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DIVERSIDAD Y UNIDAD EN LOS CARISMAS:

LA IGLESIA DEL SEGUIMIENTO

Conferencista: Clara Elena Restrepo


Autor: P. Germán Méndez

Seguir a Jesús es fundamental para la fe del joven:


Jesús hizo una invitación concreta al “seguimiento”, (Mt 8,22; Mc 2,14; Lc 5, 27; Mt 19,21;
Jn 1,43); se sigue en libertad; se tiene que abandonar estructuras, estilos de vida, familia;
comenzar un nuevo camino con el Señor; camino que muchas veces es desconcertante y sin
ninguna seguridad; hay que tomar la cruz y dar la vida. La invitación al seguimiento es para
todo el que quiera; “Llamando a la gente a la vez a sus discípulos, les dijo: “Si alguno quiere
venirse en pos de mí, niéguese a sí mismo tome su cruz y sígame”. Porque quien quiera salvar
su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará”(Mc. 8, 34-
35).

En este sentido el estilo cristiano una exigencia que no va dirigida solamente a un grupo
limitado de personas, sino que es “para todos”. Es decir todo el que quiera estar cerca de Jesús
(“venirse conmigo”), tiene que estar dispuesto a aceptar las exigencias que aquí impone el
mismo Jesús. O dicho de otra manera, aquí se trata de exigencias que van dirigidas y se
imponen a todos los creyentes.1 Jesús pide “negarse a sí mismo”; que sería una fe profunda y
de identidad y, “cargar con la Cruz”; tomar todo el proyecto. El seguidor tiene que asumir las
causas y el destino de Jesús.

Cuando se habla de seguimiento no se habla de seguir una ideología, principios teológicos,


estructuras y normas establecidas; el seguimiento se refiere a la persona de Jesús, como Hijo
de Dios. Hay seguimiento cuando hay cercanía, encuentro y relación con Jesús y cuando hay
procesos de liberación a favor de la justicia. Y es que hay personas muy religiosas y
practicantes, en el mejor de los casos, pero no son seguidores de Jesús. El seguimiento de
Jesús no consiste en mantener una buena relación con los objetos que son propios de la
religión: practicas, ritos, ceremonias, observancias, etc. Se puede ser una persona muy
piadosa y observante, pero andar muchos kilómetros de distancia del verdadero seguimiento.2

Seguimiento y cruz tampoco se pueden separar, a eso se dedica la reflexión espiritual del
segundo día del encuentro; quien sigue a Jesús toma la cruz y es la cruz la que da plenitud al
seguimiento; “El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí” (Mt 10,38). La
cruz es signo de fidelidad, de experiencia de fe, de dar la vida; a Jesús se le comprende desde
la cruz y se le sigue con la cruz; la cruz es la clave para entender a Dios.

Desde el seguimiento de Jesús se entiende el proyecto de evangelización dentro de la Iglesia y,


se entiende a la vez, al Cristo que profesamos; seguimiento y discipulado comienzan a ser
claves en la fe del creyente y en el testimonio de vida, así es como decimos que nuestra vida se
1
. CASTILLO, José María. El seguimiento de Jesús, 1998, p.59.
2
. Ibíd., p, 79.

1
convierte en un mensaje. Recordemos, en efecto, que en la primera etapa de la vida de Jesús,
seguimiento significó anunciar y poner signos del reino (curar, perdonar, devolver la confianza
en sí mismo), y en la segunda etapa significó mantenerse firmes ante la poderosa reacción del
antirreino (perseverar en el compromiso de vivir una vida renovada). Sin el reino de Dios, el
seguimiento de Jesús no tendría ni la motivación ni los contenidos centrales.

