ANTONIO MACHADO.Apuntes 2º bach.

ANTONIO MACHADO.

1. POÉTICA. 1.1. Raíces. Cierta tradición crítica había hecho de Machado “el poeta del 98”. Si, ideológicamente, ello es discutible, desde el punto de vista estético, - sin negar algunas coincidencias con el 98- es indudable su arranque modernista. Como en otros modernistas españoles, la poética machadiana tiene una doble raíz: Romanticismo tardío y Simbolismo, ambos engarzados con el ejemplo y estímulo de Rubén Darío. Lo veremos en Soledades. Pero precisemos que, junto a influencias españolas (Bécquer y Rosalía de Castro), Machado bebió directamente del Simbolismo francés: como él mismo nos dijo, el París de 1899 –fecha de su primer viaje- era la ciudad “del simbolismo en poesía”. Ciertamente, Machado recibe esta herencia poética tanto directamente como a través de R. Darío de quien también recoge ocasionales toques parnasianos. Las huellas de este punto de partida no desaparecerán nunca de sus poemas. Pero también es cierto que pronto se propuso una tarea de depuración estilística que le llevaría hacia una sobriedad y una densidad personales. 1.2. La poesía, “palabra en el tiempo”. En diversos momentos, hizo Machado declaraciones sobre sus propósitos como poeta o sobre su concepción de la poesía. Curiosamente, lo que él nos dice sobre su poesía no siempre casa con lo que su poesía nos dice... Él mismo nos invitó a ser cautos, recomendando a los poetas “desconfiar de sus propias definiciones”. No obstante, parece válida para su obra en conjunto esta definición que dio en su Poética de 1931: “la poesía es la palabra esencial en el tiempo”. Con estas palabras sintetiza Machado lo que es para él la creación poética. Pero la vecindad de palabras como “esencial” y “tiempo” requiere una explicación: “La poesía moderna (dice Machado) viene siendo hasta nuestros días la historia del gran problema que al poeta plantean estos dos imperativos, en cierto modo, contradictorios: esencialidad y temporalidad.” Doble objetivo, pues, para el poeta: por un lado, ahondar en la esencia de las cosas (del hombre, del mundo...); por otro, captar su fluir temporal (el cambio, el vivir, el “devenir”...). Más adelante dirá: “Pero al poeta no le es dado pensar fuera del tiempo, porque piensa su propia vida, que no es, fuera del tiempo, absolutamente nada”. Y concluirá con estas palabras que pueden aplicarse a toda su poesía desde sus comienzos: “ Inquietud, angustia, resignación, esperanza, impaciencia que el poeta canta, son signos del tiempo y, al par, revelaciones del ser en la conciencia humana”. Resumamos: atención a los imperativos de esencialidad y temporalidad; anhelo de apresar el misterio del vivir desde la reflexión sobre la propia vida; propósito

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de conectar – desde las propias inquietudes, angustias y esperanzas- con los “signos del tiempo”... Algunos años más tarde, Machado añadirá a estas ideas algún matiz particular. Así, cuando diga: “La poesía es el diálogo del hombre, de un hombre, con su tiempo”, idea que se enlaza con su deseo de que el hombre y el poeta estén “ a la altura de las circunstancias” ( es decir, comprometidos con su momento histórico). 2. LA OBRA. 2.1. Primer ciclo poético: Soledades, galerías y otros poemas. En los años en que triunfa el Modernismo, aparece primero Soledades (1903) y luego- suprimidas algunas composiciones y añadidas muchas más- Soledades, galerías y otros poemas (1907). Años más tarde, al publicar sus “Páginas escogidas” (1917), recordará cuáles fueron sus propósitos al escribir estos libros: “ Por aquellos años [1899-1903], Rubén Darío, combatido hasta el escarnio por la crítica al uso, era el ídolo de una selecta minoría. Yo también admiraba al autor de Prosas Profanas, el maestro incomparable de la forma y la sensación, que más tarde nos reveló la hondura de su alma en Cantos de vida y esperanza. Pero yo pretendí [...] seguir camino bien distinto.” Y aclara a continuación cuál era el camino, resumiendo de paso aquellos aspectos del Modernismo que deseaba evitar: “Pensaba yo que el elemento poético no era la palabra por su valor fónico, ni el color, ni la línea, ni un complejo de sensaciones, sino una honda palpitación del espíritu; lo que pone el alma, si es que algo pone, o lo que dice, si es que algo dice, con voz propia, en respuesta animada al contacto del mundo”. Así pues, buscará la hondura y la autenticidad, ante todo. Y en coincidencia con la concepción simbolista, intentará transmitir las palpitaciones de su alma a la voz que recoja las del mundo exterior. Añádase a ello su adscripción a una línea intimista: habla de “un íntimo monólogo” de una poesía hecha “mirando hacia