Pablo Ortega nació en Madrid, rodeado de libros, en 1926, y en un hogar en el epicentro de la peripecia española.

Inicia sus primeros estudios en el Instituto Escuela, en el cual permanece hasta el comienzo de la guerra. Durante todo ese período, plenamente infantil, incorpora ya en su propia vida el problema de España, a través de sus vivencias de uno y otro signo. Sañudamente perseguida su familia materna, recorre aislado de sus padres, en los primeros meses del drama, diversos refugios circunstanciales en el Madrid rojo, hasta su ingreso en la Legación de Panamá. En 1 937 sale con los suyos de ella y, tras una corta estancia en un pueblo de Valencia, llega a París. Posteriormente pasa a zona nacional, donde verá el final de la guerra en Sevilla. Prosigue sus estudios, ya en Madrid, hasta acabar el bachillerato, en el Areneros de los PP. Jesuítas. Tras cursar dos años de Ciencias Exactas, obtiene la licenciatura en Ciencias Económicas en la Facultad de San Bernardo. Inmediatamente, su formación humanista y aún literaria, le lleva a la dirección de la revista De Economía, y después, a la Revista de Economía Política, así como al semanario Desarrollo. Su vida profesional pasó por los viejos Sindicatos, los gabinetes de estudio de Presidencia del Gobierno y del Ministerio de Agricultura. Apartado de la Administración en 1972, saltó a la empresa privada, en la vertiente financiera. Es autor de numerosos trabajos de investigación sobre muy diversas materias, y de cientos de artículos publicados en revistas especializadas, incluso extranjeras, y en la prensa diaria. Tiene el lector en sus manos una obra comprometida y contra corriente. Se trata, en efecto, de un grito de protesta por la triple tergiversación falsaria que está teniendo lugar: la de la Historia o los hechos como fueron; la de las correspondientes razones y, por último, la de una generación que vivió y pensó como tuvo que vivir y pensar. Podría decirse, así, que estamos ante la biografía de una mente, desplegada ya desde el tiempo ido. Es decir, no sólo frente a una sucesión de hechos plena y ásperamente vividos, sino además, y quizá sobre todo, a una implacable disección crítica y racionalizada del propio yo, del sistema de creencias y esquemas doctrinales del autor. Todo ello, engarzado en la tremenda peripecia de la reciente Historia de España: la guerra y sus antecedentes; la paz de Franco; y la subsiguiente transición política, empeñada en hacer tabla rasa de la verdad. En una peripecia—ha de señalarse— asumida en la primera línea de fuego por el autor, por razón del entorno en que nació, vivió y vive. A caballo entre la España tradicional y la España intelectual y progresista. Hay melancolía a chorros, dureza y sangre en la obra, una y otras convertidas en categoría, a través de las situaciones narradas, tremendas situaciones a veces. Hay dolor antiguo y presente de esa España que sigue siendo problema. Va a encontrar, además, el lector bastantes asperezas en el texto. Si sabe bucear, sin embargo, hallará una profunda vena soterrada de ternura y comprensión frente a todo, menos la falsedad. Y un absoluto realismo y sinceridad a veces incómoda. No hay en la obra la menor dosis de invención. Hasta los nombres de casi todos sus personajes son o fueron reales, con sólo alguna excepción, justificada para el autor, en su pretensión de no incurrir en exhibicionismos personales y quedarse, solo, en la categoría irrenunciable, en el dato que fue de verdad.

COLECCIÓN NOVELA n°3

A Olga, simplemente mi mujer

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—Hay una consigna del Partido sobre el control del pasado. Repítela, Winston, por favor. —El que controla el pasado controla el futuro; y el que controla el presente controla el pasado —repitió Winston, obediente. —El que controla el presente controla el pasado —dijo O'Brien moviendo la cabeza con lenta aprobación—. ¿Y crees tú, Winston, que el pasado existe verdaderamente? GEORGE ORWELL: «1984»

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A modo de guía Hace unos seis meses, muy pocos días después de su muerte, recibí esta carta de Manolo Gracián, sin el menor párrafo introductorio. Esto es, a su estilo. «Te hablé en ocasiones de la novela, o algo así, que estaba escribiendo. Ya sabes la tesis que puede justificarla, por encima del consabido egocentrismo, tan conocido por mí, del plumífero, siempre emperrado en ser guapo por la gracia de Dios. Yo soy, o me creo —y eso me basta como al buen Alonso Quijano — un cruce vital de las famosas dos Españas. Tú sabes por qué. Cuestión de cromosomas. Mi vida, en cierto modo dramática como consecuencia de ello, puede tener algún interés, en cuanto que puede —otra vez puede — reflejar en una sola intimidad contradictoria, bastante incómoda y difícil de llevar —tú lo sabes— la reciente Historia de España. Si no me acusaras de petulante, te diría, incluso, que quizá refleje la Historia de España sin adjetivaciones temporales. Pero perdona. No me daba cuenta de que lo que va a pasar dentro de no mucho tiempo —corto el plazo se me fia — excluirá de ti toda posible imputación de jactancia por mi parte. Más bien quizá te produzca el consabido nudo en la garganta. Desháztelo. No merece la pena. ¿O sí la merece? Gracias si crees que es así. Pero estoy cayendo en lo delicuescente. Olvídalo y sigue. No es sólo esa pretensión testimonial lo que está en el origen de las páginas que te entregará Olga. En el fondo, lo que ocurre también es que me niego a dejar mi papel en el drama sin salir al paso de toda la estupidez y la mendacidad que nos rodea. Me revienta la beatería de los nuevos modos que quieren declarar inexistente, porque sí, la verdad de más de una generación de españoles. Una verdad en la que tú, yo y muchos otros viejos y jóvenes —¡y jóvenes! — hoy arrimados contra la pared, dispersos y sin pastor, siguen creyendo. Incluso aunque todavía no lo sepan. Sólo puedo gritar, ya lo sé, un poco al estilo del famoso cisne en la hora suprema. Yeso es lo que hago. Me parece que en ese grito puede haber una buena carga de aspereza formal para bastantes. Sobre todo, para mi entorno inmediato. Precisamente por ello —ya conoces mi timidez—he querido hacer sólo eso a lo que se llama una obra postuma, quitándome de en medio. O, más bien, esperando a que Quien tiene que hacerlo me quite de en medio. Pero no me gustaría que esa aspereza se interpretara en un sentido absoluto. Bien sabes que, en el fondo, no tengo media bofetada y, por no tenerla, me enternezco con todo. Si esto se publica alguna vez, desearía que figurara, en primer lugar, esta carta. Simplemente, para que algunos a los que puedan molestar bastantes cosas sepan que, detrás de todo, hay una buena dosis de ese amor que he sido incapaz de manifestar a nadie —subráyalo, por favor—a lo largo de mi vida. ¿Por qué? ¡Y yo qué sé! Por supuesto que hay otros, bastantes, que también se pueden molestar. Pero ésos no me importan absolutamente nada. Hay algo que me preocupa, por otra parte. Siempre me ha fastidiado lo magníficamente bien que quedan los protagonistas de cualquier autobiografía. Ninguna memez. Ninguna suciedad de esas que todos llevamos dentro y ejercemos en demasiadas ocasiones. Al releer lo escrito, me asalta la duda de si no habré caído en lo mismo. Supongo, sin embargo, que a nadie se le puede exigir el heroísmo de sacar a la luz sus podredumbres. Eso es algo a discutir entre Dios y uno mismo y nada más. Con lo cual, ocurre que ahora entiendo algo más a esos que antes tanto me fastidiaban. Pienso, pues, que basta con decir al posible lector que me eche encima otro tanto de lo mismo, por lo menos, como lo que él conoce de sí mismo. También Manolo Gracián es, a la vez, soplo de Dios y mugre pura. Con eso es bastante, ¿no? Y ahora vamos a la intendencia. Me gustaría que «esto » se publicara, sobre todo, por la segunda de las razones a que aludo más arriba. Tú verás si lo consigues. Te va a ser difícil, por lo que tiene de contra-corriente, de contradictorio con esa famosa razón objetiva que nuestros viejos conocidos, las huestes con orejeras y gregarias de don Carlos Marx, pretenden imponer por doquier, con bastante éxito por ahora, con la ayuda de tanto neotonto como ha alumbrado este pueblo en los últimos tiempos. Tú verás lo que haces. Te suelto el morlaco. Si en algo no creo es en aquello, no sé de quién, de que el hombre es una pasión inútil.
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Sólo una acotación final que seguramente no te sorprenda: no me he divertido demasiado. Y punto, esta vez bastante definitivo, como verás.» En efecto, Manolo Gracián había muerto pocos días antes. Como me anunciaba en su carta, recibí de inmediato de manos de su mujer eso a lo que él llamaba su grito, o su testimonio casi brutal. Es decir, lo que sigue. Tenía razón Manolo Gracián. Casi todo quedaba más o menos cual chupa de dómine y podía levantar bastantes ronchas. Pero ésa no es razón suficiente para no darlo a la luz. En el fondo, se trataba de defender algo bastante importante también para mí, aunque la defensa tuviera que ejercerla, necesariamente por lo visto, una tan abrupta personalidad como Manolo Gracián. «No lo toquéis ya más... que así es el cardo», me dijo en alguna ocasión, parafraseando aquello de la rosa, al referirse a sí mismo. Y yo no tengo por qué tocarlo. Entre otras cosas, porque yo soy uno de esos españoles arrimados contra la pared a que él se refería en su carta. Creíamos en lo mismo, desde nuestra niñez, y no habíamos encontrado después ninguna razón exhibible para el cambio. Por mucho que lo intentáramos. Veré, por tanto, si encuentro una editorial con los arrestos suficientes para jugársela. Hoy es difícil, pero quizá Dios provea. Y si no provee, ni Manolo Gracián ni yo vamos a colgar por ello de una escarpia nuestras viejas creencias. Dios, y ya Manolo Gracián, sabrán por qué lo hacen. En una cosa por lo menos -el lector sabrá si también en otras— tenía razón. En lo del nudo en la garganta. Lo que ocurre es que ni quiero quitármelo, ni deseo que el tiempo —ese bandido capaz de convertir al hombre en segmento inmediato, sin memoria—me lo quite. Aunque el tiempo termine venciendo, y yo lo sepa. Dejémoslo. A l fin y al cabo, eso sólo me importa a mí, y no hay por qué involucrar a nadie en ello. Lo que sí pretendo, sin protagonismos y sí sólo con una cierta vocación de cireneo, es que el lector no se pierda demasiado. Manolo Gradan no se llamaba así, aunque incluso yo respete, en estas líneas para abrir plaza, el seudónimo adoptado por él. Quizá porque siempre le habían aterrado las primeras filas, normalmente ocupadas por los frescachones. Quizá porque no le apeteciera demasiado que se identificaran fácilmente los hechos y los personajes del drama. Aunque en eso pecara de ingenuo, como él mismo confiesa en su extraño y complicado capítulo final. Manolo Gracián llevaba, en realidad, un apellido más que conocido en los ambientes mínimamente intelectuales de todo el mundo. Me parece que ahí estaba uno de sus problemas. Defiendo mi derecho a la memez, decía con frecuencia cuando alguien identificaba sus nexos genéticos. Pero no se lo creía, esa es la verdad. Por lo menos, no se sentía legitimado para el ejercicio consciente y voluntario de la vulgaridad, cualquiera que fuese su propia valoración intelectual. Algo esto último -estoy seguro—en lo cual nunca pudo llegar a una conclusión tranquilizadora en uno u otro sentido. Que también puede ser sedante la seguridad de la propia tontería inevitable. En todo caso —pensaba con frecuencia — el hecho de plantearse la cuestión podía ser un suave indicio de una no plena estolidez, pero no pasaba de ahí. Y no era demasiado. De ello —del peso de su apellido y de su entorno — su obsesión a veces inaguantable por la cultura. Porque así, sencillamente inaguantables, eran a veces sus manías, sus exhibiciones un poco abruptas frente a la renqueante preocupación intelectual de los demás. La cosa podía llegar, incluso, a extremos en principio increíbles o, por lo menos, desusados, porque alguna justificación profunda podían tener. Cuando en más de una ocasión tuvo que ejercer de Dios Padre —como él decía —, de juez del prójimo en el ámbito profesional, le importaban un rábano los historiales académicos y demás zarandajas, saliéndole al pretendiente por los cerros de Ubeda. Los cerros de Ubeda consistían en preguntarle sobre sus lecturas no profesionales, sus aficiones musicales y cosas por el estilo. Y, sobre todo, en mirarle a los ojos, con el consiguiente desmantelamiento inmediato del aspirante, preparado para otra guerra. Al entrar en alguna casa nueva para él, husmeaba como un perdiguero en los anaqueles, con una impertinencia no del todo consciente, pero cierta, para desesperación de su mujer, por ejemplo. De lo que encontrara dependía que alzara su pulgarf o lo bajara hacia la tierra, como los Césares del circo. Para él sólo había, de verdad, dos clases de personas: los que leían todo y los que no. Los primeros podían salvarse. La verdades que él mismo se daba cuenta de lo
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dogmático e incompleto de su rasero, pero así era y no había remedio. Ni qué decir tiene que el resultado de su pesquisa inquisitorial solía llevar a la muerte civil inmediata del infrascrito. Lo paradójico era que la obsesión cultural de Manolo Gracián no se compadecía, en absoluto, con su valoración de los intelectuales de escalafón, como él les llamaba. Más bien sentía por ellos un cierto desprecio. En cuanto algo, incluso la inteligencia, se profesionaliza — decía — hay razones para echar a correr. Quizá hubiera en el tras-fondo de su postura una razón vital, una experiencia amarga, configurada por sus propias coordenadas, tan similares a las mías. Le fastidiaba —nos fastidiaba — bastante que la tal mentalidad fuera formalmente similar a la de la roma derecha española. Pero la aparente coincidencia no podía llevarnos a cambiar de manera de pensar. Lo que había que hacer, y hay que seguir haciendo hasta el infinito, es impedir la apropiación indebida del carisma intelectual por los diletantes o el sectarismo hemipléjico tan al uso. No van por ahí los tiros, desde luego. Y mucho menos en el año de gracia de 1982. Creía Manolo Gracián muy pro fundamente en algunas cosas, ésas que nos unieron hace ya muchos años, bajo las mismas camisas y las mismas banderas. Cuando intentó, en España, la juventud superar el ya tremendo aburrimiento determinista de la derecha y la izquierda, con bastante dolor. Pero eso no tengo por qué traerlo aquí, ni le hacen falta pistas al lector en este sentido. El texto lo rezuma por todos sus poros, incluso a borbotones. Tenía una personalidad difícil, Manolo Gracián. Una mezcla de brusquedad a veces agresiva y de ternura enfermiza. Igual que todos los débiles, me decía. Lo mismo le soltaba una impertinencia al lucero del alba, que se desmoronaba ante cualquiera de tantas cosas como parecen resbalar de los espíritus fuertes. Los niños, sobre todo los niños tarados. Y los viejos, esa tercera edad que se ha sacado de la manga, en una aritmética significativa, una sociedad cada vez más próxima a la selva. A la entrega a las fieras de los que ya no sirven. Contradictoriamente, el triunfador, el engoladete con razón o sin ella le crispaban hasta lo indecible, y solía ejercer hacia él su dialéctica inmisericorde. O, al menos, el rictus exacto y sin el menor disimulo del desprecio. En el fondo —me comentaba casi con reiteración—lo que a mí me cuesta más trabajo es lo del amor al prójimo. El prójimo me chincha, y no acabo de entender —proseguía con un volterianismo un poco infantil—eso de que el hombre es imagen y semejanza de Dios. Mal le salió la obra. No creo que él intentara salvarse de su propio diagnóstico. Estoy seguro de que no. Y su timidez. Su terrible timidez patológica. Yo no sé si su total carencia de ambición en la acepción normal del término era en él un valor constitutivo e independiente o, más bien, el corolario obligado de una realidad metabólica que le impedía mantener el tipo en ciertos niveles ya superiores de la trinchera social. Nunca lo supe, y pienso que él tampoco. Lo cierto era que, en más de una ocasión a lo largo de su vida, dio la espantada pura y simple, sin más, ante las bastantes suculentas posibilidades que se le ofrecían de brillo y progreso. Nadie entendió nunca sus respingos absolutamente inusuales en esa lamentable y divertida cucaña en que consiste la vida. Por lo menos, la vida española. Ni siquiera, por lo que él me dijo preocupado en alguna ocasión, su familia, en la que a veces creía notar una suave dosis de reproche ante su invencible afición a la penumbra, a los segundos términos. Quizá de esa timidez, de su horror al y oísmo petulante, el extraño estilo neutral, en tercera persona, de su texto. Un estilo que yo no tengo por qué corregir. Si Manolo Gracián se sentía espectador de sí mismo, allá él. A unqueyo lo entienda de arriba abajo. Ese era, más o menos, Manolo Gracián. Estos son, en cualquier caso, aquellos de sus rasgos que quizá puedan ayudar al lector a sobrenadar en el catálogo de obsesiones que integran el texto que hoy he prologado -por obvias razones de fidelidad—con ciertas pretensiones, no sé si legítimas, de mascarón de proa, encargado de romper la niebla. Ya he cumplido, Manolo. El berrendo que me soltaste, quitándote tú de en medio —ya sé, ya sé que no eres tú quien lo ha hecho, pero tú me entiendes — está ya en elalbero, a la espera del juicio de eso a lo que se llama el respetable, que no siempre lo es ni mucho menos.
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Lo cual quiere decir, como comprenderás, que, en efecto, he encontrado una editorial con arrestos. Una editorial provista de una fisiología testicu-lar tan abundante, por lo menos, como el famoso caballo de D. Baldomcro, tan caro a los madrileños, como hubieras dicho en uno de tus arranques casi barriobajeros, a pesar de tu también continua pretensión de esteticismo, de diferenciación del antropoide, como solías también decir. Me parece una buena forma de terminar para quien, al igual que para ti, lo sentimental o lo profundamente serio debe guardárselo uno donde le quepa. Al igual que para ti, en eso y en tantas otras cosas. Coincidíamos tanto, Manolo, que cualquiera hubiera creído que estábamos tú y yo bajo la misma piel. «Converso con el hombre que siempre va conmigo », escribió D. Antonio Machado. Pues algo parecido, lector. Algo parecido. P.O.R.

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ENTRANDO EN FAENA Aquella mañana hacía frío. El frío neblinoso y dorado de los eneros madrileños. El sol a retales y aún clorótico de la reciente amanecida nimbaba de tonos suavemente cursilones las crestas de los edificios. Abajo, la Gran Vía seguía sumergida en su eterna umbría matutina, todavía menestral y provinciana, a pesar de todo. Una umbría que, al correr de las horas, se replegaba sin arriar nunca banderas a las estrechas calles adyacentes, a sus cuarteles de invierno inexpugnables. Enfiló Manolo Gracián, como siempre, la Gran Vía arriba, a la altura de San José. Por las mañanas, recién duchado y aún no desmantelado por el tabaco, solía sentirse bien. Físicamente bien, se entiende. Lo otro, lo psicológico, podía ser distinto. Y lo era, normalmente. Algo que podría llamarse aburrimiento, o angustia vital, si se deseaba utilizar una expresión más sofisticada e intelectual-mente exhibible. La cuestión dependía de muchas cosas. Entre otras, de las cifras que fuera manejando en su cabeza. De los resultados teóricos de las tales cifras en sus cuentas corrientes, en plural por toda una serie de razones en las que poco tenían que ver sus posibilidades económicas efectivas. No sabía por qué, pero él no servía para eso. No servía para controlar su economía. Era su economía la que le controlaba a él, hasta límites —pensaba— perfectamente patológicos. Tan era así que no se sentía demasiado convencido de sus interminables balances mentales cuando abocaban a conclusiones medianamente favorables. Temía la correspondencia bancaria hasta el punto perfectamente infantil —se daba perfecta cuenta— de no abrirla. Sólo de vez en cuando era capaz de superar la especial psicología de Chuchundra el almizclero que le aquejaba. Chuchundra el almizclero, el delicioso y lamentable personaje del bestiario de Kipling, siempre obsesionado por la idea de cruzar las estancias por el centro, y siempre sin los arrestos suficientes para hacerlo. Al final, Chuchundra, descontento de sí mismo y lloriqueante, se limitaba a deslizarse sigiloso arrimado a las paredes, y nada más. Algo de eso le pasaba a él, aunque de vez en cuando tirara por la calle de en medio, naciendo de tripas corazón. Podía venir de familia tal alergia constitutiva a la vida diaria. No era de este mundo el reino de los Gracián, y así les fue siempre. Siempre sin una perra. Keynesianos sin saberlo, esto es, entrampados hasta las orejas. El presunto determinismo de los cromosomas le tranquilizaba en cierto modo, en la medida en que le eximía de responsabilidades personales. Pero sólo en cierto modo porque, a la postre, el que no servía era él, y la conclusión le fastidiaba profundamente. Algo fallaba en algún recoveco de alguna parte de su cerebro, y no era cuestión de darle vueltas. Otras cosas de bastante más enjundia había, sin embargo, en el fondo de sus estados de ánimo de un tiempo a esa parte, por encima de sus peripecias económicas casi permanentes: la España que le rodeaba. Una España que no era la suya y le hería a cada paso. Creía tener el suficiente sentido de lo relativo como para preguntarse si era él quien estaba en lo cierto, y en ello consistía buena parte de su problema. Un problema derivado de su propia racionalidad, de su irreprimible tendencia a la disección, forjada tras largos años de lectura y estudio. No estaba seguro Manolo de que su esquema vital fuera más exacto, entre otras cosas porque tampoco lo estaba de qué consistía el tal esquema como ecuación cerrada, ni qué podía ser eso de la exactitud en lo político. Le sorprendía, sin embargo, que las cosas pudieran cambiar tan de la noche a la mañana. Que todo aquello por lo que había luchado y vivido — ¡y en qué forma!— toda una generación española hubiera resultado, según se decía, una filfa descomunal. Recordaba el sobado «yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo», tan traído y llevado sin entenderlo —pensaba— en su primera parte, y estaba empeñado en salvarse. Aunque a veces se le ocurriera que la cosa podía ser al revés. Que hay que salvarse uno mismo para salvar la circunstancia. Pero eso podían ser tonterías de intelectual inmaduro. Como casi todos los que en el mundo se han creído que lo son. En cualquier caso, ahí estaba sobre todo la madre del cordero. En el derrumbe ya evidente de sus valores, de su ideología, hasta de su estética, en un país otra vez mugriento. Contempló Manolo con disgusto, desde el coche, las aceras llenas de papeles y demás escurriduras
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inclasificables de una ciudad cada vez más sucia. Las bolsas de basura reventadas y abandonadas por el apresuramiento mecanizado de los barrenderos. El trabajo bien hecho, se rió. Aquella mañana, sin embargo, se sentía medianamente ligero, sin problemas. Acababa de engrosar sus finanzas bastante sustanciosamente para él, y podía descansar una temporada su calculadora mental. Tampoco había fumado ni bebido en exceso en los días anteriores, y su cuerpo no era aún una carga a la que arrastrar cansinamente durante bastantes horas. El corazón le había dado su primer aviso y era preciso poner pies en pared, por tanto, suponiendo que fuera capaz de hacerlo. Pero el motivo importaba poco. Lo que importaba era que se encontraba físicamente a punto. Al punto en que puede encontrarse un cincuentón. Y que «lo otro» —hasta mentalmente lo entrecomillaba— lo había arrumbado por unas horas al dossier de lo no urgente. Aunque ahí seguía, claro, dispuesto a enganchársele a las corvas a poco que pensara en ello. O a poco —se removió ligeramente molesto en el asiento— que otros le obligaran a hacerlo, como solía ser el caso. De todas formas, prefirió olvidar los papelotes y las basuras esparcidas en las aceras. Cosas más importantes —dictaminó seguro— habría que barrer el día de mañana. El sol de Austerlitz. No sabía de dónde había sacado que el sol de Austerlitz fuera un foco pálido, neblinoso y frío. Pero siempre se le ocurría la misma sandez en mañanas similares. También se le ocurría sin remedio que los aledaños de la Gran Vía eran perfectamente neoyorquinos. Ni había estado en Nueva York, ni Cristo que lo fundó, pero así era. Sencillamente inevitable. Estúpida y tozudamente inevitable. Aquella mañana, a la altura ya de la plaza del Callao, captó Manolo Gracián algo que, increíblemente, le había pasado inadvertido hasta entonces en su ovino recorrido profesional de tantos y tantos días. Por encima de los nuevos y relucientes rótulos del callejero, una placa olvidada o difícilmente accesible rezaba todavía «Avenida de José Antonio». Se sonrió, infantilmente satisfecho. Vaya —pensó— está claro que estos señores quedan por debajo de algunas cosas. No las pueden alcanzar aunque se empinen. Una suma de enanos —prosiguió casi divertido— no hace un gigante. No recordaba de quién era la frase, pero le daba igual. Estaba llegando al tajo. Al tajo y a otras cosas que, si Dios no lo remediaba, iban a crisparle lo indecible. Hasta que pudiera mandar al cuerno a esas cosas y al soporte humano que las encarnaba. Al torcer a la derecha, por Miguel Moya, lo de siempre. Taladrando con los ojos las viejas fachadas, para tratar de localizar el lugar exacto de Or Kompon. Allí donde, una noche fría de invierno y caliente de ilusión y riesgo, naciera el ya viejo himno de amor y de guerra. Nunca lo lograba. Quizá ese salón de juegos electrónicos donde los jóvenes —¿jóvenes?— de sucias melenas y pantalones vaqueros, encargados de marcar bien las nalgas, se las entendían de la mañana a la noche con los marcianitos. A lo mejor. A lo mejor la poesía y las moscas coprófagas podían nacer en el mismo punto del espacio. «... imposible el alemán...». Saltó, de pronto, Manolo Gracián del amargor a la risa al recordar a Juan de Mata, allá en el pueblo, con su cara de antropopiteco, y a otros cuantos, interpretando a su modo el Cara al Sol. Embutidos en camisas azules recientes, a las que aún se advertían los pliegues de la apresurada producción comercial de la postguerra. Claro, los alemanes hieráticos y más bien ariscos. Es decir, imposibles. ¿Qué otra explicación cabía, si no? No tuvo la culpa la escuadra de poetas de Or Kompon, pero así fue. Ahora, Juan de Mata era comunista. Casi un prestigio local. Pues muy bien. Así les iba. ¿A ellos solos, Manolo? No tuvo tiempo de responderse. Embocó Manolo Gracián, ahora perfectamente serio, la rampa del aparcamiento de Tudescos, al tiempo que en su radiocassette le ponían la carne de gallina por enésima vez —y hasta el infinito— los funerales del señor Sigfredo. La subida de las escaleras del aparcamiento constituía para él un penoso introito a la tarea diaria. Mientras remontaba no muy ágilmente los escalones, se le iban presentando ordenados
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en hilera los temas pendientes. Las sucesivas dosis de su hastío cotidiano. A él, en el fondo, le importaba ya todo aquello un pimiento. Manolo Gracián, crecientemente aburrido de una economía que le había interesado profundamente en tiempos, trabajaba en una gran empresa a un nivel más que satisfactorio, pero carecía de todo espíritu gremial. Procuraba cumplir con su trabajo, más de orden intelectual que estrictamente productivo, por lo menos dignamente, por motivos en los que nunca supo si primaba la ética o el amor propio puro y simple, pero desde la barrera. Nunca entendió la aparente entrega —¿sería sólo aparente?— o integración, que así se llamaba en la jerga empresarial, de las personas que le rodeaban. Para esas personas, la empresa era su vida, según decían. No había más allá, y si lo había, mejor no planteárselo. Para él no, ni mucho menos. Para él constituía sólo una anécdota que le daba de comer y debía protagonizar limpiamente, pero nada más. Claro es que Manolo Gracián no era un ejecutivo, concepto éste que le producía siempre un regocijo despreciativo e irrefrenable, sino otra cosa. Algo así como un cerebro, expresión que se les asignaba a él y a otros economistas inmediatos, con un cierto tono mitad respetuoso y sincero, mitad zumbón, que le recordaba sin remedio aquel ¡«mueran los intelectuales!», o «¡muera la inteligencia!» —no se ponen de acuerdo los cronistas— con que quiso anonadar el insólito general Millán Astray a D. Miguel, en la dorada Salamanca del 36. Con las naturales distancias, naturalmente, pero por ahí podían ir en cierto modo las cosas. Ni él ni sus compañeros proporcionaban ingresos directos a la empresa, y eso contaba sin duda —seguramente con razón, reconocía a veces Manolo— por lo menos estructuralmente, aunque no fuera así en términos personales. O aunque no fuera siempre así, que alguno había en su entorno atravesadillo y venenoso. Es decir, que él y sus compañeros eran un centro de coste, lo cual no dejaba de azorarle. De producirle un cierto complejo de «parent pauvre», siempre un poco en el aire. O de lujo a exhibir hacia afuera, cuando se trataba de poner un poco dignamente una palabra detrás de otra. —«Buenos días, Luis.» —«Buenos días, señor Gracián.» Luis, el ordenanza, estaba, como siempre, sentado tras la mesa que daba frente a la puerta de entrada. Rodeado de papeles y constitutivamente despeinado. Un estupendo personaje, Luis. Para Manolo Gracián, el hecho de que le llamaran señor seguía siendo un acontecimiento contra natura. Tenía demasiado cerca sus pantalones cortos como para haber asumido la solemne cincuentena que cargaba ya a sus espaldas. De todas formas, algo un poco distante debía darse en él, capaz de explicar el tratamiento. Desde su juventud casi primeriza se lo endosaban sus subordinados, mientras tuteaban a sus similares en edad, saber y gobierno. Luis siguió enfrascado en sus papelotes, con la pelambre a media asta. En el antedespacho, las dos secretarias, Angeles y Marta, despachaban a máquina los flecos de la víspera. Marta, grandes ojos místicos, anchas caderas y anarquista en activo — pensaba Manolo Gracián que lo del anarquismo de Marta era sólo una forma convencional de romanticismo, en una época nada propicia a cualquier clase de espiritualidad juvenil— tenía un cierto atractivo. Angeles, redonda, pequeña y culibaja, glotona empedernida y ahora con los problemas matrimoniales al uso, exhibía como siempre el morado llamativo de sus párpados. Eran unas buenas chicas y unas estupendas secretarias, y sus relaciones con ellas se desarrollaban en un clima muy poco formalista y jerárquico, sin que nadie confundiera el culo con las témporas. *** Era viernes, y los viernes no se despintan. Hasta la luz es distinta. La luz anunciadora del asueto. Contempló Manolo Gracián, mientras se quitaba el abrigo, las nubes diseminadas y panzurronas desfilando presurosas sobre un paisaje de tejas y buhardillas. Se sentó casi feliz frente a su mesa de trabajo, mientras desplegaba los periódicos del día. Un sorbito al café en vaso de plástico con que se obsequiaba al llegar, y el primer cigarrillo de la serie.

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A poco, la felicidad había empezado a hacer agua. Por allá arriba, unos señores decían que ellos eran una nación. Una bomba en un cuartel de la Guardia Civil. Manifestación abertzale donde siempre, pidiendo la canonización de asesinos. Las notas de firme protesta de las agrupaciones políticas al crimen del día anterior. ¿Cuántos iban? Y, naturalmente, el sesudo editorial que hablaba de profundizar la democracia. En alguna parte, los datos de una economía en barrena, como consecuencia de los problemas heredados. Es decir, lo de siempre. Pero ya el viernes no era tan viernes. Ya estaba ahí la España torva, sucia y chirriante. La de los otros, los recién llegados, que no la suya. Esa en que tenía que vivir, sin embargo. La suya había sido distinta e incluso tremenda, pero con ella se quedaba sin remilgos. Se enfrascó Manolo en un artículo de Julio Alcaide. Decía Julio Alcaide que, allá para fin de siglo, la población española se estancaría. Bueno, para fin de siglo —pensó Manolo— que tallen otros. El, seguro que calvo total. O, al menos, tercera edad a extinguir Dios sabría adonde. Pero no por su quitarse de en medio dejó de subirle desde los pies el acíbar que volvía a invadirle. Como siempre. Poco le había durado el pequeño regalo de su fisiología matinal a punto. Al cabo, se repantigó pensativo en su sillón articulado. Y encendió la pipa. No sabía por qué, pero el humo de la pipa tenía para él más posibilidades metafísicas que el del cigarrillo. Ya se había acabado el café, pero él seguía dándole vueltas a la cuestión. A su cuestión de siempre. Las cosas no ocurren porque sí. Ni la vida ni la Historia nos son dadas desde fuera. Las hacemos nosotros. Mejor dicho, las estaban haciendo quienes las estaban haciendo, que no él. Ergo era preciso buscar el quid del asunto en las generaciones en candelero. Aunque quizá tampoco a ellas les gustara lo que estaba pasando, de ellas era la culpa. Las nuevas generaciones, pensó sacando de la cachimba volutas en espiral. Tan características ellas. Tan positivistas ellas. Tan autosuficientes ellas. Tendría que revisarse —pensó— a D. Julián Marías y su «Método histórico...» A ver cómo se explicaba lo que había pasado. A ver de dónde salía la nueva clase zoológica. Los héroes, los santos... y los de ahora. Lo sentía mucho Manolo, pero no le iban. Tan iguales todos, hasta en su uniformidad externa, que de la otra, de la interna, para qué hablar. Dos y dos, cuatro, el cash flow y las comidas de trabajo. Y el histerismo de la acción porque sí. La chillona algarabía de los vacíos de casi todo. Había contemplado atónito, en cierta ocasión, cómo, tras una de las tales comidas, algunos de los ejemplares asistentes a ella abrían su intimidad en la hora ya distendida de la copa y el puro, en una exposición aparentemente sincera de sus móviles vitales. Sólo alguno dudaba, un poco añorante, de una mínima dosis de espiritualidad. No tuvo el menor éxito el poeta frustrado. Lo que importaba era el ritmo, los colegios caros para los chicos y el brillo externo. Lo demás, pamemas. ¿Dios? Bueno, claro, eso es otra cosa. Los había analizado bastante bien el señor Marcuse. Y, más recientemente, el Erich Fromm del «¿Tener o ser?». Constantemente cambian su ego —decía Fromm— según el principio del «yo soy como tú me deseas». Es decir, que ni ego ni nada. Ellos eran, en efecto, como deseaba quien les pagara. Aunque no se dieran cuenta seguramente. Ellos no se daban cuenta nunca de nada. Con el inconveniente tragicómico de que eran los que mandaban de verdad. Quizá —pensó Manolo Gracián— porque los otros, las antiguas minorías, habían dimitido dejando la Historia en manos de los capataces de la eficacia. Además —siguió pensando— al fin y al cabo estos ciudadanos no han venido al mundo por generación espontánea. Al fin y al cabo, a lo mejor son el producto inevitable de lo que nosotros fuimos e hicimos. Se rascó la cabeza preocupado por la hipótesis. Y se dejó de trascendencias. Lo único cierto, lo vital para él, era que en ellos encontraba su explicación a las cosas. A las cosas profundas y a las otras, a ésas que tanto le estaban hiriendo últimamente. A las de la prensa que acababa de leer. De pronto, todos ellos de lo nuevo, adoradores intrauterinos de la libertad. De esa libertad que nunca parecían haber añorado antes. Ahora sí.
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Ahora con el menor motivo, o sin ninguno, se dedicaban a echar barro sobre el pasado. Y tenía Manolo que aguantar en silencio las tarascadas, en fácil e hiriente clave de humor, de quienes no sabían de la misa la media, ni en términos de historia española ni, casi, en términos de nada. De los que no habían conocido a los Alpargateros, al Isabelo o al Catalán. O las noches temblorosas de miedo de la Embajada. O la gloria de la resurrección. ¡Qué se le iba a hacer! Todos de lo nuevo. Con lógica o sin ella, se le salía a Manolo a chorros la canción de los Bandar-log en marcha: «Henos aquí, sobre el ramaje quietos, bellezas meditando en largas filas, soñando en grandes cosas que al instante veréis en realidades convertidas. Venid entre los pinos, buscad la uva silvestre, venid, pues, con nosotros, formad en nuestras filas; notad al despertarnos el ruido que metemos y no dudéis que vamos a hacer cosas magníficas.» ¿Cosas magníficas? Ahí estaban. En los periódicos de la mañana, de ayer y de cada día. Se decía que por aquellos pagos andaba la respetable y humilde derecha sociológica española, de acuerdo con ciertas encuestas. Así sería. Pero los pastores del rebaño, los que Manolo Gracián conoció, eran otra cosa. O dinero, o apetito de poder. Y nada más. Unos señores, del primero al último, que habían hecho tabla rasa de la verdad y de otras cuantas menudencias. Por ejemplo, de la Historia. O que dejaban suavemente impertérritos que otros lo hicieran. Ya se le había estropeado la mañana. Ya tenía encima el malestar que no le soltaba desde bastante tiempo atrás. Suspiró, mientras echaba a un lado los periódicos y se enfrentaba, un poco cansino, al estudio que se traía entre manos. Aunque sin saber bien para qué. De qué le iba a servir la economía, si lo que estaba fallando se encontraba mucho antes. De todas formas, volvió a cargar la pipa y se metió en faena. La lluvia sacudía a ráfagas en la cristalera. Aunque de vez en cuando rompieran tras las nubes unos ojos de sol que parecían llenar el despacho de gozo resucitado. No el suyo, desde luego. El hacía tiempo que había enterrado el gozo cualquiera sabía adonde. *** Se les convocaba para última hora de la mañana en la sala de Juntas. No dejó de fastidiarle. No sería la primera vez que se les planchaba sin la menor necesidad a los cerebros un fin de semana. En aquella casa, por alguna extraña razón, regía algo así como el masoquismo del sacrificio innecesario. Del fastidiarse porque sí. Incluso, en algunos casos, el de fastidiar al prójimo a secas. Sólo con un poco más de sosiego y de respeto a los demás — sobre todo eso— no harían falta los azagones de trabajo que de vez en cuando les caían a ellos encima. Pero eso formaba parte de la antropología de la nueva estirpe, que algún día sería preciso escribir. Había que estar siempre dispuestos, al parecer. Nada de horarios, ni, casi, de vida privada. ¿Vida privada? ¿Qué era eso? Ponían los ojos tristes los sacerdotes del ritmo, cuando tenían que inocular penosamente al beneficiario la triste nueva de su holocausto. Aunque ellos, incapaces de estar sentados media hora delante de un papel, perdieran lamentablemente el tiempo. Todo teléfono, y el apresurado paseo entre despachos. La entropía de los ejecutivos. Incluso alguno de los ejemplares dedicaba el tiempo a otros menesteres. Luego le entraban las prisas. Las prisas y el esfuerzo de los otros, naturalmente. Cierto era que, en la práctica, no se solía pasar a mayores, pero ahí estaba siempre el principio dogmático de la entrega total exigida, dispuesto a encarnarse en cuanto a alguien le diera la gana. Quizá no era el caso habitual, al menos para un Manolo Gracián que ya había
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señalado muy explícitamente que él no jugaba a ese juego. Que no le salía de las narices que se traspasara por sistema la frontera entre su trabajo y su vida. Y que, desde luego, su vida tenía poco que ver, cada vez menos, con el volumen de negocio, los valores contables y cosas parejas. No caían bien sus salidas independentistas, sus suaves referencias a algo que se llamaba legislación laboral. Y a otra cosa bastante más importante a la que algunos apellidaban dignidad. En el fondo, en el fondo, lo que le fastidiaba de la cuestión era el absoluto no contar con el otro que denotaban el enunciado y la práctica. Y la mansurronería aquiescente con que los de abajo se plegaban a lo que hubiera que plegarse. Aunque bramaran de puertas adentro... ¡Caray con la dignidad del hombre que ejercen estos liberales!, pensó Manolo mientras recogía sus papeles. Recordó un párrafo de José Antonio que acababa de releer: «Si nace usted en un Estado liberal, procure ser millonario y guapo...» Quizá no fuera exactamente ésa la frase, pero sí muy parecida. El viernes seguía cayendo en barrena. Se estaba amonotonando, posiblemente sin razón, por aquello del gato escaldado. A lo mejor no era eso y no se le chafaba, por tanto, su plan fini-semanal. En cualquier caso — decidió— no se lo iban a chafar. Con la mejor de sus sonrisas, por supuesto, él no iba a estar allí al día siguiente, sábado. Ni el domingo, claro. Ya estaba encrespado de todas formas. Mientras subía en el ascensor, empezó a tirar por la borda las cortas vacaciones de sí mismo que se había concedido aquella mañana, sin saber por qué. Sabía perfectamente que, cualquiera que fuera el motivo de la llamada, allí se iba a encontrar otra vez con su problema. Con ese problema que se le había aferrado implacable de unos pocos años a esa parte —¿o desde siempre?— y que saltaba, quisiera o no, desde cualquier aparente menudencia de lo cotidiano. *** No, no se trataba de eso. La cuestión era que en Francia había llegado al poder el señor Mitterrand, y a lo mejor había que poner las barbas a remojar, que cargar las baterías dialécticas de lo que podía ocurrir también en España. Las nacionalizaciones y demás. Allí estaban todos sentados en torno a la mesa circular. La tecnoestructura. A lo mejor ni lo sabían, pero la tecnoestructura. Eso que funciona evidentemente «pro domo sua» y nada más. Algunos de ellos no se acostumbraban a la pérdida de su confortable situación anterior, y veían en cada nueva norma, en cada Boletín Oficial, un insulto personal, cuando no una empecinada persecución sangrienta. Algo podía haber de ello —pensaba Manolo Gradan— porque ciertamente la ideología dominante, suponiendo que en lo dominante hubiera algo de ideología, podía tener ciertos sesgos revanchistas. Bastaba conocer a alguno de los jerifaltes del momento para no desechar la hipótesis. Pero el problema no era ése sino otro. El del vino nuevo y los odres viejos. O, lo que era lo mismo, lo de los cómodos beneficios y el hacer de la propia capa un sayo, o el tener que agachar la cerviz y ganar menos, o incluso nada en ocasiones, bastante aireadas por una prensa poco propicia al silencio o a la prudencia, pese a ciertos flujos monetarios un tanto vergonzosos y envilecedores. A Manolo Gracián, nada socialista al estilo que se llevaba, pero quizá casi fisiológicamente condicionado por aquella canción de «muera el capital» que ya volvía, por otra parte, a oírse por las esquinas, no dejaba la cuestión de revolverle las tripas. Por los síntomas, sólo a él. Total, que ya estaba con lo de siempre. Que ya estaba con lo de las sinceridades y los correspondientes comportamientos personales. No era Manolo Gracián radicalmente enemigo de nada en el terreno de las formas económicas. Había estudiado lo suficiente, y vivido otro tanto de lo mismo, como para suavizar, al menos, sus dogmatismos juveniles y dar cabida a eso a lo que se llama vida diaria, sin más pretensiones. «La vida —le había dicho más de una vez su hermano un tanto aburguesado según él— es la derecha.» Bueno, pues no. Si la vida no es tensión disconforme, no pasa de ser una broma que no merece la pena. La propia biografía juvenil de su hermano era una
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prueba. ¿O es que la verdad está, sólo, en los sesenta años, como si el hombre fuera un corte ya en la fase del declive biológico, del tirar la esponja? Alguien había dicho que la juventud es algo demasiado serio como para dejarla en manos de los jóvenes. Cierto, con tal de que se aplicaran también el cuento los viejos. No era, por tanto, opuesto Manolo Gracián a eso a lo que se llama economía de mercado, constitutivamente unida, al parecer, al capitalismo. Aunque tuviera sus atisbos racionales de que la tal economía, en las formas en que se había encarnado, quizá tuviera poco que ver con el solemne concepto de la libertad del hombre que siempre los de arriba —¿por qué sólo los de arriba?— tremolaban como bandera. Tan así era, que en más de una ocasión, a lo largo de sus ya numerosos escritos, había citado aquello —extraído de no sabía dónde, ni a quién imputable, aunque le sonara a algún viejo padre de la Iglesia— de «la majestuosa igualdad de las leyes que prohiben lo mismo al pobre que al rico dormir debajo de los puentes». No se salía de la noria en la conversación. Era preciso prepararse para las nacionalizaciones, insistía el que llevaba la voz cantante, mientras la secretaria les servía el whisky de la una. Todos de acuerdo, naturalmente. ¡Qué barbaridad, las nacionalizaciones! ¿Y a cuento de qué, además? Les miró Manolo, uno por uno por encima del borde del vaso, mientras tomaba su primer sorbo. Ya estaba Manolo Gracián acostumbrado a casi todo. Estaba acostumbrado de un tiempo a esa parte a defender lo que quizá no fuera defendible. O, por lo menos, a no romper la baraja. En otros tiempos, en los tiempos de los viejos Sindicatos Verticales, y aun después, en la Presidencia del Gobierno o el Ministerio de Agricultura, sí fue más que capaz de poner pies en pared y dejar clara su absoluta negativa a convertirse en plumífero a sueldo. Vosotros veréis — dijo en una ocasión al correspondiente jerarca— si queréis tener gente que piense y escriba al dictado. Le salió bien. Como le salió bien su rechazo tajante a la obligación que se le quería imponer de afiliarse al Movimiento —idea, seguro, de algún chupatintas iluminado— para seguir cobrando la soldada. Se rió hacia adentro al recordar que en un Consejo de Ministros de Franco uno de los poltronas —por lo visto le leía— le acusó de rojo. Decía Manolo cosillas bastante duras en sus artículos, y aquel señor, muy de derechas por supuesto, no sabía nada de matices. Entonces podía ser incómodo, pero ya no. Cosas de la arriscada juventud, seguramente. Ahora estaba ya cuesta abajo y no era capaz de llegar a terrenos tan bélicos. Cansancio, o miedo a quedarse con el día y la noche, a pesar de sus latifundios. No estaba seguro, aunque se inclinara ya más a esto último, por mucho que le fastidiara, que se sintiera sucio. Se limitaba, eso sí, a esa especie de resistencia pasiva en que consiste el silencio. Un silencio —él lo notaba— que podía resultar hiriente para los demás. La ceniza en la frente. Volvió a tierra, dispuesto a no sorprenderse de nada. E incluso a aguantar, como otras veces, lo que le echaran. Alguno de los que se encontraban en torno a la mesa pertenecía a la especie en tiempos abundante de los que brindaron con champaña a la muerte de Franco. Lo había anunciado con reiteración, llenándosele la boca, como obseso. Aunque ya hubiera empezado a arriar velas. Sobre todo —tuvo que tragarse la risa Manolo, al mirarle— tras el 23 de febrero, claro. Empezaba a hacerle efecto el whisky de mediodía con las tripas más que vacías. Y a subirle inevitablemente por sus venas todas las viejas vivencias. Aunque la cuestión fuera algo tan aparentemente aséptico como las nacionalizaciones del señor Mitterrand, ahí estaban siempre los recuerdos, la sangre vivida y todo lo demás. Cambió Manolo de postura, mirando sucesivamente a los ojos de los otros, un tanto trastabillados ya y casi en la fase folklórica. A su lado, uno de los empleados de segundo o tercer orden prescindía alegremente de su socialdemocracia, diciendo solemne y casi iluminado todo lo contrario de lo que sostenía en círculos un poco más íntimos y, desde luego,
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más lejanos a las nóminas. Estaba claro que su bandera en aquel momento era el capitalismo casi manchesteriano. Mañana sería otra cosa, pensó Manolo Gracián. O, incluso, antes de que el gallo cantara tres veces. Sin que se tomara la molestia de salir afuera y llorar, como San Pedro. Alguien soltó de pronto el lugar común definitivo de la serie. Algo así como que el primer perjudicado por las nacionalizaciones era el accionista. El accionista, es decir, esa especie de entelequia sólo apta para no enterarse de nada y formar, púdicamente silencioso, la coreografía imprescindible de las magnas asambleas societarias. Había observado Manolo Gracián, en bastantes ocasiones, a los accionistas innominados, ojeando las correspondientes memorias y componiendo el tipo como si de ellas sacaran algo en limpio. A las pobres viejas pensionistas, queriendo creer que se lo sabían todo. ¡Cualquiera se levantaba a tenérselas con aquellos señores tan importantes y tan sabidos del estrado! ¡Pero hombre, si los ha nombrado usted! Ah, ¿los he nombrado yo? Amén. Aunque en los últimos tiempos hubieran empezado a encresparse las aguas tradicionalmente tranquilas de las juntas generales. La Sociedad Anónima, es decir, esa especie de abstracción representada en unos trozos de papel, había dicho José Antonio sin que nadie demostrara lo contrario. ¡Coño con el accionista!, respingó Manolo. ¿Se lo creerán de verdad? Todo podía ser, porque la capacidad del ser humano para vivir sobre frases hechas o palabras mágicas era, como la gracia de Dios, inagotable. Quizá no hubiera falsedad consciente en la afirmación. Siempre se había dicho así y se seguiría diciendo por los siglos de los siglos. No se les podía, seguramente, exigir el heroísmo de someter a revisión lo dado. Aunque hubiera accionistas y accionistas, y ellos supieran muy bien dónde estaba la diferencia. ¿Qué tal estará de reses la mancha?, se le ocurrió sin venir a cuento, como primera avanzadilla de su otra vida. O quizá como escapatoria. En realidad no le importaba demasiado. Lo que le importaba era que simplemente a la noche —sólo unas cuantas horas— iba a respirar un aire completamente distinto. Aunque ese aire le remitiera, también indefectiblemente, a problemas que tampoco había resuelto. A lo mejor eran en el fondo los mismos problemas. No lo sabía. Por allá abajo no se entendía ni de tipos de interés, ni de coeficientes. Pero todo se iba a resolver, en definitiva, en unas cuantas verdades elementales, bastante más próximas al re verdeguear de las siembras o al sudor de las fábricas que a la lujosa terraza-jardín que contemplaba ahora, salpicada por gruesos goterones, al otro lado de los amplios ventanales. Estaba haciendo literatura más bien mala. Al fin y al cabo el whisky a esas horas, con las tripas más que vacías, podía desmantelar la máquina de pensar, el rigor del silogismo, y sacar a la superficie otras cosas que nadie se hubiera atrevido a llamar ni medianamente ciencia. Había ya un divertido chispeo medio bobalicón en los ojos de todos, preludial del fin de semana a punto de nacer. Esas cosas en las que siempre terminaba Manolo Gracián a poco que se le arañara. Ó a poco que el copazo o la flagrante insinceridad ajena levantaran en él unas raíces vitales que ahí estaban. Y un pasado, claro, que no había logrado transformar en ecuación y siempre le volvía al galope, a cada paso. A lo mejor el reverdeguear de las siembras y el sudor de las fábricas se decidían desde ese despacho u otros similares, y esa era, por tanto, la auténtica verdad elemental. Así sería, pero no estaba dispuesto a aceptarlo. Como no estaba tampoco dispuesto a aceptar que todo hubiera terminado en eso. Dijeran lo que dijeran los sociólogos. Ellos seguían en sus trece, empecinados en mantenerse donde estaban. La tecnoestructura no arriaba banderas. El mejor de los mundos posibles. Alguna leve lamentación por las cosas que estaban teniendo lugar, y poco más. Algún gesto de lejano disgusto por la sangre que periódicamente salpicaba España, y de ahí no se pasaba de verdad. Ni se les ocurría pensar que todo se debe a algo. Que a lo mejor esa sangre tenía también algo que ver con todas las cobardías y las falsedades que podían anidar tras algunos comportamientos. Tampoco se planteaban, naturalmente, el porqué de esas nacionalizaciones que tan a maltraer les traían. Todo estaba escrito y cada uno a lo suyo. Se removió otra vez Manolo, un poco incómodo por dentro.
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Cierto era que cada uno tenía su vida detrás, y que aquella vida no era la que él había sido y seguía siendo, quisiera o no. Lo aceptaba sin reservas. A lo mejor para eso habían muerto todos los que habían muerto, aunque seguramente se hubieran sorprendido de ello. A lo mejor murieron, aun sin saberlo, para que algunos por lo menos de los que allí se sentaban aquella mañana hubieran podido superar sus condicionamientos sociales de otros tiempos y estar donde estaban. La idea le tranquilizaba en alguna medida. Recordó Manolo Gracián aquella dedicatoria del falangista de filas a los hijos de sus camaradas. A aquellos hijos que, premonitorio —iba a caer enseguida—, él no iba a tener. El argumento constituía para él una especie de dramático intento de consuelo personal, siempre fracasado en su estación terminal. Estaba claro —terminaba siempre, retorciendo el pescuezo a su propio intento de sosiego— que todos aquellos que él tenía en la memoria no podían haberse sacrificado para entronizar la falsedad y el frivolismo en ejercicio que ahora se llevaban. Por muy portadores de valores eternos que fueran los nuevos. Aunque no los ejercieran. No había remedio. Siempre terminaba inflándosele inevitablemente las narices. No se llegaba a ninguna conclusión operativa en la charla, cada vez más anecdótica. Estaba seguro Manolo de que ninguno de ellos tenía razones lo suficientemente exhibibles y auténticas como para defender cerradamente lo que estaba siendo. Con lo cual resultaba que los hombres podían actuar por motivos que no les dejaban totalmente limpios. O que tenían que hacerlo, que eso podía ser lo más grave. Tuvo que soltarlo. —«Naturalmente, lo que haría falta es que se encargara de la tarea alguien que estuviera completamente convencido de la verdad de lo que hay que sostener... por narices», subrayó los puntos suspensivos, con alguna mala uva. Se rieron todos, pero no de él. Por lo menos a Manolo Gracián le hizo el efecto de que se habían reído de sí mismos, ya distendidos por el ambiente. Aunque a la mañana siguiente dejaran otra vez de hacerlo. De todas formas, ya eran las dos pasadas, y nadie tenía ganas de trascendencias. Bajaron en el ascensor con ganas de separarse y un poco en silencio, cada uno hacia su cubil. Por lo menos —pensaba Manolo Gracián— esta vez no ha habido los alfilerazos al pasado —a su propio pasado— que en otras ocasiones. Esa vez nadie le había removido el estómago, y ya era bastante. Al bajar las escaleras del aparcamiento para recoger el coche, ya con la mentalidad un poco dionisíaca del fin de semana en ciernes, estaba su pobre particular. Un viejo nítidamente diferenciado de la mugre circundante, que hay distintas clases de derrota. Había empezado Manolo a pagarle su propio impuesto diario —un par de duros— desde que apareció por allí, muchos meses antes. No sabía por qué, pero eso era para él el prójimo. No estaba el prójimo, desde luego, en las gentes bien vestidas, ni en el cuasi-uniforme —corbatas en general estridentes— de los señores de las cúspides. Sabía que no tenía razón. Que Cristo dijo otra cosa. Pero no había remedio. No mucho antes, había oído comentar a uno de aquellos liberales, deliciosamente instalado, sus intenciones —podía convertirlas en hechos— de impedir que aquel viejo abrigara su intemperie en la entrada del aparcamiento. No hace buen efecto, decía. Se hicieron amigos desde que Manolo Gracián le comentara algo respecto de la mínima bandera que exhibía el hombre en la cadena del reloj. Quinta Bandera de la Falange de Castilla, nada menos. Brúñete, el Ebro y todo lo demás. O, lo que era lo mismo, tres años pegando tiros, y ningún Consejo de Administración después. Esos consejos que se habían repartido antes y seguía repartiéndose ahora la nueva nomenclatura, con la misma o más desvergüenza.
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Seguro que el viejo había cantado en tiempos aquello del «¡viva la revolución!», pespunteándolo a tiros. Ya podía seguir cantándolo por los siglos de los siglos, suponiendo que aún pudiera alzar la voz sobre su hambre. El había servido para lo que sirvió, y nada más. Pasó a su lado Manolo, esta vez un poco avergonzado, sin mirarle a los ojos. ¿Por qué le habría dado cinco duros, en lugar de la cuota habitual?

