal motivo de su bajada. Le quedaba tiempo de ir donde Custodio, su hermano. Además, tenía que

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hacerlo porque no podía entrar con su mochila y gallina a la Misa. Tenía que dejar sus macundales en otro sitio. Custodio vivía a unos cien metros de la capillita, donde era Patrono San Isidro Labrador. Patrón espiritual que había sido bien escogido por ser casi todos de las faenas del campo y de la agricultura. Justo a la diez de la mañana estaba llegando el curita, que subía, todos los domingos, de la Iglesia Parroquial a cumplir su labor espiritual. Todos estaban reunidos esperándolo, como siempre. También Inés, que ya había saludado a todos los que estaban dentro. Así, que, a lo que iban, los que iban, cuando iban, y que casi siempre eran los mismos. No había más.

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Satisfecha consigo misma ya estaba Inés. La primera parte de lo que había bajado a hacer ya estaba cumplida. Ahora, faltaba el sancochito de su mamá. Y para eso tenía que subir otra cuesta. Pero no era para ella una dificultad. Su cuerpo estaba más que acostumbrado. Era como un resorte al que todavía le faltaba estirarse y se hallaba esperando cumplir su estiramiento. Aún estaba flojo y hubiese quedado mal sino se completase totalmente. Inés, mentalmente, se hallaba preparada. Sus músculos, sus tendones y nervios, no se habían aflojado. Y lo harían, sólo, al regreso. Porque en estos momentos ya llevaba más de la mitad del camino a casa de su mamá. Se hallaba en un plancito de terreno, que era como un descanso del mismo camino. Al lado izquierdo serpenteaba una quebrada, que a esa altura, comenzaba a ser limpia y cristalina, y mucho más, a más altura. Ya que después de ese plan hacia abajo aumentaba el número de las casas y las aguas negras iban a parar a

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los cauces de la quebrada. Lo que hacía que ya el agua dejaba de ser pura. De esa parte del camino hasta la casa de la mamá de Inés había unos doce minutos de distancia, al paso de Inés. Y allí iba ella, con su mochila, y ya sabemos cómo la gallina. Bernardo, el hermano menor de Inés, también subía todos los domingos. Estaba casado con la hija mayor de Ruperto y vivía en casa de los suegros, en el caserío principal. También era músico. Tocaba el violín por eventualidades, y no era su fuerte, aunque sí el cuatro. Lo buscaban mucho, al igual que Melecio, para las Paraduras del Niño, pero sobre todo como rezandero y acompañante de Melecio. Bernardo se sabía los versos que se cantaban en las Paraduras y era una pieza clave en las mismas. Tenía dos hijas adolescentes. No podía faltar el día domingo en la visita de su mamá. Lloviera o tronara, ya a las diez y media, Bernardo, se encontraba en su casa materna. Limpiaba un poco el patio. Picaba un poco de leña. Molía caña de azúcar. Le hacía el almuerzo a su mamá. Hacía todo lo que podía hacer para aligerarle un poco las tareas a su anciana madre, a la que acompañaba otro hermano, pero que no era suficiente. Todos sabían de la dedicación de Bernardo por su mamá.

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Cuando Inés llegaba a la casa materna, ya parte del trabajo estaba adelantado. Ese domingo no era la excepción. Bernardo ya había hecho casi todo. Ese día el agua caliente sólo esperaba por la gallina que traería Inés, como habían acordado el domingo anterior. La gallinita se llevaría un baño de agua caliente, primero, para ser desplumada, después del estirón de pescuezo; y, por último, se darían banquete con ella. ¡Las cosas de la vida! Los dos perros de la casa materna comenzaron a ladrar. Pero no era un ladrido de amenaza o de defensa de sus territorios. Era más de alegría y de recibimiento. Era Inés que se acercaba ya. Los perros salieron a su encuentro. E Inés se sentía en casa. Los perros la rodearon, le movían la cola, y querían como que los alzara en brazos, como a niños chiquitos. Por lo menos tenía perro que le ladrara, para no desconsolarse con el refrán que afirma “que ni siquiera tiene perro que le ladre”. No eran suyos, pero como si tal, sin contar con Galán, por supuesto. La gallina ante la algarabía de los perros intentó otro movimiento brusco, como en defensa propia. Total, si no eran los perros, ya todo estaba marcado. Lo ignoraba ella. De nada, tampoco, le hubiera servido el saberlo. Mejor así.

