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ENCIA Y AUGE
IDENTIDADES
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. !OSI•: MANUEL VALENZUELAARCE
( C ORDINADOR)
México Norte
El Colegio
dt la Frontera
Norte
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DECADENCIA Y AUGE
DE LAS IDENTIDADES
Cultura nacional, identidad cultural
y modernización
José Manuel Valenzuela Arce
(coordinador)
El Colegio
de la Frontera
Norte
2000
F Decadencia y auge ele las identidades : (cultura nacional,
121 O identidad cultural y moderni zación) 1 Guillermo
042 Bonfi l Batalla . . . [etal.] ; coord.J osé Manuel Valenzuela
2000 Arce.-- 2cla. Ed.-- TUuana. Baja California : El Colegio ele
la Frontera Norte, 2000.
384 p.; 21 cm.
ISBN: 968-6075-45-3 (la. ecl. )
ISBN: 968-6075-89-5 (2cla. ecl .)
1. Caracterfsti cas nacinnales mexicanas. 2. Nacionali smo -
México. 3. México- Civilización- Siglo XX. 1 Bonfil Bata ll a.
Guillermo. ll. Valen zuela Arce, J osé Manuel.
Diseño de portada: Blanca Esthela Castañeda Malok
Fotografla: Alfonso Cara veo
Cuadro: Monotipia de J osé Díaz (1994, Col. El Colef)
Edición: Juan de Dios Ba rajas Cárdenas
D.R. © 2000 El Colegio de la Frontera Norte
Carretera Tljuana-Ensenada, km. 18.5
C.P. 22709, Tljuana, B. C., México
D.R. ©Plaza y Va ldés Editores
Manuel MilrÍa Contrera 73. Col. San Rafael
C.P. 06470 México, D. F.
ISBN 968-6075-45-3 (primera edición)
ISBN 968-6075-89-5 (segunda edición, primera
en la Colección México Norte)
ISBN: 968-856-854-6 (Pla za y Va ldés)
Primera edición: 1992
Segunda edición: 2000
Impreso en México
A Guillermo Bonfil Balalla
La conclusión, a mi ver, no puede ser otra que la de proponer-
nos construir una nación plural, en la que la civilización mesoa-
mericana, encarnada en una gran diversidad de culturas, tenga
el lugar que le corresponde y nos permita ver a Occidente des-
de México, es decir, entenderlo y aprovechar sus logros desde
una perspectiva civilizatoria que nos es propia porque ha sido
fmjada en este suelo, paso a paso, desde la más remota antigüe-
dad; y porque esa civilización no está muerta sino que alienta
en las entrañas del México profundo.
Guillermo Bonfil Batalla, México profundo
Más o menos como la religión, el nacionalismo tiene mala fama
en el mundo moderno y, más o menos como la religión, la me-
rece. La intolerancia religiosa y el odio nacionalista (y a veces en
combinación) probablemente acarrearon a la humanidad más
devastación que ninguna otra fuerza en la historia y sin duda
continuarán acarreándole más. Sin embargo, también como la
religión, el nacionalismo fue una fuerza motriz en algunos de
los cambios más creativos de la historia y sin duda continuará
siéndolo en muchos cambios venideros. Parece bien, pues, de-
dicar menos tiempo a vituperado -que es más o menos como
maldecir los vientos- y más tiempo a tratar de establecer por
qué el nacionalismo toma las formas que toma y cómo podría
impedirse que desgarrara las sociedades, al mismo tiempo que
crea y desgarra toda la estructura de la civilización moderna.
Clifford Geertz, La interpretación r.ú las culturas
PRESENTACIÓN
Este libro contiene los textos presentados en los seminarios
sobre cultura nacional, identidad cultural y modernización,
realizados en la ciudad de Tijuana durante los días 7 y 8 de
mayo de 1990 y 14 y 15 de enero de 1991. El objetivo en tor-
no al cual se realizaron los seminarios fue analizar la perti-
nencia y actualidad de los fenómenos étnicos y nacionalistas,
así como los rasgos de las identidades culturales y de las cul-
turas nacionales en el contexto actual.
La realización de los seminarios fue posible gracias al Pro-
grama Cultural de las Fronteras y El Colegio de la Frontera
Norte, instituciones a quienes reconocemos y agradecemos
su apoyo.
Además de las ponencias presentadas en los seminarios,
hemos incluido un apéndice en el cual se analizan algunas
de las ideas que ahí se discutieron, a partir de tres áreas te-
máticas: "Estado e identidad cultural y nacional", "Moderni-
zación", y "Mujer y familia". En este apéndice se destacan di-
ferentes puntos de vista en relación con los temas señalados.
Este trabajo es el producto de un esfuerzo colectivo, moti-
vo por el cual deseo manifestar mi reconocimiento a los
compañeros y compañeras que permitieron que las ponen-
cias y discusiones de los seminarios cobraran forma en este
libro. Quiero expresar mi más grande agradecimiento al
apoyo siempre entusiasta de mis colaboradores Gabriel Osu-
na Osuna y Haydé Zavala, a Márgara de León, directora del
de Comunicación de El Colegio de la Fronte-
11
12 PRESENTACIÓN
ra Norte, así como a Francisco Orozco Díaz, Ava Ordorica
Canales, Armando Santibáñez y Margot Ordóñez.
Días después de que Guillermo Bonfil nos hizo llegar su
colaboración, un trágico accidente nos despojó de su calidez
humana. Su muerte dejó muchos espacios vacíos, pues fue
un hombre de gran lucidez intelectual, y de compromisos
sinceros con los olvidados del proyecto nacional dominante,
especialmente con los grupos "populares" y los pueblos in-
dios, que representan la milenaria permanencia del México
profundo. Es por ello que la obra de Guillermo Bonfil segui-
rá siendo una referencia obligada en el debate nacional y en
la acción social de quienes actúan desde las entrañas del Mé-
xico profundo.
j OSÉ MANUEL V ALENZUELA ARCE
INTRODUCCIÓN
Durante los últimos años hemos observado un importante re-
surgimiento de movimientos étnicos y nacionalistas, incluso en
países donde se consideraban problemas superados desde hace
varias décadas. Paralelamente a los procesos de integración
que se realizan en Europa, o a las dimensiones mundiales de
los flujos informativos y de los alcances de las industrias cultu-
rales, estos movimientos étnicos o nacionalistas surgen como
actores fundamentales en la acción social. Ellos emanan de
manera prioritaria de identidades étnicas y culturales de gru-
pos sociales sumamente heterogéneos, lo que nos obliga a re-
pensar y replantear la discusión en torno a la cultura nacional,
la identidad cultural y el nacionalismo como componentes im-
portantes de la acción social.
Esto presenta un panorama desdoblado, donde, conjun-
tamente con los procesos globales de $illcretismo cu tur l
perviven obstinadas resistencias construidas a partir de las
identidades culturales y nacionales.
Desde las comunidades primitivas hasta las formas de or-
ganización social previas al Estado moderno, encontramos
una presencia determinante de la sociedad, o el nosotros,
sobre los rasgos particulares o individuales. El proceso de
construcción de las identidades se tornó más complejo como
producto de la división social del trabajo, el crecimiento y di-
versidad de las sociedades y la aparición del Estado.
1
1
N orbert Elias, La sociedad de los individuos, Barcelona, Península
(Ideas), 1990.
13
14 INTRODUCCIÓN
Los cambios sociales descritos fueron identificados por
Durkheim en el paso de las sociedades de solidaridad mecá-
nica a las de solidaridad orgánica, y por Ferdinand Tonnies
cuando señala la transición de la comunidad como lugar de
identidad y confianza mutua, en la cual se presentó una in-
tensa vida común, a la sociedad caracterizada por el anoni-
mato de las relaciones. Asimismo, Marx planteó el papel de
la división social del trabajo en la complejización de las rela-
ciones sociales, la constitución de horizontes culturales deri-
vados de la actividad y experiencia humana y las relaciones
por ellas generadas, enfatizando el papel institucional del
Estado como instrumento de coerción de clase frente a las
relaciones de las comunidades primitivas, caracterizadas
por la colaboración y la participación colectiva.
Durante la antigüedad clásica el yo era definido por el
mayor peso de los elementos sociales sobre las característi-
cas personales; fueron sociedades en las cuales prevaleció la
definición identitaria colectiva. Elias indica que en anterio-
res niveles de desarrollo la identidad como yo generalmente
se encontraba sujeta al predominio de la identidad como no-
sotros. 2 Este equilibrio entre identidad del yo e identidad del
nosotros sufrió una profunda transformación durante la Edad
Media europea, pues a partir del Renacimiento el yo fue la
forma identitaria más relevante. Posteriormente, en el siglo
2 Elias señala: "El antiguo Estado romano republicano es un ejemplo
clásico de un nivel de desarrollo en el que la pertenencia a la familia, las
tribus o el Estado, esto es, la identidad como nosotros de las personas par-
ticulares, poseía un peso mucho mayor que el que posee ahora en el equi-
librio entre el yo y el nosotros. La identidad como nosotros era, por tanto,
absolutamente inseparable de la concepción que en las capas acuñadoras
del lenguaje se tenía de una persona". Asimismo, apunta que en la anti-
güedad clásica no existía término alguno que equivaliera a "individuo",
pues tanto en el nivel de desarrollo del Estado atemense como en el de la
república romana la pertenencia a clanes, o también a tribus o al Estado,
desempeñaba un papel fundamental en la concepción de los seres huma-
nos. /bid., pp. 180-181.
/
INTRODUCcfóN 15
XVII, se presentó una mayor diferenciación entre lo indivi-
dual y lo colectivo; diferencia que cobró importante presen-
cia durante el siglo xrx.
3
Si partimos de una posición donde
{
la identidad se construye precisamente en la relación entre
lo individual y lo social dentro de un contexto histórico y
simbólico, observamos que la complejización de los proce-
sos sociales va a plantear ajustes y transformaciones en las
actitudes y rasgos individuales, con lo cual se establecen di-
ferentes posibilidades de adscripción identitaria. En el siglo
XIX se presentó una importante modificación en la relación
entre individuo y colectividad, caracterizada por una rele-
vante presencia de lo individual, que en muchas ocasiones
fue presentado de manera dicotomizada con los procesos
identitarios de carácter colectivo. La difusión de la palabra
impresa y la creciente alfabetización, aunadas a los grandes
cambios sociales de finales del siglo pasado y principios del
presente, caracterizados por el desarrollo del ferrocarril y el
automóvil, sentaron las bases para la configuración de for-
mas mucho más intensas de interacción nacional, en las que
el cine propagó referentes a través de los cuales se configu-
raron estereotipos y se reconstruyeron imágenes de la vida
cotidiana. '
Las diferentes expresiones d e ~ a l se han
acelerado a partir de la tercera revolución tecnológica; el de-
sarrollo de medios de comunicación como televisión, satéli-
3
Elias lo dice de la siguiente manera: "En el siglo XVII se encuentra ya
-primero posiblemente entre los puritanos ingleses-la diferencia entre
aquello que se hace de manera individual y aquello que se hace de manera
colectiva. Éste fue un paso previo para una posterior reelaboración del
concepto que, finalmente, en el siglo XIX, de la mano con una creciente
necesidad de medios lingüísticos para designar movimientos e ideales so-
ciopolíticos opuestos, condujo a la formulación de términos como 'indivi-
dualismo', por una parte, y 'socialismo' y 'colectivismo', por otra. Estos
términos han contribuido a que en épocas más recientes los términos 'in-
dividuo' y 'sociedad', 'individual' y 'social' sean empleados como si se tra-
tara de una pareja de opuestos" (ídem).
.J
16 INTRODUCCIÓN
te, video, cine, videojuegos, computadoras, flujos informati-
vos, teléfono, télex, internet; la internacionalización de los
procesos productivos y la globalización económica; el desa-
rrollo del transporte (que permitió un flujo mayor de perso-
nas y productos); las intensas migraciones intra e internacio-
nales; las comunidades posnacionales, etc., éstos son los
elementos a través de los cuales se han venido transforman-
do las percepciones culturales ancladas en los procesos pro-
fundos, para integrarse en redes de significado mundiales
que son los puntos de contrastación entre el yo y las prácticas
cotidianas, frente a la información y conocimientos genéri-
cos que constituyen los referentes fundamentales de globali-
zación del modernismo como ambiente sociocultural.
4
En la actualidad observamos nuevas formas de construc-
ción de la relación entre lo individual y lo colectivo o lo so-
cial, que modifican el peso fundamental que el Estado ad-
quirió a partir del siglo XVIII; son formas de organización
social que han rebasado los marcos estatales y comienzan a
configurarse en organizaciones panestatales o posnaciona-
les, como es el caso de la Comunidad Económica Europea.
La constitución de las identidades expresa la relación en-
tre el individuo y la colectividad; planteado en términos de
Bergery Luckmann, es un fenómeno que surge de la dialéc-
tica entre el individuo y la sociedad, en el que los cambios en
la estructura social pueden generar transformaciones en la
realidad psicológica. En la actualidad, esta relación se en-
cuentra inmersa en profundas y dinám·icas mutaciones; el
mundo presenta importantes transformaciones en lo refe-
/
rente a las lealtades y adscripciones con las que los grupos
sociales se identifican y son reconocidos. Estas identidades
se insertan en prácticas cotidianas a través de la familia, el
4
Véase José Manuel Valenzuela Arce, "El futuro evanescente. Moder-
nidad, posmodernidad y juventud", en Revista Mexicana de Sociología, Mé-
xico, UNAM, enero-marzo de 199 l.
- .
"1
.. '
INTRODUCCION 17
barrio, el ámbito de trabajo, las condiciones objetivas de la
vida; mediante la identificación con ro
las _Eersonas se incorporan en diferentes comunidades de
carácter religioso (católicos, protestantes, musulmanes,
etc.), juvenil (punks, cholos, etc.) o étnico (mixtecos, chica-
no , irlandeses). La disputa y demarcación cultural entre los
grupos étnicos ha derivado en una gran cantidad de conflic-
tos que han tenido una presencia importante en el escenario
internacional: vascos e irlandeses en Europa; tártaros, arme-
nios, letones, lituanos, estonios en la hoy ex Unión Soviética;
turcos y macedonios en Bulgaria; albaneses en Yugoslavia;
kurdos en el Medio Oriente; sikhs en la India; miskitos en
Nicaragua; chicanos, negros y otras minorías étnicas en
Estados Unidos, o la centralidad que el zapatismo le impri-
mió a los movimientos indígenas.s
En este escenario también observamos cambios impor-
tantes en el terreno económico, así como en las relaciones
entre los Estados-nación, lo cual quizá origine profundas
transformaciones en el terreno cultural; sin embargo, a pe-
sar de las inercias uniformadoras aceleradas por el profuso de-
sarrollo de los medios de transporte y de comunicación y de
las industrias culturales a escala mundial, la pluralidad cul-
tural continúa siendo una insoslayable realidad que reclama
atención y reconocimiento.
Las identidades son inevitables y concomitantes a la mis-
............ ...
ma existencia del ser,... hu!Q_ano; embargo, no se presentan
como aldosasClescomunales de las cuales el individuo nun-
ca puede liberarse, ni se asumen como mandato divino. El
hombre no se encuentra sujeto inevitablemente a ninguna
identidad específica; las identidades son cambiantes, y los
5
Una referencia más detallada de estos movimientos se encuentra en
Ana Margolis, "Sinopsis de algunos conflictos étnicos recientes y sus im-
J?licaciones internacionales", informe inédito del proyecto "Conflictos
Etnicos y su Internacionalización", coordinado por Rodolfo Stavenhagen,
Centro de Estudios Sociológicos, El Colegio de México, febrero de 1990.
18 INTRODUCCIÓN
sujetos tienen capacidad relativa de discriminación, selec-
ción y adscripción.
6
LS\S.identidades imaginarias son p_actps simbólicos ue il}:-
fluyen en la práctica social y constituyen recursos parala
ticulación de proyectos. Son los fantasmas del imaginario
V que cobran forma y vida en la conciencia social; arquetipos
que dibujan a los hombres y mujeres reales. El individuo no
se reconoce en sí mismo sino en los fantasmas colectivos, y
cuando más se asemeja a la entelequia, nuevos fantasmas se
transparentan o cobran fuerza. De la manga mágica de las
identidades colectivas han nacido grupos, etnias, nacionali-
/ dades, Estados-nación, movimientos sociales, culturas alter-
nativas, etcétera.
Los procesos de constitución de las identidades colectivas
se presentan de manera sumamente compleja. Esta situación
es captada por Dubet,
7
quien recurre al planteamiento webe-
riano de la construcción del actor en diversos niveles (con ló-
gicas diferenciadas) de la práctica, que refieren a tipos especí-
ficos de relaciones sociales. Retomando este planteamiento,
asumiremos una posición que distingue procesos diferencia-
dos de construcción de identidades, los cuales carecen de atri-
butos ónticos y están referidos a la historicidad de los proce-
sos sociales y a una compleja y abigarrada construcción de
sentido en la que inciden identidades-diferenciaciones cons-
truidas en niveles heteróclitos.
Es importante destacar la expresión de co-
lectivas en la acción social, púes, como señalamos, se o serva
./"' '
6
En este sentido apunta el comercio de Habermas, cuando señala:
"Con las formas de vida en las que hemos crecido y que han acuñado
nuestra identidad, asumimos clases muy distintas de responsabilidad his-
tórica (en el sentido de Jaspers). Pues de nosotros depende cómo quere-
mos proseguir las tradicones en que hemos crecido" (J. Habermas, 1 denti-
dades nacionalees y posnacionales, Madrid, Tecnos, 1989, p. 86).
7
Franc;ois Dubet, "De la sociología de la identidad a la sociología del
sujeto", en Estudios Sociológicos, vol. VII, núm. 21, septiembre-diciembre de
1989.
INTRODUCCIÓN 19
una gran presencia de movimientos articulados en nexos
identitarios, contradiciendo la lógica pragmática que enfati-
za desmedidamente la connotación instrumental de los mo-
vimientos e incluso de las identidades. Frente a esta posición
consideramos, como Dubet, que la identidad social asume
diferentes características: como vertiente subjetiva de la inte-
gración, como recurso y como proyecto.
8
La identidad como intersubjetividad a través de la cual se
establece la acción social refiere a la específica interioriza-
ción de roles y estatus (impuestos o adquiridos) con los que
se configura la personalidad social. De esta manera, la identi-
8
!::a social, de acuerdo con lo señalado, incluye dimensiones
integración, estrategia y compromiso, elementos que nos permii.éñ
vincular las distintas visiones configuradoras de la acción. Estas "dimen-
siones de la identidad" son analizadas por !2!Pet, para quien la integración
se refiere al proceso por el cual se interiorizan roles y e status; es la noción
de solidaridad mecánica durkheimiana, caracterizada por el sometimien-
to a la "personalidad social", que depende de la fuerza cohesionadora de
los procesos de socialización y se expresa en los grados de integración
normativa y de cohesión grupal. Desde esta posición, "La sociedad se con-
cibe como_un sistema de integración, como una organización de estatus y
orientados hacia valores colectivos, y la acción social es la realiza-
ción de esta integración". Asimismo, "Los problemas sociales,
¿/
la esviación, la marginalidad y a veces las movilizaciones colectivas se in-
terpretan como síntomas de la destrucción de las fuerzas de la integración
y, al nivel del actor, como crisis de identidad". La estraiegia remite al cam-
po de la racionalidad instrumental, donde la identidad obedece a la bús-
queda de objetivos, y es a partir de esta condición que la identidad es asu-
mida como un medio para la acción. En relación con la identidad como
recurso, Dubet señala que ésta no es diferente a la identidad como inte-
gración, sino que "lo que se es y lo que se posee están mezclados de mane-
ra inextricable". En cambio, lo que separa a esas dos formas de identidad
es su uso social, ya que una está sometida a un principio de integración y
la otra a un principio de estrategia. La compromiso, por
su parte, alude a las lleva a el individuo en de una
f!Ueva realidad. Esta idea nos vuelve a ubicar en cl ca"mpo de la prefigura:"
cion y e""?lfa posibilidad de imaginar proyectos alternativos de sociedad. El
compromiso es un proyecto de vida; se apuesta en el presente a la posibili-
dad de construir un futuro imaginado: una nueva realidad. lbidem, pp.
522-526.
rl
20 INTRODUCCIÓN
dad queda circunscrita a los procesos de socialización en la
lógica ya señalada de Durkheim y Tónnies presentada como
mediación entre la conciencia individual y la colectiva; en
ella la adscripción grupal forma o refuerza la identidad, que
se construye por comparación y en oposición a otros grupos,
en una relación en la que pueden conformarse identidades
negativas, como interiorización de heteroatribuciones este-
reotipadas. La se delimita con base en la tradi-
ción, las inercias culturales, lo permanente, la adscripción,
lo elementos definidos por Dubet como opuestos
a Ía modernización, que pregona 1o universal abstracto de la
razón y en la que la capacidad estratégica es más importante
que la integración.
9
Frente a las posiciones individualistas, resulta innegable
que el yo y el desarrollo individual no pueden explicarse fue-
ra de su contexto social, pues, como señala Elias, no
al ser humano como un yo noso-
tros.
N ación, nacionalismo y posnacionalismo
Benedict Anderson considera que la convergencia del capi-
talismo y la imprenta generaron las posibilidades de cons-
trucción de una nueva forma de comunidad imaginada que
configuró a la nación moderna.
10
Desde esta perspectiva, los
nacionalismos son artefactos culturales de tipo particular
con una ubicación histórica y procesual. La nación es una co-
munidad política imaginada, donde se desconoce a la mayo-
ría de los miembros que la integran, y su comprensión re-
9
Posteriormente exagera cuando añade: "la identidad social ya no se
define por la intemalización de reglas y normas sino por la capacidad es-
tratégica de lograr ciertos fmes, lo cual permite transformarse en un re-
curso para la acción" (ibi.d., p. 526).
10
Imagined Communities: Reflections on the Origin and Spread af Nationa-
lism, Londres, Verso Editions, 1983.
- . ..,., .
INTRODUCérÓN 21
quiere entender la manera en que la comunidad se
autopercibe o se imagina.
Anderson enfatiza tres elementos fundamentales para el
análisis de la nación moderna: a) es imaginada; b) es conside-
rada dentro de un Estado soberano, a diferencia de las nacio-
nes anteriores, establecidas mediante mandatos y ordena-
mientos divinos, y e) es imaginada como comunidad, lo cual
implica el oscurecimiento y desatención de las profundas di-
ferencias y desigualdades que en ella existen en aras de una
real o supuesta camaradería horizontal que se sobrepone co-
mo discurso en la configuración simbólico-imaginativa de la
nación envolvente, omnicomprensiva, abarcadora.l
1
La refor-
ma y el desarrollo de las lenguas vernáculas son significativos
para el destronamiento del latín y la erosión de la comunidad
sacra del cristianismo, que pondera la verdad ontológica
(siendo ella misma parte de esa verdad), que reconoce una or-
ganización natural de la sociedad así como la conjunción de
cosmología e historia; sobre el lenguaje impreso se asientan
las bases para la constitución de nuevas conciencias naciona-
les, con la configuración de campos unificados de intercam-
bio y comunicación. De esta manera, mediante la palabra es-
crita se establecieron nuevas opciones de conocimiento y
comprensión.12
11
Las comunidades religiosas y los reinos dinásticos decrecen después
de 1640, cuando decae el número de libros en latín frente al aumento de
los libros impresos en lenguajes vernáculos. En este hecho se representa-
ba la confrontación de las formas de organización social. Anderson señala
que la caída del latín expresa un largo proceso en el cual las comunidades
religiosas, integradas por viejos lenguajes sacros, fueron gradualmente
fragmentadas, pluralizadas, territorializadas, con lo que surgieron nuevas
formas de imaginar a la comunidad nacional, entre las cuales se encuen-
tran la novela y el periódico, que permiten representar a la nación. Idem.
12 N os parece fundamental destacar el papel de la palabra escrita en los
1
procesos de construcción identitaria; sin embargo, considero que Ander-
son sobreenfatiza este papel sobre los procesos orales de reproducción
cultural, que fueron fundamentales en la defmición de los ámbitos cultu-
rales, sobre todo en países como el nuestro, donde durante el proceso de
22 INTRODUCCIÓN
El nacionalismo debe ser analizado dentro del sistema
cultural en el que se expresa; es por ello que el nacionalismo
moderno apareció tan estrechamente vinculado con la idea
del Estado-nación. U na característica fundamental del Esta-
do. moderno es su separación de la Iglesia, proceso que re-
qmere configurar los elementos seculares que sustituyan el
carácter ordenador que hasta entonces había cumplido la
religión, y que en la Ilustración, a través de Rousseau, se le
asignó a la voluntad general. Para Rousseau la voluntad gene-
ral direccionalidad a la acción individual, un
pacto social en el que el individuo resulta parte indivisible
del todo. Es el yo común, la persona pública como agregado
de todas las personas, el individuo-célula que constituye en
partes alícuotas al conglomerado social. La relación es direc-
ta: la ofensa al conglomerado social es ofensa para el indivi-
duo, y la al individuo atañe al cortiunto. En esta lógica
de pensamiento, los vínculos son directos, sin mediaciones
ni antagonismos entre sus componentes.13
El Estado civil de Rousseau es una construcción colectiva
qu: se sobrepone al hombre individual, magnificando la jus-
tiCia, la moral y la razón sobre el instinto y el egoísmo. En él,
configuración del Estado-nación la inmensa mayoría de la población era
analfabeta.
13
Rousseau, "Este acto de asociación convierte al instante la per-
sona particular de cada contratante en un cuerpo normal y colectivo,
compuesto de tantos miembros como votos tiene la asamblea, la cual reci-
be de este ,mi.smo acto su unidad, su yo común, su vida y su voluntad. La
persona publica que se constituye así, por la unión de todas las demás to-
ma_ba en otro tiempo el nombre de Ciudad, y hoy el de República
0

el cual es denommado Estado cuando es activo, Potencia en compa-
raCion con sus semeJantes. En cuanto a los asociados, éstos toman colecti-
vamente el nombre de Pueblo y particularmente el de ciudadanos como
partícipes de la autoridad soberana, y súbditos por estar sometidos a las le-
yes del Estado. Desde que esta multiplicidad queda constituida en un
cuerpo, no se puede ofender a uno de sus miembros sin atacar a la colecti-
vidad y menos aún ofender al cuerpo sin que sus miembros se resientan"
(El contrato social, México, Dante/quincenal, pp. 19-21).
INTRODUCCIÓN 23
la voluntad general se define de acuerdo al bien común, y
ése es el supuesto objetivo del Estado que actúa en aras de
los intereses colectivos frente a los intereses particulares,
por lo cual surgió la sociedad que tiene su razón de ser en la
armonización de los intereses privados, planteándose la
construcción de un ámbito en el cual éstos concuerdan, posi-
bilitándose así la existencia de la sociedad.
Sin embargo, las identidades colectivas no pueden consi-
derarse como un sistema de suma cero donde las diferencias
individuales se anulan para confluir en un interés colectivo
común, o en un pacto social en el que todos los ciudadanos
poseen las mismas obligaciones y derechos, y en el que la so-
beranía se define como acto de voluntad general, ni la posi-
ción de la Ilustración resultaba tan igualitaria cuando se le
observa desde la perspectiva de género, pues, de acuerdo
con la crítica de Celia Arnorós, en ella la mujer no era conce-
bida como sujeto del contrato social.
14
El nacionalismo no necesariamente queda inscrito en el
Estado-nación. Si todos los nacionalismos dependieran ex-
clusivamente de esta condición, no tendrían cabida los mo-
vimientos nacionalistas que han prevalecido durante tantas
décadas sin una articulación con el Estado (catalanes, irlan-
deses, judíos, rusos), o los nacionalismos que asumen como
marco de acción la defensa de los límites establecidos en la
nación sin comprometerse, o en oposición con el Estado
prevaleciente, entre los que podemos ubicar a los diversos
movimientos antiimperialistas, en los que coinciden proyec-
tos diferentes a los dominantes, o a los grupos nacionalistas
que, perteneciendo a diferentes Estados nacionales, reivin-
dican un proyecto común.l
5
14
Celia Amorós Puente, Mujer: participación, cultura política y Estado,
Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1990.
1
5 Habermas defme de la siguiente manera los rasgos del nacionalismo:
"se lo apoderan casi por igual todas las capas de la población y dependen
de una forma autoactivadora y reflexiva de apropiación de la tradición.
24 INTRODUCCIÓN
La redelimitación de las fronteras y las profundas trans-
formaciones de los atributos de los Estados articulados en
formas panestatales en algunos países europeos imponen
variaciones fundamentales a conceptos tales como cultura
nacional, identidad nacional y nacionalismo; sin embargo,
también imprimen cambios importantes en las identidades
culturales. Estas han tenido una vida oscurecida u oscilante
en torno a la cultura nacional, donde los rasgos compartidos
han sido ponderados pero no se han confundido. Esta es la
razón por la que las formas pan estatales deberán respetar la
pluralidad de las identidades culturales.
16
Esta forma de enfocar el problema evita el callejón sin sa-
lida de las identidades esencialistas que se definen en sí mis-
mas, cuando el reto es ubicar las mediaciones que se estable-
cen entre las identidades individuales y las identidades
colectivas, entre la inercia de las tradiciones y la selección de
opciones, entre las marcas de adscripción y las huellas de
adopción, entre la posibilidad de elegir y las opciones para
concretar y obtener el reconocimiento de la adopción.
17
Los
Segundo, el nacionalismo hace coincidir la herencia cultural común del
lenguaje, literatura o historia, con la forma de organización que represen-
ta el Estado. El Estado nacional democrático, surgido de la Revolución
francesa, es el modelo por el que se orientan todos los movimientos nacio-
nalistas. Tercero, en la conciencia nacional se da una tensión entre dos
elementos, que en los Estados nacionales clásicos, es decir, en las naciones
que sólo cobraron conciencia de sí en las formas de organización estatal
con que ya se encontraron, guardan una relación de más o menos equili-
brio. Me refiero a la tensión entre las orientaciones universalistas de valor
del estado de derecho y la democracia, por un lado, y el particularismo de
una nación que se delimita a sí misma frente al mundo externo, por otro"
(ihid., p. 90).
16
Los procesos actuales implican una reflexión profunda acerca del
papel social que en estos momentos juegan las identidades nacionales y
culturales. El 3 de octubre pasado se formalizó la reunif:cación de las dos
Alemanias, como constancia clara del desencuentro de las identidades
emanadas de las nacionalidades y las demarcaciones estatales.
17
Habermas señala: "Pero nuestra identidad no es solamente algo con
que nos hayamos encontrado ahí, sino algo que es también y a la vez nues-
'
INTRODUCc'IÓN 25
nacionalismos, las nacionalidades, las identidades imagina-
rias, las identidades profundas y las identidades emergentes
rebasan o confirman los límites de las identidades naciona-
les. El nacionalismo puede ser también una reafirmación de
las identidades tradicionales, y en el caso de sociedades plu-
rales, el fortalecimiento de las identidades tradicionales de
los grupos dominantes.
La identidad nacional se construye y reconstruye a través
de su grado de cercanía o alejamiento de los proyectos do-
minantes de nación, por lo que no se subsume en la noción
de identidad patria -adscripción romántica pero de gran
fuerza social-, sino que implica compromiso, participación
consciente. marca y pr<::_.
yecto _IOStt:Q y realidad y simulacro. Es un campo
e disputa entre actuaciones posibles, entre interlocuciones
necesarias que implican un ámbito de intersubjetividad co-
mún, un juego de espejos donde se redefinen los rasgos co-
munes y se ponderan las diferencias.
La construcción de la nación como comunidad imagina-
ria adquirió una dimensión fundamental durante el siglo xx
a partir del desarrollo industrial y de los medios de comuni-
cación y transporte, el comercio, la literatura, etc. El
genérico cobró fuerza con los impresionantes cambios tec-
nológicos ocurridos en dicho siglo y con el desarrollo tanto
industrial como de los medios de comunicación y transpor-
te. Sin embargo, la modernización no ha sido el destino para
muchos países que se obstinan en el subdesarrollo. La mo-
dernización económica y social camina desatenta de la lógi-
ca desarrollista de la modernidad, que pierde rumbo y obje-
tivo. Pero la modernidad invade ámbitos heteróclitos de la
cultura mundial; información, mensaje y símbolos cubren el
tro propio proyecto. Es cierto que no podemos buscarnos nuestras pro-
pias tradiciones, pero sí que debemos saber que está en nuestra mano el
decidir cómo podemos proseguirlas" (ihid., p. 121).
- -
26 INTRODUCCIÓN
mundo y desarrollan una red cada vez más densa de infor-
mación compartida, lo cual engrandece la distancia entre la
modernización y el modernismo, entre la cotidianidad con
sus posibilidades inmediatas y la genericidad con sus ofertas
lejanas. La vida social entreteje redes de identidad
en procesos tradicionales o en constructos emergentes, In-
volucrando cotidianidad y genericidad.
El fin de la década y el ambiente finisecular han puesto en
evidencia importantes limitaciones en las formas de organi-
zación social de los países de economía no capitalista, proce-
so complejo que ha sido capitalizado por algunas posiciones
neoconservadoras y neoliberales que han aprovechado para
declarar la supremacía ad infinitum de la economía capitalis-
ta. En el campo cultural han adquirido relevancia las tesis
que recuperan este planteamiento, entre las que destaca la
posición que sentencia el fin de la historia. .
La simplificación del desarrollo de los procesos sociales
de la actualidad encuentra un marco reduccionista en la no-
ción de la posthistoria, o del fin de la historia, de Francis Fuku-
yama, para quien la historia de este siglo se com? la
lucha entre el liberalismo contra lo que a su JUICIO constitu-
yen los diferentes rostros del absolutismo. En los parámetros
priorizados por Fukuyama se olvidan conceptos fundamen-
tales, como humanismo o justicia social, para trasladarse al
campo de la definición ideológica que pregona delirante la
inquebrantable victoria del liberalismo económico y políti-
co. La ofensiva ideológica liberal se fundamenta en la ex-
pansión comercial y en la capacidad de las industrias para
construir prototipos de consumo en los que éste aparece co-
mo el principal elemento de la cultura occidental.
Sin embargo, el fortalecimiento de las manifestaciones ét-
nicas y nacionalistas, el racismo y las demandas juveniles, de
géneros y de las minorías sexuales (y en general de
aquellos movimientos que reclaman respeto para las dife-
INTRODUCCIÓN 27
rencias y la pluralidad cultural) cuestionan el escenario opti-
mista definido por el neoliberalismo y sus afirmaciones te-
leológicas.
La simplificación de Fukuyama se sintetiza en su afirmación
sobre el Estado homogéneo universal, definido en lo político por
la democracia liberal y en lo económico por el acceso fácil a los
videos o cadenas estéreo, donde el hombre racional orienta su vi-
da hacia la búsqueda de incentivos económicos. Fukuyama lle-
ga a conclusiones apresuradas, olvidando la situación en los
países subdesarrollados y las condiciones de las minorías y de
los pobres de los países desarrollados. Es un discurso que reco-
noce la existencia de ricos y pobres, pero no los considera pro-
ductos derivados del modelo económico existente.
El escenario mundial se encuentra signado por la euforia
neoliberal que considera resolubles en ella todo tipo de con-
tradicciones; sin embargo, las disputas étnicas y religiosas
continúan ocupando un lugar central en el contexto inter-
nacional, y las nuevas identidades, o identidades emergen-
tes, construyen retos analíticos que escapan a las formas tra-
dicionales de interpretación.
Con el objetivo de delimitar nuestro punto de vista acere¡¡
de los ejes analíticos relevantes en el análisis de las identida-
des colectivas, presentaremos algunos elementos teóricos
,_
para acercarnos a la comprensión de las identidades:
- - ..,.
1) El análisis de las identidades refiere a relaciones histórica-
mente determinadas entre individuo-y
2) Las identidades se encuentran referidas a coordenadas so-
ciales específicas en las que cobran sentido y direcciona-
lidad; son construc a
partir del entendimiento de su inserción en contextos so-
cióñistóricos '
3) Las identidades no son definibles y entendibles en sí mis-
mas; a la y
28 INTRODUCCIÓN
evidenciación de las diferencias entre quienes no com-
parten los elementos ponderados como rasgos definito-
rios de la identidad.
4) Las identidades no son esencialistas sino relacionales; esta
consideración se constituye en la interacción social y a
partir de ella se construyen los referentes identitarios. Es
por ello que la fuerza de las expresiones identitarias obe-
dece al tipo de interrelación en la que se emiten, pues las
identidades no son marcas estáticas sino que cobran sen-
tido en los ámbitos de interacción social.
5) No basta que las personas externas al grupo posean posi-
ciones similares en relación a éste para que esas percep-
ciones se conviertan en elementos de su identidad
grupal; es necesario que el grupo introyecte esa posición
como asimilación o resistencia para que entonces pueda
considerarse como rasgo importante en la delimitación
de sus características culturales.
6) Las identidades, como expresión de la relación entre el in-
dividuo y la colectividad, o entre quienes pertenecen a la
comunidad imaginaria y quienes pertenecen a otros gru-
pos, se encuentran definidas por relacionales
depode& Z
/1) Las identidades sufren transformaciones; n el tiempo y el
espacio. No son permanencias inamovibles sino
procesos cambiantes, aun cuando-lós diferentes compo-
nentes de la identidad presentan ritmos de cambio disí-
miles.
8) Las identidades se constituyen a partir de diferentes ele-
mentos reales o inventados, y no es la mayor objetividad
o subjetividad del referente identitario lo que determina
su importancia como elemento constitutivo de la identi-
dad grupal, sino su auto y heteroapropiación simbólica.
9) Las identidades no se encuentran dadas de una vez y para
siempre, ni determinan la totalidad de los campos de in-
INTRODUCt!ÓN 29
teracción social. Las personas se encuentran insertas en
diferentes ámbitos identitarios, donde no necesaria-
mente coinciden con personas con las cuales comparten
referentes de identidad; verbigracia: católicos mexica-
nos y estadunidenses, mexicanos mixtecos y
mexicanos ladmos, etc. Las identidades pueden estar re-
feridas a elementos culturales tradicionales, que son re-
ferentes fundadores de identidades grupales
fuertemente anclados en las prácticas sociales del grupo,
pero también pueden derivarse de intereses comparti-
do_s ? de respuestas a condiciones inéditas, que pueden
/ ongmar nuevos nexos de identidad.
1/ 1 O) identidades se construyén en diferentes ám-
bitos donde adqmeren sus características específicas, y
entre ellas destacan aquellas que se constituyen en el ám-
bito cotidiano, en el mundo de vida, en el cara a cara,
etc., y las que se constituyen en el ámbito macrosocial, in-
tegradas por relaciones de carácter genérico y sistémico,
y_ las que se establecen entre las comunidades imagina-
nas, etc. Entre estas últimas encontramos a las identida-
des nacionales, patrias, culturales, religiosas, étnicas, de
/ género, etcétera.
c/'11) Las identidades se constituyen en la acción social y se re-
frendan en el ámbito simbólico; son formas de pertenen-
cia, de adscripción, que se construyen dentro de sistemas
específicos de relaciones sociales, con las que se definen,
se y se confrontan los miembros del grupo con
los diferentes rostros que asume la otredad o alteridad.
12) Las alteridades y otredades sólo cobran sentido dentro
un campo relacional, y se construyen como tales a par-
tir de su inserción en un campo específico de interacción.
Es por ello que resulta erróneo identificar alteridad u otre-
dad con diforencia. Los rasgos culturales distintivos consti-
tuyen vínculos simbólicos que para devenir alteridades
30 INTRODUCCIÓN
requieren la interpelación social dentro de ámbitos es-
pecíficos de interacción, en los que se establece la inter-
subjetividad que permite la autoobservación a través de
la mirada de los otros.
13) El Estado nacional y las identidades culturales, como co-
munidades imaginadas, no se reducen a referentes sim-
bólicos vividos desde la fuerza de la adscripción
subjetiva, sino que adquieren dimensiones fundamenta-
les en la vida social; son campos de concertación, discu-
sión y conflicto. En este proceso de negociación se
armonizan o confrontan las propuestas modernas de or-
ganización social basadas en el concepto de ciudadanía y
las construcciones culturales que dan sentido a las identi-
dades profundas o a las nacionalidades étnicas.
14) Los procesos identitarios tienden a reconocerse o dife-
renciarse a partir de una mayor o menor similitud en las
condiciones objetivas de vida, donde las clases sociales
poseen un peso importante pero no definitivo. Esto es,
los procesos estructurales juegan un papel fundamental
en las delimitaciones identitarias, pero han perdido la
fuerza definitoria que tuvieron en la ordenación cultural
frente a complejos procesos mediados por las institucio-
nes sociales y las industrias culturales.
15) El desarrollo de los medios de comunicación y transporte
han generado inéditas formas de adscripción identitaria
y de procesos imaginarios, lo cual abre posibilidades de
adscripciones subjetivas insospechadas hasta hace pocas
décadas, y que en muchas ocasiones contrastan con las
condiciones de vida de amplios grupos sociales para
quienes esas propuestas resultan inalcanzables. Esto ge-
nera un importante desencuentro entre las identidades
cotidianas y las potenciales identidades imaginarias.
16) En algunos países las identidades nacionales comienzan
a perder el peso fundamental que adquirieron desde el
1
INTRODUCÓÓN 3I
siglo XVIII frente a formas de organización posnaciona-
les que representan un verdadero parteaguas en la orga-
nización social y atenúan el papel ideológico-cultural de
las identidades nacionales.
17)Las identidades sociales pueden ser consideradas como
redes de pertenencia social, como un sistema de atribu-
tos distintivos y la narrativa de una biografía incanjeable,
tal como destaca Gilberto Giménez.
Con el objetivo de discutir y avanzar en la elaboración
conceptual de algunos de los elementos que hemos presen-
tado, se efectuaron diversos seminarios sobre "cultura nacio-
nal, identidad cultural y modernización", en los que se dis-
cutieron una variedad de temas relacionados con los
diferentes conceptos que convocaron la discusión. En ellos
los autores hicieron diversos énfasis en relación a estos fenó-
menos culturales; hubo trabajos que profundizaron en el
análisis de las identidades profundas o tradicionales, y otros
que lo hicieron en los cambios culturales previsibles a partir
de las transformaciones económicas de los últimos años. A
continuación se describen de manera sucinta algunas de las
ideas centrales de los artículos que aquí presentamos.
Giménez realiza un recorrido transdisciplinario para de-
finir los lineamientos que permiten la elaboración de una
teoría de la identidad, situando a ésta "en la intersección de
una teoría de la cultura y una teoría de los actores sociales" y
entendiéndola como "el lado subjetivo de la cultura conside-
rada bajo el ángulo de su función distintiva". En este recorri-
do, Giménez discute a la identidad como una distinguibili-
dad que requiere del reconocimiento social. Con Melucci,
desarrolla una tipología donde se establece una distinción
analítica que comprende cuatro configuraciones identita-
rias: identidades segregadas, identidades heterodirigidas,
identidades etiquetadas e identidades desviantes. También
32 INTRODUCCIÓN
reconoce la pluralidad de pertenencias sociales, entendidas
éstas como la forma de participación leal de la personalidad
individual en una colectividad que puede conformarse en
grupos, redes sociales o categorías sociales, mediante las que
los individuos internalizan las representaciones sociales de
sus grupos de pertenencia o de referencia.
Gilberto Giménez presenta una discusión sobre los ejes
teórico-conceptuales a partir de los que se puede avanzar en
la elaboración teórica sobre las identidades sociales. Consi-
derando tanto la dimensión descriptiva como la explicativa
de las identidades, Giménez problematiza su dimensión
heurística y las define como "una red de pertenencias socia-
les (identidad de rol o de pertenencia), un sistema de atribu-
tos distintivos (identidad 'caracteriológica') y la narrativa de
una biografía incanjeable ( 'identidad íntima' o identidad
biográfica) o de una memoria colectiva".
Desde la perspectiva de Giménez, la discusión sobre las
identidades sociales participa en el campo reflexivo de las
nuevas interpretaciones teóricas sobre los movimientos so-
ciales, los movimientos de resistencia étnica (en contextos de
globalización y de crisis del Estado nacional), y sobre el actor
social, además de que aporta elementos para interpretar los
problemas fronterizos y las migraciones internacionales.
Giménez realiza una sugerente definición y sistematiza-
ción teórica. De manera aguda, analiza a la identidad a) co-
mo distinguibilidad; b) como persistencia en el tiempo o
continuidad en el cambio (considerando dos posibilidades
de cambio: como transformación en un proceso adaptativo y
gradual y como mutación, la cual implica una t r a n s f ~ r ~ a ­
ción cualitativa del sistema, y puede presentarse por astmtla-
ción o por diferenciación); e) como valor que refiere a la con-
sideración positiva o negativa de la identidad, y d) como
necesidad de ubicar a las identidades individuales y colecti-
vas dentro de sus contextos sociales más amplios. Aquí, esta-

INTRODUCCIÓN 33
blece que: "Se puede decir, por consiguiente, que en la vida
social las posiciones y las diferencias de posiciones (que fun-
dan la identidad) existen bajo dos formas: bajo una forma
objetiva, es decir, independiente de todo lo que los agentes
pueden pensar de ellas, y bajo una forma simbólica y subjeti-
va, esto es, bajo la forma de la representación que los agen-
tes se forman de las mismas".
Guillermo Bonfil enfatiza las principales características
del criollismo y del mestizaje cultural a través de la figura ar-
quetípica del Inca Garcilaso, quien fue portador de la mez-
cla de sangres y prefiguró la fusión de las dos civilizaciones.
Bonfil analiza el concepto de mestizaje cultural, ampliamente
utilizado para denotar un sincretismo cultural inexistente,
que se encuentra lejos de armonizar un sistema de valores,
historias y culturas.
El mestizaje, nos refiere Bonfil, era causa y razón de una
condición precisa dentro de la estructura estamentaria de
los colonos americanos a la que se asociaban necesariamen-
te, por razones biológicas y naturales, ciertos hábitos, rasgos
de personalidad y conductas que se consideraban caracterís-
ticos de los mestizos. El mestizo se diferenciaba del español y
del indio; no representaba una recuperación positiva de la
cultura indígena ni un compromiso social con el indio, pero
tampoco disponía de los canales para acceder a los espacios
reservados al español; es por ello que Bonfil afirma que el
mestizo conformaba un estamento intermedio entre coloni-
zadores y colonizados cuyo fin era "facilitar el control y la ad-
ministración de las colonias americanas".
Frente a la adscripción geográfica del criollo -quien rei-
vindicó sus derechos con base en una posición nativista que
se apoyó en el hecho de ser originario del "nuevo continen-
te"-, la ideología del mestizaje recuperó la mezcla biológi-
ca y cultural a finales del siglo XVIII, lo cual, de acuerdo con
Bonfil, "afirma el surgimiento de un nuevo pueblo y una
34 INTRODUCCIÓN
nueva cultura por la fusión armónica, tanto en lo
como en lo cultural de los mejores rasgos de las razas y clvlh-
iones madres". Sin embargo, contra los desplantes decla-
zac 1 1 . d'
matorios de la retórica oficial, Bonfil seña a que e m 10
nunca participó como actor de la construcción de la cultura
del mestizaje, sino como mito cultural,
enografia romántica frente a una reahdad soc1al marcada
eoc 1 d .
por la visión estereotipada que considera a in io v1vo como
un indio degradado.
Los gobiernos posrevolucionarios coadyuvaron a la .recu-
peración mitificada del indio, en los discur-
sos oficiales, en las paredes y muros pnvlleg1ados de los
Grandes, en los libros, en la reconstrucción ladina de los bai-
les tradicionales. Pero el indio continuó ausente del proyecto
nacional; un proyecto que se caracterizaba, .de .acuerdo
Bonfil, por la intención de al m?w, de .desm-
dianizarlo. Un proyecto donde no tienen cab1da las Identi-
dades profundas de los in?ígenas, que "e.l
dio con su presencia cuestwna la. de .
De esta situación deriva la concluswn de Bonfil: no existe el
mestizaje como proceso de de una nueva cultura que
armonice las dos que le precedieron ... no se ha formado una
nueva cultura mestiza".
En mi trabajo intento presentar algunos
vados de una elástica utilización de los conceptos 1dent1dad
nacional identidad cultural, cultura nacional, nacionalis-
mo, lo cual manejo algunas ideas que tratan de
en la discusión relacionada con estos conceptos; postenor-
mente trato de establecer algunos de los rasgos definitorios
de los procesos culturales en la frontera México-Estados
Unidos.
Carlos Monsiváis parte de las preguntas ¿cómo ser con-
temporáneos de quienes la ¿cuántos
nacionalismos caben en MexiCo?, ¿como mtegrar en el con-

INTRODUCCIÓN 35
cepto de identidad los componentes multiculturales y las de-
sigualdades sociales y de género que coexisten en el país?
Para Monsiváis la realidad actual de nuestro país se carac-
teriza por la acentuación de la norteamericanización, forta-
lecida por el proyecto político gubernamental. Monsiváis se-
ñala que para el gobierno "la 'identidad nacional' es dócil
esencia, el espíritu de un pueblo que se contempla en el es-
pejo de virtudes de un museo de artesanías"; síntesis de las
necesidades de adaptación y sobrevivencia, desatenta de las
definiciones ideológicas; espacio en el cual no podían en-
contrar cabida los artesanos, obreros, sirvientas, soldados,
mendigos, prostitutas, o los niños abandonados del siglo pa-
sado. La identidad se mimetiza con la cultura urbana, para
las masas; la identidad nacional se expresa en los ámbitos co-
tidianos tales como el barrio, la región, el gremio, una est-ra-
tegia para no desintegrarse en la indefensión.
Monsiváis considera que frente a la norteamericanización
no tienen cabida ni el nacionalismo ni la soberanía, sino que,
por el contrario, en la práctica, la modernización se enfrenta
al nacionalismo. Conjuntamente con la apuesta por la mo-
dernización, se transforma el discurso y los referentes sim-
bólicos; se abandonan los mitos ponderados durante la épo-
ca de oro del nacionalismo revolucionario y aparecen
nuevos referentes de un proyecto nacional que pretende va-
ciar los contenidos históricos de lo mexicano.
Frente a lo que Monsiváis considera como el agotamiento
del nacionalismo cultural, que alcanzó esplendor entre 1920
y 1950, aparece el american way of life, con menos fuerza he-
roica pero con gran capacidad de seducción a través de la
fuerza del confort. En esto se encuentra la base del plantea-
miento original de Monsiváis, quien dibuja el ascenso irre-
sistible de la americanización que abarca a la burguesía y a
las clases populares; ascenso sancionado por profundos
cambios en la percepción social de la virginidad, la infideli-
36 INTRODUCCIÓN
dad, los prototipos masculinos, la permisibilidad sexual,
etc., y el papel fundamental protagonizado por el cine y la
televisión.
Beatriz Mariscal enfoca su análisis sobre la manera en que
las políticas económicas gubernamentales pueden incidir en
la alteración de la realidad social y, por lo tanto, en las con-
cepciones, necesidades y ritmos de desarrollo de los proce-
sos culturales.
Mariscal enfatiza las consecuencias previsibles de un pro-
yecto de gobierno que busca sin restricciones la plena incorpo-
ración al libre mercado, lo cual conlleva la modificación fun-
damental de los patrones de consumo. Del trabajo de
Mariscal captamos lo paradójico que resulta recuperar los
postulados neoliberales, que proyectan una sociedad donde
todos comparten la posibilidad de elegir entre una oferta di-
versificada de bienes o provisiones, frente a las posibilidades
reales de elección y consumo de la inmensa mayoría de los
habitantes del planeta.
Frente a una realidad incuestionable de interdependencia
mundial, se presenta una nueva ofensiva de imperialismo cul-
tural, caracterizada por la intolerancia frente a las culturas
tradicionales, Mariscal señala que "la filosofia política del li-
beralismo reclama validez universal para sus valores, que pro-
claman el predominio de una sociedad civil en la que se consi-
deran inviolables los derechos humanos del individuo ... sus
prácticas culturales se consideran superiores y sólo una forma
de cultura: la de la economía mundial de mercados". En este
esquema no interviene la búsqueda del mejoramiento econó-
mico y social de las mayorías, sino que se garanticen los dere-
chos humanos definidos vía la sociedad civil, y en esto el apa-
rato ideológico del Estado cumple una función primordial;
además, el Estado disminuye su participación en renglones
de asistencia social como la salud, la educación, etcétera.
La globalización económica y cultural apunta hacia un
INTRODUGCIÓN 37
nuevo embate contra las identidades profundas y subalter-
nas. Esta realidad, de compleja interrelación de procesos
económicos y culturales, demanda análisis específicos. Gus-
tavo del Castillo reflexiona acerca de las implicaciones de la
integración económica México-Canadá-Estados Unidos, y
el_rapel del Estado y la acción política en esta integra-
ciOn, as1 como sobre los mecanismos mediante los cuales se
establecen acuerdos y se toman decisiones.
El punto de partida que utiliza Del Castillo se encuentra a
la vista: la integracwn económica ya se dio, y la prueba es que si el
comercio exterior entre Canadá y Estados Unidos es de 85
por ciento, el que existe entre Estados Unidos y México es de
70 por ciento, y esta realidad, que registra cambios profundos
en la producción, tiene efectos importantes en la cultura na-
cional. Gustavo del Castillo enmarca la discusión de la susten-
tación de nuestras culturas a partir del análisis del control de
los mecanismos que ayudan a la creación y sustentación cultu-
ral en las sociedades complejas. Escenario definido de mane-
ra importante por las asimetrías de poder y recursos entre éli-
tes y grupos, así como por la participación estatal.
Las previsibles en el ámbito cultural del esta-
blecimiento de un tratado de libre comercio se ubican en las
modalidades de la inversión extranjera y en los límites a la
acción estatal, vía el otorgamiento del principio de trato na-
cional a la inversión extranjera, con lo cual a ésta le serían
aplicados los mismos parámetros jurídicos que al capital na-
cional. Frente a esta situación, Del Castillo recupera de la ex-
periencia del acuerdo de libre comercio entre Canadá y
Estados U nidos aquellos elementos que pueden atenuar los
efectos de la aplicación del principio de trato nacional, co-
mo son los límites a las compras gubernamentales, a los ser-
vicios financieros y a la inversión en el sector del transporte,
así como la exclusión de los servicios educativos y médicos y
los relacionados al cuidado infantil. El autor también señala
38 INTRODUCCIÓN
los posibles efectos de medidas defensivas tendientes al re-
forzamiento y sostenimiento cultural, como podrían ser los
subsidios, los incentivos fiscales y las restricciones a la inver-
sión extranjera.
Asimismo, Del Castillo identifica algunos puntos, relacio-
nados con la armonización de estándares en el renglón de los
servicios, que podrían afectar la dimensión cultural acele-
rando los procesos de aculturación, y argumentan que el
efecto que éstos podrían tener sería de mediano y largo pla-
zos y estaría relacionado con el surgimiento de nuevos valo-
res normativos en el área de la educación (armonización de
estándares educativos y certificación de títulos profesionales
y técnicos) y en los servicios de salud, lo mismo que dificulta-
des y riesgos de un mayor abandono de las culturas popula-
res frente a la cultura internacional del negocio. Algunas de es-
tas transformaciones podrían constatarse en el registro de
las variaciones en los patrones de consumo, y no sólo de bie-
nes culturales sino también de bienes básicos, dada la pérdi-
da de la capacidad adquisitiva de la población, pues, como
Del Castillo afirma, "la búsqueda de competitividad ha sido
a costa del salario y la salud del obrero mexicano", o de la
transformación de la estructura de empleos.
La definición de las grandes opciones del destino de
nuestro país incluye un componente político-cultural de pri-
mer orden, en el cual se antoja fundamental la discusión en
torno al proyecto y los elementos que constituyen el interés
nacional. Ante estos retos, Del Castillo manifiesta que en la
actual discusión sobre la firma de un tratado de libre comer-
cio con Estados Unidos y Canadá debe estar presente la opi-
nión y participación de las grandes mayorías que son quie-
nes padecerán o se favorecerán con estas decisiones.
Jorge A. Bustamante presenta una propuesta teórica para
el análisis de la regionalidad de las relaciones fronterizas, en el
marco de una asimétrica adyacencia económica y de poder en-
INTRODUOCIÓN 39
tre México y Estados U nidos. La región fronteriza mexicana
se define por esta asimetría, pero también por importantes
diferencias culturales y una fuerte interacción social con la al-
teridad estadunidense. Bustamante, remitiéndose al esque-
ma weberiano, se propone establecer los elementos que per-
mitan delimitar la especificidad de lo fronterizo a partir de
los conceptos de internacionalidad, interacción social, intensidad
y extensión de las interacciones.
Bustamante explora los elementos constitutivos de la
identidad cultural nacional en la frontera norte de México, que
la diferencian de lo que ocurre en el resto del país, y señala
• que la distinción cualitativa se encuentra en la colindanci_a
con los estadunidenses, que, en el contexto de poderes asi-
métricos ya mencionado y de conspicuas diferencias cultura-
les se convierte en una referencia cultural de lo otro, incor-
'
parándose en un esquema relacional a través del cual el
fronterizo puede comprender de una manera más clara su
propia identidad.
Néstor García Canclini realiza una interesante reflexión
acerca de los complejos procesos de cambio que se presen-
tan en las identidades, considerando como elementos defi-
nitorios de dichas transformaciones los flujos migratorios, la
acentuación de los procesos de transculturación y la gran in-
tensidad de las interacciones. Para este análisis, García Can-
clini ofrece dos conceptos básicos: descolección y desterrito-
rialización.
Contra situaciones anteriores en las que las identidades
colectivas se configuraban con la ocupación territorial y la
construcción de colecciones (objetos, monumentos, ritua-
les), la transnacionalización de los procesos productivos y
comunicacionales y la acentuación de los movimientos mi-
gratorios configuran actualmente un escenario donde "las
fronteras nacionales se vuelven porosas".
De acuerdo con Carda Canclini, estas nuevas condiciones
40 INTRODUCCIÓN
implican importantes modificaciones en las prácticas cultura-
les tradicionales a nivel local o nacional, lo cual obedece a una
radical reorganización de los procesos de producción y circu-
lación de bienes simbólicos, cuyo origen son los cambios tec-
nológicos, la fluidez de las comunicaciones y las migraciones.
En estos cambios, García Canclini identifica una realidad
signada por el sincretismo y la interculturalidad, la desterri-
torialización de los procesos culturales y escenarios multi-
culturales influidos por la migración y los movimientos in-
terculturales, en los que los conceptos de comunidad y
centro-periferia resultan insuficientes y la identidad se nos
presenta como repertorios múltiples influidos por la reterrito-
rialización, la multietnicidad, la hibridación, los procesos in-
terculturales y la cosmopolitización de las experiencias, que
demandan una teoría de flujos y circuitos interculturales y
una metodología multifocal.
Martha J udith Sánchez presenta algunas propuestas para
el análisis de la construcción identitaria de los migran tes za-
potecos, considerando tanto a sus comunidades de origen
como el contexto urbano al que arriban. Sánchez destaca las
deficiencias de las posiciones teóricas que circunscribían la
adscripción étnica al ámbito territorial, así como las de las
vertientes desarrollistas estadunidenses que, durante los
años sesenta, enfatizaron los rasgos anómicos de las familias
migrantes, tales como pérdida de identidad, alcoholismo y
desintegración familiar. Contra estas posiciones se pronun-
ciaron algunos investigadores en los años setenta, quienes
enfocaron sus análisis en los vínculos de los migrantes con
las comunidades de origen mediante la configuración de re-
des migratorias y de diversos apoyos, tales como hospedaje,
ayuda para la consecución de casa y trabajo, entre otros.
Sánchez considera que el recuento de los elementos que
permanecen en las prácticas de los grupos, tales como len-
gua, vestuario, gastronomía, celebraciones, etc., no es sufi-
INTRODUCCIÓN 41
ciente para la comprensión de los procesos de construcción
identitaria, sino que se requiere el empleo de un concepto
relacional y procesual del fenómeno identitario que se
oriente al entendimiento de la configuración de los límites
de adscripción (de acuerdo con la definición de Barth). Este
concepto podría ser el de ciudadanía, como noción que, ade-
más de precisar la pertenencia al grupo, especifica los dere-
chos y obligaciones a los cuales se encuentran sujetos quie-
nes la conforman.
El trabajo de Estela Serret ubica, esde la ers ectiva
una serie de ejes teóricos a partir de los
""establece la discusión sobre la definición de la identidad fe-
menma.
De acuerdo con Serret, la descentración de la mujer del
ámbito natural, y su traslado al social y simbólico, marcó
nuevas formas de definir y explicar su subordinación. He-
mos señalado el carácter relacional y no esencialista de las
identidades, y esto resulta fundamental cuando se trata de
discutir los procesos de construcción de la identidad femeni-
na: la identidad no es un conjunto de cualidades peculiares
que definen a un grupo o sujeto, como apunta Serret, sino
una construcción social mediada por elementos simbólicos.
Serret desarrolla el concepto de identidad utilizado por el
psicoanálisis, y señala que la identidad es la cualidad de lo
idéntico y se construye en el proceso de identificación, o más
adecuadamente, que es un proceso que incorpora múltiples
identificaciones que permiten la constitución de los rasgos
de la personalidad. Para Serret la identidad es el resultado
del proceso de constitución de la subjetividad, una subjetivi-
dad compleja y contradictoria constituida de múltiples iden-
tificaciones.
La identidad-diferencia se presenta en el campo de la in-
tersubjetividad, en la auto y la heteropercepción, en la inter-
pelación de los actores sociales, en la manera en que vemos y
42 INTRODUCCIÓN
somos vistos; es por ello que Serret ubica a la construcción
de la identidad femenina en el proceso abstracto donde se
configura la subjetividad general y la femenina en particu-
lar, con la identificación de las diferencias entre los géneros.
De esta manera regresamos al campo de la construcción del
sentido simbólico de la vida social, que es donde se constru-
ye el sujeto.
De acuerdo con Serret, la constitución de la identidad se
presenta de manera conflictiva, frente a otras
y frente a las disputas subjetivas que derivan o pueden den-
varen escisión y pérdida, pero también se establece a partir
del deseo; es por ello que la otredad no sólo funciona como
parámetro de negación de lo que somos, pues también in-
cluye elementos de lo que deseamos ser.
La identidad femenina difiere de una sociedad a otra, por·
lo que no posee una connotación esencialista ni representa
atributos naturales inherentes a la mujer. De esta manera, la
configuración de la identidad femenina, así como la relación
de los atributos biológicos y los procesos identitarios, es un
fenómeno cultural imaginario.
Vania Salles considera la doble función de la familia como
generadora tanto de cultura como de "ámbitos vehiculares y
reproductores de elementos culturales macrosocietales pre-
viamente producidos". Es así que en la familia se presenta
un complejo proceso de producción y transmisión cultural,
definido fundamentalmente por el contexto.
Salles ubica la relación procesual de lo universal de la cul-
tura mediada hermenéuticamente en sus modalidades pri-
vadas de expresión dentro de las relaciones familiares. Nos
encontramos frente a la problematización de la relación en-
tre genericidad y vida cotidiana, entre las construcciones del
imaginario colectivo y la acción que se realiza en la inmedia-
tez de la interacción social, determinada por la ubicación es-
pacio-temporal y la condición económica.
- ,..,
INTRODUCCIÓN 43
De esta manera, la apropiación de bienes culturales, así
como su producción, se encuentra fuertemente definida por
la desigualdad social. Esta idea es señalada por Salles en los
siguientes términos: "las producciones culturales histórica-
mente acumuladas en la sociedad no pertenecen de igual
manera a todas las personas que en ella viven, sino más bien
a las que disponen de medios para apropiárselas". Por tal ra-
zón la producción y la apropiación de la cultura también son
consideradas como campos de disputa social.
Vania Salles define a la familia como el ámbito fundamen-
tal en el que se conforman los procesos de socialización pri-
maria. Es en ella donde se establecen intensos procesos de
internalización, así como donde se forma un sistema interno
de representaciones referido a objetivaciones previas. Por
ello, Salles considera a la familia como un espacio de repro-
ducción intergeneracional e inter(intra)géneros, constituido
por redes de relaciones, que la hacen el núcleo reproductor
de las identidades profundas.
Finalmente, Salles señala algunos cambios importantes
que se presentan en las familias, como la atenuación del re-
frendo institucional, que se expresa en relaciones que no que-
dan comprendidas en la institucionalidad Iglesia-Estado; el
aumento de las separaciones consensuales y los divorcios, las
serias modificaciones que sufre la composición familiar por
efecto de la migración.
Renato Rosaldo propone la identificación de tres fases en
el análisis del nacionalismo: a) definir al nacionalismo como
artefacto cultural y como ficción que atiende a la idea de
construcción pero no de falsedad; b) estudiar los artefactos
culturales desde las diferentes posiciones (estructurales, de
clase, de género, la etnicidad, la raza, etc.) en distintas com-
binaciones con los elementos experienciales que conforman
la biografía individual, y e) analizar las intersecciones entre
las relaciones de desigualdad (género, edad, clase, raza, et-
44 INTRODUCCIÓN
nicidad), una desigualdad que siempre es local e histórica-
mente específica.
De esta manera, Rosaldo nos remite a la identificación de
los actores que constituyen la comunidad nacional, definida
como una comunidad permeada por la negociación y el con-
flicto.
Rosaldo nos ubica en un escenario donde las fronteras na-
cionales y culturales se encuentran fuertemente delimitadas
por relaciones de desigualdad, poder y dominación. Sin em-
bargo, la experiencia sólo es entendible en el marco cultural
en el que se presenta, pues conlleva un proceso de selección
y organización en el cual se configura el sentido de la vida.
JOSÉ MANUEL VALENZUELAARCE
~ .. ,
MATERIALES PARA UNA TEORÍA
DE LAS IDENTIDADES SOCIALES
Gilberto Giménez
Introducción
Comencemos señalando una paradoja: la aparición del con-
cepto de identidad en las ciencias sociales es relativamente
reciente, hasta el punto de que resulta difícil encontrarlo en-
tre los títulos de una bibliografía antes de 1968. Sin embar-
go, los elementos centrales de este concepto ya se encontra-
ban -en filigrana y bajo formas equivalentes- en la
tradición socioantropológica desde los clásicos (Pollini,
1987). ¿Qué es lo que explica, entonces, su tematización ex
1
plícita cada vez más frecuente en los dos últimos decenios,
durante los cuales se han ido multiplicando exponencial-
mente los artículos, libros y seminarios que tratan explícita-
mente de identidad cultural, de identidad social o, simple-
mente, de identidad (tema de un seminario de Lévi-Strauss
entre 1974 y 1975, y de un libro clásico de Loredana Sciolla
publicado en 1 983)?
