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LA POLÍTICA ECONÓMICA NEOLIBERAL EN MÉXICO Alejandro López Bolaños

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Introducción En este trabajo se realiza una revisión de los resultados del modelo neoliberal aplicado en México. El objetivo principal es demostrar como el modelo económico impuesto desde los años ochenta representó el beneficio de una minoría empresarial vinculada con los mercados externos, cuya internacionalización derivó en la venta de sus empresas a las corporaciones internacionales. Esto sin olvidar que los principales ajustes económicos se dieron en claro perjuicio de la clase trabajadora, pues en descargo de las empresas, los salarios se convirtieron en el principal coste a reducir. Derivado del manejo neoliberal de la política económica, el país se ha convertido en una de las principales fuentes de recursos para el capital extranjero, por ello es importante entender los cambios más representativos que el neoliberalismo realizó en el país.

1. Antecedentes: el nacionalismo económico. La revolución mexicana y la promulgación de la Constitución de 1917 representan un cambio estructural en las fuerzas que sociales que se representan en el Estado mexicano. La violenta confrontación derribó a una clase gobernante proclive al capital internacional y restituyó el derecho de la nación sobre sus bienes
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Doctor en Estudios Latinoamericanos. Integrante del Grupo de Análisis de Coyuntura de la Economía Mexicana (GACEM) del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM y profesor de la Facultad de Ingeniería.

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nacionales, promovió el reparto de tierras a los pueblos y comunidades agrarias, procuró la protección estatal sobre los derechos laborales, así como el derecho a una educación pública, laica y gratuita. Como lo menciona Roux (2009) este ciclo revolucionario se inicia con el triunfo de los ejércitos campesinos sobre el federal en 1914 y se cierra en una primera etapa con la reforma agraria cardenista y la expropiación petrolera de 1936-1938. A nivel internacional, el periodo abarca la gran depresión de los años treinta, el afianzamiento del fascismo europeo, la derrota de la república española, y la segunda guerra mundial, la cual marca la vía de resolución a la gran depresión. La posguerra representa el auge de un modelo económico impulsado por la acción directa del Estado, la cual trasciende a las economías periféricas como la mexicana, la cual configura una acumulación capitalista a la cual se le denominó “modelo de sustitución de importaciones”. Se trataba de un modelo económico sustentado en el auge del mercado interno y sostenido con grandes inversiones estatales en infraestructura, estímulos al capital nacional, así como la creación de una estructura productiva estatal en sectores estratégicos como el petróleo, la electricidad y la siderurgia. El PIB entre 1940 y 1970 se incrementó en términos reales 6.4% anual, mientras que el ingreso por habitante aumentó anualmente 3.1%. El gasto público total como porcentaje del PIB pasó de 11% en 1945 a 36.4% para 1975; la participación de los salarios en el PIB promedió 33% en 19401975 (Guillén, 2001 e Ibarra 2005). A este auge económico se le denominó

“milagro mexicano”, el cual no estuvo exento de conflictos sociales y movimientos obreros y estudiantiles violentamente acallados dado el clima de represión estatal

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de la época, política vista con beneplácito por Estados Unidos y los sectores más conservadores ante el clima de tensión impuesto por la guerra fría. Pero esta remembranza supera con mucho una reduccionista visión nacionalista de añoranza por un México ya lejano. Lo que vendría en los años posteriores sería la destrucción de lo que Roux (2009) llama “una forma de Estado”, es decir, la destrucción de una configuración estatal tejida y derivada de un largo conflicto histórico. Una destrucción que implicará la recomposición de los procesos productivos y de las relaciones laborales a favor del capital trasnacional. Esto se alcanzó mediante el desmantelamiento de la propiedad agraria y su incorporación plena a los circuitos del mercado, el desmantelamiento de la estructura productiva estatal y la reconexión subordinada a la economía, los mercados y el consumo de Estados Unidos.

2. Crisis de la deuda externa y la imposición del modelo neoliberal En 1966 la economía de Estados Unidos enfrentó un proceso inflacionario acompañado de estancamiento económico incorporando en el léxico económico el término estanflación para definir a esa situación. Las políticas keynesianas que dieron brillo a los denominados años dorados del capitalismo fueron duramente atacadas por considerar en ellas la causa de la recesión estadounidense. En EU, la solución propuesta a la estanflación fue la elevación de las tasas de interés a niveles sin precedentes, hasta tal punto que a la inflación de dos dígitos se le contrapusieron tipos de interés de esa misma magnitud. Esto redujo la demanda de créditos y a partir del inicio de la década de 1980 se redujeron sustancialmente los gastos de inversión de las empresas.
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Con el aumento del precio del petróleo en 1973 como consecuencia de la guerra árabe-israelí, los países productores de crudo trasfirieron miembros de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) entre 1974 y 1981, casi 35% de su excedente monetario a los bancos de las principales potencias occidentales, principalmente bancos en Estados Unidos, Inglaterra, Japón y la entonces Alemania Federal (Palazuelos, 1998). Los bancos se encontraron con una enorme liquidez que debía ser prestada para beneficio de las actividades propias de la banca. Los destinatarios de estos créditos fueron un grupo de países poseedores de ciertas garantías,

