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Emperador Iturbide I de México

AGUSTÍN COSME DAMIÁN DE ITURBIDE Y ARÁMBURU

“El Padre de la Patria”

Don Agustín de Iturbide, libertador y
posteriormente, Emperador de México
provenía de una noble familia que tuvo su
raíces de Navarre. La familia Iturbide
(conocida también como Yturbide) es
mencionada en documentos de principios
del siglo XIII conservados en los archivos
del País Vasco.

En 1440 la familia fue ennoblecida por el
Rey Juan II de Aragón. Don Martín de
Iturbide fue alcalde del Valle de Baztanen
1432 y ejerció su jurisdicción en el
nombre del Rey. La Iturbide familia tuvo
altos puestos en el País Vasco desde el siglo XV en adelante y muchos
miembros prominentes de la familia son citados en los archivos de
Pamplona. Don Juan de Iturbide y dos de sus hijos cayeron como
héroes en la batalla de Lepanto en 1571.

Don José de Iturbide y Álvarez de Eulate se casó con Doña María
Josefa de Arregui y Gastelu. Su hijo Don José Joaquín de Iturbide nació
en enero o febrero de 1739 y fue bautizado el día 6 de febrero.

En 1766 emigró a la Nueva España, en busca de fortuna con la que
poder dorar sus blasones, pasó a mediados del siglo xvii el hidalgo
don José Joaquín de Iturbide y Arregui, oriundo de la villa de Peralta,
en el reino de Navarra. Era el joven emigrante descendiente de esta
linaje de cristianos viejos, cuya casa solariega radicaba en Irisarri.

Según costumbre de la época, el
mayor de la familia,
permaneciendo en el terruño,
continuaba al cuidado de la
herencia paterna, mientras que los
segundones - cuando no había
bienes con que dotarles en las
familias hidalgas de escaso peculio
- marchaban a poblar las Indias, o
vestían hábitos religiosos, o
luchaban en los ejércitos del rey.
«Iglesia, mar o Casa Real» eran los
tres caminos que se ofrecían a
aquellos muchachos de temple
animoso y hueros talegos.
Don José Joaquín de Iturbide arribó a la Nueva España en su temprana
juventud y se radicó en Valladolid de Michoacán, que hoy lleva el
nombre de Morelia, ciudad de campanarios y recoletas calles. Hacia
1786 Don José Joaquín era miembro del Consulado Municipal y dueño
de una hacienda en Quirio. Se casó en 1772 con Doña Josefa de
Arramburu y Carillo de Figueroa Quien también provenía de una noble
familia de Navarre y Vizcaya.

De esta unión nacieron cinco hijos, el menor de los cuales, Agustín -
que vino al mundo el 27 de septiembre de 1783 - haría famoso su
noble apellido vascuence; muertos en la infancia sus hermanos
mayores, quedó como heredero varón de la casa. Trabajó duro, sin
duda, el bueno de don José Joaquín y prosperó económicamente Hay
constancia de que en 1790 poseía dos viviendas en Valladolid y una
vasta hacienda en Quirio. Constituían los Iturbide una familia rica,
respetada y, a tenor de testimonios contemporáneos, firmemente
adherida a las costumbres españolas. El pequeño Agustín creció,
pues, en un grato ambiente doméstico. Estudió en su misma ciudad
natal y, al cumplir los quince años, su padre lo mandó como
administrador a la finca de Quirio. Pero su talante fogoso no cabía en
los límites de la hacienda paterna.

Don Agustín fue educado en el Colegio de San Nicolás y en la
Academia de Oficiales. En 1797 fue nombrado subteniente. En
Valladolid de Michoacán había una recoleta plaza: la de las Rosas; en
la plaza, un colegio de postín: el de Santa Rosa. Sobre la planta baja
del severo edificio, cerrado como muro de convento, se extendía un
balcón largo y espacioso. Los sábados salían las alumnas internas del
colegio a lucirse al balcón y llegaban en tropel docenas de mozos a
tratar de cruzar alguna mirada con las muchachas.

