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ENCUENTRO

Salí de la cabaña dando un portazo. Estaba muy disgustado y necesitaba respirar aire puro. Me
encontraba en una zona montañosa cercana a Medellín, rodeado de un exuberante bosque nativo
de clima frío muy bien conservado. Caminé hacia la pequeña quebrada, me detuve a contemplarla,
la sombra de la noche ya llegaba, serían casi las seis de la tarde, el cielo estaba sumamente
nublado y los truenos tan fuertes presagiaban una descomunal tormenta.

Empecé a vagar por entre el bosque sin rumbo fijo, no lograba calmarme. Las lágrimas brotaban de
mis ojos, no podía evitarlas, sentía ira, un dolor intenso, profundo y ardiente emergía dentro de mí,
quemándome, mostrándome la inmensa soledad en que vivía. Soplaba un viento helado y la
tormenta era inminente. Anduve por aquel bosque durante más de dos horas alejándome de la
cabaña. Llovía torrencialmente, intenté regresar, pero me fue imposible, desconocía donde me
encontraba en medio de la total oscuridad. Estaba enojado conmigo mismo. ¡Qué estúpido soy!
Me dije. Y aunque no me sentía asustado, estaba sumamente molesto porque no podía regresar a
la cabaña, sin embargo, tampoco quería hacerlo, las paradojas de mi existencia.

Será mejor esperar, pensé. Estaba totalmente empapado y tiritaba del frío, pero la lluvia fresca
había logrado apaciguar un poco el ánimo y traer algo de calma interior. Me senté sobre una roca,
dejé que la lluvia cayese sobre mí, era como un baño ritual, mi agitada alma pareció sosegarse,
ese calor causado por la ira empezaba a ceder, y mis lágrimas se confundían con las gotas de
lluvia. Me sentí mejor.

¡Bueno, a buscar el camino a casa! Dije, animándome. Me levanté, caminé un poco, entonces
resbalé, caí por un desfiladero escondido en la arboleda. Calculé que la caída había sido de unos
diez a quince metros. Me dolía el brazo derecho y la pierna izquierda. Me había raspado, tenía el
pantalón roto. Seguía lloviendo torrencialmente. No sabía dónde estaba, nadie lo sabía. Intuí que
me encontraba al borde de un precipicio, yacía tendido, embarrado y adolorido.

Intenté levantarme pero el dolor del brazo era muy intenso. Mierda me fracturé, pensé. Recordé de
nuevo la rabia con que había salido de la cabaña, de eso haría ya unas cinco horas. La tristeza y
el frío intenso que sentía, me hicieron pensar que era la noche más solitaria de mis cuarenta y
cinco años de existencia. Requería de un sitio donde guarecerme, sino lo encontraba pronto,
pondría en grave riesgo mi vida. En lugar de calmar, la lluvia parecía arreciar, los rayos y truenos
se incrementaron, caían muy cerca de mí. Tanteé la pared, tratando de encontrar un sitio más
seguro donde ponerme a salvo, estaba muy asustado. ¡Mierda! por este mal genio…un día de
éstos me voy a matar, grité desesperado.

Me desplacé lentamente, en medio de la oscuridad, pegado a la pared rocosa. De pronto no sentí
más el piso, caí vertiginosamente, hundiéndome en un hoyo que parecía ser una chimenea. Al
caer, recordé un sueño que había tenido veinticinco años atrás. Me encontraba en una estación del
metro de París y empezaba a saltar como si tuviese resortes en mis pies, cada vez subía más y
más, hasta tocar el techo de la estación que igualmente se hacía cada vez más alto, entonces ya
no podía controlar el salto y empezaba a caer en picada contra el piso. El sueño se acababa al
despertarme asustado. Esta vez no era un sueño, caía por un hueco oscuro y sabía que me
estrellaría contra el suelo, aún no sabía dónde se encontraba. El sueño y la situación eran
paradójicos: La ciudad luz y el hoyo negro.

¡Miedo! Sentí miedo a la muerte, moriría y nadie sabría ni donde, ni como había sucedido. Mis hijos
se sentirían abandonados para siempre. Mis padres y hermanas dirían que había sido atracado y
asesinado. Laura, la madre de mis hijos, supondría mi desaparición definitiva y Juanefe, mi pareja,
lloraría al pensar de nuevo mi abandono, dejándolo con su dolor, su miseria y su soledad.
Comprendí que más allá del miedo a la muerte, tenía temor a lo que los demás pudieran pensar o
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sentir acerca de mi desaparición. De todas maneras la muerte estaba cerca, la sentí allí
agazapada, esperándome y con esa percepción perdí el sentido.

Realmente no sé si estaba desmayado o me encontraba en estado de ensoñación, mi vida rodaba
cual película frente a mis ojos, innumerables momentos de dolor de mi existencia, dolores
compañeros míos por tantos años volvían a aparecer en mi mente y en mi corazón una y otra vez,
dejándome intensamente compungido.

De pronto el descenso cesó, sentí un golpe seco, la oscuridad era total y el silencio absoluto. ¿Era
el momento de la muerte? Me preguntaba. No, no lo era, me desilusioné inmediatamente, no
había nada al otro lado, ¿no existía el otro lado?, entonces ¿Quién era yo, y qué hacía allí?
Sencillamente no había muerto, yacía en un socavón profundo dentro de una montaña perdida,
desilusionado por no haber encontrado la tan deseada muerte.

Mi situación era muy difícil. Intenté moverme, me di cuenta que los dolores de la caída anterior
ahora eran más intensos, los ojos se me nublaron por lo agudo del dolor ¡Mierda! Grité, ahora si
estoy jodido.

¡Seguro que lo estás! Escuché una voz desagradable, chillona y ansiosa. Imaginé un ser
totalmente repugnante y diabólico, Pensé en una bruja ya que no podía ver nada en la oscuridad
del recinto en el que me encontraba. ¡Tomás! Otra vez imaginando pendejadas. Me reprendí.

Soy más que una bruja, dijo con una voz que sonó más grave. El diabólico ser lee la mente,
pensé. Así es. Repuso ella. Traté de poner mi mente en blanco, algo imposible dadas las
circunstancias, pasaban ideas e imágenes a raudales. Es inútil, me dijo, leo todo, todo lo que
tienes en tu mente, no te resistas más, sé todo de ti desde hace mucho tiempo. Continuó. La
verdad llevo milenios esperándote, me dijo, esta vez su tono era tan dulce que me recordó a mi
abuelita.

Traté de incorporarme pero el fuerte dolor que sentía en todo el cuerpo lo impidió. Un sutil ahh se
escapó de mi boca. Descansa, me dijo, te voy a calmar ese dolor que sientes. Es una sanadora,
pensé. Sí, te puedo sanar, me dijo, interrumpiendo de nuevo mi pensamiento.

Cierra los ojos, agregó con el mismo tono dulce. Trata de relajarte. Obedecí, a pesar de mi gran
resistencia. Sentí sus manos recorriendo mi cuerpo, eran como leños ardientes, sin embargo no
quemaban. ¡Relájate! Me dijo con dureza. Hice lo posible por calmar la mente, que estaba más
alborotada que nunca, tratando también de relajar el cuerpo. Poco a poco, el dolor fue
desapareciendo y me quedé dormido.

No se por cuánto tiempo lo hice, más al despertar ya era de día, la luz del sol alcanzaba a iluminar
aquella caverna al entrar desde lo alto, exactamente a través del profundo hueco por el que había
caído. Me reincorporé percatándome que no sentía ya ningún dolor. Respiré hondo. El ambiente
era pesado y el oxígeno escaso, se percibían diferentes aromas, sin embargo no veía a nadie.
Pensé que mi imaginación me había jugado una broma pesada y que el repugnante ser no existía
en realidad, con ese pensamiento decidí buscar una salida de aquel lugar. ¡A salir de aquí mi
amigo! Me dije. Recorrí la caverna buscando el camino al mundo real, pero fue en vano, no había
forma de salir de allí. Tengo que dejar este lugar, me dije angustiado, Juanefe debe estar
desesperado buscándome.

Recordé la razón por la que me encontraba en aquel lugar. Juanefe al reclamarme sobre mi
crónico desorden, me había hecho irritar demasiado, entonces le grité que esos asuntos se
trataban en privado, no delante de sus amigas. Realmente no me irritó tanto el reclamo, fue el
hecho de haberme puesto en ridículo, y el maldito tono irónico que empleaba siempre que no se
atrevía a hablarme de frente sobre lo que le molestaba. Por esa razón había dejado con rabia la
cabaña y me había perdido en la montaña.
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Miré el hueco, que como larga chimenea me brindaba la única posibilidad de salir. Las paredes
estaban lisas y llenas de musgo, aún húmedas por la tormenta de la noche anterior. Como pude
empecé a trepar, sin embargo me resbalaba cada dos pasos. Recordé los malditos problemas de
aritmética de segundo de bachillerato. Tengo que encontrar una salida. Pensé, debo salir de aquí.

¡Solo saldrás cuando yo te lo permita! dijo la diabólica voz. ¡Entonces era verdad! no lo había
imaginado ni soñado. Pensé con pánico, dándome vuelta para reconocerla. ¡Si! Tomás, soy real,
tan real como tú y sólo saldrás de aquí cuando yo lo disponga. Me dijo, confirmando que leía mi
pensamiento.

Me resbalé o me dejé caer, igual era inútil tratar de salir por aquel hueco. La vieja debe conocer
algún pasadizo secreto que dé al exterior. Pensé. No hay más salidas, dijo, solo a través de tu
mente y tu corazón hallarás el camino a la libertad. Maldita, pensé, otra vez leyendo mi mente. ¡No
me maldigas, tú estás aquí por tu imprudencia y por tu voluntad! Dijo con una voz que retumbó en
la caverna y continuó. Yo sólo te esperaba. Me quedé pasmado mirándola e interrogándola con mi
expresión.

¿Cómo así que me esperaba y cómo es que conoce mi nombre? Pregunté con rabia. Te he
seguido desde hace mucho tiempo, llevo muchos veranos esperándote, y finalmente te decidiste a
venir. Me contestó.

¿Venir? ¿Para que diablos querría yo venir a este hueco hediondo? La interrogué de nuevo
alzando mi voz, realmente estaba molesto. Me miró con sorna.

¿Sabes? Uno de tus grandes problemas es la ira, te domina, ya estás ardiendo de nuevo, como
anoche ¿te acuerdas como saliste de la cabaña? Su mirada era desafiante y había tanta ironía en
su interrogante que me dolió, pero tenía razón, solo yo sabía cuántas veces me había arrepentido
por las consecuencias de mis arrebatos de ira.

Me detuve a observarla. Era un ser horrible, por su voz deducía que era mujer, pero sus facciones
eran muy extrañas. Su tez era oscura, muy curtida, parecía cuero de lechona arrugado. Tenía unas
ojeras negras y profundas que enmarcaban unos ojos grises claros con pupilas muy oscuras y sin
brillo. No era muy alta y vestía con túnicas tan sucias como ella, parecía una pordiosera del centro
de Medellín.

¿Me ves muy fea? Preguntó. Quedé perplejo, otra vez había olvidado que leía el pensamiento. Si,
le contesté secamente. Usted es repugnante, agregué con sarcasmo. Me lanzó una mirada llena
de odio. Por primera vez sentí miedo en aquel lugar, no sería la última.

Tengo que irme, grité desesperado. ¡Dígame por donde salgo! La sacudí con violencia. Al tocarla
percibí que su cuerpo era macizo, fuerte y pesado. La solté con repugnancia.

Ya te dije que saldrás de aquí solo cuando yo quiera. Dijo secamente. Sus labios esbozaron una
sonrisa malévola. Me dejé caer, llevándome las manos al rostro, noté que aunque estaba muy
tensionado, no sentía dolor en mi espalda.

¿Quién es usted? Le pregunté percibiendo la gravedad de mi rostro. Ella me miró de una manera
que no podía descifrar. Puedo ser tu vida, puedo ser tu muerte, puedo ser Dios, puedo ser el
Demonio, que importa. Solo te digo que no soy un accidente, soy tu destino. Su mirada ahora era
fiera, me hizo temblar.

¿Mi destino? Usted es una loca, ¡eso es lo que es! Le grité. Si soy una loca, ¿acaso tú no lo eres?
Me devolvió la pregunta con gran serenidad. Me molestaba que me tratara de tu, yo no le había
dado ninguna confianza.
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¡No estoy loco!, volví a gritarle. Estaba totalmente salido de casillas. Ella alzó su mano y la puso
sobre mi frente, sentí que una corriente helada recorría todo mi cuerpo desde la cabeza hasta los
pies, produciendo punzadas en diferentes partes: El cerebro, los pulmones, el corazón, el hígado,
el pene y los pies. Mi rabia desapareció inmediatamente. Me sentí mareado y me deslicé en el piso
húmedo.

¿Podemos hablar ahora? Su voz sonaba conciliadora. Si, asentí suavemente. Comprendí el gran
poder que tenía esa mujer. Por primera vez la miré con respeto. Mi nombre es Etéphora y llevo
muchos años esperando por ti.

¿Por qué? Le pregunté, continuando yo también con tono conciliador. Porque estás perdido y
llegó el momento de salir del laberinto donde te hallas. Me contestó tan dulcemente que me sentí
acariciado por la virgen María. Me di cuenta que mi resistencia hacia la mujer empezaba a ceder.

Recordé tantas noches y días llorando intensamente buscando salir de esa encrucijada en la que
se encontraba mi vida, buscando mi ser. Empecé a llorar. Primero los ojos se aguaron, luego el
dolor en la garganta del sollozo no liberado envolviendo tantas palabras no dichas y después el
desborde inundante del llanto incontrolable. No podía parar, el dolor en el pecho era muy fuerte y
profundo, todos los recuerdos se agolpaban produciendo una intensa punzada en el corazón.

Llegó el momento de tu liberación, si así lo deseas, pero no olvides que la noche es más oscura
antes de iniciar el amanecer. Me dijo, mientras me miraba inquisidoramente. ¿Lo deseas
sinceramente? La observé, mis ojos estaban aún anegados por el llanto. Gimiendo le contesté: Si,
lo he añorado desde hace mucho tiempo, llevo tantos años en esa lucha, dando círculos, sin
encontrar respuestas, me siento perdido. Le dirigí una mirada desesperada.

Anoche me preguntaste si era sanadora y te has dado cuenta que puedo propiciar calma a tu
cuerpo y a tu alma, más no soy sanadora. El sanador eres tú, recordándote que solo tú te puedes
sanar. Yo lo único que he hecho es centrarte, de lo contrario no hubiésemos podido iniciar este
encuentro. No le es permitido a nadie sanar a otro sin su consentimiento. A propósito ¿qué es para
ti sanar?

Para mí, sanación es sinónimo de salvación. El ser sano está salvo. Contesté. ¿Salvo, salvo de
qué? Me preguntó con curiosidad. Me tomé un tiempo para contestar. De alguna manera entiendo
que está sano o salvo aquel que está en armonía con Dios, con el universo, con los demás,
consigo mismo. Quedé pensando en mi respuesta.

Bien, comentó. Presentí un comentario con ironía. ¿Y esa armonía que dices está relacionada con
el bien? Noté realmente el tono irónico. Suspiré profundamente, como para darle fuerza a mi
respuesta. Si, así es. Quedamos en silencio mirándonos, comprendí que ya no leía mi mente. ¿Por
qué no lees mis pensamientos ahora? Le pregunté con seguridad. Porque ya me abriste el
corazón. La respuesta me conmovió. En el corazón están las respuestas verdaderas, no las
procesadas desde la mente contaminada. Agregó, no necesito leer tu corazón, solo sentirlo.

Permanecimos un buen rato en silencio. Cruzándonos miradas indagábamos nuestros
pensamientos. Pensé que cuando uno confiaba no requería indagar, las dudas se disipaban. Esa
era la respuesta que me había dado, al abrir el corazón brindamos confianza, ya no es necesario
intentar saber que piensa el otro, está allí, en su sentir. De alguna manera ya confiaba en ella.

Yo no necesito comer, pero es posible que tengas hambre. Me dijo, rompiendo el largo silencio.
¿No necesitas comer? Le pregunté. No entiendo. Despertó mi curiosidad. ¿Cómo sobrevives? Me
miró con severidad. No soy lo que ves. Me dijo.

Sentí malestar en mi estómago. Pensé que estaba atrapado con una loca. Me llevé la mano al
rostro que sentí tenso. La miré nuevamente. Era una vieja fea y sucia, su piel acartonada y
arrugada y su cabello descuidado mostraba el abandono en que vivía. Tuve miedo de recibir algo
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de comer que viniese de sus manos pero el hambre que sentía era como puñaladas que
atravesaban mi vientre. Bueno deme algo de comer. Le dije, entonces me pasó una bebida servida
en una totuma. La reconocí de inmediato. ¡Esto es Ayahuasca, no voy a tomar! Dije retirando
bruscamente el recipiente.

Tómalo. Me ordenó. Tómalo, nos ayudará en nuestro trabajo. Además te dará la energía que
requieres para el camino que vamos a recorrer. ¿Por qué le temes a la abuela Ayahuasca, si ya
tuviste una experiencia hermosa con ella? Me sorprendió, ¡realmente me conocía ese ser! Una de
mis mayores experiencias con Dios había sido con Yagé o Ayahuasca. Recordé aquella vez
cuando tuve mi primera toma. Fue en un bohío indígena en Cota, cerca de Bogotá. El miedo inicial,
la evocación de la dramática experiencia con la marihuana y la resistencia que me causó dicho
recuerdo. Finalmente aquella luz brillante y esa hermosa voz pidiéndome perdón por el dolor que
había causado en mí la falsa imagen de Dios, esa voz y esa luz que inundaron la maloca. Aquella
vez había tenido mi reconciliación con Dios.

Tengo miedo, le dije a Etéphora, he sido invitado a tomar varias veces pero me he negado, porque
creo que así como la primera vez fue una experiencia mística de impresionante belleza, la segunda
vez puede ser aterradora, espero un encuentro con las fuerzas del Mal. Se quedó mirándome, su
expresión era muy extraña, parecía burlona pero al mismo tiempo parecía seria y grave. No temas,
yo te acompañaré. La miré, dudaba de su promesa de estar conmigo. No sé si confiar en ti. Dije.
Uno debe saber con quien toma Ayahuasca.

Sé mucho más que cualquiera de aquellos con quienes has tomado antes, debes comprender que
la forma de salir de aquí es solo a través de este medio, no hay otra posibilidad. El mensaje fue
claro y sin saber porqué, confié en ella en ese momento.

Me pasó la totuma casi llena. La tomé en mis manos y le pedí a Dios que me acompañase en el
viaje. El olor era muy fuerte y su aroma insinuaba lo amargo de la bebida. Tragué un sorbo largo,
sentí como bajaba por la garganta al esófago y al estómago quemándolos. Luego vino un segundo
sorbo vaciando la totuma por completo. Me sentí mareado y con náuseas, que traté de contener
inútilmente, vomité profusamente, estaba indispuesto, vomitar, para mí, siempre había sido difícil.
Cerré los ojos, ya no había luz en la caverna, todo estaba oscuro. Tuve miedo, la experiencia
estaba siendo totalmente diferente a la primera vez.

No tengas miedo, estoy contigo. No reconocí la voz femenina que me hablaba. ¿Quién eres?
Pregunté. Soy Etéphora. La busqué con la mirada. No la veía. Sentí su mirada sobre mi hombro,
giré mi cuello y entonces la vi entre sombras. Ya no era la anciana despreciable, era una mujer
increíblemente bella y atractiva, de rasgos egipcios, alta, su piel color bronce, su rostro maquillado,
enmarcando unos ojos color oliva grandes y hermosos. Su cabello era largo, negro y ondulado, me
recordaba imágenes griegas o hebreas. El cuerpo estaba muy bien torneado y definido, respiraba
fuerza y vitalidad. Llevaba un hermoso pectoral dorado. Su nueva imagen me dio confianza.

Vamos a caminar hacia el fondo del abismo, de tu abismo. Me dijo. En nuestra senda vamos a
encontrar muchos seres, todos ellos reales. Algunos de ellos han sido generados en tu propia
mente y otros lo han sido por la mente universal. Comentó. ¿Cómo así? No te entiendo, le
pregunté. Mira, todo lo que está en la mente de cualquier ser, humano o no, ya es, existe, en ésta o
en cualquier otra dimensión. Cada creación mental existe y puede tomar forma física en cualquier
momento o lugar.

No se porqué razón, recordé aquel cuadro que había pintado en acuarela cuando estaba tomando
mi curso de Pedagogía Waldorf. El cuadro representaba inicialmente una figura humana con
piernas y brazos abiertos simulando una estrella de cinco puntas. Después de terminado, y por esa
alquimia que también se da en la pintura, la figura se había transformado en un Cristo que parecía
brotar de una zarza ardiente, bueno esa era mi propia interpretación. En aquel instante lo vi frente
a mí, el Cristo años atrás pintado en aquel cuadro se dirigía hacía mí velozmente, y al igual que en
el cuadro, no tenía rostro, su color de piel anaranjado intenso era el de la zarza ardiendo. Se
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acercaba más y más, y yo sentía el calor del fuego que lo consumía y a mí también. ¡Etéphora,
ayúdame! Grité.

¡Traspásalo! Me gritó. Caminé hacia el ser de fuego mientras él se dirigía hacía mí. Nos juntamos y
atravesamos, sentí que un torbellino me alzaba de la tierra y me hacia girar violentamente, mi piel
ardía y escuché una voz que decía “Yo soy el que soy”. Comencé a llorar y mis lágrimas se volvían
vapor tan pronto brotaban. El torbellino ardiente no cesaba, pero mi llanto era tan copioso que lo
refrescaba todo. Tantas veces había sentido una profunda emoción en mi ser al escuchar la frase
de Dios a Moisés en el Sinaí. Ahora la zarza estaba ahí y me la decía a mí, es más, me
impregnaba en ellos, en la frase y en la zarza. Me impresionó el hecho de comprender que aquel
cuadro surgido en una noche fría en mi soledad de Chía, representaba la zarza ardiendo del Sinaí
y al mismo tiempo el Cristo resucitado. Comprendí que eran el mismo ser.

Aunque el remolino cesó, mi llanto no lo hacía. Etéphora me acarició la cabeza. Yo no lo creé, le
dije llorando, solo lo presentí. La zarza existe desde el origen de la humanidad, yo... yo no entendía
esa verdad cuando hice el cuadro, decía mientras mis lágrimas surcaban copiosamente mi rostro.
Pero, dije dudando, la zarza vino a mí y sentí miedo ¿por qué Etéphora? Ella seguía
acariciándome. Giré mi cabeza hacia ella para poderla mirar, cuando nuestras miradas se
cruzaron, noté que sus ojos estaban anegados. Lloraba conmigo. Deseé abrazarla, pero me
contuve.

Cerré los ojos, la oscuridad lo invadía todo de nuevo. Respiré profundo, poco a poco me calmé. Oí
pasos de alguien que se dirigía hacía mí por la izquierda. Debía ser alguien grande y pesado
porque se sentía vibrar el piso con sus pisadas. Busqué con la mirada a Etéphora pero no la
encontré. Intenté llamarla pero no pude pronunciar palabra. El temido encuentro con el Mal ahora
era realidad, sentí como mi garganta se bloqueaba, sucedía siempre que tenía un miedo muy
grande. El olor a azufre llenaba el oscuro lugar. Es el Diablo, pensé, me acordé de los cuentos de
espanto de mi abuela materna. Como un susurro escuché a Etéphora: Traspásalo. No podía
hacerlo ya que no le veía, tan solo presentía una inmensa presencia que se acercaba a mí. El olor
también se incrementaba al igual que la vibración cuando caminaba, al contrario, la temperatura
disminuía cada vez mas, empecé a tiritar por el frío tan intenso que invadía la caverna.

Tanteé en la oscuridad estirando mis brazos, cual ciego buscando su camino, entonces mis manos
rozaron algo, el ser que toqué estaba helado. Traspásalo. Susurró Etéphora nuevamente. Con los
ojos cerrados caminé hacia el frente, entonces fui halado de los pies, quedando como el Colgado
del Tarot. Exactamente así me sentía, alguien muy grande me había tomado de los tobillos y me
mantenía suspendido.

La mano que me sostenía estaba tan fría, que me causó intenso dolor en las piernas y en los pies.
Intenté soltarme pero el gigante era infinitamente más fuerte que yo. ¿Cómo te sientes atrapado
criatura infame? Dijo una voz aterradora que lo invadía todo. Yo no podía hablar. El ser emitió una
carcajada impresionante.

Así tengo a la humanidad. Habló de nuevo. Las piernas me dolían cada vez más. Los pies ya ni los
sentía. ¿No te interesa saber quien soy? Me preguntó. Yo ni siquiera puedo hablar. Le dije desde
mi pensamiento. Inmediatamente volví a estar en mi posición en el piso. El ambiente se sentía
pesado y muy frío. Miré en torno mío buscando a Etéphora pero no estaba, me encontraba solo
con aquel ser.

Respiré profundamente y traté de calmarme, pero mi corazón latía con tal intensidad que obligaba
a mis pulmones a respirar de igual forma. Por un momento me pareció que todo vibraba al mismo
ritmo que mi corazón, es más, sentí que me hallaba dentro de él percibiendo como todo ese
movimiento alocado era generado por el miedo que tenía, sentía el fluir de la sangre corriendo por
mi cuerpo en ese alocado ritmo logrando que todo mi ser sintiera el miedo. Era una visión y una
sensación, veía mi corazón, veía mi sangre recorriendo mi cuerpo, veía a cada célula recibir esa
información del miedo y allí podía sentir como el miedo se volvía real en mi cuerpo paralizándolo.
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Por un instante estaba solo conmigo mismo, dentro de mí, percibiendo mi miedo, viviéndolo y
entonces, repentinamente sentí una gran calma, vi que las células se distensionaban, la sangre
viajaba más lentamente, mi corazón marchaba más despacio, los pulmones recibían más oxígeno
y mi respiración dejaba de ser jadeante. Fascinante, pensé.

Entonces, regresé conscientemente al momento donde me encontraba, increíble como había
cambiado la situación en un instante. Fue algo así como un comercial en medio de la película de
terror. Si, la cinta continuaba, allí seguía el dantesco ser y me observaba, el intenso olor se
mantenía, pero yo estaba distinto, me había calmado y respiraba tranquilamente. Lo busqué con la
mirada, sabía que él también me observaba y la oscuridad no nos impedía vernos.

Quería observarle el rostro y mentalmente recibí su respuesta. Me advirtió sobre la posibilidad de
no resistir el verlo. Le respondí que ya no tenía miedo. Me contestó que si ese era mi deseo, me
daría gusto. La caverna se iluminó tenuemente y lo pude ver. Era un ser muy extraño, su cabeza
de serpiente y su cuerpo humano hermoso, masculino y atlético, tenía su falo erecto. El color de su
piel era verde oscuro. No tenía pelo ni cabello. No pude evitar mirar su miembro viril, su
movimiento de cadera era insinuante y sentía atracción hacia él.

Tócalo, disfrútalo, me dijo. Sé que te gusta, tantas veces te he visto deseando uno así. ¡No! Grité,
saltando hacia atrás, retirándome. Emitió una carcajada que llenó toda la caverna, oía su risa
retumbándome los oídos hasta llegar a lo más profundo de mi cerebro. Hazlo, te lo ordeno. Me
gritó. No, aullé, nadie aquí, ni en ningún lugar del universo podrá obligarme a hacer nada que yo
no quiera, le dije con tono heroico. Pero yo sé que quieres, lo deseas, siempre lo deseas. Insistió
con voz insinuante y seductora. ¡Maldito! Le grité, aunque sentía un deseo incontrolable por tocar
ese falo poderoso.

¿Sabes? Me dijo, usando un tono diferente. En el estado en que te encuentras, los deseos más
hermosos y los más ocultos se hacen realidad. No te puedes oponer a ellos, siempre llegarán a ti y
tú decidirás que hacer con ellos. Hizo una pausa. Me has llamado, ¿qué quieres de mí? Me
preguntó.

Yo no lo he llamado, ni siquiera se quién o qué es usted. Aseveré con fuerza. Lo miré fijamente, no
quería bajar mi mirada evitando así ver ese falo diabólico y tentador. Le observaba detenidamente
el rostro, que en efecto, era como el de una serpiente, su mirada era profunda y muy fuerte, los
ojos eran totalmente verdes claros con sus pupilas casi blancas. No tenía orejas y la cabeza de
forma ofídica se adaptaba con perfección al cuello humanoide. El resto de su cuerpo era verde
oliva, liso y brillante como si estuviera aceitado. Estaba desnudo totalmente y se veía su perfecta
musculatura, cual adonis griego de color verde.

Empecemos por el principio, dije, ¿quién es usted? Le pregunté. Me conocen como Hazz, soy un
enviado de los mundos superiores, de esos mundos a los que has deseado llegar pero tu
inconstancia no te lo ha permitido, sin embargo, todas las plegarias son escuchadas en el Universo
y lo que el ser humano pide siempre se le da. Yo lo miré fijamente de nuevo. Era verdad aquello de
mi interés en los mundos superiores como también mi inconstancia, pereza, indisciplina e
incredulidad. No me parece un ángel. Le comenté.

Ya empezamos a hablar un mismo idioma, me dijo con cierto toque irónico, soy un ángel, un ángel
caído. Me eché hacia atrás, sentí temor. ¿Cómo así? Pregunté. Verás, continuó, como te había
mencionado antes, en estos estados te enfrentarás primero a tus miedos y bajezas, para entonces
poder acceder verdaderamente a los mundos superiores. Los demonios, como los humanos nos
llaman, somos parte fundamental de esos miedos. El miedo que ha sido el motor del desarrollo de
la humanidad en todos los sentidos es nuestro principal aporte. Nosotros llenamos de miedo al
hombre. Y del miedo surgen muchos sentimientos, emociones y pensamientos que les impiden
relacionarse y avanzar en su proceso individual, ese miedo es la causa de todo el sufrimiento
humano y los puede llevar hasta la muerte física, y de él nos nutrimos. Aunque honestamente, lo
que queremos es su muerte espiritual, que muera su espíritu. Soltó una macabra carcajada.
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Tú has manejado muy bien el miedo en este encuentro, continuó hablando, y eso me obliga a
hacer mejor mi trabajo. Este comentario me llenó de orgullo y de espanto. Lo miré a los ojos,
estaban llenos de odio, ahora eran rojos intensos. Respiré profundo. Me sentía cansado y los ojos
se me cerraban, pero no quería dormirme en compañía de ese dantesco ser. Oí una música que
me recordaba al antiguo Egipto, apareció entonces, entre la penumbra, Etéphora, la bella, con una
jarra. Me miró con cierta ternura y me brindó más bebida. Yo la acepté y tomé una buena dosis.
Nunca en mi vida había tomado tanta cantidad de Ayahuasca.

Durante unos instantes sentí fuertes náuseas y vomité copiosamente, pero esta vez no fue tan
doloroso. Cuando alcé la mirada, Etéphora había desaparecido, llevándose la música con ella y yo
de nuevo me encontraba solo con el demonio.

¿Qué piensas del Mal? Me preguntó. Me sentí extraño platicando con un demonio sobre el Mal,
tuve miedo de ofenderlo y despertar su ira. No sabía que decirle. Titubeé en contestar,
quedamente las palabras fueron brotando, era como si tuviese un taco en la garganta que me
impidiese hablar. Bueno, dije. Sin querer ofender, para mi el Mal es todo aquello que se opone al
plan divino, al plan de Dios. El ser aquel me miró con desprecio. ¿Qué plan divino? Me cuestionó
molesto. ¿Tú sabes cuál es el plan de Dios para tí? Siguió preguntándome con tono airado. Su
cara mostraba burla y desprecio. Realmente no sabía que contestar, porque no sabía cuál era el
plan de Dios para mí. Pues el plan de Dios es que todos nos salvemos. Contesté dudando, como
un niño de escuela.

El demonio se levantó, mirándome con sorna. Muy bien niñito, se ve que ha aprendido bien la
lección. ¡Estúpido! Me insultó, te creía más inteligente, pero veo que no eres más que un pobre
hombrecillo, me provoca espicharte como una cucaracha. Eres un pedacito de mierda de mosca.
Su insulto me dolió profundamente. Me parecía increíble que hasta un demonio me despreciara.
Me sentí deprimido, muy deprimido. Tenía ganas de llorar.

¡Ahora lloras maricón! Eres una vergüenza para la humanidad. Indigno de ser aceptado por los
hombres y mujeres que te rechazan. Me di cuenta que me estaba atacando con todo su arsenal en
mi sentir más profundo y estaba logrando que me sintiera muy mal. ¿Sabes?, los maricas y las
lesbianas son lo peor de la humanidad, hacen parte de nuestro ejército. Su tono de voz me pareció
falso y exagerado.

Habla como un moralista victoriano, le dije sin temor. ¡Cállate, pedazo de mierda! Me gritó. Los
maricas no tienen derecho a decir ni una palabra. Son escoria. ¡Eso es falso! Le refuté gritándole,
¡no hay nada de malo en ello, tiene que ver con la libertad de elección propia de los seres
conscientes!

El ser me miró haciendo una mueca. Al fin dices algo coherente, cucaracha infeliz. Respiré
profundo, sentí su comentario como un halago. ¿Entiendes, estúpido? Dime ahora qué es el mal.
No entendía bien el juego que había planteado. Consideraba que ser homosexual no era
moralmente malo, pero si era un tortuoso camino de aceptación y de renuncia, sin embargo para la
sociedad, que incluía por supuesto a toda mi familia más cercana, era algo moralmente malo. Me
atreví a hablar. Tanto el bien como el mal son opciones, elementos de la naturaleza, del universo,
están allí disponibles para elegirlos. Continué. Así es. Me dijo, sin bajar su tono agresivo. El Mal es
una opción. Está bien, le interrumpí, sin embargo es una opción válida si se toma conscientemente
como cualquier decisión. El problema del Mal es el daño que causa al resto de la creación. Las
consecuencias que acarrean los actos resultados de esa decisión. Además ¿Qué tan conscientes
son aquellos seres que eligen esa opción? El demonio me miraba. Sus ojos ardían, yo sentía su
intensidad quemante que se notaba más en medio del frío infernal que invadía la cueva.

¿Qué quieres decir? mequetrefe. Sus palabras herían. Creo que las huestes del Mal están
continuamente seduciendo a los demás seres para que opten por ese camino sin dejarles ver
claramente las consecuencias de una decisión precipitada, es más, en muchos casos no hay
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opción. El demonio soltó una carcajada impresionante y comentó: Los seres de la tierra son
incapaces de tomar decisiones racionales, y nuestro objetivo es tener más adeptos como en
cualquier religión.

El comentario me disgustó. Lo miré con desprecio. El Mal no es ninguna religión. Dije alzando la
voz. El bien tampoco, se apuro él a comentar, pero los humanos han hecho eso de ella. La imagen
inventada de Dios como sinónimo de bondad no es real. Dios no es eso, ni se parece a eso, Dios
está más allá de los elementos del Universo, es más, los reúne a todos.

¡Usted renegó de él, como se atreve a hablarme de Dios! Le dije con indignación. Si renegué es
porque creo en él, me contestó. Quedé estupefacto. Nunca había considerado la posibilidad del
Demonio creyendo en Dios. Estaba enredado en mis pensamientos.

El demonio continuó, ¿Sabes? La razón de la guerra es que se cree que el enemigo es superable,
sino fuese así, simplemente no habría guerra, no valdría la pena. Nosotros creemos que somos
iguales a Dios o mejores, de esa idea nace nuestra guerra contra Dios. Lo miré con detenimiento.
Se veía orgulloso hablando de su guerra.

No entiendo, le dije, creía que eras ahrimánico pero me doy cuenta por ese comentario que eres
luciférico. Me miró con cierta sorpresa. Erudito resultó el moco éste, comentó de nuevo soltando su
grotesca carcajada.

Yo quedé en silencio sin retirarle la mirada. Verdad era que no tenía ninguna experiencia satánica
y aunque siempre había deseado conocer más sobre el tema, tuve miedo de buscar más
información y profundizar en ella. Sin embargo, cuando me encontré con la Antroposofía, el tema
brincó entre escritos y conferencias recurrentemente y finalmente le había dedicado buena parte de
mi tiempo de estudios al tema de Ahriman, Lucifer y la semilla de la conciencia crística.

Se sentó al lado mío, me tomó la mano y la puso sobre su muslo, muy cerca de la entrepierna,
sentí un corrientazo inexplicable. No pude evitar mirar su miembro de nuevo, una parte de mí
quería tocarlo, se encontraba casi erecto. Traté de controlarme. Ah, la lujuria, penosa enfermedad
de la humanidad, dijo con ironía mientras que en su rostro brotaba una mueca de tragedia. Ya
tendremos tiempo para ello, ahora hablemos de diablos y demonios. Traté de retirar mi mano, él la
retuvo con fuerza, déjala ahí, me gusta sentirla suave y temblorosa. Los demonios nos podemos
dar el lujo de vivir nuestra lujuria sin culpa, sin vergüenza y sin dolor. Me miró fijamente. Sabía de
mis sentimientos de culpa, pena y dolor que me torturaban continuamente.

¿Sabes?, los primeros ángeles caídos, como los llamaron en sus orígenes las grandes religiones,
fueron liderados por Lucifer. ¿Me imagino que sabes la historia de Lucifer? Me interrogó
igualmente con la mirada. Si, más o menos, le contesté, Sé que Lucifer era el más inteligente de
los ángeles y muy cercano a Dios, pero se llenó de orgullo y quiso reemplazarlo.

Esa es la historia contada por las religiones humanas, como siempre inexactas y pobres, lo dijo en
un tono neutro, sin rencor. Lucifer es un ángel extraordinario, pero igual a todos los ángeles. Tú
sabes que los ángeles están apenas en un nivel superior al de los humanos, y sobra decirlo,
también están en proceso de evolución. Como sabes, hay otras jerarquías superiores. Los ángeles
y las demás jerarquías han contribuido en la creación de la humanidad y de muchas otras
civilizaciones tanto en la Tierra como en otros planetas y universos. La civilización humana no es
única ni especial, es solo una entre millones.

Miraba a aquel ser narrando la historia, había olvidado su forma física, o ya no me aterraba, los
pensamientos lujuriosos habían desaparecido, solo importaba escuchar la historia que contaba de
manera pausada y tranquila. Retiré suavemente la mano de su muslo, el me miró asintiendo.

Lucifer fue designado líder del proyecto de creación del planeta Tierra, continuó. Existen infinidad
de proyectos creadores. En algunos de ellos, la vida surge de otros elementos distintos al carbono,
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inclusive hay elementos químicos que el hombre aún no conoce y que también son propiciadores
de vida. Cada proyecto es revisado y supervisado por las jerarquías superiores, pero la
responsabilidad básica, general y total reposa en el líder designado.

Lucifer se entregó con todo su espíritu a la concepción y realización de su proyecto y llevó a cabo
una obra magistral. Las jerarquías y los demás ángeles lo admiraban por ello. Su creación era casi
perfecta, esa etapa de la historia terrestre era idílica, en realidad, el jardín del Edén. La humanidad
vivía en paz, se multiplicaba en total armonía con los demás seres de la Naturaleza. Hombres y
mujeres compartían el mundo sin competencia ni desigualdad, había de todo para todos. Esto
sucedió antes de la prehistoria, como ustedes la denominan hoy en día.

No existía el concepto de poder, ya que éste era divino y pertenecía a las jerarquías espirituales,
las cuales tenían relaciones comunes con los seres humanos. La comunicación era abierta y
transparente igualmente con sus hermanos de creación: animales, plantas y minerales. Existía un
mutuo respeto entre todos los seres. El ser humano podía controlar los elementos, pero el control
se realizaba con veneración, respeto y sabiduría.

Lucifer estaba muy alegre y orgulloso con su obra. Algún buen día un poblador de la Tierra, un
simple humano, le dijo lo feliz que era por haberle dado la vida, Y Lucifer empezó a sentir el orgullo
de ser el amo de la creación, la empezó a considerar su obra exclusiva, olvidando la ayuda que
siempre había recibido de las jerarquías superiores. Se creyó todo su cuento y quiso exigir a Dios
directamente que le diera más poder. Eso no gustó y lo que recibió fue un llamado de atención. Y,
como los ángeles son seres en evolución, Lucifer se dejó llevar por el orgullo y la ira, y en un acto
de total inconciencia se fue contra Dios y para ello usó a la humanidad.

