Candice Proctor

ANTES DEL AMANECER

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Antes del amanecer

ÍNDICE
Prólogo.......................................................3 Capítulo 1...................................................4 Capítulo 2...................................................8 Capítulo 3...................................................15 Capítulo 4...................................................23 Capítulo 5...................................................28 Capítulo 6...................................................31 Capítulo 7...................................................36 Capítulo 8...................................................42 Capítulo 9...................................................48 Capítulo 10.................................................54 Capítulo 11.................................................61 Capítulo 12.................................................69 Capítulo 13.................................................76 Capítulo 14.................................................82 Capítulo 15.................................................92 Capítulo 16.................................................97 Capítulo 17.................................................101 Capítulo 18.................................................106 Capítulo 19.................................................110 Capítulo 20.................................................115 Capítulo 21.................................................121 Capítulo 22.................................................128 Capítulo 23.................................................135 Capítulo 24.................................................140 Capítulo 25.................................................145 Capítulo 26.................................................149 Capítulo 27.................................................155 Capítulo 28.................................................160 Capítulo 29.................................................165 Capítulo 30.................................................169 Capítulo 31.................................................174 Capítulo 32.................................................181 Capítulo 33.................................................188 Capítulo 34.................................................193 Capítulo 35.................................................197 Capítulo 36.................................................201 Capítulo 37.................................................205 Capítulo 38.................................................211 RESEÑA BIBLIOGRÁFICA.............................213

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Prólogo
Toda la culpa era de la madre de India McKnight. O por lo menos eso decía el reverendo Hamish McKnight las contadas ocasiones en que levantaba la vista de su colección de sermones y tratados de teología el tiempo suficiente para meditar sobre la vida de su única hija. ¿En qué había estado pensando la señora McKnight, decía, cuando le puso a la niña un nombre tan estrafalario y pagano? Y los libros que le leía, Las mil y una noches, Marco Polo y demás relatos impíos, probablemente ideados para despertar la imaginación de la niña y hacerle soñar con lugares remotos y exóticos cuando tendría que estar bordando y aprendiendo el catecismo. Así y todo, cuando se detenía a reflexionar sobre el futuro de su hija —algo que, francamente, hacía raras veces—, Hamish McKnight se consolaba pensando que, con el tiempo, India se vería obligada a renunciar a su poco femenina sed de viajes y aventuras y adaptarse a la vida previsible y conformista de una esposa, a ser posible de un vicario serio y formal como el propio reverendo McKnight. Sin embargo, dado que falleció antes de que la realidad echara por tierra tan tranquilizadora esperanza, Hamish McKnight nunca supo lo equivocado que estaba.

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Capítulo 1
Los vientos alisios del mar del Coral eran cálidos y dulces, recordatorios de lugares lejanos que silbaban entre las jarcias de los queches y balandros anclados en el soleado puerto de Rabaul, y sacudían la pesada falda del práctico atuendo de viaje de la señorita India McKnight. —Lo siento, señora —dijo el comerciante indio de mediana edad, con sus cortas piernas bien abiertas sobre la inestable plataforma del muelle —, pero no puedo ayudarle. India McKnight, soltera, escocesa y escritora de libros de viajes de cierto renombre, estaba acostumbrada a encontrar —y vencer— resistencias. Cuando el comerciante hizo ademán de sortearla, se limitó a trasladar el peso de su cuerpo hasta interponerse de nuevo en su camino. Dado que él era bajo y menudo, e India medía un metro setenta y siete descalza, la maniobra obligó al hombre a detenerse una vez más. —Me han dicho que alquila su queche —dijo India, suavizando con una sonrisa la manifiesta beligerancia de sus tácticas de bloqueo. La cabeza del indio se balanceó de un lado a otro en un gesto que parecía un no pero que en realidad quería decir sí. —Así es, pero usted no quiere ir a Takaku y aún menos a la bahía del sur. —Se equivoca —repuso India con voz serena—, le aseguro que estoy deseando ir. —Es peligroso, muy peligroso. —El indio abrió los ojos de par en par al tiempo que se inclinaba y bajaba la voz, como si se dispusiera a revelar un terrible secreto—. Caníbales. Un hombre de la Sociedad Misionera de Londres fue allí el año pasado. Los habitantes de Takaku dejaron que les leyera la Biblia y rezara por ellos, y luego se lo cenaron. Como plato principal. —Yo no soy misionera y no le estoy pidiendo que me acompañe en mi expedición a las faldas del monte Futapu. Usted solo tiene que anclar en la bahía, llevarme a tierra en su bote y aguardar cuatro o cinco horas hasta mi regreso. —El canal que atraviesa los arrecifes del sur de la isla es peligroso. — El indio escudriñó las fulgurantes aguas azules del puerto. A lo lejos, más allá de la costa dorada de Rabaul y los cocoteros que ondeaban con el viento, se adivinaba la silueta recortada de la isla de Takaku con sus imponentes conos volcánicos y sus oscuros secretos—. Muy peligroso — repitió—. Angosto y rocoso. India agarró con fuerza su bolsito de viaje de una forma que atrajo la atención del comerciante. —Le pagaré el doble de su tarifa habitual. El hombre se humedeció los labios, agrietados por la sal. —¿Quiere ir a Takaku? La llevaré al lado norte de la isla, al puerto

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francés de La Rochelle. Es bonito, muy bonito, y allí no hay caníbales. — Esbozó una sonrisa jovial antes de recuperar la seriedad—. Aunque está lleno de franceses. India meneó la cabeza. —Quiero estudiar las Caras de Futapu y es mucho más fácil llegar hasta ellas por la bahía sur que por tierra desde La Rochelle. El indio la miró fijamente. Su rostro, mofletudo y chato, adoptó una expresión pensativa. —Ahora recuerdo por qué pensé que había oído hablar de usted. Usted es la loca inglesa que escribió un libro sobre los polinesios. En Takaku no hay polinesios, solamente hay negros. Cazadores de cabezas. —Hizo una pausa—. Cazadores de cabezas hambrientos. —Soy escocesa, no inglesa. —El tono de India empezaba a sonar menos comedido. Al final del destartalado muelle, un capitán de la armada británica acompañado de otros dos oficiales se había vuelto y la observaba atentamente—. Sé que ahora no hay polinesios en Takaku — dijo, bajando la voz—, pero sí los hay en la isla de Ontong Java y en Tikopia, y si es verdad que... —¿Quiere ir a Ontong Java? El vapor la llevará. Se detiene en muchas islas, como Neu Brenen, Ontong Java y Fiji, antes de continuar hacia Samoa, las Marquesas y las islas Sandwich. —Algún día visitaré esos lugares, pero en este momento debo ir a Takaku. —No en mi queche —aseguró el comerciante, y antes de que India pudiera percatarse de sus intenciones, el hombre dio un paso a un lado y la sorteó. El feroz sol tropical brilló en su rostro sudoroso cuando se volvió para lanzarle una mirada de pánico antes de ponerse a trotar hacia la orilla. —¡Maldita sea! —murmuró India entre dientes, pues era el cuarto comerciante al que abordaba y se le estaban agotando las opciones. Al final del muelle, el capitán británico se despidió de sus colegas con un ademán de cabeza y echó a andar en su dirección. Era un hombre alto de treinta y pocos años, constitución huesuda, facciones atractivas y unos ojos grises que se arrugaban en las comisuras. —Disculpe que la moleste, señorita —dijo tocándose el ala de su sombrero y deteniéndose frente a ella—, pero ¿no es usted India McKnight, la escritora de viajes? India sintió que se henchía de placer. Cierto que el comerciante de copra indio también había oído hablar de ella, pero su comentario había sido de lo menos halagador. —¿Por qué? Sí, soy yo. Una amplia sonrisa iluminó el rostro bronceado del capitán. —Soy Simon Granger y ese de ahí es mi barco, el Barracuda. —Señaló con la cabeza una elegante corbeta que fondeaba en las soleadas aguas del puerto—. Me temo que no pude evitar escuchar su conversación y debo decirle que dudo mucho que encuentre a alguien en Rabaul dispuesto a hacer escala en la bahía sur de Takaku. India respondió a la encantadora sonrisa con otra sonrisa igual de encantadora. —Va a decirme que es peligroso, que el canal que cruza el arrecife es -5-

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angosto y rocoso y que los nativos de la zona han recuperado la vieja costumbre de resolver sus problemas comiéndoselos. El capitán rió, sorprendido. —Eso es exactamente lo que iba a decirle. —En ese caso, estoy más decidida que nunca a ir. Sé, por experiencia, que los lugares más fascinantes son siempre aquellos que la gente me aconseja que evite. El capitán rió de nuevo antes de recuperar la seriedad y mirar a lo lejos con expresión pensativa. —Tal vez haya alguien dispuesto a llevarla hasta Takaku si realmente está decidida a ir. Se llama Ryder. Jack Ryder. Conoce el arrecife que rodea la isla mejor que la mayoría y no le asustan los caníbales. India observó al capitán Granger con curiosidad. —¿Por qué no? —Quizá porque vivió dos años con ellos. India tragó saliva. —¿Vivió con caníbales? ¿Un inglés? —En realidad no es inglés. Es de Queensland, de las colonias australianas. —Entiendo —murmuró India, pues ese detalle decía mucho del hombre. Los australianos tenían fama de anárquicos. Por supuesto no tanto como los cazadores de cabezas de la isla, pero casi. —Tiene una pequeña plantación de copra en Neu Brenen —estaba explicando el capitán—. A primera hora de la mañana parte un vapor que podría dejarla allí. —¿Vive en Neu Brenen? Tengo entendido que es una isla alemana, ¿no? Los finos labios del capitán se tensaron. —Eso creen los alemanes. Y el cañonero que fondea en el puerto es la principal razón por la que Ryder se instaló allí. India experimentó una sensación de temor que se mezcló, paradójicamente, con otra de curiosidad. —¿Es un bucanero? —No exactamente. Pero ha de saber que se trata de un tipo duro. —Pero no muy peligroso, o de lo contrario no me habría hablado de él, ¿verdad? —India le tendió una mano—. Nuestro encuentro ha sido afortunado, capitán. Le agradezco la información. El capitán Granger le estrechó la mano al tiempo que meneaba la cabeza. —Son muchos los que dirían que le he hecho un flaco favor, que hubiera debido aconsejarle que se mantuviera alejada de tipos como Jack Ryder y poner más empeño en disuadirla de ir a Takaku. —No lo habría conseguido. El regocijo ahondó las arrugas de los ojos del capitán. —Supongo que no. —Simon Granger hizo el gesto de alejarse pero se detuvo para mirar de nuevo a India, esta vez con expresión ceñuda, como si algo le preocupara—. Si decide buscar a Jack Ryder, probablemente no sea una buena idea que mencione mi nombre. —¿Son viejos enemigos? El capitán esbozó una sonrisa que India encontró fría y virulenta. -6-

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—Al contrario. Fuimos muy buenos amigos, en otros tiempos.

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Capítulo 2
Frente a la costa de Neu Brenen, el oleaje golpeaba los arrecifes de coral con un constante bum que recordaba a una descarga estremecedora de cañonazos mortíferos. Jack adoraba subir a la cima de los acantilados de la bahía y dejar que el violento oleaje resonara en él como una evocación primitiva de tambores, de una eternidad que le hacía sentirse pequeño y, al mismo tiempo, presa de una extraña y estimulante libertad. Pero ahora a Jack Ryder le dolía la cabeza y el incansable bum-bumbum estaba a punto de volverlo loco. Demasiado kava, se dijo mientras se arrastraba hasta la galería de su bungalow. Entonces reparó en el cubo de agua que había dejado, medio lleno, cerca de los escalones y se volcó el contenido en la cabeza. El líquido, inesperadamente frío, le cortó la respiración al resbalar por su torso desnudo, pues únicamente lucía un taparrabos alrededor de las caderas, como los nativos, que dejaba al descubierto sus piernas y pies. Tras sacudir la cabeza como un perro remojado, abrió los ojos y escudriñó el violento sol tropical que transformaba las ondas de la laguna en una miríada cegadora de destellos diamantinos. Por un momento creyó divisar un bote que se dirigía hacia su muelle desde el herrumbroso vapor anclado en la bahía. Pero luego pensó: «No, no puede ser», y volvió a cerrar los ojos. El fragor de las olas apenas le permitió oír las suaves pisadas que se acercaban por un lado del bungalow. —Empezaba a preguntarme cuándo saldrías de la cama —dijo una voz jovial. Jack abrió un ojo, vio el rostro sonriente de Patu y gruñó. Pensó en apoyar la espalda en la pared que tenía detrás, pero el problema con las paredes de bambú entramado era que no podían utilizarse como sostén. Así pues, tomó asiento en el escalón superior y descansó su dolorida cabeza en las rodillas. —Corre el rumor de que un inglés llamado Granger te busca —dijo Patu—. Simon Granger, capitán del HMS Barracuda. —Eso he oído. —Dicen que quiere verte ahorcado, él y su teniente primero, que casualmente es primo del maldito primer ministro de Inglaterra. Dicen que ha jurado ponerte la soga al cuello. —También he oído eso. —No pareces preocupado. —¿Crees que debería estarlo? —Jack levantó la cabeza y advirtió que Patu ya no sonreía. —Yo lo estaría. El muchacho llevaba casi cuatro años con Jack. Decía que tenía unos quince o dieciséis años, aunque nadie lo sabía con exactitud y era tan

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menudo que parecía aún más joven. Su madre era una polinesia de una isla próxima a Tahití y su padre un inglés de ilustre abolengo que había pasado en barco por las islas; allí hizo el amor a una exótica belleza de piel morena y desapareció para siempre. La mayoría de la gente creía que Jack había adoptado al muchacho —quizá como desagravio por la hija que también él había abandonado—, cuando en realidad era Patu quien había adoptado a Jack. —Creo que has pasado demasiado tiempo con los hombres blancos — dijo Jack—. Es hora de que regreses a las indolentes islas polinesias, donde los días transcurren riendo y nadando y las noches son para hacer el amor, dulce y tiernamente, en playas rodeadas de palmeras, a la luz de la luna. —Ya. —Patu se sentó en otro escalón. A diferencia de Jack, vestía pantalón, camisa de cuello abierto y zapatos—. Sospecho que tú te entregaste mucho a la indolencia en otros tiempos. Lo paradójico de su amistad era que mientras Patu se había apegado a Jack para aprender las costumbres del oficial inglés hacía tiempo desaparecido, Jack estaba decidido a no dejar que el muchacho olvidara la otra parte de su herencia, la parte polinesia. Abajo, en la bahía, el sol se reflejó en un remolino de agua generado por un remo. —¿Qué estás mirando? —preguntó Patu. Jack alzó una mano para resguardarse los ojos del sol. —Ese barco que acaba de anclar en el puerto. —Es el vapor de Rabaul. —Ajá. ¿Y por qué ha enviado un bote a mi muelle? —¿Has encargado algo? —¿A ese viejo cubo de orín infestado de ratas y cucarachas? —Jack soltó un gruñido y frunció el entrecejo para defenderse del deslumbrante sol y la bruma de demasiadas noches entregadas a los placeres del pecado y el exceso—. ¿Tú qué crees? Patu subió hasta el escalón superior y miró a lo lejos. —Yo creo que algo se acerca, lo hayas encargado o no. —Esbozó una sonrisa—. ¿O debería decir alguien? ¿Una esposa comprada por correo, quizá? Aunque, visto su aspecto, se diría que alguien ha decidido que necesitas tu propia misionera para que te lleve por el buen camino y te salve del fuego del infierno. Un terrible dolor golpeó la sien de Jack, que soltó un gemido y bajó de nuevo la cabeza. —Hablas demasiado, muchacho. Baja y dile que se marche. —Ni lo sueñes —repuso Patu—. Parece más alta que yo. Y más despiadada que tú. Se trataba, sin duda, de una maldita misionera, pensó Jack cuando observó con expresión ceñuda a la mujer que estaba sentada como un palo tieso en la proa del bote, sosteniendo con sus manos enguantadas una sencilla sombrilla y luciendo un espantoso vestido con el cuello abotonado tan arriba que a Jack le sorprendió que no la asfixiara. Él se hallaba de pie en el extremo de su embarcadero, con las piernas -9-

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bien abiertas y los brazos cruzados sobre el pecho desnudo, cuando el bote chocó contra la tosca madera. —Kaoha nui —dijo la mujer, tomándole, sin duda, por un polinesio. —Buenos días —respondió Jack, obsequiándola con su más desagradable sonrisa. Ella parpadeó y soltó un rápido bufido de asombro al recorrer con la mirada su cuerpo bronceado, casi desnudo y claramente hostil. Jack tuvo que reconocer que no se dejó intimidar. —Usted debe de ser Jack Ryder. El acento le sorprendió: escocés, nítido y firme. —Así es. —Jack trasladó las manos a las caderas y se inclinó hacia delante—. Ignoro quién es usted y qué hace aquí, pero ya está ordenando a esos hombres que la devuelvan al lugar del que ha venido. No le había ofrecido la mano, de modo que ella se limitó a cerrar la sombrilla con un golpe seco y subir al muelle por su propio pie, dando muestras de una agilidad que sorprendió a Jack y le permitió descubrir fugazmente unas pantorrillas largas y delgadas y unos tobillos inesperadamente esbeltos que desaparecían bajo unas prácticas botas de cordones. —Soy India McKnight —anunció la mujer sacudiéndose cuidadosamente la falda antes de levantar la cabeza y clavarle una mirada firme—. ¿Cómo está usted? Jack había oído hablar de ella, pero no tenía intención de decírselo. De hecho, hasta tenía uno de sus libros. Siguiendo los pasos de Moctezuma, se titulaba. Estaba escrito con una maravillosa agudeza y una visión del mundo mordaz que habían conseguido seducirle. Recordó que al terminarlo se dijo: «Caray, he aquí una escocesa a la que no me importaría conocer». Eso demostraba lo mucho que uno podía equivocarse, pensó. —He venido a proponerle un negocio —prosiguió ella, en vista de que él continuaba, simplemente, mirándola. —No me interesa. —¿Cómo puede saberlo sin haber escuchado de qué se trata? Patu tenía razón, se dijo Jack. La mujer tenía una estatura amazónica. Podía mirarle directamente a los ojos con solo echar la cabeza ligeramente hacia atrás. Ella señaló con un ademán de cabeza el elegante velero americano anclado en la laguna. —¿Es suyo? El reflejo del sol en el agua dañó los ojos de Jack. No era justo, pensó, tener que enfrentarse a este plomo de mujer y a una resaca al mismo tiempo. Ni siquiera había tenido tiempo de orinar. Pensó en hacerlo en ese momento, desde el borde del muelle. Seguro que entonces esa cursi salía disparada hacia su oxidado vapor, donde probablemente se sentaría a escribirlo todo para su siguiente libro. No imaginó que esa posibilidad pudiera detenerle, pero lo hizo. —Se llama Sea Hawk —dijo Jack, conformándose con esbozar otra de sus desagradables sonrisas—. Se lo gané hace unos años a un par de blackbirders yanquis en una partida de póquer. —¿Es usted un blackbirder, señor Ryder? - 10 -

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Los blackbirders eran lo peor de lo peor. Ellos llamaban reclutar a lo que hacían —raptar a jóvenes melanesios y polinesios y ponerlos a trabajar en los campos de Queensland, Fiji y Sudamérica—, pero en realidad a lo que se dedicaban era a esclavizar. Si esa mujer hubiera sido un hombre, probablemente le habría propinado un puñetazo. En lugar de eso, dio un paso al frente y se detuvo en seco. —¿Usted qué cree? Ella le clavó una mirada tan grave y solemne que Jack casi lamentó haberla hostigado. —Creo que le debo una disculpa —respondió al cabo de unos instantes—. Me han dicho que conoce bien el canal que atraviesa los arrecifes del sur de Takaku. Desprevenido, Jack contestó sin detenerse a pensar. —Lo conozco bastante bien. ¿Por qué? —Me gustaría contratarle para que me lleve a la bahía del monte Futapu. Si salimos mañana al amanecer, llegaremos antes de las once. Así dispondría de cuatro o cinco horas para escalar la falda del volcán y estudiar las llamadas Caras de Futapu, y todavía... —Un momento, un momento. —Jack se llevó las manos a las doloridas sienes—. No pienso llevarla a ningún sitio, señorita. Ella le observó con una mirada serena, examinadora, que le hizo saltar directamente de la irritación a la ira. —Imagino que le preocupan los últimos informes sobre las prácticas caníbales en la zona —dijo la mujer en un tono ligeramente condescendiente que habría bastado para sacar al australiano de sus casillas—. Le aseguro que no correrá ningún peligro. No le pido que me acompañe hasta la cima. Usted puede esperar en el puerto, a bordo del velero. —Me traen sin cuidado esos malditos caníbales —grito Jack. El eco del bramido le retumbó en la cabeza, haciéndole soltar un gemido. Ella le sometió a otro de sus exámenes y esta vez Jack habría jurado ver un destello de sorna en sus ojos grises. —Por su aspecto, señor Ryder, diría que padece lo que en Escocia llamamos una resaca de mil demonios. ¿Es ese el motivo de su malhumor? Jack caminó derecho hasta ella, intimidándola deliberadamente con su imponente cuerpo bronceado y sudoroso, y prácticamente desnudo. —No estoy de malhumor —respondió pronunciando pausadamente cada palabra mientras se inclinaba sobre ella lo bastante para que su aliento le agitara un rizo castaño que asomaba por debajo del práctico sombrero—. Y tampoco soy un maldito guía turístico. Soy un renegado buscado por la maldita armada británica por sublevación y asesinato, y eso significa que probablemente tiene más que temer de mí que de cualquier cazador de cabezas negro de Takaku. Advirtió que el pecho de la mujer daba un respingo y que le miraba con los ojos cada vez más abiertos. Entonces advirtió que era más joven de lo que había supuesto al principio, veinticuatro o veinticinco años como mucho, con tersas mejillas, ojos delicados y unas facciones bien definidas que quienes admiraran a esa clase de mujer probablemente calificarían de bellas. No era el caso de Jack. También advirtió que no era tan impasible como a ella le gustaba - 11 -

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creer. La mirada de la mujer se desvió hacia el bote que la esperaba junto al muelle. Quizá no le asustaran los caníbales, pero el torso desnudo de un hombre a una distancia tan corta era algo muy diferente. Probablemente en ese instante se habría marchado y le habría dejado en paz si él no lo hubiera estropeado todo al añadir: —Además, las llamadas Caras de Futapu son formaciones naturales. Demasiado tarde, Jack vio el brillo de interés en sus ojos. —¿Naturales? ¿Está seguro? Porque, según mis fuentes... —¿Qué fuentes? —inquirió Jack antes de poder detenerse. —Dunsberry —respondió ella, alzando ligeramente el mentón, como si James Dunsberry fuera el experto en el Pacífico Sur por excelencia. —¡Ja!, Dunsberry nunca estuvo a menos de cien millas de Takaku y, por supuesto, jamás subió al monte Futapu. De haberlo hecho se habría dado cuenta de que las caras son simples levantamientos de lava seca que forman extraños pliegues. —¿Las ha visto? —La mujer separó los labios para dejar escapar un gritito de emoción que instó a Jack, por alguna razón que no alcanzó a comprender, a pensar que probablemente ese era el ruidito erótico, jadeante, que hacía cuando un hombre la poseía. Jack desvió la mirada y deseó con todas sus fuerzas que cierta parte díscola de su anatomía se comportara. —Desde luego que las he visto —farfulló, lamentando no llevar algo más restrictivo que una vuelta de tela en las caderas. —Si eso es cierto, supongo que es consciente de las implicaciones — repuso ella, como si estuviera manteniendo una conversación académica en algún salón londinense lleno de humo en lugar de hallarse en la punta de un viejo muelle de una diminuta isla perdida en el Pacífico Sur, con un despreciable australiano semidesnudo entretenido con pensamientos lascivos sobre el aspecto que ella tendría si alguien consiguiera arrancarle ese espantoso vestido de cuello asfixiante. »Si eso es cierto —estaba diciendo ella—, razón de más para que me acerque a Takaku y verifique sus declaraciones. Dunsberry utilizó las Caras de Futapu para demostrar que existe una relación ancestral entre las tradiciones escultóricas de Laos y Birmania y las estatuas y maraes de las Marshall y la Isla de Pascua. Pero en el caso de que estuviera equivocado, si nunca hubo una presencia escultórica polinesia en Melanesia, estamos ante una importantísima brecha. —Un momento. —Jack devolvió su errante atención al animado rostro de la señorita McKnight—. ¿De dónde cree que provienen exactamente los polinesios? —De Sudamérica. Lo dijo con una mandíbula firme y una mirada acerada que le desafiaban a reírse en su cara. Jack no se rió, pero sí meneó la cabeza. —Se equivoca. —¿De veras? —El tono de la mujer dejaba entrever que ya había tenido antes esa discusión—. Los polinesios están concentrados en las islas orientales del Pacífico. Existe el consenso, naturalmente, de que se vieron obligados a avanzar por las islas occidentales, como Nueva Guinea y las Salomón, debido a la presencia de cazadores de cabezas melanesios. Pero ¿y si se encuentran predominantemente en las islas orientales - 12 -

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porque venían del este? Esa es la dirección dominante de los vientos alisios, ¿no es cierto? Los botánicos han documentado numerosas plantas originarias de Sudamérica en las islas, como la batata, el cocotero y muchas otras. Y si la vegetación pudo trasladarse de este a oeste, ¿por qué no los humanos? He comparado fotografías de las estatuas de Fatu Hiva con las que he visto en las selvas de América Central y del Sur y las similitudes son sorprendentes. Él la miró con los ojos entornados. —Está escribiendo un maldito libro sobre el tema, ¿no es cierto? Un rubor inesperado tiñó las mejillas de la señorita McKnight. —La verdad es que sí. Estoy pensando en titularlo De Mandalay a las islas caníbales. —A juzgar por sus argumentos, cabría esperar que hubiera empezado en las Américas y que titulara el libro De Perú a las islas caníbales. Jack se estaba burlando de ella en silencio, y el pecho de la mujer se hinchó de indignación cuando se dio cuenta de ello. —Se lo ha inventado, ¿verdad? Lo de las Caras de Futapu. No son formaciones naturales. Lo dijo para que me marchara y le dejara tranquilo. Jack soltó un leve suspiro. —Reconozco que lo dije con esa intención, pero eso no significa que no sea cierto. —Demuéstrelo. Hubiera debido decirle que no necesitaba demostrarle nada. Hubiera debido decirle que se largara y lo dejara en paz. En lugar de eso, dijo: —Se olvida de los caníbales. Ella sacudió la cabeza. —Me dijo que no les tenía miedo. —Y es cierto. Pero usted sí debería tenérselo. —¿Porque soy mujer? —Las mujeres están más sabrosas. Jack lo dijo con una sonrisa que pretendía asustarla, pero solo consiguió que el interés brillara en sus ojos. —¿En serio? ¿Se ha comido alguna vez a una mujer? La pregunta fue tan inesperada que Jack estuvo a punto de dar un respingo. —Maldita sea, ¿por quién me ha tomado? —Sé que convivió con los caníbales durante dos años. —Pero no aquí. —¿Dónde? Jack hizo ademán de volverse, pero se giró de nuevo hacia ella. —Oiga, ¿quiere que la lleve a Takaku o no? El expresivo rostro de la señorita McKnight se iluminó. Sería una pésima jugadora de póquer, pensó Jack. —¿Significa eso que acepta? —Por diez libras. —¡Diez libras! ¡Es un precio abusivo! Jack se encogió de hombros. —Tómelo o déjelo. Ella le observó con una mirada afilada, propia de una mujer que había viajado de Egipto a México a fuerza de regatear. - 13 -

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—Cinco. Él sonrió. —Ocho. —Siete y media. —De acuerdo. —Jack señaló el poblado alemán de Neu Brenenberg, situado en la ladera de la verde montaña que se elevaba, oscura y pronunciada, en la otra punta de la bahía—. Pida a esos hombres que la lleven a un lugar llamado Limerick. El viejo cojo irlandés que lo regenta parece un pirata, pero dirige un hotel que le resultará bastante más limpio que el vapor del que acaba de desembarcar. A menos que le gusten las ratas, claro. —Ahora que lo menciona, llegué a agradecer su presencia en el vapor —repuso ella con una lenta sonrisa—. Espantaban a las cucarachas. Jack se dio cuenta de que le gustaba su sonrisa, le gustaba la forma en que alejaba esa seriedad tan característica de las solteronas e insinuaba que existía en esa mujer otro lado muy diferente. —La recogeré en el Limerick al amanecer —dijo con aspereza antes de retroceder un paso. La observó subir al bote que la aguardaba con ayuda de uno de los marineros. Una vez a bordo, la mujer levantó la vista y le miró con expresión ceñuda. —Se presentará, ¿verdad? Era la última oportunidad que Jack tenía de zafarse. Durante un breve instante fue plenamente consciente de la ferocidad del sol tropical en sus hombros desnudos, del violento estallido del lejano oleaje, del balanceo del muelle bajo sus pies. Entonces dijo: —Desde luego. Y ahora, largúese de una vez. Necesito orinar.

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Capítulo 3
El teniente primero Alex Preston se detuvo en la cubierta del HMS Barracuda y observó cómo el capitán Granger se apoyaba en la baranda y se llevaba un catalejo a un ojo. Azotadas por el viento, las olas del mar tropical se alzaban a su alrededor espumosas y huecas. El capitán Granger apretó la mandíbula para controlar unas emociones sobre las que Alex solo podía especular. La luz ya había adquirido un envolvente tono dorado que anunciaba la caída inminente de la noche. Pese a llevar seis meses surcando esas aguas ecuatoriales, Alex todavía se sorprendía de la rapidez con que la noche reemplazaba al día. El sol todavía brillaba radiante y feroz cuando, de súbito, el mundo se cubría de un glorioso tapiz de color naranja con vetas rojas y violetas, una visión imponente que desaparecía con excesiva rapidez para sumergir la tierra en una oscuridad cuajada de estrellas. —Tenía entendido que no esperaba que Ryder apareciera hasta mañana, señor —dijo Alex. El capitán Granger bajó el catalejo pero mantuvo la mirada fija en el vasto mar. —Así es. Alex estudió el perfil severo, inaccesible, del hombre. El capitán Granger y Jack Ryder habían sido amigos en otros tiempos, o eso se rumoreaba: en los días en que ambos eran suboficiales, antes de que el australiano provocara deliberadamente el hundimiento de su barco, el HMS Lady Juliana, y la muerte de más de la mitad de los miembros de la tripulación, entre ellos el capitán. Como único oficial que había quedado con vida, Simon Granger pasó seis semanas en un bote salvavidas con la tripulación superviviente antes de que unos pescadores malayos los rescataran en algún lugar de las Antillas Holandesas. El incidente había convertido a Granger en un héroe y a Ryder en un forajido. Pero en aquel entonces el Almirantazgo, al igual que el gobierno conservador de Disraeli, tenía la atención puesta en los acontecimientos que estaban desarrollándose en Sudáfrica e India, Afganistán y Turquía. Pero recientemente, con la victoria de los liberales y su dirigente, primo cercano de Gladstone, el malhadado capitán del Lady Juliana, la determinación del Almirantazgo de capturar a Ryder y llevarlo a la justicia había resucitado. Esa era la razón por la que Alex se encontraba ahora en ese barco como teniente primero —nombramiento casi insólito para un oficial de su edad y experiencia—, pues el difunto capitán Gladstone era tío de Alex y el primer ministro era primo de la madre de Alex. El nombramiento constituía un sueño hecho realidad. Así y todo, Alex sentía sobre los hombros la pesada carga de esa nueva responsabilidad y de las expectativas de su familia. Esta confiaba en que Alex se aseguraría de que

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la vieja amistad del capitán Granger con el renegado no interferiría en el cumplimiento de las órdenes del Almirantazgo. Pero en el caso de que tuviera que intervenir, Alex no entendía muy bien cómo, siendo un mero teniente primero, podría controlar a su capitán, por muy primer ministro de Inglaterra que fuera el primo de su madre. —Debe de estar impaciente por atrapar a ese hombre, señor, después de tantos años —dijo Alex. —¿Impaciente? —El capitán hinchó el pecho y se llenó los pulmones de aire salobre—. Me limito a obedecer órdenes, señor Preston. Alex observó atentamente el rostro del capitán. No había en él la más mínima insinuación de impaciencia ni de sed de persecución, y, sin embargo, Simon Granger se había ofrecido voluntario para arrestar personalmente a Ryder. —Ese hombre es una deshonra para la armada y para Inglaterra —dijo Alex con la voz ronca por la emoción, pues era un hombre de ideales elevados que despreciaba a quienes no los respetaban—. No debieron permitirle deambular en libertad durante tantos años. El capitán se volvió y examinó el semblante de Alex con sus ojos grises. —Dígame algo, señor Preston. ¿Por qué razón ingresó en la armada? Alex alzó el mentón con tímido orgullo. —Para servir a la reina y a la nación, señor. El capitán esbozó una lenta sonrisa. —¿Eso es todo? Alex experimentó un acaloramiento inesperado ante el escrutinio de su superior. —Y para ver algo de mundo. No hacía falta mencionar la otra razón, la que tenía que ver con el hecho de ser el hijo menor de un caballero y la necesidad de abrirse su propio camino en el mundo. Era un impulso común a todos los oficiales de la armada. —Usted es de Norfolk, ¿verdad? —dijo el capitán. —Sí, señor. —¿Y esta es su primera misión en el extranjero? —Sí, señor —respondió Alex, preguntándose adonde quería ir a parar el capitán, quien sabía perfectamente que Alex había pasado sus primeros años de armada en un balandro de vapor atracado en Southampton. Granger se volvió para contemplar el mar, que había adquirido un tono plateado con la evanescente luz. La isla de Takaku, con sus humeantes y salvajes picos volcánicos, apenas era una silueta oscura contra el sutil naranja del horizonte. —¿Alguna vez ha hecho el amor con una tahitiana, señor Preston? Presa de la turbación, Alex notó que volvía a subirle el calor. —No, señor. ¿Por qué? El capitán Granger se apartó de la baranda y miró hacia la popa. Su voz fue transportada por los cálidos vientos alisios hasta Alex. —Porque, en ese caso, no debería precipitarse a la hora de juzgar a Jack Ryder.

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El encuentro con Jack Ryder debió prevenir a India con respecto al propietario del hotel de Neu Brenenberg, pero el retorcido irlandés que regentaba el Limerick, tuerto y falto de una pierna, consiguió, de todos modos, impresionarla. El hombre dijo llamarse Harry O'Keefe, si bien India tenía sus dudas en cuanto a la veracidad de esa información. Parece un personaje salido de La isla del tesoro del señor Stevenson, —escribió en su libreta esa noche—. No puedo evitar preguntarme qué crímenes han cometido ese australiano y ese irlandés para desear vivir con la sombra de un cañonero alemán protegiéndoles del largo brazo de la ley británica. Así y todo, pensó mordisqueando distraídamente la punta de su lápiz, debía reconocer que el atroz australiano tenía razón. Las habitaciones del Limerick estaban sorprendentemente limpias y no pudo encontrar pega alguna al suculento estofado irlandés que el señor O'Keefe le había hecho llegar como cena. India había solventado la falta de cerrojo en la puerta colocando delante su baúl. Transportada por la fresca brisa marina, la risa de un niño se coló por la ventana e hizo que India levantara la cabeza. Escuchó una alegre advertencia de boca de una mujer y la voz jocosa de un hombre. Tras vacilar unos instantes, soltó el lápiz y atravesó la estancia hasta los visillos de gasa, hinchados por el cálido aire de la noche. La luna y las estrellas teñían de púrpura la escena que transcurría frente a su ventana. Podía divisar el contorno blanco de las olas que rompían en la playa y la liviana negrura, alborotada por el viento, de las palmeras dibujadas contra el cielo. Aún era pronto y los habitantes del organizado poblado alemán de Neu Brenenberg seguían despiertos. Dos hombres, cuyas voces apenas eran un murmullo, jugaban sobre un tablero de ajedrez instalado en la profunda galería de una casa cercana. Y algo más allá India divisó a una joven familia que estaba paseando por la playa. El niño —un muchacho de unos cinco años, se dijo— jugaba en la orilla y daba gritos de placer cada vez que huía de las olas que rompían en la arena. Sus padres, que paseaban del brazo, le vigilaban desde una distancia prudente. En un momento dado, la mujer reposó la cabeza sobre el hombro de su hombre en un sencillo gesto de amor y plenitud que tocó algo dentro de India. Algo que le dolió y la dejó turbada y triste. Se apartó de la ventana y cerró de un tirón las cortinas. Su mirada se detuvo en la libreta, pero, por extraño que pareciera, ya no tenía ganas de seguir escribiendo y decidió acostarse. Cuando abrió la mosquitera y apagó el quinqué, la noche ya estaba en calma. Así y todo, aún podía oír la risa del niño en su memoria, aún podía ver en el ojo de su mente cómo el brazo del hombre se había deslizado, dulce y cálido, por la cintura de la mujer para atraerla hacia sí. Ahuecando una y otra vez las almohadas, India se removía inquieta en su lecho solitario. Se recordó que permanecía soltera por decisión propia, que estaba llevando la vida libre y aventurera con la que siempre había soñado. Y era cierto, todo eso era cierto. No obstante, tendida a solas en la oscuridad, subió una mano para acariciarse el pecho y luego la bajó pensativamente hasta detenerla en su útero vacío. Tardó mucho tiempo en conciliar el sueño. - 17 -

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Al día siguiente madrugó y se puso lo que ella llamaba su atuendo expedicionario, que había mandado confeccionar a su gusto a un sastre de El Cairo. Comprobó, probablemente por tercera vez, que la libreta y los lápices estaban en su mochila impermeable, también diseñada por ella. A continuación, se colgó la mochila al hombro, junto con la cantimplora, y se fue al porche del hotel a esperar la llegada del señor Ryder. Empezaba a clarear por el este cuando cruzó la entrada. Una exótica colección de intensos tonos rosados, dorados y naranjas se extendía sobre las aguas plateadas de la bahía. India se detuvo con una mano en el canto de la puerta entornada al sentir que la belleza del momento le cortaba la respiración. La pequeña y ordenada aldea alemana todavía dormía. Tan solo se oía el suave chapoteo de la marea y un coro de gorjeos tropicales que llenaban el aire caliente y húmedo. Se sintió estimulada y extrañamente empequeñecida por la magia del momento. Y pensó: «He aquí por lo que viajo, por lo que he elegido la vida que llevo». Sonriendo por dentro, se detuvo expectante en lo alto de los escalones y escudriñó la bahía, donde empezaba a clarear con rapidez, en busca del Sea Hawk del señor Ryder. Una hora más tarde el sol estaba alto en el cielo y el pueblo había despertado. Y el señor Ryder seguía sin aparecer. India estaba sentada en una de las destartaladas butacas de mimbre del porche, mirando fijamente las aguas rizadas de la bahía y martilleando los tablones del suelo con la punta de una bota, cuando el señor O'Keefe llegó silbando por el sendero de hibiscos y helechos que transcurría por un costado del hotel. —Diantre —dijo, echando la cabeza hacia atrás y deteniéndose bruscamente al pie de los escalones, al reparar en el atuendo expedicionario de India. La blusa, de manga larga y dotada de cinturón, no tenía nada de particular, hecha como estaba de una tela de color azul oscuro de trama lo suficientemente holgada para permitir que circulara el aire y lo bastante densa para protegerla del feroz sol tropical, además de las serpientes, los insectos y la vegetación salvaje. Era el resto de la indumentaria de India lo que, por lo general, provocaba la mayor parte de los comentarios. La falda tenía amplitud suficiente para resultar recatada, pero no la suficiente para dificultar los movimientos de una mujer que se ganaba la vida caminando por selvas y trepando por acantilados. Un desafortunado incidente al subir al Alto Lugar de Petra casi le había costado la vida y le había convencido de la conveniencia de vestir una falda con una discreta abertura. Y como nada da tan buen resultado como una buena tela escocesa, India se hizo confeccionar su atuendo expedicionario con el tartán del clan de los McKnight. —Sería difícil perderla en la jungla con esa indumentaria, de eso puede estar segura —comentó el señor O'Keefe mientras se frotaba la punta de la nariz con una mano que, aunque abierta, no lograba ocultar su amplia sonrisa. —Dudo que eso represente un problema —repuso India, que hacía tiempo que se había acostumbrado a las reacciones que provocaba su - 18 -

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atuendo expedicionario—, dado que el señor Ryder ha roto su promesa de hacer acto de presencia. —Seguramente no veremos a Jack antes del mediodía o incluso después, a juzgar por lo que me han contado de la partida de anoche y su tendencia a mantener una botella de brandy junto al codo cuando tiene las cartas en las manos. India se levantó despacio. —¿Me está diciendo que el señor Ryder se pasó la noche jugando? ¿Y bebiendo? El ojo sano del señor O'Keefe parpadeó. —Ajá. India escudriñó las fulgurantes aguas azules de la bahía. Siempre había padecido una frustrante miopía, pero al aguzar la vista creyó divisar la silueta del Sea Hawk, todavía anclado, junto al desvencijado embarcadero del señor Ryder. Un repentino arrebato de furia se apoderó de ella, sobresaltándola con su vehemente y cegadora intensidad. —Y dígame, señor O'Keefe —dijo en tanto que se agachaba con determinación para recoger la mochila, la cantimplora y el salacot—, ¿dónde podría encontrar a alguien dispuesto a llevarme al otro lado de la bahía? —¿Quiere que la espere? —preguntó el muchacho melanesio de poderosa pelambrera que había acompañado a India a la bahía en su vieja carreta tirada por un poni. De pie, bajo un sol asfixiante en la hierba de la cuneta, junto a la carreta, India bajó la mirada hacia los tejados de pandanáceas de las cabañas construidas holgadamente, a la sombra de palmeras, en la ladera de la colina, entre la carretera y la playa. Una plantación de copra, había llamado el capitán Simon Granger a ese asentamiento. Pues bien, India había visto lugares como este en su gira por los mares del Sur y ninguno presentaba un aspecto tan destartalado. En lugar del cuidado bungalow colonial con tejado de chapa que cabría esperar, la casa del señor Ryder no se distinguía de una cabaña nativa corriente. Tampoco veía plantaciones por ningún lado. Había algunos percheros de copra puesta a secar y su penetrante dulzor inundaba el tórrido aire, pero, por lo demás, se diría que Jack Ryder se limitaba a esperar que los cocos cayeran de los árboles sobre su regazo. —¿Señorita? —insistió el muchacho. India se volvió hacia el rostro moreno y chato. —No, no hace falta que esperes. —Le entregó el dinero acordado y una generosa propina—. Gracias —añadió y, ajustándose el salacot, echó a andar por el estrecho y embarrado sendero que descendía hacia las primitivas construcciones. El frondoso baldaquín de selva emprendió una protesta de gorjeos, chillidos y crujidos cuando India se abrió paso por una espesura de helechos todavía húmedos a causa de la lluvia caída durante la noche. Los australianos tenían una expresión para eso: «volverse troppo». Lo decían cuando un blanco abandonaba el boato de la civilización occidental y adoptaba la indumentaria y el estilo de vida de los nativos. Pues bien, - 19 -

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pensó India, era difícil imaginar que alguien pudiera volverse más troppo que el señor Ryder. La casa del australiano descansaba en medio de un claro, bajo la sombra de un corrillo de cocoteros y árboles del pan, sobre una lengua de tierra con vistas a la bahía y el imponente océano. Mientras se acercaba, India reparó en que la estructura era algo mayor que las cabañas nativas, quizá como dos cabañas juntas. Las paredes eran de bambú entramado y el tejado consistía en pandanáceas amarradas con fibra de coco a unas vigas de purau. En lugar de cristales, las ventanas tenían persianas de bambú que colgaban de los aleros, y en el porche había una mujer joven, de piel morena y pechos al descubierto, sentada en cuclillas y rallando un coco sobre una estera. La mujer levantó la vista cuando India se acercó. —¿Está el señor Ryder en casa? —preguntó India, vacilando al pie de los escalones. La mujer tenía la piel más clara que la mayoría de los melanesios de la isla, quizá tuviera una parte polinesia o incluso europea. Un niño de dos o tres años, pegado al costado de su madre y con el trasero al aire, miraba a India. Sus ojos, grandes y azules, destacaban en un rostro de facciones uniformes. Sintiendo que una terrible sospecha empezaba a formarse en su mente, India contempló primero al niño y luego a la mujer nubil semidesnuda. India no era ninguna ingenua. Sabía que esas cosas pasaban: hombres blancos que tenían de amantes a mujeres morenas. Eso no significaba, sin embargo, que la idea de tratar con un hombre de esa índole le resultara menos inquietante. —Ryder dentro —contestó la mujer antes de devolver su atención al movimiento hábil de sus dedos—. Entre. India subió los escalones. La puerta estaba abierta y se detuvo en el umbral en penumbra. La mujer le había dicho que entrara, pero no se veía capaz de hacerlo sin anunciarse. Levantó un puño y martilleó el marco de la puerta con los nudillos. —¿Señor Ryder? —dijo, y aguzó el oído en tanto que su voz se perdía en un silencio roto únicamente por el suave susurro de las palmeras y el cañoneo del lejano oleaje. —Señor Ryder —repitió, elevando el tono. En algún lugar chirrió una cacatúa, pero dentro de la casa la quietud permanecía imperturbable. Tras una última mirada a la mujer del porche, entró. Aunque primitivo, el interior de la casa era sorprendentemente agradable, de vigas altas y una atmósfera deliciosamente aireada que un edificio colonial de tablones y hierro jamás podría conseguir. La luz difusa que se filtraba por las persianas de bambú le mostró una variedad de muebles insulares: mesas y sofás de caoba y teca macizas y numerosas librerías de bambú repletas, para sorpresa de India, de libros muy usados. Dominada por la curiosidad, se hallaba a medio camino de ellos para inspeccionar los títulos cuando un leve movimiento, seguido de un ronquido ahogado, la frenaron en seco. Al volver la cabeza para inspeccionar los oscuros recovecos de la estancia, India se descubrió contemplando una enorme cama malaya, ricamente labrada y rodeada de una mosquitera blanca que caía formando - 20 -

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vaporosas cascadas. Desde las profundidades revueltas del lecho, un brazo moreno y masculino asomó y cayó sobre el borde del colchón, donde reposó lánguidamente. —Señor Ryder —dijo India. El brazo no se movió. Recordando el estado de desnudez del hombre el día anterior, India se acercó a la cama con cautela. Una cabeza de pelo moreno y alborotado apareció ante su vista y, a continuación, una espalda bronceada y dotada de buenos músculos. Dejando que sus ojos descendieran lentamente por la tersa columna, India se sintió aliviada y, al mismo tiempo, extrañamente decepcionada al descubrir que una sábana retorcida ocultaba los demás detalles de la anatomía del hombre. —Señor Ryder —dijo de nuevo, elevando la voz. Solo recibió como respuesta otro semirronquido que llenó el aire de comprometedores gases de brandy. Pensó en sacudir el poste de la cama, pero le pareció que tocar la cama era un acto demasiado íntimo. Así pues, se agarró al canto de un arcón cercano y, levantando un pie, zarandeó el colchón con la punta de su cómoda bota. Nada. Una risa suave, melódica, la instó a darse la vuelta. —Ni tirándolo de la cama conseguiría despertarle —dijo el muchacho polinesio que se había detenido en la puerta de la cabaña. India lanzó una mirada despectiva al hombre tumbado en el colchón. —Le contraté para que me llevara a Takaku. Tenía que recogerme en el Limerick de Neu Brenenberg al alba. —Lo sé. Yo tenía el Sea Hawk listo para partir. —El muchacho se había acercado mientras hablaba e India advirtió que, al igual que el niño melanesio del porche, probablemente era fruto de una unión mestiza, pues tenía la piel sorprendentemente blanca y el pelo, en lugar de negro, castaño. Además, hablaba un buen inglés, con un acento apenas perceptible. Y, a diferencia del señor Ryder, iba vestido decentemente, con una camisa resistente y un pantalón de lona—. Soy Patu. —¿Cómo está usted? —dijo India, tendiéndole una mano y preguntándose si ese muchacho, al igual que el del porche, tenía como padre al disoluto australiano que yacía desnudo en la cama—. Parece que hoy no iremos a Takaku. —Me temo que tendrá que ser hoy o nunca —repuso Patu—. El Sea Hawk debe iniciar mañana su gira por las islas para recoger la copra de otras estaciones, y ya vamos con retraso. El buen tiempo no durará mucho más. India sintió una mezcla amarga de decepción e indignación. ¡Haber llegado tan cerca de su objetivo para que luego le arrebataran la posibilidad de alcanzarlo! El hombre dejó escapar otro ronquido impregnado de brandy. —Apártese, señor Patu —dijo India, tomando súbitamente una decisión. La sonrisa del muchacho se desvaneció. —¿Por qué? —Porque no quiero mojarle. - 21 -

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India se dio la vuelta, agarró el jarro de agua que descansaba sobre un arcón junto a la cama del señor Ryder y lanzó el contenido, dibujando un arco que aterrizó con un sonoro chapoteo en la cabeza del durmiente.

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Capítulo 4
Se estaba ahogando. Tosiendo y escupiendo, Jack se apoyó sobre los brazos con la cabeza gacha, la boca jadeante y el cerebro ofuscado. El agua le resbalaba por las orejas y le goteaba por la nariz. Probablemente había salido de casa y había perdido el conocimiento. Eso era. Había salido a orinar y había perdido el conocimiento y ahora llovía. Abrió los ojos y divisó la imagen difusa de una mosquitera y el poste labrado de una cama. A continuación, la habitación empezó a girar de una forma nauseabunda que conocía bien. Con un gemido, cerró los ojos y se hundió de nuevo en las sábanas. Sábanas mojadas. ¿Por qué estaban mojadas las sábanas? Se hallaba en su cama, pero estaba mojado. Era absurdo. —Teníamos una cita, señor Ryder —dijo una voz seca y vagamente familiar—. ¿Lo había olvidado? Jack abrió un ojo y se descubrió mirando a la señorita India Maldita McKnight. Sus labios esbozaban una sonrisa malévola y en las manos sostenía su jarro de agua. Su jarro de agua vacío. —Condenadaperra. —Lo dijo con voz bronca y anegada, pero ferozmente clara. —Una cita para partir al alba —continuó ella, como si no le hubiera oído, aunque él sabía perfectamente que sí le había oído por el rubor colérico de sus mejillas y el innecesario chasquido con que dejó el jarro en el arcón—. El sol ya está alto. Debe darse prisa. Sonaba como una maldita maestra de catequesis. Tendría que haber sido maestra de catequesis, se dijo, en lugar de ir por el mundo escribiendo sus condenados libros e intentando ahogar a hombres mientras dormían. Jack rodó sobre su espalda y levantó las manos para apartarse de la cara el pelo empapado y frotarse los ojos. Apresurarse. Enfocó la mirada en el rostro remilgado y farisaico de la mujer. ¿No quería que se diera prisa? Le enseñaría a no entrar en la casa de un hombre que duerme para empaparlo de agua. Sin apartar la mirada de la mujer, Jack bajó una pierna hasta el suelo, luego la otra, y apartó la mosquitera. Probablemente ella esperaba que, por pudor, arrastrara consigo la sábana que le envolvía las caderas, porque no se dio la vuelta. Cuando Jack arrojó la sábana a un lado y se incorporó en toda su gloriosa desnudez, ella dio un paso atrás con los ojos desorbitados y se llevó las manos a la boca. —Bien —dijo él, abriendo los brazos. Puesto que era por la mañana, y puesto que Jack era el hombre que era, no le hizo falta bajar la vista para saber que cierta parte de su anatomía estaba totalmente despierta y lista para la acción—. Ya estoy levantado. ¿Satisfecha?

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Esperó a que ella gritara y echara a correr, pero no hizo nada de eso. La mujer juntó las manos y las dejó caer sobre el regazo de la falda... una falda escocesa, advirtió Jack, boquiabierto. En ese momento se percató de que Patu estaba a su lado. Y que no sonreía. —El señor Patu me ha comunicado que el Sea Hawk está listo para partir. —Inspiró profundamente, elevando el pecho en todo su volumen, pero consiguió mantener la voz firme, incluso persuasiva. Y no desvió la mirada—. Aguardaremos su llegada en el muelle. —Dicho esto, giró lentamente sobre sus talones, los hombros bien erguidos, la cabeza bien alta y la serenidad imperturbable, y salió de la casa. —¡Habrase visto!—exclamó Jack. —Adelante, dilo. —Jack se volvió para estudiar el perfil grave del muchacho. Se habían alejado unas tres millas de Neu Brenen, impulsados por un viento refrescante, y Patu todavía no le había hecho ningún comentario que no tuviera que ver con las jarcias de las velas del Sea Hawk o algún otro detalle relacionado con la navegación. Patu mantuvo la mirada fija en la suave ondulación de las aguas espumosas que alcanzaban la silueta recortada de los picos de Neu Brenen, todavía visible a lo lejos. —No tengo nada que decir. —Y un cuerno. Tal y como estás revolviéndote por dentro, lo vomitarás como no lo escupas pronto. Patu se volvió resoplando por la nariz. —De acuerdo, voy a decírtelo. Es una dama. Una dama europea. Y tú... tú le hiciste eso. —Maldita sea. —Jack echó un rápido vistazo a la proa del velero, donde la señorita India McKnight, sentada en un arcón con las piernas cruzadas y la cabeza gacha, escribía frenéticamente en una libreta forrada de tela negra—. Me echó encima un jarro de agua. —Y tú habías quedado en recogerla en el Limerick al amanecer. La necesidad de defender lo indefendible se apoderó de Jack. No obstante, se la tragó. —Anda, agarra el timón —dijo, y caminó hasta la proa balanceándose ágilmente con el vaivén de la cubierta. Se detuvo a unos sesenta centímetros de su pasajera de falda escocesa y salacot. Ella siguió escribiendo, sin molestarse siquiera en levantar la vista, aunque la sombra de él se había cernido sobre la hoja y por fuerza tenía que saber que estaba allí. Jack se aclaró la garganta. —Estaba pensando que a lo mejor le gustaría tener un guía. En Takaku. Ella mantuvo la cabeza inclinada. —¿Me está ofreciendo sus servicios, señor Ryder? —A Patu. Le estoy ofreciendo a Patu. El lápiz se detuvo un instante antes de reanudar su viaje por la hoja. —Gracias, pero siempre viajo sola, y prefiero explorar los lugares que visito también sola. —Parece un estilo de vida muy solitario —dijo él, sorprendiéndose de - 24 -

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sus propias palabras. Ella levantó la cabeza ligeramente. El salacot todavía le ocultaba la parte superior de la cara y él seguía sin verle los ojos. —¿Para una mujer, quiere decir? Él parpadeó. —Para cualquiera. —Nunca me ha molestado la soledad —replicó ella antes de volver a su libreta—. Únicamente en la soledad es posible encontrar la paz necesaria para reflexionar y escribir. Considero que las acompañantes femeninas tienen la lamentable costumbre de parlotear incesantemente, mientras que los hombres... Calló, de modo que él se vio obligado a espolearla. —¿Qué? —Los hombres caen invariablemente en el hábito de intentar dar órdenes a toda mujer que tengan cerca, incluso cuando la mujer en cuestión es la que paga los sueldos. Jack contempló la copa circular del salacot y experimentó un inopinado e inexplicable arrebato de ira tan puro y dulce que le robó la respiración. Hizo ademán de alejarse, pero apenas había dado dos pasos cuando se volvió de nuevo para señalarla con el dedo y decir: —Según mis cálculos, estamos en paz. Despacio, India levantó la cabeza y entornó los ojos para protegerlos del resplandor del agua. —¿Y cómo ha hecho exactamente esos cálculos, señor Ryder? —Es cierto que no fui a recogerla al amanecer, pero usted me arrojó un maldito jarro de agua. El cuerpo de India se tensó. —No veo relación alguna entre los dos acontecimientos. Si hace memoria, recordará que solo intentaba despertarle. —Ja. Reconozco la venganza cuando la tengo delante. —Vaya, no esperaba que reconociera que fui agraviada. —Yo no he dicho eso. India se volvió para contemplar el mar, pero él alcanzó a ver una sonrisa enigmática dibujada en sus labios. —Muy bien, señor Ryder, acepto sus disculpas. Jack casi dio un respingo. —Maldita sea, no me estaba disculpando. India le miró de nuevo. Ya no sonreía. —En ese caso, no estamos en paz. Pudieron oler la isla de Takaku, su aroma dulce y tropical que llevaba hasta ellos la creciente brisa, antes de verla. Entonces la isla asomó en medio de la calima, un lugar increíblemente bello, de lagunas turquesas y vastas playas rodeadas de palmeras y, detrás, empinados riscos rebosantes de salvaje vegetación. Por el norte, la isla descendía hacia valles frondosos y llanuras pantanosas donde los franceses habían establecido una estación comercial que denominaban La Rochelle. Pero aquí, en el extremo sur, Takaku era una tierra de desfiladeros prácticamente verticales y cimas - 25 -

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volcánicas que se elevaban, contrahechas y amenazadoras, hacia el azul del cielo tropical. Todavía salía vapor de las brechas y cráteres del pico más pequeño, el monte Futapu, que ascendía desde las orillas de una profunda bahía circular que era a su vez la caldera desbordada de un viejo volcán. Como la mayoría de las islas de la zona, Takaku estaba rodeada de arrecifes de coral, en su mayoría sumergidos, donde el oleaje rompía con un cañoneo incesante. Así pues, la única forma de llegar a la bahía del monte Futapu consistía en atravesar una angosta brecha abierta en el arrecife que las contracorrientes y los imprevisibles vientos hacían tremendamente peligrosa. Deteniéndose frente al arrecife, Jack recogió la vela de estay y volvió al timón. El velero se balanceaba con el oleaje mientras Patu trepaba por el mástil. —¿Es necesario? —preguntó la señorita McKnight, observando el ascenso del muchacho. —¿Qué creía? —gritó Jack para que pudiera oírle por encima del batir de las olas—. ¿Que la gente le decía que el acceso a la bahía de Futapu era peligroso para poder cobrarle más por traerla hasta aquí? —Pues sí. Jack resopló y giró la proa hasta que el velero estuvo encarado hacia el canal. —¿Y lo de los caníbales? —Oh, eso sí me lo creí. —¿Y no le preocupan? —Son un riesgo inevitable. Jack la examinó fugazmente. El sol brillaba cálido y dorado sobre la piel tersa de su rostro uniforme. Parecía joven y llena de entusiasmo y mucho más atractiva de lo que habría deseado. Soltó un bufido que sonó como un gruñido. —O es usted muy valiente o es usted una insensata. —¿Y cuál de las dos cosas es usted, señor Ryder? Jack rió. —¿Yo? Yo simplemente estoy loco. A partir de ese momento Jack concentró toda su atención en la franja de agua profunda que transcurría, formando remolinos, entre los bancos de arrecifes irisados. Las gaviotas graznaban sobre sus cabezas mientras Patu gritaba advertencias e indicaciones desde arriba. Pero Jack, pese a maniobrar con cautela, no estaba especialmente preocupado, y no tardaron mucho en alcanzar la seguridad de la tranquila laguna interior. —Veo unas velas a lo lejos —informó Patu descendiendo por las jarcias mientras Jack entraba el Sea Hawk en la profunda bahía—. Parece una fragata o una corbeta. Jack localizó su catalejo y se lo llevó a un ojo. Un elegante barco de tres mástiles flotaba, envuelto en la calima, frente al extremo sur de la isla. Tras una larga pausa, dijo: —Si lleva bandera, no la distingo. La señorita McKnight se acercó a la baranda y contempló el barco con los ojos entornados. —No pensará que son piratas, ¿verdad? —¿Piratas? —Jack bajó el catalejo—. No, no creo que sean piratas. — - 26 -

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Ella le miró desconcertada, pero él no vio motivos para tener que explicarse—. Dispone de tres horas —dijo antes de volverse bruscamente para arriar el pequeño bote del Sea Hawk. —¡Tres horas! —exclamó India—. ¡Eso es intolerable! Yo... —El resto de su protesta se ahogó en el traqueteo de las cadenas del bote. Jack era consciente de sus furibundos ojos grises, de los quedos bufidos que lanzaba a su lado hasta que el traqueteo cesó. Entonces volvió al ataque —. Si hubiéramos salido antes... —Pero no lo hicimos. —Arriado el bote, Jack colocó la escalera en un costado y se volvió hacia la señorita McKnight—. El ascenso al cráter dura unos cuarenta y cinco minutos como máximo, y la bajada es aún más rápida. Eso significa que dispondrá de una buena hora y media para recorrer la cima, dibujar las Caras de Futapu o lo que tenga planeado hacer allí, y estar de regreso en la playa tres horas después. Era evidente que ella no estaba acostumbrada a que le dieran órdenes. Miró desafiante a Jack, con el pecho galopando de indignación y las manos apretadas a la correa de la mochila, hasta que los nudillos se le tiñeron de blanco. De haber tenido la cabeza de él en sus manos, ya sería hombre muerto. —¿Y si no llego a tiempo? Jack la obsequió con su sonrisa más perversa. —Entonces daré por sentado que alguien se la ha cenado y el Sea Hawk zarpará. —Dejó de sonreír—. ¿Entendido? Los labios de ella formaron una línea fina y severa. —Entendido.

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Capítulo 5
Para alivio de India, fue Patu y no el detestable australiano quien la acompañó en el bote hasta la franja de arena blanca que rodeaba la bahía. —Junto a ese arroyo parte un sendero que trepa por la ladera de la montaña hasta la cima —dijo Patu, ayudándola a bajar. India alzó la vista hasta el pico recortado que asomaba por detrás de las palmeras de la playa. Había leído sobre ese sendero. Se decía que lo habían abierto los nativos de la isla. Los nativos caníbales. Para ellos, el monte Futapu era una especie de dios. Se sabía que en otros tiempos arrojaban ofrendas vivas por el cráter del volcán. Desde la cubierta del Sea Hawk la isla le había parecido hermosa y salvaje, como extraída de un sueño. Ahora, al observar sus empinados precipicios de roca pelada y sus desfiladeros invadidos por una selva impenetrable, la isla adquiría un aspecto más siniestro, incluso amenazador. Sería por todos esos comentarios sobre los caníbales, se dijo. Habían desbocado su imaginación, una tendencia inusual en ella y que detestaba profundamente. —Estará de regreso dentro de tres horas, ¿verdad, señorita? — preguntó Patu. India consultó el reloj que llevaba prendido a la blusa y sonrió. —Vigilaré constantemente la hora. —Hundiendo las botasen la blanda arena se dispuso a partir cuando, de súbito, se dio la vuelta y preguntó—: ¿Realmente me dejaría aquí? —Me temo que sí, señorita. India asintió con la cabeza. —Eso pensaba. Encontró el sendero con facilidad. Al principio el ascenso era suave, un paseo idílico, una garganta entre cocoteros de copas livianas que susurraban con la brisa. Mariposas de vivos colores jugueteaban a su alrededor, y un loro azul y amarillo la observaba desde lo alto con la cabeza arqueada y el pico abierto, mientras el eco de su severo reclamo resonaba exóticamente en la selva. India alzó la vista y rió. Tierra adentro, el camino se hacía más empinado y las palmeras daban paso a árboles gigantescos, cubiertos de musgo, de los que pendían lianas y toda clase de trepadoras y enredaderas desconocidas. El cañoneo del oleaje, aunque todavía audible, había amainado, y hasta el sonido de sus pisadas parecía haberse atenuado. India alargó el paso, ajena al zumbido de los mosquitos y a un calor bochornoso que se hacía más agobiante a medida que se alejaba de la costa. Eso era lo que ella tanto amaba, esa embriagadora sensación de aventura, la emoción de experimentar lo desconocido, lo inesperado. Al doblar una curva del

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camino tropezó con una orquídea blanca de imponente belleza y sintió deseos de dibujarla, pero el peso del reloj prendido en el pecho le hizo tomar conciencia del paso del tiempo y siguió andando. A media pendiente se detuvo junto a un riachuelo rocoso para descansar y hacer algunas anotaciones rápidas en su libreta. Antes de reanudar la marcha, introdujo las manos en la corriente para refrescarse la cara y encontró el agua sorprendentemente templada, casi caliente. Por eso no se sorprendió cuando, minutos después, llegó a un manantial de aguas termales y, ya cerca de la cima, a otro. El agua del pequeño estanque contiguo parecía difundirse como si se hallara en pequeña ebullición. El olor inconfundible a carne cociéndose impregnaba el aire. India se detuvo en seco y contempló las piedras planas que flanqueaban la orilla, donde, semieclipsado por las volutas de vapor que flotaban sobre la agitada superficie, alguien había dejado lo que semejaba un pedazo de carne envuelto en hojas. Caníbales. La palabra irrumpió de inmediato en su mente, acompañada de un arrebato de pánico que le recorrió el cuerpo, desgarrándole el estómago, helándole la sangre y entumeciéndole los dedos, hasta dejarla temblorosa y sin aliento. —No seas ridicula —se dijo en voz alta. Con una mano apretada contra el agitado pecho, enderezó deliberadamente la espalda. Un viajero en los mares del Sur corría mucho más riesgo de ser embestido por un cerdo salvaje que devorado por un caníbal, y no iba a permitir que la presencia de unos cuantos cerdos la disuadieran de estudiar las Caras de Futapu. De hecho, probablemente no era más que medio cerdo cociéndose junto a las aguas termales. Recordó, con otro retortijón, que en esa zona llamaban a los seres humanos asados «cerdos largos», pero se apresuró a apartar ese pensamiento de su mente. Ella no era una timorata, una de esas histéricas que no hacían más que chillar. Ella era India McKnight, escritora de viajes, y esa clase de experiencias añadía sabor —otra palabra desafortunada, dada su vinculación con la cocina— a sus escritos. Inspeccionó el claro. Parecía tranquilo y desierto, y se dijo que, de todos modos, los caníbales acostumbraban asar a sus víctimas en el fuego. Aliviada por esta observación, se ajustó la cantimplora y las correas de la mochila, se enderezó el salacot y prosiguió su camino. —Es el Barracuda, no hay duda —dijo Jack, bajando el catalejo—. Maldita sea mi suerte. Patu se acodó en la baranda con la mirada fija en las velas blancas del Barracuda y se encogió de hombros. —Para cuando nosotros zarpemos ya se habrán ido.—Sí. —Jack levantó de nuevo el catalejo—. Aunque juraría que se dirigen hacia aquí. —Esa corbeta es demasiado grande. No cabría por el canal. —Ya. —Jack observó al barco británico surcar el oleaje y experimentó una profunda sensación de desasosiego—. Pero el esquife sí. Patu frunció el entrecejo. —¿Qué se le habrá perdido al Barracuda por aquí? —Lo ignoro. - 29 -

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Jack dirigió la mirada a la falda frondosa del monte Futapu y blasfemó para sus adentros. Si no fuera por esa condenada escritora, levaría anclas en ese mismo instante y zarparía, por si las moscas. Pero por muy pelmaza que le resultara India McKnight, Jack no era de la clase de hombres que abandonan a una mujer en una isla infestada de caníbales. Blasfemando una vez más, levantó el catalejo y observó cómo las velas del Barracuda se hacían cada vez más grandes. No le cabía la menor duda, se dijo India con el corazón embriagado por la emoción: las llamadas Caras de Futapu eran formaciones rocosas naturales, no obra de picapedreros polinesios desaparecidos mucho tiempo atrás. Se paseó entre los dos enormes pilares de piedra, analizándolos desde todos los ángulos y estudiando atentamente las superficies; buscaba indicios de que las formas generadas en la piedra de manera natural hubieran sido explotadas y exageradas por herramientas humanas, pero no encontró ninguno. Ninguno en absoluto. Desde lejos, estos restos de una antigua erupción semejaban, ciertamente, dos cabezas humanas de rostro estrecho y alargado y nariz y ojos estilizados. Pero el efecto era del todo fortuito, como la cara del hombre en la luna. De hecho, desde algunos ángulos el parecido desaparecía por completo. Eufórica, India extrajo su libreta y buscó una roca plana donde tomar asiento para trazar apresuradamente algunos bosquejos. Gracias al señor Ryder, tendría que dejar para más tarde una interpretación más exhaustiva y minuciosa basándose en sus anotaciones. India levantó el reloj, quizá por centésima vez, y lo estudió con detenimiento. Todavía tenía dos horas, pero India McKnight no era de la clase de personas que corrían riesgos innecesarios apurando hasta el último minuto. Estaba decidida a emprender el regreso a la playa con mucho tiempo por delante. El viento aumentó, llevándole el olor fresco y salobre del mar y el sonido difuso de las olas. Con una mano en la frente para protegerse los ojos del sol, contempló la bahía que se extendía a sus pies y le sorprendió ver un barco anclado junto a la entrada del paso que cruzaba el arrecife. La imagen le dio qué pensar, pero al aguzar la vista reconoció la enseña blanca de la Armada Real ondeando, tranquilizadora, en lo alto del mástil. Observó, asombrada, que la tripulación se disponía a arriar el bote. Luego regresó a sus bocetos.