Al pensionado de Santa Rosa acudían a formarse las hijas de las
mejores familias de Valladolid, de donde se deduce que quienes se
apiñaban los sábados en la plaza eran asimismo vástagos de la
aristocracia local. Algunos vestían el uniforme azul con entorchados
blancos del regimiento de Michoacán, y entre éstos destacaba por su
apostura el joven Agustín de Iturbide, a la sazón perdidamente
enamorado de Ana María Huarte, una linda morena de ojos lánguidos,
asidua concurrente al mirador.

En 1805 se casó con la noble Doña Ana María Josefa de Huarte y
Muñiz. Además de ser bonita, Ana María de Huarte y Muñiz era hija
del acaudalado prócer y poderoso noble Isidro de Huarte, intendente
provincial del distrito y nieta del Marqués de Altamira. La boda del
gallardo alférez de veintidós años con aquella belleza mujer de
apenas diecinueve, se celebro en la catedral vallisoletana el 27 de
febrero de 1805. Ana María aportaba una sustanciosa dote de cien mil
pesos, parte de la cual empleó el novio en comprar la hacienda de
Apeo, en el pueblo de Maravatío.
En 1806 Don Agustín de Iturbide fue promovido ateniente y en 1810 a
capitán. Entre 1810 y 1816 Don Agustín se distinguió por sofocar
varias insurrecciones de rebeldes que luchaban por la independencia
de México. Como resultado de estas acciones se hizo de numerosos
enemigos. La revolución francesa de 1789 llevó a muchos de los
habitantes de la Nueva España a soñar con la independencia. Las
cruentas guerras en Europa sólo hacían crecer este sueño. Tras el
ascenso de Napoleón al poder en Francia y a su invasión de España,
el Rey español Carlos IV, abdicó en favor de su hijo, Fernando VII,
quién a su vez fue forzado a dejar el trono en manos del hermano de
Napoleón, José.

En México un prominente abogado, Primo de Verdad dió un discurso
en la asamblea donde decía que un usurpador había tomado el trono
de España y la gente de la Nueva España debería por consiguiente
gobernarse a sí misma. Su propuesta fue desechada, pero el
movimiento hacía la independencia había comenzado. El estandarte
extendido por Verdad fue tomado por el Cura Miguel Hidalgo cura del
pueblo de Dolores. Él y el capitán Ignacio Allende se levantaron en
armas en la provincia de Jalisco en 1810.

Las Batallas entre rebeldes y el gobierno continuaron. En 1811 las dos
fuerzas se enfrentaron en la batalla del Puente de Calderón en donde
los rebeldes fueron vencidos. Hidalgo fue tomado prisionero y el 30
de julio de 1811 fue fusilado. Después de la muerte de Hidalgo, varios
rebeldes siguieron el luchadero sin mucho éxito. El movimiento
estuvo largo tiempo si líder hasta 1821, cuando Don Augustín de
Iturbide, una realista, adoptó la causa de la independencia.

1. En 1813 el Virrey General Félix María Calleja promueve a Don
Agustín, a coronel y lo hace comandante de su nuevo
regimiento en Celaya. En 1814 Don Agustín fue nombrado
comandante conjunto de las fuerzas realistas que vencieron al
mayor ejército rebelde bajo las órdenes de José María Morelos
en Puruarán.

2. En 1815 Don Agustín fue nombrado comandante supremo de
los ejércitos del Norte. Entre 1816 y 1820 Don Agustín comienza
a incrementar su simpatía por la causa de la independencia de
México.