Tomó la opción. No podemos decir que equivocada. Volvió a la Tierra donde era venerado y
predicó entonces que cada ser humano debía llegar a ser una divinidad, que ese era su destino,
para ello y lleno de rencor, les enseñó algunos de los poderes del mundo espiritual. Logró que el
hombre ambicionará algo que nunca antes había ambicionado: El Poder divino. Sublevó a la
humanidad contra Dios y por eso fue amonestado. Lucifer fue exiliado de la Tierra hasta que
encontrara su camino de regreso, si el quería. Para ese entonces la humanidad casi se había
extinguido gracias al poder descontrolado que adquirió.

¿Por qué se extinguió? Le pregunté. El poder conseguido por el hombre, me contestó, que para
entonces no era tan consciente como en la actualidad, hizo que toda la humanidad avanzara de
manera extraordinaria en creación tecnológica. Todos querían y creían ser dioses, cada uno tenía
su propia ambición y orgullo. Las matanzas y destrucciones eran violentísimas, mujeres y hombres
fueron sometidos por otros más poderosos. Se crearon academias de poder, que actuaban como
logias y reunían a los más fuertes, destruyendo a los mas débiles, así, poco a poco se fueron
extinguiendo entre sí.

Lucifer exiliado, lejos de sentir arrepentimiento se dedicó a convencer a ángeles y humanos para
que se le unieran en su lucha contra las jerarquías superiores. Creyendo ser Dios y creyendo en
Dios inició la guerra contra él. Muchos ángeles optaron por seguirle y muchos hombres también.
Lucifer era consciente del poder de las jerarquías superiores y temía que éstos lo usarán en contra
de su creación, su estrategia fue entonces convencerlos que ellos, los humanos, también tenían
ese poder divino, de hecho es verdad, pero aquellos hombres no eran conscientes. Las jerarquías
superiores decidieron ir quitando poco a poco dichos poderes. Cuando la humanidad llegó a su
casi total destrucción ya no tenía ninguna capacidad ni poder espiritual.

Lucifer se dio cuenta del daño ocasionado, pero era demasiado tarde, nunca intentó siquiera una
reconciliación, su orgullo era mayor. Se mantuvo en el exilio durante un largo tiempo después de
la destrucción de Lemuria, dejando sin control al inmenso grupo de ángeles que le habían seguido.
Estos seres se unieron a la incipiente humanidad que renacía. Ellos fueron los maestros, les
enseñaron el fuego, el uso de la piedra y de los metales, pero con fines perversos. Les enseñaron
la fabricación y uso de armas, de manera sutil y lenta. Se mezclaron con ellos, teniendo hijos que
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formaron nuevas razas. Estos ángeles también habían perdido parte de sus poderes y capacidad
espiritual, eran una nueva legión degradada de ángeles.

No entiendo, le interrumpí, ¿los ángeles podían tener sexo con los humanos? Pregunté intrigado.
Claro, aún hoy en día lo tienen. Pero, ¿no son seres etéricos? Volví a preguntar. Los de niveles
superiores si, sin embargo ellos tienen la posibilidad de tomar forma física. Además estos ángeles
caídos habían perdido parte de sus facultades y se estaban solidificando como los humanos, ¿me
entiendes? Creo que si, le contesté. Estos ángeles son los famosos dioses de las mitologías
griega, hindú y de las culturas americanas, añadió.

¿De donde vienen los ángeles? Pregunté con curiosidad. Vienen de otros mundos, de otras
galaxias y de otros universos. Me contestó serenamente. Cuando la humanidad pueda viajar a
otros planetas, localizados en sistemas solares lejanos se convertirán en dioses y ángeles de
civilizaciones inferiores, realizarán el sueño de la humanidad.

Volviendo al tema de la sexualidad entre humanos y ángeles, está registrada en todas las
mitologías y libros sagrados. Los ángeles son el siguiente paso de la evolución humana y no por
ello están libres de pasiones. Me miró con cierto aire de seducción. Yo desvié la mirada. En la
Biblia se reconoce abiertamente este aspecto cuando mencionan que los ángeles se enamoraron
de las mujeres de los hombres y tuvieron hijos con ellas. En realidad no sólo tenían sexo para
reproducirse, también lo hacían por placer, deseaban tanto a mujeres como a hombres. Dioses con
hombres y mujeres. Diosas con hombres y mujeres. Me sorprendí con la información.

¿Existía la homosexualidad en esas relaciones entonces? Pregunté totalmente interesado. ¡Claro!,
no solo existía sino que era muy usual y estaba libre de prejuicios, todo lo contrario a lo que hoy
sucede. Se amaba al ser por lo que era, no por lo que representaba. ¿Recuerdas la historia de
Zeus y Ganímedes?

Lo miré con enojo. ¿Por qué insultó entonces mi condición recién empezamos esta charla? Lo
observaba mientras esperaba su respuesta. Lo hice para calibrar tu fortaleza, por medio de insultos
y malos tratos debilitamos a nuestra víctima a medida que despertamos su ira. Una víctima con ira
y miedo es presa fácil para nuestro cometido, eso lo sabes bien, ¿verdad? Ignoré su comentario,
aunque yo utilizaba ese método para someter a otros.

¿Y cuál es su cometido para conmigo? Le inquirí con cierta braveza. Etéphora ya te lo explicó, yo
soy tu compañero en este trabajo, pero si no superas nuestro encuentro serás mi presa y ¡te
dominaré por siempre! Lo dijo en un tono que me hizo temblar. Recuerda, continuó, siempre tienes
la opción. Me miró provocadoramente y su sonrisa era siniestra.

Me sentí cansado, los ojos se me cerraban. Estaba agotado, tenía ganas de dormir, escuché la voz
del ser que me invitaba a hacerlo. Antes de finalmente caer fulminado, entreabrí los ojos y lo vi
totalmente diferente. Su imagen era humana, se mostró como un hombre hermoso y muy atractivo.
Me quedé dormido.

¡Despierta dormilón! Gritó Etéphora con su voz chillona ¡Ya has dormido demasiado! Me movió, yo
no tenía fuerzas para levantarme, abrí lentamente los ojos, la pesadilla continuaba, aún estaba en
el hueco y de nuevo estaba la mujer repugnante. Me gustas más con Ayahuasca, le dije con cierta
burla. Ella me siguió el juego: Si el aguardiente embellece, imagínate lo que puede hacer la
Ayahuasca, es un tratamiento integral con liposucción y todo. Sonreí y la miré fijamente, era como
una abuela, pobre, sucia, fea pero con mucha ternura.

Come, ordenó. Me pasó un plato con papas saladas y una torta de chócolo. Me supo a gloria,
estaba delicioso y tenía mucha hambre. Cuando terminé le pedí indicarme la salida pues yo
consideraba que debía irme. Le expliqué que varias personas extrañarían mi presencia y se
angustiarían.
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¿De verdad crees que alguien te echa de menos? Me cuestionó. Si claro, Juanefe o mis hijos, tal
vez mis padres. Ya llevo tres días aquí, dije alzando la voz. Sin desesperos, me dijo. Yo diré
cuando puedes salir, agregó. Por ahora no, todavía no.

¡No me quedaré aquí! Grité ¡Déjame ir! Empecé a caminar por la cueva buscando
desesperadamente una salida, la única era el hueco. ¡Dios! Tengo que salir de este lugar. Etéphora
me seguía con la mirada y dijo: Solo hay una salida y no se encuentra a simple vista, cuando estés
listo, saldrás. ¿Y si nunca llego a estar listo? Le pregunté alterado. ¡Pues nunca dejarás este sitio,
viviremos juntos tu, Hazz y Yo! fue su categórica e irónica respuesta.

Me dejé caer, el sitio ya me hartaba, era pequeño, frío, incómodo y húmedo. Me sentía sucio,
sudado y cansado, la ropa desgarrada. Suspiré. Etéphora estaba sentada en otro rincón y me
miraba en silencio.

¿Eres ángel o demonio? Le pregunté con curiosidad. Me escrutó con la mirada. Ya sabes que soy.
Me dijo. ¿Lo sé? Le pregunté, realmente aún no tenía claro mucho de la conversación de la noche
anterior. Debes ser hija de un ángel. Busqué su mirada, ella me respondió que efectivamente era
hija de ángel, había nacido en el antiguo Egipto y se convirtió en la madre de un famoso faraón.
Yo la miré incrédulo. Ese nombre Etéphora nunca lo había escuchado, solo alguna vez en sueños.
Recordé entonces que una mañana antes de despertarme ese nombre había llegado a mi mente y
había buscado en Internet alguna información y efectivamente allí mencionaban a una mujer con
ese nombre como la madre de Keops.

¡Claro!, también recordé que ese mismo día había ido a la Plaza de Flores, en el centro de
Medellín, y me había topado con una anciana mendiga, harapienta y sucia que me preguntó la
hora, porque iba a misa, recordé que le di la hora y le dije que aún tenía tiempo suficiente. ¡Claro!
Era la misma mujer. Recuerdo que yo había quedado muy impresionado y me había dicho a mí
mismo que esa mujer era Etéphora. ¡Tú eres la mujer de la Plaza de Flores! Grité con júbilo. Así
es, como ves ya nos habíamos encontrado antes. Y ¿Tú eres la madre de Keops? Le pregunté sin
creerme yo mismo capaz de hacer esa pregunta. Si, mi hijo fue, es y será siempre una gloria del
Antiguo Egipto, dijo con gran orgullo.

Anoche, cuando, tomamos Ayahuasca, te vi totalmente diferente, ¿Así eras en ese tiempo? Hice mi
pregunta con entusiasmo. Así era y así soy. La observé de nuevo, ¿por qué no te presentaste así
de hermosa la primera vez? Le dije con curiosidad. Porque con tus actuales gustos, no me
hubieras dado ni la hora, yo se que te compadeces de los ancianos, en cambio una hermosa
mujer no te atrae, al menos en este momento de tu vida. Me lo dijo sin burla. Y era cierto, es más,
creo que me hubiera intimidado. Aunque no me consideraba el más atractivo de los hombres, si
sabía que atraía al sexo femenino, pero aún a esta edad media era algo que me hacía sentir
incómodo.

La vida humana, me dijo, es muy compleja, hace mucho tiempo, en otra vida, hubieras estado
retozando lujuriosamente sobre mí, hasta agotarme, y sin embargo, en ésta no me rozarías un
seno. Abrí los ojos como inocente niño de tres años. ¿Cómo así? Le pregunté. Así como lo
entendiste, hace muchas vidas tuyas que estamos juntos, y estoy cerca a ti. Tú me fuiste
encargado, debo cuidar de ti. Yo estaba mudo. ¿Eres algo así como mi ángel de la guarda? Me
atreví a preguntar. Algo así ¡No! Me miró, ¡Soy tu ángel de la guarda! Una corriente recorrió mi
cuerpo desde el cerebro hasta los pies. Mis labios no se abrían, evitando decir mil cosas que a mi
mente venían. Estaba en estado de shock, me sentí mareado, todo daba vueltas, sentí deseos de
trasbocar y así lo hice. Acto seguido me desmayé.

Cuando desperté estaba recostado en el regazo de Etéphora, quien acariciaba mi cara y mi larga
cabellera con dulcísima ternura, de nuevo sentí que era la misma virgen María quien me
contemplaba. No quería levantarme, era una sensación de seguridad y protección únicas. Su mano
era tersa y suave, susurraba una melodía que no podía identificar pero me daba mucha calma.
Igualmente el aire antes enrarecido ahora era limpio y fresco, había un aroma a flores y jengibre
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que le daban un toque especial. La luz del sol estaba ya escasa pero un vivo fuego de hoguera
iluminaba el lugar. El sitio estaba reposado, como yo.

¿Qué vamos hacer ahora Etéphora? Pregunté queriendo saber cual era el próximo momento de
este encuentro. Hoy vamos a tener otros visitantes. Para prepararte vas a tomar esta bebida, dijo
esto pasándome de nuevo la totuma llena de un líquido viscoso y café. Quise saber que era y ella
explicó que estaba hecha con hongos. Nunca los había tomado antes pero algunos amigos me
habían contado que esa experiencia generalmente era dulce y placentera. Lo tomé sin temor.
Sabía que el viaje no sería tan aterrador como el anterior.

La bebida era tan agria y viscosa que bajaba lentamente por el esófago, sentí un adormecimiento
de todo el cuerpo y la mirada dejó de ser clara, como si un velo hubiese caído sobre mí. Escuché
risas de niños alrededor y traté de mirarlos, pero no podía bajar mi cabeza, estaba amarrado contra
la pared. Traté de estirar mis brazos pero igualmente estaban atados cada uno a lado y lado de mi
cuerpo, al igual que mis piernas. Los supuestos niños me punzaban con palos y me tiraban
piedras pero no los podía ver. Escuchaba sus risas, que ya no las presumía inocentes. Se burlaban
de mi condición.

¡Ya basta! Grité. Mis piernas estaban adoloridas y la posición era bastante incómoda, estaba
colgado y atado como aquellos reos de las mazmorras piratas. ¿Quiénes son? Les pregunté
indignado. Escuché murmullos y risas, tras ellos vino una nueva lluvia de piedras y palos. Por favor
no más golpes, me hacen daño, les supliqué. Cesó la golpiza pero seguían riendo y hablando entre
ellos. Intuí que no eran niños, eran duendes o gnomos. Ustedes no son niños, dije con voz
enérgica, son duendes, ¿verdad?

Cesaron los murmullos, entonces uno habló con una voz chillona, como de enano, poco agradable.
No somos ni lo uno ni lo otro pero podemos serlo, si queremos. Me dijo en tono de burla. Lo que
son es una partida de diablillos, dije con enojo. Exactamente, lo has adivinado, ya nos habían
advertido que eras más inteligente de lo que pareces, aunque eres tan poca cosa. Dijo la voz
despectivamente. No podía ver nada y seguía atado, o mejor colgado, me dolían el cuello, las
muñecas y los tobillos. Vamos a platicar así, es que nos gusta tanto ver sufrir a los humanos.
Gozamos y nos fortalecemos con su sufrimiento.

Supuse que era inútil tratar de negociar con ellos. ¿Y ustedes están con Lucifer o qué? Interrogué
sin dejar mi agresividad, al fin y al cabo me sentía como un reo injustamente condenado.

Nosotros somos descendientes de los enviados de Lucifer, hijos de hombres con ángeles
femeninas. Nuestras madres nos querían pequeños para siempre y así nos quedamos como niños,
inquietos y traviesos, glotones e incansables, entonces se aburrieron de nosotros y nos echaron.
Ahora deambulamos por doquier haciendo toda clase de picardías a unos y a otros, a todo aquel
que nos de la opción de acercarnos llegamos a él y nos quedamos con él. Somos parásitos de la
humanidad. Solo que generalmente los humanos no pueden vernos. Hemos estado con ustedes
por milenios haciéndolos infelices y cuando mueren los dejamos y vamos a buscar otra víctima.
Somos la causa de todos sus vicios, nos alimentamos de su debilidad, sacándoles todo,
secándolos poco a poco. Gozamos de su gozo induciéndolos a gozar más y más, hasta que ese
goce se convierte en vicio, y ese vicio los agarra, haciéndolos sufrir inmensamente. No somos la
causa de sus adicciones pero si las incentivamos. Cuando vemos que alguien tiene tendencia a
alguna adicción bien sea droga, sexo, pornografía, alcohol, cigarrillo, glotonería, cualquiera,
nosotros, o mejor uno de nosotros se pega a ese ser y lo alienta a seguir en su vicio, él o ella
empiezan a caer más y más en su adicción, cuando vemos que están totalmente descontrolados,
un empujoncito más y ya está, destruidos.

Si hubiera podido ver mi rostro en aquel instante seguramente la expresión sería de pánico,
totalmente pálido. Era aterrador escuchar a ese ser decir aquello con total frialdad, oír que se
nutrían de la debilidad humana. Sentía miedo porque frente a estos seres estaba más cercano a
una mente con mayor perversidad, quizás frente a la reina del Mal. Estaba totalmente expuesto y
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sin ninguna posibilidad de defenderme. Una brisa pasó por mi rostro y recordé el aroma de flores
que había olido minutos antes. Etéphora me indicaba que ella estaba allí acompañándome. Esa
sensación me tranquilizó. El duendecillo continuó con su discurso.

Los seres humanos son tan frágiles y ciegos. Nosotros sólo aprovechamos éstas circunstancias
para vivir de ustedes. Una persona predispuesta a sufrir una adicción posee un nivel energético tal
que nosotros lo podemos percibir, es como un almíbar que nos atrae, siempre llegará al menos uno
de nosotros y nos adherimos a su campo energético induciéndolo más y más hacía su adicción.
Somos como un virus de computador, alteramos sus niveles de energía de tal forma que afectamos
su psiquismo. En poco tiempo el pobre individuo está totalmente llevado por la adicción. Ese tipo
de vida parásita nos provee a nosotros de la energía que requerimos para vivir. Y el humano se va
consumiendo poco a poco, muchas veces muere, el parásito es liberado y busca un nuevo
receptor. Soltó una diabólica carcajada que me estremeció.

Los humanos en su fragilidad nos reciben fácilmente, es más, muchos de ellos nunca se dan
cuenta de nuestra presencia, porque aunque no lo creas somos perceptibles. En estos tiempos de
la humanidad, la ignorancia y la pobreza han sido importantes aliadas de nuestra causa. Nunca
antes habíamos tenido tantos receptores. Esa energía que obtenemos nos fortalece y hace que la
próxima víctima caiga más fácil. Es muy divertido.

¡No me parece divertido, es perverso! Grité tratando de quitarme las amarras. El ser continúo
hablando con cinismo. De qué te espantas, hay muchos parásitos en la Naturaleza, tanto en el
reino vegetal como en el animal, ¿Por qué no habría de haberlos en el espiritual? No se te olvide,
como es abajo es arriba. Como se vive en la tierra, se vive en el cielo. Hubo un silencio, creo que
todos pensábamos en la última frase. Digo en plural porque percibía muchos duendes en la cita. Es
más, los humanos son parásitos entre sí, viven extrayéndose la energía mutuamente, ¿Qué me
dices de esas relaciones de pareja desequilibradas, en el que uno le quita a cada instante todo al
otro, como la que tú vives actualmente? Su pregunta fue ofensiva y dolorosa, pero cierta. A veces
pensaba que Juanefe pedía demasiado, como una sanguijuela me extraía no sólo dinero y
alimentos, sino toda mi energía.

Estaba agitado y el dolor en todo mi cuerpo era cada vez mayor. Era la posición incómoda de un
crucificado. Llegó a mi mente la imagen de Cristo y su agonía final en la cruz. Algunas lágrimas
brotaron de mis ojos. Comprendía su dolor, no solo el físico, sino también aquel del alma,
causados por la humillación, la burla y el desprecio de todos aquellos, que reunidos en torno a él,
presenciaron su agonía, solo su madre y algunos de sus seguidores más fieles lo acompañaron
incólumes en el duro momento de su muerte. Comprendí que toda la humanidad tiene ese
comportamiento parásito no solo con el planeta, al que exprime sin compasión, sino con sus
propios congéneres. Gracias, musité, necesitaba esta comprensión.

¿Qué dijiste? Me dijo el duende. Nada pensaba en voz alta, le contesté, tenía miedo de profundizar
con estos seres que no me daban nada de confianza. Agradeciste algo a alguien, comparte tus
pensamientos con nosotros, así como compartes otras cosas. Una algarabía llenó el recinto. Si que
hable, que hable, gritaban como locos. Empezaron a puyarme con palos y a tirarme piedras de
nuevo. ¡No tengo nada que decir, ni compartir con ustedes, locos, cállense ya! Grité. El loco nos
llama locos. Él si es loco, dijo una voz en la oscuridad. Otro aulló: ¿Es loco o loca? Que aclare.
Otro más allá gritó: Está hundido, yo lo sé bien. Yo soy uno de sus parásitos, si quieren les cuento
lo que hacemos juntos. Sentí vergüenza, el momento que temía había llegado, reconocer mis
adicciones frente a estos despreciables seres me aterrorizaba. Temblaba sin poderme controlar.
De mi frente escurrían gotas de sudor helado.

¿Cuántos parásitos lo poseen? Dijo alguien en la oscuridad. Somos tres, contestó otra voz, y
hemos logrado trabajar en grupo. ¡Fabuloso! Gritó otro, ustedes se merecen un premio. Los
enardecidos aplaudían, se reían, gritaban y aullaban. ¡Cuenten como lo han hecho! Dijo alguien
más. Yo temblaba y sudaba copiosamente. El temblor parecía una convulsión. Mis muñecas y
tobillos empezaban a sangrar. Me sentía profundamente humillado. ¡Sabes, esto es lo más cercano
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al infierno! Alguien dijo dirigiéndose a mí. Empecé a sollozar, no podía evitarlo, esto hizo que se
enloquecieran más. Mírenlo, como llora, nunca lo he visto llorando cuando se revuelca de placer.
Dijo otro. Sabía a donde iban a llegar y me sentía más humillado. No podía respirar bien y el dolor
en el cuello era insoportable.

Hace varios años, mi amigo aquí presente y portador, empezó una voz a narrar, los demás hicieron
silencio, silencio de sepulcro, tendría unos doce o trece años compró una revista de sexo, de lo
más cochina, inmediatamente me le pegué. En realidad ustedes saben que nosotros estamos
adheridos a todos esos productos, como lo estamos a una botella de trago, a un paquete de
cigarrillos, o a una droga adictiva. El muchachito compró su revista y se fue a su habitación a
masturbarse y lo hizo por muchas horas. Luego lo invadió el pánico y destruyó la revista. Un
sentimiento de culpa lo invadió, pero yo ya estaba adherido a él. Cada cierto tiempo lo impulsaba a
comprar más revistas, pero él oponía mucha resistencia, el miedo y la culpa eran muy fuertes.
Percibí que al muchachito le gustaba más ver las vergas erectas de los hombres que los coños
peludos de las mujeres y eso me agradó, sería víctima fácil.

Yo ya estaba en él y ya era pan comido. Le impulsaba a ver cuanto macho atractivo pasaba cerca
de él. En las noches le inducía a sueños con hombres. Al poco tiempo lo conduje a un cine porno
de Bogotá. Es increíble la posibilidad de escenarios que nos ofrecen las ciudades modernas, es
más fácil que en la época antigua o en la Edad Media. Recuerdo que aquel teatro oscuro estaba
lleno de nosotros, cada uno con su anfitrión, nosotros hacíamos fiesta.

La primera vez fue con un miedo impresionante pero después empezó a ir con frecuencia. ¿Cierto
que gozábamos? Se dirigió la voz hacía mí en un tono grotesco, sentí una mano pequeña rozar mi
pene. Yo solo pude cerrar mis ojos, ni siquiera podía inclinar la cabeza. Fuimos muchas veces, a él
le fascinaba que le refregaran las vergas erectas por el culo. Lo gozaba, y yo me divertía y
fortalecía.

Algún buen día empezó a fumar, cigarrillo y lujuria, mezcla perfecta para favorecer mis planes, pero
tendría que compartir mi víctima con otro. No fue fácil. Durante un tiempo fumó bastante y nosotros
pudimos hacer un buen trabajo juntos. Algunos humanos, obviamente dominados por nosotros,
ayudaron a que este desgraciado se enviciara cada día más. Así estuvimos varios años. El
muchacho también tomó alcohol y metió algunas drogas pero debo admitir que en esto último
fallamos, sino el éxito hubiera sido total a temprana edad. Había en él, una fortaleza que
desconocíamos todos, él también lo ignoraba. Estas últimas palabras me calmaron un poco.
Mientras él hablaba, yo recordaba toda mi iniciación sexual, mi visita al famoso teatro, mis
encuentros sexuales en la oscuridad, el vicio de fumar y mis experiencias, afortunadamente
fallidas, con las drogas.

El alcohol logró en parte frustrar el plan. Continuó hablando el duende aquel. Debido a que no fue
correctamente manejado por el parásito correspondiente, el muchacho, que ya era un hombre,
decidió no volver a tomar y así lo hizo. Su repentino cambio le dio fortaleza energética y a nosotros
nos debilitó y pasó lo que tenía que pasar. Este señor se enamoró, y como ustedes saben la fuerza
y luz del amor, a nosotros, seres del miedo, nos debilita. Dijo el ser lamentándose. Yo pude respirar
con tranquilidad. Era increíble lo que estaba escuchando.

Por ese amor, dejó de fumar y de buscar hombres. Había pasado lo impensable se había
enamorado locamente de una hermosa mujer. Sin embargo, nosotros somos pacientes. Soltó una
carcajada impresionante. Sabemos que el amor es endeble en manos humanas, ellos no saben
conservarlo, así permanecimos adheridos a él, sin perturbarlo mayormente, esperando una nueva
oportunidad y algunos años mas tarde ésta llegó para nuestro beneficio.

Durante los primeros años de su vida en pareja, nuestro amigo, pasó muchas carencias materiales,
que pudo sobrellevar gracias al amor, y eso lo fortalecía cada día. Nosotros esperábamos
pacientemente a que le llegará la fortuna. Y llegó. Un cambio de empleo totalmente favorable le
trasformó la vida, empezó a viajar, en esos viajes, nosotros empezamos a actuar de nuevo. Le
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acercábamos a hombres atractivos y le tentábamos con el cigarrillo. Cayó con este último y luego
con los hombres y su vida se volvió un martirio. Comenzó a vivir una doble vida, nuestro escenario
favorito. Ya la fortaleza estaba minada y pronto caería.

Yo escuchaba, era verdad todo lo que decía, cuánto me dolía, no podía dejar de llorar, era muy
doloroso ver mi historia desde una óptica que yo nunca me hubiera imaginado observarla. La
batalla la ganamos cuando llegó el Internet. Cuando él se conectó por primera vez nosotros
bailamos de felicidad, sabíamos que ya era nuestro totalmente. No saben que herramienta tan útil
para nuestros fines ha resultado el Internet. Creo que ha sido el mejor trabajo del Amo.

¿Del Amo, cuál Amo? Grité yo interrumpiendo la narración. Escuché murmullos, nadie respondía.
¡Díganme quién es el Amo! Ordené con fuerza. Al Amo, contestó alguien con ironía, lo conoces
como Ahriman, el Señor de las Tinieblas. Quedé petrificado. Nunca lo había sentido tan cerca.
¿Quién es Ahriman?, pregunté haciéndome el ignorante. Una voz chillona contestó: Tú lo sabes, ya
habías hablado de él anteriormente, con Hazz, pero con gusto te confirmo la información, para que
te llenes de espanto. No sentí temor de su comentario, ya tenía suficiente con todo lo que estaba
viviendo en ese momento.

Ahriman es totalmente diferente a Lucifer, continuó hablando la chillona voz, te explico, mientras
que Lucifer es la representación del orgullo llevado al extremo, es decir, querer ser Dios, no llegar a
serlo, sino serlo. Comprenderás que es distinto. Ustedes, como todos los seres creados, están en
el camino a ser Dios, integrarse a él, para ello recorren un camino lento durante muchas, muchas
vidas. Lucifer plantea la posibilidad de ser Dios instantáneamente, ahorrándose el proceso. La
humanidad ha caído miles de veces en la trampa de Lucifer, pero casi siempre ha salido airosa, él
es un perdedor y siempre lo será. Cuando reconozca su derrota seguramente se integrará a Dios.

Ahriman es todo lo contrario. Él desea alejar a la humanidad de Dios. Poseerla, hacerla suya. A él
no le interesa de quién es la creación, si es de Dios o es de Lucifer, ¡no! A él sólo le interesa esa
creación para destruirla a través del sufrimiento. Al contrario de los ejércitos de Lucifer, que
impulsan a la humanidad a la creación orgullosa y pretenciosa, los ahrimánicos odiamos al hombre
y buscamos su total destrucción. De alguna manera somos antagonistas de las huestes de Lucifer
y de Dios.

Desde la perspectiva de las fuerzas contrarias, no somos aliados con los ejércitos luciferinos.
Somos opuestos, he ahí el origen de muchas guerras, de todas, me atrevería a decir yo, espero
que algún día puedas entender esta última frase. Me dijo esto último como dejándome una tarea.
El evangelio canónico narra que Jesús fue tentado tres veces, eso significa que hay tres fuerzas
contrarias diferentes. Este es un detalle poco estudiado por la religión cristiana. Me sorprendió
escucharlo hablar de Jesús sin problemas. ¿No le temes a Jesús? Le pregunté. ¡No le temo a
nada! Me contestó secamente.

Pero no me van a hacer creer que ustedes son el ejército de Ahriman, eso sería grotesco y
chistoso. Comenté con ironía. Otras vez murmullos, ruidos y risas siniestras. No, nosotros sólo
somos seres que odiamos a los humanos y por eso estamos unidos y protegidos por el Amo, pero
sus verdaderos soldados, esos si te arrancarían las huevas de un solo jalón sin dejarte pronunciar
ni una palabra. Una corriente helada subió desde mis testículos.

Nosotros hoy, aquí, tenemos una instrucción clara para darte, no más, estamos obedeciendo
órdenes y lo estamos cumpliendo cabalmente, puedes estar seguro que hoy no es tu destrucción.
Me tranquilicé un poco, respiré profundo. Entonces ¿por qué no me bajan de aquí? Estaba agotado
e intensamente adolorido y traté de negociar la libertad. El hecho que no te vayamos a destruir no
nos priva del placer de sentir tu dolor, todo tu dolor. Aún no hemos acabado de contar tu historia.
Respondió alguien a mi interrogante. De verdad que el tipo éste es inteligente, casi nos desvía de
lo que vinimos a hacer. Sigamos muchachos.
18

Había fracasado en mi intento y lo peor, todavía faltaba más del suplicio de aquel pseudojuicio.
Continúo, dijo el narrador, íbamos en la primera conexión a Internet. Todos sabemos que el
Internet es la materialización del reino de las sombras. Es un portal para que la humanidad entre,
caiga y no pueda volver a salir de allí. Me horrorizaba al escucharle. ¡Eso no es cierto! Grité, todo
está en Internet. Exactamente mi amigo, respondió el narrador. Todo, como en el Universo. Cada
quien puede ir a donde quiera, es como un gran salón rodeado de alcobas con sus puertas
cerradas, un visitante a ese salón podrá entrar a cuantas habitaciones quiera, pero es posible que
decida quedarse en una o simplemente no pueda salir de ella.

Y una de las habitaciones más llamativas es la nuestra, una de las entradas a nuestra morada son
las páginas porno, de todo tipo. ¿Cierto? Me preguntó el narrador. De nuevo una mano acariciaba
grotescamente mi entrepierna. Yo estaba avergonzado, permanecía quieto y en silencio. Mi limité a
dirigir la mirada hacia la oscuridad donde pensaba que se encontraban aquellos seres.

La voz continuó con su narración. Nuestro querido humano aquí presente es visitante asiduo de
nuestros sitios y lo hace con un agravante para él, no para nosotros, cuando nuestro amigo se
pasea por las deliciosas páginas pornográficas fuma insaciablemente. ¡Bingo! Está atrapado
totalmente por dos lados. Y lo más interesante es que nuestro querido amigo fumador sabe desde
hace años que el Amo está detrás de todo esto, y lo sigue haciendo día tras día como un mágico
ritual. Después ya sabemos que sucede, masturbación y eyaculación, nuestro máximo gozo. Todos
se rieron en coro, era dantesco.

Gracias a su fabulosa adicción destruyó su matrimonio y a su familia, dejó a padres e hijos y otros
parientes cercanos y se trasladó a otra ciudad. Hoy vive falto de energía, sin ilusión, sin placer,
muerto en vida.

Yo escuchaba y me daba cuenta de la terrible descripción de mi realidad. Tal cual era el panorama
de mi vida. Lloré, sentía culpa, estaba totalmente sucio y sin esperanza. Y ¿por qué no han podido
terminar el trabajo? Cuestionó alguien desde la oscuridad. Porque el hombrecito tiene una fortaleza
impresionante que no hemos podido derrotar.

¿Fortaleza yo? Me pregunté, es ese momento era el hombre más humillado y derrotado. ¿Por qué
decía aquello el endiablado ser? Recordé de nuevo la imagen del Cristo en la cruz, sentí de nuevo
su dolor, pena y humillación. ¡Esa es mi fortaleza! Grité. El grito causó pánico en el grupo porque
empezaron a aullar y cuchichear entre ellos. Mi fuerza está en lo que he construido, está en mi
relación con Dios. Les dije en voz alta, ustedes no podrán destruirme.

Sentí que las ataduras desaparecían y yo caía lentamente en el piso. Me dolía todo el cuerpo, me
toqué el cuello y sentí la llaga abierta causada por la cuerda, brotaba sangre de ella, como de las
otras en muñecas y tobillos. No escuché más voces, estaba solo en la oscuridad, lloraba
copiosamente. Finalmente el cansancio me venció.

Me sorprendió la fuerza de la luz solar al despertarme. Me tranquilicé al darme cuenta que estaba
en mi cama. Había encontrado la salida de aquel infernal lugar.
19

SOMETIMIENTO

Aunque estaba tranquilo, me sentía extraño en la cama. No sabía como había llegado, por ningún
lado que lo mirase era lógico. Sí todo había sido una tenebrosa pesadilla, ¿cómo me explicaba que
ahora estuviese en casa?, y si todo era cierto, igualmente ¿cómo podía encontrarme ahora en mi
cama? Recorrí con la mirada el lugar, realmente era hermoso, el ventanal daba al jardín lleno de
plantas y flores, y el árbol de mango en el centro del mismo. El canturrear de las aves en los
comederos y el aleteo incesante de las tórtolas. Bueno, tan inexplicablemente como fuera ya
estaba en casa.

Traté de levantarme pero el cuerpo me dolía todo. Miré mis muñecas que aunque sentía
resentimiento en ellas, no mostraban sangre ni llagas. Era un completo misterio. Con esfuerzo salí
de la cama y fui directamente a llamar a Juanefe, debía estar furioso o al menos muy sentido.
Calculaba que, de ser cierto, habría estado unos cuatro días en aquel hueco.

Marqué su número pero respondió el dichoso contestador, le dejé el mensaje que me encontraba
en casa, y esperaría su llamada. Le marqué al celular pero me mandó al buzón, mal síntoma,
estaba enojado conmigo. Ya aparecerá, pensé, suspiré hondo, me sentía muy frágil física y
emocionalmente.

Me dirigí al baño, quería verme en el espejo. Tenía el rostro dramáticamente pálido y demacrado,
me sentía muy liviano, había perdido varios kilos. Tenía puesta la misma ropa que se encontraba
totalmente sucia y desgarrada, pero las señales que esperaba encontrar en mi cuerpo no estaban.
Era todo un misterio.

Me encontraba apesadumbrado, una tristeza profunda me invadía. Me bañé largo tiempo con agua
muy fría, sentía que debía limpiar mucho en mi cuerpo y en mi alma. ¡Extraordinaria y difícil
experiencia la vivida! Pensé. Creía y no creía. Sé que una parte sería fácilmente comprendida por
mis amigos del Camino Rojo, otra parte lo podrían hacer mis amigos de la Antroposofía, pero el
rollo completo difícilmente alguien lo entendería, sólo yo.

Después del baño me dispuse a encender el computador. Sentí miedo de hacerlo, recordé a los
duendes parásitos y un terror se apoderó de mí. Sabía que al encender el equipo iba a tener
inmediatamente la tentación de visitar alguna página porno y ya estaba más que confirmada la
consecuencia, creyese o no en los diabólicos enanos, si estaba seguro que perdía energía.

De cualquier manera tenía que comunicarme con mi familia en Bogotá y sólo lo podía hacerlo por
Internet pero estaba sin celular y mis documentos posiblemente los tenía Juanefe, en la chaqueta
que había dejado en la cabaña, antes de salir abruptamente.

No localicé a mis padres, les dejé mensaje en su contestador avisándoles que me encontraba bien
ya en casa. Igualmente sucedió con mis hijos. Revisé los mensajes de correo en mis cuentas
electrónicas, nada especial. Me acordé de mi contestador y en él encontré varios mensajes
pendientes.

Bastantes de Juanefe, pidiéndome disculpas por lo de aquella noche y que lo llamase, su voz
sonaba mas angustiada con cada mensaje. Sabía que estaba preocupado y molesto. Había un
mensaje de mi madre, también un poco angustiada, preguntando por mi prolongada ausencia.
Generalmente los llamaba a principio de semana. También había varios mensajes equivocados.
Uno de Roberto, uno de mis amigos del Camino Rojo diciéndome que necesitaba urgente hablar
conmigo, que lo llamase. Y finalmente uno que me dejó totalmente intrigado, me llamaban de un
centro de medicina alternativa, que no conocía, para hacer una cita, ya que habían oído de mí
trabajo y querían proponerme algo.
20

Era extraño, hacía más de siete meses que había interrumpido mis actividades como acompañante
en procesos de auto conocimiento personal, porque dudas muy profundas sobre mi trabajo habían
surgido a raíz de enfrentamientos con algunos profesionales de la salud, especialmente psicólogos,
que no veían con buenos ojos mi labor. Yo había estudiado arquitectura y ejercido mi profesión por
varios años, pero al llegar mi crisis familiar y personal, mediando la década de los treinta, empecé
a transitar por otros caminos.

Recordé de nuevo a los enanos demonios, era verdad, con el advenimiento en forma de la Internet,
yo empecé a visitar, cada vez con mayor frecuencia, las páginas porno gay y lentamente, sin
darme cuenta, empezó a renacer en mí el gusto por los hombres, algo que creía superado después
de casi diez años de feliz matrimonio, con dos hijos y una carrera prometedora.

Mi mente estaba trabajando a mil por hora y llegaban pensamientos, recuerdos e imágenes de todo
tipo, sabía que era consecuencia de la extraña situación vivida en aquella caverna o hueco, esa
era la mejor descripción del sitio donde habían sucedido tantos eventos que me habían revolcado
hasta la médula.

Volví a escuchar el mensaje, de verdad era intrigante e interesante lo del Centro. Me dispuse a
marcar el número que habían dejado, el teléfono timbró unas tres veces, pensé que tampoco me
iba a poder comunicar, extrañamente todavía no podía hablar con nadie, hasta que por fin alguien
contestó al otro lado. Centro Integral para el Cuerpo y el Alma, habla Lidia, en que le puedo ayudar.
La voz de Lidia me sonó familiar, pero no dije nada. La saludé y le comenté sobre el mensaje que
había recibido. Ella me informó que efectivamente me habían estado buscando porque el Doctor
David Hazbún quería entrevistarse conmigo. Le dije que no conocía al Doctor Hazbún, ella
contestó que había recibido referencias de mi trabajo. Le solicité hablar con el doctor, ella me
informó que desafortunadamente no se encontraba en el momento, mas se comprometía a
devolverme la llamada tan pronto llegase. Le dije perfecto, que quedaría en espera.

Esa imposibilidad de comunicarme lo interpreté como una señal que aún no era prudente hablar
con nadie sobre lo sucedido. Además mi cuerpo, mi alma y mi mente estaban demasiado
congestionados, se merecían un descanso. La experiencia vivida requería de una larga y profunda
reflexión.

Pensé en lo difícil que había sido esta relación para Juanefe, el encuentro de dos personas muy
conflictuadas, tratando de armar una relación homosexual en un ambiente muy adverso. Cuando lo
conocí, yo recién me había separado y estaba reorganizando mi vida en una pequeña casa
campesina en Chía, la ciudad de la luna, un pueblito cercano a Bogotá, no tenía empleo, dedicado
a estudiar de manera autodidacta esencias florales, asistiendo a un curso de psicoterapia centrada
en la persona, en realidad sin nada definido en mi vida, sólo pensaba que podía llegar a ser
terapeuta sanador, algo que aunque me entusiasmaba, me producía grandes temores por
acometer esa misión que aun no se perfilaba con fuerza ni claridad. En aquellos días dedicaba
mucho tiempo a la lectura y me reunía con algunos compañeros a practicar terapia grupal e
individual. Con todo aquel que me encontraba le echaba el cuento de la terapia y lo conquistaba,
creía haber encontrado en ese instante la misión de mi vida.

