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nuestra fuerza. Considerábase muy satisfecho de mi docilidad. no hubo paz posible. Mi padre era el orgullo de la comarca. y por consiguiente gozaba entre los hombres de la más sombría fama. campesino o cazador– dejaba de temblar hasta el fondo de sus nervios enloquecidos ante la posibilidad de ver aparecer de pronto. de mi dulzura al permitirle hundir su cabeza en mi boca. –lobo. al volver una picada. la temible figura de mi padre. que me amansó. Nací en los contrafuertes del Ranahal.. a quince leguas del Ganges. voy a contar en lenguaje humano cómo me vengué de mí dueño. ¡Yo. Ya varias veces se habían emprendido verdaderos combates de muerte contra él y aunque casi siempre había logrado forzar la línea de batidores. tigre manso! Este fue su error. la soberbia de mi alto linaje. tigre real de Bengala.. Y como nuestra comida era la misma. Después vinieron los hombres. Feria del Libro en el Zócalo. y sentía ya desde muy pequeño. la selva toda era nuestra. Pero antes es menester que recuerde cómo fui cazado. Rajá. ¿Porqué vinieron a la selva? Nosotros no íbamos a los campos. Pasaban de treinta los hombres que habían abandonado instantáneamente el mundo al encontrarse con él. Yo. y justo es decir que mi padre había deseado y buscado estos encuentros. lo que equivale a decir en el corazón mismo de Bengala.Gobierno del distrito Federal Marcelo Ebrard Casaubon Jefe de Gobierno secretaría de cultura Elena Cepeda de León Secretaria coordinación interinstitucional Isabel Molina Warner Coordinadora Fomento a la lectura y el libro Eduardo Clavé Director Feria del libro en el Zócalo María Cortina Icaza Directora Marina Azuela Herrera Gladys Robles Sánchez Responsables del Pabellón Editorial Zócalo Primera edición: octubre de 2010. Mi más grande esperanza era llegar a ser como era mi padre: ¡un devorador de hombres! Este calificativo hablaba bien alto en pro de nuestro valor. nuestra audacia. Rajá. y nadie. Pero en aquel entonces mi padre. en pleno vigor de edad era el rey sombrío de Bengala. y esto dará razón de cuánto oprobio y ardiente sed de venganza resecó mi alma de fiera real en mis cinco años de cautiverio. una vez se vió obligado Ff . Antes. Distribución gratuita para todo el mundo. el domador Kimberley.

aunque gruñendo. El rastro seguía hasta un centenar de metros de la gruta. Los gritos de los batidores aumentaban en intensidad. Digo bostezo. Eran la seis de la mañana. una tarde lo acompañaba hasta el arroyo.. Pero en cambio. Yo observé el rastro enemigo con fuerte latido en el corazón. con él. Volvimos en seguida con inmensa cautela para no hacer el mínimo ruido. con un imperceptible gruñido. gruñendo sordamente. los batidores. y nos perdió a nosotros con él. los batidores avanzaban golpeando. ensayar en su gruesa piel la fuerza de mis tiernas garras. – FuGa. Era esa mi primera alarma. porque esa es la impreFf a arrollar a los cazadores. Yo tenía entonces cuatro meses. Para nosotros un ruido. y vi que sin mover un sólo músculo de su cuerpo. mi padre se detuvo de golpe. no! Pero nos han descubierto. Mi padre mostraba real complacencia conmigo.. ¿no es cierto? –me dirigí a padre. Desde los tres meses en adelante me llevó. pero. atravesaron la selva hasta nosotros. estrechando el cerco sin cesar. son ellos – me respondió con un ahogado gruñido cuyas profundas notas temblaron largamente en la gruta. –los ruGidos de mi padre. –Te han visto? – preguntó mi madre muy inquieta. –¿Este va a ser el número treinta y uno? Por toda respuesta. ¡Eso era pues de hombre! ¡De los dueños del mundo! ¡Y de todo. mi padre recogió el rabo bajo el vientre y con el hocico en tierra olfateó una tras otra las huellas.el devorador de hombres f F horacio QuiroGa –He encontrado rastros de hombres en el arroyo – dijo mi padre al entrar en la gruta. Mi padre había sido demasiado tiempo cazador y cazado para equivocarse al respecto. y un momento después se comenzó a sentir un ruido sordo. Así. Mañana estarán aquí. bastante semejante a la nuestra. iba y venía del fondo a la entrada de la gruta. fijándome vi sus ojos a ras del suelo (pues tenía la cabeza apoyada en las manos). –¡Oh. tornaba de nuevo al fondo. Mi madre dormía y creí que mi padre hacía lo mismo. – tres voces Nuevas voces mucho menos lejanas. Así. ¡Treinta! Un destello de coraje infantil encendió mi pupila. Y señalaba en la tierra húmeda una huella larga y ancha en un extremo. –A éste también. pero mucho más larga. – el círculo se estrecha. –Sí. Mi padre se puso bruscamente de pie. no nos movimos. Yo me detuve también. y confieso que sentí inmenso miedo. de todo!. forzando a los animales cogidos en esa misma red. una huella desconocida. y más de una vez me permitió. Resultas de ésto vivían en el mundo dos cazadores menos. Yo volví mis ojos interrogantes a mi padre. por los descoloridos dueños del mundo! Este desprecio lo perdió. como si debiéramos aprestarnos a luchar contra un búfalo. nos pone en completa guardia. eran los bambúes golpeados violentamente. Mi padre. en perfecto círculo. y por su parte mi padre no conservaba sino un solo ojo. ello resultaba excelente para mí. El enemigo se acercaba. cuando se oyó el primer grito. ¡Pero no de mi padre! Uno tras otro mi padre había deshecho a treinta de sus héroes. volvía lentamente la cabeza a todos lados. Ff . mas como en nuestra especie es regla de seguridad no abandonar la guarida hasta sentirla realmente asaltada. en mi padre. –Mira bien esto – me dijo mi padre. clavados en la entrada de la gruta. y en un instante mi madre hizo lo mismo. gritando. presa de viva agitación. y toda su actitud transparente de atención. –Es rastro de un hombre. bajo una lluvia de balas. y abriendo la boca en un bostezo que descubría todos sus dientes. Se detenía a cada vuelta prestando oído. ¡qué respeto y terror en el corazón de los hombres! ¡Qué inmenso orgullo en su cachorro y qué desprecio. y bien entonces que sus ataques no fueran contra caza mayor.

Pero mi madre no se decidía. El clamor ya atronador. –¡Se va a hacer despedazar vivo! ¡Usted no sabe qué personaje es ese devorador de hombres! ¡Espérenos. negros y melancólicos. vibraban al compás de los rugidos desafiantes. –Está allí. Luego aplastó las orejas y rampando se internó en los bambúes. por Cristo! –Bueno – repuso el joven lord Abelarde. se comprenderá el temple de aquel joven corazón. que se fijaba por largo rato en los ojillos audaces de su real cachorro. Era muy joven. sobrino de cobra. tío flaco! –¡Gato sucio. yo me quedo. y el resto incumbía ahora a los cazadores. Cuando estuvo a treinta metros una voz ronca gritó: –¡Eh. era un redoble titánico de fuerza pulmonar sostenida por un valor indomable. acorralado en su guarida. Entonces pude observar detenidamente al joven lord. afirmando su potente estatura. Ff sión que tuve entonces. pronto! exclamó mi padre. –vengan ustedes. cesó de golpe. la cabeza sobre las manos. Había avanzado hasta la gruta con la seguridad de mirada y la elegancia de paso de quien sabe bien que su corazón no temblará. Abelarde! ¡Es una locura lo que hace! ¡No se acerque tanto! ¡Cuando una fiera no ruge. El círculo se cerraba cada vez más. Los hombres no quieren acercarse más. deteniéndose apenas a veinte metros de nosotros. un Devorador de Hombres. el primero que veía. Tenía el rostro de palidez de cera. Su tarea había concluido. Ya era posible sentir los insultos que los batidores prodigaban a mi padre. en la gruta. ¿Qué hacer? –Vete –le dijo mi padre. espéranos! Mi madre pensó con angustia en mí. –Yo me quedo – dije a mi madre.– llévate al cachorro. El trueno de gritos y golpes que sucedió instantáneamente al rugido. Mas al volver los ojos desde la entrada y ver a mi padre que se quedaba echado. –¡Pronto. que hizo temblar la gruta entera. y mi padre calló también.el devorador de hombres f F horacio QuiroGa padre no cesó de rugir. y en él brillaban con honda dulzura. mal negocio! –Es que deseo mucho verlo – repuso el adolescente. –¡Tío. Desde esos instantes. no tienes vergüenza de esconderte! –¡Eres más cobarde que una rata. Después he conocido. En el profundo silencio que se hizo. Entonces.. Era el jefe de los batidores quien hablaba. su gente no se atrevía a dar otro paso.. que despertaba mi cepa real. casi una criatura. era el cartel de desafío que mi padre enviaba a los atacantes. ardiente. y mis nervios fustigados por ese ambiente de lucha. un hombre avanzaba. Mi madre se aprestó entonces a romper el círculo fatal y yo la seguí. hijo de chacal. La gruta temblaba hasta en su base. sentí que en ese momento mi joven corazón se dilataba de osadía. En efecto. y ya con una especie de magnificencia mortuoria. La hembra estaba a salvo. mi Ff . en mi propio ser que esos bostezos no son garantía ninguna para la vida del que los provoque. y concentrando seguramente toda la energía de su magnífica vida para la lucha a muerte a que se aprestaba. sin detener el paso. –¡Abelarde! ¡Por todos los tigres del Ranahal! – gritó de nuevo la voz ronca. Y si se tiene en cuenta que iba hacia un tigre real de Bengala. Durante un instante mi madre husmeó el juncal a todo viento. probó bien que había sido oído. Vi entonces que desde el fondo del claro del bosque que se abría ante nuestra gruta. una voz llegó a nosotros. come gallinas. –¡Déjalo! Y vi su pupila fosforescente. un par de hermosísimos ojos. –¡Ligero! Dentro de un momento no podrán forzar la línea. Esta me lanzó un cruel gruñido volviendo a medias la cabeza y seguramente le hubiera seguido un zarpazo al hijo indisciplinado. Como he dicho era apenas un adolescente. extendió el hocico y lanzó un rugido vibrante.

