Los entramados del temor

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eriplo
Vol. XIX, año IV, Febrero 2013

Los entramados del temor

1 • PERIPLO • FEBRERO 2013 • Vol. XIX

About us
PERIPLO somos un grupo de jóvenes que por diversas circunstancias de vida, nos hemos visto envueltos en un periplo. Un periplo es un viaje, una circunnavegación y, así, una exploración. Una revista es una propuesta literaria que sostiene un diálogo, a la manera antigua, número con número, que profundiza en un océano virgen. Es la propuesta de un itinerario digital y bimestral en el que las letras naveguen con los vaivenes de nuestro tiempo. PERIPLO es una tentativa de reconocer los mares que surcamos, uno a uno. Es nuestro objetivo abordar distintas temáticas que serán la columna vertebral de cada número, desde las más diversas disciplinas humanistas, con el desafío de ser transversales en el tiempo y en el espacio y con una óptica integradora. Buscamos lograr esto con el reto de los antiguos cartógrafos que diseñaban mapas bajo la premisa del rigor y la belleza, preocupados simultáneamente por la utilidad y la estética de sus atlas, nosotros procuramos aprender ese ademán. Para PERIPLO el viaje no es sólo un trayecto, sino también el ejercicio imprescindible de imaginar que hay algo que aguarda al otro lado. En este espíritu, PERIPLO quiere aunar la razón de planear la ruta y la emoción de zarpar hacia lo desconocido. Por eso ofrecemos espacio a la creación y a la reflexión; condiciones necesarias para avanzar hacia el conocimiento. Estamos convencidos de que la imaginación es el impulso vital del pensamiento: para partir hacia el horizonte hay que atreverse a imaginar, con plumas y pinceles, que el mundo no se acaba donde la vista alcanza. PERIPLO es un espacio en el que confluyen las bifurcaciones de un idioma. El espacio trasatlántico en el que el español va y viene, muta, se sostiene y se camufla, es también el territorio cultural en el que nuestro idioma y se mide en dialéctica de tensión y reconciliación. En PERIPLO subyace el espíritu linguísticamente panhispánico que pone en sintonía la creación y el pensamiento de quienes comparten una lengua con la convicción de que, soñar y creer en español, es en sí mismo un puerto de partida y, por ello, han de estar más cerca que nunca. Somos cosmopolitas por surgir y habitar ciudades de todo el mundo: nuestros orígenes son diversos pero nuestra lengua es una y nuestra palabra plural. PERIPLO es además hijo de su tiempo por estar comprometido a dar testimonio al siglo que vive; considerando la trayectoria histórica de la humanidad, buscará reflejar el pensamiento de un tiempo y sus dudas, sus posibilidades, sus inspiraciones y bloqueos. En una época de cierta incertidumbre cultural, PERIPLO pondrá de relieve las inquietudes de unos cuantos; curiosidades de muchos que, como nosotros, buscan ver el otro lado de las cosas. En la medida en la que no huimos, nuestra pequeña embarcación literaria será un viaje que irá dejando rastro y huella por si, en algún punto, queremos regresar a una costa conocida. Viajar también es perderse; he aquí una brújula por escrito para aquellos que no teman desprenderse de sus raíces y busquen profundizar en nuevos mares. Las expediciones de los antiguos dejaban evidencias instructivas documentadas en sus περίπλους (periplous), porque cuando la humanidad quiere dejar asentado algo que considera importante, lo escribe. Nosotros aprendimos el gesto y, sin conocer el destino final de nuestro periplo, decidimos dejar testimonio de nuestro recorrido.
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Cul de sac
Con este volumen Periplo inicia su cuarto año de rodaje ininterrumpido y se bautiza así como una publicación en edad de conducir, con carnet para andar por sí misma y forjarse un camino sobre el agua, la tierra y el fango. Pero, ¿qué se teme cuando se cumplen años? Los entramados del temor es un volumen para reflexionar acerca de los procesos que intervienen en la generación y procesamiento de esta emoción tan plurivalente, a menudo asociada al dolor, al suspenso, a lo tétrico y sin embargo tan profundamente arraigada en lo vital, en pulso acelerado que produce. El temor es un explosivo de alto voltaje, un sistema cerebral que detecta el peligro y genera respuestas que optimizan exponencialmente la probabilidad de sobrevivir. Pero, ¿cómo logra el temor mantenernos andando? Quisimos detenernos a guardar silencio y escuchar el sonido de los miedos. El temor enmudece, desnuda, subraya nuestros límites y se inscribe por ello en las complejas redes de las emociones que nos definen. Esto nos fascinó lo suficiente para querer estrellar nuestra nave en sus pantanos. Más allá de los márgenes de la racionalidad kantiana, quisimos observar la irreverencia del temor, su dimensión operativa como mecanismo de protección irreflexivo, de acción eminente. El temor se cruza en el camino con el placer, con la ansiedad; está anclado en lo más profundo de la condición humana y, no obstante, en cada uno de nosotros es capaz de expresarse diferente. El temor es un sentir subjetivo que se traduce velozmente en acción objetiva. Detonante, como es, el temor genera agresión y cohibición en proporciones similares. Proviene de él la valentía, aparente mecanismo de superposición, y de ahí mismo la cerrazón, la ceguera del mundo que nos reclama vivirlo. Así, abordamos aquí el temor a Dios, tomamos apuntes sobre el arte del miedo y vislumbramos con el catalejo a los zombis del cine. Quisimos observar cuánto nos enseña el miedo de nosotros mismos y, con ello, dilucidar si la consciencia de ello neutraliza realmente la forma de sentirlo, o al menos modula nuestro modo de vivirlo. Le pedimos a nuestros fieles lectores ofrecerse al temor, experimentar el miedo como una más de las fascinantes vehemencias de nuestra dimensión emocional. Y junto a esto, apacible e imparable, el temor a escribir, que siempre late en la página.
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Ilustración de portada: Gonzalo Aguirre

Anna Grimal

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Índice

[59]
ACTUALIZARTE

Apuntes sobre «el arte del miedo» y el miedo en el arte contemporáneo Laura Teresa García Morales

CINE EN RAMA

21

Temor posmoderno: Blade Runner o el miedo líquido al futuro Nerea Oreja

[47]
LEGADOS

Las Matanzas de Septiembre Daniel Ruiz Luján

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Índice

[91]
SÍNDROME DE STENDHAL

El temor a Dios en la iconografía románica Ángel Saiz

[31]
LENGUAS VIVAS

«Amanecer» de Robert Hass Traducción de Andrés Catalán «El miedo» de Guy de Maupassant Traducción de Mª Rosario Coronado

[68]

[37]
NOSTOS

El miedo en las Historias de Heródoto Maira Giosa

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Índice

25 44 64
PAPELES NÁUFRAGOS

Yü Iliana Vargas Pedro Nohemí Zavala Y la familia, ¿todos bien? Víctor Gómez Terror Javier Ibarra Pánico estelar Javier Rodríguez Barraco

88 96

PLUMAS LIBRES

53

Material cortopunzante (Selección) Catalina García García-Herrero

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Índice

[83]
Et Cetera

¿De qué hablamos cuando hablamos de zombis? Marcos Vilela

35 43
MICROTRAYECTOS

56 65] 94

Toda una vida dedicada Rubén Rojas Escapatoria Sara Lew No quiero ser virgen Tania Karina Silva Garay Antropofobia Alberto Sánchez Argüello Un jugador principiante Ana Sofía Ferreira

[17]
AITÍA

¡Con el griego hemos topado! De Dinoteos y otras fobias fugaces Violeta Gomis García

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PLUMAS EN EL TINTERO PERIPLO • Mar ample

Alberto Sánchez Argüello. Managua, Nicaragua, 1976. Psicólogo. Ganador del concurso de cuento versión juvenil de la Fundación Libros para niños en el 2003 con La casa del agua. Primer lugar en el VII concurso nacional «Otra relación de género es posible» categoría cuento, de Cantera, Nicaragua. Selección de jurado para publicación en el 2008 por la obra Chico largo y charco verde, en el cuarto concurso nacional de literatura infantil «Libros para niños y niñas 2008», categoría cuento. Publica en la revista Hilo Azul Nº 5.

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Andrés Catalán. Salamanca, 1983. Es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca, donde trabaja en su tesis doctoral sobre relaciones entre imagen y poesía. Trabaja ocasionalmente como profesor de literatura. Ha escrito crítica, traducciones y poemas en revistas como El Cuaderno, Cuadernos Hispanoamericanos, Nadadora, FronteraD o Clarín. En 2010 ganó el Premio Nacional de Poesía Joven Félix Grande por su libro Composiciones de lugar y en 2012 el IV Premio de Poesía Joven RNE por Mantener la cadena de frío (Pre-Textos, 2012), un libro escrito con el poeta Ben Clark. Ha traducido a Robert Frost, Robert Hass, Philip Levine y Robert Pinsky.

Ángel Saiz. Historiador y crítico de arte vallisoletano. Nómada y desarraigado. Conversador pausado y enemigo de la perfección. Cuando empezó a perder el norte decidió refugiarse en él para vivir hipnotizado con el vaivén de las olas. Es un buscador de musas, ya que su amor por el arte nunca fue correspondido. Ángel pertenece al Consejo Editorial de esta publicación de la que es, además, miembro fundador y en la que está a cargo de las secciones Síndrome de Stendhal y Actualizarte. También sostiene a flote el blog de historia y crítica de arte La derrota de Samotracia. angelsaiz@revistaperiplo.com

PLUMAS EN EL TINTERO

Ana Sofia Marques Viana Ferreira. Vale de Cambra, Portugal, 1989. Comparte su residencia entre la orilla oeste portuguesa y su actual recodo académico, Salamanca. Licenciada en Filología Portuguesa y Española, máster en Literatura Española e Hispanoamericana, se dedica actualmente, como doctoranda, a medir la concentración de arrebato poético en la mente humana contemporánea. Además de su afición por la música clásica, se nutre de las ficciones pigmeas y da algunas brazadas en la piscina. Teme el modo condicional y la oquedad.

Catalina García GarcíaHerrero. Bogotá. Nació en Colombia y allí empezó a crecer en mitad del caos ochentero que terminó sacándonos a todos. Hizo un Máster en Física del Estado Sólido, empezó una carrera de Filosofía que abandonó tras el curso de Kant y terminó carrera de violín en el Conservatorio. Todavía le duele su país, del que salió para instalarse en Salamanca, donde terminó Filología Hispánica, cursó un Máster de Literatura Española e Hispanoamericana, y ahora escribe una tesis doctoral mientras lleno los intersticios de tiempo ejerciendo como directora del Grupo Teatro Lunático. El teatro es su única tierra y en ella, cada año, siembra obras propias y ajenas, para anclarme.

Daniel Ruiz. Mexicali, 1986. Comunicólogo y defensor de las causas perdidas. Pianista esporádico y lector de la línea sofisticada que frecuenta el coñac. Añora y reinventa el siglo XVIII y su iPod parece estar atrapado en los noventa. Escritor lento pero apasionado, atento siempre a los pequeños detalles que a menudo se olvidan. Daniel lidera Legados, la sección biográfica más apasionada de Periplo. danielruiz@revistaperiplo.com

Iliana Vargas. Ciudad de México, 1978. Es narradora, adicta a la literatura de la elucubración y sus derivaciones subgenéricas. Estudió Letras Hispánicas y el Diplomado en Literatura Fantástica en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde coordinó el Encuentro Multidisciplinario en torno a lo Fantástico, en 2001. Textos suyos se incluyen en diversas revistas así como en las antologías El libro de los seres no imaginarios (Minibichario); Códices en el asfalto. Narradores de la ciudad de México 1970-1990 y Antes de que las letras se conviertan en arañas. Es autora del libro de cuentos Joni Munn y otras alteraciones del psicosoma (Conaculta/Fondo Editorial Tierra Adentro, 2012).

Javier Ibarra. Ciudad de México, 1987. De infancia vaga y adolescencia irresponsable. Agobiado por los cambios de estilo de vida y de las ciudades superficiales. Vivió y aún cree vivir su Vida Norteña: malas amistades, punk rock, una Licenciatura en Administración de empresas, inocencia y una nostalgia eterna de un capitalino convertido en regio convertido en chilango. Va y viene en bicicleta, narrando lo que ya fue o lo que nunca podría ser realidad; del DF a Monterrey y viceversa. Visiones de una vida pretérita y citadina, o de una juventud norteña atrapada a cientos de kilómetros de distancia. Sostiene el blog Cephea Cephea.

Francisco Javier Rodríguez Madrid. Inició Barranco. sus estudios universitarios en la Facultad de Filología de la Universidad de Salamanca, de cuya Asociación de Antiguos Alumnos es miembro. Diferentes vicisitudes de la vida le han obligado a numerosas mudanzas y en 2003 consiguió el título de Doctor en Filología Hispánica en la Universidad de Málaga, con una tesis sobre Adolfo Bioy Casares y su diálogo con Borges. Es miembro de la Asociación Española de Americanistas y en la actualidad coordina un proyecto de creación colectiva, en prosa y en verso, alrededor del tema de los amores imposibles.

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PLUM AS EN EL TINTERO

Laura Teresa García. Historiadora del Arte  por la Universidad Autónoma de Madrid. Es conservadora de arte, autora y especialista en  arte contemporáneo y cuestiones de género. Titulada profesional en interpretación del piano por el Conservatorio Superior de Música de Las Pamas. Le interesa especialmente abordar el arte desde perspectivas transversales para enfocar hacia lecturas más amplias y profundas, porque entiende que el arte, es mucho más que la mera plástica, sino que es fiel revelador de los avatares de la humanidad en toda su extensión.

Maira C. Giosa. São Paulo, Brasil, 1987. Graduada en periodismo por la Facultad Cásper Líbero de São Paulo. Máster en Historia y Ciencias de la Antigüedad por la Universidad Autónoma de Madrid.  Brasileña de nacimiento, española de corazón. Periodista frustrada (pero activa), historiadora por opción, amante del cine y de las artes. Viajera incondicional, aunque sea sólo dentro de su propia imaginación. Estudiante de la historia de Grecia, especialmente la de Atenas. Vive a base de lecturas de todo tipo y café con leche.

Marcos Vilela. Buenos Aires, 1987. Estudió Filología Hispánica en la Universidad Complutense de Madrid. Se gana la vida con el pequeño teatro de títeres que pasea allá por donde puede, aunque dedica la mayor parte de su tiempo a escribir. Vive en Madrid y desde hace poco posee un blog, Catavientos en la cueva, en el que habla de cine, literatura y música.

Nohemí Zavala Castrellón.  Monterrey, 1981. Estudió Periodismo y Medios de Información en el Tecnológico de Monterrey. Desde 2004 trabaja como editora y correctora de estilo. Fue becaria del Centro de Escritores de Nuevo León y del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes con el proyecto de promoción literaria, Cosifixiones. Estudia la Maestría en Ciencias con Especialidad en Lengua y Literatura en la Facultad de Filosofía y Letras (UANL). Es editora para la Dirección de Publicaciones de la UANL y coordina el Club de Lectores de la Casa Universitaria del Libro, UANL. Miembro del colectivo de proyectos audiovisuales Silent . • FEBRERO 2013 • Vol. XIX 12 • Twin PERIPLO

Mª del Rosario Coronado Peláez. Licenciada en Traducción e Interpretación por la Universidad Complutense de Madrid. Le apasionan los idiomas, le embauca la musicalidad que encierran, y le divierte pensar en la vida que se esconde detrás de cada palabra y en la sabiduría popular que hay detrás de cada dicho. Los idiomas le abren puertas para acercarse a los otros, y ventanas a través de las que conocer y comprender el mundo. Sus estancias en París y en Le Mans han sido fuente de inspiración y aprendizaje. Siempre está dispuesta a conversar, a viajar; el teatro, la cocina o la enseñanza son otros de sus variopintos intereses.

Rubén Rojas Yedra. Jerez, 1982. Habita las calles de Madrid. Licenciado en Periodismo, Máster en Literatura española y actual doctorando en Literatura con una tesis sobre Juan José Millás. Es corrector de estilo profesional, creador de contenidos para el blog perth111. Ha publicado cuentos en blogs especializados, revistas literarias y alguna antología.

PLUM AS EN EL TINTERO

Nerea Oreja. Pamplona, 1989. Licenciada en Filología Hispánica. Actualmente profundiza en sus conocimientos sobre Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, interesada especialmente en la óptica comparatista del análisis que descubre la relación existente entre las diversas artes, así como en la línea sociocultural de los estudios literarios. En Periplo dirige la sección Cine en rama. nereaoreja@revistaperiplo.com

Sara Lew. Argentina, 1974. Reside en España. Si la buscan, seguramente la encuentren cerquita del mar, entre pinceles y plumas, entre teclado y ratón. Para ella la escritura y el dibujo se acompañan, forman parte de un mismo proceso creativo: una palabra inspira a la siguiente, como un trazo inspira al otro. Publica sus desvaríos en su blog Microrrelatos Ilustrados.

Tania K. Silva Garay. Zacatecas, 1983. Licenciada en letras, aficionada a las mudanzas lejanas y a las sorpresas. Vivió tres años en el Distrito Federal donde trabajó como guía de museo, en relaciones públicas y como redactora de una revista de bodas. Actualmente su versatilidad le permitió estudiar la Maestría en Estudios Socioculturales en la ciudad de Mexicali donde se derrite por el calor y espera que baje la temperatura todos los días.

Víctor Gómez. Madrid, 1986. Licenciado en Sociología, ocupado como diseñador y con pretensiones de ser escritor. Bajo un nombre tomado prestado de Nikolai Gogol escribe el blog literario «El capote de Akaki», su casa desde hace cinco años, donde muestra historias, relatos, cuentos, reflexiones y vivencias. Dicho blog quedó finalista en el 2010 como mejor Blog literario por Revista de letras. Su «otra persona» ha ganado diversos premios literarios de relatos y espera descubrirse un día que merezca la pena. Actualmente escribe su primera novela.

Violeta Gomis. Madrid. Filóloga. Veintitantos. Apasionada de las palabras, las islas Cícladas, la cocina y la naturaleza. Le encanta viajar, especialmente a lugares con yacimientos arqueológicos en los que poder perderse entre inscripciones griegas. Comprometida con la sociedad, siempre encuentra el modo de relacionar el mundo antiguo con la actualidad. Con inagotable energía, Violeta lidera la Redacción de la sección de etimología, Aitía. violetagomis@revistaperiplo.com

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TRAVESÍAS MITOLÓGICAS

Laques. Platón. 198b-c

Σωκράτης. … ἡγούμεθα δ᾽ ἡμεῖς δεινὰ μὲν εἶναι ἃ καὶ δέος παρέχει, θαρραλέα δὲ ἃ μὴ δέος παρέχει — δέος δὲ παρέχει οὐ τὰ γεγονότα οὐδὲ τὰ παρόντα τῶν κακῶν, ἀλλὰ τὰ προσδοκώμενα: δέος γὰρ εἶναι προσδοκίαν μέλλοντος κακοῦ — ἢ οὐχ οὕτω καὶ συνδοκεῖ, ὦ Λάχης; Λάχης. πάνυ γε σφόδρα, ὦ Σώκρατες. Σωκράτης. τὰ μὲν ἡμέτερα τοίνυν, ὦ Νικία, ἀκούεις, ὅτι δεινὰ μὲν τὰ μέλλοντα κακάφαμεν εἶναι, θαρραλέα δὲ τὰ μὴ κακὰ ἢ ἀγαθὰ μέλλοντα: σὺ δὲ ταύτῃ ἢ ἄλλῃ περὶ τούτων λέγεις; Νικίας. ταύτῃ ἔγωγε. Σωκράτης. τούτων δέ γε τὴν ἐπιστήμην ἀνδρείαν προσαγορεύεις; Νικίας. κομιδῇ γε.

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TRAVESÍAS MITOLÓGICAS

Sócrates. Nosotros pensamos que son temibles, precisamente, las cosas que causan temor, y seguras, las que no causan temor. Y causan temor no los males pasados ni los presentes, sino también los esperados. Pues el temor consiste en la espera de un mal futuro. ¿O no piensas tú también así, Laques? Laques.– Totalmente de acuerdo, Sócrates. Sócrates.– ¿Oyes nuestra proposición, Laques, que decimos que son temibles los males futuros, y seguras las cosas que no van a ser males, o que van a ser bienes? ¿Y tú opinas así, o de otro modo, sobre eso? Nicias. Yo, de este modo. Sócrates.– ¿Y al conocimiento de estas cosas lo denominas valor? Nicias.– Exactamente.

Platón. Diálogos I: Apología, Critón, Eutifrón, Ion, Lisis, Cármides, Hipias menor, Hipias mayor, Laques, Protágor as. Tr aducción de Julio Calonge, Emilio Lledó y Carlos García Gual. Madrid: Gredos, 1985
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aitía

Esta sección sobre etimología explora la estructura de algunas palabras para rastrear la vigencia o no del término tal y como surgió, así como la continuidad de la cultura que lo produjo, en nuestro siglo. De entre las innumerables armas que asisten a la agonística de la discusión, hay una de lo más efectiva, contundente y falaz: el recurso a la etimología. Atizar el fuego agonizante de los orígenes de una palabra, allí en los confines de la historia, ilumina un instante tan breve como suficiente para zanjar cualquier debate ardoroso. Pero a esta sección no nos convoca ningún afán policíaco ni justiciero, sino más bien cierto espíritu lúdico, detectivesco, el mismo entusiasmo de un niño que persigue sigiloso a un grupo de hormigas para descubrir el agujero donde habitan. Redacción a cargo de Violeta Gomis violetagomis@revistaperiplo.com

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AITÍA

¡Con el griego hemos topado!
De dinoteos y otr as fobias fugaces
Violeta Gomis

os dinosaurios fueron seres extraordinariamente terribles: asombrosos y magníficos, pero también temibles y peligrosos. Como indica el segundo término del compuesto, se trata de reptiles (pues σαύρος /saúros/ en griego significa ‘lagarto’), sin embargo, ¿qué significa exactamente el adjetivo δεινός /deinós/? Tradicionalmente el adjetivo δεινός se suele traducir como ‘terrible’ pues, en principio, es algo que causa terror o un miedo muy intenso. A menudo este término aparece como sinónimo de algo horrible, terrorífico y a veces peligroso; no obstante, en español y en otras lenguas romances como el francés, coloquialmente terrible también designa algo extraordinario, maravilloso o fuera de lo normal, y es muy frecuente encontrar el adverbio terriblemente como sinónimo de muy o mucho. Esto no debe sorprender si profundizamos en el significado antiguo de δεινός, ya que su desarrollo semántico es muy original y complejo: llegó a tener al menos tres significados bien diferenciados (Chantraine,

1968 y Liddel-Scott, 1925): ‘terrible’, ‘temible’, que inspira temor o ‘peligroso’, a partir de ahí ‘poderoso’, ‘fuerte’, ‘asombroso’, ‘maravilloso’, ‘extraordinario’ e incluso ‘extraño’ y finalmente ‘diestro’, ‘hábil’ o ‘elocuente’ especializándose como término técnico de retórica y oratoria (se decía de alguien que tenía una extraordinaria capacidad para la oratoria, es decir, para convencer por medio de la palabra: en griego δεινὸς λέγειν, ‘terrible en el hablar’). Y me parece que ahora tú no estás comprendiendo que incluso ese difícil puede que Simónides no lo entendiese del mismo modo que tú lo estás entendiendo, sino que lo mismo que nuestro Pródico me hace reproches constantes sobre terrible cuando al hacer elogios de ti o de cualquier otro digo que Protágoras es un hombre terriblemente sabio, me pregunta si no me da reparo llamar terrible a lo bueno, ya que lo terrible –dice– es algo malo (Pl. Prt. 341a).
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aitía

En griego existen dos palabras que hacen referencia al miedo: δέος /déos/, de donde procede este adjetivo, que también ha dado lugar a otros nombres de seres vivos (dinoterio o ‘bestia terrible’, dinocerato ‘de cuernos terribles’, Dinofelis ‘gato/ felino terrible’, Deinonychus ‘de garra terrible’ y la resistente bacteria deinococo, ‘grano/semilla terrible’) y, por otro lado, φόβος /phóbos/, que está presente en todo tipo de fobias y en origen hacía referencia a la huída provocada por una situación de pánico; ambas palabras, en conjunto, representan a los dos hijos de Ares, dios de la guerra: Fobos y Deimos. Parece que el origen etimológico de δέος puede ponerse en relación con la raíz etimológica del numeral dos, por lo que estaría implícita en esta palabra la idea de división, de duda (Chantraine, 1968). Por este motivo, el término δεινός está ligado al miedo, al temor, pero también, de alguna manera, al sufrimiento, ya que en muchas ocasiones complementa a todo tipo de desgracias, dolores, calamidades, amenazas y peligros. El ser humano teme el castigo, el dolor y la enfermedad, y la divinidad, precisamente, tiene el poder suficiente para asegurar un destino dichoso si se le ofrecen los ritos oportunos, pero también tiene la capacidad de brindar un futuro nefasto y terrorífico, por lo que en Grecia los dioses fueron también «terribles», asombrosos y admirados pero a la vez peligrosos, temidos y respetados.