Ser Emproísta en el mundo es ser signo visible y creíbles del amor de Dios para la Iglesia
La predicación de Jesús fue el reino de Dios3; Jesús jamás pensó en fundar un movimiento
religioso, un grupo diferente a los ya existentes; menos en fundar una iglesia. La propuesta de
Jesús era muy clara, proclamaba la Buena Nueva de Dios: “El tiempo se ha cumplido y el
Reino de Dios está cerca; convertios y creed en la Buena Nueva”. (Mc. 1, 14-15. “Si alguno
quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”. (Mc. 8, 34); “Yo soy
el camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí,
conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto.” (Jn. 14, 6-7); pero
esta propuesta es escandalosa, riesgosa y comprometedora; “Bienaventurados seréis cuando os
injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa.
Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma
manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.” (Mt. 5, 11-12). Con base en lo
anterior cualquier cristiano se puede preguntar: ¿En qué Dios se cree y a qué Dios se sigue?
¿Dónde se profesa la fe y se hace el proyecto de vida? ¿Por qué se habla de Jesucristo como el
Dios Liberador? ¿Cómo nació, entonces, el estilo de Iglesia, la que se conoce actualmente?
Es mejor hablar hoy del reino de Dios o de la Iglesia de Jesucristo?

El Credo Nicenoconstantinopolitano dice: “Creo en la Iglesia4 que es una, santa, católica y


apostólica”; el mismo catecismo de la Iglesia católica en su numeral 811 dice: “Esta es la
única Iglesia de Cristo, de la que confesamos en el Credo que es una, santa, católica y
apostólica” (LG 8). Estos cuatro atributos, inseparablemente unidos entre sí (Cf. DS 2888),
indican rasgos esenciales de la Iglesia y de su misión. La Iglesia no los tiene por ella misma;
es Cristo, quien por el Espíritu Santo, da a la Iglesia el ser una, católica y apostólica, y El es
también quien la llama a ejercitar cada una de estas cualidades. No se trata de negar el credo
ni de ir en contra de la institución; el credo es la profesión de fe; la misma confesión que hacía
Pedro, “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.” (Mt. 16, 16) y la misma profesión que hace
San Pablo: “que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y
que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los doce.” (1.
Cor. 15, 3-5). También vale la pena preguntarse en qué se cree y por qué se cree? Dar razón
de la fe que se profesa; dar razón del ser cristiano, seguidores de Jesús. La Iglesia tiene que
3
. En los evangelios, lo que es central de la vida de Jesús, expresado en dos términos: “reino de Dios” y “Padre”. De amabas
cosas hay que decir, en primer lugar, que son palabras autenticas de Jesús. En segundo lugar, que expresan realidades
totalizantes, pus con “reino de Dios”, Jesús expresaba la totalidad de la realidad y aquello que hay que hacer, y con “Padre”,
Jesús expresa la realidad personal que otorga sentido último a su vida, aquello en lo que Jesús descansa y lo que, a su vez, no
le deja descansar. Cf. Jon Sobrino, Jesucristo Liberador, p. 95.
4
. La Iglesia está completamente comprometida en esta triple misión profética, sacerdotal y real, es enteramente ministerial:
cada bautizado es configurado por el Espíritu de Cristo profeta, sacerdote y rey, y por tanto está llamado en comunión con
todos los hermanos a anunciar en la vida la palabra de Dios, a celebrar la memoria poderosa de los eventos salvíficos y a
realizar en la historia la justicia del reino de Dios que viene. El ejercicio de esta llamada, fundada en los dones del Espíritu
derrama en cada uno, se actúa en los diversos ministerios, carismas ligados a su cargo, configurados en forma de un servicio a
la comunidad, reconocido y recibido por la comunidad. Cf. Bruno Forte. Breve introducción a la fe, p. 77-78.

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ser signo visible del reino a través de sus carismas, dones, ministerios; a través de su identidad
y su misión dentro del mundo.

El resucitado es la clave para entender a Jesús; y es la clave, para entender la Iglesia. En las
diferentes apariciones los discípulos llegaron a comprender que había resucitado de entre los
muertos, (Mt. 28; Lc. 24; Jn 20 y 21; Mc 16, 7. Sin tener en cuenta la resurrección, no es
posible entender correctamente el origen y la vida de la Iglesia, la comunidad creada por
Jesús crucificado y resucitado. Ni la vida de Jesús ni tampoco su muerte en sí mismas han
sido causas para dar origen a la Iglesia. Durante su existencia terrena, Jesús fue el signo
visible y el signo viviente de su Padre; tema clásicamente expresado por las palabras de Jesús
a Felipe: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14,9). Con su muerte y
resurrección, deja de ser posible ver directamente a Jesús. Su comunidad se convierte
plenamente en signo visible y vivo de sus intenciones salvíficas respecto de todos los hombres
y mujeres de toda época y lugar. A pesar de todas sus debilidades pecadoras, los cristianos
reciben la fuerza del Espíritu Santo para ser el signo especial ante el mundo entero de la
presencia y el amor poderoso del Señor resucitado.

