ROVOCACIÓN MISIONER

P
A
Por supuesto que hace dos mil años,
por tierras de Galilea, donde Jesús
anunciaba la Buena Nueva del Reino,
no existía la “seguridad social”.
Ya que la sociedad no se hacía
cargo de los enfermos, buscaron una
solución que les evitara cualquier pro-
blema o reclamación por “abandono
de atención”, “negligencia médica”, o
temas parecidos, aunque esas “fgu-
ras jurídicas” no estuvieran previstas
en ningún código penal.
Aunque existía un cierto “sistema
de atención sanitaria”, éste estaba
sólo al alcance de los ricos.
Así se determinó que toda enfer-
medad era un castigo de Dios por
algún pecado que había cometido el
enfermo. En el caso de que al enfermo
no se le pudiera encontrar nada malo
que hubiera hecho, la respuesta era
que estaba pagando algún pecado de
sus padres, de sus abuelos, o bis-
abuelos…
O se encontraba algo en sus ante-
pasados o siempre quedaría la som-
bra de la duda. Al igual que hoy, el
sistema siempre encontraba la forma
de buscar algún culpable y lavarse las
manos.
El servicio de la consolación
Ernesto Duque
28
MARZO 2009
29 MARZO 2009
hace dos mil años, en tie-
rras de Galilea, cuando un
pobre de solemnidad caía
enfermo, no tenía posibili-
dad de acudir al médico.
Normalmente su familia no se con-
formaba con tenerlo en casa esperando
su muerte. Cuando el sol empezaba a
calentar sacaban a los enfermos a la
plaza del pueblo o a la cuneta de los
caminos. Ahí los tenían hasta la puesta
de sol.
Otra medicina
No era una forma de desentenderse
de ellos. Muy al contrario. Intuían que
mantenerlos encerrados en casa les
llevaría a un estado depresivo y mori-
rían antes.
Los sacaban a la plaza porque sa-
bían que a lo largo del día posiblemente
alguien se pararía a hablar con ellos, y
no faltaría quien les diera unas palabras
de consuelo. Aunque la mayoría pasa-
ban indiferentes preocupados por sus
propios problemas.
Utilizaban la única medicina que es-
taba a su alcance: la “medicina del con-
suelo”. Una medicina más eficaz que
muchas de las “tradicionales” que se
usaban en aquel tiempo.
Médico del consuelo
Cuando uno lee los relatos de los
evangelios se encuentra con que Jesús
se encontraba frecuentemente con en-
fermos, en las plazas de los pueblos, en
los caminos…
Nunca fue indiferente frente a nin-
guno de ellos. A todos se acercó. A to-
dos les tomó de la mano, aunque la ley
prohibiera tocarlos porque quedabas
“impuro”. Para todos tuvo palabras de
consuelo. Pero cada hombre, mujer o
niño que sufría le revolvía las entrañas.
Sabía que Dios siente un entrañable
cariño por cada uno de sus
hijos, sin ponerse a juzgar
su conducta.
No era partidario de ha-
cer milagros. No quería que
la gente lo siguiera por su
condición de “curandero”,
sino porque estaban dis-
puestos a colaborar en la
construcción del Reino has-
ta dar su vida. Pero ante el
sufrimiento humano su sen-
sibilidad podía más.
Y recorrió las tierras
galileas curando enfermos,
para demostrar que el sufri-
miento no era un castigo de
Dios. Al contrario, la volun-
tad del Padre era la salud y
la felicidad de los hombres.
Por eso se acercó a sus
hermanos consolando de
palabra y con hechos.
Ministerio de la
consolación
Ministerio significa servicio. Todos
estamos llamados al servicio de la
consolación.
Con frecuencia pasamos de forma
indiferente, volviendo la cabeza hacia
otro lado, frente a los hermanos que
sufren. Pensamos: ¡bastantes proble-
mas tengo yo, como para ocuparme
de los de los otros! No caemos en la
cuenta de que eso es una forma de
empobrecernos como personas.
Difícilmente podamos hacer mi-
lagros como los de Jesús. Pero, por
mal que estemos, todos encerramos
en nuestro interior una gran riqueza:
la capacidad de consolar, de ejercer
el servicio de la consolación.
Cuando lo hacemos, hasta nues-
tros problemas parecen menos impor-
tantes.
El servicio misionero
¡Cuántas veces los misioneros qui-
siéramos hacer al menos un milagro de
los que hizo Jesús! Y chocamos con-
tra el duro muro de la realidad que nos
hace ver nuestras limitaciones.
Pero siempre, incluso en las situa-
ciones más extremas, podemos ofrecer
el servicio de la consolación, del estar
cerca del que sufre, de ofrecerle nues-
tra compañía, nuestro tiempo, nuestro
interés… No somos súper-héroes, la
riqueza más importante que podemos
ofrecer es la debilidad de nuestra cer-
canía… el resto podemos dejarlo en
manos de Dios.
Si somos ricos en capacidad de con-
solación, habremos ofrecido un servicio
valioso y habremos crecido como per-
sonas.
Con frecuencia pasamos de
forma indiferente, volviendo la
cabeza hacia otro lado, frente a
los hermanos que sufren
Y