De Sarmiento a Luis Palau

Se iniciaron las clases. Recuerdos llenos de nostalgia. La verdadera entrada al escenario de la vida. A la formación social. Abrir la primera página del libro para ingresar en el misterio de la existencia. Primer día. La maestra que abre el telón a las imágenes de la búsqueda infinita. Primer peldaño, de la mano, para subir la escalera de los sueños. El deber ineludible de la escuela. Un deber firme y pleno de nobleza. Comenzar a descubrir dónde las sociedades se equivocaron. Y una inexorable y hasta cándida búsqueda, sí, de cuándo fue que nos equivocamos. Por qué, en el caso argentino, por ejemplo, hubo una historia de tanta crueldad que presenta hoy esta tierra de los campos inmensos plenos de semillas, con pobreza, villas miseria, violencia interminable, delitos al por mayor y discusiones sin fin sobre nombres y no sobre valores. En esta ciudad de Buenos Aires, el comandante Macri ordenó –a través de su secretario de Educación, Mariano Narodowski– que a partir de este año es “obligatorio” –repito, obligatorio– entonar, en todos los actos de las escuelas porteñas –repito, en todas las escuelas– el Himno a Sarmiento. Himno. Letra con música de marcha. Donde se endiosa a un hombre. Se lo hace aparecer como el ser sin mácula a quien le debemos todo. La letra nos dice claramente del culto, del endiosamiento, de la deshumanización del personaje: “Gloria y loor. Honra sin par/ para el grande entre los grandes. Padre del aula, Sarmiento inmortal. Gloria y loor, honra sin par”. ¿Por qué se enseña así el endiosamiento, la devoción sin crítica, la veneración de una persona, la idolatría? ¿Por qué no se comienzan las clases con una canción que nos hable de las cosas bellas de la Tierra, del amor entre los seres humanos, de los paisajes, de la gente? ¿Por qué no una canción de salutación y agradecimiento a los docentes, no de obediencia y alabanza a jerarquías, sino a lo que importa para lograr la paz: a los que nos guían desde niños de la mano hacia la sabiduría, que quitan los escollos contra el ansia de saber? ¿Por qué en vez de endiosar a una figura que tuvo cualidades, sí, pero también muchos defectos, agresiones y expresiones profundamente racistas, no se propone que cada escuela haga su propia canción y no un himno a una persona? Canción que hable de la vida, del barrio, del paisaje y de los sueños y no de tal o cual personaje del poder. Canciones y no himnos, canciones con ritmos de cada región, con ecos de cada paisaje distinto. Que nos hablen de la alegría y de los sueños compartidos de las comunidades. Pero nunca el culto a las denominadas personalidades. Nadie puede negar los méritos de Sarmiento con respecto a la enseñanza. Pero no hay que disimular sus arranques racistas contra el indio y el gaucho y su crueldad con respecto a la guerra al Paraguay y a la siembra del odio entre los argentinos durante las guerras internas de facciones. Y su enseñanza sólo para el “progreso”, ese progreso que fue para pocos y para la explotación del hombre y la naturaleza. No hay que olvidar nunca ese lema de Sarmiento: “No ahorrar sangre de gauchos”. Ese, su odio ancestral hacia lo autóctono. Su fervor por lo norteamericano. Ya lo escribió Juan Bautista Alberdi, citado por Arturo Sala en su profunda obra de investigación “La razón maligna en la Argentina” –obra por editarse–, que “En la moral de Sarmiento el asesinato y el robo no son crímenes cuando son hechos en su servicio y en su provecho”. Aclaremos que tal vez “en su servicio y en su provecho” quería decir que en pos de sus ideas, Sarmiento creía en el verdadero progreso. Pero en el caso de la Etica, que debería