Enigmas de las mujeres que hicieron Historia (del libro Enigmas de la Historia Argentina, Sudamericana

)

La revolución francesa proclamó la igualdad política para todos los seres humanos, pero “olvidó” incluir a las mujeres. “Hombre, ¿eres capaz de ser justo? Una mujer te hace esta pregunta”, escribió en el comienzo de un conocido panfleto de 1791 Olimpia de Gauges, autora teatral y escritora, activista revolucionaria, y responsable de la Declaración de los derechos de la Mujer y la Ciudadana.

Olimpia era hija de un carnicero y de una lavandera. Su educación era limitada, pero aún así entró en al historia grande como una de las primeras feministas. Desde su escrito pidió por el derecho femenino al voto, por el acceso a cargos públicos, por educación y acceso a la propiedad privada, derecho al divorcio, y simplemente porque las mujeres pudieran hablar en público. Enfrentada con Robespierre y Marat, cayó presa y fue guillotinada en 1793 durante el terror jacobino. En 1804 el código civil napoleónico negó derechos civiles a las mujeres.

Dos siglos atrás, las mujeres vivían recluidas en lo doméstico. Su papel estaba limitado a ser madres y esposas esforzadas, y no eran aceptadas en terrenos como la política, el periodismo o la literatura. Sólo algunas se animaban a desafiar los cánones de su tiempo o buscaban artilugios para estar presentes en lo público. La condición femenina en el siglo XIX implicaba, desde la base, una inferioridad jurídica: “En ese siglo la mujer sufre un atraso, una

insubordinación notable –explica Dora Barrancos, directora del Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género de la Facultad de Fiolosofía y Letras de la UBA-. Si bien la revolución francesa había mostrado voces interesantes reclamando por los derechos de las mujeres, algo que se expandió en la Ilustración, no hay que olvidar que entre las que terminaron en la horca estuvo Olimpia de Gauges, quien proclamó los derechos femeninos”.

Un siglo hostil

¿Por qué significa el siglo XIX un retroceso? Simplemente porque en momentos históricos anteriores las mujeres fueron mejor tratadas por las leyes, pero desde el Código francés de 1804 volvieron varios casilleros atrás. Hoy nos puede parecer imposible de aceptar que la mujer era consideraba entonces un ser ingobernable, impredecible e inferior biológicamente. El Código Civil de Dalmacio Vélez Sarsfield es, en este sentido, la normativa que cristaliza la desigualdad y la imagen de la mujer como una persona incapaz. El artículo 55 declaraba la incapacidad relativa de la mujer casada y el 57, inciso 4, la ponía bajo la representación del marido. Las mujeres casadas no podían suscribir contratos sin el aval del esposo, y tampoco podían administrar o disponer de sus bienes propios.

Una mujer era lo mismo que un niño o que un discapacitado. La historiadora Mirta Lobato describe así el clima de la época: “En el XIX, la cuestión familiar va a reforzar la idea de minoridad de la mujer, que era dependiente del varón adulto”. Es más, se les negaban ciertos derechos (votar, firmar un contrato,

heredar) porque se las consideraba irracionales, que podían ser presas fácilmente de las pasiones. En cambio, el hombre era considerado un ser racional. El esquema tradicional de aquel momento histórico se traduce así en una división de tareas: la mujer se desempeña en el ámbito privado, y el hombre en el ámbito público, lo que incluía la opinión, el gobierno, el trabajo, todas actividades vedadas a la mujer.

Por supuesto, hubo notables excepciones a este papel secundario de la mujer, de Mariquita Sánchez, influyente desde sus salones, a Encarnación Ezcurra, mujer de Rosas y una de sus espadas políticas. La mujeres de los hombres notables del siglo fundacional argentino se hicieron notar, aunque la atmósfera social no les abriera los brazos. “Uno ve las cartas de Guadalupe Cuenca, la esposa de Mariano Moreno, y se da cuenta de cómo se mete en política para acompañarlo. Lo mismo Carmen Puch de Guemes, quien le dice a su marido que ha mandado dos bomberos que en realidad son dos espías. Ni hablar de Encarnación, la mujer de Rosas, a mi entender la que alcanzó el mayor poder hasta el advenimiento de Eva Perón”, según Lucía Gálvez.

