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Colección

Servidores y Testigos

21

Carlos G. Valles

VIVIENDO

JUNTOS

2.» EDICIÓN

Editorial SALTERRAE Santander

©

1984 by

Carlos

G.

Valles, S.

J.

 

St. Xavier's College, Ahmedabad

©

1985 by

Editorial Sal Terrae Guevara, 20 - 39001 Santander

Con las debidas licencias

Impreso

en España.

Printed

in

Spain

I.S.B.N.: 84-293-07-07-9

Depósito Legal: SA. 151-1986

A. G. Resma-Prl. M. de la Hermida, s/n. - 39011 Santander

ÍNDICE

EL AUTOR

7

EL LIBRO

9

A EDITORES Y LECTORES

11

SUEÑO Y REALIDAD

13

ÉXODO

21

AMISTAD

33

INTIMIDAD

45

COMPETICIÓN

53

PLURALISMO

63

TRABAJO

81

DIALOGO

89

DELICADEZA

101

PODER

113

HECHOS

133

UN PUEBLO DE ALABANZA

143

El autor

El

INDIAN

EXPRESS

del

6

de

febrero

de

1980

publicaba en su primera página la siguiente noticia: «La Academia de la Lengua Gujarati ha concedido al cono- cido escritor Carlos G. Valles la MEDALLA DE ORO

RANJITRAM,

supremo

galardón

de

la

literatura

gu-

jarati. La decisión fue unánime». Era la primera vez en

la historia

que

ese

prestigioso

premio

iba

a

parar

a

manos

de

un

escritor extranjero

cuya lengua

madre

no era el gujarati. Anteriormente, el mismo autor había

recibido la MEDALLA DE ORO AUROBINDO en

1968, y la

MEDALLA DE PLATA KUMAR en 1966. Su primer libro fue escogido como LIBRO DEL AÑO por la «Asociación de Escritores Gujaratis» cuando apareció en 1960, y ha sido editado catorce veces. Al autor se le considera el primer ensayista gujarati en la época que viene desde la independencia india; ha publicado más de cuarenta li- bros, y una encuesta reciente lo sitúa como el escritor más popular de prosa no-ficción en el Gujarat de hoy.

Se le conoció primero en el Gujarat como profesor de matemáticas y pionero de la nueva matemática. El fue quien dio el primer curso de verano a profesores de universidad sobre matemática moderna, dirigió la comisión que fijó la terminología de las matemáticas en gujarati, escribió el primer libro de matemáticas supe- riores en una lengua india y representó a la India en

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VIVIENDO JUNTOS

congresos Niza, Exeter ...

internacionales

de

matemáticas

en

Moscú,

Junto

con la docencia

y la publicación

de libros,

se ha dedicado hace muchos años a la dirección de ejer- cicios espirituales para jesuítas, y en especial de los

El libro

ejercicios de mes en la 'Tercera Probación', y es pro- fesor de espiritualidad india en el teologado regional de

No se trata de una guía que explique cómo vivir jun-

la provincia del Gujarat.

tos. No hay manual de instrucciones

ni libro

de

texto

que pueda hacer justicia a la compleja realidad de un

Pasó

diez

años

de

su

vida viviendo con

familias

grupo de personas que se pasan la vida entera compar-

hindúes en los barrios pobres de la ciudad,

pidiendo

tiendo el mismo alojamiento y sentándose a diario a la

hospitalidad

día

a

día

de casa

en

casa,

compartiendo

misma mesa, mientras trabajan con toda su alma para

totalmente su vida como uno más de la familia, hacién-

hacer realidad los más nobles ideales de amor y servi-

dose uno con ellos en todo. Esa experiencia no común, junto con su popular columna todos los domingos en

el diario gujarati abierto las puertas

más importante de la sociedad

de

la capital, le

hindú

y

le

han

han

con-

cio a todos los hombres. Lo que este libro sobre el vivir juntos presenta es una panorámica rápida de la dinámica interna de la vida en común, destellos, aná- lisis, situaciones, reflexiones, orientaciones, inspiración.

vertido en el representante del cristianismo más cono- cido y amado entre ellos. Sus amigos hindúes aseguran que, según su creencia en la reencarnación, él habría nacido en su vida anterior en la India, y eso explica su afinidad con ellos ahora.

En

todo caso, en

su vida presente nació en España

en 1925. Se hizo jesuíta en

1941 y pasó

a la India

en

1949 a fundar una universidad en la ciudad de Ahme-

dabad. Allí reside

ahora

dedicado a la enseñanza,

la

dirección de jóvenes y la publicación de libros.

La selección de textos es original, valiente y actual. INTIMIDAD, COMPETICIÓN, DIALOGO, PLURALISMO, TRA- BAJO, PODER. La lista habla por sí sola. Esos son los temas candentes en cualquier grupo activo, y cada uno de ellos viene a ser tratado con profundidad de pensa- miento y abundancia de ejemplos, con tacto y con cla- ridad. El libro tiene ideas bien definidas y mantiene, al mismo tiempo, un respeto total a toda opinión. Su estilo es a la vez vigoroso y delicado.

El libro se sitúa en un marco bíblico, con el ÉXODO por modelo de la formación de un pueblo, y los HECHOS DE LOS APOSTÓLES como la experiencia cristiana de la vida en común. La luz de la fe ilumina las reflexiones de la experiencia y profundiza sus hallazgos.

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VIVIENDO JUNTOS

Para un individuo en el grupo, para los que dirigen comunidades y, sencilla y principalmente, para todos los miembros de cualquier grupo religioso que quieran me- jorar la calidad de su vida común, este libro puede pro- porcionar ayuda valiosa, dirección y ánimo para apren- der mejor a vivir juntos.

A editores y lectores

Mis editores, a quienes Dios bendiga, me han co- municado cariñosamente su temor de que este libro sea demasiado 'jesuíta' y han sugerido delicadamente que un enfoque más general me ganaría más lectores. Nadie más interesado que yo en ganar lectores y agradar a mis editores; pero, al mismo tiempo, no dejo de sentir en mí una clara y fuerte resistencia a velar mi identidad y esconder la cara. Quitar la palabra 'jesuíta' de este libro equivaldría a allanar su prosa, estropear sus anécdotas y enturbiar mi propia imagen. No pierdo generalidad al afirmarme a mí mismo. Al contrario, cuanto más soy yo mismo, mejor me relaciono con los demás. De eso precisamente trata este libro. Y no me vendrá mal prac- ticar —por una vez en la vida— lo que predico.

Un paralelo. En mis escritos no oculto el hecho de que soy hombre; y confío y espero que mis libros los lean y los disfruten también mujeres. Si escribiera una prosa neutra para no revelar si el escritor es hombre c mujer, no me leerían ni hombres ni mujeres. Yo he dis- frutado con muchos libros escritos por mujeres, y espero que las mujeres disfruten con los míos.

Yo bien claro tengo para mí que no estoy escribien- do sólo para jesuitas, ni siquiera para sacerdotes, reli- giosos, católicos o cristianos, sino para todo aquel que esté interesado en ver cómo funciona un grupo —que en mi caso es un grupo de jesuitas— y reflexionar sobre

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VIVIENDO JUNTOS

su propia vida en su propio grupo —sea el que sea—. De hecho, la inmensa mayoría de los lectores de mis libros en lengua gujarati son hindúes —que saben per- fectamente que yo soy cristiano—. Creo tener derecho a esperar la misma generosidad de parte de mis lecto- res en castellano —aunque conozcan el horrendo secre- to de mi identidad como jesuíta—.

De este libro soy yo a un

tiempo autor y traductor.

Lo escribí primero en inglés, y en inglés se ha publicado en la India y en EE.UU.; y luego, a la vista del texto

inglés, lo he vuelto

a escribir

yo mismo en castellano.

Tiene la ventaja de la libertad absoluta que he tenido

y he aprovechado para retocar y enriquecer el texto; y

la desventaja de que en algún pasaje la sombra del in-

glés habrá

caído inevitablemente

sobre

el

castellano.

La iniciativa de la edición castellana se la debo y agradezco a Sal Terrae, cuyo interés rápido y eficiente en mi libro ha traído una gran alegría a mi vida de escritor; y la urgencia de preparar el texto castellano ha venido de la petición de Edicóes Loyola, de Sao Pau- lo, de preparar la versión portuguesa del libro. Estaban dispuestos a hacerlo del inglés, pero prefiero que la tra- ducción portuguesa se haga del castellano, por herman- dad lingüística; y celebro haber podido satisfacer así dos peticiones y a mí mismo. Publicar un libro en España después de treinta y cinco años de ausencia es una sa- tisfacción intensa cuyo gozo me llena el alma al escribir esto. Mi gratitud a los que me han dado esa satis- facción.

Carlos G. Valles, S. J.

St. Xavier's College Ahmedabad, 380 009

India.

SUEÑO Y REALIDAD

Solzenitsyn dice de un personaje en una de sus no- velas: «Tenía el mayor amor y consideración posible por la humanidad, y por eso mismo odiaba fieramente a cualquier ser humano que afeara ese ideal tan horri- blemente.» Bertrand Russell escribe de un amigo suyo que tenía «un gran amor por la humanidad, junto con un odio desdeñoso hacia la mayor parte de los hom- bres.» Y Snoopy lo ha dicho aún con mayor concisión:

«Amo a la humanidad. A quien no puedo aguantar es a la gente.»

Un compañero jesuita, que probablemente no cono- cía esas citas, me dijo una vez con gran sentimiento y verdadera preocupación: «Yo amo a la Compañía de Jesús con toda mi alma; incluso puedo llegar a decir con verdad que es el mayor amor de mi vida. Por eso mismo no puedo aguantar a estos jesuítas jóvenes que se portan de manera tan distinta de las tradiciones que nos enseñaron a nosotros. Estoy encargado aquí de al- gunos de ellos y me resulta una situación insostenible.» Amaba tanto a la Compañía ideal de sus sueños que ha-

bía llegado a rechazar

la Compañía real de su vida dia-

ria. Amaba las reglas y las constituciones, pero sentía animadversión hacia jesuítas de carne y hueso. Amaba la historia de la Compañía, pero repudiaba su presente. Se había olvidado de que la mejor manera, la única manera de amar a la Compañía de Jesús, es amar a je-

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VIVIENDO JUNTOS

suitas, y a jesuítas

vivos, reales y jóvenes. Había de-

jado que su imagen de la Compañía ideal se entrometie- ra y, al final, acabara con sus relaciones con jesuítas de

verdad.

Sé muy bien lo mal que lo pasó —y se lo hizo

pasar a los demás—. Dietrich Bonhoeffer fue director de un seminario en Finkenwalde antes de la guerra. Allí él, que más

tarde habría de conocer la soledad de una celda en la prisión, tuvo ocasión de ver y vivir plenamente la rea-

lidad de la vida en común, reflexionó

sobre ella y tras-

ladó más tarde a un libro las lecciones de esa experien-

cia privilegiada. Su primera lección es precisamente el

peligro de soñar con la comunidad

ideal

y

el

efecto

desastroso que puede tener en la vida de cualquier gru-

po religioso. «Quien

ama

a

su

sueño de

la

comunidad

más que a la misma comunidad cristiana, la destruye». Quien tal hace, juzga, acusa, condena. Declara sus es- peranzas fallidas y acusa a los demás del fallo. Exige que

su sueño sea

realizado, y lo exige en nombre de Dios,

que, según él, es quien ha dado origen a ese sueño. Y

por fin, acaba quejándose de Dios mismo, que no se

preocupa lo bastante de su pueblo y no le obliga a hacer lo que ciertamente sería mejor para todos. En vez

de unir, divide;

en

vez

de

animar,

ataca,

y

no

para

hasta destruir la hermandad misma que profesa

servir.

«Son innumerables las veces en que una comunidad cristiana se ha deshecho porque había nacido de un puro sueño.»

Un jesuíta joven me descubrió una vez la primera

gran

crisis de

su vida

religiosa. Había

entrado en

el

noviciado con plena inocencia, creyendo que cada je-

suíta era un

santo, y cada casa de jesuítas un paraíso, y

se las había arreglado para mantener tan elevada idea

de la orden hasta

que

le

tocó ir

a una

casa

donde

se

SUEÑO Y REALIDAD

15

encontró atrapado en una lucha de poder a poder entre dos padres con sendas autoridades conflictivas; y en su tierna inexperiencia pudo ver en ellos algunos de los aspectos más ruines de la naturaleza humana cuando se desmanda. Se quedó de una pieza. ¿Dónde estaba ahora? ¿Dónde estaba la 'Compañía de amor' en que él había entrado? ¿Dónde estaba su sueño? Se encon- traba deshecho, angustiado, desconcertado. Necesitaba consuelo y ánimo, más que consejo o dirección.

Entre

otras

cosas que

le dije,

le conté

a modo

de

parábola cómo una vez asusté a un joven que me pedía

consejo sobre su matrimonio en peligro, diciéndole que

la única solución que tenía era el divorcio. No se había

imaginado que su situación

era tan

desesperada, y en

todo caso no se esperaba semejante salida de una perso-

na «oficial»

como yo. Le expliqué: Tenía que divor-

ciarse de la mujer

con quien se había casado, es decir,

del sueño de mujer con que se había casado, de la ima-

gen ideal de la esposa perfecta que él mismo se había

formado en su mente y había llevado de la mano al altar

en pura fantasía

romántica. Había adorado siempre la

imagen que él mismo se había creado de su mujer y se

había ido distanciando poco a poco de la mujer de carne y hueso que era su esposa. Lo que ahora tenía

que hacer era

divorciarse del sueño y volverse a casar

con su propia mujer —que era una persona admirable y capaz de hacerle feliz una vez que le permitiese entrar en su vida tal como ella era—.

Luego le aconsejé a aquel joven jesuíta que renovase mentalmente sus votos, su entrega a la Compañía, a la Compañía auténtica y real que estaba comenzando a conocer, no tan ideal, pero tampoco menos maravillosa que la que él había soñado. La entrega tendría ahora

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VIVIENDO JUNTOS

mayor valor, porque se haría con más conocimiento de causa. El joven comprendió enseguida.