Disfrutaba mi recién estrenada soledad, escuchaba música a todo volumen, danzaba, dormía,
caminaba, reía y lloraba. Lloré mucho durante aquellos días. Extrañaba a mis hijos y a mi mujer.
Hasta entonces, tenía muy claro que era la primera y única persona de quien me había
enamorado, pero entendí que ya era imposible para los dos soportar mi condición de homosexual,
revelada a ella tres años atrás y estoicamente soportada.

Durante tres meses estuve viviendo mi soledad y mi pobreza, residía en una zona relativamente
humilde del pueblo, para vivir disponía de una modesta suma ahorrada que me alcanzó para
algunos meses y eso era todo. Sufría por mi vulnerabilidad física, económica y espiritual, empecé a
sentir miedo, miedo a la miseria y a la inseguridad física del entorno.
21

Dedicaba buen tiempo a meditar y tenía ciertas experiencias místicas y encuentros nocturnos
extrasensoriales. Recordé con alegría el proceso que viví aclarando mi relación con Dios, entender
aunque fuera en lo más mínimo su esencia de amor, recibí alentadores mensajes de él,
especialmente cuando me indujo a conocer la vida de Francisco de Asís, conocimiento que me
ayudó a sobrellevar mi pobreza y aceptarla.

Igualmente interesante fue la noche en que me enfrenté a mi sombra por primera vez. Aquella
noche fría leí hasta muy tarde, sentí un ruido en la parte trasera de mi casa y con miedo la recorrí,
no encontré nada y decidí irme a acostar. Estaba adormeciéndome cuando sentí que alguien o
algo ponía su pie con rudeza contra mi rostro. No podía pronunciar palabra, la garganta no
respondía por el miedo que sentía, haciendo acopio de fuerzas hablé con un susurro. Quien quiera
que sea, si es producto de mi mente, le ordeno se vaya, no le tengo miedo. En realidad estaba que
me orinaba del susto. Si es real y externo manifiéstese, continué. Le quiero ver la cara.
Inmediatamente la presión desapareció. Fue la primera vez que conscientemente pude controlar
mis miedos.

Alguna noche, después de aquel encuentro con mi sombra, le dije a Dios, que pensaba que estaba
listo para conocer a alguien a quien amar de nuevo y efectivamente al otro día conocí a Juanefe.
Otra toma de conciencia se había dado, mi relación con Dios y el universo fluía como debía ser.

El timbre del teléfono interrumpió mi viaje por los recuerdos. Era Lidia, la secretaria del doctor
Hazbún, me comunicó inmediatamente con él. Su voz me pareció encantadora, me imaginé un
hombre joven y atractivo. Me saludó cordialmente y me dijo que le interesaba conocerme. Le
pregunté de cómo había sabido de mí. Vi varias de sus participaciones en televisión y creo que su
trabajo está acorde con lo que estamos haciendo en nuestro Centro, me dijo. A continuación me
preguntó si estaría interesado en unirme a su esfuerzo. Yo estaba dudando, hacía ya un periodo
largo que había dejado de trabajar con la comunidad gay de Medellín. No sé, le contesté, estoy en
un receso, replanteando mi hacer. El doctor Hazbún insistió en que conociera el Centro y
charlásemos personalmente. Acepté, le pedí la dirección y acto seguido salí hacia allá.

Recordé que no tenía un peso en el bolsillo, pero bueno, el Centro estaba ubicado relativamente
cerca de mi casa así que decidí caminar. El clima estaba suave, aunque el cielo estaba despejado
y hermosamente azul, no hacía calor, había una leve brisa que hizo la caminata muy agradable.
Estaba expectante y ansioso, quería conocer al hombre de la atractiva voz. Aunque tenía clara mi
fidelidad a Juanefe y el respeto que se merecía nuestra relación, no podía negar que el doctor
Hazbún me generaba inquietud.

Llegué a la dirección que me dieron sin problema. La casa era bastante grande localizada en el
barrio Laureles, uno de los mas tradicionales de la ciudad. Toqué la puerta y una hermosa joven
rubia abrió y me invitó a seguir. Le pregunté si era Lidia, ella me contestó afirmativamente y me dio
la bienvenida. Era más hermosa y atenta de lo que me había imaginado. Me comentó que el doctor
me recibiría en un momento y me ofreció un tinto. Yo que había sentido el fuerte aroma del café
recién hecho, lo acepté gustosamente.

El interior de la casa era hermoso, se sentía frescura y armonía, paredes blancas con decoración
sencilla. Un gran salón donde seguramente se hacían reuniones grupales y conferencias. Vi una
cartelera con anuncio de las actividades, estaban programadas reuniones para parejas
homosexuales, otras para personas con VIH/SIDA, y encuentros para personas solas. Era la
población con la que siempre había querido trabajar, pero las circunstancias habían sido adversas
en el pasado.

Estaba leyendo la cartelera cuando el doctor Hazbún me saludó. Me tomó por sorpresa y pegué un
pequeño brinco. Disculpe, me dijo, no creía que fuese tan feo para asustarlo así. Usaba un tono
jocoso. Yo me sentí en confianza inmediatamente. Discúlpeme usted a mí, es que estaba distraído.
Bienvenido Tomás, es un gusto tenerlo en el Centro. Su tono era cálido y afectuoso.
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Lo miré detenidamente, era mayor de lo que me había imaginado, pero su voz encajaba
perfectamente con su físico, era un hombre cercano a los cincuenta, calculé, pero perfectamente
bien conservado, era extremadamente atractivo. Sus ojos café oscuros eran totalmente
cautivadores, enmarcados en un rostro perfecto, tez blanca que resaltaba al máximo la marca de
su barba. Su pelo era castaño claro, lo usaba ligeramente largo y ensortijado. Recordé al David de
Miguel Ángel. Vestía guayabera blanca, a lo García Márquez, la apertura de la camisa dejaba ver
un pecho velludo y bien formado. El pantalón era de corte perfecto y yo podía ver la forma de su
cuerpo. Desvié la mirada, realmente el hombre era atractivo.

¿Qué le parece? Me preguntó. Yo contesté: Muy bien, mejor de lo que me esperaba. Me miró con
picardía, creo que yo también lo miré de igual manera. Me invitó a su oficina. Era un precioso
recinto que daba a un jardín interior cuidadosamente cultivado, con plantas exóticas llenas de
flores, una fuentecilla refrescaba aún más el lugar que estaba lleno de aves hermosas circulando
libremente.

La oficina era amplia, elegantemente arreglada, un sobrio escritorio con sus sillas en cuero, una
biblioteca grande y plena de volúmenes que llamaron mi atención inmediatamente, al otro lado un
sofá y dos poltronas que se veían muy cómodas. Me invitó a sentarme en el sofá. Él se sentó a mi
lado pero a prudente distancia.

Usted no es de Medellín, le pregunté. Él me contó que era barranquillero y llevaba unos cuatro
años en la ciudad. Con el Centro llevaba más o menos unos seis meses y su intención era crear un
centro de autoconocimiento dirigido a la comunidad homosexual de la ciudad y del país.

Le comenté que ese había sido uno de los motivos para trasladarme a esta ciudad, pero que de
alguna manera me encontraba desilusionado, había encontrado una comunidad gay inmersa en el
consumismo, incapaz de verse y cuestionarse a sí misma. Él estuvo de acuerdo con mi posición.

Sin embargo, me dijo, creo que usted no se ha dado, ni ha tenido la oportunidad real para realizar
su trabajo, yo he visto su potencial, he recibido comentarios de gente que lo conoce y me han
dicho lo especial de sus intervenciones, yo me he tomado un tiempo para investigarlo antes de
atreverme a llamarle. Me sentí halagado. Venga Tomás, únase a este grupo, lo necesitamos.
Insistió Hazbún. Yo seguía reacio.

Doctor Hazbún, le dije, encuentro este Centro como el que yo he soñado tener, pero no estoy
preparado para asumir la responsabilidad. El me miró con ternura. Mira Tomás, primero que todo,
llámame David, segundo este sitio está abierto para ti, tu pensamiento, tu sentir y tu obra, tomate
un tiempo y platicamos, sé por lo que estás pasando y te ofrezco mi escucha y comprensión, pero
no desperdicies esta oportunidad, tú que has sido un hombre de retos y luchas, que siempre has
salido airoso y victorioso, éste es tu momento. Me hablaba con tal dulzura que sentí inmensas
ganas de llorar.

Me levanté del sofá, me dirigí hacia la puerta en silencio, David me detuvo tomándome
suavemente del brazo. No te vayas todavía, me dijo en un tono suplicante, aún tenemos mucho de
que hablar. Yo me volví hacia él, mi rostro estaba lavado en lágrimas, de las cuales no entendía el
porqué. No puedo, le dije, estoy muy confundido.

Ven, le pido a Lidia una agüita y charlamos un rato, quédate, hizo una pausa, por favor. Volví al
sofá, me senté escondiendo mi cabeza en los hombros, apoyando mis codos en las rodillas, me
sentía incómodo pero sabía que tenía algo que decir en aquel momento. David me trajo una
aromática de rosa de jamaica deliciosa, me la tomé lentamente brindándome calma.

Sabes, le dije, me cuesta creer que esté sucediendo algo así, durante más de un año me esforcé
por construir un centro como éste. Busqué, creé, recorrí y edifiqué. Aún a costa de mi relación de
pareja y fue por el miedo a perderla que ahora no me permito realizar ese deseo. He llegado a no
creer en lo que hago, siento sinceramente que aún me falta algo importante por conocer o por
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perdonar. Y así no puedo trabajar con otros, sino creo en mi verdad, es mas ni siquiera sé si la
tengo, no puedo hacer nada.

David me observaba mientras hablaba, escuchaba en silencio sin interrumpir, sin cuestionar. Yo
proseguí. Durante el año pasado me vinculé a varias organizaciones, estuve en algunas mesas de
trabajo y también tuve la oportunidad de conocer mucho sobre política social, sobre chamanismo,
tantas cosas llegaron a mí. Pero cuando me di cuenta que estaba perdiendo a ese hombre que he
amado, que he aprendido a amar, inconscientemente renuncié a todo y caí en la más profunda
depresión.

En medio de esa depresión, luchaba por sacar adelante mi trabajo, un día tuve un taller de pintura
con un grupo de personas vivientes con SIDA, era algo sencillo y muy lúdico. Decidí trabajar con el
azul, el color de las profundidades y creo que todos los participantes vivimos una grave crisis. Uno
de los participantes hizo un espiral, cuando le pedí que nos lo comentara, explicó que se sentía en
un torbellino, que lo llevaba hacia un punto de oscuridad total sin salida. En mi estado no pude
ayudarle ya que me encontraba igual. Otro de los participantes, un adulto de unos treinta años, se
limitó a pintar un bolsillo de un Jean, claro, un icono gay, murió asesinado en extrañas
circunstancias muy poco tiempo después.

Juan Felipe, continué, mi pareja, psicólogo, diez años menor que yo, había cuestionado varias
veces mi trabajo, ese cuestionamiento había provocado un distanciamiento muy fuerte entre los
dos, que finalmente originó una dura ruptura con separación. Cuando pasó lo del taller, acepté que
él tenía razón y que yo no tenía la preparación para hacer esta labor. Renuncié a mi trabajo,
desaparecí del medio, tratando de recuperar mi relación con Juanefe, lo cual era lo más importante
para mí en ese momento.

David permanecía en silencio, casi había olvidado que estaba en aquella oficina conmigo, nunca
antes había platicado de este dolor con alguien. La crisis del sanador, dijo David, hablando por
primera vez desde que yo había empezado a narrar mi historia. No lo creo, es mi crisis personal,
añadí, desde que empecé a recorrer este camino de la sanación, he encontrado muchas personas
que me lo han dicho. Tomas, tú eres un sanador, me interrumpió, yo continué, en parte lo he
asumido, pero en el fondo no me lo creo, peor si aun me siento gravemente enfermo.

Te ves de lo más saludable, te ves muy bien, dijo David con humor. Yo sabía que su comentario
tenía un doble sentido. Lo miré fijamente y se sonrojó. Seguí con mi historia, sin comentar su
apunte. Le gusto, pensé.

Retomando. Continué. Viví la más profunda depresión de mi vida, con deseos de muerte.
Recuerdo que una tarde, de esas llenas de soledad y angustia, me compré una botella de
aguardiente y me la bajé toda, me maluquié terriblemente y hasta fuertes palpitaciones sentí. Me
quedé dormido y tuve una comprensión maravillosa.

¿Cuál fue? Me preguntó David con verdadero interés. Nuestro cerebro, seguí mi narración, es
incapaz de controlar las acciones metabólicas y funcionales de nuestros órganos, eso es claro y
nada novedoso, pero controla nuestras emociones y sentimientos que a su vez postran o activan al
cuerpo y su funcionamiento. Pero la parte que mantiene vivo al corazón y a los pulmones, por ende
mantienen la vida misma, no dependen del ser individual, ni de la mente ni su cerebro, existe una
fuerza externa que los controla. No puedo actuar volitivamente sobre mis órganos, no puedo
ordenar que se detengan aunque así lo desee. Solo aquella fuerza exterior que da la vida, es la
única que los controla. Ni siquiera existe el deseo de vivir o no, así viva sin quererlo, no podré
nunca lograr que por una orden mía el corazón se detenga o que los pulmones cesen su actividad.

¡Eso es hermoso! exclamó David, y añadió. Sé que en tu vida has tenido muchas comprensiones
como ésta, esas comprensiones, mi querido amigo, que nos van llegando, son las que constituyen
la base de nuestra labor. Una comprensión como la que me acabas de describir, es la base de tu
sabiduría, no tanto de tu conocimiento, con tus comprensiones estas logrando entender al ser
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humano de una forma que no lo hace un médico o un psicólogo. Y esa sabiduría, mi amigo, la
obtienes de tu experiencia propia, viviendo tu proceso y lo vives con los demás, acompañándolos
en los suyos.

Ya te cautivé, le dije, así me sucede siempre, cautivo a la gente de esa manera y después los
decepciono. Te tratas muy duro Tomás, me dijo con seriedad. Tu sabes que no es fácil cautivar a
alguien, y admito que con lo poco que hemos hablado yo estoy totalmente cautivado, pero también
te digo que igualmente he recorrido un largo camino de dolor y aprendizaje que me permite ver con
claridad quien es y quien no es, y tu eres, el problema es que no lo aceptas ¿estoy en lo correcto?

Claro que estás en lo correcto, respondí, no lo acepto porque no lo soy. Puede que tenga más o
menos definida una visión del ser humano, que comprenda parcialmente la historia de la
humanidad y que a partir de esa comprensión adopte una posición frente al hombre, a la vida, a las
jerarquías y organizaciones y que pueda decir que todo esto es una mierda.

David abrió sus hermosos ojos y me miró sorprendido. ¿Te sorprende mi comentario? Le pregunté.
Si, sobremanera, porque no lo entiendo. Ves, ya empiezo a decepcionarte, comenté. En lo absoluto
me defraudas, todo lo contrario, te haces más interesante, comprendo que tu sabiduría va más allá
de lo evidente. Si un adolescente me dice que la vida es una mierda, le digo que espere unos años
y verá lo rica y placentera que es, pero que un hombre de mediana edad que me lo diga y más un
hombre con tu recorrido, creo que tiene razones poderosas para decirlo y eso te hace muy
interesante mi querido Tomás.

Quedamos en silencio un rato, absortos en nuestros propios pensamientos. Yo pensaba, por mi
parte, por qué había sido capaz de proferir de tal afirmación, sin embargo me daba cuenta de lo
difícil que era vivir, las continuas decepciones, renuncias, separaciones, rompimientos, la gran
mayoría causados por honor a la verdad, la crisis de la humanidad, el fracaso de la sociedad, la
miseria, la violencia y los abusos, esto no era un paraíso, era una mierda.

Ya estaba avanzada la tarde y decidí interrumpir la conversación. David aceptó y me invitó a que
almorzáramos juntos al día siguiente para seguir con la plática que el consideraba bastante
importante. Nunca pensé que una entrevista de trabajo fuese tan sustanciosa, fue su comentario
final antes de despedirnos. Yo acepté gustoso la invitación y salí rumbo a mi casa.

Me fui caminando y pensando en la reunión, estaba contento y entusiasmado, desde que había
tomado este camino de sanador o terapeuta, nunca antes había tenido una oportunidad como ésta.
Pensé en David, lo atractivo e interesante que era, sin embargo nunca buscaría un encuentro
sexual con él, primero mi relación, con todos sus problemas y vacíos era una hermosa
construcción por la cual luchar.

Llegué a casa esperando encontrar un mensaje de Juanefe, pero no había nada en el contestador.
Inmediatamente me sentí triste y el entusiasmo de la reunión desapareció.

Llamé a casa de mis hijos, hablé con mi pequeña princesa, Daniela, extrañaba siempre su
presencia, su saludo y su te quiero papi. No me preguntó nada sobre mi ausencia, sabía que ya
estaba acostumbrada a su padre telefónico. Le pregunté por Leonardo, mi hijo adolescente y me
dijo que no estaba en casa pero que estaba bien. Daniela hablaba poco de su hermano, desde
pequeños habían tenido una difícil relación y con el mutismo actual de Leonardo se habían
distanciado mucho más.

Al terminar la breve conversación, recordé aquel comentario de David sobre el adolescente
considerándola vida como una mierda y pensé que Leonardo tenía razones para pensarlo así y
aunque sabía que tarde o temprano lo superaría, sentía su dolor, su odio y rencor hacia mí, este
pensamiento me hizo sentirme aún más triste porque me veía impotente ante esa realidad, la
realidad era que mi verdad nos había separado.
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Llamé a mis padres, quienes se encontraban preocupados por mi prolongada ausencia, les
tranquilicé contándoles que había estado donde unos amigos y no había teléfono y el celular no
entraba, por eso no les había podido llamar. En parte era verdad, el hueco aquel no tenía teléfono
ni el celular hubiese funcionado, pero sobre los amigos que tuve en esos días, ufff.

Volví a llamar a Juanefe, de nuevo el contestador, le dejé un mensaje para que me llamara. Me
recosté y recordé que no había comido nada en todo el día pero no tenía hambre, estaba tan
ensimismado en mis pensamientos que prácticamente había olvidado el cuerpo.

Desde mi alcoba podía mirar parcialmente el cielo, estaba claro y se podían ver algunas estrellas,
¿cuántos mundos como éste existirían?, mundos o centros experimentales de ángeles
desquiciados, si esta Tierra era un verdadero mierdero quizás se lo debíamos al orgullo de un
Lucifer enloquecido. Recordé a Hazz, su figura, su expresión y su historia, una visión del Mal no
tan mala, pensé. También lo hice en Etéphora y sus dos imágenes, la vieja bruja harapienta y la
hermosa faraona. Si era mi ángel de la guarda, como me había afirmado, debería rondar por la
estancia. Le di gracias, al fin y al cabo estaba en casa por ella. Recordé los demonios pequeños
cuya figura no vi y el sufrimiento que me hicieron padecer, sentí de nuevo vergüenza, había sido la
parte más dura y humillante de ese extraño encuentro.

Estaba cansado y mi cuerpo ansiaba dormir, apagué luces y me disponía a hacerlo cuando timbró
el teléfono. Me levanté sobresaltado y a tientas busqué el aparato. Era Juanefe. Su saludo fue frío,
dolorosamente frío. Había deseado hablar con él durante todo el día pero ahora no sabía que
decirle. Hola, le dije muy quedo. Te llamé temprano pero no te encontré, estaba ocupado, me
contestó secamente y agregó: ¿Dónde has estado todos estos días? Le conté que me había
perdido aquella noche y había caído en un hueco en medio de la oscuridad y que solo había
podido salir hasta esta mañana. ¿Sí? Cuénteme una de vaqueros ahora. Me dijo en tono ofensivo.
Mira Juanefe, si puedes vienes mañana temprano y hablamos, de paso me traes mis papeles y el
celular, estoy muy cansado y no tengo fuerzas para pelear más. Voy temprano, me respondió
continuando con su dureza. Terminamos la llamada y volví a la cama

Que iba a creer esa historia, era más traída de los cabellos, pensé, y eso que no le conté de
Etéphora, Hazz y los demonios miniatura, seguramente afirmaría definitivamente mi locura. Traté
de dormir, pero era imposible, todas esas criaturas pasaban por mi mente una y otra vez. Cerraba
los ojos y me sentía de nuevo atado a la pared, gritando en silencio que me liberasen. No iba a ser
fácil sobreponerse a aquella experiencia.

Finalmente pude dormirme. Las tórtolas pidiendo su alimento me despertaron temprano en la
mañana. Era un nuevo día, tenía muchas cosas que aclararle a Juanefe y luego mi cita con David.
El pensar en David me hizo reaccionar positivamente y dejé la cama con energía. Aceptaría de
buena gana las sorpresas del nuevo día.

Juanefe llegó al poco tiempo, afortunadamente yo tenía un mejor aspecto, con la cara que tenía el
día anterior, su reacción hubiese sido peor. Su saludo estuvo frío y distante, yo traté de saludarlo
afectuosamente, como siempre, pero ya existía una barrera entre nosotros que nos impedía
comunicarnos sin prevenciones.

¿Y entonces qué fue lo que te pasó, cuál es el cuento ese del hueco? Me disgustó la forma como
me habló. Sabes, le dije, es muy difícil que me creas en este momento, pero la verdad es que
aquella noche me perdí en la montaña y en medio de la tormenta caí por un hueco hacia una
caverna. Allí viví unas experiencias como nunca antes en mi vida y creo que me afectarán
profundamente a corto y largo plazo. Eso es todo, los detalles no te los digo ahora porque
conociéndote me tildarías de loco.

Me miró sin saber que decir, finalmente me entregó mis documentos y el celular y se despidió con
un muy seco te llamo después. Para mí no era extraño su comportamiento, es más ya estaba
acostumbrado, trataba tanto de controlar sus explosiones de ira que era incapaz de expresar con
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palabras, su mirada lo delataba al igual que las facciones de su cara totalmente tensas. Yo no
insistí, sabía que esto iba tomar largo tiempo en ser solucionado.

Cuando se fue, me pregunté porque mantenía una relación tan difícil de sobrellevar. Los tres años
que llevábamos compartiendo la vida habían sido realmente problemáticos. Los dos con fuertes
tendencias depresivas, ambos viviendo importantes cambios en la vida, habíamos logrado armar
una relación que había sido capaz de sobrevivir a las peores circunstancias, pero que se
desplomaba a cada instante.

De alguna manera él terminó su proceso de aceptación de la homosexualidad a mi lado, proceso
que ninguno de los dos comprendía a conciencia, aceptar la propia situación sexual es mucho más
profundo y difícil, contrario a lo que se puede pensar, pues hay hilos muy sutiles que nos atan
como cadenas a las relaciones fraternales. En mi caso, la aceptación había sido más dolorosa,
pues implicó la separación de tres seres muy queridos. Lógicamente en mí existía y aún existe un
fuerte sentimiento de culpa. Con mis padres hablé y expuse mi condición homosexual, con el
tiempo habían logrado poco a poco su comprensión, en cambio con mis hijos, vínculo que a
Juanefe le había costado muchísimo entender y aceptar, había sido un conflicto permanente tanto
para mí como para la relación.

Tratamos de vivir juntos, fue totalmente imposible, ya que me sentí llevando una carga que no me
correspondía, esa etapa inicial fue muy complicada, yo esperaba alguna ayuda económica de su
parte que nunca llegó, claro, él no tenía dinero, ni empleo. Se me ocurrió la idea de montar un
negocio entre los dos, desastre total, la carga fue peor. Primera crisis y lo saqué corriendo de mi
casa. Mucho dolor sentimos ambos, duramos más de seis meses tratando de recomponer lo roto.
Nunca pensé que una relación de pareja entre dos hombres pudiera ser tan difícil. Lloraba
continuamente y me sumía en depresiones periódicas, el paraíso que creí haber encontrado no
existía.

Además Juanefe siempre asumía una posición muy racional frente a mi estudio, mi trabajo
terapéutico y en especial con mis experiencias místicas, le daba miedo a que me estuviera
volviendo loco. Yo, que las disfrutaba y quería compartirlas con mi amado, encontraba una barrera
a mi expresión, poco a poco dejé de hablar con él de aquello que para mí era vital. Por eso temía
contarle toda mi experiencia en el hueco, sabía que iba a ser muy difícil para él comprenderla.

Recordé mi cita con David Hazbún, no quería llegar tarde. Todos estos recuerdos me habían
dañado el ánimo. Tenía que calmarme para poder continuar con la entrevista de trabajo, como
había dicho David al despedirnos la tarde anterior.

Llegué muy puntual a la cita. David me invitó a almorzar en un restaurante muy elegante en el
Parque Lleras, el sitio chic de la ciudad. Hacía mucho tiempo que no estaba en un sitio como ese,
la verdad es que había logrado sobrevivir en estos tres años con algunos trabajos esporádicos
cuyo pago me permitía vivir sin lujos durante meses, de alguna manera había aprendido a vivir el
presente, sin embargo a veces extrañaba las comodidades que había disfrutado en otras épocas
de mi vida.

David estaba radiante, vestía informalmente y muy elegante. El gusto y el dinero se le notaban. Me
preguntó sobre el tipo de comida que me agradaba más y le contesté que yo disfrutaba la Thai,
aunque sabía que en Medellín no era muy fácil encontrar restaurantes de este tipo. El me dijo
conocer uno nuevo que era excelente y que a él también le gustaba muchísimo, aunque era muy
diferente la estilizada versión occidental comparada con la original de Bangkok o la del campo
tailandés. Me sorprendí. ¿Así que has estado en oriente? Le pregunté.

Estuve un largo tiempo en India, Nepal, China, Corea, Japón, Indonesia y Tailandia. Me contestó
con toda sencillez. Estuve estudiando y conociendo, viajé por aquellas tierras durante años. Debe
ser increíble, comenté. ¿Tú nunca has estado por esos lugares? Me preguntó. No, lo más lejos que
he ido ha sido a Israel. Me apuré a contestar. Yo no he tenido la oportunidad de ir allá, dijo él, debe
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ser hermoso, añadió. No tanto lo hermoso, sino lo sagrado, realmente ha sido uno de los viajes
más extraños de mi vida, le dije.

Cuéntame como fue esa experiencia Tomás, por favor. Después, ahora hemos venido a otros
asuntos, respondí así a su pedido. ¡Señor, hemos venido a platicar de los dos! Me dijo y continuó,
todo lo tuyo me interesa, me intriga, además me encanta escucharte. Sentí su mirada recorrer todo
mi cuerpo, me sonrojé.

El día estaba algo caluroso y nos hicimos en la fresca terraza. Pedimos un cóctel típico y seguimos
conversando durante largo tiempo antes de ordenar. Me preguntaba sobre mi vida, le conté
prácticamente todo, mis estudios, mi iniciación temprana de la sexualidad, mis primeras relaciones
con hombres, mi desilusión ya un poco mayor, mi matrimonio, mis hijos, la terminación, la salida
tardía del closet y le hablé de Juanefe.

El me contó de su niñez y adolescencia en total abundancia que vivió entre Barranquilla y Miami.
Su familia era una de las más prestantes de la costa. Él y su hermana tuvieron la oportunidad de
ser educados en los Estados Unidos. Su padre quería que fuese administrador de negocios para
que a su debido tiempo heredara el emporio de la familia. Él fue consciente de su condición
homosexual desde muy joven, y la libertad de vivir solo en Norteamérica, le permitió definirse
desde su temprana juventud. Sabía que era una situación incompatible con su familia y su grupo
empresarial. Decidió revelarles la situación a sus padres y su decisión de no dedicarse al negocio
de familia. Prácticamente fue desheredado y exiliado, iniciando así su propio camino, contaba
entonces con menos de veinte años.

Regresó a los Estados Unidos donde conoció a un hindú, quien se convirtió en su amante, tiempo
después viajaron juntos a la India y pudo conocerla de cabo a rabo, visitó Ashrams, centros de
culto y entrenamiento. Tuvo contactos muy cercanos con todas las religiones, sin practicar ninguna,
visitó mezquitas, iglesias, templos. Convivió con musulmanes, hindúes brahmánicos, Hare
Krishnas, budistas, católicos y otras minorías religiosas.

Después de tres años en la India, terminó su relación con el hindú y con los pocos ahorros que
poseía, decidió visitar Tailandia, país de mayoría budista. Allí conoció a otro hombre y vivió con él
por más de dos años y medio hasta que murió de SIDA. La muerte de su amante, según David, el
hombre más hermoso que había conocido en toda su vida, fue muy dolorosa. David le acompañó
en todo el proceso de muerte y por lo tanto de desapego y vivió con él la enfermedad y sus
complicaciones hasta el final.

Observaba a David, y aunque sentía su dolor, notable en sus ojos enrojecidos a punto de llorar, me
narraba la historia con una serenidad que envidiaba. Sabía que si lo abrazaba en ese instante,
lloraríamos, así que me contuve. David era el tipo de hombre que yo buscaba, atractivo,
interesante, empoderado de si, emprendedor, sensible y sereno, contrastaba con Juanefe,
temperamental, variable y desagradecido con la vida.

Mientras me contaba la historia, yo miraba sus hermosos ojos y él sin dejar de hablar me respondía
la mirada con mensajes que yo no quería interpretar en ese momento, indudablemente existía
magia entre nosotros dos.

Después de la muerte de su amor en Tailandia, David decidió regresar a Colombia pero antes
visitó China, Corea y Japón donde se entrenó en varias técnicas terapéuticas tradicionales y no
volvió a conocer el amor. La experiencia había sido muy fuerte y no estaba preparado para vivir
otra más. Decidió dedicarse de lleno a su estudio y a enfocarse en la ayuda emocional y de mejora
en la calidad de vida de los portadores de VIH y enfermos de SIDA.

Yo me sentí plenamente identificado con su decisión y así se lo hice saber. Él me contestó que por
esa razón me estaba buscando, el sabía de mi sensibilidad, requerida para llevar a cabo ese
trabajo. Tengo la sensibilidad, le dije, pero no tengo la fortaleza para hacerlo. Quedamos en
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silencio ante mi comentario y agregó ¿Qué te frenó en el impulso que tenías?, sé de buena fuente
que hacías un excelente trabajo. Su pregunta me tomó por sorpresa y esperé un poco para
responder.

Me invalidaron los psicólogos, le contesté secamente. Sentí que los ojos se me llenaban de
lágrimas y traté de calmarme. ¿Qué sientes? Me interrogó. Siento mucha rabia y frustración.
Durante meses me entregué con amor a mi labor, la disfrutaba de verdad, aunque era confrontante
y agotadora. Sentía que al fin había encontrado mi camino. Hice una pausa que él interrumpió.
Entonces ¿Qué pasó? Lo miré, no quería contestarle. Él respetó mi silencio.

Mi pareja, asumiendo su rol de psicólogo, seguí contando, cuestionó y demeritó fuertemente mi
trabajo. Como resultado de ello tuvimos una dolorosa separación y yo dejé, al poco tiempo, de
trabajar. Adicionalmente otro psicólogo con quien trabajaba en la corporación hasta me amenazó
con denunciarme ante las autoridades de salud por ejercer una práctica ilegal. Eran dos personas
que yo admiraba y por las que sentía afecto, para mí fue un momento muy doloroso.

¿Y de eso hace cuánto tiempo? Me preguntó. Cerca de un año. Contesté. Me generaron una
inmensa inseguridad y decidí que no podía hacerlo. Además, volví a quedar en silencio. Además
¿Qué? Me preguntó. Además volví con Juanefe al poco tiempo de la separación y decidí,
inconscientemente, no seguir con ese trabajo para evitar conflictos. Para mí era más importante
estar con él que con el resto del mundo. Renuncié a todo por él. La voz me tembló.

David me miró con una inmensa ternura, era esa mirada que ya conocía. Abrazaba con sus ojos,
pero era un abrazo protector lleno de amor. Desvié mi mirada, me era difícil expresar lo que corría
por mi cuerpo y mi mente en aquellos momentos.

¿Tú lo amas? Me preguntó con mucha seriedad. Si, inmensamente, contesté sin dudar. ¿Estás
seguro? Volvió a interrogarme. Yo lo miré, no quería contestarle ya que dentro de mí existía esa
misma pregunta. Entonces me dijo: debemos ser capaces de entender la razón por la cual nos
sentimos unidos a una persona, el amor tiene muchos disfraces, al igual que otros sentimientos y
necesidades se disfrazan de amor. Escuché su frase y comenté, no te entiendo muy bien.

A veces creemos amar porque sentimos necesidad de la otra persona, porque nuestra propia
soledad y vacío son tan grandes que solo los puede llenar otro ser a quien idealizamos y
atrapamos para nosotros. Somos egoístas y estamos llenos de temor. Egoístas porque queremos
que ese ser sea solo para nosotros y temerosos de enfrentar el vacío interior que somos incapaces
de llenar.

Mientras me hablaba, recibí sus palabras como punzadas en mi corazón, sabía del inmenso vacío
que sentía cuando nos separábamos con Juanefe, como el que vivía en ese momento, la discusión
de la cabaña y mi desaparición por varios días había causado un distanciamiento muy grande entre
nosotros, aunque aún no hubiésemos hablado de ello, se percibía en el ambiente y yo por
supuesto no estaba bien anímicamente. David lo notó. Mira, no quería meterme de esa manera en
tu vida afectiva Tomás. Se disculpó. No te preocupes, le contesté, simplemente es que estamos
pasando por un momento difícil, agregué.

Sentí que podía confiarle mis dudas, mis angustias y dolores. Le conté mi relación con Juanefe, el
hermoso encuentro inicial que tuvimos y pronto se vio empañado por el miedo al compromiso. En
aquel momento, yo acaba de terminar mi matrimonio y separarme de Laura y mis dos hijos y no
había vivido ese duelo apropiadamente. Juanefe acababa de llegar de un viaje a los Estados
Unidos totalmente dramático que le había minado totalmente la confianza en sí mismo, se
encontraba empantanado en la terminación de su tesis de grado. Cada uno estaba envuelto en su
propia tormenta y al unirnos formamos un terrible huracán. Nos unieron nuestros miedos y
necesidades que se disfrazaron de amor.
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Nos atraía un fuerte impulso sexual, gozábamos de nuestros cuerpos libres de ataduras, esa unión
sexual fortaleció nuestra relación de tal manera que los detalles de la vida práctica pasaban
desapercibidos. Al poco tiempo de conocernos, viajé solo a México a un congreso internacional de
terapeutas florales donde iba a participar como ponente. Durante mi viaje, Juanefe sufrió una
profunda depresión que yo pude percibir en la distancia, era lógico que no confiara en mi fidelidad,
ya que yo le había contado mi historia con Laura, plena de relaciones y encuentros con otras
personas, especialmente en los últimos años de la misma.

Pero en ese momento la situación era distinta, yo estaba enamorado, creía haber encontrado mi
verdadero amor, el compañero de mi vida y no sentía ninguna necesidad de buscar ninguna
relación o enredarme con nadie. Quería serle fiel y guardarle por siempre, además no quería
exponerme ni exponerlo a ninguna enfermedad. Entre los homosexuales siempre existe el
fantasma del SIDA.

¡Así es! Me interrumpió David. ¿Sabes? Cuando conocí a Wen en Bangkok lo primero que me
contó fue su condición de enfermo de SIDA y yo lo acepté de esa manera y pudimos mantener esa
relación hasta su muerte, por eso ha sido la experiencia más bella que he tenido en mi vida.
¿Tuviste miedo? Le pregunté. Si, muchísimo, pero él me enseñó a sobreponerme al miedo y vivir
de verdad, no importaba el tiempo que restase.

Tuve ganas de llorar, ¿es así el verdadero amor? Le pregunté con voz temblorosa. Es una
hermosa forma de amar, me contestó, su voz también temblaba. Cruzamos nuestras miradas,
ambos llorábamos, sus mejillas eran recorridas por sendas lágrimas al igual que las mías. Me tomó
sutilmente la mano derecha y la apretó. Yo sentí que me abrazaba. Retiré mi mano al recordar que
estábamos en un sitio público y brindábamos un espectáculo poco aceptado en una ciudad tan
conservadora.

¿Aún te duele, verdad? Le pregunté. Si, duele mucho, era un ser maravilloso y aunque aprendí
muchísimo de la vida y como enfrentarla, aún lo extraño, no he dejado de amarlo. No se deja
nunca de amar, le interrumpí, sé en lo más profundo de mi ser que aún amo a Laura y siempre
estará en mí, aunque nunca más pueda estar junto a ella. Hay un lugar en mi corazón que le
pertenece y que de vez en cuando visito.

¿Todavía estás apegado a ella? Me interrogó. No, en lo absoluto, contesté, pero la recuerdo,
recuerdo nuestra relación, además existe un vínculo indisoluble entre nosotros, nuestros hijos. ¿Y
el apego a ellos? Me interrumpió. Ha sido mucho más difícil, continué, pero sigo caminando.
Pasaron por mi mente los momentos de su nacimiento, Leonardo llegó un mes y medio antes de lo
esperado y en medio de mi peor crisis económica, era un muñequito precioso, pequeñito pero
fuerte. Daniela en cambio llegó a sus nueves meses completos, pero después que su madre
viviera una infección de toxoplasmosis, de la cual yo me sentí culpable, cuando me la pasaron
después de la cesárea y la tuve en mis brazos no pude contener mi llanto, era el ser más hermoso
que nunca había visto. Mis ojos se llenaron de lágrimas nuevamente.

¿En qué piensas Tomás? Interrumpió David mis recuerdos. En mis hijos, no quisiera perderlos
nunca. Le contesté. No los has perdido, me dijo, ni los perderás nunca, eso no excluye el apego,
pero comprendo que es un amor diferente. ¡Si que lo es! dije, totalmente diferente. Juanefe no ha
podido comprender eso y es un elemento fuertemente disturbador de nuestra relación, considera a
mis hijos como rivales. ¡Eso es muy egoísta! Dijo David con un tono que parecía enojo. Eso mismo
pienso yo, agregué.

Nuestra conversación se vio interrumpida por la agradable mesera que traía nuestra orden. La
comida olía fabulosamente y la presentación era muy apetitosa. El olor a jengibre y cilantro tan
típicos de la mesa thai se dejó notar y nos reanimó. Adelante, buen provecho Tomás, me invitó
David a seguir, disfruta este manjar como estamos disfrutando este encuentro. Me encantaba ver
sus modales y refinamiento. Probé la comida. ¡Que delicia! Exclamé, es de lo mejor. Es cierto,
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agregó David, sin embargo es diferente a lo que se come en Tailandia, sabes allá es más picante y
condimentada, esta es la versión adaptada a nuestro gusto más suave.

Durante el almuerzo hablamos de las comidas orientales y de cómo cada uno las había conocido y
disfrutado. El picante de las sopas coreanas, el pescado crudo japonés, el curry hindú, realmente
disfrutamos ese momento. De postre gozamos de un delicioso helado frito y cerramos con un
expreso. La tarde empezaba a caer. Creo que es hora de marchar, le dije. ¿E Interrumpir este
mágico momento? Comentó David, personalmente no tengo nada que hacer ahora, tengo todo el
tiempo para ti, ¿y tu Tomás? Tengo que volver, tengo un asunto pendiente por resolver. Le
contesté. ¿Con Juanefe? Me preguntó, si, no me le puedo perder otra vez. Agregué sin saber
porqué. ¿Otra vez? Me interrogó intrigado.

Te voy a contar, decidí hablarle de mi experiencia en el hueco. Es una historia increíble, difícil de
contar. El sábado anterior fuimos a Santa Elena a la cabaña de unas amigas, allí tuvimos una
discusión, algo usual entre nosotros y yo salí muy molesto a caminar, era ya el atardecer, empezó
a llover a cántaros y me perdí. Buscando el camino caí primero por un desfiladero y luego por un
hueco. David me interrumpió ¿un hueco? Así es, le contesté, fue como caer por entre una
chimenea y llegué a una cueva en la que tuve unos encuentros muy extraños. Estuve allí hasta
ayer, jueves, cuando, como por arte de magia, aparecí en mi cama.

¿Y que pasó en la cueva? David estaba verdaderamente interesado. Allá, continué, se me apareció
una mujer vieja con cara de bruja, de aspecto sumamente desagradable con la que finalmente
pudimos hablar, pese a mi oposición. Tomé Ayahuasca y ella se transformó en una mujer de una
belleza extraordinaria, después se me apareció la Zarza ardiente que me abrazaba, después llegó
un ser de las tinieblas, que se identificó como un ángel caído, me maltrató sicológicamente, intentó
seducirme con un falo gigantesco y después empezó a narrarme la historia de Lucifer. Hice una
pausa.

