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BERNARD SHAW
'G U 1 J\
.DE I ~ A . MUJER INTELIGENTE
PARJ\ EL CONOCIMIENTO
DEL SOCI LISl\10
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y EL C \PIT }\LISMO
THADUCC1ÓN DEL INGLÉS PUl{
rULIO BROUTA
M. AGUlLAk .
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" ARQub OK URQUIjO, 39
MADRID
Imp . de .J. Pu.yo. l..ua&.:19
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1
CUESTIÓN QUE VUELVE A PLANTEAR.SE
S
ERÍA muy fácil, querida señora, remitirl e a usted a los nu-
merosos libros que se han puulicado acerca del socialismo
moder'no desde que éste se convirtió en nuestro país en una
cuestión constitucional respetable en la década del ochenta, del
siglo XVIII. Pero le aconsejo encarecidamente que no lea ni una
línea de ellos hasta que usted J' sus amigas hayan considerado por
sí mismas cómo debería distribuírse la riqueza en un país civi li-
zado respetable y hayan llegado a la mejor conclusión posible,
pues el socialismo no es otra cosa que la opinión que ti enen algll-
nas acerca de este punto, opinión que no es forzosa-
mente mejor que la de usted o la de cualquier otra persona.
¿ Cuánto debe poseer usted y cuánto debe poseer su prójimo?
¿ Cuál es su respuesta?
Como ésta no es una cuestión resuelta, debe usted abandonar
suposición que todos nos forjamos de niños, de que las instihJ-
ciones bajo las cuales vivimos, incluso nuestros sistemas legales
de distribuir la renta y permitir que la gente posea cosas, son
algo tan natural como la temperatura. No hay tal cosa. Al ver que
existen por doquiera en nuestro pequeño mundo, damos por sen-
tado que siempre han existido y que sien1pre han de existir,
que obran por si mi smos. Este es un error peligroso. En reali- '
dad son recursos transi. torios, muchos de los cuales no ser ían
obedecidos ni aun por las personas bien intencionadas, si no hu-
biera un policía dispuesto y una cárcel preparada. Estas insti-
tuciones son modificadas continuamente por el Parlamento, por-
que nunca estamos satisfechos con ellas. Unas veces son substi-
tuidas por otras nuevas; otras, son alteradas, y en ocasiones son
barridas simplemente, por perjudiciales. Las nuevas tienen que
ser modifi cadas en los 'l'ribunales de Justicia para lograr su ido-
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BERNARD SRA W
neidad O para impedir que esta idoneidad sea excesiva, si se da
el caso de que a Jos jueces no les gustan. Esta seri'e de rectificacio-
nes, alteraciones e innovaciones, nunca tiene fin. Se dictélrn nue-
vas leyes para obligar a la gente a hacer lo que jamás pensaron
ejecutar (comprar pólizas de seguros, por ejemplo). Se derogan
leyes viejas para que se pueda hacer lo que antes era castigado
(casarse con el cuñado o la cuñada, en caso de defunción del ma-
rido o de la esposa, por ejemplo). Las leyes que no son derogadas
son remendadas una y otra vez, como los calzones de un niño,
hasta que apenas queda un jirón de la materia primitiva. Al veri-
ficarse las elecciones, unos candidatos consiguen votos prome-
tiendo hacer nuevas leyes o derogar las antiguas, y otros los ob-
tienen prometiepdo mantener las cosas tal como están; cosa im-
posible, pues las cosas nunca han de estar lo mismo.
En el espacio de unas cuantas generaciones tienen lug'ar cam-
bios que nadie creyó posibles nunca. Hoy día, los niños piensan
que el pasar nueve años en la escuela, así como las pensiones de
vejez y viudedad, el sufragio femenino y la presencia de damas
de falda corta en el Parlamento o vestidas con la toga forense en
los Tribunales de Justicia, forman parte del orden de la Natura-
leza y siempre han existido y siempre existirán; pero sus bisabue-
las hubieran tomado por loco a quien les hubiera dicho que iban
a suceder tales cosas, y por impío a quien hubiera manifestado
deseos de que sucedieran.
Al estudiar cómo debemos repartirnos la riqueza que produ-
cimos anualmente, no debemos proceder ni como los niños ni
como las bisabuelas. Debemos tener siempre presente que la
parte que nos toca cambia casi a diario en uno u otro sentido,
a consecuencia de las sesiones parlamentarias, y que antes de que
fenezcamos la distribución será distinta, en mejor o peor sentido,
de la de hoy, del mismo modo que la distribución de hoy difiere
de la del siglo XIX mucho má.s de lo que la reina Victoria hubiera
podido creer posible. En el momento en que se empieza por con-
siderar la distribución actual como algo inconmovible, se con-
vierte en un fósil. Cada modificación que sufren nuestras leyes
saca el dinero, directa o indirectamente, del bolsillo de alguien
(acaso del vuestro) y lo mete en ,el de alguna otra persona. Esto
explica por qué un grupo de políticos reclama esas modificaciones
y otro grupo se opone a ellas.
Así , pues, lo que debe considerarse no es si han de efectuarse
o no grandes cambios (pues es indudable que se efectuarán), sino
cuáles son los cambios que a juicio de usted y sus amigas mejora-
rían el mundo como morada de nuestra vida, y cuáles son 10,.<;
GuíA DEL SOCIALISMO Y EL CAPITALI SMO 3
cambios a que debe usted oponerse por considerarlos desastrosos
para usted y para los demás. La opinión que de ésta forma llegue
usted a formarse se convertirá en una fuerza motriz, pues forma-
rá parte de la opinión pública, que es la que, al fin y al cabo, ha
de apoyar todos los cambios para que sean duraderos, y la que
ha de sostener a los policías y los carceleros encargados de im-
ponerlas acertada o erróneamente, una vez que se hayan conver-
tido en leyes.
Es de gran importancia que tenga usted sus opiniones pro-
pias acerca de este particular. No olvide nunca que la vieja ley <
de los fiJósofos naturalistas, de que la Naturaleza detesta el vacío,
es aplicable a la cabeza humana. No es exacto que haya cabezas
vacías, aunque sí hay algunas tan impenetrables a las nuevas ideas
que, por lo que a las cuestiones mentales se refiere, son macizas
como bolas de billar. Yo sé que usted no tiene una cabeza seme-
jante, porque si así fuera no estar[a usted leyendo este libro. Por
consiguiente, he de hacerle saber que en cuanto deja usted vacío
el más ínfimo rincón de su cabeza, las opiniones de los demás acu-
den a él de mil sitios distintos, por medio de los anuncios, los pe-
riódicos, los libros y folletos, la conversación, los discursos po-
líticos, el teatro y el cinematógrafo ... ; y también--añadirá us-
ted- por medio de este libro.
Ci erto es, no puedo negarlo. Al aconsejarle que piense usted
por sí misma (cosa que hacen siempre todas las madres, las nodri-
zas y las institutrices, aun cuando nos emplumen en el momento
en que nuestras conclusiones difieren de las suyas), no quiero de-
cirle que debe usted cenar los oídos a las opiniones de los de-
más. Sin ir más lejos, yo, que soy algo así como un pensador
profesional, tengo que contentarme con opiniones de segunda ma-
no en muchísimas cuestiones de suma importancia, acerca de las
cuales ni puedo formarme una opinión propia, ni criticar las opi-
niones que me proporcionan los demás. Por ejemplo, acepto la
f opinión del real astrónomo respecto al momento en que son las
doce en punto, y si me encuentro en una ciudad extraña acepto
la opinión de la primera persona que encuentro en la calle, res-
pecto al camino que debo seguir para dirigirme a la estación.
Si se trata de la ley, tengo que aceptar el dogma absurdo, pero
necesario, de que el rey DQ puede equivocarse. Si no fuera así, los
trenes no me servirían de nada y los pleitos no se terminarían
nunca. Nunca llegaríamos a ninguna parte ni podríamos hacer
nada si no creyéramos a personas que hemos de considerar me-
jor enteradas que nosotros , y si no soportáramos ciertos dogmas
sobre la. infal ibi lidad de autoridades que, sin embargo, son faH-
4
BERNABD SI-JAW
bIes. Por esta razón, en la mayoría de las cuestiones la igno-
rancia nos obliga a proceder a ciegas, pese a cuanto se nos diga
para que pensemos por nuestra propia cuenta y seamos, por en-
cima de todo, originales.
San Pablo, que era un hombre irrefl exivo y nada .profundo,
como lo demuestra su desdén por las mujeres, clamaba: "Probad
todas las cosas; sostened aquello que sea bueno.» Pero olvidaba
que a la mujer le es completamente imposible probar todas las
cosas, porque no tiene tiempo para hacerlo aun en el caso de que
su conocimiento se lo permitiera. Para una mujer atareada no
hay cuestiones por resolver: todo está resuelto, menos los cam-
bios de temperatura, y aun esto lo resuelve de modo suficiente,
comprando los vestidos adecuados para el verano y para el in-
vierno. ¿ P8l' qué, pues, daba San ·Pabl o un consejo que él mismo
hubiera encontrado impracti cable, si lo huhiese considerado si-
quiera cinco minutos?
La explicación es q l1 8 las cuestiones que parecen resueltas
nunca lo están realmente , porque sus soluciones no son nunca
verdades completas yflna]es . Creamos leyes e instituciones por-
que no podemos vivir en sociedad sin ellas . Y no podemos crear
instituciones perfectas, porq lle tampoco nosotros somos perfectos.
Aun cuando pudiéramos crear instituciones perfectas no podría-
mos conseguir que fueran ternas y uni versales, porque las con-
diciones varían y las leyes e instituciones que dan buen resulta-
do en un convento de cincuenta mon jas, serían inaplicables a una
nación de cuarenta 11illones de habitantes. Parl o tanto, tenemos
que hacer lo mejor que puede hacerse por el momento, dejando a
la posteridad en libortad de superamos, si puede. Al hacer nues-
tl'as leyes de esta forma transit,oria, .l a cuest iones a que se reAe-
ren sólo quedan resueltas por el momento, y en política este mo-
mento puede ser doce meses o doce siglos; un simple instante o
toda una época.
Por consiguiente, aparecen crisis en la historia en que cues-
tiones que · han estado resueltas durante varios siglos se plantean
de súbito en toda su desnudez . En presencia de una de estas cri-
sis terribl s, clamaba San Pablo que no hay cuestiones resueltas;
que constantemente debemos examinar todas las cosas por nues-
tra propia cuenta. En su mundo judío no había nada más sagrado
que la ley de Moisés, y nada más indispensa.ble qne el rito de ·la
circuncisión. Toda ley y toda religión parecía depender de ambas
cosas. y sin embargo, San Pablo hLlbo de pedir a los judíos que
desecharan la ley de Moisés y aceptaran la ley contraria, la de
Cristo, a la vez que declaraba q Ll e la circuncisión carecía de [11'\ -
GUi A DEL SOC rAL1 SfV1() y 8L CAP1TALTSM(¡
5,
porlancia, puesto que lo es ncial para la salvación era el ball -
Li srtl o. ¿ Cómo no había de predica!" la claridad de pensamiento y
la iluminación intel'lOl" frente a todas las leyes e instituciones
existentes?
Usted se encuentra ahora en la misma situación que las con-
gregaciones de San Pablo. 'Todos nos encontramos igual. Una
cll es Li ó11 que ha estado pr áct icamente resuelta durante toda una
época, la de la distrib ución de la riqueza y la natmaleza de la
propiedad , se nos ha planteado de súbito en toda su desnudez, y,
por consiguiente, todos tenemos qu e abl"i r nuestras cerradas
mentes.
Al decir que se ha plant ' ado de súbito, no olvido que nunca
ha estado completamente res uelta para las personas refl exivas,
cuyo menester era criticar las instituciones. Siglos antes de que na-
ciera San Pablo, los profetas habían clamado en el desierto contra
las abominaciones que se iban insinuando bajo la ley mosaica, y
profeti zaron la llegada de un Sal vador rue nos redimiría de la bar-
bari e de dicha ley, Tampoco olvido que desde hace muchos siglos
nuestros propios profetas, a Jos que nosotros llamamos poetas , fil ó-
sofos o adivinos, vienen protestando contra la división elel país en
r icos y pobres, ociosos y explotados. Pero al fi n y a la postre, llega
1m momento en que la cnestión, que sólo ha sido mantenida en
can e viva por unos profetas perseguidos, par a conocimiento de
1111 0S cuantos chscipulos, se pl' senta en toda su desnudez a los
ojos el e todo el mundo, y los 1 rofetas perseguidos y sus mi núscu-
las congregaciones de chi flados se convierten de pronto en for-
mi dahl es opOSiciones parJamenljarias que no tardan en trans-
fOl' marse en golJi e1' nos podel'Osos.
Langland, Latimer y Sir rr homas More, John Bunyan y George
Ifox, Go ldsmith , Cl" ahbe y Shclley, Cal'lyle, Ruskin y MOl' ris,
ju oto a muchos predicadores valerosos y fieles que trabajaron
en las iglesias y fuera de ellas, y de los cual es no habrá ust ed
oído hablar nunca, fueron nuestros profetas ingleses. Supieron
mantener viva la cuestión para quienes tenían algún destello de
su inspiración ; pero las muj eres y los hombres prosa'icos no les
prestaron atención ni nguna hasta que en años recientes surgieron
de súbito en los escaños fronteros de la Cámara de los Comunes
y de todas las legislaturas europeas gr upos de políticos apoyados
por grandes y crecientes n úcleos de electores respetables, que em-
pezaron a clamar que la distribución actual de la riqueza es tan
anórnala, tan monstruosa, tan ridícula y tan intolerablemente
perjudicia'l, qu e ha el e moc1 iflcarse rad icalmente si se quiere sal-
var a la civilización el e 'Ia I.' llina a que ha conducido este mismo
8 E R ~ A R D SRA W
mal a todas las civilizaciones anteriores de que tenemos cono-
cimiento.
He aquí por qué se debe abordar esta cuestión como un pro-
blema por resolver y con el espíritu tan despierto como sea posi-
ble. Y basándome en la experiencia que tengo del examen de es-
tas cuestiones, le aconsejo a usted encarecidamente que no espere
a que yo, o cualquiera otra persona, le dé una solución hecha,
sino que primeramente intente usted resolver el problema por sí
mi sma y a su manera, pues aun en el caso de que lo resuelva equi-
vocadamente, no sólo se interesará usted en grado sumo por la
cuestión, sino que podrá usted comprender y apreciar mucho me-
jor la solución acertada cuando ésta se presente.
11
EL HEPARTO SOCIAL
T
ODO ·el mundo sabe ya que el sociali smo pretende repartir
la renta del país de una nueva forma. Lo que quizás no
haya advertido usted es que la renta nacional se reparte ya
diariamente, y aun a cada minuto, y ha de seguir repartiéndose
en tanto queden en la tierra dos personas para repartírsela. La
única discrepancia que puede existir no es respecto a si la renta
ha de repartirse o no, sino respecto a cuánto debe corresponderle
a cada persona y en qué condiciones debe permitírsele que lo per-
ci ba. San Pablo. decía: "El que no trabaje tampoco comerá.»
Pero como era un hombre que tenía muy . pobre opinión de las
mujeres, se olvidaba de los bebés. Los bebés no pueden trabajar
y son de una voracidad tremenda ; pero si no se les alimentara
pronto no quedaría nadie en el mundo. Por eso no se nos ocmre
hacer tal cosa.
Algunas personas se imaginan que porque ellas pueden aho-
rrar dinero lo mismo puede almacenarse la riqueza del mundo.
Eso es un completo desatino. La mayor parte de la riqueza que
nos mantiene vivos no duraría una semana. El mundo vive de la
mano a la boca. Una baraja puede durar toda la vida; pero la
Humanidad no se mantiene comiendo baraj as, y aunque hacemos
todo .10 posible por conservar los alimentos almacenando los hue-
vos en cámaras frigoríficas, poniendo el salmón en conserva, con-
gelando las carnes y condensando la leche, subsiste el duro hecho
de que si la mayoría de los ali mentos no se comen a los pocos
días de ser cocidos o preparados, se pudrirán o se pondrán ran-
cios y nos intoxicarán o nos desagradarán. Nuestros mismos v s-
tidos no durarán mucho si los usamos demasiado, sin contar con
el desgaste que acarrea su lavado. Puede uno ponerse piezas de
8 BERNARD SHA W
goma en los zapatos para que 11 se desgasten las suelas; pero
cntonce¡¡ se desgastará la goma.
Cada año ha de proporcionarnLJs su nueva cosecha y su nueva
generación de ganado. No podemos vivir del sobrante de la co-
secha del año anterior , y como la del año siguieI\te no existe to-
davia tenemos que vivil' principalmente de la del año actual, ha-
ciendo las cosas y utilizándolas sin dilación, sembrando y cose-
chando, moliendo el grano y cociendo el pan, criando animales
.Y matándolos (a no ser que se sea vegetariano, como yo), ensu-
ciando y limpiando, si es que no se qtüere morir de suciedad e
inanición. Lo que suele llamarse ahorrar no es más que hacer
conveni.os para el futuro. Por ejemplo, si yo cuezo ciento una ho-
gazas de pan y sólo he de comer una, no puedo ahorrar las res-
tantes porque al cabo de una semana no habría quien las co-
miera. Todo lo que puedo hacer es entenderme con alguien que
necesite cien panes para comerlos en el acto entre él, su fami lia
.Y SllS empleados, sobre la base de que si yo le doy los cien panes
que me sobran él me dará, pongamos por caso, cinco nuevos pa-
nes cada año. Pero esto no es ahorrar los panes: es únicamente
un convenio entre dos parGes, una que quiere proveerse para el
futuro y otra que necesita consumir en gran escala en el pre-
sente. Por consiguiente, no podré ahorrar en tanto no encuentre
. alguien que necesite consumir . La idea de que todos podríamos
ahorrar al mismo tiempo es una necedad. Lo cierto es que sola-
mente unas cuantas personas acomodadas que tienen más de lo
que necesi tan pueden pel'miLil'se atender de este modo a sus ne-
cesidades futuras, y no podrí an hacerlo si no hubi era otras per-
sonas que gastan más de lo que poseen. Pedro ha de consumir lo
que ahorra Pablo, o de lo contrar io, lo que Pablo ahorra se echa-
rá a perder. Entre los do¡¡ no ahorran nada. La nación, como
totalidad , tiene que fabricar su pan y comerlo sobre la marcha.
Una nación que cesara de trabajar, perecería en quince años aun
cllando cada hombre, cado. muj er y cada niño tuviera casas, tie-
nas y millones de pesetas en las cajas de ahorros. Cuando veáis
a la muj er del rico (o a la de cualquier otro) meneando la cabeza
ante la prodigalidad de los pobres, porque no todos !:l Ilas ahorran,
lamentad la ignorancia ele la. clama. , pero no irritéis a los pohres
repitiéndoles sus clesatinos.
nI
¿ CUÁNTO HA DE PERCrslH CADA CUAL?
A
l-JORA ya sabe qu e todos los dí as ha de tener lugar IlDa
inrnensa seri e de operaciones de frtlJI' icación, di skibuci ón
y y qu e cuando los panes y las demús cosas han
sido fabricados, tienen qu e ser r epartidos inmedi atamente, tocán-
donos a cada uno la parte CJue legalmente nos corresponde. ¿Cuál
debe ser esta parte? ¿ Cuánto ha de percibir cada uno de nos-
otros? ¿Y por qué cada uno de nosotros ha de percibir una parte
determinada, y no más ni menos?
S.j la viuda trabajadora que mant iene a seis hi jos percibe dos
panes a la semana, mi ent ras un solter o ocioso y disol uta gasta
diariamente lo suficiente para ali rnenta1' a seis fami li as obreras,
durante un mes, ¿qu eda r epar tid a la riqueza de un rnodo sen-
sato? ¿No sería mejor dar m(ls a la vi Llda y menos al soltero? Es-
tas cuestiones no se r esuelven por sí solas : t ienen que ser resuel-
tas por la ley. Si la viud a se apodera de uno de los panes del
soltero, la Policía la mete on la cál' cel y mand a a sus hijos a l
asil o. Y se hace esto porqu e la ley ordena que la "\Tiuda sólo ha
. percibir dos panes. Esta ley puede ser derogada o r eformada por
el Parlamento si el pueblo lo desea y vota en consecuencia. Cuan-
do la mayoría de la gente se entere de esto, opinará que la ley
debe ser reformada. Cuando se lee en los periódicos que una viu-
da norteamericana que sólo tení a un niño y una consignación de
ciento cincuenta libras emanales para criarle, acude a los
bunales quej ándose el e que aquello no le bastaba y se le aumenta
la consignación a doscientas libras, mientras otras viudas . que
han trabajado sin descanso durante toda la vida para sostener
grandes familias acaban sus días en el asilo, la gente siente que
hay algo monstruosamente injusto, perverso y estúpido en seme-
jflnte reparto, y que és te debe ser modifi cado. Ya se consigue
II1 nrli(¡ rtll'l o 1111 poco mer l1lfl ndo con in puestos la pal' te el e lA. vill -
10
BERNARD SHA W
da rica para dar a las pobres pensiones de vejez y viudedad, sub-
sidios de paro, instrucción elemental gratuita y otras cosas; pero
si la viuda rica tiene todavía más de cien libras semanales para
el mantenimiento de su hijo y una gran renta personal, mientras
la viuda pobre del otro extremo de la ciudad sólo tiene una pen-
sión de diez chelines semanales, la diferencia sigue siendo tan in-
justa que apenas se nota el cambio. Todo el mundo desea una
distribución más justa, a excepción de los que ahora se llevan la
mejor parte, y como éstos sólo constituyen el uno por diez de la
población, y muchos de ellos reconocen la injusticia de su situa-
ción, podemos dar por sentado que existe un descontento general
respecto a la actual distribución de la riqueza y un propósito
unánime de modificarla, en cuanto sea posible, entre aquellos que
comprenden que puede ser modificada.
Pero no se puede modificar nada si no se sabe qué modifica-
ciones se quieren hacer. De nada sirve decir que es escandaloso que
la señora A. tenga mil libras diarias, y la pobre señora B. sólo
cuente con media corona. Si se quiere modificar la ley ha de p r e ~
pararse uno a decir cuánto estima que debe percibir la señora A.
y cuánto la señora B. Y aquí es donde empiezan las verdaderas
dificultades. Todos estamos dispuestos a decir que la señora B.
debe perci bir más y la señora A. menos; pero cuando se nos dice
que indiquemos exactamente cuánto más y cuánto menos, unos
dicen una cosa, otros otra y la mayoría no encontramos nada que
decir, salvo, quizás, que la señora A. debería avergonzarse de sí
misma, o que la señora B. tiene lo que merece.
La gente que nunca se' ha parado a meditar sobre esta cuestión,
dice que el camino más honrado es dejar que cada cual posea
lo que pueda comprar con su dinero; exactamente igual que
ahora. Pero esto no nos saca del apuro: lo único que hace es plan-
tear .la c estión de cómo ha de repartirse el dinero. El dinero no
es más que un trozo de papel o un fragmento de metal que da a
su propietario un derecho legítimo a determinada cantidad de
pan, de diamantes, de automóviles o 'de cualquier otra cosa. El
dinero no puede servirnos de comida, ni de bebida, ni de indu-
mentaria. Cuando se reparte el dinero, lo que se reparte en reali-
dad son los productos que con él pueden adquirirse. Todas las co-
sas son estimadas en dinero, y cuando la ley da a la sefiora B. sus
die7. chelines al cumplir los setenta afias, y al señorito A. sus tres
mil chelines antes de que cuente siete minutos de vida, la ley
reparte entre ellos los panes y los peces, los vestidos y las casas,
los automóviles y los cochecitos, como si en realidad manejaran
directamente estos artículos y no el dinero con que se compran.
IV
NO HAY RIQUEZA SIN TRABAJO
P
ARA que haya riqueza que repartir, ti.ene que haber hombres
. que trabajen. No puede haber pan sin labradores y pana-
deros . A miles de millas de aquí hay unos islo.tes en los que
Jos hombres y las mujeres se pasan la vida tumbados al sol y se
rnantienen de tos cocos que les arrojan los monos. Pero nosotros
no tenemos semejante posibilidad. Sin una incesante actividad
cotidiana nos moriríamos de hambre. Si alguien está ocioso, otro
ha de trabaja.r para los dos, o de lo contrario ninguno de ellos ten-
rá nada que comer. Por eso San Pablo decía: «El hombre que
no trabaj e tampoco comer,.H .la carga del trabajo nos ha sido
impuesta por la atural eza y tiene que repartirse igual que la
riqueza que produce.
Pero no es necesario que ambas distribuciones se correspon-
dan entre sí. Una persona puede producir mucho más de lo que
nec·esita par,a alimentarse. Si así no fuera no podría alimentarse a
los niños, y Jos viejos que no pueden trabajar se morirían de ham-
bre. Más de una mujer, sin otra ayuda que sus dos manos, ha
criado a toda una familia con lo que ganaba, y por añadidura ha
mantenido a sus ancianos padres, ad más de pagar la renta de la
(l asa. y con la ayuda de la fuerza hidráulica, eléctrica y de vapor,
y de la maquinaria moderna, puede organizarse el trabajo de tal
forma que una mujer puede producir más que mil mujeres hace
ci ento cincuenta años.
Esta economía de trabajo obtenida por la colaboración de las
máqui nas y las fuerzas naturales, como el viento, el agua y el
calor latente en el carbón, produce un ocio que también ha de
ser repartido. Si el ti'abajo de diez horas de una persona puede
sostener a diez personas durante un día, las diez pueden arre-
glarse de muy diversos modos. Pueden poner a trabajar a una
12 BERNARD SHAW
persona durante diez horas y dejar que las otras nueve no hagan
nada y obtengan gratuitamente su sustento. Pueden trabajar las
diez una hora diaria y tener nueve horas de ocio. O pueden en-
contrar otra solución entre ambos extremos. 'l'ambién pueden
convenir que tres de ellas trabajen cada una tres horas diarias,
produciendo lo suficiente para treinta personas, de modo que las
otras siete no sólo no tengan nada que hacer, sino que tengan
también comida para catorce personas, pudiendo mantener trece
criados que les sirvan y obliguen, por añadidura, a trabaj ar a
I as otras tres personas.
Otra combinación que podría encontrarse seY·ía que todos ellos
trabajaran diariamente mucho más de lo necesario para soste-
nel'se, a condición de que no serían llamados a trabajar hasta Iue
estuviemn completamente desarrollados e instruídos y se les per-
miLj era cesar de trabajar y divertirse durante el resto de sus
dí as cuando hubieran cumplido cincuenta años. Podrían en con-
Ll'arSe docenas de combinaciones distintas entre la esclavitud ab-
soJ u La y la división equitativa del trabajo, el ocio y la r iqueza.
La e clavitud, la servidumbre, el feudali smo, el capitalismo, el
sociali smo y el comunismo son todos, en el fondo, distintas mo-
dalidades de esta distribución. La historia revolucionaria es la
hi storia de Jos efectos de una lucha conti nua de las personas y
las clases por alterar ese orden en su favor. Pero por el momento,
sería mejor que nos atuviéramos a la cuestión del reparto de la
renta que prod uce el trabajo, pues la mayor diferencia que pue-
de encontrarse entr,e dos personas respecto a su actividad o su
ocio, no es nada comparada con la enorme diferencia que pll ede
advert irse en SlJ S ingresos, a causa de .l os métodos y las múqll"inas
modernos. }\ l lll homhre rico no pueden asignál'sele más de
ve inti cuatro horas diarias; pero se le pueden meter en el bolsill o
ve inti cuatro mill ones el e libras sin ped irle siCJ ui el' a que levanto
(' 1 dedo meñique.
v
EL COMUNISMO
U
"A vez ql le le he a c . l a r ~ c l o a Ll sLed est,o, ¿CJ ui.ere llsted traLar \
de fOrJar se una Opll11On respecto a como qms18ra ver repar-
tida todos los días la renta de su pais? Para forjarse esta \
opinión no aCLldausted a I. os socialistas o a los capitalistas, ni a
su periódico favorito, porque lo ímico qlle harán será trastornarla \
y desconcertarla, si es que no lLt descanían intencionadamento.
Pjense lI sted por su propia cuenta. Imagínese como un síndico
nacional que tiene en sus manos toda la renta del paí s para dis-
tribuirla del modo que produzca el mayor bienestar social de
todos los ciudadanos.
De paso, será conveni ente que prescinda usted de su parte y
ele la de sus hijos, parientes y ami gos, para que los sentimientos
personales no influyan en Sll juicio. Algunas muj eres dirían: "Yo
no pienso nunca en los demás. A los demás no los conozco.» Pero
eso no puede hacerse cuando se trata de resolver cuestiones socia-
les . El capitalismo y el sociali smo no son proyectos de distribu-
ción de I. a r iqueza en el círculo de una sola dama, sino que preten-
den distribllirla entre todo el mundo, y como la cantidad que ha
de distribuirse cada año es limitada, si el hijo de la señora Dicl<son
o de su Ihermana, o su amigo más íntimo y antiguo, perci.ben más,
'el hijo de la señora Johnson o de Sll hermana, o su más querido
a.migo; han de percibir menos. La seí'íora Dickson debe olvidarse
. no sólo de sí misma y de su famil ia y amigos, sino que también
de su clase. Debe imaginarse por el momento como una especie
de ángel del Señor sin inter eses ni afectos terrenales que corrom-
pan su integridad, sintiéndose interesada únicamente por la tarea
de decidi r cuánto ha de percibil' cada cual de la renta nacional
pam el mayor bienestar posibl e del mundo y el mayor bien po-
sible del alma de todos.
14 BERNARD SHAW
Ya sé, por supuesto, que ninguno de nosotros puede hacer esto
de veras; pero debemos intentarlo en la medida de lo posible.
También sé que pocas cosas hay más irritantes que la insistencia \
con que se nos dice que pensemos por nuestra propia cuenta,
cuando se sabe de sobra que nuestra mentalidad es, por lo gene-
ral, una mentalidad de rebaño coronada tan sólo por un retazo
de espíritu individual. Incluso estoy dispuesto a oír que al abo-
nar el importe de este libro me ha pagado por que pensara POt
usted; pero eso es tan imposible como si pretendiera comer en su
lugar. Lo que sí puedo hacer es guisarle su comida mental, po-
niéndole en posesión de lo que ya hemos pensado acerca de esta
cuestión otras personas y yo, de modo que pueda usted ahorrarse
el tiemp , los trastoI'nos y las desil usione" de tratar de abrirse
camino a través de tenebrosas avenidas que ya han sido explo-
radas concienzudamente, resultando callejones sin salida.
He aquí , pues, algunos sistemas que han sido propuestos o en-

Empecemos por el más sencillo: el sistema familiar de los
apóstoles y sus acólitos. Estos ponían en común todo lo que te-
nían y cada cual cogía 10 que necesitaba. La obligaci6n de hacer
esto era tan sagrada, que cuando Ananías y Safira se quedaron
con algo para sí, San Pedro les condenó a muerte por «mentir al
Espíritu Santo».
Este sistema, que es el comunismo en su primitiva pureza, se
practica hoy día en pequeñas comunidades religiosas, en las que
la gente vive en común y se conoce mutuament.e. Pero la cosa
no es tan sencilla cuando se t ata de grandes poblaciones, en las
que los hombres no viven juntos ni se conocen entre sí. Incluso
n la familia sólo practicamos esto parcialmente, pues aunque el
pac1 e entrega a la madre una parte de sus ganancias, y los hijos
hacen lo mismo cuando ganan algo, y la madre compra comida y
la coloca ante todos para que la compartan en común, todos ellos
se quedan, sin embargo, con una parte de sus ganancias para su
uso particular, de suerte que la vida familiar no es el comunismo
puro, sino en parte comunismo y en parte propiedad privada ..
Cada miembro de la familia hace lo que Ananías y Satira; pero
no necesitan disimularlo con mentÍ1' as (aunque a veces 10 hagan),
porque existe el acuerdo tácito de que' los hijos tienen que que-
darse con algo para sus gastos menudos; el padre, para cerveza
y tabaco, y la madre, para sus vestidos, si es que algo le queda.
Por otra parte, el comunismo familiar no se extiende a 108
moradores de· la casa contigua. Cada casa tiene sus comidas par-
ticulares, y los habitantes de las otras casas no conb'ibuyen éL ella -
GuÍA DEL SOCIALISMO y EL CAPI TALI SMO 15
ni tienen derecho a compartirla. Sin embargo, esto tiene s u ~ ex-
cepciones en las. ciudades modernas. Aunque cada familia compra
por separado la cerveza que consume, todas ellas consumen el
agua de un modo comunista. Pagan un impuesto destinado a un ,
fondo común para pagar un suministro constante a todas las ca-
sas y cada cual consume el agua que necesita.
Del mismo modo pagan el alumbrado y la pavimentación de
las calles, los guardias que las vigilan, los puentes que cruzan
los ríos y la recogida y destrucción de la basura. A nadie se le
ocurre decir: "Yo no salgo nunca después de que obscurece ; en
toda mi vida he llamado a un guardia; no tengo ningún asunto
en la otra orilla del río y nunca atravieso el puente. Por lo tanto,
no ayudaré a pagar lo que cuestan esas cosas.» Todo el mundo
sabe que la vida urbana no podría existir sin alumbrado público.
ni pavimentación, ni puentes, ni Policía, ni limpieza; y que el
inválido que nunca sale de su Clasa, o el ciego cuya obscuridad no
puede disipar ninguna luz callejera, dependen de estos servicios
públicos por lo que respecta al suministro diario de alimentos, a
la seguridad y a la salud, como cualquier persona sana. Y esto lo
mismo puede aplicarse al Ejército y a la Marina que a la fuerza
de Policía, al alumbrado doméstico que al callejero, al Ayunta-
miento que a las Cámaras o el Parlamento. Todas estas cosas se
pagan con el dinero reunido con nuestros tributos e impuestos, y
a todos benefician indistintamente. Son, en suma, comunistas.
Al pagar nuestros impuestos para sostener este comunismo no
arrojamos cuanto tenemos, como los Apóstoles, en un fondo co-
mún: hacemos una contribución proporcionada a nuestros me-
dios y nuestros medios se aprecian por el valor de la casa en que
vivimos. Pero los que pagan contribuciones pequeñas hacen el
mismo uso de los servicios públicos que los que las pagan gran-
des, y los extranjeros y vagabundos que no pagan contribución
alguna gozan igualmente de ellos. El joven y el viejo, el príncipe
y el mendigo, el virtuoso y el vicioso, el negro, el blanco y el
amarillo, el ahorrativo y el pródigo, el sobrio y el bebedor, el cal-
del'ero y el sastre, el soldado y el marino, el rico y el pobre, el
pordiosero y el ladrón, todos ellos hacen el mismo uso de estos
servicios y conveniencias comunistas, cuyo sostenimiento tanto
cuesta. Y es muy natural que sea así. A nadie se le ocurre propo-
ner que no se deje andar por la calle a quien no pueda pagar y
presentar un certificado de buena conducta de dos personas sol-
ventes. Y sin embargo, la calle cuesta más que cualquiera de los
si tios en que se entra pagando, como los teatros, o de los lugares
en que hay que ser presentado para poder entrar, como los ~ l u b s .
V1
LOS LíMITES DEL COMUNISMO
H
A supuesto usted alguna vez, por la lectura de los periódi-
cos, que el comunismo, lejos de ser una malévola inven-
ción de revolucionarios rusos y de malhechores británi-
cos y yanquis, es un sistema eminentemente r espetable de repar-
tir la riqueza, que ha sido sancionado y practicado por los Apósto-
les y que forma parte indispensable de nuestra civilización y
nuestra vida cotidiana? Cuanto más comunismo, más civiliza-
ción. No podríamos pasarnos sin él , y continuamente lo estamos
extendiendo. Si quisiéramos podríamos suprimirlo en parte. Po-
dríamos poner barreras en los caminos y hacer pagar a todo el
que quisi era atravesarlos: aún subsisten las casetas en que solían
estar las antiguas barreras donde se cobraba el portazgo. Podría-
mos suprimir los focos callejeros y alquilar hombres con antor-
chas que nos alumbraran de noche por las calles. ¿ No se alqui-
laba antiguamente para este servicio a los pajes, que todavía pue-
den verse en las verjas antiguas? Podríamos, incluso, alquilar
policías y soldados para la tarea de protegernos y disolver la
fuerza de Policía y el Ejército. Pero tenemos buen cuidad·) de
no hacer semejante cosa. A pesar de cuanto gruñe la gente contra
los tributos y los impuestos, éstos le producen mayores beneficios
que todo el dinero que gastan en otras cosas. Encontrar cons-
tr'uído un puente para que atravesemos el río, sin tener que pen-
sar en ello ni pagar a nadie por tal cosa, es algo tan natural para
nosotros que algunos llegan a pensar, como los niños, que los
puentes los proporciona la Naturaleza y ·no cuestan nada. Pero si
se dejar/!. que los puentes se -vinieran abajo y tuviéramos que bus-
car el modo de atravesar el río, bien vadeándolo, ' cruzándolo a
nado o alquilando una barca, pronto comprenderíamos ' 10 bueno
11ue es el comunismo y no lloraríamos por los escasos chelines
2
BEttl'iARn SHAW
que tenemos que pagar al l' ecaudadol' de irnt)llesLos para el W b ~ ú ­
nimiento del puente. De hecho acabar íamos por considerar al co-
muni smo una cosa tan magnifica, que pensaríamos que todo de
bcria socializal·se.
Pero esto no darla l·esultado . . La. razón ue CI ll e uu puente pueda
socializars es que todo el mundo Jo usa o se beneficia con él.
Puede tomarse como regla que todo lo que es usado por todo el
mundo o que a todo el mundo beneficia, puede socializal'se. Las
carreteras, los puentes, el alumbrado públi co y el suministro de
agua, se hallan socializados por ley natura l en las ciudades, aun-
que en las aldeas y en los campos la gente tiene que comprar y
llevar faroles en las noches obscuras, y sacan el agua de sus pro-
pios pozos. No hay razón ninguna para que el pan no se socialicj:l; \
sería de inestimabl e beneficio para todos que no pudiera encon-
trarse en todo el país un niño ham briento y que ninguna ama de
casa tuviera que pensar en el coste del pan de toda la familia .
También podrían socializarse los ferrocarril es. Usted misma pue-
de pensar en la multitud de servicios que nos beneficiarían a
todos, de ser socializados.
Unicamente deberá usted detenerse cuando tropiece con ser-
vicios que no sean útiles a todos. Es natural que se socialice el
'agua ; pero ¿y la cerveza? ¿ Qué diría un abstemio si le pidieran
que pagara impuestos o tributos para lograr que sus vecinos tu-
vieran toda la cerveza que qu,sieran? Harí a una doble objeción:
primeramente, que se le quería hacer pagar una cosa que no usa-
ba, y en segundo lugar, que a juicio suyo la cerveza, lejos de ser
ll na buena cosa, engendra la enfermedad, el crimen, la embria-
guez, etc., etc. Preferiría ir a la cárcel antes que pagar impuestos
para semejante cosa.
El ejemplo más palmario de esta dificultad 10 ofrece la Igle-
sia. La Iglesia anglicana. es una gran institución comunista : su
propiedad es conservada en depósito para Dios, sus templos y
sel'Vicios se hallan abiertos a todo el mundo, y sus obispos se sien-
tan en el Parlamento como pares del l'eino. Sin embargo, como no
todos estamos de acuerdo con la.s doctrinas de la Iglesi.a angli-
cana, y muchos de nosotros creemos que una mesa de comunión
cubierta de candelabros es harto parecida a un altar católico, nos
hemos visto obligados a hacer que la contribución eclesiástica sea
voluntaria ; es deci r, que se pueda pagar o no, a gusto de uno.
y cuando el decreto de instrucción de 1902 concedió alg-ún di nero
público a las escuelas religiosas, muchas personas se negaron a pa-
gar el impuesto y dejaron que Sll mobiliario fuera vendido una
y ot,I'a VPZ, antes qll e entl' 8f\'al' 1111 peniqll e a la Tglesia. Esto le
o'Oh DEI, SÚG"l ALI SMO y "L CAPITALISMO
dernueslm 4 ue si se propone un.G socializar algo que Ha es ul:i udo
. u a.probado al menos pOl' Ludo el 111 LIndo, se tropieza clJn serias
diii,culLades. Todos nosotl'oS usamos las cane\;eras y los p u e n ~ e s ,
y convenimos en que son cosas útües y necesar ias ; pet o discl'epa-
mos aeercn. ele la re ligióll , la sobriedad y el teatro; debatimos
bl' iosamente nuestras clis repancias, Esto explica por qué sociali-
zamos las Cal'retel'as y los puerites sin encontral' quejas ni nega-
L.l\,as al pago de los impuestos, mientras vemos alzarse contra
nosotros él. grandes masa.s de electores en cuanto intentamos so-
cializar cualquier forma pal'ticulal' de adoración pública, o cuan-
do queremos tratar la ce,l' veza o el vino como tratamos el agua y
como deberíamos tratar la leche, si tuviéramos sufi.ciente sentido
para apreciar el valol' de la riqueza de la nación,
Esta eli ti culta.d puede ser eludida hasta cierto punto por mu-
.t Ilas concesi. ones entre las p 'rsonas que quieren cosas distintas.
1. >01' ejet nplo, hay personas que se preoc upan de las flores y no
ele la música, y oteas que se preocupan de los j uegos y la náutica
y no se preocupan ni de las tiores ni de la música; pel' o estas pel'-
sanas de diferentes gustos no se oponen a pagar impuestos para el
mantenimi ento de un parque público con macizos de fl ores, cam-
pos de c1'iquet , un lago para embarcarse y nadar, y una ban<Ja de
música, Laura no se opondrá a pagar lo que Beatriz quiere, si
Beatriz no se opone a pagar lo que quiere Laura,
Hay tambi én muchas cosas que sólo algunas personas com-
prenden o usan, y que sin embargo las paga todo el mundo, por-
que sin ellras no tendríamos enseñanza, ni libros, ni cuadros, ni
civilización elevada. Tenemos museos públicos de los mejores cua-
dros y estat uas, bibliotecas públicas ele los mejores libros, obser-
vatorios públicos en los que los astrónomos contemplan las estre-
llas y los matemáticos hacen cálculos abstrusos, laboratorios pú-
blicos en los que los hombres de ciencia pretenden acrecentar
nuestro conocimiento del Universo, Estas instituciones cuestan
muchísimo dinero, que hemos de pagar entre todos. Muchos de
nosotros no entramos nunca. en un museo o en una biblioteca,
aunque vivamos cerca ele ellos, y ni una persona de cada diez se
interesa por la astronomía, las matemáticas o la ciencia fí sica ;
pero todos tenemos una noción general de que estas cosas son ne-
cesarias, y por eso no nos oponemos a pagarlas.
Por otra parte, muchos de nosotros no sabemos que las paga-
mos; creemos que las tenemos porque alguien nos las r egala ama-
bl emente. De este moclo se ha establecido ya una buena parte del
comunismo sin que sepamos nada acerca de él , como lo demuestra I
la cost.umbre de considerar las cosas socializadas como gratuitas,
Como podernos entrar en la Galería Nacional o en el Museo Bri-
tánico o en las Catedrales sin pagar a la puerta, algunos de nos-
otros parecen creer que dichas cosas han brotado junto al camino,
como las flores silvestres; pero lo cierto es que nos cuestan cada
semana muchísimo dinero. El Museo Británico tiene que ser ba-
nido, fregado y cuidado mucho más que cualquier casa particu-
lar, porque son muchas las personas que penetran en él con las
botas sucias. Los salarios de los señores instruídos que están a
su cargo, son una bagatela comparados con lo que cuesta conser-
varlo limpio. Del mismo modo un jardín público necesita más
jardineros que un jardín particular, y tiene que ser escardado,
guadañado, regado, sembrado, etc., con gran coste de salarios,
semillas y aperos de jardinería. No hay nada que se consiga por
nada" y si no pagamos cada vez que vamos a estos sitios pagamos
en tributos e impuestos. El más pobre vagabundo, si bien puede
librarse de pagar alquileres e impuestos durmiendo al aire libre,
paga también siempre que compra tabaco, porque abona por él
ocho veces más de lo que cuesta cultivarlo y lanzarlo al mercado,
y el gobierno 'Se queda con la diferencia para gastarla en cosas
públicas, es decir , para mantener el comunismo. Y la mujer más
pobre paga igualmente, sin saberlo, siempre que compra un ar-
tículo de alimentación suj eto a tributación. Si esta mujer supiera
que hacía economías para pagar el salario del real astrónomo o
para comprar otro cuadro con desti no a la Galería Nacíonal, aca-
so votara contra el gobierno en las elecciones siguientes; pero
como no lo sabe se limita a lamentarse de los elevados precios
de las subsistencias, y cree que éstos son debidos a las malas cose-
chas, a la dureza de los tiempos, a las huelgas o a cualquier otra
cosa que debe suprimirse. Es posible que no se queje de 10 que
tiene que pagar para el rey y 1,a reina, pero si supiera que estaba
pagando los salarios de los miles de sirvientas que friegan las
escaleras de piedra del Parlamento y otros grandes edificios pú-
blicos, no se sentiría muy satisfecha de ayudar a mantenerlas
mejor de 10 que puede mantenerse a sí misma.
Vemos, pues, que parte del comunismo que practicamos se nos
impone sin nuestro consentimiento: 10 pagamos sin saber lo que
hacemos. Pero en lo principal el comunismo afecta a cosas que,
o son usadas por todos, o a todos nos son necesarias, tengamos o
no la instrucción suficiente para comprender su necesidad.
Volvamos ahora a las cosas en que existen diferencias de gus-
tos. Ya hemos visto que los servicios de la Iglesia anglicana, la
cerveza, el vino, las bebidas espirituosas y todas las substancias
embriagadoras, son a juicio de unos necesarios para la vida,
GUÍA DEL SOCIALISMO Y El, CAPJTALISMO
y perniciosos y nocivos a juicio de otros . Ni siquiera estamos
de acuerdo acerca del té y de la carne. Pero hay muchas cosas que
nadie encuentra perjudiciales y que, sin embargo, no todo el
mundo necesita. Preguntad a una mujer qué obsequio le gusta-
1'((1 que le hicieran, y una elegirá un perrito, mientras otra prefe-
J ¡,irá un gramófono. Una joven estudiosa pedirá un microscopio
.' una muchacha activa deseará una motocicleta. Los amantes del
hogar desean libros, cuadros y pianos; los amantes del campo j
desean escopetas, cañas de pescar, caballos y automóviles. Socia-
l:zar estas cosas de igual modo que las carreteras y los puentes
sería malgastar el dinero ridículamente. Si se construyen gramó-
fonos suficientes y se crían suficientes perritos para dotar de am-
bas cosas a todas las mujeres, o se hacen microscopios y motoci-
cletas para todas las muchachas, quedarían sin usar montones de
estas cosas, abandonadas por las mujeres y las muchachas que
no las quisieran y no encontraran sitio para colocarlas. Ni siquie-
ra podrían venderlas, porque todo el que las quisi. era las tenía ya.
Por lo tanto, tendrían que tirarse a la basura.
Sólo hay un medio de salvar esta dificultad. En vez de dar
cosas a la gente se les puede dar el dinero para que compren lo
qu,e quieran. En vez de dar a la señora Smith, que desea un gra-
lllófono, un gramófono y un perrito que cuesten, pongamos por
caso, cinco libras cada uno, y a la señora Jones, que desea un
perrito, un perrito y un gramófono, sabiendo que la señora Smith
echará al perrito de su casa y que la señora Jones tirará el gramó-
fono a la basura, con lo que se desperdiciarían las diez libras que
costaron, es más sencillo dar cinco libras a cada una de las dos se-
ñoras. De este modo, la señoraSmith compra un gramófono y la
sf'ñora Jones un perrito, y ambas se quedan tan contentas. Y por
supuesto, no habrá que preocuparse de fabricar más gramófonoR
o criar más perritos de los que se necesitan para satisfacerlas.
Tal es la misión del dinero: nos permite adquirir lo que ne-
cesitamos y no lo que otros creen que nos hace faIta. Cüando se
casa una joven, sus amigas le hacen regalos en vez de darle di-
nero, y la consecuencia es que se encuentra cargada con seis apa-
ratos de luz, siete u ocho relojes y ni un solo par de medias de
seda. Si sus amigas tuvieran el buen sentido de darle el dinero
que habían de gastarse en el regalo (yo siempre lo hago) y ella
tuviera el buen sentido de tomarlo (siempre lo toma), se encon-
traría con un aparato de luz, un reloj de mesa (si es que deseaba
este objeto) y medias en abundancia. El dinero es la cosa más
conveniente del mundo: no nos sería posible pasarnos sin él. Se
nos dice que el amor al dinero es la raíz de todos los males; pe.ro
22 BERNARD SRA W
el dinero en sí es una de las cosas más útiles que se han inventado
nunca : no es culpa suya que algunas personas sean lo bastante
necias o míseras para estimarlo más que a sus propias almas.
Como 've usted, el gran reparto de cosas que tiene que verifi-
carse año tras año, tl'imestre tras trimestre, mes tras mes, semana
tras semana, día a día, hora tras hora y hasta minuto tras minu-
to, si bien puede hacerse en parte según el sencillo comunismo
familiar de los apóstoles o conforme al moderno comunismo de
la tributación por carreteras, puentés, alumbrado público, etcé-
tera, etc., ha de adoptar principalmente la. forma de un r ~ p a r t o
de dinero. Pero esto nos vuelve a las viejas cuestiones: /, Cuánto
ha de recibir cada uno? ¿Qué parte me corresponde a mí? ¿Qué
parte le corresponde a los demás? ¿Y por qué? El comunismo
sólo ha. resuelto en parte el problema .. Por lo tanto, debe usted
hacel' otro esfuerzo por resolverlo por sí mi sma.
y.n
smTE QUE PUEDEN
U
N que hC1 .SidO fr ecuenLemente yque ti las
clases laboriosas les parece muy plausible, es dejar que
cada cual posea la parte de la riqueza del país que ha pro-
ducido con su trabajo. otros dicen que cada cual perciba lo que
merezca, de modo que el ocioso, el disoluto y el débil no perci-
ban nada y p8rezcan , y el bueno, el trabajador y el fuerte di s-
pongan de todo y subsistan. Algunos creen en «la sana norma an-
tigua, el sencill o sistema de que posea riqueza el que tenga fuer-
za para adquirir la, y de que la conserve el que pueda hacerlo»,
aunque rara vez lo confiesan hoy día. Otros dicen que el vulgo
debe . percibir lo suficiente para mantenerse en el estado de vida
que Dios ha querido dal"le, y que la nobleza se quede con lo de-
más, aunq!J e también esto no se dice ahora tan abiertamente como
en el siglo XVIII. Algunos proponen que nos dividamos en clases
y que el repado sea igual en cada clase, aunque desigual entre
ellas, de suerte que los jornaleros perciban treinta chelines a ]a
semana, los obreros especializados tres o cuatro li bras, los obis-
pos dos mil quinientas al año, los jueces cinco mil, los arzobispos
quince mil y sus esposas lo que les puedan sacar. Otros se limitan
a decir que dej emos que las cosas sigan tal como están.
Lo que dicen los socialistas es que ninguno de estos sistemas
puede dar buen resultado, y que el ünico sistema satisfactorio es
dar a todos lo mismo, sin preocuparse de quién se trata, ni de la
edad que tiene, ni el el t¡' al,aj() ep.l fl rpali za, ni de qu ién era su
padre.
Si acaso ésle o alguno de los otros proyectos le alarma o eSC:1l1-
claliza. a usted, le ruego que no me censure ni arroj e al fuego lT1i
libro. Yo no hago más que decirle los diferentes sistemas que han
sido propuestos y, hasta cierto punto, ensayados. Usted no stá
BERNARD SHAW
obligada a aprobar ninguno de ellos, y tiene usted absoluta liber-
tad para proponer un sistema mejor si es que puede usted encon-
trarlo. Pero lo que no puede usted hacer es decir que éste es un
asunto que a usted no le concierne, porque se trata de su alimen-
tación y su alojamiento, y, por lo tanto, de una parte de su vida.
Si no lo resuelve usted por sí misma, las gentes que le incitan a
desdeñarlo lo resolverán en su lugar, y puede ocurrir que se cui-
den de su propia parte y no de la de usted, en cuyo caso puede
usted encontrarse algún día sin participación ninguna.
En el transcurso de mi vida he visto acaecer esto de un modo
sumamente cruel. En el país en que he nacido, que se halla a una.
hora de camino del punto más próximo a Inglaterra, muchas da-
mas de elevada posición social y noble linaj e, que creían que esta
cuestión no les interesaba porque por el momento se encontraban
bien, acabaron lastimosamente en el asilo. Esto las hirió amarga-
mente y odiaban a quienes lo habían llevado a cabo; pero nunca
comprendieron por qué había ocurrido. Si hubieran compren-
dido desde un principio cómo y por qué podía ocurrir, lo hubie-
ran podido evitar en vez de hacer cuanto estaba en su mano por
precipitar su propia ruina.
Si usted no se cuida de comprender lo que está ocurriendo
ahora, es muy posible que comparta su suerte. El mundo cambia
con gran rapidez, como cambiaba en torno a ellas, que, sin em-
bargo, le creían tan inmóvil como las montañas. Con mayor ra-
pidez está cambiando ahora, y yo le prometo que si tiene usted
la paciencia de acabar este libro ( i piense usted en la paciencia
que me ha costado a mí escribirlo en vez de hacer comedias 1), se
encontrará usted con mucho más conocimiento de cómo cambian
las cosas y cuáles son su riesgos y perspectiva, que 1'0 que podr ía
usted aprender en los libros de texto.
Por consiguiente, vaya presentarle uno tras otro los sistemas
mencionados, examinándolos capítulo tras capítulo, hasta que
sepa usted bien todo lo que puede decirse en pro y en contra de
ellos.
VIII
A CADA CUAL LO QUE PRODUCE
E
L primel' sistema, el de dar a cada persona exactamente lo
que ha hecho con su trabajo, parece justo; pero cuando
intentamos ponerlo en práctica descubrimos, en primer lu-
gar, que es completamente imposibl e averiguar lo que ha produ-
cido cada persona, y en segundo lugar, que una gran parte del
trabajo del mundo no consiste en producir cosas materiales o al-
terar las que la Naturaleza produce, sino en realizar servicios de
diversa índole.
Cuando un agricultor y sus gañanes siembran y cosechan un
campo de trigo, no hay quien pueda decir la cantidad de trigo
que ha cultivado cada uno.
Cuando la máquina de una fábrica produce alfileres a millo-
nes, nadie puede decir cuántos alfi leres se deben al esfuerzo de la
persona que dirige la máquina, al de la que la inventó o al de los
ingenieros que la construyeron, para no hablar de todas las de-
más personas empleadas en la fábrica. El caso más claro del
mundo de una persona que produce algo por su exclusivo, penoso,
prolongado y arriesgado esfuerzo, es el de la mujer que produce
un niño; pero en este caso la muj er no puede vivir del niño : es
el niño el que vive vo razmente a costa de ella.
Robinson Crusoe. podría haber proclamado en su isla desierta
que las barcas, las chozas y las vallas que construía con los mate-
riales qUe le facilitaba la Naturaleza, le pertenecían porque sólo
se debían a su propio esfuerzo; pero cuando tornó a la civiliza-
ción no podría haber puesto la mano encima de una silla o una
mesa de su casa que no fuera debida al trabajo de docenas de
hombres : los obreros forestales que habían plantado los árbo-
les, los leñadores que los habían cortado, los madereros, barque-
ros, marinos y acarreadores que los habían transportado, los a.M-
:-; II AIV
n'adores que los lJabían codado en planchas, los tapiceros y eba-
nistas que los habían convertido en mesas y sillas, para no men-
cionar a los comerciantes que habían dirigido todos los negocios
implicados en estas trilnsacciones, y los constructores de los talle-
,'es y los barcos, etc., etc . 'roda el que reflexione unos minutos
verá que tratar de r epartir la riqueza dando a cada obrero exacta-
mente lo que ha producido, es como tratar de determinar la can-
tidad ele agua que añade una gota de lluvia de un fuerte aguacero
a una cisterna : es materialmente imposible.
Lo que sí puede hacer se es pagar a cada cual con arreglo a l
tiempo que invierta en su trabajo. El tiempo es alg·o que puede
medirse en cifr as . Es muy fácil pagar a un obrero el doble por
dos horas de tr abajo que por una. Hay personas que trabajarán
ti. sei s peniques pOl" hora, otras a diez y ocho peniques, otras a
dos. guineas y otras, en fin, que trabajarán a ciento cincuenta
libras por hora. Estos precios dependen del número de competi-
dores que esper en trabajo en una industria y de si las personas
que lo necesitan son r icas o pobres. Pagamos un chelín a una
costurera por coser una hom, o a un jornalero por cortar leña
cuando hay abundancia de costureras y jornaleros sin trabajo que
se esfuer zan por conseguir colocación, ofreciéndose a un precio
que apenas puede mantenerl es j untos el cuerpo y el" alma. Paga-
rnos a una actriz pOpll lar dos o h escientas libras a la semana, y
otro tanto a una cantante de ópera famosa por una sola noche,
porq ue el público paga más que eso por oírlas. Pagamos ciento
cincuenta libras a: un cil'ujano afamado por cortarnos el apéndice,
o i1 un abogado [amaso para que nos defienda, debido a que son
pocos los cir uj anos Y los abogados famosos, y muchos los pacien-
tes Y 105 clientes que se di sputan sus servicios; esto se llama la
determinación el e] precio del ti empo de trabajo por la oferta y
la demanda.
Desgraci adamente, la ofed a y la demanda puede producir r e-
s u ltados poco deseables . Un reparto en el que una mujer percibe
un chelín y otra mi l cl1 elines por una hora de trabajo, carece de
sentido: no es nada más qu e algo rue ocurre y no debe ocurrir .
Un niño de rostro interesante y agraciado, además que tenga ta-
lento para I1Ctor , puede trabajal' en el cine y ganar cien veces méÍs
CJlle 10 C] uo puede ganal' s u madre trabajando afanosamente en
\loa profesión ordinari a. y lo que es peor, una muchacha her -
mosa puede ganar '0.11 el vicio JrI11 cho más que su modesta. henmt -
nn. el e hones La esposa y madre.
_ Por otra. pUl' te, no es tan fácil determinar el tiempo invertido
en un Lrabajo como i:\. pr imer a vista. parece. Pagar ,t un j ornal el'o
(; u í l\ DEL SOCJil Ll ::;i\ IU l'
el doble por dos horas de trabajo que por una, es tan sencillo Cuma
que dos y dos son cuatro ; pero cuando se trata de repartir entre
una cantante de ópera y su doncella, o entre un jornalero y un
doctor, se ve que no puede decirse cómo ha de pagarse el tiempo.
La doncella y el jornalero hacen lo que puede hacer cualquier
persona normal, sin largo estudio ni aprendizaj e. El doctor tiene
que pasarse seis años estudiando y ejercitándose, después de ha-
ber recibido una buena educación general , para estar en condi-
ciones de realizar su trabaj o, y pretende que detrás de cada mi-
nuto que pasa a nuestra cabecera hay seis años de trabajo gra-
tuito. Un obrero experto dice, asimismo, que detrás de cada golpe
de su martillo hay siete años de aprendizaj e. La cantante de ópera
ha tenido que invertir mucho tiempo en aprenderse sus papeles,
aun cuando, como a veces ocune, no haya aprendido a cantar.
'I'odo el mundo reconoce que esto supone una diferencia ; ' pero
nadie puede medir exactamente esta diferencia ni en tiempo ni
en dinero.
La misma dificultad surge cuando se intenta .comparar el va-
lor del trabaj o de una muj er inteligente con el de una necia.
Puede pensarse que el trabajo de la muj er inteligente vale más;
pero cuando se trata de decir cuánto más vale en libras, chelines
y peniques, hay que renunciar a ello y . recurrir a la ley de la
oferta y la demanda, confesando que la diferenci a no puede me-
dirse en dinero.
En estos ejemplos he mezclado la fabricación de cosas con la
realización de servicios; pero ahora he de hacer resaltar esta dife-
rencia, porque la gente irrefl exiva suele considerar más productor
a un fabricante de ladrillos que a un clérigo. Cuando un carpin-
tero de pueblo hace una barrera para que el ganado no penetre
en un campo de tri go, tiene algo sólido en sus manos que puede
considerar de su pertenencia hasta que el agricultor se lo pague.
Pero cuando un chiquillo hace ruido para, espantar a los pájaros
no tiene nada que mostrar , aunque el ruido sea tan necesario
como la barrera. El cartero no construye nada : lo úni co que hace
es entregar cartas y paquetes. Tampoco el policía construye nada,
y el soldado no sólo no hace cosas, sino que las destruye. El médico
hace a veces píldoras, pero esto no constituye su verdadera mi-
sión, que consiste en decirnos cuándo debemos tomar píldoras y
qué píldoras hemos de tomar , a no ser que tenga el buen sentido
de decirnos que no tomemos ninguna, y nosotros tengamos el
bu n sentido de creerl e cuando nos da. un buen consejo y no uno
maJo. El legisLa 110 ha e nada substancial, ni el cléri go, ni el
miembro del Parlamento, ni la criada (aunque a veces rompa
28
BERNARD HAW
algo), ni el .r ey, ni la reina, ni el actor de teatro. Cuando han rea-
lizado su trabajo no tienen nada en la mano que pueda ser pesado
o medido : nada que el autor pueda retener hasta que los demás
se lo paguen. Todos ellos están afectos a un servicio : al servicio
doméstico, como la cria.da; al servicio comercial, como el secreta-
rio de la fábrica; al servicio del Gobierno, como el cartero, o al
servicio del Estado, como el rey; y todos los que tenemos con-
cienci a nos consideramos afectos a lo que algunos llaman el ser-
vicio de Dios.
Así, pues, además de las personas que construyen las cosas
substanciales, tiene que haber personas que descubran cómo de-
ben construí rse . Además de las personas que hacen cosas, tiene
que haber personas que sepan cómo han de hacerse y decidan
cuándo deben hacerse y en qué número. En la sencilla vida rural ,
la misma persona tiene que fabricar, realizar y concebir las cosas
cuando se trata de un herrero, un carpintero o un albañil ; pero
en las grandes ciudades y en los países eminentemente civiliza-
dos esto es imposible: un grupo de personas tiene que realizar
lo que otro grupo concibe que ha de hacerse en determinado mo-
mento, en cierta cantidad y por determinadas personas.
Esta división del trabajo beneficiaría a nuestros pueblos, pues
es una gran traba para la vida rural que se pidan tantas cosas dis-
tintas a un agricultor; éste. no sólo tiene que cultivar y alma-
cenar el grano (dos artes di stintas y difíciles), sino que también
¡,iene que ser un hombre de negocios y llevar cuentas complicadas
.Y vender sus cosechas y su ganado, tarea muy distinta, que re-
r¡ uiere otra clase de hombre. Y por si esto fuera poco, también
tiene que cuidar de su hogar, de suerte que se quiere que sea al
mismo tiempo labrador, hombre de negocios y hacendado, siendo
el resultado que la agricultura está hecha un verdadero lio; el
agricultor es pobre porque es mal hombre de negocios; el hombre
de negocios es pobre porque es mal agricultor, y ambos suelen ser
malos maridos porque no trabajan lejos del hogar, al que llevan
toda.s sus preocupaciones en vez de dejárselas en una oficina urba-
na, sin pensar más en ellas hasta la mañana siguiente. En los ne-
gocios de la urbe, unos hombres realizan el trabajo manual, otros
llevan las cuentas, otros eligen los mercados de compra y venta,
y todos ellos olvidaIl su trabajo cuando se van a sus casas.
Las mismas perturbaciones se observan en la misión casera de
la muj er . Se espera de ella que haga muchas cosas distintas, y
puede ocurrir que sea muy buena ama de casa y muy mala coci-
nera. En Francia esto carecería de importancia, porque toda la
famili a se iría a comer al restaurante más próximo ; pero en el
GulA DEL SOCiALISMO y EL CAPITALISMO
campo, la mujer tiene que cuidar la casa y cocinar, a no ser que
pueda permitirse tener una cocinera. Puede ocurrir que sea buena
ama de casa y buena cocinera, pero que no sepa cuidar a los ni·
ños, y en tal caso, si no puede permitirse tenel: una niñen capaz,
tiene que hacer lo que no sabe, al mismo tiempo que lo que sabe
hacer bien, por lo cual estropea lamentablemente su vida.· Por for-
tuna para ella y para los niños, la escuela (que es un principio
de comunismo) se los quita de las manos durante casi todo el día.
Es evidente que la mujer auxiliada por los criados, los restauran-
tes y las escuelas tiene más probabilidades de triunfar en la vida
que la muj er que tiene que hacer al mismo tiempo tres cosas muy
distintas.
Acaso el mayor servicío social que puede prestar cualquiera
a su patria y a la humanidad es crear una familia; pero también
en este caso, como no se trata de nada vendible, existe una pro-
pensión muy extendida a no considerar como trabajo el de la mu-
jer casada y a tener por muy natural que no se le pague por él.
Al hombre se le pagan salarios más altos que a la mujer porque
se supone que tiene que mantener a una familia, y, sin embargo,
si se gasta esta diferencia en la bebida o en el juego, la mujer no
puede apelar contra él si está casada. Pero si es un ama de casa
contratada por él, puede reclamar sus salarios legalmente. Y el
hombre casado se encuentra en la misma situación. Cuando su
esposa se gasta el dinero de la casa en la bebida, tiene que aguan-
tarse, aunque podría hacer encarcelar po)' robo a una sirvienta
si le hiciera lo mismo.
A la vista de estos ejemplos, ¿cómo puede una mujer inteli-
gente determinar el valor monetario de su tiempo comparado con
el de su marido? Jmaginaos que su marido toma la cosa como un
negocio, y dice; "Puedo tomar un ama de casa por tanto, una ni-
fiera por cuanto, una cocinera por esto y una linda señorita que
me haga compañía por lo de más allá. Sumando todo ello, se ten-
drá el valor de una esposa; pero esta cantidad es mucho mayor
de lo que yo puedo pagar:" i Imagináosla a ella alquilando un ma-
rido por horas, como si fuera un taxi!
Sin embargo, la renta nacional tiene que repartirse entre ma-
ridos y esposas lo mismo que entre personas extrañas, y como
la mayoría somos maridos y esposas, todo sistema de reparto que
fracase al ser aplicado a los maridos y las esposas falla en lo prin-
cipal y no sirve para nada. El antiguo sistema de dárselo todo al .
hombre y dejar que la mujer obtenga lo que pueda sacarle con-
duj o a tales abusos, que tuvo que ser modificado por los Decretos
de la Propiedad de . las mujeres casadas, según los cuales la mu-
RRRNAHn SH:\W
jer rica casada con un marido pobre puede conservar sus bienes
si Sll marido es condenado a cadena perpetua por no pagar sus
impuestos . Pero como de cada diez familias nueve no poseen
[Ol'tuna ninguna , las mujeres tienen que aprovechar lo mejor po-
sible lo que sus maridos ganan en su profesión, y esto da 1 ugal·
eL las cosas más extrañas: la esposa que no tiene nada suyo, y los
bijas mayores que ganan unos cuantos chelines a la semana, sacan
lo que les falta para tener un salario vital el el salario del padl'e;
ele suerte que la gente que emplea a los niños por poco dinero, lo
que hace en r alidad es expl otar al padre, que acaso sea ya bas-
tante explotado po!" su propio patrono. D esto volveremos a ha-
blar más adelante.
Si se pretende endereza!' es te entuerto dando a .la mujer, a
los niños y al hombre lo que produce cada cual con su trabajo o
el dinero que vale el tiempo que en él emplea, el sistema resulta
disparatado e imposibl e. Sólo nn lunático intentaría ponerlo en
Iwáctica.
IX
A CADA CU!\L LO QUE ¡vlEHECE
E
L segundo sistemct qlte tenemos que examinar es el de dar
a cada persona lo que merece. Muchas personas, en par-
. tícular las que gozan de Duena posición, creen que esto es
lo que ocurre ahora, que el trabajador, el sobrio y el ahorrativo
nunca se ven necesitados, y que la pobreza se debe a la ociosidad, I •
(1, la imprevisión, a la bebida, al juego, a la falta de honradez y,
en general, al mal carácter. Pueden alegar el hecho de que un
obrero que tiene mal caráct,er tarda más en encontrar trabajo que
ot,ro que lo tiene bueno; que un agricultor o hacendado que se en-
tl'ega apasionadamente al juego e hipoteca sus tierras para vivir
de un modo dispendioso JI extravagante no tarda en verse reduci-
do a la pobreza, y que el hombre de negocios perezoso, que no
atiende a sus asuntos, acaba por declararse en quiebra. Pero esto
prneba únicamente que no se puede comer el bollo y guardarlo :
no prueba que la parte que Je ha tocado a uno sea justa. Esto de-
muestra que ciertos vicios y flaquezas nos empobr ecen; pero ol-
vida que hay otros vicios que nos hacen, ricos. Las personas duras,
codiciosas, egoístas, cru ¡:l l es, que siempre es tán dispuestas a apro- I
vecharse del vecino, se enriquecen en segui. da si tienen el talento
de no pasarse de listas. Por otra parte, las personas generosas, al-
truístas, afables, que no están siempre al. acecho de toda oportuni-
dad, permanecen pobres si. así han nacido, a menos que tengan
un tal ento extraordinario. Asimismo, según están hoy las cosas,
unos nacen pobres y otros nacen con cucharas de plata en la
boca, es decir, que se hallan divididos en ricos y pobres antes de \
que puedan tener ningún carácter. La idea de que nuestro sistema I
actual distribuya la riqueza con arreglo al mérito puede recha-
zarse 'sin vacilación por ridícula. Todo el mundo puede ver que,
pOl' l'eglit genel'al, este sist.ema ti ene un efecto contrario: hace muy
\
BERNAHD SB A W
ricas a unaS cuantas personas ociosas y muy pobres a muchisimo:-
seres laboriosos.
Al ver esto, inteligente seriara, seguramente pensará usted
que si la riqueza no se distribuye con arreglo al mérito, así debe-
ría ser, y que deberíamos poner manos a la obra para modifi car
nuestras leyes de forma que en lo sucesivo los buenos sean ricos
en proporción a su bondad, y los malos, pobres en proporción a
su maldad. Esta idea tropieza con varias objeciones; pero la
primera zanja la cuestión definitivamente, y es que semejante pro-
pósito es imposible. ¿ Cómo va a medirse en dinero el mérito de
cada cual? Elij a usted la pareja de seres humanos que más le
gusten, hembras o varones, y vea si puede usted decidir cuánto
debe poseer cada uno de ellos con arreglo a su mérito. Si vive us-
ted en el campo, elija al herrero y al cura del pueblo o a la lavan-
dera y la maestra. Actualmente, el cura suele percibir menos que
el herrero; sólo en algunos pueblos percibe más. Pero no importa
10 que ahora percibe: usted está tratando de establecer un nuevo
orden de cosas, en el que cada cual perciba lo que merezca .. No
es necesario que fij e usted una cantidad para cada uno. Lo único
que tiene que hacer es esta.blecer la proporción ent re ambos. ¿Debe
percibir el he·rrero lo mismo que el cura, o el doble? ¿ O debe per-
cibir la mitad? ¿ O cuánto más o menos ? De nada sirve deci r
que uno debe percibir más y el otro menos: lo importante es de-
cir exactamente cuánto más o menos en una proporción calculable.
Pues bien, examinémoslo. El cura ha recibido una instruc-
ción especial ; pero eso no es un mérito suyo porque se lo debe a
su padre, de suerte que no puede concedérsele nada por ello. Pero,
gracias a esto, puede leer en griego el Nuevo Testamento, de modo
que puede hacer algo que el herrero no puede hacer . Por otra
parte, el herrero puede hacer una herradura, cosa que no puede
hacer el cura. ¿ Cuántos versículos del 'l'estamento griego puede
valer una herradura? Basta con hacerse tan cándida pregunta
para ver que nadie puede contestarla.
Puesto que de nada sirve medir su mérito, ¿por qué no inten-
tar medir sus defectos? Supongamos que el herrero blasfema mu-
cho y se emborracha de vez en cuando·. Todo el pueblo puede" sa-
ber esto; pero el cura tiene que guardarse sus defectos . Su mujer
los conoce ; pero no ha de decírselos a quien pretenda conocerl os
para r educi rle la paga. Podernos estar seguros de que, como mor-
tal que es, ti ene que tener defectos; pero no podemos averi guar-
los. Sin embargo, supongamos que tiene defectos que logr amos
descubrir. Supongamos que tiene un carácter agrio, que es hipó-
crita o vanidoso, que se preocupa más del deporte y de la buena
GUÍA DEL SOCIALI Sl\10 y EL CAPITALISMO
33
sociedad que de la religión. ¿Le hará esto tan malo como el he-
]Tero, o el doble de malo, o el doble y cuarto, o solamente la mi-
tad? En otras palabras: si el 11 e1'1'ero ha de tener un chelín, ¿ ha
de recibir también el cura un chelin, o seis peniques, o cinco pe-
ni.ques y un tercio, o dos chelines? La insensatez de estas pregun-
tas salta a la vista. En el momento en que nos conducen de las
generalidades morales a detalles mercanti les, toda persona sen-
sata advierte que no puede establecerse ninguna relación entre las
cualidades humanas, buenas o malas, y sumas de dinero grandes
o pequeñas. Puede parecer escandaloso que un boxeador reciba
por golpear a otro en Wembley con tal fuerza que éae al suelo y
no puede levantarse en diez segundos, 1a mi sma suma que se
pag'a 'al arzobispo de Canterbury por actuar nueve meses de
primado de la iglesia anglicana ; pero ninguno de los que protes-
tan contra este escándalo puede expresar en dinero la diferencia
entre ambos casos. Ninguna de las personas que creen que el bo-
xeador debe percibir menos que el arzobispo puede decir cuánto
menos. Lo que percibe el boxeador por seis o siete minutos de bo-
xeo valdría para ganar el s'alario de dos años de un juez, y t.odos
estamos de acuerdo -en que no puede darse .cosa más ridícula y en
que un sistema de distribuír la r iqueza qu e conduce a tales ab-
surdos tiene que ser- equivocado. Pero suponer que este sistema
podría modificarse calculando que una onza de arzobispo o tres
onzas de juez valen tanto como una libra de boxeador, serí'a toda-
vía más necio. S-e puede averigllar cnántas lámparas vale una libfH.
de manteca en el mercado en un día determinado; pero cuando
se trata de calcular el valor de las almas humanas, lo más que
puede decirse es que todas tienen igllal valor a los ojos de Dios. Y
esto no nos ayud'ará en lo más m[nimo a r eso lver cuánto dinero
debe dárseles. Hay que renunciar simpl emente a ello y admitir que
distribuír el dinero -con arreglo al mérito sobrep-asa el discerni-
miento y el raciocinio de los mortales.
x
A CADA CUAL LO QUE PUEDA COGER
E
L tercer sistema,. el de dejar que cada ,cual lo que
pueda poner baJo sus manos, producirla un mundo en el
. que no habría paz ni seguridad. Si todos fuéramos igual-
mente fuertes y astutos, tendríamos todos las mismas posibili da-
d es; pero en un mundo en el que hay niños, ,ancianos e inváli dos
y en el que los adultos normales de la misma edad y fuern V11-
'fÍ an grandemente en codicia y perversidad, no ocul'rirí.a tal cosa :
pronto nos cansaríamos de ello. Hasta los piratas y las cuadrillas
de bandidos prefieren entenderse pacíficamente para el repart0 del
botín a disputárselo a zarpazos.
Entre nosotros, aunque el pi llaje y la violencia están pro'lJ ilYi-
dos , permitimos que los negocios sean dirigidos sobre el principio '
de dej,ar que ·cada cual saque lo que pueda, sin pensRl' nRda más
qu e en sí mismo . Un tendero o un no os Cj ui lal,{m el
bolsillo; pero os sacarán todo el dinero que puedan. "fado el mun-
do tiene libertad en los negocios para sacar lo más y dar lo menos
posible a sus clientes. El Rlquiler de las caSRS puede ser elevado
'Sin tener en cuenta el -coste de su producción ni la pobreza del
inquilino; pero esta libertad produce tan malos resultados, que
continuamente se están dictando nuevas leyes para restringirla,
y aunque es una parte necesari a de nuestra libertad el pode e gas-
t ar nuestro dinero y usar nuestros bienes oomo bi en nos pal'ezca,
tenemos que ver cuánt o dinero y qué bi enes debemos empezar por
-tener . Esta d istribución debe hacerse con arreglo a alguna . ley.
La anarquía (o ausencia de toda ley) no da resultado. Debemos
proseguir nuestra busca de una ley jLl sta pra cticab le.
XI
LA OLI GARQUÍA
E
L cuarto' sistema es elegir a una persona de cada diez, pOI'
ejemplo, y hacerla rica sin trabajar, obligando a las Gtras
nueve a trabajar sin descanso todo el dia, dándoles tan
. ólo lo indispensable para vivir y para mantener a una familia que
,continúe su esclavitud cLl ando ellas envejezcan y mueran. i.i:sto
viene "a ser lo que ocurre actualmente, toda vez que una décima
parte de la población ingles'a posee las nueve décimas partes d
toda la propi edad nacional , mientras que la mayor ía de las otras
nueve décimas partes no tienen propiedad ninguna y viven al día
de salarios apenas suficientes para sostenerlas La
ventaja que pretende ofrecer este sistema es que nos dota de
una nobleza, es decir, d una clase de personas ricas qu pueden
,perfeccionarse mediante una educación costosa, de suel"t e que 11e-
.gan a hallarse en condiciones de gobemar el país y hacer y man-
..t ener sus leyes, organizar y dotal' de oficialidad al ejército para
la defensa nacional, patrocinar y sustentar la enseñanza, la cien-
cia, el arte, la liter'atura, la filosofía, la religión y todas las insti-
t uciones que distinguen a las grandes civili zaciones de los simples
-poblados, elevar magníficos edificios, vesti r espléndidamente, im-
oner temor a los rebeldes y dar ejemplo de buenos modales y de
finum. Y lo que es más importante, como creen los hombres de
n egocios, dándoles mucho más de lo que necesitan gastar les fa-
cultamos para ahorrar esas grandes sumas de di nero que reci-
ben el nombre de capital y que se gastan en construír ferrocarri-
les, minas, fábricas llenas de maquinari a y todos los mecanismos
que permiten producir la riqueza en grandes cantidades .
:Este sistema, que se llama oligarquía, es el antiguo sistema
inglés de divi dimos en una nobleza que vive de la propiedad y en
un vulgo que vive del tr,abajo : el sistema de la minoría rica y la
mayoría pobre. Durante mucho tiempo ha dado resultado y toda-
I1EHNAL1D ::iHA\V
VíFl 10 sigue d'ando. Y es evidente que si a los r'icos se les quitaram
sus ingresos y se repartieran entr e los pobres en la situación actual"
éstos verían cl isminuíd.a muy poco su pobreza. La acumulación de-
c.; apital cesaría porque nadie podría ahorrar. Las casas de campa.
:;e reducirían a rui nas, y la, instrucción, la ciencia, el arte, la lite-
ratura y todos sus congéneres perecerían. Esto explica por qué,
<;on tanLos los que soportan el actual sistema y sostienen a la
nobleza, aunque se encuentran pobres. Ven que si diez muj eres
sólo pueden producir al año ciento diez libras cada una con su
tntba jo, erú más sensato que nueve de ellas se contenten con
cln cLl enta libnts y que la décima sea una dama educada, una seño-
rita, dándole qui. nientas libras sin obligación de trabajar ni otro-
compromiso que la esperanza ele que descubra el modo de hacer
que el tmbajo de }as otras sea más fructífel'o en beneficio suyo.
en lugar de obstinarse en que cada una reciba cientn diez llbras
anuales. Aunque actllalmente hacemos este arreglo porque nos ve-
mos obligados a ello y sin que la mayorí,a lo sepa, es, sin embar-
go, concebible que ¡ú comprendiéramos Jo que estamos haciendo
y pudiéramos segui.r haciéndolo o no, según nos pareciera mejor,
puede qlle lo hiciéramos de todos modos por el gusto de
una nobleza que mantuviera en el mundo algo más excelso qn
una rmlC!hedumbre miserable igualmente pobre y atada al trabaj o
manual pri. mitivo.
Pero los ,abusos a que da lugar este sistema son tan terribles,.
que el mundo está empezando a alzarse contra él. Si decidimo&
seO'uil' manteniéndolo, lo primero que hay que hacer es determi-
nar quién ha el e ser la décima persona: la señorita. ¿ Cómo puede
decidirse esto? Podríamos empezar por echarlo a suertes, des-
pués de lo cual los nobles podrían .casarse entre sí y ser sucedido
por sus primogénitos. Pero lo malo es que cuando tuviéramos es-
tablecida así nuestra nobleza, no tendrLamos ninguna g1arantía d
que hiciera, ninguna de las Dosas que esp81'ábamos y por la que la
pagábamos. Pese a sus buenas intenciones, la nobleZ!a gobierna el
país muy mal, porque se halla muy distanciada elel vulgo, CUya
necesidades no comprende . Empl ea su poder para acrecentar su
l'iqLl ezH, obligando al vulgo a trabajar más y pel'cibir menos.
Gasta cantidades enormes e11 deportes y distracciones, en gloto-
nería y ostentación y muy poco en l.a ciencia, el. arte y la instruc-
clón. Produce la pobreza en una escala inmensa, apartando de la
producción a obreros q.ue emplea en un superfluo servicio domés-
tico. Elude los deberes militares o convierte el ejército en una.
gal a elegante y un inst rumento de opresión en el interior del país.
y de conquista en el extranjero. Corrompe la enseñanza en las-
y en las escuelas para glorificarse y ocultar SUf'-
GuíA DEL SOCIALTSi\ IO y eL CAPITALISMO
39
desmanes. Lo mism.o hace con la Iglesia. Trata de manien0l' a.l
vulgo en la. pobl'ez.a, la ignorancia y el servilismo para hacerse
más indispensable. Y, por (Iltimo, hay que arrebatarle sus obliga-
ciones y transmitírselas al Parlamento, al servicio civil, al Minis-
terio de Guerra y Mm'ina, a los Ayuntamientos, a los guardianes
ele la ley del pobre, a los Concejos de condado, parroquia y dis-
trito, a empleados asalariado!" y juntas de directores remunera-
dos, a sociedades e instituciones de todo género que dependen de
los impuestos o de la contribución pública.
Cuando ocurre esto, como ha ocurridü ya, todas las razones
culturales y políticas en pro del mantenimiento de la nobleza se
desvanecen. Siempre ocurre cuando la vida urbana se desarrolla
y vi_ene a suhstituír a la vida rural. Cuando una dama noble resi-
de en sus posesiünes en un punto del país en que la vida es toda-
ví a muy sencilla, y lo más parecido a una ciudad es una aldea
que está a diez millas de la estación ferroviaria, la gente acude a
ella cuando necesita lo que no produce con su trabajo cotidiano.
Esta señora representa todo el esplendor, la grandeza y el roman-
ticismo de la civilización, y hace por ellos mucho más de lo que
ellos podrían hacer por sí mismos. De este modo los clanes mOnk'L-
ñeses, antes de que Escocia se civilizara, tenían un jefe. Los miem-
bros del dan le daban con gusto la parte del león de las tierras
y los productos que podían reunir o del botín que cogían en sus
incursiones. Lo hacían así porque no podían luchar con éxito sin
un jefe y no podían vivir juntos sin un legislador . Su jefe era
para ellos lo que Moisés para los israelitas en el desierto. El jefe
montañés -era prácticamente el rey de su clan, del mismo modo
que la daula noble es una reina en sus posesiones . La lealtad que
se le guard.aha era instintiva.
Pero cuando un jefe montañés penetraba en una ciudad, tenía
menos poder que el primer alguacil con que se tropezara. De
hecho se daba a veces el caso de que el alguacil le cogía por su
cuenta y las autoridades de la ,ciudad }e ahorcaban. Cuando la
dama. noble abandona sus posesiones y viene a Londres a p.asar
la temporada, se convierte en una persona 'sin importancia, salvo
para sus conocidos personales. Todo lo que ella haoo por la gente
en el campo lo hacen en LOl'ldres empleados públicos de todas .
clases, y cuando abandona su país y se establece en América o
en 'el continente para eludir la contribución inglesa, no se la echa
de menos en Londres: todo sigue lo mismo que antes. Pero sus
a rrendRtal'ios, qüe tienen que ganar el dinero que ella gasta en
el 'extranjero, no obtienen nada de ella y la censur.1n por haber
hIrido . .
Hay C]lli en ~ e extn ña de que l.a oligarquía no sea consentida ya
40
BERNARD SHAW
con agrado. Gran parte del dinero que reúnen los oligarcas se les
reti ra ahora por medio de impuestos, de suerte que jas fami lias
linaj udas se ven reduc{das rápidamente al nivel de los ciudadanos
ordinarios , y .c u.ando hayan perdido sus posesiones, .como ocurri-
t'á tftaS unas· uantas generaciones que sufran la ley de herencias,
sus títulos sólo les servirán para hacer ridícula su pobreza. Mu-
ohas de sus más famosas fincas son ocupad,as ya por familias de
negociantes ricos de calidad vulgar o por sociedades cooper'ativas
o centros de confer enci.as y recreo, o por hoteles, escuel'as y ma-
ni·comios.
Por lo tanto, debe afrontarse el 'hecho de que en una civiliza-
ción como la nuestra, en la que la mayor parte de l·a población vive
en .ciudades, en la que los ferrocarriles, los automóviles, el correo,
el telégrafo, el teléfono, los gramófonos y la radio han llevado al
campo los usos y la cultuDa de la urbe y en donde hasta el pueblo
más ínfimo tiene su mitin panoquial y su policía comunal, las
antiguas razones en favor de hacer muy ricas a unas cuantas per-
sonas, mientras todas las demás trabajan duramente para poder
vivir, han desapar ecido. El sistema ya no da resultado ni siquiera
en las montañas.
No obstante, queda una razón para m,antener una c.lase de
personas excesivamente ricas ,a expensas de las demás, y los hom-
bres de negocios la consideran la más fuerte de todas. Esta razón
es que de ste modo se acumul.a el capital , porque se da a algunas
personas más dinero del que pueden gastar fácilmente, lo cual les
permite ahorrarlo (el capital es dinero ahorrado) sin ninguna
privación. El argumento consiste en que si la renta se distribuyera
más equitativamente, tendrí·amos todos tan poco que nos gastaría
Á
mas todos los ingresos y no se ahorraría nada para construir ma-
quinaria, fábricas y ferrocarriles, pamabrir minas, etc. Ahora
bien; es sin duda necesario para la prosperidad de la civi li za-
ción que se efectúe este ahorro; pero dif ícilmenLe podría imagi-
narse un modo más costoso de efectuarlo.
Digamos en primer término que es muy importante que no se
ahorr,e nada mientras no se gaste lo suficiente: lo primero es gas-
tal' . Una nación que construye máqninas de vapor antes de que
sus niños teng'an la leche suficiente para fortalecer sus pi ernas,
comete una necedad. Y, sin embargo, esto es justamente lo que
hacemos con este sistema de hacer ricos a unos cuantos y pobres
a las masas. Aun en el caso de que antepongamos la máquina de
vapor él la leche, nuestro sistema no nos asegura que hayamos de
t ener la máquina, y si la tenemos no nos asegura que hayamos
de verla funcionar en nuestro país , Una gran parte del dinero
que se dió a los hacendados de Inglaterra para que esti.mularan
GUÍA DEL SOCIALISMO y EL CAPITALISMO
pI arte y la ciencia Jo gastaron en las riñas de gallos y en las
carreras de caballos, e igualmente una notable proporción del
dinero que entregamos a nuestros oligarcas para que lo inviertan
en capital, éstos lo gastan en cosas personales. Puede decirse de
las personas muy ricas que no empiezan a ahorrar ihasta que no
pueden gastar más, y que continuamente están inve!ltando nuevas
y costosas extravagancias, que hubieran sido imposibles hace cien
años. Cuando su renta supera a su extrav1agancia, hasta el punto
de que tienen que usarla como .capital o tirarla a la calle, nada ha:;
que impida que 1a inviertan en Sudamérica, en Africa del Sur,
en Rusia o en China, aunque no podamos sanear nuestros ba-
rrios pobres por falta de capital que se aplique a nuestro país .
De este modo se envían todos los años al extranj ero centenares
de millones de libras y nos quejamos de la competencia de los
extranjeros mientras permitimos que nuestros capitalistas les
proporcionen a costa nuestr a la misma maquinaria con que nos
afl' ebatan las industrias .
Por supuesto, los capitalistas alegan que no por ello
más pobres, porque el interés de su capital vuelve a nuestro país
pntregado por los países en donde ha sido invertido, y como ellos
lo invierten en el extranjero únicamente porque allí le sacan má
interés que en su paÍ's, nos aseguran que en realidad salimos ga-
nando con su exportación de .capital, porque esto les permite gas-
tar más en su patria y, por consiguiente, dar más trabajo a los
obreros británicos. P ero nada nos garantiza que se lo gasten aquí :
.; lo mismo pueden ir a gastárselo a Montecarlo, a a Egipto
o a otro sitio cualquiera, y cuando se lo gastan aquí y nos dan
trabajo falta preguntar qué clase de trahajo es el que nos dan.
Cuando nuestras granjas, nuestras fábricas y nuestros taller8s se
hallan arruinados porque importamos los alimentos y los vestidos
del extranjero en lugar de hacérnoslos nosotros, no bast a que
nuestros capitalistas nos demuestren que en lugar de las granjas
t enemos los mejores campos de golf del mundo, en lugar de fá-
beioos, ihoteles espléndidos en lugar de ingenieros, armadores,
panaderos, carpinteros y tejedores, mayordomos y camareras,
criadós y doncellas, etc., etc., todos los cuales están mejor paguJ0.'
y más elegantemente vestidos que los obreros productivos a quie-
nes han r eemplaz.ado. Tenemos que considerar la situación en
que hemos de encontrarnos cuando nuestros obreros sean tan inca-
paces de sostener y de sostenernos como los ricos ociosos. Supon-
gamos que los países extranjeros cesan de proveernos a causa de
una revolución seguid,a de la repudiación de sus deudas capita-
listas, como ocurrió en Rusia, o cargando de tributos las rentas
derivadas de inversiones de capital. ¿ Qué será entonces de
,
BERNARD SHAW
nh'os? ¿Qué eS ya, de nosotros a medida que se extl end la t.ribu-
lación de la r nta n los países extt'anjm'os? Puede que el criado
inglés se vanaglorie de que Inglaterra puede sacar más brillo a
las botas de un multimillonario que cualquier país extranjero;
ero ¿ de qué puede sel'vimos esto si el multimillonario es un pobre
o abrumado de impuestos que no tiene botas ;:lOl'
limpiar?
Má.s adel.ante nos extenderemos en detalle sobre esta cuestión
d .1 capital ; mas para el objeto de este capítulo basta demostrar
que el sistema de depender de una oligarquía pal'á La formación
del capital nacional es, no sólo costoso, sino también peligl"D50,
y de un peligro que aumenta a cada avance político del mundo.
La única defensa que le queda es que no hay otro modo de ha-
erlo. Pero este argumento es insostenible. El Gobierno puede,
e mo ya 10 hace en ci rta medida, refrenar los gastos personales
y obligarnos a. llsar parte de nuestros ingresos como capital, de
un modo mucho menos caprichoso y mucho más eficaz que n11es-
tm oligal'quía. Pued nacionalizar la banca, cosa que no tardare-
mos en v r . Esto priva a la oligarquía de su única just.iflCdción
económica..
XII
LA DISTRIBUCiÓN POR CLASES
P
A5EM S ahora al qUint.o sistel:la, que cor:siste en que aunqu
lodo el mundo debe trabaJar, la sociedad debe lhaUal's .
dividida en tantas clases ,como diferentes trabajos hay, y
que .Ias diferentes cLases deben recibir una remuneración distin-
ta por su trabajo. Por ejemplo, los barrenderos, las fregatrices
las sirvientas y los traperos deben recibir menos que los médi-
cos, los Cl1ras, los maestros, las cantantes de ópera y las mujeres
de carrera, y éstos deben recibir menos que los jueces, lo phme-
ros ministros, los reyes y las reinas.
Me dirá usted que esto es j Llstamente lo que sucecle ahora.
Cierto es que así ocurre en m'LlChos casos; pero no hay ninguna
ley que determi ne que las personas empleadas en trabajos dif e-
l'ente hayan de percibir más o menos que otras. Estamos acos-
tumbrados a creer que las maestras, los curas y los médi.cos, POI-
ser señoras y caballeros instruídos, han de perci.bir mús que la".
personas incultas que trabajan con SlJS manos por un salario sema-
nal; pero actualmente el maquinista sin pretensiones de finura
ni de haber recibido educación universi.taria percibe más qll('
mUCihos curas y que alg mos médicos, y una mae tra o institutri 7_
puede darse por muy contenta cuando gana tanto como una buenn
cocinera. Algunos de m6. famosos cirujanos han tenirln
que ludhar terriblemente contra la falta de medios hasta lo Cllü-
renta o los cincuenta años, . - más de L1l1 cura ha sostenido a lmil
familia con un estipendio de setenta libras anuales . POI' Jo tanto,
debe usted prevenirse contra el error común de suponel' que hoy
día necesitamos pagar más por La finura y la eclncación que pOI'
la 'fuerza físic.a. y la astucia natllral o de pensar, que siempre lo
pagamos más. Hay hombr.es muy instruidos que hacen mny poco.
dinero o ninguno, y la finura sin fOl'tuna puede resultar más un
inconveniente que otra cosa para. 1 hombre que necesita ganarSfl
BERNAHD SHAW
Bl sustento. La mayoría de las gtandes fortunas han sido hechas
en la industria o l'a banca por hombres que no tenían la v·entaja
.del linaje o la educación. Algunas de las grandes pobrezas han
sido sufridas por santos o por genios cuya grandeza no fué 1'e-
onocida hasta después de su muerte.
También debe usted abandonar la id a (si es que la tiene; si
no, perdón eme que se la suponga) de que a algunos obreros les
cuesta vivir más que a otros. La misma cantidad de alimento que
mantiene ,a un jornalero en buen estado de salud puede sostener
a un rey. Muchos trabajadores comen y beben mucho más que el
rey, y todos ellos estropean su indumentaria mucho antes. Nuestro
r·ey no es rico en el sentido en que lo son hoy día los ricos. El se-
ñor Rockefellerconsidera probablemente a Su Majestad como un
'hombre pobre, porque el señor Rockefeller, no sólo tiene mucho
más dinero, sino que ño se halla en la obligación de gastarlo en
mantener un gl'·an establecimiento, es decir, de gastarlo en otras
personas. Pero si se pudiera averiguar cuánto gastan el rey y el
señor Rockf.eller en sus necesidades y satisfacciones personales,
se vería que no sería más que lo que gastan ahora otras dos per-
'onas cualquiera que se encuentren en una situación relativamen-
te desahogada . Si se duplicara la dotación del rey, éste 110 come-
ría el doble, ni bebería el doble, ni dormiría el doble de profun-
damente, ni construiría una nueva casa dos veces mayor que el
pal,acio de BLlckingham, ni se casaría con otra reina y: manten-
·dría dos fami lias en vez de una. Cuando sus miles se elevaron a
cientos de miles y sus cientos de miles a millones, el señor Carne-
gie regaló su dinero a montones, porque ya tenía cuanto podía
adquirir por dinero para sí y para su familia.
Entonces se pr.eguntará: ¿ por qué a unos hombres les damos
más dinero de lo que necesitan y a otros menos? La respuesta es
que en la maY9rí,a de los casos no S0 lo damos, sino que lo cogen
ellos, porque no !hemos determinado lo que debe de percibir cada
cual, dejando a ,cada uno que coja lo que su suerte le permita.
P.erüen el caso del rey y otros dignatarios públicos, hemos dis-
puesto que tengan buenas rentas porque pretendemos que a calf-
sa de eUas serán especialmente respetados. Sin ·embargo, la ex-
periencia demuestra que la autoridad no se halla en proporción
con la renta. No hay persona en Europa a la que se .acerque uno
con más temor que al Papa; pero nadie .considera al Papa como
un hombre rico; a veces sus padres y hermanos son gente muy
humilde, y él, por su parte, es más pobr,e que su sastre o su
tendero. El capitán de un transatlántico se sienta todos los días
a la mesa ·con docenas de personas que podrían larrojar su paga
al mar sin echarla de menos, y, sin embargo, su autoridad es
GUÍA. DEL SOCIALISMO Y EL CAPITALISMO
45
tan absoluta que ni el más insol ente pasajero se atreve a fal-
tarle al respeto. El cura aldeano puede que no tenga la quinta
parte de la renta que algunos de sus fieles. El coronel de un regi-
mi,ento puede ser el hombre más pobre en el comedor de la ofi-
cialidad: cualquiera de sus subalternos puede tener el doble de
renta que él; pero, a pesar de todo, él e ~ su superior en autoridad .
El dinero no es el secreto del mando.
Los qu e ejercen la autoridad personal entre nosotros no son en
modo alguno las personas más ricas. Los millonarios que viajan
en costosos automóviles obedecen a los policí,as. En nuestra eRca-
1 a social, los nobles pI\eced en a los h id algas de provincias, los.
hidalgos de provinci'as a los hombres de carrera, los hombres de
carrera a los comerciantes, los comerciantes al por mayal' él los,
comerciantes al detalle, los comerciantes al detalle a los obreros,
expertos y los obreros expertos a los peones; pero si la preceden-
cia social se estable6era ,conforme a la renta, todo esto se alte-
rada por completo, pues los comerciantes precederían a todo el
mundo, y el Papa y el rey se tendrían que quitar el sombrero
ante los destiladores y los fabricantes de conservas.
Cuando hablamos del poder del rico, nos referimos a una
cosa muy real, porque un hombre rico puede quitar su empleo,
a qui en no le guste y puede quitar su cli,entela al comerciante'
que le falte al respeto; pero la ventaja que saca un hombre
de su fuerz,a para arruinar a otro es una cosa compl etamente dis-
tinta de la autoridad que se necesita para mantener la ley y el
ord,en en la sociedad. Puede obedecerse al salteador que os pone
la pistola al pecho pidiéndoos la bolsa o ],a vida. Análogamente s
puede obedecer al casero que os ordena que le paguéis más ren-
t.a si no queréis que os 'ponga los trastos en la calle; pero esto
no es obedecer a la autoriclad: es someterse a una amenaza. La
vel'daelem autoridad no tiene nada que ver con -el dinero, .v en
realidrtd es ejerci da por personas que, del rey ,al alguacil rural,
son más pohres que muchas ele las personas que les ohedecen.
XIH
LA TEORÍA PASIVt\
Y
si dejáramos las .cosas tal corno están?
Esto es justamente lo que desean muchos electores. Aun
cuando no les gusta lo que están h abituados a hacer,
temen ·el .cwrnbio por si empeóra las cosas. Estos son los llamado
conservadores , launque no pasa de ser justo añadir que ningún es-
tadista ,conservador que esté en sus cabales pretende' nunca (no I
siendo por azar en tiempos de elecciones, cuando nadie dice la
v,erdad) que se pueden conservar l.as cosas limitándose a dejarlas
sol,as.
mste parece el sistema más fácil y más seguro; pero lo cierto
es que no sólo es difí.cil , sino imposible. Cuando Josué mandó de-
tenerse al Sal en Gibeon y a la Luna en el valle de Ajalón tan
sólo por veinticuatro horas, resultaba modesto en 00mparación
con los que se imaginan que el mundo se detendrá si ellos no se
cuidan de despertarle. Y al fi n y al cabo Josué sabía que pedía
un milagro,
No es que las cosas estén tan malas que nadie que sepa 10 rnalas
que están no accederá a dej' ar que sigan lo mismo, .pues a esto
podría r ep1i.carse que si no le gustan debe aguantarse, porque
parece ser que no hay modo alguno de cambiadas, La verdadera
dificultad estriba en que las cosas no han de seguir siempr''3 lo
nl.ismo pqr mucho que cuidemos de no altemrlas nosotros . Eso
sería como dej.ar de limpiar la casa y esperar encontrarla al año
siguiente lo mismo que ahora, o dejar dormido al gato junt:) a
la ,chimenea y suponer que ha de encontrársele allí y no en la
despensa al volv,e1' de misa,
,Lo cierto es que las -cosas cambian mucho más de prisa y {
más peligrosamente cuando se las deja sol.as que cuando se las
vigila cuidadosamente. En los últimos ciento ,cincuenta años han
tenido lugar los cambios más asombrosos en ,está misma ouestIón
48
BERNARD SHAW
que estamos examinando (la producción y distribución de la renta
nacional), y precisamente porque lo que era misión de todos no
era misión de nadie y se dejaba que las cosas siguieran su curso.
La introducción de la maquinaria movida por el vapor, y poste-
riormente de la fuerza eléctrica distribuída de casa en casa, como
el agua o el gas, y l,a invención de máquinas que no sólo condu-
cen trenes a lo largo de ta tierra y barcos por encima y por
d,ebajo del mar, sino que también nos conducen a través de los
aires, ha acreoentado nuestra fuerza para producir riquezas y
realizar nuestro trabajo fácil y rápidamente, hasta el extremo de
que ya no hay neoesidad de que nadie sea pobre. Un estableci-
miento de ahorro de trabajo, con estufas de gas, luz eléctrica,
teléfono, aparatos de limpieza de aire comprimido y comuniC'ácio-
nes radiotelegráficas, sólo da una ligera idea de una fábrica mo-
derna llena de máquinas automáticas.· Si cada uno de nosotros
realizáramos nuestra misión sin rechistar, como tuvimos que ha-
cerlo durante la guerra, la ali mentación, el vestido, el alojamien-
to y 'el alumbrado necesario podrían hacerse por la mitad del
esfuerzo que actualmente nos cuestan, quedando la otra mitad
para el arte, la ciencia, la instrucción, el juego, la meditación,
la experimentación y los recreos de todo género. .