Partiendo de la idea de que los nuevos objetos de estudio
no nos caen del cielo, J. W. Lapierre sostiene que el tópico
de la identidad ha sido impuesto inicialmente a la atención
de los estudiosos en ciencias sociales por la emergencia de
los movimientos sociales que han tomado por pretexto la
identidad de un grupo (étnico, regional, etc.) o de una cate-
45
46 GILBERTO GIMÉNEZ
goría social (movimientos feministas, por ejemplo) para
cuestionar una relación de dominación o reivindicar una
autonomía.
En diferentes puntos del mundo, los movimientos de minorías
étnicas o lingüísticas han suscitado interrogaciones e investiga-
ciones sobre la persistencia y el desarrollo de las identidades cul-
turales. Algunos de estos movimientos son muy antiguos
por ejemplo, en los kurdos). Pero sólo han llegado a
Imponerse en el campo de la problemática de las ciencias socia-
les en cierto momento de su dinamismo que coincide, por cier-
to, con la crisis del Estado-nación y de su soberanía atacada
simultáneamente desde arriba (el poder de las firmas multina-
cionales y la dominación hegemónica de las grandes potencias)
y desde abajo (las reivindicaciones regionalistas y los particula-
nsmos culturales) (La pi erre, 1984, p. 1 97).
Las nuevas problemáticas últimamente introducidas por
la dialéctica entre globalización y neolocalismos, por la
transnacionalización de las franjas fronterizas y, sobre todo,
por los grandes flujos migratorios que han terminado por
transplantar el "mundo subdesarrollado" en el corazón de
las "naciones desarrolladas", lejos de haber cancelado o des-
plazado el paradigma de la identidad, parecen haber contri-
buido más bien a reforzar su pertinencia y operacionalidad
como instrumento de análisis teórico y empírico.
lo que sigue_ nos proponemos un objetivo limitado y
preciso: reconstruir -mediante un ensayo de homologa-
ción y de síntesis-los lineamientos centrales de la teoría de
la identidad, a partir de los desarrollos parciales y desiguales
de esta teoría esencialmente interdisciplinaria en las dife-
rentes disciplinas sociales, particularmente en la sociología,
la antropología y la psicología social. Creemos que de este
m?do se puede sortear, al menos parcialmente, la anarquía
remante en cuanto a los usos del término "identidad", así co-
- ,, .. ,
UNA TEORÍA DE LAS IDENTIDADES SOCÍALES 47
mo el caos terminológico que habitualmente le sirve de cor-
tejo.
La identidad como distinguibilidad
Nuestra propuesta inicial es situar la problemática de la
identidad en la intersección de una teoría de la cultura y de
una teoría de los actores sociales (agency). O más precisa-
mente, concebir la identidad como elemento de una teoría
de la cultura distintivamente intemalizada como habitus (Bour-
dieu, 1979, pp. 3-6) o como "representaciones sociales"
(Abric, 1994, p. 16) por los actores sociales, sean éstos indivi-
duales o colectivos. De este modo, la identidad no sería más
que el lado subjetivo de la cultura considerada bajo el ángu-
lo de su función distintiva.
.tPor eso, la vía más expedita para adentrarse en la proble-
mática de la identidad quizás sea la que parte de la idea mis-
ma de distinguibilidad.
En efecto, la identidad se atribuye siempre en primera
instancia a una unidad distinguible, cualquiera que ésta sea
(una roca, un árbol, un individuo o un grupo social). "En la
teoría filosófica" -dice D. Heinrich-, "la identidad es uh.
predicado que tiene una función particular; por medio de él
una cosa u objeto particular se distingue como tal de las de-
más de su misma especie" (Habermas, 1987, II, p. 145).
Ahora bien, hay que advertir de inmediato que existe una
diferencia capital entre la distinguibilidad de las cosas y la
distinguibilidad de las personas. Las cosas sólo pueden ser
distinguidas, definidas, categorizadas y nombradas a partir
de rasgos objetivos observables desde el punto de vista del
observador externo, que es el de la tercera persona. Tratán-
dose de personas, en cambio, la posibilidad de distinguirse
de los demás también tiene que ser reconocida por los demás en
contextos de interacción y de comunicación, lo que requiere
48 GILBERTO GIMÉNEZ
una "intersubjetividad lingüística" que moviliza tanto la pri-
mera persona (el hablante) como la segunda (el interpelado,
el interlocutor) (Habermas, 1987, 11, p. 144). Dicho de otro
modo, las personas no sólo están investidas de una identi-
dad numérica, como las cosas, sino también --como se verá
enseguida- de una identidad cualitativa que se forma, se
mantiene y se manifiesta en y por los procesos de interac-
ción y comunicación social (Habermas, 1987, 11, p. 145).
1
En suma, no basta que las personas se perciban como dis-
tintas bajo algún aspecto; también tienen que ser percibidas
y reconocidas como tales. Toda identidad (individual o co-
lectiva) requiere la sanción del reconocimwnto social para que
exista social y públicamente.
2
Una tipología elemental
Situándose en esta perspectiva de polaridad entre autorre-
conocimiento y heterorreconocimiento -a su vez articulada
según la doble dimensión de la identificación (capacidad del
actor de afirmar la propia continuidad y permanencia y de
hacerlas reconocer por otros) y de la afirmación de la dife-
1 Es decir, como individuo no sólo soy distinto por defmición de todos
los demás individuos, como una piedra o cualquier otra realidad indivi-
duada, sino que, además, me distingo cualitativamente porque, por ejem-
plo, desempeño una serie de roles socialmerúe recorwcidos (identidad de
rol), porque pertenezco a determinados grupos que tambiin me recorwcen
como miembro (identidad de pertenencia), o porque poseo una trayectoria
o biografía incanjeable también conocida, recorwcida e incluso apreciada
por quienes dicen conocerme íntimamente.
2 "La autoidentificación de un actor debe disfrutar de un reconoci-
miento intersubjetiva para poder fundar la identidad de la persona. La
posibilidad de distinguirse de los demás debe ser reconocida por los de-
más. Por lo tanto, la unidad de la persona, producida y mantenida a tra-
vés de la autoidentificación, se apoya a su vez en la pertenencia a un gru-
po, en la posibilidad de situarse en el interior de un sistema de relaciones"
(Melucci, 1985, p. 151).
UNA TEORÍA DE LAS IDENTIDADES SOCIALfS 49
rencia (capacidad de distinguirse de otros y de lograr el re-
conocimiento de esta diferencia)-, Alberto Melucci ( 1991,
pp. 40-42) elabora una tipología elemental que distingue
analíticamente cuatro posibles configuraciones identitarias:
1) identidades segregadas, cuando el actor se identifica y
afirma su diferencia independientemente de todo reco-
nocimiento por parte de otros;
3
2) identidades heterodirigidas, cuando el actor es identifica-
do y reconocido como diferente por los demás, pero él
mismo posee una débil capacidad de reconocimiento au-
tónomo;4
3) identidades etiquetadas, cuando el actor se autoidentifica
en forma autónoma, aunque su diversidad ha sido fijada
por otros;
5
4) identidades desviantes, en cuyo caso "existe una adhesión
completa a las normas y modelos de comportamiento
que proceden de afuera, de los demás; pero la imposibili-
dad de ponerlas en práctica nos induce a rechazarlos me-
diante la exasperación de nuestra diversidad" (p. 42).6
3
Según el autor, se pueden encontrar ejemplos empíricos de esta situa-
ción en la fase de formación de los actores colectivos, en ciertas fases de la
edad evolutiva, en las contraculturas marginales, en las sectas y en ciertas
configuraciones de la patología individual (v.g., desarrollo hipertrófico
del yo o excesivo repliegue sobre sí mismo).
4
Tal sería, por ejemplo, el caso del comportamiento gregario o multitu-
dinario, de la tendencia a confluir hacia opiniones y expectativas ajenas, y
también el de ciertas fuses del desarrollo infantil destinadas a ser superadas
posteriormente en el proceso de crecimiento. La patología, por su parte,
suele descubrir la permanencia de formas simbióticas o de apego que impi-
den el surgimiento de una capacidad autónoma de identificación.
5
Es la situación que puede observarse, según Melucci, en los procesos
de labeling social, cuyo ejemplo más visible sería la interiorización de estig-
mas ligados a diferencias sexuales, raciales y culturales, así como también
a impedimentos físicos.
6
Por ejemplo, el robo en los supermercados no sería más que la otra ca-
ra del consumismo, así como "muchos otros comportamientos autodes-
tructivos a través del abuso de ciertas substancias no son más que la otra
50 GILBERTO GIMÉNEZ
Esta tipología de Melucci reviste gran interés, no tanto
por su relevancia empírica, sino porque ilustra cómo la iden-
tidad de un determinado actor social resulta, en un momen-
to dado, de una especie de transacción entre auto y hetero-
rreconocimiento. La identidad concreta se manifiesta,
entonces, bajo configuraciones que varían según la presen-
cia y la intensidad de los polos que la constituyen. De aquí se
infiere que, propiamente hablando, la identidad no es una
esencia, un atributo o una propiedad intrínseca del sujeto,
sino que tiene un carácter intersubjetiva y relacional. Es la
autopercepción de un sujeto en relación con los otros; a lo
que corresponde, a su vez, el reconocimiento y la "aproba-
ción" de los otros sujetos. En suma, la identidad de un actor
social emerge y se afirma sólo en la confrontación con otras
identidades en el proceso de interacción social, la cual fre-
cuentemente implica relación desigual y, por ende, luchas y
contradicciones.
Una distinguibüidad cualitativa
Dejamos dicho que la identidad de las personas implica una
distinguibilidad cualitativa (y no sólo numérica) que se reve-
la, se afirma y se reconoce en los contextos pertinentes de in-
teracción y comunicación social. Ahora bien, la idea misma
de "distinguibilidad" supone la presencia de elementos,
marcas, características o rasgos distintivos que definen de al-
gún modo la especificidad, la unicidad o la no sustituibilidad
de la unidad considerada. ¿cuáles son esos elementos dife-
renciadores o diacríticos en el caso de la identidad de las
personas?
cara de las expectativas demasiado elevadas a las que no tenemos posibili-
dades de responder" (ibid., p. 42).
~
UNA TEORÍA DE LAS IDENTIDADES SOCIALES 51
Las investigaciones realizadas hasta ahora destacan tres
series de elementos:
1) La pertenencia a una pluralidad de colectivos (catego-
rías, grupos, redes y grandes colectividades);
2) la presencia de un conjunto de atributos idiosincrásicos
o relacionales, y
3) una narrativa biográfica que recoge la historia de vida y
la trayectoria social de la persona considerada.
Por lo tanto, el individuo se ve a sí mismo -y es reconoci-
do- como "perteneciendo" a una serie de colectivos, como
"siendo" una serie de atributos y como "cargando" un pasa-
do biográfico incanjeable e irrenunciable.
l La pertenencia social 7
r
La tradición sociológica ha establecido sólidamente la te-
sis de que la identidad del individuo se define principal-
mente -aunque no exclusivamente- por la pluralidad
de sus pertenencias sociales. Así, por ejemplo, desde el
punto de vista de la personalidad individual se puede de-
cir que
el hombre moderno pertenece en primera instancia a la familia
de sus progenitores; luego, a la fundada por él mismo, y por lo
tanto, también a la de su mujer; por último, a su profesión, que
ya de por sí lo inserta frecuentemente en numerosos círculos de
intereses[ ... ]. Además, tiene conciencia de ser ciudadano de un
Estado y de pertenecer a un determinado estrato social. Por otra
parte, puede ser oficial de reserva, pertenecer a un par de aso-
ciaciones y poseer relaciones sociales conectadas, a su vez, con
los más variados círculos sociales ... (G. Simmel, citado por Polli-
ni, 1987, p. 32).
52 GILBERTO GIMÉNEZ
esta pluralidad de pertenencias, lejos de eclip-
sar la Identidad personal, es precisamente la que la define y
constituye. Más aún, según G. Simmel, debe postularse una
correlación positiva entre el desarrollo de la identidad del
individuo y la amplitud de sus círculos de pertenencia (Polli-
ni, 1987, p. 33). Es decir, cuanto más amplios son los círculos
sociales de los que se es miembro, tanto más se refuerza y se
refina la identidad personal.
¿pero qué significa la pertenencia social? Implica la inclu-
sión de la personalidad individual en una colectividad hacia
la cual se experimenta un sentimiento de lealtad. Esta inclu-
sión se realiza generalmente mediante la asunción de algún
rol dentro de la colectividad considerada (v.g., el rol de sim-
fiel dentro de una Iglesia cristiana, con todas las expecta-
tivas de comportamiento anexas al mismo); pero sobre todo,
mediante la apropiación e interiorización al menos parcial del com-
plejo simbólico-cultural que funge como emblema de la colecti-
vidad en cuestión (v.g., el credo y los símbolos centrales de
una Iglesia cristiana) (Pollini, 1990, p. 186). De donde se si-
gue que el estatus de pertenencia tiene que ver fundamen-
talmente con la dimensión simbólico-cultural de las relacio-
nes e interacciones sociales.
Falta añadir una consideración capital: la pertenencia
social reviste diferentes grados, que pueden ir de la mem-
bresía meramente nominal o periférica a la membresía mi-
litante e incluso conformista, y no excluye por sí misma la
del disenso. En efecto, la pertenencia catego-
no la despersonalización y la
los miembros del grupo. Más aún, la per-
tenencia puede mcluso favorecer, en ciertas condiciones y
en. de_ variables, la afirmación de las especi-
fiCidades mdiVIduales de los miembros (Lorenzi-Cioldi,
1988, p. 1 9). Algunos autores llaman "identización" a esta
búsqueda, por parte del individuo, de cierto margen de au-
UNA TEORÍA DE LAS IDENTIDADES SOC.IAJ..ES 53
tonomía con respecto a su propio grupo de pertenencia
(Tap, 1 980).
Ahora bien, ¿cuáles son, en términos más concretos, los
colectivos a los que un individuo puede pertenecer?
Propiamente hablando y en sentido estricto, se puede
pertenecer -y manifestar lealtad- sólo a los grupos y a las
colectividades definidas a la manera de Merton ( 1965, pp.
240-249).
7
Pero en un sentido más lato y flexible también se
puede pertenecer a determinadas "redes" sociales (network),
definidas como relaciones de interacción coyunturalmente
actualizadas por los individuos que las constituyen, 8 y a de-
terminadas "categorías sociales", en el sentido más bien es-
tadístico del término.
9
Las "redes de interacción" tendrían
7
Según Merton, se entiende por grupo "un conjunto de individuos en
interacción según reglas establecidas" (p. 240). Por lo tanto, una aldea, un
vecindario, una comunidad barrial, una asociación deportiva y cualquier
otra socialidad defmida por la frecuencia de interacciones en espacios
próximos serían "grupos". Las colectividades, en cambio, serían conjun-
tos de individuos que, aun en ausencia de toda interacción y contacto pró-
ximo, experimentan cierto sentimiento de solidaridad "porque comparten
ciertos valores y porque un sentimiento de obligación moral los impulsa a
responder como es debido a las expectativas ligadas a ciertos roles sociales"
(p. 249). Por consiguiente, serían "colectividades" para Merton las grandes
"comunidades imaginadas" en el sentido de B. Anderson (1983), como la
nación y las Iglesias universales (pensadas como "cuerpos místicos"). Algu-
nos autores han caracterizado la naturaleza peculiar de la pertenencia a es-
tas grandes comunidades anónimas, imaginadas e imaginarias, llamándola
"identificación por proyección o referencia", en clara alusión al sentido
freudiano del sintagma (Galissot, 1987, p. 16).
8
Las "redes" suelen concebirse como relaciones de interacción entre
individuos, de composición y sentido variables, que no existen a priori ni
requieren de la contigüidad espacial como los grupos propiamente di-
chos, sino que son y actualizadas cada vez por los individuos
(Hecht, 1993, p. 42).
9
Las categorías sociales han sido defmidas por Merton como "agrega-
dos de posiciones y de estatutos sociales cuyos detentores (o sujetos) no se
encuentran en interacción social; éstos responden a las mismas caracterís-
ticas (de sexo, de edad, de renta, etc.), pero no comparten necesariamen-
te un cuerpo común de normas y valores" (Merton, 1965, p. 249).
54 GILBERTO GIMÉNEZ
particular relevancia en el contexto urbano (Guidicini, 1985,
p. 48). Por lo que toca a la pertenencia categorial-v.g., ser
mujer, maestro, clasemediero, yuppie-, sabemos que de-
sempeña un papel fundamental en la definición de algunas
identidades sociales (por ejemplo, la identidad de género),
debido a las representaciones y estereotipos que se le aso-
cian.10
La tesis de que la pertenencia a un grupo o a una comuni-
dad implica compartir el complejo simbólico-cultural que
funciona como emblema de los mismos nos permite recon-
ceptualizar dicho complejo en términos de "representacio-
nes sociales". Entonces, diremos que pertenecer a un grupo
o a una comunidad implica compartir -al menos parcial-
mente- el núcleo de representaciones sociales que los ca-
racteriza y define. El concepto de "representación social" ha
sido elaborado por la escuela europea de psicología social
(J odelet, 1989, p. 32), recuperando y operacionalizando un
término de Durkheim por mucho tiempo olvidado. Se trata
de construcciones sociocognitivas propias del pensamiento
ingenuo o del "sentido común", que pueden definirse como
"conjunto de informaciones, creencias, opiniones y actitu-
des a propósito de un objeto determinado" (Abric, 1994, p.
19). Las representaciones sociales serían, entonces, "una for-
ma de conocimiento socialmente elaborado y compartido, y
orientada a la práctica, que contribuye a la construcción de
una realidad común a un conjunto social" (J odelet, 1989, p.
36).1
1
Las representaciones sociales así definidas -siempre
10
Por ejemplo, a la categoría "mujer" se asocia espontáneamente una
serie de "rasgos expresivos" como pasividad, sumisión, sensibilidad a las
relaciones con otros; mientras que a la categoría "hombre" se asocian
"rasgos instrumentales" como activismo, espíritu de competencia, inde-
pendencia, objetividad y racionalidad (Lorenzi-Cioldi, 1988, p. 41).
11
Debe advertirse, sin embargo, que según los psicólogos sociales de
esta escuela los individuos modulan siempre de modo idiosincrásico el
núcleo de las representaciones compartidas, lo que excluye el modelo del
unanimismo y del consenso. Por tanto, pueden existir divergencias y has-
UNA TEORÍA DE LAS IDENTIDADES SOCIAtES 55
socialmente contextualizadas e internamente estructura-
das- sirven como marcos de percepción y de interpretación
de la realidad, y también como guías de los comportamien-
tos y prácticas de los agentes sociales. De este modo los psi-
cólogos sociales han podido confirmar una antigua convic-
ción de los etnólogos y de los sociólogos del conocimiento:
los hombres piensan, sienten y ven las cosas desde el punto
de vista de su grupo de pertenencia o de referencia.
Pero las representaciones sociales también definen la
identidad y la especificidad de los grupos. Ellas
tienen también por función situar a los individuos y a los grupos
en el campo social [ ... ], permitiendo de este modo la elaboración
de una identidad social y personal gratificante, es decir, compa-
tible con sistemas de normas y de valores social e históricamente
determinados (Mugny y Carugati, 1985, p. 183).
Ahora estamos en condiciones de precisar de modo más
riguroso en qué sentido la pertenencia social es uno de los
criterios básicos de "distinguibilidad" de las personas: en el
sentido de que a través de ella los individuos internalizan en for-
ma idiosincrática e individualizada las representaciones sociales
propias de sus grupos de pertenencia o de referencia. Esta afirma-
ción nos permitirá más adelante comprender mejor la rela-
ción dialéctica entre identidades individuales e identidades
colectivas.
Atributos identificadores
Además de la referencia a sus categorizaciones y círculos de
pertenencia, las personas también se distinguen -y son dis-
tinguidas- por una determinada configuración de atributos
ta contradicciones de comportamiento entre individuos de un mismo
grupo que comparten un mismo haz de representaciones sociales.
56 GILBERTO GIMÉNEZ
considerados como aspectos de su identidad. "Se trata de un
conjunto de características tales como disposiciones, hábitos,
tendencias, actitudes o capacidades, a lo que se añade lo rela-
tivo a la imagen del propio cuerpo" (Lipiansky, 1992, p. 122).
Algunos de esos atributos tienen una significación prefe-
rentemente individual y funcionan como "rasgos de perso-
nalidad" (v.g., inteligente, perseverante, imaginativo ... ),
mientras que otros tienen una significación preferentemen-
te relacional, en el sentido de que denotan rasgos o caracte-
rísticas de socialidad (v.g., tolerante, amable, comprensivo,
sentimental...).
Sin embargo, todos los atributos son materia social: "Inclu-
so ciertos atributos puramente biológicos son atributos socia-
les, pues no es lo mismo ser negro en una ciudad estadouni-
dense que serlo en Zaire ... " (Pérez-Agote, 1986, p. 78).
Muchos atributos derivan de las pertenencias categoriales
o sociales de los individuos, razón por la cual tienden a ser a
la vez estereotipos ligados a prejuicios sociales con respecto a
determinadas categorías o grupos. En Estados Unidos, por
ejemplo, las mujeres negras son percibidas como agresivas y
dominantes; los hombres negros como sumisos, dóciles y no
productivos, y las familias negras como matriarcales y pato-
lógicas. Cuando el estereotipo es despreciativo, infamante y
discriminatorio, se convierte en estigma, es decir, una forma
de categorización social que fija atributos profundamente
desacreditadores (Goffman, 1986).
Según los psicólogos sociales, los atributos derivan de la
percepción -o de la impresión global- que tenemos de las
personas en los procesos de interacción social, manifiestan
un carácter selectivo, estructurado y totalizante, y suponen
"teorías implícitas de la personalidad" -variables en el
tiempo y en el espacio-- que sólo son una manifestación más
de las representaciones sociales propias del sentido común
(Paicheler, 1984, p. 277).
UNA TEORÍA DE lAS IDENTIDADES SOCIALts 57
Narrativa biográfica: historias de vida
En una dimensión más profunda, la distinguibilidad de las
personas remite a la revelación de una biografía incanjea-
ble, relatada en forma de "historia dé vida". Es lo que algu-
nos autores denominan identidad biográfica (Pizzorno, 1989,
p. 318) o también identidad íntima (Lipiansky, 1992, p. 121 ).
Esta dimensión de la identidad también requiere como
marco el intercambio interpersonal. En efecto, en ciertos
casos éste progresa poco a poco a partir de ámbitos superfi-
ciales hacia capas más profundas de la personalidad de los
actores sociales, hasta llegar al nivel de las llamadas "rela-
ciones íntimas", de las que las "relaciones amorosas" sólo
constituyen un caso particular (Brehm, 1984, p. 169). Es
precisamente en este nivel de intimidad donde suele
producirse la llamada "autorrevelación" recíproca (entre co-
nocidos, camaradas, amigos o amantes), por la que al reque-
rimiento de un conocimiento más profundo ("dime quién
eres: no conozco tu pasado") se responde con una narrativa
autobiográfica de tono confidencial (self-narration). Esta "na-
rrativa" configura o, mejor dicho, reconfigura una serie de
actos y trayectorias personales del pasado para conferirle ~
sentido.
En el proceso de intercambio interpersonal, mi contra-
parte puede reconocer y apreciar en diferentes grados mi
"narrativa personal". Incluso, puede reinterpretarla y hasta
rechazarla y condenarla. Pues, como dice Pizzorno,
en mayor medida que las identidades asignadas por el sistema
de roles o por algún tipo de colectividad, la identidad biográfica
es múltiple y variable. Cada uno de los que dicen conocerme se-
lecciona diferentes eventos de mi biografia. Muchas veces son
eventos que nunca ocurrieron. E incluso, cuando han sido ver-
daderos, su relevancia puede ser evaluada de diferentes mane-
ras, hasta el punto de que los reconocimientos que a partir de
58 GILBERTO GIMÉNEZ
allí se me brindan pueden llegar a ser irreconocibles para mí
mismo (Pizzorno, 1989, p. 318).
En esta especie de transacción entre mi autonarrativa per-
sonal y el reconocimiento de la misma por parte de mis in-
terlocutores, sigue desempeñando un papel importante el
filtro de las representaciones sociales, como, por ejemplo, la
"ilusión biográfica", que consiste en atribuir coherencia y
orientación intencional a la propia vida "según el postulado
del sentido de la existencia narrada (e implícitamente de toda
existencia)" (Bourdieu, 1986, p. 69); la autocensura espon-
tánea de las experiencias dolorosas y traumatizantes, y la
propensión a hacer coincidir el relato con las normas d ~ la
moral corriente (es decir, con un conjunto de reglas y de Im-
perativos generadores de sanciones y censuras específicas)
(Pollak, 1986).
Producir una historia de vida, tratar la vida como una historia,
es decir, como el relato coherente de una secuencia significante
y orientada de acontecimientos, equivale posiblemente a ceder
a una ilusión retórica, a una representación común de la exis-
tencia a la que toda una tradición literaria no ha dejado y no deja
de reforzar (Bourdieu, 1986, p. 70).
¿Y las identidades colectivas?
Hasta aquí hemos considerado la identidad principalmente
desde el punto de vista de las personas individuales, y la he-
mos definido como una distinguibilidad cualitativa y especí-
fica basada en tres series de factores discriminantes: una red
de pertenencias sociales (identidad de pertenencia, identi-
dad categorial o identidad de rol), una serie de atributos
(identidad caracteriológica) y una narrativa personal (iden-
Lidad biográfica). Hemos visto cómo en todos los casos las
UNA TEORÍA DE lAS IDENTIDADES SOCIALES 59
representaciones sociales desempeñan un papel estratégico
y definitorio, por lo que podríamos definir también a la
identidad personal como la representación -intersubjeti-
vamente reconocida y "sancionada"- que tienen las perso-
nas de sus círculos de pertenencia, de sus atributos persona-
les y de su biografia irrepetible e incanjeable.
¿pero podemos hablar también, en sentido propio, de
identidades colectivas? Este concepto parece presentar de
entrada cierta dificultad derivada de la famosa aporía socio-
lógica que consiste en la tendencia a hipostasiar los colecti-
vos. Por eso algunos autores sostienen abiertamente que el
concepto de identidad sólo puede concebirse como atributo
de un sujeto individual. Así, según P. Berger, "no es aconse-
jable hablar de 'identidad colectiva' a causa del peligro de
hipostatización falsa (o reificadora)" (Berger, 1982, p. 363).
Sin embargo, se puede hablar en sentido propio de iden-
tidades colectivas si es posible concebir actores colectivos
propiamente dichos, sin necesidad de hipostasiarlos ni de
considerarlos como entidades independientes de los indi-
viduos que los constituyen. Tales son los grupos (organiza-
dos o no) y las colectividades en el sentido de Merton. Tales
grupos (v.g., minorías étnicas o raciales, movimientos sd-
ciales, partidos políticos y asociaciones variadas ... ) y colec-
tividades (v.g., una nación) no pueden considerarse como
simples agregados de individuos (en cuyo caso la identidad
colectiva sería también un simple agregado de identidades
individuales), pero tampoco como entidades abusivamente
personificadas que trascienden a los individuos que los
constituyen (lo que implicaría la hipostatización de la iden-
tidad colectiva).
Se trata más bien de entidades relacionales que se presen-
tan como totalidades diferentes de los individuos que las
componen y que en cuanto tales obedecen a procesos y me-
canismos específicos (Lipiansky, 1992, p. 88). Dichas entida-
60 GILBERTO GIMÉNEZ
des relacionales están constituidas por individuos vincula-
dos entre sí por un común sentimiento de pertenencia, lo
que implica, como se ha visto, compartir un núcleo de sím-
bolos y representaciones sociales y, por lo mismo, una orien-
tación común a la acción. Además, se comportan como ver-
daderos actores colectivos capaces de pensar, hablar y
operar a través de sus miembros o de sus representantes, según el
conocido mecanismo de la delegación (real o supuesta).
12
En
efecto, un individuo determinado puede interactuar con
otros en nombre propio, sobre bases idiosincrásicas, o tam-
bién en cuanto miembro o representante de uno de sus gru-
pos de pertenencia.
La identidad colectiva -dice Pizzorno--- es la que me permite
conferir significado a una determinada acción en cuanto reali-
zada por un francés, un árabe, un pentecostal, un socialista, un
fanático del Liverpool, un fan de Madonna, un miembro del
clan de los Corleone, un ecologista, un kuwaití, u otros. Un so-
cialista puede ser también cartero o hijo de un amigo mío, pero
algunas de sus acciones sólo las puedo comprender porque es
socialista (Pizzorno, 1989, p. 318).
Con excepción de los rasgos propiamente psicológicos o
de personalidad atribuibles exclusivamente al suje-
to-persona, los elementos centrales de la identidad --como
la capacidad de distinguirse y ser distinguido de otros gru-
12
Sobre el fetichismo, las usurpaciones y las perversiones potenciales
inherentes a este mecanismo, ver Bourdieu, 1984: "La relación de dele-
gación corre el riesgo de disimular la verdad de la relación de representa-
ción y la paradoja de situaciones en las que un grupo sólo puede existir
mediante la delegación en una persona singular -el secretario general,
el Papa, etc.-, que puede actuar como persona moral, es decir, como sus-
tituto del grupo. En todos estos casos, y según la ecuación establecida por
los canonistas -la Iglesia es el Papa-, según las apariencias el grupo hace
al hombre que habla en su lugar, en su nombre -así se piensa en térmi-
nos de delegación-, mientras que en realidad es igualmente verdadero
decir que el portavoz hace al grupo ... " (p. 49).
- , . 1
UNA TEORÍA DE LAS IDENTIDADES SOCIALES 61
pos, de definir los propios límites, de generar símbolos y re-
presentaciones sociales específicos y distintivos, de configu-
rar y reconfigurar el pasado del grupo como una memoria
colectiva compartida por sus miembros (paralela a la memo-
ria biográfica constitutiva de las identidades individuales) e
incluso de reconocer ciertos atributos como propios y carac-
terísticos- también pueden aplicarse perfectamente al su-
jeto-grupo o, si se prefiere, al sujeto-actor colectivo.
Por lo demás, conviene resaltar la relación dialéctica exis-
tente entre identidad personal e identidad colectiva. En ge-
neral, la identidad colectiva debe concebirse como una zona
de la identidad personal, si es verdad que ésta se define en
primer lugar por las relaciones de pertenencia a múltiples
colectivos ya dotados de identidad propia en virtud de un
núcleo distintivo de representaciones sociales, como serían,
por ejemplo, la ideología y el programa de un partido políti-
co determinado. No dice otra cosa Carlos Barbé en el si-
guiente texto: "Las representaciones sociales referentes a las
identidades de clase, por ejemplo, se dan dentro de la psi-
que de cada individuo. Tal es la lógica de las representacio-
nes y, por lo tanto, de las identidades por ellas formadas"
(Barbé, 1985, p. 275). No está de más, finalmente, enume-
rar algunas proposiciones axiomáticas en torno a las identi-
dades colectivas, con el objeto de prevenir malentendidos.
1) Sus condiciones sociales de posibilidad son las mismas que las
que condicionan la formación de todo grupo social: la proxi-
midad de los agentes individuales en el espacio social.
13
13
"Si bien la probabilidad de reunir real o nominalmente -por la vir-
tud del delegado- a un conjunto de agentes es tanto mayor cuanto más
próximos se encuentran éstos en el espacio social y cuanto más restringi-
da y, por lo tanto, más homogénea es la clase construida a la que pertene-
cen, la reunión entre los más próximos nunca es necesaria y fatal[ ... ], así
como también la reunión entre los más alejados nunca es imposible" (Bour-
dieu, 1984, pp. 3 y 4).
62 GILBERTO GIMÉNEZ
2) La formación de las identidades colectivas no implica en
absoluto que éstas se hallen vinculadas a la existencia de
un grupo organizado.
3) Existe una "distinción inadecuada" entre agentes colecti-
vos e identidades colectivas, en la medida en que éstas
sólo constituyen la dimensión subjetiva de los primeros, y
no su expresión exhaustiva. Por lo tanto, la identidad co-
lectiva no es sinónimo de actor social.
4) No todos los actores de una acción colectiva comparten
unívocamente y en el mismo grado las representaciones
sociales que definen subjetivamente la identidad colecti-
va de su grupo de pertenencia.l4
5) Frecuentemente, las identidades colectivas constituyen
uno de los prerrequisitos de la acción colectiva. Pero de
aquí no se infiere que toda identidad colectiva genere
siempre una acción colectiva, ni que ésta tenga siempre
por fuente obligada una identidad colectiva.
15
6) Las identidades colectivas no tienen necesariamente por
efecto la despersonalización y la uniformización de los
comportamientos individuales (salvo en el caso de las lla-
madas "instituciones totales", como un monasterio o una
institución carcelaria).
1
6
14
"Incluso las identidades más fuertes de la historia (como las identida-
des nacionales, las religiosas y las de clase) no corresponden nunca a una
serie unívoca de representaciones en todos los sujetos que la comparten"
(Barbé, 1985, p. 270).
15
"Una verbena pluricategorial o una huelga pueden resultar muy
bien de una coincidencia de intereses y hasta de eventuales y momentá-
neas identificaciones, pero no de una identidad" (Barbé, 1985, p. 271).
16
Por lo tanto, no parece que deba admitirse el modelo del continuum de
comportamientos -propuesto por Taifel (1 972)- entre un polo exclusiva-
mente personal, que no implique referencia alguna a los grupos de perte-
nencia, y un polo colectivo y despersonalizante, donde los comportamientos
estarían totalmente determinados por diversos grupos o categorías de perte-
nencia. Este modelo está impregnado por la idea de una oposición irreconci-
liable entre una realidad social coactiva e inhibidora y un yo personal en bús-
queda permanente de libertad y autorrealización autónoma.
UNA TEORÍA DE lAS IDENTIDADES SOCIALES 63
La identidad como persistencia en el tiempo
Otra característica fundamental de la identidad -sea ésta
personal o colectiva- es su capacidad de perdurar -aun-
que sea imaginariamente- en el tiempo y en el espacio.
Esto quiere decir que la identidad implica la percepción de
ser idéntico a sí mismo a través del tiempo, del espacio y de
la diversidad de las situaciones. Si anteriormente la identi-
dad se nos aparecía como distinguibilidad y diferencia, aho-
ra se nos presenta (tautológicamente) como igualdad o coin-
cidencia consigo mismo. De aquí derivan la relativa
estabilidad y consistencia que suelen asociarse a la identi-
dad, así como también la atribución de responsabilidad a los
actores sociales y la relativa previsibilidad de los comporta-
mientos.17
También esta dimensión de la identidad remite a un con-
texto de interacción. En efecto,
... también los otros esperan de nosotros que seamos estables y
constantes en la identidad que manifestamos; que nos manten-
gamos conformes a la imagen que proyectamos habitualmente
de nosotros mismos (de aquí el valor peyorativo asociado a cali-
ficativos tales como inconstante, versátil, cambiadizo, inconsis-
tente, "camaleón", etc.); y los otros están siempre listos para
"llamamos al orden", para comprometernos a respetar nuestra
identidad (Lipiansky, 1992, p. 43 ).
Pero más que de permanencia, habría que hablar de conti-
nuidad en el cambio, en el sentido de que la identidad a la que
nos referimos es la que corresponde a un proceso evolutivo, 18 y
17
Desde esta perspectiva, constituye una contradictio in terminis la idea
de una identidad caleidoscópica, fragmentada y efímera que sería propia
de la "sociedad posmoderna", según el discurso especulativo de ciertos fi-
lósofos y ensayistas.
18
Incluso esta expresión resulta todavía inexacta. Habría que hablar
64 GILBERTO GIMÉNEZ
no a una constancia sustancial. Hemos de decir, entonces, que
es más bien la dialéctica entre permanencia y cambio, entre
continuidad y discontinuidad, la que caracteriza por igual a
las identidades personales y a las colectivas. Éstas se mantie-
nen y duran adaptándose al entorno y recomponiéndose in-
cesantemente, sin dejar de ser las mismas. Se trata de un pro-
ceso siempre abierto y, por ende, nunca definitivo ni
acabado.
Debe situarse en esta perspectiva la tesis de Fredrik Barth
(1976), según la cual la identidad se define primariamente por la
continuidad de sus límites, es decir, por sus diferencias, y no tan-
to por el contenido cultural que en un momento determina-
do marca simbólicamente dichos límites o diferencias. Por lo
tanto, las características culturales de un grupo pueden trans-
formarse con el tiempo sin que se altere su identidad. O, di-
cho en términos de George de Vos ( 1982, XII), pueden variar
los "emblemas de contraste" de un grupo sin que se altere su
identidad. Esta tesis impide extraer conclusiones apresuradas
de la observación de ciertos procesos de cambio cultural "por
modernización" en las zonas fronterizas o en las áreas urba-
nas. Así, por ejemplo, los fenómenos de "aculturación" o de
¡'transculturación" no implican automáticamente una "pérdi- -
./ da de identidad", sino sólo su recomposición adaptativa.l
9
Incluso, pueden provocar la reactivación de la identidad me-
diante procesos de exaltación regenerativa.
Pero lo dicho hasta aquí no permite dar cuenta de la per-
cepción de transformaciones más profundas que parecen
implicar una alteración cualitativa de la identidad tanto en
el plano individual como en el colectivo. Para afrontar estos
casos se requiere reajustar el concepto de cambio tomando
más bien de proceso dinámico, ya que nuestra biografía, por ejemplo, es más
bien un proceso cíclico, no según un modelo evolutivo y lineal, sino según
una dialéctica de recomposiciones y rupturas.
19 Para una discusión más pormenorizada de esta problemática, ver Gi-
ménez, 1994, pp. 171-174.
UNA TEORÍA DE LAS IDENTIDADES SOCIALES 65
en cuenta, por un lado, su amplitud y su grado de profundi-
dad y, por otro, sus diferentes modalidades.
En efecto, si asumimos como criterio su amplitud y grado
de profundidad, podemos concebir el cambio como un con-
cepto genérico que comprende dos formas más específicas:
la transformación y la mutación (Ribeil, 1974, p. 142 y ss). La
transformación sería un proceso adaptativo y gradual que se
da en la continuidad, sin afectar significativamente la estruc-
tura de un sistema, cualquiera que ésta sea. La mutación en
cambio, supondría una alteración cualitativa del sistema, es
decir, el paso de una estructura a otra.
En el ámbito de la identidad personal, podrían caracteri-
zarse como mutación los casos de "conversión" en los que una
persona adquiere la convicción -al menos subjetiva- de ha-
ber cambiado profundamente, de haber experimentado una
verdadera ruptura en su vida, en fin, de haberse despojado
del "hombre viejo" para nacer a una nueva identidad.
20
En cuanto a las identidades colectivas, se pueden distin-
guir dos modalidades básicas de alteración de una unidad
identitaria: la mutación por asimilación y la mutación por difo-
renciación. Según Horowitz (1975, p. 115 y ss), la asimilación
comporta, a su vez, dos figuras básicas: la amalgama (dos o
más grupos se unen para formar un nuevo grupo con una
nueva identidad) y la incorporación (un grupo asume la iden-
tidad de otro). La diferenciación, por su parte, también asu-
me dos figuras: la división (un grupo se escinde en dos o más
de sus componentes) y la proliferación (uno o más grupos ge-
neran grupos adicionales diferenciados).
La fusión de diferenes grupos étnicos africanos en la épo-
ca de la esclavitud para formar una sola y nueva etnia, la de
los "negros"; la plena "americanización" de algunas mino-
rías étnicas en Estados Unidos; la división de la antigua Yu-
goslavia en sus componentes étnico-religiosos originarios; y
20
Ver una discusión de este tópico en Giménez, 1993, p. 44 y ss.
1
66 GILBERTO GIMÉNEZ
la proliferación de las sectas religiosas a partir de una o más
"Iglesias madres" podrían ejemplificar estas diferentes mo-
dalidades de mutación identitaria.
La identidad como valor
La mayor parte de los autores destacan otro elemento carac-
terístico de la identidad: el valor (positivo o negativo) que se
atribuye invariablemente a la misma. En efecto,
existe una difusa convergencia entre los estudiosos en la consta-
tación de que el hecho de reconocerse una identidad étnica, por
ejemplo, comporta para el sujeto la formulación de un juicio de
valor, la afirmación de lo más o de lo menos, de la inferioridad o
de la superioridad entre él mismo y el partner con respecto al
cual se reconoce como portador de una identidad distintiva
(Signorelli, 1985, pp. 44-60). '
Digamos, entonces, que la identidad se halla siempre dota-
da de cierto valor para el sujeto, generalmente distinto del que
confiere a los demás sujetos que constituyen su contraparte en
el proceso de interacción social. Y ello es así, en primer lugar,
porque, "aun inconscientemente, la identidad es el valor cen-
tral en torno al cual cada individuo organiza su relación con el
mundo y con los demás sujetos (en este sentido, el "sí mismo"
es necesariamente "egocéntrico")". Y en segundo lugar,
porque las mismas nociones de diferenciación, de comparación y
de distinción, inherentes[ ... ] al concepto de identidad, implican
lógicamente como corolario la búsqueda de una valorización de sí
mismo con respecto a los demás. La valorización puede aparecer
incluso como uno de los resortes fundamentales de la vida social
(aspecto que E. Goffinan ha puesto en claro a través de la noción
de face) (Lipiansky, 1992, p. 41).
1
UNA TEORÍA DE LAS IDENTIDADES SOCIALÍ':.S 67
1
Concluyamos:entonces, que los actores sociales -sean indi-
viduales o colectivos-- tienden, en primera instancia, a valorar
positivamente su identidad, lo que tiene por consecuencia esti-
mular la autoestima, la creatividad, el orgullo de pertenencia,
la solidaridad grupal, la voluntad de autonomía y la capacidad
de resistencia contra la penetración excesiva de elementos ex-
teriores.21 Pero en muchos otros casos se puede tener también
una representación negativa de la propia identidad, sea por-
que ésta ha dejado de proporcionar el mínimo de ventajas y
gratificaciones requerido para que pueda expresarse con éxito
moderado en un determinado contexto social (Barth, 1976, p.
28), sea porque el actor social ha introyectado los estereotipos y
estigmas que le atribuyen --en el curso de las "luchas simbóli-
cas" por las clasificaciones sociales- los actores (individuos o
grupos) que ocupan la posición dominante en la correlación
de fuerzas materiales y simbólicas, y que, por lo mismo, se
arrogan el derecho de imponer la definición "legítima" de la
identidad y la "forma legítima" de las clasificaciones sociales
(Bourdieu, 1982, p. 136 y ss). En estos casos, la percepción ne-
gativa de la propia identidad genera frustración, desmoraliza-
ción, complejo de inferioridad, insatisfacción y crisis.
La identidad y su contexto social más amplio
En cuanto construcción interactiva o realidad intersubjetiva,
las identidades sociales requieren, en primera instancia y como
condición de posibilidad, de contextos de interacción estables·
constituidos en forma de "mundos familiares" de la vida ordi-
naria, conocidos desde dentro por los actores sociales no como
objetos de interés teórico sino con fines prácticos. Se trata del
21 Como ya lo había señalado Max Weber, "toda diferencia de 'costum-
bres' puede alimentar en sus portadores un sentimiento específico de 'ho-
nor y dignidad'" (Weber, 1944, p. 317).
68 GILBERTO GIMÉNEZ
mundo de la vida en el sentido de los fenomenólogos y de los et-
nometodólogos, es decir, "el mundo conocido en común y da-
do por descontado" (the world know in common and taken for
granted), juntamente con su trasfondo de representaciones so-
ciales compartidas, es decir, de tradiciones culturales, expecta-
tivas recíprocas, saberes compartidos y esquemas comunes (de
percepción, de interpretación y de evaluación) (Izzo, 1985, p.
132 y ss). En efecto, es este contexto endógenamente organiza-
do lo que permite a los sujetos administrar su identidad y sus
diferencias, mantener entre sí relaciones interpersonales regu-
ladas por un orden legítimo, interpelarse mutuamente y res-
ponder "en primera persona" --es decir, siendo "el mismo" y
no alguien diferente- de sus palabras y de sus actos. Y todo es-
to es posible porque dichos "mundos" proporcionan a los acto-
res sociales un marco a la vez cognitivo y normativo capaz de
orientar y organizar interactivamente sus actividades ordina-
rias (Dressler, 1986, pp. 35-58).
Debe postularse, por lo tanto, una relación de determinación
recíproca entre la estabilidad relativa de los "contextos de inte-
racción" también llamados "mundos de la vida" y la identidad
de los actores que inscriben en ellos sus acciones concertadas.
¿cuáles son los límites de estos "contextos de interacción"
que sirven de entorno o "ambiente" a las identidades socia-
les? Son variables según la escala considerada y se tornan vi-
sibles cuando dichos contextos implican también procedi-
mientos formales de inclusión-identificación, lo que es el
caso cuando se trata de instituciones como un grupo domés-
tico, un centro de investigación, una empresa, una adminis-
tración, una comunidad local, un Estado-nación, etc. Pero
en otros casos la visibilidad de los límites constituye un pro-
blema, como cuando nos referimos a una "red" de relaciones
sociales, a una aglomeración urbana o a una región.
Según el análisis fenomenológico, una de las características
centrales de las sociedades llamadas "modernas" sería preci-
UNA TEORÍA DE LAS IDENTIDADES SOCIALES' 69
samente la pluralización de los mundos de la vida en el sentido
antes definido, por oposición a la unidad y al carácter englo-
bante de los mismos en las sociedades premodernas cultural-
mente integradas por un universo simbólico unitario (v.g.,
una religión universalmente compartida). Tal pluralización
no podría menos que acarrear consecuencias para la configu-
ración de las identidades sociales. Por ejemplo, cuando el in-
dividuo se confronta desde la primera infancia con "mundos"
de significados y defmiciones de la realidad no sólo diferentes
sino también contradictorios, la subjetividad ya no dispone
de una base coherente y unitaria donde arraigarse, y en con-
secuencia, la identidad individual ya no se percibe como dato
o destino, sino como una opción y una construcción del suje-
to. Por eso "la dinámica de la identidad moderna es cada vez
más abierta, proclive a la conversión, exasperadamente reflexi-
va, múltiple y diforenciada" (Sciolla, 1983, p. 48).
Hasta aquí hemos postulado como contexto social inme-
diato de las identidades el "mundo de la vida" de los grupos
sociales, es decir, la sociedad concebida desde la perspectiva
endógena de los agentes que participan en ella.
Pero esta perspectiva es limitada y no agota todas las di-
mensiones posibles de la sociedad. Por eso hay que añadir de
inmediato que la organización endógena de los mundos com-
partidos con base en las interacciones prácticas de las gentes
en su vida ordinaria se halla recubierta, sobre todo en las so-
ciedades modernas, por una organización exógena, que con-
fia a instituciones especializadas (derecho, ciencia, arte, polí-
tica, media, etc.) la producción y el mantenimiento de
contextos de interacción estables. Es decir, la sociedad es tam-
bién sistema, estructura o espacio social constituido por "cam-
pos" diferenciados, en el sentido de Bourdieu ( 1987, p. 14 7 y
ss). Y precisamente son tales "campos" los que constituyen el
contexto social exógeno y mediato de las identidades sociales.
En efecto, las interacciones sociales no se producen en el

1
70 GILBERTO GIMÉNEZ
vacío -lo que sería una especie de abstracción psicológi-
ca-, sino que se hallan "empacadas", por así decirlo, en la
estructura de relaciones objetivas entre posiciones en los di-
ferentes campos sociales.
22
Esta estructura determina las for-
mas que pueden revestir las interacciones simbólicas entre
los agentes y la representación que éstos pueden tener de la
misma (Bourdieu, 1971, pp. 2-21).
Desde esta perspectiva se puede decir que la identidad no es
más que la representación que tienen los agentes (individuos o
grupos) de su posición (distintiva) en el espacio social y de su
relación con otros agentes (individuos o grupos) que ocupan la
misma posición o posiciones diferenciadas en el mismo espa-
cio. Por eso, el coryunto de representaciones que -a través de
las relaciones de pertenencia- definen la identidad de un de-
terminado agente nunca desborda o trasgrede los límites de
compatibilidad definidos por el lugar que ocupa en el espacio
social. Así, por ejemplo, la identidad de un grupo campesino
tradicional siempre será congruente con su posición subalter-
\
na en el campo de las clases sociales, y sus miembros se regirán
por reglas implícitas tales como: "no creerse más de lo que uno
es", "no ser pretencioso", "darse su lugar", "no ser iguales ni
l \' igualados", "conservar su distancia", etc. Es lo que Goffman
denomina "sense of one's place", que según nosotros deriva de
la "función locativa" de la identidad.
Se puede decir, por consiguiente, que en la vida social las
posiciones y las diferencias de posiciones (que fundan la identi-
dad) existen bajo dos formas: bajo una forma objetiva, es decir,
independiente de todo lo que los agentes puedan pensar de
ellas, y b<Yo una forma simbólica y subjetiva, esto es, bajo la for-
ma de la representación que los agentes se forjan de las mismas.
22
Según Bourdieu, "la verdad de la interacción nunca se encuentra por
entero en la interacción, tal como ésta se manifiesta a la observación"
(1 987, p. 151). Y en otra parte afirma que las interacciones sociales no son
más que "la actualización coyuntural de la relación objetiva" (1990, p. 34).
UNA TEORÍA DE LAS IDENTIDADES SOCIAL.ElS 71
De hecho, las pertenencias sociales (familiares, profesionales,
etc.) y muchos de los atributos que definen una identidad reve-
lan propiedades de posición (Accardo, 1983, pp. 56 y 57). Y lavo-
luntad de distinción de los actores, que refleja precisamente la
necesidad de poseer una identidad social, traduce en última
instancia la distinción de posiciones en el espacio social.
Utilidad teórica y empírica del concepto de identidad
Llegados a este punto, podríamos plantear la siguiente pre-
gunta: ¿cuál es la utilidad teórica y empírica del concepto de
identidad en sociología y, por extensión, en antropología?
No faltan autores que le atribuyan una función meramen-
te descriptiva, útil para definir, en todo caso, un nuevo obje-
to de investigación sobre el fondo de la diversidad fluctuante
de nuestra experiencia, pero no una función explicativa que
torne más inteligible dicho objeto permitiendo formular hi-
pótesis acerca de los problemas que se plantean a propósito
del mismo. J. W. Lapierre escribía hace cierto tiempo: "El
concepto de identidad no explica nada. Más bien define un
objeto, un conjunto de fenómenos sobre los cuales antropó-
logos y sociólogos se plantean cuestiones del tipo 'cómo ex-
plicary comprender que ... "' (1984, p. 196).
Sin embargo, basta echar una ojeada a la abundante lite-
ratura generada en torno al tópico para percatarse de que el
concepto en cuestión también ha sido utilizado como instru-
mento de explicación.
Digamos, de entrada, que la teoría de la identidad por lo
menos permite entender mejor la acción y la interacción so-
cial. En efecto, esta teoría puede considerarse como una pro-
longación (o profundización) de la teoría de la acción, en la
medida en que es la identidad la que permite a los actores or-
denar sus preferencias y escoger, en consecuencia, ciertas al-
72 GILBERTO GIMÉNEZ
temativas de acción. Es lo que Loredana Sciolla denomina fun-
ción selectiva de la identidad (1 983, p. 22). Situándose en esta
misma perspectiva, A Melucci define la identidad como "la ca-
pacidad de un actor de reconocer los efectos de su acción como
propios y, por lo tanto, de atribuírselos" (1 982, p. 66).
Por lo que toca a la interacción, hemos dicho que es el
"medium" donde se forma, se mantiene y se modifica la
identidad. Pero una vez constituida, ésta influye, a su vez, so-
bre la misma conformando expectativas y motivando com-
portamientos. Además, la identidad (por lo menos, la iden-
tidad de rol) se actualiza o se representa en la misma
interacción (Hecht, 1993, pp. 46-52).
L ~ i ó comunicativa" es un caso articular de interac-
ción (Habermas, 1 9SS, rr, p. 122 y ss). Pues bien, la identi-
dad es a la vez un prerrequisito y un componente obligado
J
de la misma: "comunicarse con otro implica una definición,
a la vez relativa y recíproca, de la identidad de los interlocu-
tores: se requiere ser y saberse alguien para el otro, como
también nos forjamos una representación de lo que el otro es
en sí mismo y para nosotros" (Lipiansky, 1992, p. 122).
Pero el concepto de identidad no sólo permite compren-
der, dar sentido y reconocer una acción, sino también explicar-
la. Para A Pizzomo, comprender una acción significa identifi-
car su sujeto y prever su posible curso, "porque la práctica del
actuar en sociedad nos dice, más o menos claramente, que a
identidades 11 corresponde una acción que sigue reglas R1"
( 1989, p. 177). Explicar una acción, en cambio, implicaría rei-
dentificar a su sujeto mediante el experimento mental de ha-
cer variar sus posibles fines y reconstruyendo (incluso históri-
camente) su contexto cultural pertinente ("ricolocazione
culturale"), todo ello a partir de una situación de incertidum-
bre que dificulta la comprensión de la misma ("intoppo").
23
23
Véase una aplicación de estos procedimientos al análisis político en
el mismo Pizzorno, 1994, particularmente en las pp. 11-13.
1
UNA TEORÍA DE LAS IDENTIDADES SOCIALÉS 73
Pero hay más: el concepto de identidad también se ha re-
velado útil para la comprensión y explicación de los conflic-
tos sociales, bajo la hipótesis de que en el fondo de todo con-
flicto se esconde siempre un conflicto de identidad.
En todo conflicto por recursos escasos siempre está presente un
conflicto de identidad: los polos de la identidad (auto y heteroi-
dentificación) se separan y la lucha es una manera de afirmar la
unidad, de restablecer el equilibrio de su relación y la posibili-
dad del intercambio con el otro fundado en el reconocimiento
(Melucci, 1982, p. 70).
Situándose en esta perspectiva, Alfonso Pérez Agote
(1 986, p. 81) ha formulado una distinción útil entre conflictos
de identidad e identidades en conflicto:
Por conflicto de identidad entiendo aquel conflicto social que
se origina y desarrolla con motivo de la existencia de dos for-
mas -al menos- de definir la pertenencia de una serie de in-
dividuos a un grupo2
4
[ ••• ] Por identidades en conflicto o
conflicto entre identidades entiendo aquellos conflictos socia-
les entre colectivos que no implican una disputa sobre la identi-
dad, sino que más bien la suponen, en el sentido de que el
conflicto es un reconocimiento por parte de cada colectivo de
su propia identidad y de la identidad del otro; un ejemplo pro-
totípico lo constituyen los conflctos étnicos y raciales en un
espacio social concreto, como puede ser una ciudad estadouni-
dense (p. 81 ).
En un plano más empmco, el análisis en términos de
identidad ha permitido descubrir la existencia de actores so-
ciales por largo tiempo ocultados bajo categorías o segmen-
tos sociales más amplios.
25
También ha permitido entender
2
4
El autor está pensando en los "nacionalismos periféricos" de España,
como el de los vascos, por ejemplo.
25 Tal ha sido el caso de los rancheros de la sierra 'jamilchiana" (límite
74 GILBERTO GIMÉNEZ
mejor los obstáculos que enturbian las relaciones interétni-
cas entre la población negra y la de los americanos-europeos
en Estados Unidos, poniendo al descubierto los mecanismos
de la discriminación racial y explicitando las condiciones
psicosociales requeridas para una mejor relación intra e in-
terétnica (Hecht, 1993).
En fin, también parecen indudables las virtudes heurísticas
del concepto. El punto de vista de la identidad ha permitido
plantear bajo un ángulo nuevo, por ejemplo, los estudios re-
gionales (Bassand, 1990, y Gubert, 1992) y los estudios de gé-
nero (Di Cristofaro Longo, 1993; Balbo, 1983,
26
y Collins,
1990), así como también los relativos a los movimientos socia-
les (Melucci, 1982 y 1989), a los partidos políticos (Pizzorno,
1993), a los conflictos raciales e interétnicos (Hecht, 1993, y
Bartolomé, 1996), a la situación de los Estados nacionales en-
tre la globalización y la resurgencia de los particularismos ét-
nicos (Featherstone, 1990), a la fluidez cultural de las franjas
fronterizas y a la configuración transnacional de las migracio-
nes (Kearney, 1991 ), etc., por mencionar sólo algunos de los
campos de estudio que han sido revitalizados por el paradig-
ma de la identidad.
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Esteban Barragán López en un sugestivo estudio publicado por la revista
Relacio1U!s (1990, pp. 75-106), de El Colegio de Michoacán.
26 La identidad es un nudo teórico fundamental del saber femenino. La
formación de identidades, colectivas e individuales, de las mujeres consti-
tuye un dato emergente, problemático y disruptivo de nuestro tiempo.
Discutiendo sobre la identidad, no podemos menos que plantear la cues-
tión de las relaciones entre las contribuciones del feminismo y las de otros
enfoques y tradiciones de estudios (Balbo, 1983, p. 80).
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SOBRE lA IDEOLOGÍA DEL MESTIZAJE
(O cómo el Garcilaso Inca anunció,
sin saberlo, muchas de nuestras desgracias)
Guillermo Bonfil Batalla
1
l. Garcilaso, el mestizo
Sobre el Inca Garcilaso de la Vega se han escrito millares de
páginas y, naturalmente, se han acuñado interpretaciones
que se convirtieron en un lugar común: se ha documentado
la influencia que asimiló del neoplatonismo florentino,
particularmente de la obra de León Hebreo, cuyos Dialoghi
d'Amore tradujo al castellano; o se ha hablado de su eclecti-
cismo y de su condición de historiador humanista. Pero, s ~ ­
bre todo, se exalta su aparición como el primer gran mesti-
zo que realiza una obra intelectual reconocida y valorada
en la propia península. El Inca encarnaría al nuevo hom-
bre americano no sólo por la indudable mezcla de sangres
española e india que corre por sus venas, sino también por-
que su obra anuncia ya la fusión de dos civilizaciones. Uno
de sus estudiosos, José Durand, lo dice en estos términos:
"Ya tenemos aquí, desde sus primeros instantes, la firme
aparición del mestizaje cultural, indudablemente hispáni-
1
Cuando presentó esta ponencia, el siempre recordado maestro fungía
como coordinador del Seminario de Estudios de la Cultura del Consejo
N aciana! para la Cultura y las Artes. Este libro es un homenaje a su obra y
memoria QMVA).
79
80 GUILLERMO BONFIL BATALLA
co y humanista, pero también con raíces hundidas en suelo
americano".
2
mn qué consiste lo mestizo de la de Garcilaso? Su
formación intelectual es netamente occidental y su obra
puede ubicarse con toda precisiól_l de la trayectoria
del pensamiento europeo: nada e_ste campo, l_a
presencia de una impronta intelectual mdia, aJena a la
ción de Occidente. Cuando se aborda este tema se cae faCil-
mente en consideraciones subjetivas y generalizaciones de
dificil comprobación, como cuando Durand escribe:
Aquella resignación cristiana y judaica, tan grata alinea, armo-
nizaba con la paciencia y resignación del indio peruano: ras-
gos quechuas tan característico_s com? evidentes. Tradicwnes
bíblicas y clásicas venían a reururse asi con la sangre de sus ve-
nas.3
La confluencia es, entonces, del intelecto europeo con el
temperamento indio: se la y el corazón. Pero
aún en esto no hay fusión m mestiZaje, porque el pensa-
miento es europeo y la emoción es india.
El propio Durand pone énfasis en otra idea mu,cho
sugerente, ya expuesta antes, entre otros, por Menendez PI-
dal: la intención de armonizar que puede rastrearse en la
obra del Inca Garcilaso. Ante todo, se trataría de armonizar
los méritos y virtudes tanto de los de
los vencidos, cuyas obras benefician por Igual VIeJO y al
Nuevo Mundo. Y Garcilaso es plenamente consciente de que
debe armonizar la valoración de la conquista. Al final de la
Historia general del Perú, haciendo el balance de su se-
ñala: "espero no haber servido menos en ella a los espanoles
2 José Durand, "Estudio preliminar", en Garcilaso Inca de la Vega, His-
toria General thl Perú, segunda parte de los Comentarios Reales, 4 vols., Ltrna,
Univ rsidad Nacional Mayor de San Marcos, 1962, vol. I, p. 18.
8 ldem.
' .
SOBRE l.A IDEOLOGIA DEL MESTIZAJE 81
que ganaron aquel imperio, que a los incas que lo poseye-
ron".4
En cierto sentido, el problema "mestizo" del Inca se resuel-
ve evitando la confrontación entre una verdad y una mentira
(lo que significaría, necesariamente, tomar partido desde el
momento mismo de formular la. cuestión). Opta, entonces,
por una posición ecléctica y sincrética, derivada, en opinión
de Durand, directamente de su admirado León Hebreo: "co-
mo una verdad no puede ser contraria de otra verdad, es ne-
dar lugar a la una y a la otra y concordarlas".
5
Esta sería, . entonces, la característica fundamental del
mestizo y de lo mestizo: su voluntad y su capacidad de armo-
nizar dos verdades diferentes, dos sistemas de valores, dos
historias y dos culturas. Otros pensadores, más tarde, no ve-
rán conjunción armónica en el mestizo, sino contradicción y
desgarramiento, pero en una y otra perspectiva se parte de
admitir la coexistencia de dos mundos distintos en el ser del
mestizo.
Es probable que, efectivamente, en el caso del Inca Garci-
laso haya habido una búsqueda permanente de ideas acep-
tables en la España del siglo XVI que permitieran reivindicar
los derechos del mestizo. La herencia india debería ser equi-
parable a la europea, porque si se admitía inferior el mestizo
quedaba en posición de desvent:=ya frente al peninsular y el
criollo. Era necesario exaltar los valores del mundo incaico,
cuidando al mismo tiempo que no se pusieran en duda los
beneficios que la invasión española había llevado a los in-
dios, y Garcilaso, es bien sabido, aspiraba a recompensas y
honores precisamente por su condición de mestizo descen-
diente del Inca.
Pero aquí lo que me interesa de manera central no son las
piruetas ideológicas que tuvo que hacer Garcilaso para tra-
4
!bid, vol. IV, p. 117 4.
5
/bid, vol. 1, p. 29.
-
------------.. -
82 GUILLERMO BONFIL BATALlA
tar de armonizar sus dos herencias y afirmar sus méritos na-
turales en tanto mestizo. Lo q!Je me importa es señalar que
la biografía y la obra del Inca han sido usadas de manera re-
currente para fundamentar, con el ejemplo de un destacado
personaje de los primeros años de la conquista del Perú, una
cierta perspectiva para entender a los países latinoamerica-
nos: la ideología del mestizaje. Garcilaso ha venido a ser uno
de los arquetipos del mestizo dentro de esa ideología. Gran
parte de la exégesis de su obra es, en el fondo, un rastreo
ideologizado de los orígenes del ser mestizo.
JI. Trayectoria y perfil de la ideología del mestizaje
En la obra del Inca Garcilaso se encuentran ya perfiladas al-
gunas de las principales características que definen la ideo-
logía del mestizaje. Hablo aquí tanto del mestizaje biológico
como del cultural, pues sólo en fecha reciente se ha intenta-
do separar ambos fenómenos de ese discurso ideológico.
En efecto, los llamados "primeros americanos", particu-
larmente los reconocidos como mestizos, el Inca entre ellos,
apelaron a su condición de herederos de dos sangres, la in-
dia y la española, para afirmar su particularidad. Esto, por
supuesto, adquiere un matiz diferente según la estirpe de los
progenitores: Garcilaso reclama el reconocimiento de sus
derechos por ser heredero directo del Inca e hijo natural de
un conquistador noble y cristiano viejo.
Durante siglos la mezcla de sangres europea e india se to-
mó como causa y razón de una condición social precisa den-
tro de la estructura estamentaria de las colonias americanas,
a la que se asociaban necesariamente, por razón biológica
natural, ciertos hábitos, rasgos de personalidad y conductas
que se consideraban características de los mestizos.
Conviene aquí insistir en una distinción que a menudo
SOBRE lA IDEOLOGÍA DEL MESTIZAJE' 83
parece ignorarse. El mestizaje biológico fue una realidad
desde el inicio mismo de la invasión de América. Los moti-
vos son claros, y los principales tienen que ver con la escasez
de mujeres españolas y con la condición de servidumbre de
las indias. Pero no todos los mestizos biológicos fueron reco-
nocidos socialmente como mestizos. Muchísimos, sin duda,
crecieron en sus comunidades identificados como indios, sin
que su sangre mezclada les asignase una posición diferente.
El mestizo reconocido conformaba una categoría social
particular, con obligaciones, derechos y prohibiciones espe-
cíficos dentro de la sociedad colonial. Hace tiempo insinué
que se trataba de una categoría social necesaria para el fun-
cionamiento de la estructura de dominación y explotación
colonial.
6
Pienso que fue así, particularmente en la Nueva
España y en el Perú, debido en gran medida a la magnitud
de la población india que obligó a los colonizadores a crear
un estamento intermedio entre ellos y los colonizados (in-
dios y negros) que facilitara el control y la administración de
las colonias americanas. El mestizo sería entonces, en tanto
categoría social, un segmento desprendido y desarraigado
de la sociedad india, que cumpliría funciones de interme-
diación al servicio de la administración colonial. Un papel
semejante se les asignó más adelante a los mulatos (también
entendidos en su condición social y no biológica), quienes
incluso alcanzaron preferencia sobre los mestizos en tareas
como mayordomos y capataces en plantaciones, minas y
obrajes. No ignoro que al paso del tiempo surgieron bandas
de mestizos, mulatos y miembros de otras castas que perma-
necían marginales al orden colonial; lo que apunto es sola-
mente la conveniencia de entender esas categorías sociales
intermedias a partir del rol que les fue asignado en la com-
pleja organización social de las colonias.
6
"El concepto del indio en América: una categoría colonial", en Anales
de Antropología, vol. IX, México, UNAM, 1972, pp. 105-124.
84 GUILLERMO BONFIL BATALlA
El mestizo distaba de ser un privilegiado en ese orden so-
cial. Las aspiraciones de los mestizos de ascendencia india
noble, como las que alentó durante toda su vida Garcilaso, se
esfumaron muy pronto y sólo revivieron esporádicamente a
raíz de la Independencia como pretensiones a un trono de-
saparecido y por parte de supuestos herederos como los
Moctezuma.
Es justamente a fines del siglo XVIII y principios del XIX
cuando de manera más clara se percibe la paulatina estruc-
turación de la ideología del mestizaje. En un primer mo-
mento se presenta como la afirmación del criollo: no des-
cansa en la valoración de la mezcla de sangres sino en el
efecto de la naturaleza americana sobre quienes nacen en
ella, aunque desciendan sólo de europeos. Es el momento
en que se exaltan las virtudes naturales del nuevo continente
y se enfrenta el pensamiento eurocéntrico que afirmaba la
condición degradada de todo lo oriundo de América. El te-
ma y las polémicas al respecto son ampliamente conocidos,
por lo que no entraré aquí en mayores detalles.