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Capítulo 6
Alex Preston oteó desde la cubierta del Barracuda la masa de montañas verdinegras que despuntaba sobre las costas de Takaku. La belleza salvaje de la isla le atraía y repelía al mismo tiempo, como la llamada seductora, peligrosa, de una figura mítica. Ardía en deseos de conocerla y domarla, como si por el hecho de dominar su bestialidad salvaje pudiera vencer todos los impulsos primitivos, aterradores, que latían en él. —Me gustaría formar parte del pelotón de abordaje, señor —dijo cuando el capitán Granger se preparaba para sumarse a los marineros armados que aguardaban en el bote. Simon Granger levantó la vista del cinto de su espada. El feroz sol tropical aterrizó de lleno en una cara sorprendentemente joven para un capitán de barco. Probablemente no tenía más de treinta años, pensó Alex, apenas ocho años más que él. Así y todo, la competencia y las dotes de mando que había exhibido durante las largas y atroces semanas que siguieron al hundimiento del Lady Juliana no solo le habían convertido en un héroe, sino que habían favorecido enormemente su carrera. Alex experimentó una agitación que era parte envidia, parte determinación. Sería excelente para su carrera que el Barracuda consiguiera dar caza a Jack Ryder, y más aún si el propio Alex intervenía en la operación. Eso justificaría su presencia en el barco como teniente primero y acallaría a quienes opinaban que era demasiado joven, demasiado inexperto para el puesto, a quienes seguían murmurando sobre los contactos de su familia. Los que murmuraban no comprendían la responsabilidad de tales ascensos y las expectativas que acarreaban. —De acuerdo, señor Preston —contestó el capitán—. Si Ryder no está en el Sea Hawk, podrá permanecer a bordo del velero con un pequeño contingente mientras los demás bajamos a tierra. Decepcionado, Alex tragó saliva. —Me gustaría desembarcar, señor. —¿Por qué? —El capitán endureció la mirada, como si pudiera penetrar en los atormentados recovecos del alma de Alex—. ¿Para ver la isla? ¿O por la comprensible satisfacción de estar allí cuando capturemos a Ryder? No, no me conteste —añadió Granger, alzando una mano cuando Alex abrió la boca para hacer justamente eso—. Mejor respóndame a esto: ¿Nunca ha cometido un error, señor Preston? Alex vaciló. —De envergadura, no, señor. —Entonces puede considerarse un hombre afortunado. —El capitán se volvió hacia la escalera del barco—. Adelante, señor Preston. Confiemos en que la vida siga siendo tan generosa con usted.

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Jack alzó sobre la baranda del Sea Hawk una de sus piernas, cubierta con tela de lona, calzado y con un machete al cinto, y observó que la corbeta británica lanzaba al agua su esquife con un fuerte chapoteo. —Maldita sea, no puedo creerlo. ¿Qué diablos hacen aquí? Remos en mano, Patu le miró tristemente desde el bote. —Traté de avisarte. Dijiste que no estabas preocupado. Jack descendió por la cuerda de la escala y salvó de un salto el último metro que le separaba del pequeño bote. —Si fuera malpensado, juraría que Simon y esa condenada escocesa han tramado esto juntos. —Ya —farfulló Patu, remando con fuerza—. ¿No decías que tú y Granger erais viejos amigos? —¿Y eso qué tiene que ver? —Pues que yo, en su lugar, no habría esperado que una mujer como la señorita McKnight te interesara. —¿De qué demonios estás hablando? Esa mujer no me interesa. Lo hice por el dinero, ¿recuerdas? Jack contempló ceñudo la cima del monte Futapu. De acuerdo con sus cálculos, le esperaba un viaje por tierra —se negaba a llamarlo huida— de dos o tres días hasta el puerto francés de La Rochelle, situado en el lado norte de la isla. Patu se encargaría de vérselas con el pelotón de abordaje británico y de asegurarse de que la señorita McKnight regresaba a Neu Brenen. Condenada mujer, con sus malditas teorías sobre la migración polinesia y ese contagioso y seductor brillo de entusiasmo en los ojos. —¿Y si el capitán Granger adivina adonde te diriges y ordena que el Barracuda patrulle La Rochelle cuando yo vaya a recogerte? —preguntó Patu—. ¿Qué haremos entonces? Tan solo dos canales atravesaban el arrecife de coral que rodeaba Takaku: el paso de la bahía de Futapu y una brecha más ancha en el norte que desembocaba en el puerto comercial de La Rochelle. Había un tercer paso, una ruta tortuosa, apenas lo bastante ancha para una canoa, en el lado de barlovento de la isla, pero nadie en su sano juicio consideraría la posibilidad de cruzarlo, y menos aún en esa época del año. —En ese caso imagino que tendré que rondar por La Rochelle hasta que el Barracuda se vaya. Patu gruñó de nuevo y arrimó el bote a la playa. —Podría tratarse de mucho tiempo. Jack desembarcó y alcanzó la orilla. —Es preferible a la otra opción. —¿Qué otra opción? —La horca. Agarrando los costados del bote, se dispuso a desatracarlo. —¿Es cierto lo que dicen de los nativos? —preguntó de repente Patu, con las manos relajadas sobre los remos— ¿Que han recuperado la costumbre de comer seres humanos? —No cualquier ser humano. Solamente misioneros. Jack propinó al bote un fuerte empellón que lo alejó de la playa. —No te preocupes —gritó—, nadie me confundirá con un misionero. —Ya. —Apoyándose en los remos, Patu echó una ojeada al canal del - 32 -

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arrecife, que el esquife del Barracuda ya estaba cruzando—. Pero sí podrían confundir a la señorita McKnight. Jack se quedó en la orilla mirando el esquife. Un rayo de sol cegador pareció reflejarse en la lente de un catalejo. Luego se oyó un grito mezclado con el fragor del oleaje y el azote de la brisa marina. Jack echó a correr por la playa sorteando los cocoteros. Sus botas levantaban cascadas de arena que se dispersaban a su espalda. Por el momento seguiría el mismo camino que había tomado India McKnight, pues este le conduciría hasta el otro lado de la montaña, donde encontraría otro sendero que llevaba al norte. Cuando la selva espesó, redujo la carrera a un trote estable. Así y todo, el sudor no tardó en empaparle la camisa, rodarle por la cara y penetrarle en los ojos. Maldita sea, pensó entre jadeos. Demasiadas noches de brandy y kava. Hubo una época en que podía correr kilómetros y kilómetros sin planteárselo siquiera. Al llegar al cruce de los dos caminos se detuvo con las manos sobre los muslos y los ojos cerrados, luchando por llevar aire a sus pulmones. Enjugándose la frente empapada, abrió los ojos y se descubrió mirando unas huellas. No las huellas uniformes y artificiales que había visto dejar a los prácticos zapatos de la señorita McKnight en los tramos embarrados del camino que arrancaba de la playa, sino enormes huellas naturales, de dedos abiertos, pertenecientes a unos pies descalzos. A muchos, muchos pies descalzos. Habían pasado por ahí antes que la señorita McKnight, pero no mucho antes. —Maldita sea —farfulló Jack siguiendo las huellas con la mirada, un juego calzado y el resto no, que ascendían por el sendero. Se incorporó y permaneció inmóvil en medio del cruce, debatiéndose entre el impulso de continuar hacia el norte —y adentrarse en la seguridad de la selva, lejos, bien lejos de Simon Granger y el esquife repleto de marineros británicos armados que en ese momento, sin duda alguna, estaban trepando al Sea Hawk— y otro impulso, un impulso inoportuno y demente hasta el punto de resultar suicida. Se dijo que a lo mejor estaba equivocado, que los nativos que habían dejado esas huellas quizá no fueran caníbales y que, aunque lo fueran, podían no tener hambre. Se dijo que la señorita India McKnight era consciente del peligro de los caníbales cuando tomó la tozuda, dogmática decisión de subir la montaña para estudiar las Caras de Futapu. Se dijo que probablemente no tardaría en bajar. Jack conocía a las de su clase, siempre pendientes de la hora y siempre llegando pronto a las citas. Y en el caso de que realmente tropezara con los nativos, tenía a la condenada armada británica detenida frente a la costa para rescatarla. Aunque, por otro lado, existía la posibilidad de que Simon Granger no creyera a Patu. ¿Y si el capitán británico pensaba que Patu le estaba mintiendo sobre la existencia de una escocesa con falda de cuadros y salacot? ¿Y si el Barracuda obligaba a Patu a levar anclas y zarpar antes de que se agotaran las tres horas que Jack había dado a la mujer? ¿Qué le ocurriría entonces a la señorita India Maldita McKnight? Durante un instante peligrosamente largo, Jack se quedó en medio del cruce titubeando, mirando en una y otra dirección. Dio tres pasos firmes sobre el camino del norte, alejándose de Simon Granger, India - 33 -

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McKnight y los hombres que habían dejado ese número inquietante de huellas. Luego, blasfemando, giró sobre sus talones para iniciar el ascenso a la cima humeante del monte Futapu. Finalizados los bosquejos de las Caras de Futapu, India consultó la hora y decidió que disponía de tiempo para examinar más detenidamente la orilla del volcán. El cráter de Futapu, con más de un kilómetro de ancho y medio kilómetro de profundidad, formaba una zona de roca teñida y de ceniza gris vagamente eclipsada por un vapor sibilante. Aproximándose cuanto le permitió su audacia, India se asomó a un caldero de roca líquida, roja y anaranjada, y experimentó un sobrecogimiento reverencial. «He aquí las mismísimas entrañas de la tierra —pensó—, expuestas a los ojos del hombre.» Un chorro de lava naranja brotó inopinadamente de uno de los orificios del cráter con un estallido semejante a un disparo de cañón. Lanzando llamaradas, la violenta erupción fue elevándose cada vez más para luego regresar a la tierra, ennegrecida y agotada. Fue entonces cuando India reparó en una especie de plataforma de piedra situada junto al orificio, a unos noventa o cien metros de ella. Aunque no podía asegurarlo a esa distancia —¡ojalá no padeciera esa condenada miopía!—, tenía la impresión de que la plataforma no era una formación natural. Picada por la curiosidad, consultó la hora y apretó los labios con determinación. Debería estar preparándose para emprender el regreso a la playa. Si decidía examinar la plataforma, estaría apurando el tiempo más de lo conveniente. Así y todo, había planeado partir antes de lo necesario y la plataforma no estaba tan lejos. Si veía que tardaba más de lo previsto en llegar allí, sencillamente daría la vuelta y se marcharía. Ya tranquila, echó a andar por la orilla del volcán con la atención dividida entre pisar con cautela la traicionera superficie y vigilar el paso del tiempo que marcaban las manecillas de su reloj. No estaba allí. Bajo la sombra de las Caras de Futapu, Jack dibujó un lento círculo con la mirada que abarcó la extensión de rocas teñidas de rosa y blanco, el cielo azul y una selva verde sin fin. Ni un pedazo de tela escocesa a la vista. ¿Dónde diablos se había metido?Las huellas de los nativos abandonaban el sendero en un lugar próximo al manantial de aguas termales, pero eso no había tranquilizado a Jack. No le había gustado el olor de lo que fuera que alguien había dejado cociéndose en la roca. Mientras buscaba entre la maleza rastros de la fastidiosa escocesa, tenía un ojo puesto en detectar posibles destellos de piel morena. La idea de terminar en un caldero no le atraía lo más mínimo. En aquel lugar el terreno terminaba en un precipicio pelado hasta la bahía, de modo que también debía procurar mantenerse oculto por si a algún marino de ojo de lince se le ocurría levantar la vista. La idea de mecerse del extremo de un peñol británico le atraía tan poco como la de formar parte de un estofado nativo. Arrastrándose sobre su estómago, se acercó al borde del precipicio y vio que el esquife había dejado dos - 34 -

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marineros y un oficial a bordo del Sea Hawk y en ese momento se dirigía a la playa. De pie, en la proa, se adivinaba una silueta familiar alta y rígida y, detrás, el sol se reflejaba en los cañones engrasados de los fusiles que sobresalían entre los hombres. Había ido Simon en persona. Jack siempre supo que lo haría. En otros tiempos, Jack y ese hombre, al que habían enviado para detenerlo y ponerle la soga al cuello, habían sido como hermanos. Cuando se conocieron, siendo jóvenes guardiamarinas bajo las órdenes de un viejo capitán irascible y cascarrabias llamado Horatio Gladstone, sintieron un desprecio mutuo, pues su educación, su carácter y su actitud no podían ser más diferentes. Hijo menor de una antigua y altiva familia de Hampshire, Simon había crecido en un mundo de campos verdes y neblinosos rodeados de setos, donde los arrendatarios le saludaban con una reverencia y todo aquel que era alguien iba a Eton, Harrow o Winchester. Jack, por el contrario, había salido de las tierras interiores de Australia, los recuerdos de su infancia eran los espacios abiertos, las manadas de reses y las ceremonias aborígenes. Su familia era próspera, pero también bulliciosa y relajada, y se sentía especialmente orgullosa, a su manera, del carterista londinense y la prostituta irlandesa de la que descendía. La antipatía entre los dos guardiamarinas fue instantánea e intensa, pero eso no les impidió forjar, con el tiempo, un vínculo que juraron que duraría siempre. Como si hubiera percibido la mirada de Jack, Simon dirigió la vista hacia las escarpadas alturas. Jack hundió la cabeza y retrocedió, consciente, súbitamente, del implacable calor del sol tropical sobre los hombros y el violento latido de su corazón. Si se daba prisa, podría regresar al camino del norte sin tropezar con Simon y sus muchachos. Era posible que intentaran seguirle, pero Jack había pasado muchos años en las selvas del Pacífico Sur, mientras que Simon era, y siempre sería, un marino. Una golondrina de mar voló perezosamente sobre su cabeza, dirigiendo la atención de Jack a la orilla del volcán, donde una mujer con falda escocesa y un cuaderno en la mano observaba algo que él no podía ver. ¿Qué demonios estaba haciendo allí?, se preguntó, momentáneamente distraído. A esas horas ya tendría que estar bajando. Con una mano sobre el machete para evitar que golpeara ruidosamente en la piedra, Jack se alejó del borde del precipicio y se incorporó despacio. Acababa de tomar la decisión de marcharse y dejar a la señorita India McKnight en manos de Simon y sus muchachos cuando algo llamó su atención, algo que reconoció como las nalgas negras de un hombre, untadas generosamente de fango, que avanzaban furtivamente hacia la escocesa.

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Capítulo 7
La miopía constituía una sería desventaja para una escritora de libros de viajes, sobre todo si dicha escritora carecía de la entereza necesaria para arrimarse al borde de un volcán. O, mejor dicho, de la insensatez necesaria. India se dijo que, decididamente, sería una insensatez correr el riesgo de resbalar y sufrir tan espantoso final. Deteniéndose a una buena distancia del borde, se apoyó el canto del cuaderno en el estómago y escudriñó el saliente de roca que asomaba precariamente por encima del efervescente infierno. Probablemente era en esa roca, pensó con un escalofrío de ilícita emoción, donde los nativos ofrecían sus sacrificios al feroz dios de las profundidades. ¿Era el saliente una formación natural? Imposible saberlo desde esa distancia e imposible acercarse un poco más para comprobarlo. Pensó con nostalgia en el catalejo de Jack Ryder y decidió que en el futuro añadiría uno a la colección de objetos imprescindibles que transportaba en la mochila. Siempre pendiente del agobiante tictac de su reloj, procedió a plasmar la imagen con trazos rápidos y enérgicos. Otro minuto, cuanto necesitaba era otro minuto... —¿Qué demonios hace ahí arriba? La áspera voz de acento colonial, tan inesperada y próxima, la sacó bruscamente de su ensimismamiento. Sobresaltada, se volvió con tal premura que las botas resbalaron sobre las piedrecillas del suelo, lo que la obligó a alzar los brazos de forma precipitada y poco digna para no caer. Sus dedos se aferraron al canto de la libreta justo a tiempo para evitar que cayera en las profundidades candentes del cráter. Su mirada aterrizó entonces en Jack Ryder, que por una vez vestía un atuendo propio de su cultura. Cierto que llevaba la camisa desabotonada hasta la mitad de su torso bronceado y arremangada, dejando al descubierto unos brazos musculosos. Pero llevaba puesto un pantalón de lona y —milagro— unas botas. Le observó trepar con determinación por la roca que rodeaba el borde del volcán y la indignación se apoderó de ella. —De todos los hombres inconsiderados... —Cierre el pico y baje de ahí ahora mismo o le juro por Dios que dejaré que se la coman. —¿Comerme? —repitió India con una voz chillona impropia de ella, pues lo que veía en el semblante del australiano le había cortado la respiración. —Hasta el momento he visto tres nativos, y los tres la estaban espiando. —Jack Ryder se detuvo a sus pies, con la mano sobre el machete enfundado en la cadera, y en su rostro sudoroso se dibujó una extraña y espeluznante sonrisa—. Y puede apostar su polisón a que hay más. Temblando, India se detuvo en seco y puso todos sus sentidos en

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guardia. Solo sus globos oculares se movían, para escudriñar el contorno de la oscura selva tropical que rodeaba la cima. —No mire y baje de una vez. Tras guardar apresuradamente la libreta en la mochila, India bajó por la roca, resbalando los últimos metros hasta aterrizar a su lado. Él la agarró fuertemente del brazo. —Vamos a caminar deprisa, pero no demasiado deprisa —dijo con voz queda y serena—. No conviene que piensen que estamos asustados. ¿Asustados? India estaba tan asustada que los dedos le ardían, pero se obligó a caminar con calma. —No hace falta que me triture el brazo —dijo al cabo de un rato, en vista de que él seguía sujetándola cuando atravesaban el tramo de rocas acidas que se extendía entre ellos y el camino de la playa—. Comprendo la gravedad de la situación. Si se hubiera explicado con mayor claridad desde el principio, yo... —Ahorre saliva. Puede que tengamos que correr. India ahorró saliva. Sus largas piernas, gracias a la abertura de la falda, se adaptaban fácilmente a las zancadas del australiano, pero el ritmo era brutal. Tras dejar atrás la cara rocosa del volcán, se adentraron de nuevo en la oscura espesura de la selva. La masa de hayas, laureles, pandanáceas y trepadoras bloqueó al instante la visión del mar y los refrescantes vientos alisios que lo azotaban. Allí todo era penumbra, calor sofocante y un olor denso a tierra húmeda y fecunda. Pasaron por el estanque termal, con su vago aroma a carne cocida, y, acto seguido, por el primer manantial con el que India había tropezado. El bosque primigenio seguía envolviéndolos, aparentemente vacío y quedo, salvo por los crujidos furtivos de pequeñas criaturas invisibles y la protesta estridente de un loro de vivos colores. —¿Nos siguen? —preguntó ella al fin, cuando ya no pudo soportar el suspense. El hombre, a su lado, no aminoró el paso, pero le lanzó una mirada burlona. —¿Nos quedamos un rato para comprobarlo? India calló de nuevo. El sendero atravesaba ahora una zona de afloramientos rocosos junto a escarpados e imprevisibles precipicios, y al ritmo que avanzaban le costaba mantener el equilibro sobre el fango empinado del camino. En una ocasión su pie resbaló sobre una capa de excrementos y salió disparado; en ese momento agradeció que él siguiera triturándole el brazo, a pesar de que estuvo en un tris de dislocarle el hombro cuando tiró de ella. India se agarró a su camisa, a la altura del pecho, haciendo equilibrios y respirando entrecortadamente. Él la sujetó por el otro hombro para tranquilizarla y la observó con expresión ceñuda. —¿Está bien? Ella asintió con firmeza. —Sí, gracias. Solo necesitaba un instante para recuperar el aliento. Yo... El disparo de un rifle retumbó en la selva. La corteza de un árbol situado a unos centímetros de su cara salió volando e India dio un grito. —Maldita sea —blasfemó Jack Ryder en tanto que tiraba de India para ocultarse tras la roca más cercana. - 37 -

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India apoyó la espalda en el musgo que envolvía la roca. El corazón le latía con dolorosa violencia. —Eso no son caníbales —dijo en un susurro ahogado—. ¿Quién...? —No disparen, insensatos —gritó una voz inglesa, fría y vagamente familiar, desde abajo, una voz que India había escuchado en los muelles del puerto de Rabaul—. Podrían haber dado a la señorita McKnight. —Dios mío —exclamó India—, es el capitán Granger. Advirtió que el hombre, a su lado, se ponía rígido y la atravesaba con su mortífera mirada azul. —¿Es amigo suyo? —preguntó con un desagradable dejo. India negó con la cabeza, súbitamente desconcertada y más asustada de lo que lo había estado en la cima, rodeada de caníbales. Las manos de Jack Ryder descendieron por sus hombros y la propulsaron hacia delante hasta hacerla chocar con él. Con la mano abierta sobre un pecho de intimidadora dureza y la cabeza forzada hacia atrás, India le miró a los ojos y se apoderó de ella un pánico que le robó el poco aliento que le quedaba. —¿Me ha tendido una condenada trampa, verdad? —dijo Jack Ryder en un tono quedo y tranquilo. Sus labios esbozaron una sonrisa feroz—. Maldita zorra. India se quedó muda. Le había creído tranquilo y holgazán, un degenerado molesto pero, básicamente, inofensivo. Ahora, enfrentada a su mirada iracunda, comprendió lo equivocada que estaba. Negó con la cabeza. —No sé de qué me habla. —Será mejor que te rindas, Jack —gritó una voz desde abajo—. Tengo conmigo a seis marineros armados. Asoma la cabeza por encima de esa roca y la perderás. Es el final, Jack. El australiano agarró a India por la muñeca y le giró dolorosamente el codo, maniobra que ella no entendió hasta que notó su espalda contra el torso de él y vio cómo la hoja del machete atravesaba el aire hasta posarse a un centímetro de su garganta. —Usted me metió en esto —le susurró Jack Ryder al oído mientras le aplastaba los senos con su poderoso brazo en un esfuerzo por retenerla contra su pecho. Semejaba una parodia letal de un abrazo de amantes—. Y usted me sacará. —Pero yo no... Él volvió bruscamente la cabeza para gritar a los hombres: —Creo que se olvidan de algo. Tengo a la señorita McKnight. Hubo una pausa, invadida por el silencio furtivo de la selva. —Es un farol —replicó Granger—. No le harías daño. Te conozco, Jack. —Me conocías. —Aguardó unos instantes, como si quisiera dar tiempo a que sus palabras hicieran mella—. Ahora, Simon, voy a levantarme y a llevarme a la señorita McKnight, de modo que si alguien intenta volarme la cabeza, es probable que también se la vuele a ella. ¿He mencionado que tiene un machete peligrosamente próximo a la garganta? India trató de resistirse, pero él la agarró brutalmente del brazo y la levantó mientras la afilada hoja del machete se mantenía tan cerca de su garganta que podía sentir su frialdad. Tan solo fue capaz de protestar con un gemido ahogado. Su miedo era como un peso asfixiante que le robaba - 38 -

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el aire y le exprimía el pecho. Entonces pudo divisarlos en el sendero: el capitán Granger, aferrada la mano a la empuñadura de su espada con colérica impotencia, y seis marineros apuntando con sus rifles a India y al hombre que la retenía. Ryder y el capitán se miraron durante un instante insoportable e India tuvo la sensación de que el aire entre los dos vibraba con la violenta intensidad de sus emociones. India podía sentir la vehemente palpitación del pecho de Ryder en la espalda, el calor de su aliento en el cuello, el poder de su brazo moreno y musculoso contra los senos. —Di a tus hombres que bajen los rifles —ordenó Ryder—. Ahora — añadió bruscamente al ver que los marineros seguían apuntándole. Granger se volvió con la mandíbula apretada. —Descansen. Seis cañones de rifle descendieron e India se acordó de respirar. Los dos hombres se miraron de nuevo. —Ahora diles que dejen los rifles en el suelo. La dura mirada del rubio capitán no flaqueó ni un instante. —Obedezcan —dijo entre dientes. —Con suavidad —añadió Ryder, reajustando la mano en el mango del machete que amenazaba la garganta de India—. Soy un hombre muy nervioso. Si alguien me sobresalta, la señorita McKnight podría terminar con un desagradable tajo en el cuello. Lo dijo para impresionar, naturalmente. India sabía que el desalmado que la retenía no estaba nervioso ni se sobresaltaba con facilidad. Puede que en otras circunstancias hasta hubiera admirado su sangre fría. Pero tampoco tenía dudas en cuanto a su crueldad. Jack Ryder no vacilaría en verter su sangre de juzgarlo necesario. Los marineros dejaron las armas en el suelo e India soltó un suspiro de alivio. —Ahora retrocedan. Tú también, Simon. Eso es, caballeros, continúen. Alto, ahí está bien. —La voz de Ryder había adquirido un tono jocoso que desconcertó a India, hasta que añadió—: Y ahora, caballeros, van a desnudarse. El capitán estaba tan atónito que dio un respingo. Los marineros, a su espalda, empezaron a intercambiar murmullos y miradas de recelo. —Han oído bien —dijo Ryder—, pero no todos al mismo tiempo. Lo harán uno a uno, empezando por ti, Simon. El inglés soltó una risa amarga y cruzó los brazos sobre el pecho con gesto desafiante. —Por encima de mi cadáver. —Una actitud muy loable, desde luego, pero te olvidas del gaznate de la señorita McKnight. —El australiano cambió de postura e India notó el contacto de la cuchilla en la piel. Antes de que pudiera cerrarlos, sus labios dejaron escapar un grito ahogado—. ¿Qué opinaría sobre eso el Almirantazgo...? Granger apretó los dientes. —Desgraciado. —Empieza por la espada, Simon —ordenó Ryder—. Despacio —añadió cuando el capitán procedió a obedecer con manifiesto resentimiento—. Ahora, arrójala por el precipicio. Granger titubeó un instante y, a continuación, lanzó la espada al - 39 -

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vacío. India la oyó rebotar contra las rocas con un sonido metálico. —Ahora, la chaqueta. El capitán ya estaba desabotonándose la camisa con movimientos rápidos y bruscos cuando a India se le ocurrió cerrar los ojos como muestra de respeto hacia el pudor del desdichado hombre. Pero a pesar de ser una imposición voluntaria, encontró la oscuridad extrañamente aterradora. Abrió de nuevo los ojos pero mantuvo la cabeza echada hacia atrás y la mirada clavada en las verdes copas de los árboles. —Ahora, tú —dijo Ryder señalando con la cabeza a un marinero, después de que los calzones del capitán se hubieran sumado al resto de sus pertenencias, apiladas en la orilla del acantilado—. Empieza por las botas. India seguía con la mirada fija en las frondosas ramas, pero las explícitas instrucciones de Ryder y el frufrú de la ropa al ser extraída la mantenían dolorosamente al tanto de lo que estaba ocurriendo. Ryder sometió a todos los hombres, uno a uno, al lento desnudamiento. India creía que lo hacía para humillarlos, hasta que le oyó decir con voz fría y serena: —Acércate un paso más a ese rifle, marinero, y tendremos la oportunidad de saber de qué color es la sangre de una escocesa. Y comprendió que Jack Ryder no tenía otro modo de controlar la situación; en medio de la confusión que se hubiera generado con siete hombres desnudándose al mismo tiempo, más de uno habría podido abalanzarse fácilmente sobre los rifles que descansaban en el suelo. La tensión de mantener la cabeza hacia atrás estaba empezando a contraerle la nuca, pero se resistía a bajar los ojos. No iba a mirar... —Tú —dijo Ryder cuando el último de los hombres de Su Majestad quedó en cueros. Una voz aguda chirrió: —¿Yo? —Sí, tú. Quiero que recojas todos esos rifles, uno por uno, y los arrojes por el acantilado. Vamos, obedece. Hubo una pausa, luego un rumor de maleza y un «¡Ay!» ahogado que indicó a India que el hombre en cuestión estaba caminando, probablemente, descalzo. —Y recuerda —añadió Ryder—, como intentes algo, la señorita McKnight será quien lo pague. Pese a sus mejores intenciones, la mirada de India flaqueó y se llevó una impresión rápida e impactante de un grupo de hombres de rostro colorado y cuerpo blanco, de hombros hundidos y manos sobre la entrepierna, y de un hombre rubio y enjuto, con el cuerpo inclinado, que se cubría las partes con una mano mientras se agachaba para recoger un rifle. Después los ojos de India regresaron rápidamente a la bóveda selvática. —Creo que eso será todo, caballeros —dijo a su espalda la voz odiosamente lacónica cuando el último rifle se hubo estrellado contra el acantilado y un silencio expectante inundó la selva. India advirtió que su cuerpo se iba tensando ante la incógnita de lo que iba a ocurrir a continuación. Durante los últimos diez minutos se había estado preguntando qué haría si también ella recibía la orden de - 40 -

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desnudarse, y finalmente llegó a la conclusión de que su raptor, si quería, podía rajarle la garganta con el machete, porque ella no estaba dispuesta a quitarse ni el pañuelo. —Podéis iros —le oyó decir—, pero de uno en uno. Daos la vuelta y bajad por el sendero en fila. No, usted no —susurró en la oreja de ella en tono jocoso, apretándole el brazo cuando India trató de soltarse. India ya no miraba el verde follaje que pendía sobre sus cabezas. De repente la desnudez de los hombres le pareció mucho menos importante que lo que estaba a punto de ocurrirle a ella. Los vio salir disparados por el sendero, uno tras otro, los descalzos pies resbalando en el fango, los blancos cuerpos contrastando con la penumbra de la selva. Solo Simon Granger se había quedado donde estaba. Sus manos ya no cubrían la entrepierna, sino que pendían a los lados con los puños apretados. —¿Y la señorita McKnight? —preguntó con la cabeza bien alta y la voz tirante pero enérgica. Adornada con una sonrisa, la respuesta de Jack Ryder fue lenta y provocadora. —Ella viene conmigo.

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Capítulo 8
India soltó un gritito que acercó peligrosamente los tensos tendones de su cuello a la afilada cuchilla del machete. Se detuvo en seco. —No hablas en serio —dijo el capitán Granger. Jack Ryder soltó una risa queda y malévola. —¿Siendo lo único que se interpone entre mi persona y la horca? Por supuesto que hablo en serio. —¿Quieres un rehén? —El inglés abrió los brazos en señal de entrega —. Tómame a mí y deja ir a la mujer, Jack. El despreciable desalmado que la sujetaba rió una vez más con una crueldad que India juzgó innecesaria. —Tu ofrecimiento es todo un detalle, Simon, pero no puede decirse que vayas vestido para caminar por la selva. En la tirante mandíbula del inglés sobresalió un músculo. —Nunca pensé que te vería escudarte detrás de una mujer. —¿De veras? —El tono burlón había sido sustituido por un timbre gélido, letal, que estremeció a India—. Hubo un tiempo en que pensé que nunca te vería matar mujeres. Eso demuestra lo mucho que un hombre puede equivocarse con respecto a otro. —Obedecía órdenes y lo sabes. Un temblor colérico recorrió el cuerpo del australiano e India sintió una cuchillada de pánico. Luego notó que el hombre se relajaba y que su voz sonaba increíblemente triste y cansada cuando dijo: —Será mejor que te largues, Simon. Los dos hombres se miraron durante un largo instante. Simon Granger dijo entonces: —Jack, sabes que no voy a rendirme. —Lo sé. El inglés se dispuso a partir e India tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para mantener las mandíbulas apretadas y no gritar «¡No, no me deje aquí con él!». Presa de una desesperación que la desgarraba por dentro, observó cómo Simon Granger descendía con tiento por el resbaladizo sendero. Su cuerpo desnudo, alto y blanco, titilaba como un espectro entre los árboles musgosos y las trepadoras. Luego desapareció tras un afloramiento de rocas volcánicas e India se quedó sola en la selva, con un australiano demente, renegado y armado con un machete, y vigilada por un número desconocido de caníbales. Jack siguió sujetando a la señorita McKnight por la muñeca, estrujándole la caja torácica con un brazo y apuntándole al cuello con el machete. Aguardó a que Simon desapareciera de su vista, y solo se oyeran los murmullos de la selva y la respiración trabajosa de la mujer,

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cuyos senos subían y bajaban con cada inspiración, para soltarla y retroceder con cautela. No estaba seguro de cuál iba a ser la reacción de ella. Tal vez se desmayara o sufriera un ataque de histeria, o hasta podía ser que echara a correr. No hizo ninguna de esas tres cosas. La señorita McKnight permaneció erguida, todavía de espaldas a él, frotándose con una mano la muñeca que él había retenido con tanta violencia y tocándose el cuello con los dedos de la otra. Cuando finalmente se dio la vuelta, fue para mostrarle una cara pálida pero serena. —Bien, señor Ryder —dijo con esa voz de maestra de catequesis—, ¿qué haremos ahora, dado que regresar al Sea Hawk ha dejado de ser una opción? Jack rió con suavidad y se enfundó el machete. Efectivamente, ¿y ahora qué? Cuando Simon y sus hombres asomaron por el sendero, Jack solo pensó en salir vivo del aprieto y buscar la forma de huir. Únicamente ahora, observando a la mujer del salacot, de hombros derechos y delicados ojos grises cargados de desprecio, cayó en la cuenta del lío en el que se había metido. Durante los próximos dos días tendría que patearse una selva infestada de caníbales en compañía de la amazona más incordiante y mordaz que había tenido la desgracia de conocer en su vida. Y, por si eso fuera poco, apostaba su machete a que en cuanto Simon y sus hombres consiguieran nuevas ropas y armas, reanudarían la persecución. Simon le habría perseguido de todos modos, pero no favorecía a su ya larga lista de delitos el haber añadido el secuestro de una conocida escritora de viajes. —Lo que haremos ahora —dijo Jack, tomándola del codo y empujándola con amable insistencia por el sendero— es caminar. Y deprisa. Ella apartó el codo pero siguió andando. —¿Y adonde nos dirigimos exactamente? —A La Rochelle. —¿La Rochelle? —La señorita McKnight frenó en seco y se volvió para mirarle—. Pero... tardaremos varios días. —Dos, según mis cálculos. Si nos movemos. —¿Dos? —Ella enderezó los hombros y cruzó los brazos por debajo de sus imponentes senos, como una valquiria preparándose para guerrear. Solo le faltaba la espada y una calavera rebosante de aguamiel, pensó Jack—. Me niego a acompañarle. Él observó a la escultural mujer de fuerte mandíbula que tenía delante. Tal vez pudiera intimidar a una fémina más menuda, más débil, pero esta casi le igualaba en estatura. Además, dudaba mucho de que alguien hubiera logrado intimidar alguna vez a la señorita India McKnight. Cambió de táctica. —¿Quiere que la deje aquí sola? —No me asusta estar sola. —Se olvida de los caníbales. Ella hizo una mueca de desdén. —¿Realmente me cree tan idiota como para volver a tragarme ese cuento? - 43 -

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—¿Cuento? ¿Piensa que es un cuento? ¿Y quién cree que dejó esa huella? —Jack señaló un punto del sendero embarrado donde se veía claramente la huella descalza de un ser humano. —Obviamente, alguno de los desdichados a los que obligó a desvestirse. —Llevaban los pies descalzos al bajar, no al subir. Ella le miró con serena incredulidad. —Usted se dio cuenta de que necesitaba un rehén y... —¿Un rehén? —Jack se inclinó sobre ella—. Maldita sea, si no me hubiera preocupado tanto la posibilidad de que se la comieran, ahora no necesitaría un rehén. Giró sobre sus talones y levantó la cabeza, absorbiendo con la vista un torbellino de verde follaje antes de girarse de nuevo para clavarle una mirada llena de suspicacia. —¿Qué cree exactamente que tengo planeado hacer con usted? ¿Arrastrarla hasta el interior de la selva y violarla? Vio que el rubor subía por las mejillas de India McKnight y que su respiración desvelaba un miedo inequívoco. —Dios, eso es lo que cree. —Apretando la mandíbula, Jack sacudió un dedo debajo de la delgada nariz de la mujer—. Deje que le diga algo, señorita. No estoy tan necesitado. Nos encontramos en el maldito Pacífico Sur, ¿recuerda? Estas islas están llenas de mujeres desnudas y complacientes. Aquí los hombres no necesitan recurrir al secuestro y la violación para desfogarse. —Calló y la recorrió con la mirada, deteniéndose en su generoso busto más de lo que hubiera deseado—. ¡Y aunque así fuera, no elegiría a una condenada inglesa frígida y arrogante! Ella le miró fijamente, cada vez más colorada, con la respiración cada vez más acelerada entre sus labios semiabiertos, pero tan solo dijo: —Soy escocesa, no inglesa. En ese momento un golpe de brisa agitó la frondosa bóveda con un movimiento que hizo caer un coco en algún lugar cercano, pues el impacto reverberó en la jungla. Jack lanzó una rápida mirada al pedazo de cielo que asomaba entre el follaje. Por la clase de sonidos que se oían, se acercaba una borrasca. Blasfemando entre dientes, desenfundó el machete y enderezó el brazo hasta que la punta del arma descansó en el pecho de la mujer, justo por encima del corazón. —Escuche, señorita McKnight, me trae sin cuidado que sea inglesa, escocesa o transilvana. Limítese a caminar. Ella palideció ligeramente, pero no se movió de su sitio. —Está fanfarroneando. Si me mata, ya no tendrá rehén, así que no tiene sentido que lo haga. —¿Quiere apostar la vida a que sí? Se miraron. El viento cesó y en la repentina quietud el bochornoso calor pareció más asfixiante que nunca. Jack observó que una gota de sudor se formaba en la frente de la mujer y le rodaba por la sien. Justo cuando pensaba que iba a encarársele, parpadeó y desvió la mirada. —Muy bien, señor Ryder, puede guardarse el machete. —La señorita McKnight giró sobre sus talones y echó a andar por el camino, tiesa la espalda y el salacot bien alto—. Pero cuando le cuelguen, pienso estar allí para verlo. - 44 -

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Jack se pasó un brazo por la frente sudorosa y la siguió. —Primero tienen que atraparme. Había dado por sentado que ella se entretendría deliberadamente por el camino para demorarle, pero le seguía con facilidad, igualando con sus largas piernas las zancadas de él. Después de observarla, Jack llegó a la conclusión de que era una de esas mujeres con un andar hombruno por naturaleza. Sospechaba que era incapaz de caminar despacio, por mucho que lo intentara. Ese pensamiento le arrancó una extraña sonrisa que se desvaneció súbitamente, dejando un dolor inesperado, triste y nostálgico. Ella caminaba inmersa en un silencio distante, huraño, deleitándose, sin duda, con imágenes del cuerpo inerte de Jack girando desde el extremo de una soga. Su interés por el entorno, sin embargo, no tardó en hacer acto de presencia y Jack tenía que pincharla cada vez que se detenía para estudiar una seta peculiar que crecía en un tronco descompuesto o estudiar un periquito rojo que revoloteaba entre las ramas de un árbol del pan. Jack supuso que era inevitable que tarde o temprano dirigiera hacia él su desmedido sentido de la curiosidad. —¿Por qué le persigue la armada británica? —preguntó mientras sorteaban un enjambre de pinos viejos autóctonos mezclados con robles, laureles y helechos arborescentes. Él la miró estupefacto. —¿No se molestó en averiguarlo antes de acceder a ayudar a Simon Granger a capturarme? Se produjo un silencio largo e incómodo. Entonces, ella dijo: —Tenía dificultades para encontrar a alguien dispuesto a llevarme a Takaku y el capitán Granger me habló de usted. Desconocía sus intenciones. No quería creerla pero, cuando estudió su perfil, Jack pensó que probablemente decía la verdad. Era demasiado mojigata y obstinada para mentir de forma convincente. Se preguntó si la habría secuestrado y amenazado con el machete si no hubiera creído, en ese primer arrebato de furia, que le había tendido deliberadamente una trampa. Seguía dando vueltas a esa pregunta cuando ella dijo: —¿Realmente fue oficial de la armada británica? Por la forma en que lo preguntó, cualquier habría pensado que era lo más inimaginable del mundo. —Sí —farfulló él. —¿Desertó? —No exactamente. —Entonces, ¿qué pasó? —Mi barco se hundió. Ella se volvió para mirarle. —¿Fue culpa suya? —El Almirantazgo cree que sí. Ella siguió mirándole. —¿Lo fue? —En parte, sí. —¿Y en qué parte no lo fue? - 45 -

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Era una pregunta perspicaz, pero una pregunta que Jack no tenía intención de responder. Entre ellos se hizo el silencio, el cual se alargó tanto que Jack pensó que se había olvidado del tema. Estaba equivocado. De repente, India McKnight dijo: —Me contó que había sido su amigo. —¿Simon? Sí, lo fue. —Fue muy cruel lo que hizo, obligarles a él y a sus hombres a regresar al barco en ese estado. —Los nativos se pasan la vida corriendo por la selva con el trasero al aire. ¿Por qué no pueden hacerlo Simon y sus marineros? —Porque son blancos. —¿Qué importa eso? ¿Nunca ha visto a un hombre blanco desnudo? —Por supuesto que sí. Jack rió. —Claro, me vio a mí. —No me refería a usted. Jack se volvió para mirarla y le sorprendió descubrir un ligero enrojecimiento en sus mejillas. Si no la conociera, pensaría que la señorita Indomable McKnight se había ruborizado. —Mi querida señorita McKnight, es usted una caja de sorpresas. ¿Dónde? Ella desvió rápidamente los ojos. —Me parece que eso no es asunto suyo. —¿Cuántos años tenía él? ¿Dos? Ella, en lugar de responder, mantuvo la vista al frente, hasta que su bota tropezó con una raíz y dio un traspiés. —Le aconsejo que mire por dónde pisa —señaló él amablemente. Ella le lanzó una mirada fulminante y siguió caminando. India había elaborado y descartado cuatro planes distintos para su huida antes de decantarse por la única estrategia que ofrecía un grado razonable de éxito. Hacía un buen rato que habían abandonado el camino original para tomar una senda más estrecha que, supuso, conducía al norte de la isla. La senda transcurría al principio por la empinada falda del volcán y luego se sumergía en una cañada, invadida por la selva, que separaba el monte Futapu de los escarpados cerros del siguiente pico volcánico, de altura superior. Con cada paso que daba, India tomaba mayor conciencia de la creciente distancia que la separaba del Barracuda y la seguridad que ese barco había acabado por representar. Pero si quería escapar de ese demente armado con machete tenía que elegir el momento con mucho, mucho cuidado. Su oportunidad se presentó en la base de la cañada, cuando cruzaban un riachuelo que transcurría, transparente y melodioso, entre sendas orillas de musgo y helechos. Jack Ryder se arrodilló en una roca plana para introducir las manos en el arroyo y refrescarse el rostro. La desgastada camisa de algodón se ciñó a los músculos de su torso cuando cerró los ojos y dejó que el agua corriera por sus mejillas y su garganta nervuda. India se quedó atrás y, con una voz turbada que solo fingió a medias, dijo: - 46 -

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—Necesito unos momentos de intimidad detrás de esas rocas. Él se volvió y la observó pensativo, arrugando sus oscuras cejas. —¿No sería tan estúpida como para intentar huir, verdad? India soltó una risita apagada. —¿Hasta dónde podría llegar? —¿Antes de que la atrapara quién? ¿Yo o los caníbales? Sin dignarse responder, India avanzó hacia la hilera de rocas basálticas que ocultaban eficientemente el camino que conducía a la bahía. —Me trae sin cuidado la roca que elija —dijo él—, siempre y cuando pueda ver la punta de su salacot cuando se agache. —Señor, es usted repugnante. —En absoluto. Únicamente muy desconfiado. Oculta detrás de las rocas, India buscó frenéticamente algo que le sirviera de puntal y lo encontró en la forma de un sólido tronco de bambú. Tras clavarlo en la tierra esponjosa, procedió a quitarse el salacot muy despacio. —No se demore demasiado, ¿me oye? —gritó Jack Ryder. —Me... me temo que estoy algo indispuesta —respondió ella con voz trémula—. Tenga paciencia, señor Ryder. Le oyó mascullar una respuesta, pero no creía que él esperara realmente que huyera. Ni siquiera miró hacia las rocas cuando India se escabulló, dejando su salacot balanceándose suavemente con la brisa de la tarde.

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Capítulo 9
India calculó que disponía, como mucho, de cinco minutos antes de que él advirtiera que había huido. Cada nervio de su cuerpo le gritaba que echara a correr, pero se obligó a avanzar con el máximo sigilo hasta que hubiera puesto una distancia prudente entre los dos. La selva, oscura y densa, la envolvió y engulló el sonido y la luz. India lanzó entonces una rauda mirada sobre su hombro y echó a correr. Corrió sin detenerse un solo instante, la mochila le golpeaba en la cadera, los pies resbalaban por el sendero embarrado, su mundo era una mancha de diferentes verdes que giraba enloquecida a su alrededor. Siempre se había tenido por una mujer fuerte y sana, pero cuando el camino ascendió bruscamente, sorteando hayas tropicales, pandanáceas y trepadoras, empezó a respirar con jadeos cortos y entrecortados. Así y todo, no flaqueó, pese a tener los pulmones a punto de reventar y el rostro caliente y bañado en sudor. Algunos mechones de su remilgado moño habían escapado para pegársele a la empapada nuca. No se hacía ilusiones en cuanto a sus posibilidades de esquivar al señor Ryder. Pese a la abertura de la falda, no disfrutaba de la misma libertad de movimiento que un hombre. Y después de lo que había visto el día anterior y aquella mañana, no dudaba de la buena forma física del cuerpo fuerte y musculoso del australiano. Si decidiera ir tras ella, tarde o temprano le daría alcance. Pero India sospechaba que no la seguiría. Ella ya había cumplido su función. Él la había utilizado para escapar de Simon Granger y sus hombres. Y aunque su presencia podría resultar una buena baza en otra situación similar, dudaba mucho de que Jack Ryder estuviera dispuesto a correr el riesgo de invertir tiempo en retroceder e ir tras ella. Oh, probablemente se pasaría un rato despotricando y dando vueltas buscándola. Sonrió para sus adentros al imaginar su imponente furia cuando se diera cuenta de que ella le había engañado. Así y todo, estaba segura de que no tardaría en retomar el camino que conducía a La Rochelle. India tropezó con una raíz y avanzó a trompicones hasta detenerse. El corazón le latía con tal vehemencia que le temblaba todo el cuerpo y empezaba a sentirse mareada. Dejando escapar un gemido, apoyó la espalda en el tronco de una casuarina que crecía junto al camino y cerró los ojos mientras absorbía generosas bocanadas de un aire húmedo e impregnado de exóticos olores. Solo medio minuto, se dijo. Descansaría allí medio minuto y luego seguiría. Quizá fuera la repentina quietud del bosque circundante lo que la previno, o quizá el inesperado e instintivo escalofrío que le trepó por la columna, pero el caso es que India sintió que el aliento se detenía en su

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garganta, ahogándola. Lentamente, y presa del pánico por lo que se disponía a ver, abrió los ojos. El aire que había estado reteniendo escapó de su boca con un aullido de atónito terror mientras miraba a los hombres desnudos, de piel oscura, que formaban un apretado semicírculo a menos de dos metros de ella. Jack alzó la vista hacia el espeso follaje. La lluvia todavía se resistía a caer, pero podía olfatearla e incluso sentirla planeando sobre la isla como un mutismo opresivo. —Por todos los diablos, mujer —gritó—, ¿cuánto tiempo piensa seguir ahí? El suave murmullo del arroyo llenó el silencio que recibió como respuesta. Jack se levantó bruscamente, fijó la mirada en la cresta del condenado salacot, y una terrible sospecha se formó en su mente. —¿Señorita McKnight? Será mejor que diga algo pronto porque, de lo contrario, rodearé esas rocas. Mientras lo decía ya sabía que no obtendría respuesta. Estaba solo en la cañada, y si no hubiera estado absorto en recuerdos oscuros e inútiles, se habría percatado antes de ello. Blasfemando para sí, corrió hasta el otro lado de las rocas. El salacot estaba allí, cuidadosamente apuntalado para que asomara a duras penas por encima de las piedras. Pero la señorita India McKnight había desaparecido. —Lamadrequela... Giró en círculo, barriendo con la mirada la espesura de las caobas y los hutus cubiertos de helechos, orquídeas y jazmines. Solo había podido ir en una dirección: hacia el camino que conducía a la bahía y el Barracuda. Escudriñando la empinada senda, Jack titubeó un instante. «Probablemente esté bien —se dijo—. Puede que hasta se encuentre con Simon y los muchachos subiendo nuevamente desde la bahía.» Pero por mucho que quería creerlo, Jack sabía que la señorita McKnight no tenía ninguna posibilidad de escapar. Aunque no había visto a los nativos que les habían estado siguiendo durante la última hora, en todo momento había sabido que estaban allí, vigilando. Se dijo que la señorita McKnight no era su responsabilidad. Era ella quien había insistido en ir a esa maldita isla. Él le había advertido de la presencia de caníbales, ¿o no? Aun así, también tenía que reconocer que ella no se hallaría en esa situación si él no le hubiera impedido que se fuera con Simon. Dirigiendo una última y desesperada mirada hacia el norte, Jack desenfundó su machete y, con un trote suave, puso rumbo al monte Futapu. Alex estaba en la entrada de las dependencias del capitán, viendo a Simon Granger introducir un pie en las botas de repuesto y luego el otro. —Esta vez déjeme ir a tierra con usted. El capitán alzó su rubia cabeza con una sonrisa. —Debí dejarle venir con nosotros la última vez. Que te obliguen a - 49 -

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desnudarte por completo en medio de una selva infestada de caníbales es toda una experiencia. Alex notó que enrojecía, indirectamente, de humillación. —Lo que ese hombre hizo fue espeluznante. Vergonzoso. —Y muy inteligente. Desconcertado, Alex observó durante un largo instante al capitán. —Casi se diría que le admira. Una sonrisa extraña, no del todo agradable, se dibujó en los labios de Granger. —Oh, siempre he admirado la inteligencia de Jack Ryder. —Recuperó la seriedad—. Pero no cometa el error de pensar que tengo intención de permitir que se nos escape de las manos. Alex asintió, aunque no muy convencido. —Tiemblo solo de pensar en las vejaciones a las que esa pobre mujer será sometida entretanto. —¿La señorita McKnight? Jack no la violará, si es eso a lo que se refiere. A eso justamente se refería, pero Alex notó que la franqueza de su superior le incomodaba. —No puede estar seguro. El capitán se levantó perezosamente. —Olvida que conozco a Jack Ryder. Con las manos apretadas detrás de la espalda, Alex se aclaró de nuevo la garganta. —No ha dicho si puedo unirme al pelotón de reconocimiento, señor. Un extraño destello iluminó la mirada del capitán. —Por supuesto que puede, señor Preston. Creo que lo necesita. Le ataron las manos y los pies y la colgaron como a un cerdo de un palo suspendido entre los hombros de dos nativos. Cerdo largo, pensó ella con una euforia fruto, probablemente, de una risa histérica. Pero la risa no llegó a brotar porque tenía los dientes fuertemente apretados. Tenía que apretarlos para no gritar. No se había resistido. Habría sido inútil, en cualquier caso, y tan solo se habría ganado un porrazo en la cabeza con un garrote, porrazo que podría haberla matado o, cuando menos, robado el conocimiento. E India no tenía el más mínimo deseo de perder el conocimiento. Iba a necesitar todo su ingenio si quería tener la más mínima oportunidad de salir de aquello con vida. Era una forma incómoda de viajar por la jungla, suspendida de un palo, las manos y los pies entumecidos, balanceándose de un lado a otro con cada paso de sus captores, cual espantosa evocación de la cuna de un bebé. Dejaron el sendero principal casi de inmediato y tomaron un camino hasta tal punto eclipsado por cañaverales y lianas que nadie, salvo un nativo, podría encontrarlo. India sabía que con cada paso se reducían sus probabilidades de ser rescatada. Empeñados como estaban en dar caza a Jack Ryder —y creyéndola con él—, seguro que Simon Granger y sus hombres pasarían disparados frente a ese sendero, sin reparar en él. Y en cuanto a Jack Ryder... en fin, un hombre capaz de amenazar a una mujer - 50 -

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con zarpar y abandonarla en una isla infestada de caníbales era improbable que asumiera el papel de héroe salvador. El hecho de comprender que el australiano le había contado la verdad acerca de los caníbales no logró, con todo, mejorar la opinión que tenía de él. Ryder sabía que había caníbales en la selva acechándoles y, así y todo, la había expuesto deliberadamente a ese peligro secuestrándola y obligándola a emprender un viaje demente hacia el norte. Si había justicia en este mundo, sería Jack Ryder, no ella, quien terminaría sus días en un caldero. Pero en este mundo no hay justicia, e India lo sabía. Las ramas que bailaban sobre su cabeza se tornaron borrosas y parpadeó con furia. No lloraría. No gritaría y no lloraría. Lentamente, se percató del olor a humo que empezaba a dominar sobre los demás aromas de la selva y dedujo que estaba acercándose al poblado de sus captores. Escuchó voces femeninas y la risa aguda de un niño, y en ese momento el pánico acumulado en su interior estalló con una vehemencia tal que la sangre le rugió en la cabeza y su estómago sufrió un calambre que casi le hizo vomitar. Ahora podía verlo: un pequeño poblado de no más de doce cabañas construidas, a un metro y medio del suelo, con hojas de palma atadas a una estructura de postes. Por todas partes había desechos hediondos de espinas de pescado, frutos del árbol del pan y pieles de plátano ennegrecidas. Las mujeres y los niños sortearon despreocupadamente la mugre para acercarse a ella y rodearla. El mundo de India se llenó del hedor de cuerpos sudorosos y cabellos enmarañados y rostros negros y chatos, ojos expectantes y bocas abiertas que parloteaban al mismo tiempo. Una mano mugrienta arrancó el reloj que le pendía de la blusa mientras unos dedos le palpaban las caderas y otros el estómago, como si calcularan cuánta carne había. —No me toquen —espetó, pero, lógicamente, ninguno de ellos comprendía el inglés, de modo que India buscó frenéticamente en su memoria una frase adecuada en pidgin, la lengua franca de los mares del Sur. Un hombre excepcionalmente alto y delgado, con la piel cetrina propia de un albino y el cabello crespo y pelirrojo, le pellizcó el pecho con tanta fuerza que se le saltaron las lágrimas. —Yu gettim bek —le gritó India a la cara. El hombre rió, mostrándole una boca repleta de dientes podridos y tiznados de rojo por el betel, pero no volvió a pellizcarla. India recordó haber leído la historia de un botánico alemán que tropezó, cuando recorría las selvas de las islas Salomón, con dos mujeres sumergidas en un arroyo hasta el cuello. Tenían los huesos de los brazos y las piernas partidos, pero seguían con vida, pues se decía que exponer a un animal a la acción del agua antes de matarlo reblandecía la carne. India se preguntó, con un escalofrío, si esa gente pensaba hacerle lo mismo, pero en ese preciso instante sus porteadores la dejaron caer sin miramientos sobre la mugre apilada bajo la copa de un papayo. Su espalda golpeó el suelo con tanta fuerza que el golpe le cortó la respiración. Seguía jadeando cuando la sentaron y volvieron a pasarle las entumecidas manos por encima de la cabeza para atarlas al tronco del - 51 -

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árbol. Se quedó ahí sentada, resollando con los brazos en alto, el pelo enmarañado y sudoroso sobre la cara, contemplando a los hombres, las mujeres y los niños que tenían intención de comérsela. Eran personas de poca estatura, piernas cortas y carrillos generosos. Tenían la frente adornada con tatuajes, huesos que les atravesaban la nariz y cicatrices ceremoniales en las mejillas. Las mujeres, desnudas de cintura para arriba, vestían faldas de paja, mientras que los hombres exhibían casi la misma desnudez que los niños, pues únicamente llevaban puesto un taparrabos de paja sujeto con una liana retorcida. Nambas, los llamaban. Nam-ba significaba «número», y hubo un tiempo en que India le había parecido gracioso. Ahora ya no le hacía gracia. Tragó saliva, sentía la garganta dolorida y seca pero se negaba a pedir agua a ese curioso círculo de devoradores de humanos de aspecto hambriento. Poco a poco, perdido el interés por una presa que permanecía inmóvil y se limitaba a devolverles la mirada, empezaron a alejarse en grupos de dos o tres. Dos niños se divirtieron durante un rato arrojándole piedrecitas y riendo cada vez que ella trataba de esquivar los afilados aguijones. Pero no tardaron en cansarse del juego y marcharse también. Después de eso, no le prestaron más atención que la que habrían dedicado a una cabra o una vaca. Bajo el pánico empezó a crecer, lentamente, una rabia profunda y poderosa. Ella era un ser humano, no un pedazo de carne andante al que sacrificar. Siempre había procurado, en sus viajes y escritos, respetar las tradiciones y costumbres de las sociedades que encontraba a su paso, pero le resultaba imposible sentir otra cosa que no fuera asco por esas gentes que vivían rodeadas de mugre, se comían a sus propios bebés no deseados y se deshacían de sus familiares ancianos y enfermos apedreándolos hasta la muerte. Parecían carecer de cuanto ella creía representativo de su especie, y encontraba profundamente perturbador descubrir que la belleza paradisíaca de aquellas islas era capaz de producir algo tan siniestro y atroz. ¿O acaso era ese, pensó, presa de una extraña desesperación, el estado natural del hombre? Comenzó a mover las manos con sigilo para tantear las ataduras de las muñecas. Parecían firmes e irrompibles, pero siguió moviendo las manos para tratar de aflojarlas. No esperaba poder escapar de esos caníbales en pleno día, pero quizá por la noche, mientras todos dormían... Siempre y cuando, claro estaba, no tuvieran intención de cenársela. Una mosca empezó a zumbar con irritante insistencia frente a su cara sudorosa, atraída por la sangre que le goteaba de un corte en la frente provocado por una de las piedras de los niños. India sacudió la cabeza para espantarla, pero se detuvo en seco al verse observada por una de las mujeres que estaban tejiendo esteras con hojas de palma. Como todas las hembras mayores del campamento, tenía el cuerpo terriblemente encorvado de años y años de cargar fardos de ñame y realizar otras tareas. Era evidente que allá, como en la mayoría de las sociedades melanesias, las mujeres hacían todo el trabajo, mientras los hombres se dedicaban a pasearse con sus garrotes de caza y acechar al enemigo. Las mujeres importaban poco en Melanesia, su valor era algo inferior al de un - 52 -

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cerdo adulto. Después de todo, los cerdos tenían más chicha. India experimentó otra oleada de pánico, pero la contuvo con firmeza y se preparó para mover de nuevo las manos en cuanto la mujer encorvada mirara hacia otro lado. No pensaría en lo que iban a hacerle. No podía pensar en... El sonido de una caracola atravesó el murmullo de voces y la pausada actividad del poblado. India se quedó muy quieta, mientras a su alrededor las manos que tejían las esteras se detuvieron, las cabezas se alzaron, los niños que peleaban se separaron y todos dirigieron la vista hacia la entrada del poblado. De la penumbra selvática asomó un hombre blanco, alto y moreno, de piel bronceada, transportando un cerdo joven e histérico sobre los hombros como un pastor cargaría con una oveja cansada. —Me kum buyim dim-dim meri —dijo al tiempo que dejaba el cerdo a los pies del albino pelirrojo, que estaba en medio del claro del poblado, flanqueado por media docena de caníbales con los garrotes listos para el ataque. India parpadeó para apartar la película de sudor que le cubría los ojos, mezclada con unas lágrimas repentinas. Dim-dim significaba, en melanesio, «blanca», y meri, «mujer». Presa de un arrebato de júbilo e incredulidad, comprendió que Jack Ryder, después de todo, había acudido a rescatarla. Estaba proponiendo cambiarla. Por un cerdo.

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Capítulo 10
Instantes después ese breve arrebato de júbilo desapareció bajo un nuevo ataque de pánico y desesperación que le robó el aliento. «Van a matarle», pensó India con un nauseabundo retortijón en el estómago. Había ido —inesperada, increíblemente— a rescatarla, pero esos salvajes no tenían por qué querer negociar con él. Simplemente le matarían y luego se lo comerían, como a ella. Ese hombre tenía que estar loco, se dijo India mientras le veía ahí de pie, con las manos apoyadas, casi despreocupadamente, en las caderas. Solo un loco entraría tan tranquilo en un campamento de caníbales esperando obtener algo que no fuera su propia muerte. Aguardó a que la estocada de una lanza o el golpe sordo de un garrote acabara con la vida de Ryder. En lugar de eso, el albino palpó con el dedo gordo del pie el cerdo que se desgañitaba en el suelo y dijo algo que India no entendió, pero a lo que Jack respondió con una parrafada en pidgin. El albino negó con la cabeza y levantó dos dedos, e India comprendió, nuevamente esperanzada, que los hombres estaban discutiendo el precio. El problema, obviamente, estaba en el tamaño del cerdo. No era lo bastante grande. India tenía un dominio del pidgin limitado, pero la forma desdeñosa en que el albino miraba al pobre animal y levantaba las manos separadas por quince centímetros lo decía todo. Los hombres, dispuestos en un semicírculo a su alrededor, reían y agitaban sus espantosos garrotes de manera amenazadora. Jack Ryder negó con la cabeza y dijo algo que India no consiguió entender, algo sobre la copra y el Sea Hawk. El albino farfulló rápidamente una respuesta. Introdujo una mano en su bolsa cruzada al hombro y extrajo un objeto plano y redondo que agitó frente a la cara de Jack Ryder. Era una bolsa curiosa, hecha de un cuero de color claro, y cuanto más lo observaba, más convencida estaba India de que era pellejo humano. El pellejo de un hombre blanco. El australiano parpadeó ante la galleta de barco sostenida a unos centímetros de su nariz. —Orait —dijo. De acuerdo. ¿De acuerdo? Las esperanzas de India se inflaron tanto que prácticamente se estaba revolviendo en la mugre, sujeta tan solo por las lianas que la tenían amarrada al árbol. ¿Significaba eso que habían llegado a un acuerdo? ¿Realmente había conseguido el señor Ryder salvarla? El albino retiró bruscamente la galleta y la guardó en la repugnante bolsa. Llamó a una mujer y esta se acercó, encorvada casi por completo, para retirar el cerdo. Los hombres del semicírculo se dispersaron balanceando sus garrotes con decepción, en tanto que las mujeres del poblado volvían a sus quehaceres.

