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L’OSSERVATORE ROMANO
EDICIÓN SEMANAL
Unicuique suum
Año XLV, número 14 (2.309)

EN LENGUA ESPAÑOLA
Non praevalebunt
5 de abril de 2013

Ciudad del Vaticano

El mensaje «urbi et orbi» en la Pascua de Resurrección

La misericordia de Dios para el mundo

Un mensaje de misericordia al mundo: para el Santo Padre la Pascua trae a la humanidad el anuncio gozoso de la victoria del amor de Dios sobre todos los conflictos, las violen-

cias, las divisiones. En el primer mensaje pascual de su Pontificado, el Papa Francisco retoma uno de los temas de su máximo interés, el de la misericordia divina: sólo gracias a

Dolor del Papa por las víctimas de las lluvias en Argentina
Golpeadas estos días por violentos aluviones, Buenos Aires y La Plata lloran la pérdida de la vida de no menos de medio centenar de sus ciudadanos. La catástrofe ha obligado a miles a abandonar sus casas en la provincia argentina. «El Papa Francisco, profundamente apenado por la noticia de los graves daños producidos por las lluvias torrenciales de los últimos días, ofrece sufragios al Señor por el eterno descanso de los fallecidos, al mismo tiempo que desea expresar su paternal cercanía espiritual a todos los damnificados y sus familiares». Así se lee en el telegrama que el cardenal secretario de Estado, Tarcisio Bertone, envió el 3 de abril al arzobispo de Buenos Aires, monseñor Mario Aurelio Poli. «El Santo Padre —prosigue— alienta a las instituciones civiles y eclesiales, así como a las personas de buena voluntad, a prestar con caridad y espíritu de solidaridad cristiana la necesaria ayuda a cuantos han perdido sus hogares o sus bienes personales». Asimismo el Papa «imparte a los afectados y a cuantos les socorren la confortadora bendición apostólica, como signo de cercanía al querido pueblo argentino».

ella el hombre puede encontrar la fuerza para que florezcan las zonas desérticas de su corazón. Desde el balcón de las bendiciones de la basílica vaticana —tras haber celebrado la misa en el atrio—, el Papa Francisco dirigió la mirada al mundo entero para invocar del Resucitado que cambie el odio en amor, la venganza en perdón, la guerra en paz. Una invocación de paz para las regiones de la tierra más golpeadas por los conflictos —Oriente Medio, algunos países de África y la península coreana—; paz

para un mundo herido por el egoísmo que amenaza la vida humana y la familia; egoísmo que persiste en la avidez de quien se aprovecha de la trata de personas, que según el Pontífice constituye la esclavitud más extendida del siglo XXI. El tema de la misericordia también lo propuso el Papa en el rezo del Regina Caeli, el lunes de Pascua, y en la vigilia pascual, la noche del Sábado Santo, exhortó a no tener miedo de las sorpresas de Dios.
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Pasión del Señor y Vía Crucis del Viernes Santo

La palabra de la Cruz
Existe «sólo una palabra» que permanece en la noche del Viernes Santo, cuando el mal parece aplastar con su peso a la humanidad y al mundo: la Cruz. Al término del Vía Crucis en el Coliseo el 29 de marzo, el Papa Francisco subrayó que «la Cruz de Jesús es la Palabra con la que Dios ha respondido al mal del mundo», una palabra que «es amor, misericordia, perdón». E igualmente debe ser «la respuesta de los cristianos al mal que sigue actuando en nosotros y a nuestro alrededor». De ahí el llamamiento a «responder al mal con el bien», cargando con la cruz, «como Jesús». Horas antes el Obispo de Roma había presidido en la basílica Vaticana la celebración de la Pasión del Señor.
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El Papa Francisco en el sepulcro de Pedro y de los Papas del siglo XX

El Romano Pontífice ante sus predecesores

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L’OSSERVATORE ROMANO En el triduo sacro del Obispo de Roma

viernes 5 de abril de 2013, número 14

El óleo que se derrama
GIOVANNI MARIA VIAN n el corazón del año cristiano, a lo largo de los días que preparan la Pascua, el Obispo de Roma está mostrando progresivamente su rostro de dulzura y misericordia, gracias a palabras y gestos sencillos que llegan a todos. Ello

E

se experimentó al ver las imágenes del lavatorio de los pies a doce jóvenes en la cárcel de menores de la ciudad, una celebración conmovedora e impresionante, así como oyendo o leyendo las homilías durante la Misa Crismal y el Domingo de Ramos. Se presenta entonces claro a todos lo que no era difícil de entender, es decir, el significado de la opción de Benedicto XVI —notoriamente muy atento a la liturgia— de renunciar al pontificado

en el corazón de la Cuaresma. Gracias al tiempo elegido para esta decisión, en efecto, su sucesor pudo hacer coincidir los comienzos de su servicio como sucesor de Pedro con la celebración más importante para la fe en Cristo resucitado de entre los muertos, durante el triduo sacro que termina con la vigilia pascual. Precisamente en estos días centrales del tiempo litúrgico ha resonado con fuerza la voz de un Papa por primera vez venido «casi del fin del mundo», como él mismo dijo inmediatamente después de la elección. Él que en toda su vida de sacerdote y de obispo siempre mostró una preocupación especial por las periferias materiales y espirituales. Y es allí, en efecto, donde —mujeres y hombres que nunca han de estar tristes— es necesario llevar a Jesús, exclamó al abrir la Semana Santa. El mismo concepto volvió con sugestiva sabiduría en la homilía de la misa crismal, cuando el Papa Francisco relacionó los símbolos presentes en las Escrituras judías con la predicación de Cristo. Así, la imagen del óleo que se derrama y la de las vestiduras sacerdotales con los nombres de los hijos de Israel sirvieron al Pontífice para poner de relieve la necesidad de unión entre la gente y sus sacerdotes y la necesidad de que este «óleo de alegría» llegue precisamente hasta las periferias, allí don-

de el «pueblo fiel está más expuesto a la invasión de los que quieren saquear su fe». He aquí el significado más auténtico de la «belleza de lo litúrgico», presencia de la gloria de Dios que «resplandece en su pueblo vivo y consolado», recordó el Obispo de Roma. Por ello es necesario salir al encuentro del «deseo de nuestra gente de ser ungidos con el óleo perfumado, porque sabe que lo tenemos» y a aquella «ceguera que desea ver». Es necesario, por lo tanto, salir a «darnos nosotros mismos y a dar el Evangelio a los demás», abandonando aquella autorreferencialidad que amenaza con aridecer la Iglesia y hacer de los sacerdotes «una especie de coleccionistas de antigüedades o bien de novedades». Y describiendo la necesidad de la relación con Dios y con su pueblo, el Papa Francisco retomó la imagen evangélica, apreciada por él, del pastor cercano a su rebaño, hasta el punto de adquirir el «olor a oveja», que sin descanso busca y protege para ungirla con el óleo perfumado de Cristo, modelo de todo pastor.

El Papa almuerza con algunos sacerdotes romanos

Un encuentro fraterno
El Papa Francisco almorzó con siete sacerdotes romanos el jueves 28 de marzo, tras la celebración de la misa crismal en la basílica vaticana. El encuentro tuvo lugar con mucha sencillez en el apartamento del arzobispo Angelo Becciu, sustituto de la Secretaría de Estado. Desde hace varios años, y en particular durante su misión de nuncio apostólico en Angola y en Cuba, el Jueves Santo monseñor Becciu acostumbra invitar a almorzar a algunos sacerdotes, en un clima de fraternidad. Al enterarse de este encuentro, el Pontífice se mostró muy gustoso de participar. De este modo pudo escuchar las experiencias de cada uno, casi todos comprometidos en zonas de la periferia, entre los pobres y en situaciones de especial necesidad. Se destacó sobre todo la belleza de la Iglesia, como subrayaron los presentes; una belleza que, por lo general, no la reflejan los medios de comunicación social. Entre los presentes se contó monseñor Enrico Feroci, director de Cáritas diocesana, que entregó al Pontífice una carta de las personas asistidas en el albergue romano. «Me ha llamado profundamente la atención la profunda espiritualidad del Papa y su capacidad de acogida en la escucha», dijo monseñor Feroci. Y a todos aquellos que se relacionan con Cáritas romana —pobres y voluntarios— transmitió inmediatamente el saludo y el aliento del Obispo de Roma. En la comida participaron, junto al sustituto y monseñor Alfred Xuereb, monseñor Angelo De Donatis, párroco de San Marcos en el Campidoglio y director espiritual de numerosos sacerdotes; don Marco Valenti, párroco de San Saturnino, proveniente de una familia campesina de la zona de la Sabina; el salesiano don Maurizio Verlezza, de vocación en edad adulta, madurada en la conversión después de una experiencia política en la extrema izquierda; don Antonio Petrosino, igualmente salesiano, delegado regional para la formación profesional de los jóvenes en dificultad; don Giuseppe Trappolini, párroco de Santiago Apóstol, en silla de ruedas por una serie de intervenciones ortopédicas; y don Mario Pasquale, que fue sacerdote obrero, comprometido en la parroquia de San Bernardino, en particular en la pastoral entre los gitanos.

En comunión sacerdotal con Benedicto XVI
El Papa Francisco telefoneó a Benedicto XVI el 28 de marzo por la mañana, después de presidir la celebración de la misa crismal en la basílica Vaticana. El día en que los sacerdotes renuevan sus promesas el Pontífice quiso expresar, en un largo y significativo coloquio, el sentido de la comunión sacerdotal con su predecesor.

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GIOVANNI MARIA VIAN
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número 14, viernes 5 de abril de 2013

L’OSSERVATORE ROMANO

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Discurso del Obispo de Roma al concluir el Vía Crucis del Viernes Santo en el Coliseo

La palabra de la Cruz
Queridos hermanos y hermanas: Os doy las gracias por haber participado tan numerosos en este momento de intensa oración. Y doy las gracias también a todos los que se han unido a nosotros a través de los medios de comunicación social, especialmente a las personas enfermas o ancianas. No quiero añadir muchas palabras. En esta noche debe permanecer sólo una palabra, que es la Cruz misma. La Cruz de Jesús es la Palabra con la que Dios ha respondido al mal del mundo. A veces nos parece que Dios no responde al mal, que permanece en silencio. En realidad Dios ha hablado, ha respondido, y su respuesta es la Cruz de Cristo: una Palabra que es amor, misericordia, perdón. Y también juicio: Dios nos juzga amándonos. Recordemos esto: Dios nos juzga amándonos. Si acojo su amor estoy salvado, si lo rechazo me condeno, no por Él, sino por mí mismo, porque Dios no condena, Él sólo ama y salva. Queridos hermanos, la palabra de la Cruz es también la respuesta de los cristianos al mal que sigue actuando en nosotros y a nuestro alrededor. Los cristianos deben responder al mal con el bien, tomando sobre sí la Cruz, como Jesús. Esta noche hemos escuchado el testimonio de nuestros hermanos de Líbano: son ellos los que han compuesto estas hermosas meditaciones y oraciones. Les agradecemos de corazón este servicio y sobre todo el testimonio que nos dan. Lo hemos visto cuando el Papa Benedicto fue a Líbano: hemos visto la belleza y la fuerza de la comunión de los cristianos de aquella Tierra y de la amistad de tantos hermanos musulmanes y muchos otros. Ha sido un signo para Oriente Medio y para el mundo entero: un signo de esperanza. Continuemos este Vía Crucis en la vida de todos los días. Caminemos juntos por la vía de la Cruz, caminemos llevando en el corazón esta Palabra de amor y de perdón. Caminemos esperando la Resurrección de Jesús, que nos ama tanto. Es todo amor.