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Además, con las patas pa’rriba y la cabeza pa’bajo, no había ninguna diferencia. Los perros seguían retozando alrededor de Inés, que se sentía contenta al verse tan bien recibida, mientras iba avanzando y se dirigía a la parte trasera de la casa para entrar por la cocina, como de costumbre. Bernardo, mientras tanto, atizaba el fogón para mantener vivas las llamas. Arrimó la olla pequeña al centro de la candela. Esta olla estaba toda ella negra por el humo. En ella calentaría el café para Inés. La señora Carmen, la mamá, estaba sentada al lado de la mesa, dejándose atender por su hijo menor, como todos los domingos. Bernardo era su alegría. Todos los hijos eran bien queridos. Pero Bernardo, se hacía sentir especial, no porque lo buscase, sino porque se lo ganaba, con tantas atenciones y desvelos, por lo menos, mientras podía, que casi era siempre. Bernardo era bien apodado “el ovejo”, y todo por su cabello enroscado, de naturaleza. Pasaba los cuarenta años. Era de contextura delgada- fuerte. Había prestado su servicio militar en la Capital y se caracterizaba por su solidaridad silenciosa y hacendosa para cualquier familia, sobre todo, en circunstancias menos ventajosas. Se había casado con la hija mayor de Ruperto y se había

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convertido para la familia de ella en un pilar fundamental. Ruperto sentía por él un especial cariño y lo veía no tanto como a su yerno, sino como a un amigo especial. Lo era. Era verdaderamente un apoyo y un soporte, desde cómo se le mirara. Bernardo adoraba a sus dos hijas. Pero, la menor le robaba más el corazón. -- ¿Cómo están hoy? – fue el saludo de Inés al entrar en la cocina. – ¡La bendición! – prosiguió su saludo dirigiéndose a su mamá, a la vez que bajaba la mochila de su hombro, para colocarla encima de la mesa. -- ¡Bien! ¡Bien! – respondieron los aludidos. Bernardo fue directamente a la gallina. Ya se le hacía agua la boca con el sancocho y el mojito que se iba a hacer con ella. Era parte de su arte culinario el comer sopa y seco. Por lo general, casi nunca se comía sólo sopa, o sólo seco. En el caso de la gallina, sucedería lo mismo. Se haría una buena sopa con todas clases de verduras y ramas, cultivados por ellos mismos; y con las presas, una vez sancochado, lo sacarían del caldo y prepararían un mojito aparte con papas. Aquellos mojitos eran realmente una delicia. Y Bernardo era conocido por su sazón en los mojitos, que se acompañaban con cambures verdes sancochados. Para chuparse los dedos.

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La tertulia improvisada siguió su curso. Las preguntas de rutina: por la salud, por los vecinos, por los propios. Mientras que a la gallina las cosas iban a comenzar a ponérsele menos bonitas. Bernardo, con ella en mano, salió a la parte del lavadero, que quedaba justo en la parte contigua de la cocina. De aquí en adelante dejamos a la imaginación del lector, y no del escritor, para involucrarlo también en la construcción de esta obra. Los perros ladraban, ahora. Y se comprendía que lo hicieran. Independientemente de que fuera justo o no.

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Teódulo, por la otra parte, estaba dándole la última ración a sus insaciables cochinos. Eran ya las seis de la tarde. Pronto regresaría Inés. Las gallinas estaban buscando subirse a sus dormideros. La luz lánguida del sol parecía negarse a dar paso a la oscuridad y entre ese irse y quedarse daba un colorido propio al atardecer. El descanso del domingo estaba llegando a su fin. Galán pereceaba en el corredor. De vez en cuando levantaba una oreja como para verificar cualquier ruido no habitual y volvía a quedarse con la cabeza sobre sus patas delanteras, sin interrumpir su descanso del domingo. Teódulo cuidaba con esmero de sus animales. Los cochinos le daban su satisfacción. También a ellos les tocaba, al igual que a la gallina del sancocho, su sábado o su diciembre. No en vano eran los cuidados que les prodigaban. Además, era una manera de no botar

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la comida que sobraba todos los días. Con ellos se aumentaba el guiso de las hallacas, sin descartar los chicharrones y las morcillas, cuando los sacrificaba él mismo en su casa. La otra manera era venderlos a Ruperto, el suegro de Bernardo. Ruperto tenía una bodega en el caserío principal y para aumentar el sustento de sus hijos vendía carne de cochino, todos los sábados. Era famoso Ruperto en este comercio y cuando alguien tenía un cochinito gordo lo buscaba para la venta sabatina. Venía hasta gente de la ciudad a comprar cochino en casa de Ruperto, sobre todo los chicharrones y las morcillas, que eran de una sazón especial. La hija menor de Ruperto era la encargada de las morcillas y con el dinero que recogía de ellas se ayudaba en los estudios. Ella estudiaba para Abogado y con las confiterías caseras y las morcillas y otros lograba ayudarse en sus estudios exitosamente, a su debido tiempo. Ruperto tenía siete hijos. La hija mayor se había casado con Bernardo. Bernardo había sido de gran ayuda para Ruperto en sus actividades comerciales, que eran variadas, y que apenas le daban para sobrevivir. Y, a duras penas. La suerte de Ruperto estaba en sus hijos, que le habían salido muy hacendosos y trabajadores. Era