adentro” que nos ponga en contacto con “los universales del sentimiento”. Pero también advertirá Machado: “No fue mi libro la realización sistemática de este propósito”. La temática de Soledades gira en torno a unas hondas cuestiones: el tiempo y el fluir de la vida humana, la muerte y el problema de qué hay más allá, el problema de Dios...En suma, las cuestiones centrales de la condición humana, vista como una existencia doliente y azarosa. Con estos temas centrales se engarzan otros: la nostalgia de la infancia, una prematura melancolía por la juventud perdida, los sueños, los paisajes que enmarcan sus meditaciones...y el amor. El tema del amor da a su poesía momentos muy intensos, si no muy abundantes. Y parece más bien un amor soñado y no realizado (más tarde se llamará a sí mismo “galán de amor soñado, amor fingido”), o un amor perdido, mustio, muerto (con inequívocas notas becquerianas). Los sentimientos que dominan el libro (“universales del sentimiento”) que, en consonancia con tales temas, dominan el libro, serán, ante todo, ese sentimiento de soledad que da título a la obra, y la melancolía, la tristeza, el hastío ante la

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monotonía o el vacío de vivir, la angustia vital. En fin, “sentimientos universales” si se quiere, pero que llegan a Machado y a los poetas modernistas como herencia inequívocamente romántica. Temas y sentimientos pues, compartidos con otros, con una tradición. La voz propia de Machado radicará en una peculiar organización de su mundo interior y en un inconfundible acento expresivo. Para comprenderlo, debemos relacionar su proclamado intimismo con el denso simbolismo de sus poemas. La opción por aquel “íntimo monólogo” es, en efecto, tan decisiva que resultará también la base de su orientación simbolista. Y es que cuando mira la realidad exterior, Machado la empaña con su estado emocional, con sus obsesiones. Aquel principio simbolista de que “el paisaje es un estado de ánimo” puede aplicársele perfectamente. Insistentemente se comprobará cómo en sus poemas las realidades evocadas se cargan de un sentido simbólico intenso. Veamos algunas muestras esenciales. Cualquier lector que se acerque a la poesía de Machado no tarda en percibir una serie de motivos temáticos que aparecen con insistencia y dan una configuración particular a aquellos temas fundamentales antes mencionados. Así, el camino será símbolo del vivir, concebido como devenir y búsqueda. El jardín, el parque, la plaza presentarán la intimidad, los sentimientos del poeta de “soledad de corazón sombrío” a la par que el espejo, la cripta o el laberinto recogerán el bucear del poeta en su alma y las galerías son caminos introspectivos, subterráneos o escondidos, que llevan a la intimidad, con sus angustias y sus anhelos, y por los que se mueve el poeta entre recuerdos y sueños, entre la memoria y la esperanza. El alma del poeta se proyecta asimismo en uno de sus más importantes símbolos: la tarde, que no es sólo momento propicio para la meditación, sino, sobre todo, algo con lo que se identifica Machado por las connotaciones de “decaimiento, apagamiento, melancolía, desilusión, cansancio vital, premonición de muerto”. No menos importantes son los diversos símbolos del agua (camino temporal): de un lado la fuente (el agua que brota), símbolo de anhelos, ilusiones (aunque, en algún caso, expresa la monotonía del vivir, el pasado); de otro lado, esos dos grandes símbolos de raíz manriqueña: el río (el agua que fluye), símbolo del fluir de la vida hacia lo muerto, muerte simbolizada, a su vez, por el mar ( o por el agua quieta). El lector de Machado irá descubriendo muchos otros símbolos: la noche, la luna, las estrellas, el viento, el humo, el sol, la noria... se diría que todo la realidad queda cargada de sentido profundo merced a esa fusión de vida interior y realidad exterior: un aspecto central de lirismo machadiano. Pero, junto a la abundancia de símbolos y a su papel, ha de atenderse también a cómo aparecen éstos en el poema. En particular, hay que tener presente el tipo de "construcción simbólica", entre otras, que Machado aprendió, sin dudas, o sobre todo, de Bécquer: Primero, se presenta el símbolo o una serie de símbolos, y luego desvela su sentido real ( " lo simbolizado"). 2.2. Segundo ciclo poético: Campos de Castilla. Campos de Castilla, tal como aparece en las Poesías Completas incluye no sólo los poemas del libro de ese mismo título publicado en Madrid en 1912 (poemas escritos en su mayoría en Soria, de 1907 a 1912) y, sino también otros muchos escritos más tarde, de 1912 a 1917, cuando Machado, muerta ya su esposa Leonor, se encontraba en Baeza de nuevo solo y triste.