Al otro día, la mujer volvió a ser la pordiosera inmunda, mas me reveló su origen y su nombre. Se
llama Etéphora, me dijo que era o había sido la madre de Keops, el gran faraón, me contó de su
papel conmigo, estaba aquí para ayudarme y llevaba mucho tiempo esperándome. Después me
ofreció bebida de hongos que tomé confiado y tuve el peor de los viajes.

¿Qué pasó? Su interés en mi historia era creciente. Yo continué. La cueva se sumió en la
oscuridad mas profunda y surgieron unos seres que percibía como duendes o gnomos, hablaban y
reían como niños, pero eran unos seres diabólicos que no tuvieron la más mínima misericordia de
mí, me humillaron y maltrataron de una manera impresionante. ¿Y, cómo saliste de allí? Me
preguntó. Al verme colgado, continué, como me tenían aquellos seres, vino a mí la fortaleza de
Cristo en la Cruz y entonces fui liberado.

Y así de pronto estaba en mi cama cuatro días después. Había desaparecido para el mundo y solo
Juanefe había extrañado mi ausencia, pero está tan molesto que no hemos podido hablar. Esa es
la inquietud que siento ahora, creo que este hecho va a causar un gran daño a nuestra frágil
relación.

Creí que era una relación fuerte, comentó David. No, todo lo contrario, añadí, está basada en
nuestros miedos y necesidades. Y desde el miedo no se puede construir una relación de amor. Y
con esa visión que tienes, ¿a que le temes Tomás? Me preguntó de nuevo. Le temo a la soledad y
al vacío. Le temo al olvido de aquellos que he amado. Me sentí melancólico.

Ven, vamos a mi casa y nos tomamos una cerveza, me invitó cordialmente. No puedo, tengo que
resolver este problema, le dije negando con la cabeza. Creo que no estás en la mejor disposición
para tratar el tema y solo te va a causar más dolor, date un tiempo, si te ama te comprenderá y te
esperará, si es lo contrario, tu ya te sentirás mejor para enfrentar la situación. Sus palabras me
convencieron y acepté la invitación y me inquietó, en privado podrían suceder situaciones que de
alguna manera no quería evitar.
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Como me había imaginado, David vivía en un precioso apartamento en los altos del Poblado con
una fabulosa vista sobre la ciudad. Cuando llegamos, nos acercamos al balcón a contemplar como
el sol caía sobre los montes occidentales del valle, un tono rosado iba invadiendo el cielo y toda la
ciudad, que lentamente prendía sus luces. Desde allí se veía tan pacífica, tan tranquila.

Era un apartamento amplio, moderno, decorado con excelente gusto y sencillez. Mucho Feng Shui,
comenté. Claro, me contestó, después de tantos años en oriente, el Feng es parte de mi existencia.
Siéntate, ponte cómodo, si quieres coloca algo de música. Tenía la más hermosa colección de
música oriental, escogí cualquiera al azar, resultó ser una selección hindú totalmente exquisita. Me
senté en el acogedor sofá blanco, mientras esperaba que viniera, estaba en la cocina, donde le
escuchaba manipular cosas. ¿Te ayudo? Le pregunté. No, espérame tranquilo, ya voy, relájate, si
quieres quítate los zapatos, te estoy preparando una sorpresa.

Al instante apareció con dos Dry Martini. Es mi favorito, me dijo, un poco pasado de moda pero
delicioso para una tarde como ésta. Comenté que durante años también había sido mi favorito. Era
increíble su forma de sorprender. Se sentó a mi lado, yo lo observaba atentamente, me gustaba
demasiado. ¿Te gusta la música Tomás? Me encanta, está deliciosa y el cóctel también. Levanté la
copa para brindar. Brindemos por nuestros caminos llenos de rosales, dijo. Si, brindemos por las
rosas y las espinas, agregué.

El sol ya se había ocultado y una tenue penumbra empezaba invadir al salón. ¿Quieres que prenda
la luz? Me preguntó, haciendo el ademán de levantarse, acariciándome suavemente el hombro. Así
está bien, le dije, quiero verte mientras el sol termina de ocultarse. Comenté suavemente, me sonó
romántico el comentario y me sentí apenado.

No se levantó y dejó su mano en mi hombro. Su cercanía me encendía, sentí deseos de besarlo y
empecé a sentir una erección. Me alejé de él, Disculpa, no quiero, interrumpí mi frase. ¿No quieres
que? Me preguntó con cierta sequedad. No deseo dañar dos relaciones, le dije. ¿Dos? Si, la mía
con Juanefe y ésta que está naciendo entre nosotros dos.

¿Quieres una relación conmigo? Preguntó con un tono que me desconcertó un poco. Quiero
conocerte más, eres una persona muy interesante, le dije, pero aún no sé si quiero una amistad y
un trato laboral u otro tipo de relación. Nos quedamos en silencio adivinando nuestra miradas en la
oscuridad. Sentí que su mano tomaba la mía y se la llevaba a su cara, me estremecí, tocar su
rostro hermoso, su barbilla, cerré los ojos. Sentí que se acercaba hacia mi cara con intención de
besarme, yo no opuse resistencia. Me gustas, susurró a mi oído, eres muy hermoso, me dijo.

No, por favor, susurré, aún no. ¿Cuándo? Susurró él, besándome el oído. No sé, pero hoy no, le
dije apartándolo de mí. David te voy a confesar que me gustas y atraes mucho, pero sé que no
debo hacer nada en este momento, estoy confundido y no puedo romper mis votos con mi pareja.
¿Votos, lazos o cadenas? Me preguntó. Lo que sea, no siento que sea lo correcto ¿me entiendes?
Se alejó un poco. Claro que lo entiendo y además te admiro, nunca nadie me había hecho esto.
¿Estás molesto? Le pregunté. En lo absoluto, me encanta que seas capaz de poner límites, dijo
sonriendo. Pero te advierto, me quiero enamorar de ti y que tu te enamores de mí.

No sé si sea posible y bueno. Supuestamente tú me buscabas para que realizáramos un proyecto
compartido y ahora me planteas una relación sentimental, me siento engañado. Le dije y se sintió
sorprendido. Cuando supe de ti, sin conocerte, me dijo, me propuse buscarte porque sabía que tú
eras la persona que yo necesitaba para llevar a cabo el proyecto, pero ayer, después de
entrevistarnos empecé a soñar con otro proyecto. ¿Qué proyecto? Le interrumpí. El proyecto de
compartir mi camino contigo, me contestó. ¿No te parece apresurado? Le pregunté. Nada es
apresurado, porque no controlamos nada ni a nadie, la vida está llena de sucesos que nos
controlan y los de ayer, los de hoy son esa clase de sucesos.
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No voy a iniciar nada contigo ahora, dije asertivamente, he luchado por una relación por más de
tres años, he sufrido y llorado por ella y no la voy a abandonar ahora. Y ¿Sí es él quien la
abandona? Me interrogó. Pues, alargué la s, no saldré corriendo a tus brazos, no sería
consecuente conmigo mismo ni contigo. Sí en realidad Juanefe y yo no nos amamos, la relación
terminará y habrá que hacerle el duelo necesario y cuando esté listo y tú estés listo, acentué esta
última parte, veremos si hay posibilidad ¿De acuerdo?

De acuerdo Tomás, cuando trabajes conmigo, te prometo que no intentaré seducirte, solo quiero
que me acompañes en el proyecto como inicialmente lo había pensado, ¿te parece? No puedo
decir nada aún, le dije, no sé las condiciones, agregué. Ah, las condiciones, tendrás un salario de
acuerdo con la posición y podrás realizar el o los proyectos que consideres. ¿Un salario? Hasta
ahora siempre había realizado esta labor de manera voluntaria, estaba gratamente sorprendido. Si,
tú serás algo así como el director académico de la institución y he pensado un sueldo de dos
millones de pesos, ¿estará bien para ti?

Estaba más que sorprendido, dos millones y haciendo lo que quería hacer. Me parece muy bien,
sin embargo, puedo pensarlo, Le contesté. Claro tómate tu tiempo, espero tu llamada el lunes
temprano, puedes iniciar cuando quieras. Perfecto, le dije, te llamo el lunes. Bueno creo que debo
irme. Agregué. ¿Si quieres te llevo? Me preguntó. Acércame al metro, gracias, le contesté. No
quería que me llevase a mi casa.

Una cosa más, Tomás, no voy a renunciar a ti. No comenté nada. Salimos en silencio y seguimos
así hasta que me dejó en la estación del metro. No había nada que agregar a ese comentario, al
menos nada por ahora.

El viaje hasta la casa fue extraño, no esperaba esa oportunidad que sabía podía cambiarme la vida
y menos aún encontrarme con ese ser tan especial que era David Hazbún, recordé cuando conocí
a Juanefe, me había impactado más su personalidad que su físico, en poco tiempo me enamoré
más de su físico y empecé a desenamorarme de su difícil personalidad. David, al contrario, era
seductor tanto por su físico como por su forma de ser. Mariposas volaban en mi estómago.

Llegué a casa y encontré varias llamadas en el contestador. Juanefe me estaba buscando
afanosamente, le llamé a su casa y lo encontré. Me contestó con la misma frialdad con la que se
había despedido en la mañana. Te he llamado todo el día a casa, al celular y no me has devuelto la
llamada, ¿Qué te pasa? Fue lo primero que me dijo, sin siquiera saludarme. Disculpa, le contesté,
es que salí a una cita y se me quedó el celular, y no estuve en toda la tarde. Necesito hablar
contigo, me dijo, sin cambiar su tono agresivo. Está bien, si quieres mañana hablamos, tengo
muchas cosas que contarte, le dije con afecto. Me imagino, añadió él con amargura. Ven a
almorzar y platicamos. Le convidé. No sé, estoy ocupado, quisiera salir de eso temprano. Está bien
ven temprano. Ya estaba irritado por su tono e intuí una ruptura.

Como cambia la vida en instantes, antes del suceso en la cabaña, la relación con Juanefe estaba
relativamente tranquila, ahora de nuevo la sentía patas arriba, mi vida también estaba trastocada,
la experiencia del hueco había sido demasiado fuerte y ni siquiera aún podía comprender sus
alcances, además, el grato encuentro con David y su centro terapéutico le daba un nuevo brillo a
mi existencia. Le pedí al Universo claridad y fortaleza, no podía hacer nada más.

Las tórtolas en el jardín me despertaron muy temprano y me levanté animado a enfrentar el nuevo
día que intuía difícil. Juanefe llegó pronto como había prometido, estaba demacrado e indispuesto.
Su forma de hablarme estaba llena de odio, rabia e indignación. Traté de mantenerme calmado.

¿Qué te hiciste el sábado, cuando saliste de la cabaña de Maribel? Me preguntó agriamente. Le
conté lo sucedido con cierto detalle, él me miraba entre asombrado e incrédulo, cuando terminé la
narración se limitó a decirme que no me creía nada.
33

¿Entonces que hice, según tú? Le pregunté indignado. Pues sabes, me contestó, desde hace
algún tiempo creo que tienes un amante y te escapaste con él a pasar una deliciosa luna de miel
en estos días, incluso ayer, ya que no fueron suficientes los días de hueco, dijo esto último con una
ironía que me hirió. Además, agregó, has estado tan extraño últimamente.

Mira, le dije, si me quieres creer o no es tu problema, le dije con fuerza, yo sólo te he dicho la
verdad, no tengo ningún amante, mi fidelidad está fuera de discusión, lo miré fijamente a los ojos,
desafiante, el bajó la mirada. Y si, si estoy extraño, lo admito, crees que para mí ha sido fácil
aceptar el rechazo de mi hijo, dije esperando comprensión. Hasta cuándo el culicagado ese, añadió
él bruscamente. Pues el culicagado ese como le llamas es mi hijo, un amor que tu nunca
comprenderás, y te pido respeto, respeto por mí, mi dolor y mi hijo.

Te propongo una cosa, continuó Juanefe, tomémonos un tiempo. Lo miré con rabia, no era la
primera vez que nos dábamos tiempo. Seamos claros, le dije, tú desconfías de mí y además estás
cansado de la vida que llevamos juntos. ¿Qué tiempo necesitamos? Ninguno, si quieres irte, vete,
le dije dándole mi argolla de compromiso, yo también estoy cansado y solo. Me miró con rencor.

Salió de la casa sin despedirse, me sentí desolado. Finalmente le había dado gusto, yo sabía que
el venía a terminar la relación, pero yo había tomado la iniciativa. Como siempre impulsivo, pero en
el fondo sabía que estaba en lo correcto, aunque saberlo no eximía el dolor que sentía.

Sueños de construcciones y proyectos otra vez destruidos, ¿hasta cuándo podría resistir mantener
mi casa en obra negra, construyendo y destruyendo a cada rato? Me pregunté. Recordé a mi
psicoanalista, al terminar el proceso iniciado con él, afirmó que el psicoanálisis era eso, mantener
la casa en obra negra, siempre en construcción. Asimilar la frase del psicoanalista me dio cierta
tranquilidad. Me dediqué ese fin de semana a calmarme a través de la meditación y la relajación, al
fin y al cabo debía llamar el lunes temprano a comunicar mi decisión y debía reflexionar
profundamente sobre ello.

El lunes siguiente me levanté animado con la claridad de la decisión, aceptaría la propuesta, por
todos lados era positiva, un sueldo razonable para mi condición, un sitio que se adaptaba a mis
requerimientos y un jefe adorable, que más podía pedir.

Llamé temprano, como había prometido y le comuniqué a David mi decisión. ¡Bravo! Gritó al otro
lado de la línea, ¡sabía que aceptarías Tomás! ¿Cuándo inicias, si quieres, desde hoy? Lo
escuchaba tan entusiasmado, le dije ¡listo, ya salgo para allá!

Él abrió la puerta al sentirme llegar. ¡Bienvenido! Casi gritó y me dio un fuerte abrazo, este lugar te
esperaba como tú lo esperabas a él. Sentí una gran emoción en la garganta, me quedé sin aliento.

Entramos a la casa. Lidia dale el contrato a Tomás para que lo revise y pídele los datos para las
afiliaciones de rigor. Que eficiencia, comenté. Yo estaba seguro que venías y mandé a preparar el
contrato el fin de semana. Vamos a mi oficina, tenemos mucho que platicar, planear y hacer. Me
sentí asustado por la intensidad que le ponía David al hecho.

Ya en su oficina, después que Lidia me entregase el contrato y saliese de la misma, David cerró la
puerta y me preguntó ¿Qué te hizo tomar la decisión? Me miraba de una forma que me sentía
intimidado, no había en él una mirada lasciva, era una mirada de admiración y gusto por mi
presencia allí. Fue fácil, le contesté, es una magnífica oportunidad. Y, Juanefe, ¿qué dijo? Me
preguntó con interés. Nada, ni siquiera sabe. Cambié mi expresión. Terminamos el sábado, dije
con cierta nostalgia. Lo siento mucho. Me dijo. Ven tenemos mucho que hacer.

Era cierto, hubo mucho trabajo, empezamos por planear cursos y encuentros, esa planeación nos
tomó un buen tiempo, la actividad fue intensa y los días pasaban raudos, poco a poco la herida de
la separación con Juanefe fue sanando, o eso creía, y me entregué de lleno al trabajo que me
fascinaba. David fue respetuoso en alto grado de mi duelo y nunca intentó seducción alguna, pero
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su entusiasmo inicial con mi labor no decaía, me apoyaba y creía en mi capacidad. En poco tiempo
logramos consolidar varios programas de educación no formal relacionados con el crecimiento
personal y desarrollo motivacional que fueron adquiriendo reconocimiento en la ciudad.

Igualmente logramos organizar dos grupos de encuentro que habían hecho parte de mi sueño, el
primero estaba dirigido a homosexuales casados, separados o no y el otro para vivientes con VIH
SIDA. Ambas convocatorias estaban teniendo una aceptación importante y ya se hablaba mucho
de ellas en la ciudad.

Recibimos una invitación de un programa de televisión del canal regional para mostrar nuestra
experiencia y nuestro trabajo. Ya había asistido antes a programas similares, pero éste prometía
ser una experiencia muy importante para el Centro. El programa se realizó en nuestra sede, me
sorprendió el nerviosismo de David aquel día. Grabaron una parte muy breve de los cursos y de los
grupos de encuentro, adicionalmente nos entrevistaron a los dos. El programa tuvo tanto éxito que
le pidieron repetición al canal. De muchas instituciones educativas y de apoyo nos llamaron para
presentar nuestra propuesta de interacción y educación.

Llevaba más de seis meses trabajando en el Centro, seis meses de arduo trabajo, seis meses de
logros y seis meses que no había vuelto a saber nada de Juanefe. Aquella noche, al llegar a casa,
me dispuse a escuchar los mensajes en el contestador y mi sorpresa fue grande al escuchar su
voz pidiéndome que le llamase. Inicialmente dije no, no quería hablar con él. Entonces, me
pregunté: ¿Aun tengo la llaga abierta y el dolor vivo?

Como respuesta a esa pregunta me atreví a llamarlo, aunque era un poco tarde. El teléfono timbró
varias veces y me disponía a colgar cuando contestó. Aló, su voz sonaba adormecida. Hola le dije,
soy yo Tomás, disculpa llamarte a esta hora. No te preocupes, me dijo, está bien, además que rico
escucharte. Tenía de nuevo la voz cálida que me enamoraba. Y ¿cómo vas? Me preguntó, sé que
estás trabajando y has tenido mucho éxito. No exageres, le dije con falsa modestia. En serio, me
dijo, en toda la ciudad se habla de ustedes, además el programa de televisión fue estupendo, me
dijo haciendo una pausa. ¿Lo viste? Le pregunté con entusiasmo. Si, casualmente y me pareció
muy bueno, tanto que propuse en la institución donde trabajo que los invitaran a una charla. Me
dejó sorprendido. Bueno, no sé, dije dubitativamente, tengo que hablar con David.

¿David es tu jefe? Me preguntó sin que le notase ninguna malicia. Yo le respondí afirmativamente,
él salió también en el programa, añadí. Es muy apuesto, comentó. Si, le contesté, mucho y mejor
persona aún. Si quieres, continué, dame el teléfono de tu oficina y te llamo mañana y cuadramos,
¿te parece? Le pregunté. Llámame al celular, me dijo. No tengo ya el número, lo borré hace ya un
buen tiempo y prefiero llamar a la institución. Me dio el número, nos despedimos cordialmente y
colgamos.

Prueba superada, pensé, sin embargo aquella noche no pude dormir. Pensaba la razón oculta de
la llamada, por otro lado no quería que se involucrase en mi trabajo, sentía su envidia de mis logros
y con mayor razón en esa área que era la suya. Con esos pensamientos dando vueltas en mi
cabeza el sueño no llegó.

Al otro día amanecí tan demacrado y con tanta ansiedad que David lo notó al instante. ¿Qué pasa
Tomás? Me preguntó con ese dulce tono que usaba cuando hablaba conmigo. Anoche recibí una
llamada de una institución para invitarnos a una charla. ¡Magnifico!, comentó con el entusiasmo
que le ponía a todas sus acciones. Me miró fijamente ¿Pero? Me preguntó poniendo una cara de
perrito regañado. El pero, le dije, esa es la institución donde trabaja Juanefe. ¿Y? me interrogó.
¿Aún te mueve el piso? Lo miré fijamente. Desde que estoy trabajando aquí, no había vuelto a oír
de él y de alguna manera, gracias al trabajo, pude salir adelante con mi dolor. Durante éstos seis
meses no tuve, ni siquiera intenté tener una relación, pero su llamada me ha llenado de dudas.
Además yo no quiero hacer ningún trabajo con él. Estaba pensativo ¿Aún sientes inseguridad
frente a él, con relación a tu trabajo, me refiero? Preguntó David con su estilo de dar en el punto en
el momento exacto.
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Me tomé un tiempo para contestar. Si, creo que aún me afecta, es mi propia inseguridad, además
de la envidia que él siente con relación a mis logros en este campo. Mira Tomás, dijo David, vamos
a ir y tú te vas a enfrentar con ese fantasma, tú no le temes a él, yo he sido testigo de primera
mano de la calidad de tu trabajo, le temes a esa sombra que él proyecta sobre ti. Libérate, la única
forma de hacerlo es enfrentando, no evitando. Tras el comentario de David, llamé a Juanefe y
cuadramos una cita para esa misma tarde.

Llegamos a su oficina puntualmente. David era tan escrupulosamente puntual como yo. Al bajar del
carro, David pasó su brazo sobre mi hombro. Ánimo, todo saldrá bien. Entramos a la desvencijada
casa. La institución era una especie de hogar de paso que mantenía niños en condiciones difíciles
en su hogar o niños sin hogar. Ellos les proveían alimento y acompañamiento, más no daban
educación, los enviaban a instituciones para tal fin.

Juanefe nos recibió con una amabilidad que reconocía. Era encantador cuando se lo proponía y
era despreciable cuando dejaba brotar su indiferencia e indolencia. Nos acomodaron en una
pequeña oficina, que aunque vieja y deteriorada se notaba en ella la mano de Juanefe, su
cuidado, todo puesto en orden, dejaba ver un poco su psicorigidez y algo de Feng Shui. Yo
permanecí en silencio mientras David llevaba el ritmo de la reunión. Miraba a Juanefe y trataba de
adivinar lo que quería decirnos con sus ojos tanto a David como a mí.

Juanefe era el líder del grupo de psicología de la institución. Nos describió el trabajo que estaban
haciendo, como siempre repleto de términos técnicos que me fastidiaban. Vaya, ha progresado
también, pensé, la separación nos había servido por igual. Charlamos sobre el tipo de trabajo que
hacíamos, tanto Juanefe como su grupo dejaron ver su entusiasmo en algunas de las actividades
que realizábamos y la posibilidad de contratarnos para algunos talleres, aunque la paga no sería
muy buena ya que ellos eran fundación de bajos recursos. David miró a Juanefe y a todo el grupo
diciéndoles: Nosotros también somos fundación, igualmente vivimos del apoyo de otros, tanto del
estado como de empresas privadas, pagamos bien a nuestros profesionales y cobramos lo justo
por nuestro trabajo. No damos, ni recibimos limosnas porque nos valoramos a nosotros mismos y a
la labor que hacemos, entonces esas son nuestras condiciones. Yo quedé sorprendido de la
firmeza con la que había hablado, el grupo también. Noté la expresión tensa de Juanefe.

Bien, Doctor Hazbún pásenos la propuesta y la discutimos entonces. Fin de la reunión y gracias a
Dios poca mi intervención, posiblemente no haríamos ningún trabajo juntos frente al categórico
planteamiento de David. Estábamos listos para retirarnos cuando Juanefe me llamó aparte. Tomás
¿puedo hablar contigo un momento en privado? Si claro le dije. Me llevó a otra oficina y la cerró.

¿Qué deseas? le pregunté. Un beso, me dijo. Lo observé, estaba más flaco y lo noté demacrado.
¿Un beso? le interrogué, mis labios se secaron, ya no producen besos para ti. Eso era todo,
entonces me voy, le dije tratando de salir de la oficina. Tomás, me dijo mientras me tomaba del
brazo para detenerme, quiero hablar contigo. Nuevamente le miré. ¿Tenemos algo de que hablar?
Le interrogué. Si, mucho, quédate y te llevo a casa, me dijo casi suplicante. No, contesté
secamente, ya no hay nada entre los dos para hablar y déjame salir por favor.

Me soltó el brazo y salí de la oficina. David me miraba con angustia. Vamos, le dije, se hace tarde y
tenemos cosas que hacer. Me miró extrañando el tono que usaba, me siguió y nos dirigimos a su
auto.

Discúlpame Tomás, ¿te puedo preguntar que pasó en aquella oficina? Si claro, Juanefe me invitó a
hablar de nosotros dos. De él y yo, aclaré. Claro, porque nosotros dos no tenemos nada, dijo David
serenamente. Yo le dije que no había nada para hablar entre nosotros y eso fue todo lo que pasó.
Me quedé callado. ¿Y tienes algo que hablar con él? Me preguntó David. No, aparte del dolor que
me dejó la separación, no tengo nada, no quiero reunirme con él para terminar en reproches
mutuos y caer en lo que no quiero caer. No quiero volver con él, dije. Lo vi como siempre, continué,
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débil y necesitado y yo el gran bondadoso vuelve a recogerlo para darle cobijo y alimento. ¡No! Ya
se acabó. ¿Y que te pareció la reunión? Pregunté rápidamente para cambiar de tema.

Perdóname lo que te voy a decir pero sentí esa condición de limosneros y por eso respondí de esa
manera, y con lo que acabas de decirme, hasta el director del grupo de psicología se identifica con
ese actuar. Institución de limosneros, dirigido por limosneros para limosneros, creo que no tenemos
nada que hacer con ellos. Yo pensaba igual.

Estábamos en el auto rumbo al Centro, entonces puso la mano sobre mi pierna. Nunca lo había
hecho, yo no me resistí, Vamos a tomarnos algo, ¿te parece?, creo que nos lo merecemos, me dijo
convidándome con la mirada. Perfecto, acepto la invitación. No retiró su mano de mi pierna.

Presentí que iríamos a su casa, donde no había vuelto desde aquella vez, hacia ya cerca de seis
meses. Mi corazón me decía que estaba listo para establecer una relación con David, durante ese
tiempo parcialmente en soledad me había fortalecido, mi cuerpo y mi alma habían pasado por un
largo proceso de depuración, de limpieza. Recordé con sorpresa que desde mi encuentro en el
hueco no había vuelto a visitar páginas pornográficas, ni me había fumado un solo cigarrillo, me
entregué de lleno a la meditación y al cuidado de mi cuerpo, de mi casa y de mi alma.

Me di cuenta que las relaciones con mis hijos y con Laura se habían tornado más serenas. El
proceso de contarle a Daniela sobre mi condición lo asumimos juntos Laura y yo, y aunque
inicialmente doloroso, mi preciosa hija había dado muestras de madurez. Recuerdo cuando
finalmente me abrazó y me dijo: No me importa como te vistas, ni que comes, ni a quien besas,
solo me importa que eres y serás mi papi a quien adoro. Lloramos los tres y nos fundimos en un
abrazo reconciliador. Daniela nos dio una lección de aceptación a todos. Leonardo que había
asistido como testigo mudo al encuentro ha empezado a cambiar un poco, pero yo estoy tranquilo,
algún día nuestros brazos se fundirán en un hermoso y largo abrazo. Estos seis meses habían sido
una escuela de sanación completa.

Con David habíamos conformado un dúo de trabajo espectacular, nos entendíamos y nos
apoyábamos de la mejor manera. Había aprendido a respetarlo, a escucharlo, al igual que él a mí.
Durante los seis meses trabajando juntos ninguno de los dos intentó buscar al otro con fines
sexuales, en realidad yo no estaba interesado en tener sexo con nadie por esos días. Nos
cruzábamos miradas de vez en cuando que rápidamente desviábamos, sabíamos de la atracción
fuerte entre los dos y evitábamos cualquier situación comprometedora.

En medio de esas divagaciones, llegamos al apartamento de David. Me sorprendió encontrarlo
lleno de flores. Sonreí y él lo advirtió. Me hizo seguir y tan pronto cerró la puerta me abrazó. Yo le
correspondí, lo apreté a mi pecho como queriendo fundirlo a mi corazón en ese abrazo. Me acarició
la cara suavemente y me dijo susurrando: Mi amor, ya estamos listos. Yo lloraba de felicidad, un
sentimiento de triunfo me invadía. Sí, estamos listos, y lo besé tiernamente.

Me senté en el sofá y el se recostó sobre mis piernas. Le acaricié la cara con la punta de los
dedos, quería aprendérmelo de memoria, quería que mis manos lo reconociesen todo para que
nunca lo pudieran olvidar, el tenía los ojos cerrados y gemía a mis caricias, tenues y sutiles. Tanta
espera, en lugar de crear un volcán de pasión, nos había permitido calmar todo ánimo, tanta
espera nos enseñó que debíamos alargar al máximo ese momento.

De mis labios brotó un te amo, él se reincorporó y tomó mi rostro entre sus manos y lo acercó hacia
el suyo y me dijo: Yo también te amo, te admiro y te acompañaré hasta que uno de los dos decida
partir. No digas eso por favor, le pedí, recordando mis dolorosas separaciones. Recuerda, continuó
él, mi amante más hermoso murió en mis brazos, hoy quiero que tú también lo hagas o, hacerlo yo
en los tuyos, solo en ese momento te dejaré.

Lo miré, ambos llorábamos, le besé los ojos. Son los ojos mas lindos que he besado, le dije y eres
el ser más hermoso que he conocido. Me acarició la cara y metió su mano en mi camisa
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acariciando mi pecho. Vibraba de la emoción, suavemente le desapunté su camisa. Finalmente
podía acariciar su pecho hermoso, suavemente velludo y musculoso. Pasé mi rostro sobre él.
Suavemente fuimos desnudando nuestros cuerpos, cada parte que descubríamos era una
aventura, nos acariciábamos sin afán, no teníamos ninguno.

Estábamos desnudos el uno junto al otro, solo la piel actuando, nos rozábamos, nos tocábamos,
nos besábamos lentamente, la noche ya había llegado y el apartamento estaba en penumbra y
nosotros sumidos en un encuentro de amor que parecía ser eterno.

Ninguno quería forzar nada, solo importaba reconocerse en el otro, vivir cada centímetro de la piel
del otro como suya. ¿Quieres que nos demos un baño? Me dijo. Me sentí incomodo y lo miré
sorprendido. No, no pienses mal, hay un jacuzzi que nos espera, lo mandé a instalar para esta
ocasión. Vamos, le dije, saltamos como adolescentes hacia el baño. Estaba listo, encendió algunas
velas, nada podía ser mejor.

Entramos al agua, seguimos besándonos, acariciándonos. Amor, me preguntó, ¿Cómo te gusta el
sexo? El sexo, le dije, me gusta con amor, así todo es válido y todo es placentero. ¿Tú tienes
alguna preferencia? Le pregunté. Si, me dijo con seriedad. Me gusta solo contigo. En ese momento
me di cuenta que nuestros cuerpos estaban disponibles para todo el placer que quisiéramos tener.
Y así fue, en medió del jacuzzi brotó la pasión como volcán marino, que en silencio derrama su
lava hasta formar islas.

Terminamos en la habitación, dándonos por completo, dejando en nuestros cuerpos toda la
responsabilidad del placer, nos fundimos el uno al otro plenamente, hasta caer rendidos él sobre
mi, yo sobre él, nada importaba, todo fue válido y todo iba a ser válido.

Nos quedamos profundamente dormidos. Desperté a la madrugada, aún era oscuro y hacía frío,
cubrí su hermoso cuerpo con una manta. Me tendí a su lado, le acariciaba, estaba aún excitado y
no podía volverme a dormir. El se despertó por mis caricias, le tendí mi brazo y se recostó sobre mi
pecho, empezó a besarme la tetilla y de nuevo iniciamos nuestro juego íntimo. Sentí que me
penetraba, yo dejé que lo hiciera, cerré mis ojos para sentirlo dentro de mí, sentí que lo hacía con
fuerza, mucha fuerza y abrí mis ojos. No podía creerlo, aquel quien me estaba poseyendo no era
David, ¡era Hazz! el demonio de la caverna. Me desmayé.
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HISTORIA

Cuando volví en mí, me encontré envuelto en la oscuridad, tanteé a mi alrededor, tratando de
encontrar a David, sentí que estaba tirado en un piso de tierra, respiré profundamente tratando de
identificar aromas y poder adivinar a través de ellas el sitio donde me encontraba y funcionó.
¡Estaba de nuevo en la caverna!

Hacía seis meses que había estado en aquel lugar, y la prueba aunque fuerte se había
transformado en una anécdota. No niego que esa experiencia había modificado mi vida en forma
radical, de alguna manera precipitó la terminación de mi relación con Juanefe, hecho que a su vez
me había empujado a iniciar mi trabajo en el Centro y lanzado a los brazos de David.

¿Por qué estoy aquí de nuevo? Grité, buscando a Etéphora, sabía que ella se encontraba en aquel
lugar. Solo se escuchaba el eco de mi grito retumbando en aquel hueco. ¿Cómo llegué aquí? Me
pregunté mentalmente. Recordé estar junto a David haciendo el amor, llegó a mi mente la visión
del último instante antes de desmayarme. ¡Hazz, libéreme! Atiné a gritar.

De lo más profundo de la gruta surgió una tenue luz. Reconocí a Etéphora, la vieja, caminando
hacia mí. No es necesario gritar, me dijo en tono calmado. Ya te escuché, disculpa no haber venido
antes, pero estaba ocupada preparando la bebida para ti. ¿Para mí? Pregunté molesto, no quiero
tomar nada más, esto ya no tiene sentido.

Eso crees tú, me dijo, pero no es así, apenas hemos iniciado el proceso, aún no sabes nada y no
has logrado nada. Tu vida sigue igual. ¡Mentira! Le respondí, eso es totalmente falso, he resuelto
muchas cosas en mi vida y está tomando el rumbo que yo esperaba, estoy trabajando, prestando
mis servicios con amor a la comunidad, creo haber encontrado el amor y he resuelto cantidad de
situaciones que me afectaban, ¿Qué más quiero?

¿Ya resolviste miedos, adicciones y conflictos? Me preguntó. Si, mucho, le contesté. ¿Por qué te
desmayaste? Volvió a interrogarme. Era lógico, respondí, no es común ser violado por un demonio.
¿Estas seguro que fuiste violado? La pregunta me pareció estúpida. Claro que fui violado, yo no
deseaba estar con ese ser. Le dije totalmente descompuesto.

Hazz opina lo contrario, me dijo, él me comentó que lo disfrutaste hasta el punto de desmayarse de
placer. Noté un tono muy extraño en ella. ¿Si recibiste a David con tanto gusto, porque no a Hazz?
Me cuestionó. A David lo amo, a Hazz lo aborrezco y desprecio, contesté. ¿Y si ellos son el mismo
ser? Su pregunta me dejó atónito. ¡Eres una mierda! Grité, ¿cómo puedes insinuar tal barbaridad?
Estaba totalmente sorprendido. Quise llorar. ¡Eso no es cierto!

No podía ser cierto, David era un ser de luz, Hazz uno de Tinieblas, incluso sobrenatural, no, no lo
podía aceptar. ¿Quieres la bebida ahora? Me preguntó Etéphora tratando de calmarme. ¿Qué
tienes para hoy? Le interrogué, Hoy tenemos San Pedro. Ah San Pedro, lo conozco, comenté para
mí. Sabía que cualquier cosa tomada allí generaría encuentros fuera de mi control y de difícil
comprensión.

Tomé dos totumadas del amargo brebaje. El primer sorbo me causó náuseas y vomité
copiosamente, no quería evitarlo, sabía que era sanador, tenía tantas cosas por liberar. Cerré los
ojos y me dejé llevar, no quería oponer ninguna resistencia esta vez.

Abrí los ojos al escuchar la voz de David. Amado ven a mí, me dijo. Lo busqué en la oscuridad, ¡él
estaba aquí también! Ese pensamiento me tranquilizó, me levanté tratando de ubicarlo, una tenue
luz fue apareciendo desde el fondo de la cueva, no reconocí el espacio, no era la misma caverna.
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David estaba tendido totalmente desnudo sobre una piel de alpaca peruana, blanca y suave. Lo
miré detenidamente, estaba radiante, me invitó a acostarme a su lado, lo hice con desconfianza.
Me tomó la mano, yo reconocí la suya y me tranquilicé, luego la guió hacía su velludo muslo, con
susto recordé el movimiento que Hazz había hecho en el encuentro seis meses atrás. Giré mi
rostro hacía él pensando encontrarlo de nuevo pero era David. Lo besé con desesperación.

Cuando nuestros labios se encontraron, la caverna se iluminó intensamente y mi cuerpo se
fusionó al de él, fuimos uno solo, sentí un orgasmo mas no había derramado una gota de semen.
Era el éxtasis total y eterno. Los cuerpos fundidos y flotando en un espacio de luz y música divina.
Una unión que no terminaba, duramos así largo tiempo. Entonces quise separarme, no podía, mi
cuerpo estaba adherido al de él, empecé a sentir un temor indescriptible, el éxtasis no podía ser
eterno, pensé, no podía despegarme, ni podía dejar de sentir aquello que en ese instante ya no
quería sentir.

¿Qué pasa amor? Dijo David, no te parece hermoso permanecer así por siempre. ¡No! Le dije, me
siento atrapado y no es lo que deseo. No te muevas, no te resistas, me insistió. ¡No! Libérame, por
favor, le imploré. Miré sus piernas que se enlazaban a la mías, eran verdes, era Hazz, de nuevo
Hazz.

Tranquilo, me decía. Su voz era ahora la de Hazz. Yo quería safarme, pero era imposible estaba
totalmente unido a él y seguía sintiendo el éxtasis, peleaba conmigo mismo y con él. Lo aceptaba y
rechazaba al mismo tiempo, me causaba repugnancia y placer. ¿Ya has soltado todos los miedos?
Era la voz de Etéphora la que escuchaba ahora. También estábamos fundidos, estaba unido a la
bella faraona. Sus besos eran intensos. ¿Ya soltaste todos los miedos? La voz de David me
hablaba, y sentía su cuerpo. Parecía que los tres cuerpos estuviesen fundidos al mío. Déjate llevar,
dijeron los tres a coro y me dejé llevar.

El éxtasis se detuvo tan pronto cesé de luchar, me encontré entonces sentado en medio de un
círculo de seres desconocidos para mí. Alrededor mío habrían unas veinte personas, de distintas
razas, parecían chamanes, sacerdotes, papas, obispos, jerarcas, swamis, monjes, pastores, eran
blancos, negros africanos, amarillos, hindúes, arios, mestizos, árabes, indígenas americanos de
diferentes orígenes. Sus rostros eran duros y curtidos, todos me miraban en silencio. Estaba en el
centro, junto al fuego y la temperatura era difícil de soportar.

Sentí una presencia detrás mío, aparecida de la nada. Tuve miedo de volverme hacia ella.
¡Levántate y mírame! Su voz era fuerte, como de un anciano jefe de algo, era una voz con dominio.
Me fui levantando lentamente. ¡Hazlo con valentía, como todo un hombre, dignifica tu estirpe! Me
ordenó. Me sentí como un soldado en un cuartel, traté de hacerlo mejor, me levanté y me puse
firme ante su presencia. Era el ser más extraño que hubiese visto. Tenía cabello largo, muy blanco,
sus rasgos eran bellos pero envejecidos con una piel reseca y roja. Los ojos eran muy oscuros,
pero parecían brillar a pesar de la oscuridad que emanaban. Tenía una larga barba al estilo chino y
vestía una túnica roja. Era muy alto y delgado. ¡Bienvenido Tomás, el incrédulo! Me dijo con sorna.
Los demás asistentes permanecían en silencio, observando todos mis movimientos.

¡Arrodíllate ante mí y adora a tu Dios! Me ordenó con furia. ¡No! Grité, No sé quién es usted, pero
no es mi Dios. Soltó una estruendosa carcajada que los demás respondieron a coro, era macabro.
Este mortal insolente tiene otra imagen de Dios, dijo dirigiéndose al grupo. ¿Cómo es tu Dios? Me
preguntó. ¿Es el venerable anciano, así? E inmediatamente se transformó en un anciano a imagen
de algún fresco de Miguel Ángel en la capilla Sixtina. ¿O soy el ojo que te sigue? Y se transformó
en un ojo inmenso enmarcado por un triángulo brillante. ¡Yo soy tu Dios! Volvió a gritarme.
¡Adórame! Me ordenó de nuevo. ¡No lo haré! Le dije asertivamente. Usted no es mi Dios. No es
Dios. Sentí que varios hombres me tomaban de los brazos, tratando de hacerme arrodillar ante
aquel ser. Yo me opuse, sacando fuerzas y me mantuve de pie, desafiante.

¡Siéntate junto al fuego! Me ordenó, mirándome con ira. Pocos me han desafiado y uno de ellos se
volvió famoso al morir crucificado. ¡Tú eres el demonio! Grité. ¡Cállate, tú no sabes nada! Habló él,
mucho más fuerte. Solo hablarás cuando yo te lo permita. Dijo lanzándome una mirada que me
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atravesó. Me senté tratando de respirar profundamente para tranquilizarme. El se sentó cerca al
fuego también, al frente mío.