La ideología criolla, si no recurre a la valoración positiva
de la mezcla de sangres, descansa necesariamente en el reco-
nocimiento del valor de "lo americano". El criollo participa
de esos valores aunque sólo sea por haber nacido en Améri-
ca y no en Europa.
Es eso americano, a veces intangible, lo que lo hace dife-
rente, no europeo, y, ¿por qué no?, superior. En ese sentido,
la ideología del criollismo prefigura la ideología del mesti-
zaje. Aunque, por otra parte, la incorporación de lo indio es
diferente, porque el criollo sólo llega a exaltar el pasado in-
dio para probar la igualdad o superioridad de la tierra ame-
ricana, no del indio. La Historia antigua de México, de Francis-
co Xavier Clavijero, es un claro ejemplo de esta manera de
concebir lo criollo.
En el transcurso del siglo XIX se consolida, en algunos paí-
SOBRE lA IDEOLOGÍA DEL MESTIZAJE 85
ses más que en otros, la ideología del mestizaje, que llega a
predominar sobre la del criollismo. Es claro que estos cam-
bios no ocurren al mismo ritmo ni con la misma intensidad
en todas las naciones latinoamericanas.
Entre México y los países del Río de la Plata, por ejemplo,
la diferencia es evidente y muy acentuada; pero también
existe entre México y Perú o Bolivia, por tomar casos con an-
tecedentes semejantes: el criollismo perdura más en esos
países andinos, en tanto que la ideología del mestizaje pre-
domina en México al menos durante los últimos cien años.
En la ideología del mestizaje se afirma el surgimiento de
un nuevo pueblo y una nueva cultura por la fusión armónica,
tanto en lo biológico como en lo cultural, de los mejores ras-
gos de las dos razas y civilizaciones madres: la occidental eu-
ropea en su variante española, y la india (la mesoamericana,
para el caso de México).
También en la ideología del mestizaje predomina la valo-
ración de lo indio sólo como pasado, sólo como origen. El
indio vivo, en cambio, se percibe como degradado precisa-
mente por haber mantenido su pureza (sea pureza de sangre
o aislamiento por apego a una cultura estancada y también
degradada); es decir, el indio vivo se devalara ante la mirada
del mestizo en razón de que permaneció indio y no "avanzó"
hacia la etapa superior que encarna el mestizo gracias a la
confluencia del componente europeo. De ahí que un liberal
de vanguardia de la talla del doctor José María Luis Mora re-
comienda que se estimule la inmigración masiva de euro-
peos, en la segunda mitad del siglo pasado, para que con su
sangre y su cultura aceleren el ritmo del mestizaje y lo con-
cluyan en el plazo más breve posible.
En su clásico ensayo sobre Los grandes problemas nacionales
(1909), Andrés Molina Enríquez expresó en su forma más
acabada la ideología del mestizaje y extrajo las consecuen-
cias sociales, políticas y económicas que se derivaban de ella
86 GUILLERMO BONFIL BATALlA
y perfilaban las líneas rectoras de un nuevo proyecto nacio-
nal. Para él, el mestizo sociobiológico es quien expresa al
verdadero mexicano y el único que puede asegurar el futuro
del país. Ni los indios ni los criollos reúnen las condiciones
para guiar al conjunto de la nación. Igual que en la geogra-
fia Molina Enríquez define la zona fundamental de los ce-
reales como el espacio central y privilegiado para articular la
totalidad del territorio nacional, así propone al mestizo co-
mo el prototipo que anticipa lo que será la sociedad mexica-
na: "La base fundamental e indeclinable de todo trabajo en-
caminado en lo futuro al bien del país, tiene que ser la
continuación de los mestizos como elemento étnico prepon-
derante y como clase política directora de la población".
7
Las tesis del mestizaje cobraron una gran fuerza tras el
triunfo de la revolución de 191 O. En el terreno ideológico, la
obra de José Vasconcelos en su primera etapa señala rumbos
que influyen en muchos otros pensadores latinoamericanos.
La "raza cósmica" es la raza universal y por lo mismo mesti-
za, y tiene que surgir, por confluencia única de historias, pre-
cisamente en la América Latina. En el ámbito nacional, Vas-
concelos auspicia el nacimiento de un arte que se requiere
mexicano y universal por ser mestizo. En las apasionadas dé-
cadas de los veinte a los cuarenta, artistas e intelectuales se
comprometen en la tarea ingente de crear una cultura nacio-
nal que después, desde arriba, se extendería a toda la pobla-
ción a través de la cruzada redentora que debería dar el con-
tenido de fondo a la acción educativa. El movimiento
nacionalista en el arte busca con todo propósito las expresio-
nes mestizas, entendidas como la mezcla armoniosa de for-
mas, ritmos, colores y motivos que proceden por igual del
pasado precolonial, siempre exaltado, el folclor campesino,
las culturas indias también idealizadas y el empuje esperado
7
Andrés Molina Enríquez, Los grandes problemas nacionales. Problemas
agrícolas e industriales de México, 2aed., México, 1953, vol. 5, núm. 1, cap. V.
SOBRE lA IDEOLOGÍA DEL MESTIZAJ'F. 87
de la modernización tecnológica que asegurará un mejor
aprovechamiento de los recursos nacionales en beneficio
equitativo de todos los mexicanos.
Como en el muralismo, también en los libros de texto y en
el discurso oficial fragua en poco tiempo la mitificación del
mestizaje. La historia se resume así: nuestro origen es indio
y el pasado precolonial es glorioso, pleno de logros sorpren-
dentes que nos califican como creadores de una de las más
altas civilizaciones que ha forjado la humanidad. Viene des-
pués un interludio oscuro: la conquista sangrienta y tres si-
glos de opresión colonial, con algunos destellos que anun-
cian la futura grandeza del mexicano mestizo (Sor Juana
Inés de la Cruz, el proceso de amalgamación del mineral de
plata con mercurio, la llamada "Ciudad de los Palacios" y un
etcétera no muy largo). Con la Independencia se recupera la
historia propia y va surgiendo mestiza. Juárez, el presidente
indio, y la generación liberal de la Reforma, encarnan el se-
gundo gran jalón histórico y derrotan al Imperio, nuevo y
vano intento europeo por someter al país. Con la Revolu-
ción de alguna manera concluye la historia: culmina el mes-
tizaje, surge finalmente el mexicano real y comienza un
avance, que no habrá de detenerse, hacia la justicia y la pros-
peridad. El presente y el futuro no son un resultado aleato-
rio de la historia. Las cosas son exactamente.f la inversa: la
bistoria fue como fue porque debía concluir' en lo que so-
mos. Fue una historia necesaria, como si hubiera estado es-
crita de antemano.
El futuro también está anunciado y sólo es cuestión de na-
dar con la corriente, en el sentido de la historia por venir. Y
aquí encuentra su misión y su razón el indigenismo, la nueva
política para enfrentar el "problema indígena". De lo que se
trata es de forjar a la patria (un solo pueblo, una cultura co-
mún, un mismo idioma y una voluntad compartida por to-
dos) e incorporar a los indios a esa tarea, por pleno derecho
l. - - ~ '
88 GUILLERMO BONFIL BATALlA
y porque su redención es un acto de justicia inpostergable.
¿cuál es el camino? El único que cabe en la ideología del
mestizaje: mexicanizar al indio, esto es, volverlo mestizo por
sangre y cultura, desindianizarlo. Para que el indio se salve y
entre al futuro, debe dejar de ser indio. En sí mismo no po-
see la semilla de su redención. Su justificación en la historia
fue la de dar nacimiento al mestizo. Su realización futura se
alcanzará solamente por lo que es como componente origi-
nario del mestizo, su nueva, necesaria y superior realidad.
III. El indio visto desde la ideología del mestizaje
No es uno, son dos entidades diferentes: el indio original, an-
terior a la invasión, el indio madre del mestizo, y el indio con-
temporáneo del mestizo, hoy o ayer, el indio vivo.
Al primero se le exalta y se le idealiza, a veces con exage-
ración grotesca. Es nuestro pasado más profundo, el tronco
original en el que florecerá el mestizo. Al otro indio, al con-
temporáneo, se le ve de manera diferente.
La exaltación del pasado indio es la respuesta ideológica del
mestizo a los vituperios que acumulan durante tres siglos mu-
chos cronistas españoles, criollos y aun mestizos sobre la natura-
leza y costumbres de los habitantes originales del llamado Nue-
vo Mundo.
8
Es también, como ya indiqué, una reivindicación
necesaria para quien se asume mestizo: la afirmación de su otra
mitad. Lo occidental es un injerto; raíz y tronco son indios.
La conceptualización del indio contemporáneo reviste va-
rias formas. Ha sido frecuente que se le considere degrada-
do. El gran responsable de su degradación sería el régimen
B Un excelente resumen lo hace Leonel Durán, "Las culturas indígenas
de México y su proceso de cambio e identidad", en José Alcina Franch
(comp.), Indianismos e indigenismos en América, Madrid, 1990, Alianza Edi-
torial, pp. 235-250.
SOBRE lA IDEOLOGÍA DEL MESTIZAjE 89
colonial. Los indios sabios, prudentes, valerosos y trabajado-
res que construyeron el maravilloso mundo precolonial per-
dieron sabiduría, prudencia, valor y espíritu de trabajo a lo
largo de tres siglos de explotación, abandono, tutelaje y to-
da suerte de imposiciones. En México, a mediados del siglo
pasado, algunos liberales culpaban particularmente al clero
de haber provocado la degradación de los indios; los conser-
vadores respondían haciendo responsables a los borbones
por haber expulsado a los jesuitas y a los liberales por tratar
de imponer la libertad de cultos. Unos y otros, como se ve,
concordaban a fin de cuentas en que los indios contemporá-
neos estaban degradados.
Las recetas para enfrentar el problema del indio degrada-
do fueron variopintas. Algunos pedían exterminar a las "tri-
bus bárbaras" del norte. Baste un botón de muestra:
Los americanos, dueños de la Arizona, han comenzado contra
los apaches una guerra de represalias, que es la mejor lección
que se podría dar a los sonorenses. La piel de un apache no por
ser roja se agujera con menos facilidad que la de un blanco y ésta
es una verdad útil y que el porvenir justificará a no dudarlo.
9
Desde otras posiciones se propusieron alternativas a la tesis
abiertamente exterminadora. Para algunos, la solución era
acelerar el mestizaje y para ello se recomendaba auspiciar la
inmigración, preferentemente la europea (tesis consecuente
con la ideología del mestizaje: ante la abrumadora mayoría
de la "raza" indígena, era necesario equilibrar los componen-
tes de la población, armonizados incrementando el caudal de
sangre europea). Para otros, la panacea era la educación, que
permitiría civilizar al bárbaro degradado. Algunos más no
9
El Pájaro Verde, núm. 406, 4 de noviembre 1864, p. 3. Agradezco al
Centro de Investigaciones y Estudios Superiores de Antropología Social
el haberme permitido consultar el fichero sobre la prensa del siglo XIX re-
lativo a temas indígenas.
90 GUILLERMO BONFIL BATALlA
dudaron en exaltar los beneficios que finalmente traía la "le-
va", porque el reclutamiento militar forzado permitía, al me-
nos, que los indios mostrencos entraran en contacto con otras
formas de vida más civilizadas y tomaran ejemplo de ellas.
·Durante el siglo XIX predomina la visión de una sociedad
dividida entre indios y criollos; el término de mestizo se em-
plea poco, aunque la noción del ser mestizo sí está presente y
aflora a veces con toda su ambigüedad. En 1863, El Pájaro
Vérde editorializa sobre la celebración del aniversario de la
Independencia:
Porque somos los retoños de la raza conquistadora, es ridículo
que nos pongamos en la categoría de raza conquistada, pero ce-
lebrar la Independencia no consiste, por más que se diga, en re-
negar de nuestra ascendencia.
Hágase una prueba: difúndase entre las tribus de nuestros de-
siertos, en los campos de Yucatán, las ideas que se estampan en
los discursos cívicos: el primer efecto será pasamos a cuchillo a
cuantos hablamos castellano, a cuantos adoramos al Crucificado,
a cuantos vivimos en ciudades y no llevamos la existencia nómada
del bárbaro.
Cada uno de nuestros lectores puede palpar la verdad de lo que
decimos: tiene dos nombres, uno cristiano y otro de familia: los dos
le atestiguan que es miembro de la raza hispanoamericana, raza
que tiene ser propio, existencia suya, que no es europea pura ni in-
dígena pura, pero sí heredera de ambas reunidas, y de consiguien-
te, no la conquistada. Está leyendo esto en castellano, y no era ésta
el habla de la raza anterior. ¿Por qué, pues, ese empeño en poner-
nos como conquistadores nosotros mismos?
Ya es tiempo de que tal error desaparezca porque no se avie-
ne con nuestra dignidad, ni con la verdad. Es imputación falsa, y
la rechazamos como tal.
10
lO Pedro Ruiz, "Aniversario de hoy, celebrado por hispanoamerica-
nos", El Pájaro Verde, núm. 53, 16 de septiembre 1863, p. 2.
SOBRE lA IDEOLOGÍA DEL MESTIZA/E 91
El texto no requiere comentario o amerita tantos que des-
bordarían los límites de este ensayo.
Un último punto sobre la imagen del indio en la ideolo-
gía del mestizaje. Su presencia, la del indio contemporá-
neo, cuestiona por sí misma la idea dé que la nación existe
-la nación mestiza, por supuesto-. Esa nación mestiza se
convierte entonces en un proyecto: hay que construirla. La
imitación de los modelos ideológicos europeos lleva a asu-
mir que un Estado es la expresión política de una sociedad
homogénea cuyos miembros son de una misma raza, ha-
blan una sola lengua, participan de una cultura común,
profesan la misma fe religiosa y comparten convicciones y
sentimientos. En estas repúblicas de próximo pasado colo-
nial, la existencia de los indios invierte los términos: el
Estado no expresa a una sociedad unificada preexistente,
sino que al Estado le corresponde la responsabilidad de
edificar esa sociedad.
Las culturas indias, entendidas como culturas-madres en
la ideología del mestizaje, sólo pueden existir como cosa
muerta. Las que sobreviven, las contemporáneas, son per-
cibidas únicamente como residuos, como fósiles: un fantas-
'
ma anacrónico que pálida y difusamente recuerda lo que
fue, pero nunca refiere al presente y menos aún al futuro.
La folclorización de las culturas indias contemporáneas, su
canalización y la forma en que la sociedad "mestiza" pre-
tende adueñarse de ellas y usarlas (las fiestas, las artesanías,
las danzas, la música) se explican de manera más clara si las
inscribimos en el contexto de discurso ideológico del mes-
tizaje.
La sociedad nacional se mantiene escindida y la divi-
sión fundamental la establece la existencia de los indios.
En medio de una contradicción irresoluble, el mestizo, el
nacional, se distingue y se separa del indio: lo rechaza y lo
niega. Su propia identidad, que comenzó, como en el Inca
92 GUILLERMO BONFIL BATALLA
Garcilaso, proclamando encarnar en sí la fusión armónica
de lo mejor de dos razas y dos civilizaciones, termina ex-
presándose como una identidad negativa: ser mestizo es
no ser indio. Años atrás, al explorar la ideología del "ladi-
n ~ " en Guatemala, Carlos Guzmán Blockler concluyó por
definirlo como un "ser ficticio" .
11
Si ahondamos un poco
en la contradicción, constatamos que la ideología del mes-
tizaje intenta armonizar la reivindicación de un ancestro
indio (la madre), equiparable o aun superior en sus valo-
res al otro ancestro europeo (el padre), con la negación
del indio de hoy, que dota de identidad al mestizo, no
porque represente a su progenitor, sino porque es lo que
el mestizo no es.
IV. Cinco siglos ... ¿y después?
Tengo la convicción de que la ideología del mestizaje forma
el sustrato de muchos de los problemas y las historias torci-
das de los países latinoamericanos. Está en el fondo del pen-
samiento de Sarmiento al concebir el enfrentamiento entre
barbarie y civilización. Orienta las aspiraciones de "progre-
so", "desarrollo" y "modernización" que han animado suce-
sivamente a los proyectos nacionales en que han embarcado
a nuestros países sus élites criollas y mestizas. Como en Gar-
cilaso, estos proyectos se inscriben en la razón occidental.
Niegan lo indio y se proponen siempre un imposible pro-
yecto sustitutivo. Y lo que debe sustituir a lo indio no es la
nueva cultura híbrida o mestiza, que conjuga lo mejor de
dos civilizaciones originales: es, simple y llanamente, el mo-
delo occidental.
!1 Carlos Guzmán Blockler y J ean-Loup Herbert, "El ladino, un ser fic-
ticio", en Guatemala: una interpretación histórico-social, México, 1970, Siglo
XXI, cap. VI.
SOBRE LA IDEOLOGÍA DEL MESTIZA] t. 93
He planteado que el mestizaje, como proceso que da ori-
gen a una nueva cultura en la cual armonizar los componen-
tes de dos civilizaciones que entraron en contacto hace qui-
nientos años, no existe en América Latina. Es obvio que hay
mestizaje biológico, y no sólo entre dos sino entre tres gru-
pos raciales fundamentales. Es obvio, también, que las di-
versas culturas, originarias o trasplantadas, se han modifica-
do sustancialmente en el transcurso de los siglos y cada una
de ellas ha incorporado una cantidad variable de rasgos y
complejos culturales que provienen de las otras. Pero esta in-
terpenetración no ha desembocado en la formación de una
nueva cultura "mestiza". Sostengo
12
que el proceso histórico
ha corrido en dos vertientes principales: una conduce a la
desindianización, esto es, a la pérdida por compulsión de la
identidad étnica original, que se traduce, o en la incorpora-
ción al mundo "mestizo" dominante y la adopción de su cul-
tura (occidental), o al "indio que no sabe que es indio", es
decir, a un cambio de identidad que nova acompañado de la
pérdida de una cultura básica de matriz india. La segunda
vertiente provoca transformaciones en la cultura (por impo-
sición o por apropiación de elementos culturales ajenos) que
no resultan en un proceso de convergencia (lo que llevaría al
mestizaje), sino que son maneras de adaptación de los gru-
pos culturalmente diferenciados a los cambios que ocurren
en la sociedad global de la que forman parte. Pongo un solo
ejemplo de esto último: los mixes, que habitan en una de las
regiones más abruptas y aisladas del aislado y abrupto esta-
do de Oaxaca, tienen hoy un centro cultural en el que mu-
chachas y muchachos de la comunidad trabajan con compu-
tadoras para registrar en su propia lengua el riquísimo
acervo de su tradición oral. Con las computadoras no son
menos mixes ni se vuelven culturalmente "mestizos": todo lo
12
Cf México profuniÚ!. Una civilización negada, 2
3
ed., México, CNCA/Gri-
jalbo, 1989.
94 GUILLERMO BONFIL BATALLA
contrario, se apropian del uso de esa tecnología para avan-
zar en su propio proyecto étnico, en el proyecto mixe. La di-
ferencia y la oposición frente a la llamada cultura nacional
no se reducen por la presencia de las computadoras, sino
que se afirman y se actualizan.
Decenas, tal vez cientos, de miles de indios viven hoy, de
manera permanente, en muchas grandes ciudades latinoa-
mericanas (México, Lima, La Paz, Tijuana y aun Buenos Ai-
res). En algunos casos predomina ya una segunda genera-
ción de indios citadinos, que nacieron y han crecido en
grandes urbes. Y, contra lo que nos enseñó la sociología an-
glosajona, siguen siendo indios: reproducen en la ciudad,
hasta donde pueden, su cultura de origen (comida, fiestas,
etc.); usan en el hogar y entre ellos su propio idioma; se or-
ganizan mediante una red de lazos solidarios (vecindad, pa-
rentesco, compadrazgo), y mantienen vínculos permanentes
con sus comunidades de origen. Muchos de sus hábitos son
urbanos, esto es, occidentales (es decir, "mestizos"), y sin
embargo, se reconocen y se afirman como indios. En los
Andes y en Mesoamérica, nuestras sociedades siguen escin-
didas por una barrera de civilización: la occidental, hereda-
da por los mestizos, criollos y desindianizados asimilados, y
la india, patrimonio histórico del pobrerío y no sólo de los
que hoy reconocemos como indios.
Y así, con esa vieja oposición de origen colonial, llega-
mos al quinto centenario, finalizamos el siglo XX y avanza-
mos hacia el tercer milenio (según la cronología cristiana
occidental). No somos los pueblos mestizos que pregonan
la ideología oficial y la propaganda turística. No se ha con-
sumado la ansiada raza cósmica. La década de los noventa
nos arroja al torbellino de un mundo de economías y comu-
nicaciones globalizadas, a un mundo que tardará en repo-
nerse de la quiebra de ilusiones y certezas que forjó Occi-
dente. Para el tema que aquí nos ocupa, este mundo del
SOBRE LA IDEOLOGÍA DEL MESTIZAJE 95
quinto centenario y el fin del milenio nos anuncian tam-
bién nuevas y más firmes esperanzas; por todas partes, co-
mo hongos bajo la lluvia, surgen los rostros propios de la
humanidad negada: los innumerables pueblos a los que
Occidente, en cualquiera de sus disfraces, trató de borrar-
les su historia y su cultura y quiso cancelarles un futuro pro-
pio. Y precisamente ahora, cuando tanto parece indicar
que caminamos finalmente hacia la ansiada cultura univer-
sal única (ansiada por Occidente y, naturalmente, cultura
occidental), pueblos grandes o minúsculos, todos despre-
ciados, exigen participar en un nuevo orden con su propio
perfil, en su lengua, con su cultura celosamente conservada
y pronta para actualizarse.
¿cómo compaginar estos procesos contradictorios? La
inercia nos llevaría a pretender aplicar la ideología del mes-
tizaje: reconocer los aportes de todos y, a fin de cuentas, im-
poner a como dé lugar los principios y los valores de Occi-
dente. ''Armonizar" ideológicamente; en la realidad, negar
al otro.
No es con el pensamiento de Occidente como podremos
entender y ordenar el futuro de todos. Al menos, no con el
pensamiento dominante en Occidente, no con el que ha re-
gido y justificado sus acciones en los últimos quinientos
años. Es indispensable aceptar al otro, finalmente. Para ello,
el primer paso es aprender a verlo y la trayectoria intelectual
de Occidente ha demostrado hasta la náusea que no posee la
óptica adecuada.
En nuestras jóvenes repúblicas, precariamente armadas
sobre viejos pueblos, hay reservas de experiencias acumula-
das que forman una rica veta de cosmovisiones y pensamien-
tos capaces de iluminar otros senderos. Es una veta soterra-
da, tal vez sólo porque no la hemos querido ver. Nos puede
enseñar otra manera de concebir la naturaleza y de relacio-
narnos con ella, otro sentido que darle al trabajo, una mane-
96 GUILLERMO BONFIL BATALLA
ra distinta de entender el progreso y la felicidad, una alter-
nativa de futuro.
Y si todo esto no lo queremos para nosotros, al menos esta-
mos obligados a respetarlo como opción legítima para quie-
nes sí lo quieren y han luchado por ello durante cinco siglos.
Quinientos años: iya basta!
IDENTIDADES CULTURALES:
Comunidades imaginarias y contingentes
José Manuel ValenzuelaArce
Los grupos étnicos
La discusión en torno a la cuestión étnica conlleva una serie
de ambigüedades derivadas de un uso conceptual diferen-
ciado y heterogéneo a partir de designaciones sólo enuncia-
tivamente similares. Los términos se tornan antónimos se-
gún las diferentes escuelas de pensamiento, por lo cual la
mayoría de los trabajos inician pintando su raya y buscando
precisar sus instrumentos conceptuales. Así, encontramos
una serie diferenciada de posiciones acerca de nación, nacio-
nalidad, nacionalisrrw, cuestión nacional, nacionalización, identi-
dad nacional, cultura nacional, etc. En diversos trabajos se
identifica lo étnico y lo nacional,! o se presentan relaciones
de identidad y concomitancia entre Estado y nación, o entre
nación y nacionalidad.
Los grupos étnicos son grupos sociales que asumen cier-
tas características particulares y no pueden ser definidos de
manera esencialista; por lo tanto, se ha optado por descri-
birlos más que por definirlos. Un punto importante en la
delimitación de las dimensiones étnicas es su ·aspecto rela-
1
Éste es el caso de Aksin, aun cuando considera que lo étnico se en-
cuentra menos "cargado de valor" (Benjamín Aksin, Estado y nación, Méxi-
co, FCE, 1968).
97
98 JOSÉ MANUEL VALENZUELA
cional, esto es, el hecho de quefu, étnico se define a partir de
que el grupo encuentra características que lo hacen diferen-
te de otros grupos e igual a sí mismo. La etnicidad se cons-
truye con base en las diferencias reales, sean de carácter físi-
co y cultural o imaginadas, o sea, cuando los miembros del
grupo se asumen como parte de un proyecto comúnj
Las características étnicas son aquellas que prevalecen en
un grupo y lo diferencian como un pueblo. Sin embargo,
aquí encontramos un primer problema, consistente en ex-
plicitar el tipo de demarcaciones a que nos referimos. ms el
investigador el que define a los grupos étnicos a partir de ca-
racterísticas "claramente diferenciables" dentro de una tipo-
logía elaborada?, o ¿son los miembros de los grupos sociales
quienes deben considerarse diferentes?
Aksin establece dos criterios para identificar las caracterís-
ticas de los grupos étnicos: el primero de ellos se refiere a los
objetivos, los cuales constituyen un esquema de similitu-
des-diferencias, tales como poseer o no un idioma común,
tradiciones comunes de mores y cultura, o (en determinados
casos) la religión. Por otro lado se encuentran los criterios
subjetivos, que se construyen y se mantienen por considerarse
determinantes para la permanencia de la identidad grupal.
Sin embargo, dentro de esta posición un grupo étnico só-
lo se hace notar en la medida que adquiere relevancia políti-
ca, esto es, en la medida en que el grupo crece y se le atribu-
ye o reconoce importancia en términos políticos, con lo cual
el grupo étnico "cobra interés".
Partiendo de lo anterior, se considera que para que un
grupo nacional exista debe poseer un alto grado de simili-
tud cultural, además de importante significancia política. 2
2
Se consideran sociedades prenacionales a aquellos grupos sociales que
~ e n t ~ o de una delimitación geográfica no han adquirido un alto grado de
srrmhtud cultural medtante los canales comunicativos (ibid., p. 36). Por su
parte, Rodolfo Stavenhagen cuando señala: "Por cuestión étnica entende-
mos, para los fmes de este ensayo, la problemática social y política que se
IDENTIDADES CULTURAL-ES 99
Se habla de un grupo nacional "cuando un grupo étnico
ejerza derecho o trate efectivamente de ejercer una influen-
cia importante sobre la estructura política de la sociedad".
3
Desde nuestro punto de vista, la definición de Aksin tiene un
problema importante en la medida en que pone el acento en
la similitud, pues, como ya hemos señalado, y trataremos de
profundizar en ello posteriormente, los elementos comunes
también pueden ser imaginados, con lo cual se pueden cons-
truir nudos importantes de identidad a pesar de que no exis-
tan fuertes similitudes previas en el ámbito cultural, o pue-
den existir aspectos no ponderados como relevantes por los
grupos sociales que cambian al modificarse el contexto de su
vida cotidiana y que, frente a la presencia de culturas cuya
diferencia con ellos es mayor, identifican o construyen ras-
gos comunes; lo anterior también es válido en situaciones de
opresión o explotación.
Fredik Barth
4
también se propone identificar los rasgos
que definen a los grupos étnicos. Para él, los elementos que
constituyen a un grupo étnico son los siguientes: se perpe-
túan en términos biológicos, comparten valores culturales y
un campo de comunicación e interacción, y existe identifica-
ción entre los miembros del grupo, así como frente a los que
no pertenecen a él. De esta manera, se rebasa el problema
señalado en la definición de Aksin.
plantea en un país cuando un grupo humano, cualquiera que sea su tama-
ño en números absolutos o relativos, se relaciona con otros grupos seme-
jantes y con el Estado en función de sus características étnicas reales o su-
puestas, entendiéndose por características étnicas los elementos raciales,
culturales, lingüísticos, religiosos o nacionales que, ya sea en conjunto o
aisladamente, dan identidad al grupo y lo distinguen de los demás; y
cuando tales grupos tienen la capacidad o simplemente el potencial de
organizarse políticamente para la defensa de sus intereses étnicos" ("No-
tas sobre la cuestión étnica", en Estudios Sociológicos, II, p. 1, 1984).
3 Benjamín Aksin, op. cit., p. 38.
4
Fredik Barth (comp.), Los grupos étnicos y sus fronteras, México, FCE,
1976.
100 JOSÉ MANUEL VALENZUELA
Aunque prevalece un cierto :n
su planteamiento, Barth centra el e_n la dimenswn
cultural y no en las características De est_a
manera, se ponderan los element?s asociados ,a tradi-
ción cultural influida por determmantes ecologiCos como
aspectos centrales en la configuración de los
cos, pero únicamente aquellos considerados como sigmfi-
cativos por parte de los integrantes del_ grupo. _ro; e_llo
que el compartir
0
no esos rasg?s constituye ellzmzte etnzco,
o límite de adscripción al grupo. S m Barth presenta
un tratamiento insuficiente de los mecamsmos de poder
que generan procesos de así como una
mación de la capacidad de resistencia de l?s grupos etm-
cos, pues la interacción también puede denvar en el forta-
lecimiento de las diferencias o de los puntos generadores
de conflicto.
5
Los elementos señalados en el análisis de las relaciones
entre los diferentes grupos étnicos hacen referencia de ma-
nera central a aspectos asociados con el n:undo de vida de los
grupos, así como a características ecológiCa_s y de configura-
ción de identidades en el imaginario colectivo, pero no con-
sideran la adscripción de clase como factor importante en el
análisis. Este rubro ha sido trabajado entre otros por Díaz
Polanco, 6 quien señala la insuficiencia de los analí-
ticos que integran los aspectos étnicos como ya mscntos en
las relaciones de clase, aquellos que reducen los rasgos da-
5 Guillermo Bonfil Batalla, "Cultura regional y cultura popular", en La
cultura nacional, México, UNAM, 1984. Es necesario aclarar que Bonftl se-
ñala estos aspectos en relación a Manuel Gamio, creemos que es rn;a
P
osic·' liamente aceptada por la antropolog1a. Los elementos mas
ton amp , 1 d fi . . , d 1
frecuentemente utilizados por los antropologos en a e mtcton e o na-
cional son la unidad étrtica, el idioma la convergencta
ral, la territorialidad única y la pertenencta a un ststema economt-
co-político. . , ·
6 Héctor Díaz Polanco, La cuestión étnica nacwnal, Mextco, Fontamara,
1988.
IDENTIDADES CULTURALES 101
sistas y únicamente enfocan la dimensión étnica, y aquellos
que los separan considerándolos como cosas inconciliables.7
Identidad nacional
La problemática nacional en países cuyo desarrollo no co-
rresponde al de los países capitalistas europeos "clásicos"
presenta diferencias fundamentales con la que éstos en-
frentaron durante la segunda mitad del siglo XVIII, enmar-
cada por un Estado nacional que constituía las relaciones
sociales predominantes y a las que quedaban subordinadas
otras formas de relaciones, como serían las nacionalidades
que dieron origen a la nación. De esta manera, la discusión
de lo nacional emergió en un contexto histórico específico
del desarrollo social, en el que, parafraseando a F ossaert,
la nación se adecuó al Estado, en tanto que otras formas
previas de identidades grupales o sociales "flotaron" en
torno a él.
Con los Estados se construye un nuevo mundo social y
simbólico: la nación, esa sociedad fuertemente integrada y
cohesiva tejida pacientemente, a que nos refiere Edgard Mo-
rin cuando señala que han sido necesarias largas gestaciones
históricas para que ésta se edificara, no sólo a través de pro-
cedimientos coactivos y administrativos, sino también me-
diante intercambios y simbiosis, la articulación de particula-
rismos locales e identidades provinciales en un pueblo
unificado por la lengua y la cultura que se reconoce en soli-
daridad orgánica y se identifica en un Estado nacional. 8
7
Para ello, propone los siguientes problemas: a) "establecer las bases
generales del fenómeno étnico" y b) "definir el campo de relación que
tal fenómeno con la estructura de la sociedad, en la que la compo-
stcton clas1sta es fundamental" (ihid., p. 497) .
8
Edgar Morin, "Identidad nacional como identidad mítico-real", p.
497.
102 JOSÉ MANUEL VALENZUELA
La correspondencia entre Estado y nación se construye
en las relaciones sociales y el mundo simbólico que elabo-
ran. Estado y nación no se identifican conceptualmente
con identidad nacional, identidad cultural, nacionalismo
o carácter nacional, aun cuando sean conceptos relaciona-
dos.
La identidad nacwnal remite a la dimensión ideológica que
implica la identificación con un proyecto de nación.
9
Una vi-
sión común de sociedad, que es la propuesta de organiza-
ción social dominante, la cual es compartida por diferentes
sectores y clases sociales y que se representa de múltiples
maneras, entre las que se incluye el mundo simbólico. Esta
forma de organización considera un "modelo de desarrollo"
socioeconómico, así como un imaginario en el cual se legiti-
ma. Fossaert señala:
La lengua, los usos y costumbres, los dioses comunes, las tradi-
ciones históricas o legendarias que de ahí derivan, y otras di-
versas características por el estilo, se encuentran en dosis
variables en la definición de todas las identidades colectivas,
desde la comunidad más "primitiva" hasta la más nacionalista
de las naciones, porque se trata de rasgos que describen un dis-
curso social común. La originalidad de la nación no es la de ser
tal discurso común, sino la de ser un discurso adecuado al Esta-
do, es decir, exactamente proporcionado a lo que el Estado
controla.
10
Geertz
11
identifica diversas fases en la constitución del na-
cionalismo, entre las cuales se encuentra la fase normativa,
9
Utilizaremos esta definición de identidad nacional frente a la conno-
tación que comúnmente se le atribuye como sentimiento de pertenencia a
una nación y a su cultura del cual pueden derivarse posiciones nacionalis-
tas. Nosotros denominaremos irkntidad patria a esta última posición.
1
° F ossaert, op. cit., p. 487.
11
Clifford Geertz, La i'Tiierpretación rk las culturas, Barcelona (España),
Gedisa, 1987.
IDENTIDADES CULTURALBS 103
referida a la manera específica en que se constituyen los na-
cionalismos, su peculiar cristalización (en el mismo sentido
que la concibe F ossaert) como sobreposición de una cons-
trucción genérica sobre el conjunto de cosmovisiones e
identidades cotidianas e imaginarias que quedan sujetas a la
interacción con la nueva cultura dominante.l
2
De esta mane-
ra, las identidades profundas
13
quedan circunscritas al nue-
vo marco nacional definido por las clases dominantes y di-
bujado por sus intelectuales.
14
Los nuevos Estados
nacionales debieron imaginar y construir los referentes sim-
bólicos a través de los cuales se identificaran los diferentes
grupos étnicos y sociales, lo que implicó una importante re-
definición colectiva.15
Para Geertz, en el proceso señalado se debe responder a
la pregunta de "¿quiénes somos?", cuya respuesta deman-
da la configuración de definiciones identitarias diferen-
tes, en las cuales se legitimen las nuevas relaciones de do-
12
Geertz lo dice de la siguiente manera: "confronta el conjunto denso
de categorías culturales, raciales, locales y lingüísticas de identificación y
de lealtad social, que fueron producidas por siglos de historia anterior,
con un concepto simple, abstracto, deliberadamente elaborado y casi pe-
nosamente consciente de sí mismo, de etnicidad política, de 'nacionali-
dad' propiamente dicha en sentido moderno. Las imágenes dispersas en
las opiniones de los individuos sobre lo que ellos son y lo que no son, tan
intensamente ligadas a lo tradicional, fueron desafiadas por las concep-
ciones más vagas, más generales, pero no menos cargadas de identidad
colectiva, basadas en un confuso sentimiento de destino común que tien-
de a caracterizar a los Estados industrializados" (ibid., p. 207).
13
Utilizamos el concepto de identidades profundas en el sentido que le
confiere Guillermo Bonftl. Véase Guillermo Bonfil Batalla, El México pro-
fundo, México, 2" ed., SEP/CNCA (Los Noventa), 1990.
14
Geertz nos refiere a un especie de i'Tiielectuales orgánicos, quienes son
los "encargados de transformar el marco simbólico dentro del cual los in-
dividuos experimentaban la realidad social" (idem) .
15
Al respecto, Geertz señala: "La mayor parte de los tamiles, karenos,
brahmanes, malayos, sijs, ibo, musulmanes, chinos, nilotas, bengalíes, o
ashanti, encontraban mucho más fácil comprender la idea de que no eran
ingleses que la idea de que eran indios, birmanos, malayos, pakistaníes,
nigerianos o sudaneses" (idem).
104 JOSÉ MANUEL VALENZUELA
minación. La redefinición de las relaciones sociales a partir
de la construcción del nuevo Estado precisa, además del
triunfo, la organización de un súbdito colectivo y la creación
de un nosotros y un consenso en el cual se identifiquen las
diferentes voluntades. Después se presentan las fases del
triunfo, la búsqueda del reconocimiento por otros Estados;
en otras palabras, la nueva situación requiere de reconoci-
miento interno y externo, así como la institucionalización de
una nueva normatividad en la que se configurarán habitua-
ciones y enclasamientos referidos al universo simbólico do-
minante; tarea compleja que denota el sinuoso proceso de
constitución de referentes identitarios, expresados en sím-
bolos significativos.l6
La idea de nación cobra forma en diversas acciones y ex-
presiones delimitadas espacialmente por mecanismos polí-
ticos y administrativos. Llamaremos nacionalismo a las ac-
ciones y proyectos que dimanan de la específica concepción
e interiorización de la nación o lo nacional. Son actos y pro-
yectos vertebrados a partir del compromiso con un pacto
hermenéutico territorialmente referido, desde el cual se
define un proyecto social común; es una cosmovisión com-
partida que se reconoce en un imaginario colectivo y se re-
frenda en la simbología y la acción. El nacionalismo, sin
embargo, carece de una perspectiva óntica, sus expresiones
y contenidos históricos son diferenciados y su caracteriza-
ción se deriva de su forma histórica de concreción. Así, en-
contramos el expansionismb e intervencionismo imperia-
lista que convoca su legitimidad en el "interés nacional" o
el cada vez más tenue nacionalismo autodeterminista de al-
gunos países dependientes. La defensa de lo nacional, así
16
Geertz considera que lo que somos se encuentra referido a las formas
culturales y sistemas de símbolos significativos que han de utilizarse con el
fin de atribuirle orden y sentido a la actividad del Estado y a la vida civil de
sus ciudadanos (ihid., p. 209).
IDENTIDADES CULTURALES 105
como la acción nacionalista, puede ser elemento de opre-
sión o emancipación y su adjetivación derivará de su fun-
ción histórica particular.
La construcción de corrientes nacionalistas implica la
configuración de elementos típicos, característicos del gru-
po, que surgen de un intrarreconocimiento, en la intersubje-
tividad que permite compartir una noción de "nosotros",
por lo menos en ámbitos fundamentales de la vida social.
Por otro lado, tal como señala Smith, no basta el interreco-
nocimiento, sino que es necesario compartir una noción de
proyecto social, el cual se construye a partir de expectativas
que emergen de su realidad.
17
Es importante retomar la distinción entre diferentes movi-
mientos nacionalistas de acuerdo con los intereses y proble-
mas del análisis que plantea Smith, buscando la comprensión
de sus objetivos formales, pero, además, analizándolos en el
contexto socioeconómico en el que se presentan; por lo tanto,
es determinante la introducción del concepto de historicidad
para captar la ~ n c i ó n social y la especificidad de los movi-
mientos nacionalistas.
Gellner define al nacionalismo en función de la relación
de la unidad nacional y el quehacer político, de cuya inte-
gración (congruente o no) se derivan los movimientos nacio-
nalistas, identificando "un principio político que sostiene
que debe haber congruencia entre la unidad nacional y la
política",
18
que al ser violado o realizado genera sentimien-
tos de enojo o de satisfacción, los que a su vez pueden origi-
nar el movimiento nacionalista.
Las posiciones referidas al nacionalismo también pue-
den quedar subsumidas en el pasaje pintoresco que, sobre
17
Anthony D. Smith, Theories o[Nationalism, Nueva York, Holmers &
Meier Publishers, 1983.
18
Ernest Gellner, Naciones y nacionalismo, Madrid, Alianza Universidad,
1988.
106 JOSÉ MANUEL VALENZUELA
todo en el caso mexicano, se presta a "sesudas" elabora-
ciones en torno a nuestra beligerante y atribulada "alma
nacional": en su Dinámica del nacionalismo mexicano, Tur-
ner señala:
En México, las manifestaciones patrióticas, como por ejemplo el
entusiástico (sic) recibimiento de que fue objeto Santa Anna con
motivo de su regreso, un año después de haber deshonrado a
México en San Jacinto, proceden, probablemente, más bien de
la necesidad que sienten los mexicanos de desahogar periódica-
mente su exuberancia temperamental que de cualquier com-
promiso subjetivo con el nacionalismo.I9
Pasaremos ahora a señalar, en un nivel preliminar, lo que
a nuestro juicio serían algunos de los nacionalismos tipo:
Llamaremos nacionalismo legitimador a aquel que pretende
mantener la prevalencia del proyecto nacional dominante,
independientemente de cuáles sean los grupos sociales que
lo retoman, mientras que el nacionalismo popular será aquel
que cuestiona, desde una perspectiva democrática o de cam-
bio social, al proyecto dominante de nación, definido de ma-
nera preponderante, aunque no exclusiva, por la búsqueda
. de resolución de las necesidades mediatas e históricas de las
clases subalternas. Señalaremos como nacionalismo autodeter-
minista al que plantea, de manera central, el problema de la
soberanía y la autodeterminación nacional y en él se pueden
e_xpresar diversos actores y clases sociales con proyectos legi-
timadores, de emancipación, democráticos o revoluciona-
rios, en un imbricado proceso sólo definible en su especifici-
dad histórica. En la realidad, estas diferentes expresiones de
nacionalismo se pueden presentar interrelacionadas de tal
manera que resulta difícil separarlas.
19
C. Frederick Turner, La dinámica del nacionalismo mexicano México
Grijalbo, 1971. ' '
IDENTIDADES CULTURALEs• 107
Creemos importante diferenciar conceptualmente iden-
tidad nacional e identidad patria. Por identidad patria nos
referiremos al sentimiento de pertenencia a un Esta-
do-nación. Este tipo de identidad se ubica en un nivel cul-
tural que involucra más una inversión que la asociación con
un proyecto de nación.
Cultura e identidad nacional
Durkheim primero y Cassirer después, han llamado la aten-
ción sobre la construcción de un sentido de pertenencia na-
cional, como la secularización de la cohesión religiosa de la
sociedad, en que la nación cumple la misma función simbó-
lico-ritual de la religión que la precede. Las instituciones
asumen un papel dual en cuanto a su funcionalidad impres-
cindible, pero trascienden esta visión económico-funcional.
Castoriadis lo señala adecuadamente: "Todo lo que se pre-
senta a nosotros, en el mundo social-histórico, está indisolu-
blemente tejido a lo simbólico. No es que se agote en ello;
todos los actos reales, individuales o colectivos son imposi-
bles fuera de una red simbólica".
20
Es esta red simbólica la
que permite la asignación de sentido a la acción social, así
como a los elementos que constituyen el imaginario colecti-
vo, componentes centrales de las identidades colectivas.
21
2
° Cornelius Castoriadis, La institución imaginaria de la sociedad: marxismo
y teoría revolucionaria, Barcelona (España), Tusquets, 1983, vol. 1, p. 201.
21
Usamos el concepto de imaginario colectivo de acuerdo a la posición
de Castoriadis, como componente imaginario de todo símbolo y simbolis-
mo: " ... hablamos de imaginario cuando queremos hablar de algo 'inven-
tado', ya se trate de un 'invento absoluto' ('una historia imaginada de cabo
a rabo'), o de un deslizamiento, de un desplazamiento de sentido, en el
que unos símbolos ya disponibles están investidos con otras significacio-
nes que las suyas normales o canónicas .. . el simbolismo supone la capaci-
dad de poner entre dos términos un vínculo permanente de tal manera
que uno represente al otro" (idem).
108 JOSÉ MANUEL VALENZUELA
El elemento imaginario otorga funcionalidad a los siste-
mas institucionales, enfatiza Castoriadis, al tiempo que pro-
porciona la "orientación específica que sobredetermina la
elección y las conexiones de las redes simbólicas".
22
Es este
aspecto compartido lo que permite la existencia de un senti-
do articulado en las relaciones sociales. Esta idea nos permite
plantear el concepto de direccionalidad del proceso social, con el
cual queremos hacer referencia a una visión colectiva que
otorga sentido, orden y valor a la vida social. ·
Dentro de este concepto de direccionalidad del proceso
social podemos ubicar a los dos atributos que Castoriadis
asigna a la identidad: el denotativo, o identidad como exten-
sión, y el connotativo, que se refiere a un significado imagi-
nario (ni real, ni racional).
23
Antes de continuar, es preciso explicitar brevemente el
concepto de cultura que utilizamos. Partiremos de la posi-
ción gramsciana de cultura como "una filosofia que ha gene-
rado una ética, un modo de vivir y una conducta cívica e in-
dividual",24 la cual se presenta como una específica visión
del mundo y de la vida. En esta línea de conceptuación se
ubica Amalia Signorelli, quien define a la cultura como un
22
ldRm.
23
Castoriadis señala: "La nación cumple una función de identifica-
ción mediante la referencia triplemente imaginaria de una historia co-
mún: a) Pasado que no es tan común y que, finalmente, lo que de ella se
sabe, y lo que sirve de soporte a esta identificación colectivizante en la
conciencia de la gente, es en gran parte mítico. Este imaginario de na-
ción se muestra, sin embargo, más sólido que todas las realidades, como
lo probaron dos guerras mundiales y la supervivencia de los nacionalis-
mos. b) Cada sociedad define y elabora una imagen del mundo natural,
del universo en el que vive, intentando cada vez hacer de ella un conjun-
to significante, en el cual deben ciertamente encontrar su lugar los obje-
tos y los seres naturales que importan para la vida de la colectividad, pe-
ro también esta misma colectividad, y finalmente cierto 'orden del
mundo'. e) La necesidad no llega a ser necesidad social más que en fun-
ción de una elaboración cultural".
24
Antonio Gramsci, Literatura y vida nacional, México, Juan Pablos, 1976.
IDENTIDADES CULTURALJts 109
"Sistema de conocimientos y valores que mediatiza para los
miembros (individuos y grupos) de cada sociedad la construc-
ción de su identidad y su visión del mundo y de la vida".2
5
Ésta es entendida como un sistema de conocimientos y de va-
lores en el cual se encuentran todos los ámbitos de la existen-
cia del sujeto humano. Signorelli señala que
cada cultura se caracteriza no sólo y no tanto por sus contenidos
(conocimientos y valores) como por el sistema de nexos según el
cual los contenidos mismos se organizan en una concepción glo-
bal de la realidad. Precisamente es este sistema de nexos, de re-
laciones lo que permite a los sujetos culturales organizar los
datos desde su propia experiencia para hacerlos legibles, com-
prensibles, valuables.26
Los procesos sociales donde se generan las identidades se
construyen simultáneamente con los procesos de diferencia-
ción, independientemente de las coyunturas donde se ex-
presa la interpelación de los actores sociales. Las configura-
ciones de identidades son constructos históricos, procesos
socioculturales que delimitan el mundo de vida de la pobla-
ción. La identidad no es sustantivista sino relacional; se f o ~
ma en un doble proceso de autoidentificación y heterorreco-
nocimiento, y no es estática, sino procesual.
Las identidades son cambiantes, construidas histórica-
mente; no son algo ya dado, o inmutable.
27
En esto radica la
contingencia de las identidades.
Schlesinger ha llamado la atención acerca de la ausencia
25
Amalia Signorelli, "Clase dominante y clases subalternas: el control
del ecosistema urbano", en Classi dominanti e classi subalterne, tornado de
Gilberto Giménez (comp.), La teoría y análisis dR la cultura, México,
SEP/UAG/Comecso.
26
Op. cit., p. 352.
27
Aksin señala: "La nacionalidad en el sentido étnico, a diferencia de la
ciudadanía, no puede cambiarse por un acto oficial específico, pero tam-
poco es inmutable".
110 JOSÉ MANUEL VALENZUELA
de teorizaciones explícitas en relación a la "identidad nacio-
nal".2S Identidad cultural e identidad nacional correspon-
den a dimensiones analíticas diferentes, pues aunque la pri-
mera atiende a la específica configuración del mundo de
vida de los grupos sociales y la segunda encierra una dimen-
sión ideológico-política identificada con un proyecto de na-
ción, no siempre es posible diferenciarlas.
Hablar de identidades no sólo conlleva la asociación con-
comitante de diferenciación, sino que involucra cambios en
la propia identidad, variaciones en el tiempo que inducen a
pensar en identidades cambiantes, en las cuales encontra-
mos elementos emergentes, nuevas construcciones de iden-
tidades y modificaciones en las existentes. De esta forma, se
presenta de manera dinámica la configuración, resconstruc-
ción y destrucción de identidades colectivas, con lo cual en-
contramos una constante redefinición del escenario social,
en el cual lo tradicional no puede ser incorporado como es-
tática permanencia sino como temporalidad diferenciada.
Así, lo tradicional expresa relaciones y elementos constituti-
vos del imaginario colectivo cuya transformación transcurre
en tiempos largos, mismos que se articulan con los procesos
emergentes o con aquellos cuya transformación podría ser
ubicada en el tiempo corto dentro de la conceptuación de
Braudel.
Otro aspecto importante en el tema que nos ocupa es la
génesis e historicidad de las identidades, las cuales surgen
de aspectos compartidos que pueden derivarse de intereses
comunes, identidades previas, carencias y necesidades simi-
lares o referentes inventados. En este proceso intersubjetiva
de reconocimiento se construye la conciencia del "nosotros"
y concomitantemente la identificación de "los otros", los que
28 Philip Schlesinger, "Identidad nacional: una crítica a lo que se en-
tiende y malentiende sobre este concepto", en Estudios sobre las culturas
contemporáneas, vol. II, núm. 6, 1989.
~
IDENTIDADESCULTURALES 111
no comparten las características principales que constituyen
la identidad, y que son rasgos necesarios para la configura-
ción de la acción colectiva. La definición de la identidad así
asumida es una dimensión relacional emanada de la con-
trastación de los diversos grados de cercanía y lejanía expre-
sados en armonía o conflicto entre el nosotros y los diferentes
matices del ellos. Sin embargo, la mediación entre el ellos y el
nosotros se manifiesta diferenciadamente en el ámbito de las
identidades culturales y en el de las identidades nacionales,
aun cuando frecuentemente ambas coinciden en la acción
colectiva, punto donde también se construyen nuevas iden-
tidades y construcciones colectivas de sentido.
Cultura nacional e identidad
La cultura nacional ha sido la nube de la historia que cubre y
uniforma desigualdades y obliga a compartir, y en muchas
ocasiones a celebrar, las efemérides que dan cuenta de la de-
sigualdad; pero no es sólo eso. También encierra elementos
de circulación cultural, lo cual permite la identificación desi-
gual con un proyecto de nación aparentemente común. Es 1 ~
búsqueda de un modelo de cohesión interna y "protección"
ante lo externo. La identidad nacional lleva implícito un
cierto consenso, cuando menos en aspectos centrales, donde
se manifiesta una identidad multirregional y multiclasista
que en muchas ocasiones no corresponde con concepciones
y proyectos acartonados del nacionalismo legitimador.
La cultura nacional es un proceso selectivo en el que se
constituyen las identidades culturales compartidas por los
sectores mayoritarios de una nación, las cuales comúnmente
son definidas en sus rasgos principales por las clases domi-
nantes, pero son interiorizadas diferenciadamente por los
grupos sociales.
- - -
112 JOSÉ MANUEL VALENZUELA
Las culturas nacionales crecieron bajo el impacto del de-
sarrollo industrial, los medios de comunicación (cine, ra-
dio, televisión) y de transporte, la "urbanización" de lapo-
blación, la imposición de los mitos fundadores de los ,
grupos dominantes, los ritos políticos, etc. Las definiciones
en torno a la cultura nacional son imprecisas, pero su exis-
tencia se exhibe en la capacidad de las industrias culturales
para producir modas y prototipos de conducta, la batima-
nía, la frívola permanencia de "Siempre en Domingo", en
el comentario obligado sobre la Vero y sus invitados, o el
movimiento dominical sincronizado que de Yucatán a Baja
California apaga la radio cuando inicia "La Hora Nacio-
nal". Sin embargo, la cultura nacional refiere a una dimen-
sión de la identidad, que no se asocia a una posición nacio-
nalista, sino que implica, a un nivel cada vez mayor, la
dimensión trasnacional.
El proyecto nacional es diferenciado y contradictorio. En
él convergen intereses antagónicos de los diferentes grupos
sociales, sea por interés de coyuntura, por sumisión ideoló-
gica de las clases subalternas o por la ausencia de un proyec-
to alternativo. El nacionalismo asume diferentes dimensio-
nes de acuerdo al contexto sociopolítico y la dinámica que
adopta. Así, el nacionalismo legitimador dirigido desde el
propio Estado busca fortalecer una supuesta posición de
concertación de intereses de los diferentes grupos y clases
sociales en torno a un real o ficticio interés común supracla-
sista; es un discurso que a lo largo de los sexenios ha perdido
credibilidad y capacidad de convocatoria. Es este nacionalis-
mo legitimador el que se ha encargado de identificar; en el
discurso, identidad nacional e identidad cultural, entendido
como el complejo de elementos culturales compartidos, por
adopción o por dominación, tanto por las clases subalternas
como por la clase hegemónica. En él quedan considerados
efemérides, archivo histórico compartido, símbolos, tradi-
IDENTIDADES CULTURAUES 113
ciones, mitos, formas de vida, relaciones sociales y económi-
cas, etc., todo ello dentro de un marco de "diversidad" o de
estratificación cultural. Aquí se manifiesta la propuesta so-
cial hegemónica, integrando, decodificados, aspectos im-
portantes provenientes del mundo de vida de las clases sub-
alternas.
La propuesta nacional
Si la Conquista niega, bajo el empuje de las armas, la partici-
pación social de los indios y arrasa sus espacios culturales,
generando una relación de dominación-explotación en lo
social y destrucción-olvido en lo cultural, el proyecto criollo
la figura india pero sin darle cabida como sujeto
de diCho proyecto. Con la Independencia se despenalizan
algunas manifestaciones populares prohibidas y castigadas
por la Iglesia, tales como cantos y bailes de obstinada per-
manencia subrepticia. Cien años después, millones de mexi-
canos se lanzan a la Revolución sin un proyecto alternativo,
pero cansados de su situación en el existente. La legitimidad
porfirista se había resquebrajado; sus mecanismos de con-
trol saltaron en pedazos. Sin embargo, el proyecto posrevo-
lucionario nació afectado de complejo "adánico"; era un
proyecto donde la participación femenina quedaba escondi-
da en el lado oscuro de la conseja patriarcal: la mitad de la
población quedaba excluida del derecho al voto, por no ha-
blar de la desigualdad social cotidiana derivada de la condi-
ción de género.
El Estado posrevolucionario ha utilizado la identidad cul-
tural como recurso de generación de consenso, poniéndola
por encima de las diferencias y conflictos derivados de los
intereses de clase, presentándola como elemento central del
interés común; así, un denominador común del nacionalis-
mo legitimador ha sido la utilización, sobrevaloración y re-
114 JOSÉ MANUEL VALENZUElA
producción de los elementos constitutivos de la identidad
cultural en aras de un proyecto de nación.
El nacionalismo legitimador se vuelve descontextuado
desde el momento en que deja de corresponder a las expec-
tativas de los sectores fundamentales de la población y voltea
hacia el pasado para justificar el presente, separándose del
nacionalismo autodeterminista y popular. A medida que se
amplía el desfasamiento entre los símbolos culturales, un
proyecto nacional compartido con capacidad para generar
consenso y las expectativas de la población, hablamos de un
proyecto legitimador descontextuado. Si el cardenismo tuvo
capacidad para movilizar a amplios sectores de la población
tras un proyecto nacional, se debió (entre otras razones) a
que se encontraba fuertemente inserto en las necesidades
fundamentales de la población.
El nacionalismo descontextuado mantiene la simbología
del pasado; triunfos que redimen el presente incierto, los
mitos y tradiciones se "reproducen" cada vez más alejados
de la experiencia cotidiana para transformarse en pinto-
rescos reencuentros de ocasión. El nacionalismo descon-
textuado constata la decantación de un proyecto, el dete-
rioro de la capacidad para regenerar una VIsiOn
consensual, el desencuentro entre el proyecto dominante y
las necesidades de las clases subalternas. Por eso la simbo-
logía se "reinventa"; los símbolos se mantienen fervorosa-
mente como recurso para suplir la ausencia de un proyecto
donde el pueblo realmente · participe en las definiciones,
recurriéndose a la visión óntica del mexicano, un mexicano
ahistórico, anclado en el pasado.
Lo anterior no significa que los nacionalismos sean letra
muerta ni que estén condenados al olvido, sino que cobran
sentido y direccionalidad únicamente a través de la acción
social, donde las imágenes, símbolos y todo aquello que con-
figura la identidad cultural o de nacionalismos no legitima-
IDENTIDADES CULTURALES • 115
dores se interiorizan como mecanismos de resistencia y
transformación social.
Identidad cultural e identidad nacional corresponden a
dimensiones analíticas diferentes, pues mientras la primera
atiende a la configuración del mundo de vida de
los grupos sociales, la segunda encierra una dimensión ideo-
lógico-política identificada con un proyecto de nación; sin
embargo, ambas se presentan en la realidad de manera su-
mamente imbricada.
Identidad en la frontera del norte de México
Las comunidades indígenas sucumbieron a la violencia, la
tuberculosis, las enfermedades venéreas y el catecismo. De
los pueblos k'miais, cucapás, yumas, apaches, yaquis, etc., a
la realidad actual, existe una inmensidad de interacciones y
desencuentros, asimilaciones y rupturas, innovaciones y ol-
vidos. Las culturas se van configurando en sus interacciones,
en sus relaciones, en su organización social, en sus contra-
dicciones y conflictos.
29
29 A pesar del aislamiento, los reflejos fugaces de nacionalismo autode-
terminista se manifestaron en la defensa del territorio ante la invasión es-
tadunidense a mediados del siglo pasado. Los ejemplos de Comondú,
Mulegé y San Marcos, al sur de la península, lo confirman. Resistencia
obstinada ante fuerzas desatentas de la distancia, donde la guerra se pro-
longa hasta dos meses después de la firma de los tratados de Guadalu-
pe-Hidalgo. Olvido que atraía la codicia del expansionismo estaduniden-
se o la aventura filibustera de la segunda mttad, promovtda por la nqueza
de la nación y 'justificada" por intereses "civiliza torios", ocultando las in-
tenciones verdaderas. Walker expresaba: "La riqueza mmeral y pastoral
de Baja California es muy grande pero para desarrollarla se necesita buen
gobierno y la protección del trabajo y la propiedad. México es incapaz de
proporcionar esos requisitos para el crecimiento. y desarrollo de la
sula ... el territorio bajo el gobierno mextcano, stempre quedará salvaJe e
incultivado, lleno de gente indolente y medio civilizada, que no quiere la
entrada de extranjeros a su región". O, también, su decreto de 1854:
116 JOSÉ MANUEL V AL EN ZUELA
· Mucho se ha señalado acerca de la peligrosa posibilidad
del "entreguismo" de la población fronteriza; sin embargo,
en la frontera encontramos fuertes movimientos sociocultu-
rales de resistencia cuyos objetivos se encuentran permea-
dos por la utilización de símbolos, imágenes y una recupera-
ción histórica a partir de la cual se pondera la identidad
frente al estadunidense.
La intensidad de la interacción fronteriza México-Estados
Unidos ha delimitado importantes procesos de transcultura-
ción, realidad inevitable que no debe asociarse de manera
mecánica a la tan señalada pérdida de identidad nacional.
Los fenómenos que se suceden en la frontera norte del país y
sur de Estados U nidos, aun cuando pudiesen ser de carácter
localista, cuando involucran la relación con el vecino ad-
quieren dimensiones internacionales.
30
La frontera es la vitrina donde se exhibe el escenario de
confluencia de dos actores de una misma obra: imperialismo
y dependencia, internacionalización del proceso productivo
y utilización intensiva de fuerza de trabajo barata y vulnera-
ble, internacionalidad del mercado de trabajo y disminución
de los derechos laborales. En este espacio se avecina la desi-
gualdad, se evidencia la "desnacionalización", se transpa-
renta la identidad.
Más allá de expresiones gregarias, adoptadas como mo-
das en nuestro país con base en modelos estadunidenses, es-
pecialmente entre la población joven, destaca la circulación
importante de cultura popular transfronteriza, la cual se ex-
presa en corridos y música norteña, lenguaje, afectos desdo-
blados, simbología, movimientos juveniles. Entre estos últi-
" ... cuando luchen contra el enemigo mexicano recuerden que golpean al
auxiliar del apache, al ayudante del asesino de niños inocentes y violador
de mujeres indefensas ... el dios del ejército está con ustedes, y serán fuer-
tes y prevalecerán en contra de sus enemigos". Véase David Piñera, Pano-
rama histórico tk Baja California, México, UABC.
30
Este aspecto ha sido ampliamente señalado por Jorge A Bustamante.
IDENTIDADES CULTURALES 117
mos resaltó, a partir de la segunda mitad de la década de los
ochenta, el cholismo, el fenómeno juvenil más masificado
que se ha presentado entre los jóvenes pobres del norte del
país. El cholo encierra en lo cultural una gran paradoja al
importar símbolos nacionales de los barrios chicanos y me-
xicanos de Estados Unidos. Muchos de esos símbolos habían
sido refuncionalizados como elementos de resistencia cultu-
ral en el movimiento chicano y por mediación de los jóvenes
de origen mexicano de los barrios estadunidenses son deco-
dificados e integrados al discurso, expresión gráfica y sim-
bología del cholo en nuestro país. Por otro lado, sectores im-
portantes de la población de origen mexicano en Estados
Unidos se resisten a sentirse cortados de sus redes afectivas y
culturales y se acercan a los roductos culturales que se les
ofrecen desde nuestro país; esa ortunadameñi:e, las más de
las veces estos productos, que se ofrecen a través del cine o
los canales televisivos principalmente, son de calidad deplo-
rable. Para el mexicano en Estados Unidos, la emigración y
su interrelación con la población fronteriza han sido ele-
mentos fundamentales de refrendo cultural. En esta interac-
ción, así como en el consumo de productos culturales mexi-
canos y en su articulación a procesos sociales y políticos de
nuestro país o a fenómenos transnacionales, tales como las
posiciones frente a la migración indocumentada, se recons-
truyen las relaciones de la población mexicana y chicana en
Estados U nidos con lo que sucede al sur de la frontera.
En el escenario fronterizo ocurre de manera conspicua un
fuerte acrisolamiento cultural donde se integran, decodifi-
cados, rasgos dominantes de la cultura nacional con expre-
siones culturales subalternas, especificidades regionales o
identidades emergentes. Sin embargo, las diferentes identi-
dades colectivas se encuentran cruzadas e influidas por la
colindancia con Estados Unidos, referente indispensable en
el análisis cultural de la frontera norte del país.
118 JOSÉ MANUEL VALENZUELA
La presencia estadunidense se manifiesta diferenciada-
mente, y sus productos culturales se reciben decodificados
por la experiencia de vida de los grupos sociales, lo cual es
particularmente importante en la frontera norte.
La identidad nacional como constructo social es diferen-
ciada y su configuración se encuentra delimitada de manera
preponderante por el sector social de pertenencia. Aquí
confluyen diversos proyectos de nación, los que no necesa-
riamente se construyen a la sombra omnímoda del paradig-
ma estadunidense. Resulta innegable la presencia de posi-
ciones proclives a este modelo, situación que no obedece a
un criterio emanado de la cercanía geográfica con Estados
Unidos, sino a la propuesta de país de los diferentes grupos
sociales, lo cual, como ya hemos señalado, obedece princi-
palmente a la situación de clase de tales grupos.
31
La identidad cultural refiere a un amplio marco de identi-
ficaciones y diferenciaciones colectivas; sin embargo, los di-
ferentes tipos de identidades colectivas poseen nexos trans-
grupales de identidad frente a lo estadunidense. Esta
otredad
32
no se delimita en el umbral señalado por la línea
internacional, pues los procesos de identidad cultural se re-
frendan y reconstruyen en la cotidiana interacción con lapo-
blación de origen mexicano en Estados Unidos, o en la rela-
ción misma del "ellos" y el "nosotros", expresada en
procesos de transculturación o en reafirmaciones que son re-
cursos de resistencia.
Varios autores, entre quienes destacan Smelser, Touraine y
Melucci, señalan la configuración de la acción social a partir
de la construcción de un sentimiento de identidad o de con-
ciencia del "nosotros", proceso donde simultáneamente se
3! Para profundizar en este punto, consúltese Jorge A. Bustamante,
"Identidad nacional en la frontera norte, hallazgos preliminares", en
Alfonso Corona Rentería (comp.), Impactos regionales de las relaciones econó-
micas México-Estados Unidos, México, El Colegio de México, 1984.
32 Jdem.

IDENTIDADES CULTURALES 119
construye una visión colectiva que diferencia de "los otros".
Cuando la imagen del "ellos" se percibe como amenazante, .se
posibilita la acción colectiva. La mediación donde se define la
diferencia es clara, visible; su existencia cotidiana, según la
afirmación de Bustamante, permite la mayor facilidad en el
habitante de la frontera norte, en relación con los otros mexi-
canos, para distinguir entre el "ellos" y el "nosotros". Sin em-
bargo, el proceso de identificación y diferenciación cultural
no necesariamente deviene acción colectiva.
En la frontera existen múltiples ejemplos de que la identi-
dad cultural funciona como elemento reforzador de la ac-
ción colectiva, vinculándose imbricadamente con las de-
mandas originadas en la situación de clase, tal como sucedió
con el movimiento chicano en los años sesenta, o definiendo
de manera fundamental expresiones juveniles insertas en las
clases populares, ejemplificables en el pachuquismo y en el
cholismo.
33
Si por desnacionalización entendemos la atenuación de
un visión nacionalista autodeterminista, podemos decir que
éste no es un punto de vista que se localice con mayor relieve
en la población fronteriza del norte del país. Los elementos
anteriores confluyen en las determinaciones de los diversos
tipos de identidad nacional, por lo que la desnacionaliza-
ción asume diversas dimensiones que incluyen, de acuerdo
con Carlos Monsiváis, el abandono de la defensa de los inte-
reses económicos, sociales, políticos y culturales de las co-
munidades del país, así como la complicidad en el saqueo de
los recursos naturales.
