LA CENTRALIDAD DE LA POLITICA EN LA ACCION REVOLUCIONARIA

Introducción

José Cotán Rodríguez, octubre-noviembre 1998.

EL PESADO LASTRE DE UNA CONCIENCIA LOCALISTA
De la sugerencia de algunos compañeros, surgió la idea de organizar y difundir ciertos planteamientos que hiciéramos en la última Evaluación Político-Orgánica. Si a eso le sumamos la precaria discusión política que anida en nuestras bases, hay razones de sobra para intentar estas notas. No es que no haya discusión. De hecho la hay. El problema es su calidad, sus temas, su alcance, sus fines. El debate que predomina se centra en temas locales, sean referidos a la intervención o a la construcción orgánica local. Son disquisiciones que raramente rebasan el entorno inmediato en que actúan nuestras bases. Lo que es, a fin de cuentas, un reflejo del tipo de práctica que desarrollamos en forma predominante, de marcado carácter localista. En cambio el examen de la dinámica política nacional, incluso sin ir tan lejos, el examen de los propios problemas globales del sector social concreto, no reciben una atención parecida a la que captan los temas locales. Esto llega muchas veces a un punto que entrampa la articulación de una visión global de la lucha política de clases, tanto en su expresión sectorial como nacional propiamente tal. La propia necesidad de forjar una visión política global llega a veces a ser cuestionada. Otro tanto ocurre cuando se trata de reflexionar de una manera global sobre la realidad interna de nuestra organización. Ahí también aparecen los problemas locales tratando de copar el centro de todo debate. Este folleto busca instalar ciertos elementos políticos en la reflexión y la discusión que existe al interior de nuestra organización, a fin de ingresar en una fase su construcción en la que la política ocupe el centro de toda nuestra actividad. Eso significa -entre otras cosas- construir nuestras definiciones para la acción inmediata, a través de un ejercicio que integre la perspectiva de nuestra táctica general con una visión global del escenario político inmediato. Ese es un ejercicio esencialmente político, en el cual nuestra acción inmediata se concibe a partir del análisis de la totalidad de la lucha política de clases, captando los requerimientos y posibilidades que plantea al proyecto revolucionario. El modo en que comúnmente se define nuestra acción está bastante lejos de seguir ese camino. Nuestra discusión más bien se distrae en problemas de “procedimiento orgánico”, en temas propios de las localidades, o bien en diseñar dinámicas puramente agitativas que no estabilizan una línea de acción política. Frente a esto es preciso recuperar la centralidad de la política para nuestra discusión, es decir, para la forma en que definimos nuestra acción concreta. Ello es hoy más urgente aún. El problema actual es prepararnos para encarar el nuevo ciclo de luchas políticas que se viene abriendo. Pero no se percibe este nuevo ciclo, y por tanto menos se captan los requerimientos y las posibilidades que tenemos por delante. Esto es producto, fundamentalmente, de lo insuficientemente politizada que está nuestra discusión y acción, en definitiva nuestra actitud. De ahí la urgencia de alentar y articular la discusión acerca de los problemas globales que afectan nuestra lucha. Para cumplir con esto, intentaré establecer la forma en que esas cuestiones globales inciden en nuestro accionar, ése que muchas veces en una tramposa apariencia se presenta en forma “independiente” de los problemas más generales de la lucha política. De tal suerte, al menos dos grandes dificultades debemos enfrentar para elevar el alcance de nuestro debate. Una, la escasa voluntad de armarnos de una visión que permita captar las exigencias concretas que plantea la dinámica política nacional al empeño revolucionario, es decir, no sólo esas exigencias generales de tipo moral, de las cuales a menudo se sabe más, sino de aquellas concretas e inmediatas, cuya resolución en cada etapa de lucha es lo que en definitiva va construyendo objetivamente a nuestra fuerza como alternativa de poder. El mentado largo alcance se forja todos los días, en las condiciones

inmediatas. Si se ignora esto el “largo alcance” se convierte en un fantasma, no llega nunca, aún cuando todo el presente lo pasemos preocupados de él. De ahí la necesidad para los revolucionarios de saber interpretar el presente inmediato, en una dirección que haga avanzar las cosas hacia las metas máximas de poder. La otra dificultad radica en la falta de un esfuerzo colectivo por articular una mirada general sobre los problemas de la construcción de la organización política y nuestras formas de acción general. Sólo una visión global sobre nuestra acción, que supere las visiones parciales y localistas, puede llevarnos a detectar lo central de nuestros aciertos y problemas. Sólo esa visión global nos permite, entonces, priorizar y concentrar el esfuerzo total de nuestras energías. Y esa mirada general y colectiva aún no la logramos construir. Estas dos grandes dificultades son, si se quiere, partes de una sola: la falta de politización de nuestras bases. De ahí que no sea casualidad que ambas se presenten juntas. Ambas tienen que ver con el hecho que entre nosotros predomine mayormente una conciencia localista, que traba el desarrollo político y orgánico. Esa es la causa principal -no la única- de la dispersión tanto política como orgánica con la que aún cargamos. Lo que a fin de cuentas refleja la insuficiente comprensión que aún tenemos colectivamente de la centralidad de la política, como condición esencial en la construcción de la organización, de nuestra acción y reflexión, de nuestra construcción como revolucionarios. La política no puede ser sino global, algo que abarca a toda la sociedad y a la dirección en que se mueve, al sentido que asume su desenvolvimiento general. Sólo en función de esa marcha global y de disputar su dirección, tienen sentido cada una de nuestras diferentes acciones específicas.

I. ACERCA DEL ANÁLISIS DE LA LUCHA POLÍTICA Y LA ACCIÓN REVOLUCIONARIA
Ahora bien, si por un lado no se percibe la importancia de la dinámica política general, como un elemento que incide de manera fundamental en nuestra práctica de lucha cotidiana; de otro, nos enfrentamos a la extendida práctica de delegar el “análisis político” a personas “preparadas” profesionalmente, a técnicos. Producto de esa creencia el militante que sustenta la práctica política concreta, se libera -o cree liberarse- de la tarea de pensar la lucha política en términos globales.

¿Es el análisis político una cuestión técnica?
Desde las exigencias que impone nuestra perspectiva revolucionaria, el examen de la dinámica política nacional no puede realizarse en una forma técnica y académica, en el sentido que lo hacen economistas, sociólogos, filósofos, constitucionalistas... ¡hasta un psiquiatra anda ahora haciendo vaticinios! Si eso fuese posible, entonces podríamos ahorrarnos tranquilamente el complejo problema de la construcción de una dirección estratégica de la lucha de clases, y reemplazarlo por la mucho más fácil orquestación de un puñado de buenos profesionales. Empero lejos de eso, el examen de la dinámica política nacional tenemos que realizarlo bajo una mirada que vaya estableciendo las necesidades que en cada situación aparecen planteadas para la acción revolucionaria. Y eso no tiene mucho de técnico, sino implica construir una mirada que es fundamentalmente política. El carácter político es su principal rasgo, y en torno a él se organizan todos los demás elementos de apoyo, entre ellos, los elementos que aporta la mirada profesional o técnica. Esos factores han de aportar del mismo modo en que también es imprescindible que lo hagan a la construcción del análisis político general los dirigentes sociales, que perciben el impacto de la dinámica nacional en las bases sociales, en sus ritmos, disposición de lucha y

niveles de organización concretos. De esta forma, el análisis de la dinámica política nacional tiene que nutrirse de un conjunto de elementos que con creces rebasan el simple examen técnico. Es un análisis que sólo lo puede realizar una organización política. Lo deben sintetizar sus cuadros conductores, pero a condición de estar inmersos en su actividad, y ésta a su vez sólidamente enraizada en diversas experiencias sociales y políticas, ligada a la práctica política de masas. De ahí esa clásica definición de la organización política revolucionaria como un “intelectual colectivo”. En razón de que en su interior han de sintetizarse variados conocimientos parciales y subjetivos, mediante una reflexión colectiva capaz de superar las miradas unilaterales y sectoriales, en un proceso de conformación de un análisis global que permita orientar la acción política general de los revolucionarios, instalando en los diferentes escenarios de la lucha de clases las orientaciones revolucionarias en cada momento político. Entonces, muy por el contrario de lo que en estos tiempos de oscurantismo y despolitización propugna a cuatro vientos el enemigo, el análisis de la situación política no es, en ningún caso, una cuestión técnica. Es una cuestión esencialmente política. Precisamente desconocer esto es lo que lleva a reverenciar la figura de intelectuales en grupos o dispersos, pero desligados de los problemas de la práctica política, es decir, de la intervención en la lucha popular y de la construcción de la organización política. Ignorar la centralidad de la visión política con que ha de nutrirse la conducción de las luchas populares, ha llevado ya en incontables experiencias en nuestro país a traspasar la labor de definición de la política a seguir a grupos intelectuales desligados del quehacer concreto, tanto de la intervención en la lucha popular como de la construcción de la organización política. Se evade la tarea de forjar esas capacidades al calor de la lucha misma, y se la entrega a este tipo de grupos para que “ejerzan la conducción” en virtud de sus “claridades”, que no son más -y no pueden ser otra cosa- que abstracciones. Precisamente el capitalismo, como parte de la dominación que ha instaurado por siglos, se ha esforzado en separar a la “ciencia” de la práctica política. Mal podemos en el empeño revolucionario acatar esa astuta instrucción de la dominación enemiga, que tan buenos resultados le prodiga en la sociedad en general al separar la acción del “conocimiento”. Estamos ante una cuestión que desde la dominación burguesa, ha penetrado y marcado a la izquierda chilena a lo largo de su historia. Incluso ha cruzado a buena parte de la historia del marxismo como tal. Como ha venido señalando hace unos años Perry Anderson, en la senda del marxismo occidental (o sea de aquél que se desarrolla fuera de lo que se conoció como campo socialista) la extirpe de intelectuales políticos como Lenin, Trotsky y Gramsci prácticamente no se ha vuelto a ver desde finales de los años veinte. De ahí en adelante, incluidos los años sesentas aparentemente tan revolucionarios para el marxismo, se va arraigando una ruta que distancia a los “intelectuales marxistas” de las complejidades de la lucha política, de las tareas de conducción política de la lucha de clases. Es un marxismo crecientemente desentendido de la construcción de la estrategia y la táctica, que guíen en forma concreta a la práctica política revolucionaria. El viejo Anderson ha realizado un importante balance histórico del marxismo occidental, donde expone su progresivo distanciamiento de la tradición clásica. Detengámonos un momento en esto, pues aquí anida una importante fuente de confusiones y endiosamientos de la práctica marxista intelectual alejada de la lucha política. El marxismo clásico, es decir, el que forjan los propios Marx y Engels, luego Labriola, Mehering, Kautsky y Plejanov, y posteriormente Lenin, Luxemburgo, Hilferding, Trotsky, Bauer, Preobrazhensky, Bujarin, entre otros, está construido por figuras directamente ligadas a la lucha política. Más aún, la mayoría está vinculada a los problemas de la lucha obrera y de masas en general, y a la construcción de la organización política. Como se sabe, esas figuras representan diferentes concepciones y actitudes políticas (incluso algunos acabarán renegando de la lucha