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LA ARMONÍA PREESTABLECIDA El día pintaba rotundo, con una luz recién nacida. Tras varios días de nieblas viajeras y espesas que empaparon la tierra, el sol había enviado las nubes al exilio con la eficaz ayuda de un ábrego algo picado, que no llegaba a molestar. Podía oírse todo sin problemas. Incluso el sonido, ya casi prehistórico, de alguna esquila lejana, o el resuello un poco animal de las fábricas, a pocos kilómetros de distancia. En eso estaba, especialmente, la salsa de la montería. Si el viento, más que la lluvia, apagaba la dicha de los perros o los venablos de los podenqueros, tras el rumor permanente del monte en oleadas, la cosa dejaba de ser redonda. En la acústica sin problemas de la mancha en ebullición —si había suerte, claro, para que algo se cociera— estaba algo así como la comunión de los santos monteros. Y, por supuesto, la posibilidad de intuir y vivir la carrera de la res, la excitada algarabía de los perros, el corazón al galope, hasta el lugar del lance definitivo. Lo otro, el aire mínimamente desbocado o retozón, convertía al montero, inevitablemente, en un islote abandonado e insolidario, sólo apto para mirarse al ombligo o confraternizar con la pequeña fauna del monte, y poco más. O en carne de sorpresa frente al arrollón próximo e inesperado. Lo cual siempre tenía menos gracia, aunque se rematase bien la faena, de puro milagro. Tan al galope seguía el corazón de Manolo Gracián el drama siempre renovado de la montería —pese a haberlo vivido casi desde su destete— que había tenido que tomar tranquilizantes en ocasiones. Sin demasiado éxito, porque las piernas y, lo que era más grave, el pulso y el ojo seguían temblándole como en el origen infantil de sus tiempos. Con las correspondientes consecuencias para su amor propio, tan vapuleado normalmente en esas lides. Había llegado a su puesto un poco jadeante, tras el inevitable repecho desde los coches. Ya no estaba para muchos trotes. Recordó con alguna nostalgia la época en que su cuerpo no existía para él, que es lo mejor que puede pasarle a un cuerpo. Cuando, increíblemente, le gustaba más trepar que descender por aquellos sierros en los que la horizontal no pasaba de ser un concepto teórico en desuso.Nessun major dolore... Tenía razón el señor Alighieri. Estudió el terreno, en plan estratega. Los tiraderos posibles. De unos pocos metros más acá o más allá podían depender muchas cosas. Tenía costumbre, casi una segunda naturaleza, y no le costó mucho trabajo encontrar el lugar geométrico exacto entre los pros y los contras de cada metro cuadrado. Despojado de los trebejos y de la ropa de abrigo innecesaria —y suele haber muy poca necesaria, aunque se crean otra cosa los camperos de la nueva hornada, empeñados en ejercer de camión de mudanzas—, se planteó su eterno problema, nunca bien resuelto. Tenía que hacerse el puesto. Tan mal solía salirle la cosa, no sabía bien por qué, que se había inventado, como todo hijo de vecino, una teoría que justificase su mala destreza. Sostenía, y casi había llegado a creérselo, que los camuflajes mastodónticos, a base de ramaje sabiamente entrelazado y tupido, espantaban a las reses. En consecuencia, sus pantallas no pasaban de estar montadas con unas cuantas ramas más bien raquíticas, y fáciles de quebrar, claro, colocadas al desgaire sobre la labiérnaga, el chaparro o la jara de turno. Naturalmente, el quiosco, se desmantelaba, inevitablemente, a poco que el aire quisiera juguetear. Ni eso, ni una sola lumbre presentable y duradera había conseguido nunca. Debía ser de raza. De una raza paterna, por supuesto, cuyas manos no habían servido nunca para nada. La materna, los Árdales, era otra cosa. Cargó la escopeta, mirando antes los tubos por si acaso —de alguien debía venirle el prudente rito—, y se sentó. Encendió un pitillo, siempre descontento de su nula capacidad de resistencia, y se dispuso a esperar hasta la eternidad, como los monteros de pro. Tiempo había hasta la suelta. A su derecha, uno de esos neófitos que no suelen saber de la misa la media se dedicaba como obseso a roturar estrepitosamente unas cuantas fanegas de monte, a golpes de hocino. Pensaba seguramente que con ello cumplía con la Ley y los Profetas. En general, tanto a él como a su familia —una especie de áspera y excluyeme vieja guardia montera, a extinguir— les reventaban los tales neófitos, pero siempre había alguno cercano, por una u otra razón. La
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caza ya no es lo que era —se rió de su evidente vulgaridad de vejestorio en ciernes—. Todo había empezado a acabarse con el acceso masivo a ella de esos nuevos bárbaros que son las mujeres y los niños. Ahora todo eran señoras «a la page», en plan pretendidamente campero, al estilo de las aristocráticas pastoras del Versalles dieciochesco, pero en manchego, por ejemplo. O ristras de mocosos movedizos a los que no se podía pegar un capón a la vieja y saludable usanza, a no ser que se le pegara también algo más que un capón al satisfecho padre de turno. Pero, en fin, ahí a su derecha, encima de un risco, como D. Tancredo, el consabido ejemplar. No parecía ejercer demasiado como tal. Incluso vislumbraba seguramente que eso de la caza no era ni mucho menos una diversión. Ahí estaba, como un panadizo casi sorprendido de sí mismo. Miró en torno, a lo lejos. A sus pies se extendía el valle del Turruchel, en el viejo campo de Calatrava. Desde las bajeras de la umbría, avanzaba horizontal y dorado para encaramarse a los cerros de los Collados, por el Norte y la Hoya de la Quimera —¡Dios qué nombre í— en la parte solana. Al Poniente, casi en el horizonte, más que la silueta, la intuición del pueblo. Las manchas oscuras de los olivos y el cobre en pámpana de los plantíos. Ese valle —pensó Manolo Gracián, siempre dado a la trascendencia, o a la literatura-estaba también en sus raíces. Por lo menos, en una de sus raíces. Lo llevaba muy dentro todo aquello, para bien o para mal. El valle no tenía la culpa de nada. Pero lo cierto era que de ahí, de ese entorno, le venía una buena parte de sus problemas. De sus ambigüedades o indecisiones. De su fracasado intento de compaginarse a sí mismo. Y de sus incomodidades inmediatas, suficientes como para crisparle, en las que, naturalmente, se incardinaba definitivamente la España que no le gustaba de ahora, tanto o más que la que no le gustaba de antes. Miró en panorámica tras de sí, por las laderas quemadas, en rápida ascensión hacia la Cruz del Maderal. Estaban quemadas porque, sencillamente, en España seguía confundiéndose la libertad con el eructo o con la tea incendiaria, que tanto daba. Dos años atrás había contemplado inerme las llamas que consumían el viejo monte, las estoicas encinas del paisaje español, por obra y gracia de algún hominoide empeñado en demostrarse a sí mismo, y a su manera, eso de la soberanía del pueblo. Porque así estaban las cosas, y ni la Guardia Civil —desmoralizada— se sentía con fuerzas, o más bien con ganas, de meter a nadie en cintura. Alguna vez que lo intentó, mediante el lógico expediente del trancazo y tentetieso al jayán agresivo cogido con las manos en la masa, el resultado había sido la multa y el arresto. La propiedad no existía en absoluto, aunque, por supuesto, los impuestos correspondientes a los servicios de un Estado que parecía haberlos olvidado, hubieran crecido en flecha, en los últimos tiempos. Le había salido el economista, medianamente enterado de las finanzas públicas, pero prefirió echarle agua al fuego del razonamiento. Sólo se permitió suponer que ni en la Moncloa, ni en el entorno del señor Fernández Ordóñez, ni en otros parajes más altos había incendios, o las demás secuelas por lo visto inevitables de la transición. Ellos estaban bien protegidos. Y los demás no. Mucho menos los 1.400 nuevos parados diarios que la estadística asignaba a España. Cortó, ahora sí, su creciente irritación. Le había autoazora-do lo de la propiedad inexistente. Se parecía demasiado a la terminología de esa España, también la suya por razones genéticas, que tampoco le había hecho nunca muy feliz. ¿Sería él, Señor, un «beati possidenti», de esos que tanto le crispaban, en la cúspide por la gracia de Dios? Intentó tranquilizarse. No eran demasiadas 250 hectáreas por esos secarrales, ni podía sentirse en justicia adscrito a la no muy escasa fauna de los zánganos, de los convidados al festín hereditario. Sabía muy bien de su esfuerzo por salir adelante. De sus estrecheces hasta para hacerse con esas balas de rifle —¡qué precios, Dios mío!— que los demás dilapidaban alegremente, por lo menos en apariencia, aunque a lo mejor estuvieran representando el viejo papel del hidalgo español, la barba florida y cuidadosamente migada. Aspiró a fondo el olor a gloria bendita de la sierra, y tendió el oído, al Poniente. Los podenqueros estaban ya soltando,

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y, consiguientemente, los perros se disparaban en corveta, todavía sin finalidad definida y pura orgía liberada, trazando en la placa del paisaje —otra vez Ortega— la raya del ladrido. Le había llegado el momento de la primera taquicardia de la serie, lo cual no dejaba de ser bastante estúpido. Normalmente, las cosas no pasaban a mayores hasta algún tiempo después, más avanzada la faena, cuando la intención de la ladra demostraba, sin equívocos, que delante del hocico de los perros iba otra vida, a la desesperada, arrollando monte como alma que lleva el diablo. Se levantó, ajustando el seguro de la escopeta. Atornilló las plantas de las botas en la tierra, en su emplazamiento definitivo. A partir de ese momento, nada de ruidos, es decir, quieto. Los pies podrían aliviarse mediante sucesivos desplazamientos del centro de gravedad del cuerpo, incluso con ligeros encogimientos de los dedos que ayudaran a la circulación de la sangre, pero las botas permanecerían clavadas hasta el fin de los tiempos. Por lo menos, eso era lo que siempre hacía antes, cuando una mayor juventud —¿y quizá también una mayor afición a la caza?— le llevaban a esa petrificación ascética a que obligaba también a sus ocasionales acompañantes en el puesto. Lo pasaban bastante mal, los pobres. A partir de entonces, ni un rumor. Sólo el de sus bronquios, tan baqueteados, o algún soez ruido de tripas soliviantadas por una amanecida desacostumbrada. O, más probablemente, por las migas con el correspondiente colesterol, deliciosamente encarnado en los torreznos y similares del desayuno comunitario. Incluso para la innombrable tarea del hacer pis —del efectuar una micción, como decía Azorín, en alguna parte— tenía su técnica montera y silenciosa, que no hay por qué explicar. Aunque, para Manolo Gracián, el problema de la micción y otros menesteres parecidos, no se limitara al ámbito de las monterías, con su consiguiente exigencia de silencio, sino a algo más, tan definitorio del ser humano como cualquier otra categoría sociológica. Aparte de las del señor Marx —se decía— hay dos clases de hombres. Los que se desahogan en forma estentórea, a bombo y platillo, y los que pretenden una mínima elegancia incluso en tan bochornosa tarea, con la consiguiente ausencia de ruidos demostrativos. Tras la algarabía de la suelta, todo había vuelto a la normalidad. Aunque se tratase ya de una normalidad en tensión, en la frontera de cualquier cosa. Sólo las voces lejanas y cansinas de los perreros, traídas y llevadas por los quiebros del aire, cargado de olor ajara otoñal y mejorana, trataban de animar un poco profesionalmente el ambiente, sin demasiado convencimiento al parecer. Los trabucazos bárbaros y magníficos de otros tiempos, habían desaparecido ya de la escenografía montera. Eran incómodos para ellos, y eso bastaba. Le saltó una de sus manías: «En lo incómodo, como en el vino, está la verdad.» «Vale quien sirve», había cantado a paso de marcha, flanqueado por sus camaradas, ni siquiera recordaba por dónde, y servir es incómodo naturalmente. Ahora el sistema miraba todo aquello por encima del hombro, como a algo ingenuo y nada coherente con la filosofía de la Historia que el propio sistema, naturalmente, encarnaba en toda su integridad y sin fisuras. Al fin y al cabo, era lógico. Ahora nadie servía a nadie, por supuesto, y Manolo Gracián lo experimentaba cada día. Todo era cuestión de estructuras predeterminadas, y no había posibilidad alguna de salvarse de la razón objetiva y demás zarandajas estructuralistas. En un carasol cercano, una perdiz se alzó escandalizada, manifestando urbi et orbi su disgusto por la tranquilidad truncada, Manolo Gracián embrazó un poco más la escopeta, pero sólo un poco más. Sabía por experiencia propia hasta qué punto los decires monteros podían tener más de literatura, de puro deseo un tanto infantil, que de regla exacta. Como lo de las urracas en las interminables esperas nocturnas, bajo la luna y entre los mosquitos. Sabía bien hasta qué punto los aspavientos de vieja solterona de las perdices, o la áspera carraca de las maricas, podían no significar absolutamente nada. Normalmente no significaban nada. Pero siempre habría algún veterano empeñado en inculcar al montero neófito dogmas sin excepción que ni él mismo acababa de creerse. Simplemente intentó convencerse de que debía estar un poco más prevenido, para no defraudar al que había sido. A sabiendas de que seguramente no. En efecto, aquello no tenía pinta de ir a parte alguna. O los perros habían dimitido, o por allí no había vida más voluminosa que la de los carbonerillos. Ni siquiera se oía a los podenqueros.
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Empezó a aburrirse solemnemente. Es decir, a pensar en cosas que no tenían nada que ver con el rito montero, un poco avergonzado de su apostasía. Lo cierto era que, de un tiempo a esa parte, de todo aquello se le daba casi una higa, aunque prefiriera no confesárselo. Se empeñaba, viniera a cuento o no, en encontrar una explicación a sí mismo y a otras cosas en forma ya demasiado obsesiva, no sabía por qué. Tuvo tiempo de pensar, porque, en efecto, allí no había ni una res, a pesar de la cuantiosa tarjeta nocturna de las hozaduras de los marranos. Menudos son los tales —pensó, con una especie de orgullo entrañable—. Al igual que el cuco de Martín Fierro, en un «lao» pegan el grito, y en otro ponen el huevo. Miró otra vez hacia el pueblo. Y empezaron los fantasmas. El suyo, por ejemplo. Ese del que nunca podría dimitir. *** La luz era la estrictamente necesaria como para no poderse hablar, en rigor, de tinieblas a secas. En casa de los Árdales, educados en un ascetismo espartano, eso del ahorro podía llegar a extremos lindantes con lo mezquino en muchos aspectos. Entre otros, en la cuestión de los kilovatios. Todo era allí mortecino, aquella noche, y casi siempre. Sólo que esa vez la escenografía sí era la apropiada al momento. En la amplia galería de la vieja casona familiar había bastante dramatismo y quizás algo de pura exageración nerviosa y un poco teatral. Arriba, casi pegados a los techos, en las paredes, en la penumbra de los rincones distantes, los viejos trofeos de ojos fijos y colmillos al aire, ante los que convenía apretar el paso sin alzar la vista cuando era de todo punto imprescindible apartarse del cerco familiar para cualquier menester. También cuernas, naturalmente, pero eso era otra cosa, menos estremecedora que la hirsutez agresiva de los cochinos de ojos malignos, inmovilizados siempre en la violenta y un poco falsa actitud del viejo macho aculado frente a los perros. Los Árdales eran desde luego, una vieja estirpe de cazadores o, para ser más exacto, de monteros, que alguna diferencia hay, aunque ya no entienda nada de ello la moderna fauna de los tarta-rines de salón, a tanto la acción y uniforme prefabricado casi bélico. Sobre una mesa de mármol verdoso, armas en batería de todas clases. Mujeres, las mujeres de la familia, y algunos niños entre medrosos y divertidos. En ocasiones, entre la bruma del recuerdo, quizá más exacta en el escenario que en los personajes, la figura borrosa de algunos hombres armados. Uno de ellos, con un amplio capote impermeable oscuro y rifle en bandolera. Patrullaban fuera, bajo la lluvia insistente, en las cercanías de la casa, a guisa de protección externa. Pepe Árdales, es decir, el tío Pepe, José María, «el Canillo», siempre con su chambra de rayadillo, al que luego, matarían a las primeras de cambio... Pero eso vino luego, en el primer acto del drama que aquella noche sólo había encendido la luz de sus candilejas. Era la atardecida del 16 de febrero de 1936, y los de izquierdas pensaban asaltar la casa solar de los Árdales, envalentonados por las urnas. De ahí la recogida a lugar en principio más seguro de las diversas ramas familiares, normalmente diseminadas en distintas localizaciones. Todo venía, como suele suceder, de lejos. Tanto que a Manolito Gracián no le extrañaba nada de lo que estaba pasando. Aún no conocía del todo la Historia, pero le bastaba la suya, tan corta, para no sorprenderse. No le sorprendía aquel dramático montaje nocturno, ni lo que después pasó. Aunque su aceptación de la inevita-bilidad de los hechos no le evitara nunca el amargor que iba a constituir su segunda naturaleza. Después pensó muchas veces Manolo Gracián en lo estúpidamente absurdo y terrible que era el hecho de que un españolito de 10 años —simplemente un niño, pero español, lo cual algo significaba, aunque entonces no lo supiera— pudiera asumir aquello como lógico. Pero así era. ***

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Podría decirse que en los dominios de D. José Árdales no se ponía el sol. Desde dos estaciones antes al pueblo matriz —decía su madre, con un tontarra orgullo familiar— empezaban las grandes fincas de los Árdales, una tras otra, con sólo alguna solución de continuidad. Grandes en sentido relativo, que por Andalucía no alcanzarían el calificativo. Quintos manchegos, en torno a las 700 hectáreas. Desde la Casa de Pelayo —un guarda al que alguien mató— hasta Frangil —extraño nombre— unos cuantos miles de fanegas de monte, acompañadas por la incontable retahila de las tierras de pan llevar, los plantíos, los olivares, las almazaras, las bodegas. Todo un imperio rural. Y una soberbia toponimia que constituía, tan tontarramente como para su madre lo otro, el inexplicable orgullo de Manolo Gracián: Quebrastiles, la Retumba, el Muerto, Cantamochuelos, Majaborregas, Suertelarga, el Charco del Oso... Cada lugar con su historia montera y el agridulce recuerdo de todos los que habían sido y ya no eran por aquellas quebraduras. Debían constituir los Gracián una especie de nobleza más o menos periférica y de segundo orden. Aunque hasta en eso la ico-noclastia de Manolo —Gracián al fin y al cabo— tuviera sus dudas y la correspondiente ironía más bien torcida. Ciertamente escudos y ejecutorias las había. Así le habían dicho al menos, por más que él no se tomara nunca la molestia de comprobarlo. Con todo lo cual, resultó que los retoños Árdales —nada menos que trece en total, machos y hembras— habían salido, ellos, tirando a cerriles. E incapaces de oír crecer la hierba de los tiempos. No tenían idea, naturalmente, de que allá hacia 1848, un señor con barba patriarcal y mente poderosa había lanzado al mundo un manifiesto que iba a cambiar bastantes cosas. Les quería profundamente Manolo Gracián, como era natural. Al fin y al cabo tenía el ramalazo. Un ramalazo que incluso se le subía de vez en cuando desde no sabía dónde, y al que había que dar en la crisma lo más rápidamente posible. Pero su lógico apego visceral —las sopas infantiles de una de sus dos mitades— no pudo nunca contrarrestar el análisis crítico e implacable de después. De cuando su mente fue ya capaz de entrar en agujas por sí misma. En una palabra, que, en algún momento, se dio perfecta cuenta Manolo de que, sociológicamente, aquella generación de los Árdales era una pena y de que tuvo que venir en parte lo que vino. De pronto, su abuelo, de patriarca a cacique. De lo bucólico a la lucha de clases. O el vino nuevo en unos odres viejos que iban a reventar irremediablemente. Y los tiros. Siempre, Señor, los tiros españoles. La tremenda confusión entre los valores y lo que tenía muy poco de valor. Fanega más o fanega menos. Quizás alguna mujer de por medio, en la cama comm'il faut, o urgentemente revolcada en la anochecida sobre las mullidas siembras en granazón o la paja húmeda de la corraliza. Nunca había logrado superar Manolo Gradan bastantes años más adelante la tremenda incomodidad con que contemplaba en la fachada de la iglesia la lápida de los caídos. ¿Por Dios y por España? ¡Narices! Algo demasiado serio era eso como para cobijar a todos los que había cobijado. Lo sentía, pero no podía. No podía medir a todos por el mismo rasero. A pesar de sus muertes tremendas. A pesar de que Dios suele escribir con renglones torcidos y El sabría. Aquello de Heliodoro Peñasco, sobre todo, muerto a tiros muchos años atrás en cualquier camino, ¡qué poca gracia había tenido y seguía teniendo! Heliodoro Peñasco, la hete noire de la familia, al principio criado a sus pechos y después cabecilla de todo lo contrario, con sus pleitos y demás picotazos. Un cadáver que siempre iba a gravitar sobre los Árdales. Empezando por Pepe, el tío Pepe, encarcelado de resultas, y para el que se hablaba de la pena de muerte. El tío Pepe Árdales, convertido, seguramente sin comerlo ni beberlo, en el personaje central del drama que había empezado a gestarse antes de aquella sangre. Un poco borricote sí era, pero de eso al matar aleve iba una diferencia. Lo cual no quería decir que algún acólito rural más bruto de lo admisible no hubiera interpretado quizás como orden de la divinidad cualquier posible intemperancia oral y agresiva del infrascrito, bastante dado a ellas por otra parte. Cualquiera sabía.

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O sea, que problema incluso nacional, y algún libro feroz sobre el caciquismo, con nombres y apellidos. Melquíades Alvarez, el pobre D. Melquíades que después se iba a dejar la piel, abogado defensor. Y los estudiantes madrileños soliviantados en defensa de su compañero Árdales. Hasta manifestaciones por las calles aldeanas de los unos, y la prensa vociferante de los otros, arrimando el ascua a su sardina. Lástima de tío Pepe, de cuya bravuconería iba a colgar el destino el eterno drama de las dos Españas. Un señorito, claro, y con eso bastaba. Aun después de la absolución. ¿Por qué tendría la gente tantos años después aquella cazurra y extraña luz en los ojos cuando sacaba el tema a relucir? ¿Y por qué resucitar ahora aquello los tíos de siempre, después de 75 años? No había remedio. Ahí seguía el fantasma convertido en banderín y librando batallas. ¿Es que no había otros muertos, posteriores y en plural inacabable, esos sí más claros que el agua? Quizá —se decía en voz muy baja Manolo Gracián— por eso de los vientos y las tempestades. Por la enteca ejemplaridad de una generación un poco desmesurada y cogida con el pie cambiado por un tiempo que llegaba inexorable. Tampoco tenían toda la culpa —intentaba Manolo justificar a los suyos—. Tampoco se le puede pedir a nadie el heroísmo de salirse limpiamente de uno mismo. A lo mejor si él hubiera gozado de tantos miles de fanegas y del confortable status de príncipe heredero lugareño, estaría en las mismas. A lo mejor, pero no se quedaba tranquilo. Además, los otros ni se estaban quietos ni eran mancos. Empezando por algunos de esos otros que no tenían ni por asomo la justificación de la estrechez —¿el hambre?— y el frío húmedo de las inhóspitas casucas lugareñas. Ellos habían empezado la zarabanda de las pistolas en un proceso acumulativo infernal que iba a terminar donde iba a terminar. Le habían contado más de una vez la emboscada preparada a su abuelo. Y la forma en que uno de sus tíos, al ver asomar por una ventana de la calle Mayor el cañón del arma cobarde agazapada, había tenido el tiempo justo de quitar a su padre de en medio, de un empellón. ¡La zaragata de tiros que se armó! Bueno, valientes sí habían sido los suyos persiguiendo a cuerpo y a tiro limpio a aquellos tipos de mierda. Pero ¡qué molesto le resultaba todo! ¡Qué molesta aquella historia de enfrentamientos inacabables y todo lo que había detrás! Y la correspondiente decantación en una izquierda y una derecha no abstractas, sino encarnadas en hombres de carne y hueso a los que había conocido. Con todas sus grandezas y todas sus miserias, seguramente a repartir por partes iguales. En hombres, a uno y otro lado, a quienes alguien o algo había distribuido sus papeles en la zapatiesta. Menos mal que las balas solían perderse. A excepción de una que no se perdió. Cuando los famosos tiros de la vendimia, que así había quedado inscrita la cosa en las crónicas del lugar. Estaba claro que las carga el diablo. Y que el clima —finales ya de 1935— debía haberse ya tensado hasta el punto de la ruptura brutal. ¿A qué, si no, resolver a balazos aquella especie de huelga laboral? ¿Que no dejaban pasar los carros de las afueras de San Juan? Bueno, hombre, pero tampoco tanto. ¿O sí? No se aclaraba Manolo Gracián. Demasiado fácil eso de dictaminar sesudamente desde el sosiego del tiempo transcurrido. Pero, ¿y entonces? No se había perdido aquella bala, no. Se encontró el zurriagazo un pobre hombre que no se había metido en nada. Y que iba a convertirse, sin saberlo, en el origen de una tremenda venganza infantil y un poco forzada. ¡Cualquiera sabía de qué pistola de los tres Árdales y asimilados partiría el disparo! Nunca se aclaró. Entre otras cosas, porque julio de 1936 abriría a poco sus compuertas de odio embalsado, y no sería cosa de parar mientes en muertos al por menor. Suspiró Manolo Gracián mientras contemplaba una vez más el valle desperezándose bajo el sol ya alto de la mañana. ¡Menuda encerrona le había preparado el destino! Todo eso tirándole de las piernas y aun de más adentro, por una parte. Y, por otra, el todo lo contrario, se rió. Por otra, no se sabía nada de barbechos o sementeras y sí, en cambio, de libros y demás zarandajas. De libros y de estrujarse el cerebro tratando de explicarse las cosas. A babor, la
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aldea soliviantada y los Árdales otro tanto de lo mismo, claro. Y a estribor, el mundo extrañamente distinto de las ideas desprovistas de sangre y calor, de la vida vista desde fuera. Con lo cual pasaba Manolo en un decir Jesús de la zarabanda aldeana a las palmaditas en la cara de García Morente o de Ramón Gómez de la Serna, por ejemplo, cuando iba a recoger a su padre a la tertulia del otro tío Pepe, el filósofo, en la Gran Vía madrileña, por entonces Pí y Margall, y muy poco después avenida de Rusia. En esa Gran Vía donde tuvo su primer atisbo del entrañable concepto de buscona peripatética, al ver extrañado cómo aquella regordeta culoncilla de la esquina, parada bajo el reloj de Coppel, se dirigía una y otra vez, incansable, a los transeúntes varones. Esa está loca, dijo desde sus pocos años limpios al chófer que aguardaba a su lado. Y el chófer se rió con una mueca doctoral y ofensiva, que algo quería decir. Con lo cual sobrevino el correspondiente horquillamiento de Manolo Gracián, un poco menos limpio a partir de entonces. ¿Sería verdad lo de los pequeñuelos y la piedra al cuello? Debía serlo, por lo menos. Pero eso era otra cosa que no tenía nada que ver. Sólo que los recuerdos no suelen hacer antesala y se cuelan por donde les da la gana. Bajaban los prohombres de la inteligencia española en grupo, sobre las nueve de la noche y ya en retirada. Los prohombres de la literatura y de la ciencia, como D. Blas Cabrera. Es decir, ni Mancha, ni Árdales, ni Cristo que lo fundó. De ahí, de aquel entorno debía venirle más aún que del otro su inevitable e incómodo estar al día en lo que venía ocurriendo en España, por encima de lo puramente local. Le decían algunos, muchos años después, que él no podía recordar todo aquello de que Azaña y algo habría que diferenciarse. Como era de Armillita. Pablo razón. Lo había incorporado todo a cada poro de su piel y de su alma. La mañana del fusilamiento de Galán y García Hernández, por ejemplo, con su temblorosa luz centelleante y desvaída a la vez. O el 14 de abril y la República, a partir del cual él había sido republicano y seguía siéndolo. Quizá no supiera entonces por qué, pero a él la Monarquía le reventaba. Claro era que sus tíos Gracián estaban bastante en el ajo y que aquello contaba. Como contaba la frase de su padre sobre aquel Rey que debía pagar su pasarse la Constitución y su juramento por donde le dio la gana, allá en el 23. Se conocía de sobra los nombres de los políticos al uso y había fichado por Maura. Seguramente porque su hermano optaba por Azaña y algo habría que diferenciarse. Como era de Armillita. Pablo se había apuntado a Manolo Bienvenida y la cosa estaba clara. Sí se acordaba, ¡vaya si se acordaba! de la quema de conventos. Del 10 de agosto. De los caramelos envenenados. Y de aquel octubre del 34 con sus vacaciones deliciosamente prolongadas, cuando la Guardia Civil del pueblo les pidió el automóvil una noche negra y asustada para ir a la ciudad cercana a meter en cintura a los revoltosos. O de la bomba que algún energúmeno envió en la cesta de la compra a la casa de su tío Eduardo Gracián. Y de todos los jalones de aquel caminar hacia el desastre que se le iban enquistando dolorosamente en el alma. No eran anécdotas, no, sino vida propia que comenzaba a solidificarse en angustia. Y en la correspondiente búsqueda desesperada del esquema salvador, de la posible vida compartida en la España terrible. Un esquema que iba a pasar a su lado de puntillas aquella mañana de octubre del 33, y que no podría quitarse nunca de encima, por incómodo que le resultara asumirlo. Se topó en su flanear por la casa con su hermano mayor, pegado a la radio. Tras el petardeo intermitente de las ondas, una voz juvenil y serena, un poco ceceante. —«¿Quién es?», preguntó sin demasiado interés. —«¡Cállate!» —fue la respuesta típicamente fraternal al mocoso que incordia—. «Es Primo de Rivera». ¡Ya! El hijo del señor contra el que, unos años antes, lanzaban estentóreos mueras aquellos jóvenes despendolados calle de Lista abajo, perseguidos por la Policía. Tuvieron que meterse en un portal su madre y él para escapar del cisco.

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Estuvo un rato escuchando. Decía cosas que le gustaron sobre la justicia, los festines y las estrellas. Y sobre ese extraño lío que debía ser el sistema liberal. ¿Cuándo había empezado él a incorporar todo aquello? Mucho después, desde luego. Ya empezó, sin embargo, a atraerle a poco la alegre sugestión de lo distinto y lo heroico que había preludiado aquella voz. Los falangistas. Esos que decían que ni izquierda ni derecha. Que el hombre era algo bastante más serio. ¿Ni izquierdas ni derechas? ¡ Qué raro! Los falangistas. Aquellos hombres de porte más bien hosco y parecidos a los otros, que había visto arracimados sobre unas camionetas descubiertas en alguna esquina del pueblo. Iban —le dijo alguien— a un mitin de su jefe en el lugarón próximo. Les observó extrañado. Sucios y cansados, ¡qué poco se parecían al arquetipo caballeresco que él se había forjado en su mente! No le gustaron. Además, él, de la CEDA, naturalmente. Pegando carteles de Gil Robles por las calles del pueblo, en plan acólito de Cartucho y Machaco, en los días previos a febrero del 36. Cartucho, luego casi un héroe de los otros, que así de liados y extraños fueron los tiempos. Pegando carteles bajo la lluvia y asistiendo en su papel de adscrito por la vía genética a los mítines que organizaba la CEDA local —es decir, su familia— en el pueblo. Como aquel de Pérez Madrigal, ya de noche, en el destartalado y frío salón de la Benéfica de los bailes dominicales, allá alicuando. Aquel donde también peroró su madre. ¡Caray qué cosas! Torcidas salieron las tales elecciones. Tan torcidas que el día siguiente contemplaba el éxodo, en el correo nocturno, de la estirpe casi en pleno de los Árdales, quitándose paladinamente de en medio. Y de otras estirpes similares que engrosaban en cada estación el nada heroico censo de la estampida. Alejándose con el rabo entre piernas de aquellos pagos ya inhóspitos y que podrían convertirse en inhabitables de un momento a otro. No sabía Manolo Gracián, cuándo arrancó de la estación el tren del exilio, que no volvería al terruño hasta el día de la resurrección. Y que algunos de los que le acompañaban, moviéndose como peleles al ritmo de las traviesas, iban a quedarse rotos en el camino. Tras aquella noche interminable, derretida y llorona, de la vela de armas en la casa grande. *** Volvió a la tierra Manolo Gracián, al sonido lejano de las caracolas tocando llamada. Recogió cansino los archiperres, y se dirigió hacia el coche, bajando la pendiente, pelada y resbaladiza por las lluvias. Le fallaban los tobillos. El coche era, en esas peripecias, una confortable avanzadilla del hogar. Un asiento mullido bajo las posaderas, y, sobre todo, la posibilidad de dejar colgadas de una escarpia, hasta nueva orden, todas las obligaciones del montero que había sido y ya no era. Aunque se negara a aceptarlo, no sabía bien por qué. La cuchipanda gastronómica correspondiente era en casa de su hermano, suavemente agachada en las bajeras de la umbría. Entre los viejos álamos que habían acompañado, como tantas otras cosas, su infancia y todo lo que vino después de ella. Su hermano había conseguido una casi increíble bisectriz hogareña entre la esencia rural, auténtica e inconfortable, de la vieja casa hortelana —rompeolas de todos los paludismos que en el mundo habían sido—, y las apetencias burguesas, suficientemente sofisticadas y falsas, del moderno señorío neocampestre. Allí estarían todos, antes del ataque en regla, cuchara en ristre, a las consabidas judías con chorizo. Todos. Los de arriba y los de abajo. Y no había solución. No había solución para el apartijo, incluso en casos como ese. Los de abajo, encerrados implacablemente en su propio clan. Al igual que los de arriba, naturalmente. Era inevitable, y cualquier intento de cambiar lo dado fracasaba lamentablemente. Manolo Gracián no sabía si los demás experimentaban la misma incomodidad que él ante la situación. Prefirió pensar que sí, aunque no estaba muy seguro. Quizá primara demasiado todavía, en torno suyo, la vieja regla del cada uno en su puesto, normalmente proclamada, claro, por aquellos cuyo puesto se encontraba más próximo a la cima y nunca por los otros. Aunque, la
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verdad sea dicha, esos otros se sintieran como gallina en corral ajeno cuando algún ingenuo, como él, pretendía imponer el igualitarismo, o acercarse al menos a tan estupendo concepto, en las ocasiones festivales como esa. Incluso no se quedaba del todo tranquilo cuando lo hacía. La cosa podía tener un cierto componente de graciable y nada arriesgado tender la mano esporádicamente al de abajo, a sabiendas de que eso no iba a trastrocar la armonía preestablecida. Más o .menos, como las viejas visitas de las también viejas damas catequistas a los suburbios. Una vez, en el colegio de su infancia, se decidió a acompañar a sus condiscípulos más piadosos en su dominical recorrido por Entrevias, el lugar de misión, por entonces, de la caridad madrileña. Se azoró, y en eso terminó su aventura evange-lizadora infantil. Allí estaban en grupo, en efecto, Santiago el Ratón, Pepe el Carnicero, Polillo, Delfín, Chimenea... Detrás de su propia frontera. Dándole sin remilgos el tentempié previo y a la limonada patentada por Aurelio. Aurelio era, para Manolo Gracián, una institución entrañable. Tan entrañable y tan crispante como todo aquel entorno, que no tiene por qué haber contradicción entre una cosa y otra. Le recordaba, por primera vez, subido a una escalera y cambiando de lugar la jaula de una canaria en la vieja casa paterna del pueblo, allá para 1932. Quizá fuera aquella su primera tarea como administrador de eso a lo que un poco pomposamente se llamaba el capital. En efecto, como tal administrador había sido una pena, eficazmente ayudado, por supuesto, por D. Manuel Gracián. Para todo lo demás, Aurelio era una maravilla. Siempre, claro es, que se fuera capaz de pasar por alto su eterna y siempre conseguida manía de hacer lo que le diera la gana. Algo en lo que nunca había encontrado oposición sólida ni en D. Manuel Gracián ni en ninguno de sus vastagos, incluido él, tras la temporada en que uno tras otro pretendieron convertir aquello en algo medianamente parecido a una explotación. Por supuesto, Aurelio no era, en ese sentido, una excepción dentro de la fauna del lugar, sino todo lo contrario. Ahora andaba, ya renco y medio cegato, flaneando entre los grupos de monteros, jarra en ristre y dispuesto a remediar cualquier necesidad perentoria del gaznate ajeno. O del propio, porque algún lingotazo debía perderse de vez en cuando, por aquello de la caridad bien entendida. Aurelio estaba orgulloso de su limonada, y sonreía socarrón, sin soltar prenda, cuando alguien le pedía su secreto, más bien para seguirle el juego de la ingenua vanidad satisfecha. —«¡Señorito!» —se le acercó arrastrando el remo derecho, el vaso lleno en la mano, cuando Manolo Gracián descendió un poco entumecido del coche en la explanada que circundaba la casa de los Porrales. —«¿Qué, na...?», prosiguió sin que en la pregunta hubiera la menor pretensión de respuesta. Ya la resaca de los primeros en llegar desde el monte había dado el parte. —«Na, Aurelio, como de costumbre» —había que ponerse a tono en el lenguaje. Eso de ponerse a tono le había gastado a Manolo Gracián más de una jugarreta. Tenía tan incorporada la jerga campesina, que, en alguna ocasión, le brotaba con plena naturalidad ante auditorios francamente finolis, un poco sorprendidos, simplemente, ante la terminología de aquel señor sin demasiado aspecto rural, aunque bastante desastrado y manchoso siempre, al decir de sus petronios particulares. —«Si aquí no hay na» —dictaminó, para terminar, Aurelio, prolongando despectivo el na final del diálogo, tan rico en vocabulario. Eso era lo delicioso —y lo desesperante— de Aurelio, pensó Manolo Gracián. Siempre estaba dispuesto a incorporarse, superándola desde luego, a la opinión de quien le hablaba. Si Manolo le hubiera hecho un ditirambo cinegético del quinto o la mancha recién monteada, Aurelio se hubiera puesto automáticamente al frente del panegírico patriótico-local. Se atizó sin pausa el primer campano fresco y reconfortante, al resol casi cálido y con pretensiones rojizas de la tarde ya en claro declive. Y otro más acompañado de un cigarrillo — no quería pensar en el número— antes de entrar en la casa. Fuera, ya sólo quedaban las
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escurriduras inclasificables de la montería. Algunos filios de aspecto indefinido, más bien tirando a pueblerino. Y gentes aisladas y desconocidas que algo debían pintar allí, aunque quizá nadie supiera qué. Dentro, todo era ya como de costumbre. Los eternos madrugadores —esos que siempre encuentran plaza en cualquier lugar-habían ocupado por afinidades más o menos consanguíneas la larga y estrecha mesa de las merendolas tradicionales, dispuestos a todo tras las largas horas de ayuno al aire libre. Desperdigados, o «desparcíos» para seguir a tono, los que ya no habían encontrado acomodo o quizá —pensó— los balduendos, los soltizos, sin la debida mentalidad comunitaria. El formaba siempre en esas filas, en todas partes. Incluso allí, en su propio campo, le costaba un infinito trabajo eso a lo que se llamaba confraternizar. Los demás lo notaban, naturalmente. Con la protesta de sus propios hijos, comprensiblemente quejosos ante la falta de sentido social de su padre, y las correspondientes consecuencias en todos los órdenes. Tenían razón los mozos, pero en el fondo le importaba un rábano. Prefería el peripatetismo descomprometido, aun a costa de las consabidas incomodidades. No era del todo fácil, en efecto, compaginar el plato, el pan y el vaso en aquella situación trashumante. A no ser que se encontrara un arrimo en algún vasar aún sin dueño conocido, o en cualquier mínima superficie horizontal olvidada. Había que ver a los afortunados diciendo algo así como su misa preconciliar, de espaldas a los demás y absortos en la tarea de llenar razonablemente la panza. Al frente, en la chimenea, una lumbre quizá con más pretensiones escenográficas que otra cosa, expandía por la amplia sala-cocina la jumera imprescindible y un poco acre de la encina o las cepas quemadas. Sin ese olor no había nada. Le bastaba a Manolo Gradan respirarlo al cruzar cualquier pueblo del trayecto desde Madrid para que en su mente se produjera una curiosa transformación. Tenía ese olor, u otros similares —como el del mosto en la otoñada o el de las viejas cuadras veraniegas— algo ancestral para él, que resucitaba de golpe ese otro hombre que también era. ¿O el hombre que era, a secas? Las conversaciones no tenían, naturalmente, ninguna peripecia del día a la que asirse. Las arrancadas, siempre defraudantes, de algunas ciervas y pare usted de contar. El montero, sin embargo, lo es in aeternum, como el sacerdote. Y ahí estaba la pequeña historia de cada uno para suplir en anécdotas pasadas lo raquítico del día. Además, siempre quedaban los perros y la permanente y divertida trifulca en cuanto a si habían cazado bien o habían cazado mal, si se habían dejado cochinos en la mancha. De todas formas, la cosa no daba para mucho. Los distintos cenáculos, sin tema común a qué agarrarse, se iban independizando en las aburridas cuestiones de siempre, en general con el dinero al fondo. Sólo que en forma un poco más estentórea de lo normal, que para algo había de servir el trasiego de las jarras. Manolo Gracián observó a la charlatana concurrencia. Estaba seguro de que podía ser injusto, pero no tenía remedio. Allí estaba la derecha española, hablando de sus cosas. Unas cosas que le hastiaban profundamente, con razón o sin ella, y que podían llegar, incluso, a crisparle. Todo dependía, en parte, de que algún vaso más de la cuenta se encontrara en el camino con también alguna estupidez superior a lo asimilable por él. Alguna vez había recordado jocosamente, con su hermano, la escena vivida tiempo atrás, en otro ambiente montero de más ringorrango. En el amplio salón de la lujosa casa de un coto andaluz, tras la cena, un ministro del antiguo régimen, de indudable valía y honestidad y con unas coordenadas ideológicas originarias similares a las suyas, se dejaba querer, en apariencia al menos, por el eterno coro de los adoradores del poder. Manolo Gracián pensó frecuentemente que en los ojos de aquel hombre se adivinaba una cierta incomodidad, pero no había solución. Debía gustarle la caza simplemente, y apechaba, ya baqueteado, con la situación. El eterno coro estaba compuesto, en aquella ocasión, por algunos privilegiados de la fortuna y del régimen, que ejercían como tales sin rebozo. Eran de su familia y de apellidos rimbombantes. Manolo Gracián, mucho más joven que ahora, estaba, como siempre, un poco en la frontera permisible de la conversación, casi palaciega. Conocía bastante lo que estaba pasando por Andalucía en aquellos tiempos, y un cierto calor empezaba a subirle desde los talones. En determinado momento, uno de los rimbombantes —inexpresiva cara sajona y
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memez constitutiva reconocida a todos los vientos— lanzó su proclama definitoria del ser humano. Sobre todo del ser humano español. «Nosotros —vino a decir— los que tenemos la dicha de seguir la misa en nuestro libro...» Aquel señor no se preguntaba, por lo visto, el porqué de tal dicha por su parte, y de la consiguiente desdicha de los otros. Cristo debía haber venido al mundo exclusivamente a ejercer de complaciente empleado del Catastro, o poco más. Nunca debía haber pensado aquel señor en aquella cruz y aquella muerte. Ni, por supuesto, en la intranquilizadora definición de Jesús sobre el rico y el ojo de la aguja. No ocurrió nada parecido al rosario de la aurora, tras que Manolo Gracián lanzara su incontinente piedra a las tranquilas y confortables aguas de la charca. Viniendo o no a cuento del hilo argumental —nunca lo supo—, preguntó en voz pretendidamente sosegada si no había mucho paro en aquellos tiempos en Andalucía. Seguramente había metido la pata, aunque quizá magnificara un poco, en sus recuerdos, los efectos de su intervención. En cualquier caso, le pareció que para todos los demás, o para casi todos para ser más exacto, aquello no había venido a cuento. En el casi, podía estar la mirada un poco cómplice del ministro —¿o fue una suposición?— y la cara de palo de su propio hermano. Habían sido esos otros tiempos, y otra también, aunque no demasiado, la fauna circundante. En algún lugar de la mesa empezó más claramente que en otros la política. Todos estaban hartos, y con razón. Pero su estar hartos no coincidía del todo con el de Manolo Gracián, al menos en su estación terminal. Le llamó, un poco pintón, Juanito Torrero Herrera: -«¡Muy bien tu artículo, Manolo! Ven "p'acá", hombre, ven "p'acá".» Era una buena persona Juanito, como casi todos ellos, por supuesto, con el único, aunque definitivo, inconveniente de sus orejeras sociológicas, seguramente derivadas de falta de ganas de arrancárselas a través de alguna incursión intelectual mínima por terrenos que no fueran sus propios dogmas. Podía pasarles a todos ellos algo así como al joven rico del Evangelio, uno de los personajes más viscosos y repelentes de la buena nueva, a pesar de su abundancia en ellos. Luego eran capaces de dar el callo como los ángeles. Aunque no lo fueran de evitar el tener que hacerlo. Manolo Gracián había observado últimamente una reacción divertida y, al propio tiempo, desazonante para él, en aquel entorno suyo. Tenía fama —y lo sabía— de tirar un poco al monte, casi con ribetes socialistas. Suponía que la cosa se imputaba al linaje paterno, más bien iconoclasta y supuestamente volteriano. A su ascendencia intelectual, sinónimo, para muchos, de heterodoxia definitiva e insalvable en todos los terrenos. Claro es que ninguno de ellos parecía haber leído los textos mundialmente conocidos del máximo espécimen de su apelüdo. Tenían miedo a la inteligencia —no a la suya, ¡por Dios!—, no sin algún motivo, y se les notaba. Sólo entre alguna de las mujeres de aquel cerco social le parecía advertir, sobre todo últimamente, alguna acogida más o menos lindante con un posible erotismo soñado e inalcanzable, liberador del aburrimiento constituyente de la española inédita. En aquellos casos, le venía a borbotones Agustín de Foxá y su poema de «las seis mujeres de maridos ricos, las seis sentadas en el mirador», etcétera, etcétera, mientras los correspondientes maridos, etcétera, etcétera. O algo así. Aunque en aquella impresión suya pudiera haber un poco o un mucho del dejarse ir presenil á la recherche du temps perdu prous-tiano. Había empezado, en efecto, a escribir algunos artículos, en un diario madrileño de la tarde, calificado por el sistema como de ultraderecha. No acababa de convencerle la cosa, ni mucho menos. Pero tenía que gritar en alguna parte, y los demás diarios no estaban para eso. O por marxistas más o menos camuflados —más bien menos—, como ese que se había puesto de moda un poco al amparo de su apellido y de la estupidez de los españoles, o monárquicos intrauterinos, en expresión de D. Miguel Maura, aunque aplicada a otra circunstancia.
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Prefería Manolo Gracián, olvidar al uno y los otros. Al del apellido torcidamente utilizado, y a los representados, sobre todo, por el matutino pecado nacional, como alguien lo había llamado. Lo cierto era que para gritar sólo le quedaba una tribuna, aunque tampoco acabara de ser la suya. Y que la utilización de esa tribuna le había llevado a la reacogida graciable del hijo un poco pródigo por parte de su entorno familiar y social. Al fin y al cabo era de los nuestros — debía pensar ahora, tranquilizándose, ese entorno— y sabe defendernos. Así eran las cosas. Aunque le chincharan profundamente. Intercambió con Juanito, sentándose a su lado, algunas frases perfectamente banales para él. Les habían dado un buen palo, decía Juanito. Y era cierto. Pero no por las razones que él suponía, sino por otras, en las que ya no sabía si estaba perfectamente solo. Pensaba que no, pero no estaba seguro. Todo aquello parecía haber muerto. Como habían muerto algunos de sus viejos conocidos directos o indirectos —Enrique Sotomayor, por ejemplo— que sólo pedían no morir por nada. Enrique Sotomayor, caído en Rusia, había sido nada menos que el promotor de un frente juvenil español, no muy entendido por el poder, capaz de superar de una vez el enfrenta-miento entre las dos Españas por la vía de la justicia. O incluso las huellas difícilmente olvidables de la sangre. Se levantó para buscar un vaso de agua en la cocina. Allí estaba, arrugas y ojos pitañosos, Lorenza la Zampapana, bregando con los cacharros. Lorenza, la hermana, así como suena, de aquel Isabelo larguirucho y tuerto que se llevó a los padres de Manolo Gracián entre fusiles, en el Madrid agosteño del 36. Y que se había cargado —en expresión de la época— a un Árdales por lo menos, y a otros cuantos. Después, el pobre, perfectamente tonto, había salido a recibir falsamente jubiloso a las tropas que ocuparon la zona en marzo de 1939. Terminó sus días, como era de esperar, ante las tapias de la huerta de D. Santos. A dos pasos de donde él se había ventilado antes a otros. Y sin entender absolutamente nada, con toda seguridad. Lorenza la Zampapana había atendido después a D. Manuel Gracián hasta su muerte, porque así es la vida. A una hora pretendidamente prudencial, y en busca, sobre todo, de la magnífica soledad del silencio, tomó Manolo Gracián el coche y enfiló hacia su cubil, sólo a dos kilómetros de los Porrales, en el otro extremo del valle. Se dejaba atrás algo que era y que no era, a partes iguales seguramente. En Mazapata, su casa, trabajosamente edificada a base de créditos que aún estaba pagando, se sirvió un whisky baratucho, naturalmente, y salió afuera, entre los chopos ya casi desnudos de la otoñada. Miró hacia arriba, hacia el cielo. Por allí debía estar, en alguna parte que él no lograba situar, Aldebarán, la lumbrera de misterio. La perla de luz en sangre de D. Miguel. Y tantas otras cosas. Estuvo un rato bajo aquella maravilla de noche serena y cuajada. No quiso reconocer que, en algún lugar del valle, dejaba oír un alcaraván, en forma intermitente, su grito angustioso. Demasiado elementalorro y literario, pensó. Pero allí estaba el alcaraván. Y, se pusiera como se pusiera, su grito era angustioso. Respiró hondo y se fue a la cama. En la cabecera, la escopeta cargada. Estaba solo, y aquella zona se había convertido en una orgía de desvalijamientos nocturnos impunes. En la mesilla de noche, sembrada de ceniza, el señor Zubiri y su «Inteligencia sentiente». Pero no se sintió capaz. Cada cosa necesita de su estado de ánimo, e incluso, de su escenografía y ni una ni otra eran las apropiadas. Prefirió revisar un cuaderno amarillo ya por el tiempo y casi garrapateado a matacaballo por una letra indescifrable. Lo había encontrado no hacía mucho tiempo, rescatándolo de la humedad y los ratones, en el viejo caserón de los Árdales, ya casi en fase de estrato geológico. El texto era escueto, deslavazado e incoherente para quien no hubiera conocido los personajes del drama y el clima. Declaraciones, o algo así, de los protagonistas, o de simples testigos no implicados directamente en los hechos. Entre aquellos escritos y sus propios recuerdos, Manolo Gracián
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fue capaz de convertir aquello en vida. O en muerte, que no había fronteras definidas entre una y otra en 1936. Se durmió tarde, con la boca seca. Al día siguiente fumaría menos.

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LA GLORIA DE JUAN ÁRDALES Respiró hondo, rebulléndose un poco en el banco de la checa de Fomento donde le habían dejado aquellos mozos del pueblo de tan extraño porte. Seguro que conocía a sus padres y que todo se arreglaría, por tanto. Pero él no había podido localizar aún sus estirpes. Los interrogatorios insistentes sobre el paradero de sus hermanos —siempre Pepe y todas las otras cosas— no eran el momento más apropiado para indagar parentescos. Además, no estaban solos los del pueblo y él no podía distinguir del todo a unos y otros. En todo caso, la pinta un poco más palurda, pero cualquiera sabía. Aquel Isabelo grandullón sí le sonaba. E incluso, el otro, ese que tenía el aire de los Cata, pero nada más. Y Juan Burrianga, claro. Pero a Juan Burrianga sólo le había visto un momento, en su casa, cuando fueron a buscarle. Sentía que no anduviera por allí. De algo tendría que servirle la vieja camaradería, aunque no dejara de sorprenderle que se codeara con aquella gente, como uno más. Había intentado una cierta aproximación amistosa: —«Este nació el día que yo, se llama Juan como yo y fue a la escuela conmigo», le había dicho a Petra, nerviosa, para que el otro le oyera. Pero los ojos del otro evitaron los suyos. ¿O sólo se lo imaginaba? Bueno, si se lo llevaban al pueblo, como le habían anunciado, nada podía pasarle. ¿Cómo iban a hacerle algún daño sus paisanos? Se le abría, sin embargo, una brecha punzante en la coraza de tranquilidad de que intentaba revestirse. No llegaba a entender la insistencia de los milicianos en aquello de la Gitana y el hijo que vino luego. Un poco calderonianos se mostraban con eso de que había perdido a una mujer del pueblo. Cosas de hombres y mujeres que siempre habían pasado y seguirían pasando. Y no creía que aquella gente pudiera erigirse, precisamente, en defensora de la moral y las buenas costumbres. Se le encandilaron un poco los ojos entornados, recordando a la Gitana joven, aunque ni el momento ni sus años fueran los más apropiados para rijoserías, ni siquiera retroactivas. De todas formas, la idea de que aquello estuvo bastante mal volvió a instalarse en él definitivamente. Algunas veces le había asaltado, pero prefirió quitarse de en medio de inmediato el resquemor, como un moscardón molesto. Ahora se daba cuenta de que los demás podían juzgar también los propios comportamientos. Y no le gustaba. Volvió a sosegarse, al menos en cuanto al futuro inmediato. Al fin y al cabo, los tíos aquellos le habían obligado a reconocer al hijo, y con ello se darían por satisfechos, seguramente. El quizá ya no. Algo muy profundo y que creía superado había empezado a removerse en su interior. Pero eso era otra cosa que ya solucionaría. Tiempo habría. Era duro aquel banco y empezaban a dolerle las posaderas. Se incorporó un poco y echó la vista en torno, escapando del recuerdo. Poca luz había en aquella inhóspita galería. Poca luz y, en general, nadie. Sólo, de vez en cuando, milicianos que escoltaban a gentes en su misma situación. Solían pasar deprisa, excitados y sin hacerle el menor caso, en su caminar hacia las estancias donde los tribunales, o como los llamara aquella gentuza, decidían la suerte de los demás. El sí les hacía caso. Miraba al pasar los ojos de los detenidos, y ellos le devolvían el gesto en una muda interrogante un poco desesperada. Debía tener la vitola, ya, del veterano. Había miedo, en general, en aquellos ojos. En ocasiones, una serenidad indescriptible que le hacía avergonzarse de sus propios temores. Un joven casi imberbe, bien plantado y en camisa, incluso le sonrió en una especie de transfusión de valor. Casi se engalló, sacando un poco el pecho, a pesar de sus años, devolviéndole la sonrisa. Un miliciano sudoroso, con el gorrillo en la nuca, le miró amenazador a punto de detenerse, pero no lo hizo. Sólo avivó con un empujón el paso tranquilo del otro. Debía estar prohibida la alegría. Juan Árdales decidió asumir su vida entera y todo lo que pudiera venir. Tenían fama de valientes los suyos y no iba a ser él, el mayor de los hermanos, quien desertara. ¿Dónde estará Pepe?, pensó.
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El maldito carácter de Pepe, todo lo bueno y todo lo burro que se quisiera. Y luego aquello de Heliodoro Peñasco. Y los tiros de la vendimia, con su muerto y todo. Sólo sabía que se llamaba Ángel, pero no era capaz de localizarlo en el recuerdo. ¡Hacía tanto tiempo que había cortado amarras con todo aquello! Le habían dicho que se encontró con el balazo sin comerlo ni beberlo, cuando Pepe y los otros se enfrentaron en San Juan a los grupos que pretendían impedir la salida de los carros. Y que tenía un hijo, un mozalbete. ¿Qué sería de César? El tío era valiente, desde luego. Aquello de Sevilla, con Queipo. Sólo tenía alguna versión confusa de aquello de Sevilla, pero qué bien puestos los tenía. A lo mejor lo de las Tenderillas había perjudicado aún más a Pepe. ¿No le estaban refregando a él lo de la Gitana? Casi se sonrió al recordar la trifulca de sus hermanos por las Tenderillas. Tres hembras, madre y dos hijas, de postín. Pero tampoco como para que hubieran tirado de pistola por ellas, allá en el portalón de la casa grande. Machos encelados, como ciegos. Menos mal que se interpuso Antonia, con su embarazo y todo. Pobre Antonia y pobres sus hermanas. No las habían tratado demasiado bien a lo largo de su vida en común aquellos bereberes. Incluido él, terminó por reconocer. Todo se le resolvía en aquellos momentos en una especie de ternura retrospectiva. Pensó en su hija con alguna incomodidad. Tampoco estaba seguro de haberse portado con ella debidamente. El lío con la Gitana y sus consecuencias. Y luego lo de Petra, ya tan duradero. Total, que se había separado de la familia y que incluso con su hija no había unas relaciones ni medianamente normales. El caso es que Petra es una buena mujer, pensó. Seguro que está haciendo lo indecible para sacarme del atolladero. No sabía bien qué le pasaba, pero su vida empezaba a desfilar irremediable frente a él, y no le gustaba. Nunca se le había ocurrido hacer balance, y ahora se le venía en aluvión, bajo una luz nueva, por alguna razón que no entendía del todo. ¿Estaré haciendo examen de conciencia?, se le ocurrió un poco intranquilo. Había oído decir que eso del balance solía ocurrir a la hora de la muerte. Algo así como el punto de contrición del Tenorio. El pulso se le encabritó levemente. Se levantó a estirarse un poco. Suponía que podría hacerlo. Además, al fin y al cabo no había nadie por allí. Sin embargo, sólo se permitió dos pasos arriba y abajo, antes de sentarse otra vez, un poco cansino. Ya debían haber pasado más de dos horas desde que le dijeron que esperara, y no era un niño precisamente. Hacía calor en aquel ambiente embalsado y le atosigaba el traje negro, ya un poco sudado. Menos mal que no le dieron tiempo ni a ponerse la corbata, como él quería. Mira por dónde, algo iba a agradecer a aquellos bárbaros del fusil. ¿Qué estarían haciendo? Tendría poca gracia el viaje, ya tan de noche y cansado como estaba, si se lo llevaban de verdad al pueblo. Volvió a lo suyo. A toda la zacapella que se le había organizado de pronto. Se le ocurrió por primera vez que a lo mejor iba a pagar él las culpas de otros. O, por lo menos, aquello a que los del pueblo llamaban así. ¿Dónde estarían Pepe y Eduardo? Ya había encargado a Petra que no soltara prenda, pasara lo que pasara. No creía que ella pudiera saber dónde estaban, pero aquellos días estaban ocurriendo cosas tan extrañas que todo cabía. Cabía incluso que Petra, a pesar de todo, se hubiera puesto en contacto con sus hermanas. A pesar de la moral y las buenas costumbres que vedaban ciertos contactos. Se sonrió, un poco volteriano. De Paco no sabía nada. Le había cogido todo aquello en el pueblo, y allí debía estar todavía. Por lo menos, prefirió no pensar otra cosa. Al fin y al cabo, Paco no había estado metido en ninguno de los berenjenales antiguos o recientes. Siempre dedicado al campo como un burro, mientras los demás hermanos sacaban adelante sus carreras, y nada más. Las culpas de los otros. Se le había aferrado aquello a alguna parte que no era sólo la cabeza. Empezaba a notar un ataque de desprendimiento radical, un tanto extraño. A lo mejor eso de morir por los demás —esta vez no quiso ocultarse el verbo— era la mejor manera de purificación propia. Siempre que se asumiera el trago limpiamente, a pecho descubierto y sin
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recriminaciones. Decidió hacer todo lo posible para que así fuera, si llegaba el caso. No sabía si estaría haciendo consigo mismo una literatura elemental y senti-mentaloide, pero se sintió más tranquilo. Y casi contento. Le pidió a su Virgen que le diera el valor necesario para hacerlo. Su madre, siempre bregando con aquellos cinco moruecos que no le habían salido demasiado ejemplares, esa es la verdad. Todo terminó en un nudo en la garganta. Pero era un nudo consolador. Aquello empezaba a ser ya una pesadez. Si ya le habían sacado el reconocimiento del chico —el Austria, le llamaban sus hermanas en un irónico alarde de conocimientos históricos que nunca hubiera sospechado en ellas—, ¿a qué esperaban para largarse al pueblo? Quería terminar de una vez. Más detenidos. Esta vez una pareja madura entre tres o cuatro sayones. Aún venían a alguna distancia, y la luz no era buena. Pero aquellas figuras tenían, incluso desde lejos, un aire familiar. Llevaban el andar de los tranquilos. Ella, un poco adelantada, le miraba fijamente. Al menos, eso le parecía. Claro que le parecía. —«¡Juan! ¿Qué haces aquí?». Su hermana Antonia se detuvo a su altura, sin que los milicianos, esta vez respetuosos, hicieran nada por impedirlo. Detrás de ella, su cuñado Manolo Gracián, no decía nada. Sólo le miraba con aquella su calma de siempre, tras las gafas de hombre cegato. —«Nada. Que me llevan al pueblo.» Creyó percibir en los ojos de su hermana un punto de alarma. Pero él miraba, sobre todo, a su cuñado. Quería encontrar detrás de sus ojos el destino que le esperaba. Aquel hombre era otra cosa. Uno tras otro habían hocicado delante de él los Árdales, tras su solivianto un poco berebere frente a las bodas de sus hermanas. El los había acogido sin el menor aspaviento. Prefirió no recordar aquella cafrada. Por lo menos, él asistió a la ceremonia. No sabía por qué se le ocurría todo aquello en ese momento, pero así era. En décimas de segundo, poco menos que toda una historia un poco sofocante. Era difícil encontrar detrás de aquellas gafas y aquellos ojos medio cerrados la respuesta que buscaba. En todo caso, eso sí, la absoluta serenidad. «Juan», y nada más. No hubo empujón esta vez, pero sí una tenue invitación, en la frontera de lo perentorio, a proseguir la marcha. Allí estaba el tal Isabelo, y otro tío, pequeftajo, como un moco con barbita. Detrás, un hombre moreno y desconocido que parecía pastorear a los demás. No tenía mala pinta. También le miró serio y como pensando en algo que no acababa de gustarle. Volvió a sentarse, más preocupado que antes, a pesar de toda su anterior pretensión de entrega sin más. Que todo un Gracián visitara Fomento entre fusiles era como para echarle abajo a cualquiera los palos del sombrajo. Claro que Manolo era un Gracián un pocosui generis. Católico hasta las cachas y sin la menor pretensión intelec-tualoide. Pero no dejaba de asustarle un poco la cosa. Empezó a recordar sus no muy frecuentes visitas a casa de su hermana. Con sus tres polluelos, los tres machetes. Les llevaba caramelos de la Flor de Lis, y chistaba admonitorio, el dedo en alto, cuando se dirigían a él con el tú por delante. «Nada de oye, tío Juan —les decía—, sino oiga usted, tío Juan.» Ellos, con los ojos azules de los Árdales, agachaban la cresta, un poco sorprendidos. Aunque le pareciera advertir, tras la mirada, un cierto componente de choteo nada convencido. De no agachar de verdad la cresta. Se estaba yendo en ternura, y no le importaba absolutamente nada. Acabó por apoyar la espalda en la pared. Ya estaba cansado de enjuiciarse. O de que los demás le enjuiciaran. Estaba viejo, y eso, por lo menos, no era culpa suya. Dios diría, Señor. ¿Por qué se acordaba cada vez más de Dios? Estaba tan molido que decidió mandarlo todo al cuerno y dormirse. Había que dejarse de historias y vivir cada momento. ¡Era tan dulce, a pesar de todo, aquel sopor! Sólo entonces se le ocurrió la idea de que también su hermana y su cuñado estaban en la misma situación que

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él. También en peligro. Ni por asomo le había pasado antes por la cabeza. Antes sólo se había ocupado de él. No le duró mucho la preocupación. Se dejó invadir dulcemente por la niebla. Se despertó sobresaltado. Alguien le había agarrado por el brazo sin la menor ceremonia, casi levantándole a peso. —«Vamos, ya has descansado bastante.» En la voz había toda la mala uva del mundo. Miró entumecido y parpadeante en torno suyo. Los tres tíos de siempre, con los fusiles en bandolera, le miraban con una guasa atravesada. Se levantó un poco dificultosamente y con el cuerpo redolorido. Estaba arrugado y sudoroso. Debía ser ya casi de día. Por los viejos balcones de persianas metálicas cerradas se dejaba adivinar una luz lechosa y desganada. Casi se sonrió al pensar que debía ser la hora de la espera de liebres, pero prefirió no poner a prueba el sentido del humor de aquellos jayanes. —«¿Dónde vamos ahora?» —«¡Ya se lo hemos dicho, cono! ¡Al pueblo!» No acababa de entenderles. Unas veces el tú restallante y ofensivo, y otras el usted a la antigua usanza. Incluso, en una ocasión, a aquel grandullón del ojo tuno se le había escapado un don Juan, del que parecía haberse arrepentido automáticamente, intensificando de inmediato su brusquedad, viniera a cuento o no. Intentó tender un cable tenuemente humano. —«Pues menuda paüza, después de la nochecita que me habéis dado.» No encontró la menor acogida, sino todo lo contrario. Estos tíos —pensó— se han tomado muy a pecho eso de la seriedad de los jueces. Le urgían. El de la barbita le entregó el abrigo y el sombrero de que le habían despojado al llegar, no sabía por qué. Se los puso —sentía algún escalofrío—, y siguió, obediente y arrastrando un poco las piernas, a sus carceleros. El Santo Cristo y el par de pistolas, pensó al imaginar el espectáculo de su propia figura de hidalgo a la antigua, de negro y alto sombrero encasquetado, entre aquellos proletarios armados. Le costó trabajo bajar la escalera, tras la noche de casi inmovilidad. Las rodillas no cumplían bien su papel. ¡Los años, Señor, los años...! Desde el último descansillo, antes de la calle, vio abajo movimiento. Como una algarabía de hombres en trajín por alguna razón que no estaba a la vista. Entre ellos, le miraba Petra, pequeñaja y con una especie de hatillo en las manos. Silenciosa y quieta. Ya suponía él que aquella mujer se había metido en camisa de once varas, pero no pudo evitar un estallido de gratitud. La sonrió e intentó dirigirse a ella, pero no pudo. —«Me dejan ir contigo», casi musitó Petra al pasar a su altura, alzando un poco el mínimo equipaje que mantenía contra su pecho. —«Pero por Dios, Petra, ¿tú, por qué...?» Era igual. Le hicieron seguir hasta la puerta donde esperaban dos coches con las siglas en chafarrinón que ya había visto por Madrid, antes de encerrarse en su casa. En torno a ellos, esperaban otros hombres armados y con mono, que le miraron al salir sin decir nada. En seguida le pareció reconocer a uno de ellos, más maduro que los que hasta entonces le estaban haciendo la puñeta. ¿No era aquel Pablo Cañadas, el más pequeño de los Alpargateros? Le miró fijamente, mientras se dejaba llevar hasta la portezuela abierta, pero el otro fingió arreglarse el cinturón. ¡Caramba con la Izquierda Republicana!, pensó con un algo de coña regodeante. ¡Qué bien se estaba en el coche! Casi se arrebujó distendido en la felpa relativamente blanda de los asientos. Hacía frío, y olía a gasolina. Las madrugadas de octubre ya son otra cosa. Recordó cuántas amanecidas como ésa había vivido y respirado en torno a la lumbre alegre y crepitante de las jaras o los enebros en las viejas
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monterías de épocas más felices.

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Suspiró y volvió de improviso a invadirle el miedo. ¿Qué irían a hacer con él aquellos bárbaros? Demasiada escenografía era todo aquello, para que fuese sólo escenografía. ¿Dónde estaría Pepe? Miró, solo todavía en el interior del coche, hacia atrás, hacia lo que pasaba fuera. Vio a Petra y a otros varios milicianos subir al otro vehículo, mientras varios hombres se dirigían ya con gesto decidido hacia el que ocupaba él mismo. —«Mañana estaré aquí», dijo el moreno guapote dirigiéndose a los milicianos de la puerta. Ese que le miraba alguna vez con ojos serios, en los que no había odio. Le había quitado el reloj de oro allá en su casa y a las primeras de cambio, pero no podía meterlo en el mismo saco que a los otros. Catalán para arriba, y Catalán para abajo. Esos otros del pueblo, palurdos al fin y al cabo, parecían como los girasoles. Esclavos de algo superior a ellos y que se les escapaba. Se acomodaron a su lado, y percibió claramente el acre olor a humanidad sudada. No se lo reprochó. También él debía oler lo suyo. El conductor, también con mono miliciano, pero destocado, se volvió hacia atrás, interrogante. —«¿En marcha?» —«Tira», dijo el Catalán sacando un cigarrillo de una pitillera que debía ser de plata, tras acomodarse la funda de la pistola en la entrepierna. El conductor, antes de encararse al volante, resbaló la mirada sobre sus ojos. Debía tener cara de miedo y eso le fastidió. No quería fallarle a aquel chico de la sonrisa. El ruido del motor y el feísimo Madrid del alba. Un Madrid vacío. Detrás, el otro automóvil, como los antiguos coches de respeto de los entierros importantes. ¿Qué haría allí Petra, con su hatillo al estilo gitano? Pobre mujer. ¿La quería o aquello había sido sólo algo así como cualquiera de sus innumerables idioteces? Se sobresaltó. Era la primera vez que pensaba de frente que su vida podía haber sido una tontería impresentable. En el coche, un silencio incómodo y tenso. Alguien tendría que hablar. Lo malo era que él no fumaba y no podía acudir al expediente celtibérico de la ronda comunitaria. Quiso mirar la hora, pero paró en seco el movimiento inicial, fingiendo otra cosa. Prefería no recordarle al hombre de la cazadora de cuero que iba a su lado, hierático y con la vista al frente, que ya no tenía reloj. El otro sí debía ser del pueblo. Juan de Mata le habían llamado en alguna ocasión, y eso era Mancha pura. ¿De qué familia sería? Lo cierto es que estaba molido. Comprendía que el asunto no era como para dormirse, pero la cosa le llegaba irremediable. ¿Les fastidiaría a aquellos tíos que reposara la cabeza en el respaldo? A la altura de Parla, resolvió hacer la prueba. Y la hizo lentamente, a la espera de cualquiera sabía qué. Era grato aquel calorcillo y el runrún del motor. Sentía el calor del sol en la cara cuando se despertó. El Catalán le miraba, casi divertido. «¿No habré roncado?», preguntó en un alarde de educación que le sonó, de inmediato, a poco apropiado. «No se preocupe», había un punto de comprensión en los ojos del Catalán. Juan de Mata, no. Juan de Mata seguía aferrado como obseso a algo que no llegaba a entender. Miró en torno. Debían estar ya por Fernán Caballero. ¿Tanto tiempo había dormido? Se sintió obligado a decir algo en lo que todos pudieran estar de acuerdo. El sol estaba ya alto. —«Dios amanece para todos», dijo sonriente en una explosión irrefrenable de solidaridad.