La popularidad de Don Agustín de Iturbide crecía. Su esposa Ana
María había sido siempre la sombra callada tras el gran hombre, al
que obsequiaba un hijo tras otro. Cuando se recibió noticia de que su
ciudad natal, Valladolid, deseaba agasajarla, nunca pudo imaginar el
recibimiento, más propio de una reina que de la esposa de un
general. El episodio interesa porque muestra la idolatría que las
gentes sentían ante el hombre que les encaminaba hacia la
emancipación:
Cuando la señora llegó, con su comitiva, a las puertas de la ciudad, se
la hizo subir al carro adornado al efecto de damasco y terciopelo,
rindiéndosele honores de capitán general. Sobre la carroza una
octava rimaba:

La que obtuvo esa mano poderosa
y el mismo que rompió nuestras prisiones,
Iturbide y su fiel, su digna esposa
(no busquemos mejores expresiones),
son sus hijos, ciudad muy venturosa;
de otra gloria mayor nunca blasones ni olvides que esta esposa
agradecida vuelve al suelo feliz que le dio vida.

El pueblo apartó las muías del carruaje, para conducirlo a mano, entre
vivísimas aclamaciones. Las calles estaban sembradas de flores. Una
hora tardó en llegar la señora a la casa paterna, de donde salieron a
recibirla todas las damas de Valladolid, puestas con primor, con aquel
lujo que les es tan propio.

A la sensata Ana María Huarte no se le subieron por ello los
humos a la cabeza

En 1821 Don Augustín fue promovido a comandante supremo de
todas las fuerzas, habían acabado con todos menos con uno de los
rebeldes. De cualquier forma las cosas estaban cambiando y las
simpatías de Don Augustín de Iturbide por la causa de la
independencia se incrementaron más aún. En ese mismo año
mantuvo pláticas con el único comandante rebelde que quedaba en
México, Vicente Guerrero. Después de esas conversaciones Don
Agustín se convenció de que la independencia era la única forma en
la que México progresaría y así acordó un plan llamado “ Plan de
Iguala” que llama a la Independencia de México pero bajo el reinado
de Fernando VII de España.

Los puntos principales del “l Plan de Iguala” fueron conocidos como
las tres garantías, estas eran: religión, independencia y unión. Un
nuevo ejército llamado “De las Tres Garantías” se creó para proteger
el orden e implementar este plan. Don Agustín fue el comandante de
este ejército. Con eso se imposibilitaría ofrecer el trono mexicano a
otro miembro de otra dinastía europea católica reinante. Mientras
tanto México continuaría siendo gobernado por un virrey pero ahora
bajo los términos del plan de iguala y con la ayuda del ejército de las
tres garantías comandado por Don Agustín.

El Rey Fernando VII. rehusó el plan e inmediatamente mandó a Juan
de O’ Donoju como virrey (capital general) a México. El propósito de
Don Juan era realizar un plan alternativo en el cual se mantuviera el
estado actual.
Los argumentos de Don Juan a favor de mantener el estado actual no
fueron aceptados y fue claro que los cambios se debían hacer. La
demanda de independencia había obtenido mucha fuerza y no podía
ser revertida. Eventualmente después de muchas negociaciones Juan
de O’ Donoju accedió aún tratado muy similar al „Plan de Iguala”.
Este tratado se llamó tratado de Córdova.

Cuando el Rey Fernando de España supó el compromiso él estaba
lívido. Él escribió a Don Juan rehusando y aunque le hubo dado a Don
Juan libertad de acto no pensó que las cosas pudieran llegar tan lejos
como hasta ese momento e hizo claro que él no autorizaría a Don
Juan a firmar dicho tratado. Simultáneamente el Rey rehusó el
ofrecimiento de la corona del México Independiente y prohibió a toda
su familia en aceptar esta posición. La protesta del rey fue hecha
demasiado tarde. Don Juan había aceptado el tratado. Y aún si
quisiera moverse hacía la independencia él no podía regresar. El 27
de septiembre en 1821 México fue declarado un estado
independiente. Hubo entonces muchos mexicanos que al tiempo de la
independencia y en forma de gratitud a Don Agustín el libertador de
México le ofrecieron el trono vacante. Don Augustín de todas formas
se negó a este ofrecimiento diciendo que él aún reconocía al Rey
Fernando VII. como monarca.