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Cuando se consideran en conjunto los poemas de Campos de Castilla y se comparan estos con los de Soledades, cualquiera llega pronto a la conclusión de que, en general, en esta segunda parte de su obra, hay una mayor objetividad. Pero no es seguro que este término sea el mejor para expresar lo que realmente ocurre. Lo que se quiere decir es que en Campos de Castilla, Machado exhibe menos su yo, sus personales problemas, anhelos y preocupaciones. El énfasis se pone ahora, a menudo, más que en su propia alma, más que en lo que él siente, en lo de fuera, en lo que se contempla: paisajes de Castilla, hombres, España, etc. Aunque, claro es, la descripción incluya siempre, más o menos implícitos, más o menos intensos, pensamiento y emoción. Y cabe preguntarse: ¿por qué ocurrió ese cambio? ¿qué es lo que hizo a Machado salir de sí, mirar más -y no sólo buscando su alma- hacia fuera; olvidar en gran parte sus penas, o hablar menos y más discretamente de ellas? Hay sin duda varias causas. La primera es que, al parecer, desde hacía tiempo, Machado venía sintiendo que el poeta debería hacer algo más que contemplarse a sí mismo. Otra causa, obvia e importantísima sin duda, fue su larga estancia en Soria. Diríase que el campo castellano proporcionó a Machado la oportunidad de llevar a cabo en sus poemas algo que hace tiempo anhelaba: apartarse de la "contemplación de sí mismo". Que el campo, y aun la ciudad de Soria, le impresionaron hondamente, y más a medida que se iban adentrando en su alma, es algo evidente para todo lector de Campos de Castilla. Estas dos causas-un cambio de actitud, un querer salir de sí; y la presencia ante sus ojos de la tierra castellana-son las que el propio Machado señala en el prólogo de 1917 a Campos de Castilla: "cinco años en la tierra de Soria, hoy para mí sagradaallí me casé, allí perdía a mi esposa, a quien adoraba-, orientaron mis ojos y mi corazón hacia lo esencial castellano.Ya era, además, muy otra mi ideología". Otro de los factores, en estrecha relación con los anteriores que motivaron el cambio, es lo que podríamos llamar " el espíritu del 98 ". Un modo de ver y sentir Castilla y España, y que era algo propio de su generación. El " descubrimiento " de Castilla, la apreciación de la belleza del paisaje castellano, mezclada con ciertas consideraciones y sentimientos sobre el pasado, presente y porvenir de España; sobre la decadencia, virtudes y defectos de la raza, etc, es algo propio de la generación del 98. Por último, una causa muy importante del cambio que se observa en su poesía, fue seguramente Leonor, o más exactamente su amor por Leonor, a quien conoció a fines de 1907 y con la que se casó el 30 de julio de 1909 ( y casi exactamente tres años más tarde, como es sabido, muere ésta: el 1 de agosto de 1912). Como vimos, el tema más repetido en Soledades era el de su tristeza, el de su soledad: soledad por hallarse en el mundo perdido, sin Dios, sin objeto; pero también soledad por falta de amor. La vida sin amores, hacía más honda y angustiosa su soledad existencial, pues dejaba ésta al desnudo todo el tiempo. Y claro es que, siendo así, al encontrar un amor, una causa principal de sus tristezas desaparecía; y la otra, básica, quedaba momentáneamente al menos encubierta, relativamente olvidada. Machado, desde 1908, satisfecho, o menos obsesionado que antes con su propia soledad y tristezas, debía encontrarse, pues con los ojos y el corazón disponibles para ver y sentir lo que hallaba frente a sí. Y a esto debió de juntarse lo que ya se ha