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Ahora fue Juan de Mata el que le miró. El Catalán no. El Catalán se limitó a hacer un gesto con los hombros y a encender otro cigarrillo. Podía ser de lástima, pero no había acritud, al menos. Le dio en la nariz que estaba siendo un poco falso. ¿A cuento de qué hablar él precisamente de Dios? Ya no sabía de qué Dios estaba hablando. De pronto le hacía el efecto de que ese Dios de que él ahora se acordaba era capaz de entenderlo todo. Hasta a esos hombres armados que le llevaban El sabría adonde. Hasta a él mismo, que ya era. El otro coche iba, terne, detrás. Y allí, Petra, la pobre Petra, con el hatillo a cuestas. Aquello sí lo reconocía ahora perfectamente. A la derecha, en la carretera, se perfilaba el cementerio. Destacaba nítidamente, sobre el fondo azul del cielo, el panteón de los suyos. El panteón de los Árdales. No había otro. Lo habían edificado hacía unos pocos años, y suponía que él había contribuido también. Aunque tampoco estaba muy seguro. Petra debía saberlo. El coche disminuyó la marcha hasta detenerse a poco, casi metido en la cuneta. Miró un poco sorprendido al hombre que tenía al lado. «Nada; vamos a estirar un poco las piernas antes de llegar.» No había ninguna trastienda en su tono. ¿Pero qué quería decir con aquel nada? Menos mal. Estaba reventando, pero no se había atrevido a manifestarlo. Bajaron todos, desentumeciéndose al sol de la mañana, al tiempo que el otro coche paraba chirriante detrás. Entrevio la cara de Petra tras el resol de los cristales. En el fondo, tenía gracia aquella batería de tíos en meada comunitaria. A su izquierda, el Juan de Mata un poco espatarrado. A la derecha, otro del pueblo, seguro. El abrochado de las braguetas pareció ser la señal para el charloteo, aunque él no participara, claro. A él le costaba bastante trabajo aquello desde hacía algún tiempo. No sabía qué postura adoptar cuando terminó. Se mantuvo un poco apartado, asumiendo plenamente su papel de proscrito, no sabía bien de qué. Pero pudo ver —estaba cerca del grupo—, cómo el Juan de Mata y los otros del pueblo observaban el cementerio, comentando algo que no pudo oír. Después, le miraron de refilón. Volvió, de pronto, a darse cuenta de las cosas. Hasta ese momento, el cansancio y la confusión de las últimas horas le habían llevado a una postura un poco animal, de pura subsistencia inmediata. Aquellas miradas un mucho incómodas le situaron de inmediato en donde estaba. Y en donde estaba España en aquellos días. Tuvo el primer atisbo de que aquellos hombres del pueblo, mucho más jóvenes que él, ya no eran su pueblo. Por primera vez se le ocurrió pensar que podían haber hecho una barbaridad con Paco. Y que él podía ser el segundo plato de la serie de los Árdales. Lo extraño era que no le importaba nada. Esta vez, ni pulso alterado. Procuró no responder con una sonrisa que no iban a entender a esos que le habían mirado. Le hacía el efecto de que él ya se había juzgado y de que tampoco se había absuelto del todo. Señor, no me juzgues con arreglo a mis merecimientos sino a tu misericordia. No se le había olvidado, a pesar de los pesares. Señor, yo también perdono a mis deudores. A esos y a mí mismo, en Ti. Tú sabes, Señor, que me es difícil. Se sintió contento y dispuesto. Miró al panteón. Allí estaban sus padres. Le invadió una oleada, salida de no sabía dónde, que se le llevaba por delante su vida. El Catalán se le acercó despacio. —«Vamos», y nada más. Parecía cumplir una obligación no del todo grata. —«¿Está usted cansado?» Sólo le contestó con una sonrisa, en la que intentó no excederse, tampoco, en gratitud. En las esquinas de San Juan, allí donde se despedía a los muertos del pueblo y el escenario de los últimos tiros, un grupo de mujeres alzaba el puño al paso de los coches. ¿No era ésa, todavía medio rubia, aquella Nieves con la que se había mirado en tiempos con ojos golosos por las dos partes? Bien que vociferaba ahora la silletera.
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Juan de Mata se volcaba en puro grito por la ventanilla. Le costaba trabajo sacar el brazo derecho con el puño cerrado fuera del coche, pero estaba claro que había estado esperando la ceremonia del desgañite. Ya lo traemos, gritaba, una y otra vez. Y además completamente tonto, pensó, con una absoluta tranquilidad. Con tanta tranquilidad que el tal Juan de Mata no fue capaz de sostener su mirada de guasa. El coche disminuyó la marcha. Seguro que querían darle a aquello un cierto empaque ceremonial. Olía a mosto y a serillas. A la izquierda, ya cerca de la glorieta y de la iglesia, la enorme casona destartalada de los Árdales. Le dio un vuelco el corazón, y los ojos se le hicieron agua al querer recordar tantas cosas que no recordaba ninguna. Sus padres y la innumerable prole de crios, ellos y ellas, que habían traído al mundo. Aquella casa con sus treinta pares de muías. Toda una ajetreada barahúnda a la hora del retorno de las yuntas en la anochecida. Las amplias cuadras —ruido de cascos y cascabeles y olor a boñiga— donde era grato dormir, al tenue calorcillo animal, a pesar de las pulgas y los ratones. Y las habitaciones de las criadas, en el piso segundo, encerradas bajo llave por su madre, a la hora ya del descanso nocturno, en evitación de cualquier pretensión rijosa de sus hijos o de cualquier otro macho encendido del contorno. Se sonrió por dentro. Las madres del pueblo sabían que sus hijas estaban allí seguras. Aunque, a lo mejor, ellas no quisieran estarlo tanto. Doña Amalia era Doña Amalia y regía aquel mundo abigarrado casi a toque de corneta indiscutido. Las aventuras quedaban para afuera, allí donde no podía llegar su mano. Otra vez la Gitana, otra vez las Tenderillas y demás hembras aún de menor fuste en la historia sentimental de los jóvenes Árdales. La puerta falsa estaba abierta de par en par. ¿Quién ocuparía la casa? —pensó en un amago de irritación que no pudo llegar a culminar. El Juan de Mata le devolvía ahora con una creciente impertinencia su guasa de antes. Se le notaba engallarse por momentos, aunque no hablara para nada, ni modificara en absoluto su postura casi inmóvil tras el arrebato de la esquina de San Juan. Torcieron a la izquierda. Un grupo de hombres también armados esperaba, sin duda, el final del trayecto. Se destacaban sobre el blanco casi azulenco de los muros encalados en sombra. El sol ya de mediodía restallaba en el terrizo enjalbegado del corral vecino. Todo empezó a ser para él, otra vez, una confusa fantasmagoría. —«Venga, meterlo adentro.» El Juan Burrianga y Leonardo, el mayor de los Alpargateros —lo había reconocido de inmediato— le cogieron por los brazos en un gesto que tenía ya mucho de brusquedad sin disimulos. A lo lejos, en las aceras pudo vislumbrar a algunas personas que contemplaban la escena como desde fuera, sin participar en ella. Se sintió avergonzado. Resultaba azorante que su gente, la de su pueblo, le viera regresar después de tanto tiempo entre fusiles y como un criminal. Dentro, algunas habitaciones destartaladas, casi oliendo a granero. Aquello debía ser la sucursal de Fomento, pero en rural. Comité o cosa análoga le había parecido entrever en la puerta, en grandes letras pintadas sin demasiadas pretensiones estéticas. Le hicieron sentar en una silla medio despanzurrada, frente a una mesa de análogo porte. No le había desaparecido del todo el azoramiento anterior, pero podía ya empezar a situar algo las cosas. Tíos por todas partes, aunque menos abundancia de monos que en Madrid. Y más chambras, claro. Un par de fusiles arrimados en un rincón. El Catalán, estirándose para desentumecerse, comentaba algo en voz baja con dos o tres, lo suficientemente apartados como para que no pudiera oírles. Otros trajinaban arriba y abajo, cualquiera sabía en qué menester. Y le miraban viniera o no a cuento, siempre de refilón. No sabía qué podía haber en aquellos ojos. Pero se notaba que había llegado para ellos algo muy esperado. Estaban nerviosos. Nerviosos y triunfantes. De eso no cabía la menor duda. Se dio cuenta de que se acercaba el acto final de lo que fuera.

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Se levantó por las buenas, quitándose el sombrero y el abrigo. La habitación estaba fresca e incluso húmeda, pero él tenía encima el calor del viaje y de todas las horas azacaneadas que llevaba encima. Volvió a sentarse, a la espera de ellos sabrían qué. Nadie parecía hacerle un caso explícito, por mucho que fuera el protagonista de todo aquel jaleo. Intentó localizar familias, empezando por los menos jóvenes. Suponía que iba a costarle menos trabajo. ¿Qué habría sido del otro coche y de Petra? No lo había visto revolver la esquina tras ellos. Tendría que defenderse, y sólo le quedaba acudir al pasado. A las viejas amistades. Y apoyarse en el rescoldo humano que pudiera mantener todavía aquella tribu. Con toda seguridad, allí no iba a poder utilizar el menor razonamiento jurídico. Todo eso se lo había llevado el viento, y él lo sabía. Aquella cara cuarentona, boina y pana manchega, la conocía. Si no recordaba mal, era el Aldeano. Poco lo había tratado en tiempos, y por allí no habría nada que hacer. El otro, pequeñajo y con cara cazurra, no se le despintaba. La estirpe de los Camisones se conocía con los ojos cerrados. Intentó sonreírle en un refilonazo visual, pero tuvo que tragarse el gesto, apenas esbozado, ante la cara de mala leche del ciudadano. Prosiguió la revista, ya no sabía si intranquilo o desde otra órbita. El Encarna, claro. El Encarna, con su mono y todo. Y Emilio el de la Chata, tan chato y tan puñeteramente feo como su madre. Se le acabó el censo de los maduros. Poco arrimo iba a tener con él. ¿Quizá Juan Burrianga? Lo borró de la lista. Decidió tomar la ofensiva y dejarse de posturas ovinas. Se encaró sonriente con el que tenía más cerca, poco más de veinte años. —«¿Tú de quién eres?» —«Yo, de la Palodulza, don Juan.» Ni el menor asomo de malos modos. Le gustó eso de don Juan, y se creció. —«Yo me fui de aquí hace muchos años y ya no os conozco —hizo hincapié en eso del muchos años, por lo que pudiera tronar—. ¿Y ése?» Ese era un regordete malencarado que no llegaría a la treintena y que le observaba insistente. —«Ese es de Ginés.» ¡Caramba, con lo buena persona que era Ginés! ¿Viviría aún? Ahí podía haber una agarradera. Aunque ya no se fiara. Trataría de darle recuerdos para su padre, a poco que viniera a cuento. —«¿Está aquí mi hermano Paco?», se dirigió como al desgaire al de la Palodulza. No se atrevió a decir don Francisco, como había sido usual hasta pocos días antes. El otro le miró sorprendido y escurrió después la vista, sin contestar, dándose la vuelta como si le urgiera algún menester repentino. Se dirigió al grupo del Catalán y les comentó algo. Todos le miraron. En los ojos del Alpargatero había una luz huidiza. La entendió en seguida, con la más absoluta tranquilidad. Pobre Paco. Ya habían empezado a pagar los Árdales. O, por lo menos, ya habían empezado a pagar algunos Árdales las deudas de los otros. Cerró los ojos e intentó rezar. Por Paco y por él mismo. Seguramente lo iba a necesitar, pensó, sin que el pulso se le acelerara. ¿Dónde lo habrían hecho? Empezó a explicarse la mirada de Juan de Mata frente al cementerio. ¿De modo que allí tenía lugar... eso? Intentó asumir la escenografía final que seguramente se le estaba preparando. Morir por los demás aceptándolo —le volvió la ya vieja hipótesis, sin que le preocupara que cada vez fuera menos hipótesis— y cerca de los restos de los suyos, era una buena forma de morir. Y de limpiar muchas cosas —¿toda mi vida, Señor?—, no demasiado presentables. ¿Dónde estaría el animalucho de Pepe? Borró de su mente lo de animalucho. Y toda su estúpida y falsa pretensión —ahora se daba cuenta— de superioridad intelectual. Había hecho el idiota lamentablemente, dándoselas de genio —el peligro siempre de las primogenituras— cuando de genio no tenía nada y sólo supo desaprovechar todas las oportunidades serias que le
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proporcionaron sus padres. De pronto, se sintió señorito a secas, y no le gustó. Aunque ya no tuviera remedio. Pero empezó a mirar de otra forma a los hombres que le rodeaban. A pesar de todo. ¿Habrían pasado estrecheces y hambre, mientras él se refocilaba con la Gitana —algo así como el derecho de pernada— y se limitaba a gastar el dinero que se le vino a las manos, sin esfuerzo alguno y sin preocuparse de nadie? Pobre hija, su hija. Y pobre ese otro chico, Juanito, el hijo de la Gitana y suyo que ahora andaba por ahí de peluquero. Y Petra, Slguiéndole al calvario con el hatillo a cuestas. Y su mujer, que le había aguantado, aunque poco tiempo, felizmente para ella. Y pobre él, también, que ya iba a tener poco espacio para no presentarse con las manos vacías. Aquellos hombres empezaban ya a dejar atrás claramente la ceremonia de la llegada del reo y a adoptar el papel que les había caído en suerte. Un tío cetrino, con gafas y recién llegado, se sentó en la mesa frente a él, flanqueado por el Alpargatero y el Encarna. Los otros habían tomado posición casi en círculo. El Catalán, un poco aislado, se recostaba en la pared mirando al techo. Una pierna doblada y con la suela del zapato plantada en el muro, al estilo de las grullas, contemplaba las volutas del humo del cigarrillo que mantenía en la boca, los ojos entornados. ¡Cómo se va a poner de cal la cazadora!, pensó, antes de adoptar su papel de acusado frente al de las gafas. Tenía la clásica pinta del comunista intelectualillo. Por lo oído se llamaba Valentín. O don Valentín, para ser más exacto. Así se había dirigido a él el Alpargatero momentos antes, no sabía en qué ocasión. ¡Ya estaba! Ese era Ferrero, aquel maestro atravesado de que alguien le había hablado ya. ¡Buen bicho! Le miró de frente, pero el otro parecía ojear tras sus gafas los papeles que tenía delante. No se oía una mosca, aunque las había, por supuesto. Las moscas de la vendimia, vuelo torpe y tenacidad a prueba. —«Juan Árdales, ¿no?» Empezaba con ciertos ribetes formales. —«Naturalmente», contestó con toda la seriedad del mundo. El otro levantó un momento los ojos, sorprendido del tono de la respuesta. Habría que meterse en alguna parte el famoso orgullo. ¿O todo lo contrario? Era de suponer que ya todo daría igual. Se irguió en la silla, en gesto que todos notaron. —«Supongo que sabe usted por qué está aquí.» Seguía sin levantar la vista y como dándole a eso de las generales de la Ley. —«Pues mire usted, no del todo, aunque empiezo a imaginármelo.» Un gesto colectivo de irritación recorrió el círculo. El otro seguía serio, alimentando las baterías que iba a disparar de inmediato. —«Vaya —llegó la andanada—, la famosa chulería de los Arda-Íes.» No había querido cargar de arrogancia su respuesta, pero no tuvo tiempo de demostrarlo. —«Ustedes, los señoritos, creyéndose como siempre los dueños del mundo. Ahora vamos a barrer muchas cosas.» Se veía que tenía preparado el alegato, y que pretendía exhibir su superioridad dialéctica ante los patanes que contemplaban la escena. Todo estaba escrito. Se dio perfecta cuenta, sin sobresalto alguno. Simplemente se sintió otra vez tremendamente cansado y con un hambre antigua que se le disparaba de pronto. No recordaba cuándo había comido algo por última vez. Estaba sucio. Se pasó una mano por la cara. Raspaba. ¡Buena pinta debía tener! Intentó su defensa con voz agotada. La había pergeñado mentalmente desde su detención, pero se dio perfecta cuenta de que aquélla iba a ser como ladrarle a la noche. —«Yo llevo mucho tiempo lejos del pueblo y no tengo nada que reprocharme —¿por qué le había temblado un poco la voz?— Usted no me conoce, porque es más joven, pero puede preguntar a quien quiera. Yo era amigo de todos.» Y echó una mirada en torno, buscando alguna acogida última en aquellos ojos hostiles. Santana dio un respingo y saltó rápido.
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—«Usted perdió a una chica del pueblo y luego no se ocupó de su hijo.» ¡Vaya! ¡Ya había salido otra vez la cosa! Se calló. ¿Había agachado la cabeza? —«Además —prosiguió Ferrero— usted tiroteó al pueblo en el año 11.» Ahí sí se engalló un poco. —«Tenía que defender a mi padre. Si no, lo hubieran matado. ¿No lo habría hecho usted?» ¿A cuento de qué vendrían cosas tan viejas? Y, además, sin consecuencias. Recordó la emboscada que les habían preparado, y cómo salieron corriendo aquellos tíos cuando ellos contestaron dando la cara y de frente a los disparos cobardes. Ferrero no contestó. Sólo un gesto, entre despectivo e irónico. El cambio de tercio fue muy claro y definitivo. Como una sentencia: «Vienes de mala raíz —esta vez el tú—, y las plantas podridas hay que cortarlas.» No le pareció bastante, por lo visto. «Eres Árdales, y basta.» Se echó para atrás en la silla, sin mirarle, y cogió un papel de la mesa, cambiando de tema. —«¿Dónde está su hermano José? Si nos lo dice, de algo le podría servir, a pesar de todo.» Y ahora el usted, quizá para suavizar la felonía de la propuesta. —«No lo sé, pero aunque lo supiera... ¿O es que usted vendería a su hermano?» Le había salido aquello un poco calderoniano, pero qué le iba a hacer ya. El Catalán le miró e intervino rápido, dominándolo todo. —«Bueno, vamos a dejarlo. Esta noche le juzgará el pueblo.» No había amenaza en su voz ni en su gesto. Ferrero se levantó rezongando algo. Santana y el de Ginés gesticulaban irritados en un rincón. El Aldeano le miraba, rumiando. También él se alzó trabajosamente. —«Por favor —se dirigió al Catalán, que le acogió un poco sorprendido—, querría afeitarme y comer algo, si es posible. Estoy derrengado y tengo ya muchos años.» Los otros se callaron. —«No se preocupe. Todo se hará.» Caía ya la tarde cuando lo sacaron afuera. Iba entre Ginés y el de la Palodulza. Le hacía daño el resol en los ojos. Y más todavía que le mirara la gente en la calle, renqueante y con aquella pinta. El Isabelo, esta vez sin fusil, cargaba con el abrigo y el sombrero, unos pasos detrás. Pasaron por la plaza. Juraría que los grupos se disolvían cuando se aproximaba la comitiva. Intentaba conocer las caras, pero no podía. Todos eran más jóvenes. Allí estaba otra vez la Nieves, los brazos casi enjarras, con dos o tres mujerucas. Quiso encontrar sus ojos al pasar, pero ella miraba a los que iban detrás, excitada. Oyó su voz nasal, casi en un grito.«¡Pero le dejarán de irse! ¡Pero le dejarán de irse! ¡En este pueblo no hay cojones!» Volvió la cabeza, al tiempo que el Aldeano decía sonriente y tranquilizador a la mujer: «Rubia, rubia, ya verás como sí hay cojones en este pueblo.» Todo estaba claro y no le importaba nada. Sólo quería terminar. Había un chico muy joven, plantado solo en la acera, poco antes de la Fonda de la Dulce. No se apartó el mozo, sino todo lo contrario. El odio se le salía a borbotones de los ojos. Y algo además del odio. Como una pretensión infantil de hombría. Notó que el muchacho se incorporaba al grupo de los que iban detrás. ¿Quién sería? Le dolió aquella mirada. Se hundía ya la tarde en sombras cuando llegaron a la fonda.

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Aquella era, al menos, una casa amiga. Nada menos que la Dulce de toda la vida y su marido. Casi de su generación. Esos no podían formar parte de aquella gentuza. Sentía una especie de sopor que le confundía. La entrada en la fonda, y el gesto de lástima de la Dulce cuando él quiso tranquilizarla, pretendidamente contento de estar en su pueblo. «Pero don Juan, don Juan...» En aquellos ojos estaba todo escrito. O la figura de Petra —¿qué haría allí?— que le ayudó a cambiarse de ropa interior. Casi no se decían nada. Todo era bruma. Como una borrachera. ¿A quién invitó a cenar en la barbería, mientras el Matacán —otro que no podía ser de aquellos— le pasaba la navaja, nervioso, una y otra vez sin querer mirarle de frente? Ya era de noche, mientras cenaba con Petra en silencio, cuando oyó la voz del pregonero, bajo el balcón. Se convocaba al pueblo en la iglesia para un asunto importante. Petra le miró humilde con ojos de cierva herida, llenos de agua, mientras Pablo, el marido de la Dulce, cerraba apresurado las contraventanas sin saber qué cara poner. Todo le era igual, aunque un hormigueo le recorría el estómago. La sopa estaba riquísima. La Dulce aceptó medio llorosa el cumplido. Y el de la Palodulza, que parecía estar en todas partes sin quitarle ojo. Le llevaron atado a la iglesia, la noche ya cerrada. El de la Palodulza le había apretado demasiado el cordón de la alpargata, las manos juntas a la espalda. Se le clavaba en la carne, pero no quiso decir nada. En la iglesia había la luz de las viejas novenas bisbiseantes. Aquellas a las que le llevaba su madre, antes de su estúpida independencia. Entró, un poco a trompicones, entre los grupos que esperaban en la oscuridad del atrio. La luz mortecina del pulpito y las bombillas de vela de lo que había sido el retablo. Ni un crucifijo, ni una imagen. Olía a muchedumbre. Y a orujo. Le subieron hasta el altar mayor, desnudo de todo ropaje ritual, entre el de la Palodulza y el de Ginés, muy serios, muy en su papel. Desde allí sólo veía sombras y la intuición de unas manchas más claras y huidizas, que debían ser las caras de sus paisanos. Las primeras filas sí las distinguía algo más. Allí estaba Quirico, su viejo amigo. Y el Camisón, padre. Y Albano. Y mujeres que rebullían. Le fastidiaba ser el blanco de aquella gente. Y se acordó de Jesús en el pretorio. Estranguló de inmediato la analogía. ¡No, Señor, yo no soy digno! Subieron junto a él otros hombres. Ni los miró. Ahora, una mujer en el pulpito hablaba de los derechos del pueblo y de los explotadores. Terminó en trémolo y bajaba las escaleras entre los murmullos de la gente. San tana, detrás de él, abrió el turno, insistiendo en lo de la hija del pueblo perdida por Juan Árdales. ¡Qué manía la de aquel tío! ¡Y qué razón!, se enmendó de inmediato. Alguien, también detrás, dijo que esa cuenta estaba ya saldada. Salió una voz de entre las sombras. Al levantarse el hombre, le reconoció. El viejo Tambor hablaba otra vez de los tiros antiguos. Vio llegar apresurado a la primera fila al mozalbete de antes. El de la mirada fija de odio. Le hicieron sitio de inmediato al lado del Pericáncano. Algo dijo a éste al oído, y el otro asintió. Después el chico alzó la vista hacia él. Alguien dijo que había que dictar sentencia. Se acordó de su abogacía, nunca ejercida en serio, y pidió la palabra. —«Siempre hay que oír al acusado», empezó. Se callaron las voces. —«Yo he venido a mi pueblo, para que me juzgue mi pueblo. Todos me conocéis. Tú, Quirico —se dirigió al hombre con chambra de la primera fila— también...» No pudo proseguir. Quirico casi eructó a borbotones. —«Yo a ti no te conozco.»

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¿Para qué seguir? Agachó la cabeza para que nadie viera sus ojos heridos. Alguien pidió que hablara el defensor. ¿Quién sería? Le daba igual. Prefería no enterarse. El defensor decía que él quedaba por nada. ¿Qué querría decir? El Catalán —ya conocía la voz que le venía de la niebla— recomendaba que no se confundieran las cosas. Que ya había reconocido a su hijo. Y algo de la justicia del pueblo. Casi le callaron también, a pesar de todo ¡Crucifixit! La gente del fondo se mantenía en silencio. Uno, a su derecha, dijo que ya estaba bien de perder el tiempo. Que había que cortar las ramas podridas y que levantara la mano quien votara muerte. Era la primera vez que oía la palabra, pero le dio igual. La tenía ya incorporada plenamente. Un momento de silencio. Se miraban unos a otros. Albano, en la primera fila, levantó el brazo. Tras él, Quirico. Y Camisón. Y luego más. Le pareció que algunas manos del fondo se alzaban con lentitud vergonzante. Lo mismo daba. Estaba escrito y sólo quedaba apurar el cáliz. El mozalbete de la primera fila se levantó nervioso y salió rápido. Le abrían paso los demás, respetuosos. Le llevaron a la sacristía, pero ya no se enteraba casi de nada. Escribió una nota para Petra que entregó a no supo quién. Salieron por la puerta de la umbría, pasando entre la gente. Pudo distinguir la cara de Emilio el de la Virgen, que le miraba entre asustado y compasivo. Le dijo rápido: «Dile a mi hija que muero por mi hermano.» Pero tampoco estaba seguro. Tampoco estaba seguro de que las culpas fueran sólo de otros. Tenía otra vez ganas de orinar y pidió que le desatasen para hacerlo. El Aldeano le destrabó: —«Chico, parece que tienes las manos apretás...» Tenía razón. Le corría la sangre por las muñecas. Se arrimó al rincón del muro pero no podía. Le costaba trabajo y notaba que los otros se impacientaban. Una voz, detrás, le hizo daño: —«No podrá mear. Tendrá eso gastado de ser tan putero.» Otra, menos agresiva y más juvenil: —«Tarda usted mucho, don Juan.» Contestó tranquilo sin volverse: —«Hombre, es que con mis años y con lo que me sucede...» Volvieron a atarle, pero más flojo. El coche estaba esperando. Iban arracimados y sin decir nada. El Aldeano y el Encarna, con fusiles. El chico de la plaza y de la primera fila de la iglesia, con una escopeta entre las piernas. Juan Burrianga, en el asiento delantero, al lado del conductor. Judas, pensó. Se iba a quedar con las ganas de encontrar sus ojos. Estaba tranquilo, aunque le incomodara la postura forzada, con las manos atadas a la espalda. ¿Rezaba o le parecía que rezaba? Todos miraban al frente, en silencio, arropando su tensión en el ruido del motor. No quería quedarse con la curiosidad: —«¿ Quién es éste?» Preguntó al Encarna, apuntando con la barbilla al mozalbete. No tuvo tiempo de contestar. El muchacho había oído la pregunta y se volvió brusco:
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—«Yo soy hijo de Ángel. Ustedes lo mataron cuando la vendimia y ahora me toca a mí.» Casi había lágrimas en sus ojos. Le dio un vuelco el corazón. ¿De modo que era eso? Se acordó de su hermano Pepe. Y de César y Jesús, sus cuñados. Pero no quiso hacer alarde de inocencia. Simplemente le miró directo, tranquilo. —«Pronto empiezas tu carrera de criminal.» No había más que pena en su frase. Gracias, Señor, por la ausencia de odio. El chico no dijo nada. El coche torció a la izquierda, enfilando las puertas abiertas del cementerio. A la derecha, blanqueaban en la noche los muros encalados de la huerta de D. Santos. Al parar el motor, un silencio incómodo. Al fondo, donde la luz de los faros se agotaba en sombra, la mole oscura del panteón de los Árdales. No tenía ningún miedo. Casi alegría de pechar con el cáliz. Antes de entrar, le desataron. Pudo santiguarse al traspasar el umbral. El ruido de la grava al paso de los hombres, extrañamente lentos. Algún Machado había dicho no sé qué sobre un golpe de ataúd en tierra. No había oído el crujir de la piedra menuda bajo los lentos pasos del propio funeral. Tuvo que decir algo: —«¡Que la Virgen y las ánimas recojan mi alma!» La voz del Aldeano detrás —ya la conocía— contestó con tono casi neutral: —«Ya la hemos quemado.» Le salió irremediable y casi infantil la respuesta, sólo volviendo ligeramente la cabeza: —«Pero hay otra en el cielo.» Otra vez el silencio, y otra vez los pasos. Otra vez la grava bajo los pies. Alguien se quedaba detrás, ya casi en las puertas del panteón. Se volvió casi gozoso, no sabía por qué. Sólo un punto de horror al dolor físico. Y de miedo al miedo. Golpeaba fuerte el corazón. Detrás estaban adelantados el muchacho y el Aldeano. Ya quietos y con las armas prontas. Sólo distinguía el borrón más oscuro de sus cuerpos y la mancha lechosa y difuminada de las caras. —«Vuélvase de espaldas», dijo el Aldeano, casi en una súplica. Respiró hondo y le saltó irrefrenable la épica: —«No, los hombres mueren de frente.» Detrás, muy cerca, arropados por los muros de basalto, sus muertos. Una luz cegadora y un golpe brutal. Había sentido cómo se le doblaban despacio, muy despacio, las rodillas. Notaba en la lengua el sabor de la tierra y un rumor sordo y creciente, como el del tren. Oía su propio bramido animal y el gorgoteo de su garganta. —«Domine, non sum dignus...» Lo dijo a conciencia, en la sombra que se le iba cerrando, subiéndose deprisa a su salvación. Todavía pudo darse cuenta de que alguien, sentado encima de él, registraba sus ropas en busca de la cartera. *** En mayo de 1939 unos camiones del Ejército enfiaban las esquinas de S. Juan, hacia el cementerio. Allí, entre fusiles de uniforme, iban los Alpargateros, Ferrero, el Isabelo... Una
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buena parte de aquellos del 36. Estaban medio borrachos, en la luz de la amanecida y el relente de la noche todavía en retirada. La tarde antes, les habían dejado despedirse de sus familias y todo el vino que quisieran. Casi en la misma ventana donde habían matado a Bautista, el Pelusa, agarrado a los hierros de la verja y sin quererse soltar, la madre de Isabelo, sola en la calle, gritó algo al paso de los camiones. Algunos se habían reído al contarlo, pero no Manolo Gracián. No querían bajarse al detenerse los camiones a la altura de la huerta de D. Santos, poco antes del cementerio. El teniente dio la orden de calar las bayonetas, y allí se acabó la resistencia. Saltaban a tierra torpes y apresurados, por parejas. Como los perros acollarados. A alguna distancia, un grupo de personas, hijos y hermanos de los fusilados años antes. Los alinearon titubeantes de cara a la tapia de adobe y de espaldas a los soldados. El teniente formó el piquete. No había la menor vacilación en los ojos de aquellos hombres endurecidos por la guerra. Hicieron falta dos descargas para derribar a todos. El teniente, casi niño aún, se acercó despacio a los hombres caídos, con la pistola en la mano, acordándose de sus propios muertos. No le gustaba aquello, pero tampoco le importaba demasiado. Estaban sangrando como cerdos, quietos. Sólo uno, quizás el más viejo, se removía farfullando algo. ¿Qué querría decir aquel tipo? Parecía farfullar, ¡qué ignominia, qué ignominia! También se quedó seco, tras el pistoletazo. Manolo Gracián siempre había contemplado después aquel minino enclave, abierto a la llanura, con el corazón encogido. En poco más de un celemín de tierra, como en los dramas rurales, había terminado todo. Con el mismo paisaje final para unos y para otros. Bajo la inmensa mirada y el tremendo silencio de Dios.

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ESPAÑOLITO QUE VIENES Hacía ya una temporada que el pequeño Manolo Gradan y su hermano Pablo andaban de la Ceca a la Meca por el Madrid rojo del 36. Quizá no los persiguieran a ellos —10 y 13 años al fin y al cabo-pero tampoco era dogma de fe que la edad constituyera, por entonces, un seguro de vida plenamente fiable. Algún crío de su lejana estirpe materna había vivido ya una doble muerte, frente a las tapias de un cementerio pueblerino, junto a su padre y hermanos mayores. En primer lugar, bajo las balas—¡qué ojos asustados tendría aquel filio, Señor!— y después, ya en la amanecida y cuando aún rebullía en el suelo llamando a su madre, mediante el expeditivo procedimiento del azadonazo en la cabeza, caritativamente profanado por el enterrador del lugar, tempranero recolector de la abundante cosecha de aquellos días calientes. Aunque el sepulturero —hombre justo al fin y al cabo— no dejó de ofrecer al rapaz la oportunidad de salvar la piel. Le hubiera bastado con cagarse en Dios. Y no le dio la gana. Otro, de edad pareja, había escapado mejor librado de una checa madrileña, tras su valiente exhibición de cataplines bien puestos, pero también se lo habían llevado entre fusiles de su refugio circunstancial. Algo que, por entonces, solía terminar, sin más, en cualquier descampado. Era lógico aquel vivir a salto de mata, buscando amparos medianamente seguros, a pesar de los pantalones cortos. *** Fue en julio, claro, y en El Escorial, donde el pequeño Manolo Gracián tuvo su primera impresión directa e hiriente de lo que se había desatado. En aquel Escorial caluroso y aburrido —olor a piedra vieja y jara abrasada y pegajosa— donde lo mejor que se podía hacer era despenar lagartijas a cantazo limpio en los Canapés, y echar las tardes alternativamente en el Jardín de los Frailes o la Herrería. En cualquier caso, todo se resolvía en olores. El un poco a sobaquina —o a consomé, que viene a ser lo mismo— del primero, próximo a aquel estanque de aguas verdosas y putrefactas, o el de boñiga recalentada del segundo. En olores y aburrimiento adhesivo y sin remedio. Alguna película nocturna en el cine al aire libre —Harold Lloyd y su «Vía Láctea» o «El diablo blanco», por ejemplo— y poco más. Con el único aditamento un poco delictivo del «tirar madroños a los niños conos» que paseaban en la noche arriba y abajo, ellos y ellas, la cale de Floridablanca que caía bajo sus ventanas. En el principio fue, desde luego, la fechoría, y después el pareado, con su herejía botánica, consistente en asignar otro nombre más rimado con el hallazgo inamovible de los «niños coños», a los frutos erizados de los humilles castaños de Indias. Podían cogerlos, con las luces apagadas, con sólo alargar la mano. Y lo pasaban en grande, él y sus hermanos, con su pequeña ferocidad celtibérica. Por la mañana se habían oído en El Escorial cañonazos. Por entonces no sabía que lo eran, pero pronto lo aprendió a costa propia. Pronto aprendió a distinguir, con alguna claridad, incluso los calibres. O por lo menos se lo creía. El Cuartel de la Montaña estaba en sus estertores y aquello era su música funeral Después, hacia el mediodía, el silencio caliente, pastoso, preñad» de acíbar. Más funeral todavía. A la tarde —¿aquel mismo día o al siguiente?— les avisaron desde la vecindad de la Casa de los Oficios donde los Gracián recalaban por temporadas desde hacía ya muchos años. Había sido una concesión del Patrimonio —no gratuita, pero concesión— a su abuelo, escritor y, sobre todo, periodista famoso de la Regencia. De Zola español le había edificado posteriormente algún estrecho tonsurado, simplemente por la dosis casi infantil de realismo que dejaban traslucir algunas de sus novelas, más bien ingenuas. En la Casa de los Oficios, y en la misma mesa en que Manolo Gradan emprendía lleno de buena voluntad, cada verano, la tarea siempre abandonada a poco de despachar sus deberes escolares, había escrito Gracián el grande una de sus primeras y más famosas obras. Claro es que Manolo no lo sabía. Y que mejor era así.

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Las ventanas de la pequeña y pulcra casa de D. Juan, tan pulcra como su dueño, se abrían a la Lonja. Allí estaba el asunto. Se asomó casi volcándose sobre el alféizar, con los pies en el aire. No daban de sí las piernas. Varios camiones con alguna ametralladora encaramada y un abigarrado grupo de hombres despechugados, con fusiles. En varios de ellos todavía se adivinaba algo del uniforme de los Guardias de Asalto de la República. Sobre todo la gorra, aún más chulescamente ladeada que de costumbre. Aquello ya no tenía nada de militar y sí sólo del chafarrinón chirriante e inevitable de la estética marxista y asimilada. El Manolo Gracián de los pantalones cortos acababa de ser presentado, sin ceremonias, a la nueva realidad sociológica del miliciano. No supo entonces lo que venía detrás de aquellos hombres casi verbeneros. En cualquier caso, le gustó poco el espectáculo. Una sensación acre, de desasosiego, se le aferró al estómago. Iba a acompañarle hasta que bastantes meses más tarde pudo cruzar la frontera de Francia. En cualquier caso también, se había acabado el dulce aburrimiento que luego iba a echar de menos. ¡Vaya si se había acabado! Pero él no lo sabía. Como no sabía hasta qué punto aquella escenografía primeriza, y todo lo que vino en su estela, iba a condicionar su vida entera, en un difícil y nunca conseguido intento de explicarse las cosas. De compaginar la marea incontenible que le subía desde el centro a poco se resolviera en recuerdo, con aquello, en principio más sosegado y nadie sabe si más falso, a lo que ha venido en llamarse razón, desde que a algunos señores se les ocurrió convertir sólo en eso la vida exhibible del hombre y relegar todo lo demás al ámbito de las necesidades fisiológicas a olvidar, o poco menos. Empezó —después lo supo, porque entonces se limitó a vivirlo— un extraño período de aclimatación a la creciente atrocidad circundante. La sierra próxima había dejado de ser un concepto bucólico excursionista —gilipuertas casi uniformados de veraneantes— para convertirse en algo más serio, donde los hombres se mataban. En realidad, eso de que los hombres se mataran no pasaba de ser entonces más que una expresión casi remarquiana o de viejo tango, sin la menor resonancia vital para él. Lo que le importaba era que por aquellos picos no tan lejanos del Alto del León había alguien batiendo limpiamente el cobre, sin bajas, claro, a los mozancos encamisetados y pañuelo rojo al cuello de la Lonja de hacía unos días. Y, seguramente a aquellos señores de la lejana Mancha, que por lo visto tenían una cuenta pendiente que no acababa de entender, incluso con él. La presencia de la muerte no literaria empezó pronto para Manolo Gracián con la llegada apresurada de un pelotón de milicianos nerviosos, con un cuerpo inerte, y tapado con una manta, en camilla. Lo subieron a trompicones por las estrechas escaleras de piedra escurialense, hasta desembocar en la amplia y profunda galería a la que abrían sus puertas las distintas viviendas familiares de la Casa de los Oficios. Pasaron jadeantes, casi rozándole y sin hacerle caso, naturalmente. ¡Quién iba a hacer caso de un niño arrimado a la pared y con los ojos sólo un poco más abiertos que los niños de siempre! Metieron aquello —aquello era un militar muerto, por lo visto, por eso a lo que hasta hacía unos días se había llamado la República— en casa de los marqueses de Aldama, o cosa parecida, colindante con la suya. Nunca se lo explicó Manolo Gracián. Después, en el recuerdo, la imagen de algunos soldados de reemplazo, con las perneras de los pantalones militares de la época desabrochadas o simplemente reventadas, para dar espacio a las pantorrillas hinchadas y sangrantes, y de varios milicianos en las mismas condiciones, pero sin análoga exhibición de miembros tumefactos. El mono proletario parecía algo más caritativo. Llegaban los hombres a abrevar, sedientos como animales en el agostadero, a la fuente que se abría en el patio. Manolo Gracián no pensaba por entonces que aquello se debiera a las fatigas del combate, sino sólo a la carrera cobarde frente a los suyos. Al fin y al cabo, bastante más que un miedo evidente reflejaban las caras de los destrozados mozos. Uno de ellos, con pretensiones explicativas hacia el cerco curioso, aludió quejica al señoritismo de los de enfrente, y a su consiguiente destreza cinegética. Allí no había guapo que pudiera levantar el coco, terminó autojustificando su reciente historial bélico, seguramente inexhibible.
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Le reventó lo de los señoritos —seguiría reventándole a lo largo de su vida—, pero no por eso dejó de asistir con infantil ferocidad gozosa al descalabro del contrario. Aunque todavía el contrario no se hubiera manifestado del todo, matando a troche y moche, como quien poda. No pensaba el Manolo Gracián de los pantalones cortos que a lo mejor al otro lado también había hombres que tenían miedo y corrían. Ni se lo planteó, naturalmente. Comenzaron a poco aquellas fantasmales reuniones nocturnas, tras la cena, en la galería que, bajo los porches de piedra, comunicaba la Casa de los Oficios con las más cercanas. De vez en cuando, el Manolo Gracián pequeñajo, sacudido por los ganglios y la vida que se le echaba encima inmisericorde, miraba un poco intranquilo la penumbra en que terminaba — ¡siempre demasiado cerca, Señor!— la luz mortecina de alguna bombilla sin pretensiones. Se sentía un poco conspirador y algo parecía barruntar de que en aquello había cierta dosis de riesgo. Pero allí estaba su padre y no hacía falta más. Se sentaban los mayores en un banco de madera, arrimado a la pared, tras la fuente de marras. No habían asumido aún del todo su papel de rebeldes. Eran, sólo, gentes que presentían lo que se les acercaba amenazador. Y que empezaban a solidificar una especie de resistencia primaria compartida, todavía no urgida por la sangre que iba a comenzar de inmediato, a aquello que les rodeaba. El pobre D. Juan, por ejemplo. Porte noble y enjuto, barba blanca, y viejo, naturalmente. Con su inevitable olor a galletas María y siempre acompañado en el recuerdo de Manolo Gracián por Josefa, su ama de llaves o como quisiera llamársele —no parecía que la economía de D. Juan pudiera sostener tan solemne concepto—, de piel de salamanquesa y boca perpetuamente pastosa a la que sobraban labios. O el joven señor de una planta más arriba, sólo un relámpago en la vida de Manolo, apagado a los pocos días bajo el trallazo de los fusiles milicianos. Al igual que D. Juan, por supuesto. Al parecer, podía dispararse sin remilgos a la vera efigie de D. Alonso Quijano el Bueno, sin yelmo de Mambrino y sí, sólo, con un alto sombrero señorial al estilo de la época, permanentemente encasquetado. Al siguiente domingo todavía oyeron misa en el monasterio. Aún no había llegado la caza del cura y de los correspondientes meapilas, aunque ya se olfateara la apertura de la veda en algunas miradas guasonas. Al pequeño Manolo Gracián le olían aquella mañana los pies de una forma sencillamente aterradora, que iba alcanzando fronteras cada vez más lejanas, para desgracia de aquel entorno silencioso y bisbiseante, un poco apretujado y sin muchas posibilidades de huir, de la grey dominical, aún no ascendida a la superior categoría de pueblo de Dios. Algo tenían que ver en ello aquellas alpargatas veraniegas, impolutas y ásperas al principio, y transformadas tras unos cuantos sudores en una especie de atrocidad maloliente. La Comunión de los Santos sufría aparentemente impertérrita, o simplemente caritativa, la inevitable proximidad del crío. Todo lo más, parecía advertirse una elevación generalizada de narices a la busca de aires un poco más limpios. D. Manuel Gracián, a su lado y atento a la misa, le miraba de vez en cuando y se reía. Le divertía aquella clase de peripecias y todavía era posible reírse. Aunque D. Manuel Gracián —ante todo, y sobre todo, una fe poderosa, auténtica y limpia— nunca perdió después ni el humor, ni su asombrosa serenidad de hombre siempre en presencia de Dios. Algo debía estarse enrareciendo el ambiente, sin embargo, para que la familia emprendiera el retorno a Madrid, en busca del calor confortable y supuestamente seguro del hogar permanente. Había que pensar que, en Madrid, de algo serviría el apellido paterno, al fin y al cabo bastante próximo a todo eso de la República. No iba a ser así, pero eso sólo lo sabrían más tarde, cuando llegara la ruptura radical de toda lógica. En el autobús de la época —olor a hules sobados y gasolina—, se escuchaba en silencio, sin el menor comentario, el estruendo intermitente de la batalla en las alturas próximas. Ni siquiera se miraban aquellas personas. Seguramente alguna de ellas iba a encontrar, como el jardinero del rey en Samarcanda, su definitivo destino.

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Nada menos que 44 años iba a tardar Manolo Gracián en volver a El Escorial, a pisar el patio de la Casa de los Oficios, ya distinto y sin la fuente. Algunas rebalsadas de paso para otros destinos, que no hacían verano, como las golondrinas soltizas. La ocasión la constituyó el homenaje del Ayuntamiento socialista de El Escorial a la memoria de Gracián el filósofo. En la Casa de los Oficios se iba a descubrir, en primer lugar, una placa conmemorativa de sus largas estancias en ella y de las páginas cimeras allí escritas. El Manolo Gracián cincuentón formaba parte, claro es, del ya reducido círculo familiar de los supervivientes del tiempo. En el patio, y antes del acto, miraba todo con un nudo en la garganta. Las pequeñas ventanas abiertas en el grueso muro, por donde irrumpía glorioso el sol limpio de la sierra, en cuyas amplias plataformas recubiertas de estera amarilla desplegaba sus pequeños ejércitos de soldaditos de plomo de uniformes policromos. Para los demás, aquello podía ser sólo un acontecimiento más o menos social, como tantos otros. Para él no. Para él, y seguramente para todos los suyos, tenía más de sollozo contenido que de otra cosa. A Manolo Gracián, en aquel momento, le importaba un bledo lo universal de la figura que allí se recordaba, en cuanto tal. Le importaba mucho más la otra componente, la profunda e intransferible. Toda la teoría de fantasmas que la acompañaba en el recuerdo. Por ejemplo, el de su propia niñez angustiada. Ya no estaba el banco de las noches primeras del 36. Pero no le costó demasiado trabajo recomponer bastante nítidamente la figura de D. Juan. E incluso, aunque más borrosa, la del joven señor de más arriba. Tampoco estaba la portería de donde el viejo portero par-kinsoniano salía todo lo furioso de que era capaz y a trompicones, el pobre, a echar a los perros «a caga a la calle». Ni la argolla de hierro empotrada en el muro, cabe el viejo portalón de madera, en la que el lechero ataba por las tardes su caballo pío, de amplia y rotunda grupa, siempre atormentado por las moscas. Se le ocurrió pensar en qué dirían D. Juan y el otro al ver allí, en corporación casi aburguesada, a los correligionarios de aquellos que se los habían llevado por delante. Prefirió no seguir por ese camino. Al fin y al cabo, seguramente era bueno lo que pasaba. Seguramente era bueno olvidar. ¿Por qué asignar a los hijos los pecados de los padres? Enterró nuevamente a D. Juan y al otro. Aunque ya tenía sin remedio en la boca un regusto amargo. Un regusto amargo que ya no se le iba a quitar en todo el día, sino más bien lo contrario. Si el olvido era bueno, lo que no lo era tanto, lo que él al menos no aceptaba era que se declarara inexistentes a D. Juan, al joven señor y a tantos más, con la aquiescencia culpable o al menos viscosa de los intelectuales de plantilla, como si no hubiera pasado lo que pasó. Aquello se convirtió, en efecto, en una pura falsedad histórica. Tras la corta ceremonia en el patio de la Casa de los Oficios, el acto ya con más ínfulas culturales en el teatro Carlos III, y la posterior comida, con pretensiones confraternales. De las diversas intervenciones en uno y otra, resultó claramente que el filósofo homenajeado había sido un claro espécimen socialista. Nadie dijo nada en contra. Ni los cerebros de su entorno incluso vital, ni los demás. Había en la concurrencia bastantes que sabían hasta qué punto el filósofo tuvo que salir como espetado de la España roja, incluso un poco rocam-bolescamente. Pero eso de la verdad no debía importarle a nadie. O, por lo menos, debía importar bastante menos que al Manolo Gradan que empezaba a degustar un asco infinito entre el consomé y el tournedó tradicionales. Comía en la misma mesa que su hermano. Su hermano conocía las cosas por lo menos lo mismo que él —seguramente más— y ambos tascaban el freno con un cierto miedo a su posible intemperancia por parte de un joven Gracián acompañante, para quien la Historia, esa historia, no había sido vida. Para aquel joven, inevitablemente, la parodia que se estaba desarrollando ante sus ojos no pasaba de ser una peripecia hasta medianamente comprensible en el orden de las falsedades humanas, casi aceptable y regocijante. No había nada más detrás de ella. Manolo Gracián le miró a los ojos. Estaba claro que aquel joven ni siquiera conocía a fondo la historia real de la familia, por alguna razón, y se movía sólo entre esquemas librescos para andar por casa. Cuando Manolo Gracián, un poco excitado por el copeo y lo que estaba
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oyendo, le habló de la ayuda pedida por el filósofo a los jóvenes universitarios de la camisa azul contra la estrechez mental de algunos señores, puso los ojos como platos. Creyó, seguramente, que aquello era simplemente una explosión primaria y no del todo exacta de su tío Manolo. Pero la ayuda se pidió, ¡vaya si se pidió! Y se prestó, ¡vaya si se prestó! Era igual. Todos se callaron, incluso el señor Laín Entralgo, que algo debía saber de la cuestión, y adelante. El filósofo recibió su confirmación socialista por parte del presidente de la Diputación de Madrid. Nadie parecía haberle leído. Manolo Gracián salió de aquel Escorial definitivamente sucio, por supuesto, como otros. Pero a esos otros no debía molestarles la mugre. Propuso a su hermano acercarse al próximo Valle de los Caídos. Simplemente para desengrasar y limpiarse un poco. O quizá para disculparse ante aquellos huesos de su pequeña cobardía, de su silencio. Ya era tarde para hacerlo. *** Aterrizó la familia frente a la portada churrigueresca del Hospicio. De allí hasta la calle de Claudio Coello, esquina a Lista, en tranvía. El trayecto ofreció a Manolo Gracián el espectáculo de un Madrid ya distinto, áspero y especialmente populachero, que no popular. El verano siempre ha comportado en el Madrid de todos los tiempos la entronización de una ordinariez sudorosa, despechugada y un poco tetuda. Pero aquello tenía tonalidades definidas y diferentes que le asustaban. Claudio Coello 91, principal derecha. Ya no volvería a poner los pies en la calle hasta la tarde soleada de septiembre del 36 en que tuvieron que abandonar la casa a guisa de grato paseo familiar, como si por entonces pudiera alguien pasear por voluntad propia, estrictamente con lo puesto. Había que evitar las sospechas de María, la portera, todavía joven y con algún posible apretujón, de reciente vocación tricoteuse, por lo visto y oído. Habrá que decir que, para el Manolo Gracián de los 10 años, aquello del apretujón no era sólo un hallazgo literario sacado del Zola o similares que ya había leído, sino algo más próximo y experimentado —como pura posibilidad, claro, pero evidente— en sus roces primerizos, pasodo-"le al canto y todavía tenues lomos femeninos en los pulpejos de la mano derecha —la que engarzaba la cintura— allá en el pueblo de las fiestas en la plaza o los bailes en la Benéfica. Con alguna incursión inconfesable, y rápidamente sofocada, de los respectivos muslos. Lo de las tricoteuses le venía de la «Historia de dos ciudades» que había visto últimamente en el Capítol madrileño, casi recién estrenado. Se le grabó el comentario premonitorio de su madre en cuanto a la analogía de situaciones y a lo que iba a ocurrir en zonas más cercanas a la Cibeles que a la Bastilla. Cualquier sociólogo de la nueva hornada hubiera sonreído conmiserativo ante el evidente simplismo histórico de aquella mujer, desconocedora de las relaciones de producción, el progreso general de la mente humana y cosas parejas. Incluso el Manolo Gracián de bastantes años después, ahito de esquemas teóricos de toda índole, hubiera contemplado seguramente con una cierta incomodidad intelectual a su madre. Pero era ella la que tenía razón. Sin haber leído, muy probablemente, más que el Evangelio y poco más, a pesar de su entronque matrimonial con un Gracián que, seguramente, era eso lo que buscaba y encontró en ella, bastante harto de otras cosas. Para aquella mujer tenía vigencia, muy probablemente sin saberlo, la aterradora frase de Tomás de Kempis: «Ciertamente, el día del Juicio no se nos preguntará qué leímos, sino qué hicimos.» No le hacía falta doctorarse en nada para crear a su alrededor un cerco de bondad y ternura pelmaza. Como tiene que ser. Pronto llegó a Claudio Coello la resaca de los perseguidos, Árdales y aledaños. E, incluso, algún mozalbete balduendo de la estirpe paterna, que de todo había en la viña del Señor. Creían también los pobres que la casa de un Gracián tenía que ser una especie de santuario intocable para las patrullas milicianas. Y no se equivocaron en principio. No podía decir Manolo Gracián, en verdad, que aquello fuera para él radicalmente dramático. Era más bien una mezcla de diversión y angustia, esta última nocturna sobre todo, cuando entraba por los balcones abiertos a la noche —calor derretido— el trallazo de las descargas o los disparos sueltos, nada lejanos en ocasiones. O si se pensaba un poco, ya en
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la cama, en lo que podían significar las caras preocupadas de sus padres y de los otros mayores, ya huidos de su cubil y en expectativa de Destino, con mayúsculas. Mucho más tarde pensó Manolo Gracián con frecuencia en aquello de las sopas de la niñez y los regüeldos de la vejez, y en su absoluta vigencia. En alguna parte debajo de su piel, en alguna glándula definitiva iban a quedar enquistadas sin remedio aquellas noches y otras muchas posteriores. Nunca pudo extirpar el mal el sosegado discurso de las teorías sociológicas o filosóficas, de las ecuaciones racionales, de que se atiborraría a lo largo de su vida. Todo eso era algo así como el sistema métrico decimal, pero la vida podía medirse en varas u otras unidades de cuenta más inaprensibles. A veces, incluso le daba en la nariz que ni siquiera podía medirse. Era muy fácil decir, como alguien lo había hecho, que siempre hay que saltar a lomos del tiempo nuevo para salvarse. Como si eso fuera fácilmente hacedero. Tan no lo era, que la misma pluma había escrito, un poco contradictoria, que «el descubrimiento de que estamos fatalmente adscritos a un cierto grupo de edad y a un estilo de vida es una de las experiencias melancólicas que, antes o después, todo hombre sensible llega a hacer». Cierto es que había limado el dogmatismo de la afirmación con la idea de que esa fatalidad presenta algunos poros por donde ciertos individuos genialmente dotados saben evadirse, pero no era ese el caso de Manolo Gracián. El iba a seguir toda la vida con su fatalidad a cuestas, seguramente por carencia de genialidad. Al menos, no encontraba el poro. Quizá se tratara del famoso trauma contra el cual el propio Manolo Gracián prevenía a sus ocasionales oyentes, al dialogar con ellos sobre cuestiones históricas o políticas, en un alarde de objetividad quizás un poco falso. A lo mejor lo era. O, a lo mejor, el consabido trauma, imputado a su generación, consistía sólo en una especial sensibilidad para oír crecer la hierba en tierra de sordos, adquirida a base de latigazos en los lomos cuando los latigazos hacen sangre de verdad en la piel todavía virgen de la niñez. La diversión estaba en las batallas a pelotillazo limpio entre el censo infantil, incrementado por sus primos huidos, lejos de sus padres. Había pelotillas duras, de especialista, que hacían pupa de verdad sobre todo cuando acertaban el ojo. Algunas de las tales batallas tuvieron ya alguna pretensión más imperialista, quizás aburridos todos de atizarse entre sí, sin el menor cambio de protagonistas. La guerra se llevó a los patios interiores, donde otros crios, seguramente en la misma situación de retiro forzoso y con análogos problemas, contestaban aguerridos al ataque parapetados tras sus ventanas. Los Fesser, los Molins y quizás algunos más. Los Cela, los del después ínclito D. Camilo José, con sus cabezas paralelepipédias, no tomaban parte en aquello. Aquel día, a media tarde, los mayores estaban bastante más serios que de costumbre, sentados en el comedor y con una rígida solemnidad funeral. A Paco Árdales, al tío Paco, lo habían matado pocos días antes en el pueblo y acababa de recibirse la noticia. Era el único Árdales que había en el terruño, y no habían querido desaprovechar la ocasión, para abrir boca, los padres de sus viejos amigos de las fechorías aldeanas y de las primeras novieces, desde lejos, naturalmente. Los Alpargateros, los Lagarto... y otros cuantos a los que iba a conocer en seguida. Al pequeño Manolo Gracián casi no le emocionó la noticia. Ni ésa ni otras parecidas que vendrían después. Nunca se lo explicó, pero así era. En cualquier caso, ya había saltado la sangre y las cosas iban a ensombrecerse todavía más. Se notaba en los gestos de los mayores. El nudo en el estómago se apretó un poco. De la fase sólo cautelar, todavía con algún resquicio de esperanza, se acababa de pasar a la de la muerte pisando los talones. Estaba abierta la veda de los Árdales y de tantos otros como en la España de aquellos días iban a dejarse el pellejo en cualquier lugar de cualquier parte. El primer registro llegó de inmediato, demostrando que lo de la intocabilidad de los Gracián había empezado a hacer agua. No hubo más remedio que abrir la puerta. Al principio estaban un poco azorados los representantes de la justicia del pueblo, pero al menos iban solos. Todavía no habían acudido al flanqueo de otros milicianos madrileños que les ayudaran a superar su no absoluta experiencia criminal —el arte de despenar al prójimo sin remilgos— y sus tabúes de siglos.
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Antonia Árdales ironizó un poco zumbona, increíblemente serena, al observar que uno de aquellos jayanes trataba de quedarse en el descansillo de la escalera, sin demasiadas ganas de dar la cara. —«Pasa, Isabelo, hijo, pasa.» El mozanco, alto como un castillo, con un ojo tuno y de la estirpe de los Zampapanes, no tuvo más remedio que entrar, arrastrando un fusil interminable. Ya había hecho carne con él, pero la casa de D. Manuel Gracián todavía debía costar algún trabajo. Juanillo, pequeñajo y cetrino, parecía asumir la tarea intelectual del grupo. Aunque el cerebro de verdad, D. Valentín, el maestro, se quedara siempre entre bastidores, limitándose a mover sus peones, más obtusos. Debía haber visto Juanillo algún retrato de Lenin y de ahí la barbitaaí/hoc, que por algo se empieza según dicen. No pasó nada grave en aquella primera ocasión. Sólo algún gesto de disgusto al ver en el pasillo recién fregado, todavía con olor a asperón y madera húmeda, algunos ABC desmantelados y sólo dedicados a la humilde función, nada subversiva por cierto, de preservar un poco de los pies infantiles el reciente esfuerzo hogareño. No pasó nada porque ellos iban buscando sobre todo a los Árdales machos —muy especialmente a Pepe Árdales, su bestia negra particular— y por allí no quedaba ninguno. A Eduardo Arda-Íes, el tío Eduardo, ya se le había buscado rápido acomodo tras la noticia de la primera muerte familiar. El Madrid de aquellos días debía ser un silencioso juego de las cuatro esquinas de muchos con la muerte. De rápidos desplazamientos callados, cada uno con su miedo o su valor a las espaldas. Como en las monterías, a la hora en que quiebran el silencio de la sierra los primeros ladridos cantarines de la suelta y saben las reses que se van a jugar la vida. No iban a darse, sin embargo, por vencidos los del pueblo. Quizá porque la sangre necesite siempre más sangre, como las manchas de la mora. Quizá porque aquello podía tener un cierto componente de emulación, de no quedarse atrás, muy a la española. Empezó una serie acelerada de registros —que así se llamaban, por llamarles de alguna forma medianamente civilizada— cada vez más ásperos. Para Manolo Gracián todo se transformó ya en una confusa batahola de hechos e imágenes. A la primera reincidencia, su padre telefoneó de inmediato a su hermano Eduardo Gracián, prohombre de aquella República, que acudió apresurado. Había una técnica cada vez más perfeccionada que permitía esas llamadas de auxilio. Consistía en una cierta ardanza en abrir la puerta a los milicianos y agarrarse desesperadamente al teléfono. Claro que el sistema sólo funcionaba si los tales no eran demasiado brutos y se llevaban la puerta por delante. Comportaba, además, el riesgo, muy a considerar, de la dosis de irritación adicional que pudiera producirles la espera en el descansillo. En cualquier caso, los padres de Manolo Gracián lo utilizaron con algún éxito. El otro tío Eduardo, e incluso la Policía, respondieron al principio a sus llamadas de auxilio. Pero las cosas iban cambiando evidentemente. A los milicianos del pueblo, psicológicamente más seguros con la presencia de sus camaradas madrileños, empezaba a dárseles una higa de D. Eduardo Gracián, del apellido Gracián y, desde luego, de aquella Policía atemorizada que no sabía bien qué papel jugar, ni el riesgo propio en que incurría. El compañerismo bonachón con que el tío Eduardo Gracián desarmó, en las primeras ocasiones, la todavía tímida agresividad de aquellos hombres del pueblo en armas, dejó pronto de tener efectividad alguna. Tan así fue que en, algún momento, se cortó el auxilio directo, por la razones que fueran. Tuvo que llegar, inevitablemente, el último acto del Claudio Coello rojo. Fue por la noche, y sin apoyos ya. Los golpes en la puerta sonaban imperiosos y definitivos. No hubo más remedio que abrir, a cuerpo limpio, al destino. Algo así como la larga cambiada a la muerte frente por frente del toril. Con los milicianos del pueblo, más o menos los de siempre, un hombre alto, guapo y de nobles rasgos, con cazadora negra de cuero: Antonio Ariño, el Catalán. Si hubieran sabido su historial, aunque tampoco fuera ya manco el de los demás, la zozobra del momento podría haber llegado a cotas más lindantes con el miedo puro y simple.
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Conoció el Manolo Gracián del año 39 su tremenda biografía, a través de la noticia de su agarrotamiento en Barcelona, acompañada de su nutrido curriculum de ejecutor del pueblo. Amante de una marquesa y demás minucias, pero eso no tenía nada que ver. Sólo demostraba el atractivo viril de aquel hombre. Y la debilidad anticlasista de algunas marquesas. Para los Gracián de aquella noche, sin embargo, Antonio Ariño, el Catalán, fue una especie de rocío tranquilizador y carente de cualquier brusquedad o grosería. Se llevó a sus padres entre fusiles y aquello no solía terminar bien, pero los pequeños Gracián no tuvieron demasiado miedo, aunque no supieran por qué. Al cerrarse la puerta tras ellos, se quedaron solos en la casa seis mocosos o casi mocosos. Y empezó a funcionar, angustioso, el tam-tam telefónico de auxilio. Aunque ya cada uno estuviera escondido debajo de su piedra y con sus propios problemas en las espaldas y en el estómago. A poco sonó el timbre de la puerta. Fue Manolo el encargado de abrir —había otros más apropiados para el caso, por mayores, pero debían estar colgados del teléfono— en la casi penumbra de la antesala. En la luz no muy fogosa del descansillo se difuminaba la silueta de un hombre alto, maduro y con atuendo civil, que ya era algo medianamente tranquilizador. El vecino del piso inmediatamente superior, el señor Cela, seguramente asombrado ante la presencia de aquel mínimo receptor, venía a ofrecerse para lo que se necesitara. El Manolo Gracián de las canillas al aire — flacucho y todo orejas— sólo supo responder, muy digno, que no necesitaban nada. Y que muchas gracias, claro. Nunca supo por qué, pero así fue. Cerró la puerta suavemente ante aquel hombre que, evidentemente, no sabía qué más decirle al retaco. Todo un detalle del padre del posterior D. Camilo José Cela, un zongolotino mellilargo, tallado a hachazos, después seuísta en activo y, todavía más después, académico de la Lengua. De una lengua con ciertas proclividades ya demasiado profesionalizadas a lo enfant terrible de la literatura española, pero deliciosamente escrita, en cualquier caso. Se presentó nerviosa, increíblemente pronto, la gran Lolita. La estupenda Lolita, jorobadita y esencialmente buena, secretaria del Gracián filósofo que por entonces ya debía haber ahuecado el ala, muy razonablemente por supuesto. No tuvo tiempo, sin embargo, de organizar el salvamento infantil de los Gracián Árdales y asimilados. Sencillamente —el tiempo no se mide en esos casos— volvieron sus padres. *** Bajaban la escalera despacio, cogidos del brazo. A vanguardia y ^guardia, los milicianos. Nadie hablaba. Sólo el tamborileo guiar de los pasos en la vieja madera. Iban rezando, serenos. La Virgen sabría qué hacía. Únicamente llevaban bien adentro el dolor punzante de lo que se dejaban detrás. El recuerdo de los ojos asustados de los hijos en la despedida. Asustados, por más que quisieran jugar ya, tan pronto, a ser hombres. Y a incorporar la calma de los padres. D. Manuel Gracián miró cariñoso a su mujer mientras le apretaba un poco el brazo. Ella le devolvió la mirada limpia y entregada de sus ojos claros. En la calle, la oscuridad casi absoluta, apenas rota por la luz azul de unos faroles ya enfundados de guerra. Y los coches aguardando, neutrales, su carga de proscritos. Nadie en torno. El aire parecía haber perdido la respiración, aunque se adivinara tras las ventanas y balcones cerrados la presencia angustiada de las gentes que tampoco podían hacer más que rezar poco menos que la recomendación del alma por aquella pareja madura. A la espera de la próxima vez y de los próximos protagonistas. Hasta que le llegara el turno a uno mismo y fueran otros los que rezaran tras las contraventanas entreabiertas, en la sombra de la luz y del miedo. Los hicieron subir a uno de los automóviles, con el hombre de la cazadora de cuero y otro par de guerreros del pueblo. Se arrellanó D. Manuel Gracián, distendido y sonriente, mientras liaba con sus manos torpes de hombre casi cegato un cigarrillo. —«Nada, mujer. Estos señores nos llevan a dar un paseíto.» Casi brincó en su asiento —¿por qué?— el hombre de la cazadora de cuero, tronitonante:
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—«¡No, por Dios!» Debió interpretar el sustantivo al estilo de la época. Antonia Árdales se sintió automáticamente feliz, sonriendo zumbona. Mira por dónde, aquello había merecido la pena. Había merecido la pena que a aquel hombre se le hubiera escapado Dios por todos los poros. Madrid era una pura sombra agria y crispada. Algunos coches repintados de las novísimas siglas, ejerciendo muy probablemente su oficio prefunerario. Tranvías casi vacíos. Y poco más. Ni uno ni otro se daban bien cuenta de hacia dónde se encaminaban. Pero no parecía que se dirigieran hacia las afueras verbeneras de otras veces —el tío Nicanor tocando el tambor y olor a fritanga y carburo— donde el limpio pueblo madrileño y demás fauna incorporada se dedicaba a la tarea siempre inacabada de sacar el alma a los enemigos de clase y a bastantes otros de la propia. Así pues, no iba a tratarse de un juicio sumarísimo a ventilar ya ante los fusiles. Habría estaciones en el probable viacrucis. Callejuelas estrechas del viejo Madrid. Y el parón chirriante, de pronto, ante un edificio aún más sombrío que el contorno, flanqueado por un ir y venir azacaneado de coches. Iban cogidos de la mano cuando les invitaron, sin brusquedades, a descender. El hombre de la cazadora de cuero no había dicho ni pío en todo el trayecto, desde aquel su contradictorio escape teológico. Tampoco los otros. Fumaban incansables, reconcentrados. Con los ojos enganchados en alguna parte de dentro de ellos mismos. Como dolorosamente iluminados. Fomento. Naturalmente, Fomento. Bajó la pareja, renqueante. Ninguno de los dos era ya joven. Amplias galerías mortecinas e inacabables, por donde circulaban apresurados milicianos armados, siempre en la órbita de gentes derrotadas que arrastraban los pies y miraban todo con unos ojos muy abiertos que no parecían ver nada. De pronto, en un banco arrimado a la pared, una cara conocida que se incorporaba lentamente al llegar a su altura. Casi no hubo espacio para abrazar a Juan Árdales, desmadejado, sudoroso y con una mirada fuera del lugar y del tiempo, que no iba ya a ninguna parte. Una breve detención y algunas palabras cariñosas. Siguieron el uno al lado del otro hasta llegar a una puerta cerrada. Allí los separaron. Cada uno tenía, por lo visto, su tribunal particular esperando. Cada uno tendría también que enfrentarse al trago a solas. Se miraron otra vez tranquilos en el momento de la despedida. No sabían cuándo volverían a verse. Ni siquiera si tendrían algún cuando por aquí abajo. Había en los ojos de D. Manuel Gracián una chispa de inquietud al ver cómo se la llevaban a ella corredor adelante. Los dos sabían que siempre iban a estar juntos, pasara lo que pasara. Pero era duro aquello. Era duro contemplar la figura erguida y de espaldas de la mujer, alejándose rodeada de fusiles. Como si fuera hacia el Calvario. Debían tener los dos a la Virgen muy ocupada, escuchándoles. *** Poco tuvo que esperar Antonia Árdales para pasar la prueba. Sentada en una pequeña antesala con la correspondiente vigilancia de vista, seguía rezando serena y angustiada a la vez. Ya estaba sola, separada de todo lo suyo. Pero no estaba escrito, y sigue sin estarlo, que las mujeres no tengan también los ríñones bien puestos. Sólo de vez en cuando se imaginaba, a punto de saltársele las lágrimas, lo que estaría pasando en Claudio Coello. ¡Tan pequeños, Señor! Esa era la angustia. Seguro que sólo esa. La introdujeron en seguida en aquella especie de sucursal monstruosa de la Justicia. Algunos hombres que casi no alzaban la vista hacia ella, detrás de una mesa. No conocía aquellas caras. Las que sí le sonaban eran las de algunos otros que estaban de pie, más o menos arrimados a las paredes. Casi se sonrió. Conocía a sus madres, a sus padres y a toda la parentela. Y hasta los motes, a veces tan crueles, de las correspondientes estirpes. Nada más sentarse tras la correspondiente invitación del que parecía el mandamás —la había llamado señora, nada menos, con su cara cansada sin afeitar— oyó detrás de ella el ruido de la puerta. Antonio Ariño, el Catalán, entró en el campo de visión de sus ojos. Le había
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dicho, allá en Claudio Coello, que podía confiar en él. Y lo hizo. Le miró largamente a los ojos, y el hombre correspondió tranquilizador con un gesto de las cejas. No estaban cómodos los de la mesa. Parecían no saber bien por dónde iban los tiros, en su insistente y monocorde interrogatorio. Observaban a veces a los otros, como en una muda interrogante que no eran capaces de resolver. No era su vida la que se estaba ventilando allí. Ellos no tenían nada que ver con las siegas. Ni con la vendimia. Ni con la aceituna. Ni con todo aquello que les habían contado. Además aquella mujer, ya no joven y de ojos azul pálido, podía casi ser su madre. O, al menos, su hermana mayor. Nunca había acabado de gustarles eso de despenar faldas, aunque lo hicieran si se terciaba, como un deber revolucionario. Los deberes son eso, deberes, es decir, algo siempre penoso. Aunque dejara de serlo, para convertirse en gozo, cuando tenían frente a la mira a aquellos jovenzuelos tan chuletas de la camisa azul. Lo malo era que no solían arrugarse, y eso no dejaba de fastidiar. Lo de siempre. Lo de los ya casi incontables registros. Lo del ¿dónde están sus hermanos? Y la respuesta negativa también de siempre, en todos los tonos y con todos los gestos posibles, cada uno con mayor pretensión convincente. No duró mucho la cosa, pero ya se le perdía la mirada en la luz del flexo que había sobre la mesa. Uno de aquellos jovenzuelos, el de la izquierda, la miraba guasón. O admirado, cualquiera sabía. Por lo menos tenía los ojos muy abiertos, fijos sobre ella. ¿Qué estarían haciendo con Manolo? La idea se le resolvió en ternura capaz de atravesar las paredes y llegar a donde tenía que llegar. Poco más de un cuarto de hora y ya estaban cansados. El man-damás se peinaba insistente los pelos con los dedos. Los del pueblo, serios. De pronto le vino a la mente toda la historia de sus hermanos, pero se la quitó de la cabeza. ¡Domine ut videam! ¡Virgen del Socorro, dame fuerzas! De pronto se hizo un silencio en su mente al oír la sentencia. —«Queda usted detenida.» La llevaron a una habitación solitaria, sólo guarnecida por un par de bancos y un almanaque de la Unión Española de Explosivos. Empezó a rezar el rosario —¿qué misterios serían?— hasta que se abrió bruscamente la puerta. Al alzar sobresaltada los ojos, vio a Antonio Ariño, el Catalán. Y detrás, tan desastrada como siempre —¿pero habrá forma de meter a este hombre en vereda?— la figura confortable, sosegada, cariñosa, de su marido. El Catalán se dio la vuelta sin motivo aparente mientras se abrazaban. *** No es que llegaran a la zalema, pero estaba claro que a aquel hombre le tenían un cierto respeto. Se les notaba incómodos. Allí estaba sentado frente a ellos, y tan ancho, D. Manuel Gracián. Hasta los del pueblo, a los que él no conocía, le miraban de otra forma. No había esquinas en sus ojos. D. Manuel para arriba y D. Manuel para abajo. Sabían de sus desusados comportamientos tan escasamente rentables. Tan poco coherentes con la tradicional relación manchega amo-criado, por ejemplo. —«Pobrecillos, que no trillen con este calor», había dicho una vez al contemplar en las eras derretidas por el sol de julio a los mozalbetes, vuelta que vuelta sobre sobre la parva, encaramados a los trillos de madera, mientras cantaban incansables sus coplillas desvergonzadas para los mocosos que navegaban, tras las caballerías sudorosas, las mieses ajenas. —«Los trillaodores de Gracián —entonaban a voz en grito, prolongando las vocales— y nooo lo negamos.» Y seguían ya en el ataque desaforado:
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—«Y a ti y a tu mayoral por culo les damos...» ¡Nada menos! Naturalmente, se habían ido los filios al chozo, en principio hasta que dejara de apretar la calor. En principio, porque una vez fuera ya del horizonte D. Manuel, siempre había alguien encargado de hacer las cosas de una forma más acostumbrada. El pueblo estaba al tanto. Estaba al tanto de lo de los trilladores y de tantas otras cosas. Y luego, lo del apellido ése que seguía haciendo pupa. Lo malo era su entronque con los Árdales. Malos bichos. A lo peor había que cargárselo, a pesar de todo. Algo más de trabajo que en otras ocasiones les iba a costar, pero estaban dispuestos a llevarse por delante a la Sagrada Familia, de ser menester. Otros parecidos estaban ya criando malvas por hemorragia interna, como rezaban los documentos forenses de la época, al amanecer de cada día. Además, el asunto se les estaba complicando un poco. ¿A cuento de qué habían venido los Águilas Negras —aquellos gilipollas de Eduardo Gracián— en clara maniobra de rescate? Es decir, que albarda sobre albarda. Que quizás fuera mejor soltar pronto a aquel famoso D. Manuel. De todas formas, algo de paripé habría que hacer. No iban a reconocer por las buenas que habían metido la pata hasta las ingles. Y el Catalán entrando y saliendo, mirándoles tan serio, casi antipático. ¿No les habían dicho que aquel tipo se las traía? —«Usted es D. Manuel Gracián, ¿no?», aventuró el casi mozalbete cetrino y con pinta de hortera ciudadano que parecía presidir aquello, detrás de su mesa. —«¡Famoso apellido!», prosiguió medio sonriente, medio cabreado. A aquel hombre, al igual que al general Millán Astray al otro lado de la frontera del fuego, tampoco debían gustarle los intelectuales. —«Hombre... eso parece...», guaseó D. Manuel tras sus ojillos entornados. —«Bueno, a lo que importa —cambió el tío de tercio—. Nosotros no tenemos nada contra usted. Ya nos han dicho esos —señaló con la barbilla a los del pueblo— que no es usted mala persona.» Un momento de silencio y, tras el suave exordio, la embestida. —«Pero es un delito ocultar a los enemigos del pueblo. Y sus cuñados lo son... —dudó un poco—, todos los Árdales lo son.» Miró a los lugareños armados que le rodeaban, esperando su aquiescencia. Una aquiescencia que llegó de inmediato, mediante apresurados y expresivos gestos de asentimiento con la cabeza. ¡Caray, estos bárbaros —pensó D. Manuel Gracián— no se conforman ya con los hombres! Mal se iba a poner la cosa si la frasecita encerraba la intención que parecía tener. —«¿Usted cree?» Lo había dicho suavemente, pero no pasó desapercibida la firmeza que había detrás de sus palabras. Estaba claro que aquel hombre sabía por dónde podían ir los tiros. Y que había tomado ya su postura. —«Hombre, en todas las familias hay de todo», había saltado rápido el Catalán desde su rincón, sin mirar a nadie. D. Manuel Gracián le observó detenidamente. ¿Pues no tejiba?, pensó el inquisidor general. ¿No decían que...? Claro que con los anarquistas nunca se sabía nada. A veces les entraban morriñas de Hermanas de la Caridad. Ya le estaba fastidiando. Y, además, al otro lado de la puerta, las voces enzarzadas de los Águilas Negras. ¡Señoritos del pan pringao, con sus monos tan relucientes y sus pistolitas de nada! Pero algo tendría que hacer. Aun a sabiendas de que probablemente no iba a hacer nada. —«¿Dónde están sus cuñados? Si nos lo dice, no tendrán nada que temer, ni usted ni su señora.» Decía señora, el tío.
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D. Manuel Gracián se dio cuenta de que había llegado al final del proceso. Le daba pena aquel hombre. Le daban pena todos. Sonrió, echándose un poco para atrás en la silla. —«No tengo ni idea. Mejor dicho, tengo tanta idea como ustedes. A Juan lo tienen ustedes ahí afuera. De Paco, algo le podrán decir esos señores —señaló a los que antes se habían identificado con sus gestos como del pueblo—. Y de José y Eduardo, no tenemos —subrayó el plural— la menor noticia desde unos días antes de... esto.» Se calló tranquilamente, a la espera de lo que viniera. Claro que sabía dónde se ocultaban, pero no iba a decirlo. El hombre le miraba, con expresión cansada, casi de derrota. Estaba un poco harto de aquellos palurdos que les habían metido donde a él y a los suyos les traía sin cuidado. ¿Solidaridad antiburguesa? Bueno, pero no tanta. Ya les habían dado demasiado la lata. Además, empezaba a darle en la nariz que allí no había tajo. A no ser que se liara la manta a la cabeza y decretara el paseo. Miró al Catalán, rascándose la frente. Y aguzó el oído, tratando de escuchar lo que pasaba al otro lado de la puerta. Miró también al hombre que tenía delante, fumando tranquilo. La verdad era que no le apetecía. Y se le ocurrió la solución salomónica, a ver qué pasaba. —«Bueno, D. Manuel, vamos a dejarlo. No le creo, pero vamos a dejarlo» —echó una ojeada a su compañero de tribunal, y a los otros, a los rurales, y se calló un momento antes de la sentencia. —«Usted puede irse, pero su mujer se queda aquí hasta que nos diga lo que queremos saber.» Alzó los ojos hacia la figura que tenía delante, casi en súplica de que no estropeara las cosas. No hubo forma. D. Manuel dijo que nones. Con una firmeza a la que no se sentía capaz de oponerse, y casi cariñoso, dijo que nones. —«No, hijos, no —acompañaba la palabra con el gesto claro de su dedo índice moviéndose de un lado a otro—. Si mi mujer se queda, yo también me quedo. ¡Estaría bueno!» Y se ajustó las gafas sobre su prominente nariz familiar. El hombre no sabía qué hacer. Miró a los demás. El Catalán le hizo con la mano y los hombros un gesto expresivo de su propia sentencia doblemente absolutoria. Entonces, ¿para qué había ido a detener a la pareja? —«Bueno D. Manuel —casi se reía— espere usted ahí fuera. ¡Acompáñale, tú!» —se dirigió a un miliciano con fusil en la mano, situado a la entrada, en aparente función de centinela. Y le dio la mano. Cuando se cerró la puerta tras la figura que acababa de salir, se sintieron todos liberados. Hasta los del pueblo. De vez en cuando les pasaban aquellas cosas. Les entraban aquellas blandenguerías. Al fin y al cabo, no se iba a estar siempre matando. Y no era mala gente aquel matrimonio. ¿Por qué les había llamado hijos, el tío? El Catalán salió rápido tras D. Manuel Gracián. *** Bajaron juntos la escalera, del bracete. Algunos milicianos les miraban con ojos sorprendidos. No pegaban en aquel escenario. Fuera, el Madrid negro de una noche de plomo, electrizada de miedo. Estaban lejos de su casa, pero iban gozosos, sin saber que algunos de aquellos animales hacían carne por libre, a veces, entre los contados clientes de las checas y las cárceles que salían absueltos. Tuvieron que ir hasta Sol a pie, despacio, en evitación de posibles tropezones para la mala vista de D. Manuel. Y huyendo tontamente de los rincones más oscuros.
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Allí tomaron un tranvía chirriante y fantasmal, con las luces apagadas. No era un expreso de lujo, pero en él hicieron algo así como otro viaje de novios. El le tenía cogida la mano a ella. ¿Qué habría sido de los chicos? Sería necesario quitarse de en medio. Otra vez cualquiera sabía. Pero estaban felices. *** En efecto, se quitaron de en medio una tarde. Casi tres años tardarían en volver a un Claudio Coello destrozado, expoliado de libros y de casi todo. Lleno de chinches que al atardecer, desplegaban sus ejércitos interminables por las paredes. Y por las camas. Y por cualquier parte. Salieron en dos tandas, en una ingenua estrategia protectora. No estaba en su cubil María, la portera. ¡Mejor! Los padres y el mayor de los hijos —al fin y al cabo en edad más peligrosa— tenían ya su destino definitivo preparado: Legación de Panamá, Goya, 83. Los dos pequeños, no. A esos hubo que encajarlos en otros lugares más o menos seguros y más o menos familiares. Había por aquellos días una superdemanda de asilo y era preciso reducir las admisiones a los casos más virulentos. Críos excluidos, por tanto. Hasta que también los crios entraran a base de llamar a la puerta. Y de la pelmacería —se supone— de los padres. O de las madres, sobre todo, como es, ha sido y será perfectamente lógico. De ahí todo. De ahí que el pequeño Manolo Gracián y su hermano Pablo anduvieran en aquellos días de la Ceca a la Meca por el Madrid rojo de 1936.

