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gregorio sánchez gómez

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la bruja de las minas gregorio sánchez gómez tomo I biblioteca de literatura afrocolombiana ministerio de cultura i .

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sin autorización previa y expresa del editor o titular.?? ?? -? ?. impresión Impreso en Colombia Printed in Colombia Reservados todos los derechos.? isbn 978-???-????-?? -? José Antonio Carbonell Blanco dirección e dit or ia l Gustavo Mauricio García Arenas coordina ción ed it or ia l Emperatriz Arango Blanquiceth gestión y comun ic ac ió n Camila Cesarino Costa concepto gráf ic o y di se ño Guillermo Zea Fernández asesoría jurídi ca Nombre Imprenta S. Colcultura. © 2010. Carlos Arturo Truque isbn colección -?? ?. o tecnología. Ministerio de Cultura © 2010.La bruja de las minas primera edición Biblioteca del Darién. Prohibida su reproducción total o parcial por cualquier medio. . 1993.A.

colombia www.gov..c.co lecci ón de literatura a fro co lombiana c om i t é e d i t o r i a l mi n i s t e r i o de c ultura r e p ú b l i c a de c olo mbia roberto burgos cantor ariel castillo mier darío Henao restrepo alfonso múnera cavadía alfredo Vanín romero paula marcela moreno Zapata ministra de c u ltu ra maría claudia lópez sorzano Viceminis t ra de c u ltu ra enzo rafael ariza ayala s ecretar io ge ne ra l clarisa ruiz correal d irector a de arte s melba escobar de nogales c oordin adora área de lit e rat ur a Viviana gamboa rodríguez c oordin adora proyect o bibli ot ec a de literatura af ro co lo mb ia na apoyan dirección de poblaciones biblioteca nacional de colombia ministerio de cultura carrera 8 nº 8-09 línea gratuita 01 8000 913079 (571) 3424100 extensión 2404 bogotá d.co .mincultura.

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índice prólogo J a i r o H e n ry A r r oyo R e i n a 9 la bruja de las minas 31 .

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escrita en 1938. de los cuales ocho fueron novelas. Gregorio Sánchez logró que Virgilio 9 .U n i ve r s i d a d d e l Va l l e y m i e m b r o d e l g r u p o d e i n v e s t i g a c i ó n N u e v o P e n s a m i e nto A d m i n i s tr at i v o Gregorio Sánchez Gómez escribió aproximadamente veinte libros. dieciséis de ellos publicados en vida.prólogo J a i r o H e n r y A r r oyo R e i n a H i s to r i a d o r D o c e nte . Después de trasegar por editores y editoriales de la capital —algunos de ellos librepensadores y liberales como Luis Enrique Osorio. Este libro de xx capítulos estaba provisto de un índice de obras publicadas y de obras por publicar. y contenía opiniones sobre el autor por parte de críticos como el ecuatoriano Nicolás Jiménez y el chileno Mariano Latorre. La bruja de las minas fue la décimocuarta novela de su vida. liberales y conservadores —como Relator y Correo del Cauca—. once de ellos en la ciudad de Cali. Juan Casis y Arturo Zapata— y de publicar sus libros en los linotipos de los periódicos locales.

El burgo de don Sebastián. Información no muy precisa sugiere que Sánchez llegó a la zona en calidad de ingeniero de minas. al igual que las razones que puedan explicar por qué la obra. un abogado de profesión. publicara varias de sus obras. es decir. La novela puede dividirse en dos partes. Estos hechos continúan siendo investigados. que transcurre en los tres primeros capítulos. 10 Jairo Henry Arroyo Reina . haciendo cumplir la ley. a la población minera de Marmato. fue dada a conocer al público por sus hermanos cinco años después de la muerte del escritor. editor del periódico El liberal de Cali.González R. nos presenta el Marmato de antes. cuando otros libros escritos en la misma coyuntura salieron a la luz pública. A pesar de que la novela apareció anunciada desde 1940 en otro de los grandes libros de Gregorio Sánchez. El hombre en la hamaca: divagaciones de un ocioso. aprovechando que era el mayor accionista en la primera editorial moderna que tuvo esta ciudad en toda su historia: Editorial América. uno de los personajes. como Florencio Botero. La bruja de las minas hizo parte de una serie de novelas. solo pudo publicarse siete años después. en 1947. Termina con la llegada de un destacamento del ejército oficial al mando del general Mandíbulas que. un distrito minero ocupado por una serie de pequeños y medianos propietarios de minas. Sociología política colombiana. Casada y sin marido. En esta acción muere Florencio Botero pues un soldado le propina un disparo en presencia de su mujer Cecilia Barbosa y de su hija Donatila. La primera. desaloja a los propietarios mineros. publicadas por Editorial América entre 1930 y 1940: El Gavilán. otros sugieren que fue su nombramiento como director del periódico El impulso de Riosucio lo que generó su traslado al departamento de Caldas. Todavía son desconocidas las razones que llevaron a Gregorio Sánchez. escrita a finales de los años treinta y anunciada en 1940..

Un año antes de la ocupación. era arrendatario de una gran variedad de minas de Supía y Marmato. El texto se construye a partir de hechos de la vida cotidiana: el día sábado en el caserío. con la complicidad de los funcionarios más prestantes del Estado colombiano haciendo uso de la fuerza y la violencia. sin lugar a dudas. fue una posesión violenta con la que pretendía toda la región aurífera de Supía y Marmato. Sindicate Limited (negocio que le permitió a Vásquez Cobo asegurar unos honorarios importantes). el domingo. En la segunda parte. W. un contador. al igual que un ingeniero. Lo que aparece en la novela como «la concesión» no fue otra cosa que la apropiación de los recursos mineros nacionales por parte de empresas transnacionales.Este pasaje de la novela. el ministro Vásquez había hecho traspaso de su contrato por veinte años a The C. en 1905. día de prólogo 11 . un abogado. ministro de Relaciones Exteriores en el gobierno de Rafael Reyes y. como afirma Otto Morales Benítez en su escrito «Acercándonos a la grandeza provinciana de Marmato en la perspectiva histórica nacional». Alfredo Vásquez había obtenido estos privilegios como reconocimiento oficial a su abnegada participación en la Guerra de los Mil días. es decir. quienes juegan un papel protagónico en la novela. el administrador y el médico. la empresa inglesa —única propietaria de las minas y la que está en libertad de explotar el oro a través de la tecnología de los molinos— tiene todo el protagonismo: sus propietarios y los rasgos de una gran masa de trabajadores en los socavones son descritos en cada uno de los capítulos. Recordemos que Eduardo Vásquez era uno de los hermanos de Alfredo Vásquez Cobo. del cuarto capítulo en adelante. hace alusión a uno de los hechos más importantes en la historia de Marmato: la ocupación llevada a cabo por Eduardo Vásquez Cobo en 1906 que. lo que es más importante.

una niña en medio del peligro. nos devuelve al inicio: la muerte de ambos personajes —Florencio Botero y Aspasia (Cecilia Barbosa)—. el jolgorio de los negros y mulatos. o que un historiador pudiera haber construido un relato acudiendo a las identidades socioculturales y a las relaciones sociales del entorno. lo que es más importante. se duele de la muerte de su perro. el derrumbe y la muerte en las minas. o que un antropólogo hubiera podido dar cuenta cabal de los rituales y de todas las expresiones simbólicas del conflicto. antes de morir. del molino Santa Mónica. el molino Las Vueltas y La Pintada. particularmente. La obra termina cuando Aspasia muere quemada en un incendio que ella provocó para evitar que la pusieran presa por raptar a la niña Mary. la contradicción de los intereses de la empresa minera y el mundo de los trabajadores en los socavones. Al describir los caseríos de San Juan. Gregorio Sánchez logra darnos a conocer el mapa sociocultural de las minas y describir de manera perfecta los rituales magicoreligiosos de la población negra y mestiza que trabajaba en las minas. a ciertos elementos ficcionales provenientes de la cultura africana y mestiza de Marmato. Aguadas y Pácora. 12 Jairo Henry Arroyo Reina . Dudo mucho que un sociólogo profesional hubiera podido reconstruir el mapa social haciendo trabajo de campo en una mina. entre otros. el final de la novela.mercado. las condiciones socioeconómicas de los peones y el despojo de las tierras a que eran sometidos. la violencia y la destrucción. el menosprecio por los gitanos y el conflicto de celos entre las mujeres que se disputan un varón. Marmato. Gregorio Sánchez lo logra al apelar a los recursos narrativos propios de la literatura. Salamina. y pone a salvo a la niña. y. Tigre. Así.

En tres de sus novelas anteriores. La envidia de los dioses y La Flor del tabaco (todas escritas en 1924). que empleaba una cuadrilla de cuarenta esclavizados negros en la explotación de las minas de este territorio. y Cali como el lugar donde se escribe y se publica el libro. había apelado a los diferentes aportes de la cultura oral negra para dar cuenta de la realidad social y sentimental de las poblaciones chocoanas. Desde la época colonial. pues nació en Istmina. Los expertos afirman que desde el siglo xvi se explotaban minas de filón en el cerro de la población. con lo cual el territorio se integra al eje minero colonial. que describió en La bruja de las minas. para 1801 la región contaba con un número cercano a los quinientos esclavizados. Si bien es cierto que los habitantes nativos del territorio fueron los indios cartama. una zona minera. desde el siglo xvii existen registrados personajes como el capitán Jacinto Arboleda. Por lo tanto. en 1835 San Juan de Marmato integraba el «cantón caucano de Supía» con los prólogo 13 . conformado por Anserma. al que luego se articularía Santa Fe de Antioquia.I s t m i n a . En este sentido es importante que reconozcamos las relaciones históricas y socioeconómicas que el libro parece establecer a partir de las tres poblaciones: Istmina. La Piedad del mar. M a r m at o y C a l i : l a c o n s t r u c c i ó n geogr áfic a y simbólic a de L a bruja de l as minas Las expresiones de la cultura negra no eran nuevas en Gregorio Sánchez. Al igual que las zonas occidentales de Caldas. lugar de residencia del autor y su familia. no debe parecernos extraña la sensibilidad profunda de Sánchez. Después de la Independencia. con la complicidad de los diferentes gobiernos de turno. Arma y Supía. Marmato. su población fue explotada por compañías transnacionales americanas. Marmato hizo parte de la Unidad politicoadministrativa de la Gobernación de Popayán.

Su padre.territorios de Quiebralomo y Supía. el Estado cedió sus territorios mineros en calidad de arrendamiento por veinte años a la empresa Goldschmith & Co. quizás el distrito más importante que tenía el Cauca en materia minera. Para 1857. para compensar los apoyos de los ingleses a la causa independentista. particularmente. Otro de los personajes que llegó a Marmato en la segunda mitad del siglo xix fue don Jorge Ricardo Isaacs. Boussingault y Moore. En medio del descontento de los conservadores y de cierto sector de la Iglesia por la presencia de este secretario de Instrucción Pública —cargo que detentaba Jorge Isaacs al ser nombrado por su primo César Conto. presidente del Gran Cauca— llamó la atención de los habitantes de esta población minera. Reinhold Paschke. Edward Walter. De ahí en adelante las correrías y aventuras empresariales y políticas de los Isaacs-Ferrer empezaron a conectar la frontera minera del Chocó con la región plana del valle geográfico del río Cauca.. 14 Jairo Henry Arroyo Reina . de Londres. Marmato fue constantemente visitada por personajes como el profesor de química y mineralogía Jean Baptiste Diudonne Boussingault y el ingeniero Stewart Moore. Palmira y Cerrito. Además de haber hecho parte de los grandes acontecimientos de la vida republicana de la nación. Pero desde 1823. al igual que James Tyrell. 2007). Jorge Enrique. este contrato fue renovado continuamente hasta 1905. había llegado de Jamaica en busca de oro a otra de las regiones mineras del Cauca y el Chocó. Ramón de Greiff y Carlos Johnson Wood aportaron su experiencia minera adquirida en Alemania y sus conocimientos científicos y tecnológicos al desarrollo minero de esta zona del país (Ramos. Jorge Ricardo se dirigió a conocer a San Juan de Marmato. Cerca de medio siglo después de la llegada de su padre. Edward Nisser. San Juan de Marmato pasó a ser considerado distrito minero del Estado del Gran Cauca. la zona de Cali.

los intereses del presidente Reyes y la continuidad de las empresas mineras trasnacionales tuvieron un solo nombre: oro. Para 1910 se crea el departamento de Caldas. fundada por Juan Nepomuceno Mosquera (1834) —inicialmente reconocida como Partido del Cantón de San Pablo—. Los ricos hacendados. junto con el Atrato. y el distrito minero de Marmato pasa del gobierno de Popayán a la tutela de una nueva administración política en medio de la corrupción. se convirtieron en asiento de esclavizados. haciendas. La bruja de las minas. Las disputas de los Vásquez Cobo por los territorios mineros. hizo parte de la Provincia de San Juan. prólogo 15 . una de las fronteras mineras que. mineros y comerciantes que poco a poco se instalaron en un sinnúmero de caseríos y le dieron forma a una incipiente vida comercial al calor de la explotación aurífera. mineros y comerciantes de Cali llegaron a ser propietarios de minas tanto en esta frontera como en El Raposo. el desalojo. es decir. Pero tampoco sobra decir que el hecho de haber nacido en el Chocó generó una serie de coincidencias y de procesos que con el tiempo se convirtieron en verdaderos antecedentes e insumos para la escritura de su novela.Las primeras décadas del siglo xx continuaron marcadas por las problemáticas de orden nacional. Fue de esta forma como se empezaron a definir los lazos que desde temprano articularon a Santiago de Cali con estas regiones mineras del Pacífico. para complacer la creciente demanda de alimentos por parte de los yacimientos mineros. Istmina. la violencia y el movimiento de sectores importantes de la población que intentaban resistir y defender sus intereses. Creo que estos hechos fueron suficientes para llamar la atención de un escritor como Gregorio Sánchez. con Manizales como capital. En el siglo xviii lograron estructurar unidades de producción.

Es en este ambiente de explotación del oro —a través del mazamorreo— y de intensa actividad comercial para proveer la creciente demanda de los diferentes distritos mineros donde nace Gregorio Sánchez. por lo cual Istmina pasa a ser reconocida como municipio y deja de ser llamada San Pablo. Neguá y Bebará pertenecían al municipio del Atrato. Bagadó. el distrito de San Pablo (municipio de San Juan) hacía parte de la Unidad politicoadministrativa del Gran Cauca. San Pablo era reconocido. la provincia de San Juan estuvo inicialmente bajo la tutela de la Gobernación de Popayán y. Ltda. Timbiquí Gold Mines.Al igual que Marmato. entre ellos Manizales y el Valle del Cauca. Sipí y Cajón como uno de los principales pueblos productores de oro del municipio de San Juan. simultáneamente con Novita. con Quibdó como capital. De igual forma. Tadó. Hacia 1884. y el Chocó pasa a ser una simple intendencia bajo la administración nacional. A inicios del siglo xx Istmina aparece como municipio y capital de la provincia de San Juan. La Compañía Minera Chocó Pacífico constituyó una clara expresión de esta realidad desde finales del siglo xix —como bien lo enseña el investigador Aquiles Escalante— al igual que The Nem.. a comienzos de siglo xx. Condoto. Los otros pueblos como Quibdó. dos años después. para el siglo xix. En 1908 la presidencia de Rafael Reyes crea el departamento del Chocó. la nación crea diez departamentos. Un destacado parlamentario liberal como Sofonías Yacup realizó ingentes 16 Jairo Henry Arroyo Reina . Lloró. padre de nuestro escritor Gregorio Sánchez Gómez. los distritos mineros de las diferentes zonas del Pacífico caucano vieron entrar las dragas extranjeras y apropiarse de los recursos mineros con la anuencia de la clase dirigente nacional y regional. como las empresas mineras inglesas y norteamericanas establecieron sus intereses estratégicos en el territorio de Marmato. Pero.

las diversas actividades de estos pueblos no abandonaron las tradicionales relaciones y articulaciones espaciales. llevados por las minas de carbón hacia Cali. que una y otra vez en su tránsito legitimaron la hermandad entre estas dos regiones del territorio nacional. Colombianos como Gregorio Sánchez nacieron hacia finales del siglo xix en caseríos. el petróleo. distritos y poblados que para la segunda década del siglo xx se convertirían en nuevas unidades politicoadministrativas como los departamentos del Valle del Cauca y Caldas. Detrás de los Isaacs-Ferrer y los SánchezGómez prosiguieron las oleadas de nativos del Pacífico. el banano y los préstamos directos también fueron objeto de las ambiciones del capital norteamericano. capital del departamento del Valle del Cauca para 1910. Fue así como Santiago de Cali. Pero esta realidad era solamente expresión de un contexto mucho más complejo. funden y pueblen en la zona de ladera uno de los más populosos barrios de Cali. continuó siendo el espacio de recepción de las personas nacidas en el Pacífico o en tránsito hacia él. Entre finales del siglo xix y las primeras décadas del siglo xx la penetración del capital trasnacional no solo expresó su interés en la riqueza aurífera nacional —como bien lo documenta el profesor Fred J.esfuerzos y encabezó un movimiento en contra de las trasnacionales que explotaban los recursos auríferos de su tierra natal. Rippy— sino que después de la pérdida de Panamá. prólogo 17 . En su libro Litoral recóndito —libro poco leído y citado— dejó descritos los pormenores de todo lo que hizo para defender los intereses nacionales. Aunque el Estado reorganizó su geopolítica. Es curioso observar que a mediados del siglo xx una oleada migratoria de marmateños. Siloé —dada la temprana influencia de Santa Fe de Antioquia y Medellín sobre Marmato—.

como Gregorio Sánchez llama a los propietarios de la compañía y el capital. son algunos de los temas representados por Gregorio Sánchez en esta obra. la sensibilidad especial que tuvo siempre para representar los sentimientos y la cultura. el mapa social de las minas y el destino. tiempo antes del «Bogotazo». Del otro están los peones. John Morris. los aspectos sociales de los caseríos. el despojo y los asesinatos. De hecho. El trabajo en las minas. la violencia social colombiana y los valores decadentes fueron temas predilectos de Sánchez en su obra. los conflictos. el color de la piel. las cuadrillas de mineros y las brigadas obreras. En este sentido. el contador y el médico—. representados en personajes como míster Stanley. el cuerpo. la violencia y. Henry Lawrence y Peter Simon. Pero lo que más emociona es la forma como quedó concebido el conflicto social en la novela: de un lado están «los gringos» —el administrador. sus novelas de amor —y casi siempre definidas en torno al destino trágico— pusieron al descubierto las temáticas más vedadas para la sociedad de esa época. en general. encontramos en La bruja de las minas no solo la explotación y el saqueo de los recursos mineros naturales por empresas transnacionales americanas. el asesinato y. sino también la explotación. representadas en personajes populares y 18 Jairo Henry Arroyo Reina . las expresiones orales negras y populares. particularmente. la violencia de la década de los años treinta. Su mirada sociológica.L a moderniz ación y l a modernida d cult ur a l en l a novelístic a de Gregorio Sánchez Para aquellos que hemos sido educados en la creencia de que la violencia colombiana fue una confrontación de partidos políticos iniciada con la muerte de Jorge Eliécer Gaitán. y su coherencia para dar cuenta de los conflictos sociales (temas que ya se habían asumido en otras de sus obras) quedaron magistralmente plasmadas en esta novela. la pobreza.

logran poner en evidencia las lógicas del poder. frecuentemente invisibilizados por el poder— es la forma como logra individualizar. las relaciones de subordinación y de lucha de clases no solamente definen la situación de los personajes en la novela: las pasiones. Zacarías Euse. Quizás uno de los aspectos claves a considerar en el esfuerzo que se le reconoce a Gregorio Sánchez de hacer una sociología de un país como Colombia —al poner a la luz personajes cotidianos. Roque Montoya. En este sentido. los amores y las traiciones también logran definirlos. Serafina —la Tolimense—. Gutiérrez. Cecilia Barbosa. la desnudez y el movimiento del cuerpo son recursos que. Jacinta. del otro) aparecen las múltiples manifestaciones del conflicto que estallan en los límites y las fronteras sociales. el alcalde Pioquinto y el general Mandíbulas. populares y anónimos.cotidianos como Sabina Pérez —la cocinera—. además de darle fuerza al relato. y «el mundo de Aspasia». tensiones e intereses. Joel Agudelo. el orden social y la violencia. Es decir. las venganzas. Petra Cañizo. en las resistencias. En este espacio social (que uno puede simplificar llamándolo «el mundo de la Compañía». Donatila. Felisa Barco. en las identidades individuales y de grupo. Pero en cada uno de estos grupos sociales donde se expresan las relaciones de subordinación y la lucha también se presentan conflictos. la muerte. la Pascuala. Florencio Botero. Engracia Buriticá. de un lado. prólogo 19 . en los sentimientos de los personajes. Aspasia. la cortada en la cara que la Lola le propina a Engracia puede ser un buen ejemplo de ello. además de las descripciones y juicios de valor particulares del narrador. objetivar y construir identidades y percepciones diferenciadas en el espacio social. la participación de las mujeres. en las disposiciones mentales y. en especial. la mediación étnica africana popular y sus múltiples imágenes.

inconsciente ya. creen más en «la bruja de las minas» para solucionar sus dolencias y problemas de amor que en el médico que les ofrece la empresa. gira la vesánica turba. Este contraste también queda plasmado con los esfuerzos inútiles de un médico como míster Stanley que lucha por medicar los cuerpos y aplicar sus conocimientos para dar cuenta de la enfermedad de los sectores populares negros y mestizos. levantando en cambio. brujería y hechicería en un mundo donde la religión católica no hace presencia. verdaderamente desnudos. empujada por el vaivén de la danza desenfrenada. una felicidad orgánica. porque lo están del cuerpo y del alma. los brebajes y las brujerías. Una dicha animal. como río negro y crecido. ebria. el depósito de cianuro y ciertas prácticas disciplinarias sobre empleados y trabajadores le dan a la empresa minera un aire de organización moderna que contrasta con la vida miserable de cientos de mineros que laboran en los socavones. la corrupción. Brebajes. echan afuera los instintos. salvaje y primaria. el sedimento oscuro de la bestialidad agazapada. con ciertas prácticas laborales de la empresa. del vivir. y están allí. Perdieron la noción de todo: del tiempo. En uno de sus apartes nos dice: A sus lados. de sí mismos. la oficina de ensayo.El trabajo de diferentes profesionales. solamente las vírgenes son nombradas de vez en cuando. Pero es quizás en el capítulo xxv que nuestro autor logra dar cuenta de los contrastes de la presunta vida moderna que trajo la compañía minera a estas tierras. del fondo. el uso de tecnologías como los molinos para la explotación minera. la violencia y la muerte. porque los alcoholes disolvieron la máscara del pudor. Es decir. que ninguna ley contiene o limita. como el sistema de pagos con bonos. en torno. 20 Jairo Henry Arroyo Reina . mientras estos los resisten y rechazan porque creen en los hechizos. En el paroxismo se han arrancado todos las ropas.

terminada la fiesta el distrito minero vuelve a sumirse en el desconcierto y la muerte. para luego ser acuchillados por un anciano en medio de la noche. Estas prácticas culturales de la población —articuladas al modelo de explotación moderno impuesto por la empresa minera transnacional— se vuelven dinámicas cuando Gregorio Sánchez logra ponerlas en un contexto más amplio. De igual forma. que satanizan ceremonias cuando utilizan machos cabríos «en cuyos cuernos retorcidos se enredan cintas rojas y flores». atrapados por un derrumbe en las minas. los pasos del currulao y los desenfrenos del cuerpo desnudo contrastan con las racionalidades dominantes que han logrado definir el tiempo y disciplinar el cuerpo desde el punto de vista de la productividad. expresiones culturales que permiten a las personas —como lo podemos ver en el caso de la Pascuala— pasar de un universo a otro. disiente de aquellos modelos culturales religiosos que prohíben al cuerpo todo tipo de expresiones y movimientos.El ritmo del tiempo y la vida son definidos por la marimba y el tambor. Igualmente. Simón Latino. Da la impresión de que los habitantes de Marmato no pudieran salir de su propio destino y estuvieran condenados a una vida en círculo donde vida y muerte parecen ser dos extremos irremediables y cotidianos. pasar de una vida otra. Rafael María Rodríguez. ser como cualquier especie anfibia sin alterar su condición. La participación de Gregorio en la colección La novela semanal logró acercarlo a un canon de escritores y escritoras colombianos como Emilio Cuervo Márquez. prólogo 21 . pasar del lado de sus amigos a la ceremonia y de la ceremonia a los amigos—. Los episodios de la ceremonia de cuerpos desenfrenados bailando currulao al son de la marimba y el tambor habían sido precedidos en el capítulo anterior por las aterradoras escenas de los cuerpos de los mineros muertos.

Aproximadamente diez años después de la publicación del libro. Cruz Alba. pero estilo de narrador. José María Rivas Groot. la opinión de un reconocido intelectual de la época. quedó expresada en los siguientes términos: Sánchez Gómez tiene el arte del novelista no solo en la concepción de sus obras. También apelaron al reconocimiento del académico español Ángel Dotor Municio. así como de reconocidos intelectuales extranjeros.Bernardo Arias Trujillo. Los editores del libro aprovecharon las solapas del mismo para dar a conocer diferentes opiniones sobre nuestro autor por parte de escritores ya mencionados. y que recientemente contó con el malogrado José Eustasio Rivera. no de poeta en prosa. Por ejemplo. 22 Jairo Henry Arroyo Reina . Uva Jaramillo. José Asunción Silva. quien logra exaltar las virtudes de Sánchez en contexto con las figuras de Jorge Isaacs y José Eustasio Rivera. los editores compilaron un conjunto de opiniones de reconocidos escritores y periodistas. vigoroso y pintoresco. sino en la manera de introducir sus personajes y de presentar sus episodios. que otrora produjo un Isaacs. cuya labor denota rotundamente el medio en que se ha producido y la alta ley intelectual de su autor. Y en el estilo sencillo. narrador consustantivo con su espíritu vernáculo como pocos. el escritor Antonio Gómez Restrepo. tiene hoy en Sánchez Gómez el gran narrador sincrético. entre otros. El crítico español sostuvo que: Colombia. José Eustasio Rivera y León de Greiff. autor de numerosos libros. poético cuando se ofrece. tanto nacionales como locales y extranjeros. otro gran plasmador del alma de las selvas inmensas.

. como pintor verídico y fuerte de costumbres. la de gentes que viven al natural. realmente. En Relator. dura. de un erguido ánimo. ladrones. Cronista colombiano.sobre la obra de Gregorio Sánchez (Sánchez Gómez. E. asesinos. explotaciones y luchas. suelto y ágil. no muñecos salidos de la imaginación del autor. Llena la novela de un sentido de lucha. con la descripción magistral del paisaje duro y quebrado de la región minera caldense. que poco a poco va cautivando el interés del lector. doloroso. castizo y fluido. sino vida más cruda. En todo el libro hay vida. tremendo. una diatriba de la violencia. pero no de la burguesa. Una segunda opinión aparece en los siguientes términos: La bruja de las minas está escrita en estilo vibrante. Ella prólogo 23 . «José Gers» (José Gerardo Ramírez Serna). Justicias e injusticias. Es obvio que esta nueva novela de Sánchez Gómez no va a gustar a todos. bien puede ocurrir que ella no esté destinada a la masa por ser. mientras le embebe los ojos. 1958). De La bruja de las minas conceptuaron de la siguiente manera: La bruja de las minas es relato de minería. intrigantes. tal vez de orientación política que apenas se insinúa. Es una especie de Efe Gómez vallecaucano. por amor o por dolor. lo que sufren seres de carne y hueso. en la colada reciedumbre del estilo y en los agudos atisbos sicológicos. dibujándoselo. trabajadores que cambian a veces el jornal por licor. de Cali. En esta obra se hallan las mejores virtudes de Sánchez Gómez como narrador. la que palpita falsificada bajo trajes de etiqueta. pero de sólido fondo trágico. por donde cruzan vidas de hombres desalmados. con la pintura realista de personajes dignos del medio y con el aporte del espíritu novelesco esencial a toda obra de tal índole.

No hay en este libro mistificaciones sicológicas. En Suplemento Literario de El Tiempo. Va hacia la cima de la existencia. Sánchez Gómez es fiel intérprete de la realidad circundante. Periodista colombiano. «J E Q» (Jesús Elías Quijano). en el Chocó. Ni los simulacros de autoridades que desempeñan el papel de sirvientes a sueldo del imperialismo. que no por largas y duraderas dejan de ser transitorias. aparecen en escena los eternos protagonistas de nuestras minas. igualmente. con mengua del sentimiento nacionalista. No faltan allí los agentes de los capitales extranjeros que con el acerado ritmo de las máquinas extraen el rubio metal de las entrañas oscuras de la tierra. donde. en cansancio y fiebre para los músculos de ébano. el enunciado propone el diálogo de la novela con otros autores y otras obras: La desvertebrada y abrupta geografía de Marmato sirve de fondo a la nueva narración de Sánchez Gómez. como en un film profundamente humano. Ni el dolor sin nombre de la negredumbre [sic] irredenta que se ahoga y se asfixia en los antros dantescos. La bruja de las minas.no resuelve cuestiones políticas. Ni los días caliginosos de enervante faena que se traducen en cheques para los capataces. Se los encuentra en Marmato. Tampoco faltan las noches de jolgorio. Una tercera opinión no deja de percibir en la obra aspectos claves que son registrados en el orden de la denuncia política. e. en Barbacoas. estremecidas de vértigos sensuales y acompasadas de currulaos y de cumbias. Va a estratos más hondos de la personalidad humana y de la lucha por la vida. Sus personajes son de carne y hueso. Alientan en él 24 Jairo Henry Arroyo Reina . de Bogotá . en cálculos y alegrías para los aventureros. En su obra hay capítulos que recuerdan la garra de acero de Arias Trujillo en los mejores párrafos de Risaralda.

cuando desempeñaba el cargo de bibliotecario en la Biblioteca Municipal de Cali. de José Antonio Osorio Lizarazo. del médico César Uribe Piedrahita. La cosecha (1935). de haber ejercido cargos estatales a nivel local. su reedición tiene como objetivo el hecho de ser reconocida como lo fueron varias de las novelas escritas en la república liberal de los años treinta. en Riosucio. y como rastro suyo tan solo quedan —de sus veinte obras publicadas— prólogo 25 . Cuatro años a bordo de mí mismo (1934). a la temprana edad de cuarenta y siete años. nadie tiene referencias. Estoy haciendo referencia a obras como El estudiante de la mesa redonda (1932). y a pesar de haber sido referenciado por un puñado de escritores de su época y algunos críticos literarios. nadie se acuerda de él. el nuevo libro de Sánchez Gómez se orienta hacia los modernos horizontes estéticos. de Jorge Zalamea Borda. Bernardo Arias Trujillo. A pesar de su gran producción literaria. exaltaciones de la vida frente a los avatares económicos de un conglomerado. de Pasto. de Germán Arciniegas. algo parecido ocurrió con uno de los escritores colombianos y amigo de Gregorio. Gregorio Sánchez murió en diciembre de 1942. ni chocoanos ni vallunos ni caleños ni marmateños. de haber dirigido periódicos como El impulso. murió cuando tenía treinta y cinco años de edad. de Bernardo Arias Trujillo. Bernardo. de Luis Tablanca. Mancha de aceite (1935). y Una derrota sin batalla (1935). En El Radio. Risaralda (1935). autor de Risaralda y de muchos otros textos desconocidos por los colombianos. de Gregorio Sánchez Gómez «nadie sabe nada». De este modo. entre otras.enunciados sociales en trance de discusión continental. Pese a que la novela no ha sido registrada en las clasificaciones de los manuales oficiales.

pero ello no es un obstáculo para construir una línea de análisis que vaya de unos a otros. Por eso la recuperación que estamos realizando a través de esta reedición es todo un acontecimiento. aparece en la biblioteca de la Universidad San Buenaventura. No sabemos si se conocieron. Fémina: reflexiones sobre la mujer y su destino. Desconocemos si Gregorio leyó un libro como Litoral recóndito. las novelas que habían sido publicadas en la Revista semanal de Luis Enrique Osorio en 1924. aunque las obras habían empezado a ser reeditadas por los hermanos y el padre de Sánchez en 1958 cuando reeditaron en un solo libro. Igualmente desconocemos si coterráneos suyos como Diego Luis Córdoba. Manuel y Juan Zapata Olivella y Jorge Artel tuvieron acceso a su obra. Esta práctica de recuperación y reedición continuó con la primera reedición de La bruja de la minas.nueve libros en la Sala Valle del actual Centro Cultural Rodrigo Lloreda. y la obra casi completa está en la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá. Neftalí Mosquera Mosquera. lanzada por la Universidad del Valle en 2004 en su décima Feria del Libro. Miguel Ángel Caicedo Mena. estamos seguros 26 Jairo Henry Arroyo Reina . Ninguno de estos espacios posee una conciencia real del valor de esta obra. Igual número de libros reposan en el Instituto Caro y Cuervo. llamado Novelas cortas. Rogerio Velásquez Murillo. y así configurar un campo de interpretaciones en el tiempo que logre objetivar percepciones. clasificaciones y objetivaciones de los intelectuales que hoy estamos denominando como afrocolombianos. escrito en 1934 por Sofonías Yacup —un parlamentario liberal guapireño muy conocido en el medio político—. si se leyeron o departieron. Somos conscientes de que aún falta mucho por investigar sobre los pormenores que dieron origen tanto a la escritura de la novela como a la producción del libro. Sin embargo. Arnoldo Palacios. Un ensayo.

comentado e ignorado por las clasificaciones y objetivaciones de la nueva y vieja academia.de estar realizando un aporte al rescatar un escritor que ha sido invisibilizado. prólogo 27 . estudiado. poco leído.

