La Noche cuando se lo llevaron

Teresa Maniglia Por primera vez me atrevo a escribirlo y cada letra que pulso me hinca en el corazón y es inevitable que vuelva a llorar... Madrugada del 12 de Abril de 2002 La noche cuando se lo llevaron del Palacio de Miraflores, no era de noche y ni siquiera de día. La madrugada tomaba cuerpo sobre aquel escenario confuso y colmado de tristezas e incertidumbre. Las horas fueron pasando y el reloj perdió importancia. Un grupo permanecíamos allí entre la oficina del Ministro de la Secretaría y el pasillo de la fuente "El pez que escupe el agua". Lateral a ese pasillo, está la puerta dorada que da acceso al despacho donde se encontraba el Presidente. Entrar allí regularmente nunca ha sido muy fácil y esa noche, la restricción era mayor. En la calle corrían mil versiones, los medios de comunicación en especial las radios y televisoras, estaban prácticamente encadenadas en un festín de mentiras y calumnias en torno a la figura del Presidente. Entonces, cada vez que alguien tocaba a la puerta dorada, los guardias leales, jóvenes, con esa mirada de tratar de cuidar mucho, porque dentro está el tesoro, corrían las cortinillas y tras esperar largos minutos, se abría lentamente y uno que otro entraba. Quien salía, nada nos decía y el corazón nos saltaba hasta reventar. En la oficina del Ministro de la Secretaría, Rafael Vargas, nadie hablaba mucho, algunos diputados estaban atentos a la televisión que ya con paranoia hablaban de los "desastres" de nuestra revolución, se pronunciaban los golpistas, cacareaban sus analistas, gozaban los periodistas, los traidores tumbaban sus máscaras. Otros parlamentarios reunidos en aquel lugar sólo miraban el piso como buscando una respuesta. Carlos Javier y yo estábamos desesperados. ¡Había que informar!, decir la verdad, que le estaban dando un golpe al Presidente, que no estaba escondido, que estaba allí, hablando y pensando en una respuesta sin lesionar al país. Decidimos llamar por teléfono al estudio en vivo de CNN en Atlanta, porque aquí ningún medio nos atendía, recuerdo que llamé a Radio Caracas Televisión, para tratar de dar información y la expresión "Bicho" me dejó el auricular en neutro. Para ellos, ya "nosotros los del gobierno" no existíamos. Al Presidente de la Asamblea Nacional, William Lara fue el primero a quien pusimos a declarar. Mientras hablaba por el teléfono, lo escuchábamos en vivo y en directo por la televisión. Luego habló Adán. Nadie nos creía que el Presidente estaba en el Palacio, lo hacían tan caído, que sólo pedían hablar con él para escuchar de sus propios labios la derrota. Afuera en la calle, había mucho ruido, gente del pueblo se había agolpado a todas las puertas del Palacio, con furia sacudían las rejas. Decían una sola palabra, repetían el mismo nombre: ¡Chávez! ¡Chávez! ¡Chávez!. A las puertas de la Sala de Prensa que está ubicada dentro de la geografía de Palacio, cuatro periodistas primero, después tres, miraban cómo entraba y salía gente. No reportaban nada. Esperaban sólo esa oportunidad de "tubazo" para decir: "se rindió el hombre". Sí recuerdo que en uno de esos momentos que tuve que desplazarme hacia otro de los edificios de Palacio para buscar mi cargador del teléfono, me los topé de frente. Allí por un segundo, volvimos a ser colegas. No intercambiamos palabras, pero cada uno me abrazó en silencio, como si fuera una despedida y alguien entre susurros dijo: "Cuídate". Ya dentro de Palacio, cerca de la puerta dorada, por un momento, quienes nos encontrábamos allí nos sentamos en el suelo frente a la fuente. Mi amiga la irlandesa Kim, que tenía varios meses en el país porque estaba haciendo un documental sobre el proceso bolivariano nacional, grababa y grababa con su camarita de video. Yo estaba sentada cerca del Ministro de Educación Superior, Héctor Navarro. Los silencios eran profundos, pero yo me atreví a preguntar: - Héctor, ¿qué va a pasar ahora? El Ministro no me vio a los ojos, estaba concentrado en el movimiento circular de sus dos pulgares, los giraba y los giraba con el resto de los dedos entrelazados como cuidando que el