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FRENTE A PARÍS El problema inmediato para aquella familia, apiñada por la guerra y con la sensibilidad a flor de piel, consistía en saber qué se hacía con los pequeñajos. Llegaban con los ojos serios, como perrillos apaleados por algo que no entendían del todo. Y carentes de toda disciplina escolar, como era natural. Llevaban casi dos años sin ver ni de lejos un libro de texto. Simplemente dedicados a huir. A ver de dónde les llegaría el golpe. A oír ya como quien oye llover los cañonazos o el estruendo intermitente de la batalla en torno a Madrid, en las noches interminables de la Legación. Cuando los quiebros del aire parecían aproximar el zipizape y anunciar, por tanto, el alegre amanecer del final de todo. Hasta que el ruido cansino de los tranvías en la siguiente madrugada desarbolaba toda esperanza. «... pues nuestra suerte estriba en ver un moro, ¡viva mi tía!», terminaba una de las coplillas surgidas del aburrimiento y la angustia que se cantaban en la casa de la calle Goya, 83, repleta de asilados, al hilo de la melodía del «Ortega, Domingo Ortegaaa...» Iban a tardar mucho en ver un moro. Y en que viviera la tía de cada uno. Ellos sí supieron en seguida lo que tenían que hacer. Al menos, mientras la familia — ¡qué manía, Señor!— emitía su veredicto. Por lo pronto, andar. Andar sin fin. A ver si se les pasaba ese dolor en los tobillos que les aquejaba tras tantos meses de encierro, de casi inmovilidad. Se pegaban los dos solos las grandes caminatas por el París desconocido. La torre Eiffel, un churro. O una auténtica macarrada, como se diría bastantes años después. Las calles recoletas, silenciosas, flanqueadas de casas tan distintas, sin aristas violentas, ennegrecidas por la humedad y el verdín, sí eran otra cosa. Una delicia sosegada y tranquilizante. Aunque no fueran lo suyo. Lo suyo de verdad caía bastante lejos. Lo sentían en el estómago como si tirara de ellos, y no tenía nada de sosegado. En la Plaza de la Concordia se encontró de pronto en el suelo Manolo Gracián. Su hermano, en uno de esos arranques de chunga original que sólo le iba a arrebatar su tremenda enfermedad final, le había derribado, agarrándole por el cuello, al tiempo que le zanca-dilleaba por detrás. —«Para que puedas decir toda tu vida que te han tirado en la Plaza de la Concordia.» Aceptó la cosa sin refunfuñar. Estaba haciendo su pequeña historia y allí había un hito. Se incorporó, riendo y sacudiéndose la ropa. Ahora fue suya la idea. Precaviéndose un poco de cualquier proximidad indiscreta se desabrochó la bragueta, y todo lo demás. —«También podré decir a mis nietos que me he orinado en la Plaza de la Concordia.» No quiso Pablo Gracián quedarse atrás en tan inhabitual legado. Un poco espatarrados ambos, como es lo suyo en tales menesteres, meaban con cara de felicidad no sólo fisiológica, hombro con hombro. Tenía, además, el rito mingitorio algo de pequeña venganza incorporada. «Aidez l'Espagne!» habían visto con alguna frecuencia en chafarrinones murales o escrito en grandes lienzos en Dios sabría qué plaza. No era su España la que querían ayudar aquellos señores franceses, de hocico en general prominente y de mandril en cuanto arrancaban a hablar. Así pues, que se fastidiaran. Ellos se meaban en la Historia de Francia. En ese arco del Triunfo que inscribía la batalla de Bailen entre las victorias del Gran Corso. Y, quizá sobre todo, en aquellos gabachos que les habían robado bonitamente el chorizo y demás menudos bastimentos que llevaba su madre, como último recurso, en la húmeda pensión de Cerbere donde recalaron a la espera de las noticias y el giro de París. Una pensión llena de gendarmes de uniforme casi amarillo canario. Bigotudos y apopléticos en general. Allí tuvo Manolo Gracián su definitivo enfrentamiento a esos retretes franceses asépticos a base de gimnasia de piernas. En el primero en que entró había algo enroscado, tremendo, poderoso y maloliente. Durante toda su vida, el concepto y la realidad gendarme tuvieron para él un implacable e inescindible olor a mierda. Sin que interviniera en ello para nada ni el dos de mayo ni las pillerías de D. Enrique IV.

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Estaban los dos felices. Retozando y haciendo patria a la vez. No hubieran sabido decir cuál de las dos cosas era más importante para ellos en aquel momento. Por las mañanas, recién llegados, se iban al Sena, a pescar o a intentar pescar. Simplemente con un hilo vulgar, un alfiler doblado y miga de pan. Se largaban cuando podían escaparse. Porque allí todo hijo de vecino se sentía llamado a la cruzada salvadora de aquellos dos chavales. Hasta su prima mayor se había permitido la deliciosa tontería de fijarles un horario, a la espera de que el Sanedrín familiar dictara sentencia. A las 10, gimnasia. A las 11,30, paseo por el Bois de Boulogne. Al poco, ni lo uno ni lo otro, naturalmente. Quizá no durara más de dos o tres días el período en que Soledad, su prima, se puso frente a ellos, en plan monitora, con un vestidillo blanco de cortísima falda. La verdad era que estaba monísima. Seguro que Pablo y Manolo Gracián la miraban con los ojos bien abiertos. Pero no precisamente por mor del deber, sino por otra cosa. Un muslo juvenil y femenino siempre es un muslo juvenil y femenino. Aunque sea el de una prima. Y aunque se tengan poco más de diez años. Cosa que nunca saben las primas. ¿O sí lo saben? ¡Uno, dos! ¡Uno, dos! Abrían y cerraban los brazos a lo sueco. O alzaban y bajaban las piernas obedientes. Pero con el suficiente regodeo zumbón como para que se acabara la cuestión al poco. Y en cuanto al Bois de Boulogne, demasiado aburrido. Lo importante debía ser que se llamaba Bois. Y de Boulogne, para mayor lnri. Cosas, ambas, que sonaban de maravilla, pero no lograban derogar el tremendo hastío de las lentas paseatas bajo unos árboles tan divertidos como todos los árboles que en el mundo han sido y son. Claro era que Manolo Gracián ni sabía aún que los árboles no dejan ver el bosque —y que ese es por tanto su singular papel metafísico— ni conocía la famosa meditación que había dado a luz años antes D. José Gracián. Es decir, el tío Pepe. Tío, por una parte, y Pepe por otra. Nada serio, pues, en teoría. En la práctica podía ser otra cosa, y lo era. Aquel señor cariñoso y distante a la vez, con unos ojos tremendos, ante el cual nadie estaba normal. Absolutamente nadie. Pero eso ya era otra cuestión, en la que no estaba por entonces Manolo Gracián. De alguna parte debió surgir la noticia del colegio baratucho o incluso gratuito, que nunca lo supo. Y allá se fueron los dos como corderos, pastoreados por su tía Rafaela. Estaba en las afueras, en la Avenue Lafrilliere. Un nombre pomposo que, por lo menos, de Avenue no tenía absolutamente nada. Y una calle sin adoquinar siquiera. Casi frente a un recoleto cementerio tan profundamente atractivo como todos los cementerios olvidados. Con sus tumbas pasadas. Como un escaparate neutral de la muerte sin gesto, puro concepto en el que hay que pensar. Sin desgarrones próximos. Era un caserón en ladrillo viejo, con unos soportales sin gracia, sostenidos por columnas metálicas. Subieron al primer piso, a la galería donde se abrían las puertas calladas de las aulas en plena función docente. En algún lugar, la lápida de los muertos del colegio en la guerra del 14. Eran bastantes. La miró Manolo en silencio y con respeto. Había un Bonnefoi. Entendió aquello. Lo tenía en carne viva. No sabían qué hacer. Hasta que un mozalbete francés —también los franceses son mozalbetes antes de llegar a otra cosa—, seguramente expulsado, les indicó, señalando una puerta: —«Cognez, cognez!» Hasta su tía se rió. Aquello les sonaba, incluso a ellos. Iban Teophile Gautier arriba, todavía cerrada la noche. La lluvia tamborileaba a ráfagas sobre sus capas recién estrenadas, obligándoles a amorrar aún más el mentón en las tibias profundidades de la bufanda. Aún no habían llegado a Auteil, la frontera de la civilización burguesa y confortable. Después, París se proletarizaba en rápida progresión hasta el colegio, nada menos que du Sacre Coeur. No era manca la tirada, la cuádruple caminata que iban a tener que tragarse cada día. Pero aún no lo sabían.
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Eran niños y se alborozaban de ver el uno en el otro la bizarra indumentaria que les había endilgado la solicitud de los suyos. El crimen fue en Samaritaine. Capas impermeables de un marrón indefinido, con su correspondiente capucha macrocefálica. Chanclos de caucho negro protectores del calzado, con la consiguiente metamorfosis inevitable de los arrapiezos en una subespecie palmípeda. Amplias bufandas, claro, y no se sabe por qué —tales cosas nunca se saben, pero pasan—, un par de esas «veritables berets basques» que se anunciaban en los bajos de su casa, rué Gros, esquina a Lafontaine. Estaban de risa, y por eso se reían, naturalmente. Aunque algo muy acre y que no les dejaba nunca llevaban muy adentro. Y aunque no sabían —eso sólo lo iba a saber el Manolo Gracián de los años setenta— que aquellos adefesios habían desmantelado, con toda seguridad, la raquítica economía de D. José Gracián, el filósofo, afincado en París desde hacía unos meses. —«Buena carga vamos a suponerte, Pepe», se lamentó su madre tras el reencuentro. —«No te preocupes hijina —era una expresión muy suya—. Aquí nadamos en la abundancia.» La abundancia en que nadaba D. José Gracián, el traducido a todos los idiomas cultos, consistía en aquel momento en 14 escuetos francos. Era lógico. Aquella casa se había convertido en el refugio inmediato y obligado de toda la precipitada resaca, consanguínea o no, que subía de los Pirineos. Y de ahí debía venir todo. Pablo y Manolo Gracián constituían desde hacía ya bastante tiempo una especie de unidad diferenciada y solidaria que iba a durar siempre. Habían afrontado juntos, y en gran parte aislados de su cerco familiar inmediato, muchos días y, sobre todo, muchas noches del angustioso Madrid rojo. Durmiendo incluso en sillas encontradas, dispuestas en forma que se decía de cama, en los distintos refugios circunstanciales que exigía cada momento. Y eso iba a dejar huella. Una huella que se fue haciendo más profunda, en el transcurso del tiempo. En la mocedad también común de épocas más bonancibles y rijosas. O ingenuamente dionisíacas, que todo hay que decirlo. Caminaban chapoteando en plan experimental en los charcos, por aquello de los chanclos nuevos, y tejiendo, sin saberlo, una nueva trama de aquella vida compartida que sólo truncó, más tarde, quien podía truncar. Habían salido, nada menos que como subditos panameños, de la Valencia, capital, por entonces, del Gobierno de la República y del Levante feliz. Su padre no, claro. Su padre, a pesar de su casi ceguera y su edad nada bélica tuvo que quedarse en la acera, despidiendo sin el menor aspaviento emocional los autobuses cargados de neopa-nameños, nada entreverados, por cierto, de los rasgos característicos de por allá. Muchas veces, después, se había agarrado desesperadamente Manolo Gracián en el recuerdo y en un afán inútil por recuperar lo irrecuperable, a aquella figura serena y capaz de asumir sin alharacas la soledad que le esperaba y la suerte indefinida de todo aquello para lo que vivía. Por Tarragona ardían fantásticos en la noche los depósitos de Campsa. ¡Mejor! Los suyos estaban cada vez más vivos y medían las costillas a bombazos a aquellos bárbaros de los que iba a escapar definitivamente pocas horas después. Si Dios era servido, claro, que todavía podía ocurrir cualquier cosa y terminar en la cuneta más apropiada las eternas gestiones de los Lasso de la Vega por poner a salvo a tanta clientela azorada como les había alumbrado, por aquellos días, la Historia de España. En la Barcelona recién amanecida, un repelente niño gordo, de cortísimos y apretados pantalones llevaba tranquilo un pan debajo del brazo. Por lo visto, había gente que podía hacer vida normal. E, incluso, tener pan. Le cayó también gorda Barcelona a Manolo Gracián. Y tuvieron que pasar muchos años para separar a Cataluña de aquella imagen tocinera y blanda que había puesto el destino en su camino, y colgar de ella, porque sí, los rencores infantiles de todo lo que llevaba ya a cuestas. Sólo cuando, en épocas

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posteriores, ocurrieron todas las cosas que tan poco le estaban gustando, resurgía de la niebla el repelente niño gordo. Aquel culo peripatético. Cada vez con mayor frecuencia. —«Antonia Árdales, avec deux enfants.» El gendarme despachaba profesionalmente lánguido el pasaporte, sin darse cuenta de lo que significaba. Y acentuando la é del apellido, naturalmente. ¡Ya estaba! Habían dejado atrás en sólo unos cuantos metros el miedo, la persecución y la sangre. Sólo su madre se daba cuenta de la nueva incertidumbre que se abría ante ellos. Manolo Gracián, no. O no del todo. Sólo sabía que no le gustaba Francia, por definición. Todavía no había oído hablar del señor Marty, ni de los batallones Edgar André o Comuna de París, pero sí del nutrido grupo de franceses que engrosaba las Brigadas Internacionales y que iban a caer como moscas —gracias a Dios— en la Casa de Campo y otros vericuetos. Y eso le bastaba. Seguía suave la lluvia, ya casi amanecido, cuando enfilaron la Avenue Lafrilliere. Habían logrado llegar ellos solos, lo cual tuvo su mérito. Estaba incluso previsto que no acertaran y que tuvieran que volverse a casa, ellos sabrían cómo. Ya no se reían. Manolo Gracián, por lo menos, estaba ocupadísimo tragándose la saliva que segregaba en grandes dosis. El estómago le decía que estaba allí y que algo no grato estaba pasando. Miró por el rabillo del ojo a su hermano. Estaba tranquilo. O lo aparentaba, en su papel de mayor que tiene que dar ejemplo. Porque la cosa tenía sus telenguendengues. Colegio nuevo, en país extraño y sin entender maldita palabra. Tuvo que hacer de tripas corazón. Se acordó de lo de allí abajo y de los reaños que se estaban gastando. Y entró apretando los dientes. *** Debía ser una excelente persona Mr. Prefol, el director. Típico aspecto de dómine un poco raidillo, pero una excelente persona. Una especie de Stan Laurel culoncillo, chaqueta demasiado entallada y pantalones que dejaban ver una dosis de tobillo ya lindante con lo exagerado. Entraban los chicos franceses cargados con sus grandes mochilas, como Pedro por su casa, naturalmente. Tuvo que soltar el discurso de presentación Mr. Prefol, tras situarlos juntos en el último banco, una vez llegada la hora. No se enteró de nada Manolo Gracián. Sólo supo que todos se volvían a mirarlos con curiosidad. Y que en los ojos de aquellos ganjons había, en general, una acogida amistosa. Algo debió decir Mr. Prefol de la guerra de España, de los sufrimientos de los españoles y de las llamadas víctimas inocentes. O a lo mejor no decía nada de eso. Total, que se acabó la historia. Todos de pie ahora, rezaban. Se dio cuenta porque se habían santiguado antes. No por otra cosa. —«Notre Pére, quie étes aux cieux...» y el «ainsi soit'il» final fueron el primer francés que se echó al coleto. Llegó a farfullarlo con la suficiente corrección a los pocos días. Pero aquello le impresionaba. Le impresionaba el hecho de que se pudiera rezar a banderas desplegadas sin jugarse el tipo. En comunidad y en público. Desde la última misa en El Escorial de los primeros días de la guerra, no había tenido Manolo Gracián más experiencia religiosa que las eucaristías esporádicas, y con escenografía a lo catacumbas, de la Legación, oficiadas por D. Crescen-cio. Había llegado D. Crescencio a uña de caballo desde una aldea de la sierra madrileña, con su rojizo pelo crespo y su porte claramente rural, huyendo de los ejecutores del pueblo. Tenían un soberbio tufillo a muerte cercana aquellas celebraciones dominicales sobre cualquier mesa, apartando los colchones esparcidos por el suelo y a sólo unos cuantos metros —la distancia hasta la ventana-de la España empeñada en no dejar piedra sobre piedra. Y las confesiones en cualquier rincón. Una silla para D. Crescencio, el
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suelo duro para las rodillas del penitente y el respetuoso alejamiento de los demás. En la medida en que fuera posible el alejamiento en aquella ciudadela hacinada donde no cabía más intimidad que la que uno pudiera fabricarse de ojos para adentro. A Manolo Gracián aquellas cosas le despertaban una irrefrenable vocación de Tarsicio, dulce y acida a la vez. Aparte de cierta sensación en el estómago que cualquier conocedor hubiera definido, seguramente, como miedo. El «ainsi soit'il» le gustaba, esa era la verdad. Por más que no se pareciera nada al sonoro amén que dejaba siempre temblando el aire por aquellas tremendas tierras suyas. Lariou. Frerot, desgarbado y ya con un feísimo apunte de virilidad en sus mejillas. Giovannitig, el niño bien, evidentemente, de una clase donde predominaba lo casi proletario. Y Colin. Colin, pequeño, rubiajo y —¡Señor qué cosas!— comunista. Un comunista que se atizaba sin parpadear el Notre Pére..., el Sainte Mane, Mere ¿e Dieu y con el que alguna vez se encontró Manolo Gracián en la misa tirando a burguesota de la iglesia de Auteil. No había derecho a esas cosas. No había derecho a desarbolar de esa forma las ecuaciones más claras que el agua que llevaba sedimentadas Manolo Gracián en el caletre o donde fuera. Los comunistas tenían que ser unos señores vocacionalmente encargados de liquidar curas, quemar iglesias y llevarse por delante todo aquello que oliera de lejos a Dios. Que aún no había profesado D. Santiago Carrillo y se dedicaba a otros menesteres. ¿A cuento de qué, entonces, le ponía alguien por delante a Colin? No lo supo hasta mucho después. Hasta que fue capaz de saber, de verdad, lo que era el comunismo, como doctrina y como estrategia. Y de lo que son también todos los idiotas que en el mundo han sido, son y serán. Pero eso era ya otra historia. Empezaba Manolo Gracián a coquetear con el francés por intermedio de aquellos gabachetes que se le habían alzado sin saberlo en el camino. Mr. Prefol parecía no hacerles maldito caso. Pero sí se lo hacía. Aquel hombre había captado perfectamente en qué consistía su papel. En irles metiendo el idioma por todos los poros. En que estuvieran medianamente cómodos en corral ajeno. En que se olvidaran de aquello que habían dejado abajo. Y en nada más. Acertó en todo. Menos en que se olvidaran de lo que, según decían, deberían olvidarse. De eso, nada. A los pocos días, estaban los hermanos Gracián circulando por la clase una fotografía de Franco recortada y pegada en un papel. Aparte de llevar en alguna parte de su vestimenta —no hay ojales en los niños— dosis de yugos y flechas como para dar y tomar. Eran una Y otros, producto de la primera recalada de su prima Soledad por San Sebastián. Porque los Gracián, que todo hay que decirlo hoy, se habían volcado claramente de un lado. Se diga hoy lo que se diga. O, mejor dicho, se calle lo que se calle. Llegó la propaganda a manos de Mr. Prefol, como era natural. —¡Fascistes! —o algo parecido— les soltó mirándoles. Pero sin ira. Sin una clara acritud. Más bien guasón. Como tenía seguramente que comportarse un francés católico que no sabía de la misa la media. Un demócrata comm'il faut. Un señor que desconocía, naturalmente, que por aquellos días, se estaba gestando en Roma la Divini Redemptoris. La vuelta era a las cuatro y media. Ya casi de noche, o noche pura en pleno invierno. Flanqueados por Colin, que se quedaba pronto en la carbonería de su padre, y por Giovannitig. Vivía Giovannitig, el señorito de la clase, en una especie de chalet cercano a Auteil. Chapurreaban lo que podían Pablo y Manolo Gracián, pacientemente ayudados por los otros. A los ojos de Colin asomaba, con toda seguridad, la misma dosis de pasmo, de no explicarse las cosas, que en los de aquellos españolitos fascistas. Seguro que su padre era de esos de «aidez l'Espagne» y demás. Y que sabía perfectamente que los que marchaban a su lado, sin partirse mutuamente las caras, eran de los otros. De los de la España que no había que ayudar, sino todo lo contrario. Habían dejado todo colgado del perchero en sus reía-, ciones

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personales. Aunque ese todo estuviera detrás, y ellos lo supieran muy bien. Sólo a la espera de explicárselo. Llegaban a puerto ya de noche, y allí estaba España. Aparte del té de la tarde, en que casi nunca participaron. Un té tan distinto a las migas con guindilla o las berenjenas en vinagre de su Mancha materna, que Manolo Gracián no sabía por dónde se andaba. Ni siquiera en eso. Allí estaba España, encabezada por D. José Gracián. Y el aroma consustancial a todas sus casas. Algo indefinido, mezcla de buen tabaco emboquillado y Dios sabría qué. Olor a confort y sosiego sólidos. Como el del piso de la calle de Velázquez, ya lejano. O el del moderno chalet funcional de la Colonia del Viso, recién estrenada, por donde paseaba espectral Taiga, la galga rusa, antipática y distante, y era pecaminoso todo ruido. Había que respetar el santuario del cerebro, y todos lo aceptaban. Más difícil resultaba guardar la consigna en aquel meublé no muy amplio que e llenaba por días. Tan así era que D. José Gracián tuvo que trasladar a la vez sus bártulos, su masa encefálica y su silencio, a otro piso de la misma casa, a la llegada de los pequeños Gracián y su madre. Casi cada día recalaba en rué Gros, 43 algún español del abundante exilio, más o menos homogéneo ideológicamente. por allí andaba por ejemplo, casi perenne, Vicente Iranzo, sobrino del ex-ministro de Fomento. Algo bastante meritorio había tenido que ver —si no fallaban ni las fuentes ni la memoria de Manolo Gracián— en la salida de D. José Gracián y los suyos de la España roja. Vicente Iranzo, muy joven, se había quitado de en medio, seguramente sin saber a qué carta quedarse. Aunque por la forma en que hablaba, nada distante de la que se usaba en aquella casa, pocas dudas cabían de por dónde marchaban sus preferencias. Trabajaba ahora en el Pabellón del Gobierno español en la Exposición Internacional. Un pabellón más que pobretón, como era del caso, donde tuvo Manolo Gracián la vergüenza retroactiva de pasar sin enterarse, como el rayo de sol por el cristal, frente al luego famoso Guernica de D. Pablo. Le pesó toda su vida tan evidente muestra de analfabetismo artístico como había demostrado. Aunque no dejara de consolarle el hecho de que tampoco los mayores que iban con él -simplemente público en general, francés o no— tuvieran por lo visto una sensibilidad más desarrollada. La atracción casi única del Pabellón español consistía en una fuente-depósito de mercurio, donde las gentes gozaban echando monedas que flotaban en la superficie hasta que se disolvían, según se decía. Según se decía, porque tampoco logró nunca Manolo Gracián presenciar el milagro. Falta de fe, seguramente. Bastantes otros habituales había. La vieja guardia del exilio rojo. Porque tampoco el exilio rojo —es decir, los que huían de los rojos-fue una tontería. La condesa de Yebes, esbelta y elegante, casi siempre acompañada por Antonio Marichalar, su permanente chevalier servant. o el matrimonio Zubiri, pequeño él y alta ella. O, más esporádicamente, D. Teófilo Hernando y sus hijos, más o menos de la misma edad que los pequeños Gracián, con los que la familia Pretendió para ellos una liaison que nunca cuajó. Sencillamente, porque los esquemas de los mayores suelen pasárselos los pequeños por donde les conviene. Y hacen bien. O Edgar Neville. Nada menos que Edgar Neville, faccioso hasta las cachas y con recaladas frecuentes en París, por las razones que fueran. El pobre Edgar Neville fue, como el señor Cela aunque en circunstancias menos dramáticas, una víctima de la nula capacidad diplomática de Manolo Gracián. Aunque todo tuviera su lógica. Y aunque Edgar Neville se desencuadernara riéndose, claro, al contar después la peripecia a los mayores. Tuvo que ser un domingo por la mañana, cuando sonó el timbre de la puerta. Manolo, que debía estar algo deambulante y sin quehacer determinado, abrió. Allí había un señor joven y corpulento que le dijo simplemente ¡hola! No quiso ser él menos escueto. Otro ¡hola! mientras cerraba la puerta, tras entrar el personaje, y lo dejó tirado. Los viejos podían tener la lógica que quisieran, pero él tenía la suya propia. Si un tío dice sólo ¡hola! será porque no pretende más. Ni pretende que se le anuncie, ni Cristo que lo fundó. A no ser que considerara a un niño una especie de moco. Cosa que no le iba. Total, que después de un largo rato, alguien se encontró
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todavía a Edgar Neville, como un náufrago en el recibidor, intentando desesperadamente meter las narices en alguna habitación colindante donde encontrar cualquier asidero medianamente civilizado. Las señoritas de Martínez Sierra, hermanas de D. Gregorio, algo vetustas y como un par de pajaritos parlanchines, siempre enzarzadas. Habían salido cada una de una zona y trataban de convencerse mutuamente de la superioridad, en lo atroz, de lo que también cada una dejaba atrás. O la señorita de Pittaluga. Se hacía cruces, una tarde, la señorita de Pittaluga de la barbarie guerrera de los nacionales, frente a la abuela de Manolo Gracián. Seguramente no sabía por dónde iban las aguas en aquella casa. —«¡Figúrese usted —ponía los ojos en blanco y el necesario trémolo en la voz— que llegan a las trincheras y les pinchan con las bayonetas!» Estaba claro quiénes pinchaban y a quiénes pinchaban aquellos bestias con las bayonetas. La respuesta de la abuela, santa por los cuatro costados que suelen tener los demás y por el quinto que sólo ella tenía, constituyó durante mucho tiempo motivo de alborozo para la rué Gros, 43. Fue definitiva la abuela, al fin y al cabo casi contemporánea de la batalla ¿Q los Castillejos, de los batallones formados, pura geometría y bayonetas en ristre, tras la bandera. —«¡Pero eso ha pasado siempre!» No hubo en su voz la menor resonancia sangrienta o partidaria, ni se quebró su dulzura. Simplemente, testificaba la Historia, con toda tranquilidad. La pobre señorita de Pittaluga se quedó planchada. *** París era por entonces Dubo, Dubon, Dubonet, la voz canora, potente y algo anfibia de Tino Rossi, y la guerra de España. Algo, esto de la guerra de España, que no iba del todo bien por entonces para la rué Gros, 43. Y menos todavía para los "Gracián Árdales, al fin y al cabo más enragés que los demás, por razones obvias. Ellos tenían sangre próxima que cobrarse. Y no estaban acostumbrados a los reveses. Teruel. Los días con acíbar, fríos y gris ceniza, de Teruel. Andaban mustios todos. No Colin, naturalmente. Había en los ojos de Colin una pizca de choteo. No agresivo, pero choteo molesto al fin y al cabo. Incluso Mr. Prefol les miraba de otra forma. El sabría en qué sentido, que nunca pudo averiguar Manolo Gracián de qué lado estaba aquel señor, a pesar del ¡fascistes! de pocos días antes. Naturalmente, reflorecieron en los jerseys de los dos hermanos las banderas, los yugos y las flechas. Pero otra llevaban por dentro. Angustia, sencillamente angustia era lo que se cernía sin rebozos sobre toda la casa. Cada noticia, cada parte de guerra era objeto de disección, a la búsqueda ingenua de cualquier destello medianamente esperanzador. Pocos hubo al principio de la batalla, esa era la verdad. El parón, °bre todo, otra vez ya a las puertas de Teruel, significó el desinfla-ciento generalizado. Y mucho más la rendición del seminario con el ronel Rey d'Harcourt. ¡Pero qué hacía aquella gente! Caras cada vez más largas. ¿Sería posible, Señor, que se volvieran las tornas, tan definitivamente favorables hasta entonces? También en Brúñete, o en Belchite, habían alcanzado las primeras embestidas rojas algún éxito inicial, pronto resuelto, por otra parte, en profundo descalabro. Pero aquello era otra cosa. Tomar una ciudad ¡ahí es nada! Cada uno cargaba además con lo suyo a cuestas. Por ejemplo, D. José Gracián y Rosa, su mujer. O el tío Pepe y la tía Rosa. Tenían ya a su hijo mayor de uniforme al otro lado. Y eso era algo más próximo e ingrato. El otro, el pequeño, todavía no. Todavía estaba haciendo oposiciones a la guerra desde el mismo París. Algún pito tocaba en ello el conde de los Andes. Sabía bien Manolo Gracián de las frecuentes conversaciones telefónicas con él, en cuanto al
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resultado de sus gestiones. No era tan fácil, por los síntomas, eso de irse a jugarse el tipo por allá abajo, en las filas de Franco. Quizás el apellido... Ganó el mozo por fin su puesto para la muerte como simple guri de artillería. Pero eso fue después, dando lugar a que algún periódico gubernamental tuviera que testificar, entre amenazador y lamentoso, que los hijos de los intelectuales estaban con Franco. Con toda la razón del mundo, desde luego. Y si no que se lo preguntaran al Dr. Marañón. O a Gregorio Marañón júnior, que andaba por ahí a tiro limpio con su estrella de estampillado al pecho. Entretanto, bastante fastidiadas estaban las cosas. Y bastante fastidiado Manolo Gracián. Lo que llevaba dentro se le había hecho otra vez llaga sangrante. Ni aguantaba París, ni aguantaba nada. El quería irse al otro lado, y soñaba en su infantil soledad con heroísmos y estupendos sacrificios. Aún no sabía que, al otro lado, había crios casi de su edad a los que tenía que reconducir una y otra vez la Guardia Civil desde el frente hasta sus casas. Mejor fue así. Cualquiera sabe, si no, hasta dónde hubiera llegado su desequilibrio. O como quiera llamársele. Tuvo que limitarse a dar la lata a los suyos, que no entendieron nunca lo que le pasaba al mocoso. Ni le gustaba París ni le gustaba el colegio. Por lo pronto, se plantó y decidió declararse en huelga escolar. Hasta D. José Gracián le miraba preocupado y sin saber bien a qué carta quedarse. El trauma de la guerra, pensaron todos con seguridad. Y tendrían razón, desde luego. Aunque nunca subieran por dónde iban, de verdad, los tiros del famoso trauma. Manolo Gracián, entretanto, se encerraba en el cuarto de baño asaltando bravamente parapetos, o desfilando otras veces al son de las marchas que él mismo se cantaba por lo bajo. En cualquier caso, de colegio nada. ¡Cómo iba a perder el tiempo entre aquellas gentes extrañas a lo que a él se le escapaba a borbotones! Ganó la batalla y se quedó en casa. Allí, al fin y al cabo, todo era más próximo. Más suyo. Allí se estaba minuto por minuto al pie del cañón. Y eso era algo. De un cañón que empezó a resonar, otra vez, con un estruendo crecientemente favorable, como no podía ser menos. Volvieron las caras a distenderse ante cada noticia. Volvió incluso el humor nervioso a sustituir los gestos casi funerales de poco antes. —«¡Rosa, Rosa! —llegó despendolada la tía Angeles a la cocina— ¡Han tomado Concud!» No se inmutó la aludida. La guerra chino-japonesa estaba también en todo lo suyo, repleta de nombres endiablados. Y fue lógica la plancha geográfica, porque el tal Concud no sonaba en absoluto a Celtiberia. —«A mí no me interesan los chinos», contestó despectiva la destinataria de la noticia, mientras daba una vuelta a las croquetas, o a algo parecido. Se rieron todos felices. Necesitaban reírse como fuera y agarrándose a lo que fuera. Aun a aquella pequeña minucia perdida en el mapa de España cuya existencia acababan de conocer. Debió ser poco después del mediodía cuando bajó feliz del Olimpo D. José Gracián, a comunicar, solemne y contenido, la reconquista de Teruel. Automáticamente se organizó la de Dios es Cristo en la casa. Se cantaban los himnos con el brazo en alto, en una especie de enana manifestación por los pasillos y el recibidor. Mira por dónde, sonó el timbre de la puerta. Y mira por dónde, también, el que entró por ella fue D. Eduardo Gracián —el tío Eduardo— ex-fiscal de la República, nada proclive a aquellos signos de júbilo.Por más que hubiera salido también hacía tiempo y a uña e caballo de la España roja, del entorno de sus correligionarios, tampoco muy confortable para él, al parecer. El pobre no lo pasó muy bien ante el espectáculo. Aunque de inmediato todos dejaran de vociferar y volvieran los brazos a su lugar descanso. Un cierto azoramiento por ambas partes y nada más. A poco, se hablaba allí de cosas neutrales, aunque otra les triscara a los de la me Gros tras las pajarillas. ¡Pobre tío Eduardo! Una excelente persona que no iba a encontrar nunca el cierre a su ecuación. Agachaba humilde la cabeza ante su madre, como todos los
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Gracián desde luego, y pese a su irreligiosidad militante, para que ésta le santiguara levemente la frente cada vez que le veía. Viviría después en permanente exilio —él no disfrutó, naturalmente, de las prebendas del «Vita»— hasta terminar muchos años después su vida en Venezuela. Terne que terne, bajo la bandera de su República. En algún momento, lo que había sido en principio exilio pasajero empezó ya a pesar demasiado. Aquello de pasajero no tenía nada y era preciso obrar en consecuencia. Era preciso buscarse otras coordenadas. Los Gracián Árdales, por ejemplo. Pensó, en principio, su madre que aquello de París sería sólo una ligera estadía hasta que pudiera reunirse con ellos su padre. Se equivocó. Nunca podría salir de la España roja D. Manuel Gracián. Y no se trataba, ni se había tratado nunca, de eternizarse por aquellos pagos. Con lo cual comenzó a montarse la operación traslado a la España nacional. Algún arrimo tenían en Sevilla. El arrimo de los Árdales que habían logrado, Dios sabe cómo, dar el salto desde aquellas tierras donde tanto se les buscaban las cosquillas y lo que no eran las cosquillas. Estaba feliz, Manolo Gracián y todos ellos, por supuesto. Su hermano José Antonio, por ejemplo, ya debía tener en el caletre alguna idea bélica, pese a sus dieciséis años. En el tren hacia abajo —¿y por qué hacia abajo?— a lo largo de la noche no pudieron dormir. Tenían comunitariamente, seguro, algo en la barriga. Todo lo que habían soñado durante tantas jornadas difíciles y angustiosas. Cuando hasta el firmamento parecía derrumbárseles en torno, y les salpicaba la sangre de los suyos y de los demás. Se acordó Manolo Gracián de Colin, de Mr. Prefol, de los demás francesillos. Al día siguiente entrarían otra vez por las puertas de la Avenue Lafrilliere, a estudiar la Historia de Francia, la geografía de Francia, lo que fuera de Francia —¿es que no había otras cosas en el mundo?— sin pasárseles por la cabeza que él pudiera estar ya cerca del cielo. Y tan cerca. En la estación de Hendaya, mientras su madre cumplía los trámites aduaneros, piafaban los tres hermanos, ansiosos como potros. Les golpeaba el corazón en el pecho. —«¡Mira, la bandera!», le sacudió un codazo, nervioso, Pablo. —«¡Y un requeté!», terminó excitado. En efecto. Allá a lo lejos, al otro lado del puente y entre las brumas cantábricas, se alzaban enhiestos los colores de su bandera. En un mástil altísimo, como si quisiera tocar el cielo. Debajo, se movía una minúscula intuición rojiza. La verdad era que casi no se veían ni los unos ni la otra. Pero también lo era que a ellos no les hacía falta. Cuando cruzaban el puente apresurados, como huyendo de algo que se dejaban en los talones y cargados con su escueto equipaje, con lo único que tenían, a Manolo Gracián se le hicieron aún más borrosas las imágenes. Casi no distinguía la bandera, aunque no apartara la vista de ella. Nunca supo si por la lluvia que seguía cayendo menuda y a girones viajeros sobre el verde oscuro del paisaje, o por la niebla que llevaba en los ojos y se iba tragando a chorros.

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RESURRECCIÓN Por aquellos tiempos, Manolo Gracián había asentado periódicamente sus pequeños reales en la capital de la provincia. Su propia casa en el pueblo aún no estaba habitable, tras el uso un mucho despiadado de ella que se había hecho en la guerra. Desde allí, desde la capital, quedaba mucho más a mano el terruño. Por otro lado, el tío Pepe Árdales había sido elevado al rango de gobernador civil de la provincia, el primero de la postguerra. Con lo cual sobrevino el correspondiente arrimo. Nadie se explicaba el cargo, aunque nunca había estado escrito que el ejercicio de los Poncios exigiera dosis desusadas de cultura o, incluso, cacumen. Recordaba Manolo Gracián sus pequeñas dosis de azoramiento el contemplar, en alguna solemnidad, a su tío investido de los atributos y la escenografía correspondiente. Sólo más tarde fue capaz de captar plenamente lo chirriante de aquello, pero ya entonces —sin fáciles cristalizaciones a posteriori— se sentía incómodo. Como ante cualquier fenómeno contranatura. Las malas lenguas, ésas que siempre tienen buen cuidado de llegar a los oídos de los niños, adonde más pueden doler las cosas, decían que el nombramiento de Pepe Árdales —hombre sañudamente perseguido y con deudas de sangre a saldar— era el inevitable resorte necesario Para una represión eficaz. Dios sabría si aquello fue cierto. Y Dios sabe también —esta vez en tiempo presente— que eso de la represión e la postguerra, o del ojo por ojo para decirlo más justamente, no estaba nada mal visto por las innumerables víctimas supervivientes de los tres años anteriores. Empezando por el propio Manolo Gradan de las amargas experiencias personales. Aún estaba caliente la guerra, y lo demás, en las almas y casi en el aire. El primer viaje desde Madrid fue algo parecido a una expedición a tierra de infieles, con todos los riesgos del posible martirio. Iban su hermano y él en el automóvil del fiscal militar de la zona, con éste, naturalmente, el conductor —soldado de uniforme— y un par de señoras. Hasta pasado Toledo no había problema. El problema venía después, en las Guadalerzas. Cuarenta kilómetros de sierra sin alma viviente. O, por lo menos, sin alma viviente de fiar, que de las otras alguna podía haber. Durante mucho tiempo habían constituido las Guadalerzas para Manolo Gracián el arquetipo de lo misterioso y arriesgado. Por allí debían andar el tremebundo dios Pan y sus faunos, aunque injertados en manchego, encina, chaparro y jara. O los bandoleros consustanciales a todo un período de la Historia de España —al fin y al cabo, Pasos Largos había caído casi anteayer—. O ambos a la vez, cualquiera sabía. Aun en la planificación de los interminables traslados familiares de Madrid al pueblo, o viceversa, a lomos del viejo Chrysler capaz de cualquier fechoría, aquello de pasar las Guadalerzas incluso de día constituía para su madre un requisito en cuyo enunciado dejaba traslucir un deje de temblor ante el misterio que, en el fondo, la divertía. Las viejas consejas de lobos, aparecidos y demás —seguro— ante el fuego acogedor e íntimo en las noches de invierno lugareñas. Después ya maduro o más que maduro, intentaba Manolo Gracián resucitar en vano sus escalofríos de niño al atravesar la zona. Lamentablemente, no lo lograba. Ni siquiera por allí quedaba ya lugar para el misterio o la aventura. Todo había pasado a ser un teorema civilizado e inaguantable. Con lo cual, estaba claro que en el viaje de marras, con la posibilidad nueva de encuentro con alguna partida dispersa y desesperada del ejército rojo derrotado, había eso de la albarda sobre la albarda. El susodicho dios Pan y sus faunos de acompañamiento podían vestir ahora de caqui y esgrimir cualquier naranjero, siempre más efectivo que el simple mito. Era plena noche, y noche oscura, del verano de 1939. Al enfilar con las luces las primeras avanzadillas del monte quebrado, lo que hasta entonces fue distendido y locuaz en el interior — iba allí una buena moza y eso siempre, incluso para un niño, cuenta— cambió de . cruz a la fecha. En el asiento posterior, Ángel Roca, el fiscal, de uniforme y unas cuantas estrellas en la bocamanga, enfiló por la ventanilla abierta el largo cañón de una pistola espeluznante hacia las sombras que iba rompiendo la luz de los faros. El soldado conductor también empuñó la suya.

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Aunque, en su caso, las necesidades de control del volante limitaran sus posibilidades de acción. Y así cuarenta kilómetros, en casi total silencio. Manolo Gracián no tuvo miedo, quizá porque ya se le había secado a pesar de sus años. Seguramente nadie lo tuvo. Ni las mujeres. Aunque a cada curva, a cada torniquete de los faros en la oscuridad, esperaba la aparición de Dios sabe qué figuras. Hubiera sido, para él, lo apropiado a la escenografía y el clima del momento. Lo ilógico era que no esperara, en cambio, el trallazo, de donde en todo caso debería venir. De la negrura sólida y sin fronteras que se abría, insondable, a ambos lados del escueto cono de luz. Nunca supo Manolo Gracián si los otros, los de las pistolas, fueron un poco más realistas. No pasó nada. A lo mejor todo aquello había tenido un cierto viso de exageración facilona ante el público femenino e infantil que pastoreaban aquella noche los hombres de las pistolas. O a lo mejor no. Hacia el cuarto de la modorra, que hubiera dicho el increíble Bernal Díaz, o en la tercera imaginaria que después habría de vivir en sus propias carnes Manolo Gracián, cuando el sorteo del furriel le venía esquinado, llegaba la expedición a la ciudad, perfectamente dormida, como era también perfectamente natural. Tras unos años de ausencia, Manolo Gracián había vuelto a la boca del lobo. Aunque la boca del lobo hubiera dejado ya de serlo y no ofreciera máas viso amenazador que su tradicional imagen de villorrio destartalado y carente de cualquier atractivo. Se alojó, naturalmente, en el Gobierno Civil, un edificio sin más ínfulas que los demás, sólo diferenciado por la guardia que dormitaba sus puertas y el mástil desnudo de una bandera. En los pisos encima de la vivienda del gobernador, algunas dependencias policiales. Pero eso sólo lo supo Manolo Gracián algo más tarde, sin que nadie se lo tuviera que decir. Cuando oyó de noche ruidos y gritos que se le clavaron en la piel. Había ido, simplemente, a examinarse en esta su primera rebalsada de la postguerra. La jubilosa estampida de Sevilla en la primavera del 39 le dejó el curso colgado. Y ahora, ya pasada la luna de miel del triunfo y el reagrupamiento familiar, era preciso pensar en eso a lo que los mayores llamaban vida. Algo que, por lo que decían, no se le daba hecho a nadie, con lo que había que pechar en el aburrido esfuerzo de cada día. Y que no tenía nada que ver, desde luego, con la atractiva faramalla de lo heroico y el riesgo. Ahí estaba, pues, el segundo de Bachillerato a la espera de su colofón administrativamente válido. Ni qué decir tiene que Manolo Gracián llevaba sin dar golpe desde aquella luminosa tarde del 28 de marzo preñada de una alegría que se le escapaba por todos los poros. La tarde en que se enfrentó limpiamente al dios Baco —perdiendo, naturalmente— a base de un vinillo andaluz medio dulce que entraba gloriosamente por su gaznate infantil, con el mono de rayadillo que le había hecho su madre y una bandera en la mano. Lo cual quería decir que no las tenía todas consigo, como era lógico. Y que la conciencia de su raquítica sabiduría exacerbaba hasta extremos ya lindantes con el terror puro y simple esa especie de patada en el estómago que constituye el inevitable acompañamiento de todos los estudiantes que en el mundo han sido, a la hora preludial de la verdad. Podía Manolo Gracián haberse ahorrado la angustia a poco de experiencia —lamentable experiencia, ciertamente— que hubiera tenido. No conocía entonces —después sí, hasta la náusea— las inagotables cotas de envilecimiento de que es capaz el hombre, aun el hombre de la cultura, frente a cualquier poder. Aun frente a un poder tan provinciano como el que iba a su lado aquella mañana, de aula en aula, por los soleados pasillos del Instituto de Enseñanza Media de la capital, flanqueados por un inacabable despliegue de azulejos carentes de toda pretensión estética. La cosa fue sonrojante para él. Para los demás, por lo visto, no. Los demás parecían aceptar, por lo menos, que la vida era así, y que qué se le iba a hacer. Pepe Árdales —¡por Dios que no se daba cuenta, porque no «odia!— tocaba levemente a las puertas de las aulas donde otros mozalbetes se enfrentaban a la terrorífica especie del
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catedrático. js[o hacía falta más. De inmediato el bedel de turno, normalmente untuoso, ponía en sus manos la papeleta con un sobresaliente como la copa de un pino. Sólo uno —el justo salvador de la ciudad— fue capaz de hacerle entrar y preguntarle algo. Sin exagerar tampoco, pero en fin... Con ello, Manolo Gracián se sintió un poco más limpio. Nada más que un poco. Aunque, aun hoy, jura por sus muertos que él, de verdad, de su segundo de Bachillerato, nada, o casi nada. Se había topado Manolo Gracián con la limpia estirpe de los hombres que decían ejercer el pensamiento. Pocas excepciones heroicas fueron capaces de quebrarle después el esquema. *** La cohetería chorreaba en gozo sobre el oscuro definitivo del cielo, ya la noche cerrada, anunciando la llegada de la Patrona a las esquinas mayores. Como en todos los septiembres que en el mundo habían sido, menos en los tres años anteriores, naturalmente. Cuando la imagen de la propia Patrona y tantas otras cosas se habían convertido en ceniza u osario. El pueblo fiel, la Hermandad de la Virgen, las autoridades en pleno se trasladaban cuando ya la tarde empezaba a presentir las sombras hasta la ermita, poco más de un kilómetro del pueblo. En corporación estas últimas, pero todavía sin demasiada solemnidad profesional. Un grupo de amigos charlando de sus cosas —aunque las tales cosas, a juzgar por las caras, tampoco debían ser muy alegres— en la dorada polvareda del verano a punto de dimitir, después sería ya distinto, como antes. Después, cada uno en su puesto, banda y pendones al frente, seriedad suficiente, la ceremonia del retorno, a paso lento tras la imagen sustituía —¿un poco advenediza?— apresuradamente adquirida por suscripción popular, como es siempre el caso. Se palpaba la alegría de las viejas costumbres renovadas. A pesar de la dureza de todo lo que había pasado. Y de lo que seguía pasando. A pesar de la sangre. Y de la estrechez cada vez más acuciante. Hacía calor. El calor adhesivo de septiembre, con su acompañamiento de moscas insistentes, en avanzadilla de los próximos mostos. Las uvas no entendían de guerras, ni de lucha de clases, y ahí estaban otra vez, tan pimpantes, bajo el suave tamiz del polvo, en sus racimos gregarios. Bochorno de aire caliente y quieto. Sudor viejo y olor a humanidad pueblerina, siempre más aceptable que el de la otra humanidad. Nunca había sufrido por allí Manolo Gracián la casi permanente ofensa del sobaco ciudadano. Olía a otras cosas, igualmente orgánicas con toda seguridad, pero no a aquello. Las fuerzas vivas, traje oscuro de la boda y la mortaja, verde oliva del sargento del puesto, alguaciles al pairo, y banda al frente, instrumentos todavía en paro y gorra de plato recién estrenada con visera de hule. Y el cura, claro, en pleno ejercicio de su protagonismo recién recobrado, con su capa chorreante de dorados un mucho apagados por la mugre del tiempo. Ya no era D. Alfredo. A D. Alfredo, algunos de aquellos bárbaros se lo habían llevado por delante fuera del pueblo, como a otros cuantos miles de tonsurados, allá por los calientes meses del 36. Le recordaba Manolo Gracián a su lado, serio y monumental, en alguna ocasión en que su madre le había introducido de monaguillo honoris causa, vigilándole por el rabillo del ojo. El camino de vuelta tenía siempre su rito exacto, ahora acentuado, como subrayando la resurrección. Lento paso procesional, arrastrar de pies y orden establecido. Banda ya dejándose los pulmones, e imagen en alto, nimbada de cirios que se iban afirmando en la noche. Cura y sacristán —el inefable Gaita de siempre— adelantados. Detrás, conservando las debidas distancias institucionales, las autoridades desplegadas en fila a lo ancho del camino. Antes, después y en torno, mujeres de negro, pañuelo a la cabeza, sayas a la antigua, sol y aire en arrugas. Algún suspiro sonoro y casi jeremíaco de disconformidad. O, al menos, de no total conformidad. Aquella imagen no era la suya.