Soy Lucifer. Estoy aquí porque tú me has buscado durante mucho tiempo. ¿Qué deseas de tu
Señor? Me preguntó en un tono meloso que me irritó aún más. ¡Nada! De usted no quiero nada.
Contesté con seguridad. Soltó una carcajada. Óiganlo, no quiere nada de mí, dijo dirigiéndose al
grupo que permanecía en silencio. ¿No me has pedido hasta el cansancio tranquilidad, riqueza,
amor, paz y muchas cosas más? Me dijo. A usted no le he pedido nada, se lo he pedido al ser que
me dio la vida, a quien me creó. Dije con valentía.

Por eso, por eso hijo mío, tornó su tono a meloso subido. ¡Yo soy tu creador! La frase retumbó en
las profundidades de la caverna, ¡yo creé este mundo y a todos sus habitantes! Me dijo. Lo miré
entre desafiante e incrédulo. Y, óyelo bien, tengo potestad sobre toda mi obra. ¿Entendiste? Me
interrogó. ¡No!, no le quiero escuchar. Contesté. ¡Pues lo harás! Y empezó a narrar su historia.

Hace muchos eones recibí la orden de crear este planeta, labor que se le asigna a los mejores del
universo, dijo en tono muy soberbio. Armé mi equipo y realizamos un magnífico trabajo, creamos el
mejor de los planetas de este lado del universo. Hasta ganó el premio del mejor planeta de la
galaxia, dijo riéndose. Fue un proceso lento y majestuoso, poco a poco se crearon minerales para
dar oportunidad a que naciera la vida. Los minerales se fueron cocinando, fundiéndose,
mezclándose para que en algún momento se volviesen fértiles. Llegado aquel instante se me
ordenó dar la vida y así se hizo, naciendo la célula primigenia de la que brotaron todas las formas
de vida existentes en el planeta. La célula fue hábilmente manipulada para crear los tres tipos de
seres que existen: vegetales, animales y humanos. No hay saltos cuánticos, son tres grupos
diferentes.

Animales y vegetales son contemporáneos, pero requirió mucho tiempo lograr mantener las
condiciones para que se consolidaran en el planeta. Cuando la situación fue más o menos estable,
recibimos la orden de crear los animales racionales del planeta, humanos que llaman.

Los humanos eran dulces e inocentes, como sus creadores, jugábamos con ellos todo el tiempo,
les enseñábamos cosas y compartíamos todo. Los tratábamos de igual a igual, con mucho respeto
de nuestra creación. La humanidad crecía en número y conocimiento. Yo me sentía muy orgulloso
del logro. Era el planeta más sereno y armónico del sistema cercano. Lucifer hizo una pausa larga,
estaba ensimismado, noté como su ceño se fruncía, sentí dolor e intensa rabia en él. Le costaba
seguir la narración. Finalmente continuó hablando.

En aquella época sucedieron muchos acontecimientos en todo el Universo, que cambiaron
definitivamente el futuro del planeta. Algunos mundos, no tan lejanos, fueron condenados porque
habían fracasado en su objetivo, se habían corrompido. De aquellos mundos partieron naves con
sobrevivientes y algunos de ellos llegaron a la Tierra. Aquellos seres eran de nuestra misma
categoría, es decir, creadores, muy hábiles con la palabra y la acción, nosotros guardábamos una
inocencia típica del paraíso. En poco tiempo sucumbimos a su poder. Yo fui fuertemente
amonestado por las jerarquías superiores y me llené de ira, de orgullo, me di cuenta que había sido
fuertemente contaminado, me di cuenta del poder que poseía. Realmente estaba confundido y
decidí retirarme al centro de la Tierra, no quería hablar con las jerarquías, necesitaba estar solo.

Mi retiro fue muy largo y casi todos los habitantes del planeta se dejaron llevar por la corrupción.
Los visitantes alteraron todo el orden, la convivencia pacífica se acabó y llegó el reino del poder.
Como aquellos seres eran hábiles manipuladores tanto de lo físico como de lo astral manejaron la
humanidad aún naciente. Se crearon grandes culturas cuyo avance tecnológico era impresionante,
aun más que en la actualidad, pero al mismo tiempo existían grupos humanos muy pobres e
ignorantes que eran vilmente esclavizados y sometidos en todos los sentidos. Todo perdió su
sentido sagrado. Los humanos a todo nivel estaban desposeídos y prácticamente eran usados
para nutrir a los depredadores visitantes, que también aumentaban en número.
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Yo permanecía en el interior del planeta frustrado, rumiando mi ira, mi rabia, me sentía solo y
abandonado y no quería salir de allí para ver la degradación de mi obra. Mientras tanto, en la
superficie, los visitantes aprovecharon la imagen y respeto que los humanos tenían de mí y los
manipularon de tal forma, que ellos llegaron a convencerse que yo era Dios y por su propia
perversión me había alejado de ellos, dejándolos separados de la divinidad, sin esperanza.

Al enterarme de esto, decidí volver. El camino de regreso fue doloroso, por que el miedo al
encuentro con las jerarquías superiores, me restaba fuerzas para salvar el mundo, sentía una gran
culpa por lo que le sucedía al planeta. La culpa era una carga muy pesada que me impedía
avanzar en el propósito.

Cuando llegué a la superficie encontré el desastre total, todo el planeta era una orgía de dolor,
muerte y abuso. Deambulé por muchos años, recorriendo cada sitio y solo encontraba miseria.
Existían algunos lugares de mucho progreso, pero igual la miseria interior era peor. Mi temor hacia
las jerarquías no me permitía contactarme con ellas. Finalmente, en algún lugar muy aislado
encontré un grupo de mujeres que habían huido de los depredadores y estaban haciendo un
esfuerzo por salvarse del caos y construyendo un camino hacia Dios.

Me acogieron con recelo, no sabían quien era, pero percibían un ser diferente a aquellos que
poblaban y manejaban el planeta. Ese grupo de mujeres, aunque pequeño era fuerte y aguerrido.
Tenían algunos pocos hombres sometidos que eran usados como esclavos, no tenían ninguna
capacidad de opinar y eran mantenidos en jaulas alejados de las mujeres.

El mundo había caído en un desorden sexual impresionante. El sexo había perdido su propósito
original de dar placer y se usaba como instrumento de poder y todo ser humano inferior era
sometido. El nivel de egoísmo era tal que solo sometiendo a otro se obtenía placer. Antes de la
llegada de los depredadores, el sexo había sido concedido como un regalo a la humanidad. Se
tenía muy claro que el semen solo se usaría con fines de reproducción, la cual se daba cuando
existía un mutuo consentimiento y entendimiento de la pareja. La humanidad se reproducía sólo
por amor. Y sólo por amor se brindaban placer mutuo y grupal. Con relación al placer, no existían
restricciones, todo era válido, pues todo era bello, no había vergüenza por ningún cuerpo,
incluyendo el propio.

La organización social era muy diferente, no existía el núcleo familiar, este surgió con el tiempo
como símbolo de la desintegración. Se vivía en comunidad, que libre de egoísmos y manejo de
poder, permitía el libre desarrollo. Los ancianos se encargaban de la crianza de los pequeños, que
crecían en un ambiente de hermandad incomparable. Nada era secreto, ni oscuro y la sexualidad
brotaba naturalmente, sin embargo desde pequeños, los niños y niñas tenían conciencia de su
cuerpo y de su energía. Sabían que no la podían desperdiciar. Todas las actividades eran
compartidas, entre ellas, la caza y la agricultura.

A la llegada de los depredadores, surgieron la ambición, el egoísmo y el poder. Los grupos se
fueron fortaleciendo en torno a estos nuevos valores, grupos más fuertes empezaron a someter a
los mas débiles, esclavizándolos. El sometimiento fue básicamente sexual, algo que no existía
anteriormente. Las mujeres fueron violadas y obligadas a parir, parir los hijos de la nueva
generación, corrupta y manejada genéticamente. Los hombres también fueron sometidos
sexualmente de manera brutal con el fin de destruir su propia estima, el sometimiento sexual
masculino era público y el sometido era objeto de burlas y malos tratos por parte del resto de la
comunidad corrupta.

El Falo masculino se volvió símbolo de poder. Era la espada que sometía, pero a la vez se convirtió
en el objeto más deseado. El falo era fuente de energía y de poder. De ese deseo se desarrolló la
lujuria. Poseer el falo, gozárselo y agotarle su energía era de alguna manera obtener el poder y
energía del opresor. Muchos crímenes sucedieron cuando él que sometía caía exhausto después
de haber sometido a su victima, lógicamente era esta víctima la asesina.
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El grupo de mujeres que conocí a mi regreso habían escapado de esa sociedad agonizante.
Habían negado el poder fálico y por eso el hombre estaba relegado y disminuido. Era un nuevo
estado de sometimiento, el hombre se encontraba esclavizado y no gozaba de ningún favor
femenino. Las mujeres se proporcionaban placer entre ellas y no utilizaban ningún tipo de símbolo
fálico en sus rituales y ceremonias. Para su reproducción extraían semen a los hombres mediante
una masturbación sin sensualidad, y era introducido mediante el uso de catéteres en el útero fértil
de la mujer. Al nacer la criatura, si era niño, era castrado inmediatamente y dejado al cuidado de
los hombres, que generalmente lo mataban. Si era niña, era cuidada por todas las mujeres.

Era una sociedad feminista total, donde el hombre estaba totalmente desvalorizado, era odiado y el
principio masculino había sido asumido en su totalidad por la mujer, quien poseía la energía
creadora. Lógicamente mi llegada fue tomada con gran recelo, pues físicamente soy masculino.
Sin embargo, ellas vieron en mí la figura salvadora que estaban esperando. Yo pude usar ese
hecho a mi favor. En poco tiempo me transformé en su líder, consolidando un importante grupo
subversivo con el que esperaba hacerle frente a la inmoralidad reinante en el mundo, así inicié mi
sendero hacia su salvación.

Pero mi incomunicación tan prolongada con las jerarquías superiores me mantuvo ignorante de sus
decisiones. Fui juzgado y hallado culpable por mi irresponsabilidad. La condena sería el exilio
definitivo a algún asteroide o algo similar donde pediría redención o encontraría la muerte
energética del espíritu.

La otra decisión fue decretar la extinción total y definitiva del planeta tierra, la corrupción había
terminado con la vida y lo había convertido en un verdadero basurero intergaláctico. Un cáncer
que amenazaba con hacer metástasis en todo el universo cercano.

Nadie en la Tierra sabía de estas decisiones, ya no había ningún tipo de contacto con la fuente
creadora y con las jerarquías superiores. En mi grupo de mujeres se practicaba la magia y algún
buen día se abrió un portal que nos permitió recibir información de algunos seres más
desarrollados, ellos nos advirtieron de las decisiones tomadas y del inminente fin del planeta. Nadie
supo que yo era el sujeto de la primera sentencia porque manejé hábilmente la información,
además ellas ya me adoraban como su nuevo Dios. Para contrarrestar la otra decisión debíamos
desarrollar una cadena espiritual planetaria invocando misericordia por la humanidad. Nos
dedicamos con ahínco a esa labor buscando a los más sometidos y esclavizados, llevando un
mensaje de fe y esperanza. Fue fácil encontrar adeptos y enemigos. Con los adeptos se logró
construir la cadena que dio sus frutos. La tierra no sería destruida como entidad pero la humanidad
si lo sería, ya que había demostrado ser un grupo frágil e incapaz de evolucionar.

Los enemigos iniciaron la más sangrienta persecución. Muchas mujeres fueron violadas y muertas.
Muchos hombres del grupo mostraron su valor y defendieron a la comunidad. Esto replanteó la
relación mujer hombre que hasta entonces existía en el grupo. Poco a poco los hombres volvieron
a obtener su poder, el verdadero poder masculino.

El aplazamiento de la decisión de destruir la Tierra, nos dio tiempo para buscar refugios y así lo
hicimos, recorrimos las zonas más deshabitadas para establecer nuestras colonias subterráneas.
El sitio seleccionado se localizaba en la actual Siberia, esta colonia jugaría un papel importante en
el repoblamiento del Planeta.

Finalmente llegó el tiempo de la destrucción de la humanidad. Terremotos, glaciaciones, sequías,
inundaciones, meteoros, volcanes, huracanes, las jerarquías emplearon todo para acabar con la
vida. Muchas especies animales y vegetales desaparecieron igualmente, pero en especial todos
los grandes centros poblados por humanos y depredadores. Desafortunadamente algunos de
aquellos grupos corruptos lograron salvarse y estas semillas podridas darían su aporte a la nueva
humanidad.
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Nuestro grupo en las profundidades de Siberia desarrolló toda una civilización interior que
permaneció desconectada del mundo durante muchos miles de años que siguieron a la
destrucción. Yo, como ser inmortal, permanecí vigente durante ese periodo, muchas generaciones
pasaron y era para ellos un dios viviente. Las relaciones entre hombres y mujeres habían cambiado
mucho, existía equilibrio, el sometimiento era mínimo y se convivía en paz. De vez en cuando,
grupos salían en búsqueda de alimentos y animales. Algunos de ellos no regresaron nunca, se
dedicaron a poblar de nuevo la Tierra, partieron hacia oriente llegando a América y hacia occidente
poblando Europa, Mesopotamia e India.

Dentro de nuestra gran caverna se desarrolló toda una cosmogonía relacionada con nuestros
héroes. De allí nacieron muchos dioses y demonios que los grupos errantes fueron modificando. Si
revisas las mitologías, encontrarás muchas similitudes en la gran mayoría de ellas, de lado y lado
de los océanos. Esas coincidencias mitológicas tienen un origen común, la cueva de Siberia.

Yo soy Zeus, Ra, K’ucumatz, Surya, Shamas, y muchos otros más. Todos ellos tienen el principio
generador, que yo le di al planeta. Además de protector de dioses y mortales. Y como cada uno de
esos dioses, de alguna manera soy el Dios actual de la humanidad. ¿Me comprendes? Por primera
vez me preguntaba algo, yo estaba metido de lleno en su impresionante narración. Lo miré a los
ojos, se le notaba cansado, de hecho esta conversación era una catarsis para él. Todos los seres
necesitamos de esos momentos.

Le hablé con un respeto que se había ganado. Hay algunas cosas que no entiendo de esta historia,
y realmente me apena preguntarle. Dije manifestándole todo mi respeto. Puedes preguntar lo que
quieras hijo, para eso estoy aquí. Esta vez su tono era sinceramente dulce. Me rasqué la cabeza,
era un gesto que hacía inconscientemente cuando estaba confundido e impresionado. Va la
primera, dije, ¿por qué nunca se cumplió la sentencia que pesaba sobre usted?

Lucifer me miró fijamente pero con dulzura. Su mirada era penetrante, desnudaba el alma
completamente. La sentencia se cumplió. Recordarás que con aquel grupo mi posición de Dios real
se fortaleció, prácticamente recuperé todos mis poderes. Solo hay que leer las historias de Zeus
para darse cuenta del poder que poseía. Y eso inflamó mi orgullo nuevamente, durante el tiempo
del femenino fui un Dios masculino que controlaba a una comunidad netamente contraria, era el
único ser masculino aceptado y venerado allí. ¿Cómo me podía sentir? Insuperable, los demás
seres masculinos eran algo menos que nada, era superior a los superiores. Para el sexo masculino
igualmente era objeto de veneración, si para las mujeres era eso que ellas nunca podrían ser, para
los otros era lo que ellos aspiraban ser. Y yo dominaba y les salvaba.

Y quise conquistar todos los pueblos nuevos del planeta. Fui osado. Existían tres corrientes
poblando la tierra en aquellos días. La nuestra, de Siberia, la depredadora proveniente de África y
la nueva simiente llegada del norte de Europa. Los tres grupos empezaron a mezclarse
rápidamente, el grupo africano aportó la fuerza de la guerra, estaba en ellos concentrado todo el
odio por la destrucción y buscaban venganza. El de Siberia, la comprensión de la dualidad, su
redención y el tercer grupo, la posibilidad de desarrollo de la conciencia, algo que no tenía la
humanidad anterior y que por carecer de ella había caído tan fácilmente en las redes de los
depredadores. Esta era la verdadera corrección adoptada por las jerarquías para promover la
evolución de la humanidad.

Todos los nuevos pueblos adoptaron la guerra fácilmente, es más sencillo dejarse llevar por el odio
y la ira, que por otros sentimientos los cuales debían ser pasados por la conciencia aún inmadura
en la humanidad. La mujer perdió su status rápidamente, precisamente por ser ella más consciente
que el hombre, la historia está llena de guerreros, y escasa de ternura femenina. Yo tenía que ser
el Dios de la nueva humanidad, mi orgullo me guiaba, y así, llegué a la magnífica Babilonia. Dentro
de las ciudades que ha construido la humanidad, Babilonia es una de las más grandes. Crisol de
culturas, vejada y violada mil veces y mil veces ensalzada. Babilonia se acercaba a mi idea del
cielo, mi cielo en la tierra.
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Un pueblo llegado del norte de Europa se estableció cerca de Babilonia, era de origen semita, con
un nivel de conciencia muy alto, diferente a las tribus vecinas. Era un grupo cohesionado,
guerreros para la guerra, pero pacíficos para evolucionar. Tenían más o menos clara la idea de
Dios creador, pero al igual que toda la humanidad, no podían tener contacto directo con la
divinidad, ese era el precio. Y allí me la jugué. Visité de manera invisible a su líder Abraham,
recuerda que yo había recuperado muchos de mis poderes, reafirmé su creencia y le propuse el
misterioso holocausto de su hijo único concebido en su edad adulta. Ese fue el antiguo pacto, la
decisión de Abraham de matar a su hijo como sacrificio al Dios único, ¡Yo! Su fe era tan fuerte que
lo hubiera hecho, pero el Padre estaba pendiente de su pueblo escogido y el muchacho fue
salvado por un ángel, evitando el holocausto y ante Abraham se confirmó la bondad de Dios, del
dios que le había empujado al homicidio. Grandiosa confusión que me dio el poder sobre ese
pueblo y sobre los muchos que de él nacieron o recibieron su influencia. Reiné en esa confusión, y
aún reino.

Mi orgullo ante tan poderosa victoria no me permitió ver la acción de las Jerarquías Superiores. Yo
nunca me manifesté como dios visible ante los hebreos, no lo necesitaba, nadie sabía que en
realidad eran dos dioses, que el uno reemplazaba, usurpaba el papel del otro. Con las
manifestaciones directas del Padre, que sí existieron, se reforzaba mi presencia en el pueblo,
pueblo sometido casi como ninguno, pero llamado a portar el estandarte de la nueva humanidad, el
más fuerte portador de la conciencia humana.

Las jerarquías estaban preparando un plan para capturarme y digamos que estaban recogiendo
pruebas para un nuevo juicio. Conocieron de mi labor en Siberia y la protección de aquel grupo
humano que logró avanzar por sí mismo, sin la nueva simiente. Aquellos grupos originarios de
Siberia tenían un conocimiento de sí mismos mayor que la antigua comunidad femenina original.
Casos como algunas civilizaciones americanas, entre ellas mayas e incas, lograron altos grados de
desarrollo. Éstos grupos recibieron ayuda de las jerarquías superiores y fueron menos
contaminados por los depredadores, pero no se puede negar en ellos la alta dosis de crueldad y su
innegable espíritu guerrero.

Esa labor aminoró mi culpabilidad. Yo me sentía salvador de la humanidad aunque desconocía los
planes de las jerarquías, presentía que mi trabajo de Siberia me había reconciliado. Los pueblos
fueron avanzando, a partir de la guerra y el sometimiento, la manipulación de los depredadores
seguía vigente.

Mi colonia de Siberia fue perdiendo con el tiempo su mística y se volvió un generador de pueblos
nómadas que empezaron a invadir la tierra. Cuando terminó la llegada de hombres de conciencia
provenientes del norte de Europa, los pueblos siberianos empezaron a poblar la tierra, China, India,
todo el sudoeste asiático, el océano Índico y luego toda Europa. Todos los pueblos poseían la
simiente de los tres grupos: Conciencia inmadura, entendimiento de la polaridad y conocimiento de
la guerra.

Mi dominio sobre el pueblo hebreo, aunque fuerte, se veía amenazado con la presencia de profetas
que advertían sobre el plan de las jerarquías, afortunadamente la pobreza de conciencia del pueblo
y sus dirigentes era tal que me permitía darles periódicamente su dosis de sufrimiento, mediante
guerras, homicidios, esclavitud, vejaciones que eran consideradas castigo de Dios. Yo no podía
permitir que tuvieran conciencia de otra realidad, yo creé esta realidad que era igual para todos los
pueblos, en todas las cosmogonías existían dioses crueles y malvados que castigaban la
perversidad humana. Te aclaro que no lo hice solo, estuve acompañado por un grupo grande de
seres que ayudaron, era una labor titánica a nivel mundial. Trabajamos en la mente de la
humanidad para lograr nuestro propósito.

Mi trabajo se concentró en tratar de disminuir el nivel de conciencia, acelerar el desarrollo de la
polaridad, es decir incrementar la separación y fomentar el miedo y el terror como medio de control.
Así podía dominar las tres simientes.
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Del grupo africano, de quien desconocía el líder, brotaba un odio increíble hacia la creación divina,
eso ayudaba a mis planes, pero mi objetivo final era tener una humanidad que me adorase como
su Dios y salvador, no quería ver una humanidad desaparecida. Así debí viajar a las profundidades
de África a conocer al destructor de la humanidad. Al padre del Odio y de la ira. Al rey de los
depredadores. Quería hacer un pacto con él. Finalmente lo encontré en una caverna en la cúspide
del Kilimanjaro. Si yo puedo inspirar miedo, aquel ser era la imagen misma del terror. Yo sabía de
su origen y lo consideraba mi enemigo natural.

Hablé con el líder, Ahriman es su nombre, le ofrecí una alianza, una unión de fuerzas para dominar
la humanidad, Ahriman me preguntó qué beneficios obtendría él, le dije que ellos podían seguir
alimentándose por siempre del odio, del dolor, de la tristeza y de la desesperación de la humanidad
por encontrarse en este mundo. Ahriman se rió de mi propuesta, ¡Iluso! Me gritó, no pierdes tu
origen. Yo ya poseo eso de la humanidad y no necesito de ti, pedazo de mierda de ángel. Ahriman
es un ser altamente ofensivo. Yo solo deseo el fin de la humanidad en medio del dolor para darme
un festín e irme luego a otro lugar y así acabar con las obras de angelitos de tercera como tú,
miserable Lucifer. No pienso sembrar nada, solo quiero recoger. Hazlos tu sufrir mientras puedas,
yo recogeré tu cosecha, y así te condeno a trabajar siempre para mí.

No hubo pacto entre los dos, solo una declaración de guerra vedada. Yo me encargaría de hacer
crecer la humanidad en medio del sufrimiento y del dolor. Él de destruirla, éramos oponentes
naturales.

Todos los sentimientos autodestructivos vienen de Ahriman, los progresivos y desarrollistas vienen
de mí, pero recuerda ambos son extremos, para la humanidad el permanecer en el extremo es
fácil, encontrar el centro y mantenerse en él es su gran dificultad y su realización.

Regresé abatido a Babilonia, la había escogido como mi centro de acción, desde allí contemplaba
todo mi reino. Y la guerra se desarrolló precisamente contra ella, Ahriman armó pueblos guerreros
para destruirla, el sabía que amaba a la ciudad y quería mostrarme su poder. Yo sólo buscaba
reconstruirla, y lo hice muchas veces. Babilonia fue mi epicentro, Nínive el de Ahriman y Jerusalén
la del Padre, pero también la mía, yo usaba todo lo que hacían las jerarquías en mi propio
beneficio. Cada castigo contra la ciudad del Padre, provenía de mis fuerzas, para mantener al
pueblo hebreo sumido en el Caos. Cada destrucción de Babilonia venía de Ahriman para
debilitarme. La destrucción de Nínive fue una muestra de mi poder. Recuerda que casi siempre el
pueblo hebreo encontró esplendor en Babilonia, la gloria de Israel y su fortaleza se la dio mi ciudad
amada.

Yo mantenía a todas mis ovejas en el mundo sufriendo y Ahriman se alimentaba de ese
sufrimiento, esa era nuestra simbiosis, pero sabíamos que no éramos aliados sino oponentes. Yo
proporcionaba sufrimiento como castigo reparador, y así lo hice asimilar por la humanidad, Ahriman
y su grupo solo se gozaban y reforzaban con ese sufrimiento. Las masacres más grandes han sido
causadas por sus ejércitos para satisfacer sus insaciables apetitos de odio, terror y dolor.

Lucifer hizo una pausa, yo estaba totalmente asombrado, mi mente daba vueltas tratando de
retener todo lo que el ser me contaba, sentía un profundo dolor, un dolor que venía mas allá de mi
alma, sentía ganas de llorar, a mis ojos llegaban imágenes de guerras antiguas y modernas, tan
llenas de dolor, tan inclementes, provocándome un llanto como nunca antes había sentido, era el
dolor de toda la humanidad, engañada, manipulada, esclavizada y prostituida solo por el orgullo de
un ser que quería ser dios y parecía haberlo logrado.

Me sentí aquella mujer brutalmente violada por un ejército maldito y sentí en mí brotar un odio
profundo, tan lejano y ausente que como nunca lo había sentido. Un odio que me hacía hervir,
tanta humillación, tantos siglos de miseria, de maltrato aprovechados por unas mentes malignas
que solo buscaban ese dolor para nutrirse, nutrir sus oscuras pasiones. Vi a la humanidad tan
desvalorizada, tan falta de poder. Lo miré fijamente a los ojos, sabía que en mi mirada se reflejaba
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no sólo mi odio, era el odio de un mundo sufriente, un mundo maloliente que en agonía pedía morir
y esos seres le renovaban la esperanza de vida para burlarse de nuevo de ellos.

¡Maldita Historia la tuya! Le grité llorando. ¡Maldito seas Lucifer, maldito tu orgullo que nos condenó
a todos! Recordé mis últimos cuarenta y tantos años, tan llenos de angustia, de dolor y de
búsqueda de dios, y, ¡Maldita sea! Ese era dios. Todo, absolutamente todo se caía a mi alrededor,
mis sueños, mi historia, mi familia, mis amores, toda mi vida era una farsa, un peón en un ajedrez
inmundo en el que yo no tenía ningún poder. Me dejé llevar por un llanto amargo y cruel.

¿Me crees entonces Tomás? Me preguntó. Yo lo miré con desprecio y no contesté nada.
¡Contesta! ¿Me crees? Me gritó tomándome de los hombros y sacudiéndome con fuerza. ¡No lo sé
maldito, no lo sé! Le contesté llorando. Pero en la profundidad de mi alma le creía, solo esa maldita
versión de la Historia podía justificar tanto dolor, tanto odio y tanta miseria. Respiré profundo, traté
de calmarme, pero el derrumbe era inevitable. A mis ojos llegaban imágenes de imperios y
catedrales destruyéndose a mis pies, veía reyes, papas, dictadores, inquisidores riéndose de mí.
Roma destruida por su propia gloria. Tenochtitlán y Cuzco ardiendo en llamas, ardiendo por su
orgullo y siendo destruidas por el nuevo imperio, tan orgulloso y prepotente como él de ellos
mismos.

Cálmate Tomás, era Etéphora quien me hablaba ahora. Cálmate. Yo la abracé, sobre su hombro
me recosté llorando y gimiendo, era un dolor tan intenso, tan difícil de controlar, me sentía tan
despojado, tan mancillado, tan humillado, tan manipulado. ¡No puedo soportarlo! Es demasiado
para mí, le grité, no puedo ver tanto dolor, tanta tristeza, es muy intenso, sácame de aquí, le
supliqué. La miré fijamente, era la bella, la faraona, ella lloraba con la misma intensidad, sus
lágrimas se fundían con la mías y producían destellos en la oscuridad de la caverna.

Me di cuenta, que estábamos a oscuras los dos solos. Lucifer y el grupo de extraños personajes
habían desaparecido. El fuego ritual ya no estaba allí. ¿Todo esto es verdad? Le pregunté aun
gimiendo. Temo que así es Tomás, esa es la verdad que no conocías o que no recordabas. Me dijo
con una dulzura que me hizo llorar de nuevo. Es tan difícil de creer, le dije, esto es una locura,
estoy loco. Le dije.

No estás loco, es la humanidad que sumergida en la oscuridad del engaño está perdida, está loca.
Su voz sonaba muy dulce. Me aferré a ella, aún mi corazón sentía mucho dolor y no podía dejar de
llorar. Tomás, me dijo alzándome suavemente la cara, esta revelación te cambiará la vida. A partir
de ahora eres un nuevo ser, todo lo que ves y has visto es real, pero tus creencias están basadas
en un engaño, que ya conoces. Desde hoy tu percepción del mundo será diferente, te lo has
ganado.

No sé, Etéphora, le dije interrumpiéndola, esto tomará tiempo para ser digerido, para asimilarlo,
ahora solo veo destrucción, siento en mi pecho un dolor y una angustia desconocida hasta ahora
para mí, y tu sabes que soy un experto en angustias. La miré buscando en ella ayuda. Vi que sus
ojos se anegaban, me acarició el rostro tiernamente. Mi querido Tomás, me dijo con voz quebrada,
no sabes cuán feliz me haces, es la primera vez que me reconoces. Es la primera vez, en esta
existencia tuya que dices que te conozco, yo he caminado a tu lado cada instante, he llorado tus
penas y dolores, desde hace tantos, tantos miles de años, te he reconfortado muchas veces y te he
consolado unas cuantas más, mi querido Tomás. He sentido tu inmensa sensibilidad, tu entrega y
tu lucha por el Amor. He sido testigo de tu enorme fe. Yo la escuchaba, la veía llorar. ¿Mi fe?
Pregunté, mi pobre fe dirás. Yo siempre me había considerado tan débil, frágil, maricón. ¡Sí tu fe!
Tú tienes una fe inquebrantable. Has superado muchos, muchísimos obstáculos donde otros ni
siquiera lo han intentado. Y yo, tu Etéphora, te admiro por eso. Eres fuerte entre los fuertes,
¿Crees que todo lo que has vivido es para un cobarde? ¡No! Es de un ser con fuerza, con valentía.
Tu has enfrentado todo, con miedo ¡Si! Pero con entereza. Y éste no es el momento de flaquear.
Hace seis meses te dije que el amanecer estaba cerca, ahora asómate a tu vida, está
amaneciendo.
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Me tomó de la mano y me guió hacia un lugar de la caverna que no conocía, era una ventana
donde podía ver el mundo exterior. Y vi el más hermoso amanecer. El sol aún no salía, pero el
cielo ya estaba claro y un intenso rojo ardiente iluminaba el firmamento, se sentía un ambiente
apacible y pleno de paz, veía como la luz empezaba a iluminarlo todo. Aún brillaban los celestes
astros nocturnos que desaparecían poco a poco frente a la aparición, entre tenue e intensa a la
vez, del sol. Me estremecí.

Tomás, me dijo, cuán dura ha sido esta etapa del viaje y cuán hermoso es el amanecer. A sus
palabras la acompañaron mis lágrimas. “El mundo es real, las creencias son falsas” era la frase
que retumbaba en mi ser.

Me quedé mucho tiempo contemplando ese amanecer. El mundo es real, no es maya, no es la
ilusión del budismo, lo sabía porque aún no podía atravesar paredes, porque si podía intuir
emociones y sentimientos, eran reales, no sueños, ni deseos ni ilusiones. Porque creía en el Amor,
a pesar de sufrimientos, de decepciones, de fracasos y de abandonos mi fe en el Amor persistía.
Ese Amor escurridizo y esquivo me mantenía vivo, a pesar de mi no querer vivir, esa intensa
búsqueda del Amor me empujaba a vivir, esa era la paradoja esencial de mi existencia.

Cuando el sol brilló en todo su esplendor, aquella ventana mágica desapareció, me encontraba de
nuevo en la oscuridad de la caverna, y me sentía tranquilo, serenamente tranquilo. Noté que
estaba solo, Etéphora había desaparecido. En aquel momento quería disfrutar de mi soledad y la
tranquilidad que me invadía. Una fuerza real me llenaba y quería gozarla, sentirla en mí.

Llegaron a mi mente mis amores, Leonardo y Daniela, mis hijos, Laura mi ex mujer, Juanefe y
David. Vi a Leonardo luchando por construir su mundo, pude abrazarlo y decirle cuanto lo amaba,
repetirle al oído que estaba con él, con su lucha, con su fuerza, me vi colmándolo de bendiciones,
dejándolo ir, comprendiendo que su camino estaba decidido y que yo solo era un testigo. Me vi
diciéndole que siempre estaría con él, que mi Amor trascendía el dolor, que ese Amor lo bendeciría
por siempre así él dudase de su fuerza. Mi vi fundiéndome en él, apoyando su lucha, escuchando
su queja.

Vi a Daniela, buscando la verdad, la abracé, la besé, la miré y le dije que siguiera en ese empeño,
que la verdad estaba ahí clara para todos, que la verdad no se le negaba a nadie, la vi luchando
contra su tristeza que comprendí tan mía. Busca tu ángel, preciosa mía, búscalo, te ayudará. La vi
sonriéndome y agradeciéndome.

Vi a Laura, agradeciéndome mi tiempo, sus brazos extendidos buscando mi abrazo, vi mis labios
expresándole mi amor, y dándole su libertad y su poder.

Vi a Juanefe corriendo hacia mí. Vi sus labios con intención de besarme y vi su hermoso esplendor,
me vi diciéndole cuanto lo amaba y cuanto le agradecía su compañía, me vi liberándolo de mí,
dejando que su espíritu volara sin ataduras y sin miedo. Lo abracé sin temor, sin angustia y sentí
su amor, pude ver como sus alas brotaban y volaba, como se alejaba de mí sin dejar ya dolor, me
vi diciéndole que me gustaría posarme de nuevo en alguna rama juntos para contemplar nuestros
vuelos lejanos.

Y vi a David, me sonreía, me extendía los brazos. Al acercarme a él se transformaba en Hazz, y yo
corrí hacia él, no era Hazz, no era David, eran un solo ser que empezaba a comprender.

Viviendo estas ensoñaciones pasó el tiempo en la caverna. Me di cuenta que la oscuridad ya no
me dolía. Estaba cómodo allí, estaba tranquilo. Etéphora apareció de nuevo. La bella faraona había
respetado mi silencio. ¿Quieres tomar esto? Me preguntó. ¿Qué es? Dije casi sin interés. Peyote,
me contestó, es la que nos falta. No sé, le respondí, ¿qué sorpresas me traes ahora?

Sólo si lo tomas lo sabrás, has llegado tan lejos mi amado Tomás. La miré fijamente a los ojos,
Quiero Tabaco antes de tomar el peyote, le dije. ¿Por qué Tabaco? Me preguntó. Creo que el
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Tabaco sagrado me contactará con el Gran Espíritu, El Padre. Le contesté. Después de todo lo
vivido lo único que añoro es el Padre, agregué. Bien, me dijo ella, Tabaco primero.

Me dio un capacho seco de mazorca y tabaco para que armase mi cigarro. Ella hizo lo propio. Al
terminar de armarlo me preguntó sobre el propósito. Manifesté que quería claridad, que la Verdad
se revelará claramente. La expresión de Etéphora me sorprendió. Tu pedido es importante,
comentó. Lo sé, le dije, necesito claridad.

Encendimos el tabaco. Lo fumamos y expresamos el propósito, acto seguido tomamos el peyote.
Sentí que mi cuerpo convulsionaba y giraba en un torbellino que me elevaba por los aires. Escuché
un déjate llevar y así lo hice. Cerré los ojos. Los abrí cuando un sentí que una fuerte luz
invadiendo el recinto. Todo el lugar brillaba intensamente, no era la caverna, parecía ser un templo
sagrado, inmaculadamente blanco, el piso era de mármol igualmente blanco y reflejaba la luz que
salía de todos los rincones del recinto. Era un salón muy grande, había un corredor que delimitaba
un centro muy amplio al que se descendía bajando tres escalones. En el centro brotaba una
columna de agua cristalina que parecía extenderse hacia el cielo. El agua brillaba también,
emergía del piso y no caía de nuevo.

Me encontraba solo en el lugar, lo recorrí lentamente, caminé por el pasillo bordeando la zona
central. No había ventanas, era un cajón inmenso, sin columnas, la luz estaba allí totalmente pero
no parecía surgir de ninguna parte. El silencio era total. Me miré, mis ropas eran diferentes, vestía
una toga blanca muy tenue y casi transparente. Bajo la toga estaba completamente desnudo y
sentía que mi cuerpo se traslucía en el sutil vestido. La temperatura era tibia y se escuchaba el fluir
del agua que no producía ningún estruendo a pesar de la fuerza con que brotaba.

Me senté en las escaleras que bordeaban el centro del recinto, esperando al nuevo visitante.
Escuché una voz que emanaba, como la luz, de todo el espacio. Tomás, dijo la voz, bienvenido a
casa. Una sensación de inmensa alegría y tranquilidad me invadió al escuchar esas palabras. Era
la voz de un padre amoroso feliz de recibir a su hijo extraviado, era la voz de la madre plena dando
todo su amor.

Giré en torno mío y vi la zarza ardiente que había sentido en mi primer encuentro. Ahora no la
atravesarás, como la primera vez, ella será tu compañía, escuché la voz instruyéndome. Siéntate
cerca de ella pero ten cuidado de tocarla, su poder puede absorberte. Tú estás aquí con tu cuerpo
físico y él no resiste ese grandioso poder, pero su cercanía te confortará. Yo escuchaba y obedecía
sin mencionar palabra.

Tomás, mi amado Tomás, ¿estás listo? La voz me preguntó. No sabía que responder, ¿listo para
que? Me pregunté. Por mi mente pasaron imágenes de mi niñez, de mi adolescencia y de toda mi
vida, en esas imágenes me veía preguntándome tantas cosas sobre mi propia existencia,
preguntas que surgían de mi dolor y de mi miedo a enfrentar la vida. Imágenes rogándole a Dios
ayuda y piedad para calmar mi sufrimiento. ¡Si, ya sabía para qué estaba allí! Entonces contesté
¡Estoy listo! Lo dije en voz alta y con alegría.

Bien Tomás, estás listo para escuchar la historia verdadera. Después de este encuentro volverás a
la Tierra, continuarás tu vida, te darás cuenta que ya nada será igual. El mundo no habrá cambiado
nada, tu percepción de él será totalmente diferente. Este encuentro es el resultado de tu búsqueda,
aquella que iniciaste hace mucho tiempo.

Has escuchado a muchos seres durante toda tu existencia, todos ellos te han dado mensajes
verdaderos, algunos teñidos, adornados, pero todos contienen algo de verdad. La Verdad es una
sola y está presente en todo el Universo, que es uno solo. Somos parte de él, estamos integrados
en él, la separación es solo subjetiva, propiedad de cada ser para lograr su desarrollo, todo está en
evolución y sin importar el cómo, siempre se avanza en ese proceso. La comparación de la gota de
agua que cae al mar es totalmente válida, la gota se integra al mar sin perder su identidad, y se
funde en él. ¿Lo recuerdas? Aquella vez que visitaste aquel templo en Sopó, en la fuente que allí
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había, visualizaste este misterio. Recordé aquel día, cuando fui a aquel hermoso paraje cerca de
Bogotá, después de mi primera y más difícil separación con Juanefe, estaba con una amiga y en
medio de lágrimas le decía aquellas mismas palabras.

Tomás, después de escuchar a Hazz, a los duendes parásitos y a Lucifer, dime ¿que piensas? Me
preguntó la voz dulcemente. Pienso, le dije, que he vivido ciego a la Verdad, pero que mi ceguera
no fue voluntaria, que fue impuesta y manipulada. Me siento engañado y que mi mundo, el mundo
que creía es una farsa.

¿Y si te digo que tú escogiste vivir en esa farsa? Volvió a interrogarme. Yo te diría, le contesté, que
sólo un loco escogería vivir esa falsedad. Si conociera la verdad no hubiera decidido vivir ese
mundo. No puedo comprender una realidad tan desgarradora, tan sufrida, tan perversa. Es
imposible para mí comprender que por ese camino de dolor y miedo se evolucione si lo que se ve
es todo lo contrario.