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pobre. Tal vez el más, de todo el caserío. Sus hijos estudiaban en la Universidad, por lo menos, los que quisieron. De los siete, cuatro estudiaban en la universidad. Galán había empezado a ladrar y su alarma era festiva. Era Inés que se avecinaba. Traía colgado en su hombro izquierdo su mochila de costal. Traía en él dulce de toronja, hecho con panela de caña de azúcar, en un frasco de vidrio. Teódulo, a este punto, estaba lavándose las manos. Ya los cochinos volvían a comer; o mejor, no dejaban de comer, para ser más exactos. Inés se dirigió primero a la habitación y después a la cocina en donde se encontró con Teódulo. -- ¿Cómo te fue, mija? – saludó Teódulo a Inés. Teódulo siempre “mijiaba” a Inés. Así es como válido decir que se “tutea” a una persona cuando se le trata de “tú”; e igual, podría ser válido decir que se “ustea” cuando se le trata de “usted”. De la misma manera podría estar permitido, por lo menos en este relato, decir que se “mijea” a una persona cuando se le dice “mija” o “mijo”. Era el caso de Teódulo. Cada vez que se dirigía a Inés la llamaba “mija”. Luego, la “mijiaba”. -- ¡Bien! -- ¡Gracias a Dios!

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-- ¡Bernardo le mandó muchas saludes! – continúo Inés. – Le mandó a preguntar que si ya está bueno el cochino que le ofreció – No olvidemos que Bernardo trabajaba en sociedad con Ruperto, su suegro. “Mandar saludes” era distinto de “mandar saludos”. Lo primero era desear toda clases de bondades y salud. Lo segundo era mandar a decir “hola” o saludar, simplemente. -- Todavía puede engordar otro poquito más – respondió Teódulo. – ¿Cómo está la vieja? – preguntó inmediatamente, Teódulo, por la mamá de Inés. -- Con sus achaques de vieja --- ¡Pues, sí!... Inés iba sirviendo en dos posillos de peltre un poco del dulce que traía. Comerían dulce antes de la cena, que iba a ser arepa de harina de trigo, con sardina de lata. A ellos aquella combinación les sabía a gloria. Con ello cerraban el descanso del domingo y con ello todo estaba completo. Les daba y les hacía sentirse en libertad y dueños de todo, al mismo tiempo.

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En la semana siguiente todo seguía su curso: las matas de café, los animalitos. Todo igual. Sólo la novedad de cada día y ésta lo de siempre en la finca de Teódulo. En el caserío, una noticia tenía a todos los vecinos muy tensos. Bernardo, el yerno de Ruperto, y hermano de Inés, estaba en el hospital de la ciudad. Estaba en coma. Había entrado al hospital con la cabeza rota. Y, a pesar, de que había entrado por sus propios medios y pasos, se hallaba en una camilla debatiéndose entre la vida y la muerte. Los médicos de la emergencia del Hospital no le habían dado las atenciones inmediatas requeridas. Lo habían dejado sentado en una silla pensando que la herida de la cabeza no pasaría de ser un simple golpecito, a pesar de que estaba sangrando. Pero media hora después había comenzado a convulsionar y ya era, prácticamente, tarde. Lo atendieron. Lo llevaron a quirófano. Lo operaron. Y, desde entonces, había quedado en vida vegetativa.

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Bernardo era bien querido por todos sus vecinos. Tenía un don especial de gente. Porque la naturaleza es sabia y generosa con quien quiere serlo, y lo había sido con él. Le había dado un don de gente. Muy suyo. Se hacía querer y se dejaba sentirse querido. Casi nunca se le veía de mal genio, aunque su situación no era muy buena. Vivía en casa de los suegros. En esos días, y ya eran tres meses, que no tenía trabajo. Su economía dependía de Ruperto y no era muy halagadora, tampoco. Ruperto jamás le recriminaba algo, al respecto. Era un hijo, prácticamente. Y era un amigo, más que su yerno. Los vecinos se hallaban consternados por la noticia. Ruperto sentía que perdía el rumbo y la brújula. No estaba preparado para lo que se esperaba. Nadie lo está. La vida da sus sorpresas y no son momentos dulces aquellos en circunstancias iguales o parecidas. El caso era que Bernardo estaba reparando un techo de tejas, en casa de Mariano. Ya lo había hecho, en la mañana del accidente. Había cambiado las tejas rotas. Pero quiso cerciorarse de su trabajo y volvió a subirse. Lo hizo. Pisó una teja falsa. No se había percatado de ella. Y el piso lo recibió silenciosamente. Se rompió la cabeza. Un simple golpe. Eso se suele decir, en momentos

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semejantes. Lo llevaron al hospital muy en contra suya, porque no quería ir. No es gran cosa, decía. El mismo Mariano lo llevó en su carro. Todo un algarabío. Carreras. Gritos. Disgustos. Peleas. Groserías. No es para menos, en casos iguales. Y no es para más. Y ya era una semana que llevaba en coma. Los médicos no daban esperanzas y sin ellas, aumentaban las desesperanzas de Ruperto y de su familia. Ofelia, la esposa de Bernardo, no se hallaba. Las hijas, menos. Y la economía había tocado el poquito fondo y ya no se sostenía. El límite. Más de más. Y menos de menos. Más desesperanzas y menos esperanzas. Triste y cruel resulta la vida, muchas de las veces. Hasta injusta. Pero es. La noticia del “ovejo” tenía a todos en ascuas. No había nada qué hacer. Esperar. Y esperar sin esperanzas para hacer que las cosas fueran peores. A la semana y media, lo esperado y lo inesperado. Bernardo murió a la una y media de la madrugada del viernes. No se creía. Pero es que en esos casos no se cree. Las cosas son. Las evidencias no necesitan pruebas u otras respuestas. Son. Y aquello era evidente.