Este es un nuevo estado de cosas, un cambio que nos 'ha sor-
creíamos haber dejado las cosas tal como esta-
ban. Y la consecuencia de que no lo esperado, dirigido
y ordenado con vistas al bien de la nación es que adualmente el
pobre está mucho peor que cuando no había maquinaria alguna y
la gente tenía que gastar con más cuidado los peniques que aho-
m los chelines, mientras que los ricos se han enriquecido desme-
didamente y la gente que debería ser empleada en fabricar pan
para los hambrientos y vestidos para los desnudos, o en construír
casas para los sin hogar, desperdician su esfuerzo proporcionan-
do servicios y lujurias a ricos ociosos, que no son, en el vJejo
sentido d'e la expresión, ni selectos ni nobles, y cuya ociosidad ,
frivolidad y extravagancia sirve de ejemplo corruptor.
Asimismo se 'han producido dos revoluciones y media ene!
poder político, medi'ante las cuales los patronos han destronado
a los terrateni'entes, los Anancieros a los pat ronos y las uniones
oln' ents a los financieros. Más adelante le expli caré esto en detalle.
Mientras tanto, ya ha visto usted lo bastante con el auge del parti-
do laborista para creer lo qu le digo de que la política no se
detendrá más que la industria, simpl emente porque unos millo-
nes de t ím idas personas anticuadas voten en tocl'as las
pOlo Jo f]u e ellos llaman consel'vad1..l/' isrno, es decir, pOl'qu cpl're-
mas los ojos 'l ::thramos la. boca.
GUÍA DEL SUClAL1Si\10 y EL CAPIT.\LIS:VlO
Si le hubieran dicho al rey Alfredo CJue llegaría un moruento
en que una famili a ociosa de Inglaterra tendl'Ía cinco casas eno1'-
mes y un yate, mientras mucho tl'abajadOl'es vivirían bacina,dos
en sus casas y medio m1..lertos de hambre, seguramente hubiera
l'eplicado que Dios no toleraría nunca que oc urri eran tales tusas
sino en una nación muy perversa. Pues bi. en; nosotros hemos 1
l
1'es-
cindido de Dios y h emos consentido que suced ier.an , no por per-
versidad, sino por dejar las cosas solas, imaginándonos que así
se quedarían.
¿ Ha observado usted, de paso, que ya no hablamos de dejar
las cosas solas en la misma forma que antig uamente? Hablamos
de dejarlas ,conel', y esto es ya un gran progreso de sentido co-
mún, pues dem1..lestra que a l fin vemos que las cosas se mUeven
y no se están qui etas; pel'o impli ca qu e dejarlas correr es lIlHL
actitud depresiva. Por tanto, debe usted desechar de una vez
para todas la idea de dejar las cos'as tal como están con la espe-
l' anza de que sBguirán como se las deje. Las cosas siguen movién-
dose. Todo lo que podemos hacer en est e sentido es sentamos
'pasivamente y preg untarnos q uéirá a ocurrir. Y esto no será
como sentarse lé1 la milla del río contemplando el paso del agua:
será como ir sentado pasivamente en un carruaje cuyo caballo
se ha desbocado. Puede usted excusarse diciendo: «¿Qué otm
cosa puedo hacer ?» Per o su impotencia no evitará el desastre. En
esta situación, la gente debe de buscar el modo de r ecuperar el
dominio de l caballo, y mientras l o logra d ebe hacer Jo posible por
CJue el car nmj'e siga ,en línea reeLa y no se meta en la cuneta.
La norma el e dejal' las cosas solas en el sent ido práctico de
que el gobierno no debe mezc larse nunca en la cuestión, ha sielo
llamada por los economi stas y los políticos la doctrina pasiva del
laisse1'- f ai1' e. Y ha fnacasado de moclo tan completo en la }Jrádica,
que ya está desacr editada; pero estuvo de moda en la polít ica ele
hace cien años, y todavía es def,endida de modo influyente por
algunos hombres de negocios 11. los que les gustar ía, natnralmen-
te, que se les permitiera hacer dinero a su antojo sin atendel' a
los intereses del públi co.
XIV
¿CUAL ES LA CANTIDAD SUFICIENTE?
A
L parecer, hemos examinado ya todos los sis temas, excep-
to el sociali sta. Antes de tratarlo llamaTé la atención ele
usted acerca de .algo que nos ocurrió en el examen el la
mayoría de los otros. Tratábamos de descubrir un sistema sensa-
ha de distribuír el dinero, y siempre que nos proponíamos cliBLri-
buíde con arreglo a l mérito personal, 'a la perfección, a la digni-
dad o a cualqui er otr.a .cualidad individual, el sistema se veía re-
ducido al absurdo. Cuando tratamos de establecer una relación
entre el dinero y el t rabajo, nos vimos derrotados: era imposible
haoerlo. Cuando tratamos de establecer una rela-ción entre el dine-
ro y el salimos derrotados. Cuando tratamos de
es tablecer una relación entre el diner o y la dignidad que confie-
r e la autoridad, nos ocunió lo mismo. Y cuando renunciamú3 a
ello ' y pensamos en dejar las cosas tal como estaban, vimos que
tampoco esto podía hacerse.
Consideremos, pues, por un momento las condiciones que debe
r eunir otro sistema para ser aceptable. Y en primer término, como
todo el mundo, salvo los frailes franci scanos y las religiosas clari-
sas, dirá que ningún sisliema puede ser aceptable -él no ser que
suprima Ia pobreza (e incluso la pobl'eza franciscana ti ene que ser
voluntaria y no forzada), estudi emos por un momento la pobréza.
Suele admitirse que la pobreza es un infortunio muy desagra-
dable para el individuo que la sufre. Pero cuando los pobres no'
padecen mucha hambre ni mucho frjo , no son más desdichad os
que los ricos, y a veces son mucho más felices. Ii'ácil es encontrar
personas que son diez veces más ricas a los sesenta años que '1 los
veinte; pero ninguna de ,ell as os dirá que son diez veces más fe-
li ces. Todas las personas refl exivas os asegurarán que la felicidad
y la desventura son circunstanciales y no ti enen nada que ver con
el dinero. El dinero puede curar el hambre, p ro no la desdicha.
52 13ERNAHD SHA \V
La comida puede satisfacer el apetito, pero no el alma. Un famoso
socialista alemán, Fernando Lasalle, decía que 10 que Íl'ustmba
sus esfuerzos por rebelar a los 'Pobres contra la pobreza era su
de necesidades. Por supuesto no estaban contentos. Nadie
lo está. Pero no estaban lo bastante descontentos para molestarse
en serio por cambiar su situación. A la mujer pobre puede po.r e-
ced e una gran cosa tener una gran oasa, ·criados en ,abundancia,
docenas de vestidos, un cutis encantador y una cabellera bella-
mente ader ezada. Pero la mujer rica que ti ene estas cosas sneIe
pasarse muciho ti empo en sitios toscos para librarse de ell as. Te-
ner que invertir dos o tres horas diarias en lavarse, vestirse, pei-
narse, maquillarse y darse masaje no es una suerte mayor que
tener que invertir solamente ICÍnco nlinLltos en tales fati gas, como
las llaman los soldados. Los criados son tan molestos, que mucha
señoras apenas hablan de otra cosa uando se reúnen. Un borra-
cho es más feliz que un hombre sobrio; por eso los desgraciados.
se entregan a veces a la bebida. Hay drogas que nos propol' cionan
un éxtasis feli z a la vez que nos arr uinan el cl lerpo y el alma.
Lo importante es nuestra calidad : clri daros de esto y nuestra di cha
se cuid¡ná ,de sí mi sma. Las personas rec tas nunca están a gusto
hasta que ender ezan las cosas; pero están demasi,ado sanas y
demasiado absortas con sus ocupaci ones para preocuparse da la
felici dad. La pobreza moderna no s la pobreza que se bendice
en el sehllón de Ja montaña: la objeción que puede hacérsele
no es que haga desgraciada a la gente, sino que la degrada, y el
hecho de que los pobres pued-an sen ti rse tan felices en su degra-
dación como los r icos en su exaltación empeora la cosa, Cuando"
el rey de Shakespeal' e decía :
Dichosos los que abajo .viven.
Desdi chada la cabeza que soporta 'Una corona,
olvidaba que la felicidad no excusa la bajeza. La chi spa divina:
que llevamos dentro de nosotros se rebela contra la pretensión de
ser sometida a la dBgmdación por la mer!1 felicidad, cosa qUB
puede lograr un cerdo o un borraclho.
La pobreza que hoy existe en todas nllestnis geandes ciudades
degrada eL los pobres e i.nfecta de degradación a toda la vecindad
en que vjven. Y toclo Jo qll e puede degl'udar a una vecindad P1l 8de·
degradar a. una nación, a 1m y, por último, a todo el
mundo civi lizado, r¡u e no es otra cosa que una vasta vecindad ..
Sus pemiciosos efecLos no pl1 eden ser elu didos por los ri cos. Cuan-
do la pol1l' eza 'produce explosiones. de enfel' medades infecciosas:
vir¡il enl-as, como siempre aCUITe tarde o tem'prano, los r icos pue-
den COg'BJ: di chas enf ermedades y ve l.' morir de ellas n. sus hi j -; -::.
GUÍA DEL 'l EL
Cuando produce el crimen y la violencia, los ricos se aterran de
ambas cosas v les cuesta muchí simo proteger personas y sus
bienes. Cuanclo produce los malos modales y el lenguaje vil, los
}'üj os de los ricos se habitúan a ellos por muy ais lados que se les
tenga, y este aislamiento les hace má daño que beneficio. Si las
jóvenes pobres y hermosas descubren, como suele ocurrir, que
pueden hacer más dinel'O mediante el vicio que trabajando hone
radamente, envenenan la sangre de los jóvenes ricos, los cuales,
al casarse, infectarán a sus esposas e hijos, causándoles toda clase
de trastornos fí sicos, que terminan a veces por la deformidad,
la ceguera y la muerte y haciéndoles siempre más o menos daño.
La vieja idea de que la gente puede mantenerse encerrada en si
l11isma ' sin ser afectada por lo que les ocurre a sus vecinos o a las
persona,s que viven a centenares de millas de distancia, es un error
sumamente peligroso. La máxima de que somos miembros unos
de otros no es una mera fórmula piadosa que ha de repetirse en
la Iglesia sin ningún sentido: es una verdad literal, pues aunque
l a parte rica de la ,ciudad puede evitar el vivir con la parte pobre,
no puede evitar el morir con eUa cuando sobreviene la plaga.
La gente podrá encerrarse dentro de sí misma cuanto guste cuan-
do haya terminado con la pobreza; pero hasta entonces no podrá
,apartar de su camino diario la visión, los sonidos y los olores de
¡,a pobreza, ni sentirse segura de que sus más violentos y fatales
males no han de alcanzarla gra:cias a su fuerte guardia de policía.
Por otra parte, mientras sea posibl e la pobreza, nunca estare-
mos seguros de que no ha de sobrevenirnos a nosotros. Si cavamos
un hoyo ,para los demás, nos exponemos a caer también en él.
Si dejarnos al descubierto un 'precipicio, nuestros hij os pueden des-
plomarse por él jUg1ando. Todos los días vemos caer en el hoyo
descubi erto de la pobreza a las familias más dignas y respetables.
y ¿ cómo saber que no nos ll egará también nuestro turno?
La mayor necedad de que puede quizás aéusarse a una nación
.es el intento de utilizar la pobreza como una especie de castigo
por delitos qüe no están penados por la ley. Es muy fáci l decir
de un 'hombre perezoso: « i Oh! Dejadle que sea pobre. Le está
bien empl,eado, por vago. Así aprenderá." Al decir esto nos mos-
tmmos por nuestra parte demasiado perezosos para pararnos a
pensar un poco antes de dictar la ley. De ningún modo podemos
permitirnos tener pobres, sean v,agos o trabajadores, bebedores o
sobrios, virtuosos o viciosos, ahorrativos o imprevisores, sensatos
o necios. Si merecen sufrir, dejémosles que sufran de alguna otra
manera, pues la simple pobreza no les dañará a ellos tanto como a
sus inocentes vecinos. La pobreza es un mal público a la vez que
un infortunio privado. Su tolerancia es un crimen nacional.
HEHN:lRU SlIAW
~ ) o r lo tanto, debemos considerm' como condición incli spensabl p
de una cli stübución sensata de l'a riquoza que todo el mundo d ebE'
tener una parti cipación sufi ciente para verse libre de la pobreza_
Esto no es absolutamente nuevo. Desde los tiempos de la reina
lsabel , la ley inglesa determina que no debe abandonarse a nadie
a la indigencia. Si algui en pide auxilio, aun sin merecerlo, 11 lo
guardianes del pobre, por hallarse en la miseria, dichos guar dia-
nes deben alimentarle, vestirle y darle alojamiento. Pueden ha-
cerlo a r egañadi entes y si.nafabilidad ; pueden prestar el auxili o
baj o las condiciones más desagradables y degradantes que pue-
dan oCUlTírseles ; pueden encargar al pobre un trabajo inútil y
acUoso y mandarl e a la cárcel si se niega a hacerlo ; el aJbergue
que le den puede ser un horribl e asilo general, en el que s
hallen hacinados en .contagiosa promi scuidad el viejo y el joven,
el sano y el enfermo, la muchacha inocente y l.a prostituta endu-
Tecida; pueden señalar el auxili o con un estigma soci,al retirando
el voto al depauperado (si es que lo tiene) e incapacitándole para
desempeñar determinadas funciones públicas o para ser elegido por-
determinadas autoridades ; pueden, en suma, inducir al pobr e r es-
pertable y honrado a soportar cualquier calamidad antes que soli-
citar su auxi.lio ; pero deben auxiliar al indigente, quieras que no,
si se lo pide. En este particular, la ley inglesa es en sus raíces una
~ ley comunista. Toda la dureza y perversidad con que es puesta-
en práctica son magnos errores, porque en vez de salvar al paí
• de la degr adación de la pobrez'a hacen ésta más degradante de
lo que necesita serlo ; pero a pesar de todo, el princi.pio existe.
La rei na Isabel decía que nadie debe morir de hambre y abandono.
Nosotros, por nuest ra parte, después de la t errible experiencia
que tenemos de los efectos de la pobreza en toda la nación, debe-
mos ir más lejos y decir que nadie debe ser pobre. Al repartir
nuestra riqueza, nuestro primer cuidado debe ser dar lo suficien-
te a cada cual para que ",iva con relativo desahogo. Si alguien
hace algo o deja :algo sin hacer que dé motivo a decir que no lo
merece, impídasel e ba,cerlo o fuércesele a realizarlo mediante al-
guno de los sistemas que empleamos para refrenar o forzar a los.
malhechores de todo género; pero no se les deje que, como los po-
. bres, Ihag
1
an sufrir a todo el mundo las consecuencias de sus de-
fectos.
Admitido que no debe dejarse bajo ningún pretexto que 10
hombres sean pobres, falta por ,considerar aún si debe permitírse-
les ser ricos. Una vez que haya desaparecido la pobreza, ¿ tolera-
re1110S el lujo y la extl'.avagancia? Este es un problema intrincado,
porque es mucho más fácil definir la pobreza que el lujo. Cuando
una muj er tiene hambre, o va vestida de harapos, o no tiene, por
GUÍA DEL SOCI ALIS1VI O y EL CAPITALISMO 55
lo menos, una habitación delJicl amente amueblada pata poder
dorm"tr ella sola, es evidente que se halla en la. pobreza. Cuando la
modal idad infantil es en un distrito mucho mayor que en otro;
cu·anclo la edad media de la muerte de los adultos es lTl.enor de los
setenta años; cuando el peso medio de los niños que sobreviven
es inferior al que alcanzan los niños bien cuidados y alimentados,
puede decirse con seguridad que los habitantes de ese distrito se
encuentran en la pobreza. Pero los sufrimientos de los ricos no
pueden medirse tan fácilmente. Que la gente rica sufre bastante
es un hecho harto evidente para todo el que ti ene un conocimien-
to íntimo de sus vidas. Su salud es tan precaria, que siempre
andan en pos de curaciones y operaciones quirúrgicas de todu gé-
nero. Cuando no están realmente enfermos, se lo imaginan. Se !
encuentran continuamente preocupados por su fortuna, sus cria-
dos, sus parientes pobres, sus inversiones de capital, la necesidad
de mantener su posición social, y cuando tienen varios hij os, por
la imposibilidad de dejarles lo suficiente para que puedan vivir
como les han acostumbrado, pues no debemos olvidar que "i un
matrimonio que tiene al año cincuenta mil libras de renta tiene
cinco hi jos, sólo puede dejarles diez mil a cada uno, después de
haberles acostumbrado la vivir a razón de cincuenta mi l y tras Iha-
berles introducido en la sociedad que viven a esa proporción,
siendo el resultado que si estos hijos no se casan en condi ciones
ventajosas gastan más de lo que tienen (porque no saben vivir
de otro modo), y no tardan en verse plagados de deudas. Luego
transmiten g, sus hijos sus trajes costosos, sus amigos ricos . sus
deudas, de suerte que el pl'obl ma va empeorando de generación
en generación, y así es como encontramos por doquiera hombres
y mujeres que no tienen para mantener su posición y que son, por
lo tanto, mucho más miserables que los pobres ordinarios.
Tal vez conozca usted algunas familias acomodadas .qu no
parezcan sufrir con ser ricas. Estas evitan La sobrealimentación,
encuentran oCllpaciones que les conservan la salud, no se preocu-
pan de su posición, invierten su dinero en negocios seguros y se
contentan con un interés pequeño, enseñando a sus hijos a vivü'
con sencill ez ya hacer cosas útiles. Pero esto significa que no viven
como los ricos y, por lo tanto, lo mismo 'podrían tener ingresos 01'- \
dinarios. La generalidad de los ricos no saben qué hacer de sí
mismos, y el resultado es que tienen que entregarse a una :::erie
de obligaóones y :placeres sociales fabricados en su mayoría en
las tiendas elegantes, y que son tan fastidiosos que al terminarse
la tempor.ada elegante los fi.cos se encuentran más ,cansados que
sus criados y sus proveedores. Puede ocurrir que no les guste
nada el deporte; pel:O su posición social les obliga a asistir a las ;
56 BERNARD SIIAW
gl'andes caneras ele caballos y a ir ele célcei'Ía. Puede no g u s ~ a r ­
les la música; pero ti enen que asist i r él la ópera y a los conci ertos
elegantes. Pueden no vest irse a Sil gusto ni hace e lo que les agra-
cla; pero como son l'icos tienen CJll e hacer lo que la gente rica, y
no pueden trabajar , porqlle esto les l'8clucüía inmediatamente a la
condición de gentes vulgar es. Así, pues, como no pueden hacer lo
que les gusta, se ven obligados a complacerse con lo que hacen
y a imaginarse q lJ e se dan una vida estupenda cuando en reali-
dad se sienten 'abulTidos por sus distracciones, fastidiados por sus
médicos, saqueados por los comerciantes y obligados a consolarse
de ser desairados 'por otros rnás ri cos, maltratando a los que son
más pobres que ellos.
Para librarse de este aburrimiento, los espíritus capaces y -ac-
tivos p netran en el Parlamento, en el servicio diplomático o en
el ejér,cito, o admini stran y desarrolJ aí1 sus bi en s y sus negocios
en vez de dejar que lo hagan agentes o ,corredores de bolsa, o
expl cwan ti erras desconocidas con gran audacia. y riesgo, siendo
el resultado que su vida no difi ere de las de las personas que tienen
que hacer esto para poder vivir. As í, pues, los ri cos l' eCluren a
estas cosas, y si no fuera por el continuo temor de caer en la pobre-
za que actualmente nos obsesiona 'a todos, se negarían a. ser fas-
tidiados por una fortuna excesiva. Las únicas personas rl ue sacan
una satisfacción especial de ser más ricas que las demás son Iras
que gozan en la pereza y les gusta imaginarse que son mejores
que sus vecinos y desean que se les trate -como t al. Pero ningún
país p1.l ede permitirse cebar el snobismo. La pereza y l'a vanidad
no son virtudes que han de estimularse: son vicios que deben
suprimirse. Por otra parte, el deseo de vivir en la ociosidad y
poder mandar a los pobres na podría satisfacerse, aun en el caso
de que fuera justo satisfacerlo, si no hubiera pobres que mandar.
Lo que tendríamos entonces no sería personas pobres y personas
ricas , sino simpl emente per sonas con lo sufi·ciente y personas con
más de lo suficiente. Y esto nos conduce a la cuestión radi cal :
¿cuál es lo sufici e.nte?
En la famosa obra de Shakespeare El rey Lear, el rey y sus
hij'as cliscutena,cerca de esto. Para el padre, lo suficiente es tener
un séquito de cien caballeros. Su hij a mayor cr ee que bastaría
con cincuenta. La hermana de ésta no ve qué necesiclad ti.ene de
ningún caballero cuando sus criados ¡pueden hacer todo cuanto ne-
cesita. El r ey le replica que si 'prescinde de lo necesario ella haría
mejor en r;lesechar sus finos vestidos, puesto que una manta le
abrigarí a más. Y a esto la Ihija no puede contestar nada. Nadie
puede determinar lo sufióente. Lo que es suficiente para una
gitana no es suficiente para una gran señora, y lo que es suficien-
GUÍA DEL y EL
57
tte pül' él ulla gniD señora deja a otra compl etamente insatisf e-
cha. Una vez que se haya s uprimido la pobreza, no hay ruón
ninguna para que nos detengamos ahí. Con la maq uinaria mo-
derna podemos producir mucho más de , 10 suficIente para alI-
mentamos , vestirnos y alojarnos decol'Osamente. Es internlitl.a-
b le el número de cosas nuevas que p l, edep descubrirse en el cam-
po de la utilidad o los mejoramientos que podemos reali zar
las cosas que ylÜ usamos . Nuestr,as abuelas se las arreglaban sm
cocinas de gas, sin luz eléctr ica, sin 'automóviles y sin teléfono ;
pero hoy día estas cosas han dejado de ser curiosidades y luj os:
son necesidades naturales, y nadi e que pueda permitírselas es
considerado como un magnate.
Asi mismo se ha elevado el nivel de la educación y la cultura.
Hoy día, una mu jer que fu&ra tan ignorante como la reina Victo-
ria cuando subió al trono sería considerada como una enferma
mental. Porque la reina Victoria se las arreglara muy bien a pe-
sar de su ignorancia, no puede decirse que el conocimiento 00
que 1 aventaja la muj er de ahora es una necesidad de la vida
civi.lizada algo más que Jo que puede serlo un teléfono ; pero la
vida civilizada y la vida eminentemente civilizada son cosas dis-
tintas: lo que basta para una no basta para la ot ra. Introducid
Bn una casa a una muchacha a mecE civilizar , y aunque pueda ser
más fuerte, más dispuesta y de mejor natural que muchas mu-
chachas muy civilizadas destrozará todo lo que no r esista un rudo
manejo. Será incapaz de recibir o enviar mensajes escritos, y en
cuanto a entender o utilizar artefactos civilizados, como relojes,
baños, máq uinas de coser y estufas y escobas eléctricas, tendréis
una gran suerte si lográis hacerla que cierre el grifo en vez de
dejar correr el agua. Y la doncella civilizada, a la que podnan
confiársele todas estas cosas, serí a como un toro en un almacén
de loza si se la dejara suelta en los laboratorios en que trabaj a-
dores científi cos utilii an máquinas e instrumentos de tal delica-
deza que sus movimientos son tan invisibles como los del hora-
rio de nuestros reloj es, y que manipulan y controlan venenos y
explosivos sumamente peligrosos, o en las salas de operaciones en
donde lo cirujanos tienen que hacer cosas en las que un desliz de
la mano puede resultar fatal. Si todas las doncell as tuvieran la
delicadeza de tacto, el conocimi ento y la paciencia que se necesi-
tan en los laboratorios y clínicas, se efectuarían cambi.os prodigio-
sos en el cuidado de la casa : no sólo haríamos el trabaj o ac-
tual con mucha más rapidez, perfección y limpieza, sino que
-también podríamos 'hacer muchas cosas que ahora son completa-
mente imposibles .
Ahora cuesta más educar y preparar a un obrero de la])ol'a-
53 BERNARD SRA W
torio que a una doncella, y cuesta más instruir a una doncella tI LIé
coge!' a una salvaje. Lo que basta en un caso no basta en otro.
Por tanto, pl'8g'untal' simplemente cuánto basta para vivir es bac
cer 11n a pregunta que no tiene contestación . Todo depende de
la clase de vida que nos propongamos vivir. Lo que basta pan la
vida de un vagabundo no basta para una vida grandemente civili-
zada, con sus refinamientos personales y su atmósfera de mú-
sica, arte, literatura, religión, ciencia y filosofía. En estas cosa
nunca se podrá llegar a lo suficiente : siempre hay algo nuevo
por descubrir y algo viejo que superar. En suma, no puede de-)
cirse que haya una civilización suficiente, aunque en cualquier
momento dado puede haber suficiente cantidad de una cosa de-
terminad.a, corno pan o botas , Si ser pobres significa
algo más y mejor de lo que tenemos' (y es dificil decir qué otra
cosa puede significar ser pobre), siempre nos sentiremos pobres,
por mucho dinero que tengamos, porque aunque podamos te-
ner esta o aquella cosa en cantidad suficiente, nunca tendremos
bastante de todo. Por consiguiente, si se propusiem dar a una
persona lo suficiente y a otra más de lo suficiente, el sistema fra-
casaría, pues se terminaría todo el dinero antes de que nadie
estuviera contento. Nadi e cesará de pedir más por el gusto de
crear y mantener a una clase caprichosa de personas cebadas
que, después de todo, siempre están más descontentas que sus
vecinos más pobres.
El único modo de vencer esta dificultad es dar lo mismo a todo
el mundo, que es la solución socialista del problema de la chs-
tribución. Pero acaso me diga usted que está dispuesta a sopor-
tar esta dificultad antes que tragar el socialismo. La mayoría 1:'111-
pezamosasí. Lo que acaba por convertirnos es el descubrimi en-
to del terrible séquito de males que nos rodean y de los peli-
gros que nos acechan y que osamos contemplar. Puede que us-
ted no vea ninguna belleza en la igualdad de la renta; pe1"o la
mujer menos idealista puede ver los desastres de la desigualdad
cuando a ello se deben los males que tiene que afrontar todos
los días. Ahora vaya demostrarle a usted su conexi.ón.
,
xv
LO QUE DEBEMOS COMPRAR PRIMERO
P
".HA probar los efectos de nuestra división desigLl,al de léi\
renta de la nación sobre nuestras instituciones n8ociona--
les y sobre la vida y la prosperidad de todo el pueblo de-o
bemos examinar la industria del país y ver en qué forma es afec-·
tada por la desigualdad de la renta. Debemos examinar una. a.
una la institución del matrimonio', la actividad de los tribuna-
les de justicia, la honradez de nuestras Cámar.as parlamentarias,.
la independencia espiritual de la Iglesia, la inutilidad de nues-
tras escuelas y la calidad de nuestros periódicos, y considerar en
qué parte depende cada uno del modo como se distribuye el dinero ..
Empezando por la industria, nos vemos sumidos inmediata-
mente en lo que llamamos economía política, par.a distinguirla
de la economía doméstica, que a todos nos es harto f'amiliar.
Para los hombres, la economía política es una materia árida y
difícil , y la eluden lo mismo que el ·cuidado de la casa. Sin em-
bargo, no es más abstrusa que el arte de administrar un paí s
como un .ama de casa administra su hogar. Si los 'hombres la
eluden deben examinar la las mujeres. La nación tiene una ren-
ta determinada que administrlc1,l', exactamente igual que un ama
de casa, y el problema estriba en cómo debe gastarse esa renta
para obtener el mayor beneficio general.
Ahora bien ; lo primero que ti ene que resolver un ama ele
oasa es qué cosas se necesitan más y de cuáles puede prelilcindü-
se en caso de apuro. Esto signifi-ca que el ama de casa tiene que
determinar el orden en que se deben desear las cosas. Por ejem-
plo, si ·cuando no hay bastante comida en la casa s'al e a ga.sta. r-
se todo el dinero en un frasco de esencia y en un collar de per-
las falsas, será tachada de vanidosa, de necia y de mala madre.
Pero una estadista la llamaría simplemente mala economista, es,
decir, una persona que no sabe lo que debe comprar primero
BI:; HN .. IH IJ ;SlLI\Y
cuancl o tiene dinero que gastar . Ninguna mujer será apta para
ancargarse de un hogar si no tiene el sentido y el dominio de sí
misma sufici entes para ver qu e 10 primero es la comida, el \ 'es-
tido, el a loj amiento y el Juego, y que los frascos de esenciit y
los col üu es de perJas falsas o auténticas vienen mLlchí simo des-
.pués. En !a misma joyería un r eloj ele pulsera es antes que un
coll al' , porque es más útiL No di go que las cosas bellas no sean
úti les : son utilísimas y 'acertadas ,cuando vienen a su debido
tiempo ; pero no son las que deben venir primero. Una Bi.blia
puede ser un r egalo muy acertado par a un niño ; per o dar una
BiJ lia a un niño hambriento en vez de un pedazo de pan y un
tazón de leche sería el proceder de un lunático. El espí ritu de
la muj er es más maravilloso que s u carne; per o si no se nutre
s u carne, su espír itu perecerá, nüentras qu e si se la nutre, su
.espíritu se cuidará de sí mismo a la vez qu e de s u carne. L.o pri-
meL'O es el s ustento.
Imaginaos la nación entera como un hogar gigantesco y la
población total como una gnan familia, que e:3 10 que somos en
real idad. ¿ Q ué ver emos entonces ? Veremos por doquier a ni- \
fías extenuados, mal vest idos, horriblemente aloj ados, y el di-
nero que debería alimentarlos, vestirlos y alojarlos debidamen-
te, es gast ado a millones en fmscos de esencia, Clollar es de per-
las, perros elegantes , automóviles de carrer as, fresa de 8ilero
que sabe a c01' ch y toda clase de extravagancias. Una hermana
de la familia nacional tiene un solo par de botas agujer ad'as,
·con las que pasa todo el invierno en un continuo catarro y no
tiene ningún pañuelo para limpiarse las narices . otra tiene cua-
renta par es el e zapatos de tácón alto y docenas de pañuelos . Un
hermanito trat a el e desar rollarse oon un penique el e comid:t ¡al
día y desgarra el cor azón de su madre y agota s u paciencia pi-
diéndole más a cada momento, mi entras un hermano mayor, que
se gasta cinco o seis libras en comer en un hotel elegante y : ~ e n a
después en un c.lub nocturno, se encuentr a en manos del médi-
co por que .come y bebe demasiado.
Ahora bien, esta economía polít:¡'ca es notoriamente mala.
Cuando se le pide a la gente irrefl exiva que la explique, res-
ponde: « j Oh! La mujer de los cuarenta pares de zapatos y el
hombre del club reciben su diner o de su padre, que ha hecho
una fortuna especulando con el cauoho, y la muchacha d8 las
botas r otas y el molesto chiquillo que justamente ha sido casti-
gado -eor su madre no son más que piltrafas de los barrios ba-
jos." Esto es exacto; pero no altera el hecho de que l'a na;)ión '
{[ue se gasta el dinero en champaña antes de facilitar la leche
sufi ciente a sus niños, o que da manjares delicados a perros ra-
GUÍA DEL SOCI t\LI5!\ !0 y EL CAPITAL! 5:'110
6f
ros mientms la mortalidad infantil demuestra que sus nií'íos se-
mU81'en a millares por falta de alimentación, es una nación mal
admJnistl' ada, necia, vanidosa, estúpida e ignorante y va camino
del des-astre pOI' mucho que trate de oc ultar s u verdader a süua-
ción contando como riqu eza los coll ares de perl as y los perros
pekineses, y considerándose el triple de ri ca cuando todos los.
perros r aros ti enen partos de seis cachorros por pareja . El. úni -
co modo de que una nación goce de salud y prosp eridad es lle-
var a cabo una buena admini stración, es decir, proveer a sus
necesidades en el orden de s u importancia y no permitir q ue se
desperdi cie ningún dinero en caprichos y luj os hasta que las ne-
cesidades h ayan sido satisfechas concienzudamente.
Pero de nada s irve CenSLl ftar a los propi etarios d e los perros.
I Todos estos absurd os perniciosos existen , no porque ninguna.
persona sensata deseara nunca que existi eral1, sino porque ti e-
\
nen qu e ocnl'tü' siempre qll e unas fami li as son mucho más l'ica&
que otr as. El hombre rico que, como marido y padre, se ll eva
consigo a su muj er , ern:pieza, como todo el mundo, por com-
prar comida, vestidos y un t echo para albergarlos. El hombre'
pobre hace lo mismo. Pero cuando el pobre se ha gastado tod0'
lo qu e puede en estas necesid ades, todavía no las ha satisfech0'
por completo: su comida es insufl ciente, sus ropas son viejas y
sucias; su alojamiento es. una sola habitación o s610 una parte
de ella, y por lo mismo, insa111bre. Pero cuando el r ico se ha ali-
mentado, vestido y alojado lo más suntuosamente posible, toda-
vía le queda dinero en abunilancia para sati sfacer sus g ustos y
s us caprichos y entregar se a la ostentación. Mientras el pobre'
d ice: "Necesito más pan , más ropa y una asa mejor par;). mi
familia; pero no pll edo adquirirlo», el rico di ce : "Necesito una.
docena de automóviles, un yat e, diama ntes y perlas para mi es-o
posa y mis hij as y un parque de caza en Escocia . Por dinero n0'
ha el e q uedar. Tengo para pagar estas cosas di ez veces.)) Natu-
ralmente, los hombres de negocio se ponen a trabaj ar inmedia-
tamente para hacer los automóvi les y el yat e, para extraer los
diamantes el e Afri ea y I.as perlas de los mares y para
el parq ue de caza sin prestar atenci ón a l pobre qu e pr ocJama
s us necesid ad es y exhi be los bolsillos vacíos .
Para el ecir10 de otro modo, el pobr e necesita que se emplee
el esf uerzo humano en hacer las cos'as qu e a él le escasean; es
decir, en cocer pan, t ejer, hacer traje y constrllír edificios; pero
no puede pagar a los patronos panaderos y tejedores lo snAci@J.]-
t e para que ell os paguen a sus obl'eros. Mi entras tanto, el ri co
ofrece d inero sufl ciente pam pagar buenos salarios a los que
h iln de trabajar en complacer le. Toda la gente que per cibe su
BERNAHD SHAW
dinero pLl ede trabajar con ahinco ; pero SLl tralJajo sirve para
sos tener al que tiene demasiado 'en vez de alimentar a la gente
liue tiene muy poco. Por lo tanto, este dinero es desperdicia-
do y manti ene .al país en la ' pobreza e incluso le empobrece más
por el gusto de t ener unas cuantas personas ricas.
No puede excusarse este estado de cosas diciendo que el rico
proporciona trabajo. El dar trabajo no tiene ningún mérito: un
asesino da trabajo .al verdugo y un automovilista que atropella a
un niño da trabajo a una ambulancia, a un médico, a un em-
pr esario de pompas fúnebf'es, a un cura, a un fabricante de' lu-
t 03 , a un coohero, a un sepulturero ; en suma, a tantas perso-
nas dignas, que ·cuando acaba por matarse parece ingrato no eri-
girle una estatua como a un bienhechor público. El dinero con
que 'el rico da el trabajo erróneo daría el trabajo i:lcertado si fue-
ra distribllído equitativamente, 'pues entonces no se ofrecería
ningún dinero por automóviles y diamantes hasta que todo el
mundo estuviera alimentado, vesti do y alojado, ni se ofrecerian
salarios a hombr es y mujeres por dejar empleos útiles para
converti rse en criados de gente ociosa. Habría menos ostenta-
ción, menos ociosidad, menos derroche, menos inutilidad; pero
habría más comida, más vestidos, m€,Í ores casas, más seguridad,
más salua, más virtud; en una palabra, más pl'ospericl ad ver-
dadera.
XVI
LAIi:UGENESIA
H
AY quien h a preguntado si las masas se hallarían mejor
por tener más dinero. El primer irnpulso que se siente
_ al oír tan necia pregunta es coger a la dama que la hace
y s&c udirla violentamente por los h ombros. Si una familia bien
alimentada, 'presentablemente vestida, decorosamente alojada, su-
ficientement e instruída y educada, no es mejor que una familia
ext enuada, harapi enta, desaliñada y hacinada, es que las pála-
bras carecen de sentido.
Sin embargo, conteng1amos nuestra ira. Una muj er bi en ali-
mentada, limpia, decorosamente alojada, es mejor que otra que
trate de vivir de té y bizcochos en una buhardilla inmunda y con
ves tidos sucios. Tambi én una cerda bien nutrida y cuidada, es
mejor que otra hambrienta y sucia. Pero, de todos modos,
es una cerda y no se 'puede sacar seda de sus orejas . Si las mu-
j eres futur·as no fueran a ser mejor es que las damas r icas de hoy,
el mejoramiento nos dej ar ía profundamente descontentos. y este
descontento sería un descontento divino. Consideremos, ¡:: ues,
los efectos que tendr íla la igualdad de la renta en la calidad dA
las personas como seres humanos. ' ! I
Hay quien dice que si se quier e obtener mejor es criaturas ha
de criárselas con el mismo cuidado con que se crían caballos y
verracos de raza. Es indudable que así debe ser ; pero existen
dos inconven ientes. En pr imer lugar, que no se puede par ear
hombres y mujer es como se par ean toros y vacas, garañones y
yeguas, cerdas y verracos, sin dej arles escoger. En segundo lu-
gar, aun cuando pudiera hacerse, no se sabr ía cómo hacerlo,
porque no se sabría qué clase de ser Ihumano se querí a procr ear.
En el caso de un ·caballo o un cerdo, la cuestión es muy senci-
Il a : o se quiere un caballo veloz para las carreras o un caba-
ll o muy fu erte para el transporte, y en cuanto al cerdo, se
BERNARD SHAW
qui ere simpl emente que pro.d Ll zca jamón en abundancia. Y, sin
embargo, a pesar de lo sencillo que es esto, cualquier cri ador'
de estos animales os dirá que por mucho cuidado que ponga
recibe muchos fracasos.
Desde el momento en que os preguntéis qué clase de nii'ío de-
seáis, aparte de la preferencia de que sea niño o niña, t enéis que
confesar que no lo sabéis. A lo sumo, podéis mencionar algunas
clases de niños qu e no deseitis. Por ejemplo, no queréis niños
enclenques, sordoml1Clos, ciegos, imbéciles, epilépticos o bebedo-
I' es. Pero ni aun esto podéis saber cómo evitarlo, pues frecuen-
temente nada se advierte ext eriormente en los padres de ,'stas
infortunados. Cuando nos volvemos de lo que no qneremos a
lo que qu eremos, podemos decir qu e queremos buenos hij os ;
pero un buen hij o significa úni camente un n iño q!l e no da gue-
rra a sus padres, y algunos hombres y mu jeres utilísimos han
sido muy traviesos de niños. Los niños enérgicos, imaginativos,
emprendedores y val ientes mmca son buenos para sus padri3.3. y
los geni os adultos rara vez son estimados hasta después de muer-
tos. Si consideramos qlle envenenamos a Sócrates , crucificamos
,a Jesucristo y quemamos a Juana de Arco entre el aplauso po-
pular, porque tras un proceso ll evado a cabo por legisladores,
y eclesiásticos responsables decidimos que eran demasiado ma-
los para que se les permitiera vivir, difí.cilmente podremos eri-
girnos en jueces de la bondad ni senti r por ella una estimación
sincera.
Aun cum1do estuviéramos dispuestos a confiar a una autoridad.
política el cuidado de seleccionar nuestros maridos y esposas con el
propósito de mejorar a la raza, los fun cionarios se verí an irreme-
diabl emente perp lejos para descubril" el. modo de verificar esta se-
lección, Podrían empezar por ,alguna idea tosca de evitar el matri-
monio de personas qll e tuvi el'an alguna tara de tisis, locura, sífilis o
afición a las drogas o a la bebida en su familia ; pel'O eso acabaría
pOI" impedir que se casara nadi e, pues pl'úcti camente no hay ningu-
na familia compl etamente libre de tal es cuanto él la. exce-
lencia moral, ¿qué modelo tomarían como deseable? ¿San Francis-
co, Jorge Fox, William Penn, John vVesley y Jorge \ iV¡íshington?
¿ O Alejandro, César, Napoleón y Bismarck:? 'rodos elJ os sú'ven
para formal" un mund o, y la idea de un depa.rtamento gubJl"Da-
mental qu e tratara de desc ubrir cuántos tipos diferentes eran ne-
cesarios y cuántas personas de cada tipo, y que procedi era eL p1' O-
crearlos media.nte matrimoni os ad ecuados, es divertida, ' pero no-
p racticable. No hay nael a qu e hacer sino dejar qu e la gente es-
coja sus ,cónyuges por si misma y confí e a la natural eza. el cui-
dado ele producir IIn l)ll en }'es u Jtad'o .
GUÍA DEL :-;()Cl AL! S:,\]() y EL CAPJTALI Sl\ lO
65
De h echo, exactamente l mismo que hacernos ahora, ditá
'alguno, Pero esto es justament.e 10 q ue no se hace en la aetua-
lidad. ¿Quj én 'p ll ede elegil' entre nosot ros, cuando ll ega el mo-
mento de escog'e:l' consorte? La natur-aleza puede indical.' le su con-
sorte a una muj er haciéndola enamorarse del hombl' e qu e hall'ía
de ser su mejor compañero ; pero a no ser que este horn hre ven-
ga 'a t ener la misma l'enta que el padre de ella est ará fuera ele
su clase y l ejos de s u alcan ce, sea por encima o por debajo de
ella, La muj er descubre q ue ti ene que casarse no con el hombre
que le gusta, s ino con el qu e pnede encontrar , qu e frecuente-
mente no es la misma cosa,
El hombre se enc uentra en la mi sma situación, rf odos sabe-
mos por instinto que es antina tural casar se por dinero o por la
posición soci.al y no pOI' amor. Sjn embargo, an'eglamos las co-
sas de modo que todos nos casamos más o menos por diner o,
por la posición socia l ,8 pOl' ambas cosas . Es muy fáci l decir a
la señorita SmitJh o a la señorita J ones: "Sigu e los dictados de
t u cOJ:azón, querida, y cúsate con el banendero o con el duque,
según 10 prefi eras.» P ero no puede casar se con el barrendero , y
el duque no puede casarse con ella, ,porqu e ellos y sus parientes
no tienen las mismas costumbres, y las personas que ti enen di-
fel'entes costumbres no pueden viv ir :juntas. Y la diferencia, de r
renta es lo que crea la diferenc ia de modales y de costumbres.
La señorita Smith y la señori ta Jones ti enen quo adaptar su
gusto a Jo que pueden obtener , porque rara vez pueden l'on-
seguir lo que les g usta, y puede decil'se con seg ll1'iclncl !'f ue en
la inmensa maY0l'Ía de los matr imonios act ua les la natlll' cl JrZct
intel'Vi en e muy poco en la elección , en compara,ción con las cir-
cun tanclas. Los matrimonios h osti les, los hogares desgraciados,
los hijos deformes son t el'l.' iblement e fl'ecl lentes, porque la. jo-
ven que cleber.ía pod el' escoger entre todos los. so lteros del país,
pudi end o disponel' de docenas de ell os en el caso de que su pri-
mera elección no encontrara una atracción recíproca, d e s c ~ b r e
qu e, en r ealid ad , t iene qu e elegir entr e dos o tres de s u mi sma
cl.a se y t iene que dejarse mimar y convencer por satisfacci ones
fís icas o desesperar se de vel' se desdeñada para poder persuadir-
se de r¡u e ama l' ea lmente al qu e menos le desagrada.
En estas circ uns tancias nunca obtendremos una buella raza
y todo ell o es culpa de la desigua ldad de la renta. Si todas la.;
familias fu eran cri adas a l mi smo coste, todos t endríamos los mi s-
mos báb itos y moda les , la mi sma cllltura y r efinami ento, v la
iflija del barrend ero podría casal' se con el hij o del d uque co11 la.
mi sma facilidad con Cll le hoy se casa el hijo de un corredor de
hol sa con la hij a. de un lJanqu ero. Nadi e se casarí a por din ero,
5
66 BIWNAf:W SHAW
porque no habría diner o que ganar o que perder con el l11Eltri- 11
moni o. Ninguna muj er tendría que volver l a espalda al hombre 1
que amara porque fuera pobre, ni sería desdeñada por la mis-
ma razón . 'rodas las decepciones serían naturales e inevitables,
y habría alternativas y consuelos en abllndancia. Si la raza. no
mejoraba bajo estas circunstancias, nada podría mejorarla. Y
aun en el caso de que así fu era, la felicidad que se lograría su-
primiendo las aflicciones que tanto hacen sufrir ahora a l mundo,
y en particlllar él sus muj eres, justifLCaY'ían la igualización de la,
renta, aun .criando todo los demás argumentos no exist"ieran,
XVII
LOS TRIBUNALES DE JUSTICIA
C
. . UANDO llegar:10s a los de justicia, la irremediable
incompatlbIlIdad de la desIgualdad de la rmlta con la JUS-
I ticia es tan notoTia, que a usted le habrá chocado si alguna
vez ha observado estas cosas. La primeJ' a condición de la justicia
il egál es que no respetará las personas, que sostendrá la balanza im-
parcialmente entre la 'esposa del jornalero y la millonaria y que
ninguna persona será privada de la vida o de la libertad sino
pOI' el veredicto de un jurado compuesto por sus pares, es de-
.eir, por sus iguales. Ahora bien, ningún obrero es sentenciado:
nunca por un jurado de sus pares : es sentenciado por un jura-
do de contribuyentes, que ti enen ,contra él un fortísimo prejui-
cio de clase, porque ti enen mayores rentas y a causa ele ello se
-consideran mejores. Incluso un hombre rico sentenciado por
un jurado común tiene que -contar con su envidia así como con
su sumisión a la riqueza. Hay un refrán ,corriente de que existe
una ley para el ri,co y otra para el pobre. Esto no es rigurosa-
ment.e exacto: la leyes la mi sma para todo el mundo: Lo que
{A'tmbia son l'as rentas. La ley civil mediante la cual es exig'ido
el cumplimiento de los compromi sos y concedidas reparaciones I
por ofensas y ultrajes que no son perseguidos por la policía re-
quiere tantos conocimientos legales y tanta eJocuencia artisti- \
ca para en que la .mu.i,er ordinaria que ti ene \
<:lSOS conocImlentos m esa elocuenCla solo puede beneficIarse de
'ella empleando abogados a los que tiene que pagar muchísi-
mo, lo cual significa, por supuesto, que la muj er rica' puede per-
mitirse recurri r a la ley, rmentl'as qll e la pobre no. La mujer
rica puede aterroriu.r a la pobre amenazándola con llevarla a
los tribunales si. sus exigencias no son satisfechas. Puede des-
}lreciar los derechos de la muj er pobre y decirl e qne si no está
conforme que se querell e ante los tri.bunales, sab i nclo muy bien
68 BERN ARD SUA W
que la pobreza y la ignorancia de su víctima le impedirá obte-
ner 'consejos y protección legales adecuados. Cuando una mujer
l rica se encapricha por el marido de una pobre y le persuade de
que la abandone puede <comprarJ e prácticamente, obligando a la
abandonada esposa a divorciarse de él a cambio de una indem-
niz'ación. En Norteamérica, en donde la esposa puede reclamar
pOl" daños, el precio del divorcio es mayor : eso es todo. Cuando
P la abandonada esposa no puede ,ser obligada a recurrir al di-
vorcio puede reclamar un precio exorbitante para dejar 'R su
marido en libertad de casarse, y un marido abandonado puede
proceder del mísmo modo. Muchos hombres y muj eres se casan
llihora con este objeto, hasta tal extremo, que en algunos Esta-
dos la palabra asistencias ha venido a signifk ar simple chantage.
rr enga usted en cuenta que no 'pretendo <combatir ni el divorcio-
ni Jas asis tencioas. Lo que está mal es que una muj er, por mera
sll periol'idad de r enta, pueda hacer mucho más confortable la
vida al marido de otra que su misma esposa, o que un hombre
pueda ofrecer a la esposa de otro lujos que su marido no puede
, permitirse; en suma, que el dinero influya para algo en la for-
I mación o disolución de un matrimonio.
La ley de lo criminal , no obstante la avidez c,on que leemos
los procesos de los asesinos, es menos importante que la ley
ele lo civil, porque sólo algunas personas excepcional es cometen
crímenes, mientras que todos nos casamos y contraemos con-
venios civiJes. Además, la Policí'a pone en práctica la ley de la
criminal sin :gJolestar Ipara nada a la parte lesionada. No obs-
tante, los presos ricos se hallan favorecidos por la posibili dad
de gastar grandes sumas en pagar abogados famosos que les de-
Aendan, en buscar' prll ehas de descargo en todo su país y hasta
en todo el mundo; ,en sobornar o intimidar a los testigos y en
agotal' todas las formas posi bIes de apelaciones y demoras. Nos
gusta habJal' de casos acaecidos en Norteamérica, de hombres rt-
cos que hubieran sido ahorcados o electrocutados de haber sido
pobl',es; pe m ¿ qui én sabe cuántos pobres se hallan encarcelados
en TnglatelTa C]u e podrí an haber sid o absueltos si hubieran po-
elido gastarse unos cientos de Ilbras en su defensa?
Las mismas leyes se hallan contaminadas en su fuente, por
haber sido hechas por hombres ri cos. Nominalmente, todos los
adultos son elegibles par.a sentarse en el Parlamento y hace!' le-
yes, si logran persuadir a sufi cientes personas para que les vo-
ten. En afIas recientes se ha h echo algo para hacer posible que )os
pobres pudieran hacer uso de este der echo. Los mi embros del
Parlamento r eciben abara salarios, y ciertos gastos electorales
q11 e antes er-an pagados por el candidato abora son cargas públi-
GUÍA D¡;;L SOCIALlSMO y EL
cas; pero el candidaLo debe empezar por poseer ciento cincllen-
la libras, y todavía cuesta de quini entas a mil libras disputar
tina elección parlamentaria. Aun cuando triunfe el candidato,
el salario de cLlatrocienlJas libras anuales, que no lleva consigo
ninguna pensión ni ninguna perspectiva cuando se pierde el
puesto (lo que puede ocurrir a las elecciones siguientes), no bas-
ta para la vida que tiene que llevar en Londres un miembro de.1
Parlamento. Esto da tales ventajas a Jos ricos, que alll1que los
pobres constituyen una rnayorí'a del nueve por uno de la po-
blaición, sus representantes se hallan en minoría en el Parlamen-
to, y la mayor parte del ti empo se invierte en el Par lamento,
no en discuti r lo que es mejor para la nación y en aprobar
leyes en consecuencia, sino en la lucha de clases motivada por
la mayoría rica, que tmta de mantener y extender sus privile-
,"'ios, cont.ra la minoría pobre, qu e trata el e reducirlos o abolir-
los. Es decir, .que malgasta el ti empo.
El privilegio más injusto y nocivo que reclaman los ricos
s con mucho el privilegio de vivil' ociosos con una completa im-
punidad legal, y por desgmcia han establ ecido tan sólidamente
este privilegio, que nos parece una cosa natural, y hasta la ve-
neramos como el sello que di st.ingue a la gl'an dama y al gentle-
man, sin considerar nunca que una lJersOna que consum:;l ar-
tículos o acepta servicios sin producir artí culos o reali zar servi-
-cios equivalentes inflige al país exactamente el mismo daño que
un ladrón : en realidad, esto es lo que signifi ca el robo. No se
nos ocurre permitir a la gente asesinar, secuestrar, violentar las
,c, asas, hundir los barcos, incendi'ar y destruír por mar y tierra
o reclamar la exención del servici o militar porque hayan 'here-
dado unas tierras o un millar de libras al año de algún tmte-
pasado laborioso. Y, sin embargo, toleramos la ociosidad, que
hace más daño en un año al mundo que todos los crímenes le-
galmente 'punibles en diez. Mediante su mayoría parlamenta-
ria, los ricos castigan con despiadada severidad a lgunas for-
mas de robo, como el escalo, la fal sificación, el desfalco, la subs-
tracción de carteras, el hurto y el bandolerismo, mientras que
eximen a la ociosidad rica y hasta la mantienen como un ::;!st -
ma de vida eminentemente honorable, enseñando a nuestros hi-
jos que trabajar por el sustento es inferior, derogatorio y des-
honroso. Vivir como un zángano del trabajo y servicio de los
-demás es ser una gran dama o un gentleman ; ,enriquecer a la
.nación mediante el trabaj o y el servicio es ser vil, bajo, vulgar,
-despreciabl e, y ser alimentado, vestido y alojado bajo la 3UpO-
.sición de que cualquier cosa es buena para quienes sólo son
·rros de carga. Esto no es otra cosa que pretender tr,astornar por
'j ()
ti HA W
'olilpleto e.1 Ol' Uell de la m1Lu raleza y adoptal' como consigna na--
iona.l el lema: uNlal, sé mi bien", Si persistimos en e11o, ha
de cond uci fnos a una de esas q ui ebras de la civilización en que'
se han hundido Lodos los grandes imperios del pasado, Sin em-
bargo, nada puede impedir que ocurra esto en donde la renta
es distribuída de modo desigual, porque las leyes serán hechas..
inevitablemente por los ricos, y la ley de que todos debemos tra-
bajar, que debe ser la primera, es una ley que nunca harán los,
ricos.
L ú ~ meos OCIO::50S
N
o se deje usted desconcertar en este punto por el hecho
de que la. gente que posee grandes rentas no siempre:
está sin hacer nada. Los ricos activos trahajan a vecf',S
con eX0eSO y tienen que seguir "curas de reposo)) para restable-
cerse. Los que tratan de considerar la vida como un domingo
eterno ven que también tienen que descansar de ello. La ociosi-
dad es tan antinatural y aburrida, que ~ l mundo de los ricos ocio-
sos, como se los llama, es un mundo de incesantes actividades
sumamente fatigosas. En las bibliotecas antiguas puede usted
encontrar un libro olvidado del siglo XIX en el que una dama
elegante de 1.a época victOl'iana se defendía contra la acusación
de ociosidad describiendo sus actividades diarias en la vida so-
cial londinense. Yo preferiría cllal quiel' cosa a sel.' condenado el
ella. En el campo, los depoltes se hallan organizados tan deta-
lladamente, qlle cada mes del año tiene su variedad especial ; los
peces, hlS aves y los demás animales necesarios se hallan tan
cuidadosamente criados y 00nservados, que siempre hay algo que
matar. Los -peligros, los riesgos y las proezas atléticas de 1 s
que los pobJ.'es de la urbe no saben nada, son cosas naturales
en lté1S casas de campo, en donde el desnucarse es un aconteci-
miento poco excepcional para ser calificado de accidente. Si fal-
tan los deportes, quedan lo juegos: los skis, el tobogán, el },olo, •
el tennis, el patinaje sobre hielo artifi cial, etc., etc., que impli -
can un ejercicio físico mucho más agotador elel que pueden afron-
tal' muchas mujeres pobres. Después de un día ele tales ejellci-
cios, una señorita recorrerá bailando, entre la cena y la hOfa
de acostarse, una distancia mayor que la que recorre un C<l.J' -
teyo. En realidad, los úni cos que perma.necen desagradabl emen-
te ociosos son los hijos de Jos que se han enriquecido de pronto,
esto e , de los nuevos l' ico . Como estos infortunados afortllna ..
72 13i;;RNc\ElD 8HAW
dos no han tenido la pl' epaeación atlética ni la el isciplina social
de los viejos ricos, entre los cual es lo que llamamos la vida ele-
gante es un arte difí.cü que requi ere lID serio aprendizaje, no
saben lo que hacer consigo mismos, y s u irremediabl e haraga-
nería y su consumo incesante el e ohocolate, cigarrillos, cock-tails
. novelas y rev-istas estú·pidas, mientras van el e un hotel a ot1'O
en automóviles, es a lgo lamentab le. P ero a la generación si-
guiente, o caerán en la pobreza, o irán al colegio con la clase a
que ahorfl pueden pertenecer y aelqniril'án s us perfecciones, su
el iscipina y sus modal es.
P ero, aparte ele esta rutina inventada para empJ eQl' a la gen-
te que no ti ene que trabajar para vivir , y que, como observará
usted , es una supervivencia del antiguo sistema tribal, en qu e
los valientes 'oazaban y peleaban mi entras los débi les realizaban
las labores domésticas, hay re] trabajo público necesario qLre
tiene que ser reali zado por una clase gobernant e, si es qu e ésta
quiere conservar en sus manos todo el poder políti.co . Si no se
paga nada por este trabajo, o si se paga tan 'poco que nadie que
no tenga renta podrá permitirse emprender lo, y sometiendo el
servicio civil superior a exámenes .que únicamente personas cos-
tosamente instruíclas podrán aprobar, este trabajo se halla siem-
pre en manos de los ticos. Esto exp li ca el fenómeno, de ot1' O
modo inexipli cabJe, el ·e que las clases propietarias se hayan opues-
t o a toda tentativa de fijar salarios suficientes a la tarea parla-
mentaria, para que los que la r ealizan puedan sostenerse a sí
mismos, y eso a pe8'ar de que los mismos propietarios detenta-
ban los principales Ipuestos parlamentarios. ALmque facilitaban la
oficialidad al ejér.cito, hacían cuanto pocl ían por hacer imposible
que un oficial viviera de su pag1a. Aunque disputaban cada pues-
to parlamentario, se oponían .a que se pagara de la renta pública a
los miembros del Parlamento y los gastos ele su elección . Aunque
considerahan el servicio cliplomáti.co oomo una carTera resc:rva-
da a sus hi jos menores, le imponían la condición de que no po-
dría .elegirse para él a ningún joven que no tuvi era una renta
privada de .cuatrocientas libras anuales. Luchaban y luohan t o-
davía contra el propósito de hacer del gobierno una ocupación r e
c
memeradora, porque el ·efecto sería entregárselo a los expr:)pia-
clos y destruír su propio monopolio.
{
P ero como la tarea gubernamental tiene que ser realizada, han
de realizarla ellos mismos, si no dejan que lo hagan los demás.
Por consigui ente, se encuentran hombres ricos que trabajan en
el Parlamento, en la diplomaiCia, en el ejército, en la magistra-
tnm y en corpor aciones públicas locales, para no hablar de la ad-
ministración el e sus bienes. Los hombres .que así trabajan no pue-
GUÍA DEL SOClALl :-;1\10 y CAPl1'ALIl'MO
73
den calificarse, en puridad, de ric s ociosos . Por desgracia, 1eali-
zan toda. esta tarea gubernamental c n cierta tendencia a defen-
der el privilegio de su clase u la ociosidad. Desde el punto df>
vista del bien público, sería mncha mejor rrll e se deClicaran él
divertirse, como la mayoría de lo mienllJl'OS ele su cl ase, y rleja-
I: an que el trabajo gubernamental fuera reali za pOI' flU1cll)oa-
fi os y ministros bien pagados, cuyos intereses fueran los el e la na-
.ción en genera1.
La vitalid'ad de las mujeres de la clase ociosa era sostenida an-
tiguamente !por su trabajo de procreación y cuidado de la casa.
Pero en la actualidad mUCihas de ellas se dedican a la contmcon-
-cepción (llamada restricción de la natalidad), no para regular el
número de sus hi jos y el momento de su nacimiento, sino para
no tener ninguno. La viela de hotel o la delegación del cuidado
ele la casa a muj eres profesional s, que son prácticamente admi-
nistradoras el e hoteles parti cu lares, substituye cada vez más al an-
tiguo sistema de gobernar la casa. Si esto fuera una división de]
tmbajo, que permitiera a la mujer consagrarse por entero a una
carrera profesional, sería defendibl e, pues muchas mujeres, como
Il sted habrá podido observar con frecu encia, no tienen aptitud para
el trabajo doméstico y están tan mal en la cocina o en el cuarto
el e los niños como se creen estar todos los hombres; pero cuan-
do existen mujeres que disponen de rentas excesivas, la posibi-
Lidad de hacer esto implica una posibilidad análoga ele vivir en
una absoluta inutilielad, de la que muchas muj eres ricas sacan
la:s mayores ventajas.
Siempre ¡hay algunos casos excepcionales, en los que hombres
muj eres con rentas sufióentes para mantenerse sanamente, sin
tener que trabajar trabajan 'más que la mayoría de Jos que ti enen
que !hacerlo para ganarse el sustento y gastan la mayor parte de Sll
dinero en mejorar el mundo. Florencia org'anizó los
hospitales de la guerra de Crimea e introdujo algún sentido común
en l,a cabeza del personal médico del ejército y realizó otros mu-
chos trabajos desagradables cuando disponía de medios parn. es-
tarse en su casa sin hacer nada. John Ruskin publicó una r elación
de cómo había gl3.staelo su confortable renta y los trabajos que ha-
bía realizado para demostrar que por lo menos él era un trauaja-
dar honrado y un administrador fiel de la parte de la renta 00-
cional que le había tocado en suerte. Tan mal se comprendió esto,
que la gente dedujo ·que había perdido el juicio, y como posterior-
mente suclilubió, .como el deán Swift, a la melancolía y la exas-
peraci ón, inducido por la perversidad y la estupidez de la civih-
zación capitalista, la gente se quedó persuadida de que le ha-
hían j llzg'ado acertadamente.
BEHNARD SlLAW
PHl'O una. vc:¿ que se hi:Ul dado todas las definiciones
fié las palabra «r ico ocioso" y se entiende que ocioso no signiti-
ca no hacer nada (cosaünposible), sino no hacer nelda útil y conSl l-
mil' conti nuamente ,sin producir, este término se aplica a la clase
que constituye la décima parte de la población, y para mantene)'
a la cual en la ociosidad l,as otras nueve décimas partes son man-
tenidas en una condición de esclavitud tan completa, que su es-
davitud no es legalizada nunca como tal : el hambre las mantie-
11e en el orden sufici ente sin imponer a sus amos ninguna de esas
()bJi gaciones que hacen tan costosos los esclavos a sus propieta-
rios . Y, lo que es más, toda tentativa por 'parte de una mujel-
l'ica p_or realizar algún trabajo ordinario en atención a su salud
sería profundamente ofensiva para los pobres, porque desde sn
punto de vista sería una mujer rica que robaba m.ezquinamelJ-;
te el trabajo a una pobre.
y ahora viene la Ü'onía culminante, que muchas mujeres iu-
teligt;)ntes, para las que la ironía no significa nada, preferirán lh-
mar el juicio de Dios. Una vez que hemos confer ido a est as per-
sonas el codiciado privilegio de tener mucho dinero y nada qll e
hacer (nuestra fórmula: idiota para la felicidad y la libertad pm'-
fectas), descubrimos que les hemos hecho tan calamitosos y des-
dichados que, en vez de no hacer nada, siempre están haciendo
algo "pana conservarse en condiciones" de no hacer nunca nüda.
Y en vez de hacer lo que les gusta, se someten a la laboriosa ru-
Lina de lo que ellos llélJman sociedad y placer, cosas que no se
podría imponer a una doncella sin recibir una pronta réplica, o
éL un trapense sin inducirle a volverse ateo para librarse de ellas.
Sólo una de sus partes, la parte de los pieles rojas, la del fnm-
ca retorno a la vida primitiva, la caza y la vida campestre, pue-
de resultar soportdble. Mas para gozar esto de modo continuo hay
,
!1ue ser por naturaleza casi un salvaje. Tales son lo¡¡; martirios
{le los ricos ociosos.
XIX
LA IGLESIA, LA ESCUELA Y rJA PRENSA
A
'í como el Parlamento y los tribunales se ha.llan captura-
dos por los r icos, taJmbién lo está la Igles·ia. KI cura me-
dio no enseña la honradez y la igualdad en la escuela 1'11-
Tal: enseña el respeto a los ricos y Uama a esto lealtad y reli-
gión. Es el aliado del gran señor, que como magistrado admi-
nistra las leyes hechas en interés de los r icos por el. Par lamento
formado de hombres ricos y llama a esto justicia. Los aldeanos,
t.fue no tienen experiencia de ninguna otra religión 01 ey, pier den
pronto el respeto a las dos y se vuelven simplemente cínicos. Pue-
de que se quiten el sombrero y saluden respetuosamente; paro
cuchichean entre sí que el señor, pese a toda la amabilidad qlle·
·despliegue su espos·a en Nochebuena a modo de compensación ,.
es un expoliador y un opresor de los pobres, y el cura, un hi-
pócrita. En las revoluciones, los respetuosos campesinos son las-
que queman las qui nt as y las iglesias y se precipitan a las cate-
eh'ales para destrozar las estatuas, despedazar las pintadas vi-
drieras y estropear el órgano.
Es posible que usted conozca curas que no son así. Al manos
yo sí los conozco. Siempre hay hombres y mu j el'es que se alzan
contra la injustici a, por próspera y bien considerada que pueda
ser ésta. Pero el resultado es que ell os son ma.! considerados en
los distritos más influyent es.
Nuestra sociBdad debe ser juzgada, no por sus escasos rebel-
des, sino por sus millones de obedientes súbditos.
La misma corrupción alcanza a los niiJ.os en nuestras escue-
las. Los maestros que enseñan a sus discípulos ver dades elemen-
tal es acerca de su deber para con su país tan vitales como ql le
deben despreciar y per seguir CQlIIlO criminales a todos los adultos
físicamente normal es que no colaboran con su servicio personal
a r emolcar la harca social, son dest ituídos y a veces pel'segui-
70 BEltNAltD tillA \ \ '
dos por sedición. Y estarnisma 'ol'l"upción se extiende desde
es ta moralidad elemental -a la enseñanza más abstfLlsa y fllos6-
Fica de las llniversidOld es. La ciencia se convierte en una pro-
pagancla de curac'iones milagrosas, elaboeadas pOI' compañías en
las que ti enen acciones los ricos para remediar las enfermeda-
des de los pobres, que sólo necesitan mejor alimentación y casa;;
saneadas, y para aliviar las ele los ricos, que sólo necesitan ocu-
paciones útiles que les conserven en buena salud. La econo-
mía polltica se convierte en una desvergonzada demostración
de que los salarios de los pobres no pueden elevarse, de qu
sin los ricos ociosos pereceríamos por falta de capital y traba-
jo, y de que si los pobres se cuidaran de tener menos hijos
las cosas irían a las mil maravillas en el peor de los mundos po-
sibles.
De este modo, los pobres son mantenidos en la pobreza por su
ignorancia, y aquellos cuyos padres disponen elel dinero suficien-
te 'para librarl es ele la ignorancia y que reciben 10 que se llama
lU1a educación completa, aprenden tantas mentiras que su falso
conocimiento es más peligroso que el inculto ingenio natural de
los salvaj es. Todos c nsuramos al ex káiser por apartar de las
I escuelas alemanas a todos los maestros que no enseüaban que la
ilistori:;\" la ci encia y la religión demostraban que el dominio de
la casa Ho'henzollern, es decir , de su opulenta familia, era la
forma de gobierno más alta que podía tener la humanidad; per
lo mismo hacemos nosotros, salvo que en vez de defender la ido-
latría la la familia Hohenzollern en particular, defendemos la ido-
latría a los r icos en general, si bien Jos Hohenzollem tienen tra-
diciones familiares (incluso el estudio ele una profesión común por
cada uno de sus miembros) que les hacen mucho más
que ,cualquier Pérez o López que pueda haber hecho una gran
fortuna en los negocios.
Como l'a gente se forma sus opiniones en gran medida por los
periódicos que lee, la corrupción de las escuelas no importaría
tanto si la prensa fuera libre. Pero la prensa no es libre. Como
cuesta, por lo menos, medio millón fundar un diario en Londres,
los periódicos son poseídos por hombres ricos, y dependen de los
anuncios de ateos hombres ricos. Los redactores y periodistas que
expresan opiniones opuestas la los intereses ele los ricos son desti-
tuídos y r eemplazados por otros serviciales. Por lo tanto, los pe-
riódicos tienen que 'proseguir la obra iniciada por las escueJas y
los institutos, de modo que sólo los espíritus más fuertes, inde-
pendi entes y originales pueden librarse del cúmulo de falsas doc-
trinas que impone la influencia combinada e incesante del Parla-
mento, los Tribunales de justicia, l.a Iglesia, las escuelas y la
GUíA DEL SOCIALiSMO y EL CAPJTAL1::;;\IO
77
prensü. A todos se nos enseña falsamente a ser esclavos volunta-·
ríos y no hombres rebeldes.
Lo que hace que esto sea tan difícil de descubrir y de creer
8S (file las falsas enseñanzas son mezcladas con una gran cantidad
de verdades, porque hasta cierto punto los intereses de los ricos \
son los mismos que los de todos los demás. Sólo cllando sus
intereses difieren de los de sus vecinos es cuando empi eza la de-
cepción. Por ejemplo, los ricos temen los accidentes ferroviarios
tanto corno los pobres. Por consiguiente, la ley de accidentes fe-
rroviarios, los sermones sobre ellos, las enseñanzas esco'J.al'es acer-
ca de su peligro y los artículos periodí sticos que los tratan persi-
guen con absoluta honradez el fin de evitar que se produzcan.
Pero cuando 'alguien sugiere que ocurrirían menos a.ccidentes si
los ferroviarios trabajaran menos horas y tuvieran mejores sala-
ríos, o que en el reparto de los beneficios fenoviarios los accionis-
tas deberían percibir menos y los obreros más, o que los viajes.
por ferrocarril serían más seguros si los ferrocarl'iles se hallaran
en manos de la nación, COlmo el COl'l'80 y el telégrafo, inmediata- ~
mente la pl'enSél y el Parlamento alzan el grito contra tales indi-
caciones, acus'ando a los CJue las hacen de hok h viques o de
cLl1alquíer otra cosa que sea considerada pOI: el momento corno un
epíteto infamante.
xx
POn. QUÉ LO TOLERAMOS
A
CASÓ ll?ted por qué todo esto es no sólo
por los rICOS, SIDO por los pobres, y por que 10 defienden
incluso apasionadamente como una moral pública comple-
tamente beneficios'a. Sólo pu.edo d cirl e qLl e la defensa no es uná-
nime: siempre es atacado en al gún punto por r eformador es pa-
triotas y por ·personas que no pueden soportar sus err ores. Pero
considerándolo en general, he de decirle que el mal 'producido por
la corrupción y la falsificación de la ley, la religión, la educación
y la opinión públioa es tan enorme, que el espil'itu de la gente
vulgar es incapaz de percibirlo, mientras que perciben fál:il y
ávidament e los pequeños beneficios a que aquél va 'asociado. Los
ricos son muy caritativos: -comprenden que tienen que pagar res-
cate por sus riquezas. La aldeana sencilla y honrada cuyo marido
es leñador, jardinero o guardabosque, y cuyas hijas aprenden Jos
buenos modales como criadas de la casa de campo, sólo ve ep el
hacendado a lln señor amable que da trabajo y cuya esposa da
vest idos, mantas y pequeñas comodidades a los enfermos y pre-
side el hospital de] pueblo y tod as las pequeñas fi estas , deportes
.Y actividades bien intencionadas que a livian la monotonía del
tl'abajo y quitan a la enfermedad 'algunos de sus terrores. Aun
en las ciudades, en donde los ri-cos y los pobres no se conocen,
la prodigalidad de los ricos es siempre popular, y a la gente le gus-
ta hablar de ella. Al comerciante le ·enorgullece tener cli entes
ricos, y 'al criado servir en una casa rica. En 1as distracciones
públicas de los ricos hay localidades baratas para los pobres.
Al vulgo irrefl exivo le gusta todo este r efinami ento. Lee ávidamen-
te cuanto la él se refiere y contempla con delectación las fotogra-
fías que lo refiejan en los periódicos ilustrados, mi entras que
cuando lee que el porcentaje de la mortalidad de los niños meno-
res de cinco años ¡ha subido o bajado, lo considera únicamente
80 BERNARD SHAW
como áridas estadísticas que hacen aburrido el periódico. Sólo'
cuando la gente aprende a preguntarse: ce ¿ Nos beneficia esto a to-
jdos igual que me divierte a mí cinco minutos?», se halla en vías
¡de comprender cómo una· mujer elegantemente vestida puede
¡costal' l'a vida de diez niños.
Aun entonces les parece que la alternativa opuesta 'a que haya
damas ricas e'legantemente vestidas es que todas las mujeres vayan
des'aliñadas. No tienen 'por qué asustarse. Actualmente, de cada
diez muj eres nueve van desaliñadas . Con una distribución razo-
nable de la rent a, las diez 'Podrían permitirse ir muy bien. El
que ninguna muj er debe t ener diamant es hasta que todas las mu-·
jeres puedan vestir decorosamente, es una norma sensata, aun-
que no le seduzca nada a la muj er que quisiera llevar diamantes,
y no se preocupa un ardite de si otras mujeres van bien vestidas
o no. Incluso puede encontrar cierta satisfacción de ver que otras
, muj eres van peor vestid'as qu e ella. Pero el inevitable final de·
, esta pequeñez de espíritu, de esta satisfacción secreta con los in-
fortunios de los demás que los alemanes llaman Schadenl7'r;Ude,
es que tarde o temprano estalla una revolución , como estalló en
Rusia, y los diamantes van a 'Parar al prestamista, que se niega
a dar ningún dinero por ell os porq ue ya nadie puede gastar dia-
mantes y las grandes señoras tienen que llevar vestidos vi ejos y
I
ropas cada vez más baratas y peores, hasta que no les queda nada
. qlle ponerse. Sólo que como esto no acaece en seguida, los incau-'
I tos creen que la policía no dejará n unoa que suceda y los
no se preocupan de si puede suceder o no, con t al de qu e no
ceda hasta qLl e ellos hayan muerto.
otra cosa que nos hace sostener esta lotería el e cuanti.osos pre-
mios es el sueño de que tengaiJ.TIos la suert e de enl' iqueceu10s.
Leemos que se mueren tíos en Australia que dejan cien mil libras.
a un obrero o 'a una sirvienta que no sabían que existiera ,
enteramos de que alguien que no vale más que nosotros ha gana-
do el premio de Calcuta, Estos sueños serían c1estruídos por una
distri bución equitativa de la rent a. Y la gente se afena a los sue--
fías cu'anto más pobre es y ni siqui era puede apostar en las carre-
ras . Olvida el. millón de pérdidas en Sil afán de logl"'al" el único,
premio que ti enen que pagar un millón de infortunados.
Las muj eres pobres que tienen demasiado buen sentido natu-
ra'! paYa entregarse a estos sueños realizan 'a veces s-acrifi cios con
la espenul za de que la educación les permitirá a sus hij os salir
c1p! cenngnl de la pohJ'cza, y -algunos hombres, poseedores en un
grado excepcional del talento necesario para el estudio, dehen su
C'a n el' f1 a SI l madres. Pel'o los casos excepcionales, por so rpren-
dentes que a lgrmos sean, no pueden servil' para da r espenmzas.
GUíA DEL SOCl. LI SMO y EL CAPLTAL [Si\ fü 81
a los hombl'es conientes, que son los que constituyen el mundo.
El hijo de la rica corrümte y el de la pobr e vulgar pueden Ilacer
con cerebros igualmente capaces ; pero a la época en que. empie- I
un a vivir como adultos el hijo de la rica ha a dquirido el lengua-
je, los modales, los Ihábitos personales, la cultura y la instrucción,
sin loscual,es le están vedados todos los grandes empleos, mien-
tras 'que el hijo de la l)obre no es 10 bastante presentable para
conseguir una colocación que le ponga en contacto con personas
finas. De este modo se malgasta y estropea una gran parte de la
fuerz'a mental de la nación, pues la natumleza no se cuida un
comino de los ricos y los pobres. Por ejemplo, no da a todo el •
mundo la capacidad de l' ealizar tareas dü>,e ctoras. Tal vez sólo
dota de ella ,a un individuo de cada veinte. Pero no elige a los
hijos de los ricos par-a que reciban sus caprichosos dones. Si en
cada doscientas personas sólo hay veinte ricas, su don director al-
canzará a nueve niños pobres y sólo a un lÍco. Pero si el rico pue-
de cultivar este don y los pobres no, las nueve décimas part es
de la provisión natural de capacidad directora de la nación que-
dará irremediablemen{e perdida, y para salvar la deficiencia mu-
ohos de los puestos directores serán desempeñados por personas
ineptas, debido únicamente a que han adquirido la costumbre el e
da!' órdenes a los pobres .
XXI
HAZONES POSITIVAS EN PRO DE LA DESIGUALDAD
H
.. STA ahol'a no hemos encontrado una gran institución na-
cional que se libre de los malos efectos de la división de
la gente en ricos y pobres, es decir, de la desigualdad de
lel renta. Podríamos seguir más lejos; pero sólo conseguiríamos
pasarlo peol'. Podría demostrarle a usted cómo la riqueza de los
oficiales y la pobreZ'a de los soldados y los marinos crea el des-
contento en el ejército y en la marina, cómo va prosperando la des-
lealtad porque las relaciones entre la familia regia y la totalidad
de la nación son las relaciones entre una familia rica y millones
ele familias pobres, CÓITlO lo que llamamos paz es en realidad I1n I
1
estado de guerra civil entre Jos ricos y los pobres, manifestada en "
huelgas desastrosas; cómo la envidia, la rebelión y los resenti-
mientos de clase son entre no.sotros enfermedades morales cróni-
cas. Pero si intentara hacer esto, exclamaría usted en seguida:
« i Ü1h !Por favor , no siga usted, porque no acabaremos nunca.»
y tendrLa usted mucha razón . . Si no le he convencid? ya de que I
ex; lsten abrumadoras razones ele estado contra la: deSIgualdad de
la renta, empezaré a pensar que no soy de su agrado.
Por otra parte, tenemos que pasa!' a tratar de l'as razones posi-
tivas que existen en favor del sistema socialista del reparto equi-
tativo. Esto me interesa sobremanera, 'porque se trata de mi sis-
tema favorito. Por lo tanto, s ería conveniente que me vigilara
usted con cuidado para asegurarse el e que procedo con lealtad
cuando pretendo ayudarle a examinar Jo que puede decillse en
favOl' de La igualdad de la r enta, además de lo que cabe decir en
contra de su desigualdad.
:En primer lugar, el reparto equitativo no es solamente un sis-
tema posible, sino que ya ha sido prohado por una larga experien-
cia. La mayor parte del trabajo cotidiano del mundo civilizado
es rea.lizado, y siempre lo Iha sido y lo será, por conglomerados
BlmN.\lli1 SH¡\\\,
de sel'es que l'ociben igual paga, sean altos o bajos, Tubios o mo-
renos, réÍ1pidos o lentos, jóvenes o entrados en años, abstemios o
bebedores de cerveza, protestantes o católicos, casados o solteros,
afables o malhumorados, piadosos o mundanos, en suma, sin l'a
menor consideración por las diferencias que distinguen a una per-
sona de otra. En todos los oficios hay un salario tipo, en todos los
servicios públicos !hay un sueldo regulador y en todas las profe-
siones son establecidos los honorarios con vistas a permitir al
hombre que sigue la profesión vivir conforme a cierto tipo de
respetabilidad, que es el mismo para toda la profesión. La paga
del policía, el soldado y el. cartero; los salarios del jornalero, el
carpintero y el albañil; el sueldo del juez y el diputado, pueden
diferir grandemente, percibiendo algunos de ellos menos de cien
libras ,anuales y otros más de cinco mil.; pero todos los soldados
perciben lo mismo, todos los jueces cobran igual, todos los ; dip lI-
tados tienen las mismas dietas, y si se pregunta a un médico pOI'
qué sus honorarios son cinco chelines o media corona, una guinea
o tres, o lo que sea, en vez de cinco o diez chelines, dos guineas o
seis o mil, no podrá daros otra r,azón mejor que deciros que pide
lo que todos los médicos y que piden eso porque ven que no pue-
den mantener su posición con menos.
Por lo tanto, cuando una persona irreflexiva repite como un
papagayo que si se da a todo el mundo el mismo dinero, antes
de 'que pase un año volverá a haber ricos y pobres, todo lo que
puede hacerse es decirle que mire en derredor suyo y vea los
millones de personas que perciben el mismo dinero y permanecen
en la misma posición toda su vida, sin que tenga lugar semejante
, cambio. Los casos de pobres que se enriquecen son sumamente
excepcionales, y aunque los casos de ricos empobrecidos S011 más
corrientes, también son accidentes y no circunstancias ordinarias
de todos los días. La regla es que los obreros de un mismo rango
y profesión cobmn lo mismo y que ni se hunden por debaj o
de su condición ni se elevan por encima de ella. Nada importa
lo distintos que puedan ser entre sí. Se le puede pagar a uno
dos chelines y medio ya otro media corona en la seguridad de que
. siempre han de seguir lo mismo, aunque de vez en cuando nos
sorprenda un g l ~ a n bribón o un gran genio !haciéndose mucho más
rico o más pobre que los demás. Jesucristo se quejaba de que era
más pobre que las raposas y los pájaros, porque éstos tenían sus
madrigueras y sus nidos, mientras que él no tenía casa en donde
albergarse, y Napoleón, en eambio, llegó la ser emperador; pero
es tan innecesario que nos fijemos en tan extraordinarios casos
para formarnos nuestro pllan general como que un fabricant e de
confecciones tenga en cuenta 'a los gigantes y los enanos paul,
GUÍA DEL SOCIAL1. SMO y EL CAPiTALISMO
85
ihacer SU catálogo. Con absoluta confianza puede usted dar por
resuelto por la experiencia pl'áctic'a que si pudiéramos conseguir
distribuír la renta equitativamente entre todos los habitantes del
país, no manifestarían ninguna tendencia a dividirse en ricos y
pobres, como no se les ocurre a los carteros actuales dividirse entre
sí en mendigos y millonarios. La única novedad propuesta con-
siste en que los carteros perciban igual que sus jefes y éstos no
menos que cualquier otra persona. Si observamos, como así es,
que da resultado pagar a todos los jueces lo mismo y a todos los
capitanes de marina igual, ¿por qué hemos de seguir dando a
tos jueces cinco veces más que a los capitanes de marina? Esto
mismo es lo que quisiera saber el capitán de marina, y si le dice
usted que si se le di81'a tanto como al juez al cabo de un año
sería tan pobre como antes, empleará un lenguaje poco adecuado
para otros oídos que los de un 'pirata. Por tanto, ándese usted L
con cautela paI1a decir tales cosas.
La distribución equitativa es, pues, completamente posible y
practicable, no sólo transitoria, sino permanentemente. Asimismo
es sencilla e inteligible, y suprime todas las querellas respecto a
cuanto debe tener cada cual. Ya ha sido puesta en práctica en
gmndes masas de seres ihumanos y tiene la enorme ventaja de ¡
asegurar la promoción por el mérito a los má,s capaces . I

E
XXII
EL MÉRITO y EL DIN.ERO
STA última frase aoaso intrigue incluso 'a la mujer.más inte-
ligente si nunca se ha dado a pensar seriamente sobre esta
,cuestión. Por esto convendrá que la explique un poco.
Nada hay que oculte tanto la difer encia de mérito entre las
personas como las diferencias de r enta. Tomemos, por ejemplo,
una nación agradecida que concede veinte mil libras a un gran
explooodoI', ,a un gran inventor o a un gran jefe militar (tengo
que tomar mis ejemplos de los !hombres, porque a las mujeres
sólo se les erigen estatuas después de su muerte) . Antes de que
haya recorrido la mitad del camino de su casa par a hablarle a su
mujer del acontecimiento, este hombre puede encontrarse en l<a
calle con algún necio notorio, o un libertino escandaloso, o un
'personaje insignificante, que tenga, no ya veinte mil libras escue-
tas, sino veinte mil libras al año o más . Las veinte mil libras
del gran hombre sólo le producirán mil :a.l 'año, con lo cual se verá
considerado en nuestra sociedad como un "pobre diablo» por los
comerciantes, los financieros y los charlatanes, que son diez veces
más ricos, porque en toda su vida han hecho ot1'a cosa que hacer
dinero para sí mismos con 'absoluto egoísmo, lacaso traficando con
los vicios o la credulidad de sus conciudadanos. Es algo monstruo-
so que un hombre que, gl' aci'as a un ingenio de mala ley, se las ha
arreglado para reunir tres o cuatro millones vendiendo mal whis-
ky , o 'acaparando trigo para venderlo al tripl e de su valor, o crean-
do periódicos y r evistas estúpidas para la difusión de ,anuncios en-
gañosos, sea Ihonrado, enaltecido, servi do y llevado al P.arlamen-
to para hacerle por último par del reino, mientras que hombres
que han ejerc:i.tado sus más nobles facultades o arriesgado sus vi-
das por el progreso del conocimiento y el bienestar humanos sean
empequeñecidos por el contraste entre sus peniques y las librai> de
los avariciosos .
88 BERNARD SHA W
Onicamente donde existe la igualdad pecun iar ia puede mani-
festarse la diferencia de méritos. Los títulos, la,s dignidades, las
reputaciones, .hacen más mal que bien si pueden comprarse con
dinero. La r eina Victoria demostraba su gran sentido práctico
cuando decía que no daría un título 'a quien no tuviera di nero
suficiente para mantenerlo ; pero el resultado fué que los títulos
fueron poseídos 'por los más ricos , no por los mejores. Entre per-
sonas de renta desigual, todlas las demás diferencias quedan rele-
gadas a segundo término. La muj er que ti ene mil libms anuales
de renta se antepone inevitablemente a las que sólo tienen cien,
por muy inferior que pueda ser a ellas, y puede dar a sus hi jos
ventajas que les faciliten el acceso a empl eos superiOl:es a los que
pueden alcanzar los niños pobres de igual o mayor capacidad.
Entre personas de igual renta no hay otra diferencia social
que la del mérito. El dinero no es nada: el carácter, la conducta
y la capacidad lo son todo. En vez de someter a todos los obreros
a un nivel bajo de salarios y elevar a todos los ricos a un nivel
eleg¡ante de renta, sometiendo a todo el mundo a una renta igual,
se lograría que cada cual encontr ara su nivel natural. Habría
hombres grandes, mediocres y pequeños ; pero los grandes serían
siempre los que hubieran hecho grandes cosas y no los idiotas
que hubieran sido mimélJdos por sus madres y a los que sus padres
les hubieran dejado -cien mil libras al año. Y los pequeños serían
los .hombres de poco espíritu y mezquino carácter y no personQ,s
pobres que no hubi eran tenido suerte. Esto explica por qué los
idiotas defienden siempre la desigualdad de la renta (su única
probabilidad de conseguir la preeminencia) y por qué los hombres
verdaderamente grandes defi.enden la igualdad .

XXIII
EL INCENTIVO
e
UA rDO pasamos a examinar las obj eciones que se oponen
al reparto equitativo de la renta, vemos que la mayoría,
de ellas sólo se reducen a esto: que no estamos acostum-
brados a ella y que hemos dado por sentado hasta tal punto el re-
parto desigual entre las clases que nunca hemos creído posible I
otro estado de cosas, para no mencionar que los maestros y los
predicadores que nos Iha destinado la clase gobernante rica se Iban
cuidado de meternos en la ,cabez.a desde la infancia que es impío
e insensato discutir el derecho de ,algunas personas a vivi r mu-
Ciho mejor que otras.
Sin embargo, hay otras objeciones. Ya hemos acabado con tan-
tas en nuestro examen de' los sistemas de distribución desigual,
que sólo es necesario que eJCaminemos dos.
La primera es que si no le consiente a una mujer ganar más
dinero que a otra, no tendrá ningún incentivo para t rabajar con
más ahinco.
A esto podría replicarse que nadie quiere que esa mujer tra-
baje con más ahinco que otra en La tarea nacional. Por el con-
tI'ario, es de desear que la carga del trabajo, sin l'a cual no habría
renta que repartir, sea compartida por igual por todos los obreros.
Si los que nunca están contentos sin trabajar se obstinan en rea-
lizar un trabajo suplementario para complacerse, no deben pre-
tender que esto sea un penoso sacrificio por el que debe pagárse-
les, y de cualqui er modo siempre pueden consagrar su energía
superflua ,a sus manías.
Por otra parte, hay personas que lamentan cada momento que
tienen que dedicar al trabajo. Esto no puede eximirles de realizar
su tarea. Todo el que trabaja menos de lo que le corresponde y
se apodera sin embargo de su part€l. total de la riqueza producid'a
por el trabajo es un ladrón y debe ser tratado como tal.
BERNARD SHAW
Pero puede ocurrit que el pel'ezoso vVi11i e diga que detesta
el trabajo y que está dispuesto a percibir menos y a permanecer
pobre, sucio, harapiento y hasta desnudo por el gusto de tl'abaj ar
menos. Pero, corno ya hemos visto, esto no puede consentirse: la
pobreza voluntaria es tan nociva socialmente como }a involunta-
ria. Las naciones decorosas deben empeñarse en que sus ciudada-
nos lleven vidas decorosas, realizando todo el trabaj o que les co-
rresponde en l,a tarea nacional y percibiendo toda su parte de la
renta. Una vez que el perezoso Willie haya realizado su tarea,
puede permanecer todo lo ocioso que quiera. Le quedará tiempo
de sobra para tumbarse a escuchar a los pájaros o a contemplar
a sus vecinos más impetuosos entregados furiosamente a sus ma-
nías, que pueden ser los deportes, la exploración, la literatura,
Las artes, las ciencias o cualqui era de las actividades que perse-
guimos por nuestro gusto una vez que hemos satisfecho nuestras
necesidades materiales. Pero la pobreza y la irresponsabilidad
social serán lujos prohibidos. El pobre Willie tendrá que some-
terse, no a la pobreza obligatoria, como ,ahora, sino al bienestar
obligatorio, cos'a que terne todavía más.
Sin embargo, existen difi cultades mecánicas que contl'arres-
taJ1 la libertad de trabajar más o menos que los demás en la pro-
ducción nacional general. Este trabaj o no es hoy día un trabaj o
individual separado: es un trabajo colectivo organizado que se
verifica en grandes fábricas y oficinas, en donde el trabajo empi e-
za y termina a Ihoras fijas. Nuestras ropas, por ejemplo, son lava-
da.s en lavaderos de vapor, en los que todas l'as oper,aciones que
solían ser realizadas por una mujer con su artesa, su cepillo y
su tabla, se halla.n repartidas entre grupos de mujeres que em-
plean máquinas y edificios que ninguna de ellas podría manejar
por sí sola, aun cuando p u c h e ~ a comprarlos, y que son ayudada
por hombres que hacen funcionar una fábrica de energía de va-
por. Si alguna de estas mujeres u hombres se ofreciera >a empe-
zar una hora antes o a quedarse dos horas después para ganar
sa1arios suplementarios, se les replicaría que esto era imposible,
puesto que no podrían !hacer nada sin la cooperación de los de-
más. La maquinari,a no funcionaría, a no ser que funcionara el
motor. Es éste un oaso de o todos o ninguno.
En suma, el trabajo colectivo, el trabajo de fábrica, es decir,
el único trabajo que puede hacer posible la existencia de nuestras
grandes poblaciones civilizadas modernas, sería imposible si cad'a
obrero pudiera ponerse a trabajar cuando quisiera y dejarlo cuan-
do se le antojara. En muchas fábricas el motor hace marclhar al
mismo paso al perezoso y al ,activo. El servicio ferroviario no
seria de gran utilidad si el maquinista y el conductor pararan el
GUÍA DEL y EL CAPfTALlSlVIO
9i
tren pa.ra ir él ver un partido de fútbol cuando sintiemn este deseo.
Los perezosos son inLÍt,iles en la industria moderna, y los olros,
los que quieren trabajar más y mejor que los demás, ven Cj ll P
no pueden hacerlo sino en ocupaciones relativamente solitarias .
Aun en el servicio doméstico, en donde es muy perceptibl e la dife-
rencia entre el criado remo lón y perezoso y el criado modelo, la
rutina del cuidado de la casa ínantiene a todo el mundo a cierto
nivel, y el cl'iado que no lo alcanza es despedido por inservible.
El perezoso no acepta salarios más bajos ni es enmendado por
salarios más altos.
No hace falta ningún incentivo externo para hacer que los tra-
bajadores de primera clase den el máximo rendimiento. Lo que
les r·etrae es que l'al'a vez les hasta para vivir lo que ganan. El tra-
bajo de primera clase es realizado actualmente en medio del mayor
desaliento. Existe la imposibilidad de verlo pagado igual que el
trabajo de segunda categoría. Cuando no es pagado en absoliJto,
hay la dificultad de contar con el ocio necesario para realizarlo
después de ganarse el sustento en un trabajo común. Los hombl'es
rara vez rechazan un empleo superior cuando se creen en clmdi-
ciones de desempeñarlo. Si lo hacen es porque este empleo está
tan mal pagado o BS tan impropio de su posici.ón social que no
pueden permitirse desempeñarlo. Un caso típi.oo es el del oficial
del ejército que r echaza una comisión . Si la paga y los gastos
del intendente del ·ejército no fueran mayores que los del ofici al,
y ambos fueran de la misma clase, no sería necesario ningún est í-
mulo económico para 'ha el' 'aceptar a un soldado el ascenso al
puesto más alto para que se creyera capacitado. Cuando se niega
a ello, como sucede a veces, es porque en él se encontraría más
pobl'e y menos a gusto qu en el puesto inferior.
Pero ¿qué decir de los tmbajos sucios? Estamos tan acost um-
brados a que los trabajos sucios sean real'izados por personas su-
cia y mal pagadas, que íbemos llegado a pensar que es una
desgl'·acia ejecutarlos, y que si no existiera una clase s ucia y des-
graciada no podrían ser realizados. Esto es un gran desatino. Al-
gunos de los trabajos más sucios del mundo son realizados por
cirujanos y médicos famosos, cuantiosamente pagados, que han
recibido una educación elevada y que se mueven en la mejor so-
ciedad. Las enfBrmeras que los ayudan les igualan a menudo en
educación y a veces les sllperan en rango. A nadie se le ocurre
pagar menos a las enfermeras o l'espetarl'as menos qUB a las dac-
tilógrafas de las oficinas, cuyo trabajo es muoho más limpio. El
trabajo de laboratorio y anatómico, que implica loa, disección de
cadáveres y el análisi de las secreciones y excreciones de perso-
nas vivas, es a veces repuo·nant.emente sucio, desde el pllnto ele
,
92 BEHNABD SIl.\W
vista de la limpie:,::a CaSBf'a. Sin emhal'go, tiene que ser realizado
por hombres y mujeres de carrera. y toda ama de casa sabe que
la casa no puede tenerse limpia sin realizar operaciones sucias.
El parto y la cl"Ía de los niños no son, en modo alguno, elegantes
distracciones de salón ; pero nadie se atreve 'a sugerir que no
sean en sumo o-rado honrosos, y ni las mujeres más refinadas
eluden su turno cuando les llega su hora.
Debe recordarse asimismo que gran parte del trabajo que aho-
nL resulta sucio porque se realiza en malas condiciones por perso-
nas sucias, puede ser ejecutado con li mpieza por pet'sonas lim-
pias. Las numerosas damas y caballeros que cuidan sus propios
automóviles se ingenian para hacerlo con menos alboroto .Y su-
ciedad personal que un criado desaseado. En general, el trabajo
necesario del mrmdopuede realizarse sin nu1. s suciedad que la
qu,e pueden aportar las personas sanas de todas las clases. Lo
cierto es que no se alude tanto al tr"abajo en sí como a la pobreza
y la degradación a que va unido. De este modo, un Ihacendado
no se opondrá a conducir su automóvil, pero sí se opondría con
gran vigor a llevar la librea de su chófer, y una gran dama lim-
piará una habitación sin estremecerse, aunq ue pr ef9rir'ía morir
a ponerse la cofia y el delantal de una criada, no obstante lo limo
pi os y apropi:ados que son. Estas ropas son tan honrosas como
cualqui er uniforme y mucho más que los luj osos vestidos de la
mujer ociosa : las criadas empiezan a resistir se 'a vestir las única-
mente porque en el pasado han ido asociadas a una condición
servil y una f.alta de respeto que las criadas y,a no están dispues-
tas a consentir . Pero respect o al trabajo, no hacen ninguna obje-
ción. Tanto la criada como su señorita se pasarán el dí/a, si les
gustan las fi ares y los animales, arreglando el jardín o lavando
los perros con la mayor solicitud, sin considerar en lo más mínimo
l'a sucied,ad que estas faenas implican como humillantes para su
dignidad. Si todos los barrenderos fueran duques, nadie haría ob-
jeciones a la basura: los barrenderos ilustrarí,an su papel de car-
tas con escudos en los que figuraran sus gorras 'actuales, en vez
de las coronas que ponen ahora los duques, y todo el mundD se
enorgullecería de t ener a la mesa a un barrendero, si es que éste
oondescendía a acceder a la invibación. Podemos dar por sentado
que nadie se opone al trabajo necesario de cualquier índole que
sea por el trabajo en sí: a 10 que se opone todo el mundo ,es a
ser visto haciendo algo que usualmente sólo es ejecutado por
personas el e inferior clase o por esclavos de color. Incluso a veces
!hacemos mal ciertas cosas a propósito, porque ros que las Ihacen
bien son considerélidos como inferiores nuestros. Por ejemplo, un
joven potentado necio escribirá mal porque los escribientes escri-
G e 1.\ /)r:L \/ , 1 t' .\IO y r;L C.\PlT.\L1 ;-;\10
93
ben bien, y el embajadOt de una república lleva en la corte pan-
talones largos en vez de calzón y medias de seda, porque, aunque
éstos son más bonitos, constituyen una librea, y los republicanos
consideran serviles las libreas.
Sin embargo, una vez que nos hemos ·sacado de la oabeza
mU0hos de los desatinos que se pi ensan sobre el trabajo sucio,
todavía subsiste el hecho de que aunque todos los trabajos úti les '
pueden ser igualmente hom'osos, no todos ellos son igualmente
agradables o 'agotadores. Para eludir este Ihecho podemos alegar
que existe tal diver idad de gustos, que es casi imposible men-
cionar una ocupación sin encontrar acto seguido alguien a quien
le gLlste. Nunca es un problema encontrar un verdugo volunta-
rioso. Hay hombres que se consideran felices cuidando de faros
alzados sobre rocas tan aisladas y peligrosas, que a veces se tarda
varios meses en relevarlos. Y al fin y al cabo, un faro está en un
sitio fijo, mientras que un buque fanal puede estar balanceándose
sin cesar de un modó que a la mayoría de nosotros nos haría
desear Ja muerte. Sin embargo, se encuentran hombres paté!
tripular los buques fanales por salarios y pensiones no mayores
que los que podrían encontrar tmbajando en tierra firme. La
minería parece una o upación horrible y antinatural; pero no
es impopular. Los niños abandonados a su iniciativa hacen las
rosas más incómodas y desagmdables para divertirse, pareciéndo-
se mucho al escarabajo, que, aunque pueda recorrer toda la casa.
prefiere el sótano al salón. El refrán de que Dios no ha -::reado
nunca una tarea sin crear el hombre o la mujer que ha ([ El :"eaJi-
zarle es Ihasta cierto punto exacto.
Pero después de Ihacer todas las ooncesiones posibles a
idiosincrasias, subsiste el hecho de que es muoho más fácil en·
contrar un muchacho que quiera ser jardinero o maquinista y una
muchacha que quiera ser artista cinematográfica o telefonista,
que un muchadho que quiera ser pocero o una muchacha que d -
see sel' trapera. Puede hacerse muchísimo pam hacer más agrada-
bles las ocupaciones impopulares, y de algunas de ellas podemos
prescindir por oompleto, y hace tiempo que hubiéramos prescin-
dido de ellas si no hubiera habido una clase de personas muy
pobres y toscas para llevar}as a oabo. El lhumo y el Ihollín pueden
ser eliminados; los fregaderos pueden convertirse en lugares más
agradables que la mayoría de las oficinas; el desagrado del tm-
bajo del pocero es y1a casi imaginario; la extracción de carbón
puede hacerse innecesaria utilizando las mareas para producir la
energía eléctrica, y hay otras muchas maneras de lograr que el
tmbajo que ahora resulta repulsivo no sea más enojoso que la
generalidad de los trabajos necesar-i.os . Pero hasta que esto se logre,
BEliNAllD
jas personas que no sienten predilección particul ar por uno u otro
querrán ejecutar los trabajos m.ás agradabl es.
Por fortuna, tenemos un medio de igualar el ,atractivo de las
diferentes ocupaciones. Y esto nos conduce a esa importantísima
parte de nuestr,a vida que llamamos el ocio y que los marinos
llaman libertad.
Hay una cosa, que todos deseamos, y es la libertad. Con esto
nos referimos a estar libres de la obligación de hacer otra cosa
que lo que nos guste sin tener que pensar en el mañana ni en
ninguna de las necesidades que nos esclavizan. Unic'amente somos
libres mientras podemos decir : "Mi tiempo me pertenece." Cuan-
do los obreros que trabajan diez bares diarias reclaman la jor-
nada de ocho horas, lo que quieren en realidad no son oc!ho horas
de trabajo en vez de diez, sino diez y seis horas de libertad en
vez de catOl' ce. De estas diez y seis horas hay que quitar ocho
para dormir y otras cuantas pal'acomer y beber , vestir se do' -
nlldarse, lavarse y desCi:ll1 si:1l' , ele suel' !, e ( [ UO iU ll1 LmhajD.nclo OdH}
noras diarias el ocio r eal de los obreros, es decir, el tiempo que
les queda después de d'escansar, comer y asearse debidamente
para dedicarse a las aventur.as, distracciones o caprichos que les
a liraigan se reduce a unas breves !hOnélS, y el valor de estas breves
!horas es reducido más aún por la brevedad del día en el invierno
y por el tiempo que se invierte en trasladarse al campo o adonde
vaya uno a divertirse. Las muj eres casadas, cuyo taller es el
hOglar del marido, quier,en salir a distraerse igual que los hom-
bres quieren abandonar los sitios en que t rabajan. En realidad,
una gran parte de nuestras riñas domésticas se producen porque
el hombre quier e pasar en casa sus ratos de ocio, mientras que
la mujer quiere pasar los suyos fuera. A las muj eres les gustan
los hotel es; los hombres los detestan.