El

sueño de la comunidad

ideal

es

el

primer ene-

migo de la comunidad real. El segundo enemigo viene de la dirección opuesta, aunque en la práctica acarrea

un peligro

muy

similar,

y

al final

causa los mismos es-

tragos. Ese enemigo es una actitud de pesimismo, desa- liento, desesperación por no llegar nunca a poder ha- cer algo para crear una verdadera unión de mentes y corazones y una vida de comunidad auténtica. En su

peor aspecto, esa actitud se hace cinismo y se ríe con desdén de todo esfuerzo por fomentar la unión, ya sean documentos de Roma o sesiones de dinámica de grupo. Todo se ha probado y nada ha dado resultado. Inútil volver a intentarlo. Pura pérdida de tiempo y adu-

lación

servil

a

las

autoridades, que insisten en que se

haga algo y a quienes hay que enviar de cuando en cuando un informe oficial de lo que se ha hecho a tal efecto. La vida de comunidad no funciona, y más vale

dejarla en paz. Guarda distancias, deja en paz a los demás, defiende tu derecho a que los demás te dejen

en paz, y vive tu vida. Un provincial jesuíta me dijo

una vez en persona las siguientes palabras:

«Este es

el consejo que les doy a mis subditos:

Si quieres afecto

en la Compañía

...

¡cómprate un perro! » Quizá no

sabía

que la voz 'cínico' viene de una palabra griega que quie-

re decir

'perro'

y

describe la

mueca

de quien

gruñe

como los perros.

 

La vida célibe, una formación ascética, el duro tra- bajo y la competencia que no perdona pueden hasta cier- to punto endurecer los sentimientos de una persona y dañar su vida afectiva. Pero, por el contrario, una mente virgen, un corazón abierto, una afectividad intac- ta y el carisma de amor universal que el sacerdocio y los

SUEÑO Y REALIDAD

17

votos traen consigo pueden aumentar la sensibilidad, enriquecer el afecto y contribuir con una profundidad desusada y una belleza nueva a las relaciones humanas de una persona consagrada a Dios. Para todo hombre o mujer que ha hecho unos votos, es aventura íntima y personal encontrar en su vida el equilibrio delicado y gozoso entre la entrega y la renuncia, entre el dejar y el pertenecer, entre la amistad humana y la soledad del corazón, entre la sociedad y la clausura. La vida con- sagrada es un feliz anticipo en este mundo de lo que ha de ser la vida en la Ciudad de Dios y, como tal, lleva en sí misma la semilla de las relaciones más verdaderas y del mejor amor. Hacer que esa semilla crezca y flo-

rezca y fructifique

es

el gran

reto —y

el gran privile-

gio— de la vida religiosa. La realidad en la vida de un grupo religioso está a medio camino entre el ideal imposible y el cínico des- dén. Reconocer y aceptar esta realidad es la condición básica para enfocar hacia el éxito cualquier esfuerzo de entendimiento mutuo y de vida en común. El ideal so- ñado tiene una idea demasiado alta de la comunidad, mientras que el desprecio cínico tiene una idea dema- siado baja de sus miembros, y ambas actitudes consiguen el mismo lamentable resultado de hacer imposible en la práctica la vida compartida del grupo. No sólo es la política la que es el arte de lo posible, sino la vida mis- ma. Lo posible es lo real, y a ello hay que atenerse. El grupo que conozca sus propias dificultades, acepte sus limitaciones, no olvide frustraciones y fracasos pa- sados, y al mismo tiempo tenga conciencia serena de su propio valer, reconozca las cualidades innegables de cada uno de sus miembros y valore positivamente cada esfuerzo y cada avance hacia una mayor comunidad de pensamiento, de trabajo y de vida, tiene la mejor ga-

18

VIVIENDO JUNTOS

randa

de que llegará a encontrarse

a

sí mismo

y

a se-

guir avanzando en el camino de la unidad. El realismo sincero es la base primera del éxito.

En nuestro caso, el realismo, además, se encuentra

reforzado por la fe. No somos una sociedad de negocios que busca ganancias materiales. No somos una oficina

ni una fábrica.

Nuestro objetivo no es la eficiencia

ni

la productividad. No nos juntamos al azar ni nos elegi- mos unos a otros. Nos empuja en nuestra vida una fuer- za común, en la que reconocemos una llamada, una pro-

videncia,

una

vocación. No son nuestras

preferencias

personales las que nos unen. Oí una vez que se proyec-

taba abrir

una

casa religiosa

en cierto

sitio

de

la

si-

guiente manera: se escogería primero al que iba a ser superior de la nueva comunidad; luego él escogería a un amigo suyo como segundo miembro del grupo, y ambos juntos invitarían a un amigo común a que se les uniera, repitiéndose el proceso hasta completar el nú-

mero. No

sé si se llevó

a cabo el proyecto, pero

quiero

comentar que, aparte de que el sistema no parece prác-

tico y causaría

reacciones adversas por parte de otros

grupos, ésa no es nuestra manera de acercarnos unos a otros y formar grupo. No es probable que Simón el Ze- lote hubiera escogido a Mateo, el recaudador de im-

puestos: uno era un patriota

ardiente,

y

el

otro

un

odiado colaboracionista.

Nada

les podía

haber

hecho

acercarse el uno

al otro

y vivir

en

paz. Pero

fue

otra

voz la que les llamó, y ambos se sentaron juntos al

lado de Jesús.

Incluso cuando la amistad contribuye a formar un grupo, como sabemos que lo hizo en el caso de Ignacio y sus compañeros, adivinamos allí también la actividad callada de un orden superior. Las circunstancias son los dedos de la mano de Dios, y un encuentro accidental

SUEÑO Y

REALIDAD

19

es providencia eterna. Por muy personales que sean las circunstancias de nuestra vocación individual, más tarde o más temprano vamos cayendo en la cuenta de

que no era una llamada aislada, de que nuestras vidas

estaban llamadas a encontrarse, y de que es con

otros

y a través de otros a nuestro lado como hemos de hacer

realidad nuestras esperanzas, librar nuestras batallas y alcanzar nuestra meta. La acción de Dios entre los hom- bres, desde el 'pueblo errante' hasta el 'pequeño re- baño', se ha actualizado con preferencia a través de un grupo, una familia, un pueblo. Esa es nuestra herencia. En esa tradición nos colocamos. En esa continuidad se basa nuestra esperanza de vivir como hermanos. En un mundo que está herido, dividido, dispersado, Dios es- tablece, en la múltiple maravilla de su poder, células de gracia para unir y reconciliar y sanar como signo de su

presencia actual y de su voluntad de salvar. Eso es lo que somos: una imagen, una muestra, una prenda de

lo que ha de ser la vida

en. la casa del Padre. Somos

un signo, una garantía, una parábola, una promesa. Y esa promesa es nuestra vida. Por mínimo que sea nues- tro grupo y por frágil que sea nuestra unión, represen- tamos la palabra de Dios, encarnamos su providencia, mediatizamos su acción. Vivimos en una tienda batida por el viento en un desierto hostil. Pero el desierto es Sinaí, y la tienda abriga a hijos del pueblo de la espe-

ranza.

ÉXODO

El libro del Éxodo es contexto indispensable para quienes quieren vivir juntos en nombre de Dios, quie- ren realizar su presencia y dar testimonio en grupo. Los lazos que nos unen a nosotros son en esencia los mismos que unían al primer Pueblo de Dios. Es ya signo para nosotros, y ánimo en nuestro deseo de unirnos, el hecho de que el primer Pueblo de Dios no estaba en manera

alguna compuesto solamente de israelitas, que ya entre sí se diferenciaban bastante en tipo y en edad, sino también de «una muchedumbre abigarrada» (Ex 12, 38) que se unió a ellos al emigrar, y que incluía gen- tes que no eran descendientes de Jacob, ni siquiera se- mitas, e incluso algunos egipcios (Lev 24, 10). El dis- tintivo para un judío ya no sería en adelante la 'des- cendencia de Abraham, Isaac y Jacob', sino el hecho de 'haber sido sacados juntos de Egipto'. La identidad para un israelita se derivaba de su concepto de Dios (como también su concepto de Dios reflejaba su manera de percibir su propia identidad); y el concepto de Dios

como

'el Dios de Abraham,

Isaac y Jacob' da paso, ya

desde el Sinaí, al

nuevo concepto de 'el Señor tu Dios

que te ha sacado de Egipto' (Ex 20, 1). Eso era lo que

les unía y lo que les definía: eran un pueblo liberado conjuntamente, es decir, formaban un pueblo porque habían sido liberados conjuntamente. Una acción que une. Una experiencia que hace a un pueblo. Tanto es

22

VIVIENDO JUNTOS

así que cuando, en generaciones venideras, los israeli- tas ya no tengan la experiencia de haber sido sacados personalmente de Egipto, la Mishna les seguirá orde- nando en obediencia tradicional: «Cada hombre y en cada generación ha de considerar que él mismo ha salido personalmente de Egipto. No sólo fueron nuestros pa- dres los que fueron salvados por el Santo de Israel, cuyo nombre sea bendito, sino nosotros mismos.» Una liberación común en origen era y había de seguir siem- pre siendo su identidad como Pueblo. El mismo es nuestro caso. La base de nuestra unión es que hemos sido llamados juntos: primero a la Igle- sia, heredera y plenitud del primer Pueblo de Dios; y dentro de la Iglesia, a familias religiosas concretas, lla- madas a la experiencia y al testimonio de la unión en entrega especial. Tradicionalmente, nuestra vocación nos lleva del 'mundo' a la 'vida religiosa', con muros de mo- nasterios como testigos de la separación, de la distan- cia y de la unión de los que viven dentro. Hoy, más bien sin esos muros, nos esforzamos en conseguir una unión aún mayor entre nosotros, permaneciendo al mis- mo tiempo en contacto con la sociedad de nuestros días y formando parte viva de ella. Las salvaguardas exter- nas de la unión han disminuido; a nosotros nos toca reforzar los lazos internos en alegre compensación. La común vocación trae consigo una común histo- ria hecha de vivencias, memorias, nombres en común. Esto ocurre no sólo con el grupo en general (con su respaldo de siglos y su memoria de generaciones), sino también con cada grupo concreto que vive y camina año tras año en esfuerzo unido. Cruzar juntos el desier- to une. Trabajar juntos une. Hacer frente a dificultades juntos une. Hace algunos años, en la universidad de jesuítas en

ÉXODO

23

que trabajo, tuvimos que sufrir una huelga de estudian- tes, exclusivamente dirigida contra nuestra universidad, que duró muchos días y obtuvo una gran publicidad contra nosotros en toda la ciudad. Era penoso hasta el tomar el periódico aquellos días, con la certeza de que en alguna página traería algún reportaje contra nosotros, alguna denuncia, algún ataque. Aun para andar por la calle hacía falta valor aquellos días, sabiendo que todos estaban hablando de nosotros y nos señalaban con el dedo. Fueron días de puro desierto. Y nos unieron a todos nosotros más que cualquier otro suceso o ejerci- cio en toda nuestra historia. Presentamos un frente uni-

do; nos defendimos unos a otros y todos a todos; nos olvidamos de nuestras discrepancias; nos negamos ro-

tundamente a acusar a nadie o a buscar víctimas;

y

nos unimos en llevar juntos el peso de la protesta y el insulto de que nuestros mismos alumnos nos hacían ob- jeto. Aquellos días fuimos todos uno como nunca lo habíamos sido; y aun por mucho tiempo después de acabada la huelga, seguimos sintiendo en nosotros la li- gadura de unión que el sufrimiento en común había es- tablecido. El desierto une. El Sinaí también une. Liderazgo, legislación, la bús- queda en común de la voluntad de Dios y aun la expe- riencia humillante de fallar en su cumplimiento y bus- car el perdón juntos. Las reglas y constituciones que hemos aprendido forman un marco de referencia men- tal que facilita la comunicación rápida y el entendi- miento inmediato a través de una terminología, un vo- cabulario, una multitud de citas implícitas y alusiones ocultas, un clima espiritual y un fondo intelectual en que participan todos los miembros del grupo mientras permanece inaccesible a los de fuera. Una vez, dos psicólogos hindúes vinieron a dirigir-

24

VIVIENDO JUNTOS

grupo de jesuítas en una serie de sesiones de dinámica de grupo y formación de sensibilidad; y lo

nos

a un

primero

que tuvieron que hacer, y lo hicieron con un

empeño profesional que les honró, fue leerse nuestros libros, estudiar nuestra historia y aprenderse nuestro vocabulario. Nosotros damos por supuesto ese vocabu- lario esotérico, pero es una fuente de confusión para quien no esté iniciado en él. Palabras como 'comunidad', 'ministro', 'distribución', 'ejercicios' tienen para nosotros un sentido inmediato distinto del que tienen para el resto del mundo, y nos identifican y caracterizan como grupo aparte. El lenguaje es el gran lazo de unión del grupo, ingrediente básico de la identidad social del in- dividuo, característica distintiva del grupo a que per- tenece; y nosotros poseemos tal lenguaje en el sentido más pleno y profundo de la palabra, y lo usamos entre nosotros aun sin caer en la cuenta. Aunque ya no nos lean las reglas todos los meses mientras comemos, sus frases, sus expresiones, sus citas, su idioma nos siguen sonando en los oídos y se asoman a nuestros labios para enviar señales cifradas de amistad y aceptación a todos aquellos que las han aprendido como nosotros. Su es- píritu anima nuestra vida, y su expresión modela nues- tra conducta y engendra un sentir de familia entre to- dos los que comparten la misma tradición.