Lectoras, no escritoras

Mariquita Sánchez de Thompson es la anfitriona que conduce la velada en el salón más famoso del Río de la Plata. Fue ella una escritora a la manera antigua, porque desarrolló una escritura para su circulo cerrado (familia, tertulias, salones, amigos), aunque esos ámbitos de sociabilidad terminaban excediendo lo doméstico, al participar de ellos filósofos, escritores, hombres de

la política, científicos, lo que significaba un traslado indirecto de lo íntimo a lo público. Mariquita es una notable escritora de cartas privadas, que resultan una forma de literatura en una época en que la mujer no publicaba. Se escribía nada menos que con Sarmiento, Alberdi, Echeverría, entre otros. “Aquellas mujeres que querían destacarse, o sentían una vocación o tenían un interés por la cosa publica, o por la literatura, tenían que hacer algunas piruetas para poder ser aceptadas o reconocidas. Por eso la escritura íntima –por así llamar a los géneros ligados a lo intimo, la autobiografía, los epistolarios, los diarios íntimos- son un genero bastante transitado por las mujeres durante el siglo XIX”, dice Graciela Batticuore. Es el género que desarrolló magistralmente Mariquita, cuya producción literaria no estaba destinada, en principio, a la publicación.

La mujer leía pero en general no escribía, y menos publicaba. Pero en el aún incipiente campo literario fueron creativas para poder participar: escribían sin firmar, usaban el anonimato, o colocaban seudónimos. La sobrina de Rosas, Eduarda Mansilla de García, por caso, usa un nombre que remite a su identidad verdadera: el de su hijo. Una forma de emancipación femenina, fundamental en el sigo XIX, es la literatura y el periodismo.

Se podía tolerar que una mujer que escribiera en su casa, para la educación de sus hijos, pero no se veía nada bien que saliera con su escritura (y sus ideas) a la opinión pública. Escribir y publicar no eran, como en el presente, parte de un mismo proceso. Publicar era algo para pocos; de hecho, el libro era un objeto casi exclusivamente para grupos ilustrados en el siglo XIX.

A pesar de todo, hay mujeres que se animan a profesionalizarse. Juana Manuela Gorriti nace a comienzos de siglo y muere en 1892; fue una escritora en primer lugar, hija de una familia patricia importante en el norte argentino. Se exilia junto con su familia cuando es muy joven, y se casa con quien va a ser presidente boliviano (Manuel Belzu, de quien luego se separa, para irse a vivir a Perú, donde tiene un largo periodo de residencia). Al final de su vida vuelve a Buenos Aires, donde pasa los últimos 15 años un poco “obligada”, porque es favorecida por una pensión que el Gobierno le da a los descendientes de los héroes de la Independencia. Su padre había actuado contra los ingleses en 1806, contra los españoles desde 1810, fue colaborador de Guemes y varias veces gobernador de Salta. Aunque ahora no resulte tan conocida, Gorriti fue una escritora muy prolífica y bastante popular entre el público latinoamericano del siglo XIX.

En el periodismo también se expresaron las luchas de las mujeres por sus derechos, como ha mostrado en sus investigaciones Lily Sisa de Newton. La Aljaba, cuyo primer número salió el 16 de noviembre de 1830, fue la primera publicación escrita por una mujer para las mujeres. Su responsable fue Petrona Rosende de Sierra, una mujer nacida en Montevideo y defensora del derecho femenino a estudiar. Juana Manso también fue un personaje relevante en el periodismo y, al lado de Sarmiento, en el movimiento a favor de la educación popular. Manso defiende la educación laica y mixta, lo que le trae muchas complicaciones porque en la época primaba la moral cristiana a la hora de educar. Asume el enorme desafío, por invitación de su amigo Sarmiento, de

dirigir una escuela mixta y, en 1865, la dirección de los Anales de la Educación Común. Es además fundadora de uno de los primeros semanarios para mujeres en la Argentina: El Álbum de Señoritas, en 1854, el cual pasa a la historia por ser la primera publicación que se registra bajo el nombre de su redactora y, como propone ella, propietaria. En la primera página, que hoy sería la tapa, se lee “redactora y propietaria: Juana Manso”. Ella firma y compone todo el semanario, y escribe sobre filosofía, educación, leyes, teatro, moda y actualidad. Toda una innovación para la época.