el devorador de hombres f F horacio QuiroGa Fué en ese momento cuando mi padre. en igual silencio. Vi que los cazadores daban vivamente un paso hacia atrás. . y llevaban el arma al hombro. y a mi vez lancé un breve rugido de cachorro. –Si ustedes me permiten. Abelarde! Basta ya de locuras. Hunter apreció mal la tonalidad del mío. Pero no debía tratarse de este último. Los cazadores dieron aún un paso. –¡Hay dos! El hindú se estremeció violentamente. avanzaron. Uno era alto y delgado. no pude menos que admirar aquel valor en aquel rostro casi angélico al mismo tiempo que despertaba hacia él. –¡Bravo! – exclamé en mi interior. y si ustedes me permiten tomaré el centro. –¿Usted cree que son éstos. y el animal casi podría alcanzarnos de un salto. apuntando vivamente. – un héroe. el arma pronta en las manos. Antes que el tiro partiera. Hunter – repuso con dulzura. –¡Bueno. Hunter vió su ojos fosforescentes que lo devoraban desde adentro. Un relámpago de orgullo me cegó. Tal vez la extrema juventud del cazador. y fijó de nuevo en la gruta su mirada serena hasta la incomprensión del peligro. Abelarde tomó. fiera forzada y todo. El rubio ahogó un juramento. porque usted conoce el refrán: “Se apunta a los tigres. arrastrándose sobre el vientre. –Usted Hunter como cazador célebre me debe esta galantería. y los tres después de revisar por última vez sus armas. – l a muerte de naní-don Tigre. Vi el tren de caza. Separémonos en línea. lo tomaré yo – respondió el joven lord con su dulce y suave voz. con gran barba rubia. así el centro. se acababa nuestra especie. –Hace mal en hablarme así. mi padre saltó. Y dando dos pasos adelante. mientras un rayo de altivez cruzaba fugazmente por sus ojos. me murmuró señalándole: –¡Cuidado con ese! Si hubiera diez como él en la India. Usted sabe que he cazado bastantes tigres para que usted atribuya a miedo esto que le digo. que lo observaba también. bajó lentamente el cañón de su carabina. Con el triple avance el drama tocaba casi a su fin. Estamos a quince metros de la gruta. con el corazón y no con los ojos”. Abelarde no pestañeó. –¡Atención! – gritó. Hunter sabía bien que cuando un tigre se refugia en su cubil. –¡Cuidado! – gritó echándose bruscamente atrás. –Imbécil! – me lanzó mi padre con un gruñido. Como aún el aire temblaba por el rugido de mi padre. Esta convicción les había permitido platicar y revisar impunemente sus armas en el instante final. Con un terrible rugido. F10f . F 11 f el ataQue. –Tiene usted sobrado corazón para negarle este placer. lord Abelarde? rugió casi. y en ese instante la gruta sonó hasta la entraña de la piedra bajo el rugido de mi padre. Del otro. momentos para divertirnos con prioridad de tiros. contentóse con bajar rápidamente los ojos a su carabina. Hunter – le dijo con su voz melodiosa– pero ese tiro me corresponde a mí. Entre tanto dos cazadores más habían surgido del fondo. no sale de allí hasta que pueda hacerlo cayendo de un salto sobre el cazador. – Perdón. la energía llevada a su máxima tensión en los tres cazadores que avanzaban juntos. –¡Vaya por la galantería! – no pudo menos de sonreírse Hunter. El otro era hindú posiblemente príncipe. a tiempo que mi padre recogía todos los resortes de su potente musculatura para saltar. El joven se sonrió. El de la barba rubia puso por fin la mano en el brazo del adolescente. ¿Por qué? Lo ignoro. porque mi padre. De un lado nosotros replegados en el fondo de la gruta. Pero con el cambio de postura. . una mano cayó sobre el cañón de su arma. concentrando en feroz silencio todas nuestras fuerzas. – mi padre salta. El adolescente lo miraba tranquilo. se coló en el lado izquierdo de la gruta. –y para siempre– impulso paternal en mi corazón.

que le envió una bala entre los ojos. Mi padre. detenido en su salto por la bala de Abelarde. mi madre. había tirado su fusil. hizo fuego.. Un rugido y un supremo grito de agonía sonaron juntos. mortalmente pálido. se acabó! – me dije con tristeza. De pronto Hunter recogió apresuradamente su arma.. a la par que el brazo de Abelarde se alzaba cada vez con menor F 13 f –¡Ya está. Hunter. – un tiro de hunter. Los dos cazadores se miraron mudos. inútilmente: había muerto al caer por última vez. bravo! – clamaron los dos cazadores. en tanto que el bosque entero resonaba con los alaridos de triunfo de los batidores. –¡Bravo. Nani-Dan! ¡Es a usted! – se interrumpió Hunter con terror. El cazador. mi madre. lanzando alaridos. En el centro. en un supremo esfuerzo. habían emprendido la fuga. hasta sentir el rugido de muerte de mi padre. inútil ya. Cada golpe era un nuevo rugido. Abelarde. ¡Ese no era un rugido de cachorro! Los batidores con un unánime grito de terror. Se detuvo un instante. –¡Es fiera muerta! Ya. aunque destrozándoselo. había quedado en acecho. y que se revolcaba. que no habiendo podido forzar el círculo. Dejemos. al sentir el choque. –¡Hay otro! ¡No olvidemos! –Es un cachorro – repuso el adolescente. y de decirle rápidamente: –¡No! ¡Esta vez me toca a mí! Mi madre. y Hunter y Abelarde arrancando aún a la garra de aquél la garganta del desgraciado. Entonces comenzó la lucha terrible. Un rugido le cortó la voz. La temible fiera que acababa de abrir el pecho hasta el vientre a Hunter. se lanzó sobre Abelarde. mientras con el brazo izquierdo detenía. caía ya sobre él. Pero un tiro había sonado. y el brazo del adolescente que se alzaba y se hundía en la entraña misma de mi madre. sin lograr detenerla. y a treinta metros del grupo sombrío apareció. esperando con una inmovilidad de mármol que la fiera estuviera a cinco metros. que fueron a traspasar el pecho de mi padre. y cada rugido era un nuevo zarpazo en la carne humana desgarrada. Abelarde. sin levantar la vista. – el cachorro imperial Los batidores rodearon al lúgubre cuadro. con un terrible salto. bramando de dolor y coraje. Poco a poco los rugidos se fueron debilitando. que acudían a la carrera.el devorador de hombres f F horacio QuiroGa –¡La madre del cachorro! Un nuevo bramido sonó en el lúgubre silencio. . ¡Guarda. la esperaba cubriéndola con la mira. seguido de un horroroso bramido: era mi padre. porque un tigre a la carrera ofrece difícil blanco. Y con un aullante bramido en que iba toda la ira vengativa de su ser. que. se precipitó sobre los cazadores. acababa de lanzarse como un rayo sobre el príncipe hindú. gloriosa de fuerza y dolor. la tigra! F12f . mi padre tendido. –¡Es la mujer del tío! –¡La tigra. y es preciso detenerlo con una bala en pleno corazón. con una espectral sombra de venganza. que en su trágica quietud. pero de la garganta del príncipe surgían cinco ríos de sangre – muerto también. pensando en el heróico adolescente. con la mano derecha sacaba de la cintura el agudo cuchillo de caza. rodó por el suelo. Durante un rato pude ver los dos cuerpos rodando por el suelo. Tuvo tiempo de ver a Abelarde apuntando también. Pero ya era tarde. el primer zarpazo. el preciso para ver el cuerpo de mi padre tendido en el suelo. sobrecogidos de espanto. Dos nuevas balas sonaron. o morir. gritando y golpeando a todos lados de gozo. . se echó el fusil a la cara. – cacería lúGubre.