34
La desnacionalización se inscribe
prioritariamente en el campo de la discusión de los proyec-
33 Una exposición detallada de estos movimientos juveniles se encuen-
tra en José Manuel Valenzuela Arce, iA la brava ése!: cholos, punks, chavos
banda, México, El Colegio de la Frontera Norte, 1988 (segunda edición,
México, UNAM/El Colef, 1997).
3
4
Carlos Monsiváis, "Sobre los proyectos y definiciones culturales en la
frontera norte de México", 1982 (mimeo).
120 JOSÉ MANUEL VALENZUELA
tos de nación, y no en el de la identidad cultural, aun cuando
en ésta se configura el archivo histórico de donde emergen
(mediadas por determinaciones de poder y resistencia) las
cosmovisiones compartidas. Es por ello que la desnacionali-
zación obedece más a determinaciones derivadas de la situa-
ción de clase o de posición social que de la cercanía geográfi-
ca con la frontera estadunidense.
LA IDENTIDAD NACIONAL
ANTE EL ESPEJO
Carlos Monsiváis
La inminencia del Tratado de Libre Comercio ha llevado al
departamento de sentimientos de culpa del gobierno (lazo-
na declarativa) a la defensa retórica, en el mejor de los casos,
de la Identidad Nacional, a la que jamás se define porque,
según el razonamiento implícito, no hay necesidad de ha-
cerlo, o lo obvio lo definen no las palabras, sino el instinto.
Uno a uno, del presidente de la República al gobernador
más renuente a la teoría, todos lo aseguran: el TLC no afecta-
rá nuestra identidad, no puede afectar lo indestructible.
La defensa gubernamental de la identidad es fundamell-
tal pero no únicamente retórica. De alguna manera, los fun-
cionarios saben del peso de los conceptos y de la repercusión
del nacionalismo (o del quebrantamiento del nacionalismo)
en su proyecto de integración económica. Pero no tienen
mucha idea del sentido del debate. Para ellos la identidad
nacional ha sido, en el mejor de los casos, un lugar común, y
ahora tienen que enterarse de los contenidos precisos de su
existencia, y de hasta qué punto la identidad, como creían
los marxistas, es función de la infraestructura.
La confusión se generaliza. En lo tocante a la identidad, la
derecha se pasma. Desde el siglo XIX, lo básico para lamen-
talidad derechista no es la nación, sino aquello que contiene
y permite a la nación: la familia, último guardián de los val o-
121
122
CARL<Js MONSIVÁIS
res morales y eclesiásticos. Y de la Familia se desprende la
el culto al esfuerzo indjvidual que prolonga el sen-
tido de lo familiar en el mundo de las transacciones. Debido
a la permanencia de la familia sobre la nación, a un gran sec-
tor ?e la empresarial le es fácil el salto, el ver en lo
nacwnal a una sujeción, que ata a tealidades y modos de vi-
daqueen.. b ·e- .
·•1po recen. c. omo ser CO!ltemporáneos de qmenes
definen b. d ·d d · · · · · · d 1
. "mo erm a , s1 se v1ve Slljeto a los preJUICIOS e o
nacwnal 1 · d 1 d · · · · · 1"'
. ' que a eja e gozo a qwsutvo de lo mternac10na r
A la IZquierda nacionalista (loca.lizada hoy en el PRD, los
del PPS, los reductos de la. buena conciencia del go-
Y PRI, los sectores de la Gpinión pública aún partí-
danos d(' la idea y del mito de la revolución) le es muy im-
el debate de la identidad nacional, a la que se le
encorme .... d · · 1 1 , 1 ·
. . '1 a res1st1r 1asta o u llfllo el arrasamiento impe-
nahsta valores y materias prima
S , S.
. egun la industria cultural, la identidad es sucesión de lu-
emoCionales, de pasiones ordenadas por la fatalidad, de
ahanza o , · d · 1
tgamca entre raza y estil)o trágico, del gusto por a
muerte, del machismo, irresponsabilidad, sentido totaliza-
dor de lq_ F. n 1 · d · h
1esta. rero a m ustna <::ultural, como vemos a o-
ra en el n · · · ·
evo smcretlsmo que COrtJbina con destreza lo vieJO
Y lo no entiende de purismos. Así vemos ahora, en la
proxirnl<:fad de las fiestas funerarias la fusión del Halloween
con_ el Dta de Muertos. Y que nadie llame a ultraje o "des-
naciOnal· ·- " ' Hall
lzac10n , porque mas me)(icano que este oween
ni Tlaquepaque.
Nación es la frontera con Guatemala
un periodo ( 1940-1 970), la cuestión nacional se di-
fumma ()pasa a segundo plano, il)scrita en la publicidad del
Estado )-,
1
h · h. , · .
· -c.n e onzonte 1stonco prevaleciente, el de la Re-
LA IDENTIDAD NACIONAL ANTE EL ESPEJO • 123
v?lución Mexicana, lo territ_orio, lenguaje, tradi-
ciOnes, derrotas y conqmstas, creencias, costumbres reli-
. '
g1ón, es todo el espacio ofrecido a las mayorías, sus vías de
comunicación y cohesión internas. Lo nacional es aquello
que obtuvo el pregonado millón de muertos de la lucha ar-
Lo nacional es el círculo de la seguridad, la compen-
saoon que transmuta los grandes valores (patria, historia,
sensaciones utópicas) en dispo-
sitivos de la v1da cotidiana .
La atmósfera de las vaguedades, el reino de las atribucio-
nes. Según el gobierno, la "identidad nacional" es dócil
esencia, el espíritu de un pueblo que se contempla en el es-
pejo de virtudes de un museo de artesanías, el viacrucis his-
tórico que culmina en la obediencia voluntaria.
Preguntas necesarias: We qué modo se aplica la identi-
dad, que es a los requerimientos del cambio perma-
nente? ¿cuál es el meollo de la "identidad"? ¿La religión, la
lengua, las tradiciones regionales, las costumbres sexuales,
los hábitos gastronómicos? Y en este orden de cosas, ¿cuál es
la "identidad nacional" de los indígenas? ¿No hay diferen-
cias "ide?tidad"_de lo_s burgueses y la de los campes}-
nos? c.Hay Identidad o Identidades? ¿cómo intervienen en
el concepto las clases sociales y los elementos étnicos? ¿Has-
ta qué punto es verdadera la "identidad" desprendida del
imperio de los mass-media? Si la "identidad" es un producto
histórico, ¿incluye también las derrotas, los incumplimien-
tos, las frustraciones?
Ante la acumulación de preguntas, las mínimas certidum-
bres:
De existir, la "identidad nacional" sintetiza las necesida-
des de adaptación y sobrevivencia, y es algo siempre modifi-
cable, una identidad móvil, si esto es posible.
Así como la idea de patria fue sustituida por la idea de na-
ción, así también la estabilidad remplazó a la independencia en
124 CARLOS MONSTVÁIS
el conjunto de las jerarquías colectivas, lo que obligó a rea-
justes notorios. Uno de ellos: la "identidad", ha dejado de
ser concepto urgente.
Y es que la normatividad en México hace que las expresio-
nes populares que se divulgan como "identidad nacional"
sean, en primer lugar, las de la capital de la República (con-
frontar la secuela filmica de Nosotros los pobres, Mecánica na-
cional, La pulquería). Así, no hay diferencias perceptibles en-
tre la versión comercial de "cultura urbana" y la de
"identidad".
En esta esquina, la nación. En aquella esquina, los parias
En el siglo XIX, ¿a qué "identidad" colectiva podían aspirar
artesanos, obreros, sirvientes, soldados, mendigos, prostitu-
tas, niños abandonados, amas de casa sin casa alguna a la
disposición? Para entender su sitio en el México indepen-
diente recurrieron a trucos y artimañas, para avenirse con su
destino económico se dejaron apaciguar por sus creencias,
para asimilar el proceso secularizador lo adaptaron al haci-
namiento y al cúmulo de supersticiones, para resistir al mo-
ralismo de las clases dominantes ignoraron sus técnicas de
hipocresía. U na cosa por la otra: la nación (las élites que la
monopolizaban) no aceptó a los parias y ellos la hicieron su-
ya a trasmano; la nación jamás les solicitó su punto de vista, y
ellos apenas si se enteraron de los mitos de la cúpula.
La "identidad" fue lo conseguido gracias a la imitación y
el contagio, las reglas de juego de la convivencia forzada y de
la reproducción fiel (hasta donde esto era posible, nunca de-
masiado) de las costumbres atribuidas a los amos. Cambia-
ban los gobernantes, y persistía el entusiasmo por el valor
básico, no el propuesto por el Estado y santificado o malde-
cido por la Iglesia, sino por lo que contiene (realidades, ilu-
LA IDENTIDAD NACIONAL ANTE EL ESPEJO 125
siones, abstracciones, fantasmagorías) la palabra mexicano:
para unos, el gentilicio a ufanarse; para otros, designación
peyorativa. El populacho se adueñó del término y lo usó co-
mo primera vestimenta. Ya luego lo fueron definiendo de
maneras diversas, pero por lo pronto eran mexicanos que
animaban las calles con su clamoreo, dirigido indistinta-
mente a SantaAnna, Gómez Farías, Miramón,Juárez, Maxi-
miliano, Porfirio Díaz. A la gleba, las polémicas entre libera-
les y conservadores no le concernían. Las ideologías les eran
extrañas e impuestas, pero las imágenes del poder les resul-
taron entrañables. Dependían de la seguridad del hombre
al mando (el que fuera), del rostro altamente individual de
la nación.
La gleba vitoreó a todos los ejércitos y aceptó con igual
parsimonia frenética a los liberales o al imperio. Si la nación
no los admitía, construirían la identidad con saldos, despo-
jos, expropiaciones visuales. Ésta es la primera cultura urba-
na, el equilibrio entre el triunfo de los menos y la despose-
sión de los más, los requisitos de sobrevivencia que desde
fuera parecen de un oportunismo inaudito, la miseria que
iba adquiriendo habla y puntos de vista, y moldea a la reli-
giosidad y a los hábitos sexuales. En pleno analfabetismo, en
condiciones de máxima insalubridad, sin servicios sanita-
rios, en tugurios inconcebibles, las masas armaron su guía
de sentimientos, y su verdadera "identidad nacional" corres-
pondió al barrio, a la región capitalina, al gremio, a la activi-
dad lícita o "ilícita", para de allí expandirse e incorporar
símbolos, poemas, modernizaciones.
La mujer: la nación fuera de México
Una diferencia no muy advertida. Si la "identidad nacional"
varía según las clases sociales, también, y muy profunda-
126 CARLOS MONSIVÁIS
mente, según los sexos. La nación enseñada a los hombres
ha sido muy distinta a la mostrada e impuesta a las mujeres.
Esto explica la invisibilidad social y esto fundamenta la he-
gemonía del clero sobre un sector, el femenino, para quien
la práctica de México consistió en adherir sus Virtudes Pú-
blicas y Privadas (abnegación, entrega, sacrificio, resigna-
ción, pasividad, lealtad extrema) a las exigencias de sus
hombres o sus "padres espirituales".
Muy distintas han sido la nación y la ciudad de las muje-
res, entrevistas siempre desde el segundo o tercer plano.
Desde la década de los cincuenta, la cultura urbana ha sido
la sucesión de reacciones (azoro, frustración, elogio rendido,
adaptabilidad) frente a la opresión industrial, la falta de fe
en el futuro, las transformaciones tecnológicas, y la mayoría
de las mujeres han debido plegarse a las decisiones masculi-
nas, avenirse con la industrialización y la tecnología, perci-
bir a distancias todavía mayores el impacto del cambio. En
las mujeres las connotaciones de represión y violencia de lo
urbano se intensifican y lo nacional es más injusto y discrimi-
natorio.
La acumulación y la síntesis
Fue lenta la apropiación de una "identidad" con rasgos y
lenguaje compartidos en menor o mayor medida. En la ca-
pital, la "identidad" no fue el tejido casual y firme de un
poema de López Velarde, una canción evocativa del rancho
la cocina poblana, el respeto al padre, las artesanías o a x a ~
queñas y la Constitución de la República. La "identidad" (en
buena medida, insisto, sinónimo de cultura urbana) fue el
miedo y el odio a la autoridad que el relajo enmascara, las
redistribuciones del orden dentro del caos, los calificativos
morales que no impedían las conductas naturales, la incom-
prensión teórica de los procesos históricos, la idea de la polí-
lA IDENTIDAD NACIONAL ANTE EL ESPEJO 127
tica como la maldición mudable y eterna que nos somete a la
corrupción para salvarnos periódicamente de la represión.
Así se identificaron las naciones y los capitalinos. Fueron,
han sido y siguen siendo la resignación sostenida en vilo por
los golpes de la política, el amor a los símbolos y el naciona-
lismo que depende de memorias comunes e individuos y de
una mínima confianza en el progreso. El sentimiento varia-
do y profundo de "mexicanidad" es la diferencia específica
que carece de género próximo.
Esto persiste y eso se modifica. Se mantienen y renuevan
procedimientos y gusto comunales, pero la explosión demo-
gráfica, el desempleo, la represión policiaca, disuelven, des-
hacen, y rehacen cada día la "identidad" mítica. En el uni-
verso donde toda sensación corresponde a un producto (la
amistad cordial es don de Pepsi, el olor de la sensualidad es-
tá tasado por olfatos clasistas, la modernidad requiere de ca-
bello rubio y ojos azules, a lo ancestral lo delata el color mo-
reno), las formas extremas de nacionalismo se mantienen.
Son guías de sobrevivencia, refugios psicológicos a los que se
llega vitoreando al país y a sus héroes. El nacionalismo: la
idea (la sensación, la síntesis de juicios y prejuicios) que nos
evita más problemas y preguntas: somos mexicanos y, por
ende, ya sabemos nuestras limitaciones, que la policía y el ni-
vel salarial refrendan; las aceptamos con desencanto que
ocasionalmente remata en orgullo y las complementamos
con algunas virtudes. El nacionalismo: la estrategia para no
desintegrarse en la indefensión.
Al volverse cada vez más compleja la cultura urbana, la
"identidad nacional" se confina en fórmulas esenciales: el
ámbito familiar, las pasiones deportivas, las lealtades efíme-
ras o permanentes del espectáculo, las vivencias comunita-
rias. Lo nacional en esta perspectiva no es lo enfrentado a lo
internacional, sino lo que se entiende sin problemas y se de-
ja apresar en fórmulas sentimentales.
128 CARLOS MONSIVÁIS
Al margen de la interpretación gubernamental, la mexi-
canidad deviene en las masas vía de comprensión del mun-
do. Al fundirse crecientemente con la cultura urbana, la
"identidad nacional" ya no es el corpus de tradiciones, sino
la manera en que el instituto colectivo mezcla realidades y
mitologías, computadoras y cultura oral, televisión y corri-
dos, para orientarse animadamente en un mundo que, de
otro modo, sería todavía más incomprensible.
Por eso es tan difícil o impreciso el uso del término "iden-
tidad nacional"t por la enorme mutabilidad que varía según
funcione en barrios o vecindades o colonias residenciales o
condominios o unidades habitacionales de burócratas o co-
lonias populares o ciudades perdidas o rancherías o pobla-
dos indígenas o zonas fronterizas. México es, a la vez, un
país más unificado y más plural de lo que se piensa} Si ya no
es creíble la vigencia de creencias y tradiciones p ropias de
mentalidades extintas, tampoco es desdeñable el peso vivo
de muchos otros hábitos y prácticas. Un ejemplo entre mi-
les: las unidades habitacionales obreras, concebidas de
acuerdo al gusto decorativo y funcional de la clase media, en
pocas semanas se convierten en algo distinto, que recuerda
los orígenes rurales, que pone de relieve la fuerza de la pro-
miscuidad (no el vocablo moralista, sino la urgencia habita-
cional). Ni la modernización se impone absolutamente, ni la
modernización fracasa.
Es claro: la identidad de un país no es una esencia ni el es-
píritu de todas las estatuas, sino creación imaginativa o críti-
ca, respeto y traición al pasado costumbrista, lealtad a la his-
toria que nunca se acepta del todo. Antes del capitalismo
arrogante (la suficiencia de los pocos y la insuficiencia del
resto), se impuso un nacionalismo que era humilde petición
de ingreso al "Concierto de las Naciones" y que, en su ver-
sión literaria o en su apariencia Metepec, Olinalá, Tlaque-
paque y anexas, fue gran técnica de consolación, el aisla-
~
lA IDENTIDAD NACIONAL ANTE EL ESPEJO 129
miento forzado que es motivo de orgullo. Por lo mismo, no
es fácil el salto entre la cultura preindustrial y la industriali-
zada. En el sentido de la 'apropiación psicológica, somos los
transistores, los champús y desodorantes, porque antes éra-
mos la carencia de transistores, champús y desodorantes. La
identidad, entre otras cosas, es el consuelo de muchos, la re-
signación compartida ante las carencias, la solidaridad en la
frustración. La cultura industrial traspasa pero no ftia, ·por-
que la tecnología, al "nacionalizarse", adapta un universo
vertiginoso, computarizado, videológico y telegénico a las
necesidades de cuartos desastrosos, de unidades habitacio-
nales como alegorías del encierro burocrático, de futuros a
plazo ftio, del desempleo que algunos hallan preferible al
abuso de los patrones.
Así, la identidad nacional no es lo opuesto a lo internacio-
nal, si.; o el método para interiorizar una condición interna-
cional (la vida bajo el capitalismo salvaje) sin lesiones toda-
vía más graves en lo psíquico, lo moral, lo social, lo cultural.
CULTURA NACION
CULTURAL EN EL tt E IDENTIDAD
NEOLIBERAL ONTEXTO

Como participante tard¡'a d.,
en un 1al · · ·
meses, me voy a perm·t· ogo Iniciado hace varios
1
Ir retomar 1
presentación, algunas de
1
' en e transcurso de mi
durante el primero de as que se hicieron aquí
d
. estos semmar
trectamente con mi · Ios, ya que se relacionan
· Intento por
medida, las implicaciones e en alguna
to de Estado "neoliberal" dn matena de cultura del proyec-
tración. a optado por la presente adminis-
. En este sentido, parto de la r .
b1erno como tal no pued d. P emt_sa _de que si bien el go-
tural" de nuestro país e
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?ehmitar la "identidad cul-
b
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seables" arraigadas en l . racheas culturales "inde-
c os diversos grup ·
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e as as concepciones . micas que adopte, y con
que puede alentar o d: nlecesidades culturales, además de
, · sa entar deter · d .
nes artistlcas 0 culturales a , mma as mamfestacio-
Por otro lado, a pesar d traves su política cultural.
do, desde sus inicios u e que el Sistema capitalista ha teni-
' na proyección mundial 1 México ha
1
El ' nfa · '
e SIS que se viene da d
'"lh noalfc '
nomia o ace parecer e enomeno de "glob
1
. · , d la
omo una v rt" a IZaClon e eco-
e Iente nueva del capitalismo, algo que
130
CULTURA NACIONAL E IDENTIDAD CULTURAL 131
vivido periodos de mayor o menor autonomía con respecto
de la mayoría de las economías nacionales, salvo la nortea-
mericana, pero esta administración ha adoptado como pro-
yecto de gobierno la incorporación plena y sin restricciones
al llamado libre mercado; de ahí la importancia de conside-
rar la "globalización de la economía", que con tanta razón
señala Guillermo Bonfil como central para nuestra discu-
sión, además de algunos otros de los postulados "neolibera-
les" con los que nuestro país se lanza decididamente a la "li-
bre" competencia mundial.
A los que privilegiamos lo que tiene de herencia la cultura
nacional, nos alarma, y con razón, la velocidad con que este
proyecto económico exige una modificación de las prácticas
culturales por parte no sólo de las élites, que son las que reci-
ben los beneficios de la "apertura" comercial, sino de la po-
blación en general, ya que nuestra participación en el siste-
ma económico mundial no puede darse más, de acuerdo con
la concepción neoliberal, en forma parcial o sectorial, pues-
to que nuestra inserción exige no sólo la producción (o ma-
quila) de bienes fundamentalmente para ser exportados, si-
no además una disposición para consumir una proporción
cada vez mayor de los bienes que producen los demás países
del orbe, consumo que le toca a todos.
La propuesta neoliberal
Como documento de referencia para mis observaciones to-
mo el llamado "informe temático" del LI Congreso Interna-
cional Liberal, llevado a cabo en Pisa en septiembre de
1988, redactado por el economista Ralf Dahrendorf, quien
desde luego no es exacto. Véase l. Wallerstein, TM Modern World-System.
CapualistAgriculture and Origins oftM European World-Economy in tM Si:xteenth
Century, Nueva York/Londres, Academic Press, 1976.
132 BEATRIZ MARISCAL HAY
fuera director durante diez años de la London School of
Economics y desde 1983 hasta la fecha Master del St.
Anthony's College de la Universidad de Oxford,
2
que reco-
ge lo acordado durante el congreso en forma de "Agenda
política del liberalismo". El documento es, a mi ver, muy
ilustrativo de las posturas neoliberales, que incluyen el "re-
conocimiento" de las "desviaciones" del liberalismo de los
últimos años (el liberalismo real), además de la declaración
de las tareas futuras delliberalismo.
3
La principal falla de los liberales, que no del liberalismo,
dice Dahrendorf, ha sido que, si bien están a favor de que to-
dos tengan la posibilidad de escoger entre una variedad y di-
versidad de bienes o "provisiones", algunos han apoyado y
continúan apoyando el i e r r ~ de las puertas de acceso a estas
provisiones. El atractivo del privilegio para aquellos que han
logrado colocarse los hace caer en la tentación de excluir a
los que no lo han logrado. De haber permanecido fieles a
políticas que propugnasen el derecho de acceso a bienes y
provisiones, el socialismo nunca hubiera llegado a tomar el
lugar preponderante que alcanzó hasta la muy reciente (más
reciente que el documento que estamos considerando) des-
bandada de los países del bloque socialista.
4
La verdad es que esta "falla" de los liberales es la que re-
sulta ser la principal "realidad" a la que tienen que hacer
2
Ralf Dahrendorf (Hamburgo, 1929) es uno de los principales expo-
nentes del neoliberalismo; entre sus obras más recientes está Fragmente
Eines-neuen Liberalismus, Deutsche Verlags-Anstalt, Stuttgart, 1987 (trad.
al italiano: Per un nuovo liberalismo, Roma·Bari, Laterza, 1988-1990.
3
"The Future Tasks ofLiberalism-A Political Agenda", informe del LI
Congreso Internacional Liberal, celebrado en Pisa del 15 al 18 de sep-
tiembre de 1988.
4
El concepto de provisiones, que comprende no sólo una variedad y di-
versidad de bienes económicos y de servicio sino de alternativas culturales
y políticas, y el de entiilements, o derechos de acceso a esta variedad de bie-
nes, son centrales al programa neoliberal en la propuesta que hace Dah-
rendorf en el documento que estamos considerando (pp. 7 -14).
CULTURA NACIONAL E IDENTIDAD CULTURA'L 133
frente los países del tercer mundo (y los del segundo tam-
bién), ya que aquellos países que ingresan tardíamente al
mercado mundial se topan con barreras a su ingreso bastan-
te más altas que las que existían antes. Frente a una interde-
pendencia económica sin precedente, la prosperidad, nos
dicen los liberales, depende de que se mantenga un comer-
cio libre y unas condiciones estables de intercambio.
Además, la competitividad que necesitan las economías
de los países que aún están fuera del sistema mundial de li-
bre comercio para acceder a él exige, a menudo, ajustes do-
lorosos a los realidades internacionales. Las desventajas de
los países del tercer mundo frente a las economías que ya
son miembros de número, señala Dahrendorf, derivan del
costo de los errores del pasado (la crisis de la deuda) y del
deterioro de las condiciones internas de desarrollo, además
de que el pragmatismo adoptado por estos países para in-
tentar corregir errores, al igual que el adoptado por los de-
sarrollados para mantenerse en el juego, ha dejado como
herencia un vacío espiritual que está propiciando el resurgi-
miento del fervor religioso, que también se ha convertido, o
puede convertirse, en un obstáculo más para el desarrollo.
Más allá de las implicaciones de la idea de que si bien to-
dos tenemos nuestras fallas (el apestado lo es por sus peca-
dos), lo que me interesa subrayar es la relación que se esta-
blece entre "realidad" y modelo ideológico: la realidad exige
la incorporación, aceptadamente en condiciones de desven-
taja, de todos los países a un sistema cuyo acceso puede dar-
se sólo en los términos de los que ya están adentro y a condi-
ción de que los aspirantes tomen medidas de ajuste
dolorosas. Además, la interdependencia mundial en el ám-
bito económico no es algo nuevo e impuesto, sino perfecta-
mente natural, acorde con la realidad y que actualmente se ha
vuelto más evidente.
Y es que la filosofía política del liberalismo reclama una
134 BEATRIZ MARISCAL HAY
validez universal para sus valores, que proclaman el predo-
minio de una sociedad civil en la que se consideran inviola-
bles los derechos humanos del individuo, validez que com-
pensa con creces las dificultades y desviaciones del sistema.
Al ser un sistema de validez universal, a la par que inevita-
ble, no hace falta ni siquiera convencer a los pobladores de
los países aspirantes, como el nuestro, de que las prácticas
culturales de nuestros "socios" en el consorcio mundial son
mejores o superiores y de que debemos, por lo tanto, hacer-
las nuestras, sino que se presentan como algo tan "natural"
para nosotros como lo son para ellos, ya que son acordes a la
realidad, parte del utillaje con que hemos de realizar nuestro
destino.
No se acepta que la violencia a las costumbres propias de
los países que quieran ingresar al sistema sea algo más que
realismo; no existe más que una forma de concebir las rela-
ciones socioeconórnicas, una forma de cultura: la que propi-
cia la economía mundial de mercado.
Los liberales se cuidan de no confundir lo que son dere-
chos civiles con la posición social, confusión de lenguaje, se-
gún Dahrendorf, y mientras que "la pobreza extrema puede
ser tan aborrecible como una detención arbitraria, está por
discutirse si la pobreza y el desempleo son una negación ina-
ceptable de los derechos ciudadanos de una persona" y, con-
tinúa, "los derechos humanos son derechos humanos y la
posición económica y social, es una posición económica y so-
cial" .
5
Lo importante es que el individuo pueda decir lo que
quiera y, sobre todo, que tenga una participación en los pro-
cesos que deciden lo que le atañe. El modelo para lograrlo:
la sociedad civil.
A nivel nacional, por lo tanto, la tarea que se impone no es
la de mejorar la posición económica de las mayorías sino de
ver que se garanticen los derechos humanos fundamentales,
5
Op. cit., p. 5.
CULTURA NACIONAL E IDENTIDAD CULTURA.If 135
definidos, claro, en sus propios términos (arriba menciOna-
dos), y para ello debe instaurarse la sociedad civil.
Este énfasis en la sociedad civil, considerada como la úni-
ca posibilidad de garantía de acceso del individuo a esa va-
riedad de provisiones que traerá consigo la participación en
el libre mercado, a mi ver, no es solamente el postulado que
puede hacer aceptable el paquete tanto para la izquierda
ideológica como para la derecha, sino que representa la de-
terminación del papel que habrá de jugar el aparato ideoló-
gico del Estado en la adecuación ideológica que necesita el
proyecto en discusión.
6
No estoy, desde luego, condenando a la sociedad civil, pe-
ro sí considero que el proyecto neoliberal incluye un ajuste
en el equilibrio de fuerzas que implica que el aparato repre-
sivo del Estado: la policía, las cortes, el ejército, no es el que
debe intervenir directamente en la tarea de convencer, sino
que esa tarea debe quedar en manos del aparato ideológico:
las instituciones religiosas, las escuelas, los medios de comu-
nicación y los partidos políticos, es decir, de la sociedad civil,
de tal forma que ésta se encargue de consolidar "por las bue-
nas" la adaptación de todos a la realidad.
La mención que hace Dahrendorf del renacer del fervor
religioso no es casual, ya que éste puede traer consigo el pe-
ligro de la inadaptabilidad a la modernidad. Recordemos la
reducción de la influencia de la Iglesia en el paso de la Edad
Media al Renacimiento. Hasta los albores de la implantación
del sistema capitalista, que se da en el Renacimiento, la Igle-
sia constituía el aparato ideológico dominante puesto que
cumplía con casi la totalidad de las funciones educativas y
culturales, funciones que habrían de pasar a manos de la so-
ciedad civil: organizaciones gremiales y seglares.
Regresando al presente, el adelgazamiento del Estado
6
Aclaro que hago una diferencia entre aparato ideológico del Estado y
poder del Estado.
136 BEATRIZ MARISCAL HAY
más o menos "benefactor" (Welfare State), que venía asu-
miendo tareas educativas, de salud y culturales en general,
es esencial al programa neoliberal. De hecho, el traspaso de
estas funciones a la iniciativa privada se propugna como una
medida que habrá de acercarlas al individuo. Frente a una
burocracia costosa y poco atractiva para los "clientes", ya
que ofrece respuestas impersonales a necesidades suma-
mente personales, se impone una participación mayor de
los grupos sociales y entidades no gubernamentales:
En el mundo en vías de desarrollo, hay una serie de cuestiona-
mientas constitucionales que tienen que ver con la sociedad civil.
La creación de sociedades civiles puede constituir la tarea más im-
portante del desarrollo desde el punto de vista liberal. Por un lado,
esto requiere el establecimiento pleno de los derechos fundamen-
tales de la persona y, por el otro, una sociedad civil que se exprese
en forma mucho más clara a través del desarrollo de instituciones
intermedias que protejan al individuo del control directo del Esta-
do y le ofrezcan oportunidades para expresar sus intereses varios,
sus puntos de vista y sus aspiraciones. El apoyo a la creación de este
tipo de institución puede venir desde adentro de los países en vías
de desarrollo y desde afuera.
7
La globalización, claro está, tiene que ser, según los libera-
les, no sólo de la economía sino de los aparatos ideológicos
de los diversos países, en tanto transmisores efectivos de la
cultura. Las escuelas, los medios de comunicación, las aso-
ciaciones sociales y políticas, las Iglesias, etc., deben ser apo-
yadas para asegurarse de que cumplan cabalmente con su
función adaptadora:
[Los liberales] estarán a favor del desarrollo de un derecho in-
ternacional y de instituciones que no sólo sean la expresión de
una interdependencia de hecho sino la base para una acción na-
7
RalfDahrendorf, op. cit., p. 17 (el subrayado es mío).
CULTURA NACIONAL E IDENTIDAD CULTURAL• 137
cional. Por lo tanto, el apoyo a reglas y sistemas de sanciones a
nivel internacional, el Comité de las Naciones Unidas para los
Derechos Humanos, la Corte Internacional de Justicia, etc., es
un objetivo liberal. 8
Frente a este programa surgen varias preguntas. Retomo
las que se han expresado aquí: ¿Quién puede, de hecho, ga-
rantizar prácticas culturales que, en términos del proyecto
de Estado que venimos discutiendo, ya no benefician a sus
usuarios? ¿cómo?
Si lo que tiene de herencia una cultura es lo que impide la
adaptación de todos a "la realidad", ' ¿debemos buscar los
medios para que lo que predomine sea esa otra cara de la
cultura tradicional: su capacidad de adaptación a la realidad
en que se encuentran inmersos grupos e individuos?
Creo que estamos todos de acuerdo, insisto, en que el go-
bierno no puede imponer desde arriba la "identidad nacio-
nal", aunque sí puede alterar la realidad a la que ha de res-
ponder la cultura y puede impulsar o permitir que se
impulsen desde afuera los organismos civiles que habrán de
cumplir con la tarea de adecuar ideológicamente a todos al
sistema.
En todo caso, las formas con las que se manifiesta la iden-
tidad cultural de nuestro pueblo, a pesar de que puedan per-
der pureza o tradicionalidad en razón, entre otras cosas, de
esa desterritorialización de la que habla Néstor García Cancli-
ni, no dejan de ser propias, a la par que definitorias, de los
grupos que las practican.9
Los mixtecos que viven permanentemente en Tijuana
pueden o no recordar los mitos y tradiciones que fundamen-
tan su cultura y que tal vez tengan aún sentido en Oaxaca,
8
Idem.
9
Véase Néstor García Canclini, "Escenas sin territorio. Cultura de los
migrantes e identidades en transición", en este libro.
138 BEATRIZ MARISCAL HAY
pero en razón de su contacto con la realidad tijuam·11 • • 11
no es sólo de cercanía apabullante con Estados Unido 1 111
de relación directa con otras etnias mexicanas y e 111111 1111
ricanas (fenómeno que a mi ver amerita más estudt< •), 1 1
par que con "chilangos" y demás citadinos mexicano dt
plazados, van creando su propia cultura respondicn< l1• • 11
necesidades actuales.
El asentamiento en forma más o menos perman '1111 • 11l
zona fronteriza de grupos provenientes de las más d1\'1 1
zonas de la República Mexicana y de Centroamérica, , 11 ,¡
rritorialización, produce muchas veces una reafirma' 11111 1
los aspectos culturales tradicionales por parte de 1111• 11
bros desplazados de sus comunidades, reafirmación qnt 11
ve como mecanismo de defensa con el que rechazan, c11' 11 1
ta forma, el sistema de modernidad y consumo que })1 c11 111l
imponérseles, a la vez que produce nuevas tradiciow 1 11
las que se identifican.
Las tradiciones que surgen, puras o mezcladas, n11c \ •
añejas, de origen chicana o centroamericano, no pu '<le 11
meras imposiciones por parte de los centros de pode• 1 1 1
nómico nacionales o extranjeros, ya que necesari:11111 111
han de incluir concepciones y prácticas culturales <¡tic ••
ponden tanto a las necesidades de cada individuo de n·l,u 111
narse con el mundo que lo rodea como a sus experie1 H 1.1 1
miliares y de trabajo, todos ellos elementos inalienahl1 d
su propia identidad cultural.
10
10
Enotrasocasioneshepropuestoqueesnecesarioconsid r;ttl.111lll••
ra popular, tanto en su vertiente tradicional, de base oral, como l<t ¡/ 1111 •
producida no por las clases populares, pero sí destinada a ell as, 1' 11 1• 1 111
nos de la recepción y uso que hacen de ambas las clases popul an H 111 1
lo en términos de sus contenidos.
LA PRUEBA DE LO MEXICANO
·ulturales y Tratado de Libre Comercio
Gustavo del Castillo Vera
10s de la antropología clásic'a estadunidense,
el 1 por Franz Boas y sus alumnos, A. L. Kroeber,
tl1c 1 y Margaret Mead, la preocupación principal
pl111a ·rala cultura y, específicamente, los proce-
11 1c •11, p netración y asimilación de una cultura so-
así a la definición de "áreas cultura-
' • nda, al igual que la del funcionalismo, cuyo
l'""'·ul ·fue Malinowski, nunca se preocupó por un
ljlll' ahora nos parece fundamental, especialmen-
lltll con la temática de este trabajo: el control de
111 tllllS que ayudan a la creación de una cultura y a
11 u 11111 dentro de sociedades complejas. Al introdu-
1 "" nlo de control, necesariamente se encuentran
l1 tl1111 ·nsiones relacionadas al ejercicio del poder y
111pn o que lo ejercen. Esta dimensión es de
111 1.1 l11ndamental en Norteamérica, entendida aquí
tlld.ul geográfica, ya que existen grupos y élites ca-
' le• 11111 1 a asimetría de poder y de recursos que ha-
111 • 111•• ,¡, . "(¡1 ea cultural" fue desarrollado originalmente por C.
1 1 1 ¡, • 11 ,,1 H\jos más representativos de la influencia de Boas son
1 1 1111 1 11'1, Ani,hropology. Culture Patterns and Processes, Nueva
111 1111 III IH'c•.J ovanovich, 1923. Tal vez el libro más conocido por
11< • ll ollltmpología en Estados Unidos sea el de Ruth Bene-
••/• Boston, Houghton Miffiin Co., 1959.
139
140 GUSTAVO DEL CASTILLO
cen que las preocupaciones sobre la difusión y asimilación
de una cultura se tornen de importancia estratégica. Lo que
está entre manos en la negociación de un acuerdo de libre
comercio es la sustentación de nuestras diversas culturas, las
existentes en México y Canadá. Al introducir el concepto de
sustentación cultural, es necesario preguntar sobre el papel
que juega y puede jugar el Estado nacional en este proceso.
Cultura y dominación
En todas las sociedades que aparecen menos complejas, al
igual que en las contemporáneas de Norteamérica, se pre-
senta el problema del control cultural, quedando éste en
manos de chamanes u otros personajes excéntricos, en la co-
lectividad de jefes tribales, etc. Cualquier divergencia de las
normas culturales (como sean definidas en ese momento)
llega a la atención de estos mecanismos institucionales que
entran en operación para salvaguardar las viejas normas.
Entonces, una pregunta por hacerse sería: ¿Quién se encar-
ga del mantenimiento cultural en nuestras sociedades? Pero
inmediatamente surgiría otra pregunta: ¿Qué cultura es la
que se defiende? Finalmente, hay que preguntar: ¿De quién
se defiende esa cultura?
Al relacionar estas preguntas a la temática de un acuerdo
de libre comercio en Norteamérica, cabe preguntar ¿cómo
será que éste llegue a afectar elementos culturales? Si la te-
mática de este acuerdo es lo comercial, ¿por qué entra en
juego la cultura? En términos lógicos, no hay razón alguna
para que exista un eslabonamiento entre el comercio exte-
rior, la definición de su política y los mecanismos que ayu-
den a una mejor articulación entre dos economías con la di-
mensión cultural. El eslabonamiento se hace porque dentro
del acuerdo de libre comercio que ahora comienza a nego-
LA PRUEBA DE LO MEXICANO f41
ciarse se están negociando, en primera instancia, las modali-
dades permisibles de la inversión extranjera y, en segundo
lugar, estas negociaciones impondrán límites a la acción del
Estado, y estas dos dimensiones tocan a lo cultural.
El pilar crítico de este tipo de acuerdos es el otorgamiento
del principio de trato nacional a la inversión extranjera; sin es-
te principio, no se dará la inversión masiva de capitales es-
perada por el gobierno mexicano. Sin la garantía de obtener
este principio, ningún gobierno estaría interesado en firmar
un acuerdo como el que se está considerando. Trato nacional
significa que el capital extranjero recibirá un trato jurídico
idéntico al que recibe el capital nacional, donde no es acep-
table la discriminación como la que ha existido hasta ahora.
¿Qué tiene que ver esto con la cultura? Todo. Un caso extre-
mo nos puede aclarar lo que está en juego. Bajo los princi-
pios arriba mencionados, un día puede aparecer un inver-
sionista extranjero que compra (por buenas o por malas) el
diario Excelsior de la ciudad de México. Al día siguiente se
despide a los trabajadores (compensándolos, ofcourse), y cie-
rra el diario. Creo que bajo la mayoría de las reglas y leyes
nacionales no hay una base jurídica que señale que este tipo
de acción es ilegal. En esta situación México habrá perdido
un buen diario y parte de su historia. Más aún, fundamental-
mente lo perdido en este caso sería un instrumento de pro-
pagación (y tal vez creación) de ciertos valores culturales que
llamamos "mexicanos".
¿Qué es lo que se habrá perdido? En este caso particular,
se trata de un instrumento de una cultura dominante, co-
múnmente caracterizada como una cultura nacional. Sin
profundizar sobre la validez científica del concepto de cultu-
ra nacional, es necesario tratar sobre otros conceptos con los
cuales se encuentra estrechamente relacionado.
Creo que pocos argumentarían contra la idea de que Mé-
xico está compuesto de muchas culturas distribuidas regio-
142 GUSTAVO DEL CASTILLO
nalmente y de que, en este sentido, la idea de una "cultura
nacional" es un mito. Es decir, habría que preguntarnos qué
valores comunes existen entre un indio tarahumara y un
maya de Yucatán. Tampoco es de dudarse que después de
medio siglo de control político por un solo partido y del de-
sarrollo de un sistema político dominante se ha logrado la
difusión de ciertos valores que podríamos clasificar como
componentes de una cultura común de cobertura nacional
no delimitada regionalmente. Pero estos valores culturales
son el producto de la dominación, donde se deja de lado el
valor intrínseco de las diferencias étnicas, raciales y de casta.
Donde estas diferencias todavía son mantenidas y se mani-
fiestan en la existencia de una "cultura distinta" se debe ge-
neralmente al interés de la cultura dominante por mantener
su viabilidad. La otra posibilidad es que estas culturas deban
su existencia a su naturaleza periférica y al hecho de que al-
gunas de ellas han combatido con cierto éxito la intromisión
de la cultura dominante.
2
El liberalismo comercial y la cultura
Arriba se plantearon algunos problemas relacionados con la
cultura y los procesos de dominación. Esta misma problemá-
tica se tiene que replantear en términos internacionales al
considerar un acuerdo de libre comercio entre México, Ca-
nadá y Estados Unidos, bajo la premisa planteada anterior-
mente de que cualquier acuerdo estará basado en el princi-
pio no discriminatorio de trato nacional (artículo 502 del
ACL Canadá/Estados Unidos), aplicando al nivel bilateral el
artículo 3 del GATI.
2
Véase Aguirre Beltrán, El proceso de aculturación, México, Ediciones de
La Casa Chata 15, Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en
Antropología Social, 1982.
LA PRUEBA DE LO MEXICANO 143
El trato nacional no se limita a la dimensión de la inver-
sión extranjera sino que es aplicable a otras dimensiones, ta-
les como los estándares en productos manufacturados, etc.
La preocupación fundamental con este principio es que lle-
ve a la armonización de políticas sociales que afecten facto-
res culturales y que sea a través de estos dos mecanismos que
se dé un proceso de aculturación, esto es, la transferencia de
valores normativos de una cultura hacia otra.
Siendo los procesos de aculturación la preocupación prin-
cipal desde el punto de vista mexicano, es necesario analizar
las especificidades del acuerdo de libre comercio entre Ca-
nadá y Estados Unidos para sentar las bases comparativas
que nos permitan evaluar los mecanismos que pueden ser
introducidos en las negociaciones tripartitas de libre comer-
cio y que pudieran llegar a disminuir el impacto del princi-
pio de trato nacional afectando la dimensión cultural en Mé-
xico.
Creo importante señalar que dentro del acuerdo firmado
entre Canadá y Estados Unidos existen límites en la inver-
sión extranjera que pudieran afectar alguna dimensión cul-
tural. Incluso, existen divergencias importantes al principio
de trato nacional. Los límites en la inversión son de dos ti-
pos: el primero impone límites a las compras gubernamen-
tales, servicios financieros e inversiones en el sector de trans-
porte (artículo 1601 ), así como a la industria cultural
(artículo 2005). La segunda categoría de exclusiones com-
prende aquellos servicios asociados con el cuidado infantil,
los servicios médicos y los servicios educativos. En un senti-
do, las preguntas que pueden hacerse respecto a estas res-
tricciones son de dos tipos. En primera instancia hay que
preguntar hasta qué punto las negociaciones actuales po-
drán incorporar los límites presentes en el acuerdo bilateral
entre Estados Unidos y Canadá. La segunda pregunta es
¿hasta qué punto se modificará este acuerdo bilateral (Cana-
144 GUSTAVO DEL CASTILLO
dá/Estados Unidos) para incorporar las posibles preocupa-
ciones mexicanas? Esta pregunta es especialmente impor-
tante porque existen demandas, tanto canadienses como
estadunidenses, para que se modifique el acuerdo bilateral y
que, dentro de las negociaciones con México, no se presen-
ten algunas de las limitaciones mencionadas anteriormente.
Es importante entender que las negociaciones sobre el
sector servicios que incluye a la industria cultural, no necesa-
riamente modifica previas leyes nacionales referentes a las
inversiones extranjeras, y en segundo lugar, que el acuerdo
entre Canadá y Estados Unidos limita las inversiones extran-
jeras al permitir la revisión de cualquier compra de una in-
dustria nacional por capital extranjero. El acuerdo entre
esos dos países permite esta revisión dependiendo del valor
de la inversión. Este proceso de revisión estaba ya incorpora-
do a la legislación canadiense, y el ALC incrementa el valor
de la inversión bajo el cual se permite esta revisión. Es decir,
que bajo la legislación antigua la revisión era permisible
cuando llegaba a los cinco millones de dólares canadienses;
este valor ahora queda definido en los 150 millones. Esto in-
dica que ahora existen más áreas o industrias en Canadá
donde se puede dar la inversión extranjera sin revisión na-
cional. En términos prácticos, esto significa que la pequeña
empresa se sujeta a las presiones del inversionista extranje-
ro, y esto definitivamente puede ser un peligro en el caso
mexicano, si es que los límites de la revisión al capital ex-
tranjero se definen elevadamente, como sucede en el caso
canadiense.
El artículo 2005.2 del Acuerdo de Libre Comercio entre
Canadá y Estados Unidos explícitamente dice que cualquie-
ra de los dos países puede tomar medidas defensivas contra
el otro en el ámbito cultural, si piensa que se están tomando
medidas "discriminatorias" en su contra. Las medidas que
son aplicables deberán tener "efectos comerciales simila-
LA PRUEBA DE LO MEXICANO •145
res". ¿Qué significa esto, dado que el artículo 2005. 1 exenta
a la industria cultural? En breve, se está admitiendo que Ca-
nadá puede tomar cualquier medida interna para promover
y discriminar a favor de su industria cultural si está dispuesta
a sufrir medidas defensivas por parte de Estados Unidos.
3
Esto significa que la "cultura" canadiense puede ser refor-
zada o sostenida a través de subsidios, incentivos fiscales, res-
tricciones a la inversión extranjera, etc., siempre y cuando es-
té dispuesta a entrar en un conflicto con Estados U nidos.
La cultura y el ajuste
En la introducción a este trabajo se dijo que, además de la in-
versión extranjera, existían las medidas de "armonización de
estándares" que podrían afectar la dimensión cultural. Aunque
este término generalmente es usado para referirse a la produc-
ción e inspección de bienes, la cuestión de estándares también
es aplicable al sector servicios, y la manifestación de estos servi-
cios en el ámbito de la sociedad es parte de su telar cultural.
En este contexto, creo necesario preguntar qué tan resal-
tante puede ser una cultura y si los elementos que la confor-
man son capaces de resistir los efectos intromisorios de otra
cultura que acapara los instrumentos de difusión y penetra-
ción que la sitúan en una posición supradominante.
La experiencia histórica está llena de culturas que han de-
saparecido, ya fuera por la muerte de sus practicantes o por
procesos de aculturación tan intensos que los rasgos de la cul-
tura original son difíciles de identificar. Es decir, que frente a
la apertura comercial y las negociaciones entre México y Esta-
dos Unidos de un acuerdo de libre comercio, en los términos
3
Lipsey G. Richard y Robert C. York, Evaluaiing tlu! Free Trade Deal. A
Guided Tour Through the Canada-U.S. Agreement, Toronto, Canadá, C.D.
Howe Institute, 1988, pp. 106-107.
146 GUSTAVO DEL CASTILLO
como se viene discutiendo, la aculturación en México puede
tomar proporciones mayores. En este contexto, una pregunta
de naturaleza empírica sería: ¿Hasta qué punto la armoniza-
ción en los servicios conlleva la aculturación? Sin dejar de ol-
vidar, por un lado, que los procesos de aculturación son sim-
bióticos, pero por otro lado, que la armonización en el sector
servicios tiende a tomar las características del país dominan-
te; en este caso, Estados U nidos. Pero aún así, las preguntas
críticas que hay que hacer son: ¿qué servicios con un conteni-
do social serán negociados? y ¿qué papel juegan estos mismos
servicios en el telar cultural mexicano? Sin conocer las metas
finales o propósitos mexicanos al firmar un acuerdo de libre
comercio con Estados Unidos, habría que preguntar qué ser-
vicios armonizados llevarían a un proceso de aculturación sig-
nificativo y acelerado para México.
La preocupación canadiense en este respecto fue, y continúa
siendo, la armonización de los servicios médicos de dos sistemas
antagónicos. El uno basado en la capacidad del sector privado
de extraer ganancias al individuo, mientras que el canadiense
hace transferencias generalizadas basadas en la intervención es-
tatal. Los sistemas de salud pública en México se asemejan más
al sistema canadiense que al estadunidense en términos de la
participación del Estado, ya que involucran transferencias, aun-
que la calidad y la cobertura de los servicios quedan bastante por
debajo de las canadienses. La preocupación de estos últimos ha
sido que se minimizaran las transferencias y tuvieran que ser
sustituidas por pagos individuales para obtener los servicios y
que, por lo tanto, la calidad de los servicios fuera dependiente
de la capacidad de pago del paciente. Esta problemática no es
amenazante para México en el corto y mediano plazos, ya que
en una negociación tripartita el problema no estaría referido a la
disminución de los servicios médicos mexicanos, sino a un au-
mento en su calidad y cobertura.
En México, los problemas (y las manifestaciones culturales) al
LA PRUEBA DE LO MEXICANO H7
mediano y largo plazos tienen que ver con dimensiones más su-
tiles. Una preocupación tendrá que ver con cuestiones educati-
vas, especialmente en relación con los problemas de armoniza-
ción de estándares y la certificación de títulos profesionales y
técnicos de mexicanos que deseen establecer algún servicio pro-
fesional en Canadá o Estados Unidos, o que soliciten permisos
de trabajo temporal en cualquiera de esos dos países.
El acuerdo de libre comercio entre Canadá y Estados Uni-
dos establece el derecho de transferencia temporal de mano
de obra profesional o técnica para poder llevar a cabo un
servicio (artículo 1501). También es importante señalar que
dentro del artículo 1402.3 no se admite el principio de trato
nacional; es decir, que se admite un tratamiento diferente
(pero justificado) entre nacionales y extranjeros.
Según algunos expertos,
4
en los acuerdos sobre los servi-
cios negociados entre Canadá y Estados U nidos, los provee-
dores de ellos no requieren de la armonización de estánda-
res; más aún, el artículo 1403.3 prevé el reconocimiento
mutuo de los procedimientos de certificación para aquellos
que proveen algún servicio. En efecto, esto significa un reco-
nocimiento de la legitimidad de los estándares nacionales
bajo los cuales se otorgaron las licencias necesarias para
prestar servicios. Dado este artículo, la discusión sobre la ar-
monización parecería ser un punto mudo. Sin embargo, no
muy sorpresivamente, el artículo 1404 describe anexos que
definen los procesos de armonización en términos sectoria-
les. El primer sector mencionado en los anexos (artículo 2)
señ·ala los esfuerzos de las organizaciones profesionales de
arquitectos canadienses y estadunidenses, donde
Buscan estándares profesionales comunes ... en las áreas de: a)
educación y los mecanismos de acreditación de escuelas de ar-
4
J ohn D. RichanJ y Robert C. Dearden, The Ganada-U. S. Free Trade
Agreemerú. Final Text andAnalysis, CCH Canadian Limited, 1988, p. 43.
148 GUSTAVO DEL CASTILLO
quitectos; b) en el área de exámenes requeridos para la práctica
profesional; e) la experiencia necesaria para poder practicar; d)
códigos de conducta y ética profesional, y e) el desarrollo de acti-
vidades de educación continua para sus profesionistas.
Aunque se podría argumentar que este sector representa
una excepción, creo que el futuro estará definido por esta ten-
dencia. En tal context0, México deberá prepararse para hacer
frente a las expectativas de nuestros dos socios comerciales
con los cuales estamos atando nuestro futuro. Es decir, las
prácticas educativas mexicanas deberán estar preparadas
(modificadas) para satisfacer no solamente las condiciones
del mercado interno, sino para poder reunir los requisitos de
esos mercados y no estar su jetas a la discriminación profesio-
nal por falta de estándares mundialmente competitivos.
Las presiones que este tipo de armonización (¿estandariza-
ción?) pone sobre la cultura son difíciles de prevenir. La histo-
ria demuestra que la(s) cultura(s) desaparece(n) bajo las pre-
siones de poderes supradominantes y, por lo tanto,
igualmente es cierto que no todas las "culturas" pueden desa-
rrollar los mecanismos de "defensa" necesarios para sobrevi-
vir la influencia de estos poderes y, por lo tanto, necesitan la
ayuda que puede proporcionar el Estado, o de otros mecanis-
mos sociales. Esto es especialmente cierto cuando vemos el
brote de una "cultura" comercial de naturaleza internacional
estrechamente relacionada con los intereses de los Estados
contemporáneos (donde no hay duda de que ahora vemos
una convergencia de ideologías en México, Estados U nidos y
Canadá). Además, muy posiblemente con intereses divergen-
tes a los de las culturas populares. En este contexto es posible
plantear que estas culturas populares encontrarán aún más
dificultades en satisfacer sus necesidades de expresión a tra-
vés de la acción política, de suerte que su sobrevivencia se verá
entorpecida, no solamente por la intromisión de valores nor-
LA PRUEBA DE LO MEXICANO ' 149
mativos exógenos que se originan en el poder supradomi-
nante en conjunto con la "cultura internacional del negocio"
y sus expresiones nacionales, sino por las acciones del mismo
Estado nacional concebido como un instrumento de protec-
ción de elementos nacionales y de sus expresiones culturales.
O sea, que dentro de un sistema solar de culturas,
5
aquellas
culturas que sobrevivan serán las relegadas a la periferia.
El Estado y sus acciones
Los procesos de integración económica, ya sea en Norteamé-
rica o en la Comunidad Económica Europea, van necesaria-
mente acompañados del surgimiento de nuevos valores nor-
mativos, eso es, valores que determinan las bases que sientan
el cambio cultural. En este sentido, las decisiones tomadas
con respecto a la integración económica forman de manera
dialéctica parte del proceso cultural. Al querer entender eso
que llamamos cultura, es necesario el entendimiento de los
procesos mismos de la toma de decisiones. Esto quedaba per-
fectamente claro para Alexis de T ocqueville cuando describía
la formación democrática de Estados Unidos. En su obra La
democracia en América, el autor nos dice:
It is therefore necesary, ifwe would become acquainted with the
legislation and the manners of a nation, to begin by the study of
its social condition. Many important observations suggest them-
selves upon the social condition of the Anglo-Americans, but
there is one which takes precedence of all the rest. The social
condition ofthe Americans is eminently democratic.
En este mismo sentido es necesario preguntar: ¿Qué for-
ma y cuál ha sido el contenido del proceso de toma de deci-
5
El término es usado por el doctor Aguirre Beltrán.
!50 GUSTAVO DEL CASTILLO
siones en México sobre la integración en Norteamérica?
¿cuál ha sido el nivel de participación popular (o de la socie-
dad civil en general) dentro de este proceso de decisiones en
representación de sus intereses?
En México, el proceso de toma de decisiones sobre este te-
ma se ha caracterizado por la falta de transparencia; lo ca-
racteriza la centralización de las decisiones en una pequeña
burocracia, aun cuando se den audiencias públicas donde
participen los distintos grupos de interés industrial y otros
"expertos" sobre el tema. Así como en México se concibió el
pacto económico para solucionar la crisis económica de la
década de los ochenta, un Acuerdo de Libre Comercio en
Norteamérica nunca se ha concebido como un pacto social
en el cual se encuentren definidos aquellos que se benefician
y los que posiblemente pierden beneficios al corto o al largo
plazo. Estas definiciones ciertamente existen dentro de las
premisas y conclusiones de los distintos modelos economé-
tricos, pero, en tales abstracciones, primero, los sujetos so-
ciales no han sido consultados y, segundo, no han sido infor-
mados de las consecuencias sociales o económicas de un
acuerdo de libre comercio. Esto es, la condición social mexi-
cana, tal como era concebida por De Tocqueville, no permi-
te la transparencia en la toma de decisiones, requisito funda-
mental de un proceso democrático. Es legítimo preguntarse
hasta dónde puede llegar un acuerdo de integración econó-
mica sin el consenso necesario de la sociedad, y si un acuer-
do obtenido sin el consenso popular puede tener éxito, ya
que los actores sociales se sentirán con poca obligación de
participar bajo las reglas del nuevo acuerdo. Finalmente,
hay que preguntar qué futuro puede tener una sociedad plu-
ricultural como la mexicana dentro de un entorno de nego-
ciaciones caracterizado por la oscuridad y la centralización
en la toma de decisiones.
FRONTERA MÉXICO-ESTADOS UNIDOS
Reflexiones para un marco teórico
Jorge A. Bustamante
1 ntroducción
1
La frontera norte es una región muy heterogénea y con el
ritmo de crecimiento más dinámico que los promedios na-
cionales,2 lo cual representa un reto para su cabal entendi-
miento. Éste se facilita al contar con un marco conceptual
coherente capaz de ser el hilo conductor que explique lo que
es propio de esa región. En este sentido, el objetivo princi-
pal de este ensayo es contribuir al e_ntendimiento de re-
gionalidad de las relaciones frontenzas entre dos .naciOnes
de desarrollo econqmico desigual, en congruencia con el
contexto global de las relaciones bilaterales o multilaterales
entre los países fronterizos.
El análisis teórico aquí propuesto se apoya básicamente
en los conceptos de interacción social y poder; de
Weber, y en el concepto de asimetría de poder; defimdo ong1-
I Agradezco los y críticas a una versión de este
trabajo de los profesores Mano Ojeda, de El Colegio de y Norns
Clement, de la Universidad Estatal de San D1ego. Tamb1en agradezco
igual ayuda de jorge Carrillo V.: de El Colegio de la Fr?ntera Norte. La
responsabilidad sobre el contemdo de este trabaJO es m1a. . .
2 Véase Bernardo González, "Modernización industnal y creCimiento
maquilador", en El Cotidiano, número especial l, México, UAM-Azcapot-
zalco, 1987, pp. 46-50.
152 JORGE A. BUSTAMANTE
nalmente por Mario Ojeda en su estudio de las relaciones
México-Estados Unidos.
3
Se proponen otros conceptos como base para la expan-
sión lógica del análisis. También se usan otros para hacer
operativo alguno de los anteriores, como son el de la intensi-
dad y extensión de las interacciones fronterizas. El análisis si-
gue una metodología de derivación de la experiencia micro-
dimensional de las relaciones entre las poblaciones
fronterizas de ambos países a la conceptuación de esa expe-
riencia y su aplicación para el entendimiento de la dimen-
sión macrodimensional de las relaciones entre México y
Estados Unidos.
Hacia un marco teórico para el estudio de la región fronteriza
El estudio de lo que ocurre en el espacio geográfico adya-
cente a la frontera entre México y Estados Unidos ha sido
una tarea emprendida desde una gran variedad de discipli-
nas.4
Independientemente del enfoque disciplinario, aparece
en la literatura el dilema de cómo conciliar la gran heteroge-
neidad de un área tan vasta, de más de tres mil kilómetros de
longitud, de un denominador común que justifique su enfo-
que unitario.
3 Véase Mario Ojeda, "The Structural Context of U.S.-Mexican Rela-
tions", en Tommie S. Montgomery (ed.), México Today, Filadelfia, Institu-
te for the Study ofHuman Issues, 1982, y "México y los Estados Unidos:
(Interdependencia o dependencia de México?", en Roque González Sala-
zar (ed.), La frontera del norte. Interacción y desarrollo, México, El Colegio de
México, 1981.
4
Jorge A Bustamante, "El estudio de la zona fronteriza Méxi-
co-Estados Unidos", en Foro Internacional, vol. 19, núm. 3, El Colegio de
México, 1979, pp. 471-516; del mismo autor, México-Estados Unidos. Bi-
bliografía general sobre estudios fronterizos, México, El Colegio de México,
1980.
FRONTERA MÉXICO-ESTADOS UNIDos• 153
Hay quienes no aceptan que se le pueda tratar como re-
gión por esta heterogeneidad,
5
y otros dudan que se pue-
da delimitar lo fronterizo,
6
ya que en ciertos casos parece
penetrar tan adentro de los territorios nacionales respec-
tivos, que se hace difícil distinguir lo regional de lo nacio-
nal.?
En algunos casos lo fronterizo se ha definido especial-
mente de una manera relativamente arbitraria; ejemplo de
ello ha sido el de la extensión para efectos fiscales de la fran-
ja fronteriza, primero de 20 kilómetros de ancho, luego de
28 y después de más de 70, para casos especiales, como el de
Ciudad J uárez. 8
El mayor consenso se encuentra en una definición espa-
cial de la región fronteriza que incluye a los municipios ad-
yacentes a la frontera del lado mexicano y a los condados co-
rrespondientes del lado estadunidense.
9
Aun esta definición
5
Raúl Fernández, The United States-México Border, Indiana, University
ofNotre Dame Press, 1977, pp. 149-157. '
6
Boris Graizbord y Daniel Hiernaux, "Algunas consideraciones geo-
gráficas para el análisis del espacio fronterizo", El Colegio de México,
1982 (mimeo ). Estos investigadores sostienen que la ausencia de homoge-
neidad en este vasto espacio impiden la aplicación del concepto de región
(p. 10).
7
La justificación de los estudios fronterizos como un área legitima de
investigación se llegó a poner en duda en las discusiones del Primer Sim-
posio Nacional sobre Estudios Fronterizos, organizado por El Colegio de
México y celebrado en Monterrey en enero de 1979, a partir de la dificul-
tad de encontrar un criterio objetivo en el que pudiera fincarse su delimi-
tación. Lo álgido del debate acerca de este punto apenas se refleja en el
resumen de comentarios que aparece en la compilación de los trabajos
presentados en ese evento. Véase Roque González Salazar (comp.), La
frontera del norte, pp. 313-319.
8
La mejor compilación del intenso debate que se ha producido duran-
te años sobre el tema de las zonas y perímetros libres sigue siendo la obra
en dos volúmenes de Ulises Irigoyen, El problema ecoru5mico de las fronteras
mexicanas, México, 1935.
9
Véase particularmente el capítulo 4 del libro de Niles Hansen, The
Border Economy. Regional Development in the Southwest, Austin, Texas Press,
1981, pp. 53-76.
154 JORGE A. BUSTAMANTE
espacial comúnmente usada ha sido aceptada más por su
utilidad práctica que por su solidez teórica.
10
Hace diez años hice un intento de conceptuar el espacio
geográfico y el contenido que caracteriza a la región fronte-
riza.11 No fue un intento muy acertado por varias razones, a
pesar de que tuvo sus defensores.
12
La razón más importante
fue que no supe diferenciar con claridad la acción académi-
ca, el estudio de las cuestiones fronterizas, de la acción polí-
tica, esto es, de las propuestas para solucionarlas. No obstan-
te que, como lo indica el título de este trabajo, mi intención
fue la de proponer un marco conceptual para la investigacwn,
cometí el error de usar frases como "Tal visión de conjunto
debe interpretarse como un antecedente necesario de solu-
ciones concertadas binacionalmente".
Con esto di lugar a que mi amigo y colega Rafael Segovia
criticara con sólido fundamento teórico el uso que hice del
concepto de binacionalidad de las interacciones sociales
transfronterizas, llamando la atención en sus comentarios
sobre los riesgos de" ... provocar graves problemas de ser uti-
lizado en las relaciones fronterizas con Estados Unidos".
13
Desde entonces tuve más cuidado en el empleo del concepto
binacional, no obstante que en la experiencia cotidiana fron-
teriza se antoja aplicable, cuando vemos la irrelevancia de la
frontera en ciertos fenómenos, como los del medio ambien-
te comp4rtido, o el de familias de la frontera con miembros
10
Para el caso de la frontera de Texas con México es muy recomenda-
ble leer el amplio tratamiento del tema de la delimitación de la región
fronteriza que hace J ohn W. House en su libro Frontier on the Rio Grande. A
Política[ Geography of Developrnent and Social Deprivation, Nueva York,
Oxford University Press, 1982, pp. 55-69.
11
Jorge A. Bustamante, "La interacción social en la frontera Méxi-
co-Estados Unidos: un marco conceptual para la investigación", en R.
González Salazar (comp.), La frontera del norte, pp. 26-45.
12
Véase los comentarios de Humberto Garza Elizondo en Roque Gon-
zález Salazar, op. cit., pp. 318.
13
Véase la sección de comentarios de Roque GonzálezS., op. cit., p. 317.
FRONTERA MÉXICO-ESTADOS UNID6S 155
que residen en cada lado. La crítica del profesor Segovia se
refería en particular al siguiente párrafo del trabajo citado
en aquella reunión pionera de los estudios fronterizos, cele-
brada en Monterrey en enero de 1979:
El enfoque que aquí se sugiere para los estudios fronterizos parte
de la consideración de que la extensión geográfica de los fenóme-
nos sociales económicos y culturales de las zonas fronterizas no
está limitada por la demarcación internacional sino, más bien,
por la interacción de las personas que viven paralelamente a ella.
Así, cuando hablamos acerca de las áreas fronterizas, nos estamos
refiriendo a una región binacional geográficamente limitada por
la extensión empírica de los procesos de interacción entre las per-
sonas que viven a ambos lados de la frontera.
14
Quizá pueda haber fenómenos naturales o de otra especie
de carácter binacional; pero lo que no puede haber es una
región binacional. En efecto, esto es contrario a la noción de
soberanía nacional, que es indivisible por definición. A pe-
sar de ese error de conceptuación, creó que el resto de los
conceptos analíticos son rescatables. Me refiero en particu-
lar a los de interaccwn, intemacionalidad e intensidad, incluidos
en aquel trabajo de hace diez años, con las modalidades y
adiciones que a continuación se explicarán.
El concepto de interacción
Si se observan las estadísticas sobre cruces fronterizos, se
puede afirmar con razonable seguridad que las interaccio-
nes entre poblaciones de uno y otro lado de la frontera entre
México y Estados U nidos están creciendo en cantidad y
complejidad.
15
Paralelamente a esta tendencia, se puede ob-
1
4
Roque González Salazar, op. cit., p. 39.
15
El número de cruces fronterizos por las garitas de Tijuana y Teca te
156 JORGE A. BUSTAMANTE
servar cómo se van reduciendo las brechas en los niveles so-
cioeconómicos de un número creciente de grupos de activi-
dad o intereses afines de uno y otro país, con lo que crece
también el interés de buscar acuerdos bilaterales operativos.
16
La gente de ambos lados busca la satisfacción de sus inte-
reses, gustos o necesidades respectivas, búsqueda que inclu-
ye la cooperación del vecino. Los habitantes de un lado cru-
zan al otro buscando algo que no pueden obtener por sí
mismos del otro lado o algo que pueda hacer óptima la obten-
ción de lo que buscan condicionado a convenir la participa-
ción de la gente del país vecino.
El interés que motiva el cruce fronterizo puede ser tan sim-
ple como la curiosidad turística o tan complejo como una em-
presa maquiladora que utiliza tecnología de punta. Es impor-
tante destacar aquí que la interacción internacional
transfronteriza entre mexicanos y estadunidenses no surge ni
en el vacío histórico ni a partir de la igualdad de condiciones
de poder, concepto sobre el cual se abundará más adelante.