Durante los siguientes meses se hizo obvio que no existía un
candidato que se ajustará en la casa de los Borbones y aceptará el
trono la elección por Don Agustín se hizo más fuerte. En la noche del
18 del mayo de 1822 una demostración masiva llevado por el
regimiento de Celaya cuyo comandante era Don Agustín marchó por
las calles y demandó a su comandante en jefe aceptar el trono.

En los anos siguientes los enemigos de Don Agustín pronunciaron que
este evento había sido realizado por él mismo para obtener el trono.
De cualquier forma este es un dato evidente de que los altos
comandantes del ejército querían que Don Agustín aceptará el trono.
Como lo hizo la mayoría de la población en la ciudad de México y el
país en sí mismo. Como resultado de un congreso se convino el
discutir las posibles candidaturas por el trono de México.

Después de un largo debate el congreso proclamó a Don Agustín
emperador de México „Por la divina providencia y por el congreso de
la nación”. Muy pocos monarcas de entonces y de ahora pudieron
demostrar la legitimidad de dichas credenciales. El emperador fue
llamado al trono no sólo por elección popular sino también por el voto
democrático del congreso.
Finalmente, el 27 de septiembre de 1821, Don Agustín de Iturbide, al
frente de su ejército, entró oficialmente en la ciudad de México. Un
testigo lo vio pasar sobre su caballo prieto ricamente enjaezado,
«arrogante, buen mozo, de porte aristocrático, mago de la sonrisa,
ojos de águila, patillas andaluzas de color azafrán». Hubo tedeum
solemne en la catedral, repique de campanas, y banquete de
doscientos cubiertos en el antiguo palacio virreinal. Y los inevitables
versos:

¡Vivan, por don de celestial clemencia, la Religión, la Unión, la
Independencia!

Aquel glorioso 27 de septiembre Agustín de Iturbide cumplía treinta y
ocho años. «Probablemente ningún otro acontecimiento de la historia
nacional haya producido mayor júbilo que el triunfo de Iturbide»
reconoce uno de los más acérrimos enemigos del emancipador.
Agustín fue equiparado con Alejandro Magno, con Julio César y hasta
con la diosa Minerva, por aquello de su sabiduría. En frenesí
entusiasta le llamaron «héroe invictísimo, inmortal redentor, estupor
del universo y estrella principal del Septentrión», entre otras muchas
lindezas. Unas monjitas de Puebla, deseosas de sumarse al homenaje
popular, inventaron en honor de su héroe una sabrosa golosina: los
chiles en nogada, cuyo aderezo despliega los colores de la bandera
trigarante: una franja verde de perejil, una blanca de pulpa de nueces
y una roja formada por granos de granada. A nadie parecía importarle
que la agricultura, la minería y el comercio del país estuvieran
desquiciados, la hacienda arruinada. Creían los mexicanos que
bastaba con soñar en la futura grandeza de la nación independizada
para que, como por arte de magia, se materializasen sus más
fantásticas esperanzas.

De conformidad con los tratados que determinaban la separación de
España, y a falta de un infante de la dinastía de Borbón «para tener
un monarca ya hecho», como había insistido Iturbide, pese a la
negativa de Fernando VII, el recién proclamado Imperio mexicano
comenzó a ser gobernado por una regencia que ejercía el poder
ejecutivo, como «gobernadora interina a falta de Emperador» y se
instaló un Congreso Constituyente de 150 miembros encargados de
redactar una Constitución. Pero el 18 de mayo de 1822, a las diez de
la noche, un regimiento de tropa entusiasta se lanzó a la calle
gritando: «¡Viva Agustín, emperador de México!». A estas
aclamaciones se unieron las del pueblo, se iluminaron las casas, la
gente se arremolinó frente a la residencia del emancipador y los
vítores tornáronse ensordecedores.