De hecho, añade Chantraine, el gramático Ammonio (I-II d.C.) distingue explícitamente phóbos de déos, siendo este la suposición, presunción, sospecha o recelo de un mal por venir duradero, mientras que el phóbos es un golpe presente y momentáneo producido por algo aterrador (Domínguez, 2003: 663).

___ Bibliografía CHANTRANE, Pierre. Dictionnaire étymologique de la langue grecque. Histoire des mots. París: Klincksieck, 1968 DOMÍNGUEZ, Vicente. «El miedo en Aristóteles». Psicothema, vol.15 nº4, 2003: 662-666. LIDDELL, Henry George, SCOTT, Robert y JONES, Henry Stuart. Greek-English Lexicon. Oxford: Clarendon Press, 1925 (1843) PLATÓN. Protágoras. Gorgias. Carta Séptima. Introducción, traducción y notas de Javier Martínez García. Madrid: Alianza Editorial, 2006.

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Julieta Piaggio

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Cine en rama

Cine-en-rama significa plantarse frente al séptimo arte a partir de diferentes puntos de vista. Desde literatura hasta sociología, las ramas de sensibilidad y conocimiento humano enriquecen la mirada sobre aquellas imágenes en movimiento perpetuo. Redacción a cargo de Nerea Oreja
nereaoreja@revistaperiplo.com

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Cine en rama

Blade Runner o el miedo líquido al futuro
Nerea Oreja Julieta Piaggio

«Todo lo que es sólido se desvanece en el aire» – William Shakespeare, La Tempestad

al vez lleguemos tarde para hablar de posmodernidad. Tal vez nuestro discurso quede caduco, si es que creemos que apenas hemos avanzado en algo, que apenas llegamos a una «realidad otra», como diría el argentino. Tal vez hayan quedado atrás, rezagados, los postulados más oscuros de los intelectuales más brillantes, las profecías apocalípticas del temeroso ser humano. Pero, ¿y si no fuera así? ¿Y si al fin resulta que seguimos en lo mismo, que las viejas creencias en el progreso se han derrumbado? ¿Y si el nihilismo está a la puerta, como sentenció Nietzsche? Apresurémonos entonces a la reflexión, antes de que, efectivamente, la nada invada todos nuestros anhelos. La posmodernidad se presentó ante los pensadores como una modernidad tardía y consumida, degradada ya por el abuso de sus avances, tornados al fin en sus peores pesadillas. Lo posmoderno supuso el derrumbamiento de los ideales, de las certezas, de las creencias y de la fe, tanto en el progreso como en la razón humana o, más ampliamente, en el ser humano,

dejando paso al victorioso triunfo de la tecnología y del consumo masivo. La verdad y la justicia pasaron a ser conceptos cuestionables, al mismo tiempo que un «flujo permanente de relatividad», según afirmaba el sociólogo David Lyon (Lyon, 1996: 102), se apoderaba de la sociedad y del pensamiento de los individuos que la habitaban. El caos será la bandera de esta nueva era, la entropía guiará los acontecimientos que en ella tengan lugar. Susan Sontag esboza una aterradora y pesimista visión cuando afirma que «la visión del futuro, que en el pasado estuvo unida a una concepción lineal del progreso, con más conocimientos a nuestra disposición de los que nunca se pudo imaginar, se transformó en una visión de desastres» (Sontag, 1981: 180). Ante semejante situación, ante el desmantelamiento de los ideales modernos, de la creencia teleológica en el progreso y en el avance de una sociedad hacia su mejoría y perfección, Zygmunt Bauman nos hablará de tiempos líquidos, de la descomposición y el derretimiento de las formas sociales, convertidas en redes, y ya no en estructuras sólidas. Este derrame líquido hará que la
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incertidumbre se constituya como lo único a lo que el ser humano pueda agarrarse llegado el momento, ya que la seguridad que en otra época el estado proporcionó a sus ciudadanos quedó en manos de los caprichos y las incoherencias del mercado. Todo ello hará que el temor triunfe entre los sentimientos humanos, que el miedo salga disparado en todas direcciones, que los fantasmas vuelvan a cobrar relevancia. La globalización negativa, donde el tiempo y el espacio han vencido sus límites gracias a las tecnologías y a la información de la ciudad global, la caída en picado de las utopías, la oscuridad y el ser humano como aquel que habita el corazón de las tinieblas, en una lluvia continua y entre vahos espesos sobre sucias alcantarillas, será el escenario que Ridley Scott nos presente en su controvertido y descorazonador Blade Runner (1982), una adaptación parcial de la novela Do Androids Dream of Electric Sheep? (1968) de Philip K. Dick y precursora del género del cyberpunk. La película no nos muestra un universo imaginario, sino la continuación de la sociedad posmoderna que anteriormente describíamos, partiendo de elementos como el desastre ecológico, la violencia, la masificación, la pérdida de identidad, el caos urbanístico, la inmigración y tantos otros. El propio Lyon hablará de «vestigios de modernidad, residuos de progreso» (Lyon, 1996: 13) para referirse a la desesperanzada atmósfera en la que los extraños acontecimientos se desarrollarán. Blade Runner, como film posmoderno por excelencia e hito visual de la posmodernidad, nos presenta una versión distópica de la ciudad de Los Ángeles en el año 2019, una megalópolis deshumanizada y mestiza, donde la presencia japonesa es intensa (tal vez por la supremacía económica que Japón empezaba a tener respecto a los Estados Unidos en la década de los años ochenta) y donde una agobiante atmósfera de ruidos, olores, suciedad y gente en masa rodea a los personajes. ¿Podríamos hablar de las consecuencias de una globalización llevada al extremo, de una explosión de cualquier límite y frontera, tanto geográfica como ecológica y moral? En cualquier caso, las imágenes
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Cine en rama

hacen que nos estremezcamos, que nuestros cuerpos empiecen a responder al espeluznante escalofrío del temor ante la visión de tan cercano y desolador futuro, ante la posibilidad de imaginar tales consecuencias para el presente en el que vivimos. Como afirma David Lyon,«el contexto posmoderno, con su énfasis en la elección individual y en las preferencias de los consumidores, al combinarse con la duda epistemológica y el pluralismo da lugar a un cóctel

que aturde y paraliza rápidamente» (Lyon, 1996: 117). Serán la tecnología y la publicidad las bases de los sistemas sociales en los que el protagonista, Rick Deckard, vivirá con la poco agradable misión de eliminar o «retirar» a los replicantes, aquellos humanoides creados por la ingeniería genética y convertidos en ilegales, tras ser esclavos en parajes externos a la Tierra. Estos seres, «más humanos que los humanos», como rezan constantemente las propagandas que en torno a estas creaciones se hacen, serán al fin el espejo en el que el ser humano se observe y reflexione acerca de su condición. ¿Quién es más humano? ¿En qué nos hemos convertido? La propia realidad será cuestionada al no tener pruebas fiables de la misma. ¿Quién es humano y quién no? Si la única historia posible aparece en forma de fotografías, es decir, de identidades construidas, ¿dónde están los límites entre lo real y lo creadoexprofeso? El miedo, ese

miedo líquido del que nos habla Bauman, el miedo a lo incierto, a la duda, a la inestabilidad imperará entre los personajes, trasladándose a las más o menos cómodas butacas de los espectadores.«Las cosas se disgregan, el centro no resiste», nos dirá Yeats en su poema «The Second Coming».Las verdades inamovibles, los pilares de la sociedad y del conocimiento, tan alabados en la Ilustración, ¿han desaparecido? ¿Son un tejido urdido por aquellos que detentan el poder?

La sociedad será pura imagen manipulable, puro simulacro, como afirmará Baudrillard. Tal vez la idea del panóptico diseñado por Jeremy Bentham sea aplicable a este tipo de sociedad, del mismo modo que parece serlo el sesgo que Foucault le inscribió a tal propuesta, donde parecía existir una nueva tecnología de observación máxima de los miembros que habitaban un lugar, trascendiendo los métodos que el ejército, la educación o las fábricas tenían para tales fines. ¿Quién guía nuestros actos? Todas estas atemorizantes cuestiones se plasman en la pantalla cuando por ella pasan las imágenes de Blade Runner y la incansable lluvia, la grisácea ciudad y los infelices y confusos individuos aparecen ante nuestros ojos. La incertidumbre existencial, mal mayor de nuestra época, será el punto de partida de los temores crónicos que acechan al ser humano a cada instante,

en cada momento y lugar que pise y deje de pisar por el miedo que los fantasmas imaginarios le causan. Ridley Scott consigue dar cuerpo y vida a los miedos del individuo, al terror de la duda, al descorazonador sentimiento de ver cómo la sociedad se degrada y camina hacia la condición de no humana. Las ciudades culturalmente fragmentadas y étnicamente confusas se desarrollan y desembocan en Los Ángeles caídos, en el infierno insospechado que ahora habita en los antiguos edificios majestuosos en los que se creyó en un futuro mejor, en una vida más feliz para aquellos que estaban por llegar. «Peur toujours, peur partout», como diría Lucien Febvre. El individuo será cada vez más solitario, estará más encerrado en sí mismo y en las posibilidades que la tecnología le ofrece, como les sucede a Rick Deckard o cualquiera de los personajes que se nos presentan; el hecho del aislamiento y la soledad harán más ansioso el deseo de unirse unos a otros, crear lazos y puntos de conexión entre diversos individuos, para así sobrevivir a las amenazas cósmicas que esta nueva weltanschauung les depara. Tal vez lleguemos tarde para hablar de posmodernidad. Tal vez hayan quedado atrás, rezagados, los postulados más oscuros de los intelectuales más brillantes, las profecías apocalípticas del temeroso ser humano. Pero, ¿y si no fuera así?

Cine en rama

___ Bibliografía BAUMAN, Zygmunt. Tiempos líquidos. Vivir en una época de incertidumbre. Barcelona: Tusquets Editores, 2007. LYON, David. Posmodernidad. Madrid: Alianza Editorial, 1996. SONTAG, Susan. La enfermedad y sus metáforas. Barcelona: Muchnik, 1981. Filmografía SCOTT, Ridley. BladeRunner (1982).
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Hay relatos que flotan en la marejada. Relatos que constelan el mar, como pequeñas islas móviles, como barquichuelas valientes sin ancla. Relatos que escaparon de una botella o de un autor que, falto de público, decidió regalárselos al agua salada. Son relatos náufragos. Esta sección es una caña que intentará pescar alguno de esos textos para darle unas páginas de tierra firme. • Redacción a cargo: joserraortiz@revistaperiplo.com

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Papeles náufr agos

Iliana Vargas Yü

Itsaso Arizkuren

Los créditos siguen resbalando por la pantalla y las luces no se han encendido cuando Yü sale de la sala de cine. No sabía que proyectarían un mediometraje que, a pesar de haber sobrepasado a la historia y hechura del tan anunciado estreno –cuya duración indicaba 2 horas y media–, agregó todavía 15 minutos a los cálculos logísticos del desplazamiento que había planeado para regresar a casa antes de salir de ella. Avanza presuroso, resintiendo el frío en la nariz, las manos y las mejillas; persiste la llovizna que lo acompañó desde que saliera rumbo al autobús que lo dejó exactamente en la esquina del cine. Sin embargo, debido a la hora que es, y a su reducido presupuesto, ya no podrá tomar la misma ruta, sino que deberá caminar
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Papeles náufr agos

varias cuadras hasta el metro y de ahí realizar un par de transbordos que comunican con la estación más cercana a la unidad habitacional donde vive. De todo este recorrido, lo único que le preocupa desde la última vez que tuvo que ir por ese camino es la oscuridad de la calle, de esa calle. ¿Cómo es posible?, se pregunta desasosegado, mientras observa el vacío que palpita como anunciándole lo que le aguarda al final del larguísimo camellón, al tiempo que piensa en lo bien que solía pasear por ahí, a la salida del cine, como esta noche, o después del café con algún amigo, sin importarle la hora que fuera con tal de llegar al metro antes de que lo cerraran. ¡Qué increíble!, se recrimina al sentir cierta en el aprehensión estómago

cuando da el primer paso hacia allá, una sensación totalmente ajena a la tranquilidad impasible que siempre le había brindado la noche sin farolas, una sensación que brotó como enorme fisura en el pavimento cuando, plena de sombrías bocanadas ella misma, la oscuridad descargó sobre él una deslumbrante visión de sus escondrijos: cientos de bolsas de aire montadas, camufladas en lo azul ennegrecido de su lomo; bolsas repletas de
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Papeles náufr agos

intermitencias apresadas en alguna encrucijada dimensional; bolsas vulnerables al tacto cual burbujas que, si se tiene la desgracia de chocar con ellas y romperlas, se experimentará también la desgracia de enfrentarse con lo que salga de ellas. ¡Qué absurdo!, se repite, mientras avanza sin mirar más que las puntas de sus zapatos. Y es que Yü no puede, aunque ya hayan pasado dos años de eso, olvidar una candente pulsación el y las recorriéndole extremo cosquilleo sudor en

cuerpo, provocándole

manos y ocasionándole cierto burbujeo en la cabeza que terminó por cuando, el mismo noquearlo recorriendo camino,

alcanzara a distinguir a lo lejos a alguien que se aproximaba despacio pero firme para preguntarle, al toparse con él, en dónde podría comprar cigarros sin filtro… Después de darle para instrucciones

llegar a la tienda más cercana y cerciorarse de que diera la vuelta donde le había indicado –pues había percibido un acento extranjero que no atinó a reconocer–, Yü dio quizá cinco pasos, cuando a lo lejos, desde el mismo punto que la primera vez, apareció la silueta acercándose de nuevo firmemente hacia él.
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Traducir, del latín traducĕre, significa literalmente hacer pasar algo de un lugar a otro. Übersetzen, en alemán, comparte forma en infinitivo con el verbo que significa pasar de una orilla a otra. Μεταφράζω, con el prefijo «meta», también se refiere a un cambio de lugar... Muchas lenguas europeas reflejan en la propia palabra esta visión de la traducción como transporte. Y es que eso es traducir, pasar de una lengua a otra. Pero no sólo, porque traducir se parece más a transplantar que a transvasar. El paso de una lengua a otra es el de una literatura a otra, el de un sustrato a otro y, en nuevas condiciones, las palabras germinan de manera diferente, crecen y se polinizan y enriquecen con las de la otra lengua, hasta que las raíces terminan confundiéndose. Eso es lo que busca esta sección: ser un invernadero en el que contemplar los frutos de los transplantes de lengua en lengua. Porque traducir es hacer vivir. Redacción a cargo de Irene Gutiérrez Moncayo irenegutierrez@revistaperiplo.com

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«Amanecer» de Robert Hass
tr aducción de Andrés Catalán

Lenguas vivas

Alejandra Fernández
Robert Hass nació en San Francisco en 1941. Doctorado en inglés en Stanford, en la universidad coincidió con Robert Pinsky y acudió a clases del crítico y poeta Yvor Winters (con el que disentía en casi todo). Aunque vivió una temporada en Buffalo, Robert Hass es un poeta de California, un poeta del oeste. De California serán los poetas con los que se relaciona y que le influyen en sus inicios; de California será la fauna y la flora que describe con precisión de avezado biólogo; de California los paisajes donde se enmarquen la mayoría de recuerdos personales. Su obra no es muy extensa. Cinco libros abarcan un periodo de más de treinta años que va desde 1973 a 2007: Field Guide (1973), Praise (1979), Human Wishes (1989), Sun under Wood (1996) (El sol tras el bosque, de próxima aparición en la editorial Trea) y Time and Materials (2007). A estos habría que sumarles la decena de nuevos poemas que añade a la publicación de su obra completa hasta la fecha, recogida bajo el epígrafe de The Apple Trees at Olema (2010). El libro al que pertenece nuestro poema, Praise (Alabanza), posiblemente uno de los mejores libros aparecidos en la segunda mitad de la década de los setenta en Estados Unidos, profundiza en la indagación en el lenguaje que ya se perfilaba en Field Guide (Guía de campo), su primer libro. Al igual que en aquel, lo lingüístico y lo personal se entrelazan y se reflejan uno en el otro, pero el cariz de las reflexiones es menos social y más privado y el diálogo entre las realidades metalingüísticas y las cotidianas es más borroso. El deseo seguirá siendo el tema de Hass, pero en este caso su tratamiento se caracteriza por el miedo a que este sea anhelo, privación, y no está restringido a ningún ámbito de la experiencia. Esas experiencias no serán para el poeta momentos epifánicos, aislados en el tiempo, sino que su interés residirá en experiencias más amplias, más cotidianas. Sin embargo, como en el primer libro, todos los poemas se abren precisamente al espacio de contradicción y tensión: el poeta prefiere la continuidad de la vida que sucede más allá del momento singular, pero anhela la intensidad del instante. Las consecuencias de dicha ambivalencia serán estilísticas: si su tendencia natural es la de un estilo prosaico y amplio, este se verá sorprendido frecuentemente por la necesidad de la lista, el fragmento y la yuxtaposición de detalles como estructuras organizativas del poema, lo que origina el efecto impresionista del conjunto. Es el caso del poema «Sunrise», «Amanecer» (Praise, Ecco Press, 1979), que es un caso particularmente acentuado dentro de la oscuridad discursiva de Hass: una nada habitual tendencia a lo dramático, a lo retorcido, a lo hermético, a lo truncado. Tanto que, según él mismo ha confesado, su intención al iniciar el poema fue de hacer «un homenaje a Hart Crane y al Pablo Neruda de las Residencias».
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Lenguas vivas

SUNRISE

Ah, love, this is fear. This is fear and syllables and the beginnings of beauty. We have walked the city, a flayed animal signifying death, a hybrid god who sings in the desolation of filth and money a song the heart is heavy to receive. We mourn otherwise. Otherwise the ranked monochromes, the death-teeth of that horizon, survive us as we survive pleasure. What a small hope. What a fierce small privacy of consolation. What a dazzle of petals for the poor meat. Blind, with eyes like stars, like astral flowers, from the purblind mating sickness of the beasts we rise, trout-shaken, in the gaping air, in terror, the scarlet sun-flash leaping from the pond’s imagination of a deadly sea. Fish, mole, we are the small stunned creatures inside these human resurrections, the nights the city praises and defiles. From there we all walk slowly to the sea gathering scales from the cowled whisper of the waves, the mensural polyphony. Small stars, and blind the hunger under sun, we turn to each other and turn to each other in the mother air of what we want. That is why blind Orpheus praises love and why love gouges out our eyes and why all lovers smell their way to Dover. That is why innocence has so much to account for, why Venus appears least saintly in the attitudes of shame. This is lost children and the deep sweetness of the pulp, a blue thrumming at the formed bone, river, flame, quicksilver. It is not the fire we hunger for and not the ash. It is the still hour, a deer come slowly to the creek at dusk, the table set for abstinence, windows full of flowers like summer in the provinces vanishing when the moon’s half-face pallor rises on the dark flax line of hills.
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AMANECER

Lenguas vivas

Ah, amor, el miedo es esto. El miedo y las sílabas y los orígenes de la belleza. Hemos recorrido la ciudad, el desollado animal que representa la muerte, el dios mestizo que canta en medio de la desolación de la mugre y el dinero una melodía que entristece al corazón. Lloramos a los muertos, sin embargo. Por lo demás los ordenados monocromos, los dientes mortíferos de ese horizonte, nos sobrevivirán igual que nosotros sobrevivimos al placer. Qué minúscula esperanza. Qué violenta y pequeña intimidad la del consuelo. Qué resplandor de pétalos para la pobre carne. Ciegos, con ojos como estrellas, como flores astrales, desde la miope enfermedad del celo de las bestias nos alzamos, como truchas saltando, en el aire, aterrorizados, el fogonazo escarlata de sol saltando desde la imagen de un estanque como un mar mortífero. Pez, topo, somos las pequeñas criaturas aturdidas dentro de estas resurrecciones humanas, las noches que la ciudad alaba y que profana. Desde allí todos vamos lentamente hacia el mar coleccionando las escalas del embozado susurro de las olas, la mensural polifonía. Las estrellas diminutas, el hambre ciega bajo el sol, acudimos y acudimos a los otros en el aire maternal de lo que deseamos. Por eso el ciego Orfeo alaba el amor y por eso el amor nos arranca los ojos y por eso todos los amantes se persiguen hasta Dover. Por eso la inocencia ha de rendir tantas cuentas, por eso Venus parece menos santa si se muestra avergonzada. Esto son niños perdidos y la profunda dulzura de la pulpa, unos flecos azules en el hueso ya formado, río, llama, mercurio. No es el fuego lo que ansiamos y tampoco es la ceniza. Es la hora detenida, el ciervo que se acerca cauteloso al arroyo con el anochecer, la mesa dispuesta para la abstinencia, las ventanas llenas de flores como el verano en las provincias que desaparecen cuando la palidez de la media cara de la luna se alza sobre la oscura hebra de lino de los montes.
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Microtr ayectos

Rubén Rojas Yedra
Toda una vida dedicada

Annalisa Bollini

«Para la conciencia moderna, el artista (que reemplaza al santo) es el sufridor ejemplar». – Susan Sontag El joven escritor logró publicar su primera novela. Para rellenar las páginas, se había recluido y escarbado en el dolor durante años. En ella tienen cabida obsesiones que forman parte de una adolescencia frustrada, en su caso un catálogo de soledad e incomprensión. Quedó finalista en un certamen literario y encontró pronto editor. La crítica destacó la prosa transparente en el reflejo de una generación malograda. El plazo de entrega de su segunda novela fue corto. Sin embargo, a pesar de que sus allegados tuvieron que soportarle numerosos arrebatos apocalípticos, consiguió entregarla a tiempo. Esta segunda novela narra la madurez de un personaje gris; quizá cae en el didactismo, pero las reflexiones sobre la vida, la muerte y el amor son desoladoras. Las revistas especializadas alabaron la madurez de las frases y el estilo accesible. Las ventas fueron aceptables, la editorial quedó satisfecha y el libro ganó un certamen internacional. La presión comercial precipitó la edición de un grupo de cuentos en los que el joven escritor había reunido anécdotas relacionadas con el éxito, la cultura de masas, la recepción del arte, la sociedad de la información. Esta compilación parece integrar situaciones antes postergadas; las soluciones son pesimistas, desalientan, pero dejan una sensación de plenitud en el lector. Los periodistas notaron los avances estilísticos y valoraron además su valentía y esfuerzo. La antología ocupó un lugar privilegiado en las librerías y logró ser el libro más vendido del año. Tras la rueda de prensa de promoción, el joven escritor anduvo cansado por la calle. En un escaparate, frente a sus libros, sintió que cada supuración adolescente, cada premura editorial y cada crítica despiadada no eran casi nada ante el creciente temor que se estaba abriendo paso desde sus entrañas. Es algo así como un salirse hacia fuera, sentir un vértigo de pájaro que te desliga íntimamente de ti mismo, un veneno que te paraliza con la idea de que en ese momento no tienes absolutamente nada más que contar.
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Microtr ayectos

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Sección sobre literatura antigua, historia y pensamiento clásico. ¿Existe alguna razón para nuestro fervor por la cultura grecorromana? ¿Qué arcanos se ocultan en esos vestigios? Responder a esto excede por mucho nuestra mínima erudición, pero osamos postular una hipótesis provisoria. Dice Ricoeur que la poesía revela al mundo. Decimos, siguiéndolo, que la reflexión sobre el mundo clásico opera en nosotros con la misma fuerza creadora que el lenguaje poético. Podemos reconocer cierta vecindad entre la avidez filológica y la potencia alquímica de la metáfora. La metáfora extrae una idea innovadora de la mezcla insólita de dos imágenes y funde dos tiempos diversos: el de la fuente y el del hermeneuta; dos modos de ver el mundo de cuya mezcla surge, si la empresa es exitosa, algo novedoso. Ese noble propósito es el que anima al eventual tripulante de esta página. Redacción a cargo de Helena Alonso helenaalonso@revistaperiplo.com

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NOSTOS

El miedo en las Historias de Herodoto
Maira Giosa Catalina Mazzitelli

os dioses. El mar. El bárbaro. La ley. En la historiografía clásica, el miedo es un tema recurrente. Desde Homero hasta los autores tardorromanos, el miedo a lo desconocido y el temor a la ira de los dioses siempre estuvieron presentes de distintas maneras, y siempre con consecuencias desastrosas para aquellos que no supieron obedecer las leyes del universo. Además de participar en la guerra, entre combates violentos por tierra o enfrentando la ira del océano, el ciudadano ideal debería temer a los dioses, pero, principalmente, obedecer a las leyes de su ciudad. De acuerdo con Aristóteles, aquel que no seguía la conducta planeada por los gobernantes no podía ser un ciudadano con derechos políticos (Aristóteles, 1998: III 13.1283b12/1284a y V 12.1317bss). Y sin derechos políticos, el hombre de la Antigüedad no era nada.