La resurrección le da una importancia grandísima al bautismo en el “nombre del Padre y del


Hijo y del Espíritu Santo” (Mt. 28,19). Los cristianos que son bautizados por el Espíritu de
Jesucristo Resucitado deben caminar a la luz del Espíritu, “Si vivimos según el Espíritu,
obremos también según el espíritu” (Gál. 5,25). Los bautizados confiesan su fe en Jesús
resucitado de entre los muertos, (Rm 10,9; 1 Cor. 15, 1-11) comienzan su nueva vida en Cristo
resucitado. ¿Por qué se habla del bautismo? Porque es la clave para entender hoy el
seguimiento y el discipulado de Jesús.

Tal vez la Iglesia ha pensado más en “sacramentalizar” la fe de los cristianos que vivir un
camino de seguimiento y de discipulado y de hacer visible signos del Reino de Dios. Es
verdad los sacramentos5 son signos eficaces de gracia; signos que deben significar procesos de
fe, comunidades en camino, experiencias de Dios, etc. El problema es que los sacramentos
significan muy poco, no porque no sean símbolos de fe, sino porque son signos que no logran
“significar” en su totalidad; los sacramentos no son los únicos medios de evangelización o de
procesos de fe . No se está en contra de los sacramentos, se está en contra en las formas de
reducir y estructurar la fe. La característica esencial del creyente es el seguimiento de Jesús,
asumiendo la vida y el destino de Jesús, su postura ante los hombres, ante las distintas
situaciones que presenta la vida y ante las instituciones que funcionan en la sociedad. Y sobre
todo, asumiendo la postura de obediencia radical de Jesús a la voluntad del Padre de todos los
hombres, para realizar en el mundo el proyecto de Dios, el reinado de Dios, que es el reinado
de la justicia, la igualdad, la fraternidad, la libertad y el amor. La fe da sentido a la vida y es
5
. Los sacramentos cristianos son símbolos fundamentales de nuestra fe. Estos símbolos tienen su origen y su razón de ser en
el sacramento original que es Jesús, el Mesías salvador y liberador de los hombres. Y son la manifestación del gran símbolo
sacramental que es la Iglesia, la comunidad de los creyentes, que celebra y expresa así las experiencias básicas de su fe. Esto
quiere decir que los sacramentos no son simples ritos religiosos, que comunican automáticamente la gracia de Dios a los
hombres. Eso quiere decir además que los sacramentos no son meros signos sagrados, que producen de una manera casi
mágica unos determinados efectos salvíficos y santificantes. Y eso quiere decir también que los sacramentos no son símbolos
individuales, sino esencialmente comunitarios; surgen de la comunidad y son de la comunidad. Cf. Castillo. Símbolos de
libertad, p. 457.

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experiencia fundamental; pero el creer significa comprometerse. De esta manera es que los
sacramentos se convierten en un rito; ritos que se van haciendo experiencia y que tienen un
efecto en la vida del creyente.

El proceso de la fe dentro de la experiencia del Encuentro de Promoción Juvenil (el segundo


día), quiere hacer énfasis en el sacramento del bautismo y en la confirmación porque es el
punto de partida y el punto culmen del seguimiento de Jesús. Tienen una característica
esencial: El Espíritu Santo, (Mt 3, 11; Mc 1,8; Lc 3,16; Jn 3,16). “Quedaron todos llenos del
espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía
expresarse” (Act 2,4). Es el Espíritu Santo el que impulsa al creyente a salir de sí mismo y dar
testimonio(tercer día); “sino que recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre
vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la
tierra” (Act. 1, 8) (cuarto día).