principalmente países con recursos petroleros que disponían de divisas (como Brasil, México o Venezuela), y naciones como Argentina o Chile que no tuvieron objeciones para contratar deuda ante la imposición de gobiernos militares favorables a las políticas económicas de Estados Unidos. Para beneplácito de los banqueros, la deuda externa contratada por los países latinoamericanos pasó de 70 458 millones de dólares en 1975 a 260 216 millones para 1982. México se convirtió en el segundo deudor más grande del mundo, sólo detrás de Brasil. La deuda externa mexicana creció más de 400% entre 1975 y 1982 al pasar de 15 609 millones de dólares a 81 568 millones. Ambos países, en 1982, eran prestatarios de 52% de la deuda externa total de América Latina. La subida en los tipos de interés en Estados Unidos y la caída en el precio del crudo desestabilizó profundamente a las economías latinoamericanas, particularmente a la mexicana. Ante la caída en los precios del petróleo iniciada en 1981 y una alta fuga de capitales, el gobierno mexicano recurre al crédito externo de corto plazo para mantener el tipo de cambio, frenar la fuga de capitales y cubrir
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el servicio de la deuda externa, pero la confianza de los inversionistas se perdió aún más provocando mayor inquietud. La fuga de capitales y la dolarización de los pasivos bancarios alcanzaron niveles desconocidos. Para febrero de 1982 el Banco de México se retiró del mercado de cambios, la moneda se devaluó en más del 100% con relación a la moneda estadounidense pasando de 26 a 45 pesos por dólar. Casi la mitad de la deuda externa del país se debía refinanciar durante los meses siguientes. En junio de 1982, los riesgos de los nueve bancos más grandes estadounidenses indicaban que los préstamos acordados con México ascendían a 13 600 millones de dólares, representando 60% del capital de los bancos. En agosto se registra el más bajo nivel en las reservas de divisas. El gobierno anuncia el congelamiento de las cuentas bancarias en dólares, seguido de una conversión forzosa a pesos con un tipo de cambio inferior al del mercado. Al continuar la fuga de capitales y el cese de los flujos de préstamos comerciales condujeron a nuevas y drásticas devaluaciones, junto a esta noticia se informó la suspensión por 90 días de los pagos del principal de la deuda externa. Estos hechos marcaron el comienzo de la crisis de la deuda en escala internacional y cualquier préstamo nuevo sería difícil de obtener. La respuesta del gobierno a la crisis se encaminó a detener la fuga de divisas. El primero de septiembre de 1982 se nacionalizó el sistema bancario mexicano, y se adoptaron controles de cambios totales sobre flujos de capital. Este año se caracterizó por fuertes devaluaciones del peso, inestabilidad y caos en los mercados financieros, caídas en la actividad económica, inflación cercana a 100%, un déficit fiscal equivalente a 17% del PIB y caída en las reservas internacionales por 1 800 millones de dólares. Estos acontecimientos no se
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limitaron exclusivamente a la economía mexicana, toda América Latina vivió una época en la cual el sueño del crecimiento al interior sustentado en la sustitución de importaciones se desmorona, este modelo en auge desde la posguerra tenía su colapso en forma abrupta y de consecuencias drásticas para la región. Como lo menciona Girón (2004), el proceso de sobreendeudamiento sembró en la región una crisis severa de magnitudes estructurales que dio origen a un cambio en el patrón de desarrollo, la deuda dejó de ser motor de crecimiento para convertirse en el financiamiento de la pobreza. La insolvencia de los países de América Latina frenó la concesión de nuevos préstamos internacionales provenientes de los bancos privados

estadounidenses. Pero esta medida sería contradictoria al proceso de apertura comercial y financiera iniciada desde finales de la década de 1970, además de que una moratoria de Brasil, México y Argentina hubiera llevado al sistema bancario internacional a la quiebra y con ello, a la bancarrota de los grandes bancos estadounidenses. En claro beneficio de los banqueros, la renegociación de los préstamos vencidos se dio en el marco de los planes Baker y Brady, que más allá de renegociar la deuda de los países latinoamericanos, pretendía poner fin a las presiones sobre el sistema financiero de EU, recuperar la confianza perdida entre los inversionistas, mantener el suelo norteamericano como un espacio lucrativo para la inmigración de capitales con lo cual el dólar se revaloraría y así hacer frente al déficit comercial, mantener altas tasas de interés e incidir en los ritmos de crecimiento de los déficit público y comercial de la nación más poderosa del orbe.