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Desde el instante en que entró en el poblado, Jack Ryder la había mirado una sola vez. Fue una mirada rápida, evaluadora, lanzada justo antes de arrojar el cerdo a los pies del albino. Ahora volvía a mirarla, y lo que India vio en su rostro le bastó para desear durante un cobarde instante que no la hubiera rescatado. Cruzando los brazos sobre el pecho, el australiano se detuvo frente a ella y la examinó de arriba abajo, desde el pelo enmarañado y la blusa raída hasta la falda escocesa cubierta de fango. Su mirada era fría y dura, pero fue la sonrisa sardónica que se dibujó en sus labios lo que detuvo en seco todas las palabras de gratitud que India tenía temblando en la punta de la lengua. —No lo diga —espetó, echando la nuca torpemente hacia atrás para mirarle a la cara. —¿Que no diga qué? —Desenfundando el machete, Jack Ryder se arrodilló para cortarle las lianas de los tobillos—. ¿Que hay que ser muy, pero que muy idiota para echar a correr sola por una selva abarrotada de caníbales? —Sesgó las ataduras de las manos—. ¿O que se merecía que se la comieran? El dolor que India experimentó al notar que la sangre volvía a circularle por los entumecidos brazos le impidió emitir réplica alguna, y tuvo que morderse el labio para no gritar. Una mano poco amable la agarró del brazo y la levantó del suelo. —¿Puede caminar? India tenía las piernas agarrotadas y un doloroso hormigueo en los pies. Las largas horas de incalificable pavor la habían dejado débil y tambaleante, pero apretó la mandíbula y asintió con firmeza. —Puedo correr si es necesario. —Me alegro, porque gracias a su pequeña aventura es probable que tengamos que hacerlo. El australiano se guardó el machete y tiró del brazo de India con tal ímpetu que casi la estrelló contra su cuerpo. La mano libre de ella aterrizó abierta en los sólidos músculos del masculino pecho. India se encontró con unos ojos azules afilados y amenazadores y el pánico la embargó de nuevo. —Quiero que entienda una cosa —dijo él con una desagradable sonrisa, pronunciando cada palabra con espantosa claridad—. Si vuelve a huir tendrá que arreglárselas sola. —Lanzó una ojeada elocuente por encima de su hombro, hacia el lugar donde algunos nativos habían vuelto a congregarse para observar a India con una expresión nada halagüeña—. Pueden rociarla de mantequilla u ofrecerla a los dioses del monte Futapu si quieren, porque no moveré un solo dedo para impedirlo. ¿Queda claro? India aguantó la gélida mirada sin parpadear. —Muy claro. —Bien. El australiano le lanzó un bulto y ella advirtió, atónita y profundamente agradecida, que era su mochila. Se le había caído en el sendero, cuando los caníbales la capturaron, pero hasta ese momento apenas había pensado en ella. —Mi libreta —dijo, esforzándose por abrir la solapa de la mochila con los dedos todavía agarrotados. Casi todo el material que había reunido - 55 -

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hasta el momento para el libro se hallaba a buen recaudo en Neu Brenenberg, dentro de su baúl, pero llevaba más de una semana haciendo anotaciones y bocetos en esa libreta y sintió un nudo en el estómago al pensar lo cerca que había estado de perderla—. ¿Está mi...? —Está. —Ryder le propinó un empellón—. Por el amor de Dios, deje el inventario para luego. Salgamos de aquí antes de que sus amigos cambien de parecer y decidan cenársenos a los dos. —¿Por qué no se lo comieron? Era un misterio al que India había estado dando vueltas desde que abandonaran el sórdido poblado con sus huraños devoradores de hombres, sus hacinadas cabañas y sus hogueras. Ahora que las piernas habían dejado finalmente de temblarle y el miedo que le oprimía la garganta había empezado a ceder, formuló la pregunta en voz alta. Jack Ryder, que caminaba delante, se detuvo con el machete en alto y se volvió exhibiendo una ligera mueca de sorna en los labios. —¿A quién se refiere? Su expresión, obviamente burlona, la irritó profundamente. India había encontrado un alfiler en el fondo de su mochila y lo había utilizado para reparar el roto de la blusa. Se había lavado la cara y había tratado de recogerse el cabello, pero era dolorosamente consciente de que todavía parecía más una ramera del puerto recién salida de una pelea que la eficiente escritora de viajes que esa mañana había zarpado de Neu Brenenberg. —A los caníbales —repuso secamente—. En cuanto me vieron no pensaron en otra cosa que en cenarme. A usted, en cambio, no le pusieron un dedo encima. Jack Ryder cercenó hábilmente la espesura de helechos que obstruía la estrecha senda por la que avanzaban. —Hago negocios con ellos. —¿Qué? —Las mujeres recogen copra de los cocos que caen, la transportan hasta la bahía y yo se la compro. India contempló la ancha espalda del hombre que tenía delante. Los músculos se marcaban bajo la camisa empapada de sudor con cada golpe de machete. Hacía negocios con caníbales. Comerciaba con ellos. Regularmente. —¿Con qué les paga? Él se encogió de hombros. —Con cosas diferentes. Usted me ha costado un cajón extra de galletas de barco. Las galletas de barco eran repugnantes: una especie de pan sin levadura, inevitablemente infestado de gorgojos, con que se alimentaba a los marineros en las travesías largas. India sintió un repentino arrebato de indignación. —¿Me compró por un cajón de galletas? —Ajá. Y un cerdo. No se olvide del cerdo. India pensó en el aterrorizado cerdo que sería devorado en su lugar y se preguntó si alguna vez volvería a ser capaz de probar la carne. - 56 -

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—Jamás olvidaré a ese pobre cerdo. Jack Ryder hizo una mueca que dibujó un inesperado hoyuelo en su mejilla. —La experiencia le ha hecho sentir cierta empatia por las bestias comestibles del mundo, ¿verdad? —Sí. Guardaron silencio, un silencio roto únicamente por el rumor del machete de Jack Ryder y el goteo de la humedad circundante. El camino que habían tomado inicialmente bajaba, pero India tenía ahora la sensación de que llevaban más de media hora subiendo. La espesura de helechos, sándalos, pinos y jabíes envueltos en trepadoras permitía entrever solo de vez en cuando un mar azul cobalto bañado por el sol. Entonces cayó en la cuenta de que esa no era, como había supuesto al principio, la senda que había seguido con los caníbales. —¿No deberíamos haber llegado ya al camino principal? —No vamos en esa dirección. —¿No? Jack Ryder dio otro golpe de machete y resopló. —Demasiado arriesgado. Es probable que durante el tiempo que pasé buscándola a usted y a sus amigos, y cazando a ese maldito cerdo, Simon y sus muchachos regresaran al barco y se reequiparan. Quizá usted esté impaciente por toparse con ellos, pero yo no. —¿Significa eso que cubriremos el trayecto por tierra? Jack Ryder blandió diestramente su machete y soltó un gruñido. —Aquí hay un sendero. Debería cruzarse con el camino principal justo antes del río. India alzó la vista hacia una bóveda selvática tan frondosa que solo un tenue reverbero de luz alcanzaba a filtrarse para bañar el aire de un fantasmagórico brillo verdoso. —Lo había —repuso ella, incapaz de resistir la tentación de pincharle —. Una de dos, o se ha borrado o lo ha perdido. Jack Ryder contestó con una maldición ahogada y un violento barrido de su machete, indicando con ello que estaba pensando lo mismo. —Diablos, de no haber sido por su estúpida proeza ahora mismo me encontraría a medio camino de La Rochelle. India se detuvo en seco. —¿De no haber sido por mí? —Exacto. —Ryder se volvió para mirarla. Estaba empapado de sudor y la camisa, medio abierta, mostraba un pecho bronceado que subía con cada inspiración. Blandir un machete requería gran esfuerzo—. Si no se hubiera dejado atrapar por los caníbales. Desviando los ojos de ese pecho agresivamente varonil, India horadó el aire con un dedo rígido. —Si no me hubiera obligado a ir con usted, nada de esto habría sucedido. —¡Maldita sea! —Jack Ryder apartó el dedo acusador como si fuera un mosquito molesto—. Si no hubiera sido por mí, esos caníbales la habrían capturado en la cima del monte Futapu. —Es cierto. —India se meció sobre sus talones, las manos en las caderas—. Pero ¡en lugar de eso me capturaron en la base del monte - 57 -

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Futapu! Ryder se inclinó sobre ella con la mandíbula tan apretada que India podía ver el pulso de los músculos en el contorno de las mejillas. —Si se hubiera quedado conmigo en lugar de huir a la primera oportunidad, no le habría pasado nada. —¿Y eso hace que todo lo que me ha ocurrido sea culpa mía? —En parte, sí. Lo cierto es que podría expresar un mínimo de gratitud por lo que hice. Ni siquiera se ha dignado decir gracias. India rió con desdén. —¿No me diga, señor Ryder? ¿Pretende hacerme creer que me rescató motivado por un impulso de caballerosidad? —¿Qué otra cosa cree que me motivó? —El puro interés personal, naturalmente. Él lanzó la cabeza hacia atrás. —¿El interés personal? —Así es. Creía que tener un rehén facilitaría su fuga, de modo que... —¿Facilitar mi fuga? —Blasfemando con suma grosería, Jack Ryder se volvió hacia la maleza para emprender una sarta de despiadados machetazos antes de girarse de nuevo—. Por Dios, mujer, ¿es que siempre habla así? —¿Así cómo? —Como si estuviera dando una maldita conferencia a una sociedad científica. India mantuvo la calma. —Me asombra usted, señor Ryder. ¿Insinúa que ha asistido a esa clase de conferencias? A juzgar por su lenguaje, había dado por sentado que sus círculos de conversación se limitaban a las tabernas y los barrios portuarios. Él se quedó mirándola largo rato, jadeante, echando fuego por la nariz con cada espiración, al tiempo que sus pómulos enrojecían. —Demonio de mujer —espetó, y se volvió hacia la pendiente para seguir rebanando ferozmente cada trepadora que se interponía en su camino. India le seguía, envueltos los dos por un silencio pesado, oprimidos por el bochorno de la jungla. Al rato, sin aminorar el paso, Jack Ryder dijo: —Supongo que sabe cuál es su problema, ¿verdad? —No —respondió India, manteniendo igualmente el paso—. Pero no me cabe la menor duda de que piensa decírmelo. —Le pasa lo mismo que a todas las solteronas que he conocido. Se vuelven agrias, cascarrabias y... —Yo no soy agria ni cascarrabias... —Frustradas. India se detuvo en seco. —¿Qué insinúa exactamente con eso? —Lo sabe muy bien. —Jack Ryder no dejó ni un momento de blandir su machete. India prosiguió su ascenso por la empinada ladera farfullando para sus adentros, propinando manotazos a cada rama o liana que se interponía en su camino. ¿De modo que él creía que ella era, sexualmente, una frustrada? ¿Pensaba que lo que ella necesitaba era permitir que su - 58 -

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cuerpo fuera utilizado regularmente para saciar el deseo repulsivo de un varón y que eso la convertiría en la clase de boba tierna y dócil que tanto parecía gustar a los hombres? —¿De veras, señor Ryder? —Miró colérica la odiosa espalda que tenía delante—. A juzgar por las pruebas, no puede decirse que usted sufra esa clase de frustración y sin embargo es una persona agria y cascarrabias. —¿A juzgar por qué pruebas? —¡Su numerosa descendencia seminativa! —espetó ella antes de poder detenerse. India esperó a que él se echara a reír y hasta se burlara de su pasmo, pero en lugar de eso Jack Ryder se detuvo con el brazo en alto. Acto seguido, bajó lentamente el machete y, cuando habló, su voz sonó fría y dura, más modulada de lo que ella había oído hasta el momento. —Solo tengo una hija seminativa, señorita McKnight, y teniendo en cuenta que hace diez años que no la veo, me pregunto cómo ha llegado a tener conocimiento de su existencia. India experimentó una intensa emoción a la que no supo poner nombre. No tenía la menor duda de que él decía la verdad, lo que significaba que ni el niño con el trasero al aire que había visto en la galería ni Patu, el muchacho que les había ayudado a llegar hasta allí, eran sus hijos. Y comprendió que si bien había arremetido contra él en un arrebato de furia y autodefensa, había puesto el dedo en una llaga todavía abierta y dolorosa. El silencio los envolvió de nuevo y esta vez ninguno de los dos lo rompió. Transcurridos tres cuartos de hora, cuando descendían por una ventosa ladera escasamente poblada de aulagas, helechos y largos penachos de hierba de kunai, Jack Ryder agarró a India del brazo inopinadamente y la arrastró hasta las enormes raíces de una solitaria pandanácea. —Maldita sea —farfulló entre dientes con la mirada clavada en un punto lejano situado a su derecha. —¿Qué ocurre? —susurró ella, tratando inútilmente de aguzar la vista mientras su corazón daba dolorosos bandazos. Él la observó con extrañeza. —¿No puede verlo? —Es evidente que no —repuso India con impaciencia—. ¿Qué es? Jack Ryder se inclinó hasta que sus labios estuvieron a solo unos centímetros de la oreja de India. —Caníbales. —Dios mío. —No podía pasar por eso otra vez, pensó con queda desesperación. Sencillamente, no podía—. Dijo que usted y los caníbales hacían negocios juntos, que no le atacarían, que mientras me quedara a su lado estaría a salvo. Sorprendentemente, los labios del australiano se curvaron. —Los caníbales no son precisamente previsibles. —Su sonrisa desapareció cuando miró de nuevo a lo lejos—. Procure mantenerse agachada pero camine deprisa. Con suerte, no nos verán hasta que - 59 -

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estemos lo bastante cerca del desfiladero para echar a correr y cruzarlo. Hacía rato que India escuchaba el rugido de un torrente cada vez más audible. Se volvió y miró al australiano con suspicacia. —¿Desfiladero? ¿Hay un desfiladero? —El desfiladero Wairopa. —Ryder la instó a avanzar con una suave pero insistente presión en la espalda. India no sabía mucho pidgin, pero sí el suficiente para que un miedo bochornoso le aguijoneara el estómago. —¿Por qué lo llaman el desfiladero Wairopa? —Porque una expedición escandinava que pasó por aquí hace unos años construyó, con tela metálica y lianas, un puente que lo cruza. —Tela metálica y... —India notó que su voz se apagaba y tuvo que tragar saliva para poder continuar—. ¿Hace cuánto? —No lo sé, cuatro o cinco años. —¿Cinco años? —Tropezó con una piedra medio enterrada y habría echado a rodar por la ladera si él no la hubiera tenido sujeta por el brazo —. ¿Quiere que cruce un puente de alambres y lianas construido hace cinco años? ¿Qué profundidad tiene el desfiladero? —Doscientos metros. Puede que más. Ahora podía verlo, un enorme abismo de roca negra y musgosa, casi vertical, que dividía la montaña en dos. —Dios mío —susurró. Su voz se perdió en el violento estruendo del río que corría abajo, muy abajo. —Déjeme adivinar —replicó el odioso hombre que tenía al lado mientras le examinaba el semblante con una amplia sonrisa—. A la señorita Indomable McKnight le dan miedo los puentes colgantes. —No puedo cruzar esa cosa —replicó ella con voz tirante y la mirada clavada en el puente de lianas, alambre oxidado y tablones tallados a mano que pendía sobre el vacío atronador—. No puedo. —Caminaba con paso vacilante y la cabeza le temblaba. Jack Ryder miró por encima de su hombro e hizo una mueca. —El puente o los caníbales, usted elige. India estaba ahora lo bastante cerca para distinguir el zigzag de unos escalones de piedra mohosa, casi verticales, que descendían por la pared del desfiladero hasta el embravecido río. Tallados directamente en la roca, los peldaños eran primitivos y peligrosos, pero, así y todo, preferibles al desvencijado puente que chirriaba de forma escalofriante con cada golpe de viento. —Hay escalones —señaló en el momento en que sonaba un grito a su espalda, seguido de otro. —Mierda, nos han visto. —Jack Ryder agarró a India del brazo y tiró de ella—. No hay tiempo para los malditos escalones. Corra.

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Capítulo 11
Jack abordó el puente a toda prisa con la esperanza de conseguir que India McKnight lo cruzara antes de que el pánico la paralizara o se percatara de quiénes les seguían realmente. Pero apenas habían recorrido un metro cuando ella se plantó y sus manos se aferraron convulsivamente a las lianas del puente mientras su cara adquiría una palidez verdosa. —¡No mire abajo! —gritó Jack cuando ella soltó un gemido y sus ojos se abrieron como platos al contemplar el torrente de agua espumosa que corría bajo sus pies—. ¡Y tampoco mire atrás! —añadió cuando ella se volvió para mirar las rocas peladas del desfiladero—. Déme la mano y lo cruzaremos juntos. Maldita sea, obedezca —añadió cuando un hombre, y luego otro, aparecieron en el camino principal que subía desde la bahía de Futapu—. Se están acercando. Pensó que tendría que arrancarle la mano de la liana, pero en ese momento ella le tendió un brazo y alzó la mirada para encontrarse con la de él. Tenía los ojos dilatados por el miedo y le costaba respirar. —Tranquila —murmuró Jack, como si quisiera calmar a un caballo inquieto—. Ahora déme la mano y concéntrese en poner un pie delante del otro. Con cada paso los cables lanzaban sacudidas en todas direcciones. Era como intentar caminar sobre la cola desbocada de un cocodrilo gigante, pero India McKnight no gritó. No era la clase de mujer que gritaba, pensó él con un repentino e indeseado arrebato de admiración al observar la determinación con que apretaba la mandíbula y la forma en que sus finas fosas nasales se hinchaban con cada inspiración. Era una mujer excepcional. Irritante, cascarrabias y dogmática, pero con suficientes agallas para poner en evidencia a diez hombres juntos. Se hallaban todavía a un par de metros del otro extremo del puente cuando la voz de Simon llegó hasta ellos, apenas audible por el fragor del río. —¡No disparen! Tiene con él a la señorita McKnight. —¿Qué? —exclamó ella en tanto que procedía a darse la vuelta. Jack tiró de la mujer hasta suelo firme con tanta vehemencia que pasó volando frente a él, dio un traspiés y aterrizó en el camino sobre las manos y las rodillas. Jack desenfundó el machete y se dispuso a cortar uno de los soportes del puente cuando ella se levantó y se arrojó sobre él. —¡Me dijo que eran caníbales! —Le pegó con tanta fuerza que Jack se tambaleó—. ¡Asquerosa bestia embustera! Jack la agarró por la cintura con el brazo izquierdo y la apretó contra su espalda, alzando el machete justo en el momento en que Simon echaba a correr por el puente. Clavada la mirada en el machete de Jack, el capitán cubrió un tercio del camino antes de poder detenerse. Sus ojos descendieron entonces hasta encontrarse con los de Jack y ambos se

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miraron fríamente, jadeantes. India McKnight se había quedado sin respiración. —¿Qué te detiene? —gritó Simon. El músculo de la mandíbula le palpitaba violentamente—. Mataste a la mayor parte de la tripulación de un barco. ¿Por qué amedrentarte ante un viejo amigo? El puño de Jack se estrechó en torno al machete. El puente era viejo y estaba podrido. Una sacudida bastaría para echar abajo los cables, los tablones y el hombre que lo ocupaba. Durante un tenso instante Jack fue profundamente consciente de la mujer que tenía detrás, de su respiración agitada y de los marineros apiñados detrás de otro oficial, un hombre moreno y delgado, de unos veinte o veintidós años, que vacilaba, boquiabierto y temeroso, en el otro lado del puente. En ese preciso instante el follaje del bosque empezó a moverse y el puente se balanceó de forma alarmante. La borrasca había llegado al fin. Oscuros y grises, los nubarrones avanzaron deprisa hasta cubrir el cielo y el brillo dorado del sol. —Hijo de perra —gruñó Jack antes de ponerse en pie. Sin soltar el machete, asió la mano de India McKnight y tiró bruscamente de ella. —A por él, deprisa —gritó Simon—. ¡Pero no disparen! Jack dio por sentado que ella intentaría demorarle o soltarse, pero no hizo ni una cosa ni otra. Asidos de la mano, bajaron por el sendero y se adentraron en una espesura de troncos musgosos, trepadoras y enormes helechos; la oscuridad crecía a medida que la jungla los envolvía. Las criaturas selváticas corrían a ponerse a cubierto, animadas por el revoloteo agitado de centenares de pájaros. Luego el cielo se abrió y empezó a diluviar. El calor desapareció. La fuerte lluvia los dejó empapados en pocos segundos. Una cortina interminable de gotas gigantes se filtraba por el follaje de robles y hayas, martilleaba las hojas de las matas y llenaba el aire del olor a vegetación mojada y tierra oscura. Pese a la lluvia, ahora que habían retomado el camino principal avanzaban con más facilidad. Jack, sin embargo, era consciente en todo momento de la presencia de los hombres de Simon a su espalda. —¿Por qué no se rinde? —gritó India McKnight con el rostro empapado y la voz jadeante, resbalando constantemente en el lodo—. No conseguirá escapar. Jack apretó los dientes y el paso. Sus botas levantaban el agua de los charcos. Al levantar la cabeza para examinar la ladera rocosa que se alzaba a su derecha, la lluvia le cubrió los ojos. —Si pudiera dar con... ¡Ah! —exclamó triunfalmente cuando una brecha negra asomó a su lado. Sujetando con renovada firmeza la mano de India, la arrancó del camino y juntos atravesaron una maraña de ficus trepadores, hasta desembocar en un mundo oscuro de piedra húmeda y aire rancio que los engulló como una tumba. La señorita McKnight aflojó el paso y, maravillada, miró a su alrededor. —¿Dónde estamos? —En un antiguo túnel de lava. —Es una cámara funeraria —observó ella, bajando respetuosamente - 62 -

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la voz. La tenue luz que llegaba de la brecha había desvelado una aglomeración de cráneos, huesos, costillas y vértebras, unas blancas, otras verdes a causa del moho y el tiempo. El túnel se abría a una cámara cuyas paredes parecían compuestas únicamente de hileras y más hileras de cráneos sonrientes; centenares de cráneos, acechantes y escrutadores. India McKnight se detuvo en seco. —Es fascinante. —Por Dios, ahora no —espetó él, enfundándose el machete. Barrió con un brazo la pared de cráneos más cercana y esta se tambaleó antes de estrellarse contra el suelo de piedra con un fuerte estruendo. —¿Qué hace? —gritó, indignada, India McKnight. Jack la instó a seguir avanzando, pero ella se dio la vuelta—. Está profanando una tumba. ¿Cómo le sentaría si fueran los huesos de sus antepasados? Jack derribó una montaña de huesos verdosos de brazos y piernas que rodaron hasta perderse en la penumbra. —Los pondría a bailar a todos en una soga si pensara que eso podía salvarme en estos momentos. Tiró con fuerza de la mujer. El último vestigio de luz casi había desaparecido, y cuando el túnel se estrechó y dobló a la izquierda, Jack se golpeó la cabeza con un saliente de piedra. —Mierda —protestó. —Ja, se lo tiene merecido —susurró ella con voz de maestra de catequesis—. ¿Y cómo propone ahora que veamos adonde nos dirigimos? Oyeron de nuevo un traqueteo de huesos seguido del ruido sordo de unos cuerpos calientes que chocaban contra la piedra húmeda. Los hombres de Simon, entre gritos y sudores, habían tropezado con los restos óseos de los devoradores de hombres. —No me hace falta ver. —El suelo, de sólida roca, dio paso de repente a una superficie de arena blanda. Jack se arrodilló y tanteó con los dedos de la mano libre la pared de piedra que tenía a la izquierda. Podía notar la humedad que se filtraba en la arena y le mojaba las perneras del pantalón —. ¿Dónde demonios...? ¡Ah! —Deslizó la mano por la piedra hasta enterrarla en un gran vacío y dejó escapar un suspiro de satisfacción. Entonces tiró con fuerza de India McKnight hasta que la tuvo a su altura—. Túmbese. Ella se estrelló contra el cuerpo de él y se agarró con una mano a su hombro. Luego levantó la cabeza para mirarle, pero apenas encontró una sombra. —¿Cómo ha dicho? —¡Maldita sea, obedezca! —Jack la obligó a estirarse en la arena y la cubrió con su cuerpo. India McKnight forcejeó con vehemencia. —¿Qué está haciendo? —Chis —siseó Jack antes de taparle la boca—. Mantenga la cabeza gacha y vigile los codos. Ella murmuró algo incomprensible mientras le empujaba el pecho con las manos para quitárselo de encima. Pero él, sin concederse apenas tiempo para hundir la cabeza, ya había empezado a rodar con ella por debajo de la cortina de piedra que separaba el túnel de lava de la cueva. - 63 -

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El codo de India McKnight golpeó la piedra, pero un instante después ya estaban en el otro lado. Jack aterrizó encima de ella con los codos clavados en el suelo, para no aplastarla, y una mano apretada firmemente contra su boca. Apenas separados por unos centímetros, sus rostros estaban tan próximos que él sentía en su mejilla el revoloteo de un mechón femenino cada vez que ella espiraba. Bajó la boca hasta donde supuso que ella tenía la oreja, si bien no podía saberlo con certeza porque la luz del túnel había sido reemplazada por una oscuridad espesa y húmeda. —No haga ruido —murmuró. Era tal el silencio reinante que Jack podía oír cómo la lluvia penetraba en la cueva y atravesaba la pared hasta acumularse bajo sus cuerpos. Podía oír el susurro áspero de la respiración de la señorita McKnight, los veloces latidos de su corazón. Consciente de sus propias palpitaciones, prestó atención al martilleo de botas y el tintineo de vainas cuando Simon y sus hombres pasaron de largo, pateando arena que cayó por el boquete y salpicó el brazo de Jack. La mujer que tenía debajo permaneció inmóvil. —Estamos perdiendo el tiempo —oyó decir a Simon en la cámara contigua—. Necesitamos luz. Brooks, O'Neal, volved a la entrada e improvisad unas antorchas. —Está lloviendo, señor. —Maldita sea, sé perfectamente que está lloviendo. Haced lo que os digo. —Puede que hayamos dejado atrás varios pasadizos —dijo otra voz, una voz joven y educada que Jack no reconocía. Tras una pausa, Simon dijo: —Tiene razón. Regresaremos a la última cámara y esperaremos las antorchas allí. Las voces y pisadas se perdieron en la distancia. Jack retiró la mano de la boca de India McKnight. La oyó inspirar profundamente y retener el aire unos instantes antes de soltarlo. —Estoy tumbada sobre un charco de agua que no hace más que crecer —dijo con voz tensa—. ¿Tiene intención de moverse en los próximos minutos? Algo en su manera de decirlo hizo que Jack se percatara súbitamente del suave y cálido contacto de los senos de ella contra su pecho y la forma íntima en que sus piernas se habían enredado. Se levantó deprisa, tomándole la mano para arrastrarla consigo. —Si no salimos pronto de aquí nos ahogaremos. —¿Ahogarnos? —Ella le sorprendió con una risa breve y seca—. Por supuesto. Jack trató de distinguir en la oscuridad a la mujer que tenía al lado. Estaba empapada y aterida, le habían disparado, había sido secuestrada por los caníbales y la armada de Su Majestad la había perseguido por un desfiladero de vértigo y una cueva repleta de esqueletos de varias generaciones de caníbales. La mayoría de las mujeres —la mayoría de la gente— se habría desmayado de puro pavor o estaría sollozando incontroladamente. India McKnight, en cambio, todavía era capaz de reírse ante la absurda idea de ahogarse. - 64 -

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Encontró su brazo y deslizó los dedos por la manga de la blusa hasta alcanzarle la mano. —Salgamos de aquí —espetó. —¿Existe una salida? Jack dio un paso, se golpeó la rodilla y soltó un gemido. —Agárrese a mi mano y no levante la voz. —Supongo que es consciente de que solo ha ganado unos minutos — susurró ella en tanto que le sujetaba obedientemente la mano y él empezaba a andar despacio—. En cuanto lleguen con las antorchas, verán el boquete y nuestras huellas en la arena y sabrán por dónde hemos huido. —Se equivoca —respondió Jack, chapoteando el agua con sus botas —. Lo único que verán será una gran charca. Siempre le había sorprendido la rapidez con que la hondonada de esa cueva se inundaba cuando llovía. Medio minuto más y no habrían podido atravesar el pasadizo sin nadar. Avanzó otro paso y una música extraña, fantasmagórica, gimoteó por toda la cueva, subiendo y bajando, resonando una y otra vez. —¿Qué es? —susurró ella, apretándole la mano con fuerza. —Este lugar recibe el nombre de la Cueva de los Cánticos. Cuando el agua alcanza cierta altura, las olas golpean las paredes de la caverna y producen música. Jack distinguió una vaga luz en la oscuridad. Un soplo de aire fresco le rozó la mejilla y agitó la superficie de la charca hasta desencadenar otro crescendo de misteriosas notas. —¿De qué conoce esta cueva? Jack se encogió de hombros. —En una ocasión me oculté aquí durante un tiempo. Notó la mirada de ella. —¿Cuando huía de la armada británica? —Sí. Pensó que insistiría en el tema, pero no lo hizo. —¿Adonde va a parar? —Al otro lado de la montaña. —¿Y el túnel de lava? Jack rió. —Esta montaña está llena de túneles de lava que se entrecruzan. Simon y sus hombres podrían pasarse el resto de la semana dando vueltas por ellos. Y todos conducen al desfiladero. Desde la boca de la Cueva de los Cánticos divisaron el norte de la isla a sus pies, un terreno brumoso de pronunciados barrancos devorados por la selva que se ensanchaban para formar verdes valles y densas marismas. A lo lejos, en dirección nordeste, asomaba la diminuta estación comercial francesa de La Rochelle, con su laguna esmeralda y sus doradas playas resguardadas por el arrecife semisumergido, sin apenas brechas, contra el que los vientos alisios empujaban el estruendoso oleaje. Deteniéndose bajo el alero protector de la pared del barranco, Jack inspeccionó el cielo. Había dejado de llover, pero el mundo todavía - 65 -

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temblaba con el goteo del agua. Daba la impresión de que había llovido durante cien años, pensó, en lugar de treinta o cuarenta minutos. El camino que cercenaba la empapada vegetación se había convertido en un lodazal sembrado de piedras resbaladizas, y el aire todavía era fresco. De repente el sol se abrió paso entre las nubes y las rocas empezaron a desprender vapor. Blasfemando entre dientes, Jack se quitó las botas, los calcetines y la camisa empapada. Tenía el pantalón a medio desabrochar cuando India McKnight preguntó: —¿Qué hace? Con los pulgares en la cinturilla, Jack levantó la vista y advirtió que ella le estaba observando con los ojos muy abiertos. —¿Qué demonios cree que hago? Me estoy quitando estas condenadas ropas. Están empapadas. Cuando Jack la rescató de los caníbales, India McKnight había mostrado un aspecto desastroso, la blusa rasgada, el cabello, sin el salacot, enmarañado en mechones grasientos y bañados en sudor. Ahora, empapada y cubierta de arena de la cueva, tenía el aire desenfadado de una náufraga. O quizá de una golfilla. Pero no había perdido un ápice de su almidón. —Y eso le parece razón suficiente para quitárselas. Y en público. Jack soltó una carcajada. —No estamos precisamente en Picadilly Circus. —Deslizó los calzones y el pantalón por las caderas—. Existe una razón por la que los nativos de estas islas se pasean con el trasero al aire, ¿sabe? Un hombre mojado con ropa está mucho más mojado que un hombre mojado sin ropa y tiene muchas más probabilidades de enfermar. Brincando primero sobre un pie y luego sobre el otro, se despojó finalmente de la pegajosa tela. Al incorporarse, encontró a la señorita McKnight mirando resueltamente las hojas del baniano que crecía por debajo de ellos. Estaba sonrojada y el pecho delataba una respiración agitada. La empapada blusa se ceñía a su cuerpo de una forma que Jack no pudo por menos que advertir, y experimentó de nuevo ese arrebato de conciencia sexual totalmente indeseado. No encajaba, ni mucho menos, con su tipo de mujer. Era mojigata, mandona y obstinadamente virginal. Pero no podía negar el efecto que ejercía en él, por incomprensible que fuera. Bajando las manos con el pantalón hecho un ovillo para cubrir la prueba ascendente de sus caprichosos pensamientos, Jack le obsequió con una sonrisa provocadora. —Si tuviera un mínimo de sentido común, también usted se desvestiría. Si extiende su atuendo sobre las rocas, se secará en un momento, pero si insiste en dejárselo puesto, le auguro una noche larga y fría. India McKnight se rodeó el pecho con los brazos, como si temiera que él intentara arrancarle la ropa a la fuerza. O puede que, sencillamente, tuviera frío. —Algunos estamos hechos de madera más resistente que otros. —¿De eso se trata? ¿De ser más resistente? —Jack puso a secar el pantalón en una roca cercana—. Y yo que pensaba que estaba siendo tozuda y necia... - 66 -

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India McKnight se volvió bruscamente hacia él. Tenía los ojos entornados y sus imponentes senos subían y bajaban violentamente con cada respiración. —¿Necia? ¿Es así como define la decencia? ¿La prudencia? Jack le dio deliberadamente la espalda. —Prudencia, interesante palabra. Pero ¿qué diablos se cree? ¿Que al ver su cuerpo desnudo se apoderará de mí un deseo tan irrefrenable que no tendré más remedio que violarla? Créame, después de vivir doce años en estas islas, la presencia de una mujer desnuda ya no consigue ni hacerme volver la cara. Además... —colgó la camisa bajo los rayos dorados del sol, donde pudiera atrapar la brisa— usted no es mi tipo. A mí me atraen las mujeres a las que les gusta el aspecto y el contacto de un cuerpo masculino, las mujeres que disfrutan realmente de lo que ocurre cuando los cuerpos de un hombre y una mujer se unen, las mujeres que no se limitan a tumbarse y a pensar en Inglaterra esperando que todo acabe cuanto antes. —¿Qué le hace estar tan seguro del tipo de mujer que soy? Jack le hizo un rápido repaso por encima del hombro y soltó un bufido. —No hay más que verla, con esa condenada falda escocesa en plena selva tropical y ese cuello abotonado tan arriba que es un milagro que no la asfixie. —Ha de saber que mi atuendo expedicionario es sumamente práctico. —¿Práctico? —Jack recogió una rama seca del suelo y buscó otras con la mirada—. Es un milagro que no sufra una insolación. Solo existe una razón para que una mujer vista una indumentaria como esa. Es una especie de advertencia dirigida a los hombres, como llevar un letrero tatuado en la frente que diga: «Cuidado. Virgen frígida. No tocar». —Ja. —India McKnight recogió una rama para añadirla a la pila que él estaba formando en la entrada de la cueva—. Se cree muy listo. Olvidando que tenía un motivo creciente para darle la espalda, Jack se levantó despacio y observó detenidamente el acentuado rubor de la escocesa. —¿Qué insinúa? ¿Que no es virgen? —Eso no es asunto suyo —repuso India McKnight antes de lanzarle lo que solo en el último instante él reconoció como una lata de fósforos sumergible. Estaba tan sorprendido que las agarró al vuelo por pura chiripa. —¿De dónde diantre las ha sacado? Ella se apartó el pelo de la cara con un gesto inesperadamente femenino y esbozó una lenta sonrisa. —Las llevaba en la mochila. Soy una mujer práctica, ¿recuerda? Era la primera vez que Jack la veía sonreír así, y la impresión que le produjo no le agradó: dada su desnudez, le resultó embarazosa. Maldiciendo para sus adentros, se agachó junto a la leña con una rodilla estratégicamente levantada para ocultar la entrepierna y se preguntó cuánto tardaría en poder ponerse de nuevo el maldito pantalón. Tardó un rato, pero finalmente consiguió arrancarle a la madera húmeda una llama perezosa. —¿No le preocupa que alguien vea el humo? —preguntó ella - 67 -

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deteniéndose al otro lado de la fogata con los brazos todavía aferrados al pecho. Jack levantó la vista y negó con la cabeza. —Conociendo a Simon, tendrá a sus hombres rastreando esos túneles de lava hasta el amanecer. —¿Y los caníbales? Jack añadió otra rama a las llamas. —Hago negocios con todas las tribus de las montañas. Además, los nativos del norte de la isla han sido cristianizados, de modo que ahora se comen simbólicamente al hijo de Dios en lugar de unos a otros. India McKnight sintió un escalofrío y alargó los brazos hacia el fuego. Se había esforzado por arreglarse el pelo y desprenderse del barro y la arena, pero seguía empapada hasta los huesos. Bajo la tenue luz del atardecer, sus manos parecían casi azules. Jack se recostó sobre los talones mientras observaba la curva de su mejilla, donde una mancha de tierra se extendía desde la oreja hasta el ángulo de una mandíbula fuerte y cuadrada. —¿Por qué lo hizo? —preguntó de repente. —¿Por qué hice qué? —Huir conmigo. Sabe tan bien como yo que si se hubiera rezagado, me habría visto obligado a dejarla marchar. Sin apartar la mirada de las llamas, India McKnight habló con voz nítida y tranquila. —Si no le hubiera acompañado, los hombres del capitán Granger le habrían disparado. —¿Y eso le habría importado? Ella levantó lentamente los ojos para encontrarse con los de él. —Usted me salvó la vida dos veces, y si bien fue el responsable de uno de esos episodios, me habría parecido una manera muy rastrera de agradecérselo dejar que le mataran. Aun cuando se lo mereciera —añadió. Jack soltó una carcajada. Su risa se fue apagando a medida que observaba detenidamente a esa mujer y, sin motivo aparente, pensaba que hasta ese momento no había reparado en sus labios carnosos y en que quizá no se había equivocado cuando, un año atrás, después de haber leído su libro, se dijo que si algún día llegaba a conocer a su autora, seguro que le caería bien.

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Capítulo 12
India tenía frío. Estaba aterida, empapada y tan hambrienta que el estómago no cesaba de gruñirle. Arrimada a las llamas cuanto podía sin correr el riesgo de salir ardiendo, extrajo su libreta de la mochila y la examinó detenidamente. Los bordes de las hojas aparecían algo deformados, pero la lona impermeable de la mochila había mantenido a raya casi toda el agua. Apuntaló la libreta y la abrió con las páginas orientadas hacia el fuego. —Imagino que si nos quedamos sin leña, siempre podremos utilizar eso —dijo Jack Ryder. India levantó la vista. Estaba sentado junto a la entrada de la cueva, con las piernas cruzadas y la espalda apoyada en una roca, jugueteando con un palo largo. Para gran alivio de India, finalmente se había puesto los pantalones, si bien conservaba el torso desnudo. El fuego y el sol poniente se habían unido para empaparle la piel, suave y bronceada, de una intensa luz dorada. —¡Ja! —repuso, pues ya le conocía lo suficiente para saber que solo quería provocarla—. ¿Por qué no quemamos su ropa? Para el uso que le da... India pensó en el pobre capitán Granger y sus hombres, obligados a desvestirse y regresar en cueros al barco, y en los caníbales, con las nalgas untadas de barro y los taparrabos de pandanáceas. Su día había estado curiosamente lleno de cuerpos masculinos desnudos. Entonces pensó, al observar cómo los músculos de los brazos y el pecho de Jack Ryder se tensaban cada vez que pasaba el cuchillo por la punta del palo, que su cuerpo viril era, con mucho, el más atractivo que había visto en su vida. El pensamiento le provocó una extraña opresión interna que le robó el aliento y persistió como un fuego lento en el bajo vientre. Aterrada, se consoló pensando que una reacción tan primitiva, tan física, era comprensible teniendo en cuenta el entorno salvaje en el que se hallaban atrapados. Se dijo que su escandaloso e indeseado interés por el cuerpo duro y bronceado de ese hombre era el resultado lógico de haberlo visto tanto —literalmente— durante las últimas treinta y seis horas. Pero al reparar en sus ojos sonrientes y en el hoyuelo que aparecía en su mejilla, tersa y morena, comprendió que se estaba engañando. —Si tuviera un mínimo de sentido común, ya se habría quitado la suya —respondió él, y tan absorta estaba ella en sus pensamientos que tardó unos instantes en recordar que estaban hablando de ropa. India desvió la mirada, abochornada más por sus propios pensamientos que por las palabras de él. —Sobreviviré, señor Ryder. —No me cabe la menor duda, pero podría pillar un desagradable

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hongo. Es muy difícil quitárselos de encima en el trópico. India sintió una punzada de temor. Los hongos tropicales podían ser ciertamente horribles. —La esposa de un misionero de Tanna pilló un hongo en el pie — estaba explicando él— que le devoró media pierna antes de... —No me hace falta escuchar eso, señor Ryder. —Yo creo que sí. India siguió contemplando las tierras bajas que partían de la base de las montañas hacia el norte. Un minuto antes el mundo aparecía inundado de una luz dorada. Ahora el sol no era más que un vago recuerdo en el lejano horizonte, y el mar se estaba convirtiendo en una franja de plata veteada de rosa, quebrada aquí y allá por la silueta oscura y desigual de algunas islas remotas. Un ruiseñor empezó a cantar mientras a su alrededor seabría una miríada de flores nocturnas que llenaban el aire de una mezcla de dulces y exóticos aromas. Embriagada por la belleza de ese instante, India guardó silencio. Jack Ryder lo rompió. —¿Cómo espera poder escribir algo valioso sobre los mares del Sur si nunca ha sentido la brisa tropical en ningún lugar de su cuerpo salvo en la piel del rostro? —Tengo una gran imaginación —respondió ella con aspereza en tanto que se volvía de nuevo hacia donde él seguía manipulando el palo. —Ja, ¿no me diga que puede imaginar lo que no conoce? —No es la primera vez que paso frío. Él dejó escapar una breve carcajada. —No hace frío. Usted tiene frío porque se niega a quitarse la ropa mojada. —Ryder deslizó una mano por el palo para comprobar la punta—. Apuesto a que no se quitó la ropa ni la vez que lo hizo. El significado de ese lo era más que evidente. India hubiese debido contestarle que no tenía intención de hablar de algo tan personal y que si él fuera un caballero jamás habría hecho semejante observación. En lugar de eso, preguntó: —¿Cómo sabe que fue solo una vez? Él levantó la vista y el fuego brilló en sus ojos oscuros. —Porque es evidente que no disfrutó, y si no disfrutó, ¿por qué iba a repetir? India le miró, incapaz, raro en ella, de articular palabra. —Bueno —dijo Ryder, volviendo a su palo—, ¿lo hizo? —¿Si hice qué? —Quitarse toda la ropa —Por supuesto que no. —¿Por qué no? —Me niego a hablar de ese tema con usted —espetó ella. Se dio la vuelta y dirigió la mirada a las copas de los árboles. Había luna llena y el cielo estaba tan estrellado que deslumhraba. —En realidad, no creo ni que lo haya hecho —dijo el odioso, incontenible hombre que tenía a su espalda—. ¿Por qué iba a querer hacerlo? —Supongo que por la misma razón que el resto de la gente —repuso secamente India antes de que pudiera contenerse. - 70 -

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—Según mi experiencia, la gente lo hace por una de las siguientes dos razones: por un sentido del deber o porque sucumbe a la pasión. Pero dado que usted nunca ha estado casada... —Hizo una pausa—. Porque nunca ha estado casada, ¿verdad? —Naturalmente que no. —Eso pensaba. Bueno, pues dado que no lo hizo por un sentido del deber, sería lógico pensar que lo hizo porque sucumbió a la pasión. Pero la gente que sucumbe a la pasión, por lo general, se quita toda la ropa, a menos que esté tan excitada que no llegue a esa fase, claro. Pero dado que usted no estaba excitada y dice que no se quitó la ropa, me pregunto por qué... —Sentía curiosidad —respondió India, volviéndose de nuevo hacia él —. ¿Es tan difícil de entender? —¿Curiosidad? —Sí, curiosidad. Tras decidir que nunca me casaría, quise comprobar qué se sentía al hacerlo para saber qué me estaba perdiendo. Llegué a la conclusión de que no me estaba perdiendo nada. Él la miró estupefacto y, a continuación, soltó una carcajada. —Solo usted abordaría como un experimento científico algo tan sensualmente sublime como hacer el amor. Sensualmente sublime. No era una expresión que hubiese esperado oír de él. Ese asombro, con todo, no explicaba la extraña y nada desagradable corriente de calor que tales palabras habían desencadenado en su cuerpo. —No fue un experimento científico, fue... —India calló, disgustada. Quizá no fue científico, pero no había duda de que había sido un experimento de algún tipo. —¿Y qué tal fue? —preguntó él. —¿Cómo dice? Jack Ryder levantó la vista y una lenta sonrisa se dibujó en sus labios. Era, sin duda, arrolladoramente atractivo, con ese estilo desenfadado, peligroso. —¿Cuál fue el resultado del experimento? India habló con voz fría, analítica, distante. Todo lo que no sentía en ese momento. —Encontré el episodio tremendamente tedioso. —Y bochornoso, pensó, pero no lo dijo—. La verdad, no entiendo toda esa atracción y ese bombo por una actividad más bien desagradable y caótica. Jack Ryder se inclinó para guardar el cuchillo y ella se percató de que lo llevaba enfundado en la bota. —Y después de cometer el error de elegir a un mal amante, optó por renunciar del todo a ello. —Se levantó y alzó los musculosos brazos por encima de la cabeza para desperezarse. Fue un gesto totalmente natural y, al mismo tiempo, increíblemente sensual—. ¿No cree que fue una decisión algo precipitada? Científicamente hablando, claro. India le miró con los ojos entornados para protegerlos del humo. —¿Y qué le hace pensar que era un mal amante? —Usted lo dijo. —No lo dije. —Sí lo dijo. Si no hubiera sido un mal amante, la experiencia no le - 71 -

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habría parecido tremendamente tediosa. Usted no sabía que era un mal amante porque no tenía con quién compararlo. —Jack Ryder se inclinó ágilmente para recoger el palo que había estado afilando y al incorporarse esbozó una sonrisa—. Y ahora, ¿qué le parece si vamos a buscar algo de cena? —No creo que debamos detenernos aún, señor —dijo Alex apretando los dientes para que no le castañetearan. El capitán Granger se volvió hacia él. La antorcha improvisada que sostenía chisporroteaba y proyectaba dibujos macabros de luces y sombras en la roca. —Los hombres están empapados a causa de la lluvia, señor Preston, y en estas cuevas hace un frío endiablado. Un oficial siempre ha de tener presentes las necesidades de sus hombres. Alex notó que el calor le subía a causa de la reprimenda, pero no pudo evitar responder: —Ryder debe de andar cerca —dijo. —En ese caso, daremos con él por la mañana, ¿no le parece? —El capitán se volvió hacia la entrada de la cueva—. Vamos, señor Preston. Su entusiasmo y determinación son encomiables, pero nunca hay que olvidar el valor de la prudencia. Era una orden directa, por muy delicadamente que la hubiera formulado. Alex no tenía más opción que obedecer. Acamparon para pasar la noche en la entrada del tubo de lava. Nada más encender las fogatas, casi todos los hombres se quitaron la ropa y la pusieron a secar suspendida de palos. Hasta el capitán Granger se quedó en ropa interior, pero Alex solo se despojó de la chaqueta, a pesar de que la lluvia le había calado la camisa, y el pantalón, empapado, le provocaba dolorosas rozaduras cada vez que hacía un movimiento instintivo. El hecho de estar en la selva empapado hasta los huesos, se dijo, no justificaba un comportamiento más propio de un salvaje que de un inglés. No obstante, al observar cómo los hombres, cansados y hambrientos, devoraban con deleite las naranjas y los plátanos asados que el capitán les había mandado recolectar, comprendió que había sido un insensato al poner en duda la decisión del capitán de detener la búsqueda hasta el día siguiente. Por la mañana, contando con más marineros procedentes del barco, podrían registrar el laberinto de cuevas de forma más exhaustiva. Y entretanto Ryder no podía ir a ningún lado. No obstante, cuando comunicó sus pensamientos al capitán, este sacudió negativamente la cabeza. —No pienso perder más tiempo registrando estas cuevas. —¡Pero señor! Simon Granger levantó la vista del fruto del pan que, envuelto en una hoja, estaba asando en las brasas. —Jack Ryder sabía muy bien qué hacía cuando se internó en esa cueva de lava. Si no me fallan los cálculos, habrá descendido media ladera del otro lado de la montaña cuando el sol no lleve ni una hora despierto. —¿Piensa entonces que deberíamos continuar hacia el norte? El capitán Granger se concentró en su fruto del pan. - 72 -

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—Dígame algo, señor Preston. ¿Adonde cree que se dirige Ryder? —No creo que tenga un destino claro, señor. Supongo que, sencillamente, aspira a ocultarse en la jungla hasta que nosotros desistamos y nos marchemos. —Nunca cometa el error de subestimar a un contrincante, señor Preston —repuso el capitán al tiempo que recuperaba el humeante paquete de las brasas—. Créame, Jack Ryder sabe exactamente adonde se dirige. Alex le miró, incrédulo. —¿Y qué lugar es ese, señor? —La Rochelle. —¿La Rochelle? El capitán desenvolvió el fruto con deliberado esmero. —Tengo entendido que el anterior comisario francés era un buen amigo de Jack... y muy poco amigo de los británicos —añadió. —¿Sigue en La Rochelle? —No, no, se fue. —Simon Granger entregó a Alex una hoja con una papilla de aspecto poco apetecible—. Tome, pruebe esto. El joven arrugó la nariz y notó un retortijón en el estómago. —No, gracias. —Pruébelo —insistió el capitán con cierta severidad. Los ojos de Alex titubearon bajo la firme mirada del capitán. —Sí, señor. —Con las tripas en guardia, dio un tímido bocado y comprendió por qué llamaban a esa fea papilla fruto del pan—. No está mal —dijo tras un segundo bocado, recordando de pronto lo hambriento que estaba—. Sabe a tostadas. —Dio otro mordisco—. Una mezcla de tostadas y patatas nuevas. —Modere su asombro. Alex levantó la vista y descubrió que los demás hombres sonreían vagamente. —¿Dónde aprendió a prepararlo? Una luz triste, lejana, brilló en los ojos del capitán antes de que bajara los párpados para ocultarla. —Me enseñó Jack Ryder. El afilado palo era una lanza, comprendió India. Ryder lo utilizaría para ensartar los peces regordetes que se acercaran a comer a una charca próxima. Sobre el agua bañada de luna pendían helechos, lianas de jazmines blancos y laurel dulce. Para alivio de India, el australiano se había dejado puesto el pantalón, que se arremangó hasta la rodilla antes de vadear el agua hasta una roca plana, donde permaneció inmóvil pero totalmente relajado, alerta la mirada, la lanza en alto, en una postura de caza tan natural que India se dijo que debía de ser tan antigua como el mundo. Con una onda sigilosa y un chasquido de la cola, un pez plateado salió a la superficie. Jack Ryder contrajo los músculos y tendones de la espalda y la rudimentaria lanza atravesó limpiamente el aire. India McKnight, que observaba fascinada la escena desde la orilla, notó que algo despertaba en su interior, una indeseada admiración primitiva por la belleza y la - 73 -

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elegancia masculinas y por alguna otra cualidad que no conseguía identificar pero que tenía que ver con la habilidad de un varón fuerte y diestro para proteger y proporcionar alimento a una hembra. En otros tiempos la idea de que ella pudiera encontrar esa característica vagamente atractiva le habría hecho reír. El atractivo, sin embargo, estaba ahí, poderoso y subconsciente y no menos real por ser innato. —¿Dónde aprendió a hacer eso? —preguntó cuando él fue a agacharse a los bajíos para limpiar el pez. —En Rakaia —contestó, concentrado de lleno en la tarea—. Es una isla próxima a Tahití. —¿Es allí donde vivió con los caníbales? Jack Ryder alzó la vista y clavó en India una mirada afilada. El resplandor de la luna y las estrellas iluminó sus marcadas facciones. —¿Quién le dijo que viví con los caníbales? —El capitán Granger. —India permaneció muy quieta, sorprendida por su fuerte reacción—. Dijo que vivió dos años con los caníbales. Él volvió a su presa. —La gente de Rakaia dejó de ser caníbal hace más de medio siglo. —Pero lo fue en otros tiempos. Ryder dejó caer un hombro con indiferencia, pero ella pudo percibir su tensión, su ira latente, pese a ignorar la causa. —Todos los nativos del Pacífico Sur fueron caníbales en otros tiempos, tanto los melanesios como los polinesios, desde Rabaul hasta las islas Sandwich. —¿Alguna vez se ha preguntado por qué? Ryder enderezó la espalda y esbozó una sonrisa. —A lo mejor se hartaron de comer cerdo —contestó, y rompió a reír cuando ella no pudo evitar un escalofrío. India se alegró cuando volvieron junto al fuego, donde permaneció con las manos extendidas hacia las llamas mientras él ponía el pescado a asar en un espetón apoyado sobre piedras. El trayecto hasta la charca había resultado arduo, pues las enaguas que vestía bajo la falda escocesa estaban mojadas y el algodón le irritaba la suave piel del interior de los muslos a cada paso que daba. Hasta las ballenas del corsé, también húmedo, le rozaban lastimeramente el torso. Tenía el cuerpo dolorido y aterido y estaba harta de estar mojada. Si no hubiera sido por la presencia de Jack Ryder se habría quitado gustosamente la blusa, la falda y todo lo demás, tan apremiante era el deseo de liberar su cuerpo del abrazo pegajoso de la lana, el algodón y las ballenas. —¿Qué lleva exactamente debajo de ese atuendo? —preguntó él levantando la vista. India se puso rígida. —¿Cómo dice? —Se arrastró desde la charca como un ganadero patizambo después de cuatro semanas de redada. Todos esos añadidos femeninos empiezan a resultarle un poco incómodos, ¿no es cierto? —Mis «añadidos femeninos» no son de su incumbencia, señor. — Quiso que su voz sonara altiva, pero había sonado infantil. Ryder le obsequió con esa desagradable sonrisa suya. —Ah, ah. Todo aquello que nos obligue a aminorar la marcha es de mi - 74 -

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incumbencia. India notó que su corazón daba un respingo. —¿Lo que significa? Él seguía sonriendo, pero ahora su mirada era dura y afilada, una mirada que ella empezaba a conocer bien. —Lo que significa que, si insiste, puede volver a ponerse la blusa y esa maldita falda de lana, pero o se quita ahora mismo las enaguas y demás ridiculeces y las pone a secar durante la noche o se las quita por la mañana y, sencillamente, las abandona aquí. Usted elige.

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Capítulo 13
India abrió la boca para decir: «¿Y si me niego?». Entonces leyó la determinación en los ojos de él y, simplemente, tragó saliva. —Exacto —dijo Ryder, como si hubiera seguido el hilo de sus pensamientos—. Si no se desviste usted, lo haré yo. Se levantó despacio y la luz de la fogata le iluminó el musculoso pecho. India se percató de la quietud del momento, interrumpida únicamente por el crepitar de las llamas y el chirrido de alguna criatura exótica perdida en la inmensidad de la selva. La oscuridad aterciopelada de la noche tropical la oprimía, la hacía terriblemente consciente de su aislamiento, del poder de Ryder y de su propia vulnerabilidad. La idea de enfrentarse a él, de enfrentarse a la noche sin los confines protectores de su corsé y de todas esas enaguas le produjo nuevamente esa extraña tensión en el bajo vientre. —¿Y bien? —preguntó él con suavidad—. ¿Qué elige? Ella le miró de arriba abajo. —No es mucho más alto que yo. —Pero sí más grande. Y no peleo siguiendo las reglas del marqués de Queensbury. Las implicaciones de sus palabras quedaron flotando en el aire, entre los dos, junto con la imagen que provocaban, la imagen de los dos forcejeando, de él erigiendo su enorme cuerpo semidesnudo sobre ella, inmovilizándola, buscando botones y lazos con sus manos fuertes y seguras. E India volvió a sentirlo, un calor interno que descendía agradablemente y luego era sobrepasado por una oleada de pánico que viajaba en sentido ascendente. —Dése la vuelta —dijo, tomando inopinadamente una decisión. Él la miró con suspicacia. —¿Para qué? ¿Para que pueda clavarme la lanza o echar a correr? —¿Hasta dónde cree que podría llegar con estas ropas empapadas? —¿Y la lanza? —farfulló él. India alzó el mentón para poder mirarle con desdén. —Le doy mi palabra de dama de que le acompañaré hasta La Rochelle. —Su palabra de dama —repitió Ryder. —Así es. Él vaciló un instante y, acto seguido, se volvió hacia el lejano mar con los brazos cruzados sobre el pecho. India examinó la amplitud de sus hombros desnudos, consciente por primera vez de la gran confianza que él estaba depositando en ella al darle la espalda de ese modo. Entonces el australiano dijo: —Recuerde, tengo muchos reflejos y mi oído se agudizó durante los dos años que viví con ex caníbales.

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—Debería escribir un libro sobre sus experiencias, señor Ryder —dijo India mientras se desabrochaba el ancho cinturón y pasaba rápidamente a los botones de la blusa. —¿Un libro? —Sí. —India vaciló unos instantes antes de dejar caer la blusa por sus hombros, y suspiró de alivio cuando la tela, empapada y rígida, abandonó sus brazos. Sintió el aire de la noche, cálido, dulce y vagamente pecaminoso, en la piel desnuda, de modo que la voz le tembló ligeramente cuando dijo—: Existen muchos relatos de misioneros que trabajaron con los diferentes pueblos del Pacífico Sur, pero su experiencia de vivir con los nativos como un renegado probablemente sea única. —En aquel entonces no era un renegado. —Ah, ¿no? India se volvió y encontró a Ryder contemplando la oscuridad del valle con las manos en las caderas, sometido su poderoso cuerpo a una inmovilidad casi dolorosa. Jack meneó la cabeza. —Un temporal nos arrojó por la borda a mí y a un marinero llamado Toby Jenkins. La armada británica tardó casi dos años en averiguar que seguíamos vivos y dar con nosotros. Ella quiso hacerle más preguntas, pero la tensión de la espalda y el tono severo de su voz le hicieron cambiar de opinión. Tras echarle otro rápido vistazo, se quitó la camisola y procedió a desabrocharse los ganchos del corsé. Le resultó fácil, pues era una mujer demasiado práctica para utilizar el ridículo sistema de cordones. Llevaba corsé para mostrar al mundo una silueta debidamente recatada, no para acentuar las curvas femeninas de su cuerpo. Su corsé era como un escudo, y cuando se desprendió de las ballenas se sintió desprotegida, vulnerable, extrañamente desnuda pese a la fina combinación que llevaba debajo. —¿Por qué no se pone mi camisa? Estupefacta, India se apretó el corsé contra el pecho y miró de nuevo al hombre que seguía contemplando el vacío, de espaldas a ella. —¿Cómo dice? —¿Por qué no se pone mi camisa hasta que la suya se haya secado? —No puedo hacer eso. —¿Prefiere que lo haga yo? India agarró bruscamente la camisa, que descansaba sobre una roca cercana. —No será necesario. Se dio la vuelta, tiró de la combinación, que tenía atrapada bajo la falda, y también se la quitó. Una brisa cálida le rozó los senos desnudos con una caricia erótica, persuasiva. Escandalizada por las nuevas y desconocidas sensaciones que estaba experimentando, deslizó rápidamente los brazos por la camisa y la cerró contra la peligrosa seducción de la noche. La camisa estaba caliente y seca y olía agradablemente a él. Se la abotonó apresuradamente y procedió a desabrocharse la falda. La pesada tela olía a lana húmeda, pero India tenía intención de volver a ponérsela en cuanto se despojara de las enaguas, por muy aterradoras que fueran las amenazas de Jack Ryder. Lanzándole una mirada de soslayo, se quitó - 77 -

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la falda y luego las tres enaguas. Después de un breve titubeo, también se arrancó los bombachos. La brisa, de exótica fragancia, agitó la frondosa bóveda del bosque primigenio y le acarició dulcemente los muslos desnudos en busca de los lugares íntimos, secretos, de su cuerpo de mujer. De pronto tuvo conciencia, más que nunca, de la oscura presencia del hombre que aguardaba a su espalda, de todas las posibilidades latentes, prohibidas, de ese momento. Entonces una voz masculina dijo: —Si no se da prisa, el pescado se quemará. India introdujo las piernas en la falda escocesa, deslizó la rasposa lana por las caderas y ciñó fuertemente el cinturón sobre la voluminosa tela de la camisa. —Ya estoy —dijo, entreteniéndose con la tarea de poner sus ropas a secar. No podía mirarle a la cara. Aunque Ryder le había dado la espalda durante todo el proceso, nada podía mitigar el hecho de que había estado prácticamente desnuda mientras él permanecía a escasos metros de ella. Era peligrosa, se dijo, esta relajación de las normas del decoro, esta familiaridad excesiva con el cuerpo del otro provocada por la obligada intimidad que generaba su convivencia en la selva. —Santo Dios —exclamó él con un suave silbido—. ¿Llevaba encima todo eso? —Le agradecería que apartara su ávida mirada de mis prendas íntimas, señor Ryder. Jack Ryder rió quedamente y fue a agacharse junto al fuego. —¿Piensa pasarse toda la noche toqueteando esas cosas o prefiere sentarse a comer? —Yo no toqueteo. Él le tendió una hoja de bambú que contenía un pedazo de pescado limpio de espinas. —Todas las solteronas lo hacen. —Siempre he aborrecido esa expresión —repuso altivamente India—. Solterona. Da a entender que la mujer que no se casa es una criatura penosa que solo vive aguardando ansiosamente un momento que nunca llega. Él levantó la vista del pescado que estaba limpiando y las brasas brillaron tenuemente en sus ojos. —Ahora recuerdo que... ¿cómo lo dijo?... que había decidido que nunca se casaría. Lo que no entiendo es por qué. —¿En serio, señor Ryder? Cuando un hombre y una mujer se casan, legalmente se convierten en una persona, y el marido es esa persona. ¿Le extraña que sea reacia a dejar de existir como individuo? ¿Que me oponga a que mis bienes personales pasen inmediatamente a manos de un hombre para que haga con ellos lo que le plazca? ¿Que no desee entregar a un hombre el poder de dirigir mi vida, de pegarme si lo cree conveniente? —Visto de ese modo, supongo que es comprensible. —Le tendió otro trozo de pescado—. ¿Cómo se tomó su familia su decisión? —Según el reverendo Hamish McKnight, una mujer debe a su marido la misma obediencia y sumisión que al Señor, y la idea de que una hembra - 78 -

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exista fuera del control de un varón es más que una aberración, es una abominación. —Deduzco que al reverendo no le hace mucha gracia. —No le hacía. Mi padre murió. —Lo siento. —No lo sienta, nunca estuvimos unidos. Había intentado que su voz sonara despreocupada, hasta indiferente, pero cuando levantó la vista y advirtió que Jack Ryder la estaba observando, estudiando la expresión de la cara, comprendió que no lo había conseguido. —¿Y su madre? —preguntó él en un tono tranquilo—. ¿Estaba de acuerdo con el reverendo? Los labios de India se relajaron para dar paso a una sonrisa. Negó con la cabeza. —Fue mi madre la que me puso el nombre de India. —Ya. —Siempre soñó con ver mundo —prosiguió India, presa de un profundo dolor en el corazón—. Creo que fue una de las razones por las que se casó con mi padre. Él hablaba de entregar su vida a la labor misionera en África o el Pacífico. —Pero nunca lo hizo. —No. Mi madre nunca viajó más allá de Londres. —¿También está muerta? India asintió. —Murió cuando yo tenía quince años. —Yo tenía trece cuando falleció mi madre. —El comentario fue lacónico, pero el dolor seguía allí, en la tirantez de la voz, en la forma en que su pecho se elevó. El silencio se instaló entre los dos, un silencio envuelto por el suave chisporroteo del fuego y el reconocimiento de un dolor compartido, de una pérdida desgarradora. Con mano trémula, India dejó a un lado la hoja de bambú. Hasta ese momento no había pensado en ese hombre como alguien que había conocido el amor de una madre, como alguien que todavía lloraba la muerte de esa madre, después de tantos años. Eso lo convertía en un ser más vulnerable, más humano, e India no estaba segura de querer que eso ocurriera. Era mucho más fácil —y más cómodo — seguir viéndolo como un renegado, como un hombre sin un pasado que no escondiera actos abominables y oscuros secretos. —¿Y su padre? —le preguntó—. ¿También murió? —Qué va. Dice que tiene intención de llegar a los cien años, y con lo terco que es, seguro que lo consigue. Lo dijo con una sonrisa y con la voz ronca por un cariño que no podía ocultar. Al conocer la unión que esa sonrisa insinuaba, India se preguntó qué debía de sentirse cuando existía esa clase de vínculo con un padre, en lugar de crecer herida, enfadada y sola. —¿Sigue en Australia? —Tiene una granja de ovejas en Queensland. India miró sorprendida al hombre que tenía delante. La luz de la fogata teñía de rojo sus hombros desnudos. —¿Creció en una granja de ovejas? - 79 -

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Jack Ryder resopló. —Le sorprende, ¿verdad? —Es un antecedente inusual para un oficial de la armada. Él se encogió de hombros y alcanzó una de las naranjas que habían recogido a su regreso de la charca. —Tengo cuatro hermanos mayores. Y siempre me gustó el mar. —Yo no he tenido hermanos ni hermanas —dijo India antes de poder detenerse. Él le lanzó una naranja. —Lo sabía. India atrapó la naranja y cuando procedió a arrancarle la gruesa piel su dulce aroma inundó el aire. —¿Cómo podía saberlo? —Se nota. India resistió la tentación de pedirle que se explicara. La combinación de comida, fuego y ropa seca le había hecho entrar en calor y se dio cuenta de que él tenía razón, que pese a la elevación del terreno la noche era agradable. Chupando tranquilamente la naranja, estiró los dedos de los pies frente al fuego y le pareció decadente y al mismo tiempo agradable el estar ahí sentada, bajo las estrellas, sensualmente consciente de la desnudez de sus muslos y caderas, cubiertos únicamente por los pliegues de su falda escocesa. Cada vez que respiraba, sus senos desnudos rozaban la tela áspera de la camisa masculina que los cubría. Nunca había sido tan consciente de su propio cuerpo. Era como si, junto con el corsé, las enaguas y los bombachos, se hubiera despojado de algunas de las restricciones de la civilización a la que pertenecían. La idea la aterraba y, al mismo tiempo, atraía. Observó de reojo al hombre que guardaba silencio al otro lado del fuego. Tenía una mano suspendida sobre la rodilla flexionada y la cabeza vuelta hacia el lejano mar, de manera que solo le veía el perfil, la nariz recta y larga, el fuerte mentón, los pómulos altos y anchos. Era un rostro atractivo, y el sorprendente azul de sus ojos acentuaba esa cualidad. Se preguntó qué edad tendría y llegó a la conclusión de que treinta años o pocos más. Ese hombre era un gran misterio para ella, su vida era un rumor enigmático de crímenes terribles y oscuros secretos. La asaltó un deseo repentino de comprender esos secretos, de conocer el motivo de la ira y el dolor que a veces intuía detrás de la sonrisa perezosa de esos ojos azules, intensamente azules. Él se volvió y descubrió que le estaba mirando. El fuego chisporroteaba entre los dos. El viento cálido suspiraba. —No le he dado las gracias —dijo de repente. Ella meneó la cabeza sin comprender. —¿Por qué? —Por permanecer conmigo en el desfiladero. Por salvarme la vida. Gracias. India notó que una sonrisa extraña tiraba de sus labios. —Ahora estamos en paz. Los ojos de Jack Ryder se iluminaron. —¿Lo estamos? —Creo que sí. —India acercó las manos al fuego a pesar de que ya no - 80 -

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tenía frío—. Hábleme de su barco —dijo con los ojos clavados deliberadamente en sus manos—. De cuando se hundió y lo culparon a usted. ¿Cómo ocurrió? La agradable camaradería que habían creado se desvaneció de repente, dejando un frío tan palpable que India se estremeció. De pronto se sentía como una entrometida. Jack Ryder se levantó y las llamas proyectaron unas sombras oscuras en sus facciones. —Debería dormir un poco. Sin moverse de donde estaba, India levantó lá vista y su corazón se llenó de pesar. —¿Y usted? —No se preocupe por mí —repuso él antes de desaparecer en la noche, dejándola a solas con el fuego y sus pensamientos y una extraña sensación que siempre se había jurado que jamás padecería. La sensación de soledad.

