¿Cuál es la pregunta científica que nunca tendrá respuesta?

Dicen algunos antropólogos que mientras los neandertales se agrupaban por motivo familiar, -ello limitaba el tamaño de la tribu y por tanto del territorio proveedor de recursos-, nuestros ancestros eran capaces de sobrepasar esos vínculos por una idea, por un concepto, … por un símbolo. Potente sutileza para agruparse en un grupo mayor que podía patrullar por territorios más grandes, donde ocasionalmente había más opciones, diversidad y especialización. Los nuestros fueron, son, y serán capaces de enfrentarse a su hermano por su dios, su territorio, su panda,…, sus conjeturas. Quizás tenga que ver con la cantidad de capas de neuronas del neocórtex, o con su estratificación e interconexión (cuanto más exteriores, más distantes de la realidad y más cercana al concepto, a la idea,… a la hipótesis, a una percepción virtual). Quizás nos agrupamos alrededor del dios de la tribu por poder alejarnos mejor de la cruda y cruel realidad. El caso es que lo que nos une y separa en tribus mayores es tener una hipótesis, una idea, una teoría de causa-efecto compartida, por encima de lo que sea. En nuestras divergencias compartimos un código de valores que nos permite organización. Somos sapiens porqué necesitamos un plan, encontrar orden en el caos, categorizar y sistematizar con etiquetas que llamamos abstracción, modelizar la realidad. Somos sapiens por nuestra disposición a cierto sacrificio por los conceptos resultantes: un dios, una ideología, una nación,… Animal político, pues nos relacionamos manipulándonos y negociando. Como todas las características que han sido útiles en la Evolución, lo que sirvió para algo, ocasionalmente al cambiar las circunstancias encontró nuevas aplicaciones, y en nuestro caso sucedió cuando la agricultura nos sedentarizó. Los anglosajones le llaman serendipity: los grupos podían ser mayores aún, y estábamos casualmente preparados para ese cambio. Podíamos formar entidades aún más grandes con sólo adaptarnos a medida los dioses, las ideas, los conceptos, los símbolos,… la organización política en nueva ágora. Tuvimos que modificar ligeramente características de las que ya disponíamos: la empatía en condicionamiento, la razón en mentira, el idioma en literatura, el miedo en odio, el orgullo en aplauso, y lo hicimos sin cambios genéticos, solamente culturales, ampliando conceptos dentro de los símbolos.

En esa vorágine que comenzó entonces se han ido sucediendo teorías causa-efecto, que llamamos creencias, que han competido, se han comido, han negociado, combinado, perecido, reproducido,… evolucionado, y metabolizado a otras culturas, crecido, hasta que de nuevo, casualmente, sin querer ni pretenderlo, tal vez a base del absurdo al comparar cada realidad virtual con la experiencia y observación, surgieron modos organizativos que incluían en su definición, y no en su resultado, la duda sobre la Verdad: la ciencia y la democracia. Los sistemas políticos basados en la unidad frente al distinto –al de otro credo-, y los sistemas ideológicos de definición de pautas en el caos, tan necesarios para aplacar nuestro temor, en particular mitosis, han hallado sus enemigos en sistemas que incorporan en su esencia el no estar absolutamente convencidos de la hipótesis que les une. Pero sucede que en ese nuevo salto evolutivo, esa lucha que en los últimos siglos se ha establecido entre la democracia y la autocracia, entre la ciencia y la creencia, abundan los demócratas que por poder del que puede, desde todas las buenas intenciones que se quieran, se pasan a las organizaciones de uniformización de la mayoría; y abundan los científicos que, como no, desde sus buenas intenciones, se pasan de las certezas a las creencias. Ambas dialécticas, que son una, son osmóticas. Olvidan que su esencia es la frustrante duda y la provisionalidad, y se dejan llevar por la comodidad de adaptar la realidad a los patrones definidos como certezas interinas, tornándolas verdades absolutas. Es agotador vivir en una realidad caótica, sin sentido, sin objetivo, sin mayorías, sin verdades absolutas, sin ideología, y más aún explicitando la duda, asumiendo la ignorancia, la cesión que implica cualquier negociación; y sin embargo es cómodo dejarse llevar, ser parte de algo, humillarse como individuo, limitar la libertad individual a la elección entre opciones secundarias. Consume menos energía vital alimentarse con la mínima digestión, y se es más feliz estando seguro de lo que el grupo considera esencial que debe ser verdad para pertenecer al grupo. La Escala de Valor es constructual. El científico que defiende una hipótesis porqué se la cree, se torna paracientífico, y es común, muy común, pues a cambio obtiene felicidad a escaso coste. Así, cuando una certeza científica consigue, con dificultad si no le conviene o facilidad si le cuadra, impregnar a la sociedad, ésta, más predispuesta a la cómoda contundencia que a la