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La gente del caserío se dio cita en casa de Ruperto. Todos mostraron su solidaridad. A Ruperto se le escapó “un coño”. Y era poco para lo que sentía. Lo encontraron llorando en la parte de atrás de la casa. Sus hijas, sobre todo, la que estaba estudiando Derecho fue a consolarlo. Pero hay cosas y detalles que sobran en ciertos momentos de la vida. Allí sobraba el consuelo y cabía muy bien la expresión que se le había escapado. Y todavía era poco. No era suficiente. El problema ya no era ése. Estaba muerto. El problema era cómo avisarle a la señora Carmen, sabiendo el amor y cariño recíprocos. No lo va a soportar. Pero tiene que saberlo. Ahí estaba, entonces, el problema. Pero la vida nos da sorpresas. Lo supo. Se lo dijeron. Se limpió los ojos humedecidos. Y bajó a estar con su hijo. No había más qué hacer. La vida. Y la viejita mostraba su gallardía y aplomo. Todos estaban como aturdidos. Y se está en momentos como ése. Mariano se sentía culpable. Había sido la teja. Mariano costeó todo. Menos mal. Ruperto y su familia no podían. Peor, no tenían.

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La noticia del “ovejo” había sido una noticia dura y una realidad más fuerte, todavía. Inés lloraba. No podía hacer otra cosa. La gente del lugar acostumbraba rezar toda la noche, en el velorio, y todo el tiempo que el cuerpo estuviese en la casa. A Bernardo lo trajeron el sábado en la mañana, como a las diez. Desde ese momento se turnaban los rezanderos con sus avemarías y peticiones por su alma. Bernardo había sido rezandero de velorio, y rezandero de Paraduras de Niño. No le faltarían rezanderos. Ése era el consuelo en el desconsuelo de su pérdida. La gente sabía buscarle el lado positivo a todas las cosas. Y ése era un detalle consolador. El entierro fue el día siguiente, a las cuatro de la tarde. Era domingo y muchos se dieron cita en casa de Ruperto para darle la despedida a Bernardo, acompañándolo desde la casa a la Iglesia principal; y hasta el cementerio, los que podían. Era otro consuelo, tantos detalles de solidaridad en el dolor. La gente sabe estar donde y cuando deben estar. Ellos no eran la excepción. Se fue el ovejo era el comentario general, en medio de sorpresa y tristeza.

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Ruperto se hallaba muy triste. Era poco conversador pero se le podía notar el pesar de la pérdida del yerno, que era más que eso. Ofelia, la esposa de Bernardo, casi pierde la razón. Estaba inconsolable. No comía. Se quedaba ensimismada en sus pensamientos. Donde se sentara se quedaba inerte y sin articular palabra alguna. A todos les preocupaba la situación. En las madrugadas la sentían gemir en su habitación, en donde pasaba toda la noche sentada a la orilla de la cama, con las manos en las quijadas. Su mirada estaba totalmente distraída y perdida. Era angustiante verla así. Pero nadie podía hacer nada. Era su dolor, como cada uno tenía el suyo, por la pérdida, con sus repercusiones internas individuales. Cada uno sufría y cada sufrimiento era particular y no tenía comparación. Cada uno, era cada uno, y tenían que respetarse. Misterio propio de la soledad y de la individualidad de la existencia. La familia de Ruperto lo intuía y lo vivía. No les

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era fácil, sin embargo. La solidaridad y el respeto consistían en saber guardar esa individualidad. Dura resulta la vida y la existencia en algunos momentos concretos del vivir. Aquel era uno para ellos. Eran sus zapatos y tenían que calzarlos. Inevitable, pero hay cosas que son como son y no lo que en el fondo queremos que sean. Son. Ruperto sentía que todo se había acabado. No era así. Pero en momentos tan cruciales de la vida, no hay otra percepción. Tenía que seguir comprando los cochinos para la venta de los sábados. Tenía que continuar con su rutina. De ella dependía toda su familia. Las confiterías caseras que hacía su esposa, apenitas ayudaban a suavizar la carga económica, pero no eran suficientes. Cada uno hacía lo que podía. No se podía bajar la guardia. Convencido, como se hallaba, igual de dolido y aturdido por lo de Bernardo decidió seguir como iba hasta entonces, dos semanas atrás. Sintió la necesidad de conversar con Bernardo. Ya no estaba, ciertamente. Pero conversó con él. Le pidió que, por favor, le diera una mano, como siempre. Que le diera una ayudita. Y podía ser psicológico, pero aquello le dio fuerzas para seguir. Al principio le parecía banal. Al paso de los días seguía manteniendo sus conversaciones con su yerno, amigo. Y se le fue convirtiendo en una camaradería bonita y