Aunque sea un tema que suscita muchas discusiones, este artículo específico tratará brevemente de lo que era el miedo para Herodoto, considerado el «padre de la Historia» y uno de los viajeros y geógrafos más renombrados de la época clásica en Grecia. Según sus relatos en las Historias sobre la manera de vivir y pensar de los griegos y nogriegos (en especial los persas), es posible comprender cómo los antiguos sentían el miedo en lo cotidiano. Fuera en la guerra o dentro de sus propias casas, el hombre del pasado tenía las mismas preocupaciones que hoy tenemos: proteger su propiedad y su familia. No obstante, y a pesar de haber nacido en Halicarnaso, Herodoto vivió para ver la gloria de Atenas. Y si había algo de lo cual los atenienses tenían entonces miedo era de la invasión y dominación por otros pueblos «bárbaros». De hecho, la obra de Herodoto cuenta cómo y por qué existió la enemistad
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Nostos

entre griegos y persas, desde los orígenes de esa hostilidad –que él mismo apunta como los agravios causados por los raptos mitológicos de Io, Europa, Medea y Helena, y que culminan en la Guerra de Troya– hasta la expulsión definitiva de los extranjeros del suelo helénico. Para dar algunos ejemplos concretos, se han seleccionado breves pasajes de sus Historias que pueden ser analizados a la luz de este tema universal. Es innegable, bajo el punto de vista analítico de los escritos del historiador, que Herodoto fue un hombre que no dudaba del material al que tenía acceso, y pasaba muchas informaciones sin cuestionar la improbabilidad de algunas situaciones. Algunos de los casos más comunes en la obra hablan sobre los oráculos; o, más bien del Oráculo de Delfos, del cual Herodoto se fiaba indudablemente como fuente verdadera para la historia. Un caso especial es el relato sobre la frustrada marcha del ejército persa sobre Delfos cuando, al llegar ante el templo de Atenea Prónea, la propia diosa les niega el paso al arrojar las rocas desde lo alto del monte Parnaso, lo que causa el caos y el pánico entre los soldados. El fragmento sigue así: (…) repito, sí, que los portentos que a este primero se siguieron son los más maravillosos que jamás en el mundo hayan sucedido; porque, al ir a acometer ya a la capilla los bárbaros vecinos de Atenea Prónea, caen sobre ellos unos rayos vibrados del cielo, dos riscos desgajados con furia de la cumbre del Parnaso bajan precipitados hacia ellos con un ruido y fracaso espantosos, cogen y aplastan a no pocos, y dentro del templo mismo de la Prónea se levanta grande algazara y gritería (Herodoto, 2007: 8.37).

de la diosa a la invasión –que causó la derrota del enemigo y la victoria griega– era más que justificable. Miedo, quizás, a la venganza e ira de los soberanos del Olimpo y, sin embargo, hecho de manera inconsciente, es probable que el historiador no haya dudado en la improbabilidad de la versión délfica, y que prefiriese aceptar que la intervención divina en este caso era sólo una más entre tantas otras. Es interesante puntualizar, por ejemplo, que tratándose de la religión de otros pueblos, como la de los neuros, el mismo Herodoto no cree en cualquier relato sobre las cosas sobrenaturales que les cuentan. Es el caso de las historias de hombres que se convertían en lobos, que los griegos de Escitia creían como verdaderas (Herodoto, 2007: 4.105). Pero el miedo no se expresaba únicamente en el ámbito religioso. Otro ejemplo sugestivo es todo el episodio de la vida de Creso, empezando con la muerte de su hijo Aty (Herodoto, 2007: 1.34 ss.): El rey de Halys tiene un sueño oracular, en el cual Atys es traspasado por una lanza de hierro. Tras despertar del terror del sueño, Creso aleja de su hijo todo lo que le pueda herir, anticipando su boda e impidiéndole participar en actividades reales, como la caza y los ejercicios de armas. Mientras tanto, Creso acoge en su palacio a Adrasto, asesino involuntario de su hermano que busca refugio en otro país que no sea el suyo. La infelicidad y la predicción del rey se cumplen cuando, convencido por Atys de que la cacería no sería la causante de su muerte, Adrasto dispara un dardo a un jabalí, que «da en el hijo de su bienhechor» (Herodoto, 2007: 1.43). Al igual que en las tragedias de sus contemporáneos, en el texto de Herodoto se da a entender que el miedo fue el causante de la muerte de su hijo. Como Layo –padre de Edipo–, Creso envía a Atys a la muerte; él provoca la tragedia intentando evitarla de todas las maneras. Otro caso (Herodoto, 2007: 6.138) que se asimila al mito hesiódico de los hijos de Cronos cuenta que los pelasgos, para vengarse de Atenas, roban muchas de sus mujeres y se las llevan a la isla de Lemnos, dónde se vuelven sus concubinas y les dan muchos hijos.

Fiarse de la historia o ¿temer las consecuencias? Pues, aunque creyera en lo que le decían los delfios, Herodoto seguramente era consciente de que la religión era un aspecto delicado en la cultura. Su público temía a los dioses, y la interferencia
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Estos niños, educados con las costumbres e idioma áticos, se creen atenienses y, así, superiores a los hijos de los pelasgos, con quienes no tenían contacto, protegiendo desde muy temprano su «tribu» de la otra. Los pelasgos, temerosos de que cuando crecieran estos niños atenienses pudieran reivindicar la soberanía sobre los demás, deciden mandar matar a las familias atenienses, librándose de un mal presagio. En un episodio de la guerra contra Jerjes, el historiador cuenta que los atenienses, lacedemonios y macedonios, unidos en el territorio tesalio con un grande ejército de estas ciudades, intentando guardar el pasaje de Tesalia. El pasaje, bastante curioso, dice que Alejandro, hijo de Amintas y rey de Macedonia, aconseja a los comandantes que se retiraran si no querían ser «atropellados y aún pisados en aquel estrecho paso por el ejército enemigo» (Herodoto, 2007: 7.173), y cuyo consejo siguen. Lo que dice Herodoto en este pasaje es lo más atractivo del relato: Al oír el aviso y consejo que les daba el Macedón, teniéndolo por acertado y mirándolo nacido de un ánimo amigo y de buen corazón, resolviéronse a seguirlo; aun cuando lo que en efecto les impelió más a ello, a mi juicio fue el miedo o desconfianza de lograr su intento, oyendo decir que a más de aquella entrada había otra para la Tesalia (…) (Herodoto, 2007: 7.173).

y fragmentos de las galeras que habían naufragado, echados por las olas hacia Afetas, y revueltos alrededor de las proas de las naves impedían el juego a las palmas de los remos. Las tropas navales que esto allí oían, entraron en la mayor consternación, recelosas de que iban sin falta a perecer, según era su presente desventura, pues no habiendo todavía respirado bien del susto y ruina del naufragio y tormenta padecida cerca de Pelio, acababa de asaltarles aquella fuerte refriega naval; y después de la refriega sobreveníosles entonces un recio temporal, con una tan grande avenida de los torrentes hacia el mar y con tan furiosa tronada. Con tales sustos pasaron aquella noche (Herodoto, 2007: 8.12).

Nostos

Es decir: además de dar su juicio sobre el caso –lo que es extremadamente raro en estas ocasiones– el propio autor lo evalúa como un acto impulsado por el miedo al ataque persa o al fallo del plan. Hay aun otro episodio de la guerra contra el rey persa en el cual el miedo no es al ejército enemigo, sino a las propias fuerzas de la naturaleza. Durante la batalla naval cerca de la isla de Salamina, sobrevino un temporal que, según sugiere el texto, duró muchos meses: (…) acompañado de espantosos truenos de la parte del monte Pelio. Los cadáveres

Antes de concluir este breve análisis, un último caso que trata del miedo de una manera ambigua y totalmente distinta del resto de los relatos. En el libro VII, Herodoto traza la conducta de los espartanos de acuerdo con los preceptos del poeta Tirteo, el cual defendía que la gloria de la vida estaba en morir en batalla, y aquel que no lo hiciera, no debería enorgullecerse de volver a vivir en la sociedad. La eunomía (obediencia a la ley) era tan fuerte que incluso Jerjes se impresiona con la insistencia de los espartanos en mantener el puesto durante la batalla en las Termopilas. El discurso de Demarato, el rey destronado de Esparta, habla por sí mismo: Porque los lacedemonios cuerpo a cuerpo no son por cierto los más flojos del mundo, y en las filas son los más bravos de los hombres. Libres sí lo son, pero no libres sin freno, pues soberano tienen en la ley de la patria, a la cual temen mucho más que no a ti vuestros vasallos. Hacen sin falta lo que ella les manda, y ella les manda siempre lo mismo: no volver las espaldas estando
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Nostos

en acción a ninguna muchedumbre de armados, sino vencer o morir sin dejar su puesto (Herodoto, 2007: 7.104).

El miedo a la patria, a la ley. El miedo a ser condenado a una vida que no era la digna de su propia gente. De ser, como lo fue Aristodemos cuando volvió a Esparta con vida, desterrado. Era la desgracia a su gloria como hombre, y la vergüenza se apoderaba del lacedemonio que así lo hiciera. El miedo, en este caso, no se refería a la cobardía, ni al miedo de morir en deshonor, sino que eran actos de coraje y bravura, que les impedían desobedecer la ley común, y actuar de manera heroica y altruista. El hombre de la Antigüedad sufría el miedo de varias maneras. Las Historias de Herodoto nos muestran que los griegos, incluidos los lacedemonios, no estaban faltos de temores. Al contrario. Los dioses eran, quizá, los que más inspiraban el terror, tanto por su propia característica de señores del cosmos como a través de la venganza contra los mortales con auxilio de los mismos oráculos. Ellos temían al dios de la guerra y la guerra misma, el horror de las batallas –los cuerpos mutilados en el suelo, la sangre, los gritos…– y la invasión enemiga. Eran ellos los que les imponían el destino –como en el caso de Creso y de los pelasgos– y les impelían a actos desesperados. La posibilidad de perder todo lo que les importaba, como la propiedad y la familia, fue el causante de las mayores guerras y de los mayores miedos.

–––– Bibliografía ALLEY, Dennis. «Acme and Degeneracy: Herodotus’ Characterization of Spartan Conduct in Book IX». New York: Cornell University, http://www.academia. edu/1926573/Acme_and_Degeneracy_Herodotus_ Characterization_of_Spartan_Conduct_in_Book_ IX ARISTÓTELES. Política. Traducción de Manuela García Valdés. Madrid: Gredos, 1998. BARKER, Elton. «Paging the Oracle: Interpretation, Identity and Performance in Herodotus’ History». Greece & Rome, Second Series, Vol. 53, nº 1, Cambridge University Press, 2006: 01-28. EGAN, Louise. «The true purpose of Delphi». Irlanda: University College Dublin, http://www.academia. edu/1225680/The_True_Purpose_of_Delphi HERODOTO. Los nueve libros de la Historia. Traducción de I. S. P. Bartolome Pou e introducción de Edmundo O’Gorman. México: Porrúa, 2007. PEARSON, Lionel. «Credulity and skepticism in Herodotus». Transactions and Proceedings of the American Philological Association, Vol. 72, 1941: 335-255.

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Microtr ayectos

Sara Lew
Escapatoria

Jenny Castellanos

El columpio se movía solo aun cuando la brisa estaba ausente. Arriba, abajo; arriba, abajo; arriba, abajo. Ese chirrido de hierros oxidados me erizaba la piel. También a las hiedras se las veía inquietas, lo digo por el modo en que se aferraban al muro del patio y se elevaban, retorcidas, intentando saltar al otro lado. Me arrimé al enano de piedra pero no me inspiró nada bueno, quizá por ese grotesco mohín en su sonrisa cincelada. Corrí hasta el viejo banco de madera y me senté. Bajo la pérgola se acentuaba aún más aquella tenebrosa sombra que oscurecía el parque. Todo era tan yermo y gris… No había flores, salvo una rosa roja y brillante que me inventé para que luciera en mi pelo.

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Papeles náufr agos

Nohemí Zavala Castrellón

María García

Pedro
Atravesó la ciudad en un santiamén. La adrenalina lo hacía sentirse ligero y ágil al esquivar los autos en su contra. Necesitaba aquella huida, aquella carrera veloz para sostener el pulso alto, el corazón entregándole sangre. Tenía los ojos apenas abiertos a las luces de los autos, oídos sordos al sonido de los cláxones: parecían conocer su crimen y que le injuriaban. Pero él todavía reía a carcajadas, le dejaban sin aliento. Sus manos a cargo del volante; aún tenía pegada a los dedos la sensación de la carne infantil que oprimió durante una larga hora con encanto. Tenía el demonio dentro, como otras veces, pero otras veces se había dejado consumir por el incendio. Esta vez halló el modo de sosegarlo. Aquel cuerpecito fue toda agua para su incandescencia. Cuando vio la sangre brotar, se sintió parte de un rito y se entregó a aquello que le era desconocido, superior. Bajó del auto a un lado de la carretera. Se alejó del camino para meterse en una colonia oscura. La caminata calmó su agitación; recuperaba el aire riendo todavía. Anduvo por calles estrechas, donde automóviles viejos invadían las banquetas. Observó que las casas estaban tapiadas y medio se venían abajo. La avenida había quedado atrás y era ahora un ruido de ráfagas lejano. Pedro caminó hasta donde la calle se volvía un atajo de tierra y piedras. El fulgor de las luces citadinas no llegaba a esta parte de la colonia. Sólo la luna tenue y gris impedía la ceguera, iluminaba los techos de casas y autos; pedazos de vidrio incrustados en el suelo aquí y allá provocaban destellos. Pequeñas greñas de hierba se fueron transformando en árboles enclenques. El cemento y las láminas cedían a la madera. El smog al hedor de las heces de animales. El camino ascendía hasta una casa construida de piedra. Junto a ella, árboles de verdad inauguraban un cerro pequeño. Le parecía el último lugar al que podía llegarse. Con la boca seca y las piernas hinchadas, se acercó a la casa para tumbarse junto a una de sus paredes. Cuando lo hizo creyó escuchar un maullido. Y lo que parecía un chillido animal después se volvió inteligible. Pensó que se trataba de una anciana. La casa estaba sellada. El muro en que se había apoyado estaba caliente. Cuando su espalda desnuda tocó aquellas piedras que ardían sintió escalofrío. En medio de tal serenidad quiso repasar las escenas y deleitarse de nuevo. Planear los siguientes encuentros, ahora que por fin se había librado de su timidez. Con sorna, lamió la sangre seca en uno de sus dedos. Lo distrajo aquella voz que, en su rareza, hablaba casi con ternura. Recitaba
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Papeles náufr agos

repugnantes rimas sobre huesos, matrices pútridas y pulgares gangrenados. Una segunda voz dejó escapar indolentes carcajadas. Él también rió. Le agradaba el tono cruel de esa conversación. Y sin saber qué tipo de personas eran las de ahí dentro, le complació pensar que serían amistosos. Imaginó que le dejaban entrar a escuchar. Que le ofrecían una silla y agua. Que después él contaría su hazaña y provocaría las mismas risas. Que la voz quebrada se dirigiría también a él con ternura. Y ansió esos momentos. Con ellos debía coronar la noche, su transformación en lo que lo había habitado desde siempre. Era natural que encontrara ahora una nueva familia, una nueva casa. Interrumpió la noche con sus toquidos huecos. Interrumpió también las risas que rebotaban en el interior. No sabía qué decirles; esperaba que reconocieran su rostro y su torso embarrado de sangre. Escuchó una silla arrastrarse, después unos pasos golpeando la madera del piso. Tras el crujido de la puerta, su corazón latió de excitación, luego de espanto. Lo saludó una voz humana, sí, unos ojos humanos, pero montados en un rostro alargado de animal en dos patas. Antes de que Pedro terminara de sorprenderse, aquella figura maldita se echó en reversa y se dobló con el crujido de un árbol, con los brazos en cruz. El del fondo se tiró de la silla para un lado y se retortijó como pez porque el corazón le reventaba. Pedro quiso gritar y en lugar de voz, le salió un berrido que terminó de matarlos y, en toda la noche, avanzando en el bosque, ya no consiguió articular palabras.
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Un espacio para hacer una revisión de diferentes biografías que personifiquen cada uno de los temas tratados. Así, veremos aquí planteamientos de vidas paralelas y comparadas, o ejemplos en solitario de aquellas figuras con una trayectoria singular. Una bitácora vital de rastros apasionados. Redacción a cargo de Daniel Ruiz Luján danielruiz@revistaperiplo.com

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Legados

Las Matanzas de Septiembre
Daniel Ruiz Luján Laura Picallo

o que más nos preocupaba era determinar la posición que asumiríamos a fin de recibir la muerte de la manera menos dolorosa cuando llegásemos al lugar de la masacre. De tiempo en tiempo enviábamos a algunos de nuestros camaradas hacia la ventana de la torrecilla para que nos informaran sobre la posición adoptada por los infelices que estaban siendo asesinados, para que de su reporte, decidiéramos la mejor opción para nosotros. Nos comunicaron que las personas que alzaban sus manos sufrían por más tiempo porque la fuerza de los sablazos se atenuaba antes de alcanzar sus cabezas; que había algunos cuyas manos y brazos caían antes que el cuerpo, y que aquellos que las colocaban detrás de sus espaldas seguramente sufrían menos. Bueno, eran en estos horribles detalles en los que deliberábamos… Calculamos las ventajas de la última posición y aconsejamos unos a los otros de adoptarla cuando nuestro turno de ser masacrados llegara…» (Lenotre, 1929:171).