El principal factor de la unidad entre los israelitas, tanto en símbolo como en realidad, era la Tienda del Tabernáculo, descrita con detalle, erigida con cariño, colocada con cuidado en medio del campamento, hogar de la nube y del fuego que guiaban la marcha de día y de noche, centro de culto, de consejo y dirección, con- sultada a diario y celosamente custodiada y llevada a través de largos años hasta que descansó en la tierra prometida y se hizo Templo que dio sentido y fuerza

ÉXODO

25

y cohesión a un pueblo. Una liturgia, un culto, una Pre- sencia. Y aun un alimento simbolizado en el maná, la diaria invitación matutina a salir juntos y recibir el 'pan del cielo' en la mesa común del desierto. La capilla más

humilde en la más pequeña

de nuestras casas es todo

eso y mucho más; y una Eucaristía concelebrada de corazón por los miembros de un grupo es al mismo

tiempo signo y causa de Y luego, como parte

su mejor unión. aún de la liturgia, el Sábado.

El día de descanso, la vacación, la fiesta. Re-crearse es

volver a crearse. Disfrutar del ocio es un gran medio de unión. Vacaciones en común, una excursión juntos,

un

juego de cartas, un viaje de amigos para asistir a la

ordenación de un compañero;

o sencillamente, la sabi-

duría de descansar juntos, de charlar en las comidas, de tomarse un café sin prisas comentando los quehace-

res del día, de ensayar los placeres de la sobremesa.

Si

el desayuno se toma leyendo el periódico, el almuerzo

se traga de negocio a negocio, el té se sorbe de pie

mientras alguien espera, y la cena se toma

en bandeja

... ante el televisor para no perderse el programa de no-

che, la vida en común no tiene por dónde salir. El

comedor es, después de la capilla, el gran centro

de

unión. Asistencia a las comidas, puntualidad en ellas, no aceptar con facilidad invitaciones a comer fuera, no

levantarse antes que los demás

todo eso demuestra

... respeto al grupo y fomenta la vida común. La herman-

dad

de la mesa es importante

porque es diaria, ocupa

al hombre entero, presenta la oportunidad repetida de

juntarse y charlar y disfrutar del buen yantar mientras

nos enteramos de todo lo que pasa

en el grupo y en la

ciudad y en el mundo entero, entre noticias y bromas y simple cotilleo. La comida en familia ayuda a la vida en familia. El alimento es importante para la vida, y la

26

VIVIENDO JUNTOS

manera como lo tomamos es importante para la vida en común.

La entidad física de la Tierra Prometida fue siem- pre y continúa siendo hasta el día de hoy el lazo de unión más estrecho entre el pueblo judío. Como meta lejana, como campo de batalla, como patria espiritual y como estado soberano, ha dominado su historia y ha unido sus corazones. El libro de Josué atribuye a Moi- sés la distribución detallada, con nombres y fronteras, del nuevo territorio a las tribus de Israel. «Moisés ha-

bía dado

a la tribu

de los hijos

de Rubén una parte por

clanes. Su territorio fue desde Aroer, que está a orillas

del torrente Arnón, incluida la ciudad que está en me- dio de la vaguada, y todo el llano hasta Medbá; Jesbón, con todas las ciudades situadas en el llano; Dibón, Ba-

mot-Baal,

Bet-Baal-Meón,

Tahas,

Quedemot,

Mefaat,

Quiryatáyim, Sibmá, y Séret-has-Sájar, en el monte del

valle;

Bet-Peor, las laderas del Pisgá, Bet-ha-Yesimot,

todas las ciudades del llano y todo el reino de Sijón, rey

de los amorreos ...»

(Jos 13, 15-21), y así siete capítu-

los de nombres y ciudades y límites y valles. Al nom- brar cada parcela de terreno, Moisés toma posesión de ella para su pueblo, de la misma manera que al nom-

brar a los animales en el origen de la creación Adán

adquirió podet

sobre ellos. La larga

lista de

nombres

extraños

suena

a letanía

sagrada, la geografía

se hace

teología y un trozo de tierra se hace patria.

También en nuestras vidas podemos descubrir la geografía como lazo de unión. Es verdad que, como

jesuítas, entramos en la Compañía de Jesús universal que abarca al mundo entero; y, de hecho, no nos que-

damos cortos en viajar

con toda la frecuencia

y

a

la

mayor distancia que podemos, pero también es verdad que la mayor parte de nuestra vida la pasamos y traba-

tXODO

27

jamos en una 'provincia' concreta a la que pertenecemos y en cuyo catálogo estamos inscritos. El territorio de esa provincia es nuestra unidad topográfica, la 'porción' prometida de la herencia bíblica, el escenario de nues- tro trabajo, el marco físico de nuestra vida y nuestras actividades. Viajar a lo largo y a lo ancho de esa tierra, conocer los nombres de sus pueblos y el polvo de sus caminos, palpar su geografía y beber sus paisajes, visi- tar a compañeros en los puestos lejanos en que viven y recorrer con ellos las tierras de su celo, empaparse con las lluvias de los monzones que inundan el campo, y su-

dar juntos bajo el sol implacable de cada día

todo eso

... nos acerca y nos junta y nos une. Este año, por error de

imprenta, el mapa de la provincia no se imprimió en el catálogo de la nuestra y, cuando yo lo noté, sentí que faltaba una página esencial. El lazo de unión de.la tie- rra, a un tiempo entidad física y concepto teológico, es importante para nuestra unión. La historia de la sal- vación no puede escribirse sin una geografía de la sal- vación.

 

El título para poseer

la

tierra de promisión

es

la

entrega

personal

que juntos

hacemos al Señor,

cuya

herencia es. Cuando

Josué se supo

a punto

de

morir,

congregó

a todas

las tribus

de

Israel en

Siquem, les

recordó todo lo que el Señor había hecho por ellos des-

de Egipto hasta el Jordán, y los llevó a renovar en

común su opción fundamental

del Dios

de

Israel

por

encima de todos los dioses de los pueblos entre quienes

vivían.

«Josué

dijo

a

todo

el pueblo:

'Ahora,

pues,

temed

al

Señor

y servidle perfectamente,

con

fideli-

dad;

apartaos de los dioses

a

los

que sirvieron

vues-

tros padres más allá

del Río

y en

Egipto, y servid

al

Señor. Pero, si no os parece bien servir al Señor, elegid

hoy

a quién habéis de servir,

 

o a

los

dioses a quienes

28

VIVIENDO JUNTOS

servían vuestros padres más allá del Río, o a los dioses de los amorreos en cuyo país habitáis ahora. Que yo y mi familia serviremos al Señor'. El pueblo respondió:

'Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a otros dioses. Porque el Señor nuestro Dios es el que nos sacó, a nosotros y a nuestros padres, de la tierra de Egipto, de la casa de servidumbre, y el que delante de nuestros ojos obró tan grandes señales y nos guardó por todo el camino que recorrimos y en todos los pueblos por los que pasamos. Además, el Señor expulsó delan- te de nosotros a todos esos pueblos y a los amorreos que habitaban en el país. También nosotros serviremos al Señor, porque él es nuestro Dios'. Aquel día, Josué pac-

v

tó una alianza para el pueblo; le impuso decretos y normas en Siquem. Josué escribió estas palabras en el libro de la Ley de Dios. Tomó luego una gran piedra y la plantó allí, al pie de la encina que hay en el santua-

rio del Señor. Josué dijo a todo el pueblo:

'Mirad, esta

piedra será testigo contra nosotros, pues ha oído todas las palabras que el Señor ha hablado con vosotros; ella será testigo contra vosotros para que no reneguéis de vuestro Dios'. Por fin, Josué despidió al pueblo y cada uno volvió a su heredad» (Jos 24).

Nuestra alianza son nuestros votos. Una decisión personal y comunitaria, un acto público, una entrega perpetua. Los votos nos unen al darnos la base de una mentalidad común; al dejarnos libres para el servicio conjunto de los hombres; al separarnos de los demás conservando, sin embargo, contacto íntimo con todos; al inspirarnos, con su sentido y su observancia, las nor- mas y la práctica de la vida en común: la pobreza nos sienta alrededor de la mesa común, la castidad nos in- tegra en una familia, la obediencia nos reúne bajo una cabeza. Un amigo mío hindú que estuvo presente en

ÉXODO

29

la ceremonia de la profesión de cuatro jesuítas me dijo:

«Lo que me ha chocado es que uno tras otro los cuatro han leído la misma fórmula.» Y añadió: «No es ex-

traño que todos somos.

seáis de la misma marca.»

Sí que

lo

Los lazos que nos unen son tantos, tan definidos

y tan firmes,

que podemos a veces llegar a abusar de

ellos, y de hecho se nos ha acusado en este sentido.

Grupismo, exclusivismo, esoterismo. Orgullo jesuítico, filas cerradas, complejo de superioridad. Mientras re- conocemos nuestros fallos en lograr la unidad, nos pue- de alentar el saber que algunos creen que tenemos de- masiada. Ortega y Gasset, alumno de los jesuitas, de- nunció años más tarde la formación que había recibido en su colegio en un célebre artículo de El Imparcial,

en el que, después de otras acusaciones, llega así a la condena final: «Aún esto fuera pasadero si la desmo- ralización a que conduce la pedagogía jesuítica se detu-

viera ante la idea de la fraternidad humana. Pero

ape- nas entra Bertuco en el colegio escucha de labios de aquellos benditos padres una palabra feroz, incalcula- ble, anárquica: los nuestros. Los nuestros no son los hombres todos: los nuestros son ellos solos. Bertuco verá la humanidad escindida en dos porciones: los jesui-

...

tas y luego los demás. Y oirá una vez y otra que los demás son gente falsa, viciosa, dispuesta a venderse por poco dinero, ignorante, sin idealismo, sin mérito alguno apreciable. Por el contrario, los nuestros, los je-

suitas, son

de tal condición específica que, a lo que

parece, no se ha condenado ninguno todavía. Saldrá Bertuco del colegio inutilizado para la esperanza: por muy graves esfuerzos de reflexión que haga, jamás lo- grará vencer una desconfianza original, un desdén aprio- rístico ante los demás hombres. En cambio, estudios un

30

VIVIENDO JUNTOS

poco más serios, meditaciones más vigorosas le harán insoportable el recuerdo de los nuestros.»

Ortega era el primer pensador de España

cuando

yo me formaba allí de jesuíta,

y no se me permitió leer

sus libros. Muchos años más tarde, cuando el mundo cambió y yo con él, leí sus obras y me encontré con ese pasaje. El pasaje me dolió profundamente, y el dolor

venía del hecho de que en parte era verdad. Mis pri- meros años de jesuíta quedaron marcados por un acen- to constante sobre los nuestros, la palabra misma se nos repetía veces sin cuento a diario, y yo llegué a adquirir un 'complejo jesuítico' que conllevaba un infinito orgu- llo de grupo y, si no desprecio, al menos una actitud de protección y condescendencia hacia el resto de los hombres que no compartían nuestra excelsa vocación. Liberarme de ese complejo me llevó muchos años y muchos encuentros con la realidad. Resulta extraño te- ner que decirlo ahora, y hasta uri poco humillante, pero el hecho es que, para mí, entonces los jesuítas no éra- mos como el resto de los hombres, ni siquiera como otros sacerdotes o religiosos. Eramos clase aparte. A mi maes- tro de novicios le gustaba levantar con una mano el fa- jín que llevábamos a la cintura y nos distinguía de otros sacerdotes o religiosos, y repetir una y otra vez: «Lo que importa es el fajín.» El mensaje estaba claro. Ahora me sonrío al pensar que hace muchos años no he vuelto a llevar el fajín.

Junto con el fajín, otros lazos externos de unión han desaparecido en todo o en parte. La sotana, la clau- sura, la campana, el horario, la uniformidad y la regu- laridad ya no ocupan entre nosotros el lugar que un día ocuparon. Pero, por otro lado, las oportunidades para el contacto personal entre nosotros han aumentado, y se ha establecido un clima nuevo de mayor apertura

ÉXODO

31

y comprensión y aprecio de la intimidad. Ahora nos po-

demos

acercar

unos

a

otros mucho más

que

antes, y

estamos aprendiendo con alegría a aprovecharnos de

esta invitación

a la amistad

en

la

mejor

de las causas.

Por lo que yo sé y vivo, los lazos de relación personal entre nosotros, el contacto de hombre a hombre, de

corazón

a corazón, el

aprecio directo y el

afecto

since-

ro, en una palabra, la amistad entre jesuítas, han au-

mentado grandemente en esta generación. Estamos de enhorabuena.

AMISTAD

«De París llegaron aquí nueve amigos míos en el

Señor.» Así es como Ignacio describe su grupo en carta a Juan Verdolay desde Venecia el 24 de julio de 1537.

Amigos en el Señor. No hay definición

mejor. El lazo

de la amistad humana consagrado por la presencia del Señor, que también llamó amigos a los hombres más cercanos a él. Todos los demás lazos de unión, divinos o humanos, encuentran su mejor expresión y su prác- tica diaria en esta relación privilegiada de amistad en el Señor. Cuando yo reflexiono y pienso qué es lo que

supone para mí ser jesuíta hoy, la primera idea que se levanta con fuerza en mi mente es que mis mejores

amigos son jesuítas. A eso conduce, a través de los años, la vocación compartida, la larga formación, el trabajo, la oración, el descanso en común, los votos y los ejerci- cios, las reglas y las constituciones. Amigos íntimos con los que se puede compartir toda experiencia y a quienes se puede confiar todo pensamiento, porque el fondo común de fe y perspectiva protege y valoriza el mutuo entendimiento y el sentimiento sincero, que forman la mejor de las relaciones entre hombres. Esos amigos je- suítas íntimos son pocos por definición, pero a través

de ellos se establece un lazo vital

con todo el cuerpo de

la Compañía. Los lazos jurídicos se hacen carne y san- gre y afecto y gozo a través de amigos personales en el Señor.

34

VIVIENDO JUNTOS

Y no es que el camino de la amistad entre jesuítas fuese fácil, no. En mi noviciado éramos ciento ocho novicios bajo un solo maestro. El nos instruyó y amo- nestó que cada uno de nosotros teníamos que querer a

los ciento

siete restantes por igual. No era tarea fácil.