Tomemos, sin embargo, el caso de un mat rimonio que está de
acuerdo en pasar sus ratos el e ocio fuer-a de casa. Supongamos
que la jornada de trabaj o del marido sea de ocho horas, y que
invierte otras ocho en dormir y cuatro más en almorzar , comer,
lav,arse, vestirse y No se sigue de esto que todos los·
días disponga de cuatro !horas para divertirse con su esposa. Lo
más probable es que pierda la mitad el e sus cuatro horas en aguar-
dar que empiece 1a función de teatro o la sesión de cine, pue&
tienen que dejar las diversiones al aire libre, como el tenis, el
golf, la bicicleta y la playa para la gente elegante. Por consi-
gui ente, el hombre desea cont inuamente más ocio. Por eso vémo .
personas que prefieren un trabajo r udo que les deja libres algún
tiempo, a ocupaciones mucho más cómodas en las que nunca están
libres. En una ciudad fabril es a veces imposible encontral' una
criada inteligente y mañosa, y en ocasiones no se }a encuenLn:1
de ningún modo. Esto no es debido a que la criada. c¡:ue
trabajar más o recibir peor trato que la obrera o la ofiCllllsta, S1110
a que no tiene tiempo que pueda considerar suyo. Siempre tiene
que estar atenta al" timbre, aun cuando no se atreva uno a
la por temor a que se subleve. PaYa inducirla a quedarse hene
usted que concederle una tarde cada quince días; luego, cada se-
mana ; después, una tarde más larga; más t arde, dos por semana,
y, por último, dejarle que r·eciba a sus amiga en el salón y em-
plee el piano de vez en c.uando (en cuyas ocasiones tiene usted
que marcharse de su pJ:opia casa), y el resultado ·es que mucho
antes de que llegue usted a l límite de las concesiones que pensa-
ba hacer descubre que no vale la pena tener una criada en tales
condiciones, y se pone usted misma a cuidar la casa, utilizando
las invenciones modernas. Pero aun en el caso de que concediera
usted las tardes libres y todo 10 mencionado, la muchach a no
tendría aún un sentido s'atisfactorio de la libertad. Puede que no
qllisiera pasar la noche fuera ni con los propósitos más inocentes;
pero sí. f!uerría saber que podría hacerlo cuando quisiera. Así es
la naturaleza !humana. .
Ya podemos ver cómo se puede dar una compensación a las
personas que realizan trabajos más o menos agradables y senci-
llos. Proporcionad más ocio, menos jornada de trabajo en las ocu-
paciones enojosas y más días festivos en los trabajos menos agr-a-
dables y será.n tan buscados como los menos agradables con me-
nos ocio. En una exposición de pintura encontraréis a una dama
lindamente vestida que 5e halla sentada a una ·mesa y no tiene
otra cosa que hacer que deci.r a qui.en se" lo pregunta el preci o
de cada cuadro y acot ar los pedidos que le hagan. Esta dama
sostiene agradables conversaciones con periodistas y artistas y,
sin embargo, le fastidia no poder leer una novela. Su sillón es
confortable, y ella procura que esté cerca de la estufa. Pero la
sala tiene que ser barrida y limpi'ada todos los días, así como
fregados los cristales de sus ventanas. Es evidente que la labor
de esta señora es mucho más dulce que la de la sirvienta que
hace la limpieza. Para equi librarlas !hay que hacer que se rele-
ven amba.s en la mesa y en la limpi ez.a, alternando por días o
por semanas, o de no ser así, como una. buena fregatriz puede
ser muy mala funcionaria y una funcionaria muy atmctiva puede
ser muy mala fregatri z, se debe dejar que la sirvienta se vaya a
su casa ü ·des0ansar antes que la otra.
Los museos públicos, cuyos cuadros no están a la venta, requie-
ren los servicios de guardianes, que no tienen otra cosa que hacer
que !le 'al' llD nniforme respetable y cuidar de que el público no
BERN AR D SRA W
fume, ni robe los cuadros, ni los <J, traviese con la punlia del para-
guas al señalar sus bellezas. Compárese este trabajo con el del
fundidor de acero, que tiene que realizar un gran ejercicio mu'scu-
lar entre altos hornos y calderos de metal fundido, es decir, en
una atmósfera que a una persona no acostumbrada a ello le pare-
cería lo más parecido al infierno en la tiena. Cierto es que el
fundidO}' se aburriría en seguida en el puesto del empleado del
museo Ji volvería en seguida a los hornos Ji al metal por no
aguantarlo, mientra,s que el empleado del museo no podría rea-
lizar el trabajo del fundidor por ser demasiado viejo, demasiado
blando o demasiado perezoso, o las tres cosas jvntas. Uno de estos
trabajos es de jóvenes y el otro de viejos. Actualmente los equili-
bramos pagando más al fundidor; pero el mismo resultado podría
obtenerse dándole más ocio, sea en vacaciones o en una jornada
más corta. Los obreros hacen esto mismo cuando pueden hacerl o,
cuando se les paga, no por tiempo, sino por piez'a, Ji cuando a
causa de un alza de precios o un gran aumento de pedidos ven
que pueden ganar a la semana el doble de lo que están acostum-
brados a t ener, pueden elegir entre el sahLrio doble o el doble
-descanso. Por regla geneml, eligen el doble descanso, llevando {l.
-casa el mismo dinero que antes, pero trabajando solamente del
lunes al miércoles y haciendo fiesta del jueves al sábado. No quie-
. 1'en más trabajo y más dinero: quieren más ocio por el mismo
t rabajo, lo que prueba que el dinero no es el único incentivo para
trabajar, ni el más fuerte. El ocio o la libertad lo es má cuando
el trabajo no es agradabl e en sí.
XXIV
LA TIRANÍA DE LA NATURALEZA
L
A primera leCCión . que debe cuando tenemos
edad suficl ente para comprenderla ·es que la completa 11-
bertad de la oblig.ación de tr.abajar es antinatural y debe
(;Onsiderarse ilegal, toda vez que sólo podemos eludir nuestr.a par-
te de trabajo cm'gándola sobre los hombros de otro. La naturaleza
ordena inexorablemente que la raza humana perecerá de Ihambre
si cesa de trabajar. No podemos librarnos de esta tiranía. L'a '
cuestión que tenemos q ue resolver es cuánto ocio podemos permi-
tirnos. Aun cuando tengamos que trahajar como galeotes en esta
tarea, ¿cuándo podremos ahandonar la con tmnquilidad de con-
ciencia, sabiendo que ya hemos ejecutado nuestra parte y pode-
mos estar en libertad hasta el día sigui ente? Esta pregunta no
ha sido contestada nunca, y nunca lo será bajo nuestro sistema
actual, porque hay muchísimos obreros que realizan trabajos, no
ya inútil es, sino nocivos. Pero si mediante una distribución equi- (
tativa d e la renta y un reparto justo del trabajo llegámmos a
encontrar la solución, deberíamos considerar nuestro trahajo como 1
algo que nos proporcionaba, no determinada cantidad de dinero, \
sino determinada libertad.
y acaecería ,otra cosa curiosa. Ahora nos rebelamos contra la
esclmritud del trabajo porqu nos sentimos esclavos, no de la
naturaleza y la necesidad, sino de nuestros patronos y de aquellos
para quienes éstos nos emplean. Por eso odi,amos el trabajo y lo
consideramos una maldición . . Pero si todos compartiéramos por
igual 1'80 carga y la recompensa, olvidaríamos este sentimi ento.
Nadie se sentiría dominado y todo el mundo sabrí a que cuanto
más tr:abajo se bici era ·más percibiríamos todos, puesto que el
l'eparto de 10 que produj era el trabajo sería equitativo. Entonces
descubriríamos que todos los trahajos ti enen su lado alegre. El
trabajo fabril , cuando no es ejecutado con exceso, es muy social
7
98 BERN ARD SHA W
y puede ser muy divertido; ésta es una de las razones de que las
muc'hachas prefieran trabajar en los telares, bajo un estrépito en-
sordecedor, a estarse sentadas solas en una cocina. Los marinos
trabajan muc!ho; pero lo hacen al aire libre y charlan, pelean,
juegan' y cambian constantemente de lugar, lo cual es mucho
más atrayente que el trabajo que se reduce a contar el dinero de
otro y anotarlo en cifl'las en una obscura oficina. Además del
tmbajo que resulta agradable bajo estas circunstancias hay el
trabajo que es interesante y agradable de por sÍ, Goma el de los
filósofos y las diferentes clases de artistas, que trabajarán gratui-
tamente antes que no hacer nada; pero bajo un sistema de distri-
bución. equitativa, esto sería probablemente un producto del ocio
más bien que una industria obligatoria.
Ahora ,consideremos los supuestos placeres que se nos venden
como algo más agradable que el t'r:abajo. El tren turista, la playa,
las tómbolas, la bebida, el entusiasmo pueril por el fútbol y el
criquet, las pobres compañías de pierrots y colombinas, que pre-
tenden ser divertidas y agudas cuando sólo son necias y vulga-
res, y todas las demás tentativas por persuadir a la mujer inteli-
gente que se divierte extraordinariamente cuando en realidad
sufre, se aburre y se cansa, acabando por llegar a su casa irrita-
da y deprimida, ¿no demuestra todo esto que la gente recurre
a cualquier cosa, por incómoda que sea, por el afán de val'iar en
cuanto se le dan unos días de ocio a largos intervalos? Si tndos
los días tuviera el ocio suficiente, así como trabajo, aprendería j
a divertirse. Actualmente, los hombres desconocen este importan-
te ,arte. Todo lo que pueden /hacer es comprar los placeres SUge.s-
tivamente anunciados que se les ofrecen por dinero. Rara v z tie-
nen suficiente sentido para observ'ar que estos placeres no encie-
r:r:an ningún placer y sólo son tolerados como un alivio de la
monotonía del cotidiano e incesante tráf,ago.
Cuando la gente tenga el ocio suficiente para aprender a vivir
y a conocer la diferencia entre el placer real y el ficticio, no sólo
empezará a complacerse en su trabajo, sino también a compren-
der por qué sir Jorge Gornewall Lewis decía que la vida sería
tolerable si no fuera por sus diversiones. Este hombre era lo bas-
tante inteligente par'a ver que las diversiones, en vez de divertirle, I
le /hacían perder el tiempo y el dinero y le irritaban los nervios.
Ahora bien, no hay nada tan desagr,adable para una persona sana
como malgastar el tiempo. Observ,ad cómo los niños sanos siem-
pr e quieren hacer algo hasta que caen rendidos. Pues bien, f"ería
tan natural que los adultos construyeran castillos reales por diver-
ti rse como que los niños construyan castillos de arena. Guando
están cansados, los niños no quieren trabajar, sino estarse sin
GUÍA DEL SOCIALI SMO Y . EL CAPITALISMO
99
hacer nada hasta que caen dormidos. Nosotros no quer emos tr.a- ,
bajar nunca por placer; lo que queremos es trabajar con cierto
placer e interés para ocupar el tiempo y ejer citar los músclüoS y \
el cerebro. Ningún esclavo puede compr ender ,esto, porque se . le
hace trabajar con exceso y no se le respeta, y cuando puede líbrar-
se del trabajo se entrega a vicios groseros y excesivos, que co-
rresponden a su grosero y excesivo trabajo. Si se le liberta, nunc!1
podrá sacudir sus viejos vicios y su viejo Ihorror al trabajo;
pero esto no importa: él y su generación mori rán y sus hijos e
hij as podrán gozar de su libertad. y uno de los modos que tendrán
de gozarla será consagrando una gran cantidad de trabajo suple-
mentario a embell ecer las cosas útiles y mejorar las cosas bue-
nas, para no !hablar de la supresión de las cosas malas, pues el
mundo es como un j,ardín: necesita que se le escarde, así como
que se le siembre. Lo mismo se encuentra placer en la destruc-
ción que en la construcción : la una es tan necesaria como la otra.
Para tener un conocimiento exacto de esta cuestión debe usted
distinguir , no ya entre el trabajo y el ocio, si no ent re el ocio y el
descanso. El trabajo es hacer lo que debemos; el ocio es hacer
lo que queremos; el descanso es no hacer nada mientras nuestro
cuerpo y nuestro espíritu se reponen de su fatiga, Ahora bien ;
hacer lo que queremos es a veces tan laborioso como hacer lo que
debemos. i Suponga usted que se trata de correr con toda la rapi-
dez posibl e para llevar una pelota de un lado a otro de un
campo! Esto es más duro que muc!has formas de trabajo necesario.
Ver hacerlo a otras . personas es una especie de descanso, como
leer un libro en vez de escribirlo. Si todos tuviéramos una buena
parte de ocio no lo emplearíamos todo en correr detrás de una
pelota o en cazar . Una gran pal'te la dedicaríamos ,a realiz·ar tra-
bajos útiles, y aunque nuestro tl'abajo obligatorio, cuyo incumpli-
miento sería tratado como un crimen, acaso nos invirtier,a única-
mente dos o tres !horas diari'as, lo aumentaríamos bastante t raba-
j'ando voluntariamente en nuestras horas de oci o, realizando por
capricho muchísimos trabajos beneficiosos que hoy día no quere-
mos hacer ni por amor ni por dinero. Toda mujer cuyo marido I
eSLá metido en actividades interesantes sabe lo difícil que es
apartarl e de ellas, incluso mientras come. De hecho, los celos de
la mujer por el trahajo de su marido producen a veces serias
desdichas domésticas, y lo mismo ocurre cuando una muj er se
entrega a una actividad absorbente y encuentra ésta y sus con-
tingencias más interesante que la compañía, la conversación y los
amigos de su esposo. En las profesiones en que el tr.abajo es soli-
tario e independiente de la jornada comercial y fabril y de las
máquinas de vapor, el número de personas que se estropean la
tOO BERNAHD SHAW
salud y hasta se matan por trabajar con exceso
es tan oonsiderable, que el filósofo Heriberto Spencer no perdía
nunca una ocasión de prevenir a la gente contra la pasión por el
tl'labajo. Esta pasión puede apoderarse de nosotros como la pasión
por la bebida. Sus víctimas siguen trabajando hasta mucJho des-
pués de estar t.an ·exten uadas que sus actividades producen más
daño que beneficio.
"
xxv
LA CUESTIÓN DE LA POBLACIÓN
L
A segunda de las dos obj eciones restantes a la distribución
equitativa de la r·enta es que sus beneficios, si alguno
tuvi era, serían devorados en seguida por los matrimonios
que tuvi eran demasiados hijos. Las personas que dicen esto m<l-
nifiestan siempre al mismo tiempo que nuestra pobreza actual
se debe a que ya hay 'demasiadas cri.aturas en el mundo, o, para
decirlo de otro modo, a que el mundo es demasiado pequefio para
producir alimentos suficientes para todos los seres que lo pueblan.
Ahora bien ; aun ·en el caso de que esto fuera cierto, no Eería
una objeción a la disttibución equitativa de la renta, pues cuanto
menos tengamos más importante es que sea r epartido equitativa-
inente, de modo que podemos llegar lo más lejos posible y evitar
que a los males de la escasez se agreguen los de la desigualdad.
Pero esto no es eX'acto. Lo que sí lo es es que cuanto más perso- ¡
nas civilizadas hay en el mundo más pobres son relativamente la
mayoría de ellas; pero la causa. evidente de esto es que la rique-
7.a que producen y el ocio que pl'oporcionan son repartidos de
modo tan desigual que por 10 menos ['a mitad viven parasitaria-
mente de la otm mitad en vez de producir su propio sustento.
Considérese el caso del servicio doméstico. -La mayoría de las
personas que pueden permitirse tener una criada tienen una sola ; .
pero en Mayfair, un matrimonio joven que se muev'a en la socie-
. dad elegante n9 puede estar sin nueve criados, aun antes de que
tengan ningún hijo. Sin embargo, todo el mundo sabe que los ma-
trimonios que sólo tienen una criada, o :a lo sumo dos (para. no
hablar de los que no tienen ninguna), están mejor atendidos y
viven más confortablemente que el desdichado matrimonio que
tiene que hacer sitio a nueve adultos y mantener la paz entre ellos.
Lo cierto es, por supuesto, que los nueve criados se sirven
entre sí en vez de servir a sus sefiores. Si tiene usted que tornar
t02
BERNARD SHAW
un mayordomo y un lacayo porque lo exige la m.oda, tiene usted
que tener alguien que les !haga comida y les arregle la cama.
Las amas de casa y las doncellas necesitan el servicio doméstico·
tanto como la dueña de la casa y cuidan mucho más de no p o n e l ~
.Las manos en lo que no sea estrictamente de su cometido. Es, por
tanto, un error decir que es ridículo tener nueve criados para sar-
vil' únicamente a dos personas. En la casa hay once personas a las.
que servir, y como nueve de ellas tienen que servirse entr e si, a
las otras dos no les queda tanto servicio como podría suponerse.
Esto explica por qué los matrimonios que tienen nueve criados se
están quejando siempre de lo difícil que les es arreglarse con
t. an pocos, y toman además sirvientas, costureras y botones. Las
familias de regular tamaño y extraordinarias rentas llegan a acu-
mular treinta criados, y como los treinta se sirven más o menos'
entre sí, no hay ot ro límite al número de criados necesarios que
el número de dormitorios: cuanto más criados se tiene, menos
tiempo les queda para servirnos y, por lo tanto, más se necesitan,
o mejor dicho, más necesitan ellos, lo cual es muoho más diver-
tido para ellos que para uno.
Ahor,a bien ; es eyidente que estas hordas de criados no se-
mantienen a sí mismos. Son mantenidos por su señor, y si éste
es un rico ocioso que vive de rentas y dividendos, ·es decir, que-
se mantiene del t rabajo de sus arrendatarios y de los obr eros
de las compañías en que tiene acciones, todo el establecimientO'
-criados y señor- no se sostiene a sí mismo y no se sostendría
aun cuando el mundo fuera diez veces mayor para acomodarlos.
En vez de exceso de personas, lo que !hay en el mundo es exceso',
de ociosos y eXJceso de trabajadores que desperdician el tiempo
sirviendo a los ociosos. Suprimid los ociosos y poned a estos obl'e- I
ros a realizar trabajos útiles, y no se volverá a oír hablar duran-
te muclho ti empo de que el mundo está superpoblado. Acaso no
volviéramos a oír hablar de ello nunca más. La naturaleza en-
cuentra siempre una solución en estas cuesti.ones.
Habrá personas que comprenderán esto más fácilmente si se lo
presento como una suma laritmética. Supongamos que veinte-
hombres producen 'con su trabajo cien libras anuales cada uno y
entr,egan voluntariamente o forzados por la ley cincuenta libraS'
al propietario de las tierms en donde trabajan. El propietario
recibirá entonces mil libras anuales, no por trabajar, sino por J
poseer. El propietario puede permitirse gastar en su sustento qui-
nientas libl'as anuales, lo que le hace diez veces más rico que
cualquiera de los veinte obreros, y puede empl ear las otras qui-
nientas libras en contratar seis hombres y un muchacho por se-
tenta y cinco libras anuales cada uno para que le sirvan de cria-

GUlA DEL SOCJALl SMO y EL CAPiTALISMO
103
dos y actúen como fu erza armada que contienda con cualquiera
de los veinte hombres que intente rebelarse y r etener las cincuen-
ta libms. Los seis /hombres no se pondrán de parte de los que ganan
cincuenta libr as al añ.o, porque ellos perciben setenta y cinco, y
no son lo bastante listos para ver que si se unieran todos para
librarse del propietario y realizar un t rabajo útil tendrÍ'an cada
uno cien libras anuales.
No tiene usted más que multiplicar los veinte obreros y los seis
o siete criados por millones para obtener la base fundamental de
lo que existe en todo país en donde hay una clase de propietarios
con una gran fuerza de policía y un ejército que protege su pro-
piedad y gran número de criados que les sirven junto a masas de
obreros que fabrican objetos de lujo para ellos, y todos los cuales
son sostenidos por el tr.abajo de los obreros verdaderamente úti-
les, que -tienen que sostenerse además a sí mismos. El que el 1
aumehto de la población emiquezca o empobrezca al país depen-
de, no de la fertilidad natural de la tierra, sino de si los seres
nuevos son destinados a realizar trabajos útiles o no. En caso afir-
mativo, el país se enriquecerá. Si, por el contrario, los nuevos
Ihabitantes son destinados a trabajm estérilmente como criados
de los propietarios o como guardianes armados de los derechos
de propiedad o en cualquiera de las profesiones que sólo favore-
cen a los propietarios, el país se encontmrá más pobre aunque
los propietarios estén más ricos y la ostentación de diamantes,
vestidos caros y automóviles sea mucho más espléndida y los
criados y otros dependientes reciban salarios máselev'ados que
sus abuelos.
En el 'curso natural de las cosas, cuanto más poblado estuviera
un país más rico debería ser éste, a causa de la ventaj'a del repar-
to del trabajo. El reparto del trabajo significa que en vez de tener-
se que hacer cada cual lo suyo, como Robinsón erusoe, las dife-
rentes clases de tmbajo son realizadas por distintos grupos de
hombres que llegan a adquirir gran pericia y rapidez en su tra-
bajo porque no hacen otra cosa. Asimismo su trabajo puede ser
dirigido por otros hombres que consagran a ello todo su talento.
El tiempo economizado de este modo puede emplearse en cons-
truír maquinaria, carreteras y toda clase de recursos para econo-
mizar después más tiempo y más tmbajo. Así es como veinte
obrel'os pueden producir más del doble que diez y cien obreros
más de cinco veces lo que pueden producir veinte. Si la riqueza
y el trabajo de producirla fueran compartidos equitativamente,
una población de cien personas viviría mucho mejor que otra de
diez, y así sucesivamente 'hasta llegar a las modernas poblacio-
nes de millones de seres, que deberían vivir extl'aordinariamente
BEL1NArW ~ H A \,y
mejor clue las antiguas comunidades el e miles de CLImas. El hecho
de que vivan muy poco mejor, y a veces peor que ellas, se debe
únicamente a los ociosos y sus pal'ttsitos, que las despojan como
despojamos nosotros a las pobres abej>as.
Sin embargo, no quiero que crea usted que si todos compaetié-
ramos equitativamente la renta el incremento de ésta por cabeza
se prosegui ría indefinidamente. Los seres humanos pueden mu 1-
tiplicarse rápid'amente en condiciones favorables. Una sola pare-
j.a, si su posteridad se las arreglara para evitar la guerra, la pes-
te y la muerte prematura, podría tener veinte millones de descen-
di entes aJ cabo de cuatrocientos años. Si todas las parejas exis-
tentes se multiplicaran en esta proporción, pronto no cabrian en la,
tierra, y mucho menos habría campos para cultivar el. trigo. La
cantidad de sustento que la tierm pLl ede producir tiene su límite,
y si el incremento de la población no Jo tuviera también, acaba-
rí.amos por encontrarnos con que en vez de aumentar nuesfra
par te de sustento procreando más seres humanos la habíamos dis-
minuído.
Aunque ahoYa cultivamos Jos cie lo para extraer el ni.trógeno
del aire, existen -ütras consideraciones a más de la de l s ustento
que se opondrían a nuestra multiplicación. No sólo de pan vive
el hom,bre, y es posible que a veces se produzca al mismo tiem-
po un exceso de población y de alimentación. Después de la gue-
rra no se notaba escasez de ali mentos en Inglaterra; pero habí,a,
una terrible escasez de casas. NLlestras ciudades están monstruosa-
mente superpobladas: para dotal' a cada familia que conti enen
de una casa esp.aciosa y confortable, con jardín, alg\ll1éLS de nues-
tras calles tendrían que extenderse a millas y millas de campo.
Acaso algún día tengamos que decidir cuántos seres necesitamos
que existan para gozar todos de buena salud, y tendremos que
atenernos 'a este número hasta qLle no hallemos motivo para mo-
dificarlo.
En esta cuestión ha de tenerse en cuenta a las mujeres, cf ue
son las que tienen que dar ·a luz los hijos. Es posible que una
mujer tenga veinte hij os. En ciertas regiones rura les de Europa,
las familias de quince mi emb1'os no son lo bastante raras para
sel' consideradas como excepcionales. Pero aunque una mujer de
vigol'osa constitución, debidamente cuidada y con los partos razo-
nablemente distanciados, pueda r esistir este esfuerzo sin estropear-
se para siempre y continúe tan buena y tan fuerte como las muj e-
res que no han tenido ningún hi jo, el parto de cada hijo implica,
sin embargo, un largo período de incomodidades y sufrimientos,
que culminan en una inhabilitación temporal con grandes do101' e¡
y peligros de muerte. El padn.l se libra de esto; pero actuaJmen-
GUíA DEL SOCIALI SMO Y ~ ~ L CAPITALISMO
:105
te tiene que ganar un .iornal para, mantener el los niños mientras
.son pequeños, y aunque pueda haber trabajo en abund'ancia parCl
ellos cuando ll eguen a la edad de trabajar, esto no les propor-
ciona pan y manteca en el entretanto. Por un incremento de po-
blación que benefiüie 'al país y al mundo puede sel' una carga
casi insoportable para los padres. Por lo tanto, ' éstos restringen
sus familias al número de hijos que el padre puede permitirse
mantener o que La madre quier e engendrar, ex,cepto cuando no
saben cómo hacerlo o cum1do su religión les prohibe pl' actical'
la regulación de los nacimientos.
Esto ejerce un influjo importantísimo en la di stribución equi-
tativa de la renta. Para que se comprenda bien esto, tengo que re-
troceder un poco y mudar al parecer de t ema ; pero pronto se
verá }a conexión existente.
Si los obreros de todas las ocupaciones van a recibir la misma
renta, ¿,cómo hemos de considerar el hecho de que aunque el coste
de la vida es igual para todos los trabajadores, sean filósofos o
oampesinos, el coste de su trabajo varía muchí simo? En el curso
de una jornada, una muj er puede gastar un carrete de hilo que
cueste unos peniques, mient ras que su marido, si es un trabajador
científicD, puede necesitar un poco de rádium, que cuesta ,a diez
y seis mil libr,as la onza. En los (Jampos de batall a de Flandes,
los :artilleros que trabajaban con gran riesgo de sus vidas y miem-
bros necesitaban muy poco dinero para sí ; pero el coste de Jos
materiales que empleaban en un solo día er'a prodigioso. Si hu-
bieran tenido que pagar al contado eon sus salarios los cañones
que empleaban y las granadas que disparaban no hubiera habido
guerra .
Esta desi gualdad de gastos no puede ser salvada por ninguna
combinación de ocio, de vacaciones o de privilegios de ninguna
índole entre unos y otros tmbajadores . Todavía menos posible es
solucionarla por medio de salarios desiguales. Ni aun el más in-
sensato defensor de nuestro sistema de salarios propondría que el
hombre que maneje un pisón de vapor, que cueste muchos miles
de libras, debe percibir salarios proporcionalmente más altos que
los del marino que maneja. un martillo de mano o el leñador que
empuña un hacha, que cuestan unos cuantos chelines en vez de
miles de libras. El trabajador no puede soportar el cost é de sus
materiales y herrami entas si sólo percibe una parte igual de la
renta nacional : o hay que proporcionárselos o abonárselos en el
oaso en que tenga que adquirirlos por cuenta propia.
Aplicando esto al trabajo de la maternidad y al coste del soste- ,
nimiento de los hijos, resulta evidente que los g.astos de ambas
cosas no deben ser de cuenta de los padr. es. Actualmente, éstos
,
tu6
BERNAIW I:; HA \-,\0
50n remunerados harto insuficientemente mediante subsidios de
maternidad y por una reducción de la contribución por cada hij o.
que tiene la fami lia. Baj o un sistema de reparto equitativo de la
renta, cada niño tendría su parte desde su cuna, y los padres.
serían los depositarios del nifio y estarían suj etos indudablemente
a la obligación de demostrar al Síndico Público, de ser denuncia-
da alguna negligencia, qUe los nifios percibían todo el benefici o.
de sus rentas. De este modo una familia que tuviera nifios peque-
fios se hallaría siempre en situación desahogada, y la madre afron-
taría el trabaj o y el ri esgo de tenerlos por amor a los privilegios,
eL las dignidades y a las satisfacciones naturales de la mater-
nidad.
Pero es concebible que tan satisfactorias condiciones, combi-
nadas con los matrimonios tempranos y la desaparición de la:
terrible mortalidad infantil actual, conduciría a un mayor incre-
mento de la población de lo que podría desearse, o, lo que es
igualmente inconveniente, a un incremento más rápido, pues la
rapidez del incremento es muy importante: puede ser deseable
duplicar la pob}ación en cien afios y muy indeseable duplicarl a en
cincuenta. Así, pues, puede hacerse necesario r egular nuestro nú-
mero mediante nuevos métodos.
¿ Cuáles son los métodos actuales? ¿ Cómo se mantiene la po-
blación en el número que nuestro sistema de distribución desigual
puede soportar? Estos métodos son en su mayoría horribles y
perniciosos. Entre ellos se encuentran la guerra, la peste y la po-
breza, que causa la muerte de multitud de nifios antes de que
cuenten un afio. Junto a estos horrores tenemos la práctica de la
restricción artificial de la natalidad efectuada por los padres en
tan enorme escala, que entre l.as clases educadas que recurren a
ella la población va decreciendo seri'amenteo El Gobierno francés,
temiendo Iaescasez de soldados, insta al pueblo a tener más hijos,
para cubrir una deficiencia de veinte millones ' en comparación
con Alemania. A estas restricciones de l'a población debe añadirse
la práctica criminal del aborto que predomina de un álOdo terri-
ble, y en los países orientales l.a descarada costumbre del franco
infantici dio, que se efectúa abandonando a la intemperie a la
criatura que no se desea, sobre todo si es nifi a. El humano Maho-
ma no pudo convencer a los árabes de que esto era un pecado;
pero les dijo que el día del juicio la niña que !hubiera sido 'aban-
donada se alzaría . clamando: « ¿ Qué delit.o cometí?)) A pesar de
MaJhoma, en Asia se sigue abandonando a los nifios, y cuando
el abandono es prohibido por la ley en los países nominalmente
cristianos, los nifios indeseados mueren en tal número, de negli-
gencia, inanición y malos t.ratos, que también ellos podrían pre-
GUíA DEL SOCI ALI SMO y EL CAPJTAUSMO
107
gunt.ar en el día del juicio : ,,¿No hubiera sido más humano aban--
donarnos?)) ,
De todos estos métodos de restringir la población, no cabe
duda que la regulación artificial de la natalidad, es decir, la pre-
vención de la concepción, es el más humano y civilizado y con
mucho el menos desmoralizador. Los obispos y los cardenales le
han denunciado como un pecado; pero su autoridad en la materia
es contrarrestada por su suj eción a la tr adición de los cl'istianos
primitivos, para los cuales no existia esta cuestión. Asimismo
creí'an que el matrimonio es pecaminoso en sí" evítese o no la con-
cepción. Así , nuestros eclesiásticos se ven obligados a empezar por
afirmar que el sexo ' es una maldición que se nos ha impuesto por'
el pecado original de Eva. Pero no podemos librarnos de un hech o
llamándole y tratando de no verlo. Debemos afr ontarlo mirando
con un ojo a l'as alternativas que tiene la regul,ación de la natali-
dad y con el otro a las realidades de nuestm naturaleza sexual.
La cuestión práctica para la masa humana no es si ha de mantener-
c;e o no la pobl ación dentro de cierto ,límite, sino si se logrará
¡tsto evitando 1:8. concepción de niños o trayéndolos al mundo para
matarlos después por el 'aborto, el abandono, el hambre, la negli-
gencia, los malos tratos, las epidemias, la peste, la guerra, el
crimen y la muerte repentina. Reto a cualquier obispo o cardenal
a escoger la última de las dos alternativas. San Pablo aborrecía el
matrimonio, pero decía : "Es mejor casar que quemar .» Nues tros-
obispos y cardenales pueden aborrecer la anticoncepción (como la
aborrezco yo); pero ¿cuál de .ellos no diría como San Pablo, al ser
puesto ante el dilema: "Es mejor no tener hi.jos, sea como fuere,
que tenerlos y matarlos como los estamos matando actualmente»?'
Ya hemos visto cómo la actual distribución desigual de la ren-
ta nacional nos ha planteado prematuramente esta cuestión de la
restricción de la natalidad cuando todavía hay mucho sitio en
el mundo. Canadá y Australia están poco poblados; pero los aus-
tralianos dicen que sus tierras libres son inhabitables, aunque sólo
nuestro prestigio militar impide a los japoneses replicarles : "Pues'
bien, si vosotros no las habitáis, las habitaremos nosotros.» La
restricción de la natalidad se practica incluso donde más la com-
baten las iglesias. Lo único que puede contrarrestarla es la abo-
Jici'ón de la pobreza artificial, que es la que la ha producido pre-
maturamente. Como esto puede lograrse mediante la distribu-
ción equitativa de l ~ _ renta, quienes aborrecen la restricción de la'
natalidad y quisieran retrotraerla al último momento posible,
tienen 'esta razón además de todas las que ya hemos examinado
paro defender la di.stribución equitati va.
Cuando llegue el último momento posible nadie puede prever
108 Bl:RNARD SHAW
cómo se efect uará la necesaria restricción de la población. Es po-
sible que intervenga la naturaleza y se enoargue de solucionar el
problema. Sugier e esta posibilidad el hecho de que el númerü de
niños ·que nacen parece v,ariar con arreglo a l.a necesidad que
hay de ellos. Cuando se hallan expuestos a tales peligros y a tan
dunas condiciones que sólo muy pocos puede esperarse que sobre-
vivan, la naturaleza, sin ingerencias artificiales, los produce en
número enorme, para impedir la completa extinción de la espe-
cie. Todos hemos oído 'hablar de los millones de huevos que pone
el bacalao, y de Ira abej,a reina, que pone al día cuatro mil. Los
seres humanos son menos pl'olífi-cos; pero, aun dentro de los lími-
tes humanos, la naturaleza parece distinguir entre las personas
pobres, mal alimentadas, incultas y defect uos'as, cuyos hi jos mue-
ren pronto y en gran número, y las personas totalmente cultiva-
das en ]0 físico y lo mental. Los seres defectuosos son 'aterrado-
ramente prolíficos; los otros ti enen menos hijos, aun cuandd no
practiquen lra restricción de la natal idad. Uno de los trastornos de
nuestra civilización es que las razas inferiores superan en núme-
ro a las superiores; pero las razas inferiores son, en realidad, razas
extenuadas, hundidas, no so lamente incultas, sino degradadas por
.. las calamitosas circunstancias en Iue viven. Acabando con la po-
breza acabaremos con estas circunstancias y con las razas inferiores
que producen, y no es nada improbable que al hacer esto acaba-
ríamos con la exagerada ferti lidad mediante la cual la naturaleza
-trata de contrarrestar la tenibJ.e mortalidad infantil que padecen .
y si la naturaleza puede aumentar la fertilidad para impedir
la extinción de loa especie por una mortalidad excesiva, ¿cabe du-
dar que podrá di sminuÜ'1a para impedir su extinción por la su-
perpoblación? Es innegable que, de un modo misterioso, respon-
de siempre a nuestr,as necesidades, o, mejor dicho, a las suyas.
Pero los sistemas que emplea no podemos comprenderlos nos-
otros. Las personas que dicen que si mejommos la condición del
mundo éste se verá superpoblado no hacen otra cosa que preten-
dercomprender esos sistemas. Si los socialistas dijeran positiva-
mente que la naturaleza mantendrá a la población dentro de cier-
tos limites bajo el socialismo, sin recurrir a la restricción artifi -
cial de la natalidad, pretenderían igualmente comprenderlos. Lo
más sensato es mejorar la situación del mundo y esperar a ver lo
que ocurre, o, como dirían algunos, confiar en que Dios no hará
salir el mal del bien. Lo que 'albora nos interesa es que, como la
dificultad de la supel'población no se Iba manifestado sino en la
forma artificial producida por nuestra distribución desigual de la
l'enta y puede remediarse con una distribución mejor, sería ri.-
dículo abstenernos. de mejorar de situación fundándonos en que
GUÍA DEL :-;OCJALI SMO y 8L
109
más adelante nuestra situación puede m;npeol'ar de nuevo. Nunca
haríamos nada si escucháramos a la gente que nos dice que el Sol
se está enfáando, que el año próximo llegará el fin del mundo,
que el aumento de la población va a eliminamos de la faz de la
tierra, o, en general, que todo es vanidad y humillación del es-
píritu. Sería sensato decir: «Comamos y bebamos, pues maña-
na moriremos», si estuviéramos seguros del mañana ; pero sería
una necedad decir: "No vale la pena de que vivamos hoy, pnes-
to que vamos a morir mañana.» Esto sería como decir : "Lo mi s-
mo es ahora que dentro de mil años», como hacen los holga.za-
nes cuando ihan descuidado sus deberes . El hecho es que 1-a ti "ua
puede aüomodar a su pobl ación actual mejor el e ]0 que ]0 hace y de
lo que lo ha hecho nunca, y mientras vivamos, también nosotros
podl'emos arreglarnos lo mejor posible.
Nótese que en tanto que dos personas pueden producir más
del doble que una y dos millones mucho más del doble que un
millón , la tierra se encuentra, según dicen los economistas polí-
ticos, bajo la «l ey del retorno . ascendente" . y si alguna vez lle-
gamos al punto en que haya más personas de las que la tierra
pueda alimental' debid.amente, y cada niño que nazca empobr ez-
ca más al mundo, la ti erm se encontr.ará entonces bajo la «ley del
retomo descendente" . Si alguien trata de persuadirle a usted de
que la tierra se encuentra .ahol'a bajo la ley del r etorno descen-
dente puede usted suponer con toda seguridad que le han dicho
que diga eso en una Universidad para los 'hij os de los ricos, los
cuales quisieran hacerle creer a usted que sus riquezas y la po-
breza de los demás son producid.as por una ley eterna e inmuta-
ble de la naturaleza. y no por una distribución artificial y desas-
trosa de la r enta nacional, cosa que puede r emediarse.
De todos modos, no hay que desdeñar el hecho de que puede
haber puntos superpoblados mientras el mundo, en su totali.dad,
está poco poblado . Una barca en medio de] océano, con diez náu-
fragos, un barril de agua y una libra d e gallet.as está terrible-
mente superpoblada. La choza de un labriego que gana trei.nta
chelines a la semana y tiene ocho hi.j os está también superpobla-
da. Una casa de doce (habitaciones que da aloj'amiento 'a cincuen-
ta personas está superpoblada. Londres está superpoblado de un
modo ,abominabl e. POl' lo tanto, aunque no existe el problema de
1
1
a pobl.ación univer sal y el mundo se encuentra bajo la ley del
r etorno ascendente, hay innumerables puntos del mundo que8stán
superpoblados y sometidos a la ley del retorno descendente. La
igualdad de la r·enta permitiría a los infortunados habitantes de
estos puntos pasar de l'a esclavitud de los l' etornos descendentes
a la prosperidad de los retornos ascendentes.
XXVI
~ L DT AGNÓSTICO DEL SOCIALISMO
Y
A hemos eliminado las vulgares objeciones a la. distribu-
ción equitativa de la renta que no fueron exammadas en
nuestro previo eX'amen de los diversos sistemas que se si-
guen o pueden seguirse para el reparto desigual de la renta. Y
hemos llevado a cabo la cosa sin preocuparnos de lo que dicen los
socialistas, y sin citar fragmentos de sus libros. Puede usted ver
,cómo toda muj er inteligente que se proponga decidir por su pro-
pia cuenta, cómo debería distribuírse la renta nacional sin haber
oído nunca la palabra socialismo y sin haber leído una línea de los
escritores socialistas, puede ser llevada por su propio sentido co-
mún y por su conocimiento del mundo a la conclusión de q u ~ el
sistema igualitario es el único permanente y próspero que puede
)adoptar una comunidad libre. Si lograra usted descubrir un ca-
mino mej or para sacarnos de la confusión y la miseria en que vi-
vimos, serí a aclamada usted como uno de los más grandes des-
-cubridores.
«y si no puedo hacerlo-·dirá usted- , me imagino que va usted
a decirme que debo adherirme a los socialistas.»
Querida señora, ¿ha leído usted a San Agustín? Si lo ha leÍ-
do, recordará usted que tuvo que admitir que los cristianos pri-
mitivos constituían una masa muy confusa, y que algunos de ellos
eran más amigos de amoratar los ojos él sus mujeres por tentar-
los y de destruír los templos de los paganos que de practicai.· los
preceptos del sermón de la montaña. A buen seguro habrá usted
,observado que los .cristianos modernos constituímos todavía una
masa muy confusa, y que todos los años hay que ahorcar a cierto
número por el bien del país. Voy a ser tan franco como S'an
Agustín y a reconocer que los que se llaman socialistas consti-
tuyen también un conglomerado muy confuso, advirtiéndole que
s i unirse él ellos supusiera invitarlos indistintamente a tomar el
112 B8flNAH o SHAW
té, yo le 'aconsejaría encarecida,mentc que no lo hiciera, pues son
exactamente lo mismo que la,s demás persona,s, lo que quiere decir
que algunos de ellos se guardan las cucharillas cuando se les pre-
senta la ocas ión. Los selectos son muy selectos, la generalidad no
son peores que sus vecinos, y entre los indeseables se encuentran
'algunos de los más pedectos ·bribones que puede usted encontrar
en cualquier parte. Pero ¿ qué otra cosa puede usted esperar de
cualqui er partido político al que se adhiera? Voy 'a suponer que
usted está del lado de Jos ángeles; pero no puede usted uni.l' se a
éstos hasta que se muera. Mientras tanto, tiene usted que tratar
con meros conservadores, liberales, socialistas, protestantes, ca-
tólicos, disidentes, y otros gl"UpOS de hombres y mujeres morta-
les, todos los cuales constituyen conglomerados confusos, de suer-
te que cuando se une usted a ellos tiene que escoger su compa-
ñIa con tanto clJi.dado como si no tuvieran etiqueta política a. lgu-
na y le fuemn a usted abso lutamente ·extraños. Oarlyle calificó de
necios a la mayoría de ellos, y ¿qu ién puede negar que, en gene-
ral, 10 merecían?
Pero, después de todo, usted es una mujer inteligente y r0111.-
prende esto tan bien como yo. Lo que acaso comprenda usted me-
nos es que gran número de peesonas que se llaman socialistas no
comprenden clara y profundamente lo que es el socialismo, y se
extrañarían y 'horrorizarían si usted les dij ra que era parti da-·
1'i'a de repartir por igual la renta del país entre todo el mundo,
sin Ihacer disti.nción ninguna entre terratenientes y labriegos, ni-
ños de pecho y adultos, bebedores y abstemios, arzobispos y sacl"1s-
tanes, pecadores y santos. Le asegurarían a ustad que todo eso no
son más que ignorantes creencias del vulgo, y que ningún socia-
lista instruído cree semejar t es desatinos. Lo que ellos quieren, ]e
dirían, es la igualdad de posibilidades, por lo cual supongo que
-entiende que no importaría que existiera el capitalismo si todo
el mundo tuviera la misma posibilidad de hacerse capitali sta, aun-
que no pueden explicar cómo puede establecerse esta igualdad de
posibilidades sin igualizal' loa renta. La igualdad de posibilidades
es imposible. i DéJe usted a su hijo una pluma estilográfica y una
resma de papel diciéndole que ti ene ]a misma posibilidad que yo
de escribir comedias, y verá lo que le contesta! No se deje usted
engañar por estas fmses ni por las afirmaciones de que no hay
que t emer el socialismo porque éste no -es, en realidad, lo que sig-
nifica. Sí lo es. Y el socialismo no significa otra cosa que la igual-
dad de la ·renta. Las demás cosas son únic-amente s us condiciones
o sus consecuencias.
Si ,tiene usted ese gusto puede leer todos los libros que se han
escrito para explicar el. socialismo. Puede usted estudiar el socia-
GUíA DEL bOCIALJ f;IvJO y EL CAPI TAL] SMO 113
lisl110 utópico de sir 'l'homas MOl'e, el socialismo teocrático de los
incas, las especulaciones de Saint-Simon, el comunismo de Fou-
riel' y Robert Owen, el llamado socialismo científico de Carlos
Marx, el socialismo cristiano de Kingsley y el Rev. F. D. Mauri-
ce, las Noticias de nin,quna pal'te, de William MOl'ris (una obra
maestra de la literatura que debe usted leer de todos modos), el
sociali smo constitucional de Sidney y Beatriz "Vebb y de la res-
petabi lísima Sociedad Fabial1'a, y diversos socialismos fantásti-
cos predicados por 'hombres jóvenes que todavía no han tenido
tiempo de hacerse célebres. Por muy profundos que sean todos, si
no signifioan la igualdad de la renta no signifi can nada que pue-
da salvar a la civilización. La regla de que lo primero es el sus-
tento y lo segundo la vütud es tan antigua como Aristóteles y tan
nueva como este libro. El comunismo de Jesucristo, el de Platón
y el de las grandes órdenes religiosas admiten la igualdad de la
subsistencia material como la primera condición para el estable-
~ i m i e n t o del reino de los cielos en la tierra. Quienquiera que haya
llegado a esta conclusión, sea cualquiera el camino que hay'a se-
guido, es socialista, y todo el que no la haya alcanzado no LJ es,
aunque pueda profes'ar el socialismo o el comunismo en apasio-
nadas arengas de un extremo a otro del país, sufriendo incluso
el martirologio.
Así, pues, ya sabe usted con exaatitud, acépLelo o no, lo qUB es
el socialismo y por qué lo defi enden tan abiertamente personas re-
ftexiv'as y experimentadas de todas las clases. Así también puede
usted distinguir a los soc ialistas genuinos de la cmiosa colección
de anarquistas, sindicalistas, nacionalistas, radicales y desconten-
tos el e todo género que son calificados por ignorancia de socialistas,
comunistas o bolcheviques, porque todos ellos son hostiles al ac-
tual estado de cos'as, así como los políticos profesionales que aban-
donan el liberalismo por el laborismo porque creen que el barco
liberal se V'a a pique. Y así también está usted en condi ciones de
apreciar en su .i usto valor los disparates que hablan y escriben
todos los cHas muchos políticos y periodistas antisocialistas que
nunca han consagrar:l o cinco minutos a pensar ser iamente en la
custión, y que corren como chiquill os en pos de imaginari os bol- I
c'heviques.
8
XXVII
LA RECTITUD
A
' ' HORA que sabe usted lo que es el socialismo, pel'mítame qUEr
le haga una adver tencia, disculpándome de a nt emano S\
ésta es innecesaria. Los ingleses, en particular las damas ,
-¡¡ora educados de una manera tan individua lista, que desde el mo-
A1ffilto.en que:36) convencen de la justicia de algo están dispuestos a
l'tóúnciar que van a ponel' lo en práctica inmedi atamente y a orden,at'
a sus hi jos y criados que hagan lo mismo. Yo Ihe conocido ·a mu-
chas mujeres de energía e inteligencia natur.al excepcionales, que.
creían firmemente que podía mejorarse el mundo medi ante exhi-
biciones independientes ele rectitud pl¡)rsonal coercitiva. Cuft ndo
se Convencteron de la de la igualdad prooedieron a hacer
cosas ridículas, como ordenar a sus criados que 'comieran con l a.
familia (olvidando que los criados no h abían exigido esta intimi-
dad y podrían oponerse fuertemente a ena) y sabe Dios cuántas
locuras más , hasta que los criados se despidieron y sus mar idps
amenazaron con marclharse, cosa que cdgunos llegaron a hacer .
Puede ser natur al que las ignorantes mujeres pobres se ima-
ginen que la desigualdad es culpa de las muj,eres ricas. Lo que
es más sorprendente es que muchas mujeres ricas, que deberían
saber mejor que nadie que una muj er no puede impedir el haber .
nacido pobre o rioa, se sienten culpables y avergonzadas de su
r iqueza y se consagran a la caridad para aliviar sus conciencias·
enfermas , A veces conciben el soci'alism.o como una obra
t iva ,en benefi ci o el e los pobres. Naela podr ía hallarse más lejos de
la verdad. El socialismo detesta la pobreza y suprimiría 'il los
pobl',es. La primera cualidad de un buen Igualador es sentir una
aversión cordial hacia los pobres como tales. Bajo el sociálismo
se a la gente por ser pQbre como ahora se persi-
gue por ir desnuda. El .soc·ialismo -alJorrece la cC\.ridad, nC? sóld
por la r azón sentimental ele qu e llena a los pobres de 'humillación"
116
BERNARD SHAW
i1 Jos donantes de orgullo y a ambos de odio, sino porque en un
país administrado de modo justo y sensato no tendría excusa por
parte del pobre ni ocasión por parte del caritativo. Losaficionado&
a repetir la acción del buen samaritano deben recordar que no,
haber buenos samaritanos sin ladrones. Los salvadores y
los redentores pueden ser figur.as magníficas en la hagiografía y
en la fábula; pero como no podrían existir sin pecadores y vícti-
mas, son malos síntomas.
Las virtudes que se nutren del sufrimiento son virtudes muy \
discutibles. Hay personas que están siempre metidas en hospita-
les, sociedades cari tativas y centros de beneficencia que si se su-
primi8ra la necesidad de sus ejercicios caritativos podrían invertir
provechosamente su energía en perfeccionar sus modales y en
, H"prender a administrar sus propios asuntos. La bondad será siem- ¡'
pre neoesaria en el mundo; pero no debe desperdiciársela en mi-
serias y calamidades evitables. Mantener la existencia de tales
horrores para poder ejercitar nuestra compasión es como prender
fuego a nuestl'as casas pum ejercitar el brío y la audacia de nues-
tros bomberos. Los que odian la pobreza y no Jos que la cori1pa-
decen son los que han de ac-abar con ella. La caridad es un mal,
aunque no puede' interrumpirse actualmente, pues sin ella el ham-
lire' producü'ía motines y acaso revoluciones. Ahora damos una:
limqsna a los obreros sin trabajo, no ya por piedad, sino porque
8i les abundonáramos a la inanición ,empezarían por romper ]0&
..,.fistales de nuestras ventanas y ac-abarían por saquear nuestras
tiendas y quemar nuestras casas.
Cierto es que la tercera parte de l dinero ha salido de
mismos bolsillos; pero el modo de devolvérselo no es por ell o
menos desmoralizadol'. Ellos ven que, contribuyan o no, los ricúe
pagarán SLl rescate de todos modos. En la antigua Roma, los sin
trabajo pedían, no sólo pan para mantenerse, sino funcion,es de
circo para divertirse el ci?·censes), y ,el resultado fué que
Ron,a se nenó de gente que no quería trabajar y er¡:¡, Hlimentada
y divertida con el dinero sac'aclo a las provincias. Esto fué el 1J1'in-
cipio del fin de la antigua Roma. Nosotros podemos llegar aún 'H
da,r pan y fótbol o boxeo. ):<::n realidad, el pan ya 10 damos COli
el subsidio de paro. Este subsidio no tiene siquiera el mérito de
la generosidad, pues a todos nos duele darlo, y lo suprimiríamos
máüana mismo si nosatreviél'amos a ello.
La iguaJización de la renta será ll evada a cabo, no conside-
l'ándo1a cada -mu jel'como tln 'asunto propio, silTO como un asun-
t.o público, es decir, por medio de la ley. Y no se logrará con.
una sola ley, sino con una larga serie de leyes. Estas leyes no
;serán mandami ntQs que digan ,10 que debe hacerse y Jo que no
GUÍA DEL SOCIALISMO y EL' CAPITALISMO 1i'T
debe hacerse. Los diez mandamientos diet'On la los israelitas una
.serie de preceptos que ninguna de sus ley,es iban a violar; pero
los mandamientos fueron políticamente inútiles hasta que se ela-
'boró una seri'e de leyes e instituciones par'a ponerlos en VIgor .
.El primero y último mandamiento del socialismo es: "No t endrás
más o menos renta que tu prójimo»; pero antes de que pueda
-(l bedecerse ni aun aproximadamente este mandamiento, tendre-
mos no sólo que aprobar centenares de nuevos decretos parla-
,mentarios y derogar los antiguos a centenares, sino inventar y or-
ganizar nuevos departamentos gubernamentales, instruir y em-
p lear a innumerables hombres y muj er es para funcionarios públi-
cos, enseñar a los niños a considerar los lasuntos de su país de un \
nuevo modo y luclhar a cada paso con la oposición de la ignoran-
ia, la estupidez, la costumbre, el prejuicio y los sacrosantos inte-
.reses de los ricos.
Imagínese usted un gobierno soci,alista elegido por una mayo-
l' ía aplastante de personas 'que ¡hubi eran leido los pr,ecedentes ca-
p ítulQs de este libro y hubieran sido convencidos por ellos, pero
no estuvieran preparados de ningún otro modo para ninguna
'transformación. Imagíneselo usted ante el caso de una muj er ham-
brienta. La muj er dice : "Quiero trabajo, no caridad.» El gobierno,
como no tiene trabajo que darle, le r esponde : "Lee a Shaw y com-
prenderás todo esto.» La muj er r esponderí a : "Tengo demasiada
hambre para leer a S'haw, aun en el caso de que me pareciera un
-escritor edificante. ¿ Queréis darme comida y una ocupación que
me permita pagarla honradamente?)) ¿ Qué podrí'a hacer el gobier-
no sino confesar que no tenía ocupación que darle y ofrecerle un
ubsidio, exactamente igual que ahora?
Hasta que el gobierno haJla conquistado la plena facultad de
dar trabajo que ahora poseen los patronos particulares, no podrá
hacer otra cosa por las mujeres fhambrientas que auxili,arlas con
el dinero sacado por medio de impuest os a los patt'Onos, los pr o-
pietarios y los financieros, que es justamente lo que hace cual-
quier gobierno ,antisocialista. Para adquirir esa facultad ti ene
qLle convertirse en el propietario, el financiero y el patrono nacio-
nales.
En otras palabras, no puede distribuír equitativamente la
r enta nacional >hasta que posea dicha renta, en vez de los propie-
tarios particulares. Hasta que se haya logrado esto no se puede
practicar el socialismo aunque uno quiera, y hasta se nos puede
castigar severamente por intentarlo. Puede usted agitar y votar en
favor de todas las medidas que pueden ac'arrear la igualización de
la renta ; pero en su vida privada no puede usted hacer otra cosa
que lo que ti ene que Ihacer ahora, es decir, sostener su rango so-
D.KHNARD SUAW
e;ia 1, pagan do o r eci biendo los sClJar ias usua,les, invirtiendo el dine-
ro del modo más ventajoso posible, etc., etc. . .
Como ve ust ed, una cosa es comprender ,el objeto del SOCl1i1lS-
mo y otra muy distinta ponerlo en práctica y hastaavenguar cómo
puede o podr ía ponerse en práct.ica. J esL1CI' lsto le d¡ce a usted
que no piense en l.a ,comida ni en el vestido del mañlana.
Arnold le dice que elija la iguald!ad. Per o éstos son mandamI en-
tos sin leyes. ¿ Cómo podría usted obedecerlos ahora? No p ensar
en el mañana tal como ahom vivimos equivale ,a convertlrse en
un v.agabundo, y nadie convencerá a una mujer inteligente de
que los problemas de la civilización pueden r eso1veI'los los va.ga-
bundos. En cuanto a elegir la igll'aldad, eli jámos1a en buen hora ;
pero ¿cómo? Una mu:i er no puede echarse él la calle a r obar él
los que tienen más dinero que ella y a dar el suyo a los que tienen
menos: pronto se 10 impedir ía la policfa y l:a llevarí.a de la cárce l
al mani comio. La muj er sabe que hay cosas que puede hacer el
gobierno por medio de la ley y que ningún particular podría ha-
cer por su cuenta. El gobierno puede decir (1 la señoIla Jobson :
"Si mata usted a la señora Dobson (o a cualquier otra) , será' ust ed
ahorcada.)) Pero si el marido de la señora Dobson le dijera a la.
señora Jobson : "Si mata usted ,a mi mujer, la estra ngulo)), la
amenazaría con cometer un crimen y serí,a severamente castiga-
do, por muy odiosa y peligrosa que pudiera ser la señora Jobson,
En Norteaméri'ca, lla muchedumbr,e se apodera ,a veces de los cri·
mi nales y los linclha. Si intentara hacer esto en Inglaterra, sería
dispersada por la policía o ametrall ada por los soldados,
malo que fuer.a el criminal y por natural que fuese la indigna:-
ción promovida por el cr imen.
Lo primero que tienen que aprender políticamente las per so-
nas civilizadas es que no deben tomarse la justicia por su mano.
El socialismo es, del principio a l fin, una cuestión de leyes. Ten-
drá que hacer t rabajar a los ociosos, pero no ha de permitir 'R
los particulares que impong.an ,esta obligación por sí mismos. POi'
ejemplo, una muj er inteligente que t enga que tratar con una hol-
gazana puede sentir grandes deseos de coger ,el palo de l.a escoba
y deci rle: "Si no hace ust ed su tr.abajo y ejecuta la parte que le co-
rresponde, le lleno el cuerpo de cardenales. » Est o ocurr e ya al gu-
nas veces; pero semej.ante .amenaza, y mucho más su ejecución,
es un crimen peor que la pereza, por bien mer ecida que pueda
estarle la paliza a la holgazana. El remedio debe ser de carácter
legal. Si la [holgazan.a [ha de ser apaleada, d eber á hacer se por or-
den de un tribunal de justi cia y por mediación de un funcionari o
de la ley, después de un proceso legal justo. De lo contrario, la
vida sería insoportable, pues si se nos dej,ar a a todos tomarnos
61]í. ... DEL OClALI 8MO y :EL CAPIl'AL1SM0
11'
la j lI sticia por- nuestnt mano, ningunamujel' podl'ía andar por Jet
calle sin exponerse a que la destro:t.al'<:L el sombl'ero algún esteta
que 10 encontl'al'é"t feo, o a que Je ensuciara las medias de seda
algún fanático que considerara indecentes }as pantorrillas de J a ~
mujeres, para no mencionar lo que harí an otl'as mLlchedumhres
de personas,
POl' otra parLe, puede ocul'l'i r que Ja mu jer inteligente no sea
más fuerte que la perezosa, en cuyo caso podríü apoderarse de la
escoba y apaleal'a la inteligente por trabajar demasiado y ihacer
con ello qu e se pida más a las perezosas, Esto lo han hecho tam-
bi én con fr ec uencia algunos tradell nionist as, que han demostrado
d emasi adocelo,
No es necesal'Í o que insista más sobre este punto, Aunque se
convierta usted al sociali smo, no está oblig'\ada 18, r·ealiza!' cambio
alguno en su vida pri vada, ni podría usted realizar ningún cam-
bio que fuera de la menor utilidad en este sentido, Las polémicas
de los periódicos sobre si un primer ministro socilalista tiene auto-
móvi l , o si un dramaturgo socialista percibe honorarios por per-
mitir que se r epl"esenten sus obras, sobre si los propietarios o
capitalistas socialistas imponen renta a sus tierras o intm'és a su
repitaJ , o si un socialista cualquiera se abstiene de vender cuanto
tiene par.a dárselo a los pobres (que serí a La cosa más perjudicial
que podría hacer), no son otra cosa que lamentabl es demostra-
ciones de la ignorancia, no sólo de l socialismo, sino de l6. civili-
~ .. cjón en ¡ enara),
XXVIII
E L e A P 1 TAL 1 S l\1 o
Q
UIEN no el capitali smo puede no transfofmarlo
en socialismo ni tener nociones claras respecto a cómo el
socialismo ha de desenvolverse. Por lo tanto, tendremos
que est udiar el capitalismo tan cuidadosamente como el socialismo.
En primer término, diremos que el término "capitalismo)) se presta
a oonfusión. La denominación e)(jacta de nuestro actual sistema se-
ría "proletarianismo)). Cuando prácticamente toda persona desinte-
resada que compr ende nuestro sistema actual quier e ponerle fin,
porque malgasta el oapital tan monstruosamente que la mayoría
somos más pobres que ratones de iglesia, se obscurece el juicio
llamando capitalismo a este ,sistema. Ello hace pensara la gente
que los socialistas quieren destruír el capital y pretenden que po-
drían pasarse sin él; en suma, que son mucho más necios que sus
ad versaríos.
Por desgracia, esto es justamente lo que quieren que piense us- I
ted del soci'alismo los propietarios de los periódicos, mientras pre-
tenden persuadid a al mismo ti empo de que los ingleses somos
una raza libre e independiente, en la que no puede haber prole-
tarios (excepto unos cuantos bribones bormchos, unos rusos y
algunos agitadores profesionales). En consecuencia, evitan cuida-
dos'amente la odiosa palabra proletarianismo y se afermn a la
halagüeña denominación de c,apitalismo, lo cual hace pensar que
los capitalistas defi enden esa cosa necesaria que se llama' capital.
Sin embargo, tengo que aceptar los nombres tal como los en-
cuentro, y lo mismo debe hacer usted. Quede entendido, pues, I
entre nosotros, que cuando decimos ((capitalismo» nos referimos al
sistema según el cual la tierra está en manos, no de la nación, sino
de personas particulares llamadas terratenientes, que pueden im-
pedir que nadie viv'a de ella o la utilioe a no ser en las condicio-
nes que ellos impongan. Los legistas le dirán a usted que eso de
t22
IOERNA1W S.HAW
la propi dad privada de la bena es un mito, pOl:que todas las
tierras pertenec n al }'ey, quien puede l'ecupel"arJas legalmente
en cualquier momento. Pero como hoy día el rey no las recupera.
nunca y su propietario puede impedir el acceso .a ellas, la pl'O-
piedad privada de la tiena es un heoho, a p\lsar de la ley.
La ventaja principal que se atribuye a este sistema es que
enriquece 10 suficiente a los propietarios para poder acumular un
fondo de dinero ahonado que se llama capital. Este fondo es
r
también proPi.edad privadia. Por consig'uiente, toda la
del país, que no podría existir sin tierra y sin capital, es propie-
dad privada. Pero como lit industria no puede existir sin el tr.a-
bajo, los propietarios tienen que uti lizar por necesidad ·a los que
no poseen nada (es deci]", a los proletarios), y tienen que pagarles
salarios que les permitan vivir, casarse y reproducirse, pero que
no les permitan nunca cesar de tmbajar regu¡,armente.
De este modo, con tal de que los propietarios consideren un
deber ser egoístas y contraten siempre a los obreros con el salario
más bajo posible, la industria nacional se des'arrollará y el pueblo
dispondrá de un sustento permanente, ,aunque vivirá en la nece-
sidad continua de tener que trabajar hasta agotarse y terminal'
en el ,asilo. Todos los que comprenden este sistema admiten ple-
namente que produce una -enorme desigualdad de renta y que el
abaratamiento de la mano de obra acarreado por el incremento
de la población tiene que aoahar en una propagación aterradora
del descontento, la miseria, el crimen y las enfermedades, que
culminarán en una sublevación violenta, a no ser que se r,estrin-
ja la población al número que pueden dar tmhajo los propieta-
ri os. Pero se alega que 'hay que afrontar esto porque la naturaleza
es t.an esencialm nteegoísta y tan inaccesible a todo lo que no
sea el lucro pecuniario, que no hay otro modo practicable de cons-
una gran civilización moderna.
Esta doctrina solía llamarse j,a doctrina de la escuela de Man-
chester ; pero como esta denominación cayó en desuso, ahora. se
llama en general capitalismo. El capitalismo significa, por tanto,
que el único ,.leber del gobierno es mantener la propiedad priva.-
da de la tierra y el capital y sostener una fuerza de poli cía eficaz y
una magistratura para exigir el cumpli mi,ento de todos los con-
tratos privados que hacen los individuos en persecución de sus
intereses particulares, además de mantener por supuesto el orden
civil y de prov-eer a lo necesario para la defensa o la conquista
naval y militar.
Oponiéndose al capitalismo, el socialismo insiste en que el
primer deber del gobierno es mantener la igualdad de la renta y
niega cat.egóricamente lodo derecho a la propiedad privada. Con-
GUíA DEL SOCIALlSI\:IO y EL CAPITALJ Sl\>lO
todocontI"ato como un pacto en el que la nación es pal'te
y antepomendo a tod'a otl'a consideración el bienestar de la nación
no toleraría ni pOlo un momento ningún contrato que
pOI' consecuencia que una mujer se matara a trabajar, viviendo
en una pobreza degmd1ante, para que otra viviera en la ociosi-
dad y la extravagancia del producto de su trabajo. Así, pues, es
il.bsolutamente exacto q Ll e el socialismo abolirá la pl'opiedad pri -
viada y la libertad de contratación. En realidad. ya lo ha hedhO\
mucho más de lo que la gente se imagina, pues la lucha polí tica
entre el capitali smo y el socialismo se viene desarrollando desdE'
hace más de UD siglo, durante cuyo ti'empo el capitalismo ha ido
haciendo concesiones a la indignación suscitada pOI' sus peores
t'esultados y ha ido acept'8.ndo medidas socialistas para palia]'
éstos.
Didho sea de paso, no se. deje usted engañar por el uso ordi-
nario del término propiedad privada para denotar la posesión
personal. La ley distinguÍ'a entre propiedlad real (o 'señorío) y pro-
piedad personal, !hasta que el esfuerzo realizado por lograr una
distinción entre la propiedad de la tierra y la del capital produjo
embrollo que se renunció a ello en 1926. El sociali smo, lejos dc
oponerse absurdamente a la posesión personal, sabe que es i.ndis-
pensable'y aspira a acrecentarla. Pero es incompatible con la pro-
piedad real.
Para aclarar esta distinción , permítame un ejemplo. Usted
considera su paraguas y su comida como propiedad privada; pero
no hay tal cosa: usted posee amb.as cosas bajo condiciones públi-
cas. No puede usted hacer lo que quiem con ellas. Por ejemplo,
no puede usted golpearme en la cabeza con su paraguas, ni puedo
echar veneno en su comida para matarme a mí o para malarstl
usted, pues también el suicidio es un crimen en la ley inglesa .
Su derecho al uso y al goce de su paraguas y su comida es un
derecho personal rígidamente limitado por consideraciones públi-
cas. Pero si posee usted un condado en Inglaterra o en Escocia,
puede usted arrojar a sus habitantes al mar si no tienen otro
sitio adonde ir. Puede usted sacar de su casa >a una mujer enferma
con un recién nacido en brazos y arrojarla a la ni eve de la carre-
tera sin otra razón que porque puede usted s'aoar más dinero crian-
do ganado que teniendo mujeres y hombres. Puede usted impedir
que una aldea costera construya un muelle para beneficiar a S1!
comercio porque usted .cree que el muelle estropeará el paisaj e
que se divisa desde La ventana de su alcoba, aunque nunca pase
usted más de quince días en esa alcoba y a veces no la !habite
durante afias enteros. Estos ejemplos no son fantásticos : son
cosas que han sucedido una y otra vez y que constituyen crímenes
1.24
BERNARD SHAW
mucho peores que el que usted me g,olpee en. la cabeza su
pamguas. y si pregunta usted por que se cons18nte a los ten ate-
nientes que hagan con sus tierras lo que usted no pu.ede hace.r con
su paraguas, se le responderá que la es propled.ad prtvada
.() como solían decir los abogados, propIedad real, mIentras que
ei paraguas es únicamente pwpiedad persona.L :rOl' lo tanto, no
debe usted extrañarse de oÍ!' decir a los socIalIstas que cuanto
a ntes se suprima la propiedad privada, mejor.
Tanto el capitalismo como el socialismo pretenden que su ob-
jeto es el logro del mayor bienestar posible de la humanidad. En
lo que difieren es en sus postulados prácticos respecto al mod:) de
gobernar, en sus mandamientos, por decirlo así. Estos postula-
dos son, en el capitalismo, el mantenimiento de la propiedad pri-
vada de la tierra y el capital, la validez forzosa de los contrat05
privados y ninguna otra ingerencia del Estado en la indust ria y
los negocios, excepto para mantener el orden civil, y los postu-
lados del socialismo son la igualización de la renta, que implica
la substitución completa de la propiedad privada por la personal
y la de los contratos privados por los contratos regu lados pública-
mente, con intervención de la policía siempre que la igualdad se
vea amenazada y la l'egulación y control absolutos de la industria
y sus productos por el Estado.
Por lo que a la teoría política se refiere, difícilmente podría
hallar usted una contradicción y oposición más claras que éstas,
y si considera usted nuestro Parlamento verá, en efecto, dos par-
tidos opuestos, el conservlador y el laborista, que representan en
lineas gener'ales el capitalismo y el socialismo. Pero como los
miembros del Parlamento no necesitan haber recibido ninguna
educación polHica ni de ningún género, sólo algunos de ellos, que
han llevado a cabo un estudio especial, parecido al que está usted
haciendo, de las cuestiones soci'ales y políticas, comprenden los
principios que sus partidos representan . Muchos laboristas no son
socialistas. Muchos conservadores son aristócratas feudales, lla-
mado tories, que defienden la ingerencia del Estado en tod'as las
cosas y en todo el mundo con tanto calor como los socialistas.
Todos ellos van dando tumbos de una dificultad a otra, solucio-
nándola lo mejor que pueden cuando no les es posible demorarla
más tiempo, en vez de sustentar un principio o un sistema. Lo
más que puede decirse es que si el partido conservador sigue al-
guna política, ésta es una política capitalista, y que si el partido
laborista sigue otra, la suya es una política socialista. Así que si
desea usted votar contna el socialismo deberá usted votar a los
conservadores , y si quiere votar contra el capitalismo debe votar
.a los laboristas. Lo digo de este modo , porque no es fácil inducir
GUÍA DEL SOCIALI SMO y EL CAPITALISMO

a la gente 'a que se tome la mol estia de votar. La mayoría vamos·
a Jos colegios electorales para votar contra algo más bien q ue en
favor de algo.
Abara podemos pasar a exam inar el capitali smo tal como se
presenta a nuestras puertas. Y al proceder ·a ello deberá ustecj1
la desventajosa situación en que me encuentro por no'
conocer sus asuntos privados. Puede ust ed. ser capitali sta. ; pued
usted ser proletaria. Puede usted no ser ninguna de las dos cosas"
en el sentido de que puede usted tener una renta independient
sufi ciente para vivir, pero que no le permita ahorrar más capitaL
A veces tendré que tratarla como si fuera usted tan pobre que la
diferencia de unos cuantos chelines en el precio de un a tonelada
de carbón es cuestión de gran importancia para su peculio, y otras:.
tendré que hablarla corno si fuera usted tan ri ca que su principal
preocupación es cómo invertir los miles que no ha podido gastar.
No hay motivo ninguno para que usted permanezca asimismo,
en la ignor.ancia respecto a mí, y es conveniente que sepa usted
con quién trata. He de decirle, pues, que yo soy propietario de
tierras y capitali sta, con l a r enta sufi ciente para pagar una fuert e
contribución, y por afíadidura disfruto de una propiedad especial ,
l1amada propi edad literaria, por cuyo uso gravo a la gente exac-
tamente igual que el terrateniente impone una renta a su tierra.
Combato la desigualdad de la renta, no como un !hombre qu e
posee poca, sino como un hombre que tiene una l'enta mediana-
mente gr·ande. Pero sé lo que es ser proletario y pobre. He tl'i:l-
bajado en una ofici na y he atravesado muchos años de paro pi'o-
fesiona l, viviendo- los más duros a expensas de mi madr e, He
conocido los extremos del fracaso y el éxito. La clase en que he na·
cido es la más infortunada de todas las cla es : esa clase con pl"í!-
tensiones de nob] eza que tiene que gual' dal' 1 as apariencias sin
otra cosa que un ínfimo residuo de fortuna. Le hago estas confi-
dencias porque es conveniente que pueda usted apreciar mi&
inclinaciones per sonaJes. Los ricos escl'ihen a menudo acercit de
los pobres , y los pobres acerca de los r icos , sin saber en real id ad
acerca de qué escr iben. Yo conozco toda la gama el la experiencia-
persol1.a,1 , a excepción de l hambre y el "bandono reales, que mw-
ca deber ían ser expel'irnenta jos pOI' nadi e. Si digo ¡ue las uvas
110 están madul"fls, no debellsted pensar q ll e es porque no estén
a mi alc-ance: por el contrar io, en I1 lis manos e!3tún en toda su
nHldurez.
Así, pues, pasemo, Il otras cll estiones.
XXIX
JuAS COMPRAS
H
ÁGASE ust ed esta pregun ta: "¿ En qué me afecta cotidia-
namente la distribución des igual de la renta?»
. La l' esPlJ<esua es 'a la vez práctica y sencilla. Cuando
sale usted ,a hacer sus compras, esa desigualdad le af ecta en cada
compra que hace, pues por cada repollo que ,adquiere, .por oada
hogaza de pan, por cada pierna de cordero, por cada botell¡¡; de
cerveza, por cada arroha de carbón, por cada billete de tranvía
o autobús, por cada locali dad de teatro, por cada visita de su
médico o su sirvienta, por cada pal1abm de consejo de su
do, tiene usted que pagar, no sólo lo que cuestan, sino una canti-
dad adiéional que se entrega finalmente a personas C[ne no
:hecho 'absolutamente nada por usted.
Ahora bien; aunque toda muj er inteligente sabe qlle no puede
esperar contar con ,artí-culos o servicios a menos precio del que
determine el coste el e la edu cación, los material€s, el trabajo, la
u,dministración, In distribución, etc., ninguna mujer inteligente
accederá a pagar , si conoce la cuesti.ón y puede evitarlo, mucho
más de est e coste inevitabl e para los lujos y las extnwagallcia s
de los ociosos, sobre todo si a duras penas puede sost enerse con
lo que gana tmbajando con ahinco.
Para li brarla de este recargó, los socialistas se proponen pro ..
porcionar los artícul os a todo el mundo a pr,ecio de cost e, nacio-
nalizando las industrj,as qu e los prod ucen. Esto aterroriza lanto
a los ociosos y a los qu e <;l e .'ellos dependen, que hacen todo lo po-
sible por convencer a La muj er intelig'ente en sus periódicos, en
sus discursos y en sus sermones de que la nacionalización es un
crimen antinatural que m' ruinará por completo al país. Todo esto
son desatinos. En la actualidad hay muchas cosas nacionalizad.as
y nadie se encuentra peor que antes. El ejér cito y l'a maeina,
el se'rvicio civil, el servi cio postal , t elegráfico y telefónico, las
128
BEBNARD SHAW
carreteras y los puentes, los faros, los muelles y Jos arsenales, son
todos servicios nacionalizados, y todo el que manifestal'a que son \
crímenes antinatumles que están arruinando al país, sería condu-
cido a l manicomio público, que es también una institución na-
cional .
y aun tenemos mucha mú,s nacionalización bajo la forma
llamada municipalización, siendo la única diferencia que en vez
de ser el Parlamento deWestminster el que posee y dil'ige la
industria, como lo hace. con el servicio postal. ésta es poseída y
dirigida por corporaciones municipales o concejos de condado.
Así poseemos públicamente el servicio de al umbrado eléctrico y
de gas, el servicio de lagua, los tranvías, los haños y los lavade-
ros, los servicios sanitarios públicos, las bibliotecas, l{ls museos
y los parques, además de otros muchos servicios públicos que con-
ciernen al mantenimiento del imperio y de los que el público no
sabe nada.
La mayoría de estas cosas podrían hacerlas compañías y esta-
blecimientos privados, y muchas de ellas, en efecto, son ejecuta-
das en parte por empresas privadas y en pal'te por el Estado. En
Londl'es, por ejemplo, las oompañías particulares de alumbrado
eléctrico suministran flúido a un distrito mientl'as que los muni-
cipios lo suministran a otros. Pero el suministro municipal es mú,s
barato, y con una dirección honrada y capaz tiene que ser siem-
pre más barato qu_e el suministro de las compañías particulares. I
Usted preguntará : ¿por qué ha de serlo? Pues bien; senci-
llamente, porque paga menos por su capital, menos por su admi-
ni stración y absolutamente nada por beneficios, triple ventaja
favorece al consumidor en el precio. Pero para comparar en am-
pJi.a escala las empresas púb li cras con las privadas, empecemos
por los servicios nacionalizados. ¿Por qué el servicio p'ostal nacio-
nalizado resulta más barato y más extenso que una compañía pos-
tal privada hasta el punto de que el correo privado se halla pro-
hibido por la ley?
La razón es que lo que cuesta transpOl'tar las cartas difiere
grandemente de una carta ,a otra. El coste del transporte de una
carta de una casa a otra en el mismo barrio es tan pequeño, que
no puede expresarse en dinero : para podérselo representar en
cifras tendría usted que calcular el coste por c.ada mi.! carta;; en
vez de por cada una. Pero el coste de llevar la misma carta desde
la jsla. de Wight a San Francisco es considerable. Tiene que pasar
del tren al barco paTa el estrecho de Solent; tiene que
trasladarse a otro barco en Southampton o acaso en LiverpooJ ,
después ele otro viaje por ferrocarril; tiene q'ue cruzar el Océano
Atlántico y después el continente norteamericano, hasta que por
DEL SOClr\LlSMO y EL CAPI'I ALISMO 129
últi mo es· entregada en el extremo opuesto' del mundo a 'la isla
de Wight. UsteQ.' esper aría naturalmenté qu"e·
de Gorreos le remitiera una docena de cartas"pam el lmismo ,ba-
pOr un ,penigue y que le cobrara una libra. por ,1leV'ar' una. sola
a San Francisco·; pero lo que hace en realidad, es .las·trece
cartas por tres peniques y medio· cada. una. 0uando:· se impriman
estas líneas puede que sólo le cobrun· penic¡¡ue¡ po.l' cada una,
como. ocurría antes de la guerra. Le cobr a ,a usted rnenos de ,lo
cuesta el envío de la carta de larga distancia y más de ,10.: que cues-
ta enviar las cartas de distancia corta; pero comOi tiene qlile .en-
vial' miles de cartas de distancia corta y solamente ' docenas de las
de larga distancia, puede resarcÍl's de .la rebaja de ' las
sobrecargando a las primeras. Este sistema de , cargar .10 mismo.'3,
todas las .cartas es 19 que los econom' stas llaman prorrateo . .
La r azón de que prohibamos a las personas ' o compañías
ticulares el transporte de las cartas es que si se les permitiel",a
hacerlo pronto habría compañías .que vendieran sellos a ,tres pe-
niques l a docena por enviar cartas a una distancia de unas cuan-
tas millas. La central de Correos no recibiría más 'que las 'car-
tas de larga distancia, es decir, l'as que costara muC'ho t ranspol'-
taro Entonces tendría que elevar el precio de sus selIas, y cuando
viéramos que la ventaja d enviar una carta a una o dos millas
de distancia por un cuarto de penique iba acompañada de -la
desventaj'a de pagar seis peniques o un chelín cuando' quisiéra-
mos escribir a alguien situado ·a diez millas de nosotros, 'compren-
derí.amos que habíamos hecho muy mal negoeio. Los únicos béne-
fidados serían las compañí as que habían trastornado' el sistema,
las cuales, una vez que !hubieran logrado esto, subirían 10's pre-
cios de las cartas de corta distancia al penique t dicional, ; si no
a más. '
Pasemos ahora de este servicio nacionalizado establecido ya a
otro que podría nacionalizarse y que le interesa íntimamente a
toda de casa del pais. Me refiero al suministrb de carbón.
El carbó:g. es un artículo ,de primera necesidad en nuestro clima,
y ,está terriblemente caro. Estas líneas las escribo en el verano,
gue ·es cuando el carbón está más barato, y una circular fechada
el 16 de junio me ofrece ,carbón de cok a treinta y seis chelines
y peniques la tonelada y antracita a setenta chelines. Esto es
mucho más de su coste medio. ¿Por qué he de pagarlo yo? ¿Por
qU,é ha de pagarlo usted? Pues sencillamente porque la industria
del carból1 no está nacionalizada todavía. Cdhstituye una propie-
dad privada.
El precio de coste' del carbón varía de nada a una libra la tone-
lada o más, sin .contar lo que cuesta transportarlo y 9.istribuírlo a
9
lOO
BERNA.RD SHAW
k'avés de todo el país. Tal vez no crea usted que hay carbón qua
no euesta nada; pero yo Le aseguro que en la costa de Sunderland,
cuando baja la. marea, se -puede coger carbón en la pJ..a.ya como
quien coge conchas o Yo mismo lo he visto con mis pro-
pios ojos. Un saco Y' una espaldi1 para llevarlo es cuanto se nece-
!lita para poner una oorboneria ambulante o para. llena.r La carbo-
nera de la casa. E:n. otros puntos de nuestra costa es tan difícil
encontt1ar carbón, que se Ihan abierto pozos y minas debajo del
mar sin encontl"ar carbón !hasta después de veinte años de traba-
· jo y con grandes gastos de dinero. Entre estos dos extremos hay
.toda clase de minas, ,mas que producen tan poco carbón y con
tanto ooste que sólo e las explota cuando el pl'ecio del carbón
alcanza, proporciones excepcionales, y otras en las que el carbón
abunda tanto y es tan fácil de extraer que siempre es productivo
explotarlas, aun cuando el carbón esté muy harato. El dinero
que cuesta abrirlas Vlllría desde trescientas cincuenta libras !hasta
más de un millón. Pero el precio que tiene usted que pagar nunca
es infel'ior al cO'lte de las minas más caras.
La razón es la siguiente : lo que hace subir los precios es la
escasez; lo que les hace bajar es la abundancia. El carbón sube
· y baja de precio exactamente lo mismo que la fresa. Están caros
cuando escasean y bara.tos cuando abundan.
Ahora bien; un artículo puede escasear por diversos motivos.
Uno de ellos es la ¡'educción de la oantidad en el mercado, aflojan-
do o interrumpi'endo su fabricación. Otro es el aumento del núme-
ro de personas que desean adquirir el artículo y tienen dinero
suficiente para comprarlo. Otro .aún es el descubrimiento de nue-
vos usos para el producto. La escasez del carbón puede ser produ-
cida no sólo por el aumento de la población, sino por el hecho
de que la gente que antes necesitaba solamente una pequeña can-
tidad de carbón para la cocina, necesite después miles de tonela-
das para ¡altos bornos y para transatlánticos. La escasez producida
por estas causa,s es lo que ha elevado el precio del carbón hasta
tal punto, que vale la pena abrir minas submarinas. El
· coste de estas minas es muy grande; pero no se incurre en él has-
ta que el precio del carbón ha subido lo suficiente para cuhrirlo
con un beneficio. Si el precio baja lo suficiente para suprimir ese
beneficio, las minas cesan .de trabajar y quedan abandonadas. ,
¿Y cuál es la consecuencia de esto? La, paraliz.ación de las minas I
re.duce el suministro <?arbón que solían enviar al mercado, y
la escasez producida por la paraliZiación hace subir de nuevo el
precio hasta que permite reanudar la expl-otación de la mina sin
perder dinero.
De este modo la mujer inteligente (y también la que no lo es)
GuíA DEL SUCft\r,rSMO y EL CAPITALISMO
131
se v condenada. siempre a pagar por el .. carbón -el coste total de
extraerlú de las minas más caras, aunque sepa que sól{) una.
pequeña parte del carbón procede d ~ dichas minas, viniendo el
r esto de otras en .las que el coste es mucho más bajo. Si protesta,
sebo le asegyrará
t
que el precio a penas basta para permitir que los .\
o r ros slgan l' abajando, y esto será completamente cierto.' Lo
qUll no se le dirá, aunqUf:l también es exacto, es que las minas
mejores obtienen beneficios excesivos a costa suya, para no hablar
de las regalías del propietario.
y aquí 9urge otra complicación. Los mineros que extraen el
carbón en las mejores minas no cobran más que los de liéiS peo-
res, que apenas pueden i r tirando, porque los ¡hombres, a dife-
rencia del carbón, pueden ir de una mina 13. .otra, y lo que tiene
que aceptar el minm'o más pobre tienen que aceptarlo todos los
demús. De este modo, los s-alarios de todos los mineros se man-
tienen en la misma escala que los de las peores minas, exactamen-
te igual que las fa:cturas de todas las amas de casa lo tienen valo-
nado a ·su coste más alto. Los mineros descontentos decla ran huel-
gas, haciendo que el carbón eSDasee todavía más y suba más de
precio. Las amas de casa se lamentan, pero no pueden !hacer bajar
los precios, y censuran al "burgués" . Nadie está satisfecho, salvo
los propietarios de las minas mejores.
81 remedio de todo esto es, por supuesto, la nacionalización.
Si todas las minas de carbón pertenecieran a una Cent'ral Nacio-
nal, ésta podría compensar las minas malas con las buenas y ven-
der el carbón al coste medio de la obtencióJ;t del suministro total,
en vez de tener que venderlo al precio de coste de las minas
peores. Para tomar cifras imaginarias, si el coste de la mitad
del suministro es de una libra por tonelada y la otra mitad cues-
ta media corona, se podría vender a once chelines y tres peniques
lla tonelada, en vez de a una libra. Un trust carbonero comercial,
aunque podría llegar a poseer tOMa las minas, no haría esto,
porque su objeto sería obtener los mayores beneficios posibles para
sus accionistas en vez de abaratar lo más posible el carbón para
los consumidores. Sólo hay un propietario que podría trabajar en
interés del publico sin aspirar a ningún beneficio·. Ese propieta-
rio sería un agente del Gobierno que actuara en nombre de la
nacióri , es decir, en nombre de usted y de todas las demás amas
de casa y de todos los consumidores de oarbón.
Ahora comprenderá usted por qué los mineros y los consumi-
dores inteligentes de carbón piden la nacionalización de las
mi nas y por qué todos los propietarios de ellas y los vendedores
de carbón proclaman que la nacionalización significaría el despil-
farro, la corrupción, la ruinosa elevación d(:l los precios, la des-
132
Bl:RNARD SH¡\W
tr:ucc\ón com:etciu y nuestra in , ustria; 1 fhJ de \
tro' 'y en su a,nt ]a
qve [hacen a 'pagar
,el' &rlJónfinucho más de lo. ,qué cuesta. P.ern por, mucJ:w que ch1' .
lleD. bt;üm cUldado no meJ?,cioria.r nunca la clave r eal de}
probl,e:wnL :és
i
d ecir, ¡el sumini'sll:¿ de, caJ'bón t?do 1 mundo il.
pre'cio, coste. Para aparlttr la atenClón d ] pubhco d
' declaran' que la rUlcionali'zacióil es una. perversa mvenClón
de los bolcheviques y que eJ Gobierno británico está. tan corrom-
pido y'es \ail incompetlmte, que iro podría admirüstrar honrada y
una ri1imi.!de carbóh. Puede ustéd leer diez debates en
la Gátnaú de los Comunes 'sobÍ',e la. nacionali zación del carbón y
cíen artíélilos de periódico sobre estos debates sin saber nunca lo
que acabo' Be decirle sobre la diferencia ent,l'e las minas ni cómo
promediando el 00ste de su explotación podría reducirse grande-
mente el precio del carbón, Una vez qué se han conocido y com-
prehdido '.estos hechó's, no queda lugar para. otro argumento : cada
comprador de carbón se convitlrte en el acto en urt nacionaliza-
dar, aunqlle todos los propietari0s de carbón ,están dispuestos
gastars'e el último penique disponible en desacreditar e impedi r
la nacionalIzación'. ' .
Ya, ve ust ed cómo la propiedad' privada de las minas carboní-
feras afecta a una mujer cada vez que compra carbón. Pues bjen ;
lo mismo le afecla Ciada vez que compra' un par de tijera:s, o un
juego de cuchillos y tenedores, o una plancha de lhierro, porqu
las minas 'de hierro y de plata difieren como las minas de carbón.
Asimismo la afecta cada vez qüe compra una hogaza de pan,
porque las granjas ti'igneras difieren en fertilidad lo mismo qu
las minas : el cultivo de 'una fanega de trigo cuesta mucho más en
una 'granj a 'que en otra. También la afecta: cada vez que compra
algo de constr'ucción fabril, porqlle las fábricas difieren con arre-
glo,'a su, distancia de los ferrocarriles, los los puertos,
lll:s grandés ciudades o los lugares en que abundan sus materia
primas, o de donde hay energía hidráulica natural para mover
sus máquinas. En cada caso el precio de venta representa el coste
del artículo en las escasas minas y fábricas en que el coste de 1,8.
producción es mayor. Nunca representa el coste medio entre unas
y otras minas y fábricas, que es el verdadero coste nacional.
Así se la mantiene pobre en un país rico, porque toda la diferen-
cia entre lo mejor y lo peor es retenida por los propietarios de
las minas y las fábricas, obligándole a pagar por cuanto usa más
de lo que cuesta. Para librarla de esta monstruosa imposición, los
socialistas, y mudhas personas que nunca soñaron con llamars
socialistas, proponen que las minas y las fábricas sean converti-
av'A D8;L SOCIALISMO Y EL CAPITALISMO 133
da;s en propiedad nacional, en vez de ser propiedad La
diferencia entre 1"os nacionalizadol'es soci.alistas y los no socialis-
tas consiste en que los no socialistas aspiran solamente a abaratar
el carbón, mientras que los socialistas persiguen el objeto ulterior
de colocar las minas bajo el dominio y el control nacionaJ.es, así
como impedir ue sigan siendo un instrumento de la desigual-
dad de la renta. Sobre la cuestión práctica inmediata de la nacio-
naliZiación están d acuerdo. A esto se debe que el socialismo
pueda ,avanzar sin una mayorí a parlamentaria de socialistas de-
clarados y hasta sin ni ngún socialista.
Nótese que 1 s -economistas dan el nombre de renta a la dife-
rencia entre el coste más alto de la producción bajo las peores
circunstancias y 1 coste mé\s reducido bajo circunstancias más
favorables. Las rentas e la minería, la propiedad literaria y los
derechos de pat ,nte se llaman regalías, y la mayoría de la gente
sólo llama renta lo que paga por la casa y la tierra. Pero la
renta forma parte de todo cuanto tiene precio, excepto de las
cosas socializadas y de las que se producen bajo 1a's condiciones
má5 desfavorable¡j.
' " , ,
xxx
LOS IMPUESTS
A
DEMÁS de comprar cosas en las tiene usted que pa:'
gar impuestos, contribuciones, teléfono (si ' lo tiene usted)
y alquiler de la, caoo. y ]a tierl'6, Examinemos esta llarte de
sus gastos para V81' si la distribución desigual de 1a renta le sigue'
afectando aquí ,
La gBnte se queja muel o de la contribución, porque no recibe'
por eUa nad'a inmediato, y 10 que recibe lo compinte con todos'
los demás, de suerte que no les produce1ii sensación de la pro-
piedad individual como se la producen sus vestidos, sus casas y su
mobiliario. Pero no poseerían muoho tiempo en paz sus vestidos,
su mobiliario o sus casa:s a no ser por hallarse las calles pavimen-
tadas, alumbr adas y custodiadas, y si no fuera por alcantarj-'
lIado, el abastecimiento de agua y todos los demás servicios pata
los que se paga la contribución. Cuando la mujer inteligenteeIll-
pieza a estudiar esta:scuestiones comprende en seguida que lo
que paga de contribución 1 pr6duce más beneFi cio que cualquier
otro gasto y que los candidatos a concejales que le piden su voto
con el pretexto de que VJél.n a aboli r o reduch la contribución (cosa
que, afortunadamente, no pueden hacer), son su mayoría o ne-'
cios o farsantes, cuando no amba,s cosas, Y túme la satisfacúón de'
sa.ber que r ecibe estos serviciosc(1,si al coste j usto' G que los obtiene
la. autoridad local , la cual n' sólo no ' se beneficia. a C:osta suya,
sino que re,ali za gratuitamente una gran tarea directora que en
cualquier negocio' privado tendría que ser remunerada y que en
las circunstancias presentes deb remunerarse tambi. én en las em-'
presas públicas. ,
La misma ventaja pued atri uÍl'Se a los impuestos , En lodo.s
los servicios públicos que se pagan al gobierno por med.lo de }cJ.S
impuestos puede decirse 'q ue no hay ning'urlO: l' ecib,e.n
l3El'tNi\lW SIV. W
por lo que le eu sta al gobierno, es decir, por mucho menos de
lo que Ihabría que pagar si fueran empresas privadas.
Hasta ahora podria parecer que al pagar sus contribuciones e
impuestos se libra usted de las exacciones que le persiguen
pre que gasta el dinero· de alguna otra manera. Tal vez empiece
usted a sentir que la próxima vez que llame a su puerta el recau-
dador oirá usted con alegría su llamada y le recibirá con el rostro
resplandeciente de] que paga con gusto.
, Siento mucho estropearle esta perspectiva; pero lo cierto es que
el capitalismo la despoja a usted por medio del gobierno, los
municipios y 1 s concejos de condado tan efectivamente comr¡ lo
hace por mediación del comerciante. No es solamente que el
gobierno y las autoridades locales tengan que comprar para llevar
a cabo sus servicios públicos gr,andes cantidades de productos él
negociantes-,privadoo qtte los recargan a más de su precio de coste,
reoorgoque 1ti ne que pagar usted como' coritribuyente. Tampoco
es, que el. gobierno del país no uede usar 00 nombre de la na-
ciónlla.tieroo ,nacional sin grandes somas a algún padicu-
lar porque le dej e nac!'}rlo. Estos recargos pueden compensarse de
diStintos,modos. como, por ejemplo, si el gobierno tiene que com-
prar un trOzo de:tierra para sus operaciones, puede saca'!" dine-
ro ¡para pagaría del' impuesto sobre la relita ' que sólo pagan los
terratenientes o puede sacar apHal del impuésto sobre las rentas
no . ganadas. De este m.odo puede faci litar le a usted un servicio
(y tao veces lo : hace) al preGio uténtico de coste, y hasta puede
dársélo' a usted de,balüe haciendo que lo paguen las personas más
ricas.
:Pero a -tad' se le imponen tribli tos, no sólo para pagar servi-
cios.públicos que sor1 igualmente úWes a ' todos, sino también para
otras cosas. y al llegar a éstas puede usted lamentarse, si es usted
rica. de que los ' socialistas la saquean en beneficio de los pbbres,
y- si es mited 'pobre de que la despojan los oapitalistas, qUi:l cargan
sobre las ,rentas ,y los impuestos ciedos g,astos que debElrían p'agar
de sus Ipropios bolsillos.
Veamos ér fundamento ({ue /hay para tal es quejas . Empecemos
por 'los ,ricos. 'Por TnEldio de la tributación, el gobierno retira 13
l,os ' ricos la. tercera o cuarta parte de sus rentas, y a las p",rp-onas
muy ricas más de ta mitad, no para ningCm servicio público espe-
CificadO. , sino c.omo puro nacionalización (o socialización) de su
renta sin compensación ninguna y medi,ante la simple coerción.
Esto .se considera ya tan natural que . los ricos no se les ocurre
nunca exigir compénsación o negarse a pagar hasta. que les quiten
sus bienes, y ni siqui .ra piens'lll1 en llamarla confiscaoión bolche-
vique, por lo cu '1 ROS gusta hablar como si tales cosa.s no exis-
GUíA DEL SOCIALISMO Y EL· CAPITALISMO 137
tiemn nunca sino ' en 'la imaginación d malvados c munistas ~
,pero, sin embargo, ocurren regularmente todos los años en In
Gran Bretaña, y el decreto que las ,autoriza es firmado todos 10:1
años por el ministro' de Hacienda. Aunque para tranquilizar a },¿l
gente se le llame decreto de ,apropiac'ón, s, en r alidad, un de·
creta de expropiación.
Nada hay en la ley, ni en la constitución, ni en ninguna cos-
tumbre, tradición o u o parlamentario, ni en ninguna parte da
nuestra moralidad establecida, que impida que esta mitad ' o ter-
{; efia parte sea elevada a tres cuartas partes, a nueve décimas o ü
la totalidad. Aparte de esto, cuando muere una persona muy
l'ioa, el gobierno confisca la renta total de la propiedad durante
los ocho años siguientes. Las propiedades mínimas que tributan
tienen que entregar us rentas al gobierno durante diez meses, y
las demás, durante período diferentes que varían ntre, ambon
·extremos con Bxreglo a su cantidad.
Por 'añadidura, hay ci !'tos impuestos ql e lo mismo los pagan
los pobres que los ricos y que se llaman impuestos indi rectos.
Unos recaeg3.n ciertos artículos alimenticios, el tabaco y las bebi-
das espirituosas, y se pagan n la tienda como parte del precio
, a l adquirir stas -artículos. Otros son derechos de timbre, que se
elevan a dos peniqu s por extender un r cibo de dos libras o más,
seis peniqu s por · un simple contrato escrito y a centenares dn
libras por otros documentos qu la gente desheredada no utiliziL
nunca. Ninguno d estos impuestos se destinan a un servicio deter -
minado, como ~ a contribución por el servicio de policía o el sumi·
nistro de Iélgua: son simples transf rencias de renta de los bolsi-
llos particulares .al bolsillo nacional y, como tales, actos de puro
-comuüismo. Acaso le sorprenda usted saber que, aun sin c o n ~
tar los impuestos soore las subsistencias, qu recaen sobre todas
las c1ases, la propiedad privad"L socializada de este modo importa
ya cerca de un millón diario.
Puede que los ricos se qued n c n la Qoca abierta ante seme-
. jante cifra y pl'egunten qué hará el gobierno con todo eso.· ¿ Qué
sacan ellos de esta contribución que tan prodigiosa se nos aparece
_ a la mayoría de nosotros, que tenemos que contar nuestras ren-
tas en centenares anuales y no en millones diarios? Pues bien ;
el gobierno proporciona un ejército y una marina, un serv-icio
oivil , tribunales de justicia, etc., y, como ya hemos visto, los pro-
porciona o a pr cio d coste o recargando menos el precio de coste
que cualqui r mpr a comercial. Pero más de cien mi llones de
libras se le entl' gan todos los ños n forma de pensiones y sub-
sidios a la infortunada gente que tien pooas r ntas o ninguna.
-Esto es una pu-ra/ redist ribuéión de 1 renta, s ' decir, 'S'Ocl' -
138
13F,RN AR.D SIl i\ W
lismo pur . Los fun cionarios del gohi rno sacan el a 10&
ricos y se Jo dan (1 Jos pobres, porCJu Jos pobres no tl,eI?-en }ms-
tante y los ricos ti en n sin atender él; sus r;nerl.tos per-,
sonales. Y tampoco aquí existe ningún límit constItucIOnal al
procedimiento. Recuerdo una época en qu no
ción y el impuesto de la renta -er a de dos hbra, en
vez de cuatro cJheli nes y seis penique' o d cmco chelmes, yen
que madstone esperaba suprimir lo por completo. Nadie pensaba.
éntonces en utilizar la tributaci ón como un i lfl strumento para efec-
tuar una dist,tibución más equit.ativa de la renta. Hoy día es éste'
uno de los principal s usos de la tributación, y podría utilizarse
pana conseguir la igualdad compl eta sin v rificar ningún camJJio
en la rutina anual d nuestra Hacienda.
Hasta ahora los pobres han llevado la mej r parte. Pero algu-
nos de los ricos sacan muy buen partido d los impuestos. La
parti da de gastos más fuerte del gobierno es con mucho el pago
anual del interés nel di nero que pedimos prestado para la guerra.
El dinero se h' gastad ; pero tenemos qu seguir pagando el inte-
rés hasta que lo hayamos resti tuído. La mayor part de él se le
pidió prestado a los ricos, porqu sólo ellos tenían dinero que
prestar. Por consiguiente, el gobierno saca todos los años a los
ricos una inmenSlét oantidad de dinero y se la entrega inmedia-
tamente a los que s lo prestaron para la gU€lrra. El resultado
de esta transacción es simplement redistribuí}' la renta entre
Jos mi smos l'jCOS. Los que pierden con ella arman un alboroto
acerca d lo qu ellos llaman Ja carga de la Deuda nacional ;
pero la nación n s encuentra. un eniqu más pobre porque sa-
que el dinero a un atrevido bribón y se lo dé a otro. El que la
transf erencia sea beneficiosa o perjudicia dep nd de que aumen-
te o disminuya la desigualdad existente. Por tiene en
general qtl e aumentarla forzosamente, porque el gobierno, en vez
de saoor el dinero a unos capitalistas y dividirl o entre todos ellos,.
s ' lo saca a todos y lo 1" parte entre unos cuantos. Este es el ver-
dadero inconveniente d la Deuda nacional, qu , toda vez qU3 es
poseída por nuestro propio pueblo, no es tal deuda. Para ilustrar-
lO con un ejemplo, pod}'Ía d cirse qu un elefante no se queja
de tener que soportar una carga excesiva pOl'qu sus patas tienen
que transportar su propio peso; pero si todo su peso recayera so-
bre uno de los lados, en vez de Ihallars distribuído equitativa-
mente entre sus cuat.ro patJ(1s, eJeJefant no podría soportarlo y ro-
daría por el suelo n cuanto encontrnra 1 más pequeño obstáculo,-
que es lo que le sucede a nuestra industria. bajo nu 8t1'o sistema
desigual.