Vale la pena aclarar que, aunque parezca obvio, la referen-
cia que aquí se hace a la interacción es, en términos generales,
referente a la interacción social, es decir, a un encuentro de
acciones recíprocas de actores que orientan mutuamente su
respectiva conducta hacia la otra parte de la interacción, con
significados que son subjetivamente compartidos por éstos, a
partir de experiencias previas en que las respectivas conduc-
tas dirigidas u orientadas hacia los o ~ r o s con quienes se desea
(San Ysidro, Mesa de OtayyTecate), desde septiembre de 1987 hasta sep-
tiembre de 1988, fue de 42 030 368. De éstos, 18 634 367 fueron ciudada-
nos estadunidenses y 23 396 001 fueron mexicanos en su gran mayoría.
Datos publicados por San Diego Economic Bulletin, vol. 36, 11 de diciembre
de 1988, p . 7.
16
Un foro donde se aprecia este fenómeno de encuentros crecientes de
contrapartes de ambos lados de la frontera es el congreso anual de la or-
ganización llamada Ambas Californias, que incluye representantes de los
sectores público y privado de Baja California Sur, Baja California y Cali-
fornia.
FRONTERA MÉXICO-ESTADOS UNIDOS ~ 1 5 7
entrar en interacción se fueron haciendo compatibles en tér-
minos de secuencias racionales de medios afmes que se con-
certaron en la práctica de manera implícita o explícita.
Como se puede apreciar, esta definición de interacción
social es un parafraseo de la definición desarrollada teórica-
mente por Max Weber en el primer capítulo de su obra de
publicación póstuma, Economía y sociedad. Definición que en-
caja adecuadamente en el fenómeno social transfronterizo,
el que es personificado cotidianamente por individuos de
dos países con lenguaje y cultura diferentes. No obstante, la
vecindad geográfica los conduce a entrar en interacciones
sociales que no requieren que ninguno ceda a sus respectivas
identidades culturales, sino de que hayan tenido la habili-
dad de desarrollar acuerdos implícitos de carácter operati-
vo, suficientes como para llevar a cabo de manera racional
una secuencia de medios a fines compatibles. Esto es lo que
requiere la más simple de las transacciones o intercambios,
sin que el hecho de llegar a compartir el mismo sentido de la
relación de medios a fines signifique que los, actores de la in-
teracción social partan de la misma condición de poder o
hubieren logrado algo justo, equitativo o igualmente bueno
o valioso para ambas partes. Lo útil de la definición weberia-
na de interacción social reside en el pragmatismo de su ope-
ratividad, pues se refiere a los elementos esenciales de la re-
lación social más elemental. También puede darse una
interacción social en condiciones de un poder desigual o asi-
métrico entre las partes, siempre y cuando esta asimetría no
rebase ciertos límites, como se analizará más adelante. Esta
flexibilidad del concepto de interacción social weberiano
permite también el estudio de los procesos sociales más
complejos, tanto en su devenir o su dimensión histórica co-
mo en la complejidad de sus arreglos múltiples, o lo quepo-
dría entenderse como su dimensión estructural.
La interacción social entre mexicanos y estadunidenses en la
158 JORGE A. BUSTAMANTE
región limítrofe no se basa, por lo general, en condiciones de
igualdad entre las partes o en una simetría en el poder respec-
tivo desde el cual cada parte hace operativa la interacción. Para
los efectos de este ensayo, se entenderá por poder la probabili-
dad de que un actor, dentro del contexto de una relación so-
cial, esté en condiciones de lograr que se imponga su voluntad
aun en contra de la resistencia de la otra parte de la relación.
17
El estadunidense suele ser el cliente, el dueño, el patrón, el
que tiene más dinero, etc. De estas posiciones, de las que se de-
riva una mayor posibilidad de lograr imponer la voluntad del
actor a la otra parte, aun frente a su resistencia, ocurren, sin
embargo, interacciones sociales exitosas tanto para los estadu-
nidenses como para los mexicanos, no obstante la desigualdad
de poder entre ambos. Esto no ha impedido que se busquen y
se encuentren acuerdos suficientes como para culminar exito-
samente una interacción entre los de uno y otro lado, de acuer-
do con sus respectivos intereses. Se puede diferenciar entre
una interacción social justa y otra armoniosa. La segunda no
implica a la primera, no obstante que ambas culminen con éxi-
to. Es posible que en la región fronteriza de ambos países no
abunden las interacciones sociales justas, pero no hay duda de
que abundan las interacciones sociales armoniosas.
La asimetría de poder como fuente definitoria de la naturaleza
de la relación predominante de parte de cada país hacia el otro
Ciertamente, no todo en la frontera México-Estados U nidos
es interacción social armoniosa. Parte dolorosa de la historia
del lado mexicano incluye las acciones unilaterales de poder
de los estadunidenses, como la conquista militar que arrebató
a México más de la mitad de su territorio. Esas acciones unila-
1
7
Ésta es la definición de machi (poder), propuesta originalmente por
Max Weber en Economía y sociedad, en la sección 16 del capítulo l.
FRONTERA MÉXICO-ESTADOS UNIDOS • ¡59
terales obviamente no fueron interacciones sociales en el sen-
tido weberiano, aunque no hubieran quedado sin respuesta
por parte de los mexicanos. Es muy importante distinguir en-
tre la respuesta a una acción unilateral y la correspondencia
de conductas que caracteriza a la interacción social en térmi-
nos de las acciones de cada actor, las cuales son orientadas
mutuamente hacia el otro, a partir de un mínimo de acuerdo
con el sentido que cada actor le imprime a las suyas.
La historia de las acciones unilaterales de Estados U nidos
hacia México es una historia en la que se percibe la desigual-
dad de poder o asimetría que caracteriza a la relación bina-
cional entre los dos países. La historia de las relaciones bila-
terales entre las dos naciones, como la experiencia cotidiana
de la vecindad fronteriza, muestra que esa asimetría puede
aparecer tanto en los niveles microdimensionales más sim-
ples como en los niveles macrodimensionales, en las relacio-
nes más complejas entre ambos Estados nacionales. Se pue-
de decir que la asimetría es un denominador común de la
relación bilateral entre México y Estados U!"lidos;
1
B sin em-
bargo, ésta es un factor estructural de grado. En su caracteri-
zación de la relación bilateral, la asimetría puede darse en
grados máximos y en grados mínimos. Cuando ésta se da en
grados mínimos, facilita la interacción entre las partes;
cuando se da en grados máximos, la dificulta hasta hacerla
imposible. En un grado máximo de asimetría entre las par-
tes, la acción del más poderoso se queda en una acción unila-
teral en la medida en que no puede ser contestada o respon-
dida en la misma especie por la contraparte. Esto no quiere
decir que, en el caso de un grado máximo de asimetría entre
las partes cuando se presenta una acción unilateral, no pue-
da haber una reacción de la otra parte. Sólo que en este caso
la reacción no lleva a la interacción en el sentido weberiano
'
porque el exceso de asimetría elimina el mínimo de acuerdo
18
Mario Ojeda, op. cit.
160 JORGE A. BUSTAMANTE
entre las partes para llevar la interacción a fines compati-
bles. En el exceso de asimetría, el objetivo de la acción de
una parte supone la ausencia o eliminación de un fin seme-
jante de la otra parte en la relación.
Del entendimiento de los efectos de la diferencia de gra-
do de la asimetría entre las partes, en una experiencia bilate-
ral, surge un elemento teórico de particular importancia pa-
ra comprender la interacción transfronteriza. Este es el de la
diferencia entre la naturaleza de la acción y la de la reacción
frente al grado máximo de asimetría de poder entre las par-
tes. Precisamente por la asimetría de poder, ya sea mili-
tar o económica, la acción unilateral en que se manifiesta no
hace probable que pueda ser respondida o contestada con
otra acción de igual naturaleza. Podría decirse para efectos
analíticos que la asimetría de poder, de una parte, fuerza la
diferencia en la naturaleza de la respuesta, de la otra. Quizá
un ejemplo elocuente de este contraste sería el aforismo po-
lítico de Juárez en el sentido de que la mejor defensa de los
países débiles contra el abuso de los fuertes es el derecho. En
este principio, Benito Juárez aludía a la imposibilidad de
responder al abuso de poder con una acción de la misma na-
turaleza de la que la acción abusiva se hizo consistir. De esta
diferencia en la naturaleza de la acción abusiva y la de su res-
puesta (misma que se desprende de la asimetría estructural
en la que se da la experiencia bilateral) se puede extraer un
elemento de análisis de los procesos de interacción entre los
dos países.
Este elemento analítico se puede enunciar así: a mayor asi-
metría en la relación, mayor la diferencia entre la naturaleza
de la acción y la de la reacción entre las partes. Un ejemplo
contrario sensu de este enunciado sería el de una transacción
fronteriza en la que un estadunidense compra en Tijuana una
pieza de artesanía o el servicio turístico de un hotel. No obs-
tante la asimetría estructural entre la sociedad estadunidense
FRONTERA MÉXICO-ESTADOS UNIDOS (51
y la mexicana que pudiera derivarse del que tiene empírica-
mente más opciones o más dinero, la naturaleza de las accio-
nes y las respuestas se mantiene en el ámbito económico. En
cambio, si el estadunidense viene a Tijuana a poner un nego-
cio de oferta de servicios turísticos en el que se excluye el ac-
ceso de los mexicanos, en el sentido de tener participación,
como solía ocurrir en la Tijuana de los años veinte,
19
la asime-
tría en tal experiencia bilateral entre estadunidenses y mexi-
canos es de tal magnitud que la acción de los primeros corres-
ponde a una naturaleza diferente a la de la reacción de los
segundos. Es decir, a la acción de exclusión en la participa-
ción de un negocio como trabajador correspondió, en aquella
época de Tijuana, una reacción política de la cual surgieron
las primeras organizaciones sindicales de la ciudad.
20
Si en el análisis de la economía de Tijuana de aquella épo-
ca no se toma en cuenta la asimetría de poder entre estadu-
nidenses y mexicanos, no se puede entender la historia de la
relación entre ambos; será necesario extender el análisis de
lo económico al de las reacciones políticas o culturales de ta-
les acciones unilaterales. En el sentido del enunciado ante-
rior, se puede decir que, a mayor asimetría en la
mayor el grado de unilateralidad del que tiene más poder.
Es decir, a mayor asimetría menor interacción, en el sentido
weberiano de la interacción social al que se hizo referencia
antes. Como se analizará más adelante, esta premisa es váli-
da tanto para el nivel microdimensional de las relaciones bi-
1
9 Sobre el caso del negocio de transporte de turistas del que sus dueños
estadunidenses excluían a los mexicanos en los puestos de choferes o so-
bre el caso de los casinos donde sus dueños estadunidenses no permitían
que se contratara a mexicanos como croupiers o cocineros o capitanes de
meseros, véase Jorge A. Bustamante, Historia de la colonta Lihertad, Tuua-
na, El Colegio de la Frontera Norte (Colección Cuadernos), 1986.
20 Jdem. Véase Jorge A. Bustamante, "Identidad nacional en la frontera
norte: hallazgos preliminares", en Alfonso Corona Rentería (comp),
Impactos regionales de las relaciones económicas México-EstaCÚis UnickJs, Méxi-
co, El Colegio de México, l 984.
162 JORGE A. BUSTAMANTE
laterales fronterizas como para el nivel macrodimensional
de las relaciones entre las dos naciones.
El nivel microdimensional de la interacción asimétrica
Quien conoce la historia de las comunidades fronterizas sabe
del dilema que se le presenta al fronterizo como reto a su prag-
matismo de inmigrante. Este dilema se deriva de su enfrenta-
miento con la asimetria de poder que caracteriza su relación
con el estadunidense. Se puede decir que Estados Unidos es
para el fronterizo mexicano, al mismo tiempo, una o/ortuni-
dad y un problema. Es lo primero, porque la vecindad lo colo-
ca en una posición ventajosa en términos regionales frente a
otros mexicanos del interior, posición que se traduce en la
oportunidad de vender productos y _fuerza de tra?ajo u ofrecer
servicios al vecino estadunidense. D1eha oportumdad se tradu-
ce en mayores niveles de vida que en los promedios nacionales.
Por otra parte, la vecindad geográfica es un problema, po:que
representa una relación de desigualdad económica o de asime-
tria de poder con el estadunidense.
Se puede decir que la asimetria, como factor estructural de la
relación entre estadunidenses y mexicanos en el norte de Méxi-
co a nivel microdimensional, produce la dicotorrúa oportuni-
dad-problema en la medida en que fuerza una reacción del me-
nos poderoso que es de una naturaleza diferente a la de la
acción del más poderoso. En otras palabras, a la naturaleza eco-
nómica de la acción estadunidense corresponde una reacción de
naturaleza cultural o política del mexicano, en la medida en que
la asimetria entre el estadunidense y el mexicano es mayor:
Para el fronterizo mexicano esa dicotomía representa un
reto cotidiano que se convierte constructiva o pragmática-
mente en una búsqueda de la síntesis que represente la con-
ciliación entre esos elementos dialécticamente opuestos. Ese
FRONTERA MÉXICO-ESTADOS UNIDOS 163
por una parte, una lucha persistente por re-
duCir o ehmmar la desigualdad con el vecino; por otra, una
búsqueda _de hacer óptima la oportunidad eco-
no miCa que le da la vecmdad geográfica con el mercado más
poderoso del mundo.
La meta de reducir o eliminar la desigualdad con el veci-
no ten e: motivación fuerte. Como se ha explica-
do en las mvest1gacwnes de El Colegio de la Frontera Norte
sobre el tema de la "identidad cultural",21 esta motivación
surge de una conciencia histórica que se da en la experiencia
fronteriza del mexicano en el sentido de saber (quizá sería
decir sentir) quién es uno, de dónde y de quiénes
viene, y como fue que llegó a donde está.
Nada de esto se puede contestar sin una conciencia o
identidad étnica. El fronterizo la tiene porque en la vida de
frontera ésta no es algo que devenga de manera natural,
smo qu_e se para la sobrevivencia económica y para
la convivencia mternacional. Es algo que se genera, se cons-
tata y s_e reproduce en la experiencia cotidiana. Esto no quie-
re dec1r que todos los fronterizos sean conscientes de esta
necesidad de síntesis dialéctica. Quiere decir, en los térmi-
nos antes planteados, que de la asimetría de poder entre los
de uno y otro lado surge una noción de otredad como refe-
rencia cultural respecto del vecino.
El vecino estadunidense es lo otro o lo que no soy yo. -
Frente a esa otredad del vecino, el fronterizo recurre a la rea-
firmación de los valores tradicionales que aprendió de sus
21
El Colegio de la Frontera Norte ha llevado a cabo una serie de en-
cuestas años para medir la cercanía o lejanía de los fronte-
nzos de las trad1c10nes culturales mexicanas. La primera encuesta se dise-
ñó para la relación entre el uso de anglicismos en el lenguaje
coloqmal y la 1dent1dad naCional. Se h1zo en 1982 en seis ciudades: tres
fronterizas y tres del interior. La segunda encuesta se hizo en 1984. La
tercera y la cuarta, en 1986 y 1987, respectivamente. En todas estas en-
cuestas se ha encontrado un nivel de cercanía mayor a las tradiciones cul-
turales mex1canas en las poblaciones fronterizas que en las del interior.
164 JORGE A. BUSTAMANTE
antepasados y que reproduce en sus relaciones familiares.
Recurre, quizá intuitivamente, a los valores de su propia de-
finición de mexicanidad, acicateado por el contraste de la
otredad cultural con la cual está interactuando.
Este efecto de acicateo en la reafirmación cultural de lo
propio, derivado de la otredad, no es sólo una rara caracterís-
tica idiosincrásica de los fronterizos mexicanos. Se trata de un
efecto psicológico que se encuentra en otras situaciones de re-
lación con el extranjero a niveles personales; por ejemplo, en-
tre miembros de cualquier cuerpo diplomático o en algunos
militares de cualquier país, como resultado de su experiencia
con el extranjero. Claro que no se trata de una relación a s ~ l
necesaria o absoluta entre la experiencia con el extranjero y la
reafirmación de la identidad cultural propia. Se dan casos en
que esa experiencia conduce a la pérdida de esa identidad.
Lo importante para el análisis que aquí se propone es evitar
caer en el error de suponer que existe una relación necesaria
o absoluta entre el contacto con el extranjero y la reafirma-
ción o pérdida de la identidad cultural propia.
Lo que aquí se propone es la consideración de la probabili-
dad de que alguna de las dos situaciones ocurra, dejando a la
demostración científica la determinación de la más probable.
Esto fue lo que se hizo en la investigación referida de El Cole-
gio de la Frontera Norte, en la que se encontró una mayor pro-
babilidad entre los fronterizos que entre los de las ciudades del
interior de encontrarse en el caso de que la experiencia con el
extranjero les refuerce su propia identidad cultural.22
El nivel macrodimensional de la interacción asimétrica
Lo que en el nivel microdimensional se puede ver como una
dicotomía generada por el factor estructural de asimetría en
22
Idem.
FRONTERA MÉXICO-ESTADOS UNIDOS • 155
la relación entre estadunidenses y mexicanos, en términos
de oportunidad-problema, a nivel macrodimensional, el ex-
ceso de asimetría conduce también a la unilateralidad de la
acción de la parte con mayor poder, lo cual genera una reac-
ción de la parte con menos poder, ya no de la misma natura-
leza que correspondió a la acción. Es precisamente la asime-
tría la que hace que la reacción a una acción unilateral no sea
de la misma naturaleza. Así como es lógico que México no
pueda enfrentarse con probabilidades de éxito al poderío
militar de Estados Unidos en el caso extremo de asimetría
que estaría representado por un conflicto armado, también
es lógico que México no se enfrente a la unilateralidad de
una medida económica con otra medida económica, sino
con una medida de otra naturaleza, generalmente política.
Lo que en la dimensión microdimensional se traduce en una
respuesta cultural frente a la otredad del vecino, en la dimen-
sión macrodimensional se manifiesta en términos de una
reacción de carácter político que en el fondo es una creación
cultural. Aquí lo cultural se traduce en una dinámica política
que se mueve en correspondencia con la dinámica económica
representada por las acciones unilaterales de la parte con ma-
yor poder.
Si se acepta que es en el orden económico donde por lo
general se expresa la asimetría de poder de Estados Unidos
y México, se puede apreciar que en el contexto histórico el
Estado mexicano ha respondido a esta asimetría de la rela-
ción bilateral, por lo general, con base en creaciones ideoló-
gico-políticas, que en el fondo no son más que creaciones
culturales. Ante la imposibilidad de enfrentar eficazmente la
asimetría de poder en los propios términos en que ésta se
expresa, el Estado mexicano ha respondido con acciones o
con omisiones de carácter político. Si bien la expresión últi-
ma de esta asimetría es la fuerza militar, y por supuesto, la
historia de la relación bilateral tiene marcas dolorosas para
166 JORGEA. BUSTAMANTE
México a causa del uso de esa fuerza, la diferencia de poder
entre los dos países encuentra su expresión más frecuente
en términos de acciones económicas.
Precisamente por esa asimetría que se expresa en lo eco-
nómico, el entendimiento de la relación bilateral en su senti-
do histórico no puede lograrse enfocando solamente a las
dos economías en interacción. Así como sería absurdo tratar
de entender la asimetría de poder en la relación bilateral
analizando solamente la interacción de los aparatos milita-
res de cada país, el análisis de la interacción económica en-
tre los dos países debe complementarse con el de la interac-
ción de lo económico con lo político, en una especie de cruce
analítico de la dinámica económica que se origina en Esta-
dos Unidos con la dinámica política que se inicia en México
como resultado o en respuesta a la unilateralidad que se da
en condiciones de máxima asimetría de poder entre las dos
naciones.
Esa naturaleza político-cultural que ha caracterizado la
respuesta mexicana a la asimetría de poder frente a Estados
Unidos se encuentra ilustrada en principios de la cultura po-
lítica nacional, como el del apotegma juarista de que, "Entre
los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho
ajeno es la paz". O la propuesta de Isidro Fabela en el senti-
do de que, frente a los problemas derivados de la asimetría
de poder de Estados Unidos en sus relaciones con México, la
peor estrategia para eludirlos es evitar la confrontación y
que ésta debe ser, obviamente, de carácter político, en ejerci-
cio pleno de nuestra soberanía nacional.
No se quiere sugerir con lo anterior que el gobierno de
México nunca tuvo iniciativas vinculadas a acciones concre-
tas de carácter económico frente a Estados U nidos o que las
respuestas del gobierno de nuestro país siempre fueron de
carácter político. Lo que se quiere decir es que la condición
estructural de la asimetría como característica de las relacio-
FRONTERA MÉXICO-ESTADOS UNIDOS 167
nes bilaterales tiende por lo general a producir una diferen-
cia entre: a) la naturaleza de las acciones unilaterales del
país vecino hacia México y b) la naturaleza de la generalidad
de las respuestas de éste hacia esas acciones. De esta diferen-
cia se está tratando aquí extraer un elemento heurístico que
nos pueda ayudar a entender la dinámica de esas relaciones.
Los ejemplos históricos de creaciones políticas puestos en
práctica por México como estrategias de respuesta frente a
la asimetría de poder respecto a Estados Unidos ilustran el
lado activo que en ocasiones han tenido éstas en relación con
el ejercicio unilateral de la asimetría. Sin embargo, hay un
lado pasivo en la historia de las respuestas del Estado mexi-
cano frente a esa unilateralidad con la que se expresa la asi-
metría de la relación bilateral. Se podría decir, no obstante,
que con estrategias tanto activas como pasivas la respuesta
del Estado mexicano frente a la unilateralidad con la que se
expresa la asimetría de poder por parte de Estados Unidos
es de naturaleza política más que económica.
De manera análoga al nivel macrodimensional, en el nivel
micro de las relaciones entre los individuos de uno y otro la-
do de la frontera se puede encontrar un patrón estructural
de asimetría de poder caracterizado, como se dijo, por la
frecuencia con que el estadunidense es el patrón, el cliente,
el dueño, o se encuentra en una posición de mayor poder
que su contraparte mexicana. Pues bien, frente a esa asime-
tría de poder el fronterizo responde con afirmaciones cultu-
rales de sí mismo. Claro que también se da la conducta del
que quiere parecerse al estadunidense. Pero, contrariamente
a algunas visiones estereotipadas, la mayor parte de los fron-
terizos han encontrado que el estadunidense tiende a res-
ponder positivamente al mexicano que mantiene su identi-
dad cultural, así como negativamente o sin respeto al que
trata de hacer una imitación de lo estadunidense. Indepen-
dientemente de la relación de los vecinos, el fronterizo tien-
168 JORGE A. BUSTAMANTE
de a responder a la asimetría de poder con un nacionalismo
cultural porque, más que una respuesta a lo estadunidense,
es una respuesta a la otredad de lo no-mexicano derivada de
la experiencia fronteriza. Un ejemplo conspicuo de esta res-
puesta cultural a la desigualdad social aparece, en algunos
rasgos del origen del cholismo en el este de Los Angeles, Ca-
lifornia, según los estudios de Manuel Valenzuela.
23
No se
trata aquí, desde luego, del nacionalismo cultural definido
oficialmente, sino de un nacionalismo que se expresa en mani-
festaciones de cultura popular, como la que se vive en los ba-
rrios de las ciudades fronterizas, es decir, donde vive la raza.
El concepto de internacionalidad
La característica que tiene en común ese vasto y heterog¿-
neo espacio geográfico de la frontera norte de México como
para justificar que se le llame región es la vecindad con Esta-
dos Unidos. Es esta vecindad lo que diferencia a lo que suce-
de en la frontera norte de lo que acontece en el interior del
país. Más de nueve millones de seres humanos habitan las
ciudades adyacentes de ambos lados de la frontera entre
México y Estados Unidos.
24
Ellos se han encargado de que la
vecindad no sea algo estático, sino que se convierta en una
interacción crecientemente intensa entre vecinos y familia-
res de ciudades adyacentes a la frontera. De esa interacción
se deriva un factor que representa un nivel más concreto y
medible que el de la noción abstracta de vecindad. Este fac-
tor se puede definir como la internacionalidad de la vida
2
3
José Manu9 Valenzuela, iA la brava ése!: cholos, punks, chavos banda,
Tijuana, El C 1 , ~ g i o de la Frontera Norte, 1988 (segunda edición,
UNAM/El Colef, 1 997).
2
4
Roberto Ham Chancle, "Age Structures and other Differential, at the
U .S.-México Border Region", ponencia presentada en la reunión de
IIASA en Sopron, Hungría, en octubre de 1988.
' .
FRONTERA MEXICO-ESTADOS UNIDOS 169
fronteriza. De manera esquemática, el razonamiento ante-
rior se podría enunciar diciendo que vecindad más interac-
ción transfronteriza igual a internacionalidad.
La importancia de este enunciado sólo se advierte cuando
se compara la frontera entre México y Estados U nidos con
otras regiones fronterizas del mundo, donde hay vecindad
pero no interacción, o ésta es muy reducida y, por lo tanto,
no se da el fenómeno de la internacionalidad. El contraste
más conspicuo para ilustrar esta relación entre conceptos se-
ría el de la región fronteriza de la Unión Soviética y China,
en comparación con la de México y Estados Unidos. En
aquella región -por cierto, la frontera más larga del mundo
entre dos países- había vecindad pero la interacción entre
los habitantes de las escasas ciudades adyacentes era casi nu-
la; en consecuencia, la internacionalidad de la vida fronteri-
za en esas ciudades era, concomitantemente, casi inexisten-
te. Aun estando convencidos de que en la región fronteriza
entre China y la hoy ex Unión Soviética existía muy poca o
nula internacionalidad y de que en la de México y Estados
Unidos hay mucha, tenemos que especificar aún más lo que
es la internacionalidad para poder reconocerla cuando esta-
mos frente a ella.
Para los efectos del marco conceptual aquí propuesto, por
internacionalidad se debe entender el atributo de un hecho,
un acto, una idea, un valor, una interacción o un proceso de
interacciones, cuya ocurrencia tiene implicaciones que rela-
cionan intereses de dos o más países. Claro que la interna-
cionalidad no es atributo sólo de la vida fronteriza; la hay en
muchas ciudades del interior. Aún más, es posible que se pu-
diera encontrar empíricamente más internacionalidad, co-
mo aquí ha sido entendida, en Acapulco o en Cancún que en
algunas ciudades fronterizas del tamaño de Ojinaga o Agua
Prieta. Aquí es donde resulta útil el enunciado antes formu-
lado para explicar que la internacionalidad de la vida fron-
170 JORGE A. BUSTAMANTE
teriza se puede entender como una función matemática de
la interacción entre los nacionales de ambos países. Si tuvié-
ramos un medidor de internacionalidad y el razonamiento
anterior fuera correcto, encontraríamos que ese atributo se
da, por lo general, con mayor intensidad, es decir, con
frecuencia, en la región adyacente a la frontera que en el m-
terior del país.
Aparecen agregados ahora dos conceptos adicionales co-
mo atributos de la internacionalidad: intensidad y extensión.
Con éstos se quiere sugerir que la internacionalidad, en los
términos de la definición propuesta, puede llegar a medirse
en términos de esos conceptos entendidos como sus indica-
dores. Si se tomara como definidor operativo de la interna-
cionalidad el número de visitantes extranjeros que entraron
a Tijuana desde San Diego en 1987, se encontraría que fue
cercano a los 20 millones.
25
Es cierto que esa cantidad no se
distribuyó de manera proporcional a lo largo del año, sino
que apareció con una frecuencia mayor, o con más intensi-
dad, los fines de semana. Luego, ese atributo nos está dicien-
do algo acerca de lo que caracteriza a la vida fronteriza, mis-
mo que la hace diferente de otras regiones del interior, en
términos de la internacionalidad implícita en la interacción
del número de visitantes que cruzaron de un país al otro en
el periodo de un año.
Si fuera posible aplicar una medición de intensidad, en
términos de la frecuencia con la que se realizan interaccio-
nes entre individuos o instituciones de México y Estados
Unidos en todo el territorio nacional, es probable que se en-
contrara que la mayor intensidad aparece en la región fron-
teriza. Sería lógico que también se encontraran altos grados
de intensidad e/Acapulco o Cancún. Esto no invalida a la
25 En realidad, fue de 19 857 117 sólo para Tijuana en 1987, según ci -
fras del de Inmigración y Naturalización del gobierno de Estados
Unidos.
FRONTERA MÉXICO-ESTADOS UNIDOS (71
intensidad como característica de la vida fronteriza. Más
bien, la vida de esas ciudades tiene un elemento de vida
fronteriza. Dicho en otras palabras, esas ciudades del inte-
rior tienen en común con la vida fronteriza la intensidad de
su internacionalidad.
Sin embargo, aún quedaría un cabo suelto para responder
a la pregunta de qué tan al sur, en el caso de México, o qué tan
al en el caso de Estados Unidos, llega la región fronte-
riza. Esta es una cuestión delicada cuando se trata de definir
los límites geográficos de algún régimen jurídico especial, co-
mo el de la zona libre. Cuando en alguna ciudad cercana a la
frontera alguien se pregunta por qué la franja fronteriza de
perímetros libres termina en el kilómetro 20 o 28, dejando
fuera de sus beneficios a una población localizada a 35 kiló-
metros al sur de la frontera, no obstante su estrecha interac-
ción con la economía fronteriza, no basta con decir que en al-
gún punto tiene que terminar esa franja. Si bien esto es cierto,
es políticamente importante contar con criterios objetivos
que permitan definir los límites geográficos de la zona fronte-
riza, tratando de que las definiciones normativas se ajusten a
la realidad y no al revés. Ante tal situación resulta conveniente
hacer operativo ahora el concepto de internacionalidad junto
con el de extensión. Éste debe entenderse como el espacio
geográfico que media entre los sitios desde donde se realiza la
interacción internacional. En una transacción fronteriza en-
tre un mexicano y un estadunidense realizada en Tijuana pa-
ra comerciar con una pieza de artesanía, el espacio geográfico
sería mínimo entre esos actores de diferente nacionalidad.
Ese espacio es la extensión de esa interacción internacional .
En contraste con lo anterior, se podría pensar en una interac-
ción internacional consistente en la importación de una mer-
cancía producida o vendida en Los Ángeles cuyo destino sea
la ciudad de México; esta interacción implicaría un espacio
geográfico mucho mayor entre los sitios desde donde operan
172 JORGE A. BUSTAMANTE
los respectivos actores de tal operación. Se tendría entonces
que, tanto en la transacsión fronteriza como en la operación
de importación de Los Angeles al Distrito Federal, hubo una
interacción internacional, diferenciable en términos de sus
respectivas extensiones.
No obstante, es posible encontrar una diferenciación muy
importante si se trata de medir la intensidad de cada tipo de
esas interacciones, si se entiende por intensidad la frecuen-
cia con la que ocurre cada uno de los dos tipos de interacción
aludidos. Se encontraría, entonces, una muy significativa di-
ferencia en la intensidad con la que ocurre una transacción
fronteriza como la realizada por un sandieguino y un tijua-
nense, en comparación con una operación <je importación
entre un capitalino y un californiano de Los Angeles. Se ten-
dría que la internacionalidad que distingue las interacciones
fronterizas de las no fronterizas se puede no sólo medir sino
graficar en mapas, en términos de sus respectivos atributos
de intensidad y extensión.
Después de haber definido operacionalmente los anterio-
res conceptos, resulta muy pertinente aclarar algo que me
ocasionó problemas hace diez años, a propósito del trabajo
ya mencionado que presenté en Monterrey. Precisamente
porque las interacciones sociales entre fronterizos de uno .Y
otro país se pueden representar geográficamente a partir
del conocimiento del dato de la localización de los actores y
del espacio de su interacción, no hay lugar a confusión res-
pecto de la identidad territorial nacional del espacio
cional, sino de uno especificable, correspondiente a naCio-
nes diferentes, donde la demarcación internacional se
encargaría de identificar qué tanto de la interacción interna-
cional corresponde a territorio o a jurisdicción mexicana y
qué tanto a territorio ya jurisdicción estadunidense. Por lo
tanto, siempre que se haga referencia aquí a la región fronte-
riza, se deberá entender la del país al que se esté aludiendo,

FRONTERA MÉXICO-ESTADOS UNIDOS 173
pues, como ya se aclaró, no existe tal cosa como la región
fronteriza binacional.
Habiendo hecho esta aclaración para los efectos de las res-
pectivas soberanías nacionales, se puede decir ahora que los
espacios geográficos de las regiones fronterizas de ambos paí-
ses no pueden ser iguales para todo tipo de interacciones in-
ternacionales. Para algunas, como las correspondientes a lazo-
na libre, se podría establecer el criterio de vecindad geográfica,
además de una definición espacial derivada de una combina-
ción de medidas de internacionalidad, en términos de intensi-
dad y extensión. Éste sería un criterio objetivo para incluir o
excluir a poblaciones no adyacentes pero aledañas a la frontera
norte, en correspondencia con sus propias realidades.
En el caso de las interacciones de tipo cultural, los límites
geográficos de la región fronteriza respectiva de cada país, pa-
ra los efectos normativos o de distribución de recursos federa-
les (por ejemplo, los de un Programa Cultural de las Fronte-
ras), serían diferentes a los de naturaleza económica.
Atendiendo a los mismos criterios de internacionalidad, como
ha sido definida, el espacio geográfico de lo fronterizo sería
quizá más amplio que el correspondiente a lo económico. Para
ilustrar la interacción cultural internacional típicamente fron-
teriza, podría pensarse en el ya citado fenómeno del cholismo.
Por quienes lo han estudiado a fondo,
26
sabemos que éste es lo
que podríamos llamar la subcultura de los jóvenes de, los ba-
rrios populares que tuvo su origen en el este de Los Angeles
entre jóvenes de ascendencia mexicana y luego se extendió a
los barrios de las ciudades fronterizas, y aun al sur, siguiendo la
ruta de los migratorios por la costa occidental de
México, hasta Guadalajara y ciudades de Michoacán. Frente al
espacio geográfico en el que se extendió el cholismo entre los
jóvenes, se podría decir que la internacionalidad de este fenó-
meno rebasa la franja fronteriza estrictamente hablando.
26 Véase José Manuel Valenzuela Arce, op. cit.
174 JORGEA. BUSTAMANTE
Lo importante de contar con esos conceptos no es sólo para
producir, con afanes cuantofrénicos, estadísticas, sino para di-
lucidar si la región de la frontera norte requiere de una política
particular o si debe tener una prioridad más alta que otras re-
giones del país en la distribución de los recursos públicos.
Si se parte del principio de equidad en la distribución de
los recursos públicos, es necesario encontrar una justificación
objetiva para destinar recursos de una manera no equitativa.
No debe bastar con la declaración de que la frontera norte es
una prioridad nacional. En un país que aspira a la democra-
cia se deben explicar los criterios que se utilizan para asignar
el calificativo de prioridad nacional a una región a la que se
destinan más recursos que a otras. En esta línea de pensa-
miento, se podría decir que en toda cuestión de internaciona-
lidad está de alguna manera en juego algo de lo que se quiere
decir con soberanía nacional. Es decir, con la capacidad de
autodeterminación que ppedan los mexicanos ejercer como
nación en la experienciá' cotidiana en la relación que tenga
con los individuos y las instituciones de otros países. En la me-
dida en que todas las cuestiones de soberanía nacional son de
importancia capital para todos los mexicanos, lo que ocurre
en la región fronteriza tiene igual importancia que sus niveles
de internacionalidad. En el grado en que este concepto per-
mita una medición objetiva en términos de las especificidades
de su extensión y su intensidad, se podrá dilucidar objetiva-
mente el nivel hasta el cual se debe extender el concepto de
prioridad nacional para la asignación de recursos públicos
cuando se hable de la región fronteriza.
El componente de la nacionalidad
Resulta indispensable agregar al tratamiento teórico del
concepto de internacionalidad una especificidad mayor res-
' .
FRONTERA MEXICO-ESTADOS UNIDOS 175
pecto de uno de sus componentes lógicos como es el de na-
cionalidad. Se trata de un componente que tiene particular
relevancia para entender lo fronterizo. Se dijo antes que pa-
ra que haya internacionalidad se necesita que la concurren-
cia de un evento o serie de eventos tenga implicaciones que
relacionen intereses de dos o más países. Esto quiere decir
que para que haya internacionalidad se necesita que exista
interacción, encuentro o relación entre eventos, personas o
instituciones de diferente nacionalidad. Por lo tanto, no
puede haber ambigüedad en lo que defina la diferencia de
nacionalidad para los efectos de precisar lo internacional.
Tratándose de un producto manufacturado, por lo general
no hay duda del país que reclama el origen de la manufactu-
ra con alguna leyenda del tipo Made in Taiwan. Tampoco
produce generalmente dudas la nacionalidad de un barco o
de un avión, pues se identifica al país de donde es originario
con la bandera correspondiente o las siglas convenidas in-
ternacionalmente. Asimismo, no hay problema en cuanto a
la identificación de las nacionalidades de origen de las insti-
tuciones y de los seres humanos que operan y actúan, res-
pectivamente, en forma internacional; por lo general, son
identificables en relación con su nacionalidad de origen por
algún documento oficial, como el pasaporte, o por sus carac-
terísticas raciales y étnicas. Puede decirse que la mayor parte
de lo que cruza las fronteras internacionales es susceptible
de imputación de nacionalidad; sin embargo, esta imputa-
ción no es tan fácil cuando se trata de elementos culturales,
tales como valores, ideas, prejuicios, modas o mitos, dado
que los seres humanos son tanto portadores como producto-
res de elementos culturales. En la medida en que este tipo
de elementos son transmitidos más allá de las fronteras por
los medios electrónicos de comunicación, las influencias cul-
turales trasnacionales se aceleran en favor de las culturas na-
cionales de países que tienen mayores recursos invertidos en
176 JORGE A. BUSTAMANTE
estos medios. Sin embargo, sabemos que el poder de la co-
municación internacional no opera en términos de un juego
suma-cero. De ser así, no se podría explicar la sobrevivencia
de ciertas culturas y lenguas de grupos étnicos a pesar de si-
glos de sojuzgamiento o represión. Este hecho histórico es
particularmente pertinente para explicar por qué las identi-
dades culturales persisten a pesar, no sólo de intensos pro-
cesos de interacción, sino de situaciones de dominación ab-
soluta de una etnia sobre otra.
En el caso de las regiones fronterizas de dos naciones veci-
nas, las influencias culturales de un lado sobre el otro son
ocurrencias comunes que no requieren demostración. Lo .
que es más difícil dilucidar es la persistencia de las identida-
des étnicas, que ocurren a pesar de la intensidad de una co-
municación cultural En términos más con-
cretos se podría decir que resulta más difícil aceptar que
Estados Unidos ejerce una influencia cultural sobre la región
fronteriza de México, que aceptar la persistencia de la iden-
tidad étnica de los fronterizos mexicanos, a pesar de la asi-
metría de las emisiones culturales de un lado hacia el otro.
De no ser más dificil aceptar lo último no estarían tan ex-
tendidos los estereotipos del fronterizo como un desnaciona-
lizado, comúnmente aceptados por gente del interior de Mé-
xico, a partir de la ignorancia que se tiene al usarlos, pero más
concretamente, a partir de interpretaciones subjetivas de
ciertos datos, como el uso de palabras del inglés, castellaniza-
das para uso coloquial, tales como la "marqueta" de market,
"bloque" de block, "suichar" de lo swicht, etc. Las investigacio-
nes de El Colegio de la Frontera Norte han demostrado no
sólo la ausencia de relación entre el uso de anglicismos y la
identidad étnica o mexicanidad de los fronterizos, sino un ni-
vel más alto de identidad cultural en las comunidades fronte-
rizas en comparación con otras del interior del país, contro-
lando la semejanza por niveles socioeconórnicos.
FRONTERA MÉXICO-ESTADOS UNIDOS' 177
En otros trabajos se han desarrollado, con mayor ampli-
tud de lo que se podría hacer aquí, las implicaciones de es-
tos resultados, que desmitifican esos estereotipos. Baste de-
cir que las diferencias encontradas en niveles de identidad
étnica de las poblaciones estudiadas en la investigación de
referencia fueron más atribuibles a diferencias de clase so-
cial dentro de una misma ciudad que a la proximidad geo-
gráfica con Estados Unidos de la residencia habitual de los
entrevistados.
Para los efectos de este trabajo, lo que es importante des-
tacar es que los elementos culturales son más elusivos en la
posibilidad de ser identificados en términos de nacionali-
dad. Sin embargo, la identidad étnica o identidad cultural
nacional es más difícil de ser identificada en la frontera que
en el interior del país. La frontera tiende a provocar la di-
cotomía entre las identidades nacionales. O se es de este la-
do, o se es del otro. Ninguna diferencia intercultural hacia
dentro del país, derivada de la pluriculturalidad, es tan
grande como la diferencia entre las culturas respectivas de
cada país vecino. Por eso es que la identificación de lo me-
xicano en la región fronteriza no encierra tantas dificulta-
des como suele ocurrir en el interior del país. En la frontera
norte, lo mexicano es lo no estadunidense. Es decir que la
otredad de lo estadunidense ayuda en la frontera norte a
definir lo mexicano. Paradójicamente, la vecindad con el
extranjero le da al fronterizo una ventaja en su identidad
étnica, frente a los mexicanos del interior del país, donde
no es tan inmediata y cotidiana esa experiencia de otredad.
Las condiciones pluriétnicas del interior no facilitan una
definición de cultura nacional, pues lo mexicano puede ser
tanto lo de una región como lo de otra, o bien puede acabar
siendo lo decretado oficialmente como cultura nacional,
con exclusión de lo que sectores o grupos entiendan como
tal. En cambio, el referente empírico de lo que es para los
178 JORGE A. BUSTAMANTE
fronterizos la cultura nacional es precisamente el contraste
que les es evidente ante la presencia cultural del otro lado.
De aquí que hayamos encontrado que los sectores medios y
populares de las ciudades fronterizas posean una mayor
mexicanidad que la población de los mismos sectores de
otras ciudades del interior del país. Se puede decir, con ba-
se en las investigaciones de El Colef, que en términos gene-
rales la integración de los fronterizos con sus vecinos ex-
tranjeros ha venido a reforzar su identidad cultural como
mexicanos. Esto no quiere decir que no ocurran las in-
fluencias culturales transfronterizas en dirección nor-
te-sur; sólo que éstas no \>roducen efectos de un juego su-
ma-cero sobre esa identidad cultural nacional.
Identidad, cultura nacional y frontera
Residir en la frontera lo hace a uno ver la cultura desde una
perspectiva diferente de la que se pudiera tener desde el in-
terior del país. Si entendemos por cultura el conjunto de va-
lores, creencias, normas, tradiciones, instituciones, lenguaje
y producción que caracteriza a un pueblo, aún tendríamos
que definir qué es cultura nacional. En un país con tantas re-
giones y con grupos étnicos con tan diferentes historias y
tantas desigualdades sociales y económicas, resulta dificil
definir lo que es cultura nacional. Sin embargo, en la fronte-
ra norte de México la dificultad es menor, porque la cultura
nacional se define por contraste con la otredad cultural de
los extranjeros con los que se convive y se interactúa de for-
ma cotidiana. Culturalmente hablando, en la frontera norte
lo mexicano es lo no-gringo. Esta diferencia podrá ser muy
dificil de definir en términos científicos, pero es muy fácil de
distinguir por cualquier fronterizo de Tijuana a Matamoros.
La frontera norte de México es el sitio donde se convive
FRONTERA MÉXICO-ESTADOS UNIDOS •179
con la otredad cultural. Contra lo que piensan los que no co-
nocen la historia y la vida social de la frontera, el contacto
con Estados U nidos no produce una pérdida de identidad
cultural nacional, sino todo lo contrario. La interacción con
los estadunidenses en las ciudades fronterizas fuerza la se-
guridad de quién es uno frente al extranjero. El fronterizo
aprende en la práctica misma que la claridad en la autodefi-
nición de identidad cultural ayuda a hacer eficiente dicha
interacción.
Los hallazgos de El Colegio de la Frontera Norte en sus
investigaciones sobre la identidad cultural han demostrado
que la cercanía o lejanía en la aceptación de las tradiciones
culturales mexicanas no depende tanto de la vecindad geo-
gráfica con Estados Unidos como de las diferencias entre las
clases sociales. En esas investigaciones se definió operacio-
nalmente el concepto de identidad cultural como la distan-
cia en la aceptación de valores-creencias y tradiciones cultu-
rales definidas como características de lo mexicano, con
base en los estudios socioculturales del doctor Rogelio Díaz
Guerrero. La relevancia de las investigaciones de Díaz Gue-
rrero para los efectos de las investigaciones de El Colef se
deriva de que define el "carácter nacional" de lo mexicano
con base en escalas de aceptación-rechazo de premisas que
se refieren a valores culturales ligados o expresados en tradi-
ciones culturales propias de nuestro país. El problema de
definir culturalmente lo "mexicano" es resuelto por Díaz
Guerrero a partir de contrastar características culturales de
Esatdos Unidos con otras de México. Es válida la observa-
ción de que esta contrastación no es suficiente para definir
lo mexicano si se acepta la pluralidad cultural de la expe-
riencia regional, subregional y de clases sociales en México;
sin embargo, cuando se trata de deslindar la influencia de la
cultura estadunidense sobre la mexicana, dicha contrasta-
ción adquiere una utilidad especial.
180 JORGE A. BUSTAMANTE
Si bien se admite en las investigaciones El Colef que la
definición operacional de cultural _es
incompleta, se parte del supuesto de que una
completa no podría dejar de incluir los aspectos .recogidos
por la definición del "carácter .nacional" .construida por el
doctor Díaz Guerrero. Esto eqmvale a decir que los elemen-
tos socioculturales con los que se definió operacionalmente
el "carácter nacional" en las investigaciones de El Colef son
condición necesaria pero no suficiente para una definición
globalizadora de todo lo que implica una identidad cultural
característica de lo mexicanp.
Aun con estas limitaciones, las investigaciones realizadas
en El Colef representan un sigular esfuerzo de
científica de un concepto tan elusivo como el de Identidad
cultural. Estas mediciones se han repetido a lo largo de va-
rios años a partir de la primera en 1982. Se han realizado en
las principales ciudades fronterizas, siempre en compara-
ción con ciudades del interior, siguiendo diseños de mues-
treo donde se han representado tres sectores de la
de cada ciudad con una estratificación por patrones residen-
ciales. El sector r ha correspondido a las colonias de cons-
trucción más costosa, el sector m a las colonias de construc-
ción menos costosa, y el sector II a las colonias de
construcción de costo intermedio.
Hay dos hallazgos de estas que son
vantes para los efectos de este trabaJO: a) la aceptaoon
de los valores tradicionales de la cultura mexiCana es mayor
en las ciudades fronterizas que en las del interior del país y b)
que, en la explicación de la entre aceptación y .re-
chazo de esos valores culturales, tiene mayor peso la dife-
rencia entre sectores sociales al interior de cada ciudad que
la cercanía o lejanía fisica de la población respecto de la
frontera con Estados Unidos. Estos hallazgos van al meollo
de dos estereotipos muy generalizados: primero, que los
FRONTERA MÉXICO-ESTADOS UNIDOS Iill
fronterizos "están perdiendo identidad nacional" y, segun-
do, que la pérdida de identidad nacional se debe a la vecin-
dad geográfica con Estados Unidos. El primero de estos ha-
llazgos deja en claro que hay diferencias en la aceptación de
los valores culturales mexicanos entre los residentes de los
diversos sectores en todas las ciudades estudiadas, sean o no
fronterizas; esto sugiere la hipótesis de que, lo que sea en
efecto la identidad cultural nacional, es mayor entre los sec-
tores llamados populares y menor entre los que viven en las
zonas residenciales más costosas de cualquier ciudad del te-
rritorio mexicano.
Estos hallazgos son particularmente relevantes para justi-
ficar una acción de promoción y difusión de la cultura popu-
lar como vehículo para reforzar la identidad cultural nacio-
nal.
El debaie sobre lo nacional y lo fronterizo
Es interesante hacer notar que el debate sobre la definición
de la cultura nacional se ha centrado más en la pluralidad cul-
tural de las regiones que en las diferencias de clase. Si bien és-
tas son tomadas en cuenta por el doctor Guillermo Bonfil, su
tesis crítica sobre la existencia de una "identidad nacional" se
basa en la gran diversidad de grupos étnicos que caracterizan
el espectro cultural de México. Frente a esta diversidad indis-
cutible, el doctor Bonfil sostiene que la definición de cultura
nacional suele convertirse en actos de autoridad que se impo-
nen sobre la multitud de etnias y sobre el derecho que éstas
tienen de ser consideradas tan auténticamente mexicanas co-
mo cualquiera que se quiera erigir como representativa de la
nación en su conjunto. Bonfil ha criticado el uso del concepto
de identidad nacional en la medida en que se convierte en
mecanismo de discriminación de los valores y tradiciones cul-
turales de las etnias que quedan excluidas de la selección de
!82 JORGE A. BUSTAMANTE
elementos definitorios de la "cultura nacional". Sostiene que
Jo nacional en esta dimensión es lo pluricultural, y esto es
prácticamente imposible de caracterizar en imágenes o pro-
totipos. Carlos Monsiváis coincide con Bonfil en la crítica de
la "identidad nacional"; sin embargo, su razonamiento hace
más énfasis en las desigualdades de clase y en las diferencias
culturales que se derivan de ellas que en la pluralidad cultural
regional. Para Monsiváis la definición qe "identidad cultural"
ha sido también un acto de poder en la apropia-
ción del gobierno de la facultad de definir lo mexicano. Visto
así, "lo mexicano" resulta lo definido como tal por decreto,
independientemente de lo que eso sea en la realidad. Monsi-
váis arguye en contra de la definición oficial de "identidad
nacional" que resulta en un acto de dominación, congruente
con un sistema político donde las grandes mayorías no están
representadas y donde los valores de las minorías, correspon-
dientes a sectores urbanos de la pequeña y gran burguesía, se
imponen sobre los de los demás a partir de la propaganda
oficial que define lo mexicano con todo el poder del aparato
estatal.
Por otra parte, el doctor Pablo González Casanova sostiene
que sí hay una cultura nacional independiente de la definición
oficial y, por lo tanto, una identidad nacional. Sin estar en de-
saaierdo con el argumento de Monsiváis, González Casanova
se muestra más en desacuerdo con la conclusión de Bonfil en el
sentido de que la cultura nacional no existe. El razonamiento
deConzález Casanova se deriva de una concepción de la cultu-
racorno denominador común de un pueblo, que se transmite
generacionalmente y se identifica a sí mismo como diferente a
otros pueblos. Don Pablo lleva al contexto político esta noción
depertenencia cultural que se convierte en tradición y se re-
produce generacionalmente, contexto en el cual la cultura na-
cional se asocia al concepto de soberanía en el marco de las
presiones imperialistas contra las que luchan los países en vías
FRONTERA MÉXICO-ESTADOS UNIDOS 1'83
de desarrollo. Sostiene que, en este contexto, la cultura nacio-
nal está constituida por el conjunto de creencias, valores y tra-
diciones que nutren la noción de independencia en un sentido
histórico, sobre la cual se sostiene la noción política de sobera-
nía. Según González Casanova, las luchas antimperialistas no
se sostienen en vacíos culturales sino en concepciones claras de
lo culturalmente nacional o propio. Por otra parte, las presio-
nes imperialistas se dirigen en contra de esas definiciones de lo
culturalmente propio porque son el principal obstáculo para
su éxito. Dichas definiciones constituyen la identidad nacional
y son, en la historia de México, lo que ha preservado la idea de
nación que es concomitante a la idea de independencia frente
al extranjero. González Casanova sostiene que si no hubiera
una identidad nacional no sabríamos definir qué es lo mexica-
no frente a lo extranjero y ya hubiera sucumbido México a las
presiones de expansión de otras identidades nacionales de
otros países que han pretendido avasallarlo.
Los razonamientos sobre el tema de la identidad nacional
de estos tres ilustres mexicanos son bastante más complejos
y profundos de lo que aquí se ha expuesto. Sólo he tratado
de caracterizar los puntos centrales de un debate aún incon-
cluso dentro del cual cabe presentar el caso de la identidad
cultural en la frontera norte. Sin afán de aparecer como
ecléctico, considero que los tres pensadores citados tienen
razón, sólo que sus razonamientos respectivos son válidos
para diferentes estrategias de política cultural. El razona-
miento de Bonfil podrá ser válido para preservar la riqueza
pluricultural de las etnias del país, pero no para neutralizar
la expansión de la cultura estadunidense en la regiór¡t fronte-
riza, que depende de la preservación de la cultura nacional.
Si aceptamos que es de un valor intrínseco la preservación
de lo mexicano frente a lo extranjero en términos culturales,
no resulta lógico el razonamiento de que no existe la cultura
nacional. Particularmente, en una región donde lo nacional
184 JORGE A. BUSTAMANTE
y lo extranjero son categorías que resultan un ejercicio de
identificación cotidiano de cuyo discernimiel}to depende la
estabilidad política en ambos lados de la frontera.
Las relaciones entre México y Estados U nidos son más con-
cretas, personales y cotidianas en la región fronteriza. Con-
ceptos como transacciones fronterizas, migración indocumentada,
o como los de México y Estados Unidos, pueden ser abstraccio-
nes o supuestos dados que en el interior del país no provocan
dudas. En la frontera norte, en cambio, son realidades de to-
dos los días. La noción de México o ~ r á ser en el interior del
país motivo esporádico de conciencia provocado por desplie-
gues alusivos a ciertas fechas y en ciertos lugares; en cambio,
en la frontera, México sucede todos los días. Se le ve dónde
acaba o dónde principia, o bien es motivo de reafirmación de
lo que se es frente a lo que no se es, en un constante reto de
conciencia. Quizá por eso se encuentra uno en la frontera
norte con expresiones de identidad cultural de una intensi-
dad en la afirmación que no es común en el interior del país.
Sólo quien viene a la frontera a confirmar estereotipos so-
bre el habitante de esta zona se escandaliza por los giros del
lenguaje que produce el hecho social y cultural de la interac-
ción de México y Estados U nidos. Quien al hablar con un
fronterizo descubre con espanto un pochismo esconde mu-
chas veces a un "okeyero" con aspiraciones de traer fayuca.
Para quienes vivimos en ciudades fronterizas, la identidad
nacional es un ejercicio de toqos los días que hacemos y ve-
mos hacer frente al extranjero. No todos lo practican igual.
Nos toca ver a muchos que vienen del centro y que, al tratar
con lo extranjero, incurren en expresiones de desidentidad
cultural, lo que hace evidente que México y Estados Unidos
no sólo marcan su espacio en la guardarraya internacional
sino también en las mentes de quienes la cruzan. Por acá se
aprende que en esos espacios de la mente México ha perdi-
do mucho territorio. Algunos de acá y otros del centro y

FRONTERA MÉXICO-ESTADOS UNIDOS 185
otras partes dejan ver que ya les queda poco de México en
los espacios mentales; traen la frontera muy caída. A otros,
en cambio, se les ve con la frontera levantada. Tanto, que
hasta se les desparrama del otro lado y llevan lo mexicano
más allá de donde el mapa dice que 'termina. Ésos son los
que alargan los espacios culturales de México, los que hacen
que sus fronteras lleguen hasta donde haya mexicanos que
quieran seguirlo siendo.
La frontera norte no se ve desde acá como una tapadera;
se ve más bien como plataforma de lanzamiento. Claro que
no sólo de este lado se ve así; también se mira igual desde
donde la ven los del "otro lado". El hecho es que en la fronte-
ra no es nada sólido, sino más bien un cedazo o una coladera
por donde no sólo cruzan los indocumentados, sino también
los capitales en fuga con igual origen y destino geográfico.
Por hoyos similares también se pasan valores culturales, imá-
genes, ideas y mitos. Cierto que la frontera internacional
marca un ser y un no ser y, por lo tanto, es real en sus conse-
cuencias. Pero la frontera es permeable en ambos sentidos;
no sólo es problema sino también oportunidad. Problema es
detener la oportunidad, trascender! a. N o son pocos los me-
xicanos que han podido hacer ambas cosas; no son pocos los
fronterizos que lo hacen todos los días.
Hasta que volví a la frontera, después de haber nacido en
Chihuahua, pude conciliar los argumentos y el debate entre
quienes con igual brillantez han sostenido que la realidad
cultural de México es la de un mosaico pluriétnico en el que
ninguna tradición es más mexicana que otra, desde Mérida
hasta Tijuana, y quienes, por otro lado, sostienen que hay
una cultura mexicana y que ésta es no sólo la oficial, sino la
que se produce entre acciones y omisiones en los barrios y en
el campo, con huellas reconocibles y reproducibles por ge-
neraciones que se identifican a través del tiempo y en un es-
pacio territorial. Ambas corrientes de pensamiento son
186 JORGE A. BUSTAMANTE
igualmente ciertas cuando se les ve desde la perspectiva
fronteriza. Los Bonfil, Monsiváis o González Casanova, que
han personificado lo más brillante de este debate,-adquie:en
igual sentido cuando desde la frontera norte se ve lo
no como necesidad de ser frente a lo que no se es. Lo mext-
cano adquiere denominaci6n común cuando se ve frente a
lo estadunidense. Hacia dentro podrá ser pluriétnico y po-
drá vérsele diluido hasta quedar en un giro retórico o en un
decreto. Hacia fuera existe como algo que define un claro
perfil del sentido de nosotros que quere¡mos seguirlo siendo.
Desde la frontera norte ambas nocioné.s se ven tan mutua-
mente enriquecedoras comopolíticamente compatibles.
La extraterritorialidad de la cultura nacional
Partiendo de un entendimiento de la cultura nacional que se
deriva y es propio de la experiencia fronteriza, pasaré ahora
a otra noción que considero necesario entender para el dise-
ño de una política cultural para la frontera norte. Esta no-
ción es la de la extraterritorialidad de la demanda de servi-
cios culturales. Si partimos de las premisas de que hay
ciudadanos mexicanos que residen temporal y permanente-
mente en Estados Unidos cuyo número es superior al de ha-
bitantes de la mayor parte de las entidades federativas y que
como tales tienen el derecho a mantener su identidad cultu-
ral como mexicanos; si, además, aceptamos que el Estado
mexicano, en sus dimensiones federal, estatal y municipal,
tiene la obligación de preservar y reforzar la cultura nacio-
nal, se puede concluir que el Estado tiene la obligación de
extender sus programas de acción cultural más allá de las
fronteras territoriales, hasta donde haya mexicanos que
quieran seguir siéndolo. No se puede argüir que
mexicano no puede realizar programas en el extranJero sm
FRONTERA MÉXICO-ESTADOS UNIDOS 187
infringir la regla de no intervención. Éste sería un argumen-
to falso que desconocería una regla elemental de la convi-
vencia internacional, que reconoce el derecho de los países a
tratar de preservar y difundir la cultura y el idioma de sus
nacionales en el extranjero. Ésta es uha regla que México ha
aceptado respecto de Estados U nidos y muchos otros países
que realizan programas culturales dentro del nuestro. De
acuerdo con este principio universalmente aceptado, la ac-
ción cultural del Estado mexicano en Estados Unidos de-
pende fundamentalmente de dos factores: a) la conciencia
de la necesidad de llevar la cultura nacional a donde haya
concentraciones de mexicanos en Estados U nidos a partir
de la frontera y b) la voluntad política de hacerlo. La necesi-
dad de hacerlo tiene a su vez dos dimensiones: 1) se trata de
una obligación del Estado concomitante a un derecho de sus
ciudadanos en el extranjero y 2) se trata de una acción nece-
saria para que se entienda lo mexicano entre un número
creciente de ciudadanos mexicanos y estadunidenses de ori-
gen mexicano, cuyo involucramiento en cuestiones internas
de México será cada vez más intenso, más visible y mejor or-
ganizado. No es que esto sea deseable o indeseable; mi in-
terpretación de los datos es que es irreversible y constituye
una fuente potencial de conflicto tanto interno como inter-
nacional. No estoy sugiriendo una acción política del go-
bierno mexicano en el exterior, sino una acción cultural, ba-
jo la premisa de que una población mexicana en el
extranjero que esté bien informada y bien atendida en sus
necesidades culturales será una población menos suscepti-
ble de ser manipulada en contra de los intereses nacionales.
Si se aceptan estas premisas, el diseño de programas de
acción cultural en el extranjero debería hacerse de manera
coordinada, combinando acciones gubernamentales de ni-
vel federal, estatal y municipal. Para tal diseño aun habría
que responder con cuidado al contenido de los programas
188 JORGE A. BUSTAMANTE
culturales. Siguiendo la línea de pensamiento de este traba-
jo, se podría concluir que el contenido de los programas cul-
turales debería ser de cultura popular. Huelga decir que no
se debe entender por "popular" una acción 'cultural de bajo
nivel de calidad o de carácter simple o elemental, sino aquel
contenido derivado de las tradiciones culturales populares,
pues son éstas las que representan de manera más auténtica
aquello que nos identifica como un pueblo diferente a otros.
A su vez, en los niveles sociales que se entienden como "po-
pulares" es donde está la base y la espen{nza de preservar la
identidad nacional. Por otra parte, es en la cultura popular
donde encontramos los elementos puente que pueden co-
nectar las necesidades culturales de los mexicanos de ciuda-
danía y de origen que residen del lado estadunidense con
los del lado mexicano de la frontera norte.
Los elementos puente son aquellos que forman parte de la
cultura popular y son vigentes e igualmente significativos tan-
to en los barrios de una ciudad del lado estadunidense donde
vive la gente de origen mexicano, como en los barrios de Ti-
juana, o de Ciudad Juárez o de Matamoros. Uno de esos ele-
mentos puente tomado de la cultura popular es el concepto
de la raw., entendido en su acepción coloquial, que es parte
del léxico popular entre la gente del norte de México, enten-
dida ésta en su sentido cultural extraterritorial, porque el sig-
nificado del elemento puente es compartido en ambos lados
de la frontera por gente de un mismo origen cultural.
Conclusiones
La vecindad geográfica entre México y Estados Unidos ha
producido un fenómeno de relaciones humanas que se pue-
den entender como un conjunto de interacciones sociales
entre individuos de diferentes nacionalidades, niveles de
FRONTERA MÉXICO-ESTADOS UNIDOS •!89
d ~ s a r r o l l o económico, tradiciones y valores culturales y de
diferente grado de poder, a pesar de lo cual estos países han
logrado un mínimo de acuerdo como para satisfacer mutua-
mente sus respectivas necesidades con acciones e interaccio-
nes recíprocas.
Ese fenómeno de relaciones humanas entre individuos de
tan contrastantes diferencias ocurre en un espacio geográfi-
co que adquiere características de región, derivado de la si-
tuación de internacionalidad que los procesos de interac-
ción social de actores de ambos lados de la frontera le dan al
espacio geográfico del país respectivo en donde tienen lugar
tales interacciones.
La internacionalidad de las interacciones fronterizas o
transfronterizas entre mexicanos y estadunidenses ocurre en
un contexto estructural caracterizado por la desigualdad o
asimetría de poder entre los actores de cada país. Sin embar-
go, ésta es una característica de grado de la relación interac-
ción y la mutua consecución de los fines respectivos de los
actores.
La asimetría de poder que carateriza a la relación fronte-
riza produce diferencias en la naturaleza de la acción unila-
teral del más poderoso respecto de la reacción del menos
poderoso. El reconocimiento analítico de tal efecto permite
un entendimiento más completo de la relación fronteriza en
su contexto histórico y en su prognosis.
La internacionalidad, que le da carácter definitorio a la
región fronteriza respecto del interior de cada país, se puede
medir en términos de su intensidad y de su extensión, de tal
manera que permite una delimitación, de acuerdo con la na-
turaleza de las interacciones de que se trate, de los espacios
geográficos de la región fronteriza.
La región fronteriza no es una región delimitable median-
te un mismo espacio geográfico para todas las posibilidades
de interacción entre individuos, instituciones o factores am-
190 JORGE A. BUSTAMANTE
bientales de ambos países. La delimitación de lo fronterizo
en términos espaciales puede variar, dependiendo de la na-
turaleza de la interacción de que se trate.
Cuando se trata de fenómenos de relación fronteriza que
producen efectos culturales, la otredad de la cultura de los
vecinos suele reforzar la identidad cultural de lo propio, de-
finido en términos del contraste interétnico que caracteriza
a la experiencia fronteriza.
La relación fronteriza es un microcosmos de la relación
entre los dos países. Su entendimiento ef no sólo indispen-
sable para la relación a nivel macrodimensional, sino conve-
niente para la comprensión de las tendencias que determi-
narán la naturaleza de las interacciones, tanto a nivel
regional como a nivel global, entre ambas naciones.
El estudio de las relaciones fronterizas es indispensable pa-
ra el entendimiento, tanto en la dimensión regional como en
la nacional, de las relaciones entre México y Estados U nidos.
ESCENAS SIN TERRITORIO:
Cultura de los migrantes e identidades en transición
Néstor García Canclini
Quiero hacer algunas reflexiones a partir de una investiga-
ción que realizamos en los últimos años un grupo de antro-
pólogos de la Escuela Nacional de Antropología de México y
de la UAM de Iztapalapa.
Trabajamos en la frontera en 1985, especialmente en Ti-
juana, pero no sólo en esta ciudad, haciendo una investiga-
ción para determinar los efectos que había tenido el Progra-
ma Cultural de las Fronteras y tratando de estudiar y
comprender ciertas necesidades socioculturales, indepen-
dientes del desarrollo de ese programa, que se manifestaban
al entrevistar y trabajar con distintos grupos en la ciudad. Vol-
vimos en 1988, y en ese periodo hicimos otra parte de la in-
vestigación, siguiendo este doble interés de estudiar los efec-
tos de las políticas culturales y, a su vez, tratar de entender
cierto desarrollo sociocultural que nos impresionó en ese mo-
mento, ya que al volver después de tres años observamos cam-
bios enormes en muchas zonas de la ciudad: dinamismo eco-
nómico en la construcción, desarrollo comercial, etc., que me
pareció mayor que en el promedio del país, y creo que hay ci-
fras económicas que indican esto también. De igual forma, en
el aspecto cultural nos asombró encontrar grandes diferen-
cias entre lo que Tijuana era en 1985 y lo que era en 1988.
Como resultado de esta investigación se produjeron va-
191
192 NÉSTOR GARCÍA CANCLINI
rios textos, varios tipos de análisis.
1
Ha aparecido un libro
que trabajamos especialmente en 1988, de hacer
una parte de la investigación como un estudio de
gía visual. Lo que hicimos con Lourdes una fotogra-
fa profesional (de las mejores que hay en Mexico), fue
425 fotos con base en la información que habíamos recogido
en la investigación con referencia a lugares que los propios
habitantes de Tijuana identificaban (distintos sectores: eco-
nómicos socioculturales, educativos) como;os más repre-
de la vida y la cultura de Tijuana Después volvi-
mos con estos grupos y con algunos otros (en total, fueron
unos 14 grupos), y les propusimos una selección de 50_ de
esas fotos; poco después les pedimos que diez,
aquellas que les parecían más de TlJuana.