¿Sabes que es el libre albedrío? De nuevo me preguntó. Creo que es la posibilidad de escoger
nuestro camino, cualquiera que sea. Le contesté. Exactamente, dijo la voz. El libre albedrío es la
verdadera ley, continuó la voz, por él, todos y cada uno de los seres logran su propósito. Por tu
libre albedrío decidiste recorrer el sendero que recorres y no hay error en ello. Me pasé la mano
por el cuello, no comprendía nada. ¿Entiendes? Preguntó nuevamente.

No, no entiendo que por mi libre albedrío pueda matar a otros seres, humillarlos, vejarlos,
destruirlos. Eso no es consecuente con la vida de armonía que supuestamente debe existir. No
puedo comprender que un loco, viviendo su libre albedrío, incinerara millones de personas en
campos de concentración, o que una bandada de locos monjes quemara en nombre de Dios a
mujeres, niños, ancianos por considerarlos herejes. No lo concibo.

¿Y si te dijera que tú en otras existencias fuiste parte de ese grupo de inquisidores, que has violado
y asesinado sin compasión a hombres y mujeres, riéndote de su sufrimiento, has llegado a pensar
en eso? Sus palabras las sentí en lo más profundo de mi corazón, generando un intenso dolor. Si,
le dije, lo he pensado algunas veces pero nunca he querido aceptar tal pensamiento. En este
momento de mi existencia no lo puedo aceptar. ¿Por qué? Fui nuevamente interrogado. Porque,
contesté, siento un respeto por la vida del otro que me impide hacer tal cosa. ¿Y crees que ese
respeto surge espontáneamente? No, esa comprensión surge de tu proceso evolutivo. Sin haber
matado, sin haber violado, sin haber humillado no podrías sentir lo que sientes hoy.

Ahora, ¿si te digo que en otras tantas existencias fuiste humillado, vejado, violado, esclavizado,
que sentirías? Me interrogó nuevamente. Pues, dudé en contestar, también lo he sentido, creo con
mayor certeza que he vivido esas situaciones y esas experiencias me hacen más sensible. Del
dolor vivido, nace la compasión por el otro, no quiero que otro sufra lo mismo que yo.

Te digo que necesitas de las dos experiencias. Porque del actuar sin compasión nace la
compasión. Dijo la voz. La posterior reflexión de los acontecimientos es la que te da la
comprensión. Solo por la comprensión de las situaciones paradójicas se llega a la transformación.
Un ser que ha vivido siempre en la opulencia nunca podrá entender la pobreza y viceversa. Solo
quien ha vivido las dos circunstancias comprenderá lo uno y lo otro y actuará con la Verdad.
¿Entiendes ahora? Me preguntó. Creo que si, sin embargo surge un nuevo interrogante. ¿Cuál?
Pregunta libremente, debes aprovechar este momento. ¿Todos los seres del Universo en evolución
deben vivir esas experiencias? Pregunté tímidamente. Claro, todos absolutamente todos, me
contestó. ¿Hasta Dios? Pregunté de nuevo. Perfecto, me respondió la voz, recuerda el inicio de
nuestra conversación, Dios no es un ser ajeno y alejado, Dios es todo, o sea, todos somos Dios y
somos todo Dios. Dios es el mar de la metáfora que usábamos antes, cada uno de nosotros
conforma a Dios, y lo que está en cada uno de nosotros está en Dios. No hay separación.
Recuerda “en el Cielo como en la Tierra.”
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Entonces, pregunté de nuevo, ¿toda la historia de Lucifer, la de Hazz, la de los parásitos y la de la
humanidad han sucedido con el consentimiento de Dios? No está bien hecha la pregunta. Me dijo,
todo sucede, no se requiere la aprobación de Dios, simplemente sucede, es el libre albedrío. Dios
no juzga ninguna decisión, porque no participa en ella, sucede lo que cada ser decida que suceda,
ese es el libre albedrío, cada cual es responsable de su decisión. No estoy de acuerdo, comenté, si
yo mato a un niño, esa decisión mía afecta a ese pequeño ser.

Si tú matas a alguien, ese hecho afecta la existencia de ese alguien, no hay duda en ello, y ese ser
elaborará la acción a seguir en nuevas existencias. El asesino igualmente elaborará esa acción en
la presente existencia o en otra, hasta llegar a la comprensión de la verdad. Cuando esto sucede,
cuando se da la comprensión, el ser evoluciona. A medida que cada ser evoluciona, la humanidad
evoluciona, el Universo evoluciona y Dios evoluciona.

Recuerda, al principio era Nada y de allí se inicia la evolución. Hay muchos niveles de evolución,
no se dan saltos inexplicables, cada cual va evolucionando a su ritmo y todos esos ritmos
particulares dan el ritmo de todo el conjunto, es como una orquesta gigante que ha medida que
tocan todos juntos logran interpretar obras maestras.

Entonces, pregunté, ¿no existe un plan divino? No, en términos de una predeterminación de los
acontecimientos, no existe, sólo existe el proceso evolutivo. Esto suena caótico, pero recuerda el
origen, “Al principio era el Caos” reza en algunas mitologías terrestres. En medio del caos se
encuentra el orden, que evoluciona en nuevo caos. Sin crisis no hay evolución.

¿Y sobre Lucifer y su historia de manipulación, qué? Interrogué. Su supuesta manipulación es su
decisión, le escuchaste bien la historia, oíste de sus labios lo que hizo en Siberia, sin esa labor, la
humanidad no habría evolucionado. Lucifer ha manifestado muchas veces su esperanza en el
proceso, pero aún no ha logrado la comprensión completa. Cuando lo haga, pasará a un nuevo
nivel donde obtendrá grandes transformaciones.

Tú ves ahora una manipulación de la realidad y la ves porque te sientes engañado y maltratado,
pero no es cierto, la realidad es que Lucifer, haciendo uso de su libre albedrío ha colaborado en el
proceso evolutivo de la humanidad. Tu misión ahora es tener la comprensión de estos hechos, con
ello tú darás un salto fundamental en tu proceso individual. Todo el grupo avanza con el desarrollo
de cada uno de los miembros. Ese es el único plan.

¿Quién eres tú? Me atreví a preguntarle. Soy tu Maestro, pertenezco a las jerarquías superiores,
aquellas a las que Lucifer se refirió en su relato. ¿Y qué son las jerarquías superiores? Le pregunté
sin tratar de ocultar mi ignorancia. Las jerarquías superiores, me dijo, somos un grupo de seres que
hemos logrado, a través de muchas existencias un grado de comprensión de la Verdad que nos
permite acercarnos a las órdenes inferiores para brindarles apoyo y soporte en su proceso
individual y grupal. Al igual que tú hemos sufrido y padecido aquellos niveles de dolor y miedo, mas
gracias a la comprensión, hemos logrado evolucionar. Somos seres extraterrestres, pues
habitamos otros planetas que igualmente han evolucionado. Todo evoluciona en el Universo, cada
proceso en él es evolución, así parezca lo contrario, realmente nada es contrario.

¿Tú estás más cerca de Dios? Le pregunté, arrepintiéndome inmediatamente de mí pregunta. Él lo
notó. Tu pregunta es válida, puedo decirte que de alguna manera estamos más cerca de Dios en el
sentido que comprendemos mejor nuestra relación con el Todo y nos sentimos parte integral y
activa de ese Todo. En el estado actual de la humanidad, me refiero en general, a Dios aún se le
siente como alguien lejano, más allá del ser, escondido en algún lugar perdido del universo. El ser
humano mismo se niega la opción de comunicarse con Dios, con el Todo, ya que es incapaz de
comunicarse consigo mismo, aún se vive la época de la separación, de la individuación y así es
como debe ser.

¿Todas esas jerarquías mencionadas por las religiones: ángeles, arcángeles, tronos, potestades y
demás son ustedes mismos? Pregunté. Exactamente, es sólo problema del lenguaje, de la forma
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de transmitir los eventos, a medida que la humanidad evoluciona, de igual manera lo han hecho el
lenguaje y la comunicación. Hace pocos milenios la humanidad era religiosa y se hablaba en ese
lenguaje, los ángeles eran seres maravillosos que contribuían a la revelación de las religiones. La
humanidad actual es más técnica, sus conocimientos han aumentado científicamente, la religión
ocupa un plano secundario, ahora las revelaciones son distintas, ahora los ángeles se manifiestan
de otras formas, en algunos casos dejando ver su realidad física. Esos son los extraterrestres.

De otro lado, cada día hay más humanos que han podido desarrollar sus capacidades
extrasensoriales y se pueden comunicar con nosotros a otros niveles, el Universo es único pero es
multidimensional, nosotros habitamos en otras dimensiones. En poco tiempo muchos humanos
serán capaces de comunicarse con nosotros y vernos entre ustedes. En el próximo nivel evolutivo
lo que ustedes verán de si mismos y de otros seres será totalmente diferente a lo que hoy ven.
Algunos son capaces de verlo en el mundo actual.

Entonces, pregunté, ¿el dolor y el sufrimiento son necesarios para este estado de la evolución,
estamos condenados a esta historia sin justicia, plena de discriminación, esclavitud y muerte? Mi
pregunta sonó pesimista y sin esperanza. ¿Estamos sometidos a toda clase de seres que nos
dominan, nos manipulan y se alimentan de nuestra energía?

El sendero del dolor es inevitable, me dijo, porque ese es el camino del fuego. Para preparar los
alimentos y transformarlos en deliciosas viandas hay que cocinarlos, para templar los metales, para
mezclarlos hay que someterlos al calor de altísimas temperaturas, de igual forma se forja el
espíritu. Tu espíritu no es un producto terminado, es él el que está en evolución, no tu cuerpo, ni tu
alma, el alma se fortalece del espíritu. El fuego de esta Tierra es el dolor, es el miedo y es la
muerte. El problema está cuando el cuerpo domina, sin permitir que el espíritu se transforme, o
cuando el alma descontrolada intenta controlar. El problema está cuando el espíritu pierde su
poder, entonces se sume en el caos y el dolor hace presa de él. El miedo paralizante es la
respuesta al dolor, el miedo llega a dominar al espíritu, enclaustrándolo, aprisionándolo, evitándole
que vea la realidad.

Inconscientemente me abracé y empecé con mis manos a acariciar mis hombros. Me sentía
desilusionado. Con la plática de Lucifer algunas esperanzas habían llegado a mí. Creí de sus
palabras entender que ésta era una realidad falsa, creada desde la malicia de algunos seres y si
aquello era verdad, podía escapar de dicha realidad y encontrar la verdadera. Ahora se me decía
prácticamente lo contrario, no había forma de escapar de esta realidad, que el mundo era real y el
sufrimiento y el dolor eran el camino.

¿Por qué estás abatido? La voz me interrogó. Traté de hablar pero el llanto que brotó fue más
fuerte. ¿Por qué lloras Tomás? Sentí como su aliento me consolaba. Es difícil de aceptar esta
verdad. Dije gimiendo.

Aceptar esta verdad, comprenderla es la misión de los espíritus que como tú decidieron venir a
este planeta. No todos los espíritus han tomado esta decisión aún, se requiere de mucha valentía.
Antes de venir tú ya sabías lo que te esperaba, y fue tu libre albedrío el que te guió a este lugar. Al
nacer se pierde toda esta noción de la vida espiritual, es parte del proceso, porque el verdadero
trabajo del ser humano es ese, encontrar la verdad en medio de ese inhóspito camino. El espíritu
decide con que poder llega y en su camino terrestre encontrará más o perderá el que trae, es su
decisión.

Alcé mi mirada, respirando profundo, empezaba a comprender. Empezaba a ver que Tomás era
solo un instante de mi existencia, antes quizás fui Teresa o Luis o Godofredo, no importaba,
importaba el poder que había tenido, ganado o perdido en aquellos otros instantes. Importaba el
poder que ahora tenía, y lo sentí poco. El poder con que había llegado Tomás a esta existencia no
era mucho y que por ello había sido tan dura la jornada.
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¿Qué es el poder? Pregunté a la voz. El Poder verdadero, me contestó, es nuestra fuerza de vida,
nuestra llama ardiente, sí la llama es muy pequeña el deber es cuidarla, alimentarla para que se
fortalezca, si la llama es muy grande, el deber es contenerla para no causar incendios. La llama es
esa zarza que ha estado presente todo el tiempo desde que iniciamos esta conversación. Si es
pequeña corre el riesgo de extinguirse, si es muy grande y no sabemos controlarla puede destruir.
Por eso te advertí no tocarla, en tu carácter mortal te acabaría inmediatamente, y tú Tomás todavía
tienes mucho que hacer, aun no puedes iniciar el viaje hacia una nueva vida.

¿Por qué siento tan bajo mi poder? Le pregunté. ¿Por qué lo dices? Me devolvió la pregunta.
Porque honestamente siento que me ha costado mucho vivir, que no he podido concluir nada, y no
he correspondido a aquellos que me han amado, me ha faltado fuerza, incluso física para realizar
lo que debo hacer. Recordaba tantos momentos de dolor, de extravío, de depresión, de tantas
noches deseando morir.

Cuando llegaste a esta existencia, amado Tomás, lo hiciste bajo de poder como consecuencia de
desperdiciarlo en otras vidas, en ésta has continuado con ese patrón, tus reservas se están
agotando, cuando se agotan, la desesperanza invade y el ser busca la muerte. Y se busca
precisamente porque se sabe que tras ella hay la esperanza de recibir nuevo poder.
Paradójicamente el miedo a morir se siente cuando no se quiere perder el poder que se ha
adquirido en esa existencia. Para los seres sin poder es fácil escapar tras la muerte, pero volverán
a vivir una existencia de bajo poder y así sucesivamente hasta que se den cuenta que deben
acumular suficiente poder, tanto que deseen partir con él.

El Poder, continuó la voz, con P mayúscula, es la razón de la existencia, poseer nuestro propio
Poder, cuidarlo, conservarlo y fortalecerlo es la misión. El poder con p minúscula es otra cosa,
claro, están los dos relacionados, aparentemente conducen a lo mismo, pero no hay tal. Cuando se
llega bajo de poder a la existencia terrenal, se busca por todos lo medios conseguirlo y sólo
podemos obtenerlo de otros seres vivos, incluyendo animales, plantas y humanos. Se crean
hábitos parásitos para vivir del poder de los otros, sin darse cuenta que está cediendo su poco
Poder a otros. El ser humano cree tener poder al controlar, al manipular y al causar dolor. ¿Te
suena conocido?

Bastante, contesté, es la historia de Lucifer. No solo la de Lucifer, añadió la voz, es tu propia
historia. La historia de tus fracasos, de tus relaciones fallidas. Has perdido tu poco poder
paulatinamente, lo has cedido a los otros mientras buscabas reconocimiento, perdón y aceptación.
Y como respuesta a tu insatisfacción pretendías controlar, manipular, manejar a otros, causando
dolor y sufrimiento. Ese dolor, ese sufrimiento como hojas secas en una hoguera parecen
aumentar el poder, un poder que es efímero, pasajero.

Y digo pretendías, continuó la voz, porque en el juego del poder siempre que se pretende
obtenerlo, se pierde. Cuando maltratas a alguien, bien sea solo con la palabra o con acciones
como golpes, el aparente agredido pierde su poder al tener que asumir una condición inferior, el
agresor pierde su poder real al perder su equilibrio, en esos momentos se pierde la fuerza interior,
la llama se debilita. Todo acto de violencia es un desperdicio de poder, ambas partes pierden, pero
el agresor lo hace con mayor intensidad, y al necesitar más poder vuelve a iniciar el ciclo con más
violencia. El desequilibrio no controlado conducirá a los abusos de poder.

El dinero da poder. Es un medio que permite la manipulación y el control. Muchos seres se sienten
poderosos porque tienen muchas riquezas materiales, a esos individuos les aterra la muerte ya que
saben que en ese instante perderán su poder y seguramente carecen de poder interior para
enfrentar una nueva existencia. La autoridad también da poder, directamente se puede controlar a
otros seres, igualmente es un poder efímero cuando ella brota de la necesidad de obtener la fuerza
externa necesaria para alimentar el poder interior. Aquellos que han abusado de su autoridad
igualmente temerán la muerte.
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¿Y el poder sexual? Pregunté. ¡Ese si que es interesante! Me contestó. La mujer es la dueña del
Poder, ella es la dadora de vida, en su interior está la fuerza para formar un nuevo ser, sin
embargo el Poder también está en el hombre, su miembro viril es símbolo del poder, símbolo
externo, fácilmente visible y atractivo para poseerlo. La mujer lo posee y al hacerlo puede dar la
vida. El hombre da su poder a la mujer para que ella cree. El hombre piensa que posee a la mujer
y su poder, pero la verdad él no posee nada, no crea nada, solo actúa. El poder del hombre está en
el actuar y no en su falo.

Al darse cuenta que no puede poseer a esa mujer, trata de poseer a otra y otra y así
sucesivamente, derrochando su poder, dándoselo a cada mujer indiscriminadamente. La mujer
desafortunadamente ha caído en ese juego y es incapaz de mantener el poder en ella, atraída por
el símbolo externo se olvida que ella realmente lo tiene y entonces busca el poder del hombre al
tratar de controlarlo. ¿Ves? Todo es un juego de poder.

Tengo una pregunta, interrumpí, ¿El sexo es solo con fines reproductivos? Pregunto ya que tu
hablas del poder de dar vida de la mujer. El sexo no solo fue creado con fines reproductivos, es un
medio para expresar Amor y es un medio para gozar del placer. La vida terrestre está llena de
compensaciones y muchas de ellas se encuentran en una sana relación sexual, llena de gozo y de
placer, a través de la sexualidad es posible alcanzar altos grados de evolución, en la relación
sexual hay mucho poder en juego. Allí radica su peligro.

¿Y el sexo homosexual? Me atreví a preguntar. La sexualidad entre iguales no representa ningún
problema, ninguna sexualidad es juzgada, como no lo es ningún acto humano. Sin embargo
cuando en la sexualidad se busca poder, proviene y produce desequilibrios. En este caso, y es
muy frecuente entre homosexuales, se pretende obtener el poder del otro, reflejado en su falo
erecto. La sexualidad entre hombres es muy genital enfocada en ese elemento, cuando un hombre
penetra a otro con ese afán de posesión está simplemente entregando todo su poder, realmente el
que recibe es el que obtiene de alguna manera ese poder. Cuando una pareja homosexual que se
ame verdaderamente y practique el sexo tántrico, sin eyaculación de ninguno de los dos, no sólo
se están dando mutuamente uno de los mayores placeres, sino que igualmente están trabajando
por su evolución, en este caso ninguno cede el poder, pero ambos lo están alimentando. Esa
experiencia es muy válida en el desarrollo espiritual.

¿Poder y energía son equivalentes? Pregunté. No, me respondió, son complementarios, parecen
sinónimos pero no lo son. Un ser puede estar pleno de energía mas no tener poder alguno y
viceversa. Existen seres en la Tierra que poseen mucho Poder pero sus cuerpos yacen faltos de
energía. Y existen tantos otros llenos de energía que la malgastan por falta de poder. Cuando hay
transferencia de poderes, hay transferencias de energía, más no al contrario. Un sanador te da
energía pero no poder y él no toma energía ni poder de ti.

¿Cómo te sientes ahora Tomás? Me preguntó con dulzura. Mejor, empezando a comprender. Me
pregunto ahora ¿Qué va a ser de mi vida? Siento que este encuentro me ha aclarado muchas
cosas, que hay muchas más por aclarar, pero el problema no es tanto aclarar sino comprender y
después actuar. Siento que he hecho todo al revés en mi vida, me siento culpable y juzgado. El
asunto del libre albedrío lo intuyo más difícil que cualquier otro de la existencia.

El camino no tiene fin, esa es la comprensión que hoy tengo del proceso, me dijo y continuó, a
cada instante aparece algo nuevo en el Universo que requiere ser comprendido, el Universo es
creación pura, amor puro y por eso se renueva a cada instante, aún en mi estado de evolución sé
que estoy al inicio del camino.

Te digo, el proceso es irreversible, lo ganado no se pierde, cuando empiezas a comprender, todo
se transforma y empiezas a entender qué es el Poder. Lucifer cree que fue derrotado por Jesús, no
es cierto, la misión de Jesús no era derrotar a nadie, su misión era abrirle los ojos a la humanidad,
y a Lucifer mismo, mostrarle que el camino, la verdad y la vida están en cada uno de nosotros. Al
decir que el Padre y él eran uno solo, quería decir todo lo que hemos hablado hoy, tú eres parte del
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Padre y el Padre no es sin tu parte. El mensaje era y es claro solo hay un camino para cada ser y
ese camino te llevará hasta donde desees llegar, en el tiempo que te quieras tomar para recorrerlo.
El mensaje de perdón de Jesús era claro también, no hay nada que perdonar, porque todas tus
acciones han de ser reparadas siempre buscando el equilibrio. Ese es el secreto.

El Poder se mantiene y crece si el ser se mantiene en equilibrio. Si sientes que has perdido tu
Poder debes buscarlo en ti, no en el exterior. La energía la puedes encontrar afuera, para eso
debes nutrirte física y emocionalmente, pero también somos fuente de energía, producimos
energía. Poder y Energía en equilibrio te pondrán en el camino que tu deseas. Siempre tienes la
opción de decidir, toda tu vida es un continuo tomar de decisiones, a cualquier nivel, pero con la
verdadera comprensión, o mejor con la comprensión de la Verdad tus decisiones serán
fortalecedoras, hechas para mantener tu equilibrio.

Existe un equilibrio universal, mas cuando internamente falta, somos incapaces de verlo. Tu trabajo
es ese, encontrar tu equilibrio, tu centro, tu conexión con el Universo, una vez encontrado hay que
mantenerlo, para mantenerlo no puedes perder tu Poder y debes encontrar tu nivel óptimo de
energía, ese trabajo es el desarrollo del Cristo interior, del salvador interno, como decías sanar es
salvar, entonces sanador es salvador, recuerda a Etéphora, ella te explicó que cada ser sólo es
salvador de sí mismo, sólo tú puedes encontrar tu Cristo en ti, solo tú te puedes salvar, esa
salvación es la evolución. Esa fue la misión de Jesús en la Tierra.

Sentí que la presencia se retiraba con esa frase, la zarza ya no estaba, me encontré solo en aquel
recinto. Oí el aleteo de las tórtolas en mi jardín. Estaba de regreso en mi casa terrenal.
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LIBERACIÓN

Me sentí muy extraño en casa. Corría una fuerte brisa y el cielo estaba encapotado presagiando
lluvia. No tenía ni idea de que hora y día serían. Esta vez había perdido totalmente la noción del
tiempo. Los encuentros con Lucifer y con el Maestro habían sido intensamente largos. Tan intensos
como interesantes. En la soledad de mi habitación, con la mirada perdida hacia el cielo gris,
permanecía en silencio. No me sentía cansado, pero tampoco enérgico, había cierta placidez en el
ambiente que me impedía moverme.

¿Cómo era el mundo allá afuera realmente? Me preguntaba una y otra vez. Nada había cambiado
y todo había cambiado, extraña paradoja dando vueltas en mi mente. Sentí sed, mis labios estaban
resecos, me levanté y me dirigí a la cocina. Todo parecía estar en su lugar. Después de conocer a
Juanefe me había vuelto más ordenado, un poco por darle gusto, otro poco porque sabía que no
podía seguir viviendo en un desorden, al fin y al cabo ese desorden exterior mostraba mi caos
interno. Juanefe apareció en mi mente, recordé los años a su lado y las hermosas experiencias
vividas juntos. Le agradecí desde lo más profundo de mi ser su paso por mi vida, ¿había
terminado?, lo dudé.

Me pregunté cómo estaría y quise llamarlo, pero no lo hice. Hacía seis meses que me había
prometido a mí mismo no volverlo a llamar, ya no había nada entre los dos para compartir, aunque
tenía tantas cosas que contarle. Pero no, no era el mejor momento. Me bebí un vaso lleno de agua,
sentí como todo mi cuerpo se refrescaba, recibí un baño en una cascada de agua pura dentro de
mi ser. Decidí llamar al Centro, creí que extrañarían mi ausencia.

Lidia contestó amablemente como siempre. Tomás, que gusto escucharle, estaba perdido, me dijo
al escuchar mi voz. ¿Perdido, como así? Le pregunté. Han pasado casi dos meses que no
teníamos noticias suyas. Las actividades del centro están casi paralizadas por su ausencia. Me
quedé atónito, ¿dos meses había estado en aquel lugar?, no lo podía creer. ¿Y David, lo
encuentro? Le pregunté y tras un largo silencio me dijo, David no está en la ciudad. Presentí que
algo había sucedido por el tono de su voz. ¿Pasa algo Lidia? Pregunté angustiado. Sentí que
gemía. Tomás, no sé si deba decirle esto, pero David está muy mal. ¿Mal? Mi angustia aumentaba.
David está muy deprimido, creo que por su ausencia, me dijo. ¿Dónde está? Le pregunté ansioso.
Anteayer se fue en su carro a Barranquilla, hizo una larga pausa ¿Y que? Casi le grité, sufrió un
accidente, está muy grave, sentí que Lidia lloraba al otro lado de la línea, de mis ojos brotaron
lágrimas. Dime donde está, tengo que localizarlo, hablar con él, le supliqué llorando. Tomás, sé
que está en la clínica del Country en cuidados intensivos, su pronóstico es reservado. Me contestó
aún llorando, Gracias Lidia salgo inmediatamente para Barranquilla.

Entré al baño y me miré al espejo, estaba totalmente demacrado y supremamente flaco, dos meses
inexplicables aún para mí. Yo pensé haber pasado un día con Lucifer y otro con el Maestro, nunca
pensé que el tiempo allí corriese de otra forma. Recordé mi charla con Lucifer, tantas imágenes
observadas, vividas, claro ahora comprendía, al escuchar la historia la reviví en mí, viajé a aquellos
lugares sagrados, antiguos y medievales. Estuve en Siberia, vi la gran caverna. Visité los bosques
ancestrales celtas, donde vivían las sacerdotisas, estuve en Babilonia, el Kilimanjaro, Jerusalén,
Nínive, Roma, Atenas, Bizancio, Alejandría, recorrí todo el mundo antiguo, viví sus guerras y
dolores, vi la destrucción de Roma, Tenochtitlán, Cuzco, la hegemonía papal, la inquisición, la
sucesión de imperios, la gloria y la muerte. ¿Cómo pudo ser posible? El recuerdo más consciente
era estar sentado en medio de aquellos seres escuchando. ¿Qué estaba pasando en mi vida?

Era media mañana y ya no había vuelos a Barranquilla, solo hasta la tarde. Localicé el teléfono de
la clínica y llamé, después de muchos intentos logré comunicarme con la unidad de cuidados
intensivos. Allí me informaron sobre el estado de David, aún era grave, crítico y el pronóstico
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reservado. Quería estar con él, sentía su angustioso llamado. La recepcionista gentilmente me
pasó a un familiar que estaba allí. Era su madre. La señora preguntó quién era yo y mi relación con
David. Señora, le dije cortésmente, soy Tomás Moreno, compañero de trabajo de David y hasta
hoy me enteré del suceso. ¡Tomás! Gritó la señora al otro lado de la línea, Tomás usted debe venir
inmediatamente, David lo nombra, lo llama continuamente. Venga pronto por favor. Me imploró la
angustiada madre. Señora, estoy tratando de conseguir cupo para esta tarde, pero llegaré tipo
siete de la noche a la clínica, si lo logro. Le dije tratando de calmar su angustia. Ya hablo con mi
marido, él logrará que usted llegue más rápido, afortunadamente está en Medellín ahora y su
avión privado debe salir a la una más o menos. Deme su número telefónico y ya le llamo.

Una hora más tarde estaba camino al aeropuerto Olaya Herrera de Medellín, allí me encontré con
el padre de David, era un hombre mayor, ejecutivo, tan atractivo como su hijo. Al saber quien era,
me abrazó y lloró. Usted no sabe cuánto amo a mi hijo, y del arrepentimiento por no haberle sabido
escuchar nunca y por exiliarlo de mi vida. El hombre recio se desplomaba. Yo no sabía que hacer.
Señor Hazbún, le dije, no sabemos que va a acontecer, lo que sea debemos aceptarlo con valor.
Noté mi voz quebrada y sentía lágrimas recorriendo mis mejillas, y si es la muerte, continué,
debemos darle el amor y la libertad para que pueda seguir su camino en armonía, David es un gran
ser y sabrá que hacer en ese momento.

David era el ser más hermoso que había aparecido en mi vida, recordé los meses trabajando a su
lado, su fuerza en la acción, su respeto y la coherencia en sus relaciones. Me di cuenta del
acompañamiento silencioso que me había brindado en esos seis meses, el sabía de mi dolor y
nunca lo violentó, me dio fuerza y me devolvió el deseo de vivir, ayudó a encauzar mis difíciles
emociones sin pronunciar palabra. Era un gran hombre.

Salimos rumbo a Barranquilla en un confortable jet privado. Nunca había viajado en este tipo de
aparato tan lujoso, sin embargo las circunstancias no me permitían disfrutar de ese viaje. A nuestra
llegada nos esperaba un lujoso BMW que se desplazó rápidamente entre el tráfico imposible de la
ciudad. Me encontré en un instante a la entrada de la unidad de cuidados intensivos. La madre de
David salió para permitirme visitarlo, me abrazó con mucha ternura. Háblale, si te escucha, por
favor dile que me perdone, siempre lo he amado y que aún es mi pequeño David. Yo la abracé, la
apreté profundamente contra mi pecho donde mi corazón latía con una fuerza que nunca había
sentido.

Entré a la sala, que a pesar de su impecable limpieza y su tibia temperatura no lograban mitigar las
emociones que allí se vivían, hombres y mujeres luchando por mantener las vidas de los que
estaban por partir, pacientes, médicos y enfermeros unidos en la misma lucha. Traté de calmarme,
respiré profundo y me acerqué a su cama. Parecía dormido, noté su ceño fruncido, tubos por todos
lados, en su boca, en sus brazos, la sonda, toda la parafernalia en forma. Lo miré, no pude evitar
las lágrimas, me acerqué y le tomé la mano, estaba sin fuerza, pensé que no me reconocía. Le
apreté la mano y me acerqué a su siempre hermoso rostro. Estoy aquí amor, ya llegué. Sentí que
su mano apretaba la mía. Yo le respondí, apreté la mía aún con más fuerza. Me quedé allí en
silencio, contemplándolo, te amo, le dije.

Una enfermera me pidió que me retirase porque iban hacerle unos procedimientos. Traté de soltar
mi mano, pero sentí que él se aferraba más. No te voy a dejar amor. Le dije, es solo un instante. La
enfermera me miró asombrada. Es mi amado, le dije a la enfermera y me retiré del cubículo.

Al salir de la sala, su madre, Francisca me estaba esperando. Me miraba queriendo saber lo
sucedido. Señora, le dije, le van a hacer unos procedimientos, por eso me pidieron que saliera.
¿Qué han dicho los médicos? Le pregunté. Muy poco, me dijo, tiene severas fracturas y trauma
craneal, aún no pueden estabilizarlo y no nos dan muchas esperanzas. Nuevamente lloraba. Yo la
abracé. Francisca era una mujer mediando los sesenta que conservaba toda su belleza, pelo claro
y unos hermosos ojos en los que reconocí los de David. Me acarició la cara, como lo había hecho
David la primera vez que fui a su apartamento. Yo me estremecí. Tomás, me dijo, no sé quien eres,
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pero siento que tu relación con mi hijo es fuerte y en este momento tan duro te doy la bienvenida a
mi casa, a mi familia, veo en ti un hombre bueno y le doy gracias a Dios por haberle dado a mi hijo
tu compañía. Gracias señora, le dije, no sabe lo importante que es para David esto. Y para mí,
pensé en silencio.

Javier, el padre de David estaba recostado contra una pared, su abatimiento era evidente. Tomás,
me llamó, venga hablemos un rato. Hace muchos años, me dijo, yo exilié a David porque no lo
acepté, lo saqué de mi vida, no quise volver a saber de él, obligué a Francisca y a Lina, su
hermana, a no hablarle. Maté a mi hijo, hace tanto tiempo lo maté. Fue interrumpido por un torrente
de lágrimas. Hace cuatro días me llamó y decidí recibir su llamada, me dijo que necesitaba hablar
conmigo, me negué pero el insistió, me dijo que le era urgente hablar conmigo, y me negué a
escucharle, el insistió y afirmó que viajaría a Barranquilla para hablar conmigo. Yo le advertí que si
lo hacía lo echaría como a un perro. Aquella noche al llegar a casa encontré una Biblia sobre mi
escritorio, no había leído nada de ella desde que David había salido de casa. La abrí en cualquier
hoja y dio la casualidad de que era la parábola del hijo pródigo. Lloré mucho esa noche, en
soledad, Francisca y Lina no se enteraron de mi llanto ni de la llamada de David.

Volví a saber de David cuando nos llamaron de urgencias del Hospital informándonos del
accidente. Quedé paralizado, sin saber que hacer, fue Francisca quien reaccionó, me tomó del
brazo y me ordenó ir al hospital mientras me decía que esta vez no iba a abandonar a su hijo, no
permitiría que el muriese solo. Me opuse, entonces ella se paró frente a mí, me miró como nunca lo
había hecho y me gritó ¡no más Javier, yo voy con mi hijo! Salió sola hacia el hospital, allí logró que
lo trasladaran a esta clínica mientras yo me escapaba con el pretexto de un viaje de negocios a
Bogotá y Medellín. Hoy me llamó para decirme que usted venía para Barranquilla y me ordenó
traerlo, y aunque no quería hacerlo, al verlo con su dolor me di cuenta del gran Amor entre ustedes
y comprendí la fuerza de ese maravilloso sentimiento que trasciende todo, incluyendo el sexo, me
di cuenta en usted, que yo amaba a mi hijo. No pudo continuar por el llanto que brotaba desde su
corazón.

Sentí una mano que me tocaba el hombro, me giré hacia ella, era Lina, una mujer de unos
cuarenta años, también se en ella había una gran belleza tapada por un velo de amargura, tenía el
rostro ajado, era una mujer gorda. Sus ojos lucían apagados a pesar de su verde intenso. Hola, soy
Lina, me dijo, ¿tú eres Tomás? Si, le respondí, soy Tomás Moreno. No sabía como hablarle, su
aproximación era distinta a la de Francisca y Javier, sentía en ella un fuerte rechazo. Llevo muchos
años, se atrevió a hablar, sin saber nada de David, extrañándolo a cada instante, pensando en sus
aventuras, logros y pesares. Desde que se fue no tuve más amigos, más amores, más ilusiones.

La conversación se vio interrumpida por la enfermera que salía de la sala. Nos informaba que
David había sufrido convulsiones y lo llevaban de urgencia a Neurología. Francisca abrazó a
Javier, aferrándose a él buscando su fortaleza, los dos lloraban, como nunca lo habían hecho. Lina
me tomó la mano. Fuerza Tomás, me dijo, necesitamos de tu fuerza. Por primera vez la vi llorando.

Equilibrio, recordé las palabras del Maestro, el Poder está en mantenerte en equilibrio. Llegaban
las comprensiones. ¿Por qué la comprensión llega en los momentos más difíciles? Me pregunté.
No son momentos difíciles, me contestó la voz del Maestro, no juzgues la situación, vívela en
equilibrio. Me retiré un poco del grupo, tenía que aislarme por un instante, tratar de ver la situación
desde afuera.

David me había ofrecido estar a mi lado en el momento de mi muerte, pidiéndome que estuviese al
suyo, si el moría antes. Este era el momento, nunca pensé que llegara tan pronto, ahora lo único
que deseaba hacer era estar a su lado. El ser maravilloso que la vida me había dado, estaba
decidiendo partir y yo debía aceptarlo, era su libre albedrío, una nueva y hermosa comprensión.

Tomás, venga, Lina me llamó interrumpiendo mi reflexión. Hay noticias de David. ¿Qué pasó?
Pregunté con ansiedad. Tranquilo. Me contestó, Parece que después de las convulsiones David ha
dado muestras de recuperación de su trauma craneal, algo sucedió con su visita, usted lo ha
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devuelto a la vida, el doctor nos ha dicho que sus funciones cerebrales comenzaron a marchar
correctamente. Yo la abracé y me quedé esperando el turno para entrar de nuevo a la sala.

Francisca salió de allí algo más tranquila. Abrió los ojos y me sonrió. Hace tantos años que no veía
su sonrisa. Tomás, gracias por venir. Tomé su mano. Yo tenía que estar con él, le dije, solo tenía
que estar con él. Javier también abandonó la sala, al salir me abrazó. Gracias Tomás, me ha
devuelto la vida. Finalmente esperé a que Lina saliera, estaba más relajada, mi hermano ha vuelto
y te espera.

Entré al recinto, mi corazón latía indomable. Me acerqué a su cama, respiraba más tranquilo, el
color de su rostro era diferente, tenía vida. Le tomé la mano, el abrió los ojos, nos miramos
profundamente regalándonos el uno al otro. Te amo, musitó. No hables precioso, le dije, ya estoy
aquí, para ti. Le acaricié la frente, sentí que le gustaba, sonreía y me miraba. Descansa lindo, yo
estoy a tu lado. Cerró los ojos y dejó descansar su rostro sobre mi mano, quería sentirme y yo a él.
Estuvimos así largo tiempo, hasta cuando la enfermera anunció el fin de la visita. Yo se lo cuidaré,
me dijo, vaya tranquilo, su amado estará bien. Me impresionó su dulzura.

Al salir la familia de David me esperaba. Vamos a casa, me dijo Francisca. No sé señora, dije
dudando. Usted es de la familia Tomás, usted tiene un lugar importante en nuestra casa y allí debe
estar. Había tanta calidez en sus palabras que no pude negarme. La casa de los Hazbún estaba
localizada en un lujoso y arborizado barrio de Barranquilla, muy cerca del hospital, llegamos muy
rápido.

Me instalaron en el cuarto de David, que permanecía igual a como él lo había dejado antes del
viaje a los Estados Unidos, era un cuarto de adolescente, y reconocía poco de David en él,
verdaderamente poco de él conocía. Me recosté en su cama, hacía calor. Decidí abrir la ventana,
recibí la fresca brisa del Caribe en mi rostro. Tomé un baño. Al poco tiempo me llamaron a cenar.

La cena estaba dispuesta en el comedor auxiliar situado en una terraza que daba al hermoso jardín
junto a la piscina. Tienen una casa muy hermosa, les dije. Gracias por permitirme estar aquí. Los
observé detenidamente, ya estaban más tranquilos y relajados. Javier fue el primero en hablar.
Tomás, hasta hoy no teníamos ningún conocimiento tuyo. Hacía más de quince años que no
hablaba con David, y no sabíamos nada de su vida. El destino nos lo devuelve casi muerto y tu
llegada, todos lo sentimos así, lo hizo renacer. El agradecimiento es hacia tí. La verdad no
sabemos quien eres y que relación tienes con nuestro hijo, igual eres bienvenido aquí, espero que
pronto puedas con él compartir este sitio.

Me sentí tranquilo y por primera vez en mi vida pude compartir con ellos la realidad de mi relación
de pareja con David. Yo soy la pareja de David, les dije, nosotros nos amamos. Francisca me miró
con dulzura, sus ojos enrojecieron a punto de llorar. ¿Y como debo llamarte, yerno? Dijo riéndose.
Como quieras, como te sientas cómoda le dije. Pues bien, agregó, te llamaré yerno, me encantas
como yerno. Yo le guiñé el ojo. Javier alzó su copa de agua y con voz entrecortada brindó:
Bienvenido el amor a esta casa, a tu salud Tomás. Lina permanecía callada pero sonriente. Ella
alzó su copa, me miró y exclamó: A la salud de David y de Tomás. Cenamos, hablamos cosas
triviales y me retiré al cuarto, estaba muy cansado.