Los ritos del Viernes Santo

Pasión del Señor y Vía Crucis
«Responder al mal con el bien», cargando con la Cruz, «como Jesús». Es el camino que señaló a los cristianos el Papa Francisco al término del primer Vía Crucis presidido en su pontificado el Viernes Santo, 29 de marzo. El marco, como es costumbre, el Coliseo romano. Para cerrar el intenso momento de oración el Pontífice pronunció unas breves palabras, dirigiéndose a los 20.000 fieles presentes y a los millones que participaron en conexión televisiva en directo. Desde lo alto del Palatino el Obispo de Roma asistió a la procesión que, durante dos horas, recorrió las catorce estaciones del camino de Jesús hacia la muerte. Llevaron la sencilla cruz de madera, por turnos, el cardenal vicario de Roma, Agostino Vallini, una familia italiana, otra india, una discapacitada, dos seminaristas chinos, dos franciscanos de la Custodia de Tierra Santa, dos religiosas nigerianas, dos libaneses, y finalmente dos jóvenes de Brasil, país de la próxima Jornada mundial de la juventud. Los textos leídos y meditados fueron redactados por un grupo de jóvenes libaneses —bajo la guía del patriarca maronita, el cardenal Béchara Boutros Raï— por invitación de Benedicto XVI tras su viaje de septiembre a Líbano. Pocas horas antes había tenido lugar en la basílica vaticana la celebración de la Pasión del Señor, también presidida por el Papa Francisco, postrado en tierra en oración al inicio, como indica el rito. Tras el relato de la Pasión según san Juan, el predicador de la Casa pontificia, el padre Raniero Cantalamessa, pronunció la homilía —de la que publicamos amplios pasajes—. Y tras la introducción de la oración universal, tuvo lugar la adoración de la Cruz, que inició el propio Pontífice, despojado de los ornamentos, inclinándose tres veces y besando el crucifijo.

Predicación en la celebración de la Pasión del Señor en la basílica Vaticana

Quienes sueñan con un mensaje
RANIERO CANTALAMESSA

«T

odos han pecado y están privados de la gloria de Dios, pero son justificados gratuitamente por su gracia, en virtud de la redención cumplida en Cristo Jesús. Él fue puesto por Dios

como instrumento de propiciación por su propia sangre... para mostrar su justicia en el tiempo presente, siendo justo y justificador a los que creen en Jesús» (Rm 3, 23-26). Hemos llegado a la cumbre del Año de la fe y a su momento decisivo. ¡Esta es la fe que salva, «la fe que vence al mundo!» (1 Jn 5, 5). La fe, apropiación por la cual hacemos nuestra la salvación obrada por Cristo, y nos revestimos con el manto de su justicia. Por un lado está la mano extendida de Dios que ofrece su gracia al hombre; por otro lado, la mano del hombre que se alarga para acogerla mediante la fe. La «nueva y eterna alianza» está sellada con un apretón de manos entre Dios y el hombre. Tenemos la posibilidad de asumir, en este día, la decisión más importante de la vida, aquella que abre las puertas de la eternidad: ¡creer! ¡Creer que «Jesús murió por nuestros pecados y ha resucitado para nuestra justificación!» (Rm 4,

25). En una homilía pascual del siglo IV, el obispo pronunciaba estas palabras excepcionalmente modernas y existenciales: «Para todos los hombres, el principio de la vida es aquello, a partir del cual Cristo ha sido inmolado por él. Pero Cristo se inmola por él cuando él reconoce la gracia y se hace consciente de la vida adquirida por aquella inmolación» (Homilía pascual del año 387, en SCH 36, p. 59 s.). ¡Qué extraordinario! Este Viernes Santo, celebrado en el Año de la fe y en presencia del nuevo sucesor de Pedro, podría ser, si se quiere, el principio de una nueva vida. El obispo Hilario de Poitiers, que se convirtió al cristianismo en edad adulta, mirando hacia atrás en su vida pasada, dijo: «Antes de conocerte, yo no existía». Lo que se requiere es que no nos escondamos como Adán después de la culpa, que reconozcamos que tenemos necesidad de ser justificados; que no nos auto-justifiquemos. El publicano de la parábola subió al templo e hizo una breve oración: «Oh Dios, ten piedad de mí, pecador». Y Jesús dice que aquel hombre volvió a su casa «justificado», es decir, hecho justo, perdonado, hecho criatura nueva, creo que cantando alegremente en su corazón (cf. Lc 18, 14). ¿Qué había hecho de extraordinario? Nada, se había puesto del lado de la verdad delante de Dios, y
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Predicación en la celebración de la Pasión del Señor
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es lo único que Dios necesita para actuar. Al igual que quien escala una pared de montaña, después de superar un paso peligroso se detiene un momento para recuperar el aliento y admirar el nuevo panorama que se abre ante él, así lo hace también el apóstol Pablo al inicio del capítulo 5 de la Carta a los Romanos, después de haber proclamado la justificación por la fe: «Justificados, entonces, por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. Por Él hemos alcanzado, mediante la fe, la gracia en la que estamos afianzados, y por Él nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Más aún, nos gloriamos hasta de las mismas tribulaciones, porque sabemos que la tribulación produce la constancia; la constancia, la virtud probada; la virtud probada, la esperanza. Y la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado» (Rm 5, 1-15). En Cristo muerto y resucitado el mundo ha La cruz separa a los creyentes de los no creyentes llegado a su destino fiporque para unos es escándalo y locura, nal. El progreso de la y para otros el poder y la sabiduría de Dios. humanidad avanza hoy Pero en un sentido más profundo, la cruz a un ritmo vertiginoso, une a todos los hombres, creyentes o no, porque y la humanidad ve Cristo murió por todos. De ahí la urgencia abrirse ante sí nuevos e de evangelizar. inesperados horizontes fruto de sus descubrimientos. Sin embargo, puede decirse La cruz separa a los creyentes de que ya ha llegado el final de los los no creyentes porque para unos es tiempos, porque en Cristo, elevado a escándalo y locura, y para otros es el la diestra del Padre, la humanidad poder de Dios y la sabiduría de ha llegado a su meta final. Ya han Dios (cf. 1 Co 1, 23-24); pero en un comenzado los cielos nuevos y la tie- sentido más profundo, esta une a todos los hombres, creyentes y no crerra nueva. A pesar de todas las miserias, las yentes. «Jesús tenía que morir no sóinjusticias y la monstruosidad exis- lo por la nación, sino para reunir a tentes sobre la tierra, en Él se ha todos los hijos de Dios que estaban inaugurado ya el orden definitivo dispersos» (Jn 11, 51 s.). Los nuevos del mundo. Lo que vemos con nues- cielos y la tierra nueva pertenecen a tros ojos puede sugerirnos lo contra- todos y son para todos: porque Crisrio, pero el mal y la muerte están to murió por todos. La urgencia que realmente derrotados para siempre. deriva de todo esto es evangelizar: Sus fuentes se han secado; la reali- «El amor de Cristo nos apremia, al dad es que Jesús es el Señor del pensar que uno murió por todos» (2 mundo. El mal ha sido radicalmente Co 5, 14). ¡Nos impulsa a la evangevencido por la redención que Él lización! Anunciamos al mundo la obra. El mundo nuevo ya ha comen- buena nueva de que «ya no hay condenación para aquellos que viven zado. Una cosa sobre todo aparece dife- unidos a Cristo Jesús. Porque la ley rente, vista con los ojos de la fe: ¡la muerte! Cristo ha entrado en la muerte como se entra en una oscura prisión; pero salió por la pared opuesta. No ha regresado de donde había venido, como Lázaro que vuelve a la vida para morir de nuevo. Abrió una brecha hacia la vida que nadie podrá ya cerrar, y a través de la cual todos pueden seguirle. La muerte ya no es un muro contra el que se estrella toda esperanza humana; se ha convertido en un puente hacia la eternidad. Un «puente de los suspiros», tal vez porque a nadie le gusta morir, pero un puente, ya no más un abismo que todo lo traga. «El amor es fuerte como la muerte», dice el Cantar de los Cantares (8, 6). ¡En Cristo ha sido más fuerte que la muerte! En su Historia eclesiástica del pueblo inglés, Beda el Venerable narra cómo la fe cristiana hizo su ingreso en el norte de Inglaterra. Cuando los misioneros llegados de Roma arribaron a Northumberland, el rey

del lugar convocó a un consejo de dignatarios para decidir si se les debía permitir o no difundir el nuevo mensaje. Algunos de los presentes se mostraron a favor, otros en contra. Era invierno y fuera había nieve y ventisca, pero la habitación estaba iluminada y cálida. En cierto momento un pájaro salió de un agujero de la pared, sobrevoló asustado un rato por la sala y luego desapareció por un agujero de la pared opuesta. Entonces se levantó uno de los presentes y dijo: «Majestad, nuestra vida en este mundo se asemeja a aquel pajarillo. No sabemos de dónde venimos, por un poco de tiempo gozamos de la luz y del calor de este mundo y luego desaparecemos de nuevo en la oscuridad, sin saber a dónde vamos. Si estos hombres son capaces de revelarnos algo del misterio de nuestra vida, debemos escucharles». La fe cristiana podría retornar a nuestro continente y al mundo secularizado por la misma razón por la que hizo su entrada: como la única que tiene una respuesta segura a los grandes interrogantes de la vida y de la muerte.