Litoral recóndito. Bogotá: Banco de la República. Manizales: Universidad de Caldas. Bogotá: Banco de la República. V. Gregorio Sánchez Gómez. Algunos conceptos sobre sus obras. S. J. En Teoría y aplicación de las historias locales y regionales. (1972). A. Desarrollo urbano y patrimonio arquitectónico. Restrepo. G. Un recorrido por la tecnología minera de Antioquia. Otto. D. Contexto histórico. Yacup. E. Cali: Editorial América. Medellín: Centro de Publicaciones Universidad Nacional de Colombia-Medellín. Bogotá. Oro. El sistema colonial en la Gobernación de Popayán: 1533-1733. Sánchez Gómez G. Estudio sobre las minas de oro y plata de Colombia. J. F. El capital norteamericano y la penetración imperialista de Colombia. Condoto y el Chocó pacífico. Bogotá: s. La Bruja de las Minas. Rippy. González Escobar. Marmato en la perspectiva de la historia nacional. La Bruja de las Minas. sociedad y economía. (1994). West. Escalante Polo. Bogotá: Editorial Reconocimiento. Bogotá: Oveja Negra. 28 Jairo Henry Arroyo Reina . La minería de aluvión en Colombia durante el periodo colonial. La minería del hambre. Medellín: Universidad eafit. López Z. L. (1995). Sánchez Gómez. (1958). Díaz. R. F.e. (2003). C. (1947).Barranquilla: Tipografía Dovel. Quibdó. Acercándonos a la grandeza provinciana. (1934). (1952). (1971). (2004). Cali: Programa Editorial Universidad del Valle. Sánchez Gómez. Oro.Referencias bibliogr áfic as Benítez Morales. Ramos. (1970). (2007). Imprenta Nacional.

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la bruja de las minas .

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decorada con sencillez y buen gusto. Esto y cierta preocupación que demostraba 33 . pues se le notaba aún cierta soflama en el semblante y llevaba todavía puestos los zamarros de piel y el gran pañuelo de color en torno del cuello. Tenía la frente amplia. y por ellas podía verse el accidentado paisaje exterior. y hasta con cierta sobria elegancia. a charlar un rato de sobremesa con su mujer. con balaustrada. La estancia que hacía de comedor era espaciosa. como que allí se reunían de cuando en cuando invitados de la localidad o forasteros amigos que llegaban al lugar. limitado en su vasta extensión por masas de montañas que semejaban encrespado mar. Hablaba con calma. Tal vez se sentó a la mesa al regresar de alguna de sus habituales correrías. Florencio Botero encendió un cigarro puro. de paso. el mentón algo pronunciado. Los cuarenta y cinco años de Florencio parecían menos si se consideraba la frescura de sus facciones. según costumbre. de esos que le venían periódicamente.i Terminado el almuerzo. la nariz ligeramente aguileña. y se dispuso. o a permanecer cortas temporadas. Dos grandes ventanas daban sobre un corredor ancho. fabricados y empacados como especialidad para él. con el acento peculiar de la tierra y con el tono grave de los hombres que toman en serio la vida y sus responsabilidades. la integridad de sus cabellos oscuros y el brillo juvenil de sus ojos vivos y penetrantes.

La vigorosa cabeza remataba bien el cuerpo gallardo y de alta estatura. el abrupto panorama del pueblo minero.llamaron la atención de su mujer. —Pero. sino por medios legítimos. el caserío ofrece la curiosa apariencia de un enorme pesebre de Navidad. —Así es. y que el Gobierno les acaba de conferir amplios poderes y autorizaciones a los interesados para que puedan entrar en inmediata posesión. Dio algunos pasos y luego salió al corredor. en todo caso. las dispersas 34 Gregorio Sánche z Góme z . Cualesquiera que sean las intenciones que traigan los concesionarios. quien no quiso por el momento hacerle preguntas. Mis agentes me informan que la cosa es un hecho.. Florencio Botero se anticipó a sus interrogaciones. —El correo de ayer trajo más noticias sobre la concesión de las minas —dijo con extraña tranquilidad—. ¿es posible? —observó Cecilia Barbosa. Corren tantos rumores. —Por lo menos los indemnizarán. Me parece que hay leyes. como soberbia decoración. y así quiero esperarlo. hay leyes. tendrán que oírnos y respetar nuestros derechos. Ninguno de ustedes ha entrado aquí por asalto ni fraude. Enfrente se abría. y algo más todavía: títulos incontrovertibles. —Sí. Visto en conjunto. dando la impresión de estar agarradas al terreno. no hacer conjeturas. Escalonadas.. Lo mejor es.. seguido por su mujer.. dejando ver en toda su magnitud las arrogantes proporciones de su figura. pero me causa no poca zozobra pensar que no sea el derecho sino la argucia y la violencia las que hayan de decidir este conflicto. no obstante la inquietud que sintió. nada habría que temer. y los de otros propietarios de la región. quien fue a tenderse sobre una perezosa de lona que estaba allí invitando al descanso. Se levantó enseguida. Nadie podría desconocer sus derechos. En justicia. enclavado en inmensa cañada que circundan ásperos cerros amontonados. Floro. su mujer—.

camino de una de las Antioquias. los ranchos de tierra. hacia los lados —atravesando la agria pendiente— hasta el próximo caserío de San Juan. Y no menos pintoresco el abigarrado vecindario que allí se alberga. parecidos a cubiles o madrigueras. ¡Cuán cercanas se veían y qué distantes estaban! Bajó después los ojos para contemplar. si es que tal nombre puede dárseles a unas vías estrechas y en zigzag.. la grande. La falda se extiende largamente. empujadas por el afán del trabajo. o de los negocios. soñolienta ya. los cobertizos y hasta en los mismos socavones de bocas oscuras. Cecilia Barbosa fijó un momento la mirada en la lejanía. Sobre las remotas cuchillas albeaban aquí y allá ciudades blancas: Salamina. los tabucos sórdidos. sobre la propia línea azulenca de la cordillera. Peones provistos de picos o de almocafres. montañas y naturaleza rústica y caótica. o del viaje..edificaciones cubren la falda rugosa y desigual de una cuesta de tierra ocre y rojiza. Tan raro caserío resulta pintoresco sin duda alguna. mujeres con bateas colocadas sobre L a bruja de l a s mina s 35 . el espectáculo de las gentes moviéndose como extraños insectos por aquellas calles inverosímiles. en las pintadas casonas. otro nido de águilas. limitadas a un lado por el abismo y al otro por cortes hechos en la roca o en el mismo terreno a golpes de pica o con dinamita. montes. hacia todos los puntos. Aguadas. y en sentido opuesto hasta donde comienza un declive que lleva también hacia la hoya. Pero lo más llamativo es la arbitrariedad de las calles. Pácora. Unas encima de otras. donde el cielo se aborregaba oscureciendo el sol. o que llevaban carretillas cargadas de material. por las vías sobrepuestas. La sensación que se recibe viéndolas es que se hallan sobrepuestas unas a otras. selvas. Después. hacia abajo hasta la profunda y estrecha garganta del río que pasa gimiendo sordamente. que van desde la cima hasta el pie del cerro.

horno donde se mezclaban y fundían diversos tipos humanos. las manos y los pies percudidos por la acción de los ácidos. y con el cuarterón vigoroso. bajo su aparente delgadez se ocultaba la gracia incitante de formas macizas y armoniosas. Le hablaba siempre de «usted». El blanco y el negro puros se barajaban allí. curtidos por el mineral. No era una apasionada.cabeciles de limpieza dudosa. En cambio. y su voz adquiría al hacerlo. sirven bien en los oficios domésticos. con máscaras de grasa y de mugre. en cambio. asida la cuerda de la jáquima. con el mulato. —¡Qué! ¿Se va otra vez? —exclamó de pronto Cecilia. También había ejemplares indios. 36 Gregorio Sánche z Góme z . de los lagos quietos y transparentes. viendo que su marido se disponía a marcharse de nuevo. como despabilándose. porque enferman con frecuencia. aquel era también crisol de razas. Todos sucios y embadurnados. sin cruzamiento. Veinticinco años tenía entonces Cecilia Barbosa. Pero como todo centro minero del trópico. un poco menos que Florencio. podía pasar por clásico ejemplar de belleza criolla si hubiese tenido más fuego y más personalidad. Era alta. los mandiles pintados de caparrosa. cierto dejo lánguido y acariciador. y que sentimientos de veneración se confundían con el amor entrañable e imperturbable. por cierto. con cierto respeto del que no podía sustraerse. Malos trabajadores. No requería demasiada sagacidad comprender que la mujer sentía la superioridad del marido. el mestizo y el zambo. sus sentimientos tenían la tranquila profundidad de los hondos remansos. muchachos que arreaban bestias de labor. de ojos y cabellos endrinos. para las minas. y cuando se trataba de asuntos íntimos o muy personales. son los yanaconas. de pequeña boca sensual donde florecía con frecuencia la sonrisa seductora. Muy blanca. en el azar de la vida. Gran parte de la población era de color. o trepados sobre ellas a horcajadas en la estropeada enjalma. el paludismo y la temperie.

pero pasaban también temporadas en la ciudad. Enamorado. se entregó por entero a redondear su fortuna. apartándose de esta por completo. en Marmato. y un hermano casado. pero fue con Florencio con quien se formó su espíritu y se definió su verdadero carácter. Todos sus haberes estaban invertidos allí. que era como su sombra. Poseía educación bastante completa. inteligencia y discreción. Asegurada la felicidad. y para él vivía exclusivamente. Por su parte. pero de posición modesta y limitados recursos económicos. cómoda. Es superfluo anotar que con los parientes de él no se trataban. Y este fue el punto de choque.. la causa de conflicto y desavenencia entre su marido y los parientes de este: una tía solterona y rica.Su matrimonio fue algo dramático.. Pertenecía a honorable familia. o en el pueblecito natal de Cecilia. donde vivían los parientes de Florencio. en Medellín casi siempre. quienes se opusieron implacablemente al enlace. en esas minas que. En la juventud hizo muchos viajes. Florencio no tuvo ocasión de arrepentirse. le producían rendimientos suficientes para vivir con holgura y prosperar. donde la conoció en un verano. También he de llegar hasta el molino L a bruja de l a s mina s 37 . y bien convencido de que tal mujer era la que le convenía. como premio a sus constantes esfuerzos. Tal conducta debió de influir acaso en la veneración que Cecilia le guardaba. de acuerdo con la época. con gran posición social y profesional. y los estudios y la experiencia le dieron sólida y cuantiosa cultura. Pensaba y sentía como él. Por eso estaba tan identificada con él. se casó contra la opinión de la familia. —He de ir a ver unos socavones donde me informan que hubo anoche derrumbes. Cecilia Barbosa se asimiló de tal suerte a su marido. Fortuna que no había trabajadores allí. Pero Florencio era hombre de recia voluntad y criterio propio. La mayor parte del año permanecían allí. Llevaba existencia agradable. Como no vaya a ser cosa de aguada.

Mañana. —Hoy no puede ser. de inteligencia y de gracia. el minero cabalgó alejándose al trote la mula por el camino pedregoso. —Bueno. y sobre cuya faz angélica parecía resplandecer un sol mañanero. Era criatura precoz. ni al bamburé. se disponía a cabalgar cuando primorosa chiquilla que llegaba corriendo se arrojó a sus brazos llamándolo con cariñosos epítetos. ya lo sé. la cabeza cubierta con el salamineño de alas anchísimas y el ligero poncho de hilo sobre los hombros. La niña se volvió suplicante hacia Cecilia. papito? —¡Ah!. se volvió hacia ella para decir con fingida gravedad: —¿No sabe.Santa Mónica. Florencio. papito. entran los mineros. donde se ha dañado un bocarte. pues. Tilita. —Pero si yo no les tengo miedo. Saliendo al patinejo lateral. bueno —aparentó asentir Florencio. papito querido del alma. mientras lo 38 Gregorio Sánche z Góme z . esa es gente que no le tiene miedo a los chimbilacos. que hay peligro en meterse por entre esos corredores oscuros? —¿Y cómo. lleno de risueños presagios. papito puro. Tilita —respondió la madre con reprimida ternura—. —Mamita: dile tú que me lleve. y encargar maderas para entibar la galería de la mina nueva. usando ahora el trato familiar—. que se quedo inmóvil. otro día. papito lindo. —Llévame contigo a las minas. Florencio. De un salto. tras hacerle breve caricia a su hija. pues. ni a las arañas peludas. te lo ha prometido. Cinco abriles tendría aquella florecilla temprana. con una mano sobre la silla y la otra empuñando las trenzadas riendas. señorita Tila. pero hoy no te llevaré porque he de regresar muy tarde. blanca como la madre. Floro te llevará después.

A poco. Cecilia la sentó en las rodillas.seguían amorosamente las miradas de la mujer y de la niña. apoyó uno de los brazos sobre sus hombros. Incorporándose a medias. Perdido de vista. y con voz apagada y dulce se puso a contarle una historia de su invención. la una y la otra se quedaron dormidas plácidamente. L a bruja de l a s mina s 39 . divertida y absurda. Donatila se aproximó a la madre para acomodarse a su lado en la perezosa.

avanzaba por las accidentadas calles en zigzag rumbo a los distintos sitios que reclamaban su presencia. vuelto a la realidad del trajín cotidiano. allá sostenidas por prodigioso equilibrio y sorprendente arquitectura sobre la orilla misma del abismo. de esos despeñaderos o taludes naturales formados por los deslizamientos de tierra y los intencionados cortes del terreno. sucias barracas de carniceros. mitad expendio de drogas. como para peones y arrieros. no podía en verdad sostener digno 40 . Municipio nominal y con rentas irrisorias. hasta de la propia roca lugareña.ii Entretanto. mitad abacería. Dando lustre y prestigio a la administración. Construcciones de calicanto. Aquí pegadas a la pared granítica. En el corazón del caserío las viviendas tenían cierta apariencia antigua. pequeños talleres. artículos de cacería y pesca. A lado y lado de las angostas calles abríanse en ciertos trayectos tenduchos de comercio. Varias casas se apiñaban en torno de una plazoleta empedrada. las oficinas públicas del Distrito ocupaban ruines tugurios. que despertaba el interés del espectador desacostumbrado. En los expendios de mayor categoría ventas de pólvora y explosivos. jinete en la mula de gran alzada. con fuente en una de las esquinas. Tal cual fondita en algunos puntos. sórdidos establecimientos. Florencio Botero. Lo cierto es que allí no había propiamente autoridades. de madera. sugestiva y evocadora.

entonces. y los medios de comunicación difíciles y costosos por estar alejados de los centros de población importantes. Detúvose. —Pero si no bien almorcé cabalmente. los pobladores procedían de todas partes del país. —Dispénseme. Esto ocurre de preferencia allí donde el clima es adusto o insalubre.. ya que no tenían retribución apreciable y prácticamente eran no más que archipámpanos decorativos y de burlas. No me diga que no. y sus habitantes. ufano. ya que tanto se empeña.tren burocrático. Los nativos del lugar eran contados. en ellas. el vecindario se compone generalmente de gentes sin arraigo y no pocos aventureros. —Adiós. y guarde el secreto: aquí venden uno. pero no voy a apearme ahora porque tengo muchos quehaceres. los pocos ciudadanos que se prestaban para desempeñar funciones de gobierno en tan precaria localidad lo hacían más bien por espíritu cívico y por el honor de la investidura. —¿Qué importa ello? Para estimular el gaznate cualquier tiempo es propicio. frenando la montura. aunque de condición heterogénea. adelantándose a la puerta para saludarlo con efusión. don Floro —oyó que le decían de pronto desde una tienda. En Marmato la vida era entonces muy activa. Cualquier día se marchaban. —Se bogará al menos un lamparazo. y aproximándose vio en el interior penumbroso a un hombrecito gordo. —Que venga. en su mayoría. Hijas de las circunstancias. L a bruja de l a s mina s 41 . vestido con negligencia. López. tenían costumbres bastante libres y curiosas. En las concentraciones mineras la existencia suele ser diferente de la que se lleva en otros lugares. Pues vea. no tanto como lo fue después. —Desmonte y prosiga —tornó este a decir.. por otra parte. y permanecían como de paso. Así. Claro.

Lo de siempre. cualquier aprendiz de peón ve más que un guaquero. Juego de ruleta.El tendero les pasó sendos vasos con aguardiente que cabrilleaba. nada. —No sé qué decirle. después del saludo parco y sintético. caminaron juntos. y como encontrase allí al albéitar le pidió que fuese a la pesebrera a ver un caballo enfermo. bagasas. con visible preocupación. Minería. forasteros. en corpulenta mula. así fue como. Florencio Botero se despidió. 42 Gregorio Sánche z Góme z . El hombre se vuelve viejo aquí. negociantes. y nunca sabe nada. cubilete movido. Arrimó al taller del herrero para hacerle un encargo. cuando menos se espera. Por la cara jovial de López asomaron arreboles de sangre. otra porción de vía. que esto es tan azaroso. cenceño. Aquel volvió a hablar. —Así es —convino con calma Florencio. largo trayecto silenciosos. Hay días buenos y malos.. Sujeto largo. mudos. y chasquearon expertos. Avanzaron. A lo mejor. espoleando la bestia para recuperar el tiempo perdido. Por el estrecho camino iba cruzándose con tipos de todo pelaje: mineros. y mañana. ¿qué tal? —inquirió Florencio por agradecer la atención. Por fin. apareados los animales. y no sonreía. Está ciego. hoy se encuentra un cochizo. claro. jinete también. Bebieron.. Y hay que tomarlo como venga. Casi toda gente lo conocía y lo saludaba con respeto. conciso: —Pues. peones. Hablaba poco. Pues sí. adivinanza. —Pues cómo no. el amigote exclamó: —¿Y bien? Florencio respondió. ¡humo! ¿Le parece vida? Pero esto es así. como él. Más adelante topó con otro amigote. —Y los negocios. de seriedad impresionante.

El capataz me avisa que en la mina Serena encontraron un nido. Livor pasajero le había teñido los labios al decir: —¡Que cosas! Pero. Su semblante duro. Orrego. aquí lo dejo. tenía expresión de severidad acentuada. y con renegridas piedras diseminadas por el azar. Aciagos días veo que se acercan para nosotros. lo de la concesión. —¿A dónde va ahora? —Por allí nomás. Florencio lo miró con curiosidad e interés. descendía con cautela el abajadero sesgado que conducía al molino Santa Mónica. creo.—Ha de saber. Orrego. que grises mechones sombreaban. Y usted. Este cogió un atajo de travesía. ¿No es lo mejor? Las circunstancias dirán qué es lo que conviene. L a bruja de l a s mina s 43 . esperar los acontecimientos. arbitraria. blanca de greda a tramos. ¿qué ha pensado. Bajo la ceñida frente. de tierra amarilla y bermellón. pendiente oblicua. los que lo metimos todo en este negocio. ¡Quién sabe qué será lo menos que nos espera! —¡Hum! —exclamó Orrego con voz cavernosa. El gobierno manda. mientras Florencio continuaba solo su marcha. los ojos ardían con lumbre insólita y pertinaz. —Ajá. —Pues buena suerte. entonces. La tarde clara y calurosa parecía adormecerse en la quietud austera del aire. En algunos puntos. arbustos escuálidos y desmedradas hierbas sin color. Cerca. raquítica: espinosas zarzas. flaco y curtido. Botero? —Esperar. y los intereses se imponen. socarrona y prudente. La mula. —¿Eh? —Sí. —En ello vengo pensando. todo este tiempo. ¡Hum…! Bueno. La vegetación era pobre. habrá que verlo. —¿Y pues? —Que no hay duda ya de las intenciones de esa gente.

yacía sobre la cernedera inmóvil. En Santa Mónica encontró al molinero con dos peones y el mecánico. Ahora está allí metido. ¿Lo ha visto el mecánico? —Lo vio. cual precavido reptil de las oscuridades de su escondrijo. como basura de las minas. ¡Ah!. 44 Gregorio Sánche z Góme z . La cernedera comenzó a funcionar en ese momento. El individuo del overol fue saliendo despacio. se echaba de menos el ruido habitual de la molienda. Llega a tiempo para ordenar. y allí está. ni más ni menos. Se movía. Oscuro montón de mineral. —¿Y el bocarte? —Eso es lo peor. semejando derrumbes o cascadas petrificadas súbitamente. Se atranca. don Floro. —Ya está —dijo. Un caño intermitente humedecía el tamiz y aflojaba la capa de mineral. y dice que es cuestión seria. arreglando el engranaje. el mecánico. —Un percance. don Floro —informó el molinero—. ella sola. vibrante. bregaba por reparar el daño. Traía en las manos negras y sucias unos alicates y un pequeño martillo. con rumor isócrono y sordo de ruido subterráneo. materias informes y calcinadas que parecían lavas enfriadas. buen día. se veía brillar con fulgores de falsa pedrería detritos metálicos.donde se agolpaban los desechos de mineral. escorias. —Ayer funcionaba bien. —¿Qué pasó? —inquirió Botero con breve tono. A la madrugada paró la máquina. metido en un overol sucio de grasa. y si algo pasa es enterito. Debajo de esta. Como muerta. como alimento en boca sin dientes. soltando sonoro resoplido—. cual si fuera mujer tendida agitando rítmicamente las caderas. con leve sacudimiento horizontal. entre los ejes y travesaños. caído de la gran pala alimentadora. Bajo el cobertizo reinaba extraño silencio. No tritura nada.

hay que descongestionar la agogía. No quiso demorarse allí. pero esto no era suficiente. Se trataba. que un deslizamiento de escorias había obstruido en parte la agogía. La peonada parecía luego ágil brigada de demonios. él mismo inició con una palendra la remoción de la espesa capa de escorias. Como a mitad del enorme cerro quedaba la mina nueva. en honor del viejo peón que la descubrió. Capataz y peones informaron. porque tenía prisa por ver los daños causados por los derrumbes. Sergio? —Enseguida mismo. —Pronto —ordenó Florencio—. por lo acometedora y rabiosa. don Floro. arremangados los calzones de dril. pero trabajo largo: no estará antes de anochecer. La trituración no puede paralizarse. a las volquetas que habían de llevarlo al basurero. otros iban llenando las carretillas con el desecho para transportarlo más lejos. en efecto. Picó la mula para continuar el descenso de la cuesta. algunos con delantales burdos de arpillera. Todo el mundo a la faena.—¿Va a arreglar ahora el bocarte. los almocafres y las palas semejaban armas y no herramientas de labor. Cuatro achichinques. muchachos! Y dando el ejemplo. llamada «Don Telmo». L a bruja de l a s mina s 45 . Los trabajadores iban y venían con el agua hasta la rodilla. desalojaban el agua con actividad febril. pues el nivel iba subiendo. ¡Arriba. y así lo comprobó al punto. de pura aguada. las azadas. en cuyas manos ásperas los zapapicos. como lo había supuesto. provistos de cubos de metal. dando lugar a que las aguas inundaran algunos socavones. —Pues a la obra. con amenaza manifiesta de las armazones sustentadoras. Mientras unos escarbaban y removían. Desde la boca pudo observar que dos entibadores se ocupaban activamente de apuntalar con gruesas estacas y fuertes vigas la galería exterior semejante a herida recién abierta.

con expresión recóndita de reprimida ternura y de emoción mal disimulada. En cambio. ¿Para quién había trabajado?. cansado y hambriento. pensaba. mirando a su mujer y a su hija. una preocupación se agitaba. eternizando así su angustia cruel. allá en lo hondo del ánimo. en los laberintos de la mente. Y cuando. ¿Para quién luchó y estaba luchando tantos años con aquella tierra bravía a cuyo diario contacto se aquilataba como diamante su propio corazón de varón? Durante la merienda fue mayor el mutismo que la conversación. Habló poco. con cierta fatiga. sabía bien que ningún pequeño problema le quedaba pendiente para mañana. de cosas del negocio. Pero sus pupilas ardían. de las rudas tareas de la tarde. 46 Gregorio Sánche z Góme z .No se fue de allí hasta que los socavones quedaron libres por completo. al anochecer. como idea fija o cual gusanillo invisible que roe sin destruir. regresó a casa.

despojando a dueños y arrendatarios. las botillerías improvisadas. y toda la foránea gente traficante. Sobre los angostos andenes de piedra antigua o de calicanto. dondequiera que el espacio fuese mayor. La noticia de que venían a tomar posesión de las minas. donde se expendían fritangas de achura y guisos cargados de condimento. vibraban bajo el hormiguero humano. De los contornos. se alzaban los toldos del comercio ambulante. Coincidía con esto la circunstancia de ser aquel animado día de mercado. que amenazaba con perturbar la paz de tantas gentes laboriosas y desorientar muchas vidas. los juegos. En la plazoleta. rumoroso y cromático. auténticos caminos de cabras. de la hoya. de los apartados breñales llegaban gentes atraídas por aquel acontecimiento inaudito. interesada y curiosa. de las cuchillas. la población minera se agolpaba en la plazoleta y los callejones centrales. los comederos al aire libre. sin precedentes en la historia comarcana. al pie de los 47 . trochas abiertas en las paredes de los cerros. cundió por toda la región como viento malo. enderezado hacia la feria semanal. pasadizos de acróbatas. pasada la hora del meridiano. moradores de la vega supiana. en los altozanos. Mineros de Echendía y Marmato. Desde temprano los senderos. vecinos de Riosucio. atajos de travesía. que allí plantaba su tienda de negocio.iii Ocho días después. la sede de la provincia. apacibles pueblerinos de San Juan.

sorprendida por la dramática calma de su marido. El hombre se apeó ante la casa de Florencio Botero.pretiles de defensa. sin embargo. el sentimiento de la tragedia. Un batallón entero bien equipado. Las peonadas en masa habían abandonado el trabajo. pero serena. dice? —Sí. Algo extraño y oscuro pesaba sobre la multitud expectante. Insólito silencio reinaba en los socavones y molinos. no siendo pocos los arrendatarios y dueños que. cuestión de simples funcionarios de policía. ¿Quiénes vendrían? ¿Cómo iba a acontecer aquello? Los mineros interesados suponían que era asunto de jueces. soldados. —¿Qué piensa hacer. se alineaban las gentes del agro con sus canastos y bateas colmados de frutos terrígenos. como se estila en tales casos. por propia decisión y con la aquiescencia tácita de los dueños. Pálida. Floro? 48 Gregorio Sánche z Góme z . En el fondo había algo grave. o pura acción de comisionados civiles enviados a pactar los términos de la entrega. Cecilia Barbosa escuchaba este diálogo desde el corredor. Sabía nada más que venían a tomar las minas. Cerca de las dos un mensajero llegó apresuradamente con la noticia de que lo que venía era gente armada. don Floro. con giros de ave de mal agüero. para informarle de lo que ocurría. pero esto era suficiente para que en los ánimos todos revolotease. —¿Que son militares los que vienen. fruncido el entrecejo de improviso. pero oí decir en Riosucio que es el general Mandíbulas en persona. inconformes con las medidas oficiales. manifestaban su resolución de oponerse al despojo. que no sabía bien qué era lo que iba a pasar. El minero se quedó pensativo. —¿Y quién los comanda? —No lo sé con seguridad.

Hoy se encuentra un cochizo. se apeó con dificultad frente a la alcaldía. reunidos por el común destino: Florencio Botero. Tomando entonces el catalejo. Antonio López. Vasto rumor atrajo en ese momento su atención hacia el lado de la plazuela. pudo ver que por la calzada que conduce a San Juan. expresó también sus sentimientos en esta forma: —Claro. El ufano López. Una hora después. y llamando al burgomaestre intercambió con él breves y enérgicas palabras. El general Mandíbulas. Benjumea el pastuso y muchos otros. Ya ven lo que nos está pasando ahora. quien en medio de aquel drama de intereses mantenía con envidiable frescura su jovialidad. Sebastián Orrego. y precedida por un jinete de vistoso uniforme. L a bruja de l a s mina s 49 . Si es que es un negocio tan azaroso el nuestro. debiendo proceder en consecuencia a entregar las tierras en el término de un día natural. avanzaba hacia el caserío apretada columna de hombres armados. los hermanos Echeverri. todos los dueños y arrendatarios de minas en el distrito eran notificados formalmente de que quedaban desposeídos. La entrada de la tropa fue presenciada por la población en hostil silencio. Buen número de ellos eran modestos empresarios que explotaban minas pequeñas. Los principales propietarios estaban allí.—Dentro de poco lo sabremos. algunas por el sistema primitivo. —Un verdadero abuso —corroboró el mayor de los Echeverri. y mañana. —Esto es un atentado incalificable —protestó Sebastián Orrego. gordo y autoritario. un extranjero de apellido Tricot. ¡humo! A lo mejor se queda uno lo mismo que escoria de mineral. pero distinguió claramente notas vibrantes de corneta. piensen ustedes. en las que invirtieron sus haberes. Minería. Estaban a apreciable distancia.

el general Mandíbulas estableció desde temprano algunos retenes de vigilancia. Pero tales medidas eran innecesarias. Florencio Botero y su mujer. —¡Qué triste silencio hay esta noche! —exclamó Cecilia. temeroso de cualquier posible desorden. Yo espero en mi casa a que me desalojen. les cochons! El pastuso Benjumea. Pero no todo era tinieblas. diamantinos linces de estrellas regaban su luz misteriosa y fría. manoteando y congestionado. esto ya está hecho. Comprendiendo la situación. diseminadas y parpadeantes. —¡Oh. prendidas a los cerros. inquirió con voz cantarina: —Dirasme tú. hasta mañana. les cochons. ¿quién pagará al menos el viaje de vuelta a la tierruca y los necesarios bastimentos? Pero el pobre burgomaestre. Bueno. algunas candelas denunciaban las moradas del hombre. Sebastián Orrego habló brevemente: —Amigos. 50 Gregorio Sánche z Góme z . sobre el terciopelo negro del cielo. se paseaba por el despacho. pues arriba. como si por allí hubiese pasado de improviso la muerte. mera figura decorativa. dando la impresión del vacío. Esa noche Marmato parecía en estado de sitio. La densa oscuridad nocturna confundía en inmensa masa montañas y hondonadas. Se alejó al trote de la mula. Y un impresionante silencio se extendía sobre el caserío. cetrino y peludo porque de días atrás lo tomaron por su cuenta exclusiva unas tercianas cumplidísimas. alcalde: si todo quítanlo de raíz. el extranjero. Los caminos se veían desiertos. estaba para resolver problemas de la laya. Los otros se fueron dispersando en dirección de sus viviendas. sentados en el corredor de la casa. También abajo.Tricot. contemplaban sin hablar el panorama sombrío que se abría ante ellos.

Como si el enorme cerro. la marcha tranquila y ordenada de los negocios. Cecilia se estremeció de pronto. lleno de tumores. como el estallido de gigantesca bomba. Otra gran explosión hizo saltar en añicos el silencio y la sombra. pero es evidente que la cosa ha tenido lugar por los lados de la mina Serena. ¿Entramos? Florencio no tuvo tiempo de responder.—No es para menos —respondió Florencio. la iniciación con sus proyectos y sus optimistas augurios. observó extrañado: —No acierto a explicarme lo que sucede. escrutando en la oscuridad. miró a su mujer. los primeros fracasos. La atmósfera se enfriaba paulatinamente. clamores. viendo en el rostro de ella la expresión del asombro. no se sabía bien dónde. al fin. las ilusiones. Se le venía a la memoria el pasado: los años de lucha. y luego. y rumor confuso de gentes. y otra. colocados ya sobre base segura y definitiva. siguiendo tal vez el hilo de sus pensamientos. en la sombra. y de que un viento fresco empezaba a soplar de las cercanas cordilleras. El aire se ha puesto demasiado vivo. Violenta explosión. ¿Qué seguiría ahora? No se daban cuenta. abstraídos como se hallaban. L a bruja de l a s mina s 51 . Y luego otra. —¿La de Sebastián Orrego? —La misma. y volviéndose hacia su marido advirtió: —Debe ser tarde ya. Después se oyeron gritos. de que las horas transcurrían veloces. las sorpresas. iluminó la noche con fulgor efímero y deslumbrador. un poco más lejana y sorda. Fue un fogonazo lívido. desmesurado y brutal. Luego. Sin comprender por el momento. que hizo temblar la casa. se reventara de improviso.

—¡Su casa. volar los objetos por el aire cual si los impulsara la mano invisible de algún prestidigitador. pareciendo entonces que fuesen ígneas serpientes que se retorcían con estiramientos y contracciones desesperadas. —¡Mire! —exclamó Cecilia de pronto. atónito—. Como lenguas ansiosas. sí. 52 Gregorio Sánche z Góme z . Orrego no va a dejar piedra sobre piedra de lo suyo. contorsionándose.—Están volando los socavones —dijo Florencio. ¡Ah!. y de coloración rojiza y oscura en los bordes. —Esta vez es el molino Las Vueltas. A mucha altura. sacudidas por la brisa de medianoche. Ahora no me cabe ya duda de que son las minas de Orrego las que destruyen. saltar las astillas. ávidas de lamer el cielo. del lado de abajo. veíanse fulgir como ascuas las piedras entre la incandescente furia del fuego. chisporroteando. brilló cual súbito relampagueo. las llamas se alargaban hacia lo alto. tenía que ser él. desplomarse los techos y los tabiques. Por lo que veo. señalando en dirección opuesta a donde Florencio dirigía los ojos. blanquecino en el fondo. también su casa! El incendio iluminaba buena parte del caserío. Su forma proteica se alteraba caprichosamente por momentos. ¿Si estará loco? Las explosiones cesaron por fin. Las maderas de la casa ardían. quedando en la atmósfera extraño e inexplicable vacío. nuevo y bárbaro fogonazo. donde marido y mujer presenciaban emocionados el terrible espectáculo. lo conozco. Corroborando tales palabras. por sobre la casa crepitante. Ondas de calor llegaban hasta el corredor penumbroso. se había formado una especie de halo celeste. Y vieron con cierto espanto que una gran llamarada se levantaba de la vivienda de Sebastián Orrego.