Apagué la luz y me recosté desnudo sobre la cama. Sentí una presencia a mi lado, giré para verle,
era Hazz. Hola, me dijo. Hola le contesté. Ya sé quien eres le dije, ¿Quién soy? Me preguntó. Eres
David, eres parte de él o eres él mismo, eso no está muy claro, pero sé que están unidos. Eres la
parte de él que yo me negaría aceptar, la que me produciría miedo. Y como nunca he podido
conocer su parte oscura, se manifiesta así, como tú. ¿Ya no me temes? Me preguntó. No, en lo
absoluto, le contesté, porque al tú ser él, mi amado, ¿por qué habría de temerte? ¿Cómo te sientes
Tomás? Extraño, muy extraño, y aunque sé que todo ha cambiado, hasta mis creencias, me estoy
tranquilo. Sabes Hazz, pensándolo bien, tu apareciste primero que David, ¿cuál es tu objetivo? Le
pregunté.
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Yo soy un ser de una dimensión superior a la tuya, la historia que inicié cuando nos encontramos
en la caverna aún no ha terminado. Yo comprendí que no quería seguir relacionándome con los
humanos de la forma como hasta entonces lo había hecho, es decir maltratándolos, haciéndolos
sufrir, entendí que yo debía ayudarles a crecer, a progresar y a evolucionar. Por esas ideas fui
rechazado y desterrado por los míos. Me dediqué a vagar por el mundo, algún día me encontré con
un ser muy poderoso y atractivo, era un mago negro que poseía un gran conocimiento del mundo
oculto. Puedo decirte que el mago se aprovechó de mi situación de marginado, me engañó, me
sometió y me manipuló, obteniendo mucha información que yo tenía, pero se la di porque deseaba
amarlo. Sin quererlo me volví su cómplice, participando en muchos actos de sufrimiento y vejación,
torturas y muertes. Recuerdo la noche cuando me ordenó matar a una pequeña y hermosa
criatura, cuando iba a realizar el crimen, la chiquilla me miró y con toda su inocencia me dijo: Tú
naciste para hacer grande al hombre, ¿es ésta la forma que elegiste para hacerlo? Ante esa
pregunta ya no pude hacerlo, la liberé, huimos juntos y nos escondimos en el bosque.

Me llevó a una cueva, como aquella a donde te llevé hace ocho meses, allí se me reveló, me dijo
que era un ángel, fue cuando conocí a Etéphora. Con ella inicié un trabajo de reconciliación interior
y empecé a encontrar mi camino. Hemos estado juntos durante muchos años, respondiendo
llamados de ayuda, como el tuyo.

¿Por qué usan el miedo para dar ayuda? Le pregunté. Para encontrar el equilibrio, me contestó,
debemos conocer nuestras fortalezas y debilidades, ante el miedo, el ser humano reacciona o se
hunde. Nos sorprendió tu respuesta frente a mi aparición y en especial frente a los pequeños
demonios, encontraste la fuerza justa, visualizaste en ese momento al Cristo, su sufrimiento y
redención, por eso saliste tan bien librado y mira los beneficios que obtuviste, tu vida giró ciento
ochenta grados.

Pero, David me ayudó considerablemente en ese proceso, también padecí al terminar mi relación
con Juanefe, proceso que aún me duele. Comenté buscando una aclaración. David y yo, como lo
dijiste, estamos integrados, completamente, yo quería amarte, pero tú no me aceptarías. Con la
forma de David lo harías fácilmente y pudimos encontrar un amor inmenso. Lo miré fijamente, su
color verde y su forma se fueron lentamente transformando en el cuerpo humano de David. Estás
aquí, le dije, abrazándolo y besándolo. Estoy aquí mi amor, me dijo, quiero que me abraces
fuertemente. Así lo hice, lo apreté contra mi cuerpo. No fue mi intención abandonarte precioso. Le
dije. No me abandonaste, yo sabía donde estabas, también sabía que mi tiempo estaba llegando y
por eso debía volver a Barranquilla. ¿Te vas? Le pregunté. Si amor, me contestó, mi tiempo ya
está aquí. Sentí un dolor profundo. Gracias, le dije, gracias por tu paso por mi vida. Recuéstate en
mi pecho, reposa en él. Abrazados nos dormimos.

Al despertar estaba solo en la cama, lo sabía, ese encuentro no había sido físico. Me levanté, me
duché y me dispuse a salir hacia la clínica. Francisca ya estaba lista y nos fuimos juntos, como era
cerca de la casa, decidimos ir a pie. Ella estaba radiante, feliz e ilusionada, quería hablar con su
hijo, y volver a tenerlo en casa para consentirlo, cuidarlo y protegerlo. Yo la acompañé en silencio,
cuidando de no dañar sus ilusiones, sabía que David moriría pronto.

Llegamos a la sala y Francisca entró a visitar a su hijo. Yo esperé pacientemente. La enfermera me
comentó que mi amado había pasado una plácida noche y estaba de buen ánimo. Estaban
sorprendidos por la mejoría. Yo no lo estaba, sabía cual sería el desenlace. Francisca salió
llorando de la sala ¿Pasó algo? Le pregunté. Si querido, me contestó, nos hemos perdonado
mutuamente, por fin, después de muchos años estos viejos y cansados brazos pudieron abrazarlo
de nuevo. Pronto estaremos juntos. Pero sigue, David me preguntó por ti.

Estaba radiante, su rostro amoratado brillaba de felicidad. Me acerqué y lo besé en la frente.
¿Cómo amaneciste? Le pregunté. Maravilloso, me dijo, anoche dormí contigo. Yo hice un gesto
afirmativo. ¿Entonces, recuerdas lo que hablamos? Pregunté. Claro, todo, el tiempo que tenemos
es corto y debemos organizar muchas cosas, yo sé que con este cuerpo nunca más podré estar
contigo, pero las noches que me quedan las pasaré a tu lado. ¿Tomás cuando regreses a Medellín,
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que piensas hacer? Me tomó por sorpresa la pregunta. No, no sé, respondí, quisiera seguir con el
Centro. Perfecto, me dijo, no esperaba otra cosa de ti. Ya hice los arreglos para que tú asumas la
dirección, también hay suficientes recursos para ti y para el Centro. Me miró esperando mi
respuesta. ¿Arreglos, como así? Pregunté intrigado. Si, los bienes materiales que obtuve en esta
vida no me los puedo llevar en mi viaje, en tus manos estarán bien administrados, además, tú eres
quien yo quiero que los reciba. No creo poder aceptarlos, le dije. ¿Por qué no? Tú eres mi amado.
Acéptalos, yo sé por qué lo hago. Bien, los acepto, gracias amor, gracias por creer en mí. Le dije.
¿Lidia está enterada de todo esto? Le pregunté. Claro, respondió, ¿Aún no sabes quién es ella? Lo
miré muy sorprendido. ¿Es Etéphora? Si, ella es. ¿Por qué todo esto David? Le pregunté. Porque
tú lo pediste desde tu corazón, porque tú sabes que allí esta tu verdadera realización y tu camino.
Nosotros solo debíamos proveértelo.

Quiero pedirte otra cosa. Me dijo. Quiero que en el momento indicado trabajes con Juanefe. Me
reincorporé, lo miré fijamente ¿Con Juanefe, por qué con él? Le pregunté. Porque ese Centro es
de ustedes dos, porque ustedes tienen una misión conjunta, porque ustedes se aman. Sentí
deseos de llorar, David no me puedes pedir eso. Le dije. Juanefe ya salió de mi vida. ¿Estas
seguro? Me preguntó. Te acompañé por seis meses, día a día, minuto a minuto, sentía tu dolor, tu
resignación y tu entrega al trabajo buscando el olvido. Me di cuenta que no tuviste ninguna
relación, ni siquiera ningún encuentro sexual, sabía que guardabas tu templo para él, sin
esperanza lo esperabas. Me miró y yo lo escuchaba llorando. Solo tuve un encuentro y una
relación, le dije, fue contigo, es contigo.

El me miró, sus ojos eran dulces. Tomás, yo te amo desde hace mucho tiempo, como tu a mí,
nuestro amor va más allá del tiempo, hemos vivido tantas relaciones, muchas de ellas difíciles y
ésta, las más armónica, la más bella. Una sola noche nos bastó, fue eterna, las más linda de las
que he pasado contigo, hemos pasado muchas lunas juntos, nos hemos besado de mil maneras,
amaste alguna vez mis cuerpos femeninos y yo los tuyos. Amarte de hombre a hombre ha sido la
más hermosa expresión del amor. Sentir tu fuerza y tu poder, abandonarme en ellos ha sido la más
completa y perfecta realización de nuestro amor. Que me entregaras tu cuerpo y tu alma fue como
un bálsamo sanador. Nuestro ciclo ha terminado, nuestra próxima reunión será eterna, con todos
los que hemos amado.

¿Recuerdas antes de tu encuentro con Lucifer, recuerdas como nos fundimos, como aceptaste a
Hazz y finalmente a Etéphora en ese encuentro? No lo olvides nunca, porque así es la reunión de
todos los santos. ¿Lo sabías todo? Le pregunté. No todo, parte de los encuentros estuve allí, en tu
reunión con Lucifer estuviste solo con él y su grupo, no sé que sucedió allí y luego el encuentro con
tu Maestro fue en privado, como debe ser, nosotros sólo lo propiciamos. ¿Quién eres David? Le
pregunté. Un humano como tú que ha estado tras la Verdad, ha buscado su integración y como tú
ha estado en muchos campos de batalla. Un humano común y corriente andando su camino, al
igual que tú, y desde que te conoció se enamoró de ti.

¿Por qué decidiste venir a Barranquilla? Le pregunté. Porque añoraba reconciliarme con mis
ancestros, me faltaba ese ingrediente para el equilibrio, en mis largos años en oriente logré mitigar
el dolor y la culpa, pero sabiendo que estaban vivos, debíamos darnos la oportunidad de sanar.
¿Tú sabías el desenlace de este viaje? No, pero lo intuía. Aquella noche que pasamos juntos en mi
apartamento comprendí que sería la única y supe que había llegado el momento de reconciliarme
con todo. Soy humano y el dolor de aceptar la condición de nuestro efímero amor me deprimió,
pero la acepté y eso me impulsó finalmente a venir aquí.

¿Hablaste ya con tu padre? Le pregunté. Aún no, pero es algo que no pasa de hoy, el tiempo es
corto. Me contestó. ¿Y con Lina? Volví a preguntarle. Debo hablar con ella hoy, creo que es la más
difícil de las conversaciones. Con mamá ya hablamos, lloramos y aceptamos, espero que pueda
asumir bien el proceso que se acerca. Tomás, te pido que los acompañes por un tiempo. Así lo
haré si ellos lo aceptan, le dije, cuenta con eso.
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Anoche, le conté, tus padres estuvieron hermosamente amables conmigo, reímos un poco cuando
tu madre me llamó yerno. Y tu padre me dijo que reconoció su amor por ti cuando vio mi dolor.
Nunca antes había vivido algo así. Me miró. Gracias Tomás, por tu amor, siempre te acompañaré.
Voy a salir, para que entre tu padre, le dije, más tarde seguimos nuestra plática. Está bien,
acércate quiero decirte algo. Acerqué mi rostro al suyo. Eres lo más delicioso que he vivido, me dijo
con ternura mientras me mordía suavemente la oreja, lo miré sonriendo. Tú también. Respondí. Me
retiré recordando todas las delicias con la que me había colmado en tan poco tiempo.

Al salir Javier me miró algo molesto por lo prolongado de mi visita. Disculpa Javier, le dije, es que
teníamos muchas cosas que arreglar. Francisca me miró extrañada por el comentario. No te
preocupes Tomás, dijo Javier, es que tengo ansiedad de hablar con él. Sigue, le dije, te está
esperando.

¿Arreglos, a que te referías Tomás? Me interrogó Francisca tan pronto Javier entró a la sala. Una
serie de asuntos de trabajo, David y yo trabajamos juntos en un centro de ayuda en Medellín y
seguramente tendré que hacerme cargo de todo por un tiempo. Claro, me dijo, claro. Quedó
pensativa un rato hasta que se decidió a preguntarme. ¿Cómo lo ves? Yo sabía hacia donde iba su
pregunta. Mejor que ayer le respondí, pero creo que su estado es difícil. ¿Y tú? Le pregunté antes
que ella me obligara a decir más cosas. Sinceramente Tomás, yo siento que él va a morir pronto.
Lo dijo serenamente, pero estoy tranquila, con todo mi amor deshecho debo dejarlo partir. La
abracé fuertemente. Francisca, cuenta conmigo siempre. Le dije. Lo haré Tomás.

Me retiré del lugar y salí a caminar por los jardines de la Clínica. El día estaba caluroso y húmedo.
Juanefe, trabajar con él, volver con él. Aún sentía dolor, por el abandono, por el silencio, seis
meses sin saber nada de él, hasta que me vio por televisión. Desde que se marchó aquel día,
fueron muchas las noches de llanto y desesperación. Meditaciones inconclusas por la pelea mental
de tenerlo y no tenerlo, déjalo ir, me gritaba a cada instante, pero lo necesitaba. El trabajo en el
Centro ayudó mucho, pero las noches eran eternas, solitarias. David tenía razón, había cuidado mi
cuerpo para su regreso. En otra época hubiera salido corriendo a cualquier sauna, a cualquier bar
buscando descargar el furor sexual que entonces me invadía. Esta vez era diferente, nadie debía
tocarme, no quería tocar a nadie. Mi trabajo en el Centro fue todo un reto, las personas que allí
acudían, casi todas homosexuales, algunos muy atractivos físicamente, otros eran seres
hermosos, pero yo establecía límites, nadie me tocaría.

Sabía que no podía asumir el trabajo solo en el Centro, y el sueño del Centro había nacido de la
relación con Juanefe. A mi regreso a Medellín encontraré la forma, pensé. Estaba tranquilo, el dolor
desaparecía, las recientes charlas con David y Hazz habían sido alentadoras, ahora entendía la
simbiosis entre los dos y empezaba a comprender a ese extraño ser verde que ya no me
repugnaba, el era el propiciador de todo esto.

Volví a la sala de espera. Javier ya había salido y estaba abrazado a su esposa llorando. Al verme
me llamó. Tomás, quiero hablar contigo. Dígame Javier, le contesté amablemente, para que soy
bueno. Nos sentamos en un sofá de la sala de espera. Sus ojos aún estaban llorosos. Esperé a
que hablara. Tomás, mi hijo se va, lo siento así. Le pedí perdón por haberlo maltratado tanto,
humillarlo y desterrarlo y sabe que me dijo, me dijo no necesitar perdonarme, porque al haberlo
sacado de la casa yo lo había liberado, si él no se hubiese ido, no habría podido comprender al
mundo, no hubiese sido él, ¿sabes? Me dio las gracias por haberlo empujado hacia el camino.
¡Que gran hombre, estoy tan orgulloso de él! Me dijo que iba a morir, y no pude contener mi llanto.
Al verme llorar afirmó que éste era el momento de cada hombre y estaba satisfecho con su vida.
Me sentí feliz de su felicidad, Tomás, espero yo poder morir de la misma forma. Así sea, le dije.

Regresamos a casa en silencio. Cada cual había tenido su conversación con David y a todos nos
había dado paz. Él consiguió la reconciliación con sus ancestros. Su mensaje de amor había sido
muy grande. Me retiré a la habitación excusándome por no comer, no tenía ganas. El sol ya se
ocultaba y la brisa marina se sentía. Me recosté, la vida daba muchos giros. A veces violentos,
pero siempre importantes. Traté de visualizar a David pero surgió la imagen de Juanefe. ¿Cómo
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estás? Le pregunté. Bien y tú, me dijo. Bien con ganas de hablar contigo, le dije a la imagen que se
proyectaba en mi mente. Cuando quieras, me respondió, cuando quieras. La imagen desapareció
como había llegado.

Me quedé dormido. Era ya muy tarde cuando sentí una caricia en mi espalda. Hola amor, me dijo
David, ¿te desperté? Te esperaba, le contesté. Nos besamos, sentí tan real su presencia. ¿Cómo
te sentiste hoy amor? Le pregunté. Bien, sereno y feliz, finalmente pude reconciliar a Padre y
Madre, en lo real y en el interior. Me dijo. Tu madre ya sabe que partes, le dije. Si así lo presentí
cuando hable con ella, lloró un poco y después me sonrió. Mi madre es hermosa y no merece sufrir
más. Así es, añadí a su frase. ¿Y tu mi amado Tomás, como estás? Me miró tan dulcemente, que
me acerqué a besarlo nuevamente. Extrañamente tranquilo y feliz. Estoy feliz de estar contigo en
esta transición, comprendiendo mi vida y viendo la reunión de la familia. Tranquilo, acompañando a
mi amado en su buen morir, o en su buen vivir. El horizonte se muestra extraño, pero no importa,
solo importa esta vivencia instantánea que nos une. Comenté sereno. Siempre admiré en ti, me
dijo, la capacidad de comprensión, te lo expresé la primera vez que nos vimos, tienes que creer en
ellas, son tu fuerza, son la conexión interna hecha palabra, no desfallezcas en tu esfuerzo, amor
mío, que nada te detenga, di lo que tienes que decir, nacido de tu comprensión, de tu unión íntima
y profunda con el Universo.

Hacía ocho meses había salido de aquella cabaña en Santa Helena lleno de furia. Hoy todo aquello
parecía tan lejano y tan ausente. Sentía que el velo había caído, al caer el velo, podía ver como
David no moría, renacía en otro estado en el que aún podía estar con él. No me dolía perder su
hermoso cuerpo, pues tenía algo de su hermoso espíritu en mi ser. Ojala pudiésemos percibir
todas las pérdidas de esta vida material de la misma forma. Seguir amando al ausente sin el dolor
de la partida, sin importar las circunstancias de la misma. Yo no tenía ningún reproche contra David
y eso permitía que no hubiese ningún tipo de deuda por cobrar o pagar. En realidad no deberían
haber deudas en aquellas relaciones que se acaban, solo debería existir un grandioso sentimiento
de gratitud, como el que sentía ahora por David.

Hermoso, le dije, en estos dos meses en la caverna, que percibí como dos días, se destruyeron
todas mis creencias, todo lo que tenía fue derruido por el más violento terremoto, con tsunami y
huracán incluidos, pude ver el dolor en toda su magnitud y salió de mí con odio y rabia toda la
amargura que llevaba adentro, no sabía que fuese tan antigua, yo la presentía vieja, pero no tanto,
vi todo, David, vi la miseria causada por el engaño producto de la soberbia, pero salió, salió toda
esa ira que antes no podía manejar porque no comprendía. ¿Sabes? Lucifer me liberó. Sentía que
lloraba, era una inmensa emoción poder expresarlo. David me miró sonriendo. Lo vas a lograr mi
lindo Tomás, lo vas a lograr, no olvides que cada día iniciamos de nuevo, a cada instante, porque a
cada instante el universo se renueva y nosotros con él. Me recosté a su lado, ¿amor? le pregunté,
¿así amaba Jesús a su discípulo amado? Seguramente, me contestó, porque este amor que siento
por ti es el más hermoso y fuerte que nunca hubiese sentido, y no me duele dejarlo, porque este
amor nos trasciende, va mas allá del tiempo y del espacio, surgió con el universo y se expandirá
por siempre con él.

Cerré los ojos, sabía que ya pronto se iría por esta noche. Que duermas bien, le dije y gracias. Sin
quererlo, de mis ojos escaparon dos lágrimas que escurrieron por mis mejillas. Descansa mi
Tomás, me dijo, mañana será un largo día. Me dormí sin preocuparme, aunque entendía a que se
refería.

Me levanté temprano, el sol ya se sentía, iba a ser un día caluroso, me reuní con Francisca y Javier
para ir a la clínica juntos. Pregunté por Lina, no la había visto el día anterior. Francisca me comentó
que estaba muy deprimida y confundida y que no se sentía con fuerzas para hablar con David. Es
importante que lo haga hoy, le dije. ¿Por qué Tomás? Me interrogó intrigada. No sé, le respondí,
pero ella debe hacerlo hoy. Francisca comprendió y fue a buscarla a su cuarto, ella estaba
encerrada, no quería salir. A regañadientes la convencimos, yo sabía que David tenía que sanar
asuntos con ella, para permitirle que se liberaran.
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Llegamos a la sala de cuidados intensivos, nos informaron que David había pasado regular noche
y que tenía momentos de inconciencia, era posible que entrara en coma nuevamente. Ahora
estaba estable, pero nos pidieron prudencia. Lina tomó esto como excusa para no entrar. Mira, le
dije, ellos nos piden prudencia por algo que ya es inevitable. Éste es el único momento que tienes
para sanar tus heridas y tus dolores, sino lo haces, es posible que pases el resto de tu vida con
ellos. Hazlo ahora, no temas, aquí no hay reproches, en este momento solo hay amor. Lina rompió
en llanto. Tomás, me dijo, es que no puedo, tengo tanto miedo, me duele tanto, me abrazaba y me
decía. No temas, el amor vence al miedo, lo destroza en pedacitos, libérate, habla con él, ambos lo
necesitan, yo estaré aquí esperándote. Gracias, Tomás, eres tan lindo como él. Me dio un beso en
la mejilla y entró a la sala.

Yo permanecí esperando mi turno. Javier me miraba, de un momento a otro se dirigió hacia mí.
Tomás, ven, quiero hablarte. Me acerqué a él, noté en su rostro tranquilidad y plenitud. Ya lo sé,
me dijo, David se está despidiendo, y en su despedida nos quiso dar el mayor regalo. ¿Cuál? Le
pregunté. El maravilloso regalo del amor, su regreso logró lo que nada, ni terapias, ni amantes, ni
encuentros, Francisca y yo nos reunimos y nos perdonamos, finalmente nos integramos. Es un
sentimiento que nunca antes había experimentado, hoy la admiro y la amo, entiendo su amor, su
entrega, su fuerza ha sido, sin yo darme cuenta, mi fortaleza desde el día que la conocí. Esto se lo
debo a David y a ti, Tomás. ¿A mí? Le interrumpí. Sí, me mostraste otra cara de la fuerza del
Amor, sin conocernos, nos abriste el corazón, no tuviste miedo de venir aquí a consolar a tu
amante, eso me abrió los ojos, el amor da esa fuerza.

Sus palabras me conmovieron. Su rigidez y su dureza ya no existían, habían sido destruidas por la
fuerza del amor, ese darse cuenta, ese despertar, que nos llega en medio de las situaciones más
difíciles y absurdas, es un instante maravilloso que se debe conservar. Allí encuentra uno su
fuerza, su Poder. Recordé las palabras del Maestro. Javier, le dije, ya que te diste cuenta de la
realidad, ahora debes conservarla, ese amor, que siempre ha estado ahí, entre ustedes, en toda la
familia, ahora muestra su fuerza y ustedes están listos para gozarlo. Me alegro tanto, le dije. Javier
me tomó la mano, Tomás tienes un lugar en mi casa, siempre serás bienvenido, esa casa es la
tuya, nosotros te aceptamos como a un hijo y piensa en nosotros como en tus propios padres. No
conozco tu historia, pero la percibo difícil, haz lo mismo que David, reconcíliate ahora que puedes.
Francisca y yo, si tú quieres, te ayudaremos. Lo miré agradecido. Gracias Javier, eres un hombre
generoso.

Todas las muertes generan movimientos fuertes en aquellos que se relacionan con el difunto, pero
esta muerte lograba, antes de suceder, la unión, la trascendencia, florecía antes de morir. La tierra
que ha sido sabiamente abonada produce sus frutos fuertes y vigorosos antes del tiempo previsto.
David había iniciado un camino desde muy joven, asumió su vida con valor, nunca se negó nada,
su individualidad aún a costa de su familia y su fortuna, su amor incondicional, estaba ahora seguro
que su amante tailandés le enseñó como era morir así, con la dignidad del Emperador sabio. Lo
admiré en ese instante.

Lina se demoró bastante tiempo con David, finalmente salió, estaba llorando, pero ya no había
amargura en su rostro. Francisca la abrazó tiernamente. Perdóname mamá, fui muy injusta en
echarte la culpa de todo, pensé que eras una pasiva inútil y no habías hecho nada para evitar que
David se fuera, pero tú fuiste tan víctima como yo, y nunca pudimos aceptar su decisión. Se
lamentaba Lina, Francisca le acariciaba la cabeza. Hija, ya es el momento de aceptarnos como
somos, ya es el momento de la liberación. Lina suspiró profundo. David te espera mamá, dijo ella
ya más calmada. Francisca se separó y entró a la sala acompañada por Javier.

Invité a Lina a hablar conmigo. Ella se acercó secándose torpemente las lágrimas. Se sentó a mi
lado y recostó su cabeza en mi hombro. Gracias Tomás por haberme impulsado a entrar. Me dijo,
David estaba más hermoso que nunca, un poco agitado, pero me habló con una serenidad que me
impresionó y me calmó. Me confesó que era cierto, él había tenido una relación con un novio que
tuve cuando yo tenía quince años. Yo los había descubierto en situación comprometedora y él me
lo había negado por varios años. Yo lo odiaba, pero al mismo tiempo lo amaba, nuestro tiempo de
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estudios en Estados Unidos fue un infierno, yo lo trataba mal, lo amenazaba con contarle a mis
padres sobre su orientación, hasta que lo desesperé y él decidió hablar con papá quien lo sacó
definitivamente de nuestras vidas. Me sentí victoriosamente culpable y la culpa creció hasta
volverme un ser incapaz de amar. Nunca me acerqué a nadie, para mí todos los hombres eran
maricones, perdóname, no quería ofenderte. Me dijo excusándose por la última expresión. No te
preocupes, yo sé lo quieres decir, y no eres la única mujer que ha vivido esa decepción. Recordé a
Laura y sentí su dolor aún vigente debido a la misma experiencia. Sigue, le dije invitándola a
continuar su desahogo.

Yo me negué a tener contacto con David, sé que él me buscó muchas veces pero no quería saber
de él. Lo culpaba de mi infelicidad, sólo hasta hoy, que pude hablar con él, me di cuenta que la
única culpable, si la hay, soy yo. El rencor y el dolor nos enceguece de tal forma que nos olvidamos
de vivir, he estado ciega durante tantos años, pero ahora puedo rehacer mi vida, esta gordura es
resultado de esa falta de amor, amor por mí misma, amor que David si se tenía y que yo envidiaba.

La conversación se interrumpió cuando Francisca me llamó a la puerta de la sala de cuidados
intensivos, Tomás, ven, David necesita hablar contigo. Noté que había llorado, le agradecí y entré.
Lo encontré cansado, su rostro estaba muy pálido, me acerqué, le tomé la mano. Ven, siéntate a
mi lado, me dijo, pasa tu brazo sobre mi hombro, quiero recostarme en él. Suavemente alcé su
cabeza y pasé mi brazo como lo pedía. Me encanta tu brazo, me dijo, es un buen sitio. ¿Buen sitio
para qué? Le pregunté. Para morir, me dijo. ¿Por qué tan pronto? Pensé. Mis ojos se llenaron de
lágrimas.

Ya arreglé todo, me dijo con una voz que iba perdiendo su vitalidad a cada momento. Hablé con
mis padres y con Lina, todo está aclarado, yo no sentía rencores, pero necesitaba su amor como
ellos necesitaban el mío. Alzó su mirada, se le veía cansado. Este cuerpo ya no da más, amor, ya
casi es el momento. Su mirada hermosa, se veía agotada y al mismo tiempo llena de esperanza.
Pronto ya no habrá más vida en este cuerpo, pero yo estaré contigo, sigue con tu esfuerzo, cree en
ti, como yo lo he hecho, cuando quieras podrás buscarme, ya aprenderás a hacerlo, tú tienes todas
esas capacidades. ¿Sabes? ya casi no siento mi cuerpo y mi visión se está tornando oscura, está
llegando el momento. Cuídate mi Tomás y nada de tristezas, no hay razón para sufrir. Ya no siento
tu brazo, ya no te siento. Su voz se apagó, su cabeza se desgonzó y yo quedé allí estático. Adiós
amor, pronto estaremos juntos de nuevo, le dije. Los aparatos indicaban que su corazón ya no latía
más, llegaron médicos y enfermeras mas ya no había nada más que hacer.

Salí de la sala, estaba triste no lo podía negar, pero estaba feliz de haber compartido con él hasta
su último aliento. Francisca se acercó y me abrazó. Lloramos juntos los cuatro. Un gran hombre
había partido. Dejamos la clínica y fuimos a casa. Francisca compró flores frescas en el camino,
quería que todo estuviese alegre. Arreglamos la cremación para mañana, me dijo, él quiso que
fuese así, era lo más parecido al ritual hindú. Yo asentí. Me imagino que iremos de blanco.
Pregunté. Si, todos los que nos acompañen estarán de blanco, agregó ella.

Me retiré temprano a mi cuarto, sabía que esa noche ya no habría visita. Me senté en la cama y me
dispuse a meditar un poco. A medida que entraba en un estado de calma interior, sentía la
presencia de alguien a mi lado, sentí que me tomaba el pulso y me colocaba sus manos en mi
espalda, recordé esas manos, eran las manos de Etéphora, estaba allí conmigo. No quise abrir mis
ojos, traté de mantenerme en mi estado meditativo. Pasé un largo rato meditando. Cuando terminé
y abrí los ojos, Etéphora estaba sentada en un rincón también en posición meditativa, esperé a que
terminara. Estaba conmigo la faraona.

Cuando finalizó, se levantó y se acercó hacia mí. Su hermoso rostro estaba lleno de lágrimas, me
miró, ¿Cómo te sientes Tomás? Me preguntó. Un poco triste, le contesté, no es fácil aceptar que
un ser maravilloso parta, pero estaré bien. Me alegra escuchar esa frase viniendo de ti. Sé que es
doloroso, aún para mí, pero quiero decirte que estás acompañado. Además te cuento que David
está feliz, hizo grandes cosas en esta existencia, fue capaz de reconocer su individualidad y
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pacíficamente se dejó siempre guiar, conoció mucha gente hermosa y otra no tanto, siempre
estuvo dispuesto a dar amor, él había logrado su conexión y se aceptaba totalmente, se amaba y
por eso disfrutó siempre de la vida, sus últimos días, en tu compañía, fueron sublimes y partió en
paz, tan en paz que te pudo contar todos los detalles. Estoy feliz por ello, recuerda que siempre
estará contigo.

Etéphora se sentó en mi cama y yo me recosté sobre sus piernas, me acariciaba el cabello con
dulzura, yo lloraba, no tanto de tristeza, era una emoción muy profunda que brotaba del corazón,
lloraba de agradecimiento al Creador, por haberme dado tanto, a David, por su amor, a la vida por
esta oportunidad de renacer. Sentía que el camino de espinas y oscuridad estaba llegando a su fin,
ahora podría sonreír mirando de frente al sol. Cabellera hermosa que tienes, me dijo Etéphora
despertándome de mi ensoñación, no te la cortes, déjala crecer, es un elemento importante para
que te sintonices con el mundo espiritual. Intuitivamente había dejado crecerme el cabello, pese a
la edad y los convencionalismos sociales. Ahora sabía el porqué de mi insistencia.

Siguió acariciándome hasta que me dormí. La mañana llegó plena de sol y de calor, típico de
Barranquilla, miré mi equipaje y encontré mi camisa blanca hindú y el pantalón correspondiente.
Me bañé y vestí. Salí y me dirigí al comedor. La familia estaba ya reunida. Javier usaba una
hermosa y fina guayabera blanca y su pantalón de lino blanco de corte perfecto. Francisca lucía
una hermosa bata blanca sin mangas que le hormaba muy bien, poseía un cuerpo muy bien
cuidado, estaba suavemente maquillada, se veía deslumbrante. Lina tenía una blusa sencilla,
blanca también y una hermosa falda hindú, se había colocado un collar indígena blanco, estaba tan
tranquila que rebosaba en ella su belleza por tantos años escondida. ¡Están hermosos! Les dije,
parecen un grupo de ángeles. Tu estas guapísimo Tomás, me dijo Francisca con mucho amor,
estamos todos listos para acompañar a nuestro ángel en este viaje, debemos estar dignos para él,
agregó con alegría. Me gustó el ánimo que reinaba. Este era un hermoso milagro.

Sabíamos que David no se consideraba católico, él era un panreligioso, uno de aquellos seres que
han comprendido tanto su divinidad, como para ser capaz de ir más allá del dogma, respetando las
creencias, se mantiene en la suya, sin imponer, sin discutir, yo sentía que compartía esa posición.
Francisca organizó una breve oración en una hermosa capilla, donde ella y Javier dieron unas
hermosas palabras a David y a los acompañantes, todos vestidos de blanco y cada uno con un
clavel del mismo color. Antes de dejar el féretro en el crematorio, Francisca me pidió unas palabras
para David, la familia y los asistentes. Yo sentí un nudo en la garganta y finalmente pude expresar
lo que sentía.

No tengo miedo de expresar ante el mundo, empecé mi intervención, todo el amor y admiración
que siento por ti. Tengo tanto que agradecerte, en especial tu amor incondicional en silencio, tu
entrega desinteresada en todo lo que hiciste, y en especial quiero darte gracias por tu compañía
ahora celestial. No pude decir más, la garganta se bloqueó y de los ojos nublados empezaron a
surgir lágrimas. La puerta del crematorio se abrió y los asistentes empujaron el féretro. Tras
cerrarse la puerta nos abrazamos. Lloramos, porque llorar nos terminó de limpiar el alma. Salimos
del cementerio.

Decidí regresar inmediatamente a Medellín, pero Francisca me lo impidió. Hoy es viernes, quédate
el fin de semana y regresas el lunes, además quiero hablar muchas cosas contigo. Se que Javier
también lo desea y posiblemente Lina lo necesita. Recordé que David me había pedido acompañar
a la familia. Está bien, le dije, me quedo.

Al otro día decidí usar la piscina, sentía que necesitaba contacto con el agua, sentir su fluir,
conectarme con el universo a través de su sanadora esencia. El día estaba radiante y me sumergí
por largo rato. El estar nadando y sintiendo el agua me hizo olvidar de donde estaba, me sentí solo,
inmensamente solo pero totalmente integrado al agua, ella era yo mismo, recordé al Maestro, como
una gota en el Mar. Eso era exactamente lo que sentía, la integración con lo divino. Ya lo había
vivido antes, muy brevemente, ahora podía hundirme en él. Estaba tranquilo, sereno y me sentí
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fuerte, con una fuerza que no sentía hace mucho tiempo, muchísimo tiempo. La soledad inicial se
transformaba en una plenitud hasta ahora incomprendida por mí.

Al salir de la piscina, Francisca me esperaba con una mullida toalla. ¿Descansaste? Me preguntó.
Si, no solo descansé, sentí que me conectaba, le dije. ¿Cómo así? Me preguntó ella intrigada.
¿Sabes Francisca? hace algún tiempo inicié un camino que no sabía para donde me iba a llevar.
Muy intuitivamente mi vida fue cambiando, algunos de estos cambios han sido dolorosos y
dramáticos. Le dije, ¿Cómo cuales, si puedo saber? Interrumpió mi charla. No hay problema, ya
puedo hablar de ello con tranquilidad. Le conté de mi matrimonio, de mis hijos, de mi separación,
de mi búsqueda de una terapia para el dolor del alma.

No sabía que eras casado, me dijo, ese proceso ha debido ser muy doloroso. ¿Tu familia ya sabe
de tu situación? Me preguntó. Si claro, el proceso no ha sido fácil, pero la Providencia me ha
colmado de ángeles en el camino. David ha sido uno de ellos. ¿Cómo son tus relaciones con tu
esposa y tus hijos? Me preguntó. Era una de las preguntas difíciles, pero ahora me sentía tranquilo
para contestarla. ¿Sabes? Le dije. De alguna manera engañé a Laura y ella aún está resentida. Yo
la comprendo, pero no quisiera que permaneciera en ese estado, sin embargo cada uno decide el
estado en el que quiere vivir. Ella me miró, tratando de comprenderme y de comprender a Laura al
mismo tiempo. ¿Tú la amaste? Me preguntó. Si, con todo mi ser, yo sé que aún la amo, el amor se
transforma, es plástico, nosotros le vamos dando forma, yo la amo sin esperar nada de ella, quizás
su aceptación y comprensión, ahora sé que había una historia por sanar y es lo que estamos
haciendo.

Eres alguien especial Tomás, me dijo, por ti deduzco la clase de seres con los que David se unió.
No fue fácil para mi aceptar su homosexualidad, pero hoy me doy cuenta que es una condición
hermosa, es un amor diferente. Me dijo. La verdad Francisca, le dije, no creo que sea diferente, es
igual, pero los vínculos que se hacen son otros. En la relación entre un hombre y una mujer,
generalmente surgen los hijos como vínculos fundamentales, en una pareja del mismo sexo es
importante hallar y construir tales vínculos. En la pareja heterosexual con hijos, esos vínculos son
tan importantes que casi se olvida la relación de pareja sólo por sacarlos a ellos adelante, cuando
los hijos se marchan, la pareja se encuentra, muchas veces sola y vacía. No existían otros vínculos
y se desarma, muchas veces por dentro, produciendo dolor, frustración e ira. Lo mismo sucede con
las parejas del mismo sexo, pero la crisis se presenta más rápido, el espejismo de los hijos no
existe en este tipo de relaciones y por lo tanto si se es incapaz de construir juntos, la cosa falla.

¿Tu has tenido una relación así con otro hombre Tomás? Me preguntó. Si, le contesté, después de
mi separación conocí a un hombre muy lindo por dentro y por fuera, pero fuimos incapaces de
construir. Le dije con cierta tristeza. ¿Cuánto tiempo duró? Tres años, nada fáciles pero hermosos,
creo que finalmente los dos logramos mucho, en realidad fuimos valientes y nos entregamos y
confrontamos mutuamente. ¿Lo amas aún? Me preguntó. Si, aunque he luchado un buen tiempo
por olvidarlo, al igual que con Laura, el amor se ha ido transformando, pero lo añoro en muchas
ocasiones. ¿Has tenido muchos amores? Preguntó. No, Laura, Juanefe y David han sido mis
amores. ¿Cuánto tiempo con David? Me preguntó curiosa. Muy poco, trabajamos juntos sin
mencionar el asunto por más de seis meses, de eso hace dos meses. ¿Ah, entonces llevaban dos
meses? Volvió a preguntar. Si y no, hace dos meses decidimos unirnos, dimos rienda suelta a
nuestro amor, pero aquella noche me sucedió algo muy difícil de contar, la verdad es que
desaparecí por dos meses, hasta hace cinco días que me enteré de la situación de David y vine
para acá.

¿Desapareciste, lo abandonaste? Su voz sonó un poco disgustada. Si desaparecí, fui algo así
como secuestrado. Le dije, temía que si le contará lo verdaderamente sucedido me tacharía de
loco. ¿Cómo así secuestrado, sigue tan difícil la situación en Medellín? Preguntó angustiada. No
Francisca ésta es una historia complicada de contar y aún mas difícil de entender. Pero lo
interesante del asunto es que David lo sabía de alguna manera. ¿Cómo así? Me interrumpió,
¿David sabía de tu secuestro? Su angustia crecía, decidí contarle la verdad para evitar
confusiones, le narré lo sucedido en la caverna omitiendo detalles difíciles para que comprendiera.
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Al terminar mi historia, me miró sorprendida. ¡Tomás, que vida la tuya! Me dijo. Ven, vamos a tomar
algo, esta insoportable este calor. Me invitó. Consideré que era buena una pausa.

Javier llegó a almorzar, estaba renovado, se le notaba descansado. Almorzamos los cuatro, el
ambiente era tranquilo, todo lo contrario a lo que sucede después de un funeral, todo estaba
sereno. Javier me ofreció un café que acepté gustoso. Nos sentamos en la terraza, Francisca y
Lina se retiraron.

Javier sacó un paquete de puros habaneros y me ofreció uno. Recordé el poder sanador del
Tabaco, el poder de la palabra. Lo tomé gustoso, él encendió el suyo y me pasó el encendedor.
Creo, inició la conversación, que el Tabaco se ha vuelto un símbolo del poder económico, estos
tabacos me costaron cincuenta dólares cada uno, ¿tú que piensas de eso Tomás? Me preguntó. El
Tabaco ha sido símbolo de poder siempre, le dije. ¿Cómo así? Preguntó interesado. Verá, en
América prehispánica los indígenas lo consideraban la planta sagrada por excelencia, para ellos es
la comunicación con el Gran Espíritu, o Dios como lo llamamos nosotros. Javier me miró
sorprendido. No sabía eso. Me dijo con cierto entusiasmo. Con la llegada de los españoles, todas
las tradiciones indígenas se convirtieron en ritos satánicos, por eso la mala fama del Tabaco,
asunto de brujas, comentario totalmente inquisidor. Sin embargo fue llevado a Europa donde perdió
su carácter ritual y sagrado, cuando algo pierde ese carácter, cuando se pierde el conocimiento de
ello, se vuelve en contra del hombre mismo, ya que reclama su poder. Javier me observaba
interesado, yo continué. En Europa y en la América ya conquistada, el Tabaco adquirió otro status,
relacionado con el poder económico. Por eso lo fuman los magnates, con perdón por mi
comentario, le dije excusando mi torpeza. Javier me miró, Otra lección que me das mi buen Tomás,
en realidad te aprecio mucho. Me sentí apenado

Sin embargo, continué, el tabaco reclama su poder. Al sentarte aquí conmigo y ofrecerme uno, me
estás invitando a hablar, eso es lo que hacen los indígenas, aunque invocan al Gran Espíritu para
que los acompañe y guíe en la conversación, tornándola sagrada. Aún un simple cigarrillo nos
puede permitir esa comunicación, fumamos un poco por adicción y un poco por búsqueda de ese
poder verdadero perdido en los confines de nuestra alma. Es más, estamos tan desvalidos, tan
faltos de poder que por eso fumamos. Javier me miró tiernamente. Tienes razón, me dijo, yo suelo
sentarme aquí a fumar y con él divago por muchos mundos, mis negocios, mi familia, mi vida. Con
lo que me dijiste le has dado un sentido que tendré en cuenta de ahora en adelante. Lo miré
sonriendo, era tan inteligente como su hijo.