ser el fundamento principal de la política, tiene el mismo significado. También el “progreso” que nos trajo Roca costó la vida y la esclavitud de miles de seres. Todo lo contrario de lo que ansiaban los hombres de Mayo. Es el mismo Alberdi el que va a denunciar la extrema crueldad de Sarmiento en el asesinato del Chacho Peñaloza, allí dice: “Con todos los recursos del gobierno de San Juan y del gobierno nacional, Sarmiento no pudo vencer al héroe popular de La Rioja, cuyo poder consistía únicamente en la adhesión libre de su pueblo. Sarmiento lo hizo asesinar. Sarmiento se ha jactado de esa hazaña y ha hecho ascender de su grado militar al asesino. Para justificar ese crimen, Sarmiento ha calumniado al Chacho, hasta presentarlo como un simple bandido calamitoso”. Sarmiento confirma su crueldad en carta que le escribe a Mitre el 18/11/63: “He aplaudido la medida, precisamente por su forma. Sin cortarle la cabeza a aquel inveterado pícaro y ponerla a la expectación, las chusmas no se habrían aquietado en seis meses”. En su libro, el profesor Sala describe minuciosamente el profundo racismo vigente en la Argentina, en forma abierta, con Roca y Sarmiento y tal vez algo solapado hasta el presente. Para finalizar este aspecto citaremos de nuevo a Sarmiento, quien diferencia así a la América del Norte de Latinoamérica: “Mientras los ingleses tuvieron en Norteamérica hembras anglosajonas, conservando pura su psicología al conservar la pureza de su sangre, los españoles se cruzaron con mujeres indígenas, combinando sus taras psicológicas con las de la raza inferior. Los yanquis son europeos puros, los hispanoamericanos están mestizados con indígenas y africanos, guardando la apariencia de europeos por simple preponderancia de la raza más fuerte”. Bien, esto define todo. Sarmiento contrató a maestras norteamericanas para que nos enseñaran esa civilización que terminó con los sioux y los pieles rojas con el fusil Remington. Igual que nosotros, ya que Roca prefirió también el Remington para su “conquista del desierto”. Y ahora hay un proyecto para que los argentinos levantemos un monumento a las maestras norteamericanas que contrató Sarmiento. Creo que no es justo esto, ya que esas damas vinieron contratadas y bien

pagadas. Y que el monumento tendría que ser para nuestras maestritas rurales, aquellas que les enseñaron y les siguen enseñando a nuestros queridos niños a leer y escribir. Yo he conocido a muchas de esas maestras de los lugares más alejados y más escondidos. Nombraré a una de ellas: Hurí Portela, que enseñó casi toda su vida en Los Antiguos. Sí, ahí, en el extremo sur argentino. Y que no sólo enseñó a leer y escribir a los niños, allá en ese paisaje, sino también les enseñó a plantar flores, verduras, árboles y el trigo. Hurí Portela fue detenida durante la dictadura de la desaparición de personas, por supuesto, por sospechosa de enseñar tanto. Esas maestras trajeron el progreso que no puede ser otro que el ansia del saber y el cuidado de esa maravillosa presencia que es la naturaleza que nos rodea. Macri quiere que nuestros niños canten en los colegios: “Gloria y loor, para el grande entre los grandes. Sarmiento inmortal”. Al mismo tiempo, Macri da la avenida 9 de Julio a Luis Palau, el evangélico pentecostal, amigo personal de Bush, para que nos hable de su dios. Yendo al subtítulo del Facundo de Sarmiento: “Civilización y Barbarie”. Nos preguntamos ahora: ¿Barbarie y Civilización? ¿O Civilización y Barbarie? Empezamos hace un siglo y medio con la civilización de Sarmiento y terminaremos en la civilización de Luis Palau? ¿Y si quedamos, al fin, en la barbarie, pensando en Bush?