revolucionaria), pero más allá de eso, es claro que en la tradición clásica se trata de luchadores políticos que asumen como parte de ello la tarea intelectual. Están abocados a caracterizar las transformaciones que ha sufrido el modo de producción capitalista, sobre todo con la creciente gravitación de monopolios e imperialismos, fenómenos posteriores a los trabajos de Marx. Junto a ese pensamiento económico marxista surge con no menos fuerza una teoría política marxista, para la cual Marx y Engels dejan sólo rudimentos muy básicos. El auge de los partidos obreros en Europa central y de las rebeliones populares en Europa oriental crearon las condiciones para esta teoría, basada directamente en las luchas obreras y de masas. Por eso es una teoría que nace integrada en las organizaciones políticas. Si bien es principalmente Lenin quien sistematiza una teoría política marxista de la lucha de clases, sobre todo en el aspecto organizativo y táctico, ello ocurre en un ambiente en que los cuadros más lúcidos del pensamiento marxista están mayormente abocados a desentrañar la complejidad de la lucha política de clases. Es una amplia discusión, que concentra la producción intelectual marxista en torno a temas como las formas de combinación de la propaganda y la agitación, de dirección de huelgas y manifestaciones, de articulación de alianzas sociales, de construcción de la organización política, de interpretar las coyunturas nacionales e internacionales, de caracterizar las desviaciones, de emplear los espacios parlamentarios, de preparar alzamientos insurreccionales. Igualmente se ocupa de la crítica a la democracia capitalista. Es una vocación por practicar lo que Lenin llamaba “análisis concreto de la situación concreta”, ejercicio del que provenía “el alma viviente del marxismo”. En cambio la siguiente generación de marxistas, hija de las derrotas de las luchas obreras y populares que siguen al triunfo revolucionario ruso, lleva una senda diferente. Tras las derrotas de los años veinte, vastos sectores de la socialdemocracia giran a la derecha, mientras en la III Internacional se impone el control estalinista. Cercada entre el reformismo de la socialdemocracia y el control estalinista, la teoría política marxista se apagaba. Como se sabe, pese a las derrotas obreras y populares, en esas décadas el capitalismo vive momentos de inestabilidad, marcados por crisis económicas, guerras mundiales y el auge de regímenes fascistas. Pero luego vendrá una inédita estabilización de la democracia parlamentaria en el capitalismo industrializado, y la fase de expansión económica más rápida y prolongada de su historia. En tal escenario, el marxismo seguirá un rumbo muy distinto a la ruta politizada y revolucionaria de la tradición clásica. Ahora son figuras como Lukács, Korsch, Gramsci, Benjamin, Horkheimer, Della Volpe, Marcuse, Lefebvre, Adorno, Sartre, Goldmann, Althusser, Colletti, Fromm, Reich, entre otros. Exceptuando a Gramsci, el rasgo más relevante de esta generación de intelectuales es el divorcio entre ese marxismo y la práctica política. En palabras de Anderson, “la unidad orgánica entre teoría y práctica realizada en la generación clásica de marxistas anteriores a la I Guerra Mundial, quienes desempeñaron una función política y una función intelectual inseparables (...) iba a romperse cada vez más en el medio siglo que va de 1918 a 1968”. La instalación en la década de 1930 de un centro académico para la investigación marxista, la conocida Escuela de Frankfort, marca un hito en ese viraje de la práctica política. El marxismo adopta por primera vez en su historia una forma académica, y la elaboración y el debate se inclina hacia una recuperación de la agudeza filosófica del materialismo de Marx, que a juicio de estas nuevas figuras, había quedado demasiado relegado. Con Horkheimer, Marcuse y Adorno en sus inicios, predomina un escepticismo sobre las posibilidades de la lucha de clases -¡que parecido a nuestra actualidad!- que instala una creciente despolitización del marxismo. En Francia, inicialmente Lefebvre, y luego Sartre, Merleau-Ponty y De Beauvoir, siguen un camino parecido, con el toque particular de incorporar la influencia del surrealismo e incluso del existencialismo. Es en general un marxismo que aparece

abocado a las “contribuciones” filosóficas, literarias y culturales en general, estéticas, antropológicas, psicológicas y psicoanalíticas, donde el amor y la sexualidad ocuparan un sitial importante; y desde ahí se tratará la incidencia de estas cuestiones en la ideología. Es un análisis mayormente centrado en los procesos culturales en las esferas más altas de las superestructuras (y con eso no poco ocupado de los problemas de las elites). Sin asumir directamente la práctica política, muchos de estos intelectuales se pronunciarán constantemente sobre los conflictos de su época -las guerras, la pugna chino-soviética, mayo 68, Viet-Nam, etc.-, instalando un estilo en el que resulta de “gran importancia” tener posición para todo, nublándose con esto el hecho mucho más trascendental del distanciamiento de la teoría marxista y la práctica política. Más cercana a las estructuras del PCF es la obra de Althusser, pero no por eso escapa a esta tendencia. Similar será la ruta del filósofo italiano Della Volpe y sus seguidores, como Colletti y Cerroni. Ya antes, figuras tan diferentes como Rosa Luxemburgo y el propio Kautsky se habían burlado de los “socialistas de cátedra”. Ahora esa es la norma. Aún aquellos intelectuales marxistas desligados de los centros académicos, llevarán -como Sartre en su etapa de madurez- una vida de escritor. De tal suerte, entre 1924 y 1968 el marxismo no se detiene, pero avanza por un rumbo alejado de toda práctica política revolucionaria. Es el marxismo del fracaso de la revolución socialista fuera de Rusia y de su corrupción dentro de Rusia. Contrario a lo que se cree muchas veces es -visto desde una perspectiva revolucionaria- una época de estancamiento del marxismo y no de “ampliación” a través de un supuesto avance por otras áreas. Más bien arroja silencio sobre cuestiones que habían sido las más importantes para la tradición clásica: el examen del capitalismo como modo de producción, el análisis de la maquinaria política del Estado burgués, y la estrategia de la lucha de clases necesaria para derrocarlo. Gramsci es la única excepción (como se sabe, es el único caso en que la pérdida del vínculo con la práctica política correrá a manos directas de la represión); y no es casual que, a diferencia del resto, sobre su obra se empeñará especialmente la socialdemocracia a fin de distorsionarla. En el análisis económico marxista pudiera mencionarse la obra de Sweezy y Baran; sin embargo, es bien conocido su abandono de los términos y procedimientos del marxismo clásico, y su acercamiento -no adopción- a la doctrina keynesiana. No se enfrentan los problemas nuevos para el marxismo: la democracia representativa, como forma madura del poder burgués, y las transformaciones que produjo el rápido avance de la economía capitalista mundial en esas décadas. No fueron recogidos en la elaboración de una teoría política. Marx no vivió para ver la realización de estos factores, y Lenin enfrentó un Estado muy distinto. De modo que será una laguna dentro del marxismo de occidente; tampoco el marxismo bajo control soviético elabora gran cosa al respecto. Los grandes análisis económicos del capitalismo en una línea marxista casi desaparecieron tras la gran depresión de fines de los años veinte; el análisis político del Estado burgués hace otro tanto después de la obra de Gramsci; la discusión estratégica de las vías realizables de transformación revolucionaria se anulan casi por completo. La teoría marxista, bajo una ausencia de lazos que hubieran de unirla a un movimiento popular en favor de la transformación revolucionaria, acaba desplazada de sus focos principales de construcción: de la economía y la política hacia la filosofía, y de las organizaciones populares y políticas a los centros académicos. Si Marx había desarrollado un largo camino desde la filosofía a la economía y la política, en estas décadas el marxismo invertía esa ruta, para centrarse ahora en las cuestiones de “método”. Y junto a eso, se va imponiendo un lenguaje extravagante en las formas de exposición del marxismo de esos años. Lo que refleja un abismo creciente entre el pensamiento marxista y los cursos de la revolución popular. Si bien este fenómeno -que aquí reseñamos sólo en un esbozo general- es aún más complejo, lo que nos interesa destacar es que el divorcio entre intelectualidad marxista y práctica política, conduce a una progresiva despolitización del marxismo, y a su elitización creciente. Sin embargo, frente a eso no