Otra ola de tristeza me oprimió el corazón. víctimas de su feroz afán de exterminio. Pero yo debía a la selva el desquite de mi flaqueza actual. ligero! Yo levanté la cabeza y los vi llegar con la más completa indiferencia. hundido también en la eternidad. Hice lo mismo con el cuerpo de Hunter. Ante el del hindú. Parecía haber condensado en sí las virtudes capitales de la especie humana: sangre fría. no quedaba sino yo. ¡Sí. clavé profundamente mis tiernos colmillos en aquella carne humana. el cadáver acribillado de heridas de mi madre. el más alto representante de una especie aborrecida. el más fúnebre silencio ahogaba a la selva. y que el puñal de Abelarde. me eché a su lado. me aproximé al joven lord Abelarde. su cuerpo se estremeció. mi madre. sin levantarse. Yacía abrazado con mi madre en un solo bloque de sangre y heridas. y enloquecido ya por el gusto de la carne.el devorador de hombres f F horacio QuiroGa selva. que había contado demasiado con mis fuerzas. y en ese momento juré cuando la edad templara mi valor. Toqué sin querer una de sus manos desbarradas. y su muerte era el rescate de la selva herida en dos de sus reyes. M sangre real latía de confraternidad y emulación ante aquel adolescente real también. No se sentía ni un rumor. mi corazón se sentía otra vez lleno del cariño sombrío y fraternal que me había embargado otra vez. en tanto que de todos lados acudían corriendo con palos y picas los batidores. Sé que sentí de repente una gritería atronadora. ¿Qué me importaba todo? Lamí por última vez con mi lengua aquella mano de mármol. cobarde! –¡Corramos. y con un ronquido de venganza tardía. por el estremecimiento de los dos cuerpos destrozados. maldita raza de cobra! ¡Comedor de cadáveres. que la garra de mi madre. El cuadro era aún más sombrío: tres hombres quedaban a su vez tendidos en el campo de batalla. Entonces. lleno de una inmensa tristeza. se hundía lentamente en un supremo esfuerzo de muerte. Mi padre. allí en el claro yacía el cuerpo del Devorador de Hombres. de última agonía. Su rostro. de temeridad y de suerte. todo desaparecía frente a la belleza y valor de aquel cazador de dieciocho años. su cuerpo vivía aún. rey de la comarca. mi familia entera masacrada. el cazador de la gran barba rubia. estremecido y con frío de desolación. que había hecho lo que mi exceso de juventud no me permitía aún. salí de la gruta. vi que ante aquel heroico desamparo. inteligencia y belleza. y bajo el cielo familiar de la F14f . Y allí. de orgullo y sufrimiento vengado en la triple herida de su corazón. miraba al cielo. en el claro del bosque que el día anterior había vibrado con el rugido imperial de mi padre. doloroso. recordar a la especie enemiga que yo era hijo del Devorador de Hombres. y quedé inmóvil de sorpresa. estaba vivo aún! Nada habían podido los veinte puñales que mi madre escondía en sus cuatro garras contra aquella heroica vida de juventud y energía. Un segundo estremecimiento recorrió el cuerpo del héroe. con tres balas en el corazón. –¡Es el cachorro! –¡Está devorando al lord! –¡Ah. cachorro imperial. de una blancura de mármol. Pero. comprendí. y en ese momento sentí un dolor F 1 f energía. y el cuchillo no se alzó más. se clavaba hasta el mango con el último aliento que quedaba del heroico adolescente. olfateándolos. Lo que después pasó es muy rápido. y sin darme así cuenta de lo que hacía. Seguramente iba a morir. mis hermanos. y a quince metros. sobre todo belleza. Lacerado. Entonces. Y de todo aquel bramar y tiroteo siniestro de media hora antes. también sin alzarse más. ¿Qué me importaba todo? No pensaba en nada ni podía hacerlo. yo. Me acerqué lentamente a cada uno de los cadáveres. temblando sobre mis piernas. y la sentí de hielo. comencé a lamer aquella mano en flor de belleza. desgarrado. de modo tal que en plena eternidad sonara el bramido de orgullo de mi padre. como una criba. Llegó un momento en que el rugido fué un estertor ronco. agujereado de heridas. Pero al clavar mis dientes. no pude contenerme: con saña cruel retraje los belfos.

con mi libertad perdida. hasta salvar las ochenta leguas que distaba de Calcuta a mi selva natal. Nani-Dan.. Seguramente hacía rato que estaba allí esperando mi resurrección. colmillo de cobra! – me lanzó el hombre de cara cruel. Al oir aquel nombre yo abrí los ojos. Tenía el rostro flaco y amarillo. levantándose. Detrás. – un anuncio sensacional. cinco años después de aquel drama en que naufragó mi libertad. –¿Pasó el desmayo? – oí que preguntaba otra voz. De modo que estos treinta días me vi sacudido sin cesar en la miserable jaula. a S. –¡Parece que volvemos en nosotros! ¡Parece que no tuvimos tiempo de devorar cadáveres! Abrí los ojos y vi un hombre que me observaba. a mi lado. en el tiempo y en el juncal perdido para siempre. el tormento diario de los insultos.. ¡Qué lástima! Es inmensamente rico y par de Inglaterra. . –¡Ah. Sabía que el séquito de los tres cazadores muertos me había vendido al capitán Kimberley. Apuesto mi turbante contra una sandalia vieja a que dentro de diez días se está sacudiendo la cabeza contra la jaula. ni europeo más vil aún que no se acercara a mi jaula a escarnecerme. ¡Qué negocio para el capitán! No tiene más de cuatro meses. ah! – lanzó una voz sarcástica. –¿Quién. y desde entonces en adelante.. dueño del famoso Circo Asiático que por entonces recogía noche a noche atronadores aplausos en Calcuta. y todo su semblante respiraba crueldad. Sentía terribles dolores en todo el cuerpo.. Y ustedes llegaron –lo que se dice– a tiempo. el cachorro? Usted no sabe qué vida tienen estas fieras. cuyo destronamiento y ejecución estaban señalados por una doble cruz. –Si salva. cuya captura costó la vida al teniente Williams Yoe Hunter. las pedradas y golpes de hierro del hombre ronco. tigre real d Bengala . como si me arrancaran las entrañas a viva fuerza. primer cazador del Imperio Indio. hijo del Marajah de Dnizzar. –.el devorador de hombres f F horacio QuiroGa clavado del todo los dientes en el gran aristócrata! ¡Pero pronto la vas a pagar. ya no hay nada que temer. –¡Bueno. . los malos tratos. mis cuatro meses de cachorro real. –¡Y una criatura casi! Aquí las voces callaron y un momento un dolor atroz en el pecho me desvanecía otra vez. vienen a mí como en un sueño los primeros días que lo sucedieron. – el capitán K imberley. Vuelvo a repetirlo: todo aquello viene a mí como en sueño. No hubo vil indígena. Recuerdo que cuando volví en mí me hallé dentro de una sólida jaula de hierro. –Sí. joven dormilón. par de Inglaterra”. –¡Ya se nos pasará el sueño. ¿Es cierto que estaba ya por devorar a lord Abelarde? –Desde las manos a los pies. –¡Hola! ¡Parece que te acuerdas. mi fe de bautismo llevaría este título: “Rajá. R. –Es el corazón más templado que existe. Y con su cara de ángel. Pero no pasará de esta noche. Al oirlo lo miré con suprema indiferencia y torné a cerrar los ojos. empapada en sangre humana. y perdí el sentido. Entraba de golpe en una nueva vida. Pasaron as treinta días en que sufrí. bueno! – exclamó el otro. –¡Ya lo creo que debes sentir no haber F1f . fuera de mis propias heridas. Mi nueva existencia llevaba así su pasaporte sangriento. mi captura. Una nube de sangre y sombra nubló mis ojos. quedaban. y al pretender levantar la cabeza. – mi juramento Hoy.hijo del Devorador de Hombres del Ranahal. -y puso a un paso de la muerte a lord Abelarde. engendrado y educado por un verdadero monarca. el sufrimiento me hizo exhalar un gemido. F 1 f atroz en el pecho. mocito! –¿Y el lord? –continuó el otro– por lo que me han contado ha hecho prodigios de valor. A. Este es el cartel que Kimberley colocó en el circo en grandes letras rojas el día de mi presentación.