Opinion

Sueño de guardapolvo blanco
Por Mariano Narodowski * Cuando en el Ministerio de Educación de la ciudad de Buenos Aires resolvimos que en los actos escolares se cante el Himno a Sarmiento lo hicimos a sabiendas de que se trataba de una decisión controversial. Hubo personas, especialmente muchos docentes de escuelas públicas, que se sintieron convocados y reconocidos. A otros pareció agradarles el dejo de melancolía que implicaba el recuerdo de viejas infancias y otras escuelas. Muchos se vieron entusiasmados con la recuperación de la figura de Sarmiento que estamos propugnando y que se fortalecerá cuando, en pocos días más, hagamos entrega de sus obras completas en las bibliotecas de las escuelas de la ciudad que aún no las tengan (que lamentablemente son la casi totalidad de las bibliotecas) para que, además de ser recordado, Sarmiento sea leído, debatido, recreado. Obviamente, no todos estuvieron de acuerdo. Algunos vecinos, pocos, me recordaron sin demasiado protocolo el carácter “ateo, antipatriótico y masón” de Sarmiento y me enrostraron sus posiciones anticlericales. Otros, como el gran Osvaldo Bayer, dirigen sus críticas al carácter personalista del himno, pero sobre todo a la figura histórica y política de Sarmiento, sus ideas acerca de la sociedad y de la naturaleza del progreso que debía encarar la Argentina del siglo XIX y sus probables correlatos –peligrosos según su enfoque– en la actualidad. Entiendo a la columna publicada por Bayer en Página/12 del sábado 15 de marzo como un aporte valioso al debate político y educacional de nuestro país, aunque no acuerde con muchas de sus ideas y aunque algunas de sus conclusiones muestren, paradojalmente, el mismo tono temerariamente exagerado que los adversarios políticos le achacaban a Sarmiento. Pero veo su artículo como el efecto deseado de nuestra política educativa: la posibilidad de diálogo colectivo en torno de la cimentación de ciudadanía reflexiva y de un debate constructivo acerca de la educación de nuestro Pueblo. Es difícil la exégesis de un himno escolar: a veces es demasiado pueril y a veces es demasiado severa. El Himno a Sarmiento no es una marcha militar. Es más, del tradicional cancionero patrio escolar es la única que no es una marcha militar y no ensalza a ningún general viril, sino a un civil cuyo reconocimiento es efectuado por los niños y cuya mayor proeza es ser “padre del aula”. Si bien no es éste el lugar para comentarios musicales –la versión de Sandra Mihanovich es hermosa–, vale destacar que Leopoldo Corretjer, el autor, era un músico catalán que también compuso algunos tangos. Es verdad que en el himno hay “endiosamiento”, pero es hacia un educador en una canción que a diferencia de sus congéneres no mitifica la muerte y que cuando menciona a la “espada” como atributo lo hace junto a la pluma y la palabra. Nuestro interés al promover que se cante en todas las escuelas obedece a la necesidad de contribuir, aunque sea un poco, a aglutinar a todos en pos de la educación y sobre todo en pos de los educadores, tan vapuleados por las políticas educativas recientes. Eso no nos hace “sarmientistas” en el sentido de una filiación ideológica ortodoxa respecto de quien muriera hace más de un siglo. Se trata de reconocer que “nadie puede negar los méritos de Sarmiento con respecto a la enseñanza” en épocas difíciles para los educadores y para la educación. También es necesario coincidir con Bayer en que es ineludible resaltar el trabajo de educadores que han hecho sobrevivir a la educación pública al deterioro de los últimos años: en el fondo, esa es la principal tarea de la política pública –ahí sí con una clara vocación sarmientina– en la que estamos empeñados en función del mandato popular mayoritario que recibimos en el 2007. Respecto del carácter “racista” de las ideas de Sarmiento, es poco lo que se puede agregar al debate historiográfico que consumió varias décadas del siglo XX. Algunos podrán advertir en ese argumento un dejo anacrónico, toda vez que se utilizan categorías actuales para juzgar épocas diferentes. Otros podrán colegir la invalidez del argumento que consiste