del Espíritu, que da la Vida, me libró, en Cristo Jesús, de la ley del pecado y de la muerte» (Rm 8, 1-2). Un relato del judío Franz Kafka es un fuerte símbolo religioso y adquiere un significado nuevo, casi profético, oído el Viernes Santo. Se titula Un mensaje imperial. Habla de un rey que, en su lecho de muerte, llama a su lado a un súbdito y le susurra un mensaje al oído. Es tan importante aquel mensaje que se lo hace repetir, a su vez, al oído. Luego despide con un gesto al mensajero que se pone en camino. Pero oigamos directamente del autor lo que sigue de la historia, marcada por el tono onírico y casi de pesadilla típico de este escritor: «Extendiendo primero un brazo, luego el otro, el mensajero se abre paso a través de la multitud y avanza ágil como ninguno. Pero la multitud es muy grande; sus alojamientos son infinitos. ¡Si ante él se abriera el campo libre, cómo volaría! En cambio, qué vanos son sus esfuerzos; todavía está abriéndose paso a través de las cámaras del palacio interno, de los cuales no saldrá nunca. Y si lo terminara, no significaría nada: todavía tendría que esforzarse para descender las escaleras. Y si esto lo consiguiera, no habría adelantado nada: tendría que cruzar los patios; y después de los patios el segundo palacio circundante. Y cuando finalmente atravesara la última puerta —aunque esto nunca, nunca podría suceder—, todavía le faltaría cruzar la ciudad imperial, el centro del mundo, donde se amontonan montañas de su escoria. Allí en medio, nadie puede abrirse paso a través de ella, ni siquiera con el mensaje de un muerto. Tú, mientras tanto, te sientas junto a tu ventana y te imaginas tal mensaje, cuando cae la noche» (F. Kafka, Un mensaje imperial, en Racconti, Milán 1972). Desde su lecho de muerte, Cristo confió a su Iglesia un mensaje: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura» (Mc 16, 15). Todavía hay muchos hombres que están junto a la ventana y sueñan, sin saberlo, con un mensaje como el suyo. Juan, acabamos de oírlo, dice que el soldado traspasó el costado de Cristo en la cruz «para que se cumpliera la Escritura, que dice: “Mirarán al que traspasaron” (Jn 19, 37)». En el Apocalipsis añade: «He aquí que viene entre las nubes, y todo ojo le verá, también aquellos que le traspasaron; y por Él todos los linajes de la tierra harán lamentación» (Ap 1, 7). Esta profecía no anuncia la venida final de Cristo, cuando ya no será el momento de la conversión, sino del juicio. En su lugar describe la realidad de la evangelización de los pueblos. En ella se verifica una misteriosa, pero real venida del Señor que les trae la salvación. Lo suyo no será un grito de desesperación, sino de arrepentimiento y de consuelo. Es éste el significado de la escritura profética que Juan ve

realizada en el costado traspasado de Cristo, es decir de Zacarías (12, 10): «Y derramaré sobre la casa de David y sobre los moradores de Jerusalén, un espíritu de gracia y de súplica; y mirarán hacia mí, al que ellos traspasaron». La evangelización tiene un origen místico; es un don que viene de la cruz de Cristo, de aquel costado abierto, de aquella sangre y agua. El amor de Cristo, como el trinitario, que es la manifestación histórica, es diffusivum sui, tiende a expandirse y a alcanzar a todas las criaturas, «especialmente a las más necesitadas de su misericordia». La evangelización cristiana no es conquista, no es propaganda; es el don de Dios para el mundo en su Hijo Jesús. Es dar a la Cabeza la alegría de sentir la vida fluir desde su corazón hacia su cuerpo, hasta vivificar a sus miembros más alejados. Tenemos que hacer todo lo posible para que la Iglesia nunca se convierta en ese castillo complicado y sombrío descrito por Kafka, y el mensaje pueda salir de ella tan libre y feliz como cuando comenzó su carrera. Sabemos cuáles son los impedimentos que puedan retener al mensajero: los muros divisorios, como los que separan a las distintas Iglesias cristianas entre sí, la excesiva burocracia, los residuos de los ceremoniales, leyes y controversias del pasado, convertido ya en escombros. En el Apocalipsis, Jesús dice que Él está a la puerta y llama (Ap 3, 20). A veces, como señaló nuestro Papa Francisco, no llama para entrar, sino que toca desde dentro para salir. Salir a las «periferias existenciales del pecado, del dolor, de la injusticia, de la ignorancia e indiferencia religiosa, y de todas las formas de miseria». Ocurre como con algunos edificios antiguos. A través de los siglos, para adaptarse a las necesidades del momento, se han llenado de divisiones, escaleras, habitaciones y cubículos pequeños. Llega un momento en que se constata que todas estas adaptaciones ya no responden a las necesidades actuales, sino que son un obstáculo, y entonces debemos tener el coraje de derribarlos y volver el edificio a la simplicidad y la sencillez de sus orígenes. Fue la misión que recibió un día un hombre que estaba orando ante el crucifijo de San Damián: «Ve, Francisco, y repara mi Iglesia». «¿Quién está a la altura de este encargo?», se preguntaba aterrorizado el Apóstol frente a la tarea sobrehumana de ser en el mundo «el perfume de Cristo», y he aquí su respuesta que vale también hoy: «No porque podamos atribuirnos algo que venga de nosotros mismos, ya que toda nuestra capacidad viene de Dios, quien nos ha capacitado para que seamos los ministros de una Nueva Alianza, que no reside en la letra, sino en el Espíritu; porque la letra mata, pero el Espíritu da vida» (2 Co 2, 16; 3, 5-6). Que el Espíritu Santo, en este momento en que se abre para la Iglesia un tiempo nuevo, lleno de esperanza, reavive en los hombres que están en la ventana la espera del mensaje, y en los mensajeros, la voluntad de hacérselo llegar, incluso a costa de la vida.

número 14, viernes 5 de abril de 2013

L’OSSERVATORE ROMANO La Vigilia Pascual celebrada por el Papa en la basílica vaticana

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Las sorpresas de Dios
La basílica de San Pedro se colmó de fieles. Así que para participar en la Vigilia Pascual de la noche santa en la que Jesús pasa de la muerte a la vida, el sábado 30 de marzo, muchísimos fieles más siguieron el rito desde la plaza vaticana, a través de pantallas gigantes. Pero fueron los primeros en oír repicar las campanas de la basílica en el canto del Exultet. La celebración, que presidió el Papa Francisco, tuvo su solemne inicio en el atrio, con la bendición del fuego y la preparación y encendido del cirio pascual. Como ha sido costumbre, también en esta Vigilia Pascual el Pontífice administró personalmente los tres sacramentos de la iniciación cristiana a cuatro jóvenes catecúmenos. Publicamos la homilía que pronunció el Obispo de Roma. Queridos hermanos y hermanas: traer a nuestras vidas. A menudo estamos cansados, decepcionados, tristes; sentimos el peso de nuestros pecados, pensamos que no lo podemos conseguir. No nos encerremos en nosotros mismos, no perdamos la confianza, nunca nos resignemos: no hay situaciones que Dios no pueda cambiar, no hay pecado que no pueda perdonar si nos abrimos a Él. 2. Pero volvamos al Evangelio, a las mujeres, y demos un paso hacia adelante. Encuentran la tumba vacía, el cuerpo de Jesús no está allí, algo nuevo ha sucedido, pero todo esto todavía no queda nada claro: suscita interrogantes, causa perplejidad, pero sin ofrecer una respuesta. Y he aquí dos hombres con vestidos resplandecientes, que dicen: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado» (Lc 24, 5-6). Lo que era un simple gesto, algo hecho ciertamente por amor —el ir al sepulcro—, ahora se transforma en acontecimiento, en un evento que cambia verdaderamente la vida. Ya nada es como antes, no sólo en la vida de aquellas mujeres, sino también en nuestra vida y en nuestra historia de la humanidad. Jesús no está muerto, ha resucitado, es el Viviente. No es sencillamente que haya vuelto a vivir, sino que es la vida misma, porque es el Hijo de Dios, que es el Viviente (cf. Nm 14, 21-28; Dt 5, 26, Jos 3, 10). Jesús ya no es del pasado, sino que vive en el presente y está proyectado hacia el futuro, Jesús es el

1. En el Evangelio de esta noche luminosa de la Vigilia Pascual, encontramos primero a las mujeres que van al sepulcro de Jesús, con aromas para ungir su cuerpo (cf. Lc 24, 1-3). Van para hacer un gesto de compasión, de afecto, de amor; un gesto tradicional hacia un ser querido difunto, como hacemos también nosotros. Habían seguido a Jesús. Le habían escuchado, se habían sentido comprendidas en su dignidad, y le habían acompañado hasta el final, en el Calvario y en el momento en que fue bajado de la cruz. Podemos imaginar sus sentimientos cuando van a la tumba: una cierta tristeza, el dolor porque Jesús les había dejado, había muerto, su historia había terminado. Ahora se volvía a la vida de antes. Pero en las mujeres permanecía el amor, y es el amor a Jesús lo que les impulsa a ir al sepulcro. Pero, en este punto, sucede algo totalmente inesperado, nuevo, que perturba sus corazones, trastorna sus programas y alterará sus vidas: ven corrida la piedra del sepulcro, se acercan, y no encuentran el cuerpo del Señor. Esto las deja perplejas, dudosas, llenas de preguntas: «¿Qué es lo que ocurre?», «¿qué sentido tiene todo esto?» (cf. Lc 24, 4). ¿Acaso no nos pasa así también a nosotros cuando ocurre algo verdaderamente nuevo respecto a lo de todos los días? Nos quedamos paralizados, no lo entendemos, no sabemos cómo afrontarlo. A menudo, la novedad Acepta que Jesús Resucitado entre en tu vida. nos da miedo, tamSi has estado lejos de Él, da un pequeño paso: te bién la novedad que acogerá con los brazos abiertos. Si eres Dios nos trae, la noindiferente, acepta arriesgar: no quedarás vedad que Dios nos decepcionado. Si te parece difícil seguirle, no pide. Somos como los tengas miedo, confía en Él, ten la seguridad apóstoles del Evangede que Él está contigo y te dará la paz que lio: muchas veces prebuscas y la fuerza para vivir como Él quiere. ferimos mantener nuestras seguridades, detenernos ante una tumba, pensan- «hoy» eterno de Dios. Así, la novedo en el difunto, que en definitiva dad de Dios se presenta ante los sólo vive en el recuerdo de la histo- ojos de las mujeres, de los discípuria, como los grandes personajes del los, de todos nosotros: la victoria sopasado. Tenemos miedo de las sor- bre el pecado, sobre el mal, sobre la presas de Dios. Queridos hermanos muerte, sobre todo lo que oprime la y hermanas, en nuestra vida, tene- vida, y le da un rostro menos humamos miedo de las sorpresas de Dios. no. Y este es un mensaje para mí, Él nos sorprende siempre. El Señor para ti, querida hermana y querido es así. hermano. Cuántas veces tenemos neHermanos y hermanas, no nos ce- cesidad de que el Amor nos diga: rremos a la novedad que Dios quiere ¿Por qué buscáis entre los muertos