a pesar de vivir horas enteras con nuestro domador. el formidable látigo del domador que restallaba en el aire gritándonos: “¡guarda!”. Hasta que llegó un momento en que los hechos – tan injusto fue aquello– me libertaron de la influencia de Kimberley. sin embargo. no hacía sino estrecharse. y al saberlo. – ocho Fieras y un látiGo. – me echo detrás del domador. Los tigres de Ceilán rodaban en sentido contrario sobre sendas bolas de madera. cruzó el mismo relámpago de venganza. el alma encendida en el mismo fuego de venganza. el leopardo y un león se mantenían inmóviles sobre cuatro columnas en fila. era pues nuestro! Así debió comprenderlo también Kimberley. Como estábamos en ensayo. No obstante es tan fuerte. ardía siempre. porque desde ese instante no cesó de tenderle hacia nosotros en frenéticos restallidos. Kimberley se contentó con trepar encima de mí. ¿Qué nos reservaba el destino para haber lanzado ese efluvio de encanto de su corazón al mío? Desde aquel momento mis recuerdos se precisan. Pero en el fondo de mi voluntad quebrada y mi dignidad envilecida. los pies del domador triunfante que desplegaba una bandera. El primer sentimiento de todos nosotros fué de violenta sorpresa. El sube y baja dejó de crugir y las bolas pararon. el leopardo y el león bajaban silenciosamente de sus columnas. echado largo a largo en el suelo. en la gran jaula de hierro que servía para tal fin. se apagó completamente. Delante de ellos dos leones oscilaban en un sube y baja. cuando estamos domados. la llama candente de mi venganza. y noté que los pies se retiraban vivamente.el devorador de hombres f F horacio QuiroGa tigres cingaleses. F 1 f Como se ve. En seguida un séxtuple gruñido tembló en las tinieblas.. Mis compañeros eran dos F1f . que me había unido a él en aquel terrible día. y trabajábamos bajo un gran foco eléctrico. ¡Ya no había luz. Era la noche de un lunes en que no había función. la voluntad impuesta a la nuestra. ¡Por fin la noche del bosque natal nos ponía a solas con nuestro domador! Pero de pronto un golpe seco sonó: era el látigo. y yo. alimentándose con mi propia degradación. lord Abelarde no había muerto. de mi flanco. Esta vez no fué un gruñido.. tres leones. Y de repente la luz se apagó. pero de mí sé decir que no hubo tortura diaria que no me fuera aplicada para obtener de mí lo que yo no quería: mi sangre real resistía y resistió cuanto pudo a aquella abyección. Y paso a paso. soportaba sobre mi flanco jadeante. – un Golpe de conmutador Una noche ensayábamos. ¿Qué iba a pasar? Por el alma de aquellos terribles forzados. que son raros los desquites. nos íbamos acercando a él. sino un rugido general lo que respondió a esa intimación. hondo. un año de amaestramiento pesó sobre mi espalda y mis riñones. Uno tras otros se sintió en el piso el golpe leve y sordo de los cuerpos que caían sobre la garra cautelosa. y en la gran jaula reinó la más profunda oscuridad. Vi o sentí más bien que la pantera. La prueba era la habitual del grupo: las panteras. l a luZ se apaGa. a hazañas increíbles. – cinco tiros. seguida de estupor. dos panteras y un leopardo de Penjab. inquebrantable. ¡ay entonces del domador! Sé que no todos los domadores profesan igual sistema de amaestramiento y entiendo que algunos hay que llegan por la simple paciencia e interpretación de nuestra psicología. Llegué a hacerlo. sin lucir la batidera. no hace sino concentrar en profunda hiel todo el tormento devorado para que algún día. y mi hambre y mi sed! Preciso es saber qué tremenda inversión de nuestro temperamento se requiere para poder ser presentado en un circo! Y toda esta terrible violencia impuesta sólo Dios sabe cómo. ¡Un año. Una profunda sacudida recorrió mi cuerpo. sentí que el lazo íntimo. mis ocho compañeros y yo. con el hocico pegado en tierra. y lo hice durante cinco años con el alma empapada de vergüenza.

El galpón resonaba hasta desquiciarse con los bramidos y gritos.el devorador de hombres f F horacio QuiroGa co de los más atrevidos. al ver a aquel hombre defendiéndose sólo él con un látigo contra ocho fieras. El cansancio debía rendirlo de un momento a otro. Se abalanzaban sobre las picas. todos me acusaron de haber dirigido el ataque. Justamente encima de mí había un conmutador eléctrico que usaba el capitán Kimberley para distribuir algunas luces. el propio capitán. Yo había ido cómodamente a echarme allí. Estaba mortalmente pálido. horno eléctrico. aquel infierno de garras y colmillos babeantes que rampaban hacia él. estaba perdido. El látigo bramaba cada vez más violentamente tratando de contener. Durante un rato se hubiera dicho que de una pupila a otra iba un finísimo rayo de odio centellante. se desplomó al suelo. blanco hasta la muerte por aquella tensión de nervios sin igual. y no es fácil suponer qué terrible debía ser la tensión de nervios de aquel hombre. el maldito hijo del Devorador! –clamaba otro. –¡Este va a acabar un día con todos nosotros! –¡Cobra con patas. fué él! ¡No puede ser otro que él! – vociferaba un guardián cobarde e inquisidor con quien tenía yo larga cuenta pendiente. replegado en el fondo. y el látigo restallaba siempre precipitándose. No tenía ciertamente compasión a un miserable de esa especie: pero sí algo que se asemejaba a un impulso de mi propia dignidad. y se detuvo ante la jaula mirándome en los ojos. con desesperado frenesí. fieras y hombres. conteniendo de ese modo a ocho fieras –no a siete– porque seguramente me contaba en el grupo. el domador abría y cerraba la puerta tras él. ¿Qué iba a hacer yo allí. –Se necesita un castigo ejemplar! – aullaba otro guardián. pues es terriblemente peligroso. los sirvientes. Pero éste había tenido tiempo de verme detrás de él. Esto duraba ya dos minutos. En seguida. Así fué en efecto. fui a echarme contra los barrotes de la jaula. Las fieras lanzaron un rugido. en un esfuerzo final. Y digo supremo porque sólo en último caso usa de él. Pero segundo a segundo el domador sentía avanzar el anheloso jadear. mientras la detonación retumbaba en el gran local. quedé inmóvil. Pero fué lo último que pudo hacer: lívido. – mi tortura Los guardianes. –¡Sí. doblé lentamente las patas y sin quitar tampoco mi vista de la suya. y desde luego la del foco de la jaula. y abrasándome los ojos con el fogonazo volvió a descargar tres veces más su arma sobre el hociF20f me acusan de traición. – el – un ruGido de desdén. – mirada contra mirada. Yo. a qué agregar mis garras a los cincuenta y seis puñales que en forma de zarpa iban a hundirse en su carne? Por esto me retiré de los asaltantes y pasando por domador. pero el metal cilíndrico se escapaba de sus dientes y garras. El jadeo de las fieras crecía con la inminencia del ataque. apenas cumplido su deber. porque de pronto un fogonazo brilló. desmayado. –¡Es Rajá. Los golpes recrudecían. buscándome con su fierro. Era el revólver cargado con pólvora que todo domador lleva siempre en el cinto como supremo recurso. llegó al conmutador y abriendo la llave inundó la jaula de violenta luz. viniendo hacia mí con visible esfuerzo. Pero entre tanto un sentimiento extraño se iba apoderando de mí. mientras corrían todos hundiendo los fierros tras los barrotes para reducir las fieras aún bramantes por el golpe frustrado. comprendiendo que si por fatalidad el látigo llegaba a escaparse de sus manos. Todos callaron entonces. precipitándose furiosamente sobre el domador. las mordían furiosamente. F 21 f . puñal envenenado! –¡Basta! – gritó imperiosamente el domador. ¡Ya era tiempo! Mientras las fieras enceguecidas se echaban atrás con un aullante rugido. y esto me perdió. y con ellos la rabia de las fieras indómitas. mortalmente envenenado.

a él. No obstante todo mi valor.000 grados apenas: cuando lleguemos a 1. . con todo.. el capitán y yo. el fierro deslumbrador y chispeante se hundió en mi carne. al Rajá. cincuenta veces. irguiéndose en toda su alta estatura. no. maldito seas! ¡Y bien pronto! Entonces. los guardianes desaparecieron con las fieras. – ¿Parece que nos quejamos ya? ¿tan temprano? ¡No. carabina. mi ex amigo! – exclamó con una carcajada sardónica. es decir. en la selva perdida y llorada. fuera de aquí todos esos animales! ¡dejen únicamente a Rajá! ¡Vamos a quedar solos! Todas las jaulas de ensayo tienen una puerta trasera hasta la cual se puede hacer rodar la jaula común de vivienda cuando es preciso. volviendo la cabeza. La maniobra se F22f . –Ah. capaz de poner al rojo albeante los fierros de represión en menos de un instante. ¡Hubiera dado no sé qué por que esto sucediera! Pero no fué así. con revólver. sino con una tranquilidad y un método de tortura terribles. odio y dominio sobre mí mismo. De modo que te has hecho capitán de bandidos! ¡Tú. puñal. y no con rapidez. Como ésta rueda. Fué. basta con el contacto de un fierro pintado de rojo el extremo.. el único que me arrancó la tortura y estoy seguro de que allá en el Ranakal. Concluido el ejercicio. no tuve duda de lo que iba a pasar. el hijo de un devorador de hombres. –¡Sí. cualquier cosa. si. Su rostro se puso aún más lívido de odio –¡Sí. El domador lo apreció en todo su valor. comprendió lo que yo deseaba. y ante la sacudida eléctrica y el destello de insensata alegría que brilló en mis ojos. –¿Pero sería para atacar al capitán?. mi ex amigo! Aún falta un momento. pero que iba a entrar. hola! – exclamó con sorna sarcástica el domador. Desde los guardianes se levantó un murmullo. el capitán lo vió! –¡Ya iba a saltar sobre él! –¡Es un cobarde! Pero una voz se alzó. me erguí y clavando mis ojos en los suyos le envié un rugido de cuanto desafiante desdén cabe en un corazón de tigre real ante una alimaña cobarde y cruel. –¡Silencio! – gritó imperiosamente el domador ¡yo lo he visto. Y tanto es el temor. no pude evitar un hondo escalofrío al ver que el fierro se hundía en la boca devoradora del horno en tanto que mi desesperada impotencia explotaba en un hondo bramido. y las fieras entran de nuevo en su casa. la sombra ambulante de mi padre respondió con otro bramido de orgullo y aliento a su retoño real. Sabido es que las fieras sólo pueden ser contenidas por el punto de fuego de un fierro caldeado así. se vuelve a abrir la puerta de comunicación. cuarenta. y quedamos solos. – ¡A ver. 1. ¡Paciencia! Abrevio: treinta. puede transportarse de un lado a otro. cuando vi al domador apoderarse de un fierro y disponer el conmutador.el devorador de hombres f F horacio QuiroGa hizo pues en tal sentido. Durante un instante abrigué la loca esperanza que el domador iba a entrar a “castigarme”. cobarde! – clamó con voz tronante el domador. y ahora mismo! – clamó colocando la mano en la puerta. –¡Hola. – ¡Ya pasaron los tiempos de eso! ¡Ahora vamos a trabajar un poco separados! Todo domador que se respeta y respeta la vida propia y ajena. de un tigre valiente entre todos! ¡Y no contento con esto te vas a agazapar detrás de mí para asesinarme a traición. –¡Sí. que en las insurrecciones leves.200. agachado detrás de mí para saltarme! ¡Y tú – me lanzó directamente a mí – tú tienes que pagármelas. hastiado y repugnado de tanta injusticia y tiranía. . Así. tímida. lleva consigo un horno eléctrico. mientras los otros me atacan de frente! ¡Cobarde! La acusación era tan terriblemente injusta que lancé un vibrante rugido. Kimberley llevó de nuevo la mano a la puerta de la jaula. los guardianes. buscando F 23 f –¡Con que eres tú! me dijo con la voz temblante de ira contenida.

