Diáspora, concepto y contexto Diáspora procede del griego diasperien (dia: del otro lado, más allá de;

sperien: sembrar semillas), usándose por vez primera cerca del siglo III a. C. en el Septuagint, traducción griega de las escrituras hebreas dirigidas a la comunidad helénica judía de Alejandría y que describía la vida de los judíos fuera de su tierra natal. El uso del término está vinculado entonces en sus orígenes, al pueblo judío. Actualmente se utiliza para hacer referencia a aquellos grupos étnicos que han sido desplazados de su lugar originario por factores tales como la migración forzada, el exilio, etc, y son reubican en otro territorio. Las comunidades diaspóricas tienen además como una de sus principales características el hecho de cimentar su identidad a partir de aquella tierra originaria que se convierte en punto de referencia sobre el que se construyen las distintas expresiones de la etnicidad. Entendiendo etnicidad como organización social de la diferencia, y percibida por estas sociedades transplantadas a partir de distintas conexiones con la tierra de origen. El imaginario racial que surge en el contexto colonial fue el encargado de crtear nuevas categorías identitarias que fueron de vital importancia para el naciente patrón de poder modernidad-colonización. Se crearon tanto las categorías de indio como la de negro que abarcaron una extensión y pluralidad de identidades muy dispares entre sí; en el caso de la categoría global de negro conjugó las identidades ashanti, congo, yoruba, carabalí, mandingo entre tantas otras. Así la pigmentocracia, surgida desde la discursividad racista surgida en la modernidad, categoriza ciudadanos de primera y segunda clase con desiguales valorizaciones en cuanto cultura, idioma, religión, civilización, etc. Este discurso racial implicó la primera clasificación universal de los seres humanos, estableciendo regimenes raciales de explotación de trabajo y la apropiación de espacios geográficos y poblaciones enteras, así como la imposición de las fórmulas de conocimiento eurocéntricas, que establecían el saber colonial-imperial como hegemónico desplazando y suprimiendo los saberes ancestrales y cultura de los “otros” ajenos al mundo euro-occidental. Como se dijo anteriormente las identidades diaspóricas tienden una búsqueda de la identidad más allá de las fronteras ocupadas actualmente por el grupo, resultado de esa experiencia colectiva discriminatoria, de subordinación y estigmatización por parte de la visión moderno-colonial . Es así que esta identificación con la tierra de origen expresada en distintas religiosidades y movimientos intelectuales (afro en este caso) como un retorno a lo primigenio del terruño originario, se explica por la discriminación o la persecución sufrida en las tierras de destino. La diáspora transatlántica a la que fueron sometidos los africanos y el régimen de esclavitud impuesto, implicó dramáticos cambios en las condiciones de vida de esta población en América, en los que influyeron el desarraigo familiar, el maltrato físico, violaciones sufridas por las esclavas de parte de los amos, cambios alimenticios drásticos y dificultades comunicacionales por la diversidad lingüística de los distintos esclavos africanos, así como otros factores de adversidad obligando al africano melanodermo y su descendencia a desarrollar una creatividad cultural particular para sobrevivir. Entonces en los lugares donde las condiciones se lo permitieron, se crearon por necesidad nuevos lenguajes para comunicarse entre ellos (créole, papiamento, etc. mezcla de lenguas africanas con las coloniales e indígenas), también la deficiencia de alimentos los llevó a crear una cocina particular ligada a la memoria y la práctica ancestral (acarajé en Brasil, sous y congri en el Caribe, etc.); del mismo modo las prácticas religiosas transmitidas oralmente en sus tierras de origen, se mezclan en las Américas con la religión cristiana impuesta desde la colonialidad y con la religiosidad indígena cargada de elementos autóctonos, para dar paso a nuevas

expresiones religiosas con gran carga de materialidad e inmediatez (vudú en Haití, santería en Cuba, umbanda, quimbanda, batuque en Brasil y el Río de la Plata, etc.). Por lo que el desenvolvimiento a lo largo de la historia de estos grupos sociales (étnicos, en la medida que se perciben y son percibidos como grupos o agrupaciones distintas a “otros” por poseer un patrimonio lingüístico, cultural o social que consideran o es considerado exclusivo), el proceso histórico en la configuración de colectividades étnicas como resultado de esta migración forzada, sumado a las fisiones y fusiones con los otros grupos habitantes de los mismos territorios puede ser categorizado como un proceso de etnogénesis o etnogenético. Varias etnogénesis “negras” se han producido cada una de las cuales suponiendo la recomposición o reestructuración de los distintos referentes ideológicos, lingüísticos y culturales africanos, de los cuales eran portadores los miembros de esas nuevas configuraciones étnicas basadas en una identificación compartida. Es así que las identidades diaspóricas africanas se han construido y se siguen construyendo a lo largo de un complejo y heterogéneo conjunto de expresiones sociales y culturales que incluye las ideologías políticas y los movimientos de población, las religiones y la música, la literatura y la producción académica. Ayti La mayor parte de los esclavos llegados a la colonia francesa de Santo Domingo para ser consumidos en las plantaciones azucareras, procedían de diferentes partes de África: bantúes, sudaneses, poblaciones del Senegal y del Dahomey (hoy Benin), por lo tanto, como se ha descrito más arriba, al pertenecer a diferentes etnias poseían distintas caracterizaciones identitarias que debieron ser sincretizadas en el ingenio azucarero en momentos de distensión. El cordón colonial con Francia fue cortado definitivamente tras la mítica y ejemplar revolución que protagonizaron los esclavos (1791), heredera de la Revolución Francesa, que llevó a la derrota nada menos que del ejército de Napoleón. Nace a partir de aquí la primera República de Latinoamérica (1804), la primera, emblemática y olvidada República negra de la Humanidad. La denominación colonial de Santo Domingo fue trocada a partir de ese momento por el término taíno (aborigen) de ayti (Haití, "tierra montañosa"). El 14 de agosto de 1791 en Bois Caïman, el houngan (sacerdote vudú) Dutty Boukman organizó una ceremonia con los esclavos en las montañas del Norte en la que se proclama la venganza en nombre de los dioses africanos, rechazando al dios de los colonizadores. Esta ceremonia se considera el catalizador del levantamiento esclavo que luego devendrá en Revolución Haitiana. Al decir de Alejo Carpentier: “Bouckman dejó caer la lluvia sobre los árboles durante algunos segundos, como para esperar un rayo que se abrió sobre el mar. Entonces, cuando hubo pasado el retumbo, declaró que un Pacto se había sellado entre los iniciados de acá y los grandes Loas del África, para que la guerra se iniciara bajo los signos propicios. Y de las aclamaciones que ahora lo rodeaban brotó la admonición final: -El Dios de los blancos ordena el crimen. Nuestros dioses nos piden venganza. Ellos conducirán nuestros brazos y nos darán asistencia. ¡Rompan la imagen del Dios de los blancos, que tiene sed de nuestras lágrimas; escuchemos en nosotros mismos la llamada de la libertad!.” (Carpentier, 1985: 53-54). La República haitiana no fue reconocida sino hasta ya entrado el siglo XX por las naciones americanas, el terror provocado por el levantamiento de negros esclavos y su posible metástasis en terruños alóctonos, fueron elementos clave a la hora de establecer bloqueos del tipo económico para aislar la nueva nación.