al que está vivo? Los problemas, las preocupaciones de la vida cotidiana tienden a que nos encerremos en nosotros mismos, en la tristeza, en la amargura..., y es ahí donde está la muerte. No busquemos ahí a Aquél que vive. Acepta entonces que Jesús Resucitado entre en tu vida, acógelo como amigo, con confianza: ¡Él es la vida! Si hasta ahora has estado lejos de Él, da un pequeño paso: te acogerá con los brazos abiertos. Si eres indiferente, acepta arriesgar: no quedarás decepcionado. Si te parece difícil seguirle, no tengas miedo, confía en Él, ten la seguridad de que Él está cerca de ti, está contigo, y te dará la paz que buscas y la fuerza para vivir como Él quiere. 3. Hay un último y sencillo elemento que quisiera subrayar en el Evangelio de esta luminosa Vigilia Pascual. Las mujeres se encuentran con la novedad de Dios: Jesús ha resucitado, es el Viviente. Pero ante la tumba vacía y los dos hombres con vestidos resplandecientes, su primera

reacción es de temor: estaban «con las caras mirando al suelo» —observa san Lucas—, no tenían ni siquiera valor para mirar. Pero al escuchar el anuncio de la Resurrección, lo reciben con fe. Y los dos hombres con vestidos resplandecientes introducen un verbo fundamental: Recordad. «Recordad cómo os habló estando todavía en Galilea... Y recordaron sus palabras» (Lc 24, 6.8). Esto es la invitación a hacer memoria del encuentro con Jesús, de sus palabras, sus gestos, su vida; este recordar con amor la experiencia con el Maestro, es lo que hace que las mujeres superen todo temor y que lleven la proclamación de la Resurrección a los Apóstoles y a todos los otros (cf. Lc 24, 9). Hacer memoria de lo que Dios ha hecho y hace por mí, por nosotros, hacer memoria del camino recorrido; y esto abre el corazón de par en par a la esperanza para el futuro. Aprendamos a hacer memoria de lo que Dios ha hecho en nuestras vidas. En esta Noche de luz, invocando la intercesión de la Virgen María, que guardaba todos estas cosas en su corazón (cf. Lc 2, 19.51), pidamos al Señor que nos haga partícipes de su resurrección: nos abra a su novedad que transforma, a las sorpresas de Dios, tan bellas; que nos haga hombres y mujeres capaces de hacer memoria de lo que Él hace en nuestra historia personal y en la del mundo; que nos haga capaces de sentirlo como el Viviente, vivo y actuando en medio de nosotros; que nos enseñe cada día, queridos hermanos y hermanas, a no buscar entre los muertos a Aquél que vive. Amén.

número 14, viernes 5 de abril de 2013

L’OSSERVATO

Mensaje pascual desde el balcón de las bendiciones

La misericordia de Dios para el mun
Publicamos la traducción del mensaje pascual a la ciudad y al mundo pronunciado por el Papa Francisco desde el balcón de las bendiciones de la basílica de San Pedro el domingo 31 de marzo a mediodía. Momentos antes había celebrado la misa —en el atrio de la basílica— del domingo de Pascua de Resurrección, solemnidad que inició con el rito del «Resurrexit», la apertura del icono del Resucitado. Queridos hermanos y hermanas de Roma y de todo el mundo: ¡Feliz Pascua! ¡Feliz Pascua! Es una gran alegría para mí poderos dar este anuncio: ¡Cristo ha resucitado! Quisiera que llegara a todas las casas, a todas las familias, especialmente allí donde hay más sufrimiento, en los hospitales, en las cárceles... Sobre todo quisiera que llegara a todos los corazones, porque es allí donde Dios quiere sembrar esta Buena Nueva: Jesús ha resucitado, existe la esperanza para ti, ya no estás bajo el dominio del pecado, del mal. Ha vencido el amor, ha triunfado la misericordia. La misericordia de Dios siempre vence. También nosotros, como las mujeres discípulas de Jesús que fueron al sepulcro y lo encontraron vacío, podemos preguntarnos qué sentido tiene este acontecimiento (cf. Lc 24, 4). ¿Qué significa que Jesús ha resucitado? Significa que el amor de Dios es más fuerte que el mal y la muerte misma, significa que el amor de Dios puede transformar nuestra vida y hacer florecer esas zonas de desierto que hay en nuestro corazón. Y esto lo puede hacer el amor de Dios. Este mismo amor por el que el Hijo de Dios se ha hecho hombre, y ha ido hasta el fondo por la senda de la humildad y de la entrega de sí, hasta descender a los infiernos, al abismo de la separación de Dios, este mismo amor misericordioso ha inundado de luz el cuerpo muerto de Jesús, y lo ha transfigurado, lo ha hecho pasar a la vida eterna. Jesús no ha vuelto a su vida anterior, a la vida terrenal, sino que ha entrado en la vida gloriosa de Dios y ha entrado en ella con nuestra humanidad, nos ha abierto a un futuro de esperanza. He aquí lo que es la Pascua: el éxodo, el paso del hombre de la esclavitud del pecado, del mal, a la libertad del amor y la bondad. Porque Dios es vida, sólo vida, y su gloria somos nosotros: es el hombre que vive (cf. san Ireneo, Adv. haereses, 4, 20, 5-7). Queridos hermanos y hermanas, Cristo murió y resucitó una vez para siempre y por todos, pero el poder de la resurrección, este paso de la esclavitud del mal a la libertad del bien, debe ponerse en práctica en todos los tiempos, en los momentos concretos de nuestra vida, en nuestra vida cotidiana. Cuántos desiertos debe atravesar el ser humano también hoy. Sobre todo el desierto que está dentro de él, cuando falta el amor a Dios y al prójimo, cuando no se es consciente de ser custodio de todo lo que el Creador nos ha dado y nos da. Pero la misericordia de Dios puede hacer florecer hasta la tierra más árida, puede hacer revivir incluso los huesos secos (cf. Ez 37, 1-14). He aquí, pues, la invitación que hago a todos: acojamos la gracia de la Resurrección de Cristo. Dejémonos renovar por la misericordia de Dios, dejémonos amar por Jesús, dejemos que la fuerza de su amor transforme también nuestras vidas; y hagámonos instrumentos de esta misericordia, cauces a través de los cuales Dios pueda regar la tierra, custodiar toda la creación y hacer florecer la justicia y la paz. Así pues, pidamos a Jesús resucitado, que transforma la muerte en vida, que cambie el odio en amor, la venganza en perdón, la guerra en paz. Sí, Cristo es nuestra paz, e imploremos por medio de él la paz para el mundo entero. Paz para Oriente Medio, en particular entre israelíes y palestinos, que tienen dificultades para encontrar el camino de la concordia, para que reanuden las negociaciones con determinación y disponibilidad, con el fin de poner fin a un conflicto que dura ya demasiado tiempo. Paz para Irak, y que cese definitivamente toda violencia, y, sobre todo, para la amada Siria, para su población afectada por el conflicto y los tantos refugiados que están esperando ayuda y consuelo. ¡Cuánta sangre derramada! Y ¿cuánto dolor se ha de causar todavía, antes de que se consiga encontrar una solución política a la crisis? Paz para África, escenario aún de conflictos sangrientos. Para Malí, para que vuelva a encontrar unidad y estabilidad; y para Nigeria, donde lamentablemente no cesan los atentados, que amenazan gravemente la vida de tantos inocentes, y donde muchas personas, incluso niños, están siendo rehenes de grupos terroristas. Paz para el Este de la República Democrática del Congo y la República Centroafricana, donde muchos se ven obligados a abandonar sus hogares y viven todavía con miedo. Paz en Asia, sobre todo en la península coreana, para que se superen las divergencias y madure un renovado espíritu de reconciliación. Paz a todo el mundo, aún tan dividido por la codicia de quienes buscan fáciles ganancias, herido por el egoísmo que amenaza la vida humana y la familia; egoísmo que continúa en la trata de personas, la esclavitud más extendida en este siglo veintiuno: la trata de personas es precisamente la esclavitud más extendida en este siglo ventiuno. Paz a todo el mundo, desgarrado por la violencia ligada al tráfico de drogas y a la explotación inicua de los recursos naturales. Paz a esta Tierra nuestra. Que Jesús Resucitado traiga consuelo a quie-

El saludo del Papa Francisco a los más débiles y necesitados
A término del mensaje pascual y de la bendición urbi et orbi, el Papa Francisco saludó a los fieles presentes con las siguientes palabras. Queridos hermanos y hermanas venidos de todas las partes del mundo y reunidos en esta plaza, corazón de la cristiandad, y todos los que estáis conectados a través de los medios de comunicación, os renuevo mi felicitación: ¡Feliz Pascua! Llevad a vuestras familias y vuestros países el mensaje de alegría, de esperanza y de paz que cada año, en este día, se renueva con vigor. Que el Señor resucitado, vencedor del pecado y de la muerte, reconforte a todos, especialmente a los más débiles y necesitados. Gracias por vuestra presencia y el testimonio de vuestra fe. Un pensamiento y un agradecimiento particular por el don de las hermosas flores, que provienen de los Países Bajos. Repito a todos con afecto: Cristo resucitado guíe a todos vosotros y a la humanidad entera por sendas de justicia, de amor y de paz.

ORE ROMANO

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ndo
nes son víctimas de calamidades naturales y nos haga custodios responsables de la creación. Queridos hermanos y hermanas, a todos los que me escuchan en Roma y en todo el mundo, les dirijo la invitación del Salmo: «Dad gracias al Señor porque es bueno, / porque es eterna su misericordia. / Diga la casa de Israel: / “Eterna es su misericordia”» (Sal 117, 1-2).