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Capítulo 14
Desde el lugar donde estaba sentado, el mar semejaba un manto azul bañado de luna que parecía no tener fin. Jack sabía, no obstante, que se trataba de una ilusión óptica. Había miles de islas ahí fuera, entre ellas una pequeña joya llamada Rakaia, de laderas volcánicas y fértiles valles envueltos de exuberante vegetación y una laguna protegida por un arrecife lleno de vida. Si cerraba los ojos podía verla, podía ver sus palmeras bailando al son de la brisa, podía ver el hermoso, amado rostro de Titana, tan pálido e inerte. Jack, por lo general, trataba de no cerrar los ojos. Era por la noche cuando los recuerdos le asaltaban, recuerdos agridulces de paz, amor y risas, y una profunda tristeza que todavía le rondaba. Cuando se le hacían insoportables, ahogaba esos recuerdos en alcohol o se anestesiaba con kava. Pero otras veces, como hoy, se obligaba a mirar atrás, a recordar. Y el precio era, inevitablemente, ese dolor atroz que le nublaba la vista y le aporreaba la cabeza como una penitencia autoimpuesta, una flagelación que lo dejaba débil pero limpio. Echó la cabeza hacia atrás para contemplar la oscuridad repleta de estrellas. Diez años. Diez años era mucho tiempo para seguir huyendo, para seguir escondiéndose del pasado. Se descubrió preguntándose, inadvertidamente, cómo habría reaccionado India McKnight si él le hubiese contestado, si le hubiese contado la verdad sobre lo que había hecho. Y luego se extrañó de sí mismo, pues no era dado a pensar esas cosas. El dolor de cabeza, cada vez más intenso, le impedía conciliar el sueño. Aspiró profundamente el aire tropical y lo dejó ir con un lento suspiro. Le esperaba una larga noche. Una vez que Jack Ryder la dejó a solas junto al fuego, India decidió tomar el lápiz y hacer algunas anotaciones en su libreta hasta su regreso, pero no había llenado ni media hoja cuando la cabeza empezó a pesarle y las palabras se tornaron borrosas. El lápiz se le resbaló de los dedos. Pensó en recuperarlo, pero en lugar de eso descansó la cabeza sobre la libreta y se quedó dormida. El trino exótico de las aves y el calor húmedo del sol saliente la despertaron. El recuerdo de dónde estaba y por qué hizo que se incorporara bruscamente. Echó una ojeada a su alrededor y descubrió que seguía sola. Un miedo paralizante se apoderó de ella, el miedo a que Jack Ryder la hubiera abandonado en medio de esa selva lluviosa, a una distancia peligrosamente corta de a saber cuántos caníbales, practicantes o cristianizados. Se levantó temblando. Con la espalda pegada contra la piedra de la

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montaña y una mano sobre su pecho agitado, recorrió con la mirada la jungla chirriante e intimidadora que la separaba del diminuto puesto francés de la costa, allí abajo, muy abajo. —Dios mío —susurró. Un alegre silbido que entonaba vagamente la melodía de «I'll Take You Home, Kathleen» inundó el aire y se detuvo en seco cuando Jack Ryder asomó por el oscuro follaje. —Pensé que le gustaría desayunar —dijo descargando de su hombro un tronco de plátanos—. Están un poco verdes, pero cuando están completamente maduros se los comen las ratas. —Cuchillo en mano, se agachó frente al fuego extinguido y esbozó una lenta sonrisa al percatarse de que ella seguía donde la había encontrado, petrificada por una extraña mezcla de alivioe indignación—. ¿Qué ocurre? ¿Pensó que me había marchado y la había dejado para que se las apañara sola? India se alejó de la pared y trató de actuar desenfadadamente, lo cual no le resultó fácil, pues aún le temblaban las manos. Las escondió detrás de la espalda. —¿Por qué no lo hizo? Jack Ryder se sentó sobre los talones y la miró fijamente. —Todavía lleva puesta mi camisa, ¿recuerda? Lo había olvidado. Deslizando tímidamente las manos por las mangas de la camisa, India se volvió hacia el montón de rocas donde, la noche antes, había extendido su ropa. Las botas y los calcetines seguían allí, así como la blusa, la combinación y los bombachos. Pero la camisola, el corsé y hasta la última enagua habían desaparecido. Se volvió rápidamente. —¿Qué ha hecho con mi ropa? Él estaba sentado con la cadera apoyada en el borde de un saliente rocoso y un plátano a medio comer en la mano. —Reducirle el peso. Un torrente de ira amenazó con anegarla. —No tenía derecho a hacerlo. Jack Ryder dio otro bocado al plátano y emitió un sonido que estuvo a medio camino entre un gruñido y una risa queda. —Seguirá llevando el doble de lo que debería llevar. —¿De lo que debería llevar? Sepa que cuando caí en una trampa para animales en África oriental habría muerto si las gruesas y numerosas capas de ropa que vestía no hubieran impedido que las estacas del fondo de la trampa me atravesaran. —¡No me diga! Pues sepa que aquí los isleños no cavan trampas para animales, de modo que no tiene por qué preocuparse. Me sorprende que no haya sufrido una insolación recorriendo las selvas del mundo vestida con lo que probablemente representa un alto porcentaje de la producción diaria de los telares de Gran Bretaña. —No diga tonterías. India agarró lo que quedaba de su indumentaria y se ocultó detrás de la roca más grande para ponérsela con rápidas y rabiosas sacudidas. El hecho de que estuviera obrando sin pensar decía mucho sobre los efectos de la forzosa intimidad que había compartido con ese hombre durante las últimas veinticuatro horas. - 83 -

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La voz de Ryder retumbó desde el otro lado de las rocas. —Créame, cuando bajemos a la llanura me lo agradecerá. India se puso la combinación por la cabeza. —Lo dudo. —Bueno, me lo agradecería si fuera sincera. —Si me conociera mejor, señor Ryder, sabría que siempre soy escrupulosamente sincera. Y que nunca acepto el calor o la incomodidad como pretexto para abandonar los símbolos de la conducta y el proceder civilizados. —Jesús, me recuerda a alguien que conozco. —¿A quién? —preguntó India subiéndose la falda escocesa por encima de los bombachos—. ¿A su madre? —No. —Jack Ryder hizo una pausa—. A Simon Granger. Ella levantó la vista en el acto de abrocharse el cinturón y se lo ciñó con fuerza. —Estoy lista —anunció antes de asomar por detrás de la roca. Jack Ryder se levantó. No dijo nada, pero una extraña sonrisa jugueteó en sus labios, acentuándole los hoyuelos e inyectando en sus ojos un brillo cálido. —¿Qué pasa? —preguntó India resistiendo la tentación de cruzar los brazos sobre su pecho sin corsé. —Nada. Tome. —Le tendió un plátano con una amplia sonrisa que dejaba ver todos sus dientes—. Le conviene comer. Tomaron una senda vieja que transcurría por crestas de granito gris cubiertas de liquen, bajo la sombra caprichosa de eleocarpáceas y pinos, palmas, rododendros y dracophylums, todos ellos retorcidos y raquíticos por la fuerza inagotable de los vientos alisios. El aire era limpio y transparente, y la imagen que ofrecía el verde follaje de la selva baja y el azul del mar era tan hermosa que India se quedó sin respiración. —¿Necesita descansar? —preguntó Jack Ryder volviéndose hacia ella al advertir que se había detenido. —No —respondió India con una sonrisa. Levantó una mano para atrapar el pelo que revoloteaba sobre su cara—. Esto es... es bellísimo. —Lo es —convino quedamente él. Algo en su voz hizo que India se volviera para mirarle, pero él ya se había dado la vuelta y había reanudado la marcha. La maleza de palmas y helechos aumentaba a medida que descendían. Los troncos de los yambos, las eleocarpáceas y los cedros, con su suave corteza, se elevaban para formar una bóveda cada vez más frondosa. Durante un rato el sendero corrió paralelo a un arroyo que unas veces transcurría susurrante sobre los guijarros y otras caía en pequeñas cascadas que llenaban el aire de una bruma dulce y refrescante. Fue junto a una de esas cascadas donde pararon a comer. La tranquila charca a sus pies recibía la sombra de helechos y orquídeas, y el musgo cubría casi por completo los restos de una vieja plataforma construida en el punto más elevado de la orilla. La cabaña de bambú y hojas que en otros tiempos soportara había desaparecido bajo las invasivas acacias, pimenteros y ficus trepadores. - 84 -

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India había reparado en la presencia de otras plataformas a lo largo de las tierras altas. Ahora, mientras mordisqueaba distraídamente una papaya arrancada de un árbol cercano, extrajo su libreta y procedió a dibujar las ruinas. —¿Adonde cree que fueron? —preguntó sin apartar su atención del dibujo—. Me refiero a la gente que construyó estos cimientos de piedra y el sendero que estamos siguiendo. —Creo que conocimos a muchos de ellos en la cueva. India levantó la vista y encontró a Jack Ryder apoyado en una piedra con la cabeza echada hacia atrás, bebiendo ávidamente de la cantimplora. —¿Cree que fueron víctimas de la guerra? Jack Ryder se encogió de hombros. —Puede que algunos, pero es más probable que los mataran las enfermedades. Dicen que en estas islas no había mosquitos antes de que el hombre blanco los trajera. Ni elefantiasis, ni malaria, ni enfermedades venéreas, ni gripe. —Un Jardín del Edén —dijo quedamente India— donde las personas se comen unas a otras. Él dejó escapar un bufido que estuvo a punto de desembocar en una carcajada. —Por lo que veo, no puede quitárselo de la cabeza. El lápiz de India viajó por la hoja con trazos agitados. —Siempre intento comprender las diferentes culturas que encuentro en mis viajes, pero me muestro intolerante con la gente que quiere comerme. —Es comprensible, pero reflexione sobre lo siguiente. Puede que esos nativos que la capturaron tuvieran pensado comérsela, pero jamás permitirían que un miembro de su tribu pasara hambre. Comparten de forma equitativa todos los alimentos, absolutamente todos. Sin embargo, cuando estaba en Londres veía a orondos ricachones con chaleco de seda y reloj de oro pasear sin inmutarse frente a mujeres y niños que morían de hambre en las calles, en medio de tanta riqueza y abundancia. —Ryder se apartó de la roca—. Y llamamos salvajes a estas gentes. India guardó silencio, con la libreta olvidada en las manos, y le observó mientras se inclinaba sobre la charca para llenar la cantimplora. Entonces se dijo que había subestimado gravemente a ese hombre al calificarlo de renegado, irresponsable y descastado. Jack Ryder cerró de nuevo la cantimplora y se levantó. —¿Le falta mucho? Me gustaría alcanzar La Rochelle antes de que lleguen los monzones. India sonrió, pues todavía faltaba más de un mes para la estación de las lluvias. —¿Qué le hace pensar que estará a salvo en La Rochelle? —preguntó antes de guardar la libreta en la mochila y reanudar el descenso. Jack Ryder se encogió de hombros. —Estamos en una isla francesa, lo que significa que, a menos que esté dispuesto a provocar un conflicto internacional, la capacidad de actuación del Barracuda aquí es limitada. Y los conflictos internacionales no favorecen la carrera de un marino. —Pero favorecen enormemente la venta de libros de viajes. - 85 -

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Él se volvió y sonrió. —¿Qué le llevó a elegir este estilo de vida? Me refiero a recorrer el mundo sola, escribiendo libros. —De niña soñaba con ser Marco Polo. Jack Ryder rió suavemente. —Una ambición poco corriente. ¿Cómo se las ingenió para estar tan cerca de conseguirlo? India pasó con cautela por encima de un tronco caído. —Mi tía estaba casada con un hombre del servicio diplomático británico. Tras la muerte de mi madre, me fui a Egipto para vivir con ellos. —Su padre la había enviado allí, la había alejado de él, de su hogar, de todas las cosas y todas las personas que amaba, pero no tenía intención de contarle esa parte a Jack Ryder—. Yo aprovechaba hasta la más mínima oportunidad para explorar el país, y escribí sobre mis experiencias en un libro titulado Por el Nilo hasta el Valle de los Reyes. El libro obtuvo suficiente éxito para permitirme financiarme una expedición a Rusia. —En la tierra de los zares. Fue tal la sorpresa, que India se detuvo en seco. —¿Cómo lo sabe? —Lo he leído —dijo él sin detenerse—. Era muy joven para andar sola por ahí. —Tenía dieciocho años. —India apretó el paso—. Mis tíos no tenían hijos y nunca les hizo demasiada gracia que fuera a vivir con ellos. Creo que se llevaron una alegría cuando decidí marcharme. —Mientras que su padre... su padre ni siquiera contestó a la carta donde le contaba que se iba. —Parece un estilo de vida inestable y solitario —comentó Ryder sin apartar su atención de las lianas del camino. Ella le miró sorprendida, pues no era la clase de observación que habría esperado de un hombre como él. —Usted está solo. Y lleva una vida relativamente inestable. Jack Ryder soltó una carcajada. —Soy un fugitivo. Además... —se detuvo para enjugarse la frente con la manga de la camisa— tengo a Patu. —¿Por qué vive con usted si no es su hijo? Él se encogió de hombros de una forma que a India le pareció demasiado calculada para ser indiferente. —Una mañana me desperté después de haber bebido kava y lo encontré pilotando mi velero. Dijo que necesitaba que alguien cuidara de mí y no conseguí convencerle de lo contrario. Su tono displicente no engañó a India. De haberlo querido, ese hombre habría podido deshacerse fácilmente del muchacho medio europeo, medio polinesio. El hecho de no haber querido hacerlo decía algo sobre la clase de persona que era, algo que hizo que ella le mirara como no quería mirarle. India contempló al hombre que caminaba delante de ella, la forma en que la luz iridiscente que se filtraba por la frondosa bóveda bailaba sobre sus hombros anchos y fuertes, la forma en que su cabeza se alzaba y una sonrisa le abría un hoyuelo en la mejilla al admirar el loro verde y amarillo que revoloteaba entre las ramas de un yambo. Y se descubrió - 86 -

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preguntándose en qué momento de las últimas veinticuatro horas había pasado de soñar con ver a ese hombre ahorcado a desear que consiguiera escapar. —Aunque esta vez logre huir del Barracuda —dijo—, no cejarán en su empeño de darle caza. Lo sabe, ¿verdad? Él la miró y esbozó una sonrisa despreocupada. —Lo sé. —¿Y no le preocupa? A ella le aterraría saber que alguien la perseguía, que alguien vivía pendiente de que diera un paso en falso. Jack Ryder se encogió de hombros. —¿Qué gano con preocuparme? —Podría hacer algo. Él soltó una risa amarga. —¿Como qué? ¿Intentar demostrar mi inocencia? —¿Podría? —preguntó India al tiempo que dejaba escapar un suspiro inesperadamente profundo. Jack Ryder se detuvo un instante. Tenía la espalda tensa, el machete en alto. Finalmente lo dejó caer y sus hombros adquirieron ese aire relajado tan poco británico y tan característico de su persona. India esperaba que dijera que representaba demasiado trastorno o que era inútil intentar cambiar la opinión de los que estaban en el poder. En lugar de eso, dijo: —No soy inocente. Solo entonces India comprendió toda la verdad. No solo quería que ese hombre escapara, sino que fuera declarado inocente del terrible acto del que se le acusaba. En algún instante entre la tensión vivida en el desfiladero de Wairopa, cuando le vio sacrificar su oportunidad de huir para no tener que destruir el puente y matar al hombre que lo ocupaba, y ahora, se había convencido de que Jack Ryder no era responsable del hundimiento de ese barco y la muerte de todos esos hombres. Y mientras descendía hacia el calor bochornoso de una selva baja llena de insectos, cayó en la cuenta de que una parte de su ser no creía lo que él acababa de decirle. Un hombre dispuesto a arriesgar la vida para salvar a una mujer a la que apenas conocía y que ni siquiera le caía bien no era la clase de hombre que hundiría deliberadamente un barco con sus camaradas dentro. Algo había pasado diez años atrás, algo oscuro, secreto e ignominioso. Pero no podía creer que ese hombre hubiera cometido lo que equivalía a un asesinato en masa. Se resistía a creerlo. Al llegar la tarde India tuvo que reconocer —al menos para sus adentros— que la ausencia de las enaguas y las estrecheces del corsé representaba un alivio. Cuando dejaron atrás la relativa frescura de las tierras altas para adentrarse en los valles selváticos del interior, el calor se tornó agobiante. El aire era un manto bochornoso que la cubrió rápidamente de una película de transpiración. El pelo se le pegaba a la cara y las ropas le - 87 -

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colgaban como una mortaja empapada de sudor que convertía cada paso en un gran esfuerzo. En una ocasión cometió el error de apoyar una mano en el tronco de una pandanácea, la apartó con un grito al notar la mordedura de docenas de hormigas gigantes. Pero lo peor, sin duda, eran los mosquitos. Zumbaban a su alrededor formando virulentas nubes que habrían enloquecido hasta a una santa. E India no era una santa. —Creo que ya sé por qué los habitantes de estas islas son caníbales —dijo mientras trataba de ahuyentar, sin conseguirlo, el empecinado ataque—. Los mosquitos los volvieron locos. Jack Ryder rebanó con su machete un ficus que taponaba el camino y rió. —Si tanta afición le tienen, será mejor que alcancemos la costa antes del anochecer. India estudió con mirada hostil al hombre que tenía delante. La camisa medio desabrochada y las mangas enrolladas dejaban al descubierto amplias extensiones de suculenta carne. Los mosquitos, sin embargo, no mostraban el más mínimo interés por ella. —¿Cuándo cree que llegaremos a La Rochelle? —preguntó tratando de no sonar demasiado preocupada. —Mañana por la mañana, espero. India tropezó con la raíz de una liana que cruzaba el camino, cayó hacia delante y consiguió frenar con las manos antes de darse de bruces contra el suelo. —¿Y qué piensa hacer si el Barracuda impide que Patu le esté esperando allí? —preguntó antes de apretar los dientes para contener la maldición, impropia de una dama, que amenazaba con salir de su boca cuando se levantó del espeso mantillo y se sacudió una araña marrón y peluda, del tamaño de una rata, que le subía por la falda. —Puedo esperar. —Jack Ryder se volvió hacia ella—. ¿Está bien? —Perfectamente, gracias. Me pregunto si se le ha pasado por la cabeza que quizá no sea bienvenido en La Rochelle. He oído cosas poco halagüeñas sobre el comisario francés de esta isla. —¿Georges Lefevre? No es mal tipo. Algo en su voz despertó el interés de India. —¿Son amigos? —Nos batimos en duelo en una ocasión. —¿En duelo? —Hice un comentario despectivo sobre el brie y me retó a un duelo para defender el honor del queso francés. No era una invención. Ella le miró, atónita. —¿Se batió en duelo por un queso? ¿Y quién ganó? Jack Ryder sonrió. —Georges debe de rondar los sesenta, pesa ciento veinte kilos y está ciego de un ojo, pero es un gran espadachín. Fue una suerte que los dos perdiéramos el conocimiento antes de que corriera la sangre. —¿Estaban borrachos? —Naturalmente que estábamos borrachos. ¿Cree que habríamos peleado por un queso de no haberlo estado? —Lo que creo es que le gusta comportarse de manera abominable — replicó India sabiendo que debería estar escandalizada y esforzándose por - 88 -

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parecerlo, pero incapaz de disimular el tono divertido de su voz. —¿Por qué hace eso?—preguntó él de repente. —¿Qué? —Esforzarse tanto por hablar como una solterona amargada. ¿Cuántos años tiene? ¿Veinticuatro? ¿Veinticinco? —Veintiséis —respondió ella en tanto que su buen humor cedía terreno a un arrebato de furia y alguna otra emoción que no quería comprender ni sentir—. Ya le he dicho qué opino sobre ese término. —En ese caso, ¿por qué se empeña en convertirse en algo que no quiere ser? Habla del decoro y la decencia como si fueran los dioses a los que ha entregado su existencia, cuando lo cierto es que su vida ha sido más que irregular. India se detuvo en seco. —No ha habido nada irregular en mi vida... —Ah, ¿no? —... y no solo las solteronas tienen en cuenta principios tales como el decoro, la moralidad y la decencia. Jack Ryder se volvió para obsequiarle con una media sonrisa que acentuó el hoyuelo y proyectó un destello cautivador en sus ojos increíblemente azules. —Las solteronas y los misioneros. India notó que el corazón empezaba a latirle lenta, dolorosamente. Lo tenía demasiado cerca y era totalmente consciente del poder de esos brazos masculinos, del pecho bronceado y cubierto de sudor que asomaba por la camisa entreabierta. Respiró hondo y sus sentidos se inundaron de la embriaguez terrenal de la selva virgen, la luz oscura y verdosa que se filtraba entre el follaje, las fragancias densas, pesadas, y el calor húmedo y primigenio. De repente tuvo miedo, miedo de sí misma, del peligroso giro que estaban dando sus sentimientos por ese hombre y de adonde podía llevar a su corazón la creciente familiaridad de sus conversaciones si no hacía algo al respecto. —Es evidente —dijo en un tono deliberadamente remilgado— que no puede esperarse que un hombre como usted conozca las opiniones y los hábitos de las mujeres respetables. —Ja, ¿un hombre como yo? —Jack Ryder se llevó las manos a las caderas y se columpió sobre los talones, acentuando con su desenfadada postura cuanto en él era tan intrínsecamente masculino—. ¿Y qué quiere decir con eso? —Lo sabe perfectamente. —India barrió el aire con la mano en un gesto que pretendía abarcar cuanto era censurable en él—. Según he podido comprobar, su vida consiste en algo tan poco productivo como beber, jugar y tener trato con las nativas. Él no había dejado de sonreír, pero ahora su sonrisa era fría, amenazadora, e India notó un escalofrío en la espalda. —Imaginar a un hombre blanco y a una mujer de piel morena juntos le da miedo, ¿verdad? —No creo que miedo sea la palabra indicada para describir mi reacción. India le adelantó, pero él la agarró del brazo y tiró de ella hasta tenerla delante. - 89 -

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—¿Qué palabra utilizaría entonces? ¿Asco? —India intentó soltarse, pero él apretó aún más los dedos—. Dígame, ¿exactamente por qué le inquieta tanto la idea de un hombre blanco yaciendo con una mujer nativa? India miró fijamente la dura expresión de su rostro y sintió que el aire le salía del pecho con un rugido. —No... no es correcto. —¿Por qué no? —¿Cómo que por qué no? —No me parece una pregunta especialmente complicada. —Jack Ryder se acercó a ella, tanto que India sintió que el movimiento de sus labios la hipnotizaban cuando dijo—: ¿Qué tiene de incorrecto? —¡La mezcla de razas! —exclamó desesperada. —Sí, eso es lo que ocurre cuando un hombre blanco yace con mujeres morenas. Pero todavía no me ha explicado por qué le parece tan escandaloso. India se quedó mirándole con los labios entreabiertos y la respiración agitada, incapaz de pronunciar palabra. —Porque abriga la arrogante creencia de que la raza blanca es superior, ¿no es eso? Cree que no está bien que un hombre contamine su selecta sangre anglosajona con gente inferior. —Lo que creo que no está bien —repuso ella articulando lentamente sus palabras aun cuando la voz le temblaba y el cuerpo entero le flaqueaba a causa de la rabia, el miedo y esa poderosa atracción— es que un hombre utilice a una criatura primitiva como un objeto con el que saciar su lujuria. Jack Ryder soltó una carcajada áspera y la blanca dentadura brilló en su rostro bronceado. —Supongo que nunca se le ha ocurrido pensar que en muchos casos es al revés, que son las mujeres morenas las que utilizan a los hombres blancos para saciar su lujuria. —No diga tonterías. —Es cierto. —Ryder le clavó una mirada escrutadora—. Eso es lo que realmente le asusta, ¿verdad? La idea aterradora de que las mujeres primitivas de piel morena sean más sensuales, más sexuales, que las mujeres blancas. No soporta la idea de que un hombre blanco pueda preferir una mujer morena receptiva a una dama blanca y refinada que se limita a yacer como un pez muerto y esperar a que todo termine. La soltó tan de repente que India se tambaleó. Su mano viajó inconscientemente hasta el brazo que él había tenido sujeto. —¡Yo no me limité a yacer como un pez muerto! —gritó al tiempo que él se daba la vuelta y reanudaba la marcha. —¿En serio? —dijo Jack Ryder sin volverse—. Diantre, se excitó y se implicó tan poco que ni siquiera se quitó la ropa. Ella le seguía pisando fuerte. —En cualquier caso, ¿por qué creen los hombres que las mujeres deberían excitarse? ¿Qué tiene de sensual que te aplasten, te cubran de saliva y te manoseen? A lo mejor sus mujeres morenas saben fingir mejor de lo que usted cree. Jack Ryder echó la cabeza hacia atrás. La tenue luz de la jungla se - 90 -

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dibujó, cálida y dorada, en su garganta mientras reía. —En absoluto —dijo, todavía sonriendo—. Ese ardid es característico de la mujer blanca. Si a una isleña no le gusta tu actuación, te lo dice. —¿De veras? ¿Y alguna de sus isleñas le dijo alguna vez que su actuación no estaba a la altura de lo que esperaba? Jack Ryder esbozó una amplia sonrisa. —No. India notó un arrebato de ira e impotencia que se mezcló, desastrosamente, con una curiosidad creciente. —Se cree muy bueno, ¿verdad? —Lo soy. India se detuvo en medio del camino con las manos sobre las caderas mientras observaba cómo él seguía caminando. —Muy bien, demuéstrelo.

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Capítulo 15
Eso lo frenó en seco. Se dio la vuelta. Ya no sonreía. —¿Qué ha dicho? —Me ha oído perfectamente —dijo India. El corazón le latía con tal vehemencia que estaba temblando, pero no tenía intención de echarse atrás—. Demuéstreme lo bueno que es. —Alzó provocadoramente el mentón—. Béseme. Jack Ryder se guardó el machete y levantó ambas manos con las palmas hacia el frente en un gesto que podía interpretarse como rechazo o como rendición. —Ah, no. —Meneó lentamente la cabeza—. No permitiré que me involucre en uno de sus condenados experimentos. Ella le obsequió con la sonrisa más desdeñosa que fue capaz de esbozar. —¿Quién tiene miedo ahora? Jack Ryder caminó hacia ella con la mirada afilada, hasta que sus muslos se apretaron con fuerza a la falda escocesa y su pecho desnudo y sudoroso estuvo tan próximo que le invadió el campo de visión. India se mantuvo firme, pero notó que dejaba de sonreír cuando él la atrapó con su mirada, una mirada caliente, rapaz y ferozmente azul. Observó su respiración, observó cómo sus mejillas acogían una media sonrisa que despertó en ella un anhelo extraño, ávido. —De acuerdo —dijo él rodeándole la cabeza con una mano para atraerla hacia sí. India sintió que sus senos se aplastaban dolorosamente contra el pecho férreo de él y notó la dura prueba de su excitación, sorprendente, aterradora, cuando la recogió entre sus muslos—. Recuerde que usted me lo pidió. India experimentó un momento de pánico. Entonces él se inclinó y la besó. Sus labios, firmes y suaves, muy suaves, tomaron los de ella en una mágica caricia que rebosaba calor, ternura y deseo salvaje. Atónita, India abrió la boca con un gemido de indefensión y él la llenó con su lengua y su fuego y su sabor embriagador. Ella se estaba ahogando en su beso, ahogando en él, en su olor y en su tacto y en la intimidad erótica, desgarradora, de ese beso. Alzó las manos para acariciarle el pecho, los hombros, vacilante al principio, más firme después. Los dedos se le hundían en la dura carne oculta bajo el tosco algodón de la camisa. Notó el puño de él alrededor del cabello, a la altura de la nuca, tirándole la cabeza hacia atrás a medida que ahondaba en el beso. Su boca masculina la devoraba, le robaba el aliento, el sentido y la conciencia de todo salvo de la exquisita unión de sus bocas. Deslizó las manos hasta acunarle la cara, sosteniéndola como si fuera

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un tesoro, al tiempo que le besaba los párpados, la nariz, las mejillas. —Santo Dios —susurró él en la boca abierta, temblorosa, de ella. Frotó los labios contra los labios hinchados, doloridos, de ella otra vez, y otra, antes de soltarla y dar un paso atrás. Jack Ryder tenía la mirada oscura y ligeramente desesperada, las mejillas calientes, el pulso del cuello agitado. India sabía que debería estar disgustada, pues él acababa de demostrarle que estaba más equivocada de lo que jamás habría imaginado. Pero no vio expresión de triunfo en él, tan solo un recelo anonadado que era un reflejo de su propio recelo. —Lo siento —dijo ella con voz ronca, como si hiciera décadas que no hablaba—. No debí provocarle. Él aspiró hondo y el aire le sacudió el pecho de manera extraña, como si le costara respirar. —Creo que ninguno de los dos esperaba esto. Ella negó con la cabeza. De pronto se sentía terriblemente turbada, y se percató de que la presencia de él la violentaba como no la había violentado antes. —Deberíamos seguir si queremos alcanzar la costa antes de que anochezca —dijo. —Sí, sí, claro. Se volvieron al mismo tiempo. Solo había sido un beso, se recordó India. Solo un beso. Pero ese beso lo había cambiado todo, y los dos lo sabían. El sol brillaba bajo en el claro cielo tropical cuando apareció ante ellos un lago de agua dulce que los separaba de una franja de palmeras, pandanáceas y paraus. Más allá de los árboles retumbaba el suave rumor de la laguna y las olas que rompían contra el arrecife de coral. India se acuclilló en la margen para refrescarse la cara. El lago exhibía un azul cristalino y sus orillas estaban cubiertas de azucenas e hibiscos que se mecían suavemente con la brisa de la tarde. Pitas amarillas y verdes y pequeñas golondrinas marrones trinaban dulcemente sobre las ramas de mirtáceos cubiertos de musgo y helechos arborescentes. India descansó sobre sus talones, abrumada por la serena belleza del momento. —Mierda —dijo el hombre que tenía detrás. Por primera vez desde el desastroso episodio en el sendero India le miró directamente a los ojos. Jack Ryder tenía las manos sobre las caderas, la cabeza echada hacia atrás, los ojos entornados contra la luz cegadora del sol poniente. Tenía el pelo enmarañado y demasiado largo, la línea de los pómulos y la mandíbula ensombrecida por una barba de dos días, el torso sudoroso y manchado de tierra. India, con todo, volvió a sentir ese nudo en el pecho, ese calor interno que le robaba el aliento y le hacía desear hacer toda clase de cosas prohibidas. Desviando bruscamente la mirada, se levantó. —Ya casi hemos llegado. ¿Qué podría ir mal? Él alargó un brazo para abarcar las azucenas, los hibiscos y la espesa vegetación de árboles. - 93 -

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—Por si no lo ha notado, tenemos delante un lago. India se echó a reír. El lago era ancho, pero seguro que podían rodearlo antes de que la noche se les echara encima. —Pues lo rodeamos. ¿Qué problema hay? Jack Ryder le posó unas manos fuertes y cálidas sobre los hombros y la giró hacia el sur. —¿Ve las palmas Alexandra y los mirtáceos que crecen sobre esas juncias y palmas abanico? —La dirigió hacia el norte del lago—. ¿Ve aquello? ¿Puede oír los diez mil millones de ranas que viven allí, croando felizmente? Es un pantano de palmeras. Si intenta cruzarlo, es probable que la arrastre hasta Sudamérica. Necesitaríamos como mínimo dos horas para rodear el lago. —Señaló hacia el oeste con la cabeza mientras sus manos abandonaban los hombros de India con tanta lentitud que el movimiento fue casi una caricia—. Y no tenemos dos horas. Un mosquito zumbó en la oreja de India, que lo aplastó con mano cansina y temblorosa. —Creo que no quiero pasar la noche en un pantano. Él sonrió y las comisuras de sus profundos ojos azules se arrugaron. —¿Sabe nadar? India contempló las cristalinas aguas. Pensó en el placer de quitarse las ropas sudadas y deslizar su cuerpo desnudo y fatigado bajo esas ondas suaves y frescas. Un anhelo casi desesperado trepó dentro de ella, anhelo que aplastó con determinación. —Cuando hice senderismo en Malaya llegamos hasta un lago muy grande. Era prácticamente imposible rodearlo debido a la verticalidad de las montañas que se alzaban al otro lado, de modo que mi guía construyó una balsa con tallos de banano. Jack Ryder le clavó una mirada severa. —Tallos de banano. —Sí, amarrados con lianas. Yo iba encima y mi guía nadaba y empujaba la embarcación por detrás. Sabe nadar, ¿verdad? —Sí. —En ese caso, creo que lo conseguiremos. Durante la travesía me mojé, pero cuando llegamos a la otra orilla mi guía encendió un fuego frotando enérgicamente el extremo de un palo con un agujero hecho en un trozo de madera plano. En cuanto el serrín empezó a echar humo, añadió hojas secas y columpió la madera alrededor de su cabeza hasta que las llamas brotaron. —Creo que seguiré con las cerillas —repuso secamente él antes de desenfundar su machete. Mientras Ryder cortaba las cañas de banano, India se dispuso a recoger lianas y deshojarlas. Le estaba ayudando a atar la última caña cuando algo la instó a levantar la vista y descubrió que él la estaba observando con una expresión extraña, intensa, que le afilaba las facciones. —¿Qué? —preguntó con una tímida sonrisa temblándole en los labios —. ¿Qué pasa? Él sacudió la cabeza y sonrió. —Creo que estamos listos. —Se levantó y se quitó la camisa. —¿Qué hace? —preguntó ella casi con un chillido. - 94 -

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Jack Ryder extendió la camisa sobre la hierba y procedió a quitarse una bota y luego la otra. —¿Alguna vez ha intentado nadar vestida? —No. ¿Por qué? ¿Es difícil? El australiano dejó las botas sobre la camisa, se quitó los calcetines y la miró. —¿Ese guía malayo nadó con la ropa puesta? India tragó saliva. —Llevaba taparrabos. —¿De veras? —Las manos de Ryder descendieron hasta la hebilla del cinturón—. Pues yo no tengo taparrabos. India se volvió hacia la fulgurante superficie del lago, ahora rizada por la brisa de la tarde. —¿Por qué la gente se pasa el día quitándose la ropa? Él soltó una carcajada fuerte, ronca, que vibró en la sangre de India. —Estamos en el Pacífico Sur. Si tuviera un mínimo de sentido común, también se desvestiría. Se va a mojar. India se inclinó para quitarse las botas y las medias y recogió el fardo que él había hecho con sus prendas. —Pondré todo mi empeño en mantener sus cosas fuera del agua. —Me parece muy bien. —India le oyó entrar en el agua, acompañado por la improvisada balsa—. ¿Viene? India lo intentó, intentó con todas sus fuerzas no mirar. Pero allí estaba él, alto, moreno y desnudo, los músculos de sus duras piernas demasiado próximos cuando ella se adentró en el agua. La falda escocesa ya le pesaba y goteaba cuando trepó a los tallos de banano. La balsa se agitó violentamente de un lado a otro hasta adoptar un suave balanceo. India agarró las lianas con una mano y utilizó la otra para mantener las ropas de Ryder, sus botas y la mochila sobre la cabeza, como una vendedora senegalesa camino del mercado. —Si esta cosa se desbarata... —empezó él. —No se desbaratará. —Vale, pero si lo hace —Ryder empujó la balsa y se adentró en el agua, dejando que le acariciara las caderas—, relájese y deje que yo la lleve hasta la orilla. —Puedo nadar como un perrito. Él respondió con un gruñido. El agua le golpeaba ahora el pecho. Procedió a nadar de costado en tanto que empujaba y tiraba de los tallos de banano. Unos tres o cuatro centímetros de agua cubrían la superficie, pero la balsa se mantenía a flote. —En mi opinión —dijo—, es probable que el peso de esa condenada falda de lana nos hunda antes de llegar a la mitad del lago. Debió quitársela. —El lago de las montañas de Malaya era mucho más ancho que este y lo cruzamos sin incidentes. —¡No me diga! —Ryder se sumergió en el agua, a ras de superficie, y al salir sacudió la cabeza, lanzando una miríada de gotas que resplandecieron bajo el sol—. Tal vez los tallos de banano malayos sean más robustos que los de Takaku. Los tallos gimieron y se removieron de manera inquietante. India se - 95 -

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aclaró la garganta y lanzó una rápida mirada a su alrededor. —En estas aguas no hay cocodrilos, ¿verdad? Jack Ryder se echó a reír. —¿Se preocupa por los cocodrilos ahora que teme que tenga que nadar? ¿Y yo? India se aferró a las lianas y notó que estas se aflojaban bajo su mano. —Señor Ryder —dijo tratando de mantener la voz serena—, ¿hay o no hay cocodrilos en estas aguas? Él esbozó una sonrisa desagradable. —Que yo sepa, no. India escudriñó la orilla, tratando de calcular la distancia que los separaba. El agua que cubría la superficie de la balsa ganó profundidad. —¿Y hasta dónde llega exactamente su conocimiento? —Creo que está a punto de averiguarlo —respondió él en el momento en que las lianas cedían y los tallos de banano rodaban lentamente bajo el cuerpo de India.

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Capítulo 16
En lugar de sumergirse con grandes aspavientos, India se dejó hundir lentamente. Cuando el agua le llegó al pecho, empezó a agitar torpemente los pies y la mano que tenía libre. Soltó las botas y el fardo, todo salvo la mochila, que sostenía desesperadamente por encima de la cabeza. El brazo le sobresalía del agua como el mástil de un barco zozobrante. —Maldita sea, mujer —oyó aullar a su lado—. Mi ropa. —Al diablo con su ropa —repuso ella dando boqueadas, y empezó a toser cuando le entró agua en la boca—. Mi libreta. —Déme eso. —Ryder le arrebató la mochila y ella, temiendo que fuera a tirarla, dejó escapar un maullido de protesta. Él, sin embargo, la sostuvo por encima del agua mientras movía sin esfuerzo las piernas y el brazo libre, con ella chapoteando a su lado—. ¿Puede llegar a la orilla por sus propios medios? Ella asintió con la boca cerrada para no tragar más agua. Ryder le tomó la palabra y echó a nadar hacia la margen del lago, volviéndose muy de vez en cuando para comprobar que ella seguía agitando los brazos. La falda de lana era increíblemente pesada y tiraba de su cuerpo, dificultando cada patada, cada gesto. Una ola le abofeteó la cara y la cabeza se le hundió un instante. Emergió dando bandazos, incapaz de ver el cielo y los árboles de la costa, nada salvo el agua que le salpicaba los ojos, le inundaba la boca y se extendía inacabable ante sus ojos. —Si baja los pies —dijo una voz jocosa a su lado—, creo que podrá tocar el suelo. India bajó un pie tímido, vacilante, y tropezó con suelo firme. —Dios mío —suspiró. El brazo de Ryder le rodeó la cintura—. Oh, gracias. Durante un instante de vergonzosa debilidad India se dejó caer sobre él mientras era trasladada, tosiendo y jadeando, hasta la orilla. Se inclinó con las manos apoyadas en las temblorosas rodillas y aspiró largas bocanadas de aire limpio y fresco. Al principio apenas fue consciente del hombre que tenía al lado, del fuerte brazo que la sostenía, de la mano que le apartaba el enmarañado cabello de la cara mientras tosía y daba arcadas. Pero cuando su respiración se fue apaciguando y su miedo decreció, se descubrió con la atención puesta, inexplicablemente, cautivadoramente, en el pie viril que descansaba junto al suyo. Poco a poco, se incorporó y sus manos apretaron el musculoso brazo que le sujetaba la cintura, consciente cada poro de su cuerpo del poder de los muslos desnudos que se apretaban íntimamente contra su costado. Tuvo la sensación de que el tiempo se reducía al ritmo de un latido marcado por el susurro del viento y el pulso exótico del oleaje. Entonces Jack Ryder

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dijo: —Creo que necesita mejorar su estilo. Y el momento se rompió. India se alejó de él. La falda le pesaba y le ponía zancadillas mientras trepaba hasta el lugar donde él había arrojado la mochila. —Eso —añadió Ryder, chapoteando detrás de ella— o aprender a quitarse esa falda escocesa antes de ir a nadar. —No tenía intención de nadar, ¿recuerda? India cayó de rodillas junto a su mochila. El agua manó de sus cabellos, empapándole los brazos y la nariz, cuando tiró de la solapa y examinó, nerviosa, el interior. —Va a mojarlo todo. Tenía razón, naturalmente. India se sentó sobre los talones y contempló la superficie del lago. De pronto se había acordado de los demás objetos que transportaba. —He perdido mis botas. —¿Sus botas? —La risa gutural de Ryder hizo que ella se volviera para mirarle. Estaba de pie, con las manos sobre las caderas y las piernas abiertas. Durante un breve instante India permitió que sus ojos recorrieran libremente, casi con avidez, el cuerpo desnudo y fibroso de ese hombre en toda su estatura, su espalda musculosa y la estrecha cintura, la curva tentadora de las nalgas, el largo, poderoso contorno de los muslos y las pantorrillas. Bronceado como un nativo, tenía la piel tersa, suave y dorada, y su belleza, su poder sensual, volvió a robarle el aliento—. Perdió toda mi maldita ropa. —¡Ja!, eso le enseñará a no quitársela a la primera oportunidad. Algunos tenemos más sentido común. —¿Más sentido común? —Jack Ryder se volvió bruscamente y ella alzó la vista hacia las copas de las palmeras que se mecían contra el cielo—. Esa condenada falda escocesa es lo que hundió la balsa. India se levantó despacio. La falda y la camisa le colgaban lacias y empapadas. —Podría sumergirse para rescatarlas. Recuerdo que en Bangkok los niños se sumergían en el agua del puerto para recoger monedas. Y el agua del puerto de Bangkok es mucho más oscura que la de este lago. Ryder guardó un silencio tan largo que la mirada de India descendió durante un breve instante y regresó rápidamente a las copas de los árboles. —¿Y bien? ¿Podría o no podría? —¿Sabe qué? —dijo él en ese tono alegre, jocoso, que ella empezaba a conocer tan bien—. Le propongo un trato. —¿Qué clase de trato? —preguntó con recelo. —Me sumergiré para recuperar sus botas si accede a quitarse la falda y la blusa cuando lleguemos a la playa. —¿Qué? —Ya me ha oído. India había dejado de fingir que no le miraba. Boquiabierta y con los ojos como platos, contempló su largo, esbelto y gloriosamente desnudo cuerpo y sintió que el corazón se le desbocaba. —Puede dejarse puesta la ropa interior, si insiste —estaba diciendo él - 98 -

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—. Se secará pronto. Pero todo lo demás, fuera. —Pero... ¿por qué? —su voz terminó en un gemido suplicante. —Porque de lo contrario —dijo él, caminando hasta ella— esa condenada falda nunca se secará. Porque llevar ropa mojada con este clima es más peligroso de lo que imagina. —Se hallaba tan cerca de India que sus muslos duros, desnudos, se apretaban contra los de ella y su aliento cálido le acariciaba la mejilla—. Y porque no podrá escribir nada que valga la pena sobre el Pacífico Sur si no ha sentido la cálida caricia de la brisa tropical sobre la piel desnuda. India negó lentamente con la cabeza. Cada nervio de su cuerpo era dolorosamente consciente de la proximidad de él, del calor de su cuerpo desnudo, del peligroso, inexplicable poder de la innegable atracción que existía entre ellos. —No. Una chispa burlona, malévola, brilló en las profundidades azules de los ojos de Ryder. —Caminar por la playa sin zapatos es muy peligroso, ¿sabe? Un corte provocado por un coral puede tardar años en cicatrizar. Y si pisa una escorpina venenosa... —Se encogió de hombros. India tragó saliva. —Eso es chantaje. Extorsión. Él esbozó una sonrisa cruel. —Sí. Ella observó el agua que le caía del cabello y le rodaba por la tez dorada de las mejillas y la garganta. Sintió que el pecho desnudo de él se alzaba contra su pecho al inspirar profundamente, sintió que la cabeza le daba vueltas al aspirar su aroma embriagador. Vio que la mirada de él se afilaba, que sus labios se suavizaban. Y en ese momento habría hecho casi cualquier cosa, habría dicho lo que fuera por romper la insoportable tensión del momento y crear algo de distancia entre los dos. Además, necesitaba esas botas. —De acuerdo —respondió, posando las manos sobre el pecho de él. Asintió con la cabeza y lo alejó de su cuerpo—. Trato hecho. Era una suerte que la playa no quedara lejos, pensó Jack al observar a India McKnight descender trabajosamente por el camino. Las botas le chirriaban y la lana mojada de la falda le rozaba audiblemente la piel. Ella había insistido en caminar delante de él en cuanto supo que no tenía intención de volver a ponerse la camisa y los pantalones empapados. Pero había que ser un idiota para someterse a la clase de incomodidades que ella soportaba. Jack supuso que el pudor de la señorita McKnight temblaba ante la idea de caminar detrás de un hombre en cueros y verse obligada a mirar sin descanso su desnudo trasero. No obstante, se preguntó si a ella no le habría parecido que ese era el menor de los males de haber estado al corriente de la naturaleza explícitamente carnal de los pensamientos que le asaltaban mientras la miraba. Ella no estaba desnuda, pero sin la rígida protección de las ballenas del corsé, la blusa y la combinación se le pegaban al cuerpo, empapadas, desvelando hasta la última curva. Y las curvas naturales del cuerpo de la - 99 -

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señorita India McKnight eran, ciertamente, exquisitas; los senos redondos y turgentes, el estómago plano, las piernas fuertes por años de recorrer selvas y desiertos. No era, ni mucho menos, la clase de mujer por la que normalmente se sentía atraído. No dejaba de decírselo. Oh, era fuerte y valiente, poseedora de una mente rápida y un humor irónico que admiraba. Pero vivía demasiado desconectada de su lado femenino, esclava de sus esfuerzos por encajar en la imagen que se había creado de sí misma de escocesa soltera, decente, asexual e inexpugnable. Y sin embargo... Estaba el interesante asunto de ese experimento científico que había llevado a cabo para conocer en propia carne qué iba a perderse al abstenerse, de realizar el acto marital. Luego estaba ese beso. Cada vez que pensaba en ese beso la sangre se le subía a la cabeza y respiraba con dificultad. Había sido de vino y miel, un beso dulce y caliente, y tan abrumadoramente erótico que le perseguía a cada paso que daba. La vio detenerse para contemplar, con una dulce sonrisa en los labios, el reflejo del sol en las alas extendidas de un águila pescadora, y quiso... Quiso tumbarla en la arena blanda de una playa solitaria, con el rumor de las olas a su espalda y la brisa cálida y suave meciendo las palmeras. Quiso despojarla de sus recatadas ropas europeas y dejar que el sol danzara, libre y dorado, por todos los rincones de su cuerpo. La piel suave de sus hermosos senos sería blanca, casi translúcida, pensó, los muslos largos, esbeltos y fuertes. Quiso acariciarla, saborearla aquí, y allí... por todas partes. Y esa imagen, el calor salvaje de ese deseo fue tan intenso, tan poderoso, que se estremeció. —Gracias a Dios —la oyó decir, y cayó en la cuenta de que el camino que ahora pisaban era de arena. Levantó la vista y divisó el turquesa límpido de la laguna, visible entre los helechos y matas que crecían a los pies de las palmeras. Fresca y dulce, la brisa del mar los envolvió. India McKnight se detuvo en la linde de la selva y echó la cabeza hacia atrás para aspirar el aire salobre. Tenía los ojos cerrados, el cuello incitantemente arqueado. Y mientras Jack contemplaba sus labios entreabiertos, sus senos alzados con cada inspiración, pensó que quizá había cometido un error al obligarla a aceptar que se quitara la ropa.

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Capítulo 17
Jack puso a secar sus ropas en las ramas blanquecinas de un viejo tronco semienterrado en la arena. El sol era una enorme bola naranja sobre la línea difusa donde el agua se encontraba con el cielo, de modo que se apresuró a reunir hojas secas y astillas para hacer una fogata antes de que cayera la noche. Estaba arrodillado en la arena, con la lata de fósforos de India McKnight en las manos, cuando alzó la vista y la encontró contemplando las aguas doradas de la laguna y el oleaje que rompía con espumosa vehemencia contra el arrecife. Estaba de espaldas, pero la tirantez de los hombros y la columna revelaban que ella era tan consciente como él de los sutiles matices de la noche que se avecinaba. Aquel beso lo había cambiado todo entre ellos. Oh, la atracción venía de antes, de eso no había duda, atracción que ambos se habían esforzado por inhibir, por anular. Pero el poder salvaje de aquel beso había echado abajo todo fingimiento, todo subterfugio inconsciente provocado por su instintiva rivalidad y sus pequeñas discusiones. Ahora la conciencia sexual cortaba hasta el aire que los separaba, se ocultaba tras cada movimiento, tras cada palabra. —Teníamos un trato, ¿recuerda? —dijo con voz queda, y sonrió cuando ella se volvió para mirarle con unos ojos que parecían llenos de pánico. La había visto enfrentarse a caníbales hambrientos, puentes oxidados y balsas zozobrantes, pero la idea de verse reducida a una combinación y unos bombachos la aterraba. La señorita McKnight se rodeó el pecho con los brazos y tembló ligeramente, como si tuviera frío, cuando él sabía perfectamente que no era verdad. —Esperaré a que el fuego haya prendido. Jack soltó un gruñido, concentrado, aparentemente, en avivar la pequeña llama. —El sol está bajando pero todavía hace calor. Solo está retrasando el momento. Además... —se sentó sobre los talones y guardó las cerillas en la mochila— el fuego ya está encendido. India McKnight tragó saliva. Los músculos de su esbelta garganta se contrajeron y dilataron. Barrió el aire con un gesto vago de la mano. —¿No tiene nada que hacer... como pescar? —Cuando haya salido de esas ropas mojadas. —Jack se levantó con las manos suspendidas sobre sus muslos desnudos. Ella desvió la mirada hacia un punto indefinible sobre su hombro izquierdo, pero después de que él se percatara de lo que había estado mirando antes. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para no sonreír—. ¿Necesita ayuda? Ella deslizó los ojos hasta encontrarse con los de él. Tenía la

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respiración agitada, los labios entreabiertos de esa forma que a él le impulsaba a imaginar lo que sentiría si los acariciara con las yemas de los dedos, si tuviera esa boca, caliente y húmeda, sobre la piel. Entonces se preguntó qué debía de haber visto ella en su cara, porque enseguida dijo: —Dése la vuelta. —¿Qué? —Ya me ha oído. Dése la vuelta. —Si piensa que voy a darle la espalda toda la noche... —Naturalmente que no. Pero no puedo desvestirme si me mira de ese modo. Dése la vuelta. Jack obedeció. El sol poniente proyectaba en la arena una luz dorada que atrapaba las flores amarillas de las hayas y las orquídeas que crecían profusamente en la linde de la selva. Notaba la brisa de la noche en la piel desnuda, oía el suave balanceo de las palmeras. A lo lejos, un zarapito gritaba una llamada inquietante y grave. —Si no se da prisa, tendrá que recoger los cocos a la luz de la luna — dijo. Su única respuesta fue un rumor de arena. Luego oyó: —Ya está. Y se volvió lentamente. La laguna se había convertido en un manto rosado con ondulaciones plateadas, el reflejo de un cielo sobre el que se mecían las siluetas de las palmeras con una danza lenta, seductora. Ella estaba de pie, con la cabeza bien alta y el desafío en los ojos. La melena, castaña, suelta y casi seca, se arremolinaba seductora alrededor de sus hombros. Pero la fina tela de la combinación y los bombachos seguía aferrándose, húmeda y reveladora, a cada ondulación, cada curva de su cuerpo. Parecía imposible recordar a la mujer que había visto por primera vez, la escritora escocesa de libros de viajes, mojigata y fría, con su voluminosa falda y su silueta envuelta en rígidas ballenas. La India McKnight que ahora tenía delante era una mujer genuina, inconscientemente seductora, de senos altos y turgentes, caderas torneadas y unas piernas largas y esbeltas que estaban hechas para envolver la cintura de un hombre y abrazarlo con fuerza. Jack la miró y en ese momento la deseó tanto que le dolió. —Creo que iré... —dijo, presa de una opresión en el pecho, como si se hubiera quedado sin aire— a pescar o lo que sea. Pescó una enorme trucha de mar, que asó en un espetón y sirvió en hojas de banano junto con fruto del pan y agua que había recogido de un arroyo cercano con la cascara de un coco. Ella comió en silencio, absorta, supuso Jack, en sus pensamientos. No se dio cuenta de que sus pensamientos tenían que ver con él hasta que, de repente, preguntó: —¿Dónde está ahora? Jack alzó la vista. Un trocito de trucha le colgaba del labio. —¿Quién? —Dijo que tenía una hija. ¿Está con su madre? Masticando despacio, Jack se volvió hacia el oscuro perfil de las olas - 102 -

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que rompían contra el arrecife. Consiguió mantener una calma fingida, si bien no pudo controlar las dolorosas palpitaciones de su corazón. —Su madre está muerta. —Oh. —El fuego crepitó, lanzando una luz rojiza que bailó sobre las delicadas facciones europeas del rostro de India McKnight—. Lo siento. —¿Lo siente? —Sí. —¿Por qué? —La voz de Jack emergió más severa de lo que pretendía. Severa e hiriente—. ¿Por qué ha de sentir que una muchacha polinesia hermosa y llena de vida esté muerta? —Porque es evidente que le importa —repuso ella, mirándole con firmeza. Él pensó que dejaría el tema, pero estaba equivocado—. ¿Dónde está ahora? Me refiero a su hija. —En Rakaia. A unos días de barco de Tahití por el oeste, Rakaia era una pequeña isla de laguna turquesa, arenas blancas y palmeras que danzaban suavemente bajo un cielo tropical. Una isla de risas y amor, y de muerte violenta que llegó con una lluvia de balas desencadenada por una orden inglesa. —¿La dejó allí? —La estupefacción en la voz de la escocesa sorprendió a Jack. —Ulani era un bebé y yo un fugitivo. La dejé con la familia de mi esposa. —Con la que todavía vivía—. Ese era su lugar. India le miró fijamente. Sus ojos parecían enormes en su rostro extrañamente pálido. Jack pensó que probablemente estaba consternada por el hecho de que hubiera tomado a una nativa por esposa, pero lo que dijo fue: —Pudo volver por ella. Jack dejó a un lado los restos de su comida. —Sigo siendo un fugitivo, por si no se ha dado cuenta. —Pero abandonarla... —No la abandoné. —Se levantó bruscamente y fue a lavarse las manos en las aguas de la laguna—. Ulani es mucho más feliz creciendo en Rakaia que en un lugar como Londres o Sidney, donde las niñas tienen que llevar corsé, respirar un aire contaminado de humo de carbón y pasarse el día bordando y aprendiendo el catecismo. —¿Cómo lo sabe? —India McKnight vadeó el agua hasta colocarse a su lado. La puntilla de los bombachos flotó sobre la superficie cuando se inclinó para lavarse ella también las manos—. ¿Acaso se lo preguntó? Jack se incorporó despacio. —¿Qué intenta decirme? ¿Que si bien nadie se habría extrañado de que dejara a mi hija pequeña con la familia de su madre en un lugar como Londres, estuvo mal que la dejara en una isla del Pacífico Sur? ¿Que en cierto modo le he fallado a mi hija por permitir que crezca en una sociedad primitiva? —No estoy diciendo eso. Simplemente imagino que para una niña debe de ser muy duro saber que tiene un padre por ahí y pensar que no la quiere lo bastante... —Jack advirtió que su voz se quebraba por la emoción, pero no alcanzó a comprender por qué—, que no le importa lo bastante para querer estar con ella. - 103 -

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La miró fijamente, miró la forma en que el resplandor de la luna y las estrellas jugaba sobre las bellas facciones de su rostro, sobre sus pómulos encendidos, la amplia boca, el mentón fuerte y cuadrado. El cabello, ya seco, bailaba alrededor de sus hombros desnudos, ensortijándose seductoramente sobre la cima de unos senos turgentes, tan obvios bajo la fina tela de la combinación. Sintió que la rabia lo abandonaba para ser sustituida por otro arrebato de palpitante deseo. Y comprendió, de repente, que la rabia no había sido más que una defensa, un escudo, contra ese deseo. —Sí me importa —dijo—, y porque me importa me he mantenido alejado de ella. Jack se adentró en la laguna. El agua se arremolinó, refrescante y aliviadora, sobre su piel caliente. —¿Qué hace? —preguntó India. —Voy a nadar. —Se sumergió formando un leve arco que lo devolvió a la superficie. Luego sacudió la cabeza y miró a la señorita McKnight, envuelta por el brillo difuso de la luna—. Acompáñeme —dijo antes de poder detenerse. Ella negó con la cabeza, pero él advirtió que se adentraba un poco más en el agua, hasta acariciar con las yemas de los dedos la superficie estrellada. —Si no le conociera, señor Ryder, pensaría que está intentando seducirme. Jack se echó a reír, pues eso era exactamente lo que estaba intentando hacer, y los dos lo sabían. Una energía sexual salvaje flotaba en el aire, vibrando con la fuerza del oleaje que rompía contra el arrecife. —Solo quiero seducirla para que nade conmigo. —Ya he tragado suficiente agua por hoy, gracias. —No es profundo. —Jack dejó que sus pies tocaran el fondo de la laguna y levantó los brazos—. ¿Lo ve? Ella dio otro paso y la fina tela de los bombachos se fue inflando a medida que subía el nivel del agua. —Debe de gustarle el agua —dijo él—. ¿Dónde aprendió a nadar al estilo perro? —Empleé los servicios de una máquina de baño en Brighton. —Creo que nadar en esta laguna le resultará mucho más placentero que agarrarse a una máquina de baño en el canal de la Mancha. —No estoy tan segura. —India McKnight dio otro paso—. Brighton era... vigorizante. —¿Y esto qué es? Ella se detuvo frente a él con el agua golpeándole los senos. —Sensual. —Lo dice como si se tratara de algo malo. —Puede serlo. —Solo si cree que lo es. India McKnight no dijo nada, pero era evidente, por la tensión de su mandíbula y la rigidez de sus hombros, que por lo que a ella respectaba la sensualidad era un enemigo del que debía protegerse a toda costa. Y entonces Jack comprendió que nunca se relajaría, que nunca disfrutaría de la belleza del agua cálida y el aire aterciopelado de la noche tropical, a - 104 -

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menos que él la ayudara. —Dése la vuelta —dijo. —¿Qué? —Quiero enseñarle algo. Dése la vuelta. Ella titubeó pero finalmente obedeció, con el cuerpo tenso y cauteloso mientras él se acercaba hasta tener los labios a unos centímetros de su oído. —Ahora túmbese y permítase flotar. No se preocupe —añadió al ver que ella permanecía erguida—. Estoy aquí para sostenerla si hace falta. Ella titubeó otro instante. Luego se recostó y, cuando él alzó los brazos para acunarle la espalda, su cuerpo se tensó. —Relájate —dijo Jack con una risa suave—. Permítete disfrutar, India. Por un momento pensó que no sería capaz de hacerlo, pero la luna y la suave caricia del agua estaban haciendo su efecto. Jack advirtió que la resistencia y la necesidad de tenerlo todo bajo control la abandonaban, hasta que empezó a flotar libremente. Despacio, retiró los brazos y dio un paso atrás. —Qué hermoso —dijo India con una exhalación, contemplando el cielo, sobrecogida, con los ojos muy abiertos y los labios separados. Jack alzó la vista hacia la noche profunda, tan salpicada de estrellas que apenas quedaba espacio entre ellas. Cargada con todos los olores dulces de la isla, la brisa susurraba a su alrededor. Notó que el agua le golpeaba la piel, se llevaba el sudor, la tierra y el dolor de un día agotador. Y la oyó susurrar: —Gracias. Él inclinó la cabeza y la miró fijamente mientras ella permitía que sus pies regresaran lentamente al fondo. Entonces deslizó las manos por sus hombros mojados para atraerla hacia sí, justo en el momento en que, por el rabillo del ojo, divisaba una aleta triangular sesgando la tranquila superficie del agua a unos sesenta metros de la costa.

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Capítulo 18
Jack deslizó los dedos por el brazo de India hasta alcanzarle la mano. —Será mejor que salgamos —dijo vadeando el agua en dirección a la orilla. India se rezagó. —¿Qué ocurre? ¿Qué hace? —En esta isla no hay cocodrilos —respondió Jack con calma mientras tiraba de ella—. Pero de tanto en tanto un tiburón consigue entrar en la laguna. —¡Un tiburón! —Aferrándose a la mano de Jack, India se volvió bruscamente y contempló el reflejo de la luna en las tranquilas aguas. —¿Dónde? Jack escudriñó la superficie, ahora lisa y vacía. —Solamente vi una aleta. —¿Una aleta? Santo Dios. India echó a correr por la movediza arena y al alcanzar la orilla se dejó caer sobre las manos y las rodillas, dejando que el suave oleaje chapoteara a su alrededor. Jack le tomó de la mano para ayudarla a levantarse pero se detuvo al divisar un cuerpo brillante y redondo que atravesaba la superficie del lago. Durante un instante mágico la marsopa se elevó en el aire y su pellejo proyectó destellos de luna antes de zambullirse grácilmente. —¡Jesús! —rió Jack—, es una condenada marsopa. —Es usted un demonio. India le apretó la mano con fuerza y tiró de ella de manera tan inesperada que Jack perdió el equilibrio y cayó a su lado, sin dejar de reír. Queda y ronca, la risa de ella se unió a la de él y el sonido de su hilaridad conjunta viajó por la laguna. Entonces dejaron de reír. Ella tenía los ojos clavados en la boca de él, la expresión serena e intensa. Jack le introdujo los dedos en la densa melena y le acunó la cabeza en la palma de su mano. Vio que los ojos de ella se dilataban hasta volverse negros, vio que su esbelta garganta tragaba saliva con dificultad. El mar suspiraba, caliente y dulce. Él, sin embargo, siguió esperando, dándole la oportunidad de retirarse, de poner fin a ese momento. India no se apartó. Se inclinó sobre ella, mirándola fijamente a los ojos. Oyó un sonido entrecortado, anhelante, que salía de lo más profundo de su garganta, notó que la mano de ella subía por su pecho desnudo para envolverle el cuello y atraerlo hacia sí. Entonces la besó. Los labios dulces y acogedores de India se abrieron bajo los labios de él. La mano de Jack que envolvía su pelo sufrió un espasmo y bajó por la espalda para estrecharla aún más contra su cuerpo. Ella era cálida, flexible y suave, inmensamente suave frente a la dureza de su cuerpo.