El aislamiento cúlmine se produjo durante los treinta años de dictadura duvalierista (1957-1986), con complicidad norteamericana que veían a los Duvalier como posible contraposición al comunismo cubano, y bajo conocimiento de todos los estados americanos (las cifras de asesinatos y desapariciones forzosas, testimonios de perseguidos y torturados e imágenes de boat people tratando llegar a las costas de Miami en deplorables condiciones dieron la vuelta al mundo). El régimen duvalierista llegó a utilizar la manipulación del vudú con el fin de mantenerse en el poder de la isla, llegando el propio Papa Doc (François Duvalier) a proclamarse supremo sacerdote. Y así, esta religión que había sido desde sus inicios fuente de rebelión y de protesta, fue pervertida desde el momento en que el poder político se inmiscuye en su liturgia. El levantamiento haitiano de comienzos del siglo XIX sólo tiene un parangón en la revolución cubana de mediados del siglo XX. Son éstos, sin lugar a dudas, a pesar de los 150 años que los separan, los dos únicos acontecimientos de la región que marcan un hito en la historia del Caribe. Créole Debemos recordar que criollo, créole y crioulo tienen un origen etimológico común, (el vocablo cría, en donde aparece una clara alusión zoológica; el negro es criado para el consumo al igual que los animales, perteneciendo asimismo a un mismo plano existencial) designando en un principio al hijo de esclavos (bozales) nacidos en las colonias, derivando luego en las significaciones actuales. La conjunción de el francés normando de los marineros, algunos términos de origen taíno y los dialectos africanos que llegaron a territorio insular conforman el origen del créole haitiano, una lengua en desarrollo, incluso anterior al francés moderno ya que el proceso de unificación lingüística de la lengua francesa se llevó a cabo después de la Revolución Francesa. El créole hasta épocas recientes, de la misma forma que la religión vudú, había sido desvalorizado, sin tener en cuenta los múltiples aspectos de la cotidianidad haitiana en los que se desempeña (al igual que la religión). Lo hablan todos los habitantes de Haití, ricos y pobres, tiene asimismo una gramática y una literatura: novelas, cuentos, poemas, obras de teatro, proverbios y adivinanzas compilados. Pero lo más importante, al igual que la religión vudú (codificada en lengua créole), se trata de un generador de cosmovisiones de más de tres siglos que configura a la sociedad haitiana. La codificación del vudú a través del lenguaje particular de Haití, hace que esta religión sea de uso exclusivo de los haitianos, los hablantes de esta lengua. Según Michaelle Ascencio: “el vodú sigue siendo, hasta donde sepamos, una religión aislada por la lengua en la que se expresa, casi una reliquia colonial para uso exclusivo de los haitianos que son los únicos que hablan la lengua de sus dioses.” (Ascencio, 2005:136) Acerca del sincretismo El Diccionario de etnología de Izard y Bonte establece que sincretismo: “remite a la amalgama de elementos míticos, culturales o de organización de procedencias diversas en el seno de una misma formación religiosa. (…) El sincretismo es ya reconocido como un proceso contra-acumulativo que implica manipulación de mitos, préstamo de ritos, asociación de símbolos, inversión semántica a veces y reinterpretación del mensaje cristiano.