La literatura y la escritura son un vehículo de emancipación de la mujer en el siglo XIX. Las escritoras encuentran formas para insertarse, en el periodismo o en la literatura, y de a poco pasan a ser reconocidas en un medio ambiente masculino y hostil. La política era algo más lejano.

Trabajo y política

La idea de femineidad estaba asociada con la dirección del hogar y el cuidado de los niños; como máximo, la irrupción en lo público podía darse entre las clases altas con la participación en actividades de beneficencia. La posibilidad del trabajo femenino era casi impensable en el siglo XIX, y menos en las clases más humildes.

La ausencia de la mujeres en numerosas actividades durante el siglo XIX es consecuencia del concepto que primaba en la época, el de minoridad de la mujer. ¿No trabajaban las mujeres en ese siglo? Mirta Lobato convoca a

comparar los censos de 1869 y de 1895, que muestran una participación importante de las mujeres en el mercado laboral (en torno al 40%). Si hoy es complicado hacer compatibles hogar y trabajo, imaginen lo difícil que era hacerlo en 1860.

La mayoría de aquellas trabajadoras realizan actividades en el hogar, y están diseminadas en tareas valiosas para lo cotidiano: lavaban para afuera, planchaban, cosían, en el norte fabricaban chicha, había muchísimas hiladoras y tejedoras. Más tarde se fueron integrando a las actividades industriales en las grandes ciudades, sobre todo en Buenos Aires. “Uno tiene que pensar que la industria de la alimentación (la fabricación de dulce, de galletitas, de fideos) tenia una proporción importante de mujeres trabajando”, dice Lobato.

A votar

La gran batalla por la emancipación femenina, según Barrancos, se da entre 1910 y 1920, cuando mujeres activistas ponen el tema en la agenda pública y legislativa. El senador socialista Enrique del Valle Iberlucea propone la completa emancipación civil femenina en 1918, incluyendo el divorcio. Aunque muchas prácticas sociales y culturales se mantuvieron, la condición de minoridad empieza a acabarse recién entrado el siglo XX (con la ley de 1926), cuando se reconocen justamente los derechos civiles de las mujeres y se retira la tutela del marido para el ejercicio de profesiones, trabajos, y actividades económicas. Desde mucho antes hubo mujeres que lucharon contra esta

lógica discriminatoria de concebir las relaciones sociales, siendo un caso interesante el del movimiento a favor del sufragio femenino.

El 9 de setiembre de 1947 el Congreso nacional aprueba la ley de voto femenino, impulsada especialmente por Eva Perón. Tarde respecto de países como Brasil o Uruguay, el sufragio llega a las mujeres como resultado de una larga lucha que había empezado a fines del siglo XIX. No debe olvidarse el trabajo del Centro Feminista fundado en 1905 por Elvira Rawson de Dellepiane, la Comisión pro sufragio femenino de 1907, la Unión feminista nacional impulsada por Alicia Moreau de Justo o el Partido Feminista Nacional fundado en 1919 por Julieta Lanteri, el cual organizó un simulacro de votación femenina el 7 de marzo de 1920 (pusieron mesas, urnas y sufragaron más de 4000 mujeres, con el objetivo de crear conciencia en la opinión pública).

Para los conservadores de las primeras décadas del siglo XX el voto femenino representaba una injerencia en los derechos privados masculinos y una forma de alterar el orden familiar. Se objetaba a la mujer como votante porque se la consideraba sensible y emocional y, por tanto, no capacitada para ejercer el derecho a votar. Por otra parte, se temía que el sufragio femenino pusiera en riesgo la supuesta armonía del hogar.

No es que faltaron mujeres luchadoras ni proyectos de ley antes de la innovación peronista. Silvana Palermo, historiadora de la Universidad Nacional de General Sarmiento, nos recuerda “que durante la primera presidencia radical se presentan seis proyectos a favor del sufragio femenino, y algunos le

daban a la mujer igualdad política con el hombre”. La mayoría admitían el voto sólo de las mujeres alfabetas, o de las que tuvieran título universitario, pero el proyecto que fue más lejos resulto ser el del senador socialista Mario Bravo, que promovía la igualdad plena entre hombre y mujer, considerando inconstitucional que no se las dejara votar a las mujeres. En la pacata década del ´30, este proyecto avanzó en Diputados pero se trabó en el Senado. No estaba lista aún la Argentina para permitirse una audacia de ese calibre.

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