desgarrándome casi las entrañas. mi piel se recompone. La tortura seguía entre tanto. quemado. y acompañada por la voz dulce del domador. Y cuando por fin pude levantarme y me vi quemado. ¡Luego volvería yo a ser Rajá! ¡Luego las fuerzas retornarían y la magnífica piel que he heredado de mi especie volvería a ser la de antes! ¡Ah! ¡Qué inmensa dicha sentí! Y en el fondo de mi alma juré por la memoria de mi padre y por mi propia sangre real. quién. Rajá! –Aquí también: pero pronto pasará. –¡Veremos.! –¡Otro poquito en esta misma! Duele más pero ayuda a curar el mal humor. a pesar de mi postura. –Ah! ¿Duele mucho? (Un sordo gemido había salido de mi pecho). dejé caer del todo la cabeza y perdí el sentido. la heroica resistencia al propio impulso. y caí de nuevo tendido en F24f . F 2 f con prolija ciencia los puntos más sensibles. una ola de inmensa amargura me agobíó. y dentro de seis meses no quedará rastro. ya? ¿Para qué vivir arrastrando sobre mis trémulas patas el espectro mutilado de un tigre real? Y como cinco años antes. Fué lo último que vi. la tremenda energía. –Un tigre no olvida nunca lo que usted ha hecho. –Sí. esté seguro de ello. ya lo veo! Pero la piel se recompondrá. –¿Entonces usted cree que no quedará rastro?– preguntaba “su” voz. me dejé llevar un poco. –¡Cuidado! – insistían otra vez. arrancársela de una sola y única dentellada! Entonces comenzó otra tortura: durante dos años fui la fiera de más dulce condición que ha gemido bajo el látigo del domador. cuando volví en mí en pos de las heridas de mi captura. mi ex amigo! –¡Aquí duele un poquito: valor. sacudida. continuaba haciéndome girar con mis compañeros.. esta vez llegaron también palabras a mis oídos. –¡Cuidado! – le advertían. – a pareZco en escena ¿Quién podría valorar. necesarias para ocultar dos años enteros un hambre y una sed terribles. volviendo otra vez a la llaga recién abierta. era lo que yo sentía! ¡Hambre de Kimberley. a trueque de sentir horribles dolores. prolija. No podía disimular mayor mansedumbre. golpe de fierro a que yo respondiera con leve gruñido de pasajero fastidio. de todo su cuerpo odiado hasta la exasperación enloquecedora. –¡No es útil en la vida ser injusto con quien nos quiere! –¡No creas que lo hago por tu mal. de sus crueldades. pero nada más. verá usted. insinuándose bajo mi vientre.. Yo me había echado sobre las manos. Y poco a poco mi amaestramiento recomenzaba. –Es que. ya lo sé – respondía Kimberley – no le pierdo de vista. Todo volverá a su estado. Chamuscado. normal. desfigurado. Este animal está muy cambiado para que sea de buena fe su mansedumbre. convertido en un miserable guiñapo de tigre. –¿Qué era yo. Y tuve asimismo que luchar dos años contra la de mi domador. veremos! Y aunque no me perdía jamás de vista. de su ensañamiento. No oí más. ¡Otra vez. Las quemaduras fueron atroces. –No. No hubo insulto. cuando es excesiva despierta justa confianza. porque ésta.el devorador de hombres f F horacio QuiroGa mi rincón.. bajo la máscara de la más completa mansedumbre? ¡Sí! ¡Hambre y sed de venganza. entonces! ¡Es tan triste atacar a traición a un amigo! . hecho una llaga viviente. del placer de los dioses y de los tigres reales. eso es lo que yo tuve que dominar y ocultar dos años! En pos de la tortura pasé un mes entero tirado en un rincón de la jaula y sin hacer un movimiento. la cabeza sobre ellas y con los ojos cerrados devoraba en silencio el horrible dolor de cada llaga. animal u hombre. – el hijo del devorador de hombres. concentrar todas mis fuerzas en esta sola esperanza: ¡destrozarle de un golpe la cabeza. – l a suprema venGanZa. –¡Ya..

Aturdidores aplausos acogieron su presencia. ¡Nadie puede apreciar. ¡El hijo de aquel sombrío héroe. Y llegó la hora. una de las cuales fué azotar vivamente a un león. se arriesgó un día a la prueba decisiva que marca conjuntamente el máximun de audacia de un domador. todo esto le parecía nimio: quería verme a mí. concluyó por no ver en ello más que su influjo personal. Allí. Kimberley hizo una señal imperiosa. el domador está en seguida en inmenso peligro. con la condición de que “el látigo no toque a la fiera”. Resistí. rey de los domadores: Esta noche Inaudita hazaña del capitán Kimberley ¡La prueba más peligrosa! ¡El heroísmo en su esplendor! El capitán Kimberley meterá la cabeza dentro de la boca de ¡RAJÁ! F2f . entró. teniéndome a mí a sus espaldas. después de un largo intervalo que no hizo sino excitar más al público. siempre afanoso de impresiones fuertes. abriendo rápidamente la puerta de la jaula. por fin. para que el público no acudiese a ver la degradación de su retoño imperial. rey de las fieras! El mundo elegante. l a Gran prueba. El animal ruge. Entonces. Llegó a cometer verdaderas imprudencias. sin embargo y los domadores lo saben bien. Un instante después entraba en la gran jaula con mis siete compañeros. y contra la opinión de sus compañeros de oficio. Por fin. Los diarios habían anunciado estruendosamente la nueva hazaña de Kimberley. dolorosamente! Desde entonces tuve trazado mi plan: una noche de gala en que el circo estuviera repleto. me tendió varias veces verdaderas celadas para saber qué había de cierto en mi mansedumbre actual.. y un hondo silencio acogió su orden. yo también quería verlo! A las once de la noche. esa noche: ¡trac!. Y ya se sabe que hay pocas cosas más peligrosas. apareció en el picadero el capitán Kimberley. fué mi real recompensa. y el nuevo triunfo del capitán Kimberley atronara el recinto. El circo deslumbrante de luces ostentaba en su recinto la flor del gran mundo de Calcuta. Nada es menos peligroso. saludó con su fusta. si no es tigre y no ha odiado inmensamente a un hombre. lo que yo sentía al pregustar el estallido de sus vértebras!. Pero el público estaba impaciente.el devorador de hombres f F horacio QuiroGa El hijo del Devorador de hombres del Ranahal ¡Rajá. Con esto la vanidad lo cegó del todo. Si esto llega a suceder por un terrible descuido. y de la bondad de carácter de una fiera: hundir la cabeza en la boca del animal. – mi boca se cierra. juntando los pies. F 2 f Lo cierto es que su presunción de domador podía más que su desconfianza. parece que va a lanzarse contra el domador. capaz de dominar completamente a una fiera que ya había sentido su terrible marca. aquello a que había aspirado constantemente. – ¡un tiro. Era sobrado conocida la historia del Devorador de hombres... y mi jaula apareció bajo nuevos y calurosos aplausos. y la impresión es fuerte en el espectador. y los ejercicios se desarrollaron como siempre. que avanzó gallardamente al medio. había respondido al llamado. aprestando los dientes hasta hacerlos crugir. Esto no obstante. y halagado en lo más hondo de su vanidad por mi docilidad. me llegó el turno. sin embargo. y la mirada de triunfo en que me envolvió al volverse a mí. El público admira profundamente la prueba que consiste en acorralar a una fiera a latigazos. ¡Por fin! ¡Llegado por fin lo que yo deseaba. a la tentación de arrancarle la espalda de un zarpazo. un tiro ! – encuentro inesperado ¡Sí. Aquí una explicación.. dejándose hundir la cabeza en su boca cobarde y sumisa! Era menester ver eso.