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Tan solo la tela mojada de la combinación y los bombachos se interponía entre la desnudez de ambos. Con un gemido, él intensificó el beso uniendo su lengua a la de ella al tiempo que India rodaba sobre su espalda, arrastrándole consigo. Él la cubrió, sintió que los muslos de India se separaban bajo su peso y el beso se volvió ardiente y ávido. El oleaje golpeaba atronadoramente el arrecife y el cálido mar se volcaba sobre sus cuerpos. Jack apartó su boca y el cuello de India se arqueó cuando le besó la garganta y pasó sus labios por el palpitante pulso antes de viajar hasta la delicada piel que asomaba por el fino encaje de la combinación. India sabía a mar y al aire de la noche y a ella, y la necesidad de poseerla, de envolverse en su calor húmedo, de unir sus cuerpos, fue tan poderosa, tan abrumadora, que se estremeció. Jack levantó la cabeza y la miró fijamente. Ella tenía los labios entreabiertos, pálido y hermoso el rostro bajo la luna. —Hazme el amor —dijo él con dulzura. Ella le tomó la cara entre las manos, como algo muy preciado y querido. —No puedo. Jack tragó saliva. Tenía la piel tan caliente y tirante que le dolía, pero consiguió esbozar una leve sonrisa. —He observado que no has dicho no quiero. La mirada de India era solemne, su respiración jadeante y pesada, como la de él. —Ambos sabemos que eso sería mentira. Jack le acarició dulcemente los labios con sus labios. —Hazme el amor, India —susurró mientras le besaba los párpados, la curva de la mejilla, el lóbulo de la oreja—. Aquí, esta noche, con la luz dulce de la luna en el rostro y la caricia de la brisa en la piel. Notó que ella se estremecía. Las manos de India recorrieron desesperadamente sus hombros, su espalda, su cara. Y antes de que hablara, supo cuál iba a ser la respuesta. —No. La besó una vez más antes de impulsar su cuerpo hacia arriba y alejarlo de ella. Ahora que todavía estaba a tiempo. —Estás pensando en lo que te conté —dijo India—. En el hombre con el que estuve. Jack se volvió para mirarla por encima del hombro. India estaba sentada en la orilla con los brazos alrededor de las rodillas. —No. —Jack negó con la cabeza—. Aquello fue un experimento. Pero esto... esto sería placer y tú solo te permites romper las normas si no disfrutas. —Hizo una pausa—. ¿Me equivoco? Ella levantó el mentón de esa forma tan peculiar que antes le había irritado y ahora solo provocaba en él el deseo de besarla de nuevo. —No rompo las normas sociales. Jack se levantó con una carcajada. —¿No? En una sociedad que espera que la mujer se dedique exclusivamente a crear un hogar y cuidar de una familia, vas tú y decides viajar por el mundo sola, sin escolta, sin acompañante. Dices que no tienes intención de casarte, que tal como está la ley no solo estarías - 107 -

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renunciando a tu independencia sino al control de tu vida, y que te niegas a pasar por eso. —Jack notó que las olas se arremolinaban en sus tobillos y la resaca lo chupaba—. Y dices que no rompes las normas sociales. India levantó la vista y suspiró profundamente. —¿No lo entiendes? He ahí justamente la razón por la que debo mantener una reputación de estricta rectitud moral, la razón por la que la gente debe verme como un ser básicamente asexual, como una escritora de viajes en lugar de como una mujer amoral que se pasea por el mundo desdeñando su verdadero lugar en la sociedad y con un amante en cada puerto. Jack notó que una sonrisa triste tiraba de sus labios. —¿Tanto te importa lo que piense la gente? No esperaba eso de ti. India se quedó muy quieta. —Solamente lo dices porque quieres que te haga el amor. —Lo quiero, pero no lo dije por eso. Jack se dio la vuelta y se adentró en el agua, consciente de que ella le observaba. Luego desapareció bajo la superficie, dejándose envolver por la marea cálida y calmante. No durmió. India pensó, al principio, que había ido hasta el banco de arena que sobresalía de la laguna debido a lo que había sucedido en la orilla. Jack contempló el mar durante una eternidad mientras ella observaba su oscura silueta, dibujada en el sendero plateado que la luna de poniente proyectaba en el agua. Supuso que él pensaba que si se mantenía alejado, ella conseguiría conciliar el sueño. Pero ¿cómo podía dormir sabiendo que él estaba allí, despierto y solo? ¿Cómo podía dormir cuando su beso, sus caricias, su olor habían despertado en ella un ardor, un deseo punzante que jamás imaginó que pudiera existir? Se alegraba de que al día siguiente terminara su viaje juntos. Ya nunca volvería a verle. Con el tiempo, se dijo, olvidaría ese doloroso deseo que ardía en su interior, olvidaría la magia de sus caricias y el torbellino embriagador de su beso. Olvidaría la forma en que conseguía enternecerle el corazón con una sonrisa. Se dijo esas cosas para tranquilizarse. No se veía capaz de hacer frente a la amarga tristeza, al anhelo desesperado que crecía en su interior, dulce e hiriente. Siguió dando vueltas, incapaz de conciliar el sueño pese al colchón de blandos y aromáticos helechos que él le había armado junto al fuego. En esta noche cálida, con la brisa tropical acariciando pecaminosamente la piel desnuda de sus brazos y piernas, el fuego era, ante todo, un consuelo, una defensa contra la oscuridad salvaje de la jungla y la enorme vacuidad del mar. Ese pensamiento devolvió inevitablemente su atención al hombre que seguía contemplando el extenso Pacífico. Deslizó la mirada por el terso contorno de su espalda, el ángulo de su perfil dirigido al oscuro infinito, y comprendió que, aunque él la había dejado sola para que pudiera dormir, la vigilia era su constante compañera. Jack casi nunca dormía. Se sentó y se abrazó a sus rodillas mientras pensaba en las cosas que él le había contado, en la hija que había dejado en aquella lejana y - 108 -

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misteriosa isla, en la hermosa mujer a la que había amado y que había fallecido. Su esposa. No fue asombro lo que India había sentido cuando él le habló de la muchacha isleña que había desposado. No fue asombro, sino una emoción más íntima, más poderosa. Y ahora comprendía que lo que había sentido era algo impropio de ella, algo que la avergonzaba incluso ahora. Porque lo que había sentido era envidia. Envidia de ese hombre que había amado tan profundamente, tan apasionadamente. Y envidia de la mujer a la que había querido con tanto ardor que había roto con todo lo que se esperaba de él, con todas las normas de su sociedad y de la armada, para hacerla suya. India no se consideraba una persona impulsiva, de modo que ignoraba lo que la instó a levantarse y caminar hasta él. No era una decisión consciente. Era una necesidad. La necesidad de comprender a ese hombre cuya vida se había entrecruzado tan inesperadamente, tan radicalmente, con la suya.

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Capítulo 19
Estaba de pie en la orilla, con el cuerpo tenso, cuando la vio acercarse. El aire olía a mar y el agua era un manto estrellado que se extendía más allá de mañana. —¿Por qué no duermes nunca? —preguntó India, deteniéndose a poca distancia de él. Una leve sonrisa iluminó los ojos de Jack. —A veces sí duermo. —Es por lo que ocurrió en Rakaia, ¿verdad? Él no respondió, pero ella comprendió, por la tensión en la mandíbula y los músculos de la garganta, que así era. —Cuéntame cómo murió tu esposa. Jack barrió con la vista la silueta del arrecife. —No es una historia agradable. —Cuéntamela. Él le clavó una mirada penetrante. —¿Quieres oírla? ¿Quieres oír que tres marineros del Lady Juliana violaron a una mujer de la isla con tal brutalidad que la mataron? Un temor nauseabundo se apoderó de India. —No... no te estarás refiriendo a tu esposa... —No. Le ocurrió a otra muchacha de la aldea. Y los habitantes de Rakaia manejaron mal la situación. Pensaban que la isla les pertenecía y que, por tanto, tenían derecho a aplicar su propia justicia a los visitantes que infringieran sus leyes. —¿Los mataron? —Sí. En Inglaterra semejante delito habría recibido igual castigo, pero India sabía que el capitán del Lady Juliana no lo habría visto de ese modo. Para él lo único que contaba eran los tres marineros británicos asesinados por nativos hostiles. —El capitán... —dijo en un susurro roto. Y pensó, demasiado tarde, que Jack tenía razón, que no era una historia agradable—. ¿Qué hizo el capitán? Algo estalló en los ojos de Jack, algo que ardió ferozmente y luego se tornó frío y duro. —Hizo formar a una treintena de sus hombres y les ordenó abrir fuego sobre la aldea. Hombres. Mujeres. Niños. No importaba. Quienes pudieron corrieron a ocultarse al bosque. Titana a duras apenas podía correr. Le faltaba un mes para dar a luz a nuestro segundo hijo. —Jack inspiró profundamente y soltó el aire con violencia—. Estaba embarazada de ocho meses y le dispararon como a un perro rabioso, como si su vida no tuviera el más mínimo valor. Porque para ellos no lo tenía. —No te creo —replicó India pese a saber, incluso mientras lo decía,

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que lo que él acababa de contarle era cierto. Sencillamente, no quería creerlo. Jack se volvió y la miró con dureza. —¿Por qué no puedes creerlo, India? ¿Por la misma razón por la que no puedes creer que treinta años atrás, en el subcontinente indio, una escuadra británica amarró a los rebeldes cipayos a la boca de sus cañones y los hizo volar por los aires? ¿Por la misma razón por la que no puedes creer que los buenos colonos de Nueva Inglaterra, puritanos y temerosos de Dios, tenían la desagradable costumbre de rodear aldeas nativas y quemar vivos a sus habitantes? —Dio un paso hacia ella con la mirada encendida—. ¿Qué es lo que crees? ¿Que el mundo está divido, simplista, peligrosamente, en buenos y malos? ¿Que los hombres blancos representan la fuerza de la civilización y del bien y que las razas oscuras de este mundo tienen que ser, necesariamente, primitivas y malas? India se mantuvo firme a pesar de que el corazón le palpitaba con tal vehemencia que el pecho se quejaba por el dolor. —Te equivocas con respecto a mí. He visto las ruinas de las antiguas ciudades de América Central y del Sur que la brutalidad de los conquistadores de Europa echó a perder. He visitado hogares árabes con mosaicos en el suelo que ya eran antiguos cuando los ingleses todavía se cubrían el cuerpo con pieles de animales y asaban a la gente en juicios mediante ordalías. —Juntó las manos—. ¿No lo entiendes? Una de las razones por las que escribo es porque quiero disipar todos los engaños tranquilizadores con que la gente desea vivir, desafiar sus prejuicios e ideas preconcebidas, ayudar a quienes no pueden viajar a comprender a los demás pueblos con los que comparten este mundo. Puedes acusarme de muchas cosas, pero no te atrevas a acusarme de elitismo cultural. La fuerza de su exaltación pareció retumbar en el aire, mezclada con el estrépito distante del oleaje y el chapoteo del agua a sus pies. India advirtió que una extraña sonrisa se dibujaba en los labios de Jack. —Salvo, claro está, en el caso de los caníbales. Ella dejó escapar una risa trémula. —Exacto. Aunque es posible que para cuando me siente a escribir este libro haya adquirido una visión más filosófica y menos personal de la antropofagia. Jack le tomó las manos y la atrajo hacia sí. En algún momento se había puesto los pantalones y la camisa, aunque la llevaba desabotonada y se agitaba con la brisa. India reparó en el brillo angustiado, casi desesperado, de sus ojos y la forma en que la luna resaltaba los tendones de su garganta. Su clavícula subía y bajaba con cada respiración. —Me temo que habría sido preferible —dijo él con un susurro ronco— que te hubiese seguido viendo como una escocesa arrogante y farisaica, segura de la superioridad de su raza y desdeñosa de las culturas que desconoce. —¿Preferible? ¿Por qué? —Las manos de India temblaron, pero no hizo ademán de retirarlas—. ¿Para que pudieras seguir guardando las distancias? Jack le recogió la melena del cuello y dejó que le cayera sensualmente por la espalda. El hoyuelo asomó en la mejilla. —Y yo que pensaba que te estaba seduciendo. - 111 -

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—Eso no es más que biología. —India le acarició con los dedos la mejilla, áspera por la incipiente barba. Era algo que llevaba tiempo deseando hacer, pero había reprimido el impulso. Ahora le parecía la cosa más natural del mundo—. Te culpas, ¿no es cierto? —dijo quedamente—. Te culpas de la muerte de tu esposa. De tu esposa y de todos los que murieron con ella. Las manos de Jack se detuvieron en sus cabellos. Entornando los ojos, respiró hondo. —¿No te culparías tú también? Habría sido fácil responder «No, por supuesto que no», decirle que él no tenía la culpa, que los responsables de ese aciago día eran el capitán del Lady Juliana y los hombres que obedecieron su orden. Pero India sabía muchas cosas sobre la culpa y, por tanto, respondió: —No lo sé. —Yo creo que sí —dijo Jack con un amago de sonrisa que suavizó la dureza de sus facciones—. Es cierto que me culpo por la muerte de Titana, pero tú te culpas por la vida de tu madre. —Deslizó las manos hasta los hombros de India para retenerla cuando ella intentó dar un paso atrás—. Crees que si tu madre no te hubiera tenido, habría abandonado a tu padre. Que si tú no la hubieras atado a esa casa fría y estrecha de Edimburgo, habría llevado la vida aventurera con la que siempre había soñado. —¿Cómo...? —susurró India con la voz ronca y la mirada asustada—. ¿Cómo lo sabes? —Porque tú y yo somos iguales —respondió dulcemente Jack, acariciándole los hombros—. Simplemente, hemos encontrado formas diferentes de castigarnos. Sin apenas aliento, ella observó cómo la brisa tropical le alborotaba el pelo de la frente. Observó cómo inclinaba la cabeza, tensas las facciones por un anhelo que ella comprendía. Los ojos de Jack parecían tan negros y salvajes como el mar, y durante un peligroso instante estuvo a punto de hundirse en ellos. Entonces él le acarició los labios entreabiertos con la yema del pulgar. —Será mejor que te vayas antes de que la biología se aproveche de nosotros —dijo. India hubiera podido quedarse. Una parte de ella deseaba quedarse, saborear una vez más la perversidad de su beso, conocer la magia de sus manos y los secretos que el cuerpo de él podía enseñar a su cuerpo. Pero cuanto le había dicho era cierto, como también eran ciertas las demás cosas, aquellas que no le había dicho y que él no había adivinado. Así pues, se dio la vuelta y se alejó, dejándole a solas con el viento, el mar y su pasado. El canal que cruzaba el arrecife coralino de La Rochelle era ancho y la laguna se abría a una bahía curva de arena blanca que formaba un puerto natural. El aire llegaba del mar fresco y salobre y las palmeras se mecían perezosamente con las caricias de los vientos alisios. Protegido por una cadena de bajas colinas que se elevaban, verdes y frondosas, sobre las aguas turquesas de la bahía, el pueblo podría haber sido bonito. Pero no lo era. - 112 -

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Jack se detuvo y dejó que sus ojos recorrieran las casuchas de madera putrefacta, techadas con herrumbrosas láminas de chapa importada, que se extendían sin orden ni concierto desde la playa. Exento de la elegancia típica de una colonia inglesa y de la pulcra prosperidad que caracterizaba los asentamientos alemanes del Pacífico, el puesto francés de La Rochelle era un lugar sórdido y triste, semienterrado bajo montones indiscriminados de basura que incluían lo que parecía el cadáver hinchado de un hombre flotando boca arriba frente a la costa. Jack advirtió que India miraba estupefacta el cadáver que subía y bajaba con la plácida marea, pero no hizo comentario alguno. —Patu no está —fue cuanto dijo. Él escudriñó el puerto soleado. Un viejo balandro fondeaba al final de la bahía y media docena de canoas nativas descansaban sobre ramas ahorquilladas clavadas en la arena. Aparte de eso, la bahía parecía desierta. —Estará —repuso. Se acercaba el mediodía y hacía un calor abrasador. Cualquiera con un mínimo de sentido común llevaría un buen rato desaparecido bajo las sombras de los mangos o en alguna de las construcciones situadas a ambos lados del camino de arbustos que constituía la calle mayor del pueblo. Jack lo sabía. Y así y todo... —¿Qué ocurre? —preguntó India con expresión ceñuda—. Piensas que algo va mal, ¿verdad? Jack negó con la cabeza y alzó la vista hacia el complejo amurallado francés, erigido, con la intención deliberada de intimidar, en lo alto de una pequeña elevación. —No estoy seguro. Es solo que parece... diferente. —¿Por qué? ¿No había cadáveres flotando en la bahía la última vez que estuviste aquí? Jack se volvió para mirarla y sonrió. —Lo incluirás en tu libro, ¿verdad? —Por supuesto. —India echó a andar por la playa, levantando la arena con sus prácticas botas—. Justo después de la parte relativa a los caníbales. Él la observó alejarse, con la espalda recta y espigada, la cabeza bien alta, la mochila con su valiosa libreta aferrada a un costado. Observó cómo el sol le calentaba la curva de la cara y resaltaba los reflejos castaños de su pelo, y se apoderó de él una sensación de pesar, un deseo desconcertante de alargar un brazo y retener el momento antes de que se le escapara. De retenerla en su vida. Era un pensamiento extraño, un pensamiento inútil. Él era un renegado, un fugitivo destinado a una vida corta y violenta, de constante huida en solitario. Mientras que ella... ella recorría el mundo libremente, voluntariamente. Y aunque Jack ansiaba en secreto tener un hogar y una familia, sabía que India estaba decidida a no atarse a ningún lugar... a ningún hombre. El reclamo de un ave marina desvió brevemente su atención hacia la bahía, donde una golondrina de mar planeaba baja y elegante. Jack la vio deslizarse, con las alas totalmente desplegadas, hasta el nivel del agua. Luego echó a andar en dirección al camino de acacias que conducía a la - 113 -

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factoría francesa.

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Capítulo 20
Hechas con troncos jóvenes atados con lianas, las puertas de la factoría del comisario francés pendían, abiertas y desatendidas, en el denso y achicharrado aire. En otros tiempos, los elevados muros de púas habían proporcionado refugio a los comerciantes y misioneros europeos en épocas turbulentas. Ahora las puertas se utilizaban sobre todo de noche, no tanto para proteger las vidas de los residentes de la factoría como para defender sus bienes. Los melanesios de la isla, que juzgaban la valía de un hombre no por la cantidad de bienes que acumulaba sino por la generosidad con que los compartía, no habían logrado que su mente comprendiera la actitud posesiva del hombre blanco hacia los objetos. Con India al lado, Jack se detuvo en el patio de la factoría y deslizó la mirada por el caótico jardín de Georges Lefevre, en otros tiempos bien atendido, hasta el edificio principal y la galería repleta de buganvillas. Se volvió y escudriñó de nuevo la desierta laguna, donde un perro escuálido buscaba algo que llevarse a la boca en los refugios de la playa. —¿Qué ocurre? —preguntó India tocándole el brazo. Jack meneó la cabeza. —No lo sé. —Cruzó el patio y subió de dos en dos los peldaños de madera de la galería—. ¿Georges? —gritó. Sus pasos retumbaron en el sofocante silencio—. ¿Georges? Où es-tu? Un susurro de muselina blanca iluminó el oscuro umbral que tenía delante, y un aroma inesperado, pero enteramente familiar, llegó hasta él, el aroma a azucenas del valle y a polvos de talco, la fragancia de una mujer europea mezclada con los aromas tropicales de la frangipani y la gardenia, la madreselva y el estefanote procedentes del jardín. —Hola, Francine. Jack se detuvo en la galería, con la mano todavía apoyada en la gastada madera de la baranda. Era plenamente consciente de la presencia de India en el jardín, de su mirada clavada en la menuda y exquisita francesa de rubios cabellos que en ese momento se acercó y deslizó una mano por el brazo de Jack con una caricia familiar, casi íntima. —Jacques —dijo Francine Poirot—, tienes pinta de haber pasado el último mes en la selva. —Arrugó su pequeña nariz—. Y hueles a eso, mon ami. Jack le estrechó una mano y luego la soltó. —¿Qué haces aquí, Francine? —¿No te has enterado? —Apretó sus labios carnosos en un mohín que en otros tiempos había hecho hervir la sangre de Jack pero que ahora solo conseguía que se sintiera precavido e incómodo—. Pierre es el nuevo comisario de Takaku. Una vez más, Jack barrió con la mirada la factoría, que no estaba, lo comprendió entonces, tan vacía como creyera al principio. Dos gendarmes

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habían aparecido junto a las puertas mientras otro aguardaba, en silencio, con la mandíbula apretada, al final de la galería. —Supongo que debería felicitar a Pierre y compadecerme de ti. Papeete será un páramo, pero es mejor que esto. India McKnight no se había movido del patio, pero Jack comprendió, por su tensa postura, que era tan consciente como él de la presencia de los gendarmes y de lo que eso implicaba. Francine meneó la cabeza, como apenada. —No debiste venir, mon ami. —Podría irme por donde he venido —repuso cordialmente Jack. —Me temo que no. Un cuarto gendarme asomó por un costado del edificio, y luego otro. —Cinco hombres —dijo Jack—. Al parecer Pierre piensa que soy peligroso. —Sabe que lo eres. —No tengo pleitos con los franceses. —Lo sé, pero esta mañana recibimos la visita de unos ingleses, un tal capitán Simon Granger y su teniente, un joven sumamente apasionado que se toma a sí mismo demasiado en serio. Dijeron que la justicia te buscaba. —La justicia inglesa. No es algo nuevo. —Jack observó una vez más las delicadas facciones de la francesa—. ¿Cuándo se convirtieron los franceses en la policía de Su Majestad británica? —Se ha desatado una revolución diplomática en este mundo —dijo una voz masculina con un fuerte acento—. ¿No está al corriente? Jack se volvió hacia el individuo que había aparecido en el umbral. El capitán Pierre Poirot era un hombre apuesto, de mirada intensa, nariz aristocrática y un físico totalmente proporcionado. Hasta que cruzó cojeando la galería para detenerse detrás de Francine no se hizo evidente que apenas medía unos centímetros más que su increíblemente refinada esposa. Jack obsequió al nuevo comisario de Takaku con una tensa sonrisa. —Qué descaro el de los alemanes, ¿no le parece? Decidir unirse a estas alturas de la historia y trastornar la dominación francoinglesa del mundo. La mandíbula apretada del capitán palpitó. —Su error, monsieur Ryder, estuvo en abandonar Neu Brenen. Aquí no hay cañoneros alemanes. Jack contempló las aguas turquesas de la laguna. —Tampoco corbetas de la armada británica. —El Barracuda volverá —sonrió el francés— después de que yo le haya arrestado. Jack enarcó una ceja. —¿De qué se me acusa? —Del secuestro con violencia de una escritora de viajes británica. —Eso es absurdo —replicó India con su nítido acento escocés—. Es evidente que se trata de un malentendido. ¿Tengo pinta de que me hayan secuestrado? Jack la vio subir la escalera pisando fuerte con sus prácticas botas de cordones. Llevaba el cabello recogido en una sencilla trenza atada con una - 116 -

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liana y su atuendo expedicionario se veía raído, embarrado y reducido en volumen y decoro por un robo bien intencionado, pero hacía falta algo más que caníbales, selvas y renegados australianos —pensó Jack con una sonrisa— para minar la poderosa presencia de la señorita India McKnight. Caminaba con la cabeza bien alta y la mirada clavada en el francés. Cuando llegó a lo alto de la galería, fue Pierre Poirot quien tragó saliva y dio un paso atrás. —De hecho, mademoiselle —dijo el comisario mientras contemplaba, atónito, la camisa de hombre y la andrajosa falda escocesa—, la tiene. —Tonterías. —India se plantó justo delante del comisario. La coronilla de Poirot asomaba a duras penas por encima de su hombro—. Tuve algunos problemas con los caníbales del sur de la isla, pero el señor Ryder interpretó el papel de salvador, no de secuestrador. Pierre Poirot echó la cabeza hacia atrás y la miró desconcertado. —¿Es usted la señorita India McKnight? India le tendió una mano. —¿Cómo está usted? Tras un breve titubeo, el capitán Poirot ofreció un apretón breve y flácido. —¿Y dice que este hombre no la secuestró? —Eso he dicho. Una risa femenina desvió la atención de todos hacia Francine Poirot. —Caray, Jacques —dijo suavemente, ladeando la cabeza con un gesto estudiado que a Jack le hizo pensar en un pajarito contemplando un selecto bocado—, jamás habría pensado que fuera tu tipo, y sin embargo parece que la has seducido con suma eficacia. La expresión de Pierre Poirot se nubló visiblemente, pero no miró a su esposa. —Gracias por la información, mademoiselle McKnight, pero monsieur Ryder sigue estando bajo arresto. —Eso es absurdo —espetó India con su tono de maestra de catequesis. El comisario levantó secamente el mentón y los gendarmes se acercaron. —Puede acompañarles de buen grado —dijo a Jack— o puede pelear. —Caray —repuso Jack echando una ojeada a los gendarmes de la galería y a los que aguardaban en el jardín—, si me lo pones así... — Retrocedió un paso, levantó el puño y lo clavó en la nariz del primer gendarme que se le echó encima—. Creo que pelearé. Después de todo, solo eran cinco, y Jack había crecido con cuatro hermanos mayores que le enseñaron cuanto necesitaba saber sobre el uso de los puños y los pies. Puso una zancadilla al segundo gendarme y envió al tercero contra el primero cuando este, con la cara ensangrentada, se abalanzó nuevamente sobre él con un rabioso bramido. Jack se agarró a la barandilla de la galería y saltó al jardín. Una patada en el estómago estrelló al cuarto gendarme contra el quinto y le proporcionó tiempo suficiente para hacer frente a uno de los gendarmes de la galería que en ese momento bajaba disparado en dirección a él. Lo frenó con un gancho de izquierda en la barbilla que lo lanzó contra un arriate de cinias. Se dio la vuelta y derribó al gendarme que había - 117 -

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conseguido salir de debajo del cuerpo de su compañero. Sacudió la cabeza para apartarse de los ojos un mechón de pelo empapado de sudor en tanto que calculaba la distancia hasta las puertas y la oscuridad de la jungla. En ese momento Pierre Poirot, que estaba detrás, levantó una de las macetas de barro de Georges Lefevre y la arrojó sobre la cabeza de Jack con una explosión de tierra, geranios rojos y astillas. Jack vio un destello de luz y sintió un dolor abrumador. Luego ya no vio nada ni sintió nada. Un paño frío y húmedo le acarició la parte posterior de la cabeza. Poco a poco Jack se percató de que estaba tumbado boca abajo, con la nariz apretada contra lo que parecía un colchón delgado y maloliente, arrojado directamente en un suelo enlosado. Trató de moverse pero los músculos no le respondían. Sintió que el estómago tiraba alarmantemente de él, ahogando todo deseo de moverse o incluso de abrir los ojos. Se contentó con soltar un gemido. —Y tienes el valor de llamarme terca y estúpida —le regañó una voz familiar con un acento escocés más fuerte que nunca—. Me gustaría saber cómo describirías esta proeza. Jack escuchó un goteo y el paño volvió a posarse en su cabeza, provocándole un escozor atroz. —Ay —protestó—, eso duele. —Deja de quejarte. Tienes la carne abierta y dentro hay tierra que es preciso sacar. Lo último que te conviene a estas alturas de tu intrépida y vergonzosa carrera es una infección tropical. Jack abrió los ojos y obtuvo una vaga imagen del rostro preocupado de India inclinado sobre él. Detrás de ella se adivinaban varias pilas de objetos indefinidos y una luz que entraba por un ventanuco con barrotes. Su estómago sufrió otra arcada y cerró los ojos. —¿Dónde estoy? —Encerrado en el almacén de la tienda de un comerciante chino. Al parecer, es el lugar más seguro de este pueblo. —Suele serlo. —¿Cómo tienes el estómago? —Sublevado. ¿Por qué? —Me temo que sufres una conmoción cerebral. Jack apretó los dientes a fin de reunir el coraje suficiente para rodar sobre su espalda y abrir los ojos. Un techo polvoriento dio vueltas sobre su cabeza y, cuando finalmente se enderezó, soltó un suspiro. —¿Tienes idea de qué le ocurrió a Georges? India hundió el paño en el agua y se lo colocó en la frente. La sensación fue tan refrescante que Jack cambió de opinión y no le pidió que dejara de toquetearle. —Creo que le reclamaron en Francia. Algo relacionado con un duelo. —Y con las potencias que decidieron que le sucediera Napoleón Poirot. —Jack rió quedamente—. Qué ironía. —Creía que el comisario se llamaba Pierre. —Así es. - 118 -

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—Ah. —India se levantó bruscamente y se acercó al ventanuco—. La señora Poirot me contó que su marido cojea porque tú le disparaste. Jack deseó que se apartara del condenado ventanuco. La luz le dañaba los ojos y le obligaba a adoptar una postura incómoda para poder verla. —Me desafió a un duelo. India se volvió hacia él. Tenía los codos en las palmas de las manos y las facciones en penumbra. —¿Todos los comisarios franceses son aficionados a los duelos o solo los que tienen el dudoso honor de conocerte? Jack suspiró. —Georges Lefevre no quería matarme. Napoleón Poirot sí. —¿Por qué? ¿Por llamarle Napoleón o por acostarte con su esposa? Jack se revolvió en el mugriento colchón para mirarla directamente a los ojos, pero seguía sin divisar más que el contorno deslumbrador de su cabeza. —¿Cómo demonios lo sabes? ¿Te lo ha contado ella? —¿Crees que hacía falta? —Es evidente que no. —Hasta de ti habría esperado que tuvieras el suficiente sentido común para no seducir a la esposa de un comisario francés. —Él no era comisario en aquellos tiempos. Y te equivocas. Fue ella la que me sedujo. India soltó otro de sus desdeñosos bufidos, dando a entender que no le creía. Entonces Jack tuvo la asombrosa, inesperada impresión de que estaba celosa. Habría esbozado una sonrisa de no sentir que le habían arrancado el cuero cabelludo. Rodó despacio sobre un costado. —Apartarte de la maldita ventana, ¿quieres? El sol me daña los ojos. —Es el pago por tus pecados —replicó ella resueltamente, pero se alejó de la ventana. Todavía vestía su atuendo expedicionario, pero se había lavado la cara y recogido la espléndida melena castaña en su moño característico. —¿Cuánto tiempo llevo aquí? —preguntó Jack. —Menos de una hora. El Barracuda llegará después de las seis, cuando cambie la marea. Jack asintió. La marea en el Pacífico Sur era solar, de modo que subía regularmente a medianoche y a mediodía. —Me sorprende que Napoleón te haya permitido visitarme. —No quería, pero le recordé que eras subdito británico y que yo, como la otra subdita británica de la isla, tenía la responsabilidad de atenderte. —Me cuesta creer que se dejara impresionar por ese argumento. —No se dejó impresionar. —En los labios de India se dibujó esa sonrisa lenta, enigmática, que tanto le gustaba a Jack, la misma que le había revelado, la primera vez que la vio, que esa mujer no era tan recatada y acartonada como quería hacer creer—. Así que opté por informarle sobre el capítulo que tenía pensado añadir a mi libro, el capítulo en el que hablo de la escandalosa corrupción y el abuso de poder que predominan en las colonias francesas de los mares del Sur. Eso le convenció. - 119 -

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Jack rió. —Es usted una mujer peligrosa, señorita McKnight. La sonrisa de India se apagó lentamente y fue sustituida por una expresión grave. —¿Realmente el Almirantazgo tiene intención de ahorcarte? Jack la miró directamente a los ojos. —Sí. —¿Por provocar el hundimiento de tu barco y la muerte de todos esos hombres? —Sí. —¿Lo hiciste? Jack desvió la mirada y respiró hondo. —Los hombres que murieron... eran mis compañeros, mis amigos, y sin embargo... —Hizo una pausa. Su mandíbula se endureció—. Me alegré de verlos morir, sí. Con el semblante marcado por una súbita tristeza, India fue a arrodillarse junto a él. —Acababan de matar a tu esposa y a tu futuro hijo —repuso con dulzura, acariciándole brevemente el hombro—. Es comprensible que ante tanto dolor encontraras una satisfacción macabra en lo que les ocurrió. — Hizo una pausa—. Pero ¿lo provocaste tú? Él se volvió para mirarla. —Si te dijera que no lo hice, ¿me creerías? Ella ni siquiera parpadeó. —Sí. —No muchos lo harían. —Puede. —India mantuvo la mirada firme—. ¿Hundiste deliberadamente ese barco? Jack tragó saliva, como si pudiera, en cierto modo, tragarse el viejo dolor que trepaba desde sus entrañas. —Fui el responsable, sí. India le acarició los labios con las yemas de los dedos. —No te he preguntado si te sientes responsable. Te he preguntado si hundiste deliberadamente ese barco. Jack podía escuchar el golpe del oleaje contra el arrecife, el murmullo de las palmeras que bordeaban la playa. Incluso allí, en el almacén del comerciante chino, podía oler las fragancias evocadoras del Pacífico Sur, a frangipani, a gardenia y a azahar, y por debajo de todas ellas el aliento salobre del mar. Un extraño mareo se apoderó de él hasta que, junto con el oleaje y el susurro de las palmeras, creyó oír, durante un breve y desgarrador instante, la dulce cadencia de una risa de mujer, ahogada al instante por el rugido de los cañones y un torrente de agua frío y mortífero. —No —dijo al fin, moviendo sus labios contra los dedos de ella—. No lo hice.

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Capítulo 21
La tienda la regentaba un chino alto e increíblemente delgado llamado Johnny Amok. De tez clara, como de pergamino, y con unas gafas de montura dorada que apoyaba en la punta de la nariz, aparentaba entre cincuenta y ochenta años. Aunque había un gendarme haciendo guardia, el señor Amok fue quien empuñó la larga llave de hierro para dejar entrar a India en la celda de Jack Ryder, y fue el señor Amok quien cerró la puerta cuando ella salió, todo ello sin pronunciar una sola palabra. —Me gustaría hacer algunas compras —dijo India al comerciante. El hombre se detuvo, asintió en silencio y echó a andar, arrastrando los pies, por el sendero de hibiscos y acacias que conducía al desvencijado comercio. El interior de la tienda estaba tan polvoriento y desordenado como el almacén que hacía de cárcel de Jack Ryder. India vio balas de cáñamo y alambradas, ollas y latas de carne, todo amontonado en un desorden caótico. —En primer lugar —dijo, extrayendo del bolsillo la lista que había elaborado— necesito un vestido. No de esa clase, no —añadió rápidamente cuando él le mostró una voluminosa túnica de color granate. Las túnicas eran unas prendas feas, amorfas, creadas por los misioneros para cubrir la escandalosa desnudez practicada por las mujeres de la isla en otros tiempos. India no se consideraba una persona vanidosa, pero tenía sus límites y se negaba a vestir algo así. —¿Qué otros vestidos tiene? El señor Amok la observó fijamente y se dio la vuelta. Tras pasar unos minutos hurgando en un extraño surtido de cajas amarillentas, extrajo una camisa de hilo blanco adornada con meticulosas tablillas. Era muy bonita, pero poco femenina. —Esta camisa es de hombre —señaló India. El señor Amok se encogió de hombros y la guardó. Luego se volvió y se quedó mirando a India con las manos cruzadas bajo sus largas mangas. India le miró a su vez. —¿No tiene nada más? El comerciante negó con la cabeza. India consultó el siguiente artículo de su lista, «bombachos», y suspiró. —¿Cuánto cuesta la camisa? Guardó silencio y esperó a que finalmente abriera la boca y dijera algo, pero no lo hizo. El chino tomó un lápiz, escribió una cifra en una pizarra que descansaba sobre el mostrador y se la mostró. India había llegado a la conclusión de que el hombre era mudo cuando, veinte minutos después, mientras le envolvía las compras en un papel marrón, el chino la observó por encima de las gafas y dijo en un

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perfecto inglés con acento australiano: —¿Es amiga de Jack? Sorprendida en el proceso de abrir su monedero, India dio un respingo y una lluvia de monedas salió disparada por el mostrador. —Sí —respondió sin vacilar—. ¿Por qué? El hombre la miró fijamente con sus ojos oscuros y respondió a la pregunta con otra pregunta. —¿Muy buena amiga? Dado que La Rochelle carecía de algo que se pareciera, ni remotamente, a una casa de huéspedes, India no tuvo más remedio que aceptar la hospitalidad, ofrecida a regañadientes, del comisario y su esposa. —Le habría dejado uno de mis vestidos —comentó la señora Poirot desde la puerta de la pequeña habitación de invitados mientras una joven de tez morena, ataviada con un vestido suelto de algodón de vivos colores, transportaba cubos de agua tibia para llenar el baño de asiento—, pero usted es mucho más grande que yo, n'est-ce pas? —N'est-ce pas —convino India mientras abría su paquete marrón—. Afortunadamente, el señor Amok me proporcionó una camisa y otras cosas que necesitaba. Francine Poirot arrugó su naricita cuando India extendió sus compras en la colcha blanca de su cama. —Pero si es una camisa de hombre... Y... alors!... ropa interior masculina... —Me he dado cuenta. —Aunque supongo que le traerá sin cuidado —añadió lentamente, como si intentara comprender esa enorme peculiaridad—, puesto que lleva pantalones. —Es una falda escocesa. —India volcó la mochila y la vació de sus escasos efectos personales—. No son pantalones. —¿Y la lleva siempre? —Solo cuando recorro selvas y otros terrenos accidentados. —¿Lo hace a menudo? —El pasmo en la voz de la mujer era patente. —Así me gano la vida. Soy escritora de viajes. —Resulta extraño que una mujer viaje voluntariamente a lugares tan peligrosos y desagradables. India levantó la vista. —A mí me gusta. Francine Poirot parpadeó. —¿Nunca ha estado casada? —No. La francesa suspiró con lástima. —C'est dommage. Es una pena. —¿De veras? —A India le extrañó el comentario de la mujer, dada la evidente infelicidad de su matrimonio. Para la mayoría de las mujeres, no obstante, la existencia fuera del matrimonio era impensable. Se valoraban, y las valoraba la sociedad, en función del hombre al que estaban atadas—. Dígame una cosa —añadió—, ¿de qué conoce a Jack - 122 -

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Ryder? Una sonrisa enigmática jugueteó en los labios de la francesa. —Mi padre es el comisario de Tahití. Vive en Papeete. Jacques pasó allí unos meses. India se quitó las horquillas del moño, dejó que la melena le cayera sobre los hombros y procedió a cepillarla. —¿Y lo considera un buen amante? —preguntó con estudiado desenfado. La descarada pregunta sonrosó las mejillas de India, que no era una mujer dada a conversaciones de esa índole. Francine Poirot, por el contrario, no vio en el tema nada de indecoroso o incómodo. India advirtió que separaba los labios y que sus ojos entornados brillaban con el fuego de una antigua pasión y el recuerdo del éxtasis. Y con el cepillo olvidado en la mano, ella misma experimentó una agitación que le dejó la garganta tirante y dolorida. —Mon Dieu —dijo Francine con un suspiro. Se rodeó el pecho con los brazos y su sonrisa se tornó nostálgica—. Nunca he conocido a otro como él. India miró fijamente a la mujer y se descubrió luchando por contener toda clase de preguntas indecorosas que amenazaban con salir de su boca. «¿Qué hace que un hombre sea un buen amante y se diferencie de un mal amante? ¿En qué era Jack Ryder distinto de los demás hombres que ha conocido? ¿Cuántos hombres ha conocido?» —En ese caso —dijo, en cambio, con un ligero temblor en la voz—, ¿por qué no se casó con él? La carcajada de Francine fue inmediata y espontánea. —¿Casarme con Jacques? Mais non. —Su mano barrió el aire en un gesto muy galo de desdén—. Jacques es un aventurero, un renegado, un fugitivo sin un céntimo. Vraiment, es apuesto y excitante, pero una mujer no se casa con esa clase de hombres. —Arrugó la nariz de esa manera que la hacía resultar atractiva y simpática, e India supo que si ella intentara hacer ese gesto solo conseguiría dar la impresión de que había olido algo en mal estado—. En estos momentos la posición de Pierre no es demasiado buena, pero es el heredero de su tío. Un día será rico. «Claro —pensó India—. En un mundo donde la mujer es valorada en función de su marido, es lógico que la elección de ese marido se base principalmente en consideraciones económicas.» —Además —añadió la francesa con una sonrisa irónica—, Jacques nunca me lo pidió. India buscó su mirada a través del espejo. —En ese caso, ¿qué sentido tenía el duelo? Francine encogió despectivamente un hombro. —Pierre estaba celoso. Era obvio que Pierre seguía estando celoso, pensó India, pero no lo dijo. Francine ladeó la cabeza y estudió pensativamente a su invitada. —No me lo pareció al principio, pero ahora veo que es usted una romántica, n'est-ce pas? Usted se casaría por amor. —No pienso casarme —replicó India, cepillándose el pelo con sacudidas largas y enérgicas. - 123 -

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—Eso lo dice porque no se ha enamorado. India se volvió para comprobar la temperatura del agua. —No creo en el amor. —A mí me parece que sí. —Francine sonrió—. De lo contrario, no le habría sorprendido que hubiese elegido a Pierre en lugar de a Jacques. India se levantó lentamente, atraída por la vista que ofrecía la ventana. Por encima del acantilado se divisaban palmeras y unas aguas turquesas. En ese preciso instante el sol de poniente se posó en las velas de una corbeta británica y convirtió la blanca lona en oro. Iba seguida de un pequeño velero de descarnados mástiles. El Sea Hawk. —Es el Barracuda —dijo Francine, acercándose a la ventana. Sin apartar la vista de la laguna, India apretó con fuerza el canto curvado de la bañera. Hacía tan solo unos instantes pensaba que ella y esa francesa menuda, bella y pragmática eran muy diferentes. Ahora se daba cuenta de que no lo eran tanto. Les unía una preocupación tácita por el hombre que yacía en un colchón mugriento en el almacén de Johnny Amok. —¿Se lo llevarán esta noche? —preguntó. Francine Poirot negó con la cabeza. —Non. El asunto tiene, como mínimo, que parecer legal. Por la mañana Pierre celebrará una vista oficial, decidirá que Jack es un «elemento indeseable» y ordenará su expulsión de Takaku a bordo del Barracuda. —No suena muy legal que digamos. De nuevo ese encogimiento de hombro galo, aunque esta vez la angustia dibujada en el bello rostro de la mujer era patente. —Qué más da. A nadie le importará siempre y cuando el procedimiento sea correcto. —A mí sí me importa —dijo India con voz queda. Francine la miró fijamente. —¿Qué pasa? —preguntó India en vista de que la mujer no decía nada. La francesa se limitó a sacudir la cabeza con una sonrisa extraña. —Creo que debe descubrirlo por sí misma, n'est-ce pas? Desconcertada, India presionó a la mujer para que le diera una explicación. Pero no obtuvo ninguna. —Le molesta que los franceses hayan atrapado a Ryder, ¿verdad? — dijo Alex Preston mirando de reojo el duro rostro de su capitán. Simon Granger mantuvo la mirada clavada en el gendarme desaliñado y panzudo que había recibido la orden de acompañarlos desde el complejo francés hasta la celda de Jack. Para sorpresa de Alex, el apuesto comisario francés se había negado a ir con ellos, de modo que lo dejaron sentado a solas en el oscuro despacho de su casa, con la mirada ceñuda fija en dos pistolas de duelo que pendían de la pared como dos espadas cruzadas. —Esto huele más a venganza que a justicia, ¿no le parece? —dijo Granger. Alex se encogió de hombros. Ignoraba qué había sucedido - 124 -

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exactamente entre la esposa del comisario francés y Jack Ryder, pero había visto y oído lo suficiente para sacar sus propias conclusiones. —Quizá huela a venganza por parte de Pierre Poirot, pero a justicia por parte británica. —Naturalmente —convino el capitán, sin embargo Alex percibió en su voz un tono inequívoco de duda. Situada estratégicamente entre las dos iglesias de la isla, católica una y protestante la otra, la tienda del comerciante chino se hallaba al final de la media docena de casas que constituían el asentamiento de La Rochelle. Aquí y allá, en la horqueta de un naranjo o en el costado de un edificio, alguien con un retorcido sentido del humor —presumiblemente el cesado Georges Lefevre— había colgado una serie de placas, escritas con letras toscas, que rezaban AVENUE DU TRIOMPHE o BOULEVARD DE STE. MARIE, aun cuando, según podía observar Alex, el camino por el que avanzaban, embarrado e invadido por la basura, era la única calle del lugar. Tras esquivar a un cerdo que hurgaba en un montón de basura abrasada por el sol, Alex siguió al gendarme hasta la puerta de un cobertizo que asomaba por detrás de la tienda. Los recibió un hombre oriental, alto y de aspecto intelectual, de rostro delgado y con una coleta que le colgaba lánguidamente por la espalda. —Donnez-moi la clef —bramó el gendarme elevando su desaliñada mandíbula y dando un paso amenazador hacia el comerciante chino. Este extrajo de su manga una llave larga y abrió la vieja cerradura con un chasquido audible, pero retrocedió cuando el gendarme trató de arrebatarle la llave. —Donnez-moi la clef —espetó de nuevo. El chino se guardó la llave en la manga y negó con la cabeza. —Espere aquí —ordenó Granger al gendarme con esa voz severa, ligeramente hastiada, que tanto intimidaba a los marineros y oficiales del Barracuda. El gendarme se cuadró y dio un paso a un lado con un golpe de talón. —Oui, monsieur. En comparación con la luz cegadora del exterior, el interior del almacén resultaba oscuro y sofocante. Alex se detuvo en el umbral, a la espera de que sus ojos se adaptaran a la oscuridad, y oyó una voz de fuerte acento. —Adelante, caballeros. Perdonen que no me levante, pero tengo un dolor de cabeza atroz. Alex observó con curiosidad al hombre que estaba sentado en un viejo colchón, en un rincón de la habitación, con la espalda apoyada en la pared y las piernas estiradas. Tenía un aspecto harapiento, llevaba una barba de varios días y el pelo, demasiado largo, mugriento de sudor, sangre y tierra. La camisa, abierta hasta medio pecho, también tenía manchas de sangre y tierra. Ofrecía la pinta de un degenerado de vergonzosa reputación, justamente lo que Alex había esperado de un hombre como él o incluso peor. Simon Granger se detuvo a dos metros del colchón y miró a su antiguo amigo con semblante inescrutable. —Me han contado que te resististe al arresto. Una sonrisa inesperada curvó los labios del australiano. - 125 -

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—Para que luego me derribara una maceta. Me estoy haciendo viejo. El capitán, para sorpresa de Alex, rió. —¿Qué le hizo a tu cabeza? —La señorita India McKnight cree que sufro una conmoción cerebral, pero confío en vivir lo suficiente para que me ahorquen. —Lo que le hiciste a esa mujer, arrastrarla por una selva plagada de caníbales durante casi tres días, estuvo mal. —Lo sé. —Jack soltó un bufido lleno de cinismo que hubiera podido interpretarse como una carcajada, pero no lo era. Echó la cabeza hacia atrás y sus ojos brillaron en la tenue luz—. ¿Y tú no actuaste mal al utilizarla como cebo para darme caza? —En ningún momento imaginé que le pondrías un machete en la garganta. —Debiste imaginarlo. Simon Granger alzó una mano para enjugarse la frente con un gesto impropio de él. —Al parecer ella dice que no la secuestraste. —¿Has hablado con la señorita McKnight? —Todavía no, pero lo que ella diga será intrascendente. Te colgarán por lo que le hiciste al Lady Juliana. El hombre del colchón permaneció prácticamente inmóvil. Solo se movía su pecho, que subía y bajaba con el esfuerzo de la respiración. Alex advirtió, no obstante, que la expresión de su cara cambiaba, como si el dolor le hubiese tensado aún más la piel del cráneo, haciendo que los pómulos sobresalieran, severos, bajo su piel morena. —Yo no envié ese barco contra el arrecife, Simon. Con un suspiro, el capitán se acercó al ventanuco. Desde su posición, Alex alcanzaba a ver un pequeño destello de mar casi del mismo color que el cielo. —Yo mismo te oí —repuso suavemente Granger, con las manos en la espalda y la mirada clavada en el brumoso horizonte—. Todos oímos cómo le dijiste al capitán Gladstone que la carta de marear estaba equivocada. Sé en qué estado te encontrabas aquel día, Jack. Lo que Gladstone hizo en esa aldea fue... —la voz del capitán se apagó y su rostro sufrió una convulsión, el reflejo de un repudio tan intenso que estremeció a Alex—... algo abominable. Pero eso no justifica lo que hiciste. Tú enviaste ese barco contra el arrecife deliberadamente. Conscientemente. Tú mataste a esos hombres, Jack. Tú los mataste, y ahora tendrás que pagar por ello. Ryder se levantó con dificultad, apoyando una mano en la pared. Su rostro palideció de forma alarmante al tiempo que se tambaleaba y respiraba entrecortadamente. —Maldita sea, Simon, tienes que escucharme. Las cartas de marear estaban equivocadas. ¿No lo entiendes? El viejo cabrón cambió de opinión. Ordenó al timonel que mantuviera el rumbo inicialmente trazado y por eso el barco se saltó el paso del arrecife. —¡Vigile sus palabras, señor! —Alex dio un paso al frente con los puños en alto—. Ese «viejo cabrón» al que intenta mancillar era el hermano de mi madre. Granger clavó una mano en el pecho de Alex. —Vuelva a perder el control de ese modo, teniente, y esperará fuera - 126 -

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con el gendarme. Echando fuego por las mejillas, Alex apretó la mandíbula y enderezó la espalda. —Sí, señor. El capitán miró con expresión ceñuda al hombre pálido que estaba apoyado contra la pared. —Aunque eso fuera cierto, Jack... no puedes demostrarlo. —Sí puedo. —¿Cómo? —Lo que queda del Lady Juliana sigue atrapado en ese arrecife. Solo tienes que comparar la posición del barco con las cartas de marear y el cuaderno de bitácora y verás que digo la verdad. Fue Gladstone quien siguió las cartas, no yo. Alex miró a un hombre y luego al otro. Cada vez le costaba más respirar en la atmósfera cerrada del almacén. El capitán esbozó una sonrisa tirante. —Las cartas y el cuaderno del Lady Juliana están en el fondo del océano junto con lo que pueda quedar de su capitán. Ryder estaba cada vez más pálido y respiraba con dificultad. Alex pensó que alguien debería aconsejarle que se sentara, pero las palabras quedaron atrapadas en su garganta. —No —replicó Ryder—. Los tiene Toby Jenkins. Granger enarcó las cejas. —¿Toby Jenkins? ¿El marinero que pasó todos esos años en la isla contigo? Ryder asintió. —¿Y dónde está ahora? —Sigue allí, en Rakaia. Alex dio un respingo que se apresuró a reprimir. A su vuelta de Río, el Barracuda había, anclado en Rakaia buscando a Jack Ryder y había encontrado la isla abandonada. —Por lo que veo, no te has enterado —dijo Granger. Ryder aguzó la mirada. Su cuerpo se tensó y su voz se tornó queda, recelosa. —¿De qué? —Rakaia sufrió una epidemia hace cuatro meses, o quizá seis. Está completamente deshabitada. Todos sus habitantes perecieron, Jack. ¿Jack? Granger dio un paso al frente, pero Alex se le adelantó y cazó a Ryder por las axilas en el momento en que este caía desmayado.

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Capítulo 22
Luciendo una camisa de hilo blanco de exquisita confección y la raída pero bien cepillada falda escocesa, India se sentó en un tronco que algún temporal había arrastrado hasta la sombra de los altísimos cocoteros que rodeaban la laguna. Desde allí vio al capitán Granger salir del almacén y tomar el camino, lleno de surcos y desperdicios, que conducía a la playa. Iba acompañado de otro oficial, un hombre más joven, de pelo castaño y facciones afiladas. Era evidente que estaban discutiendo, pues el oficial joven agitaba las manos con vehemencia. Se hallaban demasiado lejos para poder oír lo que decían, pero el repentino giro de cabeza del capitán y la interrupción de sus pasos indicaron a India que la había visto. Tras detenerse en la linde de la playa, Granger dijo algo al otro oficial y este, después de un breve titubeo, siguió su camino hacia el esquife que aguardaba en la arena. El capitán se volvió y echó a andar hacia ella sintiendo los últimos rayos de sol, calientes y dorados, sobre su rostro curtido. —Señorita McKnight. —Se detuvo a dos metros de India con las manos en la espalda y las piernas abiertas, postura habitual en los hombres que han pasado la mayor parte de su vida en la cubierta de un barco—. Confiaba en tener la oportunidad de hablar con usted. La turbación del capitán era evidente, y si India hubiera sentido mayor simpatía por él, habría dicho algo para tranquilizarle. En lugar de eso, levantó la cabeza y le miró sin titubear. —Capitán Granger. El hombre se aclaró la garganta y dirigió la mirada a un punto situado sobre el hombro izquierdo de India. —Pedirle disculpas después de todo lo que ha pasado parece fuera de lugar, lo sé, pero aun así debe permitirme que lo haga. Solamente puedo asegurarle que jamás la habría metido en este asunto de haber sabido que las consecuencias para usted podían ser peligrosas o desagradables. India estudió la cara del hombre, bronceada y marcada por años de escudriñar el sol y la espuma salada. —¿Realmente lo cree o solo espera que yo lo crea? El pulso se acentuó en la tensa mandíbula del capitán. Entonces una sonrisa irónica tiró de sus labios y sacudió la cabeza. —Tiene razón. Vi una posibilidad de echarle el guante a Jack y la aproveché. Y he aquí el resultado. India mantuvo la mirada firme en el capitán. —No lo entiendo. ¿Por qué está tan empeñado en capturarle? ¿Por qué ahora, después de todos estos años? —Recibo órdenes de Londres. —¿Y siempre se desvive tanto por cumplirlas? El capitán se volvió para mirar a India directamente a los ojos.

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—Me ofrecí voluntario para esta misión, ¿lo sabía? India meneó la cabeza. —No. —Casi todo el mundo pensaba que yo era el candidato más idóneo, por todo lo que había pasado a causa de Jack. Pero también había quienes tenían sus dudas. Recordaban que Jack y yo habíamos sido amigos y les preocupaba que no le persiguiera con el debido empeño. —Señaló con la cabeza el esquife que se alejaba de la costa y al joven oficial que se encontraba de pie en la proa—. Hasta mi primer teniente sospecha que abrigo peligrosos sentimientos de afecto hacia mi presa. —Y está decidido a demostrar que se equivocan, ¿no es eso? Simon Granger respiró hondo y sacó el aire con un suspiro. —Estoy decidido a atrapar a Jack antes de que Londres piense que no me estoy esforzando lo bastante y, envíe a otro hombre, alguien que quizá no sea todo lo escrupuloso que debiera. India notó un escalofrío en el corazón. —¿Se refiere a alguien tan dispuesto a matar a Jack Ryder como a capturarlo? —Lo que Jack hizo... En fin, digamos que hay mucha gente en el Almirantazgo a la que le gustaría verlo muerto. Con o sin el beneficio de una vista. —Él dice que no lo hizo. El inglés la miró fijamente. —¿Y usted le cree? —Sí. —Eso es porque desconoce lo que pasó. —En ese caso, cuéntemelo —le retó India—. Siéntese y cuénteme qué ocurrió desde el principio. —Es una larga historia. —¿No cree que merezco oírla? El capitán titubeó un instante y luego fue a sentarse a su lado, en el tronco erosionado por el agua. Durante un largo rato se limitó a contemplar el espumoso oleaje que rompía contra el arrecife. Luego empezó a hablar con voz ronca. —Estábamos a dos días de Tahití cuando estalló un temporal. —Hizo una pausa e India comprendió, por el distanciamiento que invadía sus ojos, que Granger volvía a oír el aullido incesante del viento, el rugido atronador de unas olas capaces de convertir en astillas hasta un poderoso barco de línea—. Yo llevaba en la armada desde los trece años, pero jamás había visto un tifón como ese. Durante treinta y seis horas luchamos por evitar que el mar rabioso nos engullera. No teníamos ni idea de dónde estábamos. El capitán Granger apoyó los codos en las rodillas y, juntando las manos, dejó que colgaran entre ellas. —La mañana del segundo día el viento derribó el trinquete y se llevó por la borda a uno de los hombres, un viejo marinero llamado Toby Jenkins. Seguía vivo, atrapado en las jarcias que arrastrábamos, pero dado el estado del mar el capitán Gladstone decidió que era demasiado peligroso intentar rescatarle. India esbozó una sonrisa triste. - 129 -

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—De modo que Jack Ryder se ofreció voluntario. El capitán asintió. La sonrisa de India reverberó en su rostro, pero se apagó rápidamente. —Jack estaba a punto de subir al hombre cuando el barco viró bruscamente con el viento y una pared de agua barrió la cubierta. Lo que quedaba de las jarcias se rompió y arrastró a Jack. —Granger contempló el lejano mar, más tranquilo ahora que empezaba a ponerse el sol—. Hicimos virajes durante horas, buscándolos... —Meneó la cabeza—. Pero fue inútil. Nadie que hubiera visto ese mar habría creído ni por un momento que siguieran con vida. —Entonces, ¿cómo lograron sobrevivir? Granger se encogió de hombros. —Las jarcias los mantuvieron a flote únicamente durante un rato. Fue una cuestión de suerte que en el momento en que cayeron por la borda el Lady Juliana se hallara a tan solo unos cientos de metros de una isla. Pero nosotros no lo sabíamos. —¿Y esa isla era Rakaia? El capitán asintió. —Hasta dos años más tarde no empezamos a oír rumores sobre dos europeos que habían caído de su barco en un temporal y vivían con los nativos en una de las islas. E incluso entonces tardamos dos meses en dar con ella. India tenía la mirada fija en el Sea Hawk, que se balanceaba sobre las amables aguas de la laguna. En la cubierta de proa se había encendido una luz, la luz de un farol cuyo brillo iba en aumento con la creciente oscuridad. Patu desembarcaría después del anochecer, le había dicho Amok. India solo tenía que esperar allí a que él fuera a recogerla. —Cuando el Lady Juliana entró en la laguna —estaba diciendo Granger—, Jack se acercó al barco a bordo de una canoa indígena. Al principio no le reconocí. Siempre había preferido caminar descalzo a llevar zapatos y siempre que podía iba descamisado. Pero después de dos años en Rakaia... en fin, parecía un polinesio. Un polinesio de ojos azules y acento australiano. —Me contó que se casó con una nativa —dijo India, tratando de mantener un tono impersonal—. Y que tuvo un hijo con ella. Simon Granger asintió. —Se alegraba de vernos, pero en realidad no quería abandonar la isla. Al menos no para siempre. Habló de dejar la armada y quedarse a vivir en Rakaia. —Amaba a su esposa —dijo quedamente India, presa de un extraño dolor en el pecho—. La amaba, y por haber ido a la isla, por haber atraído a la armada británica para que le rescatara, ella murió. El capitán contempló el mar, ahora casi negro bajo el crepúsculo iluminado de estrellas. Había algo extrañamente revelador en la tensión de su porte, y de repente India lo comprendió. —Usted estaba entre los treinta hombres que abrieron fuego contra la aldea, ¿verdad? El capitán apretó la mandíbula. —Los isleños habían matado a tres marineros británicos. El capitán Gladstone pensó que era necesario darles una lección. - 130 -

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—¿Una lección? ¿Es así como lo llama? —Así lo llamó el Almirantazgo. India mantuvo la mirada en el hombre que tenía a su lado. —Pero ¿cómo pudo? ¿Cómo pudo hacer algo así? Hombres, mujeres y niños inocentes... —Fue una orden. —La orden de perpetrar una matanza —señaló, conmovida, India. —Sí. —La voz del capitán sonaba queda, desgarrada. Calló un instante mientras contemplaba la oscuridad llena de estrellas—. No imagina lo que fue aquello —prosiguió al fin—. El sol acababa de elevarse, vertiendo su luz dorada sobre el agua, cuando remamos hasta la orilla y recibimos la orden de formar una fila delante de la aldea. Recuerdo que observé cómo la brisa de la mañana alborotaba las palmeras a lo largo de la arena y que pensé lo hermosa, lo idílica y pacífica que parecía la atmósfera. Semejante a un paraíso. —Simon Granger soltó el aire en un largo y doloroso suspiro, y bajó la mirada hasta sus manos apretadas—. Entonces empezó el tiroteo. Las cabañas de los nativos no estaban hechas para detener las balas. Algunos isleños murieron antes de que pudieran alcanzar la puerta. Pero la esposa de Jack... salió corriendo. Creo que su intención era refugiarse entre los árboles, pero estaba embarazada y llevaba a su pequeña en los brazos. —Granger hizo una pausa—. Debió de recibir cuatro balazos, o quizá cinco. —¿Y Jack Ryder? —preguntó suavemente India—. ¿Dónde estaba? —El capitán Granger le había enviado tierra adentro con un destacamento de hombres para recoger fruta para el barco. Lo quería bien lejos antes de que el tiroteo comenzara, pero en realidad no se habían alejado tanto de la aldea. —¿Lo vio? ¿Jack vio lo que estaba ocurriendo? Granger respiró hondo. —Echó a correr directamente hacia la línea de fuego. Fue un milagro que no cayera muerto antes de que los marineros se dieran cuenta de lo que estaba pasando y detuvieran los disparos. Es probable que al irrumpir en la aldea de ese modo salvara la vida a la mitad de los nativos, pero cuando llegó al lado de su esposa, esta ya estaba muerta. La pequeña gritaba. Cuando vi a Jack levantarla, cubierta de sangre, pensé que también le habían disparado. —El capitán sufrió una convulsión en el rostro que se apresuró a reprimir—. Pero era la sangre de la madre. —No entiendo cómo logró soportarlo —susurró India. Simon Granger meneó la cabeza. —No lo soportó. Se volvió loco. Hirió a media docena de marineros antes de que pudieran reducirle, y mientras le poníamos los grilletes y lo arrastrábamos hasta el barco seguía retorciéndose, jurando que iba a matar a Gladstone y a toda la tripulación. —Había enloquecido de dolor. No puede deducir, por lo que dijo en aquel momento, que luego hundió el barco deliberadamente. —No es una deducción. —A la luz lúgubre de la luna, el rostro del capitán parecía frío, severo—. Teníamos previsto zarpar esa misma mañana, pero el mar estaba agitado, demasiado agitado para cruzar el paso del arrecife guiados por la vista, como habíamos hecho al entrar. Gladstone tenía intención de seguir las cartas de marear, pero en ese - 131 -

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momento Jack dejó de despotricar y dijo que las cartas estaban equivocadas, que si las seguíamos terminaríamos chocando con el arrecife. —¿Y el capitán le creyó? —Al principio no, pero Jack logró convencerle. Gladstone ordenó al timonel que navegara siguiendo los cálculos de Jack. —Granger tragó saliva—. Y el Lady Juliana se estrelló de lleno contra el arrecife. India tardó en hablar. —Dijo que la mitad de la tripulación murió. ¿Por qué? ¿Tan agitado estaba el mar? El capitán negó con la cabeza. —El primer bote salvavidas cruzó el arrecife sin demasiados problemas, pero para cuando el segundo bote se hubo llenado, los nativos ya se habían percatado de lo que estaba ocurriendo y habían subido a sus canoas de guerra. Intentamos retroceder para ayudar al otro bote, pero el mar nos lo impedía. Cuanto pudimos hacer fue mirar. —Granger se volvió hacia India—. Los mataron a todos, señorita McKnight, al capitán y a los demás hombres del barco. Los únicos supervivientes, además de los afortunados que conseguimos subir al primer bote, fueron Jack Ryder y Toby Jenkins. Los isleños les perdonaron la vida. India se levantó bruscamente, cubriéndose la boca y la nariz con las manos, y se alejó un paso del capitán Granger. —Puedo creer que Jack Ryder matara a media docena de marineros en un arrebato de locura provocado por el dolor. Pero ¿que tramara deliberada, diabólicamente, hundir un barco? No. Jack no haría algo así. Simon Granger suspiró. —Él asegura que Gladstone cambió de parecer, que el timonel se guió por las cartas de marear y que por eso el Lady Juliana acabó chocando contra el arrecife. Pero no hay manera de demostrarlo. India se volvió hacia Granger y dejó caer los brazos a los lados. —Tiene que haberla. ¿Alguien regresó alguna vez a Rakaia? El capitán asintió con tristeza. —El Barracuda hizo allí escala unos meses atrás. Lo que queda del Lady Juliana sigue atrapado en el arrecife. Si tuviéramos el cuaderno de bitácora y las cartas de marear, el asunto se resolvería al instante. Pero dada la... Una profunda aprensión se instaló en el estómago de India. —¿Se perdieron? —Todo el mundo dio por sentado que sí. El capitán Gladstone los tenía en el bote que atacaron los nativos. Pero, según Jack, Toby Jenkins los encontró y los guardó. —¿Y dónde está ahora Toby Jenkins? —Estaba en Rakaia. —¿Estaba? ¿Ya no está? Simon Granger negó con la cabeza. —La isla está deshabitada, completamente deshabitada. India le miró, perpleja. —¿Cómo es posible? —He conocido otros casos. Unas veces es la fiebre tifoidea y otras la gripe, pero no hace falta que sea algo tan grave. En ocasiones, algo tan - 132 -

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simple como un sarampión o incluso un resfriado puede acabar con la población nativa de una isla en cuestión de semanas. —Pero... —India calló, asaltada por un pensamiento que le robó el aliento y le produjo un nudo de compasión y lástima en el estómago—. Jack dejó a su hija, la hija por la que su esposa murió al intentar protegerla, en Rakaia, con su familia política. —Me lo ha contado. En ese momento el viento sopló con fuerza, hinchando las olas y meciendo violentamente el oscuro follaje de los cocoteros. India se dejó caer de nuevo en el tronco, con la mirada en la silueta escuálida del almacén de Johnny Amok, prácticamente engullido por la densa noche. Pensó en el hombre que yacía allí, solo en la oscuridad, y su corazón se llenó de compasión. —¿Lo sabe? —preguntó al fin—. ¿Sabe Jack Ryder lo de la epidemia en Rakaia? —Ahora sí. —El capitán tenía el semblante tenso. «Santo Dios —pensó India—. Santo Dios.» Granger se volvió hacia la playa, donde el perezoso oleaje de la laguna susurraba sobre la arena bañada de luna. El esquife había regresado hacía un rato y los marineros aguardaban ociosos. De vez en cuando resonaba el repique inquieto de un remo contra la madera de la embarcación. —Me pidió que le llevara a Rakaia antes de poner rumbo a Londres. India miró fijamente al capitán. —¿Lo hará? —¿Para qué? —Si las cartas y el cuaderno están allí... Granger meneó la cabeza. —Si alguna vez estuvieron en esa isla, es obvio que ya no están... —¿«Si»? Entonces, ¿no le cree? El capitán esbozó una sonrisa irónica. —En este mundo hay personas que, sencillamente, no juegan de acuerdo con las reglas, y Jack es una de ellas. —¿Cree que intenta engañarle? —Creo que Jack haría cualquier cosa, lo que fuera, por evitar la horca y por regresar a esa isla y descubrir qué le ocurrió a su hija. —¿No cree que debería concederle la oportunidad de saberlo antes de poner rumbo a Londres? —Cumplo órdenes, señorita McKnight, y entre ellas no está la de utilizar una corbeta de Su Majestad con el fin de acompañar a un renegado por el Pacífico Sur para descubrir el paradero de la hija seminativa a la que abandonó. —Pero las cartas de marear del Lady Juliana... Simon Granger se levantó bruscamente. —Se perdieron hace diez años. —Eso no lo sabe —señaló India en actitud casi suplicante—. Está en juego la vida de un hombre. Granger contempló su barco. —Cumplo órdenes —repuso con voz severa. —Claro —dijo India—. Cumple órdenes. - 133 -

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El capitán se marchó al poco rato a bordo del esquife, erguido en la proa mientras los marineros se inclinaban sobre los remos y las ondas fosforescentes acariciaban los costados de la embarcación, formando una cuña cada vez más abierta en la tranquila superficie de la laguna. Pero India se quedó donde estaba, contemplando el follaje de los cocoteros dibujado en el cielo repleto de estrellas. Los sonidos del mar, los aromas de extrañas flores y una tristeza que parecía emanar de la propia isla inundaban la noche. Al rato escuchó de nuevo el chapoteo de unos remos, y cuando se volvió hacia la laguna divisó un pequeño bote que se alejaba del casco del Sea Hawk. India se levantó y caminó por la playa hasta alcanzar la linde donde la laguna lamía la orilla y Patu atracaba el bote.