Iturbide jugaba al tresillo en el momento de estallar el
pronunciamiento frente a su residencia (un antiguo palacete de la
noble familia Moneada). Salió al balcón principal varias veces y habló
a la multitud enfervorizada, manifestando su repugnancia a aceptar la
corona que se le ofrecía. Pero la masa ahogó sus protestas con vivas
y ovaciones. Llamó entonces Agustín a los miembros de la Regencia,
a generales y diputados y al presidente del Congreso. Todos le
aconsejaron que cediese a la voluntad general.

Parece indudable que Iturbide quiso rechazar la propuesta. Los que
afirman lo contrario nunca han podido demostrar que intrigara para
subir al trono, ni que propugnase el levantamiento a su favor. El
historiador discurre ante el hecho consumado por los cauces de la
probabilidad, de las meras suposiciones. El dilema del líder,
consistente en el conflicto entre su personalidad de oficial realista de
ideas monárquicas y su decidida contribución al logro de la
independencia de México, será siempre fuente de investigación y
controversia. Iturbide, en todo caso, es un ejemplo característico de
cesarismo hispanoamericano: en el siglo xix la increíble epopeya de
Napoleón hizo soñar a muchos hombres de espada en el Nuevo
Mundo.

Nosotros registramos lo que anotó el propio protagonista en sus
memorias:

Hube de resignarme a sufrir esta desgracia —dice— pues el pueblo lo
reclamaba, la Regencia fue del parecer de que debía conformarme
con la opinión general y los jefes del ejército añadieron que así era la
voluntad de todos. Si yo hubiese albergado desde un principio, como
se me imputa, las miras de ceñirme la Corona, no hubiera solicitado el
envío de un príncipe desde España ya en el Plan de Iguala.
Creemos que la proclamación de Iturbide no fue un simple efecto de
la asonada del regimiento entusiasta; estaba en la atmósfera por la
popularidad clamorosa del general, encarnación del nacionalismo
triunfante. La repulsa de las Cortes españolas había dejado al Imperio
dueño de sus destinos. Olvidados estaban los infantes españoles. Un
deseo vehemente de retar el poder de Fernando VII, colocando frente
a él a un monarca nacido del movimiento mismo de independencia,
traslucía una opinión dominante y avasalladora.

A las siete de la mañana del día 19 ya estaba reunida la suprema
asamblea para deliberar sobre el acontecimiento. Propuso se la
alternativa: consultar a las provincias o proclamar a Iturbide sin más
tardanza. Agustín, que estaba presente, apoyó lo primero y tomó la
palabra repetidas veces para sostenerlo. Pero se eligió el segundo
método. La votación fue secreta y por 67 votos contra 15, que se
decantaron por la previa convocatoria provincial, Agustín de Iturbide
fue elegido emperador.

Bolívar, el gran caudillo independentista americano, al enterarse de la
proclamación, escribió: «Pocos soberanos europeos son tan
legítimos como él, y aun puede ser que no lo sean tanto».

La nación entera aplaudió la elección de Iturbide. Lo dice el gran
historiador mexicano Lucas Alamán, de probada hostilidad hacia el
protagonista: «En todas las provincias se recibió con aplauso la
noticia. Todas las autoridades se apresuraron a enviar sus
felicitaciones». El Congreso acordó, el 22 de junio, que la Corona
fuese hereditaria en la descendencia del monarca instaurado. Se
decidió que doña Ana sería coronada junto a su marido, con el título
de emperatriz y que su hijo primogénito tendría el título de príncipe
imperial y sus restantes hijos e hijas, príncipes mexicanos. El anciano
padre del emancipador, ya viudo, recibió el título de príncipe de la
Unión y una hermana de Agustín, Nicolasa, el de princesa de Iturbide,
ambos con tratamiento de altezas.