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El punto culminante del proceso será la formulación del denominado Consenso de Washington, un acuerdo al que llegan El Fondo Monetario Internacional, los acreedores de las naciones deudoras (reunidos en los clubes de París y de Londres) y la Reserva Federal de EU, mismo que mediante un decálogo de acciones de política económica define el accionar futuro de los países subdesarrollados donde evidentemente se incluyen a México. Consenso que bien vale decir, nunca existió pues las recomendaciones nunca fueron consultadas a los gobiernos ejecutantes, únicamente se alcanzaron puntos de acuerdo entre los organismos citados anteriormente. El Consenso de Washington se basa en diez punto de política económica (equilibrio fiscal, reducción del gasto público en su función social, ampliación de los impuestos al consumo y reducción para la clase empresarial, liberalización financiera, apertura comercial, tipos de cambio flexibles, control de la inflación, aliciente a las inversiones extranjeras, flexibilidad del mercado laboral y privatización de empresas públicas). Este décalogo impulsa el abandono del mercado interno y la reorientación del aparato productivo hacia la exportación. En algunos casos, esto ha permitido generar recursos para continuar realizando transferencias netas de capital por concepto del servicio de la deuda externa, en otros, la apertura comercial indiscriminada y la desregulación sólo profundizaron el desequilibrio de la balanza comercial y con ello, la dependencia financiera. La economía mexicana no escaparía a estas trasformaciones, la denominada “modernidad económica” propondría al libre mercado como la única alternativa para recuperar el sendero de crecimiento y desarrollo. México inició al final de la crisis de la deuda externa lo que Enrique Semo (2012a y 2012b)
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denominó la tercera modernización pasiva desde arriba, es decir, un proceso de cambios que beneficiaron a algunos sectores específicos de la sociedad pero perjudicaron a la gran mayoría. La primer modernización pasivas corresponde al periodo 1780-1810 (las reformas borbónicas y el inicio de la independencia), la segunda, al periodo 1880-1910 (el porfiriato), periodización que da cuenta de la magnitud de la transformación que representa el neoliberalismo para nuestro país.

3. Balance de la economía mexicana en el periodo 1982-2012 En el discurso oficial, el proceso de cambio estructural de la economía mexicana se justificó como la única alternativa para superar los estragos de la crisis de la deuda externa. Con el decálogo del Consenso de Washington como el principal guía de la política económica, en 1988 bajo la presidencia de Carlos Salinas de Gortari, se profundizó la apertura de la economía iniciada un sexenio anterior.