Aunque este fragmento es parte de las memorias del capitán Jourgniac de Saint-Méard, quien sobrevivió a los terribles acontecimientos que han pasado a la historia con el nombre de las Matanzas de Septiembre, ciertamente, estos eran los horribles detalles sobre los que seguramente deliberaron entre mil doscientas y mil quinientas personas que fueron masacradas en las prisiones de París entre el 2 y el 4 de septiembre de 1792. La historia de las Matanzas de Septiembre se encuentra inextricablemente unida a la toma de las Tullerías. Y es que aunque el país llevaba tres años en plena revolución y la vuelta al Antiguo Régimen se había hecho absolutamente imposible, la realidad era que el régimen feudal existía todavía en la ley y, en ese sentido, la monarquía seguía de pie. Desde el palacio de las Tullerías, donde la familia real se encontraba virtualmente presa, bullía un constante cúmulo de rumores sobre pactos entre la corte y el ejército austro-húngaro que había entrado en guerra con Francia a principios de julio, al mando del duque de Brunswick. El 25 de julio, como menciona Fraser, el manifiesto de Brunswick fue como un «fósforo contra una yesca […]. En él invitaba abiertamente al pueblo francés a alzarse contra “las odiosas confabulaciones de sus opresores”, es decir, del gobierno existente, para bien o para mal. También auguraba una “venganza ejemplar y memorable” y la “destrucción total” de París si las Tullerías eran objeto
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de otro ataque y si el rey y la familia real “sufrían el menor acto de violencia”. Con esta campaña se pretendía “poner fin a la anarquía de Francia”, así como liberar a la familia real» (Fraser, 510:2001). En efecto, el 20 de junio, las Tullerías ya habían sido asaltadas por una muchedumbre armada con picas, hachas y otros utensilios puntiagudos, con los que derribaron los portales del palacio. Sometieron durante horas a la familia real a insultos y amenazas y se hallaron en un armario del palacio papeles del rey que sugerían un próximo golpe de estado junto con los alemanes, con el objetivo de reestablecer el Antiguo Régimen. Además, las pugnas por el gobierno provisional auguraban una guerra civil que la Asamblea Nacional quería evitar a toda costa. Por un
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lado, la idea de que era preciso tomar las Tullerías para derrocar definitivamente al rey se había apoderado de París. Por el otro, los jefes de opinión como Robespierre y Danton se oponían tajantemente a la insurrección, y preferían conservar al rey antes de conducir a Francia a la anarquía y al despotismo. Con todo, acabaron por comprender que si la interinidad se prolongaba, la Revolución se hundiría antes de haber logrado su cometido. Así, con la promesa de la Asamblea de no oponerse al movimiento popular, la noche del 9 al 10 de agosto, el toque de rebato resonó en París y la nueva comuna insurreccional (la denominada Comuna de París) tomó posesión en el Hôtel de Ville. Hacia las siete de la mañana, los primeros hombres, guiados por federados marselleses, se

arremolinaron en la plaza del Carrousel y, una hora después, se avisó al rey de que «todo París» marchaba hacia las Tullerías. En medio de la ansiedad y la confusión, Luis se refugió con su familia en la Asamblea y olvidó dar la orden a la Guardia Suiza que defendía el palacio de no abrir fuego. Así empezó la carnicería que dejó a las Tullerías en una sangrienta confusión de cadáveres, miembros amputados, botellas y muebles rotos. París se convirtió en un inmenso matadero. Tres días después, la comuna transfirió a Luis XVI y a su familia a la torre del Temple donde permanecieron presos. Tras la caída de la Tullerías, un clima de incertidumbre miedo y suspicacia se apoderó de la capital. Cada día eran más inquietantes las noticias que llegaban de la frontera y nadie olvidaba el rotundo manifiesto del duque de Brunswick. Lo que es más, la Asamblea se negaba a proclamar la destitución definitiva de Luis XVI, lo que contribuyó a la creencia de que esta se había convertido en el centro de unión de los elementos realistas. Ahora era el Temple el centro de toda clase de complots: se decía que ahí se preparaba un levantamiento para liberar a los reyes, y que una vez que el ejército extranjero llegara a la capital, se abrirían las cárceles para que los enemigos de la revolución arrasaran con la ciudad. La Comuna decidió que ya no podía contarse con la Asamblea ni con el ejército nacional, y comenzó a excederse en sus atribuciones municipales. Hablando por toda Francia, la Comuna instigó a las diferentes secciones en las que se había dividido París a llevar a cabo una matanza en masa de realistas. La de «justicia expeditiva» sería la consigna predominante en el transcurso de los acontecimientos que estaban a punto de desarrollarse. Y así, a finales de agosto, la Comuna se impuso a la Asamblea y comenzaron a registrarse todos los domicilios de París para apoderarse de armas ocultas y apresar a realistas y clérigos. París parecía muerto, dominado por un sombrío terror. La tarde del domingo 2 de septiembre, la cólera popular se elevó hasta el paroxismo, pues el día anterior se recibió la noticia de que Verdún había sido sitiado por el ejército alemán, dejando el paso

casi expedito en dirección a la capital. Un convoy de carruajes que transportaba dos docenas de prisioneros se dirigía hacia la abadía de Saint-Germain-des-Près. Se trataba de una mezcolanza de gente relacionada con la corte, funcionarios políticamente sospechosos y sacerdotes católicos que se habían negado a prestar el juramento de lealtad a la República. A punto de llegar a su destino, el convoy fue interceptado por una turba de hombres armados con espadas, cuchillos, y hachas, quienes se apropiaron del vehículo y lo condujeron al comité de la sección local. Ahí asesinaron a tres de los prisioneros, inaugurando de esta manera las matanzas. En el monasterio de los carmelitas irrumpió otra muchedumbre que acabó con la vida de 115 de los 160 prisioneros y, por la tarde, lo mismo sucedió en La Abbaye, así como en tres de las grandes prisiones de París: el Châtelet, la Concergerie y La Force. Todo París hablaba de un complot tramado en las cárceles y el pueblo no se anduvo con medios términos: aquellos reos eran enemigos de la nación. La espontaneidad de las masacres ciertamente causó asombro por lo imprevisto de la reacción popular. Y es que aunque las autoridades nacionales y municipales negarían posteriormente haber incitado u organizado las matanzas, «resulta innegable que se dejaron arrastrar por el espíritu de resistencia desesperada y terror ante posibles movimientos de subversión interna en igual grado que la generalidad de los parisinos» (Andress, 2011: 169). Si bien la prensa y los políticos estimularon a la población con sus mensajes de alarma (que no eran sino reflejo de sus propios temores), lo más probable es que el principal nexo de organización de las Matanzas de Septiembre fuese la red de secciones parisinas, consejos vecinales que se habían autoproclamado como planteles de militancia popular que comenzaron a administrar justicia bajo sus propios términos. En cada prisión sitiada, se conformaron pequeños tribunales que aparentemente poseían la sincera convicción de determinar con exactitud la culpabilidad o inocencia de los reos. Dichos órganos estaban constituidos por unos 10 o 12 individuos y contaban con un presidente cuya función se ejercía por turnos entre los distintos
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miembros. Además, en torno a estos improvisados procesos judiciales se habían conformado «galerías públicas», pues ya desde 1789, cuando se convocó en Versalles a los Estados Generales, la participación del público había influido en distintos grados durante las deliberaciones, al recibir con aplausos o silbidos los comentarios de radicales y conservadores. La población de París había aprendido entonces a interesarse de forma entusiasta y crítica por los acontecimientos públicos de finales del siglo XVIII, y durante las matanzas, el público había acudido a escuchar, aclamar, interrumpir, comentar y condenar. Aunque algunos prisioneros comparecieron durante horas frente a estos tribunales para ser sometidos a un «escrutinio de gran seriedad» antes de ser exculpados, es evidente que no todos los prisioneros fueron objeto de investigaciones pormenorizadas. Por ejemplo, mientras aguardaba a ser juzgada la noche del día 2, «la señora de Tarente recordaba haber podido calcular el estado de los procesos sustanciados por el tribunal de La Abbaye por los gritos de agonía que resonaban en las paredes cada cinco minutos» (Andress, 2011: 183). Las muertes en las prisiones de Bicêtre y de la Salpêtrière fueron las más terribles, ya que estas solían acoger a mendigos y prostitutas, así como a niños. «Llegaron a morir niños de hasta 8 años, a los que costaba rematar, para extrañeza de los asesinos: “A esa edad cuesta soltar la vida”» (Fraser, 2001: 532). Sin lugar a dudas, la víctima más célebre de estas matanzas fue la princesa de Lamballe, amiga y confidente de María Antonieta, acaso porque su terrible forma de morir parece sintetizar todos los horrores de la revolución: Recibió un golpe de sable en la parte posterior de la cabeza que le arrancó el sombrero. El cabello, largo, le cayó entonces sobre los hombros. Otra cuchillada le alcanzó el ojo, y la sangre, saliendo a borbotones, le manchó el vestido. Trató de dejarse caer para morir al fin, pero la obligaron a levantarse y a caminar por sobre los cadáveres mientras la multitud observaba en silencio la
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carnicería. Volvió a derrumbarse, y un tal Charlat la dejó sin sentido de un porrazo. Al verla exánime, agredieron sin piedad su cuerpo, al que acaso le restaba aún un hilo de vida. Atravesada por espadas y picas, quedó convertida en poco más que una masa informe, roja de sangre, irreconocible… (Andress, 2011:159).

Como era de esperar, le cortaron la cabeza y la clavaron en una pica. Abrieron en canal su cuerpo para arrancarle las entrañas y clavarlas en otra pica que la turba exhibió como trofeos por las calles de París. Tras maquillar y peinar la cabeza, se la llevó al Temple con la firme intención de que la «infame Antonieta» pudiera besar a través de una ventana la cabeza de su antigua amiga. Por fortuna, antes de asomarse, la reina se desmayó cuando le notificaron la razón del ajetreo bajo su ventana. Sin embargo, «encaramándose por los escombros de las casas derribadas, los “salvajes” se las habían compuesto para subir las picas y las cargas más arriba. Seguían empeñados en conseguir que María Antonieta besara los labios de Lamballe o, mejor, que su cabeza se uniera a la de su favorita» (Fraser, 2001: 535). Tres categorías de presos perecieron con seguridad: aquellos cuya condición de contrarrevolucionarios políticos no admitía duda alguna, los criminales profesionales y los llamados «monederos falsos», falsificadores que contribuyeron a la inflación nacional y a mermar el valor del papel moneda. Aunque el comportamiento de las secciones que organizaron los tribunales denotaba más incitación que organización, lo cierto es que no se trató de una matanza irracional llevada a cabo por una turba despiadada. Y como dice David Andress, es en ello en donde radica el verdadero horror, pues a reserva de aceptar la idea de una matanza perpetrada por una muchedumbre demente (que no por ello resulta menos escalofriante), mucho más inquietante se nos presenta la imagen de

ciudadanos en plenas facultades mentales, capaces de cometer homicidios tan sangrientos en nombre de la libertad de su nación. Esta desensibilización ante los derramamientos de sangre formaba parte de las sociedades dieciochescas que comenzaron a interiorizar las ejecuciones públicas como eventos cotidianos o «espectáculos en los que la autoridad se veía fortalecida merced a los cuerpos dolientes de quienes transgredían sus principios» (Andress, 2011:173). Esta indiferencia se reflejó también en los dirigentes políticos, pues mientras Robespierre adoptó la cómoda postura de defender que el pueblo estaba expresando su voluntad, Danton prácticamente se lavó las manos y se desentendió de los acontecimientos. «¡Ya es más de medianoche y la sangrienta labor no ha terminado! ¡Santo cielo!» escribió el general británico John Moore, quien se hallaba en París en aquel entonces (Fraser, 2006:532). Con todo, las matanzas culminaron hacia la tarde del día 4. «Vive la nation!» era el grito que anunciaba la liberación de los prisioneros cuya culpabilidad no pudo comprobarse. En el transcurso del año y medio que le siguió a las Matanzas de Septiembre, asegurar que se había participado en ellas «constituyó un distintivo de honor y un mecanismo de medra; en cambio, en el período posterior se convertiría en motivo de persecución y aun, en potencia de ejecución» (Andress, 2011:174), otro despliegue de las contradicciones de una revolución que habría de culminar con la instauración de un imperio. Como parte de la inexorable carrera hacia el abismo en el que Francia se hundía, los sucesos de septiembre estuvieron estrechamente vinculados al surgimiento de la nueva clase política republicana. Las matanzas contribuyeron a enrarecer una atmósfera política ya de por sí paranoica, pues tras la Toma de las Tullerías, los girondinos habían obtenido la mayoría en la Asamblea Nacional al lograr la suspensión del rey, en lugar de su deposición, como la facción radical deseaba. Este hecho arrojó sospechas y desconfianza sobre los girondinos, acusados de ser contrarrevolucionarios disfrazados de republicanos. Con Robespierre a la cabeza del partido que acusaba

a la «facción de la Gironda» de confabular con los realistas, se puso en marcha el proceso de elección para la nueva Convención Nacional, que pretendía incluir sólo a los patriotas radicales. El 2 de septiembre, la asamblea electoral se reunió en el palacio episcopal, cerca de Notre-Dame, y el 3, los electores se dirigieron en procesión al Club de los Jacobinos, por lo que necesariamente tuvieron que ver las sangrientas escenas que se estaban llevando a cabo en los penales de la Conciergerie y el Châtelet. Una vez en el club, acordaron efectuar una purga entre sus filas con la intención de expulsar a los girondinos que se habían opuesto a la Toma de las Tullerías: «Se eliminó a doscientos de los novecientos noventa que habían sido en un principio, de modo que, el 4 de septiembre, Robespierre se vio elevado a la categoría de secretario de un cuerpo que se disponía a elegir a los veinticuatro diputados de la Convención con impolutos vínculos radicales» (Andress, 2011:190). Más significativo, es la certeza de que con esto se pretendía arrastrar a los cabecillas de los girondinos a las matanzas, pues se sabe que los primeros días de septiembre se rescató de las prisiones a diversos individuos del ala radical, lo que induce a pensar que esta tenía conocimiento previo de las ejecuciones que iban a llevarse a cabo. Aunque los arrestos se verían frustrados por la falta de organización y el caos general que imperaba en la ciudad, los moderados, de manera implícita, entendieron que las detenciones tenían por objeto acabar con sus vidas. Con Robespierre como figura dominante de la Convención Nacional, el panorama político francés comenzó entonces a reconfigurarse, lanzando a la revolución en una siniestra vía con la que se inauguraría una nueva era: el Terror. ____ Bibliografía ANDRESS, David. El Terror. Madrid: Edhasa, 2011. FRASER, Antonia. María Antonieta. Madrid: Edhasa, 2001. KROPOTKIN, Piotr. La Gran Revolución. México, D.F.: Editora Nacional, 1967. LENOTRE, G. The September Massacres. Londres: Hutchinson & Co., 1929.
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Legados

Este es un espacio de escritura creativa que da lugar a diferentes voces poéticas y narrativas de habla hispana. Ante todo, voces jóvenes que surgen sin público pero que muestran una especial sensibilidad en estos tiempos tan insensibles. Redacción a cargo de Víctor Bermúdez
victorbermudez@revistaperiplo.com

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Plumas Libres

Catalina García García-Herreros

Daniela Tieni

Material cortopunzante (Selección)

Hombre lobo

el grito fractura de tu voz astilla vasos capilares de vital importancia descascara caricias afila los bordes del ojo que corta. Rompe el último brillo del plato de la luna. Derrama más noche en la noche.

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Plumas Libres

Patria Se apaga un corazón haciendo clic con el gatillo interruptor de una lámpara: derrama las burbujas de su miedo y siembra en esta tierra las espinas que habrán de florecer en pétalos de sangre.

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Plumas Libres

L a nostalgia: diez mil kilómetros de mar. Si sólo tiembla de frío la tarde y no cruje arrugas de otras calles que tiemblan de petardos. Si los dedos golpean voluntad sobre el teclado (velocidad de cien latidos por corazón) y si, de noche, la piel se tiende a salvo sin bombas, sin terremotos y con mañana por la mañana casi garantizado, ¿cuál es el daño en tierra que sobrevive al daño? En el otoño y en la noche con su memoria larga, ¿cuál es el daño?

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Microtr ayectos

Tania Karina Silva Garay
No quiero ser virgen
Las fiestas decembrinas nunca fueron mis favoritas, sobre todo en preescolar. Cada año las maestras montaban un nacimiento viviente en el patio de la escuela y seleccionaban a algunos niños de distintos grados para que representaran el nacimiento de Jesús. Casi inmóviles, los alumnos seleccionados debían actuar su papel, mientras que el resto de los niños jugaban con libertad en el patio. Por desgracia durante dos años interpreté a la «estatua» de la virgen María. Interpretar a María por un día requería de muchos sacrificios: llegar más temprano que el resto de los niños, usar un velo de satín con bordes de espiguilla que picaba, soportar el sol de medio día y, el más terrible de todos, quedarse quieta dentro de un corral, que simulaba un pesebre,

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Microtr ayectos

Sara Stefanini
durante la posada de la escuela. Recuerdo que mi último año como María, compartí mi desgracia con Michel, el niño al que amaba en secreto. Cuando la maestra seleccionó a Michel para ser José frente a todo el grupo, mi corazón latió con fuerza y sentí un profundo alivio; no estaría sola. El gran día en que Michel y yo estaríamos solos, él se fue. Me abandonó en un pesebre de cartón y con una muñeca que hacía babitas en brazos. Michel me cambió por un balón de fútbol y un plato de tamales fríos. Ese episodio fue como una premonición de mi relación con los hombres. Por eso cuando se avecinaban las posadas le decía a mi mamá «no quiero ser virgen» y ella reía mucho; ahora sé por qué, pero creo que ella nunca entendió mi aversión por el papel de María.

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Actualizarte es una cúpula dedicada a la crítica y la reflexión sobre el arte contemporáneo, analizado desde una perspectiva global y transversal con el resto de la publicación. Desde la altura, buscamos construir un espacio para poner en el punto de mira la producción artística de nuestro tiempo. Redacción a cargo de Ángel Saiz angelsaiz@revistaperiplo.com

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Actualizarte

Apuntes sobre el «arte del miedo» y el miedo en el arte contempor áneo

Laura Teresa García Morales

Julieta Piaggio

esde antiguo, el miedo, como concepto, ha ejercido un papel esencial en los fundamentos del discurso de las «élites intelectuales» –o grupos de poder– para la penetración en la conciencia colectiva de las sociedades, a lo largo y ancho del mundo. Para expresarlo y propagarlo, el arte ha constituido, en sí mismo, uno de los principales instrumentos en este ejercicio de manipulación de masas en las distintas culturas. Desde que el miedo fue elevado a la categoría de arte en el medievo, este ha podido ejercer, de modo más inmediato, su papel como pilar fundamental en el proceso socializador. El mecanismo se basa en definir una determinada conducta o situación como «mala», para mostrar, al mismo tiempo, sus indeseadas consecuencias –o caras–, del mismo modo que tiene el Derecho Penal para identificar un delito con su pena. Ciertamente, la noción de miedo, tal como es entendida en el mundo occidental, ha ido experimentando sustanciales transformaciones, que han ido variando en el tiempo, en función de la experiencia y del desarrollo intelectual globales y,

sobretodo, a partir de la llamada era de la información. La profesora Joanna Bourke, autora de El miedo: una historia cultural, ha tratado en profundidad, en una de sus investigaciones, el tema del miedo como una de las emociones –junto con el amor– más primarias del ser humano. «El miedo es, de todas las emociones, la más fácil de estimular. Es más fácil hacer sentir a la gente miedo que odio, afirma Bourke. (Antón, 2004). La autora se acoge a la idea de que el miedo es, quizá, la emoción que aparece con más incidencia en la historia universal contemporánea, entendido este, en buena parte como «invención social». El creciente aumento de la sensación de «miedo como amenaza externa» de los últimos años se hace notar con fuerza en la sociedad actual, cual proceso inherente al fenómeno de la globalización: el cambio climático, el cáncer, la crisis… y la información en sí misma se han encargado de suministrar a las personas un auténtico bombardeo de amenazas que, en efecto, han ido causando estragos en los distintos colectivos de manera más o menos consciente. Así, se ha generado un estado generalizado de ansiedad y de nuevas fobias, interiorizadas hasta el punto de formar parte de nuestra cotidianidad,
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que rigen nuestra nueva percepción del mundo. En este sentido, el arte contemporáneo se ha ocupado de constatar esa realidad a través de los lenguajes plásticos emergentes, al servicio de una serie de fórmulas, originales y complejas, que actúan según el nuevo modo de mirar; a menudo presentados como el objeto artístico, que se exhibe y como experimento al mismo tiempo. El 11-S fue, sin duda, uno de los hechos que, a través de los medios, consiguió generar un estado de alerta general. Muchísimas personas llegaron a desarrollar una repentina fobia a volar o a ser

de las Torres Gemelas. La exposición agrupó trabajos de distintos artistas que habían sido realizados en los últimos 50 años; presentados ahora para ser vistos desde la perspectiva de los ataques del 11-S. Estas obras evocaban de manera inversa – puesto que la mayoría de los trabajos fueron realizados con anterioridad al atentado– ecos de las torres por doquier y lo que, en consecuencia, su recuerdo y su ausencia representan. Se trataba de obras de un fuerte poder sugestivo que, en este contexto, adquirían el poder de reflejar «la variedad de formas en que nuestra cultura ha cambiado, en respuesta a

Fig.1. Fotografía de Diana Arbus. Blowing newspaper at a crossroads, N.Y.C. Parte en la exposición: September, 11. MoMA, New York, 2011-12. víctimas de un atentado inminente que irrumpe en su vida cotidiana; e incluso, en el peor de los casos, una absurda desconfianza –o sencillamente rechazo– a toda persona de origen árabe, hecho que ya la convertía en sospechosa. En definitiva, fobias que antes no tenían. A finales de 2011, con motivo del décimo aniversario de los atentados, el Museum of Modern Art de Nueva York (MoMA) inauguró una muestra sobre las calles de Manhattan, en el entorno
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los ataques», según Peter Eleey, el comisario de la exposición (EFE, 2011). El poder evocador de estas piezas se manifestaba bajo un lenguaje subliminal y, a la vez, completamente subjetivo. Es decir, que no se trataba de un arte que estuviera motivado directamente por los atentados, sino que, sobre este argumento, pretendía generar una reflexión diferente, capaz de demostrar la constante presencia de aquellos sucesos en nuestras vidas y despertar una mirada relativizada hacia sus devastadores efectos.