En el culto vudú trasplantado de la Costa de los Esclavos (Golfo de Guinea) a las Antillas (especialmente Haití) y a Brasil (candomblé de Bahía, macumba carioca, catimbo, umbanda), ritos institucionalizados, realizados en un marco asociativo jerarquizado, permiten entre otras cosas, por medio de los trances de sujetos privilegiados, poner en comunicación la comunidad religiosa con los espíritus. En Haití donde la antigua diosa-madre de los yoruba se confunde con santa Ana, el culto vudú ejerce una función de protesta contra el poder de las grandes religiones y de compensación de las desigualdades sociales.” Todas las religiones son de por sí sincretistas, pero las prácticas definidas sincréticas lo son mucho menos. Cada religión se forma sobre los restos de otras precedentes suplantándolas por la fuerza o con una mejor capacidad de persuasión, por lo tanto, decimos que sincretismo es el cargarse de signos, tradiciones y lugares de culto que se estratifican y que terminan por ser integrados, conviviendo diversas divinidades sin que el practicante las encuentre incompatibles o en conflicto. Para el devoto esta impercepción de conflictividad entre dioses de distinto origen tenderá a bajar el umbral de la intolerancia religiosa y de las pretensiones totalitarias que una religión institucional a menudo ha expresado y expresa. El vudú haitiano, profundamente combatido por la Iglesia católica y socialmente estigmatizado como práctica de las clases marginalizadas (campesinos Negros analfabetos). Pero la pretendida lucha con el catolicismo es más una cuestión que concierne al institucionalismo eclesiástico que al devoto de los diferentes loas (divinidades vudú). El catolicismo funciona como un velo superficial que se ha colocado sobre un sistema de creencias pre-cristianas, de origen africano. Las ceremonias comienzan con largas letanías que recuerdan el rosario o los cantos litúrgicos del catolicismo para evocar las potencias de divinidades no cristianas. La danza de posesión, que encontramos también en otros contextos, es un modo a través del cual el fiel busca un contacto directo con su dios. A pesar de existir un especialista de lo sagrado ( el sacerdote vudú o houngan) que ejerce poderes que le son intrínsecos, como el de curandero, exorcista, vidente, organizador del tiempo libre de la comunidad, etc., no solo a él pertenece acceso a la esfera de lo sagrado, sino a todos los practicantes por igual. Impresiona entonces la movilidad elevada del individuo en un espacio sagrado que no conoce límites rígidos en su interior, ni barreras ideológicas o dogmáticas. Si un católico puede ir a misa el domingo y otro día de la semana frecuentar el houmfort (santuario vudú), quiere decir que el cúmulo de signos y símbolos sagrados y religiosos procedentes de contextos diversos, más o menos fuertemente estructurados, no da lugar a un conflicto que resulte insoportable para el creyente. De esta manera podemos ver como el complejo cultural afroamericano, el conjunto de sus tradiciones, es transmitida no como un patrón cultural estable y sin cambios, sino como un proceso de transformación cultural creando formas novedosas de autoidentificación dentro del contexto americano, que es lo que dio, y sigue dando, nuevas formas de ver la africanidad en diáspora, donde la cultura negra surge como una red mixigenizada de culturas negras locales inseparables de la latinidad, sin privilegiar entonces al África como un origen auténtico al que se debe regresar, pero sin dejar de pensar en el África como un espacio cultural que, de alguna manera, yace entre el África y las Américas como lugares geográficos. Posesión y trance Contrariamente al discurso vigente, de inspiración cartesiana –basado en el antagonismo entre el cuerpo y el alma, o la materia y el espíritu-, el pensamiento afroamericano del cuerpo se desarrolla sobre amalgama integradora de ambos principios: el principio espiritual y la realidad física, material o biológica. El cuerpo no

es simple materia o pura realidad biológica sino que es una realidad simbólica, un entretejido de relaciones entre lo visible y lo invisible, un espacio de fuerte solidaridad y comunión entre materia y espíritu. Los fenómenos de posesión y trance reflejan esta capacidad de vivir el acercamiento a los dioses a través de realidades sencillas, cotidianas y sobre todo materiales. La valorización de la materia y la preocupación por lo concreto, por el aquí y ahora son parte de las convicciones básicas de las religiones afroamericanas. Los sacrificios, los tratos con las distintas divinidades tienen como propuesta mejorar y reforzar la vida cotidiana por medio del cuerpo que es su canal expresivo y de comunión con la divinidad. La posesión (fenómeno universal ya mencionado en los cultos a Dionisio al igual que en el cristianismo) y el trance son hechos frecuentes en las religiones de origen africano. Sin ser sinónimos el uno del otro, ambos fenómenos son paralelos en varios casos. El cuerpo es el lugar de encuentro en las manifestaciones de ambos fenómenos. Se distinguen dos tipos de trances: el trance del cuerpo y el trance de la palabra. El primero es impresionante y tiene distintos síntomas, a saber: Jadeos, transpiración, temblores, gemidos, estremecimientos de todo el cuerpo, aullidos estridentes o llantos. Puede suceder que el individuo pierda la conciencia y se encuentre en un estado letárgico, tenga violentas convulsiones; saque la lengua, babee, con la mirada fija o los ojos en blanco. El funcionamiento del cuerpo puede ser alterado de modo que algún miembro quede paralizado, que las articulaciones se bloqueen. Están también presentes en grados diferentes la falta de sensibilidad al dolor y la pérdida de los reflejos. Las manifestaciones físicas que inducen a un estado de trance son las siguientes: la absorción de algunas bebidas o plantas, los baños especiales o el ensordecedor toque de tambores, el ritmo sacudido del baile y la polifonía de los cantos, etc. que pueden ser controlados por los iniciados de la comunidad. Además del condicionamiento psicológico, las manifestaciones se desarrollan según formas simbólicas propias del ambiente cultural local. Los individuos parecen movidos por una tremenda energía sobrenatural, que procede de alguna fuente trascendental y hace que, de alguna manera, el cuerpo anestesiado soporte sin daños importantes el contacto con las brasas ardientes o con el agua hirviendo, la masticación de vidrios, las cortaduras, las torsiones, las perforaciones. La posesión por los dioses, los espíritus