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CU lT U R A

R E F OR M A - Martes 8 de Enero del 2013

Arquitextos

víctor jiménez

Dinosaurios
unca las relaciones entre la arquitectura por una parte, la política y la economía por la otra, han sido sencillas. Nada es generalizable aquí. El auge de una sociedad a veces no produce una arquitectura siquiera interesante. La gran revolución industrial del siglo 19 puso al alcance de los arquitectos materiales, técnicas y programas arquitectónicos que parecían regalos para la creatividad, pero sólo hubo grandes creaciones al margen del mainstream arquitectónico. Las grandes obras de ingeniería aún nos asombran, no así los palacios de estética pompier que llenaron las ciudades de buena parte del mundo. Los arquitectos percibieron esto, pero sólo pudieron responder mucho después. El freno para dar el paso adelante era cultural. Sólo la Primera Guerra en Europa o la Revolución en México, por citar un caso que entendemos bien aquí, echaron abajo ese prestigio de un pasado que, desde la sociedad, frenaba el talento creativo de los arquitectos, que requieren de un financiamiento externo para dar cuerpo

N

a sus ideas. Las sumas involucradas exceden las que debe arriesgar un editor que quiera lanzar a un escritor desconocido, y los pintores no tienen casi limitaciones para producir su obra, aunque pueden tardar años en encontrar compradores. Pero esto no significa que todo se reduce, en arquitectura, a encontrar el patrocinio adecuado. El crack español ejemplifica bien esto, y quizá sea Santiago Calatrava el mejor ejemplo de que todo el dinero del mundo no garantiza calidad. Este arquitecto logró encandilar a políticos de diversos lugares, pero en especial a los de su comunidad natal, Valencia. Ahí levantó una Ciudad de las Artes y las Ciencias a la altura de su megalomanía y la de no pocos próceres locales, como la alcaldesa derechista Rita Barberá. El conjunto de Calatrava recuerda una acumulación de esqueletos de dinosaurio y es tan inútil como éstos. Costó mil 300 millones de euros y la oficina de Calatrava cobró 94 millones por honorarios. Hace unos días, poco después de

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d nota

trasladar su fortuna personal de 31.7 millones de euros y su misma oficina a Suiza, el 10 de diciembre pasado se le nombró “embajador de la Marca España”. Quizá sí represente, después de todo, a la Marca (de lo peor de) España. Un reportaje reciente de la BBC muestra el tour llamado “Ruta de la corrupción y el despilfarro de Valencia”, que tiene como plato fuerte la Ciudad calatraveña. El mantenimiento anual de ésta cuesta decenas de millones de euros, e incluye una réplica del restaurant Manantiales de Xochimilco, de Joaquín Álvarez Ordóñez (suele regateársele el crédito) y Félix Candela. Si el crack español se profundiza, pronto podrían visitarse las ruinas de esta fantasía de nuevos ricos: la obra de Calatrava, pese a intentar deslumbrar con audacias estructurales, es frágil y por todas partes se le rompen pisos, techos en voladizo, etc. Porque sobre todo se trata de un esplendoroso ejemplo de que el dinero y el apoyo político no garantizan por sí solos la calidad del resultado en arquitectura. Es la dulce venganza de los postulados del Movimiento Moderno, que perseguían la economía y la funcionalidad como metas supremas. La arquitectura de Calatrava ha sido calificada por William Curtis, notable historiador y crítico moderno de la arquitectura, como “pornográfica”, quizá porque dilapida superficies, formas inútiles y otras contorsiones sólo para su propio placer, de manera abiertamente onanista. Calatrava no sería el último de los dinosaurios que los paladines del neoliberalismo –ellos prefieren ser llamados “liberales”– empollaron en las artes en general y la arquitectura en particular. Víctor Palacios, en el último número de La Tempestad, se refiere al muy equiparable caso de Renzo Piano, a quien de plano invita al retiro. La lista merece alargarse; nuestras vapuleadas sociedades merecen por lo menos este descanso...

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