surgió una crítica; más bien esto se nubló en medio de una adoración de sus figuras más destacadas. A fin de no crear confusiones, algunos casos merecen mención aparte, pero no implican la alteración de esa ruta general. Uno de estos, es la excepción teórica -más que práctica- de la penetrante obra de Trotsky en esos años, dirigida al movimiento obrero internacional y centrada en los problemas del derrocamiento del capitalismo a escala mundial; pero no tendrá un peso determinante en el marxismo de occidente, menos aún en el “marxismo-leninismo” soviético. Será más bien un derrotero perseguido, aislado y, entre sus seguidores, dividido y distorsionado. Contando a Mandel -de sus más lúcidos seguidores- resulta una tradición que se centró en la política y la economía. Es la gran tradición de oposición al estalinismo, que aunque marginada sobrevivirá, pero sin una clara solución de continuidad con el marxismo clásico, sino más bien con pesadas dosis de conservadurismo en el que su defensa a ultranza de un pasado diferente la llevan a estancarse. Una actitud de “consecuencia” conservadora que degenera el propio espíritu de la obra y lucha de Trotski, reducido a insistir en contenidos clásicos, incluso manteniendo sus formas, ante la incapacidad de reactualizar sus fundamentos en la cambiada y compleja realidad. De ahí que -como analizamos más adelante- los necesarios esfuerzos de conducción política revolucionaria, se diluyen a manos de una práctica de agitación de contenidos generales, muchas veces descontextualizados, como toda muestra posible de “consecuencia”. El otro caso es el marxismo inglés, que sigue planteando los problemas más decisivos de la teoría marxista, pero quedando sin respuestas. Es la obra de Dobb, Thompson, Hobsbawm, Hill, Rudé, del propio Anderson, entre otros, pero sin un impacto comparable al copamiento filosófico del marxismo francés, alemán e italiano. Estas excepciones -relativas, por cierto, comparadas con la tradición clásica- no alcanzan a alterar la marcha que lleva a una progresiva despolitización del marxismo. Sin embargo se trata de un marxismo admirado, sobre todo entre los cuadros de izquierda que salen de las universidades. Muchas veces se le profesa ingenuamente una adhesión, mediante declaraciones de fe al “marxismo” e incluso al rótulo estalinista de “marxismo-leninismo”, como si eso resolviera algo en un proceso más complejo y menos homogéneo de lo que tales simplismos suponen. Hacia fines de los años sesentas e inicios de los setentas, con el nuevo despertar de las revueltas de masas en Europa, termina aquél ciclo del “marxismo occidental” y surge una nueva atención por lo concreto. Ahora son entre otros Mandel, Braverman, Amin e incluso Aglietta en el análisis del desarrollo económico del capitalismo; Poulantzas, Miliband, Offe, Therborn en el análisis de las estructuras políticas; Olin Wright en el análisis de las clases sociales; Williams y Cohen en las cuestiones filosóficas y culturales. Pero es un cambio relativo con el marxismo precedente, que guarda importantes influencias de aquél. Los historiadores marxistas ingleses continuarán su obra, logrando mayor gravitación en la discusión marxista; así como los norteamericanos Wallerstein y Brenner. Pero la reunificación de la teoría marxista y la práctica en un movimiento revolucionario de masas no se materializa. El resultado intelectual es, inevitablemente, la ausencia de un auténtico pensamiento estratégico, es decir de la elaboración de una perspectiva concreta y realizable de transformación revolucionaria de la sociedad capitalista. En esos años algunas de figuras de la horneada anterior giran hacia una crítica del marxismo (Sartre, Colletti y Glucksmann por ejemplo). El influyente marxismo francés, recurrentemente ocupado de la relación entre estructura y sujeto, da lugar con la caída del estructuralismo a una elaboración difícil de agrupar, ya mucho más distanciada del marxismo clásico. Son Foucault, Lacan, Derrida, Deleuze, Guattari, Barthes entre otros. Es un postestructuralismo hijo de la desmoralización y el repliegue del marxismo en Francia, y de la derrota de la revuelta del 68. Una “subasta subjetivista” dice el viejo Anderson, que pasa de la imagen rígida de las estructuras “objetivas” prácticamente

independientes del juego de los sujetos, a un “subjetivismo sin sujeto”. En Alemania la herencia apolítica de la Escuela de Frankfort continúa fundamentalmente en la obra de Habermas, también en un giro “crítico” parecido e híbrido. La problemática del lenguaje ahora adquiere gran centralidad. Si bien es el trotskismo en estos años quien responde más claramente y desmantela las argumentaciones reformistas -del “eurocomunismo” por ejemplo- eso no va unido a la construcción de un proyecto alternativo para la derrota del capitalismo. Su incapacidad proviene de su excesiva adhesión imaginaria al modelo revolucionario ruso, realizado contra una monarquía feudal -la autocracia de la que hablaba Lenin- demasiado lejana de las estructuras de la democracia capitalista. Así, esa elaboración no rebasa el debate teórico “consecuente”, dada su escasez de recursos estratégicos para derrocar en su totalidad al orden capitalista. En suma, es una historia en la que marxismo y revolución no siempre han marchado de la mano, sino incluso mutuamente distanciados, en la que lo que se pierde de vista es la centralidad de la política. La separación burguesa entre la labor intelectual y la práctica invade el ámbito de los partidos de izquierda y los movimientos revolucionarios, así como a la propia elaboración del marxismo. A partir de esa desviación se tiende a sustituir la formación política por una formación teórica: la construcción de capacidades de conducción política por una instrucción intelectual. Entonces el manejo de complejas doctrinas pesa más en los liderazgos, que la capacidad de análisis y conducción política frente a las situaciones concretas. Y de esa lectura poco politizada y sobreintelectualizada de la realidad, se pasa mecánicamente a una “acción política” que no es más que agitación de contenidos abstractos, incluso en el caso que sean correctos. No quiere decir todo esto que la pura pertenencia a una organización política o a un pequeño grupo revolucionario basta para garantizar el vínculo de la teoría marxista con la práctica política. Deben existir lazos con las masas reales, con la actividad práctica de las luchas del pueblo. Tampoco basta el lazo con el movimiento de masas, pues éste puede ser reformista: sólo cuando las masas son revolucionarias la teoría puede completar su ligazón a la acción revolucionaria. La emergencia de un movimiento verdaderamente revolucionario en el seno del pueblo lleva a una situación en que la teoría no encuentra ningún antecedente completo y preciso frente a sus propias condiciones histórico-concretas. Toda la experiencia que le precede resulta basamental, y con ello insoslayable, pero no suficiente. En otras palabras, para los revolucionarios, en su mayor parte las cosas no están dichas ni hechas, sino que están por delante. Y las creencias que esperan luz para la acción política desde una intelectualidad marxista desligada de ésta, caerán solas cuando hablen las propias masas revolucionarias, pues los teóricos de este tipo habrán de permanecer inevitablemente en silencio. Valgan unas palabras de Lenin, que luego de este recuento adquieren otro sabor: “ Una acertada teoría revolucionaria sólo se forma de manera definitiva en estrecha conexión con la experiencia práctica de un movimiento verdaderamente de masas y verdaderamente revolucionario ”. Lo dice -hay que señalarlo- en “El 'izquierdismo', enfermedad infantil del comunismo”. De tal suerte, la producción de toda esa pléyade de marxistas difícilmente podemos considerarla una actividad intelectual centrada en construir una estrategia de poder anticapitalista para las condiciones concretas. Su compromiso político suele reducirse a posicionamientos intelectuales ante coyunturas, o bien a una actitud de “no apartarse del marxismo”. No deja de ser un compromiso: muchos de estos intelectuales -sobre todo en América Latina- defienden ese tipo de consecuencia al precio de sus vidas. Pero no basta para convertir la figura del intelectual marxista en individuos a quienes delegar la reflexión general acerca de la lucha de clases, y ni siquiera totalmente la tarea de la producción teórica que requiere la lucha política. En definitiva es más un compromiso moral que político, lo cual se confunde a menudo. Esa consecuencia moral se ejerce desde una función intelectual entendida a fin de

cuentas en un sentido burgués, es decir intelectuales como la sociedad capitalista los ha concebido. Esta crítica, que insiste en la despolitización del marxismo y en la pérdida de su perspectiva de transformación, o sea revolucionaria, no significa que todas las elaboraciones construidas en estos años deban ser mecánicamente rechazadas. Como parte de la historia real del marxismo, han de ser asimiladas bajo estos elementos críticos, es decir, buscando su integración a una perspectiva revolucionaria, particularmente aquella visión más amplia que se construye acerca de los problemas de la ideología. Menos aún intenta esta crítica disminuir el valor de la producción y la lucha teórica, al contrario, dada su importancia se trata de recuperarla como parte de la lucha política. El problema es que se pierde la centralidad de la política en la comprensión de la realidad que nos rodea. Entender la sociedad humana, lo que hace y hacia dónde se dirige, exige descifrar las lógicas de poder que en ella se operan y sus raíces de clases. Desconocer esa centralidad de la construcción de Marx, y tomar elementos sueltos sin este eje ordenador, lleva las cosas a cualquier parte menos a aquella para la cual surgió: lograr transformar revolucionariamente el curso del desarrollo social. ¡Ya alegaba Marx hace más de 150 años sobre esto!: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”. Y toca que dentro de las propias filas del marxismo se ha ignorado aquella advertencia, en sus célebres Tesis sobre Feuerbach. Es, a fin de cuentas, una dirección radicalmente opuesta al pensamiento contemplativo, que asume que el conocimiento de la realidad es importante en la medida que haga transformable esa realidad, que permita incidir en ella y cambiarla. Si hay un ámbito en que no podemos dejar entrar esa poderosa división entre la labor intelectual y la acción “práctica”, que instala la dominación burguesa como una de los pilares de la organización capitalista de la sociedad, es en la lucha política revolucionaria. No se trata de un razonamiento moralista que busca igualar los esfuerzos por un principio de justicia. Ya decía Lenin -en el “¿Qué Hacer?” en forma directa y con poco adorno- que los revolucionarios tenemos que asumir sin complejos el hecho que todos los hombres y sus capacidades no son iguales, y con ello la gran complejidad que significa la construcción de dirigentes, y en particular de una dirección estratégica de la lucha de clases. Luego, más allá de moralismos -muchas veces de raíz más religiosa que marxista- se trata de una razón esencialmente política. Por otros lares, particularmente en el Tercer Mundo, corren en aquellos tiempos las revoluciones populares. Pero excepto la experiencia china y vietnamita, la recuperación del marxismo en el sentido de la tradición clásica, es mayormente ajena a estos procesos. El maoísmo inicialmente aparece como una forma coherente de ruptura con la impronta estalinista, que tienta a muchas figuras del marxismo intelectual, pero pronto se ve como un desenfrenado antisovietismo que, en inicios comprensible, lleva por una senda progresivamente desequilibrada a una relación cada vez más estrecha con el imperialismo norteamericano, llegando a colaborar con aquél en su lucha contra los movimientos de liberación en el Tercer Mundo. Adentro, la Revolución Cultural acaba poniendo en práctica mucho de lo que criticaba al estalinismo. Por otro lado, en América Latina -sobre todo en el sur- se va a seguir más bien el modelo europeo del intelectual marxista académico. La elaboración de la teoría de la dependencia es reflejo de eso, más allá del juicio que merezcan sus conclusiones (que aquí nos alejarían de nuestro tema central). La discusión marxista en América Latina sigue un camino parecido al que hemos venido analizando. De la extirpe de Recabarren, abocado a la construcción del movimiento obrero y de su organización política, el Partido Socialista Obrero de Chile, o de Mella y Mariátegui, combatiendo las tesis reformistas del APRA, organizando la lucha de masas y sus organizaciones políticas, el Partido Comunista Cubano y el Partido Socialista del Perú, respectivamente, no hay mayores prolongaciones como elaboración