agotadora duda, a la confortable mayoría que a la incordiante renegociación entre minorías, tiende de modo natural a trascenderla con el tiempo en verdad. La esencia de la ciencia está en dudar, y con el tiempo su verdad será sustituida por otro modelo que describa mejor ese mismo proceso. Tratamiento cansado ese, aunque nos está haciendo andar el camino a superar la paranoia del sapiens (megalomanía, autorreferencialidad, exceso de información, culpabilidad, manía persecutoria, alucinaciones,... incluso agresividad). Así llegamos donde, tras tanta logorrea, se pretendía: a la peligrosa tendencia a convertir argumentos y criterios científicos en “ismos”, a la transformación de certezas provisionales en verdades absolutas, anulando la duda implícita en los planteamientos propuestos, convertidos en consignas y pancartas, que masas de bienintencionados corean incluso con rabia, metiendo en cajones con pegatinas de títulos que odian y nada tienen que ver, a los disconformes… y a los que no están seguros. No se me ocurre un ismo que no haya degenerado e incluso pocos que, en un momento u otro, no hayan llegado a la sangre, siempre abanderando justicia, fe, igualdad, derecho,... No se van contestando las preguntas científicas sino interinamente, y así, sólo habría “última pregunta” a la que la ciencia se enfrentara en caso que fracasemos en nuestro camino de trascender al sapiens -¿loquens?-, y recaigamos e involucionemos en la acomodación de la realidad a nuestra conveniencia, nuestra paranoia. Sería el triunfo de la ideología sobre la idea. Si la hubiera sería la certificación de su propia defunción, la ideologización absoluta: ¿cuál es la última pregunta de la Ciencia?, pues asume que la hay y será la coartada de su finiquito tras un indeseable proceso en el que las preguntas crean haberse contestado con certezas absolutas… con ideologías. No hay nada definitivo sin igualdad absoluta, y si algo nos ha enseñado el análisis causaefecto de la realidad, por teoría científica o no, es que los errores en la transmisión de todo código, sea genético, cultural, sea el lenguaje, o la ciencia, provocan diversidad, y de suceder, quedaría siempre la futura confrontación con las nuevas observaciones y experiencias, que tarde o temprano reiniciarían la inevitable transhumanización. La diversidad reinventaría la Ciencia y la Democracia. No se trata de enfrentar creencias científicas, ¡sí, eso son lo que son!, a creencias religiosas, sino de enfrentar certezas provisionales a dudas, los peros, los matices, las incertidumbres, la desigualdad,… a la

verdad de una cienciología de pancarta que tanto prestigio social está adquiriendo. Consignas, soflamas, pautas, patrones, eslóganes,... abducidos del entorno científico de la hipótesis, prueba, experimentación, rigor, repetición, replanteamiento,… en permanente evolución y dinamismo, para anclar a la sociedad en la ñoñería, la culpa, y el miedo. ¿Para qué?, pues aunque no lo deseemos ver, por interés y por reconocimiento de los que enuncian la amenaza y se postulan como salvadores. Como siempre. Como todo. La teoría de la gravedad de Newton es un simulador de una causa-efecto que fue sustituida por la teoría de Einstein, que no era la misma mejorada, sino un modelo esencialmente distinto. Modelos de orden en una realidad caótica, y por tanto todo lo aproximados que se quiera, pero esencialmente falsos. Leyes que sintetizan y resumen, pues algo indeterminado sólo es representable por un patrón en su totalidad por si mismo (incompletitud). La Ciencia da respuestas interinas a preguntas adecuadas a las observaciones que se usan para teorizar una explicación. Reformulamos las preguntas, y las contestamos porqué pregunta y respuesta comparten la experiencia, que cuando inevitablemente cambia, volvemos a reformular. Así mientras la Ciencia no sea abducida por la paranoia sapiens, ninguna pregunta será la última en tener una respuesta y ninguna estará a salvo de intentar ser explicada. No serán definitivas, y si lo fueran, la que no es permanente es la experiencia. Si alguien entiende que la Ciencia le ha revelado respuestas definitivas a preguntas absolutas, incluso si tiene esperanza en que suceda, no es científico… tal vez cienciólogo. Y alguien dirá: ¡hay preguntas absolutas contestadas!: hoy sabemos que La Tierra gira alrededor del Sol, hoy sabemos cómo son los mecanismos evolutivos, hoy conocemos porqué llueve,… y sí, pero cada respuesta ha retocado las preguntas. ¿Quién sabe si, en un suponer, al aterrizar en otros mundos y tener distintas sopas prebióticas que analizar no nos volveremos más lamarkianos?, ¿quién sabe si halláramos civilizaciones alienígenas parecidas a nosotros, con las que hasta pudiéramos comunicarnos, al haber evolucionado de modo paralelo, no nos haría cuestionar ciertos aspectos darvinianos?, o ¿quién sabe si hallaremos anomalías en órbitas no explicables por Relatividad? La realidad siempre nos sorprende con aquello con lo que no habíamos contado. Nuestros

ancestros tenían menos preguntas que nosotros, ninguna respuesta produjo sino más preguntas, y desde el cambio memético de incorporar el indeterminismo y la provisionalidad a nuestro cemento social, ¿qué nos hace suponer que habrá una inflexión en el exponencial y sostenido crecimiento en el planteamiento de nuevas dudas? La igualdad y/o nuevas edades oscuras pueden ralentizar el proceso, pero no involucionar al loquens para que no sea un poco más sapiens. Observaremos nuevos detalles que nos obligarán cambiar de análisis, y siempre quedará aquella proposición que no es posible demostrar ni refutar… aunque lo difícil es saber si una pregunta entra en esa clase. No nos obsesionemos tanto en obtener respuestas, pero temamos muy mucho quedarnos sin preguntas. Temamos que lleguemos a plantearnos la pregunta propuesta por Redes.