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mencionado: una incitación que estaba en el aire, que le movía a contemplar Castilla y sus hombres; y un viejo deseo suyo de que su poesía fuera algo más que un registrar los latidos de su corazón anhelante y solitario. Cuando muere Leonor hay un nuevo cambio en su actitud, una vuelta, durante varios meses a la " subjetividad, aunque no sea ya la misma que antes ". Y cuando, siguiendo otra vez la corriente del 98, poco después, a la vista de la triste realidad nacional, en Baeza escribe a veces poemas bastante amargos, llenos de violentas censuras, puede imaginarse que, además de su humana y patriótica indignación, un factor de su acritud es la soledad de nuevo, la ausencia de Leonor. Campos de Castilla es un libro muy variado, con poemas de muy distinta clase y muy distinto valor. Señaló Machado que: " A una preocupación patriótica responden muchas de ellas; otras al simple amor a la naturaleza, que en mí supera infinitamente al del Arte. Por último, algunas rimas revelan las muchas horas de mi vida gastadas (...) en meditar sobre los enigmas del hombre y del mundo ". Los enigmas del hombre y del mundo, presentes ya en Soledades, seguirán apareciendo en Campos de Castilla. Pero, ante todo, lo que da perfiles nuevos a este otro libro son los poemas que responden a las otras dos fuentes de inspiración que se anuncian en las líneas que acabamos de citar; es decir, los poemas sobre las tierras de Soria y las meditaciones sobre Castilla y, por extensión, sobre España. Una cuestión debe examinarse en primer lugar al acercarnos a estos poemas. ¿Se ha producido un giro hacia una poesía “objetivista”? Podría parecer, en efecto, que el poeta ahora sale de sus adentros y se vuelca hacia fuera, recogiendo “objetivamente” la realidad exterior, el paisaje. Se alejaría así del intimismo, del subjetivismo. Y no es eso exactamente. Es cierto, sí que se produce una apertura del “yo al nosotros”; también lo es que, a veces, parece que el poeta se limita a “señalar” un preciso paisaje que está ante sus ojos: “Colinas plateadas/ grises alcores ...”. Pero una mirada más detenida ha de descubrirnos unos inequívocos componentes subjetivos en la descripción. En realidad, enlazamos aquí con esa fundamental interrelación paisaje-alma, observada ya en Soledades. Recuérdese y añádase esta frase que Azorín escribió precisamente sobre Campos de Castilla: “El poeta se traslada al objeto descrito y, en la manera de describirlo, nos da su propio espíritu”. La clave nos la da el mismo Machado cuando, ante las tierras de Castilla, dice: Me habéis llegado al alma, ¿O acaso estabais en el fondo de ella? Son dos versos definitivos. Y merced a ese encuentro privilegiado entre alma y paisaje, a esa profunda identificación, la mirada de Machado no se limitará a “recibir” y a “reproducir objetivamente” lo que le llega de fuera (paisaje, gentes); más bien será la suya una mirada que “proyecta” sobre el paisaje lo que lleva él en su alma: Así Machado nos dará no tanto, o no sólo, un retrato físico de una tierra, sino más: una interpretación del “alma” de esa tierra en sintonía con su propia alma: Esa proyección del yo sobre la realidad exterior nos llevará, por ejemplo, a descubrir cómo Machado, ante el paisaje, realiza una selección, selección que apuntará a destacar también el “alma” de Castilla vista desde su peculiar sensibilidad. Así, recoge, sobre todo, lo que va en dos direcciones: de una parte, lo pobre, lo adusto, lo austero; de otra, lo recio, lo duro, lo fuerte. En suma, lo ascético y lo épico. Es, en palabras suyas, la “Soria, mística y guerrera”. Al primer aspecto, responderá un vocabulario en que aparecen palabras como “yermos”, “páramos”,

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“pegujales”, etc., o imágenes en que la tierra aparece “como tosco sayal de campesina” o como “retazos de estameña parda”. El segundo aspecto se plasmará en términos como “alcores”, “roquedas”, y en metáforas de origen guerrero referidas al paisaje, como “arnés de guerra”, “yelmo”, así como en esas típicas imágenes recurrentes de la “curva de ballesta” del río Duero o de la “barbacana” que es Soria dentro de la fortaleza de Castilla. Además, y por esa misma identificación con el paisaje, Machado seleccionará preferentemente todo cuando sugiera soledad, decadencia, fugacidad, muerte ... No nos extrañará, pues, encontrar en Campos de