El Obispo de Roma reza el Regina Caeli el 1 de abril, lunes de Pascua

Todo pasa a través del corazón
Queridos hermanos y hermanas: ¡Buenos días y feliz Pascua a todos vosotros! Os agradezco por haber venido también hoy tan numerosos, para compartir la alegría de la Pascua, misterio central de nuestra fe. Que la fuerza de la Resurrección de Cristo llegue a cada persona —especialmente a quien sufre— y a todas las situaciones más necesitadas de confianza y de esperanza. Cristo ha vencido el mal de modo pleno y definitivo, pero nos corresponde a nosotros, a los hombres de cada época, acoger esta victoria en nuestra vida y en las realidades concretas de la historia y de la sociedad. Por ello me parece importante poner de relieve lo que hoy pedimos a Dios en la liturgia: «Señor Dios, que por medio del bautismo haces crecer a tu Iglesia, dándole siempre nuevos hijos, concede a cuantos han renacido en la fuente bautismal vivir siempre de acuerdo con la fe que profesaron» (Oración Colecta del Lunes de la Octava de Pascua). Es verdad. Sí; el Bautismo que nos hace hijos de Dios, la Eucaristía que nos une a Cristo, tienen que llegar a ser vida, es decir, traducirse en actitudes, comportamientos, gestos, opciones. La gracia contenida en los Sacramentos pascuales es un potencial de renovación enorme para la existencia personal, para la vida de las familias, para las relaciones sociales. Pero todo esto pasa a través del corazón humano: si yo me dejo alcanzar por la gracia de Cristo resucitado, si le permito cambiarme en ese aspecto mío que no es bueno, que puede hacerme mal a mí y a los demás, permito que la victoria de Cristo se afirme en mi vida, que se ensanche su acción benéfica. ¡Este es el poder de la gracia! Sin la gracia no podemos hacer nada. ¡Sin la gracia no podemos hacer nada! Y con la gracia del Bautismo y de la Comunión eucarística puedo llegar a ser instrumento de la misericordia de Dios, de la bella misericordia de Dios. Expresar en la vida el sacramento que hemos recibido: he aquí, queridos hermanos y hermanas, nuestro compromiso cotidiano, pero diría también nuestra alegría cotidiana. La alegría de sentirse instrumentos de la gracia de Cristo, como sarmientos de la vid que es Él mismo, animados por la savia de su Espíritu. Recemos juntos, en el nombre del Señor muerto y resucitado, y por intercesión de María santísima, para que el Misterio pascual actúe profundamente en nosotros y en este tiempo nuestro, para que el odio deje espacio al amor, la mentira a la verdad, la venganza al perdón, la tristeza a la alegría. Al final, el Papa se dirigió a las decenas de miles de peregrinos presentes en la plaza de San Pedro con las siguientes palabras, también en italiano. Saludo con gran afecto a todos vosotros, queridos peregrinos provenientes de los diversos continentes para participar en este encuentro de oración. A cada uno os deseo que paséis con serenidad este Lunes del Ángel, en el cual resuena con fuerza el anuncio gozoso de la Pascua: ¡Cristo ha resucitado! ¡Feliz Pascua a todos! ¡Feliz Pascua a todos y buen almuerzo!

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L’OSSERVATORE ROMANO

viernes 5 de abril de 2013, número 14

Videomensaje del Pontífice con ocasión de la ostensión televisiva del Sudario

La mirada que busca el corazón
Publicamos el texto del videomensaje del Papa Francisco —grabado el martes 26 de marzo— que se emitió la tarde del Sábado Santo con ocasión de la ostensión televisiva de la Sábana Santa, en directo desde la catedral de Turín, para el programa «A sua immagine» del canal italiano Rai Uno. Queridos hermanos y hermanas: También yo me pongo con vosotros ante la Sábana Santa, y doy gracias al Señor que nos da, con los instrumentos de hoy, esta posibilidad. Pero aunque se haga de esta forma, no se trata simplemente de observar, sino de venerar; es una mirada de oración. Y diría aún más: es un dejarse mirar. Este rostro tiene los ojos cerrados, es el rostro de un difunto y, sin embargo, misteriosamente nos mira y, en el silencio, nos habla. ¿Cómo es posible esto? ¿Cómo es posible que el pueblo fiel, como vosotros, quiera detenerse ante este icono de un hombre flagelado y crucificado? Porque el hombre de la Sábana Santa nos invita a contemplar a Jesús de Nazaret. Esta imagen —grabada en el lienzo— habla a nuestro corazón y nos lleva a subir al monte del Calvario, a mirar el madero de la cruz, a sumergirnos en el silencio elocuente del amor. Así pues, dejémonos alcanzar por esta mirada, que no va en busca de nuestros ojos, sino de nuestro corazón. Escuchemos lo que nos quiere decir, en el silencio, sobrepasando la muerte misma. A través de la Sábana Santa nos llega la Palabra única y última de Dios: el Amor hecho hombre, encarnado en nuestra historia; el Amor misericordioso de Dios, que ha tomado sobre sí todo el mal del mundo para liberarnos de su dominio. Este rostro desfigurado se asemeja a tantos rostros de hombres y mujeres heridos por una vida que no respeta su dignidad, por guerras y violencias que afligen a los más vulnerables... Sin embargo, el rostro de la Sábana Santa transmite una gran paz; este cuerpo torturado expresa una majestad soberana. Es como si dejara trasparentar una energía condensada pero potente; es como si nos dijera: ten confianza, no pierdas la esperanza; la fuerza del amor de Dios, la fuerza del Resucitado, todo lo vence. Por eso, contemplando al hombre de la Sábana Santa, hago mía la oración que san Francisco de Asís pronunció ante el Crucifijo: Sumo, glorioso Dios, ilumina las tinieblas de mi corazón y dame fe recta, esperanza cierta y caridad perfecta, sentido y conocimiento, Señor, para que cumpla tu santo y verdadero mandamiento. Amén.

El arzobispo de Turín ante la Sábana Santa durante la ostensión televisiva (Ap). A la derecha, Giulio Clovio, «Jesús cubierto con el sudario» (siglo XVI )

La primera en la era digital
Ha sido la primera ostensión televisiva de la Sábana Santa en la era digital: en directo el Sábado Santo, a todo el mundo, en el canal italiano Rai Uno. Y segunda en su género después de la que pidió Pablo VI en 1973. Pero el 30 de marzo por primera vez se utilizaron las nuevas tecnologías. Y no sólo en las pantallas de televisión se contemplaron las imágenes del evento en la catedral de Turín, sino que pudieron seguirse vía internet en la web del citado canal y en www.sindone.org. «La ostensión en un día especial como el Sábado Santo significa que el Santo Sudario, aún no siendo materia de fe, representa un testimonio importantísimo de la pasión y resurrección del Señor», subrayó el arzobispo de Turín y custodio pontificio del sudario, Cesare Nosiglia.

El Obispo de Roma telefonea al antiguo secretario de Juan

XXIII

Una llamada sencilla y conmovedora
MARCO RONCALLI n gesto sencillo y conmovedor. El lunes pasado, a las 18.30, sonó el teléfono en Ca’ Maitino, de Sotto il Monte, la residencia estival de Juan XXIII, donde hoy vive el arzobispo Loris Francesco Capovilla y las Hermanas Pobres custodian los recuerdos del entonces Pontífice. Capovilla, como es costumbre, contestó directamente. Quien le llamaba era el Papa Francisco, quien, entre muchos mensajes de felicitación, había recibido brevi manu el desplegable (en italiano) Pascua de Resurrección a la luz del Concilio Vaticano II, realizado por el ex secretario del Papa Roncalli, con el subtítulo: Con el Papa Francisco recordamos el 50º de la «Pacem in terris» el 11 de abril de 2013 y del tránsito de Juan XXIII el 3 de junio de 2013. Unos cuantos minutos con el Obispo de Roma, que saluda al secretario contubernal del Papa del Concilio y le dice: «Le veo con los ojos del corazón». Nos ha dicho Capovilla: «Ha sido una grandísima sorpresa y me gusta considerar esta llamada como un gesto dirigido, más que a mi persona, a este lugar donde nació Juan XXIII: un homenaje a él y a sus raíces». Capovilla,

U

que en octubre cumplirá noventa y ocho años, contó que el Papa Francisco hizo hincapié en algunos pasajes del mensaje que le había enviado: pocas páginas acompañadas de algunas imágenes (la medalla de Manzù sobre la apertura del Vaticano II; Francisco en el balcón de las bendiciones, la tarde de la elección; Francisco y Benedicto XVI de espaldas, arrodillados rezando juntos en Castelgandolfo; un retrato de Juan XXIII realizado por Hans-Jürgen Kallmann) y brevísimos textos que Francisco definió «preciosos como una homilía». En la conversación el Pontífice pidió a Capovilla que «ruegue a Juan XXIII para que ayude al Papa y a todos a ser mejores». Monseñor Capovilla continúa: «Le recordé también mi edad y observó que cuenta más el espíritu». Y añadió que había «pedido humildemente a Su Santidad la bendición para los habitantes de Sotto il Monte, su comunidad parroquial, los familiares del Papa del Concilio» y cuantos con el prelado trabajan «junto al obispo de Bérgamo». Y finalmente un encuentro anunciado. «Sí; iré a Roma a besar la mano de Francisco», confió el ex secretario del Papa Roncalli, que recibió la última llamada papal hace

cincuenta años: «Sí. Hay que volver al Papa Juan, que me llamaba desde una de las habitaciones próximas a mi puesto de trabajo». Y a la petición de detalles sobre las palabras de Francisco, sobre qué le espera, se remite a las últimas líneas del desplegable, un pasaje de Juan XXIII el día de la coronación: «Cada pontificado adquiere su fisonomía del rostro de quien lo personifica y lo representa. Le es seguro que todas las fisonomías de cuantos Papas se suceden en el curso de los siglos se reflejan, y se deben reflejar, en el rostro de Cristo, el Divino Maestro, quien no recorrió los caminos del mundo sino para difundir la buena doctrina y la luz de un maravilloso ejemplo. Ahora la enseñanza divina y su gran escuela se resumen en las palabras de Él: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. Por lo tanto la gran mansedumbre y la humildad». De ahí la invitación «a rogar siempre al Señor por el Papa, con la intención de obtenerle el ejercicio de perfección de la mansedumbre y de la humildad, ciertos de que la continuación de la obra eminentemente espiritual del Padre de todos los fieles brindará un inmenso servicio también a todo el orden social temporal y terreno».

número 14, viernes 5 de abril de 2013

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La visita del Santo Padre a la necrópolis vaticana

A las raíces del pontificado romano
ANGELO COMASTRI* l Papa Francisco tenía un gran deseo: visitar la necrópolis vaticana. Habló de ello poco antes de Pascua. En particular deseaba ver la tumba del apóstol Pedro, el lugar en el que los cristianos de Roma colocaron el cuerpo crucificado del primer Papa tras el martirio en el circo de Nerón, en el año 67 después de Cristo. Así que el Papa ha querido acercarse allí donde está el origen del pontificado romano, en el cual la Providencia ha querido introducir hoy también a su persona. El lunes 1 de abril por la tarde tuvimos la alegría, además del honor, de acompañar al Papa Francisco en este itinerario único en el mundo. Desde el nivel de las grutas vaticanas descendimos a la necrópolis: un salto de 1.800 años en el tiempo. Hasta 1939-40 la necrópolis estaba sepultada. Y es que los arquitectos de Constantino, en el año 320, para crear el plano del suelo de la primera basílica, cubrieron de tierra la pendiente de la colina vaticana. Después de las excavaciones, en nuestros días, todo emergió prodigiosamente. La primera etapa fue ante el mausoleo de los Egipcios (que se remonta a finales del siglo II). En este mausoleo, en medio de muchas sepulturas paganas, hay también una sepultura cristiana. El cristianismo, de hecho, como la levadura, estaba entrando en el mundo pagano. El Papa, admirado, exclamó: «¡Igual sucede también hoy!». Después hicimos una segunda parada ante la lápida funeraria de un hombre llamado Istatilio.