en usar el juicio de un contemporáneo (Alberdi por caso), a la sazón adversario político, y darlo por bueno sin más. Otros advertirán la incorrección de consignar en una misma línea histórica a Sarmiento con Roca. Todas son objeciones valederas. Sin embargo, y más allá de la crítica historiográfica, no es redundante advertir sobre el peligro que, en educación, implica tomar personajes sin mirar todo el contexto que les dio origen y las circunstancias de su ideología. Tampoco creo que eso cierre el debate y aquí sí planteo un disenso claro: justamente Sarmiento vale no solamente por su acción política y educacional, sino por su entusiasmo (y sus errores y sus contradicciones) puesto en juego en la construcción de la República. Porque pretendió edificar para la Argentina un modelo de progreso socioeconómico que jamás logró realizarse. Sarmiento es, por sobre todo, un símbolo de igualdad de oportunidades por medio de la educación; o más aún es una función simbólica que permite remitir al compromiso con la educación pública y a ese sueño de una sociedad más justa, igualitaria y de oportunidades crecientes. Desde hace un tiempo estamos volviendo a debatir la educación y ese es el primer paso para reconstruir la escuela. Vale la pena seguir el recorrido de ese sueño de guardapolvo blanco que se iniciara hace varias décadas y que puede seguir vigente si somos capaces de profundizarlo. Ya no es esa ilusión homogeneizadora en la que las diferencias eran arrasadas en función de un pretendido bien común. Pero mucho del empuje y del entusiasmo de los viejos defensores de la educación popular debe ser reconocido y valorizado: los nuevos constructores lo están haciendo. * Ministro de Educación de la ciudad de Buenos Aires

Después de las palabras, vayamos a los hechos
Por Osvaldo Bayer Estimado Mariano Narodowski: Muchas gracias por su carta de ayer referida a mi nota “De Sarmiento a Luis Palau” del sábado pasado. Primero le pido disculpas por haberlo llamado secretario de Educación cuando en realidad usted es ministro. Es que no tengo arreglo, ya que siempre soñé que los representantes fueran llamados solamente ciudadanos, como aquellos principios del París revolucionario (aunque veamos que después de aquel glorioso 1789 del “libertad, igualdad, fraternidad” nos llevó, por lo menos hasta ahora, a Sarkozy. Fantasías de la realidad). Bien, le agradezco su respuesta, repito, porque en general los personajes encumbrados en el poder a quienes me he dirigido nunca han respondido, no lo consideran necesario. Y menos cuando se les pide autocrítica. Pero vayamos al meollo del problema: el himno a Sarmiento que usted y Macri han declarado su canto obligatorio en todos los actos escolares. En su respuesta, usted señala que tomó esa decisión para que así se iniciara el debate sobre la figura de Sarmiento. Creo que hubiera sido mejor primero iniciar el debate sobre si ese himno tan personalista y desmesurado merecía ser cantado obligatoriamente por nuestros niños, antes de ordenarlo desde arriba. Bajo el principio primero se canta y luego se debate. La letra de ese himno es un endiosamiento de alguien cuya figura debe ser tema de discusión ya mismo, con sus pros y sus contras. Para eso debe servir la enseñanza de la historia. Lo fundamental es juzgarlo desde el punto de vista de ser humano y de la ética, tribunal supremo indiscutible. Matar es matar. Ser racista es algo inaceptable desde todo punto de vista. En ese sentido, es ejemplar la conducta del director de la escuela 23, distrito 11, Enrique Samar, ante la reacción de sus alumnos que se negaron a cantar el himno ordenado por las autoridades. Textualmente, la resolución de ese docente: “Mi respuesta a los alumnos fue que si no lo querían cantar, que no lo cantaran, pero que tenían que fundamentarlo, que investigaran, que estudiaran, que lo debatieran y luego lo pusieran por escrito. Así lo hicieron. Afirmaron que no podían cantar un himno a una persona que había discriminado a los gauchos y a los indios”. Eso es respeto por la opinión de los demás. Una actitud antiautoritaria para imitar. La escuela está para eso. Podría llenar un libro con aspectos inaceptables de la figura de Sarmiento. Documentos científicamente históricos. Lo iré desarrollando en notas, en los generosos espacios que me otorgó siempre Página/12 desde hace veinte años. Pero lo que cabe aquí y ahora es, dentro de ese tema, preguntarnos: ¿cómo es posible que este país, el granero del mundo, tenga desde hace décadas