Las separábamos y les pedíamos que descnbiera? esas fo.tos
y nos dijeran qué era lo. que veían y por elegido
ésas. Finalmente, les preguntábamos tambien que otras fal-
taban en el conjunto que nosotros habíamos formado. El re-
sultado final es el libro Tijuana: la casa de toda la gente, que
fuera publicado en coedición por el INAH-ENAH, el Programa
Cultural de las Fronteras y el Conaculta en 1989.
Quiero proponer aquí una reflexión sobre los que
están ocurriendo en la conceptualización de la identidad, que
no se limitan en modo alguno a la problemática de los mi-
grantes, pero que me parece se encuentran en lo que escucha-
mos de los migran tes y, en parle, en lo que escuchamos a pro-
pósito de estas fotos de los propios habitantes de
una reflexión acerca de cómo surge en estas condiCIOnes de
migración, de transculturación, de intensas interacciones,
una reconceptualización de la identidad que me parece aph-
I El autor alude a la obra Culturas híbridas. Cómo entrar y salir de la moder-
nidad (México, Grijalbo/CNCA, 1992), de la que formó este texto en
una versión revisada y que fue publicada con postenondad a estos semi-
narios. (N. del editor) .
ESCENAS SIN TERRITORIO !95
cable a muchos otros escenarios de la actualidad. Las pregun-
tas serían: ¿cómo está cambiando la definición de las identi-
dades sociales? ¿Qué consecuencias tienen estos cambios en
las prácticas culturales y estéticas? Voy a sugerir dos líneas pa-
ra responder a estas preguntas que surgen de investigaciones
sobre la recepción-apropiación de bienes simbólicos y sobre
los procesos interculturales en la frontera de México con
Estados Unidos. Dos palabras pueden sintetizar los procesos
a los que quiero referirme: descolecci.ón y desterritori.alizaci.ón.
Hubo una época en que las identidades de los grupos se for-
maban a través de dos movimientos: ocupar un territorio y
construir colecciones de objetos, de monumentos, de rituales,
mediante los cuales se afirmaban y celebraban los signos que
distinguían a cada grupo. Tener una identidad era, ante todo,
tener un país, una ciudad o un barrio, una entidad donde todo
lo compartido por quienes habitaban ese lugar se volvía idénti-
co o intercambiable. Los que no compartían ese territorio ni
tenían, por lo tanto, los mismos objetos y símbolos, los mismos
rituales·y costumbres, eran los otros, los diferentes. Esa manera
de definir la cultura propia está en la base de muchos antago-
nismos de la modernidad: colonizadores versus colonizados,
cosmopolitismo versus nacionalismo, centro versus periferia.
¿Qué queda de ese paradigma en la época de la descen-
tralización y expansión planetaria de las grandes empresas,
de la transnacionalización de las comunicaciones y de las mi-
graciones multidireccionales? ¿para qué sirve seguir pensan-
do la cultura en el sentido etimológico, como "cultivo" de un
territorio, cuando las fronteras nacionales se vuelven poro-
sas, cuando la desarticulación de lo urbano y de lo campesi-
no pone en duda que los sistemas culturales encuentren su
clave en las relaciones de la población con cierto tipo de te-
rritorio que generaría comportamientos específicos?
Tanto en las ciencias sociales como en las políticas culturales,
se ha trabajado sobre la base de colecciones de objetos, de datos
194 NÉSTOR GARCÍA CANCLINI
que representaban la relación peculiar con un territorio. Los fol-
cloristas defmen la identidad de los grupos que estudian si-
guiendo repertorios de objetos y relatos que tendrían una co-
rrespondencia específica con las formas locales que adopta la
vida 'de una comunidad. Desde los sociólogos urbanos hasta
quienes promueven la investigación participativa creen encon-
trar en ciertas formas de organizar la trama del barrio o la ciu-
dad la gramática que distinguiría a sus habitantes. Los naciona-
lismos y populismos sostienen todavía que afipnar la identidad
de un pueblo requiere recuperar su soberanía' sobre los espacios
en que se constituiría su modo peculiar de existencia.
Es evidente que estas defmiciones basadas en territorios y co-
lecciones conservan consistencia para muchos grupos y que la
defensa o reconquista del propio patrimonio sigue siendo una
tarea clave en países tan despojados como los latinoamericanos.
Pero al mismo tiempo debemos reconocer que la pérdida de
arraigo de las prácticas culturales respecto de espacios cerrados
y de repertorios locales o nacionales es mucho más que la conse-
cuencia del llamado imperialisrrw culiural, pues deriva de la radi-
cal reorganización de las formas de producción y circulación de
los bienes simbólicos generada por cambios tecnológicos, por la
fluidez de las comunicaciones y por las migraciones.
Los dos lugares más comunes de la bibliografía sobre co-
municación masiva en las últimas décadas indican que los
medios serían los principales agentes de la dominación me-
tropolitana y que su misión histórica sería sustituir las cultu-
ras tradicionales y locales, pero estas ideas son vistas hoy co-
mo representaciones maniqueas, elementales, de procesos
mucho más complejos. La televisión, la radio y la reproduc-
ción industrial de la música en discos y cassettes han amplifi-
cado internacionalmente la difusión de géneros tradiciona-
les que sólo tenían alcance local: el valse criollo y la chicha
peruanos, la música gaucha brasileña, el camamé y los cuar-
tetos argentinos. Cualquier habitante de cualquier gran ciu-

ESCENAS SIN TERRITORIO 195
dad latinoamericana muestra en sus hábitos de consumo el
carácter intercultural e híbrido que las condiciones actuales
de producción y circulación propician en los gustos: nues-
tras colecciones de discos mezclan música clásica y jazz, fol-
clor, tango y salsa, incluyendo a compositores como Piazzo-
la, Gaetano Veloso y Rubén Blades, que fusionaron esos
géneros y las culturas que representan.
Para demostrar que no se trata sólo de estrategias de las ins-
tituciones hegemónicas o de la estética de los sectores cultos,
quiero referirme al modo en que esta hibridación se produce
en las migraciones y reformulaciones de la identidad en secto-
res populares. Las migraciones dan un espacio propicio para
entender el sentido de la desterritorialización de la cultura.
Quisiera hacer una aclaración, aunque creo que después
voy a volver un poco sobre esto. Estoy tratando de hacer una
diferencia entre la descripción y el análisis de estos procesos
de desterritorialización de la cultura y de hibridación inter-
cultural que es relativamente independiente de las posiciones
éticas y políticas que podamos mantener, y anticipando un
poco la conclusión, diría, para mí, que la defensa de las cultu-
ras propias de los grupos étnicos, de las sociedades naciona-
les, de las regiones, sigue siendo tan pertinente y válida como
en el pasado. Pero hoy me parece que los datos indican que
este problema de la defensa de lo propio se piensa de un mo-
do distinto que, para dar una referencia, en la primera mitad
del siglo xx, una referencia a fin de cuentas no tan lejana.
Culturas desterritorializadas
A fines de siglo, el acceso a perspectivas multiculturales no
es exclusivo de escritores, artistas y políticos exiliados, sino
de pobladores de todos los estratos. ¿cómo explicar sólo
con el esquema unidireccional de la dominación imperialis-
196 NÉSTOR GARCÍA CANCLINI
ta los flujos de circulación cultural suscitados por los tras-
plantes de latinoamericanos hacia Estados Unidos,y Europa,
de los países menos desarrollados hacia los más prósperos
de nuestro continente, de las regiones pobres a los centros
urbanos? Son dos millones, según las cifras más tímidas, los
sudamericanos que por persecución ideológica y ahogo eco-
nómico abandonaron en los años setenta Argentina Chile
Brasil y Uruguay. No es casual que la reflexión más
dora sobre la desterritorialización se esté en la
principal área de migraciones del continente: la frontera de
México con Estados Unidos.
En los dos lados de esa frontera, los movimientos intercultu-
rales muestran su rostro doloroso: el subempleoy el desarraigo
de campesinos e indígenas que debieron salir de sus tierras pa-
ra sobrevivir. Pero también está creciendo allí una producción
cultural muy dinámica. Si en Estados Unidos existen más de
250 estaciones de radio y televisión en castellano, más de 1500
publicaciones en nuestra lengua y un alto interés por la litera-
tura y la música latinoamericanas, no es sólo porque hay un
mercado de 20 millones de "hispanos", o sea el8 por ciento de
población estadunidense (38% en Nuevo México, 25 por
ciento en Texas y 23 por ciento en California). También se de-
be a que la llamada cultura latina produce películas como Zoot
Suii y La bamha, las canciones de Rubén Blades y Los Lobos,
teatro de avanzada estética y cultural como el de Luis Valdez,
artistas plásticos cuya calidad y aptitud para hacer interactuar
!a cultura popular con la simbólica moderna y posmoderna los
mcorporan al moinstream norteamericano.2
2
Dos historiadores del arte chicano, Shifra M. Goldman y Tomás Yba-
rra-Frausto, han documentado esta producción cultural y reflexionado ori-
gmalmente sobre ella. Véase, por ejemplo, las introducciones a su libro Arte
chuano. A Comprehensive Annotaled Bihliography ofChicano Art, 1965-1981,
Berkeley, Chicano Studies Library Publications Unit-University of Cali-
forma, 1985; también los artículos de ambos en Ida Rodríguez Prampoli-
m (coord.), A través de la frontera, México, UNAM-CEESTEM, 1983.
ESCENAS SIN TERRlTO RlO 197
Quien conozca estos movimientos artísticos sabe que mu-
chos están arraigados en las experiencias cotidianas de los
sectores populares. Para que no queden dudas de la extensión
transclasista del fenómeno de desterritorialización, es útil re-
ferirse a las investigaciones antropológicas sobre migrantes.
Roger Rouse estudió a los pobladores de Aguililla, un munici-
pio rural del suroeste de Michoacán, aparentemente sólo co-
municado por un camino de tierra. Sus dos principales activi-
dades siguen siendo la agricultura y la cría de ganado para
autosubsistencia, pero la emigración iniciada en los años cua-
renta se incentivó a tal punto que casi todas las familias tienen
ahora miembros que viven o vivieron en el extranjero. La de-
clinante economía local se sostiene por el flujo de dólares en-
viados desde California, especialmente de Redwood City, ese
núcleo de la microelectrónica y la cultura posindustrial nor-
teamericana en el valle de Silicon, donde los michoacanos
trabajan como obreros y en servicios. La mayoría permanece
periodos breves en Estados Unidos, y quienes duran más
tiempo conservan relaciones constantes con su pueblo de ori-
gen. Son tantos lo que están fuera de Aguililla, tan frecuentes
sus vínculos con los que permanecen allí, que ya no pueden
concebirse ambos conjuntos como comunidades separadas:
Mediante la constante migración de ida y vuelta, y el uso cre-
ciente de teléfonos, los aguilillenses suelen estar reproduciendo
sus lazos con gente que está a dos mil millas de distancia tan acti-
vamente como mantienen sus relaciones con los vecinos inme-
diatos. Más aún, y más en general, por medio de la circulación
continua de personas, dinero, mercancías e información, los di-
versos asentamientos se han entreverado con tal fuerza que pro-
bablemente se comprendan mejor como formando una sola
comunidad dispersa en una variedad de lugares.s
3
Roger Rouse, "Mexicano, chicano, pocho. La migración mexicana y
el espac1o soc1al del posmodernismo", en Página Uno, suplemento de uno-
másuno, 31 de diciembre de 1988, pp. 1-2.
198 NÉSTOR GARCÍA CANCLINI
Dos nociones convencionales de la teoría social caen ante
estas "economías cruzadas, sistemas de significados que se
intersectan y personalidades fragmentadas". U na es la de co-
munidad, empleada tanto para designar poblaciones campe-
sinas aisladas como para expresar la cohesión abstracta de
un Estado nacional compacto, en ambos casos definibles por
su relación con un territorio específico. Se suponía que los
vínculos entre los miembros de esas comunidaJ:les serían
más intensos dentro que fuera de su espacio, y qub los miem-
bros consideran a esa comunidad como el medio principal al
que ajustan sus acciones. La segunda imagen es la que opo-
ne centro y periferia, también "expresión abstracta de un siste-
ma imperial idealizado", en el que las gradaciones de poder
y riqueza estarían distribuidas concéntricamente: lo mayor
en el centro y una disminución creciente a medida que nos
movemos hacia zonas circundantes. El mundo funciona ca-
da vez menos de este modo, dice Rouse; necesitamos "una
cartografía alternativa del espacio social", basada más bien
sobre las nociones de circuito y frontera.
Tampoco debe suponerse, agrega, que este reordena-
miento sólo abarca a los marginales. Se advierte una desarti-
culación semejante en la economía estadunidense, domina-
da antes por capitales autónomos. En el área central de Los
Ángeles, el 75 por ciento de los edificios pertenece ahora a
capitales extranjeros; en el conjunto de centros urbanos, el
40 por ciento de la población está compuesta por minorías
étnicas procedentes de Asia y América Latina, y "se calcula
que la cifra se aproximará al60 por ciento en el año 201 0".
4
Hay una "implosión del Tercer Mundo en el Primero",
5
se-
gún Re nato Rosaldo, donde "la noción de una cultura autén-
tica como un universo autónomo internamente coherente
4
Ibídem, p. 2.
5
Renato Rosaldo, Ideology, Place, and People Without Culture, Universi-
dad de Stanford, Depto. de Antropología, p. 9.
ESCENAS SIN TERRITORIO 1 ~ 9
no es más sostenible" en ninguno de los dos mundos, "ex-
cepto quizá como una 'ficción útil' o una distorsión revela-
dora" .
6
Cuando en los últimos años de su vida Michel de
Certeau enseñaba en San Diego, decía que en California la
mezcla de inmigrantes mexicanos, colombianos, noruegos,
rusos, italianos y del este de Estados Unidos hacía pensar
que "la vida consiste en pasar constantemente fronteras".
Los oficios se toman y se cambian con la misma versatilidad
que los coches y las casas:
Esta movilidad descansa sobre el postulado de que uno no es
identificado ni por el nacimiento, ni por la familia, ni por el esta-
tuto profesional, ni por las relaciones amistosas o amorosas, ni
por la propiedad. Parece que toda identidad definida por el es-
tatuto y por el lugar (de origen, de trabajo, de hábitat, etc.) fuera
reducida, si no barrida, por la velocidad de todos los movimien-
tos. Se sabe que no hay documento de identidad en los Estados
Unidos; se le reemplaza por la licencia para conducir y la taijeta
de crédito, es decir, por la capacidad de atravesar el espacio y
por la participación en un juego de contratos fiduciarios entre
ciudadanos norteamericanos. 7
Durante los dos periodos en que estudié los conflictos in-
terculturales del lado mexicano de la frontera, en Tijuana,
en 1985 y 1988, varias veces pensé que esta ciudad es, junto
a Nueva York, uno de los mayores laboratorios de la posmo-
dernidad.8 No tenía en 1950 más de 60 mil habitantes; hoy
6
R. Rosaldo, Culture and Truth. The R.emaking of Social Analysis, Boston,
Beacon Press, 1989, p. 217.
7
Michel de Certeau, "Californie, un theatre de passants", enAutrement,
núm. 31, abril de 1981, pp. 10-18. Cabe aclarar que la concepción de la vi-
da como paso constante de fronteras no es tan fácil como lo enuncia Michel
de Certeau cuando se trata de ciudadanos norteamericanos "de segunda":
por ejemplo, los negros, los puertorriqueños y los chicanos.
8
El informe de la investigación puede leerse en N. García Canclini y
Patricia Safa, Tijuana: la casa de toda la gente, México, INAH/ENAHJUAM/Co-
naculta-Programa Cultural de las Fronteras, 1989. Fotografías de Lour-
200 NÉSTOR GARCÍA CANCLINI
supera el millón con los migrantes de casi todas las.regiones
de México (principalmente Puebla, Michoacán y el
Distrito Federal) que se instalaron en estos años. Algunos
pasan diariamente a Estados Unidos para trabajar; otros
cruzan la frontera en los meses de la siembra y la cosecha.
Aun los que se quedan en Tijuana están vinculados a inter-
cambios comerciales entre los dos países, a maquiladoras
norteamericanas ubicadas en la frontera de México o a ser-
vicios turísticos para los tres o cuatro millones de
denses que llegan por año a esta ciudad.
Desde principio de siglo hasta hace unos 15 años, Tijuana
había sido conocida por un casino (abolido en el gobierno
de Cárdenas), cabarets, dancing halls, liquor stores, a donde los
norteamericanos llegaban para eludir las prohibiciones se-
xuales, de juegos de azar y bebidas alcohólicas de su país. La
instalación reciente de fábricas, hoteles modernos, centros
culturales y el acceso a una amplia información internacio-
nal la volvieron una ciudad moderna y contradictoria, cos-
mopolita y con una fuerte definición propia.
En las entrevistas que hicimos a alumnos de escuelas pri-
marias, secundarias y universitarias, a artistas y promotores
culturales de todos los estratos, no había tema más central
para la autodefinición que la vida fronteriza y los contactos
interculturales. Una de las técnicas de investigación fue pe-
dirles que nombraran los lugares más representativos de la
vida y la cultura de Tijuana, para luego fotografiarlos; toma-
mos también imágenes de otros escenarios que parecían
condensar el sentido de la ciudad (carteles publicitarios, en-
cuentros ocasionales, graffiti) y seleccionamos 50 fotos para
mostrárselas a 14 grupos de diversos niveles económicos y
culturales. Dos tercios de las imágenes que juzgaron más re-
presentativas de la ciudad, de las que hablaban con más én-
des Grobet. Colaboraron en el estudio J ennifer Metcalfe, Federico Rosas
y Ernesto Bermejillo.
ESCENAS SIN TERRITORIO 201
fasis, eran de lugares que vinculaban a Tijuana con lo que es-
tá más allá de ella: la avenida Revolución, sus tiendas y
centros de diversión para turistas, el minarete que testimo-
nia dónde estuvo el casino, las antenas parabólicas, los pasos
legales e ilegales en la frontera, los barrios donde se concen-
tran los que vienen de distintas zonas del país, la tumba de
Juan Soldado, "Señor de los emigrados", al que van a pedir
que les arregle "los papeles" o a agradecerle que no los haya
agarrado "la migra".
El carácter multicultural de la ciudad se expresa en el uso
del español y el inglés, y también en las lenguas indígenas
habladas en los barrios y las maquiladoras, o entre quienes
venden artesanías en el centro. Esa pluralidad se reduce
cuando pasamos de las interacciones privadas a los lengua-
jes públicos, los de la radio, la televisión y la publicidad ur-
bana, donde el inglés y el español predominan y coexisten
"naturalmente".
Junto al cartel que recomienda un club-discoteca y la ra-
dio donde se escucha "rock en tu idioma", otro anuncia un
licor mexicano en inglés. La música y la bebida alcohólica,
dos símbolos de Tijuana, conviven bajo esta dualidad lin-
güística. The other choice es explícitamente el licor, pero la
contigüidad de los mensajes vuelve posible que sea también
el rock en español. La analógica de la vida en la ciudad tam-
bién permite concluir, según el orden de la lectura, que la
otra elección sea el inglés.
La incertidumbre generada por las oscilaciones bilingüís-
ticas, biculturales y binacionales tiene su equivalencia en las
relaciones con la propia historia. Algunas de las fotos fueron
elegidas precisamente por aludir al carácter simulado de
buena parte de la cultura tijuanense. La torre de Agua Ca-
liente, quemada en la década de los sesenta, con la preten-
sión de olvidar el casino que representaba, fue reconstruida
hace pocos años y ahora se le exhibe con orgullo en portadas
202 NÉSTOR GARCÍA CANCLINI
de revistas y propaganda; pero los entrevistados, al hacer
notar que la torre actual está en un sitio distinto, argumen-
tan que el cambio es un modo de desplazar y reubicar el pa-
sado.
En varias esquinas de la avenida Revolución hay cebras.
En realidad, son burros pintados. Sirven para que los turis-
tas norteamericanos se fotografíen con un paisaje detr¡ís, en
el que se aglomeran imágenes de varias regiones de ~ x i c o :
volcanes, figuras aztecas, nopales, el águila con la serpiente.
"Ante la falta de otro tipo de cosas, como en el sur, que hay
pirámides, aquí no hay nada de eso ... como que algo hay que
inventarle a los gringos", nos dijeron en uno de los grupos.
En otro señalaban que "también remite a este mito que traen
los norteamericanos, que tiene que ver con cruzar la fronte-
ra hacia el pasado, hacia lo salvaje, hacia la onda de poder
montar".
Nos dijo un entrevistado: "El alambre que separa a Méxi-
co de los Estados U nidos podría ser el principal monumento
de la cultura en la frontera".
Al llegar a la playa "la línea" se cae y deja una zona de
tránsito, usada a veces por los migrantes indocumentados.
Los domingos las familias fragmentadas a ambos lados de la
frontera se encuentran en los pic-nics.
La simulación de la ciudad
Donde las fronteras se mueven, pueden estar rígidas o caí-
das; donde los edificios son evocados en otro lugar que el
que representan, todos los días se renueva y amplía la inven-
ción espectacular de la propia ciudad. El simulacro pasa a
ser una categoría central de la cultura. N o sólo se relativiza
lo "auténtico". La ilusión evidente, ostentosa, como las ce-
bras que todos saben falsas o los juegos de ocultamiento de
ESCENAS SIN TERRITORIO 203
migrantes "ilegales tolerados" por la policía norteamerica-
na, se vuelve un recurso para definir la identidad y comuni-
carse con los otros.
A estos productos híbridos, simulados, los artistas y escri-
tores de la frontera agregan su propio laboratorio intercul-
tural. En una entrevista radial se le preguntó a Guillermo
Gómez-Peña, editor de la revista bilingüe La Línea Qy,ebra-
da/The Brvken Line, con sede en Tijuana y San Diego:
Reportero: Si ama tanto a nuestro país, como usted dice, ¿por
qué vive en California?
Gómez-Peña: Me estoy desmexicanizando para mexicom-
prenderme ...
Reportero: ¿Qué se considera usted, pues?
Gómez-Peña: Posmexica, prechicano, panlatino, transterra-
do, arteamericano ... depende del día de la semana o del proyec-
to en cuestión.
Varias revistas de Tijuana están dedicadas a reelaborar las de-
fmiciones de identidad y cultura a partir de la experiencia fron-
teriza. La LJ:nea Qy,ebrada, que es la más radical, dice expresar a
una generación que creció "viendo películas de charros y de
ciencia ficción, escuchando cumbias y rolas de Moody Blues,
construyendo altares y filmando en súper 8, leyendo El Corrw
Emplumadn y Art Forum". Ya que viven en lo intermedio, "en la
grieta entre dos mundos", ya que son "los que nos fuimos por-
que no cabíamos, los que aún no llegamos o no sabemos a dón-
de llegar", deciden asumir todas las identidades disponibles:
Cuando me preguntan por mi nacionalidad o identidad étnica,
no puedo responder con una palabra, pues mi "identidad" ya
posee repertorios múltiples: soy mexicano pero también soy
chicanoy latinoamericano. En la frontera me dicen "chilango" o
"mexiquillo": en la capital "pocho" o "norteño" y en Europa
"sudaca". Los anglosajones me llaman "hispanic" o "latinou" y
204 NÉSTOR GARCÍA CANCLINI
los alemanes me han confundido en más de una ocasión con tur-
co o italiano.
Con una frase que le queda bien a un migrante lo mismo
que a un joven rockero, Gómez-Peña explica que "nuestro
sentimiento generacional más hondo es el de la pérdida que
surge de la partida". Pero también son lo que han ganp-do:
"una visión de la cultura más experimental; es decir, mu\tifo-
cal y tolerante".
9
Otros artistas y escritores de Tijuana cuestionan la visión
eufemizada de las contradicciones y del desarraigo que per-
ciben en el grupo de La Línea Quebrada.
Quiero hacer un comentario que surge del libro de Ma-
nuel Valenzuela iA la brava, ése! Cholos, punks y chavos banda, y
es que este tipo de hibridación interculturalla encontramos
también en otro grupo de Tijuana y de la frontera, como los
rockeros, los cholos y los punks, que editan revistas, discos y
cassettes con información y música de varios continentes. Sin
embargo, respecto de la reflexión que puede hacerse sobre
esta desterritorialización y entrecruzamiento cultural, en-
contramos que otros grupos (y voy a dar una de las identifi-
caciones: por ejemplo, quienes publican la revista Esquina
Baja) rechazan la celebración de las migraciones causadas
muchas veces por la pobreza en el lugar originario, que se
repite en el nuevo destino. No faltan los que, pese a no haber
nacido en Tijuana, en nombre de sus 15 o 20 años en la ciu-
dad, impugnan la insolencia paródica y desapegada: "Gente
que recién llega y quiere descubrirnos y decirnos quiénes so-
" mos.
9
Guillermo Gómez-Peña, "Wacha ese border, son", en La Jornada Se-
manal, núm. 162,25 de octubre de 1987, pp. 3-5. Respecto de la hibrida-
ción intercultural en los rockeros y los punks, véase el libro de José Ma-
nuel Valenzuela iA. la brava, ése! Cholos, punks y chavos banda, Tijuana, El
Colegio de la Frontera Norte, 1988 (segunda edición: México, UNAM/El
Colef, 1997).

ESCENAS SIN TERRITORIO 205
Tanto en esta polémica como en otras manifestaciones de
al referirse a las fotos de Tijuana, vimos un
movimiento complejo que llamaríamos de reterritorialización.
Los. que elogian a la ciudad por ser abierta y cosmo-
polita qmeren fijar signos de identificación, rituales que los
diferencien de Jos que sólo están de paso, son turistas o ... an-
tropólogos curiosos por entender los cruces interculturales.
Los editores de la revista tijuanense Esquina Baja dedicaron
un largo rato a explicarnos por qué querían, además de tener
un órgano para expresarse, "generar un público de lectores ...
una revista local de calidad en todos los aspectos, de diseño,
de ... para contrarrestar un poco lo que hay en la
provi.ncia que no logra trascender, se ve minimizado, si no pa-
sa pnmero por el tamiz del Distrito Federal".
Algo semejante encontramos en la vehemencia con que
todos rechazaron los criterios "misioneros" de actividades
culturales P.ropiciadas el gobierno central. Ante los pro-
gramas naciOnales destmados a "afirmar la identidad mexi-
cana" en la frontera norte, los bajacalifornianos argumentan
que son tan mexicanos como los demás, aunque de un
modo diferente. Sobre la "amenaza de penetración cultural
dicen que, pese a la cercanía geográfica y
comumcaciOnal con Estados U nidos, los intercambios co-
merciales y culturales diarios les hacen vivir intensamente la
desigualdad y, por lo tanto, tener una imagen menos ideali-
zada quienes reciben una influencia parecida en la capi-
tal mediante mensajes televisivos y bienes de consumo im-
portados.
Preguntas en vez de conclusiones
l. Se observa tanto en los procesos de la cultura popular co-
mo en los grupos artísticos que acabamos de describir un do-
ble movimiento: de desterritorializ<!ción y de .r..eterritoriali-
206 NÉSTOR GARCÍA CANCLINI
zación. No es fácil valorar a uno ni a otro, ni estimar sus
L--
consecuencias en la redefinición de las identidades y de las
prácticas culturales.
Es claro que ciertos modos sustancionalistas de delimitar
---- --- ·----- -
lo nacional en relación con un territorio, con
' --.__
objetos y sífñbo1os "eternos", se desvanecen_cuando lastra-
diciones migran e interactúan con las industrias cult rafes.
Pero los cruzamientos de ios circuitos s imbólicos no limi-
nan las preguntas por la identidad y lo nacional, por la de-
fensa de la soberanía y la desigual apropiación del saber y el
arte. No se borran los conflictos ni las parcialidades ideoló-
gicas, como pretenden las tendencias neoconservadoras. Se
colocan en otro registro, multifocal y más tolerante, se re-
piensa la autonomía de la cultura a veces con menores ries-
gos fundamentalistas. Sin embargo, la incertidumbre y la
inestabilidad engendran también prácticas violentas de au-
toafirmación: es sabido cómo se prolonga hasta nuestros
días la larga historia de agresiones de los estadunidenses del
sur a los extranjeros en el trabajo y en las escuelas; también
del lado mexicano de la frontera han crecido en los últimos
años el antichilanguismo y el racismo. La hibridación de las
tradiciones y los grupos étnicos puede ser base de una aper-
tura valorativa, pero en condiciones de intensa competencia
laboral puede ser, asimismo, fuente de prejuicios y enfrenta-
mientos.
2. Por otra parte, la multietnicidad y la hibridación in ter-
cultural fomentan un acceso más fluido de los sectores popu-
lares a bienes simbólicos diversos, a experiencias más cos-
mopolitas. Pero al mismo tiempo la atomización de los
grupos, y aun de las familias, especialmente en las grandes
ciudades, parece dificultar la formación de nuevas identida-
des y, sobre todo, de sujetos capaces de intervenir eficaz-
mente en la recomposición del tejido social. Estamos lejos
de responder a la pregunta de cómo pueden organizarse, en
ESCENAS SIN TERRITORIO 207
estas sociedades fragmentadas y heteróclitas que genera la
interculturalidad, acciones adecuadas al grado de concen-
tración y acumulación del poder. ¿cómo repensar la consti-
tución y el papel de los nuevos sujetos sociales en esta ten-
sión entre relaciones sociales culturales abiertas y plurales y,
a la vez, controladas por empresas monopólicas?
Como se ve, resurge aquí el conflicto entre lo local y lasto-
talizaciones macrosociales. Sabemos que las integraciones
románticas de los nacionalismos se han vuelto menos con-
vincentes, tanto como las integraciones neoclásicas del ra-
cionalismo hegeliano o de los marxismos compactos, pero
nos negamos a admitir la despreocupación posmoderna por
la totalidad social. Uno puede olvidarse de la totalidad cuan-
do sólo se interesa por las diferencias entre los hombres, no
cuando se ocupa también de la desigualdad.
3. Conviene señalar que los problemas teóricos y políticos
de la cultura suscitados por esta conformación transcultural
de las identidades no son excepcionales en América Latina,
ni ajenos a otras zonas de Estados Uni dos lej anas de la fron-
tera. Semejantes reformulaciones de las nociones de territo-
rio, comunidad y colección se necesitan en muchas otras re-
giones donde las tradiciones inestables están en constante
transacción con diversos estilos de modernización. En múl-
tiples lugares se construyen altares y se filman en súper 8, se
inventan simulacros para arraigar de algún modo las hibri-
daciones fugaces. La frontera México-Estados Unidos es
apenas un laboratorio, entre otros, de las estrategias de los
migrantes que atraviesan cualquier ciudad latinoamericana
' instalan, precisamente en los cruces, sus puestos barrocos
de artesanías regionales y radios de contrabando, hierbas
1nedicinales y videocassettes.
4. Por último, cabe decir que el carácter generalizado de
('Stos procesos de hibridación incita a reorganizar nuestras
· trategias de estudio. Para aprender esta reconstrucción
208 NÉSTOR GARCÍA CANCLINI
com leja de las identidades, se requiere una teorí,a de
fluj!s y los circuitos interculturales, una
focal, nutrida en varias disciplinas. El estudio lo tra ICI0-
1 lo local ya no puede hacerse sólo con los
observación intensiva de conJ:-
tos sociales, entrevistas en profundidad; de VI b.
Tam oco la investigación macrosocial debe a s
P 1 . os de la sociología: censos, estadisticas, en-
recursos exc usiv · d d
cuestas. La reformulación de las nociones de a _Y
nación, de centro y periferia, replantea una v_ez mas taJo
t>ntre lo micro y lo macro, así como la compartimentaoon e
Ías disciplinas que se en uno y
sitamos estudios transdisciplmanos, saberes diagonales,
ra captar los procesos donde se forman as
identidades híbridas de este fin de siglo.
ESPACIOS Y MECANISMOS
DE CONFORMACIÓN DE lA IDENTIDAD
ÉTNICA EN SITUACIONES DE ALTA
MOVILIDAD TERRITORIAL
Reflexiones preliminares con migrantes zapotecos
Martha judith Sánchez.
Los estudios sobre los grupos étnicos, y más específicamente
sobre los grupos indígenas en México, se han caracterizado
por abordar la persistencia de dichos grupos viendo al terri-
torio como eje conceptual. Se ha explicado su permanencia
y continuidad gracias a su asentamiento en un territorio de-
terminado, donde estructuran formas de organización so-
ciopolítica, religiosa y cultural.
Si bien los movimientos poblacionales han sido un fenó-
meno siempre presente en los grupos indígenas, no pode-
mos afirmar que la migración que presentan en la actuali-
dad, tanto por su magnitud como por sus características, sea
igual a los movimientos poblacionales anteriores. El fenó-
meno de la migración, tal y como ocurre en el presente, crea
una dinámica diferente al interior de los grupos indígenas.
Es así como en la actualidad al estudiarlos no podemos pen-
sar únicamente que la reproducción de la identidad se reali-
za debido a su permanencia en un territorio común sobre el
cual se construyen los procesos identitarios. Los procesos de
conformación de la identidad de los grupos indígenas en si-
tuaciones de alta movilidad y contacto con los "otros" son un
209
210 MARTHAJUDITH SÁNCHEZ
un tema aún poco explorado y sobre el cual abundan las in-
terrogantes.
El presente ensayo tiene el objetivo de incursionar en la
problemática antes expuesta. Para cumplir con u e s ~ r o obje-
tivo lo hemos estructurado en dos partes. En la pnmerr se
hace una revisión acerca de los estudios existentes sobit la
migración indígena y la problemática de la reproducción de
la identidad de dichos migran tes. A partir de esa exposición,
en el segundo apartado planteamos algunas líneas de refle-
xión acerca de cómo abordar dicha problemática.
La información que aquí presentamos forma parte de una
investigación con migran tes zapotecos en la ciudad de Méxi-
co originarios de dos comunidades del valle de Oaxaca. En
la investigación se aborda también el estudio de las comuni-
dades que se encuentran en el valle de Oaxaca en el ex dis-
trito de Tlaco lula: San Jerónimo Tlacochahuaya y San Juan
Guelavía. Ambas comunidades son hablantes del zapoteco y
presentan ciertas características sociales y culturales que
hasta ahora hemos definido como "indígenas". Las dos co-
munidades cuentan con una población de dos mil a tres mil
habitantes cada una y tienen una alta proporción de migran-
tes, tanto temporales como definitivos. De los temporales,
desde hace cinco años, aproximadamente, el principal flujo
migratorio es hacia Estados Unidos; en mayor medida es
una migración que realizan hombres, jóvenes y solteros, y en
un porcentaje muy pequeño, hombres maduros, familias y
mujeres solteras. La migración definitiva se dio principal-
mente a la ciudad de México a partir de la década de los
sesenta. Actualmente se encuentran alrededor de 300 perso-
nas de Guelavía y 500 de Tlacochahuaya que residen en di-
versas colonias de la ciudad de México. Esas personas siguen
vinculadas con la comunidad y ayudan o se hacen presentes
cuando se les solicita alguna cooperación o algún servicio.
Existen, además, diversas familias en tales comunidades que
ESPACIOS DE CONFORMACIÓN DE LA IDENTIDAD ÉTNICA 211
después de haber vivido de 1 O a 30 años en la ciudad de Mé-
xico regresaron a vivir a sus lugares de origen. En ambas co-
munidades se han presentado, además de los anteriores,
otros movimientos migratorios con diferentes destinos y ca-
racterísticas.
Diferentes aproximaciones analíticas y conceptuales
en el estudio de los migrantes indígenas
La visión del indígena en el medio rural tiene una larga tra-
yectoria; de hecho, la escuela mexicana de antropología
construyó su objeto de estudio en esa forma de aproxima-
ción. La línea de investigación sobre la que aquí estamos re-
flexionando, la etnicidad en el ámbito urbano, está poco de-
sarrollada; existen sólo unas cuantas investigaciones, que
surgen de las problematizaciones sobre la migración.
La intensa migración ha sido uno de los problemas actua-
les que ha interesado a sociólogos, antropólogos y demógra-
fos. Por un lado, están los estudios realizados en Estados
Unidos sobre sociología rural, en los cuales se analizan tanto
las características de la migración (razones de expulsión, de
atracción, temporalidad, características de los migrantes e
inserción en la estructura ocupacional, etc.) como los grados
de ajuste de los migran tes en sus lugares de destino. Respec-
to al último punto, los estudios concluyen una situación ne-
gativa: los migran tes viven un proceso de desajuste expresa-
do en la desintegración de la vida familiar, en la disminución
de la religiosidad, en el incremento de la delincuencia, etc.
La antropología y los estudios de la migración plantean tam-
bién conclusiones similares. La primera, expresada en los
estudios de Redfield ( 1941 y 1 976), considera que el paso de
una sociedad folk a un modo de vida urbano se caracteriza
por la "desorganización de la cultura, la secularización y la
212 MARTHAJUDITHSÁNCHEZ
individualización", mientras que los segundos hablan de
una situación de anomia de los migrantes en los lugares de
destino.
En discusión con las posturas ante.riores están algunos
trabajos que abordan la migración indígena y sus formas de
vida y organización en sus lugares de destino. J:?iversos en'f?-
ques analíticos han sido utilizados en estas investigaciones,
relevándose, por lo tanto, diferentes problemas teóricos.
Un primer enfoque se ha centrado en el entendimiento
de las causales de la migración indígena y la incorporación
de estos grupos en sus lugares de destino (lwanska, 1 993;
Arizpe, 1 980; Méndez y Mercado, 1985, y Lewis, 1 986).
Contradiciendo los estudios anteriores, respecto al segundo
punto, se concluye que los migran tes indígenas en las ciuda-
des continúan manteniendo sus grupos, pues no se pierden
como individuos aislados en el nuevo medio y mantienen y
recrean su identidad étnica.
Recientemente se realizó un estudio (Gidi, 1 988) con la
misma preocupación que los anteriores: entender las causas
de la migración, enriqueciendo el análisis al incorporar la
dimensión étnica. La autora plantea que, si bien la variable
económica es fundamental para entender los movimientos
migratorios, existe también una variable extraeconómica
por considerar: la etnicidad. En su estudio de caso en San
Juan Mixtepec, Gidi encuentra que la migración también es
una búsqueda de una nueva simbología de prestigio asocia-
da a contextos extracomunales. Analiza la dinámica de la
migración, las relaciones que establecen migrantes y nativos
y sus repercusiones en la comunidad, y los cambios en ésta.
Considera que los migrantes en esa búsqueda de símbolos
de prestigio no pretenden perder su identidad sino que bus-
can resignificarla, quitarle las connotaciones negativas.
Otro enfoque estudia las formas de vida de los migrantes
en la ciudad, sus mecanismos y estrategias de adaptación
ESPACIOS DE CONFORMACIÓN DE LA IDENTIDAD ÉTNICA 213
(Kemper, 1 976; Bartolomé, 1986, y Bustamante, 1 986).
Aquí se encuentran una gran diversidad de situaciones. Se
reseña la existencia de los llamados "enclaves étnicos", gru-
pos de individuos hablantes de una misma lengua que pre-
sentan alguna o todas de las siguientes características: for-
mar grupos compactos y aislados del resto de la población,
que pueden vivir en asentamientos cercanos o en la misma
colonia, barrio o vecindad; trabajar en las mismas activida-
des; recrear muchas de las pautas culturales en sus nuevos
asentamientos, tales como el vestido, la lengua, formas de
vida, de alimentación, etc.; mantener vínculos con sus co-
munidades de origen, que pueden ser de diferente índole:
visitas periódicas a la comunidad y participación en las fies-
tas, aportación de dinero para mejoras en el pueblo, mante-
nimiento de su casa o tierras y bautizar a sus hijos en la co-
munidad, hasta tener estructuras organizativas formales de
vinculación que les permiten incidir en la vida comunitaria.
Como constante, en los grupos estudiados se encuentra que
no sólo no pierden su identidad étnica sino que la mantie-
nen y recrean en sus nuevos asentamientos. Los migrantes
no rompen sus relaciones con la comunidad; siguen perte-
neciendo a ésta a través de diferentes tipos de vinculaciones.
El tercer enfoque aborda el surgimiento, mantenimiento
y continuidad de las asociaciones de migrantes (Orellana,
197 3; Odena, 1 983, y Hirabayashi, 1985 ). Se interroga so-
bre los elementos que permiten la constitución de las mis-
mas y sus objetivos. Aquí también se encuentran una varie-
dad de situaciones. En cuanto a la formación de
asociaciones, las razones varían: unos grupos manifiestan
que fue la manera de crear vínculos más permanentes con su
comunidad y ser aceptados por los miembros de ésta, aun
cuando sólo vayan al pueblo en ocasiones de fiesta; otros
plantean que el móvil principal fue crear una asociación per-
manente que se encargara de mejorar las condiciones de vi-
214 MARTHAJUDITH SÁNCHEZ
da del pueblo, dando aportaciones destinadas a diversas
obras; finalmente, la importancia de mantener sus costum-
bres, tradiciones, en una palabra, para no perder su cultura
en el nuevo medio y heredada a las nuevas generaciones.
El carácter, la importancia y la incidencia de e s ~ a s asocia-
ciones en la vida de la comunidad varían. Hay desde a q u ~ ­
llas 01yas relaciones con su lugar de origen no son fuertes,
hasta las que dependen de las orientaciones y normas que
establece el cuerpo de autoridades tradicionales de la comu-
nidad.
De lo hasta aquí expuesto tenemos lo siguiente. Primero,
los estudios abordan diferentes problemas teóricos. Unos
tienen que ver con la discusión sobre la migración, sus cau-
sas y características; otros, con la constitución y manteni-
miento de formas organizativas, y finalmente, otros más con
la cuestión de la identidad étnica y su reproducción.
Segundo, se puede decir que el fenómeno de la migración
indígena y su asentamiento en ámbitos urbanos, con la mag-
nitudy características actuales, es bastante reciente, por lo
tanto, los, estudios que han tratado de aprehenderla son aún
escasos. Estos más bien han empezado a describir esa faceta
de larealidad indígena; en consecuencia, es un campo de
conocimiento en donde aún hay muy pocos avances y abun-
dan las interrogantes.
Tercero, de esos escasos estudios, los que se han enfocado
en el análisis de la reproducción de la identidad étnica son
más escasos. De ahí la necesidad de investigaciones que
aborden ese nuevo campo de conocimiento.
Las investigaciones anteriores plantean los siguientes ele-
mentos para explicar la persistencia de la identidad étnica
de los migran tes:
Arizpe (1 980), en su estudio pionero, plantea dos aspec-
tos de ese fenómeno. El primero y el central en la explica-
.ción tiene que ver con la marginalidad. Esto es, los migran-
ESPACIOS DE CONFORMACIÓN DE LA IDENTIDAD ÉTNICA 21>5
tes indígenas continúan reproduciendo su identidad por la
imposibilidad de insertarse en la estructura laboral formal.
La autora plantea que la cuestión no es si son marginales
1
porque son indígenas, sino que son indígenas por ser margi-
nales "totalmente marginados, sin posibilidad de movilidad
social y económica, necesitan el apoyo de su grupo étnico en
la ciudad, y así, en vez de perderla, reafirman su identidad
étnica" (Arizpe, 1980, p. 151).
El segundo aspecto, que depende del anterior, es la fun-
cionalidad de la permanencia de la identidad, y Arizpe plan-
tea que ésta les impide perderse como tantos migrantes po-
bres; es una manera de defenderse, de fortalecer su dominio
y control en alguna actividad económica (el caso de las "Ma-
rías" y la venta de fruta).
Otros autores (lwanska, 1 973; Ore llana, 1 973; Kemper,
1 976; Odena, 1 983; Hirabayashi, 1985, y Lewis, 1 986) ven
también la funcionalidad del mantenimiento de la identi-
dad agregando a lo expuesto por Arizpe las ventajas durante
todo el proceso de la migración: desde elegir a dónde irse (a
los mismos lugares donde están los migran tes de su comuni-
dad) hasta la serie de ayudas para hospedarse, conseguir ca-
sa y trabajo.
Finalmente, otro autor (Bartolomé, 1986, p. 25) plantea
que "la reproducción de la identidad requiere de un nece-
sario grupo de interacción y es a éste al que recurren los mi-
grantes recreándolo en el nuevo ámbito residencial: su pér-
dida implicaría una dificultad casi insalvable para el
mantenimiento de los mecanismos de identificación colec-
tiva".
1
El concepto de marginalidad ya ha sido ampliamente criticado porque
implica que esos sectores, los marginales, están desintegrados del sistema
capitalista en términos de funcionalidad. Se han propuesto otros concep-
tos, como ejército industrial de reserva, sobrepoblación relativa, sector informal,
sectores populares. No es el momento para discutir los distintos conceptos;
sólo quiero señalar el amplio debate existente en torno a dicho concepto.
216 MARTHAJUDITH SÁNCHEZ
Como puede observarse, los elementos explicativos para
la reproducción de la identidad son aún bastante deficien-
tes, de ahí que se plantee la necesidad de abordar ese aspec-
to más profundamente.
Planteamientos iniciales acerca del abordaje de la identidad
\
En el estudio de la identidad étnica se ha recurrido a defini-
ciones tanto objetivas como subjetivas. Las objetivas plan-
tean la persistencia de la identidad étnica mediante la enu-
meración de una serie de rasgos objetivos, tales como la
lengua, la vestimenta, ciertas costumbres, etc., mientras que
las subjetivas plantean que el punto central es el autorreco-
nocimiento del sujeto como perteneciente a un determina-
do grupo o el reconocimiento que los otros hacen de él co-
mo perteneciente a dicho grupo.
Considero que la identidad es un concepto relacional, es la
formación de un nosotros como diferente de los otros. Implica,
por lo tanto, el auto y el heterorreconocimiento.
También planteo que es necesario desustancializar dicho
concepto: no es una esencia con la que uno nace y con la que
inevitablemente va a morir. En lugar de una esencia, es un
proceso de identificación que puede continuar o perderse.
En este apartado abordaré las maneras en que se ha bus-
cado la identidad y la utilidad de esos planteamientos, para
pasar posteriormente a presentar algunas líneas de análisis
de ese problema.
Considero que ni las definiciones objetivas ni las subjeti-
vas son adecuadas para abordar dicha problemática. No se
trata de ver si los migrantes "siguen siendo indígenas"; esto
es, si siguen hablando su lengua o practicando sus costum-
bres a pesar de los continuos contactos que tienen con otras
formas culturales debido a la migración, o de hacer una in-
ESPACIOS DE CONFORMACIÓN DE LA IDENTIDAD ÉTNICA 217
cursión a la subjetividad para determinar si ellos y los otros
los siguen considerando indígenas.
Como un primer elemento de aproximación señaló que al
interior de cada grupo debe buscarse el o los elementos que
definen la pertenencia a un determinado grupo étnico o in-
dígena, según pnsfiera llamárseles, y que marcan la diferen-
cia, la otredad.
Estoy de acuerdo con Barth ( 1976) en buscar el límite del
grupo. En el caso de la investigación que estoy realizando,
considero, como una reflexión preeliminar, que el elemento
central de pertenencia a dichas comunidades se expresa en
el concepto de ciudadanía. Esto es, los migrantes y los nati-
vos de las comunidades en estudio forman parte de un mis-
mo grupo, ya sea que se les llame indígenas o grupos étni-
cos, debido a que ambos siguen siendo ciudadanos. El
concepto de ciudadano tiene un papel central en sus discur-
sos y sus formas de organización. ¿Qué significa el concepto
de ciudadanía? y ¿qué relación tiene con el concepto de ciu-
dadano de la nación mexicana?
Para ser ciudadano en dichas comunidades se requiere
haber nacido en ellas y adquieren dicho estatus los hombres
al casarse. A través de la ciudadanía se articulan las familias,
teniendo como eje al hombre-jefe de familia, a las formas de
organización sociopolítica y religiosa de la comunidad. Di-
cha organización se expresa en una serie de prácticas, sím-
bolos y rituales.
El ser ciudadano conlleva una serie de obligaciones y "ser-
vicios" para la comunidad que tiene que realizar el hom-
bre-jefe de familia, de preferencia, o en su defecto otro
miembro de la familia o pagar a alguien más para su realiza-
ción. N o encontrarse en la comunidad por un periodo, corto
o largo, no hace que se pierda la ciudadanía, a menos que la
persona decida romper ese vínculo. En caso de que quiera
continuarlo, participa de diferentes formas: aceptando al-
218 MARTHAJUDITH SÁNCHEZ
gún cargo que se le asigne, ya sea en su comunidad o
de ella, dando cooperaciones para las obras que se reahcen
en la comunidad, etcétera.
El concepto de ciudadano, por tanto, otorga una serie de
obligaciones y al interior de la com.•,midad adi
quiere de manera diferente al concepto de cmdadama de ht
nación mexicana.
Habría que explorar sobre los orígenes y la época en que
dicho concepto, el de ciudadano, se empezó a utilizar en es-
pañol y cuál era y es su equivalente en zapoteco; conocer,
además, el significado anterior de ese equivalente y las mo-
dificaciones que tuvo en el transcurso del tiempo; conocer
cuándo, cómo y por qué cambió, hasta llegar a la adopción
actual del término de ciudadano. Sin poder afirmar nada
definitivo, creemos que dicho término empezó a utilizarse
después de la institución del municipio libre posterior a la
revolución de 191 O. Quizá la adopción de dicho término
permitió dar la apariencia de una integración de las comu-
nidades a la política nacional, y eso posibilitó que se mantu-
viera la organización del municipio igual al sistema de cabil-
dos anterior.
Por lo pronto, lo que sí podemos afirmar es que en la ac-
tualidad el concepto de ciudadano expresa la articulación a
determinadas formas de organización que marcan la dife-
rencia con los otros. Esos "otros" no sólo son los
no-indígenas o los no-zapotecos, sino también los de otros
pueblos. Detengámonos un poco en este último punto. Dife-
rentes estudios han señalado que no existe lo que podríamos
llamar una "identidad zapo teca". Esto es, el concepto de
grupo étnico zapoteco no tiene como referente empírico un
conjunto de individuos (los hablantes de zapoteco) que se
reconozcan a sí mismos como integrantes de una unidad.
Consideran que más que una unidad en los zapotecos, lo
que existe es una diversidad de grupos debido a que no com-
ESPACIOS DE CONFORMACIÓN DE LA IDENTIDAD ÉTNICA 2 Í9
parten una sola lengua, ya que el zapoteco es una familia lin-
güística. Aun cuando no hay acuerdo, se considera que hay
seis o nueve lenguas zapotecas que difieren entre sí; no com-
parten un mismo hábitat geográfico, se localizan geográfica-
mente en diversas áreas territoriales: tm grupo se encuentra
en la sierra de Ixtlán, el segundo grupo en el sur de Oaxaca,
el tercero en el valle de Oaxaca y el cuarto en el Istmo. Estos
grupos tienen costumbres más parecidas con sus vecinos que
con los zapotecos de otra región; sus formas de organización
también varían, y finalmente, ellos mismos no se reconocen
como pertenecientes a un solo grupo. En conclusión, estric-
tamente hablando, no existe un grupo étnico zapoteco; lo
que tenemos es la existencia de varios grupos de zapotecos
de diferentes regiones, cada uno de los cuales tiene sus ca-
racterísticas, su historia y sus formas particulares de organi-
zación.
Respecto a los zapotecos del valle, tenemos la siguiente si-
tuación. Si bien las comunidades de la regi ón del vall e de Oa-
xaca comparten en gran medida una seri e de caraterísti cas
históricas, sociales, económicas y cultu ra les, que nos permi-
ten hablar de una cierta unidad, los integrantes de las dife-
rentes comunidades zapotecas del valle no se reconocen a sí
mismos como pertenecientes a un solo grupo, que sería el de
los zapotecos del valle. En las comunidades del valle, tal como
ha sido señalado por algunos actores, la identidad étnica se
articula a partir de la pertenencia a un pueblo, no a un grupo
lingüístico o étnico; es decir, cada pueblo articula y elabora su
mismidad y su diferencia. Es así como el concepto de ciuda-
dano da cuenta de ese proceso de identificación. Ser ciudada-
no implica pertenecer a un determinado pueblo con el que se
tiene una serie de derechos y obligaciones y es el límite a par-
tir del cual se elabora la diferencia y la mismidad.
Habría que profundizar aún más sobre la adquisición y
mantenimiento de las pertenencias e identidades, cuestio-
220 MARTHAJUDITH SÁNCHEZ
nes que expresa el concepto de ciudadanía. Por ejemplo, en
primera instancia, resulta un poco extraño que se utilice el
mismo término, el de ciudadano, para designar la pertenen-
cia a la comunidad y la pertenencia a la nación. De ahí que
surja el interés por conocer cuál es la relación que existe el_\-
tre diferentes pertenencias; esto es, si bien los integrantes ~
las comunidades se definen a sí mismos como diferentes, no
se autodefinen como no pertenecientes a la nación mexica-
na y plantean, por lo tanto, una noción alternativa de nacio-
nalidad o de relación con el Estado, como sucede con algu-
nos grupos étnicos en otros países. Como hipótesis
preliminar planteamos que hay diferentes niveles de perte-
nencias y, por lo tanto, de identidades que se superponen
entre sí. Esos diferentes niveles puedén convivir más o me-
nos armónicamente, como es el caso presente, o pueden lle-
gar a niveles de contradicción donde la presencia de dife-
rentes pertenencias se vuelve insostenible, como puede ser
el ejemplo de los grupos que buscan su independencia del
Estado-nación en el cual se encuentran.
En el caso en que estamos interesados, planteamos que las
dos pertenencias (a la comunidad y a la nación) no son in-
compatibles, que están ubicadas en niveles diferentes. En un
primer nivel se encuentra la pertenencia a la comunidad.
Esta pertenencia es la que primero se estructura y acompaña
a todo el proceso de constitución de sujeto; forma parte de
todas sus experiencias más tempranas. Es la identificación
más cargada de emotividad, ya que es aquella en donde el
sujeto se reconoce: en su lengua, sus costumbres, su cotidia-
nidad. El sujeto se constituye reconociéndose como "miem-
bro" de una determinada comunidad, y ese sentimiento de
pertenencia permea toda su cotidianidad, sus formas de ver,
de sentir y de entender el mundo, y las vías de acción y de
participación que se perciben como posibles.
A otro nivel está esa otra pertenencia: la pertenencia a la
ESPACIOS DE CONFORMACIÓN DE LA IDENTIDAD ÉTNICA 221
nación mexicana. Es una pertenencia vivida como algo más
lejana, cuyo efecto es más tardío; generalmente, los primeros
contactos se tienen al ingresar al sistema escolarizado, que se
forma principalmente a través del aprendizaje formal. En
consecuencia, predomina más lo racional que lo emocional: es
algo aprendido en el sistema escolarizado o a través de dife-
rentes medios que se perciben como lejanos, que no afectan la
cotidianidad. De ahí que considero que la relación que tienen
los miembros de las comunidades con el concepto de ciudada-
nía de la nación es instrumental; esto es, adquieren la ciudada-
nía mexicana a los 18 años, marchan, etc., pero el manejo de
ésta es instrumental; es un medio que les permite moverse li-
bremente y obtener ciertos fines, pero la pertenencia y su ciu-
dadanía principal es con su comunidad.
La idea que estoy manejando es que la pertenencia, en es-
te caso a un grupo étnico, lleva a los integrantes de dicho
grupo a tener como eje de sus acciones lo propio y a tener un
manejo instrumental de lo externo, de lo "otro". Voy a poner
un ej emplo para ilustrar esta situación en el caso de la mi -
gración a Estados Unidos.
Como ya mencioné, la migración, sobre todo de varones
jóvenes a Estados Unidos, es muy importante desde hace
cinco años. Se considera que al menos un miembro de cada
familia ha ido o está actualmente ahí. No todos los jóvenes
que se han ido carecen de tierras en su comunidad, y en una
de las comunidades (Guelavía) la mayoría de las tierras son
de temporal, pero en la otra una gran cantidad de las tierras
es de riego. Lo que quiero señalar es que las causas de la mi-
gración no son únicamente económicas. Independiente-
mente de las causas, considero que hay una racionalidad ins-
trumental en su contacto con Estados Unidos; es decir, el
"otro lado" es el medio para conseguir ciertos fines, que
pueden ser recursos económicos, adquirir experiencias nue-
vas, tener nuevas formas de consumo, etcétera.
222 MARTHAJUDITH SÁNCHEZ
Ciertamente, para nosotros resulta algo impactante ob-
servar que en las festividades de los pueblos hay varios inte-
grantes de la comunidad que trabajan en Estados Unidos y
vienen a las fiestas y toman película con sus cámaras de vi-
deo. Sin embargo, no considero que por esos contactos o ex-
periencias con otras formas de cultura,o por el mayor c o ~ ­
sumo de artículos, se pueda decir que tales grupos están
perdiend9 su identidad. Repito, creo que lo que predomina
es un manejo instrumental. Se va a Estados Unidos a aho-
rrar dinero para solventar necesidades familiares, o para
comprar terrrenos o para construir una casa, o para com-
prar otros artículos, o para conocer ()( ras cosas y de paso
"hacerse de un dinerito".
Ahora bien, considero que esos contactos con otras formas
de vida, aun cuando predomine en ellosuna racionalidad ins-
trumental, forman parte de un proceso <omplejo que provoca
también múltiples cambios. Considero que uno de los cam-
bios principales que están ocurriendo anivel de las prácticas
(no de las ideas) se verifican en los papeles sexuales.
Ahora las mujeres casadas que se quedan en la comunidad
realizan las actividades o representan aJos maridos, y se en-
cargan de las labores del campo, en caso de tener tierras.
Por otro lado, empiezan a salir mujeres jóvenes solteras a
trabajar a Estados U nidos y, en algunos casos, se van sin la
aprobación ni la supervisión familiar; se van con amigas que
ya han ido y que saben cómo conseguir trabajo y vivienda.
También se da un cambio muy interesante en la cotidiani-
dad de los migrantes en Estados Unidos. Se dan formas de
interacción y de cooperación en actividades nunca antes rea-
lizadas entre ellos. Como la gran mayoría de los que se van
son hombres, entre varios (de 1 O a 20) rentan una casa o de-
partamento y entre ellos mismos se organizan para la lim-
pieza, las compras y la elaboración de las comidas. Los nue-
vos, los recién llegados que no están entrenados en dichas
ESPACIOS DE CONFORMACIÓN DE lA IDENTIDAD ÉTNICA ~ 2 3
actividades, ayudan a lavar trastes, etc., mientras van apren-
diendo a cocinar o a ir de compras como los demás.
Como puede observarse, hay una serie de cambios en las
prácticas de los papeles sexuales que aún no sabemos qué
cambios más profundos vayan a provocar al dejar de ser si-
tuaciones excepcionales o temporales. En fin, esta situación
ejemplifica la complejidad de las situaciones. No obstante,
sostengo que predomina una racionalidad instrumental en
su manejo de lo externo, de lo no propio.
Volviendo a lo anterior, tenemos que, a partir del concep-
to de ciudadano, se puede encontrar el límite del grupo. Esa
vía nos lleva al análisis de la pertenencia, no por la persisten-
cia de ciertos rasgos culturales o por la enunciación subjetiva
de una determinada identidad, sino por el elemento a partir
del cual se articula la diferencia.
Esta vía quizá nos permita entender cómo se mantiene y
se reproduce la identidad étnica en las comunidades indíge-
nas en la actualidad, en donde si bi en éstas ya no se mantie-
nen aisladas, con un alto grado de autonomía en sus decisio-
nes internas y con la capacidad de mantener un imaginari o
totalizante, a la manera de lo que plantea Carmagnani
( 1 988), sí se mantienen como diferentes y con una dinámica
hasta cierto punto propia.
Antes de continuar, voy a exponer y reflexionar acerca de
los planteamientos de Carmagnani. Dicho autor trabaja en
lo que denomina "proceso de reconstitución de la identidad
étnica en Oaxaca, en los siglos XVII y xvm". Está interesado
en entender cómo ocurre el proceso de reconstitución de la
identidad a partir de la Conquista; en sus propias palabras:
"entender cómo los grupos étnicos lograron, paso a paso,
hacer compatible la dominación colonial y neocolonial con
la voluntad de seguir siendo ellos mismos".
2
Considera que el proceso de reconstitución de la identi-
2
Carmagnani, l 988, p . 11.
224 MARTHAJUDITH SÁNCHEZ
dad se produjo a partir de los años de 1620 se
consolidó entre fines del siglo XVII y primera rrutad del siglo
XVIII y se expande hasta que en 184 7 y 1853
va conquista en la que se vuelve a destruir la Identidad mdia.
Plantea que ese proceso de reconstitución "permite a
sociedades indias reelaborar y proyectar al futuro un patn-
monio étnico; desarrollar una nueva racionalidad, una nue-
va lógica, diferente de la prehispánica, pero no por ello me-
nos india que la precedente".
3
.
El primer elemento de su análisis es el relativo a la
rialidad. Cree que ese primer elemento favorece la reconsti-
tución étnica, que es una primera dimensión que permite
reformular la etnicidad sin que pueda explicarla totalmente.
Hay otra dimensión que posibilita la persistencia de las so-
ciedades indias en el tiempo, que veremos más adelante.
Respecto a la primera dimensión, la territorialidad, consi-
dera que la fase de reconstitución se inicia cuando los gru-
pos indios dan señales de recuperación de su cosmovisión
mediante la recuperación de su alianza con la divinidad:
En el curso de los siglos XVII y XVIII el espacio es percibido con-
cretamente como una serie de puntos: cerros, cuevas, iglesia,
pueblo, milpa, a los cuales los individuos y la comunidad pue-
den constantemente hacer referencia. A partir de esta idea ex-
tremadamente concreta del espacio, cuyo fundamento es la
alianza establecida entre la divinidad y la comunidad, se estruc-
tura la idea de un "territorio étnico" diferente de la idea de un
territorio político-administrativo colonial.
4
Como se mencionó, además del elemento de la territoria-
lidad, existe otra dimensión que permitió la reconstitución
étnica que el autor denomina las estrategias económicas y
sociales de la etnicidad. Dichas estrategias permiten evitar
3 !bid., p. 14.
4
Carmagnani, op. cit. , p. 50.
ESPACIOS DE CONFORMACIÓN DE LA IDENTIDAD ÉTNICA 225
un nuevo proceso traumático, pues las "individualiza, insti-
tucionalizando los mecanismos económicos, sociales y polí-
ticos que actúan en la vida cotidiana de las unidades familia-
res y las orienta hacia la satisfacción de las necesidades
presentes y futuras".
5
Otro elemento que aborda es el de la jerarquización de la so-
ciedad y la política. Las nuevas y diferentes necesidades en y
entre los pueblos y la necesidad de una mayor regulación lleva
a una organización de tipo jerárquico: "Esta jerarquización te-
rritorial favorecerá la superación de las tensiones dentro de los
pueblos y entre los pueblos y maximizará, por lo tanto, la cola-
boración territorial".
6
El autor plantea que esa unión entre di-
vinidades-territorio étnico-jerarquía es la que permite que el
grupo étnico conserve y defienda su forma de vivir y sentir gra-
cias a un sistema coherente, fuertemente integrador, capaz de
empujarlo a través de símbolos y a través de la organización y de
la gestión dé los recursos materiales e inmateriales. De ahí, en-
tonces, que gracias a la existencia de un imaginari o totali zante
los grupos indios puedan convivir con otros gmpos étnicos que
posean un imaginario totali zan le, aunque diferente.
7
El autor señala posteriormente, aunque sin desarrollarlo
ampliamente, que un segundo embate a los grupos indios
ocurrió en el corto periodo de 184 7 a 1853. Ese embate a su
identidad fue del grupo mestizo-blanco.
El trabajo que mencionamos es el único que toca esa pro-
blemática con los grupos indios de Oaxaca. Hacen falta, por
tanto, investigaciones que desde diferentes perspectivas
(histórica, sociológica y antropológica) den cuenta del o de
los procesos de reconstitución de la identidad étnica de los
grupos indios de Oaxaca después de 1853.
5
/bid., p. 109.
6
!bid., p. 187.
7
/bid. , p. 229.
226 MARTHAJUDITH SÁNCHEZ
A manera de hipótesis, también consideramos que, si bien
no existe en la actualidad un "imaginario totalizante" en lasco-
munidades indias, sí ha habido un proceso de reconstitución
de su identidad que sucede en distintos ámbitos y con diferente
fuerza. En ese proceso de reconstitución un primer elemento
que sobresale es la importancia y vigencia de la organización
político-religiosa interna y su flexibilidad para resistir la pre-
sencia de numerosos embates y para manejar sus recursos tan-
to naturales como humanos. El hecho de que la migración sea
un fenómeno presente en las comunidades desde hace por lo
menos tres décadas y que no haya desintegrado la organiza-
ción interna y los vínculos y pertenencias de los migrantes con
sus comunidades, muestra la fuerza y la flexibilidad de las co-
munidades y la voluntad de seguir conservando lo que ellas
consideran propio e importante. En este artículo queda esbo-
zada una vía de entrada para abordar ese fenómeno; no obs-
tante, queda por desarrollar ese planteamiento.
Finalmente, expondremos brevemente cómo se manifiesta
la diferencia, la otredad. Esa diferencia que planteamos que se
expresa en el concepto de ciudadanía origina formas de orga-
nización económica, política y sociocultural específicas. Hay
que aclarar que esas formas de organización no están aisladas
de su contexto más general: regional en un nivel y nacional en
otro. Esto es, esas formas de organización se encuentran en
una relación de dependencia respecto a esos niveles y las afec-
tan internamente en todas sus dimensiones. La situación y las
políticas económicas, sociales y culturales nacionales y regiona-
les influyen directamente en la comunidad. No es el objetivo
de este artículo analizar los diferentes momentos históricos y
las maneras en que mayor o menormente dichas comunidades
han sido afectadas debido a políticas más globales. Lo que sí es
innegable es que, a pesar de lo anterior, dichas comunidades
conservan lo que ellos denominan como "la costumbre", que
imprime una forma distintiva de organización. No importa
ESPACIOS DE CONFORMACIÓN DE LA IDENTIDAD ÉTNICA 227
tampoco aclarar si esa forma distintiva es percibida por ellos o
por los otros como "indígena", ya que ese concepto tiene toda
una historia y connotaciones que no siempre son aceptadas
por los miembros de las comunidades. Aceptarse y definirse
propiamente como indígena depende de las comunidades.
Por ejemplo, los más viejos de la comunidad crecieron con el
estigma de ser indígenas, ya que fueron objeto del discurso y la
política gubernamental que tenía como objetivo "integrar",
"aculturar" a dichas poblaciones y, por lo tanto, borrar todas
las huellas de lo indio. Por su parte, las generaciones más re-
cientes se enfrentan a un discurso más ambiguo. Si bien a nivel
de discurso se acepta y fomenta la existencia de diferentes gru-
pos culturales y étnicos en el país y se estimula la recuperación
y la conservación de sus rasgos culturales, en los hechos se si-
gue estigmatizando a los "inditos" y se les sigue considerando
como pobres e ignorantes a los que es necesario integrar a la
verdadera cultura.
