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¿qué significa ser revolucionarios?

José Camus, octubre 2012.

Publicado originalmente en revista contratiempo octubre 2012 Izquierda autónoma http://www.izquierdautonoma.cl/seccion/contratiempo/

¿QUÉ SIGNIFICA SER REVOLUCIONARIOS?
Las derrotas y fracasos de las distintas estrategias que intentaron superar el capitalismo durante el siglo XX, han abierto un profundo abismo entre las intenciones de los revolucionarios y su práctica política efectiva. A tal punto ha llegado esta fractura, que la propia condición revolucionaria aparece hoy como un enigma sin respuesta imaginable o como un trasnoche pasado de moda. Ya que el asunto parezca estar cubierto de una carga mística, como si se tratara de un acto de fe más que de un tipo determinado de acción política, muestra lo lejos que estamos incluso de advertirlo como un problema. Hay quienes creen que se trata de un dilema de fácil solución. Tiene que ver, dicen, con la adscripción a un conjunto de ideas y prácticas propias de los revolucionarios, en oposición a las de los reformistas. Y así muchas veces, para zanjar la discusión, se le profesa ingenuamente adhesión a doctrinas abstractas, mediante declaraciones de fe al “marxismo” e incluso al rótulo estalinista de “marxismo-leninismo”, o bien a la “vía del poder popular” en oposición a la “vía institucional”. ¡Como si el declamarlo resolviera algo en el proceso más complejo y menos homogéneo que es elaborar y ejecutar una estrategia concreta y realizable de transformación de la realidad social! Estas respuestas, que calcan divergencias surgidas en el seno de la socialdemocracia rusa a principios del siglo pasado o en posteriores divisiones al interior del movimiento socialista, son en realidad un refugio identitario, que, lo peor, en su defensa a ultranza de un pasado diferente carga con pesadas dosis de conservadurismo que estancan la acción revolucionaria. Es una suerte de “consecuencia conservadora”, que degenera el propio espíritu de la obra y lucha de los referentes a los que apela. La condición revolucionaria, según esta divulgada visión, dependería de cuan consecuente sea una organización en la aplicación de tácticas que en su momento recibieron el apelativo de revolucionarias, cuanto uso haga en el discurso de la fraseología catalogada como tal y cuan imbuido se esté en el universo cultural ad hoc. Es decir: en función de cualquier cosa menos de cuan efectiva sea dicha fuerza, a través de su práctica, en la construcción de una vía realizable de superación del orden actual. Así, los necesarios esfuerzos de conducción política revolucionaria, se diluyen a manos de la agitación de contenidos generales, muchas veces descontextualizados y abstractos, como toda muestra posible de “consecuencia”. No es para extrañarse entonces que de un tiempo a esta parte las organizaciones que propugnan esta visión hayan optado por autodenominarse de “intención revolucionaria” y no “revolucionarias”. Sus prácticas y discursos son tan fácilmente aislables, tan incapaces de construir la fuerza social transformadora y de subvertir las relaciones de dominación, pero están tan apegados a ellas, que seguir estándolo pasó a preocuparles más que su efectividad política. Mala cosa, pues la máxima “la intención es lo que vale”, no corre en política. La condición revolucionaria es antes que todo una cuestión relativa a la acción que tiene su centralidad en la política. No es, por lo tanto, reductible ni al pensamiento ni al manejo de abstractas generalidades ideológicas o imperativos de tipo moral. Reúne algunos componentes sustantivos e indisociables. Una orientación, una actitud y una práctica, que no son fáciles de forjar, pues deben hacerlo en oposición constante al tipo de mentalidad y actitud que la dominación capitalista produce y estimula y a la que nadie es inmune.