El número derrota al afecto. La democracia no funciona en los sentimientos. Esforzarse en tener a todos el mis- mo afecto pronto degeneraba en resignarse a tener a to- dos el mínimo afecto. Y apartarse de ese canon mínimo era hacerse sospechoso, hacerse acusar de exclusivis- mo, de sentimentalismo y del crimen horrendo de 'amistades particulares'. El espectro de las 'amistades particulares', con sus insinuaciones homosexuales, ame- nazaba a cualquier relación y viciaba cualquier amistad en un clima de escrúpulos y sospechas. Se nos insistía en ese tema año tras año en público y en privado, y no había ejercicios anuales o triduo de renovación de votos completo sin una instrucción detallada y amenazante sobre la materia. Una vez tuve que aguantar un triduo entero sobre el tema. Esta vigilancia oficial a la que se nos sometía testifica, por un lado, la solicitud con que nuestros superiores velaban sobre nosotros; y por otro, la necesidad insistente del hombre joven de acercarse más a unos que a otros, entre los compañeros con quie- nes vive. Había que ser valiente para hacer eso en- tonces.

Esa desconfianza inicial hacia la amistad que se nos inculcó desde el principio de nuestra formación se siguió manifestando, pasados los años, en una especie de resis-

tencia oculta a entablar amistad profunda aun con com- pañeros jesuitas. Esa resistencia puede tomar muchas for- mas. Inercia afectiva, miedo a cambiar, desconfianza de los propios sentimientos, reserva intelectual, aislamiento

espiritual ...

Oí decir a un jesuíta: «Yo soy duro de pe-

AMISTAD

35

lar. Me las arreglo solo. He vivido cuarenta años sin amigos y puedo vivir otros cuarenta sin ellos.» También hay quien puede vivir sin sonreír. ¿Por qué será que ele- gimos a veces la esterilidad en nombre de la santidad? Para otros, el grupo, de una manera general e im- personal, ocupa el lugar del amigo personal, y aseguran que el grupo como tal les proporciona toda la atención y el cuidado que necesitan en la vida. Oí decir a un compañero, a quien aprecio con toda mi alma: «La co- munidad es mi mejor amigo.» Hay algo muy profundo y muy bello en esa actitud, y ojalá la tuviéramos todos en lo que tiene de positivo; pero, con toda su belleza y profundidad, se equivoca en lo esencial. Aquí es donde diez personas no pueden sustituir a una; donde compa- ñerismo no es intimidad ni camaradería es afecto; y don- de echar una mano de ayuda no es lo mismo que poner- la con cariño sobre el hombro del amigo cuando la ne- cesidad se hace sentir. El grupo nunca puede reemplazar a la persona. Otros, por fin, van a encontrar refugio en la popula- ridad fácil, la vida social, fiestas, diversión, contactos su- perficiales, relaciones públicas. Todo eso queda a flor de piel y nunca llega al corazón. Una vez más, los mu- chos no pueden sustituir a los pocos. Y luego viene el trabajo, la actividad, la prisa, el estar siempre ocupado, siempre en acción, siempre en movimiento, que es el sustituto más general y más peligroso del afecto y la amistad. Aún no he oído a nadie decir esto de hecho, pero no me extrañaría si algún misionero eficiente me dijera algún día: «Mi jeep es mi mejor amigo.» Una vez sí que oí a uno decirme, mostrándome su guitarra: «Mi guitarra es mi mejor amigo.» Y yo amóla música. Pero me dio pena. Otra objeción a amistades concretas, muelo más

36

VIVIENDO JUNTOS

sutil y espiritualizada, es el profesar que nuestro cora- zón está consagrado al Señor, y él sabe lo <jue necesi- tamos y llena nuestros vacíos. «Jesús es mi mejor ami- go, y no necesito otro.» «Nunca me siento solo, porque Jesús está siempre conmigo.» Ese es el fundamento de

nuestra vida, el corazón de nuestra fe y la esencia

de

nuestra oración. La amistad personal con Jesucristo es la mejor realidad de nuestras vidas, y el vivirla pue- de llegar a ser una experiencia tan intensa, tan feliz, tan llena de gozo íntimo y de placer sin mancha que nada más y nadie más parecen hacer falta para la felicidad completa y el desarrollo total de la persona. A veces se nos conceden destellos de esa relación única que nos llenan de gozo y reverencia, y a veces temporadas en- teras de nuestra vida parecen sumirse en esa experiencia transformadora del amor personal que Dios nos tiene,

como anticipo del cielo en nuestros corazones. Sé por propia experiencia lo que eso significa;

he

vivido no sólo en mi juventud, sino en mi edad madura

y bien

madura, períodos de gracia y de luz en que Dios

se acerca y todo lo demás palidece; y he gustado la verdad, la alegría, la profundidad, la ilusión y el idilio de decir simplemente: «Jesús es mi mejor amigo.» Ese es el fruto más exquisito de nuestra fe, y esa vivencia auténtica personal es lo que hace que la religión sea algo vivo en nosotros. Dios puede satisfacer y, de hecho, a veces satisface directamente por sí mismo todas las necesidades de los hombres que ha creado, incluso sus necesidades afectivas. Sin embargo, la experiencia en- seña que no lo hace siempre; de hecho, no lo hace de ordinario. Los filósofos explican eso diciendo que Dios suele preferir actuar a través de 'causas segundas', es decir, a través de otros hombres; y en la práctica, to- dos actuamos también de acuerdo con ese principio. Yo

AMISTAD

37

digo con fe que «Jesús es quien me cura», y a él le pido

en

oración la

salud cuando caigo enfermo, al mismo

tiempo que voy al médico y tomo la medicina que me

receta. También digo:

«Jesús es quien

me enseña, Je-

sús es mi maestro», y nada más verdad que ello. Jesús me enseña y me ilumina a veces por sí mismo en las profundidades de mi mente, y de ordinario a través

de los libros

que leo y las personas

que consulto. Dios

actúa a través de los hombres. Y del mismo modo, cuan-

do se trata de la amistad y el amor, que es lo que más

importa

en

la vida, Dios ama

a través de los hombres.

Jesús, mi mejor amigo, me hace sentir

y vivir

su

amor

a través de los hombres y mujeres que ha puesto a mi

alrededor, en mi familia, en mi vida, en el grupo re- ligioso donde transcurren mi trabajo, mi oración y mi

esperanza a lo largo de

toda mi vida. Jesús es mi mejor

amigo, y necesito otros amigos a mi lado que me hagan

sentir, expresar y vivir con ellos esa amistad suprema

que da

sentido a todas las demás.

Necesito amigos, ante todo, para conocerme a mí mismo. El conocimiento propio es el punto de partida y la condición esencial de toda búsqueda espiritual, hu- mana o divina; y es paradoja ineludible que el conoci- miento propio no puede obtenerse por uno mismo. Ne- cesito un espejo para ver mi rostro. Necesito un amigo para ver mi alma; necesito su presencia, su paciencia, su intuición, sus reacciones, su amor, para que me refle-

jen los rasgos de mi alma, me iluminen a mí mismo mi

propio modo de ser, me revelen

a mí

ante mí. Lo me-

jor de mi ser se manifiesta en la amistad; mi alegría, mi humor, mi ternura, mi picaresca, mi interés por los demás y mi valor para ser yo mismo, todo ello florece de manera espontánea e irreprimible cuando me en- cuentro en la presencia de un amigo a quien amo. El

38

VIVIENDO JUNTOS

hace brotar mis mejores cualidades, y luego me las re-

AMISTAD

30

quieren todos ellos una nueva luz y un nuevo valor

fleja

de vuelta,

en ese cuadro

ensalzado de mi

mejor

cuando los veo reflejados

en

el

aprecio y

el cariño

de

esencia, con

su amor por

mí, con

su alegría al verme,

un amigo de confianza.

Sólo entonces me conozco de

con su aceptación

total

de

todo

lo que

soy y tal

como

veras a mí mismo. El hombre se descubre a sí mismo

soy, con lo que a veces me dice directamente

de cómo

solamente en diálogo con otros;

y

el

diálogo

con

un

ve él mismo y cómo interpreta

lo que yo digo y lo que

amigo íntimo es el mejor de los diálogos.

yo hago. Un amigo fiel

al

lado

es

la

mejor

ayuda

Muy cerca del conocerse a sí mismo, y muy relacio-

para conocerse a sí mismo

sin velos

y sin miedo.

nado con ello, está el aceptarse a sí mismo. Para eso

 

Hace muy poco, estaba yo pasando un rato a solas

también

necesito

amigos. Será

por

lo

que

sea, pero

a

con un amigo íntimo y, al escucharle, caí de repente en

todos nos es difícil aceptarnos a nosotros mismos. Por

la cuenta

de

la

voz tan

bella que tenía. Allí mismo le

muchas que sean nuestras cualidades y nuestros éxitos,

dije:

«La verdad es que nunca

te lo he dicho, y

puede

por mucho que los demás nos ensalcen y alaben, se

ser

que

mismo no lo hayas notado, pero

el

hecho

nos hace permanentemente difícil el gustarnos a nos-

es que tienes una voz bellísima, una voz muy musical.

otros mismos tal como somos, el reconciliarnos con

Ya

sé que

no

eres

cantor, y no

se trata

de eso;

pero,

nosotros mismos, el aceptarnos. Tendemos a ser dema-

sin necesidad

de que cantes, ya

en el mismo hablar

tu

siado críticos, susceptibles, desconfiados; tenemos mie-

voz tiene un tono, un timbre, una suavidad, una rique-

do de que nos rechacen, y hasta las alabanzas nos hacen

za, una musicalidad que deleita íntimamente

al oído.

sospechar. Tanto examen de conciencia, tanto propósito

Aparte

de

lo

que dices, que

siempre me gusta oír,

sólo

voz es ya un verdadero pla-

y tanto plan, tantos objetivos ambiciosos y tanta bús-

el escuchar

el

sonido de tu

queda de la excelencia en todo nos han dejado marca y

cer.» El se quedó callado y pensativo un buen rato

nos han hecho ser jueces rigurosos en nuestra propia

cuando yo le dije eso;

y luego dijo despacio y con gran

causa. Con frecuencia, un reproche escrupuloso, una re-

sentir:

«Yo no

sabía

que

mi voz tuviera

nada

de

es-

criminación oculta, un remordimiento secreto acompa-

pecial. Nadie me lo había dicho hasta

ahora, y

¿cómo

ñan desde dentro de nosotros mismos a triunfos exter-

iba yo a saberlo?

Ahora me alegra saber que mi voz es

nos y éxitos públicos, y aun a veces a una vida entera

musical y que a ti te gusta. Gracias por decírmelo.»

Y

de trabajo ferviente y consagrado.

la melodía de su voz sonó aún más bella al decirme

He

aquí un

caso extremo de

que fui

testigo. Un

eso. Fue un pequeño incidente, pero auténtico y lleno

de sentido. Necesito alguien que me diga que mi voz

es bella, que mi compañía

es agradable, que mis pen-

samientos son valiosos, que mi vida merece la pena. Yo mismo, con frecuencia, no reconozco mi propia valía, y mis mejores cualidades se me ocultan. Y aun cuando reconozco mis cualidades y mis logros y mis éxitos, ad-

anciano jesuíta, ya fallecido, había dedicado su vida entera a la enseñanza y formación de jesuítas jóvenes, acompañado de un gran éxito y aprecio como profesor. Sin embargo, los últimos días de su vi<la quedaron em- pañados por un obsesivo miedo al infierno y Ja negra convicción de que allí estaba destinado a ir por toda la eternidad, pues estaba totalmente convencido de que

40

VIVIENDO JUNTOS

Dios lo había rechazado. Según mi análisis, el imaginar- se que Dios le rechazaba era sólo una proyección psi- cológica del haberse rechazado él a sí mismo. Su pro- blema había consistido siempre en la dificultad para aceptarse a sí mismo, problema agravado por el hecho de que, aunque tenía muchos admiradores, no tenían ningún amigo personal. Era tímido, introvertido, ensi- mismado, nunca satisfecho con sus investigaciones y desconfiado de sus propias conclusiones; y la falta del calor de unas relaciones personales le había hecho du-

dar de su propio valor como persona y del valor de toda su vida. No podía aceptarse tal como era, y proyectaba ese sentido de fracaso, agrandado y radicalizado, ha- ciéndolo aparecer como su rechazo final de parte de Dios. Yo le tomé mucha simpatía a aquel gran viejo cuan- do lo conocí una breve temporada hacia el final de su vida y él me confió sus temores. Habíamos adquirido una confianza mutua y hasta un verdadero afecto recí- proco, lo cual me permitió decirle un día, medio en se-

rio medio en broma:

«Hoy he tenido una revelación

directa

de Dios. Me ha delegado

a mí

el

asunto de su

salvación eterna. Ahora soy yo quien ha de decidir en su nombre si usted va a ir al cielo o al infierno por toda la eternidad, y mi decisión será definitiva. Ahora bien, usted sabe perfectamente cuánto aprecio yo su trabajo incansable y su contribución de toda la vida a la forma-

ción de generaciones de jesuítas en la enseñanza de una

asignatura importante y difícil. Tampoco ignora que usted me cae a mí muy bien y que yo le tengo por una persona extraordinaria; y ahora incluso le añado, aun- que usted es mucho mayor que yo en todos los senti- dos, que yo siento no sólo respeto, sino verdadero afec-

to por usted

aquí

donde le hablo, y

que he

disfrutado

enormemente estos días con su compañía y su conver-

AMISTAD

41

sación. Y ahora dígame usted con toda sinceridad: ¿Cree

usted que yo le voy a enviar al infierno

o al cielo?»

... El respondió a mi buen humor con una sonrisa larga y pensativa, y luego me dijo: « ¡Ojalá me hubiera dicho alguien antes palabras como esas! » Y no volvió a men- cionar el infierno. Sentirse aceptado por un amigo es la mejor manera de llegar a sentirse aceptado por Dios; y sentirse aceptado por Dios es el fundamento mismo de nuestra paz, de nuestra salud interior y de nuestra alegría. Entre los encuentros personales que me han dado una satisfacción especial en la vida y han dejado una huella imborrable en mi memoria, éste es induda- blemente uno de ellos.