Por lo tanto, no es importante determinar si esas pobla-
ciones aceptan la denominación de indígenas; lo que impor-
ta es que ellos y los otros se definen como diferentes. Esa di-
ferencia la definen los miembros de la propia comunidad
como consistente en lo siguiente: que siguen conservando
"la costumbre" que heredaron de los antiguos, y esa costum-
bre hace que tenga una "forma de vida diferente". Por ejem-
plo, en la manera en que se organizan políticamente al inte-
rior de la comunidad, en la forma en que practican y el
papel que tiene su religiosidad, en la celebración de varias
festividades, la fiesta titular, las bodas o fandangos, etc. Hay
quienes también ven esa diferencia en su forma de trabajo
(son campesinos), y hasta hay quienes señalan que esa dife-
rencia tiene, asimismo, un fundamento de tipo físico, seña-
lando las características corporales y de agudeza mental y fi-
sica diferentes de las de los miembros de otras comunidades
indígenas y no indígenas.
228 MARTHAJUDITH SÁNCHEZ
A manera de conclusión, señalamos los siguientes ele-
mentos:
En el caso de las comunidades zapotecas del valle encon-
tramos en la actualidad elementos que nos hacen pensar en
la persistencia de su diferencia, que hemos denominado co-
mo "identidad étnica zapoteca" .
Esa identidad se articula por comunidades, no en térmi-
nos más amplios, como podría ser un grupo lingüístico o un
área geográfica.
Esa identidad se expresa en las comunidades estudiadas a
través del concepto de ciudadanía.
Un elemento que consideramos central en la persistencia
de esa identidad es su flexibilidad para adaptarse a las cam-
biantes condiciones a las que se enfrenta y se ha enfrentado
la comunidad.
U na de esas condiciones es la de la migración de sus
miembros a diferentes lugares, tanto dentro como fuera de
las fronteras del país.
Los migrantes continúan "perteneciendo" a su comuni-
dad a través de diferentes vínculos.
Queda, por lo tanto, detallar los procesos por medio de
los cuales la persistencia de la identidad se opera en la actua-
lidad tanto en migrantes como en nativos, y conocer históri-
camente cómo se ha reconstituido la identidad de dichos
grupos, y de acuerdo con Carmagnani entender cómo se re-
constituyó esa identidad, especialmente después del último
embate que sufrieron los grupos indios por parte del grupo
mestizo-blanco.
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Odena Güemes, Lina, "Enclaves étnicos en la ciudad de
México y área metropolitana",en Anales, México, 1983, pp.
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Orellana S., Carlos, "Mixtec Migrants in Mexico City. A
Case Study of Urbanization", en Human Organization, s/ e,
1973, pp. 273-283.
GÉNERO, FAMILIA
E IDENTIDAD CULTURAL
Orden simbólico e identidad femenina
Estela Serret
Introducción
La formulación de la identidad femenina como problema
no es un hecho casual; su solo planteamiento nos habla de
una serie de supuestos teóricos, políticos, históricos y cir-
cunstanciales, que conviene no olvidar si queremos situar en
una dimensión adecuada esta cueslión.
En efecto, la investigación sobre este tema sólo ha podido
hacerse, con el sentido que ha cobrado ahora, a partir de
que la "cuestión femenina" misma se convirtió en un proble-
ma; esto es, a partir de que la subordinación social de las
mujeres dejó de ser considerada un hecho natural y se evi-
denciaron sus causas sociales y culturales. Desde entonces el
problema para las feministas ha sido encontrar (construir)
una imagen de la mujer alternativa a los modelos tradicio-
nales; perfilar el rostro de una "nueva mujer" que rompa
con el esquema milenario de la desigualdad (que no la dife-
rencia) entre los sexos. Es esta preocupación la que da conte-
nido al problema que hoy nos ocupa. Al abordarlo pretende-
mos básicamente proponer una visión alternativa con
respecto al tratamiento que tradicionalmente ha recibido al
interior del feminismo. Trataremos de explicar por qué.
231
232 ESTELASERRET
Para el común de los análisis feministas, la preocupación
por la identidad femenina generalmente se traduce en una
pregunta: ¿Qué es verdaderamente la mujer? La evidente in-
fluencia que sobre el feminismo ha ejercido la filosofía polí-
tica humanista hace que el problema de la construcción de
una nueva identidad femenina se reduzca a la necesidad de
"descubrir" la verdadera esencia de la mujer supuestamente
oculta, oprimida por siglos de dominación patriarcal. De es-
te modo, los diversos esfuerzos enfocados por esta perspecti-
va llevan a igual número de callejones sin salida: aa mujer es
esencialmente igual al hombre?, y si no lo es, ¿en qué consiste
la diferencia? ¿Intervienen la maternidad y la constitución
física en la definición de la esencia femenina?, y de no ser
así, ¿cuáles son los factores fundantes de su identidad? En
nuestra opinión, todas estas preguntas, al igual que el su-
puesto que las funda, representan falsos problemas.
Al elegir algunas tesis del psicoanálisis para intentar abor-
dar desde otra perspectiva el problema de la identidad fe-
menina, hemos querido, sumándonos a la crítica feminista
al biologicismo, pensar cómo la desigualdad sexual se es-
tructura por factores culturales, es decir, simbólicos, y a la
vez tomar distancia del supuesto humanista.
Haciendo una lectura particular de ciertas tesis psicoana-
líticas, hemos logrado precisar y complejizar el problema de
la identidad de las mujeres. Quedan, desde luego, muchas
cuestiones por resolver, pero su planteamiento nos ubica ya
en un campo riguroso y fructífero.
La identidad en el psicoanálisis
Comenzaremos pues, por ofrecer una idea muy general de
cuál es la concepción psicoanalítica de la identidad. En prin-
cipio, este concepto, que nos distancia de su contenido co-
GÉNERO, FAMILIA E IDENTIDAD CULTURAL 233
mún o filosófico, nos desplaza, sin embargo, fuera de la con-
notación presente en diversos análisis sociales, incluido el
feminista, consistente en pensar la identidad como un con-
junto de cualidades absolutamente particulares que distin-
guen en su peculiaridad a un grupo o a un sujeto. En contra
de esta idea, para el psicoanálisis la identidad es, ante todo,
la c,alidad de idéntico. En tanto calidad, la identidad no exis-
te por principio, sino que se constituye mediante una acción
que se conoce como proceso de identificación:
Identificación: Proceso psicológico mediante el cual un sujeto asi-
mila un aspecto, una propiedad, un atributo de otro y se trans-
forma, total o parcialmente, sobre el modelo de éste. La
personalidad se constituye y se diferencia mediante una serie de
identificaciones ... El concepto de identificación ha adquirido
progresivamente en la obra de Freud el valor central que más
que un mecanismo psicológico entre otros hace de él la opera-
ción en virtud de la cual se constituye el sujeto humano.'
De este modo, podemos considerar que la identidad es el
resultado del proceso de constitución de la subj etivida 1, con
lo cual parecería confirmarse la tesis que más arriba criticá-
bamos, pero, a diferencia de lo que en ella se dice, encontra-
mos que esta subjetividad es compleja y contradictoria, re-
sultado de un proceso de múltiples identificaciones, aunque,
como condición para su existencia, en el sujeto se crea la ilu-
sión de ser única, propia, diferente, coherente y eterna. Para
decirlo de otro modo, la constitución de la identidad equiva-
le en el psicoanálisis a la constitución del yo. La importancia
de aquel concepto es que nos habla precisamente del tipo de
proceso que se sigue en la conformación de esta instancia,
pues, como dijimos, desvela la ilusión yoica de unidad, par-
ticularidad y permanencia para afirmar su existencia con-
1
Laplanche y Pontalis, 1983, pp. 184-185.
234 ESTELA SERRET
flictiva en tanto formada a partir de múltiples identificacio-
nes. En este sentido, la pregunta por la identidad femenina
en el psicoanálisis, lejos de indagar por las cualidades esen-
ciales y eternas de la feminidad, es un intento por explicar
cuál es el proceso (en términos más abstractos y universales)
mediante el cual se construye la subjetividad en general y la
femenina en particular, partiendo del supuesto de que exis-
te una diferencia fundamental en la configuración de las
identidades de los dos géneros.
Atendiendo a lo anterior, procuraremos mostrar en un
sentido muy general cuáles son los elementos decisivos para
la constitución primaria del sujeto desde la visión que nos
ocupa.
La primera idea, para nosotros fundamental, es que el
psicoanálisis nos permite escapar de una lógica determinista
que atribuye un correlato necesario entre realidad biológica
y existencia subjetiva, en tanto que concibe al sujeto como
resultado de una serie de procesos simbólicos y no como el
efecto de cualquier conjunto de cualidades "naturales".
El sentido de esta concepción es comprender cómo el
mundo humano, cultural, tiene su propia especificidad; es
decir, que es un mundo construido, no "natural". Cultura
implica ordenación, organización y atribución de sentido
ejercidas sobre una realidad que por sí misma no tiene nin-
gún orden ni significa nada.
2
Esta serie de significaciones or-
denadoras de la realidad se expresan, se aprehenden y se
transmiten a través de símbolos. El sujeto no tiene de ningu-
na manera una existencia precultural. Su existencia depen-
de de la misma dinámica que configura la cultura.
Para explicar el proceso de constitución de la subjetivi-
dad, Lacan construye los conceptos de lo real, lo simbólico y
lo imaginario con los cuales designa tres registros con lógi-
cas y funcionamientos particulares. En lo esencial, podemos
2
Cfr. Freud, 1981, y Geertz, 1989.
GÉNERO, FAMILIA E IDENTIDAD CULTURAL 235
definir lo real como el mundo realmente existente (que ha
sido llamado "natural"). Lacan retoma de la lingüística el
concepto de símbolo para designar precisamente la intro-
ducción de un orden significativo:
... un pensamiento simbólico ... es un pensamiento conceptual, sin
intuición empírica. En efecto, deslinda el concepto de toda intui-
ción de objeto. Así, el simbolismo no tendrá otra significación que
la formal, esto es, la significación dependerá de la coherencia de
las relaciones. Un símbolo no es más que un operador de estructu-
ra, es un medio para efectuar oposiciones distintivas, combinacio-
nes indispensables para la existencia de una estructura
significante. Esencialmente, constituye una expresión indirecta.
Su condición consiste en no ser aquello que representa.
3
De este modo, el orden simbólico organiza para el sujeto
el caos originario, y por ello es condición básica de la exis-
tencia del yo. Ahora bien, la forma particular como percibe
el sujeto aquello que le preexiste como mundo real es lo que
se denomina "imaginario"; para que la subjetividad se confi-
gure (y no devenga psicosis) es necesario que exista la me-
diación ordenadora de lo simbólico.
Hasta aquí hemos dicho que el orden simbólico atribuye
significación y organiza un mundo de por sí no ordenado;
ahora es necesario que nos detengamos a reflexionar sobre
cuáles son las implicaciones derivadas de esta organización.
En primer término, la ordenación conlleva necesariamente
el de límites, de marcas y de diferenciacio-
nes; en la constitución de la cultura, desde el punto de vista
de Lévi-Strauss, la marca fundamental, que posibilita la exis-
tencia de las sociedades porque establece el principio de in-
terdependencia, es la prohibición del incesto acompañada
por la división sexual del trabajo.
4
3 Rifflet-Lemaire, 1981, p. 103.
4 Lévi-Strauss, 1985 y 1987.
236 ESTELA SERRET
Siguiendo un proceso similar, la constitución de la subjeti-
vidad depende de la instauración de diversos límites o ma:-
cas que permitan al sujeto ubicarse como Uno. Este d_evemr
no está exento de conflictos, pues, como puede adivmarse,
la delimitación del yo implica necesariamente una escisión,
una pérdida; la noción precisa de que fuera de uno está todo
lo otro. Esta pérdida o falta que funda la subjetividad
bién, en consecuencia, funda el deseo y por ello la posibili-
dad de la cultura. En tanto que la falta es constituyente, sim-
bólica, no puede nunca ser satisfecha, con riesgo de
pérdida de la subjetividad, y este hecho, como veremos mas
adelante, interesa de manera fundamental a nuestro proble-
ma. Por ahora conviene centrarnos en otra reflexión.
Para el sujeto la ordenación simbólica se realiza, como
veíamos, a partir de ciertas identificaciones que proceden a
estructurar su yo asociándolo con cierto tipo de cualidades y,
muy fundamentalmente, disociándolo de u_n
dor fundamental de todo sujeto (que matiza el sigmficado
de cualquier otra cualidad) es la del género,_ mis-
ma que en toda cultura significa la asunciÓn de un conJunto
de cualidades que se suponen connaturales al sexo, pero que
varían considerablemente de una sociedad a otra.
5
Así, el ser simbólicamente "hombre" o "mujer" se convier-
te en un distintivo esencial del yo, y la forma como se asume
la propia identidad depende en gran medida de lo que se es-
pera que uno sea de acuerdo con su género. La de
concebir el propio cuerpo se resignifica cuando el sujeto no-
ta la diferencia biológica, a partir de la percepción previa de
su identidad femenina o masculina y de lo que de ella puede
esperar.
Hasta ahora sabemos que femenino o masculino pueden
querer decir cosas muy diversas de
dad; la única constante es que lo femenmo se ha visto siem-
5
Mead, 1982.
GÉNERO, FAMILIA E IDENTIDAD CULTURAL 237
pre (hasta donde sabemos) como lo inferior. Cabe pregun-
tarse, entonces, cuáles serían las características constitutivas
de la subjetividad específicamente femeninas.
Los estudios de Freud sobre sexualidad femenina lo lle-
van a construir un modelo básico de interpretación, bastante
conocido, que ubica a la histeria como la cualidad funda-
mental del sujeto femenino, en cuanto está conformada por
el complejo proceso del desplazamiento de su amor de la
madre al padre, pero sin tener la posibilidad de fundar la
imagen de su madre como ideal del yo. Sin embargo, no es
ésta la única interpretación que Freud hace de la subjetivi-
dad de las mujeres. La otra, que ciertamente ocupa un lugar
marginal en su obra, se refiere a los estudios sobre narcisis-
mo femenino. En ellos el autor habla de la constitución de
una subjetividad poderosamente atractiva que no se ama
más que a sí misma. Al parecer, el secreto de su encanto es la
apariencia enigmática que hace a los hombres tener siempre
la impresión de que hay "algo" que las mujeres ocultan, algo
que por ser desconocido es a la vez profundamente temido y
deseado por el género masculino. Así, la idea de Freud vaci-
laría entre la imagen de la mujer histérica y la de la mujer
narcisista.
Es en este punto donde quisiéramos retomar la elabora-
ción que hace Lacan del problema. Como veíamos, la es-
tructuración de la subjetividad hecha por el orden simbóli-
co implica la escisión originaria del sujeto que será
simbolizada como pérdida, falta o carencia; pues bien, para
Lacan, quien se apoya en diversas elaboraciones freudia-
nas, el significante de la falta (y a la vez de la completud) es
el Falo. Esto implica que el Falo es el símbolo de la totalidad
de la cual el sujeto se escinde, y por ello es el símbolo de lo
que ha perdido, de lo que, en tanto sujeto, le falta. En este
sentido, todo sujeto, y no sólo las mujeres, se estructura a
partir de la carencia.
238 ESTELA SERRET
El problema básico es que toda subjetividad se configura
gracias a la referencia fálica (para decirlo en términos de La-
can, no hay Otro del Otro -que es el Falo-), por lo que
existe una evidente dificultad al tratar de definir en su parti-
cularidad la subjetividad femenina. Lo que Freud llama "el
enigma de la mujer", que la hacía aparecer tan atractiva pa-
ra el otro sexo, se explica para Lacan por la ausencia de un
significante "otro" del Falo, que, sin embargo, aparece per-
manentemente como promesa.
El hecho de que el pene (real) se imaginarice por el niño co-
mo desprendible, fuente de su placer y definitorio de su yo ha-
ce que se simbolice el lugar de la falta y de la completud como
un Falo. En este sentido, a las mujeres, que no tienen pene, "no
les falta nada"; no tienen, en términos imaginarios, nada que
perder. Para el sexo opuesto aparecen por ello como una pro-
mesa permanentemente incumplida de completud.
En consecuencia, lo que caracterizaría a la subjetividad fe-
menina desde el punto de vista de la constitución primaria
de su identidad sería la cualidad enigmática, no sólo frente a
los demás sino también ante sí misma. Esta distintiva condi-
ción de misterio, que remite a una supuesta verdad oculta
(en realidad, inexistente), marcaría desde el inicio a la iden-
tidad femenina en términos de una fuerte conflictividad.
Hasta aquí, muy rápidamente expuestas, algunas tesis bá-
sicas del psicoanálisis sobre la identidad. Procederemos a ex-
plicar cómo a partir de ellas hemos elaborado algunas ideas
más sobre este tema.
l.
J Identidad individual
1
social
L-
Como hemos visto hasta ahora, el psicoanálisis nos propor-
ciona los elementos para replantear el problema de la iden-
tidad fuera de los ámbitos biologicista y humanista.
GÉNERO, FAMILIA E IDENTIDAD CULTURAL 239
El argumento utilizado durante siglos para relacionar la
identidad de la mujer con su capacidad reproductiva puede
desmantelarse fácilmente a través de esta lógica y compro-
barse fehacientemente gracias a las pruebas que aporta la
antropología.
En efecto, diversos estudios antropológicos nos ayudan a
comprobar que la relación del cuerpo con la identidad no es
una relación real sino imaginaria, ordenada por lo simbóli-
co. Encontramos casos de sociedades, como la de los nuer en
África central, en las cuales ciertas mujeres biológicas son
elegidas para ser esposos y padres y, en consecuencia, para
asumir todas las características sociales de la masculinidad;
en otra sociedad, en cambio, los hombres (o lo que nosotros
consideraríamos como tales por sus características físicas)
son obligados a fingir un parto y el niño que resulta de éste
se atribuye a su cuidado.
6
En estos casos, como en muchos
otros, el cuerpo no es el factor decisivo para asignar una
identidad, ni siqui era la identidad de género. En una cultura
como la nuestra, en la que el cuerpo sí se considera decisivo
para asignar identidades, lambi én podemos enconl ra r mt'd-
tiples casos que nos indican que ésa es sólo una relación alri-
buida y de ninguna manera natural, como lo son los niños
que tienen la apariencia genital exterior de pertenecer a un
sexo cuando los genitales internos muestran otra cosa, o los
niños a los que deliberadamente se les simula un aparato ge-
nital femenino. En todos los casos se ha demostrado que la
asunción de identidad genérica obedece a la educación y no
a la conformación genética u hormonal (Oakley, 1977). Así,
la identidad femenina depende necesariamente de una va-
loración social particular.
Hasta ahora, cuando hablamos de identidad o subjetivi-
dad femenina hemos supuesto que la entendíamos en térmi-
nos individuales, es decir, que nos referíamos a la constitu-
6
Lévi-Strauss, 1987.
240 ESTElA SERRET
ción de las estructuras primarias de la subjetividad. Sin
embargo, un punto fundamental de nuestro problema con-
siste en saber si esa constitución particular se traduce en una
identidad social de las mujeres.
En primer lugar, el psicoanálisis nos habla de una serie de
estructuras universales cuyos contenidos particulares son
absolutamente específicos; sin embargo, en nuestra opinión,
no puede ignorarse el hecho de que existe una relación es-
trecha entre el papel y la imagen social de las mujeres, por
un lado, y la forma como se ha estructurado su identidad
primaria, por otro.
Lajerarquización, desfavorable para las mujeres, entre fe-
menino y masculino es una constante en todas las culturas
conocidas, independientemente de los contenidos específi-
cos que a uno y otro término se atribuyen. Evicdentemente,
para nosotros, esta valoración, que como toda estructura
ideológica se reproduce en la familia, influye de un modo
decisivo en la forma como se imaginarizan los elementos
fimdamentales en la configuración de la subjetividad. La de-
sigualdad sexual implica necesariamente la existencia de re-
laciones de poder que se reproducen como estructuras valo-
rativas. En este sentido, no puede escapársenos el hecho de
que hombres y mujeres reciben un trato diferenciado (y desi-
gual) desde el momento mismo de su nacimiento que influ-
ye necesariamente en la percepción de su propio cuerpo
cuando descubren la diferencia física. El hecho de constituir
al Falo como símbolo de la completud tiene que ver cierta-
mente con el mecanismo propio de la psicología infantil, co-
mo lo describió Freud, pero creemos que también existe una
fuerte influencia de la valoración social que se le da a este
símbolo (por asociación al pene real) en las formaciones cul-
turales. Si bien estas estructuras primarias y valorativas son
fundantes del sujeto y la cultura, esto no quiere decir que
sean inmutables. Tan no lo son que hay algo que de hecho
GÉNERO, FAMILIA E IDENTIDAD CULTURAL 241
está en proceso de transformación en las sociedades occi-
dentales desde que la situación de inferioridad de la mujer
comenzó a considerarse como un problema y ya no como un
hecho natural. Lo que no podemos decidir de antemano es
hacia dónde tiende esa transformación, pero, en todo caso,
es altamente conflictiva y ha producido rupturas y diferen-
cias más o menos importantes en una identidad social que
hasta ahora podría considerarse relativamente homogénea.
Lo más que podemos hacer por ahora es referir algunas ten-
dencias presentes en la reformulación de la identidad feme-
nma.
La identidad social de las mujeres
La reflexión anterior nos coloca en posición de elaborar al-
gunas consideraciones más sólidas sobre la identidad social
de las mujeres, de modo que este concepto pierda sustan-
cialmente el carácter de ambigüedad por el que hasta ahora
se ha distinguido. Para ello hemos de insistir en que el análi-
sis antes desarrollado nos inscribe en una lógica particular
de conceptualización cuyo distintivo es subrayar la impor-
tancia del ordenamiento simbólico en la construcción de las
diversas realidades culturales y, muy especialmente, de las
subjetividades individuales y sociales, invalidando enfática-
mente cualquier tipo de supuesto humanista o biologicista
que pretenda explicar desde las esencias o los cuerpos (rea-
les) los fenómenos antes aludidos.
Ubicados en este escenario, parece pertinente mostrar,
como requisito para elaborar cualquier otra reflexión, que,
en efecto, existe algo susceptible de ser denominado como
"identidad (social) femenina"; esto es, que en términos de su
percepción y ubicación social, la cualidad genérica constitu-
ye un elemento fundamental para construir a las mujeres co-
mo sujetos, de tal manera que funciona como un elemento
242 ESTELA SERRET
de identificación situado por encima de cualquier otro (y
que, en este sentido, es un factor de demarcación entre la
conducta sociopolítica de hombres y mujeres aun al interior
de sujetos "mixtos" que interpelan desde otro tipo de cuali-
dades a ambos géneros). Procuraremos, pues, explicar en
qué sentido sostenemos la pertinencia de una categoría co-
mo la que da título a este apartado. .
Hasta ahora, hemos utilizado el concepto de orden sim-
bólico para dar cuenta de la forma como se construyen las
identidades particulares de las mujeres, y hemos señalado la
similitud con este proceso existente en el nivel de la constitu-
ción de las culturas, lo que podríamos expresar de la si-
guiente manera: "el reordenamiento simbólico es
necesaria para la producción de lo cultural, y de lo subjetiVO
en los niveles particular y social".
En este contexto, hemos afirmado para el caso de los suje-
tos que el género es un ordenador primordial; ahora lo sos-
tenemos también en el caso de las culturas y, en consecuen-
cia, de la configuración de las identidades sociales.
En efecto, en la cultura y en todas las sociedades particu-
lares los símbolos masculino y femenino no se limitan a esta-
blecer una diferencia entre los sexos, sino que organizan con
un sentido específico los diversos valores fundamentales
atribuyendo lugares, campos de influencia y jerarquías se-
gún la adscripción a uno u otro marco simbólico. Aunque,
como vimos, lo que se asocie a cada término puede ser am-
pliamente variable, existen algunas constantes en la atribu-
ción de sentidos que asocian con masculino y femenino, res-
pectivamente, cultura y naturaleza, orden y caos, público y
privado, superior e inferior.
Las razones de esta atribución tienen que ver con las con-
diciones míticas de fundación de la cultura, tema sobre el
cual no podemos explayarnos aquí. Sin embargo, nos im-
porta subrayar el hecho de que en todas las sociedades que
GÉNERO, FAMILIA E IDENTIDAD CULTURAL 243
han funcionado de acuerdo a un modelo de estructuración
tradicionaF (y que, por lo tanto, implica una fuerte cohesión
derivada de un sistema de valores monolítico) lapo-
tenCia de los esquemas mítico-universales ha sido incuestio-
nablemente un factor primordial en la configuración de las
identidades sociales.
En este tipo de sociedades las mujeres han compartido,
más allá de la pertenencia a diversas clases, grupos o estra-
tos, las cualidades de la subordinación, el misterio (se atribu-
ye a lo femenino una calidad de incognoscible que genera el
doble efecto de producir temor y necesidad de control) y la
reclusión al ámbito de lo privado.
Lo fundamental, entonces, para definir la identidad fe-
menina en las sociedades tradicionales sería su confinación·s
'
la disociación respecto de todo asunto de gobierno y de toda
opinión sobre los sucesos atinentes al funcionamiento del
cuerpo social.
Si aceptamos el supuesto anterior, nos encontramos con
la necesidad de pensar en qué medida ha variado este es-
quema en las denominadas sociedades modernas.
Partiendo de la conceptualización de rrwdemidad que la aso-
cia ante todo con un doble proceso de racionalización y secula-
rización, veremos que las condiciones fundamentales para la
edificación de la identidad femenina, en los términos que fue-
ron reseñados más arriba, se ven seriamente cuestionadas. Bá-
sicamente, porque esa asunción relativamente homogénea de
una identidad colectiva dependía de fundamentos valorativos
7
Las caracterizaciones de "tradición y modernidad" utilizadas se ubi-
can en el contexto de conceptualización weberiana y de algunas ideas al
respecto elaboradas por Habermas. Véase, especialmente, Weber, l 978, y
Habermas, 1989.
8
Hablar de confinación de las mujeres no es afirmar que todas las ta-
reas que se les han asignado socialmente se realicen en el ámbito domésti-
co, sino que, cualquiera que sea la labor que desempeñen (así fuese la caza
o la recolección), su importancia es siempre subvalorada y nunca son la-
bores que gocen de reconocimiento como algo público.
244 ESTELA SERRET
míticos y, por ello, excluyentes, orrmiabarcantes, globalizado-
res. Los ordenadores míticos son altamente cohesionadores,
entre otras cosas, porque aparecen como garantías absolutas
de Verdad en tanto que estarían fundados en una supuesta Ley
Natural que, como tal, es irrebatible y no permite cuestiona-
mientas.
El proceso de "desencanto" propio de la modernidad, al
cuestionar estas verdades a través de la racionalización cien-
tífica, pulveriza la unicidad de criterios valorativos y genera
una enorme diversificación de los principios que dan senti-
do a las prácticas sociales y organizan identidades colectivas.
Si uno de los elementos definitorios de la identidad feme-
nina fue su reclusión, su pertenencia al ámbito de lo priva-
do, la progresiva incorporación de las mujeres a los diversos
espacios públicos, como resultado del proceso moderniza-
dor, necesariamente ha debido introducir cambios en esta
realidad. Por otra parte, el cuestionamiento de la subordina-
ción femenina, que durante siglos fue considerada como un
hecho natural, aunado al control eficaz de la fecundidad, ha
modificado sustancialmente la asociación de las mujeres con
una naturaleza incontrolable (identificada con la "función"
de la maternidad) y con su incapacidad práctica o moral pa-
ra realizar labores públicas.
Esto significa, ante todo, que los referentes en torno a los
cuales se construye la identidad femenina se multiplican y
complejizan, de modo que en la modernidad difícilmente
puede seguirse hablando de una subjetividad social de las
mujeres. El progresivo acceso femenino a espacios tradicio-
nalmente considerados como exclusivos del sexo masculino
ha diversificado los intereses y los ámbitos de participación
social de las mujeres, que, de esta forma, han ido integrán-
dose en sujetos sociales no definidos por la adscripción de
género.
A pesar de ello, creemos que podemos seguir sosteniendo
GÉNERO, FAMILIA E IDENTIDAD CULTURAL 245
la idea de que en las sociedades donde existe en mayor o
menor medida una tendencia modernizadora el concepto
de identidad femenina sigue siendo pertinente aunque con
él debamos aludir más bien a diversos tipos de identidades,
porque a pesar de ello continúan formándose primordial-
mente en referencia al género (no importa que el posiciona-
miento mismo respecto a la feminidad presente diferencias
considerables). Así, los elementos que siguen siendo refe-
rencia básica en la construcción de la identidad femenina
dentro de los parámetros de la modernidad son:
1) La conciencia de la subordinación. A partir del cuestionamiento
de las causas "naturales" de la desigualdad realizado por el
feminismo, las mujeres no han podido ignorar su posición
de subordinación socialmente producida que antes de este
cuestionamiento era tomada simplemente como un dato.
Con independencia de la posición que se tome frente a la
desigualdad (a favor o en contra, afirmando su naturalidad
o negándola, legitimando el papel tradicional de las muje-
res o proponiendo alternativas), es un hecho innegable que
lo único que no se puede hacer en este tipo de sociedades es
ignorarla como problema. Hombres y mujeres, pero parti-
cularmente estas últimas, definen su participación y su
identidad social a partir de un posicionamiento necesario
frente a la subordinación femenina.
2) El cuerpo corno factor de identidaá. Como antes dijimos, la simbo-
lización tradicional implica una asociación íntima entre lo
femenino y la naturaleza, lo cual, en el caso de las mujeres,
ha significado su identificación inmediata con un cuerpo im-
posible de civilizar, cuyas funciones "naturales" constituyen
de una vez y para siempre una marr:a de destino.
La sociedad occidental ha generado, como una de sus ca-
racterísticas, un saber pormenorizado y exhaustivo sobre el
246 ESTELA SERRET
cuerpo y sobre el sexo que ha producido un doble efecto:
por un lado, el riguroso control "científico" de la(s) sexuali-
dad( es) (médico, terapéutico, psiquiátrico) y, por otro, como
reverso de la misma operación, el relevamiento de lo sexual,
que se ha convertido en signo privilegiado de la verdad, del
lugar del misterio por excelencia, del último reducto de lo
esencial, cuyo develamiento promete producir un efecto de
máxima liberación.9
Tomando en cuenta la concepción tradicional que asocia
a la mujer con el cuerpo y con el sexo, esta peculiar puesta en
discurso de ambos no ha dejado de afectar la forma de cons-
trucción de la identidad femenina. En efecto, el protagonis-
mo contemporáneo de la sexualidad se ha visto acompaña-
do de alguna forma por una creciente centralidad del
"problema de la mujer", que se ha presentado como una
profusa discusión social sobre el placer, la fisiología, la salud
corporal y la reproducción. La preocupación por el goce fe-
menino (antes inédita), así como por el conocimiento y el
control del cuerpo, son referentes primordiales en la cons-
trucción moderna de la identidad de las mujeres (sin impor-
tar, de nuevo, cuál sea la posición que se adopte al respecto).
Así, tenemos que las identidades femeninas en las socieda-
des occidentales se caracterizan por su conflictividad antes que
por su coherencia; se constituyen en su mayoría al interior de
diversos ámbitos públicos, pero todavía enfrentan un discurso
que las reclama para lo privado; se configuran al interior de so-
valorativamente a partir de ideologías
de social, pero enfrentan múltiples reclamos que las
asocian con la diferencia jerarquizada; forman parte como in-
dividuos de múltiples y diferentes sujetos sociales al interior de
los cuales conservan una identidad peculiar referida al género.
Todas estas características están definidas pensando en las
modificaciones que la modernidad corrw tendencia predominante
9
Cf Foucault, 1983.
GÉNERO, FAMILIA E IDENTIDAD CULTURAL •247
ha ocasionado. Cuando tratamos de analizar la forma que estas
mismas características adoptan en sociedades en las cuales esta
tendencia es relativamente débil y coexiste con fuertes estructu-
ras tradicionales, como la nuestra, las identidades femeninas
presentan un rango aún mayor de conflictividad.
Así, aunque la modernización haya afectado en forma evi-
dente los modos de vida de una amplia proporción de muje-
res, en lo que se refiere, por ejemplo, a su incorporación ma-
siva a los mercados de trabajo, esto no se ha traducido en
una modificación de las concepciones valorativas tradicio-
nales, lo que se explica por la importancia diferenciada que
ha tenido la modernización económica frente a la moderni-
zación cultural. Los ideales, la autopercepción y los precep-
tos normativos que definen las identidades sociales siguen
atendiendo a un modelo tradicional en el caso de un núme-
ro sustancial de mujeres incorporadas al mercado de traba-
jo, la educación superior o la profesionalización de otro tipo.
Lejos de producirse una influencia decisiva de la incorpora-
ción al trabajo sobre la asunción valorativa, la identidad se
configura con un margen mayor de conflictividad en aque-
llas sociedades en las que la tendencia modernizadora al ni-
vel cultural no ha operado con la misma eficacia que en el ni-
vel económico.
Así, podemos sostener que los elementos que señalamos
como definitorios de la identidad femenina, aunque afecta-
dos por diversos factores externos, siguen jugando un papel
fundamental en la estructuración subjetiva organizada de
nuestras sociedades por un particular orden simbólico.
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LAS FAMILIAS,
LAS CULTURAS, LAS IDENTIDADES
(Notas de trabajo para motivar una discusión)
1
Vania Salles
2
Todas las familias son un melodrama.
FEDERICO CAMPBELL
3
Producción y transmisión de cultura vía familia
Las relaciones familiares al mismo tiempo que producen
cultura (entendida en su acepción laxa como gen raclora de
identidades y de formas de acción y de convivencia íntima)
1
Estas notas forman parte de una reflexión más amplia vertida en dos
ponencias recientemente elaboradas: "Cuando hablamos de familia ¿¿e
qué familia estamos hablando?" y "Trabajo familia y salud: una perspecti-
va relacional". Con ideas que versan sobre un mismo tema, en ellas acen-
túo problematizaciones distintas. El presente trabajo retoma algunos as-
pectos de los demás textos indicados, sin embargo, hay el deseo de
proporcionar una integración diferente, centrada sobre todo en cuestio-
nes culturales y de formación de identidades. Como esta integración es
difícil y la exposición contiene muchas especulaciones y pocas demostra-
ciones, decidí subtitular la ponencia para recalcar su carácter preliminar.
2
Agradezco a Mario Bronfman, Orlandina de Oliveira y María Luisa
Tarrés la cuidadosa lectura del texto y sus comentarios y a Graciela San
Juan el apoyo brindado para su terminación.
3
De la columna "Máscara negra", dedicada a comentar Voces de familia,
de Harold Pinter, en La jornada Semanal, núm. 53, México, D. F., 17 de ju-
nio de 1990.
249
250 VANIASALLES
son ámbitos vehiculadores y reproductores de elementos
culturales macrosociales y previamente producidos, los cua-
les son interpretados y asimilados según las idiosincrasias
propias de las personas que componen el grupo y protago-
nizan la vida familiar.
Aunque sea problemático afirmar que hay tantas sub-
culturas como cuantas familias existan,
4
pues hay contex-
tos socialmente conformados que funcionan como pará-
metros organizadores de los arreglos familiares, creo
poder trabajar con la idea de qaé en las familias se gene-
ran una multiplicidad de elementos culturales de natura-
leza original. .
Recalcar la presencia de contextos sociales conformado-
res de las relaciones privadas es crucial, sobre todo, si este
énfasis no resta importancia a la posibilidad de una autono-
mía expresiva en comportamientos, actitudes, etc. (Schultz,
Bergery Luckmann). Esta postura da un matiz diferente a la
adoptada por ciertos enfoques etnometodológicos que
acentúan exageradamente las acciones de individuos y de
pequeños grupos, y al hacerlo o, de hecho, exclu-
yen la integración del entorno social y de su peso sobre las
relaciones privadas.
La existencia de una hermenéutica
A pesar de que los procesos hermenéuticos se realizan sobre
objetivaciones ya dadas, externas a la persona, ésta, al "leer-
las", las interpreta a su manera. Es por esto que toda herme-
néutica carga con el peso de la subjetividad. En general, la
interpretación implica una apropiación de la cosa interpre-
4 Véase, por ejemplo, Nye y Mac Dougal, quienes en su conocido texto
Do Families have Suhcultures proporcionan una argumentación sugerente
sobre este tema.
lAS FAMILIAS, lAS CULTURAS, LAS IDENTIDADES 251
tada que puede traducirse en la formación de un marco ge-
nerador de prácticas. O sea, el término hermenéutica aquí se
usa para significar una interpretación que implica un mea-
ning (Bleicher, 1981) y que predispone a la persona a una
acción. Pero existe también la posibilidad de que esta apro-
piación se quede al nivel subjetivo, sin manifestarse en prác-
ticas, como lo veremos más adelante al tratar la cuestión de
las identidades. Esto se explica porque muchas de las inter-
pretaciones están vinculadas a una suerte de relación de
uno-consigo-mismo.
Lo que de universal tiene la cultura para instituir modali-
dades privadas de relación constituye la base misma de la
producción de rasgos culturales con características particu-
lares. Es decir, las familias y sus integrantes no son recepto-
res pasivos de la cultura, sino activos, y su capacidad de in-
terpretar les permite producir mediante un abanico variado
de prácticas formas particulares de relacionarse y de vivir la
cultura. Por esto es posible aludir al hecho (muy rescatado
en las novelas y en la dramaturgia) de que una familia nunca
es igual a otra, a pesar de compartir con las demás ciertos
rasgos básicos.
Aquí convendría desarrollar algunas ideas que se remiten
a dimensiones distintas del problema: la habilidad interpre-
tativa (hermenéutica), que tiene un contenido personal in-
negable y es, stricto sensu, exclusiva de los individuos, po-
dría ampliarse a grupos y, en este caso, representaría una
amalgama de diferentes interpretaciones personales produ-
cidas en su marco. Así, los grupos en sí mismos tienen una
habilidad interpretativa que forzosamente refleja las herme-
néuticas individuales sin representar la suma de ellas. El
proceso, entonces, funcionaría desde la lógica de un sistema
que no es reductible a ninguna de sus partes formadoras y
tampoco representa su yuxtaposición, sino algo nuevo (en el
caso, una interpretación). A su vez, pertenecer a un grupo
252 V ANIA SALLES
que interpreta la cultura de una manera y no de otra tiene
influencia sobre la hermenéutica desarrollada por la perso-
na. Pero también esta hermenéutica, como parte integrante
de la interpretación grupal, termina por influirla, estable-
ciéndose así una imbricada red en la que difícilmente se aís-
lan los distintos hilos; tal es el caso de las elaboraciones in-
terpretativas ubicadas en un espacio comunicacional. La
dificultad, sin embargo, no implica una imposibilidad, como
lo veremos más adelante con las alusiones a los conflictos in-
tergeneracionales de jóvenes y adultos de la familia que se
originan a partir de lecturas distintas de las pautas culturales
y de acciones correspondientes a estas diferencias. En efec-
to, parecería necesario estudiar a los intérpretes para obtener
elementos que permitan captar lo que de individual tiene la
hermenéutica desarrollada en un ambiente comunicacional
marcado por relaciones que, además de íntimas, son reitera-
tivas (como en la familia nuclear).
Cabe señalar igualmente que las relaciones familiares y
los elementos culturales por ellas creados varían según la
ubicación espacio-temporal y económica del grupo familiar
(no es lo mismo ser familia de clase obrera que burguesa; no
es lo mismo vivir en el D.F. o en la frontera norte; es muy
distinto pertenecer a la generación de 1968 que haber naci-
do en 1990). Estas ubicaciones añaden atributos a las idio-
sincrasias individuales y grupales, estimulando hermenéuti-
cas diferenciadas y formas desiguales de apropiación (y por
lo tanto, microsubculturas diversificadas).
Por esta razón es importante tener presente la idea de que
las posibilidades interpretativas de la cultura (tomada como
un constructum social que se hereda) son diferentes según las
personas y los grupos. Siguiendo a Bourdieu, las produccio-
nes culturales históricamente acumuladas en la sociedad no
pertenecen de igual manera a todas las personas que en ella
viven, sino más bien a las que disponen de medios para
LAS FAMILIAS, LAS CULTURAS, LAS IDENTIDADES 25'S
apropiárselas, y esto ocurre a pesar de que en forma virtual
estas producciones son ofrecidas a todas.
5
Esta visión se vincula con la de poder cultural y cultura he-
gemónica, a su vez inseparable de las relaciones entre fuer-
zas y grupos sociales, lo que transforma tanto la producción
como la apropiación de la cultura en un campo de disputa.
En efecto, es la crítica a las teorías que conciben la cultura
como "una propiedad indivisa de toda la 'sociedad'" (entre
otros autores; Bourdieu y Passeron, 1977, p. 15) lo que per-
mite un acercamiento tendiente a denunciar la disparidad
en las formas de apropiación.
La variabilidad de estas formas, a pesar de guardar víncu-
los con la situación biográfica de la persona (los mecanismos
adquiridos y las habilidades acumuladas por un niño, inde-
pendientemente de su condición de clase, son menores que
las de un adulto, por ejemplo), están ampliamente influidas
por la modalidad de su inserción social (y la de su familia) en
una estructura de relaciones estratificadas.
El proceso de distribución que "controla" el acceso a la
cultura no solamente se remite sino más bien refuerza las
relaciones asimétricas entre individuos y grupos sociales
(Bourdieu). Esto quiere decir que la cultura, por no ser in-
terpretada, vivida y adquirida equitativamente, debe ser
tomada como base para la generación de desigualdades.
Así es como la problemática del acceso diferencial a las
culturas dominantes se vincula con la del poder y la domi-
nación.
Sin reducirse a ello, es a partir de la carencia real en la
apropiación de la cultura institucionalizada en escuelas y
universidades (y también de la producida por la industria
cultural) que sectores de la juventud pobre en México pro-
5
García Canclini (1986, p. 55), al discutir la organización cotidiana de
la dominación, sistematiza en términos similares esta misma idea. Véase
igualmente Salles y Smith, 1987.
254 V ANIA SALLES
ducen culturas alternativas (como, por ejemplo, la de los
chavos banda).6
Es a partir de una carencia simbólica (que significa una des-
valorización, una no credibilidad y una ausencia de sentido
en la apropiación y actualización de las culturas dominantes)
que culturas alternativas son producidas por representantes
del pensamiento crítico, en estado de no marginación eco-
nómica. Esto significa una posición protagónica en el aludi-
do campo de disputa.
Estos ejemplos deben ampliarse con la idea de que las cul-
turas dominantes (cuyas formas de dominio se dan bajo pro-
cesos no monolíticos y según la creación de una postura arti-
culada desde la perspectiva de la hegemonía) proponen una
suerte de programa en su sentido social reglamentador del
deber ser femenino y masculino.
La "reglamentación", elaborada a través del discurso filo-
sófico, ético, estético, científico y político anclado en la pers-
pectiva, en las prácticas y en las visiones de mundo masculi-
nas, mantiene una ubicación subordinada para la mujer.
Aunque pueda enmarcarse en las cuestiones referidas a una
estructura de relaciones de clase (como en los dos ejemplos
anteriores), esta situación las sobrepasa para ubicarse en el
panorama de las desigualdades intergenéricas.
Las mencionadas "reglamentaciones" circulan e influen-
cian las interpretaciones sobre la feminidad (y también so-
bre la virilidad). Pero esto no impide las variabilidades her-
menéuticas: no todas las mujeres, no todos los hombres
interpretan la cultura (y se autointerpretan) según los patro-
nes sociales previamente inculcados. Y al comportarse así
producen también culturas alternativas.
La estructura de distribución (socialmente instituida) de
la cultura revela su concepción como un bien cuya apropia-
6
Véase José Manuel Valenzuela Arce ( 1 98 8) para un acercamiento a
distintas manifestaciones juveniles.
LAS FAMILIAS, LAS CULTURAS, LAS IDENTIDADES •255
ción se da a partir de un ámbito relacional de intercambio
(mercado), en donde se reflejan las diferencias de acceso,
definidas por varios elementos, y entre ellos uno de impor-
tancia: el bagaje (en términos de cultura, redes de relacio-
nes, etc.) acumulado por grupos y personas.
En Bourdieu y Passeron (1977), el concepto de capital
cultural resume y explica esta realidad, ya que desmitifica
la cultura considerada como "propiedad indivisa de toda la
'sociedad"' y remite a la heterogeneidad en el acceso y en
la acumulación de los bienes culturales. A este propósito,
Kenett (citado por Apple y Wexler, 1984) afirma que "hay
difundido en un espacio social, un capital cultural compa-
rable al capital económico, transmitido por herencia e in-
vertido a fin de ser cultivado".
7
En el sentido anteriormente indicado (y en el uso metafó-
rico otorgado a la cultura, denominada, sin serlo rigurosa-
mente, un capital: que se acumula, se hereda y se intercam-
bia en un mercado), el acento está puesto en la
reproducción. De esta reproducción, como mencioné ante-
riormente, se hacen cargo varios sujetos y ámbitos relaciona-
les (con distintos grados de institucionalización), entre los
que cobra importancia la familia. . .
Aun cuando striclo sensu no sea correcto aludtr a la extsten-
cia de culturas rígidamente delimitadas y compartimentali-
zadass según periodos, generaciones, familias y clases socia-
7 Este párrafo fue tomado de Vania Salles y Marcia Smith, 1987.
s Tal vez hay que introducir un matiz para la cuestión de los grupos ét-
nicos, y su importancia variará según los grados de preservación de las
tradiciones, según su inserción e impacto de la cultura grupal en el pano-
rama cultural más amplio, según las permeabilidades del grupo a estepa-
norama. y aquí cabe una alusión esquemática a la compleja idea de Lé-
vi-Strauss sobre las dos fuerzas contradictorias que actúan en el marco de
la la una que tiende a la unificación
y la otra a la diversificanon. Ve,ase tambten, para dtferentes _vtstones l,a
problemática de la R'?dolfo Stavenhagen, Gilberto Gtme-
nez, Claudio Lomnitz y AleJandro Ftgueroa.
256 VANIASALLES
les, el hecho de compartir valores de una generación o de un
grupo o la pertenencia de una familia a una clase social, por
ejemplo, influencian las modalidades interpretativas (her-
menéuticas) y condicionan las formas posibles de apropia-
ción y, por lo tanto, de producción (a nivel individual y fami-
liar) de culturas.
Sin negar lo anteriormente dicho, que las familias elabo-
ran una multiplicidad de elementos culturales de naturaleza
original, el énfasis en este momento está en las condiciones
(relacionales) y en los condicionantes que recaen sobre su
producción. O sea, una distribución a priori desigual (visuali-
zada a partir de las variaciones en la apropiación de la cultu-
ra) determinará a posteriori posibilidades igualmente desi-
guales de producción. (Esto alude a los esquemas de la
reproducción ampliada en Marx.)
Extendiendo lo dicho hasta aquí, quiero destacar la idea de
que "las participaciones" de personas y grupos, incluyendo el
familiar, en el proceso de reproducción cultural (tomando co-
mo un macro proceso) son desiguales, porque al ser herederas
o al tener acceso a cosas diferentes, en cuanto a calidad y can-
tidad, se generan habilidades asimétricas para interpretar la
cultura (macrosocialmente instituida), lo que incide tanto en
las prácticas productoras de nuevas culturas como en las re-
productoras. Así, las desigualdades no se restringen al mero
ámbito reproductor: más bien, los condicionantes allí obser-
vables deben extenderse y encontrar su fundamento en las
formas posibles de producción de cultura.
Pienso que esto ocurre muy a pesar de que entre las accio-
nes individuales y grupales y la reproducción/producción
(vistas desde la perspectiva de los macroprocesos) existe to-
da una suerte de mediaciones que impiden pensar en una
relación de causa y efecto; o sea, a mayor cultura, mayor
"participación", porque si así fuera sólo los individuos perte-
necientes a la alta cultura, que tienen inculcados niveles cua-
lAS FAMILIAS, lAS CULTURAS, lAS IDENTIDADES 257
litativa y cuantitativamente importantes, participarían del
proceso. De igual manera, se tendría una visión homogenei-
zante de la cultura dominante, que, por el contrario, deja es-
pacios para otras culturas que no lo son (como la popular en
general, la de grupos étnicos particulares), manteniéndolas,
no obstante, en la categoría de subordinadas.
El cómo se transmiten generacionalmente las herencias
culturales y el contenido mismo de las acciones productoras
de cultura son ininteligibles si nos basamos en análisis que
privilegien en exclusiva a los individuos o a un grupo parti-
cular y presten poca (o nula) atención al marco más amplio
en que se insertan. Hay una suerte de referencia obligada al
contexto,
9
tomado como un espacio en cierto sentido homo-
geneizador y controlador que no excluye la posibilidad de
creación y expresión de prácticas que escapan a controles y
homogeneizaciones. En este espacio circulan y se intercam-
bian normas, valores, percepciones atadas a símbolos, etc.,
producidos macrosqcialmente.
Además, la composición del contexto
10
y la naturaleza de
las ubicaciones (espacio/temporales, etc.) que lo definen ten-
drán una influencia historizante sobre las relaciones familia-
res. Así es que las formas de producción y distribución del
poder en el interior de la familia son manifestaciones cultu-
rales que han variado a lo largo de distintas épocas, y algu-
nas formas que han sido legitimadas en el pasado, como el
9 En otros trabajos vinculados con la familia campesina, este contexto
lo relacioné con la comunidad de pertenencia del grupo familiar, sin per-
der de vista que el contexto local está sumergido en "comunidades" más
am¡lias, como la nacional.
1
Por ejemplo, en un contexto marcado por grados elevados de indus-
trialización, el incremento del consumo familiar y su naturaleza, a pesar
de tener un componente de sensibilidad cultural por parte del consumi-
dor, se remite forzosamente a la amplitud y variedad de la oferta propor-
cionada por la industria. Para una visión amplia sobre la importancia del
contexto en la reproducción y en los cambios culturales, véase Daniel
Bell, 1990.
258 VANIASALLES
poder patriarcal, hoy día pierden importancia. Otras moda-
lidades de vínculos intergéneros e intergeneraciones, que
desembocan en acciones de violencia física, son en la actuali-
dad negativamente sancionadas, aun cuando se registren
abundantes casos de niños y niñas maltratadas y de mujeres
golpeadas.
Esta sanción negativa se encuentra en diversas manifesta-
ciones culturales posmodernas que critican los aspectos vio-
lentos de la modernidad. Prueba de ello es la película de Pe-
ter Greenaway El cocinero, el ladrón, su esposa y el amante,
que transforma la subordinación de la mujer y de niños/jóve-
nes en una suerte de condensación ejemplar de la cultura de
la violencia intergéneros e intergeneraciones.
Desde una postura escénica y metodológica distinta, ejem-
plos críticos del fenómeno de la confinación femenina (tomada
como una categoría analítica amplia e inserta en los marcos
que rigen la división sexual del trabajo) se ilustran en 40m
2
de
Alemania, película de Tevfik Baser, en la que se privilegian los
rasgos espaciales del mencionado fenómeno, sin que se pier-
da la dimensión de la violencia que ello implica.
De igual manera, las presiones sociales para que las muje-
res de algunas clases no trabajaran extradomésticamente sí
pueden representar, en términos generales, una suerte de
violencia simbólica, y se debilitaron, aunque la ideología de
la división sexual del trabajo permea pautas culturales que
organizan las relaciones intergéneros de muchas familias.
En la formación de parejas, la cohabitación y el derecho a
procrear suelen estar socialmente regidos por instituciones
(como el matrimonio), que son creaciones culturales macro-
·ocialmente controladas, sea a partir del Estado o a partir de
las éticas religiosas y de las formas rituales derivadas de ellas.
A pesar de que el matrimonio como institución reglamen-
. da por sistemas como el Estado, la Iglesia u otros haya re-
td y siga rigiendo las uniones, la normatividad implicada
LAS FAMILIAS, LAS CULTURAS, LAS IDENTIDADES 259
en este control ha sido parcial, pues existen las uniones que
se hacen en los márgenes de lo establecido. Esta parcialidad
se ha incrementado en el periodo más reciente, lo que se re-
fleja en el aumento de las uniones consensuales.
En estudios hechos en Francia se detecta este aumento,
que no obstante sufre variaciones según sectores sociales di-
ferentes, regiones o generaciones. Interviene también el ci-
clo en que se encuentra la pareja formada, siendo que el na-
cimiento del primer hijo introduce modificaciones en las
percepciones frente al matrimonio. Otro cambio recurrente
en las relaciones familiares, que en cierta medida es una con-
secuencia del anterior, se refiere a la expansión de las sepa-
raciones consensuales.
11
La tendencia al crecimiento en las uniones y desuniones
no sancionadas por las leyes civiles y por las costumbres reli-
giosas significa un retraimiento hacia el ámbito privado (que
es bastante propio de la contemporaneidad) de prácticas y
costumbres, referidas a un acto que ha estado rígidamente
normado por sistemas controladores de la vida cotidiana.
Las mencionadas discrepancias, tangencialmente presenta-
das con los ejemplos indicados, que redefinen costumbres di-
versas, incluyendo las de naturaleza íntima y familiar, ilustran
las variabilidades hermenéuticas que, al remitirse a formas dis-
tintas de relación (apropiación-rechazo) con culturas domi-
nantes y con las ideologías anidadas en instituciones de diversa
índole, inducen a prácticas diferentes: algunas significando
pervivencias, otras apuntando la emergencia de cambios. Esta
imbricación de elementos de conservación y de cambio complejiza
los estudios de las relaciones familiares y de sus vínculos con la
producción-reproducción de la cultura.
11
Véase, para México, el tema del divorcio y de las separaciones con-
sensuales en Ojeda y González, 1990, y Ribeiro et al., 1990. Desde una
perspectiva más amplia, el tema de las uniones es estudiado por Quilo-
drán, 1988.
260 V ANIA SALLES
El objetivo de esta parte fue aportar argumentos para re-
futar la idea ampliamente enraizada de que la familia fun-
ciona como una suerte de cadena de transmisión de cultura.
Esta función evidentemente la cumple. No obstante, está
acompañada por otras que van más allá de la simple trans-
misión, lo que otorga a las relaciones familiares (y a las per-
sonas que las protagonizan) un papel crucial en la produc-
ción de cultura y, por ello mismo, en la producción de los
cambios culturales.
12
Estos últimos pueden ser referidos a
transformaciones en los órdenes simbólicos que definen a la
cultura, a las modalidades con que las personas, grupos e
instituciones la representan y, en consecuencia, a los nexos (y
sentidos) que le otorgan.
Finalmente, quisiera precisar que aun cuando nexos y
sentido estén macrosocialmente programados, existen las
habilidades interpretativas que apuntan hacia modalidades
particulares de captarlos. Así es que, además de la función
instrumental evidente que pueda dar sentido a productos
culturales, como el coche, el vestido
13
(transportar, vestir),
hay una suerte de fünción simbólica ineludiblemente vincu-
lada a su uso, cuya "instrumentalidad" es subjetiva y sirve
para afianzar positiva o negativamente la autopercepción y
la alterpercepción (es decir, en este caso, la percepción que
12
Pero los cambios culturales no son reductibles a la familia y, como lo
señala Bell (1 990), dependen de procesos variados observables en núcleos
distintos al familiar y entre ellos cobran importancia los que están inme-
diatam.ente ligados a la producción artística en general. Entre los proce-
sos vana dos y los contextos que inciden en las transformaciones en la cul-
tura, están también los que se remiten a las políticas del Estado (para la
situación mexicana actual, esto se ilustra con el Tratado de Libre Comer-
cio y sus posibles implicaciones en la cultura).
13
Estos dos ejemplos los tomo de Carda Canclini (1 986), quien los uti-
li.za para ilustrar tanto cuestiones del nexo cultural como los rasgos mate-
nales que sostienen las elaboraciones simbólicas. Marcuse, en El hombre
unidimensional, explota de modo muy interesante las funciones simbólicas
de algunos productos de la industria cultural y también las que cumplen
los coches en la sociedad norteamericana.
LAS FAMILIAS, LAS CULTURAS, LAS IDENTIDADES '261
los otros tienen de uno). Estas dos percepciones podrán va-
riar si se trata o no de un coche nuevo, de un modelo valora-
do como dador de prestigio; si se trata o no de un vestido de
moda y de marca, que además de tener una utilidad, su uso
es un símbolo de prestigio. Entonces, al sentido dado por la
función inmediatamente instrumental se adjunta aquel que
está más de cerca atado a símbolos. Desde esta perspectiva,
los de la interpretación y la valoración que implica se
remiten simultáneamente a una lógica monológica (la auto-
percepción) y a una dialógica (enmarcada en los posibles
entre la autopercepción y la percepción que los
otros tienen de la persona). Estos últimos elementos, ilustra-
dos al nivel del individuo, pueden aplicarse a grupos y ámbi-
tos relacionales de distinta naturaleza (como el familiar) y
serán retomados en los capítulos sobre las identidades.
En el próximo apartado busco destacar la importancia de la
familia como ámbito de socialización que al funcionar de esta
manera deviene un espacio crucial en la formación de las iden-
tidades. Pero como la socialización y la formación de las idenli-
dades sobrepasan el ambienlc famili ar, me rcmili ré igualmen-
te a otros espacios socializadores.
La socialización en este trabajo está tomada como un con-
junto de procesos que ocurren desde siempre en la relación
del recién nacido con el otro (en general, la madre o la per-
sona que desempeña su papel), implicando aspectos resigni-
ficadores que ocurren en el marco de la identificación. La so-
cialización es considerada también en sus desdoblamientos
posteriores, lo que impide referirla a un momento (o apenas
a algunos) de la formación de la persona. En efecto, los "ac-
tos" socializadores acompañan al individuo desde su naci-
miento y sólo terminan con la muerte. Finalmente, es im-
portante tener en cuenta que no todos los actos
socializadores involucran un aprendizaje o una "enseñanza"
intencional y racionalmente programada.
262 VAN lA SALLES
Entorno íntimo, socialización e identidad
A pesar de haber sido despojada de algunas de sus funciones
y de la reactualización de otras heredadas del pasado, la fa-
milia contemporánea cumple aún varias funciones vincula-
das con la reproducción en su carácter amplio.
La producción y reproducción de la especie humana invo-
lucra fenómenos biológicos cuyo entorno es cultural. Para
una suerte de posición eufémica con relación a lo
biológico, Lévi-Strauss (1 968, p. 48) afirma que "sin duda la
familia biológica está presente y se prolonga en la sociedad
humana. Pero lo que confiere al parentesco su carácter de
hecho social no es lo que debe conservar de la naturaleza: es
el movimiento esencial por el cual el parentesco se separa de
ésta".
Este planteamiento de Lévi-Strauss es importante en sí
mismo y además juega un papel relevante en el enfoque
adoptado en este trabajo para estudiar a la familia, con énfa-
sis en la cultura.
En efecto, algunos eventos referidos a la perpetuación de la
especie humana, como las modalidades de procreación y tam-
bién la crianza de la prole, implican componentes culturales.
El hecho de que el marco privilegiado para la constitución
de la prole sea la familia también se vincula con la cultura.
Asimismo, las relaciones referidas a la maternidad y a.la pa-
ternidad son culturalmente construidas a pesar de encerrar
actos naturales como la concepción y el parto. Son la simbo-
logía y las percepciones vinculadas al hecho de ser padre y
madre, y las prácticas reproductivas cambiantes según socie-
dades y momentos históricos (incluyendo hoy día, más que
antes, la posibilidad de elección en cuanto a tener o no hijos,
tamaño de'la prole, etc.), lo que permite definir a estos even-
tos como actos de cultura.
Por estar insertas en contextos diferentes, las costumbres
lAS FAMILIAS, lAS CULTURAS, lAS IDENTIDADES 263
que orientan la crianza de hijos e hijas son variables, pero
en todos los casos tienen el atributo universalmente insti-
tuido de desarrollar la socialidad. Aun cuando a lo largo
del proceso de desarrollo de la socialidad se presente la
apropiación de un conjunto de elementos que stricto sensu
no son cultura, gran parte de lo que se transmite es la cultu-
ra. Bajo la categoría de socialización, este desarrollo impli-
ca, como lo veremos en el próximo capítulo, diferentes eta-
pas (que pueden no ser secuenciales sino simultáneas) y
diferentes grados de intensidad y de efectos sobre la forma-
ción de las identidades.
La estructura y la organización familiar inciden en la for-
mación de las identidades, no solamente como una instancia
empírica y de presencias y verbalizaciones captadas
al nivel del aparente. Creo, más bien, que la incidencia ocu-
rre mediante una mezcla compleja que, ciertamente, en-
cuentra una de sus dimensiones en las mencionadas presen-
cias y verbalizaciones, pero incluye varias otras (a veces más
importantes) que operan medi ante los contenidos latentes.
Es por esto que la formación de las identidades se produce
también en un mundo de invisibilidades, de intransparen-
cias. Este desplazamiento es importante pues permite
la problemática en cuestión del ámbito de las estructuras
programadas y concretas para localizarla en el ámbito de las
no intencionalidades (que coexisten con los aspectos inten-
cionales de las prácticas de convivencia familiar).
Como la familia es histórica y variable, y como hay mode-
los familiares insertos y organizados por culturas y subcultu-
ras diferenciadas, la socialización desplegada en su marco
constituye un acto de cultura que integra pasados (heren-
cias) y elementos contemporáneos de culturas presentes.
Pero la variabilidad de los modelos familiares se encuen-
tra sumergida en la existencia de ciertos rasgos básicos que
tienden a normativizar las relaciones familiares. Los rasgos
264 VANIASALLES
básicos, a pesar de estar vinculados a los imperativos de na-
turaleza biológica que inciden sobre la familia (el aparea-
miento, el sexo, etc.) y de poder ser remitidos a cuestiones
de estructuras (como, por ejemplo, la familia compuesta por
padre/madre/hijos/hijas), van más allá, para ubicarse en de-
terminados órdenes simbólicos. Los mencionados rasgos tam-
bién incluyen reglas de carácter universal, tales como las que
se organizan en torno al tabú del incesto, para mencionar
apenas una que, según la antropología, es fundadora de la
familia humana (Lévi-Strauss).
La familia tiene diversas conceptuaciones y significados, pe-
ro un rasgo coincidente en algunos discursos consiste en consi-
derarla como el ámbito principal (pero no exclusivo) de pro-
ducción y reproducción de relaciones sociales de naturaleza
íntima.l
4
Las elecciones amorosas tienden a construir parejas y
las parejas tienden a construir relaciones familiares, sobre to-
do, bajo la ideología del amor romántico. Goode y Linton tra-
bajan con la categoría del amor romántico que sintetiza una
suerte de fusión de las elecciones eróticas y amorosas en una
especie de ideal que ata y desata (en los casos del divorcio an-
clado en la frustración de este ideal) las relaciones familiares.
15
Lugar privilegiado para experimentar situaciones vitales,
permeadas de afectos y también de desafectos, pienso que la
familia puede ser tomada como uno de los ámbitos constitu-
tivos del mundo-de-vida. Evidentemente, la vida cotidiana
vista desde su dimensión social, anclada en la conformación
de la intersubjetividad, no es reductible a la familia, pero tie-
ne en ella una de sus instancias formadoras.
16
14
Estas relaciones evidentemente extrapolan el ámbito familiar.
15
Sus reflexiones (sobre todo las de Goode) se remiten al contexto de
las familias norteamericanas. En el caso de las elecciones amorosas y eró-
ticas de carácter no heterosexual, se introducen nuevas complejidades
resfecto a las relaciones familiares.
1
Este aspecto, apenas aludido aquí, está desarrollado en mi texto
"Nueve miradas sobre la familia".
lAS FAMILIAS, lAS CULTURAS, lAS IDENTIDADES 265
Las relaciones que unen a los diferentes miembros de la
familia se inscriben en una perspectiva diacrónica, pues
tienden a proporcionar las condiciones (para satisfacer ne-
cesidades de distinto orden: biológicas, de adquisición de
normas de comportamiento moral, sexual, etc. )
17
requeridas
para la reproducción generacional del grupo.
De esta manera, se puede enfocar a la familia como ins-
tancia garantizadora de la producción de individuos que
sustituirán a las generaciones que mueren. Estas relaciones,
que están influidas por diversos factores, como, por ejem-
plo, el desempeño económico del grupo (que dictará el esti-
lo y la calidad de vida que se logra) lo sobrepasan y le impri-
men una dinámica propia, que se manifiesta en la sucesión
de nacimientos, crecimientos y muertes (o sea, en los ciclos
de vida), fenómenos a su vez ligados a formas culturales que
rigen las modalidades adoptadas para la constitución de pa-
rejas, para la crianza y percepción cultural de la niñez.
Estos aspectos constituyen parte de las funciones genera-
les de la familia, aunque puedan no ser exclusivas de ella.
Las relaciones familiares se despliegan en diferentes di-
mensiones, siendo que es un atributo de la familia nuclear la
convivencia en un espacio común (la casa, el hogar) compar-
tido por sus miembros, quienes, además, mantienen relacio-
nes de variada naturaleza e intensidad con parientes locali-
zados en otras casas y otros hogares. Los vínculos de los
17
La referencia a las necesidades se remite a la manera en que el elenco
de valores de una cultura estructura y define lo que constituye una necesi-
dad en el marco de ésta. Hay, en este sentido, una suerte de énfasis en el
carácter relativo de los contenidos de la necesidad, ya que ellos variarán
en función de la naturaleza de las pautas que los conforman. Pienso que
esto ocurre a pesar de que pueda haber necesidades biológicas cuyos re-
querimientos mínimos son universales (comer, por ejemplo). Lo que, sin
embargo, no implica la universalidad en la obtención de estos requeri-
mientos. El hambre en el mundo ilustra la idea permitiendo vincular la
cuestión de la necesidad con la de justicia y también enmarcar el logro de
su satisfacción en los ámbitos de un campo de disputa.
268 VAN !A SALLES
empieza en los ambientes familiares
20
los sobrepasa para en-
contrar sus elementos formadores en espacios relacional es
de naturaleza no familiar, algunos de ellos institucionaliza-
dos (como, por ejemplo, la escuela en sus diversos grados,
incluyendo la universidad) y otros que, sin serlo, cumplen
una función crucial como ámbitos socializadores, tales como
los grupos de amigos, de amigas, las bandas juveniles. Sim-
mel (1922) enfatiza la importancia de la pertenencia a gru-
pos en la conformación de la persona. Lo que la gente es, lo
que piensa de sí misma está circunscrito por la naturaleza de
su pertenencia grupal. Con referencia a esta cuestión, afir-
ma: "la génesis de la personalidad [es] el punto de intersec-
ción de un sinnúmero de influencias sociales y el producto
final de herencias derivadas de una gran diversidad de gru-
pos y periodos de ajuste".