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Otras mujeres, también de negro, pero con el correspondiente atuendo diferencial. Medias, tacones y alguna mantilla más o menos airosa sobre la mancha roja de unas bocas cercanas a lo pecaminoso. Y un rastro de perfume dulzarrón y sólido a su paso. El censo femenino de la pequeña burguesía indígena, engrosado por ese proyecto de promesa orgiástica, y nunca materializada, de las forasteras, en pleno ejercicio perfectamente consciente de su función turbadora. Con algunos ojos suavemente gachones —¿o se lo imaginaba?— tropezaron los catorce años de Manolo Gracián. Y con piernas, y otras cosas naturalmente, casi sólo presentidas a la luz titubeante de las velas amenazadas por cualquier amago de ráfaga caliente. Empezaban a fastidiarle sus pantalones cortos todavía, y aquella su edad híbrida, sin la menor perspectiva medianamente seria. La charanga estaba en todo lo suyo. Si algo le había puesto siempre la carne de gallina a Manolo Gracián, era la música de las bandas de nuestros pueblos. Los lentos y casi angustiosos pasodobles de las aldeanas bandas españolas. Muchas veces se había preguntado de qué desconocida sima podría surgir aquel increíble repertorio. Suponía que de ninguno identificable. Que esa clase de música tenía que proceder, necesariamente, de unpathos anónimo y colectivo, capaz de crear, poco menos que de la nada, lo que cada escenario, cada raíz profunda, necesitaba. Nunca había comprendido la estúpida superioridad de los sofisticados ante las bandas de pueblo. Siempre —y mucho más con el paso del tiempo y de los recuerdos— tenía que apretar los dientes para no soltar el trapo, o poco menos, al paso tremendo y casi litúrgico de las charangas españolas. A lo mejor su propio nudo en la garganta era el mismo que en los demás afloraba en tonta sonrisa intelectual. Siempre, también, se había quedado inerme y desnudo, en tales ocasiones, en su ya larga batalla personal y solitaria con un pueblo que le crispaba y al que no entendía, pero del cual formaba parte. La misma raíz, o algo así. ¿A cuento de qué, si no, el repeluzno? Hacía sólo unos días que Manolo Gracián había desembarcado en el lugar, piernas al aire, aún infantiles, y correaje sobre la camisa azul. Fue un extraño desembarco, un poco forzado. Tenía demasiado cerca lo que había pasado, y miraba con ojos desconfiados e lnquisidores a todos. Aquel pueblo era en bloque su enemigo, detrás de cada gesto, de cada zalema por el reencuentro, buscaba una falsedad o un historial no limpio. Tenía la herida abierta, aunque no lo sabía. Incluso en la acogida de sus viejos amigos ya crecidos le parecía advertir algo que no acababa de gustarle. Estaba claro el excesivo y reverente respeto hacia el triunfador. Cosas de la estirpe y del señorío recobrado de los Árdales. En años posteriores, ya más que maduro, pensaba Manolo Gracián si aquella incomodidad suya había sido realmente efectiva, o sólo una cristalización comprensible, y falsa, montada sobre perspectivas ya distintas y un poco literarias. No lo creía. El se sentía vencedor, naturalmente, con todas sus consecuencias resueltas incluso en odio. Pero detrás de eso no acababa de estar a gusto. Miradas huidizas, por ejemplo, y otras cosas que no le hacían vitalmente nada feliz, por más que encajaran plenamente en su esquema del ojo por ojo. Sabía lo que había pasado hacía poco tiempo en la huerta de don Santos y en otros lugares, y se alegraba. Pero por ahí tenían que andar las familias de aquella gente. La ecuación se le quebraba entonces, a pesar de todo. Por allí tenía que estar, por ejemplo, Fernando Lagarto, su viejo amigo de las batallas en las eras. Una rara amistad siempre distante por razones que ninguno de los dos podía superar. O el pequeño Leonardo, rubiete y con gafas, de la ya desmantelada estirpe de los Alpargateros. Esa que, con algún éxito, había pretendido borrar antes a los Árdales. Fernando Lagarto, hijo naturalmente, estaba aquella tarde parado en una esquina. Solo, escueto, sin razón aparente. Le dio un vuelco el corazón. Seguro que también a él. Los dos hicieron como que no se veían, pero vaya si se habían visto. Tendría que pasar bastante tiempo para que se reanudara una cierta relación comprensiva y, en el fondo, dolorida. Nunca hablaron de «aquello» más que para desear que no volviera. Pero «aquello» estaba siempre presente tras los ojos de ambos, aun después de cincuentones. Mala fue aquella tarde para Manolo Gracián, aunque más bien por otras razones, menos trascendentes, esa es la verdad. Se había encontrado en el callejón de sus carreras a pelo, a
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lomos del primer burro que hallara a mano, a Josefina. Su viejo amor distante —sólo algunos bailes azorados en la plaza y miradas lejanas—, su novia poco menos que por correspondencia, con el intercambio de anillos de celuloide en la glorieta y en el día de Santiago de 1935, bajo un sol derretido. La correspondencia siempre era, en esos casos, algún arrapiezo de la panda dispuesto al alcahueteo, o al erotismo de sustitución, como hubiera dicho el Manolo Gracián de bastantes años posteriores, quizás al hilo del señor Freud. No reconoció desde lejos a Josefina en aquella figura femenina, de negro y metida en carnes, que le venía de frente. Josefina era en su recuerdo una cría esbelta e incipientemente torneada bajo su suave vestidillo de seda negra o de lo que fuera, punteado en blanco, que tanto le había impresionado, al tacto, al ritmo del organillo de años antes. No podía ser aquello, pero a Manolo Gracián se le fueron cayendo uno a uno los palos del sombrajo. Sí era aquello. Una mujer gorda, y se acabó. Lo grave de verdad, para Manolo Gracián, no fue sólo la gordura y dsic transit correspondiente, sino lo de mujer. El seguía siendo un niño rubiajo, de pantalones cortos y, por supuesto, ni siquiera barbilampiño. No hay nadie en un pueblo que no se salude. Sobre todo si ese o esos alguien se cruzan en un lugar absolutamente solitario. Ellos no. Pasaron colorados uno al lado del otro, en silencio y mirando obsesivamente al cielo. Ya fue bastante por aquel día. La Virgen iba ya calle Mayor arriba, bajo las guirnaldas de las que colgaban las sandías vaciadas de su pulpa y con la corteza lo suficientemente labrada como para que se dejara ver el dibujo con la luz de la vela interior. Había una algarabía recuperada después de tres años de silencio. Tras las ventanas abiertas, todas las bombillas de las casas encendidas. Dentro, en las estancias más suntuarias, los ingenuos altares montados con lo mejor de cada hogar y expuestos a los demás. Y a la Virgen, por supuesto, aunque quizás un poco menos. Seguro que Ella, la de las Bodas de Cana, lo entendía bien. En general, manteles o colchas rameados. Manolo Gracián no sabía que iba a coger aquella noche su primera cogorza importante y definitiva. Ya se había puesto lo suficientemente pintón, allá en Sevilla, en la tarde y noche de la toma de Madrid. Pero aquello no había llegado ni siquiera a la categoría de puesta de largo. Eso —la puesta de largo— iba a tener lugar con anís del Mono y a los sones lamentosos del «era hermoso y rubio como la cerveza», etcétera, etcétera. No debía haber otro disco en casa de sus lejanísimas primas, más que mayores para él y saladas e inteligentes para dar y tomar. No eran una maravilla las puñeteras, pero algún cuerpo había por allí de esos que sus hermanos mayores llamaban de revolcón. En lo cual no dejaban de tener toda la razón del mundo. Lo grave es que él seguía siendo un niño, aunque alguna que otra mirada le advirtiera que estaba dejando de serlo, y que ahí quedaba eso. Fue un bizarro tiempo aquel tiempo, mitad dionisíaco —en rural, naturalmente—, mitad áspero y dramático. Lo dionisíaco estaba en la cuchipanda con el menor motivo, o sin ninguno. Como siempre que la vida tiene que ganarle la partida a la muerte. Pero eso aún no lo sabía Manolo Gracián. Lo único que sabía era que aquello constituía una permanente algazara, en la que participaba hasta cierto punto. Normalmente tenía que quedarse en lo gastronómico a secas, o casi, mientras sus hermanos mayores se ponían las botas también en otros terrenos más sugestivos. Mozas locales y foráneas las había para dar y tomar. Más o menos provistas de orografías suficientemente suculentas, pero para dar y tomar. Algún rocecillo excitante —y un poco obligado a veces, por qué no decirlo— tuvieron los pantalones cortos de Manolo Gracián. Todo dependía de la pareja que le tocara en suerte cuando los otros, los 'mayores, se perdían en los campos y en la noche según el rito eterno. Siempre llegaba un momento en que pasaba eso. Todo dependía de que ella —quien fuera— ignorara o no los tales pantalones. Y de que Manolo —cada vez más fastidiado por sus años ni fu ni fa— lo notara y se lanzara al ataque. Aunque en ese ataque hubiera, normalmente, más de obligación casi profesional de machete en ciernes y que se queda a la zaga, que de otra

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cosa. A aquella Mariana, por ejemplo, no sólo no le habían importado sus pantorrillas impúberes de Manolo Gracián, sino todo lo contrario. Ni siquiera le hubiera hecho ascos pasar un poco o bastante a mayores bajo la lluvia, en la corraliza adonde le arrastró con un pretexto evidente por sí mismo y que, por serlo, dejaba todo más claro que el agua. Quizá fuera Manolo Gracián el que no quiso, o no supo, pasar la frontera. Nunca pudo aclararlo. Aquello parecía, sobre todo, fraternidad sin acepción de clases sociales. Pronto irían volviendo las aguas a su cauce, sin embargo, estableciéndose nuevamente, quizá sin querer, las separaciones. Esas separaciones que, al correr del tiempo, habían irritado a Manolo Gracián cuando alguno de sus amigos de la infancia, de las largas horas de la siesta bajo el sol de verano, a la busca de los volandones propicios al cantazo en los álamos, le había llamado de usted. Entonces no había sido eso. Entonces, parecía realmente que aquello iba a ser ya otra cosa. Todo lo ramploncilla que se quisiera, pero otra cosa. Había sin embargo, puntos débiles en el panorama festivo. Y bastantes. Por ejemplo, aquella chica de los estupendos ojos azules inmensos y sin fondo. Además se llamaba Cielo, ¡Dios! También, también confraternizaba, pero desde una cierta lejanía un poco triste y quizá obligada. Su padre, muerto en la cárcel, había sido de los otros, y se notaba. Como se notaba que había familias, de lutos recientes, aunque no se exhibieran demasiado tratando de ocultar su dolor o su vergüenza. O ambas cosas. O el hambre que iba extendiendo poco a poco su imperio, a banderas ya desplegadas. Cada vez había menos que comer, y se palpaba día tras día. Las pobres gentes, las pobres mujerucas sobre todo, peregrinaban hasta el viejo cordel de la Mesta, el osario de las caballerías del pueblo, para disputar algunas piltrafas de carne putrefacta a los cuervos y el mosquerío. La Julia de Santanilla —ojos pitañosos al bies y arrejuntada como Dios quiere y manda en expresión propia— se había convertido en cliente habitual de los Gracián en demanda, generalmente, de una poquilla pringue. Es decir, de aceite, para los doctos. Cuando ni los Gracián ni los Árdales, esa era la verdad, tenían el pan ni la pringue suficiente que llevarse a la boca. Se aburría rotundamente en la capital. Con sus flamantes papeletas quemándole el bolsillo ya no tenía nada que hacer. Había que matar el tiempo como fuera. Por ejemplo, haraganeando sin fin determinado por las calles solitarias —casas bajas, y casi aldeanas— al sol de la tarde. En la plaza de la Catedral se pasaba Manolo Gracián las horas siguiendo la evolución de las palomas o el j uego de las niñas, azul y lazos, del próximo colegio. Había un silencio quieto en el aire dorado y caluroso. Y así una y otra vez. En otras ocasiones, alternando a su aire la forma en que más le apeteciera encarnar su pastoso hastío, se iba al cine, el único cine de la villa, al palco reservado al gobernador civil. Tuvo que tragarse una y otra vez las películas de turno. Allí sufrió, por ejemplo, las famosas «Violetas imperiales» de doña Raquel. Le reventaron hasta lo indecible. Al igual que doña Raquel. Había sido la debilidad de las generaciones ahora ya excedentes. Allá ellos. A él empezaba ya a irle el nuevo modelo de la chatilla. Un actor secundario —el típico francés, desagradable, rizado y anguloso— ponía los ojos en blanco y soltaba un dramático «¡oui, pour la cause!», cuando alguien le proponía lanzarle un bombazo, cualquiera recordaba a quién. Desde entonces, siempre encarnó en el tipo y la frasecilla rimbombante todas las teatralidades con pretensiones místicas que había de encontrarse después. Por ejemplo, entre todos los señores que se inmolaban, según ellos, por el bien del país, aceptando suculentos cargos oficiales. El francesito por lo menos tiraba la bomba y se lo cargaban como era lo suyo. Todos los demás se quedaban en la retórica. En las ínfulas de un falso ascetismo sacrificado y tal. Más de una mirada torcida cazó en el acomodador de turno. O estaba harto del pesadísimo niño que le hacía abrir el palco una tarde sí y otra también, o era de los otros. Hubiera asegurado lo segundo Manolo Gracián. Tenía un olfato especial para ver detrás de los ojos el malestar o el odio de por aquellos días. Quizá porque los que los sustentaban no se cuidaran demasiado de ocultarlos ante él, como hacían evidentemente, frente a los mayores. Al fin y al cabo, con los niños no hay que contar. Al fin y al cabo, a los niños se les puede dar una patada
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en el culo, aunque sea visual. Lo que no sabían los tales era que aquellos pantalones cortos soportaban el alma en carne viva, y veterana en esas lides, de alguien que había madurado antes de tiempo sin querer. Ya le había pasado algo parecido en Sevilla, cerca de la Puerta de la Carne y en los finales del 38. Estaba parado en una acera, no sabía bien por qué. Seguramente aprendiendo a estar solo. A su lado, pocos pasos, una mujeruca fondona, madura y renegrida, con la típica fisiología de las milicianas de segunda fila que tanto había conocido, trataba de levantar la moral a un hombre del mismo jaez, pero en macho. —«¿Pero tú crees que éstos van a ganar?»—, le decía en plan samaritano, con el tono de quien expresa un absurdo. A Manolo Gracián, pese a su timidez, se le empezó a solidificar una mala baba creciente. Su mirada debió ser tan impertinente, agresiva y directa que la pareja, notándolo, se calló sorprendida y nerviosa. Inmediatamente se alejaron él y ella con paso rápido, volviendo de vez en cuando hacia atrás unas caras en las que podía haber algo de miedo. Ahora ocurría otro tanto de lo mismo. Se enfrentó Manolo tan tieso al hombre del palco, simplemente con los ojos y sin necesidad de decir nada. Claro que en ellos, en sus ojos, puso toda la mala uva del mundo. Se acabó la cosa. A partir de entonces, todo se tornó en una casi zalema. El tipo se dio cuenta de que aquel rubiete podía tener unas uñas bien afiladas y peligrosas. Las mañanas solían ser distintas. Las tenía llenas en general. No había día que faltara a los juicios que se celebraban a marchas forzadas en la Audiencia Provincial y ante los Tribunales Militares. El Manolo Gracián que se estaba vertiendo en folios muchos años más tarde se daba cuenta de que había llegado a un punto vidrioso para él. Alguien podría acusarle, al hilo del presente, de monstruo en ciernes. De pequeño y perverso «tricoteuse», aun con el sexo cambiado. Le era igual. No estaba por la fácil delicuescencia justificativa a posteriori de su postura de entonces. Ni por los mea culpa. No pretendía salvarse de nada. Entre otras razones, porque no creía tener que hacerlo. Aquellos señores a los que se juzgaba le habían traído a él por la calle de la amargura y bien se habían encargado de regar de sangre inocente —ellos los primeros— las tierras y los pueblos de España. Ahora se dirá lo que se quiera —pensaba Manolo Gracián— por obra y gracia de los falsos o los inflagaitas de turno, pero aquello había sido así. Tenía derecho a su odio. La culpa era de quien se lo despertó. Que tirara, si quería, la primera piedra. Llegaban en manada los procesados, ellos y ellas, en los camiones. En cierta ocasión, una de esas ellas era joven y guapa. Rubia por añadidura, y con vestido claro. Manolo Gracián pudo verla entre el público que llenaba de pie la parte posterior de la sala, a base de empinarse y estirar el cuello. Parecía dulce la chica. Tan dulce que se dedicaba vocacionalmente al apasionante deporte de propinar algún que otro tiro de gracia. Hasta en el tribunal, tan baqueteado, pareció quebrarse un poco la dureza profesional y cerrada de los hombres que tienen que estar por encima de todo. El defensor, también joven y también rubio, sólo pudo pedir clemencia, que ya es pedir —dijo— ante la avalancha de testigos de cargo. La dialéctica jurídico-militar era somera, desde luego. Lectura de cargos, generalmente llenos de sangre. Actuación de los testigos, e informes del fiscal y del defensor, por ese orden o por otro. Cualquiera era capaz de recordarlo. Siempre había un momento final en que hablaban los procesados. Casi todos —no todos— apelaban a la justicia de Franco. Los no todos, muy pocos ciertamente, eran sin excepción hombres maduros, secos, con la mirada fija. Por lo que fuera, no debían esperar nada, y lo sabían. Quizá no querían esperar nada, pero eso ya fueron especulaciones de Manolo Gracián, Dios sabe con qué fundamento. En determinado día y momento estaba en el banquillo, entre otros cuantos, el hombre que había sacado de su casa y fusilado a un lejano pariente de Manolo Gracián, conde de algo que no hay por qué decir. Entre el público agolpado, y a su lado, el hijo del muerto, mozo espigado todavía, sereno y culto. Ante la negativa del hombre en cuanto a su participación en aquello,
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Manolo casi palpó la rigidez repentina de su acompañante. El ¡mentira! en que se concretó aquella rigidez restalló rotundo, como un rayo bíblico, en la sala. Algunos murmullos seguidos de un silencio total, y el hombre se sentó despacio, sin volver la cabeza. Nadie llamó al orden. Las penas de muerte florecían como hongos tras la lluvia otoñal. Aunque hubieran tardado tres años en brotarlos frutos —tremendos frutos— de las también tremendas lluvias del rojo verano del 36, sobre todo. No se inmutaba Manolo Gracián por ello, y por entonces. Todo era razonable para él. Dignum et justum, est, equum el salutare... Se desarrollaba ante sus ojos la eterna lógica del Talión, y no tenía nada que objetar. Por lo menos en el campo de los conceptos lejanos y no encarnados sub specie humana. Estaba detrás de aquello y no le importaba nada, sino todo lo contrario. No había asimilado lo de la otra mejilla, y quizá no fuera capaz de asimilarlo nunca. Todavía no tenía ni idea de bastantes cosas que iban a matizar después notablemente sus dogmas y fobias infantiles. Todavía no había podido rastrear en las posibles causas de todo. Esas que podían cambiar en comprensible lo que entonces no se lo parecía en absoluto. Pero esa era otra cuestión. Un poco o un mucho le flaqueaba, sin embargo, su dureza monolítica, cuando se encontraba cara a cara con los hombres, no con los conceptos. Cierta mañana, por ejemplo, los acusados subían en un autobús tras el juicio, entre un mar de gente que les contemplaba más bien callada ante el frente de la Audiencia. Uno de ellos, maduro y anguloso, ya sentado, se asomó de pronto sacando buena parte del cuerpo por la ventanilla abierta. Alguien, entre el público, debía preguntarle con la mirada o con el gesto el resultado. El hombre, con una sonrisa nerviosa cristalizada en miedo, se pasó una y otra vez, horizontalmente, el dedo índice por la nuez, en gesto que no requería traducción para nadie. Un joven casi debajo de él, pegado al autobús, le devolvió el ademán triunfalmente, en un claro trágala. No le gustó a Manolo Gracián la cosa. Aquello no hacía falta, y le dolió. Tampoco le gustó —mucho menos, por supuesto— lo otro, lo de aquella mañana en el cementerio de la ciudad. Acompañaba Manolo Gracián a su tío Pepe Árdales a algo relacionado con la exhumación del cuerpo de Paco Árdales, fusilado en alguna parte años antes y allí enterrado. El día luminoso y el silencio del cementerio parecían encerrar toda la paz del mundo. La paz etema del Padre. De pronto, desde un lugar algo más apartado de donde se encontraba, junto al muro blanco, le hizo una seña su tío, llamándole con un tono distinto, en el que parecía haber una sombra de duda: —«Ven a ver», dijo. Se acercó despacio Manolo, un poco extrañado por la entonación. A los pies de Pepe Árdales, los cuerpos rotos, ensangrentados —cinco o seis— de los fusilados aquella madrugada. Los miró Manolo, aparentemente tranquilo, como tratando de virilizarse, de no demostrar su niñez. Pero no quiso llevar sus ojos a las caras de los dos o tres que estaban panza arriba. Se esforzó en pensar que así habrían estado tantos de los suyos unos años antes, por obra y gracia de los que ahora tenía a sus pies. O de otros parecidos. Trataba, en suma, de cerrar la ecuación justamente. Y lo hizo, sin que se alterara demasiado el pulso de sus catorce años. Pepe Árdales, cerca, andaba como excitado. Debía estársele subiendo todo el pasado a la cabeza. —«¡Méate en ellos!», fue por fin, la inesperada consigna. Se movía de un lado a otro, a grandes trancos. Naturalmente no lo hizo Manolo. Después quiso pensar que tampoco a Pepe Árdales le hubiera gustado que lo hiciera. Seguro que no.

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¿CUARENTA AÑOS DE QUE? Los famosos cuarenta años fueron sólo un penoso desierto. El omega de la vileza y miseria del mundo. Lo aseguraban los señores del después, las películas empeñadas en pintar sólo una vida mezquina y pobretona, el teatro al uso, las novelas más al uso aún. Todo había sido sórdido y desesperante. Un perpetuo invierno gélido y gris. Como mucho, mesa camilla, tufo de cisco y pobre sopa de arroz. De ilusiones nada, claro. España entera vencida y arrastrando su desesperanza por los sucios charcos de un interminable período glaciar. Debió ser Manolo un bicho raro, carente de sensibilidad, e incapaz de captar lo que realmente fue el entorno putrefacto y melancólico de los mal llamados años. El y otros como él. Todos los que había conocido en su ya largo recorrido desde la niñez fronteriza con la mocedad, hasta la más que madurez de su cincuentena. De la barba vergonzante en agraz a la calva ya casi rotunda y triunfal. En el campo, en la Universidad, en su ya larga caminata profesional posterior. O sería que disimulaban con él su irremediable tristeza. Tenía que ser eso. Si no, no lo entendía. Se emperraban los señores del después. Hasta los guateques donde lo pasaba en grande, ya mayorcito —unas pesetillas a escote y eM'attendrai a media voz—, o aquellas chicas tan monas y tan repintaditas, tenían que haber sido una pura fantasmagoría. Como sus pequeñas incursiones pretendidamente predadoras por Conga, J Hay, Fontoria y demás lugares aún más nefandos y estudiantiles del caballeros tres pesetas, señoritas gratis, y el dulce mocerío — cultura general y taquimecanografia casi todas— que se entreabría el abrigo —frío sí hacía en los húmedos sótanos del caballeros tres pesetas— para facilitar el enlace directo del talle por el paladín bailoncillo de turno. Lo malo era que tampoco en eso acertaban los adoradores de lo nuevo. Una falsedad histórica como tantas otras. Desde luego que la vida tuvo sus altibajos. Días de luz y tardes tristonas de tormenta en que se estrena colegio de párvulos. Pero él no podía ponerle un cero a cuarenta años de su vida. Dijeran lo que dijeran. Claro que hubo una guerra, por lo visto venida del capricho de unos pocos. Y que, de resultas, hambre, trenes increíbles, frío y luz con cuentagotas. Todo eso era cierto, y tenían razón los que lo señalaban insistentes ahora. Aunque no tanta en la imputación unilateral de responsabilidades. Pero incluso entonces, antes del despegue y demás, toda la esperanza del mundo. Ellos iban a erigir desde los escombros una España distinta, erecta y vertical. Una España alegre y faldicorta. Y se dedicaban a anunciarlo a grito pelado, al ritmo de sus estupendas canciones y al paso de sus centurias, por los campos y pueblos de aquella patria desangrada. De unas centurias desde cuyas filas gritaban otro tanto de lo mismo, y sin cautelas, algunos de los hijos de los otros. ¿No todos? Claro que no todos. Pero ya se andaría. Ya se estaba andando. No tenían razón en esa extraña manía que les había entrado de negar hasta la existencia de vidas normales —goces y heridas— en la España otra vez casi adolescente de entonces. La clásica majadería —pensaba Manolo— de las generaciones o sistemas ombligo del mundo, estación terminal de la Historia, automáticamente dedicadas a descalificar hasta las formas externas, ingenuas y tontarras, del pasado. Como si ellos no ejercieran análogas tonterías e ingenuidades, de las que el tiempo por venir habría de reírse irremediablemente. Con la diferencia de que, en ese caso, estaba clara la áspera componente política y hemipléjica de la descalificación. ¡Sí habían vivido, hombre, sí habían vivido! Con tanta esperanza, por lo menos, como los nuevos pretorianos. O con más. En todo caso —de eso estaba seguro— con bastante más limpieza, y con toda la nobleza del mundo. A pesar de todo. No se daban cuenta los tales —se insistía Manolo Gracián— de que, en algún momento del futuro, los tonti-cantanos de la nueva cosecha, incapaces de asimilar la Historia como lo que es, como una corriente siempre nueva y siempre vieja, mirarían también conmiserativos y por encima del hombro el nuevo siglo de las luces que ellos creían haber alumbrado para siempre. ¿El «Montañas nevadas» del que tanta leña hacían ahora? ¡Pues claro que sí! Había montañas. Estaban nevadas. Y llevaban los jóvenes las banderas alzadas al viento. ***
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La calle de Argensola era una delicia madrileña, tranquila y con arrugas. Un poco como las viejas damas que se resisten a serlo. Casi provinciana. Señorial y mesocrática a la vez. Y hasta proletaria. Viviendas donde se conocían —y convivían— desde la marquesa, que alguna habría, hasta el fontanero de mono manchoso, pasando por todos los eslabones intermedios. Con arrugas, eso sí, dignamente llevadas y que no hay por qué ocultar. Aunque con muchas menos que su propia casa, paradigma de lo destartalado y con un omnipresente olor a boñiga, allá por el alto julio sobre todo. Debajo de su piso, en los patios interiores, las cuadras de la señorita Mary, pequeñaja, feúcha y estupenda, écuyére en otros tiempos y en alguna parte. Salían por el amplio portalón, ya en el filo de lo cochambroso, sus grandes pencos huesudos para las clases de equitación que impartía la señorita Mary en cualquier lugar de Madrid. Era todo un espectáculo la llegada de la recua al atardecer, Argensola abajo, con sus aseñoritados crios peripuestos y encaramados a lomos de aquellas atrocidades. La última reliquia, seguramente, del viejo Madrid. Con toda la melancólica resonancia funeral de lo que se muere sin remedio y no va a resucitar. Habían llegado los Gracián a la calle de Argensola, en las proximidades de la casa de Tócame-Roque, según el señor Chueca, desde aquel imposible Claudio Coello que les devolvió la guerra. Las tardes penumbrosas de los cortes de luz, antes de la obsesión hidráulica del régimen recién instaurado. O del estudio apresurado en las fronteras del verano. Cuando entraban por los balcones abiertos al aire los gorgoritos en escala de alguna clase de música en la cercana Santa Teresa. Los gritos de los chicos jugando en las aceras. Estaba de moda por allí aquel «jodó petaca» que nunca oyó entonces Manolo Gracián en otros entornos, ni oiría después en parte alguna. Siempre había quien alzaba la malla por Manolín. En todos los ajos estaba el Manolín. Debía ser el reyezuelo Manolín. Y las asomadas al balcón con pretexto de descanso, a contemplar el pasar de las gentes. Venía desde la esquina el monocorde pregón con voz de carraca —¡el Ya, el Ya!— de Damián, el viejo periodiquero. Siempre había otros jovenzuelos, o jovenzuelas, lo mismo de lo mismo, en las casas fronteras. Boqueando al aire libre y caliente como los pájaros del verano. O tratando, más bien eso, de aunar soledades. Algún coqueteo, naturalmente, ya cuando llegaron los pantalones largos. Y el comienzo de las bobaliconas llamadas telefónicas de cualquiera de aquellas nenas con pretensiones de anonimato. Siempre lo mismo. El ¿no sabes quién soy?, las risitas y el escurrir el bulto cuando se intentaba alguna peligrosa aproximación en carne y hueso. Peligrosa, porque nadie sabía en qué adefesio podía encarnarse aquella voz. Las voces, a los diecisiete años, suelen ser deliciosas y cantarínas. Y lo eran, incluso en aquellos años. O a lo mejor tampoco, ironizaba Manolo Gracián desde el mucho más atrás. Aquellas nenas de los cuarenta y siguientes, punta de lanza de esa liberación femenina que después trastocaría los papeles, dejando al hombre inerme y desconcertado. La enfermera del dentista de al lado, fuera de tiro desde luego aunque sólo fuera por razones de edad, esa sí que estaba tremenda. Y nunca llamaba, naturalmente. Cada primavera pasaba bajo sus balcones el Dios Grande o el Dios Chico, que nunca pudo aclararse Manolo Gracián en tan sorprendente clasismo de la Divinidad. Curas en todo lo suyo, charangas tirando a raquíticas y la gente arrodillándose en las aceras. Se conocían todos. El elegante señor Mexía, de los muebles Mexía, al rico mueble tirolés. El insigne guapetón de la droguería, extra peliculero a ratos. El tendero de los bajos de justo enfrente, señor Paz y del Río, ultramarinos y coloniales. O los Berriatúa de al lado, falangistas como cada quisque y primos de aquel jovencísimo Mario Berriatúa, muerto muy pronto, que habría de encarnar un soberbio papel de escuadrista de la época arriesgada en la versión cinematográfica de «La paz empieza nunca», de D. Emilio. O ese Carlos Ángulo, voluntario del Tercio de Lacar a los dieciséis años, que acababa, como quien dice, de dejar las trincheras, al igual que tantos otros, y oteaba la tarde desde las alturas de su ático, como un halcón mudado. Y el feísimo y currutaco cartero de uno de los pisos interiores de su casa, cabezón incontenible y pies palmípedos interminables. La un poco despendolada estirpe de las camareras, guapetonas y tal, liadas las mayores con su
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correspondiente y eterno querindongo. Uno de ellos, torero, chuletón y marchoso, siempre con contoneos de paseíllo. La pequeña de las camareras, bisoja la pobre y un soberbio cuerpo en eclosión, aún no estaba liada. Y miraba a veces a Manolo con sus ojos candongos, metido el uno en el otro. ¿Una vida chata y sin fronteras? ¡Hombre, no! La misma que había sido y sería siempre. No la recordaba Manolo Gracián, por lo menos, como algo tristón y a olvidar. A pesar de que ni motos, ni coches, ni nada. El 49 para ir y venir de Areneros —antes de la gloria de la bicicleta— y el Metro, después, al consabido viejo caserón de San Bernardo. ¿Hambre? Sí, desde luego. O, al menos, estrechez durante largos años. Pero con eso se contaba. Estaba ahí y tenía su explicación. Lo que había que hacer era apretar el cinturón y los dientes y tirar del carro. Esa era la vida que les tocaba vivir, e iban a vivirla alegremente, con toda la tranquilidad del mundo. Aunque no fueran gratos ni la escasez ni la pobreza propia o circundante. Ni las mujerucas del estraperto. O las colas para el tabaco y demás bastimentos. Y mucho menos lo que les estaban haciendo aquellos ciudadanos ganadores de la guerra mundial, empeñados en jorobar a los españoles. En que comieran, si comían, bazofia pura. ¡Menuda la armaron cuando el trigo de Perón! Y con la llegada a Madrid de Evita. Nunca estuvo seguro Manolo Gracián, pero juraría que franco le había mirado con cierta cara de disgusto cuando, en primera fila de la multitud, pegado al Palacio de Oriente, lanzó a Vlta aquel estentóreo ¡guapa! al pasar frente a él la pareja en coche lescubierto. Quizá porque aquel chiquilicuatre debía ocuparse en cosas más serias que piropear a las primeras damas extranjeras. Mira por dónde, justo en aquel momento, se había hecho casi silencio el clamoreo de la multitud. Como en el famoso chiste. ¡Mala suerte! De lo que estaba seguro Manolo era de que Evita sí se fijó en él, cariñosa y chungona. ¿«La colmena»? Bueno, no tanto. «La colmena», es decir, el infierno. El conjunto de todos los males sin mezcla de bien alguno. Demasiado fácil. Y demanda segura —eso sí— de la abundante estirpe de los coprófagos. La entronización amputada y excluyente de toda la mugre humana, como si el hombre fuera sólo un lupanar. Como si al lado de la mierda no hubiera, incluso entonces, nada más. Habían tenido ilusiones. Todo lo tontas que se quisiera, pero ilusiones. Aunque se estuvieran forrando los del Consorcio de la Panadería y otros pocos, u otros muchos. Como cuando cantaban con la melodía del parabonchibonchibón aquello de «y ahora que Franco ha ganado la guerra... erra, volveremos a empezaar, tomaremos Gibraltaar, daba la media... etcétera, etcétera». Y seguían tomando cosas: «y nos haremos los suecos, para tomar el Marruecos...» Y vuelta con el «daba la media...» Lo tomaban todo. ¿Memez? Desde luego que sí, pero prefería Manolo Gracián las memeces limpias y alegres a la pálida mugre de alguna generación por venir, desprovista hasta de la gloria juvenil de lo ingenuo y lo grande. Por infantiles que fueran lo uno y lo otro. Estaba seguro al menos, el Manolo Gracián de muchos años después, de que no tenía que descalificar en absoluto su juventud. Todo lo más, una sonrisa cariñosa y nostálgica de apoyo al que fue. Pero había opresión, decían ahora. Así sería, pero ellos no lo notaban. Seguro que alguien lo estaría pasando mal en aquella España de la postguerra, todavía en fase de liquidación de deudas reales o de puros rencores. Ellos no. Ellos no lo notaban. Ni ellos, ni nadie de los que conocía —bastantes— en todas las escalas. Habían dejado atrás toda la atrocidad pasada y ya era bastante. Eso de la libertad les sonaba a monserga irremediable. Tenían demasiado cerca adonde les había llevado la susodicha y no les daba la gana de plantearse la cuestión. Hacía falta una mano firme que sacara todo a flote, y las manos firmes no pueden pararse en chiquitas. Ni les hacía falta la libertad, ni la echaban de menos. Algo que no entenderían nunca las generaciones de después. Y ese sería su problema. En cualquier caso, de borregos, nada. Difícilmente podría asignarse la imputación lanar a aquellos españoles que se habían dejado la piel a tiras en los años tremendos. Claro —pensaba el Manolo Gracián de la última vuelta del camino— que quizá tampoco se entendió en su momento que los que iban naciendo, los nuevos, los normales, sí necesitaran otra cosa. Incluso a él mismo, o a ellos mismos, empezaron pronto a fastidiarles algunas o
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bastantes sandeces. Por ejemplo, lo de la jerarquía porque sí, cuando ya lo de la jerarquía y el chitón no estaba ni mucho menos tan claro como antes. Bueno, pero eso era otra cuestión en la que no quería caer Manolo Gracián, por supuesto, en el facilón pasarle la mano por el lomo al presente. El estaba contando lo que fue, y nada más. Volvía a lo mismo. ¿Libertad? ¿Retorno de los vencidos, aún caliente la sangre propia y la que se había derramado? De eso nada. Que se quedara en Portugal aquel señor Gil Robles de a por los trescientos. Y en Suiza, firmando manifiestos, otros aún más rimbombantes por la gracia de Dios. ¡Que les hablaran a los estudiantes del aquí no ha pasado nada! Aun a aquellos estudiantes para los cuales no dejaban de ser las trincheras más que un concepto lejano y casi retórico, vivido en sangre y barro por otros. Tenían lo que deseaban, y eso debían entenderlo los señores del más adelante, si querían saber de verdad la Historia, y no partir de cero, como estaban haciendo más o menos. Seguía viviendo Manolo su vida de estudiante, año tras año. Ya había dejado atrás las sotanas y los bombachos. No existían problemas en aquella Universidad a la que llegó feliz y jaquetón. Todos eran unos, compactos y sin fisuras. Algún extravagante podía dar de pie en ocasiones —como aquel Benet larguirucho y extraño, buen amigo suyo por otra parte— pero eso no dejaba de ser una minucia tirando a zumbona, sin consecuencia alguna en el bloque homogéneo de los jóvenes. Se trataba de salir adelante, de estudiar. Eso era lo que hacía falta y lo demás pamemas. Las clases de D. Valentín Andrés Alvarez, el bizarro y estupendo personaje que, según Ortega, siempre estaba dejando de ser algo. O de José Luis Sampedro, "abitualmente irónico —un punto amargo— y pelo al cepillo que acababa de publicar su divertido «Congreso en Estocolmo». Los casi amaneceres en que le costaba trabajo mantener los ojos abiertos al sueño dulcemente ascendente, ante la avalancha histórico-económica de Zumalacárregui, hijo. En primera fila, porque el escaso número de héroes mañaneros impedía huir hacia las alturas siempre más acogedoras y protegidas del aula. Las becerradas de D. Aniceto, el tonsurado, y el papel de campeón de su apellido que tuvo que asumir ante él. O aquel magnífico José Luis Piera, extraño ejemplar que se sentaba en los escalones del estrado frente a ellos y cuya cultura universalista le impedía, precisamente, concretar absolutamente nada. Podía ser que sí, o podía ser que no. Cualquiera sabía. Es decir, que todo normal. Era joven y vivía como todos los jóvenes que en el mundo han sido. A caballo entre el componente verbenero y lúdico del estudiante y las preocupaciones de todo tipo de su creciente vector intelectual, incómodo e irrenunciable. Pero sin dramatismos desgarradores. Sin que nada le hiriera en exceso. O, al menos, sin que le hiriera como otras cosas de después, de mucho después. Además, ya habían pasado los años graves y los españoles partían en paz el pan, otra vez abundante, de cada día. Estaban de vuelta los embajadores, previo meterse por donde les cupiera los anatemas, los rayos bíblicos de no mucho antes, y España podía permitirse el lujo de ejercer un jubiloso trágala. Casi el corte de mangas. Crearon entre unos cuantos iluminados —eso sí seguían estándolo— una magnífica centuria bajo la estupenda advocación de Iñigo de Loyola. El jefe, Ceferino Maestú, emperrado entonces y ahora en la mística de un sindicalismo estricto, sin mezcla de mal alguno. Lo cual quería decir que Manolo Gracián había convertido ya en sistema racionalmente asumido aquello que, en principio, fue sólo emoción y carne viva. Aquello que pasó a su lado suavemente, como una brisa, a través de la radio, una mañana de octubre de 1933. Ni le gustaba el capitalismo, ni los poderosos de la Tierra. Claro era que ya se había machacado Manolo al señor Marx y a otros muchos. Y que la economía y demás ciencias afines que se abrían ante él estaban situando con algún rigor en su mente los términos de la irremediable cuestión. Celebraban sus reuniones en el Lyon, en El Escorial, en Nava-cerrada —Salves sin pretensiones melódicas, pero auténticas, a la Virgen de las Nieves—, en cualquier parte. Unas reuniones que empezaban a precipitar una buena dosis de disgusto. Aunque el tal disgusto quedara contrabalanceado por la evidencia de una España que crecía a ojos vista, y no sólo para unos pocos. Objeciones, todas las que se quisiera. Pero no querían romper la baraja. Demasiado memez, seguramente. Demasiado aburguesamiento del sistema, también
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seguramente. Y un exceso de meapilas, además, que estaban convirtiéndolo todo en una sacristía aldeana, cerrada y sin horizontes. Pero ahí estaba la seguridad social, o el principio de aquella industrialización autárquica a la que luego iban a echar las culpas de su propia ineficacia los protagonistas de los años posteriores. Ya no se podía poner al obrero en la calle por un quítame allí esas pajas, aunque se chincharan —bien que se chinchaban y despotricaban— unos Árdales y similares que habían aprendido muy poco. Todo un síntoma, evidente por sí mismo, de que las cosas marchaban. Cartillas fuera, gasógenos fuera y comienzo del automóvil como Dios manda. Fundaron también el coro Santo Tomás de Aquino, con las estupendas chicas de la Sección Femenina —¿podré decir hoy eso del estupendas sin que me tiren piedras?, pensaba el Manolo Gradan casi sesentón— con el que intentaban salir al paso de aquellas atrocidades en candelero de la vaca lechera y el caimán que se iba para Barranquilla, cantando villancicos en la misma Puerta del Sol y en la Navidad. O rondando por las noches con sus viejas canciones castellanas, gallegas, de todas partes. Hasta úGaudeamus igitur, ya casi olvidado, volvió a sonar en sus voces en cuanto la ocasión se ponía a tiro. A veces les echaban perras desde los balcones, sin darse cuenta de que lo que ellos querían era oponerse al tremendo popu-'acherismo envilecedor de unas musiquillas estúpidas. Se reía Manolo Gracián al recordar la voz desafinada de Eduardo Adsuara creyendo que cantaba a su lado. ¡Qué mal lo hacía el puñetero! Casi como aquel Bermejo fijado para la Historia por el irreprimible «¡oh, hideputa, Bermejo, y cómo desafina el bellaco!» del emperador darlos en Yuste. Es decir, otra vez, que vivían limpiamente. Y creyendo además que iban a hacer algo grande y nuevo con su esfuerzo. Todo el pus del pasado, todos los rencores a flor de piel iban perdiendo aristas. Alejándose cada vez más en la luz apagada y blanquecina de los recuerdos. El Isabelo, el Encarna, el chico aquel de Juan Árdales sólo eran ya, para Manolo Gracián, unas figuras sin contornos en alguna parte de su cerebro, ni siquiera del corazón. Empezaba a mirarlos con una mezcla de comprensión e ira. Cada vez menos de la segunda y más de la primera. Seguramente porque estaba empeñado en transformar sus emociones primarias en esquema capaz de articular ordenadamente su propio mundo. Ese soberbio galimatías que es el hombre. Veía con el paso del tiempo que la Historia no había empezado con él. Y que en la Historia nada ocurre porque sí. La feroz injusticia de los prepotentes. Las razones de los otros. Eso de la plusvalía no era una estupidez. Ni lo de los salarios de hambre una fábula a ignorar púdicamente desde las angulas y el chuletón a la brasa. Es decir, que estaba ya zambullido en el mundo de los conceptos, y los conceptos no suelen llevar consigo excesivas secreciones biliares. Aunque de vez en cuando —eso sí— se le removieran otra vez las tripas al pasar por los viejos escenarios de su niñez vapuleada. Por aquel Claudio Coello del que salieron sus padres entre fusiles. O el Goya 83 panameño desde el cual oía en las noches, arrebujado en el colchón, sobre el suelo, cómo los milicianos aporreaban las puertas vociferando amenazas. Se le revolvían las tripas, pero las de otros tiempos. El ya no estaba en eso. Ni él, ni nadie por entonces. Sólo la acedía amarga en la boca de una digestión atravesada y lejana de la que más valía olvidarse. *** Seguían pasando los años. Lo único serio —eso de pasar— que suelen hacer los años. La calle de Argensola ya no era la calle de Argensola. La del callado temblor de humildes vidas antiguas, como ectoplasmas llamando a la puerta. Se llenaba de coches por días, en avanzadilla de las formas estridentes que llegarían después, que ya estaban llegando. El señor Mexía seguía peripuesto y poderoso, y por allí andaba el droguero apolíneo, cana tras cana. Pero ya no estaba Manolín y nadie alzaba la malla por nadie. No había Manolines sustitutos. Tampoco se oía ya la cantinela del viejo periodiquero de la esquina, aburrido de sí mismo. La Tasca Suprema, nada menos que Suprema, es decir, el no va más, el chulesco aquí estoy yo celtibérico, abría ahora sus puertas flamantes junto a los escaparates ya casi lujosos y cada vez más llenos del señor Paz y del Río. Señal de que los españoles podían darle ya al diente fuera de los comedores familiares —sopas de ajo y pan minúsculo— de los años pasados.
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¿Se asomaría alguien a los balcones al declinar de la tarde? No lo sabía Manolo, pero seguro que no. Hacía tiempo que él se había dado de baja en el censo de los contemplativos. Además, eran otras formas de aproximación más directas las que empezaban a llevarse. Nada parecidas al encantador rigodón de los ojos furtivos. ¿Seríamos también, como dicen, unos reprimidos? Pues tampoco, hombre, tampoco. Otra tontería como casi todas las que se estaban escribiendo. Por lo menos, él no se recordaba así. Lo que ocurría era que ellos tenían unas creencias, unos valores, o como quisieran llamarles ahora los señores del momento. Según los tales, habían perdido lamentablemente el tiempo. Que dijeran lo que les diera la gana. El que quería tomate encontraba sin problemas el tomate, aunque no ciertamente, restregándoselo al prójimo en las narices. Pero la mujer seguía siendo una delicia distante y misteriosa. Cosa de la que dimitiría después. ¿O no era así? Le daban pena a Manolo Gracián las escenas que vería posteriormente, al hilo de la liberación sexual que se estaba impartiendo a los jóvenes. Casi montándose en la calle, como los perros. O, para ser más exactos, ellas montándoles a ellos, siempre un poco más incómodos y timidorros. Estaba claro que España —pensaba agriamente divertido Manolo Gracián— se va a convertir en poco tiempo en un glorioso pueblo de hijos de puta, de paternidades socializadas. Porque así era. Pero a lo que iba. Manolo ya era un hombre con toda la barba. Manolo y todos Ruellos jovenzuelos ilusionados de los años anteriores, casi desperdigados y cada uno a lo suyo. Ya no querían tomar nada. O habían sentado la cabeza, o se daban cuenta de que no podrían hacerlo y más valía olvidarse. Además, la antigua tensión de los tiempos difíciles se había aguado irremediablemente, cumpliendo con su deber. Ahora eran otras cosas más normales las que se llevaban. Entre otras razones, porque cada día se incorporaban nuevas promociones a la vida española y, para esas promociones, lo que los mayores vivieron no pasaba de ser una terrible peripecia a la que respetar, eso sí, pero nada más. No la tenían dentro, en las entretelas, dispuesta a alzar la cabeza al menor envite. Empezaban, por otra parte, a desear otras fronteras. ¿Franco? Bueno, muy bien. Pero, ¿no cabría abrir un poco más la mano? España no podía ser un lazareto aparcado en esta punta de Europa, sin libertades y demás. La verdad era que no ejercían los nuevos, los primeros nuevos, una postura excesivamente crítica y activa. Quizá porque España iba ya casi a toda vela, y donde hay harina nada es mohína. Iba bien España, en efecto, aun antes de la arribada salvífica de los tecnócratas con sus modos europeístas, tan distintos de aquellos autárquicos y heterodoxos que habían tenido que aplicarse en la hora de las duras. Por alguna desacostumbrada razón, España no levantaba la cabeza del tajo. Presas por todas partes, enviando al limbo de las imágenes fantasmales las tardes de la penumbra interminable. Regadíos, repoblaciones y viviendas nuevas en cada esquina, antes solar. Lo del Imperio había pasado a mejor vida, y aquel país suyo de la piel erizada y el corazón blindado de rencores se entregaba de hoz y coz al nuevo diosecillo del desarrollo económico. Ni siquiera pedía ya pringue la Julia de Santanilla, la vieja pordiosera, cliente habitual de los Árdales en otros tiempos. Había terminado la carrera Manolo Gracián y se trataba de ganarse la vida. No le costó demasiado esfuerzo el primer acomodo. Se encontró, de pronto, dirigiendo una de las dos revistas económicas prestigiosas del momento. Seguramente el apellido. Un apellido que excluía en los demás toda sospecha de posible memez personal en él. ¡Allá ellos! Aunque eso de ganarse la vida con aquello no pasara de ser un concepto en exceso optimista. Quinientas pesetas cuando lograba dar a luz un número, cada dos o tres meses. Además —¡vaya por Dios!— le había situado el destino en una posición nada cómoda. Tuvo que sustituir él, precisamente él, un catecúmeno con poco más que un título, nada menos que a aquel soberbio equipo de los Fuentes Quintana, Velarde Fuertes y demás que rigieron antes la publicación. Se le abrían las carnes cada mañana en el despacho del paseo del Prado —los luego nefandos Sindicatos Verticales—. Tenía que parir página tras página y no era demasiado abundante, sino más bien lo contrario, la materia publicable con que solía contar. Se dio cuenta entonces Manolo de la tremenda realidad, nunca derogada después, de lo mal que escribían los economistas españoles. Y de la escasa chispa que solían tener. Ni una idea propia, y venga de citas a pie de texto. Hasta a algún catedrático en candelera tuvo que rechazarle un artículo,
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pese a su carencia endémica de originales. El artículo era estupendo, pero aquel señor se había limitado al plagio absolutamente impúdico de un autor extranjero. Tenía que parir él, pues, folio tras folio. O propio, o traducido. Con lo cual resultaría que el destino de Manolo Gracián, incluso el profesional, iba a llevarle necesariamente por los viejos cauces familiares del plumífero. Y que, desde aquellos primeros equilibrios en letra impresa que después releería entre cariñoso y avergonzado, tendría que escribir a lo largo de su vida miles y miles de papelotes que alguien podría triturar después. Lo cual no dejaba de ser arriesgado e incómodo. Siempre expuesto a la crítica de los otros. De los que nunca se mojaban. De los que, incluso, o no tenían la menor idea de economía o no sabían poner una palabra detrás de otra sin que chirriaran las linotipias. Miles de folios, incluso, en discursos o conferencias preparados para otros nombres más en la trinchera de la vida pública, esos nombres que le iban a rodear siempre. Hasta ministros, desde luego. O espacios innominados en televisión. Entonces ¿un negro? Pues sí, un negro. Antes, ahora y, por lo visto, siempre. Era igual. Así había sido y así sería, mientras siguiera con su indeclinable afición a quitarse de en medio. A estar lejos de la penosa algarabía de los escalafones políticos o no. El no servía para otra cosa. Por no servir, ni siquiera para las oposiciones valía. Lo de la trinca por ejemplo, le parecía repugnante. Asistió a una de ellas y salió desmoronado del circo sangrante. Insultarse, pensaba, no debe tener mucho que ver con la Ciencia. Así que colgó definitivamente del perchero de los imposibles sus difusas aspiraciones a la cátedra. Su pretensión de sacarle jugo a todas sus interminables horas de estudio y lectura. Le apasionaba la economía y otras materias correlativas, y estaba al día. Pero aquel sapo de la trinca no se lo podía engullir ni cerrando los ojos. Como no le cabía en la cabeza que, para alcanzar el galardón, fuera preciso —porque así era y sigue siendo— agregarse a cualquiera de los grupos docentes, encabezados por los santones en boga. Esos grupos y esos santones que se tiraban los trastos a la cabeza, en perpetua guerra civil. Quinientas pesetas cada dos o tres meses y, eso sí, estudio, estudio y estudio. Es decir, algo más que un título que normalmente dejaba en la calle a los recién licenciados poco menos que en camiseta. Les sonaba Keynes, eso tan bonito de la demanda efectiva y poco más. Los viejos Sindicatos Verticales y aquel gabinete técnico, regido por Ramón Hermida, abierto a todos, que habría de ser la cantera nutricia de algún que otro prestigio posterior y de la correspondiente rimbombancia. Porque allí, la verdad sea dicha, ni había la menor compulsión política ni los héroes de las cúspides ejercían de tales. Guardar un poco las formas, eso sí, pero sin más más ni más menos. Esto es, como ahora y como siempre. Porque también ahora hay que guardar las formas y, si no, palo. Al menos, esa forma de palo en que consiste el aparcamiento del incómodo, del disonante. Tan liberales como lo son ellos. Tan respetuosos de la libertad de conciencia y expresión. Por allí andaba Mariano Rubio, con sus ojos siempre enrojecidos y ya con alguna detención a cuestas. O Gonzalo Anés, otro tanto de lo mismo o algo parecido. Y bastantes más, algunos de los cuales estarían después, por ejemplo, en los triunfales campamentos socialistas, aunque por entonces no se les notara en absoluto el ramalazo. Ni tanto así. Vocaciones tardías, seguramente. Estaban llegando ya los más nuevos todavía, los críticos activos, y no pasaba nada. Quizá porque se participara en buena parte de su crítica. O porque los rescoldos estaban ya casi apagados y no era cosa de resucitarlos. Importaba poco la política. Al menos a un Manolo Gracián que había ya archivado el ejercicio personal de sus viejos dogmas y se limitaba a vivir. O así lo creía. Los viejos dogmas y la vieja piel crispada habrían de resucitar después, casi recién nacidos 0tra vez, cuando los nuevos tiempos intentaran cronicar lo que fue como no fue y mandar al infierno todo lo que no fueran ellos. Resucitaban, incluso, al ver pasar por la Castellana, en bloque, una tarde de primavera encapotada, a los ex-combatientes con sus kilos de más y sus pelos de menos. Quiso estar Manolo Gracián en el acto, poco menos que en plan inquisidor y

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desde fuera. Hasta que se encontró dentro hasta las ingles. Como iba a ocurrirle, inevitablemente, siempre. Se limitaba a vivir Manolo y a progresar como cada quisque, aunque le rodearan la política y los políticos, cada vez más, en su ascenso profesional y económico. Era igual. El estaba sólo de espectador. Un día tras otro y un amanecer tras otro. Progresaba como lo hacía España, crecientemente empeñada en los nuevos modos del desarrollismo. Aquello era ya casi un pugilato deportivo. Que si el 7 por ciento el año pasado y el 8 por ciento éste. O los nuevos miles de hectáreas de regadío y la retahila de embalses inaugurados. O tantos miles también de viviendas. Es decir, casi las delicias de Capua desde el hambre del ayer no más. Habían desembarcado a bombo y platillo los tecnócratas, los planes de desarrollo. Y ese Mercado Común que iba a convertirse en el amor esquivo, si no imposible, de aquellos años y los de después. Todo era Mercado Común o la aburrida frasecilla mostrenca de la «integración en áreas económicas más amplias». No dejaba de fastidiar la cuestión a Manolo Gracián. Le irritaba el feroz economicismo excluyente de todo lo demás que se estaba impartiendo a los españoles, sin la menor resistencia. Claro que estaba todo eso del primum vivere, pero ¿quién había dicho que no se pudiera filosofar a la vez? Le sacaba de quicio contemplar en los restaurantes a los que ya podían ir esas cenas de matrimonios donde ellos sólo hablaban de dinero mientras ellas, las pobres ellas, bostezaban su hastío con la mirada perdida y a la busca, quizá, de algún feliz caballero capaz de encender sus labios con un beso de amor. Pero no. Los caballeros estaban en otra cosa. La irrupción "Tefrenable del becerro de oro. Esa generación, inmediatamente posterior a la suya, que habría de engendrar, después, a los jóvenes desarraigados y estentóreos de la mugre como sistema. Aunque entonces no se diera del todo cuenta Manolo de hasta qué punto la nueva especie iba a representar un cambio radical no sólo en la piel de España. Llegaba una España trivializada y bajo vientre, sin la menor componente seria que llevarse a la boca. O, eso al menos, sin las componentes que habían informado desde siempre la vida de Manolo Gracián y su grupo generacional. Extranjero él o extranjeros ellos. Una de dos. Seguía Manolo trabajando año tras año. Con algún pelo de menos y una ya evidente e incómoda amenaza de engorde irrefrenable. Escribiendo a troche y moche. Hasta el censo de los seudónimos había agotado, porque no era cosa de firmar varios trabajos en el mismo número como si estuviera en sus obras completas. Incluso el nombre del ya viejo Aurelio manchego apareció al final de una recensión al ilustrísimo señor Marrama, dando lugar a que aquel buda de la teoría del desarrollo preguntara curioso, desde Italia, que quién era el Aurelio de marras que entraba a saco, para bien o para mal, en su famoso libro. Se jugaba el tipo cada semana en la nueva revista editada por la Comisaría del Plan, en la que ocupaba ya niveles bastante más altos que los de su juventud profesional primeriza. Aunque eso de jugarse el tipo se refiriera sólo a la posible crítica intelectual de los más sabihondos, no a otra cosa. No gustaban por aquellos despachos algunos de sus artículos, demasiado críticos, según se decía. Era lógica la reticencia. Tenía que notársele el ramalazo de unas creencias personales sustantivas que ya no se llevaban. No hacían gracia sus irónicas incursiones limitadamente revolucionarias en torno a las cuestiones del momento. Por más que, ciertamente —estaba obligado a decirlo— pudo entonces ejercer bastante más libertad que la que podría usar posteriormente. Nunca tuvo, al menos, la menor llamada al orden. Ni, desde luego, el correspondiente varapalo administrativo de quien podía propinárselo con todo derecho. El estaba —decían— a la izquierda del sistema. Algunos afirmaban incluso que tiraba al monte. El apellido, naturalmente. Es decir, casi rojo o rojo sin el casi. Pues no. Simplemente decía lo que pensaba de las cosas, igual que después. Aunque después iba a costarle bastante más que el simple entrecejo fruncido o las meras imputaciones exclusivamente retóricas. Un día y otro día. El sol de la mañana y la luz en retirada de cada tarde, en anuncio de otro sol a estrenar. La vida corriendo sin problemas, soberbiamente monótona y soberbiamente nueva. Como todas las vidas. La pequeña o grande ilusión que había que contarse a cada despertar. El pequeño prestigio a defender y acrecentar, si era posible. Libros y más libros. Las paseatas solitarias bajo la lluvia o al aire caliente del verano, ya un poco hastiado de sus pequeñas y esporádicas aventurillas femeniles. Quizá porque, a él, el sexo pleno le resultaba radicalmente aburrido. Tenía razón la Sagan en eso de los inaguantables ojos lánguidos y
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posesivos del «después» entre comillas. Lo bueno era, en todo caso el cerco a la corza. La eterna esgrima de la mirada. O el subir la escalera, como dijo también no recordaba quién. Fontoria, J'Hay, o las boítes en sazón -Alazán, Villalar y demás— le encocoraban ya. Por alguna razón, las de la cultura general y la taquimecanografía de otros tiempos, las dulces chicas bailoncillas y poco más, habían dejado el paso a una avalancha profesional a la española —el embite grosero y directo— que no le iba. Se limitaba Manolo a tomarse tristón y trascendente —¿qué le pasaba que cada vez se emperraba más en llegar al fondo?— su media combinación dulzarrona, mientras Irma Vila, por ejemplo, desgranaba en la pista a la luz hiriente de los focos sus estupendos gallos charros. O Ana María González, otra vez por ejemplo, lanzaba al aire aquella su voz pastosa desde un cuerpo ya claramente embutido en fajas con pretensiones caritativas. Es decir, que se casó. Que le había llegado su San Martín. Que en aquella chica menudita de cuerpo esquilmo y ojos que hacían cosquillas había encontrado ese proyecto sugestivo de vida en común que no tiene por qué reducirse al más solemne concepto de la Patria, aunque el señor Ortega se hubiera parado allí. Se casó con tres mil setecientas cincuenta pesetas mensuales. Ni una más ni una menos. No era mucho, pero con ello se podía empezar a andar. No tenían exigencias. Ni pisos puestos por los pobres padres del después -sólo el arrimo acogedor a la casa paterna— ni demás bicocas. Una moto Derbi, a plazos, para el viaje de novios y allí se acababa todo. Además, lo que son las cosas, eran felices. Y estaban en paz, que ya era bastante para los dos, aunque otras aspiraciones empezaran a Coplelarse en algunos círculos, empecinados, ya sin ambages ni Quitaciones, en aquello de la libertad que Manolo había arrumba-0 tiempo hacía al archivo de lo que no acababa de preocuparle. Aunque sí le preocupaban otras cosas que intentaba entender. Como el hecho estridente de que los retoños del sistema, los hijos de los hombres de la época fundacional y difícil, salieran casi unánimes dando de pie. Ni siquiera en un intento —que él hubiera compartido— de volver a la autenticidad de lo que pudo ser y no fue, sino pasándose con armas y bagajes a los otros. A los vencidos por sus padres. A los señores del Paracuellos y demás. A los comecuras de toda la vida. ¡Cualquiera lo comprendía! A algunos de ellos tuvo a su lado en otros tiempos, vociferando más que nadie por la revolución pendiente. Más nazis que la puñeta. Más dogmáticos de la ortodoxia azul que la susodicha. Y, desde luego, mirando despectivos, como a fósiles arrumbados entre telarañas, todo aquello del liberalismo y el socialismo. Ahora no. Ahora volvían con los ojos en blanco a los viejos santuarios que antes denostaban. Ya no querían síntesis superadoras, sino las antiguas ideologías en estado puro. O habían sido entonces meros corifeos sin racionalizar de lo que se llevaba, o lo eran ahora. O las dos cosas. Intentaba explicárselo Manolo Gracián. Como intentaba explicarse que los más jóvenes, los que nunca habían vociferado, estuvieran en otro tanto de lo mismo. Aunque a esos sí los entendiera mejor. Quizá, pensaba, porque realmente aquello en que se había concretado todo carecía ya de la mínima capacidad de arrastre juvenil y la paz era para ellos un dato indiscutible con el que contar porque sí. Tenían toda la razón en lo primero y sería comprensible, por tanto, que buscaran su propia cuadrícula vital. Tanto más cuanto que ellos no tenían a sus espaldas ninguna experiencia amarga capaz de marcar los jalones del hasta aquí se puede llegar. De acuerdo, completamente de acuerdo. En lo que no lo estaba Manolo era en que todos esos lechuguinos se entregaran casi erotizados a las rugosas damas empolvadas, a los esquemas de siempre. Por lo menos, seguía pensando, imaginación poca. Sólo les faltaría ponerse la levita o el macferlán y ofrecer sacrificios a los viejos ídolos. Claro —terminaba— que también el intento de dejar todo eso atrás les había salido rana. Los gritos rituales y una pálida burocracia en-quistada en cualquier cubil no eran como para entusiasmar. Ni para pensar que detrás de eso, o por encima de eso, podía estar otra vez la solución inédita. Total, que otra vez aferrados a la famosa mano invisible. Al hombre-voto, aunque no tuviera más que el voto. O a la lucha de clases, la teoría del derrumbe capitalista que nunca llegaba, Y demás azoras del catecismo de D. Carlos, el de la barba florida. Le costaba a Manolo trabajo darle en la crisma a la idea de que los nuevos mozos podían hacer todo eso desde sus estómagos bien repletos y sus coches más bien aparatosillos, en algunos o bastantes casos, a base del esfuerzo de tantos años ya de otros, pero lo hacía. Demasiado convencional el argumento —pensaba— aparte de
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seguramente injusto en su aplicación generalizada. No todo es estómago ni hay por qué excluir que para bastantes de ellos —terminaba— no esté resultando demasiado cómoda su postura. A lo mejor, incluso, ejercían su propia dosis de heroísmo juvenil e insatisfecho, al igual que los jóvenes de los tiempos pasados. Aunque se estuvieran equivocando sin saberlo. Aunque no supieran que estaban desembarcando, otra vez, en lo de siempre, en las arrugas inaceptables de la Historia y en los determinismos prefabricados. Ya se enterarían. O sea, que los entendía, por una parte, y le parecían tirando a memos, por otra. El había estado y estaba, sobre todo, en su vida privada —¿es que hay otra?— y sólo desde una cierta lejanía contemplaba curioso la arribada piafante de los nuevos bárbaros a las fronteras del imperio, ya vacío y en declive. El imperio de los cuarenta años en el que había vivido casi toda su vida y que se iba irremediablemente. Llegaban los hijos en avalancha ininterrumpida, como los trigos granados de cada verano, cuando Dios mueve el aire tibio de mayo que acuna las mieses. Recogieron los ya maduros jóvenes de los tiempos difíciles una espléndida cosecha de nuevas espigas. Hasta en eso se equivocaron, al parecer de los doctos, de los que habrían de convertir el amor en diagrama a manipular. La explosión de nacimientos de los años sesenta como origen, en parte, del paro en los primeros ochenta e inmediatamente anteriores. ¡Vaya por Dios, otra vez! Y con los hijos, el pluriempleo. Menos mal que los empleos estaban al alcance de la mano, y sólo se trataba de descrismarse otro poco. Más estudiar y más escribir. La Beca March — quinientos folios sobre el trigo, con alguna pretensión a lo Flores de Lemus, que P°r alguna parte andarían todavía, casi inéditos— para el 600, el famoso 600 triunfal de la generación del infarto. O traducciones de libros. O lo que le echaran. El infarto, por una parte, y por otra las aguas ya revueltas de una España que iba a terminar inexorablemente —¿es que no se dan cuenta los prebostes?— cualquiera sabía dónde. No, no se daban cuenta los prebostes. Le miraban algunos de ellos en cuyo entorno trabajaba Manolo Gracián por entonces —ya más arriba todavía— como a un augur malévolo, cuando les advertía que de todo aquel tinglado no quedarían ni los rabos. Empezando por ellos mismos. Sus picotazos de siempre. El incómodo aguafiestas también de siempre. No, hombre, no, le decían. Todo está amarrado y no hay peligro. Además, España no quiere aventuras. España sólo desea seguir progresando. Más coches, más viviendas... Unos cuantos que gritan y no representan a nadie. ¿Y vosotros —algunos eran ministros— a quién representáis?, retrucó cruel Manolo. No eran capaces de asumir la evidencia de que tampoco ellos representaban a nadie. O de que estaba por ver que así fuera. *** Había tratado de resumirse a sí mismo su propia vida, los cuarenta famosos años, y no hacía más que salirse de madre. Por todas partes se le enredaba la política, como si hubiera sido la política su variable independiente. Pues no, no lo había sido. Como para cualquier señor normal que vive una vida también normal. La política, en todo caso, un Guadiana que asomaba y volvía a desaparecer al hilo de cada momento, pero nada más. Era después, al repasarlo todo, cuando se desbordaba, no antes. Después, es decir, sólo cuando alguien dictaminaba desde las nuevas anteojeras que él y otros como él representaban un estigma en la Historia de España. Sin darse cuenta de que ellos habían vivido dentro de sus propias coordenadas, no de las de otros. Y que no les daba la gana de echarlas por la borda, ni el ustedes perdonen. Estaba seguro tras el examen de conciencia. Amaneció cada día para Manolo Gracián con la misma luz resucitada, por lo menos, que para todos los hijos de Adán. E incluso —sentía mucho decirlo, pero empezaba a traslucirlo— con bastante más que aquella que decían haber encendido los profetas posteriores. Pero ¿no ha pasado usted todo lo que ha pasado? Naturalmente que sí. Precisamente por eso, el destello de cada mañana era un milagro. Una maravilla respirar mirando al cielo en acción de gracias. Hasta que empezaran a nublarse los amaneceres. Hasta que llegaran otra vez los muertos en aras del nuevo sistema métrico decimal, y otras cuantas cosas que nunca lograría entender.
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Decían algunos que habían sido poco exigentes los de su caravana. ¿Poco exigentes? ¡Caray qué cosas! Ni en eso tenían razón. Si hubo alguna vez una generación disconforme en la Historia de España, tendrían que encontrarla los facedores del diagnóstico mirando limpiamente bastantes años atrás. Tan disconformes que —¡por algo sería!— todavía estaban empeñados los del después en echar paletadas de tierra encima al cisco redentor que organizaron. Ellos habían cumplido como buenos viviendo como quisieron hacerlo. Además, mira por dónde, era verdad que hicieron una España distinta. A pesar de aquella revolución embarrancada que, en buena medida, dejó de estar tan pendiente. Ahora que tallaran otros. A ver qué tal lo hacían. *** La calle de Argensola era ya sólo un peso melancólico en su pequeña peregrinación personal. Seguro que ya ni siquiera la señorita Mary. Y que las camareras, si vivían, serían sólo la ruina encor-setada de sus glorias pasadas. Pasaba Manolo Gracián por allí de tarde en tarde y miraba los balcones vacíos, aunque no lo estuvieran para él. Nuevas generaciones mozas, descorbatadas y un poco chulescas. Escapes agresivos y pelambres en todo lo suyo. La vieja pastelería Niza, ya carne de piqueta renovadora. Con el maderamen de su fachada a la calle carcomido como el de los viejos barcos, puro esqueleto varado en las playas. Ni siquiera olía ya a boñiga el portalón de su vieja casa. ¿Por qué la habría tomado con Argensola? No lo sabía del todo, Pero tendría su explicación. Seguro que cada vivencia necesita anclarse, en el recuerdo, en una determinada escenografía. Eso era lo que le pasaba. Los cuarenta años y la vieja calle, una y la misma cosa. Ahora vivía en otro barrio más moderno de aquel Madrid que fuera campo escueto. Allá por el Chamartín de Nuestra Señora del Recuerdo, donde ejercía en su niñez de interior derecha, los domingos, dejándose las rodillas en un duro suelo terroso y casi barojiano. Habían crecido los hijos y Manolo Gracián empezaba a estar cansado. De pronto, sin saber ni cómo ni cuándo, ya no era un proyecto abierto a toda esperanza, a toda conquista, sino pasado tirando a gris y vulgarcillo. Lo malo —o lo bueno— era que no le importaba nada. El estaba ya en la cuesta abajo y miraba todo desde la cima de un tiempo que se le había escurrido de entre las manos. De un tiempo —¿lo diría?— intenso y soberbio al que nadie tenía derecho a mirar por encima del hombro. Su tiempo, y eso le bastaba. ¿Entonces —se rascaba la cabeza frente a la máquina de escribir— feliz? ¿Balance con dividendos de los días que otros llamaban aciagos? Bueno, todo lo razonablemente feliz, o lo razonablemente infeliz, que se puede ser, ¿no te parece? Por lo menos, hasta que empezaran los nuevos días. Pese a las irritaciones recurrentes y las frustraciones con que tuvo que bregar. A sus periódicos o casi permanentes choques con las dos Españas consabidas. Con esas dos Españas que, más o menos, ahí estaban agazapadas y seguían crucificándole como siempre. ¿Cuarenta años de qué? Pues cuarenta años de vida irrenuncia-ble y que no cambiaba por nada. Se extrañara quien se extrañara. Se rió Manolo Gracián al leer lo que estaba escribiendo. Volcándose ya en puro testel, como todos los que saben que se acercan a la tierra absoluta y el cielo absoluto. De acuerdo. No le importaba. ¿Quién ha dicho que los tésteles no tengan razón? La beatería de lo nuevo. Como si no hubiera que irse de vez en cuando a San Pablo para enterarse de los últimos acontecimientos.