Se dice a veces que 1 s capitalistas pI' star n al gobierno,
GuíA DEL SOCIAl,l I:iMO y EL CA JTALJ "MO
el dinero para la guerro merecen eJ interés porque se sacrificaron .·
y como yo mismo fuí uno de ellos, puedo decirle a usted sin
licia que esto es un desatino sentimental. Dichos capitalistas fue-
ron las únicas personas a las que no se les pidió sacrificio alguno;
por el contrario, se les ofreció una inversión de capital al cinCO'
por ei,ento cuando deberían baberlo puesto al cuatro. Las perso·
nas que resultaron ciegas, lisiadas o muertas -en la guerra fue-
ron las verdaderamente sacrifioadas, y las que trabajaron y pelea-
ron fueron los verdaderos saJvadores de la patria, mientl'éLS que' -
los que no hicieron otra cosa que coger el pan nacional que otros'
fabricaban y darle un ( n unión de sus criados) antes
de pasar a Jos soldados lo que dej aban, no realizaron ningún ser-
vicio personaJ : únicamente hicieron que la escasez de alimentos
fuer.a todavía mayor. La l'azón de qu se les hartar a de este ab-
surdo modo no fué que tuvieran algún mérit o prestaran ningún
.ilrvicio: fué la consideración especial que tenemos que demos-
t.rar por el dinero ahorrado como tal, porqu temíamos encontrar-
nos sin dinelO disponible si no hartábamos a una clase dándole'
más de lo que puede gastar. Tendremos que hablar de esto más
extensament cuando examinemos más adelante la naturalez<1 del
capital. Entretanto, si tuvo usted la desgracia de perder un ojo
durant uno de los r aids aéreos, o si perdió usted a su marido o
su hijo, o si hizo usted lo suyo trabajando afanosamente dumnte
la. guerra y es aJho:na una contribuyente, deb parecerle cuando me-
nos pintoresco que el Gobierno le saque a usted dinero para en-
tregárselo a alguna señorita que no hizo otra cosa que vivir lo
mejor posibl e. No será fácil -convencerle a u ted de que fué más
terribl e que el gobierno dispusiera del dinero de ella que de los
miembros de su marido o de la vida de su !hijo. Lo más que puede
decirse ·es qu pudo ser más conveni nt .
Otro ej emplo de cómo pueden emplearse sus impuestos para en-
riquecer a los negociantes en vez de prestarJ.e a usted ningún ser- I
vicio es el siguiente : al principio de la guerra, la influencia de los
negociantes era tan grande, que convencieron al gobierno de que'
les permiti era cori.st ruí r las granadas en vez de hacerlas en fábri-
cas nacionales. El resultado fué que usted pagaba impuestos para:
que los obreros del arsenal de Woolwich estuvieran sin trabajar y
crobrando todo su salario, con -el fin de que las empresas agiotis-
tas realizaran tod.o el trabajo con beneficio. Asimismo teni a usted
que pagar a los .obreros de éstas, y por añadi dUlla, el beneficio.
Pronto se vió que no podían fabricar las granadas suficientes, y' 1
las que hadan resultaban innecesariamente costosas y no siem-
pre explosivas. El resultado fué una matanza aterradora de nues-
tros jóven s en Flandes, que fueron aband.onad.os c-asi indefensos-
BERNARD SHAW
, fi la,g trincheras por. la Bscasez de municiono" , y nosotros csLuvi-
¡nos a punto de ser derrotados por el exterminio hasta que el g;o-
hierno, tornando la cuestión en sus manos, ab6ó fábric,as nacio-
nales' (acaso haya usted trabaj ado en alguna' ellas), en las
que se produjeron municiones en tal escala que nos ,traba-
jo librarnos de las que quedaron cuando la guerra ade:
máS de vigilar a los negociantes enseñándoles s.u negoclO (pues nr
siquiera sabían llevar sus cuentas debidamente y malgastaban el
dinero corno el agua), y limitando sus beneficios enérgicamente,
Sin embargo, frente a esta experiencia (que constituyó por su-
puesto un triunfo enorme para los defensores de la naciom:tliza,-
ción de las industrias) , no bien !hubo acabado la guerra, los pe-
riódicos capitalistas reanudaron de nuev sus necias declara-
,ciones de que los gobiernos s n empresarios tan incompetentes y
.extravagantes, y las empresas particulares son tan capices y rec-
tas, que los gobi.ernos no deben hacer nada que puedan hacer las
mpresas particulares con u beneficio, y muy pronto todas la.s
fábrioos nacionales fueron vendidas por unabagaLela a los ne-
gociantes, y los obreros nacionales se vieron ' en la calle con tos
soldados desmovilizados, teniendo que vivü' de los subsidios del
gobierno.
Esto no 'Os más que un ,ejemplo sensacional de algo que estA
ocurriendo siempre, a saber : el derroche de nuestro dinero, en-
cargando a contratistas la realización de trabajos que podrían ha-
.cerse mejor por las autoridades mismas, sin cargarnós ningún be-
neficio.
Por lo tanto, puede usted ver que cuando paga impuestos y
crmtribuc· ón no está usted segura de que le carguen soi.amente el
¡, recio del coste de los servicios públi cos, sino sumas enormes que
p:!san a manos de industriales particulares en forma de benencios
i 1I necesarÍos o excesivos, así corno a los terratenientes y capita-
Ji. tas cUJT!as tierras y cuyo capital utilizan dichos industriaJbs, y
n aquellos propietarios que tienen títulos del empréstito ae gue-
na y de los demús empréstitos que confltituyen la' Deuda nacio-
nal. Pero como puede suceder que . ust,ed perciba una pn,rte' a e
ese dinero como pensionista o perceptora de auxilios públicos en
una u otra forma, o corno puede ser usted propietaria de titulo s de
la Deuda o accionista de alguna de las empresas comerciales 'que
contratan con el gobierno y los municipios, me resulta imposibie
decirle .a usted si en fin de cuentas gana o pietde. Unicamente
puedo decirle que tiene usted diez probabilidades contra una' de
perdGr en el balance, es decir, de que los ricos perciban más' ,'de
usted por medio del gobierno que de ellos. Baste con
para los impuestos . Hablemos <1:11ora de las cOntribucI nes.
I
XXXI
LAS CONTRIBUCIONE
L
AS cQntribuciones no las paga todo e] mundo .por iguaL
Las autoridades. locales, igual que el gobierno, tienen que
reconocer el hecho de que algunas personas están en m€'-
jores condiciones de pagar que otras, y les hacen pagar en con-
secuencia. Lo Ihacen así oalculando la contribución sobre el va-
lor de la casa ocupada por el ,contribuyente y por el de su emple ,
suponiendo que una persona que tiene una casa oun empleo qu
vale cien libras al año, será más rica que la que tenga una casa
o un empleo que valga veinte, y fijando la contribución sobr
este -cálculo. '
Así, pues, cada contribución es, en realidad, un impuesto gra-
uado sobre la renta; ,exactamente igual que el pago de los servi-
cios públicos. Además, existen las deudas municipales, lo mis-
mo que la Deuda nacional, y como los municipios son tan pere-
l':OSOS y derrochadores como los gobiernos centrales en el senti-
do que entregan tI1abajos públicos a contratistas negociantes, todo
lo que ocurre con los impuestos ocurre también con las contribu-
ciones, aunque en 'menor ·escala.
Pero Ihay otros anomalías que produce la contribución.
Sin ir más lejos, considere usted lo que sucede cuando la par-
te más genuina de nuestro comunismo nacional y municipal, que
subsiste honradamente imponiendo contribuciones e impuestos,
se aplica, como la aplicamos nosotros, a personas algunas de las
cuales son muy pobres, mientras otras son muy ricas. Si una
mujer no puede permitirse alimentarse lo suficiente para criar de-
bidamente a su Ihijo, es evidente que no podrá contribuír al sos-
tenimiento de una raza de potros color crema en los establos del
palacio de Buckingh:am. Si vive con slJ marido y sus hijos en una
sola habitación de una casa de los suburbios, lejos de los par-
ques públicos de las grandes ciudades, con sus flores, sus ban·
H2
das de musIca, sus vclllldas y sus I at>'os , es l.),[lstautc d lli'O que
tenga que p.agar una parte de lo que cuestan es tos, lugares de re
creo utilizados en su rnuyor arte por persol1'l1s ncas, cuyos ca-
b a l l ~ s y cuyos aut,omóvil¿s emuestran qu podrí' 11 pagar fácil -
mente un recargo suficiente para sostener dicl os lugares sin pe-
dirle cont ribución a dicha mujer.
En suma, puesto que los gastos comunoJes son obl ig'atorios y
se les exigen a todo el mundo por igual, no podrá pagal'los todo
el mundo, a no ser que tenga la misma renta. Pet'O 1 remedio
no consiste en suprimir los parque y los potros coLor ctema y de-
cirle al príncipe de Gales que no podrá disponer de más de un
traje hasta que el hijo de cada mujer pobre tenga dos, lo cual
no sólo es imposible, sino que también demuestr,a envidia y ta-
caílería; el remedio consiste en igualizar las rentas. Mientraé;
tanto, debemos pagar los impuestos y las contribuciones con e'l
mejor gusto, sabiendo que si trotáramos de reducir los gastos pú-
blicos al nivel de la peor pobrew privada, nuestra vida ser la in-
sopor table hasta para los salvajes.
Sin embargo, esto no puede aplioarse a ciertos modo de ex-
plotar al cont ribuyente. Explotar a una persona es sacar diner0
de ella sin resarcirla de modo equivalente. Ahora bien, práctica-
mente, todos los industriales padiculares explotan n ás o menos
al conttibuyente de un modo que ste nunca lo advierte, a no
ser que haya estudiado el problema como nosotros lo estamos es-
tudiando ahora. Y este modo es el siguiente:
Una mujer que tiene criados les da trabajo l',egulal· a la mayo-
ría de ellos ; pero a algunos sólo les da trabajo casual. La don-
ceUa y la cocinera tienen trabajo regular; la niñera tiene un tra-
bajo temporal, y la sirvienta ti,ene un traoojo casual, es decir , qUE
se la contrata por unas cuantas horas o por un día, y después se
la despide paM que se las arregle como pueda hasta que encuen-
tre otra ocupación 'gualmente breve. Si está enferma, ninguna de
sus señoras circunskmciales se preocu a de ella, y cuando los ricos
se mueren y dejan algo a sus criados en el testamento, nunca se
acuerdan de dejar un legado para la sirvienta.
Ahol'a bien: no cabe duda que es muy conveniente poder al-
quilar a una. mujer por cosa de una hora, como el que alquila un
taxi , y desprenderse luego de ella sin ninguna l'esponsabilidacl
por pagarte unos cuantos chelines y ponerla en la calle. Pero esto
significa. que cuando la sirvienta está. enferma o sin trabajo, o
llega a tal edad que en lllgar suyo se prefieren otras mujeres más
jóvenes y más fuertes, alguien tiene que sostenerla. Y esLe alguien
es el contribuyente, que proporciona los auxilios a los abandona-
dos y que sostiene los asilos, las pensiones para la vejez y los de-
GUíA DEL SOCIALISMO y 'EL CAPITALISMO
t 43
más subsidios. Si 1 contribuyente no hiciel' -esto, la dueña de la
casa tendría que pasat'se sin la sirvienta o pagarla más . Los mis-
mos criados tljos no podrían el' de. pedidos como ahora, sin dar-
les una pensión, si los ' .ontl'ibuyentes no pag'atan para ellos. De
este modo, la dueñ de la casa hace que los otros contribuyentes,
muchos de lo cuales no emplean sirvientas, pag'uen una parte de
1 que cuesta su ser vicio doméstico.
,Pero acaso no sea éste el caso más convincente, porque usted,
romo mujer expel"i:mentada, puede decirme que las sirvientas no
l ' pasan muy mal, que son difíciles de encontrar y que algunas
pueden elegir entre varios empleos. Pero piense usted en las gran ,
des Empresas industriales que emplean ejércitos enormes de tem- ,
poreros. Considere, por ejemplo, las Compañía.s de los puertos.
Los hombres que cargan y descargan los barcos son cont ratados
por horas a centenares, y nunca saben si t,rabajarán una hora o
si trabajarán ocho, si es tarán dos dí as trabajando, una. semana
o seis. Recuerdo cuando se les pagaba a dos peniques la hora y la.
gran victoria que creyeron haber logra.do cuando lucharon por que
se les paga.ra a seis peniques y lo consiguieron. Las Cumpañías
sacan beneficios, pero los hombres y sus familias viven casi siem-
pre más o menos de los impuestos.
Consideremos el caso extremo de esto. Los contribuyentes tie-
nen que sostener un asilo. Si un hombre se presenta. en este asilo
diciendo que no tiene trabajo, hay que darle alojamiento, comida
y vestidos. Algunos hombres tienen la cost umbre de vivir en el
asilo -hasta que' se encuentran dispuestos a pasar una noche de
embriaguez y libertinaje. Entonces piden que se les despida, y
salen a arreglárselas como puedan. Descargan un barco, y, des-
pués de gastarse en una francachela todo el dinero que han gana-
do, 'vuelven al asilo a la mañana siguiente, diciendo que no tienen
trabajo, y reanudan su residencia en dicha institución a costa de
los contribuyentes. Lo mismo puede hacer una mujer cuando tie-
ne ocupaciones temporales a su alcance. Repito que esto es sola-
mente el caso extremo: los obreros honrados y respetables no lo
hacen; pero el trabajo circunstancial no contribuye' a hacer hon-
ro.da y respetable a la gente. Si no fueran despreocupados y no
exaltaran su espíritu y rebajaran su prudencia bebiendo más de
lo conveniente, no podrían soporta.r tan irritante incertidumbre.
Ahora bien : sucede que el t rabajo de los muelles es un tra- \
bajo peligroso. En las épocas de mucho trabajo ocurre un acci-
donte cada veinte minutos en los muelles grandes. Pero la Com-
pañía no sostiene un hospital para curar a los temporeros heridos. \
¿Por qué ha de hacerlo? Ya tenemos la enfermería de los pobres
144 BE,RNAl\D SHAW
sostenida por lop contribuyentes o los hospitaJep sostenidos por sus
suscripciones cari tati va , y no hay nada más sencillo que llevar a ¡
la vícbima del accidente a que sea curada a expensas del públi co,
sin mol star a la Compañía contratante. No es de extrañar que los
funcionarios y los directores d estas Compañí as se encuentren
entre los más ardi ntes defensores de la cari dad pública.
Otra institución pública sostenida por los contribuyentes es la-
cárcel, con su organización policíaca, sus tribunales de justicia,
sus jueces y cuanto constituy su costosa secuela. Una proporción
enorme de los delitos con que tienen que t.ratar son originados
por la bebida. Ahora bien: la industria alcoholera es sumamente
productiva; pera ¿por qué es productiva? Porque el industrial
se queda con todo el dinero que paga el bebedor por sus licores,
y cuando ést e está ebrio le arroja a la calle, dejando al contribu-
yente el cuidado de pagar todos los daños que pueda hacer, todos
los crímenes que pueda cometer, todas las dolencias que pued
sufrir y hacer sufrir a su familia y toda la pobreza a que pueda ,
verse reducido. Si el coste de todo esto Se le cargara a la industria \
alcoholera en lugar de cargárselo al contribuyente, los benSlficios
de dicha industria desaparecerían en el acto.
Actualmente, el industrial se queda con todas las ganancias
y el soporta todas las pérdidas. Esto explica que en
Norteamérica se haya declarado ilegal esta industria. Los yanquis
cerraron las tabernas y descubrieron inmediatamente que podían
cerrar gran número de cárceles. Pero si hubieran municipabzado
el tráfico del alcohol, es decir, si el contribuyente hubiera sost -
nido la taberna al mismo tiempo que la cárcel, se hubiera puesto
el mayor cuidado en combatir la embriaguez, porque ésta hu-
biera producido una pérdida en el Tesoro municipal en lugar de
un beneficio. Actualmente, la industria alcoholera explota de un
modo desmedido al contribuyente, y toda la nación se debilita y
desmoraliza para que un puñado de personas puedan enriquecerse
insólitamente. Cierto es que de vez en cuando reconstruyen nues-
t ras r uinosas catedrales; pero entonces esperan que se les haaa
nobles por ello. De todas formas, el negocio no puede ser peor.
Queda otro truco, con el que pueden engañarle a usted tanto
el Municipio como el Gobierno. A pesar de su obligación de no lu-
crarse, sino de darle a usted todos los servicios a precio de coste,
a veces se lucran abiertamente y hasta se vanaglorian de sus be-
neficios como prueba de su eficiencia comercial. Esto acantee ,
cuando paga usted el servicio, no por medio de un impuesto o
una contribución, sino por el procedimiento ordinario de pagar
Jo que consume. Así, cuando quiere usted enviar una carta, le
G uf.'. DEL • OCIALJ 151\10 y EL CAPITALISMO
145
puga al Gobierno tres peniques y medio en el mostrador por ha-
cer/ este servicio. Cuando vive ust d en donde el suministro de
alumbrado. eléctrico Jo r a /iza el Municipio, no lo paga usted por
medIO de Impuestos: paga usted un tanto por cada unidad que
consume.
Siento tener que añadir que el director general de Correos se
aprovecha de esto para cobrarle a usted por llevar su carta más
que el promedio de 10 que /e cuesta al servicio postal. De este
modo obtiene un beneficio, clue se lo entrega al ministro de Ha-
cienda, quien Jo emplea para rebaj ar la tributación sobre la renta.
Usted paga más para que los que tributan por su renta puedan
pagar menos. Una parte de sus tres peniqlles y medio va a parar
a los bolsillos de los millonarios. Cierto es que si usted tributa por
su renta, le toca algo; pero como la mayoría de la gente no paga
este impuesto, y todo el mundo compra sellos de Correos, los ren-
tistas explotan en realidad a los compradores de sellos. El princi-
pio es el'l'óneo, y la práctica, un abuso peligroso, que, sin embal'-
0'0, es aplaudido y ampliado cada vez más, a medida que el Go-
bierno añade el telégrafo al correo, el teléfono al telégrafo y la
1'adiotelegrafía a ambos.
En el caso del suministro municipal de alumbrado eléctrico
he de manifestarle que, pese al hecho de que el Municipio, a dife-
rencia de una Empresa privada, tiene que empezar por pagar el
coste de sus obras desde el momento en que percibe el dinero y
tiene que solucionarlo todo dentro de cierto período, después de
hacel'lo así y sumini strar la electricidad a un precio inferior al de
las Empresas privadas, todavía ohtiene un beneficio. Este ben -
ficio lo aplica a lu ¡,educción de los impuestos, y a los qontl'ibu-
yen tes les agrada esto tanto, y están tan habituados a pensar que
UI). negocio que obtiene beneficios tiene que ser un negocio sano,
que el Municipio se siente tentado a obtener beneficios adrede y
hasta beneficios grandes cobrando al consumidor más de Jo que
el suministro cuesta. Cuando ocurre esto es evidente que /a gent.e
que usa la luz eléctrica paga parte de los impuestos de la que no
la usa. A un en el caso de que todo el mundo usara luz eléctrica,
todavía habría desigualdades en el consumo de corriente. Un co-
merciante activo, que tiene que iluminar profusamente su esta-
blecimiento para atraer a la cli entela, deberá tener una factura
más importante por el consumo de luz eléctrica que muchas per-
sonas más ricas que só lo tienen que iluminar sus casas particu-
lares.
No debemos gastar más tiempo en hablar de los impuestos y
las contribuciones. Si se suprimieran por completo (i qué bien
10
146
SffinNARD SHAW
acugida seri a es la tlJ eclicla ! ) .Y se s llllstit uyel'fw con cargas para
los seJ' vicios l11 unicipale y nacionales, el resultado sería, no un
sociali smo municipal y nacional , sino un capitali smo nacional y
municipal. Tal como ahora sucede p uede li sted ver cómo hasta en
sus impuestos, que deberían hallarse totalmente libres de la carg
de los ociosos, puede usted ser "explotada)), y lo es (hasta cierto
punto), exactamente igua l que en sus compras ordi narias.
XXXlI
LAS HENTA S
C
UANDO pasamos de los impuestos y las contribuciones a las
nmtas que usted paga, el mal res ulta todavía más notorio
porque cuando usted paga sus rentas tiene que entregar
el dinero a su explotador para que haga con él lo q lle quiera, en
vez de dárselo a un tesorero público que le devuelve parte de su
dinero en forma de servicios públicos y no le dice nada acerca del
re to, que va a parar a los septuagenarios, a los indigentes, a los
terratenientes, a los negociantes, etc., algunos de los cuales son
.más pobres que usted; lo cual favorece a la igualdad de la renta
y es, por lo tanto, un avance en la dil'f' cción acertacla,mientras
otros son más ricos, lo cual agrava la desigualdad y es en conse-
cuencia un avance en la falsa.
El pago de la renta es más sencillo. Si arrienda usted un tr-ozo
-de tierra para trabajarla, es evidente que el terrateni ente vive de
,Jo que usted gana, y no puede usted evitarJo porque la ' ley le au-
t oriza a expulsarle a usted de la tierra si no le paga por usal· la.
"ém élcostumbrada está usted a esto, que acaso no le haya pare-
cido nunca extraordinario que un parti cular pueda tratar la tie-
rra como si le perteneciera, al.ll1que seguramente le hubiera usted
creído loco si hubi ese pretendido poseer el aire, el solo el mar .
Por otfa pa,rte, puede usted estar pagando el ale¡ Llll er el e Ll na casa,
y parece razonable que al hombre que construyó la casa se le pa-
gue por ella. Pero es muy fácil averigual' en cuánto excede al
valor de la casa lo que usted está pagando, Si ha asegurado usted
la casa contra los incendios (probabl mente le habrá obligado a
ello el propietario), sabrá usted cuánto costaría construír la casa,
puesto que su valor es la suma en que usted la ha asegurado. Si
no la ha asegurado, pregúntele a un arquitecto lo que costaría
construír una casa simil ar . El interés que tendría usted que pagar
i4ti
BEHNAHD SHAW
anualmente si pidi el'a prestada esa cantidad con la garantía d
la casa es el valor de ésta, aparte del valor de la tierra.
De este modo descubrirá usted que lo que paga excede al valor
de la casa, a no ser que esté usted empleada por el propietario o
que la casa no sirva ya para su objeto original, cf:nno, por ejem-
plo, si se trata de un medi eval. En las grandes ciudades ,
como Londres, lo que se paga de alquiler excede hasta tal punto
al valor del edificio, que éste es insignificante en comparación. En
los lugares apartados, el excedente puede ser tan pequeño que
apenas rebasa un beneficio razonable sobre la especulación rea-
lizada con la construcción de la casa. Pero tomado en junto el
de todo el país, se eleva a centenares de millones de libras al año,
y éste es el precio, no de las' casas, sino de la autorización de que
gozan los propi etal'ios para vivir de la ti erra nativa sobre la cual
se han edificado las casas.
El hecho de que una persona tenga el poder de dar o negar su
al¡torización a una mujer inglesa para vivir en Inglaterra, e in-
cl uso- pues a esto se viene a parar- para vivir escuetamente, s
opone ele modo tan abs urdo a toda concepción posible de la justi-
ci a natural , que cualquier abogado le dirá a usted que no
propiedad privada absolutamente de la tierra, y que el rey, único
dueño de ella, puede quitársela a sus actuales detentadores si lo
considera oportuno. Pero como los terratenientes han sido dmanl '
muchos siglos los que han hecho las leyes y los reyes, han cui -
dado siempre de que, con r ey o sin él, la tierra se convirtiera en
la práctica en tan propiedad privada como cualquier otra cosa,
con la única salvedad de que no puede comprarse ni venderse sin
pagar honorarios a los abogados y firmar escrituras y otros docu-
mentos legales especiales, Y este poder privado sobre la tierra ha
sido ca nprado y vendido con tanta frecuencia, que nunca poclcj
mas saber si nuestro terrateniente será un intrépido barón, cuyos
fl!1tepasaclos hayan vivido corno reyezuelos de sus arrendatarios
desde los tiempos ele Guillermo el Conquistador, o una pobre viu-
da. que ha invertido todos sus ahorros en un feudo.
Sea como fuere, subsiste el hecho de que la existencia de terra-
y arrendatar.ios permite que una persona ociosa y acaso
infame, protegida por la autoridad, pueda llegarse abiertamente
ft una muj er honrada y trabajador.a y decirle: «Déme usted la
cuarta parte de lo que gana o abandone la tierra.» El propietario
puede negarse incluso a aceptar el alquiler y ordenarla que aban-
done la tierra incondicionalmente, y a veces lo hace, pues
dará que en Escocia, poblaciones enteras de pescadores han
-sielo arrojad?-s 'de su ,país a lo más recóndito de Norteamérica por-
GUÍA DEL SOCIALISMO y EL CAPITALrSMO
tli9
que sus terratenientes necesi taban la tieda en que vivían para
>convertirla en bosques de ciervos. En Inglaterra se ha expulsado j
'<: '1. la gente del campo en muchedumbre para dedicar las tierras
a la cría de ganado lanar, porque éste producía más dinero a los
terratenientes que los seres humanos. Cuando se empezaron a
onstruír las grandes estaciones ferroviarias de Londres, con sus
grandes apartaderos, se derribaron gran número de casas cuyos
habitantes fueron arrojados a la calle, siendo el resultado que en
todo aquel barrio se amontonó la gente de tal modo que durante
muchos años fué un foco de infección para todo Londres. Estas
osas ocurren todavía y pueden ocurrirle a usted en cualquier
momento, a pesar de algunas leyes que se han dictado para pro-
teger a los inquilinos de las mbes en las épocas de crisis de la
vivienda, como la que siguió a la guerra, o en Irlanda, en donde
'81 Gobiel'llo compró la tierra laborable y se la vendió a los labra-
dores, lo cual facil itó las cosas por algún tiempo; pero al fi n y al
cabo se redujo a substituÍr a unos terratenientes por otros.
En las grandes ciudades y en sus cercanías es donde podrá ad-
vertir la mujer inteligente, no sólo cuánto da de más al casero,
ino, cosa extraña, lo devotamente que cree éste en la igualdad de
la renta para sus inquilinos, ya que no para si mismo. Si ella o
u marido tienen que trabajar en la ciudad, verá que si alquila
una casa en los arrabales, en donde los alquileres son más bajos,
y utiliza el tranvía para ir y veni r, podrá economizar un poquito ;
pero pronto comprenderá que los caseros están enterados de todo
-esto y qué, aunque cuanto más se alej e de la ciudad menores se-
rán los alquileres, el gasto de ferrocarril o de tranvía hará subir
el coste anual de su vivienda a lo que tendría que pagar si viviera
junto a su mercado o cerca de la oficina de su marido. Tire la
mujer por donde tire, el propietario le sacará tarde o temprano
todo el valor de su dinero por medio de la renta. Tiene que ser
evidente, aun para la muj er más torpe, que si la tierra pertenece
unas cuantas personas éstas pueden imponer sus condiciones a
las demás, que necesitan la tierra para vivir y trabajar si no quie-
ren morirse de hambre en la carretera o ahogarse en el mar. Los
propietarios pueden privarles de todo, a excepción de lo estricta-
mente indispensable, para que sigan viviendo y ganando dinero
para el terrateniente, y criando familias Cfue hagan lo mismo en la
siguiente generación.
Fácil es comprender cómo se llega a este estado de cosas. Mien-
tras hay tierra suficiente para todo el mundo, la propiedad pri-
vada da buen resultado. Los terratenientes no le impiden a nadie
que posea tierras lo mismo que ellos, y es muy natural que hagan
150
mmN ARD SHA W
leyes severísimas para protegerse contra las intrusiones y los-
robos de los bribones que quieren cos,echar en donde 11 0 han sem-
brado. Pero este estado de cosas nunca dura mucho tiempo cuan-
do existe una población creciente, porque llega un momento en
( ue se reparte toda la tierra y no queda nada para los que llegan
después. Mucho antes de que ocurra esto las tierras mejores han.
sido acaparadas, y los últimos que llegan ven que lo mismo les
da pagar una renta por el uso de las mejores tierras que poseel-
tierras más pobres, siendo el importe de la renta la diferencia
entre la producción de las ti erras pobres y las tierras fértiles. Al ~
llegar a 'tlste punto los propietarios de las tierras fértiles pueden
ceder éstas, dejar de trabajar y vivir de la renta; es decir, del
trabajo d'8 los demás, o como ellos dicen, de sus posesiones.
Cuando surgen las grandes capitales y las grandes industria;:; ,
el vaJor de la tierra alcanza proporciones gigantescas. En Londres-
e venden l o ~ solares de las call es importantes a razón de medio
millón de libras por hectárea, y los hombres de negocios pagan
tas enormes rentas que hacen subir a tamaña cifra el valor de
la tierra, aunCJue a cuarenta Inillas de distancia haya ten'enos casi.
de balde. La ti erra que empezó por ser cedida, se subarrienda
una y oh'a vez hasta el punto de que puede haber media docena
de arrendadores y subarrendadores que obtengan más renta que
el terrateniente original, y el usufructuario tiene que ganar di-
nero para Lodos ellos. En los últimos ciento cincuenta años mu- I
cbas aldeas de Europa y muchos campamentos de aventureros de·
lo demás continentes han pasado a .convertirse en grandes ciuda-·
des, en las que se gana el dinero a millones ; pero, sin embargo,
la mayoría de los habitantes, cuyo trabajo crea esta riqueza, no
" iven mejOl" y muchos de ellos viven decididamente peor que los
aldeanos o los aventureros que ocupaban esos lugares cuando-
éstos no valían ni a una libra la hectárea. Mientras tanto, los
terratenientes se han hecho fabulosamente ricos y algunos de ello",
perciben todos los días , por no hacer nada, más que muchas mll -
j efe por sesenta años de afanoso trabajo.
Todo esto podría haberse evitado solamente con que hubié- I
ra. mos tenido el sentido común y la perspicacia de hacer que 11\
tierra siguiera siendo propiedad nacional, no sólo en teoría, sino
que tambi én de hecho, y que todas las rentas se destinaran con
un fondo común utilizado para fines públicos. Si se hubiera he-
cho no hubi era habido barrios míseros, ni calles y edificios ho-
rri bles, y ni siquiera impuestos ni contribuciones: la renta bene-
ficiaría a todo el mundo ; todo el mundo tendría que contribuí]
¡¡ ella oon su trabajo, y ningún oció so podría vivir del tr abajo cipo
GUiA ULL y EL CAPITAL1 ::;Mtl 151
10S tlemá . La pl'osperid· tI de nuestras grandes ci udades sefÍa
una. prosperidad real, comp·u-tida por todo el memdo, y no 10 que
e ahora, la esclavitud y el empobrecimiento de nueve per sonas
pOl" cada diez, para que la déci ma viva en la ociosidad, la opu- I
lencia, la ext ravagancia y la in utilidad. Este mal. es tan nOLorio, I
tan inexcllsable con ningún sofi sma que pu da ideal' el. terrate-
niente más listo, que 111 ucho antes de que se oyera hablar del so-
cialismo surgió un movim ien LO en favor de la abo lición de torIos
Jos b· ibutos, excepto del tributo sobl'e las tierras, y "todavía existe
un "'lUpa de individuos llama.dos los "tributantes únicos)), que
: }' oican la :misma dad' ina.
XXXIII
EL CAPITAL
A
HORA bien, los "tributantes únicos» n. o están equivocados
en principio; pero se han quedado rezagados. Además de
la posesión de tierras, se ha desarrollado una forma más
ociosa todavía de vivir del trabajo de los demás sin hacer nada
por ellos a cambio. La tierra no es la única propiedad que pro-
duce una renta al propietario. El dinero ahorrado hace lo mismo
cuando es utilizado debidamente. El dinero ahorrado se llama r
c a p i t a l ~ y su propietario capitalista; y nuestro sistema de permi-
tir que todo el dinero ahorrado de la nación esté en manos par-o
ticulares, lo mismo que la tierra, se llama capitalismo. Mientras
no conozca usted el capitalismo no podrá comprender la socie-
dad humana tal como existe actualmente. Hasta entonces no sabe r{
usted lo que es el mundo, como suele decirse. Vive usted en el
limbo y el capitalismo hace cuanto puede por que no salga usted 1\
de él. Es posible que sea usted más feliz viviendo en el limbo, '\
y como ahora voy a proceder a explicarle el capitalismo, leerá
ústed las páginas que siguen a riesgo de tornarse desdichada y re-
belde, y hasta de lanzarse a la calle con una bandera roja y hacer \
más tonterías que las que pueda haberle inducido a hacer el
capitalismo. Por otra parte, si no comprende usted el capitalis-
mo pueden estafarle el dinero, si tiene alguno, y si no lo tiene,
pueden embaucarla para que se sacrifique de mil diversas formas
en provecho de aventqreros mercenarios y de charlatanes filántro-
pos mientras usted cree que practica las más nobles virtudes. En
vista de esto, me aventuraré a hacerle saber en dónde está usted
y lo que le está sucediendo.
Solamente un espíritu mezquino podrá librarle a usted de la
desesperación al contemplar la pobreza y la miseria que le ro-
dean y no ver ninguna solución. Pel'o si usted tuviera un espíritu
i56 BEHNARD SHAW
varse. ¿Y de qué puede servirnos el dinero cuando se han podri-
,do los alimentos que representan?
Cuando la mujer inteligente comprende que el dinero l'epee-
senta en realidad las cosas que pueden comprarse con él, y que
la más impor.tante de estas cosas es perecedera, se convence de
que el dinero ahorrado no puede conservarse: hay que gastarlo
.inmediatamente. Sólo la mujer simplísima guarda el dinero aho-
rrado en una media vieja y lo esconde debajo de un baldosín,
porque cree que el dinero es siempre dinero; pero se equivoca
por completo. Cierto es que las monedas de oro siempre tendrán
el valor del metal de que están hechas; pero actualmente no hay
apenas en Europa monedas de oro: sólo hay papel moneda, y
en estos últimos años hemos visto bajar el valor del papel inglés
hasta el punto de que no podía comprarse con un chelín más de
lo que se compraba con seis peniques antes de la guerra, mientras
-que en el continente no podía comprarse con mil libras un sello
de correos, y un billete de cincuenta libras apenas bastaría para
pagar un trayecto en el tranvía. Algunas personas que se creían
abastecidas para toda su vida se vieron reducidas a la indigen-
cia en toda Europa, y en la misma Inglaterra, mujeres que ha-
bían sido dejadas en desahogada situación por sus padres se vie-
ron y se desearon para poder vivir haciendo extraordinarias eco-
nomías. A esto fué a lo que les condujo el confiar en el dinero.
Mientras el gobierno sonsacaba así sus ahorros a la gente im-
primiendo montones de bonos del Tesoro y billetes sin garantí a
material ninguna, algunos negociantes ricos se enriquecieron fa-
bulosamente, porque habiendo obtenido artículos a crédito pu-
dieron pagarlos con dinero que había perdido su valor. Como es
natural, estos negociantes ricos utilizaron todo su poder y su in-
fluencia para hacer que sus gobi ernos fueran de mal en peor con
sus emisiones de billetes desvalorizados, mientras otros negocian-
tes ricos, que en vez de deber dinero tenían deudores, utilizaban
su influencia en la dirección opuesta, de suerte que los gobiernos
no sabían nunca a qué carta quedarse : un grupo de negociantes
les decían que imprimieran más billetes, y otro, que imprimieran
menos, sin que ninguno de ellos pareciera comprender que esta-
ban jugando con el sustento del pueblo. Al fin triunfó el consejo
rróneo, porque también los gobiernos debían dinero y les en-
cantaba poder pagarlo en papel barato, siguiendo el ejemplo de
Enrique VIII, que engañaba a sus acreedores pagándoles con
monedas de plata faltas de peso.
La mujer inteligente deducirá de lo expuesto (y deducirá cer- \
ieramente) que el amontonar dinero no es una forma segura· de,
'i
XXXIII
EL CAPITAL
A
HORA bien, los "tributantes únicos" no están equivocados
en principio; pero se han quedado rezagados . Además de
. la posesión de tierras, se ha desarrollado una forma más
ociosa todavía de vivir del trabajo de los demás sin hacer nada
por ellos a cambio. La herra no es la única propiedad que pro-
duce una renta al propietario. El dinero ahorrado hace lo mismo
cuando es utili zado debidamente. El dinero ahorrado se namaj
capital, y su propietario capitalista; y nuestro sistema de permi-
ti r que todo el dinero ahorrado de la nación esté en manos par- ·
ticulares, lo mismo que la tierra, se llama capitalismo. Mientras
no conozca usted el capitalismo no podrá comprender la socie-
dad humana tal como existe actualmente. Hasta entonces no sabe {
usted lo que es el mundo, como suele decirse. Vive usted en el I
limbo y el capitalismo hace cuanto puede por que no salga usted I
de él. Es posible que sea usted más feliz viviendo en el limbo, I
y como ahora voy a proceder a explicarle el capitalismo, leerá
ústed las páginas que siguen a riesgo de tornarse desdichada y re-
belde, y hasta de lanzarse a la calle con una bandera roja y hacer \ I
más tonterías que las que pueda haberle inducido a hacer el
capitalismo. Por otra parte, si no comprende usted el capitalis-
mo pueden estafarle el dinero, si tiene alguno, y si no ]0 tiene,
pueden embaucarla para que se sacrifique de mil diversas formas
en provecho de aventlfreros mercenarios y de charlatanes filántro-
pos mientras usted cree que practica las más nobles virtudes. En
vista de esto, me aventuraré a hacerle saber en dónde está usted
y lo que le está sucediendo.
Solamente un espíritu mezquino podrá librarle a usted de la
desesperación al contemplar la pobreza y la miseria que le ro-
dean y no ver ninguna solución. Pero si usted tuviera un espíritu
i EUNAllD S Il A Vi'
mezquino nunca se le hubiera ocurrido comprar y leer este· fibl'ú· ...
Afortunadamente, no tiene por qué aterrarle el saber la verdad
respecto a nuestro capitalismo. Una vez que lo comprenda usted
verá que ni es eterno, ni establecido de antiguo, ni incurable, ni
aun difícil de curar cuando se le ha diagnosticado científica-
mente. Digo curar, porque la civilización producida por el capi -
talismo es una enfermedad debida a una moral fal sa y a una falta
de penetración, y de la cual hubiéramos perecido todos hace mucho
tiempo a no sel" porque, por fortuna, nuestra sociedad ha sido edifi-
cada sobre los diez mandamientos y los evangelios, y sobre los ra-
zonamientos de juristas y filósofos, cosas todas francamente opues-
tas a los principos del capitalismo. Aunque el capitalismo ha des-
truido muchas civilizaciones antiguas y puede destruír la nuestra
si no nos andamos con cuidado, es entre nosotros una herejía re-
ciente, que apenas cuenta doscientos años, aunque los pecados
que ha disparado y glorificado son los siete pecados capitales,
que son tan antiguos como la naturaleza misma.
Ya le estoy oyendo decir: "Pero señor mío, ¿ qué tiene que ver
todo esto con que unos cuantos señores y señoras posean dinero
aborrado, que según usted es en lo único que consiste el capita-
lismo?" A. lo cual he de responder que la carga que ahora nos
abruma de pobreza, miser.ia, vicios, crímenes y muel'tes prema-
turas ha brotado de ese hecho aparentemente inocente. Cuando
hayamos examinado las contingencias de esta cuestión, tan senci-
lla al parecer, del dinero ahonado, alias capital, verá usted que el
dinero ahorrado es la raíz de todos los males, aunque debería
ser, y puede lograrse q De sea, el medio ele todos Jos mejora-
mientos.
¿ Qué es el dinero ahorrado? Es el djnero que le queda a usted
una vez que ha comprado todo lo que necesita pata vivir como es
debido. Si puede u ted vivir con diez li bras a la semana de l
modo que a usted le satisface, y su renta es de quince libras se-
manales, al cabo de la semana tiene usted cinco libras de dinero
ahorrado y es capitalista en esta proporción. Por lo tanto, para.
ser capitali sta' hay que tener más de lo que basta para vivir.
Por consigujente, una persona pobre no puede convel'tirse en
capitalista. Es pobre la persona que tiene menos de lo suficiente
para vivir. Me acuerdo de un obispo, que debería haberse hallado
mejor enterado, que exhortaba a hacerse capitalista pOl' medio
del ahorro a los pobres de los barrios bajos de Londl'es, en una
época en que la pobl'eza era a11 í todavía más terrible que lo es
ahora. Este obispo merecía que le hubieran despojado pública y
oficialmente de la sotana y que le hubiesen arrebatado oficial y
GUíA DEL SOCIALI SMO y EL CAPITALISMO
lb;)
públicamente el sombl'ero de teja, por lanzar un pr cepto tan
Illonsttuosamente inicuo. Imaginaos a una mujer si n dinero sufi-
ciente patéL alimental' debidamente a sus hij os, y pata vestirlos de-
corosa e higi énicamente, que les da menos de comer aún y le:::
deja que vayan todavía más harapientos y desnudos, para com-
pral' certificados de ahorro o poner el dinero en la Caja Postal,
guardándolo allí hasta reunir lo suficiente para comprar accione
y títulos. Esta mujer sería pers'eguida pOI' abandonar a sus hij os,
y entonces se diría que le estaba bien empleado. Si. alegaba que
el obispo la había invitado a cometer este crimen antinatural, se
le dida que no era posible que el obispo quisiera decir que
.1l10l'1'ase dinero mermando la comida y los vestidos necesa-
)' jos de sus hijos, y ni aun de los suyos propios. Y si ella pre-
guntara por qué no lo dijo así el obispo, se le replicaría que ca-
llara la boca y se or.denaría al carcelero que volviera a llevársela a
1,1 celda.
Los pobres no p ueden ahorrar ni deben intentarlo. El gastar el
(linero no es solamente una necesidad, sino un debel' primordial.
De cada diez personas, nueve no tienen dinero suficiente pal'a
en sí mismos y en su familias, y predicarles el ahorro
no sólo es una majadería, sino una iniquidad. Muchas maestras
se quejan ya de que la propaganda realizada por las Cooperativas
ele Edificación para inducir a los padres pobres a que tengan su
casa propia, ha conducido a la desnutrición de sus hijos. Afortu-
nadamente la mayoría de los pobres ni ahorran ni lo intentan.
cpodo el dinero invertido en los Bancos de Ahorro y en las Coope-
de Edificación, aunque parece imponente cuét-ndo se tota-
liza en centenares de millones con abono a las clases obreras, es
tan insignificante comparado con la suma total d 1 dinero inver-
tido, que sus pobres propietarios ganarían muchísimo poniéndolo
en un fondo común si se hiciera lo mismo con capital de
l"Ícos . La mayor parte del capital inglés, el capital LjLle importa, A
es el dinero ahorrado de los que tienen más de lo s uficiente para
vivir. Este dinero se ahorra por sí solo, sin que el propietario
tenga que sufri r privación. ninguna. La única cuest ión que se
plantea es: ¿ qué debe hé!cel'se con él ? A esto se responde que hay
(fue guardarlo para los días malos, porque todavía puede hace)'
falta . La cosa es muy sencilla ; pero ¿y si no se conserva? Claro
está que los bonos del '1'eso1'o, los billetes de banco, las monedas
tle metal, los libros de cheques, los asientos de los libros, pueden
onservarS8. Pero estas cosas sólo son títulos legale para la ad-
@lLlisición de los artículos que necesitamos, en particular de ali -
mentos. Mas ya sli1bemos que los alimentos no t Heden 00n8e1'-
l56
BERNARD SHAW
varse. ¿Y de qué puede servirnos el dinero cuando se han podri-
,do los alimentos que representan?
Cuando la muj er inteligente comprende que el dinero repre-
senta en realidad las cosas que pueden comprarse con él, y que
la más impor.tante de estas cosas es perecedera, se convence de
que el dinero ahorrado no puede conservarse: hay que gastarlo
inmediatamente. Sólo la mujer simplísima guarda el dinero aho-
rrado en una media vieja y lo esconde debajo de un baldosín,
porque cree que el dinero es siempre dinero; pero se equivoca
por completo. Cierto es que las monedas de oro siempre tendrán
el valor del metal de que están hechas; pero actualmente no hay
apenas en Europa monedas de oro: sólo hay papel moneda, y
en estos últimos años hemos visto bajar el valor del papel inglés
hasta el punto de que no podía comprarse con un chelín más de
10 que se compraba con seis peniques antes de la guerra, mientras
-que en el continente no podía comprarse con mil libras un sello
de correos, y un billete de cincuenta libras apenas bastaría para
pagar un trayecto en el tranvía. Algunas personas que se creían
abastecidas para toda su vida se vieron reducidas a la indigen-
cia en toda Europa, y en la misma Inglaterra, mujeres que ha-
bían sido dejadas en desahogada situación por sus padres se vie-
ron y se desearon para poder vivir haciendo extraordinarias eco-
nomí as. A esto fué a lo que les condujo el confiar en el dinero.
Mientras el gobierno sonsacaba así sus ahorros a la gente im-
primiendo montones de bonos del Tesoro y billetes sin garantía
material ninguna, algunos negoci.antes ricos se enriquecieron fa-
bulosamente, porque habiendo obtenido artículos a crédito pu-
el ieron pagarlos con dinero que había perdido su valor. Como es
natural, estos negociantes ricos utilizaron todo su poder y su in-
fluencia para hacer que sus gobiernos fueran de mal en peor con
sus emisiones de billetes desvalorizados, mientras otros negocian-
tes ricos, que en vez de deber dinero tenían deudores, utilizaban
su influencia en la dirección opuesta, de suerte que los gobiernos
no sabían nunca a qué carta quedarse: un grupo de negociantes
les decían que imprimieran más billetes, y otro, que imprimieran
menos, sin que ninguno de ellos pareciera comprender que esta-
ban jugando con el sustento del pueblo. Al fin triunfó el consejo
rróneo, porque también los gobiernos debían dinero y les en-
cantaba poder pagarlo en papel barato, siguiendo el ejemplo de
Enrique VIII, que engañaba a sus acreedores pagándoles con
monedas de plata faltas de peso.
La mujer inteligente deducirá de lo expuesto (y deducirá cer- \
leramente) que el amontonar dinero no es una forma segura· de,
GUÍA DEL SOCIAL] SMO y EL CAPITALI SMO 157
ahorro. Si no gasta su dinero en el acto nunca sabrá cuánto ha
de valer al cabo de diez años, de diez semanas y hasta de diez
días o diez minutos en tiempo de guerra.
Pero usted me recordará, pr udente señora, que no quiere gas-
lar su dinero sobrante, sino que quiere conservarlo. Si necesitara
usted algo que pudiera comprarse con él, ya no sería dinero so-
brante. Si una muj er acaba de ingerir una buena comida, es
inútil aconsejarJa que encargue otra y la ingiera acto seguido,
para inverti r en algo su dinero: sería preferible que ]0 titara pOI·
la ventana. Lo que ella necesita saber es cómo puede gastar el i
dinero y al mismo tiempo ahorrarlo. Esto es imposible; pero sí
puede gastarlo y acrecentar sus rentas gastándolo. Si quiere usted; .
saber cómo, lea el capítulo siguien te.
\
XXXI V
LA INVERSIÓN DEL CAPITAL
S
I u. na vez que ha termi.nado usted de comer puede encon-
trar una persona hambri enta que se compr ometa a darle
al cabo de un año, por ejemplo, una comida gratuita,
puede usted gastar su dinero sobrante en dar le una comida de
bal de, y ele este modo habrá usted gastado en el acto su dinero y
al mismo tiempo lo habrá ahorrado en cierto sentido para el año
próximo, o para decirlo de otro modo, habrá usted consumido Sl l
comida sobrante antes que se estropee y dispondrá llsted de otra
comida al cabo de un año.
1\1 punto me replicará usted que puede encontrar harto fácil-
mente un millón de personas hambri entas; pero que ni.nguna po-
drá comprometerse a disponer al año siguiente de una comida
para sí mismas y mucho menos para usted, pues si pudieran ha-
cerlo no estarían hambrientas. Tiene usted mucha razón; pero
bay un medi.o de salvar el inconveni ente. Usted no podrá encon-
trar hombres y mujeres hambrientos que puedan comprometel·se
él esto; pero su banquero, su agente de bolsa o su procuradol le
encontrarán nlml erosas personas más o menos utilizables, algu-
nas de ellas enormemente ricas, que, aunque alimentadas con
exceso, si.empre necesitan enormes canti.dades de comida so-
brante.
¿ Que para qué las necesitan? Pues para alimentar a los hom-
bres hambrientos con los que no puede contarse, y no para que
les paguen en la misma moneda al siguiente año, sino para que
r ealicen un trabajo inmediato que más tarde ha de producirles
dinero. Nada hay q·ue pueda impedirl e a una mujer inteligente
con dinero sobrante que haga esto por sí misma, si. ti.ene la ini-
ciativa y la capacidad suficientes.
Supongamos, por ejemplo, que posee una gran casa de campo (
160
BERNARD SHAW
en un inmenso parque. Supongamos que su parque obstruye el '
camino más corto que separa a una importante ciudad de otra, y
que la carretera pública que bordea su parque es accidentada,
tortuosa :y peligrosa para los automóviles. En tal caso puede em-
plear su comida sobrante en alimentar a los hombres hambrien-
tos mientras le construyen una carretera a través del parque.
Una vez terminada ésta puede mandar a los hombres hambrientos.
a que se las busquen como puedan, mientras ella se queda con
una carretera nueva, por cuyo uso puede cobrar un chelín a cada
automovilista que la utilice, cosa que harán todos para ahorrarse-
tiempo, peli gros y dificultades. De paso, puede quedarse con uno
de los hombres hambrientos para que le recaude los chelines, y
de este modo habrá convertido su comida sobrante en una renta.
iucesante. Para decirlo en el lenguaje comercial, se habrá dedi-
cado al negocio de la construcción de caY'l'eteras con capital'
propio.
Ahora bien: si el tráfico de la cal'l' etera fu era tan grande que
los chelines y la comida sobrante que é¡; tos representan se amon-
tonaran en sus manos más de prisa de 10 que ella podía gastado&-
(o consumidos), tendrá que buscar nuevas formas de gastarlos
para evitar que la nueva comida sobrante se estropee. Tendrá que
llamar de nuevo a los hombres hambrientos y encargarles alguna
nueva comisión. Por ejemplo, puede ponel'les a construí r casas
a lo largo de la cal'l'etera. Después podría ofrecer la carretera a
las autoridades locales, para que la sostuvieran los contribuyentes,
como una calle pública y, sin embargo, aumentar grandemente
sus ren tas alquilando las casas. Habiendo obtenido de este modo-
más dinero sohrante ql1 e nunca, podría establecer un servicio de'
au tobuses hasta la ciudad más próxima, para facilitar un medio-
de cOffil.micación a sus inquilinos y a sus obreros. Asimismo po-
dría establecer una fábrica de gas y de alumbrado eléctrico para
abastecer sus casas. Podría convertir su enorme casa en hotel o
para llenar su espacio y el parque entero el e casas y
calles nuevas. Los hombres hambrientos se encargarían de toda
el trabajo ejecutivo ; ella no tendría qLl e hacer otra cosa que dar-
les las órdenes necesarias y permitirles vivir mientras tanto ele su
comida sobrante.
Pero, dirá usted, sólo una muj er ele negocios excepcionalmente-
capacitada y trabajadora podría planear y diri gir todo esto. ¿Y si
fuera una mujer demasiado torpe o perezosa para pensar en estas
cosas, o un genio consagrado al arte, la ciencia, la religión o la po-
lítica? Pues bien, bastaría con que tuviera dinero sobrante parm
que acudi eran a ella hombres y mujeres hambrientos, con la ca-
GUíA DEL SOC1AL1SMO y EL CAPITALISMO
161
lJ{lcidad necesaria para ofrecerse a explotar sus posesiones pa- •
¡sándole un tanto al año por el uso de su tierru y su dinero, y en-
tendiéndose para todo con su procurador; de suerte que ella no
tuviera que alzar siquiera el dedo meñique, salvo estampar su
firma de vez en cuando. Para decir·lo en .el leng1:laje mercantil, J
podría inverti r su capital en el desarrollo de sus propiedades. f
Consideremos ahora hasta qué punto puede superarse en este
sentido a la mera inversión de Jos ahorros de una señora y del
desarrollo de sus posesiones. Reuniendo minones de alimentos
sobrantes en pequeñas o grandes sumas pertenecientes a todas las
personas que quieren comprar acciones con arreglo a sus medios,
las grandes compañías pueden poner a los hombres hambrientos
a cavar esas minas submarinas que requieren veinte años de tra-
bajo para llegar a encontrar el carbón. Asimismo pueden construír
ferrocarriles y transatlánticos; pueden edificar fábricas de miles
de obreros y dotarlas de maquinaria ; pueden tender cables a tra-
vés del Océano : no existe fin ni límite a lo que pueden hacer
mientras puedan contar con la suficiente comida sobrante para los
hombres hambrientos hasta que los preparati vos hayan terminado
y el negocio empiece a abrirse camino.
A veces fracasan los proyectos, y los propietarios de la COmida j
sobrante la pierden; pero tienen que exponerse a esto porque,
como la comida no puede conservarse, de todas formas la pierden
si no la invierten en algo. Por eso los hombres de negocios y sus
compañías reciben continuamente ofertas de dinero sobrante, y
de este modo se desarrolla nuestra civilización con su mayoría
pobre ysu minoría rica creando talleres, fábricas, fel'1'ocarriles,
minas, transatlánticos, aeroplanos, teléfonos, hoteles, quintas, ca-
sas de vecindad y chalets, que coronan la tarea fundamental de la
siembra y la recolección del sustento, del que todo depende.
Tal es el poder mágico del sustento sobrante llamado capital.
Así es como las personas ociosas que poseen tierras y exceso de
sustento se enriquecen fabulosamente sin saber cómo y hacen fa-
bulosamente ricos a sus hijos al nacer, mientras las personas des-
provistas de tierras y de dinero, que lo crean todo trabajando del
alba -al ocaso, siguen ·estando tan pobres al terminar la labor como
lo estaban al principio.
11
,.'.
,.
LAS LIMITACIONES DEL CAPITALI SMO
A
muchas personas les impresionan de tal suerte los logros
del capitalismo, que creen que si se destruye el capitalis-
mo se destruye la civilización. El capitalismo les par ce
indispensable. Por lo tanto, debemos considerar en primer térmi-
no cuáles son las desventajas de este sistema, y en segundo lug'ar,
qué otro camino nos queda.
Ahora bien: en cierto sentido no nos queda otro camino. Todos
los negocios cuya realización exige el empleo de gran número de
hombres durante muchas semanas, meses o años, requieren gran-
des cantidades de sustento sobrante. Si se tarda diez años en cons-
truír un puerto o veinte años en abrir una mina de cal' bón, los
hombres ocupados en ello tienen que comer durante este tiempo,
por lo cual otros hombres deben proveerlos de comida, de ropas,
de alojamiento, etc., sin recibir un pago inmediato exactamente
igual que los padres tienen que proveer al' desarrollo de sus h ijos.
A este respecto lo mismo da que votemos por el capitalismo que
por el socialismo. Se trata de un proceso de necesidad natural, que
no puede ser modificado por ni nguna revolución política ni eludi-
do por ningún método de organización social.
Pero no se sigue de esto que la reunión y el empleo de las sub-
sistencias sobrantes con este fin deban ser realizados por compa-
ñías privadas recogiendo el dinero que las personas muy ricas no
saben cómo gastar y que las personas de fortuna más modesta q'ui -
ren invertir para prevenirse contra los malos días.
Como primera providencia, hay muchas cosas sumament n-
cesarías que las compañías y los industriales particulares no ha-
rán porque el público no ha de resarcirles por ellas cuando estén ¡
hechas. Tomemos como ejemplo el caso de los faros. Si no hubie-
ra f ros, apenas nos atl'ever[amos a embarcarnos, y los buques
mercantes tendrían que marchar tan despaoio y con tanta c llte-
164
BEHNAR D SHAW
la, y así y todo naufragarían en Lal número, que el coste de los
artículos que transportaran sería mucho mayor. Por consiguien-
te, a todos nos beneficia grand mente la existencia de los faros,.
incluso a aquellos que nunca han visto el mal' ni esperan verlo.
Pero los capi talistas no construyen faros. Si el torrero del fara
cobrara un tanto a cada barco que pasara, los construirían a toda
prisa, basta que toda la costa se hallara iluminada como la playa
de Brighton ; pero como esto es imposible, y los faros tienen que-
aleImbrar imparcialm nte a todos los barcos, sin que por ello el
capitán tenga que echar mano al bolsillo, los capi talistas dejan
la costa en las tini bIas, en vista de lo cual el gobierno entra en
funciones y, reuniendo subsistencias sobrantes bajo la forma de I
exigidos a todo el mundo (lo cual es muy justo, puesta
que todo el mundo comparte el beneficio), construye los faros.
Aquí vemos que el capitali smo fracasa por completo en la
presa de facil itar lo que para una nación marítima como la nues-
tra es una de jas necesidades primordiales de 'la vi da (pues si no I
fuera por el tráfico marítimo nos moriríamos de hambre), y
gándol'los por consiguiente a recurrir al comunismo.
Pero el capitalismo se niega con frecuencia a realizar
jos necesarios, aun cuando éstos puedan producir algún dinero.
El ejemplo del faro nos recuerda los puertos, que son
mente necesarios. Cada barco que entra en un puerto tiene que
pagar derechos, y, por lo tanto, todo el que construya un puerto
puede sacarle dinero. Pero la construcción de los grandes puer-
tos, con sus rompeolas y sus malecones erigidos en el mar, lleva
tantos años, y la obra se halla tan expuesta a ser deteriorada y
hasta destruída por los temporales, y es tan imposible elevar los I
derecbos de puerto más áll á de cierto límite sin enviar a los bar-
cos a otros puertos más baratos, que el capital privado vuelve
la vista a em"presas en que se tiene má.s certeza respecto al coste-
y en menos -tiempo se puede ganar más dinero. Por ejemplo, las
destilerías obtienen grandes beneficios. Sin I
certidumbre puede calcularse el coste de su InstalaCIón y SIem-
pre. puede contarse con la venta del whisky. Se puede calCUlar )
con cien li bras de aproximación lo que costará una destilería,
mientras que no se pued decir, ni con una aproximación de un
millón, 10 que puede costar un puerto. Todo esto puede
fluÍr en el gobierno, que únicamente tiene que tener en cuenta
si nace falta una destilería más o un nuevo puerto para el bien
de la nación; pero los capitalistas particulares no piensan en el
bien de la nación: lo único que tienen que considerar es su de-
ber para consigo mismos y Pi ra con sus familias, que es elegir
)
GUíA DEL SOCIALFMO y E:L CAPITALI SMO i65
,e l medio más seguro y provechoso de invertir su dinero sobran' e, '
En consecuencia, eligen la destiler ía, y si sólo dependiéramos de I
los capitalistas particulares, la nación tendría tantas destilerías
tOomo pudieea soportar el mercado de whisky y ningún puerto.
Una vez que han instalado su -d stilería se gastan sumas enor-
mes en anuncios para convencer al público de que su whisky es
mejor, más saludable, más añejo y más famoso que el que ex-
penden otras desti lerías y ele que todo. ,el mundo debe beber whis-
ky todos los días para conservarse sano. Como ninguna de estas
declaraciones es ci d a, su publicación constituye, desde el punto
de vista nacional , un despilfarro de riqueza, una perversión del
trabajo y una propaganda pel'l1icíosa.
Los capitalistas particulares no sólo elig-en lo que ha de pro-
ducirles más dinero, sino que también lo que ha de produciri!\ elo
con el menor esfuerzo, es decir, que trabajan por conseguirlo lo
menos posibl . Si venden un artículo o un servicio, lo venden lo
más caro que pueden, en vez de lo más barato posible. Esto no '
importaría si, como se imaginan los incautos, fuera cierto que
cuanto más baj o es el precio mayor es la venta y cuanto mayor
,es la venta más grande es el benefi cio. Es exacto en muchos casos
,que cuanto más bajo es el precio mayor es la venta; pero no es
cierto que cuanto mayor es la ven'ta más grande es el beneficio.
Puede haber media docena de precios (y ventas en consecuencia)
.en los que el beneficio sea exactamente el mismo.
Considérese el caso de un cable tendido a través del Océano
para remitir mensajes a los países extranjeros. ¿A cuánto debe
cobrar la compañía por palabra los mensajes? Si cobra una libra
por palabra, habrá muy pocas personas que puedan permitirse
utilizar el servicio. Si cobra un penique, la compañía tendrá que
.estar remitiendo mensaj es noche y día. Sin embargo, el beneficio I I
puede ser el mi>s mo, y si lo BS, resultará mucho menos t rabaj oso
remitir una palabra por una libra que doscientas cuarenta por
un penique.
Lo mism ' puede d cirs del servicio telegráfico ordinario.
Cuando ' se hallaba en manos de compañías privadas, el servicio
era l' str ingido y costoso. Cuando el gobierno se encargó de él, no
sólo extendió las líneas a los lugares más apartados y abarató el
-servicio prescin iendo de todo beneficio, sino que llegó incluso
_a facilitarlo con pérdida. Lo hizo así porque el servicio barato
era tan benefi cioso para toda la comunidad, lo mismo para las
personas que nunca envían telegramas que para los que remiten
una docena al dia, que a la nación le convenía y era a la vez
mucho más justo r educir el precio cargado a 1 s remitentes a
t 66 BERN ARD SB A W
menos del coste del s rvi ci o y cubrir la diferencia con los im-
puestos pagados por todo el mundo:
Este conveniente arreglo no puede llevarlo a cabo el capi ta- \
lismo privado, que no sól? precio lo más posib!e
sobre el coste de produccIOn y servlCIO para obtener el beneficIO
máximo, sino que no ti ene poder para distribuír ese coste entre
todas las per onas beneficiadas y tiene que cargársel o por entero I
a los que compran realmente los artículos o pagan el servicio.
Cierto es que la gente de negocios puede transferir el precio de
sus telegramas y telefonemas a sus cli entes en 1 precio de las
cosas que les v nde; pero gran parte de nuestra actividad tele-
gráfica y tel efón ica no tiene carácter mercantil, y su coste no pue-
de ser transferido a nadie por los remitentes. La única obj eción
que puede hacerse a que se cubra todo el coste con la tributación
púb1ica es que si pudiéramos enviar telegram¡;¡,s de extensión
mitada sin tener que pagar el dinero suficiente para impedirnos
que utili cemos el servicio telegráfico, cuando lo mIsmo podemos
empl ar el correo, o que agreguemos al fi nal de cada mensaje'
«recue:r:dos de todos a la querida tí a Ana y un beso del niño» ,
las, líneas se resentirían de tal suerte, que no podríamos enviar
ningún telegrama. En cuanto al teléfono, algunas mujer es se pa-
sarían &1 día colgadas de él si les costara lo mismo. AtlD tal como'
ocurr ahora, se recarga el servicio telegráfico con una buena
parte de trabajo innec sario porque hay personas que extienden
sus telegr amas hasta doce palabras porque es la cantidad míni-
ma que se eónra y creen que no le sacan todo el jugo a su dinero
sóloexpru'u,n en seis palabras lo que tienen que decir , No se' I
les ocurre pensar que malgastan su tiempo y el de los funciona- \
ríos, ad&más de aumentar sus impuestos. Esto parece una baga-
tela ; pero Jos asuntos públiGOS consi sten en bagatslas multipli-
cadas por tantos millones como habitantes tiene el país, y las ba-
gatelas doj an de serlo cuando se las ffitlltipl ica en esta g¡;cala.
Es núcesario eomprender estas cosas cl aramente por que la \
mayoría de las personas son tan simples e ignoran hasta tal pun-
to las cuestiones referentes a los grandes negocios, que 106 ca.pi-
talistas privados pueden convencerlas de que el capitalismo es
un éxito porque obti ne beneficios y e.J servicio público (o comu- I
nísmo) es un fracaso por,que no los obtiene. Los incautos olvidan
que los beneficios sajen de sus mismos bolsill os y que lo que (
le beneficia al Cüpitalista particular en este sentido les perjudica .
a sus clientes y que la desaparición del lucro significa
mente la desapal'ición de les recargos.
XXXVI
LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL
Y
A ve ust d cómo la nación no puede depender del capital
privado porque hay muchísimas cosas vitalmente necesa-
rias, desde el alcantarillado urbano hasta los faros ma-
rinos, que éste no puede proporcionar, y cómo lo que proporcio-
na 10 facilita de modo erróneo, negándose a construír un puerto
hasta que ha instalado todas las destilerías que puede soportar '
la industria y constr1'lyendo cinco casas lujosas para una persa- \
na rica, mientras tma notabl propor.ción de los niños del paí s se
mueren de hacinamiento en barrios infectas.
En sur;na, los capitalistas particulares, en vez de empezar por I1
las cosas más necesarias, empiezan por el otro extremo. 11
Lo único que puede decirse en favor de esta política es que si sé I
empieza por ese lado puede uno ser conducido hacia el ladD justo
una vez que se ha hecho todo 10 p al' y no se puede ir más lejos
en la dirección errónea, y ésta es, en efecto, la situación a que
han sido conducido& 'por las circunstancias nuestros más respeta-
bles capitalistas. Cuando los pobres han adquiridb todas las behi-
das fu ertes que pueden comprar, y cuando los ricos han
do sus cuadras de carreras y todas las perlas que pueden colocar
en la garganta de sus mujeres, fos capi tali stas se ven obligados
a aplicar la acumulaciólíl de capital del sigui nte año a la pr0duc-'
ci<!m de cosas más necesarias. '
Antes de que los hombres hambrientos puedan ponerse a
truír fábricas y maquinaria para equiparl as, alguien, acaso lin'a
muj er, tiene que inventar esta maquinaria. Los capitalistas le
compran' su inyento. Si ella es buena negociante, cosa que muy
pocos inventores son, les hace pagar lo suficiente para
tirse a su vez en capitalista; pero en la mayoría de los casos hace
muy mal negocio porque tiene que ceder la part . del león de'su
1:68 Sli;P.N ,RD G[[A ''¡
invento por unas cuantas libras para poder pagar los modelos y
las pruebas necesarios. Sólo. en el gran negocio moderno la ini-
ciativa en el método y la organización junto al ingenio m cánico
tiene probabilidades de triunfar sobre el capital. Si posee usted. \
ese talento, los encargados del gran neg'ocio no la molestarán pan.
comprarle las patentes: la comptarán a usted a un precio respe-
table y le harán formar parte de la empresa. Pero el inventor me-
cánico de espíritu sencillo no tiene tanta suerte. En todo caso, 10:3
capitalistas han hecho una ley comunista nacionali zando todos los
inventos al cabo de catorce años, pasado cuyo periodo los capita-
listas pueden utilizarlos sin pagar nada al inventor. Pronto S'J
persuaden, o cuando menos tratan de persuadir a los demás, d"
que fueron ellos los que inventaron las máquinas y merecen SU 3
riquezas por su y hay muchísimas personas que ]83
creen .
. Equipados de este modo con inventos mecánicos completamen-
te inaccesibles para los pequeftOs productores, los grandes ca.pita-
listas empiezan a borrar de la faz de la tierra a los p queños in-
dustriales. Se apoderan del trabaj o l' alizado por el tejedor ma-
nual en su cabaña y lo hacen con mucho menos coste en grandes
fábricas llenas de máquinas costosas movidas a vapor. Cogen el
traba.io del antiguo molinero que t rabajaba en su molino de vien-
to o de agua, y lo hacen en vastos edificios, con cilindros de acero
y motores potentes . Instalan frente al herrero manual un ma1'-
hidráulico que mil Vulcanos no podrían manejar y
que cortan láminas de acero y muerden gt'Uesas barras con la
ma facilidad con qu se abre un bote de leche condensada. Botan
enormes barcos de acero movidos por motores, que para los obre-
ros que construyeron las carabelas de Colón hubieran sido obra
elel demonio. El van rascacielos de docenas de pisos, construidos
de hierro y cemento, de modo que, en vez de una calle horizontal,
se tienen haces de calles perpendiculares. Hacen encajes a máqui-
na en mayor cantidad en un día que diez mil mujeres podrUin
hacer a mano. F'abl' ican a máquina zapatos, relojes, alfileres y
agujas. Le venden a usted máquinas p ra que las use en su misma
casa, tales como aparatos de limpieza que substituyen a la anti-
cuada escoba. Le facilitan la energ'ía eléctrica e hidráulica que uti-
li.zan en sus fábricas en forma de agua o gas, de suerte que puede
usted alumbrar y caldear su casa con ellas y ser llevada en el as-
censor desde el piso baj o a la azotea y volver a bajar en él sin
tener que molestarse en subir y bajar las escaleras. Puede usted
poner a hervi r su marmita y guisar al mismo tiempo la comida.
Hasta podría usted hacer tostadas a la vez (para ello le vend n
GUÍA DEL SOCIALISMO y EL CAPITALI SMO i69
un pequeño hornillo) si no fuera porque siempre se olvida usted
.de sacar el pan antes de que- se queme.
A liesar de lo malos que son a primera vista los artículos he-
.ehos a máquina en comparación con los fabricados a mano, aca-
,ban por ser unas veces mejores y otras iguales, y al fin y al cabo
siempre son los únicos que se pueden adquirir, pues acabamos
por olvidar cómo hacer las cosas él mano y nos hacemos depen-
dientes de las grandes industrias fabriles, pese a los pequeños
grupos de artesanoS' que tratan de hacer subsistir los antiguos ofi-
,cios. Cuando Willlam Morris, gran artista y artesano, inventó una
historia acerca de las dificultades suscitadas en una aldea para
arreglar un rastrillo descompuesto, hasta el punto de que hubo
que llevar de L ndres una enorme máquina y ocho ingenieros para
que lo hicieran, su fábula no era tan improbable como lo hubiera
.sido en los días de la reina Ana. Nuestro consuelo es que si la
maquinaria hac que los rastrillos sean tan baratos que no vale
la pena arreglarlos, en vez de tirarlos a la basura y comprar otros
nuevos, la pérdida es mayor que la ganancia. Y si la gente qu
hace funcionar las máquinas vive mejor que los antiguos traba-
jadores manuales, en ese caso el cambio no puede ser mejor.
Tenga usted en cu nta que no digo que por ahora se hayan lo-
grado siempre todas estas v ntajas. La mayoría de nosotros esta-
mos usando artículos baratos e imperfectos y llevamos una vida
desdeñable y pobre; pero esto no es culpa de las máquinas ni de
las grandes fábricas, ni de la aplicación del dinero ahorrado a su
construcción: es culpa de la distribución desigual de los produc-
tos y el ocio logrado con su economía de esfuerzo.
Ahora bien: esta mala distribución no tendría por qué ocurrir I
si el dinero ahorrado no se hubiera hallado en manos particulares.
Si se huhiera hallado en poder de Bancos nacionales y municipa- '\
les que controlaran su empleo en interés de todos, la capitaliza-
ción de la industria en gran escala hubiera sido una bendición in-
equívoca, en lugar de ser, como lo es ahora, una bendición tan I
mezclada eon maldiciones de uno u otro género, que en la famosa !
utopía de Samuel Blltler titulada E1'ewhon la construcción y hasta
la posesión de maquinaria son castigadas Goma un crimen.
Algunos de l1uestms antisocialistas más inteligentes defienden
el retorno a la vida de principios del siglo XVIII , antes de que hi-
cieran su aparición las máquinas y las fábricas. Pero esto signifi-
caría volver a la reducida población de aquella época, toda ve¡¡:
que los métodos antiguos no producirían lo suficiente para nues-
tros cuarenta y dos millones de habitantes. La alta capitalización
de la industria, (nl la. cual se gasta un millón de dinero ahorra-
170 BERN ARD SRA W
do para proporcionarnos carretes ele hijo a cuatro peniques, ha
quedado detenida ; pero si prevalece J socialismo, el millón será
propiedad pública, y no privada, y los carretes costarán b a s t a n ~
te menos de dos peniques. Para decir lo en pocas palabras : la c a ~
pitaJización es una cosa, y el capitalismo, otra muy distinta. La
capitalización no nos hi re en tanto que el capital es nuestro ser·
vidor y no nuestro amo. El capitalismo 10 convierte inevitable--
mente en nuestro amo, en vez de en nu stro servü;]or . En lugar de
servidores públicos, somos escJavos particulares.
Nótese que el salto dado del trabajo manual doméstico a las
industrias fabriles en l os siglos xvIII y XIX ha sido llamado por
Jos economistas historiadol"eS «la revol ución industria]" .
XXXVII
LA EXPORTACIÓN DE CAPITALES
H
' ASTA abara hemos co:nsiderado el desarrollo del capitalismo
tal como acontece en nuestra patria. Pero el capital no
tiene patria, 0, m jor dicho, su patria es todo el mundo.
Es un hecho singular que, aunque Jos socialistas y comunistas de-
clarados se llaman internacionalistas y llevan una bandera roja,
que es la bandera de los obreros de todas las naciones, y aunque
la mayoría de los capitalistas son jactanciosamente naoionalistas
y ondean el pabellón de la Un ion Jack en tocias las ocasiones
posibles, cuando se pasa de los gritos y los reclamos a los hechos
se advierte todas las medidas prácticas defendidas por Jos so-
cialistas británicos darían por resultado que el capital inglés se
gastara únicamente en la Gran Bretaña para mejorar las condi-
cione de su país nativo, mientras que los capitalistas ingleses en-
vían el capital británico hasta los confines de la tierra a centenares
de millones por año. Si poseyendo en sus manos iodo el dinero
disponible de Inglaterra se vieran obligados a gastarlo en las
Islas Británicas, o fueran lo bastante patriotas o insulares para
hacerlo sin que se les obligara a ello, al menos podrían llamarse
patriotas con viso de plausibilidad. Por de. gracia, les per-
mitimos que Jo gasten en donde les place, y, como ya hemos visto,
sólo sienten preferencia por el pai13 en que más renta ha de
ducirJes. Por consiguiente, cuando han empezado en casa por el
lado erróneo y han agotado SLl S posibilidades no se mueven hacia
el lado acertado hasia que han agotado las posibilidades del lado
erróneo en el extranjero.
Consid81'emos de nuevo la industria alcoholera como el
plo más notorio djó) que la actividad errónea es la más productiva
comercialmente.
Pronto pareció tan seguro fIue la libertad de la. industl'ia al-
BERNARO SHAW
,coholera en Inglaterra acabaría por destruir a la nación, que e!
,gobierno se vió obligado a inter venir , Los licores pueden destí -
larse a tan poco cos te, que es muy pos ible hacer que una muj er
"se embriague pOi' un penique y hasta muera de embriaguez pOl'
dos», obteniendo con ello un hermoso beneficio. Cu Ddo a los ca- J
pitalistas se les permitla hacer esto, lo hacían sin remordimiento, I
puesto que comercialmente no tenían que p nsar más que en sus \
beneficios. El gobierno observó que grandes masas de pers nas
;se estaban envenenando, arruinando, enloqueciendo con ginebra.
barata. Por consiguiente, se dictó un , ley, con arreglo a la cual
cada destilador tenía que pagar a! gobierno un tanto por cada
galón de bebida fuerte que fabricara para que no pudiera obtene"
ningún beneficio a no ser que añadiera est impuesto al preci d
de la bebida, y esto encareció tanto los licores, que, aunque
vía quedó mucha afición a la bebida y muchas obreras
horriblemente porque había que descontar mucho más dinero del
-presupueSito doméstico para la cerveza y los licores del marido,
sin embargo, los trabaj adores no pudieron permitirse beber de
,un modo tan temerario y destructor como en los días en que
Hogarth pintó su cuadro sobre la embriaguez.
En los Estados Unidos de AméFica del Norte, la resistencia del
gobierno a la desmoralización de la gente mediante el tráfico pri-
vado de la bebida ha llegado mucho más lejos. Estos Estados, des-
pués de ensayar el sistema de imponer tributos a las bebidas fuer-
tes, y viendo que era imposi ble hacer c sal' de este modo el vicio,
se vieron cond ciclos uno a uno a tomar una resolución para ex-
terminar por completo la industria, hasta que por último fuá
prohibida en tantos Estados que fué posible dictar una ley fede-
'ral (es decir, una ley para todos los Estados) prohibiendo la ventG.
y hasta la posesión de todo líquido espirituoso dentro de los Esta-
,dos Unidos. Los beneficios de esta medida fueron tan i nmediatos
y tan considerables, que hasta los americanos que compran lico-
res a los contr bandistas siempre qUQ pueden votan invariable-
mente en favor de la ley seca, y lo mismo hacen por supuesto los
,contrabandistas, cuyos benefi cios son prodi.gio:;; os, La ley seca ha
,de imponerse tarde o temprano en todos los países capitalistas
.como una defensa necesaria contra el ruinoso efecto de la lucra-
tiva ind ust ria de la bebida. La única alternativa practicable que
.queda es la municipalización de esta indust ria, es decir, e'l socia-
lismo.
Cuando nu stros industriales alcoholeros y sus clientes llenan
los periódicos de fábulas acerCa de que la ley seca es un fracaso
en Nodeamérica, de que todos los yanquis se afi cionan a las dro-
GUÍA DEL SOCl,',LJSMO y EL CAP.fTf.Ll;'MO
gas porque no pueden beber whisky, y de que beben más whisky I
que nunca; y cuando Ci tan la necia Íl'ase de un obispo de I
bor,ough , que dijo que prefería ver libre a Inglaterra a verla so-
bria (como si un hombre ebrio pudiera ser libre en algún sentido,.
aun cuando se libre de ser detenido por la Policía), no debe usted-
perder de vista el hecho, nunca mencionado por ellos, de que mi "
Dones de norteamericanos que no se han embriagado en toda su:
vida y que no creen que el moderado uso de los licores que en-
cl:ientran placenteros les haya hecho mmca el menor daño, han
votado sin embargo en cont ra de esta indulgencia, atendiendo al
bien general de.. su país y a los intereses de la dignidad y la civi -
lización humanas. Recu rde también que nuestros industriales al-
coholeros han intervenido en la industria contrabandista y han
intentado representar las medidas tomadas contra ésta por el go-
bierno norteamericano como ataques a las libertades británicas.
Si Améri ca fuera tan débil militarmente como lo era China el1
1840, nos hubieran lle\' ado a una guerra para introducir a la fuer-'
za el whisky en Norteamérica.
Sin embargo, no saque usted la conclusión de que porque ler·
ley seca sea un método violentamente eficaz de combatir una in-
dustria sin escrúpulos es un método ideal de tratar el problema.
del alcoholi smo. No es seguro que este problema dejara de existi!'
si nos libráramos del capitalismo. Más adelante estudiaremos este
particular ; por ahora diremos simplemente que el capital no tiene
conciencia ni patria. El capitalismo, derrotado en un país por la
ley seca, puede enviar su capital a otro país sin civilizar, en donde
pueda hacer lo que le plazca. Nuestros capitalistas exterminaron I
con ginebra a multitu.d de negros cuando la ley les impidió a l¡;¡ 1
fuerza hacer lo mismo con sus compatriotas. Hubieran convertido '
Africa en un blanco desierto con los huesos de los bebedores si
no hubiesen descubierto que podían obtener más beneficios ven-
diendo hombres y mujeres que envenenándolos. El tráfico del al- I
cohol era productivo; pero el tráfico de esclavos lo era todavía
más, y llegaron a hacerse grandes fortunas secuestrando los ne-
gros a montones y vendiéndolos como esclavos. Algunas ciudades?
como Bri stol, han sido edificadas sobre estos cimi entos negros.
Hubo reinas blancas que invirtieron dinero en el negocio. El trá-
flco de blancos subsistiríp. todavía en Inglaterra de no haper sido
prohibido por la J.ey gracias a los esfuerzos de filántropos ingle-
ses que, puestos los ojos en los confines de la tierra, no sabían que'
en las fábricas inglesas se explotaba y maltrataba a los niños in"
gleses con tanta crueldad como a los niños negros en las
ciones.
174 BEllNAIW SHAW
Si. tiene usted un corazón sensible, pt'Oc ure no perder' l a cat') e-
za al leer estos horrores. La indignación virtu sa es un estimu-
lante poderoso, pero también un peligroso sustento. No pierda us-
ted de vista el viejo proverbio: «La ira es muy mal consejero» .
Nuestros capitalistas no comenzaron estas atrocidades como gen-
tes perversamente malas. No se mancharon las manos en la faena.
Frecuentemente sus manos eran las blancas manos de damas
finas, cultas, benévolas, de la más alta sociedad. Todo cuanto hi-
cieron o pudieron hacer fué invertir su dinero sobrante en lo que
más renta podía producirles . Si la leche hubiera producido más
que la ginebra, o el converti r los negros al cristianismo hubiese
sido más productivo que convertirlos en esclavos, hubieran comer- 1
ciado con la leche y la Biblia con la misma buena voluntad, o,
mejor dicho, tan irremediablemente como con la ginebra y los I
esclavos.
Cuando se terminó el negocio de la ginebra y el tráfico de es-
clavos fué suprimido, se dedicaron al trabajo industrial ordinario
y vieron que lo mismo se podían obtener beneficios haciendo tra-
bajar a los esclavos que secuestrándolos y vendiéndolos. Emplea-
ron su fuerza política para inducir al gobierno británico a ane-
xionarse grandes regiones de Africa e imponer a los indígenas tri-
butos que éstos no podían pagar sino trabajando para los capita- I
listas, como los obreros ingleses, sólo que con salarios más bajos
y sin la protección de las leyes indust riales inglesas y la opinión
pública británica. De este modo se hicieron grandes fortunas. El
Imperio se acrecentó: «el comercio seguía a la bandera», decían,
dando a entender que la bandera seguía al comercio y el comer-
cio a la bandera. El capital inglés desarrolló el mundo por do-
quiera (excepto en nuestra patria). Los periódicos declararon que
todo esto era ,espléndido, y generales como lord Roberts expre-
saron su creencia de que Dios af:piraba a que las t res cuartas par-
tes de la tierra fueran gobernadas por jóvenes británicos desde
nuestras escuelas públicas, en cuyas escuelas, dicho sea de paso,
no se hacía nada por explicarles aue este ultrajante saqueo de su
país para el desarrollo del resto d la tierra significaba en r eali-
dad y sobre todo el enriquecimiento temporal de su propia y re-
ducida clase.
Nada hay más aterrador en nuestra histor ia política que la im-
previsión con que hemos consentido que el dinero sobrante inglés,
que tanta fa Ha hacía en casa para la realización total de nuestras
fuer zas productoras y para la SUpl' sión de los barrios míseros,
perniciosos focos de corrupción social, fuera llevado al extranjero
a razón de dosci entos millones al año, cargándonos () 1'1' 0'0 sin
GUíA DEL SOCrALISMO y EL CAP[TAL[SMO 175
trabajo, desangrándonos con la emigración, imponiéndonos enor-
mes fuerzas militares y navales, fortaleci'endo los ejércitos extran-
jeros a los que más temíamos y dando toda clase de facilidades
a las industrias extranjeras para que des truyeran nuestra indepen-
dencia económica haciendo en lugar nuestro lo que podíamos y
debíamos hacer nosotros . Si una parte del dinero inglés que han
gastado los capitalistas en proveer a Suramérica de fer rocarriles,
minas y fábricas, lo hubieran in vertido en construír carreteras
para nuestros puertos naturales y en utilizar la gigantesca ener-
gía hidráulica que se desperdicia en los canales y torrentes de las
áridas costas salvaj es de Escocia e Irlanda, o siquiera en poner
término a absurdos capitalistas, tales como el de enviar produc-
tos agr ícolas de un condado inglés a otro por medio de América,
no nos quejar íamos ahora de que los países que se han desarroll a-
do gracias a nuestro dinero pueden vender a precios más bajos
que nuestros comerciantes y dejan a nuestros obreros a merced de
la caridad pública por falta de trabajo.
I

XXXVIII
LOS S ~ B S I D I O S , LA DESPOBLACIÓN Y LOS PARAÍSOS PARASl'fARIOS
A
L final del anterior capítulo he inCUl'l'ido un tanto en la
retórica, cosa que les sucede siempre a los socialistas qw:
han adquirido, corno yo, el hábito de hablar en público.
Espero no haberla llevado a usted tan lejos que en su indignación
pase por alto el hecho de que mientras h.m estado sucedienQ-o to-
das estas tenibles cosas los beneficios de los capitales invertidos
en el extranjero vuelven a nuestro país gratuitamente (aunque la
importación no equivale a la exportación), en donde es gastado
por los capitalistas que de este modo proporGionan trabajo. El ca
pital salió, pero entra la renta, y entonces surge la siguiente cues-
tión: ¿€stamos peor con ser pobres parásitos que viven del tl'a-
bajo de las demás naciones? Si el dinero que entra en forma ut:
renta es superior al que sale como capital, ¿ no habremos saliQo
ganando?
El primer impulso que se siente es negarlo categóricamente,
porqué si se hubiera gastado en casa el mismo dinero corno capi-
tal nos hubiera producido la misma renta, si no mayor, que en el
extranjero, aunque acaso los capitalistas no le hubieran sacadD
t anto producto. En realidad, puede que no le hubieran sacado ni n-
guno si se hubiese gastado en grandes obras públicas corno el Sf.!.-
eamiento de la urbe, construcción de diques y carret eras, supre-
sión del humo, creación de escuelas y universidades libres y otras
muchas cosas que no se pueden pagar sino comunalmente, por
medio de impuestos y contribuciones. Pero la cuestión es más
compli cada de lo que parece.
Imagínese que est á usted empleada en una fábrica de hilatu-
ras y se ha acostumbrado a cuidar en ella una máquina y a vivi r
con su familia 'en un barri o pobre de una ciudad fabri l. De pronto
la fábrica se cierra y a usted ,la despiden porque la industria se
11
BERNARn SI A'N
na rni.stel'iosarnente al extrJ.Iljei· . S eclcu8rlt r" usted.
ron que no hacer\!. falta obl'cras en ningún sitio; pero, en ca.mbio,
hay escasez de criadas, de empleadas en las tiendas de rnodas, de
camareras en los hoteles e leganbes , de doncellas en los grandes
transatlánticos, de modistas, de lavanderas, de buenas cocinera ,
.en fin, de mujeres cuyos servicios neoesitan los ricos ociosos. Pero
qsted no puede desempeñar ninguna de estas ocupaciones porque
110 conoce el trabajo y no es usted la, persona necesar'ia ni t iene el
lenguaje, la indumentaria y los modales que se consideran indis-
pensables. Tras un período de miseria y desesperación encuentm
usted colocación en una fábrica de chocolate ode conservas, o bie
se usted si rvienta. Y si tiene usted una hija, la enseña uste
a ser obrera de la fábri ca de chocolates o doncella, y no a hilar
y tejer .
. ' Es posible 'ue al fin y a la po tre u hi ja se encuentre mejor
pagada, mejor v.eslida, más consider da y más señorita que lo es
taha ústed en la' antigua fábrica. Puede usted llegar a dar gracias
a Dios porque algún indio, chino o negro, o simplemente un ex-
tl'itIlj ero, realiza 1 trabajo que solía hacer usted, dejando así ei
libertad a su hij a para hacer' algo que se considera m.ucho más
decoroso y está mejor pagado y más respetado. Su hijo puede pa-
sarlO mucho m' JOI' de entrenador de caballos de caneras que lo
pasó su padre de metalúrgico. Y si viviera u"ted lo bastante, aca-
sO viera desaparecer las horribles ciudades fabriles de los distri-
tos de Manchester, Sheffield y Birmingham y ser reemplazadas
por li ndas ciudades de reposo y placer como Dournemouth, Che]·
tenham y IV!alverns. Acaso viera recobrar a los valles de Gales [¡,
belleza que poseían antes de que los afearan las minas. Y serie!
muy natural que usted llamara prosperidad a estos cambios
votara en favor de ellos, manifestando una aversión sincera po"
quien le advirtiera que todo esto signifi'caba que la nación e hn-
hia convertido 'en un parásito del trabajo extranjero y marchaln I
hacia el desastre a pasos agigantados.
Sin embargo, la advertencia sería en extremo necesaria. Si
una nación convierte a sus rudos obreros en funcionarios fabriles
bien -educados, bi en vestidos, bien hablados y debidamente resp ·
tados, y tes da una participación justa en la riqueza que contri
huyen a producir, la nación sale ganando con el cambio en fuer-
za, riqueza, felicidad y virtud. Pero si los convierte en doncelI <::
:'1 vendedores de sombreros de veinte gui neas, el pais se quiebrn.
e] espinazo y cambia su página en la historia honrosa por un
pítulo en La Ru:ina de los Imperios. Se torna demasiado perezoso
y siharita para poder exigir a los paises extranjeros que le p' -
GUÍA DEL OCL\LL ;\,lO y EL CAPrTAU':: .\lO
i 70
;g'uen el trÍb uto de que \-ive, y cuando és tos ces¡1l1 de a1imenta1't8
ha olvidado ya el arte ,de alimentarse así mi3lJ10 y se derr um,bn
,en medio de su magnífico esplendor.
Pero este bosquejo del fUnE'sto fd uro que leE¡ aguarda a los
países que se dejan caer en la dependencia del trabajo de las de-
más naciones, entregándose a un conf,ortable y refinado parasitis-
mo, es en l'eali.dad demasiado halagüeño. Si pudiera convertirse
'en mayordomos a todos los capataces fabriles con sólo tocarleR con
la varita mágica, ni ellos ni sus esposas protestarían, Pero no 'es
esto lo que ocurre , El capataz de una fábri ca puede enseñar a su
hijo a mayordomo; pero él no encontrartl trabajo. Si no es apto
para ninguna de las ocupaci nes nuevas y es demasiado viejo para
,aprender, y si la industria en que trabajaba no atraviesa simple-
mente uno de los períodos casuales ele depresión, sino que ha
,abandonado el pais para iempre, se convierte en un parado per-
manente, y, por lo tanto, en un muerto de hambre. Ahora bien:
un hambriento es u homht'{l peligroso. por muy qu'
puedan ser sus opiniones políticas. Un hombre que ha
no es nunca revolucionario: su política es conversación. Perolas
hombres hambriento , antes que morirse de hambre, y cuando
son suficientes para poder con la Policía, empezarán por amotl-
narse y acabarán por saquear e incendiar las casas de los ricos,
trastornando el gobierno y destruyendo la civilización. Y las mu-
jeres, antes de que sus hijos per zcan de inanición, inducirán a
los hombres a hacerlo y pocas les censurarán.
Por consiguiente, cuando los capitalist,as, después de haber I
mandado el capital al extranjero, en vez de emplear lo para dar J
trabajo continuo en su patria, se encuentran ante masas de hom-
bres desespel·ados para los cuales no pueden encontrar ocupación, t
tienen que ali mentarlos de balde o afrontar una revolución. Y de '
este modo se crea lo que lla.mamos subsidio de paro. Ahora, bien:
por pequeño que sea este subsidio, tiene que ser suficiente para
poder vivir de él, y si os o tres miembros de una familia reúnen
sus subsidios pierden los deseos de encontrar trabajo y se aficio-
nan a vivir como las o!'andes amas y los señoritos, es decir, di-
vi rtiéndose a costa de los demás sin ganar nada pOl' sí mismos.
Acostumbrábamo a disertar acerca de esto cuando lo creíamos
un factor de la decadencia y la ruina de la antigua Roma ; pero
nosotros, por nuestra parte, nos hemos encaminado desde hace
mucho tiempo hacia la misma situación, y la guerra nos ha s u-
mido en ella por completo, pues después de la guerra los
listas no lograron encontrar trabajo para no menos de dos
llones de soldados desmovi!iímdos que dui'ante cuatro a,fl os no s6l!")
ibO BEn¡'¡ARD SHA W
habían estado bien alimentados y vestidos, sino que se les habí81
instruído en el ma,nejo de las armas mientras se ocupaban de ma-
tar , incendiar, destruír y afrontar riesgos terribles de ser destrui-
dos a su vez. Si él, e. tos hombres no se les hubiera dado dinerO'
para vivir, lo hubieran tornado por la violencia. Por eso el go-
bierno tuvo que quitar a los capitalistas algunos millones de su
dinero disponible para dárselo a los hombres desmovi lizados, y
todavía está haciendo lo mismo, con el consentimiento forzado de
los mismos capitalistas, que se quejan amargamente, pero temen
que si se niegan pueden perderlo todo.
Al llegar a este extr mo el capitalismo se encuentra en situa-
ción desesperada e intenta abiertamente deshacerse de Jos sin
trabajo; es deci r, vaciar al país de parte de su población, llaman-
do a ésta supel'población. ¿ Cómo ha de hacerse esto? Si los sin
trabajo no acceden a morirse de hambre, mucho menos accede-
rán a ser envenenados, asfixiados o ametrallados, que sería la
solución lógica del capitalismo. Pero tal vez pueda inducírseles a
que abandonen el país y prueben fortuna en otra parte, si el
gobierno les paga los gastos o cuando menos los que ellos no se
puedan pagar. Al escribirse estas líneas el gobierno anuncia que
si algún inglés o inglesa tiene la buena ocurrencia de marcharse
de Inglaterra a la otra parte del mundo, sólo le costéj,rá el viaje
tres libras en lugar de cinco veces esa suma, pues el gobierno
le facilitará las doce libras restantes. Y si al imprimirse estas
líneas no han aprovechado la oferta un número suficiente de per-
sonas, el gobierno se verá obligado a enviarles al extranjero de
balde, dándoles encima diez libras a cada uno para que se las
ur! glen en su nuevo país. Esto resultaría más económico que
mantenerlos en casa con el subsidio.
Vemos, pues, que el capitalismo produce el resultado fantás-
tico y sorprendente de que los habitantes del país se conviertan
n una traba de la que hay que librarse como de la miseria (las
personas finas llaman a este procedimiento Ayuda a la Emigra-
ción), para que se queden solos los capitalistas, los terratenientes
y sus servidores, viviendo elegantemente de alimentos y manufac-
turas importados y realizando el sueño de la gran dama y el
gentleman de un país que consume mucho y no produce nada, y
en el que ha.y majestuosos parques y residencias principescas,
in fábricas, ni minas, ni humo, ni barrios míseros, ni cosa al-
guna desagradable que pueda vitarse prodigando el di nero y
:recurriendo a todo pasto a la anticoncepción, para evitar todo au-
mento de lu poblaci6n.
Si a so conduce el cnpitalismo, dirá ust el, conduce induda-
GUÍA DEL SOCIA "I ::iMO y E:L CAPITALI , MO 181
blemente a' un p 'raíso terrenaL Presci ndiendo de tacuestión de
si este parai s) , de ser alcanzado, no sería un paTafso de n e c i o ~ ;
(pues, siento decirlo, a todos se nos ha enseñado a considerar tal
€stado de cosas como la perfección de la soci edad humana), y
> admitiendo que algo d ello se h realizado ya en muchos sitios,
,desde Montecarlo a Gleneagles, y desde Gleneagles a Palm Beach,
.nunca llega a realizarse para todo un paí . Frecuentemente ha sido
llevado lo ba tante lejos para reducir poderosos imperios como
Roma y España a un estado de desmoralizada impotencia, en el
que fueron destrozados y saqueados por los extranjeros de quienes
habían pasado a depender; pero nunca ha edificado, ni podri
hacerlo nunca, un Estado parasitario estable, en el que todos los
,obreros estén felices y contentos porque compartan las riquezall
,de los capitalistas y vivan de modo sano, agradable y pulcro por,
que los capitalistas sean lo bastante cultos para no querer ver tu-
gurios de gente harapienta que les exponga a coger enfermedades
infecciosas. Cuando los capitalistas son lo bastante inteligentes
para cuidarse de si toda la comunidad vive en forma sana y agra-
dable, y de si es feliz o no, aun cuando no tengan las cosas des-
agradables ante sus mismas narioes, se convierten en socialistas
por la sencilla razón de que no tiene ninguna gracia ser capitali. -
ta si tiene uno que cuidarse de sus servidores y empleados (lo cual
'significa compartir sus rentas con ellos) con el mismo afecto que
si fueran de nuestra familia. Si tuviera uno cultivado hasta este
extremo el gusto y la conciencia, semejante responsabilidad re,·
sultaría insoportable, porque continuamente tendría que estar
como pensando en los demás, no sólo hasta el extremo necesario
y posible de cuidar de que nues tras actividades y conveniencias
no chocaran de modo irrazonable y brutal con las suyas , sino
-hasta el extremo innecesario e imposible de pensar en su lug ,r
,en todo lo que ellos deberían pensar por su propia cuenta.
Es muy fácil que debe tratarse bien a los criados, no sólo po:"
,que así lo exige la humanidad, sino porque de lo contrario seráN
desagradables', informales e ineficaces. Pero si se trata a 'los cri:,.-
·dos como a sí mismo, lo cual equivale en realidad a gastarse CO' l
,ellos tanto dinero como con uno mismo, ¿de qué sirve tener cric\-
dos? En tal caso se convierten en una carga positiva, esperando
que sea uno para ellos como una especie de providencia terrena!,
lo cual significa que se pasa uno la mitad del tiempo en p nsar
,en ellos y la otra mi tad en hablar de ellos. Poder decir que nues-
tros criados nos pertenecen, es u:aa pobrísima comparación de no
poder contar oon la posesión de su alma. Por eso ahora se huye
el hogar c núartable para vivir n h L les (si puede uno II rmi"
18,2
BEHN ABP SHA W
tírselo), porque na vez que se,ha pagado la cuel')ta y se ha dado la
pto:pina al cai11arero y la doncella, b,a terminado uno con ellos,
y nó' tiene que tratad e como una especie de pa1iriarca,
De todos modos, la mayoría de los que proveen a sus nec,esi-
dades no se hallan en contacto personal con usted, Son los em-
y.;leádos de sus proveedores, y como sus proveedores comercian se-
gún el sis ema capitalista se ti ne la desi.gualdad de la renta,
el paro forzoso, la explotación, la división de la, sociedad en cla-
ses, con las restricciones disgenésicas sobr el matrimonio, que-
son s:u resultado, y todos Jos demás males que impiden a la socie-
1ad capi f, aJistalooral' Ja pa7. o la p l'manencia, Un capitali smo,
hermético que se sostuviera a sí mi smo podría librarse al menos
de un agotamiento como el que sufrió Alemania en la guerra, a
pesar de sus éxitos militares; pero un capitalismo complettlmente
pa.rasitayi , por muy elegante que parezca, no sería más que un:
capitali sm'o con es peli gro intensi cado hasta 'l máxim0.
, '
' . " ,
" ,
XXXIX
EL COMERGI O EXTHANJERO y LA BANDERA
V
OLVÁJ\10NOS ahora 11 inqurir si el enviar nuestro capital , a; j
, extranjero y soportar impuestos para pagar los gastos d'4:l
la emigración con el fin de librarse dIos nombl"Bs y
jeres que han quedado sin trabajo a conseCUellCÜI, d ell o, es tod.
lo que puede hacer el capitalismo cuan o nuest ros industriales,
Cf U:e trabaj an en la indust ria en nombre de nuestros
y sen tambi én más o menos eapitali stas en ' las pr imeras fuses
desarrollo capitalista, desc1!lbren no pueden vendermó.s pl' , -
duetos con beneficio, y hasta sin él, en su propio pais.
Es evidente que no pueden mandar al extranj e:r{) el dinero iiJll-
vertido, porque to€1 0 él se lo han comido los obreros, dejando 8Jl
su lugar fábricas, ferrocarriles, minas, etc.; 'cosas q.ue no }tue-
elen emnélJarse para mandarlas a Africa. Sólo el capital recié:a
ahorrado puede enviarse f UBra del país. Este COm9 ya he-
mos visto, se va al extranj ero a montones; pero el industl'fal
inglés que está trabajando con capital r epresentado por
instalada.s en un terreno arrendado por largo plazo, una vez que
ha vendido en su patria todos los artículos que sus clientes br itá-
nicos pueden permiti rse adquirir, o tiene que cer i'ar sus
¿as hasta que sus clientes hflyan consumielo todo lo que h an
prado, lo que significaría su quiebra (pues el terra.tenient e no es-
peDirá) o de lo contrario tiene que vender los artículos sobrantes
ea algún otro si tio; ·es ilIecil', tiene flJ11e enviarlos al extl"al'l"
je!' • .
Ahora bien, no es cosa fácil enviarlos a paises civilizados ,
porque éstos practican el proteceionismCl, lo cual significa que ün-
ponen fuertes tributos (derechos de aduana) a los artículos ex-
t ranjeros. Los países no ci vilizados, que no ]ilractican el proteeci(¡¡-
n iSllHJ y están habi t ados por indígel1as para cuales las t E) FaS
chillonas y los cachn 'rOf; . baratos de la.tón .S.o11 "lOvedade ' deslmll-
:-\U:\.W
ln'antes y deliciosas, constituyen al principio los mejo es me:r-
cados.
el comercio exige la existencia de gobiernos que pongan
coto a la costumbre de saquear a los extranj eros. Esta
no la tienen las tribus sencillas, gue suelen sel' pl'tcíficas y han·
radas. Es una costumbre de los hombres civilizados en donde
u(} hay leyes que les contengan. Hasta no hace mucho tiempo era
sumamente peligroso naufragar en nuestras propias costa.s, pues
los naufragios, que implicaban el saqueo de los barcos naufraga-
dos sin cuidarse de salvar la vida de sus tripulantes, constituítll:
un negocio bien establecido en muchos puntos de nuestra costa .