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en una compañía especial. Recobraba fuerzas en su desánimo. No sabía Ruperto qué era psicológico, ni nada de esas cosas. Pero sabía que Bernardo seguía siendo su socio. Y, ahora, de manera muy especial. Los hijos de Ruperto siguieron sus estudios. La que estudiaba Derecho a sus morcillas. Unos a las confiterías. Otros a venderlas en las bodegas de la ciudad, donde tenían su clientela. Cada uno a lo suyo. La vida volvía. El sentido de la constancia se fortaleció. Las cosas habían sido duras. Pero todo pasa; las cosas y los rumbos se acomodan y mejoran con el tiempo. Como estaba comenzado a suceder con Ruperto y su familia. Y como había sucedido después. Mientras tanto, Ruperto, volvió a sus cochinos. A comprarlos. A regatear sus precios. A comprar leña para hervir el agua. A preparar los calderos para los chicharrones y las latas para la manteca. A darle filo a los cuchillos. A todo lo que era sus faenas de los sábados. Y a pedir fiao a los distribuidores para tener que vender en la bodega durante la semana. Las cosas podían estar mejores. Pero, también, podían estar peores. Estaban como estaban.

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Conformidad, como el mismo Ruperto decía. Y corazón a la vida de todos los días. Uno de los cochinos que había comprado había sido uno de los de Teódulo. Ya era su sábado. El otro tenía su diciembre y en casa de Teódulo. Ruperto y Teódulo eran buenos amigos. Eran muy solidarios. Y como las cosas no estaban tan bien para Ruperto le dejó fiao el cochinito. Una semana después se lo canceló. Podían ayudarse y se ayudaban. Detalles que marcan verdaderamente en la vida y que se agradecen de corazón. Solidarios en las adversidades y en los contratiempos.

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Inés y Teódulo. La finca. Las gallinas. El café. Galán. Y el cochino, ya que el otro, a estas alturas, era chicharrón y demás. Se aproximaba diciembre. Había que tener el café trillado y pilao. Con ello se harían los gastos de diciembre y la Paradura del Niño, en enero. Había que prepararse para hacer el pesebre del Niño. No podía faltar. Las hallaquitas. Pan de jamón era gusto de gente fina y de la ciudad. Mejor que pan de jamón, era, cambures verdes sancochados con hallacas. Ají. Eso si que no podía faltar. Una hallaca con ají y cambures. No se podía pedir más. Era suficiente. Más, era exagerar. Estaba todo. Tan sólo otra ración de lo mismo, y completa la felicidad. Pero ésta era total, si se le acompañaba con un trago de miche. Mejor si era la botella toda. Para eso se trabajaba durante todo el año. El café que cosechaba Teódulo no era mucho. Apenas tres, o cuatro sacos, cuando mucho. Pero con ello se aumentaba la remeza de diciembre. Ese café se llevaba a la ciudad. Se vendía en las

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panaderías con las que ya se tenía el compromiso. El café era en pepa, ya procesado. En las panaderías lo tostaban, lo molían y lo vendían, en bolsas de a kilo. Era un café puro y su aroma era embriagador de satisfacción. Teódulo tenía obreros. Había que recoger el café. Trillarlo. Lavarlo. Secarlo al sol en el patio, durante casi una semana. Pilarlo. Ensacarlo. Pesarlo. Y lo demás, ya era tarea de Teódulo. Mientras tanto, los obreros estaban haciendo la primera parte de lo que les tocaba hacer. Inés, igualmente, se dedicaba a la cocina. Había más comensales y eso significaba más trabajo. Pero valía la pena. Este trajín de Teódulo no le gustaba a sus hijos. Siempre le decían que no tenía necesidad de tanto trabajo. Ya era justo que descansara, le insistían. Teódulo, mientras tanto seguía en su finca. Aunque, a veces, llegaba a pensar que sus hijos tenían razón. Y últimamente lo estaba pensando muy seriamente. Inés, también le decía que para qué tanto trabajo. Por qué no vender la finca. Por qué no comprar una casita en el caserío principal y vivir sin preocuparse de los animales y de la siembra, y todo lo que esto suponía. Por qué no levantarse tarde.

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La idea estaba rondando últimamente la cabeza y los pensamientos de Teódulo. Comenzaba a considerar la posibilidad de vender la finca. Tenía buenos compradores. Había un doctor que ya le había hecho la propuesta en varias oportunidades. Teódulo había bajado al caserío principal a conversar el tema con Ruperto, a quien consideraba un buen amigo. Habían sido solidarios en las buenas y en las malas. Muchas veces Ruperto y su familia le habían tendido la mano, sobre todo, cuando se había tratado de salud. El año anterior, Teódulo había caído en cama por un achaque en una pierna. No podía caminar y se las había visto muy fea. Había decidido quedarse durante todo el tiempo de su enfermedad en la casa principal. Allí estuvo muy atendido por la familia de Ruperto. Le llevaban la cena todos los días. Estaban pendientes de las medicinas. No era que sus hijos no lo hicieran. Lo hacían. Pero la familia de Ruperto lo hacía desprendidamente. Inés, como tenía que estar pendiente de la finca, bajaba muy poco. De manera que entre sus hijos y la familia de Ruperto se habían encargado de Teódulo. Ese y otros muchos detalles hacían que Teódulo se sintiera afectado positivamente hacia Ruperto, a quien siempre había considerado un verdadero amigo. Lo era. Por eso,