o los antepasados también es un fenómeno muy frecuente en la espiritualidad de la religión vudú, un cuerpo poseído, receptáculo de otra presencia, un cuerpo invadido cuya sensibilidad y expresión se ha modificado totalmente, ajustado a la divinidad o al espíritu que en él se encarna. El poseído o más bien el que posee alguna divinidad, lleva a cabo la gestualidad apropiada mediante los cuales disuelve su propia personalidad para dejarle el lugar (su cuerpo) al espíritu visitante. La posesión se produce siempre de modo descendente, baja sobre el sujeto humano; el poseído recibe en sí fuerzas que le abren al dinamismo de la naturaleza con toda su riqueza simbólica: el viento, el fuego, la tierra, el agua, etc., es así que si un poseído se revuelca en el piso, maneja el fuego o busca desesperadamente fuentes de agua, está respondiendo a esta lógica. En otros términos, los loas se identifican con sus fieles a través de gestos concretos y de realidades materiales. La posesión puede correr por dos caminos distintos: por un lado, como alienación, y del otro lado como liberación. Hablamos del primer caso cuando el espíritu que posee al ser humano influye negativamente sobre su fuerza vital (una enfermedad causada por la posesión). Por otro lado, una posesión es liberadora cuando aumenta la fuerza vital del ser invadido y éste se dedica al servicio de la comunidad. Consolidación del vudú en Haití

Religión cuyo origen encontramos en el sincretismo generado entre los dioses africanos traídas por los esclavos, el cristianismo hegemonizador de los colonizadores y el complejo religioso de los autóctonos Taínos. A medida que aumentaba la producción colonial se incrementaba el volumen de esclavos requeridos en el ingenio azucarero, aumentando en consecuencia la densidad poblacional y facilitando la comunicación interpoblacional. Siendo los esclavos negros bozales (término con clara alusión al carácter animal del esclavo), es decir procedentes de África, cargaban consigo el conjunto de costumbres, dioses y ritos su cultura. La única práctica tolerada fue danzar y cantar, sólo los domingos y lejos del amo a quien no se debía "perturbar el descanso". Además de los bailes religiosos, celebrados en honor de algún santo, o los bailes de regocijo, se realizaban, en la más estricta clandestinidad, en horas nocturnas, danzas relacionadas con el culto vudú logrado por ciertas afinidades religiosas escondidas bajo el velo del catolicismo. Fue así como Legbá, Aizan, Loko y más tarde Ogún y todo el panteón rada se impusieron desde África a Santo Domingo. Los jesuitas fueron expulsados de América en 1767 y la revolución de los esclavos junto a las invasiones haitianas (entre 1791 y 1805), provocaron la huida de muchos clérigos, puesto que los vientos no eran propicios para el desarrollo de una acción pastoral. La ausencia de clérigos es sinónimo de carencia de prédica. Por lo tanto no es de extrañar que en este contexto, el vudú encontrara un campo fértil para la consolidación de su culto, que a pesar de las prohibiciones se había perpetuado en secreto. La elite haitiana imbuida de prejuicios etnocentristas durante mucho tiempo, en particular durante la ocupación norteamericana (1915-1934), consideró el vudú como un fenómeno desvalorizante de la cultura haitiana. Recién con el movimiento indigenista, en particular los trabajos del haitiano Jean Price-Mars (1928, Así habló el tío. Ensayos etnológicos) la toma de conciencia nacional por parte de los propios haitianos se hizo presente, revalorizando su cultura popular. Es así que comenzó a revalorizarse el vudú y el folklore haitiano, como manifestación de la "haitianidad". A partir de entonces dicha religión seguirá siendo como antaño símbolo de la resistencia secular a la influencia extranjera, en particular a la religión católica oficial. Con la caída de las dictaduras de los Duvalier, las nuevas generaciones de escritores utilizarán el vudú como una fuente de inspiración inagotable. Según estadísticas de 1992, se calcula que más de un millón de haitianos viven en el extranjero: República Dominicana, Estados Unidos, Cuba, Guayana, Canadá, Francia e islas del Caribe. Los loas del panteón vudú, como lo hicieron durante el trasiego transatlántico, viajan con ellos. El reconocimiento del vudú como una parte del patrimonio cultural de la humanidad se concretó en 1993, más precisamente del 7 al 17 de febrero, en la República Popular de Benin, en donde se llevó a cabo el Primer Festival Mundial de Artes del Vudú, en la ciudad de Ouidah, bajo el sol africano que le dio su luz. Asistieron cofradías de varias regiones de África, al igual que de Cuba, Haití, Trinidad y Brasil. Hoy el vudú es religión oficial en Benin. VUDU Según algunos investigadores de puede dividir el conjunto de practicantes del Vudú en cuatro grupos principales, en primer lugar aquellos iniciados que rinden culto a los loas abiertamente y con mucho fervor en su vida cotidiana, individuos depositarios y custodios de sus misterios y ritos; en segundo lugar los iniciados o no iniciados fieles, pero no tan abiertamente como los primeros y tal vez con menos regularidad, sobre todo en el caso de los no iniciados; siguiéndoles a estos, los iniciados y los no

iniciados que sólo rinden culto a los loas ocasionalmente, en particular en los momentos de crisis afectiva, moral o financiera; y por último aquellos individuos que a pesar de acudir asiduamente a la iglesia católica o al templo protestante, siguen manteniendo las costumbres heredadas de tiempos inmemoriales y presentan ciertas reacciones emocionales que sólo pueden comprenderse a la luz de un substrato vudú, aunque éste sea cuidadosamente disimulado o reprimido. Aunque el vudú da una gran importancia a los espíritus o loas de los muertos, su panteón, al igual que en santería y en umbanda tiene a Olorun como Dios supremo y omnipresente y a Obatalá como deidad creadora de la vida y del cielo. Por lo demás, sus sacerdotes o houngans invocan asimismo algunos espíritus que son mensajeros entre los hombres y los dioses que no se ocupan de asuntos mundanos. Alguno de estos espíritus o loas difieren de los espíritus relacionados a otras religiones afroamericanas —por ejemplo, Aïda Wedo, el espíritu del arco iris, Dambala, el loa de la serpiente, y Barón Samedi, el guardián de los cementerios— otros tienen el mismo nombre y los mismos atributos que ellos: Ogoun u Ogún, el espíritu de la guerra, Osún, el loa de los torrentes, Shangó, el loa de las tormentas y Yemanjá, la deidad de las aguas. Para invocarlos, el