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Un ejemplo de este insólito mecanismo para la penetración en la conciencia del espectador que fue llevado a cabo en la muestra es la fotografía de Diane Arbus que se exponía aquí, en la que aparecía un papel de periódico abandonado en una calle cualquiera, de un Nueva York nocturno (Fig.1). El mero concepto de «el papel como despojo abandonado a suerte en la oscuridad» –en el eventual escenario de la tragedia- trasladado al contexto de los atentados, adquiere connotaciones “inquietantes” y de cierta sensación de vacío emocional e incluso de muerte.

cuya significación y respuesta por parte del público evidencian la persistencia del trauma en la memoria. Una memoria a menudo sintetizada en una imagen, que siempre valió más que mil palabras. En este sentido esencialmente mediático de los temores, traducidos a un lenguaje plástico; en el que miedo y arte se conjugan, una aguda intervención fue también la llevada a cabo por el artista de instalaciones, Juan José Martín Andrés, en septiembre de 2012 con la exposición El miedo es el mensaje. La obra consistía en una instalación site specific a base de

Juan José Martín Andrés. El miedo es el mensaje. Instalación site specific en Espacio Trapézio. Madrid, 2012. Entre las demás creaciones, en el MoMa se mostraba un conjunto de imágenes del fotógrafo John Pilson, tomadas a finales de los noventa en las calles cercanas a las Torres Gemelas. En las fotografías, capturó escenas muy introspectivas de la vida en la zona. Su trabajo cobra un nuevo sentido tras los atentados; esta es, precisamente, la idea sobre la que se articuló la exposición. Tan sólo unos ejemplos, entre otros, de estos innovadores modos de exponer el arte de la emoción más desgarradora, vinilo. La instalación se componía de una publicación –junto a la web del proyecto– que el artista colocó en la cristalera de Espacio Trapézio, de cara al Mercado de San Antón de Madrid y, en el interior, a lo largo de toda la sala, más de cien titulares reproducidos con grandes letras que se referían a distintos momentos clave de las crisis económicas que tuvieron lugar dentro de los últimos veinte años y de distintos países. Los estratégicos titulares fueron seleccionados de entre los principales periódicos nacionales como
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Por otro lado, su planteamiento deja abierta ABC, El Mundo, El País, La Vanguardia… etc. y otra selección de diarios de México y Argentina. una cuestión para el análisis acerca de en qué medida La intención del artista llevaba un doble el medio influye en el mensaje y cuánto miedo sentido; por un lado, analizaba la predisposición de puede este producirnos sobre las distintas realidades. la prensa para hacer saltar el estado de alarma. En Resulta llamativo el hecho de que, si bien, a lo largo la fase de investigación previa del proyecto, se pudo de la historia del arte el mensaje ha sido tantas veces comprobar que los titulares de cualquiera de esas «el miedo como finalidad, pero mostrándose siempre épocas, y de cualquiera de los países seleccionados, disfrazado de algún otro mensaje que presumía irónicamente, podían haber sido los mismos titulares ser el principal; ahora, Martín Andrés, lo hace de «la noticia de hoy», con mensajes del tipo: palpable positivamente: «Si, si… es que el mensaje que nos infunden es el miedo, ¡enterémonos ya!». «El Gobierno impone más sacrificios para mantener las pensiones y la sanidad». Según el reconocido historiador Jean EL PAÍS, 30.09.1992 (España). O… « No recuerdo un recorte salarial así en todo el mundo». Página/12, 31.05.2001 (Argentina). Delumeau, «el miedo no sólo nos permite sobrevivir; también bloquea nuestras facultades y nos lleva a decisiones erróneas al tiempo que constituye un elemento crucial en la cultura de un determinado periodo histórico» (Delumeau, 2012). Delumeau lleva a cabo una profunda revisión

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histórica acerca de los miedos que se vivían en la antigua sociedad europea, en un periodo que abarca desde la temible Peste Negra de 1348 hasta el final de las guerras de religión, al término del XVI. El autor se basa en este periodo crucial en la historia europea para analizar hasta qué punto el miedo puede constituir, en sí mismo, un elemento determinante de la cultura en cada etapa de la historia.  Las teorías del profesor Dalmeu nos llevan a plantearnos muchas cuestiones similares acerca del miedo en nuestro tiempo, como por ejemplo: ¿cuáles serían, pues, los temores que determinan –controlan– el momento histórico actual? ¿Qué supone una «amenaza real» para el hombre occidental del siglo XXI? Pero, sobre todo, ¿cómo va a representarlo? Si hay algo que las distintas formas de representar el miedo en la historia tienen en común es la capacidad de perturbar al espectador, que se trata de captar en las obras. Esta práctica lleva implícita la idea de «poder para trastornar». La obra debe provocar un cierto trauma, si no, no ha capturado la esencia del miedo. Muchos artistas contemporáneos juegan con esta idea para realizar sus trabajos, en los que, muchas veces, el espectador constituye el elemento fundamental que dotará a la obra del sentido, como por ejemplo la instalación Room with my Soul left out. Room that doesn’t care (1984), del estadounidense Bruce Naumann, en la que juega con la tensión y la claustrofobia. Cuando el espectador penetra en la estructura arquitectónica se encuentra entre pasillos verticales y horizontales que se entrecruzan encontrándose con imágenes temblorosas. A medida que se avanza, el espectador se siente «enjaulado», a oscuras en una situación que le provoca el cuestionamiento de la propia fisicidad. Aun consciente de lo que ocurre en su exterior, no tiene posibilidad de acceder a él. Esta es la idea fundamental con la que juega el artista a lo largo de la exposición, no soportable por todos. El caso de David Nebreda es bien distinto. No sé muy bien si miedo es la palabra, pero sí lo es el horror. El trabajo de este madrileño, Licenciado en Bellas Artes, se basa en el sufrimiento de su propia existencia. Sobre la fotografía –enteramente

producida en su piso de Madrid, del que apenas sale– ha plasmado su paranoia mostrando el lado más abyecto de su realidad. Se trata de trabajos que constituyen, posiblemente, el grado más extremo conocido de una terribilitá existencial, sólo comparable estéticamente a imágenes como la del Cristo de Grünewald. Surge ahora, irremediablemente, el eterno debate: y ¿dónde están los límites del arte? Según Kant, el asco es el límite del juicio estético.

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_______ Bibliografía ANTÓN, Jacinto. «Para Joanna Bourke, la guerra une el miedo, el dolor y el placer de matar». El País, 12 de junio de 2004. http://elpais.com/diario/2004/06/12/ cultura/1086991210_850215.html BOURKE, Joanna. Fear: A Cultural History. Londres: Virago Press, 2005. DELUMEAU, Jean. El miedo en Occidente. Madrid: Taurus, 2012. DELUMEAU, Jean. «El miedo en Occidente». El Cultural, 2 de marzo de 2012, http://www.elcultural. es/version_papel/LETRAS/30632/El_miedo_en_ Occidente GIL CALVO, Enrique. El miedo es el mensaje. Riesgo, incertidumbre y medios de comunicación. Madrid: Alianza Editorial, 2003. KANT, Immanuel. Crítica del juicio. Madrid, Espasa, 2006. EFE. «El MoMA de Nueva York explora el arte desde la perspectiva del 11S». RPP Noticias, 29 de julio de 2011. http://www.rpp.com.pe/2011-07-29-momade-nueva-york-explora-el-arte-desde-la-perspectivadel-11s-noticia_389406.html NÚÑEZ, Sandino: El miedo es el mensaje. Montevideo: Amuleto, 2008. http://elmiedoeselmensaje.juanjosemartin.com/web/
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Víctor Gómez

Giada Ricci

Y la familia, ¿todos bien?
Entré en el salón y me senté en uno de los sillones de mimbre que hizo el abuelo siete años antes de morir. Observé sus ojos pequeños y las manchas en la cara. Ella acercó la silla que antes tenía al lado de la ventana para ver los coches que paraban en el semáforo. También veía a las personas que pasaban por la acera. La casa hacía esquina en la calle. Sonreí. La televisión estaba apagada. —¿Qué tal la familia? Cada uno con sus cosas, ¿no? —Sí, cada uno en su casa, con sus apaños —contesté. —Claro, así es. Entrelacé los dedos de las manos. Sobre la mesa no había nada. Sólo el mantel con un mapa de España y las regiones de diferentes colores y con sus nombres rotulados. Busqué el pueblo. No salía en el mapa. Lo sabía, pero yo siempre volvía a buscarlo. El mantel tenía una zona redonda más oscurecida y pliegues, seguramente de poner los platos calientes de la comida. —Y la familia en casa bien, ¿no? —Sí, repartidos en sus cosas. —A ver, cada uno en su sitio. En la pared había una pintura de óleo. Es el abuelo, en la huerta, junto a las viñas que cuidó durante varios años y que dio, además de vino, tardes de visitas. Yo solía ir a verle. Recuerdo que siempre llegaba con mi bicicleta, apenas nos decíamos unas palabras, me contaba sus planes y luego yo subía al depósito de agua que tenía para regar el huerto. Me quedaba mirando desde arriba el horizonte de torretas de luz, tierras doradas y gorriones saltar entre el trigo. Un aire fresco me daba en la cara, un aire puro. Cuando bajaba él siempre me preguntaba qué hacía ahí arriba, que parecía un pájaro. Yo no sabía contestar y simplemente le decía que me gustaba estar en los altos. —¿Y todo bien? —preguntó de nuevo. —Sí, todo como siempre, bien, algunos están constipados, pero bien.
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—Claro, hay tiempos buenos y tiempos malos, así es la vida. Unas veces se está bien y otras se coge un resfriado. —Sí, sí. Miré el calendario. Era veintiocho de diciembre, pero ya estaba colgado el calendario del próximo año. Desde el mismo asiento había visto muchos días pasar. Cuando era pequeño, cogía una tabla de pino de la cocina, una ristra de chorizo y pan, y merendaba con ellos. Qué bien sabían esas meriendas. En el calendario había dos círculos sobre los días uno y dos de enero. —Y tú, ¿de quién eres, majo? —Soy hijo de Jose. —¿De Jose? No sé, no sé. Me río. Pero no es un gesto sincero, no es alegre. Es una sonrisa seguida de un suspiro desconsolado. —Que sí, es cierto, créeme. No soy bueno para mantener conversaciones. Suelo hablar poco, dejo que los demás hablen por mí y a menudo se acaban los temas para hablar. A veces lo intento, pero no se me ocurre nunca nada. En cierto modo, me parezco a ella. Hice un esfuerzo y esta vez me aventuré a preguntar, algo es algo. Estaba a gusto sentado en el sillón de mimbre. —¿Qué tal la miel? —La miel bien, bien —contestó. —¿Han venido muchas personas a por ella? —Fíjate, pues hoy sí, hace un rato ha estado una persona. —Ajá. En el mueble bar había fotos antiguas, de niños pequeños. Estaban en marcos separados, mi hermano, mis primos. Me levanté y cogí uno de ellos. Era yo. Estaba gordo y rebosante de felicidad. No supe cómo cambié tanto. ¿Dónde estaban esos mofletes que daban ganas de apretar con los dedos? Miré sus dedos y eran rollizos como esponjas de gominola. —¿Y la familia en casa bien? —Sí —contesté, como si fuera la primera vez. —A ver... ¿Y la madre? —En casa, haciendo la comida. —Claro. Sus ojos al preguntar eran curiosos, pero no sabía darles una interpretación.
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Era como si hubiera detrás de ellos un desorden peculiar, un enorme armario donde había cajones vacíos pero que antes estuvieron llenos. Hacía lo posible para que el silencio no se adueñara de la habitación, pero cuando iba a decir algo no sabía qué. —Así que ya estáis todos aquí. ¿Cuándo habéis venido? —dijo. —Sí, hemos venido por Navidad. Estamos siempre en Madrid, pero venimos ahora. —Y todos bien, ¿no? —Sí. —Tú vienes poco, porque no te conozco. A ver si me entiendes, si te veo por la calle sé quién eres, pero no sabría decir quién. La misma sonrisa salió de mí. Entendía por qué dudaba, pero a la vez no encontraba razones para que ocurriera. —Vengo poco sí, es normal. La cama estaba donde antes había una estantería metálica que llegaba hasta la mitad de la pared. Pintada de negro y llena de cintas de video con rótulos escritos a mano en el canto. Algunas películas las conocía, otras eran demasiado antiguas. En la última balda había una hucha abierta, rehusada como contenedor de lápices y bolis. También había un sofá con los reposabrazos de madera más duros que había tocado. —¿Y la familia?, ¿cada uno con sus cosas?, todos bien, ¿no? —preguntó. —Sí, unos haciendo la comida, otros con la «amiga», todos bien. —Claro, así es la vida, hay tiempos buenos y malos. —Sí, espero que el próximo año sean mejores. —¿Y dices que eres hijo de Jose? —Sí, claro. —No sé, creo que me estás engañando. Me reí, pero seguía siendo triste. —No, no. Es la verdad. Entonces permanecimos en silencio durante unos minutos. Yo no sabía qué decir para continuar hablando. Ella miraba al reloj encima de la puerta, sobre la pared blanca, y yo, sus ojos azules, idénticos a los míos. No dijo nada, pero a través de ellos establecí una conexión con sus pensamientos, un enlace especial hacia lo que quería decir, pero no podía, o al menos a lo que yo creía que había detrás de sus ojos. Tengo miedo, hijo mío. Miedo a qué. Sé que me está pasando algo, pero no sé qué es. Yo también tengo miedo, abuela. Entonces, giró la cabeza y con una sonrisa me preguntó: —Y la familia, ¿todos bien?

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«El miedo» de Guy de Maupassant
tr aducción de Mª Rosario Coronado

Marisol Hernández y Julieta Piaggio
Guy de Maupassant, nacido en Normandía (Francia) en 1850, es autor de numerosas obras que van desde novelas, obras de teatro, crónicas periodísticas, poemas y libros de viaje, hasta cuentos y relatos, género en el que destacó. Este discípulo de Flaubert y coetáneo de Zola, autor al que conoció, pasó del naturalismo al realismo a lo largo de su carrera como escritor. En su obra hay alusiones frecuentes a Normandía, a la guerra franco-prusiana de 1870, al pesimismo existencial y a la locura. Los campesinos normandos o los pequeños burgueses son sólo algunos de los personajes recurrentes en sus creaciones. Del mismo modo, en estas se refleja una visión del mundo desgarrada y se observa la mediocridad humana. Uno de sus primeros relatos fue Bola de sebo, (Boule de suif, 1880), y entre sus novelas destacan Una vida (Une Vie, 1883), Buen Amigo (Bel Ami, 1885), Pedro y Juan (Pierre et Jean, 1887). Sin embargo, por lo que es verdaderamente reconocido es por su talento a la hora de escribir cuentos –llegó a redactar más de trescientos– así como por ser considerado un maestro del género fantástico. El miedo (La peur) es un cuento publicado el 23 de octubre de 1882 en el periódico francés Le Gaulois, del que fue colaborador habitual durante diez años. En él nos hace partícipes de su reflexión acerca de otro de los temas que aparecen a menudo en su obra: el miedo. En palabras del propio Maupassant: «El miedo de verdad es como una reminiscencia de los terrores fantásticos de antaño».
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La peur On remonta sur le pont après dîner. Devant nous, la Méditerranée n’avait pas un frisson sur toute sa surface qu’une grande lune calme moirait. Le vaste bateau glissait, jetant sur le ciel, qui semblait ensemencé d’étoiles,

El miedo

Lenguas vivas

un gros serpent de fumée noire ; et, derrière nous, l’eau toute blanche, agitée par le passage rapide du lourd bâtiment, battue par l’hélice, moussait, semblait se tordre, remuait tant de clartés qu’on eût dit de la lumière de lune parecía retorcerse y vibraba con tanta claridad bouillonnant. Nous étions là, six ou huit, silencieux, que parecía luz de luna borboteando.

Subimos a cubierta tras la cena. Frente a nosotros, la superficie del Mediterráneo, en la que se reflejaba una gran luna sosegada, no mostraba la más mínima señal de estremecimiento. El gran barco se deslizaba lanzando al cielo, que parecía sembrado de estrellas, una gran serpiente de humo negro. Detrás de nosotros, el agua completamente blanca, agitada por el paso rápido del pesado buque y revuelta por la hélice, espumaba,

Allí estábamos, unos seis u ocho, admirant, l’œil tourné vers l’Afrique lointaine où nous allions. Le commandant, qui fumait silenciosos, maravillados, con la vista puesta un cigare au milieu de nous, reprit soudain la en la lejana África a la que nos dirigíamos. El comandante, que fumaba un puro entre conversation du dîner. - Oui, j’ai eu peur ce jour-là. Mon nosotros, retomó de repente la conversación navire est resté six heures avec ce rocher dans de la cena. —Sí, tuve miedo aquel día. Mi navío le ventre, battu par la mer. Heureusement que nous avons été recueillis, vers le soir, par un permaneció seis horas con esa roca en el vientre, sacudido por la mar. Afortunadamente, al caer charbonnier anglais qui nous aperçut. Alors un grand homme à figure brûlée, la noche, fuimos rescatados por un carbonero à l’aspect grave, un de ces hommes qu’on inglés que nos había divisado. Entonces, un hombre alto de tez tostada y aspecto serio, uno de esos hombres que nos dan la impresión de haber recorrido vastos parajes desconocidos, envuelto en incesantes peligros, habló por primera vez. En la profundidad de su mirada serena parecía - Vous dites, commandant, que vous esconderse un atisbo de los insólitos paisajes avez eu peur ; je n’en crois rien. Vous vous que había contemplado; era uno de esos trompez sur le mot et sur la sensation que hombres que creemos cargados de valor. —Comandante, a pesar de que asegura vous avez éprouvée. Un homme énergique n’a jamais peur en face du danger pressant. Il est que tuvo miedo, no le creo. Se equivoca en sent avoir traversé de longs pays inconnus, au milieu de dangers incessants, et dont l’œil tranquille semble garder, dans sa profondeur, quelque chose des paysages étranges qu’il a vus ; un de ces hommes qu’on devine trempés dans le courage, parla pour la première fois :
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ému, agité, anxieux ; mais la peur, c’est autre la palabra y en la sensación que le recorrió. Un hombre vigoroso nunca tiene miedo frente chose. Le commandant reprit en riant : - Fichtre ! je vous réponds bien que j’ai al peligro acechante. Se muestra conmovido, alterado, nervioso; pero el miedo es otra cosa. eu peur, moi. Alors l’homme au teint bronzé prononça d’une voix lente : El comandante continuó riendo: —¡Qué diantres…! Le digo que tuve - Permettez-moi de m’expliquer miedo. Entonces, el hombre de tez morena ! La peur (et les hommes les plus hardis peuvent avoir peur), c’est quelque chose pronunció con voz lenta: d’effroyable, une sensation atroce, comme une décomposition de l’âme, un spasme affreux de la pensée et du cœur, dont le souvenir seul donne des frissons d’angoisse. Mais cela n’a lieu, quand on est brave, ni devant une attaque, ni devant la mort inévitable, ni devant toutes les formes connues du péril : cela a lieu dans certaines circonstances anormales, sous certaines influences mystérieuses en face de risques vagues. La vraie peur, c’est quelque chose comme une réminiscence des terreurs fantastiques d’autrefois. Un homme qui croit aux revenants, et qui s’imagine apercevoir un spectre dans la nuit, doit éprouver la peur en toute son épouvantable horreur. —¡Permítanme que me explique! El miedo ―y hasta los hombres más intrépidos pueden tenerlo― es algo espantoso, una sensación atroz, como una descomposición del alma, un espasmo horroroso del pensamiento y del corazón, cuyo mero recuerdo provoca escalofríos de angustia. Pero cuando se es valiente, este no aparece ni ante un ataque, ni ante la muerte inevitable, ni ante todas las formas conocidas del peligro. Este aparece en algunas circunstancias extraordinarias, bajo algunas influencias misteriosas ante riesgos difusos. El miedo de verdad es como una reminiscencia de los terrores fantásticos de antaño. Un hombre que cree en las apariciones y se imagina ver un espectro en la noche, debe Moi, j’ai deviné la peur en plein jour, de experimentar la cara más espantosa del il y a dix ans environ. Je l’ai ressentie, l’hiver miedo. dernier, par une nuit de décembre. »Yo descubrí el miedo en pleno día, Et, pourtant, j’ai traversé bien des hace alrededor de diez años. Lo volví a sentir hasards, bien des aventures qui semblaient el pasado invierno, durante una noche de mortelles. Je me suis battu souvent. J’ai été diciembre. laissé pour mort par des voleurs. J’ai été Sin embargo, he vivido muchas condamné, comme insurgé, à être pendu, peripecias, muchas aventuras que parecían en Amérique, et jeté à la mer du pont d’un mortales. He peleado a menudo. Me bâtiment sur les côtes de Chine. Chaque fois je abandonaron unos ladrones tras darme me suis cru perdu, j’en ai pris immédiatement por muerto. Me condenaron a la horca por
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mon parti, sans attendrissement et même sans insurgente en América y me tiraron al mar desde la cubierta de un buque en las costas regrets. de China. En todos estos casos me creí Mais la peur, ce n’est pas cela. perdido, pero me resigné inmediatamente, sin Je l’ai pressentie en Afrique. Et pourtant emocionarme ni arrepentirme siquiera. elle est fille du Nord ; le soleil la dissipe Pero el miedo no es eso. comme un brouillard. Remarquez bien ceci, Lo sentí por primera vez en África. Messieurs. Chez les Orientaux, la vie ne compte pour rien ; on est résigné tout de suite Y, sin embargo, él es hijo del Norte, el sol ; les nuits sont claires et vides des inquiétudes lo disipa como a la niebla. Presten atención sombres qui hantent les cerveaux dans les a esto. En Oriente, la vida no vale nada, se pays froids. En Orient, on peut connaître la vive resignado; las noches son claras y están libres de las sombrías preocupaciones que panique, on ignore la peur. Eh bien ! voici ce qui m’est arrivé sur atormentan las mentes en los países fríos. cette terre d’Afrique : Je traversais les grandes dunes au sud de Ouargla. C’est là un des plus étranges pays du monde. Vous connaissez le sable uni, le sable droit des interminables plages de l’Océan. Eh bien ! figurez-vous l’Océan lui-même devenu sable au milieu d’un ouragan ; imaginez une tempête silencieuse de vagues immobiles en poussière jaune. Elles sont hautes comme des montagnes, ces vagues inégales, différentes, soulevées tout à fait comme des flots déchaînés, mais plus grandes encore, et striées comme de la moire. Sur cette mer furieuse, muette et sans mouvement, le dévorant soleil du sud verse sa flamme implacable et directe. Il faut gravir ces lames de cendre d’or, redescendre, gravir encore, gravir sans cesse, sans repos et sans ombre. Les chevaux râlent, enfoncent jusqu’aux genoux, et glissent en dévalant l’autre versant des surprenantes collines. Nous étions deux amis suivis de huit spahis et de quatre chameaux avec leurs En Oriente, saben lo que es el pánico, pero ignoran el miedo. Pues bien, esto es lo que me aconteció en tierras africanas: Atravesaba las grandes dunas al sur de Uargla. Es esta una de las regiones más extrañas del mundo. Conocen ya la arena lisa, la arena uniforme de las interminables playas del océano. ¡Bien! Imagínense ahora el océano convertido en arena en medio de un huracán. Imagínense una silenciosa tempestad de inmóviles olas de polvo amarillo. Altas como montañas, esas olas irregulares, diferentes, que se alzan cual oleaje febril, pero más grandes todavía, y sinuosas como el muaré. Sobre esa mar furiosa, muda y sin movimiento, el abrasador sol del sur derrama su llama implacable y directa. Hay que ascender por ese manto de ceniza de oro, descender, ascender de nuevo, ascender sin pausa, sin reposo y sin sombra. Los caballos resuellan, se hunden hasta las rodillas, y se deslizan escurriéndose por la otra vertiente de
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chameliers. Nous ne parlions plus, accablés de chaleur, de fatigue, et desséchés de soif comme ce désert ardent. Soudain un de nos hommes poussa une sorte de cri ; tous s’arrêtèrent ; et nous demeurâmes immobiles, surpris par un inexplicable phénomène, connu des voyageurs en ces contrées perdues. Quelque part, près de nous, dans une direction indéterminée, un tambour battait, le mystérieux tambour des dunes ; il battait distinctement, tantôt plus vibrant, tantôt affaibli, arrêtant, puis reprenant son roulement fantastique. Les Arabes, épouvantés, se regardaient ; et l’un dit, en sa langue : « La mort est sur nous ». Et voilà que tout à coup mon compagnon, mon ami, presque mon frère, tomba de cheval, la tête en avant, foudroyé par une insolation. Et pendant deux heures, pendant que j’essayais en vain de la sauver, toujours ce tambour insaisissable m’emplissait l’oreille de son bruit monotone, intermittent et incompréhensible ; et je sentais glisser dans mes os la peur, la vraie peur, la hideuse peur, en face de ce cadavre aimé, dans ce trou incendié par le soleil entre quatre monts de sable, tandis que l’écho inconnu nous jetait, à deux cents lieues de tout village français, le battement rapide du tambour. Ce jour-là, je compris ce que c’était que d’avoir peur ; je l’ai su mieux encore une autre fois... Le commandant interrompit le conteur
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las sorprendentes colinas.