E

Era con seguridad un cristiano: se encuentra, en efecto, el conocido monograma XP que indica a Cristo. Sobre la lápida se halla escrito: «Estuvo a bien con todos y jamás causó conflictos». El Papa, tras haber leído la frase, nos miró y dijo: «Es un buen programa de vida». Cuando luego llegamos al lugar de la sepultura del apóstol Pedro, vi al Santo Padre mirar fijamente, visiblemente conmovido, ese muro blanco lleno de esgrafiados que siguen testimoniando la devoción hacia el apóstol Pedro. Llegados a la Capilla Clementina, el Papa Francisco se recogió en oración y repitió en voz alta las tres profesiones de fe de Pedro: «Señor, Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo»; «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna»; «Señor, ¡Tú lo sabes todo! ¡Tú sabes que te amo!». En ese momento tuvimos la impresión de que la vivencia de Pedro salía de los siglos pasados y se hacía viva y presente en la existencia del actual sucesor del apóstol Pedro. Me acompañaron el obispo Vittorio Lanzani, delegado de la Fábrica de San Pedro, monseñor Alfred Xuereb y los responsables de la necrópolis Pietro Zander y Mario Bosco, y cuando saludamos al Santo Padre pensamos que regresaba a su habitación confortado por el eco de las palabras de Jesús: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del mal no prevalecerán contra ella». *Cardenal arcipreste de San Pedro

En el octavo aniversario de la muerte de Juan Pablo

II

El Papa Francisco reza ante las tumbas de sus predecesores
Tras el cierre vespertino de la basílica vaticana, el martes 2 de abril el Papa Francisco acudió a rezar ante la tumba del beato Juan Pablo II en el octavo aniversario de su fallecimiento. Eran las 19 horas cuando se acercó a la capilla de San Sebastián y permaneció largo rato arrodillado en oración silenciosa mirando el sepulcro del Papa Wojtyła, a quien estaba particularmente unido. De hecho, el Pontífice polaco le había creado cardenal el 21 de febrero de 2001. Acompañado del cardenal Angelo Comastri, arcipreste de la basílica de San Pedro, y de monseñor Alfred Xuereb, el Papa después se recogió también ante las tumbas del beato Juan XXIII (en la foto) y de san Pío X . Después de su visita del 1 de abril a la necrópolis vaticana y al sepulcro de san Pedro, en la fuente del pontificado romano, y a las tumbas de Benedicto XV, Pío XI, Pío XII, Pablo VI y Juan Pablo I, el Papa Francisco ha querido volver a la basílica para rendir homenaje, en la oración, a sus predecesores del siglo XX allí sepultados. Un testimonio de la «profunda continuidad espiritual del ministerio petrino de los Papas —especifica una nota de la Oficina de información de la Santa Sede— que el Papa Francisco vive y siente intensamente, como ha demostrado también con el encuentro y las repetidas llamadas telefónicas a su predecesor, Benedicto XVI».

Espiritual genealogía
A los dos años de la muerte de Pío XI, su tumba en un vano de la cripta vaticana fue inaugurada el 9 de febrero de 1941 con una misa que celebró el arzobispo de Milán, el cardenal benedictino Alfredo Ildefonso Schuster. Esa misma tarde bajó a visitar el sepulcro su sucesor, Pío XII, quien había sido secretario de Estado del Papa Ratti. Acompañó al Pontífice, con el maestro de cámara Alberto Arborio Mella di Sant’Elia, el sustituto Giovanni Battista Montini. El Papa Pacelli había encargado al futuro Pablo VI, desde el inicio del conflicto, la coordinación de la Oficina de Informaciones del Vaticano para el intercambio y la búsqueda de noticias sobre soldados, prisioneros y civiles. Justamente en aquellos días del segundo invierno de guerra por fin había tenido noticias del primo, don Carlo Montini, capellán militar en el frente griego, y a éstas alude en una carta a los familiares —escrita precisamente la tarde del 9 de febrero de 1941 y publicada en edición crítica en 1986 por Nello Vian (G. B. Montini [Paolo VI], Lettere ai familiari 1919-1943, pp. 953-954)— refiriendo vivazmente la visita realizada por Pío XII a las tumbas de sus predecesores. «Queridísimos: no sé deciros cuántas veces en estos días —grandes y amargos— mi pensamiento se refugia junto a vosotros, casi para encontrar el apoyo de los nobles sentimientos y de las buenas esperanzas con las que me habéis enseñado a juzgar la vida, sus bienes, sus dolores, sus sucesos. La preocupación por el amadísimo don Carlo verdaderamente me ha hecho sufrir, y siento qué es la alegría de dar gracias a Dios por la incolumidad de una persona querida. Pero cuántas, cuántas voces dolorosas resuenan en torno e imploran un consuelo similar. Nuestro trabajo, a ello referido, ha llegado a una intensidad y enormidad que oprimen y desconciertan. Os baste saber que he tenido que ceder otra habitación de

mi apartamento para situar más escritorios y sacerdotes que atiendan esta afanosa y a menudo infructuosa búsqueda de los dispersos en la lejanía. ¡Oh, si sufrir tanto sirviera para que los ciudadanos hallaran un sentido más profundo y fraterno de convivencia civil y cristiana solidaridad! Dios lo quiera. Pero con las cosas tristes se entrelazan también las consoladoras. Esta tarde, por ejemplo. Fui invitado a acompañar, con mons. maestro de cámara, al Santo Padre que bajaba a San Pedro, cerrado y desierto, espléndido y recogido en la penumbra vespertina para visitar la tumba de

su predecesor. Se detuvo aquí y allá orando, observando, comentando. Después en la cripta, encorvado bajo las bóvedas graves y pías; se arrodilló, rezó en las tumbas de Pío XI, de Pío X, de Benedicto XV. Jamás la comunión de los santos y la espiritual genealogía de los sucesores de Cristo me parecieron tener representación más conmovedora. Y esto mucho consuela. La Iglesia, esta viva e inmortal realidad, espiritual y visible, está más presente que nunca, más moderna y necesaria que nunca; y alabado sea Dios que a todos nos une y nos enseña. Vuestro D[on] B[attista]».

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L’OSSERVATORE ROMANO Carta del superior general de los jesuitas

viernes 5 de abril de 2013, número 14

Todas las cosas bajo una luz nueva
El 24 de marzo el superior general de la Compañía de Jesús, el padre Adolfo Nicolás, firmó, para todos los jesuitas, una carta titulada «Con el Papa Francisco al inicio de su pontificado». Publicamos el texto. Queridos hermanos: En la solemnidad de San José, tuve ocasión de concelebrar en la Eucaristía que inauguraba el Pontificado del Papa Francisco, junto con el ministro general de los Franciscanos que a su vez es presidente de la Unión de los superiores generales, los dos únicos no cardenales. Desde la experiencia de aquel momento y de todos los acontecimientos que están sucediendo en estos días, he visto necesario dirigirme de nuevo a la Compañía. Y lo hago con gusto. Es un hecho evidente que toda la Iglesia está mirando y escuchando, con gran expectativa, los gestos y palabras del nuevo Papa. Se constata de forma muy palpable un clima de esperanza. Se ha dado un encaje perfecto entre esta esperanza y el nombre de Francisco que el Papa eligió, como profecía de la renovación y reforma que la propia Iglesia desea de todos nosotros. Por iniciativa del Papa Francisco, que en dos ocasiones me ha llamado personalmente por teléfono, y con un gran deseo de comunión espiritual y eclesial, nos hemos encontrado en la tarde del domingo 17 de marzo, en un clima fraterno y de gran cordialidad, tal como ya he informado. Son continuas las muestras de afecto y de gratitud dirigidas a los jesuitas en cualquier parte del mundo. El mismo día 19, ante algunos cardenales que me felicitaban por esta elección, les recordé, procurando poner una nota de humor y distensión, que ha sido el Colegio cardenalicio, abierto a la voz del Espíritu Santo, quien ha dado este Papa a la Iglesia. El Papa Francisco se siente profundamente jesuita y así lo ha manifestado en diversas ocasiones a lo largo de estas fechas. Un signo evidente lo encontramos en su escudo papal, además de en la carta, tan cercana, con la que el pasado día 16 ha respondido a la mía del día 14. La Compañía sigue unida al Santo Padre en la persona del Papa Francisco, a quien tenemos por Superior. Ante las complejas cuestiones y problemas que habrá de afrontar, nosotros jesuitas, sus hermanos, tenemos que reafirmar nuestra adhesión al Santo Padre y ofrecerle, sin condiciones, todos nuestros recursos y toda nuestra ayuda, sea ésta teológica, científica, administrativa o espiritual. Somos conscientes de que nuestras fuerzas son limitadas y de que llevamos sobre nosotros el peso de una historia de pecado, común a toda la humanidad (CG 35, D. 1, nº 15). Pero también sentimos la radicalidad de la llamada de Dios que nos invita a mirar al futuro y a todas las cosas de forma nueva, como san Ignacio en Manresa. Es tiempo de hacer nuestras las palabras de misericordia y bondad que el Papa Francisco repite convincentemente, y de no dejarnos arrastrar por distracciones del pasado que paralizan nuestros corazones y nos llevan a interpretar la realidad desde valores poco evangélicos. La obediencia al Romano Pontífice nos urge una vez más a «escuchar con apertura de corazón, sus indicaciones sobre nuestra misión» (CG 35, D. 1, nº 1) para así, como él mismo nos ha sugerido, ser «testimonio de una vida enteramente entregada al servicio de la Iglesia… y fermento evangélico en el mundo». Sería arrogante por nuestra parte pretender que el Papa confirmase todas nuestras opiniones, como si nosotros, jesuitas, no necesitáramos de conversión, corrección y renovación espiritual. Sólo desde esta actitud podremos colaborar en la edificación de una Iglesia «pobre y para los pobres», que crezca cada día más según el corazón de Dios y de su Hijo Jesús. Sin triunfalismo alguno, pretendemos explicitar, con renovado impulso y fervor, la cercanía de la Compañía con nuestro hermano Francisco. Ésta es la ocasión de responder a su petición: orar con él y por él. Como amigos en el Señor, aspiramos a acompañarle en su camino de Cruz y Vida y, conforme a nuestra espiritualidad eclesial, deseamos ponernos a su disposición con el sentimiento de alegría y de confianza que está viviendo toda la Iglesia. En estos días de preparación para la Pascua, Dios Padre nos haga sentir nuestra gozosa vocación de ser mínima Compañía.