marxista. De estos luchadores que elaboran metidos en las honduras de la lucha política y de masas de su tiempo, sumidos en la forja de una organización política para la transformación social, no es posible encontrar muchos ejemplos similares en las décadas venideras entre la larga lista de destacados intelectuales marxistas latinoamericanos. Tampoco, por otro lado, entre los dirigentes políticos revolucionarios es posible encontrar una vocación predominante por asumir en sus propias manos la necesaria continuidad en la elaboración marxista e ideológica en general: al respeto, la obra del Ché, de Carlos Fonseca o de Miguel Enríquez, son excepcionales frente a la costumbre más común de delegar dicha elaboración en las figuras intelectuales del marxismo latinoamericano. Valga reiterar que no estamos realizando aquí un juicio sobre las conclusiones de las obras de esos intelectuales. Sino de insistir en que se trata mayormente de una reflexión -incluso de conclusiones “políticas”- que no están directamente forjadas en torno a las condiciones de la lucha de clases, sino las más de las veces a partir de cálculos abstractos anclados en determinismos económicos de tipo estructuralista. Es un intelectual marxista desligado de los problemas concretos de la construcción de la conducción política revolucionaria en la lucha de clases, más bien absorbido en disquisiciones programáticas -no estratégicas como se cree a veces- o bien en la “producción” de una justificación teórica para diversas tácticas y planes políticos. De ahí que se haya arraigado con tanta fuerza hasta hoy esa ingenua idea de “convocar al pueblo” a través de una acción centrada en elaborar programas. Recurramos nuevamente a una idea leninista: no se trata tan sólo de construir políticas para situaciones de masas, sino también de construir esas situaciones mismas. Es una advertencia característica de su pensamiento y su acción, muy válida para nuestra actualidad. Pues al ignorarla, se impone sin resistencia la lógica que separa la “reflexión política” de la práctica política en el seno del pueblo, y se legitima la producción puramente intelectual de programas. De ahí que haya que combatir la separación entre el trabajo de análisis y definición política por un lado, y el de conducción concreta y de construcción de las situaciones de masas por otro. Combatir los empeños de “conducción” centrados solamente en elaborar políticas para las “estampidas” o para “capturar los descontentos”. Hay una gran distancia entre interpretar descontentos y lograr conducir a las masas. Por lo demás, para que esos programas cobren existencia política real, para que prendan en importantes sectores y con eso incidan en las correlaciones de fuerzas, no se pueden articular desde reflexiones académicas o de un puñado de profesionales sino a partir de un análisis de la situación concreta -la situación del enemigo, los niveles de organización, de conciencia y disposición de lucha en diferentes sectores populares, etc.- realizado bajo una mirada ligada a la práctica política, que permita definir las líneas programáticas en relación estrecha con los pasos a dar en las luchas concretas. Pero esto sólo es posible a partir de una conciencia clara de la centralidad de la política en la reflexión y la construcción del tipo de conocimiento que necesitamos para orientar nuestra acción.

El militante revolucionario y el análisis político
De tal modo, para poder orientar el conjunto de la acción revolucionaria, o sea para poder organizar en una perspectiva coherente tanto aquella acción de carácter general como los esfuerzos realizados en las localidades, resulta central el examen de la dinámica política general en que está inserto el esfuerzo revolucionario. El abandono de esta actividad de análisis en la organización política revolucionaria, su abandono entre sus dirigentes y activistas sociales y políticos, o bien el restarle importancia y traspasarla a “cuadros intelectuales” sin una ligazón directa con la práctica política y de masas, conduce a extravíos en la reflexión como los que hemos mencionado en la elaboración marxista. La dinámica política general de la lucha de clases impacta en variadas formas en los procesos de reconstrucción del movimiento popular, e incluso en la propia conformación de la organización política revolucionaria, sin embargo esta es una cuestión que a menudo se ignora o se le resta importancia.

Además de los “extravíos” que hemos venido señalando, que se refieren fundamentalmente a las “elites intelectuales y políticas” de la izquierda, este abandono de la centralidad que debe tener la política en la reflexión que orienta la práctica revolucionaria, es también un problema que existe comúnmente en el seno de los militantes revolucionarios de base. Claro que bajo otra forma. Precisamente hoy resulta de gran importancia examinar algunos cambios que se han venido produciendo en el entramado de la lucha política de clases en Chile, y requieren ser analizados para sacar las conclusiones que nos permitan dirigir la acción revolucionaria inmediata en forma acertada. Sin embargo esos cambios se tienden a ignorar en los círculos revolucionarios actuales, y con eso las exigencias que plantean. Es fundamental situar correctamente la real magnitud de los cambios que se producen en la situación política. Sucede a menudo que, o se les desconoce bajo la idea de que “todo sigue igual” o bien se exageran a partir de su impacto en un sector muy específico de la sociedad. Magnificar estos cambios y procesos es un tipo de error en que fácilmente puede caer el análisis político, sobre todo cuando no existen buenas vinculaciones con las situaciones que se producen en los diferentes sectores y escenarios, tanto políticos como sociales, por lo que se carece de un conocimiento directo suficiente. En cambio el otro tipo de error, es decir aquél que ignora los cambios políticos, que se resiste a percibirlos y a analizarlos porque les resta importancia, indica más bien un tipo de mentalidad ajena a la organización política; o si se prefiere, indica una mentalidad insuficientemente preparada para formar parte de la reflexión y la acción de una organización política revolucionaria, pues indica una visión en la que los cambios políticos se tienden a percibir sólo cuando ya son procesos conformados y generalizados, y por esa razón, no se trata entonces de una actitud orientada por una intención de anticiparse a los acontecimientos políticos para incidir en su curso. Al contrario, consiste más bien en un tipo de visión conformada principalmente a partir de percepciones personales y casi siempre fundadas sólo en la interacción con el entorno inmediato, por lo que resulta poco politizada en el sentido de su escasa disposición a construirse como un pensamiento político colectivo, acerca de la totalidad de las correlaciones de fuerzas que en cada momento de la lucha política de clases se establecen entre las fuerzas en pugna. Esta visión no es propia de una actitud de conducción política. Corresponde a una actitud pasiva frente a la lucha política, que apuesta más bien -conciente o inconcientemente- a esperar los acontecimientos y a ser conducida. Por esto es impropia de la organización política y como tal de la militancia política; o si se quiere -viendo las cosas en una dinámica de formación- es una visión y una actitud insuficientemente preparada para una militancia política conciente y activa. Esta no es una cuestión trivial, como pudiera pensarse. Las confusiones que rondan alrededor de estos problemas tienen que ver con que se trata de algo complejo y de gran importancia para la lucha política en general, sea tanto para el empeño revolucionario como para las fuerzas abocadas a defender el capitalismo. Porque no son “confusiones” que surgen espontáneamente, sino que son el resultado de construcciones ideológicas, de formas de ver el mundo cuyas raíces anidan en los procesos de dominación. Ese tipo de actitudes responden a una característica muy esencial al capitalismo, a un tipo de mentalidad que la dominación capitalista produce y estimula. Es una forma de ver los acontecimientos que ocurren en la sociedad en la que, al quedar opacadas por el brillo enceguecedor de las cosas más espectaculares, se ignoran las relaciones políticas de fuerzas, los hechos y las situaciones más esenciales del poder en la lucha política de clases. Es la construcción de una visión y con ello de una actitud, que no se preocupa por captar la totalidad de las relaciones de poder, que no se plantea la necesidad de asimilar la lucha política en su conjunto, antes de definir qué hacer. Es entonces una visión -muy extendida, predominante- que ignora las distintas formas concretas en que esos procesos

afectan a las bases sociales, a los dominados en general. Es a fin de cuentas una visión que está marcada por la concepción burguesa acerca de la política, que la aleja con mil artimañas hacia las alturas para que no la asuman directamente en sus manos las bases sociales. Como señalaba Marx y el propio Lenin insistía cada vez que podía hacerlo, las ideas dominantes en cada etapa histórica son las ideas de las clases en ese momento dominantes. Lo que quiere decir que la propia visión acerca de las luchas populares no está ajena a eso. Se trata de una cuestión tan poderosa -del poder de las clases dominantes como tal- que no resulta fácil escaparle. Sin embargo es un error extendido, sobre todo en círculos sobreideologizados de izquierda, creerse inmunes al poder ideológico de las clases dominantes gracias al manejo de unas cuantas verdades teórico-abstractas. Mala cosa esa: no hay peor problema que el que no se advierte, porque más lejos se está de poder combatirlo. Parangonando el conocido análisis de Marx sobre el fetichismo de la mercancía, diríamos que en este caso se trata de un fetichismo de la política. El viejo Marx mostraba cómo el capital forja un espejismo fantasioso de las relaciones económicas, en el que tramposamente aparecen como lo más importante las mercancías y los medios de intercambio (el dinero sobre todo). Es una visión dominante en la sociedad, que la formatea culturalmente para el funcionamiento capitalista. Pero para ver más allá de ese espejismo Marx tuvo que diferenciar los procesos de formación del capital, de aquellos de realización del capital como tal. De esta manera más allá de las cosas -los productos, el dinero, etc.que acaparan la visión superficial, en el cuadro de la realidad que Marx traza cobran relevancia las relaciones sociales que están situadas en la base de los procesos de formación del capital. La mirada se aparta de los objetos y de su brillo enceguecedor, para entrar a develar el carácter más profundo de esas relaciones sociales, con lo cual centra la reflexión en la realidad de los hombres y mujeres que dan vida a las relaciones humanas que impone el capitalismo. Lejos de quedarse en las relaciones mercantiles y de intercambio capitalistas, la mirada entra en una esfera mucho más esencial: el proceso de formación del capital, en el que resultan centrales las relaciones de producción, y desde el cual se gestan las situaciones que luego tendrán su punto de llegada -su realización- en el plano del intercambio, en el mercado. Entonces aparece la importancia fundamental en todo esto de una mercancía muy particular: la fuerza de trabajo. El análisis ya no sitúa lo esencial en el dinero ni en el dominio sobre los productos que se transan en el mercado, sino en las relaciones que entre los hombres se establecen para permitir la producción capitalista, pues sólo a partir de ellas es posible todo lo demás. Así Marx demuestra cómo la mirada que instala el capitalismo lleva a ver la realidad en forma invertida, al centrarse en los medios de intercambio (el oro, el dinero) y las mercancías propiamente tales. De modo que el error que desnuda Marx en lo que llama fetichismo de la mercancía, es el atribuirle a las cosas propiedades que en realidad quienes las poseen son las relaciones sociales, las relaciones humanas respecto de las cuales esas cosas sólo son intermediaciones. En la visión predominante en el capitalismo el oro, el dinero, incluso las armas, aparecen como objetos intrínsecamente portadores de poder, tal como si fuesen las cosas las que dan poder a la gente, con lo cual se les atribuyen propiedades y capacidades que en realidad están en el tipo de relaciones que existen entre los individuos. Lo que parece una relación entre cosas es en realidad una relación social determinada entre los hombres. Esa apariencia de figuras independientes que asumen los productos del trabajo humano es para Marx un fetichismo. Eso de ver cosas donde hay hombres y formas concretas de relación entre ellos, es lo que en el capitalismo proyecta una imagen en la que todo parece quedar bajo una fuerza inhumana, bajo un poder que está más allá de los hombres y de su voluntad, ante el cual sólo queda tratar de adaptarse lo mejor posible. El capital -decía Marx, y gustaba repetir a Lenines a fin de cuentas una relación social, una forma concreta de relación entre los hombres. Se dice fácil, pero descifrarlo implicó una ruptura con el pensamiento dominante en el capitalismo. De ahí su