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Íbamos dos amigos seguidos de ocho espahíes y de cuatro camellos con sus camelleros. Ya no hablábamos, exhaustos por el calor y el cansancio, y sedientos como aquel desierto ardiente. De repente, uno de nuestros hombres profirió una especie de grito. Todos se pararon y permanecimos inmóviles, sobrecogidos por un inexplicable fenómeno conocido por los viajeros de aquellas tierras perdidas. En algún lugar, cerca de nosotros y en dirección desconocida, retumbaba un tambor, el misterioso tambor de las dunas. Resonaba con claridad, unas veces vibrante, otras debilitado, parándose y retomando su estruendo encantado. Los árabes, aterrorizados, se miraban unos a otros, y uno de ellos sentenció en su lengua: «La muerte se cierne sobre nosotros». Justo en ese instante, de repente, mi compañero, mi amigo, casi mi hermano, se cayó del caballo de cabeza, fulminado por una insolación. Durante dos horas, mientras intentaba salvarlo en vano, aquel tambor inalcanzable no dejaba de retumbarme en la cabeza con su ritmo monótono, intermitente e incomprensible. Sentía cómo el miedo calaba mis huesos, el miedo de verdad, el abominable miedo, frente al cadáver amado, en aquel agujero incendiado por el sol entre cuatro montes de arena. Mientras, a doscientas leguas del pueblo francés más cercano, aquel eco desconocido nos ametrallaba al rápido compás del tambor. Aquel día comprendí lo que realmente
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- Pardon, Monsieur, mais ce tambour ? significaba tener miedo, aunque lo supe mejor todavía en otra ocasión… Qu’était-ce ? Le voyageur répondit : - Je n’en sais rien. Personne ne sait. Les officiers, surpris souvent par ce bruit singulier, l’attribuent généralement à l’écho grossi, multiplié, démesurément enflé par les vallonnements des dunes, d’une grêle de grains de sable emportés dans le vent et heurtant une touffe d’herbes sèches ; car on a toujours remarqué que le phénomène se produit dans le voisinage de petites plantes brûlées par le soleil, et dures comme du parchemin. Ce tambour ne serait donc qu’une sorte de mirage du son. Voilà tout. Mais je n’appris cela que plus tard. J’arrive à ma seconde émotion. C’était l’hiver dernier, dans une forêt du nord-est de la France. La nuit vint deux heures plus tôt, tant le ciel était sombre. J’avais pour guide un paysan qui marchait à mon côté, par un tout petit chemin, sous une voûte de sapins dont le vent déchaîné tirait des hurlements. Entre les cimes, je voyais courir des nuages en déroute, des nuages éperdus qui semblaient fuir devant une épouvante. Parfois, sous une immense rafale, toute la forêt s’inclinait dans le même sens avec un gémissement de souffrance ; et le froid m’envahissait, malgré mon pas rapide et mon lourd vêtement. El comandante lo interrumpió: —Perdone, pero aquel tambor… ¿qué era exactamente? El viajero respondió: —No lo sé. Nadie lo sabe. Los soldados, que se ven sorprendidos a menudo por este singular ruido, lo atribuyen normalmente al eco engrandecido, multiplicado, magnificado de manera desmesurada por el relieve de las dunas, de una lluvia de granos de arena transportados por el viento que chocan contra una mata de hierbas secas, ya que han observado que el fenómeno siempre tiene lugar alrededor de pequeñas plantas quemadas por el sol y duras como el pergamino. Por lo que ese tambor no sería más que una especie de espejismo del sonido. Nada más. Pero esto no lo supe hasta más tarde. »Prosigo con mi segunda experiencia:

Fue el invierno pasado, en un bosque al noreste de Francia. El cielo estaba tan oscuro que la noche advino dos horas antes. Mi guía era un campesino que andaba junto a mí por un angosto camino, bajo una bóveda de abetos en la que el viento aullaba enfurecido. Entre las copas de los árboles, veía las nubes desplazarse en desbandada, nubes que parecían huir violentas ante el terror. A veces, Nous devions souper et coucher chez con una inmensa ráfaga de viento, todo el un garde forestier dont la maison n’était plus bosque se inclinaba en la misma dirección con un gemido de sufrimiento. El frío me invadía, éloignée de nous. J’allais là pour chasser. a pesar de mi paso rápido y mi ropa pesada. Mon guide, parfois, levait les yeux et Íbamos a cenar y a pasar la noche en murmurait : « Triste temps ! ». Puis il me parla
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des gens chez qui nous arrivions. Le père avait tué un braconnier deux ans auparavant, et, depuis ce temps, il semblait sombre, comme hanté d’un souvenir. Ses deux fils, mariés, vivaient avec lui. Les ténèbres étaient profondes. Je ne voyais rien devant moi, ni autour de moi, et toute la branchure des arbres entre-choqués emplissait la nuit d’une rumeur incessante. Enfin, j’aperçus une lumière, et bientôt mon compagnon heurtait une porte. Des cris aigus de femmes nous répondirent. Puis, une voix d’homme, une voix étranglée, demanda : « Qui va là ? ». Mon guide se nomma. Nous entrâmes. Ce fut un inoubliable tableau.

casa de un guardabosques cuya morada ya no quedaba lejos. Yo iba allí a cazar. Mi guía, en ocasiones, alzaba la mirada y murmuraba: «¡Qué tiempo tan triste!». A continuación, me habló de las gentes que iban a acogernos. El padre había matado a un cazador furtivo hacía dos años y, desde entonces, parecía taciturno, como atormentado por un recuerdo. Sus dos hijos, casados, vivían con él. La oscuridad de las tinieblas era profunda. No veía nada a mi alrededor, y las ramas, entrechocándose, provocaban un rumor incesante en la noche. Por fin divisé una luz, y mi acompañante golpeó una puerta poco después. Nos respondieron unos gritos agudos de mujer. Tras esto, una voz de hombre, una voz quebrada, preguntó: «¿Quién llama?». Mi guía pronunció su nombre. Entramos. Fue una escena difícil de olvidar.

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Un vieil homme à cheveux blancs, à l’œil fou, le fusil chargé dans la main, nous attendait debout au milieu de la cuisine, tandis que deux grands gaillards, armés de haches, gardaient la porte. Je distinguai dans les coins sombres deux femmes à genoux, le visage Un hombre mayor de pelo canoso, de caché contre le mur. mirada ida, nos esperaba de pie en medio de On s’expliqua. Le vieux remit son la cocina fusil cargado en mano, mientras que arme contre le mur et ordonna de préparer dos mocetones armados con hachas vigilaban ma chambre ; puis, comme les femmes ne la puerta. Distinguí, en los oscuros rincones, a dos mujeres de rodillas que escondían las bougeaient point, il me dit brusquement : - Voyez-vous, Monsieur, j’ai tué un caras contra la pared. Nos presentamos. El viejo apoyó el homme, voilà deux ans, cette nuit. L’autre année, il est revenu m’appeler. Je l’attends arma en la pared y ordenó que se preparara mi cuarto. Después, como las mujeres ya no se encore ce soir. Puis il ajouta d’un ton qui me fit sourire movían, me dijo bruscamente: —Mire, hoy hace justo dos años que - Aussi, nous ne sommes pas tranquilles. maté a un hombre. El año pasado volvió para buscarme. Lo espero de nuevo esta noche. Je le rassurai comme je pus, heureux Luego añadió con un tono de voz que d’être venu justement ce soir-là, et d’assister au :
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spectacle de cette terreur superstitieuse. Je racontai des histoires, et je parvins à calmer à peu près tout le monde.

me hizo sonreír: —Nosotras tampoco estamos tranquilas.

Lo tranquilicé como pude, contento Près du foyer, un vieux chien, presque de haber llegado aquella noche precisamente para asistir al espectáculo de aquel terror aveugle et moustachu, un de ces chiens qui supersticioso. ressemblent à des gens qu’on connaît, dormait Me puse a contar historias y conseguí le nez dans ses pattes. tranquilizar a casi todos. Au-dehors, la tempête acharnée battait Cerca de la lumbre, un perro viejo, la petite maison, et, par un étroit carreau, une bigotudo y casi ciego, uno de esos perros que sorte de judas placé près de la porte, je voyais nos recuerdan a alguien conocido, dormía con soudain tout un fouillis d’arbres bousculés par el morro entre las patas. le vent à la lueur de grands éclairs. Fuera, la tormenta embravecida azotaba Malgré mes efforts, je sentais bien la pequeña casa y, a través de un estrecho qu’une terreur profonde tenait ces gens, et ventanillo, una especie de mirilla al lado de chaque fois que je cessais de parler, toutes la puerta, vi de repente, al resplandor de los les oreilles écoutaient au loin. Las d’assister à estremecedores relámpagos, toda una maraña ces craintes imbéciles, j’allais demander à me de árboles zarandeados por el viento. coucher, quand le vieux garde tout à coup fit A pesar de mis esfuerzos, notaba que aquellas un bond de sa chaise, saisit de nouveau son gentes eran presas del pánico y, cada vez que fusil, en bégayant d’une voix égarée : « Le voilà paraba de hablar, todos escuchaban a lo lejos. Cansado de aquellos temores ridículos iba a ! le voilà ! Je l’entends ! ». Les deux femmes acostarme cuando, de pronto, el viejo guarda retombèrent à genoux dans leurs coins en se dio un brinco de la silla y agarró de nuevo el cachant le visage ; et les fils reprirent leurs fusil tartamudeando con voz temblorosa: «¡Ya haches. J’allais tenter encore de les apaiser, está aquí!, ¡ya está aquí!, ¡lo oigo!». Las dos quand le chien endormi s’éveilla brusquement mujeres cayeron de rodillas en sus rincones, et, levant sa tête, tendant le cou, regardant vers ocultando las caras, y los hijos cogieron le feu de son œil presque éteint, il poussa un de otra vez las hachas. Iba a intentar volver a ces lugubres hurlements qui font tressaillir les tranquilizarlos cuando el perro dormido se voyageurs, le soir, dans la campagne. Tous les despertó de un sobresalto y, levantando la yeux se portèrent sur lui, il restait maintenant cabeza, tensando el cuello y girándose hacia la lumbre con la mirada mortecina, profirió immobile, dressé sur ses pattes comme hanté uno de esos lúgubres aullidos que hacen d’une vision, et il se remit à hurler vers quelque estremecerse a los viajeros de noche en el chose d’invisible, d’inconnu, d’affreux sans campo. Todas las miradas se dirigieron hacia doute, car tout son poil se hérissait. Le garde, él, que ahora permanecía inmóvil, erguido
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livide cria : « Il le sent ! il le sent ! il était là sobre las patas, como absorto en una visión, quand je l’ai tué ». Et les deux femmes égarées y comenzó a aullar hacia algo invisible, se mirent, toutes les deux, à hurler avec le desconocido, espeluznante sin duda, ya que todo el pelo se le erizaba. El guarda, lívido, chien. gritó: «¡Lo huele!, ¡lo huele!, estaba aquí cuando Malgré moi, un grand frisson me courut lo maté». Y las dos mujeres, espantadas, se entre les épaules. Cette vision de l’animal dans pusieron a dar alaridos como el perro. ce lieu, à cette heure, au milieu de ces gens Sin que pudiera hacer nada por éperdus, était effrayant à voir. evitarlo, un gran escalofrío me recorrió la Alors, pendant une heure, le chien hurla espalda. La visión del animal en aquel lugar, sans bouger ; il hurla comme dans l’angoisse a aquella hora, en medio de aquellas gentes d’un rêve ; et la peur, l’épouvantable peur horrorizadas, resultaba espantosa. Entonces, durante una hora, el perro no dejó de aullar sin moverse lo más mínimo. C’était la peur, voilà tout. Aulló como con la angustia de un mal sueño. Y Nous restions immobiles, livides, dans el miedo, el escalofriante miedo se apoderaba l’attente d’un événement affreux, l’oreille de mí. ¿Miedo de qué? ¿Lo sé yo, acaso? tendue, le cœur battant, bouleversés au Miedo, nada más. moindre bruit. Et le chien se mit à tourner Permanecimos inmóviles, lívidos, a autour de la pièce, en sentant les murs et la espera de un acontecimiento espantoso, gémissant toujours. Cette bête nous rendait tensos, el corazón palpitando, sobresaltados fous ! Alors, le paysan qui m’avait amené, se por el menor ruido. El perro se puso a dar jeta sur elle, dans une sorte de paroxysme de vueltas por la habitación, oliendo las paredes terreur furieuse, et, ouvrant une porte donnant y gimiendo continuamente. ¡Aquel animal nos estaba volviendo locos! Entonces, el campesino sur une petite cour jeta l’animal dehors. que me había llevado hasta allí se abalanzó Il se tut aussitôt ; et nous restâmes sobre él, y en una especie de ataque violento plongés dans un silence plus terrifiant encore. de terror y furia, abrió la puerta, que daba a Et soudain tous ensemble, nous eûmes une un pequeño patio, y echó fuera al animal. sorte de sursaut : un être glissait contre le mur Este se calló inmediatamente, y nos du dehors vers la forêt ; puis il passa contre la quedamos sumidos en un silencio más porte, qu’il sembla tâter, d’une main hésitante aterrador aún. Súbitamente, todos nos ; puis on n’entendit plus rien pendant deux sobresaltamos al mismo tiempo: un ser se minutes qui firent de nous des insensés ; puis il deslizaba por la pared exterior hacia el bosque. revint, frôlant toujours la muraille ; et il gratta Después pasó por la puerta, a la que pareció légèrement, comme ferait un enfant avec son llamar, dubitativo. No se oyó nada durante ongle ; puis soudain une tête apparut contre los dos minutos siguientes, que se nos hicieron entrait en moi ; la peur de quoi ? Le sais-je ?
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Lenguas vivas

la vitre du judas, une tête blanche avec des interminables. Luego volvió, rozando el muro yeux lumineux comme ceux des fauves. Et un de manera continua, y lo arañó ligeramente, son sortit de sa bouche, un son indistinct, un como haría un niño con su uña. Entonces, apareció repentinamente una cabeza contra el murmure plaintif. cristal de la mirilla, una cabeza blanquecina Alors un bruit formidable éclata dans la con ojos encendidos como los de las fieras. cuisine. Le vieux garde avait tiré. Et aussitôt Y un sonido se escapó de su boca, un sonido les fils se précipitèrent, bouchèrent le judas ininteligible, un murmullo quejumbroso. en dressant la grande table qu’ils assujettirent En ese momento, un estruendo estalló avec le buffet. en la cocina. El viejo guarda había disparado. Et je vous jure qu’au fracas du coup de Inmediatamente, los hijos se precipitaron y, fusil que je n’attendais point, j’eus une telle levantando la gran mesa, que sujetaron con el aparador, taparon la mirilla. angoisse du cœur, de l’âme et du corps, que je Les juro que el ruido del disparo, que me sentis défaillir, prêt à mourir de peur. no me esperaba, me provocó tal angustia en Nous restâmes là jusqu’à l’aurore, el corazón, en el alma y en el cuerpo, que me incapables de bouger, de dire un mot, crispés sentí desfallecer, dispuesto a morir de miedo. dans un affolement indicible. Nos quedamos allí hasta el alba, On n’osa débarricader la sortie qu’en incapaces de movernos, de pronunciar apercevant, par la fente d’un auvent, un mince una palabra, dominados por un pánico indescriptible. rayon de jour. Au pied du mur, contre la porte, le vieux chien gisait, la gueule brisée d’une balle. Il était sorti de la cour en creusant un trou sous une palissade. No nos atrevimos a desatrancar la puerta hasta que no vimos, por la rendija del tejadillo, un fino rayo de día.

Lenguas vivas

A los pies de la pared, contra la puerta, yacía el viejo perro, con el hocico atravesado L’homme au visage brun se tut ; puis il por una bala. ajouta : Se había escapado del patio tras - Cette nuit-là pourtant, je ne courus escarbar un hoyo bajo la empalizada. aucun danger ; mais j’aimerais mieux El hombre de rostro moreno se calló. recommencer toutes les heures où j’ai affronté Luego añadió: les plus terribles périls, que la seule minute du coup de fusil sur la tête barbue du judas. —Aunque aquella noche no corrí ningún peligro, preferiría revivir todas las horas en las que me enfrenté a las más terribles aventuras, que el único minuto del disparo a la cabeza barbuda de la mirilla.

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Un trayecto puede ser más largo o más corto, dependiendo del espacio a recorrer y del tiempo que tardemos en llegar a su destino. Sin embargo, la mayoría de las veces, la llegada al destino es solo el inicio del febril periplo aventurero. Como somos la sección más impaciente de esta revista, el destino de nuestros microtrayectos se alcanza en apenas instantes, cuando el final sobrecoge inesperadamente al pasajero. Sólo entonces comienza el verdadero desplazamiento; a solas el lector y el cuento, su forzosa sospecha de sentido, la brevedad de la vida, y el desafío que supone llegar a descifrarlo. Redacción a cargo de Carolina Arrieta carolinaarrieta@revistaperiplo.com

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Microtr ayectos

Alberto Sánchez Argüello
Antropofobia

Nuria Bono

Una mañana los vi aparecer, unas criaturitas turbias, sin mayor posibilidad de supervivencia. El resto empezó a devorarlos, pero eran muchos, demasiados, y yo no podía soportar su aspecto repugnante. Empecé a empujarlos hacia afuera para que se sofocaran. Yo pensaba que ya no los volvería a ver, hasta que en mis orillas miré a algunos de ellos adaptados a la vida en el exterior y tuve que soportar su lenta y estúpida evolución durante millones de años: arrastrándose, reptando y, finalmente, caminando, de vuelta a mí. Ahora son mi peor pesadilla; tiemblo cuando posan sus pesados barcos sobre mi superficie, robando mis criaturas, desechando toda su basura en mi interior. Tendría que haberlos sumergido en mis profundidades, para siempre.

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PERIPLO presenta esta breve bitácora que recoge las diversas observaciones del camino. Siguiendo la línea transversal que rompe espacio y tiempo, Et Cetera es ese apartado de todo lo demás, sus voces son las más plurales y desconocen los límites de la irreverencia y la corrección política. Un poco de todo, una selección protagonista. • Redacción a cargo de Dirección General direcciongeneral@revistaperiplo.com

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Et cetera

Marcos Vilela

Lely Do Nascimento

bamos en el autobús como sardinas. A él lo tenía pegado a mi derecha, así que miré por encima de su hombro con el rabillo del ojo porque me llamó la atención el color del libro. Al final la suerte quiso que alcanzara a leer el título perfectamente: Zombi – Guía de supervivencia. Semejante rótulo conduce a la reflexión a cualquiera. El lector, uno de esos gafapasta modernos y atildados que vendría de alguna facultad remota – Filología Inglesa; quizás algo peor–, leía con avidez el contenido de algunos artículos que esta vez apenas alcancé a distinguir; G. Cicatrización, H. Descomposición, 3. Abandona poco a poco los artículos de lujo, cosas por el estilo. Me reí, pero a decir verdad me dio algo de envidia, porque siempre me ha parecido fascinante el mundo de los no muertos y, además, también yo uso gafas de pasta. Me desnudo: el libro era fabuloso, para qué disimular. ¿Quién no ha soñado alguna vez con sobrevivir a una ciudad plagada de antropófagos alelados? Entrar en los supermercados y proveerte de todo cuanto necesites; elegir el medio de transporte que te plazca; el mundo como un gran juego de rol en el

que las posibilidades son infinitas. ¿Quién no? Bueno, sí, es posible que esté exagerando. Admito que dicho anhelo tal vez no sea tan popular, pero es innegable que aún tiene su público. Existen innumerables películas, cómics, libros y videojuegos que en sus respectivos formatos ofrecen historias en las que se describe la supervivencia de un grupo de personas enfrentándose a un mundo dominado por estos seres. Son zombis que generalmente dan la sensación de ser torpes, lentos y vulnerables. Lo que nos lleva a preguntarnos: ¿a qué se debe el miedo entonces? Al mismo tiempo, arrullado por el ronquido lerdo del motor, me pregunté cómo era posible que un muchacho joven, en pleno siglo XXI, universitario y pretendidamente culto como aquel pudiera estar interesado en este tipo de ficción tan elemental. ¿Qué encerraban esos seres repugnantes para atraer así la atención de nuestro gafapasta? Inmediatamente pensé en George A. Romero y en su tan célebre como carente de recursos Night of the living dead, que en el ámbito del cine, que es precisamente en el que más y mejor se ha desarrollado el tema, marcaría el rumbo y abriría las puertas también para el público
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Et cetera

no considerado nerd. Sí, esa película definiría las particularidades casi inamovibles que harían de estos filmes un verdadero subgénero del cine de terror, me dije, y al escucharme no pude dejar de sentir cierto orgullo por el academicismo que adoptaba mi introspección de autobús. Hasta entonces, todo lo que se había realizado era un inmenso pastiche donde se desordenaban extraterrestres, Bélas Lugosis y ridículos y todavía indefinidos muertos que cobraban vida. El largometraje de Romero es al cine de temática zombi lo que el Quijote a la novela. ¿Cuáles serían entonces esas características que nos había marcado Romero con sus películas? A saber: los zombis como plaga de proporciones bíblicas, el comer carne humana como única motivación de los no muertos, su limitación mental –ya underline –, el peligro residiendo más en su número que en su idiosincrasia y, sobre todo, lo indiferente que resulta el motivo de la plaga para el desarrollo de los acontecimientos. Esto es importante, porque se trata de una característica que va a terminar destacando cuál es en realidad el verdadero objeto de terror en estas películas. Aunque tal vez esté yendo muy deprisa. ¿Sabría nuestro amigo del libro dónde había comenzado todo esto? Entonces, porque la vanidad tiene a veces esos mecanismos, rescaté algunos datos de mi memoria por el sólo placer de hacerlo. Pensé que en 1932 se estrenó en Broadway la obra Zombie, de Kenneth Webb, basada en un extraño libro de Seabrook: The Magic Island. En este libro se relataban las peripecias de este extravagante autor perteneciente a la Generación Perdida; peripecias que transcurrían durante su estadía en Haití. Entre ellas se encontraba una que describía cómo, mediante un hechizo, a una especie de brujo le daba por revivir muertos y hacerlos trabajar a su servicio. De hecho, puede decirse que este libro en el que Webb basó su obra es una piedra de toque, la minúscula génesis del mito occidentalizado
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y luego distribuido. A partir de ahí comenzarían las deformaciones. Lo de siempre: «Al principio

era el verbo» y luego nosotros, la bomba atómica y el iPad. Además, haciendo un somero repaso por la

filmografía básica que se desprendería de este germen, uno llegaba a la conclusión de que, definitivamente, al