Andar sonoro. Como miembros dispersos. y yo soy Florencio Botero —respondió este con calma. a la cabeza de un pelotón. sin lograr sobreponerse por entero a su nerviosidad creciente. L a bruja de l a s mina s 53 . acompasado. fragmentos de herramientas. Tal vez todos la veían con gusto. todo aventado por el azar de la violencia. El reloj cucú de la pared daba las nueve cuando un ruido fuerte de pisadas anunció la proximidad de muchas personas. —¿Es esta la vivienda del señor Florencio Botero? —Esta es la vivienda. Intuía que no estaba lejos el momento en que se definiría su destino. A poco. golpes enérgicos dados con algo metálico hicieron temblar la puerta de entrada. Por el lado de las minas los destrozos tomaron grandes proporciones. porque esa jornada iba a ser como corolario de la noche. trozos de vigas. o la monstruosa herida que queda donde descuajaron a fondo el tronco de un árbol. de esos que dan la impresión de ir derecho e irrevocablemente al objetivo. pedazos de carretillas. Un oficial joven. rieles. amanecer de angustia y de duelo. El molino Las Vueltas era completa ruina: un enorme raigón. extrañando acaso la demora de su dueño en salir. Pasadas las ocho. socavones enteros obstruidos. en el patinejo. En lo que fue vivienda de Orrego humeaban aún los escombros. como fatalidad necesaria. El día se anunció con alba pálida y melancólica. derrumbes y amontonamientos caprichosos de tierra. Florencio Botero iba y venía a largos pasos por el salón. interpeló con arrogancia.Lo más sorprendente era que nadie se movía a contener aquella destrucción. la mula ensillada se impacientaba. y con el aspecto lamentable de lo que resta después de las catástrofes. mirando a su interlocutor. subrayando con indiferencia y silencio la honda protesta que anidaba en los pechos. galerías deshechas. hoyos. Afuera.

debo tomar posesión de ella en el acto. irguiendo con altivez su imponente figura. En ese momento Cecilia. que estaba detrás del marido. cúmplalo nomás. 54 Gregorio Sánche z Góme z . —Sin embargo… —Supongo que no va usted a oponerse —dijo el oficial—. pero el general Mandíbulas ha resuelto proceder inmediatamente. porque hay que pasar por sobre mi cuerpo. El general Mandíbulas no admite reclamos. Tal vez lo mejor sería aplazar esta diligencia. señor oficial. que retrocedió instintivamente. —Entiendo que disponemos de veinticuatro horas… —Son las nueve. La ocupación inmediata es materialmente imposible. pero. pero elimine primero el obstáculo. Si tiene que cumplir su deber. adelantó dos pasos mientras decía: —No será mientras haya aquí un hombre con vida que viole impunemente este hogar respetable.El oficial se desconcertó al principio. añadió: —Vengo en cumplimiento de órdenes superiores. lo ignoro. mientras hablo con el general. Deshabitada o no. El general Mandíbulas me envía a ocupar esta casa. —Es inútil. —El general supone. sin duda. Así se está efectuando con todos los demás propietarios. y a las tres se vencerá el plazo. Entonces Florencio. Sobre esto tengo instrucciones precisas y terminantes. Además. Me limito a cumplir la orden. Tan resuelta actitud hizo vacilar al militar. que está deshabitada —replicó Florencio con la voz un poco alterada. —No sé. reaccionando en seguida. Cualquier resistencia agravaría las cosas sin necesidad. —¿Y cómo piensa usted obrar? Le advierto que hay aquí una señora y una niña. los interesados fueron debidamente notificados ayer por la autoridad. en vista de los acontecimientos de anoche.

teniendo a Donatila casi pegada a ella. cual de diminuto surtidor. encarándose con él enseguida. Sobre el contraído rostro se extendía mortal palidez. llorando. avanzó hasta colocarse al costado de aquel. por el lado izquierdo. Floro! —gimió apretándose a él. empapando la recia tela de la camisa. se acercó al cuerpo caído de su marido. —¡Floro. que no se levantaría nunca más. imperturbable y arrollador como ciega fuerza. iba a dar bruces. Cecilia. empujada bruscamente por un soldado. permaneció largo rato ensimismada. Luego sintió que estaba muerto. y sin atender al llanto de su hija. cual viviente muro alza entre el interior y la puerta. Pero no tuvo tiempo para más porque el oficial. le ruego que se retire! Y usted. una bocanada de sangre por sus labios. Mientras el pelotón invadía la casa. ¡Adelante! Hay que ocupar todas las habitaciones. Un disparo. Vio salir de improviso. se volvió con ira hacia los soldados diciendo: —Pueden seguir. —¡Señora —exclamó el militar—. sin conseguirlo. Comprendió que quería hablar. la vio vacilar y caer sobre el pavimento. a ese cuerpo que ya no podía dar calor. separada con violencia de ella. —¡Ah. como formando parte de ella. Florencio vio a su mujer retroceder. señor Botero. levantándose con dificultad. absorta. El pecho le sangraba por varios puntos. En la mano agarrotada el revólver parecía hallarse incrustado. Vio también cómo Donatila. al centro de la habitación. Veía como entre sueños y L a bruja de l a s mina s 55 . por última vez… Como permanecieran inmóviles. y el soldado que atropelló a Cecilia caía fulminado. Incorporándose a medias. El pelotón avanzó. lo acribilló en el pecho con toda la carga de su pistola. Lo miró a los ojos que se apagaban. canallas! Con movimiento rápido su diestra se crispó sobre el cinturón.

sin comprender lo que ocurría. 56 Gregorio Sánche z Góme z . a contemplarlo. Se habían dormido. todos los recuerdos. la imagen de su hija. ahora con expresión tranquila. apacible. Dando un agudo grito. como postrera visión. de su Tila. quién sabe para despertar cuándo. se desplomó sin sentido. y a Donatila que la miraba. A veces se volvía hacia el cadáver. sentada en el suelo. En sus pupilas se había dormido.nieblas la estancia en que estaba. atónita. llenas las pupilas de una placidez al mismo tiempo horrible y patética.

pintorescos y empíricos. Si —lo que ocurre excepcionalmente— los molinos se paran. Marmato. dando fe de las empresas de antaño. echando de menos ese rumor sordo y áspero que los arrulla lo mismo que monótona canturía. y que se percibe a larga distancia cuando el viajero aún no ha divisado las primeras casas de la localidad. que todo ha muerto de repente. alguna que otra vez. y solo se ven en algunos puntos. que parece surgir de la tierra misma. no reconocerían hoy fácilmente el antiguo burgo formado por viviendas diseminadas y con bastante menos población. permanente. los que duermen despiertan de súbito. entre un silencio impresionante. o moraban en el distrito. cuando la industria minera era de libre ejercicio en la región. por daños serios en la planta o en la maquinaria. sorprendidos. socavones abandonados en cuyas oscuras bocas cubiertas de maleza 57 . Quienes vivían entonces. la sensación que se recibe es extraña y curiosa: parece entonces que algo falta. que la propia vida del lugar se fugó. Las gentes se han acostumbrado al ruido constante. entre el abejeo sordo de sus molinos que trabajan día y noche. sin descansar jamás. Y suele acontecer que en la noche. que está en todas partes. al interrumpir momentáneamente la labor.iv Han transcurrido varios años. Tampoco queda nada de los viejos establecimientos. el renombrado centro minero. se agita como viva colmena.

Marmato se agita con el hervor de populosa colmena. establos. talleres en ruinas. la población ha crecido visiblemente. por contrato celebrado con el concesionario. no da campo para empresas independientes. En cambio. 58 Gregorio Sánche z Góme z . grandes y numerosos molinos trituran las enormes masas de mineral. como de costumbre. inclemente y duro. A la sombra de tal prosperidad. o el privilegio. La riqueza metalúrgica y la consiguiente abundancia de dinero atraen a los negociantes. Ahora. en la época en que ocurren los sucesos de este relato. y como en otro tiempo. que tuesta los caminos. por donde entran y salen las brigadas obreras. hombres y mujeres de toda edad que llegan allí llamados por el señuelo de los buenos salarios y la vida libre y bizarra. ni puede perder su geografía. y a todo lo largo y ancho de los cerros. oficinas. pero ya el sol bien arriba sobre las filudas cuchillas vuelca en cañadas y montes toda su lumbre veraniega. plantas generadoras de energía. acomodadas. no tanto como ayer estos últimos. es algo tan topográficamente único. El capital ha hecho milagros: cómodas y modernas residencias para los altos empleados y sus familias. Esa mañana. la romería trabajadora es cuantiosa: gente jornalera.medran las alimañas. Porque Marmato no pierde. Son apenas las diez. multitud de bocas abiertas. que solo un cataclismo o un explosivo de fantástico poder serían capaces de modificar su aspecto o alterar su fisonomía. eso sí. también a los hombres de azar y de aventura. Junto a la antigua plazoleta se aprietan nuevas viviendas. y uno que otro rancho aplastado. de hombres de acción. puesto que el monopolio. Sol de agosto. que arranca muecas de luz a los hacinamientos de escorias. una compañía extranjera explota las minas. laboratorios. que acribilla con sus saetas de fuego los recios flancos de los cerros. a lo precario del terreno. depósitos.

de yodo puesto sobre la piel. Las gentes dicen con mucha gracia que no habla ya ni el uno ni el otro. Piedra. como jefe de mecánicos de la empresa. En el semblante inexpresivo la nariz parece algo intruso: amoratada. mezclando arbitrariamente el español con el inglés. De creer la crónica lugareña. —¿Ah. Parece encantarle esa vida de minería. lo habla mal. Pequeños barrancos donde la tierra adquiere tonos fuertes y agresivos de cinabrio. Va rigurosamente afeitado. cogiendo este atajo porque necesito atender a un minero enfermo. —Creo que son fiebres. que sin duda va a media caña.que enflaquece el follaje de los arbustos y retuerce como virutas la hierba. pues olvidó el habla propia sin lograr adquirir el conocimiento de la indígena. a juzgar por las cabezadas que da. El que precede se vuelve despacio hacia el otro para decirle: —¿Y hasta dónde va ahora. exclama como si dictaminara: L a bruja de l a s mina s 59 . barrosa. yes? ¿Y qué tiene. como las llaman ellos. Mejillas hundidas. ojos azulencos y fríos. que hace jadear con su bochorno a las sedientas bestias y a los hombres cansados. lentas. Las monturas parecen adormecerse al son metálico y acompasado de los cascos. tabardillo. Suben con trabajo. Cabalgando una en pos de otra. míster Stanley? Yo voy a desviar por aquí. dos personas ascienden fatigosamente uno de los caminos del cerro. zarza rastrera y ruin. de óxidos negros. hace muchos años que está allí. puede tener lo mismo medio siglo que un siglo. rumiando su marcha socarrona que se aprovecha de la indiferencia del jinete. Pero no pudo asimilar el idioma vernáculo. taimadas. en cuyos labios sin color se incrusta enorme pipa de cuerno. logrando por fin acostumbrarse a él. Stanley. ese pobre worker? El llamado míster Stanley. laja espejeante. cabellos ralos de un tono rubio desvaído. doctor. El clima le pegó duro al principio.

William Stanley continúa su lenta ascensión. Goza fama de no ser un genio profesional. Vivienda sórdida. pero bueno. En el hueco de comunicación hay una antepuerta sucia. una mujer asoma a la puerta. pero cobra gran sueldo y vive satisfecho. con paredes y piso de tierra y techo de astillas. Ni pa’ trá ni pa’ lante. Ahora acabo de dale el bebedizo. —Eso está bueno. ¿eh? Yo piensa que el remedio es en la mano: whisky o aguardienta. y no elude acompañarlos en alguna que otra francachela. su interlocutor. exponiendo fugazmente en el aire las carnosas nalgas aprisionadas por la amarilla tela de los breeches. la calentura ai memo. vientre desarrollado y piernas cortas. pues atiende religiosamente al servicio. Al sentirlo llegar. come y bebe con ellos. negros de humo ambos y llenos de repulsivo olor de bodrio trasnochado. Se apea con cuidado. los directores de la compañía lo aprecian bastante. Son dos cuartos estrechos. Es el médico de la empresa. Saluda sonriendo. Mal clima. ubica el rancho del enfermo. poncho finísimo y cinturón de badana para sostener el revólver. alcoba y cocina. mientras Zacarías Eusse se mete por el caminito de travesía. a cuyo final. musculoso. Cuarenta y cinco años. —¿Cómo va Timoteo? —Mal. y se ha largao a sudá. trescientos metros más allá. Lleva polainas lustrosas. dotó. Por lo demás. Hace contraste singular con su piel de ébano la blancura de los ojos y de los dientes. suelta enorme carcajada. El testero está sin revocar. de trapo. All right! Zacarías Eusse. 60 Gregorio Sánche z Góme z .—¡Esta gente very dispuesta para coger la cama! There is much malaria aquí. asegurado con barboquejo bajo la papada. Un fieltro alón le cubre la testa.

las accidentadas laderas cubiertas de bosque. Sus pupilas zahorís parecen interrogar con cierta angustia el áspero y cerrado paisaje. esa tal botica pa’ lo que sirve: cuando no falta un inguerdiente. cual si lo acabaran de barnizar con aceite. Al fondo. Eusse penetra en el rancho. de los matorrales espesos. pendejá. allí donde no ha llegado la ocupación laboriosa. Blanco no recetan sino menjurgue. moviéndose cautelosamente por entre profunda hendidura. Con cierta angustia. Y no olvide mis instrucciones. algo milagroso. la silueta L a bruja de l a s mina s 61 . con fastidio de estar allí. Y hablan y hablan. La negra se queda en el umbral viéndolo alejarse. como si de allí. sí. en la pieza contigua. Mira a lo lejos. la dobla después con lentitud. En un rincón. no má. y saliendo de nuevo extiende la fórmula que entrega a la mujer mientras dice: —Lleve esto enseguida a la botica. Todo él brilla. casi burlona. e otro. ¡caray! Esa sí sabe lo que tiene. capaz de satisfacer su anhelo. —Tá bien. dotó. con cabrilleo pegajoso. puesta sobre las piedras del fogón. sobre mísera barbacoa de estacas. las hondonadas. la olleta de barro con agua que hierve. Le llenan la tripa al doliente de puro potingue sin virtú. Su blanca sonrisa es ahora enigmática. tratando de escudriñar los montes. de las misteriosas oquedades y amigas del terreno. Entre la penumbra del cuarto los ojos le brillan como tizones. sin entender lo que dice. o la droga tá vieja. Ahora. —Si viniera Apasia. el negro Timoteo se arrebuja tiritando. Por curiosidad mira la fórmula. se columbra. murmurando entre dientes: —Eto pa’ qué. bajo la manta. fuese a surgir. Examina rápidamente. Pura pólvora mojá.Consultando el reloj. Va a meterse al rancho otra vez cuando alcanza a divisar.

reducida de una mujer. ronca la voz. Apasia. ¿Qué edad puede tener tan extraña criatura? Cuarenta. fulgurantes como ascuas. Es mujer sin edad. hundidos entre las cuencas. toda su vida está en la movilidad de los ojos. mejor dicho. abierta cual cuchillada atroz en la piel rugosa del cerro. que se mueve por entre la enorme grieta. El rostro arrugado se agrava por la expresión austera. hecho puro blandengue. El infelí tá con el cuerpo que hastai. —No ha pasado por aquí ningún perro gendarme. acaso dos siglos. creciendo. a medida que se aproxima hasta adquirir las proporciones ordinarias de la persona adulta. ¿ah? —Tenga tranquilidá. y entre pué pa’ que le eche una ojeá a Timoteo. prudente. La taba deseando. Algo más. pero reportéese. mancha oscura. Como no hay qué robá. La vieja mira hacia todos los lados. liviana y ágil. —Traiga lumbre. impasible. porque es alta. —Ya lo sé. Es una sombra. Poco a poco la figura va cobrando tamaño. espigada. casi esquelética. agudos como puñales. Apasia —saluda la negra con cierto respeto supersticioso—. sesenta. Después habla con aspereza. Aspasia se acerca a la barbacoa. 62 Gregorio Sánche z Góme z . aquí no hay cuidao… Ah. cien años. y los cabellos canosos le caen sobre las espaldas. sucios y revueltos. Y como no hay mocita culiterna… —Esos malditos me persiguen. Viste negros andrajos. —Buen día. en quien parece haberse estacionado el tiempo. hija. en quien solo hay presente y no pasado ni porvenir. Ni sus facciones ni su cuerpo ofrecen indicio cierto de ello. pero la distingue perfectamente. por aquí no asoman. La distancia la disminuye. o hallarse dormido. creciendo. recelosa.

Atisbe a ver si hay por ahí perros gendarmes. Transcurridos pocos minutos. resignado y lleno de fe. Esos malditos me persiguen. ya está. A ratos. También una delgada cuerda con nudos y un peine al que faltan varias púas. el enfermo suda y tirita. y por último. mientras camina. luego el cáustico sinapismo. Entonces la vieja comienza la curación. monologa. se acerca al paciente para administrárselo unciosamente. —Traiga la cuyabra. mientras siente en los labios calenturientos el leve contacto frío del pequeño muñeco. Añasquera y curiosa. flacas y renegridas. de pronto. el espeso brebaje. Reanuda la vieja su marcha desconfiada. construido de negra pasta. La roja llama proyecta sobre las paredes emboñigadas las estrafalarias sombras de las dos mujeres.La negra va a la cocina. Dice cosas absurdas. pronuncia nombres que ella sola conoce. Después. Deglute el enfermo. Timoteo cae en completo marasmo. a la que añade cierta dosis de polvos. diminuto. hija. con estrambótica figura humana. —Bueno. lo que permite ver sus piernas largas. pequeños objetos tirados por inservibles o inútiles. entre rezos y masculleos. Cuando todo está listo. déjelo quieto… Ahora me marcho. va recogiendo del piso pedrezuelas brillantes. cual si hubiese olvidado algo que no acierta a saber qué es. soporta sobre la piel. Encogido bajo la cobija de lana burda. Pero luego. arroja todo con desprecio. escucha la corta letanía. L a bruja de l a s mina s 63 . Y hace paradas súbitas. clavos herrumbrosos. pone a hervir en la olleta un puñado de hierbas. primero la untura oleaginosa. los junta para guardarlos en el enfaldo de la saya. De las profundidades del seno flácido extrae cosas raras: un paquete con hierbas secas. una cajita con polvos. un muñeco tosco. Vierte agua en roja totuma. con visajes y muecas. El calor es violento. regresando con un embil de brea crepitante.

saltan de su boca. o soñar. los de su propia raza. No sabe bien por qué odia y desprecia. Durante largo rato lo apostrofa colérica. moch aguardienta hoy. resuelve insultarlo. Carraja. están en su carne y en su sangre. se pasa la diestra por los ojos. esta tierra con tanta calor. De improviso. profundos. pero en sus ojos hay negras llamas de odio. ni tiene otra manifestación de vida que la mirada incandescente y el lenguaje inconexo. Sus sentimientos son imperiosos. que es hombre inofensivo. 64 Gregorio Sánche z Góme z . Inmóvil ante él. tropieza de improviso con míster Stanley. Oscura androfobia parece penetrarla y alimentarla. son of a bitch. Se podría pensar que se convirtió en estatua. como violento surtidor. La mira. Iracundia paralizada. —¡Ladrón ¡Asesino! ¡Maldito! William Stanley no comprende. También fulgor desdeñoso. en tanto que a su lado la montura ramonea feliz las escasas hierbas resecas. al volver un recodo. pero se da cuenta cabal de que es criatura humana lo que tiene ante él. —Ah. William Stanley parece dormitar. ininteligibles algunas. tan honda e invencible. Mas su aversión a los hombres tiene aspectos curiosos. sacude varias veces la entorpecida cabeza. son un instinto casi. con las manos en las rodillas y la pipa apagada ya. Al ver a la vieja. sin duda. como frente a una aparición. Se ha sentado sobre un barranco. sin moverse de donde está. Un turbión de palabras ásperas. Yo siente las ojas bastante con nubecillas.Adelante. es rencor concentrado contra los varones de raza blanca. quedarse allí a tomar descanso. yes. que no agita más que los labios y los ojos. elocuente. El jefe de mecánicos resolvió. Aspasia lo contempla con expresión torva y sombría. dominadores. sin coordinación. Comprende vagamente que está ebrio. no podría explicar esa repulsión que siente. sin duda. tratando de recordar.

Le tiene sorbío el seso a míster Guillermo. —O donde la Pascuala —afirma un minero. caparrosas azules del cobre. Hombres y mujeres. ¿Dónde apañaría esta curda el indino? Bien podía ir a que se la amansen en su casa. se detienen. Pero se ha equivocado: no son polizontes los que llegan. Aproximándose. ni la ha oído mentar? Es una zamba de la Costa que hastai culebras bravas. va a removerlo con el pie cuando el capataz le advierte: —Cuidao. ¿sí? Pues está bueno el míster. sospechando de qué se trata. No hace nada. Dice discursas y cura negros. Se tiende de costado. Aspasia se acurruca de un salto tras de un tupido matorral. sin conseguirlo. yes. Petra. Intenta levantarse. La llamada Petra. Viendo la bestia que ramonea. Sobre las precarias ropas de todos se extienden manchas oscuras y cromáticas. —¡Cho! ¡El gringo cochino! —Eso del maleficio —dice otro minero. interjecciones y risas. moza trigueña y de rijoso aspecto. Pero si vive en todas partes. Una moza recién venida al minerío descubre el cuerpo caído del jefe de mecánicos. —¿Su casa? —vuelve el capataz a hablar—. Ah. precedida del capataz. Del lado de arriba del camino viene ruido de voces. Rápida. pues. Va y viene. Duerme donde le coge la noche. que es míster Guillermo. es la viejona loca de siempre —murmura por fin—. Negra como el carbón y fullera como un paisa bien avispao. y hasta se dice que le hizo maleficio.—Ah. pregunta intrigada: —¿La Pascuala? ¿Y quién es ésa? —¿No la conoce. L a bruja de l a s mina s 65 . Es una cuadrilla de mineros. blancas y pálidas del zinc. palabrotas. verdes del hierro. cuya cara de blancor palúdico puntean huellas de viruela— debe ser cosa de bruja.

—¿Cómo dicen? ¿Qué? ¿El yegua retrechona? Ah. trepando la cuesta pedregosa.—¡La bruja! —repiten las mujeres con cierto temor—. Y con estos encuentros… 66 Gregorio Sánche z Góme z . que la yegua es retrechera. ¡la bruja Aspasia! —Bueno —recuerda de pronto el capataz—. Se espanta la tierra de los harapos. como confiándose ella misma un secreto: —Hiciste muy bien en no traer hoy a Tigre. Se inclina sobre míster Stanley y lo ayuda a que se incorpore. Cuando el lugar ha quedado solo. Muchísimas gracias. —¡Aló. aló! —grítanle casi al oído—. para despabilarlo. míster Guillermo. yo comprende bien la cosa que explica. Y murmura. Casi en vilo. No siempre sabe estar callado. Aspasia surge del matorral. Yo puede andar ya mi camino. Lo sacuden. carajo? Hace rato garla que garla. yes. logran acomodarlo en la silla. El animal echa a andar despacio. La brigada sigue su marcha. ¿qué nos están haciendo aquí. y el tiempo corriendo. tenerse bien. con la ayuda de otro hombre.

se endereza un poco. tomando el cigarro en los labios y acomodándose de nuevo. de cuello abierto. reanuda con cierto 67 . vierte en la copa más próxima el resto de la botella. de esos que estiran y encogen y mientras el resplandor de la solana penetra por la abierta ventana. de candor o de ingenuidad. conocido por todo el minerío con el familiar apodo de Bebé. A esa hora —son cerca de las tres— se encuentra en su despacho. Asombra que en clima tan ardiente pueda conservar la rosada frescura de la tez. En sus facciones finas de sajón. es hombre joven y simpático: goza de excelente salud. hay copas. se advierte un aire infantil. que explica el remoquete.v John Morris. para aflojar la blanca camisa de seda. sobre pequeña mesa de bambú. y acaso por la mocedad extremada. llevándose de vez en cuando una de ellas. una botella de whisky casi vacía y un cenicero donde se consume un cigarro. repasa con manifiesta displicencia la abultada correspondencia. a los cabellos bien peinados. A su lado. y su aventajada estatura casi que alcanza los dos metros. como para componer con ademán mecánico. Recostado a horcajadas en el canapé de lona. habla correctamente el idioma terrígeno. Mortificado por el calor. agitando con lentitud las manos blancas y cuidadas. después. sifón con soda helada. con alegre chispear de las pupilas de aciano. Habla casi siempre sonriendo. y que el viento y el sol no lo hayan curtido como a todos. que ingiere de un sorbo. pequeña habitación situada a la derecha de la sala.

en este caso…». No se avienen a la razón. además. por otra parte. Saltando buen número de líneas. de conformidad con el plan acordado.gesto de resignación el examen de los papeles. pleitos. Cosas de leyes. A pesar de todo. «Mina La Buitrera: el juicio de reivindicación que adelanto. Y a propósito. Sea lo que 68 Gregorio Sánche z Góme z . Todo va bien. Confío en que será confirmada la resolución condenatoria proferida por la alcaldía de este distrito. Ayer presenté mis primeras solicitudes. de esta valiosa propiedad. el aburrimiento que le causa tener que enterarse de aquellos informes del abogado. La tradicional morosidad de los jueces nos ayuda. noticias confidenciales. continúa la lectura. Se necesita pagar bien a los peritos y atender dignamente a los funcionarios durante la diligencia…» «Denuncio por daños en el molino Trueno Gordo: ya la prefectura conoce del recurso interpuesto por los autores de este hecho. porque no hay más remedio. lee. «Mi querido señor gerente: cumplo hoy con el deber de rendirle el acostumbrado informe semanal sobre la situación de los asuntos legales de la Compañía…». Entre los gruesos zapatos y las bocas del pantalón de lino asoman los calcetines caídos. Sus piernas estiradas ahora lo hacen más largo. para fatigar a la contraparte y ver si con el tiempo cambia de modo de pensar. «Demanda de los Atuesta: estos señores siguen obstinadamente empeñados en hacer efectivos los perjuicios que cobran. entró ya en término de pruebas. que tienen ya pagada con creces la pena que les corresponde. Los responsables son unos pobres diablos que no cuentan con qué defenderse. hay que situar fondos aquí para los gastos que requiere la inspección ocular que va a practicarse. John Morris no puede evitar su propio fastidio. Entiendo. El litigio avanza despacio. ni a un arreglo lógico. deliberadamente.

míster Yon. la acémila jadea. saludando. se dispone a dormir corta siesta cuando. Ahora. Mocetón de recia estampa labriega. De tiempo en tiempo viene a Marmato. periódicos y revistas. Morris abre parsimoniosamente una de las cajitas. el sirviente le avisa: —El remesero acaba de llegar. disponiendo: —Toño le recibirá todo eso. y que la Compañía tenga siempre razón…». Morris sonríe plácidamente. Toño. El remesero sale. míster Yon. y unas latas que no sé qué contienen. Quieta. desde la puerta. Aspira con cierta fruición el delicado aroma. Y de mayor vocación también. De los varios abogados que ha tenido la empresa. Entornando los párpados. Tres o cuatro paquetes. Son cigarros. —Aquí está el correo. ¿Dónde descargo las cajas? —¿Qué ha traído? —El whisky. lo que importa es el escarmiento. desde la cabecera del Circuito. Cartas. El desvaído sombrero de palmas y las alpargatas percudidas delatan los estropeos del camino. su sentido diplomático y su habilidad consumada para obtener honorarios extraordinarios y fondos para gastos imprevistos. cubiertos los ojos con una manta.fuere. a resumir verbalmente sus minuciosas informaciones. con los ijares húmedos. Terciado guarniel y rayado poncho en el hombro. Está esperando afuera. ¿son los fondos? Entréguelos a míster Lawrence. Vuelve a sentarse. Cajitas cuadrangulares. este es sin duda uno de los más optimistas. Morris se asoma a la ventana. Se descubre con evidente respeto. Es L a bruja de l a s mina s 69 . convertido en arriero por azares de la fortuna. Es muy divertido por su locuacidad. —Que entre enseguida. vamos a ver… El correo es grande. —Y eso.

confeccionadas con la pura flor del tabaco. también una carta de míster Simón: ya está de regreso y trae la familia. memorándums… Informe de la Casa de Moneda… Oferta de un agente de maquinaria y productos químicos… Ah. 70 Gregorio Sánche z Góme z . entra en ese momento. durante muchos años. pero quedó la duda de que hubiera sido asesinado para robarlo. Estamos más que sobregirados. Aquí hay dos cartas para usted —agrega alargándoselas—. la cabeza cubierta con ancho pañuelo. y avisar a Londres para que allá cubran el déficit. Se queda un rato pensativo. Hay correspondencia bancaria. —Bueno. periódicos del país. —Eso venía a informarle. hechas con tiernas hojas sobrepuestas. Diariamente consume tres de esas brevas exquisitas: rubias como el oro. Y también a decirle que la cuenta bancaria arroja saldo en rojo. el contador. denuncian al jamaicano fututo. —Habrá que hacer entonces traspaso de fondos de mi cuenta particular. cabalmente. como si el hecho de que Peter Simon al regresar de la lejana Europa le removiera los recuerdos de su país. —¿Buenas noticias. cartas de Londres. por reglamento. Viene de las oficinas. ceñido el cuerpo por claro y flamante traje de Palm Beach. míster Morris? —De todo un poco. extractos de cuentas. Una fina envoltura y un sello de garantía las resguardan. Henry Lawrence. Examina. oloroso a Bay rum. revistas extranjeras. sino de un remesero que desapareció con el dinero. Su piel morena y el dejo característico con que pronuncia las palabras inglesas. En la empresa no se tiene recuerdo.uno de sus pequeños y grandes vicios. ¿El remesero entregó los fondos conforme? Lo pregunta por hábito.

se acuesta pasada la media noche. seguiremos perdiendo. míster Morris. Piense en el capital que hay aquí invertido. Su cuerpo. —¡Hola. La inquietud de Lawrence es ostensible. Su sola presencia inspira involuntario respeto. penetra al despacho el administrador. se atiesan como riel. No es posible pararlos. duro y alquitarado. su preocupación manifiesta. con permanente desaliño. Oriente… ¿Qué importan menoscabos aquí si las grandes utilidades de allá compensan de sobra los aislados fracasos? Las ingentes ganancias dan para todo. Media hora más tarde. don Luis! —¿Qué tal? L a bruja de l a s mina s 71 . viste siempre de kaki. descalabros mucho mayores a los que lo atemorizan. Antes del alba ya está levantado. huesos y nervios. a despertar al día. Se ha estacionado.—Así se efectuará. La flemática indiferencia de Morris obliga al contador a inquirir: —¿Y qué piensan hacer? ¿Van a continuar así los trabajos? —Oh. Transvaal. hasta para sufrir pérdidas parciales en algunas explotaciones. Luis Cataño parece auténtico producto de las minas: tostado. Lleva el pelo al rape. controlan vastos negocios en el mundo entero. ni abandonar la explotación. es parco para hablar. ¿cómo sigue? —Me parece que bastante mal. atezados por la temperie. míster Lawrence. Llevamos ya cuatro meses con pérdidas continuas. y usufructúan enormes concesiones mineras. por lo cual las gentes lo llaman con el intencionado apodo de Facundia. Rusia. canoso. No está en la intimidad ni en los secretos de los grandes negocios de la Casa Morris. —Y la producción. ni pueden afectarla. Los hermanos Morris son millonarios. Ignora por ello que a su prosperidad no la afectan.

y no se conforman. que subarrienda en halagadoras condiciones.—Iba a enviar a buscarlo. —No pienso lo mismo. —Acaban de llegar estas brevas. —Pero nadie ignora tampoco que la Compañía paga bien los descubrimientos. Usted sabe. que el oro no está choto a la 72 Gregorio Sánche z Góme z . Quieren todo o nada. —¿Cómo dice. —¡Cinco meses ya con la producción estacionada! ¡Sacando el mismo pite de oro! Esto. Si apenas está arañada la superficie. sin duda. Pero no me vengan con el cuento de que la región es pobre. ya lo sé. míster Morris. Nuestro querido contador confunde. —Míster Lawrence está alarmadísimo por la improductividad de las minas. la prohibición… —Exactamente. y el que las descubre. que da buenas maquilas. las tapa. Lo que pasa es que no se descubren minas. —Tiene razón míster Lawrence —afirma Cataño gravemente. míster Morris. —Sí. ninguno quiere descubrirlas. —¿Fuma? —Fumo. extrayendo del bolsillo un cigarrito negro y delgado que prende con yesca. John Morris ríe. esto con California. maldita la gracia que me hace. Acaba de salir de aquí. don Luis? —Que aquí estamos muchos devengando los sueldos sin merecerlo. —Perfectamente. —Yo fumo calillas —dice Cataño. Míster Simón estará aquí dentro de tres días con su esposa y su niña. por otra parte. —Las gentes son ambiciosas. apacible. Hay que mandarle peón con bestias a La Pintada. el monopolio.

a dos cuadras de las oficinas de la empresa. Pioquinto? —Pero usted se marcha… —No importa. el administrador tropieza. Su pesada figura se aleja despacio. La ramada es de tablas. siguiendo el callejón oblicuo que lleva a un pequeño alpende cerrado. defendiéndoles sus intereses a los gringos. largo machete. las ostentosas razones de autoridad. sin poncho. pero el marrano de Lawrence se hizo el que no entendía. hacia allá me encamino. y luego resultan con semejantes levas. Cuando arrima. a la izquierda. sin zamarros. con el alcalde Gutiérrez. impaciente. No lleva más que el sombrerete. Son las insignias del cargo. John Morris está para salir. —Míster Lawrence nada puede hacer al respecto. Un gran caballo blanco patea en la entrada. iremos hablando. sin polainas. y tener suerte. luchando con esta guacherna de mineros. que conduce a la casa del gerente.vista. Pioquinto? —Vengo de la contaduría. ¿Qué opina? Uno se jode aquí. —¿Venía para acá. L a bruja de l a s mina s 73 . como las rameras. ¿Por qué no le habla a míster Morris? —Claro que le hablaré. en el calzado. además. sobre el costado. Quería que me hicieran un préstamo. El revólver de tamaño heroico le cuelga del cinto lleno de cápsulas. El filón no se da así nomás. espolones de plata. juntos jinete y peatón. exponiendo el pellejo. Hay que buscar la vena. con tejado de zinc. de cobrar el sobresueldo. al frente hay una puertecita asegurada con enorme candado. Ahora. por la calle en declive. ya mismo. para gastos de urgencia. encontrar un nido… Al salir de allí. —¿Qué tal. Caminan largo rato.

sucias. Al watchman lo encontraron dormido. Esos perros esconden el cuerpo del delito. Flujo lento. Toda la peonada oscura. Los cacos suelen ser gente forastera. que puebla las cañas. ásperos. —Ya está detenido el ladrón. contemplan durante largo rato la salida de los mineros. sobre la cimera de los montes se extienden. —¿Y le encontraron la herramienta? —Ahí está lo malo. A Marmato llegan todos los días gentes muy sospechosas. embarradas las desnudas piernas. los mineros no roban. Por mí fuera los mantendría a todos en la cárcel. Se emborrachan. Muertos de hambre. que pasa las horas entre la sombra mal espantada por las anémicas luces de las linternas. sobre los pisos húmedos y cenagosos. Recostado contra la casilla el alcalde y John Morris desde lo alto de la silla. hombres curtidos. aparentemente agobiados bajo el peso de los instrumentos de labor. cansino. lo tengo en el brete. Pioquinto? Vamos allá. pero respetan la propiedad. míster Morris. como grumos de sangre. muchachos escuálidos. El viento trae con más fuerza el ruido tableteante de los molinos. enfangada y maltrecha. Vagos. y contra las paredes erizadas de guijarros y cuarzos. cárdenos arreboles. y no confiesan nada aunque les trituren los huesos. los rumores sordos que arrojan las bocas tenebrosas de los socavones. nada más fácil. y matan. apenas cubiertos los cuerpos con paramas de bayeta o delantales de arpillera. —¿Algún minero acaso? —No. prolongado. La tarde avanza.—Anoche robaron toda la herramienta que estaba aquí guardada. Mujeres en grupos. como doblada por invisible racha subterránea. 74 Gregorio Sánche z Góme z . —¿Cómo pudo saber entonces…? —Ah. —¿Dice que lo tiene en el brete. que se encorva. Muy temprano hubo que reforzar la cerradura.