En cuanto a su orientación, implica la construcción de una mirada, de una forma de ver el mundo, dotada de disposición y capacidad para captar las exigencias que la totalidad de las relaciones de fuerza que determinan el curso de una sociedad plantean al empeño revolucionario, y no tan sólo de aquellas que intervienen en el entorno inmediato. Esta mirada sólo se puede crear atendiendo más allá de las relaciones que nos constituyen individualmente, allí donde se relacionan todas las clases con el Estado y el gobierno, donde se relacionan de distintas formas todas las clases entre sí. En tiempos de derrota como los actuales, suelen sobreponerse las miradas localistas o gremialistas, que desatienden las dificultades y oportunidades que plantea la dinámica política global, por la preponderancia de las limitantes del entorno local o sectorial. De esa forma, o se extrapola a lo global el relieve del territorio inmediato y actúa ante el escenario nacional como en la fábrica, la universidad o la población, o, las más de las veces, se renuncia a actuar para alterar las correlaciones centrales de fuerza que determinan el curso de la sociedad. Pero la orientación revolucionaria, además de una mirada de totalidad, tiene una particular concepción del poder. La concepción dominante nos dice que el poder reside en cosas o instituciones, como las armas, el dinero o el Parlamento. Opera, siguiendo la idea de “fetichismo de la mercancía” de Marx, un fetichismo de la política, para el cual las cosas adquieren una “objetividad ilusoria”, una imagen de independencia y poder intrínseco, que oculta lo fundamental: el carácter de las relaciones humanas que están en su base y las constituyen. Esta imagen del poder nos desvía de los procesos de formación de las situaciones sociales y políticas hacia sus momentos de realización más espectaculares, cuando son ya hechos consumados que se ejercen de formas casi siempre incontestables. Los enfrentamientos armados, las competencias electorales, los juegos institucionales. Quedan así en la oscuridad los procesos mediante los cuales se conforman y reproducen, a través de múltiples factores y dinámicas específicas, las relaciones de poder; dificultando en consecuencia la elección de las armas adecuadas para intervenir en tales procesos. ¡Los dominados quedan así limitados a actuar en escenarios que construyen sus enemigos y con las armas que ellos eligen! El poder es fruto de relaciones sociales, no una condición que resida en la esencia de determinados objetos, instituciones o procesos formales. Para visualizar la política desde una perspectiva revolucionaria, de liberación de los dominados para la emancipación humana, es preciso superar la racionalidad capitalista de la política, y concebir el poder como un proceso de construcción y moldeamiento de relaciones sociales ininterrumpido y extendido por toda la sociedad, entre fuerzas sociales en pugna, en alianzas y con diferentes grados de unidad y conformación como tales. Ahora bien, lo dicho hasta aquí no basta. En la medida que la acción revolucionaria es un proyecto de vida, y que la dominación también estimula una moral y ciertos comportamientos, contempla también el forjamiento de una actitud. No ahondaremos en los aspectos sobre los cuales más comúnmente se insiste, respecto a la necesaria calidad moral de los revolucionarios. Nos detendremos en uno muy presente de la boca hacia fuera, pero poco en la conciencia diaria: el reconocimiento de la rebeldía como rasgo constitutivo de y condición necesaria para la emancipación humana. Muy divulgada ha sido la idea según la cual la rebeldía sería propia de inadaptados sociales o exclusiva de los jóvenes y, por tanto, una cuestión pasajera y en última instancia, individual. No es novedad que los poderosos la difundan, lo grave es que la asuma gran parte de la propia izquierda. El conservadurismo, la disciplina entendida como imposición y no como elección libre, la negación de la creatividad y la iniciativa, en definitiva, el conformismo, son rasgos cada vez más predominantes al

interior de la cultura de la izquierda y sus organizaciones. No. La rebeldía es lo más humano que tenemos, es lo que nos constituye como tales. Es un rechazo sin renuncia. Es la articulación entre la negación de la dominación de todos los hombres y mujeres y la afirmación de un nuevo orden, libre y justo para la humanidad toda. Es la fuerza de superación del conformismo y la resignación, lo que hace del futuro deseado, presente. No es nunca, por tanto, individual. Es la superación del individuo por un fin, en adelante, común: la emancipación del hombre en todos los aspectos de la vida. La rebeldía es una actitud permanente e inherente a la acción revolucionaria. No accesoria, ni estética. No se acaba dentro las filas de la organización. Es una actitud de vida, siempre incompleta, en la medida que es la gesta colectiva por la recuperación de la libertad y la humanidad perdida a manos del poder que oprime, es el movimiento que lleva la historia hacia delante. Finalmente, la acción revolucionaria en cuanto tal es siempre práctica, concreta. Dicha práctica, al ser histórica y situada, implica una apropiación colectiva del presente, una voluntad de conocer y asumir las mutaciones sociales, políticas, económicas y culturales que han cambiado a la sociedad y con ello las condiciones de lucha. Transformarlas en una perspectiva revolucionaria, requerirá siempre de la acción colectiva organizada y consciente, autónoma de los intereses sociales antagónicos, y por lo tanto, masas dispuestas a hacerlo. Y ese presente, si se es revolucionario, debe prefigurar el futuro buscado. Los medios de lucha no pueden negar el fin que persiguen. La acción revolucionaria es una tarea de conducción, pero también de construcción de la fuerza social y política transformadora. El carácter de la nueva sociedad está en juego en el carácter de la fuerza que la construye. No es un problema a acometer en la mañana. La nueva sociedad se forja desde el presente. Enormes dosis de creatividad, astucia y voluntad serán necesarias para imaginar y practicar una acción revolucionaria así concebida. Siempre habrá experiencias que arrojen pistas y conocimiento que nos será útil. Pero apropiarnos nosotros mismos de las actuales condiciones de lucha es necesidad irremplazable para reconstruir los puentes entre las intenciones de cambio revolucionario y las prácticas concretas que realizamos para conseguirlo.