houngan (o su homólogo femenina, la mambo) y sus fieles utilizan un complejo ceremonial que incluye, entre otras pautas, cantos para invocar a los espíritus, ofrendas de libaciones, danzas extáticas y el sonido rítmico de tres tambores de distintos tamaños, tonos y ritmos. La ceremonia vudú llega a su punto álgido cuando las hounsis del templo entran en un frenético trance al ser poseídas por los espíritus. En este estado, las hounsis son capaces de levantar grandes pesos, de romper vasos con los dientes y de soportar el fuego y los puñales e incluso no dudan en sacrificar palomas o gallinas degollándolas y descuartizándolas con las uñas y los dientes. También llama la atención el temor manifiesto de los individuos a la zombificación. Para que alguien sea convertido en zombi es necesario, según parece, que el bokor o «brujo malo» (Del mismo modo que en Cuba muchos santeros ejercen al mismo tiempo de paleros – sacerdote de la religión palo monte-, y en Uruguay la “línea cruzada” que involucra umbanda y quimbanda permitiendo al pae o mae practicar magia blanca o negra, la distinción entre houngan y bokor es más conceptual, ya que incluso el sacerdote vudú más serio y mejor intencionado puede en ocasiones hacer de brujo o hechicero.) utilice un veneno en polvo (el poudre, el misterioso polvo de los zombis) capaz de contaminar a su víctima por vía cutánea. Los ingredientes principales de este polvo son huesos y otros restos de cadáveres humanos, sapos y peces globo triturados, además de algunas plantas irritantes como el bresillet (Comocladiaglabra), la maman guèpes (Urera baccifera) o Mucuna pruriens, el guisante pica pica. Se cree que la principal causa de zombificación es la intoxicación por tetrodotoxina, uno de los venenos naturales más potentes que se conocen. Esta sustancia cuyo origen biológico no está muy claro —aunque es posible que proceda de bacterias simbiontes de los géneros Aeromonas, Pseudomonas y Vibrio— se encuentra en los peces globo, uno de los componentes del poudre. Los principios directrices de la filosofía vudú y presentes en la población haitiana en su conjunto son los siguientes: el respeto y veneración al Grand Mét, al Bondye (buen Dios); el respeto, honor y servicio fiel a los loas, protectores del individuo, del grupo y de la comunidad toda; el respeto a los Muertos; el respeto, honra, obediencia y asistencia a los ancianos, a los patriarcas y matriarcas de la familia y de la comunidad; la generosidad y buena convivencia con los próximos así como con los extranjeros; la solidaridad y ayuda fiel en todos los niveles de parentesco y de amistad, así como también generosidad en el ámbito de la comunidad global. A continuación pasamos a detallar alguno de estos principios:

Respeto y veneración al Grand Met, Bondye El vudú, como otras religiones afroamericanas, presenta ciertas características monoteístas, por su reconocimiento de un Ser Supremo, Bondye o Gran Met, y politeísta o panteísta por sus numerosos espíritus o divinidades que presiden y dirigen todos nuestros actos. Entre los loas más conocidos, podemos citar a Dambala llamado siempre Papá, pues es visto como el "padre" de los "espíritus" y de los humanos; Erzili, con sus múltiples rostros, Virgen Santa, Madre Nutricia y Lesbiana al mismo tiempo; Aïda Wedo, la Señora de las aguas con su cabello ondulante y también el temible Agwe Taroyo espíritu del mar; Baron Samedi, Patrón de los Muertos y de los cementerios y los Guédés; responsable de balancease entre la vida y la muerte; Ogoun Feray, espíritu del Fuego, de la Guerra y de la Sangre y defensor de la patria, además de los Marassa, protectores de los niños. Sin embargo, todos esos loas trabajan en cooperación con el dios supremo, el Gran Met, Bondye. Respeto y Servicio a los loas Las divinidades del panteón vudú, los loas, son los intermediarios entre Dios y los humanos. Contrariamente al Bondye que no interviene directamente en los quehaceres terrestres, los loas presiden todas las actividades humanas de cualquier orden. Son invocados para resolver los problemas que deben afrontar en el transcurso de la vida cotidiana, desde la enfermedad a los conflictos de dinero o familiares. La esencia de la religión vudú reside pues en comunicarse con los loas para que éstos nos ayuden a mantener la imparcialidad y el equilibrio en el transcurso de la vida terrenal, que es la única que tenemos asegurada. No son necesariamente ni buenos ni malos, sino que reflejan la gama de posibilidades inherentes a los principios de vida que les son propios. La tarea de los sacerdotes consiste en hacer fructíferas, para la comunidad vudú, las diferentes formas de encuentros y de interacciones con los loas. Respeto a los Muertos El haitiano respeta a los muertos, sus ancestros desaparecidos se transforman en espíritus bienhechores que lo protegen de la enfermedad, de los maleficios, de los accidentes, lo guían en esta vida terrenal, ayudándolo a sobrepasar los obstáculos y a mejorar su situación financiera. Los muertos son los intermediarios ante los loas en favor de sus descendientes aún vivos. Frecuentemente, la forma de comunicación con los difuntos es a través de los sueños. En la mayoría de las familias, nadie comienza una comida sin tirar sobre el piso algunas migas o algunas gotas de bebida para los Mó (los muertos) que duermen bajo sus pies. No hay que provocarlos con un olvido durante las fiestas, ya que enojados, pueden vengarse de sus descendientes. Se comprende por qué son tan temidos como venerados. Sólo se los "nombra" como Defun-an (el difunto), si se debe obligatoriamente "nombrar" a una persona muerta, es necesario excusarse de inmediato. Ya que cuando se pronuncia el nombre de una persona fallecida, se la "desvía" del largo viaje por donde su alma se había lanzado, hacia ese regreso al país de los ancestros en Lafrik Ginen, esa Guinea, esa África que sigue siendo para todo haitiano algo así como un Paraíso perdido para siempre. Respeto y honra hacia los Ancianos Un conjunto de valores directamente relacionados a la religión vudú, son aquellos que consisten en el respecto absoluto de los ancianos, ancestros, parientes más viejos y en la asistencia material y moral que se les debe por derecho natural. Muchos proverbios haitianos ilustran el respeto debido a la sabiduría de los ancianos. Los niños y nietos que no respetan a sus padres, que desprecian su experiencia, que no los asistan en sus últimos días son una madichons (maldición) y pagarán con una desgracia futura los que no respeten sus deberes filiales.