Morris se vuelve de pronto hacia el alcalde. buscando qué hacer. Gutiérrez ordena que lo suban.La pequeña ergástula. o vago. descolorido. En un rincón. —¿Qué tiene? —Hambre. situada en la parte de atrás de la vieja casa de calicanto donde funcionan las oficinas públicas. Casi no puede moverse. a donde se desciende por escalerilla de gastados peldaños. es propiamente el sótano. interroga. Ah. Ofuscado por la luz exterior. John Morris no lo distingue bien. Me creen limosnero. Hueco labrado en piedra viva. Seguí mi camino. No me dan trabajo. yace el bulto de un hombre al parecer aletargado. los ojos febriles parecen alumbrar con fúnebre luz el semblante demacrado. Pero yo no sé nada. tenía que decirle… —Cuestión de dinero. Pioquinto. mejor. pero yo no pido sino ocupación. —Suéltelo. Yo nada sé. Angosto tragaluz lo ilumina precariamente. ¿Adónde trasladó la herramienta? —Hace tres días estoy aquí. Tengo hambre. —Deje libre a este hombre. La facha del preso no puede ser más lamentable: todo él es puro harapo. con los pies metidos en estrecho cepo. bajo el nivel de la calle. Que le den algún alimento. ¿eh? L a bruja de l a s mina s 75 . —¿Por qué robó? —No he robado. —Pero hay sospechas contra usted. quiero interrogarlo acá arriba. —¿Dónde lo detuvieron a usted? —Por los lados de la caseta. —Bien. Tras de corta vacilación. o borracho tal vez. creyéndolo enfermo. y mándelo mañana a las minas. Morris. Pasaba por allí casualmente y vi a un hombre acostado. míster Morris. Dormido.

gringo tacaño! Pero quede tranquilo. Pioquinto Gutiérrez se pasa por el mentón la siniestra gruesa y velluda. apasionados y fieros. El caballo arranca súbito. Pioquinto. este míster Morris es un macho que vale. El tableteo tenaz parece crecer con la sombra invasora. mientras sonríe taimadamente. —¡Carajo! —murmura satisfecho—. Asunto de urgencia. y sobre el vasto cerro brillan ya las primeras luces. Es casi de noche. cantos de minería. Resuenan gritos a lo lejos: llamadas. mañana tendrá lo que desea. Le digo a usted porque ese míster Lawrence… —¿No quiere abrir la bolsa? ¡Ah.—Sí. 76 Gregorio Sánche z Góme z . de brusco espolazo. un pequeño préstamo.

Sabina Pérez. habladora y afable. se alza sobre una planadita. en la que todos se entienden como por tácito convenio. se consideró en el sagrado deber de visitar a su nueva vecina. la esposa del ingeniero. En cambio. algunos de los cuales tienen allí sus familias. por eso. la criada de míster Simon. pues. sin reglas. sin prejuicios. así sea en despeñaderos como ese. y las barandas del corredor de pálido añil.vi La casa del ingeniero Peter Simon. con las paredes exteriores pintadas de blanco. Es negra y añosa. y solo los hombres pueden moverse libremente. el vivir de la población minera no reconoce ni admite limitaciones. la cocinera de John Morris. mujeres y niños permanecen en relativa clausura. Las visitas son raras. dispersas a distintas alturas. es la existencia natural. los pocos hogares que hay ven discurrir la vida en cierto aislamiento. más que como sirvienta. arriba de la de la gerencia. no puede haberlo en centro minero y localidad tan accidentada. 77 . con categoría de nurse. como grupitos feudales. de Lucy Simon. mejor dicho. No existe propiamente núcleo social. ¿No es obligante. y su jardinillo. viviendas de altos empleados de la Compañía. casi sin leyes. encargada del cuidado de su hija Mary. Míster Simon la trajo con ella de Medellín. darle cumplimiento. a triviales preceptos de urbanidad? Así lo entiende Sabina dignamente. Desde la balaustrada de madera se puede ver el tejado rojo de esta. más allá.

no. se amilana un poco al principio. Pasao cierto tiempo. Felisa Barco. —Vaya. 78 Gregorio Sánche z Góme z . Too quien llega aquí. cada día ha de ser peor. Para efectuar la protocolaria visita se echó encima la mejor pollera. Epérese un tantico. y apena sucea. tendida lánguidamente. Con los ojos adormilados. El ingeniero Simon ha salido con el gerente. —¡Feli. niña. ah? —Aquí estoy. ya me contará entonce un cuento. patio de por medio. Bajo el ceñido traje parecen encabritarse las formas poderosas y jóvenes. arracadas de crisocalco. ¿Dónde está. decorado con sencillez. la chambra de zaraza bordada y la cachirula negra. en las orejas. Meri. adentro. locuaz. pedregosa. que si lo sé no vengo por nada. Desde que estoy aquí. misiá Sabina. en el saloncito. ya no quiere marchase. con hierbas parásitas. Casi me da por regresar ya mismo.es además limpia en extremo y excelente cocinera. viste a la moda de la ciudad. —Cuando se lo dice eta vieja… Too é cogele ley al lugá. y oyendo tan espantoso ruido. no lo tome tan a lo vivo. nostálgicos. Feli! —canta una vocecita fina y alegre—. no hago otra cosa que suspirar por Medellín. que no soñó que eto fuera como é? —Ay. Lucy lee. mulata retrechera y maciza. se ve la pared de alto barranco cortado a pico. Sabina y Felisa hablan en el comedor. y verá. Al lado salta un cuño. —¿Y dice uté. revistas inglesas. hermosa. camine. —No. viendo día y noche nada más que lomas y lomas. Por la abierta ventana. Sus encallecidos pies no conocieron el calzado ni pueden soportarlo. venido tal vez del seno telúrico. de fiesta. la nueva vecina. hacen extraño juego la linda sonrisa y la voz cadenciosa y dulce. Verdá que eto no é propiamente el paraíso. cristalino. Lleva siempre en los dedos pesados anillos de plata.

misiá Sabina! —Raro é lo que no sucé. y too le parece muy naturá. Míter Yon le repondió. a la endiablá. que llevan su vida así. Hablan poco. comen y beben. —¿Son güeno lo patrone. que se enamoran de mujere de su igualdá. Andan como chalao. Es misiá Sabina. hermosa. son exigente pa el servido. nena. pero tienen uno guto atravesao eto blanco. venga se la presento. Misis Lucy también. con vago temor. Tiene seis años aproximadamente. niña? ¿Se amaña? —Míster Peter es bueno y serio. ¿Pue sabe lo que oí una vé al minuto míter Yon en persona. —¡Qué cosas tan raras. todos ellos. —Sí. y tuavía no le entiendo. dotó Euse. niña. pelando lo diente: vea. De su jerigonza ni me hablen. eso ya me empalaga.Una criatura deliciosa aparece en la puerta. pero son muy considerao. pué. eso é otro cantá. Pero se marcha pronto. —¿Qué me cuenta a mí. una amiga. tranquilo y en pá con mi negrita. La chiquilla acepta. Yo no los siento casi. é decí de su mimo tipo? Pue no señó: la que le gutan son la de coló. niña? Va pa batante año que le toy preparando lo guiso a ello. se detiene sobrecogida. Ahora. ya toy hata la coronita de comé carne rubia. L a bruja de l a s mina s 79 . déjeme. Su cara de muñeca se ilumina como los amaneceres de estío. entrando de lleno en el campo de las confidencias—. ¿Cree uté. los ajonjeos de la vieja. aunque a ratos se me hace rara. corriendo. —No tenga miedo. y el dotó decía que por qué no bucaba una moza blanca. en conversa con el dotó de la medecina? Taban bebiendo wiqui. son gente especial. —Eto gringo son güena persona —dice Sabina. Cada quien tiene su güeña negra. al menos no delante mío y el resto del servicio. Al ver gente extraña.

joven. Alto. la escucha religiosamente. —¿Qué desea. —¡Qué lástima! Porque la cosa es urgente. —Está bien. ¿Tendrá razón Sabina? ¿Qué vida extraña y misteriosa se oculta bajo la apariencia rutinaria. —Bueno. Felisa escucha a la mujer con profunda atención. los ojos grandes y penetrantes. señora. Su contextura es vigorosa. Ai tiene a ese míter Guillermo. junto a la pequeña verja. Tiene ya la impresión de que comienza a sentir extraordinario interés por las cosas de la región. La perforadora ha sufrido daño gravísimo. sonríe. rematao por la Pacuala a perpetuidá. misis Lucy? —¿No ha oído que llaman afuera? Vaya a ver qué es. turbada de pronto por la mirada y la sonrisa del hombre. pues? —Too lo memo. A la entrada. Dicen que lo malefició la Pacuala. material y vulgar del centro minero? —¡Feli. Feli! Ahora es Lucy que llama. Al ver a la mulata. de aguileño perfil. con ayuda de Apasia. —Busco a míster Simón. —Si quiere dejarle algún recado… Tal vez vuelva pronto. Y como a míster Guillermo no se le encuentra… —Míster Peter no está en casa ahora. —Quién es ese míster? —Uno que lo llaman así. Un overol de diablofuerte le cubre la garrida figura. 80 Gregorio Sánche z Góme z . dígale usted lo que le informo. pero no había sentido nada. —Pero… ¿quién es usted? ¿Cómo se llama? Para poder avisarle. mirándola con insistencia. Sabina se despide. y que anda por toa parte lo memito que ánima en pena.—¿Y todos son así. la bruja. El hombre sonríe otra vez. un hombre aguarda. —¿Qué desea? —pregunta Felisa.

Lo ayuda a cabalgar. Sí. Su inteligencia parece dormir bajo el transitorio sopor que el licor le produce. Para él no existen problemas serios. incrustada en la piedra. un servidor. —Pues llamen a Stanley. el sucio casco de corcho. tiene el genio de la mecánica. A la puerta de la botillería la montura espera.—Roque Montoya. a corta distancia. provisto de pesada almádana. —Felisa Barco. la nariz parece más amoratada y barrosa. sin darse cuenta casi. Arren-dá-zu-rri. Este míster William Stanley es hombre desconcertante: mientras más ebrio está. —Míster Guillermo no aparece por ninguna parte. la pipa se mueve con nervioso temblor. el capataz. Ya sabe: el vasco aquel de la subida para Echendía. y emprenden la marcha. siempre con el duende de míster Guillermo! Lo acabo de ver en la cantina de ese cachupín Arrendázurri. —¿Qué pasa. Varios mineros esperan a la entrada. ah. mientras se repara el daño. El Diamante no está muy lejos. Al lado de la boca cuelga de una oxidada escarpia. ¿Y usted? La mulata contesta. fue en un socavón próximo. —¡Ah. donde la perforadora se hallaba en servicio desde el amanecer. posee una rara lucidez que no logran oscurecer los vapores alcohólicos. mejor trabaja. Stanley no habla. pero en realidad está L a bruja de l a s mina s 81 . Roque? —Un daño grave en la perforadora. entre los labios sin color. míster Simón. se entretiene en despedazar gruesos pedruscos. paciente. La súbita llegada del ingeniero interrumpe el diálogo. Montoya se aleja en busca del jefe de mecánicos. El tufo aguardientoso es violento. el encargado del molino Diamante. Stanley está imposible. hablando y fumando. Entre tanto. pero el daño no ocurrió allí precisamente. a su mandar.

Stanley trabaja callado. un servidor irremplazable. sin duda. Recuerda sus ojos aletargados. que.despierta. míster Guillermo —replica aquel. —¡Carraja! —exclama al fin. que miran acariciando. Por eso lo tolera. empapado en sudor—. simulando ignorar sus vicios. arreglado el daño. son of a bitch. en vigilia. en la oquedad del socavón se escucha de nuevo el taladrante ruido de la máquina horadando la roca. pero no sufrió mayor estropeo. su cuerpo macizo y armonioso. Media hora después. protege a los borrachos. ayudado por el capataz y un minero. mas la empresa sabe bien lo que tiene: un estupendo jefe de mecánicos. Roque regresa despacio a El Diamante. Su pensamiento ha vuelto a fijarse en la imagen de la mulata. cuyas formas parecen amotinarse bajo la ropa. —A las infiernas. Esta gente ser very bruta. la Lola. su sonrisa linda. conquistada a fuerza de canciones y valentía. lo libró de una muerte cierta. se contaban curiosas historias de él: viajes y aventuras espeluznantes. y cuya definitiva posesión le costó no pocos encuentros con 82 Gregorio Sánche z Góme z . nostálgicos. piensa. buen viaje. A otro que no fuese él lo habrían despedido muchas veces por su permanente beodez y su condición refractaria a toda disciplina. tal vez la suerte. —Entonces. lo que dio margen para que se pensara en la posibilidad de un suicidio. riendo. Pero de pronto surge también en su mente la imagen de la otra: Dolores Paz. según se asegura. —Good bye. ahora vuelvan a descomponerlo otra vuelto. Hace muchos años. Es gran hembra. recién llegado a Marmato. Cierta vez se fue por un precipicio. —¿A dónde va ahora? —le pregunta Roque Montoya. otra hembra magnífica. hasta se hablaba de un amor desgraciado. la indómita minera de Mina Rosa.

no podía evitar ahora que su ánimo se turbara con el fresco recuerdo de la mulata. acompasándose. al lívido resplandor de los machetes. le parece que le resuena en los oídos con son metálico de campanas. y hasta desiguales peleas en celadas traidoras. Felisa Barco —murmura. repetido. L a bruja de l a s mina s 83 . bien hondo en el corazón. —Felisa Barco. y sin embargo. Nombre que. La tenía muy adentro. al fragor del motor y al tableteo de la cernedora.los rivales. acariciado en voz baja.

Imposible reconocer a primera vista. Los convida con la fascinación de sus músicas. se va maquillando poco a poco con los rojos colores crepusculares. Hasta trabajadores de otras explotaciones: de Vendecabezas. dorada y cálida. en estas mozas garridas. Risas. Pero ahora. sanjuaneños: labriegos de las apartadas montañas. y también habitantes de las cuchillas próximas. del lejano Crucero. puebleros y forasteros de paso. en tierras de Anserma. de todas las razas y 84 . de misteriosos crímenes! Trabajadores de Echendía. mineros del cerro y de la boya. de Gavia. La tarde. día jubiloso que presagia la dionisiaca noche llena de orgías. La noche sabatina minera atrae a las peonadas. se han lavado. ¡Sábado de las minas. Frente a las oficinas de la empresa la multitud minera se congrega con zumbido de enjambre. moradores de la vega supiana. con el embrujo de sus sombras perforadas de luminarias. como las candelas a las falenas.vii El atardecer alegre del sábado llama hacia el caserío a muchas gentes del contorno. a los negociantes y a los simples amigos del holgorio. cual si fuese reunión de fiesta. de amores violentos. diálogos animados. las gentes no van con las ordinarias ropas de labor. palabrotas obscenas. mozos de la arriería. los hombres estuvieron en las peluquerías. con sus brebajes y el brillo febril de los ojos de las mujeres. Una brisilla fresca abaniquea la inmensa cañada. buido.

a las molineras. las pintadas zarazas y las pañoletas y chales. Huelen a perfumes comunes. de Aspasia? —¿La bruja? ¡Yo qué sé! Me da como nervios. cada nada me dan picadas. a las mineras sucias de los socavones. Las mineras más jóvenes lucen balacas de cintas de encendidos colores. Engracia? —Y con la carpanta que hace. —¿Por qué no se hace ver. en la hoya. Me dio un dolor aquí en las ijadas. Buena ha de ser cuando le quitó la parroquia a ñor Cayetano. nótase mejor su gracia sandunguera y provocativa. pero ya me pasó. L a bruja de l a s mina s 85 . de abalorios azules. sortijas de similor. a los picapedreros. tiene un tenebroso fulgor en los oscuros ojos. pues. purita candela. a las aventadoras de escorias. ¿no? —Sí. bajo los aladares. Los flamantes trajes de dril. Petra. El médico me recetó un emplasto muy fuerte. manillas de plata. y todas. la trigueña rijosa. las corbatas chillonas. vestidas y acicaladas con esmero. —¿El yerbatero ese? —El que vive abajo. vistosas candongas en las orejas. o casi todas. le rodea el cuello moreno y turgente. —Le duelen con frecuencia. a los mecánicos. los pañuelos de vivos tonos y las camisas recién estrenadas se mezclan y confunden en la ancha planada con las sedas baratas. y fue para peor. Una gargantilla de triple hilera. Imposible reconocer en los arrogantes varones a los tiznados capataces. Con impaciencia se vuelve hacia su compañera para decirle: —¡Gringo indino este! ¿Hasta cuándo nos tendrá aquí de plantón. —Dicen que es infalible y sabe dónde tiene el mal el doliente. aliñada y limpia.regiones. Ahora. ¡caramba! —Yo sí que no pruebo bocao desde esta mañana.

¡Qué sirirí más apayasao! Me revuelve los hígados. Yo voy por usted. ¿Me dejará con los crespos hechos? Extrae enseguida de uno de sus bolsillos rugoso fajo de billetes. para que compre cualquier cosa. El claro vestido de lanilla. bien aplanchado. —La cosa es mejor donde la Jacinta. Lleva un diente de oro. una sortija de oro. persuasivo. Joel Agudelo. Tiene que ir a lucirse. y una charanga para mandar formar. negra sublime —saluda jactancioso y galante—. el copelador. —Ya andan diciendo que usté… —¿Yo? ¿Petra Cañizo? —La verdá es que no es mal cliente. ya sabe que esta noche no puede faltar al sancocho de la Jacinta. y con estudiados melindres. cual si pretendiera destacarse él no más entre la varonía. y va gente de más avío. mire: allí viene Joel. Pero Engracia interviene. el ensayador. Petra. cúbrela espesa capa de polvos de arroz. no disimula por completo la magrura del cuerpo. Engracia. El ensayador argumenta. —Petra. —¡Chó! Pues que lo apañen otras. meloso: —Es mejor. Su cara. sí… Pero. agrega con gesto de magnate: —Guarde esos papeles. a pesar de ser muy holgado. y alargándole algunos. Petra. La moza los recibe. Usted tampoco. una cadena de oro que asegura el reloj.—Ah. trago bastante. Las pupilas de las dos mozas relumbran como candiles. empedrada de granos y llena de desolladuras por la reciente afeitada. mirando de soslayo la ambulante turba de mercachifles: petaquilleros con sus cajones terciados a modo de 86 Gregorio Sánche z Góme z . —Tengo convite ya —dice Petra Cañizo. Parece hallarse acostumbrado a tratar con mujeres. Habrá baile. se acerca galleando. ganosa de que le rueguen.

el tropel las arrastra. Las luces brillan ya. exhibe su mercancía. doncellas. se confunden en ella fraternalmente grandes peinetas de carey. Brevemente puede verse el semblante del hombre. Seguro de que la ha convencido. mineros y jumeras van pasando ante el pagador para recibir el salario. turcos gritones que farfullan en germanía incomprensible y bárbara. y una mano que se alza para apañar con brusco zarpazo el sobre que contiene el dinero. ¡Apropincuen. Agudelo se marcha. El mismo Lawrence y un ayudante efectúan el pago. Cualquier minero encolerizado. Puestos en fila. arroja el dinero a la cara del L a bruja de l a s mina s 87 . Se oyen reclamos. insultos. —Oiga. vengan! Arrimen nomás. a quien le hacen efectiva una multa. La petaquilla es tentadora. imprecaciones. iluminado por el resplandor que viene de adentro. hijas. a lguien que contesta acercándose. colocado el cajón sobre bajo trípode de palo. llevando como bandera su embaidora sonrisa de seductor. Pero antes de irse le hace disimuladamente cómico guiño a Engracia. catiras.abiertos y monstruosos guarnieles. Un buhonero antioqueño. pregoneros de milagrosas panaceas. espejos de dorado marco. entreveradas y tenteenelaires. De pronto. o de la mujer. medias de seda y joyería falsa y corruscante. cajas con polvos ordinarios. Un nombre que suena. marchante… —llama Petra. cholas. —¡Vengan. Hay para todas las hijas de Eva: negras. que aquí se cumplen sus anhelos. En el paredón de piedra de la oficina se ha abierto una ventanilla. apropincuen! Cualquiera de estos cachivaches no les cuesta nada sino las gracias. italianos que expenden postales obscenas anunciadas con ademanes equívocos y torpes explicaciones sotto voce. catarata de «cachos» que hacen desquijarar de risa al heterogéneo auditorio. ahuchando la noche.

falta voluntariamente a sus afamados jaleos. William Stan88 Gregorio Sánche z Góme z . por lo común.pagador. el ensayador. porque dos hombres. pelean por causa de una deuda. apodadas las rolas. con los farolitos en alto. los cuartos interiores. Serafina la Tolimense. pálidos como flores amarillas. Amiga de todos. y se marcha profiriendo amenazas y maldiciones. Marmato hierve como marmita en la oscuridad. un mecánico y un capataz. Entre los varones. en las zonas no iluminadas. las mellizas Melguizo. el turco Assef y Joel Agudelo. Allí está. con la nocturna francachela. Sobre el enorme cerro. La Jacinta es maestra en organizar bailes de negocio. Las hipnotizadas luces eléctricas forman raro contraste con los parpadeantes candiles de los ranchos. simpática. los fuegos innumerables. Nadie. a partículas de cristal. sin perjuicio de la necesaria energía para defender sus intereses. Engracia Buriticá. en uno de los cuales pusieron bien surtida cantina y mesa con viandas. Arriba. la Pascuala. los intermitentes cocuyos y las candelillas diminutas. rojos como gotas de sangre. el cachupín Arrendázurri. Petra Cañizo. el corredor. alumbran la noche sin espantarla por completo. diseminados. Abajo. semejantes a puntos de platino. Borracho desde el atardecer. El alcalde Pioquinto Gutiérrez contemporiza. las empinadas estrellas. Dolores Paz. Esta noche se encuentra allí el cogollito del minerío. donde las maceteras pendientes semejan lámparas apagadas. pero los demás logran conciliarlos. En la planada se forma de improviso sordo barullo. En el rancho de la Jacinta están en plena jarana. hacen su ronda de serenos. Pasadas las doce. los luceros inmóviles que parecen no cerrar los ojos jamás. llamada la Lola. campante. ruidoso y eufórico. y muchas otras más. Entre las mujeres. Segundo Becerra. Roque Montoya. Los afilados cuchillos salen a relucir. Velas y linternas alumbran la sala adornada de cortinillas de trapo y festones de papelillo. encendiéndole una vela a Dios y otra al diablo. fiestera.

hacia la cantina. haciéndola galopar bajo su acicate de fuego. el ensayador se va. Un músico ciego. carga facón. flaco y barbudo. Y la vejiga llena de maíz.ley parece defender la cantina contra enemigos imaginarios. Agudelo dice. carraja! —¡Que viva la juerga! La música es endemoniada. Responde con ostensible desgana. que plagia el son golpeado de la marimba. estrangula un viejo violín de notas gemebundas. Pero la moza se fastidia. particularmente los gringos. El vasco tiene la estampa fiera. en que es lo mejor. Vinieron también Henry Lawrence y dos gringos más. —Sírvame un lamparazo. —¡Que viva la parranda. parece cosido a las faldas de la Cañizo. mientras sus miradas se van tras del cachupín Arrendázurri. a hacer piruetas regocijadas. se mueve a su vera con la precisión de la sombra y la constancia del perro fiel. la charanga se contorsiona. Un muchacho sopla enorme castruera. con grande enojo: L a bruja de l a s mina s 89 . Tocan con rabia. Joel Agudelo. —Sirva dos. arreglado como vitrina. ebrio perdido. Liras. cual si fuera desbocado corcel de inflamadas crines. y los bigotes se le erizan con aspecto siniestro. La vida se siente de verdad cuando baja por el gaznate. a la vez que pone a golpear el corazón como un parche. el jugo ardiente de la caña. Todos están de acuerdo. Harto de desdenes. a mirar hacia el mundo con dichosa confianza. y se mete por entre la sangre. barrigonas guitarras. culebreando y ásperamente dulce. En el corredor. flautas. aguardiente. en bancos de palo. El licor es indígena: ron. por fin. Jacinta. empleados subalternos. requintos. calienta y alegra. con redobles de diana de amanecer. carraja —rectifica míster Stanley. y se asoma después por los postigos de los ojos. Lo que alimenta. desesperada tal vez porque los instrumentos no responden tal como lo desea el artista a la inspiración que lo consume.

hasta el rincón más solo. Música que rastrea. Roque. ahora. sin duda. su voz llena y abaritonada tiene especial encanto. mujer que muchos codician. —Déjeme. —¡Sí. Mejores. O con el cachupín o conmigo. canta con acentuado brío. con su golpear monótono. bailemos esta pieza. La noche parece estremecerse al conjuro armonioso de aquella voz varonil. la paisa. funeral. Los ojos le relucen sombríos. Y el que quede. para volver a su compás cansino y libidinoso. mochas. —¿Qué dice? ¿La Petra no quiere? Oh. lento. galvanizada. Tirando hacia atrás el poncho rayado. A ella le debe. garbosa. bonita. no está tan contento como suele. con aire de bunde. a ella y también a su buena figura.—Ese gurre de Petra me quiere jugar con cartas dobles. sonora y apasionada. no importa tal cosa. El tamboril la hace más indolente. Lola. 90 Gregorio Sánche z Góme z . Montoya es trovero de mucha fama. Más bien. Es mejor la traga. que cante! —exclama Serafina la Tolimense. sandunguera. estoy muy cansado. si quiere. cantaré algo. En las fiestas es de los de más entusiasmo. La charanga toca un son voluptuoso. que afronte los gastos. que suspende el ánimo y arranca suspiros a los pechos de las mujeres. tan en boga entonces en las Antioquias. sin discusión. parece tener alguna grave preocupación. ¡qué vaina! Pero a mí no me embroma. y de pronto parece despertar. Detrás viene la Lola. Es hembra estupenda. Roque Montoya se aproxima. sinuosa y lasciva. tierna y melancólica. Es la canción de «La Fallanca». Dolores lo arrastra hacia el corredor. —Camine. mientras el seno le palpita. todos sus éxitos afortunados en materia de amor. la minera. y arrebatándole su instrumento al músico más inmediato. Al terminar. pero todos respetan porque saben cómo las gasta Roque Montoya.

le quería decir… la verdad es que no me gusta… —¿Qué cosa. y si piensa tener otra moza… Regresan enseguida a la sala. pero. se mueve con contoneos casi pornográficos. con Roque Montoya. Como peonzas. que han despejado ya. Ágil y gallarda. barranquillera. la Pascuala la va a bailar. —¡Una cumbia ahora! —grítales Joel a los músicos—. tiene un compás febril. —Ándese con cuidao. denuncian el tipo puro de la raza. al tumultuoso son del pasillo. —Bien ha cantado. Ahora va a negarlo? —Claro que sí. La de la casa de míster Simón. acaso samaria. porque son cuentos. Roque —vuelve a decir Dolores. el cuerpo erguido de palmera.También está bastante ebria. nadie lo sabe con certeza. de la costa Caribe. raudas como figuras de tiovivo. en el estrecho círculo disponible. L a bruja de l a s mina s 91 . ahora precipitada. No crea que lo ignoro. desenfrenado. El baile continúa. Roque. Hace muchos meses vino del Norte. con la voz concentrada y los ojos prendidos en fuego de mal agüero—. —No. muy ceñidas las ropas. vea. loco. A usté y a la Felisa esa. las parejas voltean pegadas como hiedras. ¿eh? —¡Pues con míster Guillermo! —exclama alguien. Lola? ¿No le agrada la canción que canté? —Me han contado que anda rondando a esa negra de Medellín. yo no soy mujer para burlas. Cartagenera. Montoya hace un gesto de impaciencia. la Pascuala salta al centro de la sala. La fina piel de ébano. —¡Cuentos! Pero si los han visto en cacheos. la música. como usted sabe hacerlo —farfulla con cierta torpeza y el acento rijoso—. Ataviada como los altares del Corpus. —Con quién la bailo. zumbón.

a ve. que yo soy una barrica del etanco. de labios de vino. torbellino del movimiento. —¡Eh! Ete míter qué se ha creído. el alzado pecho. imprevista y oculta sensibilidad que no sospechábase. ¡que no puedo ni repirá! Stanley le alarga un vaso grande. cubierta de sudor. Las piernas son ágiles. Está descompuesta. espasmo del vértigo y grito exasperado del sexo. Roque y su compañera se agitan con furia. —Un trago. esta cumbia tiene. Bajo la tela del corpiño se encabritan los pechos. los ojos blanquean con luces albeantes. mientras la boca entreabierta. pálidas de alborada. contorsionados y jadeantes. al demente compás que enciende la sangre. La pareja inicia la cumbia. acezante. deja ver la terca candidez de los dientes. sin embargo. delgadas abajo. En el enloquecido vaivén. la Pascuala se desploma en un taburete. pero los labios sonríen en éxtasis implacable. en los muslos. bárbara y lujuriosa del señorial bambuco. las piernas y las caderas se retuercen como serpientes. Al son violento de sus notas. La Pascuala parece transfigurada: los brazos. —¡Sí. mientras las pupilas de la Lola relampaguean de celos. Doloroso frenesí los sacude como a muñecos vivos. colmado. Reminiscencia africana. que la acompañe Roque! —pide la concurrencia. agresivos y duros como pitones. hombe. Con angustiado abaniqueo se da aire ella misma. la atracción poderosa de la voluptuosidad y el misterio. ¡Qué atrocidá! 92 Gregorio Sánche z Góme z . Su fascinante melodía parece despertar dormidos instintos. en los tobillos. gruesas y carnosas arriba. cuya música quejumbrosa exalta la callada tristeza y el fatalismo desolado del alma nativa. le sube y le baja. cabrillea como espejo de la noche. Medio sofocada. degeneración grosera.Es joven. bajo la luz de las linternas la oscura tez.

En el patio hay un mirto y un escaramujo florido. L a bruja de l a s mina s 93 . hoy es domingo. pena recóndita. —No sé. Dolores ha salido enseguida al patio. entonces —propone William Stanley. Serafina la Tolimense. Roque. acompañado entonces por la menor de las mellizas. Siente que la fiesta se acaba. con su hombre. llegan hasta allí débiles sones de campanas. Hasta pronto. Las mozas lo miran absortas. El trasnocho la ha puesto pálida. acaso vaya por allá. recibiéndole el vaso y dándole una copita. desde las nubladas cuchillas. viendo a esa pendeja. un tedio vago la acobarda. acuérdese. oscilantes. Lejanos. Creo que me toca turno en El Diamante… Y ya me voy también. tristona. rocío de relente. o de la capillita de Echendía. Roque vuelve a cantar. sí! Amargura confusa. Nadie piensa. recelosa. la pobre. no quiere desampararlo. que en el mundo no hay más machos que Roque! —Está chalaíta.—All right! Hagamos cambia. en los barrancos. Pero ya está cerca la alborada. aunque sea transitoriamente. a la tusa que se carga Lola. sin embargo. Tal vez de San Juan. le sopla a Engracia Buriticá. Humedad en el piso. anhelan escurrir hasta las heces la efímera copa de placer. Está inquieta. El alba. Presintiendo el final. —Esta tarde lo espero. ahora «Los Arrayanes». y comprende que en breve se separarán. burlona y maligna: —Póngale cuidao. Se marcha él primero. que ha estado espiándolos. confusos por la distancia embaucadora. vuelca de pronto en las cañadas su canasta de pálidas rosas. nomás. ¡Cualquiera cree. en marcharse. de color de flor mustia. ¡Guayabo. melancolía sutil de amanecer.