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¿UNA DE LAS DOS ESPAÑAS? Con esas dos Españas que, más o menos, ahí estaban y seguían crucificándole como siempre. «El hombre tiene derecho a vivir su muerte.» La frase restalló como un latigazo en el salón. Entraba por el balcón, rompiéndose en las pesadas cortinas corinto que lo flanqueaban, una luz de atardecida preotoñal y dorada que enmascaraba misericordiosa el increíble desvencij amiento de aquella casa de hombres solos. Desvencij amiento o cochambre a secas, que nunca se hubiera atrevido Manolo Gracián a definirse en serio en la cuestión. Claro que, a ellos, todo eso les importaba un comino. Ni a los demás, por descontado, que sabían adonde iban. Allí encontraba feliz más de un elegante ringorrango el clima acogedor y confortable que no hallaba en otras partes. Empezando por su propia casa, claro. Olía que daba gloria a tabaco negro y libros sin desempolvar de años. El paraíso, sencillamente, de aquellos hombres y de un servicio concienzudamente amaestrado en la paradójica tarea del todo menos limpiar. Faltaba la mujer y la madre, naturalmente, desde años atrás. Xavier Zubiri, pequeño y moreno, un poco a lo Carlos Gardel, se removió levemente crispado, tras soltarla, en el sofá de peluche indefinible y con incipientes calvas premonitorias de una especie de uña definitiva. A su lado, tan desastrado como siempre por la gracia de Dios, D. Manuel Gracián. En un butacón próximo —¡Señor, que resistan los muelles!— la mole negra, ensotanada y bondadosa de D. Juan Zaragüeta. Manolo Gracián y sus hermanos —o al revés, que siempre hay que guardar el orden establecido de venida al mundo— más bien simples espectadores. Con su propia opinión, pero espectadores. Se daban cuenta de que allí se iba a hacer Historia. O, mejor dicho, de que aquello podía convertirse en el prolegómeno de una historia viscosa y difícil. Así fue, efectivamente. La cuestión era que D. José Gracián, el filósofo, estaba a las puertas de la muerte, y no lo sabía. Y en que, como consecuencia de ello, iba a empezar a decantarse inevitablemente la sempiterna lucha teológica, a la española. D. Manuel Gracián, creyente hasta la médula, antes y después de haberse ventilado todo lo que había que ventilarse en el orden llamado intelectual, había convocado en su casa a quienes le ayudaran a perfilar, desde su evidente altura en todos los sentidos, su irrenunciable misión fraterna. En otros entornos podía no plantearse el problema, por las razones que fueran. La frase se había quedado temblando en el aire. Hubo un momento de silencio pensativo, cargado de cosas que trascendían, evidentemente, de aquella situación concreta. Al Manolo Gracián joven se le quedó esculpida en la frente durante toda su vida. «El hombre tiene derecho —la había transformado un poco para su uso particular— en limpiar su vida con la vivencia y el dolor plenos de su propia muerte.» A otros no les valdría, pero a él, sí. Sobre todo muchos años después, ya en la frontera del misterio. Asintió D. Juan Zaragüeta, calladamente, hundiendo un poco espasmódico la barbilla, una y otra vez, en su amplia papada abacial. ¡Lástima que no anduviera por allí García Morente!, el filósofo kantiano que había trocado vaüentemente, hacía 1938, su ateísmo en fe y después en humilde sotana casi rural. Algo así como la gracia tumbativa del camino de Damasco. Soledad, dolor y «La infancia de Cristo», de Berlioz, en el París nocturno del exilio español. No se le habían ido abajo las murallas racionalistas, pero tras ellas —decía después— había instalado Cristo su morada. Lo recordaba Manolo en los primeros años cuarenta, trompicándose en los latines de las letanías, con ocasión de la muerte de su tía Rafaela Gracián. No por latines, naturalmente, sino por letanías aún no convertidas, para él, en la costumbre ya casi injerta en la piel del católico español intrauterino. Se había ido hacía tiempo Morente y no podía echar una mano. De lo que se trataba, por supuesto —afirmó D. Juan—, era de respetar al prójimo. Sus creencias o sus no creencias, que eso tanto daba. Pero para eso, para respetarle hasta las

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cachas —lo de las cachas no lo dijo D. Juan, naturalmente— era obligado aportarle todos los datos. Todos, hasta el de su muerte, ya a plazo fijo e inmediato. Se daban perfecta cuenta de la que podía organizarse. Y no querían jugar a ese juego. No querían jugar a la disputa a dentelladas de la pieza que iba a tener lugar después, inmisericorde, entre los dos sectarismos de siempre, sino de algo mucho más profundo y entrañable. Entre otras cosas, porque sabían que detrás de toda sinceridad está Dios, y con apuntalarla se quedaban tranquilos. Sólo era eso, y ya era bastante. Nada cómodo por cierto. Ni siquiera en el puro recuerdo que estaba cristalizando muchos años después quería seguir adelante Manolo Gracián. Tenía datos bastantes de todo lo que vino tras aquel concilio, de cómo terminó todo, pero no deseaba ni siquiera reconstruir sus recuerdos. Demasiado seria y demasiado profunda para él era la cosa. Por otro lado, siempre le habían reventado los «yo estaba allí» de que están llenas las bibliotecas. Al menos, en cuanto ese estar allí, y después contarlo, rozara cuestiones tan absolutamente serias como la relación personal entre Dios y el hombre, a la hora de su encuentro. El y D. José Gracián sabían lo que había pasado, y punto. En definitiva, que eso era algo a guardarse para uno mismo. Lo que no tenía por qué guardarse era la nueva y amarga experiencia de las dos Españas con que había tenido que apechugar en aquella ocasión. Aunque el problema, su problema creciente, viniera de antes, de mucho antes, y no hubiera remedio, al parecer. Por ejemplo, del antiguo Areneros de Alberto Aguilera. Olor a café con leche tibio de los confesionarios, que en eso sí acertó Rafael Alberti. Y en el cuarto de hora dedicado al estudio antes de las preguntas. Antes del momento en que sube a la garganta un algo nada grato, no por infantil menos tremendo. Había llegado al colegio meses antes el Manolo Gracián de los 14 años, tras su primera experiencia escolar prolongada, y truncada por la guerra, en el Instituto Escuela, y algunas rebalsadas posteriores, sólo un poco introductorias a la educación religiosa de la época, en el Sevilla luminoso de la plena contienda y el Madrid sucio y pobre de la inmediata postguerra. Lo cual quería decir que no constituía precisamente el paradigma del alumno rematadamente pío al uso. Aparte de que ya había tenido con mozas tan mínimas como él sus más y sus menos. Todo lo infantiles que se quisiera, pero sus más y sus menos. Algo que, por allí, era preciso olvidar, seguramente con toda la razón del mundo. Al igual que lo otro, lo de las lecturas a tumba abierta. Zola y todo lo prohibido y por prohibir. Tampoco quería Manolo Gracián, al reconstruir sus recuerdos, caer en la fácil y estúpida valoración negativa de los colegios de curas, que se iba a convertir en moda rentable años después. Ni traumas, ni represiones hirientes, ni gaitas. Por lo menos, no más que las sufridas en otros pagos, más próximos al liberalismo español oficializado. Beatería por beatería, allá se iban la una con la otra. Los buenos por la gracia de Dios, y los listos, también por la gracia de Dios. Un poco, estos últimos, de Machado y Juan Ramón Jiménez —«... blancas setas, simétricos montículos y ramas esqueléticas...»— y ahí quedaba todo. En ambas partes, la dosis de memez consustancial a la especie humana, tonsu-rada o no, sólo diferenciada por los temas con los que cada uno ponía los ojos en blanco, sin más más, ni más menos. Se había referido Ortega, buen conocedor de la una y la otra fauna, evidentemente, a la beatería de la cultura, aunque la expresión hubiera tenido escaso éxito operativo en quienes la ejercían, naturalmente. En resumen, que Manolo Gracián, tras su doble experiencia y, sobre todo, desde la pirámide ya de sus años, se quedaba con los primeros. Entre otras cosas, por los productos entreverados que salían con demasiada frecuencia estadística de los segundos. Se quedaba con los primeros, a pesar de todo. A pesar del mal gusto clerical de algunos de sus especímenes. Porque lo cierto era que allí había encontrado unos estupendos profesores y unos también estupendos ejemplares humanos. El padre Ilundain, capellán de la Legión, con su bayonetazo a cuestas, según comentaban admirados aquellos críos. El padre Gómez Acebo. El padre Medina, obseso por la ortografía y bailando con el puntero como lanza —un poco postconciliar— las danzas primitivas que, evidentemente, se había inventado. El padre Otaño, físico eminente paseando un poco fantasmal por los tránsitos —que así se llamaban los corredores— su delicioso despiste. O el soberbio padre Cobos, inteligente hasta las cachas y
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fuera de este mundo naturalmente. Y otros cuantos. También los había zotes o simplemente cerriles, pero no más, ni mucho menos, que en la otra orilla. Con la diferencia de que para los tontos de un lado, «homo homini Deus» y una dulce y repelente cursilería y, para los del otro lado, no. Con lo cual, la cosa estaba vista para sentencia para Manolo Gracián. A lo mejor no tenía razón, pero era su vida la que estaba vertiendo ahora, y su vida era también eso. Lo que le gustaba y lo que no le gustaba porque sí. Estaba en aquello del cuarto de hora de estudio previo a la guillotina. No lejos de él Ricardo de la Cierva, brillante y explosivo, con pantalones bombachos —que así se llamaban entonces, tras su presentación en sociedad como nickers— y Juan Antonio Vallejo Nájera, despistado y zumbón. Y todos los demás mozos que no llegarían después al olor de multitud. Carlos de Miguel, aspecto sajón y vagancia irresistible. Ignacio Oriol, elegante y larguirucho representante de la inextinguible estirpe de los Oriol. Pepe Liria, colorado como manzana en sazón. Gómez Caffarena, con sus extraños ojos grises, como de otras galaxias. El pobre Repullés, empollón sin mucho éxito, que caería después bajo las ruedas de un tranvía en el Paseo del Prado. Alvaro Baselga, permanente cara de apenada sorpresa. Y tantos más. El padre Jiménez, estupenda persona y un tanto bisojo, flaneaba bisbiseante entre los pupitres con el breviario casi metido entre ceja y ceja. Manolo Gracián se dio cuenta de inmediato de por dónde iban a ir los tiros. El era un Gracián, lo cual debía tener su aquel, quizá no del todo grato en algunos sectores. Estaban en clase de filosofía y tenía estentóreamente abierto en su pupitre un libro del más directo discípulo oficial de D. José Gracián. Estentóreamente, es decir, un poco en plan reto, de chulesco decir aquí estoy yo. Porque lo cierto era que allí se sabían perfectamente sus conexiones genéticas y que, desde luego, él no era en consecuencia un alumno más. O para bien, o para mal, que de todo hubo en la viña del Señor. Aunque incluso el para mal careciera de aspereza personal y tuviera un poco de más de mea culpa que de-otra cosa. En aquella comunidad debía gravitar el pecado de memez y sectarismo pasados, por el cual D. José Gracián, su brillante alumno en otros tiempos, había tomado derroteros poco aceptables para ella. Aquellos tiempos en que, desde el sitial del lector a la hora de la refacción de los internos, se negaba a los liberales el derecho a compartir, al menos, a Dios. Casi con nombres y apellidos. El padre de D. José Gracián, el abuelo del Manolo de la historia, era uno de esos liberales, director de un periódico famoso, acremente enfilado casi en vivo por el lector de turno. Así fueron las cosas, y qué se le iba a hacer. Allí pudo empezar el respingo heterodoxo de D. José. Y ellos lo sabían. Se detuvo el padre Jiménez, como las mariposas atraídas por la luz, a la vera inmediata de Manolo Gracián. Hojeó el libro, con cierto displicente detenimiento en la portada, como si aquello hubiera surgido de pronto, por generación espontánea. —«Bueno —dijo como quien no quiere la cosa— discípulo de Gracián...» En los puntos suspensivos, la ceniza en la frente. Estaba claro que con eso bastaba para la sentencia y para poner en su sitio a aquel puñetero niño. Debía tener razón en lo último. En el año 1980 —parece que algo después— se lo recordaba Manolo Gracián al padre Jiménez en el confesonario. Porque él seguía confesándose, hubiera lo que hubiera dentro del confesonario. Aunque fuera fray Gerundio de Campazas. Eso era otra cosa que Dios se explicaría y él no tenía por qué. El padre Jiménez, tras la absolución y el posterior recuerdo un poco malévolo y coñón de la anécdota por parte de Manolo Gracián, seguía defendiéndose terne. —«De todas formas —dijo riéndose de su propia historia—, Gracián no era un filósofo, sino un escritor soberbio.» Seguían en sus trece. En unos trece sobre cuya posible exactitud a Manolo Gracián se le daba un ardite.

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Lo que le hacía daño —y se lo hizo siempre— era la difícil conexión con que topaba entre sus creencias y la inteligencia. Algo o alguien se estaba encargando de impedir que unas y otra casaran. Con el inconveniente, para él, de que eran perfectamente casables. O mejor dicho de que lo eran necesariamente. Claro es que a eso pudo llegar mucho después, tras haberse quemado las cejas. Bastaba con colgar de una escarpia la soberbia y tener los ojos abiertos. Bien abiertos hacia fuera y, sobre todo, hacia dentro. La cosa no había pasado a mayores en Areneros. Lo cual no fue obstáculo para que Manolo Gracián no se sintiera allí un coleóptero observado con cierta curiosidad diferencial. Nunca pudo pasar, por ejemplo, de la ínfima categoría de postulante, en la trayectoria hacia la definitivamente honrosa de congregante que los demás alcanzaban con facilidad. Seguramente tuvieron razón los RR.PP. en no otorgarle el galardón. No era, ciertamente, un mozo lo suficientemente devoto como para aceptar, sin una zumba irrefrenable y que debía salírsele por los ojos, aquella escenografía demasiado teatral de los pequeños ejércitos de alumnos compitiendo, por clases, en mantener los brazos en cruz, en la capilla, y en el mes de las flores. Una vez que lo hizo en un esfuerzo heroico, se puso colorado. Seguro que la Virgen también. No insistió. Nunca había ido a ver, por ejemplo, al padre espiritual, ni el padre espiritual le había llamado tampoco nunca a él, como era costumbre. Por algo sería, en lo que ni él ni el tonsurado debían tener ninguna culpa. Pero no quería Manolo Gracián que la ordenación de sus recuerdos pudiera encerrar algo negativo para aquellos hombres y aquel colegio. Simplemente era un bicho raro por razones genéticas, por lo pronto. Los bichos raros se crean, seguramente, un caparazón defensivo que los demás notan. Y así sucesivamente. Ese era el problema y no otro. Un problema que trascendía de su propia personalidad infantil más o menos singular para convertirse en categoría casi consustancial a la Historia de España. Claro es que eso él, entonces, no lo sabía. Empezaba a traslucirlo, pero no lo sabía. Leía poco por entonces. El padre Coloma y el padre Finn. Tampoco es que le aburrieran. Baroja el «impío»; el Valle Inclán que había perdido un brazo en una reyerta; el «malnacido» Dumas y demás cofrades quedaron por algún tiempo en el exilio de los reprobos, en las librerías de su casa. Poco duró la cosa, la verdad sea dicha. No fue capaz de mantener sus buenos propósitos. Había sacado, ciertamente, algunas buenas amistades de entre aquellos sacerdotes. Por ejemplo, la del estupendo padre Gómez Acebo. Le birló bonitamente el padre de su pupitre — estaba en su derecho— el decreto de expulsión de los jesuitas que redactaba gozoso. Se limitó el padre Gómez a sonreír con justificada guasa amistosa. Duró hasta la muerte del padre Gómez Acebo aquella relación personal. Y aún sigue seguramente. Eso esperaba y espera, al menos, Manolo Gracián. Se había ido por los vericuetos entrañables de su pasado escolar, y no se trataba de eso. Tenía que volver a la categoría. A aquello de las creencias y la inteligencia que le había disparado su infancia en tropel. También en la Universidad madrileña, ya hombre en la medida en que pueda serlo un veinteañero, había tenido sus problemas. También le había saltado allí, implacable, la cuestión de fondo. Fue, en aquella ocasión, el increíble D. Aniceto el protagonista activo de la cuestión. En las viejas aulas de S. Bernardo asistían los estudiantes, generalmente regocijados —a veces había llanto y crujir de dientes— a las clases de religión del susodicho, canónigo de la Santa Iglesia Catedral y especializado, al parecer, en problemas matrimoniales. El pobre D. Aniceto se había adelantado a los tiempos. Por entonces, se limitaba a dar sus clases semiapocalípticas-semifolklóricas, en las que solía poner a los alumnos a bajar de un burro.

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Un poco atrabiliario sí era el tal señor. Recordaba, por ejemplo, Manolo Gracián a su compañero sacerdote González Moralejo —hoy obispo—, sencillamente aterrado ante la posibilidad, muy cercana por cierto, de que D. Aniceto se lo cepillara bonitamente. Manolo Gracián se ponía en la piel de aquel ensotanado condiscípulo, tratando de explicar el suspenso ante sus superiores —que los tendría— y los demás estudiantes, siempre propensos al jolgorio anticlerical de los celtíberos. Aquel día le había dado a D. Aniceto por la cultura seglar. Debía estar inspirado. Se arrimó a la filosofía. A Manolo Gracián, sentado en el banco de una de las primeras filas, se le empezó a poner la carne de gallina. Presintió que iba a tener que actuar, desde su horror a las situaciones violentas, de caballero andante de su apellido. No se había equivocado. D. Aniceto entró en Gracián como una vaca en una cacharrería, imputándole por lo pronto afirmaciones que a Manolo Gracián no le sonaban nada, y terminando con la estocada definitiva del «copista inmundo» o calificativo similar, que el tiempo suele pasar su factura hasta en los insultos. Debía haberse ido poniendo pálido Manolo. Sus amigos próximos le miraban preocupados, o a la espera de alguna violencia inmediata. Los demás cumplían con su deber de ciudadano romano en el circo sangrante, poco menos que coreando complacidos los exabruptos de D. Aniceto desde la tarima. Seguro que ni se daban cuenta de qué estaba hablando aquel señor ni, de saberlo, les preocupaba lo más mínimo la exactitud. Les divertía, simplemente aquel personaje tronitonante y se limitaban a jalearle entre la algazara general. Que así era por entonces la clase de religión de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Madrid. Aguantó terne el tipo, hasta que terminó la clase. Sólo entonces subió al estrado donde D. Aniceto, en los minutos relajados y un poco campechanos que suelen darse tras la faena cumplida, atendía a los eternos turiferarios —por no decir lameculos— de cualquier poder. Hasta del académico. Esos que se acercan a la luz en solicitud de aclaraciones que ellos y el profesor saben perfectamente innecesarias en general. Aguardó aparentemente tranquilo — eso le dijeron después sus compañeros—, pero en el fondo más nervioso que primerizo en noche de bodas. Por fin, aprovechando una pausa en el diálogo profesor-alumnos aventajados, metió baza. Quería saber —dijo— dónde había dicho Gracián aquello que se le había asignado desde la prepotencia de la cátedra. Se lo conocía bastante bien —prosiguió— y no le sonaba nada. Quería saber también a quién había copiado Gracián. Era la primera vez que oía aquella imputación, terminó con la voz un poco encrespada. Algunos de los aventajados había captado de inmediato la situación. También D. Aniceto, naturalmente, a cuyos ojos asomó una chispa de incomodidad y alarma. Unos ojos que no fueron capaces de irse directos a los de Manolo Gracián cuando D. Aniceto empezó a recoger velas. Un poco balbuciente, dijo que él no se había leído a Gracián. Que sólo había tratado de divertir un poco a los chicos. Allí terminó todo por aquel día. El Manolo Gracián de aquel entonces y el más sosegado de los años 80 dan fe de que aquello fue exactamente así. Sencillamente lamentable, pero así. La cultura tullida y descalificadora que se impartía en algunos estratos al menos del sistema vigente, en la Universidad española de los años cincuenta. Al fin y al cabo, el pobre D. Aniceto no tenía del todo la culpa. Era el clima y no había que darle vueltas. Aunque a aquel clima pretendieran por entonces oponerse, superándolo en una labor integradora de todo lo valioso, los ingenuos y soberbios jóvenes de la camisa azul. Pero esa es otra cuestión que ya saldría si era del caso. Lo cierto era que sobre D. José Gracián se había dictado la consigna de la descalificación y el silencio, gozosamente seguida, en general, por la Iglesia española de entonces, con heroicas excepciones. Aquella generación, en su infantería, no le conocía. Y ahí estaba otra vez el problema de Manolo Gracián. ¿Por qué, Señor, para creer en Ti o, un poco más abajo, para ser español, hay que ser por lo visto tan bruto como estos ciudadanos? En la siguiente clase, D. Aniceto cantó la palinodia ante los alumnos. Pero Manolo Gracián no pudo sentir el gozo de la victoria. Había dejado, simplemente, de asistir a las clases de aquel señor. Tiempo después, una vez pasada la crispación, fue capaz de reconocer el mérito del ilustre clérigo al envainársela. No debió serle fácil. ***
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En la antesala de algún piso del Ruber un grupo de hombres comentaba algo, excitados. En una habitación de por allá, D. José Gracián salía del artificial sueño operatorio. No se había podido hacer nada ante la invasión del cáncer. Abrir y cerrar, impotentes. Había de todo en aquel grupo. Prestigios consolidados del mundo intelectual, y un joven innominado como Manolo Gracián. La excitación tenía su razón de ser, perfectamente lógica. La Dirección General de Prensa o algo así —¿el señor Aparicio?— perfectamente conocedora de lo que iba a pasar, había dictado sus consignas a la Prensa. En caso de muerte sic— sólo un espacio raquítico donde se resaltaran los errores políticos de D. José. Otra vez sic y otra vez la afirmación a posteriori de Manolo Gracián de que aquello fue así. D. Pedro Laín casi bramaba. En algún momento, Manuel Calvo Hernando, en su función de periodista, se acercó en demanda de información. Era su deber. Se conocían muy directamente él y Manolo Gracián. Formaban parte, aunque con distintas intensidades, de aquel grupo de jóvenes aún emperrados en lo de la revolución pendiente. Aunque, ciertamente, Manolo Calvo tuviera para los demás el sesgo netamente diferencial de la Santa Casa. Con todo el cariño del mundo entonces y ahora, pero diferencial e incasable, quisieran o no, como había demostrado la Historia e iba a seguir demostrándolo. Empezaba, en efecto, la pugna implacable de las dos Españas en torno al cadáver, aún sólo presentido. Pululaban los periodistas. Y los que no lo eran. Había comenzado ya a banderas desplegadas la trifulca presentida en casa de Manolo Gracián aquella tarde de no muchos días antes. La trifulca en torno a las postrimerías de un hombre. Habría en ella, ciertamente, posturas nobles, simplemente guiadas por un determinado sentido del deber. Otras, quizá no lo fueran tanto y tuvieran una cierta componente cinegética en lo temporal y en lo otro. En cualquier caso, el lío estaba armado y adoptaba extrañas formas. Mucho más, naturalmente, cuando todo se hubo consumado. Cada uno quiso, entonces, apuntarse definitivamente la pieza, cuando la pieza —bien lo sabe Dios— estaba ya fuera del alcance de los unos y de los otros. El problema estaba, sobre todo, en si D. José Gracián se había confesado o no. Con algunas gotas, naturalmente, de esa política a secas, la política de los pucheros normalmente malolientes, lamentablemente inescindible, en España, de lo trascendente. Como si Dios pudiera ser de derechas o de izquierdas. Se aprovechaba en la Prensa cualquier anécdota más o menos verídica, filtrada por el entorno, para afirmar cualquier cosa. Lo que a cada uno le conviniera. En el cerco de los Gracián no hizo falta, naturalmente, la consigna del absoluto silencio. Para ellos, para todos ellos, las cosas eran distintas y ninguno quería participar en aquel juego de comadres sectarias y aburridas. Y la política. ¡Caray con la política también de los unos y de los otros! Cierto era que los otros, en la España de entonces, tenían todavía la cabeza gacha y no demasiadas posibilidades de alzarla. Pero también aprovecharon la ocasión para empezar a escribir una Historia que tampoco había sido así. Comenzaron las convocatorias de origen aparentemente intelectual y de una finalidad bien distinta. Se trataba —decían— de enaltecer la universalidad de aquella figura española, injustamente tratada por el régimen. Tenían razón en ambas cosas. Pero algo más hubo en alguno de aquellos actos, por lo menos, que a Manolo Gracián, universitario en activo y movedizo, no acababa de olerle del todo bien. Asistió a uno de ellos en el Paraninfo de la Facultad de Filosofía y Letras y salió bufando. Aquello tenía un inconfundible tufo marxista en agraz que hubiera sorprendido, desde luego, a D. José Gracián. Seguramente los organizadores se hubieran extrañado mucho de que el único, por los síntomas, que allí estaba en total desacuerdo con la melodía que se estaba interpretando en clave sectaria fuera un Gracián. D. Pedro Laín seguía perorando en el estrado. ¡Qué se le iba a hacer! Tenía Manolo el inconveniente de conocer razonablemente su obra y muy profundamente, eso sí, al hombre y su historia. Los demás no. Los demás ignoraban o la una o la otra. O ambas a la vez. Ya se estaba poniendo de largo, pues, la otra
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falsedad. «Hay que aprovechar al viejo», había dicho alguno de los enanillos que empezaban a proliferar por entonces a la cabeza de los grupúsculos marxistas en gestación. No le había hecho falta a Manolo Gracián que le contaran la anécdota. Lo tenía más claro que el agua, y una sensación de asco e incomodidad nueva comenzó a aflorar en él, flanqueando el asco y la incomodidad antiguos, nacidos del otro sectarismo. Le iba a durar años. Todos los que llevaba viviendo desde entonces. Con lo cual, resultaba que su vida se iba a concretar en una perpetua náusea. Mala suerte. Pero eso, sólo vino después, pocos días después de que la muerte y el entierro de D. José Gracián dieran ocasión al sistema para demostrar, no sólo su escualidez intelectual también sino, además, la absoluta carencia de sentido histórico que ejercían bastantes. Aquello de la consigna dictada a la Prensa no había sido, en efecto, un amagar y no dar. Se trataba de dar, con todas sus consecuencias. Aunque algunos se jugaran el tipo pasándose la amenaza por donde tenían que pasársela. Como D. Luis Calvo, director del ABC de Madrid por aquellas fechas. Aquella noche, la de la muerte, fue el «oficio de difuntos», ya en casa de D. José Gracián y con el cadáver tranquilo, sosegado, por encima de todo, delante. Lo terrible de los que se mueren, había dicho Ortega, es que se mueren solos. Y así era. Por lo menos, eso pensaba el Manolo Gracián joven e impresionable, contemplando aquel cuerpo yerto ante cuya vitalidad luminosa se había rendido el mundo. Ya andaba por allí implacable el olor dulzarrón de la muerte. El oficio de difuntos consistió en la lectura emocionada de algunas páginas de Gradan reladonadas con «la gran bellaca». No se rezaba, al menos en voz alta, en notoria contradicción con los usos normales de la España normal. En voz baja, seguro que sí. Y no sólo por obra y gracia de Manolo y de los suyos inmediatos —empezando por su padre, naturalmente— sino de otros. En el cerco intelectual de D. José Gradan había de todo, y alguno colaría cualquier padrenuestro, entre párrafo y párrafo. Unos y otros, los padrenuestros y la literatura, llegaban con seguridad a donde tenían que llegar. En cualquier caso, lo que allí hubo fue un profundo respeto a la intimidad personal del hombre que había sido, y a los demás. Sin signos externos. Algo de fantasmagoría un poco esteticista sí pudo haber en aquel extraño rito corpore insepulto, pero la cosa podía ser comprensible. La muerte —en la creciente experiencia personal de Manolo Gracián— lleva siempre a una descarga de nerviosismo ingenuo e infantil, que Dios sabe cómo se habrá de encarnar en cada caso. Allí, muy probablemente, tenía que encarnarse en eso: en literatura. Lo malo fue que al rito laico llegaban, de cuando en cuando, rompiendo el climax las oleadas del mundo exterior. Un mundo que, allí, y entonces, parecía más lejano de lo que realmente estaba. Las oleadas consistían en las periódicas arribadas de los ciclistas de ABC, transmisores del acelerado tira y afloja que estaba teniendo lugar aquella noche. Porque uno de los oficiantes —ya se ha avanzado— era D. Luis Calvo. Y D. Luis Calvo dirigía —también se ha dicho— el ABC de Madrid. El problema era, en concreto, el de la portada de ABC O la foto de Gracián muerto —era la consigna oficial— o nada. Aparte, naturalmente, de aquello del poco espacio y los errores políticos de antes. Para aquellos señores todo se solucionaba así. D. Luis Calvo no hocicó. E hizo bien, sin duda. El ABC del día siguiente, aparte de su portada con la mascarilla, dedicó más páginas de la cuenta a la figura española que acababa de desaparecer. Aunque seguramente menos que las que le hubiera dedicado una Alemania en la que había problemas casi de orden público ante la avalancha de los estudiantes que querían oír a Gracián. A pesar del carácter tópicamente sosegado y sesudo de aquel pueblo.

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Con todo lo cual, a Manolo se le iban cayendo uno por uno los escasos palos que le iban quedando ya del tenderete. Sin que pudiera levantar otro medianamente razonable donde cobijarse. Se marchó aquella madrugada cansado y dándole vueltas a aquel lío suyo cada vez más irresuelto. Otra vez los tirios y los troyanos. Y siempre así, por los siglos de los siglos, amén. Había empezado a mirar con otros ojos a la España de por entonces. Eso sí. *** Desde la tarde antes se habían abierto de par en par las puertas de la casa. Había un continuo desfile de gentes pasando ante el cadáver. Un casi mozalbete, ojos ardientes y obsesos, a la española, se dirigió a él, quizá por aquello de la juventud compartida. Sin más más, ni más menos le espetó la pregunta: «Pero ¿se ha confesado?» Estaba claro que la inquietud le reventaba por las cinchas del caballo, como el gozo a D. Alonso Quijano en su segunda salida. Al Manolo Gracián de entonces y de siempre aquello le había conmovido hasta lo indecible. Era moreno el chico y tirando a bajo sin componendas. Le había conmovido y le sigue conmoviendo ese núcleo teológico irrenunciable —afirmativo o negativo, eso no importa— del español, tan poco coherente con la ciencia operacional al uso. Salió del trance sin engañarle y sin engañarse. Sin arrimar el ascua a su propia sardina. Ni a la de nadie. Seguramente, no le sacó de pobre, al igual que él no había salido nunca de lo mismo por la vía de los demás. Desapareció el mozo, quemándose. Poco después, tuvo ocasión de quedarse de piedra. Acababa de entrar por la puerta un señor todavía en la frontera en que la madurez deja de serlo para convertirse en vejez sin paliativos. Claramente extranjero. Detrás, otro del mismo porte, en evidente papel secundario, no protagonista. Ambos atildados hasta un punto no del todo normal. Se detuvieron un poco indecisos en olhall lleno de gente, como si no supieran bien lo que hacer. Al cabo, tras girar una ojeada por la concurrencia —variopinta, como se diría ahora— se fueron directos a él. Nunca pudo aclarar Manolo Gracián por qué habían descubierto en aquel joven macilento que era, con toda seguridad, aquella mañana al representante más inmediato, geográficamente, de la estirpe. Quizá por ese cráneo dinárico que tanto extrañaba encontrar Julio Caro Baroja en todos ellos. Un cráneo, según decía, desusado en Celtiberia. En alguna ocasión había descubierto divertido Manolo Gracián a Julio Caro buscándole las vueltas con su aire despistado e infantil, para contemplar de cerca el fenómeno de su coronilla tallada en meseta. Sería por eso o sería por lo que fuera, pero a él se aproximaron sin titubeos. Se le detuvo frente por frente el primero, casi firme, casi con un taconazo. Después, inclinándose levemente, habló solemne, como acostumbrado a cualquier ceremonia: «Quiero expresarles el profundo dolor de Alemania.» Se quedó Manolo Gracián sin resuello. ¡Caray! Acababa de recibir, por boca de su embajador, el pésame de un pueblo —Kant, Hegel, Heidegger y otros cuantos-que sabía bien por dónde se andaba en aquellas cuestiones. De inmediato, tuvo que retorcerle el pescuezo a la dosis de estúpida soberbia que le embargó, como una dulce droga. ¿A cuento de qué se sentía él merecedor de nada? Se dio cuenta de lo difícil que podía ser incorporar un apellido como ese, sin hacer lamentablemente el tonto, sin sentirse ungido. Y así intentó ejercerlo a lo largo de toda la vida que iba a llevar a cuestas. Siempre estuvo de acuerdo con aquel clásico —no recordaba cuál, ni le interesaba violentar las citas en un alarde de erudición— según el cual los grandes hombres no debían tener familia. O con aquella frase de Marañón —esto sí lo tenía en la cabeza— de que el genio suele ser un eslabón brillante en una cadena de desgracias. La había esgrimido frecuentemente, en clave de humor pero con toda seriedad, en su cerco familiar. Abajo, ya en la hora del cortejo final, pocos estudiantes, la verdad. No conocían los estudiantes españoles de entonces al hombre que acababa de morir. Nada, pues, de tumultos al estilo germánico. Tendría que pasar algún tiempo para el redescubrimiento. Y quizá ni aun así. Tampoco iba a ir su sistema doctrinal con lo que iba a llevarse. En lo político, claro. Ni gregarismo ni

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socialización del yo. Pero eso picaba ya en otra historia que no sabía ni sabe Manolo Gracián cómo terminaría.

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LOS NIDOS DE ANTAÑO La multitud estaba silenciosa. No era demasiado densa, como en anteriores ocasiones. Por ejemplo, cuando, allá para el año 46, Madrid pudo convertirse de verdad en «la tumba del fascismo», a base de apretujones. Manolo Gracián observaba a las gentes en tomo. Siempre había en él, en aquellos casos, un frío componente primero de puro testigo, antes de que le arrastraran inevitablemente las emociones. Ahí solían embarrancar sus pretensiones de mero diseccionador aséptico de los fenómenos de masas. En muchas caras, el rictus violento y característico del sollozo a punto, trabajosamente contenido en algún lugar de la garganta. En algún lugar cada vez más próximo a la frontera de los labios. En ciertos casos, las lágrimas habían roto ya a banderas desplegadas. Las lágrimas, exclusivamente, en las gentes maduras, casi todas las que había. Pocos jóvenes, pocos, quizá más curiosos que otra cosa, y respetuosos de la emoción ajena. Por algo debían estar allí, sin embargo. Incluso para los hijos de Manolo Gracián, el hombre que acababa de morir —todavía no convertido en «el anterior Jefe del Estado», como habría de entronizar después, en fórmula pretendidamente neutral, el lenguaje oficial— no pasaba de ser más que un personaje a juzgar, como a todo hijo de vecino, sobre todo por sus errores y debilidades, tan claras en sus últimos tiempos, en su derrumbe biológico. Habían nacido y crecido los chicos bajo su rectoría, pero no sabían nada más, ni podían saberlo. Aunque se les contara. No podían saber que aquel día muchos españoles estaban enterrando también una parte de sus vidas, perfectamente a sabiendas. Aquellos hombres del sollozo sin tapujos lloraban también por ellos mismos, con toda seguridad. Los hijos de Manolo Gracián habían asumido, por lo pronto, una buena parte de la terminología al uso desde algún tiempo antes. La Dictadura, la libertad y demás solemnes imputaciones de primer año, perfectamente comprensibles, por otra parte, en quien no sabía de la misa la media. Los vio salir de su casa un día, hacía ya una temporada, sorprendido y gozoso, con sus camisas azules recién estrenadas. Gozoso y un tanto preocupado. Manolo Gracián preveía que la camisa azul iba a dejar de ser, a poco, el cómodo uniforme más o menos limpiamente asumido por bastantes, para volver a ser lo que fue en su origen: incomprensión y riesgo. O quizá nada, lo cual era peor todavía. En el fondo les envidió por aquello del riesgo. El no había podido ejercerlo nunca en forma voluntaria y activa. Todo se lo habían dado hecho otros, y su aventura no había pasado de algunos chafarrinones anti-yanquis por las calles del Madrid nocturno, o unas cuantas carreras, todavía casi juguetonas, ante los luego llamados grises. Bastaba, entonces, con parar la estampida y empezar a vociferar el Cara al Sol para que aquellos hombres —al fin y al cabo himno oficial— tuvieran que cuadrarse. Toda una técnica, tampoco muy gloriosa. Algunas bofetadas hubo, desde luego, y algunos porrazos. Pero no dejaban unos y otros, los que los daban y los que los recibían, de pertenecer a la misma carnada, o casi. No iba a ser lo mismo, no, eso de la camisa azul de allí en adelante. Sus hijos iban a tener que bailar con la más fea, porque fea era, ciertamente, la herencia recibida. Y, sobre todo, la que iban a montar los herederos. Era difícil que entendieran a su padre los hijos de Manolo Gracián. Como todo hijo que se estime, por supuesto, o incluso un poco más. No entendían, por ejemplo, sus contradicciones formales frente a la figura de Franco. Al fin y al cabo, tampoco él acababa de aclararse. Pasaba de la arremetida casi tronitonante, al infinito respeto, o la defensa a ultranza, cuando alguien evaluaba delante de él las cosas, el pasado, demasiado a la ligera. Como solía ser el caso. No había banderas aquella mañana, como en tantas ocasiones anteriores, sino un pasmo aún no asimilado. Pasmo y casi silencio. El aire tenía bastante de preocupada interrogante. Y de recuerdo de muchas cosas. De muchas vivencias que no eran sólo Historia sino, además, y sobre todo, emoción personal.

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Recordaba —más bien volvía a vivir— Manolo Gracián, con esa especie de escalofrío con que el pasado se hace otra vez presente casi sólido, lo que había significado aquel nombre para él en el tremendo Madrid rojo de su infancia. Aquellas noches confusas y ardientes en que trataban de captar, en su casa de Claudio Coello, las emisoras de ese indefinido otro lado que aún casi no se había decantado en geografía concreta. Las marchas militares de Radio Burgos, alegres, pimpantes, optimistas, tan contradictorias con el miedo y la mugre que le rodeaba. Todo aquello era para ellos, sobre todo, Franco. Sencillamente Franco y nada menos que Franco. Es decir, la salvación, lo limpio, la mística que estaba empezando a gestarse. O la primera vez que le vio ya en Sevilla, juvenil, con su amplio capote y pequeñajo, al lado de la desmesurada arquitectura de Queipo de Llano, rodeado por aquella fantasmagórica Guardia Mora —un huracán negro— que nadie iba a superar después en su estética increíble. Se desgañitaba la garganta infantil de Manolo Gracián anegada en llorera. Casi la misma que tenía ahora a punto de romper en su casi cincuentena, por encima de todas sus razones. De todos sus matices. De todas sus objeciones. Seguía el silencio en la plaza. Sólo el rumor callado del aire en las hojas de los árboles. Los altavoces anunciaban la llegada de las personalidades extranjeras que iban a asistir a las exequias. Pocas, muy pocas y, en general, de segunda fila. No le habían perdonado fuera nada, absolutamente nada. Sobre todo las carreras en pelo. Sería después, a los pocos días, cuando la ceremonia de coronación del nuevo monarca se convertiría en punto de encuentro de los grandes del mundo. Llegaban satisfechos al rigodón, en una especie de trágala. Como acogiendo graciables, desde su altura, al pueblo que durante lustros había respondido con una sonora pedorreta sus mtentos de reconducirle por las bravas al redil democrático. Aquello no gustó a Manolo Gracián. No le gustó lo enteco de las representaciones internacionales. No recordaba bien, pero no creía que la muerte de Stalin, el padrecito Stalin de Katyn, Yalta, los gulags y otras cuantas cosas hubiera sido ni siquiera medianamente parecida, en lo raquítico de la condolencia mundial. ¡Qué asco, Señor! El día estaba medio nublado y frío. Noviembre, claro, no es un mes para las solemnidades a cielo abierto. Las nubes cruzaban rápidas sobre el palacio, sobre el balcón donde tantas veces había recibido el muerto el clamor de las multitudes. ¡Qué extraña coincidencia la de las fechas! —pensaba Manolo Gracián—. Los idus de noviembre no parecían ser demasiado propicios a las figuras de la reciente Historia de España. El día 20 sobre todo, debía tener la corneja a la mano siniestra. Hasta Durruti había caído ese día. El mismo día que José Antonio. La gente se arrebujaba en sus abrigos. Por el frío de fuera o por el otro. Ni ella lo sabía, seguro. Anunció de pronto el altavoz la salida del féretro por las puertas abiertas de par en par del palacio. Comenzaba lento y solemne, a ritmo funeral, el Himno Nacional. Manolo Gracián, lejos de ellas, no pudo ver nada, aunque se empinara hasta lo indecible. Tenía la carne de gallina y una angustiosa sensación en el estómago. Una callada gritería invadió la plaza. Pero no era la jubilosa y rotunda de otras veces, sino dramática, vacilante, con sordina. Como si fallaran las gargantas. Las gentes, en un rito impensado, rápidamente asumido por todos los rincones, flameaba ahora los pañuelos sobre sus cabezas. Eran las mismas que habían formado en las filas sin fin, bajo el frío, día y noche, para desfilar ante el cadáver. Con la sorpresa, por supuesto, de los corresponsales extranjeros, preparados como siempre para otra cosa. Seguramente, para la explosión casi orgiástica del pueblo oprimido. Les extrañaba que no fuera así. No entendían, como siempre, la ecuación española. E iban a seguir sin entenderla por los siglos de los siglos. Ni siquiera el señor Hemingway lo había conseguido, pese a la especialización española de que le habían investido los que no sabían nada. Empezando por él. Le hubiera gustado a Manolo Gracián que anduviera por allí, aquella mañana, el señor Hemingway. Sólo para ver si, por una vez, lo que escribía sobre España y España, coincidían. Aunque sólo fuera mínimamente.

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Giró la vista en redondo. Los pañuelos seguían alzados en el aire, aunque el cornetín había marcado ya, imperioso, el punto final de la charanga. El ataúd debía estar ya en su túmulo e iba a comenzar la ceremonia religiosa. Esta vez el silencio se podía cortar. Un silencio húmedo y triste. «Señor, ten piedad. Cristo, ten piedad.» La gente seguía el ritual en voz baja, íntima, rumiando una preocupada desesperanza. Gentes de todas clases. Desde los loden casi inevitables de los de más arriba —el uniforme del señorito o casi, pensaba Manolo Gracián aunque él lo llevara también— hasta las indefinibles prendas de los de más abajo. Les miraba detenidamente en busca de su esquema de siempre. Donde no están esos de abajo —era su obsesión machacona— no puede haber nada serio. Bueno, pues allí estaban también. Como estuvieron, vaya si estuvieron, en las hileras interminables desde varios días antes. Los había visto desfilar por la televisión, e incluso, en las mismas colas, una tarde en que pretendió formar en ellas. No fue capaz. Le dijeron los enterados las horas que tardaría en entrar y se arrugó. Ellos no se arrugaban. Los había visto serios —los humildes y los que no lo eran tanto-pasar frente al cadáver expuesto, ofreciendo, cada uno, su propio rito exacto y personal de despedida. En general, la señal de la cruz las mujeres y los maduros. Y algún taconazo militar y la correspondiente posición de firmes, entre los jóvenes. Y una tristeza profunda. Era lógico. Tenía Manolo Gracián la experiencia de los hombres del campo. De esos que no van a estar jamás en una lista de gobierno ni saben lo que es eso. «Nunca nos va a ir mejor que con el abuelo», le dijo en cierta ocasión, bajo los álamos, uno de ellos, ex-combatiente del otro lado por más señas, y con un cierto tufillo histórico izquierdista mientras almorzaba navajilla en ristre. No sabía hasta qué punto iba a tener razón. Claro es que también había de los otros, aparte de la ETA, el GRAPO y demás grupos activos. Los conocía Manolo Gracián. Empezaron a rebullir hacía algún tiempo, decantándose en cenáculos sin demasiadas pretensiones conspiratorias serias. Eran los que celebraron la muerte del Dictador brindando con champán. Ya sabía que habían ocurrido tales cosas, incluso en alguna Redacción no lejana a él. Lo que no fue capaz de imaginarse por entonces era lo que proliferaría el censo aposteriori. Eso del brindar con champán —lo decían casi erotizados— iba a constituir después la credencial puramente retórica, claro, de una resistencia heroica, que nunca ejercieron, desde luego. Algunos de ellos sufrían impertérritos grandes cargos y se inflaban, sacrificadamente desde luego, bajo la férula de hierro de Franco. Nunca los había visto entre el pueblo. Por alguna parte —pensó Manolo Gracián— estarán desperezándose, como los insectos necrófagos. «Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del Universo...» La plaza se hacía un murmullo con pretensiones rítmicas. «Bendito el que viene en nombre del Señor...» Había observado cómo, a su lado, su hijo más pequeño le miraba de vez en vez con el rabillo del ojo. «Claro —se sonrió—, la camisa azul y el escudo en blanco de vida. No debe entender nada o casi nada, después de lo que me ha oído bramar en ocasiones.» Se dio un poco de pena Manolo Gracián. Ni él ni los de su generación y su cuerda iban a poder presentar a los que les seguían un silogismo claro. Sólo, quizás, un galimatías de vida y razón que sólo ellos podían entender. En el caso de que la entendieran, que tampoco era seguro. También él había llevado, y en forma activa, la camisa azul. Cualquiera sabía dónde estaría ahora. Suponiendo que estuviera. Le habían reventado muy profundamente bastantes cosas. Por ejemplo, la tremenda derechización del régimen que había tenido lugar. A lo mejor no hubo más remedio, pero la conclusión seguía sin gustarle. ¡ Siempre los del santo y la limosna! Allá hacia los años cuarenta y tantos, se les había impedido incluso, celebrar sus reuniones juveniles y revolucionarias de la Ballena Alegre. No les gustaba cómo empezaba a ir todo. Y lo
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decían hasta en letra impresa. Con lo cual, naturalmente, los santones del sistema —también con camisa azul, por supuesto— pusieron pies en pared. Aquellas sabatinas nocturnas empezaban a tener un olor de multitud joven que se salía por las puertas, y se acabó. Cada uno en su casa y Dios en la de todos. Y el Pardo en el Pardo. Como lo de la unificación. ¡Caray con la unificación! Había terminado con todo aquello que hizo de un pronunciamiento militar algo mucho más sugestivo y capaz de atraer a amplias masas de españoles. A partir de entonces, los nombres y los intereses de casi siempre. Bueno —se refutaba el propio Manolo Gracián— sin aquello no se hubiera ganado la guerra y todo habría sido mucho peor. Con lo cual echaba en los cojinetes de su propio razonamiento la arena suficiente como para envainársela. Aunque no por mucho tiempo, desde luego. ¿A cuento de qué el tremendo predominio de las sotanas y de la cuasi-inquisición que vino luego, al hilo de la Iglesia del momento? ¡Dios, qué señores aquellos! Recordaba Manolo Gracián, casi divertido, la forma en que la censura había devuelto a su padre un artículo necrológico sobre Rafael Cavestany —íntimo amigo de los Gracián— nada menos que por elogio insuficiente. O cómo fue preciso cambiar en el texto de una novela el rotundo refrán porteño «al que nace barrigón, es al pedo que lo fajen», quitando lo de pedo, naturalmente, y sustituyendo la expresión por la más desvaída y falsa del «aunque lo fajen de chico». A ellos, los universitarios del cisne ajedrezado aquello les sacaba de quicio. Intentaban en sus reuniones, en sus revistas, recuperar la cultura española de todos los cuadrantes. Y lo hacían. Aunque se les mirara con el rabillo del ojo. O a costa de algún sopapo institucional más o menos violento. ¡Con qué ojos atravesados les miraba la Iglesia oficial, a pesar de su profunda e ingenua religiosidad! No se daban cuenta de que estaban incurriendo en aquello del nacional-catolicismo que tanto iban a reprochar luego los sociólogos a poste-riori. Los de la transición democrática, e incluso los clérigos folklóricos de pull-over y pantalón ajustado. ¿Sabrían esos señores, de verdad, algo de España? ¿Se habrían leído por ejemplo, al nada meapilas D. Fernando de los Ríos? En definitiva, que para ellos Dios no tenía por qué ser tonto, y para los tonsurados y asimilados en el poder, evidentemente sí. No quiso acordarse del padre Llanos. ¿Para qué? Allí estaba ahora, enterrando su niñez y su juventud, sus entusiasmos y sus cabreos. Allí estaba, intentando resolver su contradicción, poco menos que cara a cara frente a aquel cadáver. Con los ojos empañados por algún motivo en el que no era capaz de descubrir ninguna razón definitiva. Ahora fue él quien miró como al desgaire a su hijo. Cualquiera le explicaba lo inexplicable. Le dolía ya la garganta del esfuerzo por impedir el sollozo. E intentó tragarse las lágrimas, pero no pudo. Venían otras. No quería soltar el trapo por sí mismo delante del mozo. Ahora la gente se daba la paz. Miró hacia el cielo Manolo, como intentando auparse a las nubes viajeras y abandonar de una vez la tremenda circunstancia y el tremendo país en que se le había hecho nacer. ¡Vaya, haciendo literatura y además delicuescente!, pensó. Pero tampoco estaba seguro de que fuera así. Por lo menos, falsa sí es, terminó. No estaba nada seguro, en el fondo, de que deseara cambiar uno y otro —la circunstancia y el país— por la peripecia cominera y sin sobresaltos de otros pueblos u otras generaciones aparentemente más afortunadas. Más de uno se quedaba de piedra cuando Manolo Gracián le espetaba, perfectamente serio, que él había vivido al menos uno de los pocos dramas irrepetibles que le pueden ser dados al hombre. Que habían merecido la pena, a pesar de todo, la tensión, el heroísmo y la sangre. Le miraban con una chispa de alarma en sus ojos. Nunca sabrían lo que pueden significar los colores pimpantes de una bandera lej ana. O el humilde partir el pan en paz. Para ellos una bandera sólo era una bandera, y el pan sólo el pan. Algo que se tiene, y ya está. En lo cual se

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equivocaban naturalmente. Eso les llevaba de delantera, y se lo iba a llevar siempre. Aunque los tales, con un poco de suerte, no iban a saberlo nunca. De pronto, vio a su hermano entre los grupos diseminados a su izquierda. O acababa de llegar, o le había llevado allí el reflujo de alguna marea. Sólo un leve gesto con la mano, serios. Eran una rara especie los Gracián, poco comprensible para los demás. Ni alharacas —nunca— ni besuqueos, ni nada de nada. Antipáticos y fríos, al decir de la gente, cuando la gente creía tenía la suficiente confianza como para soltarles la impertinencia. Tendrían razón en lo primero ^seguro— pero no en lo segundo. Ocurría, simplemente, que ellos se lo guisaban y ellos se lo comían, perfectamente solos, sin darle ni la tabarra al prójimo, ni los consabidos tres cuartos al pregonero. El pudor de las emociones, y eso era todo. Ahora, en la plaza, cada uno de ellos sabía lo que el otro tenía dentro. Pero ni volvieron a mirarse por el momento. No hacía ninguna falta. A Manolo Gracián se le apretó un poco más el nudo en la garganta al acordarse del hermano que se les había ido pocos meses antes. También hubiera estado allí, y de cabeza —casi se sonrió. Los recuerdos se le iban ahora rápidos, como en tropel, por otros derroteros que también tenían que ver, naturalmente, con lo que estaba pasando aquella mañana tristona y casi llorosa. «Este es el Cordero de Dios...»; «benditos los llamados a esta cena». «Señor, yo no soy digno...» Se sumaba Manolo Gracián, plenamente consciente de lo que decía, al murmullo comunitario. *** Habían dejado goloso al pobre José Antonio Gracián quin-ceañero entre su madre y la sastra que se avino a la fechoría. Con un traje azulenco, casi Hija de María, de trabilla y acampanado. Y luego, para terminar de arreglarlo todo, aquellos zapatos marrones y blancos. ¡Pobre chico! ¿Cómo será que se acabó la ínclita estirpe de las sastras? —pensó—, mordiéndose los labios para que no se abrieran en clara sonrisa, poco coherente con el momento. ¡Menudas becerradas indumentarias les organizaba su madre! Se acordó de aquellas miríadas de calzoncillos duros y largos con que habían tenido que cargar, Dios sabía por qué. Menos mal que el grueso de la remesa se había quedado en Claudio Coello, cuando hubo que salir por pies, para uso y disfrute de los rojetes que iban a ocuparla. Debió ser uno de los primeros sabotajes de la Quinta Columna —pensó, gozoso—. Con aquellos calzoncillos no se podía ganar una guerra. Así, como un hortera endomingado, se había ido su hermano a Francia con sus compañeros del Instituto Escuela, en junio de 1936. Sólo una nuez adolescente y una nariz —la incontenible nariz familiar— engarzada en azul cielo. Allí le había cogido todo y de allí volvió, ya en los finales de julio, completamente despistado por obra y gracia, como de costumbre, de la honesta información francesa sobre lo que estaba ocurriendo por allá abajo. Aunque, la verdad sea dicha, nada más cruzar la frontera se había dado de bruces con la barbarie. En una estación —contaba— había un cuerpo en tierra, inconfundiblemente muerto. A su lado, un jayán satisfecho trataba de explicar al respetable público, que contemplaba la escena desde las ventanillas, el porqué de la cuestión: «Aunque la mona se vista de seda, mona se queda», decía, mientras con el índice de la mano derecha trazaba círculos en su propio colodrillo, silueteando la figura geométrica de la tonsura habitual entre los sacerdotes de la época. Con eso estaba justificado. Debía haber sido bastante como para ponerle en guardia. Pero por lo visto, no. Ya en Madrid, en el tranvía de vuelta de la estación, su padre tuvo que darle al imprudente algún codazo de advertencia cuando el mozo, contento de volver a casa y con las correspondientes ganas de charla, quiso dedicarse a hablar sin cautelas de lo que estaba pasando. En aquel tranvía nocturno del Madrid rojo se topó de improviso José Antonio Gracián con algo que iba a condicionar su vida, quizá más que la de otros.