L0S chinos recuerdan todavía algunas asombrosas explosione de
saqu.eos perpetrados por damas inglesas de elevada posición, en
momentos en que quedaron suspendidas las leyes y podían subs-
t.raerse inapreciables obras de arte- Cuando el comercio con los
aborígenes empieza por la visita de un solo barco, los cañones y
los fusiles que éste lleva pueden bastar para amedrentar 'a los
ít'l:dígenas si son inquietos_ La verdadera dificultad comienza cuan-
di) llegan tantos barcos que se forma una, pequeña colonia comer-
cial de hombres blancos que atrae a 10s malhechores y los aven-
terreros alejados de la civilización por la presión de las leyes y el
@rden. Esta canalla es la que convierte el lugar en una especie
de infi,eruo, en el que tarde o temprano se asesina a los misione-
ros y se saquea a los comerciantes _ Entonces se apela al gobierno
:para que ponga coto a esto. El gobierno envía un acorazado y se
hace una investigación_ El informe que se obtiene, una vez· efec-
tuada la investigación, es que no hay otro remedio que establecer
un gobierno civilizado, con un servicio postal, policía, tropas y
una escuadra en el mar. En suma, el pataje se agrega a algún
imperio civilizado. Y el contribuyente civilizado paga los gastos
sin percibir un penique de los beneficios_
Por supuesto, la cuestión no para aquí. Laeanalla que ha m -
tivado el conflicto se traslada a la región fronteriza del territori
anexionado y siguen haciendo daño a los comerciantes cuando és-
tos han ag'otado la capacidad' adquisitiva de los indígenas inclu-
ilOS y quieren salir en busca de nuevos clientes. ' Los comerciantes
vuelven a apelar a su gobierno para civilizar un área mayor, y de
este modo el imperio se acrecienta, palmo a palmo, a expensas
de los contribuyentes de la metrópoli, sin que lo deseen ni lo
aprueben por su parte, hasta que por último, aunque todo su pa-
tríotismo se concentra eh su propio pueblo y se halla confinado
a. su país, a sü!:l gob rnantes y a su fe religio'ia, se encuentran
que el centro de su bienamado reino se ha trasladado al otro
GUÍA DEL SOCIAL[ MO y ' EL CAPITALl ' MO
185
Jlcmisferio. Así se trasladó el centl'O de nuestro reino de Londres
Jll canal de Suez, y ahora h mas llegado a tal que de
cada cien compatriotas nues tros, en cuya defensa se espera qlW
derramemos la última gota de sangre, sólo once son blancos o
siquiera cristianos . En nuestro aturdimiento, unos declaran que
,el imperio es una carga y un desatino, mientras otros lo glorifi-
can corno un triunfo. Ni usted ni yo vamos a ponernos ahora él
discutir con ellos, pues nuestro único objeto por el momento era
demostrar que, sea desatino o triunfo, el Imperio bt' itánico se ha
cl' ado sin intervención d nuestra vol untad. Lo que únicamente
debería haber e emprendido corno un progreso político cuidado-
samente estudiado, ha sido en realidad una serie de aventuras
comerciales a las que nos han lanzado los capitalistas, obligados
t{)or su pnrpio sistema de ab ,stecer a clientes extranjeros antes de
que las necesida s de su patri se hallaran mínimamente satis-
:f(·chas.
LAS COLISION.ES ENTR.E LOS IMPERIOS
S
I el Jmpeyio británico fuera el único Estado de la tiena.
acaso el proceso se desarroll ara pacíficamente (excBptual'lJ.-
do la coacción de la policía ordinaria) hasta que toda la tie-
rra, se hallara civilizada y bajo el pabellón inglés. Este es el suei10
del imperiali smo bl"itánico. Pero el mundo no es así. Hay otros ITW-
d10s Estados, grandes y pequeños, con sus imperialistas soñad<g-
res, y sus prácticos 00mel'ciantes que buscan mercados extranje-
ras, y con sus ejércitos y sus escuadras para a.poyal' a los comer"
ci antes y anexionarse estos mercados, Tarde o temprano, a me"
dida que extiendan sus fronteras por Africa, y Asia, llega.rá.n a;
chocar unos con otros. Una colisión de esta índole (llamada el
cicl ente de Fashoda.) estuvo a punto de lanzarnos a una guerra
contr, Francia. Afortunadamente Francia cedió, por no hallal' s
preparada entonces para la lucll a; pero entre ella e Inglaterra se-
repartieron todo el Sudán. Con anteri01'idad a esto Francia se ha-
bía anexio:g..ado Argelia y virtualmente Túnez, mientras que
paña se adentraba en ::VIarruecos. Italia, t.emiendo quedarse sin
nada, se lanzó a Trípoli y se lo anexion6. Inglaterra se hallaba
en Egipto así como en la India.
Ahora bien; imagínese por un momento que es usted un comet-
ciante alemán con más artículos de Jos que puede vender en
mania, y que tiene que cerrar su fábrica y arruinarse o encontrar'
' DE. mercado extranjero en Africa. Imaginese usted examinando el
mapa de Africa. Toda la costa mediterránea, lo mejorcito de In
c0sta, es inglesa, italiana, francesa y española. El interior o hi nt-
erland, como dicen Jos alemanes, es inglés y francés. No puede
usted' ir · a ningún sitio sin atravesar el canal de Suez, que es bri-
tánico, o dar la vuelta por el Cabo para dirigirse a algún punto
remoto del Sur. ¿ Comprende usted ahora lo que quería decir
el Káiser cuando se lamentaba de qu á Alemania no se le había
18t>, B!ntNARD SnAW
i lejado "ningún sitio en el sol,,? La horrible gu na de HH4-i8 fu,!
en el fondo una lucha entre los capitalistas de Inglaterra, Franci
e Italia, de un lado, y los de Alemania, de otro, por la supremacl,-\
,Bn los mercados africanos. Claro que por encima se veían otras
cosas: que Austria utilizaba el asesinato del archiduque como pre·
texto para subyugar a Servia; que Rusia movilizaba contra Aus·
tria para impedirlo; que Alemania se veía metida en la guerru
austrorrusa por su alianza con Austria; que Francia se veía me·
tida a su vez en la contienda por su alianza con Rusia; que el
ejército alemán tenía que hacer un esfuerzo desesperado para de-
trotar al francés antes de que las tropas rusas se le echaran en-
cima ; que Inglntrra tenía que atacar a Alemania porque estaba
aliada con Francia y Rusia, y que el ejército alemán atravesaba
Bélgica para ganar tiempo, sin saber que existía un tratado se·
creta entre Inglaterra y Bélgica para enviar una expedición ingle-
sa en su defensa si la invadía Alemania. Claro está que desde el
momento en que· se disparó el primer tiro, bretones" belgas, ale-
manes, franceses, austriacos y rusos se convirtiemn en carneros
rabiosos e imaginaron todo género de razones románt icas para
justificar su lucha, aparte de la razón contundente de que si
Tommy, Ivan y el Poilu no mataban a Hans y Fritz, éstos les ma-
tarran a ellos. Antes de que la matanza hubiese durado mucho
los turcos, los búlgaros, los japoneses, los norteamericanos y olros
Estados que tenían tanto que ver como usted con la contienda
ini.cial, intervinieron en la guer' ra a machamartillo. El mundo
entero se volvió loco y nunca aludió a los mercados, salvo cuando
ridiculizaba al Káiser por reclamar un sitio en el sol.
Sin embargo, no hubiera habido guerra sin las alianzas y la0
alianzas no se hubieran peleado si no hubiesen creado grandes ar-
mamentos, en particular la nueva escuadra alemana, para pro-
teger sus mercados y fronteras extranjeros. Estos armamentos,
,creados para producir una sensación de seguridad, habían pro
ducido tal sensación de terror que ninguna nación se atrevía ¡
permanecer desarmada, a no ser que fuera demasiado pequeñ'\
para tener probabilidades de poder combatir contra las grande ::
potenci as y de sus celos recíprocos podía depender el impedi ;
una conquista de cualquiera de ellas. Pronto las naciones que no
se atrevían a moverse desarmadas se asustaron más todavía y no
.se atrevieron a estar solas: tuvieron que formar alianzas y mar-
char de dos en dos, o de tres en tres, como los policías en ·los be·
nios de la gente maleante, formando un grupo Alemania y Am'"
tria y otro Inglaterra, Francia y Rusia, y tratando ambos a dos d2
indllcir a .,.talía, TurqUÍ y Norteamérica a unirse a llos , Sus tili-
GeíA DEL SOCJALISMO y 'L CAPITALISMO
189'
ferencias no tenían por causa sus v rdaderos países: Ja escuadril .
no fué constl'uída para bombardear Portsmouth, ni la
mglesa para bombardea!' Bremerhaven. Pero cuando la escuadra.
se ingirió .en el norte de Africa, único objeto para el qu'e
habla sIdo constrmda, y las escuadras francesa e ino-lesa la ale-
jaron de aquel mercado del sol, los diplomáticos de
estas dos naciones vieron que a lo primero que había que
grarse no era a los mercados, sino al hundimiento de la escuadra
alemana bajo cualquier pretexto, mediante los esfuerzos combi-'
nados de las escuadras francesa e inglesa.
y como no se puede tener escuadras luchando en el mar sin
ejércitos que luchen en tierra para ayudarlas, los ejércitos se des-
arrollaron lo mismo que las flotas. La carrera hacia el armamento'
se nos hizo tan familiar como la del Derby; todos los sentimientos
naturales de amistad recíproca entre las naciones blancas civi-
lizadas se convirtieron en desmedido terror, que es el padre der
odio, la maldad y la falta de compasión, y después de todo, cuan-
do al fin estallaron los expJosivos destrozando a millones de se"
res, resultó que no era por los mercados africanos, sino por un
li ti gio susci tado entre Austria y Servia, que las demás potencias
podrían ha.ber resuelto con facilidad suma sin derramar una gota:
ele sangre, si hubiesen existido entre ellas rela iones humanas de-
corosas en vez de llevarse entre sí como rivales capitalistas,
La ruego a usted que no deje de advertir que mientras en los
primeros tiempos del capitalismo. nuestros capitalistas no nos:
obligaban a luchar con nuestras propias manos por sus merca-
dos; sino que alquilaban siervos alemanes y voluntarios profe-
sionales ingl eses para hacerlo, ahora con sus guerras han adquiri-
do tales proporciones que el marido, el padre, el hijo, el herma-
no o el novio de cada mujer que pueda llevar un fusil no tiene
más remedio que ir a las trincheras como va el ganado al matade-
ro, abandonando esposa e hijos, hogar y ocupación, y renuncian-
do a la humanidad y la ética normales, a la vez que se le hac '
creer que su conducta es magnífica y heroica, y que su nombre
vivirá eternamente, y aunque él sienta gran horror por la gue-
rra y tenga clara concienci a de que los soldados enemigos contra
los cuales defiende su hogar se encuentran exactamente en la mis-
ma situación que él y nunca pensarían en dañarle si en ambas na-
ciones desapareciera la necesidad de encontrar nuevos mercados.
Le he traído a usted adrede a la cuestión de la guerra, porque
ésta debe tener alterada dolorosamente su conciencia, Usted ha
vi.sto alzarse a los hombres de Europa y matarse a millones de
la manera más horrible', Acaso su hijo haya recibido una cruz
190
litar por aventurarse en el aire en un aeroplano y dejar cae:, una
bomba sobre una aldea dormida, despedazando ti van os ntrlos y
mutilando o matando a su padres. Desde un punto de vista mi-
litarista, nacionalista o egoístamente patrióti.co, tales a?tos pueden
¡parecer hazañas gloriosas; pero desde el punto de vIsta de u.na
ética universal, por ejemplo, desde el punto de vlsta de un DiOG
que es el padre de los inglese,s y los alemanes, de los franceses y
los turcos, tienen que parecel' raptos de la mús infernal perversi-
dad. Como tales, han ,hecho que muchos ele nosotros desespere ..
mas de la naturaleza humana. Un amargo cinismo ha sucedido' a
los transportes de odio belicoso de los que todos los hombres, a
excepción de los insensatos incorregibles y de unos cuantos incu-
rables que h n sido quebrantados mentalmente por la fiebre gue-
·rr'ra, estamos ya sinceramente avergonzados. Me cuesta trabaj
rareer que no haya usted recibido 11 parte en esta agobiante des-
il usión. Si ftriemás de inteligente es usted humana, tiene ll ste(1
que experimentar por su esp cie un sentimiento muy parecido al
,que experimentaba el rey d Brobdingnag uando cogió con In
'mano a Gulliver como un niño coge un soldado de plomo, y ese u-
eh su jactancioso discurso patriótico sobre las glorias de la his-
toria militar.
1'al vez pueda yo consolarla un poco. Si considera Llsted el 1,1'0-
blema a la luz de lo que acabamos de examinar, me parece qUA
verá usted que la culpa no es tanto de nuestro carácter como del
'sistema capitalista, al cual le hemos permitido que domine nues-
tras vidas hasta que se ha convertido en una especie de monstruo
,cie¡;t'o, que ni nosotros ni los capitalistas poclemos refrenar. Es
absurdo suponer que los jóvenes europeos deseaban cazarse unos
·a otros en madrigueras abiertas en la tierra y arrojarse bombas
para arrancal'se las entrañas u ocultarse en dichas madrigueras,
devorados por los piojos y contagiados por los cadáveres, en me ..
dio de una incomodidad y un fastidio indecibles, y a veces ent,l'"
un t.error agt,do, o que alguna mujer ha qUel' i do nunca poner,,,,
el vrstido de los domingos y considerarse satisfecha ante los ho"
nores concedidos a su hijo por matar a los hijos de otra mujer.
Los capitalistas y sus periódicos tratan de convenoerse y de con-
vencernos de que somos así v así seremos siempre, a pesar de to-
das las protestas de amistad y de todas las Sociedades de Nacio-
nes. Esto no es cierto. El hecho más abrumador respecto a todos
estos horrores fué que nos vimos obligados a cometerlos a pesar
·de que tan a,jenos estábamos a realizarlos y an repugnantes y ho-
rrorosos nos parecían que cuando, al fin, terminó ia guerra d.f'
f;ú hito, todas nuesiras pr befOtCaS huyeron dt·
GUÍA DEL SOCIALISMO y EL CAPITALISMO
191
.como sombreros po!' el y estuvimos semaQ-as
.enteras bailando por las calles de alegr ia, hasta que la Policía tuvo
que detenernos para poder restaurar el necesar io tráfico. Todavía
celebramos con dos minutos de silencio 'nacional, no el día en
que estalló la gloriosa guena, sino el día en que el horrible acon-
tecimiento tocó a su fin . Por lo que bailamos tan alocada y lasti-
mosamente no fué por la victoria, que no ha servido de nada
por nuestra insensatez, sino por el armisticio, por la oesación de
las hostilidades, por la del desfile de vagones de la,
Cr uz Roja, con su carga desgarradora de hombres mutilados. Si
algo ha habido palmario en el mundo ha sido que no fui mos di-
rectamente más culpables de la guerra que del terremoto de To-
l(Ío. Los franceses y los al manes, los turcos y todos los demás,
nos vimos reclutados para una matanza aterradora, ruinosa para
nosotros y para la civilización, y tan temida por los mismos
talistas que sólo merced a una extraordinaria suspensión legal
t da ' obligaciones financieras (Hamada M ratoeia) pudo in-
ucirse a los hombres de negocios a afrontarla. El intento de lle-
var a cabo la guerra con voluntarios fracasó: no había bastantes,
Los demás fueron porqu se le obligó a ir, y lucharon porque
les obligó a luchar . Las mujet'es es dejaron partir, en parte por-
que no podían evitarlo, en parte porque eran tan belicosas com
l' )s hombres, en parte porque leían los periódicos (que no podía
6ecirles la verdad) y en parte porque la mayoría eran tan pobres
que se apresuraban a coger el que se les asignó, con 1
cual muchas vivían mejor con sus maridos en las trincheras que
sn los hubieran tenido en casa. .
¿ Cómo habían llegado a Pues sencillamente
por el pecado original de dejar que su país fuera gobernado, ali-
mentado y vestido ·en beneficio de los capitalistas, en vez de serln
para lograr la prosperidad de "todas las gentes que en la tierra
moran». El primer barco que fué a Africa a vender objetos a 1m;
i dígenas a más de su precio de porque no podian venderse
n casa, inició no sólo esta guerra, sino la guerras peores que ha.n
eJ e seguir si persistimos e depender del capitalismo material y
moralmente. Todos estos males monstn osos tienen un origen in-
significante y aparentemente inofensivo. No es nada exagerado
decir que cuando una naci 'n que tiene que repartir cinco chelineo;
da cuatro a Fanny y uno a Sara, en vez de al' medi.a. corona ,
cada una y ver que sale ganando, siembra 1 semill d todos l liS
males que ahora hacen que los hombres reflexivos y perspicaces
consideren nuestra civilización e pitalista como una nfel'medad,
y no como una bendición.
XLI
EL APRENDIZ DE BRUJO
S
IN embargo, no hay que menospreciar el comercio interna-
cional. Este no tiene en sí nada de nocivo. Sin él no ten-
dríamos oro, y el oro ti ene toda clase de usos y todo gé-
nero de bellezas. No añadiré qu tampoco tendríamos té, porque
opino q Lle estaríamos mejor sin ,ese insidioso estimulante chino.
Bs más seguro y tal vez más saludable para una nación vivir de
las subsistencias y las bebidas que puede produc iT por sí sola ,
como viven los esquimal es bajo condiciones mucho más duras.
Pero una civilización elevada requiere muchas cosas que las na-
ciones no pueden hallar dentt'o de sus fronteras y tienen que
comprárselas a las demás. Tenemos que comerciar, y viajar y
conocernos mutuamente por todo el Globo habitable. Tenemos
que crear instituciones internacionales lo mismo que nacionales,
empezando por tratados de comerci o, convenios postales y de pro-
piedad j itet'al"ia, y acabando por Sociedades de Naciones. Las ne-
cesidades del tráfico y el comercio, y el interés común de todas
las naciones en las obras y descubrimientos del arte, la literatu-
ra y la ciencia, les h an 01 ligado a firmar acuerdos y tratados in-
ternacionales que están poniendo fin a la máxima de que cada
cual atienda a lo suyo. El comercio internacional honr ado nunca 11 1
hubiera podi.do ol'iginarno ningún trastorno. l
Tampoco puede ser indeseable la unión de pequeí'íos Estados
en grandes federaciones y comunas; por el contrario, cuantas me-
nos fronteras haya, mejor . El establecimiento de la ley y el orden
en los países civilizados no debería habernos hecho odiosos; de-
hel'Ía habernos hecho populares y a veces nos lo hizo, .. al princi-
pio. La anexión de otros países bajo nuestra bandera, en los casos
en que fuera realmente necesaria, debiera habér constituido un
grato privilegio y una colaboración fortal,ecedora para los habi-
13
¡\")4
l:iHA W
tantes de las regiones anexionadas. Ciertamente, siempre hemos
pretendido que así era y' que nos hallábamos en los países extran-
jeros por el bien de sus habitantes y no por nuestro propio gusto.
Desgraciadamente nunca hemos podido hacer buenas estas pre-
tensiones. Por nobles que pudieran ser las aspiraciones de nues-
tros imperialistas idealistas, nuestros capitalistas se
hallaban allí para sacar todo el provecho que pudieran de los ha-
bitantes, y no por ninguna otra razón. Habían abandonado su
país porque en él no podían obtener beneficios, y no es de esperar
que se hubieran vuelto desinteresados ideali stas desde el momen-
to en que pisaron extrañas tierras. Estos hombres acusaban a los
sedentarios, a los antiexpansionistas, a los insulares, de que no
amaban nada más que a su propio país; pero ellos, por su parte,
eran los enemigos de todos los países, incluso del suyo, en donde
hubiera un obrero explotable que les obtuviera beneficios. Preten-
dían que la civilización de los países anexionados era ,da carga de
los hombres blancos", y afectaban la actitud de titanes que sopor-
taran de mala gana sobre sus hombros la obra pública de otras
naciones, como un d-eber que les imponía la providencia; pero
cuando los indígenas se hallaban debidamente civilizados decla-
raban que estaban dispuestos a gobernarse por sí mismos, los
capitalistas se asían a sus mercados como un águila a su presa,
y quitándose la careta apostólica defendían las anexiones a sangre
y fuego. Decían que lucharían hasta verter la última gota de san- •
gre por ,da integridad del Imperio)), y, en efecto, pagaron a mu-
chos mi les de hombres hambrientos para que lucharan hasta tal
extremo. A pesar de sus esfuerzos, la mitad de Norteamérica se
emancipó tras una guerra que dejó un volcán de odio, que toda-
vía subsiste e influye en las elecciones de Chicago después de un
siglo de independencia. La Irlanda católica, Afl'ica del Sur y Egip-
to nos han arrancado la autonomía. La India está haciendo lo
mismo. Pero no nos lo agradecen porque saben con cuánto pesa,¡'
transige el capitalismo.
Por otra parte, consideremos el caso de Australia, Nueva Ze-
landa y el Canadá. Después de nuestro fracaso en Norteamérica
no nos hemos atrevido a coaccionarles y les hemos proporcionado
gratuitamente una costosa escuadra para proteger sus costas con-
tra las invasiones. Les damos preferencias en el comercio, mien-
kas que les permitimos que nos impongan fuertes derechos pro-
teccionistas. Les otorgamos representación en los Congresos in-
ternacionales como si fueran naciones independientes. Hasta les
concedemos acceso al Rey, con independencia del gabinete londi-
nense . El resultado es qlle se cuelgan de nosotros con devoción
GUÍ.\. DEL SOC IALISMO y EL CAPlTAL1SMO
195
J.iil'ánica, ondeando el pabellón de la Unión Jack con tanto entu-
siasmo como ondean los yanquis su bandera de estrellas y fran-
Jas. y no es porque sean de nuestra misma raza . Los norteameri-
canos lo eran, y, sln embargo, se separaron; y también lo eran
los irlandeses y sus caudillos. Los canadienses franceses , que sólo
son de nuestra misma raza en el sentido de que todos pertenece-
mos a la raza humana, se aferran a nosotros con igual brío. To-
dos ellos nos siguen a Ja guerra tan denodadamente que ya empe-
zamos a recelar si no nos harán seguirles a ellos algún día. La
última nación que, luchará por conquistar su independencia del
Imperio británico puede que sea la misma lnglaterra protestante,
aliada al Ulster y Escocia, mientras que a la cabeza de sus adver-
arios imperialistas se encontrará el Estado libre de Irlanda.
Pero el capitalismo puede echar por tierra todas esas reconci-
Jiaciones y lealtades. Cierto es que nosotros ya no explotamos a
las colonias según el sistema capitalista: les dejamos que lo ha-
gan por sí mismas y llamamos autonomía al procedimiento. Mien-
.tras persistimos en gobernarlas nos censuraban por todos los ma-
les que les acarreaba el capitalismo, hasta que, por último, se
negaron él. soportal' nuestro gobierno. Cuando las dejamos que se
,.gobernaran por sí mismas se tornaron cada vez menos hostiles a
nosotros; pero el cambio las empobrece y las deja en un relativo
desorden. Los males capitalistas por los cuales nos censuraban las
siguen oprimiendo. Su autonomía es más tiránica de lo que se
.atrevió nunca a serl o nuestro aj eno gobierno. Sus nuevas relacio-
,n es con el Estado imperial son de una tirantez más peligrosa que
las antiguas, exactamente igual que las relaciones entre Inglate-
na y Alemania en 1913 eran más peligrosas que las que existían
enL'e Inglaterra e I rlanda. Las conoesiones más liberales del go-
bi erno autónomo no pueden reconcili'ar al pueblo en tanto que
us capitalistas comPiten por los mercados. El nacionalismo pue-
de convertir a los franceses y a los ingleses, a los ingleses y a los
irlandeses en enemigos feroces cuando es infringido; pero el ca-
pitalismo hace constantemente enemigos a todos los hombres sin
distinción de raza, color ni credo. Cuando todas las naciones se
hayan libertado el capitalismo las hará combatirse más furiosa-
mente que nunca si somos lo bastante necios para consentirlo.
¿ Conoce usted la curiosidad llamada "la gota del príncipe Ru-
perta»? Es una cuenta de cristal en tal estado de tensión interna,
que si se quiebra el más mínimo trozo toda la cuenta vuela violen-
tamente en pedazos. Tal era la situación de Europa en 1914. Un I
puñado de gentes cometió en Servia un asesinato e inmeeliatamen-
'te la mitad ele E11I'Opa se puso a asesinar a la otra mitad. Esta
196 llEHNARD SHAW
temible situación de inestabilidad y tensión in temas no fué pl'O-
movida por la nat uraleza humana : a la natural eza humana, vuel-
vo a repetir, le repugnaba profundamente pOl' ser un estado d ~
terror crónico que acabó por hacerse insoportable, al igual que la
mujer que se suicida porque no puede soportar más tiempo el
temor a la muerte. Esa situación fué acarreada por el capitalismo.
El capitalismo, dirá usted, no es en el fondo nada más que codicia
y la codicia forma parte de la naturaleza humana. Eso es verdad;
pero la codicia no constituye la totalidad de la naturaleza huma-
na: es sólo una parte, y una parte que desaparece una vez que ha
sido satisfecha, como desaparece el apetito después de haber co-
mido y hasta cuyo punto es saludable y necesaria.
Bajo el capitalismo se convierte en el temor a la pobreza y la }
esclavitud, cosas que no son ni saludables ni necesarias. Y como
ya hemos visto, el capital llega a escapar por su propia naturaleza
. al control de la codicia y la conciencia humana, caminaÍldo ciega
y automáticamente hasta que nos encontramos por un lado con
las masas de seres condenados a la pobreza y aliviados tan sólo.
por horribles paroxismos sangrientos, y por otro, con un puñado
de capitalistas hipertrofiados que jadean bajo la carga de sus cre-
cientes millones y los sueltan a montones en un intento desespe-
mdo de librarse, en parte, de ellos sin que les encierren en un ma-
nicomio por al'l'ojarlos al mal, y en parte por contrarrestar, fun-
dando institutos Rockefellel' y bibliotecas Carnegie, hospitales y
universidades, escuelas e iglesias, los efectos de la ignorancia y la
pobreza producidas por el sistema bajo el cual se ha acumulado
el dinero en sus manos. Llamar monstruos de codicia a estos infor-
t unados millonarios en presencia de su alocada precipitación por
devolver el dinero (para no hablar de sus naturalísimos retratos)
es una candidez. Más bien podría comparárseles con el aprendiz
de brujo que invocó a un demonio para que le diera de beber, e
ignorando cómo detenerle cnando le había saciado, se ahogó en
"1m océano de vino.
XLn
'CÓMO ' E ACUMUL,\ LA RIQUEZA Y CÓMO DEGENERAN LOS HOMBRES
D
ESEO hacer hincapié sobre este desamparo personal en que
nos hallamos todos ante un sistema que se sale de nuestro
conocimiento y nuestro control. Para considerarlo más de
cerca le propongo que nos apartemos de las grandes cosas, como
los imperios y sus guerras, para ocuparnos de las pequeñas cosas
familiares. Consideremos, por ejemplo, los alfileres. Yo no sé a
qué se deberá que rara vez use un alfiler, cuando mi esposa no
puede pasarse sin tener a mano montones de ellos; pero así es,
.Y en visia de ello recurriré al caso de los alfileres por considerar-
los por algún motivo especi almente importantes para las mu-
jeres.
Hubo una época en que los fabricantes de alfileres podían com-
prar el material, darle foóna, hacer la cabeza y la punta, orna-
mentar lo y llevarlo al mercado o a la puerta del cliente para ven-
der lo. Tenían que conocer tres industrias: la compra, la fabrica-
ción y la venta, y la fabúcación requería pericia en diversas
Dperaciones. No sólo sabían cómo se hacía el objeto desde el prin-
ópio hasta el fin , sino que podían hacerlo. Pero no podían permi-
lirse venderle a usted un papel de alfileres por un cuarto de pe-
niqll e. Los alfileres costaban entonces muchísimo.
Afines del siglo XVIII, Adam Smith se vanagloriaba de que ha-
<CÍ an falta diez y ocho hombres para fabricar un alfiler, y de que
·cada uno de ellos hacía una pequeña parte de la faena y pasaba
el' alfi ler al siguiente, sin que ninguno pudiera hacer todo el alfi-
ler, o comprar los material es, o venderlo cuando' estaba hecho. Lo
más que podría decirse en su favor es que al menos tenían una
idea de cómo se hada, aunque no puclieral1 hacerlo. Ahora bien,
como esto significaba que eran notoriamente menos capaces y eri-
.tendidos que los antiguos alfilereras, acaso pregunte usted por
198
BERN ARD SRA W
qué Ada,ITl Smith se vanagloriaba de ello como si fuera un tri.unfo>
de la civilización, cuando su resultado era tan notoriamente de-
gradante . La razón es que, dedicando a cada hombre a realizar ex-
clusivamente una parte de la faena, llegaba a realizarla con gran
J'apidez. Dícese que los hombres podían producir cada uno cerca
de cinco mil alfileres al día, y de este modo los alfileres abundaron
y estuvieron baratos. Suponíase que el país estaba más rico por-
que tuvieI'a más alfileres, aunque había convertido a hombres ca-
pacitados en meras máquinas que realizaban su trabajo sin inteli-
gencia y eran alimentados con el sustento sobrante de los capi-
talistas,- 10 mismo que se alimenta una máquina con carbón y
aceite. Por esta razón el poeta Goldsmith, que era un economista
perspicaz a la vez que poeta, se lamentaba de que "la riqueza se· \
acumula y los hombres degeneran».
Hoy día, los diez y ocho hombres de Adam Smith son algo
Lan extinto como el diplodocus. Las diez y ocho máquinas de carne
y hueso son reemplazadas por máquinas de acero que producen
alfil eres por centenares de millones. Hasta la operación de clavar-
Jos en papeles es realizada a máq uina. El resultado es que, a ex-
cepción de unas cuantas personas que diseñan las máquinas, na-
die sabe hacer un alfiler ni cómo se bace; es decir, que el obrero-
moderno de la industria alfilerera no necesita ser la décima parte
de inteligente y experto que el antiguo fabricante, y la única com-
pensación que tenemos de este deterioro es que los alfileres son
tan baratos que no puede expresarse en cifras el valor de un solo
alfiler. Aun con un gran beneficio añadido al precio de coste
se pueden compra!' docenas de alfileres por un' cuarto de penique,
y de tal modo se tiran y desperdician los alfileres que hay que
escribir versos para persuadir a los niños (aunque sin éxito) de-
que es un pecado robar un alfiler.
Mucbos pensadores serios, como John Ruskin y William Mor-
ris, se han mostrado muy afectados por esto, lo mismo que
Goldsmith, y han preguntado si creemos realmente que supone·
un progreso en el camino de la riqueza perder nuestra pericia y
degradar a los obreros para poder derrochar los alfileres a tonela-
das. Más adelante veremos, cuando pasemos a considerar la dis-
tribución del ocio, que el l'emedio de esto no consiste en volver al
antiguo sistema, pues si la economía de tiempo que se consigue
con la maquinaria moderna fuera repartida equitativamente entre
todos, nos quedaría tiempo para realizar cosas más importantes
que la construcción de alfileres o algo por el estilo. Pero mientras
tanto subsiste el hecho de que ahora se construyen los alfileres
por hombres y mujeres que no pueden hacer nada por .sí mismos
-'
GUíA DEL SOCIALISMO y EL CAPITALISMO 1.99
ni podrían ponerse de acuerdo para hacerlo. Son ignorantes e
inútiles, y no pueden mover un dedo para comenzar su trabajo
diario hasta que se lo han preparado sus patronos, que por su
parte tampoco entienden las máquinas que compran, y se limi-
tan a pagar a otras personas para que las manejen poniendo en
práctica las instl'l.lCciones del constructor.
Lo mismo puede decirse de los vestidos. Antiguamente, todo
el trabajo de la fabri cación de indumentaria, desde el esquilado
de las ovejas hasta la confección final de la ropa, lo realizaban
en los pueblos los hombres y las mujeres de cada casa, en parti-
cular las últimas. Hoy día no queda nada de todo eso, a excep-
ción del esquilado de las ovejas. Y aun esto se hace a máquina,
igual que se ordeñan las vacas y se cosen los vestidos . Dé usted
una oveja a una mujer y dígale que le haga un vestido de lana, y
no sólo le será imposible hacerlo, sino que es más que probable
que averigüe usted que ni siquiera sabe la conexión que existe en-o
tre las ovejas y los vestidos. Cuando la mujer compra sus vestidos,
cosa que hace adquiriéndolos en una tienda, sabe que existe una
diferencia entre la Jana, el algodón y la seda, entre la franela y
el merino, tal vez incluso entre otras clases de tejidos ; pero en
cuanto a saber cómo se hacen o de qué están hechos, o cómo han
llegado a la tienda en condiciones de que ella pueda comprar los,
apenas sabe nada. y el dependiente que la sirve no sabrá mucho
más. Las personas empleadas en su fabricación saben todavía me-
nos, pues muchas de ellas son demasiado pobres para poder an-
oat'se eligiendo cuando compran. sus vestidos.
De este modo, el sistema capitalista ha producido una igno- \
rancia casi universal respecto a cómo se hacen las cosas, mientras
que al mismo tiempo ha conducido a· fabricarlas en una escala
gigantesca. Tenemos que comprar libros y enciclopedias para
[weriguar lo que hacemos diariamente, y como los libros son es- I
m·itos por personas que no hacen nada y que sacan sus informa-
ciones de otros libros, 10 que nos dicen tiene un retraso de veinte I
a cincuenta años, por lo cual no nos sirve para nada. Y por su- t
puesto, la mayoría de nosotros estamos demasiado cansados de
trabajar cuando llegamos a casa para ponernos a leerlos: lo que
necesitamos es un cine para distraer el espíritu y alimentar nues-
tra imaginación.
Es en verdad chocante este mundo del capitalismo, con su pas-
mosa propagación de la ignorancia y la inutilidad, aunque no deje
de jactarse de su difusión de la enseñanza y la ilustración. Ahí
tenemos a los miles de propietarios y a los millones de asalariados,
ni nguno de los cuales son capaces de ll acer nada, ni ele saber lo
200
BERNABD SHAW
que t ienen que pacer hasta que algui en se lo dice, y sin .la me1101'
noción de por qué ocurre que encuentran gent.es que les pagan di-
nero y objetos en las tiendas que pueden comprar. y cuando via-
jan se extrañan de ver que los salvaj es, los esquimales y los aldea-
nos, que tienen que hacerse todo lo que necesitan, son más inteli-
gentes que ellos y más fértiles en recursos. Lo extraño sería que
fueran de otro modo. Moriríamos de estupidez por el desuso de
nuestras facultades mentales si no nos llenáramos la cabeza con
Jas tonterías románticas que nos proporcionan los periódicos ilu8-
trados, las novelas, el teatro y el cinematógrafo. Esta bazofia nos
mantiene vivos, pero nos falsifica todas las cosas de modo tan ah- I
surdo que nos convierte en lunáticos más o menos peligrosos den-
11
tro del mundo real.
Perdone usted que le hable de esto ; pero como soy autor de
libros y comedias conozco mejor que usted la necedad y el peli-
gro que esto enci erra. Y cuando veo que esta fase de máxima igno-
rancia inutilidad, de falacia y necedad, ha sido elegida por las
fuerzas ciegas del capitalismo para establecer el sufragio univer-
sal, de suerte que las pocas mujeres sensatas que hay se ven irre-
mediablemente arrolladas por los miles de mujeres cuyo espíritu
político, si es que pueden decir que lo tienen, se ha formado en el
cine, pienso que hice bien en cesar de escribir comedias durante
algún tiempo para discutir realidades políticas y sociales en este
libro, con las que sean ] 0 bastante inteligentes para escucharme.
XLlll
LA I NCA PACJ.DAD ABHI HA Y .\BAJO
N
· O debe usted deducir de lo que acabo de decide. que me
molesta que ia gente se divierta. Yo he hecho casi toda
. mi fortuna divirtiéndola. Heconozco mejor que la mayo-
da de la gente que no sólo embrutece a una muj er el trabajar y
,no distraerse, sino que dicha mujer trabaja para poder gozar de
la vida, así como para no morirse de hambre e indigencia. La
mujer desea y necesita 10 mismo ocio que salarios; pero el ga-
narse la vida debe ser antes que divertirse en el cine . Siento gran
simpatía, como me permito suponer que la sentirá usted, por el
hidalgo francés que decía que si pudiera gozar de los lujos de la
vida se pasaría s in las osas necesarias; pero desgraciadamente la
nat uraleza no comparte nuestra sirnpatía y nos obliga despiada-
damente a ganarnos el pan bajo pena de muerte. El hidalgo fran-
cés es menos importante que las mu jeres que reclaman la jorna-
,da de ocho horas porqLle, aunque lo que realmente piden es una
hora más de ocio después de habel ' descansado y dor mido, co-
mido y guisado, saben que el ocio se conquista trabajando y que
n inguna mujer puede eludir la parte que le corresponde de tra-
ba.jo sino encargándosela a otra y reduciéndole su ocio.
Por 10 tanto, cuando di go que el capitalismo ha reducido a la
gente a un estado de abyecta inutilidad e ignorancia en su capaci-
dad pl'oductiva como trabajadores, no puede usted tranquilizarme
:indicándome que las muchachas de las fábricas no son tontas
cuando se trata de charlar y divertirse, que son lo bastante férti-
les en recursos para aprender a interpretar el movi.miento de los
labios durante su trabajo, porque el estrépito de las máquinas lei
impi de hablarse; lue sus bailes, su jiras campestres, sus con-
ciertos de radio, etc. , les estimulan y les i.nstr uyen hasta un extre-
;no desconocido para sus abuelas; que consumen cantidades ate-
202
mmNARD SIIA\ \ '
rradol'<ls de dulces, y que limitan sus familias pata evitar el exce-
so de hi jos. Pero todo esto es consumo, no producción. Cuando
est.án ocupadas en la producción de estas distl'acciones, son meras
máquinas que toman parte en una rut ina sin saber lo que vino
antes ni lo que ha de seguir.
Dando todo el trabajo a. una clase y todo el ocio a otra en la
medida en que !n permite la ley, el sistema capitalista incapacita
a los ricos tan cümpletamente como a los pobres. Arrendando sus
tierras y alquilando a otros su dinew disponible (capital), pueden
tener alimentos y cliversiones en abundancia sin tener que alzar
el dedo meñique. Sus agentes recaudan la renta de las tierras y se
la ingresan en los Bancos. Las Compañías a las que han prestado
su dinero le guardan el interés semestral o dividendos del mismo
modo. Bismarck decía de llos que sólo tenían que coger un par
de tijeras y cortar un cupón, pero estaba equivocado: hasta eso se
lo hace el Banco, de suerte que todo lo que tienen que hacer es
firmar los cheques, con lo que lo pagan todo. No necesitan hacer
otra cosa que divertirse, y Jo mismo percibÜ'ían su rentas si ni.
, iquieran hicieran eso. Lo único que pneden a.legar es que sus
antepasados trabajaron pl'oductivamente, como si los antepasa-
dos de todo el mundo no hubieran hecho lo propio, o como si esto
fuera una excusa para quo ellos no sigan el excelente ejemplo de
sus antepasados. No podemos vivir de las virtudes de nuestras
él buelas. Estas pueden haber lalJl'ado su propia Lierra e inventado
el modo de aplicar su dinero al cultivo para enriquecerse; pero
cuando sus sucesores vieron que todas estas molestias podían en-
,argárselas a otros, se limitaron a arrendar la tierra y alquilar su
dinero sobrante; esto es, invertirlo en empresas comerciales.
Algu'nos de nuestros grandes terratenientes han heredado sus
tierras de los tiempos feudal es, en que no había fáb-ricas ni ferro-
carriles y en que las ciudades eran tan pequeñas que estaban
amuralladas como lo están ahora los jardines. En aquellos días
los terratenientes, con el rey a la cabeza, tenían que crear ejérci-
tos y def.ender el país a costa propia. Tenían que hacer las leyes
y administrarlas, realizar trabaj os militares y de policía, y gober-
nar todo género de actividades. Enrique IV, que murió del ex-
ceso de trabajo, supo a costa propia cuán cierto era en aquellos
días que los más grandes de entre nosotros deben estar al servi-
cio de los demás. Hoy día ocurre todo lo contrario: los más gran-
des son servidos por el resto de la sociedad. Todas las faenas y
obligaciones de los barones feudales son realizadas por funciona-
l'ios pagados. En los distritos rurales, los grandes pueden sentarse
toduvía en el 'T'ril)lmal como magistrados honorarios, y aún sub-
GUv.. DEL SOCIALISMO y EL CAPITALl !ViO 203
siste la tradición de que el servicio militar es propio para sus hijos ..
Algunos de ellos, con la ayuda de corredores y agentes, adminis-
tran las posesiones de que viven o dejan que lo hagan sus mujeres.
Pero esto sólo son vestigios de un orden extinto, mantenido en su
mayor parte po!' compradores ricos de propiedades que estan dis-
puestos . a tomarse algunas. m01estias para que se les clasifique.
como hidalgos o condesas. Siempre hay nuevos ricos que tienen
esta vanidad y que compran las posesiones de un hidalgo real
para adquirir su posición en el país. Pero en cualquier momento
nuestra nobleza propietaria, séalo por linaje o por adquisición,
puede vender sus parques y sus casas de campo y vivir en cual-
quier punto del mundo civilizado, sin obligaciones ni responsa-
bilidades públicas de ninguna especie. Tarde o temprano, todos
10 hacen, rompiendo así el único lazo que les une a la antigua aris-
tocracia feudal a excepción de sus nombres y sus títulos. Para to-
dos los objetos del mundo real de hoy ya no existe una aristocra-
cia feudal; ésta se ha mezclado con la clase capitalista industrial,
con la cual se asocia y se cruza matrinionialmente sin distinción
ninguna, pues el dinero lo disimula todo. Si todavía fuera necesa-
rio aplicar a la clase rica una acracia de algún género, habría
que llamarle una plutocracia en la que la más antigua posesión
ducal y la más reciente fortuna lograda en los negocios son tan
sólo diversas formas de capital que no imponen ninguna obliga-
ci ón pública a sus propietarios.
Ahora bien, . este estado de cosas puede parecer sumamente pla-
centero para la plutocracia desde el punto de vista de los que tra- •
bajan tanto y se divierten tan poco· que no pueden imaginarse
nada mejor que una vida pasada 'en perpetua fiesta; pero tiene la
desventaja de hacer que los plutócratas sean tan inválidos como ni-
ños de pecho cuando se ven obligados a ganarse la vida. Usted sabrá
que no hay nada más digno de lástima en la tierra, dentro de los ..
límites de la buena salud, que una gran dama o un gran señor que
pierden de pronto todas sus riquezas. Pero ¿ ha pensado usted \\
tIue serían igualmente dignos de lástima si se les dejara su fortu-
na en la mano para que hicieran con ella lo que pudiesen? No sa- I
bl'ían cultivar sus tierras, ni dirigir sus minas y ferrocarriles, ni
fletar sus barcos. Perecerían rendidos por lo que el Dr. Johnson
llamaba «la potencialidad de enriquecerse allende los sueños de la
avaricia". A no ser ·por los hambrientos, tendrían que decir: "No,
puedo cavar, y en cuanto a mendigar (aun cuando supiera hacer-
lo) me avergüenza." Los hambrientos podrían pasarse sin ellos Y-tI
saldrían ganando mucho; pero ellos no podrían pasarse sin lo ;
hambrientos .
BERNARD SHAW
Sin embaJ:go, la mayoría de I.os hambrientos, abandonados a
.sí mismos, se verían tan apul'ados como los plutócr'atas. Tomemos
el caso de una doncella familiar a la dama inteligente que puede
permiti rse el lujo de tenerla. Una mujer puede ser muy buena
doncella; pero usted tiene que proporcionarle la cafia Y organi-
.zársela antes de que ella pueda ponerse a trabajar . Muchas donce-
llas excelentes l'esultan cuando se casan muy malas amas de casa .
. Si les pide usted que dirijan un gran hotel en el que trabajan do-
cenas de doncellas, se pensarán que se burla usted de ellas ; lo
.mismo sería que le pidiera usted al portero del Banco de Inglate-
rra que dirigiera éste. Un albañil puede ser muy buen albañil;
pero no puede edifi car soja una casa o hacer siquiera los ladrillos
que coloca. Cualquier gañán puede tender una tabla por enci-
ma de un arroyo o poner una hilera de piedras para cruzarlo;
pero j dígale usted que construya un puente, sea el más sencillo
.que pueda ' imaginarse, o una construcción gigantesca como el
Forth Bridge! Sería como si le dijera usted a su hijito que cons-
truyera su cuna o a su cocinera que planeara y construyet'a una
. cocina económica con termosifón.
Esta incapacidad aumenta cada vez más eL medida que avanza
la civilización. En los pueblos pueden encontrarse todavía carpin-
. teros y herreros que hacen muchas cosas. Hasta pueden elegir y
,comprar sus materiales y vender después los artículos acabados.
~ P e r o en las ciudades, de las que depende ahora nuestra subsisten-
cia, se encuentran multitud de obreros y plutócratas que no pue-
• -den hacer nada ni saben cómo se hacen las cosas, y que son inep-
tos para comprar y vender, que, a no ser por el precio fijo estable-
cido en las tiendas , perecerían.
XLIV
LA CLASE M.EDIA
A
' HOR.A bien: si Jos terratenientes y capitalistas no puederu.
hacer nada, y ni siquiera decir a los demás cómo han de
hacerlo, y si los obreros nada pueden hacer hasta que se
les da lnstrucciones, ¿ cómo puede marchar el mundo? Tiene que·
haber una tercera clase, situada -e ntre la clase propietaria por un
lado y la desposeída por otro, para que arriende las tierras y al-
quile el capital y diga a los obreros lo que tienen que h a c e l ~
con ,ello, .
Así es . Puede usted ver por sí misma qLle hay una clase me-
dia que realiza toda la labor administrativa, directora y disposi-
ti va de la nación, además de desempeñar las profesiones libera-
les. Consideremos cómo surge esta clase y cómo se recluta conti-
nuamente entre las familias capitalistas.
Los capitalistas hacen algo más que poseer : se casan y tienen
hij os. Ahora bien: una renta que resulta confortable para dos
personas puede no ser suficiente cuando se agregan tres o cuatro
hijos, y no hablemos de cuando se duplica o t riplica este número.
y cuando los tres o cuatro hi jos crecen, se oasan y tienen cada uno
otros tres o cuatro hijos, lo que significaba riqueza para los abue-
los puede significar pobr eza para los nietos.
Para evitar esto, las familias propietarias pueden acordar que
sólo el hijo mayor herede los bienes, dejando a los hijos menores
que se las arreglen como puedan, y a las hijas, que se casen con
hombres de fortuna si es que pueden. Esto se llama primogenitu-
ra. Hasta 1926, constituía la ley de la tierra en Inglaterra cuando
el propietario de una hacienda moría sin dejar testamento en con-
tI'ario. Donde no existe tal ley, y todos los hij os heredan por par-
tes iguales los bienes de los padres, como ocurre entre los cam-
pesinos propietarios de Francia, la familia ti ene que someterse él:
.206
BERNARD SllAW
llevar una misma vida, o, de lo contl'ario, tiene que vender sus
propiedades, con 10 que percibe cada cual unas cuantas libras,
que no les duran mucho tiempo. Por lo tanto, casi siempre tienen
que decidir que los .hijos menores trabajen como los desposeídos
mientras el primogénito se queda con la hacienda y la cultiva.
Esto no puede hacerse cuando los bienes no consisten en t ierras,
sino en capital , en cuyo caso todos los miembros de la familia vi-
ven de los intereses que éste produce. Puede ocurrir que los pa-
D.l'es hagan testamento dejando' ·tódo el capital o la mayor parte
a un solo hijo; pero no es ésta la regla, y tarde o temprano la for-
tuna se divide entre los hi jos y los parientes, hasta que llega un
momento en que los herederos no pueden vivir de la parte que
les corresponde.
Mas tenga usted en cuenta que los hijos menores que se ven
obligados a ganarse .la vida tienen los gustos, las costumbres, el
lenguaje, las apariencias y la educación de Jos hombres ricos. Es-
tán bien relacionados , como s uele decirse. Sus conocidos pueden
ser nobles. Algunos de ellos han estudiado en Eton y Harrow y
se han graduado en Oxfol'd y Cambridge. Otros tienen conocidos
menos distinguidos. Sus padres o abuelos pueden haber hecho su
-fortuna en los negocios, y ·ellos pueden haber estudiado en los
institutos de la urbe, en vez de en Eton, y en alguna de las nue-
vas universidades democráticas, o acaso en ninguna. Su conocido
más importante puede ser un alcalde o un concejal; pero han
-recibido educación secundaria además de la elemental , y tienen
los modales, las apariencias, las costumbres y el lenguaje de la
·clase capitalista, por lo que son tratados con consideración.
Todas estas personas desposeídas que tienen los modales y la
-cultura de las propietarias tienen que buscarse la vida. Ingresan
como oficiales en la marina o en .el ejército o en los grados supe-
riores del servicio civil. Se hacen eclesiásticos, médicos, abogados,
escritores, actores, pintores, escultores, arquitectos, maestros de
escuela, catedráticos, astrónomos, etc., formando lo que llamamos
la gente de carrera. Son tratadas socialmente con especial consi-
deración; peY'O ven que algunos hombres de negocios, inferiores
a ellos en conocimientos, talento, carácter y patriotismo, ganan
mucho más dinero. Las formas superiores del t rabajo intelectual
suelen ser tan poco remuneradas que es imposible vivir de ellas
practicándolas comercialmente. Spinoza vivía puliendo lentes, y
Rousseau, copiando música. Einstein vive de la cátedra. Newton
vivía, no de descubrir la gravitación y medir las fluxiones, sino
como director del 'l'esoro, cargo que podían representar lo mismo
,otros muchos hombres. Aun cuando una profesión liberal sea 1'e-
GUÍA DEL SOCl ALISMO y EL CAPITALlSi'd O 2íJ'T
lativamente lucrativa y popular , las ganan 'ías se hallan restrin-
gidas por el hecho de que todo el trabajo tiene que ejecutarlo el
individuo con sus propias manos, pues un cirujano no puede em-
plear a mil subordinados para poder atenQ. er a un millón de pa-
oientes, como sirve un rey del jabón a un millón de clientes, ni
presidente de la Real Academia de Pintura puede encargar a su
secretario un retrato de dos mil guineas. En las profesiones libe-
rales, los' años de éxito suelen ir precedidos de una larga llfcha
con medios exiguos. Yo mismo paso por ser un caso conspicuo del
éxIto en la rama más lucrativa de la profesión literaria; pero
hasta los treinta años no empecé a ganarme la vida con mi pluma.
A los treinta y ocho me consideraba rico con seis o siete libras
emanales, y aun ahora, que tengo setenta y he obtenido de mi
todo lo que comercialmente se puede obtener, veo todos
los días en los periódicos, bajo el epígrafe "Testamentos y lega-
dos)), que la viuda ele algún afortunado negociante, totalmente
ignorado de la fama, ha fallecido, dejando una fortuna que re-
duce mis ganancias a la insignificancia.
La consecuencia de esto es que los hombres de carrera y los
funcionarios civiles, cuando no son snobs incurables chapados a
la antigua, que consideran el comercio como inferior a la digni-
dad de su linaje, si sus hijos no sienten una vocación irresistible
por alguna carrera, les aconsejan que se dediquen a los negocios .
hombre de negocios puede que no tenga tantas probabilidades
I de que le erijan una estatua pública, a no ser que la pague y se
la ofrezca a su ciudad natal en unión de un espacioso parque pú-
blico, y sus ocupaciones acaso sean áridas, no obstante lo atra-
yentes que p ueda.n hacerlas la perspectiva de embolsarse dinero
in cesar. Pero puede obtener beneficios, no sólo de su propio tra-
bajo, como el cirujano o el pintor, sino que también del trabaj o
de otros miles de gentes. y su trabajo no es forzosamente árido:
el negocio moderno tiende a ser cada vez más interesante e im-
portante y hasta más científico que la genera.lidad de las activida-
des liberales. Sus actividades son mucho más variadas, y de he-
cho, cuando los magnates comerciales modernos dirigen una do-
.cena de negocios diferentes, llegan a hallarse mejor informados
y más desarrollados mentalmente que la generalidad de los hom-
bres de carrera. y lo que es más, están aprendiendo a apoderarse
·de los intelectuales y los funcionarios civiles más capacitados para
asociarlos a ellos, no como directores, sino como pensadores, di-
plomáticos y sabios comerciales. Sólo en los países poco desarro- .
Hados industrialmente los hombres de carrera constituyen una
.aristoel'aci.a de la instrucción y la inteligencia. En los centros
I3EH;\fMl.O S IIAW
eumpeos, la sociedad wmel'ciaJ es hoy una reserva de cultura meí,g.
efectiva que la clase intelectual. Cuando el hombre de cal'fel'a o
el funcionario público le dice a su hijo que un empleo del Estado
es un callejón sin salida, o que la Vida de médico es una vida de
perro, comparando ambas cosas con las ilimitadas perspectivas
y el infinito campo que hay en los negocios para la iniciativa per-
sonal, le recomiendan al joven que supere la posición de su padre
en vez de descender en la escala social .
¿ y en qué consisten en resumen los negocios? Pues en alqui- \
hu' tierras 11 los terratenientes y dinero a los capitalistas y en em-
plear a 10s necesitados en sacarles día a día el dinero suficiente·
para pagar sus salarios y producir al mismo tiempo un beneficio.
DE> este modo p ueden hacet'se fortunas fabu losas cuando se tiene I
capacidad y decisión y -el ansia pecuniaria y la tenacidad que exi-
gen los negocios. 'l' odavía más pasmosos son los beneficios que a
veces se obti enen accidentalmente cuando el hombre de negocios
ti ene la suerte de dar con algo nuevo que al público le (rusta.
i Cuántos millones se ganan vendiendo medicamentos que perjudi-
can a la salud en vez de mejorarla, y restauradores del cabello
que dejan al comprador tan calvo como antes! Una y otra ve;¡; se
anuncian artículos que nadie necesi ta y placeres ficticios que sólo
proporcionan fatiga y aburrimiento, a precios extravagantes, has-
ta que la gente acaba por convencerse de que no puede pasarse sin
ellos.
Pero el campo principal de los negocios lo ocupan actividades
útiles y honradas, desde la industria alimenticia, la construcción
de casas y la fabricación de vestidos o de azadones y máquinas_
de coser, hasta la instalación de cables por todo el mundo y la
construcción de barcos y aeroplanos gigantescos. para convertir el
océano y el aire en un camino real. . I ~ l planeamiento, dirección y
ejecución de todo esto da ocupación a hombres enérgicos y capa-
citados que no tienen bienes de fortuna, aunque sí la educación y
el trato social de la clase acomodada. Los hombres instruídos que
ni son capaces ni enérgicos y no tienen carrera encuentran ocupa-
ción como agentes o escribientes que desempeñan la parte ruti-
naria de los negocios que los hombres capaces han establ ecido y
dirigen. y las mujeres de su clase se ven obligadas para vivir a
casarse con ellos.
De este modo se forma, entre la clase rica y la masa hambrien-
ta, una clase media que actúa como una -especie de Providencia
pura las dos. Esta clase media cultiva las tierras y emplea el capi-
tal de los propietarios pagándoles la renta de aquéllas y el interéu
de éste sin pedirles siquiera que levanten el dedo y dando a 108 ,
GUíA DEL OOJALJ MO y EL CAPITALI SMO
1 am tientos salarios para que 'vi an in pedirles que pienséíl,iJe,-
ci dan, sepan o hagan nada, salvo la pequeflísima ' pal'te de In
labor que tienen en sus manos. Los hambrientos no tienen 'que
compFar el material, ni vender el producto, ni organizar 'el sel'vi-
'cio, ni buscar al cliente. S le dice como a los niños laque tiene:n
que hacer, ' y mientras lo haceH se les alimenta, se les viste y se
les da ,alojamiento, no siempre quizás en buenas condiciónes ';
pel'O, en el peor de los casos, se les sostiene durante el tiemplj)
suficiente para que produzcan otra generación de hambrientos que
les reemplacen cuando ellos se agoten. i , ' "
Siempre hay algunos c ,so en que esta labor di'rectorial 'eS
realizada, no por descendientes de famil ias ricas, sino p@1'
bres y mujeres salidos de entl'e los más hambrientos. Estos son
los genios que conocen la mayoría de las cosas que los demás
ignoran y que se educan por sí mismos en la medida en qúe
J'8cesitan educación. Pero su número es tan reducido, que no 'huy
por ué tenerlos en cuenta. En las grandes cuestiones sociales ' se
consideran las facultades del ciudadano medio, es decil', las fa-
cultades que puede poseer cualquiera, a excepción de los
ices y los inválidos, y no las que puedan poseer un hombre o 'uila
nujer por cada diez mil. A pesar de los diversos casos en que
personas nacidas en la pobreza y la ignorancia se han elevado
Lasta construír grandes fortunas o hacerse famosos como filósofos,
inventores, escritores y hasta gobernantes, para no habl ar ct'e los
santos y los mártires, podemos dar por sentado que los negocios
J las profesiones liberales les están vedados a los que no saben leer
y escribir, viajar y llevar cuentas, además de vestirse, habla.r,
comportarse y manejar y gastar el dinero de modo más o' menos
parecido o como lo hace la clase privilegiada. ' '
Esto es otro modo de decir que hasta hace unos cincuenta años
a la masa asalariada le estaban vedadas las carreras y los negocios
de modo tan absoluto como si hubiera una ley que les prohibienl,
bajo pena de muerte, intentar el acceso a ellos, Recuerdo 'que de
l uchacho me maravillaba de un hombre que estaba al servicio
de mi padre como molinero. Este hombre no sabía leer ní escribir
ni hacer números; pero poseía tal facultad natural para el cálcu-
:0, que resolvía instantáneament todos los problemas aritméticós
que se le presentaban en el' curso de su trabajo. Por ejemplo, si
se trataba de averiguar cuánto valían tantos sacos de harina a
tanto el saco, inmediatament pronunciaba la cifra exacia sin te-
ner que pensarlo, cosa que no podían hacer ni mi padre ni sus
escribientes. Pero corno no conoCÍa el alfabeto y no sabia coger ·la
pluma, y como no tenía Jos modales, las costumbres; , el lenguaje
14
BERNARD , 'HAW
y el modo de vestir , sin los cuales no podía ser admitido a la com-
pañía de comerciantes e industriales, o de abog·ados, médicos y
vivió y murió como un pobre operario, sin tener la
más mínima probabilidad de elevarse a la clase media ni la má.:i
ligera pretensión de equipararse socialmente a mi padre, Y mi
padre, por su parte, aunque no era rico y t rabajaba como funcio-
nario civil de la clase media, y posteriormente como comerciante,
se .sentía nada orgulloso de pertenecer a dicha clase; por el
yQutrario, le molestaba verse clasificado en ella, ateniéndose a la
conexión que le unía con la clase privi legiada como hijo menor
dfl otros hij os menores, por lo cual, aunque desgraciadamente su
veía reducido a ganal:se el pan con no mucha fortuna, se conside-
raba hidalgo e hijo de buena familia,
Pero es to ocurría hace sesenta años. Desde entonces hemos es-
tablecido el comunismo en la educación. Si el molinero de mi
padre fuera ahora un niño, iría a la escuela nueve años, quisieran
o no sus padres, a expensas de toda la comunidad, y sus dotes
matemáticas le permitirían obtener una beca que le llevaría a una
escuela secundaria, en donde obtendría otra que le llevaría a la
universidad y le capacitaría pára una carrera. En el peor de los
casos, huLiera llegado a contable, aun cuando sólo fuera como
tenedor de libros o escribiente. En todo caso podría trabajar en la
clase media e ingresaría en esta clase.
Ahora bien: el sentido social de lo expuesto es que la clase
media, que antes era del dominio exclusivo de los hijos menores
de los ricos y de sus descendientes por lo que a sus posiciones
más deseables se refería, ahora se forma también con miembros \
la clase obrera. Estos últimos, libres de afectaciones señoriales,
no sólo están mejor instruídos que los muchachos que acud-en a
las escuelas míseras de la clase media, sino que están mejor pre- I
parados para afrontar las realidades de la vida. Asimismo, las an-
tiguas diferencias externas son mucho menores que antes, en par-
te. porque la clase obrera está aprendiendo los modales de la clase
media, pero mucho más porque aquélla está introduciendo en
ésta sus modales y su lenguaje. Un hombre corno mi padre, medio
comerciante, pero avergonzado de serlo e incapaz de acostumbrar-
se a ello, y medio hidalgo, sin fortuna ninguna para sosten81' sus
pretensiones, si hoy fuera un muchacho sería derrotado en la lu-
cha por la tierra, por el y por un empleo del Estado por
los hijos de hombres cuyos abuelos no habrían pensado nunca en
aspirar a sentarse en su presencia. Los inútiles hidalgos pobres,
los inservibles e indecentes funcionarios civiles que describió
Dickens, tienen que contentarse ahora con el desecho de los em-
GUÍA DEL SOCIALI SMO 1 EL CAPITALISMO
2H
• I
pleos mesoci'áticos . Siempre están descontentos, amargados, sin
dinero, luchando con una falsa posición, pidiendo préstamos a
sus parientes (lo ( ue eqlli vale en realidad a mendigar), y son inca-
paces de comprender o se oponen a admi tir que han salido de la
clase privilegiada para pasar, no a una posición intermedia, en
la que tienen el monol olio de todas las ocupaciones y los empleos
que exigen cierta instr ucción o modales, sino a formar parte de
las filas de los hambrientos, sin el endurecimiento que les per-
mite a éstos soportar la vida.
¿ y r,especto a las hijas? La mi sión de éstas es casarse, y re-
'cuerdo la época en que no les quedaba otra perspectiva. Cuando
no lograban encontrar marido y no se les había dejado ningún
legado especial, se convertían en institutrices, maestras o señora
de compañía o en mendigas distinguidas ba10 la denominación de
parientes po1:)res. e les había enseñado cuidadosamente a Cl'eer
q ue era impropio de una señorita trabajar y mucho más impropio
proponer el matrimonio a los hombres. Les estaban cerradas las
'Carreras, las universidades y las oficinas; su pobreza les alejaba
de la sociedad privilegiada. Sus pretensiones señoril es les aleja-
ban de la sociedad laboriosa y les impedían casarse con los obre-
:ros. La vida se les hacía imposible.
Hoy día, las mujeres tienen abiertas muchas carreras. Ya te-
nemos doctoras en Derecho y Medicina. Cierto es que les está
cerrada ' la Iglesia, para gran detrimento de ésta, pues fácil 1
sería encontrar mujeres escogidas, elocuentes y capaces para subs-
titUÍT al desecho masculino que con harta frecuencia tiene que
retirar; pero las mujeres pueden pasarse sin las carreras eclesiás-
ticas una vez que les están abiertos los empl eos seglares y civiles.
El que no puedan ejercer el servicio milit ar es socialmente, toda
vez que la vida de las mujeres es demasiado valiosa para' que la
arriesguen en el campo de batalla además de arriesgarla en e
parto. Si por cada cien hombres jóvenes murieran noventa, po-
dr íamos restablecernos de la pérdida; pero si por cada cien mu-
jeres muri'eran noventa, la nación tocaría a su fin. Por eso la gue-
r ra moderna, que no se limita a los campos de batalla, y arroj a
f uertes explosivos y gases asfixiantes sobre la población civil, sin
distinción de sexos, mientras está tranquilamente en sus casas, es
mucho más peligrosa que nunca.
Por otra parte, las mujeres se instruyen ahora lo mismo que
los hombres: van a las universidades y los institutos técnicos si
pueden permitírselo, y como el servicio doméstico es ahora una
materia educati va que dispone de colegios especiales, la mujer
puede preparars lo mismo para directora dp un hotel que para
212
DERNAR SH. W
Ja prácti ca de las leyes o la medi cina o para contable o escribano.
suma, hoy día nada le obstnlye a la muj r el camino de lós r
negocios o las pl'Ofesiones liberales , salvo el prejuicio, la sup rsti-
ción, las ideas anticuadas de los padres, la timidez, el snobis 10,
la ignorancia del mundo contempol'áneo y todas las demás imb - !
c.i1idades, para las que no hay otro remedio que las ideas mod r-
nas y la fuerza de cal'áctel', PO!' 10 tanto, es inútil afrontar boy el
mupdo con las ideas de hace cien afi as , cuando era prácticam n!
te il egal que una gran dama que no fuera un O'enio viviera de u
propio esfuerzo, pues si tenía un comercio o incluso vi sitaba a una
muj er queto tuviera ya no .era una gran dama, é mejor que us-
ted ,(porque probablemente soy mucho más viejo) que la tradición
de aquellos malos tiempos estropea aún la vida de muchísima's se-
ñori'tas; pero, a pesar de todo, cada año aumentan más sus acti-
ridades en los negocios y n las profesiones liberales, y hasta en
exploraciones y aventuras profesionales peliO'rosas, aunque ten-
gan que contar con una cámara cinematográfica .
. Este incremento de sus actividades es apresurado por las pm-
porciones gigantescas de la producción capitalista, que, como ya
hemos visto, reduce el antiguo trabajo dom 'stico de cocer pan
y hacer cerveza, de hilar y tejer, primero, a la molestia de com-
prar las cosas en diferentes tiendas, y despu 's, a la de telefonar
Jos pedidos diarios a un gran almacén enciclopédico. Tambi én
hemos visto cómo esto conduce prematuramente a la resb'i cción
de la natalidad , que ha reducido notablemente el número de hi-
jos de la cl ase media. Muchas -mujeres de la clase medi a q ne
antes podían decÍl' con tazón que el trabajo doméstico de la mu-
jer no acababa nunca, ahora trabajan muy poco, a pesar de 10
difícil que es encontrar cl'jadas. Es muy concebi ble que las mu-
jeres arrebaten a los hombres muchas de sus ocupaci ones meso-
cráticas, lo mismo que les han quitado ya muchos empleos mer-
cantiles. Ya vamos perdiendo la costumbre de considerar los ne-
gocios y las profesiones liberales como ocupaciones exclusivamen-
1.e varoni les,
No obstante, los hombres se encuentran en gran mayoría en
stas actividades, y así. han de continuar mientras dure la orga-
nización actual de la familia, porque el parto y la cría de los
es un monopolio natural de la mujer. Corno t.al, siendo como es
la función más vital del género humano, proporciona a las mu-
jeres una fuerza y una importancia que no pueden alcanzar en
',. tra profesión y ql<e el hombre no puede lograr en ninguna. En
(o que tiene de fsclavi tud esta funci ón, es una esclavitud a la na- .
hmileza y no al hom re. En reali ad, es l medio utilizan ,
l<UlA DEL SOCJ,\Ll.:>MO y EL '.\?U';I.U ' :\-iO 213
las mujeres para ese avizar él. los hombres, creando así un pro-
biema mascuiino, que se llama, muy inadecuadamente, .el pro-
blema femenino .. La mujer , como esposa y madre, queda al
margen de lo que en este capítulo estamos examinando, que es la
cl'fación de una mesocracia mercantil e intelectual -con miembl'os
·de la clase p1'ivilegiada. Este es un fenómeno neutw, porque cuan-
do las hij as solteras, 10 mismo que los hij os menores, se hacen
médicos, abogados , ministros de las iglesias libres, administrado-
r ·s, contables, comerciante y oficinistas, abandonan virtualmen-
te su sexo igual que los hombres. En los nego íos y en las pro fe- \
siones liberales no hay hombres ni mujeres: económicamente
t odos son neut ros en la medida en que esto es humanamente· po·
,sibIe. La única desveiítaJa en que se encuentra la muj er en ~ U
rivalidad con el hombre consiste en que el hombre tiene que triun-
far en sus negocios o fracasar por completo en la vida, mientras
,que a la muj er le queda siempre el recurso del matrimonio. Una
mujer que considera su trabajo comercial cOrP...o un apoyo transi-
torio hasta que pu da encontrar un marido de su gusto nunca
dominará. su trabü,j como tiene qu dominarlo el h.ombre.
A
XLV
LA DECADENCIA DEL INDUSTRIAL
primera vista podría parecel' que los industriales debeH
constituí" la clase más poderosa de la comunidad porque
las otras no pueden hacer nada sin ellos. Así ocurría hace
cien años. El hombre que dominaba entonces no era el
ta, ni el terrateniente, ni el obrero, sino el industrial que explo-
taba la tierra, el capital y el trabajo. Estos industriales empez8-
ban como simples empleados, pues en aquellos días los negecios
se desal'l'ollaban en tan pequeña escala que cualquier emplead 11)
de la clase media que hubiera aprendido la rutina de la industria
como escribiente o aprendiz en casa de su padre o en algún
otl'O sitio, y que lograra reunir unos cuantos cientos de libras,
podía asociarse con otro empleado aholTativn y emprender cuni-
quier negocio como jefe.
Pero a medida que el capital se acumulaba en mayor cantidad
y que las empresas se ampliaban en consecuencia, los negocie:,
se fueron haciendo en mayor escala cada vez, hasta que las peque-
ñas industrias anticuadas vieron que perdían sus clientes, atraí-
dos por grandes empresas y sociedades anónimas, que con sus
grandes capitales y su maquinaria costosa podían, no sólo ven-
der más barato que ellas, sino que también obtener más benefi-
cios. Las mujeres pueden observar esto en sus compras. Antes
acostumbraban a comprar sus pal'aguasen una paragüería; su
calzado, en una zapatería; sus libros, en una librería, y si almor-
¿aban fuera 10 hacían en un 1'estaurant. Hoy día lo compran
en el mismo establecimiento, e incluso almuerzan en él. Los enor-
mes bazares de la capital y los grandes almacenes de las ciuda-
des pl'ovincianas van l'esultando los únicos establecimientos ell
que se puede compl'al' de todo, porque están acabando con los cc-
mel'cios individuales y arruinando a los comerciantes que . lQS
216
ti.enen. .omercia nLéS il. ;,/,u;ua . O.:l dar:;¿ l .. h: l' cOdenL,)<,
si -encuentran empleo como dep<, ndienLe en los grandes bazar'es,
es que no son demasiado viejos para, est cambio.
A veces el cambio no es percep ibIe. Cierto g'énero de com8l'cio
tiene que verificarse en pequeños s blecimier tos, di3eminados poe
wdas partes . Tal es el caso de las aceiterías, las abet las y lo, ;
estancos, Estos establecimien os parecen pequeños negocios sepa·
radas ; pero no 10 son. Las son establ cimientos coliga
dos por docenas , que pertenecen á'los cel'ver,eros. Un centenar d"
aceiterías o estancos puede pel'teneoer a una sola compañía llamr·
da l ntSl, Del mismo .modo que lo pequeños. negocios dirigidos po'
un par de socios que habían empezado con un capital exiguo, t u ·
v.iet'on que ceder el paso a compañías con tituídas con grand€;,
capitales, así también e 'tas compañías se ven ahora obligadas e'
c@lígnrse en t l'usl s cuyos c'apitales se elevan el millon'e-- : ..
l!:stos cambios implican otro, que políticamente es muy im·
pGrt'ante. Cuando los industriales individuales ' teüían vía libr
.Y sus negocios por ·separ ado e independi ntementf:. ,
trabajaban con pequeños capitales y no les era difícil conseguí ,'-
l(;s. Los banqueros les metían el dinero en la garganta. AquéHc ¡
'eílmn los días de los arrogantes lores algodoneros y los príncipe .
oomerciantes. El hombre fIue sabía dirigir un negocio cogía lo qu\!
<!uedaba en el cajón después de pat;ar la renta al casero y el inte-
l'és al capitalista (que a veces era él mismo) y los salatios a los
Gbrel'os . Si era un hombre capacitado, lo que le quedaba de b ne-
licio le bastaba para enriquecerse lo suficiente para ser elegido
diputado si se cuidaba de ello. A veces le permit ía comprar u
titulo <'l e nobleza. Como tanto el capital como el trabajo no podían
pasarse sin él , era, como ha dicho un economista amel'icano, el
am\) de la situación.
Cuando las sociedades anónimas, que al principib sólo pare- \
cían propí s para empresas de banca y seguros, se dedicaroÍl a
todos tos negocios, la situación de los ind ustriales individuales
empezó a cambiar . En una sociedad anónima se tiene, en vez de ,
uno o dos capitalistas, centen'ares de ellos, llamadoS accionistas, '
cada uno de los cuales aporta el capital que puede, Estas socieda- .
. d·es empezaron a formarse. con acciones de cien libras y ahor a la.s
hay' con acciones de diez y hasta de una libra , de suer te que hoy
di tt un solo negocio puede pertenecer 11 un ejército de propietarios
capitalistas; muchos el e los cuales on más pobres que los qu pu-
dteI'OIl adquirir pr pi edades en los t iempos anteriores a la crea-
ción de sta sociedades . Esto produjo ( OS r esultados. Uno fué
que lma nmj er que dispusiera € n billete de cinco lihras pocHa
,tlarsdo a .;a3t·, r a ld cúmpaflía y adquirir con eílo de techo a, pon-
,gamos pm' caso, cinco ch",lmes anuales de las ganancias de es
,compañia mientras ésta dmase , De este modo el capitalismo S,3
fortaleció mediante la esten Ión ele ia prop' edad de la i
por personas ricas con grandes sumas de capital, a su posesión
por personas pobres de escaso dinero. Pero los industriales indi-
viduales resultaron debilitados y acabaron por perder su supre-
macía y convertirse en empleados. .
Acaeció como sigue. El sistema de la sociedad anónima hizo
posible la l'eunión de capitales mucho mayores para comenzar ios
negocios que los que podían emplear las ahhguas empresas indi-
viduales . Era cosa sabida que el industrial cuya maquinaria ' y
,utillaje valía mil libras, podía ser vencido en 1 mercado por
cuya fábrica valía vein'te mil. Sin embargo, los indus-
t riales podían conseguir con relativa facilidad que alguien le1
pres bra vei nte mil libra si le hacían creer que sabría manejarla,
proY6chosamenie. Pero cuando entraron en liza las ociedade .\
anónimas, eqllÍpac1as con cientos de miles de libras , y estas com-
pañías empezaron a coligar e en trusts equi pados con millones; IOl
industr iales indi,-iduales quedaron eliminados : no p dían I:eUTIl.'
tales umas entre sus amistades; ningún banco les permitiría ope-
rar' en tan o'igantesca escala. Para conseguir más capital tuviero!t
que convertir LIS mpl'esas en ociedades anÓnimils.
Esto parece muy sencillo; pero para los industriales no lo fué.
'supongo que usted no compraría ceiones de una nueva compa-
ñía, a no ser que en el anuncio de su constitución viera usted.
los nombres de media docena de personas a las que creyera acau-
daladas, digna de confianza, acreditadas en los negocios y d po-
sición social solvente , Si alguna vez lo hace tendrá usted que la-
mentarlo, y acaso en un asilo, Ahora bien, en el arte d
a la gente con nombres acreditados, la mayoría de los industria-
les prácticos son iI)cul'ablernente inexpertos. Por lo tanto, cuand0.
quieren reunir un capital sobre la escala moderna, tienen que re-
.currir a individuos que por haber hecho de ello una profw'ión es-
pecial, saben adónde !y' y cómo proceder . Estos hombres se llama\l
promotores, aunque ellos suelen llamarse financieros . Como 83
natural cobran una elevadísima comisión por sus servicios, y. los
peritos y agentes, cuya reputación inspira confianza, también fijan
. un alto precio a sus nombres. Todos ellos ven que pueden ganar
tanto reuniendo grandes capitales, que no vale la pena
.en buscarlos pequeños, y el resultado singular de esto es que un
industrial encuentra má fácil reunir grandes sumas que peque ..
,Gas canti ad s. i sólo nece it veinte mil libr as, los promotores
218
13 EHNARD :-: ILWl
y financieJ' os le s -flalarán la puerta ,L defíosam8nl8 : los ben efi-
cios que habían de sacarle a tan p L}lleila suma les parecen i nsig:...
nifi cantcs. Empero, si desea cien mil libms, le escucharán aJta-
neramente y acaso se las propor cionen. Sólo qu aunque t iene
que pagar el interés de las cien mil libras y quedat adeudando-
esta cantidad , puede darse por cont nto si percibe setenta mil en
efectivo. Los promotores y los financieros se reparten las t r einta
mi l libras r estantes por sus nombres y las molestias que se han to-
mado para r euni r el dinero. Los indusll'iales se hallan indefensos
(-mtre sus manos : es cuestión de tomarlo o dejarlo, y si no acep-
tan las condiciones no consiguen capital. De este modo los fi nan-
é ieros y sus inter mec1ial'ios son ahora los amos de la situación, y 103-
hombres Iue dirigen y adminiskm realment e la industria de la..
nación, que hubiel'an sido grandes magnates comerciales en la
época de la r eina Victoria, se hallan ahora a merced de hombres
que nunca han empleado a un obrero industrial ni han entrado
en toda su vida en lllla minl1 o una fábrica, ni piensan hacerlo
nunca.
y no es esto todo. Cuando un industrial conviel'te su negocio
en sociedad anónima se convierte en un empleado. Puede ser el
eJnpleado principal que da órdenes i:l todos los demás, contl'atán-
dcdos y despidiéndolos según su parecer; pero al fin y al cabo es,
un empleado y puede ser destiLuído p,n' los accionistas y Pllbsti-
tuído por otro director, si estos creell que cobra demasiado por
sus servicios. Contra esta posibilidad suele protegerse empezando
po,' vender su establecimiento a la compañía por un número de
aceiones suficientes pala tener siemprl! la mayoría en las sesiones
de accionist as (cada acción supone un 'oto) , y en todo caso su po-
sición como negociante establecido que ha hecho prosperar el
neo'ocio o cuando menos ha persuadid,) d ello a Jos accionistas, es
bRstante sóli da : Pero el industrial no es eterno, y cuando muere
o se r etira hay qu buscar un nueyo director . Este sucesor uyo
no es su heredero, sino un extnlño qUe entré!. en la compañía como
empleado amovible y que la dit'ige por un sueldo y acaso por una
participación en los beneficios.
Ahora bien, un director gerente capacitado pu de percibir un
Jevado sueldo y tener bastante fuerza, porque se le considera in-
dispensable hasta que se ao·ota. Pero nunca puede ser t an indi s-
. ensable como los antiguos industriales que inventaban sus pro-
pios métodos y guardaban celosament.e 11S «secretos industrinlesll .
Los métodos se reducían necesariamente a una rutina comercial.
que podía ser copi ada, aunque pul' poca penetración, por los em-
pl eados en ell a . El único E creta industria.l ve 'dadernmentc im-
GUÍA DEL SOCJALl SMO y EL CAPlT:\LlS!'vJO 2t!l
ort,ante era la nueva maquinaria, que no er a ningún secreto, pues
todos los grandes inventos mecánicos pronto son socializados por'
ia ley ; es decir, que en vez de consentir que una máquina la con-
"ideto eternamente como propiedad privada y haga pagar clere-
"has a todos los industriales que la empleen, se le permite mono-
Dolizarla de este modo bajo una patente que sólo dura catorce'
(l ñus, pasad os los cuales está a la disposición de todo el mundo,
Ya puede usted imaginarse el resultado inevitable de lo expues-
;0, Puede bacer falta un genio par a inventar, pongamos por caso,
<mil llJ áquina de vapor; pero una vez inventada bastará un par d e
breros corrientes para hacerla funcionar, y cuando se ha estro-
peado, cualquier empr esa industrial puede substituírla: copián-'
dola, Asimi smo, aunque puede haber mucho t alento, iniciativa;, I
¡' nel' gí a y concentración para sacar a flote un negocio nuevo, una.
: ez que está en mar cha y que ya se ha establecido la r utina del
: taba,io, puede ser dirigido por personas corrientes que hayan
'!.prendido esta rutina y cuya norma sea : "Cuando dudes cómo" \
¡lllCer una cosa, mira cómo fué hecha la última vez y vuelve a
ilacerla lo mismo, » De este modo, un hombre muy inteligente
IlUede levantar un gran negocio y encargárselo al. morir a un hij o' \
' lue no t enga nada de excepcional , el cual puede dirigi rlo muy
¡)ien sin comprender lo nunca realmente tal como su padre lo hizo .
.) bien el padre puede dejárselo a s u ~ h i j a en la seguridad de que'
si ella no puede o no quiere dirigil'lo por sí misma, le será fácil
contratar personas que puedan y quieran hacerlo por un sueldo
.Y un porcentaje, La famosa fábrica Krupp, de Alemania, pertene-
;: 8 a una mu jer.
No llegaré al extremo de decir que la capacidad directorial ha
l,erdido todo su valor , aunque en los pequeños negocios que son
liirigidos todavía según el antiguo sistema en la clase media más
pobre, el patrono paga a veces a sus empleados expertos más de lo
'lue gana él mismo, Pero el monopolio de la técnica ercantil,
que dió la supremacía al industrial--capitalista en el siglo XI X, ha
desaparecido para siempre, Los industriales de hoy no son ni ca-
pitalistas ni monopolizadores de la capacidad directoriaL El poder
;)olítico y social que gozaron sus predecesores ha pasado a los'
financieros y los banqueros, que monopolizan el arte de reunir a:
millones el dinero sobrante,' Este monopolio será destruído a su
vez por la socializaci ón de la banca, cosa a la que no tardaremos
en llegar.
Mientl'as tanto, r euniendo mentalmente todos estos fenóme-
nos, puede usted considerar con conocimiento de causa el caso'
de la clase media. Ahora sabe usted cómo b 'otó de la clase acau-
:220
BEHNARD HAW ·
. .dalada, fOl'má dose; CUd LOS hijos desposeí os, y cómo se sostuvo
practicando las profesion .s li berales y dirigiendo lo negocios de
la olase rica, Sabe usted cómo se elevó al poder supremo y a la
,opulencia cuando el desarrollo de la maquinari a moderna o reVQ-
lución industrial acrecentó y complicó los negocios de tal forma
.que ni la clase acaudalada ni la clase otrera podían comprender-
los y los hombres de la clase media que los comprendían, esto es,
los patronos industriale , se hicieron dueño' de la ituación. Sall'Cl
usted ,cómo una vez que las primeras generaciones de estos indus-
triales hubieron descubi€rto el modo de realizar este trabaj o y es -
tablecido para ello una rutina que cualquier hombre instruído
podía aprender y practicar, y lo único que faltaba era encontra'
cada vez más capital porque las empresas eran cada vez muyores,
la supremacía pasó de los industriales a lo financieros, qu la re-
tienen al pl'e ente. También sabe usted que eSL último camb'd
ha sido acompañ do de una modificación del estado del indus -
trial, quien en vez de alquile r la tierra y el capital a la clase rieu
mediante el pago fijo establecido de la renta y el interés, y qqe -
darse con el sobrante como beneficio, ahora es un simple emple;¡,-
do de compañías y trusts cuyos accionistas se embolsan lo qu
queda después de haber pagado intereses y sueldos (entre los cua-
les va incluído el suyo) . Sabe usted que para desempeñar est s
puestos tiene que contar con la competencia, no sólo de otros
hombres de la clase media, sino de inteligentes hi jos de la clase
obrera elevados a la clase media gracias a la ins trucción propM-
,cionada a expensas del público por nue tro sistema de becas, que
sirven como escaieras para pasar de la escuela primaria a la uni-
versidad o el instituto politécnico_ Puede usted ver que esto 11:)
-sólo es aplicable a los patronos industriales, sino que también a sus
.oficinistas. La profesión de éstos era antiguamente un monopolio
de los hij os menos activos de la clase media. Ahora que todo el
ml,mdo tiene que ir a la escuela, ha desaparecido el monopolio d
la lectura, la escritma y la aritmética por la clase media, y los
_obreros manuales expertos están mejor pagados que los oficinis-
tas, porque escasean más ,
La fase intermedia de la vida no ya las alabanzas q
la dirigía. Daniel Defoe en Robinsl)n Crusoe, pues aqu llos que n ,
. poseen ,.talento lucrativo de ninguna especi constituyen hoy l3.
,clase menos ,1 gible de la comunid d,
XLVI
EL P OLETARlADO
Y
A nos hen¡.os desp e dido de la clase media. Volvámon -
. a la clase baj a, la clase hambri.enta, la clase traba-o
. Jadora, la masa, la plebe o como qUIera usted llamarl a.
La cultura clásica ha inventado un nombre genérico para todas'
las personas, cualesquiera que sean su nación, su col or, su secta
o sus pretensiones sociales, que pOI' no tener tierras ni capital, es-
to es, propiedades, tienen que alquilarse para poder vivir . Este
término es el de proletarios, o en senti do colectivo 1 pl'oletariado.
Carlos Marx, que nació en Alemania renana en 181 y murió en
J883, después de pasar los últi mos t r,einta y cuatro años de su vi da
en Inglaterra hacien90 un estudio especial del desarrollo del C<1-
pitalismo en nuestro país, fué y es todavía el más famoso paladín
del proletariado como pal'te realmente orgánica de la sociedad ci-
vilizada y a la que han de sucumbir finalmente todos los viejos
sistemas de gobierno y las clases privilegiadas . Cuándo Marx
lanzó su famosa consigna: « j Prol etarios de todos los países,
uníos! )), quería decir que todos los que viven de la venta o el al-
quiler de su trabajo deben unirse para acabar con la propiedad
privada d la tierra y el capital, y para qUe cada cual haga una
parte del trabaj o del mundo y comparta el producto sin pagar pri-
vi legios a ningún
En aquella época la dificultad estribaba n que los patronos,
sin los cuales no podía hacer nada el proletariado, el'an, como ya
hemos visto, fuertes, ri cos, independientes y domi nadores. No'
sólo poseían una buena parte del capital y la ti,erra, sino que as-
piraban a convertirse n hacendados ilustr s cuando se retiraran.
Hasta que empezaron a convertirse en asalariados o cl ase pral "
taria 11 empezaron a hacer caso a su vez de Carlos Marx. A partir'
'222
BEB.NARD SH.\W
de entonces f u'eran perdiondo su intel'és personal por Ja propiedad
privada con sus rentas y dividendos, y empezaron 3. interesarse
únicamente por el precio que podía sacarse a los terratenientes y
,capitalistas por servicos actiYos, es decir, por trabajos manuale'
e intelectuales. En jugar de querer dar a los obreros 10 menos
.posible y sacar de ellos cuanto se pudi18ra, querían dar a la pI' -
piedad lo menos posible JI obtener el máximo por' la clase de
trabaj o que ellos realizaban. Llegaron a descubrir que el tra-
¡bajo manual experto y hasta el esfuerzo manual inexperto se
veían de día en día mejor pagacios que el trabajo administrativo
y la rutina directorial.
t
Ahora bien, de nada sirve pl'etender ser mejores que otra3 t
l)erSOnas cuando se es más pobre. Esto conduce únicamente a obli-
garnos a mantener apariencias más costosas con menos dinero :1
prohibir a nuestros hijos que se junten con los de la mayoría dE:'
la gente mientras que ésta prohibe a los suyos que hablen a l s
nuestros . Si los padres no comprenden la vanidad de semejante
pretensión, los hi jos sí. Recuerdo que en mis mocedades pensaba
yo lo necio que era que mi padre, cuyo negocio consistía en el co-
mercio al por mayor, se considerara superior socialmente a su
sastre, que sabía de sobra que mi padre era mucho más pobre que
él y que pos ia una magnífica resi dencia con jardines y barcos de
vela en la playa donde nosotros pasábamos el verano en una casita
de seis habitaciones con un pequeño jardín. Los grand-es comer-
ciantes de Grafton Street, de Dublín, deslumbraban al sastre con
-sus palacios y sus yates, y sus hijos gozaban de luj os que jamás
me permití soñar para mí, además de hallarse educados mucho
más costosamente que yo. La convicción de mi padre de que eran
demasiado inferiores para tratarse conmigo, acaso tuviera para
él alguna validez imaginaria; pero a mí me parecía una presun-
.ción desatinada. Yo viví para ver a aquellos niños agasaj ando a la
nobleza irlandesa y al virrey sin pensar en las antiguas barreras
sociales, mientras que los nobles irlandeses se mostraban satisfe-
chísimos de su agasajos. Viví para ver convertirse sus tiendas el
grandes almacenes dirigidos por empleados asalariados, que he·
nen menos probabilidades de agasajar a los nobles que un verdu-
lero de agasajar al rey.
Mi padre era un industrial cuyo capital, añadido al de su socio,
no hubilera servido para sostener una gran empresa moderna du-
l'ante quince días. Pero al comenzar mis andimzas en la vida l
que me era imposible ser un industrial como él : a los guinc!·
años tuve que colocay'me de escribiente. De leste modo era un pro-
leiario sin disfraz. Por consigniente, cuando empecé a interesal"
GUÍA DEL SOCULI ';-',¡Q y EL CAPIT.\ LI SWJ
223
'[ne por la política no me adher í al partido conservador. Este era
el partido de .los propietarios, y yo no era propietario. Tampoco
me adherí al partido liberaL Este era ei de los industria-
les, y yo no era industrial. Mi padre votaba por los conservadores
o por los liberales, según le daba, y no se imaginaba que pudiera
existir ningún otro partido, Pero yo quería un partido proletario,
y cuando la consigna. de Car los Marx empezó a surtir efecto en
Europa, produciendo sociedades políticas proletarias, que equiva-
lían a sociedades socialistas, porque aspiraban al bienestar de la
sociedad en general frente a los prejuicios de clase y los intereses
de la propiedad, me adherí naturalmente a una de dichas socie-
dades, con lo que fuí llamado socialista y me enorgullecí de serlo.
Ahora bien: lo que distinguía a la sociedad sociaÚsta a que
me adherí era que todos sus miembros pertenecían a la clase me-
dia. Sus caudillos y directores pertenecían a lo que a veces se
llama la clase media s\lperior , es decir, que eran intelectuales
como yo (había dejado la oficina por la literatura) o mi.embros
del servicio civil superior. Algunos de ellos han desempeñado des-
pués carreras distinguidas sin cambiar de opinión ni dejar la
sociedad. A sus padres, tías y tíos conservadores y liberales, le
parecía hace cincuenta años algo asombroso, extraordinar io, .inau-
dito, que se hicieran socialistas , así como que semejante paso tení i.o
que cerrarles todas las puertas del éxito en la vida. En r ealidad,
esto era natural e inevitable . Carlos Marx no era un obrero PO-¡
bre : era el instruído hijo de un rico abogado judío. Su casi
igualmente famoso colega Federico Engels era un industrial aco-
modado. Precisamente-POJ'@e se hallaban iI!.§truídos liberalmente
y estaban- acostumbrados a pensar cómo se hacen aseos as , en vez I
de hallarse al penoso trabajo manual de hacerlas, es-
tos dos hombres, como mis colegas de la Sociedad Fabiana (sír-
vase notar que dimos a nuestra sociedad un nombre que sólo
podía habérseles ocurrido a hombres de cultura clásica), fueron
los primeros en ver que el capitalismo estaba reduciendo a su
propia clase a la condición de un proletariado y que la única pro-
babilidad de lograr algo más que una mísera parte de la renta I
nacional para quienes no fueran grandes capitalistas, intelectua- 1\
les talentudos u hombres de negocios, consistía en la unión de to-
dos los proletarios, sin dist inción de clases ni países, para poner 11
término al capitalismo desarrollando el aspecto comunista de I
nuestra civilización hasta que el comunismo se convirtiera en el
principio predominante en la sociedad, y la posesión, el lucro y
la ociosidad se hallaran inhabilitados y desacreditados. 0 , como
lo, expresaban nuestros numerosos correligionarios eclesiásticos,
HE NARD SHAW
adOl'ar a Dios ca vez efe a :vlammon. Como el C,JE1,.mÍsmo eS 1:1
forma laica del catolicismo, y en y,ealidad ,ignifka lfl misma COS<1
1
.
nunca. ha carecido de capellan s.
Puedo mencionar, par3. ilustrar el P' nto, que la. Soci-
da.d Fabiana., cuando me adherí a !la, a poco de fundarse, ')
18Sl¡, tenía solamente dos sociedades socialistas i'[vale en Landre, ,
las cuales se declaraban, a diferencia de la Fabiana, sociedadeti
de la clase obrera. Pero una de ellas se hallaba domi nada pOI'
el hijo de un hombre muy rico, que legó sumas enormes a institu-
ciones religiosas, aparte de pl'ove r a las necesidades de sus hijos,
a los cuales les había dado una educación de primera clase. La
ot.ra dependía por entero de uno de los hombres más famosos del
siglo XIX, que no sólo fué un industrial afortunado en el negocin
del amueblado y decorado de palacios e iglesias, sino que también
un dibujante eminent.e, un descubridor de obras de arte
y uno de los más grandes poetas y escritores ingleses. Estos dos,
h .mbres, Henry May 1's Hyndman y \Villiam Morris, dejaron
u huella en la clas proletaria como predicadores del socialismo ;
pel a fracasaron en sus tentativas por organizar un nuevo Partido·
" cialista Obrero al estilo de su clase media superior, bajo su mis-
ma. dirección y en su propio dialec1io Ú2.ues ill lenguaje de la gente
distinguida no es más que un dialecto), porque la clase obrera
se fiabíaOl:gamza o ya a-su moao,ña]o sus mismos jefes y con su
propio dialecto. La Sociedad Fabiana triunfó porque se dirigió
u. su misma clase para que se pusiera a realizar el trabajo
Jectual necesario de proyectar una organización socialísta para to-
das las clases, aceptando en el entretanto, en lugar de tratar de
flubstituírlas, las organizaciones políticas existentes, a las que se
p oponía satura!' de la concepción socialist.a de la sociedad hu-
mana.
La forma existente de la organizacÍón obrera era el trad
c
-
unionismo. El t1'ade-unionismo no es el socialismo: es el capita-
Ji. mo del proletariado. Esto exige otro capítulo de explicación,
capítulo, por cierto, muy importante, pues el trade-unionismo es
ahora muy poderoso, y de vez en cuando deja a la. mujer inteli-
gente sin carbón o sin tr nes durante semanas enteras. Sin em-
bargo, para comprenderlo tenemos que estudiar primero el mel'-
cado de trabajo de donde ha salido, y es1;o nos ocupará varios capi··
tulos preliminares, incluso nno un tanto acerbo sobre la posición'
especial de las mujeres en ese mercado como vendedoras.
XLVII
EL MERCADO DE 'l'HABA.lO Y LAS LEYES FABRILES
L
¡\ obf'el'a que, trübaja por un salario semanal se parece a su
patrono en un respecto. Tiene algo que vender y tiene que
vivir del precio de su venta. Este algo es su trabajo. Cuan-
to nJás percibe por él , mejO!' vive; cuanto menos logra, peor lo
pasa; si no puede conseguir nada, se muere de hambre o se con-
vierte en un me'ndigo. Cuando se casa encuentra a su marido en
la misma situación, y éste ti ene que pagar el trabajo doméstico
de ella con el precio de su traba.jo industrial. Bajo estas circuns-
tancias, ambos sienten deseos naturales de percibir por su trabajo
industrial lo más posible y el e dar al comprador o patrono lo me-
nos que pueden por su precio. Esto quiere decir que quieren per-
cibir los salarios más altos y trabajar la jornada más cOl'ta que
les es posible. A no ser que sean pel'sonas excepcionalmente re-
flexivas y patriotas, sus ideas se li mitan a eso.
El patrono se encuentra en la misma situación. El no vende
trabajo : tiene que comprarlo. Lo que vende son los artículos o
los sel'vicios producidos bajo su dirección, y si, como sucede la
mayoría de las veces, no es ni I'eflexivo ni patriota, sus ideas se
limitan a percibir lo más posible por lo que vende y dar lo menos
que pueda al compra.dor. En la compra del trabajo su interés y su
política consisten en pagar lo menos posible y obtener lo más que
pueda, por lo que su interés y su política san totalmente opuestos
a los de los obreros.
Esto no sólo produce ese conflicto desdichado y peligroso de
sentimientos e intereses entre patronos y obreros que se llama
lucha de clases, sino que conduce a extremos de perversidad so-
cial que apenas resultan creíbles ·en el mundo civilizado. El gobier-
no se ha visto obligado una y otra vez a intervenir entre los com-
pl'adores y los vendedores ele trabajo para obligarles a reali zar
15
226
BERNARD SHAW
sus tratos dentro de los más escuetos límites de la humanidad
común. Sin ir más lejos, como lo que necesitan los patronos es
trabajo, lo mismo les da que este trabajo sea reali zado por un niño
que por una muj er o un hombre: ellos compran el t ~ ~ a b a j o que
les resulta más barato. Asimismo el efecto del trabajo sobre la
salud y la moral de los obreros es cosa que no le preocupa al pa-
trono, excepto en la medida en que puedan influÍr en sus bene-
ficios, y cuando las toma en consideración con vistas a esto puede
llegar a deducir que un desprecio irthumano de toda bondad na-
tural podrá resultarle más remunerador que todo intento de re-
conciliar sus intereses con el bienestar de sus obreros.
Para ilustrar ,esto citaré el caso de los tranvías londinenses
cuando los coches eran tirados por caballos y de ciertas plantacio-
nes de América antes de que se aboliera la esclavitud de los ne-
gros. La cuestión que tenían que resolver los directores de los
tranvías era: ¿cuál es el sistema más lucrativo de tratar a los
caballos de los tranvías? Un caballo bien cuidado, si no se le
hace trabajar con exceso, puede vivir veinte años, y hasta, como
el del duque de Kellington, cuarenta. Por otra parte, su explota-
ción despiadada podrá matarle en menos de un año, lo mismo que
mataría a cualquier otro ser. Si los caballos no costaran nada y
pudiera cogerse en la calle un caballo nuevo al mori r el viejo,
sería más lucrativo comercialmente matar de trabajo a los caba-
llos en seis meses, por ejemplo, que tratarlos humanamente y de-
jarles retirarse a las marismas de Norfolk a los diez y ocho años
de edad. Pero los caballos cuestan dinero, y los directores de Íos
tranvías sabían que si agotaban a un caballo demasiado pronto
no les resarciría de w coste. Después de muchos cálculos decidie-
ron que el modo más lucrativo de tratar a los caballos era ago-
tarlos en cuatro años. El mismo cálculo se hizo en las plantacio-
nes. El esclavo, lo mismo que el caballo, costaba una importante
suma de dinero, y si se le agotaba demasiado pronto, su muerte
constituiría una pérdida. Los plantadores más prácticos decidi e-
ron que el sistema más lucrativo era agotar a sus esclavos en siete
, años, y enseñaron a sus capataces a poner en práctica este sistema.
La mujer inteligente exclamará quizás : « i Qué horrible es ser
el esclavo o el caballo de una compañía!)) Pero espere usted un
momento. Los caballos y los esclavos tienen algún valor: si se
les mata hay que comprar otros nuevos. Pero si en vez ele emplear
caballos y esclavos emplea usted niños, muj eres y hombres ,di-
hres)), puede usted matarlos a trabajar cuanto le plazca porque
puede encontrar otros cuando los necesite. Y, lo que ,es más, no
necesita usted sostenerlos como tiene usted que sostener a los es-
GUíA DEL SOCIALISMO y EL CAPITALI SMO
227
clavos durante las semanas en que no ti ene t rabajo para ellos. Los
toma usted por semanas, y cuando afl oja el trabajo los despide
usted, dejándoles que se mueran de hambre o que se las arreglen
como puedan. En el período álgido del capitalismo, cuando este
sistema estaba en todo su apogeo y no se habían hecho leyes para
limitar sus abusos, se mataba a trabajar bajo el látigo a niños
pequeños, hasta el punto de que llegó a decirse que los patronos
de las fábricas del Norte estaban acabando con nueve generacio-
nes en una sola. Las mujeres ,eran empleadas en las minas en
condiciones de degradación que hubieran horrorizado a una ne-
gra de la Carolina del Sur. Los hombres eran reducidos a llevar
una vida que hubieran despreciado los salvajes. Los lugares en
que vivían estas desdichadas gentes eran algo que no podría des-
cribirse. Epidemias de cólera y viruela asolaban el país de vez
en cuando ; el tifus era más corriente que lo es hoy el sarampión ;
la embriaguez y la bestialidad se consideraban cosas tan natura-
les a la clase obrera como los trajes de pana y las manos callosas.
La respetabilidad y la prosperidad de las clases media y acauda-
lada, que se enriquecían explotando a los obreros, ocultaban un
abismo de horror . Y así fué como Carlos Marx, levantando la
tapa que cubría este abismo en su terrible y famoso libro El capi-
tal , se convirtió en el profeta de esa gran rebelión d,e la huma-
nidad ultrajada contra el capitalismo que constituye la fuerza
sentimental del movimiento socialista. Sin embargo, lo que a us-
ted y a mí nos interesa ahora no es el socialismo sentimental, sino
el socialismo inteligente. Así que calmémonos: la ira es muy mala
consejera.
Mucho antes de que Marx publicara su libro, el gobierno se
había visto obligado a intervenir . Entonces se dictaron una serie
de leyes fabriles, que comprendían la regulación de las minas y
otras industrias; para prohibir la explotación de los niños meno-
res de cierta edad ; para regular el empleo de las muj eres y los
jóvenes ; para limitar las horas en que podía estar abierta la fá-
bri ca que los empleara; para obligar a los patronos a resguardar
las máquinas que ,machacaban y despedazaban a los obreros al
tropezarse con ellas en momentos de premura o descuido; para
que se pagaran los salarios en dinero y no en crédito sobre las
tiendas de los patronos, en donde se v,endían malos alimentos y
malos vestidos a precios exorbitantes; para proveer a las nece-
sidades sanitarias; para que se blanquearan con frecuencia las
par.edes de las fábricas ; para prohibir la práctica de comer en
la fábrica sin abandonar el trabajo, en vez de hacerlo durante un
intervalo y en otro sitio; para frust rar los recursos que se utili-
228 BERNARD SHAW
zaron al principio por los patronos para eludir estas leyes, y para
nombrar inspectores fabril es que vigilasen el cumplimiento de
estas leyes. Estas leyes fueron el fruto de una agitación acaudi-
llada, no por los socialistas, sino por un piadoso noble conserva-
dor, lord Shaftesbury, que no encontraba en la Biblia nada que
pudiera sustentar la teoría capitalista 'de que se podía y debía
conseguir el bienestar universal violando todas las leyes de Dios
y del hombre siempre que se pudiera uno lucrar al hacerlo. Esta
asombrosa teoría no sólo era puesta en práctica por personas ava-
rientas, sino que era formulada y defendida explícitamente en los
li bros por serios y sinceros profesores de economía política y ju-
risprudencia (que constituían la llamada escuela de Mancheste!' )
y en discursos pronunciados en oposición a las leyes fabriles por
oradores industriales de elevado espíritu, como John Bright. Est.a
teoría se enseña todavía en nuestras universidades como la cien-
cia política auténtica, y ha quebrantado la autoridad moral de
los eclesiásticos de educación universitaria y ha reducido. a los
estadistas salidos de la universidad a una impotencia intelectual
satisfecha de sí misma. Es quizás el peor de ros múltiples dogmas
racionalistas que en el curso de la historia humana ha.n condu-
cido a razonadores complacientes a def,ender y cometer villanías
que sublevarían a los criminales profesionales.