Castilla símbolos tan conocidos como la tarde, el camino, las cosas que “sueñan”, el río, el mar... Con todo, la visión machadiana de Castilla no se reduce a esa cordial identificación con ella. Hay que distinguir dos maneras de mirar a Castilla: son lo que llamaremos una visión lírica y una visión crítica (aunque pueden aparecer juntas en un mismo poema). Llamamos visión lírica a una emocionada captación de la belleza o la majestad del paisaje castellano, fruto de aquel “amor a la Naturaleza” o de esa fusión de paisaje y alma. Es la visión que puede encontrarse, por ejemplo, en Campos de Soria (CXIII); precisamente en la parte VII de esta serie, tras evocar diversos paisajes, Machado confiesa: Hoy siento por vosotros, en el fondo del corazón, tristeza, tristeza que es amor... Sentimientos encontrados: “amor”, como fundamento de la visión lírica; pero también “tristeza”. También podemos observar esa visión lírica en el poema “Orillas del Duero” (CII): es una buena muestra de aquella selección de lo adusto y lo fuerte, además de ilustrar –junto a valores descriptivos, a veces con notas modernistas- la presencia de símbolos bien conocidos que prueban la identificación de alma y paisaje. Véase sólo esta exclamación del poeta ante el paisaje de Soria: ¡La agria melancolía que puebla tus sombrías soledades! Y esa tristeza, esa melancolía nos lleva a lo que hemos llamado visión crítica, que nace además de aquella “preocupación patriótica” de que hablaba Machado. Véase, por ejemplo, la segunda mitad del poema “A orillas del Duero” (XCVIII), o el que le sigue titulado “Por tierras de España” (XCIX). En ellos aparece un poeta que da testimonio de la miseria y la decadencia de Castilla: frente a esplendores pasados, alude al despoblamiento, la desertización, la dureza de la vida, la necesidad de emigrar, las ruinas de los pueblos...; y habla de la apatía de las gentes o de sus miserias morales. Es importante subrayar que, en estos poemas, Machado no oculta lacras, no idealiza al sufrido –pero también embrutecido- pueblo. Entre los campesinos, a menudo “palurdos” abunda “el hombre malo”, violento y hasta animado por “la sombra de Caín”. No aborda Machado, en estos poemas, las causas históricas y sociales de tal estado de cosas, ni toma posturas aún de cara a un futuro (como hará en poemas posteriores). De momento, es sólo una “amarga toma de conciencia sobre una situación de marasmo nacional”. De esta visión crítica será también buen ejemplo el poema “El Dios ibero” (CI): en él se insiste sobre el marasmo y la miseria del campo castellano y se añade una meditación sobre cierta religiosidad tradicional. Por lo demás, su penúltima estrofa contiene una apretada meditación sobre el pasado, el presente y el futuro de España y parece anunciar la necesidad de comprometerse para “reescribir” el pasado y

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construir una mañana mejor. Se trata de aspectos que alcanzarán mayor desarrollo en los poemas sobre el tema de España escritos ya en Baeza. Una segunda línea que ha de destacarse es la de los poemas sobre el tema de España. Antecedentes suyos eran los poemas críticos sobre Castilla ya mencionados. Pero es en Baeza donde la conciencia social de Machado recibirá unos aldabonazos definitivos. En Andalucía, ve los más agudos ejemplos de desigualdad social (“señoritos” terratenientes y braceros miserables), junto a una atonía espiritual. De esa situación nacen los poemas de lo que podría llamarse la “serie andaluza”. Hay en estos poemas varias dimensiones. Por lo pronto, una observación satírica de la vida cotidiana andaluza (“Poema de un día” (CXXVIII) y varios más). Pero esta faceta satírica –nueva en Machado- va a adquirir tonos especialmente intensos, violentos incluso; y sin dejar de referirse a Andalucía, pasará a generalizar sobre España. Muestra de ello serán los poemas “Del pasado efímero” (CXXXI) y “El mañana efímero” (CXXXV). En ellos la crítica social aparece servida por un tono mordaz, de