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Le miró ahora Manolo, de soslayo. Estaba erguido, con la cabeza alta y una seriedad casi mineral. Los aladares canosos, y arrugas ya incontenibles en gestación. Para éstos —pensó— todo tiene que ser distinto. Con otros matices. Con los propios recuerdos sangrantes de la lucha, el miedo —¡claro que sí!— y los muertos hermanos. No el concepto, sino los muertos hermanos. Lo recordaba Manolo Gracián, ya en Sevilla, con su pimpante uniforme de voluntario de 17 años. El caqui tradicional y el detalle coquetón de unas medias blancas enrolladas sobre las botas. ¡Qué envidia le tuvo desde sus doce años imposibles! El sólo podía jugar a los soldaditos, con su correaje y el fusil de pega en los desfiles por las calles, detrás de las charangas. Todavía no sabía Manolo que él formaba parte de esa generación que habría de llegar tarde a todo. A todo, menos al hambre y el esfuerzo de la postguerra. A todo, menos al infarto y al asco ascendente que iba a inundarle después. Claro era que eso del asco definitivo tampoco lo sabía el Manolo Gracián de aquella mañana en la plaza de Oriente. Aunque iba a empezar a olfatearlo en el aire al terminar el acto. *** Estaban en el Padre Nuestro. La gente rezaba intentando llevar el ritmo. Todo iba razonablemente bien hasta eso del «así como nosotros perdonamos a nuestros deudores». Allí se embarrancaba siempre, sin remedio, la cadencia comunal. Ahora no había pañuelos y sí, sólo, una nerviosa preparación para la despedida inevitable que se acercaba. Volvió a la figura de Franco, a sus cabreos recurrentes. Su hermano no. A su hermano los cabreos se le habían pasado con los años y lo aceptaba todo como un mal menor al que no había que darle vueltas. A lo mejor tenía razón, pero él era él y tenía perfecto derecho a poner a Franco como hoja de perejil cuando le viniera en gana. Otros no. Otros no tenían. Y se lo hacía saber de inmediato cuando intentaban la crítica desde la cómoda postura del que no sabe de la misa la media o no ha cargado a sus espaldas con más drama que el de algún sopapo convencional de la vida. Le fastidiaban aquellos lechuguinos —y no tan lechuguinos— a los que se les llenaba la boca de libertad y democracia desde la ausencia de todo riesgo pasado o presente, y —por supuesto— desde sus panzas suficientemente rellenas por obra y gracia, exclusivamente, de los que se habían quedado en la cuneta para que ellos pudieran vivir y medrar. El sí. El sí podía poner pies en pared y soltarle a Franco lo que quisiera. Tenía derecho, por ejemplo, a ponerse una corbata negra, en ingenua protesta que no iba a ninguna parte, con ocasión de alguna de las bodas aristocratizantes en que había incurrido. Lo había definido impertinente y asqueado ante quien quisiera oírle. Eso —decía— es un bonapartismo de vía estrecha. Nadie le hacía caso, claro. Pero él sabía que tenía razón. Y que sólo la senilidad creciente de un hombre podía explicar cosas como ésa. Cosas que ni a los más acérrimos gustaban, aunque no se pasara normalmente de un encogerse de hombros. A veces pensaba Manolo Gracián si su obsesión por el Paraíso erecto y vertical podría llevarle a pequeñas mezquindades de comadre aldeana, a un monolitismo estetizante, sin fisuras capaces de acoger al hombre como el hombre es, con sus debilidades y sus pequeneces pequeño-burguesas. A lo mejor es así —se decía—; pero lo que está claro es que Franco no tiene derecho a manchar su trayectoria ejemplar con cosas como ésa. —«Hombre —solían decirle— no es él. Son los que le rodean.» Así parecía ser el caso, en efecto, pero la solución le parecía demasiado facilona. Y no le tranquilizaba nada. No era él, en efecto, el que estaba maculando una ejecutoria en la que nadie había logrado meter nunca la tradicional piqueta celtibérica de la maledicencia. Conocía Manolo Gracián muy directamente lo que había pasado en los últimos tiempos, sobre todo durante la primera estancia sanatorial de Franco. El infinito respeto que irradiaba su figura, en contraste con la también infinita repulsa que producía su entorno. La debilidad del lobo viejo que deja hacer a los lobeznos, sin poder ya meterlos en cintura. Bueno, así sería. O, mejor dicho, así era. Pero no se lo perdonaba Manolo Gracián. El no quería señores que se le convirtieran en gusanos.
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Se acordó del Franco aún joven de los años cuarenta. De la destreza insuperable con que había sabido torear el morlaco de la guerra mundial primero, y, después, el de los revanchistas de fuera y de dentro, entonces reanimados por una victoria bélica que no había sido suya, sino de otros. Del famoso manifiesto de D. Juan y demás garambainas correlativas. De la guerra mundial otra vez y el nuevo apretarse el cinturón que supuso para los españoles. De su hermano, batiéndose el cobre allá por el Volchow, con sus diecinueve años escuetos y cuellilargos enfundados en el amplio uniforme de granadero alemán. De su vuelta destrozado por el frío de las noches rusas. Y de sus padres, naturalmente, que alguna angustia habrían pasado, aunque se la aguantaran. De las veladas pegados a la radio en el comedor familiar, con aquella luz verdosa de la lámpara hecha unos zorros por obra y gracia del gato, siempre empeñado en colgarse de sus flecos, a la espera de poder conectar, con un poco de suerte, Radio Berlín. *** La voz samaritana de Celia Jiménez se desgranaba lenta y cálida, tranquilizadora, dando noticias de los divisionarios para España. Nunca decía Celia Jiménez nada de muertos, como si no los hubiera a chorros. Eso llevaba otros cauces, como el telegrama o la carta funeral. De tarde en tarde, el corazón de la casa se paraba, sin saber si iba a seguir latiendo. «José Antonio Gracián; repito, José Antonio Gracián no figura en las listas de bajas.» Había una alegría contenida e insegura tras cada parte favorable. Todos sabían bien —aunque no se lo dijeran— que el tiempo no se detenía. Ni el tiempo ni la lucha. Y que desde el momento de la revisión de los censos de la sangre podía haber ocurrido cualquier cosa. Podía haber ocurrido que algunos de aquellos mozos citados como indemnes por Celia Jiménez estuvieran ya bajo la tierra fría, sólo acompañados por la cruz y el casco. ¡Cruz de Hierro, cruz de madera! Ya ni siquiera arma al brazo bajo la noche clara. Ya sólo en lo alto las estrellas. O los luceros, como ellos decían. ¿Habría hecho falta realmente aquello? Rebulló incómodo, dejando al aire la interrogante. *** La gente se removía en torno, moviendo los pies para aventar el frío que se iba ya metiendo en los huesos. La ceremonia religiosa tocaba a su fin. «Podemos ir en paz.» Y la expectación que se abría hacia delante, sin que nadie se fuera en paz, naturalmente. Un silencio pastoso y algunos gritos aislados en cualquier lugar de la plaza. Manolo Gracián no sabía qué estaría pasando. Ni los otros. Sólo un intento de empinarse de todos por encima de las cabezas de los demás, que dejaba las cosas igual. Ahora un cornetín lejano, frente a la puerta del palacio, dejaba oír perentorio su toque de atención. Manolo Gracián se puso firme, como dispuesto a llevar el arma al hombro. Casi se rió de su automatismo, pero no lo hizo. Todos los hombres de alrededor habían hecho lo mismo. Sin demasiadas alharacas externas, sin demasiadas rigideces, pero ahí estaban, firmes. Todo lo que puede estarlo un civil sin llegar al ridículo de lo excesivo. Como esperando una voz de mando que ya no iba a llegar. Que ya no iban a tener nunca. Manolo Gracián se dio cuenta de que a *1 ya no le iba a mandar nadie. De que ahí terminaba su compromis , no siempre claro y no siempre asumido. De que ahí desembocaba su difícil peripecia personal con Francisco Franco, Caudillo de España por la Gracia de Dios. Desde ese momento era libre. Completamente libre. Ya no tenía ninguna difícil lealtad que ejercer. Y nadie —estaba seguro— iba a ser capaz ya de ganársela. A partir de ahora, sólo la razón. Bueno hombre —se dijo—; ¿y por qué no la has ejercido antes? ¡Vete al cuerno, Manolo! se encrespó. ¿Tú sabes lo que es la vida? Había empezado otra vez lento y solemne el Himno Nacional. La Marcha Real, como él la llamaba cuando se le subían a la cabeza algunas cosas con una buena carga revolucionaria e iconoclasta. Las gentes se daban cuenta de que ya se lo llevaban. Otra vez un flamear de pañuelos sobre las cabezas. Otra vez los ojos húmedos a jarrillo, y la gritería sofocada y rítmica ritual de
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¡Franco, Franco, Franco! En esta ocasión en un dolorido punto final. Luego el silencio, y el guardarse los pañuelos despacio, como arriando algo que no eran sólo los pañuelos. —«Se acabó», dijo a su hijo, intentando dar a sus palabras el tono despreocupado y por encima de todo del simple espectador. Cogió al mozo por el cogote. —«Vámonos; hace frío. O, por lo menos, yo lo tengo», aclaró mirando al sol que había roto las nubes y acariciaba ahora la piel. No dijo nada el chico. Sólo una rápida mirada en sus ojos limpios. Pero Manolo Gracián notó subirle por el brazo desde la mano la infinita comprensión del que entiende que no tiene por qué entender a los demás. De aquel a quien le basta con dar su amor y su respeto, cuando saben que uno y otro hacen falta. Estuvo a punto, otra vez, de soltar la llorona hacia adentro. Los altavoces habían empezado a soltar también por sus fauces abiertas unas extrañas musiquillas que le sonaban a historia, con minúsculas, mínima y poco grata. El «Soldado, soy soldado» y cosas parecidas. Algo así como resucitar Annual, El Barranco del Lobo y los Borbones. Hasta el 98 le llegaba a borbotones en aquellas melodías medio zarzueleras y carentes de toda grandeza. Ni uno solo de los himnos de lucha y esperanza en algo distinto, que habían permitido que estuvieran allí los que estaban y los que iban a seguir. ¡Vaya —pensó—, estamos casi en Alfonso XII y el grito de Sagunto! A alguien —se rió— desde alguna covachuela se le ha ocurrido eso del marcar en seguida las diferencias. Como las mujeres nuevas de los viudos viejos, quitando a marchas forzadas las fotos de «la otra». Pronto tendremos —terminó— a los Alabarderos o similares. No le sorprendió nada. Lo esperaba, aunque quizá no tan pronto. Sabía, en una palabra, que iba a empezar la mentira. Sólo sintió un poco más de frío, mientras arrastraba los pies enganchado al lazarillo juvenil que le precedía. Miró la espalda recia y erguida de su hijo. «¡Dios! ¿qué les esperará a estos? ¿También vivirán o morirán para nada?»

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MIRANDO EN TORNO CON IRA Había puesto el dedo en la llaga Ricardo de la Cierva con aquella crítica bibliográfica. «Del papanatismo pseudo-académico a la exaltación del propagandista histórico Tuñón de Lara», rezaba el subtítulo. ¡ Ah, caramba, con el blanquecino señor Tuñón de Lara y la Historia que estaban escribiendo entre él y otros similares a él! Hacía tiempo, mucho tiempo, que no veía Manolo Gracián a Ricardo de la Cierva, su viejo condiscípulo en el Areneros de la postguerra. Aquel Areneros de los desayunos mediopensionistas. Arroz blanco y bolas casi policromadas de algo a lo que se llamaba pan, en un afán de salvarse uno mismo. La última vez, allá por los finales de los años cincuenta, en la Castellana. Una de esas tardes gloriosas, y ciertamente escasas, de la primavera madrileña en que el aire tibio y recién nacido tiembla de vida resucitada. Cuando el mocerío femenino empieza a desvelar turgencias siempre sorprendentemente nuevas, no se sabe por qué, al hilo del termómetro, antes de llegar a la definitiva y sudorosa vulgaridad del verano. En sentido contrario al deambular despacioso e indeterminado de Manolo Gracián y su acompañante —faldicorta, apretada y llamativa— una joven figura, solitaria y ensotanada. Siempre había sido Manolo Gracián buen fisonomista, incluso cuando el paso del tiempo y los correspondientes estratos geológicos enterraban bajo formas nuevas y adiposas el proyecto, en general esbelto, que habían sido los demás, incluso él. No era ese el caso entonces. Nada de estratos todavía y sí sólo unos pocos años encima, aún incapaces de haberlos convertido en esa caricatura de uno mismo a que indefectiblemente se llega, a partir de la cuarentena. El tiempo en que empieza a eclosionar sin remedio por nariz y oídos —pelos al canto— el mono hirsuto que todos llevamos dentro. No tenía, pues, por qué no reconocerle Ricardo, pero así fue. Ni logró Manolo Gracián ni quiso —sino todo lo contrario— enganchar sus ojos. Lo que llevaba al lado era lo suficientemente sugestivo como para que él dejara de existir automáticamente. Gracias a Dios, desde luego. Pasó Ricardo a su altura en silencio, y nada más. ¿Y a cuento de qué ese recuerdo? Seguramente a cuento de nada, como casi todos los recuerdos. Sencillamente, porque así es la vida. Y porque la vida se distrae a veces de su vocación plúmbea, para convertirse en momentáneamente divertida. En efecto, la cosa no tenía nada que ver con el artículo que se había echado al coleto aquella mañana sobre el señor Tuñón de Lara y demás cofrades. Tenía toda la razón del mundo Ricardo. Tanta, que casi le absolvió del casi silencio con que el historiador De la Cierva estaba encajando durante unos cuantos años ya la viscosa falsedad circundante, sin romper del todo la baraja. Había leído Manolo Gracián buena parte de sus obras, y no se explicaba aquel mutismo suyo, sólo roto por algún atisbo de puntualización o varapalo a los alegres facedores de la nueva —¿nueva?— democracia y de la moderna historiografía. Aunque no era sólo suyo el mutismo. Estaba soliviantando a Manolo Gracián desde hacía ya bastante tiempo —más o menos, el de la biografía de la transición— la forma en que se escribía una Historia que él, y otros muchos aún supervivientes, habían vivido en los dos lados de la trinchera. Si así se había escrito siempre —pensaba— más valdría hacer con los libros de Historia lo que el Cura y el Barbero hicieron con los de caballería. Y olvidarse, claro es, de todo lo aprendido. Todo falso, seguro. No lograba Manolo Gracián acostumbrarse a lo que estaba pasando, aunque a esas alturas del postfranquismo debiera estar ya más que vacunado. A los demás, era evidente, se les daba una higa todo ello. Claro era que eso de la verdad con mayúsculas —intentaba objetivizarse— podía no estar demasiado claro. Le salía inevitable y chirriante su eterna e incómoda dialéctica interior. Su inseguridad sustancial frente a toda aparente evidencia, frente a toda pretensión excluyente y dogmática.
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Se reían de él con frecuencia su mujer y sus hijos. Y su hermano, tan seguro de todo, para su ventura. Decían, y tenían razón, que adoptaba siempre la postura perfectamente celtibérica de oponente a los enunciados ajenos, y aun a los propios de la víspera. No se daban cuenta de que la acusación no le avergonzaba, sino casi todo lo contrario. Que a la verdad sólo se llega —si se llega— a golpes de negación de lo dado. Que ahí está el deber profesional de lares cogitans. Debía ser hegeliano sin saberlo, como prosista el burgués gentilhombre. Tesis, antítesis, tesis. Y vuelta a empezar. Esa era la cuestión. O, por lo menos, así era él, siempre empeñado en contradecirse, en desmontar argumentalmente incluso sus propias ecuaciones, vitales o no. Sencillamente agotador, porque no solía abocar a una conclusión medianamente clara que llevarse a la boca. Con lo cual, terminaba simplemente cansado, poco menos que en la estación de partida. Esa que le había sido dada y que era. Otros tendrían la suya, claro, incluso en cuanto se refería a ese pasado inmediato sobre él que tanto se estaba escupiendo. Por ejemplo, los antes vencidos y ahora vencedores por real decreto. ¡Y tan por real decreto! —se rió infantilmente satisfecho de su propio hallazgo elemental. Intentaba ponerse en su lugar, y entenderlos, pero no lo lograba del todo. O, por mejor decir, no lograba entender que el comprensible intento de salvación de la propia circunstancia —es decir, de uno mismo— pudiera llevar a la derogación del dato, del hecho histórico, de la evidencia. ¿O sería que los tales datos, hechos y evidencias habían sido, sólo, una flatulencia personal, perfectamente subjetiva? De ahí a la tremebunda teoría del conocimiento mediaba sólo un paso. Prefería no darlo. Prefería limitarse a vivir con su propia verdad a cuestas, con su partida de nacimiento. Como un deber irrenunciable con el que hay que cargar. ¿De dónde y por qué habría surgido la abundante fauna de los falsarios? Porque lo cierto era que el señor Tuñón de Lara constituía sólo un espécimen más o menos sobresaliente en el amplio escalafón. Había leído Manolo bastantes de las obras de los nuevos escribas y se le caían de las manos. Puro sectarismo infantil. La razón objetiva y demás vaciedades, aptas para el consumo de las nuevas generaciones de neotontos o de ingenuos desprevenidos. Bastaba con leerse al señor Koestler de «El cero y el infinito» o de «El destierro», para darse cuenta del cómo y el porqué de la nueva floración. Suponiendo que se quisiera uno dar cuenta. «Nosotros hemos sustituido la dignidad por la razón», decía el coronel Ivanov. Pues muy bien. Pero ¿por qué razón? ¡Qué silencio, Señor, por ejemplo, para todas las barbaridades de los de su cuerda! La cuerda del marxismo, naturalmente. Ahí se paraban siempre las cosas. Ni matanzas ni errores en la España entonces roja y después republicana. Sólo el estúpido levantamiento, porque sí, de unos señoritos fascistas, flanqueados por los consabidos curas trabucaires, y empeñados en parar el reloj de la Historia. Nada, tampoco, sobre quién empezó la caza antes de la explosión. Ya podía el señor Payne —a Manolo Gracián no hacía falta que se lo dijera el señor Payne— referirse a la ofensiva sangrienta de las Juventudes Socialistas en el otoño del 33, bastante antes de que los otros, los de la camisa azul sobre todo, contestaran con análoga dialéctica. La de los puños y las pistolas. Se sabía Manolo Gracián de memoria, con nombres y apellidos, el tremendo escalafón de la sangre joven y otras cosas. No importaba. Algunos no querían saberlo, ni deseaban que los demás lo supieran. Y lo estaban consiguiendo. A base, por ejemplo, de versiones dulzarronas de la Segunda República, como la que acababa de lanzar la más prestigiosa revista cultural española. Estaban consiguiendo, también, que las nuevas generaciones creyeran a pies juntillas en la tesis de la equivalencia en las respectivas barbaries. Algo así como el estamos cumplidos, o aquí no ha pasado nada. Era la frase de siempre: —«¡No me digas que en el otro lado no se hicieron burradas!»
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¡Ya estaba! Lo de la represión franquista de la guerra y la postguerra. Se quedaba tan tranquilo el que lo decía. Le era mucho más cómodo dejar la cosa en tablas. Así no tenía que decidir, ni romperse la cabeza. Al fin y al cabo, eso era sólo pasado y no había por qué traer esas cosas a colación en la España democrática de la convivencia. La España donde el socialismo exhibía signos florales de paz y el señor Carrillo ocupaba un lugar en el Congreso, por la sencilla razón de que en España habían prescrito cosas que en otros países no prescribían, sin que nadie dijera ni pío. Ahí estaba Ru-dolph Hess, pudriéndose en Spandau. —«De acuerdo, de acuerdo», decía siempre Manolo Gracián, tomando carrerilla. Y soltaba su ecuación. Incluso la había publicado, in partibus infidelium naturalmente. —«Mira: los que se han ocupado del tema vienen a cifrar aproximadamente en el doble las víctimas de la represión republicana. Te concedo el calificativo, aunque ellos no se autodefinieran así.» Había una cierta coña en sus ojos. —«Sigamos —lo tenía muy estudiado, hasta en la retórica del alegato—. El doble, más o menos, ¿de acuerdo?» Siempre asentía el otro, en el marco inconfesable de su absoluto desconocimiento de la cuestión. ¿Por qué hablaban entonces? ¿Por qué se quedaban tan anchos? A Manolo Gracián le hacía el efecto de que tenía frente a su dialéctica a un tullido. Peor para él. Que pensara mejor lo que decía. —«Entonces —proseguía ya en la cuesta abajo—, piensa en lo siguiente: al principio casi toda España era... republicana.» Volvía a acentuar el tono irónico recordando aquella letrilla oída en la Valencia del 37: «A ti general de los rojos, a ti bravo Miaja leal, etcétera, etcétera.» «Y allí se empezó a matar a troche y moche, sin más. ¿Has visto las cruces de los caídos? Las hay, o había —se corregía de inmediato— en casi todos los pueblos de esa España. Bueno, pues todos esos muertos fueron muertos injustos. No habían hecho nada. A no ser que estés de acuerdo en eso de la violencia institucional y en la justicia, por tanto, de llevarse por delante al lucero del alba. Como lo del pobre Caín... por ejemplo.» El silencio solía ser la respuesta. Iba ya en la cresta del razonamiento. —«Teniendo en cuenta que los... republicanos —otra vez— no ocuparon nunca territorios antes regidos por los otros —concédemelo en términos generales—, parece claro que, entre los muertos que ellos hicieron, difícilmente habría alguno que se lo hubiera merecido por barbarie previa de otro signo. ¿De acuerdo?» Otra vez el silencio, naturalmente. Clavaba ahora Manolo Gracián la estocada hasta el puño: —«Luego entonces resulta que entre los muertos de la llamada represión franquista — recuerda, la mitad aproximadamente que los otros— tuvo que haber una parte de gentes que antes habían matado por las buenas, ¿no? Mientras que al revés no fue ese el caso.» —«No quiero jugar —terminaba siempre— con la aritmética de la sangre. Cada hombre lo vale todo. También en el otro lado, o después de que hubiera otro lado, hubo atrocidades sin la menor justificación. Seguro, pero así fueron las cosas.» No solía haber respuesta. O se aceptaba de verdad la ecuación o importaba un rábano. En efecto, importaba un rábano, en general, incluso para bastantes de los que habían vivido la verdad de aquellos años. Ni conocían ni querían conocer la Divini Redemptoris. El, sí. El sí se la conocía: «... una propaganda diabólica, tal como jamás conoció el mundo: propaganda dirigida desde un solo centro y hábilmente adaptada a las condiciones de los diversos pueblos; propaganda que dispone de grandes medios económicos, de organizaciones gigantescas, de congresos internacionales, de innumerables fuerzas bien adiestradas; propaganda que se hace en folletos y revistas, en el cinematógrafo y en el teatro, en la radio, en las escuelas y hasta en las Universidades, y que penetra poco a poco en todas las clases
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sociales, aun en las más sanas, sin que se aperciban casi del veneno que insensiblemente va infiltrándose cada vez más en todos los espíritus y en los corazones todos...»; «... esa verdadera conspiración del silencio en la mayor parte de la prensa mundial no católica. Decimos conspiración porque no se puede explicar de otro modo que una prensa tan ávida de poner de relieve aun los más menudos incidentes cotidianos haya podido pasar en silencio, tanto tiempo, los horrores cometidos en Rusia, en Méjico y también en gran parte de España...» «También allí donde, como en nuestra queridísima España, el azote comunista no ha tenido aún tiempo de hacer sentir todos los efectos de sus teorías, se ha desencadenado un desquite en la violencia más furibunda. No ha derribado alguna que otra iglesia, algún que otro convento, sino que siempre que le fue posible destruyó todas las iglesias, todos los conventos y hasta toda huella de religión cristiana...» «El furor comunista no se ha limitado a matar obispos y millares de sacerdotes, de religiosos y religiosas... sino que ha hecho un número mucho mayor de víctimas entre los seglares de toda clase, que aun ahora son asesinados cada día, en masa, por el mero hecho de ser buenos cristianos o, al menos, contrarios al ateísmo comunista.» —«Y ¿quién ha dicho eso?» —«Pues... Pío XI, en marzo de 1937... Es decir, en todo lo suyo.» —«¡Ah, bueno...! Además, demasiado largo, ¿no?» —«Pues sí, demasiado largo. Como siempre que las cosas no gustan.» No estaba solo en la tarea el señor Tuñón de Lara. Había otros, muchos otros, aunque de distintas vitolas. Por ejemplo, el señor Tamames, viejo conocido de Manolo Gracián. Había tenido también Ramón Tamames la rentable osadía de reescribir a su modo la reciente Historia de España. Según se decía, hubiera preferido olvidar la aventura tras la andanada de algunos más doctos que él en la materia. Pero ahí quedaba el librejo, en los anaqueles de todo petit-burgeois español que se preciara de medianamente progresista. En todos los terribles tópicos del marxismo. Escuetos. Sin la menor chispa. Sin la menor idea superadora. Palabras, palabras, palabras. Palabras antiguas. Monolitismo doctrinal. Se había llegado a la estación terminal de la Historia y punto. No había más. ¡Qué aburridos eran aquellos señores! Aparte de falsos. Si la realidad y la teoría difieren, peor para la primera, había dicho no recordaba quién, aludiendo irónico al pintar como querer de buena parte de los doctrinarios. Ese era el caso de todos aquellos acólitos de D. Carlos Marx y demás continuadores del sistema. No entendía Manolo Gracián cómo podía ser así. No entendía el cerrilismo con orejeras de los tales ciudadanos. El mismo cerrilismo, la misma fe del carbonero que reprochaban altivos a los otros. Ellos se habían autoproclamado la España de la rabia y de la idea, frente a la vieja y tahúr, zaragatera y triste, machadianas. De la rabia, podía ser. Pero de la idea, la verdad era que no lo parecía. Y en cuanto a tristes podían llevarse la palma. ¡Qué monocordes, Señor! Todos iguales, hasta en su verborrea pastoral. Si se les rascaba mínimamente podían quedarse en calzoncillos. Algo de Marx, muchas veces de segunda mano. Unas cuantas gotas no digeridas de Marcuse y Gramsci, y pare usted de contar. En todo caso, Hegel, qui genuit Feuerbach, qui genuit Marx. Antes nada. Sólo estupidez y vileza. Un poco como la nueva clase eclesiástica, descubridora única de Dios tras dos mil años impresentables, según se decía. Con ver u oír a uno, vistos u oídos todos. Terminología estereotipada y el consabido gesto conmiserativo de superioridad de cualquier poseedor de la verdad que se precie, ante el osado objetor a la ley y los profetas. Lo había expresado magníficamente Shumpeter. No recordaba dónde, pero magníficamente. Tampoco entendía Manolo Gracián la desenvuelta desfachatez de los tales, en cuanto diáconos de un orden nuevo, más justo e indiscutible. A no ser que contaran, con toda razón
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desde luego, con la cósmica estupidez ajena. Con la memez constitutiva de las tropas de acompañamiento, cada vez más en su papel. De todas formas, no era fácilmente comprensible que se acogieran sin reacción las ínfulas proféticas y liberadoras de los heraldos de una ideología ya rugosa, cuyas materializaciones históricas, en términos de libertad y de otras cosas, estaban más que a la vista en toda una serie de países. Claro que ellos decían haber superado ya la fase totalitaria de la barbarie primeriza y se les llenaba la boca de los solemnes y eternos vocablos de libertad, democracia, pueblo y, por supuesto, dignidad del hombre. Bajo palabra de honor, claro. Una palabra de honor que no derogaba en absoluto la realidad más que evidente de las conexiones abisales de su ideología originaria con el país matriz. Con aquel país que planchaba matón, y siempre impune, cualquier pretensión liberadora de los beneficiarios del sistema. Eso solían callárselo. Alguna tímida declaración de principios genéricos, al hilo de acontecimientos ya excesivamente llamativos —Afganistán, Polonia y similares— y ahí paraba todo. Después, seguía la permanente denuncia en cuanto a los derechos humanos oprimidos en algunos países. Nunca, naturalmente, detrás del telón de acero convencional, o allá por el Caribe y aledaños. Demasiado elemental y de primer año, el razonamiento, pensaba Manolo Gracián. Pero no había solución. Lo elemental suele ir a misa. Es lo elemental lo que hay que refregar a los cretinos, a ver si se enteran. Era por lo menos peligroso —proseguía— fiarse de ciertas palabras de honor de los eurocomunismos recién bautizados. Sobre todo, si se tiene alguna idea de en qué consiste eso de la moral revolucionaria. A lo mejor se pagaba. Mejor dicho, ya se estaba pagando. —«Hombre —le rebatió en alguna ocasión Cristóbal Romero, con dialéctica formalmente impecable— tampoco está escrito que no se cambie. También la historia del cristianismo está llena de atrocidades y eso no tiene por qué afectar a su posible verdad esencial. Puede ser sólo un síntoma de la tendencia del hombre a pisarle el cuello al prójimo.» Cristóbal Romero no era marxista. Más bien se pasaba por determinado lugar las ideologías, y sustentaba sólo una especie de vitalismo pragmático, un tanto rousseauniano, basado —eso sí— en la comprensión y el progreso. Creía a pies j un tillas en esa paparrucha del avance general e inevitable de la mente humana. Conocía también perfectamente la filiación trascendente de Manolo Gracián, y le aguijoneaba, sin acritud desde luego, por donde más podía desmantelarlo, con su divertido acento jiennense, aún teñido de un cierto ruralismo incluso fonético. No era manco, no, el argumento, pero ya se lo había ventilado él con anterioridad. —«¡No me jorobes! —había que hablar así— ¡Demasiado ele-mentalorro lo que dices!» «Claro que la Historia es una arena de ferocidades, según dijo me parece que Ortega, y que detrás de esas ferocidades ha estado aparentemente la cruz o las ideologías que se la apropiaron y que tampoco me gustan nada. ¡Qué cuerno me van a gustar!» Un chupito al descafeinado con leche con que rompían al filo de la media mañana la monotonía del trabajo y la tumefacción de las posaderas, flanqueados por alguna que otra busconcilla matinal, casi solanesca —¿pero es que no se renuevan, Señor?—, en la cafetería de Tudescos donde recalaban. —«Pero hay una diferencia —prosiguió tras encender el cigarrillo de las once—. Un católico, o un cristiano —amplió de inmediato— se puede acostar con una señora, cargarse a un tío o hacer cualquier otra burrada. Por supuesto que sí. Y lo hacemos, sobre todo lo primero —sonrió, mintiendo como un bellaco, por aquello de cargar el argumento y llevar las cosas a un terreno más juguetón—. Lo que pasa es que sabemos que está mal y que, por tanto, lo haremos menos que aquellos para los que todo el monte es orégano. ¿Tú te has leído a Russell?» No, no se había leído a Russell. —«Haces muy bien —bromeó—. Pero a mí se me abren las carnes cuando leo en el señor Russell y en otros qué verdad es lo que es útil. Vamos, algo así como la apertura de la veda.»
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Entornó los ojos Cristóbal Romero con una pizca de cachondeo ante el enunciado moral que no le iba. Lo que no le iba era lo de las señoras. Ahí había estado su ruptura, como en Enrique VIII. ¿Por qué habrá siempre una cama caliente detrás de cualquier heterodoxia? Encajó Manolo Gracián sonriente el valor entendido, y prosiguió, tratando de no solemnizar la escaramuza. —«Es decir, que aceptamos la existencia de una realidad superior que nos limita aunque nos saltemos los límites setenta veces siete.» No sabía si Cristóbal recordaría el guarismo evangélico. —«¿Quieres decirme qué frontera pueden tener los que no admiten más realidad que el hombre? El hombre; ¡una mierda!» El asalto terminó en tablas, como de costumbre. Ni uno ni otro querían lanzarse a fondo y no pasaban de un floreteo superficial y amistoso. Aunque uno y otro sabían perfectamente hasta dónde podía llegar aquello, no deseaban que llegara. Por lo menos en términos personales. En realidad, tenía Manolo Gracián sus dudas en cuanto a la exactitud de su definición escatológica y perfectamente grosera del hombre. Había algo que parecía desmontar lo tajante de su afirmación: si todos somos, Señor, una chispa de Ti, ¿cómo es posible que pase lo que pasa? Bueno —se tranquilizaba— basta con introducir en la ecuación eso, tan poco de moda, del espíritu del mal, o del demonio a secas, para lubrificar el enunciado y hacerlo algo más deglu-tible. ¡Nada menos que el demonio! ¡Cualquiera se atrevía a esgrimirlo en la dialéctica al uso! Había quedado totalmente derogado, por supuesto al igual que Dios. Aunque esto último no hubiera alcanzado todavía la categoría de norma promulgada y exhibible. Alguna vez había preguntado a sus hijos —a otros no se atrevía— si creían en el mal, más o menos encarnado en cuernos, rabo y todo lo demás. El resultado fue una cierta rechifla cariñosota, pero definitiva. Y, sin embargo, ahí estaba todo. Cristóbal Romero, por ejemplo, y tantos otros especímenes del positivismo á lápade. Tantos incluso sedicentes católicos fervorosos, creyentes en el caminar sin quiebras del hombre hacia el omega. Aquello del «os hablarán en mi nombre» debía ser sólo una pequeña debilidad del Cristo-hombre. Con lo cual no dejaba de quedar también desarbolado el CristoDios. Como era el caso. Total, que allí estaba la mentira en suma, inundándolo todo, sin rebozo, en la España del momento. O la famosa conspiración del silencio. No dejaba de perturbar a Manolo Gracián el hecho de su propio aquí y ahora. De que el origen inmediato de su reacción cada vez más exacerbada y ya casi obsesiva —le preocupaba la cosa— ante el mundo en torno pudiera hincar exclusivamente sus raíces en un segmento pasajero de la Historia. En el segmento de la historia española en que se le había hecho nacer. Y en los posibles jugos gástricos. En alguna ocasión había escrito que no merecía el nombre de intelectual —no se trataba ¡por Dios! de que él se incluyera en el escalafón— quien no fuera capaz de trascender sus propias coordenadas vitales. Que había que irse a las palabras de vida eterna. Bueno, muy bien. Seguramente tenía razón, pero podía haber exagerado un tanto. Las cosas no eran tan fácilmente heroicas. Dios había hecho de cada hombre un mínimo eslabón infinitesimal de su plan. Lo cual quería decir que era obligado darse cuenta de ello, con la consiguiente dosis de necesaria relativización de los propios dogmas. Pero asumiendo el papel de eslabón de arriba abajo. Ahí estaba la guerra que cada uno tenía que librar de la cruz a la fecha. Algo de ello había en la razón vital orteguiana, en D. Miguel de Unamuno o en el lejano Protágoras. El hombre como medida de todas las cosas. Por supuesto que sí —pensaba Manolo Gracián—, siempre que se pusiera uno de acuerdo en qué cuerno era eso del hombre. Que en ello seguía estando la cuestión.
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Se estaba metiendo en sus eternos berenjenales. Debía ser su sino. Tiró por la calle de en medio, sin demasiado complejo de culpa. En cualquier caso, ahora o antes, la mentira era la mentira y ahí la tenía mordiéndole a cada paso las corvas. ¿Qué era eso de que la verdad radical puede cambiar? En la Roma putrefacta cronicada por Suetonio, el adulterio era el adulterio, y el crimen el crimen, a pesar de todo. Y la mentira la mentira, otra vez también a pesar de todo. Ahí la tenía. En el silencio sobre lo que fue, o en su presentación falseada. Tantos y tantos apellidos, aparentemente serios y con pretensiones magistrales de rectoría intelectual y hasta moral, por activa y por pasiva. —«¡Hombre, es que se tiene derecho al cambio!», le habían argumentado con frecuencia. —«Sí, claro», no se atrevía a solicitar que se le demostrara el aserto. A lo mejor resultaba difícil. La famosa filosofía del devenir, frente a la de la esencia. La formidable dialéctica entre si el hombre es radicalmente algo o, sólo una especie de cosa en estado de deyec-ta. ¿Era de Sartre la definición? Ni lo recordaba, ni tenía la menor intención de convertirse en una fuente de citas a pie de página. Le aburría lo que iba a decir. Le aburría, sobre todo, por su falta de originalidad. Pero no tenía más remedio. —«Lo que no admito son dos cosas: la primera, los cambios a favor de corriente, los cambios que favorecen. Permíteme que me resulten un poquito repugnantes porque sí. Aparte de otras razones más para andar por casa. Si un señor adopta hoy la postura opuesta a la que mantenía ayer, permíteme otra vez que no me fíe del peso específico del susodicho, ni siquiera en el terreno intelectual. Pasado mañana cambiará igualmente. Con lo cual no me sirve de nada su magisterio, por muchas páginas doctas que escriba.» —«Por otro lado —proseguía a sabiendas de que entraba ya en otro terreno— ¡me extraña tanto que siempre sean los mismos los que están en la cresta de la ola! Se le venían a la cabeza en aluvión los nombres de los turiferarios de todo poder. Conocía sus obras antiguas. Sus peripecias personales. Sus amores explosivos al hoy de cada día.» —«Tampoco me divierte —¡qué ineludible vulgaridad iba a soltar!—la tradicional incomprensión de los conversos hacia aquello que eran y defendían ayer. Me parecería admisible que reconocieran su error pasado, si así lo creen. Pero no su absoluto desprecio, su anatema hacia aquellos que siguen creyendo hoy en lo que ellos defendían y protagonizaban ayer con uñas y dientes. Y eso es lo que está pasando hoy en una forma casi repugnante. ¡Que se fíe de ellos su abuela!» No era capaz de sostener durante mucho tiempo la solemnidad retórica que solía salirle de dentro, seguramente como una marea literaria de origen intrauterino. Tenía que salpicar sus parlamentos con alguna expresión desgarrada y para andar por casa. Para descargar posibles tensiones. O porque en aquella España de vocabulario cada vez más restringido y brutal se le acusaba de usar palabras de diccionario y pretendía evitar el estigma. Por más que no se sintiera demasiado satisfecho de su pequeña cobardía. En el fondo lo que ocurría —pensaba— era que los demás, los señores de la acusación, eran muy brutos. Aunque no lo decía, naturalmente. Solía estar de acuerdo el oponente en eso de la abuela y demás. Incluso en la totalidad del argumento. Pero ahí seguían los profesionales del bandazo, casi en olor de multitud. —«Entonces, para ti no se salva nadie o casi nadie.» Se encogía de hombros. Lo que se callaba normalmente Manolo Gracián era el trasfon-do de su esquema, el vital. No le daba la gana de que se enterrara, como si no hubiera existido, la verdad de toda una generación. Era capaz de sustituir lo de verdad por peripecia, si así se quería y hacía falta. Para todos aquellos señores por activa o por pasiva no había existido, sencillamente, toda la carga juvenil, noble y dramática de unos cuantos años de la Historia de España. Los años de
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que ellos descendían, quisieran o no. Aunque sí habían querido. ¡Vaya si habían querido! Ahí estaban sus juramentos. O incluso sus libros, en los casos más claramente intelectualizados. Bueno, era igual. O no era igual, pero lo mismo daba. Allá ellos y su dosis más bien raquítica de ejemplaridad intelectual y humana. A lo que se negaba Manolo Gracián era a la derogación de lo que fue. Ahí se espatarraba, como hubiera dicho cualquier ejemplar manchego de los suyos. Ahora se había entronizado por ejemplo, sin discusión, aquello de pueblo contra Ejército, o al revés. Nadie sabía, nadie quería saber, lo de las 120 banderas de la Falange —voluntarios— o de los sesenta Tercios de Requetés, igualmente voluntarios, como al mundo había sido bien notorio en tiempos. Con lo cual resultaba que el censo de los que fueron cantando a la guerra había sido muy superior en un lado que en el otro. Memeces, puras memeces lanzadas por los de siempre —en su papel, al fin y al cabo— y aceptadas sin rechistar por los otros de siempre, por los eternos blandengues empeñados en creerse que si uno no quiere dos no riñen. Y dispuestos, para no reñir, a ciscarse en el pasado, a la apresurada partida de defunción de sus biografías incluso. —«Al fin y al cabo, te aseguro que estoy satisfechísimo —afirmaba en más de una ocasión ante sus interlocutores, ya en clave de pura rechifla—. Estoy satisfechísimo de mi familia materna y paterna. Entre ellos y unos cuantos moros, alemanes e italianos zurraron la badana al resto de los españoles... y a las tan aguerridas Brigadas Internacionales. Porque está claro —ya he tenido que convencerme— que sólo mi gente fue facciosa. ¡Qué tíos más buenos ¿eh?!» Solía haber un gesto de extrañeza. —«¿Tu familia... paterna? prolongaban los puntos suspensivos con los ojos bien abiertos. —«Sí, hombre, sí. También la paterna. Menos algún atípico, como se dice ahora.» No debían creérselo, claro. Pero era cierto. *** —«Estás obsesionado con la guerra, con lo que pasó...; y eso no es bueno» —le decía cada vez más frecuentemente su mujer. Tenía razón seguramente. Pero se defendía. —«Cierto, si tú lo dices. Lo que me pregunto es por qué me ha pasado, si yo estaba tan tranquilo.» Era verdad. El había olvidado la guerra, y todo lo que ocurrió, o, al menos, así lo creía. En cualquier caso, la tenía arrumbada en cualquier entresijo, sólo como recuerdo inactivo. Casi como la lista de los reyes godos, aunque no hubiera participado en absoluto en las andanzas de Suintila y demás y sí, en cambio, en lo otro. Tenía un par de copas encima y estaba caliente. Por las copas y por lo que estaba escribiendo. Hay veces, en efecto, en que sólo nos damos cuenta de verdad de lo que nos pasa cuando somos capaces de sistematizarlo. Por ejemplo, delante de unos folios. —«Estos señores son los que tienen la culpa. De pronto se nos está diciendo que todo fue un sueño, una quimera. O, peor todavía, que lo que nosotros vivimos, no lo vivimos. Que fue otra cosa. Y esc no me da la gana.» —«Además —continuaba recalcitrante— si tienes un poco de memoria, recordarás que han sido ellos los que han traído la guerra otra vez a primer plano. En cuanto empezaron a resollar.» Era verdad. Revivía el gesto casi físico de repulsa con que se enfrentó al primer número del diario de moda. El periódico para sabihondos de primer año, como lo acababa de calificar muy ajustadamente —lo de primer año era de su propia cosecha— Julio Caro Baroja. Allí fue donde empezó el ritornello que había resucitado de pronto en él las noches del 36 y lo demás. Las noches y lo demás que habían sido de verdad.
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—«Pero esas obsesiones no son buenas. Te pueden perjudicar», insistía ella, preocupada. Se rió. No sabía ella que así había sido ya. En el círculo, tan liberal, de su entorno más próximo no gustaban nada ni sus artículos en el periódico apestado, ni mucho menos, la entrevista personal que, con alarde tipográfico y de fotos, le publicaron no hacía mucho tiempo. Total, que sueldo congelado y caída en desgracia. Se los pasaba por la palometa —como hubiera dicho D. Miguel Maura-pero no dejaba de herirle. No lo sabía ella porque esas cosas, las cosas malas, siempre se las guardaba para su propia cosecha. ¡A cuento de qué jorobar al prójimo! De todas formas, no era eso a lo que ella se refería. Manolo Gracián se daba perfecta cuenta de que lo que a su mujer le preocupaba era el desequilibrio nervioso a que pueden y suelen abocar las obsesiones. Vamos, algo así como paranoia o cuestión parecida. También podía tener razón. Incluso observaba esos desequilibrios en algunos de su generación que pensaban como él. Estaban irritados, en perpetua exaltación agresiva. Manoteando en el vacío para no hundirse, faltos de la base que les habían quitado de debajo, como el escotillón a los ahorcados. A lo mejor le estaba pasando lo mismo. Bueno —se tranquilizaba—, quizás el hecho de que yo esté soltando lo que estoy soltando constituya una terapéutica eficaz. A lo mejor me quedo limpio y tranquilo después de despacharme medianamente a gusto. —«Además —decía su mujer—, me parece que estás diciendo cosas demasiado fuertes. No queda bien nadie. Y —dudaba un poco ahoia— ¿quién eres tú para juzgar a los demás?» Algo debía haber fisgado de lo que estaba escribiendo. La verdad era que a lo último no sabía bien qué contestar. Que la cuestión no dejaba de intranquilizarle. ¿Y entonces, qué? ¿Callarse? ¿Que siguieran mintiendo a boca llena? —«Tienes razón, pero... sólo en parte. ¿O es que no existe el derecho a la defensa propia? Si al ejercerla hay otros que quedan mal... con su pan se lo coman.» Salía, por último, el tremebundo realismo femenino. —«¿Te crees que te lo va a publicar alguien... ahora? Y si te lo publican, te veo, a ti y a nosotros, en la calle o sembrando garbanzos en el campo. ¡Déjalos!» Se rió alegre ante el panorama que se le anunciaba, abrazándola por la cintura. No quería decirle que a él le quedaba seguramente poco tiempo y que, en lo demás, Dios proveería. Igual que con los lirios del campo. En una palabra, que no iba a callarse. Que no deseaba ejercer la sucia mansurroneria de la aquiescencia, ni siquiera por pasiva. Que él, a diferencia del comisario Ivanov, prefería la dignidad a la razón. Un poco calderoniano ¿no crees?, se autocrítico de inmediato. De acuerdo. El whisky o cualquiera sabía. Estaba en lo de los falsarios por activa y pasiva. En los que sabían lo que querían y eran, al menos, consecuentes. Y en los otros, los más bien chaqueteros o, al menos, tontos de nacencia. No quería Manolo Gracián que se le fueran de rositas. Al fin y al cabo, le daban bastante más asco que los primeros. A los primeros, ya se sabía. Estaban al otro lado de la trinchera y funcionaban con arreglo a su lógica. Lo malo, lo peor de todo, eran los segundos. Le angustiaba que alguien hubiera muerto por sacarles las castaías del fuego. Y más aún, que pudiera volver a ocurrir lo mismo. Entonces, si era el caso, volverían dándose golpes de pecho, o sin siquiera dárselos. Y a alzarse con el santo y la limosna, con los altos cargos y los dividendos. Dispuestos a olvidar otra vez los huesos de aquellos sobre los que se habían aupado. Los muertos siempre son otros. Después, con poner la mano...

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Le rodeaban a Manolo Gracián, por todas partes. los barbilindos pálidos, desvaídos, sin memoria. Los que siempre estaban dispuestos a incensar el vértice de la pirámide, a vendersus almas sin rechistar. O a ciscarse en sus padres. En algunos casJs ya habían hecho lo uno y lo otro. Por ejemplo, el insigne periódico conservador y matutino. No deseaba Manolo Gracián quedarse con ello dentro. Alguien tendría que decirlo, y ¿por qué no iba a ser él? Tenía Manolo Gracián la infinita desgracia de conocerse razonablemente la Historia e, incluso, sus anécdotas. Esas que luego suelen olvidarse, o traspasarse, en todo caso, a la categoría de peccata minuta comprensible y, desde luego, desdeñable. Pero hombre, y ¿cómo nos viene usted ahora con esas cosas? Pues sí. Les iba a ir con esas cosas. Nada nuevas, por otra parte —a alguno se las había soltado ya— pero en las que habría que insistir. ¡El insigne periódico conservador! —se rebulló molesto en su asiento, frente a la máquina de escribir—. Aquel que azuzaba belicoso en tiempos a los jóvenes que se dejaban matar mansamente y en silencio. Eso, comentaba al hilo de la muerte de dos falangistas sin más represalias que una escueta nota de protesta, tiene más de franciscanismo que de fascismo. Con lo cual estaba claro que lo que le hubiera gustado al ilustre era lo otro, lo que vino inevitablemente luego. No le hacía ascos entonces, no, a eso de los puños y las pistolas. Por lo menos, en tanto que los puños y las pistolas no le hubieran sacado de pobre. Ahora sí, ahora lo había olvidado todo. Había olvidado a los jóvenes que se dejaban acribillar —se lamentaba irónico otra vez— por vender a diez céntimos ideas de Platón. Después, a rasgarse las vestiduras, desde la barrera del tiempo. Lo malo —con serlo ya bastante— es que se había echado a la espalda además otras cosas. Esas cosas que constituían, según él, su permanente razón de ser. Con lo cual estaba demostrando que no era cierto. Que la única variable independiente de verdad de su doctrina era otra cosa. Y todo lo demás, zarandajas más o menos. Era más claro que el agua. Se imaginaba Manolo Gracián lo que hubieran rezado los titulares del susodicho, cada mañana, si todo lo que estaba ocurriendo tuviera lugar en un sistema republicano. Lo sentía mucho Manolo, pero lo que estaba ocurriendo, era, en buena parte, todo aquello por lo que ayer tocaba a rebato en sus páginas, y en otros tiempos, en trémolo patriótico in crescendo. No quería entrar en detalles. ¿Para qué? A quien estuviera de acuerdo con d no le hacían falta. Y el que no, iba a salirle por los tradicionales cerros de Úbeda del «pero hombre, no es lo mismo ahora que antes». Era ya tarde y estaba cansado de darle a la máquina. Y de la turbamulta de recuerdos y vivencias que le habían sublevado las últimas horas. En el comedor, se oía ya la eterna discusión chillona de sus hijas poniendo la mesa, entre el ruido de los platos. Al levantarse de la silla y recoger los trebejos, se le caían los pantalones como de costumbre. Lo malo es que no eran sólo los pantalones lo que se le venía abajo desde hacía ya bastante tiempo. De pronto, se encontró frente al espejo. Fue capaz de no apartar la vista de los ojos, ya un mucho cansinos, que le miraban fijos, cara a cara, casi con cortinillas como los perros pachones. Fue capaz, incluso, de profundizar sin azorarse en el yo que le contemplaba algo guasón y diseccionándole implacable, desde el otro lado. Bueno, tú ganas. Yo soy todo eso y tendrían que fundirme de nuevo. Mejor dicho ¡tendrían que fundirnos, amigo! Los dos apartaron la vista al tiempo. Durante la cena, su hijo mayor, otro Manolo Gracián, de 22 años, le preguntó: —«¿Has leído el editorial de ABC de esta mañana?» —«Sí», le miró curioso por encima de las gafas.
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—«¿Y qué te parece?» —«¿Qué quieres que te diga? —se encogió de hombros en un gesto que no necesitaba explicar nada—. ¿Y a ti?» —«¡Increíble!», dictaminó seguro y juvenil su hijo, con un tono de voz que traslucía a la perfección todo lo que de irritación un poco asqueada tenía que traslucir. ¡Pobre chico! ¡Otro que iba para lo mismo!

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LOS PÁJAROS DE HOGAÑO Se pusiera como se pusiera, siempre acababa yendo. A pesar de todas sus dudas y ambigüedades. A pesar de la nueva confusión que parecía estarse gestando, allí estaba, en la soleada plaza de Oriente, sembrada por el grito rojigualda de las banderas. No tenía mucho de racional su postura, y se daba cuenta. Había en primer lugar, su propia y vapuleada biografía, siempre capaz de tenérselas tiesas y victoriosas con sus inevitables tendencias cartesianas. Aparte, eso sí, de un último sentido comunitario de raíz primariamente española, con aquella multitud, alegre a pesar de todo. Y el comprensible grito de protesta frente a lo que se estaba haciendo en todos los sentidos. Incluso en el estético, con el alanceamiento inmisericorde de los moros muertos. Del gran moro muerto, en especial. Ahí saltaban por el aire casi todas sus reservas frente a la figura desaparecida hacía ya unos años. O si no saltaban —que eso era difícil— sí las remitía al desván por el momento. A eso no jugaba tampoco, aunque sólo fuera por fidelidad a sí mismo. Miró el balcón vacío del viejo palacio borbónico, donde tantas veces se había erguido la pequeña arquitectura de Franco sobre las gentes españolas de la otra rabia y la otra idea. O sobre las de siempre —ni rabia ni idea— que iban a alzarse en definitiva con el botín y ahora debían estar confortablemente acogidas a otros cenáculos. No se daban cuenta los prebostes del momento de que no sólo estaban ensuciando más de la cuenta a un hombre, sino a unas cuantas generaciones. Con todas sus inseguridades y contradicciones, pero ese era el caso. Recordó la desagradable sensación visceral, la premonitoria evidencia de lo que iba a ocurrir, que le subió desde el centro al ver al señor Giscard D'Estaing en su satisfecho papel de graciable monitor europcísta de lo nuevo. Allí mismo. En la misma plaza de Oriente de 1946. Cuando los franceses y el mundo cerraban fronteras y suministros y había que apretarse el cinturón todavía más. No creía que aquello, y toda la posterior teoría de padrinazgos exteriores, gustara demasiado a los españoles. Sobre todo cuando se estaba viendo en qué quedaban los tales padrinazgos en todas partes. Ahora resultaba que el señor Giscard D'Estaing había tenido, por lo menos, ciertos flirts inconfesables con aquellos señores del norte, tan dados a la independencia, los ángulos faciales y el odio a la sangre maketa. Se sonrió al rememorar la pequeña venganza de los alegres mozos de la camisa azul, desinflando las ruedas de los coches diplomáticos, antes, como es lógico, de que se fueran dignamente los embajadores que después habrían de volver, en fila, un poco menos dignamente. «Si la gasolina es vuestra, el aire es nuestro», fue la tarjeta de visita. Estaba seguro de que los padres de algunas de las actuales figuras, si no ellas mismas, la habían suscrito directamente. Tenía los ojos húmedos de algo que se le escapaba a chorros. Aunque tratara de disimularlo ante sus hijas a base de brusquedad pretendidamente folklórica y superficial. Como si se estuviera divirtiendo. Tenía que sofocar lo que llevaba dentro. Ellas no podían entenderlo. Y esperaba que no pudieran entenderlo nunca. Hacía sólo un par de meses que había leído un avance periodístico de un libro del señor Sainz Rodríguez, espumado textualmente «con veneración y asombro» —así se había apostillado en el diario Ya — por Ricardo de la Cierva. Manolo Gracián no se atrevía a decir claramente quién o quiénes quedaban a la altura de una zapatilla rusa en el susodicho libro, si es que el libro era como la muestra. Si Franco u otros. No se atrevía a decirlo, por razones constitucionales, en primer lugar. Después, para que no se terminara de arrugar quien se sintiera inclinado a publicar esa especie de extraña autobiografía que estaba dando a luz su ya renqueante biología. «Esos otros —pensó que debía escribirlo con mayúsculas, de acuerdo con unos cánones que a él no le iban— se creen que los demás son tontos. Y que no se acuerdan de nada.» Bueno, eso era otra cosa en la que, por razones obvias, más valía no entrar. Aunque a él le hubiera importado muy poco hacerlo a fondo. Creía tener datos más que suficientes para ello.
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Miró en torno para encontrar lo que siempre buscaba en tales casos. No estaba seguro de hallarlo allí. Nunca lo estaba. Y por eso volvía, año tras año, con una desilusión creciente. O, por lo menos, en todo lo que había allí. Por ejemplo, eso de España, tampoco estaba demasiado claro. A pesar de las banderas, de los gritos y de la correspondiente escenografía. Demasiadas enseñas había, seguramente, enarboladas sólo en aras de unas cuentas corrientes, de más o menos hectáreas y minucias similares. Aunque quizá ni siquiera los que lo hacían lo supieran. Le fastidiaba profundamente encontrar entre aquella multitud a gentes inconfundiblemente acomodadas o mucho más que acomodadas. Se sonrió de su pequeña e injusta demagogia, empeñada en descalificar apriori todo lo que no fuera clase media o proletariado a secas, pero era inevitable. Quizá porque su ya larga historia estaba llena de ejemplos más que capaces de justificar el apriorismo. Revivió divertido su reciente experiencia, allá por tierras de Santander y con ocasión de una cena de copete. Se hablaba, cómo no, de política casi en la frontera del reino de la ETA y demás. En la hora chispeante del copeo previo, una aparatosa —y apetitosa— rubia, elegantemente vestida y gloriosamente perfumada, lanzó al centro del grupo su tesis diferencial. —«Mira —se dirigió directamente a él— quizá porque advirtió en sus ojos algo un poco disonante en aquel entorno—: si es que hasta somos más guapos y más limpios. En las manifestaciones de izquierdas no verías más que mugre y chicas feas.» —«Claro —avanzó un poco cautelosa ante la guasa que debía transparentar ya la mirada nunca diplomática de Manolo Gracián, y en un intento, seguramente, de clasificarle de una vez— que tú nunca habrás estado en una manifestación de izquierdas.» —«Naturalmente que he estado, mujer, naturalmente que he estado. Y he visto chicas soberbias y perfectamente limpias.» Había exagerado, pero de eso se trataba. Un respingo, y se acabó el diálogo. La aparatosa y rubia dama se dio media vuelta, mientras alguien que conocía más a fondo a Manolo Gracián se reía gozoso a chorro suelto. No deseaba Manolo ser injusto ni con aquella rubia ni con nadie. Tampoco quería excluir del todo la componente puramente humorística que hubo, con toda seguridad, en la frase. Pero algo se le quedaba siempre dentro en su intento exculpatorio. Vaya —pensó—. Como el ínclito pariente del libro de misa, o mis Árdales de mi alma. Asintóticamente ciegos y guapos por la gracia de Dios. En cualquier caso, prefería que aquella fauna que lo había fastidiado todo en tiempos y que, por los síntomas, iba a seguir fastidiándolo en el futuro no anduviera por allí. Por lo menos, en la cantidad suficiente como para convertir aquello en el nuevo minuete» de los poseedores. Por muchas banderas que esgrimieran. Había de todo, sin duda. Incluso —se tranquilizó— mucha más gleba o gentes humildes que otra cosa. Miraba casi con ternura a toda aquella amplia masa de los que no parecían tener mucho que perder. Para ellos, estaba seguro, la bandera no había sido nunca privilegio, sino algo mucho más profundo que seguramente no podían explicar. No podrían explicarlo, pero allí estaban. No tuvo más remedio que caer en el topicazo del «Dios qué buen vasallo...». Un topicazo del que dudaba cada vez con más frecuencia, a la vista de los datos. Ya no estaba seguro del vasallo. A su lado, se desgañitaban sus hijas, felices y todavía sin demasiado espíritu crítico. ¡Cómo iban a tenerlo, Señor, si estaban aún inéditas de toda herida! Para ellas, aquello era sólo una liturgia gloriosa y definitoria de algo en gestación que llevaban dentro. Definitoria y reactiva frente a una realidad crispante y sucia —se dijera lo que se dijera— que ya captaban y no les gustaba nada. Como no le gustaba a toda aquella multitud cada año en aumento y que no entendía lo que estaba pasando.
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La prensa del día siguiente les llamaría nostálgicos e involucionistas. Incluso la prensa monopolizadora, durante lustros, del patriotismo, que ahora dejaba ver claramente en qué consistía, para ella, tan solemne concepto. Acertaban de lleno en lo de la nostalgia, por lo menos en su caso. En la nostalgia, aún más amarga, de lo que pudo ser. Está claro —pensó Manolo Gracián— que hay familias abocadas inexorablemente a presidir la almoneda española, entre el incienso perenne de sus tiralevitas en letra impresa. —«¿Por qué no se publicarán ahora los discursos de Ortega sobre el Estatuto de Cataluña? No se publicaban, claro. Como no se publicaba nada que no interesara a aquel escalafón de parvenus que se había repartido el pastel. Y luego la retahila de muertos. Y de impunidades. Y de dejaciones. Empezaba a pensar en primario, y se daba cuenta, pero no le importaba nada. Echó para atrás a Rénan porque no le hacía ninguna falta. Pero aquello era, en efecto, un plebiscito que no era cotidiano porque no podía serlo. A su lado un grupo de jóvenes con camisa azul empezó a vociferar un Cara al Sol, rápidamente recogido en oleadas por toda la amplia plaza. ¡Dios qué hermoso era aquel himno, si se cantaba bien! ¡Qué hermoso era, incluso, en las voces destempladas de aquellos adolescentes, aún en la frontera del gallo! Se le erizaba la piel, inevitablemente. Y le subían a la garganta, en tropel e irresistibles, todas las vivencias que había sido y seguía siendo. Rocío, más inmediata a él cantaba perfectamente seria, con su vocecilla un poco aflautada. Para ella y para todos aquellos jóvenes, eso podía ser futuro. Para él, era por lo pronto Historia y no estaba seguro de que pudiera ser ya otra cosa. Pero allí se plantaba. Para afirmar el derecho a su pasado y el de tantos otros. No estaba seguro, no porque no creyera plenamente en la fórmula. Todo lo contrario. Era fácil ver, para quien quisiera verla, la realidad cada vez más mimética de algunas ideologías históricas crecientemente asimiladas, en lo social, a las premoniciones de aquel señorito tan incómodo al que hubo que quitar de en medio en Alicante. Incluso empezaban a tolerar a Dios —al menos ya no se atrevían a fusilarlo— o aquello de la Patria. Quizá porque se dieran cuenta de que por el otro camino no habían ido a ninguna parte. Y aunque de labios afuera. Había leído Manolo Gracián perfectamente pasmado, tres o cuatro años atrás, el documento del PSP encabezado por el señor Tierno Galván, con motivo, si no recordaba mal, de su integración en el PSOE. ¡Caramba, resultaba que, a excepción de la familia, todo eso del municipio y el sindicato de la vieja trilogía no había sido una estupidez precisamente! Casi sólo le faltaba al tal documento terminar con la aparatosa y triple invocación de otros tiempos. ¿Se habría leído alguien laLaborem Exercens, tan rápidamente despachada por la prensa incluso de la derecha? Bueno. Se estaba calentando los cascos y no había ido a eso. Había ido, sólo, a meterse de hoz y coz en el mundo de lo elemental. Aunque ¿quién había dicho —ya estaba otra vez auto fastidiándose— que el mundo de lo elemental fuera, en efecto, elemental? Había que poner otra vez los pies en tierra y ser sólo testigo. Empezaba a olerse a sí mismo, lamentablemente. A la sobaquina consustancial a la camisa azul, de vocación proletaria en su origen. Caldeaba el sol y caldeaban los ánimos en torno suyo. La camisa azul: aquella que empezó a jorobarse cuando se la puso quien se la puso. Esos que se la seguían poniendo y que parecían haberse quedado sólo con lo de los puños y las pistolas. Que en ello estaba también la cuestión, perfectamente crispante para Manolo Gracián. Desde la víspera a la noche, Madrid se había convertido en una festiva algarabía de banderas motorizadas. Gente en general joven y limpia que empezaba a pedir otra vez su puesto al sol, harta de penumbras y de pálidas cautelas. Que defendía su derecho a las emociones profundas y elementales. Seguramente no era todo Madrid, pero eso era ya otro problema. O el problema a secas, nuevamente. Al Manolo Gracián, ya cancón y más necesitado de una cierta prosopopeya que de cualquier alegre corcoveta, según decían las personas serias, se le iban detrás de aquellos jóvenes los ojos y las entrañas. Y hasta los pies, que eso podía ser lo grave.
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Gente en general limpia, pero con hirientes excepciones que podían llevarse el gato al agua, en último término. Demasiadas, demasiadas de aquellas excepciones había en la plaza de Oriente. ¿A cuento de qué la chulería indescriptible de la tal fauna? Por ejemplo, aquellas nenas tan monas, colgando de las portezuelas, melenas y enseñas al viento de la noche, como un anuncio televisivo de cualquier producto rojigualda o rojinegro. Y no era eso. Eso era, otra vez, la perfecta estupidez que había echado para atrás, con toda lógica, a muchos españoles incapaces de asumir sandeces folklóricas. No se daban cuenta aquellas cretinas de que hacía falta mucho sosiego, casi una buena dosis de heroísmo, para no situarse automáticamente enfrente de lo que ellas parecían representar. «Las masas que no pueden reconciliarse con la Patria porque les falta el pan y la justicia.» ¿Quién se acordaría de aquello? No aquellas mozas tan llamativas, desde luego. Hoy, pensó Manolo Gracián, habría que ampliar un poco el enunciado. Hoy no podrían reconciliarse muchos con nada, simplemente por sentido de la estética y del ridículo. Aparte de lo del pan —que ya empezaba a escasear otra vez para bastantes— y de lo otro, convertido en no se sabía bien qué, pero sí, en cualquier caso, en un valor relativo. Se le vino a la memoria uno de sus frecuentes experimentos. Fue con ocasión de la primera manifestación masiva antisistema, calle de Alcalá arriba. Por delante de él, puro observador plantado en la acera, iban pasando los bloques alineados en largas filas a lo ancho de la calle. En una de las paradas obligadas por la logística del acto, quedó casi pegada a Manolo Gracián una de aquellas delicias. Casi buche con buche, como hubieran expresado insuperablemente sus clásicos de la antigua chambra rayada y el chisque de «mencha». Camisa azul y boina roja, gachosamente ladeada casi hasta la vertical. ¿Qué hubieran dicho los del Tercio de Lacar, por ejemplo? No tuvo más remedio que meter la pata, como de costumbre. —«¿Oye, ¿tú has leído a José Antonio?» La confusa y sorprendida mirada de respuesta le dio un poco de pena. —«No». Por lo menos era sincera la chica. A lo mejor sólo le hacía falta la mano de nieve capaz de arrancarle lo que de auténtico tenía que llevar dentro. O un par de caritativos sopapos dialécticos que la pusieran en su sitio. Le dio pena, pero no fue capaz de callarse. —«Entonces, ¿por qué llevas la camisa azul? No hubo respuesta. Aquel tío tan serio debía estar loco. Y lo estaba con casi toda seguridad. Cada vez más. Lo de las nenas era una cosa, ya de por sí chirriante, pero sólo de pronóstico reservado. Lo grave, lo auténticamente grave, era lo de los puños y las pistolas por definición. Ahí sí que a Manolo Gracián lo de la pena o el pequeño asco se le resolvía en ira. ¿Pero qué se creían aquellos cretinos? ¿Qué se creían aquellos lechuguinos cuasi uniformados, engominados y dispuestos a romperle la cara al lucero del alba por un quítame allá esas pajas? ¡La dialéctica de los puños y las pistolas! Bien estaba la tal dialéctica cuando hacía falta. Y la hizo ¡vaya si la hizo! Pero ni siquiera entonces se llegaba al folklore que estaban institucionalizando los muy memos. Ni José Ruiz de la Hermosa, ni Francisco de Paula Sampol, ni Matías Montero, ni todo el reguero de sangre que prologaron habían jugado a nada. A nada más que a morir limpiamente. Sin uniformes. Sin taconazos. Sin majaderías. Parecía claro que aquello no debían conocerlo los que decían haber recogido la herencia. Manolo Gracián buscaba entre aquella multitud, cada vez más densa, a José Ruiz de la Hermosa, a Francisco de Paula Sampol, a Matías Montero y a tantos otros. Y estaban. Pero sin faramallas, detrás de unos ojos sin sombras y calientes. Sin botas. Sin insignias. Sin nada. O,
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mejor dicho, con todo. Ahí sí que podía estar el futuro. Si les dejaban, claro. Si no volvían a caer en el garlito. Respiró hondo, para sosegarse. Al fin y al cabo, él no podía liarse a mamporros con los mercaderes del templo. Sólo algún «¡gili-pollas!» se le escapaba sin remedio, cuando cualquier ejemplar especialmente caracterizado de la tribu se le ponía a tiro. El aire se movía levemente, cálido, mientras las buenas gentes, alegres de no sentirse hoy solas, tras la aislada amargura de cada día, coreaban los viejos himnos al hilo de los altavoces. Ahora, aplausos lejanos. El invisible tam-tam de las masas funcionó de inmediato. Bueno —suspiró Manolo Gracián— pues había llegado el marqués de Villaverde. Otra vez se horquilló. ¡Pero hombre, por Dios! Ni siquiera si allí se iba sólo para recordar a Franco podía hacerse aquello. Se le cayeron nuevamente los palos del tinglado. Empezaba a estar cansado y a preguntarse qué era lo que él hacía allí. Había gente que no aplaudía, desde luego y a cuyos ojos se asomaba una chispa de disgusto. Enrique Pérez. Sencillamente Enrique Pérez. Le había conocido Manolo Gracián poco tiempo atrás, con ocasión de un libro que acababan de publicar en su empresa. Una soberbia materia prima, buscando a la deriva. Desde su primer contacto profesional había surgido la chispa evidente de una vena compartida, cualquiera que fuera la filiación formal de uno y otro. O, más bien, la absoluta no afiliación de uno y otro a los partidos al uso. La cosa venía, en ambos, de mucho más adentro. De allí donde los hombres pueden ponerse de acuerdo. Enrique Pérez. Carabanchel y todo lo demás, allá para 1968. Había sido comunista — incluso prochino— hasta que llegó a la cárcel y descubrió dos cosas. La primera, que había que adscribirse a la comuna de la hoz y el martillo para tener jamones en ristras o, incluso, sólo un poco de leche para los enfermos. La segunda, que Marcelino Camacho era completamente tonto. Muy bien, perfectamente bien. Manolo Gracián comprendía del todo la ¿olorosa puesta de largo de Enrique Pérez. También él había ido descubriendo a retazos, y desde su propia situación vital, muchas falsedades y muchas memeces irremediables. No estaba del todo seguro Manolo Gracián, pero creía saber por qué había llegado Enrique Pérez al comunismo. Simplemente por una bofetada. Por la bofetada gratuita de algún antecesor de aquellos jovenzuelos que llevaban ya una larga temporada sacándole de quicio. Se lo había contado Enrique, a las primeras de cambio, en esa especie de exhibición casi a borbotones de interioridades a que suelen llegar los que descubren una profunda e inalienable raíz común. El tortazo a destiempo de un jefe de centuria a quien había tenido la osadía de no levantarse respetuoso al paso de la formación que encabezaba. ¡Donosa interpretación de la Justicia y de la Patria tenía aquel energúmeno! —«Mira —le había dicho Enrique a las primeras de cambio, tras insistirle Manolo en que el usted no le iba, a pesar de las canas y las arrugas— el cliché que teníamos de vosotros era el de la violencia y el señoritismo.» Tenía razón. Y debía seguir teniéndola, si se quedaba en la superficie de las cosas que todavía eran. Aunque ya no estaba al otro lado, más bien muerto de asco. Nuevamente el Cara al Sol. Y nuevamente la emoción a punto de estallarle. Aunque no sabía si el Cara al Sol que él cantaba era el mismo que el que cantaban los otros. Con «una brecha de serena atención», ni estarían por allí los acólitos de la violencia, ni estaría Enrique Pérez donde se le obligaba a estar. Lo que más dolía a Manolo Gracián era la forma en que los nuevos diáconos del tortazo coadyuvaban a la distorsión de la Historia que se estaba impartiendo a los jóvenes. A los que no la habían vivido. Era lógico que se creyeran esosjóvenes a piesjuntillas aquello de la barbarie azul del pasado, a la vista de la especie verbenera de los correajes y el guantazo del hoy. No podían saber que no había sido así, sino todo lo contrario. No podían saber que habían empezado los otros, los de las Juventudes Socialistas hoy mansos corderos del puño y la rosa. Por ejemplo, los del famoso grupo Vindicación, del señor Carrillo, ahora tan abacial y pacífico.