Encontramos aquí una de las características más importantes que África ha aportado como herencia a la cultura haitiana. Hospitalidad y convivencia La hospitalidad haitiana se hace también extensiva a los extranjeros. En lo que respecta a las familias, éstas son del tipo "familia extensa". En Haití, no se conoce o es casi inexistente la familia nuclear: padre, madre, hijos. Bajo el mismo techo viven, además de los padres e hijos, los abuelos, una tía vieja, una madrina, primos, sobrinos y sobrinas, ahijados, niños que trabajan en tareas domésticas, requiriendo un grado de convivencia muy elevado. Solidaridad y cooperación colectiva Esta solidaridad del haitiano con su grupo familiar es producto del espíritu comunitario, uno de los más importantes valores sociales transmitidos por el Vudú es el espíritu de kombit o coumbite, que no es más que la ayuda solidaria de todos los campesinos de la aldea, para realizar un trabajo en común: cosecha, construcción de una vivienda. Su peculiaridad reside en su clima festivo. Se come, se bebe, se baila y la música y el canto están siempre presentes, (es una costumbre habitual en todas las Antillas, en la Guayana francesa, esta forma de trabajo solidario se lo denomina mayouri y reviste las mismas características). Por extensión, se designa en Haití a cualquier trabajo de envergadura que se lleva a cabo por un grupo de individuos que se reúnen para trabajar en determinada tarea. Esta se acompaña con cantos vudú, al ritmo de los tamborileros, mientras los cantantes, hombres o mujeres, recitan refranes. El espíritu comunitario que rige al kombit no ha necesitado de ningún soporte ideológico para manifestarse. Si la economía haitiana, literalmente destruida y arruinada durante estas últimos años de turbulencia, no ha explotado, es gracias al espíritu de solidaridad y al principio del kombit. El espíritu y las prácticas de la religión vudú generadora de solidaridad, hacen de cada individuo, un eslabón de la larga cadena de los vivos y de los muertos que acompañan al haitiano vaya a donde vaya. Características del panteón vudú Los mayoría de los dioses del panteón vodú, llamados loas, llevan el calificativo de Rada, nombre derivado de la ciudad Aradá, la capital del antiguo reino de Dahomey. Junto a estos encontramos en número de igual importancia a los loas créoles, nacidos en la tierra haitiana, que se encuentran integrados a un panteón aparte llamado Petro, estos dioses son belicosos, especialistas en la magia, todos los conjuros se hacen bajo la invocación de los dioses Petro. El concepto de templo no es propio de esta religión, se habla en este caso de cofradías autónomas, esto posibilita el culto a nivel individual, familiar y colectivo, teniendo cada una su estilo y sus tradiciones propias. El santuario vudú (houmfort), es un centro religioso que puede ser comparado con el “patio” que ocupaban en otro tiempo los miembros de la familia extensa, característica de las comunidades afroamericanas. Lo que diferencia al houmfort de estos patios es el péristyle, que es una especie de espacio cubierto en donde se llevan a cabo las danzas y las ceremonias al abrigo de la intemperie. El techo es sostenido por varias columnas pintadas con varios motivos distintos y vivos colores, la columna central es el poteau-mitan, pivote de las danzas rituales y reviste carácter sagrado, ya que simboliza el camino de los espíritus, el camino que recorrido por los dioses desde la lejana Guinea para llegar a Haití. Cuando no hay ceremonias, en el pérystile se aloja a los enfermos o los visitantes que se acercan desde lejanas tierras, o simplemente, es un lugar de reunión.