Ahora bien: a primera vista podría suponerse que las leyes
fabriles fueron combatidas por todos los patronos y defendidas
por todos los obreros. Pero hay patronos buenos y malos y hay
obreros ignorantes y obtusos lo mismo que los hay sensatos . Los
patronos que tenían conciencia o que, como algunos de los cuá-
queros, tenían una religión que les obli gaba a pensar a veces en
lo que hacían, echando sobre sí toda la responsabilidad de aque-
llo, en vez de cargársela a alguna autoridad ajena, como los pro-
fesores de economía política capitalista, se sentían grandemente
afectados por la situación de sus obreros. Usted preguntará que
en ese caso por qué no los trataban mejor. La respuesta es que si
lo hubieran hecho hubi esen sido atropellados y arruinados por '
los malos patronos . .
La cosa h ubiera sucedido de la siguiente manera: la explota-
ción desmedida del obrero significaba, no sólo beneficios mayores,
sino que también artículos más baratos. Si el patrono bueno pa-
gaba un salario decoroso a sus obreros, y éstos le trabajaban ocho \
horas diarias en lugar de doce o diez y 'seis, tenía que poner él
los artículos un precio que le pel'l11itiese pagar esos salarios. Pero
en tal caso el patrono malo ofrecería al punto los mismos artícu-
los a un precio más bajo, y de este modo le quitaría toda la clien-
GutA DEL SOCIALl l:; MO l:' .EL CAPI'l'ALISMO
teja al patrono bueno. Este se vió por tanto obligado a unirse a
lord Shaftesbury para decirle al gobierno que si no se obligaba
a todos los patronos, lo mismo buenos que malos, a proceder me-
jor, nunca se obtendría ningún mejoramiento porque los patronos
huenos tendrían que explotar a los obreros lo mismo que los ma-
los, o, de lo contrario, abandonal! su negocio, lo cual empeoraría
todavía más las cosas. Estos patronos veían que los problemas '
sociales no pueden solucionarse con la rectitud individual y que
bajo el sistema capitalista no sólo debe moralizarse a los hombres
por medi o de leyes parlamentarias, sino que no puede moralizár-
selos de ninguna otra manera, por muy benévolas que puedan
ser sus disposiciones.
La oposición de los mi smos obreros a las leyes fabriles fué en
algunos respectos más difícil de vencer que la de los patronos,
porque éstos, cuando se vieron obligados por la ley a ensayar el
experimento, vieron que la ·explotación exagerada, que era como
matar a la gallina de los huevos de oro, no era el mejor sistema
el e hacer lucrativo el negocio y que podí an hacer algo más que
resarcirse de lo que les costaría cumplir los moderadísimos requi-
sitos de las leyes poniendo un poco más de inteligencia en su
trabajo. Aun los más torpes comprendi eron que acelerando su
maquinaria y obligando así a trabajar más de prisa a sus obre-
ros, podían sacarles más produdo en diez horas que en doce. Si
la muj er inteligente ha viajado, acaso haya observado que en paí-
ses en que no existen leyes sobre la jornada de trabajo mercantil,
.Y los comercios están abiertos hasta que todo el mundo se ha ido
a la cama, los comerciantes y sus dependientes están mucho me-
nos cansados a las nueve de la noche que los dependientes de un
gran almacén de una ciudad inglesa a las cinco de la tarde, aun-
que dicho almacén se cierra a las seis. Por imposible que parezca,
en las fábri cas de hilaturas de Bombay, antes de que se intro-
dujera ninguna legislación fabril , los niños empleados iban a la
fábrica, no por un número de horas diarias, sino por cierto nú-
mero de meses. Y hay en el mundo cosas, como cafés italianos,
que están abiertos día y noche sin tener turnos regulares de ca-
mareros, los cuales echan un sueño cuando pueden y donde pue-
den. Pero esta indolente forma de desarrollar los negocios puede
no ser muy nociva, mientras que una jornada de ocho horas, con
salarios altos, bajo el sistema científico moderno, puede signifi-
cal' un trabajo tan intenso que exprime hasta los tuétanos a los
J obreros y no puede ser realizado sirio por personas que se encuen-
) tran en la flor de la vida, y ni aun por éstas durante muchos me-
ses consecutivos.
230 BERNARD SHAW
Los patronos tuvieron otro recurso con la introducción de la
maquinaria. Cuando los patronos disponen de mano de obra ba-
rata en abundancia no introduoen la maquinaria: esto ocasiona
muchos trastornos, y, si bien la máquina puede realizar el tra-
bajo de varias personas, también puede costar más. En estos mo-
mentos (1925), en Lisboa puede realizarse a máquina el penoso
y sucio trabajo del abastecimiento de carbón a los barcos. La má-
quina está dispuesta ya para su uso. Pero el trabajo es realizado
ahora por mujeres porque cuestan menos y no hay ninguna ley
que lo prohiba. Si se dictara una ley fabril en Portugal prohibien-
do el empleo de mujeres o imponiendo r estricciones y normas a
su trabajo (tal vez, no por anlOr a ellas mismas, sino únicamente
para apartarlas del trabajo y reservarlas para los hombres), inme-
diatamente se recurriría a la maquinaria, y ésta sería pronto
perfeccionada y ampliada hasta que resultara indispensable. Pero
como las mujeres perderían su empleo, se opondrían a semejante
ley con mucha más energía que los patronos.
Todas las protestas de los patronos de que las leyes fabri les
iban a arruinarles fueron desmentidas por la experiencia. Per-
feccionando la -dirección, aumentando y mejorando las máquinas
y acelerando el trabajo obtuvieron mayores beneficios que nunca.
Si hubieran sido la mitad de 10 listos que se creían ser, se hubie-
ran impuesto a sí mismos todas las normas de las leyes fabriles
que se les impusieron, sin aguardar a que les obligara a ello la
ley. Pero la actividad lucrativa no cultiva el espíritu humano
como el servicio público. Los progresos más grandes de la orga-
nización industrial les han sido impuestos a los industriales a pe-
sar de sus lastimosas protestas de que no podrían salir adelante
con ello y de que, por consiguiente, la industria británica pere-
cería.
Acaso le choque a usted que los mismos obreros se opusieran
al principio a las leyes fabriles, toda vez que éstas empezaron por
poner coto a los malos tratos y a la explotación de niños dema-
siado pequeños para ser dedicados decorosamente a ningún tra-
bajo comercial. Al principio, estas víctimas del capitalismo des-
enfr-enado fueron pequeños Oliverios Twists, vendidos en escla-
vitud por los Guardianes de los Pobres para deshacerse de ellos.
Pero las generaciones posteriores estaban constituídas por los hi-
jos de los obreros, y el saJa1'io con que el obrero mantenía a su
familia en una escuálida pobreza se aumentaba con las ganancias
de los niños. Para las personas muy pobres, la pérdida de un che-
lín a la semana es mucho peor que la pérdida de quinientas libras
para un mil] r>n::ll"lO: esto significa, para la muj er que sostiene una
GUíA SOCIALISMO y EL CAPITALI SMO ::\31

lucha desesperada para sostener la casa y poder ir tirando, que
su tarea resulta imposib le. Para unas personas relativamente ri-
cas es muy fácil decir: "No debe usted mandar a sus hijos a tra-
bajar ·en condiciones tan inhumanas», o "Debe usted regocijarse
de que haya una ley fabri l que hace imposibles tales infamias».
Pero si el resultado inmediato de escucharlas es que los niños que
antes estaban medio -extenuados ahora lo están casi del todo, es-
tas piadosas reconvenciones sólo producen exasperación. La triste
verdad es que al irse aprobando una tras otra las leyes fabriles
que poco a poco elevaron la edad mínima a que podían emplearse
los niños en las fábricas, desde la infancia hasta los catorce y los
diez y seis años, y según las cuales los niños menores de cierta
edad tenían que pasar la mitad del tiempo en la escuela, los pa-
dres fueron los más feroces adversarios de las leyes, y cuando
consiguieron el voto y estuvieron en condiciones de influír direc-
tamente en el Parlamento, hicieron imposible que nadie fuera
elegido diputado en una región fabril donde trabajaran los niños,
a no ser que se sometiera a oponerse a toda ampliación de las le-
J es que restringían el tmbajo infantil. El proverbio de que no hay
nadie como los padres para cuidar de los intereses de sus hijos
depende no sólo de la clase de padres que sean, sino de si viven
en condi ciones que les permitan satisfacer su natural instinto pa-
terno. Sólo una reducida proporción de padres (y no de los más
pobres) enseñarán deliberadamente a sus hijos a ser ladrones y
prostitutas; pero prácticamente todos los padres explotarán a la
fuerza a sus hij os si ellos a su vez son explotados tan despiada-
damente que no pueden pasarse sin los -escasos peniques que sus
hijos puedan ganar.
Ahora que le he explicado la aparente crueldad de los padres
puede que me pregunte usted aún por qué estos padres aceptaban
salarios tan bajos que se veían obligados a sacrifi car a sus hijos
a la codicia de los patronos. La respuesta es que el aumento de
población que produjo la clase de los hijos desposeídos de los
ricos y finalmente dió origen a la clase media, tuvo lugar tam-
bién entre los obreros que vivían de la mano a la boca con los
salarios de su trabajo manual. Ahora bien: el trabajo manual
es una mercancía como los espárragos o ·el pescado : está caro
cuando escasea y barato cuando abunda. A medida que el nú-
mero de obreros desposeídos aumentaba de miles a millones, el
precio de su trabajo fué bajando cada vez más. En el siglo XIX
todo el mundo sabía que en Norteamérica y Australia los sala-
rios eran más altos que en la Gran Bretaña e Irlanda porque allí
había escasez de mano de obra, y los que podían permitírselo
tlERNAHD ~ H A W
emigraban a esos países. La mitad de la población 'de lrianda se
fué a Norteamérica., en donde escaseaba tanto la mano de obra
,que se recibía con los brazos abiertos a los emigrantes de todos
los países. Pero hoy día el mercado ele trabajo Bstá tan surtido
que la inmigración se ha restringido severamente a un número
fij o anual de inmigrantes por cada país europeo. Australia res-
tringe su natalidad artificialmente y se niega él admitir chinos
y japoneses baj o ningún pretexto. Norteamél'ica excluye' también
a los japoneses. Pero en los tiempos en que empezaron a poner-
se realmente en vigor las leyes fabriles (las primeras fueron elu-
didas por los patronos empleando toda clase de recursos) la emi-
gración de nuestras islas no estaba restringida y adquirió gran-
des proporciones entre los que podían sufragarse el viaje.
Esto demuestra que nuestro mercado de Lrabajo estaba sur-
tido con exceso. Cuando el mercado de pescado está demasiado
surtido, la mercancía vuelve a arrojarse al mal'. La emigración,
en efecto, arrojaba a los hombres y las muj eres al mal' con un
barco al que asi rse y una probabilidad de ll egar en él a otro país .
En Inglaterra, el valor de los hombres y las mujeres, u. no ser
que pudieran hacer alguna labor excepcional, había quedado
I'educido a la nada. Los médicos, los dentistas, los abogados y
los curas todavía valían algo (los curas, una cantidad irrisoria:
setenta libras anuales para un cura con familia), y los obreros
excepcionalmente expertos o físieamenLe fuertes podían ganal'
más que un clérigo; pero la masa de los obreros manuales, los
que no sabían hacer nada si no eran dirigidos, y aun así no sa-
bían hacer nada que cualquier persona normal no pudiera apren-
der en breve tiempo, no valían literalmente nada: se les podí a
contratar por Jo que costara mantenerlos y permitirl es tener hi -
jos suficientes para reemplaza.rlos cua.ndo se agotaran. Era exac-
tamente igual que si se hubieran construído máquinas de vapor
en tan excesivas cantidades que los :fabrican Les tuvieran que dál'-
selas de balde a quien las quisiera. 'roda el qLle se las llevara ten-
dría que alimentarlas con carbón y aceite para hacerlas funcio-
nar; pero esto no significaría que tenían ningún valor, o que se
las tratar ía con cuidado, o que el carbón y el aceite que consu-
mieran no sería de mala calldad.
Las gentes desposeídas no tienen ot.ro medio de vida que ven-
derse por lo que en el mercado valgan, o cuando nada valen en
el mercado, ofrecerse a trabajar para quien quiera alimentarlas.
No tienen tierras ni pueden permitirse compradas, y aun cuando
!ie les dieran tierras, pocas de ellas sabrían cultivarlas. No pue-
den hacerse capitalistas porque el capital es dinero sobrante, y
G1JÍA DEL \ ' EL CAPITALI SMU
a ellas les falta. No pueden emprender negocios propios con di-
nero prestado porque nadie se lo prestaría, y si alguien lo hiciera,
lo perderían todo y fracasarían por falta de la Ínstrucción y la
preparación neoosarias. rrienen que encontrar un patrono o mo-
rirse de hambre, y si intentan contl'atarse por algo más que un
salario exiguo, se les dice al punto y con sobrada razón que si no
quieren aceptarlo hay otros muchos que lo aceptarán.
Aun así, no todos encuentran trabaj o. Aunque la razón ale-
gada en favor del capitalismo por los profesores de la escuela de
Manchester era que al menos dicho sistema siempre proporcio-
naría trabajo a los obreros por un salario vital, el capitalismo
no ha cumplido nunca esa promesa ni ha justifi cado ese alegato.
Los patronos han tenido que confesar que necesitaban lo que ellos
llamaban «una reserva de desocupados" para poder disponer
siempre de «manos" cuando la industria prospera y volverlos
a arrojar a la calle cuando la industria decae. Arrojar a los hom-
bres a la calle significa obligai'les a gastar los escasos chelines
- que han logrado reunir mientras trabajaban y a vender o empe-
ñar sus ropas y sus muebles para r ecurrir finalmente a los sub-
, sichos que presta el Estado a los indigentes. Los contribuyentes
se oponen, como. es natural, a tener que sostener a los obreros
del patrono siempre que éste no los necesita. En consecuencia,
cuando ·el sistema capitalista se desarrolló en gran escala, los
contribuyentes hicieron que el subsidio concedido por la ley del
pobre se prestara en condiciones tan horribles, tan crueles y tan
degradantes, que las familias obreras decentes preferirían sufrir
cualqui er calamidad antes que recmrir a él. Así, decíamos al -pa-
dre desocupado de una familia hambrienta : «Si está usted en
la indigencia, tenemos que alimentarle y cLlimentar a sus hijos
porque el Estatuto de Isabel nos obliga a hacerlo ; pero tiene us-
ted que llevar consigo a sus hijas e hij os al asilo para que vivan
entre borrachos, prostitutas, vagabundos, idiotas, epilépticos y
criminales, entre las heces y el desecho de la sociedad humana,
y una vez que haya usted hecho eso no podrá alzar más la cabeza
entre sus semejantes. " A lo que el hombre repli caba natural-
mente : "Gracias; prefiero vel' muertos a mis hijos)) , y Liraba
como podía hasta que resucitaba la industria y los patronos po-
dían proporcionarle trabajo otra vez. y para conseguir que le
dieran trabajo aeeptaría el mínimo salario que le permitiera sos-
tener a su familia. Si sus hijos podían ganar algo en una fábrica,
aceptaría el salario que, unido al de sus hij os, pudiera sostenerlos
a todos. Y de este modo de nada le servía al fin y a la postre
el dejar que trabajaran sus hijos, puesto que lo que éstos gana-
BERNARD SHAW
ban servía para reducir su propio salario, de suerte que, aunque
al principio mandaba a sus hijos a las fábricas para obtener un
pequeí'ío suplemento pecuniario, al final se vió obligado a hacer-
lo para que su propio salario le permitiera subsistir, y cuando
intervino la ley para rescatar a los nií'íos de su esclavitud se opuso
a ella porque no veía cómo iba a poder vivir si sus hijos no ga-
naban algo en vez de ir a la escuela.
XLVIII
. LAS MUJERES EN EL MERCADO DE TRABAJ O
E
L efecto de este sistema sobre las muj eres fué peor en al-
gemas respectos que sobre los hombres. Como ningún
patrono hubiera empleado a una mujer · de haber dispues-
to de un hombre por el mismo dinero, las mujeres que querían
encontrar ocupación industrial sólo podían consegui rlo ofrecién-
dose por menos que los hombres. Esto era posible porque, aun
cuando el salario de los hombr·es era un salario ·mísero, era míse-
ro para toda una familia, no para una sola persona. Con ese sa-
lario el hombre tenía que pagar el sustento de su esposa y sus hi-
jos, sin los celales el sistema capitalista pronto hubiera llegado a
su fin por falta de obreros jóvenes para reemplazar a los viejos.
Por lo tanto, aun cuando los salarios de los hombres se hallaran
reducidos a la cantidad mí nima con que podían mantener a sus
muj eres y sus hijos, una mujer soltera podía percibir menos, sin
vivir por ello peor que sus colegas casadas y sus hijos. De este
modo llegó a considerarse natural que las muj eres percibieran
menos que los hombres, y cuando alguna se rebelaba pidiendo
que se le pagara igual que a los hombr·es por el mismo trabajo
("A igualdad de trabajo, igualdad de salarios))), el patrono la ta-
paba la boca con dos argumentos, el primero de los cuales era :
"Si no acepta usted el salario más bajo, otras muchas hay que
lo aceptarán)), y el segundo: "Si tengo que pagarle el salario de
un hombre, tomaré un hombre para que realice el trabajo)) .
La tarea más importante e indispensable de las mujeres, la
de engendrar y criar hijos y darles un hogar , no se le pagaba
nunca directamente a la mujer, sino siempre por mediación del
hombre, y de este modo muchos necios llegaron a olvidar que
eso fuera un trabaj o y consideraron al hombre como el único ga-
napán. Esto era un drsatino. Desde el principio hasta el fin, la
labor de la muj er en 01 hogar era vitalmente necesaria para la
existencia de la sociedad mientras que millones de hombres se
hall aban ocupados en trabajos superfluos o positivamente dañi-
nos, cuya única excusa era que les permitían sostener a sus útiles
.Y necesarias esposas. Pero los hombres, en parte por orgullo y
en parte por ignorancia, pero más que nada porque temían que
si se reconocía eJ val m de sus esposas éstas podrían sublevarse y
reclamar las riendas del hogar, establecieron la convención de
que las muj eres no ganaban nada y los hombres lo ganaban todo,
negándose a conceder a sus mujeres todo derecho legal sobre el
dinero de la casa. Según la ley, todo lo que la mujer poseía pa-
saba a ser propiedad del marido al casarse, estado de cosas que
condujo a tan monstruosos abusos que la clase privilegiada ela-
boró un complicado sistema legal de dotes matrimoniales, cuyo
J'esultado fué hacer pasar los bi enes de la mujer a alguna otra
persona an tes de casarse, de modo que, aunque ella pudiera go-
zar de su usufructo durante toda su vida, ya no le pertenecían,
y, poI' lo tanto, su marido no podía disponer de ellos a capricho.
Posteriormente, la lase media hizo q ne el Parlamento protegie-
ra a sus mujeres mediante leyes especiales, que todavía subsis-
ten, y estas leyes, debido a la confusión de la gente, rebasaron
su objeto y causaton no pocos daños a los hombres. No obstante,
esto constituye renglón aparte : lo que nos interesa señalar aquí
es que baj o el sistema capitalista las mujeres se encontraron peor
que los hombres, porque como el capitalismo convertía al hom-
bre en un esclavo, y pagando por su mediación a la mujer la con-
vertía en una esclava de éste, ella se veía convertida en la esclava
el e un esclavo, que es la peor esclavitud que puede darse.
Esto les par ce muy bien a algunos industriales porque les
permite explotar a otros patronos sin que ellos se den cuenta. He
aquí cómo sucede: un jornalero sostiene a sus hijas con un sala-
l'io de veintinueve chelines semanales en el campo (en el siglo XIX
otan trece chelines) o de treinta a setenta (antes eran diez y ocho)
en la ciudad, salar la sujeto a deducciones por los períodos del
paro. Ahora bi n: en un hogar que viva de treinta chelines se-
manal es, otros ci nco chelines eL la semana constituyen una enor-
me diferencia, mucho mayor, vuelvo a l'epetir, que la que le su-
ponen quinientas li bras a un millonario. Una adición de quince
chelines o una libm semanales eleva la fami lia de un jornalero
al nivel de un obrero cual ificado. ¿Cómo eran posibles estas adi-
ciones? Pues sencillamente, haciendo que las hijas mayores fue-
tan a trabajar por cinco chelines semanales cada una y siguieran
viviendo en casa con sus padres. Una muchacha significaba otros
cinco ehel ines; clos, signiFIcaban diez chelines más; tres, quince
GUÍA DEL SOCIALI SMO y EL CAPJTALI SW) 237
chelines. En tales circunstancias, las grandes fábricas se pusie-
ron a emplear a centenares de muchachas por salarios que va-
riaban de cuatro chelines y seis peniques a siete chelines y
seis peniques a la semana, percibiendo la inmensa mayoría
cinco. Estos salarios ·eran realmente mí seros; pero las mu-
chachas vivían mucho mejor que las mu jeres que tenían que
sostenerse a sí mismas. Algunas de las más grandes fortunas
¡'ealizadas en los negocios, como, por ejemplo, en la industria
ceriUera, se hicieron a costa de los cinco chelines que se da-
ban a las muchachas, y, por supuesto, en parte también a cos-
ta de su padre. Así , pues, el industrial cerillero lograba las
tres cuartas partes de su trabajo a expensas del padre. Si éste tra-
bajaba, pongamos por caso, en una cervecería, el industrial ceri-
llero obtenía las tres cuartas partes de su trabajo a expensas del
cervecero. De este modo una industria vive explotando a otra, y
las jóvenes obreras que perciben salarios que apenas bastarían
para mantener a un gato, están rollizas, contentas y alegres, mien-
tras que a las muj eres más viejas, muchas de las cuales son viu-
das con hijos pequeños, se les dice que si no se contentan con el
mismo jornal habrá muchas muchachas fuert es que se apresuren
(t cogerlo. . .
No sólo fu eron las hijas de .los obreros, sino que sus esposas,
las que rebajaron de este modo los salarios femeninos. En las ciu-
dades, las mujeres jóvenes que estaban casadas con hombres jó-
venes y no tenían muchos hij os ni más de una o dos habi.taciones
que limpiar (fr·ecuentemente no les preocupaba gran cosa esto de
la limpieza, acostumbraban a pr'estar sus servicios como sirvi en-
tas durante una hora diaria por ci nco chelines semanales . Como
esta sirvienta no tenía nada que hacer en su casa y no estaba
nada dispuesta a buscar una segunda ocupación una vez que se
había asegurado los cinco chelines que constituían la diferencia
entre la escasez y la prodigalidad para ella y su marido, lo que
había empezado por ser una hora de trabajo pasaba a convertirs3
en medio día. Ahora los cinco chelines se han convertido en diez;
pero como no pueden comprar más que antes la situación no se ha
alterado.
De este modo el mercado ele trabajo se vió infestado de esposas
e hijas que trabajaban por dinero para sus gastos menudos, y con
el cual no podía subsistir ninguna muj er o viuda solitari a. El re-
sultado ha sido convertir el matl'imonio obligatorio en la profesión
de la mujer: ésta ti ene que conseguir lo que pueda en la forma
de un marido antes que afrontar la penuria como mujer soltera.
Algunas muj eres se casan fáci lmente; pero otras , menos atra,-
238 I:IlmNARD 1ilIAW
yentes o simpáticas, tienen que r ecurrir a todas las estratagemas
posibles para cazar marido, cosa que no dice nada en favor de
una mujer ni conduce a matrimonios felioes cuando los hombres
comprenden que se han casado con ellos por conveniencia.
Esto es ya bastante; pero todavía hay honduras peores. Puede
que no sea honesto que una mujer viva del salario de un hombre
sin casarse con él; pero es posible. Si un hombre le dice a una ,
mujer desamparada: "No vaya unirme a usted para siempre has-
ta que la muerte nos separe, ni nada de eso. Tampoco vaya darle
mi nombre y el estado de mi esposa legal ; pero si quiere usted
ser mi muj er ilegalmente hasta mañana por la mañana, aquí tiene
seis peniques o (como puede suoeder) un chelín, una libra, diez,
ciento, o una quinta con un collar de perlas, un abrigo de pieles
y un automóviln, no siempre tropezará con una negativa. Es muy I
fácil decirle a la mujer que sea virtuosa; pero no es razonable I
hacerlo si el castigo de la virtud es la miseria y la recompensa
del vicio el alivio inmediato. Si se ofrece por un lado a una linda
muchacha dos peniques y medio por hora, por trabajar en una fá-
brica de ceri llas, expuesta a contraer una caries dental por las
emanaciones del fósforo, y se le ofrece por otro lado una vida ale-
gre y desahogada bajo la protección de un célibe opulento, que
era lo que hacían los patronos de la época victorina y lo que ha-
cen todavía en todo el mundo cuando no se lo impiden leyes so-
cialistas categóricas, se inclina la balanza en favor del mal tan
monstruosamente que no sólo es seguro que éste triunfará, sino
que se plantea la cuestión de si la muchacha, atendiendo a su dig-
nidad y su deseo de adquirir más conocimientos y experiencia,
un trato más culto y una vida más placentera, no deberá venderse
por el placer a un caballero antes que a un industrial por el lu-
cro. Advertirla que su belleza no durará mucho sólo sirve para
recordarla que si se cuida un poco de su belleza le durará hasta
bien pasada la edad en que las mujeres, "demasiado viejas a los
veinticuatro años)), encueniran cerradas las puertas de la fábrica
y su puesto ocupado por mujeres más jóvenes. En el fondo tiene
menos seguridad de encontrar trabajo honrado que trabajo ilícito,
pues las mujeres que venden su esfuerzo suelen atravesar perío-
dos de paro durante las crisis de la industria; pero las mujeres
que venden placer, si en otros respectos saben conducirse y no
son positi vamente repulsivas, rara vez se encuentran sin clien-
tes . Los alegatos que se enarbolan como terribles advertencias de
cómo una mujer puede rodar a los más profundos abismos de la
degradación escuchando tales argumentos, son invenciones pia-
dosas sustentadas con ejemplos de mujeres que a causa de la be-
GUÍA DEL SOCIALISMO y EL CAPITALI SMO
239
bida, las drogas y la depravación general o la debilidad de ca-
rácter hubieran rodado lo mismo si hubi eran estado casadas hon-
radamente o hubiesen vivido en el más riguroso celibato. Los ries-
gos incidentales de las enfermedades venéreas no pueden evitarse
ni en el matrimonio legal : más son las mujeres contagiadas por sus
maridos que ras que lo son por sus amantes. Si una mujer adopta
la moral capitalista y hace lo que más dinero le dé, aceptará lo
que los inspectores de distrito llaman (cuando se trata de mujeres
pobres) el estipendio del pecado, mejor que el salario del trabajo
explotado.
Hay también casos en que el anillo nupcial puede ser una traba (
en vez de un contrapeso. Las uniones ilícitas son tan frecuentes
bajo el sistema capitalista que el gobierno ha tenido que ocu-
parse de ellas, y ahora la ley determina que si una mujer soltera
tiene un hijo puede obligar a su padre a pagarla siete chelines y
seis peniques semanales para el mantenimiento del hijo hasta los
diez y seis años, a cuya edad puede empezar a ayudarla a soste-
nerse a ella. Mientras tanto el niño le pertenece a la madre y no
al padre (le pertenecería a éste si estuvieran casados), y ella está '1
libre de toda obligación doméstica para con él. Antes que ser lle-
vado a los Tribunales el hombre se apresura a pagar, y si tiene
buen natural y no es demasiado pobre paga a veces más de lo que
le exige la ley. El resultado de esto es que una mujer cuidadosa,
discreta y sensata que no le importe tener cinco hijos ilegítimos,
puede encontrarse con un ingreso fijo y legalmente garantizado
de treinta y siete chelines y seis peniques semanales, aparte de
lo que puede ganar trabajando hOm'q,damente. Comparada con
una viuda con cinco hijos legítimos, era una reina hasta que el
gobierno, tras varios siglos de ciego desdén, empezó a pensionar
" (1, las viudas.
En suma, el capitalismo actúa sobre las muj eres como una
continua invitación a entrar en relaciones sexuales por dinero,
sea dentro o fuera del matrimonio, y contra esta corrupción nada
se alza aparte de la hélnradez t radi. cional, que ,,1 capitalismo des-
truye cruelmente por medio de la pobreza, excepto la religión
yel sentido ingénito del honor, que tiene su ciudadela en el alma
? puede hacer frente (a veces) a todas las contingencias.
Es inútil pretender que la religión, la tradición y el honor
t riunfan siempre. Ya hace siglo y medi o que el poeta Oliverio
Goldsmith nos advertí a que «el honor naufraga donde el comer-
cio predomina largo ti empo)) y la presión económica mediante la
cual el capitalismo ti enta a las mujeres ha aumentado desde en-
tonces de intensidad. Ya hemos visto cómo en el caso de los pa-
2M) BERNARD SFIAW
eh'es que mandaban a trabaj ar a sus hijos en la infancia para
aumentar UD poco los ingresos de la familia éstos vieron que sus
salarios eran reducidos, hasta que llegó un momento en que en-
tre ellos y sus hij os no ganaban más de lo que antes hubieran
ganado eUos solos, de suerte que ya tenían que seguir haciendo
trabajae a sus hij os, qu isieran o no. Del mismo modo las mujeres
que de vez en cuando lograban algo de dinero suplementario ilf-
citamente no tardaron en verse obligadas a ofrecerse a trabajar
por salarios más bajos para que les dieran empleo, dependiendo
del otro recurso para poder vivir. Luego, a las mujeres que man-
tenían intacta su honradez se les ofrecían estos salarios reduci-
dos, y cuando decían que no podían vivir con ellos se les repli-
caba, como ele costumbre, que otras vivían y que ellas podían
hacer lo que hicieran las demás.
En algunas ocupaciones la prostitución llegó a hacerse de este
modo obligatoria, por ser la única altern?-tiva opuesta a la indi-
gencia. Las ocupaciones en las que la prostitución es casi una
cosa nat ural no son en modo alguno las ocupaciones sensacional-
mente abyectas y miserables . Más bien es en los empleos en que
se utili zan muj eres guapas y bien vestidas , pero inexpertas, para
atraer al público, en donde se les paga salarios con los que no
es posible que mantengan las apariencias que se les exigen. Mu-
r, hachas que ganan treinta chelines a la semana acuden a su tra-
bajo en costosos automóvi les y llevan coll ares de perlas, si. no au-
ténticas, al menos muy bien imitadas. Si alguna de ellas pregun-
ta cómo va a poder ves ti r como se les exige con treinta chelines
semanales, o se encuentra con la vieja réplica "Si no lo acepta
usted hay otras muchas que lo aceptarán», o se le dice franca-
mente que puede darse por contenta al contar con treinta cheli-
nes además de disponer de un escaparate tan magnífico para sus
atl'activos como el escenario o el restaurante, el mostrador o el
salón ele exhibiciones. Sin embargo, no debe usted inferir de
es to que lodos los Leatl'OS, restaurantes, etc. , explotan la prosti-
r,lIc iÓIl de este macla. La mayoría tienen un personal permanente
fOl'luado por mujeres honradas y capaces, y no podrían ser sos-
tenidos de ot1'O modo. Tampoco debe inferil'se que los jóvenes
ricos que proporcionan los automóvi les, las pieles y las joyas
t.ri unfan siempre en su costoso cortejo. La comedia de sir Arthur
¡::linero Mi nd [he Painl refl eja con gran veracidad este aspecto
de la vida. Pero no puede hacerse edificantes estas relaciones ale-
gando que los ricos son estafados. Puede afirmarse con seguridad
que cua.ndo se emplea a unas mujeres, no para realizar un tra-
bajo que requiel'e especial habilidad, sino para atraer a la cli.en-
(míA DEL 80CIAL1SMO y I!:L CAPl'l'ALlSMO
241
tela por su sexo, su j,uventud, su belleza y su elegancia, hay cier-
ta clase de patronos que las pagan menos de lo debido y con su
competencia obligan finalmente a otros patronos más escrupulo-
a hacer lo mismo si no quieren ver hundirse su negocio.
Ahora bien: éstos· S011 extremos a los que los hombres no pue-
den verse reducidos. Cierto es que hay sefioras elegantes que pa-
gan cincuenta francos a bailarines por que bailen una noche
con ellas en la Riviera; pero esta inocentísima transacción no
signifi'ca' que el capitalismo pueda decirle a un hombre: "Si tu
salario no te basta para vivir, échate a la calle a vender placeres
como lo hacen otros.» Cuando el hombre trafica con este artículo
. lo hace como comprador, no como vendedor. Así, pues, es la mu-
jer, no el hombre, .quien sufre en último extremo del sistema
capitalista, y ésta es la razón de que muchísimas mujeres cons-
cientes consagren su vida a la substitución del capitalismo por
el f socialismo. ,
Pero no nos imaginemos que los hombres se libran de la pros-
titución bajo el capitalismo. Si no venden su cuerpo, venden su
a. lma. El qaso del abogado que se esfuerza en los tribunales por
que la peor causa parezca la mejor" se ha enarbolado
como ejemplo de la fuerza corruptora del dinero. Nada podría ser
más injusto. Se ha reconocido por necesidad que el mejor modo
de conocer la verdad acerca de algo no es escuchar las manifes-
taciones desinteresadas e imparciales, sino oír cuanto puedan
decir en su favor y escuchar después cuanto puedan decir en
contra expertos defensores de cada una de las partes interesadas.
Un abogado está obligado a hacer todo lo posible por obtener un
veredicto favorable a un cliente que para él, como particular, no
tiene razón, exactamente igual que un médico está obligado a
/ hacer todo lo posible por salvar la vida de un paciente cuya muer-
te sería, a juicio suyo, un bien. El abogado es una fi gura inocen-
te que se utiliza para apartar nuestra atención del autor de anun-
cios falsos que pretende hacer pasar el peor artículo por el me-
jor, del comerciante que lo vende asegurando al cliente que es
el mejor, de los agentes de drogas y licores, de los funcionarios
que falsean sus cuentas, del adulterador y estafador en el peso,
del periodista que escribe para periódicos sociali stas cuando es
un liberal convencido o para los periódicos conservadores cuan-
do es anarquista, del político profesional que trabaja por su par-
tido a tuertas o a derechas, del médico que hace visitas inútiles
y prescribe fal sas medicinas a hipocondríacos que tan sólo nece-
sitan el consejo de Abernethy: "Vivid de seis peniques diarios
y ganadlos», del procurador que utiliza la ley como un instru·
16
BERNARD SHAW
mento de opresión de los pobres por los r icos, del soldado merce-
nario que lucha por un p a í ~ al que considera e-l peor enemigo .del
suyo, y de los ciudadanos de todas clases que tienen que ser ob-
sequiosos con los ricos e insolentes con los pobres. Estos sólo $on
unos cuantos ejemplos de la prostitución masculina (denuncia-
dos tan repetida y vehementement.e por los profetas en la Biblia
como la adoración de dioses fal sos) que el capitalismo impone
diariamente a los hombres.
Vemos, pues, que cuando surge el reproche de la prostitución,
ni la mujer ni el hombre pueden atreverse a arrojar la primera
piedra, pues ambos han sido alcanzados por ella bajo el capita-
li smo. Incluso podría alegarse en favor de las mujeres que la
prostitución del espíritu es más nociva y es una traición mayor
al divino objeto de nuestras facultades que la prostitución del
cuerpo; cuya venta no implica forzosamente su mal uso. Es un
hecho positivo que nadie ha censurado nunca a Nell Gwynne
por vender su cuerpo como a Judas Iscariote por vender su alma.
Por mucho que pueda satisfacerle a la sartén llamarle más ne-
gro al cazo, la negrura de los dos es indiscutible. y la identidad
abstracta de la. prostitución masculi na y femenina sólo consigue
poner más de manifiesto la diferencia física, que ningún argu-
mento abstracto puede equi librar. La violación de la persona es
un género de ultraj e absolutamente peculiar. Quienquiera que
no traza una línea divisoria entre ella y las ofensas al espíritu
ignora los hechos más positivos de la sensualidad humana. Por
ejemplo, los terratenientes han tenido poder para obligar a los
disidentes religiosos a mandar a sus hijos a las escuelas eclesiás-
ticas y lo han utilizado. También han tenido un poder especial
sobre las mujeres para gozar por anticipado los pri.vilegios con-
yugales, yola han utilizado o han obligado a la mujer a cederlo.
¿Puede senti r lo mismo una mujer acerca de los dos easos? El
hombre no puede hacerlo. La calidad de ambas injusticias es
muy diferente. Una puede esperar su remedio hasta las próximas
elecciones generales. La otra no admite espera. Y, sin embargo,
ahi está.
XLIX
EL CAPITALISMO TRADE-UNIONISTA
A
HORA debemos pasar a tratar de la historia de la resisten-
cia ofrecida por el proletariado a los capitalistas. Era
evidente que ninguna muj er ni ningún hombre podía
hacer nada contra los patronos aisladamente. La consabida répli-
ca "Si no toma usted el salario ofrecido y hace el trabajo que se
le encargue hay otros muchos que lo harán» desconcertaba al
'/ obrero aislado que exigía un salario suficiente y una jornada de
( trabajo razonable. La primera condición para una resistencia efi-
caz era que los obreros formaran una especie de sindicato, en el
que se reunieran todos. En muchos casos esto era imposible por-
que los obreros no se conocían entre sí y no tenían oportunidades
de reunirse y ponerse de acuerdo para llevar a cabo una acción
de conjunto. Por ejemplo, los empleados del servicio doméstico
no podían formal' sindicatos. Se hallaban en cocinas particulares,
más o menos presos y trabajando aisladamente, o, a lo sumo, en
grupos d ~ dos o tres, excepto en las casas de las personas muy
ricas, en donde su número podía el,evarse a treinta o cuarenta.
Consideremos si no los trabajadores del campo. Es muy difícil
organizarlos en sindicatos y todavía más difícil conservar estos
sindicatos durante mucho tiempo. Estos obreros viven demasiado
separados. Lo mismo puede decirse con · más exactitud de casi
todos los obreros, a excepción de los de las fábricas, las minas y
los ferrocarriles .
En algunas profesiones existen tales diferencias de salario y
posición social que, aun cuando se lograra unir a todos sus miem-
bros, éstos no se mezclarían nunca. Así, un actor de teatro puede
ser un gentleman consumado que representa a Hamlet o una
dama aristocrática de la nobleza británica que representa el pa-
pel de Parcia, r.ecibi,endo ambos salar.i. as semanales que se efeven
244 BERNARD SHAW
ti. centenares de libras. Con ellos trabajan todas las noches acto-
res y actrices que no pronuncian una palabra porque, si. lo hicie-
ran, su lenguaje revelaría el hecho de que, lejos de ser las da-
mas y los cortesanos que representaban, eran gentes que ganan
menos que los tramoyistas. Es incluso posible que un acróbata o
un clown esté mejor pagado que el actor que representa Hamlet,
y, sin embargo, sea tan ignorante en la vida privada y tenga en
la mesa modal es tan plebeyos que el actor no pueda soportar ni
su conversación ni su compañía durante la comida. Por esta ra-
zón un sindicato de actores es muy difícil de organizar: siempre
tienen que producirse escisiones. El sindicato sólo es posible en
las profesiones en que los obreros trabajan juntos en grandes
masas, viven en el mismo barrio, pertenecen todos a la misma
clase social y ganan aproximadamente lo mismo. Los mineros
de los yacimientos carboníferos, los hiladores de algodón de las
ciudades fabriles de Lancashil'e, los fundidores y los ajustado-
res del interior fueron los primeros en constit ui r sindicatos dura-
deros y poderosos. Los albañiles, los carpinteros y los ebanistas
que se reunían en la industria de la ,edificación también apare-
cieron pronto en liza haciendo tentativas por organizarse. Bajo
el influjo de alguna opresión intolerable se ponían de acuerdo
para hacer ver a los patronos su situación en determinado punto;
y cuando habían conseguido este objeto o eran derrotados, el
sindicato se disolvía hasta que surgiera otro conflicto. Luego em-
pezaron a hacer subscripciones para formar pequeños fondos de
seguro contra el paro forzoso, lo cual les obligó a conservar los
sindicatos, y de este modo éstos dejaron de ser rebeliones tran-
sitorias para convertirse en sindi catos permanentes como los que
ahora conocemos .
Ahora tenemos que considerar lo que puede hacer un sindi-
cato proletario para defender su sustento de los continuos ataques ,
del capitalismo. En primer lugar, cuando el sindicato es lo sufi-
ciente completo les permite hacer frente al patrono sin riesgo de
que se les diga que si no quieren someterse a sus condiciones
otros lo harán. Si la mayoría de los albañiles de una ciudad cons-
tituyen un sindicato y cada uno de ellos paga semanalmente una
pequeña cuota hasta tener un pequeño capital en que apoyarse,
cuando sus patronos intentan reducirles los salariog ellos pue-
den negarse a trabajar, y sosteniéndose con el fondo que han re-
unido pueden paralizar mortalmente el negocio del patrono du-
rante semanas o meses, según se lo permita la cuantía de ese
fondo. Esto es lo que se llama una huelga. Pueden declarar la
huelga no SÓlo contra una reducción de salario, sino también por
GUfA DEL SOCIALISMO y EL CAPITALISMO .245
su aumento o por una reducción de la jornada de trabajo o por
cualquier cosa que pueda motivar una disputa entre ellos y los
patronos. Su éxito dependerá del estado del negocio del patrono.
Los patronos pueden esperar siempre, si as[ lo prefieren, hasta
que se ha agotado el fondo de huelga y obligar a los huelguistas
a someterse por el hambre. Pero si la industria se encuentra en
esos momentos en tal estado de florecimiento, y los patronos tie-
nen en consecuencia: tal prisa por obtener sus beneficios, que per-
derían más con una interrupción del negocio que dando a los
huelguistas lo que piden, entonces los patronos se lo darán.
Pero los patronos esperarán la ocasión de hacer una contra-
huelga. Cuando la industria vuelve a decaer y tienen poco o nada
que perder cerrando sus fábricas durante algún tiempo, reducen
los salarios y expulsan a todos los obreros que no quieren some-
terse a la reducción. Este ataque de los patronos se llama locaut.
Los periódicos empl ean la palabra huelga para designar indis-
tintamente las huelgas y los locáuts, porque así sus lectores cen-
suran a los obreros en vez de a los patronos; pero algunos de los
más grandes movimientos llamados huelgas deberían haber sido
llamados locáuts. Un auge de la industria produce siempre una
serie de huelgas que por regla general triunfan. Un decaimiento
de la industria produce una serie de locáuts que también triun-
fan generalmente, deshaciendo cada una de las series de movi-
mientos el trabajo de la otra en un incesante vaivén. Después de
la guerra atravesamos un auge gigantesco, seguido de un decai-
miento desastroso, y ambos períodos fueron acompañados de
huelgas y locáuts. Su propia experiencia de estas guerras civiles
de huelgag y locáuts le habrá convencido a usted de que hay
desastres públicos que no tendrían sentido ninguno en una co-
munidad bien organizada. Pero pasemos esto por el momento.
Todavía no hemos acabado nuestro estudio del trade-unionismo
primitivo, ni hemos visto a lo que aspiraba, aparte de ahorrar
para una huelga y luego «deponer las herramientas". La prime-
ra exigencia del momento era que todos los miembros de la in-
dustria se afiliaran al sindicato, toda vez que los patronos podían
utilizar a los que no lo estuvieran para romper la huelga acep-
tando el trabajo que rechazaban los huelgui stas. Por consiguien-
te, esto provocó un odio feroz por los hombres que no querían
afiliarse a los sindicatos. Los sindicatos les llamaban esquiroles
y los boicoteaban por todos los medios posibles. Pero ni los vitu-
perios ni el boicot eran suficientes para amedrentar a los esqui-
roles. Cuando los sindicatos declaraban una huelga estacionaban
grupos de huelguistas a la puerta. de las fábricas para. persuadir
2415
I3ERNARn SHAW
a los esquiroles de que no entraran a trabajar. Ninguna mujer
inteligente necesitará que le digan que, a no ser que hubiera un
fuerte destacamento de Policía en el lugar de los acontecimientos,
la persuasión era tan contundente que los esquiroles podían dar-
se por contentos cuando salían de ella sin los huesos rotos. Final-
mente llegó un momento en que en Sheffield y Manchester unos
esquiroles que trabajaban en los altos hornos encontraron bom-
bas que les hici eron volar ,en pedazos, en que la maquinaria y
las herramientas eran obstruídas de forma que fuera peligroso
usarlas y en que las chimeneas de las fábricas eran voladas con
explosivos como el fulminato de mercurio, tan peligroso de ma-
nejar que sólo hombres muy ignorantes o muy desesperados po-
drían aventurarse a usarlo. Esto fué cortado por el gobierno, me-
nos castigando a los perpetradores que obligando a los patronos
a oesar en su provocación. Por ejemplo, los metalúrgicos de
Sheffield morían prematuramente y sufrían de un modo horri-
ble en vida porque el aire que respiraban estaba lleno de polvo
de acero. Era muy fácil impedir 'esto empleando aspiradores que
recogieran este polvo mortífero; pero los patronos no los insta-
laban porque como costaban un capital suplementario que no
producía ningún beneficio suplementario, el patrono que los ins-
talara podía ser combatido en el mercado por los que no lo hi-
cieran. En aquella época, un metalúrgico de Sheffield de cin-
cuenta años (cuando tenía la suerte de llegar a esta edad) o f r e ~
cía el aspecto de un anciano de setenta. Frente a tan criminales
condiciones, en las que se persistió durante una centuria, los
furiosos ataques de las víctimas resultan algo insignificante. Por
último, el gobierno tuvo que intervenir y obligar a todos los pa-
tronos a instalar aspiradores. Los pulmones de los habitantes de
Sheffield no son ahora peores que los de la mayoría de la gente
y son mejores que los de muchos obreros que todavía no se ha-
llan protegidos tan cuidadosamente por la l,ey.
Pero el aceptar un salario inferior al pedido por el sindicato
no era el único modo que podía utilizar un obrero para perjudi-
car a sus colegas. En muchas industrias no servía de mucho fijar
el salario que había de recibir el obrero, a no ser que se fijara
también la cantidad de trabajo que tenía que realizar. A estas
fechas debe usted estar cansada de las necias ironías de los pe-
riódicos capitalistas acerca de que a los albañiles no les consien-
ten sus sindicatos poner más de tres ladrillos al día. Es evidente
que un albañil ti ene tanto derecho a imponer un sulario diario
por colocar tl'es ladrillos como su patrono lo tiene fI vender la
casa cuando está construida por el precio más alto que pued,é,
GuÍA DEL SOCIALISMO Y EL CAPITALISMO 247
conseguir. Los que condenan a cualquiera de los dos condenan el
sistema capitalista como buenos bolcheviques . La br'Oma de los
t.res ladrillos es solamente una exageración cómica de lo que ocu-
rre en la realidad. Los patronos, para saber cuánto trabajo puede f
rendir un hombre, eligen a un obrero excepcionalmente rápido
e infatigable y tratan de imponer lo que él puede hacer en un
día a todos los demás. Como es natural, los sindicatos replican
prohibiendo a sus miembros que coloquen un ladrillo más de ios
que pueden colocar normalmente. Esta práctica de hacerdelibe-
radamente lo menos permisible en vez de lo más que puedan e,s
la actitud de que tanto se lamentan los patronos, aunque todos
ellos hacen 10 mismo bajo el nombre respetable de «restringir la
producción» y vender en el mercado más caro. ~ ~ s t e es el princi-
pio en que se basa <81 sistema capitalista.
De este modo, el capitalismo conduce a los patronos a hacer f
lo peor posible por los obreros y a los obreros a hacer lo menos 1
que pueden por ellos. j Y no hace más que jactarse del incentivo
que facilita a ambos para dar su máximo rendimiento! Acaso
pregunte usted por qué no termina esto en una paralización to-
tal. La respuesta es que ya está produciendo esa paralización dos
veces al día poco más o menos. Los discursos del rey en la aper-
tura del Parlamento siempre contíenen ahora un llamamiento él
los obreros y los patronos para que sean buenos chicos y no pa-
ralicen la industria de la nación con el conflicto de sus intereses
irreconciliables. La razón de que el sistema capitalista se haya
desenvuelto hasta la fecha sin tropiezos que hayan durado más
de unos cuantos meses, y aun entonces sólo en determinados si-
tios, es que todavía no ha logrado conquistar la naturaleza hu-
mana de modo tan completo que todo el mundo actúe basándose
en los rigurosos principios del negocio. La masa del país ha esta-
do aceptando ignorante y humildemente lo que le ofrecían los
patronos y trabajando lo mejor que podía, creyendo que cumplía
con su deber en la situaci ón de lo. vida en que a Dios le ha com-
placido colocarla o siIl pensar para nada en la cuestión, pero su-
friendo su suerte como algo que no puede remediarse, al igual
que el tiempo. A fines del siglo XIX, cuando había catorce millo-
nes de asalariados, sólo millón y medio formaban parte de las 'I'ra-
de Unioos, lo cual signifi caba que sólo millón y medio vendían su
trabajo basándose en los sistemáticos principios del negocio capi-
talista. Hoy día se han convertido al capitalismo casi cuatro millo-
nes y medio, que se hallan debidamente alistados en sindicatos mi-
litantes. Cada año se libran de seis a setecientas batallas llama-
das disputas industriales, y el número de días de trabajo que
248 I3ERNARD SHAW
pierde la nación con esto se eleva a veces a más de diez millones.
Si no · se tratara de una cuestión tan seria para todos podría üno
! ¡ reírse de la candidez con que habla la gente de la propagación
del sociali smo, cuando lo que le amenaza realmente es la propa-
gación del capitalismo. Desde el momento en que los obreros
desposeídos se niegan a ver la mano de Dios en su pobreza y em-
piezan a organizarse en sindicatos para sacar el mayor dinero
posible por su trabajo, como ven que hace el terrateniente con
su tierra, el capitali sta con su capital, el patrono con su conoci-
miento de la industria y el financiero con su pericia, la industria
del país, de la que depende nuestra existencia, empieza a desplo-
marse cada vez más de prisa por dos vertientes opuestas, al fon-
do de las cuales se producirá una colisión desastrosa que la con-
ducirá a un estancamiento, hasta que los propietarios conduzcan
a los obreros por la fuerza a una esclavitud franca y obligada o
los obreros conqvisten la superioridad, y la larga serie de cam-
bios según los cuales el dominio de la situación ha pasado ya elel
propietario capitalista al industrial individual, del industrial in-
dividual a la sociedad anónima, de la sociedad anónima al trust.
y, por último, de los industriales en general a los financieros.
culminará en su transferencia al trabajo capitalizado . Ya se he
entablado la batalla por esta supremacía, y nosotros nos enCOll -
tramos en el centro de la pelea, viendo nuestro país asolado por
huelgas y locáuts, abrumados por un ejército imponente de obre-
, ros sin trabajo, mientras la burguesí{:t declara que todo ello et;

culpa de los obreros, y los obr eros, o declaran que todo ello es
culpa de la burguesía, o deducen con más sensatez que es culpé!
del sistema capitalista, y recurren al socialismo, no !'anto porquf'
lo comprendan, sino porque les promete una salida.
Cuando empezó a declararse esta lucha abierta, los patronol"
emplearon su fuerza en el Parlamento para que se castigara como
un crimen. Los sindicatos fu eron considerados sediciosos, y todo
el que se afiliaba a ellos pasaba por conspirador y se le castigaba
en consecuencia. Esto no aniquiló los sindicatos: no hizo más
que "meterlos bajo tierra» , es decir, que los convirtió en socieda-
des secretas, con lo cual los puso en manos de caudillos más de-
cididos y menos observantes de las leyes. El gobierno vió por ftn
que era imposible continuar con semejante coerci6n, pues los
pocos casos en que podía aplicarse la ley producían el resultado
de los martir010gios, suscitando ruidosas agitaciones pOpU18XeB
que estimulaban a los sindicatos en vez de suprimirlos.
Entonces los patronos se aefendieron por sí mismos. Se nega.-
fOt;l q, d"r fl. sindiq!1Qos; pero I}stQ no (,Uq resul-
GUíA DEI. SOCIALTSMO y EL CAPITALISMO 249
tado porque no lograron reunir suficiente número de obreros li-
bres, y los sindicados que tenían que ad miti!' se negaban a tra-
bajar con los que no lo fueran. Después los patronos ' se negaron
a "reconocer" los sindicatos, lo cual significaba que se negaban
a negociar cuestiones de salarios con los secretarios de los sindi-
catos y querían tratar directa e individualmente con sus obreros.
Esto también fracasó. Hacer un trato separado con cada opera-
rio es cosa fácil cuando se trata de una mujer que toma una
criada o de un comerciante anticuado que admite un escri biente
o un dependiente; pero cuando hay que admitir los hombres a
centenares, y a veces por miles, ese trato separado es imposible.
Los grandes industriales que hablaban de esto al principio pl'e-
tendían en realidad que no hubiese trato alguno. Los obreros
tendrían que aceptar lo que se les diera y no replicar nada. En el
momento en que la formación de los sindicatos les permitió a los
obreros discutir las condiciones de trabajo, los grandes indus-
triales se obstinaron en que esto se hiciera con un solo represen-
tan te de los obreros, que tuviera experiencia y pudiera discutir
estas cuestiones, es decir, con el secretario del sindicato, de suer-
te que todo el alboroto acabó en que los sindicatos no sólo fueron
reconocidos por los grandes industriales, sino que fueron consi-
derados como una parte necesaria de su industria. Finalmente,
Jos sindicatos fueron legalizados, y en este caso, lo mismo que
2n el de las leyes de la propiedad de las mujeres casadas, el paf:: O
del abandono a la protección legal l'ebasó un poco su obj eto en
su reacción contra la injusticia preoedente y dió A, las Trade-
Unions privilegios e inmunidades que no gozan las organizacio-
nes ordinarias. Entonces los industriales vieron que debían unir-
se también para tratar con las Trade-Unions, y en consecuencia
formaron sindicatos propios, llamados Federaciones Patronales.
La lucha entre e1 capital y el trabajo es ahora una lucha entre
las Trade-Unions y las Federaciones Patronales. Sus batallas, o,
mejor dicho, sus bloqueos, consisten en huelgas y locáuts que,
como las batallas militares modernas, duran meses enteros.
Aunque algunas de estas batallas son motivadas por actos de
represalias (es decir, cuando se despide a un obrero por defen-
der activamente el tradeunionismo o cuando no se quiere read-
mitir a un huelguista prominente una vez terminada una huel-
ga), todas las disputas en las que se gana o pi erde terreno son
motivadas por cuestiones de salarios o jornada de trabajo. Ya
sabrá usted que hay dos clases de salarios: el salario por tiem-
po y el salario por pieza o destajo. El industrial paga el salario
de tiempo por mes, por semana, por día o por hora, eualquierlJ,
250 BE:IlNARD SI-JAW
que sea la cantidad de trabajo que se haga en estos períodos. El
sala¡'io por pi eza se paga con arreglo al trabajo hecho, es decir ,
11 un tanto por cada pieza producida.
Ahora bien: usted supondrá seguramente que los obreros de-
fenderían unánimemente el salario por tiempo mientras que los
patronos defenderían el salario por pieza: en efecto, así ocurría
al principi o. Pero la introducción de la maquinaria modificó las
cosas . El salario por pieza es en realidad un salario de tiempo
pagado de forma que el obrero no pueda distraerse porque tiene
que trabajar con ahinco para ganar el salario; pero la cuantía
del salario se determina considerando si 10 que puede hacer un
obrero en una hora, un día o una semana trabajando a destajo
le permitirú vivir del modo a que está acost umbrado, o, como
sllele decirse, si le pel'mitirá mantener su tipo de vida. Ahora
bien: suponga usted que se inventa una máquina con la. que
puede producir al día el doble de piezas que antes. Entonces se
encontrará. con que ha ganado tanto el miél'coles por la tarde
como antes el sábado. ¿ Qué hará en tal caso? Acaso piense usted,
si es una muj er activa, que trabajará toda la semana como de
costumbre y dará a su esposa una alegre sorpresa ll evándol e el
doble ele dinero. Pero el hombre no es así. Prefiere un chelín de
ocio a otro chelín más de pan y manteca o un sombrero nuevo
para su esposa. Lo que hace en realidad es entregar a su mujer
exactamente lo mismo que antes y hacer fiesta el jueves, el vier-
ns y el sá.bado, dejando a su patrono sin su auxilio mientras éste
se halla quizás apremiado por contratos que ha de cumplir a de-
terminada fecha. Para obligar al obrero a trabajar toda la sema-
na, el patrono tiene que "reducir la tarifa)), es decir, reducir a la
mitad el salar io por pieza. Entonces la sartén está en el fuego: la
Trade-Uníon se resiste fu r iosamente a la reducción y amenaza
con la huelga si no se elejcl a los obreros beneficiarse de la nueva
má.quina. Hubo una época en que la introducción de nuevas má-
quinas originaba motines , en los que muchedumbres furiosas
elo obreros manuales destrozaban las fábricas recién equipadas.
Cuando las muchedumbres fueron substituídas por las Trade-
Unions, lainLroducción ele nuevas máquinas fué seguida fre-
cuentemente de huelgas y locáuts. Pero cuando las acaloradas
di sputas entre patronos nfurecidos y obreros rencorosos cedie-
ron el paso a negociaciones frías entre experimentados secreta-
t'ios de las federaciones patronales y los sindicatos obreros que
ya habían resuelto muchas dificultades simi lares, se convirtió en
una práctica establecida reajust.ar el salario por pieza de modo
que le perrniti \'lse al ob1'e1'o compartir con el patrono el benefici o
GUíA DEL SOC fALI Si\10 y 25t
de la máquina. La única cuestión a resolver era la cantidad que
podía reclamar.
Con el salario por ti empo, el obrero no percibe ningún bene-
ficio por la introducción de una máquina. El producto de su tra-
bajo puede multiplicarse centenares de veces ; pero él sigue tan
pobre como antes. Por eso en muchas industrias los obreros re-
claman el salario por pieza, y los patronos se quedarían encan-
tados de poder pagar el salario de tiempo, tanto más cuanto que
cuando la maquinaria empieza a funcionar es la máquina la que
hace trabajar al oo1'e1'o, en vez de ser éste el que haga trabajar
a la máquina, y la pereza resulta imposible o fácil de descubrir.
Pero a veces ocurre que ni el asalariado por pieza ni el aS<1-
lariadú por jornada tienen nada q uo decir por la sencillísima
razón de que la introducción de la máquina le permite al pa-
t,rono prescindir de los obreros y reemplazarlos con muchachas
para dirigir las máquinas. Y ya hemos visto el efecto que tiene
sobre los salarios el trabajo de las muj eres y las muchachas. Por
otra parte, el tradeunionismo ti ene menos fuerza entre los hom-,
bres que entre las mujeres porque como la mayoría de ellas con-
sidel'an el trabajo industrial como un simple recurso transitorio
para sostenerse hasta que se casen, no se preocupan de organi-
zarse con tanto interés como los hombres, que sahen que han de
ser obreros industrial es toda su vida. En la industria de hilados
y tejidos de Lancashire, en donde las mujeres no retiran de
la fábrica cuando se casan, los sindicatos f'emeninos son tan fu er-
Les como los de los hombres.
Al 0.n y a la postre, las reservas del patrono son mucho ma-
yores que las de los obreros, pues, aunqu e lo que decía John
St1.lart Mil! a mediados del pasado siglo de que los asalariados
no habían resultado beneficiados con la introducción de la ma-
quinaria ya no es completamente cierto, lo que han ganado es
tan poco en comparación con el prodigioso aumento del rendi-
mi'ento nacional de las máquinas, que no es exagerado decir que
no sólo no han ganado terreno, sino que han perdido mucho en
comparación con los capitalistas.
LOS PARTIDOS POLíTICOS y EL GOBIERNO
L
A debilidad del tradeunionismo primitivo consistía en que
las concesiones arrancadas a los patronos 0uando la in-
dustria marchaba bien, volvía a perderlas cuando la in-
dustria marchaba mal, porque como los patronos poseían la ma-
yor parte del capital nacional, siempre podían interrumpir el
trabajo, sin temor al hambre, durante mucho más tiempo que los
obreros. Las Trade-Unions t uvieron que afrontar pronto el hecho
de que si no lograban que las concesiones fueran establecidas y
reforzadas por la ley perderían con los locáuts todo Jo que gana-
ban con las huelgas. Al mismo tiempo vieron que el Parlamento
había acabado defi nitivamente con la explotac.ión de los niños pe-
queños en las fábri cas, y aunque, como ya he explicado, sus
miembros se habían visto impulsados por la pobreza a oponerse
a esta reforma, esto les convenció, no obstante, de que si el Parla-
mento quería podía establecer toda reforma tan firmemente que
los patronos ya no podrían acumularla. Los obreros querían una
reducción permanente de la entonces monstruosa jornada de tra-
bajo. Así brotó la demanda de la jornada de ocho horas. Al prin-
cipio parecía un ideal inaccesible y todavía dista mucho de haber
sido logrado por completo. Pero una jornada de diez horas para
las muj eres, los ni ños y los adolescentes ya parecía algo razona-
ble y posibl e. En cuanto a los hombres, se les decía que eran bre-
tones independi entes y mayores de edad, y que sería un ultraje
a la libertad británica impedirle a un inglés que trabajara todo
lo que quisiera. Pero cuando las muje·res y los ni ños se van a .
casa la maquinaria de la fábrica queda parada, porque no puede
marchar sin ellos; y cuando la maq uinaria se para, los hombres
pueden irse también a casa, puesto que no pueden trabajar sin
ell a. De este modo los homLc'3s consiguieron que se les redujel'a
BERNARD SHAW
legalmente la jornada de traDujo, «gracias a la influencia de las
faldas».
¿ y cómo los obreros, que en aquel entonces no tenían voto, pu-
dieron conseguir que el Parlamento, en el que sólo había terra-
tenientes, capitalistas e industriales, aprobara estas leyes bené-
volas de protección de los trabajadores contra los patronos?
Si contestara que fueron actos de pura conveniencia nadie me
creería hoy, porque el capitali smo ha destruído nuestra fe en todo
móvil eficaz que no s'ea el egoísmo sostenido por la fuerza. Pero
hasta el cinismo capitalista admitirá que, por poca conciencia que
pueda tenerse cuando se trata de nuestros propios intereses, po-
demos mostrarnos categóricamente virtuosos cuando a expensas
de los demás. La mujer inteligente se guardará muy bien de ima-
ginar que los propietarios y los industriales que se sentaban en
el Parlamento hace cien años habían leído este libro y compren-
dían, por lo tanto, qne su intereses eran los mismos, aunque sus
ocupaciones, sus costumbr,es y su posición social fueran tan dis-
tintas. Los hacendados linajudos despreciaban a los industriales
.como mercaderes vulgares, y se lo hacían sentir. Los industriales,
por su parte, sabiendo que cualquier necio podía ser par o ha-
cendado ilustre con sólo que tuviera la suerte de nacer en una
quinta, mientras que el éxito en los negocios exigía capacidad per-
sonal, se hallaban decididos a,destruír los privilegios de la aristo-
cracia latifundista. Esto se hizo en Francia ,en 1789 por medio de
una revolución, y utilizando la amenaza de una revolución simi-
lar, los industrial es ingleses obligaron en 1832 al rey y a la no-
bleza, tras una larga agitación popular, a conv,ertir en ley el fa-
moso decreto de la Reforma, que prácticamente transfirió el man-
do del Parlamento inglés de las manos de la aristocracia heredi-
taria a los empresarios industriales.
Ya sabe usted 10 que significa una agitación popular. Significa
razonar poco y abusar mucho del engaño. Antes de 1832, los in-
dustriales no se limitaron a señalar el absurdo de permitir que
un par de casas de la propiedad de un conde pudieran enviar un
representante al Parlamento, mientras que la ciudad de Bir-
mingham no estaba representada en él. A la mayoría de la gente
le parecía muy natural que los grandes tuvieran grandes privile-
gios y no se preocupaba lo más mínimo de Birmingham, ciudad
de la que sólo habían oído que era un lugar muy sucio. Por con-
siguiente, los industriales excitaron la opinión pública en contra
dre la nobleza latifundista, exponiendo todos sus crímenes: la
expulsión del país de poblaciones enteras para criar ovejas o cier-
vos; su despiadada imposición de Ht ley de caza, según la cual se
antA DEL SOCTAI.TSMO y EL CAPJ l'ALI S¡V¡O
255
condenaba con los peores criminales a un hombre que hubiera
robado unas liebres o unos faisanes ; la horrible condición de las
chozas de los labriegos de sus propiedades ; los míseros jornales
que les pagaban; su fanática persecución de los no-confOl'mistas,
no sólo prohibiendo en sus estados todo culto que no fuera el de
la Iglesia anglicana, sino designando para curas a los eclesiásti-
oos con que podían contar para enseñar a los niños de las escue-
las rurales que todos los disidentes estaban dejados de la gracia
de Dios en este mundo y condenados en el otro; su igualmente
fanática persecución de todo comerciante que osar a votar contra
sus candidatos en las elecciones, en unión de todas las demás tira-
nías que en aquellos tiempos di,eron origen al proverbio, corriente
hasta entre los hombres de negocios, de que "el desagrado de un
lord es una sentencia de muerte".
Recordando una y otra vez estos ultrajes, los patronos consi-
guieron al fin envenenar la opinión pública contra los nobles,
hasta el punto de que el temor a qUA se repitiera en Inglaterra la
revolución francesa acabó con la oposición al decreto de Refor-
ma. Los industri ales, luego de propiciarse al rey Guillermo iv
pagándole sus deudas, obligaron al Parlamento a aprobar el de-
creto, acontecimiento que inauguró el ensoberbecido reino de ,la
mesocracia inglesa bajo la reina Victoria.
Como es natural, los nobles no estaban dispuestos a confor-
marse con la derrota, y se vengaron sosteniendo la agitación de
lord Shaftesbury en favor de las leyes fabri les, y demostrando
que la opresión del industrial era más insoportable que los pri-
vilegios de la nobl eza; que la situación de los obreros fabriles
era peor que la de los esclavos de las plantaciones de América
y las Indias Occidentales; que las peores chozas de los peores te-
lTatenientes tenían al menos más aire puro que los atestados tu-
gurios de las ciudades fabriles; que si los industriales no se pre-
ocupaban de si sus obreros eran anglicanos o metodistas, tampoco
se cuidaban de si eran metodistas o ateos, porque ellos no tenían
otro Dios que Mammon ; que si no perseguían a s us obreros po-
liticamente era porque éstos no tenían votos, pero los perse-
guían industrialmente encarcelando a los tradeuni nistas, y que
las relaciones personales y a veces afectuosas entre los campe-
sinos y los señores , el conocimiento de los buenos modales y las
tradiciones domésticas honrosas que aprendían las mujeres en el
servicio doméstico de las quintas de los nobles, la bondad mani-
festada en las grandes propiedades por los ancianos y los enfer-
mos, habian desaparecido en la inmundicia y la miseria, la bru-
talidad y la blasfemia, el . hacinamiento incestuoso y las terri-
ilERNARD ::>HA W
bIes epidemias de las poblaciones fabriles y mineras, (ln las que
la vida inglesa era lo que había hecho que fuera la codicia del
industrial.
'l'odo esto, aunque totalmente exacto, no era más que el caso
de la sartén llamándole sucio al cazo, pues los nobles no recha-
zaban los dividendos que les daban los industriales en las minas
y las fábricas, ni se oponían a que se construyeran fábricas y tu-
gurios en sus propiedades de Lancashire, y, por su parte, los in-
dustriales, cuando habían hecho fortuna, tampoco vaci laban en
comprar heredades y "fundar familias» que se educaran dentro
de las más estrictas tradiciones de la nobleza provinciana, ni en
menospreciar la industria por vulgar cuando se había extinguido
la g.eneración que recordaba quiénes habían sido sus abuelos. Pero
las contiendas entre ambos grupos explican cómo fué posible que
cuando el Parlamento se hallaba formado exclusivamente por te-
rratenientes e industriales o representantes suyos, mientras el
proletariado no tenía voto, se aprobaran las leyes fabriles. Estas
leyes fueron la venganza de los nobles por la ley de la Reforma.
Por otra parte, los pobres no estaban privados por completo
del sufragio. El propietario de una heredad que valiera cuarenta
chelines al afio, tenía voto y existía cierto número de privilegios
antiguos que daban cierto peso a los pobres en las elecciones, o
podian elegir un representante obrero (semejante cosa era en-
tonces algo inaudito) ; pero a veces podían elegir entre el ten'ate-
ni ente conservador y el industrial liberaL Si los conservadores y
los liberales hubieran comprendido que sus intereses eran los
mismos y que debían oponer un frente único a los obreros, éstos
no hubieran tenido otra esperanza que la revolución. Pero los con-
servadores y los liberales no comprendían sus intereses comercia-
les . Los conservadores se aferraban ciegamente a sus antiguos
privilegios; los liberales seguían la pista de sus nuevos privi-
legios tan irreflexivamente como una jauría sigue la pista ele
un zorro. Ambos querían figurar en el Parlamento porque est.o
les daba importancia personal , abriéndoles el camino del escaño
en que se sentaba el gobierno y de los títulos nobiliarios. Los libe-
rales se consideraban el pal'tido de la reforma, porque habían sa-
cado a flote del decreto reformador, y como los obreros querían
todo género de reformas se creyeron que . votarían siempre agra-
decidos por los liberales.
Ba.io el influ.io de esta ilusión, un gobierno liberal buscó el
apoyo popular ofreciendo el sufragio a la clase trabajad,ora. Los
conservadores se opusieron a éstos tan furiosamente que derro-
taron a los liberales en las elecciones siguientes; pero un líder
GuÍA DEL SOCIAL1::;MO y BL CAPITALISMO
25'1
conservador inteligentísimo, llamado Benjamín Disl'aeli, después
eonde de Beaconsfield, hebreo que había iniciado su 'carrera po-
lítica como Carlos Marx, defendiendo al proletariado, convenció
a los conservadores de que en realidad eran más populares que
los liberales, y les indujo a conceder la ampliación del derecho
electoral a que tanto se habían opuesto. Como es natural, cuando
los obreros pudieron obtener así algunos votos los utilizaron para
consegui r más, y el final fué que todo el mundo obtuvo el voto,
incluso más tarde las muj eres, aunque éstas tuvieron que llevar a
cabo una lucha feroz por su inclusión y no lo consiguieron hasta
que la tarea nacional que realizaron cuando ocupaJ;on el puesto
d.e los hombres durante la guel'l'a de 1914-18 incitó al país a muan-
ciparlas.
Los electores proletarios, que antes sólo pod.ían elegir entre
Jos conservadores y los liberales, ahora pueden elegir también can-
didatos propios. Al principio no comprendieron esto, y todavía no
lo han comprendido del todo. Empezaron mandando tímidamente
al Parlamento una docena de hombres que no se llamaban repre-
sentantes obreros, sino representantes de la clase obrera del pal'-
tido liberal. Llegó a convertirse en costumbre que los gobiernos
concedieran un puesto ministerial de poca importancia a algún
dócil profesor de la clase media que se interesaba vagamente por
la legislación fabril y la educación popular, y que era tratado por
el resto del gabinete como un cero a la izquierda.
Mientras tanto iban formiindose agrupaciones socialistas entre
los lectoY'es de la famosa exposición marxista de los pecados del
capitalismo y de un libro muy difundido entonces titulado El
progreso y la pob?'eza, escrito por un norteamericano llamado
Hemy George, que había visto las primitivas ciudades americanas,
en donde ni era lo bastante pobre para hallarse en la ' degrada-
ción y la miseria, ni lo bastante rica para vivir en la .ociosidad y
lé\, extravagancia, convel.'tidas mediante el desarrollo de la pro-
piedad privada de la tierra y el capital ,en urbes de fabulosa ri-
queza; riqueza tan mal repartida que la masa se revolcaba en
nna horrible pobreza mientras un puñado de propietarios nadaban
entre millones. Estas agrupaciones socialistas rompieron con la
tradición de la adhesión del proletariado al partido liberal, pres-
tando a los trabajadores lo que Marx llamaba conciencia de clase,
frase que la mujer inteligente habrá encontrado con frecuencia
en los periódicos sin saber mucho mejor que el periodista cuál
es su significado exacto. Los electores que habían creído que sólo
había dos partidos políticos, el consel'Vador y el liberal (o TO'fies
y Whigs), que los dos grandes partidos religiosos
17
BERNARD SHAW
de los eclesiásticos y los disidentes, y los dos grandes intereses
económicos de los agricultores con sus terratenientes y los nego-
ciantes urbanos con sus capitalistas, aprendían ahora que desde e!
punto de vista del obrero lo mismo daban los conservadores que
.Ios liberales, toda vez que la ganancia de cualquiera de ellos
significaba una pérdida para el tralJajador, y que los únicos par-
ti. dos que realmente tenían intereses opuestos eran el partido de
la clase propietaria por un , lado y el del proletariado desposeído
por otro ; -en otras palabras, el partido del capital y el partido del
trabajo. Lo que importaba no era la lucha parlamentaria entre el
liberal MI'. Gladstone y el conservador MI' . Disraeli , respecto a
quién debía ser primer ministro, o entre sus sucesores MI'. Bal-
foul', MI'. Banal' Law y Mr . Baldwin, por un lado, y Sir Henry
Campbell-Bannerman, Mr. AsquitJh y Mr . Lloyd George, por el
otro. Para el proletariado consciente todo esto no son más que
zarandajas: lo que mueve realmente al mundo es la lucha de
clases entre los propietarios y el proletariado por la posesión de la
tierra y el capital de la nación (los medios de producción). Cuan-
do un han bre comprendía esto se decía que tenía conciencia de
clase. Estos términos pueden inducir a error porque implican que
todos los proletarios están en un campo y toda la burguesía en el
otro, cosa que no es ,exacta ; pero como la mujer inteligente que
ha leído lo que antecede sabe ya lo que significan, pasemos adelan-
te por el momell:to.
Las organizaciones socialistas habían empezado erróneam€n-
te por tratar el Parlamento como el campo del enemigo, boico-
teando a las Iglesias como simples instrumentos para mantener
a los obreros -en la sumisión al capitalismo y denunciando el
tradeunionismo y la cooperación como remedios equivocados .
Bajo Marx y Engels, Monis y Hyndman, el socialismo era un
movimiento mesocrático suscitado por la sublevación de la COIl-
cjencia de hombres y mujeres instruí dos y humanitarios, contra
la injusticia y la crueldad del capitalismo, y también (esto cons-
tituía un factor importantísimo en el caso de Morris) contra su
hrutal menosprecio de la belleza y la felicidad humanas de hacer
algo excelso por pura afición . Ahora bien, los más nobles y más
fuel'Les sentimi-entos de esta índole eran perfectamente compa-
tibles con la más absoluta distanciación e ignorancia de la vida
proletaria y de la historia de la clase asalariada. Los más devo-
tos paladines de los asalariados sabían cómo eran las criadas,
los jardineros, los ferrovi,arios, los recaderos y los carteros; pero
respecto a los obreros fabri les, los mineros y los descargadores,
sus distinguidos simpatizantes sabían tanto como si fu eran hadas.
GUÜ DEL SOC1ALISiV¡O y EL CAPlTALIS:VlO
259
Siempre que experimentamos una gran compasión por alguna
persona tratada cruelmente, de la que no se sabe más sino que
he sido maltratada, nuestra generosa indignación le atribuye toda
uerte de vidudes y atribuye toda clase de vicios a aquellos que
Ja oprimen. Pero la dura verdad es que la gente maltratada e
peor que la tratada bien. En realidad ésta, en el fondo, es la única
r'azón que tenemos para no consentir que se le trate cual a nadie.
Si yo creyera que usted iba a haoerse mejor maltratándola, haría
cuanto pudiera por que la maltrataran a usted. Debemos negarnos
a tolerar la pobreza como institución social, no porque los pobres
sean la sal de la tierra, sino porque "los pobres, en general, son
malos». Y los pobres lo saben mejor que nadie. Cuando el movi-
miento socialista Ion inense recibió su tono de amantes del arte
y ]a literatura, que habían leído a George Borrow, llegando a con-
sideral' como santos a los vagabundos y de altos eclesiásticos apa-
sionados (anglocatólicos) que adoraban a supervagabundos como
San Francisco, era propenso a suponer que todo cuanto hacía fal-
ta era enseñar el socialismo a las masas (imaginadas vagamente
com una enorme multitud de santos mendicantes) y dejar que
surtiera su efecto natural la siembra de la buena semilla en un
suelo virgen y beni gno. Pero el suelo proletario no era ni virgen
ni excepcionalmente benigno. Las masas no tienen nada de va-
gabundos y sus miembros no alimentan ilusiones románticas res-
pecto a los demás, cualesquiera que puedan ser las ilusiones que
tengan sobre sí mismos. Cuando John Stuart Mill fué candidato
por Westminster, sus adversarios trataron de derrotarle recordan-
do una ocasión en que había dicho claramente que el obrero in-
glés no era ni completamente veraz, ni completamente sobrio, ni
completamente honrado, ni estaba imbuído de un sentido exacto
de la malignidad del juego; en suma, que no era en modo alguno
lo que siempre pretendían los candidatos cuando se dirigían a su
clase tratándoles de "señores» para pedirles su voto. Mill debió
seguramente su éxito en aquella ocasión a que en vez de retrac-
tarse l'atificó valientemente su opinión. A los asalariados les gustan
las lisonjas como a todo el mundo, se regodearán con las que les
dirijan los candidatos a condición de que se dé por entendido que
nq son más que lisonjas y que los candidatos saben a qué aten el'-
se; pero no les conmueven las damas y los señores idealistas y
efusivos, que son 10 bar;;tante cándidos para imaginarse que los
pobres son ángeles cruelmente incomprendidos.
En la década del ochenta, los socialistas advirtieron su error.
La Sociedad Fabiana se deshizo de sus anarquistas y borrovi a-
nos, y presentó el socialismo bajo la forma de una serie de medi-
200 m:RNAHIJ SHA W
das patlamentaü as , haci,endo posible de ,este modo que cualquier
ciudadano respetabJe y religioso pudiera profesar el socialismo y
pertenecer a una organización socialista sin que pudiera acusál'-
sele de ilegalidad, exactamente igual que podía profesar ' el cOll-
servadurismo y pertenecer a un club constitucional. Uno de los.
líderes de la Sociedad Pabiana, MI'. Sidney Webb, se casó con
Miss Beatrice Potter, que había llevado a cabo un estudio directo
de la vida y la organización obrera, y había publicado un libro
sobre cooperación. Ambos escribieron la primera historia real-
mente científica del tradeunionismo, con lo que no sólo hicieron
que los asalariados tuvieran plena conciencia de la dignidad de
su historia política (paso importantísimo en la conciencia de cla-
se marxista), sino que l'Ilostró a los socialistas de la clase media
cuál era la verdadera labor pública del mundo asalariado y les
conv,enció del absurdo de suponer que los socialistas podían pres-
cindir altivam.ente de la organización que la masa se había creado
ya espontáneamente a su modo. Sólo injertando el socialismo
en esta organización existente podía crearse un movimiento pro-
letario verdaderamente poderoso,
Los liberales, cl'eyéndose todavía el partido del progreso, su-
ponían que todos los movimientos progresivos serían injertados
indiscutiblemente en el partido liberal, para que los líderes libe-
mIes los patrocinaran y los adoptaran en el Parlamento hasta
conseguir su aprobación, Así que se quedarán desagradablemente, '
sorprendidos cuando el primer resultado el e la adopción del pal'-
lamentarismo constitucional por la Soci,edad Pabiana fué un
ataque contra el gobierno liberal de aquella época, publicado en
una de las principales revistas, por ser más reaccionario y hostil
a los asalariados que los conservadores. Los liberales se quedaron
tan asombrados y escandalizados que sólo se les ocurrió sugerir'
que la Sociedad Pabiana habia sido sobornada por los conseTVa-
dores para cometer lo que a todos los liberales les parecía una
descarada traición política. Pronto hubieron de desencajar los
ojos mucho más. La Sociedad Fabiana a ompañó su ataque de
una proposición, conducente a la creación de un partido obrero
en el Parlamento para combatir imparcialmente a los conserva-
dores y a los liberales, Un líder obrero llamado Keir Hardie, que
había sido minero, fundó una sociedad llamada Partido Laborista
Independiente, para poner en práctica dicha proposición. Entre
los miembros de la Sociedad Pabiana quien llegó a convertirse
en líder de esta nueva organización fué MI'. Ramsay Mac Donald,
que pOI' su educación y su conocimiento del mundo ajeno a la
clase obrel'i1" staha en mejores condiciones que Keir Hardie paré!'
GuiA. DEL SOCIALISMO y EL CAPITALl8MO 26t
l'epreseniarle en el Parlamento. Del Partido Laborista Indepen-
diente nació el Partido Laborista, federación política mucho más
poderosa, de sindicatos y agrupaciones socialistas, cuyos delega-
-dos constituyen su comité ejecutivo. Como todos los miembros de
.las Trade-Uni ons contribuyeron con una cuota semanal de un
penique a crear un fondo político de más de 325.000 libras (ahora.
esta suma se ha triplicado), esta coligación con los tradeunionistas
fué decisiva .. En las elecciones de 1906 resultaron elegidos suficien-
tes representantes obreros para formar un partido independiente
en el Parlamento. En 1.923 habían aumentado tanto que ni los
conservadores ni los liberales tenían mayoría en la Cámara, y
MI'. Ramsay Mac Donald fué retado a formar un gobierno y de-
mostrar si los obreros sabían gobernar o no. MI'. Mac Donald
aceptó el reto y pasó a ser primer ministro británico con un gabi-
nete de socialistas y tradeunionistas. Este gobierno resultó más
competente que el conservador que le había pr·ecedido, en parte
porque sus miembros, elevados de la pobreza o la obscuridad a la
preeminencia por su capacidad personal, no se veían trabados por
nulidades, y en parte porque conocía la situación actual del mun·
do y no soñaba, como les ocurría hasta a los conservadores más
inteligentes, con la mezcolanza victorina de la nobleza industrial
creciente y la nobleza feudal menguante en ]a clase capitalista,
junto a la ignorancia desvalida y la servidumbre en el proletaria-
do, que ni siquiera había durado durante toda la vida de la reina
Victoria. En realidad, los líderes obreros se hallaban extraordina-
l'iamente mejor educados y tenían más experiencia que sus ad-
versarios, quienes en su fatuidad tenían por indiscutible que los
hombres ricos tienen que tener mejor educación porque se gra-
dúan en las dos universidades aristocráticas en lugar de hacerlo
en la escuela de la. vida económicamente orgánica.
Los liberales y los conservadores, disgustados con este resul -
tado y lamentando amargamente que al ofrecer una oportunidad
a los obreros para que demostraran su relativa incompetencia
habían demostrado lo contrario, se pusieron de acuerdo para
arrojar del poder a Mi'. Mac Donald en i924. Aunque éste no te-
nia todavía verdaderas probabilidades de conseguir la mayoría en
las elecciones, había amedrentado de tal modo a los plutócratas en
el Parlamento con su éxito como ministro de Negocios Extranj e-
ros, en cuyo ministerio daban ell os por seguro el fracaso ridículo
de los obreros, que iniciaron su .ataque convenciendo al país de que
Mr. Mac Donald estaba en l'elaciones con el gobierno comunista
de Rusia. El pánico que se produjo, que duró hasta pasadas las
elecciones, sirvió para derrotar en las lunas, no al partido labo-
262 BERNAR.D SHAW
l'ista, que &!') las arregló pa.ra mantener su pue to, sino al inocenLe:
partido liberal.
-El peligro de las elecciones generales repentinas es que todR
clase de lunáticos políticos, a los que nadie tomaría en serio en
tiempos normales, consiguen salir elegidos gritando que el país
está en peligro, mientras que otros candidatos más serenos son
derrotQ.dos ignominiosamente. En i906, cuando se anunciaron
elecciones general es a consecuencia de una alarma producida en
China, muchos candidatos liberales de tercera clase derrotaron a
candidatos conservadores de primera categoría. En ambos casos.
el resultado fué una grave merma en la calidad del partido victo-
l' ioso. Cuando el Sirdar, nuestro representante en Egipto, fué asesi-
nado a raíz de las elecciones, los conservadores, ebrios por su vic-
toria, lanzaron a los asesinos la disparatada amenaza de cOl'tal '
el suministro de agua a Egipto. Esta extravagancia, que sorpren-
dió a toda Europa, nunca hubi,era sido cometida por M.I'. Jy.[ac
Donald, todo el mundo lo sabía. El gobierno tuvo que descender
más bajo todavía cuando descubrió que ni podía llevar a cabo su
amenaza ni esperar otra cosa que una reprobación general, t nto
en casa como en el 'extranjero, por haber procedido de modo tan
absurdo; pues aunque las bl'utalidades de nuestros gobiemos
suelen ser, siento decirlo, más populares que nada, cuando se
cometen a ,expensas de extranjeros, precísase no obstante que
tengan éxito.
El descrédito de un fracaso está en proporción con la alTO-
bancia del gesto. Por consiguiente, el gobiemo perdió con el fiasco
egipcio el apoyo que había logrado con el pánico ruso; pero vol-
vió a perder la cabeza cuando las Trade-Unions le amanazaban
con la huelga general. Los rusos nos enviaron una bonita canti-
dad para ayudar a los huelguistas, y el gobiemo, aterrado y en-
;·urecidoe incapaz de medir el peligro (que no tenía por qué ha-
ber alarmado a un rattJn), dictó un decreto fútil y provocativo de-
clarando ilegal el ,t radeunionismo y rompió las relaciones diplo-
máticas con Rusia después de asaltar las oficinas de la empresa
rusa Arcos, en Londres. M.ientras tanto, el laborismo, restableci.do
del choque electoral, se instalaba en el Parlamento como la oposi-
ción oficial.
Para l'esumir la historia hasta el punto a que ha llegado ahora
(1927), ,el proletariado, después de comenzar sus operaciones de-
fensivas en la lucha de clases únicamente para descubrir que no
podía mantener sus triunfos sin convertirlos en ley, se organizó
políticamente en un partido laborista y eligió los suficientes re-
presentantes parlamentarios para convertir la Cámara de los C o ~
Gui" DEL SOCIALI SMO y EL CAP1TALlSMO 26:1
munes, de una cámara n la que dos partidos capitalistas, lIam11-
flos liberal y conservador, contendían por los gajes del ministerio
y el honor y la gloria de gobernar, en una liza en la que el pro-
etariado y el propietario se afrontan en una serie de cuestiones,
todas las cuales se derivan de dos problemas fundamentales: 01
de si la tiena, el capital y la industria nacionales serán poseídos
y dirigidos por la nación en interés de la nación, o abandonados
en manos de un pequeño grupo de particulares para que los uti -
licen como les plazca, y el de quién ha de llevar la mejor parte
mientras dura el sistema capitalista, si el proveedot' de capital
() el proveedor de trabajo. El primero es un probLema socialista,
porque hasta que la tierra, el capital y el control de la indus-
tria no estén en manos del gobierno éste no podrá igll alarla dis-
tribución del producto ni del trabajo de producirlo.
El segundo es un problema tradeunionista. El partido laboris-
ta no está formado únicamente por socialistas que aspiran a la
igualdad de la renta, sino por tradeunionistas que no tienen nin-
guna objeción que hacer a Ja continuación del método capitalista
si,empre y cuando que el obrero se lleve la parte del león. Sería 1
más fácil mantenel' el sistema capitalista dando a los proletarios I
la parte del león y reduciendo a los terratenientes, los capitalis-
tas y los industriales a una penuria comparativa, que mantenerlo
tal como está al presente, pues Jos asalariados constituyen las nue-
ve décimas partes de la nación, e indudablemente sería más se-
guro y más firme tener sólo una persona descontenta por cada
nueve contentas que nuev-e descontentas por cada una contenta.
Para decirlo de oLro modo, sería más fácil para un gobierno 80S-
t,enido por las nueve décimas partes de los electores recaudar im-
, puestos y contribuciones de los tenatenientes y capitalistas hasta
(lue éstos tuvieran que vender sus quinta y sus automóviles a sus
arrendatarios y sus obreros para vivir en la choza del jardinero,
que lo es para un terrateniente reca.uda}· sus r-entas o para un ca-
pitalista encontrar negocios que Je permitan vivir luj osamente .
Un ingeniero que planee el FOl'th Bridge, o un arquitecto que
construya una catedral, un palacio, puede verse reducido fácil -
mente a aceptar menos dinero por su trabajo que los ajustadores,
los albañiles y los pintor,es que lleven a cabo su proyecto. Cierto
es que los obreros no podrían pasarse sin ellos, como tampoco
~ l l o s podrían pasarse sin los obreros; pero el proletariado lleva
ría la mejor parte porque el trabajador genial, antes que desper
rt iciar su talento, preferiría ejercitarlo por un salario bajo a cla-
var tornillos o amontonar ladrillos por otro más alto. Su tarea
peculiar la realizará en cualesquiera condiciones por el placer de
. ,
264 BEHNAun Sll.AW
t'ealizada y abol'l'ecería cualquiera otra labor, mientras que el
obr ero ren nente no hará nada pOI' nada y muy poco por medio
penique.
Así, pues, un gobierno tradeunionista sostenido por la masa
podría utilizar la tributación despiadada de las rentas hereda-
das, las leyes fabril.es, la determinación de salarios por consejos
especiales, la determinación de precios por comisiones, el em-
pleo del impuesto sobre la renta para subvencionar a las indus-
~ r i a s 'en que los salarios fueran bajos (todas estas medidas se ha-
Jlan establecidas ya en la práctica parlamentaria), para redistri-
buü· .l a renta nacional de modo que los actuales ricos se torna-
t' an pobres y el proletariado fuera el amo de la situación, Y, lo
que es más, este arreglo sería mucho más estable que el actual
estado de cosas, en el que la mayoría ,es pobre y la minoría rica.
Ga única amenaza conh'a su permanencia consistiría en que los
propietarios se negal'an a seguir recaudando rentas e intereses
para darle casi todo al recaudador de impuestos , Si tiene usted
mil libras al año y se dedica a los negocios puede usted pensa)'
a veces que en realidad no hace otra cosa que reunir dinero para
el gobierno con una comisión del setenta pOl" ciento. Suponga.·
mas que la comisión se redujera al veinticinco por ciento: lo qué
haría usted entonces sino pagar setecientas cincuenta libras de
sus mil, tan irremediablemente como paga ahora doscientas cin-
cuenta? Lo mismo que los propietarios empleaban su fuerzlI
cuando dominaban el Parlamento para arrebatar hasta el últi -
mo penique ,al obrero, el obrero podría usar su fuerza, y tal vez loa
use, para sac'ar el último penique a los propietarios, ra no ser que se
establezca como dogma constitucional fundamental la distribu-
ción equitativa para todos . Actualmente las clases acomodadas
esperan que el tradeunionismo capitalista les libre del socialis-
mo ; pero negará un momento en que clamen por el socialism
pal·a que les salve del tradeunionismo capitalista, es decir, del
trabajo capitalizado. Ya len Norteamérica el tradeunionismo · se
está coligando con la gran industria para estrujar al que se duer-
ma. Más adelante trataremos de esto.
hl
:IL CAPITAL DOMÉSTICO
D
ESPUÉS de hablar tanto sobre el capitalismo en general ,
dediquemos unos capítulos a examinar cómo le afecta a
usted personalmente si resulta que usted es una dama
con un pequeño capital, es decir, una persona que, luego de vivir
al estilo' corriente de su clase, todavía le queda algún
dinero sobrante, que puede uti lizar- como capital para acrecen-
tal' su renta. Empezaré por el caso de una mujer que gane el
dinero, no como un patrono, sino por su propio trabajo.
Supongamos que su trabajo consiste ,en hacer sumas (su pro-
fesión es la de contable) o escribir (es un autor o plumífero), o
visitar cIi ntes en vez de esperarlos en un despacho (es una doc-
tora) . Es evidente que si puede ahorrar bastante dinero para com-
W'ar una máquina calculadora que la capacite para hacer el tra-
bajo de tres tenedores de libros ordinarios, o de una máquina
de coser, o de escribir, o una bicicleta, o un aulo, como puede
suceder, la máquina la capacitará para obtenel' mucho más tra-
bajo cada día y podrá ganar mucho más dinero con esos instru-
mentos que sin ellos. La máquina habrá que llamarla desde lue-
go su capital (la. mayoría de las gentes se a.Y'man un lío sobre el
particular cuando discuten sobre materias ,económicas); pero el
capital era el di nero ahorrado para pagar la máquina, y como
ha sido consumido por los trabajadores que la hicieron, ya no
existe. Lo que existe es la máquina, que está continuamente
usándose,. y que nunca podría ser vendida de segunda mano en
el precio que costó de nueva. Su valor baja de año en año, hasta
f1ue desciende al nivel del hierro viejo de que está hecha.
Ahora supongamos qu la dama en cuestión se casa, con lo
que 'su profesión por la de esposa, madre, ama de su casa,
etcétera. O supongamos que' la introducción de un tranvia eléc-
266 B8RNAHD SlfA \Y
tl'Íco y la aparición de muchos taxis en las calles la habilitan
para hacer cucmtos viajes necesita a un precio tan barato o mL
que en un auto particular. ¿Para qué le se1'virán su máquina de
calcular, de coser o escribir, o su au.to? No puede comérselos o
echárselos a la espalda. La máquina de calcular no le servirá
para planchar la pechera de las camisas; ni la de coser, paree
freír huevos; ni la de escribir, para quitarle el polvo a los mue-
hles; ni el auto, por admirable que sea, para lavar al bebé.
Si enseña usted lo que acabo de escribir a ese varón que s
llama a sí mismo hombre de negocios, exclamará en el acto que
me equivoco como un chiquillo: que puede usted. comer
una máquina de calcular o de coser, limpiar los muebles con la
de escribir y lavar al bebé con el auto. Lo único que hene usted
que hacer es vender la máquina de coser y comprar alimento
con el dinero que le den por ella; v,ender la de escribir y com-
prar una escoba mecánica; vender el auto y alquilar unas cuan-
t· s niñeras, después de compl'ar una bañera, jabón y toallas. y
está tan en lo que puede usted desde luego hacer dichas co-
sas con tal que otras muchas gentes no p1'ueben a hacer lo mismo.
Debido a que el hombre práctico olvida siempre tal condición es
por lo que él es un idiota incurable desde el punto de vista polí-
tico. Cuando ha vendido usted la máquina de coser y ha com-
prado alimentos con lo que le dieron por ella, no ha convertido
realmente la máquina en alimentos. La máquina permanece in-
comestible como siempre: ni siquiera una avestruz podría hin-
carle el pico y digerirla. Lo que ha ocurrido es que al encontrar-
se usted con una máquina de coser que ya no necesitaba, nece-
sitando en cambio alimentos, ha dado con alguna otra mujer
(Iue ha ahorrado algunos alimentos que le sobran y que necesita
una máquina de coser. Usted tiene una máquina de coser que no
ha de usar y un apetito insaciado. Ella tiene unos alimentos para
los que le falta y necesita una máquina de coser. De suer-
te que hacen ustedes un cambio, y i eso es todo! La cosa es bien
sencilla.
Pero tenga la bondad de observar que se pl'ecisan dos personas
para hacer el trato y que las dos han de necesitar cosas opuestas.
Si ambas necesitan la misma cosa o necesitan desprenderse de
la misma cosa no será posibÍe. Supongamos ahora que al minis-
tro de Hacienda se le mete en la cabeza, como hombre práctico
en negocios, sacar dinero con una contribución sobre el capital ,
en vez de sobre la renta. Supongamos que dijese que como hay
miles de mujeres que poseen un capital en forma de máquinas
de coser, que pueden vender, por ejemplo, a cinco libras cada
GUÍA DEL SOCIAL1S1VIO \' EL CAP1TALlS:'I10
una, dichas muj eres hablan de pagar una, contribución de Lres
Ji bl'as , Supongamos que logra convencer al Parlamento de que
imponga tal impuesto bajo la fórmula de una leva sobre el cap?>
tal u otro disparate semejante propio de los hombres prácticos
en negocios, y que todas las mujeres se vieran obligadas a ven-
der sus máquinas de coser para pagar el impuesto. ¿ Cuál sería
el resultado? Toda mujer que tratara de ender su máquina se
encontraría con las demás que intentaban vender también las-
suyas, y, por lo tanto, nadie necesitaría comprar máquinas, Po-
dría ,venderla como hierro viejo por dos chelines quizá, pero con
ellos no pag'aría el impuesto. El recaudador de contribuciones,
al no ser pagado, embargaría los géneros: esto es, se haría ca.l'-
go de la máquina de coser. Pero como tampoco podía él vender-
l a, tendría q Ll e entregársela al ministro de Hacienda, el cual se
vería en un lío con tantos miles de máquinas de coser invendi-
bles, en lugar de Jos miles de libras esterlinas en que había pen-
sado. El ministro de Hacienda se vería sin dinero, y las mujeres,
sin sus máquinas, y todo ello debido a que los hombres de nego-
cios le habían dicho que las máquinas de coser podían conver-
tirse en pan,
Si considera usted esto un poco, verá que la diferencia entre
los asuntos privados y los públicos consiste en que. los asuntos
privados son aquellos que las gentes pueden hacer por sí mis-
mas, cada una a stl modo y con sus medios, mientras que los
públicos son los que todos tenemos que hacer con arreglo a las
leyes y a la vez . En el hogal', usted es una mujer particular que ......
se ocupa de sus asuntos particulares; pero si va usted al Parla-
mento o entra a formar parte acaso del gobierno, entonces se con-
vierte en una estadista. Como muj er particular, todo lo que tiene
usted que decirse es «Supongamos que yo hiciera esto o aquello)).
Pero como estadista tiene que decir: «Supongamos que todos ha-
gan esto o aquello.)) Se llama a esto la prueba kantiana.
Por ejemplo, si llega usted a ser ministro de Hacienda, su
sentido común de mujer particular le salvará de una tontería se-
como la de que tener en casa una máquina de co-
ser es lo mismo que tener en casa cinco libras esterlinas. Pero ese
mi.smo buen sentido común le persuadir ía de que un impuesto
de cinco libras esterlinas al año es lo mismo que cien libras en la
mano, porque sabe usted que si necesita cien libras su agente d
Bolsa puede proporcionárselas a cambio de cinco.libras esterlina
anuales de sus ingr esos. Por lo tanto, podría usted sentir la tenta-
lación de' imponer un. impuesto de treinta libras a cada persona
que tuviese cinco libras al año, e imaginar que no sólo sacar ía las
268 BERNARD :;HA IN
treinta libras, sino que al contribuyente le quedarían todavia unas
.setenta libras con que arregl.arse. Permítame que le explique la
naturaleza de este asunto de que cinco libras al año le valgan a
Ilsted particularmente cien libras en efectivo y sólo signifiquen
,cinco libras al año, y nada más, para el ministro de Hacienda.
Cuando nos ocupábamos de la imposibilidad de ahorrar, in-
~ d i c a b a que existen ciertas transacciones corrientes que se parecen
al ahorro y se llaman ahorro, al modo como vender una máquina
·de coser y comprar alimentos con lo que dan por ella puede lla-
marse comer la máquina de coser. No se moleste usted en recor-
,dar ahora esto: es más fácil seguir adelante una vez más. Supon-
gamos que tiene usted cien libras y desea ahorrarlas, esto es, con-
sumirlas en un tiempo futuro en vez de inmediatamente. La obje-
ción es que como las cosas que el dinero representa se pudren
si no se usan, lo que usted quiere hacer es imposible. Pero supon-
gamos que hay en la calle próxima una mujer que no ha here-
···dado a la muerte de sus padres otra cosa que un ingreso de cinco
libras al año. Desde luego, ella no puede vivir con esa suma. Pero
si tuviese a mano 100 libras, podría emigrar o establecer una ofi-
cina de escritura a máquina, o una tiendecilla, o tomar lecciones
en algún arte de haoer cuartos, o comprar algunos vestidos elegan-
tes para mejorar las probabilidades de obtener un empleo respeta-
ble, o cualquiera de las cosas que las muj eres pobres imaginan
poder hacer si tuviesen a mano un poco de dinero. Ninguna otra
ocasión mejor q ne ahora para que pueda usted hacer un cambio
con esta muj·er. Ella le da a usted su derecho a tomar cinco li-
bt'as cada año, uno ' tras otro, y usted le da cien libras para que
las gaste de una vez. Su agente de Bolsa o banquero les pondrá
en relaciones. Va usted a su agente y le dice que necesita que le
'.coloque cien libras al cinco por ciento; y la mujer acude a decir-
le que precisa vender sus cinco libras anuales por dinero en mano.
[i}l agente efectúa el trato mediante una reducida comisión. Pero
la transacción aparece enmascarada bajo nombres tan fantásticos
(como el agua y la corteza de pan en las recetas del médico), que
ni usted ni la otra mujer entienden lo que ha ocurrido en reali-
dad. A usted se le dijo que había colocado cien libras, y que «te-
. nía" cien libras, y que había añadido cien libras al capital del
país; y a ella, que había «realizado su capital». Pero todo lo que
en verdad ha ocurrido es que sus cien libras han sido entregadas
para que otra mujer las gaste, y que a usted le han dejado el de-
recho de tomar cinco libras de los ingresos del país, sin 'trabajar
por ello, año tras año y para siempre o hasta que usted a su vez
venda el derecho por cien libras, si desgraciadamente se ve en la
GUÍA DEL tiüCJALi Si\IO y ¡' ; L CAPITALlSMO
269,
misma situación pl"ecal.'ia. en que es taba la otra señOle\, cua.ndo 88-
Jo compró usted.