El mismo Jesús comienza su ministerio público, después de recibir el bautismo “Y sucedió que
por aquellos días vino Jesús de Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán. En
cuanto salió del agua vio que los cielos se rasgaron y que el espíritu, en forma de paloma,
bajaba a él. Y se oyó una voz que venía de los cielos. “Tú eres mi Hijo amado, en ti me
complazco” (Mc 1, 9-11).

Por qué reconocer nuestra identidad en la diversidad de carismas de la iglesia:


En la actualidad, se ve la necesidad, de hablar más de una Iglesia signo del reino de Dios,
Iglesia comunidad fe, esperanza y caridad, Iglesia que camina a la luz del evangelio a la luz de
los signos de los tiempos, Iglesia que camina y hace historia de salvación con el Señor; en
conclusión, la Iglesia de los discípulos, liberada y liberadora. El mismo San Pablo, pensó en
comunidades con la diversidad y unidad de los carisma, “hay diversidad de carismas, pero el
Espíritu es el mismo; diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo, diversidad de
operaciones, pero es el mismo Dios que obra todo en todos” (1 Cor. 12, 4-6). Se habla mucho
de la identidad del laico6, de la vocación del laico, de la misión del laico, del compromiso del
laico; se debe hablar más, en la Iglesia, de ministerios, dones y carismas; porque todos
estamos en el mismo camino de fe, formamos parte de la misma Iglesia; buscamos la
conversión y la santidad en Dios; nos preocupamos por la plenitud del reino, del quinto día del
Encuentro; nos diferencian los ministerios; los procesos de fe y las formas de manifestarla;
“pues de la misma manera que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los
miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, no forman más que un solo cuerpo. Porque
en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y
griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu” (1 Cor. 12-13). El
Catecismo de la Iglesia Católica, en el numeral 800 valora los diferentes carismas, “los
carismas se han de acoger con reconocimiento por el que los recibe, y también por todos los
miembros de la Iglesia. En efecto, son una maravillosa riqueza de gracia para la vitalidad

6
. ¿Qué se entiende por laico? Con el nombre de laico se designan aquí todos los fieles cristianos, a excepción de los
miembros del orden sagrado y los del estado religioso aprobado por la Iglesia. Es decir, los fieles que, en cuanto incorporados
a Cristo por el bautismo, integrados al pueblo de Dios y hechos partícipes, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real
de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos corresponde (LG. N.
31)

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apostólica y para la santidad de todo el cuerpo de Cristo; los carismas constituyen tal riqueza
siempre que se trate de dones que provienen verdaderamente del Espíritu Santo y que se
ejerzan de modo plenamente conforme a los impulsos auténticos de este mismo Espíritu, es
decir, según la caridad, verdadera medida de los carismas (Cf. 1 Cor 13).”

La vocación de todo creyente es buscar el Reino de Dios y su justicia; toda la Iglesia debe ser
signo visible de ese Reino. Collantes dice “los pastores de la Iglesia han de estar al servicio
los unos de los otros y al servicio de los fieles, siguiendo el ejemplo de Cristo; los fieles, por
su parte, han de prestar a los Pastores y doctores el concurso gozoso de su ayuda. Así, en la
diversidad misma, todos dan testimonio de la admirable unidad que reina en el Cuerpo de
Cristo: la misma diversidad de las gracias, de los ministerios y de las funciones congrega en la
unidad a los hijos de Dios.”7

Seguir a Jesús es la clave de un Movimiento Cristocentrico:


El Seguimiento da la originalidad, la plenitud y la concreción a la fe y a la misma misión; es
un camino: Hacer creíble la presencia Jesús en las acciones de la vida. El seguimiento es
histórico y es dentro de la Iglesia. Para llegar a esto se necesita un camino de fe, un camino de
discipulado y estar en continuo discernimiento del Espíritu. El seguimiento es, entonces, la
acción por la que le damos vida a las manifestaciones del Espíritu y es el lugar de entrar en
sintonía con el Espíritu de Dios. El seguimiento es el único que da los elementos de la
fidelidad y la plenitud del Reino de Dios; el seguimiento da la posibilidad de ser auténticos
cristianos y autentica Iglesia. En la vida real de la Iglesia, el cambio comenzó a operar,
tímidamente alrededor del Vaticano II y abiertamente sólo en Medellín. Esto quiere decir que
a lo largo de la historia de la Iglesia el reino ha estado ausente o, como acabamos de decir,
tergiversado – a lo que hay que añadir la tendencia actual a la marcha atrás, teórica y práctica-.
No se hace centro de la predicación actual lo que fue el centro de la predicación de Jesús: el
reino de Dios. Con ello, consciente o inconscientemente, se desvirtúa la realidad de Jesús. Y
con ello – automáticamente según Calcedonia – se desvirtúa o tergiversa la realidad de Dios.
Por eso hay que recordar el reino de Dios.