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pensaba que era justo conversar con él sobre una decisión de tanta importancia, a esas alturas de su vida. Ruperto se sintió muy triste al saber que Teódulo quería vender la finca. Por un lado, porque una de sus mayores frustraciones de la vida era no haber podido tener una finca o una pequeña extensión de tierra para cultivarla. Apenas tenía lo que tenía. Por otra parte, comprendía que si Teódulo vendía la finca, Teódulo se caería anímicamente. Porque su vida era la finca con sus maticas y animales. No era sino una proyección de lo que el mismo Ruperto sentía que pasaría con su propia vida si dejaba de trabajar lo que trabajaba. Aunque en su caso no era mucho lo que le producía. Apenas para vivir. Pero no eran lo tanto o poco que le diera, sino su propia actividad y el sentirse útil, lo más importante. Era sentirse como se sentía, y no tanto lo que le diera lo que le daba. Eran dos situaciones distintas y parecidas. Uno tenía, y tenía. El otro, apenitas, y apenas. Pero ambos se sentían. Y era lo más importante. Se sentían forjadores de sus propias realidades. Esto los realizaba. El sólo pensar que ya no sucediera lo segundo, al propio Ruperto le inquietaba. Y el pensar que Teódulo ya estaba llegando a pensar en esa posibilidad era reconocer que ya había que dar paso a

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otros. Era reconocer que ya sus tiempos estaban cediendo tiempo a otros tiempos. Era reconocer que ya tenían que pasar a un segundo plano. Era un estado psicológico y anímico. Y podría ser fatal, mentalmente, para encontrarle razones al vivir. Representaba un peligro y una realidad. -- ¿Usted qué haría, señor Ruperto? – preguntó Teódulo a Ruperto, después de haberle expuesto su inquietud y la posibilidad. Esta pregunta era muy comprometedora para Ruperto. -- ¿Tiene que vender a juro? – Respondió Ruperto, dando con ello implícitamente ya una respuesta negativa, pero no descartando que tenía que responder. El problema era el qué responder. -- Los muchachos quieren que venda, pero yo no quisiera. Porque es lo único que tengo – apuntó Teódulo, más melancólico que realista, porque viéndolo bien tenía mucho. Aunque viéndolo mejor era más realista que melancólico porque no era tanto el que vendiera la finca. Era el que al venderla se iba con ella su realización; es decir, su actividad; su producción. Era eso lo que no quería vender. Y la finca representaba todo eso y más. La finca era un pedazo de tierra. Y esa tierra, era lo que era, por el corazón que

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había en ella. Sin valor. Y con valor. Allí estaba lo difícil de la decisión. -- ¿Y después? – preguntó Ruperto comprendiendo lo delicado de la conversación. En ese “después” había implícito muchas cosas. Incluía la inactividad. También la dependencia. Incluso la muerte. -- Inés quiere que compremos la casa de Elías – esta casa estaba en el caserío principal y estaba en venta. -- ¡Es muy bonita! – apuntó Ruperto. Ruperto no quería que Teódulo vendiera la finca. Pero presentía que Teódulo se estaba inclinando por esta posibilidad. La vida nos pone a veces a escoger cuando no hay más salidas, como si nos diera una lista grande de posibilidades y alternativas. Aquella era una de ellas. No era grande la lista. Todo lo condicionaba la edad y sus estragos. La conversación continuó. Los datos estaban en la mano. Y casi, también, la decisión. La presencia del amigo se nos convierte, muchas veces, en una necesidad. Teódulo así lo experimentaba y así lo sentía. Así se lo hacía sentir Ruperto, que a pesar que no se quería comprometer en sus respuestas, estaba cercano a su amigo. El silencio del amigo es la mayor certeza de su mejor presencia.

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Teódulo había sentido un apoyo en Ruperto. No era la primera vez. Ruperto había sido solidario. Lo había escuchado. Era lo que quería Teódulo. La decisión era sólo suya. Buena. Menos buena. Acertada o no. Suya era la situación. Suya la decisión. Suya la finca. Aún, cuando tenía que rumiar su decisión, tenía que conversarla con sus hijos y con Inés. Ya sabía sus opiniones, al respecto. Ruperto, por su parte, sentía dolor que Teódulo fuera a vender la finca. Pero hay momentos y situaciones especiales de la vida. Aquella era una. Teódulo, mientras tanto fue donde Manuel. Necesitaba una botella de miche, del callejonero. Lo necesitaba. Ese día Teódulo se quedó en la casa principal. En el corredor grande de la casa principal comenzó a tomarse su botellita. ¡Cuánta falta le hacía hacerlo!