Supongamos ahota que establece usted su impuesto de treinta
libras sobre cada cinco al año en todo el país. O supongamos que
Jo hiciese un gobierno conservador, inducido por esos hombres
pl'iwticos en negocios que saben por experiencia que las gentes que
poseen cinco li bras al año pueden venderlas por cien libras cuan-
do lo desean. O que lo hiciese un gobierno laborist a, desorientado
por el' deseo de sacar el capital de entre las manos de los particu-
.lares y colocar lo en el Estado. Lo llamarían una leva del treinta
por ciento sobre el capital , y la mayoría lo votarí an sin compren-
der lo que realmente significaba. Sus adversar ios votarían en con-
tra con igual. ignorancia de su naturaleza; de suerte que los ar-
gumentos no convencel"Í an a nadie. ¿ Qué ocurriría? Ninguna mu-
jer, desde l uego, podría pagar treinta libras sobre cinco de J"enta
anual. Veríase obligada a vender las cinco libras anuales por la
cantidad de cien libras, y luego, a colocar las setenta libras so-
brantes. Pero no podría obtener las cien libr as, debido a que,.
como el impuesto no recaería sólo sobre ella, sino asimismo sobre
los demás capitalistas, su agente de Bolsa se encontraría con que
todo el mundo querría venderle rentas futuras por di.nel'o con-
tante y sonante, y que nadie pensaba en ofrecer dinero por ren-
ta, futuras. Volveríamos al cuento de las máquinas de cos'er . Nues-
tra dama tendría que decir le al recaudador de cont ribuciones que
no podía pagar el impuesto, pero que vendiese el mobiliar io y se
fuese al diablo (las muj eres inteligentes emplean un desnudo len-
guaj e ,en tales circunstancias). Pero el recaudador r eplicaría que
el mobiliario no le servía para nada, pues, como estaba vendiendo
el mobiliario de los demás capitalistas al mismo tiempo, y como-
solamente aquellas personas lo bastante pobres para no tener ca-
pital ninguno que tasar lo compraban, las sillas habían bajado al
precio de un chelín la docena, y las mesas de comedor, a cinco
cheli nes; de modo que le costaría más llevarse el mobiliario aquel
y venderlo o almacenarlo que lo que valía. Se marcharía, pues,
con las manos vacías, y todo lo que el gobierno. podría hacer sería
tomarle a la señora las cinco libras ,al año durante seis años y cua-
tro meses, quedando los meses restantes para pagar los intereses
de la espera. En otras palabras, se vería qne la renta era real y el
capital imaginario,
Pero aun esto no daría resultado si el impuesto se exigía cada
año, pues al fi n de los seis años ella debería ciento ochenta libras
esterlinas, incUlTiendo en una deuda de treinta libras anuales y
consiguiendo sólo CÜ1CO para pagarla ; de llerte que le sería mu-
BEHNARD SHAW
eho m jo!' abandonar para siempre la l'enta de las cinco libras
al año y vivir únicamente de su propio trabajo. Y 01 gobierno
vedase obligado a admitir que un impuesto sobre el capital es una
imposibilidad, por la razón incontestable de que el capital carece
de existencia, ya que hubo de ser devorado hace mucho tiempo.
Existe un impuesto sobre el capital al cual suele aludirse como
]Jmeba de que tales impuestos son posibles. Cuando morirnos se
aplica un impuesto, llétmado impuesto de la muerte (oficialmente,
derechos sobre la her,encia) , sobre el ficticio valor del <lapital de
nuestros bienes, si dejamos algunos. La razón por la que las gen-
tes se avienen a pagarlo consiste en que no nos morimos todos si-
multáneamente el 5 de abril de cada año ni nos vemos obligados
a pagar los derechos de la muerte el 31 de diciembre inmediato.
Morimos raramente y despacio, en un número menor al de veinte
por mil cada año, y de esos veinte sólo tienen algún capital unos
,dos individuos. Podríamos creer que sus herederos habían de en-
contrar medios fáciles de vender parte de sus rentas en la sufi-
ciente suméL para pagar los derechos, ya que los compradores se-
rían capitalistas, cuyos padres o tíos no habían muerto reciente-
mente. Y, sin embargo, el gobierno se ve obligado a aguardar pOl'
el dinero durante mucho tiempo muy a menudo. El impuesto es
estúpido, no porque confisque la propiedad al hacer [tI Estado he-
redero de parte de ella (¿ por qué no?), sino debido a que opera
de un modo cruel y poco d,ecente. Tal fortuna, después de trans-
mi'tirse por la muerte de heredero en heredero, apenas paga de-
I' echos. otra, después de pasar por tres manos en un mismo año
(como ocurrió con frecuencia durante la guerra), se ve destruída
por los mencionados derechos, y los herederos, en el trance de pa-
sar de la abundancia a la indigencia. Cuando haga usted su tes-
tamento tenga cuidado con la manera de dejar objetos de valor a
los pobres. Si éstos los conservan, tendrán que pagar más por ellos ,
en concepto de derechos de muerte que lo que ellos valen. Proba-
blemente se verán obligados a venderlos para pagar dichos de-
rechos.
Esto se comprende tan mal que algunos hombres hay, locos
solamente en esto, que estiman el capital del país en una suma.
que ha variado, de diez mil millones de antes de la guerra, a trein-
ta mil millones después de ella (como si la guerra hubiese hecho
al país más rico en vez de más pobre), y proponen en la Cámara
de los Comunes que se tase en treinta mil millones la riqueza exis-
tente y que se pague con ,ella el coste de la guerra. Todos ellos sa-
ben que no se puede comer los dulces y guardarlos a la vez; sin
embargo, debido a que gastamos siete mil millones en una guerra.
G UÍA D F ~ L SOCIALISMO y EL CAPITALI 'MO 271
telTible, y como calculan que existen veinte mil millones más en
minas y fenocarriles, fábricas, etc., etc., y se fijan en que estas
sumas están escritas en los libros del Banco de Inglaterra y en los
balances de las compañías y t7'UStS, se figuran que tales millones
existen todavía y que somos una nación enormemente rica, en vez
de ser, como todos pueden ver por la condición del nueve por diez
de la población, una nación desgraciadamente pobre,
EL MERCADO DE DI" ERO
Y
todavía en la suposición de que sea usted una dama con
algunos medios de vida, quizá le sea yo algo útil en sus
. asuntos particulares si le explico esa misteriosa institu-
ción en que le colocan su dinero, llamada mercado de dinero, con
sus crónicas fluctuaciones que pueden en cualquier momento au-
mentar sus ingresos gratamente y sin molestia ninguna o tragar-
loS por completo y arruinarle en forma tal que ningún hombre
pueda explicarle la causa, por la sencilla razón de que él tampoco
la entienda.
Un mercado para la compra-venta de dinero lleva la tontería
inscripta ·en la fachada. Usted podía decir con toda razón: «Nece-
sito salmón por valor de cinco chelines»; pero es ridículo decir :
"Necesito dinero por valor de cinco chelines.» El valor de cinco
chelines de dinero es precisamente cinco chelines; y ¿ quién ne-
cesita cambiar cinco chelines por cinco chelines? Nadie compra
dinero por dinero, excepto los cambistas, que adquieren monedas
y billetes extranjeros para vendérselos a usted cuando sale al ex-
tranjero.
Pero aunque nadie en Inglatel'l'a compra dinero inglés, 10 so-
lemos alquilar, o, como decimos, tomar prestado. Tomar prestado
y alquilal' no significan, sin embargo, una misma cosa. Usted pue-
de pedirle prestada la sartén a la vecina y devolvérsela luego con
Hn «muchas gracias». Pero en el mercado de din ero no existe cor-
tesía: se paga por lo que se obtiene y se recibe por lo que se da,
Gomo negocio que es. Y se sabe desde luego que lo que se alquila
no se devuelve :. se consume para siempre. Si pide usted prestado
a la. vecina, no una sartén, sino una hogaza de pan y una vela,
se sabe que se come usted el pa.n y consume la vela y que al pa-
garla el préstamo le entrega usted una hogaza de pan tierno y
18
BERNARD SHAW
una vela nueva. Peto cuando pide usted dinero prestado está en
realidad tomando a préstamo las cosas gue se ' púeden comprar
con él, .as decir, pan y velas y cosas materiales de toda suerte que
tienen inmediata consumición. Si pide usted prestado un chelín,
lo hace porque necesita comprar algo del valor de un chelín para
consumirlo. No puede usted devolver lo adquirido con el chelín:
lo único que está en su poder es hacer alguna cosa nueva o algún
servicio que le permita obtener la paga de un chelín para devol-
verlo. (Puede usted, claro está, tomar prestado otro chelín él cual-
quiera otra persona, o pedirlo de limosna, o robado; pero tales
transacciones no son propias de una señ.ora. ) En todo caso, hasta
que pague usted no puede consumir la persona que prestó las cosas
que el chelín r,epresenta. Si le paga usted además una cantidad
adicional por la espera, en J'ealidad alquiló usted el uso de I1n
dinero.
En ese caso no contl'aerá usted ninguna gran obligación con
ella, porque le está haciendo un servicio tan importante como el
que ella le hace a usted. Todo dinero que se presta es necesaria-
mente dinero sobrante, debido a que las gentes no están en con-
diciones de prestar dinero hasta que ellas hayan gastado lo suft-
eiente para mantenerse. Pero este dinero sobrante es solamente un
a modo de documento al podador que le permite ahorrar cosas,
principalmente alimentos, los cuales se pudrirían y perecerían de
no ser consumidos inmediatamente. Si su vecina ha dejado una
hogaza de pan sobrante de la ración diaria que necesita, le hará
usted un gran servieio comiéndola en substitución de ella y pl'O-
metiendo devolverle un pan tierno a la semana siguiente. En rea-
lidad, una mujer que se encuentra con un pan de diez peniques
de más de lo que su familia necesita podría, antes que tirarlo, de-
cirre a la vecina: « ¿ Quiere usted .aste pan a cambio de darme m6-
v í dio pan tierno la semana próxima? » Es decir, ofrecerla medio pan
l' por el servicio de evitarle la pérdida de un pan entero debida. al
natural deterioro.
Los economistas llaman a este modo de pagar interés negativo.
~
L O que en realidad significa es que se paga a otra persona porque
nos gnarde el dinero ahorrado hasta que nos haya menester, en
" vez de hacer que nos paguen por guardarlo, cosa que los econo-
mistas llaman pagar el interés positivo. Lo uno es tan justo como
lo otro; y la sola razón por la que nadie al presente le pagaría a
usted por pedirle prestado, siendo así que todos le pagarían poI'
que les prestase, es que bajo nuestro sistema de repartición desigual
de los ingresos o rentas hay tan pocos que ahorren dinero para
prestar, y tantos con menos de lo que ellos necesitan para el con-
GUÍA DEL SOC1ALI Si\1O y EL CAPITALISMO 275
sumo inmediato, que existe siempre un sobrante de gentes que
of.recen no sólo gastar el dinero ahorrado, sino reponerlo más tar- I
-de por entero con géneros frescos y pagar a los que prestaron pOI' \
€1 tiempo que esperaron a recobrar lo prestado. Los economistas
acostumbraban a ll amar este pago el premio de la sobriedad ,
Jo cual era. tonto, puesto que las gentes no necesi tan ser premia-
da por abstenerse de hacer una segunda comida o de llevar seis
teajes a la vez o de vi ir ,en una docena de ca"sas; al eontrario, de-
bían quedar obligadas en extremo a quienquiera que desee usar
por ellos de estas futilidades y pagarle por el servicio. Si en vez
de existir unos pocos ricos en medio de muchísimos pobres t uvié-
semos muchísimos ricos, los banqueros nos pagarían grandes co-
mi iones por guardarles su dinero, y el ,epitafio del caballero muel'-
-lo del cuadro de Wath "Lo que salvé perdí» sería verdad, aS:L ma-
t erial como espiritualmente. Si tuviese usted, pues, cien libras es-
t erlinas para ahorrm' , y quisiese salvarlas hasta el próximo año,
y estuviese encargado de ello el gerente de su Banco, diría: «Lo
s iento, señora; pero sus cien libras no se conservarán. Lo mejor
que puedo hacer es prometerle para el año próximo setenta libras
(o cincuenta, o veinte, o cinco, según el caso), y téngase usted por
dichosa con obtener esa suma, ya que abunda tanto dinero aho-
rrado. Haría jJsted mucho mejor en no ahorrar. Acreciente usted
sus gastos y goce usted de su dinero antes de que lo que él repre-
senta se corrompa.» ~ J
Esto no puede suceder bajo el capitalismo, debido a que el ca-
pitalismo distribuye la renta nacional en tal forma que la mayo- L.
l'ía on pobres y unos cuantos fabulosamente ricos. Por lo tanto,
en la actualidad se tiene la seguridad de poder prestar (colocar) I
todo el dinero ahorrado y cobrar una cantidad anual en espera de I
que la. persona que tomó el préstamo nos devuelva el dinero. El I
paO"o por haber esperado se llama interés, o, según la Biblia, usu- I
l'a. La palabra fina es la de interés. En suma, el que recibe el prés-
tamo os alquila el uso del dinero que ahorrasteis, y no hay nada
sucio ni deshonroso en la transacción . Vosotros cedéis el dinero
ahorrado (el capital ) al que lo pide, y éste se compromete a paga-
I"OS una cantidad anual, mensual o semanal, mientras tarda en
devolveros toda la cantidad.
El mercado de dinero es un lugar de la City donde las renta '
anuales se compran por sumas de dinero ahorrado. La renta que
e puede comprar por cien libras (que es una cifra tipo) varía
de día en día, según la abundancia o la escasez del dinero ofrecido
para alquilar y de las rentas ofrecidas para vender. Varía asimis-
mo egún la seguridad de la renta y las contingencias de sus flue·
276
BERNARD SHA'V
Luaciones de año en año. Cuando encal'ga usted al agente que le
coloque las cien libras ahorradas (esto es, que las alquile por una
renta en el mercado de dinero), él puede, en el momento en que
escribo estas líneas (1926), comprarle una renta segura de cuatro
libras con diez chelines al año, otra de seis, pero con el albur de
las alzas y bajas; o de diez y más, si quiere usted correr el r iesgo
deportivo de no volver a recibir nada en absoluto de su dinero.
El pobre no se mete en este mercado oficial de dinero por la
razón de que la única seguridad que él puede dar al tomar pres-
tado dinero de alguien, como no sea del prestamista, es su pro-
mesa de pagar un tanto a la semana sacado de su salario. Este sa-
lari o, como es más incierto que una acción o el título de propiedad
de una finca, se ve obligado a pagar comparativamente precios
enormes. Por ejemplo, una pobre obrera puede alquilar un che-
lín por un penique a la semana. Es el tipo corriente, y les parece-
completamente razonable a las pobres gentes; pero es ochenta
veces más grande que el establecido por el gobierno para alquilar
dinero. Significa pagar unas 433 libras con diez chelines al año-
por el uso de cien libras, o, como decimos, un interés de cuatro-
cientos treinta y tres y medio por ciento: tipo que ningún rico so-
, ñaría en pagar. Cuanto más pobre se es más se paga, debido a. que
el riesgo de dejar de pagar es mayor. Por lo -tanto, cuando vea
usted en el periódico que el precio del alquiler del dinero ha sido
fijado por Bl Banco de Inglaterra (por eso se le llama el Banco tipo)
en cinco por ciento, o reducido al cuatro y medio por ciento, o ele-
vado al seis por ciento, etc., no debe usted suponer que usted o
cualquiera otra persona puede alquilar dinero a ese tipo: significa
solamente que aquellos absolutamente solventes, como el gobier-
no o los grandes financieros y casas de negocios, pueden tomar
prestado de los Bancos a ese tipo. Con respecto a ellos, los tipos
no cambian según el riesgo del cobro, sino según la cantidad de
dinero ahorrado disponible pal'a prestar. y baje lo que baje el
ti po, la obrera tiene, no obstante, que pagar el cuatrocientos trein-
la y tres y medio por ciento, en parte debido al riesgo de que no
pueda pagar, en parte a que los gastos de prestar dinero a chelines
y de recoger el interés de cada semana son mayores que los de
prestarlo por millones y de recoger el interés de cada seis meses,
y en parte también a que la obrera es ignorante y sin amparo y no
sabe que el sórdido usurero, al recibirla como el mejor amigo, está
haciéndole pagar más de lo que paga ningún millonario.
El precio del dinero varía asimismo según el objeto para que
\ s tomado a préstamo. Espero que en sus relaciones con el mer-
cado de dinero sea usted más bien prestadora d.e él que compra-
J
GUÍA DEL SOClAUSMO y EL CAPITA.LISMO 27'1
dura. No parta usted de la idea de que es una prestamista (y repi-
to que no hay nada deshonroso en ello) : nadie llamará préstamos
.a, la colocación de su dinero. Pero son préstamos en absoluto. Sólo
que son préstamos hechos, no a los individuos, sino para aumen-
tar la caja de las sociedades en condiciones especiales. Las gentes
-de negocios de la City están constantemente formando esas socie-
dades y pidiéndoos dinero prestado para emprender algún gran
negocio, que puede ser una tienda en la calle próxima, o un servi-
{lio de autos para recorrerla, o un túnel a través de los Andes, o
un puerto en el Pacífico, o una mina de oro en el Perú, o una plan-
tación de caucho 'en Malasia, o cualquier empresa mortal de la que ~
piensan sacar dinero. Pero no toman el dinero prestado bajo la
simple condición de pagar el alquiler del dinero hasta devolver
lo prestado. Su oferta es que cuando los negocios vayan para arri-
ba le pertenecerá a usted igual que él. las demás personas que pres-
taron (llamadas accionistas) , con lo que, cuando el negocio co-
mience a dar dinero, los provechos serán repartidos entre todos
en proporción a la suma que cada cual ha prestado. Por otra pal'-
te, si el negocio no rinde provecho alguno, pierde usted su dinero.
Su único consuelo es que no puede perder más. No puede usted
pagar las deudas de la sociedad si ella gastó más de lo que la pres-
I;aron. La responsabilidad de usted es limitada, como dicen las so-
0iedades.
Se t'rata de un negocio arriesgado; para animarla a usted, si
es que muestra timidez (¿ diríamos cautela?), esas sociedades le
pedirán que les preste su dinero ahorrado con arreglo a tipo fijo,
por ejemplo, al seis o al siete por ciento, bajo la condición de que
esto le será pagado antes que a ninguno de los prestadores ordi-
narios, pero sin que participe usted en absoluto de los beneficios
pOI' grandes que sean. Si acepta usted esta oferta, se dice que po-
see usted las acciones preferentes de la sociedad. Existen unas
cuantas variedades, tanto respecto a las acciones ordinarias como
a las extraordinarias, pero se trata siempre del alquiler del dine-
l'O: la sola diferencia está en las condiciones en que se invita a
usted a proporcionarlo.
Cuando ha tomado usted una acción, la cual le produce una
renta, puede en todo tiempo, si precisa con urgencia de dinero,
venderla pOl' lo que dé en el mercado quien tiene dinero sobrante
y quiere «ahorrarlo)) cambiándolo por una renta. El departamen-
to del mercado de dinero en que se compran y se venden de este
modo las acciones se llama la Bolsa. Para vender una acción tiene
usted que valerse de un agente (bolsista), que lleva su acción a
la Bolsa y a.llí acude a otro agente (agiotista) "a que le ponga pre-
278 HEltNAHD S.HAW
cio» . El o.ficio del agiotista es sabel" cuánto vale la acción, halJida
cuenta de la prosperidad de la sociedad, de la cantidad del dinero
ahorrado que se ofrece por rentas y del número de rentas que pro-
elucen las acci.ones que se ofrecen a la venta. No hable usted nunca
mal de los agiotistas: se trata de gentes muy importantes, que se
consideran más grandes maestros de los mercados de dinero que
los bolsistas.
El asunto propio de la Bolsa es esta compra-venta de acciones
ele sociedades acabadas de establecer. Practica asimismo en gran
escala un curioso juego llamado especulación, en el que se ofre-
cen precios fantásticos por acciones imaginarias; pel.'O por el mo-
mento retengamos el extremo de que las acciones de que se trata
son todas virtualmente de sociedades establecidas, porque lo im-
portante desde un punto de vista nacional no es la aplicación del
dinero ahonado a la adquisición de acciones de anti.guas socieda-
des, sino a la fundación de otras nuevas, o, po!' lo menos, a au-
mentar el radio de acción de los recursos y operaciones de las vie-
jas. Pero los negocios realizados en la Bolsa no son indicio de eso,
yen realidad nada tienen que ver con eso. Supongamos, por ejem-
plo, que tiene usted ahorradas cincuenta mil libras y las coloca
en acciones de ferrocarriles. Con ello no creará una sola vara de
carriles ni hará que aumente el número de trenes en circulación.
Su dinero no influirá nada en la marcha de los trenes. Lo único
• que ha ocurrido es que .SLl nombl'e substituirá a algún otro nom-
])re o nombres en la lista de los accioni.stas y que en el futuro co-
hrará usted la renta de los dueños de aquellos nombres, renta que
ellos cobrarían si no hubiesen vendido sus acciones. Asimismo
ocurre que ellos harán con las cincuenta mil libras lo que les ape-
tezca. Pueden gastadas en las mesas de juego de Montecado o en
las carreras de caballos, o pueden ofrecerlas al tesoro del partido
laborista. Usted puede desaprobar severamente el juego o tener
horror al partido laborista. Puede usted decir: "Si eubiese pen-
sado lo que iba a ocurrir con mi dinero, hubiera comprado accio-
nes privadamente a algunas personas cuyos principios me eran
bien conocidos y de las que tenía la seguridad que no lo del'rocha-
l'Ían ·estúpidamente, en vez de hacerlo a aquel condenado agiotista
flue no tiene más conciencia que una caja registradora y que nada
]e preocupa la suerte de mis cuartos.» Pero su protesta sería vana.
En la práctica advierte usted que tiene que comprar en la Bolsa
las acciones de las soci dades establecidas; que s.u dinero no irá
nunca a manos de la sociedad cuyas acciones ha comprado, y que
el destino real de su dinero escapa por entero a su previsión. Un
día de labor en la Bolsa, eso que se llama pomposamente una loa-
GUiA DEL SOCJAL1S!V1U y El, CAPITALl SMO 27l:l
lJilís ima adición de cientos de miles de libl'as de dinero aholTado
al capital industrial del país, puede significar realmente un derro-
che de dinero en lujos o vicios ruinosos, para no
hablar de la posibilidad de que sea enviado afuera con el fin de
rrear alguna empresa ,8 ' tranjera que se apodere de los negocios
de la soci dad cLlyas acciones ba comprado usted y reduci. rla de
este modo a la indigencia.
y ahora dirá usted que si ello es así pondrá particular cuidado
en no comprar otra cosa sino nuevas acciones de socied¡1des nue-
vas conforme a la hoja ad junta con el prospecto, sin permitir que
ningún bolsista o agiotista sepa una palabra, con lo que tendrá us-
ted la seguridad de que su dinero será empleado ,en empresas nue-
vas y se snmará a los I'8cursos productivos de la indllstria de Sil
país. Quel'ida señora, de ese modo ]0 perderá usted, a menos que
tenga sumo cuidado, esté muy bien informada de los riesgos exis-
tentes y sea muy inteligente ,en aSiJntos de dinero. La creación de
una sociedad, siento decí rselo, es uno de los asuntos más cínicos
rn sus aspectos sombl'Íos. Leyes tras leyes del Parlamento han sido
aprobadas, sin gran resultado, para evitar que los trapisondistas
formen sociedades con algún fin excelente, y que, una vez r,euni-
do tanto dinero como puedon con la venta de las acciones, no ha-
gan ningún intento serio de realizar dicho obj,eto, como no sea
montar IIDas oDcinas, nombl'arse a sí mismos directores y geren-
tes y secl'etarios y toda clase de cargos que supongan sueldos, to-
mar comisiones de todo orden, y, luego de repartirse todo el hotín
ele este modo (lo que es perfectamente legal ), deshacerse de la
sociedad pOl' una quiebra. Lo único que puede usted hacer en este
caso es il' a la relmión de accionistás y formal' una cola, siempre
teniendo cnidado de no decirles a los canallas que son unos cana-
llas, porque, si ] 0 hace usted, ellos le llevarán a los tribunales pOlO
lnjuria y le sacarán una indemnización. Pero el formar en una
fila no salvará su dinero. La suma que se l'oba a inocentes mujeres
todos los años clama al cielo; y ello ha sido hecho tanto por com-
pañías sin conciencia de automóviles que, de ser serias, hubieran
onstituído una útil colocación del dinero, como por sociedades
para la explotación de minas ncticias de 01'0, que ya desde un
principio eran sospechosas.
Aun en el caso de que escape usted a estos timadores que saben
lo que se hacen, y que se mostrarían tan desconcertados por el
buen éxito de sus sociedades como el ladrón a quien se le invitase
a cenar en la casa que acaba de robar, puede usted ser tentada
por las sodedades fundadas por genuinos entusiastas que creen
en sus proyectos, que ti enen derecho a creer en ellos, que final-
BEHNAIW 8H A W
menle se ven justificados por el éxito y que ponen en la empresa
todo su dinero ahorrado junto con una gran parte de dura labor .
Pero éstos casi siempre estiman por bajo el coste. Como la empre-
sa es nueva, carecen de experiencia que les guíe ; y además su
entusiasmo les desorienta. Cuando están a medio camino del éxito
el dinero se les acaba, y se ven obligados a vende!' todo lo hecho
en vano a uria nueva sociedad, formada exp!'esamente para ha-
cerse cargo de lo ya realizado. A veces esta segunda sociedad sigue
el mismo destino que la primera y se hace cargo de ella una ter-
cera. La sociedad que por último logra plenos resultados, puede
levantarse sobre el dinero y la labor de tres o cuatro equipos su-
cesivos de exploradores que fracasaron por falta de dinero para
la terminación de su instalación. Las gentes experimentadas de la
City saben esto, y permanecen en espera hasta que e.rean llegado
el momento del éxito. Como decía uno de ellos, «el dinero se hace
acudiendo a la tercera reconstrucción». Para ellos puede tratarse
de una espléndida colocación de su dinero; pero los primitivos
accionistas, que tenían el talento de prever el éxito futuro de la
empresa, se encuentran sin un cuarto. Ven sus esperanzas cumpli-
das y sus ideas justificadas; pero como no les queda otra ocupa-
ción que mirar por las ventanas del almacén, son un aviso para
tos que les siguen, pero no un ejemplo.
Puede usted evitar estos riesgos no mezclándose en sociedades
nuevas, sino llamando al agente de bolsa para que compre accio-
nes de una compañía antigua y bien acreditada. No debe usted
tomar por buena a cualquiera; pero en todo caso tiene que sabel'
que no se tratará nunca de una sociedad ficticia ni de esas que co-
mienzan con pequeñísimo capital y tienen que deshacerse de
todo lo realizado con una pérdida grande o total. Tema usted las
empresas; desconfíe del espíritu público; desconfíe de la con-
ciencia y visiones del futuro. Piense siempre en lo seguro. Preste
al gobierno o al municipio si puede, aunque la renta sea menor ;
pues no hay colocación del dinero más segura y útil que la que
se hace cuando se presta a la comunidad. Y cuando vea a los pe-
riodistas glorificando el sistema capitalista como un espléndido
estímulo de todas esas cualidades contra las que yo acabo de
prevenirle, l'efl'ene sus impulsos por imitar , al sacristán de la le-
yenda de Ingoldsby, que no decía una palabra en señal de duda,
pero colocaba el pulgar en la nariz y extendía los demás dedos.
LBl
LA ESPECUT ... ACIÓN
E
.
, . N el capítulo precedente he supuesto que fuera. .capi-
talista. Voy ahora a suponer que 'es un tanto partidarIa de
. los juegos de azar. Pero aun cuando los aborrezca usted,
constituye parte necesaria de toda educación, en las modernas con-
diciones sociales, sabe!' qué es eso. Sin tal conocimiento podrh
Llsted, por ejemplo, casarse con un jugador a pesar de haber teni-
.do los mayores cuidados para adquirir la certeza de que su es-
poso no había tocado nunca una baraja, sentádose ante una
ta, y de que sólo estaba empeñado en operaciones financieras dr
la Bolsa. Podría encontrarse usted con que su esposo le animab¡t
una semana a gastar dinero como el agua, y en la siguiente pro-
testaba de que no le era posible sufragarle los gastos de un som-
brero nuevo. En suma, podría encontrarse haciendo la trágicu
figura de la mujer del jugador, a la que no le gusta ¿J juego.
Una página o dos atrás solté una observación acerca de tal
juego que se hace en la Bolsa llamado especulación, en que se ofr .
cen precios fantásticos por acciones imaginarias. Voy a
este juego, dejando a su gusto y a su conciencia decidir si lo huitit
<..) se sumergirá usted en él. Es con mucho la forma de juego más
practicada y excitante producida por el capitalismo.
Para darse cuenta de él tiene usted que saber que en la Bolsa
de Londres puede comprar una acción sin necesidad de pagarla,
o vender una acción sin tener en la mano el título de dicha ac-
ción, hasta el día convenido, que puede ser pasada una quincena.
Quizá no vea usted de pronto qué importancia tenga esto. Pero
pueden ocurrir muchas transacciones en una quincena. Recuerde
(o que ha aprendido usted acerca de las continuas fluctuaciones
en los precios de rentas y de subsistencias ahorradas en el merc&-
do de dinero. Piense en las esperanzas y temores producidos por
282 BEHNARD
el auge y la decadencia de las sociedad s anónimas, conforme su:,
negocios y perspectivas crecen o se hunden, según que sus cose-
chas sean buenas o sean malas: cosechas de caucho, de aceite,
ele carbón, de cobre. etc.; todo ello significativo de que habrá
más o mellaS dinero que repartir entre los accionistas en forma
de renta anual , y más o menos dinero ahorrado dispuesto para
comprar acciones. Los precios de las acciones cambian no sólo
de año en año, sino de día en día, de hora en hora y, en algunos
ll1omentos de excitación de la Bolsa, de minuto en minuto. La ac-
ción que se adquiría hace años o hace siglos por cien libras estel"-
1inas, ahorradas para formar una nueva sociedad, puede pro-
ducirle a su dueña cinco mil libras al año, o treint.a chelines, o
nada, o todas estas cantidades sucesivamente. En consecuencia,
ilquella acción, que costó de nneva unas cien libras de dinero aho-
lTado, puede venderse en cien mil libras en determinado momen-
Lo, en treinta en otro, o no venderse en nada. Cuando la poseedo-
la de las acciones abre el periódico por la mañana, busca la pági-
na de la City, con sus listas de precios de valores y acciones, paro
ver cuán rica es hoy; y raramente halla que sus acciones valgan
lo mismo una sola vez durante la semana, a no ser que haya sido
Jo suficientemente prudente que prestase su dinero al gobierno
o a un municipio (en cuyo caso cuenta con la segnl'idad comunal ),
en vez de hacerlo a sociedades privadas.
Ahora coordine usted estas dos cosas: el contimlO cambio en
los precios de las acciones y la regla de la Bolsa de Londres, de
que no es necesario pagarlas hasta un día convenido. Suponga-
mos que no tiene usted un penique ahorrado en su poder, ni una
acción (que suponga un ingreso) que vender. Supongamos qu
conjetura usted, por una u otra razón, que el precio de Jas accio-
nes de cierta soci.edad (llamémosla sociedad A), va 5. experimen-
tar un alza dentro d'e unos días . y supongamos cree usted que vI
precio de las acciones de otra sociedad (sociedad B) va abajar.
Si está usted en lo cierto, lo único que debe hacer para conseguir
algún dinero con sus dotes adivinatorias es comprar acciones de la
compañía A y vender las de la compañía B. Dirá usted: « ¿ Cómo
he de comprar acciones sin dinero o venderlas sin los títulos d!'
propiedad?)l Es muy sencillo: no necesita 'exhibir ningún dine ro
ni ningún título hasta un día señalado. Antes del día señalado
vende usted las acciones A por más dinero de lo que le costaron '
<1, crédito, y compra los títulos B por menos de lo que piensa ven-
derlos. El día fi jado contará usted con el dinero de la gente él
quien ha vendido, y con los títulos de aquella a quien ha compra-
do; y luego que haya pagado las acciones A y pasado a otros los
GUÍA DEL SOCI ALISMO Y EL CAPITALI SMO 283
titulas B, se habrá usted embolsado la difel'encia entre el valor
que tenían las acciones el día que las compró y las vendió, y el
valor que alcanzaron el día convenido. ¿ No es bastante sencillo?
Tal es el juego de la especulación. Nadie le criticará por me·
terse en él; pero en la Bolsa le llamarán alcista (1), por trata!'
ele comprar las acciones A, y bajista (2) por vender las B. Si pagel.
usted una pequeña suma que le permita adquirir acciones de una
nueva sociedad para venderlas con alguna ganancia antes de ha-
I)erlas pagado, le llamarán especulador (3) . Si pregunta usted
por qué no le llaman vaca o cierva, le dirán que como la Bolsa
la habían fundado los hombres para los hombres su a?'got es ex-
clusivamente masculino,
i Pero- dirá usted-supongamos que mis conjetur3's el'an equi-
vacadas ! Supongamos que el precio de las acciones A va para
¡,bajo en vez de para arriba, y el precio de las B sube en vez de
llajar! Desde luego, ello ocurre a menudo, ya por algún suceso
imprevisto que afecta a la sociedad, ya simplemente porque haya
conj eturado usted mal. Pero no le aterre demasiado por esa po-
sibilidad, pues todo lo que puede perder es la diferencia entre los
pl'ecios; y como ésta puede ser sólo un asunto de cinco o diez
I ¡bras por cada ciento que ha estado manejando, puede empe-
ñar los vestidos y el mobiliario y probar otra vez. 'Todavía pue-
de tener una cuenta abierta para el próximo día fijado, si es us-
ted alcista, o un plazo si es bajista, basado en la probabilidad
de mejor suerte en la quincena añadida.
Debo prevenirle, sin embargo, qlle si muchos bajistas han con-
jeturado igual y vendido gran número de acciones imaginarias,
corre usted el riesgo de ser puesto en un aprieto. Ello significa que
los bajistas han vendido o más acciones de las que en realidad
oxisten, o más de las que los tenedores piensan vender, como no
sea a un buen precio. Los alcistas, que son lo bastante astutos para
preverlo y comprar altas las acciones que están siendo vendidas a
la baja, pueden hacerse con todo el dinero que pierde el bajista.
Poner en aprieto a los bajistas forma parte reconocida del juego
ele la especulación.
Como éste es un juego de habilidad, agudeza y carácter, así
como de azar, un buen adivinador o una persona que dispong'a
de información privada respecto a cómo los hechos afectarán a-
(1) En ingl és, buU (toro).
(2) En inglés, beat' (oso).
(3) En inglés, stag (ciervo).
284
BERNARD SHAW
los precios de las acciones, puede ganarse la vida muy bien; y
algunos especuladores han ganado y perdido fortunas principes-
cas. Algunas mujeres juegan a la bolsa como otras montan a ca-
ballo. A veces lo hacen inteligentemente mediante bolsistas acre-
'ditados, y demuestran una clara comprensión del juego. A veces
vense cegadas por las circulares que le envían los Bucket Shops.
Así que lo mejor será que la ilustre sobre esto (1).
Recordará usted que ninguna especuladora se resigna a per-
der todo el precio que ella ofrece por una acción o el valor totaJ
de la acción que pretende comprar. Si pierde, pierde sólo la di-
ferencia entre los precios que ella esperaba y los precios que tiene
que pagar. Si ella tiene suficiente dinero en mano para hacer
frente a esto, escapa a la quiebra. El poseer esta suma suficiente
.se llama «cubrir fondos». 'roda dueño de Bucket Shop toma a su
cargo especular por cuenta de cualquiera que le envíe una can-
tidad para cubrir fondos. Sus circulares dicen, en efecto: "En-
víeme diez libras, y lo peor que puede suceder es que las pierda
usted; pero yo puedo duplicárselas. Para informes diríjase usted
-a tales y cuales clientes, que me enviaron diez libras esterlinas
y se les ha devuelto cincuenta o cien.» Toda señora que no en-
tienda de negocios se ve tentada a enviarle las diez libras y a per-
derlas muy a gusto, en cuyo caso ella acostumbra a arriesgar otras
diez si le quedan. Pero puede tener suerte y embolsarse algunas
ganancias. Los dueños de los Bucket Shops tienen que dejar que
sus clientes ganen algunas veces, o de lo contrario no podrían vi-
vil'. Pero ellos por lo general impiden que gane usted, si así lo
desean, valiéndose de algún precio especialmente bajo de accio-
nes, con lo que demuestran que su fondos han desaparecido, o si
iDO vendiendo ellos mismos dos o tres acciones a bajo precio y
;()otizándolas en perjuicio de usted. Además, si protesta usted por
-su pérdidas, hallan una salida recOl'dando la ley contra el juego.
Ellos no pueden ser multados o expulsados por el comité de la
Bolsa, porque no son miembros de la Bolsa y no han prestado
fianza alguna. Todo dueño de un Bucket Shop no es necesaria-
mente un pillete, del mismo modo que un apostador de las carre-
ras de caballos (Bookmake1' ) no es obligatoriamente un profesio-
nal; pero si le despoja a usted tiene usted que aguantarse, mien-
tras que si le engaña un bolsista puede costarle el pan.
(1) Bucket Shop es un lugar donde se hacen apuestas sobre ] ~
p.l'ecios en la Bolsa de los valores, etc., valiéndose del procedimiento
de adquirir Q vender dichos valores sin ·efectuar compras ni ventas
efectivas. ., .. y ~
GUÍA DEL SOCIALI SMO y EL CAPlTAL1SMO 285
Si especula usted valiéndose de un bolsista formai debe tener-
presente que a él se le supone que entiende sólo en colocaciones
legítimas del dinero : esto es, en la compra de acciones por clien-
tes que tienen dinero para pagarlas, en la venta hecha por aque-
llos que realmente las poseen y que desean cambiarlas por una.
suma de dinero ahorrado. La diferencia está en que si va usted
a un Bucket Shop y dice francamente : "Aquí está un billete de
cinco libras, que es todo lo que tengo en el mundo. ¿ Quiere us-
ted tomarlo para cubrir fondos y especular con ello en mi nom-
bre, en valores de diez veces más?", el dueño le quedará a usted
obli gado; pero si le dice lo mismo a un agente de Bolsa tendrá
([ ue ponerla en la puerta. Tiene usted, pues, que hacerle creer, o
pretender que lo crea, que posee realmente el dinero ahorrado o-
las acciones ' que desea negociar.
Ahora ya sabe usted lo que tiene de casa de juego la Bolsa de
I landres. El juego puede jugarse en diversas variantes llamadas
opción y doble opción, etc., que se oyen por aquí y por allá, como
los distintos términos de la ruleta; y las Bolsas extranjeras tienén
t' eglas que no son tan favorables como las nuestras para los juga-
dores a la baja ; pero estas diferencias no alteran la naturaleza del
juego. Todos los días se hacen negocios especulativos en Capel
COUl't, de Londres; en Wall Street, de Nueva York; en las Bol-
sas del Continente, en las que se habla de millones de libras y no
pasa de hablarse: los compradores no tienen dinero ni los vende-
dores género, y sus países con ello no son más ricos que pudieran
serlo con las mesas de juego de Montecado. Con todo, la energía (
humana, la audacia, la astucia que en ello se derrocha, si estu-
viesen rectamente dirigidas, pondrían fin a nuestros barrios mal-
sanos y epidémicos y a la mayoría de nuestras cárceles en menos.
horas que ha empleado el capitalismo en producirlos.
LJY
LA B ANCA
L
A Bolsa es sólo un departamento del mercado de dinero. El
medio más común de alquilar dinero para fines de em-
presa es tener una cuenta corriente en un Banco y alquilar
-dinero ahorrado cuando lo necesitéis. El director del Banco lo
prestará si él adquiere la seguridad suficiente de que se le podrá
devolver; de hecho su negocio único no consiste en otra C08a,
com,o veremos inmediatamente. El puede hacerlo permitiéndole
a usted ampliar su cuenta corriente. Si alguien con quien está
usted en tratos le ha dado una promesa por escrito de que le
pagará una cantidad de dinero en alguna fecha futura (esta pro-
mesa escrita se llama letra de cambio) y el banquero cree que esta
promesa será cumplida, el banquero le dará dinero en
sólo deduciendo de él la cantidad suficiente por el alquiler, hasta
que el cliente de usted le pague a él. Esto se llama una operación
de descuento. Todas estas transacciones son formas de alquilar
dinero ahorrado, y cuando lee usted en los periódicos los artícu-
los de la City que dicen que el dinero es barato o caro, signifi ca
que el precio que hay que pagar al banquero por el alquiler de
dinero ahorrado es bajo o alto, según el caso.
A veces verá usted que se arma un alboroto por si el Banco de
Inglaterra ha elevado o bajado el tipo bancario. Ello significa que
el Banco de Inglaterra va a ganar más o menos, según el caso, poi'
el descuento de las letr as de cambio, debido a que el dinero aho-
rrado se ha hecho más caro o más barato : es decir, c\ebido a que
las subsistencias ahorradas se han hecho más escasas G más abun-
dantes. Si ha tomado usted demasiado dinero al Banco, el anun-
cio de que el tipo bancario va a elevarse puede dar motivo a una
carta del director, en que éste le ordena que no pida usted má
di ero y dice que le quedará muy agradecido si salda usted su
REHNAHD SHAW
c ~ e n t a tan pronto como le sea posible. Ello significa que como l a ~
subsistencias ahorradas se han hecho ,escasas y caras, él no puede·
suplirle más y le agradecería que le devolviese las prestadas. Lo·
wal puede ser un inconveniente e impedirle a usted que amplíe
los negocios. Por eso hay una gran consternación entre las gen-
tes de negocios' cuando el tipo bancario sube, y júbilo cuando
baja. Porque cuando las condiciones en que el dinero ahorrado,
puede ser alquilado en el Banco de Inglaterra suben, suben en to-
das partes : de suerte que el tipo bancario es un índice general del
coste del alquiler de dinero ahorrado.
y viene ahora la cuestión: ¿de qué lugar de la tierra saca el
l3anco el dinero ahorrado con que negocia? A la muj er inteligente-
que no está metida en negocios, o que si tiene una cuenta co-
rriente nunca está al descubierto, un Banco le parece sólo un
1 ugar donde los empleados le pagan amablemente sus cheques y
le guardan fielmente el dinero por nada o poquísima cosa. Hasta
tomarían dinero de ella los banqueros cuando le sobra, con tal de
que convenga en no sacarlo sin darles aviso con algunos días de'
anticipación (lo llaman colocar el dinero en depósito). Ella habrá
de preguntarse varias veces cómo esos banqueros pueden deter-
minarse a sostener un número tan grande de empleados bien ves-
tidos y un inmueble tan admirablemente acondicionado, con un
director simpatiquísimo, y sólo para ocuparse en los asuntos d
ella y no cobrar nada absolutamente.
La explicación es que las gentes apenas casi nunca sacan tan-
lo dinero del Banco como meten en él; y aun cuando lo hacen,
queda en el Banco durante algún tiempo. Supongamos que el lu-
nes pone usted en ,el Banco cien libras para tenérselas seguras has-
t.a sacar un cheque el sábado siguiente. Ese cheque no será pre-
sentado al cobro hasta el lunes. Por lo tanto, el Banco tendrá sus
cien libras en sus manos durante una semana, y puede así alqui-
larlas por una semana en un par de chelines.
Pero muy pocas transacciones bancarias son tan poco prove-
cflOsas como ésta. La mayoría de la gente tiene cuentas corrientes
todo el año, y en vez de pagar al contado exactamente cada sema-
na lo que necesitan e ir sacando por medio de talones lo que van
r,onsumiendo, tienen siempre una suma a su disposición dispuesta
para cualquier evento. La mujer más pobre que pueda tener una'
0uenta corriente nunca llega a sacar la última corona que le que-
da , pues sabe que al llegar aquí es tiempo de colocar otra libra u
ott'as dos. La verdad os que no todos los Bancos hacen negocios..
('n tan pequeña escala: el gobernador del Banco de Inglaterra se
pondría azul y daría orden a los porteros de ponerle a usted en,
autA nEL y EL CAPITALISMO
la calle si le ofreciera una cuenta corriente de esa clase. Los clien-
tes del Banco son gentes algunas de las cuales tienen siempre G
su disposición veinte li bras, cien, mil y hasta muchos mi les, se-
gún la extensión de sus negocios o el tren de vida que llevan. Esto
significa que sea el que fu ese el dinero que metan o saquen, siem-
pre queda en el Banco un resto que nunca se retira, \' cuando f. o-
dos estos restos se reúnen vienen a formar una suma grandísi-
ma de dinero ahorrado que aueda en manos del Banco. Alquilan-
do este dinero es como los Banms hacen sus enormes ganancias.
Bien pueden ser corteses con ust.ed.
y la muier inteligente Que ti ene llna cuenta corriente v 0U"
con todo cuidado no deja nunra Que el saldo descienda Dor debaj n
de cierta cifra, puede pregunt.arse algo alarmRda si f;U Banco, e::
vez de guardarle el dinero, di snmsto a devolvéJ' selo a la meno:
necesidad, no lo presta en realidad a otras gentes . La rénlica se,
afirma.tiva y no sólo es eso lo que el Banco hace, sino Que pllrR.
eso se ha fund ado. Pero exclamará la muj er inte1i gpn+e: «'F.R -'
significa que si yo quisiese sacar mi dinero podria no hal')erlo." \ -
as{ ocurriría si todos los clientes del Banco 10 CTuisiesen sacar el
mismo dí a. Pero nunca lo hacen. «Con todo- insiste ell a--, po·
drían hacerlo." No piense usted en ello: el Banco nunca se pre·
ocupa de lo que podría ocurrir. Sólo se ocupa en 10 que est1. OCl>
rriendo; 10 que ocurre es que si de cada 1i11l'a ColOCl1da e!!.
los Bancos los hanqueros han sacado tres r,he1ines h::¡,stR. el mc'-
mento en que los cli entes r eclamen su dinero, será muy su-
ficiente.
Ahora, que es conveni ente que recuerde usted aue la muier aui"
tiene cuenta corriente en un Banco nunca debe atemlYl' iZR,r a 1a-'
demás con lo dicho. De lo contrario inumpirían en el Banc,o v rr·
tirarían sus cuentas, y cuando los banqueros hubiesen pf1gRdo il
las que ll egaron primero, cerrarían las puertas. Sll e1e est.o oc\u·
rrir cuando corre el rumor de que tal Banco particular no inspi ré:
confianza. Al go o alguien produce un pÁnico; hay un
sobre el Banco ; el Banco quiebra y sus clientes se muest.rRn colé·
ricos c,ontl'a los directores, gritando que hay que llevarlos a 10-'
Tribunal es y meterlos en la cárcel , lo cual está fUel"a de rllzón .
porque esos cli entes debían saher que los Bancos, con los servici e"
que ell os prestan por nada, sólo pueden existir bajo la condicifln
de qne sus clientes no retiren el dinero todo a la vez y en el
mo día.
y ahora que conoce usted lo Que la Banca es por dentro y cóm.)
los banqueros se hacen con todo el dinero que pueden para al-
quilarlo, puedo recordarle otra vez, si no le fatigo, que este di-
\9
290
m:; nNAHU Si-lA\\"
nero ahorrado es en realidad subsistencias, pdncípaÜnente-'géne-
ros perecederos, que deben ser utilizados. Uno de los peligi'os
mayores de nuestros días es que los banqu81'O: no sahen esto,
porque ellos no manejan POl' sí mismos los géneros; y el dere-
cho de tomar y usar lo que ellos venden por el procedimiento de
alquilar está disfrazado bajo el nombre ele crédito . . En consecuen-
cia, acaban por pensar que el crédito es algo que puede comerse,
y beberse, y usarse, y convertirse en casas, y ferrocarri les,- y fá-
bricas, etc., etc., siendo así qu'e el verdadero crédito es solamente
la creencia del que presta_ de que la persona a quien presta le ha
de pagar.
No se puede alimentar a los trabajador,es o construír casas con
creencias. Cuando oiga usted que una mujer vive del crédito O
construye una casa a crédito o tiene un automóvil a crédito, tenga
la seguridad de que ella no está haciendo nada semejante: vive
de verdaderos alimentos; hace construÍr su casa con ladrillos 'Y
cemento por hombres que comen alimentos substanciales, y ca-
mina en un auto de acero lleno de petróleo de alta explosión. Si
ella no los ha hecho ni los paga, alguien los paga; y lo único que
• significa eso de tenerlos a crédito es que el director del Banco
cree que en algún tiempo. por venir ella. los reemplazará con gé-
neros equivalentemente substanciales del mismo valor, además de
pagar al Banco por la espera. Pero cuando ella acude al director
del Banco no pide alimentos y ladrillos y autos: ella dice que ne-
cesita crédito. y cuando el director del Banco le permite sacar
el dinero, lo cual es una orden para sacar alimentos y ladrillos 'y
el auto, él no dice nada de estas cosas. Dice, y piensa, que él está
dando crédito. y de este modo, por último, todos los banqueros y
hombres de negocios llegan a la creencia de que el crédito es algo
comestible, potable y substancial, y que los gerentes de los Bá.n-
cos pueden aumentar o disminuír las cosechas con hacerse más
o menos crédulos o más o menos escépticos respecto ele si las gen-
tes a quienes prestan dinero van a pagárselo o no (dar o restrin-
gir el crédito, como ellos dioen). Los artículos financieros de los
periódicos, los discursos de los presidentes de Banco en sus reuriio-
nes anuales, los debates financieros del Parlamento, están llenos
todos de frases sin sentido acerca del crédito, de destruír el cré-
dito, de restringir el crédito, como si alguien estuviese revolvien-
do crédito con una azada. Hombres muy enterados exponen admi-
rables planes basados en el cálculo de que cuando un banquero
presta cinco mil libras de subsistencias ahorradas, da también al
que toma el préstamo un crédito de cinco mil libras, i con lo que
añadidas las cinco mil libras de subsistencia ahorrada a las cinco
GUíA DEL SOCIALISMO y EL CAPITALISMO " 291
mil ,libras de crédito resultan diez mil libras! En vez.
se a esos hombres en un manicomio encuentran discípulos, lo mis-
mo en el Parlamento que en. la City. Proponen exte.nder 1l1.1estras
ind ustrias (esto es, construír barcos y fábricas y ferrocarriles y
.demás) ,con créd·ito. Creen que se puede duplicar la cantidad de gé-
neros del país cambiando la ·cifra 2 por la cifra 4. Siempre que
una escasez de sustento ahorrado fuerza al Banco de Inglaterra
a elevar su tipo bancario, acusan a los directores de Jugades una
tr,eta sucia y de impedirles extender sus empresas, corno . si tu-
viese el gobel'l1ador del Banco de Inglaterra .más poder para sos-
tener bajo el tipo bancario que tiene el barómetro para sostener
baja la columna de m€rcurio haciendo buen tiempo. Creen que
saben porque son "hombres prácticos en negocios". Pero respecto
de .los intereses nacionales son maniáticos con peligrosas ilusio-
nes, y los gobiel'l1os que hacen caso de sus .consejos ·no tardan en
verse en un callejón sin salida.
¿ Qué es, entonces, lo que en realidad fija el precio que ha de
pagarse si. se alquila dinero a un Banco o se recibe por prestárselo
(en depósito), o en sociedades industriales mediante acciones, o
al gobiel'l1o o los municipios? En otras palabras, ¿qué es lo que
fija el llamado precio del dinero, entendiendo con ello el arte de
alquilarlo? ¿Y qué es lo que fija el precio de las rentas. cuando
sus propietarios las venden por dinero contante y sonanw en la
Bolsa?
. Pues bien: depende de la proporción entre la cantidad de
subsistencia ahorrada (dinero no gastado) que haya en el merca-
do, presta a ser alquilada, y el alquiler que las gentes que necesi-
tan usarla son capaces de pagar. He una parte tenemos los pro-
pietarios que viven con menos de lo que ingresan y que, por 10
tanto, necesitan disponer de su género ahorrado antes de que se
pudra. De otra están los hombres de negocios que necesitan lo que
los propietarios no consumieron para alimentar a los proleta-
rios de cuyo trabajo necesitan, a fin de emprender nuevos nego-
cios o extender los antiguos. Junto a éstos tenemos los propieta-
rios d€rrochadores que han vivido gastando más de lo que les
proporcionaban su rentas, y, por lo tanto, se ven obligados a ven-
derlas (o parte de ellas) para pagar las deudas. Entre todos estos
factores se obtiene una oferta y una demanda, según las cuales
son caros o baratos el dinero ahorrado y las rentas. El precio sube
cuando la oferta es pequeña o la demanda es insistente. Baja curan-
do la oferta aumenta o afloja la demanda.
De pasada, ya que sacamos' los términos de oferta y demanda,
recuerde usted que demanda, en el sentido del mercado de dine-
B!l\lfAl\D SHAW
ro, no significa necesidad en general : significa únieamente la ne-
'Cesidad que el necesitado puede satisfacer. La demanda que hace
de alimentos un niTio hambriento, es muy fuerte y chillona; pero
no figura en los negocios a no ser que la madre tenga dinero para
comprarle alimentos al niño. Pero con este requisito casi inhuma-
no, la oferta y la demanda (llamada «demanda efectiva,,) estable-
cen el precio de las cosas que tienen precio.
Los Bancos son seguros cuando prestan su dinel'o (o mejor di-
cho el nuestro) precisamente. Si hacen malas colocaciones, o fían
a gentes malas, o especulan, pueden arruinarse y arruinar a sus
clientes. Ello solía ocurrir cuando había muchos Bancos. Pero
ahora que los grandes se han tragado a los pequeños, quedaron
tan pocos y son tan grandes que no pueden llevarse unos a los otros
a la quiebra ni podría tampoco hacerlo el gobiel'l1o. De suerte que
puede usted sin miedo alguno guardar el dinero en un gran Ban-
co, y, por su parte, el Banco no precisa vencer ningún escrúpulo
para servirle de diversos modos, incluso actuando como agente
de Bolsa, tomándole di nero con interés (en cuenta corriente) y
prestándole, aunque a un tipo de interés muy elevado, cualquier
dinero cuya devolución ofrezca suficiente seguridad.
Puesto que acabamos de ver por qué las condiciones del alqui-
ler del dinero varían de tiempo en tiempo, entretengámonos un
rato imaginando lo que ocurriría en los Bancos si el gobierno, des-
orientado por los hombres duchos en negocios () por los aficiona-
dos milenarios, tr.atase de obtener, por ejemplo, treinta mil millo-
nes de libras con un impuesto sobre el capital, y otros treint:1 mil
millones con un impuesto sobre el crédito.
El anuncio del impuesto sobre el crédito ocasionaría el fin de
una parte de los negocios con la destl'ucción del crédito. El mag-
nate financiero que el día antes podía levantar un millón al seis
o siete por ciento con sólo levantar el dedo, sería incapaz de sa-
carle prestados cinco chelines al mantequero, a no ser que el man-
tequero se los dejase en recuerdo del tiempo pasado y sin la me-
nor esperanza de recobrarlos.
Para pagar el impuesto los capitalistas tendrían que l'etiml"
hasta el último penique que tuviesen en el Banco, y ordenar a sus
agen tes vendiesen todas las acciones, obligaciones. y valores del
Estado y del Municipio. Habría tan prodigiosa demanda de di-
nero que el gobernador y los accionistas del Banco de Inglaterra
tendrían que reuni rse antes de comer y acordar, después de algu-
na vacilación, elevar el tipo bancario al diez por ciento. Despnés
de comer serían convocados a toda prisa para elevarlo a un ciento
por ciento, y antes de que pudiesen publicar este fantástico anun-
GUÍA DEL SOCIALISMO Y EL CAPITALISMO 293
cio hubieran sabido que habrían evitado el trastorno, así ellos
como los demás Bancos, si después de pagar a tres chelines la
libra hubiesen suspendido el pago y fi jado un anuncio a la puerta
que dijera que esperaban poder pagar a la clientela una vez hu-
biesen realizado sus inverSIOnes : esto es, recogido sus empréstitos
y vendido sus valores y acciones. Pero los bolsistas sólo obten-
drían un precio único por todos los valores, precio que no consis-
tiría en libras, en chelmes, en peni ques ni en medio penique. El
precio propio de un mercado donde son todos vendedores y no
hay ningún comprador . .
Cuando el recaudador de contribuciones pidiese su dinero, el
contribuyente tendria que decir: «No puedo obtener dinero para
usted; por lo tanto, en vez de pagar el impuesto sobre mi capital
aquí tiene usted el mismo capital. Aquí tiene usted un rollo de
títulos que puede vender por medio penique, como papel viejo.
Aquí tiene un rollo de bonos al portador que puede ver lo que
saca de ellos, y unos cuantos cupones que dentro de unos años
valdrán tanto como los sellos raros y antiguos. Aquí tiene una
transferencia por la que se autoriza al Banco de Inglaterra para
que borre mi nombre del registro del empréstito de la guerra y
ponga el de usted. Y que le aprovechen. Le acompañaré yo mismo
a la puerta, porque los criados andan muertos de hambre por la
calle porque no tengo dinero con que pagarles el salario: en rea-
lidad tampoco tendría yo hoy qué comer si no hubiese empeñado
mi traje de etiqueta, yeso que me dió poquísimo el prestamista,
ya que anda escaso de dinero y tiene la tienda ll ena hasta el te-
cho de los mismos trajes. Buenos días .»
Tal vez pregunte usted qué importaría todo eso, en último
caso. Como de diez personas, nueve no tienen capital ni crédito,
en sentido financiero (es decir, aunque un agente de Bolsa pueda
esperarles hasta fin de semana, ningún banquero soñaría en dar-
les seis peniques) , podrían contemplar las cosas regocijados y ex-
clamar: «Que los ricos a su vez se vean sin un penique, como lo
estamos nosotros a menudo.» ¿Pero qué sería del gran número de
pobres que viven del rico, los criados, los jefes y empleados en los
comercios de lujo, los doctores elegantes y los procuradores? ¿ Qué
ocurriría, aun en las industrias productivas, si los Bancos cerra-
sen por quiebra y todo el dinero de los salarios fuese cogido por
el gobierno? A menos que el gobierno asumiese instantáneamente
todos los negocios y empresas del país, esto es, estableciese una
nacionalización completa de la industria en un abrir y celTar de
ojos y sin pretender o haber intentado tal cosa, la ruina y el ham-
bre serían seguidos por los motines y el saqueo: motines y ss-
nERNARD StJAW
queos que empeorarían las cosas; y finalmente, los supervivientes,
si quedaba alguno, se darían por muy contentos con caer de rodi-
llas ante el primer Napoleón o Mussolini que quisiera organizar
la violencia del populacho y restablecer el antiguo estado de cosas,
o lo que pudiese rescatarse del caos, mediante la fuerza aplicada
por un dictador insensible.
.. .
. -
LV
EL DINER.O
A
HOR.A sabe usted más que la mayoría de la gente. acerca del
mercado de dinero. Pero no basta conocer qué causas esta-
. blecen el valor de los fondos y las acciones en el mercado
d ~ dinero. Pocos entre nosotros gastan tanto en acciones como en
alimentos, ropa y habitación. La mayoría soñaríamos primero con
comprar cotos de caza en Escocia, que en imponer dinero o es-
pecular en la Bolsa: con todo, tenemos que hacer uso del dinero.
Supongamos no hubiese dinero ahorrado en la tierra: ¿qué ;fija-
ría el valor del dinerQ? ¿ Qué es el dinero?
tramemos una moneda de oro, por ejemplo. Probablemente
tendrá usted la edad suficiente para recordar la existencia de estas
cosas antes de que la guerra las barriese y substituyese por peda-
zos de papel llamados billetes del Tesoro; y puede ser usted lo
bastante joven p a l ~ a vivir hasta que vuelv.an. ¿ Qué es una moneda
de oro? Es 1111 instrumento para pagar cosas, del mismo modo que
una cuchara de plata es otro instrumento para comer. El comprar
y vender sería posible sin instrumentos. i Imaginese que no exis-
tiesen y .que necesitase usted ir en ómnibus a cualquier sitio!
i Supóngase que la (mica propiedad movible que tuvieseis consis-
tiese en veinte patos y un pollino! Cuando el conductor del ómni-
bus viniese a pedirle el importe del viaje le ofrecería usted el po-
llino, pidi éndole la vuelta en patatas, o le ofrecería un pato, pi-
diéndole la vuelta en huevos. Todo lo cual sería tan embarazoso
y de trato tan lento, que la próxima vez encontraría más expediti-
vo y barato montar en el burro en vez de, tomar el ómnibus; y no
habría ómnibus porque ninguna querría tomarlo, a no ser que los
órrmibus fuesen convertidos en cosa común y se aboliesen las ta-
rjfas.
Ahora bien, es muy molesto andar de un lado a otro con un
PERNARD SHAW
pollino, aun cuando le lleve a uno ; pero es muy fácil llevar el
valo!' de un pollino en oro. En visla de esto, el gobi erno hace cor-
tar el oro en pedacitos bien conformados, que pesan unos 123 gra-
nos de 01'0 de ley (22 quüates) la pieza, para usarlos en las com-
pras y en las ventas . .Para las transacciones que son demasiado
peq ueñas para ser realizadas con un metal tan costoso como el
oro, proporciona monedas de cobre y de plata, y da una ley para
que tantas o cuantas monedas de éstas valgan una de las mone-
das de oro. Entonces el comprar y el vender se hace facilísimo.
En vez de tener que ofrecer un pollino al conductor del ómnibus
lo cambia usted por su valor en monedas, y con eUas en el bol-
sillo puede pagar las tarifas del ómnibus en dos segundos sin te-
ner necesidad de decir una palabra.
Ve usted, pues, que el dinero no sólo es un instrumeinto nece-
sario para comprar y vender , sino también una medida de valor;
porque una vez presentado no es necesario decir si un pollino
vale tantos patos o medio caballo, y decimos en cambio que vale
tantas libras o tantos chelines. Ello nos capacüa para llevar las
cuentas y hacer posible el comercio.
Todo esto es tan fácil como el ABe. Lo que ya no es tan fácil
es decir por qué el pollino habría de valer , por ejemplo, tres
cuartas partes de una libra esterlina, o poniendo las cosas de otro
modo, quince chelines habr[an de valer un pollino. Lo único que
podéiS decir es que la compradora que compra por este precio es
una persona con quince chelines que necesita el pollino más que
los quince chelines. La compradora, aunque necesüa el pollino,
no lo necesita lo suficiente para dar m.ás de qui nce chelines ; y
la vendedora, aunque necesita dinero, no dejará el pollino en me-
nos de quince; y por eso cambian, Las respectivas necesidades se
cont rapesan en esa cifra.
Ahora bien; un pollino representa un pollino y no otra cosa ;
pero quince chelines represéntan el valor de quince chelines de
algo que se necesite, desde comi da y bebida hasta un paraguas ha-
rato. Toda reserva de dinero representa subsistencia; pero no
olvide usted que aunque puede comer y beber y llevar subsisten-
cias, no puede comer () beber o ponerse billetes de banco y
monedas.
Admitido esto, si tiene usted dos chel ines el mantequero le da
por ellos una libra de man teca ; y una libra de manteca se parece
tanto a una pieza de metal como un gato a una plancha.; y si no
hubiese manteca tendria usted que comerse el pan solo, aun cuan-
do dispusiera de millones y millones de chelines .
Además, la manteca no son siempre dos chelines; a veces vale
oUÍA DEL SOCIALISMO Y EL CAPITALISMO 297
dos chelines y dos peniques, y hasta dos y seis peniques. Vive to-
davía gente que compró muy buena manteca fresca a cuatro peni-
ques la libra, y se quejaba entonces de que era muy cara. Se
puede decir que la manteca es barata cuando ' hay mucha y
cara cuando escasea; pero esto es sólo un aspecto del contrato.
Si diez libras de manteca cuestan una libra esterlina el lunes,
y libra y cuarto el sábado, ¿se debe a que hay menos manteca, o
más oro?
Desde luego, puede ser lo uno y lo otro combinado. Si el go-
bierno acuf'íase muchas libras nuevas, al punto que duplicase el
número de ellas que actualmente circulan, tendríamos que pagar
a dos libras esterlinas la libra de manteca, y no por que la man-
teca escasease, sino porque habría oro sobrante. Pero no hay pe-
ligro de que esto ocurra, debido a que el oro es tan escaso y di-
ficil de obtener que si el gobierno hiciese con él más libras ester-
linas de las necesarias para nuestras compras y ventas, las super-
fluas volverían él. fundirse y se emplearía el oro en otros meneste-
res, a pesar de la ley que lo impidiese; y así ocurr ir ía hasta que
las libras esterlinas fuesen tan escasas que se pudiera adquirir
más cosas por oro en forma de libras esterlinas, que en la forma
de cadenas de reloj o de pulsera. Por esta razón las gentes no se
preocupan del oro: el oro de la li bra esterlina guarda su valor
para otros fines que el comprar y vender; y si fueran las cosas
de mal en peor y el Imperio británico fuese anexionado por el pla-
neta Marte, y sólo el dinero marciano tuviese curso, la libra es-
terlina oro sería tomada a cambio por tanta o cuanta manteca, lo
mismo que antes, no por ser moneda, sino por ser oro ; de suerte
que la libra ester li na tendría tanto poder adquisiti vo como la
moneda marci¡ma equivalente y de igual peso.
i Supongamos, sin embargo, que tiene usted un gobiemo poco
honesto 1 Supongamos que el país y su moneda fuesen dirigidos
por un rey ladrón. Supongamos que éste debe grandes sumas
de dinero y desea engaf'íar a sus acreedores. Lo haría pagando en
libras esterlinas hechas de plomo, con el oro preciso para que pa-
reciesen legítimas. Enrique VIII hizo una cosa parecida, pero me-
nos cruel, dando monedas de plata de poco peso, y no fué el único
gobernante que se valiese de tal treta cuando necesitaba dinero.
Al descubrirse semejantes fraudes los precios y los salarios su-
ben. Los únicos gananciosos son aquellas personas, como el rey,
que habían tomado prestada moneda pesada y la devolvían falta
de peso; y lo que ell os ganaban lo perdían los acreedores. Pero
ello era una treta sucia, que dañaba al crédito de Inglaterra tanto
como al crédito real , pues todos los deudores ingleses veíanse in-
298 BERNARD SHAW
voluntariamente metidos tan adentro en el desfalco corno el mise
mo rey.
La consecuencia moral es que el gobernante es uno de los ma-
yores peligros que una nación puede correr. Las gentes que no en-
tienden de estas cosas arman gran alboroto porque Enrique VIII
se casó con seis mujeres y tuvo muy mala suerte con la mayorÍé\
de ellas, y porque permitió a los nobles que robaran a la Iglesia.
Pero hoy dí a, a nosotros nos importa mucho más lo de la rebaja.
del valor de la moneda, pues es éste un peligro que cuelga sobre
nuestras cabezas. La t reta de Enrique la juegan en estos tiempos
gobiernos republicanos con mayorías socialistas y Estados sovié-
ticos, con el resultado de que inocentes mujel'es, a quien sus pa-
dres con profunda abnegación habían asegurado un vivir pag>an-
do primas de seguros, se encuentran hoy en la miseria ; pensiones
ganadas a través de unas vidas de honrosa y dura labor, pierden
su valor , dejando a las pensioni stas sobrevivir a la pérdida, al
modo que un náufrago sobrevive en una lancha en medio del
mar; y enormes fortunas se han improvisado sin mérito algu-
no por A., B. y C., mientras X., Y. y Z., sin la menor culpa, se ven
en la ruina. El asunto es tan serio y tan amenazador que precisará
usted armarse de toda paciencia mientras me explico con más de-
talles.
Aí presente (:l927) no hacemos uso de las monedas de oro. Usa-
mos pedazos de papel, en su mayoría sucios y malolientes,. con
.las palabras Una lib1'a impresas en grandes caracteres y una vista
de las Cámaras al dorso. Hay también el aviso de que aq uel peda-
zo de papel es un billete de curso forzoso, y que por las leyes del
Parlamento IV y V, .cap. XIV, si debe usted a alguien una libra
esterlina puede pagársela entregándole el pedazo de papel, que él
debe aceptar, quiéralo o no.
Ahora bien, no sirve de nada averiguar si ese pedazo de papel
que se da como si fuese una libra, vale algo como papel. Es dema-
siado pequeño y está demasiado cargado de letras y dibujos para
ser usado en los empleos propios del papel. Y con todo no hay
llna ley que impida al gobierno, que debe siete mil setecientos
millones de libras, el imprimir siete mil setecientos millones de
esos billetes del Tesoro de una libra esterlina y pagar con ellos a
todos sus acreedores ingleses, aun cuando con un millón no se pu-
diese comprar un mal pitillo. .
Dirá usted que eso es demasiado monstr uoso para que sea po-
sible. Pero se ha hecho, y muy recientemente, como supe, a mi
costa. El gobi erno alemán lo hizo terminada la guerra, cuando Jos
conquistadores, con una malevolencia insana, persistían e ~ 1 pedii;
GUíA DEL SOCIALISMO Y EL CAPITALISMO
sumas que los alemanas no tenían. Lo hizo el gobierno austriaco.
Lo hizo el ruso. A mí me debían esos gobiernos sumas suficientes
para sostenerme el resto de mis días, y me pagaron en papel mo-
neda cuatro mil millones de libras, que valían exactamente dos
peniques y medio en moneda inglesa. El gobierno británico pen-
saba que estaba obligando a Alemania a pagar la guerra; pero en
realidad hacía que yo y otros acreedores de Alemania la pagáse-
mos. Pero como yo era un extranj ero y un enemigo, los alemanes
con toda probabilidad no lo sintieron mucho. Mas lo mismo les
ocurrió a los alemanes acreedores de dinero alemán, ya se lo de-
biesen extranjeros u otros alemanes. Comerciantes que habían
obtenido géneros pagaderos en un plazo de seis meses, pagaron
con manos de papel, con lo que adquirieron por nada los géne-
ros. Hipotecas sobre tierras y casas, obligaciones y valores de em-
préstitos de toda erase, desaparecieron en la misma forma. Y re-
sultado nunca esperado de esto, fué que los directores de empre-
sas alemanas viéronse en condiciones de vencer en baratura de
precios a los ingleses hasta n el mismo mercado inglés . Ocurrió
toda clase dé cosas extraordinarias. Nadie ahorraba dinero por-
que su valor bajaba de hora en Ibora: la gente iba a los restaumn-
tes con la intención de comer por cinco millones, y al pagar la
cuenta se encontraban que el precio había subido a siete millo-
nes mientras comían. Apenas una mujer cogía un poco de dinero
corría a las tiendas a comprar algo, porque lo que compraba con-
servaba su utilidad, pero el dinero, si lo guardaba hasta el día
siguiente, estaba expuesto a no servil' para nada. Era preferible
pagar diez millones por una sartén, aun cuando tuviese usted
dos sartenes, que no comprar nada ; porque la sartén seguía sien-
do sartén y sirve para freír (si se tiene algo que freír), ocurra lo que
ocurra; pero los cien millones de marcos podían no valer nada
para pagar el billete del tranvía a las cinco de aquella misma
tarde.
Una idea mejor todavía en la Alemania de entonces era la de
compr,ar acciones, si es que se poelí a compr-arlas ; porqlle las fá-
bricas y los ferrocarril es duran al igual que la sartén. Por eso,
aunque la gente corría ansiosa a gastar el dinero, corrían tam-
bién ansiosos a colocarlo: es decir, a emplearlo ~ o m o capital; de
suerte que no sólo había la apariencia ilusoria de un incremento
de capital nacional producido por el sencillo expediente de hacer
pagar una hogaza de pan ahorrado en cincuenta mil libras, sino
un incremento real en la propol'ción de subsistenci a que la gente
se apresuraba a colocar en inversiones en vez de gastarla. Aunque
se gastaba el dinero, la fi nalidad de todo el mundo era despl'en-
300 BERNARD SHAW
derse de ello cambiándolo por algo que no mudase de valor.
Pronto comenzaron a valerse de moneda extranj era (principal-
mente de dólares) , y este expediente, ayudado poco a poco con
toda clase de estratagemas posible para comerciar sin dinero, les
fué sacando de dificultades hasta que el gobierno se vió obligado
a introducir otra vez oro en la circulación y dejar los billetes de
banco que fuesen a parar al cesto de los papeles o conservarlo para
venderlo de aquí a cincuenta años como curiosidad, al modo de los
famosos asignados de la Revolución francesa .
Este proceso de descenso de la moneda, realizado por un go-
bierno a fin de burlar a los 'acreedores, se designa en términos
finos y corteses con el nombre, que pocos entienden, de inflación,
y el reverso del proceso, el volver a poner en circulación el pre-
cioso metal, se llama deflación. Lo peor de todo es que el remedio
es tan doloroso como la enfermedad, porque si la inflación, al ele-
var los precios, habilita al deudor a burlar al acreedor, la defla-
ción, al baj'arlos, pone al acreedor en condiciones de engañar al
deudor. Por lo tanto, el debel' económico más sagrado de un go-
bi erno es mantener fijo el valor de la moneda; y porque los go-
biernos pueden hacer de las suyas ,con el valor de la moneda
es de tan vital importancia que estén formados por !hombres que
sean honrados y que entiendan bien de cosas de dinero.
En la actualidad no 'hay ningún gobierno en el mundo que
responda ta ese ideal. Entre nuestro gobierno, que se valió de ]a
prensa para substit uír el oro con billetes del Tesoro, y los gobi er-
nos alemán y ruso, que largaron tantos billetes que una carreta-
da de ellos no serviría pal'a comprar un sello de correos, la dife-
rencia es sólo de grado. y este grado no consistía en la honradez
comparati va de ingleses, rusos y alemanes, sino en la presión que
ejercían sobre ellos las circunstancias. Si hubiéramos sido derro-
tados y se nos hubiera obligado a pagar sumas imposibl es a nues-
tros conqui stadores o nos hubiéramos hundido momentáneamen-
te como Rusia tras el derrumbamiento del zarismo, no hubiéra-
mos sido nada más honrados, pues aunque la duplicación de los
precios que tuvo lugar parece haber sido originada por la esca-
sez de productos y de obreros más bien que por una emisión ex-
cesiva de papel moneda, todavía tratamos con gran respeto como
si fueran grandes autoridades financieras a individuos que reco-
mendaron la inflación como medio de facilitar ,a la industria ca-
pital adici onal. No sería fácil ,adivinar si estos individuos creían
que podíamos duplicar nuestra riqueza imprimi endo el
dobl e de bill etes del Tesoro, o si debían tanto dinero que podrían
sentirse grandemente aliviados con sólo que se les permitiera pa-
g.ar con papel libras que sólo valieran diez chelines. Pero si coge
GuiA DEL SOCIALISMO y EL CAPITALISMO
Mi
usted a su r epresentante en el Parl amento y le pregunta., !!. riesgo
de que le dig-a que no es usted llna dama, si es un necio o bri-
bón. le producirá usted llna conmoción salud·ahl e que le obli gará
a refl exionar por un momento, en vez de li mitarse a asirse a la
ilusión de enriquecer a la nar,ión llamando dos peniql les a uno.
y ahora, si coincide usted conmigo en que un t,iena
el deber de mantener siempre el V'él lnr de su moneda a un mismo
ni vel, tenemos que resolver la cuestión sigui ente : " ¡.Cuál es este
nivel?" Para responder a esta pregunta puede tomar se como nor-
ma que dicho nivel tiene que ser el exist. ente, a no ser qll e haya
sido alterado lamentablemente nor contingrnci l1 s anómal as, en
cuvo caso la respuesta más sencilla será: "El nivel que tuviera
antes de qu e empez'ara a alterarse.» Pero si desea usted una ex-
pli cación real y no una mera 11 m"m a, debe usted imaginarse las
monedas y los bill et es como artículos útil es oue lleva usted consi-
go, porque si n ell os no puede tomar un lI 11 tohús, un taxi o un
tren, ni comprar nada. Tiene que haber sun·ciente número de ellos
para abastecerle a usted ya todas las demás personas que t ienen
que 'hacer compras . En suma, las monedas y los billetes son
que aguias o azadones, y su valor se determina de la misma
forma. Si los fabricantes hacen un número de agu}as diez veces
superior al que necesita cada cual, sus agu jas no valdrán nada,
porque ninguna muj er pagará l'a única aglli a que necesita si dis-
pone de otras nueve que no las quiere nadie. Así, pues, todo lo
que puede hacerse es coger las nueve agujas sobrantes y empl ear
el acero en hacer alguna otra cosa (como, por ejemplo, plumas),
después de lo cual ya no habrá agujas inútil es y el resto de las
útiles valdrá, por lo menos, lo que cuest a hacerl as, porque las
costureras no podrán pasarse sin -ellas V pagarán su precio. Una
comunidad inteligente tratará de regular el suministro de agu-
Jas de modo que conserven su valor a ,ese nivel dentro de 10 po-
sible. Una comunidad canitalista, por el contrélrio, 10 regul ll.t"á de
modo que las agu jas produzcan el máximo benencio al capitalista.
Pero de cualquier modo el valor dependerá de la cantidad dis-
ponible.
Ahora bien; del mismo modo que una aguja sirve para coser
y no ti ene ningún otro uso legítimo, las monedas y los bill etes sir-
v,en para permi ti r a l'a gente comprar y vender y no tienen ni ngún
otro uso. y una. moneda servirá para hacer muchas compras al
pasar de mano en mano, del mismo modo que una aguja servi-
rá p'ara coser muchos pañuelos. Esto 'hace que sea muy difí cil
averiguar cuántas ¡agujas y cuántas monedas se necesitan. No se
puede decir: "hay que coser tantos pañuelos en t oda la nación;
de modo que haremos una aguja para cada uno" , o "todas las
302 BERN ARD SHA W
~ maftanas hay qne comprar tantos panes; de modo que baremos
'monédas o emitiremos billetes por él precio de 0ftda uno de ellos)).
Ninguna persona ni ningún gobierno de la tierra puede decir· de
antemano cuántas agu jas o cuántas monedas serán s uficientes.
Pueden contarso las bocas que hay que a lim.entar y decir cuántos
'p'anes se necesitarán para lleIiarlas, pues un trozo de pan se come
. en el ado y queda destruído una vez que se ha comido; pero una
.aguja, o una libra esterlina, o un billete de banco pueden usarse
Lma y otra vez. Una libra puede dormir en el cajón hasta que el
c'asero la reclama, mientras otra puede cambiar de mano cincuen-
ta v,eces .al día y efectuar cada vez una operación mercantil. ¿ Cómo
. va ,a determinar, pues, un gobierno cuántas monedas y cuántos
billetés debe emitir? ¿ Y cómo va a resolver un fabricante de agu-
· jas cuántas aguj'as ha de hacer?
Sólo hay un modo de hacerlo. Los fabricantes de agujas fabri-
can éstas a un precio caprichoso, ha:sta que ven que no pueden
· venderlas sin cobrar menos por eUas, y después van reduciendo
cada v,ez más el precio, y vendiendo más cada vez (a causa de la ba-
ratura), hasta que el precio 0S tan bajo que obt endrían menos
beneficio si lo redujel'an todavÍ,a más, tras lo cual no ha:cen más
agujas que las necesarias para mantener el sumini stro de ellas
y, por consiguiente, su precio en ese mismo punto. El gobierno
tiene que hacer lo mismo con las monedas de oro. Al principio,
· como el oro es más útil para mon edas que p a l ~ a cualquier otra
cosa, una onza ele oro, acuñada en libras, valdrá más que una
· onza de oro sin acuüal' (llamado oro en barras); pero si el go-
bierno emite más libras de las que se necesitan para las operacio-
nes de compravent a, habrá un exceso de monedas y su valor por
onza ,de oro será inferior 'al del oro en barras. Esto se advertirá por
un alza de precios incluyendo el del oro en barras y lingotes. El
r esultado será que los ,comerciantes en oro encontrarán lucrativo
· fundir monedas en ' barras, que podrán emplearse para fabricar
relojes, pulseras y otros obj etos, en vez de monedas. Pero esta
fundición reduce el número de monedas, cuyo valor empieza a
subir inmediatamente a medida que vayan escaseando, hasta que
el oro en monedas ll egue a valer tanto como el oro en cLl'C1.1quier
otra forma. De este modo, en tanto que el dinero está formado por
oro y s u fundición no puede impedirse en cuanto ésta resulta p1'O-
vecbosa, el valor de la moneda sefl ja y se mantiene automátic'a-
mente. V'a contra la ley inglesa fundir una moneda británica en
el Imperio ing lés; pero como esta inocen te ley no puede impedir,
pongamos por caso, que un fundi.dor holandés funda en Ams-
tel'dam todas las libras británicas que le parezca, no sirve para
nada.
GUíA DEL SOéIALl SMO ' Y:'EL CAPITALI SMO
' 303
el val?!' de Ira oro y-tod?s los
precios fij'arse' en oro, un . pemque la dosClentíl,s
veinticuakoava parte de medIa 'c?rona la paI-
te, y así sucesiv:amente, no se puede -tene; pemques. de oro m aun
mónedas de oro de seis pemques: senan demasIrado
para poder manejarlas. Asimismo,si necesita usted haCBr o reCI-
bir un pago de cinco mil libras, no querría tener transportar
cinco mil monedas de oro. La dificultad de los pemques l'a resol-
vemos utilizando monedas de cobre y plata, !haciendo una ley para
que se .acepten los peniques de cobre a condición de que no se
ofrez.can más de doce de cada vez y de que las monedas de pIrata
.podrán llegar hasta dos libras . La dificultad de 1ascinco
la resolvemos permitiendo al Banco de Inglaterra que emIta
billetes pagables en oro a la vista en el Banco por üantidades de
cinco, diez, cien libras, etc. La 'gente intercambia estos billetes al
compmr y vender, considerándolos tan válidos como el oro. Algu-
nós Bancos escoceses e irlandeses gozan de este mismo privilegio,
a condición de que ,conservarán suficiente oro en sus c-aj.as para
amortizar los billetes al ser presentados, y por 'supuesto de que
no pagarán sus deudas con sus mismos billetes . De este modo todos
nos hemos acostumbrado a usar papel moneda, lo mismo que mo-
neda de cóbre y pl ata, es decir, que nos hemos 'habituado ÉL pre-
tender que un pedazo de papel impreso vale seiscientos quince
. 'gramos de oro ; 'que un trozo de metal, del que sólo la mitad es de
plata, vale lo mismo qué una pieza de plata pura mayor ; que dos-
ci entas cuarenta monedas de ,cobre valen una libm ester lina, y así
sucesiv,amente. Estos substitutivos baratos nos resultan tan buenos
·,como monedas de oro, y ll eg,amos naturalmente a preguntarnos
de qué sirve tener dinero oro si podemos pas'arnos muy a gusto
sin él. El papel es un instrumento de cambio tan efi caz como el
'. oro y mucho menos di fí cil de manej,ar. Determinamos los precios
en ,cantidades de oro; pero p.ara esto lo mismo puede servir un oro
imaginario que el oro real, 'así como se pueden medir los líquidos
por cual'ti). los y litros sin tener una gota de cerveza en la: casa.
Sólo con que pudiera contarse con la honr.adez de los gobi ernos,
el 'Uso del oro para dinero sería un puro luj o, como el de us'ar
imperdibles de oro y botonaduras de brillantes en lugar de los
corrientes, que sirven lo mismo.
Pero esta condición es muy elástica. Cuando hay un curso mo-
netario de oro legítimo, la ca.pacidad adquisitiva. d e las monedas
no depende d e la honradez del gobierno : son v.aliosas por ser un
metal precioso, y pueden ser utilizadas para. otros obj etos si el
gobi erno emite más de las necesarias para las operaciones de com-
pra-venta. Pero el gobierno p uede seguir imprimi endo y emitien-
B!l\NARD ~ l U W
do p'apel moneda hasta que éste pierda su valor. ¿Dónde deberá
detenerse cuando la barrera del oro se haya suprimido? ·Como
hemos visto, deberá detenerse desde el momento en que hay"
algún síntoma de un alza general de precios, porque lo único qm'
puede motivar un alza general de precios es una baja del valoi'
de l'a moneda. Este o aquel artículo puede abaratarse por el des-
cubrimiento de nuevos métodos de fabricación o E)ncarecerse pOY
un fr acaso de la producción o perder todo su Vlé110r por un cambio
de moda; pero todos los artículos no se mueven al unísono PO¡'
estas causas : unos suben y otros bajan. Cuando todos suben o ba o
jan sImultáneamente, lo que cambia de valor no son los artícu-
los, sino la moneda. En un país en que rige el papel moneda el
gobierno debe vigilar cuidadosamente tales movimi entos, y cuan-
do todos los precios suben ia la vez debe retimr billetes de la circu··
lación hasta que los precios vuelv,an a bajar. Cuando todos 10'\
precios baj an simultáneamente, el gobierno debe emitir bille-
tes nuevos hasta que vuelvan a subir. Lo que se necesita es el
dinero justo para realizar todas las operaciones de compravel1-
ta del país. Cuando se emite menos del necesario, el dinero al ·
canZ'a un valor de .. escasez, de suerte que cuando vaya usted a. ln
tienda, el tendero le dará a usted más por su dinero (baja ele
precio), y cuando se emite más del suficiente, hay pl étora, y el
tendero le dará menos artículos por el mismo dinero (alza di,
precio). La misión de un gobierno honrado y comprensivo es
mantenerlo en cantidad uniforme, ajustando l'a oferta a la de·
manda. Cuando los gobiernos no son honrados, o son ignoran-
tes, no hay seguridad sino con una moneda de metal precioso.
Recordemos de paso que la banoa moderna hace posible rea ·
lizar una cantidad enorme de negocios sin monedas, sin billete"
y sin dinero de ninguna clase. Supongamos que la señora Doe y k
señora Roe se dedican a los negocios. Supongamos que la señOlT
Doe vende a la señora Roe artículos por valor de quini entas libraf:
y al mismo tiempo le compra artículos por valor de qui -
nientas libras y un penique. Así, hacen un negocio por la can-
tid-ad de mil libras y un penique; pero, sin embargo, el üni cv
dinero que necesitan para saldar sus cuentas es el penique so·
brante. Si tienen su cuenta en el mismo Banco, ni siquiera ('1
penique es necesario. El banquero tl'ansfiere un penique de In
cuenta de la señora Doe a la de l'a señora Roe, y asunto termi
nado. Cuando usted tiene que pagar una deuda no da a Sl'
acreedor el dinero: le da un cheque contra su banquero, y el
acreedor no v'a al Banco de usted a hacer ef.ectivo el cheque:
se lo da a su propio banquero para que lo cobre. De este modo,
cada Banco se encuentra todos los días con que tiene que pagar
nUlA DEL SOCIALISMO y EL CAPITALISMO
805
un montón de dinero a otros bancos que tieI'ien cheques contra
él y al mismo tiempo tiene que recibir un montón de dinero por
los cheques que ha recibido contra los otros bancos. Suma-
dos todos estos cheques, pueden ·elevarse a cientos de miles de
libras, y, sin embargo, la diferencia entre los que hay que pa-
gar y los que hay que cobrar puede ser únicamente de unas
cuantas libras. En consecuencia, los bancos . establecieron una
Cámara de Compensación, como la l.laman ellos, que se encarga
de sumar todos . los cheques y averig al' los que cada banco debe
pagar o recibir como saldo. Esto suponía un gran ahorro de tra-
bajo, toda vez que 'la transferencia de una so].a libra de un banco
a otro valdría para resolver tmnsacciones que implicaran sumas
enormes. Pero poco después SEl les ocurrió a los bancos que has-
ta esta libra podría ahorrarse si todos ellos lleyaban una cuen-
ta en el mismo banco. De este modo, los bancos abrieron cuen-
tas en el Banco de Inglaterm, y ahora sus respectivas cuentas
se saldan mediante un par de asientos en los libros de dicho
Banco, y operaciones mercantiles de millones y millones de li-
bras se roolizan por simples guarismos, sin utilizar monedas
ni billetes. Si todos estuviéramos en situación de tener cuentas
bancarias, -el dinero podría desaparecer por completo, excepto
para las pequefias transacciones entre personas extrafilas que
ignoraran sus nombres y domicilios respectivos. Por ejemplo,
usted hace un pedido y paga con un cheque en un comercio, por-
que puede usted contar con encontrar al comerciante en el mismo
sitio si tiene que hacer alguna reclamación, y él puede contar con
encontrarla a usted si surge alguna dificultad con su cheque;
pero si toma usted un taxi para ir a su Ciasa, no puede usted es-
perar que el conductor le abra una cuenta corriente. Por eso se
arregla usted con él pagándole el servicio en monedas.
Esta necesidad de dinero manejable es reducida grandemen-
te por el comunismo. En los tiempos de los pO'rtazgos y los puen-
tes de peaj e, cada viajero tenía que ir surtido de dinero para pa-
gar los diferentes tributos. Ahora que las carreteras y los puen-
tes 'se han socializado, puede viajar en auto de Londres la Aber-
deen sin tener que meterse la mano en el bolsillo ni una sola
vez para pagar derechos de tránsito, porque ya pagó al sacar la
licencia de su automóvil. Si paga l'a cuenta del hotel por medio
de un cheque, no necesitará ningún dinero para el viaje, excep-
to para l,as propinas, y cuando éstas caigan en desuso, como cayó
la antigua cost umbre de hacer obsequios a los jueces, resulta fá-
cil conoebir viaj es automovilistas en el futuro comunista l'ea·
lizados con gran lujo por personas extraordinariamente prós-
pellas, pero que literalmente no tengan un céntimo.
20
'.' .,
B"bRNARD SJ-1AW
De este l1n.odo, el dinero real va siendo r eemplaz.ado cada vez
más por el dinero supuesto, es decir, que evaluamos nuestras
ganancias y nuestras deu.das en términos monetarios y deter-
minamos nuestra posición del mismo modo, glanando, pagando
y debiendo centenares de li bras de mobiliario, ropas y automó-
viles, sin tener, sin embargo, en el bolsillo más que unas cuantas
Ji bras y un puñado de monedas de pl ata. El coste del suminis-
tro de monedas y bill etes a la nación se va r educiendo sin cesar
11 un porcentaje cada vez menor del valor de los artí culos com-
prados y vendidos.
Tal vez le divierta a usted considerar que cuando la moneda
desaparezca por completo no importará que llamemos a nues-
tras ueudas libras esterlinas, chelines y peniques, o millones,
billones y trill ones. Cuando los alemanes pagahan millones por
billetes del tranvía o E'ellos de correos, la magnitud aparente del
precio no ocasionaba el menor daño: los pobres podían ir en
el tranvía y r emitir cartas . Si pudi er a haberse contado con la
permanencia de esos precios de modo que el pobre (o el rico,
lo misme da) pudi era estar seguro de que su billete de un mi-
llón de marcos le valdría pal'a comprar lo mismo mañana que
hoy y tanto al año siguienLe como en el corriente no le hubie-
ra perjudicado en lo más mínimo que ·el bill ete de un millón
de marcos vali era una moneda de cobre. Alemania ha estabi-
liz.ado ya su moneda al oambio antiguo de veinte marcos por
libra. Austria estabili zó la suya a un cambio exagerado, que
tuvo 'que modificar después. Salvo en cuanto a las lapariencias
externas, la modihcacióv no influye mucho en eI mercado do-
mésti co. Cuando los precIos se cifran en millones, el ama de
casa adqui ere pronto la costumbre de pronunciar los seis ceros
junto ,al mostrador. Tales precios nos parecen fantásticos, pOl'-
CIu e no estamos acostumbrados a ver traperos millonarios y a.
compr,ar la ·carne a un billón la libra. Estamos acostumbrados
a q ue las libras esterlinas valgan ciento sesenta onzas de man-
teca ; pero valgan medio gramo o diez toneladas, lo mismo dará
mientras se ·estabili cen en ese punto y mientras el dinero sea, o
dinero imaginario que existe sólo en forma de anotaciones en los
libros, o bill etes de papel sin ningún valor intrínseco. Si un bi-
llete del tr.anvía cuesta un millón de libras, resultará más bara-
to que un -penique siempre y cuando que el millón de libras sea
úni camente un trozo de papel que cueste menos que una mo-
neda de cobre.
En resumen, lo más importante del problema monetario es
mantener l'a estabilidad dE} la moneda de modo que una libra
irva para comprar lo mi smo que ahora de aquí a un año', la
GUiA DEL SOCIALI SMO 'y EL CAPITALISMO
307
diez o a cincuenta. Con el papel moneda, esta estabilidad tiene
que ser mantenida por el gobierno. Con la mon-eda oro se man-
tiene por sí misma, aun cuando el suministro natural de oro
se haya <l-crecentado por el descubrimiento de nuevos depósitos
a causa del curioso hecho de que La demanda mundial de oro es
práctic'amente infinita . .Alhora tiene usted .que elegir (como elec-
tora) entre confiarse a la estabilidad natural del oro o a la es- I
tabilidad natural de la honradez y la inteligencia de los miem- I
bros del gobierno. Y, con todos los respetos debidos a estos se-
ñores, yo le aconsejo que, en tanto dure el sistema capitalista,
vote usted por -el oro.
LVI
LA NACIONALIZACIÓN DE LA BANCA
A
HORA sabe ust.ed lo bastante sobre la banca y la fabricación
del dinero para comprender que son exigencias de la ci-
vilización. En ciertos respectos son actividades singularí-
simas. -La banca amontona enormes masas de capital entre las
manos del banquero por no hacer absolutamente nada salvo fa-
cilitar un cajón para guardarlo y funcionarios para que lleven
las cuentas. La moneda es inútil sin una garantía gubernamental
de la autenticidad de las monedas y sin un código legal que con-
sidere un grave crimen que cualqui er particular haga monedas
falsas, además de determinar los límites en que pueden emplear-
se/ para pagar las deudas ,las monedas que figuren con más valor
que el que poseen como metal.
Cómo es imposible que ningún particular o compaflía privada
,'eúna satisfactoriamente estos requisitos, la fabricación de dinero
es un negocio nacionalizado, a diferencia de la fabricación de
calzado. No verá usted una Casa de la Moneda en cada calle como
verá una zapatería. Todo el dinero se fabrica en la Casa de la
Moneda, que es una fábrica del gobierno. Si, disgustada por el
color desagradable de los chelines de metal que substituyeron a
raíz de la guerra a los de plata, hubiera usted instalado una fá-
brica de moneda, la hubieran metido en la cárcel por acuflar,aun
cuando pudiera probar usted que sus pulcros chelines valían más
que los renegridos del gobierno. Antiguamente, cuando se poseía
una cantidad de oro, podía uno llevarla a la Casa de la Moneda
para que le hicieran con él libras esterlinas, cargando una pe-
quefla cantidad, llamada sef10reaje por la efigie y la garantía del
rey ; pero no estaba permitido que fabricara uno mismo las mo-
nedas con BU oro. Hoy día, la Casa de la Moneda ya no hace eso
porque es más fácil entregar el oro a un ba,nquero, que concede
310
BERNARD SHAW
a cambio un crédito equivalente. Así, pues, todo este negocio está
tan estrictamente nacionalizado como el servicio postal. Acaso no
sepa usted que la pueden perseguir por encargarse de llevar una
carta en vez de dársela al director general de Correos para que
la lleve ; pero es así, lo mismo que puede usted ser perseguida
por fabricar una moneda o por fundirla. Y nadie se opone a esto.
Las personas que, cuando se habla de naciona:lizar las minas y
los ferrocarriles, nos gritan desaforadamente que la nacionaliza-
ción es el pillaje y la ruina, están tan satisfechísimas de la na-
cionalización de la industria monetaria, que las pobrecillas ni
siquiera se dan cuenta de que está nacionalizada.
Sin embargo, los particulares pueden emitir una moneda pro-
pia a condición de que no sea imitación de la del gobierno. Us-
ted puede redactar un cheque o una letra de cambio y utilizarlos
como papel moneda siempre que le plazca, y ningún policía pue-
de ponerle la mano encima a condición: a) De que tenga usted
suficiente dinero del gobierno en el Banco para responder del
I cheque cuando sea presentado al cobro ; y b) De que el trozo de
¡ papel en . que esté impreso su cheque o cubierta su letra de cam-
) bio no se asemeje a un bono del Tesoro ni a un billete de banco.
Hoy día se realizan una cantidad enorme de operaciones por me-
dio de esta moneda privada de los cheques y las letras de cambio.
Pero estos documentos no son dinero: son únicamente títulos que
representan dinero, al igual que el dinero mismo es tan sólo un
título que representa artículos. Si debe usted dinero a su tende-
ro, éste puede negarse a aceptarle en pago un cheque; pero si le
ofrece usted bonos del Tesoro o libras oro, tiene que aceptarlos
quiera o no. Si está usted en tratos con un fabricante y le ofl'e-
ce una letm de cambio, por la que se compromete a pagarle sus
artículos a los seis meses, el otro puede rechazarla sr exigirle di-
nero del gobierno cantan te y sonante. Pero el dinero del go-
bierno no lo puede rechazar porque es de curso legal.
Por otra parte, el dinero, como hemos visto, es una medida de
valor, y los cheques y las letras no lo son. Los cheques y las le-
tras no tendrían sentido ni uso algunos si no fueran expresados
en términos de dinero. Todos ellos valen libras, chelines y peni-
ques, y si no hubiera libras, chelines ni peniques, el cheque ten-
dría que rezar: «Páguese a Emma vVilkins o a su orden dos pa-
res de medias usadas, mi parte de la familia de perros pequine-
ses y medio huevo.» Ningún banquero se dedicaría a pagar che-
ques de esta índole. Tanto los cheques como la banca dependen
de la existencia del dinero nacionalizado.
La banca no está nacionalizada todavía ; pero lo estayá, por-
GUÍ A DEL SOCIALISMO y EL CAPJTALhH) 3.L1
que los benefi cios públicos de la nacionali zación conducirán a la
gente a votar por ella cuando la comprendan, lo mismo que vota-
rán por la nacionalización de las minas. Los hombres de negocios
necesitan capital para comenzar y ampliar s us empresas igual
que necesitan carbón para calentarse. Como hemos visto, cuando {
necesi tan centenares de mil es lo consiguen pagando comisiones
enormes a los financieros, que están tan corrompidos por los be·
nefi cios gigantescos que no se dignan hacer caso de lo que para ¡
ellos son pequeños negocios. Los que necesitan decenas de miles
no son satisfechos y los que necesitan centenares modestos se ven
inducidos con frecuencia a pedírselos a usureros con grandes in-
tereses porque el director del Banco no considera digno del esta-
b1ecimiento prestarles su colaboración. Si indicara usted a esos
industr iales un Banco que trabajara, no para hacer beneficios
a expensas de sus clientes, sino para distribuír el capital lo más
barato posible y, en bien de la nación, a todos los negocios, gran-
des y pequeños, que lo neces itaran, se precipitarían a él y man-
darían a paséo a los financieros aprovechados. Una cosa así sería
un Banco nacional o municipal. Haría bajar el precio del capital
exactamente igual que la nacionali zación de las minas haría ba-
jar el precio del carbón, eliminando al agiotista, y todos los agio-
Lis tas, excepto los agioti stas del dinero (fi nancieros y banqueros),
'e dejarían convencer por esta perspect iva porque, aunque todos
ellos aspiraran a obtener el mó,ximo beneficio de los demás, están
decididos a que los demás obtengan de ellos el menor lucro po-
sible.
La nacionaliz;ación de la hancn no necesita, pues, defensores
socialistas que se la recomienden a la clase media. Es tan verosí-
mi l que sea cons um.ada por un gobierno conservador como un
gobierno laborista. La prueba es que ya se ha establecido el pri-
mer Banco municipal en Birmingham, ciudad que tiene doce re-
pl' esentantes en el :ParlamenLo, once ele los cuales son conserva-
dores y sólo uno laborista. El Banco municipal de Birmingham
ha triunfado de un modo tan sencillo y rotundo, que si no es
saboteado deliberadamente en interés de Jos financieros por una
campaña periodi sta hostil, cosa prácticamente imposible en una
urbe de industriales, conducirá al desarrollo de la banca muni-
cipal en todos los distritos fabril es . Por lo pronto, ya hay otros
var ios.
Mientras tanto, los banqueros y financi eros siguen asegurán-
donos que su negocio es tan misterioso y difíci l que ningún ' go-
bierno ni ningún municipio podr¡a desempeñarlo con éxito. Tie-
nep l'¡;tzóp :por lo q ue ~ e refiere al misterio, que se debe al hecho
5 II, \-\"
de que 81105 sóio a medias comprenden uil propio negocio, mien·
tras que sus clientes no lo comprenden nada. A estds fechas es-
pero que ya 10 comprerrderá u ted mucho mejor que el banquero
medio. Pero lo de que sea difícil no son más que tont rías. Vea-
mos lo que tiene que hacer un Banco.