La Iglesia no sólo debe entenderse a sí misma desde dos puntos ajenos a ella como son
Jesucristo y el mundo, tal como se unifican en el reino de Dios, sino que toda su acción debe
tener ese mismo carácter de excentricidad. Si la Iglesia no encarna su preocupación central
por el Jesús resucitado en una realización del reino de Dios en la historia, está perdiendo su
piedra de toque y, con ello, la garantía de estar sirviendo efectivamente al Señor y no a sí
misma. Sólo en el vaciamiento de sí misma, en el don de sí a los hombres más necesitados, y
esto hasta la muerte y muerte de cruz, puede la Iglesia pretender ser sacramento histórico de la
salvación de Cristo.

La Iglesia es ministerial; tiene identidad, ser y misión. Jesús no llamó únicamente a 12; la
invitación al seguimiento era abierta a todo el que quería aceptarla; “después de esto, designó
el Señor a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos delante de sí, a todas las ciudades y
sitios a donde él había de ir. Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; y a quien a

7
. COLLANTES, Justo. La fe de la Iglesia católica. Madrid, 2001, p. 501.

5
vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado”
(Lc 10, 1.16). O dicho más claramente, seguimiento de Jesús y misión son inseparables. Esto
se ve claramente por el paralelismo que existe entre Mc 1,17 y Mc 3, 13-15. En Mc 1,17,
Jesús llama a los discípulos para que le sigan y para hacerlos pescadores de hombres. En Mc
3, 13-15, el mismo Jesús llama a los discípulos “para que estén con él y para enviarlos a
predicar.

Cristiano es aquél que sigue a la persona de Jesucristo; no es tanto el que pertenece a una
religión, cristiano es aquél que tiene fe en Jesús, es decir, aquél que se identifica con los
valores, formas de ver la vida, experiencias y acciones de Jesús. Pero esa fe expresa como la
afirmación de unos contenidos ideológicos (de una doctrina) y genera una serie de prácticas
simbólicas (bautismo, eucaristía, sacramentos...), así como una praxis ética y una forma de
relacionarse los hombres entre sí que es la que constituye a la comunidad cristiana.

Si se entiende el seguimiento se entienden los carismas y los ministerios dentro de la Iglesia.


Todos somos Iglesia8, es verdad, pero cuando hay participación, apertura, diálogo; cuando se
respeta la diversidad de ministerios. Puebla afirma en el numeral 804: Para el cumplimiento
de su misión, la Iglesia cuenta con diversidad de ministerios. Al lado de los ministerios
jerárquicos, la Iglesia reconoce un puesto a ministerios sin orden sagrado. Por tanto, también
los laicos pueden sentirse llamados o ser llamados a colaborar con sus pastores en el servicio a
la comunidad eclesial, para el crecimiento y vida de esta, ejerciendo ministerios diversos
según la gracia y los carismas que el Señor quiere concederles. Para vivir el seguimiento y el
discipulado de Jesús se debe partir, obligatoriamente, de una eclesiología del seguimiento y
del discipulado.

8
. La Iglesia es comunitaria y dentro de ella todos somos miembros plenos: el papa, los obispos, los sacerdotes o los
religiosos por su condición no son más cristianos que los laicos. La condición común cristiana es anterior, teológica y
cronológicamente, a la diversidad de funciones, carismas y ministerios. Es toda la comunidad que es ministerial, apostólica,
carismática y profética (aunque no todos en el mismo grado y con idénticas tareas). Cf. Juan Antonio Estrada, la identidad
de los laicos, 1990, p. 156.