círculo fuera perfecto. Era lo único que se movía allí. Con un tono de voz reflexivo, pausado y conmovedor dijo: Hemos vivido con dignidad, durante todo este tiempo pensamos, trabajamos y luchamos por lo que creímos con dignidad. Queríamos un mundo mejor para nuestro pueblo y bueno, se nos olvidó que hay una fuerza de maldad que no quiere ver un pueblo surgir. Vamos a morir con dignidad. Eso que suena, qué es. - dije como distante Son tiros mi amiga, son tiros El profesor Jorge Giordani guardaba un sepulcral silencio. Cruzado de brazos, con su mano derecha en la boca, permanecía recostado de una de las columnas. Entre sus lentes observaba cómo apretaba los ojos. Me paré del suelo y fui hasta él. Sólo me agarró la mano fuertemente y vio al cielo. Creo que los dos rezamos alguna oración y ninguno se la dijo al otro. Después me encontré a Adán Chávez, el hermano del Presidente y nos abrazamos en silencio. Es que no era noche de palabras, en cada gesto que teníamos con el más cercano, estaba la solidaridad tácita. No éramos más de 40. Esperábamos y esperábamos. Cada vez que alguien salía de la puerta dorada, el resto nos acercábamos, preguntando siempre lo mismo: ¿Cómo está él? Está tranquilo, era la respuesta continua. Pasó más tiempo y la puerta dorada se volvió a abrir, alguien salió. No recuerdo quién y habló muy bajo. Pero Aristóbulo Istúriz, el Ministro de Educación se preocupó: ¡Carajo! El Presidente mandó a salir a todos de su despacho porque quiere estar unos minutos solo. Allí fue cuando sentí un miedo pavoroso que me recorrió el cuerpo. ¡Sí!, pavoroso, horroroso, espantoso y cruel: ¿Quiere estar sólo? Dios, pensé, que no sea como Allende ¿Y la pistola? - pregunté al azar No - respondió alguien - esa la tiene Rodríguez Chacín. Todos guardamos el más profundo silencio. Seguíamos esperando. Mi teléfono no dejaba de repicar, me llamaban periodistas de todas partes del mundo y a todos les decía lo mismo: El Presidente está aquí en Palacio, no ha renunciado. El Presidente mandó a llamar a todos los Ministros que estaban frente a la fuente. Yo que no era Ministro, no podía entrar. Me quedé sola en ese pasillo tan largo y me puse a llorar. Recuerdo que rezaba. Era el Padre Nuestro, porque en la hora nona que tuvo Jesús, más que un rezo le habló de esa manera a su padre. Yo le hablaba también a ese mi Primer Padre, porque el terrenal fue Don Biaggio. Entonces no lo pensé dos veces y me fui hasta la puerta dorada. Allí estaban los guardias, todos fuertemente armados y les dije: Yo tengo derecho a entrar. Yo también lo estoy sufriendo, lo he acompañado desde el 4 de febrero de 1992. Hoy no pueden decir ustedes que no lo puedo ver. Sé que mi tono fue dramático. Realmente fue mi corazón quien salió al habla. Mis ojos estaban inundados de lágrimas y el guardia también lloraba. Pasa Teresita, tú tienes que estar allá adentro. Abrí la pesada puerta del despacho y me paré en un rincón sin hacer ruido. Allí estaba él observando todo, con esa mirada fuerte que traspasa las paredes. Cada Ministro le expresaba algo. El Presidente estaba sentado en una silla verde de brazos acolchados, escuchaba a cada uno y lentamente con su mano golpeaba el borde del brazo de la silla. Estaba vestido de uniforme militar. Habían varios militares allí, recuerdo particularmente al Ministro de Infraestructura, el General Hurtado Soucre quien por tiempos respiraba hondo. También estaba mi cuñada Carmen, quien tenía los ojos rojos de llorar y la mirada que hoy podría definir como "más allá de la tristeza". Todos vestían traje de campaña. El Presidente terminó de escuchar a cada uno, vio hacia el techo, luego miró los cuadros de los próceres que están en su despacho, nadie me lo dijo, pero sé que se concentró en Simón Bolívar, suspiró fuertemente le dio un pequeño golpe con su mano izquierda al brazo de la silla y dijo: ¡Bueno! Lentamente se paró. ¡Dios, había llegado aquella hora, Dios se lo llevaban!