Y es que necesitamos amigos, amigos verdaderos, cercanos, íntimos, para encontrar fuerza y firmeza en la vida, para enfrentarnos con las dificultades y salir ade- lante, para mantener el equilibrio mental y no volver- nos locos bajo el peso y la tensión del trabajo diario. Somos grandes trabajadores y la vida es exigente. Una responsabilidad lleva a otra, y el trabajo no acaba nun- ca. La fatiga física y el esfuerzo mental se hacen sentir en nuestros nervios todos los días, a lo largo de nues- tra dilatada vida. Cuando yo era joven, me dijo un superior: «Mucho se espera de usted.» Y he tenido ciertamente ocasión de verificar la verdad de esas pa- labras para mí y para todo jesuíta. Según avanzamos en la vida, la expectación aumenta, y cada vez arroja una sombra más larga sobre nuestro trabajo y más aún sobre nuestros propios sentimientos. Aprovechamiento en los estudios, resultados de exámenes, los primeros ministerios, éxitos que piden mayores éxitos, la com- paración inevitable y la competencia oculta con nues- tros iguales, el miedo al fracaso, la necesidad de sobre- salir: todo eso basta para destrozar en pocos años el

42

VIVIENDO JUNTOS

sistema nervioso más templado, y así lo ha hecho en más casos de lo que nos gusta recordar. El fracaso puede aplastar a un hombre; y el éxito, por paradoja tristemente real, puede hacerlo aún más rápidamente. La primera vez que oí la frase americana «el éxito es el camino más rápido hacia el fracaso», no la entendí. Sólo logré entenderla años más tarde. Cuan- do empecé mi carrera de escritor en lengua gujarati,

mis primeros libros fueron un éxito instantáneo. Dis- fruté con una especie de inocencia virginal los primeros frutos de mi trabajo y la ola de aprecio y elogios que me ocasionó. Recensiones halagadoras, cartas de admira- dores, invitaciones, visitas, popularidad. Todo era fácil y parecía un camino de rosas. Pero pronto hizo su apa- rición la ansiedad. Mi último libro ha sido un éxito:

¿qué suerte correrá el siguiente? Los críticos han reci- bido bien este libro: ¿cómo recibirán el próximo? ¿Hasta cuándo podré mantener el nivel? ¿Cuántos best- seller puedo escribir? Cada libro creaba más expecta-

ción, y cada nuevo libro tenía

que satisfacerla. La es-

piral de la ansiedad subía con cada libro y hacía más difícil el escribir el siguiente. El descanso de un nuevo éxito era sólo la preparación de una nueva tensión. Ha-

cerlo bien una

vez, sólo traía la necesidad de hacerlo

mejor la siguiente. Llegué a ver cómo un buen resulta- do podía ser una mala noticia, y cómo el éxito podía acarrear el fracaso. El camino era amenazadoramente claro: éxito, expectación, ansiedad; mayor éxito, ma- yor expectación, mayor ansiedad. ¿Hasta cuándo po- drían mis nervios resistir el tirón?

Un día estaba yo hablando de esos temores con mi

mejor amigo, jesuíta como 5^0, cuando él me dijo con un

guiño en

el

ojo

y

esa

sonrisa

picara

que tan

bien co-

nozco y tanto quiero:

«Por

ese

lado, no

tienes nada

AMISTAD

43

que temer

por mi parte.

¡Yo nunca leo

tus

libros! »

Los dos nos reímos con toda el alma, mientras yo asi-

milaba la verdad tan bella y tranquilizadora que él aca-

baba de expresar.

Su aprecio y su interés por mí no de-

pendían del éxito de mis libros. El me quería no como

escritor, sino como persona. Yo le gustaba no por mis libros, sino por mí mismo. Para él yo era un amigo, no un personaje. Ante él yo podía descansar, podía equi- vocarme, podía olvidar todo temor, podía ser yo mis- mo. Ni expectación ni exigencia ninguna. Tan sólo un sentirme aceptado y querido sin reserva ni condición. Desde luego que él se alegraba de mis éxitos y no de- jaba de decirlo con simpatía infalible, pero la falta

de éxitos no afectaría

a nuestra

amistad, a no

ser para

afirmarla más en la adversidad. La amistad que más me importa en la vida no dependía de mis éxitos pro-

fesionales.

El fracaso

había perdido

su aguijón,

y

la

ansiedad su veneno. Volvió la paz a mi alma. Caí en la cuenta de lo importante que es una sana vida afectiva para contrarrestar las exigencias de la vida pública y la

actividad externa;

lo esencial

que

es

la

amistad

para

derrotar

a la

ansiedad, y el

afecto

para

domar el éxito.

Necesito amigos que no lean mis libros para poder re- sistir la tensión de escribirlos. Necesito amigos para al- canzar la paz, la fortaleza y la alegría. Necesito amigos para poder, en verdad y libertad y profundidad, ser

pura y simplemente yo mismo.

Necesito amigos. Y necesito amigos jesuítas para tener mi centro afectivo de gravedad en casa, para dar

sentido a través de ellos a mi vocación, para formar con

ellos un grupo de «amigos en

el Señor» para el trabajo

y la

oración y la vida

en fe y alegría. Un joven jesuíta

me escribió en una carta muy personal: «Amo a la Com- pañía porque te encontré a ti. Dios bendiga a san Ig-

nacio.» Y a ti.

INTIMIDAD

La amistad se compone fundamentalmente

de

dos

elementos:

quererse y comprenderse. El corazón y la

mente. El amor y la comunicación

(y dejamos

a los

fi-

lósofos que discutan qué viene antes, el conocimiento

o el amor). Abrirle mi vida a mi amigo, revelarme

a él

tal como soy y dejarle que él se me revele a mí, y luego

sentir con él y expresarle

a

él

el más

profundo

y rico

de los sentimientos que es el amor humano íntimo y personal.

Jesús conoció en sí mismo este doble movimiento de la amistad humana, y lo expresó claramente: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo» (Jn 15, 9). Y: «Os he llamado amigos, porque os he contado todo lo que le he oído a mi Padre» (15, 15). «Os amo» y «os lo he contado todo»: eso es la amistad. Afecto y revelación. Amar y contar. El sentimiento y la palabra. Y en ambos, el recuerdo del Padre. Su amor está en todo amor, y su conocimiento en todo conocimiento.

Toda amistad tiene profundidad

trinitaria, y todo lazo

humano tiene un toque de eternidad. El amor con que

amo a mi amigo viene del Padre; y cuando yo me re-

velo

ante él, es el Padre quien

se revela

en mí. La amis-

tad es sagrada.

 

No

nos resulta

fácil

manifestar

el amor

que

nos

tenemos. Desconfiamos de las palabras, menosprecia- mos los sentimientos, huimos del sentimentalismo. El

46

VIVIENDO JUNTOS

amor ha

de ser efectivo

y práctico. Obras son amores,

que no buenas razones. «El amor se muestra más en

las obras que

en las palabras»

dice el mismo Ignacio,

que entendía de amor, y sus hijos respetamos su ex-

periencia y su doctrina. Pero en su misma expresión

noto el

'más', que deja

la puerta

abierta a las palabras,

y quiero subrayar que la expresión directa del amor es

también importante en la práctica de la amistad. Si hay

algo que yo pueda

hacer por mi amigo, lo haré de todo

corazón. Pero, por lo general, me encuentro con que la

mayor parte de los días no 'hago' nada por mis amigos. ¿Qué puedo hacer .por ellos? ¿Comprarles un helado? ¿Limpiarles los zapatos? ¿Hacerles favores? Desde lue-

go que les haré todos los favores

que pueda y todos los

encargos que me hagan cuando se ofrezca la ocasión, aunque pocas veces se ofrece. La mayor parte de los

días y de las horas no hay nada que yo pueda

'hacer'

por mi

amigo. Si dejamos

el amor

sólo

a las

'obras', se

va a enfriar bien deprisa. El amor requiere expresión, comunicación, palabras, efusión. El amor quiere asegu-

rarse. Quiere oír

una

y

otra

vez la noticia eterna. El

mismo Jesús preguntó tres veces: ¿Me amas? ¿Me amas de veras? ¿Me amas de una manera especial, más

que todos estos?

Y Jesús pregunta porque quiere oír

la respuesta. El amor quiere oír. No hay nada más

bello en la vida que el poder

estar delante de un

amigo

a quien se ama, apretar

su mano con gesto que es calor

y verdad y entrega y alegría, y pronunciar mirando a sus ojos las palabras sencillas, directas, eternas, sacra-

mentales: «Te quiero.» Tampoco es fácil hacerlo.

Un jesuíta

ya mayor había

ido al extranjero

por

primera vez en su vida, y se había traído de vuelta un

regalo bueno y caro para un jesuíta joven a quien quería mucho, sin habérselo dicho nunca directamente. Cuan-

INTIMIDAD

47

do volvió, pasaron varios días juntos; y al final de esos días, cuando el más joven se iba ya a marchar, el otro sacó el regalo, literalmente se lo tiró encima y le espetó abruptamente, sin mirarle: «Toma. He traído esto para

ti. Ahora vete.» Le empujó

y cerró

la puerta tras él. El

regalo estaba diciendo «te quiero» de la manera más clara y bella. Pero esas palabras no podían salir de unos labios a los que una disciplina austera había cerrado para hablar de amor. El gesto violento era, a un mismo tiem- po, testigo espontáneo de un amor verdadero y demos-

tración lastimosa de una incapacidad total para expresar sentimientos.

Y luego el compartir. Dar «de lo que uno tiene o puede», que son también palabras de Ignacio. Como

el hijo del rey dio al pastorcillo de

Israel cuando sus

corazones quedaron sellados en la amistad. «El alma de Jonatán se apegó al alma de David, y le amó Jonatán como a sí mismo. Hizo Jonatán alianza con David, pues le amaba como a sí mismo. Se quitó Jonatán el manto

que llevaba y se lo dio a David, su vestido y

también

su espada,

su arco y su cinturón.»

(1

Sam

18, 1-4). La

amistad encuentra a los amigos iguales, o los hace igua-

les. Y más importante que el manto y la espada es el compartir ideas, experiencias, temores, esperanzas, va-

lores, planes, fantasías, frustraciones, éxitos, fracasos, penas y gozos y preocupaciones y recuerdos, y el cielo y la tierra, y la vida entera en sus mil facetas y su com- pleja maravilla. «Os lo he contado todo.» La satisfac-

ción infinita de saber que en mi amigo tengo una per-

sona que sabe todo lo mío, que puede recibir toda con-

fidencia, guardar todo secreto, realzar toda

alegría y

suavizar todo dolor. Ayuda total. Entendimiento abso- luto. Amor sin condiciones. En mi vida he podido ve- rificar una y otra vez el equilibrio integral, la paz firme

411

VIVIENDO JUNTOS

y la radical fortaleza que la amistad aporta. «El amigo

fiel es seguro refugio.»

(Sir 6,

14). Sí que lo es.

En mis primeros días en la India, cada carta de casa o de mis compañeros jesuítas de España era un aconte- cimiento para mí. Dulce y amargo. La carta me traía noticias, recuerdos, cariño; y también me traía consigo el agudo recuerdo de mi soledad. Ahora yo estaba solo. Nadie había alrededor mío a quien yo pudiese contar esas noticias, que de todos modos tampoco eran grandes noticias. Leía la carta y volvía a leerla en solitario, y luego iba,a reunirme con mis nuevos compañeros, gente excelente también, pero con quienes yo aún no había establecido contactos personales, que llevan tiempo. Un día recibí carta de casa. No pude resistir el impulso y

me puse a leerla en mitad del pasillo, por el que en aquel momento pasaban otras personas. Me olvidé de donde estaba y dejé aflorar en mis labios una sonrisa

de satisfacción al leer. Un padre

«grave» lo observó y

me amonestó: «Hermano, las cartas personales no se leen en público, donde otros puedan verle.» Me puse

colorado. Me sentí culpable. Me habían cogido en un

;cto

reprensible. Me escondí enseguida la carta en el

bolsillo, borré mi sonrisa y me uní al grupo. La corres- pondencia privada ha de leerse en privado. Nadie ha de participar. Nadie ha de saberlo. El contacto con ami- gos lejanos, cuando yo aún no me había ganado a los de cerca, no hacía más que aumentar mi soledad.

Y ahora lo contrarío. La alegría de ir corriendo a un

amigo con la última carta de casa y comentar con él to-

dos los detalles:

la última diablura de una sobrina tra-

viesa, las fotos de su fiesta de cumpleaños, una boda,

un duelo

Conocer detalles de la familia y tener amigos

... en común afianza la amistad personal. Cada noticia, cada suceso, cada anécdota es un nuevo lazo de unión.

INTIMIDAD

49

Me emociona cuando un amigo llama a mi puerta todo excitado porque quiere que yo sea el primero en saber

que ha salido bien de un

examen, o cuando otro me

envía un telegrama por

la muerte

de

su padre

porque

quiere

tenerme

a

su lado

en

su

dolor. Yo necesito y

busco y disfruto las largas horas con un amigo después

de un

pesado

viaje,

a

la

vuelta

de dar

serie de

conferencias,

al acabar

un

nuevo

una libro. Y luego

el

re-

zar juntos, el abrir nuestros corazones al Señor en mu-

tua

presencia, y uno al otro en presencia

del

Señor, el

silencio compartido, el paseo a Emaús y el partir el pan en compañía. Una vez tuve que hacer frente a una crisis súbita en mis relaciones con mi grupo. Acababa de discutir con ellos mis planes para aquel año, que había resultado un asunto bastante penoso y me alegraba de haber acabado con él. Entonces me enteré de que algunos del grupo no estaban satisfechos y querían volver a tratar todo el asunto en la próxima reunión. Me puse furioso. Estaba dispuesto a desafiarles a todos y tenía ganas de en- frentarme y armar un buen escándalo; de hecho, estaba tan molesto que sentí la necesidad de desahogarme pri- mero con un amigo, para calmarme antes de obrar. Re- sultó que en aquel momento yo estaba geográficamente lejos de todos mis mejores amigos, excepto uno, el cual era un novicio de primer año, ajeno a conflictos y lim- pio de miserias. Dudé. ¿Cómo cargar su inocencia y enturbiar su paz con una historia sórdida de envidias, fricción, lucha y enfrentamientos? Pero mi necesidad era tan fuerte que pasé por alto todas las objeciones. Me fui derecho a donde estaba él y hablé sin parar. El me escuchó con una paciencia angelical y una compren- sión infinita. Lo encajó todo. Sintió conmigo, se preo- cupó conmigo y cuando, por fin, acabé, me dijo con

50

VIVIENDO JUNTOS

delicado candor:

«Yo

de

eso

no

entiendo

nada.