Tomás, ¿y que planes tienes ahora? Me preguntó. Pues, le dije, volver a Medellín y continuar con
el trabajo que habíamos iniciado con David, además esa fue su voluntad. La frase resonó dentro de
mí. Que bien, me dijo, ¿y que hacen en el Centro? Me preguntó interesado. El objetivo es apoyar a
aquellos que están luchando en medio de su dolor y sufrimiento para comprender que la realidad
es otra, es aquella que nosotros construimos, para ello hacemos trabajos grupales, personales y
talleres comunitarios, trabajamos básicamente con homosexuales y personas con VIH y SIDA.
También tenemos un trabajo con homosexuales casados, ya que es un grupo muy angustiado y
necesitado de ayuda. Esto último lo dices como algo muy importante, comentó ¿por qué? Porque
yo soy separado, me separé por dicha condición. Me miró con severidad, yo mantuve mi mirada en
la de él. No debió de ser fácil, agregó.

Sabes Tomás, No sé nada de la situación financiera del Centro, o de David, pero te quiero decir
que cuentas con mi apoyo a esa causa, no solo sufren los homosexuales, también su familia, es
necesario que la sociedad lo comprenda y se dé un espacio para la aceptación, más que perdón,
porque ahora entiendo que no hay nada para perdonar, el dolor es causado por nuestro falso
orgullo herido.

Sus palabras entraron profundo en mi ser. La lección que había comprendido este hombre era
importante, había empezado a ver la realidad. Tomás, me dijo, en la clínica sentí la necesidad de
decirte que buscaras la reconciliación porque todos tenemos asuntos por resolver, esta
oportunidad que me dio David la valoro inmensamente, me ha cambiado la vida. Por eso y por
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otras razones decido apoyarte, eres la continuación de la obra de David y no lo hago por
remordimiento, lo hago por compensación, esa es mi forma de reestablecer el equilibrio. Gracias,
cuento con tu apoyo. Le dije sonriendo.

¿Sabes?, me comentó, hoy llamó un amigo a la oficina, quería decirme algo sobre tus palabras en
el crematorio. Lo miré intrigado, él continuó. Si, me preguntó quién eras tú, y por qué te habías
referido sobre David en esos términos. Le contesté que tu eras su pareja y tenías ese derecho
adquirido y además que para nosotros eras un miembro más de esta familia. Sé que ya toda
Barranquilla habla de nosotros, pero no me preocupa, estoy tranquilo, me siento tan orgulloso de
mi hijo que nada me afectará. Así se acabaran los negocios y todo, eso carece de importancia. Sé
que mi vida tomará ahora un rumbo diferente, debo dedicarles mucho tiempo a Francisca y a Lina.

A propósito, ¿cómo ves a Lina? Me preguntó. Ahora la veo bien, le contesté, la conversación con
David la reconcilió con su propia vida. Va a tomar fuerza, es posible que deje la casa, dije. Eso va a
suceder, agregó Javier, ya lo presiento, es hora que tome sus riendas, ella ha sufrido mucho en
silencio, no sé porqué, pero ese sufrimiento tenía que ver con David, una vez, ellos muy jóvenes
los oí discutir muy fuerte, ella le gritó que nunca más creería en los hombres y así lo hizo. No
entendía como una mujer con su belleza y gracia se negase al amor. ¿Sabías que fue nominada a
reina del carnaval? Me preguntó. No tenía ni idea, le dije. Así es, pero no aceptó por irse a estudiar
a Estados Unidos, cuando regresó estaba totalmente cambiada, era huraña, triste y depresiva
crónica. Ayer en el funeral la vi sonriendo, ya está cambiando.

Percibí una paz en aquella casa, era como si estuviera, no se, llena de ángeles, empezaba a reinar
una armonía extrañada durante muchos años. Francisca se acercó hacia la terraza. ¿Los señores
desean tomar algo?, nos dijo, como llevan tanto tiempo hablando, deben estar secos. Javier le
tomó la mano y le dijo, yo solo te quiero a ti, tú eres la única que sabe apagar mi sed. Yo me sentí
conmovido, una lágrima brotó de mis ojos. Ella se dio cuenta. ¿Por qué lloras Tomás? Me
preguntó. No estoy seguro, pero sentí que hacía mucho tiempo Javier no te decía algo tan lindo, sé
que brotó de su corazón. Ambos me miraron y casi a coro dijeron, si que eres sensible, tienes
razón. Francisca se acercó a su esposo y lo besó. Mi amor, mi fuente es manantial fresco para ti, le
dijo. Yo sabía cuanto significaba ese momento.

Tomás se va el lunes para Medellín, le contó Francisca a Javier. ¿Tan pronto te vas? Me preguntó
él, esperaba que te quedaras un tiempo más largo con nosotros. Me encantaría, dije, pero debo
continuar con el trabajo, hay mucho por hacer. Van a faltar manos ahora. No te preocupes, dijo
Francisca, esas manos llegarán, recuerda al ángel que ahora te acompaña. El lunes, dijo Javier,
hay programado un vuelo de mi avión a Medellín, si quieres te vas en él. Claro que acepto, le dije
amablemente, además que está precioso el avión. Está a tus órdenes, cuando quieras nos avisas y
si está en Medellín puedes usarlo, incluso si tienes que ir a otra parte y está disponible, úsalo, tan
sólo me llamas y listo. Gracias Javier, me siento apenado de tanta generosidad. Le dije. No es
generosidad, tú eres un hijo para mí y no te voy a desproteger. Sentí ganas de abrazarlo pero me
contuve.

Estoy cansado, voy a la habitación un rato, me excusé. Ya el sol empezaba a declinar, la brisa
fresca recorría la recámara, me recosté y agradecí al Universo por tanta abundancia. Ahora tenía
que regresar a Medellín a organizar el Centro, faltaban manos, David sugirió a Juanefe, yo dudaba,
¿estaríamos preparados para un encuentro o un reencuentro?, no estaba seguro. ¿Regresar
también a Bogotá a reconciliar o a sanar lo hasta ahora no sanado? Ocho meses prácticamente en
soledad y los encuentros extraordinarios que habían cambiado mi percepción del mundo, o al
menos eso creía. De todos modos me sentía más seguro de mí mismo, de mi condición, de mi
labor y de mi propia existencia, estaba recuperando mi poder. Quise sentir de nuevo a David, sólo
una brisa suave arrulló mi sueño.

El vuelo salía temprano hacia Medellín, así que desayuné rápido con la familia. La afectuosa
despedida me hizo sentir nostálgico, había vivido con ellos un milagro y dejarlos me hizo pensar en
mi soledad, volver a mi pequeño mundo, casi sin amigos, sin pareja, lejos de la familia, lejos de los
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hijos. Los recordé con amor, Leonardo con su furia interna hacia mí, Daniela en su dispersión de
los trece años. Alguna vez les había prometido su felicidad, y aunque la dolorosa verdad parecía
augurar lo contrario, sabía que esa verdad los ayudaría a liberarse, los ayudaría a encontrar un
camino de tolerancia y aceptación, no hacia mí, sino frente a todo lo diferente, frente aquello que
rompe el esquema social y eso me tranquilizaba, me estaba liberando poco a poco de mis cargas.
Había comprendido que el despertar era eso, romper las cadenas y los esquemas que tenemos
impresos, tallados en la mente. Destruir nuestras creencias, fortalezas y vestiduras, desnudarnos
ante el universo y contemplar su magnificencia desde nuestra ínfima magnitud, asociarse a él,
buscar fundirse en él.

¿Estaba tan solo como creía? No, desde lo alto, durante el vuelo, vi como las nubes formaban
ángeles, maestros y profetas que me acompañaban, mariposas danzando, elefantes y camellos,
abajo un colchón suave de formas insinuantes y el azul intenso y sereno de la mañana arriba.
Nunca había gozado tanto un viaje, adivinando formas, construyendo sueños y fabricando
esperanzas. Cuando llegué a Medellín me esperaba un día hermoso, pleno de sol y actividad. Fui a
mi apartamento, me sorprendió la fortaleza de mis plantas, llevaban más de dos meses sin agua y
estaban frescas, radiantes, plenas de vida. El jardín estaba florecido y en el comedero de las
tórtolas había arroz. Que extraño, me dije, bueno algún ángel lo hizo, pensé en broma.

Me cambié de ropa y me dirigí al Centro, allí estaba Lidia, la saludé con un fuerte abrazo. ¿Tomás
cómo te acabó de ir? Me dolió tanto lo de David, me dijo, yo no quise revelarle que ya sabía quien
era. ¿Y cómo encontraste tu casa, todo en orden? Me preguntó maliciosa. Fuiste tú, le dije, fuiste
tú mi querida Etéphora, gracias por cuidar de mí y lo mío. Ella me miró sorprendida de que la
hubiese descubierto. ¿Hace cuánto lo sabes? Me preguntó. Hace poco, David me lo dijo, le
contesté. Bueno, pero aquí soy Lidia, Etéphora es un nombre un poco extraño aún en esta ciudad.
Me dijo. Aquí tu eres Lidia, le dije, aunque hermosa, no tanto como Etéphora.

Lidia se dirigió al archivador y tomó un grupo de fólderes. Mira Tomás, éstos son los documentos
que David preparó para ti. Tienes que firmar la escritura de la corporación aceptando la sesión de
sus derechos y donde quedas como dueño mayoritario, sólo hay otro socio que por ahora, soy yo,
pero en poco tiempo esa participación será cedida a otra persona. ¿Otra persona? Le pregunté,
¿Tú sabes quién es? Ella me miró rápidamente. No aun no lo sé, tú me lo dirás en su momento.
Bueno, aquí esta la escritura de compraventa del apartamento de David, es tuyo, al igual que su
carro, ya los papeles están a tu nombre. Yo la miré preocupado. ¿Qué pasa? Me dijo con dulzura.
No sé si pueda aceptar todo esto. Le dije. Tú lo aceptaste cuando hablaste con David, ya es tuyo,
además tú se lo habías pedido al Universo muchas veces, en tus noches de soledad angustiosa
escuchábamos tu lamento, ahí lo tienes. Esto no es real, le dije, aún estoy en la caverna. Esta es la
realidad que habías pedido, me interrumpió, querías ejercer tu labor sin necesidad de preocuparte
por el dinero para cubrir los gastos, pues aquí lo tienes, disfrútalo y adminístralo como ha de ser,
recuerda la parábola de los talentos, no sólo se refiere a los dones recibidos, también a las cosas
materiales. Y recuerda compartir.

Además aquí esta la cuenta del Centro, David transfirió una suma muy importante para su
mantenimiento, debes ir al banco a firmar. Finalmente David consignó una suma en tu cuenta
personal para tus necesidades. No quise preguntar la suma, me imaginé un número grande. Ah
también te dejó esta carta. La tomé, las manos me temblaban para abrirla. Lidia tuvo que
ayudarme.

Querido Tomás, seguramente pensarás que esto es exagerado, pero yo no lo creo así, tú eres mi
único heredero en este mundo, te busqué porque era lo que debía hacer, fui un mensajero enviado
en tu ayuda.

Hace muchos miles de años fuiste un mago negro, un ser perverso, verdaderamente malo,
sometiste, violaste y mataste a muchos seres. Eras tan poderoso que te reconocían en muchas
partes de la Tierra. Algún día recibiste a un reptiliano confundido y lo obligaste a someterse a todas
tus bajezas. Lo violentaste de muchas formas, incluso sexual. Cualquier sesión sadomasoquista
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se queda corta comparada con lo que le hiciste a ese ser, un ser que buscaba su reivindicación, tú
lo maltrataste, humillaste y obligaste de nuevo a matar, fue nuestro primer encuentro en el que sin
darnos cuenta y en medio de toda nuestra confusión, nos amamos.

Algún día ese ser recibió la ayuda de un ángel en forma de una niña inocente y se pudo librar de tí,
ese reptiliano humillado juró en ese instante que te iba a salvar, y poner de nuevo en el camino de
la verdad. Nunca más volviste a verlo ni a la niña. Tu furia fue inmensa y te trasformaste en uno de
los seres más temidos que hubiese conocido el planeta, antecesor de Atila, buscaste al reptiliano
con intenso frenesí, sin poderlo encontrar. En tu búsqueda causaste tanto dolor y terror. Un grupo
valeroso de humanos finalmente logró capturarte y asesinarte, tu muerte fue cruel y despiadada, te
desollaron vivo, te quemaron con hierros ardientes mientras te sostenían encadenado en una
caverna oscura, ¿te recuerda algo la imagen? Todo lo que tú habías hecho a miles de seres te lo
hicieron a ti. Tu dolor físico fue impresionante, pero tú no diste el brazo a torcer y moriste sin dar
muestras de arrepentimiento. Tu fortaleza era increíble y padeciste la agonía durante mucho
tiempo, tiempo en que te llenaste de más y más odio. Finalmente hasta el rey más poderoso cae,
tu fortaleza flaqueó y moriste.

Sabías qué te esperaba al morir y por eso te negabas a ello. Tu suplicio después de la muerte fue
aún peor que el inmediatamente anterior. Ya no tu cuerpo físico fue masacrado, sino que viviste en
tu astral todo el sufrimiento que habías causado, ese infortunio lo padeciste por largo tiempo,
cuando saliste, después de revisar tus acciones de la vida anterior, decidiste volver sin ir al
encuentro con la Divinidad en el último cielo, decidiste una reencarnación rápida, sin verdadera
contrición, y por lo tanto sin una buena planeación. Reencarnaste sin poder alguno, eras una niña
muy débil pero muy linda, naciste y viviste en Babilonia. Fuiste violada y maltratada muchas veces,
en medio de tu miseria e ignorancia, buscando poder te volviste prostituta, la más famosa y la más
cruel, odiabas a los hombres. Allí volvimos a encontrarnos, yo ya no era el reptiliano, había logrado
una forma humana, tú me amaste, gozaste de mí de una manera pura, como no lo habías hecho
antes, yo me enamoré de tu increíble belleza y de tu experto conocimiento sexual, pero tu lujuria y
odio nos alejó. Saliste en mi búsqueda de nuevo, y fallaste, en el camino sólo encontraste hambre,
violencia y maldad. Moriste por inanición en el desierto, esta vez tu transición fue más indulgente,
pero todavía te negaste a ir al último cielo.

Una nueva reencarnación, de nuevo sin poder, el poder te había sido negado por el mal uso que
habías hecho de él hasta ahora. Esta vez naciste en Jerusalem, mucho tiempo después de la
destrucción final de Babilonia. Naciste niño, un niño que fue raptado y esclavizado muy joven, de
nuevo fuiste violado muchas veces y maltratado, ya mayor lograste escapar convirtiéndote en un
fugitivo, no tuviste paz en esa vida, eras tratado como un perro. Recorriste medio mundo, pero
siempre rechazado y maltratado. Un día en alguna campiña viste una hermosa joven y la tomaste a
la fuerza, ese fue nuestro tercer encuentro. Te sentiste desgraciado de tu obra con la joven y te
suicidaste tirándote a un abismo, allí iniciaste tu viaje de regreso.

Antes de morir estrellado contra las rocas, alcanzaste a musitar la palabra mágica “Perdóname” le
dirigiste esa palabra a la joven ultrajada. Yo no tenía nada que perdonar, pues sabía que ese era
mi destino, cuando sentí tu palabra traída por el viento del oeste me limité a pedirle al mismo viento
que te diera fuerza para que esta vez alcanzaras a llegar al último cielo. Y así fue. Allí encontraste
la paz que necesitabas, reconociste tus fallos anteriores y decidiste regresar para reparar los
daños, pero esta vez sabías a que venías. Recibiste algo de poder, no mucho, para ayudarte en
una vida que sabías iba a ser difícil.

Naciste de nuevo en el Languedoc, la zona más próspera de la Europa a principios de la Edad
Media, eras hija de un caballero, muy hermosa e inteligente, decidiste ser cátara, algo te repelía del
cristianismo, era tu conocimiento de la maquinación de Lucifer, en otras vidas habías estado muy
cerca de él. Como cátara debías ser casta. Conociste un monje cristiano de gran sabiduría, nuestro
cuarto encuentro, te enamoraste de mí desde el primer momento que nuestras miradas se
cruzaron. Tu pasión desenfrenada te hizo cometer errores, el más grave fue abandonar tu
comunidad y entrar furtivamente al claustro, fuiste a mi celda y nos entregamos al goce no
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disfrutado en las vidas anteriores. Nos descubrieron a la mañana siguiente y moriste quemada por
la Santa Inquisición. Yo te despedí con lágrimas en los ojos, mi amada, mi amado espíritu partía de
nuevo, pero sabía que esta vez volarías de nuevo al último cielo, en la hoguera purgaste los
últimos rastros del mago negro.

Tu nuevo regreso se dio en América a finales de la época colonial, naciste indígena en Guatemala,
pobre aún, porque el poder dado a ti era poco, tenías que luchar por tu supervivencia, trabajabas el
campo arduamente, eras un hombre alegre, hermoso y juguetón, todos te querían, conociste una
hermosa mujer indígena, nuestro quinto encuentro, logramos mantener una relación hermosa por
muchos años, tuvimos hijos, nietos y bisnietos. Era la primera vez que tú llegabas a anciano.
Realizamos nuestro amor, completo, nuestra llama duró hasta la vejez, tuvimos una vida estrecha
en cuanto el factor económico, pero la disfrutamos, tu moriste en mis brazos cuando yo era una
anciana.

Yo sentí que ya había logrado mi misión, aquel reptiliano converso que había sido humillado por ti,
ese era yo, Hazz, sabía que al morir en aquella pobre cabaña en las selvas húmedas
guatemaltecas irías al último cielo y pedirías volver a encontrarnos, porque aún nos faltaba vivir
una experiencia, una reconciliación de nuestros masculinos, humillados desde el primer encuentro
y porque tú aún necesitabas un paso más para volver a obtener tu poder.

Y si, naciste de nuevo en América, en Bogotá de los años sesenta, empezaste tu vida al contrario,
al nacer de pie, ya se perfilaba tu nuevo camino, el trasgresor del orden social moderno. En tu
adolescencia descubres tu atracción por los hombres, con miedo y angustia empiezas a vivir dos
mundos, uno que consideras oscuro y el otro aunque claro, lo consideras falso. Te hundes en
relaciones sin sentido, hasta el hermoso reencuentro con Laura, otras deudas del pasado por
pagar, otras heridas que sanar, dos hijos nuevos, con quien también tienes pendientes y ellos
contigo. La lucha entre los paradigmas existentes y el nuevo que te esfuerzas por concretar, hasta
que das el gran salto y decides soltar las amarras y asumir tu ser con fortaleza, por fin estabas
encontrando el poder dentro de ti, separación y renuncia, renuncia de lo amado por amor a ti
mismo. Te das cuenta que estás buscando otro horizonte, la búsqueda es distinta, algo que aún no
comprendes, te empiezas a reconocer como otro ser, con otra misión y luchas por entenderla y
emprenderla. Otro reencuentro hermoso, con Juanefe, espíritus compañeros durante largas
jornadas anteriores, karmas por sanar, como el nuestro que ya habíamos sanado durante la vida
anterior. Por eso lo nuestro no fue un reencuentro, por eso nuestra relación fue armoniosa, porque
solo teníamos un segundo de existencia para mostrarnos nuestro amor, una noche, tu lo tenías
muy claro, por eso no hicimos el amor la primera vez que estuvimos en el apartamento, y cuando lo
hicimos estuvimos juntos en el cielo, en el último cielo en compañía del Padre, nuestra culminación
fue encontrarnos integrados con nuestros masculino y femenino para poderlos fundir en una sola
entidad reconocida por Dios. Así terminamos nuestro ciclo y yo cumplí mi promesa. Ahora ya tienes
tu Poder, adelante mi mago blanco, ahora tú sigues tu camino, con la seguridad de saber quien
eres, para donde vas.

Haz todo lo posible por limpiar tu karma en esta existencia, lucha con todas tus fuerzas para
lograrlo, es poco lo que falta por sanar, y estás a un paso para obtenerlo, tienes una misión clara,
lucha por ella. Tienes el Poder en tí, te ha sido devuelto, úsalo como es debido, sé que al recibir
esta carta ya habré desencarnado, y sé que lo habré hecho en tus brazos, respirando tu olor a
hombre y recibiendo tu ternura de mujer.

Lo que recibes de mí no es nada comparado con lo que mereces, es lo que necesitas para
alivianar el camino, se generoso, se modesto, se tú, mi hermoso Tomás, el incrédulo.

Te ama, David, Hazz el Reptiliano.

Al terminar de leerla no pude evitar el llanto. Tantas cosas escritas en aquellas páginas, tanta
historia, la vivencia de la caverna venía una y otra vez a mi mente, el reptiliano, las cadenas,
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Lucifer, el Maestro, los parásitos, el círculo ahora se cerraba y entendía tantas cosas. Me dejé caer
al piso.

Etéphora se acercó a mí, de nuevo acarició mi cabellera. Ya sabes, me dijo, que yo era esa niña, la
acompañante de Hazz en su huida del mago negro, los dos trabajamos durante milenios para
ayudarte en tu camino, en la forma que podíamos, no nos es permitido manipular el libre albedrío,
es una ley universal, ni la manipulación, ni el engaño lo afectan. Ni Lucifer, ni Ahriman, ni nadie
puede intervenir en tu libre albedrío, pero cada ser puede caer en el engaño por su propia decisión.
Tu lo hiciste y perdiste tu poder, tuviste que luchar mucho para recuperarlo, ahora lo tienes, es de
nuevo tu decisión el emplearlo correctamente, ya estás despierto, ahora estás tu solo con tu
realidad, de ti depende llegar a casa. Ya te fue develado el misterio, lo demás son asuntos
menores, solo está tu impecabilidad y responsabilidad. El conocer el misterio no te allana el
camino, al contrario lo hace más difícil pero más hermoso, ahora debes estar más alerta que
nunca, pues muchos estarán tras tu poder, nuevos engaños y manipulaciones surgirán, más
grandes y fuertes, tú debes saberlo usar, cuidarlo, mantenerlo y hacerlo crecer.

Yo estaré contigo en esta forma física por un tiempo más, después volveré a mi dimensión. Mas
con esta forma no seré ni maestra, ni guía, solo seré una compañera. Alcé mi mirada hacia ella,
estaba radiante, no era ni Lidia ni Etéphora, estaba allí en su verdadera esencia. Gracias, le dije,
gracias por tu silente compañía en estos largos milenios de existencia, gracias por guardarme.
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EPÍLOGO

Al dejar el Centro aquella tarde me sentí muy feliz. Era una felicidad que no había sentido nunca
antes, ¡Tomás se siente libre y feliz! Me dije en voz alta. Una pareja que pasaba a mi lado, se
quedó mirándome extrañada. Caminé por la ciudad que empezaba a oscurecer, sentía que ya no
temía a la oscuridad, ni a la inseguridad de aquellos endemoniados centros urbanos modernos,
había en mí una total comprensión de este mundo. Un mundo pleno de miseria y tristeza, un
laboratorio de sufrimiento, un centro experiencial único. Entender el origen de dicho sufrimiento y
su justificación sosegaba el alma. Miré al firmamento, estaba extrañamente despejado y ya se
veían algunos luceros brillar ¿Cuál será David? Me pregunté. Carecía de importancia, solo
interesaba que ya estaba allí, en casa.

Cuando llegué a mi pequeño hogar, sentí un aroma muy especial, muy dulce y tenue a la vez, me
pareció algo extraño pero delicioso. Mi casa estaba tan tranquila, me sentí feliz de contar con este
espacio para mí solo. Me recosté en la cama mirando hacia el firmamento, ya la noche había caído
totalmente, la oscuridad era plena, como pleno era el sentimiento que se agolpaba en mi corazón.

Dormí plácidamente esa noche, soñé que me encontraba de nuevo con Lucifer, estábamos en un
bosque de abetos, en medio de la niebla. ¿Cómo estás Tomás? Me preguntó, bien, muy bien, le
contesté. Me agrada oírlo de ti. Su voz era dulce y carente de melosería. ¿Sabes? Hace muchos
años andamos juntos por este bosque, tú me buscabas, querías conocer el poder oculto y yo te
enseñé todo lo que más pude, te eduqué a mi manera, como ya sabes que lo hago, fuiste un
discípulo disciplinado y juicioso. Te moldeé a mi manera y lo hiciste muy bien. Fuiste uno de los
grandes magos de la antigüedad. Con el paso del tiempo, y por tu propia decisión iniciaste el
camino hacia la Verdad, la única y eterna. Esa es la razón de ser de la humanidad, nadie los puede
detener, los podemos engañar, más nunca vencer. Lo miré sorprendido, sus palabras carecían de
rencor o de orgullo. ¿Cómo se siente usted por eso? Le pregunté. Bien, yo hago lo mío y me
satisfago en ello, tu haz lo tuyo y satisfácete, es lo básico del libre albedrío. Tengo una misión,
cada ser tiene la suya. Sigue adelante Tomás, ten cuidado, más cerca de la cumbre están los
mayores obstáculos y yo podré ser uno de ellos. Observé su mirada, era desafiante. No te temo, le
dije con serenidad, ya no te temo. De todos modos ten cuidado, aún hay muchos seres que te
desean, desean quitarte el Poder. Antes de irme, quería contestar tu pregunta, aquella que me
hiciste cuando nos encontramos en la caverna.

La sentencia se cumplió, porque viviré en medio del odio de la humanidad hasta tanto no decida
regresar al Padre, mientras lo haga estaré hundido en la oscuridad y rodeado de la escoria y el
sufrimiento, estoy exiliado, y aún no encuentro mi camino. Ese es el peligro que corre cada ser, tu
también, ser salvador no te convierte en Dios, piensa estas palabras muy bien.

A pesar del sueño con Lucifer, no tuve temor, conocía ahora de su forma de engañar, sabía de sus
procedimientos y también comprendía que como administrador de mi Poder debía ser cauteloso y
responsable. Tenía claro ahora como manejarlo, sabía donde debía usarlo y que debía
incrementarlo. Era una comprensión que había adquirido en la caverna y de mis experiencias con
David, a él le había aprendido como hacer buen uso del Poder, su gran compasión, su honestidad,
humildad y valentía fueron un ejemplo incomparable, de alguna manera me sentía transitando por
un sendero similar.

Me dirigí temprano al Centro, había mucho por hacer, después de más de dos meses de
inactividad, había que reorganizar todo y prácticamente reiniciar, el asunto ahora era más difícil,
mas me sentía animado y con mucha energía para acometer el trabajo para el que estaba
destinado. Tenía fuerzas para allanar montañas, cruzar ríos impetuosos o desiertos inclementes. Al
llegar encontré a Lidia organizando documentos y otras cosas, me costaba verla con esa forma
humana y olvidar que era un ángel. Hola Tomás, ¿un cafecito? Me ofreció. Claro, Lidia, claro, como
todos los días.
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Tuvimos un día ajetreado, de bancos y notarías, recibir el carro de David y su apartamento en el
Poblado. No sabía que hacer con el apartamento, lo consideraba muy lujoso para el tipo de vida
que deseaba llevar, además mi pequeño espacio era todo lo que necesitaba. Era suficiente para
mí. Después le dedicaría tiempo a resolver el dilema, por ahora había asuntos importantes en el
Centro por definir.

Decidimos que publicaríamos un aviso en el periódico buscando un psicólogo y una asistente, pues
Lidia dejaría el centro y su forma humana en poco tiempo. No había considerado llamar a Juanefe,
de alguna manera temía su rechazo y aún no entendía como trabajaríamos juntos, sería mejor
contar con un agradable desconocido, que introducir tensión en el Centro.

Una semana después empezaron a llegar las hojas de vida, Lidia me pasó todas las carpetas para
mi revisión. Al abrir la primera mi sorpresa fue total, era la hoja de Juanefe, pude entender el
mensaje de David en esa acción. Revisé todas las hojas y seleccioné a cinco candidatos, todos
con muy buena experiencia y referencias, lógicamente Juanefe estaba entre los cinco. Le pedí a
Lidia que confirmara las referencias y que los citara para los próximos días. ¿Para que perdemos
tiempo?, si ya sabemos quién es. Me dijo. Yo aún no lo sé. Le dije, quiero tener diferentes opciones
para tomar la decisión. Como quieras. Me dijo, pero creo que es perder el tiempo.

Aquella noche la ansiedad trató de apoderarse de mí, al otro día entrevistaría a los candidatos y
Juanefe sería el último, hacía dos meses largos desde que tuvimos la reunión en la institución
donde trabajaba y yo no había aceptado ni su beso, ni su propuesta de hablar conmigo. Medité un
rato, tenía que estar en equilibrio, ahora sabía lo importante que era, mi Poder dependía del
equilibrio. Aquí las fuerzas eran emocionales, lo que sentía por él y el miedo que sentía de estar
con él. Me di cuenta que el miedo radicaba en que no me reconociese por lo que yo era, acepté
que ese era problema de él, yo conocía su trabajo y me gustaba, si era la mejor opción lo
seleccionaría, debía ser objetivo con todas las entrevistas.

El primer entrevistado era un hombre de unos cincuenta años. Cuando le comenté que nuestro
trabajo estaba dirigido hacia la comunidad homosexual hizo un gesto que no me gustó. No era el
hombre para trabajar en el Centro. El segundo era un muchacho que llevaba poco tiempo
trabajando, tenía una hoja de vida interesante pero no le pareció importante el enfoque espiritual
que poseía el Centro, segundo descartado. El tercer entrevistado llegó tarde a la cita, no me gustó
su manera de aproximación un tanto agresiva, pensé que no era el más indicado para trabajar con
nosotros.

El cuarto entrevistado era un candidato muy especial, Andrés, era su nombre, tenía experiencia en
trabajos grupales, era homosexual y estaba comprometido fuertemente consigo mismo, de treinta y
cinco años, serio y bien fundamentado, se percibía su fuerza y su ternura al mismo tiempo, este
era un candidato firme para el trabajo.

Al terminar la entrevista acompañé a Andrés hasta la puerta y me despedí cordialmente,
coincidiendo con la llegada de Juanefe, a quien invité a pasar. Sentí que las piernas me temblaban,
el me miró de pies a cabeza, creo que hice lo mismo. Se veía bien, algo más acuerpado, siempre
había admirado su cuerpo, estaba tranquilo y su rostro se veía totalmente relajado. Lo invité a mi
oficina y empezamos a hablar.

¿Dónde esta David Hazbún, tu jefe? Me preguntó. Murió hace unos días, ahora estoy a cargo del
Centro, le dije, por eso estamos buscando una persona para desarrollar el trabajo. Lo siento
mucho, se veía una gran persona. Me dijo. Lo era, le contesté. El trabajo ya lo conoces, le dije. Si,
por eso me animé a mandar la hoja de vida. Agregó él. Entonces ya sabías que yo estaba aquí
¿Qué piensas de ese detalle? Le pregunté. Me encantará trabajar contigo. Me dijo con seriedad y
sinceridad. Lo miré fijamente a los ojos, estaban hermosos, claros y más brillantes que nunca.
¿Estás seguro, aún después de todo lo que hemos pasado? Le pregunté. Si, totalmente, cuando vi
el aviso supe que era el centro donde trabajabas, pero eso no me desanimó, antes me alentó,
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desde que nos visitaron me llamó la atención, percibí tu fuerza en este trabajo. Al ver el aviso
presentí que la vacante era para mí.

Así es. Comenté entre labios ¿Cómo? Me dijo. De alguna manera el trabajo se ajusta mucho a tu
perfil. Le contesté. ¿Y tú te sentirás cómodo trabajando conmigo? Me preguntó. Para mí siempre
ha sido placentero trabajar contigo, lo único que me preocupa es tu inestabilidad, honestamente.
Su mirada se tornó dura, no esperaba ese comentario de mi parte. La verdad queremos una
persona que se entregue a esta labor con toda su vida, como a un apostolado, este Centro está
por construir, ¿te sientes capaz de construir? Le pregunté mirándolo fijamente, sentía que esa era
mi gran duda sobre Juanefe, el era volátil, capaz de abandonar al primer obstáculo.

Veo que sigues dando donde debes dar. Me dijo. Pero estoy dispuesto, siento un especial llamado.
Esa respuesta me confirmó que David no estaba equivocado. Bueno, ¿y cómo esta tu
disponibilidad? Total, me contestó, actualmente estoy sin empleo. Puedo iniciar cuando quieras,
pero ¿cuánto es el salario? y me disculpas. Me preguntó. El salario es dos millones, ¿Qué te
parece? Le respondí. Perfecto, ¿cuando inicio? Hay otros candidatos, vamos a analizar y te
avisamos, ¿estás de acuerdo? Le dije. Si está bien, esperaré la llamada. ¿Puedo decirte una cosa?
Me preguntó. Claro, dime. Estás radiante. Me dijo. Tú también, le contesté.

Al salir Juanefe, Lidia me preguntó sobre mi decisión, le comenté que Andrés me parecía el
candidato indicado, pero que tenía una petición de David con relación a Juanefe. Más que eso, me
dijo Lidia, tú sabes que el Centro es para Juanefe tanto como para ti, no lo olvides. Es cierto Lidia,
es algo que va más allá de mi decisión, por eso llama mañana a Juanefe y dile que el trabajo es
de él, con el tiempo le revelaré la decisión de David, ¿te parece? Me parece perfecto, dijo Lidia, así
es como debe ser, todavía creo que perdimos el dinero del aviso.

A propósito, continuó Lidia, ¿qué vas a hacer con el apartamento de David? Ya lo pensé, le dije,
me quedaré con él, voy a disfrutarlo. Correcta decisión, no es bueno rechazar los regalos que nos
da el Universo. ¿Cómo te sientes con relación a Juanefe? Me preguntó. Bien, lo sentí muy distinto,
un proceso duro debió vivir al igual que yo. Seguro que si, dijo ella.

Lidia le confirmó a Juanefe que el trabajo era de él y que iniciaría el lunes siguiente. El le pidió
hablar conmigo pero yo no estaba en el centro, estaba recibiendo el apartamento de David, mi
apartamento, y organizando el trasteo.

El lunes llegó rápido, como yo quería. Juanefe estuvo muy puntual e iniciamos el trabajo, al igual
que David lo hizo conmigo, recibí a Juanefe, en poco tiempo nos integramos muy bien a la labor, él
estaba muy dedicado y se le veía feliz. Yo también lo estaba, cada uno hacía lo propio y de vez en
cuando empezamos a hacer talleres juntos. Cuando nos dimos cuenta la mayoría de talleres y
trabajos grupales eran compartidos, estábamos trabajando en perfecta sintonía y nuestra labor
fructificaba, el tiempo pasaba rápido.

Una tarde, dos meses después Juanefe me llamó a su consultorio, ¿Tomás, me puedes regalar un
minuto? Me dijo. Claro, cuéntame, le dije. ¿Te gustaría salir conmigo esta tarde a tomarnos un café
y hablar? Me propuso. Me encantaría, le contesté. ¿A donde vamos? Le pregunté. Donde tú digas.
Contestó. OK, a las seis nos reunimos y salimos a donde nos lleve el destino. Seis en punto
estábamos los dos junto a la puerta. ¿Vamos? Le dije. Si, ¿Vamos en la moto? Me preguntó.
Vamos en mi carro, deja aquí la moto. Subimos al vehículo. Que carro tan lindo tienes, de verdad
has progresado. Me dijo. Gracias, agregué, aunque este carro fue una herencia. ¿Si? Me preguntó
muy intrigado. Me lo heredó David, le dije.

¿Tuviste algo con David? Me preguntó. Si, tuve un hermoso momento. Le dije. Debió ser muy
hermoso, para que recibieras un carro. Comentó. No me gustó el comentario, le dije, pero si
quieres te cuento toda la historia. Discúlpame, no quería ofenderte. Cuéntamela, de verdad me
interesa. Me dijo. Disculpa aceptada y te voy a contar la historia, es importante que la
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conozcas.¿Por qué lo dices? Me preguntó intrigado. Porque la historia te involucra a ti también.
Añadí, vamos a mi apartamento, allí hablaremos más tranquilamente. Perfecto, vamos. Dijo.

Al llegar al edificio lo miré de reojo, tenía una expresión de asombro. Expresión que aumentó al
entrar al apartamento. ¿Te ganaste la lotería o que? Me dijo totalmente asombrado. Casi, le dije.
Siéntate, voy a traer algo de beber, ¿Vino o cerveza? Pregunté. Vino, creo que la conversación es
larga. Si señor, larga. Me dirigí al bar mientras él observaba la colección de música de David, la
miraba extasiado. Que belleza, bebé, me dijo. Yo me giré extrañado hacia él al oír la expresión,
¿cómo dijiste? Pregunté. Disculpa, es la costumbre, me dijo. No has perdido la costumbre,
comenté. No he perdido ninguna costumbre contigo, añadió te extraño y te busco cada noche en
mi cama. Dijo mientras se acercaba a mí con intención de besarme. No, le dije, espera y escucha
la historia, después hablaremos de los dos. ¿Ya no me amas? Me preguntó. Hablemos, le dije.

Nos sentamos en el sofá, donde David y yo nos besamos por primera vez. Tomamos nuestras
copas y brindamos por la vida. Le conté toda la historia del hueco, desde el inicio, él me escuchaba
con atención, cada momento venía a mi memoria como el hecho más trascendental de mi vida. Le
conté lo de David y lo especial de esa relación. El me miraba perplejo. Al terminar, le tomé la mano,
David quería que tu fueses dueño del Centro, que lo compartieras conmigo, ¿quieres? El me miró,
lloraba, claro que quiero, claro que quiero compartirlo contigo, no solo el Centro, quiero compartir
mi vida contigo. No dejaba de llorar. ¿Por qué lloras? Le pregunté. Porque creí perderte para
siempre. Y me perdiste, le dije. El Tomás que conociste murió, éste es uno nuevo. Me miró
desconcertado. ¿No tengo esperanzas? Me preguntó. Las tienes todas si te gusta este Tomás, a
mi me gusta el nuevo Juanefe, porque este año que hemos pasado separados nos ha cambiado a
los dos, yo te siento diferente y confío en ti.

¿Me amas Tomás? Me preguntó con cierta angustia en la mirada. Te amo, no he dejado de
hacerlo. Ahora quiero que me cuentes tu historia de este año que pasaste lejos de mí. Me contó
sobre su búsqueda, sus logros, sus aventuras y desventuras, sus nuevos amigos y sobre los
viejos, me contó de su entrega a su psicoterapia, y su soledad. Hablaba y yo lo miraba con
admiración, su fortaleza había estado a prueba y salió adelante, ese era el hombre que yo había
visto en él. Tenemos, le dije, todo esto para compartir, tenemos todo para ser felices, ¿Quieres
intentarlo de nuevo? Le pregunté. Si mi amor, ahora estoy seguro, me dijo. Yo también, agregué.

Son las tres de la mañana, Juanefe duerme plácidamente en la cama, por primera vez en más de
un año hemos vuelto a estar juntos. Hemos hecho el amor con toda la ternura y la pasión que nos
habíamos guardado mutuamente. La vida nos mostrará lo profundo que viajamos en este año,
hasta donde nos conectamos con nosotros mismos y con el Universo Creador. Yo me siento
sereno, transité de la mano de mi sombra, ella me guió y yo la acepté. Hoy Yo soy Tomás, el que
cree, el que conoció la Verdad en una cita en la Oscuridad.