Todos comenzamos a llorar apretando los dientes y empuñando las manos, para no hacer ruido y de inmediato se hizo una fila. Cada uno de nosotros queríamos abrazarlo. La primera fue la Ministra del Ambiente. Ana Elisa comenzó a llorar sin esconder su dolor: ¡Ay Presidente! ¡Ay Presidente! Era todo lo que decía. Aquel hombre que ya se iban a llevar, tuvo unos minutos para consolarla, con amabilidad le tocaba la cabeza y acariciaba su cabello. Bajó la voz y no pudimos escuchar lo que decía. Luego pasó la Ministra de salud, el Ministro Merentes, Aristóbulo, Giordani lloraba mientras le daba un abrazo tan intenso como esos que dan los padres cuando los hijos se van y así cada uno fuimos pasando. Cuando llegué me dijo: Perdóname por todo lo malo, los regaños, los momentos cuando me puse bravo contigo, Yo te quiero mucho. Los amigos - le dije - nunca se piden perdón. Usted es el Presidente y Juro por Dios, mi Patria y mi Padre que no reconoceré a nadie más como Presidente. No hay nada qué perdonar porque yo te quiero mucho y cuando se quiere con tanta fuerza, nada puede oscurecer el sentimiento. Cuando estaba preso allá en el año 93 le dije que lo seguiría hasta la vida. Hoy lo reitero. Usted cuenta conmigo hasta la vida siempre Presidente. Uno de los muchachos militares que trabaja en el grupo de los asistentes, lo abrazó y se puso a llorar. Aquel parecía el hijo que se le arrodilla al padre con la fuerza de su corazón para que siga luchando y entonces todos y cada uno de los militares lo fueron abrazando. Ya no importaba que nos viéramos. Todos estábamos llorando. Entonces él quedó en el medio y comenzamos a cantar el himno nacional. Aquel Gloria al Bravo pueblo me caía como puñal en el corazón. Abajo Cadenas era más que un canto, un grito. ¡Dios! ¿Qué pasa? ¿Por qué nos lo quitan? Comenzamos a caminar y a salir del despacho. El Presidente estaba rodeado por todos nosotros, queríamos ser su escudo siempre, protegerlo... ¡Qué no se lo llevaran! Recorrimos la antesala del despacho y uno de los militares le bajó la cabeza. Abrieron la otra puerta dorada, la que da hacia la calle interna del Palacio, nosotros seguíamos rodeándolo y cantando el himno. ¡Y si el despotismo levanta la voz, seguid el ejemplo que Caracas dio! El ahora también cantaba. En el umbral de la puerta dorada se paró. Creo que allí estaba rezando. Frente a todos estaba estacionado, pero encendido, el carro negro que le esperaba para llevarlo a Fuerte Tiuna. Un conductor, el general Rosendo en silencio viendo todo, el Ministro de Infraestructura, el Jefe de la Casa Militar y Churio, una de las personas más leales que he visto, serían sus acompañantes. Cuando llegó allí, la gente que estaba a las puertas del Palacio, batía la reja y el nombre de ¡Chávez! ¡Chávez! Se volvió un eco. De pronto uno de los militares que le acompañaba en el grupo y de quien no recuerdo su nombre comenzó a gritar: ¡Chávez, por ahora! ¡Chávez por ahora! Todos comenzamos a repetir lo mismo y el coro voló por los aires. Queríamos escucharle su frase para que nos asegurara que no había fin, que llegó a ese lugar porque el pueblo lo decidió, que su lucha no era un vacío porque ahora era la de todos. A un extremo estaba Doña Elena. Lloraba como lloran las madres cuando les arrancan sus hijos. Gritaba con esa angustia infinita ¿Para dónde se llevan a mi hijo? Ese es mi hijo. Yo voy con él. Preso otra vez, No ¡Dios ayúdalo no lo dejes solo! Dios te estoy llamando. ¡Hijoooo, hijoooo, Dios te bendiga! ¡Chávez por Ahora....¡Chávez por Ahora!, seguíamos gritando ya unos cuantos. Estaba entrando ya al carro negro, cuando de repente, se volteó como en cámara lenta. Yo lo vi gigante, crecido, inmenso. Levantó su brazo con la mano empuñada, vio hacia la reja y dijo: ¡Por Ahora! De inmediato se volteo hacia su madre que lloraba desconsolada. ¡Bendición Mamá! Quédese tranquila. Y entró al vehículo. Se sentó en el medio del puesto trasero y allí arrancaron. Todos salimos corriendo tras ese carro. Llorando y gritando: ¡Noooo! Todavía escribo esto y me duele el corazón, porque tengo grabada la escena como una película. Corríamos tras el carro, allí se llevaban en medio de otros seres a nuestra fe, nuestra esperanza, nuestros sueños. Recuerdo a un militar que corría también, no le vi el rostro pero si escuchaba: No se lleven mis sueños, no se lleven mis esperanzas... Chávez Noooooo.