siendo así que sólo lo hacen restallar en el aire a pocos centímetros del animal rugiente. ¡Si en el momento en que la cabeza se hunde. y bajo la blanca luz de los focos el público vió brillar como fúnebres puñales mis potentes colmillos. un tirador que no yerre! –¡No hay ninguno! –¡Sí. Los animales salvajes enjaulados. en especial cuando tiene un león detrás de él. para aplacarme en lo posible.el devorador de hombres f F horacio QuiroGa segundo antes lo dé a suponer. sí! –¡No se puede! ¡Silencio! –¡Un cazador. E iba a concluir ya con el miserable trozándole las vértebras. La primera sacudida la tuve ante la marmórea serenidad de aquel rostro: la segunda. y de aquí la emoción del público. en cambio. hay que pegarle un tiro! –¡No. y desde este momento su cabeza desapareció: estaba dentro de “mi” boca. a tiempo que los guardianes hacían trágicas señales de silencio. y en particular el elefante y las fieras. Yo. Un minuto de esa tortura valía bien los treinta que yo había sufrido bajo su punta de fuego. Lo terrible de este cambio es que se opera sin que nada un F2f . y con igual pausa intentó de nuevo retirarla: otra vez tropezó. como la que se efectuaba conmigo en ese momento son tan terriblemente peligrosas. ni haber delatado en lo más mínimo el profundo oleaje que la venganza levantó en mi corazón. y tratándose de un tigre real al cual se le entregará momentos después la cabeza indefensa. Para que se comprenda bien esto es preciso otra explicación. Entonces. presa de incontenible rabia. ¡Mío. la ficción era tremenda para el público. y sabía perfectamente lo que hacía! ¡Sabía también que mientras yo persistiera en mi actitud. pendía casi de mis fauces. En los leones y tigres.. Kimberley quiso retirar la cabeza. Por esto la vigilancia constante del domador.. El público había seguido la maniobra presa de honda angustia: y cuando a la segunda vez se convenció de que la cabeza no salía porque el paso se había estrechado. sufren en determinado momento un fulminante cambio de carácter que se manifiesta por una explosión de furor. En mi boca yo sentía la cabeza helada de Kimberley. a “mi” completa disposición. La ilusión es completa. Volvió a hundirla suavemente. en general. sobreviene sin embargo. y de aquí el silencio que impusieron. con un suave movimiento. Tal fué la creencia de los guardianes. mientras su cuerpo inmóvil tetanizado por la angustia de muerte. una de las mayores maestrías de los domadores consiste en simular perfectamente un latigazo. Bruscamente el animal más dócil y cariñoso con su amo se lanza sobre él. si es posible. sí! Ya había pasado un minuto. Kimberley se inclinó. sentí el estremecimiento que corrió por todo su cuerpo. el animal cambia súbitamente de carácter! . y desde ese momento hasta su muerte queda convertido en real y verdadera fiera. Como una ascensión de lava candente dentro del cráter de un volcán. mío. De modo que cuando Kimberley. el silencio se hizo aún más imponente. algunas voces sonaron: –¡Matarlo. tropezó con mis colmillos. cuidado! ¡Va la vida del domador! –¡Sí. un grito de terror resonó en el recinto. Cuando. nadie se atrevería a intentar un paso contra mí: y saboreaba entre tanto con feroz deleite. así subió a mi alma el recuerdo mil veces más quemante de las torturas que había sufrido. me abrió las mandíbulas. y por esto también ciertas proezas. no! ¡No había en mí locura alguna. siéndolo menos. al F 2 f Desde luego. ¡Oh. Esta proeza se repitió conmigo esa noche. En el elefante es sumamente común esa locura. después de un instante. después de apaciguarme con las manos. cuando mi vista cayó sobre un pálido rostro de varonil belleza que desde un palco me observaba. la agonía de aquel domador de tigres! Entre la espantosa angustia del público. por fin! Estoy seguro de no haberme estremecido. de la boca de Rajá.

Yo había perdido las fuerzas. había conservado el mágico poder de la mirada. Y sobre todo: “Que la voz de mando tenga tal tranquila seguridad. sin embargo. amor. pero esta vez por la imbecilidad de aquella gente. Yo. Su belleza. Trataste de revivir en mí una vida que había cortado la de tus padres. Un ronco gruñido surgió de mi garganta. podría no obedecer”. Aunque nadie ignoraba que el joven par de Inglaterra había recibido del Imperio Indio las más inmensas aclamaciones por su prodigioso valor en las cacerías. Yo lo ví llegar hasta la jaula y abrir la puerta con su mano enguantada. pero sí el sentido de la voz. –¡Le habla. y sin poder arrancarme a la fascinación que me embargaba. era él a cuya mano había devuelto todo el calor propia desolación! Los gritos continuaban: –¡Un cazador! –¡Sí. Pero en seguida el más pleno silencio de angustia le había sucedido. el influjo de aquel valor y serenidad radiantes. se da cuenta de que su voluntad es más fuerte que la de su domador. y que justamente faltaba en un todo a los otros: el valor. ¡Sí. pero no el sentido. y no lo hiciste. que se le tiene miedo”. presa de asombro y espanto. siempre que el alma del hombre tenga verdadero temple. Los domadores de fieras profesan este axioma: “No dejar adivinar jamás por la voz. aquel nuevo acto sobrepasaba. pero tuve que entrecerrar los párpados porque sentí de nuevo que aquella mirada me decía: –Una vez pudiste haberme devorado. que la fiera no llegue nunca a comprender que –si quisiera–. al animal. la serenidad profunda y confiada en sí misma con una gran fuerza. Y en este estado de eléctrica fascinación. Lo que poseía el joven lord era muy sencillo. el límite permitido a un héroe humano. No comprenderá el significado de las palabras.el devorador de hombres f F horacio QuiroGa –¡Suéltalo! – me decía su mirada. sentía. odio. y avanzar por la pista con aquella suprema elegancia que recordaba bien. y que es la que da esa expresión a la mirada. viril ahora. éste está perdido. como había sentido otra vez. de rigurosa etiqueta. y sé qué recompensa F 31 f sentir en mí la mirada de aquellos ojos negros. lord Abelarde! –¡Lord Abelarde! ¡Él sólo puede hacer eso! –¡Él lo conoce! ¡Mató a sus padres! ¡Es el cachorro que lo iba a devorar! ¡Rajá! Todos los ojos se habían vuelto a Abelarde. él los conoce bien! –¡Debe tener un poder mágico! –¡Sí. un león. –¡Es una cobardía lo que haces! Nadie oyó ciertamente palabra alguna. El día en que un tigre. Y esto además: la inteligencia. Al principio había partido del circo entero un grito de terror al ver aquel acto de insensata locura o supremo valor que acometía lord Abelarde. en la cual el pensamiento despierta las modulaciones que expresan cariño. helado de heroísmo y de muerte próxima. y me miraba en los ojos sin odio alguno. le está hablando! – se oyeron voces contenidas. sin embargo. –¡Oh. pero en todos estuvo la seguridad de que mi sordo gruñido había respondido a algo que yo había entendido. fijos los ojos en la terrible mirada de la fiera. y ví súbitamente el cuadro: lord Abelarde avanzando hacia mi padre. el célebre aristócrata inglés que honraba el circo con su presencia esa noche. Sólo a él se consideraba capaz de una hazaña semejante. Yo. El público se agitó. No hay animal que no comprenda en cierto modo lo que se le dice. etc. tuve un instante de rebelión. Un mar de recuerdos remontó a mí desde mi lejana infancia. vi que Abelarde colocaba su mano sobre el hombro de Kimberley. lo entiende! No pude contener otro gruñido. F30f . sí. lo ví detenerse delante de mí. ¡Era él. a pesar de la inmensa y tranquila fuerza que había en la orden de lord Abelarde. por mi parte. Yo lo vi salir del palco. el adolescente de entonces! Y súbitamente lo vi en otra escena: tendido al lado de mi madre.