Aspasia avanza cautelosa en dirección de su albergue mísero. desechos de hierro. ramada. o el rancho. y no de los bandidos que se las robaron? Guiñapo ambulante. ¿No ven pues. Pero. confúndese literalmente con la vegetación circundante. El paraje es algaida pura. La cabaña. 94 . Y no se sabe con certeza. siguiendo sesgada trocha que antaño debió ser angosto camino. ¡Infeliz! Lo hirieron malamente los malditos gendarmes. hundida con dolor constante de espina. Tiene la oscura piel manchada como los grandes felinos. que constituyen la armazón de la choza? En el hueco que hace de puerta cuelga una colcha de retazos. no bien oscurezca. o improvisado cobijo. si aquello es caney. Lleva la obsesión clavada entre ceja y ceja. si es que puede llamarse así semejante escondrijo. la vieja camina mascullando sus pensamientos. a ver a ese pobre. y otros revueltos materiales. lo que explica su nombre.viii Casi por el filo de la cuchilla. que estas minas son de sus dueños. Tigre. a juzgar por la forma. el pintado mastín. porque trabaja para vivir. sombra filuda y negra que se desliza como si no tocara la tierra. he de bajar otra vez. desgarrada y sucia. la sigue en silencio. latas. —Hoy mismo. ¿es vivienda humana el hacinamiento de palos.

confusión. aseguradas con bejucos. que sigue brillando en la obscuridad y se le petrifica como diamante en lo hondo del alma. se apilan objetos raros y diversos: botellas llenas y vacías. fantástica. Sobre viejos cajones. el rostro adquiere el aspecto duro de la piedra. Desde el rincón contiguo. sombras. De varias alcayatas oxidadas penden mochilas llenas. siempre seguida por el mastín. Aspasia se sienta. al pie del precipicio. extrañamente muda. no queda ni para los chulos. en la punta de larga vara hundida en la pared. entra en la vivienda sórdida. un candil con cabo de vela. El interior es espacioso. Hay. todo es allí. capachos. sirven de lecho. convertido en un trapo rojo. Lo acorralaron. y por poco acaban con él. a pesar de todo. cierta luz tenaz en el fondo de esa conciencia adormecida. polvos de diversos colores. misteriosas cajitas. cierta llama obstinada que no logra apagar el tiempo. el gato fija con indolencia sus contraídas pupilas en las precarias brasas del rescoldo. dispersas imágenes. que alumbran sin calentar la olla negruzca. esos gendarmes perros. de enigmática procedencia. Tres piedras hacen de fogón. entre un cuchillo y un guijarro. absurda. en la pobre cabeza. Sobre torcida horqueta duerme un pajarraco sin plumas. cansada. Adusta. una lora vieja. más harapos. Varias guaduas tendidas. haces de hierbas. ¿En qué piensa tan singular criatura? Los dislocados recuerdos cruzan por su mente como desordenada procesión de fantasmas. cabuyas. embebida de nuevo en sus pensamientos. ocultas en parte bajo revueltos trapos. más allá. Los ojos se le inmovilizan.—Sí. parece un emblema nigromántico. huesos. Yo misma lo recogí. espesos jugos vegetales delatan inconclusa operación de laboratorio. amarillas mantecas. Sobre el primer cajón. Si no se tira por ahí. L a bruja de l a s mina s 95 . Las ideas incoherentes no consiguen darle forma concreta a nada.

Cierra los ojos y ve extrañas escenas: pueblos de rara topografía. Un hombre… una niña… Siente un sacudimiento. De repente.En su semblante se refleja el esfuerzo doloroso y patético por precisar bien los recuerdos. Pero los recuerdos la acosan. Odio. Tal vez definido sí. como amargas burbujas. odio sin objeto definido. en cierta manera. la acompañan. lanchado y sucio. Hoy es ayer. son como duendecillos malos que la maltratan. mecánicos. en favor de los perseguidos. —¡Y qué ecuridá se anuncia! —Quiero ver al herido. casitas sobre empinadas lomas. lo mismo. De su transido corazón suben. Rencor sin nombre. Los cerros se van ensombreciendo. y contra todo lo que tiene algún aspecto de autoridad. sustentado por las lluvias de la montaña. de nuevo. Y luego. pué. tercos. los miserables. cuando camina ya. 96 Gregorio Sánche z Góme z . Sobre la barbacoa. la visión se ilumina con resplandores cárdenos. rumbo al rancho mezquino donde acogieron al herido. Es curiosa. tinieblas. otra vez. porque la obsesión y el instinto le inspiran aversión a los hombres. ¿Cuántos años hace? ¿Cuántos? Fue ayer nomás. casi que parece estar muerto. el aguaje deja oír su fragor colérico. sentimientos oscuros. aletargado. hace un siglo acaso. aversión terrible contra los blancos. La persiguen todos los días. La hoya está cerca. hijo. los de raza humillada. Sabe solamente que sufre un gran dolor que no comprende. La corta familia de mineros lo recibió allí. compasiva. inconscientemente. empero. la diferencia que hace. —Esperaba la noche para bajar. empecinados. gentes desconocidas que llegan. hostigantes como jauría famélica. qué creciente! Siquiera vino. Enseguida. entre nieblas crepusculares. caminos con recuas. —¡Jesú. mañana. rencor.

Nadie dirá nada. Sentí que se me venía el cerro encima: piedras. El hombre no quiso detenerse. sí.—Dentre pué. cuando sentí unos gritos. ¿No tenía este infeliz derecho también a sacar su poquito de oro? Aquí ninguno tiene minas. —¡Perros gendarmes! —refunfuña pasito—. No dejan vivir a la pobre gente. pero que me escucha? No abrigue temor. severa y maternal a la vez. que está allí dormido. yo lo curaré. —¿Y qué fue pué. Allí tá como lo dejó. inquieto al oír el singular monólogo. como ahora. y pronto podrá otra vez sacar el oro que le pertenece. Apasia? —¿Cuál cosa? —replica ella. El negro minero. junto al precipicio. ¡ladrones! Su ronca voz crece de repente. jefe de la familia. se aproxima. hijo. todas son de ellos. Más bien eran ladridos. la cosa. Contémplalo con expresión ambigua. como volviendo en sí. todas se las llevaron. un hombre corre perseguido por cuatro gendarmes. —Pero algún día las pagarán. —Me pareció oíla garlá de saquija de oro y de lo gendarme… ¿O é que tá devanando? Aspasia se vuelve por completo. hijo mío. no má. el aspecto febril. clavada la mirada en el hombre que yace sobre el jergón hilachento. para decir con tono misterioso: —Yo venía caminando por la falda de la ladera. Aplastados los he de ver debajo de algún derrumbe. L a bruja de l a s mina s 97 . cada cual tiene su trabajo. casi de noche. sin movese. los perros gendarmes no lograrán alcanzarlo. Alzo a mirar. No continuarán persiguiendo a los que necesitan trabajar. Tiene los labios secos. y veo que por el camino alto. y le dispararon. ¡Los malditos! Aullaban igual que perros sarnosos. excitada. ¿No es así. Ñanga lo hemo llamao pa dale el bebedizo. Aspasia permanece un momento inmóvil. Trabajar. La hemorragia lo empalideció.

Sangra poco ya por las descalabraduras y una herida en la pierna izquierda. siguiendo la travesía. Y Aspasia camina. grave. protector. contra los engaños del viento. —Contrabando. terapéuticas maravillosas! Fama que echó por el suelo conjuntamente el prestigio del médico Zacarías Eusse y la reputación del sanalotodo ñor Cayetano. El herido se queja. Eso guarda andan como perro. todo. me largo pal Chocó. a mazamorriá. La noche se tragó los caminos del cerro. Poco le agradan los encuentros. el paisaje abrupto. Todo el mundo en las casas. En la solitaria planada donde se hallan las oficinas toma breve descanso. Todavía va mascullando sus maldiciones cuando apecha la larga cuesta que conduce a las casas del personal directivo de la empresa.luego un bulto que paró junto a mí. La luz mortecina de la bombilla de un poste deja en torno de este ancho círculo de sombra. alumbrando la senda con ojos nictálopes. silencioso. Tigre va detrás. así é. presente y ausente. ¡Asesinos! ¡Ladrones! —Sí. No sé cómo quedó con vida el pobre. cautelosa. apena se puea. pero es tarde y la vía es más corta. contra el letargo de la tierra. cual si su sombría y tranquila locura se trocara de improviso en ciencia profunda. solícita. segura. los otros. —¡Calle! Los contrabandistas son ellos. y mucho meno vendelo. para llegar a su vivienda. verdá. Yo. pué. y dónde adquirió tan extraño don de acierto? ¡Milagrosos diagnósticos. Nada tiene que hacer allí. ¿Qué intuición curativa la inspira? ¿Qué oculta experiencia la aconseja? ¿De qué fuente hubo esa infusa sabiduría. no dejan sacá el metá. 98 Gregorio Sánche z Góme z . o para agazaparse. pero mientra tanto. A veces se detiene para escuchar. Aspasia comienza a curarlo. Apasia. Sus oídos son antenas tendidas contra la indiferencia del cielo. Allá é libre la cosa.

vamos hasta el camino —llama con su voz cantarina. Feli. y llegar hasta ella. sobre la calle principal. Ruido sordo de los molinos. —No. sonríe como las máscaras. súbitamente mudos. La niña se detiene. venga. mas se detiene al punto. Ante la pequeña verja se para un instante. contrasta el temblor convulsivo de los labios que se mueven sin hablar. porque ríe y ha salido corriendo hacia el corredor. Mary da un grito. en los tugurios. hipnotizada. Sobre el contraído rostro de Aspasia la expresión dolorosa de su ternura se convirtió en horrenda mueca. confundiéndola acaso con la propia noche. lo mismo que una aparición. Aspasia la mira. no. va a reanudar su marcha. Con la inmovilidad de sus pupilas. La diestra sarmentosa y negruzca se levanta para acariciarla. Las ventanas están alumbradas. La niña juega. con un accidente cualquiera del terreno. se mete entonces por la que conduce a casa de míster Simon. caprichosa e indócil. a atender. —¿Qué fue? ¿No le dije que no saliera? L a bruja de l a s mina s 99 . pero la curiosidad la retiene. avanza sola hasta la verja. Mary. que la oscuridad y el asombro dilatan. tal vez sin darse cuenta de su presencia. viendo avanzar dos hombres por allí. En el resplandor que proyecta la luz interior acaba de ver la graciosa figurita de Mary.en los ranchos. Pero la niña. atravesando el patinejo. Va a coger la calleja que pasa junto a la oficina de ensayo. Sin vacilar. Sorprendida. La puerta que da al corredor se abre de improviso en ese momento. pero en su derredor hay sombras también. La ve acercarse. Luminarias distantes en la plazuela. con alguna forma arbitraria de la tiniebla. sin duda. arriba. —Venga. que la noche está muy oscura —respondió Felisa desde adentro. asustada. indecisa.

allí… Cosa fea… fea… Mary está demudada. Felisa. Pero Aspasia ha desaparecido. niña mala que no obedece? Vuelven a entrar. ¿Qué le pasó? —Allí. tumbado en la chaise-longue leyendo. 10 0 Gregorio Sánche z Góme z .La mulata acude solícita. el ingeniero Peter Simon que ha escuchado el grito. se prende con infantil angustia a los vestidos de Felisa. trémula. —Está como asustada. pues. En la sala. ¿No ve. entre enfadada e inquieta. —Sería alguna lechuza que vio. reconviene a la fámula con su tono grave y flemático: —Hay que tener más cuidado con Mary.

Felisa Barco la oye con interés y no disimulada complacencia. Alguna que otra vez acaban. o degeneran. y con la sesera perdía por completo. lo que le ta sucediendo. misiá Sabina? —E decí: digo lo que dicen. limpión en mano. —¡Quién iba a pensá que le cogería tanta ley al mozo ese! ¡Y vaya si tiene güeña suerte el tal Roque! Felisa suspira. además. Sabina Pérez habla con cierto tono convencido y supersticioso en tanto que. Y ahí tiene. ellas sirven de pretexto para reunirse y saborear. Las palabras de su interlocutora le suenan como la más dulce melodía. seca la vajilla. hermosa. de gratas imágenes. en formidables borracheras a puerta cerrada. yo 101 . las alegres tertulias de sobremesa. Frente a ella. Bajó a saludar a su vecina. —¿Por qué dice que tiene buena suerte. sentada al otro extremo de la mesa de servicio de la cocina. y en too ha de meté la cuchara. En la casa de la gerencia las comilonas son relativamente frecuentes. y a ayudarle un rato también. chalá. henchida de pensamientos de amor. Pero yo. no é porque siga la procesión.ix —Ya decía yo. porque la gente too lo garla. pué. porque está agobiada de oficio con motivo de la comida que míster Morris les da esa noche a varios amigos. que no iban a transcurrí mucha semana sin que topara su embeleco.

pa evitale cavilacione. niña. estimulándose mutuamente para la charla. hermosa.también. ni quiero turbale su ilusión. evoca un momento la casita de Engracia. El mozo éte ha de tené ópalo. anhelando saber. ¿sí? Y yo que pensaba… que creía que… —Ultimadamente aseguran que e ella quien lo persigue. o algún familiá. sino que pise depacio y con cuidao. blanca de jalbegue. tengo tute con qué pensá ¿No e suerte pa’ un critiano. gracia a Dio. en cuya vivienda se ven hace varias semanas ella y su amante? Con la cabeza llena de pensamientos de amor y dulces imágenes. Para los hombres. de una que llaman la Lola? Los ojos de la mulata chispean. que too le sale bien. es natural que alguna los quiera. ¿Qué suerte hay en ello? —Si se conformaran con una… Yo no quería contale nada. misiá Sabina? —Na. ¿Cómo es que no sabía nada hasta ahora? ¿Y por qué nada le ha contado Engracia Buriticá. hay un curioso duelo de propósitos disimulados. güeno e que lo sepa. na. Na tie de particulá que Roque se haiga cansao. Lo hombre son así. o le hiciera maleficio. pué. pero como guerra avisá no mata gente. que si la quiere en realidá no le causará mal nenguno. conseguí el amó de una güeña moza? Entre vieja y joven. unidas ya por lazos estrechos de confidencial amistad. No por él. o le haiga perdió el amó. —No será nada más por mí que lo dice. según dicere. 10 2 Gregorio Sánche z Góme z . celosos. pero por lo demá. —Ah. la una queriendo oír a la otra. E como si le diera bebedizo a la hembra. Recuerdo que dende que empecé a jovenciá comenzaron pa’ mí también lo deguto por causa de ello. por la otra… ¿No sabe. Felisa se ha quedado seria y pensativa. —¿Qué quiere decir. pa que ande prevenida. oscurecidos ahora por el torcedor de los celos y las angustias de la duda.

—Pero. médico? La empresa presta el servicio. en adelante. apasionada y transida de amor en los brazos del hombre que quiere! Se levanta de pronto. ¡Cuántas dichosas horas pasó allí. Los licores han excitado al médico. café. el administrador. pero en vez de alegrarlo le alborotaron el mal humor. —Es completamente imposible asumir responsabilidad en semejantes condiciones. si no quieren aprovecharlo… Otra cosa es que se tratara de una epidemia. a verme. sí habría que remediarlos a palos. colgada con profusión de florecidas enredaderas. atafagándose. desprendida de todo. si no se me dan seguridades de que mis órdenes han de cumplirse. También está Pioquinto Gutiérrez.pequeña como nido de colibrí. mejor. ¿Verdad. en tal caso. Después de la comida. me abstendré por completo de recetar. misiá Sabina. un caballero de Medellín y tres altos empleados. y meticulosamente limpia. cumple la ley fielmente. —Tengo que volver a casa. ¿qué quiere que haga. o suba usted. nerviosa. olvidada de todo. ni siguen los tratamientos. apacientan la buena digestión con whisky. el abogado Celso Barrera. plácido. Los mineros no se someten a las prescripciones que les doy. míster Morris. apacible. Respira grueso. médico de la empresa. doctor Barrera? ¿No es así. No puede comprender por qué el galeno les concede tanta importancia. Pioquinto? L a bruja de l a s mina s 10 3 . parecen divertirle esas cosas. John Morris y sus invitados conversan animadamente en el espacioso salón. porque. Otro día vendré. Luis Cataño. John Morris sonríe. aromáticas y brevas. Arrellanados en mullidos sillones. Yo no respondo de nada. o establecer severa cuarentena. Estamos perdiendo el tiempo. Diversos motivos reunieron allí a Zacarías Eusse.

Yo no sé qué está haciendo Pioquinto que no mete en el brete a esos charlatanes. prorrumpe en risotada estridente. se le escapa hacia afuera. Míster Morris no quiere que la molesten. Porque. Es la ley de la vida. esto es bastimento de otra guambia. pero de mucho espíritu. accionando cual si se hallara en el foro. para hablar. El alma. en los estrados públicos de la justicia. enérgico. Pioquinto. Celso Barrera es hombre de menguada figura corporal. —No me vale nada —asegura Gutiérrez—. En alguna ocasión que intenté detenerla. Pero hay que convenir también. Pero se dice que ya no le hacen caso. tienen que defenderse. doctor Eusse. porque les escamoteó un bellaco a los celadores de rentas. en que ustedes. claro. vivos e inquietos. no causa daño. áspera y seca. Habla con metálica voz y tono dogmático. —Todo esto no es más que concurrencia profesional. o algún emplasto de culebra. Los esculapios. aquí no se podrá recetar seriamente mientras estén libres y huellos el matasanos Cayetano y la loca Aspasia. Se incorpora en la silla. —¿Cómo que no causa daño? —argumenta Eusse—. míster Morris —asiente este. que lo despache al otro barrio con cualquier poción de barbasco. como los curiales.—Lo que usted diga. irónico. no teniendo dónde pasearse allí. Sus ojos son pequeños. —¿Y la loca? —Ah. casi me hacen los mineros una poblada. No se le podía dejar a la sombra a perpetuidad. y allá iba la gente a solicitarlo. Estará usted esperando. repito. para convencerse. se parecen como la gota de agua 10 4 Gregorio Sánche z Góme z . Barrera interviene. —Si es cosa de poner la ley de por medio… —Es simple cuestión de policía —replica Zacarías Eusse—. son todos iguales. Echando el asunto a broma. los médicos. Por lo demás. Cuando menos se espera. Al curandero lo he tenido tres veces en la guandoca.

se lo puede contar mejor. Tras de breve explosión de risas. no nació usted. querido doctor Barrera. que es aquí el decano. pasada la hilaridad— el propio diablo haciendo hostias. don Luis. —Bueno. —Lo que dice Pioquinto es cierto. —La llamada Aspasia —refiere— es la mujer de un rico minero que asesinaron hace bastantes años. como el confiado cliente a quien los abogados desvalijan. calmoso. que hace apenas un año ejerce de consultor legal de la Compañía en aquel circuito y nunca se preocupó del asunto—. Esto sí que es —exclama Eusse. cuando la concesión. Ante cualquier nuevo competidor. que vivía entonces en Medellín. es un peligro y lo persiguen. mi amigo. A esa pobre mujer es mejor dejarla tranquila. Una tía del marido. la única hija que tenían. tan paciente es el enfermo que los médicos curan o matan. El código en camisón sermoneando a los recetarios. ¿No sería mejor. Su verdadero nombre es Cecilia. vieja y maniática. Sin cambiar de postura. Vacila. Le gustaría más no romper su largo mutismo. L a bruja de l a s mina s 10 5 . He oído decir también que es bruja. o a cuentas. que busque el inciso para desalojar a la vieja de aquí. —Es todo y es nada —opina Barrera. o hechicera. Esto es todo. buscando acaso la fórmula más breve y concisa. ¿y quién es esa loca? —inquiere Barrera.a la que le sigue. lo dejan en paz. el administrador aparta de los labios la humeante calilla. Su locura pacífica no perjudica a nadie. ya está sabido lo que piensan: si mata. se hizo cargo de Donatila. defraudado—. en lugar de contarnos cachos del tiempo de Hipócrates? Porque si a cuentos vamos. Échele la historia. si cura. para divertir auditorios. —Don Luis. habla míster Morris. Una estruendosa carcajada llena la sala. solterona.

Luego. En la oscuridad. otra luz en el mismo camino. siguen un camino en declive. Por un instante los enfoca. —¿Y usted. Es una comparsa que se acerca. ¡Rolas más puercas! 10 6 Gregorio Sánche z Góme z . pues. a distancia. tinterillo? —Sin novedad. alcanza a dos pájaros de un solo y certero escopetazo: a Morris. en el frente. el ascua de la calilla del administrador relumbra con burlesco guiño. Otro estallido de hilaridad. como quien va para Echendía. el alcalde. fraternales y solidarios. Al abandonar la casa de la gerencia. espaciados uno de otro. por su familiar remoquete. esos cuentos me lo espantaron. Pioquinto? —Ni pizca. orinan copiosamente. el resplandor de pequeña lámpara de bolsillo. y allí. que hicieron grupo aparte. —¿No eran. como dice el refrán. La que habló es la menor de las Melguizos. —Quién sabe si estará levantado. el administrador exclama más adelante: —Son mineros que tunan. compadre. el par de rameras más conspicuo de estos parajes. Continuando la marcha. en toda la raya que separa la noche de la madrugada. Se hacen a un lado para dejarle paso. ofuscándolos. reputas y archiputas. De pronto ven luz en la casita del vasco y oyen voces aguardentosas. Luis Cataño y Celso Barrera. —Podemos subir entonces a donde el cachupín Arrendázurri. —El otro era el dotor de leyes —agrega alguien.—Ni para arrullar a los bebés —responde secamente Cataño. desde el moño a las patas. Junto a un alto barranco hacen breve parada. Todo está solitario. Putas. porque la alusión. —¿Tiene sueño ya. se me acabaron los tabacos. Pioquinto y Facundia? Al otro no lo conocí. Alcanzan a distinguir la voz de una de las mujeres del grupo. y a Barrera por lo exiguo de su estatura.

de veras. Por el inmenso cerro parece extenderse. que acaba de atrancar la puerta por dentro. arropándolo. —Ah. L a bruja de l a s mina s 10 7 . —¿Fósforos también. que me arranquen la cabeza si la que está allí no es Petra Cañizo. yo prendo en yesca. En el interior suenan risas. impalpable manto de bruma. Por fin accede a pasar por el ventanuco un buen paquete de calillas. se niega a abrirla de nuevo. ¡por la Virgen de Covadonga! Regresan. carajo! ¿No se fijó? Arrendázurri. —El cachupín tiene gato encerrado —afirma Pioquinto—. don Luis? —No. alúmbrala difusamente la mortecina luz de la luna en menguante.—También iba allí Serafina la Tolimense —afirma Gutiérrez—. ¡Qué potranca e negra. La noche ha aclarado ahora.

x

—La Lola que cortó a Engracia. —¿No dicen, pué, que fue puñalá? —Con barbera, hija; con pura barbera de afeitá. Se la pasó por la cara, como quien afila machete, dejando a la pobre lo memito que una Virgen de Dolore. No se le podía conoce. Ahora la tienen en el hopitá, donde la tan curando. Dos mineras negras y jóvenes comentan el hecho en la boca de la mina. La noticia se ha difundido con rapidez por todos los sectores del cerro. Una de ellas acaba de arrimar corriendo, pero hasta la otra habían llegado ya los rumores. —¿Y qué motivó la cosa? —Hay mucha versione. En el grupo donde yo taba, poniendo cuidao, un mecánico dijo que fue por celo; que la tal Engracia dique le taba alcahuetiando al cantor pa que se viera en su casa con la Felisa, la que tá conchavá donde míter Simón. —Dígame, pué, señó, ¡qué barbaridá! —La Lola se volvió humo; no han podido encontrarla. Vario guarda la andan buscando ahora. Tan requisando toa la casa. Se meten por el socavón, viendo venir al capataz. En el pequeño hospital de la empresa, entre tanto, sobre angosto catre de hierro, Engracia Buriticá se retuerce de dolor y de rabia. Se
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halla en un saloncito, a la izquierda de la botica, impregnado de olor de anestésicos y con las ventanas cubiertas de anjeo. El semblante se le ha puesto monstruoso, hinchado, lleno de sanguinolencias; casi no se le perciben los ojos; la boca entreabierta se crispa con aguda mueca de sufrimiento. —¡La perra: traidora! Ya me las pagará cuando me levante de aquí. Ni siquiera me dio tiempo de defenderme. El médico, llamado de urgencia, la atiende solícito. —Cálmese, Engracia; necesita estarse tranquila. —Cure, no má, dotor, y no se preocupe. A mí nadie me hace callar la boca. —¿Quiere quedar, entonces, con la cara como una piña? Si no se porta bien, no respondo. Engracia se aquieta de improviso. La amenaza de la deformidad la asusta, obligándola a someterse. Esa noche, en el molino El Diamante, Roque Montoya hace su guardia visiblemente preocupado. Piensa con fastidio, y también con irritación, en la estúpida ocurrencia de su querida; de una de sus queridas, mejor dicho. Pero, ¿es que no puede él tener las mujeres que quiera? ¿Estará pensando la Lola que se va a esclavizar a una sola moza, como perro faldero? Y luego, promover tal escándalo. Lo que habrán garlado en el minerío con tal motivo, y las cosas que habrán dicho de él. Cierto es que son hechos que ocurren todos los días, y que nadie les da importancia, por la fuerza de la costumbre; pero… la verdad es que no le gusta andar demasiado en las viperinas lenguas ajenas. ¿Que tiene mujeres? Pase. ¿Que es aficionado al jolgorio? Pase. ¿Que de cuando en cuando desenvaina el machete para definir la propiedad de una hembra, o se ve obligado a sacar el cachiblanco de la funda para echarse candela con otro macho por palabra más o palabra menos? Pase igualmente. Lo que no puede
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admitir, lo que lo solivianta, es que las mujeres pretendan convertirlo en causa de decires, en blanco de comadreos. ¿Han creído que es payaso de feria, o títere de barraca, carajo? Roque va y viene por el molino sin poder estar quieto, conteniendo la traílla de sus enojos; se mueve como acorralado animal, repitiendo la misma tarea, poniendo y quitando cosas, subiendo y bajando con agilidad de simio por la armazón del molino; y ya está trepado en los abitaques, ya en las escalerillas de tablas, cuando no es que se queda inmóvil en los pasadizos húmedos y sucios de tierra. Del techo de la ramada cuelgan bombillas de luz, percudidas y opacas, en torno de las cuales evolucionan moscas tenaces, diminutos jejenes, y falenas grandes y negras. El ruido del motor y el tableteo de la cernedora ahogan el zumbido de los insectos. Agarrando con brusquedad la palanca para mover la pala alimentadora, vuelca en el ancho tamiz aluviones de mineral compacto y obscuro. El golpe de un cucarrón lo hace levantar la cabeza de improviso. —Ajá, ¡no faltaba más! La noche bien oscura, y ahora, un buen lapo de agua. Tiene que sacudir, a manotazos, la nube agresiva de cucarrones que se le viene encima, semejantes a negros pedruscos, golpeándose en sus giros atolondrados, contra los maderos, las bombillas de luz; los objetos todos. —Oiga, Roque: ¿tiene una cerilla ahí? Lo llama el watchman que pasa con su linterna encendida y embozado en amplia capa de caucho. Agrega: —No prendo en la lámpara porque el viento me la apagaría. Va a llover, ¿eh? Enormes goterones comienzan a caer, confirmando tales palabras. Encendido el cigarro, el hombre se aleja.
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Para distraerse. de ocultas y misteriosas fuentes. Vasto fragor ensordecedor llena el aire entenebrecido. Roque! Se vuelve con brusquedad. pero luego la voz va creciendo. el agua culebrea. temerosa. deslizándose a lo largo de las grietas. una mujer de mojadas ropas lo mira de hito en hito. de pie e inmóvil sobre el pequeño andén del molino. La faz palúdica de la luna asoma tras las altas montañas. afloja y arrastra los escombros de los desatierres. salta con agilidad de cabrito sobre las peñas. —¿De dónde sale usté. parece brotar de la superficie misma del suelo. El chaparrón cesa súbito. —¡Qué bien está cantando. de timbre triste y quejumbroso. corre por las hendiduras. Todo lo inunda con su transitorio furor el desbocado turbión. Lola? —Pues será de la tierra. de basuras y de detritos de vegetación. baja con ímpetu de las cimas. Se desploma de arriba. Se ha metido en los huecos. Por las laderas. ronca.El chubasco es violento. aguacero de esos que duran poco. creciendo. se desborda por los barrancos. Resguardado en el escampadero de la garita. como cortado por inmensa cuchilla. de escorias. Sus cabellos y sus faldas chorrean como socarrén de rancho de paja. L a bruja de l a s mina s 111 . sucia de tierra mineral. A poco. despeñada en turbios torrentes. pero dejan la tierra empapada para largo tiempo. casi asustado por la inesperada voz. Sus pensamientos se han agravado. el agua acribilla el accidentado piso del cerro. convaleciente. hasta adquirir toda su potencia. ¿Qué importa de dónde vengo? Tenía que verlo. Como millonadas de dardos. proyectando frío resplandor de pupila muerta. Roque Montoya mira con expresión de tedio el torrencial desbordamiento. la noche se aclara. del inagotable cielo de tinta. entona su canción más alegre. y por eso me encuentro aquí. A corta distancia. Al principio es un tarareo.

Y a esa zamba Felisa me la quito de en medio. Roque. Lola: no se ponga usté demasiado necia. No le daré a esa puerca el gusto de verme en la guandoca. Yo no soy pelele de nadie. fíjese bien lo que habla. —¿Lo dice por los gendarmes? —Sí. Bien puede llamarlos. y vivir huyendo. —¿Me ha conocido como soplón? 11 2 Gregorio Sánche z Góme z . de impresionante fiereza. Ahora vamos a ver qué otra alcahueta busca. si es que piensa que conmigo se juega. que andan buscándola como aguja. usté. y dice enseguida con palabras en las que abejonean trémolos de ira: —Vea. lista. de esos que no se dejan poner albarda. en sus ojos se ve el dolor. Lola. que ya quisiera verse libre de mí. o no es Dolores Paz mi nombre de pila. por los guardas. —Cuidao. pues. Ya se lo advertí varias veces. Roque Montoya prende un cigarro. ¿Para qué? Ahora tendrá que esconderse como lagarto. Roque? Como si no estuviese bien enterada. Pero se acabaron las fiestas. —Que busquen. —¿Qué dice? —Ni a usté. para mujerear a su amaño. y la decisión bravía. Lola. ¿Queda bien enterada? —Libre para irse con la otra. ¿no? ¡Infame! ¿Por qué no me entrega mejor a los gendarmes? Aquí estoy. ¡la muy sinvergüenza! Pero. —Lo que hizo fue una burrada. Y sepa de una vez que no le aguanto más letanías. pero también la ternura. Se está olvidando de que soy hombre libre. que no me he de ir ahora. —¿Y de dónde sacó ese cuento de Engracia? —Ah. ¿es que me creyó tonta de veras. —Cuidao.La moza tiene aire fatalizado. de desprecio por el peligro.

sabe al dedillo su geografía. sí. Las fauces de la noche se la tragan. no se sabe cómo. haciéndola conocer además todos los estancos y cantinas de la comarca. —Lo que ha de hacer es irse. se ríe de los lodazales y no da paso alguno en falso.La moza comienza de pronto a zollipar. ¿Aquí no hubo daños? —No. Su dueño anterior fue un bebedor intrépido. lo sigue un capataz. pero no crea que lo dejo. Espolea la bestia. no quiero que la cojan los guardas. pero de mucho arranque y extremada resistencia. a horcajadas en ruin caballejo con enjalma. Conoce su historia. Allí morirá seguramente. el amor. de donde le quedó esa tendencia irresistible a pararse en cuanta licorería encuentra en la ruta. come y aguanta como media docena de sus congéneres. el odio. —Me voy. lo mismo que a diminuta y liviana cosa. No ha de tener más mozas. que la endureció a golpes y tropezones. Sube las cuestas de un tirón. Difícil problema averiguar de dónde saca tal energía semejante L a bruja de l a s mina s 113 . Luis Cataño es la acción metida en vestido kaki. se echa a rodar por las pendientes. La petisa es mula famosa en la región. Andorga insaciable sobre estacas de acero. don Luis. ¡se lo juro! Se va como vino. Marrullera y prudente. me voy. Parece parido por las minas y amamantado por ellas. sacuden como cierzo su figura patética. —¡Maldita sea! Por qué me creí de este hombre canalla… Por qué le pondría tanto amor… Ahora me paga así. —La contramina que une a Soplavientos con Corozal se inundó anoche. pequeña. ninguno. los celos. Al amanecer pasa el administrador en su mula petisa. Roque Montoya se humaniza. su cuerpo transido de pobre mujer atormentada. Lola —dice suavizando la voz—.

montón de huesos y nervios. Bajo la luz pálida y tiritante del alba galopa afanoso, indiferente a las asperezas del camino, tieso como varilla de hierro sobre la montura. No le interesa sino llegar. Como el daño es bastante grave, pues el sector anegado comprende dos minas y su comunicación, hay que trabajar duro y seguido. Cataño en persona dirige la penosa maniobra. Con el agua hasta la rodilla, numerosos peones se mueven por pasadizos y cañas, provistos de acetres y lámparas de tela metálica. Han instalado una gran bomba, con su manguera. Los achichinques sudan y gritan. En algunos trayectos los pies parecen adherirse al fondo gredoso y pegajoso. Afuera se han formado aguazales turbios, oscuros, sucios. Las agogías, obstruidas por las basuras que el turbión arrastró, tardan mucho en quedar expeditas. Todavía están en la faena cuando el crepúsculo se inicia. Concluida por fin, Cataño regresa a su vivienda. Cansado, molido, casi triturado como el mineral en las máquinas. Pero no parece sentirlo. Su rostro atezado, impasible, hace pensar en el de los fetiches indios de piedra. Le habla a su mujer, mientras él mismo desensilla la bestia. —¿Cómo va el niño? —Ha empeorado; la fiebre le subió otra vez. —Ajá. —Vendrá fatigado, Luis. Ni siquiera subió a almorzar. —¿Eusse lo vio? —Informaron que hoy no pudo venir. Mañana, tal vez. Pero venga, coma algo. Ha de estar ahilándose. En ese momento el cartero llega corriendo, con telegrama de Riosucio. —Es urgente, don Luis. Sin precipitarse, Cataño se entera. Lo guarda calmosamente. El abogado le avisa que debe estar allá antes de las siete del día siguiente;
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se necesita su presencia por asuntos de extrema importancia para la empresa. Despacio, tranquilo, entra en el aposento. El niño está allí, aletargado, sobre su blanca camita. La calentura le ha arrebolado las mejillas tersas. Lo mira un instante, con ternura, pasándole la mano curtida por la cabeza. Enseguida sale de nuevo, y comienza a ensillar la mula. —¡Qué! ¿Se va otra vez? —Tenga mucho cuidado con el niño, Mercedes. —Tome un bocado, al menos. —No hay tiempo. Cenaré en Riosucio. Cabalga, y parte veloz. La noche es clara, por fortuna. Sobre el empedrado de la plazuela resuenan reciamente las pisadas del animal. A poco, sube ya la calzada que conduce a San Juan. Se para un instante para encender la eterna calilla; se palpa para comprobar que el revólver está en su sitio, en el cinto. —Siempre andarán con estos afanes, ¡imbéciles! —rezonga malhumorado—; no pueden distribuir bien el tiempo. Pero es que carecen de sentido común. Y como si el sentido común fuera él, Cataño, espoleando la famosa petisa, galopa implacable, rumbo a la cabecera del Circuito.