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Ni lo de la Falange de la Sangre —hermoso y terrible nombre—, del ojo por ojo, cuando ya a los de la camisa azul se les habían hinchado las narices, tras haber contado hasta diez mil. Prefirió no seguir pensando en ello. Eso de saber Historia no dejaba de ser una tragedia personal como otra cualquiera. Miró en torno empinándose y estirando el cuello todo lo que podía. Un mar de cabezas y banderas entre las que localizó alguna cara conocida. De ésas a las que no hubiera situado nunca en aquella escenografía. Ni ellos a él, por su reacción un poco sorprendida. ¡Claro, su apellido! Un apellido cuya historia no conocían del todo y que solía situarle, en principio, donde nunca había estado situado, ni él ni, de verdad, su apellido. Hubo en el lejano cruce de miradas y el gesto, casi sólo apuntado, de saludo una chispa de mutua alegría. El «tu quoque» con que se reconocían semejantes. El «tú y yo somos de la misma sangre», de Chil el milano. Arriba, por encima de las cabezas, un helicóptero trenzaba trayectorias, inmune al abucheo unánime de la masa. —«Mañana dirán que 10.000 carcas desestabilizadores de la democracia», afirmó a su lado, como para sí mismo, un hombre maduro y con camisa azul de la que emergía el cuello estriado en surcos de los campesinos o los mecánicos de mono y grasa. Un cuello coronado por una nuez en espolón. «La democracia...», recogió ágil un joven, esculpiendo nítidamente en el aire los puntos suspensivos, al tiempo que lanzaba al aire un rotundo corte de mangas. Se rieron las mujeres próximas, más cercanas al desgarro castizo que al rigodón palaciego. i Lástima que no anduviera cerca Rafael García Serrano, notario mayor del pueblo! De este pueblo, y del otro, que no había acepción de colores en su espléndido castellano a la hora del pan, pan, y del vino, vino. —«¿Crees que somos más que el año pasado?» le preguntó el de la nuez, ya directamente y con ojos que pedían, por favor, la respuesta afirmativa. Enterneció a Manolo Gracián aquel tú tan limpio. Tan distinto a la soez campechanía del presente. Frente de Juventudes, seguro, pensó. Allí, en el número, estaba la preocupación compartida de aquella gente. Un poco como el asidero comunitario de su propia razón de ser individual. —«Seguro que sí, que muchos más...» Así lo pensaba, en efecto, entre otras cosas porque a ello le llevaba claramente su propia ecuación del hastío español, contrastada cada día en todas partes. Pero era igual. Aunque no lo creyera, hubiera contestado lo mismo. —«¿Quieres un cigarro?», ofreció Manolo Gracián en el ejercicio de la magnífica y eterna liturgia española. —«Gracias, no me deja el médico.» Aprovechó la ocasión por los pelos. —«A mí tampoco. Claro..., ya ni tú ni yo somos precisamente del Frente de Juventudes.» Se miraron a los ojos riéndose de sí mismos y del mundo. De sus canas y sus fofeces, con un punto de melancolía. Ciertos eran los toros. Ya estaba cansado de estar de pie. En teoría faltaba poco para las intervenciones de los oradores de siempre. ¡Vaya, no iba a ahorrársele tampoco ese cáliz! Aupado en las gradas de la estatua central, un pequeño grupo de camisas pardas con su svástica en el brazo. —«¡Qué cono harán ésos aquí!», casi gritó sin tapujos, señalándolos con el mentón. Rocío le llamó al orden, un poco asustada de que su padre se metiera en líos, como de costumbre.

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—«Eso digo yo —comentó con disgusto un tercero que había seguido la dirección de la mirada y la barbilla de Manolo Gracián—. ¡Qué tendrán que ver ésos con nosotros...! Vamos, me parece a mí.» Hasta en el tono, ya casi olvidado, se le salía a chorros el madrileño puro. —«Si eso es lo malo: el lío que tenemos dentro», terminó, segura y definitiva una mujer joven y de no mal ver, detrás de Manolo Gracián. Así pues, lo del lío, lo de la nueva confusión no era sólo una manía suya. Acababa de celebrarse un referéndum urgente y el resultado estaba claro. Crepitaron un poco los micrófonos en el silencio recién inaugurado de los altavoces. Tras el descanso de las fanfarrias, podía casi oírse el viento y el resuello contenido de la multitud. O el latigazo al aire de alguna bandera todavía enhiesta. Las demás estaban ya algo así como en su lugar descanso. Dispuestos a escuchar. Empezaron a hablar los oradores, frecuentemente interrumpidos, por el griterío o las consignas rítmicas de siempre al hilo de alguna frase más capaz de calar en la visceralidad primaria y en carne viva que había reunido aquella enorme masa humana; «¡ España, entera, y sólo una bandera!» Claro que sí. Claro que era, sobre todo, eso. En algún momento, el insistente abucheo ante la referencia a alguna figura más o menos nombrable, del sistema. O el «¡Patria, Justicia, Revolución!» coreado por voces jóvenes. Y eso después, para que lo primero fuera posible. ¿Después, o antes? Volvía el silencio al cabo, y proseguían los parlamentos. No quería Manolo Gracián ser injusto, pero tampoco era aquello. Respetaba los historiales de aquellas personas, y su valor. Pero no era eso. Eso no lograba transformarse en futuro, en ecuación de partida capaz de configurar un proyecto sugestivo, sino sólo pasado. Un pasado tremendo, incorporado a cada poro de buena parte de aquella gente —empezando por él—, pero sólo pasado. Poco de poesía que promete, frente a la que destruye. Demasiado «no es esto» —aunque esto fuera ciertamente algo a tirar por la borda— y poco de «esto sí es». Ya estaba, como siempre, metiéndole el bisturí al lucero del alba. Ya estaba, una vez más, defraudado. Aunque la verdad era que no mucho, que no esperaba otra cosa. No había forma, estaba claro, de transformar la emoción en sistema. Aunque el sistema estuviera en agraz dentro de aquella gente, por lo menos de parte de aquella gente, a la espera sólo de alguien capaz de cristalizarlo en una justa armonía. Allí estaba desde 1933, aunque alguien se hubiera encargado de arrumbarlo, después de haberlo estropeado suficientemente. Lo suficientemente como para convertirlo, en apariencia, en Historia irrepetible. Aquellos señores que estaban hablando no parecían saberlo. Se limitaban, en buena medida, al ejercicio de una retórica sin actualizar, a la repulsa de la realidad hiriente e inmediata. Tenían razón, pero no bastaba. Aunque a lo mejor pensaran que sí, a la vista de las aclamaciones y el ondear de banderas. A Manolo Gracián, aquello le disgustaba en buena medida. Por más que, en ocasiones, se sorprendiera también gritando alguna de las consignas que salían, cualquiera sabía de dónde, de aquella llaga colectiva abierta al aire. Menos mal —pensó— que tampoco los otros saben bien por dónde se andan. Ni saben por dónde se andan, ni son capaces de ejercer la menor rectoría efectiva, como se estaba viendo. Era lamentable en efecto —por lo menos para Manolo Gracián— el nivel intelectual circundante, en todos los campamentos. Tan lamentable, que constituía otro de sus problemas. Se pusiera como se pusiera, por ninguna parte encontraba hombres, con mayúsculas. La cuestión le preocupaba profundamente, y cada vez más. Algunos artículos había publicado recientemente sobre los intelectuales españoles —extraña especie poco de fiar, por otro lado— y lo que él llamaba la dimisión de las minorías. No las había o no las encontraba al menos. Allí tampoco. Se dedicó a observar a la gente, desde su propia insatisfacción. Quizás incurriera en lo del pintar como querer —aunque él no quería eso— pero también en los ojos de los demás, el de la nuez y los otros, le parecía observar una buena dosis de defraudación más o menos
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consciente. A ésa y a otras convocatorias seguirían acudiendo, un poco dramáticamente. ¿Y qué más? Pues nada más, si Dios no lo remediaba. Palabras de vida eterna. ¿Es que ya no hay palabras de vida eterna? Podía estar exagerando y se daba cuenta de ello. Al fin y al cabo —pensó— ya era bastante que aquella multitud se reuniera, contra corriente, para asentar algunos conceptos irrevocables. Por primarios que fueran los tales conceptos, ya era algo que afirmaran su fe de vida en la forma en que lo estaban haciendo. Y que se encarnara como se estaba encarnando la indignación creciente de bastantes españoles ante el desastre a que se les llevaba, cualquiera sabía en aras de qué sistema métrico decimal. Bueno, Manolo Gracián sí creía saber por qué, y así lo había expresado en algunos artículos, escritos, naturalmente, en clave suficientemente críptica. Así era preciso hacerlo, en efecto, en un país donde existían intocabilidades institucionalizadas. Allí estaba para Manolo Gracián, el cierre de la ecuación. Un cierre tan claro como el agua. Recordó un párrafo de Ramiro Ledesma, aquel entendimiento —en expresión de Ortega— al que silenciaron en la cárcel de las Ventas. Se lo sabía de memoria. Sencillamente, porque en él estaba, otra vez, la cuestión. «Los grupos disgregadores que influían y sostenían el régimen naciente desde la periferia española carecían naturalmente de una preocupación integral y total de España. Los marxistas eran ajenos por naturaleza al problema. Los viejos partidos demoliberales, como el radical, representaban la debilidad, la transigencia, el pacto. ¿Quién iba, pues, a dar a la revolución de abril un contenido nacional y quién iba a trabajar en su seno por extraer de ellas consecuencias nacionales históricas?» Le servía. Le servía perfectamente para el hoy el diagnóstico de una situación pasada. Sólo había que insertar en él, sin demasiadas violencias, las nuevas instituciones resucitadas para explicárselo todo. Cambiar eso de radical por siglas algo más actuales, y sustituir pacto por consenso. Rosita, la pastelera, tenía ahora otros nombres y apellidos. Pero ahí seguía, tan tiesa. «Hombre —se rebatía a sí mismo—; ¿por qué valorar negativamente el intento de acordarse con los demás? En eso, en ser capaz de contar con el prójimo consiste ser hombre.» El argumento le hacía pupa con frecuencia. Pero siempre se lo ventilaba sin demasiadas dificultades de orden racional. «De acuerdo, de acuerdo. Pero no es esa la cuestión. La cuestión está en decidir si se puede pactar con el cáncer.» Con lo cual resultaba, naturalmente, que para él existía el cáncer, incluso en el más escurridizo campo de lo social. Debía ser un fascista de tomo y lomo, claro. Como toda aquella gente. Feo apelativo ahora. Aunque la realidad que estaba detrás la hubieran ejercido sin desdoro entonces —cuando hizo falta ejercerla más inmediatamente— bastantes otros. Por mucho que ahora parecieran haber cambiado de piel e ignorar la que tuvieron en otros tiempos. No dejaba de tranquilizar la cosa a su siempre encrespada componente intelectual. Al fin y al cabo —pensaba— la diferencia está en que esta gente y yo seguimos oyendo crecer la hierba, y ellos no. Ellos, en general, sólo se daban cuenta de que había crecido demasiado cuando ya era inevitable segarla con algún dolor. Sobre todo, con el dolor de los que no podían, o no querían, poner tierra de por medio. También le tranquilizaba el hecho de que, para los otros, eso del pacto no pasara de ser papel mojado. Cuando llegaban al poder en alguna parte, ni prójimo ni gaitas. Con lo cual se trataba, sólo, de jugar al mismo juego. Algo parecido a la defensa propia porque sí, por narices. Por las mismas narices que ellos imponían, esgrimiendo, eso sí, la insigne sandez de la razón objetiva. Ningún silogismo podría echar abajo el teorema.
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Terminadas ya las intervenciones, había en el aire un compás de espera. A Manolo Gracián siempre le hacía el efecto de que aquella masa estaba allí, sobre todo, por lo que venía ahora. El rito elemental y profundo que no había que explicar y en que todos estaban plenamente de acuerdo. La corneta inició agria y tremenda el toque de oración. No se oía una mosca. La gente quieta y en posición de firmes todos —hasta las mujeres— aguantaba la respiración, en una ofrenda personal e íntima. Cada uno con sus fantasmas. Revivió las tardes del campamento, en Robledo, y la liturgia del arriar bandera que siempre le había levantado el vello. Ahora era distinto. Se solidificaba un mucho de rabia contenida, de apretar los dientes, frente al intento de renunciar a aquel pasado y a aquellos muertos. Esos muertos por los cuales —y sólo por ellos— estaban allí los señores del sistema, de arriba abajo. ¿De qué, si no? No creía que los jóvenes que le rodeaban pudieran encarnar aquello en voz y gesto. En vida y muerte individuales. Ellos no podían seguramente pasar del concepto, de lo abstracto, pero él, sí. El tenía figuras juveniles que recordar: los Ruiz Vernacci, Julián Martín Fabiani — que quiso morir, sin tener por qué, con sus cama-radas cercados—; Germán Marina, nariz aguileña y esbelto cuello adolescente... Y los otros, los que habían muerto de otra forma, en El Escorial, en cualquier cementerio manchego, en Paracuellos. Ahora, una voz recitaba lenta la «Oración de los Caídos» de Sánchez Mazas, nacida sin remedio tras el asesinato de Matías Montero, el tercero de la serie infinita que vino luego.«... y haz también que la victoria final sea en nosotros una entera estrofa española del canto universal de tu gloria». Algunos tenían agua en los ojos. Sobre todo maduros o viejos a secas. Y el rictus violento de quien quiere estrangular una emoción que se escapa incontenible. Se acordó también de los de la otra orilla, aunque de otra forma, naturalmente. No le costaba ningún trabajo hacerlo sin odio, sino todo lo contrario. El Isabelo, el Aldeano y todos los demás de aquel amanecer en la huerta de D. Santos. Y el Catalán, con la chaqueta de cuero y su problema a cuestas. Lo terrible —pensaba Manolo Gracián— es que todo eso parecía no haber servido de nada. Y —proseguía— que alguien parecía estar empujando hacia lo mismo, a base de irresponsabilidad y ecuaciones cuyos resultados saltaban agresivos por todas partes. Se acordó de sus hijos, que andarían por allí por libre, y una nueva angustia le mordió en la garganta. A él, al fin y al cabo, todo le daba igual. Estaba acostumbrado y sólo iba a ser capaz de reprochar tenuemente al destino que su vida se cerrara más o menos como empezó. O quizás con más suciedad aún. Había llegado la estación terminal. La de los himnos. La puerta de escape de la emoción de antes. Seguía habiéndola, claro, pero era otra cosa. Un bosque compacto de brazos en alto cuando llegaba el Cara al Sol. Era lo único que se sabían todos de pe a pa. Con los ya eternos errores, pero se lo sabían. Hasta la estrofa de Dionisio Ridruejo. Aquella del «volverán banderas victoriosas, al paso alegre de la paz». Aunque lo de alegre hubiera sido interpolación de José Antonio en los puntos suspensivos que Dionisio dejara en blanco. A Manolo Gracián le hubiera divertido realmente mucho que contemplara aquello, por ejemplo, el señor Giscard. Un poco infantil era la idea y no sabía por qué se le ocurrió, pero así fue. Empezaba el lento y difícil desfile de la muchedumbre en retirada por las estrechas calles. La alegre algarabía chillona, otra vez, de las banderas y de los coches en caravana, marcando el trágala rítmico de los claxons, que iba a extenderse por todo Madrid durante horas. Le invadió, de pronto, un cansancio infinito. Físico y del otro. Sus hijas marchaban felices y excitadas a su lado con la bandera al hombro. El no. El no sabía si había asistido a un funeral,
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a su propio funeral incluso, o a un nuevo parto gozoso. Tenía que ser lo segundo, pero no lo veía. A lo lejos, distinguió a Joaquín Aguirre Bellver, una de las pocas plumas limpias y valientes que quedaban, entre tanta cautela viscosa y vendida. Se saludaron con la mano, serios. ¿O sólo se lo parecía? A lo mejor no era así, pero estaba seguro de que también él llevaba por dentro la misma procesión. La procesión de los jóvenes, ya viejos, de otros tiempos. De los que no se habían quedado en el camino. Tenía un poco de frío. Estalactitas, como hubiera dicho D. Eugenio D'Ors.

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TERAPIA DE GRUPO —«Mucho de pasado, ¿no crees? Y poco en cambio de presente o de futuro. Va a tener razón tu mujer en lo de la obsesión.» Ya estaba ahí el otro, el del espejo, fastidiando. Algo de guasa malevolente había en su frase. Se preparó Manolo Gracián para lo que iba a venir. Siempre había sido el otro un pijo atosigante y no iba a cambiar ahora. Tampoco a él le resultaría fácil de cambiar, pensó. —«Quizás tengas razón. Pero esa era casi exclusivamente mi intención. Recordarás que se trataba, que habíamos tratado —aventuró el plural, a ver qué pasaba— de decir lo que fue. De salvarnos nosotros y a nuestra generación... o a nuestra circunstancia. ¿O no?» —«Todo lo que quieras —no parecía muy convencido el crítico—, pero mucha guerra, mucho recuerdo ingrato... ¿y qué más? Me parece que nos quedamos cojos.» Había asumido el plural. Menos mal. —«Supongo que algo habrá que decir del presente... aunque lo que ya has soltado va a escocer» —continuó. Un momento de silencio rumiante, cargando cada uno sus baterías. —«Mira —saltó por fin el otro—, hay dos cosas con las que no estoy de acuerdo. La primera, que te dedicas a contar sólo lo mal que lo has pasado. Mucho de cruce de las dos Españas, mucho de ombligo del mundo, mucho de los Gracián y los Árdales, pero sólo eso.» Le veía venir Manolo Gracián. Y vino. —«Por cierto —se le veía dispuesto a despacharse—. ¿Tú te crees que con esos nombres postizos engañas a alguien? ¿Por qué no has sido capaz de decir los apellidos que son?» ¡Qué incómodo era el tío! Por lo pronto, unas veces, cuando le convenía, se agarraba al plural, al nosotros. Y al tú, en cambio, dejándole solo, si las cosas se ponían peliagudas. Posiblemente tuviera razón, por lo menos en lo del anonimato. Aunque, ¿a cuenta de qué personalizarse? Al fin y al cabo, Manolo Gracián sólo había pretendido reflejarse como categoría, sin más más ni más menos. Todo lo innominada que fuera posible, aunque no lo fuera mucho, ciertamente. ¿Ombligo del mundo? Pues claro. ¿Qué, si no? —«Hombre —saltó Manolo—, déjame al menos el pudor último del silencio en lo que no es fundamental. Ya sé que al connaisseur no le van a hacer falta demasiadas claves para llegar al centro. Pero bueno... eso es inevitable.» —«Lo que entenderás —prosiguió— es que no desee en modo alguno una utilización facilona de mi apellido. Y como tampoco el hecho de llamarme así tenía que condenarme al silencio —no sería justo— pues velay.» Pareció el otro suficientemente convencido del razonamiento. Al menos, sólo se encogió de hombros, callando. Aunque mascara su sonrisa con una guasa jorobante. —«Pero sigue, sigue. Habías dicho que no estabas de acuerdo con dos cosas. Va una.» Le miró el otro fijamente, muy seguro de sí mismo. O muy seguro de la inseguridad de Manolo Gracián. Y a sabiendas de que lo que iba a decir podía hacer pupa. O resquebrajar, al menos, sus defensas. Estaba seguro que no existían secretos para él, naturalmente. —«Espera, nombre, espera. No tengas prisa. ¿Por qué no me invitas a un copazo y echamos un cigarro... aunque te siente mal?» Había acentuado el te, riéndose maligno. —«Oye, simpático, nos sienta mal —ahora fue Manolo Gracián el que acentuó el nos—. ¿O es que crees que te vas a quedar tú ahí, cuando yo me vaya?

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Whisky y cigarrillo. Templaban los dos las armas, mirándose entre el humo y el sorbo y sorbo, sobre la melodía cantarína y alegre del hielo en el vaso. Sabía Manolo Gracián lo que iba a decir el contrincante, naturalmente. —«¿Qué, vamos?» Llegaba la ofensiva de su componente intelectual, fría e indecisa. Del que siempre se había dedicado a echar arena en sus cojinetes vitales y primarios. Casi asomaba un poco de lástima a los ojos del oponente. De lástima y de la incomodidad un poco avergonzada de quien tiene que mantener una postura casi profesional que tampoco le acaba de gustar. Como los verdugos, es de suponer. Ya se arrancaba. —«Te has quitado de en medio en la cuestión importante..., es decir, en saber quién tenía o tiene razón; si vosotros o éstos.» Se quedó otra vez callado, a la espera de la retahila que tenía que venir. Había soltado la bomba y esperaba, curioso, la explosión. Claro. Ahí estaba de verdad el intríngulis. Lo demás, emociones. Todo lo respetables que se quisiera, pero emociones. Agachó un poco la cabeza, preocupado, Manolo Gracián. Aunque tampoco por mucho tiempo. Tenía, o creía tener, las cosas bastante claras, incluso en el terreno del adversario. Tan claras por lo menos, o tan confusas, como pudiera tenerlas él. Se creció un poco, engallándose. —«Buen "barbas" me sueltas, amigo. Pero quizá pueda despacharlo de una estocada. O de un bajonazo... tú decidirás, cuando acabe.» Lo había pensado mucho Manolo. Había pensado si le era lícito salir de pronto al aire gritando, contando vivencias sin más ni más. Como una especie de deyección personal carente de todo viso medianamente racional. Como si la Historia pudiera ser un cuento, a relatar cada uno a su aire. —«¿Me dejas que me meta en tu terreno, a ver qué pasa?» Un gesto pretendidamente displicente del otro, con la mano. Aunque en sus ojos no había displicencia y sí sólo, casi cuajado, el punto de indefensión del que tampoco las tiene todas consigo. Aprovechó Manolo Gracián lo que veía en aquella mirada. —«Por lo pronto, vamos a situar las cosas, ¿te parece? Vamos a dejar claro que si tú y yo estuviéramos seguros, ni tú ni yo estaríamos aquí fastidiándonos. ¿De acuerdo?» —«De acuerdo. Así es mejor.» Tampoco era mala persona. Simplemente, un señor atiborrado de libros y a la búsqueda permanente de la triaca máxima. Nada menos que de la Verdad, en mayúsculas y sin apellidos. Así le iba siempre al pobre, dándose colodrones, tratando de asirse en las páginas del libro de cada día a algún punto inamovible en el que descansar de su ya fatigosa caminata. Sabía Manolo Gracián hasta qué punto se había sentido el otro casi gozosamente rescatado al ver en don Renato algo así como que, después de leerlo todo, hay que olvidar también todo y mirarse bien adentro. Como sabía también que no había sido capaz de transformar su hallazgo, su gozo refrigerante, en práctica personal y efectiva. Nada de eso. Seguía intentando echarse al coleto, como un tonto, todos los libros que se le ponían por delante. Intentando, porque desde hacía tiempo se le caían todos, a poco, de las manos. Puro aburrimiento. —«Pues vamos por partes. Vamos a dejar para después lo de quién tenía o tiene razón. Ahora me basta decir que, aunque no la tuviéramos nosotros, no hay derecho a asentar el presente negando el pasado. Y, mucho menos, ciscándose en él. Y que eso me bastaría para justificar todo esto. Ya sé que ya lo he dicho más de una vez, pero quizá convenga repetirlo... a modo de cláusula general.» Estaba Manolo Gracián un poco excitado. —«Lo que no sé si he dicho, aunque también me parece que sí, es algo que me gustaría esculpir con letras mayúsculas. Es una pena —se rió— que la palabra hablada no sea capaz
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de recoger las mayúsculas y tantas otras cosas. Porque poner la boca más redonda no pasaría de ser una estupidez, ¿no? Pero bueno, no hagamos volatines.» También se había reído el otro, distendido y aquiescente, aunque algo le quedara dentro. Se notaba. —« Lo que quiero decir, con esas mayúsculas, y para que se entere todo Dios, es que el presente existe sólo sobre la sangre —equivocada o no, que eso ya lo veremos— de una generación de españoles. De una generación, entérate bien, que creía en ciertas cosas. ¿De qué si no la Monarquía y la Constitución que tenemos? —se salía Manolo Gracián de madre—. ¿De qué la Banca y la empresa medianamente libres? ¿De qué toda esa desleída y encorbatada especie que hoy mira como un repugnante panadizo histórico lo que fuimos y quisimos?» —«Mira —estaba casi temblando— aunque los cretinos que ni saben Historia ni quieren saberla intenten negarlo, de no haber sido por nosotros, la mayoría de los españoles, incluidos ellos, hubiera seguido destripando terrones y sin saber leer, en cualquier kolkhoz hispano. ¿Te has preguntado, o se han preguntado los susodichos mentecatos, qué hubiera sido de España sin el 18 de Julio, y sin terminar como terminó el 18 de Julio? Pues acuérdate de Polonia y de Hungría... y de todo eso.» —«Cálmate, hombre, cálmate. No se va a poder hablar contigo. Y además... no creas que yo estoy en contra de tu tesis. O, por lo menos, no puedo decir que no tengas razón. Al fin y al cabo, tu razonamiento quizás sea válido. Ya sabes que eso de los razonamientos es mi fuerte, según dices. Válido, con un matiz. Una vez saltado el 18 de Julio, de acuerdo. ¿Pero tuvo que saltar? ¿No podría haber ocurrido todo de otra forma?» —«Además —prosiguió un poco reticente— me extraña mucho eso de la Banca y de la empresa, como si hubiera sido un éxito vuestro. ¿No era otra cosa precisamente lo que queríais? Conmigo no seas fariseo, hazme el favor. ¿Tú de derechas de toda la vida?» Aceptó Manolo, sonriente, el varapullo. —«Anda, vamos a dejarlo, si te parece. Naturalmente que no queríamos eso, pero nos estamos yendo del tema. Lo que te repito a ti y a quien quiera escucharlo es que lo que hay hoy, desde la princesa altiva a la que pesca en ruin barca, a algo se lo debe. Aunque no nos guste eso que hay, y tú lo sabes. Que había una España con hambre y la sacamos de ella, aunque los señores de hoy día, sólo dispuestos por lo visto a aceptar una parte de la herencia —el gozoso ejercicio del poder— la estén llevando otra vez al hambre. ¿La OPEP? ¡Narices! No había seguridad social. No se sabía leer. ¿De derechas de toda la vida? Narices otra vez. Todo eso se hizo a pesar de la derecha, y tú lo sabes también muy bien. No seas ahora el fariseo. Aunque fuera ella la que se encaramara otra vez, y como siempre, al machito. ¿O es que ahora hay algo efectivo que no sea derecha?» —«Oye, me parece que exageras» —estaba tranquilo y analítico el contrincante—. Sabía Manolo Gracián lo que iba a decir. O se lo imaginaba. «Exageras porque sólo a partir de 1959, los famosos tecnócratas que tan poco tenían que ver con vosotros, empezó España a comer y otras cosas. Pero hombre, pero hombre... ¡ que eres economista!» ¡Cómo no! ¡Cómo no iba a salirle con el argumento! Ellos, los autárquicos, los primarios, los todo lo que se quiera. Y los tecnócratas, en cambio, los felices caballeros que llegaban de lejos, vencedores de la muerte, a encender los labios de España con su beso de amor. —«¡Vaya! ¡A veces me pareces tonto! En primer lugar, porque los tecnócratas también eran nosotros en su origen. ¿O es que no recuerdas las biografías? Aunque eso es lo que menos importa. Pero, después, porque es estúpido creer que los tales hicieron todo de la nada. Se encontraron un pueblo unido y dispuesto. Con una... llamémosle mística, aunque te rías. Y con una base previa, incluso industrial y de justicia social sin la cual tampoco hubieran hecho mucho.» Estaba un poco crispado ante la interpretación de primer año que le habían lanzado a la cara. El otro, que seguía callado y mirándole fijo.
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Continuó Manolo Gracián: —«Tú sabes bien que los tecnócratas, tan liberales ellos, tan dados a las leyes del mercado, poco hubieran conseguido si no.» Se habían acabado la copa y el cigarro. La primera copa y el primer cigarro, y no era cosa de pararse ahora, ya metidos en faena. —«¿Te hace otrowhisky'!» —«Me hace, si te hace a ti, ¿no crees?» Estaba amistoso, y sin aristas en los ojos. ¿Convencido? Cualquiera sabía. Nunca se sabía con él. Otra vez el mínimo campaneo del hielo en el cristal, y otra vez el humo acogedor, creando intimidad. —«Vamos a ver —estaba creciéndose Manolo Gracián— supongo que estarás de acuerdo en que los de hoy también son unos tecnócratas de garabatillo. Mucho más todavía. Que si Friedman, que si Keynes o no Keynes, que si patatín o que si patatán. Se les salen los modelos macro por todos los poros. Mucho mercado, mucha soberanía del consumidor, mucha transparencia. ¿Y qué están consiguiendo? Ya sabes por dónde me paso lo que están consiguiendo, ¿no?» Se rió el otro, ya con los ojos un poco chispones. —«Pásatelo por donde quieras, hombre. Al fin y al cabo eres muy dueño de tu fisiología. Además, estoy un poco harto de mi eterno papel de abogado del diablo. Desahógate si quieres. Hoy no estoy en forma. A lo mejor mañana...», aventuró no muy convencido. Había que protestar de cómo iban las cosas. Si le fallaba el oponente, todo iba a seguir como de costumbre. Y tampoco se trataba de eso. —«Eh, que a eso no juego. Tú tienes que cumplir. Si no, no le veo la gracia.» Era igual. Por lo visto el otro, el oponente, no estaba por la dialéctica. —«Tú sigue, hombre, tú sigue. Ya estás embalado y tienes que descargarte. Déjame que hoy sólo te oiga. ¿No consiste en eso la terapéutica que necesitas... o necesitamos? Además, ya sabes que soy lento, que mi mente avanza con lento paso de vaca.» —«Eso de la vaca es de don José, ¿no?» —«Pues creo que sí. Pero tampoco estoy muy seguro y no vamos ahora a convertirnos en hombres de citas, ¿no?» —se rió desvergonzado. Hubo un largo silencio. —«¿Qué, no continúas?» —«Bueno, seguiré, pero eso de no tener oponente en forma me revienta. ¿Dónde estábamos?» Sabía muy bien el otro dónde estaban. La vaca llevaba el ritmo. —«Estábamos en los tecnócratas. Habías dicho que también los de ahora lo son y que... por sus obras los conoceréis, o algo así.» —«Exacto. Ahí está. El razonamiento es muy sencillo, de primer año. Si estos tecnócratas no han hecho más que meter la pata y aquéllos no, será porque aquéllos se apoyaron en algo distinto, ¿no? Bueno, pues eso distinto éramos nosotros y lo que nosotros hicimos. No hay otra variable de la que echar mano... supongo.» Miró intranquilo Manolo, a ver qué cara ponía. Ninguna. No puso ninguna cara. No le gustó aquello. Esperaba que le hubiera salido con lo del boom económico de antes y la crisis de ahora. Con el turismo y los emigrantes. Con el ciclo, el petróleo y demás zarandajas. Pero no. No le salió. Tenía la cabeza baja, como en su lugar descanso, y la vista fija en el dorado un poco irisado por el hielo del vaso. No le salió, aunque Manolo Gracián

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supiera que tenía todo eso en la cabeza. Y que si no decía nada era porque sabía muy bien que no iba a llegar a una solución definida y salvadora. Se apresuró a salvar el escollo, el valor entendido. —«Además, ya sabes lo que pienso de los tecnócratas y sus resultados en otro orden de cosas. Muy buenos, muy trascendentes... pero convirtieron a los españoles, contradictoriamente, en un pueblo puro vientre, desinflado de todo lo demás. —«¿Te acuerdas de lo que hemos escrito hace poco?» Alzó el otro la cabeza, en interrogante. —«Sí, hombre, sí... eso de que el hombre o es ángel o es rana...» Se acordaba, claro. Habían dado a luz lo del ángel o la rana en estrecha colaboración en un artículo reciente. Prescindiendo cada uno de lo que pudiera separarles sin remedio. —«Bueno, pues... convirtieron a los españoles en ranas. Ni una idea. Toneladas de cemento, kilovatios para parar un tren y el dios coche.» —«Bueno, ¡eso no es malo! —menos mal que contraatacaba—. ¿O es que tú eres partidario de los desiertos y el ascetismo involuntario? Ya sabes incluso tú —¿había mala uva, gracias a Dios?— que primum vivere et deinde... todo lo demás.» —«Cierto que no es malo, ¡cono! Pero para algo. No como fin, sino como medio... y, además, no me fastidies. También a ti te da asco este pueblo de simples panzas que nos rodea. Este pueblo y los demás pueblos», puntualizó. El ambiente se había hecho ya irrespirable. El humo de los cigarros era casi sólido, como un telón de niebla. Se levantó Manolo Gracián para abrir el balcón. Entraba el aire consolador y refrescante en la habitación, jugueteando con los papeles situados en el mínimo cubil donde solía ordeñarse, a solas, el cerebro. Ni siquiera una mesa comm'il faut. Eran muchos en aquella casa y no era posible el despacho personal. Delicioso concepto a extinguir ese del despacho. Por lo menos para Manolo Gracián estaba en desuso. Todo manga por hombro, y los libros en cualquier parte. Por ejemplo, en la mesilla de noche, apilados en un equilibrio siempre a punto del desmoronamiento. Allí estaban ahora el señor Gironella y su último escándalo. Y el «España Ubre», de Joaquín Aguirre Bellver. Y don Miguel, claro. Don Miguel en el «sentimiento trágico»una vez más—ése en el que acaso también los cangrejos sepan extraer raíces cuadradas—. ¿Y nada de economía? Pues sí, también. Algo de la economía y la moral. Cosas que, según se decía, tenían muy poco que ver entre sí. Aunque ya lo supiera muy bien Manolo Gracián. No tenía que decírselo el señor Bohl. Lo vivía a cada hora. Para algo estaban los ejecutivos y el becerro de oro. Se asomaron los dos, apoyando los codos en el barandal de la estrecha terraza. Abajo, la calle desvergonzadamente impersonal de un barrio moderno y sin gracia. Edificios paralelepipédicos de ladrillo rojo, en sinfonía inacabable de ángulos rectos. A la derecha, ciñendo la casa, un pequeño parque. El parque donde se refocilaban las parejas en la hierba y el centro de los drogadictos del contorno. Los veía Manolo con frecuencia cómo se pinchaban, sin demasiadas cautelas, en los bancos del fondo. Naturalmente, los niños, los destinatarios máximos, en teoría, del parque, ya no podían ser su clientela vocinglera. No les dejaban los padres, y hacían bien. Y las parejas. ¡Caray con las parejas! No hacían las majaderías detrás de la puerta — «hermana marica, mañana que es fiesta...»— sino a calzón quitado, como ahora se decía. En alguna ocasión, no había podido resistir Manolo la ira al contemplar cómo alguna de ellas, a escasos metros de algunos crios sorprendidos, se dedicaba al dulce deporte ádfelatio. La armó, claro que la armó. La bofetada con que derribó al suelo al agraciado y aún tembloroso protagonista masculino del divertimento debió quedar inscrita en los anales porteriles del barrio.

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Miraban pasar a la gente, policroma y uniformemente desastrada. Iba a pensar que la gente era municipal y espesa, pero dió un manotazo a la frasecita volandera, antes de que pudiera sentar sus reales. Ahora era otra cosa lo que se llevaba. —«Fíjate» —señaló al otro con la barbilla a los ciudadanos que pisaban el césped o se revolcaban simplemente en él, como los cochinos en las bañas a la luz de la luna. —«Te aseguro que no lo entiendo —continuó—. No entiendo que la libertad, en España, aboque siempre a cargarse la hierba y eructar. ¿Ves los bancos?» Los bancos estaban medio desvencijados aquí y allá. Incluso algunos chamuscados. La nueva estirpe tenía derecho a calentarse, claro, en las frías tardes de invierno. —«Eso es la libertad, ¿no? —arguyó el otro con un tono indefinible—. Los sacrosantos derechos del pueblo.» No contestó Manolo. Ni tenía por qué. Había captado perfectamente la dosis de asco y disgusto que hubo en su entonación. En eso al menos estaban de acuerdo. Tan así era, que el famoso guantazo fue tarea perfectamente comunitaria. La habitación ya se había ventilado suficientemente. Además, empezaba a hacer frío. Llegaba en maniobra de tanteo el relente de la noche ya en ciernes. Algunas nubes de plomo corrían el cielo con su panza rojiza. En «tumultos de sangre y cobres, de fuegos fantásticos», como había escrito Pablo Cavestany. —«¿Nos metemos, tú?» Otra vez sentados, no sabían bien si seguir. El calderón de la terraza había quebrado, evidentemente, la trayectoria rectilínea del duelo, y no les era fácil coger otra vez el ritmo. Intentó Manolo una maniobra de recalentamiento. —«¿Qué estás leyendo ahora?» —«Bueno... como sabes, suelo llevar varios libros a la vez. Cuando uno de ellos me aburre demasiado, me paso a otro... Pero, en fin... podría decirse que estoy en Gironella», respondió el otro. —«¿Y te gusta?» —«Pues... sí me gusta. Siempre me ha interesado la obra de don José María. Aunque me fastidie su feroz y creciente egolatría. ¡Qué tío!». Estaba claro que tenía que decirlo. —«¿Te acuerdas —preguntó Manolo— cuando nos dieron el original a máquina de "Los cipreses creen en Dios", para que viéramos si merecía la pena publicarlo?» —«Claro que sí. Como me acuerdo que dijimos que era una estupenda novela. La mejor, hasta entonces, sobre la guerra. Lo más parecido a lo que tú y yo vivimos.» —«Y no nos hicieron caso. Y la publicó otra editorial. ¡Vista que tuvieron! ¿eh?» Intentó Manolo Gracián reconducir suavemente la conversación, dejándose de raccontos. Ya estaba interesado en llegar al final. —«Aparte de eso, de su clarísima vocación de Dios, a mí hay cosas que me revientan en Gironella. Supongo que sabes cuáles son, ¿no?» —«Claro, hombre, claro. Te revientan los entusiasmos de los conversos. ¡Pues sí que no lo has dicho... lo hemos dicho —se corrigió de inmediato— en todo lo que llevamos escrito!» Así pues, por ahora al menos, asumía la biografía compartida sin reticencias. Se tranquilizó Manolo Gracián. Hubiera sido grave que el otro, a esas alturas, le hubiera saüdo reservón. —«Hay una cosa en la que me gustaría que pensaras antes de meternos otra vez en el tajo, porque ahí puede estar buena parte de tu... problema. No has hecho más que decir que si se escupe sobre el pasado, que si venga de ciscarse en él, que si tal, que si cual. ¿Na estarás obsesionado? ¿No seréis, y perdona —se le notaba una cierta cautela— unos enfermos?
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Supongo que eso le ha ocurrido más o menos a todas las generaciones y no han echado los pies por alto. De verdad, ¿no estarás exagerando al hablar del escupir y del ciscarse?» Cogió desprevenido la andanada a Manolo Gracián. Nunca hasta entonces le había salido el tío por esas peteneras. Parecía haber estado siempre de acuerdo con el dato indiscutible, y ahora resultaba que no. Resultaba que tenía sus dudas. Nunca se conoce a la gente. Ni siquiera al hombre que siempre va con uno. —«Eso es un golpe bajo, ¡eh!» Intentaba apresuradamente Manolo Gracián recopilar argumentos. ¿Sería de verdad un enfermo, un niño de la guerra? Bueno, qué duda cabía que él era un niño de la guerra. Pero había datos objetivos, o que a él se lo parecían. Tantos que se le amontonaban en tropel, sin que fuera capaz de individualizarlos, de transformarlos en dialéctica. —«A los periódicos y a los discursos de... esta gente -había sido caritativo o elegante en la expresión— me remito. No me negarás que, por lo visto, éramos unos cretinos, si no unos criminales, naturalmente. O las dos cosas a la vez. Aunque —esbozó una sonrisa cabreada— paradójicamente resulta que ni siquiera existimos.» Le miraba el otro, interesado, por encima de las gafas. Atento, como si esperara que alguien, el propio Manolo Gracián, le aclarara las cosas. —«¿Tú has visto —interpoló éste— la tremenda dosis de silencio con que se está cubriendo, por ejemplo, aquel fenómeno explosivo que constituyó la Falange Española? Nadie dice que España se pobló de camisas azules. Nadie dice que aquello fue un viento fresco capaz de arrastrar a una gran masa de españoles. Algún librejo malévolo sobre José Antonio, aquel chico tan listo para la derecha, y nada más.» —«Pero en fin —prosiguió Manolo Gracián— te repito que no existimos. Por lo visto, el pueblo español en masa fue víctima de una fantasmagoría. ¡No logro explicarme cómo perdieron la guerra!» Se había ido poniendo rígido el de los libros, el de la Historia casi en la punta de los dedos. Estaba serio, con los dientes apretados. ¡Vaya, también era capaz de las reacciones elementales del hombre normal! Es decir, de cabrearse como Dios manda. Se arrancó, entornando los ojos, un poco silbante como Kaa la serpiente. —«¿Pero tú crees de verdad que perdieron la guerra? No seas ingenuo, hombre, no seas ingenuo. Perdieron unas cuantas batallas e incluso se pasaron más de cuarenta años bajo tierra. Pero ahora ahí los tienes. ¿No sabes que Spain is different! Spain es el único caso, quizá;, en la historia del mundo, en el que se le ha dicho al vencido usted perdone. Y si no, fíjate, ahí tienes a Alemania dividida y a Hess en Spandau. Y si me apuras, a los pieles rojas en las reservas. Sólo los españoles tenemos que endilgárnosla y ejercer la caridad fraterna.» Se había repantigado poco a poco, con el vaso en la mano, sentándose ya plenamente en la rabadilla. ¿Qué era eso? ¿Por qué ocupaba el otro su terreno? Se quedó helado Maiolo. —«Aunque cualquiera sabe —prosiguió—. Esa guerra que por ahora nos lan perdido lleva ya siglos y va a durar, por lo menos, otros tantos. ¡Fíjate, va a durar hasta la Parusía! Hasta entonces nos van a dar casi todas en el mismo carrillo... Yo no sé por qué los españoles estamos siempre en vanguardia, pero qué le vamos a hacer. Tú conoces el Evangelio ¿no?» Claro que lo conocía Manolo Gracián. Claro que lo conocía. Pero no dejaba de fastidiarle que siempre fueran los hijos de las tinieblas los que se llevaran el gato al agua, hasta el fin de los tiempos. —«Sólo quiero decirte que no te creas un drama personal y atípico, por si acaso te consuela. Aunque no creo que te consuele —dudó, mirándole a los ojos—. Estate seguro de que siempre ha habido, hay y habrá españoles que tendrán que dar el callo para que una serie
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de majagranzas pueda seguir viviendo. Sin que nadie se lo agradezca, claro. ¿Y por qué los españoles sobre todo? Pues chico, yo qué sé, pero así es. A lo mejor es el whisky. A lo mejor, la noche y la ocasión, como en el poeta romántico. Pero te aseguro que España es un sollozo de la Historia... y hasta de Dios si me apuras. Y, si no, ahí tienes a Nietzsche y hasta a Ortega, a quien tanto conoces. Aquello del promontorio espiritual de Europa y su "Dios mío, ¿qué es España?", no eran ninguna tontería.» Se había quedado sin resuello y hablaba un poco a golpes, como sacándose de muy adentro las palabras. —«En fin, chico, a mi decir esto me pone un poco nervioso, ¿sabes? Parece demasiado elemental y primario. Lo de los españoles sintiéndonos el ombligo del mundo me repatea. Entre otras cosas, porque si esa idea se la apropia cualquier hominoide, estamos perdidos.» —«Lo cual no es obstáculo —terminó incorporándose un poco-para que España sea uno de los problemas radicales de la Historia. Que si enigma histórico, que si el drama de la formación de España..., en fin, tú lo sabes. Y eso es un dato empírico que no cabe negar. Es decir, ciencia. Como la teoría del comportamiento del consumidor, de la que algo sabes... ¿o supiste? en tiempos.» —«En una palabra, Manolo, que España es el único país en el marco de las viejas civilizaciones que sigue cuestionándose a sí mismo. Y aquí estamos tú y yo, ídem de ídem.» Había querido dibujar una alegre sonrisa, pero no le salió. Le salió una mueca que cualquiera hubiera calificado de amarga. Estaba claro que había pasado la página. Ya era plena noche. Por el balcón entraba a bocanadas el aire fresco y salía el humo en rápido ascenso, a partes iguales seguramente. No se veían las caras, aunque tampoco tenían por qué vérselas. Se conocían demasiado, y hasta en la oscuridad eran capaces de radiografiarse. Llegaban del otro lado de la puerta cerrada los ruidos humildes de la vida diaria. Esos que, con toda seguridad, alguna vez habrán de echarse de menos. Empezaba la arribada de los chicos en recogida y los portazos, las discusiones y el teléfono. Sobre todo el teléfono. Se levantó Manolo Gracián para dar la luz. Una luz de rinconera. No le gustaban los focos cenitales, fríos y cuartelarios, sino los otros. Prefería los conos truncados de luminosidad, capaces de crear intimidad, vida polarizada. —«Nos estamos yendo por las ramas, ¿no? Además, no me estás saliendo demasiado opositor, y no era eso a lo que íbamos a jugar.» —«Alto ahí, tú. Yo no estoy aquí para ser opositor de nadie, sino sólo para situar las cosas, para saber qué es lo que de verdad pensamos. Y es lo que estamos haciendo... aunque nos falta una cuestión bastante gorda. No te la dejes en el tintero.» Acudió al trapo sin dudarlo Manolo Gracián. —«No me la dejo. Se trata, señores —como diría cualquier orador primerizo— de saber quiénes somos y adonde vamos. O... ya sin cachondeo, de eso de si teníamos razón y seguimos teniéndola, que no hay por qué jubilarse antes de tiempo.» —«Exacto, nada menos que de eso. Es decir, de la madre del cordero.» En verdad, era la madre del cordero, y Manolo Gracián lo sabía perfectamente. Como decía San Pablo, si Cristo no ha resucitado, nuestra fe es vana. Por mucho heroísmo, nobleza y todo lo que se quiera que conlleve la susodicha fe. A pesar de los tremendos desgarrones de su infancia. A pesar de la inacabable teoría de muertos. Es decir, a pesar de todo. —«Pues fíjate, lo tengo muy claro», avanzó Manolo, alzando la voz más de lo necesario. —«Y yo también... pero vamos a cotejar las listas, como don Juan y don Luis.» —«¿Quién habla?»

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—«Tú, naturalmente. Yo he venido de invitado sólo apto para poner suaves objeciones a la divinidad. O pararles los pies, si empieza a mugir en exceso. Y nada más.» —«Bueno, pues adelante —empezó Manolo, engolando un poco el tono—. Ahí voy.» Levantó el vaso hacia la luz como si intentara encontrar el hilo argumental en el cobre viejo del líquido, roto en destellos. —«Por lo pronto —siguió— hay una razón justificativa que va a misa. Nada menos que la de la defensa propia. Acuérdate de aquel Madrid y de todo lo demás. Ya sé, ya sé —se apresuró a estrangular el gesto de protesta del otro— que no es de eso de lo que se trata ahora, pero quiero que conste en acta.» —«Y en cuanto al resto, me parece que nos va a llevar a cuestiones tremebundas. ¡Caray con la razón y la verdad! Tendríamos que hablar de Dios sí o Dios no. De España sí, o España cualquiera sabe. De justicia y otras cosas así de mínimas —se rió—. Pero vamos a centrarnos.» —«Yo creo señores —adoptó el gesto encampanado del orador profesional—, que la cuestión está en saber si son estos suavísimos ciudadanos de ahora los que van con los signos de los tiempos, o éramos nosotros. Lo están diciendo siempre. Están diciendo siempre que fuimos un parón en la Historia y que ellos son, en cambio, el último grito. ¿Te parece que podemos situar así las cosas?» —«Bien... no está mal el planteamiento...; pero no sé si vas a poder llegar por ahí a ninguna parte. Quizá no terminemos nunca.» Miró el otro el reloj, mientras casi enderezaba las orejas hacia el rumor in crescendo de la casa. —«Sí, sí termino. No te preocupes, que lo tengo muy sobado.» Estaba firme Manolo Gracián. —«Mira, todo es muy sencillo. Tan sencillo, que no habría más que tener un poco de memoria, ni siquiera muy lejana, para darse cuenta. ¿Tú has visto hasta qué punto se han apropiado ahora algunos señores de nuestros esquemas, de nuestras tonterías por lo visto?» —«Fíjate por ejemplo en cómo, de una forma más o menos explícita —porque les cuesta trabajo, naturalmente, meterse donde les quepan sus viejos dogmas—, ahora resulta que los partidos políticos quizá no sean la panacea. ¡Y venga de inventarse soluciones alternativas intermedias, como si fueran propias! ¡Que si comités de empresa, que si organizaciones de base, que si consejos económico-sociales, que si lo que quieras!» —«Y pasando a otro terreno menos científico-social y más primario según algunos, ¿te has fijado en qué es eso del eurocomunismo de nuestro viejísimo conocido, el señor Carrillo? Ahora resulta que aquello de la Patria no era una memez tan absoluta. Ahí lo tienes —me refiero, otra vez, a nuestro pacífico conciudadano, el señor Carrillo— inclinando la cerviz ante la bandera. Con lo cual se ha tragado todo aquello del materialismo dialéctico y de las superestructuras. Y ahí sigues teniéndole haciéndole zalemas a Dios o, al menos, no fusilándole.» —«Para el carro, tú, para el carro. A lo mejor todo eso es sólo una estrategia —interrumpió rápido el otro, casi levantándose de su asiento—. Eso pueden no ser categorías válidas de pensamiento, sino sólo escaramuzas tácticas.» —«¡Claro que lo son, cono, claro que lo son! Pero me trae sin cuidado.» Se levantó nervioso Manolo Gracián. «Si se lo creen nos estarán dando la razón en lo metafísico, y si no se lo creen, si es pura táctica puñetera, ídem de ídem. Simplemente, porque con ello demuestran que no hay quien arranque del hombre ciertas cosas. Porque el hombre no es sólo un eslabón en la cadena productiva. Aunque se emperren en ello los profetas de la razón objetiva. Y, quizá sobre todo, los otros, los señores del capitalismo. Esos saduceos del la eficacia soy yo.» —«Fíjate lo que te digo —terminó Manolo—: me quedo con los primeros. Esos tienen en su haber, por lo menos, aquello de la abnegación y la solidaridad de que habló certero José Antonio. Los segundos no. A los segundos va a quitárselos de encima el hombre, sencillamente
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porque no merecen la pena. Y porque tienen encima tantos crímenes, al menos, como los otros. Aunque sin sangre llamativa, quizás.» —«¡Vaya, ahora vas a salirme con eso de la violencia institucionalizada!» —se sonreía el otro, con una extraña luz en los ojos. —«¿Y por qué no? —retrucó Manolo de tenazón—. ¿Es que no es verdad?» El silencio se hizo denso, casi palpable e hiriente. El otro miraba hacia arriba, poco menos que como si no fuera con él la cosa. Silbando levemente, con una guasa indefinible. —«¡Vaya! —dijo por fin—. Estás llegando a conclusiones muy jugosas y muy incómodas, ¿no te parece? Aparte de muy parecidas a las de tus entrañables amigos de la hoz y el martillo.» Ni siquiera le había mirado. Seguía con los ojos fijos en el óvalo luminoso del techo. Tenía toda la razón del mundo, y Manolo Gracián lo sabía. Sabía de la dictadura de los poderosos a todos los niveles, del darwinismo social circundante, y le gustaban poco. ¿Violencia institucionalizada? Pues claro que violencia institucionalizada y que era preciso quitársela de encima, por lo tanto. El problema estaba en el cómo. —«¿Verdad que cuesta trabajo desprenderse de la piel vieja? —avanzó caritativo el otro—. ¿Verdad que es difícil reconocer que nuestros enemigos íntimos tienen razón en algunas cosas?» Seguía casi inmóvil, como en doloroso trance. —«Naturalmente que tienen razón en muchos aspectos. Ya te he hablado de lo de la abnegación y la solidaridad. Por otra parte, no tengo que recordarte aquello también de la brecha de serena atención que echaba de menos José Antonio, en sus días finales.» Manolo Gracián se defendía. O quizá se desnudaba simplemente, quedándose casi en carne viva. Había cariño en la mirada del contrincante cuando habló. Ese cariño comprensivo del que ha pasado antes por todo. —«¿Resulta, entonces, que estás más cerca de la izquierda, aunque sea marxista, que de tu encantadora derecha?» Tuvo que dejar Manolo de inmediato las cosas claras. —«¡Alto ahí! Vamos a matizar un poco. Con cierta derecha, desde luego nada. Simplemente, porque sus comportamientos son exhibibles. Comprenderás, en cambio, que es mucho más fácil coincidir con quien tiene con uno una cierta analogía de objetivos inmediatos. Aunque esa analogía se quiebre en algo tan importante como los fines últimos. A eso no juego, o no jugamos, suponiendo que quede algún extraño espécimen como yo. Yo quiero lo mismo que mis enemigos íntimos de la bandera roja, en buena medida. Pero para algo que no tiene nada que ver, en último término, con lo que ellos intentan. ¿Tendré que hablarte a ti del materialismo histórico y demás dogmas de primer año?» —«De modo —dio una chupada al enésimo cigarrillo—, que quizá debiéramos hablar más de competencia que de coincidencia. Y ellos lo saben. Tan lo saben que deben estar felices de que aquello que tú y yo sabemos haya pasado, al parecer, a la Historia, y sólo les quede enfrente la derecha. Peligroso enemigo la derecha, desde luego, pero por otras razones. Para ellos, algo así como el muñeco de feria al que se le pueden dar todos los pelotazos doctrinales que se quieran, sabiendo que no va a poder defenderse en el terreno dialéctico.» Se calló Manolo Gracián, un poco cansado de la perorata. No le iban las frases de más de dos líneas. Todo lo demás le parecía solemnizar demasiado las cosas y a sí mismo. Hubo cambio de tercio. —«Supongo que pronto nos llamarán para la cena.» Se notaba cansado al otro, pero no quiso dejarle ir. A Manolo Gracián le parecía que le estaba saliendo todo lo suficientemente bordado, y no quería terminar como fuera. Aunque el diálogo tuviera que convertirse en monólogo.
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—«Aguanta un poco, si no te importa —dijo—. Queda el argumento final. Estábamos todavía en aquello de si habíamos tenido razón o no. En la interrogante de quiénes van o iban con los signos de los tiempos, con la Historia. Pues bien, que se embaulen todo lo que están diciendo sobre nosotros. Ya te he recordado antes cómo se están apropiando algunos, sin pagar derechos de autor, bastantes de nuestros esquemas. Ya es significativo, ¿no?» —«Echa un vistazo en torno, con ojos niños, si puedes. ¿Libertad? Pamemas. Todo sigue igual, por los siglos de los siglos, amén. El capital en su sitio y el trabajador en el suyo, siempre lejos de los Consejos de Administración. Pura mercancía. Pura res herrada. ¿Que tiene coche? Pues claro. Lo que no tiene es dignidad. Ni siquiera aquella pequeña o grande falacia formal de su representación en las Cortes de tiempos pasados. Ni en las empresas, naturalmente. —«¿Los signos de los tiempos? ¡Narices! Fíjate: unos partidos políticos que de poco sirven en ninguna parte. Y un pueblo al que se ha llevado a no creer en nada. Tan en nada, que sólo es capaz de abstenerse cada vez más aquí y fuera de aquí, engrosar las filas del paro de un sistema cuyo leit motiv está en la reducción del empleo y —eso sí— para formar ovinamente cada cuatro años ante las urnas. Dime qué han hecho estos señores de auténticamente reformador. Dime donde hay un atisbo de mayor libertad real.» Estaba excitado Manolo Gracián. Veía las cosas tan claras que llegaban a lo impúdico. No podía ser. Tenía que estar equivocado, pero no encontraba la brecha por donde meter la piqueta en su sistema esencial de esquemas y creencias. Se rió, tratando de distenderse a sí mismo. Y de desdramatizar al otro. Aunque el otro no pareciera necesitarlo. Sólo habló suavemente, casi en un susurro, al tiempo que se levantaba con lentitud, flexionando alternativamente las piernas. —«Le estás ladrando a la luna. Es decir, al sol de los muertos.» —«Así será —respondió rápido Manolo—. ¡Mejor dicho, así es! Pero qué le vamos a hacer. Al fin y al cabo, lo que importa es la exactitud del ladrido. La luna verá lo que hace.» Se había incorporado también, desentumeciéndose, mientras trataba de ordenar un poco los pelos al estilo Lerroux que se le sublevaban siempre en los aladares, a poco que se estrujara los sesos. La casa olía a sopa de fideos o cosa parecida. En el cuarto de estar la televisión peroraba sobre la crisis de UCD. Los obispos vascos habían dicho no sé qué. ¡Qué más daba! Trató Manolo Gracián de sacarse los ojos de dentro. Se le notaba, si no, y no dejaba de haber miradas furtivas, medio comprensivas, medio acusadoras, en la nutrida mesa familiar. Al día siguiente tendría que escribir largo y tendido sobre los problemas sectoriales de la crisis económica. Lo malo era que no podía decir lo que auténticamente pensaba. El ministro del ramo, como se decía en otros tiempos, acababa de afirmar en las pantallas de RTVE —con la correspondiente sonrisa de conmiserativa superioridad de los elegidos— que lo estaban haciendo francamente bien. O razonablemente bien, por lo menos. Seguro que para ellos sí. El ministro del ramo. Es decir, su ex-vecino de enfrente en el moderno panal del quiero y casi no puedo. Ahora no vivía allí, naturalmente. Como tantos otros que, sorprendentemente, habían abandonado su cubil primerizo para irse a pastar en praderas evidentemente más jugosas. Estaba incurriendo en pecado de cominería para andar por casa y se daba perfecta cuenta. No se trataba de eso. ¿Qué tendrían que ver sus muertos, y todos los muertos, con tan pequeña minucia? ¿Qué tendrían que ver sus noches del Madrid rojo con la vivienda del ministro? ¿O con los Árdales? ¿O con los Gracián? Lo malo era que Manolo sabía, en el fondo, que sí tenían que ver. Aunque fuera difícil establecer la conexión. La verdad y la mentira. La pasión inútil. Y esa extraña cosa, sobre todo, a la que desde hacía tiempo se llamaba España.
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No estaba mal la pescadilla enroscada. Manolo Gracián siempre tenía hambre y no era capaz de dejarse una pizca en el plato, o una miga de pan, en holocausto a su infancia. A las algarrobas con sustanciosos bichos que se había tenido que tragar. A Dios sabe qué trauma del que no tenía la culpa. Estaba desmadejado y tristón. Dios sabría por qué había hecho lo que había hecho y lo que seguía haciendo. Al día siguiente enfilaría otra vez hacia la Gran Vía bajo el amenazador sol recién nacido del verano de 1982. A los sones de Wagner o al ritmo jubiloso y tremendo, tan escasamente intelectual, del Banderita tú eres roja. Y así hasta el fin. Amén.

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CATALOGO DE OBRAS 1983 1. Juan Pablo H, testigo de esperanza Autores: Ismael Medina, Javier Carrasco y Juan Antonio Cerrera Documento excepcional del papado de Juan Pablo II, con el más vivo análisis biográfico del Vicario de Cristo, la historia de sus viajes apostólicos por todo el mundo y un reportaje completo de su viaje a España, que incluye, sin omisión alguna, todos los discursos, homilías y mensajes. El volumen se completa con el texto íntegro de las tres encíclicas de Juan Pablo II: «Redemptor hominis», «Dives in misericordia» y «Laborem exercens», así como un análisis crítico del tratamiento que dio la prensa española al viaje papal. P.V.P.: 975 pesetas. Colección: Documentos gráficos contemporáneos. Núm. 1

2. Pasos sin huella Autor: Antonio Izquierdo. Novela-símbolo en la que, a través de los sucesos que en ella se relatan —imaginarios en ocasiones; absolutamente históriccos en otras— aparece el perfil de esa promoción de hombres y mujeres a la que se ha llamado con cierta arbitrariedad política o intelectual «la generación perdida». No ha sido una generación heroica, pero sí fue una generación ejemplar... Por aquí desfilan con naturalidad, con rutinaria sencillez, cómo fue su vida. P.V.P.: 800 pesetas. Colección: Novela Núm. 1

3. Perseguid a Boecio Autor: VintilaHoria (Premio Goncourt) En la vastedad del Gulag un hombre lucha solo por conservar su identidad y su vida. Contra los rigores del régimen, de la Policía y del invierno. Descubrirá, en medio de aquel desierto «que no hay desiertos» y, también, el secreto pavoroso y alentador de la posibilidad y de la continuidad de vivir. El último capítulo de esta novela es sorprendente porque el autor tira la clave del asunto por encima del tiempo, a los confines de otra época. P.V.P.: 800 pesetas. Colección: Novela. Núm. 2

4. Sin embargo vivimos Autor: Pablo Ortega Es esta una obra comprometida y contra corriente. Se trata, en efecto, de un grito de protesta contra la triple tergiversación falsaria que está teniendo lugar: la de la Historia o los hechos como fueron; la de las correspondientes razones y, por último, la de una generación que vivió y pensó como tuvo que vivir y pensar. P.V.P.: 800 pesetas.

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Colección: Novela. Núm. 3

5. Sin miedo al futuro Autor: Joaquín Aguirre Bellver Agudo y perspicaz análisis de la crisis espiritual y política de nuestro tiempo. Para el autor, el cristianismo está viviendo una hora de prueba. Acosado desde fuera por el racionalismo y el materialismo, en su interior se ha desatado el clima de la confusión. Esta es una indagación sobre las esencias del mensaje de Cristo, en la que se recuerda su promesa: «Yo os procuraré un lenguaje y una sabiduría que no podrán resistir ni contradecir vuestros adversarios.» P.V.P.: 750 pesetas. Colección: Ensayo. Núm. 1

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