potencialidad revolucionaria. Marx develaba estas cuestiones en el ámbito de la economía llevando la mirada hacia los procesos sociales que están tras el intercambio de mercancías, o sea a la producción, a la formación misma de la mercancía, más que a sus momentos de realización en el mercado. Ahí aparece el carácter de explotación que asumen las relaciones sociales de producción en el capitalismo, y se esclarece cómo se gesta el poder capitalista en la esfera de la economía. La mirada no va a los procesos de realización de ese poder sino a los de su génesis, de su formación. ¡Pero cuanto se olvida esto! Basta recordar cuánto se esmeran hoy en medir los índices de pobreza, si crecen o no, en un deporte que incluye a la mayoría de los intelectuales de izquierda. Pero según la reflexión que hemos venido haciendo, más que seguir debanándose los sesos en articular cada vez mejores índices para medir cuánta pobreza hay en cada momento, habría que abocarse sin tanto rodeo a descifrar los diversos mecanismos concretos que hoy producen y reproducen esa pobreza. Es decir, hay que reorientar la mirada hacia la gestación de la realidad y dedicarse menos a medir su manifestación. Pero aquél espíritu de izquierda centrado en denunciar los “males del capitalismo” queda prisionero del comportamiento de los “índices de pobreza”, tan propios de cuanto centro u organismo se dedica al tema. Para ellos el objeto de análisis es la realización de la pobreza, no sus procesos de formación concretos. A fin de cuentas se combate el mal en sus excesos pero no en su esencia y su gestación. La de Marx es una mirada enfrentada a la visión dominante que enceguece con el resplandor de los juegos en que acaban -pero no donde se gestan- los procesos de acumulación capitalista. Ahí brillan las cosas y se opacan las relaciones humanas que están en su base. De ahí que predomine en el capitalismo una mirada centrada en los objetos, una visión “cosificada” ha dicho Lukács, que no deja ver con claridad las relaciones sociales, las cuales deben ser a fin de cuentas el objeto principal del análisis social y político. Es una visión dominante que oculta el origen de la acumulación capitalista, cuyo centro está en la explotación de la fuerza de trabajo. Es el reino del fetichismo de la mercancía, en que la relación entre personas se presenta como cosas. Las cosas adquieren una “objetividad ilusoria” dirá Marx, una imagen de independencia y de poder intrínseco -sean dinero, oro, instituciones, leyes, armas, etc.- dando lugar a un “sistema de leyes propio, riguroso, enteramente cerrado y racional en apariencia” dice Lukács, que disimula lo fundamental: el carácter de la relación entre los hombres. Es una cuestión que incluso parte importante de la teoría económica marxista posterior, abstraída cada vez más -como la economía burguesa- en categorías referidas a cantidades de cosas, tenderá a olvidar y relegará entonces lo más importante de cualquier análisis: el ser humano. (Precisamente este es uno de los reclamos más fuertes que hace el Ché en su debate con varios economistas marxistas en los años sesentas). Es de este modo que el mercado, por ejemplo, se presenta como algo que no es posible conocer y controlar completamente, movido por una “mano invisible”, situado más allá de la voluntad de los hombres. Y esa forma de ver la realidad no sólo opera respecto de la economía sino que bajo el capitalismo se expande hacia otras esferas de la vida, porque es uno de los pilares centrales de las formas de conciencia que se forjan bajo su dominio. Lukács señala que la cosificación, como forma de ocultar las relaciones sociales en el capitalismo, es una de las formas predominantes de representación de la realidad en las conciencias, lo cual afecta la manera de ver la realidad económica, política, militar. Es una ideología fetichista, de culto a las cosas. Una fuerza tan ancestral y anterior al capitalismo como es la religión católica, bajo el dominio de éste recurre cada vez más en el curso de la historia a la adoración de objetos, como forma de representar -de “cosificar”- sus identidades y sus postulados. Un ejemplo de ámbitos que nos tocan más de cerca es el fetichismo de las armas en la cultura revolucionaria, como forma de reducir el verdadero sentido de una política y de la acción militar del pueblo. Entonces se reduce muchas veces el carácter de enfrentamiento armado a la presencia de armas

de fuego, o bien se concibe la acumulación de fuerza militar a la posesión creciente de éstas, perdiéndose de vista que las armas de fuego no son lo sustancial en una relación de enfrentamiento, sino la actitud de los que las empuñan. Lo determinante es la actitud de quienes están dispuestos a enfrentarse, porque a partir de eso son capaces de convertir en un arma cualquier objeto que permita mediar efectivamente una relación de enfrentamiento. El carácter de arma no es inherente a un tipo de objetos en particular, sino que puede asumirlo cualquier cosa que intermedie una relación social de enfrentamiento, lo cual depende de los individuos que luchan. Otra cosa es que los poderosos difundan una visión en la que armas son aquellas cosas sobre las cuales ellos poseen un claro monopolio. Entonces lo fundamental en la cuestión militar es la construcción de esa actitud y disposición de lucha, lo cual ya se refiere propiamente a la política. Volvemos entonces a la olvidada centralidad de la política en la acción revolucionaria, porque como se sabe desde la elaboración leninista, la guerra no construye sus propios medios, sino que es la política quien los construye. Es cierto que se trata de una guerra, pero de una guerra entre fuerzas sociales y no entre aparatos armados. Caer en esto último es ver la guerra bajo la visión de los poderosos, y evadir la necesidad de forjar una visión desde la perspectiva de los desposeídos. Pero aún es demasiado común encontrar explicaciones de las derrotas centradas en aspectos técnicos u operativos, metidas de lleno en el deporte del fetichismo de las armas, obviando un análisis político del concierto global de correlaciones de fuerzas en el que se sitúan nuestros esfuerzos de construcción y acumulación. Aún más, en este tipo de visiones arraigadas en la cultura revolucionaria, incluso el sentido de liberación y el de rebeldía terminan reduciéndose a objetos como el arma, en vez de vincularlo a las relaciones sociales, al cambio en las relaciones humanas. Incluso la ética y la moral revolucionarias se reducen a menudo a la relación con estos objetos, dando la espalda a su verdadero sentido referido al carácter de las relaciones humanas y a su transformación. Tal cambio en las relaciones sociales en un sentido progresivo para la especie humana es pues, sin más, la construcción del hombre nuevo. Y como tal una de las metas más difíciles del empeño revolucionario, a la vez que su arma más poderosa. Históricamente la dominación capitalista construye una visión de la realidad centrada en los objetos y los fenómenos de la superficie, y oculta el carácter de las relaciones humanas que hacen posible su poder. Sobre la economía arma una visión centrada en el dinero -el cual monopoliza- que señala que su poder proviene de allí, ocultando su origen en las relaciones sociales de producción. Atrae la vista sobre las armas que monopoliza, las que no bastan para contener a millones de seres dominados, ocultando el papel más importante de sus complejas redes de dominación y disciplinamiento. Asimismo construye una imagen de las luchas de poder centrada en las instituciones y los procesos jurídico-formales, en los que tiene el papel principal, cuando en realidad la verdadera fuente y el escenario constante de su poder político se extiende por toda la sociedad, en las formas que impone a las relaciones entre los individuos. Pero su dinero, esas armas, sus instituciones políticas, no son lo fundamental en las relaciones económicas, militares y políticas. Para destruir el poder del capitalismo hay que dejar de ver sus fuentes con los anteojos que la misma dominación construye; es necesario forjar una visión propia que permita concebir un contrapoder capaz de enfrentarlo en sus bases mismas, en las diversas formas en que organiza las relaciones entre los individuos, lo que no significa otra cosa que construir una fuerza social desde una perspectiva distinta y opuesta a sus ordenamientos sociales y políticos. La imagen dominante sobre la política desvía la mirada desde los procesos de formación o gestación de las situaciones sociales y políticas hacia sus puntos de llegada, hacia sus momentos de realización más espectacular, y quedan en la oscuridad los procesos mediante los cuales se conforman y reproducen las relaciones de poder en la sociedad. Esas relaciones de poder sólo se aprecian cuando son un hecho consumado. Sólo se ven los “hechos” que están en la superficie, pero se ignora su gestación. Los grados de poder parecen instalarse de repente, y para los dominados no queda otra que