COMUNICACIONES
En abril y mayo

Celebraciones que presidirá el Santo Padre Francisco
Abril
D OMINGO 7, II DE PASCUA (o de la Divina Misericordia) Toma de posesión del Obispo de Roma en la Cathedra Romana. Santa Misa, a las 17.30, en la basílica de San Juan de Letrán. D OMINGO 14,
III DE

ñeros, Laura de Santa Catalina de Siena Montoya y Upegui y María Guadalupe García Zavala, a las 9.30, en la plaza de San Pedro. SÁBAD O 18 VIGILIA DE PENTECOSTÉS Vigilia de Pentecostés con los Movimientos eclesiales, a las 18.00, en la plaza de San Pedro. D OMINGO 19 PENTECOSTÉS Santa Misa con los Movimientos eclesiales, a las 10.00, en la plaza de San Pedro.

PASCUA

Sana Misa, a las 17.30, en la basílica de San Pablo Extramuros. D OMINGO 21,
IV DE

PASCUA

Santa Misa y Ordenación presbiteral, a las 9.30, en la basílica vaticana. D OMINGO 28,
V DE

PASCUA

Santa Misa y administración del Sacramento de la Confirmación, a las 10.00, en la plaza de San Pedro.

Audiencias pontificias
EL SANTO PADRE
HA RECIBID O EN AUDIENCIA:

Mayo
SÁBAD O 4 Santo Rosario, a las 18.00, en la basílica de Santa María la Mayor. D OMINGO 5,
VI DE

Jueves 4 de abril —Al cardenal Fernando Filoni, prefecto de la Congregación para la evangelización de los pueblos. —Al cardenal James Michael Harvey, arcipreste de la basílica papal de San Pablo extramuros. —A monseñor Piero Marini, arzobispo titular de Martirano, presidente del Comité pontificio para los Congresos eucarísticos internacionales.

PASCUA

Santa Misa para las Cofradías, a las 10.00, en la plaza de San Pedro. D OMINGO 12,
VII DE

PASCUA

Santa Misa y canonizaciones de los beatos: Antonio Primaldo y compa-

Lutos en el episcopado
—Monseñor GERARD SITHUNYWA NDLOVU, obispo emérito de Umzimkulu (Sudáfrica), falleció el 13 de marzo. Había nacido en Gobamahlambu, diócesis de Eshowe, el 11 de marzo de 1939. Era sacerdote desde el 4 de julio de 1970. Juan Pablo II lo nombró obispo residencial de Umzimkulu el 22 de diciembre de 1986; recibió la ordenación episcopal el 25 de abril de 1987. El mismo Papa aceptó su renuncia al gobierno pastoral de la diócesis de Umzimkulu el 22 de agosto de 1994. —Monseñor OROZIMBO FUENZALIDA Y FUENZALIDA, obispo emérito de San Bernardo (Chile), falleció el 27 de marzo. Había nacido en Rancagua el 22 de mayo de 1925. Era sacerdote desde el 10 de marzo de 1951. Pablo VI lo nombró obispo titular de Burca y prelado de la prelatura territorial de Calama el 13 de marzo de 1968; recibió la ordenación episcopal el 19 de mayo de dicho año. El mismo Papa lo nombró obispo residencial de la diócesis chilena de Los Ángeles —actualmente, Santa María de Los Ángeles— el 26 de febrero de 1970. Juan Pablo
II, tras erigir la diócesis de San Bernardo, lo nombró primer obispo de la nueva circunscripción eclesiástica el 13 de julio de 1987, y aceptó su renuncia al gobierno pastoral de dicha sede el 10 de octubre de 2003.

Acoge a Jesús resucitado en tu vida. Aunque te hayas alejado, da un pequeño paso hacia él: te está esperando con los brazos abiertos 31 MAR [9.15 AM] Dios nos ama. No tengamos miedo de amarlo. La fe se profesa con la boca y con el corazón, con la palabra y con el amor 4 ABR [12.13 PM]

AMARIN —Monseñor CHARLES BRAND, arzobispo emérito de Estrasburgo (Francia), falleció el 31 de marzo. Había nacido en Mulhouse, archidiócesis de Estrasburgo, el 27 de junio de 1920. Era sacerdote desde el 11 de julio de 1943. Pablo VI lo nombró obispo titular de Utina y auxiliar de la diócesis de FréjusToulon (Francia) el 28 de diciembre de 1971; recibió la ordenación episcopal el 13 de febrero de 1972. Juan Pablo II lo nombró arzobispo de Mónaco el 30 de julio de 1981 y, el 16 de julio de 1984, lo trasladó a la diócesis de Estrasburgo conservándole el título personal de arzobispo; el 1 de junio de 1988 elevó esta sede al rango de archidiócesis, de la cual monseñor Brand pasó a ser su primer arzobispo. El Santo Padre aceptó su renuncia al gobierno pastoral de la archidiócesis de Estrasburgo el 23 de octubre de 1997.

número 14, viernes 5 de abril de 2013

L’OSSERVATORE ROMANO

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Detalle del mural en cerámica sobre la vida del padre Cristóbal de Santa Catalina (casa madre de la Congregación, Córdoba)

HNA. MARÍA

DEL

CARMEN PÉREZ*

a diócesis española de Córdoba vivirá el próximo domingo, 7 de abril, una jornada histórica con la primera beatificación que en ella se celebra. En la santa iglesia catedral, como delegado del Papa, el cardenal Angelo Amato, prefecto de la Congregación para las causas de los santos, proclamará beato al padre Cristóbal de Santa Catalina, presbítero, fundador de la Congregación y del Hospital de Jesús Nazareno. El siervo de Dios Cristóbal Fernández de Valladolid nació el 25 de julio de 1638 en Mérida, España, en una familia cristiana, siendo bautizado a los seis días. Sus padres, a pesar de las dificultades económicas causadas por años de carestía, le permitieron frecuentar la escuela. Enfermero en el hospital de Nuestra Señora de la Piedad, administrado por los Hermanos de San Juan de Dios, el comportamiento ejemplar del joven motivó que el presidente del hospital le propusiera ser sacerdote. Intuyendo en aquella propuesta la voluntad de Dios, Cristóbal inició los estudios teológicos con los Dominicos de Mérida. Fue ordenado sacerdote el 10 de marzo de 1663 en Badajoz, mientras arreciaba la guerra entre España y Portugal. Siendo presbítero continuó su labor como enfermero en el hospital de San Juan de Dios. En 1665, agravada la guerra hispano-lusa, fue enrolado en el ejército español como

L

Beatificación del padre Cristóbal de Santa Catalina

Confianza sin límites
Con mansedumbre franciscana, fue testigo creíble de fe e incansable en la obra de evangelización. Se situó humildemente junto a toda persona que sufriera en el cuerpo y en el espíritu, y para todos fue siervo, amigo, hermano. Fundó la congregación de las Hermanas Hospitalarias de Jesús Nazareno Franciscanas. ayudante del capellán militar. Se distinguió por su caridad, disponibilidad para confesar y solicitud con los heridos y enfermos. En aquellas difíciles circunstancias, Cristóbal se esmeró en que triunfara la paz y el amor, impulsando la reconciliación y la concordia. En 1667 se retiró al desierto del Bañuelo, en la sierra de Córdoba, para vivir en oración y penitencia. Durante dos años observó la regla de los ermitaños de San Pablo; después ingresó en la Tercera Orden Franciscana, en Córdoba, y fundó una comunidad ermitaña de terciarios en el Bañuelo. Deseaba servir a Dios en la soledad, emprendiendo un camino de penitencia; pero el amor por los hermanos le llamó al servicio de los pobres y de cuantos sufren, y dejó el desierto para servir a Dios en ellos, perseverando en un estilo de vida tejido de oración y de confianza en la Providencia.

El sentido iconográfico de la Virgen de la humildad

Pobre y majestuosa al mismo tiempo
ANTONIO PAOLUCCI l Papa Francisco, en su visita a Castelgandolfo, regaló a su predecesor Benedicto XVI una pequeña pintura en la que está representada la Virgen de la humildad. Estoy seguro de que muchos se han preguntado por el sujeto iconográfico que lleva este título. ¿Qué es y qué representa la Virgen de la humildad? Para entenderlo es necesario ir siglos atrás y pensar en las innumerables variantes que la imaginación popular en varias épocas y en diversas culturas, ha querido dar a la imagen de la Madre de Dios. La Virgen de la humildad es un icono poco común que se difundió sobre todo en Italia, pero también en el norte de Europa durante los siglos XIV y XV. Era la época en la que los manuales de historia del arte llaman «gótico florido» o «gótico flamígero», una época que veía a los poderosos de la tierra (los papas y los grandes prelados entre otros) multiplicar el lujo y la pompa, una época de colores preciosos, de oro trabajado, de pinturas y muebles caracterizados por una exquisita elegancia. Y he aquí, por admonición y contraste, la Virgen de la humildad. La Virgen María ha renunciado al trono, está sentada en el suelo, no hay santos que le rindan homenaje ni ángeles que le sir-

E

van. Está sola con su Niño. No tiene necesidad de otra cosa, no pide otra cosa. Es humilde en apariencia pero en realidad es riquísima porque la creatura que estrecha entre sus brazos es un inmenso e inconmensurable tesoro. La Virgen lo sabe pero debe saberlo también quien la mira. Esto quiere decirnos la Virgen de la humildad y este es el mensaje que los cristianos de aquellos siglos (también el Papa, también los príncipes de la Iglesia) debían entender. La Pinacoteca del Vaticano custodia dos exquisitas tablas pintadas que representan esta iconografía de la Virgen. Una es obra de un pequeño pintor de Las Marcas (Italia) llamado Francescuccio Ghissi (registrado en Fabriano entre 1359 y 1395). Es un artista de estilo popularista quien no olvida que la Virgen, aunque humilde, es siempre la Virgen. Y de ahí el centelleo de rayos de oro en el lugar donde está sentada, y el movimiento de preciosos decoros rojo y azul de sus vestidos. La otra pintura se sitúa ya en pleno siglo XV. El autor, Stefano di Giovanni, llamado el Sassetta, es un sienés y en él vive aún la nostalgia de los paradisíacos fulgores de Simone Martini. Sin embargo, en aquellos años en Florencia, la visión del universo visible en pers-

Sassetta, «Virgen de la humildad» (1435, Museos vaticanos)

pectiva ya se había impuesto con Brunelleschi, Masaccio y Donatello. El Sassetta se sitúa en el confín de dos culturas, utiliza con preciosa y sofisticada prudencia las novedades del arte nuevo y las declina en el signo de una melancólica y melodiosa ternura. No se puede ser más humilde y al mismo tiempo más majestuoso que esto. En la tabla de la Pinacoteca, Stefano di Giovanni, llamado el Sassetta, pintor de Siena, regaló a la Virgen María un exquisito oxímoron.