Habitualmente, al lado del pérystile está la cámara de los misterios (chambre des mystères), que es el lugar donde se encuentran los altares de los loas protectores del houmfort. Esta cámara, llena de objetos diversos (piedras sagradas, estampas, objetos del culto, botellas de aguardiente, etc.), es también el lugar donde los posesos se visten con los atavíos propios de los loas. Los sacerdotes y sacerdotisas denominados respectivamente Houngans y mambos, no constituyen un cuerpo clerical organizado como en el caso del catolicismo sino que son más bien jefes de cofradías autónomas. La jerarquía es organizada al interior de cada santuario, y un houngan o una mambo son los que lo presiden de manera independiente, nunca los dos a la vez, ya que un dignatario del culto no se subordina a otro. El prestigio de los sacerdotes está dado por el grado de reconocimiento que los mismos poseen derivado de la penetración en los asuntos sobrenaturales y el poder que sobre estos poseen. Una característica interesante de los houngans y las mambos es que poseen la capacidad de vivir bajo el agua y recibir enseñanzas de los dioses que allí habitan, esta estadía acuática que puede llegar a los siete años, confiere a los sacerdotes una segunda visión (seconde vue) permitiéndoles adentrarse en el misterio de las cosas y confiriéndoles más poder, y en consecuencia aumentando el reconocimiento. Las funciones de los sacerdotes vudú exceden el domino de lo sacro (curandero, adivino, exorcista, etc.), inmiscuyéndose en los asuntos profanos de organización de fiestas públicas, jefe de coro, e incluso guía político estimado, alcanzando una posición de destaque en la escala social. Son los encargados del control del houmfort y deben alojar, vestir y alimentar a los iniciados (hounsins) caídos en la miseria; cada determinado tiempo deben ofrecer una ceremonia vudú, que puede durar hasta dos semanas, para todos los loas del santuario, esta ceremonia es costeada por los sacerdotes y durante el tiempo de su duración tienen el deber de alimentar a los hounsi y los invitados. La principal fuente de ingresos provienen de la cura de enfermos, consultas adivinatorias, pago oneroso por las iniciaciones y la venta de insumos relacionados a las prácticas religiosas. El carácter de houngan o de mambo se obtiene por revelación divina, a través de los sueños o por medio de la indicación de un poseso. También es posible heredar estos cargos, ya que el houmfort así como los loas que lo habitan forman parte de la herencia familiar. Los dioses son los encargados de confirmar o no al nuevo sacerdote elegido por el difunto antes de su muerte. Seguirán a esto varios años de aprendizaje junto a otro sacerdote y una vez culminada esta iniciación, pasando por una serie de grados propios de la jerarquización religiosa, se deberá pasar por una iniciación especial practicada en el mayor secreto. La ceremonia de adquisición de ojos (prise des yeux) será la que le conferirá el don de la clarividencia y consecuentemente la calidad de adivino (divinò), siendo este el más alto grado de iniciación al sacerdocio. Los iniciados o hounsi serán los devotos que participan activamente y en forma continua en las ceremonias asistiendo a los sacerdotes. Todos, sacerdotes, iniciados y la masa de fieles, forman una cofradía dedicada a la veneración de los loas del santuario. Además de los cargos vistos dentro de la organización del houmfort, encontramos cargos ocupados indistintamente por hombres y mujeres, que conservan el antiguo nombre dahomeyano como por ejemplo housi-kanzo que es aquel individuo que habiendo terminado su iniciación posee la capacidad de manipulación ígnea, hounguenikon también reina de los cantos es quién se encarga de lanzar los cantos, marcar el ritmo de los tambores, identificar a los dioses durante la posesión, corregir a los hounsi que se descuidaron y oficia de jefe de coro; el Comandante general de La Plaza o La Place (cargo que remite en forma directa la estructura colonial), es junto con el cargo de tamborero, el único desempeñado por hombres exclusivamente.

Kanzo es el nombre que reciben los ritos de iniciación al vudú, exige grandes sacrificios económicos, abandonar las ocupaciones habituales durante un tiempo prolongado, aceptación sumisa de la rígida disciplina, así como obligaciones de orden moral muy estrictas. Esta iniciación coloca al individuo en contacto íntimo con la divinidad y bajo su estricta protección. El rito kanzo les da a los iniciados un alma (nanm), una protección sobrenatural producto del lazo entre el individuo y la divinidad que habita en la cabeza (loa-mait´tête). Este loa será el protector del iniciado y “bailará en su cabeza” con más frecuencia que el resto de las divinidades. El rito de iniciación culmina con el bautismo de cada candidato (en la umbanda rioplatense es un “bautismo de sangre”). Al momento de terminar la iniciación los individuos reciben un nuevo nombre y son categorizados como kanzo. Todo ser viviente tiene un loa protector, un mait´tête que lo guía, lo protege, lo aconseja. Reviste gran importante identificar a ese espíritu tutelar que protege a la persona durante toda su vida terrenal. Sin embargo, el adepto al Vudú puede no ser nunca "cabalgado" por su loa, es decir que toda su vida puede transcurrir sin que la persona conozca esa toma de posesión Aquellos que participaron juntos de su iniciación, “los que se acostaron en el mismo momento”, comparten un doble lazo de fraternidad y no tienen permitido mantener relaciones sexuales. Existe el casamiento entre divinidades y mortales intercambiando anillos como signo de compromiso, compartiendo a partir de ese momento un destino común, asumiendo la responsabilidad de dedicar un día por semana a la divinidad, siendo el mismo respetado escrupulosamente, ya que la infidelidad conferirá un terrible castigo. El rito de matrimonio místico, de la misma forma que la posesión, ponen énfasis en la relación hombre-dios y no en la relación masculino-femenino, está en juego el papel de la satisfacción desempeñada por el carácter de dependencia y protección. Hay un goce vinculado directamente a las relaciones de poder. Loas Cada loa del panteón vudú tiene varias manifestaciones (avatares) y cada una tiene un nombre particular, o un mismo nombre seguido de uno o varios atributos. Algunos loas se agrupan por su lugar de procedencia, otros como los Ogun constituyen una familia. Se dividen en dos grandes grupos: loa-rada, de Aradá y loa-petro que son en su mayoría dioses criollos. Los primeros son dioses de carácter amable, aunque