adaptarse lo mejor posible a un marco incambiable. Así la formación del poder del enemigo, sus procesos de conformación y acumulación quedan ignorados. Esa es la visión predominante de la lucha política, es decir, se visualiza al poder sólo cuando aparece ejerciéndose en formas impactantes y casi siempre incontestables, pero no se aprecian aquellos procesos de la lucha política cotidiana en que, como sumatoria de múltiples factores y dinámicas específicas, ese poder se forma y se reproduce. La clarificación de los grados y las formas en que constantemente unos grupos sociales y políticos acumulan poder sobre otros, exige realizar un análisis político general, que integre las distintas correlaciones de fuerzas, lo que ocurre en diversos escenarios sociales y políticos, y sólo se puede concluir y apreciar la tendencia global de todos esos procesos después de articular una mirada sobre la totalidad de la lucha política de clases. Sólo a partir de ese análisis permanente, de esa percepción global de las relaciones de poder, de la percepción de la fuerza y las necesidades que en cada momento tienen los diferentes actores de la lucha política de clases, es que debe definirse la conducta concreta a seguir por la fuerza revolucionaria. En la visión dominante se reduce la existencia del poder enemigo a las situaciones en que se despliega de forma más impactante, dejando en la oscuridad los procesos de más lenta acumulación a través de los cuales se va conformando y reproduciendo. Por eso aparece inderrotable. Si tomamos los términos de Marx para el análisis económico del capitalismo, diríamos que se exageran los momentos culminantes y de realización del poder, y se tienden a ignorar sus procesos de formación o gestación. Los primeros son más espectaculares y toda la visión burguesa de las luchas políticas se centra en ellos. Es la forma dominante de ver la política, que se asume en medida mayor de lo que se cree dentro de los propios revolucionarios. Pero es vital romper con ella para poder distinguir nuestras necesidades, o sea las de la construcción de un poder alternativo de carácter popular. De lo contrario no son apreciables aquellos procesos de la lucha política en que, más que por cuotas de poder directo, muchas veces sobre lo que se está luchando es por mejores condiciones de acumulación de fuerzas. Para poder visualizar la política desde una perspectiva de liberación de los dominados hay que superar la racionalidad capitalista de la política. Así como Marx demostraba la necesidad de superar la forma fetichista y maníquea acerca de los procesos de construcción de las condiciones materiales de vida en el capitalismo, para visualizar el verdadero carácter que el capitalismo les imprime, es igualmente necesario superar la racionalidad capitalista de la política, su fetichismo de las instituciones, de cuerpos normativos como sus leyes, en fin de los procesos formales del poder, que no dejan ver su naturaleza real como proceso de construcción y moldeamiento de relaciones sociales, ininterrumpido y extendido por toda la sociedad. Para superar esa racionalidad la política debe verse como lucha política de clases, que se expresa en fuerzas sociales en pugna, en alianzas sociales, en una dinámica en que se enfrentan clases con diferentes grados de unidad y de conformación como tales, producto de las correlaciones de fuerza que imperan a partir de esa misma lucha. Porque las clases sociales no son algo mecánicamente definido a partir de las estructuras económicas, sino que, en el marco de éstas, recorren etapas de mayor o menor unidad y conformación al calor de la lucha misma entre ellas, en donde quienes detentan el poder buscan evitar de mil maneras la unidad de las clases populares. Así la constitución de las clases se da en la lucha misma entre ellas, de modo que la lucha de clases define y a su vez es definida por los grados de unidad de cada clase social. Hay momentos de la lucha de clases en que el desarrollo acelerado de enfrentamientos que involucran a gran parte de la sociedad, que incorporan a sectores sociales que tradicionalmente no intervienen con tanta energía, permiten por eso mismo el desarrollo acelerado de procesos de acumulación de fuerzas, así como de desarticulación y debilitamiento de las fuerzas y el poder de uno de los bandos o alianzas en pugna. En ese tipo de situaciones está en juego la futura suerte de las clases y fuerzas sociales, incluso de aquellas que no entran directamente en los enfrentamientos. Se

comprenda o no en el momento, lo que está ocurriendo es que se están redefiniendo las correlaciones globales de fuerza, y con ello se alteran las condiciones de acumulación y construcción de fuerzas para el futuro. Se instalan condiciones más favorables para aumentar la unidad y la fortaleza de los sectores que salen victoriosos, mientras que para quienes salen doblegados se vuelven más adversas sus condiciones de acumulación, de unificación y construcción como fuerza social y política. Ese tipo de situaciones, entonces, tienden a definir por largo tiempo las condiciones futuras para los agrupamientos sociales y los alineamientos políticos, que se mantendrán en las etapas de desarrollo de la lucha de clases menos abruptos. Y la razón de esto, el por qué estos momentos suelen tener esas características, esa capacidad decisiva sobre el futuro, reside -contrario a lo que se suele creer- en el hecho que en esos cambios bruscos y trascendentales, el aumento de la intensidad de los enfrentamientos que exhiben no significa tanto un aumento de la drasticidad o de la violencia de éstos, sino de la ampliación inusitada de los sectores y fracciones sociales involucradas en dichos enfrentamientos. Es esto último lo que hace que en esas situaciones se pongan en juego en mucho mayor medida que lo habitual las relaciones de fuerza y de poder, alterándose en profundidad las correlaciones de fuerzas en la lucha política de clases. Por eso es que se pueden producir a menudo enfrentamientos muy drásticos, sin que alteren esas correlaciones de fuerzas en forma significativa. Esa es una ceguera que tiene importante incidencia en nuestra cultura revolucionaria, cuyo problema de fondo es un antiguo y arraigado error de pretender construir fuerza política -sea por las armas o por las urnas- sin construir fuerza social. En cambio en tanto se incorporan más sectores sociales, y sobre todo de sectores decisivos por su posición en el sistema de relaciones económicas y sociales, se produce inevitablemente uno de esos momentos en que la suerte de los años, incluso las décadas venideras, está en juego. Pero esa incorporación no es gratuita, ni responde sólo a una convocatoria agitativa revolucionaria, sino a un proceso anterior de construcción de un embrión de fuerza popular revolucionaria capaz de imprimir un sentido a esas confrontaciones y, con su propia práctica, convertirse en elemento convocante hacia otras fracciones y sectores populares hasta entonces expectantes. Y eso es justamente lo que buscan evitar las clases dominantes, para lo cual forjan otra visión de la política y de los procesos de lucha. En la racionalidad política burguesa el poder aparece en el momento de los enfrentamientos (políticos, económicos, militares, etc.) Pero ese es el momento culminante del poder, su realización; en cambio los procesos de su gestación se ignoran. Por ejemplo, la guerra es la forma en que se expresa la decisión de destruir a una fuerza social, pero la razón de esa decisión no debemos buscarla en la guerra misma sino en el desarrollo de la lucha de clases. La guerra es una de las formas que asume la realización del poder de las clases, pero no es allí que se gesta ese poder. No quiere decir esto que la realización del poder no es importante. En ella se completa el ciclo, se cierra: sin enfrentamiento no hay poder. Pero quedarse sólo en esa observación deja una visión incompleta para orientar la acción revolucionaria. Como señala Engels, en la sociedad medioeval el poder asumía un carácter sagrado. En el capitalismo en cambio, el poder asume la forma convencional de lo político. Así, en el siglo pasado y principios de éste, donde las burguesías bajo la hegemonía del capital industrial están abocadas a construir las naciones, el poder aparece bajo la imagen formal del Estado. Pero más entrado el siglo XX ya no será la consolidación del Estado-nación el proyecto central de la burguesía. Sin que desaparezcan completamente los Estados, disminuye crecientemente su centralidad ante un proceso de construcción de un sistema internacional bajo la hegemonía del capital financiero. Son a fin de cuentas distintas formas históricas de organización del poder, ligadas a diferentes fracciones dominantes. Así el fenómeno del poder, primero unido a lo sagrado, luego a la visión formal del Estado, ahora por el propio desarrollo del capitalismo -que no es más que el desarrollo de sus contradicciones- empieza a

quedar directamente al desnudo como fuerza productora de relaciones y ordenamientos sociales, más allá de cualquier instancia en que se formalice o se represente en cada período histórico. Comúnmente cuando se habla de lucha política se hace referencia a la alteración del orden establecido institucionalmente. Se tienden a ver sólo las pugnas entre partidos políticos -u organizaciones de ése tipo- en las que lo que está en disputa es el control y la orientación de los instrumentos formales del poder político. La fuerza normativa del poder se reduce así al orden jurídico-político, a la esfera de acción estatal. O sea la lucha política se reduce a la alteración del orden estatal establecido. Eso sería ver con cierto esquematismo la idea de Lenin. (Pero incluso esta debe ser actualizada, pues el capitalismo -a diferencia de los tiempos de Lenin- ya no tiende a concentrar todo el poder, todos los instrumentos reales del poder político, en el Estado). Pero esa es una visión reduccionista del poder y de las luchas políticas, que obvia otros importantes espacios en que el capitalismo organiza e impone su orden en las relaciones humanas. Esa visión del poder y de la política que exagera al Estado desprecia en el análisis político la importancia del aporte de las experiencias más inmediatas y cotidianas, pues lleva a construir una sola macro-visión centrada en las estructuras, pero que no refleja en toda su complejidad cómo en el hombre común, en su conducta y su actitud, se expresan las grandes correlaciones de poder. A diferencia de la visión burguesa imperante, para los revolucionarios la política es todo lo que tiene que ver con la construcción de una fuerza social. Por eso la acción revolucionaria debe orientarse bajo esta concepción de la lucha política. Sólo podemos forjar una fuerza social revolucionaria si logramos desarticular las barreras que la dominación enemiga pone para evitar su construcción, de aquí la importancia de tener una visión amplia de esas barreras, y no quedarse en la observación y el enfrentamiento a sólo una parte de ellas. Esas barreras no son otra cosa que las formas en que las clases dominantes tienden a organizar en términos sociales y políticos a los dominados. Por eso, lo que ha hecho crisis entre los revolucionarios es una forma de ver la política y el poder, que se centraba exageradamente en los espacios formales, institucionales, en su acción jurídico-normativa. Sin embargo esto no significa que haya que restarle importancia al análisis político en la orientación de la acción revolucionaria, como muchos sectores han creído a partir de esta misma crítica. Al contrario, la visión de la política que tienen los revolucionarios tiene que ampliarse, integrando para ello la mirada tradicional en una perspectiva más amplia de la política y del poder. Pero a partir de esta misma crítica a la insuficiencia del análisis político tradicional, muchos sectores centran exclusivamente su visión en torno a las luchas sociales inmediatas, locales. Lenin libró una gran batalla contra esos bandazos a los extremos. Le señalaba a las diferentes corrientes políticas ancladas en la lucha popular rusa, que era una ingenuidad creer que el conjunto de luchas sociales que en aquél momento tenían lugar, se articularían por sí mismas de forma revolucionaria. La base de su argumento estaba en que los individuos y sujetos sociales que sostenían esos procesos de lucha vivían una realidad que estaba bajo la iniciativa de las clases dominantes, y por tanto sus formas de conocimiento o análisis de esa misma realidad habían sido construidas mayormente por esas clases dominantes. Lenin advertía entonces a las direcciones de los grupos con aspiraciones revolucionarias, que no se podía confiar en que el desarrollo natural y espontáneo de los acontecimientos tendría un carácter revolucionario. Un error muy común en la actualidad es que a las luchas sociales se les otorga un carácter político que no tienen, y que -si seguimos a Lenin- de ninguna manera aseguran por si solas llegar a tenerlo en el futuro. En esa confusión influye la inexistencia de una visión propia de los revolucionarios acerca de la lucha política, porque en tal ausencia se toman pedazos de la visión burguesa de la política. Hoy hay que actualizar la mirada leninista ante las nuevas condiciones de la lucha revolucionaria. Buena parte del marxismo -decíamos al principio- se ha desentendido elegantemente de este problema bajo un giro