Todos corríamos con los brazos extendidos, agarrando como podíamos aquel trozo de latón con ruedas, tocándolo quizás un segundo, para que la sensación nos quedara en las manos como un recuerdo eterno. Después fue terrible aquel vacío de Palacio, todos comenzaron a correr para salir de allí. Carros, motos, en cualquier vehículo se montaban, Carlos, Amelia, Isabel, su esposo y yo nos fuimos a la oficina, recogimos algunas cosas, apagamos las computadoras, nos abrazamos y comenzamos a salir. El último que se fue de Palacio fue Carlos Javier quien se percató que los padres del Presidente estaban bajo el árbol conocido como el manguito, todos confundidos, aun sin poder sobreponerse a la terrible escena que acababan de enfrentar. Amelia, su esposo, Flavio y yo nos fuimos por la puerta 3 que es la que da hacia el Liceo Fermín Toro. Yo había llamado al Chino, mi esposo, porque no teníamos cómo irnos, él nos esperaba por allí. Pero había tanta gente parada en esa puerta y todo era confusión, no encontrábamos al Chino. Amelia cruzó desesperada la calle y me dijo allí hay un carro, vamos a pedir ayuda. Nos acercamos. Era una camioneta negra con los vidrios ahumados. Ayúdenos por favor, ella es la Vice Ministro y no tenemos cómo salir, déjenos donde..... Amelia no terminó de hablar cuando quienes abordaban el misterioso vehículo bajaron un poco el vidrio y una voz horrible. Vete Teresita, que nosotros somos los que vamos a entrar. Nunca supe quienes abordaban esa camioneta negra, pero ciertamente no estaban con Chávez. Eran los otros, aquellos que le robaban el poder. Salimos corriendo, encontramos al Chino y nos fuimos en el carro. Estábamos ya muy asustados. Así fue la noche cuando se lo llevaron. Chávez no había firmado nada, no había renunciado. Me contó mí cuñada que Rodríguez Chacín le mostró, en el despacho, la renuncia redactada por los golpistas y le dijo: Aquí está, no la firme. Chávez la vio y la apartó. Durante esas horas en el Despacho, hicimos varios intentos por comunicar al Presidente con los medios del Estado para que le dijera al país que no renunciaba. Su decisión de irse a Fuerte Tiuna fue para evitar un daño mayor que amenazaba sobre Palacio. Era fuerte el rumor que los golpistas estaban listos para atacar y aquella camioneta negra estacionada en la calle del frente, me corroboró que no sería mentira. Primero lo intentamos con Venezolana de Televisión. La señal se la cortaron desde Mecedores y en el propio Canal, Jesús Romero Anselmi se quedó solito, porque todo el personal se retiró. No por golpistas sino porque unos militares a quienes llamamos para que los protegieran dijeron que era mejor retirarse debido a que ya no daban garantías de seguridad. Desde Miraflores llamamos a un técnico experto y conocedor del control Central de VTV para que se fuera y ayudara a rescatar la señal. El buen hombre se presentó, hizo lo posible y salimos algunos minutos en directo desde Miraflores, pudieron hablar algunos Ministros y Diputados del MVR. Queríamos que saliera el Presidente y hablara, pero nos terminaron de cortar la señal en forma total y absoluta. Luego me fui a la Secretaría Privada a llamar a Radio Nacional para sacar al Presidente por radio. Hablé con el Director de la estación, me dijo que todo estaba preparado, llamé a YVKE para que se enlazara, todo listo y el Director de RNV mintió. Lo que hizo fue mandar a todos a sus casas y apagó la señal de RNV. El Director estaba con los golpistas. Cuando volví a llamar me atendió un vigilante y me dijo: Todos se fueron corriendo y estoy aquí solo. Pero yo hable con Roberto y él me dijo que ya salíamos al aire. De seguro le habló desde su casa, porque aquí abandonaron. En la Secretaría Privada sólo estaba una sola secretaria. La Secretaria de Pérez Arcay. Todos los demás se habían marchado. Ambas nos dábamos muchos ánimos. Allí recuerdo dos momentos. Yo no sabía que el general Rosendo, el hombre que el 5 de Julio de 1999 le juró la total lealtad al Presidente, lo había traicionado. Allí me lo encontré. Cuando nos vimos nos abrazamos y recuerdo claramente lo que hablamos: Rosendo, cuídame a mi muchachito, que no le pase nada malo. ¡¡Cuídalo por favor!!!!!!!!