3.1 Privatización de empresas públicas Uno de los aspectos más relevantes del periodo es la privatización de empresas públicas. Los objetivos del gobierno eran fortalecer las finanzas públicas, promover la productividad de la economía, mejorar la eficiencia del sector público mediante su reducción, canalizar los recursos públicos hacia áreas prioritarias y eliminar gastos y subsidios. Como lo menciona Sacristán (2006), la privatización forma parte de un proceso más amplio llamado “desincorporación del sector paraestatal”, que está conformado por la liquidación de empresas o extinción de fideicomisos, las fusiones, las transferencias y las ventas al sector privado. Este último punto se
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refiere estrictamente a lo que se denomina privatización. De 1982 a 1988 la desincorporación se dio con 294 liquidaciones y extinciones, 72 fusiones, 25 transferencias y 155 empresas vendidas al sector privado. Destacan los casos de las tres empresas siderúrgicas integrantes de Sidermex (Altos Hornos, Fundidora Monterrey y Siderúrgica Lázaro Cárdenas-Las truchas) por la cual se obtuvieron 755 millones de dólares. En el caso de la privatización de Teléfonos de México, ésta se realizó en dos etapas comprendidas entre 1990 y 1992, operación que superó los 6 000 millones de dólares y que constituyó el control de la telefonía en México por el Grupo Carso. Uno de los procesos de privatización más polémicos fue el de la banca, misma que fue nacionalizada en 1982 en un intento desesperado de José López Portillo por mantener un nivel mínimo de autonomía financiera luego del considerable endeudamiento externo. En 1990 se anuncia la privatización de 18 bancos con dos consideraciones muy importantes: no se venderían a extranjeros, ni a sus anteriores dueños. Por esta venta el gobierno federal captó casi 10 000 millones de dólares. Pero las prácticas corruptas y el sobreendeudamiento desataron a mediados de la década de 1990 que el sector público tuviera que sanear a los bancos, la posterior venta se realizó mayoritariamente a extranjeros, los cuales al final de esa década, controlaban 90% de los activos del sector. Se ha estimado que el apoyo del gobierno al rescate de los bancos costó entre dos y tres veces el monto de los ingresos por la venta de 1990, además de que la banca extranjera utiliza al mercado mexicano como un cuantiosa fuente de recursos que traslada a las matrices invirtiendo un porcentaje mínimo de esos recursos en las necesidades de crédito de la población.
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Entre 1990 y 1999 se privatizaron 171 empresas, además de los casos antes señalados, destaca la privatización de la televisora estatal, ingenios azucareros, ferrocarriles, aeropuertos y líneas aéreas entre otros. El proceso arrojó concentración, privilegios y estructuras monopólicas dominantes para un selecto grupo de empresas posicionadas en actividades claves de la economía. Grupos empresariales con acceso a tecnología de punta y financiamiento en los mercados internacionales que han sometido al sector público a sus intereses. El proceso de privatización no ha concluido y en el futuro, las asociaciones público-privadas serán la principal fuente de inversión, como lo demuestra la experiencia de la reciente construcción de la infraestructura carretera del país, en donde además se deberá pagar a las empresas concesionarias el desplazamiento por los tramos construidos por ellas, inversión financiada inicialmente con recursos públicos. Empresas de prioridad nacional como Petróleos Mexicanos (Pemex) y Comisión Federal de Electricidad (CFE), más el polémico e irascible caso de la extinción de Luz y Fuerza del Centro en 2009 se han puesto como el punto culminante de este proceso. Pero en los casos de Pemex y CFE ya opera desde hace más de veinte años lo que Guerrero (1999) llama una exoprivatización y endoprivatización. El primer concepto lo describe el autor como el proceso por el cual la administración pública transfiere la producción de bienes y servicios a la empresa privada, siendo la primera etapa estratégica del neoliberalismo en el desmantelamiento del Estado. La endoprivatización es la segunda etapa estratégica, y consiste en la sustitución de la gestión de los asuntos públicos por la idea, metodología y técnica del espíritu empresarial privado.
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3.2 Producto Interno Bruto y apertura comercial El lapso comprendido entre 1982 y 2012 ha dejado una economía estancada, tal como lo demuestra la gráfica 1, en ella se observa el magro crecimiento de la economía, pues el producto se expande a una tasa promedio anual de 2.3% entre 1982 y 2012, mientras que el producto por habitante lo hace a una tasa de 1.4%; el resultado es contrastante con el periodo 1950-1981 en el cual el producto creció 6.8% promedio anual y el PIB por habitante 3.5%. La reducción del producto se ha venido acompañando de una caída en los niveles de inversión, la cual creció 2.5% a tasa anual en el primer periodo señalado, pero que en los treinta años previos creció 8.5 por ciento.
Gráfica 1. Crecimiento de la economía 1950-2012 (tasa de variación porcentual)

Fuente: Elaboración propia con datos del INEGI, Sistema de Cuentas Nacionales y Estadísticas Históricas de México.

Uno de los cambios más trascendentales que enfrentó la economía mexicana consistió en su apertura total mediante la firma y entrada en vigor para 1994 del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). EU desde un
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inicio fijó su postura y exigió como condicionantes a la firma del tratado que México abriera en mayor, grado sus mercados a los productos estadounidenses, además, que diera mayores facilidades a la inversión extranjera estadounidense en especial, en áreas como petróleo, petroquímica básica, banca y servicios financieros, productos agrícolas entre otros. Para ello, exigieron categóricamente que México reformara su Constitución, en especial el artículo 27, a fin de que los inversionistas tuvieran reglas claras y seguridad en sus inversiones y propiedades. Además deberían tratarse conjuntamente asuntos como el narcotráfico, los trabajadores migratorios y la baja productividad de la mano de obra mexicana (Ortiz, 2010). La propuesta del TLCAN era convertir a la economía nacional en una potencia exportadora gracias a su cercanía con el mercado más grande del mundo. A casi veinte años de este tratado los saldos no son benéficos para el país, particularmente en el sector agropecuario, donde la balanza del sector arroja un déficit acumulado por 14 558 millones de dólares1 en el lapso comprendido entre 1995 y 2012. Los pequeños y medianos productores no han podido competir contra la tecnología y los subsidios que reciben los productores de EU, por lo cual abandonan el campo refugiándose en la emigración, en los sectores informales o en los circuitos criminales de la economía. A partir del TLCAN, 80% de las exportaciones mexicanas se realizan en el mercado de EU, productos que en su mayoría son maquilados por empresas trasnacionales que abastecen a las casas matrices de los sectores automotriz,

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INEGI (2012), Estadísticas del Comercio Exterior de México, enero-agosto 2012, Aguascalientes México.