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Teódulo ya sabía lo que tenía que hacer. Ruperto, aunque no le había dicho nada comprometedor, le había hecho sentir que lo que se temía estaba a punto de llegar. Se trataba del giro natural de la vida. No se negaba a aceptarlo. Le era duro comprenderlo y asumirlo. Estaba llegando a viejo. Las fuerzas se acaban. Lo que fue, fue. Lo que pudo ser, también. Pero Teódulo necesitaba conversar esa situación con Domitila, su primera esposa. Por eso se había quedado en la casa principal. Para ello había comprado una botella de miche, para quedarse a solas con ella, en la casa que había sido de los dos y todos sus amores. Sus promesas. Sus juramentos. Sus momentos felices. Sus hijos. Tenía que participarle que se hallaba y se sentía sólo. Tenía hijos. Fruto de su amor. Amor de joven. Primer amor y amor de siempre. Alegría de los años mozos.

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Ahí estaba Teódulo. En el suelo. En el corredor grande de la casa principal. Miraba a todos lados. Sentía que Domitila lo escuchaba. Reía juguetonamente como siempre lo había hecho. Con su espontaneidad y con su mirada de mujer enamorada y correspondida. Un suspiro hondo y largo, entrecortado, acompañado de lágrimas eran la respuesta que sentía. Lágrimas profundas de hombre enamorado. Lágrimas sufridas de hombre cortado en su amor cuando más necesitaba comunicarle a su amada, todo el infinito amor que tenía en su corazón. El miche con su ardor le quemaba el pecho. Pero lo sentía como un bálsamo suave para su más profunda herida. La necesitaba. Lo necesitaba. Tanto a Domitila como al miche. Domitila le despertaba más su amor. El miche le daba ánimo para darse fuerzas y sentir lo que sentía por ella. No ahora. Siempre. El miche le daba el impulso y el valor para no avergonzarse que pensaba en ella. No tenía por qué hacerlo. Pero el miche le ayudaba a liberarse en su sentimiento y necesidad. Ahí estaba Teódulo. Tenía razones y motivos para estar en la casa principal. Sólo. Acompañado. Sufrido. Sufriendo. Libre. Liberándose. Todo un conjunto de situaciones psicológicas paralelas que lo hacían sentir lo que sentía. Era una obligación. Tenía que

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hacerlo. Su amada tenía que saberlo primero. Porque la decisión ya la había tomado mientras tomaba con ella y conversaba con ella, en su soledad y en su compañía. La vida para Teódulo, desde la muerte de Domitila, no había sido fácil. Aunque se había casado por segunda vez, era más por tener presencia femenina cerca de él. No había sido por hechizo, sino por necesidad. Inés era una excelente trabajadora en la casa. Pero, en su caso, la casa estaba muy distante de ser un hogar dulce hogar. La comida a su punto. Todo muy bien. Pero había un toque que faltaba. Teódulo no se había casado con Inés por sus atributos femeninos, sino por sus condiciones para el trabajo. Inés había tenido las esperanzas de que Teódulo cambiaría de parecer al paso de los años. Pero tampoco hacía el esfuerzo para hacerlo cambiar. Tampoco se interesaba Teódulo en que ella buscara cambiarlo. Ambos sabían que Domitila se interponía entre ellos. Y ése era el motivo de por qué Inés se sentía tan mal cuando Teódulo se quedaba en el caserío principal. Porque sabía que se iba a quedar con la otra. Con la que no tenía competencia, pero que tenía todas las de perder. Aunque hubiera ganado si se lo hubiese propuesto seriamente. Porque no hay más ventaja para un vivo que el hecho de

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estar vivo. El muerto es muerto. Pero para Inés, Domitila, era una rival de mucho mayor. Inés no sabía que tenía todas las de ganar. Estaba viva. Los hijos de Teódulo no se habían percatado de la permanencia de su padre en la casa principal. Se dieron cuenta de ello al día siguiente. Lo encontraron dormido en el corredor grande de la casa. Las luces encendidas y el chorro del agua abierta del tanque del patio. Una botella de vidrio de un litro, a un lado. Vacía. -- ¡Papá! ¡Papá! – llamaba Auxiliadora a Teódulo, a la vez que lo movía de un hombro para que despertara. -- ¡Papá! ¿Por qué no nos llamó? – le recriminó Auxiliadora. Teódulo aturdido se desperezó. Volvía a la realidad. -- ¡Hola, mija! – fue el saludo cariñoso de Teódulo. Y Auxiliadora empezó a hacer fuerza para ayudarlo a levantarse. Ya todo estaba conversado. Decidido. Ahora, era comunicar la decisión y ejecutarla. Le prepararon una sopita para reconfortarle el estómago. Tal vez no era suficiente. Hay momentos en que no es la comida lo que nos sostiene o fortalece. Aquel era uno de ellos para Teódulo. Lo ignoraban sus hijos.