Ofreciendo a la gente guat'dal' le el dinero on seguridad y pa-
ga: ' con él a quienes designe por medio de cheques, reúne en sus
manos una masa de dinero SObrante que dice conservar a dispo-
sición de sus clientes, pero que, en realidad, puede alquilar en
la proporción de unos diez y seis chelines por libra porque cada
cliente conserva siempro un saldo a su favor . Esto no encierra
ningún misterio ni ninguna dificultad . Los Bancos nacionales o
municipales lo pueden hacer con la misma facilidad con que las
oficinas d Correos y las Cajas de Ahorros real izan su pequei'la
banca, con los giros postales y los sellos. La única parte del ne-
gocio que no resulta bien automáticamente es el alquiler del di-
nero. Un director de Banco de poco discernimiento no tardaría
en poner a su Banco en un aprieto alquilando el dinero disponi-
ble a industriales que anduvieran mnl, bien porque su negocio
fuera superado por otros nuevos o porque fueran poco o dema-
siado honrados, O extravagantes, o bebedores , o perezosos, Q ma-
los negociantes, o ineptos para el triunfo. Pero un director que
pecara de excesiva ·cautela. sería todavía más desastroso, pues
siempre debemos tener presento que las cosas representadas pOY
el dinero disponible del Banco no pueden conservarse y que si
sobraran de la cosecha anual subsistencias por valol' de cincuen-
ta billonos y 58 guardaml1 en un Banco nacional (o en cualquier
otro), lodo se perdería si no era consumi do acto seguido pOI' tra-
baj adores que produj eran medios para producir las cosechas fu-
turas. El director del Banco puede elegir la persona a quien ha
de prestar el dinero del Banco; pero no puede dejar de prestar-
lo, del mismo modo que un panadero, Juego que ha vendido todo
el pan que puede por dinero contante y sonante, tiene que darle
a alguien el resto al fiado o tirar las hogazas a la basura.
Ahora, que hay una diferencia entre el panadf:ll'o y el banque--
ro. El panadero puede abstenerse de cocer más panes de los que
puede esperar vender; pero el banquero puede encontrarse con
mucho más dinero del que pueda alquilar en seguridad, y enton-
ces no sólo tiene que arriesgarse, sino que tiene que tentar a los
negociantes a que se arriesguen, reduciendo el tipo de alquiler
("los Bancos amplían el crédito», dirán los artículos financieros
de los periódicos), mientms que en otras ocasiones andará tan
falto de dinero disponible que elegirá los clientes y cohrará mu-
GtTt\ DEL SOCIALI Sl\IO y EL C.\PIL\LISr.¡O 313
eho interés (,dos banqueros restringen el crédito» ), y por estó
mismo hace falta más conocimiento y más discernimiento para
dirigir un Banco que para sostener una panadería.
No es de extrañar que los banqueros, que obtienen enormes
beneficios y, por consiguiente, temen que la nacionalización de
la banca se los reduzca, declaren que ningún gobierno podría rea-
lizar esta difí cil labor de alquilar el dinero y que debe dejárseles
a ellos, que son los únicos que la entienden. Ahora bien: como
primera providencia, ellos ni la enti enden ni la realizan . Sus ma-
Jos consejos produjeron la ruina total de Europa después de la
guerra, a causa simplemente de que no entendían los rudimen-
tos de su negocio y se obstinaban en razonar basi1l1dose en la su-
posición de que el capital gastado sigue existiendo y de que el
cl'édito es algo sólido que se puede comer , beber, llevar encima
y utilizar como morada. Las personas que realizan la labor ver-
daderamente próspera de alquil ar los montones de dinero dispo-
nible en el Banco para usarlo en los negocios 'no son los banque-
ros , sino los directores de los Bancos, que son meros empleados.
Su posición como tal no -es más deseable, ni por el dinero ni por
el rango social, que la de f uncionario super ior del Estado, y en
muchos respectos es mucho menos deseable. Por harto satisfechos
se darían de poder ser funci onari os públicos on v,ez de emplea-
dos particulares . En cuanto a la dirección superi Ol' , que se encar-
ga de lo que podría llamarse la inversión en gran escala del di-
nero bancario, a difer encia de su alquil er menudo a los indus-
triales y negociantes corrientes, la pretensión de que esto no po-
dría ser re:-tlizado por el Tesoro o un rnoderno departamento pú-
blico de finanzas es un cuento chino. El Banco de Inglaterra está
satisfecho de tener entr e su alto personal a un 8_- funcionario del
Tesoro, como la compañía de f · rrocarriles de Londres y Escocia
do tener el e presidente a un ex funcionar io nel Estado.
LVII
LA COMPENSACIÓN DE LA NACIaNALIZACIÓN DE LA BANCA
A
L la de la de l'a hanca
no he olvIdado que podna ser usted aCClOl1l sta de un Banco
y que podría distraer su atención el pensar en lo. que sería
de sus acciones cuando. se nacionalizaran los Bancos. Yo he te-
nido que considerar ya 'asaz atentamente esta cuestión, porque
se da el caso que mi esposa es accionista de un Banco, y podría-
mos ver reducidas nuestras disponibilidades domésticas si todo
el rnundo acudiera a -u.n Banco nacional o municipal en vez de
ir al suyo. En realidad, cuando la banca esté nacionalizada, la
banoa priv,ada se considerará seguramente un crimen, como la
acuñación o el correo privados. Paresa, nosatros insistiremos
a buen seguro en que el gabierno le compre a mi mujer sus
acciones cuando nacionalice la banca.
El go.bierno las comprará de buen grado por la sencillísima
mzón de que reunirá el dinero mediante impuestos sobre las
rentas capitalistas. De modo que si mi esposa fuera el único
capitalista del país, la transacción sería igual por dondequiera se
la mil'lase: el gobierno le cogerí'a con una mano lo que le daba
con la otra. Por fortuna para ella, Ihay otros muchos capitalistas
oa los que ·cobrar, de modo que en vez de tener que dar todo el
dinero para pagar, sólo tendrá que dar un poquito, y todos los
poquitos que tendrán que pagar los demás capitalistas pasarán
a su bolsillo. Esta transacción se llama compensación.
Es de gmn importancia que comprenda usted este proceso,
que parece perfectamente justo y natural, y explica cómo los go-
biernos compensan sin compensar realmente y cómo esta com-
pensación no le cuesta nada ,a la nación, por ser en realidad un
método de expropi'ación. Reflexione usted. Si el gobierno com- /
pra un terreno, un ferrocarril , un :Sanco o una de carbón
y lo paga con los lmpuestos, es eVIdente que el gobIerno lo ad-
316 BKRN ARD 8HA W
quiere de balde : los que pagan son los contribuyentes. Y si
el impuesto es un impuesto sobre la renta, del que está exenta
parcial o totalmente la generalidad de la nación, o si es el super-
impuesto o los derechos de herencia, que sólo recaen sobre la
clase capitalista, el gobierno ha obligado a la clase capitalista
a comprar su propiedad con su dinero para. ofrecérsela a la na-
ción, sin compensación ninguna. La llamada compensación es tan
sólo un arreglo mediante el cual la pérdida es compartida por
toda la clase capitalista, en lugar de recaer por completo sobre
el miembro particular cuyo terreno o acciones bancarias, u otra
propiedad, necesita el gobierno. Aun así, los miembros pagan
su pade de impuesto sin compensación.
Algunas señoras encontrarán esto más claro si les presenta en
cifras un ejemplo imaginario. Supongamos que el gobierno nece-
sita un terreno cuvo valor ,en el mercado es de mil libras. Su-
pongamos que reJne es ta suma, no imponiendo un tributo a
toda la nación, sino gravando las rentas de un centenar de terra-
tenientes ricos, incluyendo al propietario del terreno, haciend0 pa-
8'a1' diez libras a cada uno de ellos. Entonces el gobierno se adue-
ña del terreno y entrega solemnemente a su antiguo propietario
mil libras, diciéndole que no tiene por qué quejarse, puesto que se
le ha pagado por su terreno todo su valor, en vez de !haberlo per-
dido violentamente de un modo revolucionario, como se la arreba-
taron los bolcheviques 'a los terratenientes rusos en 1917. Nadf1 po-
dr(,u ser más razon3.ble, constitucional y consuet udinario: hasta el
gobierno más conservador podría hacerlo. De hecho (con la sal-
vedad de que han hecho pagar a todos los propietarios y no a un
centenar selecto) Jos gobiernos conservadores lo han hecho repe-
, tidas veces. No por ello es menos cierto que a. l final de l'a trans[tCr
. ción un terreno ha dejado de ser propiedad privada para convertir-
se en propiedad nacional, y un centenal' de terratenientes han vis-
\'0 reducidas sus t enias en di ez cnelines anuales (el interés de diez
1 libras al cinco por ciento). Es evidente que si esta transacción se
I repite con harta frecuencia, la nación llegará a poseer toda la tie-
( (
rra y las rentas de los terratenientes quedarán reducidas a l a nada
aunque cada hectárea se le haya comprado a su propietario a pre-
cio de mercado. Este procedimiento puede apli carse a las acciones
bancarias o cualesquiera otras acciones, lo mismo que la la tierra,
Permítame repetir que esto no es algo qúe pueda !hacerse: e-s
algo que ha sido hecho y que se está haciendo. Tan lejos se ha.
llevado ya, que una inmensa cantidad de propiedad poseída antes
por particulares es poseída ,ahora por el gobierno y los municipios,
es decir, por la nación, mientras que l'a tributación ha llegado a tal
extremo que los ricos tienen que acordarse continuamente de que
trut A DEL SOCIAL1SMb y EL CAPITALISMO
311
sus libras sólo val en trece chelines y cuatro peniques o menos, por-
que el gobierno percibe los otros seis chelines y ocho peniques corno
impuesto y superimpuesto sobre la renta, y que de los trece cheli-
nes y cuatro peniques los municipios de l'as ciud-ades en que tie-
nen sus casas (los ricos tienen de dos a cinco cas-as) les sacarán aún
una parte considerable en tarifas destinadas a empres-as de comu-
nismo puro; Actualmente están vendiendo sus casas por todas par-
tes a especuladores y contratistas que han hecho grandes for tunas
durante la inflación y la guerra; pero estos nuevos ricos se verán
obligados, a su vez, a pasar por el mismo trance que 109 viejos
ricos, llamados ahora los nuevos pobres.
Así, pues, ya conoce usted la norma constitucional para la na-
cionalización de la propiedad privada, que consiste en pagar siem-
pre a los propietarios el precio de mercado o más de cada par-
tícula de propiedad nacionalizada, y pagarlo gravando las rentas
derivadas de la propiedad (por supuesto, el gl'avamen no tiene com-
pensación ninguna). La norma que debe usted seguir como elec-
tora es no votar nunca a un candid'ato que defiende la expro-
piación sin compensación- llámese socialista o comunista (en
cuyo caso no comprende su misión política) o liberal-o El im-
pulso liberal es casi siempre poner un mal nombre a un perro
y ahol'oarlo, es decir, denunciar a los propietarios amenazados
corno enemigos de la humanidad y arruinarlos en un tl'ianspor-
te de virtuosa indignación. Pero los liberales, como tales, no
son hostiles a los capitalistas, ni, en roolidad, a nadie, salvo I/l
latifundistas feudales imaginarios y publicanos. Los conserva-
dores defi enden siempre prácticamente la compensación a los
propietarios, y tienen razón; pero no perciben el truco como lo
percibe usted ahol'a.
De cualquier modo, vote usted siempre contra el candida-
to opuesto a la compensación, a no ser que sea usted opuesta a
la nacionalización y sea lo hastante perspicaz para ver que el
modo más seguro de derrotarla "es defender el que se lleve a cabo
vengativamente y sin un penique de compensación.
Hay, sin embargo, una alternativa a la nacionalización com-
pensada de las industrias privadas. ¿Por qué no emprende el
gobierno por sí mismo la industria que dese'a nacionalizar y
extingue a sus rivales particulares corno el gran al macén extin-
gue a la pequeña tienda, vendiendo más barato que ellos y uti-
lizando todos los demás métodos de la industria en competen-
cia? El municipio de Birmingham ha comenzado la nacionali-
zación de la banca sin preocuparse de los Bancos particulares:
se ha limitado a abrir al público su Banco y marchar adelan-
te. El servicio postal fué establecido sin compensar a los men-
318
I3ERNARD SHAW
sajeros particul-ares. Los industri'ales particulares han
do siempre de este modo, basándose en los principios de la com-
petencia. ¿Por qué no hacer lo mismo el Estado como indus-
tl'ial público?
La razón es que el método de la competencia es sumamen-
te dispendioso. Cuando se instaLan dos panaderí-as en un dis-
trito que puede ser servido muy bien por una, o dos leche-
rías en una mi sma calle, cada una de las cuales trata de qui-
tarle a l,a otra La clientela, quiere decirse que la diferencia en-
tre el coste de sostener una y el de sostener otra es puro despilfa-
rro. Cuando a una se le estropea el sombrero, o mejor dicho,
cuando el sombrer ero cambi a la moda para obligarLa a comprar
un sombrero nuevo antes de que el que lleva esté medio gas-
tado, y se ponen cincuenta tiendas a hacer nuevos sombreros
para venderle uno solo, hay superproducción, con su secuela de
crisis de trabaj o.
Apliquemos esto, por ejemplo, a la nacior.::\lización de los
ferrocarriles. Indudablemente, el gobierno podría construír una
red de ferrocarril es del Estado paralela la los ferrocarriles exü¡-
tentes, de modo que usted podría ir de Londres a Penzance,
bien par el Gran Occidental o bien por una nueva línea pú-
blica que corriem junto a ella. Entonces el Estado podría in-
, traduci r ·el sistema de transportes propuesto por MI'. Whathely
Arnold, basándose -en el sistema del franqueo postal, con lo
que trahajaría más barato que las compañías privadas y po-
I dría 'quitarles todo su tráfi co. Este sel'Ía el método competidor.
Entonces habría dos ferrocarriles a Penzance, Thurso, Brístol,
Cromel, ,etc., uno de los cuales soportaría oasi todo el tráfico,
mientras -el otro sólo transportaría el sobrante [hasta que caye-
r,a irremedi!abl-emente en ,el desuso y la ruina.
Pero ¿puede usted imaginarse algo más estúpidamente dis-
\
pendioso? El coste de la construcción del ferrocarril del Es-
tado sería enorme y completamente innecesario. -La ruina del fe-
rrocarril particular equivaldría la la simple destrucción de un
medio de comunicación útil y suficiente que tambi én habÍ.a cos-
tado muchísimo. El terreno ocupado por uno de los ferroca-
rriles se desperdi ciar ía. ¿ Qué gobierno que estuvier,a en sus
cabales propondl'Ía semejante cosa cuando podría hacerse cargo
, del ferrocarril existente compensando a los JaCcioni stas de la
manel'\a que he descrito, es decir, distribuyendo su pérdida so-
, bre la clase propietaria y sin un penique de gasto para lB, na-
' ción en general? .
Las mismas consideraciones deben conducir al Estado a adue-
fiarse de los Bancos existentes , Los Bancos muni cipal es del tipo
GuÍA DEL SOCIALISMO y EIJ CAPITALISMO
3H)
del de Birmingham pueden ser Bancos competidores; pero cuan-
do llegue un servicio han cario nacional llegará por la
zación de los Bancos particulares existentes .
Otra objeción puede !hacerse al método de la competencÍlL Si
el Estado compite con empresas privarlas tiene que permitir a
éstas que compitan con él. Ahora bien, esto no es practieable
si quiereri obtenerse todas las ventaja3 de la nacionalización. El
servicio postal puede establec'er un servicio de cartas y paquetes
en todos los pueblos del pa[s y un servicio telegráBco y telefóni-
co en la mayoría de ellos, a tarifas evaluadas en peniques y me-
dios peniques, a condición de que no se permitirá a los nego-
ciantes que se apoder,en de la parte cómoda del negocio para ex-
plotarla pQr su cuenta. El director general de correos hace por
la nación cosas que ningún negociante haría ; pero su norma es :
o todo o nada.
Un banquero general tendría que atenerse a la misma regla.
Establecería Bancos, si no literalmente en todas partes, por lo
menos en centenares de sitios en donde los Bancos privados no
volvi eran a pensar más en abrir una sucursal que en construír
un teatro de ópera. Pero también él diría: "O todo, o nada ; no
quiero que haya un judío inteligente o un cristiano rapaz ins-
truido en el oficio del judío inteli gente que me quite lo mejor del
bollo.»
Sin embargo, no deduzca usted de esto que todas las activi-
dades del Estado serán monopolio del Estado. En realidad, la
nacionalización de la banca aumentará las posibilidades de la ac-
tividad privada de muy diversas formas . P<ero como los grandes
servicios públicos tendrán que ser prácticamente ubicuos, car-
gando más de su coste en un sitio y menos en otro, tienen que
ser protegidos contra la competencia privada fragmentaria. De
lo contrario, tendríamos lo que prevalece actualmente en la cons-
trucción municipal , en donde todos los contratos lucrativos para
"/ las casas de los ricos, las oficinas de los capitalistas, las iglesias,
las instituciones, etc., pasan a manos del industrial particular,
mientras que el municipio sólo construye moradas para los po-
bres con pérdida, pérdida que ocultan a los contribuyentes con
cifras ficticias respecto al valor de la tierra. La edificación muni-
cipal es siempre insolvente. Si existiera un monopolio podría per-
mitirse conver tir cada ciudad en un paraíso de contribuyentes
ex inquilinos.
Esto me hace pensar en recordar a usted que toda nacionali-
zación de una industria o servicio implica la ocupación de la tie-
rra por el Estado. Esta tierra debe nacionalizarse siempre me-
BERNABD SHA W
dia.nte su compra. y su compensación, pues si es simplemente
arrendada, como sucede a veces, siento decido, los impuestos
gravados al público deben elevarse por la cantidad de la renta,
dando así al terrateniente el valor de todas las ventajas de la na-
cionalización.
No he dicho nada acerca de uno de los más crueles efectos de
derrotar a una industria por medio de la competencia en lugar
de comprarla. El procedimiento consiste fundamentalmente en
el empobrecimiento y la ruina graduales de aquellos que dirigen
el negocio derrotado. El capitalismo se muestra despiadado acer-
ca de este punto. Su principio es : "cada cual que se cuide de sí
mismo y que el diablo se lleve al que ll egue el último)) . Pero el
Estado tiene que considerar lo mismo al que pierde que al que
gana. No debe empobrecer a nadie. Debe dejar al derrotado que
se desenvuelva fácilmente, y no hay otro modo de hacer esto que
seg'uir el sistema de la compra y la compensación,
LVIII
LOS PHELIM1NARES A LA NACIONALIZACIÓN
.y A ve usted que la nacionalización y la municipalizacióft
son tan deseables como medios de abaratar las cosas que
todos necesitamos que los Parlamentos y las corporacio-
nes municipales más antisocialistas han establecido en el pasado
industrias nacionalizadas y municipalizadas, y es muy posible
que lo sigan haciendo en el futuro bajo la presión electoral de
los electores conservadores. También ve usted que los alegados
gastos de la compra de la propiedad privada, que han sido pre-
sentados por una comisión carbonífera como una objeción insu-
perable a la. nac.ionalización de nuestras minas carboneras, es un
espantajo porque, aunque los propietarios de las minas (de los
cuales yo formo parte) serán plenamente compensados, la clase
propietaria en general tendrá que pagar la cuenta a costa de sus
rentas, dejando a la nación más rica en vez de más pobre con esta
transacción. Hasta aquí todo va bien. Teóricamente, la naciona-
lización es perfectamente sana.
Prácticamente cuesta mucho trabajo llevarla a cabo, como
dice la gente con gra.n exactitud. La mera proclamación de que
tal o cual industria queda nacionalizada no puede servir nada
más que para paralizarla. Antes de que una industria o servicio
pLleda nacionalizarse efectivamente tien-e que crearse un nuevo
departamento del servicio civil para llevado a cabo. Si no tu-
viéramos un ministerio de la Guerra no podríamos tener ejér-
cito, porque .ningún soldado percibiría su paga, su uniforme ni
sus armas. Sin un ministerio de Marina no tendríamos escuadra.
Sin una dirección general de Correos no tendríamos cartas por
la. mañana. Sin una Casa de la Moneda no tendríamos dinero.
Sin el Scotland Yard de Londres y las comisiones de vigilancia
rurales no Policía. Lo mismo que ahora ocu-
21
322
BERNAB.D SHAW
l'l'Ü' á en el fut uro. Sin una gran extensión del Tesoro no puede
nacionalizarse la banca, ni podrá nacionalizarse el carbón sin la
cfeación de un departamento de minas mucho mayor que nues-
tro actual Departamento Forestal, ni podrán nacionalizarse los
ferrocarriles sin un Consejo ferroviario y un director de ferroca-
rriles tan importantes como la dirección de Correos y su director
general.
Estas instituciones sólo crearse por Estados estables I
y eminentemente organizados, lo cual significa- yen esto estriba
su moral política-que no pueden ser creadas por revoluciones
o por dictaduras improvisadas y ni aun po'r Estados: permanentes
en los que, como sucede en Norteamérica, en donde en algunos
casos los servicios públicos son considerados todavía como los ga-
jes del gobi'erno, una nueva serie de funcionarios expulsa a Jos
antiguos cada vez que la oposición expulsa al gobierno. Lo que
puede hacer una revolución en favor de la nacionalización es des-
truÍr el poder político de la clase que se opone a la nacionaliza-
ción, Pero semejante r evolución de por sí no puede nacionalizar,
y el nuevo gobierno que crea puede ser incapaz hasta de des-
envolver los servicios nac'ionalizados que encuentra funci onando
y verse obligado a abandonarlos a las empresas privadas.
Un gobierno nacionalizado!' tiene que ser también honrado
flnancieramente y estar decidido a conseguir que la nacionaliza-
ción sea un éxito, y ni despojada para reducir poco a poco la rentCl
general, ni desacreditarla y arruinarla para que se tenga una ex-
cusa para devolver el servicio nacionalizado a los negociantes
particulares , Los ferrocarriles del Estado han sido a veces ejem-
plos notorios de 10 que puede sel' la administración del Estado
mal dirigida. Los gobiernos, en lugar de conservar los ferroc,t-
rriles ,en buen estado, se guardaban todo el dinero que pagaba el
público por pasajes y mercancías, lo aplicaba a la disminución
de la tributación general y dejaba que las estaciones y el mate-
rial decayeran hasta qne sus ferrocarriles fueron los peores del
mundo y se alzó un clamor general pidiendo su desnacionaliza-
ción. Las empresas particulares han fracasado de igual manera;
pero como su responsabilidad sólo l,es alcanzaba a ellas, sus fra-
casos y- sus fraudes han pasado desapercibidos, mientras que los
fracasos y los fraudes de los gobiernos han suscitado grandes agi-
taciones populares y hasta han provocado revoluciones. Las fe-
chorías de los gobiernos son públicas y notorias; las de los in-
dustriales particulares son prácticamente invisibles, y de este
modo se crea la üusión de que los gobiernos son menos honrados
y menos eflcientes que los industriales particulares, Esto no ei?-
GUÍA DEL ::i OCIA.L1Si\. IO y EL CAPITALISMO 323
más que una ilusión ; pero, de todos modos, la honradez y la
buena f,e son tan necesarias en los negocios nacionalizados como
-n Jos pm·ticuJares . Nuestros servicios nacionalizados ingleses se
presentan como modelos de integridad ; pero, sin embargo, el di-
rector general de Caneas nos cobra un pequ ño exceso por nues-
teas cartas y mete el benefici o en el bolsillo a la clase privilegiada
bajo la forma de unaeeducción del impuesto sobre la tenta, y el
Almirantazgo lucha continuamente contra la tendencia de man-
Len er baj a la tributación a costa de la Marina. Estas depreda-
ciones no tienen mucha importancia ; pero ilustran lo que pue-
de ocurrir cuando los electores no están alerta y bien instl'uídos.
LIX
'LA CONFISCACIÓN SIN COMPENSACIÓN
N
UESTRoestudio de la nacionalización mediante la confis-
cación compensada o compartida le habrá aliviado a us-
ted sin duda de la preocupación originada por la nece-
sidad de la nacionalización sin compensación. Pero hay un grupo
político escandaloso e indignado, saturado todavía de las tradi-
ciones revolucionarias de liberalismo, que se opone a la compen-
sación. Si el propietario es en efecto un ladrón, dicen, ¿por qué
ha de compensársele si se le obliga a dejar de hacer mal y se le
ensefía a hacer bien? Si por medio de la tributación podemos
conseguir que toda la clase capitalista encuentre el dinero sufi-
ciente para pagar a los propietarios de las minas y transferir de
este modo su propiedad a la nación, ¿por qué no tomar también
el resto de su propiedad para transferírsel'a asimismo a la na-
ción? Nuestras sociedades anónimas trabajan lo mismo con una
clase de accionistas que con otra : de hecho, sus acciones cam-
bian de mano tan continuamente en el mercado de dinero que
nunca están poseídas por los mismos accionistas de un día a otro,
Si todas las acciones ferroviarias del país fueran retenidas el lu-
nes por los habitantes de Pal'k Lane, y el martes por el gobierno
inglés, los ferrocarriles seguirían marchando igual. Lo mismo
Dcurriría con cualquier otro de los grandes servicios industriales
poseídos ahora en comandita. Si un terrateniente tuviera que en-
tregar las escrituras de media docena de haciendas y una calle
urbana al ministro de Hacienda, los agricultores seguirían cul-
tivando y los inquilinos seguirían viviendo en la calle sin sentirse
a.fectados por la obligación de pagar sus rentas en el futuro a un
agente del gobierno en vez de hacerlo al agente de] duque o de
cualquier otro plutócrata. Las operaciones de un Banco prosegui-
'l.'ían con igual facilidad que antes de que los propietarios hubie-
326 BERNARD SHAW
mn cedido sus derechos a los beneficios al ministro de Hacienda.
En ese caso, ¿por qué no llevar inmediatamente la tributación
del capital hasta el punto de que el conü'ibuyente capitalista, no
pudiendo encont rar dinero, se vea obligado a ent regar al gobier-
no sus acciones, sus títulos del empréstito de guerra y sus escri-
turas ? Las acc·iones no vaJdrían 1m penique en la Bolsa porque
no habría más que vendedores y ningún comprador; pero no pOI'
ell o dejaría cada acción, lo misnto que cada escritura de propie-
dad territorial, de dar derecho a una renta de las cosechas futu-
I:as del país, y si el gobierno pudiera usar inmediatamente ese in-
greso en beneficio de la nación, sería muy justo que se apoderara
de ella aceptando las acciones por su valor nominal.
Podría hacer lo incluso con cierto aire de generosidad, pues
podría decü· al capitalista: "Debe usted al recaudador de impues-
tos mil libras (por ejemplo); pero, en lugar de embargarle, le
autorizamos a que le dé un Tecibo, no por dinero, sino por diez
títulos que valgan a cien libras cada uno, y por los qlle el bolsista
más listo de Londres no le daría ni dos peniques.» "Pero-excla-
mará el expoliado capitalista- , ¿qué va a ser de mi renta? ¿Qué
vay a hacei' para vivir?» "Trabaje usted, como tienen que hacer-
lo otros» , será la respuesta. En suma: desde el punto de vista
de sus defensores socialistas, la tributación del capital, aunque
absurda como Inedia de reunir dinero contante y sonante para
los gastos del gobierno, es un modo de confiscar sin compensa-
ción las escrituras territoriales y de nacionalizar por consiguiente
la tierra, las minas, los ferrocarriles y todas las demás industrias
que los capitalistas detentan ahora como su propiedad privada.
El sistema es bastante plausible.
LX
LA REBELIÓN DEL PROLETARIADO PARÁSITO
P
ERO a este sistem.a puede hacérsele una objeción, y
ob:ieción puede revelársela la mujer más torpe que en-
Cllentre usted en la calle. Esta mujer le dirá que no debe \
quitarse la propiedad a los r icos porque "dan trabajo». Ahora
bien: como ya hemos visto, es muy cierto que
te hablando es un desatino decir que un rico improductivo puede
dar trabajo como no sea en el sentido en que un loco da trabajo
a su vigilante. Una mujer rica ociosa no puede dar trabajo pro- \
ductivo: el trabajo que da es superfluo . Pero, superfluo o no, lq
cierto es que lo da y lo paga. Puede que no haya ganado el
ro con que lo paga; pero al que lo percibe le servirá
pral' y vestidos lo mismo que el dinero más
ganado del reino. El ocioso es un parásito, y el empleado deur}.
ocioso, ' por trabaj ador que pueda ser, es el parásito de un
to ; pero si se deja al parásito en la indigencia, se deja tambi,éri
en la indigenciFt a sus parásitos, y, a no ser que se tenga trabajQ
productivo que darles, tendrán que morirse de hambre, .0 robar.
o sublevarse, y como es seguro que no han de decidirse por la
inanición, su preferencia por una de las dos alternabvas restan,
tes (que pueden combinarse) puede alterar el gobierno si su nú-
mero lo permite. Y es el caso que su número es considerable,
como puede usted advertirlo contando los votos que dan a los COD. r
servadores en las elecciones generales muchas personas que tra-
bajan a sueldo en ocupaciones total o parcialmente parasitarias.
l!jl pillaje del proletariado es compartido con los proletarios por
los expoliadores. Si nuestros capitalistas no pudieran despojar a
nuestros proletarios, éstos y sus organizadores mesocráticos, des-
de los anticuarios y joyeros de Bond Street hasta los recaderos
de Bournemouth, no podrían vivir de la clientela de nuestros ca-
328
BERNAl1D SHAW
pitalistas. Esta es la razón de que no se pueda convencer a Bond
Street ni a Bournemouth de que voten por la expropiación for-
zosa y de que si. se tratara de luchar en vez de votar, lucharían
contra ella.
La dificultad comenzaría, no por las industrias naciopaliza-
das, sino por las demás. Como hemos visto, las minas, los bancos
y los ferrocarriles, organizados ya como empresas en marcha :r
dirigidos por funcionarios elegidos por votación de los accionis-
tas, podrían confiscarse gravando a los accionistas Jo suficiente
para obligarles a transferir sus acciones al gobierno ,en pago del
impuesto. Pero la renta derivada de estas acciones pasaría, por lo
tanto, al bolsillo del gobierno, en vez de pasar a los bolsillos de
los accionistas. De este modo, la capacidad adquisitiva de los ac-
cionistas pasaría al gobierno, y todo comercio o fábrica que l o [ ~
tuviera por clientes tendría que cerrar sus puertas y despedir a
todos sus empleados. La capacidad ahorrativa de los accionistas,
que significa, como ya sabemos, la capacidad de facilitar el dine-
ro sobrante necesario para emprender nuevas empresas industria-
les o ampliar las antiguas para seguir el paso de la civilización,
t.ambién pasaría al gobierno. Estas capacidades, que deben fun-
cionar constantemente sin un momento de interrupción, se expre-
san por el gasto continuo (principalmente en cosas domésticas)
y la continua inversión de la enorme suma de todas nuestras ren-
t.as privadas.
¿ Qué podría hacer el gobierno con esta suma? Si se limitara
-a guardadas en el arca nacional y sentarse encima, la mayor.
parte perecería por degeneración natural y mientras tanto mu-
chísimas personas perecerían también. Habría una epidemia
monstruos'a de quiebras y paro forzoso. La ola de calamidades
barrería a todo gobierno a no ser que éste proclamara la dicta-
dura y empleara, pongamos por caso, un tercio de la población
en ametrallar a otro tercio, mientras la tercera parte restante
paga los vidrios rotos con su trabajo. ¿ Qué podría hacer el g o ~
bierno para evitar esto, aparte de devolver la propiedad confis-
eada a sus propietarios, excusándose por haber. hecho el ri-
dícul o?
1 :
. 1:
L..XI
LAS V • .\LVlJL!\S mi; SEGURIDAD
P
ODRÍA distribuír el dinew en forma. de subsidios; pero con
esto sólo conseguiría propag'ar el mal que la confiscación
S8 proponía destruír, es decir, el mal de los ingresos no
ganados. Mucho más sens'ato sería (y no DIvide usted esto la pró-
xima vez que se sienta tentada a dar cinco libras a un pObl"e en
vez de depositarlas en el Banco) depositar todo el dinero en los
'Bancos confiscados y prestárselo a los industriales 'a tarifas de
'una economía sin precedentes. Otro recurso sería elevar ilotable-
mente los sal1ariosen las industri.as confiscadas. Y otro, el más
'desesperado de todos, pero en modo alguno el menos probable"
serÍ,a ir a la guerra y derrochar con el soldado las rentas derro-
.chadas antes con el plutócrata.
Estos recursos no se excluyen entre sí. Simultáneamente po- '\
,dría recurrirse a los subsidios, al suministro económico de ca-
pital en los Bancos del gobierno y a la el,evación de los salarios
paro. redistribuír la capacidad adquisitiva y contratante. Los sub-
sidios y pensiones solucionarían la situación de los criados sin
de los ricos arruinados que no pudieran cambiar de ocu-
pación, y de los mismos ricos. El capital barato de los Bancos per-
mitiría a los industriales emprender nuevos negocios o modificar
ios antiguos y satisfacer la acrecida capacidad adquisitiva. de los
'Obreros cuyos salarios Ihubieran sido elevados, dando así traba-
jo a. los obreros que hubiel'an perdido su empleo en Bournemouth
o Bond Street. Los anticuarios podrían vender cuadros al Mu-
seo Nacional y a los museos municipales provinciales. Habría
una crisis ; pero ¿qué importaría? El c'apitalismo Driginado
con harta frecuencia desplazamientos de la capacidad adquisiti-
va, así como la pérdida del sustento a gli8.ndes núcleos de dudlY
danos, recurriendo a los subsidios bajo diversas formas, cómo
válvulas de seguridad para aminorar la presión cuando los des-
330 BEBN:\RD SHAW
ocup:ados empezahan a amotinarse y a r omper los cristales de
las ventanas. ¿ POI' qué no hemos d e solucionar las cosas lo miR-
mo que se Iha hecho siempre?
Claro está que podríamos hacerlo; pero, por graves IL¡.e han
sido las grandes crisi s del capil;alismo, nunc'a 10 han sido -tanto
como la formidable crisis que seguiría a la confiscación por el
gobierno de tocia l'a propiedad de la clase privilegiada, sin nin-
guna preparación para proceder al inmediato empleo produc-
tivo, no sólo de los propietarios expropiados (c uyo número es
demasiado exiguo pal'a originar grandes trastornos), sino del in-
menso pl'oletari'i:ldo parasitario que les proporcionaba sus lnjos.
¿Obl',al'fan las válvulas de seguridad con lü. presteza suficiente y
se abrid'an lo bastante? Examinémoslas más de cerca ante3 de
emitir juicio.
Un país civilizado depende de la circulación de su dinero,
lo mismo que un animal vivo depende de la circulación de su san-
gre. Una confiscación general de la propiedad privada y sus ren-
tas produciría ,en Londres, donde mdica el tesoro nacional, una
congestión sin precedente de dinero procedente de todo el reino,
y sería para el gobierno una ,cuestión de vida o muerte ahsor-
ber prontamente ese dinero congestionado y hacerlo volver a los
confines' del país. Recuerde usted que la suma congestionad,a se-
ría mucho mayor que hajo el sistema capitalista, porque como
los capitalistas gastan mucho más de lo que ahorran, la enorme.
cantidad de est os gastos quedaría whorrada y vendría a añadir-
se al dinero acumulado por el gobi erno con la confiscación de
la propiedad.
EX'aminemos ahora l'as válvul as de segaridad. Una enOl'me
cantidad del dinero confisCiado procedería de las rentas te1'l'itoria-
les confiscadws ele nuestras ciudades y grandes urbes , Los actua-
fes propietarios se gastan estas rentas en donde les place, y rara
vez les place éj1astárselas en Jos sitios en que fueron producidas
por el trabajo de los habitantes. Un plutócrata no se decide a vi-
vir en Bootle cuando puede vivir en Bia1'l'itz. Los !habitantes de
Bootle no perciben el bene6cio de los gastos del 'capi 'balista, que
va a parar al West End de Londres ya los lugares de placer y
deporte de todo el mundo, aunque acaso les toque una pequeña
parte si la ciudad fabrica buen calzado, calzones de montar y
mazos de polo. Los momdores de va ciudad gozan una buena
parte de comunismo munici pal ; pero tienen que pagarlo por
medio de t arifas que ahora son agobiadoras en todas partes. Y
todavía lo, serían más si el gobierno no prestara su ayuda a los
municipios.
Una válvlll'a de seguridad notoria, que gozaría de populari-
GUÍA DEL SOCIALISMO y EL CAPITALI SMO
3 3 ~
dad entee los contl'ibuy ntes, s e r ~ a el pago de las tarifa , por el
Tesoro mediante subvenciones grandemente aumentadas, Si us-
ted fuera contril:myente y su casero le anunciara de pronto que
en lo suceslvo pagaría él los impuestos, se r egocij aria u ted ante 1
la perspectiva de ahorrarse todo ese dinero . Un !anuncio análogo
del ministro de Hacienda sería acogida parejamente. Así alivia-
l'ía la congestión del Tesoro y devolvel'Í'a una olead,a de dine- I
ro del corazón social a las extremidades.
Hay además loa combinación de los salarios elevados en las
industrias confiscadas con una oleada de capital barato absorbi-
do por todos los núcleos industtiales por mediación de los Bancos
confiscados. La elevación de los salarios contendría la inunda- \'
ción del Tesoro, reduciendo los dividendos, y el abaratamiento
del capital permitiría que se emprendieran nuevos negocios y se
relOl'maran los antiguos para atender a }a demanda creada por
el incremento de la capacida.d adquisitiva de los as'al'ariados y los
aliviados contribuyentes .
También puede hacerse mucho bueno realizando gastos pú- I
blicos en carreteras, obrras marítimas y forestales, construcción \
de grandes presas en los valles para concentrar la energía hidráu-
lica, edificación de estaciones de distribución de la energi'a con- I
centrada, demolición de los barrios míseros que nunoa deberían
haber existido y su substitución por ciudades debidamente pla-
neadas, con 'saludables jardines, y en un centenal' de otras mu-
chas cosas que el capitali smo nunoa piensa 'hacer, porque es
imposible apropiarse sus ventajas como beneficio comereial. La l
demanda de obreros creada por tales actividades absorbería a
todos los desocupado utilizables, y sólo quedarían viviendo del
subsidio los jubilados y los inservibles, en unión, por supuesto, I
de los niños, en los cuales podría y debería gastal'se mucho má ,/
dinero que 'actualmente, con gran pTovecho no com rcial pa ta
l'a generación inmedi'ata.
Todo esto paTece muy tranquilizador, y cuesta poco descri-
birlo sobre el papel ; pero unos minutos de l'efl exi.ón bas tarán
para disipar toda speránza de que pueda realizarse instantánea
y espontáneamente mediante la transferencia gratuita de tedas
las 'acciones y las escritul'las existentes al gobierno. 'I!:l delegado
de Sanidad tendría que formular un enorme proyecto parra las
subvenciones municipales, y el Parlamento tardaría meses ente-
I'OS en discutido. En cuanto 'a atiborrléll' a los bancos existentes
de dinero disponible para el préstamo sin ninguna ingerencia
ulterior, los resultados -comprenderían una orgí1a de 1' i .alidades,
de superc-apitalización, de superproducción, de negocios em-
prendidos por gentes inexpertas, cándid'8is o atolondmdas: en
332 BERNARll SHAW
"suma, una exaltación seguida de un hundimiento, <:on las quie-
bras habituales, el paro forzoso, etc. Para poder dominar esta
parte del progl'ama sería necesario crear un nuevo departamen-
to del Tesoro para substituír a. los actuales consejos de directo-
fes de las empresas, abrir Bancos donquiera que las oficinas pos-
tales realizan una labor substancial, y dotar los nuevos bancos
-de un personal formado pOI' funcionarios públicos debidamente
preparados. Y todo llevaría más tiempo del que tarda un ciuda-
,(lano arruinado morirse de hambre.
o En cuanto a la elevación de los salarios industriales y la re-
.ducción de los precios con el fin de eliminar el lucro, es una
norma tan opuesta a la que los industriales existentes están ha-
bituados a seguir, y que sólo ellos entienden, que' su substitu-
ción por funcionarios públicos sería tan necesaria como en el
caso de los Bancos. Estas substituciones podrían efectuarse úni-
oamente como parte de un laborioso sistema, que requeriría lar-
gas reflexiones preliminares y una preparación práctica que im-
plicara la instalación de nuevos departamentos públicos, de una
,magnitud sin precedentes.
Asimismo las obras públicas no pueden Hevarse a la prác-
tica al modo de Pedro el Grande, quien, al pedirle que señalara
la ruta que debía seguirse pal'a construír su nueva oarretera de
Mos<:ú a P-etrogrado, cogió una regla y trazó una línea recta
en el mapa desde la palabra Moscú [hasta el Neva. Si Pedro el
'Grande hubiera tenido que sacar a flote la propuesta de una
¡presa Ihidráulioa por mediación de un Parlamento -en el que hu-
biera un fiero núcleo galés decidido a que se instalara en el Se-
" ern y otro núcleo escocés igualmente picado que quisiera ins-
talarla en el Kyle of Tongue, hubiera visto pas'al' muchos me-
ses antes de que viera tmbajando a la primera cuadrilla de
obr€ros.
No es preciso que la aburra a usted multiplicando los ejem-
plos. La nacionalización en granesoala sin compensación es ca-
t.astrófica: el paciente muere antes de que el r,emedio haya te-
,nido tiempo de surtir efecto. Si prefiere usted una metáfora me-
cánica, la caldera estalLa porque las válvulas de seguridad se
\
El .intento de nacionalización produciría una revolu-
món. QUIzás dIga usted: «Bueno, ¿y por qué no? Lo que he leí-
do en este li bro me hace aguardar con impaciencia una revolu-
ción. El hecho de que determinada medida produciría una
volución es su mejor recomendación.»
Si ta.l es su opinión, sus sentimientos la Ihonran: son o han
siuo compartidos ya por muchos buenos ciudadanos. Pero cuan-
DO penetre usted a fondo en la materia, comprenderá que lai
GutA. m:L SOGJALISMO y l ~ l . . CAPITAUSMO
333-
revoluciones no nacionalizan nada, y 11 veces Ihacen mucho más
difícil la nacionalización que lo hubiera sido sin la revolución,
con sólo que la gente ihubiera tenido algún conocimiento de la
economía política. Si un socialismo inexperto (todos nuestros
partidos parlamentarios son ahora peligrosamente inexpertos)
produjera una revolución frente a una oposición capitalista in-
veterad;¡, y ruidosa, produciría la reacción en lugar del progreso
y daría al capitalismo una prórroga de vida. ~ l nombre de}'
sOcialismo apestaría al olfato de toda una generación. Y ésta es·
justamente la revolución que provocaría el intento de nacionali-
zar toda la propiedad de golpe. Debe usted, pues, rechazar esta
¡"evolución determinada por la nacionalización repentina y a ul-
tr.anza, forzosa y general, y preferir una serie de nacionaliza-
ciones cuidadosamente prepamdas y compensadas de una indus-
tria tras otm.
Más adelante nos extenderemos un poco aceroa de lo que'
pueden hacer las revoluciones y lo que no pueden hacer. Mien-
tras tanto, retenga usted como un canon d e la nacionalización
(a los economistas les gusta llamar cánones a sus reglas) que i
toda nacionalización debe ser preparada y compensada. Esto será
una salvaguardia efectiva contra el intento de realizar demasia-
das nacionalizaciones de una sola vez, y hasta podríamos decir
que contra el intento de realizar más de una nacionalización
de cada vez, sólo que no del eroos olvidar que las industrias es-
tán ahora tan amalgamadas antes de estar maduras para la na-
óonalización, que prácticamente es imposible nacionalizar una:
. in nacionalizar medi·a docena de otras que están unidas a ellas
inextricablemente. Le sorprendería a usted saber la multitud de
cosas que hace una compañía ferroviaria, además de hacer circu-
lar los trenes. Y si alguna vez ha viajado usted en un gran:
transatlántico, se habrá usted preguntado a veces al mirar en tor.-
no suyo si el barco correspondería a la industria naval o a la de-
la edifioación, para no deci.r nada de la maquinaria.
LXII
POR Quje HASTA AHOBA HA DAno RESULTADO LA CONFI SCACIÓN
A
HORA que h e h echo 'admitir como un canon de la naciona-
lización que el parlamento debe comprar la propiedad y )
- no limitarse a expropi arla, espero ser informado de que
este eanon no es corrobor·ado por los h echos, porque el ataque
-directo contra la propiedad por la simple confiscación, es decir,
pOt la medida gubernamental de arrebatar el dinero a los capi-
talistas 'a 'la fu erza e ingresarlo en el Tesoro público, ha sido
verificado ya sin provocar reacciones ni revoluciones por gobi er-
nos conservadores y liberales hasta un extremo que les hubiera
parecido monstruoso e increíble a estadist as del siglo XIX como
Gladstone, 10 ,cual prueha que se puede introducir en lnglate-
n ~ a cualquier medida socialista o comunista ·a condición de que
e le aplique otro nombre. Proponed la confi scación socialista ~
de las rentas de los ricos y todo el país se 'alzmá para repel er I I
semejante perversidad rusa. Pero llamadla impuesto sobre la
renta, superimpuesto y derechos de herencia, y se sacará a la
clase acaudalada suficientes centenares de millones para hacer
lividecer de envidia a la Unión de Repúblicas Soci.alist as Federa-
tivas Soviéticas de Rusia.
Consideremos uno o dos casos en cifr·as. GladsLone consideró
uno de sus triunfos como mi.ni. stro de Hacienda la reducción del
impuesto sobre la renta a dos peniques por libra, y esperaba
poder abolirlo po . completo. En vez de esto subió a seis chelines
en 1920, y sólo se detuvo en tal cifra porque fué complementado
por otro impuesto adicional (el supel'impuesto) sobre l'as rentas
mayores y por una abolición parcial de la herencia, que hace
heredera a la nación de una parte consider,able de nuestros bie-
nes ·cuando morimos en posesión de alguno. i Imagin.aos ·el a lbo-
roto que se hubier.a armado si un primer ministro socialista hu-
biera propuesto esto mismo como confiscación, expropiación y
BERNAHD
nacionalización de la herencia, basándose en los principios
nistas del profeta Marx. Y, sin embargo, lo aceptamos sin re-
chistar.
Quizás haya usted observado cómo se ha llegado actualmente-
a esta tributación en el parlamento. El ministro de Hacienda es
el que tiene que admini strar el peculio nacional de -cada año-
y saoar a una Cámara reacia su consentimiento para gravarnos,
con el fi n de obtener el dinero necesario, pues e .. ceptuando el
insignificante caso del interés que percibe sobre ciertas acciones
del canal de Suez, y de unas diez compañías que fueron socorri-
das durante l'a guerra, la nación no tiene ninguna renta de pro-
piedad. Quiénes han de ser las personas gravadas es cosa que-
depende de los diputados que hayan sido elegidos en el parla-
mento. Sin la aprobación de éstos, el presupuesto, que es com(}-
llama el ministro a sus propuestas de tributación, no puede con-
vertirse en ley; y [hasta que no se convierta en ley no puede
obligarse a nadie a pagar los impuestos. En la época de Glad-
stone, el Parl'amento estaba constituído en su mayor parte POy-
terratenientes, capitalistas e industriales, pues los escasos repre-
sentantes de la clase obrera eran derrotados irremediablemente
por los otros tres sectores, combinados o solos. Cada uno de estos
sectores tr ataba, como es natural, de arrojar sobre los demás
la mayor carga posible de los impuestos; pero los tres coincidían
cordialmente en abrumar lo que pudieran a la clase obrera, sin
exponerse a perder demasiados votos obreros en l'as siguientes
elecciones. Por lo tanto, el último .impuesto que pen aban sancio-
nar era el impuesto solTre la renta, impuesto que tendrían que
pagar todos ellos y del que se libraban los obreros asalariados
toda vez que no se aplica a las rentas pequeñas. De este modo,
el impuesto sobre la renta llegó a convertirse en una especie de
impuesto diferido o de recurso postrero: un mal que sólo debe-
da afrontarse cuando todos los demás medios de reunir dinero
ihubieran resultado insuficientes. Cuando Gladstone lo hizo ba-
jar de seis peniques a cuatro, y de cuatro a dos, y expresó su
propósito de prescindir de él por completo, fué considerado, sin
duda, como un gran ministro de Hacienda. Para hacer esto,
Gladstone tuvo que l' unir dinero gl'avando con impuestos las
subsistencias, las bebidas y el tabaco, así como documentos lega-
les de diversa índol e, desde simples recibos, cheques y contra-
tos, Ihasta letras de cambio, acciones, actas matrimoniales, lega-
dos, etc. Además había los derechos de aduanas, que se cobl'aban
'a los artículos procedentes del extranjero, Los patronos industria-
les que importaban grandes cantidades de materias primas y
querían abaratar las subsistencias, porque esto significaba oola-
l>!L SOCIALISMO y ZL CAPITALISMO
nos- bajo5,: déCÍ'8.n: "No cobréis de aduanM y que
jrnptiesto Iqs ter1'anientes.n hacendados decían : "Gravemml l/l.S
í'mportaciones, sobre todo la del trigo, para estimul'lIr ll11e!\tra Mtn·
¿üUl}ra." Esto dió origen a la gran controversia del librecllmhio,
alrededor de la cual pelearon durante tantos 'años
y liberales. Pero ambos coincidían' siempre en Ol1e el
impuesto sobre la renta no debí'a imponerse hastí't que !le hubie·
fan agotado todos los demás medios de recaudar dinern v en qua
aun entonces debería fijarse en la cifra más baja posill1e.
Cuando el socialismo se fabiMi zó y empe7.ó a inf1llír en el
Parlament.o por mediación de un nuevo partido proletario, el
partido laborista, la formación del presunuesto tomó otro giro.
El· par·tido J.aborista pedía que los oapitalistas pagal'an los pri-
meros y no los últimos, y que el gravamen fuera mavor sobre
las rentas no ganadas que sobre las ganadas. Esto implicaba la:
repudiMión de la necesidad de reducir los g¡tstos gubernamenta-
les y la tributación a la cifra más baja posible. Cu·ando la tribu-
tación consiste en sacar dinero a personas que no lo han
do y devolvérselo a sus verd'aderús productores proporcionándo-
les escuelas, casas mejol'es, ciudades renovadas y beneficios pú-
blicos de tod'as clases, es · evidente que CU1mto mayor sea la tri·
butación más saldrá ganando la nación. Mientras Gladst.()ne cla-
maba: "He ahorrado otro millón a los contribuventes del país.
J Hurra ! n, un ministro de Haci enda sociali sta hubiera dicho: "He
arranc,ado otro millóIi a los contribuyentes ociosos y lo he inver-
tido en el bienestar de nuestro pueblo. J Viva! II
. Así, pues, durante los últimos quince años hemos
do una lucha incesante en el Parlamento ent:'e los capitalistas ¡
y los laboristas: los primeros, tratando de mantener ba}1t la
cifra del impuesto sobre la renta, el superimpuesto, los derechos )
de herencia y en general los gastos públicos, y los últimos
tanda de aumentarlos. Los debates anuales sobre el presupllesto
siempre giran en última instancia alrededor de este punto, aun·
que . rara vez €s afrontado con franqueza, y los oapitalistas han
ido retrocediendo palmo a palmo, hasta que ahora hemos pasado
del impuesto de Gladstone de dos peniques por libra 'a
tos de cuatro a seis chelines, además de los superimpuestos que
pagan las rentas superiores a dos mil libms . en cantidades que
varían de diez y ocho peniques a seis chelines, según la impor.
tancia de la renta, en tanto que a }a muerte de un propietario
sus herederos tienen que entregar al gobierno una parte de la
herencia, parte que varía del uno por ciento de su capital nomi-
nal cuando se trata de poco más de cien libras, al cuarenta por
ciento ,cuando excede un par- de millones.
338 BERNARD SHAW
Es decir, que si un tío suyo le deja. a usted cinco guineM al
a:l"[o, tiene usted que pagar al gobierno la renta de setenta y tres
días. Y si le deja cien mil libras al año, paga usted la renta de
ocho ,años, y se muere de hambre durante ,ese tiempo, a no ser
que logre reunir el dinero hipotecando su renta futura o hay¡¡,
usted proveído al caso asegurándose la vida en una fuert.e canti-
dad en beneficio de la nación.
Ahora bien; supongamos que esta renta de cien mil libras
anuales pertenece a una familia aristocrática en la que el
cio militar de clase constituye una tradición prácticamente obli-
gatoria. En una guerra puede ocurrir fácilmente, como ocurrió
lB, veces durante la pasada, que el propietario de dicha fortu-
na y los dos hermanos que le siguen en la sucesión en
el término de unos meses. Esto reduciría la renta de cien mil
libras anuales a doce mil, pues la diferencia habría sido con-
fiscada por el gobierno. Si leyéramos ' en ' T he M orninq Post que
los Soviets se habían adueñado de setenta y oeJho mil libras anua-
les de una familia particular sin darle un penique de compen-
sación, la mayoría dal'Ía gl'acias al ' cielo porque no vivimos en
un país en el que son posibles tamañ'as monstruosidades comu-
nistas. Sin embargo, nuestros gobiernos antisocialistas, lo mis-
mo liberales que conservadores, lo hacen como cosa de rutina,
aunque sus ministros de Haci enda siguen pronunciando discur-
sos contra J.a confiscación socialista, como si fuera de Rusia no se
I le oCUl'riera a nadie pensar en semejante cosa.
He ahí cómo somos. No cesamos de denunciar el comu.l'lismo
como un cri men, y cada foco callejero, cada calle pavimentada,
cada alcantarilla y cad'a agente de policía nos están atestiguando
que no podríamos existir una semana sin él. Mientras gritamos
que la confiscación socialista de las rentas de los ricos es un des-
pojo y ha de acabar en una revolución roja, la llevamos <L cabo
hasta un extremo tan ignorado en cualquier otro país asentado
que mudhos de nuestros capitalistas se van a vivir al sur de
Francia durante siete meses del afto eludirla, aunque afirmen
su imperecedera devoción por su país nativo, pretendiendo que
se c'ante todos los domingos en la Riviera nuestro himno nacio-
nal corno parte del servicio divino inglés, mientras que' el mi-
nistro de Hacienda le pide al cielo en oasa que «frustre sus píca-
ras tretas" hasta que pueda ideal' un medio ilegal de impedirles
evadirse de sus recaudadores de impuestos.
Pero aun siendo -sorprendentes, como lo son, desde el punto
de vista. victorino, las sumas sacadas anualmente a los ricos,
no han rebasado en general lo que los propietarios pueden pagar
'1,n efectivo con sus rentas, ni lo que el gobierno se prepara a
GUÍA DEL SOCIALISMO y EL CAPITALISMO
devolver a la circulación gastando el dinero inmediatamente. Es-
tas sumas han transferido la capacidad adquisitiva de los ricos
a los pobres, originando aquí y allá pequeñas crisis y empobre-
ciendoa veces seriamente lB. los antiguos ricos; pero han ido
acompañadas de tal desarrollo del c'apitalismo, que rahora hay
más ricos (y ricos más opulentos) que nunca, de suerte que las
industrias del luj o se han expansionado en vez de contraerse,
dando más trabaj o en lugar de menos. Y así se ha demostrado
que se puede confiscar a salvo la renta derivada de la propiedad
a condición de que se la pueda redistribuÍr inmediatamente. Pero
no se la puede gmvar de un solo golpe mortal. Siempre hay que
tener en cuenta hasta dónde y a qué marcha se puede ir sin fra-
casar. La regla de que el gobi erno no debe imponer tributos hasta 1
'que tenga un empleo inmediato para el dinero que perciba, es
fundamental y sirve para todos los casos . La r egla de que si lo
usa para nacionali zar una industri'a o servicio establecidos tiene
que tener preparado un nuevo departamento públi co para encar-
garse del negocio, debiendo compensar a los propietarios por lo
que les quita, es tambi én invariable. Cuando el objeto no es l'a
nacionaliz.ación, sino la simple J,'ed iskibución ele la renta dentro
elel sistema capitalista, transfiriendo la capacidad adquisitiva de
un grupo de personas a otro, por lo geneml de un grupo rico
a un grupo pobre, y cambiando así l'a demanda comercial de
artículos de lujo 1301' la de artículos necesal'ios relativamente
baratos, entonces el proceso debe atenerse en su marcha a la
fMilidad con que los comercios capitalistas puedan adaptarse a
este oambi o. De lo contrario, se pueden originar suficientes quie-
bras para hacer impopularísimo al gobi erno en las elecciones si-
guientes.
Estudiemos ahora un caso sensacional ,en el que hemos com-
prometido una fu erte oarga adicional sobre la renta, tan lamen-
tada por la masa de la naci ón que nues tros gobiernos, sean labo-
ristas o conservadores, no podrán resistir l.argo ti empo la dec
mand'a de su redi stribución.
LXIII
CÓMO FUÉ PAGADA LA GUERRA
E
N 1914 fuimos a la guel'l'a. La guerra es terriblemente cos-
tosa y destructiva y constituye una pérdida estéril por lo
que al dinero se refiere. Todas las co&as Ihay que pagar-
las al contado, pues no se puede matar a los alemanes con paga-
rés, hipotecas o títulos de la Deuda: hay que tener una provisión
real de víveres, de ropas, de armas, de municiones, de comba-
tientes y enfermeras, de automóviles, de mujeres que fabriquen
municiones. Cuando el ejército ha destrozado los uniformes y
se ha comido los víveres, cuando ha quemado las municiones y
teñido con su sangre los ríos, no puede mostrársele nada que
comer, que beber, que ponerse o en donde vivir, nada hay visi-
ble ni tangible sino la ruina y la desolación. Para la mayor
parte de estos suministros militares el gobierno contl'ajo gran-
des deudas en 1914-18. Dispuso de la sangre y la energía de los
hombres jóvenes como la cosa más natural del mundo, obligán-
doles a servir, quisieran o no, e interrumpiendo sus negocios,
cuando tenían alguno, sin compensación de ningún género. Pero
como era un gobierno capitalista, no sacó a todos los capitalistas
de igual modo el dinero que necesitaba. Parte lo sacó por tri-
butación; pero la mayor parte lo pidió prestado.
Como es natural, el partido laborista se opuso vigorosamente
a esta exacción del dinero de los ricos de la conscripción que se
aplicaba despiadadamente a las vidas, los sustentos y los miem-
bros de los pobres. Sus protestas fueron desatendidas. La subsis-
tencia ahorrada que se necesitaba para sostener a los soldados y
a los obreros que le proporcionan víveres y municiones, en vez
de ser conseguida por tributación sin compensación, fué alqui-
lada en su mayor parte a los capitalistas, siendo el precio de
este alquiler el derecho a percibir sin trabajar, por cada cien
libras prestad,as, cinco libras anuales de la renta futura del PIÚS
BERNARD SRA W
por esperar hasta que se les devolvieran las cien libras antici-
padas.
En números redondos, lo que ocurrió fué que la deuda nacio-
nal de 660 millones existente en 1914, como consecuencia de gue-
rras anteriores, fué elevada por la nueva guerra a más de 7.000
millones. Hasta que podamos devolver esta cantidad tendremos
que pagar más de 350 millones anuales a los prestamistas por
esperar, y CODlO los gastos ordinarios de nuestros servicios civi-
les (300 millones) con nuestro ejército, nuestra marina, nuestra
aviación, y todos los demás establecimientos nacionales sociali-
z'ados se elevan a otro tanto, el ministro de Hacienda tiene que
hacer ahora un presupuesto de más de dos millones diarios y sa-
cárnoslos de los bol sillos como mejor pueda. Y como es inútil
pedírselos a los proletarios en una época en que hay un millón
de ellos sin trabajo, que tienen que ser sostenidos con los ' im-
puestos en vez de pagarlos, tiene que s'acar a los propietarios, por
medio de impuestos sobre la renta, superimpuestos y dereo'hos de
herencia, más de 380 millones anuales, ' es decir, un millón cin-
cuentla mil diarios, o sea más de la mitad de la tributación total.
Esto equivale a una confisoación con ensañamiento.
¿ No le parece a usted que hay algo divertido en esto de pedir
prestados a nuestros capi talistas la mayor parte de los 7.000 mi-
llones, prometiéndoles pagarles, poco más o menos, 325 millones
al año mientras se les resarce, y gravades luego él razón de 382
millones al año para pagar, no sólo sus inter eses, sino también
los de los prestami stas extr.anjeros? Están pagando al año cin-
cuenta millones más de lo que perciben, y, por lo tanto, pier-
den con la transacción. El gobi erno les paga con una mano y
con la otra les vuelve a quitar el dinero, más el 17 por 100 de
interés. ¿Por qué lo toleran tan dócilmente?
La explicación es muy sencilla. Si el gobierno le quitara a
cada tenedor de títulos del empréstito de guerra exactamente
lo que le había pagado, más tres chelines y seis peniques por
libra, todos los tenedores mencionados se apresurarían a excla-
mar: . "Mejor es que no nos deis nada. Cancelaremos la deuda
y que os aprovech e.» Pero no ocurre nada de esto. Los tenedores
de los títulos del empréstito de guerra sólo constituyen una par-
te del núcleo general de los propietarios; pero todos los propie-
tarios tienen que pagar el impuesto sobre la renta y los derec'hos
de herencia, y cuando su renta excede de 2.000 libras, el super-
impuesto. Los que no le prestaron dinero al gobierno para ' la
guerra no perciben nada. Los que le prestaron perciben .para ellos
solos los 325 millones anuales ; pero su obligación de pagar el \
impuesto del que se saca el dinero para pagarles es compartida ~
GUÍA DEL SOCIALISMO y EL CAPITAL1S1VlO 343
'\por todos los demás propietarios. Por tanto, aunque los propie-
tarios en general pierden con la transacción, los que detentan
títulos del empréstito de guerra ganan con ella a costa de los
que no se benefician. El gobierno, no sólo roba al capitalista
Pedro para pagarle al oapitalista Pablo, sino que les roba a los
dos más de lo que le paga a Pablo. Sin embargo, aunque Pedro
y Pablo, considerados a la vez, han perdido dinero, Pablo, consi-
derado aisladamente, ha ganado, y, por consiguiente, apoya al
gobierno en su empeño, mientras que Pedro se l'amenta de que
la carga de la tributación es intolerable.
Para ilustrarlo con un ejemplo, mi esposa y yo somos capita-
listas; pero yo tomé algunos títulos del emprésti to de guerra
mientras que ella tiene todo su dinero en acciones bancarias, ferro-
viarias, etc. Ambos tributamos por igual , para que se me paguen
a mí los intereses de mis títulos; pero como el gobierno me paga
a mí esos intereses y a ella no le da nada, yo gano con la transac-
ción a costa suya, de suerte que si nos encontráramos como nos
encontramos en el plan comunal de marido y mujer, nunca esta-
l'íamos ele acuerdo acerca de la cuestión. La mayoría de los capi-
talistas no entienden el trato y se dejan engañar ; pero los que lo
entienden nunca lo combatirán de modo unánime. Por consi-
g,uiente, no ti ene que temer las votaciones parlamentarias.
Este singular estado de cosas permite al partido laborista de-
mostrar que podría pagar a la clase propietaria en su totalidad
para cancelar la deuda nacional y poner término al absurdo de
una nación que se lamenta de tambalearse bajo una carga intole-
rable de deudas, cuando en realidad se debe a sí misma la mayor
parte del dinero. La cancelación de la Deuda (exceptuando la frac-
ción debida a los extranjeros) sería simplemente una redistribu-
ción de la renta entre sus ciudadanos, sin que a la nación en ge-
neral le costara un solo penique.
El sistema de recaudar dinero público pidiéndoselo prestado 'a
los capitalistas en lugar de confiscárselo por medio de la tributa-
ción directa se llama crear fondos, y el prestar, dinero al gobierno
solía llamarse colocarlo en fondos. Y como las condiciones del
préstamo son que el prestamista percibirá una renta gratuita por
esperar a que se le pague el dinero, nos encontramos con el extra-
ño fenómeno de que los prestamistas, en vez de mostrarse impa-
cientes por que se les devuelva el dinero, no 'hay cosa que teman
más, de suerte que para obtener los empréstitos el gobierno tiene
que prometer que no los pagará antes de determinada fecha,
cuanto más lejana mejor. Conforme a la moral capitalista, las
gentes que viven de su capital' en vez de hacerlo del interés (como
BERNARD SRA W .
se llama la remuneración por la espera), son pródigas y derro:
chadoras. El capitalista nunca debe consumir por sí mismo su
subsistencia sobrante, aun cuando ésta sea de tal índole que pue-
da conservarla hasta que vuelva a necesitarla. Tiene que emplear-
la para comprar una renta, y si el comprador deja de pagar la
renta y le devuelve la suma prestada, el prestamista no debe gas-
tar esta suma, sino comprar con ella inmediatamente otra renta,
o, como suele decirse, invertirla.
Esto no es una mera cuestión de prudencia: es una cuestión
de necesidad, pues como invertir el capital significa prestarlo
para que sea consumido antes de que se pudra, el que no le in-
vierte nunca puede recuperarlo en realidad. Invertirlo significa,
como ya hemos visto, permitir a un núcleo de obreros que lo co-
man mientras están ocupados en preparar alguna empresa redi-
tuable, como un ferrocarril o una fábrica, y una vez que ha sido
consumido ningún poder mortal puede resucitarlo. Si hace usted
a un hombre, a una compañía o al gobierno el obsequio de permi-
tirl e usar lo que usted puede ahorrar en un año, ellos le harán a
. usted el obsequio de devolverle una cantidad equivalente si pue-
den reunirla al cabo de veinte años, y mientras tanto le pagarán
por esperarse ; pero no pueden devolverle a usted literalmente
aquello que les prestó.
La guerra consagró nuestro dinero disponible, no a producir,
sino a destruír . En los libros del Banco de Inglaterra se hallan
inscritos los nombres de cierto número de personas que figuran
como propietarias de un capital de 7.000 millones de libras .. En len-
.guaje vulgar se dice que «vall8n 7.000 millones". Ahora, que en rea-
lidad «no valen" 'absolutamente nad,a. Los 7.000 millones 'hace mu-
cho tiempo que han sido devorados por la guerra, con otras muchas
propi edades valiosas y vidas preciosas, en los campos de bataUa
de todo el mundo. Por lo tanto, nos encontramos en la ridícula
situación de querer pretender que nuestro pa[s se ha enrique-
cido por valor de 7.000 millones, cuando en realidad se ha em-
pobrecido por tener que busoar 350 millones nuevos todos los
años para personas que no hacen a cambio un ápice de trabajo;
es decir, que están consumiendo una enorme masa de riqu3za
sin producir ninguna. Es como si un comerciante, al . pregu,n-
társele si tenía activo, respondiera orgullosamente : « I Oh!, no.
Todo mi activo se me iha ido entre los dedos; pero en. cambio
tengo una enorme cantidad de deudas." Los 7.000 millones de
capital que figuran a nombre de los tenedore;; de títulos en el
Banco de Inglaterra no constituyen una riqueza, sino una deuda.
Si la recusáramos lisa y llanamente, la nación se encontraría más
GUjA DEL SOCIALISMO y EL CAPITALISMO 345
rica, no só10 en 350 millones al afio, sino por el trahajo que ten.,
drían que realizar los tenedores de los títulos para sostenerse
cúanclo se les suprimieran las rentas. La objeción que cabe hacer
a esta recus'ación no es que empobrecería a la nación, sino que
parecerí'a la violación de un pacto, después de lo cual no habría
nadie que volviera a prestarle dinero al gobierno. Por otra 'parte,
los Estados Unidos, que nos prestaron mil millones, podrían
reclamarnos esa cantidad por la fuerza de l'as armas. Por consi-
guiente, hacemos protestas de que nada podría inducirnos a co-
meter semej.ante feloní'a; pero eso impide que, cUJlndo se trata
de la deuda debida a nuestros propios capital istas, les paguemos
honradamente con una mano y les quitemos a la fuerza con la
otra el mismo dinero, más un interés del 17 por iDO.
De pasada, por si acaso alguien le asegura que estas cifras
son inexactas, y que no hay que fiarse de mí, convendrá que le
advierta que las ·cifras están indicadas en números r edondos, que
varían de un afio a otro por el pago y la fluctuación de los valo-
res, que los mil millones 'adeudados a Norteamérica nosotros se
los presbamos a ciertos países aliados, algunos de los cuales no
pueden pagarnos nada y otros que pueden hacerlo se esfuerzan -
por hacernos aceptar lo menos posible ; que el resto del dinero
fué recaudado por mediación de los bancos, de tal modo y ma-
nera que algunos peritos han demostrado que nos reconocíamos
deudores de cerca del doble de lo que en realidad gastábamos;
que la elevación en el mercado del precio del alqui ler del dinero
disponible ti ene que haber enriquecido más a los capitali stas
que les empobreció la cont ribución de O' uerra; en suma, que ].a
sencillez del caso puede ser obscurecida por un centonar de cir-
cunstancias insi gnificantes cuando el objeto que se persigue es
emharullar y no elucidar. Toda vez que mi objeto es elucidatorio,
he prescindido de ellas, puesto que yo quiero mostrarle el nido,
no el v1aHadar.
Lo esencial es que la guerra ha originado un consumo enorme
de capital, y este consumo, en vez de acarrear un acrecentamien- \
to de nuestra industri'a y nuestros medios de comunicación y.\
nuevos recursos para aumentar la producción de riqueza, ha 1
I
ocasionado una magna destrucción de dichas cosas, dejando al
mundo con menos renta que distribuír que antes. El hecho de que
ha abatido tres imperios y substituído la monarquí'a, por la re-
pública como la forma de gobierno predominante en Europa,
equiparando así a ésta con Norteamél'ica como continente repu-
blicano, puede parecerle I/l usted digno del dinero gastado, o bien
como no era esto en lo más mínimo lo que se proponía Inglaterra
ni las demás potencias beligerantes, puede parecerle la usted un
BERNARD 8HAW
desastre escandaloso. Pero eso es cuestión de sentimientos, no de
économía política. Considere usted con satisfacción o con pesa-
dumbre su resultado político, el coste de la guerra sigue siendo
el mismo, al igual que nuestro modo de pagarlo a costa de la
distribución de nuestra renta nacional. Todos tenemos que pa-
gar fuertes impuestos para permitir que ese sector de la clase
capitalista que invirtió su dinero en el empréstito de guerra al
cinco por ciento de interés (porcentaje elevado dada 1'8. seguri-
dad), se quede en lo sucesivo con un millón diario de los frutos
de nuestra labor cotidiana sin contribuír a su producción. Cierto
es que sacamos otro tanto o más a la cl'ase capitalista por medio
de impuestos; de modo que lo que acaece en realidad es una
redistribución de la renta entre los capitalistas, que beneficia
más bien que perjudica al proletariado, aunque, por desgracia,
no sea precisamente la redistribución que puede servir para equi-
parar las rentas o desacreditar la ociosidad; pero ilustra el tema
de este capítulo, que consiste en que una confiscación virtual del
c'8.pital por la cantidad de miles de millones resultó
te factible en una ocasión en que el gobierno podía proporcionar
trabajo inmediato bajo la forma de servicio nacional, y aun cuan-
do fuera un tl'abajo destructor, '8. un número ilimitado de prole-
tarios de ambos sexos. A no ser por la efusión de sangre, aquéllos
fueron días de calma. .
(
LXI V
LAS LEVAS PARA LA REDENCIÓN DE LA DEUDA NACIONAL
A
UNQUE la tributación del capital carece de sentido, no quie-
re decirse que toda propuesta que le presenten a usted
. en tal forma haya de ser forzosamente impr,acticable.
Cierto es que si el gobierno necesita dinero puede obtenerlo con
sólo confiscar las rentas ; pero esto no excluye las operaciones,
para las que no se necesita ningún dinero, ni impide que el go-
bierno se apodere, no sólo de la renta de un propietario, sino ·
que también de la fuente de ésta, es deci r, de su propiedad.
Para considerar una posibilidad que muy bien puede ver usted
convertida en hecho, supOngamos que el gobierno se viera lleva-
do a la conclusión de que hay que eliminar la deuda nacional
en su totalidad o en parte, bien porque la tributación que se nece-
sita para pagar sus intereses B.'l una traba para el desarrollo in-
dustrial (que sería la razón de un gobierno conservador), o bien
por el deseo de redistribuír la r enta más equitativamente (que
sería la razón de un gobierno capitalista). Para pagar lo que
adeudamos a Norteamérica o a otros países necesitaríamos dinero
contante y sonante, y, por consiguiente, la simpl e eliminación de
esta parte de la deuda nacional sería imposible a no ser por su
recusación lisa y llana, lo cual destruiría nuestro crédito inter-
nacional y nos enredaría probablemente en una guerra de re-
vancha. Pero la parte de la deuda que nos la adeudáramos a nos-
otros mismos podría eliminarse sin disponer de un penique me-
diante un impuesto presentado y determinado como un impuesto
sobre el capital, o mejor dicho como una leva (para indicar que
no iba a ser un impuesto anual, sino por una vez sólo). Consi-
deremos la deuda de guerra como una ilustración de la posibi-
lidad de una eliminación total. Supongamos, para mayor clari-
dad, que lo que el gobierno debe a sus súbditos como deuda na,-
BERNARD SHAW
cional consiste en cien libras que le ha prestado una mujer (lla-
mémosla Ana Marí'a) para la guerra, y que, por supuesto, hace
tiempo que se han gastado y desmenuzado, no dejando tras de
sí otra cosa que la obligación del gobiel'llo de pElgar a Ana María
cinco libras anuales a costa de los impuestos. Imaginemos tam-
bién que sólo hay otro capitalista en el país (llamémosle María
Luisa) cuya propiedad consiste en cien libras de acciones y tierra
que producen una renta anual de cinco libras. Es decir, que Ma-
ría Luisa posee todo el movimiento industrial del país y Ana
María es el único acreedor nacional doméstico (para distinguir-
lo del extranj ero). El ministro de Hacienda señal'a un imp uesto
del ciento por ciento sobre el capital . y le pide sus cien libms a
María Luisa y las suyas a An'a María. Ninguna de las dos puede
pagar cien libms en efectivo con sus cinco libras de renta;
pero Mada Luisa puede tender todas sus escrituras de propie-
dad al gobiel'llo y éste puede transferirse a favor de sí mismo
los títulos ' de Ana María. Despoj adas las dos, tendrán que tra-
bajar para vivir, y todo el sistema industrial del país habrá pa-
sado a manos del gobiel'llo, es decir, que habrá sido naciona-
ljzado.
En esta transacción no hay imposibilidad física, ni venta de _
acciones invalidadas por dinero inexistente, ni oscilaciones de la
tarif'a bancaria, ni otra cosa que simple expropiación. El hecho
de que las dosci entas libras en cuestión sean en realidad miles
de millones y de que haya muchas Anas y muchas Luisas, cada
una de ellas con su complemento de Juanes y Enriques, altera
la magnitud de la transacción, pero no su resultado. La cosa
podría llevarse a cabo. Por otl' a parte, si el trastol'llo creado por
una expropiación súbita y total fuem demasiado .grande, . podría
realizarse ésta en entregas de la magnitud deseada. El impuesto
'
del ciento por ciento sobre el capital podría ser del .cincuenta,
del cinco, del dos y medio por ciento cada diez 'años, o como se
quisiera. Si el ciento por ciento signifioo.ha una catástrofe (como
j
así sería) y el diez por ciento sólo un apuro, en ese caso el go-
bierno podrí'a contentarse con el apuro.
Por medio de esta leva el gobierno podría suprimir el tributo
que hubiera impuesto 'anteriormente para pagar el interés del
empréstito interior y emplear los dividendos de las acciones con-
fiscadas para pagar el interés de nuestra deuda de guerra con
Norteamérica, suprimiendo asimismo la tributación con que aho-
ra ' se paga ese interés. ' Si . fuese un gobierno conservador, las
·suprimiría reduciendo el impuesto sobre loa renta, el superim-
puesto, los derechos de utilidades, los de herencia y otros tri ·
butos sobre ' la propiedad y los grandes negocios. Un gobierno
(\00 nu y EL
deJaría intactos estos impuestos y reduciría lcs : {m TUl es-
tos de las subsistencias o aumentaría sus al fondo
de pll.TO forzoso y sus conce!'iione!'i ti. los municipios P'Cl.i'!t ohras
p¡jblicns o cualquier (lt,l'a cosa que heneficiara al proletariado y
favoreciera a la igualdad de la renta. Así, pues, la levl\. TJodía
utiliz'arse para · enriquecer más al rico 'é,-sí como pan al1mentar
el nivtl del hi enestar general, razón por la cua.l se expliclt cme
!lea tan probahle que lo ponga en nrácticlt un gohierno capitlllis-
ta como uno obrero hasta qu e la deuda interior de guerra quede
liquidarla así, pnrque recus·nda S11ena muy mal) .
La objeción especial a estns levas practicahles es que son in-
cursiones contra la proni edrt d nri V''lnn. hien (Tll('l conversio-
nes ordenlldas y ¡:rradu·ales de ellft en propiedad púhlica. La ob-
jeción a las incursiones es qlle destruVfm la sensflci nn de
rielad que induce a los poseedores de dinero disponible It inver-
tirlo en lugar de guardarlo. La desnlienta el l1horro
ent.re los que pueden permitirse flhfwrar y alienta la prodi!!lIli-
dad irreflexiva. Si tiene ust ed mil lihras que ahorrar y no tiene
la más ligera duda de que invil'f.iéndolas puede l1sted Ilsegll1'arse
una rentl\. futura de cincllenta lil)l'as anuales, sujeta únicamente
al impuer.to sobre la renta, las invertirá usted. Si se ve l1sted
lleV'8.da a pensar que si las invierte el gobierno se las quitará
después en todo o en parte con el pretexto de nna leva para la
redención de la Deuda, prohablemente deducirá usted que lo
mismo le será gastarlas mientras las tiene seguras. Mucho mejor
5ería para el país y para usted que pudiera estar usted se¡rura
de que si el gobierno le quitaha su propiedad se la compraría
a su pl'ecio de mercado, o que si por algún motivo esto fuera
impracticable le compensaría plenamente. Cierto es que, como
hemos visto al tratar de la cuestión de la compensae.ión, este
sistema aparentemente conservador de hacerlo es en realid'ad tan
expropiador como la leva directa, porque el gobierno reúne el di-
nero de la compra o compensación gravando a la propiedad, de
suerte que los propietarios se compran unos a otros y considera-
dos en su totalidad no resultan compensados en absoluto ; pero
la sensación de inseguridad creada por el método de la incur-
sión es desmoralizadora, como la comprenderá usted si lee la des-
cripción que hace Tucídides de la plaga de Atenas, lo cual pue-
de aplic'arse a todas loas plagas, patológicas o financieras. Las
plagas destruyen la sensar.ión de seguridad de la vida: la gente
llega a pensar que puede morirse antes de que termine la sema-
na y prescinde de sus cal'acteres para entregarse al placer del
momento, al igual que l/)s capitalistas derrochan su dinero cuan-
do no lo tienen seguro. Una. incursión sobre la propiedad, en
BERN ARD SHA W
lugar de un impuesto regular anual sobre. la renta, se ·
'8: una plaga en este respecto. Asimismo constituye. un mal..
cedente y establece un hábito .expoliador. Por consiguiente, las
levas para la redención de · la deuda doméstica, aunque física-
mente practicables, son sumamente peligrosas.
LXV
LA SOLUCIÓN DEL PROBLEMA CONSTRUCTIVO
Y
A puede usted pararse a tomar aliento, puesto que al fin '1
' " cOnoce usted no sólo el objeto del socialismo, que con-
, , siste simplemente en la ig'uald'ad de la renta, sino que
también los métodos mediante los cuales puede ser logrado. Sabe !
usted por qué las minas y los bancos deben ser
y ',.é6rrio la expropiación de los propietarios de las minas y los
baneas puede compensarse para evitar toda injusticia pal'a con
los ' individuos y toda debilitación de la sensación de seguridad
que se necesita para impedir la inversión continuad'a del dinero
disponible en forma de capital. Ahora bien; una vez que se tiene
la fórmul a para estas dos nacionalizaciones, una de una indus-
tria material que implica considerable trabajo manual, y la otra
de un servicio dirigido por el trabajo cerebral sedentario, se tiene
una fórmu}a para todas }as nacionalizaciones. Y cuando se tiene
la fórmula para la compensada constitucional de
las minas y los bancos por medio de la tributación, tiene usted
la fórmula pal'a la expropiación de todos los propietarios . Sa-
biendo cómo nacionalizar la industria se sabe cómo coloc'ar al
gobierno en disposición de controlar la renta producida por la
industria. No sólo Ihemos encontrado estas fórmulas, sino que las
hemos visto probadas lo suficiente en nuestl'as instituciones ac-
tuales para no tener y,a duda alguna de que surtirán efecto lo
mismo que lo ha de surtir el presupuesto del año próximo. Por
lo tanto, no es preciso que nos preocupemos más de las deman-
das de lo que la gente llama un pl'ogl'ama constructivo. Aquí lo
tienen ya, y lo que más ha de sorprenderles es que no contiene
una sola novedad. Las dificultades y la novedad no consisten, como
se imagina, en la parte práctica del negocio, que es perfectamen-
te sencilla, sino en su parte metafísica, es decir, en el deseo de
la igualdad, Ya sabemos cómo quitar a los propietarios priva· ,
ARD !HA W
dos loa distribueión de la renta nacional y colocarloa bajo el con-
trol del gobierno. Pero el gobierno puede distribuírla dMigual-
mente si allí le parece bi en. En lugar de destruír la desigualdad
existente puede intensifi carla. Puede mantener una cLase privi-
legi,ada de ociosos con rentas enormes y darles una seguridad
pública para la continuación de estas rentas.
Esta posibilidad es justamente lo que puede adherir, y ha ad-
herido ya hasta cierto punto, a los más decididos adversarios del
socialismo al proyecto de nacionalización, tributación expropiati-
va y toda la maquinaria política constructiva del socialismo, como
medio de redistribuír la renta, siendo la treta de todo ello que la
redistribución a que aspiran éstos no es una distribución equita-
tiva, sino una distribución desigual garantizada por el Estado.
Jobn Bunyan, con extraño aunque profundo discernimiento,
señaló hace mucho tiempo que hay un camino para ir al infierno
aun desde las mismas puertas del cielo; que el camino del cielo
es también, por lo tanto, el camino del infierno, y que el nombre
del personaje que va al infierno siguiendo ese camino es la
rancia. El camino del socialismo pers'eguido ignorantemente, pue-
de conducirnos al capitalismo de Estado. Ambos tienen que se-
guir el mismo camino, y esto es lo que Lenin, menos inspirado que
Bunyan, dejó de ver cuando denunció los métodos fabianos como
capitalismo de Estado. Y lo que es más, el capitalismo de Esta-
do, junto 'a la dictadura capitalista (fascismo), rivalizará por con-
se-guir su aprobación suprimiendo algunas de las más inmundas
de nuestras condiciones actuales: elevando los salarios, redu-
ciendo la modalidad, abriendo las carreras a los talentos y rele-
gando despiadadamente a la ineptitud, antes de sucumbir al fin
y a la postre al tósigo de la desigualdad, contra el cual no puede
resistirse ninguna civilización.
Esto explica por qué, aunque ahora está usted dotada una
respuesta completa para quienes le pidan justamente planes cons-
tructivos socialistas, programas prácticos, sistema parlamentario
constitucional, etc., todavía le faltan muchas páginas para aca-
bar este libro. Todavía tenemos que discutir no sólo el pseudo-
socialismo contra el cual acabo de prevenirla, sino otras cosas
que no puedo omitir sin dejarle más o menos indefensa contra los
alarmistas que, en lugar de mostrarse sensatamente deseosos de
métodos constructivos, están completamente convencidos de que
el mundo puede transformarse de arriba abajo en un día por, un
ruso ennegrecido de corbata roja y una mujer despeinada cop. una
lata de petróleo, con sólo que sean lo bastante Estas
asustada.s. persopas le preguntarán. a qu$ . será (le ·la
GUÍA DEL SOCIALISMO Y EL CAPITALISMO
353
ción, del matrimonio, de los niños, del problema sexual, cuando,
como ellos suponen, el ,socialismo haya derrocado todas nuestras
instituciones substituyendo nuestra actual población de carneros
por una jauría ele perros rabiosos. Indudablemente puede usted
deci rles que se vayan a paseo o hablarles de aquellas cosas que
sean capaces de comprender, pero verá usted que sólo son los casos
extremos de un estado de espíritu muy común. No sólo muchas
de sus más sensatas amigas querrán discutir estas cuestiones re-
lacionadas con el socialismo, sino que usted misma se sentirá
tan deseosa de hacerlo como ellas. Ahora que sabemos exacta-
mente a lo que aspira el socialismo y cómo puede lograrlo, démos-
lo ya por resuelto y preparémonos para la conversación general
sobre esa cuestión.
LXVI
EL FALSO SOCIALISMO
E
L ejemplo de la guerra muestra lo fácil que le es a un go- f
bierno confiscar las rentas de un núcleo de ciudadanos y
entregárselas a otro sin la menor intención de igualar la
distribución o efectuar nacionalización ninguna de las industrias
o los servicos. Si una clase, gremio o camarilla puede conseguir
el dominio del Parlamento, puede emplear su fuerza para despo-
jar a otra clase, gremio o camarilla (para no decir nada de la na-
ción en general), en provecho propio. Tales operaciones se disfra-
zan siempre, por supuesto, como reformas de uno u otro género, o
como exigencias políticas; pero en realidad son intrigas para uti-
lizar el Estado con fines egoístas. No por ello debe combatírselas
por perniciosas: los bribones que persiguen fines interesados tienen
que utilizar las reformas populares como anzuelo par,a obtener vo-
tos pafia las actas parlamentJari!as en las que tienen algún interés.
Además, todas las reformas son lucrativas para alguien. Por ejem-
plo, los caseros de una ciudad pueden ser los más calurosos man-
tenedores de las mejoras callejeras y de todo proyecto público por
hacer la ciudad más atractiva para sus habitantes y para los tu-
ristas, porque esperan cosechar el vlaJor del dinero g-astado en las
mejoras con la elevación de los inquileres. Cuando se 'abr,e un par-
que público, los alquileres de todas las casas que dan a él suben.
Cuando algún bienhechor público crea una gran escuela pública
con el f1n de abaratar la instrucción, encarece sin darse cuenta to-
das las casas particulares colindantes. A la larga, los propietarios
de la. tierra nos sacan en forma de renta el valor de todas las cosas
sin las que no podemos pasarnos. Pero no por ello las mejoras de-
jan de serlo. Nadie destruiría las famosas escuelas de Bedford
porque las rentas son allí más elevadas que en las ciudades que
no poseen tan excepcional ventaja. Cuando Fausto le preguntó a
Mefistófeles qué el'a, éste le repuso que formaba parte de una fuer-
356 BERNARD SlIAW
Z6 que siempre estaba deseando el mal y haciendo siempre el bien,
y aunque nuestros terratenientes y capitalistas no siempre están
deseando el mal y haciendo siempre el bien, sin embargo, el capita-
I
lismo se justifica y fué adoptado como un principio económico so-
bre la base expresa de que facilita motivos egoístas para hacer el
bien y de que los seres humanos no harán nada sino por motivos
1--egoístas. Ahora bien, aunque las cosas mejores ban de hacerse para
mayor gloria de Dios, como dicen algunos, o para el engrandeci-
miento de la vida y el mejoramiento de la humanidad, como dicen
otros, es muy cierto que si usted quiere conseguir que sea sanciona-
da una medida filantrópica por una corporación pública, parlamen-
taria o municipal, encontrará usted más sencillo dar un estímulo
interesado a los tunantes que incitar a los filántropos a hacer otra
cosa que predicarles a éstos. Los tunantes, con cuyo nombre un tan-
to envidioso quizás designo a las personas que no hacen nada que
no les deje algún provecho, son a menudo hombres de acción de
gran competencia, mientras que los habladores idealistas no ha-
cen más que sembrar los vientos para que la siguiente generación
de hombres de acción recoja las tempestades.
Es ya un método establecido del capitalismo pedirle al go-
bierno que ayude a alguna empresa particular sobre la base de
que es de utilidad pública. De este modo se ha hecho algún bien.
Por ejemplo, algunas de nuestras modernas ciudades-jardín no
podrían haber sido construídas si a las compañías que las hicieron
no se les hubiera permi tido por una ley especial pedir prestado al
gobierno una gran. parte de su capital sobre la base de que los
accionistas eran gentes pobres que no detentaban cada una más
de doscientas libras de capital. Pero esta limitación es totalmente
ilusoria, 'Porque aunque las compañías pueden no emitir más de
doscientas libras en acciones por cada individuo, pueden alquilar
y alquilan sumas ilimitadas creando lo que se llama acciones de
empréstito, y la misma persona que no puede permitirse tener
más de dosci.entas libras en acciones, puede tener doscientos mi-
ll ones en acciones de empréstito si la compañía puede emplearlos.
Por consiguiente, estas ciudades-jardín, que son a su modo empre-
sas muy loables, constituyen no obstante la propiedad de los ca-
pitalistas ricos. Como yo mismo conservo una buena parte de es-
tas acciones, me siento tentado a proclamar que sus propietarios
son hombres sobremanera filántropos y patriotas, que han inver-
tido voluntariamente su capital donde más bien puede hacer y
no donde han de producirles más provecho; pero no son inmorta-
les y no tenemos garantía de que sus herederos heredarán su des-
interés. Mi entras 1anto suhsi steel hecho de CJlle han construído sn
GUÍA DEL SOCIALISMO Y EL CAPITALISMO 357
propiedad en gran parte. con dinero público, es decir, con dinero
r eunido imponi endo tributos al resto de la comunidad, y de que
esto no hace a la nación propietaria de la ciudad- jardín y ni si-
qui era accioni sta. El gobierno es simplemente un acreedor que,
una vez saldado, dejará las ciudades en manos de sus propietarios
capitalistas. Los ciudadanos, aunque esperaban comparti r los nue-
vos beneficios de la ciudad, ven que tales beneficios son aplicados
siempre a la ampli ación de la empresa en beneficio de nuevos ca-
pitalistas. Las ciudades-jardín son una enorme mejora sobre las
ci udades fabriles producidas por el esfuerzo particular, sin la
ayuda pública ; pero como no resarcen a sus propietarios mejor
que los tugurios, y ni siquiera tan bien, es muy posible que esta
consideración induzca a los futuros propietarios a suprimir sus
espacios libres y atestarlos de casas. Para garantizar la perma-
nencia de la mejora sería más seguro que el gobierno comprara
sus derechos a los accionistas, .que el que los accionistas le paguen
su deuda al gobiel'l1o, aun cuando también esto fracasaría si el
gobi erno procediera basándose en los principios capitalistas y
vendiendo las ci udades al mejor postor .
. Un desarrollo más discutible de esta explotación del Estado por
el capitalismo y el tradeunionismo es el subsidio de diez millones
de libras que pagó el gobierno a los propietarios de las mi nas en
1925, para evitar una huelga. Los mineros decían que no traba-
jaban si no se les daban tales y cuales salarios. Los patronos jura-
ban que no abrirían sus minas si los obreros no aceptaban me-
nos, y entollces se inició una gran campaña en la Prensa para per-
suadi rnos de que el país se encontraba al borde de la ruina a
causa de los salarios excesivos, cuando en realidad la nación se
encontraba en una situación que en muchos períodos precedentes
hubiera sido calificada de venturosamente próspera. Por último,
el gobierno, para evitar una huelga que hubiera paralizado 'las
pri ncipales industrias del paí s, se vió obligado a sacar de los im-
puestos la diferencia entre los salarios ofrecidos por los patronos
"1 los que pedían los obreros, o de lo contrario a nacionalizar las
minas . Como era un gobierno capitalista, poco dispuesto a nacio-
nali zar nada, se decidió por cubrir los salarios a costa de los im-
p·uestos. Cuando se agotaron los diez millones de libras el proble-
ma volvió a plantearse. El gobierno se negó a renovar el supsi-
dio; los patronos se negaron a seguir el negocio si los mineros
no trabajaban ocho horas en l ugar de siete; y los mineros se ne-
garon a trabajar más o a percibir menos. Entonces se produjo
una. huelga gigantesca en la que los obreros de otras varias indus-
trias tomaron parte al principio por solidaridad
l
hasta que com-
BERNARD SRAW
prendieron que consumiendo los fondos de las Tráde-Unions en la
huelga perdujiooban a los mineros en lugar de ayudarles, y mu-
chas personas respetables, como sucede en tales ocasiones, per-
dieron la cabeza del susto creyendo que el país se encontraba al
borde de la revolución . La excusa que tenían es que, bél'jo el capi-
talismo plenamente desarrollado, la civilización se encuentra siem-
pre al borde de la revolución. Vivimos como en una quinta de las
laderas del Vesubio.
Durante la huelga el contribuyente ya no fué explotado por los
propietarios, sino que lo fué el tributante por los obreros. Un
huelguista no tiene derecho a los auxilios de indigencia; pero su
mujer y sus hijos sí lo tienen. Por consiguiente, un minero ca-
sado y con dos hijos podía contar con recibir una libra a la se-
mana a costa de los tributantes mientras se negaba a trabajar.
Este desarrollo del comunismo parroquial le hiere a fondo al sis-
tema capitalista, que cuenta con la despiadada obligación en que
se encuentra el proletariado de trabajar bajo pena de inanición o
reclusión, en detestables condiciones, en un asilo. Así, pues, ve-
mos que en primer término el gobierno dió el subsidio (los diez
millones) a los propietarios de las minas a costa de los contribu-
yentes, y que después las autoridades locales dieron el subsidio al
proletariado a costa de los tributantes, hallándose el gobierno di-
rigido en su mayor parte por los capitalistas mientras que las
autoridades locales lo estaban por los proletarios.
En los barrios proletarios de Londres fué donde empezaron
los protectores del poblle ra pl'oclramar su derecho .a auxiliar .a to-
das las personas desocupadas, librando así a sus miembros pro-
letarios del «látigo de la inanición» y permitiéndoles resistirse has-
ta obtener los salarios má.s altos que sus industrias pudieran con-
cederles. Los distritos mineros siguieron el ejemplo durante la
huelga carbonífera de i926. Este derecho fué discutido por el go-
bierno, que intentó substituír a las autoridades parroquiales con
la Junta Central de Salud Pública. Esta Junta, auxiliada por los
interventores del Estado, imponía a los protect.ores del pobre el
pago de la parte de los auxilios que le parecía excesiva; pero
como los protectores del pobre no podrían haber pagado el recar-
go aun cuando no hubieran fracasado los pl'ocedimientos legales
seguidos contra ellos, el gobierno se hizo cargo de la administra-
ción de la ley del pobre y decretó leyes para confirmar sus po-
deres para hacerlo. Esto fué esencialmente una tentativa del go-
bierno capitalista central por recobrar el arma del hambre que
las autoridades proletarias locales habían arrebatado de manos
de los propietarios. Pero ya habían pasado los tiempos de las
GUlA DEL SOCIALISMO Y EL CAPITALISII IO
normas de auxilio ultracapi tali stas del siglo XIX, en que, como
bien recuerdo, en las estadísticas de la mortalidad siempre figu-
raba la inanición como causa frecuente. Lq. ínfima escala de auxi-
]jos que el gobierno se aventuró a proponer, hubiera parecido
r uinosamente extravagante y desmoralizadora a los Gradgrinds y
Bounderbys denunciados por Dickensen 1854.
Respecto éL la desmoralización no hubieran andado muy des-
caminados. Si los propietarios de las minas o cualesquiera otros
propietarios ven que cuando tropiezan con dificultades motivadas
por su pereza, su ignorancia, su codicia o su retraso, o todo ello
reunido, pueden inducir al gobierno a confiscar las rentas de los
contribuyentes para darles subsidios que les saquen de sus apu- \
ros, irán de mal en peor. Si los mineros, o cualesquiera otros
obreros, ven que las autoridades locales util izarán las rentas del
municipio para alimentarles cuando están ociosos, su incentivo a
vivir de su trabaj o disminuirá perceptiblemente. Sin embargo,
de hada sirve limitarse a oponerse a estas confiscaciones. Si la '
nación no les arrebata sus industrias a los propietarios particulares
tiene que ayudarles a desenvolverlas, sean o no capaces de hacer-
las remuneradoras. Si los propietarios no pagan los salarios tiene
que hacerlo la nación, pues ésta no puede permitirse que sus ni-
flos anden desnutridos y se debilite su fuerza civi l y militar, aun-
que en los tiempos de la reina Victoria fuera lo bastante necia
para creer que podí a hacerse. Los subsidios y las subvenciones
son desmoralizadores, tanto para los patronos como para los pro-
letarios; pero rechazan el socialismo, que a la gente le parece
peor que la insolvencia depauperada, sabe Dios por qué.
Sin embargo, los gobiernos no tienen por qué mostrarse tan
vergonzosamente ineptos cuando se plantea la cuestión de los suD-
si dios. El hábito de los subsidios fué adquirido por el gobierno
inglés durante la guerra, cuando hubo que sostener a toda. cost.a
a ciertas empresas, fueran lucl'ativas o no, porque sus activida-
des eran indispensables. Esto iba contra todos los principios c a ~
pitalistas; pero en la guerra los principios económicos se arro-
jan POl' la borda al igual que los principios cristianos, y los há-
bitos belicosos no son curados instantáneamente por los armisti-
cios. En 1925, cuando el gobierno se vió obligado a pagar a los
propietarios de las minas diez millones del dinero pagado por el
contribuyente general (por usted y por mí), podría habernos aSir
gurado al menos un interés equivalente en las minas. Podría há-
ber obligado a los propietarios a hipotecar su propiedad a la na-
ción a cambio de los medios para prosegui r el negocio, como hu-
bieran tenido que hacer si hubiesen reunido el dinero según el
360
BERNARD SHAW
sistema comercial ol'dinaril). En cuanto a los mineros, no les al-
canzaba ninguna responsabilidad, porque como ' los propietarios
compraban trabajo en el mercado exactamente igual que com-
praban entibos para las galerías, no había más razón para pe-
dirles a los mineros que se consideraran deudores por el subsidio
que a los proveedores de material. Basándose en todos los princi-
pios del capitalismo, el gobiel'llo debería haberse negado a inter-
venir, dBjando que se hundieran las minas relativamente estéri-
les que no podían pagar el salario tipo por la jornada establecida,
)
o, de lo contrario, debería haber anticipado los millones a modQ
de hipoteca, no sobre la garantía nula de las minas deficientes,
sino sobre la de t,odas las minas, buenas y malas. En tal caso el
interés ele la le hubiera sido a la nación por las
(
minaS buenas, que se hubieran visto obligoadas así a cubrir el dé-
ficit de las malas, y si el interés no hubiera sido pagado el go-
bierno podría haher nacionalizado finalmente las minas mediante
el simple juicio hipotecario en de hacerlo por su compra.
Pero los capitalistas no son fa,vorables en modo alguno a que
se lps apli quen a ellos los principios capitalist.as en sus tratos con
el Estado. Por otra parte, i. por qué los afortunados propietarios
de las minas Rolvenf,ps habríRn de auxiliar a los de las insolven-
tes? 'Si el gobierno der,ide suhvencionar las minRs malas, que se
contente con la garRntía de ell as. La cosa tel'minó en Gue el goo-
bierno r egaló los diez millones a los propi etarios. Estos tenían
que PRsárselos a los mineros en forma de salarios, o cuando me-
nos ésta era la idea, y fué tamhi¡ln, poco más o menos, un hecho.
Pero considérese como un subsidio a los Ob1'81'OS o a los propie-
tarios o a amhos a la par, el héCho es c¡ue el dinero le fué conos-
cado al contribuyente general para entregárselo dadivosamente a
determinadas personas a título de favor.
Las personas que dicen que tales suhsidios son socialistas, bien
para desacreditarlos o para recomendarlos, no dicen más aue ton-
terías. Es como si dii eran qlle las pensiones oerpetuas otorgl1das
por C/1,rlos II a sus hijos ilegítimos er/1,n sociali stas. Los subsidios
constituyen una franca explotRción del contribuvente por el ca-
pitalismo arrlli nado y los proletarios que de él dependen . Los ag-i-
tadol'es socialistas, lejos de apoyar tales subsidios, le dirán a usted
que está pagando una parte de los salari os de los obreros, mi en-
tras los propi etarios de las minas se embolsan todos los benefi-
cios: que si tolera usted E)so tol81'ará cua.lquier cosa: aue está
usted pagando la nacionalización sin lograrl a: oue le están impo-
niendo un gigantesco sistema de protección a los ricos que ade-
más tienen sus rentas, sus dividendos y los subsidios que le dejan
GUÍA DEL SOCIALISMO Y EL CAPITALI SMO 361
11 usted pagar para sus obreros paralizados; que los capitalistas,
después de haberlo saqueado todo-la tierra, el capital y el traba-
jo-saquean ahom el tesoro ; que no contentos con hacerle pagar
impuestos por cada artículo que compra, le gravan ahora por me-
diación del recaudador del gobierno, y que como ellas han de per-
cibir en forma de salarios una parte de lo que le sacan a usted
de este modo, las Trade-Unions tienen buen cuidado de hacer que
el partido laborista apoye los subsidios en el Parlamento.
Mientras tanto oye usted ,denuncias por todas partes contra
este procedp.l', que hace que el recaudador de la Hacienda le des-
poje del dinero que tal vez haya ganado penosamente, cobrándl'le
a veces a razón de veinticuatro chelines por cada libra del im-
porte del alquiler de su casa, para mantener en la ociosidad a
obreros físicamente normales, que acaso se gasten más de lo que
usted puede gastar en su propia casa.
Todo esto, salvando lo que tiene de platafor ma retórica, es per-
fectamente cierto. La tentativa de sostener un sistema caduco por
medio de subsidios, quema la vela por ambos extremos y conduce
derechamente a la bancarrota industrial. Pero si es usted sensata
no desperdiciará sus energías en una indignación rencorosa. Los
capitalistas no intentan robarla conscientemente. Son juguetes de
su propio sistema, el cual comprenden tan poco como lo com-
prendía usted antes ' de Que nos pusiéramos a estudiarlo. Todo lo
que sapen es que el tradeunionismo va