no! – me dijo apaciguándome con un ademán. lord Abelarde abandonó el circo sin que su actitud indicara en lo más mínimo lo que acababa de realizar. con un ataque cerebral. ahora. rugiendo ahora incesantemente mi derrota y el nuevo triunfo de mi domador. antes que soportar un segundo más la horrible tortura de sentirse dentro de mi boca. ni la dignidad de resistir a un solo hombre –aunque éste sea lord Abelarde– que te amenazaba con un latiguillo.. y el público se fué a su vez. Durante cinco segundos en que traté desesperadamente de resistir su mirada. sí. Abelarde. –¡No..tu defecto capital. –No eres tú –me decía su palidez– el cachorro que a expensas de su libertad trató de salvar mi vida!. me sentí oprimido. Abelarde tiró la fusta ya inútil. achicado en todo mi ser por el centelleo de voluntad de aquellos ojos negros. ni de mí. y sólo el respeto al altísimo nacimiento de Abelarde. No manches. después. Esto es lo que sabes. Entonces. ¡Rajá! No tuviste valor para troncharme la cabeza de un golpe. desmayado. Las lámparas eléctricas temblaron sacudidas por el clamor delirante. que has visto en tu juventud actos de mejor valor. y resistiendo aún a su influjo mágico. con una voz de inquebrantable imperio. sí! ¡Nos habíamos conocido en una situación bien distinta a la presente. le lancé mi desafío. sosteniéndose en los montantes de las jaulas. y una nube de sangre me cegó. –No recomenzaremos todavía. de mis fauces abiertas y babeantes cayó la cabeza del domador que se aplastó en el suelo. y no necesitaba recordármelo! Pero ese mismo pasado que evocaba. y al incorporarse vi que estaba pálido. Te advierto. Y solté. Pero sí puedo jurarte que nunca más te ofreceré una ocasión como aquella para que te vengues. salió de la jaula. con su expresión de odio y crueldad dirigirse hacia mí. pidiendo con gritos desgarradores que le cortaran de una vez la cabeza. quedé F32f . Con un rugido ahogado. mientras mi alma se abrasaba en ardientes olas de venganza insatisfecha. me rebelé de nuevo. –¡Suelta! –me dijo– y esta vez en voz alta. todo lo violento que pudo ser por el obstáculo de aquella miserable cabeza que no quería abandonar. Deliraba constantemente. acorralado por los fierros. Me abalancé sobre él con un rugido. porque estoy débil aún y quiero gozar de todas mis fuerzas para apreciar en su justo valor lo que sientas con un nuevo juguete que estoy haciendo aprontar para tí. ¡Oh. y un mes después de aquella trágica noche. y. que la palidez de aquel semblante de héroe hacía tanto más ineludible.el devorador de hombres f F horacio QuiroGa yo. y la jaula entera tambaleó por la terrible sacudida contra los barrotes. inclinándose cogió la fusta caída a mis pies. nueva tortura – dos barras de la jaula ceden – mi FuGa – K imberley me persiGue – ¡por Fin ! l a cabeZa de K imberley – un tiro de revólver Kimberley estuvo quince días entre la vida y la muerte. vi a Kimberley entrar en el recinto de las fieras y avanzar dificultosamente hacia mí. limpiándose los guantes del polvo del látigo. Al fin su constitución robusta venció. y sin dignarse mirarme de nuevo. Jamás se volverá a ver una más intensa ovación de público conquistado por un acto de sobrehumana voluntad. Y mientras los guardianes se precipitaban sobre la jaula con los fierros para libertar al domador. impidió a la muchedumbre alzarlo en triunfo. Al verlo otra vez. Y en un rincón de la jaula. el horno eléctrico subió en una llamarada a mi recuerdo. que perdiste la ocasión de vengarte. con una sonrisa mil veces peor que una amenaza de muerte. La función estaba ya de hecho concluido con aquella casi tragedia. estimo demasiado el buen nombre de F 33 f tuviste. y esto por tu cobardía . que te conocí con mayor nobleza. aquella acción con un asesinato que no es digno de ti. no hizo sino exaltar mi degradación actual. como a un vil perro. Kimberley se sonrió. dominado.

sin poder avanzar un paso. –¡Es una fiera vil! –Con usted. y mi corazón se dilató en una oleada vital que yo conocía bien: delante de mi estaba lord Abelarde. Me vi así inmovilizado. le entregarán la suma. es posible.. pero al mismo tiempo luchaba con el ardiente deseo de aplacar su rencor en mí. aquí está Rajá! – dijo Kimberley deteniéndose. Kimberley se puso pálido de despecho y envidia al ver que yo no destrozaba la mano del atrevido. milord! –Luego dos mil le serán suficientes. y a pesar de mi fuerte resistencia. Medita bien esto. –Creo – continuó Abelarde que a usted le será imposible conservarlo más con usted. ni poder alcanzar tender mi garra fuera de un cierto límite. maldita bestia! ¡Te escapas a mi venganza. Kimberley lo acompañaba. para tus pequeños defectos de ingratitud conmigo. Kimberley me lanzó: –¡Ah. con nuevas torturas. ese era Kimberley! ¡Esa crueldad y dulzura inquisitoriales eran bien suyas! ¿A qué inesperado y terrible suplicio debía yo aprontarme? Al día siguiente entraron dos personas.. –Sí. con la fusta en la mano. Además. y que tiene no sé qué diabólicas relaciones contigo! –¡Oh! pero antes de salir de aquí te voy a dar una lección para que recuerdes toda la vida al capitán Kimberley! Llamó a los guardianes. sin duda. Hace mucho tiempo que no nos veíamos – se sonrió. –¡Cuidado. que la cantidad ligeramente superior a la indicada por usted. mostrándome el fierro trémulo de rabia.. lograron pasarme un dogal de acero al cuello. pues los guardianes pueden descuidarse. ¿No le parece excesivo? Por los grabados que conozco – objetó con sorprendido y respetuoso reproche Kimberley – Abelarde’s Palace no es ningún bungalow. F34f . ¡Ah. Tuve un sobresalto. que era lo que también recordaba yo. disculpa en cierto modo que usted mismo. Desearía tenerlo. Dígnese pasar por el Banco de Inglaterra: de aquí a una hora en adelante. Pero con una condición.... En el borde preciso de este límite se sentó Kimberley en una silla. –¡Milord. Lord Abelarde me miró entonces. milord! – exclamó.. milord! ¿Cuándo debo partir? –Esta noche. y su actitud expresaba el más profundo respeto y orgullo de estar al lado del alto aristócrata. repuso al fin – está muy cambiado. recordaba él de un pasado ya lejano. Kimberley.. – agregó pasándome la mano por la cabeza detrás de los barrotes.el devorador de hombres f F horacio QuiroGa El natural codicioso de éste se expandió de alegría ante la enorme suma que podría obtener. maldita. mientras yo hacía inauditos esfuerzos F 3 f mis fieras.. –¿Usted. esfuérzate en dominar tu natural débil y asustadizo. Kimberley evitaba mirarme. . Rajá. Abelarde salió. después de lo que ha pasado . milord? ¡Pero es una bestia vengativa y cruel hasta donde se puede decir! –¡No tanto! – se sonrió de nuevo Abelarde. para exponerte a nuevos actos de abyección y cobardía de tu parte. estoy ensayando un nuevo correctivo. –¡Tal vez mil libras. cuyas cadenas ataron a uno y otro lado de la jaula. Y entonces. mucho más eficaz. tengo ciertos motivos para no creerlo así. lo conduzca a mi bungalow en el Ranakal. Kimberley – agregó. querrás creerlo. tal vez más. que deshonrarían a tu especie. que yo. y que tendría que abandonar si me perdía.. milord! –Gracias por su amabilidad. –¡Milord! ¡Un tigre amansado así vale mucho! –¿Cuánto? – preguntó sencillamente Abelarde. Entonces. ¿Convenido entonces? –¡Convenido. Algo. protegido por ese maldito aristócrata que el demonio confunda. yo iré también. que aquel juguete del horno eléctrico... Yo lancé un leve gruñido pero no me moví. y yo sentí que mi cuerpo entero vibraba de emoción.. yo lo compro.