hacia el academicismo y sus temas típicos, y de un distanciamiento de la práctica política. Y los que han permanecido más cercanos a estos problemas, como es el caso de la reflexión trotskista, lo hacen con una dosis de conservadurismo, de insistencia defensiva en dejar las cosas donde están, que hace difícil cualquier nuevo avance. Marx y el marxismo clásico produjeron una valiosa acumulación histórica para la teoría revolucionaria acerca de cómo opera el capitalismo en el campo de la producción y reproducción de las condiciones materiales de existencia. Lenin y otros marxistas posteriores penetraron en las complejidades de la lucha política desde la perspectiva revolucionaria, echando las bases de una teoría política propia. Pero aún la lucha revolucionaria entra muy insuficientemente en el campo de la producción y reproducción de las condiciones de existencia social en el capitalismo, campo en el cual sigue imperando la visión burguesa. De tal suerte, la lucha revolucionaria entra escasamente en esos espacios de lucha política no formal en los que ocurre buena parte de la producción y reproducción del poder de las clases dominantes. Sólo después percibimos ese poder ejerciéndose en forma casi incontestable en ciertas coyunturas. Pero, ¿por qué la gente reacciona como lo hace cuando las clases dominantes despliegan su poder? La respuesta no está solamente en esas coyunturas, ni tampoco únicamente en la acción de las grandes estructuras formales, sino en gran medida en los procesos previos, incluyendo su dimensión cotidiana a través de la organización de la vida social, de las relaciones humanas en los espacios de base de la sociedad capitalista, cuestiones estas comúnmente desatendidas por el análisis político revolucionario. Toda esta insistencia en la necesidad de recuperar el análisis político para definir la acción revolucionaria no debe confundirse, entonces, con reconstruir tal cual las formas tradicionales de análisis de la izquierda y el campo revolucionario. Esos análisis veían mayormente la esfera del poder como las relaciones que tenían que ver con el Estado. Pero hoy requerimos una visión más amplia de la política y del poder, que integre aquella pero que abarque además las relaciones de poder en las que el Estado no está presente necesaria o principalmente. Una visión integral que sitúe en el centro al individuo más que a estructuras e instituciones, en tanto el individuo refleja en la sociedad un conjunto de relaciones de poder, y a la vez actúa sobre ellas. De ahí que, lejos de reducir la dimensión del poder al fetichismo del Estado, es preciso contar con una visión de la situación general del poder a lo largo y ancho de la sociedad. En esta visión de la política la experiencia directa tiene que cobrar un papel más relevante que en la visión tradicional. Ya no se trata solamente de examinar las estructuras (lo que comúnmente quedaba reservado a los intelectuales), sino de un análisis que integre las formas en que se expresa el poder en las distintas esferas específicas, cotidianas, en diversos grupos sociales e individuos. Pero, claro está, la pura experiencia no basta, si no se integra en un esfuerzo que apunta a construir una visión de la totalidad del estado del poder en la sociedad, una visión general de la lucha de clases, para poder orientar todas las facetas y de manera coherente el conjunto de la acción revolucionaria. En este mismo sentido, es vital superar la estrecha visión del poder como una fuerza exclusivamente represiva, puramente de la prohibición, como una acción directa coactiva, porque eso corresponde más bien a una visión puramente jurídico-normativa del poder, de esencia burguesa. Hay que ampliar la mirada sobre el poder enemigo, integrando lo anterior como un aspecto efectivamente existente, pero dentro de una visión más general del poder como fenómeno productor de conductas, de conciencias y de conocimientos o saberes determinados. Es decir no sólo como un fenómeno represivo sino también constructor, moldeador, disciplinante, lo cual es mucho más complejo y a menudo explica en mayor medida los procesos sociales, en tanto alude a procesos de gestación o formación del poder que suelen ser ignorados. Si el poder de las clases dominantes sólo actúase como censura, exclusión, como instalación de obstáculos o represión, sería muy frágil. Si es más fuerte es precisamente porque además de ser capaz de evitar lo que no quiere, es capaz de construir lo que quiere, de moldear

conductas, de producir saberes, racionalidades, conciencias, de forjar una forma de ver el mundo y de verlo a él mismo. Entonces el poder es mucho más que la fuerza de la prohibición. El capitalismo destruye y construye, pero sólo se suele ver lo primero o lo que prohíbe y no así lo que está construyendo, lo cual incide mucho más en la formación de su poder. Entonces se trata de una visión que perciba el poder de las instituciones formales, pero también el poder que ejercen las clases dominantes más allá de esas instituciones. Eso implica una mirada de la política más amplia que la visión dominante en la sociedad y en la izquierda. Una visión política que no se reduzca a lo que ocurre en la esfera jurídico-política, sino que articule una mirada general sobre el poder ligando para eso el conocimiento general con la experiencia directa, en un proceso de construcción colectivo y orgánico. En el fondo se trata de superar la visión burguesa de la política, esa que sintetiza la “ciencia política” en el siglo XX producto de un largo proceso de elaboración que, como clase propiamente tal, desarrolla la burguesía desde los siglos XVIII y XIX -una de cuyas más altas cumbres es la obra de Montesquieu-, en la que concibe un tipo de actividad o de lucha “política” más bien concentrada en la construcción de una forma organizacional, sobre todo institucional, pero que por ninguna parte refleja el verdadero proceso de formación del orden social, de ordenamiento de las relaciones humanas generales y cotidianas bajo el capitalismo. Es decir, es una visión de la política que por ningún lado refleja todo el proceso mediante el cual las clases dominantes organizan la sociedad de un modo determinado. De ahí la importancia que desde la perspectiva revolucionaria asumamos una visión de la política sin los anteojos de la dominación, para que refleje amplia e integralmente los procesos de poder concretos que permiten la reproducción del orden social. Esto permitirá tener una visión más general de los enfrentamientos y sometimientos que se producen, y no sólo de una parte de ellos, resultando determinante en el desafío al poder de las clases dominantes. Al abrazar la opción por una estrategia de construcción de una fuerza popular revolucionaria, adquirimos con ello la necesidad insoslayable de reflexionar permanentemente sobre los procesos subterráneos del poder, de ir más allá de sus comportamientos superficiales y más impactantes, porque en el fondo abrazamos la decisión de convertirnos en actores centrales y decisivos de las situaciones de poder. En tanto no se trata de una decisión de ser espectadores, sino todo lo contrario, abrazamos entonces la decisión de construirnos como elementos determinantes en las correlaciones de fuerza que se establecen en la lucha política de clases. De modo que debe ser propio de la actitud permanente del militante revolucionario una vocación de análisis político, colectivo y profundo, más allá de las sensaciones personales y de los hechos del entorno inmediato. El hecho de reunir en su seno la organización política a este tipo de actitudes, es lo que la coloca en condiciones para enfrentar la inmensa tarea de derrocar el poder enemigo e imponer la transformación revolucionaria de la sociedad. De ahí lo ajeno que es a la actitud política revolucionaria el esperar ver realizados los cambios en la lucha política, para asumir que tenemos adaptarnos ya con atraso a la nueva situación. Eso significa restarse de la reflexión sobre los procesos de gestación del poder, tanto del enemigo como de la fuerza popular revolucionaria. Y no es un problema en que caen sólo los que evaden el análisis político general con la justificación de que “las cosas aún no están calientes”; sino que también se atascan en esto, aunque en una forma menos evidente, quienes practican esa arraigada forma de “politización” que no hace más que construir política para la hora del enfrentamiento armado.

El viejo problema de la teoría y la práctica
Por el hecho de estar formateada por el enorme peso de la ideología burguesa, la cultura imperante

en el capitalismo asocia el conocimiento casi exclusivamente con la ciencia. Ese es el conocimiento que se nos presenta mayormente como legítimo: el que se genera bajo la forma institucional de la ciencia, que sigue sus reglamentos y que sólo lo forjan unas estrechas elites. Incluso en ese modo de ver las cosas cayó buena parte de la intelectualidad marxista. Así la ideología dominante, la forma socialmente imperante de ver la realidad, lleva a que se asuma como algo evidente, que no merece la menor duda, el hecho de que el conocimiento legítimo y “verdadero” es aquél que proviene de una actividad de la cual se haya marginada la mayor parte de la sociedad. Las otras formas de producir conocimiento entonces, como aquella que se basa en la experiencia directa, en la práctica colectiva y social, y sobre todo el saber que a partir de esto acumulan algunos sectores dominados, se tiende a negar, ya sea porque se cuestiona o se ignora. Se le quita importancia a la experiencia directa en la construcción del conocimiento, sobre todo si se trata de la experiencia social de los hombres y mujeres comunes. Pero al contrario de esa imagen, el conocimiento está ligado tanto a la experiencia directa como al pensamiento abstracto, teorizado, formalizado. Sobre todo el conocimiento político. Aunque todavía hoy nos perdemos, llegando a extremos que muestran cuánto se confunde esta cuestión. Por un lado, bajo la influencia de marxismos harto particulares, se tiende a ver todo en la realidad determinado casi totalmente por la acción de estructuras muy generales y globales. En esa imagen tanto los individuos como los grupos y sujetos sociales aparecen apresados, casi momificados por esas redes “inevitables” que tendrían supuestamente las estructuras capitalistas. Con eso se acaba dejando el análisis de la realidad a intelectuales capaces de examinar esas complejas estructuras, quitándole importancia al conocimiento ligado a la práctica. A su vez, por otro lado, buscando superar lo anterior se llega a menudo al otro extremo. Es decir, se exalta la imagen de un sujeto forjando su camino únicamente a partir de la conciencia construida sobre su propia experiencia y la de su entorno, desconociendo así que -aunque no lleguen a las exageraciones anteriores- las estructuras existen a fin de cuentas y actúan con gran poder sobre los sujetos. Entonces desconocer el peso de las estructuras generales equivale -quiérase o no- a exaltar un voluntarismo que da la espalda a la necesidad del análisis de la totalidad política, y a centrarse en la experiencia directa bajo la fantasiosa idea de que eso es suficiente. Por eso, para los revolucionarios es vital que el análisis político se asuma como una síntesis de un proceso colectivo de construcción de conocimiento, que integre tanto la experiencia directa como el examen de la realidad global a partir de la teoría. Y una tarea así sólo la puede orquestar una organización política concebida como un auténtico “intelectual colectivo”. Pero esta tarea se cruza en el camino con otros problemas muy arraigados en nuestra cultura revolucionaria. En las formas de ver la realidad que hoy predominan en los sectores revolucionarios, no existe mayor atención sobre los procesos cotidianos por los cuales las clases dominantes reproducen, en diversos modos, las condiciones que hacen posible su poder, sino que con mucha simpleza se desconoce esto bajo la ingenua creencia que eso puede sustituirse por verdades teóricas de carácter general, que no explican en cada momento concreto cómo funcionan esos procesos y por tanto no señalan cómo hay que enfrentarlos. Este es, por ejemplo, un error característico de los actuales análisis trotskistas, que ante la complejidad de cada situación responden con los mismos elementos generales -rindiendo con eso una interminable muestra de fe y lealtad doctrinaria- y a ello se agrega por lo general un infaltable “análisis histórico”; pero raramente despliegan imaginación, originalidad y conocimiento -de lo cual, paradojalmente, el propio Trotsky es un ejemplo sobresaliente- de las situaciones políticas concretas1. Por eso, como muestran las últimas décadas, pese a todo el discurso
1