Señalado el domingo 21 de julio de 1822 para que se verificase la
coronación de don Agustín I y su consorte, se dispuso la catedral de la
capital de México, resplandeciente de luces y dorados, como lugar de
la ceremonia. El obispo de Guadalajara, asistido por los de Oaxaca y
Durango, procedieron al rito de
la unción, y el presidente del
Congreso colocó la corona
imperial en las sienes del
soberano. El arzobispo Fonte
presidió sobre el nombramiento
del emperador que siguió el
ejemplo de Napóleon de
coronarse a sí mismo
Coronado Agustín I, éste a su vez coronó a doña Ana María. Se
sentaron entonces en los tronos especialmente dispuestos para ello y
el prelado consagrante exclamó en voz alta: «¡Vivat Imperator in
aeternum!», a lo que contestaron todos: «¡Vivan el
emperador y la emperatriz!».

Terminada la ceremonia, la comitiva imperial se dirigió al palacio de
los virreyes. Ahí desde el balcón principal a diecinueve años del
balcón del colegio de Santa Rosa el ex alférez y la chiquilla
provinciana de entonces, emperadores ahora, saludaron a su pueblo.

Se habían acuñado medallas, actualmente preciadísimas, con las
efigies de Sus Majestades y el exergo: AGUSTÍN Y ANA EN su FELIZ
EXALTACIÓN AL TRONO IMPERIAL DE MÉXICO. Y al dorso: LA PATRIA LO
ELEVA AL TRONO

La corte imperial absorbió casi todos los nobles mexicanos creados
por los reyes de España. Los nobles así como su clase, casi sin
excepción. Votaron a favor de Don Agustín como emperador, como
resultado el marques de Aguayo fue designada cabeza de la casa
imperial, el Conde de Regla, fue hecho jefe ABC para el emperador, el
marques de Salvatierre, capitán de la guardía imperial. Los condes y
marqueses Valle de Orizaba, Jaral, Guardiola, Cadena, Uluapa, Torre
Cosio, Rul, Rayas, Peñasco, Castaniza, Miraflores. Vivanco, Alamo y
Tagle fueron todos hechos oficiales de la nueva corte.

Después de la coronación de Don Agustín la inestabilidad política y
financiera continuó golpeando al México independiente. Don Agustín
fue acusado de asumir mucho poder él mismo. Interesantemente
estas acusaciones fueron hechas la mayoría por individuos celosos de
su posición. Su más grande crítico fue un hombre de gran ambición
llamado Antonio López de Santa Anna. Santa Anna fue descrito por él
entonces presidente de los Estados Unidos de Norte America „como el
más engreído de los hombres que jamás había conocido, un
oportunista que amaba el poder y sus placeres.”

A principios de la primavera de 1823 Don Agustín en respuesta a la
crítica de haber sido responsable de muchas de los problemas en el
país ofrece su renuncio. El 19 del mayo su renuncia es aceptada por
sus oponentes en el gobierno. Notando que si su presencia en México
siempre serviría como foco de disturbios él dijo que alegremente
dejaría el país, si eso ayudaría a calmar la situación.

¿Por qué cayó Iturbide si contaba con la adhesión de su pueblo y
parecía la persona más adecuada para gobernarlo? La independencia
era cosa grata de adquirir, pero nadie se mostraba dispuesto a pagar
su alto precio, a acrecentar las exhaustas arcas del erario público.

Nadie daba nada, pero todos pedían. Era interminable la lista de los
que solicitaban empleo como remuneración a sus servicios por la
causa, de quienes reclamaban los bienes perdidos o exhibían heridas
recibidas en campaña exigiendo pensiones; de militares que
clamaban por la paga de atrasados haberes: una catarata de
pedigüeños a quienes no podía darse satisfacción y, por ende, todo
un ejército de inconformistas y descontentos que renegaban del
Imperio.

La Orden de Guadalupe, fundada para premiar méritos, era un pobre
recurso para honrar con ella a tanto aspirante a honores y
recompensas. La fuga de capitales españoles - los reunidos durante la
época colonial - agravaba una pavorosa crisis económica.