violenta repulsa, que no hubiéramos imaginado en nuestro autor. Y es que tales poemas han nacido de la “indignación”, sentimiento que el mismo Machado confiesa haber sentido. Además, estas y otras composiciones encierran una meditación cada vez más intensa sobre el pasado, presente y futuro de España. Del pasado, Machado denuncia aquellos aspectos negativos que son un peso muerto sobre el presente o incluso sobre un futuro próximo. Y parece como si no tuviera grandes esperanzas en el mañana inmediato, sino en un “pasado mañana”, en una generación posterior. Véase por ejemplo, los poemas CXXXV y CXLIV: frente al pasado “vacuo”, al hoy “malo” y al mañana “vacío” (“y por ventura pasajero”), Machado pone su esperanza en “otra España”” en una España que “nace”. O diciéndolo con otras palabras muy machadianas, frente a “una España que muere” (la del pasado vacío) y “una España que bosteza” (la del presente abúlico), el poeta se siente comprometido con “una España joven”. Digamos, en síntesis, que desde su “mirada crítica” pasamos a una “visión histórico-política” cada vez más concreta, que se va encuadrando en un humanismo populista. Destaquemos, aparte, el largo romance “La tierra de Alvargonzález”, en que el poeta consigue revitalizar la vieja versificación, en un intento de “escribir un nuevo Romancero” que fuera expresión popular de “lo elemental humano”. Se trata de un estremecedor poema narrativo, cuya sombría historia gira en torno a la codicia, envidia, cainismo, miseria, producto de la dureza y miseria de aquellas tierras. Por otra parte, hay que aludir a los poemas de la “serie de Leonor”. En ellos, y por brutal imposición de las circunstancias, Machado vuelve a la línea intimista más dolorida. Primero –aún viva Leonor-, expresará su última esperanza en “otro milagro de la primavera” (CXV). Después, será el intenso dolor de la llegada de la muerte (CXXIII). Y de nuevo la soledad (CXXI). Y la sobrecogedora queja que el poeta alza a Dios (CXIX). Y la lucha del corazón con la cabeza por creer que hay algo más allá de la muerte (CXX, CXXII). Y el refugiarse de nuevo en los sueños, en los que parece recobrar a la amada perdida (CXXII). En fin, el ciclo tiene su broche de oro en el espléndido poema “A José María Palacio” (CXXVI), ya en la primavera siguiente, una primavera lejos de Soria y sin Leonor... En suma, una serie de emocionadas poesías. Una línea poética muy distinta es la que inicia la serie de “Proverbios y cantares”. Estos brevísimos cantarcillos recogen meditaciones sobre “los enigmas del hombre y del mundo”: el vivir como camino, el yo, la creación, el tiempo, la

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muerte, Dios...Son testimonio de su nueva afición por la Filosofía, pero también de su renovado fervor por las coplas populares (como indicará su métrica dominante). Y así, al estudiar estos poemillas, convendrá distinguir lo que tienen de proverbios (sentencias filosóficas o morales) y lo que tienen de cantares (puras efusiones líricas). Por último, el libro se completa con una serie de “Elogios”, algunos muy hermosos, como el poema a “Don Francisco Giner de los Ríos, o los dedicados a Rubén Darío, Unamuno o Juan Ramón Jiménez. ¿Qué novedades formales aportan los poemas de Campos de Castilla?. Dos aspectos cabe destacar: en primer lugar, una tendencia hacia los poemas largos; en segundo lugar, la aparición de un tono más recio, más fuerte, de una nueva retórica acorde con aspectos que hemos señalado. Pero también es curiosa la abundante presencia de alejandrinos, así como de inconfundibles rasgos léxicos modernistas. Hay, sí, cambios; pero también pervivencias de la etapa anterior, que no llegarán a desaparecer. 