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Capítulo 23
Primero oyó los susurros. Jack estaba tumbado boca arriba, con un corte en la mejilla del que brotaban gotas de sangre que el mugriento colchón absorbía, cuando escuchó una voz muy queda. Tensando el cuerpo, se preguntó cuántas visitas nocturnas más tendría que soportar. Entonces reparó en el acento escocés, ahogado pero inconfundible, de India y experimentó una mezcla de alivio y desconcierto, además de un remolino de emociones contradictorias sobre las que no quería y no podía permitirse reflexionar. Alzó la cabeza y miró la puerta. Pensó en levantarse, pues no quería que ella lo encontrara en ese estado, pero moverse le exigía un esfuerzo excesivo. Así pues, se limitó a permanecer tumbado y escuchó la llave de Johnny Amok girar en la herrumbrosa cerradura. La puerta se abrió y dio paso a un torrente de luz de luna que le inundó la cara. —Dios mío —exclamó India antes de detenerse en seco. Su escultural silueta se dibujó sobre la luz de la luna de una forma que Jack habría sabido apreciar si las costillas no le estuvieran doliendo atrozmente. India se acercó y cayó de rodillas junto al mugriento colchón, señalando a Jack con las manos pero sin llegar a tocarle—. ¿Qué ha ocurrido? ¿Quién te ha hecho esto? Jack esbozó una leve sonrisa que tiró dolorosamente de su labio partido. —¿Qué? La respuesta la dio Johnny Amok. —El comisario le hizo una visita acompañado de tres gendarmes. Dos para sostener a Jack y otro para golpearle. Una y otra vez. India se volvió rápidamente hacia el comerciante. —¿Y usted lo permitió? —La voz le temblaba, presa de la indignación y la sensación de haber sido traicionada, como si Amok hubiera podido evitar que el comisario francés pegara a su prisionero—. ¿Permitió que le hicieran esto? —No es tan terrible como parece —intervino Jack en tanto que intentaba sentarse, pero mentía. El daño en la cara era secundario, casi fortuito. Poirot, sabedor de que la armada británica debía llevarse a su prisionero por la mañana, se había asegurado de no dejarle demasiadas marcas. A los franceses se les daba muy bien lastimar a un hombre sin dejar heridas apreciables. India le acarició la mejilla con los dedos, pero los retiró al ver su mueca de dolor. —¿Puedes andar? Jack miró a India y luego a Amok. —¿Qué hacéis aquí? ¿Qué hora es?

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—Algo más de medianoche. Por el hueco de la puerta Jack solo podía divisar sombras oscuras y el destello lejano del mar. De pronto se percató del silencio que reinaba en el poblado, de la quietud que hablaba de puertas cerradas y sueños profundos, y comprendió que probablemente se había desmayado después de que Poirot y sus muchachos terminaran con él. —¿Dónde está el centinela? Las gafas de Amok brillaron cuando fue a sentarse en un barril, junto a la pared del fondo. —Una mujer del pueblo está... —miró a India y pareció recapacitar sobre lo que iba a decir— entreteniéndole. —Te delatará. —No. Le he prometido dos túnicas nuevas, un chal de seda y una caja de carne en conserva cada año que mantenga la boca cerrada. Jack soltó un gruñido. —Te va a salir muy caro. Amok sonrió con dulzura. —Te lo apuntaré en la cuenta, amigo. Jack rió y al momento lo lamentó, pues un dolor punzante le trepó por el costado hasta cortarle la respiración. —¿Puedes andar? —preguntó India de nuevo. —Andar sí. —Jack apretó los dientes para ayudarse a ponerse de pie —. Pero correr... lo dudo. India se colocó junto a él. —Solo tienes que llegar hasta la laguna. Patu dice que hay otro paso que cruza el arrecife por el nordeste de la isla. Ha conseguido que un nativo te preste una canoa. Se llama Savo y ahora mismo se encuentra a bordo del Sea Hawk. Ayudará a Patu a cruzar el canal de la bahía y regresara en canoa a la orilla después de que te reúnas con nosotros una vez que hayas atravesado el paso de barlovento. Jack la miró fijamente. —¿El paso de barlovento? —Sí. Patu dice que es difícil, pero confía en tus dotes para la navegación. La forma en que India desvió la mirada instó a Jack a preguntar: —¿Qué más te dijo Patu? India frunció el entrecejo. —Dijo que entre morir ahogado o ahorcado, preferirías morir ahogado. —En eso tiene razón. Ella le acarició suavemente la mejilla y él enseguida supo, por la compasión que leyó en su semblante, lo que se disponía a decir. —El capitán Granger me ha contado lo de... Rakaia. Lo siento mucho. Jack desvió la mirada hacia la puerta, hacia el mar bañado de luna. —Mi hija no está muerta. Su voz sonó firme, feroz, porque no podía ser de otro modo. De lo contrario, se habría enterado, ¿o no? Lo habría sentido en la profundidad de su alma. Durante diez largos años se había dedicado a seguir adelante con su vida, riendo, bebiendo, navegando hacia el sol con la brisa del mar en la cara. Diez largos años. No obstante, siempre, siempre, una pequeña - 136 -

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parte de él había pertenecido a esa niña de ojos azules y cabellos negros, esa mezcla de él y de la mujer a la que había amado y perdido. A veces, cuando los vientos alisios soplaban salvajes y libres desde el este, contemplaba el océano e intentaba imaginar cómo era, qué estaría haciendo en ese momento. Ulani riendo bajo el sol. Ulani con sus pestañas largas y oscuras que aleteaban cuando empezaba a dormirse. Tenía que recordarse constantemente que los años, del mismo modo que pasaban para él, también pasaban para ella. Así pues, era cauto a la hora de imaginar su aspecto. Ulani a los cuatro. Ulani a los ocho. Ulani ahora, a punto de cumplir doce. Y le asustaba y entristecía caer en la cuenta de que pronto sería una mujer. Todos estos años de crecimiento vividos sin él. Pero en todo momento brilló en su interior la certeza de que estaba viva. —Sé que no está muerta —dijo de nuevo. India asintió, aun cuando él no supo decir si la movía esa misma certeza o la compasión. Dio un torpe paso hacia la puerta, pero tuvo que detenerse y respirar hondo cuando el gesto le zarandeó las doloridas costillas y prendió fuego a sus tripas. El almacén empezó a dar vueltas en su cabeza e India corrió a sostenerle. —Estás herido. Jack no quería apoyarse en ella, pero temía desplomarse si no lo hacía. —¿Por qué haces esto? —logró farfullar finalmente, aferrándose al hombro de India y volviéndose para mirarla.Era tan alta que tenían los ojos casi a la misma altura. Jack se alegró, pues su peso habría aplastado a una mujer más menuda. —Porque es lo correcto —respondió sencillamente ella, aguantándole la mirada. Jack meneó la cabeza. —No puedo pedirte que lo hagas. No puedo huir y dejar que tú y Amok os enfrentéis a los británicos y los franceses en mi lugar. —No te preocupes, amigo —dijo Amok, acomodándose en su barril—. Aquí la víctima soy yo. Primero tus amigos me asaltan mientras duermo y me amenazan con toda clase de torturas si no les entrego la llave del almacén y luego los muy rufianes me encierran en él. —Sacudió la cabeza —. Es una vergüenza el poco respeto que últimamente se tiene a la ley y el orden en estas islas. Jack sonrió a su viejo amigo. —Ja. ¿Y cuál será tu excusa por no haber dado la alarma una vez que esos rufianes se hubieron marchado? Amok extrajo de la manga un frasco de porcelana. —Cuando me dieron a elegir entre recibir un porrazo en la cabeza o rendirme a los dulces sueños del opio, ¿qué podía hacer? —El hombre destapó la botella, echó la cabeza hacia atrás, bebió el contenido y sonrió —. No os olvidéis de cerrar la puerta con llave al salir. Jack se volvió hacia la resuelta mujer que tenía al lado. —Tal vez él se libre, pero tú no. Sabrán que me has ayudado. Tras empujarle sin demasiados miramientos, India giró la llave y se volvió para mirarle fijamente. - 137 -

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—¿Crees que no tengo ni un ápice de inteligencia simplemente porque soy mujer? Jack sintió que la tierra se movía bajo sus pies y no tenía nada que ver con el golpe en la cabeza o las resquebrajadas costillas. —¿Qué clase de pregunta es esa? —Chis —siseó India, y le sujetó por la cintura para virar hacia el sendero que conducía a la laguna—, baja la voz. Hemos ido dejando pistas que sugieren que te adentraste de nuevo en la selva, y los hombres que el capitán Granger tiene vigilando el Sea Hawk podrán informar de que Patu y yo zarpamos solos. Nadie sospechará de mí. —¿Simon Granger ha dejado ir al Sea Hawk? —La armada no tiene nada contra Patu. Le dijo al capitán Granger que una parte del Sea Hawk le pertenecía. El sendero cruzaba la franja de pandanáceas y cocoteros que rodeaban la laguna en dirección al nordeste del pueblo. Jack atisbo la oscura silueta de una canoa arrastrada hasta la orilla. Frunció el entrecejo. —Entonces, ¿quién demonios se supone que me ha ayudado a escapar? —Tus socios —respondió India, escudriñando la larga extensión de arena bañada de luna y espuma. —¿Mis socios? —Dejaron atrás la protección de los árboles y Jack dio un traspiés al pisar la blanda arena. Habría caído si ella no le hubiera tenido agarrado de la cintura. El zarandeo le produjo un latigazo en el estómago que le cortó la respiración, de modo que seguía jadeando cuando preguntó—: ¿Qué socios? India se volvió y la luna aterrizó de lleno en su rostro, iluminando sus tersas mejillas y revelando una sonrisa. La sonrisa que a él le gustaba. La sonrisa que le producía un nudo en el estómago, y le estrujaba el corazón y amenazaba con robarle el alma. —Pues los caníbales, naturalmente —dijo ella, ampliando la sonrisa de una forma picara y deliciosa—. ¿Quién si no? Cuando se acercaban a la canoa, una sombra emergió de la oscura silueta. —Madre mía —dijo Patu. El blanco de sus ojos brilló bajo la luna al mirar a Jack—. ¿Qué te han hecho? —Estoy bien. Jack se separó de India, apoyó los brazos en la canoa y empezó a vomitar violentamente. —Jesús —gruñó, sujetándose con fuerza al mástil y descansando la frente en la suave madera. Tenía la sensación de haber echado las costillas y de que estas le habían desgarrado las tripas por el camino. Por un momento perdió la visión y cuanto podía oír era el ritmo hueco del mar. Desde una distancia insondable le llegó la voz de India. —Esta tarde pensé que sufría una conmoción cerebral —estaba diciendo. Su acento escocés sonaba seco y cortante, como si él tuviera la culpa del golpe que había recibido en la cabeza—. Ahora creo que ha añadido un par de costillas rotas. - 138 -

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Hubo una larga pausa y luego oyó a Patu soltar uno de sus suspiros de preocupación. —Comparado con el paso de barlovento —dijo—, el canal que cruza el arrecife de la bahía de Futapu es un juego de niños. Las corrientes son mortales. Si se marea o desmaya en el momento menos oportuno... La voz del muchacho se apagó, pero sus palabras, y lo que implicaban, quedaron flotando en el aire. —En ese caso, tendré que acompañarle —contestó tranquilamente India. Reprimiendo las rebeldes arcadas de su estómago, Jack bramó: —¿Te has vuelto completamente loca? —Y se volvió tan deprisa que las estrellas y las olas y el follaje de los cocoteros formaron un torbellino que, tras un destello, desapareció. En cuanto volvió en sí, él y Patu discutieron con ella, pero al final se vieron obligados a reconocer que India tenía razón. Jack no conseguiría cruzar el paso solo.

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Capítulo 24
Avanzaban por la laguna a buen ritmo, ciñendo por babor. Carente de vela de foque, la canoa solo tenía una vela de abanico, de modo que mientras India permanecía arrodillada en la proa de la estrecha embarcación, sujetándose a los toscos tablones que formaban la regala, Ryder se sentaba como un nativo con solo la rodilla izquierda en la canoa propiamente dicha y el pie derecho apoyado en la baranda izquierda, dirigiendo el remo a estribor cual timón rudimentario. Antes del amanecer, no obstante, el viento dejó de soplar y la laguna se convirtió en un espejo negro donde las estrellas se reflejaban creando una miríada de diminutos destellos. El silencio se veía roto únicamente por el choque incesante del oleaje contra el arrecife y, más cerca, el chapoteo del remo de Jack Ryder unido al suave rizo de las ondas que brotaban de la proa de la canoa al cortar el agua. India contempló la costa que pasaba lentamente por su lado, la blanca arena que resplandecía bajo la luna y las frondosas siluetas de los cocoteros y las pandanáceas que se elevaban detrás, oscuras y quietas. Entonces pensó: «Qué extraño es todo esto, y qué bello», y de pronto tomó conciencia de la naturaleza fatídica de esa noche. A partir de ese momento no podía haber vuelta atrás. Lo había comprendido cuando tomó la decisión de acompañar a Jack en su desesperado intento de huida. Los marineros que Simón Granger había dejado a bordo del Sea Hawk se darían cuenta de que Patu había zarpado sin ella, y eso significaba que al día siguiente, cuando se descubriera que Jack Ryder no estaba en su celda, sabrían que ella había sido la responsable de su fuga. —¿Lo lamentas? India se volvió hacia Jack, que estaba arrodillado, moviendo el remo de un lado a otro con la habilidad y soltura de un nativo. —No. —Todavía no has visto el paso que cruza el arrecife. India meneó la cabeza. —No me da miedo morir. Una extraña sonrisa se dibujó en los labios de Jack, creando un pequeño hoyuelo en una de las mejillas. —¿Por qué no? —Todos tenemos que morir. —Unos antes que otros. India señaló con la cabeza el espectacular firmamento. —¿Qué importancia crees que pueden tener treinta o cincuenta años comparados con la eternidad? —Tienen importancia para ti. —Yo estaré muerta.

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El hoyuelo se hizo más profundo y luego desapareció. —¿Nadie llorará tu muerte? —Supongo que mi editor lamentará el fallecimiento de mis libros. Jack rió y durante un elocuente momento rompió el ritmo impecable de su remada. Lo reanudó casi al instante, pero después de que ella se hubiera percatado de la forma en que resoplaba y apretaba la mandíbula a causa del dolor. —Te duelen las costillas —dijo alargando un brazo hacia el remo—. Me gustaría que me dejaras remar. Para eso estoy aquí. India posó una mano sobre uno de los puños que asían la suave madera y Jack dejó de bogar, permitiendo que la canoa se deslizara perezosamente por las tranquilas aguas. Sus miradas se encontraron y de repente ella tuvo exquisita conciencia del poder masculino de la mano que cubría, del beso amable de la luna, de la quietud de la noche tropical. —Estoy bien —respondió Jack con voz ronca—. Estás aquí por si me desmayo, ¿recuerdas? —Por eso mismo. ¿No crees que debería aprender a remar antes de verme obligada a cruzar el paso contigo fuera de combate? Jack le sostuvo la mirada otro instante y a continuación apartó la mano. —De acuerdo, pero tendrás que girarte —dijo—. Y a ser posible sin que volquemos —añadió cuando la canoa empezó a columpiarse peligrosamente mientras India se colocaba de espaldas a él, a una distancia de treinta centímetros. —Tienes que acercarte más. India obedeció y percibió el tono divertido de Jack cuando dijo: —Más. Le miró por encima del hombro. —Si sigo acercándome, acabaré encima de ti. La dentadura de Jack brilló bajo la luz de la luna. —No tienes de qué preocuparte. Sé por experiencia que no es una buena idea hacerle el amor a una mujer en una canoa. India retrocedió hasta sentir en sus muslos el contacto cálido y firme de los muslos de Jack. —Y se supone que esa observación debe tranquilizarme, ¿no es eso? Jack rió. —Agarra el remo. Así no —señaló cuando ella le propinó un codazo—. Así. India sintió que los brazos de él la envolvían, sintió la mejilla de él contra su cabello cuando le colocaba las manos en la posición correcta. Sintió la fuerza callosa de sus manos, la dureza de su pecho contra la espalda, y sintió en su interior el poder de una respuesta que no fue menos imperiosa por ser animal, primitiva e indeseada. —Relájate —dijo Jack al ver que India seguía moviendo el remo de un lado a otro de la canoa con bruscas sacudidas—. Permite que tu cuerpo se mueva con el mío. India lo intentó. Intentó imitar los movimientos gráciles de Jack, pero sin éxito. —Estás luchando —dijo él—, haces que resulte más difícil de lo que es. Deja que tu cuerpo encuentre su ritmo natural. Siéntelo y luego ríndete - 141 -

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a él. —Respiró y su cálido aliento agitó un rizo que caía por la mejilla de India—. Muy bien —la animó cuando el cuerpo de ella comenzó a deslizarse sinuosamente con el suyo—. Siente el ritmo. Siéntelo. En cuanto se dejó ir, India descubrió que le era sumamente fácil relajarse con él, permitirle que guiara su cuerpo en un primitivo vaivén que aumentaba el creciente anhelo que sentía en su interior. Durante un instante perdió la noción del tiempo y se zambulló en el brillo mágico de la luna, el susurro de las olas y el balanceo embriagador de los brazos de ese hombre, rodeados del calor de la noche tropical. —Si salimos vivos de esta... —dijo él entonces. India echó la cabeza hacia atrás hasta tocarle el hombro y cerró los ojos para combatir una avalancha de inesperadas emociones. —No lo digas —le interrumpió, sacudiendo la cabeza. Todo seguía allí, el murmullo de las olas y el aroma dulce de los cocoteros de la escarpada isla que se deslizaba a su lado. Pero había recuperado la noción del tiempo. Inopinada, desgarradoramente, India tuvo conciencia de que ese hombre —ese hombre cuyos besos la encendían, cuyo cuerpo se movía ahora con el suyo con un ritmo íntimo, perfecto— era un fugitivo y que ambos podían morir esa noche al intentar cruzar el peligroso paso de barlovento. —De acuerdo —convino él—, no lo diré. India se volvió para buscar su mirada, y bajo la luz plateada de la luna vio en ella el anhelo, el deseo. —Pero eso no significa —añadió él— que no tendrás que decidir cuál será tu respuesta cuando llegue el momento. El sol se elevó con la misma rapidez con que se había ocultado, salpicando el mundo de reflejos rojizos que dieron paso, con demasiada premura, a una luz clara y brillante. Jack Ryder entornó los ojos para protegerse del resplandor de la laguna, contempló la mustia vela y blasfemó. —A este paso la marea habrá cambiado antes de que lleguemos. India estudió la tensión de su rostro. En un momento dado había insistido en remar sola, pero avanzaron tan poco que él no había tardado en relevarla. Ahora el sol dejaba ver con claridad las dos hendiduras que el dolor abría en el entrecejo de Jack y la enfermiza palidez de su rostro. India quería decirle que descansara, que estaba malherido, pero la vida de Jack, y hasta cierto punto también la suya, dependían de que llegaran al paso del nordeste a tiempo. —¿Sería muy grave que cambiase la marea? —¿Y tropezara con la fuerte corriente que sale del estrecho canal? — Jack esbozó una fría sonrisa—. Muy grave. India observó el oleaje que se estrellaba contra la barrera de islotes y arrecifes semisumergidos, situada, aproximadamente, a un cuarto de milla de la costa. —¿Conoce Simon Granger el paso del nordeste? Jack soltó un bufido. —Nadie en su sano juicio intentaría cruzar ese paso en esta época del año. Además, el Barracuda es mucho más rápido que el Sea Hawk. - 142 -

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Granger pensará que lo único que tiene que hacer es dirigirse a Rakaia y esperarme allí. Era una posibilidad que había inquietado secretamente a India durante la noche, pero le sorprendió que Jack la expresara con tanta despreocupación. —Entonces no podemos ir allí —dijo. —Y no lo haremos. Nos dirigimos a Waigeu. Rodearon un cabo rocoso y en ese momento una ligera brisa rizó las aguas tranquilas de la laguna. India advirtió que la vela se agitaba con el primer aliento de los vientos alisios. —¿Waigeu? El viento atrapó súbitamente la vela y Jack trasladó rápidamente el peso de su cuerpo a la baranda de babor. —Es una isla situada entre Rakaia y Tahití, en ella está el padre Paul, un sacerdote. —Jack agarró el remo con la mano libre—. O por lo menos eso espero. Su parroquia está formada por una docena de islas y atolones, y Rakaia es una de ellas. —No lo entiendo. Él la miró. El sol brillaba en su piel sudorosa y su camisa desabotonada ondeaba con el viento. —Según Simon Granger, Rakaia está deshabitada, lo que significa que o bien toda la población pereció a causa de la epidemia o bien los que sobrevivieron se marcharon. —¿Crees que el padre Paul sabrá si Toby Jenkins sigue vivo y adonde se fue? —Toby y Ulani. —¿Ulani es tu hija? India vio la respuesta en el rostro de Jack. El dolor que revelaba era tan profundo que tuvo que desviar la mirada hacia las aguas turquesas que iban dejando atrás. Era tal la transparencia de la laguna que podía ver la arena blanca del fondo, cubierta de esponjas bulbosas y bosquecillos de corales de color rosa, azul y amarillo. Aquí y allá, la luz atrapaba con sus destellos bandadas de peces trompeta verdes, diminutas medusas y un pez globo moteado que nadaba perezosamente. India reparó en un nuevo sonido que se mezclaba con el chasquido de la vela, los suaves rizos del agua y el oleaje que rompía contra el arrecife. —¿Qué ruido es ese? —preguntó, levantando la vista. Jack señaló con la cabeza un torbellino de agua oscura que se abría camino hacia el mar abierto. —El paso —dijo con voz grave—. Lo que oyes es la marea que entra en el canal. Son más de las seis. —No podemos cruzar eso —dijo India con un nudo en la garganta y la mirada fija en el angosto canal que atravesaba la masa coralina—. Tendremos que esperar a que la marea cambie de nuevo. Jack escudriñó el mar que se extendía más allá del arrecife y soltó un bufido parecido a una risa. —¿Qué ocurre? —preguntó India—. ¿Qué ves? —Velas —contestó con una extraña curva jocosa en los labios—. Bordeando el cabo de La Rochelle. —¿El Sea Hawk? —inquirió India en el preciso instante en que - 143 -

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divisaba el pequeño velero anclado al otro lado del paso—. Dios mío — susurró mientras el miedo le estrujaba el estómago—. No me digas que es el Barracuda... Jack la miró y la obsequió con una sonrisa tan desenfadada, tan seductora, que India dejó de respirar y un descubrimiento del todo indeseado le exprimió el corazón, sorprendiéndola y provocándole en los ojos un escozor lacrimoso. —Es el Barracuda.

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Capítulo 25
Jack contempló el oleaje que rompía contra las rocas coralinas de un lado y otro de las aguas alborotadas del paso y blasfemó entre dientes. Patu estaba en lo cierto: puestos a elegir entre una muerte relativamente rápida y pasada por agua allá, con el calor del sol tropical en el cuerpo, y el humillante final que el Almirantazgo le tenía planeado, Jack se quedaba con la primera. Así y todo, no estaba dispuesto a poner en peligro la vida de India intentando cruzar ese canal contra la marea. Trasladó el peso del cuerpo para hacer virar la proa. Entonces la oyó gritar: —¿Qué estás haciendo? —Poner rumbo a la playa. —Ni hablar. —India se inclinó para posar su fuerte mano sobre la de Jack y la canoa se balanceó—. Estoy aquí para ayudarte a escapar, no para ser la responsable de tu captura. Él la miró fijamente. —Podría perderme en la jungla, esperar a que... —No. —India negó con la cabeza y le apretó la mano con más fuerza —. Estás malherido. ¿Hasta dónde crees que podrías llegar? «No muy lejos», pensó Jack. El dolor de cabeza le retumbaba en todo el cuerpo, lanzando destellos rojos que le acuchillaban el pecho cada vez que respiraba. Y esta vez no solo Simon y sus muchachos se interponían en su camino. En el caso de contar con el consentimiento de Poirot, los hombres del Barracuda podrían contratar a nativos para seguir el rastro de Jack. Y si él era capturado, también lo sería India. Al ayudarle a escapar se había colocado al otro lado de la ley y ambos lo sabían. —¿Ves esas rocas? La mirada serena y resuelta de India no flaqueó ni un instante. —¿Podemos hacerlo? Jack observó con los labios apretados el revuelto canal y las olas que se cruzaban para formar un feroz remolino y soltó un largo suspiro. —Tal vez. —Entonces opino que deberíamos intentarlo. Jack miró a India. Su rostro, pálido y hermoso, mostraba unos ojos profundos y serenos, y su melena castaña se mecía, salvaje y libre, con el viento. Le deslizó una mano por la nuca y la atrajo hacia sí para invadirle la boca con un beso salvaje, seguro y demasiado breve. —Agárrate fuerte —dijo al tiempo que la dejaba ir, y lanzó la canoa hacia las vehementes aguas del canal. Azotados por un viento feroz, avanzaban a una velocidad vertiginosa. Jack se inclinaba hacia delante para poder utilizar el remo a modo de

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palanca y así dirigir la proa hacia un lado u otro a medida que aparecían las cabezas de coral. Era una carrera contrarreloj, contra el Barracuda —que en ese momento estaba bordeando el cabo con las velas totalmente desplegadas —, contra la fuerza creciente de la marea y contra la espiral de dolor y náuseas que amenazaba con hacerle perder el conocimiento. Aupadas por el viento, las olas emitían un rugido atronador contra los arrecifes e inundaban el aire de rocío y del olor penetrante de la mar. Jack tuvo la sensación de que el mundo se había estrechado hasta contener tan solo un cielo azul cada vez más inclinado, una llovizna de agua y espuma y unas olas que levantaban la canoa del agua. El mar saltaba por encima de la regala y se arremolinaba a sus pies. India encontró una cascara de coco en el fondo de la canoa y la utilizó para achicar agua, en tanto que Jack hacía lo posible por impedir que el viento y el oleaje los lanzaran contra las rocas coralinas. —¿A qué distancia está el Barracuda? —gritó sin atreverse a levantar la vista. La voz de India se elevó por encima del oleaje y el batir de la vela. —Se acerca con rapidez. La canoa se elevó sobre una ola y descendió con una violenta sacudida que a Jack le robó el aliento. Apretando los dientes para combatir el dolor, lanzó una rápida ojeada al mar abierto y vio que la corbeta se les venía encima cortando las olas con su proa alta y orgullosa. —Maldita sea —susurró. Patu ya había levado anclas y se estaba preparando para zarpar. La vela mayor se infló al atrapar los vientos alisios y el Sea Hawk se alejó. —Se marcha —dijo, angustiada, India—. Patu se marcha. —No. —Tratando de inspirar un aire que parecía empeñado en evitarle, Jack viró a estribor y luego a babor, pues el canal transcurría peligrosamente en una dirección y luego en la otra—. Dibujará un arco y regresará para recogernos con las velas ya izadas. Es la única oportunidad que tenemos de dejar atrás el Barracuda. —¿Y cómo es de cierta esa oportunidad? Jack se disponía a soltar una carcajada pero en lugar de eso blasfemó. —¡Por todos los diablos! Descolorido por el sol, un macizo de coral apareció en las agitadas aguas, justo delante de ellos. Jack descargó todo su peso en el remo, pero las fuertes corrientes parecían dominar la embarcación y dirigirla implacablemente hacia el recortado coral. El dolor le robó el poco aliento que le quedaba y se le empañaron los ojos. Durante un instante la canoa avanzó sin control. Jack se inclinaba sobre el remo con la poca fuerza que le quedaba, pero no era suficiente. Podía oír el rugido de las olas y sentir el agua en la cara mientras cada músculo de su cuerpo se tensaba, gritando de desesperación. Entonces se produjo un ruido hueco y la proa cambió de rumbo. Los vientos alisios soplaron de nuevo, atrapando la pequeña vela, y arrastraron la canoa hasta mar abierto. Jack miró atrás y vio el arrecife, vio las palmeras de la playa, verdes y frondosas, dibujadas contra el azul del cielo tropical. Entonces la isla, el cielo y el agua desaparecieron y quedó - 146 -

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inconsciente. —Jack, te lo ruego, despierta. Oía la voz desesperada de India, notaba sus dedos clavados en el hombro, zarandeándolo con fuerza. Rezongó e intentó darse la vuelta. —Jack. —La mano se alejó y Jack suspiró—. Despierta. Un chorro de agua fría le salpicó la cara y descendió por su pecho desnudo. —¡Diantre! —bramó al tiempo que se incorporaba y sacudía la cabeza, salpicándolo todo. El horizonte se balanceó peligrosamente hasta que Jack enfocó la vista en un melanesio que se hallaba en cuclillas en la canoa, callado y vigilante, y en India, que estaba arrodillada a sus pies, con una cascara de coco en las manos. —Gracias a Dios —dijo con un fuerte susurro. Dejó la cascara a un lado y agarró a Jack por los hombros—. La escalera, deprisa. Jack miró más allá de India y atisbo el Barracuda, que se dirigía hacia ellos a toda velocidad. —Maldita sea —exclamó, y procedió a subir por la escala que pendía de la barandilla del Sea Hawk. Había recorrido tres cuartos del camino cuando el mundo empezó a girar y notó una arcada en el estómago. Se detuvo con las manos aferradas a las cuerdas de la escala y con el cuerpo, empapado en sudor, suspendido sobre el oleaje. —Ya era hora. —Patu agarró a Jack del brazo y tiró de él—. Empezaba a creer que los representantes de Su Majestad británica llegarían antes que vosotros. Jack se recostó en la regala, esforzándose por reprimir otra arcada. India trepó por la escala a toda prisa. —Si no recuerdo mal, dijiste que Granger iría directo a Rakaia. —Me equivoqué. Jack se apartó de la barandilla y corrió a desatar las cuerdas con que Patu había amarrado el timón. El muchacho izó la escala mientras observaba con preocupación las velas del Barracuda, cada vez más próximas. —El Sea Hawk es un velero rápido, pero no puede ganar a una corbeta. —Cierto, pero puede ir a lugares a los que una corbeta no puede ir. India sintió un ligero desasosiego. —¿Qué lugares? —Iza la vela de estay —ordenó Jack a Patu cuando el Sea Hawk, respondiendo al timón, giró bruscamente a babor—. Tal vez nuestra velocidad aumente un nudo o dos. —¿Qué lugares? —repitió India. Jack lanzó una rápida ojeada al Barracuda. —La Senda de los Dioses. Patu se detuvo en seco. —Creo que el impacto de esa maceta fue más fuerte de lo que pensábamos. - 147 -

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India miró al muchacho antes de concentrarse de nuevo en el rostro de Jack. —¿Qué es la Senda de los Dioses? —Eso —dijo Patu en tanto que desplegaba la vela y señalaba la franja verde y dorada que se les estaba echando encima. Tambaleándose por el vaivén de la cubierta, India fue a agarrarse a la barandilla. —Es un arrecife. Navegas directo hacia un arrecife. Jack mantuvo una mano firme en el timón. —Es un cinturón de arrecifes formado por atolones y bancos de coral que se hallan por debajo de la superficie. Se extiende a lo largo de veinticinco millas o más. Si nos perdemos en él, el Barracuda no podrá seguirnos. —Ja —dijo Patu—. Si uno de esos arrecifes sumergidos nos rebana el casco, el Barracuda no necesitará seguirnos porque seremos pasto de los tiburones. Jack advirtió que India ya no contemplaba la silueta inquietante de la Senda de los Dioses, sino un trío de delgadas aletas triangulares que cortaban, con inquietante sigilo, las olas de estribor. —Son marsopas, ¿verdad? —dijo con voz tensa, contenida—. Por favor, dime que son marsopas. Jack esbozó una amplia sonrisa y giró bruscamente el timón hacia babor. La hábil maniobra dirigió el Sea Hawk por un paso angosto hasta el canal de aguas turquesas que transcurría en medio de la franja de arrecifes. —Son tiburones.

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Capítulo 26
De pie en la proa del Barracuda, Alex Preston observó cómo los vientos alisios atrapaban el velamen del Sea Hawk y el velero avanzaba sin apenas rozar el agua. Había visto, a través de su catalejo, la habilidad con que Ryder conducía la canoa por el peligroso paso del nordeste. También había visto a la señorita India McKnight asumir el control de la primitiva embarcación cuando Ryder se desmayó, y llevarlos sanos y salvos a los dos hasta ese polinesio embustero y traidor llamado Patu. —¿Por qué? —preguntó Alex cuando Simon Granger se acercó con toda su atención, como la del joven, puesta en la franja de atolones, cubiertos de palmeras y arbustos, que tenían delante—. ¿Por qué una dama como India McKnight se presta a ayudar a un sinvergüenza como Ryder? El capitán se volvió con un destello de regocijo en los ojos y lanzó al teniente una mirada enigmática. —Supongo que cree en su inocencia. —¿Cómo es posible? Simon Granger miró por su catalejo. —¿La vio en la playa de La Rochelle? —Sí —respondió Alex, sin comprender adonde quería llegar el capitán. —¿No tuvo la sensación de que parecía... diferente de la mujer que conocimos en Rabaul? Alex soltó una carcajada áspera. —Había pasado los últimos tres días arrastrándose por las selvas de Takaku en calidad de rehén. Claro que estaba diferente. —No me refería a... —Granger guardó silencio y blasfemó entre dientes—. El muy bastardo. No es un farol. Va a intentar esquivarnos adentrándose en la Senda de los Dioses. Alex se agarró a la barandilla. —Pero... ¡no puede meterse ahí! Es un cementerio de barcos. El capitán esbozó una sonrisa extraña. —¿No? Observe y verá. Codo con codo, el teniente primero del Barracuda y su capitán observaron desde la proa cómo el pequeño velero se balanceaba violentamente entre un atolón y un largo arrecife azotado por el oleaje. Alex seguía esperando que Granger diera la orden de suspender la persecución. Una bandada de fragatas, con las extensas alas desplegadas contra el azul intenso del cielo, volaba sobre sus cabezas mientras los vientos alisios agitaban las velas y levantaban pequeñas crestas blancas sobre el oleaje. Frente a ellos, los arrecifes atestados de atolones se extendían misteriosos, bellos y mortales. La orden de virar no llegaba. Alex no pudo controlarse más.

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—¿No pretenderá seguirle, señor? —dijo. Granger mantuvo el catalejo en alto, con toda su atención puesta en el Sea Hawk. —¿Por qué no? —¡Porque esto... esto es una corbeta! —Lo sé, señor Preston. —Pero... —Alex se aferró a la barandilla hasta que los nudillos se le tiñeron de blanco—. Podríamos ir directamente a Rakaia y esperarle allí. No hace falta que le sigamos por los arrecifes. Simon Granger bajó lentamente el catalejo, pero no apartó la mirada del velero. —¿Y si Ryder no va a Rakaia? Alex notó un desagradable nudo en el estómago, pues era consciente de lo que el Almirantazgo —y su propia familia—diría si el Barracuda suspendía en ese momento la persecución para esperar inútilmente frente a la costa de Rakaia a un fugitivo que nunca llegaría. Dirían que Granger había dejado escapar deliberadamente a su presa. Que el capitán del Barracuda había dejado que su vieja amistad con Jack Ryder interfiriera en el cumplimiento de su deber. Y que Alex Preston no había hecho nada para impedirlo. Tragando saliva, el teniente observó el oleaje que rompía contra una milla tras otra de arrecifes invisibles. —¿Y si desgarramos el casco? ¿Qué dirá entonces el Almirantazgo, señor? Para sorpresa de Alex, el capitán rompió a reír. —Si nos ahogamos, no tendremos que preocuparnos del Almirantazgo, ¿no le parece? Y si solo sufrimos daños, haremos un remiendo para poder regresar a La Rochelle y repararlos. Y entonces iremos a Rakaia. El Sea Hawk navegaba por el estrecho ciñendo su trayectoria. A barlovento, sobre el turquesa marino, transcurría una cadena de islotes arenosos cual cuentas de un rosario gigante, mientras que por el lado de estribor acechaba, tranquila y mortal, la sombra verde jade de un arrecife sumergido. —¡Demontres! —gritó Patu con los ojos como platos cuando se dio la vuelta después de haber orientado la vela mayor—. Tienen intención de seguirnos. —¿Qué demonios...? —Con una mano firme en el timón, Jack se volvió y vio que el Barracuda sorteaba uno de los islotes, dejando una amplia estela de espuma a su paso. Llevaba las velas rebajadas, pero tenía izada más lona de la aconsejable para tan poco espacio marino—. Será bastardo. El Barracuda era un barco de guerra con aparejo de cruz y tres mástiles. Dotado de una cubierta lisa y una única hilera de cañones, era menor que una fragata pero mayor que un bergantín. Tenía motores incorporados que, sin embargo, no parecían funcionar. El carbón era caro y difícil de conseguir en el Pacífico Sur. Un capitán podía pasarse meses privado de ese combustible, incluso un capitán con la orden del - 150 -

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Almirantazgo de atrapar al hombre responsable de la muerte del primo del primer ministro. India fue a colocarse al lado de Jack. Tenía las mejillas rosadas por la brisa salobre de la mañana y la melena revuelta. Jack la vio aguzar pensativamente la mirada y abrir los labios para aspirar una rápida bocanada de aire. —Se diría que Simon Granger está ansioso por atraparte. —Su carrera depende de ello. India le miró con preocupación. —Tienes muy mal aspecto. Jack soltó una larga carcajada que lamentó cuando un dolor punzante le atacó el pecho. Por fortuna tenía la mente despejada. Por el momento. —¿Cuánto tardarán en darnos alcance? —preguntó India. —Si Simon tiene las agallas de seguir navegando a esa velocidad, no mucho. —Jack echó un vistazo a los catavientos de los obenques—. ¿Has navegado alguna vez? —Un poco. ¿Por qué? —Porque la única forma de perder de vista esa corbeta es esquivándola entre los islotes y los arrecifes, y para eso hará falta algo más que el manejo de las escotas por parte de Patu. La mirada de India viajó por las jarcias. —Creo que puedo hacerlo —dijo con esa serenidad y firmeza que la caracterizaban, y Jack notó que una sonrisa tiraba de sus labios. El viento había arrastrado un grueso mechón de pelo hasta sus ojos, y Jack la vio alzar una mano para atraparlo. India se esforzaba por mantener el cabello apartado de la cara, pero era una maraña imposible de dominar. Su camisa masculina tenía manchas de tierra y agua marina y la falda escocesa estaba desgarrada y manchada de la sangre de él. Su aspecto era desaliñado y, en ese momento, enteramente asexual, y sin embargo Jack sintió una emoción que lo dejó sobrecogido y sin aliento. Llevaba un tiempo percatándose de la desconcertante evolución de sus sentimientos hacia esa mujer, pues la admiración y el deseo salvaje habían empezado a mezclarse, inesperada, desastrosamente, con la exasperación y la irritación iniciales. Se había percatado y, sin embargo, no estaba preparado para el súbito y paralizante descubrimiento de que lo que le ocurría iba más allá de la lujuria, más allá del deseo, más allá incluso de la simpatía, mucho más allá, y se adentraba en ese misterioso e insondable reino de lo eterno y lo sublime. No entendía por qué semejante revelación le llegaba en ese momento. Solo sabía que le llenaba de la firme determinación de acabar con ese juego del ratón y el gato y de un profundo pesar por no haber hecho frente a las acusaciones contra él hace mucho, mucho tiempo. —Se están acercando —dijo Patu mordisqueándose el interior de la mejilla. —¿Listos para abatir? —preguntó Jack cuando reparó en una brecha abierta en el arrecife. India asintió. Jack giró el timón y el Sea Hawk viró bruscamente a estribor mientras Patu e India se esforzaban por orientar las velas y el casco se escoraba a sotavento. Las velas atraparon la brisa y el pequeño velero saltó hacia - 151 -

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delante. Cruzaron la brecha entre aguas tan transparentes que Jack podía ver la sombra del velero dibujada en la arena a cinco brazas o más de profundidad. Los sonidos del océano, el gorgoteo de la proa cortando las olas, el martilleo de las drizas contra los mástiles, llenaban el aire. Cuando el coral quedó atrás se alzó ante ellos un atolón; un perezoso oleaje lamía la orilla y la brisa mecía los cocoteros. Jack viró de nuevo a babor hasta que tuvieron delante otra vía estrecha que se extendía por el lado de sotavento del arrecife. El viento, sin embargo, había cambiado, de modo que ahora venía casi directamente del este y los acercaba más a barlovento de lo que Jack habría deseado. —Si no vas con cuidado —gritó Patu— acabaremos embarrancando. Jack buscó en el foque las primeras señales de una orza. No iba a ser fácil virar en esa estrecha franja de agua contra una corriente de mil demonios. Además, volvía a sentirse mareado y tenía el pelo empapado en un sudor frío. Si no estuviera firmemente agarrado al timón, pensó, probablemente se desplomaría. —¿Hasta qué punto conoces esta zona de islotes y arrecifes? — preguntó India con la respiración entrecortada. Jack le miró sonriente. —¿Qué te hace pensar que la conozco? —Echó una ojeada por encima de su hombro y divisó el Barracuda. La tripulación seguía luchando por orientar las velas y girar sobre la estela del Sea Hawk—. Maldita sea. La corbeta se hallaba ahora lo bastante cerca para que Jack pudiera distinguir al hombre que había en la proa con un megáfono en la mano. Su voz viajó por las azules y agitadas aguas. —Ah del Sea Hawk. Arría las velas y entrégate o por Dios que te hundiré. Jack miró a India y de repente sintió como si el viento hubiera cesado y la tierra se hubiera detenido. —Tú decides. Ella le miró con expresión grave. —¿Por qué yo? —Porque no tienes motivos para arriesgar tu vida. India tenía los ojos muy abiertos. Seguía respirando con dificultad, pero se apoderó de ella una sensación de calma y sonrió. —Sí los tengo. Jack le tomó la cara entre las manos y le acarició los labios con un beso. Luego se volvió hacia el timón. —¡Adelante! —gritó, y viró a babor. Giraron hacia el ojo del viento y el Sea Hawk perdió brevemente su impulso. Luego las velas se inflaron de nuevo y la embarcación comenzó a alejarse del viento ciñendo a estribor por una brecha abierta en el arrecife. Este paso era más angosto y menos profundo. A través de las transparentes aguas Jack podía distinguir corales de todos los colores, desde violetas hasta amarillos. Entonces los colores empezaron a mezclarse y tuvo que apretar los dientes para vencer la sensación de mareo. Estaba empezando a comprender que no se trataba de uno de sus habituales dolores de cabeza y que India tenía razón: sufría una - 152 -

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conmoción cerebral. Inspiró profundamente y las costillas fracturadas protestaron con vehemencia. Entonces el Sea Hawk emergió de la brecha y avanzó a toda velocidad por la larga y curvada sucesión de atolones. —¡Adelante! —volvió a gritar, y el Sea Hawk viró a estribor, escorándose violentamente mientras Jack intentaba girar la proa para entrar en el canal. El viento, sin embargo, era caprichoso. La dispersión de los islotes redirigía la brisa, haciendo que formara remolinos y cambiara con brusquedad. De pronto alteró nuevamente su rumbo, ahora venía del sudeste, lo que obligó a Patu a soltar vela. Jack atisbo demasiado tarde la cresta de coral que se elevaba frente a la proa. Giró el timón, pero el Sea Hawk avanzaba fuera de control y el casco rozó el coral antes de virar hacia aguas despejadas. El Barracuda tuvo menos suerte. Navegaba por la brecha del arrecife cuando el viento cambió de dirección, las velas se hincharon y el barco fue directo hacia una lengua de arena cubierta de cocoteros. Trató de virar a barlovento, pero la proa apenas había empezado a responder cuando se estrelló contra la orilla. La corbeta dio un fuerte bandazo, las velas temblaron contra el azul del cielo y un fuerte chirrido desgarró el aire. El Barracuda se detuvo en seco y los mástiles vibraron violentamente mientras el barco se escoraba. Los ocupantes del Sea Hawk vieron a la tripulación saltar para sofocar las velas y correr a las bombas. Jack viró a babor para bordear la isla y salir a mar abierto. Los ojos le ardían y sentía los huesos desencajados, de modo que si continuaba frente al timón, apretando con fuerza los radios, era gracias a su determinación. Se dijo que si lograba dejar atrás la Senda de los Dioses antes de desmayarse, India y Patu estarían a salvo. —¿No deberíamos ayudarles? —preguntó India con la vista puesta en el barco estrellado y una voz que a Jack le pareció muy lejana. Soltó un bufido. —Están encallados con marea baja en un día bello y soleado, a unas pocas horas de Takaku. Hasta un completo idiota conseguiría llevar a sus hombres a puerto seguro en estos mares. Y Simon no es ningún idiota. Ya podía divisar el mar abierto, vasto y violeta, frente a la proa del velero. Respiró hondo y sintió que la oscuridad se apoderaba de él. —¿Puedes manejar el timón? —preguntó a India. Ella le miró por encima del hombro. —¿Si puedo qué? —Manejar el timón —repitió Jack. Dicho esto, se tambaleó, los mástiles giraron contra el cielo azul y la cubierta lo recibió al tiempo que la oscuridad lo inundaba todo. Esta vez tardó varios días en despertar. Soñó con picos escarpados bañados por una luna brumosa, con cocoteros dibujados contra el cielo de la noche, con playas blancas y aguas de color esmeralda repletas de corales irisados y pececitos que brillaban por dentro. Sentía el calor de los vientos alisios en el cuerpo, el - 153 -

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aire endulzado por la gardenia y el azahar y el sándalo. Oía el oleaje que rompía contra el arrecife y el murmullo incansable de las palmeras mezclado con el silbido de la marea que lamía la playa. Era tan pequeña, apenas la longitud de su brazo. Tenía la melena de su madre, negra como la noche, así como los labios, dulcemente curvados, pero los ojos eran de un azul sorprendentemente intenso, y el beso del sol había dorado su piel de bebé. La vio reír al subirse al regazo de su madre. Vio sus largas y oscuras pestañas revolotear hasta conciliar el sueño. Vio a Titana retirarle el pelo de la frente y sonreír. Titana. Respiró hondo y le invadió un dolor intenso. Con un gemido, trató de girar, pero el cuerpo no le respondía y la pared que tenía a un lado era dura e implacable. Un paño frío le acarició la frente y una mujer murmuró algo tranquilizador. El estrépito de las olas, sin embargo, había dado paso al rugido de las escopetas, y Titana corría con la mirada aterrada, apretando a la pequeña contra su hinchada barriga. La vio flaquear. Al principio pensó que había tropezado, pero luego la vio sufrir una convulsión, y luego otra, cuando dos balas atravesaron su cuerpo caliente y lleno de vida. Él corría. En esos sueños él siempre corría y gritaba un dolor que no producía sonido alguno. Corría, pero los brazos y las piernas le pesaban, perdían velocidad mientras el cuerpo de ella sufría otra convulsión y caía. Ulani gritaba y su madre la envolvía con su cuerpo agonizante en un intento desesperado de salvarla. Él gritaba: «¡No, no disparéis, bastardos, bastardos!». Sus manos desesperadas levantaban a la niña. Estaba cubierta de sangre, pero era la sangre de la madre, sus gritos eran de terror, no de dolor. Acunó en sus brazos a la niña y a la madre, pero Titana ya se había ido. Tenía los ojos abiertos y vacíos y un niño dentro que nunca nacería. Se apoderó de él una rabia violenta, roja, un torrente de cólera que inundaba su ser y abarcaba su alma y no dejaba lugar para el duelo. Ya llegaría, pero más tarde, cuando fuera capaz de soportarlo, porque no era capaz de soportarlo, ahora no. Así que dejó que la rabia le inundara, que rezumara por todo su ser estremeciéndolo, inyectándole un deseo imparable de destruir, de matar, de crear una apariencia de justicia en este mundo sin justicia, sin razón, sin Dios. Echó la cabeza hacia atrás y el dolor creció, candente y desesperado, en su garganta. Pero cuando inspiró para gritar, únicamente experimentó más dolor y, seguidamente, una oscuridad profunda, asfixiante.

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Capítulo 27
La noche del tercer día la fiebre bajó y la respiración de Jack se entregó a la lenta cadencia de un sueño profundo y natural. Recogidos los codos en las palmas de las manos, India apoyó la espalda en la escalera de toldilla con la mirada fija en su rostro, ahora tranquilo y sumido en un sueño apacible, sin pesadillas. Durante los últimos tres días había logrado comprender las atormentadoras sombras que hasta entonces solo había intuido tras la sonrisa serena, la risa fácil y las bromas de Jack. Y también había comprendido por qué evitaba dormir, pues las pesadillas habían llenado esos últimos días y noches. India había escuchado sus murmullos inquietos y desgarrados, visto sus facciones retorcerse de dolor y desesperación, y le había maravillado la resistencia de ese hombre que, pese a lo mucho que había sufrido, conservaba la capacidad de reír y disfrutar, de admirar la belleza de un amanecer tropical, de acariciar a una mujer con tierno deseo. Jack tenía ahora el semblante sereno e India paseó la mirada por sus facciones, por sus cejas rectas y oscuras, por los marcados pómulos y el fuerte mentón. Se le hacía extraño que una cara desconocida para ella una semana atrás ahora le resultara tan familiar y adorable. Le observó mientras dormía, e India tuvo la sensación de que su corazón se hinchaba hasta sentir que cada latido le sacudía el cuerpo, llenándola de una revelación que la dejaba aterrada y sin aliento. ¿Cómo había llegado a aquello?, se preguntó. ¿Cómo era posible que algo que había empezado como una simple fascinación física, como un simple apetito animal, hubiera desembocado, inadvertidamente, en un deseo que nacía de las profundidades de su alma? Había viajado por todo el mundo orgullosa de su independencia, confiando únicamente en sí misma, necesitándose únicamente a sí misma. Jamás se había sentido sola ni había creído que a su existencia le faltara algo. Había abrigado la vaga esperanza de que si algún día se sentía demasiado mayor o débil para viajar, se retiraría a un lugar cerca del mar, a una casita sencilla que llenaría con sus libros, los recuerdos de sus viajes y quizá media docena de gatos abandonados. Qué extraño que cuando se imaginaba de mayor, bebiendo el té frente a una chimenea, nunca hubiera pensado que algún día podría recordar su solitario pasado y lamentar las decisiones tomadas. Sobre su cabeza sonó un traqueteo familiar. Patu estaba bajando el trinquete, aplanando la vela mayor y retrocediendo el foque para otra noche al pairo. Al rato, sus piernas, seguidas del resto de su cuerpo menudo, asomaron por la escalera de la toldilla. Patu aterrizó en el pequeño camarote del velero, iluminado por un farol, que les hacía de salón y dormitorio. —¿Cómo está? —preguntó. —Mejor, creo.

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El muchacho miró a India y lo que vio en su rostro debió de preocuparle, porque apretó los labios y dijo: —¿Por qué no subes a tomar el aire mientras preparo la cena? India asintió y subió a cubierta arrastrando torpemente su cansado cuerpo. El sol empezaba a descender, cubriendo el mar de un rosa oscuro. India podía distinguir las siluetas de islas remotas, invisibles con la calima del día pero evidentes en ese mágico momento previo al anochecer. Siguió el vuelo de una fragata que se deslizaba sobre el agua y sintió el suave vaivén del mar bajo sus pies. Respiró hondo y olió el intenso aroma del mar. Entonces el cielo se tornó plateado y las islas desaparecieron. Dos días más tarde India se hallaba en la cubierta, escribiendo en su cuaderno, cuando una agitación indefinible de sus sentidos le instó a levantar la vista y descubrió a Jack de pie, en lo alto de la escalera de la toldilla. Se había puesto un pantalón pero llevaba los pies y el torso desnudos. Las contusiones de las costillas habían adquirido un tono entre morado y amarillo. —Deberías estar en la cama —dijo. —Pensé que el sol y el aire fresco me sentarían bien. —Jack esbozó una lenta sonrisa—. Además, empezaba a volverme loco ahí abajo. Se tambaleó ligeramente e India corrió a sostenerle por la cintura para ayudarle a tomar asiento. Jack recostó los hombros en la borda, cerró los ojos y dirigió la cara al sol con un suspiro. Tenía mejor aspecto, se dijo India mientras observaba cómo la brisa le levantaba el pelo alborotado de la frente. Un tenue rubor de fiebre le cubría todavía las mejillas, pero las contusiones de la cara estaban desapareciendo con más rapidez que las del cuerpo. —¿Cuánto tiempo crees que tardarán en venir tras nosotros? — preguntó India, pues era algo que la inquietaba. Jack echó el cuello hacia atrás para observar la vela mayor. Avanzaban con el viento a favor, inundando el aire con el chasquido de las lonas, el azote de las drizas y el murmullo de las jarcias. En las últimas veinticuatro horas habían recorrido más de ciento setenta millas. Así y todo, algunos días, tras abandonar la Senda de los Dioses, el viento había sido prácticamente nulo y habían tenido que hacer grandes esfuerzos para cubrir una cuarta parte de esa distancia. Se encogió de hombros. —Depende de los daños que haya sufrido el Barracuda. Los barcos como ese están diseñados para correr. En cuanto se hagan de nuevo a la mar, cubrirán el doble de nuestra distancia en la mitad de tiempo. —Eso significa que podrían esperarnos en Rakaia. —Pero yo no voy a Rakaia, ¿recuerdas? India contempló el azul intenso de las olas. Quería preguntarle qué pensaba hacer en el caso de que el padre Paul ignorara qué había sido de los habitantes de Rakaia, pero no encontró el valor necesario para hacerlo, para insinuarle que su hija y el viejo marinero que sostenía la llave de su futuro podían estar muertos. —¿Quién te acusó de hundir el Lady Juliana? —preguntó en cambio—. ¿Fue Granger? Jack negó con la cabeza. - 156 -

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—Cuando el barco golpeó el arrecife, Gladstone enseguida ordenó que me esposaran. Dijo que se aseguraría de que acabara en la horca. —Pero ¡Gladstone sabía la verdad! Sabía que había seguido las cartas de marear. Jack esbozó una sonrisa severa. —¿Crees realmente que iba a estar dispuesto a asumir la culpa? India abrió la boca para decir algo, pero cambió de parecer y simplemente tragó saliva. La sonrisa de Jack se tornó divertida. —Es una suerte que no juegues al póquer. Ella rió. —¿Por qué? —Porque tu cara refleja todo lo que piensas. India alzó el mentón, aceptando el reto. —Muy bien, ¿qué estoy pensando ahora? —Estás pensando que con las cartas de marear y el cuaderno de bitácora del Lady Juliana habría podido demostrar mi inocencia durante estos últimos diez años, y estás cavilando cómo preguntarme por qué no lo hice sin dar la impresión de que no crees una palabra de lo que te he contado. India le miró atónita. Jack le tomó una mano. —Poco después de la matanza, un balandro que llevaba al hijo de un rico francés de gira por los mares del Sur hizo escala en Rakaia. Me invitaron a embarcarme con ellos y acepté. Pensé que la gente de Rakaia ya había tenido suficientes problemas con los británicos por mi causa. —¿Y Toby Jenkins no te acompañó? Jack negó con la cabeza. —Dijo que Rakaia era lo más cercano al Paraíso que podría alcanzar en su vida y quería disfrutarlo el tiempo que le fuera posible. Un pez volador emergió de las azules aguas y el sol brilló en su piel grisácea. Jack lo observó un instante antes de proseguir. —Unos años después dos comerciantes de sándalo me contaron que Toby había intentado ponerse en contacto conmigo, que había encontrado el cuaderno de bitácora y las cartas de marear, en la orilla, unos seis meses después de mi partida de Rakaia. India supuso que los habían guardado en un barril para protegerlos del agua. Recordó haber leído en una ocasión que el cuaderno y las cartas de un barco antillano, el Felicity, habían aparecido casi un año después de que el barco se hubiera hundido. —En ese caso, ¿por qué no volviste? —preguntó quedamente. Jack siguió contemplando el mar a pesar de que el pez volador ya había desaparecido y solo quedaba el vaivén de las olas, los destellos del sol y una calima allí donde el agua se encontraba con el cielo. India pensó que no iba a contestarle. —Los hombres se acostumbran a huir —dijo entonces él en un tono categórico—. A veces se necesita más valor para enfrentarse al pasado que para seguir huyendo. Quizá fuera una parte del motivo, pero India sabía que solo era eso, una parte. Jack miró hacia el este, más allá del inexplorado océano, más - 157 -

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allá del amanecer. E India se descubrió preguntándose si habrían ido en busca de Toby Jenkins en el caso de que el viejo marinero hubiera estado todavía en Rakaia. Pero en cuanto lo hubo pensado, supo la respuesta. Jack Ryder jamás regresaría voluntariamente a Rakaia. Porque Jack no solo huía de la armada británica, también huía de la hermosa isla y de cuanto había sucedido allí tantos años atrás. Huía de sí mismo. Con el paso de los días Jack recuperó las fuerzas y su cuerpo cicatrizó. Así y todo, una suerte de tensión, de recelo, había reemplazado el humor desenfadado, agudo, del hombre que India conociera al principio. Comía poco y dormía todavía menos. A veces, durante las largas y oscuras horas que precedían al alba, India se despertaba con el crujido de los maderos y el murmullo del mar y descubría la litera de Jack vacía. Una noche, después de una violenta tormenta que había zarandeado el barco durante toda la tarde, India despertó y se percató de que el Sea Hawk navegaba sobre un mar tranquilo. Podía oír la respiración uniforme de Patu en la oscuridad del camarote, pero sabía, sin necesidad de mirar, que Jack no estaba en su litera. Se vistió y subió a cubierta con sumo sigilo. Era una noche tranquila, y el cielo, de un azul aterciopelado, estaba cubierto de estrellas. Tardó unos segundos en dar con la sombra de Jack, que estaba de pie con una mano pensativa en el timón. —¿Qué ocurre? —preguntó India, pues algo en su postura le dijo que era la preocupación por la seguridad del Sea Hawk lo que esta vez le había sacado de la cama. Jack meneó la cabeza y deslizó los dedos por la lustrosa madera del timón. —No estoy seguro... pero últimamente tengo la impresión de que se comporta de manera extraña. Lo noté sobre todo hoy, cuando el mar estaba tan alborotado. Después de conseguir que el Barracuda encallara en la Senda de los Dioses a costa de rayar su propia embarcación, habían atracado en una cala tranquila y Patu se había pasado casi toda la tarde bajo el agua examinando el casco del Sea Hawk. —Patu dijo que todo estaba bien, que el barco no había sufrido daños importantes. Jack se encogió de hombros. —A lo mejor no los vio. India contempló la oscuridad reinante. El universo siempre parecía mucho más real de noche, pensó. De día era fácil olvidar, al contemplar el oleaje azul y los islotes de palmeras ondeantes, la existencia de todo lo que el resplandor del sol y la lejanía y la reconfortante bóveda celeste ocultaban. Pero de noche... de noche el destello de las olas y los pacíficos islotes desaparecían y el mar se convertía en un manto negro donde únicamente se reflejaba el cielo, haciendo que se sintiera pequeña e insignificante. Y pensó que si el Sea Hawk desaparecía bajo el agua, allí, a cientos de millas de una costa conocida, nadie sabría jamás qué le había sucedido. Nadie sabría jamás que les había sucedido a los tres. - 158 -

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La idea la estremeció. —Estoy deseando llegar a Waigeu —dijo, y notó el tranquilizador brazo de Jack en la cintura. —Yo también —convino él con voz burlona al tiempo que la atraía hacia sí. India notó el calor de su aliento en la mejilla, el roce de sus labios en el pelo, y comprendió que él no se refería a su preocupación por el velero. Esas últimas semanas habían sido mágicas. Unos mares del Sur idílicos, de cielos intensamente azules, olas interminables y blancas velas ondeando con la cálida brisa. De días navegando con los vientos alisios y de noches templadas, envueltas de aromas dulces, donde los tres se reunían en torno a un farol para compartir historias, jugar a las cartas y reír abiertamente con una camaradería cada vez más estrecha. Pero en ese pequeño barco habían estado siempre, siempre, los tres. Ella y Jack no habían estado ni un momento a solas. Hasta ahora. India le acarició la áspera barba. La respiración se le había acelerado y se había tornado entrecortada. Pasó el pulgar por la boca de Jack, sintió sus labios suaves y cálidos. Y notó que la mano de él se aferraba a sus cabellos. La voz adormilada de Patu llegó desde el camarote. —¿Todo bien ahí arriba? —Todo bien —respondió Jack, y una risa sigilosa le agitó el pecho mientras tiraba de India para plantarle un beso en la punta de la nariz. Luego la dejó ir.

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Capítulo 28
Dos días después, a pocas horas de Waigeu, la tarde se fue nublando y el cielo descendió hasta hacerse opresivo. —Mierda —dijo Jack entre dientes cuando un relámpago resquebrajó los feos nubarrones. India fue hasta su lado sin apartar la mirada del inminente aguacero. —Piensas que el Sea Hawk no podrá soportar otro temporal, ¿verdad? —Creo que el impacto con el arrecife dañó el maderamen. —Jack hizo una pausa—. Y no estoy impaciente por descubrir hasta qué punto. Cualquier otra mujer —u hombre— se habría amilanado ante la idea de navegar en medio de un temporal a bordo de un barco defectuoso. India no. Se limitó a asentir con la cabeza, aceptando el peligro. Tan solo la hinchazón de las fosas nasales al respirar hondo dejó entrever el temor que pudiera estar sintiendo. —¿Cómo es el canal que atraviesa el arrecife de la laguna de Waigeu? —preguntó mirando a lo lejos como si pudiera hacer que la tierra apareciera ante ellos. Jack negó con la cabeza. —Waigeu no tiene arrecife. La entrada en la bahía será sencilla... una vez que lleguemos. India le miró fijamente y él vio una chispa de interés en sus ojos grises, la vio titubear y, finalmente, rendirse al apremio de su insaciable curiosidad. —¿Conoces bien Waigeu? El Sea Hawk embistió una ola lo bastante alta para lanzar un roción de agua sobre la cubierta. —Bastante. ¿Por qué? Las mejillas de India se iluminaron y sus labios se abrieron expectantes. —¿Sabes si en esa isla hay maraes o esculturas de piedra? Jack rió suavemente. —Me estaba preguntando cuánto tardarías en hacerme esa pregunta. El velero sufrió un fuerte bandazo que obligó a India a agarrarse a un mástil. —¿Y bien? —Recuerdo que vi un gran marae en la costa, cerca del poblado del norte. Pero no recuerdo si hay esculturas relacionadas con él. Patu lo sabrá. El viento se había elevado lo bastante para aullar ahora entre las jarcias. Patu iba de un lado a otro, tratando de equilibrar el barco. —¡Patu! —gritó Jack— ¿Hay esculturas de piedra en Waigeu? El muchacho se volvió, sorprendido, pero su respuesta se perdió entre los chasquidos de las velas y el estrépito del oleaje.