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química, equipo, accesorios y componentes electrónicos, entre otros. Pero como lo mencionan Morales y García (2005), el hecho de formar parte del proceso industrial trasnacional implica una baja participación de los insumos nacionales, apenas 3%, ya que las cadenas productivas comandadas por las empresas trasnacionales se caracterizan, en gran medida, por ser un comercio intraempresa. Debe mencionarse, que entre 1965 y 1980, el valor agregado de la industria en general creció 6.5 promedio anual; entre 1981 y 1995 registró un crecimiento de 0.9 promedio anual. Entre los años 1996-2011, el indicador se recuperó ligeramente sin registrar los niveles del primer periodo, pues el valor agregado creció 2.2% promedio anual2. Antes de la apertura comercial, en el periodo 1981-1989, las exportaciones crecieron 8.7% y las importaciones 9.7%. Durante la década de 1990, las exportaciones crecieron 14.2%, pero las importaciones lo hicieron a un ritmo de 15.2%. Para la década del 2000, las exportaciones crecieron menos de la mitad del decenio previo (6.9%) y las importaciones crecieron a una tasa de 7.8% (INEGI, 2012). Desde 1995 y hasta 2011, la balanza de pagos acumula un déficit en cuenta corriente por 165 645 millones de dólares, 54% de este déficit tiene origen en la balanza comercial. La apertura comercial generó el abandono de una estrategia industrial adecuada a las necesidades propias, ha destruido importantes sectores productivos, provocó dependencia alimentaria y en realidad, nunca generó los beneficios esperados de la especialización secundaria exportadora. La economía

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Datos obtenidos del World Development Indicators, Banco Mundial, información en línea, [http://data.worldbank.org/].

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se insertó en una posición secundaria dentro de la cadena de valor mundial y se ha convertido en una fuente que abastece los recursos que demanda el capital trasnacional. La economía se ha extranjerizado, se desmanteló el aparato industrial y el mercado interno se abastece con importaciones de productos que compiten deslealmente con la industria nacional. A noviembre de 2012, México ha firmado 12 Tratados de Libre Comercio con 44 países, 28 Acuerdos para la Promoción y Protección Recíproca de las Inversiones (APPRIs) y 9 acuerdos de comercio (Acuerdos de Complementación Económica y Acuerdos de Alcance Parcial) en el marco de la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI). Estos acuerdos y tratados han convertido al país en uno de los más abiertos a las inversiones, sin que ello se exprese en una economía sólida. Con la apertura económica, se ha consolidado un selecto grupo de empresas, con capacidad tecnológica y de acceso a los mercados financieros internacionales. Con datos de 2008, Pemex exportaba 35% del valor total de las ventas al exterior, 64 empresas mexicanas aportaban 34.5% y 35 empresas extranjeras (17 de ellas con casa matriz en EU) controlaban 30.5% del total de las exportaciones3. Las principales empresas que operan en el país pueden dividirse en 56 empresas integrantes de 13 grandes grupos empresariales. Sólo 34 de ellas integraban en 2012 el Índice de Precios y Cotizaciones de la Bolsa de Valores, pero sus ganancias equivalen a 2.3% del PIB, 26% de los ingresos tributarios o a 57% del gasto público en funciones de desarrollo social.
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Datos de Expansión, número 996, 4-17 de agosto de 2008.

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En la estructura del sector empresarial mexicano persiste una marcada heterogeneidad, las empresas que van de 1 hasta 251empleados, dan ocupación a 73% del total de trabajadores en activo, pero sólo aportan 35% a la producción total. El restante 27% de empleo lo aportan los corporativos trasnacionales, pero ellos aportan a la producción 65% del total.