de Romero. Pensé en todas esas películas de los años setenta y ochenta, en Shock Waves y su malvado nazi, y en la humorística Return of the Living Dead. También en las posteriores, como Braindead y su momento de sangre hasta el exceso, filmada por Peter Jackson. O en las actuales, en la saga de Resident Evil, en la escandalosa maravilla que lleva por título 28 Days Later y en las paródicas Shaun of the dead o Zombieland, pero también en Planet Terror y Down of the Dead. Y tantas, tantísimas encuadradas en el cine Clase B. Pero me estaba distrayendo de lo que en verdad me interesaba, el motivo por el cual nuestro amigo podía estar interesado en todo esto. Pobre lector intrépido, se veía obligado a hacer parones cada tanto. Lo cierto es que no debía ser cómodo leer con el autobús zascandileando en la avenida. Aunque, gracias a los vaivenes, en un momento dado fui capaz de leer el título de otro capítulo del libro que me empujó a continuar con mis cavilaciones: 7. Empezar desde cero. Me planteé la posibilidad de que el éxito residiera en esto, en la posibilidad de tomar posiciones desde cero. Al fin y al cabo, en un mundo devastado todos tendríamos la oportunidad de comenzar a construir una nueva civilización. ¿Sería por eso que a veces los más aficionados a este tipo de cine provenían de un ámbito forzosamente individualista, marginal, porque soñaban con abandonar la cocina y entrar al salón? Pensé en el gafapasta y a pesar del libro no creí ver en él síntomas de un hombre marginal; ni siquiera los creí ver en mí. Sin embargo, estaba seguro de que esta era una de las razones del éxito. Sí, cierto que estaba dispuesto a reconocer que era una de entre otras, pero al menos determiné que era una razón clara. ¿Y con los demás? ¿Cómo era posible que ante algo tan inverosímil pudiéramos sentir alguna atracción? Porque un zombi es algo completa y etimológicamente increíble, mucho género se lo podía zarandear, cachetear y estrangular, más inconcebible que el unicornio y el duende. Estos pero nunca dejaba de flotar en el aire su esencia, la al menos son posibles dentro del mundo que se ha
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creado para ellos, pero los otros, los no muertos, son literalmente absurdos. Los hemos querido meter en nuestro universo previsible y, a pesar de que desentonan, los aceptamos sin preguntar. Sabemos que son torpes, estúpidos, y no conocemos a nadie que, más allá de los sobresaltos que el cine con sus recursos pueda ofrecernos, les tenga verdadero miedo. Al menos no como a otros personajes tradicionalmente manejados por el séptimo arte como son los demonios, los espíritus pululantes o el asesino en serie de turno. ¿Dónde el miedo? ¿Nadie se ha dado cuenta de que están entre nosotros, pero los ignoramos completamente? ¿Por qué se trata de cine de terror? Entonces no me quedó otra que pensarlo –el autobús que rezonga y la clarividencia–: no, no nos hemos dado cuenta porque ni siquiera nos hemos fijado en ellos. ¿De qué hablamos cuando hablamos de zombis? Pues resulta que en realidad hablamos de la vida, de la condición humana, como en toda ficción, pero también y específicamente de revolución, de huída y reconquista. Por Dios, me dije, ¿a quién le importan los muertos vivientes? En casi todas las películas se urdían relaciones humanas que terminaban interesándote más que la huída y el combate contra los zombis. Había filmes en los que incluso apenas aparecían los monstruos. Es más, uno de los puntos en común que guardan casi siempre estas películas es el hecho de que un grupo de personas haga uso de los zombis para ejercer el mal contra otro clan de bondadosos supervivientes. ¿El Hombre contra el Hombre? ¿Qué pasa entonces con los muertos vivientes? A lo mejor al viajero amante de estos seres le interesaran más estos aspectos. Claro, pensé, no se trata del miedo al engendro, sino del miedo a la soledad, al desamparo y luego a lo desconocido y a la inabarcable perspectiva de la reconstrucción, por eso se lo considera una ramificación del cine de terror y no un subgénero del cine de aventura, sólo que no es un terror de noches en vela, sino más bien un terror psicológico ante la forja de la personalidad sin distracciones; el terror al reset. ¿Qué haría en esta situación? ¿Huir? ¿Parapetarme?
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¿Construir? La decisión, aún ficticia, te define. Así como las fábulas no hablan de zorras y tortugas sino de hombres y mujeres, las películas de zombis no hablan de zombis sino de una catábasis colectiva. Hablan de la bajada a los infiernos del Hombre y la necesidad de volver a subir fortalecido. Hablan de nosotros, no de ellos. Sí, como siempre, el terror somos nosotros. No en vano la causa última de este particular fin de los tiempos es un ser al que todos creemos poder derrotar con facilidad. «En esa situación yo sobreviviría», dice con desdén, tras ver una de estas películas, el oficinista gris. Claro que sobrevivirías. ¿Cómo no vas a sobrevivir si la idiosincrasia del zombi es la que es precisamente para que creas que puedes hacerlo? Pero dime, incauto, ¿sobrevivirías al Hombre? La plaga es indiferente mientras deje lugar a la esperanza. Así como un meteorito sin misión espacial para aplacarlo o una gran inundación sin un pedazo de madera donde aferrarse no motivan historias, un zombi sin vulnerabilidad tampoco lo hace. El zombi perfecto significa la destrucción de la humanidad y, hasta lo que yo sé, para que se produzca un verdadero apocalipsis es necesario que alguien quede en pie. Y mientras el autobús iba vomitando gente de a poco, cada tanto, vaciando su estómago apretado, yo persistía y también lo hacía mi detonante de abstracciones. Hasta que todo fue confuso y la sugestión terminó de arrancarme completamente de la realidad. Entonces necesité decir algo. –¿A ti también te gustan las historias apocalípticas, el ser humano al límite, el retrato de las pasiones humanas en situaciones catastróficas, el terror y sus mecanismos?– me atreví a preguntarle al lector cuando vi que se guardaba el libro, en el momento en que frenaba el autobús. El muchacho me miró raro. –No sé qué dices, me gustan y ya está– y se bajó en esa parada, con un gesto confuso. Yo sonreí por dentro. Claro, cómo no te va a gustar, dije en voz alta y para sorpresa de la señora que quedaba a mi lado, si al final todos somos supervivientes. Pero el gafapasta ya se había ido y no pudo escucharme.

El diálogo es una de las formas más efectivas de la apertura humana, voz a voz, cara a cara, mano a mano, el diálogo construye un puente entre ideologías, cosmogonías y enseñanzas. Esta sección se centrará en entrevistas variopintas que den la voz, la cara y la mano de figuras que por su trayectoria, tienen algo que decir acerca del tema de cada número. Redacción a cargo de Dirección General
direcciongeneral@revistaperiplo.com

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Papeles náufr agos

Javier Ibarra

Terror
Una película de terror la observan tres niños. Semanas antes de que Santa entre por sus chimeneas, a pesar de que ninguno tiene. Ojalá pueda entrar por donde su gordo cuerpo logre zambullirse. Sin ruidos, sin despertarlos y desprender el sueño hecho ilusión. Así todo transcurrirá bien. La película también es infantil. Y parece que la historia se adapta a sus sonrisas, por la manera en como observan el televisor de su maestra. En esta mañana de vacaciones, no existen tareas, tampoco hay pizarrones, tablas de multiplicar o preguntas de colores, animales y cómo se pronuncian en inglés. Todo se centra en la película. La acompañan con dos pizzas que mandó pedir su maestra, un tazón de espaguetis (que ella misma preparó), dulces, sodas y regalos que permanecen envueltos, adornando el pino. Los niños seguramente tienen preguntas, se reflejan en sus rostros que parecen tener su propia respuesta, viéndolos directamente a los ojos, viendo sus ganas y su deseo de romper las envolturas. Quizá sientan que esa intriga sea un significado de esperanza y de único consuelo. Por lo que puede significar un obsequio en estas fechas del año para ellos, en un invierno que es cada vez más intenso. No tengo idea de lo que pueda existir en esos regalos. Son vigilados por deshidratados hombres de nieve que se asoman por las ventanas cada vez que escuchan gritos. Lo que me interesa saber es si los obsequios lograrán ser inolvidables, sin importar si son juguetes o ropa que los abrigue bien durante esta temporada. Lo único que parece ser divertido son las temperaturas bajo cero y el aguanieve que da una tonalidad grisácea y melancólica. Tampoco sé cuánto tiempo dure esta mañana que se convertirá en un recuerdo absoluto para mí. Espero que para ellos también. Me pregunto qué pueden transmitir los muertos y su sangre. Hablando desde lo desconocido, desde algún lugar muy remoto, de una ciudad completamente alejada a este entorno de miedo que es lo que se siente en las entrañas de Santa Catarina. Esas entrañas me provocan que escriba esto, de lo que me hablaron el verano pasado y que finalmente puedo ver, desde este rústico comedor en donde estoy ahora, viendo a los niños por los cuales me sorprendí tanto. Me hablaron de ellos (los niños sicarios). Y no veía o confinaba la manera de que pudiera ser verdad, de que existieran. En este momento transcurren en mí (en lo que escucho y veo), hasta distraerme y perder la concentración por los gritos que salen del televisor y los que hacen lo mismo pero de sus pulmones. Todo sucede mientras desayuno en el hogar que me da asilo, en estas vacaciones que no sé si nombrarlas vacaciones de invierno o vacaciones de terror. Sin embargo, conociéndolos, ellos fácilmente podrían darle título a mi visita, antes de que se alejen o yo lo haga primero. Sitúo toda mi atención en sus rostros y en el entorno que ya no es ningún lugar secreto de su maestra. Yo, el ser desconocido con la casualidad de estar aquí sentado el mismo día en que
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Papeles náufr agos

su maestra organiza una cariñosa mañana de películas, obsequios y comida. Voy comprendiendo todo lo que ella me había contado. Imagino cómo eran antes de entrar aquí, enfrascado en este presente tan sorprendente y tan frío que poseo en mis ojos, con los cuestionamientos naturales de cómo será su futuro. ¿Existirán escapes de salida? ¿Finales insólitos? ¿Absurdos? ¿Extraordinarios? ¿Tristes? ¿Felices? ¿O todo quedará en puntos suspensivos? Lo que sé es que transcurren en la película. Sonríen y van dejando a un lado la desconfianza con la que entraron. Se ven débiles, inofensivos y espero que aún contengan la sustancia exacta de inocencia para emocionarse por sus regalos. Escucho a su maestra decirles la trama de la película. Aunque en forma de secreto y de diversión, maúllan como el gato que les provocó el primer ataque de risa, para después volverlo a hacer al primer mordisco de pizza. La película cuenta con algo que sus vidas no tienen:  Ficción. Crecen pensando que matar es un requisito. Que los monstruos que aparecen son niños en Halloween, en otra ciudad en donde siguen siendo ingenuos. Recuerdan que, en años recientes, durante recreos escolares, disfrutaban de sus lonches, jugando como Los Hombres X. Ahora juegan a Militares contra  Sicarios. Estaría mejor que los monstruos que aparecen en el televisor influyeran correctamente en ellos, que los haga perseguirse y devorarse a golpes fantásticos de la inocencia gestada en los recreos; y así alejarse de tablazos, levantones y los juegos sangrientos que terminan por llevarlos a la dirección. En la breve explicación de su maestra, abren sus regalos y se convierten en un monstruo de tres cabezas que toma dictado e intenta atiborrar su cerebro con las escenas más escalofriantes que provocan risa. Aunque la finalidad sea que logren alejarse de la mala conducta y las malas calificaciones. Hasta que parezcan ser un monstruo sin pasamontañas y encarnen en un hombre lobo, armado únicamente con sus colmillos. Sin granadas y cuernos de chivo, sin detonaciones cotidianas. Y sus víctimas revivan al sonar la chicharra del recreo. La película está por terminar, y existe la esperanza de que al apagar el televisor vuelvan a ser sólo niños. Para mí, es tiempo de alejarme. Esto será un recuerdo más de vacaciones. Dejaré que su maestra intente corregirles sus sonrisas, antes de que Santa deje regalos (si renuncian a pensar que también lo han asesinado). Recojo mi plato, lo lavo y les digo adiós, intentando hacer notar mi mala sonrisa, mi gesto que quisiera que se viera tan infantil como ellos. Los observo, por última vez, antes de abrir la puerta y salir a caminar bajo el aguanieve. Les digo unas palabras de despedida, no me atrevo a expresar «Feliz Navidad », digo algo tan común como «adiós», «hasta luego» y «cuídense». Cierro la puerta, escuchando detonar armas de fuego, sin miedo y preocupación de que algo malo esté ocurriendo segundos después. Vuelvo a sonreír, quizá sea la sonrisa más infantil que haya podido tener en años, nadie la ve, sólo el aguanieve la puede sentir, humedecer y congelar. Entonces, procuro caminar sin ningún tipo de ansias que me inviten a volver y a abrir la puerta, a escuchar a la única niña decirle a su maestra haber soñado que así es como se acabará la vida para ellos, en sus ojos y en sus sonrisas, en cuanto la película de terror finalice y tengan que regresar a sus hogares, a vivir sus vidas con los días contados.
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El Síndrome de Stendhal es una enfermedad generada por una sobreexposición a altos niveles de belleza. La sección que lleva este nombre pretende ser un ámbito abierto de reflexión sobre cualquier tipo de temática relacionada con las Bellas Artes. Es un espacio para la crítica, la exposición y la comparación de diversas manifestaciones artísticas, manteniendo un continuo diálogo integrador y transversal con el resto de disciplinas procedentes de las ciencias humanas, que ayuden al lector a ampliar su perspectiva en lo referente a las variadas temáticas que se traten. Redacción a cargo de Ángel Saiz
angelsaiz@revistaperiplo.com

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Sídrome de Stendhal

en la iconogr afía románica

El temor a Dios

Ángel Saiz

ara poder entender el arte románico es imprescindible hacer el esfuerzo de intentar trasladarse mentalmente a la época en la que estas obras fueron creadas. En primer lugar, es necesario comprender que una gran parte de la iconografía medieval es un arte meramente conceptual, al igual que muchas creaciones contemporáneas. Esto quiere decir que su objetivo no es una representación fidedigna de la naturaleza, ni la búsqueda de la belleza, ni liberar plásticamente aquellos sentimientos que el autor quería expresar; su única y exclusiva función era representar ideas y conceptos universales que adoctrinasen a los fieles. Entre los siglos XI y XIII, el noventa por ciento de la población era analfabeta y vivía mayormente en núcleos rurales. Su conocimiento sobre el mundo era escaso y le llegaba principalmente a través de la tradición oral. El arte románico era una especie de Biblia en piedra que facilitaba la comprensión del mensaje divino a toda la población. Tanto la pintura como la escultura de esta época estaban fundamentalmente sometidas

al marco arquitectónico en una especie de obra de arte total, en las que todo formaba parte de un conjunto indisoluble. La interpretación de la iconografía románica no puede entenderse sin una lectura global del conjunto arquitectónico. Los edificios románicos eran construcciones muy simples, de pequeña altura, muros gruesos y con muy pocas aberturas. Si el arte gótico es conocido como el arte de la luz, el románico hay que entenderlo como un arte oscuro. Los interiores de las iglesias eran fríos y prácticamente en penumbra. Sólo las teas y velas encendidas en el interior aportaban algo de luz al conjunto, una luz móvil, tintineante, creadora de sombras y danzas macabras en las escenas representadas. La liturgia, a su vez, con su canto horizontal gregoriano, profundo, reverberaba en las bóvedas del edificio creando una atmósfera de sugestión muy especial y tenebrosa. Además, los movimientos de los fieles estaban dirigidos, puesto que desde el acceso por la puerta principal, generalmente a los pies del edificio y con una representación escultórica en su tímpano, la bóveda central y las filas de columnas
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marcaban la dirección de la mirada hacia el ábside principal, donde se encontraba representada en un fresco la imagen principal, protagonizada generalmente por Jesús o por la Virgen María. Todo ello hace de las iglesias unos lugares muy especiales. Son espacios sagrados, pero a su vez espacios de temor. Todo está pensado para empequeñecer al hombre frente a la divinidad. La Iglesia medieval significaba poder y quería recordar al fiel su continua posición de sometido. Controla a la sociedad extendiendo el mensaje del miedo y valiéndose de las estructuras sociales del feudalismo que sometían al fiel al poder del señor en una relación de vasallaje. La Iglesia justifica y forma parte de este sistema sometiendo a los habitantes en la misma manera que los señores feudales para hacer llegar sin trabas su mensaje. La representación iconográfica por excelencia es el Pantocrátor, representación de Cristo en majestad, o Maiestas Domini, de origen bizantino. El término viene del griego παντοκράτωρ y significa Dios todo poderoso, u omnipotente, y tiene reminiscencias de la iconografía clásica del dios Zeus. Su ubicación habitual estaba en las portadas de las iglesias o en el ábside. Su presencia imponía respeto a los fieles que accedían a las iglesias o que contemplaban el oficio elevando su cuello hacia aquella presencia amenazante. Se trata de una representación de Cristo como juez, cuando regresa a la tierra en el final de los tiempos (Parusía) para proclamar la justicia definitiva. Su imagen es autoritaria, equivalente al poder totalitario de las monarquías cesaropapistas del Imperio bizantino o la nobleza feudal. Hay un gran distanciamiento con respecto al fiel. Todavía no hay ni rastro del cristo humano y doliente propio de gótico y al que estamos acostumbrados. Se trata de un Dios severo, que domina el mundo con una actitud amenazante y en ocasiones colérica. La representación de Cristo con barba, bigote y larga melena aporta mayor expresionismo y lo acerca a la caracterización habitual de los dioses clásicos. La profunda expresión del rostro junto al vigor de los trazos del dibujo ayudaba a infundir temor en todo aquel que observase la escena. Se le suele representar sentado en un trono
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Sídrome de Stendhal

y a veces coronado sobre la bóveda celeste, como símbolo de su gran autoridad universal. Es un dios inaccesible que gobierna el mundo desde su trono celeste. Amenaza con el final de los tiempos y tiene la última decisión sobre el destino eterno de las almas de los fieles. Pretende la obediencia mediante el castigo y el miedo, mucho más efectiva en aquella época que enunciando las delicias que esperaban al llevar una vida virtuosa, puesto que era una sociedad en la que la violencia era la norma. Suele estar rodeado por el Tetramorfos, una representación simbólica de los cuatro evangelistas: San Mateo como un ángel, San Lucas como un toro, San Juan como un águila y San Marcos como un león. También es frecuente la aparición de las letras alfa y omega, primera y última letras del alfabeto griego, en alusión cristológica. En el Apocalípsis 1, 7-8 dice «Nótese que se llama Alfa y Omega al que viene en las nubes», lo que quiere decir que Cristo es el principio y fin de todas las cosas. Todo comienza y termina en Dios, Él te ha creado, es tu principio, pero también te ha de juzgar en la muerte. La representación del Pantocrátor es, además, de una escala muy superior al del resto de figuras representadas en la escena y siempre en un nivel superior al del resto de personajes, marcando una clara diferencia jerárquica. Quizá la mejor representación pictórica de esta iconografía sea el Pantocrátor de Sant Climent de Taüll y en escultura hay diferentes ejemplos, sobretodo en edificios franceses entre los que se encuentran Saint Pierre de Moissac, Sainte Foy de Conques o Saint Trophime de Arlès. Un paso más en el desarrollo de esta iconografía es la temática del Juicio Final, generalmente representado en los tímpanos de las puertas de acceso a los edificios religiosos. Además del Pantocrátor, aparecen representados coros de ángeles o los veinticuatro ancianos del Apocalipsis. Una de las escenas icónicas es el pesaje de las almas o psicostasis a cargo de arcángel San Miguel. Porta una balanza de dos platillos, símbolo universal de la justicia y herencia de la tradición egipcia, sobre el que posa una cabeza, un pájaro o cualquier otra figura que

represente el alma del muerto, determinando si ha de ser enviada al cielo con los justos o, por otro lado, condenada. Es habitual la representación cercana del demonio, o de una serpiente, intentando hacer trampas para que la balanza se incline hacia su lado. A uno y otro lado del arcángel se desarrollan dos universos distintos. Por un lado el cielo, o la Jerusalén Celeste, a la que acude el cortejo de almas puras, acompañados en ocasiones de representaciones de las Virtudes, de santos o de personajes famosos por su honestidad moral en la época. En el lado opuesto está el infierno, en muchas ocasiones gobernado por la figura de Satanás y entorno a él un cortejo de pequeños demonios que maltratan y torturan las almas de los pecadores. En estas representaciones la imaginación del autor se desborda, puesto que aparecen desde representaciones simbólicas de los pecados a personajes quemados en hogueras, cocinados, devorados vivos, azotados, colgados de los testículos y un sinfín de tormentos inimaginables. Una de las escenas más delirantes es la de los cortejos de condenados siendo conducidos a las fauces de la bestia bíblica Leviatán para que los devore. Pues bien, con todas estas escenas en la cabeza es lógico que un fiel de los siglos XI, XII o XIII viviese temeroso de las consecuencias a las que se enfrentaba si pecaba. La Iglesia aprovechaba este terror a la condenación eterna para orientar el comportamiento sumiso de la población. En muchas ocasiones las tétricas visiones representadas en piedra y policromadas en vivos colores se usaban como acompañamiento ilustrado para los sermones, que a su vez habían servido en muchas ocasiones para elaborar el programa iconográfico. Por ejemplo, Juan de Vezelay pronunciaba las siguientes palabras: El Infierno es un fuego inextinguible que no puede apagarse ni aniquilar y consumir a quien abrasa. Los que allí se hallan sumergidos arden sin cesar (…) El fuego se adhiere a su alimento sin descanso (…) ¡Oh, dolor! Si cualquier pequeño trozo

de mí mismo, mi oreja, por ejemplo, fuera y saltaría! ¿Cómo reaccionarán, pues, los desventurados cuando no sólo un dedo, sino la mano entera, el brazo, los hombros, su cuerpo entero ardan en el fuego eterno?

Sídrome de Stendhal

presa de las llamas, ¡cómo gritaría, sufriría

Hay que intentar comprender la impresión que este tipo de imágenes y discursos generaban en aquellos que los oían. A su analfabetismo hay que unir su creencia en la magia y las supersticiones, el vivir en muchas ocasiones aislados junto a inmensos bosques vírgenes cargados de leyendas. Además, su esperanza de vida era infinitamente menor a la actual, por lo que su miedo a la muerte y a la condenación eterna frente a un paso efímero por la vida eran mucho mayores. Es complicado llegar a entender la influencia que estos mensajes tenían en la mentalidad de aquellas gentes desde nuestros esquemas de la sociedad de la información y la comunicación, acostumbrados a ser avasallados continuamente con torrentes de información y de imágenes. Sin embargo, aquellas gentes posiblemente no hubiesen visto más imágenes en toda su vida que las representadas en la iglesia de su pueblo o del pueblo vecino, que no hubiesen escuchado más historias que los sermones del sacerdote y que viviesen su existencia temerosos de las represalias de aquel Dios vengativo que se elevaba amenazante sobre sus cabezas.

–––– Bibliografía CONANT, Kenneth J. Arquitectura carolingia y románica 800-1200. Madrid: Cátedra, 2007. CURROS, María Ángeles. El lenguaje de las imágenes románicas. Madrid: Encuentro, 1991. SUREDA I PONS, Joan. Pintura románica en España. Madrid: Alianza Forma, 1989.
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Microtr ayectos

Ana Sofia Marques Viana Ferreira
Un jugador principiante

Nuria Bono

El reino estaba hecho un palco de enfrentamientos misteriosos y silentes, y, sin embargo, lo que más les afligía era la gravedad y brutal trascendencia de los acaecimientos que obligaban al cuerpo militar a declarar un sinfín de bajas. Nunca más. Unos tiraban tímidamente la presunta conjetura de una anacrónica obra del destino, otros echaban la culpa a Belcebú y había aún un grupillo que intuía la aproximación del apocalipsis, pero ninguno de ellos se atrevía a hablar de la organización y gestión interna de la nación. Nunca más. Partes del castillo, animales y sobre todo soldados eran aniquilados despiadadamente. Nunca más. Hasta que las implacables fuerzas enemigas se asoman al matrimonio real. Con un movimiento perspicaz, flagelan a la reina. El colofón estaría a punto de emerger, pensaba –y bien– el intimidado soberano. Nunca más, nunca más, nunca más. De repente, una voz surgida de arriba articula victoriosamente aquellas dos palabras ya tan gastadas, sin obviar una pérfida sonrisa: -Jaque mate.