Únicamente en el aspecto territorial se conseguían avances que
lustraran la Corona del Primer Imperio: los países de Centroamérica,
fascinados por la personalidad del libertador y por la doctrina
expuesta en Iguala, se incorporaron en masa al Imperio mexicano
que, de tal forma, se extendió desde Oregón y el río Colorado hasta el
istmo de Panamá. Las lejanas provincias permanecieron adictas a su
ídolo desconocido y sólo volvieron a separase después de su caída.

Si la emperatriz se daba cuenta de que tenía que estar a la altura de
su deber, no sucedía lo propio con la princesa Nicolasa, romántica
sesentona, enamorada como una párvula de un militar treinta años
más joven, Antonio López de Santa Anna, un garañón ambicioso que
sólo deseaba medrar casándose con ella. Apenas el emperador se dio
cuenta de propósito tan absurdo, señaló al travieso donjuán cuál era
la mejor puerta por la que abandonar palacio, ordenándole que se
pusiera a las órdenes del regimiento de Veracruz. Santa Anna juró
vengarse y doña Nicolasa abrumó con llantos a su hermano y a su
cuñada durante semanas.

Dona Ana María educaba a sus hijos, sonreía a sus damas y callaba.
La nobleza mexicana, salvo raras excepciones, se avino a formar su
corte. Presidía la casa de la emperatriz su camarera mayor, la
condesa de San Pedro del Alamo, y prestaban servicio en el palacio de
Moneada - donde la familia imperial siguieron residiendo - la
marquesa de Salvatierra, la de la Cadena, la de Vivanco, la de San
Miguel de Aguayo y las condesas de Regla y de la Presa de Jalpa,
entre otras de menor rango.

Error muy propalado ha sido creer que todo título de nobleza en la
Nueva España tenía por origen la bonanza de una mina o un comercio
afortunado. Sin negar que tal fuera la fuente de muchos aristocráticos
nombres, puede asegurarse que la nobleza en México, titulada o no,
era de buena cepa y que Ana María reinó dignamente en buena
compañía.

Había sonado la hora de los desengaños. La multiplicación de los
panes y peces que la gente esperaba no se produjo y Estados Unidos,
que no deseaba un Estado fuerte como vecino, intrigó en el Congreso
mexicano. El emperador se había negado a negociar la entrega de los
territorios limítrofes de Texas, California y Nuevo México, que los
estadounidenses ambicionaban anexionar. En consecuencia, el
gobierno de Washington encomendó a sus agentes el derrocamiento
del Imperio.

Los republicanos, seguros de que no existía ya ni la menor posibilidad
de que se pudiera instalar en México un monarca Borbón, estrecharon
su contubernio con los borbónicos, los cuales pensaban que la
anarquía creciente crearía el clima político adecuado para que los
mexicanos reclamaran la vuelta al yugo español.

Iturbide pretendió sofocar el incendio metiendo en la cárcel a 26
diputados oposicionistas y, como la agitación continuara, disolvió el
Congreso. La Asamblea fue reinstalada poco después, pero algunos
oficiales contrarios a él, encabezados por aquel Santa Anna
despechado en sus amoríos con la princesa María Nicolasa,
proclamaron la República.

Forzado por las defecciones militares que siguieron, Iturbide abdicó el
19 de marzo de 1823 y se exilió a Italia. El 30 de noviembre anterior
la emperatriz había dado a luz al príncipe Felipe, su noveno hijo,
nacido en el palacio de Moneada, y no tardaría en volver a quedar
preñada.

Acompañado de su mujer, sus hijos y unos pocos servidores, Iturbide
embarcó rumbo a Liorna, donde alquiló una pequeña casa de campo y
se dedicó a redactar sus memorias.

España presionaba para que su antiguo rival fuera expulsado de la
península italiana. El desterrado tuvo que trasladase, con su familia, a
Inglaterra.