3.3 Control de la inflación, empleo y salarios El Banco de México, desde su fundación en 1925 y hasta finales de 1993 cuando se promulgó su última modificación a su Ley, participó activamente en la promoción de crédito al sector público. Con su nueva reglamentación, el banco central adopta el carácter de trabajar exclusivamente en la política de control de la inflación, particularmente desde el otorgamiento de su autonomía en abril de 1994, lo cual implica que ninguna autoridad pueda exigirle la concesión de un crédito, de esta manera se garantiza el control sobre la cantidad de billetes y monedas en circulación. La política de control de la inflación que actualmente desarrolla el banco central tiene su origen teórico en las respuestas que la escuela monetarista ofreció a la hiperinflación de vivieron las economías latinoamericanas en la década de los ochenta, en países como Brasil y Argentina que registraron tasas inflacionarias de hasta 3 000% en 1990, y Bolivia que en 1985 registró una inflación de 12 000 por ciento. México no escapó a las fuertes presiones inflacionarias, aunque se mantuvo lejos de los niveles alcanzados por los países latinoamericanos antes mencionados. La inflación promedio anual por décadas desde 1970 y hasta 2011
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ha transitado de un nivel de 14.5% entre 1970 y 1979, alcanzó su nivel más alto en el periodo 1980-1989 con 61%, se redujo a 16.5% entre 1990 y 1999; en el periodo 2000-2011 el incremento de los precios se presenta a una tasa de 4.1%, niveles mínimos históricos que permiten al banco central presentarse como una institución exitosa en su misión y objetivo dentro de la economía nacional. En el enfoque monetarista de las causas de la inflación, los aumentos de los salarios son un factor de inestabilidad que puede disparar el incremento en el nivel de precios. En el caso mexicano el control inflacionario tendría dos consecuencias muy negativas para la gran mayoría de los trabajadores: la primera es la caída del salario. Tomando como referencia al salario mínimo real general, los salarios crecieron a una tasa de 3.4% en la década de 1970; en la década siguiente (1980-1989) registran su peor caída (6.3) e inician una fase de caracterizada con tasas negativas de 3.3% de 1990 a 1999 y 0.5% de 2000 a 2011. Como consecuencia de esta política de reducción salarial, la tasa media anual de crecimiento de los salarios mínimos reales en el período neoliberal (1982-2012) es de -3.2%, lo que significa que desde 1978 los salarios han perdido cerca de 75% de su poder adquisitivo. Además, entre 2008 y 2012 se registró una escalada de precios en diversos productos de la canasta básica, por ejemplo el precio de las tortillas creció 9% promedio anual en el periodo, el huevo se incrementó 50%, el aceite vegetal 10% y el frijol 19 por ciento. Acompañando a la disminución de los salarios, el estancamiento de la producción, la privatización de empresas públicas y la apertura comercial que desmanteló empresas e industrias, entre otras numerosas causas, han generado un grave problema de desempleo en el país. El mercado laboral se caracteriza por
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ser heterogéneo, con calidad deteriorada en los puestos de trabajo y que al adoptar formas flexibles de contratación de mano de obra fomenta la proliferación de empleos temporales, contratos de tiempo parcial y la progresiva reducción del salario. Como un dato que ilustre esta situación, la población ocupada en el sector informal pasó de 3.1 millones en 1970 a 9.6 millones en 1988, para el año 2000 llegó a 13.9 y a mediados de 2012 empleaba a 14.2 millones de personas4. El banco central al limitarse al control de precios, ha conducido indirectamente a la construcción de las actuales condiciones del mercado laboral. La institución ha llegado al extremo de identificar como un aliciente a éstas, tal como lo demuestra el Informe Anual 2011 de la institución al expresar que: “ […] en
el mercado laboral mexicano existen condiciones de holgura, como consecuencia de que tanto la tasa de desocupación, como la tasa de ocupación en el sector informal y la tasa de subocupación, permanecieron en niveles significativamente superiores a los observados antes del inicio de la crisis global, no obstante que el número de trabajadores asegurados en el IMSS mostró un elevado crecimiento. En congruencia con lo anterior, de acuerdo con la encuesta mensual de coyuntura del sector manufacturero, las empresas que constituyen dicho sector reportaron no haber enfrentado dificultades para contratar mano de obra calificada. Estas condiciones de holgura se reflejaron en alzas salariales moderadas lo que, junto con la tendencia positiva que mostró la productividad media del trabajo, contribuyó a que los costos unitarios de la mano de obra continuaran disminuyendo. Esto, a su vez, coadyuvó a que no se generaran presiones sobre los precios derivadas de las condiciones del mercado laboral” (Banco de México, 2012: 1819).

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Información proporcionada por INEGI en la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE), varios números.

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En la gráfica 2 se presenta un ejercicio que ilustra esta relación inversa entre inflación y desempleo para la economía mexicana (la denominada Curva de Phillips por la escuela neoclásica). El desempleo no corresponde a causas friccionales como lo plantea Phillips, sino a problemas más estructurales de la economía, agudizados desde la adopción del modelo neoliberal. Además, la inflación tampoco se corresponde a un exceso de circulante en la economía, sino a la falta de capacidad productiva, el aumento de las importaciones y en todo caso, al exceso de liquidez ficticia que caracteriza los mercados financieros contemporáneos, altamente especulativos y carentes de un respaldo productivo real que respalde sus operaciones pero que acumula recursos en las instituciones financieras. Tanto el tema de las causales estructurales del desempleo y de la inflación requieren una amplia y ardua investigación, en este espacio sólo cabe hacer una mención a estos problemas que al no ser atacados de fondo agudizan el estancamiento de la economía y su posición subordina como fuente de recursos al gran capital trasnacional.
Gráfica 2. Inflación y desempleo 1995-2011 (tasa de variación porcentual anual)
60.0 8.0

6.9
50.0 52.0

7.0

6.0 40.0 5.2 5.2 5.3
5.5 5.0 4.1

30.0 27.7

3.6 2.9

3.7 3.0

4.0 3.5 3.2
3.4

3.5 3.0

20.0

18.6

2.5

2.6

2.5 2.0

15.7 10.0
12.3

9.0 4.4

5.7

4.0

5.2

6.5
3.3 4.1

3.8

3.6

4.4

1.0
3.8

0.0 1995 1996 1997 1998 1999 2000 2001 2002 2003 2004 2005 2006 2007 2008 2009 2010 2011

0.0

Tasa de desempleo (eje de la derecha)

Inf lación (eje de la izquierda)

Fuente: Elaboración con datos de INEGI y Banco de México.