problemas fundamentales que hacen a los derechos humanos: niños con hambre, niños pordioseros, villas miseria, juventud sin trabajo. Pero no sólo eso, sino la crueldad que caracterizó el curso de nuestra historia, con el exterminio de los pueblos originarios, guerras intestinas de una saña inaudita, guerra con pueblos hermanos como con Paraguay (uno de los aspectos absolutamente negativos de la actuación de Sarmiento), que llevó al casi exterminio de ese pueblo; las represiones obreras de una magnitud poco conocida en el mundo occidental y cristiano, una democracia siempre enclenque, que tuvo que soportar hasta ahora catorce golpes militares, y luego, el summum: la “muerte argentina”, la desaparición de personas con características que al pavor suma la extrema perversión. Entonces la pregunta es: ¿cómo fue posible eso? Y por eso, el pedido de autocrítica de mi nota anterior. La revisión de toda nuestra historia: poner en el pedestal por fin a la honestidad y a la democracia digna, que es practicar la solidaridad en libertad. En ese sentido, si bien prosiguen las guerras y el hambre en la mitad del mundo, se van dando pequeños pasos, muy pequeños, pero con grandeza en su significado. Por ejemplo, en Alemania, se acaba de quitar el nombre de “Mariscal

Hindenburg” a la última escuela que llevaba ese nombre, por el voto y pedido de todos. Nadie lo defendió. Hindenburg era el “héroe” indiscutible de la Primera Guerra Mundial, el vencedor de la batalla de los lagos Masurianos. Y, al mismo tiempo, fue el presidente alemán conservador que le dio paso a Hitler para tomar el poder. Bien, ahora todos dijeron basta con esos héroes de una época que pertenece a los tiempos más sombríos de la historia. Nosotros, por ejemplo, tenemos decenas de colegios con el nombre de “General Roca”, el que “exterminó” según sus propias palabras a “los salvajes, los bárbaros”. ¿Por qué justo ese nombre en escuelas y colegios oficiales? Es hora ya de que los propios docentes y los alumnos comiencen el debate sobre esa figura que además dejó sentadas las bases para la distribución de la tierra que llevó al más injusto régimen de latifundios. Usted mismo, Narodowski, en su nota acerca de mi escrito, me achaca “la incorrección de consignar en una misma línea histórica a Sarmiento con Roca”. Enhorabuena. Aprovecho esta oportunidad para proponerle que se organice un debate oficial, en el salón Montevideo de la Legislatura, un profundo debate acerca de la figura de ese general. Con la participación de historiadores roquistas, de independientes y de aquellos que desde hace tres años hemos propuesto a la ciudad de Buenos Aires que, por respeto a la mayoría de la población argentina, el criollo –según el estudio antropológico de la Universidad de Buenos Aires– se quite del lugar más céntrico de nuestra ciudad a ese monumento, preparado e instalado durante la Década Infame, es decir, no por un gobierno democrático. Sí, aquél de los gobiernos del llamado “fraude patriótico”, un término muy argentino que ningún otro país lo puede comprender. Hace tres años hemos pedido al gobierno porteño y a su Legislatura que se traslade ese monumento al genocida a la estancia La Larga, en Guaminí, de sesenta y cinco mil hectáreas, que recibió Roca como “donación” oficial, y él la aceptó a pesar de cobrar el sueldo de general más todas las “expensas”. Un acto inmoral. Y allí se proceda a situar, sí, en ese lugar, un monumento a las dos mujeres que poblaron este suelo: a la mujer aborigen que dio a luz al criollo, y a la mujer inmigrante, que también pobló con vástagos estas distancias en tiempos de sacrificios y carencias. Ellas son las que merecen estar allí, en ese lugar, y no quien trajo la muerte y el “progreso”, como dicen los historiadores oficiales. Habría que preguntarse el progreso para quién. Entonces, redescribir nuestra historia, por medio del debate profundo y público para preguntarnos qué nos ha pasado, por qué tanta crueldad en estas interminables llanuras verdes de las espigas de oro. Estoy a su disposición, señor ministro, para iniciar el gran debate. En tal debate, la escuela puede servir de verdadero templo para llegar a ser más justos y lograr la paz eterna. Y no esta sociedad desgastada y humillada hasta el no va más.

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