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-- ¡Teódulo va a vender la finca! – era el comentario generalizado de todos los del caserío principal. Eso significaba una pérdida para todos. Significaba que ya no se iría a la casa de Teódulo a disfrutar de aquellos parajes, sin par, ni en diciembre, para la visita del pesebre; ni en enero, para la Paradura del Niño. También, que ya no se disfrutaría de la hospitalidad de Teódulo y de Inés cuando se le hacía alguna visita, por invitación de ellos. La finca de Teódulo era considerada como de todos. Al igual que la Bodega de Ruperto. Eran como especies de patrimonio. Todos tenían derecho de opinar sobre ellas. Todos las consideraban como suyas. Podía cambiar la carretera. Incluso la capillita del caserío. Pero no la Bodega de Ruperto y la finca de Teódulo. Los días transcurrían. Con ellos las decisiones se ejecutaban. Teódulo definitivamente vendió su finca. Otro tanto hizo Ruperto: acabó con su bodega. Sus hijos que ya estaban graduándose

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tomaron la iniciativa de eliminar la bodega. Querían darle a Ruperto una mejor vida. Por lo menos, más descansada. Teódulo se mudó. Compró la casa de Elías. Inés estaba muy contenta. Ahora en el caserío principal. Los vecinos sintieron mucho la venta de la finca de Teódulo. Teódulo estaba viviendo, ahora, el “después”, al que no quería enfrentarse. Las circunstancias de la vida, los años, lo habían llevado a ese después. Comenzaron los achaques de salud de Teódulo. Cualquier mala brisa le daba gripe. Cualquier comida mal cocida lo enfermaba del estómago. Los días se le hacían eternos. No tenía mucho qué hacer durante el día. Estarse sentado sin hacer nada era mucho para él. El movimiento era su vida. No estar en movimiento físico era el principio de su fin. Los vecinos empezaron a notar un cambio en Teódulo. Enfermaba de nada y por cualquier cosa. Muchos comentaban que le había afectado la venta de la finca. Era así. Teódulo visitaba, desde entonces, con más frecuencia a Ruperto. Con él se sentía un poco mejor. Pero Ruperto se hallaba en la misma situación al tener que clausurar su bodega. La diferencia entre los dos, estaba, en que uno había tenido bastante, y el otro, apenas. El par de viejos se sentían necesarios el uno para el otro.

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Teódulo se sentía solo. Estaba casado, pero no más. Tenía hijos, pero no más. Ruperto, estaba casado, y se sentía acompañado. Su situación era distinta. Tenía hijos, y sentía que eran sus amigos, y se desvelaban por él en todo. Aquí había otra diferencia. Ruperto no había perdido prácticamente nada. No había cambiado nada por nada, o por otra cosa. No podía darse ese lujo. No tenía qué. Teódulo había cambiado parte del todo por la tranquilidad de los años viejos. Pero estaba y se sentía igualmente solo. Era, entonces, cuando Teódulo envidiaba a Ruperto. No sólo Teódulo. Los del caserío comenzaban a mirar a Ruperto como un hombre con mucha suerte. Lo ponían de ejemplo. – ¡Miren a Ruperto! – ¡Nunca tuvo nada y ahora lo tiene todo! ¡Pobre toda la vida, y ahora está tranquilo! ¡No le falta nada! ¡Tiene la riqueza de sus hijos y de su familia! Su familia no tenía nada, igualmente. Pero el hecho de que sus hijos poseyeran un título universitario, con tanto sacrificio y dedicación, en medio de sus muchas limitaciones, hacía que fueran vistos como ejemplos a imitar. Empezaban a abrirse camino. Poco a poco. Y sus situaciones comenzaban a mejorar. No tanto como hubiesen querido y deseado. Pero comenzaban. Y ya era bastante.

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A los hijos de Ruperto se les comenzaba a mirar con respeto. Tal vez doble. Con admiración. Ellos no lo sabían. Pero cuando hablaban de ellos hablaban de Ruperto. De su bodega. De los cochinos. De los chicharrones. De las morcillas. Ruperto sentía que los vecinos lo miraban, ahora, con cierta diferencia y deferencia. Y se sentía satisfecho. Tanto, para mucho. Había valido la pena. Comenzaban a cambiar las cosas para mejor. Teódulo, mucho para tan poco. Las diferencias de la vida. Sus achaques iban en aumento. Inés comenzaba a preocuparse. La alegría del principio de vivir en el caserío comenzaba a disiparse. Algo no andaba. Teódulo comenzaba a quedarse más seguido de lo acostumbrado en la casa principal. En la casa donde había vivido con Domitila. La diferencia era que ahora ya no tomaba miche.

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Otros libros publicados del mismo autor: 1 Judas Iscariote, uno de los doce (en defensa de Judas Iscariote). 2 Así en la Tierra como en el cielo (reflexiones de poeta). 3 Oficios, funciones y Ministerios Extraordinarios. (Texto oficial de la Diócesis de Barcelona para los Ministerios Extraordinarios. Primera y segunda edición). 4 Los Dos (filosofía de la historia) (Novela). 5 El piar de un gorrión. 6 Y comieron del árbol. 7 La crisis del Rey David. 8 Lo que aparece en los Evangelios (pero que no se dice) – Tomo I, Tomo II. 9 En los sueños se dan respuestas de la vida diaria (el caso de San José). 10 Preguntas y respuestas de todo cristiano inquieto. 11 Preguntas y respuestas de toda persona inquieta sobre la oración. 12 La Tempestad calmada.