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Un elemento adicional a la problemática laboral en el país es la diferencia entre los empleos creados y la demanda de oportunidades laborales de la población que año con año se incorpora a la Población Económicamente Activa (PEA)5. En el sexenio de Vicente Fox (2001-2006), se crearon 1.1 millones de empleos, pero a la PEA incorporaron 4.5 millones de personas, es decir, el déficit de empleos asciende a 3.4 millones. Durante el sexenio de Felipe Calderón (20072012), se crearon 2 millones de empleos, pero a la PEA se incorporaron 7.3 millones, un déficit laboral de 5.3 millones que agravó las condiciones de precariedad de numerosas familias.

3.4 Atracción de capital externo: finanzas y endeudamiento público Pese a que los programas de ajuste se presentaron como la solución para el pago de la deuda pública, ésta ha venido creciendo en los últimos años, encubierta bajo deuda interna. Además, con la autonomía del banco central, el Estado perdió la capacidad para generar su propio crédito, restringiendo sus fuentes de recursos a la recaudación de impuestos, la emisión de deuda y a los ingresos de las pocas empresas paraestatales que subsisten, las cuales trasfieren sus activos y rentabilidades al capital privado. El incremento de la deuda pública interna responde a la necesidad de atraer capitales para mantener un cierto nivel de reservas internacionales, las cuales estabilizan el tipo de cambio y se utilizan como una herramienta adicional de control de precios, todo ello en beneficio de los rendimientos de los activos
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Personas de 14 o más años de edad que tuvieron o realizaron una actividad económica (población ocupada) o buscaron activamente hacerlo (población desocupada abierta).

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financieros, pues con inflación, los patrimonios financieros se reducen. Pero la emisión de deuda pública interna genera un alto requerimiento de divisas para el pago de intereses, dividendos y amortizaciones, lo cual se trata de compensar con la promoción de exportaciones (basadas en maquila) y con la entrada de capitales mediante bonos, inversiones de cartera o inversiones directas. Pero el sector exportador no aporta los requerimientos de ingresos de divisas necesarios. La cuenta corriente acumula entre 1995 y 2011 un déficit por 165 645 millones de dólares, (54% de este déficit tiene origen en la balanza comercial), entonces lo que queda es emitir deuda pública interna para atraer capitales, pues con este tipo de instrumentos no se corre el riesgo de un impago como sucedió en la década de los ochenta. A partir de la crisis financiera de 1994-95, se pueden identificar tres etapas importantes en el comportamiento de la deuda pública neta total. La primera es, el incremento de la deuda a razón de la crisis, pasando de 474 862 millones de pesos en 1994 a 838 787 millones para 1995. La segunda abarca entre 1997 y 2006, y se destaca por el incremento de la deuda interna en sustitución del endeudamiento con el exterior, la cual pasó de representar 32.5% del total en 1997 a 74.1% en el 2006. La tercera etapa corresponde a una nueva escalada de endeudamiento público entre 2007 y 2011, manteniendo la trayectoria de ser mayormente endeudamiento interno. La deuda pública más que se duplicó en este lapso, pues en 2007 el monto total ascendía a 2 064 165 millones de esos, pero en el 2011 se alcanzó la cifra de 4 670 159 millones, es decir, un crecimiento de 126%. Además, en 2008, la deuda pública interna alcanzó 89.3% de la deuda total.
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En la siguiente gráfica se observa el incremento en el nivel de endeudamiento total de la economía mexicana en el periodo 2003-2011, el cual incluye no sólo al sector público, sino también a las empresas privadas y a las familias. Se destaca el caso del crecimiento en el nivel de la deuda de los

hogares, pues ante la caída en el poder adquisitivo del salario, el consumo se ha solventado con una burbuja crediticia, particularmente en créditos vía tarjeta bancaria o préstamos que se descuentan vía nómina.
Gráfica 3. Deuda total de México 2003-2011 (porcentaje del PIB)

Fuente: SHCP. Informe sobre la Situación Económica, las Finanzas Públicas y la Deuda Pública, varios números, Banco de México e INEGI.