Pero

sí te entiendo

a

ti.

Lo

que tú necesitas

ahora es

tomar-

te un buen helado conmigo. Vamos allá.» Yo reí con

ganas. Nos fuimos

a por el helado. Aquel

día

vi

yo

una

vez

más

y

sentí

hasta

el fondo

la paz, la bendición,

la

liberación, la vuelta

a

la

cordura,

la

luz para

ver

y

la

fuerza

para

soportar

que

la

amistad

verdadera

engen-

dra en mi corazón. No hubo escándalo.

 
 

Amar

y compartir.

Los

dos pilares

de

la

amistad.

Ambos

se necesitan

mutua

y progresivamente

para

 

al-

canzar la riqueza soñada que un corazón siempre guar-

da para otro. Unos amigos responden

más

a

una

de

es-

tas dos dimensiones, y otros

a

la

otra;

a unos

les

atrae

más

el

afecto,

y

a otros

el intercambio

de

ideas

y

ex-

periencias;

y cada uno reacciona

a

su

manera,

distinta

y única, estableciendo así la identidad separada de cada

amigo y revelando el delicado juego de almas que se

complementan unas a otras y se acercan

misteriosamen-

te unas

a otras

a lo largo de trayectorias

siempre

distin-

tas y siempre nuevas. Cuanto más converjan en una sola

persona los dos movimientos de amar y compartir, más

íntima será su amistad. La confianza total dan la mejor amistad.

total con

el

amor

Esta combinación de afecto

profundo

y

confianza

mutua es la que engendra

el más precioso don

de la

vida

humana,

que es la intimidad. El contacto

de dos

almas.

El levantar

el

velo. La

cumbre de la unidad.

Ser uno

y

ser dos. La

riqueza

de

ser

dos

y

el

secreto

de

ser

uno.

La intimidad es la aspiración más noble del corazón hu-

mano, la diadema

de la amistad,

 

el lauro

de

la vida.

El

escritor indio Kalelkar, autor de un centenar de

libros

en

casi cien

años, dijo

de sí mismo:

«No mido el

valor

de mi vida por el número de libros que he escrito, de

conferencias

que he

dado

o de premios

que he

ganado,

INTIMIDAD

 

51

sino por el número

de los corazones en

los que

he ob-

tenido entrada

y

por

los

instantes

de

tiempo

en

que

he vivido la intimidad.»

 

La intimidad

hay que cuidarla, merecerla,

conquis-

tarla.

Para

ir creciendo

hacia

la intimidad,

quiero

ser

transparente con mi amigo, limpio de toda sombra y li-

bre de "toda duda;

quiero ser tierno y delicado, al mismo

tiempo que firme y decidido; no quiero depender de él ni hacer que él dependa de mí (¡y qué equilibrio tan

difícil es ése! ); quiero dejarle que me quiera él a su

manera, sin imponerle mi propia manera;

quiero saber

cuándo retirarme y dejar que crezca el deseo, y cuándo

acercarme con candor y confianza y dejar que dos almas se hagan una por un instante privilegiado, anticipo del

gozo eterno. Quiero aprender a esperar, a gastar

tiem-

po, a atesorar paciencia, a olvidar horarios, a dejar

que

el tiempo pruebe mi fidelidad,

a permitir

que

el

ritmo

oculto de la naturaleza haga florecer la primavera en

nuestros corazones al unísono. Sólo largos años de amis-

tad pueden florecer de pronto en momentos de intimi-

dad.

Y

la

belleza

de

la

flor

justifica

la disciplina

de

la

espera.

 
 

Una vez, durante unas vacaciones, estaba yo con mi

mejor

amigo en su cuarto charlando, comentando y no

haciendo otra cosa que no fuera hablar y escuchar y

callar juntos. Un tercer jesuíta llamó a la puerta, despa-

chó

el breve

asunto

que

le

traía

y volvió

a

marcharse,

dejándonos

solos. Al cabo

d e varias

horas

tuvo ocasión

de volver a llamar

otra

vez,

y

se

sorprendió

al encontrarnos

misma posición

a la puerta los dos

a que antes, con

e n

las

mismas

sillas

sólo la ceniza

y

en

la

acumula-

da

en

el cenicero cual

testigo mudo,

como la

arena

en

un reloj,

de las horas que habían pasado. Exclamó

con

tono de sorpresa, a un tiempo broma y reproche:

«¿Qué

82

VIVIENDO JUNTOS

diablos hacéis aquí solos tantas horas?

¿No os hartáis

el uno del otro?» No, no nos hartamos. O sí, algunas

veces sí que nos hartamos. Pero sabemos que la gracia

de la unidad

hay que esperarla juntos, que la centella

del fuego sagrado se enciende sólo cuando el profeta lleva largo rato rezando en la montaña, que las aguas

de la piscina junto a la Puerta de las Ovejas se mue-

ven sólo por la mano

invisible del ángel que baja en la

sombra, que la hora secreta del silencio desciende pro- piciada por la astrología recatada de astros ocultos, que

la intimidad no se puede programar y las confidencias no se pueden forzar; y esperamos y seguimos esperan-

do,

y

la

espera

es plenitud, el adviento es gozoso, las

largas horas juntos

son ensayo

de

la

felicidad

que

se

avecina. Y el momento de fundirse dos almas, cuando estalla en su milagro sin palabras, redime en un relám- pago horas de espera y años de fe. Un Tabor de luz. Una plenitud de los tiempos. Una revelación de amor. Alas de amistad sobre el desierto de la vida.

Una querida amistad me envió una postal con unas bellas palabras impresas y, lo que es aún más bello, su nombre firmado con cariño en lugar del nombre impreso al pie de la cita. La postal decía:

«Te apoyaré en todo lo que hagas, te ayudaré en todo lo que necesites, me uniré a ti en todo lo que sufras, te animaré en todo lo que intentes, te comprenderé en todo lo que hay en tu alma, te amaré en todo lo que eres.»

He guardado cuidadosamente esa postal.

COMPETICIÓN

«Todos son unos egoístas.» Esa era la opinión que san Pablo tenía de todos sus colaboradores en Roma, con la única excepción de Timoteo, a quien excluye ex- presamente. Hasta el dar testimonio de Cristo lo ha- cían «por envidia y rivalidad», y algunos llegaban al extremo de proclamar a Cristo «para apretar mis cade- nas». Pablo, en la cárcel, sintió el peso del egoísmo de sus propios compañeros y lo mencionó repetidas veces en expansión dolorosa a aquellos en quienes tenía com- pleta confianza, sus amigos de Filipos. En la expresión griega que usa, el artículo hoi antes de puntes subraya la universalidad de la frase. «Todos son egoístas.» (Flp

2,21).

No es extraño que nosotros también lo seamos. Y no es extraño que nuestras mejores obras se encuentren a veces, como las suyas, manchadas por los peores mo- tivos. El egoísmo es una amenaza para la vida en co- mún. El egoísta pone en peligro al grupo. O, mejor dicho, ese centro irreductible de amor propio que todos llevamos dentro, lo que Tagoie llama «esa raíz de mise- ria en mi corazón», es lo que más estorba y aun destru- ye las funciones y la vida del grupo. La amistad une y el egoísmo separa. Puede incluso hacer de las empresas más santas, del trabajo por los pobres, por el evange- lio, por Cristo, un instrumento de oposición y división. Puede llevar la disensión al seno de la familia.

54

VIVIENDO JUNTOS

Nuestra vida lleva consigo la competición. En ge- neral, se nos juzga por lo que hacemos. Y como quere- mos que nos juzguen bien, queremos hacer mucho. Te- nemos que lograr resultados, vencer estadísticas, alcan-

COMPETICIÓN

55

jefes de la casta Lohana, en Kutch, y otra de un grupo jainista en Saurashtra. A todos les concedí de buena

gana el permiso;

lo que no

les

dije

fue

que el artículo

era puramente autobiográfico

y que estaba basado

de

zar triunfos.

Luego, irremediablemente, mi trabajo

se

lleno en mi propia experiencia. No me lo habían suge-

manifestará sobre el fondo del trabajo de mis compañe-

rido los problemas de la envidia y la competitividad en

ros, de modo que, aunque yo trabaje

bien, si ellos tra-

la comunidad Patel o Lohana, sino en comunidades re-

unido el grupo, mayor es el roce y la fricción. Nues-

bajan mejor, yo, por comparación, lo hago peor. Así es como el éxito de mi hermano resulta una amenaza para

ligiosas de jesuítas y en mi propia vida. Cuanto más

mí, el grupo se hace mi rival y nace la envidia. En la

 

tras comunidades

son grupos

bien

unidos de

trabaja-

India conocemos la historia de Akbar y Birbal, en la

dores espléndidos, y eso hace subir la fricción al máxi-

que Akbar traza una línea en el tablero y desafía a Bir-

mo. La envidia es, a su manera, una medida de la uni-

bal

a que

la

acorte sin borrar

ningún

trozo. Birbal tra-

dad

del grupo y del celo y la eficacia

de sus miembros;

za una línea más larga debajo de la otra y gana la

incómodo cumplido a un grupo eficiente. Nos tenemos

apuesta. La línea de arriba

se ha hecho más corta,

sen-

envidia porque

trabajamos

juntos

y trabajamos

duro.

cillamente porque ahora tiene una más larga a su lado. Si

Los

Kadva

Patels

del

norte

del

Gujarat

tienen las

la línea larga estuviera

lejos, no afectaría

a

la

corta,

mismas características.

 

pero está allí mismo, junto a ella, y la comparación

es

Eso no quiere

decir que no nos ayudemos unos a

inevitable. Cuando oigo hablar de los éxitos de un com-

otros. Lo hacemos con toda generosidad. Yo haré todo

pañero jesuita en una ciudad

distante

o

en

un

país le-

lo que

esté en

mi poder para ayudar

a cualquier com-

jano, puedo alegrarme espontáneamente con la noticia;

 

pañero

jesuita, rezaré por

su

trabajo, lo ayudaré y de-

pero cuando es mi vecino de al lado el que triunfa, siento en mí un toque de tristeza y de resentimiento,

fenderé con todas mis fuerzas. Pero, aun al hacerlo así, mis sentimientos pueden irse por su lado, y puedo estar

porque con su triunfo ha hecho sombra

al

mío.

Mi lí-

resentido con

él

al

mismo

tiempo que lo ayudo.

Inclu-

nea se ha hecho más corta.

 

so puede que le esté yo felicitando

por

sus éxitos y en-

Hace algunos años escribí un artículo sobre la en-

 

salzando sus logros, y al mismo tiempo no consiga ale-

vidia en un periódico de lengua gujarati que produjo

grarme interiormente con él ni hacer

verdaderamente

una reacción inusitada en volumen e intensidad. Aparte

míos sus triunfos.

Es

fácil

celebrar todos

juntos

un

de muchas cartas de personas particulares, recibí una

gran éxito de uno de los del grupo; pero no es fácil

petición de la comunidad de negociantes Kadva Patels, en el norte del Gujarat, que querían publicar mi artícu-

regocijarse con él íntima y espontáneamente como si su éxito fuera el mío. De hecho, la capacidad espontánea

lo en la revista de su casta porque, según decían, ése

de regocijarse

por

la felicidad

de otro

es

en

sí misma

era su mayor problema y la causa de muchos conflictos

un

índice claro de la amistad y la intimidad que

con él

y riñas entre ellos. Otra petición igual me vino de los

tenemos. Con un amigo verdadero, sus gozos se hacen

56

VIVIENDO JUNTOS

COMPETICION

 

57

inmediatamente míos, mientras que con un mero com- pañero me dejan indiferente o me dan envidia. Lo que es peor: cuando ese compañero tiene algún fracaso, me puede suceder que yo me alegre secretamente de su fa- llo, presenciando dentro de mí mismo la lucha entre el deber de apenarme por su desgracia y la malicia de ale- grarme de ella. Puedo contar muchos ejemplos domésti- cos de situaciones semejantes. Cuando estaba yo estudiando teología, a un compa- ñero mío lo suspendieron en un examen importante. Era muy inteligente, y su misma inteligencia le había gran- jeado muchos enemigos y lo había hecho poco popular en la universidad. El no se hubiera permitido nunca la

puerta en puerta y nos dábamos la noticia unos a otros

 

cubierto. Aquella noche le oí decir con tristeza: «No me imaginaba yo que le caía tan mal a todo el mundo.» El triste episodio dejó huella profunda en su alma. En otra ocasión, otro compañero jesuíta tuvo un accidente de tráfico que, aunque no lo hirió seriamen- te, le produjo grandes molestias. Y él me comentó lo siguiente: «Lo que más me ha dolido es cómo todos han disfrutado en casa con mi accidente.» También he oído a compañeros comentar las vicisitudes de un largo y penoso viaje que acababa de realizar otro del grupo, y que disfrutaban visiblemente como si cada una de sus tribulaciones fuera una buena broma. Todos estos ejem- plos se refieren a sufrimientos relativamente pequeños:

debilidad de que lo suspendieran en un examen; pero, sin saber cómo, no entendió bien las instrucciones es- critas de un cuestionario, contestó una pregunta por otra y lo suspendieron solemnemente. La noticia del su- ceso se difundió como la pólvora por todos los rincones y, aunque me da vergüenza decirlo, aquel día fue un día de alegría general en el teologado. Llamábamos de