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Domingo. Mañana luminosa y cálida. Oscilando, suspensos en la dorada atmósfera, bajo el cielo de lapislázuli, que en las cimas lejanas manchan apenas nubecillas inmóviles, pasan sobre Marmato los ecos desvanecidos de un campaneo jacarandoso. Sones alegres, confusas y regocijadas voces que parecen venir de remotos santuarios o de humildes espadañas perdidas en ocultos rincones del mundo. Pasan, y no se sabe con certeza de dónde llegan. La acústica de los montes las recoge, y quedan allí en lo alto sobre la inmensa cañada, al ras de las cuchillas, hombreándose con los escarpados cerros ocres y grises. Se quedan allí un momento, muchos momentos, como invisibles pájaros estacionados, columpiándose cual si fueran armoniosos acróbatas que contagió la alegría matinal. —¡Cantarilleras, cantarilleras! Muchachas de Echendía y San Juan, mocitas jíbaras del agro propincuo, doncelluecas que viven como en clausura en medio del pervertido trajín minero, recorren con despacioso andar la plazuela y los callejones. Visten de fiesta; ceñidos los airosos cuerpos por las vistosas batas de color; cargadas de áureas sortijas, de pulseras, de collares exóticos, de finos aretes. En los largos cabellos se les enredan graciosamente las balacas de cintas, los peinetones de carey. El pequeño mercado dominical ha atraído gran concurrencia. Mineros y campesinos, negociantes, buhoneros. Se llenan los
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Trae de la mano a Mary. granos de las frisoleras y los maizales. sandunguero y provocador. sin fermento porque no lo permite el monopolio de los licores. y saben lo de Roque Montoya. El gallardo cuerpo se mueve. machos y hembras revueltos. Ni siquiera mira a los lados por curiosidad.tenduchos. echan centavos por la hendidura de la hucha. las mujeres se fijan en ella de paso. Varias mujeres expenden en totumas. abrazado al tiple. —¡La cantarilla para la Virgen! El concurso se agita con bullir sordo de enjambre. L a bruja de l a s mina s 117 . Lo rodean mujeres embelesadas. por ancestral superstición acaso. como si la áspera brega y el duro contacto con la tierra. Promiscuos. un guarapo dulzón. papayas. especialmente las mujeres. frescas legumbres de los huertos. riendo y hablando su rudo y vulgar lenguaje de peones. Hierven las fritangas bajo los toldos. al andar. Por costumbre. zapotes. —¡La cantarilla para la Virgen! En el comisariato de la empresa se agolpan mineros a cambiar fichas y contraseñas por comestibles. Siguiendo estrecho callejón. les unificara los sexos. empujándose. y la desnuda realidad. Dicen cosas atroces. comentan y chismean maliciosamente. ondula con vaivén de marea. Un paisa ladino. porque esta gente perdió toda noción religiosa. por velas. No habla con nadie. rumbosa y flamante. muchos de ellos. las licorerías están literalmente colmadas. obscenidades. con simulada indiferencia. Los hombres la admiran y desean. parece ser extraña a aquel mundo. Sobre los andenes se apiñan frutos de la comarca: chirimoyas. encaramado sobre ancho cajón. Entran y salen. la mulata de ojos nostálgicos. se arranca del pecho poderoso linda canción de amor. chontaduros. sacándolo de rojas tinajas. por tabaco. Quienes la conocen. viene Felisa Barco.

los meandros de los caminos. en dirección de la casa del administrador. La infortunada moza. ocres. colores de tierra. quedó un tanto desfigurada. Sonríe. a pesar del esmero del cirujano. Pero está tan lejos. los abajaderos. Le llevó dinero y regalos.Temprano fue a visitar a Engracia. ardiente y deslumbrador. sacudido por voluptuosidades recónditas. bermejos. ¿Qué buscan sus ojos ansiosos por las rugosidades del cerro? ¿Por qué se infla su pecho con tal avalancha de suspiros? Por fin logra localizar el molino El Diamante. de turno. espía todos sus movimientos! 11 8 Gregorio Sánche z Góme z . ¡Cuán lejos está de sospechar que a cierta distancia de donde está. que manda en su voluntad de mujer como el capataz en el peón. tan lejos aquel molino. lívidos cabrilleos de pócelas. Desde el altozano donde se alza la casa. Sabe y comprende que está prendida por la llama de la pasión que exalta las almas y quema los cuerpos sin consumirlos porque cada día parecen nacer de nuevo. de pies en el patinejo de enfrente. Felisa siente. espejeos metálicos de escorias en los desatierres. que sale mañana del hospital. que no puede distinguir sus detalles. que es dueño y señor de todo su ser. como el padre en el hijo. allí debe de hallarse en ese momento el hombre que su corazón adora. otra mujer. Aspasia. que aquel macho la asimiló por completo. después de dos semanas de cama. como el amo en el perro fiel. Sí. Felisa contempla el caserío. Recorre con atenta mirada el accidentado conjunto. relámpagos de plata de las acequias. por sus amiguitos. El sol se acerca. Suspira. donde está sola ahora. Hablaron largamente. mordida por el recuerdo de las caricias. Mary está invitada a almorzar allí. que todo su cuerpo se estremece. arrullada por el eco ideal de la voz del varón querido. los agujeros negros de los socavones que se alcanzan a divisar. que su fuego de él es su propio fuego. desentendida de cuanto la circunda. Amarillos. Y ahora Felisa camina. Allí debe de estar ahora. hacia el meridiano.

Al ver aparecer a Mary en el patinejo. No ha apartado la vista un solo instante. ¡Maravilloso hechizo de sí misma! ¿Por qué no durará. cuando hace mucho rato ya que todo se ha desvanecido. el resol. ¿No parece. Suenan canciones. Aspasia se estremece. siguiendo con hondo embeleso sus caprichosos giros de mariposa. —¡Calla. lanza un corto ladrido. A primera vista parece que está L a bruja de l a s mina s 119 . De repente despierta. en verdad. Con indiferencia. absorta. Aspasia hace una mueca de disgusto. ¡Qué linda está la gentil criatura. pues. allí estaba con su aire de espión y su impertinente presencia. acordes. en ese momento es una bruja embrujada. ásperos gritos de borrachos. El bochorno dominical. al pasar. embrollándose. la vieja mira a su vez hacia la casa de Cataño. más allá de las últimas viviendas. vestida de azul. deseosa de ver a la criatura.Hundida en el oscuro hueco de un rancho sin dueño. fugada del mundo. ay. bajo el resplandor dorado del sol! Largo rato se queda quieta la vieja. recelosa. ponen velos de sueño sobre las cosas. que le choca la empecinada vigilancia de la mulata con la niña. siempre. La vieja construcción tiene el aspecto triste que imprimen a las moradas humanas la soledad y la incuria de mucho tiempo. siempre. Ha vistollegar allí a la mulata con la niña. Si es bruja. El gentío comienza a mermar. echado a su lado. ¿Adónde va ahora? Casi a mitad del cerro. hay una casa abandonada. Piensa. observa a distancia a alguien que duerme en un corredor tendido sobre oscuro chinchorro. que pueden oírnos! A lo mejor hay perros gendarmes por aquí cerca. Tigre. suspensa de los más pequeños detalles. observando su juego ingenuo. como asegura la gente. Se aleja. la dulce visión que la fascina? Aún continúa inmóvil Aspasia. su propia sombra? Cuantas veces había rondado la casa al anochecer.

en cuyo caballete se posan a veces zuros y cuervos. de individuos extravagantes y ociosos. Leyendas lúgubres y tristes pesan sobre ella hace largos años. ya bajo sus vencidos aleros. circula la población inquieta de las sabandijas: diligentes lagartos de ojillos vivaces. cuentan. cucarachas.cerrada. danzaron como dementes en medio de bestial borrachera. por los agujeros múltiples. La verdad es que la arruinada fábrica parece más bien vivienda maldita. tal vez. La hierba profusa. y que sostienen sobre sus hombros decrépitos paredones sombríos. a los listones de negra madera. Carcomidos batientes se agarran desesperados. Alguna noche. los objetos cobran extraña vida. mudez y desolación. De día. a su mujer infiel. según el tiempo y el ambiente. Marmato da la impresión de ser pueblo 1 20 Gregorio Sánche z Góme z . personaje de pro. Allí mató un minero. sucios y llenos de lacras? Pátina. pero. por las grietas. Por las rendijas. traídas las últimas de los lenocinios de la ciudad lejana. ciempiés. hombres y mujeres desnudos. cualquier lejano grito repercute allí con pávidos ecos. Ocurrencias. desgarrones e hilachas. en ciertos lugares. telarañas. lobreguez y fantasmas. Nadie quiso volver a habitarla. horribles arañas de toda clase cuelgan sus prodigiosas arquitecturas aéreas. fantasías malsanas del vicio. A esa hora caliente y pesada de la tarde dominical no se ve un alma por los aledaños. cualquier luciérnaga que brilla parece provocar tropeles misteriosos de sombras. invade el contorno del caserón. de noche. con las uñas de sus bisagras mohosas. Se refieren también antiguas historias de bacanales nocturnas celebradas por gentes ricas a puerta cerrada. polvo. luego. ¡Dulce paraíso de la polilla! ¿Cómo no se ha desplomado aún ese techo acróbata. Porque todo en lugares así es fantasmagórico en la tiniebla: los ruidos adquieren impresionante resonancia. se nota la ausencia de las puertas. las ventanas son arrapiezos arquitectónicos.

Sorprendido murciélago vuela aturdidamente de un lado a otro del aposento. ¿no? ¡La pobre! Esos perros gendarmes no dejan al cristiano en paz. Cuando la vieja llega. el suelo polvoso cruje con rumor de tenues quejidos. ya Dolores está allí. —No faltaron motivos. que no paran jamás. amplio y profundo círculo. después. si no fuera por el tableteo sordo de los molinos. hija. L a bruja de l a s mina s 121 . motivos… Usted también anda huyendo. Aspasia saca de las reconditeces del seno flácido un envoltorio que abre con enigmático ademán. Bajo las pisadas. Y repite con vaguedad: —Motivos. enfrentadas y silenciosas. a cuya lumbre anémica se ilumina la habitación. y porque sé que la están persiguiendo. sí. Agrega: —¿Qué pide.ausente: lugar muerto. el maleficio. a un lado de la casona. Aspasia. —Se estaba tardando. —¿Vendrá gente?… Entremos. Su enlutada figura magra. Traza enseguida sobre el pavimento blanduzco. —¿Y le dio mi recao? —Por eso vine. La tétrica estancia donde ahora se encuentran. —¿Sabe algo. —Primero es el conjuro. a través de la densa penumbra. Su voz tiene vibración angustiada y esperanzada. pues. hija —explica la vieja recordando la reciente visión. de mí. debió de ser la sala de la vivienda. Hace breve pausa. pues? —La negra Felipa me contó. con la punta de agudo cuchillo. Con cerillas enciende dos velas de sebo. hija? Dolores dice sordamente: —Esa mujer me quitó el hombre que quiero. aguardándola. Tigre gruñe con inquietud.

con deliquio: —¡Venganza. ¿qué hace? 122 Gregorio Sánche z Góme z . Al resplandor de la llama de las bujías. proyecta sobre las paredes grandes sombras estrafalarias. su color azulenco toma por instantes tintes verdosos. en éxtasis. Aspasia repite con ronca voz las palabras de la moza. —¿Minera? ¿Forastera? ¿Jíbara? —Vive aquí hace algunos meses apenas. las caras de las dos mujeres cobran siniestro aspecto. venganza! Sobre diminuto brasero. Y vuelve a decir. vuelca oscuro polvillo. hija. Mira de hito en hito a Dolores. Aspasia sigue inmóvil.moviéndose. Los de Aspasia están fijos. —Quiero vengarme de esa puerca. Y entonces comienza el verdadero rito de brujería. —Pero. La llama del braserillo se alarga como lengua de ahorcado. pero sus pupilas se mueven ahora con ardor de fiebre y sus manos flacas se agitan en el aire haciendo lentos trazos. el maleficio pérfido que ha de llevar hasta la víctima la locura. venganza. como alucinados. sin más movimiento que el de los labios que se aflatan convulsos. Durante largo rato permanece así. la enfermedad. hija. —Piense en su enemiga. piense con fuerza. morena? —Es mulata. —Quiero vengarme de esa puerca. erguida. —Ya quedó hecha la invocación —musita por fin. quieta. Fulgores de odio despiden los ojos de Dolores. prendido en mitad del círculo. El hechizo malo. la desgracia o la muerte. —Haga su petición. una llama azulina se levanta al punto. —¿Cómo es la mujer? ¿Blanca. —¿Espigada? ¿Bajita? —Más bien alta que baja.

la mulata. L a bruja de l a s mina s 123 . Seré su sirvienta. —Se llama Felisa. ¿qué hacemos? —No se desconsuele. asediada por confusas dudas. allá lejos. cualquier anochecer. Y luego. hija. El trajecito azul. Tal vez es que no conviene así. —Y ahora. La visión reciente le acude de nuevo a la memoria.—Se conchavó en casa de un gringo. hija: ella. continúa preguntando: —No me ha dicho cómo se llama. —¿No puede enviarle la viruela? ¿O una perniciosa bien brava? —Lo que usted pida. salta dos veces sobre el braserillo. levanta los brazos. Aspasia pronuncia palabras que Dolores no entiende. tráigamelo otra vez. por inconexos pensamientos. De repente. —No sé —murmura enseguida. Aspasia. pero siento algo particular. —Sí. hija. No resulta. ¿qué dice? —¿Recobrar a Roque? —exclama la moza con intensa y brusca alegría. el grito de espanto de una chiquilla. Aspasia exclama con cierta extrañeza: —La niña… una niña… ¡Dice que una niña! Se queda perpleja. Ahora. —Está bien. Bajando los brazos. sí. ¿Quiere dinero? ¿Quiere toda mi ropa? Le daré cuanto tengo. como asaltada por imprevisto escrúpulo. su enemiga. vacilando—. Quién sabe qué se me olvidó. —Para que la vuelva a querer. Si intentáramos mejor recobrarlo. la que cuida la niña de míster Simón. Aspasia. Su cariño es lo que me falta. —¿Yo? —No. no sé qué pasa… —¿Tiene algo más qué preguntarme? —No. vamos a llamar la desgracia.

surge en su corazón. Camina y piensa desordenadamente. Cautelosa. Usted hará lo que yo le encargue. ¡Por poco le hace el maleficio a la pobre! Aspasia siente que algo imprevisto la protege. Le parece que es viejo ya.—¿Ropa? ¿Dinero? ¿Yo para qué. que ha visto de lejos. Aspasia sigue el camino de su miserable cabaña. casi lamiéndole los talones. Brota como pequeño manantial de ternura. nada más. según costumbre. hija? Pero hay otros que lo necesitan… Bueno. Es bastante con eso. en sus rondas. La abandonada trocha parece cerrar sus brazos de raquítica vegetación para estrecharla y defenderla. de maternidad repentina. a crecer. un revuelto disparatado de imágenes. que hace mucho tiempo lo lleva allí. en el oscurecido cerebro. Media hora después. La niña… la mulata… Felisa… El nombre se le quedó clavado allí. cual acunado infante. La hirviente marmita de su cabeza dislocada es un sancocho las ideas. Tigre va detrás silencioso. le voy a dar unos polvos y un manojito de hierbas. que ninguna desgracia ha de alcanzar ya a esa moza que apenas conoce. Un sentimiento misterioso. o cuando ella sale por el caserío llevando consigo a la criatura. 124 Gregorio Sánche z Góme z . y comienza a crecer. cuando se hunde en el refugio lóbrego de la cueva. como escarpia hundida hasta el codo en recio muro de concreto.

xii

¿Qué númenes tutelares, cuáles fuerzas ocultas protegen aquí a los borrachos, a los negociantes clandestinos, y a todos aquellos que hacen saltar el surtidor de la sangre al acerado golpe de las cuchillas enloquecidas? Los dramas se pierden en la sombra, las tragedias en el silencio. Callan las lenguas para no delatar, entórnanse solapadamente los párpados para que ninguna luz traicione los fondos del alma. ¡Admirable masonería de los que trabajan y sufren! ¡Maravilloso acuerdo instintivo del minerío! Cataño, el administrador, y Gutiérrez, el alcalde, cabalgan a buen paso, cada uno ocupado en menesteres del respectivo oficio. Hace buen rato se encontraron, apareando las bestias, para charlar más a su amaño. Pero el funcionario parece de mal humor. —A mí no me sacan del magín que los bellacos guardas se apaniaguan con los responsables. ¡Son más avispaos! Figúrese que a la Lola esa no han logrado echarle mano hasta ahora. Por ahí andará la guaricha, riéndose de nosotros. —Riéndose de usted, Pioquinto, será. ¿A mí qué? Yo no soy de justicia ni de orden público. En lo que sí estamos de acuerdo es en que no le echarán el guante sus polizontes. Eso téngalo por seguro. —¡Claro! Cual más, cual menos, todos le hacen el alto. Y así tapan todas las fechorías. Y así se quedan los delitos sin su condigno castigo.
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El administrador se detiene, para despedirse y tomar otra ruta. Cerca de allí queda la oficina de ensayos, con su empedradito al frente. Andado corto trecho, tropieza con el remesero que baja. —¿Ya está de viaje, Lucas? —¿De viaje? No, don Luis. Pero si mañana es la fiesta de la patrona… —¿Qué importa? No veo la razón… Con el regatón del perrero Lucas se rasca la cabeza. Muestra contrariedad, desconcierto. Lleva muy percudido el poncho, como las alpargatas de cabuya y el mandil de arriería. —Además, don Luis… todavía no está lista la remesa. —¡Cómo! ¿Y por qué? —Eso me acaba de decir don Joel. Cataño se apea despacio y calmoso. Amarra la mula a un bramadero y asciende el empedrado diciendo: —Esté listo para salir hoy mismo, Lucas, como de costumbre. La oficina de ensayo es un laboratorio completo. Hay tres locales con sus respectivas dotaciones. Hacia la izquierda, en ancha galería de cristales, el pequeño museo mineralógico: metales, cuarzos, tierras. El departamento de la derecha guarda herramientas, aparatos y materias químicas. Joel Agudelo, el ensayador, se encuentra en el saloncito de en medio, de pie ante la mesa llena de copelas. No trabaja en ese momento. Está recién bañado, empolvado, vestido como para salir, y con una carta abierta en las manos. El administrador echa rápida ojeada por el recinto, como buscando algo. Su mirada es severa. —¿Y las barras? —No he acabado de fundirlas, don Luis. —Pero la remesa debe salir hoy mismo, si no me equivoco. ¿No es, pues, día de despacho?
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—Así es. —Ya debieran estar listas. —Resolví aplazar la operación. Mañana es la fiesta de la patrona, y tengo esta tarde un compromiso. Tranquilo, imperturbable, Luis Cataño permanece brevemente meditabundo. Mira el reloj prendido en la pared. Después, con voz firme, de raro timbre persuasivo, habla. —Hay tiempo bastante para fundir las barras, Agudelo. Siento no poder ayudarle por tener muchas ocupaciones. El remesero está advertido ya de que saldrá esta misma tarde. Se marcha, confiado y seguro. El ensayador se encoge de hombros, entre fastidiado y risueño. ¡Ah, ese don Luis! Pone a trabajar a un muerto, si así lo manda el reglamento. Resignado, comienza la ordenada tarea. No ha adelantado mucho, cuando entra Engracia. —¿Ocupado todavía, pues? ¿No dizque iba a salir temprano? —El hombre propone… y Facundia dispone —contesta Agudelo con desolación un tanto cómica. Las heridas no han dejado en el rostro de la moza huellas exageradas, ni le han echado a perder del todo la gracia natural. Está, sí, algo pálida y adelgazada. Traviesa, se pone a jugar con los instrumentos, mientras dice: —¿Sí sabe que la Petra anda ahora como yegua mostrenca? —¿Qué le pasó? Cuente. —El cachupín le dio una tunda madre; por poco la mata. —Buen provecho le haga, por novelera. —Lo mismo le dije yo. Cuando nos encontramos tenía todavía los amoratados de los golpes. Habla horrores del cachupín. Si supiera las porquerías que me contó de ese cliente. —Pero ya volverá a buscarlo. Las mujeres, salvando lo presente,
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carajo. —¿Lo dice por lo de la Lola? ¡La malparida! Algún día nos hemos de ver. Más allá. galopa seguido por una travesía del cerro. A algunas hasta las engordan los palos. cabalmente me acaban de traer esta carta. la mula se detiene de golpe. El administrador. cuando alimenta. me dijo. Y qué le parece que no están mal las cosas. No le aguanta más sus patanerías. de pronto. Pero falta lo principal.se prendan del hombre que les aprieta la clavija. Pero ya no me cogen desprevenida —agrega con visible coraje llevándose una mano hasta el seno. viendo mucha gente que se aglomera junto a la boca de una mina. Lo que abunda no daña. yo creía que… —Sin embargo. —No. Se para a inspeccionar un depósito de cianuro. Engracia. —¡Es en La Pringosa! —murmura. Y continúa su marcha afanosa. Es de una salamineña recién llegada. —Ajá. pues. entre tanto. alzándose casi sobre las patas traseras. en donde oculta pequeña y filuda daga. Iré esta noche. Su miedo que tendrá cuando anda escondiéndose. 1 28 Gregorio Sánche z Góme z . Vea. Si quiere en mi casa… —Cuidao. entré a hablarle de usté con mucha labia. gran berrionda! Tremenda explosión ha sacudido el cerro. tabaco y también colaciones. y que ahora está comiendo chivo. no está por demás ensayar la cosa. Algo macanudo. Cataño mira hacia el lado de la falda. cuidao. —¡Qué hubo. —La verdad es que ya no me interesa mucho el asunto —declara Agudelo fingiendo indiferencia—. esta vez Petra está decidida a dejarlo. no. ¿oye? —Bueno. —Vaya esta noche a verla. Aprovechando el berrenchín. Tome estos papeles para que compre trago. me querrá de paño de lágrimas.

don Luis. Bajo los cascos de la petisa saltan los guijarros. Mientras tanto esa gente perece. numerosas mujeres transportan la tierra. tal vez de haberse tragado media L a bruja de l a s mina s 1 29 . en berlinas. don Luis. Algunas mineras se lamentan. Trabajan con furia. despeñado. Hombres con zapapicos. ¡qué hacen ustedes. con desesperación. van y vienen apresurados. Pero. en vagonetas que empujan sudorosas. ¡todo el mundo al salvamento!. —¡Huy. picos. agrandándose. comentarios a voces y diálogos agitados. vagonetas. no diga esas cosas! —Pero. —¿Qué pasó aquí? —Un taco de dinamita que reventó antes de tiempo. En algunos puntos. creciendo. ¡vivo!. ¡vivo! En pocos segundos la boca de la mina se ve asaltada por una avalancha de mineros atacados de súbita fiebre. La galería se ha derrumbado. raudo. Pero vea. en sacos. no falta sino la lápida. ¡ya mismo! Traigan taladros. por los demonios del infierno! Hablar y hablar. Entretanto. Se oyen gritos. mujeres con almocafres y palendras golpean y remueven sin descanso la muralla de tierra y piedra. la boca se tapó por completo. El pequeño poncho de Cataño revuela hacia atrás con aspecto de alas tendidas. el estridente ruido de los taladros ahoga las voces. A ver. llorosas. violentos. boca ahíta.Y arranca hacia allá. y estarse quietos como estacas. mujeres. entre el desconcierto y la conmoción del primer momento. —¿Y había gente adentro? —Sí. Capataces. imprecaciones. —Ya lo veo. En la mina La Pringosa la confusión es grande. Cuatro hombres y dos mujeres. peones. Y la boca se va despejando. cual si fuese la propia vida lo que le disputan a la muerte. en cajones. cual si se abriera en inmenso y lento bostezo.

Se devuelven. pues. —Siquiera descansó. tendidos en el sucio piso. uno de los conductores observa: —Tampoco va a llegar este. Afuera. silenciosa. es inútil. Abitaques medio carbonizados. ¿Por qué será que los muertos pesan tanto?. pobrecita! —Pues cómo no. sintiendo cómo tira el cuerpo hacia abajo. trozos de vagoneta y linternas se confunden con el mineral y la tierra blanda. la risaraldeña. Con gran dificultad logran extraer el cuerpo. fúnebre. La que parió hace dos meses. como ofreciéndose a su voracidad de monstruo famélico. con rudo cuidado. Adentro. porque ha fallecido. ante las propias fauces. los despojos. Solamente un minero y la otra mujer viven aún cuando los encuentran. La peonada entera rodea los cuerpos.docena de mineros. yacen entre impresionantes estertores. encuentran la primera víctima. Ahora queda güérfana esa desgraciada criatura. fragmentos de riel. gracias a que quedaron bajo unas vigas que se le atragantaron al socavón. y que parece ver con desprecio aquella porción humana que tiene allí. aplastada bajo gruesa capa de tierra y palos. 13 0 Gregorio Sánche z Góme z . cual si lo llamara la voz telúrica. Entonces alzan al hombre en peso. Es de una mujer. la misma. Soliviantan primero a la mujer. No fue posible salvar a ninguno. Las cabezas se agobian bajo el soplo invisible de la fatalidad. —Lleven los heridos al hospital —ordena Cataño. El daño fue grande. Respiran todavía. Aunque está casi deshecho y desfigurado la identifican enseguida. pero están mal heridos. temeraria y dinámica. piensan aquellas gentes. miren que está boqueando. A poco andar. —¡Pero si es Magdalena. —Esta ya acabó —dice alguien—. en el socavón.

Al frente va. Parihuelas cargadas de fruto fatídico. baldonada de tierra. con engrasados overoles. sobre la petisa marrullera. La triste procesión inicia la subida hacia el caserío. Los acomodan bien. con bayetas. como encabezando su hueste. fabricadas toscamente. Luis Cataño. el hombre de una sola pieza. que sirven lo mismo para transportar enfermos que difuntos. que por la misma boca insaciable devoran criaturas vivas y defecan entre convulsiones cuerpos muertos y dislocados. horrible digestión de las minas. con delantales manchados de acije. Pobre montón de carne macerada y sangrienta. L a bruja de l a s mina s 13 1 . Son camillas de guadua. cada uno en sus andas. cubriéndolos con improvisados sudarios de telas sucias.Entonces colocan en guandos todos los cadáveres.

porque el otro iba a ser yo. ¡hombre! —¿Suerte? No me lo diga. Una vez por poco me topo con el judío errante en persona. el corrillo de hombres. —Pues tiene usté suerte. comenta la catástrofe. Esos sí que fueron truenos mayores y terremotos históricos. pasado el entierro. como venía diciendo. Se van a pasmar si les refiero lo que yo he recorrido. 132 . Y si viera con las mujeres… Pero a mí lo que me gusta es andar. forastero y locuaz. habla en ese momento. Sin duda fue la Virgen de Viboral la que me amparó con su manto. Un minero antioqueño. hermano. Un buen reque entre las rodillas. —¿Cómo fue ello? —Otro día les cuento esa epístola. de seguro. ¡Horrible. entre tragos de ron y de aguardiente. se nos vino encima tal socavón que hagan de cuenta una cordillera. caballeros! Yo escapé de puro milagro. y ríase usté del mundo. explosiones y derrumbes de verdá los que le han tocao al suscrito. Los heridos sí me parece que fue ese el número. por los laos de Frontino. mis amigos. No sé cómo estoy echando el cuento. —Pues sí. me equivoco. Pues imaginen cómo sería la cosa.xiii En el estanquillo. que resultaron ciento cincuenta muertos y seiscientos heridos… No. Los muertos fueron nada más ciento cuarenta y nueve. Recuerdo que una vez.

El culebrero del mundo. paisano: ¿no anduvo alguna vez por Gavia y Vendecabezas? ¿Trabajó en El Crucero? —Eso no está en mi geografía. El paisa saca del guarniel un cigarro que enciende con flema. Es que para ser macho auténtico hay que saber echar candela y volearle bien el machete al antagonista cuando ello es menester. Al orador no se le intercepta. —Ahí. o nariñenses. ¡Hay que recorrer! Ultimadamente me vi en el mismo cajón del Patía. me prendió el beriberi. la Hoya del Nechí. que es lector asiduo. de sacar nomás con ponchera. en lo que llevo de perra vida no hay región minera que no conozca. —Debe ser de puerco con paludismo. salta un chicharrón amarillo que relumbra como patena. L a bruja de l a s mina s 13 3 . amigos! ¡Qué aluviones aquellos! El oro está encimita. ¿Dónde no ha estao este prójimo? En las minas de Pato me cortaron un dedo de un peinillazo. —¿No lo creen? Porque no conocen sino veticas. Zaragoza. en el San Juan. Pero cuéntenos usté. —Exactamente.El estanquero. y sale de pobre. cerca de Condoto. Es cuestión de pronunciación. Pero ¡qué tierra. Pues bien. mis amigos. por tierra de los pástamos. Cuando menos se espera. También anduve por el San Juan. se apresura a rectificar. Es postulado parlamentario… Les hablaba yo de mis viajes. —¿Dónde queda eso? —En la propia tierra de los chocoes. Asunto de polleras. Segovia. para hablar en sentido más lato. Pero no me intercepten. No hay sino negros que compran perros y comen pescao. —Tal vez quiere decir «episodio». en el punto que llaman Sipí. filoncitos. ¿saben? —Sabemos que son pastusos —dice el ilustrado estanquero—. Llega un minadalá con cuatro sarnosos.