El indígena huyó en precipitada carrera. Un domador de fieras no es forzosamente un cazador. Kimberley vió entonces por primera vez. mientras Kimberley. los sacudió violentamente. El viaje en ferrocarril no tuvo mayores incidentes. el cielo puro. y un guardián –aquel de F3f . y vi al indígena y a Kimberley detenidos a veinte metros de mí. Ningún guardián lo notó. con un brusco rugido caí de un formidable salto a quince metros de él. y no oí más. ¡Ah. y sentí que alguien venía apresuradamente hacia mí. y sin batidores no es prudente avanzar. De noche partimos. Detrás de mí quedaba el guardián con las entrañas abiertas. y estaba allí. ni yo mismo. la libertad natal. Kimberley y los guardianes acompañaban en otra carreta a la mía. Kimberley se puso lívido. –Dejaré que ellos se entiendan – oí que murmuraba. Lord Abelarde y su séquito iban adelante a caballo. ¡Pero Kimberley.el devorador de hombres f F horacio QuiroGa cara cruel con quien tenía yo larga cuanta atrasada– surgió ante mí.. y éste.! Con un ronco rugido yo había caído sobre él. sahib. La segunda noche de viaje noté el desquicio de los barrotes. ¡Oh. sobre todo valor. y gritar ¡soco. Asomé furtivamente la cabeza sobre un tronco caído. los perfumes que se han respirado cuando pequeño! ¡Allí. que conduce hasta los contrafuertes del Himalaya. Oí aún la voz de éste que gritaba enviando anuncio de la catástrofe a lord Abelarde. en que debía yo seguir viaje por la senda. El sendero se cierra allí. cuya distancia – por ese motivo – no se podía apreciar. nada más. Un rugido sordo a ras de tierra. y arrancarle las entrañas. hasta que hube sido trasladado a la carreta. si se descuenta un choque sin consecuencias en Karik.. unos cuantos centímetros. por el que debían internarse fatalmente mis perseguidores. una y cien veces! ¡Oh. que sacudió rudamente el furgón. y devolución definitiva. – Además. sí! ¡Sentía en plena cara la afrenta de esos latigazos cobardes! Los barrotes rotos eran la devolución de los latigazos. el aire natal. hundiéndome en seguida en el bosque. bastante distanciados. No tenía tiempo que perder: aparté inmediatamente el otro barrote. Estaba agazapado al borde de un sendero. Me trepo a un árbol. No tuvo tiempo. lo que era un tigre real de Bengala en plena selva. qué inmensa desesperación! ¡Nada me faltaba para alcanzarlo. sobre todo. nada de eso me importaba.. el fierro forjado lanzó un estridente chirrido. y el clamor de sus compañeros y Kimberley. Tú vuelve atrás y dile a lord Abelarde que lo espero aquí. ¡Qué llamarada de insensata alegría! No el bosque. yo debía rescatar sobre Kimberley la afrenta de sus latigazos y sus piernas cruzadas! Pasó una hora. Tuvo apenas tiempo de ver lo que pasaba. –Bien– murmuró... entregado a la ignominia sin nombre de ese latigueo como si fuera un gozquecillo. Alguien disparó un tiro. erguido en toda mi plenitud.. cruzado de piernas y con el brazo tranquilamente posado sobre el respaldo de la silla. pues aquél requiere paciencia. ¡oh. y oí la voz de un indígena: –No me interno más... y yo me encargaré de obtener luego otras dos mil libras de su familia. De pronto sentí pasos que se acercaban. diciéndome: –¡Bien! Ya puedes ir a vivir con tu nuevo amigo: ¡No te olvidarás de cómo te ha tratado el capitán Kimberley! Hubiera preferido la muerte. ¡Kimberley cruzó mi cara con el látigo. pero que tuvo para mí una importancia trascendental: dos barrotes habían salido de quicio.. mientras Kimberley miraba ansiosamente a todos lados. no era él lord Abelarde! F 3 f para tenderme y alcanzar cinco centímetros adelante. acaso Rajá dé cuenta de él.. en ese paisaje que cantaba la excelsitud de mi sangre real. crucificado. – Ahora es nuestro. me azotaba la cara con rítmicos movimientos de su látigo! ¡Nadie bebió jamás más vergüenza que la que me hizo absorber ese miserable cobarde! Por fin se levantó. Al apartar un barrote con mis garras. en pleno bosque. sí! Comenzaba a amanecer.

Yo lo vi lanzarse del caballo y avanzar hacia mí con el revólver en la mano. El fusil le tembló en las manos. el Himalaya sombrío hunde en el cielo su inmaculada blancura. disparó. y yo comencé a avanzar hacia él. Estamos en Abelarde’s Palace. Delante. y llevándose el fusil a la cara. el látigo. Un momento después. feliz de ser suyo. y mientras lord Abelarde.. no.el devorador de hombres f F horacio QuiroGa Aquí terminan mis memorias. ¡trac! Mientras el cuerpo decapitado de Kimberley se desprendía de mi boca. Era una desesperada carrera de caballo. sin quitar los ojos del libro. y sentí instantáneamente el estampido del tiro. la selva natal me envía su incitante perfume. mientras recuerdo aquellos dolores. a tiempo que yo abría la boca y la cerraba sobre su cabeza. echado sobre una fresca estera. leyendo. cuya mano se baja a ratos a acariciar mi cabeza.. esta vez– que el arma se desprendió de sus manos. sin sombrero. tras las palmeras del parque. fijos mis ojos en los suyos. Yo lo oí que me gritaba: –¡Suelta! – con su clara voz de imperial voluntad. oprimí las mandíbulas . Todo: su cara. en la curva del sendero. Detrás de nosotros. como yo. cubriéndome con la mira de su revólver. su olor mismo. ¡Ah! ¡No estaba allí. y no tenía. y lanzó un grito. tengo a mi lado a lord Abelarde. yo siento a su contacto que mi ser se expande en eléctrico runruneo. Pero yo entrecierro los ojos de beatitud. Todo dió vuelta a mi alrededor y caí desplomado. Sentí un agudo dolor en la espalda. cuáles fueron las torturas y afrentas del miserable para conmigo. y un dolor lacerante en los pulmones. y paso lentamente mi lengua por aquella mano de héroe. Un ruido violento que hacía retemblar la tierra. y mi alma se empapaba en el supremo deleite de borrar la mancha de los latigazos! Pero mi destino estaba matemáticamente trazado. su ropa. vuelve a bajar la blanca mano. ¡Pero esta vez no! ¡Él no sabía cuál había sido mi tormento diario durante cinco años. me puso delante de los ojos el horno eléctrico –la tortura dulzona y metódica. vi que una sombra pasaba por el rostro de mármol de Abelarde. y en un segundo estuve ante él: fué tan terrible su miedo al verme cara a cara –¡en libertad ya. Ahora. aparecía lord Abelarde. F3f F 3 f . pálido por la generosa emoción de no llegar a tiempo. llegó a mis oídos. en pleno Ranakal. y sobre todo la pierna cruzada aquella. mientras me afrentaba! El rayo de mi mirada le devolvió un resto de valor. el ser que había trastornado profundamente los primeros sentimientos de mi niñez con su heroísmo! Y los segundos pasaban. un balazo en la espalda! Y mirando fijamente a Abelarde.

Eduardo Cerecedo (comp) • Tigres del porvenir. Escuela de la soGem. antología y presentación de Eduardo Vásquez Martín • Cacería de letras. Desgranando la lucha y el amor. Pascal (comp) • Antología. Belarmino Fernández • Presencia de Emiliano Zapata en Milpa Alta. Taller Naucalli. de Marina Azuela y Alejandro Aranda • Regreso al café Bagdad. sobre una compilación original de H. Marina Azuela Herrera • Creaturas del abismo. Alejandro Aura • Trangresoras. Pedro Salmerón • San Ecatepec de los obreros. Taller de creación literaria de Félix Luis Viera • Romper el hielo. Muestra poética del Faro de Oriente. Viajes a través de la fantasía. Jaime López Vela y Miguel Soria Gómez • Voces de papel volando. Escuela Dinámica de Escritores. antología del taller de narrativa de Tere Dey • Zonas de penumbra. Relatos sobre mujeres que actúan en libertad • 1968 abrió un porvenir. antología del taller de Hugo Hiriart • quentum. H. Sandra Praxedis Hernández • Leyes de Reforma. Marina Azuela y Gladys Robles • El sol viene a mi casa. Elena Poniatowska • Voces del Zocalo II. Antología poética • Agenda lgbt. Taller de narrativa de Beatriz Escalante • Agua de cántaros. Marina Azuela y David Carrillo • Crónica de un final. Paracaidistas literarios de Citlaltépetl • Poesía. Juana Inés de la Cruz • Voces del Zócalo. Armando Ruiz y Édgar Castro Zapata (comp) • Palabras emergentes. Antología de poemas (1972-2008). Gerardo Estrada García • Cuentos del Taller Instantáneo. coordinado por Gerardo de la Torre • Memoria y olvido. Nuevas narrativas mexicanas. Mónica Peralta Puga • Maíz rebelde. Julio Cortázar • Poesía genuina de una historia falsa. Autores independientes • Las voces del péndulo. Mario Benedetti • Herejes y profetas. Alumnos de Teresa Dey • Historia del libro. antología del taller de narrativa de Óscar de la Borbolla • Cada chango a su mecate. Taller de Mario Bellatín • Historias al descubierto. de Luis Cernuda. antología del taller de Beatriz Escalante • Ciudad mirada. Pascal • Antología. Ganadores de los concursos del Programa de Fomento a la Lectura • Abrid las puertas. compilación de Enrique Romo • Urbe Poética. Víctor Meza • Poética del silencio. Novísimas escrituras al pie de un volcán.otros títulos de la colección editorial Zócalo • Fantasías del intelecto. antología del taller de Eduardo Cerecedo • DeMentes diversos. Autores independientes • El viento me pertenece un poco. Cristina Rivera Garza (comp) • Soy Nicolás y soy sacerdote. Antología. Taller de creación literaria de Óscar de la Borbolla • Esto no es un libro. María del Carmen Beviá (coord) • Hasta lo hondo. Taller de pesía de Hujo Mujica . Enrique González Rojo Arthur • El otro lado del silencio.

El tiraje consta de 0 ejemplares. Descubrimiento en México de Iván Lombardo.El devorador de hombres. Se imprimió en papel bond de  g para interiores y cartulina couché 230 g para cubierta. . se terminó de imprimir con la participación de Office Max en la 10a Feria Internacional del Libro en el Zócalo en el mes de octubre de 2010. Se utilizó Adobe Garamond de 12 puntos. Concepto editorial: Gabriela Oliva. de Horacio Quiroga.