No te preocupes - me dijo - No te preocupes Entró al Despacho del Presidente y como a los 5 minutos salió. Sudaba mucho y estaba muy nervioso. ¿Te vas Rosendo? Yo vuelvo ahora - replicó y me dio un beso en la frente. Rosendo ya había traicionado. Después entró el General Usón Ramírez. Era Ministro y también nos abrazamos. El estaba más tranquilo que Rosendo. General, General, quieren tumbar al Presidente, ayúdelo por favor, no deje que le pase nada malo. No te preocupes Teresita, cálmate. Usón pasó al despacho del Presidente. Mi teléfono sonó, era mi hermano. Teresa aquí hay oficiales que dicen que se quieren pronunciar. ¡No vale!, diles que el Presidente está aquí en Palacio, que no ha renunciado. Que no digan nada, ¡para eso de inmediato!, Rosendo se acaba de ir, Usón acaba de entrar a hablar con el Presidente, te paso al Jefe de la Casa Militar para que te diga que el Presidente está aquí y no ha renunciado. Le entregué el teléfono al Jefe de la Casa Militar y de inmediato salió Usón. Duró menos tiempo que Rosendo en el Despacho. Nos volvimos a abrazar. Estaba frío. Chao, me voy para el Fuerte Tiuna. Pero, ¿No te vas a quedar aquí protegiendo al Presidente, allí están los otros Ministros? No, Chao, chao, me voy para mi Fuerte Tiuna de donde nunca debí salir. ¿Mi? No entendí y tampoco me detuve a entenderlo. Yo trataba de comunicarme con Radio Nacional. Después me enteré que ambos habían traicionado. Confieso que aquello me produjo un gran vacío. El Jefe creía en Rosendo de una manera extraordinaria, Rosendo era algo así como cuando se tiene mucha fe en la sinceridad. Siempre era su ejemplo a flor de labios. Rosendo, Chendo. No faltaba a los ALO PRESIDENTE de los domingos, siempre llevaba una carpeta o unas hojitas rellenas de muchos datos e informaciones, para que se mostrara lo que este proceso estaba haciendo a favor del país. Recuerdo que en una conversación informal, una vez sí dijo que le molestaban mucho los cacerolazos. Si me preguntan, creo que allí comenzó su debilidad, por una olla. Lo de Usón fue todavía peor. Cuando el Presidente Chávez regresó a Palacio aquella madrugada del 14 de Abril, pidió hablar al país. Hicimos una cadena por radio y televisión. Esta vez ningún medio se negó. Todos los Ministros le acompañaron al Salón Ayacucho. Había muchísima gente, la gente que no vi en la madrugada del 12, pero ¡en fin! El recinto estaba repleto. Entonces como si nada, el general Usón se presentó en el Salón Ayacucho. El General frío, pretendía sentarse con los otros Ministros a acompañar y aplaudir a Chávez. Como si nada hubiese ocurrido. Allí entra la fuerza y el valor de las mujeres. Lisbeth Berrios, mi amiga, una joven que además de periodista es militar, le trancó el paso, justo al término de las escaleras. General, usted no pasa. Usted no va a subir. Tenga la dignidad de retirarse. Usted se me presenta - le dijo molesto Usted se va - respondió ella Y no subió. Y se fue. En el Ayacucho cuando el Presidente apareció todos cantamos: ¡Volvió, volvió, volvió! Fue inevitable recordar una escena del día 12. El Chino y yo ibamos en la ruta hacia fuerte Tiuna a la altura de la Autopista de El Valle. Entonces comentó muy deprimido y sumergido en sus pensamientos:

- ¡Carajo! Se volvió a morir Alí Primera. Ahora lo tendremos que escuchar desde la clandestinidad. ¡Volvió, volvió, volvió! Recordé entonces a un poeta: "Nadie se muere tanto como a veces cree"

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