Bajo la ramada de El Diamante. Roque Montoya canturrea. canciones… De los molinos viene el exasperante son tableteante. Hasta sus compañeros los habrán olvidado. como temiendo despertar su propio corazón enervado. pasito. lanzando su grito sempiterno que todos escuchan y que nadie parece escuchar. Mañana ya no se pensará en aquellos pobres y humildes muertos. con intenso goce animal. acompaña la débil tonada con el rasguear del tiple. A veces los dedos se detienen. qué significa la defunción de un hombre o de una mujer. casi siempre por la violencia? Habituados al duro vivir. golpeando tenaz en una puerta que no se abrirá nunca. pero sepa que es aquí nomás. mientras les dura. mientras la mirada se va. molinos que no paran jamás. detrás de la puerta. Se hizo un alto patético. No quieren regatearla. estribillo brutal de las horas de la solana. de puro verla tan precaria y empírica. curtidos por los ácidos de la temperie. sin embargo. Canto del alba y del crepúsculo. ¿Qué importa. y nada más. pasito. los mineros ven con indiferencia su propia existencia. o sentir. hasta la desprecian acaso. como las de todos allí. que es mejor vivirla. y por eso se la juegan a la aventura y al azar del destino. sobrios para comer e intemperantes para beber. Molinos insomnes. pero deben pensar. 13 4 Gregorio Sánche z Góme z . seis existencias oscuras como tantas. no ha logrado comunicarle aspectos luctuosos a ese ambiente pesado y áspero de Marmato. suspensos. solo en ese momento.—Porque ahora viene del norte. a pesar de las circunstancias terribles en que ocurrió. Fueron seis que cayeron. hembras. voz inexorable y clamante sin tregua. Sentado sobre el pasamanos de la plataforma. vagorosa y triste. por las inciertas lejanías del paisaje. Aguardiente. La muerte de los mineros. allí donde todos los días cobra la muerte su alcabala. y a cuyo recio llamar y bárbaro arrullo despiertan y duermen las gentes. seguramente. tan vegetal.

no es rencor lo que siente por ella. sino porque se trocó en pesadilla. obstinada y fiel como ideas que se convirtieran en quistes en el cerebro. como todo en el mundo? Lo que no le perdona es su obstinación arbitraria. caliente y aromático. creció y murió. ni los detalles de la trituración que lo distrajeron. los incidentes de la última semana. es lástima y fastidio. pero no puede sonreír. pero segura probablemente de que Roque había de tomar el emponzoñado brebaje. y que por lo mismo es más enconada y temeraria? Montoya recuerda. Roque sacude la cabeza con rabia. las inesperadas visitas en las madrugadas turbias y frías. con su pasión demente por el hombre que ahora la desdeña porque perdió su corazón en otros azares. de consistencia de gelatina. llena de amenazas de muerte contra Felisa. su absurda pretensión de tener imperio y gobierno sobre él. persecución y zozobra. ¿Hasta dónde llegará esa mujer con su amor frenético. enfriado ya su contenido. ¿Qué misteriosa casualidad lo libró de beber el líquido intoxicado? Ella se marchó casi al punto. L a bruja de l a s mina s 13 5 . con humilde solicitud. casi al amanecer.¿En qué piensa? ¿Qué torcedores cavan sobre su frente esas estrías profundas y oscurecen sus ojos como nubarrones de mal tiempo? El apasionante recuerdo de Felisa Barco le puebla la imaginación de dichosas imágenes. pero le parece estar viendo. Allí está la otra también. con visible preocupación. La carta traída por una minera. no por amor como Felisa. Incrustada hondamente. cuando fue a llevar la taza a los labios. ¿Por qué quiere empeñarse la Lola en un amor imposible ya. A pesar de todo. No tiene ahora presente el motivo que le impidió ingerirlo enseguida. amarilla y verdosa. la repugnante bazofia que había en el fondo. silenciosa y presente como sombra. para no inspirar sospechas acaso. que nació. el café que le ofreció cierta noche. una masa espesa.

porque… Y piensa otra vez. Está triste. y no acierta a explicarse bien su tristeza. no más.—¡Sobre mí. Se dejaron de ruidos. que soy chalán y no potro! Que me río de los garañones. ni penas. con el corazón enervado. en la mulata de ojos nostálgicos y cuerpo voluptuoso y gentil donde se amotinan las formas. Pero ellos ya no más. ¡caramba! 13 6 Gregorio Sánche z Góme z . que lo pone así caviloso y desasosegado? ¿Qué hay en la atmósfera. Recuerda de pronto a los mineros muertos. Que tengo la libertá atravesada en el pecho como banda de presidente. no obstante. ni nada. No comprende su desazón. ¿Qué tiene el aire. pa que todo el mundo la vea. que le mete en el ánimo tedio tan horrible y mortal. y esa vaga inconformidad con todo y con todos que lo solivianta? Tal vez con todos no. si es que me parece que yo también he perdido algo. ni alegrías. —Esa pobre gente… Por supuesto.

como todos los días. casi que idénticas palabras. En vano su mujer. Y no es que carezca de paladar. las mismas cosas. después del frugal almuerzo. en su piel. hasta se podría decir que se mimetiza. como en cualquier parte donde hay organización. No consume una más ni una menos durante cada jornada. Atezadas caras de bronce. facciones duras que labraron los cinceles del aire y el viento. es que su índole es esa: no concederles importancia a tales minucias gastronómicas y satisfacerse con los manjares tradicionales y corrientes. El hombre. Hay que ver a estos mineros: desde los altos jefes hasta el último acarreador de escorias. ojos en los que se quedó reflejado el rescoldo de todos los fuegos diurnos y nocturnos. la expresión y el color de la tierra y cuanto los rodea. invariablemente. a «reposar» la comida mientras llega la hora de ponerse nuevamente en acción. Así es siempre. Tiene un vicio reglamentado: la calilla. cómo parecen haber recogido en sus rostros.xiv Se ha sentado a la puerta de la casa. tarde y mañana. agota la fantasía culinaria preparándole platos que ni aprecia ni toca las más de las veces. allí. reglamento o disciplina. se mineraliza. La parquedad de Cataño para comer es apenas aislado aspecto de su sobriedad para todo: para dormir. para beber y para hablar. solícita. se mecaniza. Su porción 137 . hasta en su andar cansino de gente que se mueve por terrenos accidentados. igual itinerario.

según le dijeron por carta. tiesos. apenas perceptible. si todo ha de ocurrir a su minuto preciso? Cerca de él. ¿De qué le hablarán esos dos personajes. que hacen pensar en las agujas simbólicas de imaginario reloj inventado por él mismo. uno de los cuales le dio la impresión de ser hombre de grandes recursos económicos. sí se le va la mano. ¿Para qué. y más allá aun. ni le agrada tampoco anticipar los acontecimientos. También es cierto que no ha de salir hasta más tarde a entrevistarse con aquellos señores llegados la víspera con el fin de tratar con el importante asunto. En el café. don Luis? Cataño. juntos. El capataz exclama de pronto: —¿Qué hora es. por los ordinarios manjares de la tierra. apareados cual gemelos de cobre. acaso excesiva. suelen reírse de su moderación en la mesa. mejor dicho. angosto y rojizo. el de hoy fue un día tranquilo. y poniendo en alto la diestra le muestra dos dedos rugosos. y que desea sin duda quedarse solo. el cordial y el índice. No tiene prisa ahora. o lo fue la mañana. y de su preferencia. y el otro la de un profesional avezado de la política? Pero Cataño no es persona que pierde su tiempo en conjeturas. la mirada del administrador se pierde por el disperso caserío. que saben comer bien. La trataron ya. tal vez maniática. Por la sinuosidad del camino que atraviesa la localidad. se vuelve despacio hacia su interlocutor. Asunto grave y reservado. Los gringos. recostado en otro taburete contra el marco de la puerta. tinto y fragante. que tiene el mutismo enconado como llaga rebelde. está un capataz que vino a hacerle una consulta. sin incidentes. Ido el capataz.de frijoles con tiernas arepas. venidos expresamente desde Manizales. su escudilla de mazamorra con acompañamiento de natilla. a modo de un navajazo al sesgo. parece. y que sube 13 8 Gregorio Sánche z Góme z . en breves palabras. por lo hondo de la cañada.

como algo muy propio. para que nos aconseje y dirija. como lapas al casco viejo de los buques abandonados. Algún minero de por aquí. asintiendo. fotográfico. a las preocupaciones múltiples de la empresa. y es esta la dificultad con que se tropieza. —¿Por qué razón? L a bruja de l a s mina s 13 9 . sabe de una mina tapada. a dos cuadras. En ese punto se detienen. mientras su pensamiento está de seguro asido a otras cosas. —Ustedes dirán. se alza a la orilla de la calzada. El filón es riquísimo. Si se fuera de allí. Pero los delgados tabiques parecen infundir recelo. ancho pretil de calicanto entre el precipicio y la pared granítica. se mueven como muñecos de pesebre arrieros que azuzan sus recuas y jinetes que van o vienen de viaje. Todo eso le es tan familiar.desde el puentecito tendido sobre la hoya. Adelante. —Como tenemos poco tiempo. abogado de nota y político de prestigio. Y como disponemos de poco tiempo… Luis Cataño da un cabezazo enérgico. Pero la mina está en terrenos de la Compañía. me explicaré sin rodeos. Sus ojos miran aquel espectáculo mecánicamente. porque lo lleva dentro grabado. Lentamente se pone de pie para descender hasta el hotelito. por lo que barrunto. Como para ganar mucha plata. habla con cierta emoción contenida. El del aire de acaudalado por la corpulencia y el traje. No quieren hablar allí los interesados. llegado el caso. con seguridad continuaría viendo colocado ante otros paisajes el que ahora tiene a la vista. aferrado. —Quise que me acompañara el doctor Moñones. aquí presente. cotidiano y rutinario. como ventosa a la piel. casi como vivo órgano de su cuerpo. acaso sin verlo. culebreando por el lomo del cerro en dirección de San Juan y la propincua vega supiana. cuyo nombre guardo.

—Por la falta de libertad. —No comprendo bien claro. entonces? —Hacerle una proposición. Usted. conseguir la ayuda de usted. otorga contratos. es claro. don Luis. caballeros. simplemente —vuelve a hablar el capitalista—. ya lo sabemos —interviene Moñones. —Pero eso es absurdo. El descubridor de la mina está listo a transferirme sus derechos. —En condiciones muy onerosas. —Es un negocio nada más. como apoderado legal. —Una operación que se legalizará en debida forma —apoya el abogado y político. una pregunta impertinente. reconocerá a favor del descubridor la propiedad de la mina en cuestión. —¿Y qué es lo que desean. Logrado esto. a buen precio por cierto. ¿Cuáles son aquí sus emolumentos? —Gano doscientos pesos —responde Cataño sin vacilar. Pues bien: ¿le agradaría ganar cinco veces más esa suma. como tantos. Nadie se mete en explotaciones que han de aprovechar a otros. —La cosa es bien sencilla. —Conocemos su discreción. o recibir en bloque una cantidad de importancia? —¿Por qué no? Todo depende de lo que se estipule. Y yo estoy dispuesto a comprárselos siempre que logre. —¡Qué poco sueldo es para usted y la categoría indudable del puesto! No lo sospechaba. —Pero la empresa subarrienda. y la enorme influencia que tiene con la Compañía. el negocio es redondo. Y ahora permítame. por supuesto. y le ruego que me disculpe. como participación segura y garantizada. El otro continúa diciendo: 140 Gregorio Sánche z Góme z .

No ha sentido crispársele un solo músculo de la cara. Casi no recuerda ya aquel episodio. favoreciendo. por otra parte. sobre la infatigable petisa. la inconsciente felicidad de los borrachos. por sobre su mente. como el agua por las acequias. y de descubrir que en lo hondo de su alma había también una mina tapada. parece que no ha pasado nada. la llegada del viento. Cataño galopa en menesteres del oficio. Y no hago cuentas de la riqueza que ha de movilizarse. ¿No es eso. humano? ¿No es natural y sencillo. como dijo hace poco su interlocutor. Resbalan tranquilos. calmoso. el crimen? Un simple negocio nada más. el amor. a un pobre minero. L a bruja de l a s mina s 1 41 . por sobre su espíritu. como el mineral de las grandes palas sobre las cernedoras.—¿En qué puede perjudicarse una compañía poderosa. lo mismo que la salida del sol. No se ha alterado en nada la impasibilidad de su rostro. el acaudalado personaje. Acaso un poco agradecido. sin rencor. El administrador escucha. como ese continuo y pertinaz clamor de los molinos sobre los riscos y laderas. porque le dieron tan buena ocasión de conocerse. Mi propuesta le da a usted oportunidad de mejorar con visibles ventajas su situación precaria. Cuando media hora después. pues. casi con indiferencia. pero que desgraciadamente todo lo absorbe y acapara? ¡Una mina tapada! ¿Qué más da? Es como si no existiera. que gana millones. Los dos caballeros regresaron por donde vinieron. Por sobre su piel. parecen resbalar suavemente las palabras falaces y los embaucadores argumentos. y él los vio partir sin pesar.

gentes de color. a la poderosa atracción de la pagana fiesta. degenera en completa orgía o grosero aquelarre. seguramente. Barrera cree. relatos enrevesados y absurdos y conjeturas de toda clase. en determinada fecha. como a solemnidad religiosa. Cuentos. y con exclusión absoluta de gentes de otra raza. fantasías. 142 . y que. es más bien una pantomima. su fiesta simbólica. leyendas. es y será alucinada incurable y permanente de sus propios anhelos de misterio y maravilla. nada logró poner en claro. lo persigue. según refieren. bajo la influencia de los licores. No puede sustraerse. una danza bárbara practicada desde el ancestro. o supone. piensa que la imaginación interviene demasiado en cuanto se habla al respecto. el milagro y la fábula ejercerán siempre sobre ella poderosa fascinación. y la superstición cala tan hondo en su alma. a pesar de sus investigaciones. y a la que asisten. hombres y mujeres que alcanzaron ya la mayoría de edad.xv Desde que el abogado Celso Barrera entró al servicio de la empresa. con obsesión tenaz. sin embargo. La humanidad ha sido. misteriosa y tradicional. en promiscuidad de sexos. que la famosa reunión de negros. doce meses atrás. Pero lo cierto es que. Muchas veces oyó hablar de esa extraña asamblea que. y hasta le parece que a su curiosidad morbosa se une cierto sutil escalofrío. Naturalmente. tiene lugar pasada la media noche. el deseo de presenciar el rito secreto con que los negros de las minas celebran cada año. Por eso es crédula y soñadora.

La enorme pipa de cuerno. cuéstele lo que le cueste. con sumo sigilo. Esa noche. Much sudor. yes? L a bruja de l a s mina s 1 43 . que sacude y relaja los nervios. y la mediación decisiva de la Pascuala. se va al hotel. sobre la frente. Bebe bastante. ¿qué le importa todo esto a Celso Barrera? Su decisión es inquebrantable. El abogado casi estalla de risa. pudo lograr los medios para concurrir con comodidad y sin mayor peligro. huele. negro no gustarme bastante. Por fin. ha ido a comer a casa de la gerencia. Todo está acordado ya convenientemente. carraja! Negra es bueno. —¡Tener que funcionar de negro. Su amistad con Stanley. ciertamente. doctor.Cataño. a disponerse. pero el licor no lo pone locuaz como otras veces. Ocurrencio típico. también algo nervioso. tiznado. humeante. a las once y media. pende con languidez de los labios descoloridos. el jefe de mecánicos ofrece el aspecto más lamentable y cómico. los rulos mechones de desvaído tono de barbas de maíz se desploman lacios y tristes. Sucio. pretextando jaqueca. Cerca de las once se presenta William Stanley. Ha de asistir al acto. los ojos azulencos y fríos alumbran su cara embetunada. Como fanales en el amanecer. —Por usted. me he puesto de este fachado. le han facilitado y abierto el camino. el afeitado mentón brilla con centelleos de bola de ebonita. Fea cosa. Barrera se siente emocionado y contento. hacia el lugar donde se va a efectuar el rito. ¿No piensa lo mismo. Mas. pero no quiso comentar más el tema. convertido en auténtico negro. con quien habló sobre el asunto. le dio a entender que es algo terrible. Otros le manifestaron con franqueza que la tal ceremonia no merece ser presenciada por personas serias y decentes. se reunirán para ponerse en marcha. y por la Pascuala. a fuerza de mafias y dinero. La inminente realización de lo que tanto deseó le produce cierta hiperestesia. Temprano. de mejillas hundidas. A las diez.

Ya escuchan el rumor de la hoya. Apague la cachimba. 144 Gregorio Sánche z Góme z . míter Guillermo. A pocas cuadras del rancho donde tendrá lugar la celebración. vahos calientes y sofocantes. Avanzan y entran en el rancho. grasoso y rutilante. Voces agoreras de las lechuzas. excitada y ruidosa. aullidos lejanos de perros. hay un macho cabrío en cuyos cuernos retorcidos se enredan cintas rojas y flores. Y piensa que él también ha de estar hecho un adefesio. Se ponen en marcha. En un gran aposento de paredes de palma. alumbran con luz rojiza y amarillenta el colmado recinto. con el rostro cubierto de hollín. tumultuoso.Barrera torna a mirarlo. tufos ácidos de fermentados guarapos. humo de mal tabaco. Los recién llegados sienten al punto la pesadez del ambiente. Pascuala. Arriba. de resinas quemadas. La puerta exterior se ha abierto y se ha cerrado tras de ellos. Pero se ve también un braserillo. en el ángulo menos iluminado. sintiendo que de nuevo lo acometen irresistibles impulsos de reír. —¡Míter Guillermo! ¿Dotó? —Sí. Negros no quieren blanco ceremonia. pero se contiene. hacia la derecha. la tierra parpadea de luciérnagas. Olor acre de cuerpos humanos. el cielo canta de luceros. adornado con símbolos primitivos. lamentos. sacudida de presagios. chisporroteantes. una sombra se les reúne. Sobre baja tarima. La tiniebla parece vivir existencia incógnita. ronco. El gargareo de los anuros se mezcla al prolongado grito de los grillos. nosotros. preñada de criaturas indescriptibles. —¿Y la Pascuala? —Espera abajo. pueden ver el chipeo. Embiles de brea. Much cuidado. Peligro. se congrega la obscura grey. abajo.

emoción de experimentar el alma desnuda. haciéndole dúo. todo el concurso se estremece. Dominando su repulsión. Después. no parpadea. Acompasado. como el agua de los cilancos tras la caída de una piedra. Barrera observa lentamente las animadas fisonomías de la concurrencia. Los que sobran se acomodan detrás. —¡Ohé! L a bruja de l a s mina s 1 45 . alto y huesudo. el chasquear nervioso de la marimba. Ostenta en la cintura ancha faja de seda roja. como desfile de sepelio. Seco. lento. produce singular enervamiento. casi funeral. Su ritmo recuerda el persistente rumor del agua en las torrenteras. y aguzado cuchillo al costado. Ahora se han sentado todos en cuclillas o sobre las piernas en medio de completo silencio. se piensa en axilas. —¡Ohé! —se alza un largo lamento. Sin quererlo. llenando el recinto. La extraña música. albas como la pulpa de la caña. de parar un momento el ritmo de la vida para embriagarse con la salvaje evocación del pasado bárbaro. terca y monótona. Las brasas de las pupilas tienen reverberaciones sombrías de fuegos subterráneos. adormece. empieza a sonar el golpe de los tamboriles. escuchado en la noche. De pronto. permanece inmóvil. atosigantes. No se mueve. con el inefable conjuro de los instintos seculares dormidos en los milenios. pesa sobre los párpados. Un negro anciano. dejando un espacio al centro. en tranquila actitud de espera. idolatría. en sexos. La momentánea confusión del primer instante se aquieta en seguida. Le parece que recóndito sentimiento las transfigura. como marcha de fusilamiento. Pasión religiosa. en fiebres. o bajo el letargo de las siestas. relucen con fulgores de ascuas de plata. sonando las doce.Las emanaciones caprinas se imponen. Hombres y mujeres se alinean en ancho y compacto círculo. las dentaduras. en transpiraciones.

tiembla como el abanico de la palmera. se precipita ahora. —¡Currulao! —gritan entonces. Un grito vuela de sus labios. Los pechos acezan. La llama verdosa que se alza sobre los tizones le da al aposento siniestro aspecto de cripta. 146 Gregorio Sánche z Góme z . Más que humana criatura. La negra más vieja se levanta para echar en el braserillo misteriosa sustancia.El compás se acelera súbito. suspensos de la voluptuosa danza. Hombres y mujeres. La luz verdosa la ilumina. la baña. de la serpiente que se arrastra cautelosa. la Pascuala gira incansable. lo mismo que las mejillas tersas. alípeda. El compás apremia. —¡Currulao! —repiten todos estremecidos. Ondula como el viento. transido del ansia de llegar no se sabe a dónde. —¡Currulao! —braman como poseídos. se agita en el espacio libre con el vaivén lento y sinuoso de la marea que principia. Los párpados están caídos. comienzan entonces a acompañar el son de la música con palmoteos. avanzando y retrocediendo. desnuda como magnífica escultura de bronce. moviendo los brazos entre torbellinos de líneas y de sorprendentes escorzos. creciendo. en el centro de la estancia. Y ahora está allí. acompañada por el golpe de los tamboriles. y en las manos sendas tablillas que suenan como crótalos. Obediente al ritmo imperioso. Las cabezas se mueven a derecha e izquierda. juguetea la sonrisa lánguida. tiñéndola de vegetales barnices. al frente. la Pascuala parece deidad tenebrosa aparecida de improviso por virtud de mágica invocación. La danza comienza. Su cuerpo perfecto. en los labios teñidos de achiote. acompasadamente. Barrera y Stanley no se dan cuenta de que la Pascuala desapareció de su lado hace mucho rato. La voz de la marimba va creciendo. No lleva más que ajorcas en los tobillos. de líneas armoniosas y puras.

babaza e araña.La Pascuala parece transfigurarse. deidad demente que se retuerce en el paroxismo del dolor. pareciendo sorber el lúbrico perfume que lleva en su propia persona. picao e alacrán. Y prosiguen: Picao e tarántula. de sapo con rabia la leche y el miao. no parece ver ya lo que la circunda. La frenética danza la empuja y la arrastra como si huyera de ella misma. la boca se le abre desgajada. Rítmico cantar sale de todos los labios. Ya no es el ondular felino. Ahora semeja Euménide. Se detiene un momento para respirar. Los pechos vuelan como saetas. indolente y lascivo del principio. con libidinosos pasos de perro. el concurso la sigue con la mirada y el palmoteo. ríe y se paraliza en orgasmos bárbaros. La grupa soberbia va a desprenderse ya de sus cimientos poderosos. caraña. Todo en ella grita. el baile er ciempié! —¡Currulao! —se interrumpen súbito. y ecupa con hiel. —¡Currulao! —relincha la turba… L a bruja de l a s mina s 1 47 . y se persiguiera. Hipnotizado. Sus pupilas relampaguean. barbaco. Tiembla. y se enredara en sus propios anhelos y temores. extraviada en el laberinto de su transitoria insania. veneno e culebra. que viva. solloza. del espasmo o de la locura. lanzándose luego con brusca decisión al encuentro de invisible galán. ¡Que viva. se va tras del cuerpo fugaz. perdida en su vértigo. vacila y se yergue de nuevo. La Pascuala. recobrada de su desmayo efímero.

chivó. La sorda música apenas suena ya como fragor lejano que se extingue. pausados. el chivo. solemne. La muchedumbre canta: El Taita Cornudo. vuelven a hacerse lentos. pesuña. —¡Currulao! ¡Upa! La voz de la marimba y el golpe de los tamboriles se debilitan. la chiva. Exánime. —¡Que viva el culeo! Er Cabro Mayó. cola e mapaná. El negro anciano se adelanta entonces. se apagan poco a poco. Berlina. Vencida como la estatua rota que rodó de su pedestal. Padre Lucifé. la Pascuala cae desplomada sobre el piso. colmillo e caimá. chivito. Ante la tarima del rincón se detiene. y alzando la diestra armada con el cuchillo. 148 Gregorio Sánche z Góme z .El Taita Cornudo. lo hunde repetidas veces en el cuerpo del macho cabrío. Mandinga. marimba y tambó. Convulsivamente escarba sobre la tarima con las pezuñas posteriores y cae por último entre el charco de su propia sangre. que dobla los corvejones exhalando berridos tristes de muerte. marimba y tambó. ojo e bombaré. Mandinga. Cacho e pejepá.

aparecidos súbitos. de sí mismos. el sedimento oscuro de la bestialidad agazapada. del vivir. ululantes. Pero a ellos también los ha envuelto en su torbellino el áspero viento de locura. tufos aguardentosos que queman como encendidas brasas las sedientas gargantas. colmados con los amarillos fermentos y los blancos y picantes jugos de caña. aromas fuertes y ácidos de guarapo. Ya casi no alumbran los embiles ni la llama verdosa del braserillo. en posturas inverosímiles. A sus lados. levantando en cambio del fondo. inconsciente ya. Todo eso se junta. ebria. equívocos. de tinajas y zumbos. mezcla y confunde con las espesas humaredas. unos sobre otros. La sensual vorágine abre sus rojas fauces para tragarlos. El aire es casi irrespirable. L a bruja de l a s mina s 1 49 . como río negro y crecido. afónicos casi. La marimba ha callado. transidos de lascivia. verdaderamente desnudos. revueltos. gira la vesánica turba. Pero el humano remolino sigue en hervor. salvaje y primaria. Se arraciman sobre el piso terroso. Barrera y Stanley se sienten desfallecer. en torno. porque lo están del cuerpo y del alma. empujada por el vaivén de la danza desenfrenada.Es la señal de la bacanal. cual si lo estimulara una interna música propia. Perdieron la noción de todo: del tiempo. Exaltante olor de canela y pimienta. las emanaciones. La embriaguez y el cansancio comienzan a vencer los cuerpos jadeantes. que ninguna ley contiene o limita. y ya no suenan más que los tamboriles. echa afuera los instintos. Una dicha animal. porque los alcoholes disolvieron la máscara del pudor. de ollas y calabazos. los vapores y el clamoreo ronco de la promiscua concurrencia. fluyen cual de rotas arterias los licores ardientes. implacables. empapados. saturados de alcohol. De damajuanas y cantimploras. una felicidad orgánica. En el paroxismo se han arrancado todos las ropas y están allí. Vasos y totumas pasan de mano en mano. lustrosos.

bailó como un trompa. 15 0 Gregorio Sánche z Góme z . Atrás queda el rancho silencioso. habiéndose equivocado. Salen y emprenden el regreso. —Se le durmió la lengua. Pero me quise lucí eta noche en honó de utede. Sus compañeros se percatan con asombro de que está tranquila.Ha de faltar poco para la alborada. —Lo hizo muy bien. bajo la noche indiferente. por cierto. carraja —corrobora Stanley encendiendo la pipa—. con cabrilleos de espejo de acero. Hace frío. de que no vamo. pero no me gusta otra vez ocurriencio esta. con su carga humana. —Como que tenemo relente —observa la Pascuala. Barrera lo mira. La voz de la Pascuala los hace volver a la realidad. sucia y aletargada. reposada. dotó y míter Guillermo. La bailarina era otra. embozándose en el dial de colores. de Pierrot triste que. E tiempo. Clarinean más gallos. —Eso fue una sorpresa que le tenía. ¿eh? De repente Barrera dice: —No sabía que era usted la que iba a bailar. —Sí. La atmósfera brumosa de la madrugada azulea vagamente. el jefe de mecánicos ofrece una estampa curiosa y risible de máscara amanecida. A la difusa luz del alba naciente. Se oyen remotos cantos de gallos. Esta vez no logra evitar que de su garganta se escape una carcajada sonora. El abogado y el jefe de mecánicos caminan callados. llena del pálido fulgor de los luceros trasnochados. pué. —Ya va a amanecé. se embadurnó el semblante de hollín en lugar de albayalde. cual si nada hubiese ocurrido.

Se habla de los sucesos de la noche anterior. un barniz recién puesto. opacos por el invierno. pero en los rostros hay también expresión adusta. más triste. canciones que despiertan transitoriamente en las almas los sentimientos dormidos. que no es precisamente la misma de otros días sin sol. parda y nublada como el oscuro mineral de las minas o la tierra pintada de yodos. ¿Qué importa que el nuevo día los encuentre con los semblantes traspasados. empapándolo todo. Tradicionalmente. terca y sutil llovizna cae sobre el caserío. curtidos semblantes en los que hasta el gozo toma expresión áspera y hostil. se embriagaron de falsa dicha. Pero en esta mañana gris. sus vidas.xvi ¿Qué tiene la mañana pálida. las vigilias festivas suelen ser aquí bastante animadas. Alegría de mineros. que hasta el mismo cielo parece llevar gasas y vendas como los heridos y los enfermos? ¿Qué hay en la caliginosa atmósfera. músicas que hacen olvidar los duros trabajos y las penas. Sobre las gentes y las cosas hay una cara nueva. continuará su curso igual. y la vida. con tristeza humana que no encuentra consolación? Desde que amaneció. jolgorio y como siempre. licores que enardecen la sangre. no es la 151 . de la agitada víspera de este día feriado que las gentes esperaban alegre. pero que se trocó en jornada de tedio. y con los bolsillos limpios porque la farra consumió íntegro el jornal? Fueron felices unas horas. sino que se vuelve más turbia. más pesada. con idéntico dolor y la misma desesperanza.

—No. con el sobresalto de los que gozan sabiendo que el peligro ronda a su alrededor. atrabiliario —. la noche fue vendimia de sangre. la pasión y el recuerdo. La voluntad se prende a la tierra con vigor de hiedra tenaz. 15 2 Gregorio Sánche z Góme z . hasta el que llegó pensando que arrimaba de paso. —¡Qué noche. Así. Tal vez el acicate de aquella idea enconada. El pequeño hospital de la empresa está colmado de heridos. el sordo rencor contra la fuerza ciega y enemiga que los empuja. pronta a saltar con agilidad felina. los heridos están en el hospital. su vínculo. Desde la víspera se supo que sería licenciado gran número de mineros. un nudo que ata fuertemente.nostalgia nada más lo que se hinca en los espíritus. con tal torcedor. inconformidad que se acurruca en el fondo del corazón. con esa aguda espina. ¿por qué? —Me refiero a la perramenta. protesta sorda que ha hecho nido en los ánimos y se está allí agazapada. un amor. —Entonces. carajo! —exclama el alcalde. invisible y cruel. algunos de suma gravedad. no es la melancolía del placer acabado lo que los transe. Tengo la guandoca que no le cabe un cliente más. ¿A quiénes señalará la suerte aciaga? Cada cual tiene allí su raíz. lo mismo que la mujer. para todos hubo de ser el licor. a los borrachos. Está que revienta. pero también encogida como la fiera que se acobardó. la mina sabe agarrar también. a los vagos. En varios ranchos celebran velorios entre lamentaciones y rezos arcaicos. desabrido e ingrato. —¿Hay heridos allí? —pregunta Morris vivamente. acosada en su cubil por el cerco de fuego. hacia su inexorable destino. la alegría ficticia. sobresaltada la embriaguez voluptuosa. Pero además. no. es una querencia. Es algo confuso. lancinante. el exasperante pensar en el mañana incierto.

se va a quedar sin su hombre —vuelve a hablar Engracia. Felisa. no lo he visto. y para evitar chismes de la gente. su mente llena de preocupaciones y recelos. Engracia? —No. ¿no lo ha visto tampoco últimamente. y por lo de la guaricha esa de la Lola. —Mucha ley le tiene. —Y una que tiene que estar disimulando. No pudo averiguar nada entre aquella desazón general y ese turbio ambiente de malestar. Hace varios días no la ve. angustiada y apresurada. —No la miente a esa mugre delante de mí. Por eso no volví. ¡ay!. Un rumor apenas. afligida. A mí no me consta. Como hace varios días igualmente que ninguna noticia tiene del hombre que quiere y a quien pertenecen todos sus pensamientos. Ahora camina. —¿Y los muertos? —Los suficientes para poder decir que estuvieron buenas las fiestas. L a bruja de l a s mina s 15 3 . hacia la casita de Engracia. Pero su corazón está inquieto. A pesar de todo. —Y usté. para la pobre Felisa. rumiando sus odios. ya ve. ¿verdá? ¡Y pensar que la cochina mujer aquella anda detrás de él como perra! Se quedan un rato calladas. por respeto a la casa donde se sirve.—¿Se sabe ya el número de los heridos? —Son una cochada. —Si se descuida. tozuda. Hablan en el corredorcito interior. —¿Pero es cierto que lo hirieron? —No sé. se pasa los dedos por los ojos húmedos. se enteraron de que me veía aquí con él. No lo estuvieron. Felisa. Temprano le llegó el rumor de que Roque fue uno de los heridos. son díceres.

Su voz tiene tono azuzante. que no pueda hablar más. —Ojalá ella pudiera… —¿Qué cosa. Pero a la maldita parece que se la tragó la propia tierra. taimado. Felisa? ¿Y es que usté desconfía del poder de Aspasia? —No es eso. Aspasia le causará el daño a distancia. porque ella tiene algún «familiar» que la defiende. cavilosa. ceguera… Que se le caigan el pelo o los dientes. que es como cosa de Dios. la mira de hito en hito. ¡La iba a matar! Engracia. que entra hasta el alma de la mulata. no importa. que enflaquezca. Quién sabe a estas horas si andarán juntos por allí. Háblele no más. —Eso es lo que yo haría también. enfermedá. Engracia? —Ahora se me viene al chirumen que lo mejor sería consultar con seguridá en dónde se esconde ese gurre infame. —Pues sepa que tiene tal virtú. Y cuando lo sepamos… —¿La bruja? Pero si no la conozco. convertida en acerico de penas y se clava allí como la hoja trémula de la daga mojada en ponzoña. riéndose de usté como de un payaso. que coja un olor feo… 15 4 Gregorio Sánche z Góme z . —¿Cuál daño dice? —Pues lo que se pida: muerte. o del mismo diablo. —¡La tuviera yo entre mis manos! —murmura Felisa con los lindos dientes apretados y rechinantes—. agrega: —Y si se resiste a comparecer. y esté lista para que se aviste con ella cuando yo le dé aviso. —¿Qué cree que podemos hacer. Aunque la Lola se oculte bajo la tierra. para que se convenza. ella la obligará a venir… le hará la llamada… Para persuadirla mejor. —Si quiere. déjelo a mi cuidao no más.

L a bruja de l a s mina s 155 . Bajo la tibia caricia de sus resplandores todavía débiles. empecinados en su sentir. el sol saca la cara redonda y adormilada. La tierra nada más. porque los ánimos. Apartando con mano brusca los nubarrones que un súbito viento dispersa luego cual asustado rebaño. el enorme cerro parece estremecerse de gozo. siguen suspensos y atediados.Ha cesado la sutil llovizna.

misiá Sabina. común y corriente. ¿e que va pa un casorio? —No. niña. para que la bruja comprenda. Por eso vino así. de vera? Pue e lo mejó. En el rancho de un negro. No hay má medicina. yo haría lo memo cabalmente. Y sin embargo. de viento seco. Están solas. le ha preguntado al darle el saludo: —Pero. no bien esté en su presencia. ¿Por qué? ¿No es. Felisa y Sabina conversan en el comedor de la casa de la gerencia. Confuso instinto de mujer la impulsó a darles a su rostro y su cuerpo el aspecto más seductor. Todo el mundo ha salido. 156 . tan acicalada. de servicio ordinario? La vieja cocinera. —E por guto entonce.x vii Ocho días después. y no habría sido más conveniente llevar traje sencillo. —¿De modo que la va a ve. El atardecer es cálido. que no es moza cualquiera. Eta cosa no se curan del too sino con remedio e bruja. pues. sorprendida de verla llegar con aquel avío. Verdá e también que parece Virgen de Nazaré con lo güenamoza que tá. En su lugá. y que debe por tanto hacer bien el trabajo. Sabe que es muy hermosa. niña. la femenina coquetería la induce a no contentarse con los naturales encantos. tan alhajada y pinturera. un día cualquiera ese. La mulata se puso lo mejor que guardaba en el baúl. y que sus ojos nostálgicos y su sonrisa linda tienen suficiente poder para conmover a los machos.

sus ojos permanecen fijos. Y habla. No tiene prisa. Es ella. Sentada en oscuro rincón. con las rodillas recogidas. tratando de distinguir en la penumbra lo que la rodea. Cuando Engracia le habló. según lo convenido. Espera. Atraídos por la lumbre casi extinguida del rescoldo. clava en los de la moza sus ojos alucinados. Iba a verla por fin. sin pestañear. Aspasia se aproxima más. —La estaba aguardando. un ruido la hace sobresaltar. echado. Puede aguardar la vida entera. le pareció alegrarse. no tenga miedo. pero en la que palpitan dejos inciertos de ternura. ¿En qué piensa? No piensa. en las últimas brasas del pequeño fogón. De improviso. Felisa se detiene. Su alta silueta estírase con endurecimientos de riel. Alguien ha entrado. juntas. Al ver a la vieja no puede dominar instintivo movimiento de temor. iba a cumplir su vago anhelo de aproximarse a ella. con voz dura también. Ella también quería hacerle daño. Ofuscada por la luz exterior. indecisa. Tigre dormita. de hablarle y escuchar su voz. La vieja parece reflexionar. Y su expectativa es paciente. Es un poste erguido en la sombra. Aspasia se levanta entonces. ella misma quizá pudo llamarla en sueños. hija. —Ya sé a lo que viene. ¿Por qué creyó sentir que la mulata era como algo suyo? Pero enseguida se dio cuenta de que en la dichosa coincidencia no había nada de extraordinario. A su lado. Sabe que vendrá. confiada. y Engracia estaba allí ahora anunciándole su venida. mientras agrega con voz ronca: L a bruja de l a s mina s 15 7 . sacudidos por el silencioso monólogo. apenas sus labios marchitos tiemblan levemente. La barbilla se apoya sobre las rodillas. presas entre las manos enlazadas. —¿Hacerle daño a quién? ¿Quién es ella? —La mujer que usted odia. No se mueve.Aspasia espera a la moza.

a usted no. porque es otro gusano. —¿Le desea mucho mal? —Le deseo los males peores. Felisa comprende y se estremece. como gusano que no muere jamás. —No es eso lo que deseo. sí. a ella sí le haré daño. bruscamente. mucho? —La odio. Habla con aire de iluminada. pero su pasión es superior a todo. La venganza tampoco muere. Se asusta al sentir que Aspasia le coge una de las manos. Pero dígame ahora: ¿la odia. —¿Qué más puedo ofrecerle? —Oiga bien hija. A usted no. ¿la del míster Peter? —No me importa ese gringo. ya sé todo lo que la odia. —Y si la Lola muere. si le entrega la niña. mi ropa. El odio es como gusano en su corazón. pregunta: —¿Qué pide. la odio. De pronto. La vieja Aspasia hará lo que usted le pida. La garra sarmentosa se afloja. Roe. roe. 15 8 Gregorio Sánche z Góme z . mis adornos. cual si se dirigiera a ella misma. Al cabo de un rato. —No tenga miedo. hija. —Ah. —¿No es usted. dice resueltamente: —Y si consiento. —¿La niña? No sé qué quiere decirme. Duda. No puedo. mis palabras. La niña creo que se llama Mary. ¿qué le dará usted a la vieja Aspasia? —Le daré cuanto tengo: mis ahorros. pues. Felisa está desconcertada.—A ella. pues. ¿morirá la Lola de veras? Morirá con toda seguridad. hija? —La muerte para la Lola. la encargada de cuidarla? —Ah. vacila. si usted lo quiere.