Es posible que el alejamiento del “trotskismo” del análisis político imaginativo y original del propio Trotsky, y su consiguiente caída en el esquematismo doctrinario, tenga que ver con la adopción de una matriz de análisis ligada al determinismo estructuralista de base althusseriana. Como se sabe, el asentamiento fundamental del trotskismo ha sido Francia, lo cual difícilmente lo hace ajeno a la evolución del marxismo francés que antes mencionáramos críticamente.

doctrinario quedan siempre al margen de los procesos políticos y de la lucha por el poder. Hoy en muchos grupos revolucionarios si bien no se usa ese lenguaje, de forma parecida impera un discurso “duro” lleno de generalidades “antisistémicas”, por lo que el problema de fondo es el mismo. Pero lejos de eso, la conducción efectiva de la acción política revolucionaria requiere insoslayablemente de una conciencia muy clara de las condiciones reales e inmediatas en que se librarán los enfrentamientos. En un sintético escrito conocido como “Análisis de las situaciones. Relaciones de fuerzas”, Gramsci insistía en la necesidad de que el análisis político que debe orientar la acción revolucionaria, tiene que ser capaz de encontrar la relación justa entre las condiciones más generales y permanentes del orden social, y las condiciones coyunturales y más inmediatas. A las primeras las llama estructuras u orgánicas, y las segundas coyunturales u ocasionales. Para Gramsci negar el valor de los elementos coyunturales lleva a extremos como el exceso de “economismo”, al “doctrinarismo pedante”, al “ideologismo” que exagera las causas mecánicas de toda situación política concreta. Mientras que al desconocer el peso de las estructuras “se exalta el elemento voluntarista e individual”. Esto ocurre porque se asume una visión sobreideologizada de la realidad, basada en la ilusa creencia de que el manejo de algunas categorías abstractas, que resumen verdades generales acerca del desarrollo del capitalismo y de la lucha de clases, bastaría para orientarse en las condiciones concretas de lucha. Con eso se obvia la necesidad de interpretar esas condiciones y su constante cambio. O sea a partir de verdades ideológicas se cree ingenuamente que se puede prescindir de la interpretación de las especificidades de cada momento político. Así esa sobreideologización acaba siendo un camino de despolitización, en tanto lleva a restarse de las condiciones políticas inmediatas. Esas exageradas dosis de ideología -de ideologismo más bien- acaban anulando la política, el instinto y la disposición a la acción política. El enorme peso que adquieren hoy ese tipo de actitudes en el campo revolucionario y la izquierda en general, está ligado a la derrota popular de la década pasada. Uno de sus efectos más profundos y difíciles de remontar es el desarme político del pueblo y de sus sectores más decididos. Torcidamente la ideología pasa a convertirse en un refugio, en un escudo defensivo frente a unas condiciones de lucha política que dificultan con mucha eficacia cualquier camino político auténticamente popular, puesto que han sido configuradas por una iniciativa enemiga casi sin oposición. Pero el refugio en verdades ideológicas sólo sirve para resistir un poco, para conservar la fuerza moral por un tiempo. Al exagerar esa actitud, se convierte en un freno para apropiarnos del presente, para descifrar las condiciones inmediatas de lucha en donde hay que levantar una alternativa política popular. La agitación de esos ideologismos lo único que hace es ocultar -a los más ingenuos- que detrás de eso no existe un proyecto y una capacidad de acción política. Quienes se mueven en esa forma no pasan más allá de ser una especie de predicadores. Por eso se trata de una muestra clara de desarme político a partir de la derrota. Cuando hay que asumir el análisis político, la discusión sobre cómo interpretar la situación concreta y cómo enfrentarla, se responde con la “teoría”. Se cree que “todo está claro”, porque “para eso tenemos teoría”. ¡Claro que hay una teoría que no podemos desconocer! Pero ella precisamente, indica la necesidad de asimilar correctamente la realidad concreta y de visualizar a partir de ahí un camino de lucha. ¡La teoría no es estrategia ni táctica en sí misma! Por tanto no sirve para esconder la falta de estrategia y de táctica de lucha. La teoría y las verdades ideológicas generales -menos aún los ideologismos- no sirven para ocultar la carencia de pensamiento político, la ausencia de criterios capaces de orientar la acción. Al contrario, al apelar desesperadamente a esas verdades teóricas y convertirlas en ideologismos, se está dejando patente no tanto una supuesta “fortaleza” ni un “firme

apego a los principios”, sino más bien y con una penosa claridad, la carencia de pensamiento político, de criterios políticos que orienten la acción revolucionaria. El sólo hecho de suscribir la teoría revolucionaria entonces, no resuelve mecánicamente la necesidad de una estrategia y una táctica de lucha, la necesidad de una interpretación correcta de los escenarios políticos concretos. Tampoco la lealtad doctrinaria resuelve por sí misma cómo enfrentar correctamente cada situación específica. En fin, ni teoría ni la ideología sirven para esconder el desarme político. Usar la defensa de la teoría para ocultar la incapacidad de descifrar las condiciones concretas de lucha y la falta de un proyecto de acción política (o sea de una acción que supere la pura denuncia), es desconocer el peso de la historia reciente, de los cambios producidos en este y en cualquier período histórico, porque equivale a reverenciar una “teoría” que es independiente de la historia, una “teoría” según la cual todo lo que pase es sencillamente “más de lo mismo”. Y eso de teoría revolucionaria tiene poco. Precisamente una de las mayores insistencias y fuentes de fuerza de la teoría que tanto se dice rescatar, está en asumir el constante cambio de la sociedad humana a través de sus luchas. Pero el “rescate” que hoy presenciamos, al no pasar de la declaración de fe y evadir la interpretación de las condiciones actuales, resulta una defensa ahistórica. La teoría no nos indica mecánicamente las formas de acción correctas. Nunca pretendieron eso sus fundadores, porque es imposible. La teoría sólo entrega un conjunto de herramientas para entender la realidad, para descifrarla. Pero la teoría no puede predecir en forma concreta lo que resultará de ese análisis en cada momento de la historia. Esta es tarea del sujeto que ha asumido la lucha por el cambio. La teoría guía el análisis de la realidad, la construcción del conocimiento sobre la situación histórico-concreta. Y es ése conocimiento el que permite definir cómo actuar. Por eso, los ideologismos antes mencionados caen en el error de creer que se puede pasar directamente desde la teoría a la práctica. Creen que la teoría por sí sola nos “ilumina” el camino que debe seguir la acción. Pero entre teoría y práctica está el conocimiento, la interpretación de la realidad concreta. Sólo desde ahí podemos definir correctamente el curso de la práctica. Lo cual hay que completar con el hecho de que la propia práctica, a su vez, influye en la construcción del conocimiento acerca de la realidad. Párrafos atrás reivindicábamos el papel de la experiencia concreta en el análisis político. Luego, al integrar estas cuestiones aparece la unidad entre teoría y práctica, pero en una manera distinta a la forma vacía y repetida en que se suele plantear, más como condena moral a la actitud contemplativa (cuestión que más bien es harina de otro costal). Desde la perspectiva que aquí hemos desarrollado acerca de la unidad entre teoría y práctica, la conciencia política revolucionaria entonces aparece como algo que se construye al calor de esa interacción entre teoría y práctica. Y no depende solamente de la teoría, como se suele creer. La conciencia política es imposible a partir exclusivamente de la teoría. Porque depende del conocimiento de la realidad concreta, y este a su vez está ligado a la práctica. Pero las imágenes más comunes acerca de estas cosas, marcadas por la ideología burguesa, nos llevan a pensar de que la construcción del conocimiento es un problema pura o mayormente intelectual. Lejos de eso, la práctica es un elemento imprescindible para el conocimiento. No basta por sí misma. Sola la práctica conduce a una imagen parcelada de la realidad. Pero tampoco la actitud teórica contemplativa permite una comprensión integral de la realidad. Es la ideología burguesa, la forma de ver el mundo que instala en forma predominante en la sociedad, lo que lleva a separar teoría de práctica. Y cuando decimos que predomina en la sociedad, significa que lo hace también sobre los intelectuales -de izquierda o no- y aquellos sujetos que producto de su “formación teórica” puedan sentirse ingenuamente a salvo de estas formas de dominación. El individuo alienado que forja el capitalismo puede concretarse tanto en un obrero como en un científico, en un poblador como en un

intelectual. La actitud sobreideologizada que mencionamos antes es precisamente un ejemplo de esto. La conciencia, entendida como una comprensión de la realidad concreta, como una apropiación de la realidad, sólo es posible a partir de la interacción estrecha con ésta. Pero no cualquier interacción, sino una interacción problematizada en función de la transformación de la realidad. Ese proceso es el que plantea descifrar los cambios que son posibles, lo cual a su vez sólo se alcanza a través de la acción, de la práctica. Entonces esta es una visión acerca de la conciencia política muy distinta a la que impera a partir de la exaltación del análisis “político” abstracto, de la exageración del papel del intelectual-académico en la comprensión de la realidad política, o bien de la creencia de que “la teoría es suficiente para orientar la acción”. Al contrario, el conocimiento de las condiciones concretas, o sea la toma de conciencia, se inicia con la acción y las preguntas que ésta genera a su vez. Eso es lo que funda el verdadero análisis de la realidad y la toma de conciencia. Y solamente la mantención de esa actitud en el tiempo, en forma ininterrumpida, permite fijar una conciencia plena acerca de la realidad. Es un proceso permanente de interacción reflexiva con la realidad, con las condiciones de lucha. Por eso la verdadera conciencia política está ligada a la unidad de teoría y práctica. Porque esa conciencia se construye en el proceso de lucha. No es algo que se puede forjar antes o al margen de la práctica. La imagen en la cual la construcción del conocimiento -incluyo la propia actividad científica como taldebe concentrarse mayormente en elites inevitablemente alejadas de la sociedad, y en particular del pueblo, responde a la burguesía, aún cuando la repitan ciertos círculos marxistas y de la izquierda. Para nosotros el análisis político debe ser la síntesis de un proceso colectivo de comprensión de la realidad, que integre tanto la experiencia directa como el examen de la realidad global a partir de la teoría, tarea esta que debe desarrollar la organización en su conjunto y en sus diferentes niveles de síntesis, actuando como un poderoso “intelectual colectivo”.