¡Se

un viaje desagradable, un accidente sin consecuencias, un suspenso en un examen; todos ellos incidentes sin importancia que pueden tomarse a la ligera entre ami- gotes. No cabe duda de que, ante una pena profunda o ante un disgusto serio de uno del grupo, todos nos pondríamos a su lado, le ayudaríamos y sentiríamos su dolor con él en mayor o menor grado. Pero tampoco cabe duda de que, cuando se trata de un amigo verda-

con júbilo, sin disimular:

«¿Sabes la gran noticia?

dero, hasta sus pequeños sufrimientos se hacen míos y

han cargado a Fulano! Le está bien empleado, ¿no te

no me divierten. Más inquietante para mí fue el triste

parece? Eso le bajará los humos por una temporada por lo menos. A ver si así nos deja en paz.» Y así de cuarto en cuarto. A él, desde luego, le dábamos el pé- same y le cargábamos toda la culpa al profesor que ha-

testimonio que oí una vez de labios de un psicólogo pro- fesional que tenía mucha experiencia del funcionamien- to interno de grupos con todo tipo de personas. El era hindú y se encargó una vez, a petición de una comuni-

bía tenido la insolencia de suspenderlo:

«¡Qué dispa-

dad de jesuítas, de dirigirlos en una semana intensa de

rate, suspenderte a ti! El profesor sabe que tú sabes

sesiones conjuntas de sensibilidad colectiva. Comentan-

más que él y ha querido vengarse, eso es todo. ¡Pura

do su experiencia en aquella ocasión, me dijo estas pa-

injusticia! » Pero

él

no

era

tonto

y

vio

perfectamente

labras: «Nunca en mi vida labia visto tanta hostilidad

lo que había detrás de esos pésames insinceros. Sintió

y animosidad en un grupo. Quedé desconcertado.»

el fracaso

con toda su alma, y más aún la hostilidad ge-

 

No

saco de ahí

la conclusión de

que seamos la gen-

neral contra él que aquel incidente había puesto al des-

te más competitiva del mundo. No creo que lo seamos.

50

VIVIENDO JUNTOS

Pero sí anoto el hecho de que somos competitivos, que

buscamos la propia ventaja, que con frecuencia nos te- nemos envidia unos a otros; y el caer serenamente en la cuenta de este hecho es factor esencial para que funcio- nemos bien en grupo. Los sentimientos son sentimien- tos y pueden permanecer firmes en nosotros, sin perjui- cio de nuestras más sinceras convicciones y santidad personal. He conocido casos en que un jesuíta, en su deseo de librarse de sentimientos de envidia, ha ido derecho a la persona que era objeto de esos sentimien- tos suyos y le ha confesado sinceramente: «Te tengo envidia.» Eso es, desde luego, un buen ejercicio de hu- mildad, puede ser muy meritorio y puede incluso faci-

litar

el diálogo entre ambos. Lo que semejante

confe-

sión

no hace es eliminar el sentimiento. De la misma

manera, rezar por el éxito de alguien cuyo trabajo me da

envidia,

ayudarle en ese trabajo y contribuir a su feliz

resultado puede ser un bello ejemplo de solidaridad

y hermandad. Pero el sentimento persiste. Puedo estar

dándole gracias al Señor con toda sinceridad por el éxi-

to de un compañero y sentir al mismo tiempo el

tirón

de la envidia hacia él en mi corazón. Los sentimientos van por su camino. El corazón no obedece a la cabeza. Ahora bien, una cosa es tener sentimientos y otra cosa es obrar según ellos. Una cosa es sentir envidia y otra cosa es ponerla en práctica. Y precisamente la me- jor manera de mantener a raya los sentimientos y evitar que lleguen a los hechos es el reconocerlos, no perderlos de vista, aceptarlos. Si me repito a mí mismo que no soy envidioso, que no debo serlo, que no tengo por qué serlo y que no quiero serlo, mientras por dentro lo sigo siendo, no hago más que relegar el sentimiento de la envidia al subconsciente, desde donde seguirá actuan- do secretamente para influenciar mis acciones y man-

COMPETICION

59

char mi conducta; La mejor manera de hacer inofensivo un sentimiento dañoso es admitir ante uno mismo que el sentimiento está presente. Con no hacerle caso o despreciarlo, lo único que hacemos es reforzarlo y sol- tarle las riendas. Sentimientos de envidia reprimidos darán origen solapado a críticas de los demás, tristeza y resentimiento, falta de cooperación, roces, disgustos. Pueden hacer mucho daño precisamente porque están escondidos y, por tanto, sin controlar. La mejor manera de controlar a un chico travieso es saber que es tra- vieso y tenerlo a la vista. Con no querer ver sus trave- suras conseguimos que las aumente.

Ese es el primer paso. Neutralizar los efectos de un sentimiento con sólo observarlo. Luego viene una tera- pia más profunda para curar el sentimiento mismo. El

tratamiento es el que apunté al hablar de la amistad:

la

envidia viene de la competición;

la ansiedad que acom-

paña a la competición viene de la inseguridad personal; la inseguridad de la soledad, de la falta de afecto y apoyo, de hacer que mi salud interna dependa solamen-

te del trabajo

y el éxito;

y la amistad íntima y personal

me devuelve el sentido y la certeza de mi propio valer como hombre, como persona, me hace ver que no tengo que demostrar mi valía ante nadie, que el valor de mi vida no depende del éxito de mi trabajo y que, en consecuencia, el éxito de los demás no es ninguna ame- naza a mi carrera, no hace sombra a mi imagen. La amistad calma la ansiedad. El amor verdadero en el

Señor suaviza la envidia. «La caridad no es envidiosa»

(1 Cor

13, 4).

Jesús mostró una gran paciencia toda su vida ante las rivalidades y las envidias de aquellos a quienes ama- ba. Hubo una fuerte protesta en su grupo contra dos

de ellos, Juan y Santiago,

que querían conseguir a es-

60

VIVIENDO JUNTOS

COMPETICIÓN

 

61

paldas de los demás puestos de influencia

en

el

reino

que

a uno

de

sus miembros

le

va bien,

todos

los de-

venidero; y aun una disputa indecorosa en la última

más se regocijan con él (1 Cor 12, 26). El éxito de uno

comida que tomaron juntos, para decidir quién se senta-

es

el

éxito de

todos, y el bienestar

de uno contribuye

ba más arriba o más abajo alrededor de la mesa de la

al bienestar

de todo

el cuerpo. Esa

es la realidad

que

primera Eucaristía. También se encontró Jesús con la

nos ofrece

la gracia. A nosotros nos toca traducir

esa

envidia femenina en el caso de dos hermanas que le

noble realidad al lenguaje del sentimiento diario.

servían con devoción, pero una de ellas se enfadaba

si

la otra se sentaba tranquilamente a los pies del Maestro y se pasaba el rato escuchándolo. Jesús vio enseguida que el problema de Marta no era de demasiado trabajo, sino de envidia; no era que necesitase la ayuda de Ma- ría, sino que le dolía el verla descansando a sus pies; y por eso se niega a mandar a María a ayudar a su her- mana y la deja seguir disfrutando la 'mejor parte' que había escogido. Jesús se encontró con la envidia de gen- te religiosa en sus mejores actuaciones, al curar a los enfermos, al comer con intocables, al regocijarse de que los niños cantasen hosanas en el templo. Todo eso le llevó a dibujar cuadros de envidia en algunas de sus más célebres parábolas: los viñadores que se quejan no por haber recibido menos salario, sino porque otros que habían trabajado menos recibían el mismo; y el herma- no mayor del hijo pródigo, que se niega a entrar en su propia casa al oír la música de bienvenida por la vuel- ta de su hermano. Entristecerse por el bienestar de su hermano. Eso es la envidia.

El padre del hijo pródigo es quien define la actitud auténtica: «Convenía hacer una fiesta y alegrarse.» El bello don de alegrarme con la alegría de mi hermano, de hacer mía su felicidad, de bailar en su fiesta. El gesto espontáneo de participar en los éxitos de mi hermano,

de celebrar sus triunfos con

él. El sentido más profun-

do de la comunidad cristiana, en la que el cuerpo en- tero se une y se entrelaza bajo Cristo cabeza, y siempre

PLURALISMO

Siempre que hay dos generaciones juntas, hay una distancia entre ellas. El 'vacío generacional'. La situa- ción ni es nueva ni es alarmante. El mismo 'vacío' como

tal no es un vacío. El vacío tendería a indicar algo ne- gativo, indeseable, algo que no debería darse, pero que se ha producido porque alguien se ha descuidado, y que hay que rellenar lo antes posible, como si fuera una brecha en un muro, una laguna en una investigación o un paso que falta en una prueba de matemáticas. No

hay tal. No se trata

aquí de eso. La distancia entre dos

generaciones es algo normal, necesario y sano; es el re-

sultado del cambio y del desarrollo en la sociedad hu- mana, y puede contribuir al enriquecimiento intelec- tual y moral de ambas generaciones si sabemos enten- derlo y aceptarlo. Aquí también vale la exclamación ¡Viva la diferencia! Si la generación antigua y la nue-

va fueran lo mismo, no habría progreso, no habría avan- ce, no aprenderíamos nada, no sería divertido vivir. So-

bien distintos, y así es como debe ser. Nos alegra- mos de serlo. ¡Viva la diferencia!

mos

Lo que

es

nuevo

es la magnitud

de la distancia

entre generaciones. La distancia mental entre dos ge- neraciones vecinas es mayor ahora de lo que era en otros tiempos. La velocidad de la vida ha aumentado enormemente en nuestros días, el cambio se produce

mucho más rápidamente

que nunca, y el resultado

es

64

VIVIENDO JUNTOS

que la mentalidad, los puntos de vista, los problemas

y

las

soluciones y toda

la manera

de

ser

y

de

ver

la

vida del grupo joven son ahora más distintos que nun- ca de los del grupo más maduro. Hoy estamos en medio de la revolución informática, hay comunicación instan- tánea de un extremo al otro del mundo, las noticias

vuelan, la información

se multiplica,

el impacto

de

lo

visual pinta

el mundo

de color, la moda

se hace moda

de la noche a la mañana, el total del saber humano se

dobla en menor tiempo cada vez, el mismo lenguaje

cambia, y palabras y expresiones

que antes

tardaban

generaciones en crecer, nacen y mueren ahora en breves años. La gráfica del cambio en la humanidad es la cé- lebre gráfica de la función exponencial: el largo trecho de pendiente hacia arriba, imperceptible, casi paralela al horizonte; luego la suave curva, el ligero levantarse, la subida ya marcada; y de repente, el salto súbito al in- finito. Vivimos en el salto.

El noviciado que yo hice era esencialmente el mismo no sólo que el de la generación anterior, sino que el de muchas generaciones de jesuítas antes de mí. Vesti-

do, corte de pelo, horario, silencio, aun los libros

que

leíamos y los paseos que nos dábamos habían

sido los

mismos generación tras generación. El sitio era el mis-

mo, la

casa la

misma, los cuadros

de las paredes

los

mismos

...,

con sólo los retratos de los últimos padres

generales añadidos a la pinacoteca doméstica. En cam- bio, hoy puedo visitar un noviciado de jesuítas sin caer

en la cuenta de que es un noviciado, y puedo encon-

trarme

y tratar

con un novicio sin llegar a saber nunca

que

lo es. Nos ha alcanzado el cambio, y ha

traído con-

sigo el desconcierto. No es fácil ajustar la mira. Cuan-

do

me encuentro con un novicio

que difiere

notable-

mente de la imagen

que

tengo de

lo

que yo

era

como

PLURALISMO

65

novicio, no puedo menos de establecer una comparación, al menos calladamente en mi interior, y a veces en voz alta y bien alta. La comparación lleva consigo el juicio y, siendo yo el juez, la sentencia ha de ser una defensa nostálgica del noviciado tal como yo lo conocí y lo viví (ése sí que 'merecía la pena'), y un mal disimulado des- precio de la versión diluida del noviciado que 'pobres hombres mediocres toleran hoy'.

Un jesuíta

entrado en años

me dijo

que

toda

la

vida

le había gustado retirarse unos días cada año al

noviciado de su provincia, donde él mismo había sido

novicio hacía muchos años y donde se encontraba como en casa y se entregaba con facilidad instantánea a la ora-

ción, la reflexión

y la renovación

espiritual.

Cuando

cambiaron el noviciado a otro sitio y en otra atmósfera

para responder a las necesidades de hoy día, él dejó de visitarlo. El nuevo noviciado no era su casa. Y un je-

suíta joven me dijo que

quería cambiar de provincia

porque no podía aguantar la estrechez de miras y los

patrones tradicionales de la gente mayor de su provin-

cia y, menos

que

nada, la

actitud

de superioridad con-

descendiente que algunos de ellos adoptaban con él. En cuanto llegó a la casa a que le habían destinado, uno de los 'padres de la patria' le dijo sin ambages y

sin perder tiempo: «Yo llevo veinte años en esta casa y sé qué es lo que hay que hacer aquí y cómo hay que

hacerlo. De

modo que haga usted el favor de no venir

con ideas nuevas y comenzar a decirnos cómo hay que

llevar esta casa.» Otro añadió: «Nosotros somos los que ganamos el sustento en esta casa, y a nosotros nos toca decidir lo que hay que hacer.» Y un tercero: «Nos-

otros, que hemos

recibido la antigua formación

de

la

Compañía, somos los que tenemos el verdadero espíritu,

y a nosotros han

de dejarse todas las decisiones.» No

66

VIVIENDO JUNTOS

es extraño

que el joven

jesuíta, que todavía no

'gana-

ba',

que era

'nuevo'

y

no

tenía el

'verdadero

espíritu',

se enfadara

y quisiera

marcharse

a

otra

parte,

...

don-

de, con toda probabilidad, volvería a encontrar a algún

otro que le saldría volvería a encajar.

con

otro

tipo de prejuicio

y

se

lo

Divisiones y más divisiones. Y todas por donde no

debían

ir.