A pesar de su renuncia y salida, la situación en México empeoró en
lugar de mejorar, entonces el emperador vió que su sacrificio había
sido en vano y llegaron rumores asegurando que Fernando VII,
restablecido en España el régimen absolutista, proyectaba la
reconquista de México. Reportes provenientes de México indicaban
que el país estaba cayendo en la anarquía y que la población, la
iglesia y el ejercito seguían detrás del emperador y vieron en él a la
única persona capaz de traer paz y orden al México independiente.
Sin dudarlo un instante, Iturbide decidió regresar y ofrecer su espada
para defender a su país.

Un ano después de haberse ido, el 11 de mayo de 1824 navegó de
Southampton a bordo del barco „Spring” rumbo a México. No llevaba
hombres armados y sólo le acompañaba su familia. Al parecer
imaginó, por alguna correspondencia aduladora que recibía, que su
presencia en tierra mexicana iba a desatar una revuelta popular que
le devolvería el poder.
El barco ancló en el pueblo de Soto la Marina. Espías en Inglaterra
habían traído las noticias de la llegada de emperador a Santa Anna,
por tanto el nuevo gobernador y comandante de las provincias
interiores de este Felipe Garza estaba esperando por él para
arrestarle.

Los desesperados políticos en la ciudad de México, habían visto lo
sucedido cuando Napoleón regresó de Elba, estaban asustados por las
noticias del inminente regreso del emperador y de las noticias
esparciéndose entre la gente y el ejército. Ordenaron que el
emperador fuera ejecutado a su llegada sin juicio, con el pretexto de
haber regresado a México sin el permiso de gobierno.

El 15 de julio desembarcó en tierras mexicanas y, ante su sorpresa,
fue hecho prisionero. Ignoraba que el Congreso había expedido un
decreto hecho público el 7 de mayo por el cual se le consideraba
fuera de la ley y ordenaba que en caso de presentarse en México se
le ajusticiase sin contemplaciones.

Cuatro días más tarde lo fusilaron en la localidad de Padilla. Caminó,
digno, hasta el lugar de la ejecución. Al sacerdote que lo confortaba le
entregó, para que lo hiciese llegar a manos de su esposa, su rosario,
su reloj y una carta, que decía así:

Ana, santa mujer de mi alma:
La legislatura va a cometer en mi persona el crimen más injustificado.
Dentro de pocos momentos habré dejado de existir y quiero dejarte
en estos renglones para ti y para mis hijos todos mis pensamientos,
todos mis afectos. Cuando des a mis hijos el último adiós de su padre,
les dirás que muero buscando el bien de mí adorada patria. Huyendo
del suelo que nos vio nacer, y donde nos unimos, busca una tierra no
proscrita donde puedas educar a nuestros hijos en la religión que
profesaron nuestros padres. El señor Lara queda encargado de poner
en buenas manos, para que los recibas, mi reloj y mi rosario, única
herencia que constituye el recuerdo de tu infortunado.

Le quedaban en los bolsillos tres onzas de oro y quiso que las
repartieran entre los soldados que iban a dispararle. De pie, cara a la
muerte, habló a la multitud atónita y conmovida que contemplaba la
escena. Su voz sonó, según un testigo, como en las mejores arengas
de sus días de triunfo: «Mexicanos, muero con honor por haber venido
a ayudaros y gustoso porque muero entre vosotros». Después rezó el
Credo y sonó la descarga. Su cuerpo quedó en el suelo, bañado en
sangre, durante largo rato. Luego lo enterraron en un hoyo frente a la
iglesia del pueblo.

En 1838, rehabilitada su memoria, los restos del libertador fueron
trasladados con gran pompa a la catedral de México, donde reposan
en una urna cubierta por la bandera que él creó. El epitafio reza:
AGUSTÍN DE ITURBIDE
AUTOR DE LA INDEPENDENCIA MEXICANA COMPATRIOTA,
LLÓRALO;
PASAJERO, ADMÍRALO.
ESTE MONUMENTO GUARDA LAS CENIZAS DE UN HÉROE. SU
ALMA DESCANSA EN EL SENO DE DIOS

La tumba se alza a unos cuantos pasos del lugar donde Agustín I fue
coronado primer emperador constitucional de México

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