Fue en 1673 cuando abandonó su retiro para cuidar a los enfermos incurables y se constituyó la fundación de la congregación de los Hermanos y de las Hermanas Hospitalarias de Jesús Nazareno, Franciscanas, y del homónimo hospital en Córdoba. El obispo le encomendó, como sacerdote diocesano, la administración del hospital de Jesús Nazareno, pero sucesivamente el prelado le reintegró en la fraternidad franciscana hospitalaria, a la cual dio las Constituciones. En el hospital acogía a mujeres incurables e impedidas y a niños necesitados, para brindarles promoción humana y educación cristiana. En la escuela de Jesús crucificado el padre Cristóbal se situó humildemente junto a toda persona que sufriera en el cuerpo y en el espíritu, y para todos fue siervo, amigo, hermano. En el dolor supo ver la mano providente de Dios y enseñó a afrontar con fortaleza la enfermedad, a superar los sentimientos de rechazo, de rebelión, de desesperación, a vencer la inquietud y la angustia para abrirse a la confianza y a la esperanza. En esos años el padre Cristóbal conoció al beato dominico Francisco de Posadas, su confesor, quien le permitió que continuara con su labor, recorriendo también las diócesis españolas para proveer a las necesidades de los enfermos del hospital. La gracia del Espíritu Santo le hizo testigo creíble de la fe; era fuente de serenidad para cuantos le encontraban, guía segura para los vacilantes. Su palabra, sencilla y profunda, conmovía los corazones más endurecidos. Y con mansedumbre franciscana invitaba a todos a la conversión. Incansable en la obra de evangelización, fue un auténtico apóstol en su ambiente. En este entorno hospitalario el siervo de Dios pasó los últimos 17 años de vida. En 1690, habiendo enfermado de gravedad, murió serenamente la noche del 24 de julio. El milagro que ha abierto las puertas a la beatificación del padre Cristóbal está referido a la evolución positiva de un embarazo —restitutio ad integrum rápida y duradera de las membranas y del líquido amniótico— cuando una madre, en la décimo séptima semana de gestación, el 25 de marzo de 2002, sufrió la rotura del saco amniótico con pérdida del líquido. Los médicos aconsejaron el aborto y sometieron a la paciente a tratamiento de prevención de infecciones. Ante la situación, la madre, junto a su marido, dirigió inmediatamente su ruego al Señor, pidiendo la intercesión del siervo de Dios, considerado «defensor de los niños», a fin de obtener la gracia de la gestación completa. Se llevó a la madre una reliquia del padre Cristóbal. Enseguida dejaron de verificarse pérdidas amnióticas; los análisis confirmaron la recuperación de un volumen normal del mismo y la integridad del saco. La madre gestante recibió el alta hospitalaria y, sin ninguna otra terapia, el 2 de septiembre sucesivo dio a luz un niño en perfecto estado de salud. *Secretaria general de las Hermanas Hospitalarias de Jesús Nazareno Franciscanas

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L’OSSERVATORE ROMANO

viernes 5 de abril de 2013, número 14

En la audiencia general del 3 de abril el Pontífice recuerda a las primeras testigos de la Resurrección

La misión de las mujeres
Queridos hermanos ¡buenos días! y hermanas, Hoy retomamos las catequesis del Año de la fe. En el Credo repetimos esta expresión: «Resucitó al tercer día, según las Escrituras». Es precisamente el acontecimiento que estamos celebrando: la Resurrección de Jesús, centro del mensaje cristiano, que resuena desde los comienzos y se ha transmitido para que llegue hasta nosotros. San Pablo escribe a los cristianos de Corinto: «Yo os transmití en primer lugar lo que también yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; y que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; y que se apareció a Cefas y más tarde a los Doce» (1 Co 15, 3-5). Esta breve confesión de fe anuncia precisamente el Misterio Pascual, con las primeras apariciones del Resucitado a Pedro y a los Doce: la Muerte y la Resurrección de Jesús son precisamente el corazón de nuestra esperanza. Sin esta fe en la muerte y resurrección de Jesús, nuestra esperanza será débil, pero no será tampoco esperanza, y justamente la muerte y la resurrección de Jesús son el corazón de nuestra esperanza. El Apóstol afirma: «Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís en vuestros pecados» (v. 17). Lamentablemente, a menudo se ha tratado de oscurecer la fe en la Resurrección de Jesús, y también entre los creyentes mismos se han insinuado dudas. En cierto modo una fe «al agua de rosas», como decimos nosotros; no es la fe fuerte. Y esto por superficialidad, a veces por indiferencia, ocupados en mil cosas que se consideran más importantes que la fe, o bien por una visión sólo horizontal de la vida. Pero es precisamente la Resurrección la que nos abre a la esperanza más grande, porque abre nuestra vida y la vida del mundo al futuro eterno de Dios, a la felicidad plena, a la certeza de que el mal, el pecado, la muerte pueden ser vencidos. Y esto conduce a vivir con más confianza las realidades cotidianas, afrontarlas con valentía y empeño. La Resurrección de Cristo ilumina con una luz nueva estas realidades cotidianas. ¡La Resurrección de Cristo es nuestra fuerza! Pero, ¿cómo se nos transmitió la verdad de fe de la Resurrección de Cristo? Hay dos tipos de testimonio en el Nuevo Testamento: algunos en forma de profesión de fe, es decir, de fórmulas sintéticas que indican el centro de la fe; otros, en cambio, con forma de relato del acontecimiento de la Resurrección y de los hechos vinculados a ella. El primero: la forma de la profesión de fe, por ejemplo, es la que acabamos de escuchar, o bien la de la Carta a los Romanos donde san Pablo escribe: «Si profesas con tus labios que Jesús es Señor, y crees con tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo» (10, 9). Desde los primeros pasos de la Iglesia es bien firme y clara la fe en el Misterio de la Muerte y Resurrección de Jesús. Hoy, sin embargo, quisiera detenerme en la segunda, en los testimonios en forma de relato, que encontramos en los Evangelios. Ante todo notamos que las primeras testigos de este acontecimiento fueron las mujeres. Al amanecer, ellas fueron al sepulcro para ungir el cuerpo de Jesús, y encuentran el primer signo: la tumba vacía (cf. Mc 16, 1). Sigue luego el encuentro con un Mensajero de Dios que anuncia: Jesús de Nazaret, el Crucificado, recuerda solamente a hombres, a los Apóstoles, pero no a las mujeres. Esto porque, según la Ley judía de ese tiempo, las mujeres y los niños no podían dar un testimonio fiable, creíble. En los Evangelios, en cambio, las mujeres tienen un papel pride fe, han tenido y tienen también hoy un papel especial en abrir las puertas al Señor, seguirle y comunicar su Rostro, porque la mirada de fe siempre necesita de la mirada sencilla y profunda del amor. Los Apóstoles y los discípulos encuentran mayor dificultad para creer. La mujeres, no. Pedro corre al sepulcro, pero se detiene ante la tumba vacía; Tomás debe tocar con sus manos las heridas del cuerpo de Jesús. También en nuestro camino de fe es importante saber y sentir que Dios nos ama, no tener miedo de amarle: la fe se profesa con la boca y con el corazón, con la palabra y con el amor. Después de las apariciones a las mujeres, siguen otras: Jesús se hace presente de un modo nuevo: es el Crucificado, pero su cuerpo es glorioso; no ha vuelto a la vida terrena, sino en una nueva condición. Al comienzo no le reconocen, y sólo a través de sus palabras y sus gestos los ojos se abren: el encuentro con el Resucitado transforma, da una nueva fuerza a la fe, un fundamento inquebrantable. También para noso-

no está aquí, ha resucitado (cf. vv. 56). Las mujeres fueron impulsadas por el amor y saben acoger este anuncio con fe: creen, e inmediatamente lo transmiten, no se lo guardan para sí mismas, lo comunican. La alegría de saber que Jesús está vivo, la esperanza que llena el corazón, no se pueden contener. Esto debería suceder también en nuestra vida. ¡Sintamos la alegría de ser cristianos! Nosotros creemos en un Resucitado que ha vencido el mal y la muerte. Tengamos la valentía de «salir» para llevar esta alegría y esta luz a todos los sitios de nuestra vida. La Resurrección de Cristo es nuestra más grande certeza, es el tesoro más valioso. ¿Cómo no compartir con los demás este tesoro, esta certeza? No es sólo para nosotros; es para transmitirla, para darla a los demás, compartirla con los demás. Es precisamente nuestro testimonio. Otro elemento. En las profesiones de fe del Nuevo Testamento, como testigos de la Resurrección se

Al término de la audiencia general, el Santo Padre saludó, una por una, a las personas enfermas en silla de ruedas. Y firmó en la pierna escayolada de una niña.

mario, fundamental. Aquí podemos identificar un elemento a favor de la historicidad de la Resurrección: si hubiera sido un hecho inventado, en el contexto de aquel tiempo no habría estado vinculado al testimonio de las mujeres. Los evangelistas en cambio narran sencillamente lo sucedido: las mujeres son las primeras testigos. Esto dice que Dios no elige según los criterios humanos: los primeros testigos del nacimiento de Jesús son los pastores, gente sencilla y humilde; las priLas mujeres, en la Iglesia y en el camino meras testigos de la Resude fe, han tenido y tienen también hoy rrección son las mujeres. Y un papel especial en abrir las puertas esto es bello. Y esto es en al Señor, seguirle y comunicar su Rostro, cierto sentido la misión de porque la mirada de fe siempre necesita de las mujeres: de las madres, la mirada sencilla y profunda del amor. de las mujeres. Dar testiLos Apóstoles monio a los hijos, a los niey los discípulos encuentran mayor tos, de que Jesús está vivo, dificultad para creer. La mujeres, no. es el viviente, ha resucitado. Madres y mujeres, ¡adelante con este testimonio! Para tros hay numerosos signos en los Dios cuenta el corazón, lo abiertos que el Resucitado se hace reconocer: que estamos a Él, si somos como ni- la Sagrada Escritura, la Eucaristía, ños que confían. Pero esto nos hace los demás Sacramentos, la caridad, reflexionar también sobre cómo las aquellos gestos de amor portadores mujeres, en la Iglesia y en el camino de un rayo del Resucitado. Dejémonos iluminar por la Resurrección de Cristo, dejémonos transformar por su fuerza, para que también a través de nosotros los signos de muerte dejen espacio a los signos de vida en el mundo. He visto que hay muchos jóvenes en la plaza. ¡Ahí están! A vosotros os digo: llevad adelante esta certeza: el Señor está vivo y camina junto a nosotros en la vida. ¡Esta es vuestra misión! Llevad adelante esta esperanza. Anclad en esta esperanza: este ancla que está en el cielo; sujetad fuertemente la cuerda, anclad y llevad adelante la esperanza. Vosotros, testigos de Jesús, llevad adelante el testimonio que Jesús está vivo, y esto nos dará esperanza, dará esperanza a este mundo un poco envejecido por las guerras, el mal, el pecado. ¡Adelante jóvenes!