¿qué se hizo? No la he encontrado por toda la casa. En la soledad angustiada de su alma los sentimientos chocan como espadas. afanoso. Mary entra a buscarla. Vuelve a llorar. implacable. linda. que me hace daño. ¿Por qué llora ahora? Calmada la excitación. y sin embargo. —Aquí estoy. —¿Cómo va a conseguirlo? —Prenderé en su corazón una llama que solo para usted ha de arder. Nada más que para usted. Le pasa una mano por los cabellos. ya regresé. Y repite.—¿Y Roque? —Ninguna otra mujer volverá a poner jamás los ojos en él. Mary. Su alto pecho se agita. para que la niña no se dé cuenta. la moza camina como sonámbula. pasito. se mueve con el andar ligero y alado de la persona perseguida. en silencio. —No. No tiene urgencia de llegar. confusa. la atrae hacia ella. medita. Venga. las pupilas de Felisa relumbran con salvaje júbilo. violento. acariciándola suavemente. aturdida. acelerando la marcha. Le parece que es otra. Los labios le tiemblan con sacudidas leves de hojas bajo la brisa. Avanza con pasos maquinales. Del animal cuyo rastro olfatea la jauría enconada y famélica. En su pequeño cuarto se tira de bruces sobre la cama. Pero su reflexión es tranquila ya. llena de pensamientos contradictorios la calenturienta cabeza. yo no quiero hacerle mal. Está atribulada. abrazándola con cierta brusquedad. como un sonsonete. Feli. hija. Sin moverse del lecho. Al salir de allí. de que le han golpeado la cabeza brutalmente. Feli. entre contenidos hipos: L a bruja de l a s mina s 159 . —Feli. celebrado el extraño pacto. que hubiera acabado de nacer. no. —No me apriete así. En la semioscuridad de la habitación. Tiene la sensación de que enorme fardo gravita sobre sus hombros débiles.

—¿Quién ha dicho que quiero hacerle daño? ¿Quién. 16 0 Gregorio Sánche z Góme z . cual si quisiera defenderla de algún imaginario peligro. del destino cruel. de ella misma. angustiada. linda? Pero la atrae de nuevo hacia ella.

niños. desgajada acaso del tronco mayor quién sabe por qué veleidades del destino. en los hondos bolsillos de los varones embaucadores y chalanes. Y las monedas se van quedando allí. que va a perderse en las escarpaduras altas. tres acémilas para llevar la armazón de la tienda y los trebejos. En los días que llevan acampados allí hicieron fortuna. de conocer el futuro incierto. dos caballos escuálidos. se alza un talud natural cubierto de crecidos matojos. Familia miserable. ávida de saber la buena ventura. en las crispadas garras de las pitonisas. El tren de la tribu no puede ser más precario y pintoresco.x viii A un lado del camino. A espaldas de la planada. Pero no acaban de marcharse. levantó su tolda hace varios días pequeña tribu de gitanos. astrosa y equívoca. y de arrugas. porque la policía les notificó que no pueden permanecer más tiempo. 161 . dos mocetones. Viste botas. cargado de experiencia y malicia. Samuel. blusa con alamares. de mañana y de tarde. lenta romería de mineros llega hasta el descampado. Las mujeres son las que más acuden. en estrecha planada. es hombre viejo ya. El resto son mujeres. algunos animales domésticos tan sucios y maltratados como sus amos. Y se están yendo siempre. ancho cinturón adornado con monedas antiguas. A todas horas. o a continuación de ella. chambergo. el jefe del grupo.

pasa por entre los peones locuaces. En tal punto el camino inicia un recodo. No hay nadie por allí. quiero que me lo diga. sus ropas. —Coloca una moneda aquí. sí. Espera. le advierte: —Juegue un rato. gitana. cubierto el cuello de collares. Se confunde con las mineras. Ninguno ha reparado en ellas. espeso y oscuro. detrás de la tolda. Rápidamente. de mujer a mujer. mientras me desocupo. los dedos enjoyados de sortijas de plata. Se aproxima risueña. una gitana joven se acerca a Felisa. sus cabellos oscuros sueltan un olor repulsivo de aceites rancios. arrastra a la adivina hasta el otro lado de la tolda. Viéndola arrimar.Esa tarde. Cerca está el matorral. pero no se mueva de aquí. —Sí. morena y grasosa. Le tiende la diestra. —Se está haciendo tarde —exclama Felisa. más allá. dígame. insinuante. llena de amuletos. una mano de la mulata —. olfateando segura presa. Felisa camina hacia la tolda de los gitanos. Siente que el corazón le bate como tambor. algunos hacen pequeños negocios. mientras toma con la suya. inquieta. en la palma —insiste. te diré el porvenir. extendido como ancha sábana. cambalaches. luminosa y ventosa. Ríe nerviosamente. El lugar ofrece aspecto animado. llevando a Mary de la mano. pues. Las gentes se agrupan en corros junto a las adivinas. Avanzan despacio hasta el extremo de la planada. lleno de colorines. ya vuelvo. Volviéndose de pronto hacia la niña. Se miran un instante en los ojos. mi suerte. —Te diré la buenaventura. Su persona. entre recelosa y curiosa. Mary. pero no aquí. 162 Gregorio Sánche z Góme z . hermosa. Felisa está asustada. Se ha puesto muy pálida.

¿qué te sucede. Pero Mary ya no se encuentra allí. hermosa? ¿Por qué tiemblas así? —Nada. Felisa parece soñar. ¿Dice que un hombre me quiere? Eso dice tu mano. Silenciosa. ¿qué ocurre. Su pupila zahorí ve pasar por los ojos nostálgicos sombras de amor. Cuando llega a casa.—Harás un viaje pronto… Recibirás dinero… Un hombre te quiere…Pero. minutos. —La niña ¿qué? ¡Dónde está Mary! —grita. la gitana la suelta y se aleja hacia sus compañeros. misis Luci! Si vengo como loca —balbucea por fin. —¡Ay. de angustia. Se ha desplomado sobre un asiento. que entra en ese momento. la señora la reconviene: —A Peter no le gusta que esté tan tarde afuera. sollozando con desesperación. —Me quiere… ha dicho que me quiere… Súbito. Feli? —La niña… Peter Simon. ¿Está bien segura de que me quiere? La gitana la mira profundamente. Emprende entonces el regreso. Y ahora sonríe dolorosamente. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Horas. La sombra naciente la favorece. L a bruja de l a s mina s 163 . ¿Dónde dejó la niña? La mulata casi no puede hablar. —Pero. el ingeniero se ha descompuesto. Feli. que me destiempla. Tal vez el fresco de la tarde. escurriéndose para pasar inadvertida. de temores y anhelos. Pon otra moneda aquí. Ha desaparecido. Por primera vez acaso en su vida. siglos? Felisa vuelve despacio hacia el matorral. alcanza a oír parte del diálogo. Está oscureciendo.

la feroz requisa sigue todavía implacable y absurda. hormigueros de luces. —Son ellos. empujada por confusos anhelos de maravilla y de misterio. se vuelve ahora contra ellos. Por dondequiera que se mira. La población entera se ha tirado a los callejones. el minerío en masa. que hasta hace poco acudía crédula y sencilla al pequeño campamento de nómades. Pioquinto Gutiérrez. —¡Desalmaos! —¡Facinerosos! —¡Bribones! Pero la búsqueda no da resultado favorable. impulsiva y hostil.—Fuimos a la tolda de los gitanos… Me descuidé un momento… No pude hallarla por ninguna parte… Ruda imprecación de míster Simon se confunde con largo alarido de su mujer. —¡Los gitanos! Tienen que haber sido esos pillos. Arrasada la tolda de la pequeña tribu. —A lo mejor. galvanizada por la noticia. 16 4 Gregorio Sánche z Góme z . Y a medida que los minutos pasan. por las faldas. sí. Media hora después. Y una sospecha unánime nace en todas las mentes. —¿Dónde la esconderían los malditos? Buscan como dementes. de grandes antorchas. por las travesías. se mueven sin descanso. recorren el cerro y los caminos con desalada actividad. escudriñan matorrales y grietas. por la otra. El alma proteica de la multitud. entran a los ranchos. crece su sorda cólera. de linternas. a la cabeza de su gente montada. se meten por los socavones. Marmato tiembla de indignación. por una parte. por la hoya y sus pedregosas márgenes. una puerca de esas la tiene bajo las polleras. Por las cimas.

—Anote otra multa. Si con ello no suelta la lengua… Lo llevan al sótano. más bajo.hurgan e indagan sin descanso. húmedo y sin luz. en la oscuridad. arreglando estábamos las petacas. y aprieten las clavijas. Y el infeliz siente pasar allí las horas. iracundo. Y si la pelada no aparece. atropellando las palabras: —Ahora solo falta que los marranos gringos me echen la culpa de lo que pasa. rezonga con rabia. El ordenanza le trae doble trago de aguardiente. —No saber nada. Lo aseguran por los tobillos en los torturantes anillos del cepo. sucios y pícaros. lo interroga con destemplados gritos. Hasta en las minas abandonadas penetra la inquisidora investigación. Presente el gitano. Todo por culpa de estos verracos andariegos. —¿No les había mandado que se largaran? —Señor. Sus maldiciones y reniegos se oyen a distancia. en la inmovilidad. pero arriao. Casi al amanecer el alcalde entra en su despacho. carajo. ya sobre el humo. carajo. Dirigiéndose a los gendarmes: —Pongan a este hombre en el brete inmediatamente. Pioquinto se pone de pie. L a bruja de l a s mina s 16 5 . no conocer la niña. solitario y hambriento. —¿No? ¿Con que no sabe nada? Pues eso lo vamos a ver ahora. secretario… Y ahora me va a decir. —¿Dónde los tienen. ya nos íbamos. don Pioquinto. —Que me traigan al viejo aquí. peor. viejo aperrao. dónde metieron la muchacha. a esos hijueputas? —Están todos en el calabozo. Mientras cumplen la orden. Nosotros no robar nunca nada: ni caballerías ni chiquitos. señor. rendido y furioso.

como fuera de sí.mientras le parece que el cuerpo se le va adormeciendo. desatentada. Entre tanto. mordiendo la tela de las almohadas. niña. sombría. en su magia. anhelante. la ha de cumplir. La mulata la había escuchado llena de angustiada confusión. La idea de que esos pobres diablos están allá. y que solo le quedan vivos los pies. Ese Pioquinto tá hecho el memo Belcebú. ¿qué habrá sido de Mary? ¡Pobrecita! ¿Cumplirá Aspasia su promesa? Ah. al má viejo de ello. misiá Sabina. su mujer. cavilosa. que ya casi gritan. Al que má le ha apretao la tuerca e al gitano mayó. el crimen que no es suyo. que crecen por momentos hasta tornarse desmesurados. hata la criatura de pecho. Felisa está metida en su cuarto. se le hinca en el cerebro con vigor de clavo candente. expiando el delito que no cometieron. no puede estar en paz. y lo leyó además en los ojos de la bruja. Quién sabe dónde tará ahora el angelito. está segura de ello. supliciados tal vez. en la casa del ingeniero Simon. No. a ratos se tira sobre la cama. no podrá tener sosiego mientras aquel pensamiento horrible la martirice. Hace poco salió de allí Sabina. en cárcel inmunda. bocabajo. si es ella la culpable? Si pudiera acallar la conciencia… Y a todas esas. sí. Felisa no sabe qué hacer. —¡Virgen Santísima! —Y lo peo e que la muñeca no aparece. Pobre misiá Luci. —¿Y dice. el alma acribillada por los remordimientos. señó. que a los gitanos los tienen presos? —A toíto. ¿Cómo han de estar allí si son inocentes. 16 6 Gregorio Sánche z Góme z . y en los que se clavan los aguijones de mil sabandijas invisibles. se pasea por el cuarto. monstruosos. Ahora tiene fe en su poder. se desespera y llora. tras haberle contado cuanto ocurrió en la noche y en la mañana. pobres pies suplicantes. Lo tiene en el breque por la pata. Lucy.

Luego queda en hondo letargo. comején del alma. como de muerte transitoria. sombra que estruja la conciencia con la dureza de la mano de un capataz. se tumba entre convulsiones. Concluido el relato. Bruscamente. confiesa su crimen. abre la puerta del cuartico para dirigirse a los aposentos de Lucy y allí entre hipos y lágrimas. L a bruja de l a s mina s 167 .Pero el remordimiento sigue royendo. polilla de la tranquilidad.

Pero. a la cabeza de sus polizontes montados. Que se le enfrente. por la apabullante verdad. Fue como un traumatismo en los espíritus. marchas y contramarchas. con secretos propósitos. Que busque Pioquinto con sus sabuesos. si le agrada. abre al fin una pista. Ahora se encuentran sobrecogidos. Los negros se signan. Y después falta ver si no resultan con la misma pamplina: que no fue la bruja tampoco la ladrona. Al correr la noticia de la inocencia de los gitanos. entre la superstición y el horror. Para eso está allí la autoridad. pero la ha visto pasar con cierta frecuencia por determinados parajes. —¡Jesú. Los mineros están como fatalizados. entra en juego el dinero. Nadie quiere moverse ya. Y hay también hosco silencio. Se han colocado escuchas. sindicado de crápula y ratería. Por donde quiera pululan. los ánimos se decepcionaron.xix Y allá va otra vez el gran Pioquinto. al propio demonio. quién se va a meté con Apasia! Transcurridos tres días de fracasados registros. No sabe gran cosa. Morris y Simon han ofrecido recompensas. el intrépido jefe municipal. La traición de un minero. en implacable búsqueda de la bruja. ¿dónde se metió la maldita vieja. ignora la madriguera de la vieja. que no parece sino que la tierra la devoró? Entre los mineros hay pasmo y perplejidad. 168 . los calanchines. repartiendo monedas.

el abismo. sintiendo zumbar el zancudo en torno. habrá que aguaitarla varias ocasiones seguidas. la rama que cruje. y creyendo a cada momento que la piedra que rueda. agazapados en agujeros y en altos matojos. caray! —¿Y sí sería ella? ¿No nos habremos alucinado? —Pero yo oí ladridos. A la impresión de algo que rueda con sordo rumor. es la propia bruja que llega. negra y grande como un pajarraco. sobre el vacío. cuatro noches de espera impaciente y fastidiosa. o vamos a echar candela. dando gritos para intimidarla: —Alto. alto. sigue extraño silencio. El minero traidor susurra: —Chist… Cuidao. presurosos. indecisa. enseguida. Avanza despacio. al oscurecer… Yo los llevaré una nochecita temprano. Acordado el plan. Su condición de vagabundo y de pícaro que necesita vivir ocultándose le ha permitido observar por casualidad algunas de sus misteriosas andanzas. Corren hacia la sombra. —Tal cual día. Cuatro días llevan ya de inútil vigilia. don Pioquinto… Pero no es bien seguro. el sapo que salta. L a bruja de l a s mina s 16 9 . Pegados al suelo. A su lado. Luego otra forma más pequeña. Pero una noche ya no es ilusión de los sentidos lo que los sobresalta.Cerca de un derrumbadero especialmente. Parece que es ella. La ven avanzar súbito hacia el borde del derrumbadero. callados. Se oye sordo gruñido. Se incorporan de golpe. y avanzan. han visto perfectamente que una sombra se mueve por el solitario camino. pegándose a la pared granítica. con los miembros entumecidos. —¡La bruja se escapó. Por breves segundos una forma contusa. un ladrido breve. con cautela. mudos y atentos. lo ponen en práctica. flota en el aire. La sombra se detiene.

negro. Con seguridá la bruja se hizo tortilla. Luces en el camino. algo que se mueve penosamente. sorpresa entre el minerío. La oscura vorágine parece no tener fondo ni paredes. perro asustarse. Pioquinto fulmina sobre sus subalternos furibunda mirada. y semeja lóbrega bocanada salida de los misteriosos antros telúricos. Los resplandores débiles de las lámparas de bolsillo horadan apenas la tiniebla. —Vámonos. insondable. Anoche yo volver un poco chispero de hacer visita. No bien claree. yo no lo sé ciertamente. Se le ve mover las mandíbulas como mascando piedras. Pero cuando al amanecer. no causa. Yo no sé más. Produce más bien cierta especie de asombro rudo y de supersticioso respeto. ninguna. bajan al fondo del barranco por angosto caminito de cabras. tampoco risa ni desprecio. sucio de tierra y yerbas. Es un pozo de sombras. Inclinados sobre la terrosa orilla. como vapor de tinta. 17 0 Gregorio Sánche z Góme z . —¿Qué le pasó. Allí hay. hemos de regresar para convencernos. esa tiniebla densa que surge. sin embargo. Creyeron que se iba a rompé el cogollo en el pedrical. No saben si maldecir o soltar la risa. acompañado de perro de amiga. —¡Qué gente zonza éta! —opina una negra—. míster Guillermo? —pregunta Pioquinto. precedidos por el propio Pioquinto. ¿Tiene algún hueso roto? —Huesa no. miran hacia abajo. como si la bruja no supieran volá. Es cosa que no me explica bien.—Y yo. gritas. ayudándole a levantarse con gran esfuerzo. de los precipicios. Yo caminar bastante correcta en el oscura. Mas no es el de la bruja aquel cuerpo. Sabido el incidente. sin ver. ¡carraja! —¿Y cómo vino a dar a este sitio? —Oh. un cuerpo tendido y maltrecho. se detienen estupefactos. sí.

Con la proteción de Mandinga. L a bruja de l a s mina s 17 1 . de pronto pone Apasia a un critiano a cacareá.y Apasia bien freca. pelándole el diente a lo alguacile. o a da coce como lo cuadrúpedo. ¡Vea qué cipote e diablo! —¿No sería má bien que se tranformó en míter Guillermo? —¡Quién lo va a sabé. El Señó me valga. pue! Too e posible.

la loca fuga por las escarpadas laderas. 172 . hay hombres malos. donde brillan aquellas luces. recorrido ya bastante trecho. que ni siquiera pudo exhalar un grito. Sin pronunciar palabra. porque son ladrones y perversos. bajo la sombra invasora del anochecer? Cuando. ya porque la misma sorpresa la paralizaba. He de librarte de ellos. forzuda. ágil. porque son venenosos como el alacrán y la víbora. ¿Cuánto tiempo duró la fantástica carrera. obscuro. a la bruja Aspasia. la vieja la había levantado en vilo. Tampoco tuvo tiempo para debatirse. hijita. pero no llores… Mira: allá lejos. Aspasia la había estrechado más como temerosa de perderla.xx Fue tal el espanto que Mary sintió al ver aparecer de improviso. —No. mientras de sus labios salía insólito arrullo. semejante a la queja de la torca… —No llores. expresando su miedo y llamando con patéticas voces a la madre. que no he de hacerte daño. saliendo del matorral. quiero ver a mamá. ya porque los hechos pasaron con asombrosa rapidez. Quiero volver a casa. La vieja sintió como una punzada en el corazón. Esto feo. no. —Pronto llegaremos a casa. malos. perdiéndose con su preciosa carga por entre la maleza oscura y tupida. la niña pudo al fin prorrumpir en llanto. dulce y tierno.

parece bañarle la frente dolorida. Está inmóvil. en el enmarañado paraje donde se esconde la sórdida madriguera. con veleidosos giros. Una luz suave. Con mimos maternos. transida toda ella de honda y voluptuosa alegría que le convertía la áspera trocha en fácil y florido sendero. Mary dormía ya profundamente. erizado y enarcado sobre un cajón. ¿Quién te arrebatará ahora a tu madre? Los hombres malvados te L a bruja de l a s mina s 17 3 . Por sus labios resecos pasan. llena de pensamientos la mente. la colocó sobre el pobre camastro de guaduas. pero al resplandor tenue del rescoldo parecen cobrar extraña vida los curiosos objetos allí reunidos: las botellas. la cubrió enseguida con los revueltos trapos. hijita —monologa con tono de rezo—.Las protestas de la niña y su sollozar nervioso se iban apaciguando. Durante largo rato Aspasia caminó en silencio. ¿Qué gozosas campanas eran las que repicaban en su alma. empleando exquisitos cuidados. Pero ahora su rostro no tiene como otras veces el duro aspecto de la piedra. como en alboradas de fiesta grande. —Al fin has vuelto a mí. Los confusos recuerdos no la torturan ya. No enciende el candil para que la viva luz no hiera los párpados delicados. inundándola con su jubilosa marea? ¿Qué música maravillosa la que sonaba en su corazón con tan melodiosas notas y regocijados compases? En el filo de la cuchilla. el pajarraco desplumado ha abierto los ojos para enterarse y la lora vieja también. los huesos. tristes amagos de sonrisa. En su torcida horqueta. las haces de hierba. sorprendida por la presencia del nuevo huésped. sí. pero parecen apenas farolillos agónicos junto a la lumbre que despiden los fosforescentes ojos del gato. Acostada la niña. los capachos. mas su expresión se ha humanizado. Las pupilas atónitas de los bichos lucen en la penumbra con fulgores de fuegos fatuos. la vieja se había sentado al frente para contemplarla en silencio. blanca. se detuvo al cabo con su tesoro.

apartaron de mí, porque tienen el alma negra y el corazón roído de gusanos. ¡Ladrones! ¡Malditos! Se roban las minas y persiguen a la pobre gente. Se levanta, para aproximarse al camastro y extender las manos con ademán de alas protectoras. —Duerme tranquila. ¡Nadie te separará más de mi lado! Aspasia velará por ti para que seas siempre dichosa. Y los días habían transcurrido. Su vigilante instinto alejaba ahora a la vieja del caserío; pero todas las tardes, al oscurecer, dormida la niña, abandonaba el cubil, dejando allí a Tigre para que velara su sueño. A media noche, o en las primeras horas de la madrugada, estaba ya de regreso. Y siempre había frutas, y pan, y golosinas para el hambre de la criatura. Ella misma le preparaba, con sumo esmero, la sopita caliente. Con frecuencia Mary lloraba; el aspecto del paraje montuoso y triste, el recuerdo de su casa, la soledad, el raro espectáculo de la cueva colmada de animales que no hacen sino mirarla, y de cachivaches cuya utilidad desconoce, la sobrecogen de pena y angustia. Con Tigre se había hecho amiga al fin, y con el gato, que no andaban por las nubes, como el pajarraco y la lora; pero Tigre es un perro serio, demasiado formal, que no late nunca, y prefiere estarse tumbado en lugar de jugar con ella; y en lo que toca con el pequeño felino, sobra decir que es otro remolón, perezoso y más bien cazurro. Los dos animales se limitan a tolerar pacientemente los manoseos de la niña, y a escuchar con indiferencia sus pueriles discursos. Este día, Aspasia ha sentido desde temprano pertinaz inquietud. La noche anterior, cierto negro a quien cura de la mordedura de una culebra le dio noticias intranquilizadoras. Pioquinto y su gente la andan buscando con creciente insistencia. ¡Ah, perros gendarmes!
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Le ha dicho el negro también que están enterados, se ignora cómo lo supieron, del sitio donde la bruja tiene su escondrijo. —La van a cogé, Apasia; abra mucho el ojo. Aunque también e verdá que uté no necesita que se lo alvierta. Ñanga e bruja. La vieja responde, fiera: —Ahora no les temo a esos perros; que vengan nomás. Pero está inquieta y desasosegada. No la dejarán en paz, no; ni hoy, ni mañana, ni nunca. Tienen el sino de perseguirla. Han de ser los mismos de siempre. En el fondo de su ser se encendió, como fúnebre luz, el presentimiento; y allí está, todo el santo día, quemándole las entrañas, atosigándole el ánimo. No es triste como los otros, sin embargo, esa intuición misteriosa aposentada en su alma; su presentimiento es colérico, corajudo y rebelde; es la protesta, no oscura ya, sino lúcida, de su alma que se empina sobre el horizonte, sin temblores ni cobardía, viéndolo prieto de nubarrones amenazantes. Sentada sobre viejo y caído tronco, no se movió en toda la tarde, la mirada hundida en el vasto panorama que se extiende a sus pies, a sus lados. Cañadas oscuras, cerros, ondulación de montañas, manchas confusas de vegetación. La distancia es como lente de disminución: empequeñece las cosas, las tergiversa; altera las formas y los colores; confunde las líneas. En el desmesurado paisaje todo se mezcla, se unifica; se convierte en un solo cuerpo, en bloque monstruoso y sin labrar. No se ha movido durante la tarde, insensible al sol, a las rachas súbitas, a los insectos que zumban. Su silueta parece que se petrificó, adhiriéndose al tronco, echando raíces en la tierra. Pero no piensa ya, seguramente; no es más que ojos, oídos; ojos para escrutar con implacable constancia las escabrosidades del terreno, los caminos, las matas de monte; oídos para atender los mínimos ruidos. Por allí pasan, tamiz de sonidos, las notas múltiples del aire, el susurro del
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viento, el leve crujido de las ramas, el asordinado son de los guijarros que ruedan. Rumores, murmullos, resonancias bruscas, ecos desvanecidos. De pronto ha estallado el estridente canto de una chicharra. Lentamente, se desmadeja el sol sobre las cimas remotas. El viento vuelve a soplar sus trompetas afónicas. Una sombra sutil de impalpables gasas va extendiéndose poco a poco sobre la rugosa piel de los cerros. Aspasia siente que la tranquilidad vuelve a entrar en su espíritu. La proximidad de la noche le infunde misteriosa confianza. ¿Serían nada más pueriles temores los presentimientos que la atenazaban hace poco? Se pone de pie para meterse en la covacha. Entre el perro y el gato, Mary, cansada acaso de su solitario juego, se ha quedado dulcemente dormida. Tigre gruñe de pronto, con las orejas amusgadas. —¡Calle! ¿No ve que puede despertarla? —musita la vieja con gravedad, como dirigiéndose a un ser humano. Pero el perro no obedece esta vez; ladra con furia, y poniéndose sobre las patas, se lanza veloz hacia la parte de afuera del escondrijo. Aspasia lo sigue, sorprendida. De pie en su alto mirador, y no observando nada sospechoso por allí cerca, escudriña con avidez la parte del cerro que queda hacia el lado del caserío. Nada nota tampoco en tal dirección. «¿Por qué se asustaría Tigre?», se dice. Otro ladrido la sobresalta. Entonces ve, estremeciéndose, que por la antigua trocha abandonada, a bastante distancia del lugar en donde se encuentra, una tropilla de hombres avanza trabajosamente, tanteando el camino. Vienen a caballo todos, lo que les dificulta más la penosa marcha, por lo muy cerrado del monte y lo acentuado del declive. —¡Ah, perros gendarmes; me la vienen a quitar otra vez! El inminente peligro despierta sus instintos de lucha. Levántase como llamarada súbita todo el fervor de su odio. El austero
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entre el perro que continúa latiendo. agigantadas. una pira que alce sus lenguas maldicientes hasta la propia cara del cielo. recobrando su impasible aspecto de piedra. no se sabe si a la fogata o a los peligros que olfatea. —¡Los malditos! —rezonga con rabia—. en la actitud de las madres desesperadas. propagándose. los he de convertir en ceniza. palos. se le volvió a endurecer. támaras. haciendo L a bruja de l a s mina s 17 7 . Ha cogido a Mary en sus brazos. inmóvil. y aguarda. eso es. invadirá dentro de poco la tupida maleza que rodea la covacha. La vieja se ha quedado de pie. parecidas a chasquidos de dientes que trituran guijarros. Que vengan ahora a arrebatársela. Leños. Parece trapera de desperdicios del monte. Las llamas se levantan. El enrojecido rostro de Aspasia está lustroso de sudor como espejo fiel de la bárbara incineración. crecidas. En las manos trémulas y activas arde ya el primer leño que prenderá la hoguera soñada por su imaginación. astillas morenas. basura vegetal. cuanto combustible encuentra a la mano. se acumulan vertiginosamente hasta formar revuelto y heterogéneo montón. y el gato que eriza la pelambre. despojos. Hojarascas resecas. Solo los ojos parecen tener vida en ese rostro aciago. Con desolado afán pónese entonces a recoger chamizas. en el umbral de la choza. atropellado por el viento. ahora nublado de presagios.semblante. O coleccionista de cosas muertas. saltan contorsionados entre crepitaciones sordas. que atraviesen esa muralla ardiente sus enconados enemigos. Una fogata grande. movido por su propio impulso. esparciendo en torno insoportable calor. bajo las rachas de la ventisca se retuercen con rabia. Pronto el fuego se extiende. Aspasia. ¿No se ha dado cuenta la vieja de que el fuego. para hacinarlo en torno de la madriguera. Los ojos humanos no habrán visto candelada mayor. de máscara.

le hace sangrar los ijares a la cansada bestia que sube a trote largo. Es la voz de Pioquinto. Firme sobre la montura. —¡Maten a ese sarnoso. sus insultos. la vieja sonríe siniestra. la magra figura de la vieja con la criatura en brazos. El calor es insufrible. muchachos —vocifera Pioquinto—. chispas. resbalando a cada momento. atado el rebenque a la muñeca. Distinguen. Tigre sigue ladrando cada vez más lúgubremente. corren aturdidos. los belfos cubiertos de sucia espuma. y se nos va a escapar.fácil presa. perfectamente. Saltan tizones. don Pioquinto si no hay más trocha que esta. o lo que vamos a hallar es un chicharrón. Al llegar a lo alto. paran en seco. armado de larga vara. Entretanto. enseguida. sin embargo. burlona. Vacilan. arreen! La bruja inmunda le metió candela al rastrojo. carajo! 17 8 Gregorio Sánche z Góme z . carajo. —¡Apuren. —Bueno. Uno de los hombres. Hasta los agentes del orden llegan. Lo siguen sus hombres apresurados. —Pero. intenta remover los escombros en el punto donde el fuego es menos violento. ¡Pronto! ¡Hay que quitarle la niña a toda costa! Pero resulta inútil tratar de apagar aquella cortina incandescente. muchachos. —No perdamos tiempo. como saetas. iluminada por el resplandor del incendio. y el perro que aúlla a su lado. iracunda y enérgica. su fisonomía se baña en tonos de bronce. sus mofas. a su propio albergue? ¿O es que en su mente dislocada hizo nido fatal oculto y terrible pensamiento? Entre los ruidos de la quema resuenan gritos que se acercan. Bajo el crepúsculo que llega. —Hay que rodear el tope del cerro. jadeantes de fatiga. sus maldiciones. ¡adelante entonces!. Alta pared de llamas se alza entre ellos y el rancho miserable.

y en una de las caballerías el cadáver. atónita. mientras dice cosas incomprensibles. Lo besa con unción. De un salto fantástico. estridente. Aspasia apenas tiene tiempo para enderezarse. se la llevaron! Es noche cerrada ya cuando la tropilla. y arrodillándose. rápido! Por la brecha que han logrado abrir en el fuego se lanzan hacia la puerta del cubil. resueltos. —¡Cójanla viva! ¡Hay que hacer un buen escarmiento! —grita Pioquinto. arrima a Marmato. La conmoción del minerío por la muerte de la bruja apenas puede compararse con el sacudimiento que producen en el ánimo general las grandes L a bruja de l a s mina s 17 9 . se repliega hacia el cinturón ardiente de fuego. sin comprender el terrible drama que se desarrolla a su alrededor. Lo mira en los ojos tristes y agónicos. arrullarlo. Uno de los gendarmes se apodera de Mary. Aspasia se inclina junto al animal herido. conduciendo a Mary. —¡Ahora. Los hombres avanzan. La voz de la vieja se alza. —¡Perros gendarmes! ¡Asesinos! ¡Ladrones! Retrocediendo siempre. en las cuencas hundidas. tiemblan ahora dos lagrimones turbios. que farfulla todavía maldiciones por un hueco negro y crispado que se contrajo en horrenda mueca. Gritan para intimidar a la vieja. sin moverse. pero que se mueve aún con largos espasmos. pobre. muchachos. Entonces presencian algo inesperado: dejando a la niña sobre el suelo. Parece hablarle al oído. que está allí. mientras el jefe y sus sabuesos se detienen un instante. Bajo las cejas chamuscadas. a contemplar con espanto la dolorosa escena. nazarena de quemaduras horribles. Lo que consiguen sacar de allí no es más que masa palpitante. —¡Se la llevaron otra vez. se arroja de otro salto en la hoguera.Se tiende una pistola y el animal rueda entre convulsiones. colérica. viendo que se aproximan a ella. turbados.

Aspasia ha muerto.tragedias colectivas. su figura magra y deshecha. hasta cierto punto. su cuerpo negro y carbonizado. les perteneció a todos. alimentada por una esperanza vagarosa. alumbrado por velas de las que se usan en los socavones húmedos. sobre cuatro cajones. semejante a largo alarido silencioso. Porque esta mujer. y de cada uno se llevó un trozo de espíritu. fue algo de cada uno. Por el alma del minerío corre un hondo estremecimiento. humilde lámpara de arcilla en la que se extinguió para siempre. Ahora está allí. sí. por el soplo aciago del destino. 180 Gregorio Sánche z Góme z . la llamita de ensueño y de dolor que ardió largo tiempo.

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mayo de 2010.esta colección fue realizada por el área de literatura del ministerio de cultura con motivo de la conmemoración del bicentenario de las independencias. esta publicación es financiada en su totalidad por el ministerio de cultura. . palenquera y raizal y el conpes para la igualdad de oportunidades. coincide con el inicio de la ejecución del programa de memoria afrocolombiana. siguiendo las recomendaciones hechas por la comisión intersectorial para el avance de la población afrocolombiana. bogotá.