Edad,

dinero,

'espíritu'

...

El

verdadero

es-

píritu

une

y

no

divide.

Una

queja

típica, modelo

de

muchos encuentros y patrón de muchos roces:

«Cuando

yo era escolar en formación, no nos dejaban leer el

periódico;

en cambio, ahora, cualquiera de esos joven-

cilios

viene

y

se lleva

a

su

cuarto

el periódico

antes

que nosotros podamos ni echarle un vistazo.» Es

queja

que he oído personalmente, y merece la pena

analizar-

la. Ante

todo, late ahí la comparación

entre los

tiem-

pos

de

antes

y

los

de

ahora;

el resentimiento

porque

a nosotros

«no nos dejaban»,

mientras

que

a éstos

les

dejan

o

se

lo

toman por

su mano;

el juicio oculto

en

el

sentido

de

que

sería mejor

que los jóvenes

de

hoy

tampoco

leyeran

el periódico, pero

que

los

superiores

son poco severos o sencillamente tienen miedo y no

se

atreven

a imponer la disciplina;

y luego

está

también

la molestia práctica y el fastidio

diario de que, cuando

el buen viejo quiere leer el periódico, se encuentra

con

que ya no está. Cuando

era joven no podía leer el perió-

dico, porque no le dejaban;

y ahora

que

es viejo

y

le

dejan,

tampoco puede leerlo, porque los jóvenes

se

lo

llevan

antes

de

que

él pueda

echarle mano. No

es

ex-

traño

que

se enfade con los jóvenes, con

sus

superiores

y con la institución

misma, que ha llegado a tolerar

tal

relajación. Si el buen anciano quiere recobrar la paz del

alma, hará

bien en

aceptar

el hecho

de que

los

tiempos

cambian, en combinar el aprecio de su propia

formación

PLURALISMO

 

67

con la generosidad

de

ver

el

valor

de

la

nueva, y

en

alzarse sobre el enfado mezquino de ver que otros tienen

lo

que

él

no

tuvo. Y por

su parte, los miembros

jóvenes

de la comunidad

harán

bien

en

caer en

la cuenta

de

que,

aun lee el periódico

en

una

familia

moderna,

su

antes que

el

hijo

padre, o

bien

educado

al menos

no

no

le

priva a él de leerlo. Delicadeza de sentimientos por am- bas partes suavizará el roce,

 

Otro caso cjue puede enseñar mucho. Un

sacerdote

jesuíta

me dice:

«Rezo

el breviario

sin falta

todos

los

días a la misma hora y en el mismo sitio. Nunca lo dejo. En cambio, en mi comunidad hay otros sacerdotes

que nunca

lo rezan. Eso

lo saben

todos

y,

a

mi

modo

de ver, es falta seria. Pero lo que más me quema el

alma

es

ver

que

el provincial, que sabe eso

perfecta-

mente, los aprecia y estima

mucho

más que

a mí. Eso

es

intolerable.»

También

aquí hay

muchas

cosas,

y

bien

interesantes.

Fricción,

oración,

orgullo,

celo,

envidia,

comparación, juicio, sentencia, espiritualidad y vanidad, todo revuelto con el resultado de distanciar a dos

men- talidades y erigir un obstáculo a la vida en común. Ante

todo está la fidelidad

con

que ese

buen

sacerdote

reza

el breviario todos

los días. Digna de todo encomio.

Lo

que la oscurece un poco es la comparación que hace con

los que

no lo rezan, el juicio implícito

de que, en conse-

cuencia,

son

menos

dignos como

sacerdotes, y el

re-

sentimiento

violento

de que,

encima,

el provincial

los

tenga en estima. Aprecio su fidelidad

en

un

importante

deber

sacerdotal,

pero cuando lo

imagino rezando

el

breviario en público todos los días a la misma hora y

dando vueltas al mismo pasillo, me entran dudas de

si,

al hacer

eso, está

nutriendo su devoción,

proclamando

su fidelidad

o aireando su

resentimiento. Juzgar a otros

puede empañar la

obra más santa

y

hacer que la oración

68

VIVIENDO JUNTOS

se haga

despecho. Jesús habló

de

un

caso

así

y la

per-

sona de que se trataba volvió a su casa sin redimir.

Que

no deje

el breviario. Pero que aprenda

a limpiar

los

motivos que le impulsan a rezarlo. Que no se le queme

el alma.

Este ejemplo

arroja

luz sobre una

de las causas

de

tensión permanente en muchos grupos. Dos personas viven pared por medio, se encuentran todos los días a

cada paso, comen en la misma mesa y rezan en la mis- ma capilla, y uno hace algo que considera importante, esencial, obligatorio (como rezar el breviario), mientras que el otro claramente no lo hace. El juzgar se hace casi inevitable. Y el juicio destruye toda relación. Jesús in- sistía sin cuartel: «No juzguéis» (Mt 7, 1). A él se le había dado la prerrogativa de juzgar a todos los hom-

bres (Jn 5, 27), pero prefería

no usar ese poder

(8, 15).

Y Santiago pone de manifiesto las consecuencias sacri-

legas de todo juicio:

«Si juzgas a tu hermano, juzgas a

la Ley» (que era la manera hebrea de decir que juz- gas a Dios mismo) y «¿quién eres tú para juzgar a tu prójimo?» (St 4, 11). Esta es una cuestión en que la psicología moderna está totalmente de acuerdo con las

enseñanzas morales y teológicas del evangelio y ve en la aceptación mutua un elemento fundamental de toda relación sana y fecunda entre personas y entre grupos. «No juzgues» es mandamiento evangélico, es regla bá- sica de relaciones humanas y es precepto inevitable de salud mental. Y, sin embargo, es bien difícil. Puede que consiga refrenarme y no expresar hacia afuera mi juicio, pero ¿cómo puedo en manera alguna evitar que mis ojos vean lo que es obvio y que mi mente declare espontáneamente que semejante conducta está mal?

Empecemos por esta palabra. 'Mal'. Un primer re- medio es abstenerse de usarla aun mentalmente al pen-

PLURALISMO

69

sar

en la conducta

de

otro.

Bien y

mal, justo y falso,

son expresiones válidas y legítimas en sí mismas, pero están teñidas del juicio moral de bondad y maldad que indica virtud y vicio, mérito y pecado, y lleva finalmen-

te al premio o al castigo, al cielo o al infierno. Ese

juicio más vale reservárselo

a Dios.

Lo

que

yo

puedo

hacer es expresar mi aprobación o rechazo de un tipo

de conducta concreta, sin emitir un juicio moral sobre

ella;

y para reforzar

esa actitud de la mente puedo, al

hablar, usar palabras como 'aceptable' o 'no aceptable', 'positivo' o 'negativo', 'que ayuda' o 'que estorba',

'según las reglas' o

'en contra de las reglas'. Eso no es

diluir la moralidad, sino dejar el juicio a Dios mientras

expreso claramente mi opinión sobre la materia. Incluso

los tribunales de justicia imponen moderación en la ma-

nera de referirse al acusado y sus acciones

('presunto'

autor del robo) antes de que el juez pronuncie la sen-

tencia, para no prejuzgar el caso. Y yo haré bien en ejercer una moderación semejante en mis pensamientos y en mi vocabulario por respeto al Juez supremo. Las palabras tienen un gran poder de convicción en sí mis- mas, y evitar expresiones jurídicas de bien-mal-justo- falso puede resultar una gran ayuda para templar el clima crítico de la mente.

Otra ayuda. Al formar

mi opinión

sobre lo que

al-

guien ha hecho y al expresarla, puedo aprender a limi-

tar mis comentarios a la acción de

que se trate,

sin juz-

gar a la persona. Condenar el pecado y no al pecador

es otro gran principio cristiano y, también aquí, un sano consejo psicológico. Una cosa es que una persona

haga algo censurable, y otra muy distinta es que esa per- sona sea en sí misma censurable corno persona. La ecua-

ción existencial «él es

lo que sea» es siempre injusta

... y siempre falsa. Nadie «es» ni deja de ser de una mane-

70

VIVIENDO JUNTOS

PLURALISMO

 

71

ra o de otra. Una golondrina

no hace verano, y una

fla-

dora

universal, es un crimen contra

el individuo, es

queza

no

hace

a

un

hombre flaco. La trampa de siem-

juzgarle antes de que se le juzgue, es tribunal

sin re-

 

pre es pasar de la condena de la acción a la condena

curso de apelación antes de haberlo llevado a los tribu-

de la persona,

de la

obra

al hombre, del

'hacer' al

'ser'.

nales.

Se

le

clasifica,

se

le

define,

se le condena.

El

El ha dicho una mentira, por consiguiente 'es' menti- roso. Mala lógica y peor moral. La trampa puede evi-

tarse con tener cuidado y vigilancia, y puedo aprender

a distinguir entre la persona

y sus

actos

y aun entre

la

persona y sus costumbres. Me puede seguir gustando una persona aunque no me gusten algunas de las cosas que hace. De hecho, eso es lo que ocurre con todas Jas personas que amamos. Aun nuestros amigos más ínti- mos y nuestros parientes más queridos hacen a veces cosas que no nos gustan y que no aprobamos en ab- soluto y, sin embargo, el amigo íntimo continúa siendo amigo íntimo, y el pariente querido sigue siendo queri- do. Cuando media un verdadero amor, hacemos instin- tivamente la distinción entre la persona y sus actos y nos resulta fácil y normal seguir queriendo a la per- sona aunque rechacemos lo que ha hecho. Podemos aho- ra extender esa generosidad a los demás y no llamar a un hombre tramposo porque ha hecho una trampa, o estafador porque ha cometido una estafa. Aun cuando es inevitable juzgar el acto, podemos evitar juzgar a la persona.

Y otra

manera más de llevar a la práctica el man-

dato de Cristo «no juzguéis»: No generalizar, no esta- blecer categorías, no poner etiquetas. «Los jóvenes no tienen sentido de la responsabilidad», «los viejos son intransigentes», «no te fíes de nadie de más de treinta años», «no te fíes de nadie de menos de treinta». Esas divisorias, esas fronteras, esas categorías, ese juntar en paquete a todas las personas de cierta edad, grupo, ori- gen, color o credo, y ponerlas bajo una etiqueta defini-

poder de la generalización, la tiranía del silogismo. To-

dos los hombres son mortales; es así que Sócrates es un

hombre, luego es mortal. Todos los jóvenes son

...;

es

así que

...,

luego

...

No hay escape. Es parte de ese

grupo, por consiguiente es como el grupo o, más bien,

como se supone

que

el grupo

ha

de ser. Etiquetas ha-

blan.

Fórmulas

convencen. Titulares

ofuscan.

Son

el

peor juicio, porque no aparentan serlo. Juzgan por ca-

tálogo. Condenan en serie. Estigmatizan con un

adje-

 

tivo. Mezquino tipo de juicio que, con un poco de aten-

ción y cuidado, podemos desenmascarar y desterrar de nuestra manera de pensar y de hablar.

Las etiquetas «vieja generación» y «nueva genera- ción» se prestan a equívoco, como mínimo. La edad no vale como frontera. Hay jóvenes entre nosotros que son conservadores decididos, y viejos que son perfecta- mente liberales. Ni hay 'vacío' en el 'vacío generacio- nal' ni se trata de 'generaciones'. Lo que hay son dis- tancias mentales entre gentes distintas, y la edad juega su parte en ello; pero divisiones rígidas basadas sola- mente en la edad no corresponden a la realidad. Cuando tratamos de ayudar a viejos y jóvenes a que se entien- dan mejor, hay que recordar que no todos los jóvenes son jóvenes y no todos los viejos son viejos.

Un factor que ayuda mucho más que la edad para entender mentalidades 'viejas' y 'jóvenes' es la capaci-

dad de cambiar o la negativa a hacerlo. Estar dispues-

que divide mentalidades y causa los grandes roces de la vida

y

to al cambio o no estarlo

es frontera

sutil

real

común. El crecimiento siempre lleva consigo

cambio

72

VIVIENDO JUNTOS

en la naturaleza; y la persona que quiere parar de cre- cer, lo hace con negarse a seguir cambiando. El cam- bio requiere una combinación de humildad, valentía, visión, fuerza y energía que pueden debilitarse con el tiempo. Las articulaciones de la mente se endurecen con el pasar de los años. Artritis mental. Reumatismo espiritual. El lema de la humanidad a partir de los cua- renta puede muy bien ser: «¡Dejadme en paz! Ya he visto bastante y he hecho bastantes cosas en mi vida para tener ahora que probar algo nuevo. Tengo expe- riencia, hábitos formados, modos fijos de ver y proce- der que me han servido durante muchos años y seguirán sirviéndome durante muchos más sin tener que acoger- me a la ultima moda de cada día. ¿Para qué me he de meter en líos a mis años? ¿Quién me manda meterme en camisa de once varas? A mi edad tengo derecho a que me dejen en paz y no me molesten. Que sigan otros sus antojos. Yo iré por el camino trillado.»

Cada persona tiene derecho a hacer lo que prefiera

con su vida y, si decide que ya ha tenido bastantes cam-

bios y no quiere más, tiene derecho a mantener

su de-

cisión. Eso sí: hará bien en caer en la cuenta de que, si él deja de cambiar mientras los que viven alrededor suyo siguen cambiando, eso va a crearle fricción con su grupo. Se pondrá instintivamente a la defensiva, se lle- nará de sospechas, se irritará con facilidad. Cada nueva idea será un desafío y cada nueva propuesta una ame- naza. Su mismo lema «dejadme en paz» se volverá pa- radójicamente contra él, porque, si los demás le dejan en paz, le dejan que permanezca sin cambiar mientras ellos siguen cambiando, lo cual no hará más que aumen-

tar

los

malentendidos

y roces diarios

y

le

hará

sentir