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Microtr ayectos

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Papeles náufr agos

Francisco Javier Rodríguez Barranco

Gonzalo Aguirre

Pánico estelar
Me gusta pasar desapercibido, así como suena: ¿por qué no, caramba? Totalmente desapercibido y seguir así, así y así por toda la eternidad, o lo que dure esta eternidad, que cada día estoy más preocupado por ese tema. Y me encanta sobre todo estar aquí girando y girando con mis colegas de toda la vida. Este es de los más recientes, y un poco canijillo, el pobre. Le llamaré Plutón, pero por llamarle de alguna manera, por saber a quién me refiero cuando digo «el canijillo», que mucho mejor decir Plutón a decir «el canijillo», me parece a mí, vamos, que no me gusta poner motes. No sé, me parece de mala educación. Pero qué bien se está así, de verdad, todos juntitos, dando vueltas alrededor de esa cosa azul (bueno, sí, un planeta, pero ¡son tan odiosos sus habitantes!), donde ya no cabe nadie, que yo me fijo siempre al pasar y no cabe ni un simple asteroide. Ellos sabrán lo que hacen: ¡A mí, plim! Yo a lo mío en este espacio infinito, o que parece infinito, que cada día estoy más preocupado al respecto. Allá ellos. Saturno no me gusta demasiado, si quieren que les sea sincero, nada más que porque parece que está estreñido, todo el día enfadado, o que le quiera dar en la cocorota a Júpiter. Vaya con Júpiter. Casi casi tan grande como yo, pero no, yo sé que no es tan prepotente como parece. Qué va, qué va, para nada: es como un niño grande, lo que pasa es que está en una mala edad y necesita mucha paciencia y un poco de cariño, pero me consta que es buen muchacho. Ha crecido demasiado rápidamente, pero por dentro está todavía muy verde. No sé quién le pondría el nombre, no lo recuerdo. Se lo preguntaré a Venus en cuantito pase junto a ella. Ésta lo sabe todo: es como una gacetilla. ¿Una estrella? Pero, por favor, pero ¿quién ha podido pensar que yo soy una estrella? Si las estrellas tienen un montón de puntas y yo soy redondito, claro, para girar mejor alrededor de la Tierra, ese odioso planeta azul. Qué manía le tengo, de verdad. Claro, si es que no paran de enviarme impertinencias, como ese monicaco con alas de cera. ¿Ya ves tú? ¿Pero dónde iba ese mequetrefe con esas ridículas alas?
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Papeles náufr agos

Y yo hice lo que tenía que hacer, naturalmente: quemárselas y listo, que para eso estoy tan calentito y tan a gusto, que no me meto con nadie y no quiero que nadie se meta conmigo. ¿Qué hubieran hecho ustedes? Lo siento un poco por el pobre hombre, que se le veía tan ilusionado, pero qué se le va a hacer. Así es la vida. Sin embargo, cada vez envían aparatos más raros: ¿qué buscarán con tanto ahínco? Con Marte hacen lo mismo, e incluso si me apuran, yo diría que también con Neptuno, aunque de esto último no estoy muy seguro. Me ha parecido. No sé. Y todo porque se aburren muchísimo. ¡Cómo no se van a aburrir, cuando la Tierra es el único cuerpo celeste que no da vueltas alrededor de nada y viendo cómo todo el universo se mueve sobre ella! No quiero ni imaginármelo. Pánico me da de sólo pensar que me sucediera a mí algo parecido, que yo no quiero ningún protagonismo, que a mí me gusta pasar desapercibido, según creo que ya he comentado más arriba. Pero son tonterías: eso es su problema y punto. Mientras tanto, disfrutando, nada más que a dar vueltas y más vueltas por la inmensa elíptica, con mis coleguillas, que a veces se unen hasta los asteroides, tan pequeñajos, tan graciosos. Un poco más y no son más que arenillas. Pero mira que son simpáticos: las caídas que tienen. A uno se le ocurrió decir un día que las mejores esencias en frascos pequeños se guardan y todos, claro, ja, ja, ja, ja: venga a reírnos ¿Y qué vas a hacer? Nada más que reírte, si es que tienes que reírte por fuerza, quieras o no, de las salidas de esos renacuajos. Ah, esto es vida. Si pudiera, me tumbaría con los brazos detrás de la nuca a tomar el sol, pero aparte de que no tengo brazos, es que el Sol soy yo. No sé si me explico. Pero estos son los malos hábitos que se me pegan de los terrestres, de lo que les he visto hacer a ellos, que se aburren soberanamente, pobrecillos, todo el día, mientras todos los demás cuerpos celestes nos inflamos a girar alrededor de ellos. A veces me dan hasta pena, pero pocas veces, la verdad. Giros y más giros con mis amiguetes de toda la vida: eso es lo que verdaderamente me pone. Aunque no debería acercarme tanto a la Tierra, porque ya hemos visto que me contagio muy fácilmente de sus tonterías. Con todo, he de decir en mi defensa que esto no lo he decidido yo, y que todavía no he averiguado quién lo ha

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Papeles náufr agos

hecho, que a mí ya me gustaría pasar mucho más lejos de la Tierra: ni verla quisiera, pero imagino que tiene que ser así, alguna razón habrá. Digo yo. Y que conste que todavía no se me ha quejado nadie del calorcito. Ni siquiera Mercurio, le llamaré así, y mira que pasa cerca, el muy tunante, pero nada: como si tal cosa. Cada uno a lo suyo, porque igual que digo una cosa, digo otra: yo no sé quién habrá diseñado todo esto, insisto, pero ha estado sembrado: cada uno en nuestra órbita alrededor de la Tierra y ni un solo encontronazo, ni roce, ni nada. Bueno, sí, de vez en cuando, algún asteroide más gracioso que los otros se deja caer donde no debe, pero hay que disculpárselo: son todavía demasiado pequeños para tener conciencia, que los pobres lo hacen sin malicia. Ya crecerán. Por eso digo que yo aquí es que estoy en la gloria. ¡Pánico! Pero pánico, pánico me da pensar que algún día alguien descubra que todo esto gira alrededor de mí, nada más que porque soy el más calentito y todos los demás tienen envidia, sobre todo los terrestres, que ya les gustaría estar como yo, sin más preocupación que dejarme llevar y girar, girar, girar. Siempre girando. Pero me han llegado unos rumores que no me gustan ni un pelo. Seguro que algún terrestre ya está maquinando que ellos también giran y que aquí el que está quieto soy yo. ¡Qué horror! ¿Qué sería mi vida entonces? Un tostón, aquí quietecito, viendo cómo los demás se lo pasan pipa, esperando que alguno se acerque para contarme algo, o casi que mejor que no se acercara ninguno, porque me daría un soponcio, vamos, pero un esparaván en toda regla. Me moriría de envidia. Los demás quizá no se acercaran, pero los asteroides, bueno, estos son capaces de todo, porque aunque sea sin mala idea, que yo sé que no la tienen, pero pueden hacer mucho daño. ¡Pánico! Pero pánico, pánico me da sólo de pensarlo, porque estos son capaces de todo: si mandaron aquí un hombre con alas de cera, ¿qué no serán capaces de maquinar? No me fío ni un pelo. Ni un pelo. Buscarán algún tipo de enjuague con los de Saturno y me fastidiarán bien fastidiado, como si lo viera. Ya lo comprobarán ustedes. Y si no, al tiempo.

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PINCELES EN LA PALETA PERIPLO • ANNA M ASINI

Alejandra Fernández Mingorance. Madrid. Ilustradora de sueños. Espíritu autodidacta y coleccionista de imágenes. Andalucía le mostró los colores, las texturas y los aromas a cuento y desde entonces desarrolla su faceta más creativa ilustrando palabras. alejandrafernandez@revistaperiplo.com

Anna Grimal. Girona. Tiempo atrás estudio en la Escuela Massana en Barcelona y más tarde se dio un viajecito por Bélgica (Ghent) para acabar de rematar sus conocimientos de ilustración. Contenta con su recorrido ahora intenta hacerse camino poco a poco entre los medios de comunicación y los libros. Aunque lo más importante es cómo se divierte con una hoja de papel y su lápiz. annagrimal@revistaperiplo.com

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Annalisa Bollini. Turin, 1984. Se licenció en Historia del Arte por la Universidad de Turín antes de decidir estudiar ilustración en el European Institute of Design (IED). Realizó una estancia en el Milwaukee Institute of Art and Design (MIAD) en Estados Unidos. Después hizo un curso en Diseño Web y Multimedial Graphic. Ilustró su primer libro Histoires de fetes d’ici et d’ailleurs con Flies France editions. Sus trabajos han sido seleccionados para Ilustrarte 2012. annalisabollini@revistaperiplo.com Catalina Mazzitelli. Buenos Aires, 1991. Artista plástica. Estudio en la Escuela de Bellas Artes Manuel Belgrano hasta que decidió tomar otros rumbos, incursionando en la animación, para darle vida y movimiento a sus dibujos. Actualmente saca fotos por placer, sigue dibujando como siempre y exponiendo sus obras cada vez que se le presenta la oportunidad. Fue seleccionada para participar en la Primera Bienal Argentina y Latinoamericana del FESTARY 2012, en la República de Kosovo.

PINCELES EN LA PALETA

Celia de la Fuente. Madrid, 1973. En preescolar, al acabar las clases en junio, su maestra le regala una caja de ceras: «para ti, que las vas a aprovechar». Por entonces dibujaba perros, osos y personas subidas en piedras. Después empezaron a gustarle cada vez más el color y las formas y estudió Bellas Artes. Buscaba la luz, las sombras de las cosas y las plantas, y pintaba lugares sin personas. Después pintó sillas, medusas y planetas. Y ahora le siguen gustando el color, sin más, y los animales raros y antiguos.

Germán Dotta. Montevideo, 1982. De pequeña estatura, cresta, queriendo ser Stefan Sagmeister, diseñador todo el día, ilustrador, creativo de agencia y docente, busca salirse de todos los parámetros y hacer lo que le gusta en busca de cuestionar y provocar al observador. germandotta@revistaperiplo.com

Gonzalo Aguirre Martínez. Pando, Uruguay. Artesano. Juega a ser fotógrafo y diseñador. Escondido detrás de su cámara, captura imágenes cotidianas llenas de ironía y acidez. Su particular sentido del humor llena sus fotos de un doble sentido donde lo trágico se vuelve cómico, lo cómico se vuelve trágico y viceversa se vuelve ambos. gonzaloaguirre@revistaperiplo.com

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PINCELES EN LA PALETA

Giada Ricci. Entre Riccione y Roma. Dibuja desde siempre y es ilustradora desde hace un par de años . Cuando dibuja no puede faltar la música y su gato. Ama los libros, los esmaltes de colores, uno al lado del otro, el blanco, el gris y cocinar ragú. Le gusta sentir en el aire que la primavera va llegando y es sumamente curiosa. Giada ha encontrado en la ilustración un mundo fantástico, un mundo aparte, suyo. giadaricci@revistaperiplo.com

Itsaso Arizkuren. Pamplona, 1992. Un atardecer fue lo que hizo falta para que la fotografía se convirtiera en epicentro de su actividad artística. La expresión mediante colores, formas, texturas y encuadres, bajo la convicción de la psicología que subyace en estos conceptos. Tras dieciocho años en Pamplona, emigra a Barcelona, donde estudia Comunicación Audiovisual. itsasoarizkuren@revistaperiplo.com

Jenny Castellanos. Barcelona. Vivaz en sus creaciones, combina a la perfección desde el diseño gráfico hasta la pintura al óleo. El poder de la imaginación al mando para darnos a conocear un universo de colores y formas donde realidad y sueño se funden para dar lugar a sus ilustraciones. jennycastellanos@revistaperiplo.com

Julieta Piaggio. Buenos Aires. Curiosa, amante de la pintura, la música y lo cotidiano, pixela realidades por Buenos Aires. No teme buscar cielos a lo Magritte y caer a un pozo por eso: buscar lo bello y simple no es ridículo. julietapiaggio@revistaperiplo.com

Laura Picallo. Bilbao, 1991. El dibujo se ha convertido en un elemento más de sí misma. No hay día en el que no tome un lápiz y acabe garabateando algún personaje para el cómic que nunca hará o algún paisaje en el que nadie se acabará perdiendo, porque las líneas grises sobre el papel la completan. Estudia Comunicación Audiovisual en Barcelona y combina su pasión por el cine de animación con el amor por el dibujo. laurapicallo@revistaperiplo.com

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PINCELES EN LA PALETA

Lely Do Nascimento. Foz de Iguaçu, Brasil. Inició su carrera profesional al mismo tiempo que ingresó en un grupo de investigación sobre animación. Antes dibujaba como amateur. Actualmente es ilustrador de historias, explorador del arte en viñetas, buscando siempre nuevas técnicas para mejorar la concretización de trabajos innovadores y creativos. lelydonascimento@revistaperiplo.com

María García. Se hace llamar ladydilemas porque las interrogaciones duermen con ella. Intenta pintar un realidad soñada, su no-realidad, pero al dibujarla queda manchada de tinta. Estudió arquitectura, trabajó en una revista y diseñó otra. Un lápiz la persigue desde pequeña. mariagarcia@revistaperiplo.com

María Soledad Hernández Nieto. Licenciada en Bellas Artes y en Historia por la Universidad de Sevilla, máster en «Historia de Europa, el Mediterráneo y su influencia atlántica» en la Universidad Pablo de Olavide. Gracias a las malogradas becas séneca tuvo la posibilidad de asistir a las clases de ilustración impartidas por el profesor Miguel Ángel Pacheco en Salamanca. Cree que su afición a la literatura y el dibujo derivan de una infancia acompañada de cuentos ilustrados.

Nuria M. B. B. Valencia. Entiende la vida a través del arte. Es ilustradora y diseñadora gráfica. En sus ilustraciones confluyen detallismo y sencillez con sus figuras estilizadas. Ha publicado el álbum ilustrado Brujas, Carena Editors, y tiene varias tiras cómicas: Luis & cía (Revista Babia) y Dê & cía, como webcomic. Actualmente estudia Historia del Arte. nuriabono@revistaperiplo.com

Sara Stefanini. Sessa, Suiza. Ilustradora y diseñadora gráfica, vive en Svizzera. Le encantan las tazas y las sillas pero su primer amor es su perro salchicha, Héctor. Lee y escucha todo lo que encuentra. Le gusta diseñar por las mañanas con café y es adicta a Youtube. sarastefanini@revistaperiplo.com

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Kalós bella éidos imagen scopéo observar. La bella imagen siempre ha sido objeto de placer para el ser humano. La belleza se reconoce visualmente y tiene la capacidad de fascinar, de atrapar al humano con un lazo invisible: la vista. Caleidoscopio se ofrece como una sección que albergue un elemento hedónico al barco de PERIPLO, basada en una premisa básica: tenemos que volver a un estado de inocencia visual para apreciar nuestro mundo. Aquí se adentrará al tema central mediante el arte fotográfico, prestándose así para una reflexión visual que rebase las letras y permita explorar otros espacios sensoriales de la experiencia humana. Redacción a cargo de Ángel Saiz angelsaiz@revistaperiplo.com

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Tripulación

Ángel Saiz. Historiador y crítico de arte vallisoletano. Nómada y desarraigado. Conversador pausado y enemigo de la perfección. Cuando empezó a perder el norte decidió refugiarse en él para vivir hipnotizado con el vaivén de las olas. Es un buscador de musas, ya que su amor por el arte nunca fue correspondido. Ángel pertenece al Consejo Editorial de esta publicación de la que es, además, miembro fundador y en la que está a cargo de las secciones Síndrome de Stendhal y Actualizarte. También sostiene a flote el blog de historia y crítica de arte La derrota de Samotracia. angelsaiz@revistaperiplo.com
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Bego Ariza. Cádiz. Estudiante de Traducción e Interpretación en la Universidad de Salamanca. Amante del tiempo libre, la cocina y los gorriones. La música es su mejor compañía. Cree que en las vías del tren crecen flores suicidas y que, igual que hay sueños que no llevan a ningún lugar, hay lugares de ensueño. Bego forma parte del equipo de Corrección General de Periplo desde octubre 2011. begoariza@revistaperiplo.com

Carolina Arrieta. Zaragoza. Ella atraviesa las fronteras de la aduana y la locura con inusitada insistencia. Le obsesionan la fugacidad, el fútbol, la cocina y le inquietan como a nadie los rizadores de pestañas. Aprendió a mezclar vinagre e incertidumbre y aliña de interrogaciones las superficies blancas. La realidad se la come viva mientras duerme. Carol selecciona las brevedades de Microtrayectos. carolinaarrieta@revistaperiplo.com

Tripulación

Cristina Aguilar. Madrid, 1985. Estudió Musicología e Historia del Arte en la Universidad Complutense de Madrid, donde actualmente disfruta –de y con– una beca para realizar su tesis doctoral. Dirige la Revista de Musicología Síneris, y es aficionada a la caza de comas en cursiva. Está a cargo de la sección más sonora de esta tropa. cristinaaguilar@revistaperiplo.com

Daniel Ruiz. Mexicali, 1986. Comunicólogo y defensor de las causas perdidas. Pianista esporádico y lector de la línea sofisticada que frecuenta el coñac. Añora y reinventa el siglo XVIII y su iPod parece estar atrapado en los noventa. Escritor lento pero apasionado, atento siempre a los pequeños detalles que a menudo se olvidan. Daniel lidera Legados, la sección biográfica más apasionada de Periplo. danielruiz@revistaperiplo.com

Enrique Sánchez Zapatero. Salamanca, 1985. Técnico de Sonido por el Centro de Estudios del Vídeo en Madrid y Licenciado en Historia por la Universidad de Salamanca. Melómano confeso, amigo de los libros… Como diría Josele Santiago: «Delante de ti hay un tipo de lo más corriente». En sus ratos libres, Kike ajusta los niveles de ruido blanco producidos de puerto a puerto. enriquesanchezzapatero@ revistaperiplo.com

Irene Gutiérrez Moncayo. Ronda, 1987. Licenciada en Traducción e Interpretación y entusiasta de la comunicación intercultural. Su primera pasión fue la lectura. La música y las artes plásticas despiertan su curiosidad hacia otros lenguajes, por lo que decide valerse de diferentes idiomas para conocer el mundo. Su segunda pasión es la aventura. Movida por la curiosidad, ha vivido en Suecia, Canadá, Francia y España, y ha realizado varios periplos por los continentes Europeo y Americano. Irene vigila el juego de lenguas y el trastorno babélico de Periplo. irenegutierrez@revistaperiplo.com
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Joserra Ortiz. San Luis Potosí, México, 1981. Es doctor en estudios hispánicos por la Universidad de Brown, donde escribió una tesis sobre el corridismo hagiográfico en el triángulo dorado del narco mexicano. En 2011 publicó su primer libro de cuentos, Los días con Mona (FETA) y, además de Periplo, forma parte del equipo de Los perros del alba. Dirige el proyecto de difusión «Jornadas de detectives y astronautas» y su revista, Cuaderno rojo estelar. joserraortiz@revistaperiplo.com

Helena Alonso García de Rivera. Madrid,1983. Licenciada en Historia por la Universidad Autónoma de Madrid; máster en Historia y Ciencias de la Antigüedad y Estudios Medievales Hispánicos por la misma institución; doctoranda incansable y vocacional conservadora del Legado y la Tradición clásicas en el Medievo y época moderna... La Historia es un continuum que no se puede dividir, todo tiene que ver con todo, y su cerebro está aquí, despierto, para absorver la mayor cantidad de información posible y alimentar su ansia de saber y de entender. helenaalonso@revistaperiplo.com

Tripulación

María Fernanda Iwasaki. Lima, 1988. Sevillana de andar por casa y japonesa con los amigos. Para darle sentido a su vida decidió licenciarse en Interpretación Textual por la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid, hacer un máster de Literatura Española e Hispanoamericana en la Universidad de Salamanca y trasladarse a vivir a Berlín. Le gusta el orden, pero en su sitio: el equilibrio en la cuerda floja, la tierra en una maceta. Fernanda está al frente de la sección más dramática del barco. fernandaiwasaki@revistaperiplo. com

Nerea Oreja. Pamplona, 1989. Licenciada en Filología Hispánica. Actualmente profundiza en sus conocimientos sobre Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, interesada especialmente en la óptica comparatista del análisis que descubre la relación existente entre las diversas artes, así como en la línea sociocultural de los estudios literarios. Cinéfila lírica de esta casa de múltiples pantallas, Nerea es la Redactora de Cine-en-rama. nereaoreja@revistaperiplo.com

Sara Requero. Madrid. 1987. Gran amante del cine que quiso convertir su afición en profesión y acabó licenciándose en Comunicación Audiovisual. Sus ansias de organizar y controlarlo todo la llevaron a especializarse en la rama de Producción Audiovisual, pero al final su interés por las nuevas tecnologías y su incapacidad de parar de hablar cuando le gusta un tema, la llevaron por esta nueva profesión de la Comunicación Online. Es adicta a su smartphone. sararequero@revistaperiplo.com

Sofía de Andrés Paradinas. Salamanca, 1985. Licenciada en Filología Hispánica y Filología Inglesa (USAL) y Máster de Edición Editorial (UAM). Contradictoria por naturaleza y viajera por necesidad, no acaba de encontrar su mundo salvo cuando se sienta frente a un libro, lápiz rojo en mano. sofiadeandres@revistaperiplo.com

Violeta Gomis. Madrid. Filóloga. Veintitantos. Apasionada de las palabras, las islas Cícladas, la cocina y la naturaleza. Le encanta viajar, especialmente a lugares con yacimientos arqueológicos en los que poder perderse entre inscripciones griegas. Comprometida con la sociedad, siempre encuentra el modo de relacionar el mundo antiguo con la actualidad. violetagomis@revistaperiplo.com

Víctor Bermúdez. Humanista breve, teórico del té, la luz, la convicción humana y otras vicisitudes similares. Ha crecido en Mexicali y se ilustra en Salamanca, donde el autor aprende sobre los vicios, la avaricia y el fervor vacacional. Entre las vehemencias impuestas por el invierno y el ejército femenino, el joven poeta encuentra tiempo para pulverizar fotones, sujetar el timón de esta nave, garabatear una tesis sobre ciencia y literatura, traducir a Lorand Gaspar y Bernard Noël, olfatear los versos de su primer poemario (Del electrón el ámbar) y planear tácticas bélicas en la pista de tenis. Sostiene el blog The light passenger. victorbermudez@revistaperiplo.com

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Equipo de Ilustr ación
Alejandr a Fernández Anna Grimal Annalisa Bollini Cristina Forts Celia de la Fuente Daniela Tieni Germán Dotta Giada Ricci Giulia Zaffaroni Gonzalo Aguirre Helena Pérez García Itsaso Arizkuren Jenny Castellanos Julieta Piaggio Laur a Picallo Lely Do Nacimento MAR AMPLE María García Marisol Hernández Mireia Ortega Natalia Swarz NURIA BONO Sar a Lew Sar a Stefanini

Comunicación On-line
Sar a Requero

Enrique Sánchez Zapatero Víctor Bermúdez Begoña Ariza Sánchez Sofía de Andrés Par adinas Ángel Saiz Carolina Arrieta Cristina Aguilar Cristina Martínez Daniel Ruíz Helena Alonso Joserr a Ortiz María Fernanda Iwasaki Nerea Oreja Violeta Gomis Víctor Bermúdez

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dirección gener al Víctor Bermúdez
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108 • PERIPLO • FEBRERO 2013 • Vol. XIX

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