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—¿Por qué iba a saberlo Patu? —preguntó India en el instante en que otro relámpago iluminaba las agitadas olas. —Porque nació en Waigeu —respondió Jack. Entonces la tormenta estalló, trayendo consigo un mundo de aguas torrenciales. La tormenta fue feroz pero, por fortuna, breve. Para cuando llegaron a la bahía abierta de Waigeu el mar se había reducido a una suave ondulación y el cielo exhibía un turquesa radiante que empezaba a empalidecer con la llegada de la noche. —Lo conseguimos —dijo India con una amplia sonrisa que menguó ligeramente cuando el Sea Hawk dio un inexplicable bandazo y la obligó a sujetarse a la barandilla. La isla que brotaba del mar frente a ellos era alta, escarpada y bella. La niebla cubría los picos volcánicos del interior, mientras que en las laderas inferiores y los barrancos cubiertos de frondosos laberintos de árboles, trepadoras y helechos brillaba un sol feroz. Cuando estaban próximos a la costa, India reparó en que algunos valles que descendían hasta la bahía habían sido despojados de su vegetación natural. La negra tierra descansaba abierta y expuesta, cual enormes heridas cubiertas parcialmente por ordenadas hileras de pálida vegetación. —Plantaciones de vainilla —dijo Jack, acercándose a ella. India se volvió hacia Patu, que también se hallaba contemplando la isla. —Antes era diferente —dijo el muchacho con voz tensa. Entonces sus ojos viajaron hasta la docena de piraguas que se aproximaban por la bahía, y cuando los hombres le divisaron y empezaron a gritar, reír y hacer gestos, su rostro se iluminó—. ¡Mira! Aquel de ahí es mi tío —aulló mientras se quitaba los zapatos—. Y aquel mi primo Timi. Los habitantes de Waigeu eran polinesios estrechamente emparentados por idioma y consanguineidad con los habitantes de la isla de Tahití, situada al este. De piel dorada, pelo negro y facciones sorprendentemente moldeadas, los hombres parecían altos, fuertes y saludables. India se dijo que ella y Jack acababan de convertirse en espectadores de una escena tan antigua como el mundo: la bienvenida a un hijo pródigo. Un isleño de mediana edad, ataviado con un pareo de color rojo y azul zafiro, se levantó para saludar a Patu con la mano y gritó: —Mea maitai outou? —¿Estás bien? —Ia ora na oe i te atua. —Patu se quitó la camisa, trepó a la barandilla del Sea Hawk y dibujando un arco elegante se lanzó a las aguas color violeta de su hogar. La playa de la bahía de Waigeu, de arena volcánica, estaba rodeada de cocoteros y purúes, el cruce entre una morera y una higuera, de enormes flores amarillas parecidas a la amapola con el centro granate. Cuando el bote del Sea Hawk arañó la playa, Patu ya estaba en la orilla, empapado y sonriente, rodeado de un círculo de mujeres parlanchinas, hombres exultantes y niños engalanados con flores que correteaban felices entre las piernas de los adultos y perseguían a un - 161 -

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perro de pelaje rubio que corría por la arena negra hacia las cabañas de bambú y pandanáceas, apenas visibles tras la cortina de cocoteros. —¿Ha cambiado mucho? —preguntó India al posar las manos en los hombros de Jack cuando la levantó para ayudarla a bajar del bote. —Eso, por ejemplo, no estaba —respondió Jack, demorando la mano que rodeaba la cintura de India y señalando con la cabeza un edificio de tablones blancos con una puerta verde y un esmerado letrero que decía MISIÓN DE LA PALABRA DIVINA. Lo llamaban el hogar himine, el hogar de los cantos. Y al igual que la casa contigua, de madera de aserradero con un tejado de zinc que ardía bajo el sol tropical, desentonaba con el lugar tanto como la mujer rubia, de cintura encorsetada y falda voluminosa, que apareció en la galería con una mano sobre los ojos para protegerlos del sol. Uno de los niños, un muchacho de unos diez años de mirada brillante y torso delgado, con una flor detrás de la oreja izquierda, reparó en la dirección que seguían las miradas de India y Jack y dejó de perseguir al perro el tiempo suficiente para decir: —Ahora todos somos metodistas, hasta los católicos. —¿Qué ha sido del padre Paul? —preguntó Jack, observando con expresión ceñuda la pequeña loma situada detrás de la misión, donde los restos de unas paredes de estuco rosa empezaban a desaparecer rápidamente bajo las lianas. —¿El padre Paul? —El muchacho se detuvo de nuevo para decir algo por encima de su hombro, algo que India no comprendió y que sonó como «pohe». —¿Qué significa? —preguntó, presa de una repentina aprensión cuando reparó en la expresión grave de Jack—. ¿Qué ha dicho? —Que el padre Paul murió. —Murió hace cuatro meses, no, no, cinco —explicó el reverendo William Watson antes de bajar su cuerpo delgado y menudo hasta una butaca de madera. Era un hombre de unos treinta años y aspecto serio, con la frente elevada y el rostro fino, dotado de un espléndido bigote que terminaba en una larga barba castaña—. Hubo una epidemia en una isla que él consideraba parte de su parroquia. Fue a echar una mano y también cayó enfermo. India miró a Jack; estaba asomado a una de las ventanas de marco verde de los Watson que daban a la bahía. —¿No se referirá a Rakaia? —preguntó en un tono deliberadamente sereno. —Sí, eso es, Rakaia. —El reverendo posó los codos en los brazos de la butaca y se acarició la barba—. A veces me pregunto si quedará algún polinesio vivo cuando termine el siglo. La población de Waigeu ha descendido un veinte por ciento desde los tiempos del capitán Cook. ¡Imaginen, un veinte por ciento! Jack siguió mirando la escena que tenía lugar al otro lado de la ventana, donde el sol calentaba las palmeras de la bahía y unas nubes altas y blancas avanzaban pausadamente con los vientos alisios. —¿Sobrevivió alguien? - 162 -

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El reverendo se enderezó en su butaca con un bufido. Todo su ser rezumó una extraña ira, fruto, en parte, de un enojo justificado y, en parte, de una afrenta personal. —Algunos, pero no muchos. Un truhán que aseguraba que había sido marinero inglés se llevó algunos supervivientes en un viejo bote. —Watson soltó una carcajada y meneó la cabeza—. Ja, marinero. Yo diría más bien que era pirata. Jack se volvió bruscamente y se quedó tan inmóvil que India habría jurado que había dejado de respirar. —¿Había entre los supervivientes una niña de ojos azules de unos once años? El reverendo sacudió la cabeza. —Lo ignoro. Ese marinero no es un hombre devoto. Cuando intenté ocuparme de ellos, me ahuyentó con una escopeta. ¡Imagínese, una escopeta! En la galería se oyeron unos pasos que anunciaban la llegada de Cynthia Watson, la esposa del reverendo. La mujer apareció en la puerta con una bandeja, apoyada en la generosa pechera, que contenía una tetera, un plato con galletas de lata y tazas de porcelana. —Aquí está —dijo. La bandeja vibró al depositarla sobre el mantel de encaje de una mesa que ocupaba casi todo el centro de la estancia—. Es té fresco de China. —Levantó una jarra blanca—. Y la leche también es fresca. ¡De nuestra cabra! Lo dijo riendo, pues era de temperamento mucho más alegre y abierto que su marido. Probablemente formaban una buena pareja, pensó India en tanto que ayudaba a la mujer a servir el té. Mientras el reverendo soltaba sermones apocalípticos desde su pulpito, su bondadosa esposa de rostro rechoncho enseñaba a los isleños el evangelio y les ayudaba a coser ropa. Para las personas entregadas a la vida misionera, cubrir la desnudez de los nativos era casi tan importante como su conversión. —¿Está diciendo que los supervivientes de Rakaia se instalaron en esta isla? —inquirió Jack. Extendió un brazo para tomar la taza que India le tendía—. ¿En Waigeu? El reverendo asintió. —En el sur, donde ya no vive nadie. Sosteniendo su propia taza, India dejó que sus ojos viajaran por el acogedor salón, por las cortinas de gasa blanca, el armonio perfectamente pulido y el viejo reloj de madera que descansaba en una repisa y llenaba el aire con su ineludible anuncio delpaso del tiempo. Tuvo la impresión de estar en Inglaterra y no en esa isla tropical de cabañas de bambú y vientos alisios, donde antaño el tiempo lo marcaban únicamente las mareas y la llegada de la estación de los huracanes. —Vi a su padre una vez —estaba diciendo el reverendo Watson a India—. Fue en Edimburgo, hace un par de años. Siempre admiré sus escritos, especialmente los que defienden la importancia de la labor misionera entre las razas morenas. Lamenté mucho su muerte. —Gracias —dijo India, consciente de la severa mirada de Jack. Las tazas tintinearon cuando Cynthia Watson procedió a recogerlas. —¿Nunca pensó en dedicarse a la labor misionera? —preguntó. India negó con la cabeza. - 163 -

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—Prefiero viajar y escribir. El reverendo apretó los labios y su bigote sufrió un espasmo. —Leí su libro sobre África Oriental. —¿En serio? —dijo India, sorprendida y halagada. —Sí —intervino la señora Watson antes de levantar la bandeja—. La primera parte le encantó, pero después de leer lo que decía sobre los misioneros que conoció en Nairobi, me ordenó que lo quemara. —¿Qué decías sobre los misioneros de Nairobi? —preguntó Jack de regreso a la playa con una sonrisa que le dibujaba arruguitas en las sienes. India rió entre dientes. —Creo que dije algo así como que aunque la labor misionera sea bienintencionada, eso no cambia el hecho de que destruir una cultura ancestral y sustituirla por un estilo de vida ajeno a esas gentes sea una actitud arrogante y destructiva. —No me extraña que William Watson quemara tu libro. —La sonrisa de Jack se desvaneció lentamente—. ¿Y cómo se tomó ese comentario el reverendo McKnight? India contempló el azul violeta del mar. El aire olía a agua salada y a las fragancias de la selva que se elevaba, densa y pronunciada, por detrás de la playa. —Nunca lo supe. Murió unas semanas después de la publicación del libro. —Tenía la impresión de que tu padre había fallecido al poco tiempo de morir tu madre. Consciente de la arena blanca que cedía bajo sus pies, India se volvió hacia Jack. —Mi padre creía ciegamente en el viejo dictado de «la letra con sangre entra». Cuando era niña le tenía pánico, pero siempre creí que en el fondo me quería, del mismo modo que Dios Nuestro Señor quiere a todos los niños de la tierra. Entonces mi madre murió y mi padre... me envió a otro lugar. Yo le escribía pero nunca recibía respuesta. —India notó un nudo en la garganta y los ojos le escocieron con la amenaza de unas lágrimas que se resistía a soltar—. Mi tía solía excusarle diciéndome que estaba muy ocupado con sus sermones y escritos, pero no era cierto. La verdad era que yo siempre había sido una decepción para él. Le decepcionaba que no fuese varón, que no creyera en todo lo que él me decía que debía creer, que no fuera un orgullo para él. Jack la atrajo por la nuca hasta sentir su mejilla en la suave tela de la camisa. India notó el murmullo de su pecho cuando le habló. —Sí eras un orgullo para él —dijo dulcemente Jack—. Tu padre, simplemente, estaba demasiado ciego y aferrado a sus ideas para verlo. India negó con la cabeza mientras sus manos se aferraban a la camisa de él, se aferraban a Jack. —Ya no me importa. Hace mucho tiempo que dejó de importarme. Jack le acarició la curva de la mejilla e India cayó en la cuenta de que estaba mojada de lágrimas. —Entonces, ¿por qué lloras? - 164 -

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Capítulo 29
Encontraron a Patu en la playa, cerca de la orilla. Había sustituido los pantalones, la camisa y los zapatos por un pareo rojo atado a la cintura. Sus pies descalzos bailaban sobre la espuma de las olas que bañaban la base del viejo tronco en el que se había sentado. —¿Os habéis enterado de lo de la gente de Rakaia? —preguntó cuando Jack e India se acercaron—. ¿De los que fueron al sur de la isla? —Nos lo han contado los Watson —explicó India al ver que Jack se limitaba a contemplar el mar, que empezaba a tornarse plata con la llegada de la noche. Patu cerró los puños y los apretó contra la suave madera del tronco. —He preguntado, pero nadie sabe cuántos supervivientes hubo ni cómo les va. La gente de aquí dice que hace años que nadie visita el sur de la isla. —El muchacho soltó una risa severa y sacudió la cabeza—. De hecho, muy pocos hombres salen ya a la mar con sus redes. Viven rodeados de todo esto... —señaló con un brazo el mar y las montañas que se elevaban a su espalda— y trabajan en los campos de vainilla de un inglés y comen carne y pescado enlatados. Se hizo un silencio triste, roto por el rumor del oleaje y el graznido de un ave marina. —¿Cómo está tu madre? —preguntó Jack. Patu le miró con expresión grave. —Se echó a llorar. Jack soltó un largo suspiro y afiló la mirada sin desviarla del mar. —La última vez que regresé a Queensland para visitar a mi familia... lo encontré todo muy diferente de como lo recordaba. Y supongo que yo también había cambiado. Ese es el problema de marcharse del lugar donde uno creció. Nunca es fácil volver a casa. Te das cuenta de que ya no encajas, de que ya no perteneces a ese lugar, pero tampoco perteneces a otro. Patu asintió y elevó el mentón hacia el velero que fondeaba en la bahía. —¿Cuánto tiempo crees que tardaremos en reparar el Hawk? Jack se encogió de hombros. —Supongo que lo sabremos mañana, cuando lo examinemos a fondo. —No pienso quedarme aquí —dijo inopinadamente el muchacho, como si alguien acabara de sugerírselo—. No puedo quedarme aquí. Jack siguió mirando el elegante casco del velero. —¿Y tu madre? Patu parpadeó. —Tiene a mis hermanos y hermanas. Unas voces cadenciosas, al mismo tiempo lastimeras y alegres, llenaron el aire de la noche. India se volvió hacia la dirección del sonido y

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la suave brisa le levantó el pelo de la frente. —¿Qué es eso? —Un luau —dijo Patu—, para celebrar mi llegada. —Apretó los dientes, como si intentara reprimir un arrebato de ira. Entonces dijo—: Un par de aldeanos no querían que mi familia organizara el luau. Dijeron que al reverendo Watson no le gustaría. India miró sorprendida a su alrededor. —¿Por qué no? —Todavía no has visto lo que es —dijo Jack en un tono jocoso—. La música es decididamente pagana, y el baile... sorprendente. Sorprendente y bochornoso. —Genial. —India se apresuró a comprobar que el cuaderno estaba en la mochila—. Me encanta presenciar exhibiciones de cultura pagana bochornosamente sorprendentes. —De repente dejó de sonreír—. Siempre y cuando nadie me obligue a comer cerdo. Por primera vez desde que llegaran a la playa, la frente de Patu se relajó y el muchacho se echó a reír. Los sonidos sería lo que más recordaría, se dijo India, el ritmo erótico del tambor, el susurro del viento entre el follaje de las palmeras y el crepitar de las fogatas, todo ello sumado al incesante rumor de las olas contra la playa de negra arena. Comieron camarones y cangrejos, y un pescado crudo bañado en leche de coco; alocasia y hojas de calabaza, y pollo envuelto en hojas de purau asado bajo arena y guijarros candentes. Las antorchas, fabricadas con hojas de palma secas formando haces de un metro ochenta de alto y tan voluminosas como un hombre, chisporroteaban e iluminaban rostros sonrientes, brazos y piernas morenos y esteras repletas de mangos y bananas, de naranjas, guayabas y pinas. El olor salobre del mar se mezclaba con los aromas de los alimentos y la fragancia embriagadora de la tiaré y la gardenia que florecían exuberantes en las lindes de la selva o formaban coronas entramadas con helechos e hibiscos. India tomaba rápidas anotaciones en su libreta cuando Jack le frenó la mano. —Ya escribirás sobre esto más tarde —dijo inclinándose hacia ella. El fuego de las hogueras bailó sobre el contorno dorado de su rostro—. Ahora limítate a disfrutar. India levantó la vista y observó las dos filas de mujeres, engalanadas con tiarés y una falda de hojas sobre el pareo, que interpretaban una extraña parodia de una gavota francesa que mucho tiempo atrás les había enseñado, sin excesivo éxito, un bienintencionado misionero decidido a reemplazar las lujuriosas danzas nativas por algo más tranquilo y recatado. —Puedo anotar lo que veo y disfrutar al mismo tiempo —repuso mientras los hombres jóvenes del poblado, con flecos de pandanáceas en los tobillos y las muñecas, ejecutaban piruetas impecables. —Pero no puedes escribir y bailar al mismo tiempo. —Jack levantó a India y el cuaderno resbaló por su regazo hasta aterrizar en la arena. —Soy del sexo equivocado —dijo ella riendo. - 166 -

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—Te equivocas. Jack señaló con la cabeza el lugar donde se estaba formando un círculo de hombres y mujeres. Los jóvenes realizaron su última pirueta, se saludaron con una inclinación de cabeza y se dispersaron entre risas. Algunas manos procedieron a golpear el suelo siguiendo un ritmo antiguo, al que se sumó el martilleo de unos palillos de fibra trenzada contra bloques de madera de coco. —No puedo —protestó India, aterrorizada, cuando él la arrastró hasta el círculo. Jack le puso una guirnalda de tiarés y helechos dulces y le acarició los labios con un beso fugaz. —Sí puedes. Ondeando las manos como las olas de un mar tropical y arrastrando los pies de un lado a otro, el alegre círculo de hombres y mujeres giraba hacia la derecha, lentamente al principio y más deprisa a medida que el ritmo se aceleraba. Tum, tum, sonaban los tambores mientras India avanzaba y retrocedía, con Jack a su lado, guiándola con un tacto suave, animándola con su sonrisa. Advirtió que su cuerpo buscaba el ritmo y lo encontraba. Liberados del esmerado moño, los bucles le caían por el rostro, pero no le importaba. Se volvió y miró al hombre que tenía al lado. Observó cómo los vientos alisios agitaban su gastada camisa, cómo arqueaba el cuello cuando reía. Las antorchas proyectaban misteriosas luces y sombras en sus fuertes facciones e India sintió que dentro de ella algo se removía y liberaba. La arena murmuraba bajo sus pies. La brisa olía a mar y a selva, y le acariciaba dulcemente las mejillas. Inspiró profundamente hasta que el aire la inundó por completo y se convirtió en parte de este, en parte del ondulante mar y de las palmeras mecidas bajo un cielo repleto de estrellas. Era parte de ese lugar y ese lugar era parte de ella. Consciente del ritmo de los tambores, sintió que Jack la tomaba por los hombros y la giraba hasta tenerla delante. Entonces sus miradas se encontraron. Lentamente, sin dejar de mirarse, avanzaron como un único ser, asidas las manos, contoneando las caderas simultánea, seductoramente. Los ojos de Jack proyectaban un brillo feroz, casi depredador. India advirtió que el ruido de los tambores aumentaba, que el ritmo, primitivo e insistente, se aceleraba con una sexualidad salvaje que le penetraba la sangre, la recorría por dentro, les recorría por dentro. Jack le apretó las manos, la instó a dar media vuelta y la atrajo hacia sí hasta que la espalda de ella se estrechó contra el pecho de él y los brazos de él se cruzaron sobre sus senos, sujetándola con firmeza. India volvió la cabeza y sus miradas se encontraron de nuevo. Adivinaba la sonrisa de él bajo la luz de la antorcha, sentía el calor de su aliento en la mejilla. El ritmo de los tambores se mezclaba con el oleaje y el gemido sobrenatural de las caracolas. Y entonces pensó: «Esto es vida. Esta es la vida sobre la que tanto he escrito pero que nunca había experimentado. Hasta ahora». —Te deseo —susurró él con los labios a pocos centímetros de los de ella. —Sí —dijo simplemente India. Jack le tomó las mejillas con suavidad y la instó a darse la vuelta. Ella - 167 -

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pensó que iba a besarla, pero en lugar de eso dijo: —Hay algo que quiero enseñarte. —Y esbozó una media sonrisa que le arrugó la mejilla y se apoderó, una vez más, del corazón de India.

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Capítulo 30
Escalaron la ladera de una colina siguiendo un sendero de hibiscos y helechos desgastado por incontables siglos de pisadas descalzas. India le provocaba, intentaba sonsacarle qué era eso que quería enseñarle, pero él se limitaba a agachar la cabeza de esa forma australiana que tanto le caracterizaba y a sonreírle con la mirada, sin decir palabra. El sendero conducía a un cabo bañado de luna que se adentraba en la oscuridad del océano y protegía la bahía del poderoso oleaje que se estrellaba contra los acantilados de barlovento. En el lado de sotavento el promontorio estaba dominado por la hierba, con algunos tamaños dispersos y las delicadas flores rojas de unas cuantas poincianas. —Es precioso —dijo India. Caminó hacia el borde, donde la tierra caía bruscamente sobre las rocas golpeadas por el mar y los vientos alisios soplaban libres y salvajes, y donde solo podía ver las ondulaciones negras del agua y un universo de estrellas brillantes que parecían extenderse hasta el infinito. —Lo es. —Jack se detuvo detrás de India y la volvió suavemente hacia la punta del cabo—. Pero no te he traído aquí por eso. Entonces India lo vio. Audaz, orgulloso y descaradamente masculino, sobresaliendo de la mismísima punta del cabo. Cuando se acercó, advirtió que había sido tallado —deliberada, hábilmente— en una roca de granito rojo, la cabeza hinchada y redonda y hendida como la pezuña de un diablo, el asta larga y recta elevándose dos metros y medio del suelo. —Cielo santo —dijo al detenerse en la base—. Es un falo gigante. Lo rodeó procurando no acercarse demasiado al borde del acantilado y se volvió para mirar a Jack. —¿Cómo lo encontraste? Él se acercó y echó la cabeza hacia atrás para contemplar el enorme glande rojo. —Patu me habló de él esta tarde. Cree que el reverendo Watson ignora su existencia, pues de lo contrario ya habría obligado a los isleños a arrojarlo al mar. India suspiró con la cabeza igualmente echada hacia atrás, contemplando la escandalosa erección. —He ahí una de las razones que tanto dificulta mi investigación sobre los orígenes de los polinesios. La mayoría de las antiguas esculturas de piedra han sido destrozadas o, como mínimo, derribadas. Y en las islas donde se tallaba la madera es aún peor. Lo quemaron todo. Le habría gustado alargar un brazo y tocar la piedra, pero no se atrevió. —¿Sabe Patu para qué se utilizaba? —preguntó. Jack negó con la cabeza.

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—No. ¿Para la navegación, quizá? India asintió. —Los antiguos griegos tenían unas señales que llamaban hermas, por el dios de los viajeros. Al principio utilizaban estatuas del dios, pero poco a poco pasaron a ser simples pilares. —Esbozó una sonrisa picara—. Solo la parte especialmente masculina de la anatomía del dios siguió representándose. —No me lo digas —repuso Jack, mirándola—. Para señalar el rumbo. India rió. —Exacto. Desafortunadamente, los primeros cristianos se dedicaron a desfigurar todos los Hermes que encontraron a su paso. —Creo que la palabra que buscas es castrar. India miró a Jack. Estaba de espaldas al viento, de modo que este inflaba la camisa en torno a su torso fuerte y duro y le agitaba las puntas del cabello contra la piel bronceada de la garganta. La estaba mirando con una sonrisa, esa sonrisa que apenas le curvaba los labios pero proyectaba en sus ojos un brillo que hablaba de la admiración de un hombre, y del deseo de un hombre. Presa de una timidez repentina y cierto nerviosismo, India se volvió de nuevo hacia el enorme falo rojo. —Es muy grande —dijo con la garganta tensa y la voz trémula. —¿Te asusta? India se encontró con la mirada de Jack. El oleaje se estrellaba incansable contra las rocas, mezclándose con el ruido primitivo de los tambores de la playa. El viento era una caricia cálida y dulce de todo lo salvaje, exótico y desconocido. Sus miradas seguían enlazadas, e India pensó que nunca se había sentido tan unida a alguien como a ese hombre en ese momento, que nadie la había conocido como él la conocía, como él siempre la había conocido. Le tomó una mano y, sin desviar la mirada, se la llevó al pecho. —No, no me asusta —dijo, y sonrió. Él la desvistió lentamente, allí mismo, en la punta del cabo, donde la tierra se encontraba con el mar y el cielo formando un remolino de olas y vientos salvajes. Abrió la camisa de hombre y sus dedos temblaron ligeramente al deslizar la tela por los hombros y los brazos de India. —Estás temblando —dijo ella. Jack rió y ella notó su aliento cálido en la oreja cuando le alcanzó la cinturilla de la falda escocesa. —Estoy temblando de impaciencia. Lo que me gustaría hacer... — arrastró la falda por la cadera— es arrancarte hasta la última puntada. —No puedes. —India se quitó las botas y las medias—. Es la única ropa que tengo. Si la pierdo, no tendré más remedio que vestir una falda de hojas. Los labios de Jack se curvaron con esa sonrisa de golfillo que ella adoraba, esa sonrisa que le iluminaba el rostro y hacía que se sintiera cálida, nerviosa y traviesa por dentro. —No me tientes. Cubierta únicamente por la combinación y los bombachos, India dio - 170 -

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un paso atrás. También ella temblaba ahora, cada poro de su piel era consciente de la mirada dura y caliente de él mientras ella deshacía los lazos de su combinación y deslizaba la prenda por la cabeza. Los vientos alisios le acariciaron la piel desnuda de los brazos y los senos. Tras un breve titubeo, aflojó la cinturilla de los bombachos y los dejó caer suavemente. —Eres preciosa —susurró Jack con una profunda exhalación. Y en ese momento India se sintió preciosa. Preciosa y deseada y muy mujer. Su mujer. —Ahora te toca a ti —dijo con la voz ronca, queda. Jack comenzó por los botones de la camisa mientras miraba a India con una media sonrisa. —Ya me has visto. —Lo sé, pero siempre procuraba no mirar. —Ya. —Jack se quitó la camisa y los músculos del pecho y los brazos se tensaron seductor amenté cuando procedió a quitarse los pantalones—. No es eso lo que yo recuerdo. Ella rió, pues aunque era cierto que había intentado no mirar, también era verdad que no lo había conseguido del todo. Vio cómo Jack deslizaba los pantalones por las esbeltas caderas, cómo los músculos de su espalda se tensaban al erguirse de nuevo, y la risa murió en sus labios entreabiertos. Jack le envolvió la nuca con una mano y la atrajo hacia sí. Ella apretó el cuerpo desnudo contra el cuerpo de él y enterró la cara en el curva de su cuello mientras Jack la retenía entre sus brazos. Simplemente la retenía. Jack olía a noche, a mar, a él. Las manos de India le apretaron los hombros, luego se abrieron y resbalaron por la suave piel, por la firme musculatura. Le acariciaba casi con veneración, casi con temor. Estaba hambrienta de él, embriagada por el gozo de acariciarle, de ser acariciada. Pues mientras ella le tocaba, él la tocaba a ella. Le acariciaba todos los rincones de su cuerpo, con las manos, con los labios. Y tras tenderla sobre las ropas, la acarició con la lengua, la acarició donde ella no se había acariciado nunca. Jack le lamió los senos y le sonrió con la mirada cuando ella gimió una vez, y otra. Luego le deslizó su cabello por el vientre e India se perdió en la magia de su lengua y de sus labios y de la dulce habilidad de sus dedos. Cuando él finalmente levantó la cabeza, ella vio la hambrienta excitación reflejada en su rostro, aterradora y al mismo tiempo excitante. Un deseo profundo y poderoso se apoderó de ella, la necesidad de unir su cuerpo al de él, de unirse a él, de tenerlo en sus brazos. De tenerlo en su vida, siempre. Lo atrajo hacia sí y abrió las rodillas cuando él la cubrió con su cuerpo viril. Jack dejó caer casi todo su peso sobre los brazos y sus codos le envolvieron las sienes cuando le apartó el pelo de la frente sudorosa y le besó la mejilla y susurró dulces palabras en su oído. «Dios, te amo. Te amo, te amo...» Se acomodó e India sintió su dureza suave y caliente. Le vio apretar la mandíbula, le vio tensar los labios. Y entonces entró en ella. Jadeante, ella dejó escapar un quejido quedo cuando él se retiró - 171 -

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parcialmente y volvió a empujar, con más fuerza, con más profundidad, abriéndola, llenándola. —Poco a poco, cariño —susurró Jack deteniendo su cuerpo. Le besó los párpados, la punta de la nariz, los labios. Ella sentía sus acelerados latidos, su respiración entrecortada—. ¿Te duele? —No —susurró, pero lo cierto era que la invadía un dolor intenso. No era, sin embargo, el dolor seco, desgarrador, que había sentido en el pasado, sino un dolor abrasador, fruto de un deseo insatisfecho, un anhelo que trepaba por su interior con creciente fuerza. Le acarició los costados y se apretó contra su cuerpo—. No pares, te lo ruego... no pares. Con la mirada clavada en los ojos de India, Jack empezó a moverse, a embestir con una lentitud que a ella le robó el aliento y le inundó el corazón de un amor tan tierno que se le saltaron las lágrimas. Entonces él le envolvió los labios con un beso dulce, un beso que prendió fuego cuando el ritmo de sus cuerpos se aceleró. Sobre ellos, el cielo nocturno giraba en un torbellino imparable de estrellas. Ella oía el ritmo salvaje de los tambores y la violencia del oleaje contra las rocas. Con un gemido, Jack arrancó su boca de la boca de ella. Le hundió las manos en el cabello y tiró de su cabeza hacia atrás para poder besarle el cuello, y ella tuvo que morderse el labio inferior para no gritar de placer y deseo. Uniendo sus dedos a los de él, estiró los brazos por encima de su cabeza para intentar alcanzar algo que no entendía, algo que la tentaba y la esquivaba. Retorciéndose, le envolvió la cintura con las piernas y lo atrajo hacia sí, cada vez más adentro. Notaba la respiración de él, rápida y violenta, en su garganta empapada. Notaba la mano de él descendiendo entre los dos, haciendo presión en su monte femenino, presionándola con la dureza de su mano y la dureza de su cuerpo masculino. Y el placer fue entonces tan intenso que India gritó y se aferró a sus hombros mientras él la trasladaba a un lugar donde el gozo y el dolor estallaron en un éxtasis violento, interminable. El sol de la mañana cubrió el océano desde el este y la despertó. Abrió los ojos y sonrió al descubrirse mirando el pecho musculoso de Jack, que subía y bajaba lentamente con cada respiración. Estaba tendida con la cabeza en la curva de su hombro, sostenida por su brazo, apretada contra todo el largo de su cuerpo. Se habían quedado dormidos allí, en la punta del cabo, con la luna sobre sus cuerpos desnudos y los vientos alisios acariciándoles la piel. Ella sabía que él había dormido profundamente en sus brazos porque en una ocasión, durante la noche, había despertado y se había apoyado en un codo para poder contemplarle. Había permanecido así mucho tiempo, dejando que sus ojos recorrieran las bellas facciones de Jack, la curva de sus labios. Y mientras le miraba había sentido un dulce dolor en su interior, un dolor que era en parte deseo y en parte esa tristeza que se produce cuando el alma percibe algo que secretamente anhela pero sabe que no puede tener. Había estado tan absorta en sus pensamientos que había tardado en darse cuenta de que él había abierto los ojos y la estaba mirando. - 172 -

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—¿Qué haces? —dijo; su voz era una dulce caricia. —Verte dormir. Él sonrió y alargó una mano. —Pues ya no duermo. Y ella se había sumergido de nuevo en sus brazos. Y él le había enseñado que todavía tenía mucho que aprender sobre los placeres compartidos entre un hombre y una mujer. Había aprendido que ella también podía dar placer además de recibirlo, y el gozo que eso representaba. Había aprendido que el acto amoroso podía ser ardiente y ávido, además de dulce y tierno. Y había aprendido que podía tener a ese hombre en sus brazos el resto de la eternidad y no tener suficiente. Ahora, sintiendo el sol radiante sobre la piel, se volvió y pudo ver, por encima del fuerte brazo de Jack, la bahía donde fondeaba el Sea Hawk. India se incorporó, extrañada por lo bajo y escorado que parecía el velero. —Jack —dijo con dulzura—. Jack, despierta. Algo en su voz debió de alarmarle, porque Jack se sentó bruscamente y se volvió hacia las aguas azules de la bahía con los ojos entornados. —¿Que demonios? —dijo poniéndose en pie. India se puso la camisa y alcanzó su falda escocesa, pero Jack ya había echado a correr, desnudo, colina abajo. En la bahía, como si tirara de él una mano invisible, el Sea Hawk giraba lentamente sobre la cadena del ancla mientras el suave oleaje rompía sobre la cubierta, extrañamente hundida. —¡Maldita sea! —gritó Jack—. ¡No! Levantó los brazos con los puños apretados y los dejó caer con impotencia cuando el Sea Hawk hizo una última pirueta y desapareció bajo las olas.

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Capítulo 31
Se sentaron en la arena negra de la playa con la mirada fija en la desierta bahía. India podía distinguir, sin forzar la vista, la sombra en que se había convertido el Sea Hawk, perfectamente visible bajo las transparentes aguas. —¿Crees que podrías recuperarlo? —preguntó, abrazada a sus rodillas. —Tal vez. Patu dice que los hombres de la aldea están dispuestos a intentarlo. India se volvió para mirarle. —¿Cuánto tiempo tardaríais? Jack dejó escapar un largo suspiro. —No lo sé, no será fácil. Y aunque lográramos recuperarlo, solo Dios sabe lo que quedaría por hacer para que pudiera volver a navegar. La estación de los monzones está cerca. India asintió. Una fina llovizna lanzada por un golpe de viento le refrescó las mejillas y le llevó el olor dulce del mar. —Si no hubiese acudido a ti, o si te hubiese escuchado cuando dijiste que no podías llevarme a Takaku, nada de esto habría... Jack posó sus dedos sobre los labios de India. —No lo digas, no lo pienses siquiera. Habría ocurrido de todos modos. El Barracuda llegó con la orden explícita de llevarme ante la justicia. El propio primer ministro me la tiene jurada. —Sus dedos le acariciaron el labio inferior, subieronpor la mejilla y descendieron por la nuca—. Diez años huyendo son demasiados. Debí hacer frente a la situación hace mucho tiempo. India tomó una mano de Jack entre las suyas. Era una mano grande, fuerte, morena, llena de cicatrices por los años en el mar, por los años de fugitivo. —¿Y si las cartas y el cuaderno del Lady Juliana se han perdido? ¿Y si no puedes demostrar tu inocencia? Jack contempló el azul intenso del mar. —No lo sé. Estoy cansado de huir, cansado de esconderme. India... — Su voz se apagó. Su dedo pulgar estaba trazando círculos en el dorso de la mano de India. La observó atentamente, como si en ese momento fuera lo más importante del mundo. Luego levantó la cabeza, miró a India y dijo—: Cásate conmigo. El frío que la invadió por dentro fue tan intenso que creyó que se le había parado el corazón. «Te quiero», le había susurrado él la noche anterior. «Te quiero, te quiero.» Ella le había oído pero no le había creído. Se había convencido a sí misma de que solo a ella le importaba, que para él seguía siendo lo que en un principio había sido para ella, un simple acaloramiento, un deseo.

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Un apetito fácil de apaciguar. Nada más. —Si consigo limpiar mi nombre, claro —estaba diciendo Jack mientras la observaba con preocupación—. No osaría pedírtelo en otras circunstancias. No quería decírtelo hasta que supiera qué clase de futuro podía ofrecerte, pero después de lo ocurrido anoche pensé que tenías derecho a conocer mis sentimientos. India se sintió súbitamente pequeña. Ella jamás habría tenido el coraje de decir algo que pudiera volverla tan vulnerable. Experimentó un dolor agudo en el pecho e hizo una honda inspiración para aliviarlo, y al ver que no daba resultado inspiró de nuevo. Siempre había dicho, desde que tuvo edad para reflexionar sobre el tema, que nunca se casaría, y ni siquiera el haber adquirido conciencia de la profundidad de sus sentimientos hacia Jack le había hecho cambiar de opinión. Y aunque hubiera creído en el matrimonio, no se creía capaz de convertirse en la esposa de ese hombre. Era demasiado salvaje e irreverente, demasiado rebelde, demasiado... peligroso. En los ojos de Jack se formaron unas arruguitas, como si quisiera sonreír pero no pudiera. —Creo que nunca te había visto tan atónita. —Ya sabes lo que pienso sobre el matrimonio —repuso ella al fin, agarrándose desesperadamente a algo que decir, algo que no le exigiera ser tan sincera como él—. Lo que el matrimonio representa, en mi opinión, para la mujer. —Entonces cásate conmigo en una ceremonia nativa. Solo tú y yo declarando nuestro amor, sin certificados oficiales, sin pasar a ser una sola persona ante la ley y que el marido sea esa persona. —No saldría bien. Jack ya no sonreía, ni siquiera con los ojos. —¿Por qué no? Una gaviota sobrevolaba la bahía. India observó su vuelo, acompañado de una graznido tan dulce y triste que le desgarró el corazón. —Porque... —Tuvo que hacer una pausa y tragar saliva—. Porque yo adoro viajar y tú lo que quieres es asentarte y crear un hogar. —Podemos asentarnos, crear un hogar y luego viajar. —¿Asentarnos dónde? —India miró en torno a la bahía, maravillada, como siempre, por la efervescencia de sus colores. El azul cobalto del agua, el fulgor del cielo, la luz dorada del sol sobre una miríada inimaginable de verdes salpicados de flores rojas, amarillas y blancas—. ¿En Edimburgo? ¿Sabías que allí el mar es gris? El mar, el cielo, las casas... todo es gris. —Yo estoy dispuesto a ir a Escocia, si así lo deseas. —Jack hizo una pausa antes de añadir con voz ronca—: Si puedo. India meneó la cabeza. No podía imaginarle en Escocia. Él pertenecía a ese lugar, a esas tierras sureñas de palmeras ondeantes y arenas calientes, donde los vientos alisios soplaban salvajes y libres y el cielo nocturno era tan estrellado que hacía que el cuerpo se sintiera solo y triste al contemplarlo. —Tal vez ahora creas que puedes vivir allí, pero eso te mataría. Lentamente. —¿Y qué crees que me haría el vivir aquí sin ti? - 175 -

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India se enfrentó a los ojos de Jack y advirtió que tenían el mismo tono que el mar tropical y que podría pasarse una vida entera mirándolos. Tragó saliva, pero tenía la garganta tan tensa que no pudo pronunciar palabra. —Solo estás buscando excusas —dijo Jack mientras sus ojos se apagaban—. Lo sabes, ¿verdad? Ella se levantó con brusquedad, consciente de que la opresión en la garganta desaparecía. —¡Excusas! Jack se levantó más despacio y se llevó las manos a las caderas, adoptando esa postura tan esencialmente masculina. —Sí. India se golpeó el pecho con un puño para dar énfasis a sus palabras. —Solo estoy siendo práctica. —¡Ja! —Jack se inclinó sobre ella respirando enfurecidamente—. Lo que te pasa es que tienes miedo y eres demasiado deshonesta incluso contigo misma para reconocerlo. India recogió su mochila y la agitó bajo la nariz de Jack. —Yo no tengo miedo de nada. Él apartó la mochila de su cara. —Eso es mentira y lo sabes. Oh, probablemente no te da miedo viajar sola por el mundo o explorar una cueva llena de esqueletos, pero hay muchas cosas que sí te dan miedo, y no estoy hablando de cosas razonables como los puentes colgantes o los tiburones. Te aterra llegar tarde, o hacer el ridículo, o simplemente confesarle a alguien, y no digamos a ti misma, que a veces te sientes sola o que en el fondo de tu alma te encantaría tener hijos y un hombre que te amara, pero te aterra la idea de elegir mal, como hizo tu madre. India soltó una risa amarga, forzada. —¿Cómo te atreves? ¿Cómo te atreves a darme lecciones de coraje cuando eres tú el que tiene miedo de regresar a Rakaia y enfrentarse a lo que ocurrió allí? Fue una observación cruel, hiriente, e India, de haber podido, la habría retirado al instante. Las marcadas facciones de Jack se nublaron y su cabeza dio una sacudida hacia atrás, como si ella le hubiera abofeteado. —Al menos yo sé de qué estoy huyendo —replicó en un tono deliberadamente bajo—. Pero tú... tú ni siquiera sabes que estás huyendo. Se volvió y la dejó allí, en esa extraña playa negra, con la mochila apretada contra el pecho y el peso de una intensa desesperación en el vientre. Entonces ella se dio cuenta, mientras le veía alejarse, que nunca se había sentido tan asustada, ni tan sola, como en ese momento. India se detuvo, vacilante, con una mano en la barandilla, al pie de la escalera de la casa, y se volvió hacia el lugar de donde procedía la risa alegre de Cynthia Watson. La mujer estaba frente a un tendedero amarrado entre dos pompones haitianos, con una camisa del reverendo momentáneamente olvidada en las manos mientras contemplaba dos ruidosos pittas verdes y amarillos. - 176 -

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India giró sobre sus talones y echó a andar hacia ella. Pese a sus críticas sobre algunos resultados de la labor de los misioneros, no tenía más remedio que admirarlos. Los Watson no se habían entregado a una vida fácil. Las islas del Pacífico Sur estaban plagadas de tumbas de esposas e hijos de misioneros. —¡Buenos días, señorita McKnight! —exclamó Cynthia Watson—. ¿Qué le pareció el luau de anoche? —Buen material para el libro que estoy escribiendo —respondió India con tiento. La esposa del reverendo bajó la cabeza para ocultar su sonrisa. —William, obviamente, se puso furioso cuando se enteró de que iban a celebrarlo, pero yo supuse que a usted le gustaría. —¿Pasa por aquí algún vapor? —preguntó India en tanto que sacaba de la cesta un delantal y lo tendía. —¿En qué dirección? India estuvo a punto de contestar «En cualquier dirección», pero en ese momento se acordó de su baúl, que aguardaba en el Limerick de Neu Brenenberg. —Oeste —dijo. —El Fijian debería llegar mañana o pasado mañana, pero probablemente será el último hasta el próximo abril. India asintió. Lo llamaban el túnel, ese largo y tenso período que iba de diciembre a abril, cuando llovía sin cesar y el riesgo de enfrentarse a un violento temporal mantenía en puerto a la mayoría de los vapores y las demás embarcaciones. Como consecuencia de ello, el aislamiento que padecían quienes dirigían esos remotos asentamientos resultaba tan severo que se conocían casos de comerciantes blancos, de misioneros y sus esposas, que habían enloquecido o, simplemente, se habían abandonado hasta perecer mientras esperaban a que el túnel llegara a su fin. El plan inicial de India había sido llegar a Papeete antes de que arribaran las lluvias pero, dadas las circunstancias, podría considerarse afortunada si no quedaba atrapada en Neu Brenen. La señora Watson sacudió una enagua y la tendió. —Tuvo suerte de no estar en el mar cuando a ese velero le dio por hundirse. William le echó un vistazo esta mañana y dijo que los hombres deberían ser capaces de rescatarlo. —No sé si quiero esperar hasta entonces. Cynthia Watson se volvió hacia India. —Pero yo pensaba... —De repente se mordió el labio y rompió a reír —. Qué boba soy. No sé de dónde saqué la conclusión de que usted y el señor Ryder eran, en fin, ya sabe. India notó que se sonrojaba. —Hace muy poco que nos conocemos. Le alquilé el barco. —El señor Watson y yo nos casamos a las tres semanas de conocernos. El día que nos presentaron él tenía previsto partir hacia Waigeu, de modo que no había tiempo para un noviazgo largo. India contempló el rostro alegre y regordete de la mujer. —¿Y no le dio miedo? —¿Venirme aquí? ¿Por qué iba a tener miedo con Dios guiando nuestro camino? - 177 -

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—Me refería a casarse con alguien a quien no conocía. India esperaba que la mujer respondiera que Dios también le guió en eso. Los ojos azules de Cynthia Watson, no obstante, se iluminaron con una sonrisa extraña y simplemente dijo: —Sí le conocía. Fue Patu quien acompañó a India a ver el viejo complejo funerario, el marae del que Jack le había hablado. Construido en la linde de la planicie que se extendía a los pies del pueblo, era uno de los más grandes que había visto hasta el momento. Miles y miles de piedras grises habían sido bajadas de las montañas y apiladas para crear muros de unos sesenta metros de largo y cinco de alto. India rodeó el complejo, tropezando de vez en cuando con alguna piedra semienterrada en la invasora vegetación de la jungla y alzando la cabeza para ver las ramas de los viejos y enormes castaños que asomaban por encima de los muros. El lugar parecía abandonado y triste. —¿Nunca viene nadie por aquí? —preguntó. Patu negó con la cabeza. —Es tabú. Está prohibido. —Pensaba que todos los isleños eran ahora cristianos. El muchacho esbozó una sonrisa. —Eso dicen, pero siguen sin venir por aquí. India se detuvo entre los dos bloques de basalto que formaban la puerta del marae. Era lo mismo que entrar en una catedral antigua, pensó, una catedral abierta al cielo, un lugar de paz que, paradójicamente, parecía vibrar con una energía que encontraba casi aterradora. —Puedes entrar —dijo Patu al verla titubear—. No hay peligro. India dio un paso al frente, reacia a perturbar la extraña aura del lugar pero atraída al mismo tiempo por ella. Sus botas susurraron contra la alta hierba al atravesar la pequeña antecámara que conducía al patio interior, un vasto rectángulo que ya solo contenía castaños, arbustos y ficus trepadores y una hierba que se doblaba con la brisa procedente del mar. Bajo el feroz sol tropical asomaban fragmentos óseos de color blanco mate, huesos astillados, pequeñas vértebras desgastadas y las partes serradas de cráneos aplastados. Eso era todo. —¿Dónde está la gente que en otros tiempos ocupó este lugar? —La voz de India resonaba extraña en la desierta estancia. —Cuando yo era niño el padre Paul reunió los huesos y les dio sepultura cristiana. —Patu se paseaba por el recinto arrancando arbustos y retirando trepadoras para examinar las lápidas de piedra, que parecían colocadas sin orden ni concierto. Entonces gritó—: ¡Lo he encontrado! Ven a verlo. India caminó hasta el fondo del marae y se detuvo ante una piedra erecta clavada profundamente en la roca, donde aparecía el relieve de una criatura en cuclillas, en posición fetal, con ojos grandes y redondos y una boca muy ancha. Tenía unas piernas raquíticas y las manos descansaban sobre una voluminosa panza. Su aspecto era algo ridículo y sumamente diabólico. India buscó en su mochila el cuaderno y el lápiz. —¿Qué dios es este? - 178 -

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Patu se encogió de hombros. —Lo ignoro. Antes teníamos muchos dioses. La gente creía que si un dios era tratado como es debido, debía aportarles suerte. Si no lo hacía, adiós. —Barrió el aire con las manos y sonrió—. Lo abandonaban y elegían un nuevo dios. India rió. —Una buena amenaza para hacer que los dioses se comportasen. — Contempló el recinto abandonado y un escalofrío le trepó por la espalda—. Y los espíritus de las personas que fueron enterradas aquí, ¿dónde están? —preguntó con voz queda. Patu dejó de sonreír. —La mayoría fueron a un lugar mejor, pero algunos se quedaron. La gente de aquí los llama tupapau. Puedes verlos de noche cuando hay luna llena, justo en el momento en que esta asoma por el mar. Dicen que cantan con la misma dulzura que el viento, que sus cantos son historias antiguas compuestas en idiomas ya olvidados, pero que si te ven, te desgarran la garganta o te arrancan los ojos. India se estremeció pese al fuerte sol que caía sobre el recinto. —Entonces, ¿son malos? Patu asintió. —Los espíritus de los animales pueden ser buenos, pero los espíritus de los hombres son siempre malos. —Se volvió para contemplar las piedras cubiertas de musgo y el viento le agitó el cabello—. Ya nadie cree en esas viejas historias —dijo quedamente. —¿Y tú? El muchacho meneó la cabeza con los labios apretados. —No son más que leyendas, mitos, y sin embargo... encierran cierta verdad. Algo que no debería perderse, que no debería olvidarse. —Jack me contó que te fuiste de Waigeu porque querías conocer las costumbres de tu padre. Patu asintió y en su rostro creció la preocupación al observar la imagen del abandonado dios que tenía a sus pies. —Y ahora quiero quedarme para procurar que las costumbres del pueblo de mi madre no se olviden. —Se volvió hacia India con una mirada que delataba indecisión y un profundo tormento interior—. ¿Crees que hago mal? —No —respondió India, acariciándole el brazo—. No lo creo. Cuando Patu se hubo marchado, India tomó asiento a la sombra de un gran papayo, con el cuaderno en el regazo. Estaba absorta en sus pensamientos cuando un rebuzno le hizo levantar la vista y tropezar con Jack Ryder, que avanzaba en dirección a ella montado sobre un caballo castaño y tirando de un asno pardo con cara de pocos amigos. Jack montaba erguido y relajado, con los pies en los estribos y las manos sujetando holgadamente las riendas. India se dijo que parecía igual de cómodo a lomos de un caballo que a bordo de un velero. Entonces se acordó de que había crecido en una granja de ovejas en Australia. —¿De dónde los has sacado? —preguntó en un tono deliberadamente desenfadado cuando se detuvo delante de ella. No le había visto desde la - 179 -

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desastrosa conversación en la playa y no estaba segura de qué podía esperar ahora de él. Qué podía esperar de los dos. Percibía una tensión en su boca, un recelo en su mirada, que no había visto antes. —Me los ha prestado el propietario de los campos de vainilla. India contempló los altos y escarpados picos que asomaban por detrás del poblado. Dado que ya no podían alcanzar el sur de la isla en barco, la única forma de llegar hasta allí era por tierra. Pero Jack solo había pedido prestadas dos monturas. —Patu se ha ido —dijo India. Tenía la garganta tan seca que las palabras le salían ásperas. —Lo sé. Se quedará para ayudar en el rescate del Sea Hawk. —Entonces, ¿para quién es el asno? Jack estiró las piernas y se removió en su silla de montar mientras India contenía el aliento. —Te convertiste en una forajida al ayudarme a escapar de La Rochelle. Me parece que tienes derecho a saber si tengo posibilidades o no de limpiar mi nombre. Sus palabras fueron hirientes, pero India supuso que se las merecía. Se acercó a él, le asió las manos y levantó la cabeza para mirarle. —Entre las razones que te di en la playa para no casarme contigo... nunca mencioné la de que no te quisiera. Jack le clavó una mirada firme y dura mientras el caballo se removía inquieto bajo la silla. —Es cierto, pero tampoco dijiste que me querías. India le miró fijamente y sintió que su amor por él crecía cálido y doloroso en su pecho. Quiso decirle: «Tenías razón, tengo miedo, tengo miedo de muchas cosas. Me paso la vida huyendo de las cosas que temo, y nunca he temido algo o a alguien tanto como te temo a ti y el amor que me haces sentir y las cosas imposibles que me haces desear». Pero era incapaz de pronunciar esas palabras, de modo que le soltó las manos y dijo: —¿Por qué me toca a mí el asno? Los labios de Jack temblaron, como si estuviera barajando la posibilidad de sonreír. —El propietario dijo que a este caballo no le gustan las mujeres. —Ya. —India acercó la bestia con cara de pocos amigos hasta una roca, para subirse a ella—. ¿No será que a ti no te gustan los asnos? Jack rompió a reír e India supo que las cosas entre los dos se habían relajado. Relajado, pero no mejorado.

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Capítulo 32
Siguieron una senda que subía por el valle y atravesaba las montañas. El camino era antiguo y en algunos tramos había tanta maleza —ficus trepadores, acacias y jazmines nativos de blancas flores— que Jack tenía que bajar del caballo y cortarla a machetazos. Así y todo, avanzaban más deprisa sobre sus monturas que a pie, y lo que podía haber sido un arduo viaje se convirtió en algo que a India le pareció casi mágico, una ruta encantada a través de un reino exuberante bañado de una luz verdinosa, donde todos los sonidos eran susurrantes y el sol nunca brillaba. Cuando alcanzaron cierta altura, los helechos y los troncos de los castaños cedieron terreno a los extraños paranus horizontales y los pinos tornillo, con sus canastas de raíces cónicas y sus hojas punzantes. Ascendieron hasta alcanzar las crestas más elevadas, donde únicamente la casuarina y el palofierro crecían entre los juncos y la espesa hierba que cubría las empinadísimas cuestas. Desde allí se divisaban las verdes laderas y los salvajes desfiladeros que se zambullían en un mar tan azul que hacía daño a los ojos. Una vez en la cima, Jack dirigió la vista a la costa sur que se extendía a sus pies. India se detuvo a su lado y examinó la tirantez de su rostro. Rezumaba tanta tensión que su montura se removía incluso estando parados. Se dijo que el motivo no era difícil de entender. Después de diez años, el acto de huir puede parecer incluso fácil o, cuando menos, más fácil que las demás alternativas, como por ejemplo descubrir que las pruebas que un hombre necesita para demostrar su inocencia se han perdido. O descubrir que tu única hija ha muerto. Hasta ese momento, mientras contemplaba el oleaje que rompía en la orilla, India no cayó en la cuenta de que Jack probablemente se estaba preguntando qué sentía la hija de Titana por el padre que la había abandonado. —Crees que está enfadada contigo, ¿verdad? —dijo con dulzura—. Me refiero a Ulani. Enfadada porque la abandonaste hace muchos años y porque nunca has regresado desde entonces. Él se volvió y sus ojos se encontraron. —¿Tú no lo estarías? India miró fijamente las sombras salvajes, casi desesperadas, que se proyectaban en su rostro. —Eres un fugitivo, Jack. No podías cuidar de un bebé. —Pero India sabía, incluso mientras hablaba, que su argumento no se sostenía, pues el gobierno británico había dejado enfriar el asunto de su persecución durante mucho tiempo. Y Ulani ya no era un bebé. —¿Has pensado alguna vez —preguntó Jack sin dejar de mirarla— que tu padre te envió a casa de tu tía después de la muerte de tu madre

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porque tenía miedo? Sorprendida, ella dejó escapar un bufido que pretendía ser una carcajada pero que sonó amargo y quizá algo defensivo. —¿Miedo, mi padre? ¿De qué? Él se encogió de hombros. —De hacer las cosas mal. De no tener lo que hacía falta para ser un buen padre para una muchacha huérfana de madre. De no ser lo que tú necesitabas. Ella negó con la cabeza. —Mi padre nunca tuvo miedo de nada. Nunca conocí a nadie tan seguro de sí mismo. Tanto si escribía sobre la carga del hombre blanco como acerca del origen divino de los poderes que debía ejercer un marido sobre su esposa, Hamish McKnight estaba convencido de que tenía razón. —Mucha gente podría pensar lo mismo de ti, la gente que no te conoce bien. —Jack hizo una pausa—. ¿Conocías bien a tu padre? —La verdad es que le conocía muy poco —respondió ella, espoleando el asno—. Muy poco. Jack escuchó voces de mujeres y la risa de un niño a través de las umbrías profundidades de la selva antes de que la hilera de cabañas de bambú que se extendía frente a la playa apareciera ante sus ojos. Se detuvo en seco, pero al notar la mirada de India instó a su caballo a continuar. El desfiladero que habían seguido se había abierto a un valle rebosante de mangos y papayos salvajes, de hibiscos rojos y orquídeas amarillas y blancas que pendían esplendorosas de las ramas de enormes árboles. Ahora, entre los troncos de las palmeras se divisaba la extensión azul del mar, su penetrante olor transportado por la cálida brisa. El estallido de lo que semejó un disparo de rifle resonó en el valle y espantó al caballo castaño. —¡Cielo santo! —exclamó India, frenando en seco detrás de Jack—. ¿Qué ha sido eso? —Un coco. Jack avanzó con su montura hasta un gran coco que había en medio del camino. Levantó la vista y observó el largo tronco de la palmera que había al lado. Una niña de diez o doce años, piel dorada y pelo oscuro, le estaba mirando. —Iorana —dijo Jack. Hola. La niña esbozó una sonrisa picara. —Bonjour, monsieur. —Hablas francés. —Mais oui. ¿Usted no? —No muy bien —confesó Jack. La niña rió y su larga melena negra se agitó sobre sus hombros. De repente Jack sintió en su interior un rayo de esperanza que se apresuró a sofocar—. Pensaba que solo los niños trepaban en busca de cocos. La niña descendió hasta la mitad del tronco. —Siti es un niño pero recoge naranjas como las niñas. ¿Por qué no puedo yo subir a las palmeras si quiero? - 182 -

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El corazón de Jack latía ahora con tanta violencia que el cuerpo le temblaba, pero no pudo evitar sonreír al escuchar en las palabras de la niña la fiel reproducción del acento de Cornualles de Toby. —Estoy buscando a Toby Jenkins. ¿Puedes llevarme hasta él? La niña bajó con un salto grácil y, ladeando la cabeza, observó a Jack con sus ojos azules y un rostro moreno que, de repente, se había puesto muy serio. —¿Para qué quiere ver al señor Toby? Jack tragó saliva. Se dijo que los ojos azules no significaban nada. La niña podía ser hija de Toby. Después de diez años, el viejo lobo de mar bien podía haber engendrado una buena docena de hijos seminativos. O quizá fuera la hija de algún aventurero europeo, o el resultado de alguno de los apareamientos ocasionales que habían tenido lugar entre las mujeres de Rakaia y los marineros del Lady Juliana antes de la matanza. —Toby es un viejo amigo mío —dijo Jack. Ansiaba preguntarle cómo se llamaba, pero las palabras permanecían atrapadas en su garganta, temeroso de la respuesta. Finalmente fue India quien pronunció la sencilla pregunta que Jack no se veía capaz de formular. —¿Cómo te llamas? —preguntó avanzando con su asno. La muchacha se volvió y contempló atónita el atuendo expedicionario, raído pero todavía espléndido, de India. El mundo de Jack dejó de girar mientras aguardaba la contestación. Entonces su hija dijo: —Me llamo Ulani. Llegaron al poblado rodeados de una algarabía de niños, risas y gritos. El alboroto hizo que un hombre saliera de su casa y se detuviera en lo alto de los escalones de entrada con una mano sobre las cejas para protegerse del sol cegador. Era un hombre mayor, de unos cincuenta o sesenta años, si bien su cuerpo menudo se mantenía delgado y firme. La piel, de un intenso tono cobrizo a causa del sol, contrastaba con el blanco de su pelo. —Veo que te has tomado tu tiempo en volver —dijo Toby Jenkins cuando Jack detuvo el caballo frente a su casa elevada—. Tienes suerte de que todavía no la haya palmado. Jack advirtió que una pequeña sonrisa le tiraba de los labios. —Diantre, tienes mejor aspecto que la última vez que te vi. El viejo le miró con expresión ceñuda pero incapaz de ocultar el regocijo que iluminaba sus ojos. —Puede —convino—, pero eso no podías saberlo antes de verme, ¿o sí? —Sé que es difícil acabar contigo. —Jack saltó del caballo y fue a ayudar a India. —¡Santo Dios! —Toby abrió los ojos de par en par cuando India bajó del asno—. ¡No me digas que a las mujeres de Inglaterra les ha dado por llevar pantalones! —Soy escocesa —replicó ella, alisándose la falda. Jack bajó la cabeza para ocultar una sonrisa. - 183 -

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—Permíteme que te presente a Toby Jenkins, ex miembro de la armada de Su Majestad. Toby, te presento a la señorita India McKnight. Es escritora de viajes. Los cejas de Toby, blancas y espesas, temblaron sobre su protuberante nariz. —¿Que es qué? Jack contempló la pequeña aldea y su sonrisa se apagó. —¿Estos son todos los que quedan? —Ni uno más, ni uno menos. Esa fiebre consiguió acabar con más rakaianos que el capitán Gladstone. —¿Por qué vinisteis aquí? ¿Por qué os fuisteis de la isla? Toby Jenkins se acaricio el lóbulo de la oreja. —Por los blackbirders, los traficantes de esclavos. Algún comerciante debió de contarles que estábamos casi extinguidos, porque descubrí a los muy cabrones tratando de aceptar a tres jóvenes en la playa. Un par de muchachos y yo conseguimos ahuyentarlos, pero yo sabía que tarde o temprano volverían. Esos traficantes son como tiburones. Saben cuándo estás débil y entonces vienen a por ti. —¿Cuántos hijos tiene? —preguntó India. —Cinco varones. —Toby hinchó el pecho con una profunda inspiración —. Y tres hijas. —De repente abandonó su porte orgulloso—. Tenía cuatro, pero perdí una a causa de la fiebre. La menor. —Señaló con la cabeza a Ulani, cuyo interés por los recién llegados se había desvanecido hacía rato y estaba recogiendo conchas en la orilla. —Sospecho que no le has dicho quién eres. Jack meneó la cabeza. —No sé qué le han contado. —Oh, sabe muchas cosas de ti. Las hermanas y hermanos de Titana le hablaban constantemente de su padre. —¿Le hablaban? —preguntó secamente Jack. Toby asintió. —La fiebre se los llevó a todos. Y también a la abuela de Ulani. Jack contempló las aguas azules del Pacífico, iluminadas ahora por la luz dorada del atardecer. Una fragata sobrevolaba la pequeña bahía emitiendo un graznido quedo y lastimero. Jack sintió que un suspiro le tiraba del pecho, un suspiro que le dejó un dolor pesado. —Todavía no me has preguntado sobre las cartas y el cuaderno. Jack se volvió hacia el rostro curtido del hombre. —¿Aún las tienes? El viejo marinero se sentó en el escalón superior de su casa. Ya no miraba a Jack. —No estaba seguro de que supieras adonde habíamos ido o si yo seguiría vivo cuando vinieras a buscarnos, pero pensé que tendrías suficiente sentido común para suponer dónde los habíamos dejado en el caso de que quisieras recuperarlos. —¿Los dejaste? —preguntó Jack con voz ronca y un repentino nudo en la garganta. —Ajá, en Rakaia.

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Después de eso les fue imposible seguir conversando, pues la noticia de la llegada de Jack había corrido y los viejos amigos de Rakaia se agolparon a su alrededor. Un primo de Titana le puso una guirnalda de tiarés, hibiscos y helechos mientras un adolescente de piel dorada y ojos grises como los de Toby Jenkins pasaba una mano reverente por el lomo del caballo. —Diantre —dijo—, ¿es un caballo? Jack estaba inmerso en un mar de rostros sonrientes y cálidos apretones de mano. Entonces India le tocó un brazo. —Tienes que hablar con ella —le dijo suavemente al oído—. Ahora. Jack se volvió hacia Ulani. Estaba sentada en un banco de rocas que se adentraba en la bahía, contemplando el océano con la larga melena acariciada por la brisa. La elegante curva de su cuello, su porte regio, todo en ella le recordó tanto a Titana que sintió una punzada en el pecho. Pero también había algo indefinible en su hija que le recordaba a sí mismo. Y al observarla detenidamente se dijo que probablemente era ese aire de impaciencia. Y de rabia. Jack se separó amablemente de sus viejos amigos y echó a andar hacia las rocas. Las gaviotas graznaban, desplegando sus blancas alas contra el cielo azul. El agua rompía contra los pies de Jack y los vientos alisios le cubrían las mejillas de una llovizna salobre. Tenía la mirada fija en la muchacha sentada en las rocas. Ella no se volvió, pero él sabía que era consciente de su presencia. Había imaginado esa escena miles de veces. La tentación de volver le había acompañado cada día durante los últimos diez años. Hubo momentos en que deseó tanto verla, estar con ella, que habría dado gustosamente su vida por poder acariciarle la mejilla, por verla sonreír, por abrazarla y aspirar su dulce olor. Y allí estaba al fin. No obstante, aunque su garganta estallaba de amor, él era un extraño para su hija. Y toda la rabia, todo el resentimiento que Jack había temido que ella pudiera sentir estaban allí, en la postura rígida de sus hombros, en el duro contorno de su mandíbula. Ulani aguardó hasta que lo tuvo cerca. Entonces, sin desviar la mirada del mar, dijo: —Eres él, ¿verdad? Jack titubeó. Quería acercarse. Quería y necesitaba desesperadamente tocarla, abrazarla... Pero sabía que no debía. —Sí —se limitó a decir. Ella se mantuvo impasible. Ni siquiera parpadeó. —Has venido a buscar las cartas y el cuaderno del Lady Juliana, Jack sintió que un suspiro le elevaba el pecho. Ansiaba poder decirle: «Te quiero. Siempre te he querido, más incluso que a la propia vida. Mi marcha, hace tantos años atrás, me desgarró el corazón, me dejó una herida que nunca cicatrizó y que siempre, siempre me ha dolido». Era cierto, todo era cierto, pero sabía que si le decía esas cosas ahora, sonarían a falsedad, de modo que en lugar de eso dijo: —La mañana que abandoné Rakaia paseamos por la playa de la mano tú y yo solos. El sol proyectaba sus primeros rayos en el mar y yo te levanté del suelo y te sostuve mientras contemplábamos el amanecer. - 185 -

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Vimos cómo el mar pasaba del gris al amarillo y al dorado y luego al azul, y medité sobre la idea de dejarte, de no volver a ver un amanecer contigo, de no poder abrazarte nunca más. Pensé en el sufrimiento de no volver a acariciar la curva de tu mejilla, de no volver a respirar el dulce olor de tu piel o escuchar tu risa, y creí que no sería capaz de hacerlo, que no sería capaz de irme. —Pero te fuiste —repuso ella con dureza. Jack asintió con un doloroso nudo en la garganta. —El pueblo de tu madre había sufrido ya tantas pérdidas que temía lo que podría seguir pasándole si me quedaba, si la armada británica me localizaba y venía a buscarme. Tenía miedo de lo que pudiera sucederte, de modo que regresé al poblado, te dejé con una de las hermanas de tu madre y me marché. —La hermanas de mi madre murieron. —Lo sé. Lo siento mucho. Era un comentario del todo insuficiente y no le sorprendió que ella siguiera mirando el mar en silencio. Finalmente, fue a sentarse a una de las rocas, cerca de Ulani, y, como ella, se quedó mirando el oleaje que rompía inexorable en la orilla. —Nunca pensé que volvería a verte. Creía que la armada me atraparía en un par de meses, en un año como mucho. Las conchas que Ulani había estado reuniendo descansaban a sus pies, conchas de leopardo y de turbante, y un bello nautilo. Jack recogió un abulón de vivos colores. —Estuve mucho tiempo huyendo de un lado a otro, hasta que un día me di cuenta de los años que habían pasado y empecé a pensar que, después de todo, quizá tuviera un futuro. Empecé a pensar en regresar junto a ti. Jack vio que la esbelta garganta de Ulani tragaba saliva. —Pero no lo hiciste. —No. —Jack hizo saltar la concha en su mano hasta que la envolvió con el puño—. Eras muy pequeña cuando me marché... sabía que no podías acordarte de mí. La única familia que conocías era el pueblo de tu madre, y Rakaia era tu hogar. No me creía en el derecho de alejarte de todo lo que conocías y amabas. Ulani se volvió para mirarle directamente a la cara con sus grandes ojos azules; su pálido rostro parecía tranquilo. En ese momento parecía una mujer en lugar de una niña y Jack recordó que tenía casi doce años. A esa edad muchas mujeres de esa cultura empezaban a tener amantes. —Podrías haber venido a verme. —Lo sé. —Jack experimentó un intenso dolor en el pecho al pensar en todos los años de la vida de esa niña que se había perdido, todos los años de su desarrollo—. Tenía miedo. Ella meneó la cabeza; no le entendía, no le creía. —¿De qué? En ese momento, ante los ojos enfadados de su hija, Jack comprendió que ni siquiera podía explicarse a sí mismo de qué tenía miedo, por qué la sola idea de regresar a Rakaia le producía un terror tan cegador. —No lo sé —dijo, y, aunque era cierto, sonó lamentable, insuficiente y evasivo. - 186 -

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Ulani le miró, pensativa. —Eso que quieres lo escondimos en una cueva de Rakaia. ¿Lo sabías? Jack asintió. —Eso significa que tendrás que volver allí, ¿verdad? El sol empezaba a ocultarse proyectando reflejos que parecían prender fuego al cielo y convertían el mar en un manto dorado y violeta. En algún lugar de ese mar estaba la isla de Rakaia. Demasiado lejos para poder verla e imposible de alcanzar sin el Sea Hawk. —El problema es que ya no tengo barco. Ulani rió y volvió a ser una niña al saltar de la roca para recoger sus conchas. —Eso no es ningún problema —dijo al tiempo que se volvía hacia Jack con su larga melena ondeando al viento—. ¿Cómo crees que vinimos hasta aquí?

