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La cuaresma en nuestras vidas. La cuaresma es un tiempo de conversión, que nos prepara para la fiesta de la Pascua.

Un tiempo en el que podemos arrepentirnos de nuestros pecados y cambiar, con el fin de acercarnos más a Cristo. Para ello, se nos invita a realizar tres prácticas penitenciales, a las que la tradición cristiana les da un gran valor. Así por medio del ayuno, la limosna y la oración, no disponemos a experimentar el amor de Dios en nosotros. La cuaresma nos recuerda los cuarenta días de ayuno que Cristo pasó en el desierto, antes de comenzar su vida pública. Tal como lo dice el evangelio: “Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, sintió hambre” (Mt 4,1-2). El desierto es un lugar de prueba, en donde nos encontramos con Dios, pero también con fuertes tentaciones. Los cuarenta años que los hebreos peregrinaron por él, son un signo de estas seducciones del mal. Allí se olvidaron de la compasión que el Creador había tenido con ellos, “no tuvieron en cuenta su designio; ardían de avidez en el desierto y tentaron a Dios en la soledad” (Sal 105, 13-14). Pero también fue el momento en que Dios les otorgó sus leyes y su gracia. También Elías atravesó el desierto, cuando padeció la persecución de la reina Jezabel. Allí sintió la angustia y el temor, llegando a dudar tanto de su misión profética, que se deseó la muerte. Sin embargo, allí se encontró con el ángel del Señor, que lo alimento y le dio fuerzas para seguir. “Fortalecido por ese alimento caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta la montaña de Dios, el Horeb” (1 Re 19, 1-8). Por lo tanto, la oración y el ayuno de Jesús, forman parte de una larga tradición, cuyo fin está en prepararse para cumplir con su misión. Y al igual que lo sucedido con los profetas, en este ayuno se percibe tanto la angustia del enfrentamiento con el tentador, como la cercanía a Dios. Ayunar significa privarnos de algo que en sí mismo es bueno y útil para nuestro sustento. La Biblia y toda la tradición de la Iglesia, nos enseñan que el ayuno es una gran ayuda para evitar el pecado y las tentaciones. Por eso, en la historia de la salvación, encontramos en más de una ocasión la invitación a ayunar. El fin del ayuno no consiste en establecer una especie de ejercicio de aguante físico, que nos demuestre nuestra capacidad para resistir. No es una competencia de mi espíritu, que trata de dominar mis cosas desordenadas con prepotencia. Por lo tanto, el fin del ayuno está en ofrecer nuestros sacrificios y orientar nuestras pasiones, para encontrarnos con Dios. No es una

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lucha o destrucción de sí mismo, sino el descenso en la profundidad de la fe, donde nos encontramos con Dios. Jesús critica la actitud de los fariseos, que respetaban las prescripciones del ayuno, pero tenían un corazón alejado de Dios. La correcta interpretación de esta práctica, la hace Isaías, diciendo que el verdadero ayuno consiste en “soltar las cadenas injustas, desatar nuestras cargas, dejar en libertad a los oprimidos y romper todos las cargas; compartir tu pan con el hambriento y albergar a los pobres sin techo; cubrir al que veas desnudo y no despreocuparte de tu propia carne” (Is 58, 6-7). Por ello Jesús nos dice que el más genuino ayuno, consiste más bien en cumplir la voluntad del Padre que “ve en lo secreto y te recompensará” (Mt 6,18). Él mismo nos da ejemplo al responder a satanás, que “no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4). El verdadero ayuno, por consiguiente, tiene como finalidad comer el “alimento verdadero”, que es hacer la voluntad del Padre (Jn 4, 34). La práctica del ayuno está muy presente tanto en la primera comunidad cristiana como en los Padres de la Iglesia y en un gran número de santos de todos los tiempos. Ellos consideran que la fuerza del ayuno, es capaz de frenar el pecado, de reprimir los deseos del hombre viejo y abrir el corazón del creyente. En nuestra actual cultura materialista, la práctica del ayuno ha perdido un poco su valor espiritual. Ha adquirido el valor de una medida terapéutica, para el cuidado del propio cuerpo. Está más bien asociada a la vida sana, al bienestar físico y a la calidad de vida, que a un camino de purificación espiritual. En cambio, para los creyentes es una práctica que permite curar todo lo que nos impide conformarnos a la voluntad de Dios. Ella nos ayuda a mortificar nuestro egoísmo y a abrir el corazón al amor de Dios y del prójimo. La práctica del ayuno contribuye además a dar unidad a la persona y a evitar el pecado. Privarse del alimento material, permite una disposición interior de escucha a Cristo y a su palabra. Con el ayuno y la oración le permitimos que venga a saciar nuestro hambre más profundo; que consiste en el hambre y la sed de Dios. Al mismo tiempo, el ayuno nos ayuda a tomar conciencia de la situación en la que viven muchos de nuestros hermanos. En su primera carta san Juan nos dice: “Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?” (I Jn 3,17). Al escoger libremente privarnos de algo para ayudar a los demás, demostramos concretamente que el prójimo que pasa dificultades no nos es lejano. 2

La función es espiritual del ayuno, no debe conducirnos a la anorexia, que consiste en un trastorno de la conducta alimentaria. Esta excesiva pérdida de peso provocada por el propio enfermo, lo lleva a un estado de inanición. La anorexia se caracteriza por el temor a aumentar de peso, y por una percepción distorsionada y delirante del propio cuerpo, que hace que el enfermo se vea gordo aun cuando su peso se encuentra por debajo de lo recomendado. De este modo, busca alcanzar una disminución de su peso mediante ayunos y la reducción de la ingesta de alimentos. A diferencia de lo que acontece en esta enfermedad; el ayuno cristiano es un signo de equilibrio espiritual y de una virtuosa entrega a Dios. Está regido por la racionalidad y es un medio saludable para el psiquismo humano. Al mismo tiempo es importante destacar que los menores no están obligados a cumplir con el ayuno que puede alterar su desarrollo físico. Todas las religiones, reconocen al ayuno como una sana medida para el desarrollo espiritual. Pero lo importante de todas estas medidas de purificación; no está asociado al esfuerzo y la tortura física, sino más bien a un gesto de esperanza. No se trata de mortificar nuestro cuerpo de manera masoquista, sino de acercarnos a Dios. Por ello, mantener la alegría cristiana resulta fundamental. Es así que Jesús nos dice: “Cuando ayunen, no pongan cara triste, como hacen los hipócritas, que desfiguran su rostro para que se note que ayunan… Tú, en cambio, cuando ayune perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno no sea conocido por los hombres, sino por tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt 6, 16-18). Analice en su carpeta los siguientes elementos del texto: 1) ¿Qué es la cuaresma y a qué se nos invita en ella? 2) ¿Qué nos recuerda la cuaresma? 3) ¿Qué representa el desierto para la vida espiritual? 4) ¿En qué ejemplos del Antiguo Testamento se observa la presencia del desierto? 5) ¿Qué nos enseñan la Biblia y la Iglesia acerca del ayuno? 6) ¿Cuál es el fin del ayuno para los cristianos? 7) ¿Qué les critica Jesús a los fariseos? 8) ¿Qué sucede en nuestra cultura materialista? 9) ¿Para qué sirve la práctica del ayuno? 10) ¿Qué dice el texto sobre la anorexia? 11) ¿Qué sostienen las otras religiones sobre el ayuno?

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