2.3. Nuevas canciones. El tercer libro de Antonio Machado aparece en 1924, con el título de Nuevas canciones y la indicación de fechas, posiblemente convencional, de “(1917-1920)”, ya que el tiempo trascurrido entre el último de estos dos años y el de publicación es excesiva. Nuevas canciones pasaría a formar parte de Poesías completas en la edición de 1928, como una unidad cuyas fechas cambiarían a “(1917-1925”), ampliación temporal que se variaría nuevamente en la edición de Poesías completas de 1933, con la indicación entonces de “(1917-1930)”, repetida en la última edición revisada por Machado, en 1936. Esta indicación temporal, el título y la conformación de 1936, serán las que permanezcan en las siguientes ediciones hasta la definitiva de 1988. Nuevas canciones es un libro muy diferente a los dos anteriores de Antonio Machado. Los años no han pasado en balde y el poeta ha evolucionado sensiblemente. Un nuevo concepto de la poesía le hace variar los objetivos de su producción lírica. Por otro lado, frente a Soledades y, sobre todo, frente a Campos de Castilla, ya no hay un tema unitario que cantar, por más que cualquiera de estos dos libros primeros estaban, en parte, presididos por cierto sentido acumulativo, de colección. Nuevas canciones asume plenamente este carácter y se convierte en un libro configurado con un sentido total de la variedad, lo que ha hecho reflexionar a algunos críticos sobre la decadencia de la poesía machadiana en esta etapa y sobre su desesperado intento de superar el agotamiento de su caudal poético, visto desde la perspectiva más convencional, y el desconcierto producido por los avances conseguidos por la nueva poesía, la poesía más joven que se desarrolla impetuosamente en la década de los veinte. La vida de Machado ha cambiado mucho en estos años... Los de Nuevas Canciones se corresponden con los dos últimos años de Baeza y los seis primeros de Segovia, período en el que Machado se va alejando del mundo castellano que inspiró sus Campos de Castilla, aunque todavía están presente en este libro, y va buscando expresión y una poesía nueva en la que intentará reincorporar los aspectos más introspectivos del mundo de Soledades, galerías y otros poemas. De hecho, uno de los conjuntos poéticos del nuevo libro se titulará “(Galerías)” y, en efecto,

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contendrá, a la altura de 1924, una nueva interpretación de las profundizaciones, reflexivas del primer libro, y, más en concreto, de los poemas de Galerías. De Campos de Castilla retendrá algunos aspectos del paisaje de la alta Castilla y de la alta Andalucía, pero la recuperación más importante radicará en la nueva serie de “(Proverbios y cantares)”, que reincorpora uno de los géneros poéticos más genuinamente machadianos, aunque el paso del tiempo gravitará también sobre estos poemillas que serán bastante distintos de los del libro anterior mientras que su número se incrementa sensiblemente llegando casi al centenar. En definitiva, la imagen que de Antonio Machado se extrae de este tercer libro es la de la variedad de intereses, presidida por un cada vez más acrecentado sentido reflexivo o filosófico que habría de caracterizar su poesía en estos y en los años siguientes. Pero sobre todo la variedad viene determinada por la presencia en el libro de cancioncillas de corte popular, de aforismos filosóficos, muchos de ellos presididos por el peculiar sentido de los humos y por la ironía levemente burlesca que cada vez se haría más presente en su obra; por la presencia de extraños y complejos poemas de recreaciones mitológicas, de nuevos poemas de paisaje castellano y andaluz, aunque ahora adelgazados en el cauce de una forma cancioneril de tipo tradicional, por la presencia de poemas amorosos, en los que descubrimos al poeta dispuesto a sentir de nuevo el amor; por la presencia de altas reflexiones metafísicas y de composiciones muy complejas y crípticas, junto a los ya conocidos “elogios”, en los que advertiremos la evolución del pensamiento machadiano frente a algunos de sus contemporáneos; y, en fin, por la presencia de nuevas formas métricas, entre las que destacan sus complicados sonetos, que sin duda reflejan una búsqueda, más que un hallazgo definitivo.

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