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Capítulo 33
—Lo encontré hace unos años encallado en el arrecife —explicó Toby. Estaban de pie bajo la luz de la luna, en un extremo de la playa, donde descansaba lo que en otros tiempos había sido el bote salvavidas de una fragata llamada Reprise—. Como es lógico estaba algo dañado, pero conseguí salvar del Lady Juliana todo lo necesario para repararlo. Jack desvió la mirada hacia el mar salpicado de estrellas. —Es una travesía muy larga para un bote. Toby se tiró del lóbulo de la oreja. —Lo sé, pero teníamos que elegir entre eso, las diminutas canoas o los blackbirders. Antiguamente los habitantes de Rakaia surcaban el Pacífico Sur en canoas lo bastante grandes para transportar pelotones de guerra o familias enteras, junto con sus cerdos, perros y cuanto decidían llevarse cuando emigraban de una isla a otra. Aquellos tiempos, sin embargo, ya no eran más que un recuerdo lejano conmemorado en fiestas pero, por lo demás, tan parte del pasado como los abandonados maraes. —Tuvimos que hacer varios viajes para trasladarlos a todos — explicaba Toby—. Durante la última travesía el mar estaba un poco alborotado y los isleños empezaron a vomitar cual marineros de agua dulce atrapados en un tifón. —Toby escupió con desprecio—. Isleños. ¿Te lo puedes creer? Jack observó el mástil del bote. —¿Conservas las velas? —Sí, aunque no te garantizo que resistan un temporal. Jack asintió, pero India le apretó una mano con fuerza. —¿No estarás pensando en ir a Rakaia? Jack buscó sus ojos y vio en ellos miedo y algo más, algo que quiso creer que era amor, aunque no podía asegurarlo. Se preguntó si un hombre podría estar alguna vez plenamente seguro del amor de una mujer como India, y sintió el pánico y la vulnerabilidad de amar más de lo que uno era amado, de no poder vivir sin alguien que podría apañárselas tranquilamente sin él. Se encogió de hombros con lenta deliberación. —No tengo otra elección. La mano de ella tembló. —Sabes muy bien que es probable que el Barracuda esté allí esperándote. Jack miró a Toby. —¿Cuánto dura la travesía hasta Rakaia? Toby arrugó el entrecejo. —Si el viento aguanta, yo diría que unas cinco horas, quizá menos. —Eso significa que si saliéramos a primera hora de la tarde

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deberíamos llegar al anochecer. —Ajá. El rostro de India aparecía pálido y tenso bajo la luz de la luna. —¡Podrías pasarte la isla de largo! Jack se echó a reír, porque le hacía bien reír, y si no podía reír, no tenía sentido seguir viviendo. —Si me paso la isla de largo, me la paso de largo —dijo—. Lo que realmente podría matarme es que me pasara de largo el canal que atraviesa el arrecife. India se detuvo en la sombra morada de un mango y observó a la hija de Jack Ryder jugar en la orilla iluminada por la luna. Soplaba un viento cálido que le traía el aliento salobre del mar y la risa de la muchacha cuando huía del oleaje que rompía en la arena. Podía verlo a él en Ulani, pensó India, en sus pómulos prominentes y la mandíbula cuadrada. Siguió el rastro del hombre al que amaba en la niña que había engendrado con otra mujer y sintió el dolor del deseo y el anhelo, además de otras emociones que la dejaron confusa y sobrecogida. Esa noche habían disfrutado de un festín para celebrar el reencuentro de Jack con la gente con la que había vivido en otros tiempos. Su hija, sin embargo, se había mantenido apartada, lejos de la fogata o absorta, como ahora, en un juego que parecía ocupar toda su atención. Él lo había soportado bien, pensó India, riendo con sus viejos amigos, recordando alegrías pasadas y escuchando atentamente sus descripciones de todo lo sucedido desde la última vez que se vieron. Pero a veces... a veces lo había descubierto contemplando a la niña con tanta nostalgia y amor en la mirada que había resultado doloroso presenciarlo. Y allí estaba ahora, con la espalda apoyada en el tronco de uno de los cocoteros de la playa, mirando fijamente a la muchacha que reía en la orilla. India se acercó a él. Jack estaba de perfil. Olía a mar, a vientos alisios y a noche tropical, e India sintió el deseo de rodearle la cintura y apretar la mejilla contra su duro pecho. En lugar de eso, se abrazó a su propia cintura. —No tienes por qué ir a Rakaia —dijo—. Podrías rescatar el Sea Hawk y hacer las reparaciones necesarias para poder regresar a Neu Brenen antes de que lleguen los monzones. Jack se volvió hacia ella. Sus ojos casi parecían negros con la oscuridad de la noche. —¿Y luego? —Luego podrías quedarte allí y esperar a que el Barracuda reciba la orden de volver a casa. Este vehemente interés por tu persona no puede durar siempre. Una sonrisa fría curvó los labios de Jack. —En otras palabras, me escondo. —Es lo que hacías antes. Jack se volvió hacia su hija. —Ulani cree que he venido únicamente por las cartas de marear y el cuaderno de bitácora del Lady Juliana. —Pues demuéstrale que se equivoca. Llévatela de aquí. Olvídate de - 189 -

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demostrar tu inocencia y mantente a salvo. Por ella. —«Y por mí», quiso decir. «Te lo ruego, mantente a salvo, porque creo que no podría soportar que te pasara algo.» Jack meneó la cabeza. —No pienso inculcarle la idea de que huir y esconderse es lo correcto. India notó que su corazón sufría otro espasmo de pánico. —¿Y quién crees que va a cuidar de ella si estás muerto o pudriéndote en una cárcel británica? Jack respiró hondo. Luego endureció la mandíbula y sacudió la cabeza. —He pasado los últimos diez años de mi vida huyendo de lo que ocurrió. —Hizo una pausa—. Huyendo de mí mismo. Y no pienso seguir huyendo. India observó su rostro. Bajo la luz plateada de la luna, sus marcadas facciones le parecieron tremendamente demacradas y tan queridas que sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. Dejó que estos lo recorrieran ávidamente, y el sonido regular de las olas contra la playa fue como el latido de su corazón, salvaje y peligroso. —¿Y si te dijera que estoy dispuesta a irme contigo? —consiguió murmurar, empujando las palabras más allá del miedo que le estrujaba la garganta—. ¿Si dijera que estoy dispuesta a quedarme en Neu Brenen contigo? India vio el asombro en sus ojos y un rayo de esperanza que luego dio paso a un recelo punzante. De una de las cabañas de la playa llegó la voz de una mujer que llamaba a Ulani, pues era hora de acostarse. Jack vio a la niña correr entre las olas, alejándose de él, y suspiró. El viento agitaba las palmeras y le azotaba las puntas del cabello contra la garganta. —¿Lo harías? —dijo, clavando en India una mirada intensa—. ¿Harías eso para impedir que fuera a Rakaia? —Sí. La tomó por la nuca para atraerla hacia sí. —Eso significa que si regreso de Rakaia estarías dispuesta a quedarte. India deslizó los brazos por la cintura de él para sentir su cuerpo firme y cálido. —Jack... —No. —La boca de Jack se apoderó de la de India en un beso violento, abrasador, casi cruel—. No —susurró de nuevo, moviendo sus labios contra los de ella—. No intentes disuadirme. Solo hazme el amor, India. Solo ámame. La tarde llegó calurosa y cubierta. El cielo era un manto gris que flotaba bajo y severo sobre un mar picado. Jack se hallaba en la orilla, contemplando el brumoso horizonte, mientras el viento lanzaba contra su cara una llovizna salobre. —Podríamos esperar a mañana —dijo, aunque sabía que cada día que pasaba aumentaban las probabilidades de encontrar al Barracuda aguardándole en Rakaia. - 190 -

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Toby Jenkins sacudió la cabeza y escupió en el agua espumosa. —Ulani me ha dicho que echó un vistazo a los erizos y que siguen fuera de sus guaridas. En Rakaia tenían un viejo dicho: «El océano ruge y los erizos escuchan». Ningún habitante de Rakaia se echaría a la mar sin comprobar primero que los erizos permanecen fuera de sus agujeros. Era la previsión del tiempo más certera que Jack conocía. Contempló el bote salvavidas que se balanceaba en el agua pese a las firmes manos de los isleños que se habían ofrecido a acompañarles. Durante el rato que había estado observando el mar se habían añadido dos nuevos pasajeros. Entonces comprendió por qué esa mañana Ulani había estado examinando a los erizos. Jack vadeó enérgicamente el agua hasta la proa del bote, donde India y su hija ya se habían instalado. —Vamos contigo —dijo India cuando se acercaba—, así que no intentes discutir con nosotras. Jack miró el semblante deliberadamente tranquilo de India y luego la expresión ceñuda de Ulani. —¿Vamos? —Exacto. Las dos tomamos la decisión por separado, pero nuestro consenso es mutuo. Jack respiró hondo. —¿Te has fijado bien en el mar? —No suelo marearme y sé de buena tinta que dado que los erizos no han ido a refugiarse a sus lugares habituales de ocultación, es improbable que nos encontremos con un tiempo más severo que este. —Puede, pero sí podríamos encontrarnos con cierta corbeta real. India le miró sin pestañear. —Eso justifica aún más nuestra presencia. Jack comprendió la insinuación y no le gustó. —Ni hablar. No pienso permitirlo. Bajad ahora mismo del maldito bote. India soltó una violenta exhalación que le hinchó las fosas nasales y le elevó el pecho de una forma que trajo a Jack el recuerdo fugaz de las cosas que habían hecho juntos la noche anterior, con los vientos alisios acariciándoles la piel sudorosa y los pechos de ella suaves y tersos en las manos de él. —¿Lo ves? —estaba diciendo India—. Es justamente esa conducta autocrática del hombre lo que me ha llevado a rechazar el matrimonio. Yo jamás me atrevería a darte órdenes en ese tono tan dictatorial. Jack posó las manos en la borda y acercó su rostro al de India. Entonces habló con voz deliberadamente queda y tranquila. —India, estoy preocupado por ti. Por ti y por Ulani. Ella se mantuvo impávida. —Te agradezco tu interés, pero si decido arriesgar mi vida es asunto mío. Jack agarró la borda con tal vehemencia que le sorprendió que no se resquebrajara. Su voz ya no sonaba queda y tranquila, sino elevada y dura. —Y supongo que intentarás convencerme de que la seguridad de mi - 191 -

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hija tampoco es asunto mío... Esta vez fue Ulani quien habló, volviéndose hacia Toby Jenkins. —¿No se lo has contado? Jack se volvió, enfurecido, hacia el viejo marinero, que estaba tirándose del lóbulo de la oreja y mirando el mar y las colinas neblinosas, mirando a todas partes menos a Jack. —¿Contarme qué? Toby apretó los labios y soltó un largo suspiro. —Cuando decidimos irnos de Rakaia, guardé las cartas y el cuaderno del Lady Juliana en el viejo tonel con el que habían llegado a la orilla y pedí a un tío de Titana que lo escondiera en las cuevas. Ulani le acompañó. —¿Qué cueva? Los bigotes del viejo marinero se agitaron. —No lo sé exactamente. Creo que podríamos encontrarla si buscamos con ahínco, pero pensé que no querrías pasar mucho tiempo en la isla. Jack se volvió hacia su hija, sentada con porte sereno y elegante en la proa del barco mientras el viento jugaba con su larga melena. Abrió la boca para ordenarle que le dijera dónde habían escondido el tonel, pero la pose obstinada de su barbilla y el destello de ira en sus ojos le indicaron que, por mucho que gritara y se enfadara, no lograría sacarle ni una palabra. No se lo diría hasta que ella así lo decidiera. Entonces Ulani se volvió hacia el mar con los labios entreabiertos para aspirar el aire, y algo en el ángulo de su mentón y la curva de la mejilla le recordaron tanto a Titana que sintió una punzada en el pecho. —Por favor —dijo la muchacha, volviéndose de nuevo a él—. Solo quiero ver Rakaia una vez más. Jack miró fijamente a esa niña que él había engendrado, amado y abandonado a la fuerza durante tantos años, y se dijo que por mucho que un hombre creyera que controlaba su vida, lo único que podía hacer era intentar tomar las decisiones acertadas. Y la mitad de las veces, en cualquier caso, se equivocaba. Le sostuvo la mirada sin parpadear. —¿Estás segura con respecto a los erizos? Una sonrisa lenta y triunfal se dibujó en los labios de la pequeña, aligerándole la mirada. Luego asintió. Jack golpeó el costado del bote y se preparó para empujarlo. —En ese caso, será mejor que zarpemos.

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Capítulo 34
Alex Preston se hundía hasta los muslos en las amables aguas de la laguna de Rakaia. Tenía las manos apoyadas en las caderas y el torso doblado hacia delante. Su intención, cuando dejó los zapatos y los calcetines en la arena y se arremangó los pantalones, había sido únicamente adentrarse un poco en el agua. Se sentía algo ridículo, e incluso culpable, pero un rápido vistazo en derredor le había indicado que estaba solo. No habría estado bien que los hombres hubieran descubierto a su teniente primero en una postura tan poco digna. Al principio había avanzado con tiento, vadeando solo los bajíos, pero la belleza de esas aguas transparentes y mágicas le había instado a seguir adelante, hasta que una ola le azotó las perneras arremangadas del pantalón y le mojó las rodillas. Y entonces pensó «Ya que estoy mojado...». Tras inspirar profundamente hasta que se le hincharon las mejillas, apretó los labios, sumergió la cara en el agua y abrió los ojos. Vio la mandíbula abierta de una enorme almeja de cien años o más rodeada de un paraíso de corales de color azul y amarillo, rojo y naranja, unos altos y ramificados, otros lisos y bulbosos. Vio pececitos amarillos y verdes, un lento pez loro y los destellos plateados de unas truchas marinas. Hundió la cara una y otra vez, únicamente la sacaba para tomar aire. Tenía que caminar con sumo tiento, ciñéndose a las estrechas lenguas de arena. Le habría gustado quitarse los pantalones y adentrarse un poco más, en busca de otras maravillas, pero se incorporó a regañadientes, goteando por las mejillas y la nariz, y regresó a la orilla. El golpeteo de las olas contra el arrecife de la isla llenaba el aire con un estruendo constante que se mezclaba con el graznido de las aves marinas y el murmullo seductor de los cocoteros. La luz que se filtraba entre las nubes despedía un fulgor blanquecino, prueba de que el sol no tardaría en ponerse. Una vez se hubo bajado las perneras, tomó asiento en una roca y estiró las piernas para que se secaran. Llevaban en la isla tres días y la belleza del lugar seguía robándole el aliento y haciendo que se sintiera inquieto y melancólico. La isla principal era pequeña, apenas una montaña de empinadas laderas envuelta por un manto aterciopelado de árboles gigantes del que colgaban orquídeas, helechos y enormes lianas. A lo largo de las playas de arena blanca crecían cocoteros que las fragantes brisas mecían con suavidad, y en los angostos valles abundaban las naranjas y las pinas, las guayabas, las bananas y los mangos, una producción interminable de fruta dulce para todo el que quisiera tomarla. Los pantalones seguían húmedos cuando se puso los calcetines y los zapatos y echó a andar por la arena. En los largos e idílicos días transcurridos desde que el Barracuda había atracado en la laguna, Alex

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había evitado esa parte de la playa. Ahora, no obstante, se sentía misteriosamente atraído hacia ella. Pasó frente a varias hileras de cabañas silenciosas y vacías, envueltas por la suave luz del atardecer. Escuchó un ruido y se volvió bruscamente, creyendo que había alguien, pero no era más que un pedazo de tejado suelto que la brisa levantaba. Siguió andando. En el fondo del poblado descansaba una pequeña capilla hecha con bloques de coral toscamente tallados y, detrás, un cementerio, con una fila tras otra de montículos de arena revuelta que empezaban a desaparecer bajo una exuberante vegetación de hierba y enredaderas. Las tumbas estaban, en su mayoría, marcadas con una sencilla cruz de madera, pero en la parte más antigua del cementerio divisó una lápida de granito invadida en gran parte por un ficus trepador. Llevado por la curiosidad, retiró la vegetación y tropezó con una inscripción minuciosamente grabada. EN MEMORIA DE TITANA Y SU HIJO NONATO, ASESINADOS POR LA ARMADA BRITÁNICA EL 10 DE SEPTIEMBRE DE 1874. Debajo había otro texto que no comprendía. Alex estaba realizando un estudio sobre los diferentes dialectos polinesios, y al seguir atentamente las letras con el dedo finalmente entendió lo que ponía. Ari rangi. El paraíso está vacío. Reclinado sobre los talones, observó atentamente las letras. Después de pasar tantos años en el mar, conocía bien los impulsos carnales que podían conducir a un hombre a aparearse con alguna de las hermosas mujeres semidesnudas que habitaban esas islas. Pero el mero apetito sexual no podía explicar aquello, semejante erupción atormentada de dolor, ira y amor. El viento le llevó el aroma salobre del mar. Levantó la vista y contempló las aguas esmeraldas de la laguna, donde dos islotes de arena dorada, cubiertos de cocoteros, señalaban el paso que cruzaba el arrecife. La posición de los islotes, con todo, era engañosa, pues el canal, en lugar de transcurrir en línea recta entre ambos, viraba inesperadamente hacia el islote del oeste. En un día tranquilo, cuando la laguna aparecía lisa y reposada, se veían claramente los bancos de coral que se extendían bajo la superficie del agua más allá del atolón del este. Pero en medio de un temporal esas mismas rocas recortadas pasaban desapercibidas, convirtiéndose en un cementerio para los confiados. Había algo en el silencio inquietante de un barco naufragado que producía un nudo en la garganta de los marinos y les removía las entrañas. Alex se dio cuenta de que tenía que hacer un esfuerzo para mirar lo que quedaba del Lady Juliana, oscuro y espectral en la luz decadente del día. En algún momento de los últimos diez años una tormenta había partido el barco en dos y arrastrado la proa mar adentro, donde era posible que todavía flotaran pedazos de esta, desgastados e irreconocibles. Ahora solo quedaba la popa, con sus escoradas cubiertas inundadas de agua. Otra tormenta violenta, pensó Alex, y solo sobreviviría ese arrecife silencioso y mortal. Ya no quedaría nada que indicara dónde se había estrellado exactamente el Lady Juliana. Nada que demostrara la culpabilidad o la inocencia del hombre acusado de haberlo conducido a la muerte. No porque Alex creyera a ese hombre, ni mucho menos. Pero era probable que Simon Granger sí le creyera, pensó, o de lo contrario no - 194 -

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estarían allí, dejando pasar los días con el Barracuda semioculto en el extremo más remoto de la isla y los marineros vigilando desde el amanecer hasta el anochecer la única brecha que ofrecía el arrecife. O quizá el capitán no creía en la existencia de esas viejas cartas de marear. Quizá contaba únicamente con el amor de un padre por su hija para que Jack Ryder regresara a esa hermosa y abandonada isla. Alex pensó en las cabañas vacías y los montículos de tierra revuelta. Alguien había tenido que sobrevivir para enterrar a los muertos. No obstante, ya no había nadie, solo una ruidosa bandada de papagayos rojos disfrutando del fruto de un viejo nogal y una fragata planeando, alta y solitaria, sobre la laguna, que empezaba a adquirir un tono rosado con el crepúsculo. Hacía rato que debería haber emprendido el regreso al barco. Seguro que los hombres que Granger tenía apostados frente al canal habían abandonado ya sus puestos. Así y todo, siguió contemplando las olas que se alzaban al otro lado del arrecife. En un momento dado creyó ver algo. El oleaje lo ocultó de su vista y luego, de nuevo, reapareció. No se trataba de un remolino ni de un madero a la deriva, sino de un bote. Un bote pequeño que maniobraba frente a la isla. Alex se quedó muy quieto y aguzó la vista. Al principio no pensó que el bote llevara velamen, pues no divisaba ningún destello blanco, ninguna lona que atrapara los últimos rayos de sol que se filtraban entre la masa de nubes. Se dispuso a marcharse, apartando la pequeña embarcación de sus pensamientos, cuando advirtió que sí tenía velas. Velas teñidas. Era un viejo truco pirata, oscurecer las velas, pero un truco que todos los oficiales de la armada de Su Majestad conocían. Se contaba que el propio Nelson había utilizado en una ocasión esa táctica para sorprender a un barco de guerra francés en una noche sin luna. Alex dejó que el viento le aplastara la tela húmeda de los pantalones contra las piernas. Desapareció la esplendorosa gama de rojos y violeta, con vetas doradas, que el sol proyectaba en el cielo. El pequeño bote, sin embargo, continuaba dando bordadas frente a la entrada del canal. Alex lo observó hasta que estuvo seguro de cuáles eran sus intenciones. Luego se volvió y echó a andar por la orilla para comunicar a Simon Granger que su táctica había dado resultado. Jack Ryder había ido hasta ellos. Los erizos tenían razón. Media hora después de dejar Waigeu, una breve borrasca sacudió violentamente la vela cuadrada del bote y volcó lluvia suficiente para empaparlos a todos, pero al rato la tormenta pasó y, aunque las nubes se quedaron, el mar se calmó y el viento empezó a soplar suave y ligero. La tarde no había iniciado aún su andadura hacia el anochecer cuando las laderas de Rakaia, frondosas y escarpadas, aparecieron ante sus ojos, de modo que se dedicaron a dar bordadas frente a los islotes que marcaban la entrada del paso del arrecife, lo bastante cerca para no desorientarse, pero lo bastante lejos para no llamar la atención de quien pudiera estar buscando una goleta como el Sea Hawk. Pero cuando el gris del cielo dio paso al rosa y el violeta, no tuvieron - 195 -

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más remedio que aproximarse. Esa noche no habría luna, y aunque la oscuridad les ayudaría a ocultarse de posibles miradas, el riesgo de que no acertaran con el canal y se estrellaran contra el arrecife aumentaba. India se acercó a la proa y contempló la isla mientras el bote hacía ceñidas y el agua azotaba los costados. Pese a las nubes y la escasa luz, la isla se erigía hermosa con sus pronunciadas laderas, sus playas coralinas blancas como la nieve y sus palmeras dobladas elegantemente por la brisa de la noche. India inspiró el perfume dulce de la isla mezclado con el aroma salobre del mar. Entonces tuvo una sensación de lo más peculiar. Sintió que regresaba a un lugar que ya conocía y que, en cierto modo, era más parte de ella que el mundo que había dejado atrás. Miró a Jack, que estaba junto a su hija, silencioso y vigilante. No podía ser fácil para él regresar al lugar donde tantas cosas habían ocurrido y del que se había mantenido alejado durante tanto tiempo. Su ser rezumaba tensión, crispación, como si estuviera sofocando toda emoción, toda reacción. Las emociones tenían el poder de incomodar a un hombre, de hacer que se sintiera débil. Así pues, India supuso que Jack había decidido no permitirse sentir. Le costaba creer que pudiera lograrlo, pero se dijo que de no hacerlo el precio sería terrible. Cuando estuvieron algo más cerca del arrecife, hasta Ulani pareció ponerse tensa. Sus ojos miraban fijamente la isla que había sido su hogar. —No veo ningún mástil —informó Toby Jenkins escudriñando la creciente oscuridad. Jack negó con la cabeza. —Si Granger está aquí, puedes estar seguro de que tiene el Barracuda anclado en un lugar discreto. Estaban muy cerca del arrecife y era tal la oscuridad reinante que a India le costaba creer que alguien, incluso un nativo nacido y criado en la isla, pudiera distinguir el canal. En ese momento uno de los primos de Titana se asomó por la borda con la cabeza ladeada y toda la atención puesta en el agua, e India se dio cuenta de que, efectivamente, no podía ver el canal. Pero podía oírlo, podía escuchar e identificar cada remolino, cada borboteo, cada movimiento sutil del agua mientras el aire retumbaba con el cañoneo del oleaje contra el arrecife. No podían saber si el Barracuda había arribado antes que ellos. Así pues, nadie pronunció una palabra cuando pasaron junto a los restos fantasmagóricos del casco del Lady Juliana, atrapado para siempre en el filo del arrecife. India contempló los maderos retorcidos del barco y sintió un nudo en la garganta. Jack tenía previsto, había averiguado India, abandonar Rakaia antes del amanecer. No obstante, cuando el bote entró en la laguna y se dirigió a la playa de la isla principal, India examinó las laderas y se dijo que tales previsiones eran imposibles de cumplir. —Está demasiado oscuro —susurró a Jack—. No podrás encontrar la cueva sin luna. Sentada a su lado, Ulani mantenía la mirada clavada en la hermosa isla. —La encontraré —dijo.

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Capítulo 35
Dirigieron el bote hasta la arena, bajo las ramas de una poinciana regia. La isla les aguardaba negra y queda. Solo se oía el murmullo de los cocoteros, el suave chapoteo de la laguna y el grito melancólico y lejano de un vinago. Se decía que los vinagos eran las sombras de los espíritus que vagaban por los bosques, y al oírlo Toby Jenkins se detuvo en seco. —Creo que me quedaré aquí con los muchachos —dijo, recorriendo con la mirada las sombras de las acacias y los mangos—. Para vigilar la zona. Jack miró a Ulani, que tenía la atención puesta en la hilera de cabañas que bordeaba la playa. —No es necesario que me acompañes —le dijo con dulzura—. Solo tienes que decirme dónde está la cueva. Ulani le observó con serenidad. —No tengo miedo. —Lo sé, pero querías venir para esto, ¿no es cierto? Para ver Rakaia. La muchacha vaciló y luego dijo: —Tío Revi me contó que la primera vez que llegaste a la isla, pasabas muchas horas en el cabo, esperando que apareciera un barco. Jack se volvió hacia el risco que asomaba por encima del poblado y se adentraba en la laguna como un brazo protector. Durante las primeras semanas posteriores al naufragio del Lady Juliana había pasado cada minuto que podía en la punta de ese cabo, oteando desesperadamente las interminables aguas con la esperanza de atisbar las velas blancas de algún barco. Pero un día Titana se acercó a él y la angustia que le había llevado a buscar día y noche la forma de salir de la isla se desvaneció en el dulce calor de su abrazo. Sintió un escalofrío y arrancó el recuerdo de su mente. Demasiados recuerdos, uno le llevaba a otro, y todos desembocaban en una terrible sucesión de imágenes que no se veía capaz de rememorar. No allí, donde habían tenido lugar. Llevaba mucho tiempo tratando de no prestar atención al dolor que le atenazaba la cabeza, pero cada vez le costaba más. Podía manejar el dolor, se había acostumbrado a él, pero estaba empezando a afectarle a la vista. Tenía la sensación de estar mirando a través de una superficie de agua rizada con destellos de luz en los bordes. Su hija le estudió el semblante con la cabeza ladeada. Jack se preguntó qué veía en él. —Tío Revi dijo que sabrías dónde estaba la cueva. Jack apretó los labios y asintió. La cueva del cabo era tabú. Supuso que Revi había pensado que las cartas de marear estarían más seguras allí justamente por ese motivo. —Quédate aquí. No tardaré en volver.

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Se disponía a partir cuando notó en el brazo el contacto suave de una mano. —Te acompaño —dijo India. Jack tenía problemas para verle la cara con claridad. —No tienes por qué. —Yo creo que sí. Y él asintió, pues se dijo que, probablemente, ella tenía razón. Toby Jenkins apoyó la espalda en el tronco de un cocotero gigante y trató de ponerse cómodo. Desde donde estaba, el oleaje que rompía contra el arrecife era apenas una franja plateada de espuma que se perdía en la oscuridad. Así y todo, sonrió al verlo y elevó el rostro, con los ojos entornados, hacia la suave brisa de la noche, que olía a mar y al aroma de jazmín de la tea-tea-maowa, con sus radiantes flores blancas. No debieron hacerlo, pensó, no debieron abandonar la isla. Nada había ido bien desde entonces. Todos estaban, desde hacía meses, malhumorados, irascibles y taciturnos. Todos deseaban estar en casa, en Rakaia. Dejar la isla había sido idea del padre Paul. Toby se había opuesto al plan desde el principio, incluso cuando la fiebre atacó con tal virulencia que parecía que no quedaría nadie. Pero luego vinieron los blackbirders, y la visión de uno de sus adolescentes atrapado en las garras de un yanqui ladrón le había inquietado hasta un punto que jamás habría creído posible. Ahora, sin embargo, mientras contemplaba las aguas amables de la laguna de Rakaia, supo que había sido un error. Jamás debieron dejarse ahuyentar por esos malditos blackbirders. Ese era su hogar. Lo que deberían hacer hecho, quizá, era echar mano de algún viejo cañón e instalarlo en uno de los islotes del canal. Anunciar a todo el mundo que iban en serio y que con ellos no se jugaba. Se lo plantearía a los demás al día siguiente, pensó, cuando regresaran a Waigeu. Les diría que quizá había llegado el momento de regresar a Rakaia para siempre. No sería lo mismo, naturalmente. Ya nunca sería lo mismo. Demasiados muertos, y las islas estaban cambiando; lo hacían muy deprisa y de una forma que no le gustaba. Doce años atrás, cuando el destino arrancó a Toby del Lady Juliana y lo envió a ese pequeño paraíso, la isla sufría tal aislamiento que él y Ryder habían pasado casi dos meses sin ver a un solo extranjero, salvo al viejo sacerdote francés. Ahora Rakaia estaba en el maldito mapa. La isla era demasiado pequeña para atraer un vapor regular, como tenía Waigeu, pero dos o tres veces al año algunos balandros hacían escala en la laguna, pequeños veleros de lujo llenos de turistas, por todos los santos. Toby dejó escapar un profundo suspiro. De repente se sintió viejo y cansado, y quizá un poco hambriento. Se frotó los ojos contra la amenaza del sueño y se levantó. Sus compañeros ya dormían, despatarrados sobre la arena, junto al bote. Ulani estaba sentada en la orilla del agua, abrazada a sus rodillas, con la mirada fija en las oscuras ondulaciones de la laguna. Toby pensó en ir en busca de un plátano, pero la anormal soledad de la isla lo tenía nervioso. Una vaga agitación en la maleza al final de la playa le sobresaltó. - 198 -

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Los llamaban tupapau y eran los feos espíritus de quienes no podían descansar. Eran horribles, con lenguas de un metro que utilizaban para hacer trizas la cara de un hombre. Toby dio un paso atrás, lamentando no disponer de dos palos de bambú para frotarlos entre sí y espantarlos. Entonces comprendió que los palos de bambú habrían sido inútiles, porque lo que veía en esos momentos no eran los tupapau, sino una fila de marineros británicos. El aire se llenó del ruido metálico de una docena o más de rifles alzados y de una voz fría y autoritaria que decía: —El señor Jenkins, supongo. Jack siguió un sendero dolorosamente familiar que abandonaba el estrecho valle y subía sin interrupción entre helechos y enormes cañas de bambú. Los recuerdos seguían asaltándole, imágenes a veces dulces, a veces salvajes, que cruzaban por su mente como los destellos de luz que zigzagueaban en sus ojos, casi cegándolo. Se esforzaba en apartar los recuerdos, aunque en vano. Se detuvo a los pies de un afloramiento rocoso para descansar y apoyó la espalda en la piedra con la respiración entrecortada. India no dijo nada, simplemente se limitó a observarle con ese aire sereno, pensativo, que la caracterizaba. Pero cuando reanudaron la marcha, se colocó en cabeza. Cerca de la cima el camino se hacía más empinado y la piedra se desmenuzaba bajo los pies, de modo que se vieron obligados a agarrarse a las ramas de los puraus y las raíces de los helechos gigantes para ayudarse a subir. Entre los destellos de luz y oscuridad que le distorsionaban la visión, Jack divisó las ramas del pino tornillo que crecía en la punta del cabo, con sus extraños penachos apuntando, oscuros y adustos, a un cielo encendido. No se le ocurrió, sin embargo, que empezaban a perder el manto protector de la oscuridad hasta que oyó a India susurrar: —Está saliendo la luna. Jack alzó la vista hacia la mancha de cielo azul abarrotada de estrellas. Las nubes se estaban dispersando con el soplo veloz de los vientos alisios. Cuando alcanzaron la cumbre del risco, el cielo aparecía totalmente despejado y el canto de la luna limpio y afilado como una cuchilla. —Demonio. India se acercó al borde del precipicio, donde la tierra caía abruptamente sobre la laguna. —No hay nadie —dijo con voz queda. Jack se detuvo a su lado con la mirada fija en las tranquilas aguas iluminadas por la luna. —Nadie a quien podamos ver. Se percató de que ella ya no estaba mirando la laguna, sino a él. —Te duele la cabeza, ¿verdad? Jack se volvió hacia el cúmulo de rocas volcánicas que marcaban la entrada de una cueva excavada en la ladera, por encima del risco. Había llevado consigo lo que quedaba de la lata de cerillas. Encendió una y la luz bailó, dorada, sobre las piedras oscuras que lo cercaban. Aquí y allá, - 199 -

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apoyados en grietas o formando hileras sobre salientes bajos cual valiosos adornos, descansaban varios cráneos que brillaron en medio de la penumbra. India tragó saliva. —¿Cuántos años crees que tienen? —Muchos. Probablemente sean de la época de Cook. —Jack levantó la cerilla y la llama recorrió una dispersión de rocas hasta detenerse en un trozo de madera vieja. Entonces la llama se apagó en sus dedos—. Mierda —espetó, y soltó la cerilla. —Dame la lata —dijo India. Su voz resonaba en la oscuridad. Él obedeció. Escuchó un rasguño y el pequeño espacio se iluminó de nuevo. Se inclinó para levantar el viejo tonel y notó que se le desbarataba en las manos. Los pedazos de madera cayeron al suelo con un estruendo, pero antes de que la cerilla volviera a apagarse lo vio, oculto entre las astillas: un paquete envuelto en un trozo de hule viejo atado con una correa de pandanácea. —Lo siento —dijo India. Encendió otra cerilla que ahuyentó la asfixiante oscuridad. Con mano temblorosa, Jack retiró la madera putrefacta y tomó el paquete. Sus dedos se deslizaron por los duros bordes que el hule cubría; el corazón le palpitaba con una mezcla de alivio y extraña aversión. Las imágenes volvían a agolparse en su cabeza con demasiada rapidez e intensidad para poder apartarlas. Se levantó bruscamente en el momento en que la luz se extinguía. —Solo queda una cerilla —dijo India. —No importa. Larguémonos de aquí. Agachando la cabeza, India cruzó la pequeña abertura de la cueva y salió a la noche bañada de luna. Jack la seguía con más lentitud, llevaba el paquete bajo un brazo y la mano libre estirada para tantear el camino, pues apenas podía ver. Los destellos de luz y oscuridad bailaban ahora en sus ojos, provocándole un dolor que iba en aumento. Se detuvo en la entrada de la cueva, la mano plana sobre la roca, el pecho jadeante, aspirando con fuerza el aire fresco del mar, y trató de apartar los recuerdos y el dolor lacerante que le asaltaban. No supo decir qué le indicó que algo no iba bien. Prestó atención al oleaje que se estrellaba contra el arrecife y al susurro de la hierba doblada por el viento. Luego se volvió lentamente hacia India y la encontró de pie, envuelta por la luz plateada de la noche, con el cañón de un revólver apretado contra la sien derecha. —Hola, Jack —dijo Simon Granger.

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Capítulo 36
Alex Preston se detuvo en la playa, frente a la aldea abandonada. El oleaje que rompía contra el arrecife llenaba el aire con un rugido lejano y el olor del mar. Trataba de no mirar los restos del Lady Juliana, el casco negro sumergido en la espuma blanca. Entonces se dio cuenta de que lo estaba mirando y desvió la vista hacia la hija de Jack Ryder, que estaba sentada en la orilla de la laguna. Descubrió que se alegraba de que estuviera viva. Ignoraba por qué le importaba eso, pero supuso que tenía que ver con la lápida de granito que descansaba detrás de la capilla. Advirtió que la muchacha le observaba con serenidad. —Eres un oficial de la armada británica —dijo. Incómodo, Alex se aclaró la garganta. —Sí. —Mi padre estuvo en la armada. El inglés de la muchacha le sorprendió. Supuso que lo había aprendido de Toby Jenkins, el lobo de mar, pero también pensó que probablemente había hecho un gran esfuerzo por aprender el idioma de su padre. Entonces sintió como una gran tragedia el que se hubiera reencontrado con su padre para volver a perderlo. Alex alzó la vista y recorrió el risco que asomaba por encima del poblado. Había logrado alertar al Barracuda y regresar a la playa con el capitán y una docena de marineros en el momento en que el bote atracaba en la orilla. Alex había esperado que el capitán Granger ordenara a los hombres que tomaran la playa, pero en lugar de eso los mantuvo ocultos, vigilando y escuchando en tanto que Jack Ryder e India McKnight partían hacia la selva. Luego ordenó a Alex que apostara a los hombres en la playa mientras él seguía a Ryder acompañado únicamente de dos marineros. A Alex le hacía gracia el plan. No podía quitarse de la cabeza la sospecha de que el capitán estaba permitiendo que su antigua amistad con Jack Ryder interfiriera en su cumplimiento del deber. No podía dejar de pensar en lo que sería de su carrera si Simon Granger permitía que Jack Ryder huyera de nuevo. Lo que su familia diría si Alex los decepcionaba. Sintió el peso de sus expectativas, del apremio de su futuro. El capitán le había ordenado explícitamente que permaneciera en la playa con los hombres, y sin embargo... —Nash —dijo tras tomar una desagradable decisión. Nash se cuadró al instante. —Diga, señor. —Hágase cargo de los hombres. Nash parpadeó. —Sí, señor.

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El sendero que transcurría por la selva era fácil de seguir. Alex caminó al trote hasta que la pendiente se hizo más pronunciada, sus botas empezaron a resbalar en la tierra húmeda y sus manos buscaron helechos y raíces a los que agarrarse. No paraba de pensar en lo que le diría a Simon Granger, en la explicación que le daría por haber desobedecido sus órdenes, pero no se le ocurría ningún pretexto que sonara convincente. Al tomar una curva titubeó. Respiraba con dificultad y el estómago se le iba tensando a medida que tomaba conciencia de su arrogante actitud y de las espantosas consecuencias en el caso de que estuviera equivocado. Tragando saliva, contempló el cabo y la curva lejana de la bahía. Se disponía a retroceder cuando un ruido le instó a darse la vuelta y divisó la gorra de un marinero dibujada contra el cielo cubierto de estrellas. —¿Qué hacen aquí? —preguntó Alex. Subió hasta el lugar donde los marineros habían estado holgazaneando y se habían cuadrado nada más verle—. ¿Dónde está el capitán Granger? —En la punta del cabo, señor —dijo el más joven; tenía los ojos tan abiertos que el blanco brilló en la oscuridad—. Nos dijo que esperáramos aquí. Alex experimentó una sensación de dulce satisfacción que enseguida sustituyó por la indignación. No se detuvo a pensar cómo impediría que Simon Granger ayudara a su viejo amigo. Solo sabía que el hombre responsable del naufragio del Lady Juliana no saldría de la isla como un hombre libre. Otra vez no. India notaba el mechón de pelo que la brisa del mar agitaba contra su mejilla. Sentía el cañón del revólver, frío y duro, sobre la piel, y la mano de Simon Granger aferrada a su brazo con tal brutalidad que tenía que morderse el labio para no gemir de dolor. De dolor, de miedo y de aprensión. —De modo que Toby Jenkins encontró el cuaderno y las cartas del barco —oyó decir a Granger—. Quién lo iba a decir. Jack se detuvo en un claro de luna, frente a la entrada de la cueva, con el paquete de hule en la mano. —Suéltala, Simon. Simon negó con la cabeza. —Por supuesto. En cuanto arrojes ese paquete por el acantilado. —No. —India se reveló contra la presión del inglés, pero se detuvo al escuchar el movimiento del percutor detrás de su oreja. Temblando de los pies a la cabeza, dijo con voz ronca—: No lo hagas, Jack. El cañón del revólver se agitó contra su sien, mellándola con tanta violencia que India no pudo evitar un gemido. —Sabes que no es un farol, Jack —dijo Simon—. Tíralo de una vez. Jack se quedó muy quieto. Durante un breve instante India tuvo la sensación de que el viento dejaba de soplar, el oleaje se detenía y el mundo aguardaba con un suspense sobrecogedor. Entonces Jack estiró el brazo y su mano se abrió para lanzar el paquete por el precipicio dibujando un arco. El paquete rebotó contra las rocas y algunas piedras resbalaron. Luego se hizo el silencio, roto únicamente por el viento y el - 202 -

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oleaje. —¿Por qué? —preguntó India, presa de un dolor en el corazón, como si un puño lo estuviera estrujando—. ¿Por qué? —¿Por qué? —Jack tenía las manos caídas a los lados. Una extraña sonrisa se dibujó en sus labios—. Supongo que porque Gladstone nunca cambió sus órdenes, ¿no es cierto, Simon? El hombre que la sostenía no dijo nada, pero India advirtió que su pecho sufría un espasmo. Jack prosiguió. —Recuerdo que después de advertirle que el Lady Juliana se estaba acercando demasiado al islote del este, Gladstone se volvió y te preguntó qué pensabas, si me creías, y respondiste que no. —No había motivos para creerte. —Granger hundió los dedos en el brazo de India y apretó la pistola con tanta fuerza que tembló—. Te habías pasado la última hora bramando como un demente, jurando que acabarías con nosotros. —Pero Gladstone sí me creyó —dijo Jack con voz queda—. Te dijo que ordenaras al timonel que se arrimara al islote del oeste. Pero tú pensabas que tenías razón, que yo estaba decidido a mataros, de modo que no diste la orden. —Gladstone te creyó porque no sabía nada. No sabía que tenías planeado regresar a esta isla para quedarte a vivir. No sabía lo que sentías por los nativos que matamos, por esa chica. No te conocía, no sabía de lo que eras capaz. Pero yo sí te conocía, Jack. El semblante de Jack se contrajo por una emoción que India interpretó como el eco de un sentimiento de culpa antiguo, muy antiguo. —No te niego que lo pensé. Pensé en cerrar la boca y dejar que el Lady Juliana se desgarrara en ese arrecife. Pensé en ello, pero al final no pude hacerlo. —Maldita sea. —Un sonido extraño, tortuoso, escapó del pecho de Simon Granger, de un lugar doloroso y profundo—. ¡Malditos seáis todos, Jack! ¿Cómo podía saberlo yo? ¿Cómo podía saber que habías cambiado de opinión? —El puño que sostenía la pistola sobre la sien de India tembló, como si el horrible sonido fuese fruto de la liberación de algo interno, algo que Granger había retenido durante diez largos años. —¿Y qué piensas hacer ahora, Simon? ¿Matarme? Simon tragó saliva. —Tengo órdenes de llevarte ante la horca. Jack levantó la cabeza y la luna reveló un amago de sonrisa que tiraba de la comisura de sus ojos. —¿Y si les cuento lo que sucedió realmente? —Cuéntale tu versión al Almirantazgo, si quieres. Nadie te creerá. India apretó los labios para contener la impotencia que la quemaba por dentro. Porque lo que Granger había dicho era verdad. Nadie aceptaría la palabra de un renegado contra un capitán de la armada británica. Un héroe. Muertos Gladstone y el timonel, no quedaba nadie con vida para contar lo que realmente había sucedido aquel terrible día diez años atrás. Nadie salvo Jack y Simon Granger. —¿Y la señorita McKnight? —Jack e India se miraron. Entonces ella penetró en sus ojos oscuros e intensos y supo lo que debía hacer—. Sabe la verdad. - 203 -

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El capitán se encogió de hombros y la mano que agarraba el brazo de India se relajó. —¿Crees que alguien la creerá después de lo que ha hecho? Podrá considerarse afortunada si no la cuelgan contigo. India se dobló inopinadamente por la cintura, liberó su brazo de la mano de Simon Granger y echó a correr. Granger se volvió para ir tras ella, pero en ese momento Jack agarró uno de los cráneos que descansaban en la entrada de la cueva y lo estrelló contra su cabeza. Simon dio un traspiés y se volvió bruscamente, sujetando con firmeza la pistola. El pie de Jack salió disparado. El arma voló y el estruendo, el fuego y el olor a azufre inundaron el aire.

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Capítulo 37
Un susurro mortal pasó junto a la mejilla de India. A continuación escuchó un golpe metálico contra una roca y la pistola desapareció en la oscuridad, dejando a su paso vetas de humo gris y el olor a pólvora quemada. Simon Granger se volvió hacia Jack y este le propinó una segunda patada que aterrizó en su estómago. Cayó pesadamente sobre la hierba pedregosa con un fuerte resoplido que lo dejó sin aire. Jadeante, fue a apoyarse en un codo cuando Jack se le echó encima. Frenándole con un pie, Granger le agarró por la camisa y aprovechó el impulso para lanzar a Jack por encima de su cabeza. Esta vez fue Jack quien gruñó. India avanzaba a gatas en la oscuridad, barriendo con las manos las rocas y las hojas secas en busca del revólver. El impacto de un cuerpo contra la piedra le hizo levantar la vista y vio que los dos hombres estaban forcejeando en el suelo, rodando de un lado a otro, muy cerca del borde del precipicio. —Hijo de perra —siseó Jack cuando el cuerpo delgado de Granger lo aplastó contra el suelo—. Todos estos años has dejado que cargara con la culpa de algo que tú hiciste. —¿Crees que eres inocente? —Simon tenía las manos en la garganta de Jack y resoplaba—. Olvidaste a quién le debías lealtad, por eso el Lady Juliana acabó en ese arrecife. Fue culpa tuya. —No, yo intenté salvarlo. Levantando ambas manos, Jack golpeó los codos de Simón para desestabilizarle. Luego se incorporó con una vehemencia que hizo rodar a Simon hacia un lado. El suelo cedió bajo su cuerpo, precipitando algunas piedras por el acantilado, y Granger resbaló hasta que las piernas y el torso quedaron suspendidos en el vacío mientras sus dedos arañaban la hierba en busca de agarre. —Dios santo, Simon. —Jack se tumbó sobre su estómago y alargó una mano—. Agárrate a mí. Los grandes dedos de Simon apresaron la muñeca y tiraron de ella hasta que la cabeza y los hombros de Jack asomaron por el borde del precipicio. —¡Jack! —gritó India, corriendo hacia él. —Intenta subir. —Jack rodeó con su otra mano la de Simon y clavó la punta de las botas en la tierra. La voz de Simon era un hilo tenso. Sus pies agitaban el aire y sus dedos se hundían en la muñeca de Jack, tiñéndose de blanco. —No puedo. —Sí puedes.

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—No. Voy a soltarme. —De repente, algo iluminó los ojos del inglés, algo frío y mortífero—. Debí morir aquí hace diez años. Ambos merecíamos morir... junto con todos aquellos hombres. Presa del pánico, India se dio cuenta de que Simon Granger había dejado de luchar y estaba utilizando todo su peso para arrastrar a Jack consigo. Jack, entretanto, se esforzaba inútilmente por salvar a su amigo. Su cuerpo resbalaba lenta, inexorablemente, por el borde del precipicio, arrastrando piedras que rebotaban en la oscuridad. —Estúpido bastardo —murmuró a través de sus dientes apretados—. No lo hagas. Los labios de Simon se separaron para esbozar una sonrisa espeluznante. —Vamos, Jack, muere conmigo. Un sonido extraño, como un maullido angustiado, escapó de los labios de India. Pensó en arrojarse a las piernas de Jack para unir su peso al de él, pero sabía que no sería suficiente. Tropezando con una piedra semienterrada, se precipitó hacia la entrada de la cueva. Bajo la suave luna, los cráneos brillaban blancos y etéreos. Agarró el primero de la hilera y se volvió rápidamente para arrojarlo con todas sus fuerzas contra la cabeza de Simon Granger. Escuchó un golpe seco, el impacto de hueso contra hueso. Escuchó el gruñido asombrado de Simon y, seguidamente, un largo aullido cuando soltó involuntariamente la muñeca de Jack y cayó al vacío. —Dios mío —susurró India mientras el viejo cráneo rebotaba contra la cara del acantilado. Jack se levantó, la tomó por los hombros y la giró para abrazarla con fuerza. Ella se aferró a su camisa. Sus pechos temblaban juntos y respiraban con dificultad. —Pensé que te había perdido —dijo India frotando su mejilla contra la de Jack una y otra vez—. Dios, creí que te había perdido. Una sonrisa extraña iluminó la mirada de Jack. —Creía que no me querías. Ella meneó la cabeza. Tenía la garganta tensa y dolorida. —Nunca dije que no te quería. —Los ojos se le llenaron de lágrimas y la luna, la espuma de las olas y el enorme risco se convirtieron en una masa borrosa de luz y penumbra. Entonces divisó una sombra y supo que estaba contemplando la silueta de un hombre—. Jack —dijo con voz queda y alarmante. Pero él ya estaba dándose la vuelta y tensando el cuerpo al tiempo que un joven oficial de pelo moreno y rostro tirante levantaba una pistola con mano temblorosa y decía: —No se muevan. Alex Preston nunca había creído en los grises. Él creía que existía la conducta correcta y la conducta incorrecta, y que la línea que las separaba era tan clara e inconfundible como la línea que separaba a las personas buenas de las malas. Pero ahora, en ese risco iluminado por la luna, en el borde del - 206 -

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abismo, tuvo la sensación de que la tierra se movía bajo sus pies, de que el viento le desgarraba por dentro y lo dejaba sangrando. Apretó la pistola y concentró todo su ser en mantener firme el cañón. —Presiento que lleva aquí un buen rato —dijo el hombre que tenía delante, ese hombre que Alex había creído un traidor, la personificación del mal. Alex tragó saliva para liberar la garganta de la obstrucción que parecía haberse alojado en ella. Así y todo, su voz sonó como la de una rana ronca. —El suficiente. El suficiente para observar cómo los dos hombres peleaban, incapaz de decidir a quién debía ayudar. El suficiente para que su mundo se desmoronara, se viniera abajo, quedando a la deriva. —A Simon Granger jamás se le habría ocurrido hundir deliberadamente ese barco —dijo Alex, porque le parecía una observación importante—. Pero a usted sí. Usted sí lo pensó. Usted mismo lo dijo. Dijo que estuvo a punto de hacerlo. —Así es. —Jack Ryder estaba de espaldas al negro abismo, con India McKnight, callada y pálida, a su lado. Alex también la vigilaba a ella. Esa mujer era peligrosa, y una mujer nunca debería ser peligrosa—. Lo pensé —dijo Ryder—, pero al final no lo hice. —Pero podría haberlo hecho. Y si hubiera dirigido deliberadamente ese barco contra el arrecife, lo que Simon Granger hizo habría salvado las vidas de cientos de hombres. —Pero se equivocó. Desobedeció una orden directa y esos hombres perecieron. Alex sintió un calor que le subía lentamente por el cuerpo. Al abandonar la playa y seguir al capitán Granger hasta el risco, también él había desobedecido órdenes. Y se había equivocado en sus conjeturas más de lo que jamás habría creído posible. Se había equivocado y, sin embargo, había terminado por hacer lo correcto, lo que le pareció irónico e injusto a la vez. Y se dijo que si bien era cierto que al intentar salvar el Lady Juliana Simon Granger había hecho lo que creía correcto, eso no disculpaba su actuación posterior. Al negarse a reconocer su error y permitir que Jack Ryder cargara con el peso de la culpa durante diez largos años, Simon Granger había cometido una terrible injusticia. Una injusticia que probablemente había estado devorando algún lugar profundo y secreto de su alma. Fue India McKnight quien habló; tenía la mirada, dura y firme, clavada en el rostro de Alex. —¿Qué piensa hacer? Alex respiró entrecortadamente. —Tenemos órdenes de llevar a Jack Ryder a Londres. Sujetó la pistola con fuerza y se agachó, preparándose para recibir cráneos voladores y demás reacciones poco ortodoxas e incivilizadas. En lugar de eso, Jack Ryder lanzó un largo suspiro. —De acuerdo —dijo—. Pero iré voluntariamente. Nada de cadenas. —¿Qué? —India le miró aterrada—. No puedes hacer eso. Te ahorcarán. - 207 -

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Ryder negó con la cabeza. —No pienso seguir escondiéndome. —Sosteniéndola por los brazos, la miró con tal intensidad que Alex se vio obligado a desviar la mirada—. No pienso pasarme lo que me queda de vida vigilando el horizonte, preocupado por lo que pueda traer la siguiente marea. —Pero... no te creerán. —La voz de India se quebró—. No tienes pruebas. —Me tiene a mí —repuso Alex. Jack se volvió bruscamente y miró al oficial con suspicacia. —Simon Granger era un hombre popular, un héroe. El hecho de que le conozcan por ser el oficial que mancilló su nombre acabará con su carrera. Alex dejó caer a un lado la mano que sostenía la pistola. Quizá existieran los grises, pensó, pero no en este caso. —Tal vez —dijo con el corazón apesadumbrado—, pero es lo que debo hacer. El alba salpicó el cielo de un resplandor anaranjado que bañó las aguas tranquilas de la laguna y pintó de oro la punta del volcán. La marea golpeaba los pies de Jack, apenas un eco del violento oleaje que azotaba el arrecife. Se volvió y contempló lo que quedaba del Lady Juliana. Le costaba recordar al hombre que había sido diez años atrás, en aquel aciago día. Podía recordar el dolor desesperado y la violenta intensidad de su rabia, pero no recordaba al hombre que había sido antes de que esa rápida sucesión de tragedias le robara el alma. Era consciente de que una parte de él había muerto en ese arrecife, como también lo había hecho una parte de Simon Granger. Le dolía pensar en Simon, en lo que le habían hecho las decisiones que él tomara aquel día. Jack no podía dejar de recordar cómo habían sido antes de eso y el terrible momento al borde del risco, cuando ambos hicieron frente a aquello en lo que se habían convertido. De repente advirtió que volvía a ver con claridad, que los destellos que casi le habían dejado ciego la noche antes ya no distorsionaban el contorno del Lady Juliana. En algún momento el dolor de cabeza había desaparecido y ni siquiera había reparado en ello. Se llenó los pulmones con el aire del mar y lo absorbió todo, el horizonte ilimitado, el aroma a vegetación de la isla y el graznido de la gaviota que volaba sobre su cabeza con las alas iluminadas por las pinceladas doradas del sol naciente. De pronto se sintió ligero y libre, toda una ironía teniendo en cuenta que estaba a punto de ser detenido. La mano de India se deslizó en la curva de su codo y Jack se volvió para mirarla. Tenía los ojos, esos bellos ojos grises, muy abiertos, y el rostro tenso, como si estuviera esforzándose por no llorar. —Estoy muy asustada, Jack —dijo, y como él ya la conocía, la conocía bien, supo lo mucho que le costaba hacer esa confesión. Jack le tomó la cara entre las manos. —Todo saldrá bien. Te prometo que volveré. India le apretó las muñecas con fuerza. —No puedes prometer algo así. Él le acarició la frente con los labios. - 208 -

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—Mientras haya vida dentro de mí, volveré. Eso sí puedo prometértelo. Los ojos de India se llenaron de lágrimas. Cerró los párpados con firmeza y apretó su rostro contra el de él para que no pudiera verla. —Debería ir contigo —dijo en un susurro desgarrado. Había dicho que quería ir con él, regresar a Inglaterra con él, pero Alex Preston, en calidad de capitán en funciones, se había negado a admitir a una mujer a bordo. Jack le acarició el pelo. —Tienes que terminar tu libro. —Me trae sin cuidado el maldito libro. Él sonrió. —No es cierto. —Podría seguirte. —India se volvió hacia Ulani, que estaba sentada en unas rocas próximas al pie del risco con la mirada puesta en el Barracuda. El barco fondeaba frente a la playa con las cubiertas llenas de marineros preparándose para zarpar—. Las dos podríamos seguirte. Jack meneó la cabeza. —Tardaríais semanas. Y podríamos cruzarnos sin darnos cuenta. — Dejó que sus nudillos bajaran por la larga línea del cuello de India. No podía dejar de acariciarle el rostro, el cabello. Y no pudo evitar formular la pregunta cuya respuesta probablemente no deseaba escuchar—: Y a mi regreso, ¿te casarás conmigo? Ella le cubrió los labios con las yemas de los dedos. —No me preguntes eso. Ahora no. —¿Por qué? ¿Porque temes comprometerte a hacer algo que luego puedas lamentar? —Jack... Quiso acariciarle el rostro, pero él ya se había dado la vuelta y había echado a andar por la playa hacia su hija, que estaba sentada con la cabeza inclinada sobre algo que tenía en el regazo. Se detuvo a su lado y le miró la coronilla. Contempló la piel blanca de esa zona, que contrastaba con la negrura de su pelo, y el arco delicado de su cuello. Deseo desesperadamente acariciarla, pero en lugar de eso cerró las manos y dijo: —¿Entiendes qué está ocurriendo? Ulani levantó la vista y afiló esos ojos azules tan semejantes a los de él. —¿Qué piensas? ¿Que porque soy medio polinesia y tengo once años soy idiota? Jack suspiró. Parecía empeñado en decir las cosas equivocadas a las dos mujeres de su vida. —¿Eres consciente de que no me queda más remedio que irme? —Sí. —¿Sabes que volveré, si puedo? Ulani parpadeó. —No. Al menos era sincera. Jack contempló la laguna. Con la luz clara de la mañana parecía una esmeralda incrustada en marfil. —Supongo que no te he dado muchas razones para que me creas — - 209 -

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dijo, y la veracidad de sus palabras fue como una puñalada en el corazón —, pero volveré. Si no me cuelgan. Jack se volvió hacia Ulani y se dio cuenta de que le estaba mirando con expresión grave. —Tal vez quieras llevarte esto —dijo. Jack observó el paquete húmedo, cubierto de arena, que sostenían sus manos. Estaba tan aturdido que tardó unos instantes en comprender qué era. Las cartas de marear y el cuaderno de bitácora del Lady Juliana. El follaje de las palmeras y las ramas bajas de los árboles le abofeteaban la cara y las piernas, pero India siguió corriendo, respirando cada vez con más dificultad a medida que el sendero se hacía más pronunciado, buscando agarre en raíces retorcidas y afloramientos rocosos cuando las botas resbalaron en el denso humus. Corría desesperadamente, anhelando llegar a la punta del cabo para ver por última vez el barco que le estaba arrebatando a Jack. Subió más y más, hasta que el sendero desembocó en el risco y sintió la fuerza de los vientos alisios fría y dulce en el rostro sudoroso. El viento levantaba pequeños borregos en el mar e hinchaba las velas del Barracuda. India sintió que las piernas le flaqueaban. Se detuvo en la punta del cabo con una mano en el cabello para protegerlo del viento. Respiraba con dificultad y el corazón le palpitaba con vehemencia. Entonces le asaltó una sucesión escalofriante de posibilidades. Que nunca volviera a ver a Jack porque flaqueara en sus esfuerzos por limpiar su nombre y ganarse la libertad. O que, una vez libre, le diera la espalda, pues cuando él más la había necesitado, todos sus miedos, viejos y sofocantes, se habían alzado y no había sido capaz de darle la seguridad que él buscaba. Se abrazó la cintura, presa de un fuerte dolor en el pecho, como si un gran desgarrón le hubiese partido el corazón en dos, dejándola sangrando y temblorosa. Y de repente comprendió, con una claridad abrumadora, que había cometido un terrible error, que había dejado que su miedo a lo desconocido y lo incognoscible le impidiera llegar a lo que realmente quería. Porque él era lo que ella quería, y se dijo que probablemente lo había sabido desde la primera vez que levantó la vista y lo vio al final del embarcadero, moreno, salvaje y libre. Oh, había luchado contra eso, lo había negado, rechazado. Pero la realidad, la inexorable verdad, se había impuesto una y otra vez. Durante estas últimas semanas se habían enfrentado juntos a toda una vida de peligros, habían conocido el miedo, el gozo y la derrota amarga. Ella había aprendido que podía confiarle su vida, su corazón, su alma. Pero todavía no había aprendido a confiar en sí misma. La corbeta ya no era más que un destello blanco en la lejanía que desapareció con rapidez. India, no obstante, permaneció en la punta del risco, sintiendo el violento sol en la cara y una tristeza atroz en el corazón.

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Capítulo 38
Él llegó a ella una tarde soleada, cuando los mangos estaban floreciendo y el mar ondeaba a lo lejos, suave e intensamente azul. India había atracado en una isla de las Marquesas, con Patu y Ulani, para estudiar informes sobre estatuas de piedra y recoger muestras del folclore local. Llevaban en la isla casi una semana cuando descubrió la existencia de otra colección de tallas en lo alto de una ladera que se alzaba sobre la bahía donde habían anclado el Sea Hawk, rescatado de las aguas y reparado con sumo cariño por Patu. Estaba haciendo un bosquejo de la estatua gigante de una tortuga, con el cuaderno encajado en la cadera y la frente arrugada por el esfuerzo de acertar con las proporciones, cuando un movimiento en la base de la ladera llamó su atención. Levantó la cabeza y detuvo el lápiz. Durante los últimos meses se había descubierto tantas veces haciendo eso, observando, aguardando, esperando. No quería permitirse creer que podía ser él, pero el corazón le latía con violencia y temblaba a causa de su respiración jadeante. Sopló un golpe de brisa cargado con los aromas del mar, la tierra húmeda y la floreciente vegetación. Un mechón de pelo se posó en sus ojos y levantó una mano para apartarlo. Y al alzar la vista el sol le doró el rostro. Veía a un hombre. Un hombre alto que caminaba con pasos largos y relajados; sus oscuros cabellos azotaban el cuello de la camisa medio abierta. La libreta se le cayó de las manos. Durante unos instantes creyó que no podría levantarse. Pero un segundo después estaba corriendo con las manos agarradas a la falda, las rodillas elevándose en el aire, las piernas veloces, veloces. —¡Jack! —gritó, henchida de dicha y amor, todo el amor—. ¡Jack! Jack se detuvo y algo brilló en sus ojos, algo caliente y fulgurante. Rompió a reír y abrió los brazos de par en par a fin de recogerla, cuando ella se abalanzó sobre él, en un abrazo tierno y fuerte que la levantó del suelo y cuyo impulso los hizo dar vueltas. Ella echó la cabeza hacia atrás y unió su risa a la de él. Luego Jack dejó de sonreír y sus pómulos se tensaron mientras la dejaba lentamente en el suelo. De repente India se sintió cohibida y muy asustada. Alzó una mano y le acarició la boca con las yemas de los dedos. —Has vuelto. —Dije que volvería. —Jack afiló la mirada, con el semblante tenso, mientras buscaba el rostro de ella. Respiró hondo, como si estuviera preparándose para escuchar algo que no quería oír—. ¿Todavía me quieres? Los labios de India temblaron con una sonrisa, pero notó que su corazón palpitaba salvajemente, aterrada por lo que se disponía a decir,

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por lo que se disponía a hacer. —He vivido cada hora de cada día desde que te fuiste queriéndote. Quiero despertarme en medio de la noche y verte dormir junto a mí. Quiero tener hijos contigo y pasar el resto de mi vida riendo y peleando contigo, y envejeciendo contigo. Te quiero como no he querido a nadie en mi vida. Pero... —Su voz flaqueó, de modo que tuvo que hacer una pausa para tragar saliva—. Pero sigo teniendo miedo, mucho miedo. Entonces se sintió extrañamente ligera, como si el hecho de haberlo expresado en voz alta hubiera conseguido robar a ese miedo su dominio sobre ella, volviéndolo menos aterrador. El semblante de Jack se había relajado. —Las personas tienen miedo, India. —Le tomó una mano yse la llevó a los labios sin dejar de mirarla—. Yo tengo miedo. Miedo de no ser el hombre que crees que soy, de no ser el hombre al que puedas amar toda tu vida. Él la estaba mirando con todo su amor en los ojos para que ella pudiera verlo. Y ella pensó que nunca había conocido a un ser tan valiente, tan a gusto con sus sentimientos por la gente a la que amaba, tan a gusto consigo mismo. Entonces se dijo que él era cuanto quería, y más. Y que la eternidad no era tiempo suficiente para conocerle, tiempo suficiente para amarle. —Te amo —dijo, temblando con el tremendo coraje de lo que estaba diciendo—. Te amo tanto que me asusta. Rompió a reír, y él rió con ella, los dedos de Jack se enredaron en su pelo para sujetarle la cabeza, y su mirada se hizo más intensa, como solía ser justo antes de que la besara. Y ella comprendió que él tenía razón, que el miedo era parte de la vida. Y pensó que los peores miedos eran los que te impedían hacer lo que sabías que era correcto, o alcanzar lo que realmente deseabas. —Cásate conmigo —dijo de repente. Él se detuvo a unos centímetros de sus labios con la mirada atónita. —¿Qué? Ella rió, fortalecida por una dicha y una esperanza y una satisfacción que la llenaban de calor y bienestar. —He dicho que te cases conmigo. Cásate conmigo en un luau polinesio, en un juzgado colonial o en la cubierta del próximo barco que pase, pero cásate conmigo. Jack le tomó el mentón y la miró fijamente. —No tienes que casarte conmigo, India, si eso te incomoda. Lo entenderé. —Lo sé. —India le rodeó el cuello con los brazos—. Pero es lo que quiero. Jack le inundó la boca con un beso que fue largo y cálido. Luego levantó la cabeza para poder mirarla y la sonrisa que India vio en sus ojos le llenó el corazón de ternura, le curó el alma y le liberó el espíritu.

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RESEÑA BIBLIOGRÁFICA
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Candice Proctor nació en Dakota del Sur (Estados Unidos) y pasó su infancia en Europa, donde estaba destinado su padre. Ha vivido en España, Grecia, Inglaterra, Francia, Jordania y Australia. Actualmente reside en Nueva Orleans con sus dos hijas. Esta doctora en historia, que durante años enseñó en la universidad, es autora de una serie de misterio, un libro de ensayo y siete novelas románticas históricas, hasta ahora inéditas en nuestro país. La última de ellas, Antes del amanecer, una de las más elogiadas, muestra las mejores cualidades de esta escritora: la fuerza que sabe imprimir a sus historias y a sus personajes, su habilidad para buscar nuevas fórmulas dentro del género y su esmerada recreación histórica.

Antes del amanecer
Guantes, sombrilla y vestido abotonado hasta el cuello. Jack Ryder apenas da crédito a lo que está viviendo, una damita victoriana en este rincón perdido de los mares del Sur y con una propuesta extraordinaria: que la lleve hasta una de las islas más peligrosas... ¿para probar una teoría? Si no fuera por el dinero, y por el brillo en los ojos grises de esta joven decidida e imperiosa, se negaría. India McKnight no puede aceptar un no por respuesta. Nunca lo ha hecho y así ha conseguido lo que siempre quiso: ser escritora de viajes, ver otros horizontes, llevar una vida aventurera, libre, sin ataduras. Aunque no le guste Jack, es el único que puede guiarla hasta la isla, e India no piensa dejarse amilanar por la mirada irónica, los comentarios francos ni el dudoso pasado de este hombre que dio la espalda a la «civilización».

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© 2003, Candice Proctor Título original: Beyond Sunrise Traducido por Matuca Fernández de Villavicencio © 2006, Random House Mondadori, S.A. Primera edición: julio, 2006 ISBN-13: 978-84-01-38224-6 ISBN-10: 84-01-38224-6 Depósito legal: B. 26.824-2006

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