La baja captación de ingresos tributarios, hace que se requiera nuevamente de la emisión de deuda para sanear los compromisos previamente adquiridos. De acuerdo a la información que proporciona la OCDE (2012), la recaudación tributaria en México está por debajo del promedio latinoamericano. En México la recaudación total es equivalente a 18.8% del PIB, en América Latina promedia 19.4%, mientras que el cociente de la OCDE es de 33.8%. Erróneamente se ha
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tratado de suplir esta situación con reformas fiscales regresivas, pues no gravan a las grandes fortunas, pero se alcanzan mayores cargas fiscales vía impuestos indirectos, con la creación de nuevos impuestos sobre el flujo de efectivo, lo cual genera graves repercusiones para las pequeñas o medianas empresas, o con tasas impositivas mayores a la producción de hidrocarburos. La actual política de equilibrio fiscal, hace que el superávit fiscal primario se convierta en la garantía de que el Estado cuenta con los suficientes recursos para saldar sus compromisos con el capital financiero. Esto determina que el gasto público ya no se ejecute en base a metas de crecimiento económico o beneficio social, sino como un pilar para la atracción de capitales especulativos. A este proceso se le denomina financiarización de la economía, es decir, el privilegio de actividades financieras sobre las funciones tradicionales de la economía como lo son la inversión productiva y con ello, la creación de empleos, además de que esto implica el desmantelamiento de la industria nacional y la venta de empresas nacionales al capital foráneo, el cual convierte a las rentables y emblemáticas empresas privadas de capital nacional en subsidiarias que transfieren recursos a las casas matrices. Se estima que entre 2000 y 2012, cerca de 50 grandes empresas que incluyen bancos, cervecerías, tequileras, parques eólicos, comercio minorista, cemento, alimentos, se han vendido al exterior por un monto aproximado de 85 000 millones de dólares, si a este monto se le suma el total de las inversiones realizadas por nacionales en el exterior en el periodo analizado, (cerca de 80 000 millones de dólares), obtenemos un total de 165 000 millones, los cuales representan casi 60% de la inversión extranjera directa que ingresó al

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país en el periodo descrito, es decir, sólo un porcentaje mínimo de la inversión foránea permanece en la economía nacional.

A manera de conclusión Los resultados del modelo neoliberal aplicado en México confirman la naturaleza excluyente de esta estrategia económica basada en la libertad del mercado y la privatización y mercantilización de las demandas sociales, dando paso a un Estado de tipo gerencial que más allá de reducirse como lo proponen los ideólogos neoliberales, se ha convertido en una poderosa agencia de control y promoción de las estrategias de las grandes corporaciones. Además, al poseer el aparato de represión policial y militar, las protestas sociales que afectan los intereses de las corporaciones han logrado ser sometidas e impuestas. Por esta razón, resulta erróneo afirmar que con el neoliberalismo el Estado tiende a su progresiva desaparición. Es más asertivo señalar, que el modelo requiere del Estado para imponer los objetivos del capital privado. Es por ello, que los grandes logros sociales heredados de la revolución y del cardenismo, se han modificados sustancialmente en claro perjuicio de la sociedad. Los años venideros permiten pronosticar que el modelo económico no se modificará y por el contrario, terminará por traspasar al capital privado toda la infraestructura pública que aún subsiste. Lo cierto es que el modelo no logró dinamizar a la economía, persiste un agudo déficit de empleo y pese al aparente control de los precios, algunos de los insumos básicos para el consumo de las familias han enfrentado una escala que genera una agresiva pérdida en el poder adquisitivo.
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A estos aspectos, debe señalarse la inserción subordinada y dependiente de la economía a la globalización, lo cual convirtió a la economía en una especie de subsidiaria del capital trasnacional, mismo que obtiene grandes ganancias que en limitadas ocasiones es reinvertido en el país. Además, estas empresas se han apoderado progresivamente de las pocas corporaciones mexicanas que lograron su internacionalización. Esto afecta incluso a niveles culturales, pues el consumo y las formas tradicionales de vida y socialización se han modificado al desaparecer las firmas que abastecían al mercado interno. Es evidente que el neoliberalismo es algo que va más allá de un modelo económico, se trata de la construcción de un tipo de sociedad basada en el individualismo, la mercantilización y el endeudamiento (a consecuencia del aniquilamiento del poder adquisitivo y de la capacidad de ahorro) como formas de vida “apropiadas”. La economía y la sociedad mexicana no escapan a ello. En los años venideros deberá derribarse el fundamentalismo que afirma que en el libre mercado cualquier persona tiene la posibilidad der ser prospera. Cualquiera, pero no todos, sólo algunos elegidos, los cuales han pasado a controlar al Estado. No se trata de los políticos, sino de las corporaciones trasnacionales que son quienes en realidad dominan e imponen el modelo afín a sus intereses.

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