severo, siendo confiables y justos. Los dioses petro, por otro lado, son dioses feroces que los devotos califican como rígidos, amargos y salados, en contraposición a los loa-rada que son dulces. La hechicería es realizada bajo comando de estos dioses; aquellos petro que llevan el epíteto de ojos rojos (jé-ruj) son genios malvados y caníbales. Los loas petro tienen el mismo nombre que los rada pero seguido de un sobrenombre (Damballah-flangbo, Ogou-yansan, Ezili-mapyang, etc.). Los dioses poseen las mismas características físicas que sus devotos, los hay negros, mulatos y blancos, viejos, jóvenes o niños (Marassa), del mismo modo se comunican en su misma lengua. La mitología ronda los tópicos que conciernen a la relación entre dioses y devotos, con un marcado carácter sincrónico, ocupándose de asuntos netamente terrenales. Gran cantidad de relatos se refieren a los castigos que devinieron a la transgresión de una norma o las intervenciones divinas a favor de aquellos que los sirvieron bien. Los loas más antiguos son Legba, Aizan y Loco. Frente a la veintena masculina de divinidades: Legba, Agouétarroyo, Ogoun (Los Ogoun conforman una familia: Ogounbadagri, Ogoun-ferraille, Ogoun-balindjo), Damballah-Wédo, los Simbis (espíritus acuáticos), Sogbo (dios del rayo), Badè (dios del viento), Agaou (dios de los terremotos), Loco (el espíritu de la vegetación), Zaka (el dios campesino, regente de la

agricultura) y la familia de los Guédés, (dioses de la muerte que llevan los nombres de barones y capitanes: Barón Samedi, Barón-La-Croix-, Barón-Cimetière, Capitaine Zombi, Guédé-Nibo), hay seis diosas: La Sirena y la Ballena que siempre andan juntas, Aïda-Wédo, Aizan Veleketé, Ezili-Fréda-Dahomey y Madame Brigitte. Es interesante resaltar que alguno de estos dioses poseen un marcado carácter andrógino, por ejemplo Barón Samedi vestido con falda blanca bajo el chaleco se llamará más especialmente Guédé Nibo, asimismo se dice que Shangó, quien a veces se confunde con Badè, es también andrógino. Barón Samedi es el jefe supremo de los "espíritus de la muerte", llamados Guédé y está siempre presente en los ritos realizados en los cementerios y en las encrucijadas del camino. En la religión católica, San Expedito es el santo correspondiente. Algunas diosas AIZAN: de acuerdo con el mito, sería la esposa de Legba, el primer loa que se reveló a los africanos venidos a Santo Domingo. Preside la iniciación ya que ella misma es una mambo; su símbolo es una palmera En Benin preside los mercados y es quien protege a las vendedoras ambulantes. LA SIRENA Y LA BALLENA: dos divinidades marinas, se veneran con los mismos cantos y al mismo. Según las distintas interpretaciones la Ballena es la madre de la Sirena, su marido o los dos nombres se aplican al mismo loa. Cuando la sirena baja al santuario la persona poseída es una mujer joven, coqueta y muy pendiente de su apariencia. Suelen hablar en francés, confirmando su origen europeo. AIDA-WEDO: dios culebra, esposa de Dambala-Wedo, asociados al arco iris. Dambala y Aïda Wedo son dos loas blancos, asociados a la riqueza y a la sabiduría. Según algunas interpretaciones Aïda-Wedo es la forma femenina de Dambala. MADAME BRIGITTE o GRANDE BRIGITTE: fue la primera muerta enterrada en un cementerio recién construido. Al igual que su marido (Barón) posee autoridad sobre los cementerios. De su unión con Baron nacieron una treintena de Guédés. EZILI-FREDA-DAHOMEY: Loa del amor, es venerada como “la que se entrega a cualquiera” expresado en su símbolo: un corazón cuadriculado donde caben todos. La mitología que gira en torno a ella está llena de sus aventuras sentimentales y escandalosas. Es la personificación de la coquetería y de la voluptuosidad, se presenta bajo dos formas, como una mujer mulata (Erzili-Freda-Dahomey, es la más popular) o como una mujer negra (Erzili-Dantó, versión petro). Aquellos que no cumplan con la abstinencia sexual del día que le es consagrado son castigados con la impotencia o con la frigidez. Ambos males son vistos siempre como enfermedades de carácter sobrenatural explicados como consecuencias de la transgresión de un tabú. Vudú y arte Todos los conceptos de esta religión son transmitidos oralmente de generación en generación; es notable que un pueblo con un 80% de analfabetos haya podido conservar de esta manera su religión ancestral de forma integral, religión que se adapta hasta la actualidad a la vida cotidiana de sus adeptos. Recién en el siglo veinte, con los trabajos de Jean-Price Mars, Milo Rigaud, Louis Maximilien, JeanBaptiste Romain, Emmanuel C. Paul, Jacques Roumain, señalando sólo a los más conocidos, el Vudú encontró finalmente a sus analistas y a sus historiadores. El arte haitiano es también un modo descollante de transmisión de la religión vudú. La pintura haitiana es hoy día apreciada, a partir de los años cincuenta y sesenta, como uno de los mayores descubrimientos pictóricos de los tiempos modernos. El arte haitiano, en mayor parte inspirado por el Vudú, ha sorprendido al mundo por su

vitalidad, su creatividad y su humanismo. Exponentes del más bello arte haitiano son: Philomé Obin, Castera Bazile, Hector Hyppolite, Salnave Phillipe-Auguste, Célestin Faustin, Bernard Séjourné, Jean-René Jérome, etc. Haití se robustece también con otras formas de arte inspiradas en el vudú, como las esculturas de una Hilda Williams o de un Patrick Vilaire, los hierros troquelados de Murat Brierre o de Gabriel Bien Aimé, las cerámicas de Frankétienne o de De Vendegies. Los artistas haitianos han tratado todos los temas relacionados al Vudú, ya sea por la inspiración o por estética. Los Vévés, dibujos rituales, símbolos específicos de las divinidades invocadas, trazados sobre el piso del peristilo utilizando harina, constituyen también una inagotable fuente de inspiración y se los encuentra no sólo en la pintura, sino igualmente en las telas, los decorados de metal troquelado, en los hierros forjados de las residencias, barreras y rejas, incluso en los logos comerciales. La vida haitiana está impregnada por el arte vudú y por la religión, al punto que el haitiano vaya donde vaya está rodeado de su religión catalizadora de la Independencia , inspiradora de un modo de vida típicamente particular, fuente de las más nobles virtudes y de las más altas cualidades humanas, imagen, reflejo y cimiento de una sociedad nacida de un gran viento de libertad. La religión haitiana es también una fuente inagotable de todas las formas de un arte original y dinámico en constante transformación.

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