Esto apunta hacia el hecho de que la socialización es un
proceso amplio que tiene lugar en el marco de la interacción
(tomada en términos sociales) e implica no solamente la con-
vivencia en grupos restringidos como la familia u otros, sino
también la exposición a ambientes socializadores distintos a
aquellos ubicados en el seno de contactos interpersonales, in-
trae intergrupales (es decir, ubicados en redes de relaciones).
Entre estos ambientes socializadores (que no se reducen a
los mencionados contactos y que más bien reflejan acciones
de grupo sin constituir grupos en sí mismos), debemos in-
cluir la cultura cristalizada en el cine, en el teatro y en los
medios de comunicación en general; la que circula en forma
escrita, incluyendo la literatura, la filosofía, la ciencia, etc.;
la que está reflejada en la danza, en la música, en los museos
20 Como lo veremos más adelante, la producción de nuevas generacio-
nes entendidas en el marco de lo masculino/femenino empieza con el ·
proceso de identificación y de formación de las identidades
entre las cuales están las de género. Los alud1dos procesos se rem1ten, so-
bre todo, a las relaciones familiares, aunque pueden no ser exclusivos de
ellas.
LAS FAMILIAS, LAS CULTURAS, LAS IDENTIDADES 269
y en las obras de arte en ellos contenidos; la que enmarca e
inspira la construcción de las ciudades.
Sin pretender agotar todos los ambientes socializador:s,
no obstante, es importante incluir la cultura política (que m-
terviene como los demás de forma mediada en la formación
de identidades) como un espacio socializador que propor-
ciona habilidades de lectura, interpretación y acción sobre la rea-
lidad que guardan diferencias con las habilidades adquiri-
das en los otros ambientes mencionados. Pienso que este
conjunto de elementos de contexto, que alude clara-
mente a la socialización, funciona como redes mediadoras
de la relación establecida entre el individuo que interpreta y la
"cosa" interpretada. De allí que las identidades humanas sean
ininteligibles sin una perspectiva de estudio que tenga igual-
mente el atributo de ser relacional y rescatadora de las me-
diaciones.
Evidentemente, la cultura política, tomada como vector so-
cializador y como una estructura mediadora en la formac.ión
de las identidades, tiene un espectro sumamente diversifica-
do y amplio. Por esto no hay que olvidar que el cor:ser-
vador representa una modalidad de interpretar, vivencmr y
digerir la cultura política, que permite y conduce a de
acción distintas a las propias del espíritu crítico y propositivo de
nuevas pautas culturales y de estilos transformadores de las
relaciones sociales.
Además, como ya lo he dicho, los mecanismos socializa-
dores acompañan a las personas desde su nacimiento y sólo
terminan con la muerte, lo que les otorga el carácter de un
proceso de larga duración que, no obstante, guarda momen-
tos de inflexión/condensación.
Creo que esta afirmación es necesaria para restar impor-
tancia a un supuesto carácter lineal del proceso cuyo des-
pliegue se realizaría por parejo a lo largo de los tiemi:'os
(tanto individuales como sociales). Seguramente, en la vida
270 VANIASALLES
de los individuos hay momentos socializadores cruciales que
dejan huella en la formación de sus identidades, mientras
que otros representan más bien ajustes y complementos a
aspectos previamente adquiridos.
A pesar de que la socialización es un proceso amplio y de
larga duración que influye en las personas a lo largo de su vi-
da, quisiera retomar profundizando la idea anterior sobre
los momentos socializadores cruciales en la formaCión de
identidades que están localizados en las fases denominadas
socialización primaria.
Algunos aspectos clave son:
i) En las fases de la socialización primaria no hay libre ar-
bitrio: o sea, las personas no eligen la familia en que nacen,
tampoco al padre/madre que tienen. Éstas son externalida-
des ya dadas. Berger y Luckmann ( 1973, p. 170), al reportar
este acontecimiento, aluden a la existencia de "un grupo
predefinido de otros significantes". Esta suerte de predesti-
nación, en cierta medida, funciona como una determinación
de eventos futuros en el sentido de que la formación de
identidades ocurre frente a estas externalidades no elegidas.
Esto causa el sentimiento de la "inevitabilidad original"
(Berger y Luckmann, 1973, p. 171 ), que se vincula con el he-
cho de que en el proceso de internalización el mundo inter-
nalizado no es aprehendido como "uno de los mundos posi-
bles", sino como el único mundo que existe: "Por mucho que
el sentido de inevitabilidad original pueda debilitarse en de-
sencantos posteriores, el recuerdo de una certeza ya nunca
repetida -la certeza de los primeros albores de la reali-
dad- sigue adherido al mundo primero de la niñez" (Ber-
gery Luckmann, 1973, p. 171).
El efecto de esta fase socializadora en la formación de las
identidades es, evidentemente, muy grande, pues además
de involucrar aspectos cognoscitivos de distinta naturaleza,

lAS FAMILIAS,IAS CULTURAS, lAS IDENTIDADES 271
implica componentes afectivos cargados de sentimientos
emocionales mareantes. Muy a pesar de que actualmente y
cada vez más la familia comparte con otras instituciones so-
cialmente creadas (guarderías, escuelas maternales, etc.)2
1
las funciones de la socialimción primaria, una parte impor-
tante de ésta se despliega ene! marco de las relaciones fami-
liares. En este sentido, es ooeno tener presente que es a par-
tir de un marco social e dado que los sujetos
adultos quecomponen la familia programan parte de las ca-
racterísticas generales queadoptará la socialización aHí im-
partida (es decir, las que seremiten a sus aspectos intencio-
nales). Los demás aspectos no intencionales se elaboran
igualmente, pero esta elaooración no se asimila a un plan o
programa porque formanparte de mecanismos no cons-
cientes que acompañan to:lo proceso socializador.
A partir del conjunto delos razonamientos previos, creo
poder afirmar que, debidoala contundencia de los procesos
observados y a su ubicación privilegiada en el cuadro fami-
liar,
22
la familia debe ser l01nada como el espacio formador de las
identidades profundas. Esletérmino hace alu sión a las fonnu-
laciones de Bonfil (1990)r tambi én puede remitirse a la
perspectiva adoptada por Bourdieu para teorizar sobre la
formación de los habitus.
ii) Anteriormente he inOicado que en la socialización lo
que se transmite es la cultura, que preside la comunicación
de diferentes suertes de creaciones. Entre ellas adquiere ca-
21
A pesar de no poder desarrollar esta idea, es importante tener pre-
sente que son los cambios en la rondición/posición femenina, entre ellos
la mayor participación en el mellldo de trabajo y su efecto sobre la rela-
ción de pareja, por ejemplo, transforman las funciones socializa-
doras de la familia.
22
El "cuadro" familiar, aquí c001o en varias otras partes del texto, es re-
mitido no tanto a los aspectos eSiructurales, sino más bien a la familia co-
mo un ámbito relacional
272 VANIA SALLES
rácter crucial la lengua, que termina por ser uno de los me-
dios más importantes para la formación y ordenamiento de
las instancias comunicativas. Aun cuando la creación de la
cultura no sea reductible a la existencia de una lengua ésta
' '
sin duda, es parte de las producciones culturales.23
Aunque existan variabilidades en la naturaleza de la so-
cialización primaria, según culturas diversas, que incidirán
sobre los contenidos y las modalidades de transmisión (y
también sobre los métodos utilizados para la inculcación),
hay determinados aspectos que son universales, constitu-
yendo al mismo tiempo la condición sine qua non para el
funcionamiento de la sociedad y de las personas que en ella
deberán vivir. La lengua es uno de estos aspectos; constituye
una externalidad, como las demás mencionadas, pues tanto
niños como niñas al nacer se encuentran en un ambiente co-
municacional y socializador permeado por la lengua habla-
da en el entorno familiar, como las relaciones entre adultos
se dan con referencia a la lengua preexistente, aunque no se
agoten en ella.
En realidad es importante aludir a la existencia de "len-
guajes", códigos y modos comunicativos que no se reducen a
la lengua hablada o escrita. Estos códigos y modos, que se re-
miten más a prácticas que a discursos sistemáticos y cohe-
rentemente organizados, cobran importancia en la familia y
pueden ser estudiados como productos contingentes de re-
laciones privadas; mas no por ello estas últimas se aíslan de
las relaciones sociales.
Pero retornando a la problemática lengua/habla, interesa
rescatar las reflexiones de Giddens ( 1 989), quien, al sistema-
tizar una serie de aportaciones, establece una relación de
.
23
Incluso, uno de los elementos utilizados para la delimitación de la
tdenudad naCional (tomada no sólo en sus componentes políticos, sino
también incluyendo los culturales) es compartir el uso de una lengua.
Estos argumentos ilustran la importancia de la lengua en la formación de
tdenttdades que van más allá de las individuales.
LAS FAMILIAS, LAS CULTURAS, LAS IDENTIDADES 2t/3
complementariedad entre la lengua y el habla, preservando
no obstante algunos de sus atributos específicos. El hahla su-
pone la existencia de los sujetos hablantes y se localiza en el
de las interacciones sociales, en el marco de las prác-
tiCas (en este caso, las comunicativas) que articulan la convi-
vencia humana. La lengua es una estructura virtual que sirve
de marco para el ejercicio del habla; sin embargo, no es re-
a ella y representa la cristalización de prácticas pre-
VIas. Exactamente por cristalizar prácticas previamente des-
plegadas, la lengua se mantiene, pero también se
transforma, mediante la utilización que de ella hacen los su-
jetos hablantes. O sea, nuevas prácticas -las del hablar-L
intervienen en una estructura -la de la lengua- introdu-
ciéndole cambios.
En esta relación consiste, pues, el elemento definidor de
las lenguas vivas y de su dinámica, que sería impensable en
ausencia de los sujetos que la utilizan.
Otra veta importante de discusión de la familia como
transmisora de la lengua y uno de los ámbitos productores
del habla se inspira en las reflexiones sobre los saberes del
sentido común y otros tipos de saberes (como el científico, el
artístico, etc.), que son tratados en diferentes teorizaciones
sobre la vida cotidiana, como, por ejemplo, en Lukács,
Agnes Heller y Alfred Schutz, para mencionar apenas algu-
nos casos.
Con referencia a lo que me ocupa en este apartado, es im-
portante destacar que la dimensión familiar se erige como
uno de los ámbitos más importantes de transmisión de la len-
gua y de producción del habla, sobre todo, si recordamos los
contextos que inciden en las relaciones familiares de forma
mediada (espacio-temporales, económicos, ambientes y vec:
tores socializadores, etcétera).
En este mismo sentido se pueden integrar los razona-
mientos sobre los grados diferenciados de apropiación de
274 VANIA SAlLES
la lengua (como un constructum social que se hereda) y las
condiciones desiguales de producción del habla en el mar-
co de grupos (como el familiar) que tienen habilidades
hermenéuticas (en este caso, referidas a la lengua) muy
heterogéneas.
Este punto puede relacionarse con lo que Berger y Luck-
mann denominan (1973, pp. 170 y 1 75) "la distribución so-
cial del conocimiento" (ampliamente influida por la división
social del trabajo) y el acopio de conocimiento que se debe
transmitir durante el proceso de socialización.
Según estos mismos autores, en las otras fases de la socia-
lización distintas de la primaria, las personas prosiguen con
la adquisición de "campos semánticos que estructuran inter-
pretaciones y comportamientos", lo que otorga a la proble-
mática en cuestión una gran amplitud. Pero hay que enfati-
zar la condensación e importancia del aprendizaje e
internalización logrados vía socialización primaria y vía fa-
milia con la adquisición de la lengua y de los primeros ins-
trumentos comunicativos culturalmente sancionados (siste-
ma de legitimaciones).
Como la socialización es un ámbito en que se construyen
las identidades y porque la socialización es un proceso, se
puede hablar de las identidades como procesualmente cons-
tituidas y, por ello mismo, como cambiantes, sin que esto im-
plique restar importancia a la socialización primaria como el
componente más crucial (y menos cambiable) en la forma-
ción de identidades.
Las identidades y la corporeidad
El término identidad viene del latín identitas y significa la "ca-
lidad de idéntico" (Larousse, 1979, p. 558). Puede referirse,
en un primer momento, al proceso general de identifica-
LAS FAMILIAS, LAS CULTURAS, LAS IDENTIDADLS 275
ción, al tema de cómo "el niño se identifica con los otros sig-
nificantes" (Berger y Luckmann), es decir, cómo desarrolla
"la calidad de idéntico", o sea, de humano.
Existe una línea de estudio psicoanalítico que enfatiza có-
mo se generan las identidades individuales y las sexuadas
(las de género), como parte de los rasgos generales del pro-
ceso de identificación.
Desde un marco distinto y vinculado a la investigación
psicológica, Fernández Villanueva ( 1982, pp. 86-87), al co-
mentar los aportes de lo que denomina la psicología cogniti-
va, señala igualmente aspectos generales y rasgos comparti-
dos y afirma que
.. .la investigación de los procesos cognitivos universales en la es-
pecie humana, la epistemología genética, el desarrollo de la
conciencia moral y el desarrollo de la inteligencia, son temas
preferidos por los principales representantes de esta orienta-
ción (Piaget, Inhelder, Kolberg) ( ... ] Piaget, al analizar los estu-
dios del desarrollo intelectual , no especifica ninguna diferencia
entre los sexos. Ambos ll egan a lo mi smos nivele de de arrollo
y pasan por las mismas etapas del desarroll o nJOral que Lambi én
considera universales; la única diferencia que encuentra es el
momento de alcance de algunas etapas. Por ejemplo, que las ni-
ñas son más precoces para conseguir la tercera etapa que define
Kolberg de conformidad con la norma, y permanecen en ella
más tiempo que los niños, que pasan más rápidamente a la cuar-
ta (mantenimiento del orden por el propio fin) y a la quinta (re-
conocimiento de la arbitrariedad y la contextualización de la
norma).
24
24
Aunque puede haber inexistencia de consensos en la investigación
en psicología, es importante destacar algunas percepciones generadas en
su seno sin que esto excluya estar al pendiente de los debates y del avance
de la investigación que pueda redefinir (y aun rechazar) algunos hallazgos
previos. En efecto, hay polémicas muy sugerentes entre psicólogas femi-
nistas, y otras a partir de la reflexión de filósofos y psicólogos (como Ha-
bermas-Kolberg).
276 VANIA SALLES
Flax ( 1987, p. 634), al revisar aspectos del debate feminis-
ta sobre el gran tema sexo/género, busca inicialmente ubicar
la discusión en un marco amplio que reivindica primero las
grandes similitudes que existen en la especie humana, inde-
pendientemente del hecho de abrigar características sexua-
les distintas. 2
5
Todo aprendizaje humano, en general, involucra meca-
nismos compartidos manifiestos en una suerte de internali-
zación, o sea, de formación de un sistema interno de repre-
sentaciones y de símbolos que se construye con referencia a
objetivaciones previamente existentes, es decir, externalida-
des ya dadas como, por ejemplo, la cultura, las ubicaciones
espacio-temporales, entre otras.
En Piaget (1 954) hay teorizaciones sobre el proceso de
aprendizaje, referidas a observaciones sobre cómo niños y
niñas desarrollan el concepto de objetos externos durante
etapas que van desde el nacimiento (cuando no distinguen
entre la percepción de sí mismos y la de las cosas externas)
hasta el noveno o décimo mes de vida, aproximadamente,
cuando son capaces de "construir", de imaginar el objeto ex-
terno aun en su ausencia.
En otras palabras, el objeto intemalizado es un símbolo de
algo, que puede ser una persona, o clases de personas, una
cosa, o clases de cosas.
Estos tipos de percepciones referidos a objetos externos,
correspondiendo a la internalización de otras cosas, otras
personas, se dan en general simultáneamente con el proceso
de construcción del concepto de sí mismo. Estos aspectos son
estudiados por Bergery Luckmann (1 978, pp. 65 y 165), pa-
ra quienes la internalización consiste en
25
Ampliando los ejemplos dados por Flax, cabe considerar que el cuer-
po humano está constituido por partes generales precisas y casi todas ellas
c o m ~ e s a ambos sexos. La especie humana muere, es frágil, compleja.
Ademas se sufre, se s1ente dolor, ex1sten deseos y frustraciones.
lAS FAMILIAS, lAS CULTURAS, lAS IDENTIDADES • 277
.. .la aprehensión o interpretación inmediata de un aconteci-
miento objetivo en cuanto expresa un significado, o sea en cuan-
to es una manifestación de los procesos subjetivos de otro que,
en consecuencia, se vuelven subjetivamente significativos para
mí. [ ... ]Más exactamente, la internalización en este sentido ge-
neral, constituye la base, primero, para la comprensión de los
propios semejantes y, segundo, para la aprehensión del mundo
en cuanto realidad significativa y social.
Esta aprehensión "no resulta de las creaciones autónomas '
de significado por individuos aislados,
26
sino que comienza
cuando el individuo 'asume' el mundo en el que ya viven
otros".
En general, los objetos internalizados están cargados de
significación, o sea, tienen un sentido en la vida emocional de
la persona y además de ello se relacionan con el mundo exter-
no. Berger y Luckmann enfatizan que "la socialización prima-
ria comporta algo más que un aprendizaje puramente cog-
noscitivo. Se efectúa en circunstancias de enorme carga
emocional". Entre los objetos internalizados están los roles
socialmente establecidos que al ser adquiridos implican una
carga de significación personal que tiene lugar en el marco de
un proceso de identifzcación. Esto quiere decir que niñas y ni-
ños aceptan "los 'roles' y actitudes de los otros significantes, o
sea, los intemalizan y se apropian de ellos. Y por esta identifi-
cación con los otros significantes, el niño
27
se vuelve capaz de
identificarse él mismo, de adquirir una identidad subjetiva-
mente coherente y plausible" (Bergery Luckmann, p. 165).
2
8
26
Respecto a la cuestión relacional, pero desde una perspectiva distinta
anclada en el psicoanálisis, Saal (1981) recalca la importancia del deseo,
que parece ser un hecho antecedente primordial y que sólo surge frente a
la existencia del soporte deseante (el otro). Tales razonamientos los ela-
bora para referirse al cuerpo imaginario.
27
Tanto Berger y Luckmann como Piaget utilizan frecuentemente el
término niño para referirse a niños y niñas.
28
Esta apropiación (y otras que hago a lo largo del texto) está condicio-
278 VANIA SALLES
Además, cabe recalcar la idea de que las identidades, al
emerger de un proceso de socialización
29
(en el sentido ya
indicado) que es transmisor y productor de cultura, pueden
ser tomadas como culturalmente construidas. Este último
aspecto es una suerte de condición indispensable para en-
tender el sentido y la significación de la corporeidad, como
veremos a continuación.
La transmisión de cultura implica la adquisición, o sea, lo
que se transmite es adquirido mediante mecanismos cons-
cientes e inconscientes. (Todo ello está mediado por diferen-
tes tipos de hermenéuticas, provenientes tanto de quien
transmite como de quien adquiere.)
El conjunto de los aspectos hasta ahora mencionados
(identificación, adquisición, etc.), al mismo tiempo que su-
ponen, dan significado a un entorno fisico: la corporeidad,
tomada en todas sus dimensiones e inseparablemente atada
a la dimensión psíquica. Es sobre esta corporeidad (con los
atributos propios del entorno físico-biológico humano, que
tiene potencialidades particulares y diferentes a la corporei-
dad de otras especies no humanas) que actúan los procesos
socializadores.
Estos aspectos son ampliamente captados por el psicoa-
nálisis y la psicología y son también preocupaciones funda-
doras de la sociología, como en Durkheim, quien bajo otras
problematizaciones trata este mismo tema.
Sin buscar criticar o actualizar las reflexiones de Durk-
heirn (1 9 12) a la luz del debate reciente sobre el cuerpo,
nada a una lectura/interpretación que se elabora en los márgenes de una
formación particular en las disciplinas de referencia. La necesidad de
adoptar estos recursos apunta hacia la imposibilidad de trabajar ciertos
temas (como familia, identidades) a partir de una sola disciplina, la socio-
logía, y encauza varios discursos que enfatizan la pérdida de contornos ní-
tidos en la división disciplinaria. ·
29 Más adelante trabajaré la idea de Dubet (1989, p. 529) de que la
identidad "no es sólo el producto de la historia y de una socialización" sino
que comprende dimensiones instrumentales (cursivas mías).
LAS FAMILIAS, LAS CULTURAS, LAS IDENTIDADES 279
quiero referirme a Les formes elementaires de la vie religieuse, en
donde afirma: "el hombre no es más, desde el punto de vista
físico, que un sistema de células; desde un punto de vista
mental, que un sistema de representaciones: bajo la una o la
otra perspectiva no difiere más que en grados del animal", y
busca así adentrarse en el misterio de lo que de animal con-
tiene la especie humana,
30
cuyo atributo más sobresaliente
está dado por el hecho de ser, como ya lo he dicho, una es-
pecie culturalmente construida.
31
La construcción cultural
de la especie está imbricada con los procesos identitarios.
Así, la identidad no es innata sino adquirida mediante la
identificación (y los mecanismos que la permiten, como, por
ejemplo, el aprendizaje, la internalización), que es el funda-
mento primero de la socialización. Hay, por lo tanto, una
suerte de separación entre el acto de nacer y el acto (visto ba-
jo la forma procesual) de identificarse; por esto tiene mucha
cabida el énfasis previamente dado a los aspectos de la cor-
poreidad, pues es sobre ella (con todas sus potencialidades y
límites) que actúa la cultura, bajo la modalidad tanto de dar-
le una significación y un sentido (humano y social) como de
conformar personas con identidades propias. No existe un
proceso unilateral de formación de identidades, pues impli-
ca una relación con los otros (que pueden ser varios) signifi-
cantes. Por ello mismo se puede hablar de situaciones multi-
facéticas que inciden y, por lo tanto, producen múltiples
identificaciones que ocurren no solamente mediante "un
aprendizaje puramente cognoscitivo", sino más bien asu-
30 Con referencia a este punto, Bergery Luckmann (1978, p. 223) seña-
lan que "en la socialización la animalidad del hombre se transforma pero
no queda abolida".
31 Para una apropiación ingeniosa de varias ideas durkheimianas, véase Maf-
fesoli, O tempo das trihos. Sobre la cuestión de la corporeidad hay un discur-
so muy sugerente desarrollado por Saal (1 981), quien trabaja con la pro-
puesta lacaniana y designa el cuerpo como una suerte de objeto
construido en distintos niveles: el real, el imaginario y el simbólico.
280 VANIASALLES
men la característica de estar emocionalmente circunscritas
(los últimos aspectos referidos a situaciones multifacéticas
serán tratados en otro apartado).
La corporeidad (cuyo sentido y significación son cultural-
mente elaborados), además de las difge_ncias existentes en-
tre la especie humana y las no humanas, y de los rasgos ani-
males preservados en la primera,
32
implica distinciones
anatómicas entre hombres y mujeres.
Es sobre un cuerpo con características sexuales, presocial-
mente construido (cuyo proceso de construcción sucede en el
útero y antes que las niñas y los niños sean puestos en contacto
directo con el mundo), que se despliega el proceso general de
identificación (que incluye la de género). El cuerpo está
pre-dado, pero sólo como "un montón de cosas" -véase al res-
pecto la interesante lectura y reinterpretación que Saal ( 1981)
hace de Brecht-, cuyo significado es subjetivamente construi-
do y socialmente revalidado. En este proceso juega como eje
estructurante la identificación que es, en cierta medida, una re-
lación con el otro, sin perder el atributo de ser también una re-
lación con sí mismo o con sí misma. Y en esta medida hay una
suerte de distanciamiento con el objeto (persona) que sirve de
contrapunto para la elaboración de la situación de idéntico.
Pienso que es posible porque la elaboración de una historia de
vida única (indicada por Berger y Luckmann y también por
Habermas) no empieza con la socialización tomada como un
proceso consciente de aprendizaje, sino más bien a partir de la
llegada del recién nacido (o sea, de la corporeidad aún sin mar-
cas culturales) al mundo, a un entorno que lo influencia y que
deberá ser subjetivamente apropiado.
A pesar de que los atributos sexuales (en su sentido fisico)
se forman presocialmente, los procesos de identificación y di-
32 Esta formulación, evidentemente, no contempla la disyuntiva de-
seo-instinto. Aunque ella encierre un desplazamiento fundamental en
términos analíticos, no será tratada en este trabajo.
LAS FAMILIAS, LAS CULTURAS, LAS IDENTIDADES 281
ferenciación de género son socialmente ubicados y cultural-
mente influidos. Los recién nacidos y las recién nacidas van
identificándose con los significantes (entre los cuales está en
una posición primordial la madre o la persona que funge sus
funciones), antes de darse cuenta de las diforencias de su esta-
tus sexual. El hecho de que conozcan que tienen ciertas mar-
cas distintas de sexo (o pene o vagina), o sea, las marcas de la
diforencia, es posterior.
33
Es decir, "el desarrollo de la calidad
de idéntico" (Larousse), y de los órdenes simbólicos corres-
pondientes, es anterior a la calidad referida a las diferenci4s.
Quiero destacar el hecho de que la vista, tomada como
una dimensión crucial de la identificación, es uno de los ele-
mentos que permite el reconocimiento factual de las dife-
rencias. Esto se percibe claramente cuando los niños chicos
ven a una niña por primera vez y preguntan ¿por qué no tie-
ne? y ¿dónde está?, refiriéndose al pene.
34
Y es así también
que las niñas sienten sus diferencias, y cómo los niños las in-
ternalizan o las verbalizan con un discurso cuestionador.
Flax (1987), después de afirmar que las similit11des entre los
integrantes de la especie humana son mayores e¡ u e sus diferen-
cias, plantea la naturaleza y la profundidad de estas Cdlimas,
pero lanza una inquietud de máxima importancia. Ésta se cen-
tra en la consideración del porqué las diferencias anatómicas
(referidas al sexo), comparadas con las características compar-
tidas en cuanto al funcionamiento del organismo, asumen un
significado cultural tan contundente. Al llegar a este punto, el
énfasis analítico se desplaza (no sólo en Flax sino también en
los estudios feministas en general) hacia la categoría género.
35
33
Véase Frida Saal (1 981), quien proporciona un discurso psicoanalíti-
co sofisticado y preciso sobre estos aspectos.
34
Tales preguntas fueron formuladas por mis dos pequeños hijos (en el
marco de varias otras cuestiones referidas al tema) cuando se enfrentaron
a esta situación.
35
Véase Lamas (1988) para una revisión cuidadosa tanto del concepto
como de algunos de los saberes que lo produjeron.
282 VANIA SALLES
Pienso que es este desplazamiento lo que permite un acer-
camiento a las potencialidades y límites de la corporeidad,
cuya formulación implica una toma de posición, analítica y
política, referida a los sesgos y asimetrías (cultural y simbóli-
camente construidas) que recaen sobre los portadores y por-
tadoras de esta corporeidad. Las diferencias de sexo son
transformadas en pautas generadoras de la desigualdad (so-
cial) entre géneros, sin que se pue'c4 establecer una relación
de causa y efecto entre los atributos dados por la anatomía y
este evento.
36
Para los fines de esta ponencia, cabe destacar que el pro-
ceso formador de las pautas culturales que atribuyen los gé-
neros masculino y femenino
37
sucede mediante la socializa-
ción y la identificación sexual de niños y niñas durante los
primeros años de vida. En este panorama, la familia y los ór-
denes simbólicos que estructuran los roles de género en su
interior, cumplen un papel crucial (a pesar de ser comparti-
do con otros ámbitos relacionales) en la formación interge-
neracional de identidades genéricas.
Con lo ya dicho hasta el momento, creo poder vincular los
razonamientos previos sobre la corporeidad humana en tan-
to que formada por rasgos compartidos, la corporeidad con
especificidades (machos-hembras) y los procesos de identifi-
36
Una formulación para este mismo punto se encuentra en Oliveira y
Montes (1 988), cuando al sintetizar varios aportes sobre la subordinación
femenina afirman que la subordinación consiste en la transformación de
las diferencias sexuales en elementos para la constitución de desigualda-
des sociales, desembocando en una situación desfavorable para la mujer.
Véase igualmente Conway, Bourque y Scott (1987), quienes enfatizan los
aspectos socialmente instituidos que intervienen en la conformación de
los comportamientos masculino y femenino, remitiendo el tema a una
suerte de "autoridad social que actúa de manera mediada vía un conjunto
complejo de instituciones".
37
Sobrepasa a mis propósitos ahondar en los procesos formadores de
la identidad de género, que han constituido el objetivo mismo de la po-
nencia de Estela Serret en este seminario, con énfasis en el examen de la
identidad de la mujer.

LAS FAMILIAS, LAS CULTURAS, LAS IDENTIDADES 283
cación/aprendizaje que comprenden la constitución de
identidades (y entre ellas la de género). En efecto, si hubiera
un seguimiento lineal entre los atributos del cuerpo y la for-
mación del género, la relación sexo/género no sería proble-
mática a nivel de los individuos y tampoco una cuestión estu-
diada multidisciplinariamente y revisitada constantemente
por diversos tipos de saberes.
En este punto de intersección se encuentra justamente
una de las muchas vetas para el estudio de la homosexuali-
dad (porque si no hubiera esta disyuntiva todas las personas
con el atributo físico del macho se identificarían con el géne-
ro masculino y viceversa) e igualmente de la doble sexuali-
dad, siendo que esta última refleja la complejidad y contra-
dictoriedad de procesos que imperan en la adquisición de la
identidad de género.
En ciertas sociedades, el cuerpo humano y sus atributos
sexuales particulares no son considerados como un elemen-
to crucial para la asignación de la identidad ele género. Co-
mo ejemplo están aquellos casos conocidos y originales reca-
bados por Lévi-Strauss, por Margarel Mead y otros 1<11llos
rescatados por la etnología brasileña, reconstruyendo for-
mas culturales en desuso por los actuales indígenas de Bra-
sil. Se subraya la intercambialidad entre una corporeidad
dotada de rasgos físicos del hombre (conjunto complejo en
el que sobresalen, entre otros atributos, pene, voz gruesa, ve-
llos en el rostro, ausencia de senos y de útero) y las funciones
identitarias y culturalmente atribuidas a la mujer.
Los hallazgos sobre la intercambiabilidad sirven para re-
forzar la idea de que la relación cuerpo/identidad (en el ca-
so, la identidad de género) tiene algo de irreal y que está me-
diada por una suerte de imaginario que se organiza
mediante símbolos variables. La relación cuerpo/identidad
es construida, elaborada, y es el conjunto de los elementos
indicados (el imaginario ordenado simbólicamente) que
284 V ANIA SALLES
funciona como una de las instancias asignadoras del conte-
nido de la relación.
Pero toda esta cuestión se topa con la problemática física
de que los hombres realmente no pueden parir -tienen que
escenificar el acto (Lévi-Strauss)-, lo que funciona como
una suerte de límite "natural" que no obstante es sobrepasa-
do en términos culturales, cuando los padres protagonizan
simbólicamente el parto y también cuando posteriormente
cumplen funciones de madre en el cuidado de la prole.
En realidad, el uso, la percepción y la simbología relativa al
cuerpo, en sociedades premodemas, tienen características
muy particulares que, incluso en algunos casos referidos a
Brasil, se articulan en torno al canibalismo (practicado aún en
el periodo de la conquista) visto no solamente como una for-
ma de proveer alimentos, sino también, y sobre todo, como
parte de mitos cristalizados en ceremoniales. Esta relación
con el cuerpo (el propio y el de los demás), totalmente en de-
suso en la actualidad, se remite, como en el ejemplo anterior,
a eventos simbólicos que construyen formas de comporta-
miento atados a valores y a actitudes morales y éticas.
De ahí que la relación cuerpo/identidad de género, ante-
riormente aludida, además de ser una relación problemática
es también histórica en el sentido de que los órdenes simbóli-
cos, a pesar de ser durables, se remiten a un contexto que los
historiciza, como ciertos órdenes de algunas culturas premo-
dernas comparados con otros órdenes vigentes en culturas
modernas.
38
Es por ser histórica y simbólica que en nuestras socieda-
des la construcción de identidades, y el despliegue de los
mecanismos que permiten al tiempo que controlan su for-
mación, está relacionada con la corporeidad (Foucault) to-
38
Con las cuales, en ocasiones, las culturas premodernas conviven, lo
que remite la cuestión a la problemática de los desarrollos desiguales y
combinados.
LAS FAMILIAS, LAS CULTURAS, LAS IDENTIDADES 285
macla en todas sus dimensiones
39
e inseparablemente atada
a la dimensión psíquica. Parecería ser legítimo pensar, par-
tiendo de los razonamientos anteriores, que es sobre esta úl-
tima dimensión que recae el peso de la cultura, que a su vez
da sentido y significación al cuerpo.
Las identidades procesualmente construidas
De lo dicho anteriormente cabe explotar la idea de que el
concepto de identidad abarca diversas experiencias recabadas
en un elenco de procesos (de identificación, aprendizaje, in-
tematización de extemalidades, apropiación subjetiva de ro-
les culturalmente creados) conformados por ambientes sdcia-
lizadores que operan a diferentes niveles de profundidad.
En efecto, las personas participan de múltiples ámbitos
de interacción y de constitución de relaciones sociales, y este
acontecimiento abre campos diversificados para la forma-
ción de las identidades (Oiiveira y Salles, 1 988).
En las sociedades complejas, los campos abicrlos para la
formación de identidades son varios, y no operan aislada-
mente: más bien, se presentan como dimensiones inLerliga-
das en el marco de una cultura históricamente constituida.
Por esta razón encontramos dificultades para separar analí-
ticamente los diferentes tipos de identidad,
40
pues a pesar
de tener referentes particulares y de reportarse a experien-
cias diversificadas, estos tipos aparecen imbricados en las
personas.
39
Recuerdo aquí las dimensiones lacanianas utilizadas por Saal para
referirse al cuerpo.
40
Y más que e s ~ o , cuando el concepto de identidad se desplaza del ni-
v ~ l mdLvLdual.haCLa otras dimensiones, el problema persiste. De ahí, por
ejemplo, las dificultades de determinar los límites de la identidad cultural
y la .nacional. (Véase al respecto Bustamante, 1989, y también Stavenha-
gen, 1990.)
286 VANIA SALLES
En general, en vez de referentes bipolares hay referentes
multifacéticos que otorgan exactamente la posibilidad de
reunir en una misma persona varios atributos (que se pre-
sentan de forma combinada o de manera interdependiente
pero no siempre sin conflictos). U na misma persona puede tener
los atributos propios de los que pertenecen a un grupo étni-
co particular, a un género, y asimismo poseer los rasgos re-
queridos para incluirse en un movimiento social, compar-
tiendo una identidad colectiva necesaria para la vivencia y
producción grupal de la cultura política (Krotz, 1990); por
ejemplo, ser negra y mujer y feminista militante.
41
En este sentido creo poder integrar las dimensiones esta-
blecidas por Dubet (1989, p. 526) para analizar las identida-
des: aquella referida a la integración (formada por la inter-
nalización de normas) y la dimensión que se remite a la
capacidad estratégica, cuando "el actor es menos el que inte-
rioriza normas que el que las realiza por medio de una estra-
tegia". O sea, a la luz del ejemplo de la feminista militante
que posee los rasgos necesarios para incluirse en un movi-
miento, la identidad (que en este caso tiene el atributo de ser
social) "ya no se define por la internalización de reglas y nor-
mas, sino por la capacidad estratégica de lograr ciertos fi-
nes, lo cual le permite transformarla en un recurso para la
. ,. "
accwn .
En este caso es la dimensión instrumental la que surge co-
mo la condición de posibilidad para que al componente in-
tegrativo de la identidad sea añadido otro: el instrumental
ampliamente referido a los ámbitos diversificados de forma-
ción de identidades (los mencionados vectores socializado-
res de amplio alcance que incluyen, como mencioné, la cul-
tura política). Por lo dicho, la cuestión de las identidades no
puede ser abordada desde un punto de vista estático, sino
41
Esta formulación está presente con mayor fundamento en la ponen-
cia de Renato Rosaldo en el seminario.
LAS FAMILIAS, LAS CULTURAS, LAS IDENTIDADES 'l87
más bien a partir de una visión dinámica y procesual. La
idea de proceso se remite a la de movimiento, cambio, inte-
gración de situaciones y experiencias nuevas que van trans-
formando o redefiniendo adquisiciones previas. La idea de
dinámica se reporta más precisamente a la conjugación de
varias experiencias (ser negra y mujer y feminista), que se en-
frentan, se sostienen y se combinan en el marco de un deter-
minado estado que puede representar o no un equilibrio (o
sea, las experiencias pueden convivir en estado de conflicto
en la construcción de la identidad).
Con relación a la cuestión de identidades múltiples anida-
das en una misma persona, cabría una pregunta, que no en-
cuentra respuesta en los argumentos previos, pero que po-
dría servir de pista para reflexiones posteriores: ¿se trata de
diferentes identidades o más bien de una habilidad para
conjugar atributos y experiencias distintas de modo integra-
do, cuyo resultado sería una identidad individual ricamente
construida? En este sentido, cabe recordar a Habermas (cita-
do por White, 1988, p. 88) cuando al cstu liar la cuestión de
las identidades (sobre todo, de la ego-ide·nt.it.y, que es la más
elaborada) se refiere a las" habilidades integrativas" y a la ca-
pacidad de las personas para organizar situaciones conflic-
tuales y las crisis de identidad mismas "en el interior de una
historia de vida única" .
Las identidades individuales son ininteligibles sin el refe-
rente cultural más amplio, mismo que encuentra su condi-
ción de posibilidad en la existencia de identidades indivi-
duales productoras de cultura. Esta afirmación, que parece
tautológica, no pretende serlo porque su verbalización quie-
re reforzar exactamente el carácter (a veces misterioso) de la
relación mutuamente determinante entre la persona cultu-
ralmente constituida y la cultura que la conforma. (Véase
Berger y Luckmann, 1978, p. 170, y también Simmel, citado
por estos autores). Esta idea puede ilustrarse de la siguiente
288 VANIA SALLES
manera: la identidad de género está macroculturalmente
"programada" según las sociedades; no obstante, se enraíza
y está anidada en las personas: son ellas las que pertenecen a
un género (femenino)u otro (masculino) a pesar de que esta
categoría y la simbología en ella implicada sean un producto
social.
Además de un soporte físico y biológico crucial (a veces
dejado a un lado en algunas interpretaciones culturalistas del
género con cierta expansión y generalización), las pautas
que enmarcan el ser femenino y masculino son productos
culturales pero refrendados (al mismo tiempo, consciente e
inconscientemente; o sea, mediante estas dos dimensiones
constitutivas) a nivel de las personas. Sobre este tema, ade-
más de la literatura clásica (Freud y Lacan), hay líneas de tra-
bajo que presentan nuevas versiones sobre la formación de
la identidad de género, y un aspecto que permea a varias de
ellas es atribuir a esta identidad un papel fundador de otros
atributos y procesos identificadores de las personas. Un
ejemplo de ello es la formación "originária" del género fe-
menino en las niñas y su posterior consolidación a nivel de
redes de relaciones. Estas pautas son 'adquiridas en la sociali-
zación primaria y son parte del universo simbólico formador
de las identidades profundas a nivel de la persona.
REIMAGINANDO
LAS COMUNIDADES NACIONALES
Renato Rosaldo
El paso de mayoría en México a minoría en Estados Unidos
hace que los chicanos tengamos una perspectiva crítica ante
las actuales nociones del Estado nacional como una comuni-
dad imaginada. ¿Tendremos los chicanos un lugar en la co-
munidad nacional imaginada de Estados U nidos? ¿se habrá
vuelto obsoleta la noción misma de la nación como una uni-
dad completa en sí? ¿cómo debemos conceptualizar a ~ n a ­
ciones que tienen identidades plurales y desiguales? Aunque
esta ponencia viaja a las Filipinas, mantiene siempre presen-
te la situación chicana.
En Luzón del Norte, en las Filipinas, los integrantes de uno
de los grupos culturales minoritarios, los ilongotes, hablan
de sí mismos como los bugkalut y de los llaneros como "esos
filipinos". En otras palabras, los ilongotes no se consideran
miembros del Estado nacional; no se perciben como ciuda-
danos. Sin embargo, en el tiempo en que los he conocido (de
1967 al presente) han comenzado a integrarse a la nación,
aunque sea poco a poco. Los ilongotes no han tenido mu-
chas otras alternativas, ya que la nación les ha sido impuesta
a través del desalojo de tierras, la minería, los proyectos hi-
droeléctricos, los planes de repoblación, las escuelas prima-
rias y la "misionización" (evangelización).
289
290 RENATO ROSALDO
Como respuesta, los ilongotes han preparado a sus hijos
para enfrentarse a un mundo en estado de cambio, envián-
dolos a escuelas seculares, apoyando su conversión al cristia-
nismo evangélico y alentándolos a aprender el cultivo moja-
do y no seco del arroz. Los cambios acontecidos de esta
manera han creado una profunda grieta entre los padres y
sus hijos. En unos pocos años, han pasado de un mundo ab-
solutamente oral a un mundo parcialmente alfabetizado. La
conversión de sus hijos al cristianismo evangélico conlleva la
desaparición de la oratoria, la magia, las canciones tradicio-
nales y una multitud de otras prácticas culturales. Los pa-
dres dicen que al abandonar la rotación del cultivo para
abrazar el arado, sus hijos no serán ya ilongotes. El continuo
cambio de identidad ha sido drástico.
En ninguna parte está escrito que para ser filipino hay
que asistir a la escuela, adherirse a una de las más grandes
religiones mundiales o practicar el cultivo mojado del arroz.
Sin embargo, carecer de una educación formal incapacita
para sobrevivir en los llanos de las Filipinas. En la misma
medida, los ilongotes han descubierto que la frase "filipino
pagano" es virtualmente un oxímoron: uno puede ser o un
pagano o un filipino, más no las dos cosas a la vez. Además,
ellos han comprobado que existen enormes prejuicios hacia
los que practican el cultivo seco del arroz y reconocen que
mientras los nuevos pobladores se sitúen en la región ellos
deben limitarse a un solo terreno, para el cual podrán obte-
ner un título de propiedad legal.
El caso de los ilongotes hace surgir preguntas relaciona-
das a lo que he dado en llamar la ciudadanía cultural. El tér-
mino "ciudadanía" enfatiza la participación en la política
nacional y local; incluye no sólo definiciones legales forma-
les, sino también (y probablemente de manera más impor-
Lante) nociones locales e informales de filiación, derecho e
influencia. El término "cultural" subraya las definiciones lo-
REIMAGINANDO LAS COMUNIDADES NACIONALES 2g1
cales de comunidad e identidad, particularmente las de los
grupos minoritarios. En este caso en particular, los acele-
rados cambios provocados por la incorporación al Estado na-
cional y por la penetración capitalista han dificultado la füa-
ción de identidades y de cultura. Lejos de ser definitivamente
resueltas, siguen bajo negociación tanto la nacionalidad ilon-
gota como la ciudadanía filipina.
Tanto la comunidad imaginada ilongota como la comuni-
dad imaginada nacional filipina se mantienen en negocia-
ción y no están definitivamente resueltas. Bajo tales circuns-
tancias, las afirmaciones de identidad ilongota muchas veces
parecen problemáticas e incompatibles con nociones de ciu-
dadanía nacional que no se adecuan a un gran número de
personas con derecho legal a ellas. (De hecho, ciertos obser-
vadores estarían de acuerdo con William Henry Scott cuan-
do asevera que tales grupos son los filipinos primordiales,
los ciudadanos de primera clase por excele,ncia, al menos en
teoría si no como hecho actual).
Las cuestiones de identidad nacional aparecen, pues, no
sólo como ficciones colectivas, sino también como campos
de negociación, discusión y conflicto. ¿cómo navegan los
grupos étnicos minoritarios entre las identidades locales y la
participación en el Estado? Tales asuntos suelen ser negocia-
dos con relación a cuestiones de religión, educación, dere-
cho a la tierra, modos de subsistencia, trabajo asalariado, ac-
ceso a servicios de salud, impuestos y derecho al voto. Para
los oficiales estatales, tales cuestiones llegan rápidamente a
convertirse en asuntos administrativos prácticos que inevita-
blemente son reducidos a soluciones de tipo fiscal. Para las
minorías culturales, tales asuntos frecuentemente conllevan
cuestiones de dignidad humana, un sentido de comunidad y
de sus propios valores. Los analistas sociales deben aspirar a
situarse entre estas dos perspectivas. Bajo condiciones de
cambio acelerado, la interacción entre la ciudadanía estatal
292 RENATO ROSALDO
y la nacionalidad étnica implica, más que concepciones esta-
bles de identidad y comunidad, un complejo proceso de ne-
gociación. Tales situaciones ponen a prueba, a la vez que los
reflejan y redefinen, los límites, muchas veces tácitos, de las
comunidades imaginadas nacionales y locales.
En términos demasiado esquemáticos, uno podría resumir
lo anterior planteando que el nacionalismo debería ser estu-
diado en tres fases. En primer lugar, como punto de partida
debe ser reconocido que el nacionalismo es un artefacto cul-
tural. Como otros fenómenos sociales, desde el individuo al
Estado, la nación está compuesta de seres humanos. Lejos
de ser dados en la naturaleza, como supone muchas veces la
ideología, los nacionalismos han sido inventados a través del
tiempo; tienen historia propia, surgen, caducan, vacilan, se
definen, se dispersan, no pueden ser reducidos a hechos al
parecer tan elementales como la naturaléza humana o la
conducta de los hombres en grupo. Al mismo tiempo, esta
perspectiva pide a los analistas que consideren la fuerza y la
naturaleza de las filiaciones. ¿por qué y cuándo y para quién
es atractivo el nacionalismo? Si los nacionalismos son meras
invenciones, ¿por qué hay tantos casos en que los seres hu-
manos están dispuestos a morir por ellos? El análisis social
requiere una doble visión capaz de aprehender tanto la fuer-
za de los artefactos culturales como su carácter de ficción.
En segundo lugar, los analistas sociales deben considerar
la situación de los artefactos culturales desde diferentes po-
siciones. Tales posiciones pueden ser puramente estructura-
les, basadas en elementos como clase, edad, género, etnici-
dad, raza, etc., sólo en diversas combinaciones. Pueden ser
también más experienciales, como el estatus de inmigrante
reciente, de preso político, de padre de un hijo muerto en la
guerra. Las posiciones estructurales pueden ser descritas a
través de ejes tales como arriba versus abajo (como en la frase
REIMAGINANDO LAS COMUNIDADES NACIONALES 293
"la historia desde abajo") o centro versus margen (como, qui-
zás, en el caso de la historia de la mujer de clase media). Las
perspectivas basadas en la experiencia pueden ir desde el
celo patriótico y el fervor nacional a la exclusión y la degra-
dación. Lejos de ocupar una posición monolítica y singular,
los individuos están compuestos de múltiples identidades
que se entrecruzan (por ejemplo, blanco, clase media alta,
varón y preso político). Estas posiciones pueden ser contra-
dictorias, relativamente consistentes, o las dos cosas a la vez.
En tercer lugar, los artefactos culturales son debatidos o
negociados en vez de ser fu os; frecuentemente abarcan tanto
los campos de lucha como las zonas de consenso. Cuando
surge un consenso, uno puede preguntars: "¿quién no esta-
ba presente cuando se formó el consenso?" Este enfoque su-
giere que los analistas sociales deben estudiar las interseccio-
nes entre las relaciones de desigualdad, como el género, la
edad, la casta, la clase, la raza y la etnicidad. Aunque i e r t a ~
dimensiones de desigualdad pueden ser consideradas como
universales (la edad y el género), su contenido siempre es lo-
cal e históricamente definido, política y económicamente
condicionado y culturalmente específico. Con un enfoque
de este tipo, uno intenta discernir los procesos históricos de
cambio y conflicto en vez de pretender descubrir las eternas
esencias de la naturaleza humana universal.
Ahora permítanme ilustrar la primera de las tres fases analí-
ticas esbozadas a través de una discusión sobre un influyente
libro de Benedict Anderson, Imagined Communities: Rejlec-
tions on the Origin and Spread ofNationalism (Londres, Verso,
1 983). Quizá sea mejor empezar con lo que el propio libro
plantea antes de ir más allá para explorar las cuestiones que
surgen a raíz de su lectura.
Comienza Anderson con la observación de que el nacio-
nalismo ha demostrado ser un fenómeno más recalcitrante y
294 RENATO ROSALDO
duradero que lo que los teóricos, tanto de la izquierda como
de la derecha, habían predicho. El nacionalismo, dice, debe
ser entendido como un artefacto cultural (que requiere el
análisis cultural e histórico) y no como un objeto natural
(transparente para las comprensiones del sentido común).
Es una ficción en el sentido de algo hecho o construido, pero
no es una falsedad. Como otras invenciones humanas, el na-
cionalismo opera sobre sus propios inventores; da formas a
las vidas humanas, aun cuando es formado por ellas. De he-
cho, la propia nacionalidad ha llegado a ser tratada, no co-
mo un invento, sino (como si fuera) una fatalidad humana
dada al nacer y sujeta a cambio sólo si el individuo se somete
al proceso de la llamada naturalización.
Desde el inicio, Anderson combina la invención (las co-
munidades nacionales imaginadas) con la filiación (la nacio-
nalidad como una fatalidad humana). Así pues, la nacionali-
dad propia pertenece a una familia de fatalidades, como el
color de la piel, la herencia genética, el género, la ascenden-
cia, la época de vida, etc. De acuerdo con la ideología de la
nación, no hay mucho que los seres humano!l puedan hacer
en cuanto a sus nacionalidades recibidas sino vivir con ellas
lo mejor que puedan.
Aunque nunca podrán llegar a conocerse todos debido a su
gran número, los miembros de la nación se imaginan que
pertenecen a una comunidad pequeña. Conciben a su comu-
nidad como un ente soberano y finito. Sus fronteras limitadas
nunca se extienden a toda la humanidad. Sin embargo, como
anota Anderson con una ironía amarga, la gente es capaz de
dar la vida por sus limitadas imaginaciones de lo nacional.
"¿Qué es lo que determina", pregunta Anderson, "que las
imaginaciones de la más reciente historia (que abarca poco
más de dos siglos) generen tan colosales sacrificios?" (p. 16).
Empleando el término con mayor precisión de lo que él
quizás pretendiera, Anderson describe los lazos igualitarios
REIMAGINANDO LAS COMUNIDADES NACIONALES 295
horizontales que unen a los miembros de una nación como
los de una fraternidad. (Ustedes podrán anticipar mi recon-
sideración de la cuestión de las relaciones fraternales desde
la perspectiva de los estudios sobre el género.)
De allí Anderson desarrolla una comparación entre la co-
munidad imaginada del nacionalismo y la de su anteceden-
te, el reino dinástico. Sugiere que el cambio histórico clave
es el que implica el paso de una población humana definida
como súbditos reales a una definida como ciudadanos. Plan-
tea que la transición entre estos dos órdenes sociales redefi-
nió fundamentalmente las nociones culturales de espacio y
tiempo.
En términos espaciales, el reino dinástico define las rela-
ciones humanas verticalmente según sus conexiones con la
divinidad, que a su vez se vincula en una serie jerárquica con
representantes terrenales, tales como el monarca, los nobles y
los siervos. En este orden social vertical la altura es la dimen-
sión clave; enfatiza los centros, no los límites. De modo con-
trario, la nación tiene un control soberano sobre un ten·ito-
rio plano y homogéneo, definido por sus fronteras y no 1 or
sus zonas internas.
En términos temporales, el reino dinástico encuentra sen-
tido a través de vínculos con la divina providencia en vez de
con la causalidad humana. De este modo, se diría que un
evento humano anterior anuncia o promete un evento pos-
terior que a su vez lo lleva a fruición. De modo contrario, la
nación existe en un tiempo vacío y homogéneo donde se
producen vínculos significativos a través de su coincidencia
en el tiempo secular y no divinamente ordenado. Sugiere
Anderson, por ejemplo, que la primera plana del periódico
establece vínculos entre eventos que simplemente han coin-
cidido en el tiempo secular. El sentido de comunidad nacio-
nal surge en parte de la experiencia compartida de leer acer-
ca de los eventos diversos que componen la primera plana.
---.-_.........._.
.
296 RENATO ROSALDO
Personalmente, la disparidad de las noticias titulares se me
hizo patente hace algunos años cuando mi hijo Samuel inte-
rrumpió a un grupo de adultos que hablábamos de la erup-
ción del volcán de Santa Hekna. Nos preguntó que si no ha-
blábamos del volcán que estaba al lado de la luchashah. Las
cosas sólo quedaron claras cuando descubrimos que Samuel
había visto la erupción del volcán y la caída del shah de Irán
yuxtapuestas en el noticiero de las seis.
De modo similar, Anderson habla de cómo la novela del
siglo XIX es capaz de concatenar personajes de manera tal
que crean la ilusión de una amplia comunidad que tras-
ciende al anonimato de la vida cotidiana ordinaria. A cono-
ce a By B conoce a C: de este modo, A y C (quienes no seco-
nocen) se vinculan en lo que el lector percibe como una sola
red de relaciones. En particular, Anderson usa el primer
pasaje de la novela del héroe nacional filipino José Rizal,
NoliMe Tangere (BibliotecaAyacucho, 1 a ed., 1 986). En esta
escena, don Santiago de los Santos va a dar una cena de
protocolo. A lo largo de Manila, varias personas no nom-
bradas, quienes no se conocen entre sí, conversan simultá-
neamente acerca de la cena que se hará en casa de don San-
tiago de manera tal que se evoca un sentido de comunidad
nacional imaginada.
Anderson plantea que el capitalismo de imprenta transfor-
ma la diversidad lingüística humana (y el hecho de que un
individuo dado sólo puede aprender una minúscula porción
de todos los idiomas hablados en tan poco tiempo), al hacer
de un idioma específico el medio social de comunicación
(para el comercio, la política y la educación) en una expan-
sión territorial limitada. También otorga un carácter fijo a la
lengua nacional que el habla fundamentalmente oral no tie-
ne. Finalmente, le proporciona un idioma vernáculo en par-
ticular (digamos, el alto alemán) el predominio sobre un nú-
mero de lenguas y dialectos que compi,ten entre sí.
REIMAGINANDO LAS COMUNIDADES NACIONALES • 297
Después de definir así los parámetros claves de la nación
como un artefacto cultural (la comunidad imaginada),
Anderson procede con un esbozo histórico que se divide en
tres periodos. En primer lugar, demarca el periodo entre
1776 y 1838, cuando la primera generación de Estados na-
cionales surgió en una sucesión relativamente rápida, desde
las 13 colonias y la Revolución francesa a la serie de naciones
fundadas en las Américas. Anderson les dedica especial
atención a las Américas porque las repúblicas hispanoha-
blantes fueron demarcadas, no a través de fronteras lingüís-
ticas, sino a través de linderos coloniales impuestos por la
Corona española.
-En segundo lugar, los años entre 1820 y 1920 fueron mar-
cados por la consolidación del nacionalismo como ideología
en Europa. Si la primera fase del nacionalismo fue relativa-
mente improvisada, las dos fases posteriores se distinguie-
ron por una tensión entre movimientos nacionales espontá-
neos y una versión oficial del nacionalismo. Basada más en
las exigencias del Estado que en las aspiraciones de las ma-
sas, esta última surgió, en gran medida, para contener a la
primera. Dentro del contexto del imperialismo, el naciona-
lismo oficial emergió de las demandas de los imperios dinás-
ticos y sus regímenes burocráticos.
En tercer lugar, el periodo a raíz de la Segunda Guerra
Mundial fue marcado por una serie de nuevas naciones for-
madas de territorios anteriormente coloniales. Siguiendo el
modelo de las repúblicas americanas, las fronteras naciona-
les se trazaron según el antecedente colonial. En las nuevas
naciones la tensión entre el populismo ardiente y el naciona-
lismo oficial se hizo especialmente aguda. Este último fue in-
culcado a través de los medios masivos, la educación popu-
lar y los reglamentos administrativos. El primero surgió de
los movimientos populares anticoloniales de liberación na-
cional.
298 RENATO ROSALDO
La noción de Anderson de la nación como comunidad ima-
ginada atiende con mayor cuidado a la cuestión de a quiénes
se incluye que a la de a quiénes se excluye. En términos de
las tres fases esquemáticas de análisis, no logra considerar la
cuestión de la posición del sujeto. Para mis propósitos actua-
les me resulta útil emplear la distinción entre naciones y
Estados. Los Estados frecuentemente contienen más de uria
nación (en este contexto, nación y grupo étnico son casi si-
nónimos) y una nación frecuentemente habita más de un so-
lo Estado (en casos extremos, se habla de diásporas).
De hecho, yo plantearía que el estudio de las naciones bajo
el imperialismo funciona ahora desde un presente en el cual
hasta la útil ficción del Estado nacional, como un terreno ho-
mogéneo territorialmente limitado, se está disolviendo bajo la
fuerza de transformaciones globales tales como la nueva divi-
sión internacional del trabajo, las olas inmigratorias de una
magnitud sin antecedente y la implosión del tercer mundo al
primero. La idea del rnelting pot ya no puede sostenerse. Imáge-
nes aún más actuales, como la fuente de ensalada o la olla del gui-
sado, destinadas a subrayar la diversidad dentro de una entidad
abarcadora, no logran reconocer que el recipiente está agrieta-
do. Piensen en Nueva York a mediados de los años ochenta,
cuando más de la tercera parte de sus siete millones de habi-
tantes eran caribeños. Consideren los cambios demográficos
en California, donde, en 1945, el 91 por ciento de la población
era anglo y el5 por ciento latino; ahora, la población es 25 por
ciento latina y para el año 2030 se proyecta que esta cifra de la-
tinos se incrementará al 50 por ciento. El envase no envasa.
El nacionalismo y los procesos de incorporación y resis-
tencia al Estado nacional requieren el estudio histórico y
comparativo desde un presente que vuelve cada vez más
problemáticas las entidades estudiadas. Los actuales proce-
sos de globalización deben proveerle al analista social la ca-
pacidad de reconsiderar casos que antes parecían cerrados.
REIMAGINANDO LAS COMUNIDADES NACIONALES 299
¿Es posible ser diferente y un ciudadano cabal a la vez? ¿Es la
asimilación un proceso lineal sujeto a leyes? ¿A través de
cuáles mecanismos han intentado los Estados imponer la
homogeneidad nacional (etnolingüística) dentro de sus te-
rritorios limitados?
Al considerar tales asuntos, volvamos al primer pasaje de
N olí Me Tangere, de Rizal. Anderson subraya la universalidad
de la red verbal tirada por Rizal. De hecho, el humor negro
de Rizal y su sentido gótico de lo grotesco dan credibilidad a
esta perspectiva en pasajes como el siguiente: "Cual una sa-
cudida eléctrica corrió la noticia en el mundo de parásitos,
moscas o colados habituales que Dios crió en su infinita bon-
dad y tan cariñosamente multiplica en Manila" (p. 7). La
imagen de la chusma circulando la noticia sugiere que todo
el mundo en Manila pensaba asistir a la cena que daba don
Santiago de los Santos. Sin embargo, las líneas de exclusión
ya se habían hecho patentes cuando empezaba el gran even-
to. Por ejemplo, dice el narrador que las pocas muj eres pre-
sentes estaban segregadas en un sa lón aparte el 1 de los
hombres. Sólo una persona, una prima Jcl 'lllfilri óll , "de
facciones bondadosas", se molestó en saludar a las muj eres.
En un doble cross-over étnico, ella denigró a las españolas
brindándoles mascadura de betel y otros antojos filipinos ca-
llejeros, y asumió presumidos aires españoles en su trato ha-
cia sus compatriotas. "Toda su política y urbanidad", dice el
malévolo narrador, "consistían en ofrecer q las españolas
una bandeja de cigarros y buyos, y en dar a besar la mano a
las filipinas, exactamente como los frailes" (p. 1 0).
La fiesta está centrada en los hombres eminentes (algunos
de los cuales son impostores) y sus esposas ocasionales y no
en mujeres distinguidas y sus esposos. De hecho, los invita-
dos masculinos descritos son clérigos, oficiales, militares,
empresarios y hombres de asuntos importantes en general, y
no vagabundos ni miembros de la clase obrera.
300 RENATO ROSALDO
Además de la segregación entre hombres y mujeres en el
primer pasaJe de la novela, las mujeres mismas encuentran
múltiples formas de ausentarse, como me ha señalado la an-
tropóloga Anna Tsing, para que los hombres puedan llegar a
ser el tipo de patriota exigido por las expectativas interna-
cionales. La necesidad percibida de proteger a las mujeres
indígenas, especialmente las madres y las hijas vírgenes, de
la rapacidad de los españoles, lleva a una serie de personajes
filipinos masculinos a concientizarse como nacionalistas.
Las mujeres sirven como condición viabilizadora y fuente de
inspiración para la movilización de la defensa patriótica
masculina de la nación.
Las mujeres también encuentran maneras más literales
de ausentarse para que los hombres puedan crear los lazos
fraternales revolucionarios que los unen. En Noli ... , María
Clara, hija única de don Santiago de los Santos, anfitrión de
la cena protocolar de la primera escena, fue prometida des-
de temprana edad al héroe de la novela, Crisóstomo !barra.
Después de que varios españoles intentan repetidas veces
obstaculizar las intenciones amorosas de la joven pareja, el
héroe huye porque le ha sido encargada la rebelión y María
Clara se abstrae literalmente del escenario de los hombres
(en estado incipiente de unión) al entrar en un convento y
volverse loca. En la última escena de la novela, ella se trans-
forma en poco más ::¡_ue una aparición horrorosa "una figura
blanca de pie, casi sobre el caballete del tejado, dirigidos al
cielo los brazos y la cara, como implorándole. iEl cielo res-
pondía con rayos y truenos!" (p. 355). La novela de Rizal es-
tablece una relación hidráulica entre los vínculos horizonta-
les entre los hombres y la exclusión de las mujeres. En otras
palabras, la marginalización de la mujer les permite a los
hombres crear los lazos fraternales que unen a la comunidad
nacional imaginada en una solidaridad igualitaria.
Las relaciones de género en la novela de Rizal tienen un
REIMAGINANDO LAS COMUNIDADES NACIONALES 301
antecedente notable en la Revolución francesa, la cual, para
una serie de seguidores, ha llegado a ser un modelo tanto de
revolución como de nación. De hecho, la frase de Anderson
que se refiere a los lazos fraternales de la comunidad imagi-
nada parece citar tácitamente el lema revolucionario francés
de "Libertad, Igualdad y Fraternidad". Sin embargo, ha sido
únicamente en estos últimos tiempos que los estudiosos, tales
como J oan Landes en su libro Women in the Public Sphere in the
Age ofthe French Revolution (lthaca, Comell, 1 985), han puesto
atención en las relaciones de género respecto a la nación.
Landes plantea que bajo los reinos dinásticos la esfera pú-
blica absolutista no excluía a la mujer sino que la ponía en
desventaja debido a su carácter supuestamente más débil y
su naturaleza supuestamente más baja. Bajo la república, sin
embargo, el sexo de la mujer llegó a ser la base de dos su-
puestas características diferenciadoras interrelacionadas.
Por un lado, disfrutaban de una cierta superioridad moral,
que se manifestaba sobre todo a través de la maternidad y
la domesticidad; por otro, eran virtualmente excluidas de la
esfera pública de la política y 'de la sociedad civil. "La sub-
ordinación de la mujer al hombre", dice Landes, "y una di-
ferenciación rígida entre los sexos, fueron encapsuladas en
el cuerpo uniforme de las leyes codificadas por Napoleón
durante la primera década del siglo (XIX). El código civil
excluía a la mujer de la definición de la ciudadanía a la vez
que reconocía los derechos iguales de todos los ciudada-
nos" (p. 170). El feminismo, tal y como nosotros lo conoce-
mos hoy, ha surgido de la contradicción entre la igualdad
de derechos para todos los ciudadanos y la exclusión explí-
cita de la mujer de la ciudadanía.
Aparte de la marginalización de la mujer de la clase obre-
ra, el Noli ... no logra reconocer la existencia de las minorías
culturales. Mis compañeros de unos tres años, los ilongotes
de las sierras norteñas de Luzón, Filipinas, ni fueron invita-
302 RENATO ROSALDO
dos a, ni oyeron hablar de, la fiesta dada por don Santiago
de los Santos. En la actualidad, la comunidad nacional ima-
ginada filipina generalmente no incluye a las minorías cul-
turales. Como supondrán, el sentimiento es más o menos
mutuo.
La tercera fase esquemática de análisis tiene que ver con el
conflicto y la negociación. Las problemáticas que surgen de
esta manera toman un carácter fundamentalmente históri-
co, ya que el cuestionamiento es constante y sus resultados
son inciertos. Aunque ciertos factores estructurales podrán
constreñir los eventos, no los determinan. En este sentido, la
obra de Anderson ha puesto en movimiento una serie de
nuevos estudios. Por ejemplo, Partha Chatterjee, en Natio-
nalist Thought and the Colonial World: A Derivative Discourse?
(1986), emplea la conclusión de Anderson como punto de
partida. Cuestiona el planteamiento de que las naciones for-
madas después de la Segunda Guerra Mundial fueron deri-
vadas fundamentalmente de la imitación de los an-
teriores. En lugar de esto, él examina el impacto formativo a
largo plazo de las historias precoloniales y coloniales de las
nuevas naciones. En efecto, Chatterjee refina y concede un
lugar más central a lo que Anderson describió de modo más
nebuloso como el populismo ardiente. La obra de Chatterjee
privilegia la historia interna de la colonia en vez de hacer
derivar su nacionalismo de modelos europeos durante el au-
ge del imperialismo.
La obra de Chatterjee y la de otros autores plantea la ne-
cesidad de suplementar el esquema histórico de Anderson.
Comencemos con la concepción de la nación como un terri-
torio homogéneo limitado. Dentro de este territorio limita-
do, como dijo Max Weber, el Estado ejerce un monopolio so-
bre el uso legítimo de la violencia. El término "legítimo" se
refiere, como es lógico, a la perspectiva del Estado y no al
REIMAGINANDO LAS COMUNIDADES NACIONALES '303
pueblo contra el cual se dirige la violencia. Los ilongotes, los
kurdos, los vascos y los mojicanos probablemente no consi -
deran legítima la violencia del Estado.
En la segunda fase propuesta por Anderson ( 1820-1 920),
la idea de nacionalidad tomaba cada vez mayor apariencia
de hecho natural. De hecho, el término "naturalización" se
generalizó en este periodo y la nacionalidad de un indivi-
duo, como dice Anderson, asumía cada vez más el carácter
de fatalidad dada al nacer. Desde el punto de vista del Esta-
do, sus ciudadanos individuales eran iguales entre sí; eran
uniformes en lengua y cultura. Desde esta perspectiva, sin
embargo, la diversidad nacional (lingüística y étnica) dentro
del Estado llega a ser una amenaza, ya que cuestiona el or-
den normativo que plantea la uniformidad entre los ciuda-
danos en nombre de la congruencia entre Estado y nación.
Durante este periodo, los ciudadanos que reproducen la
norma se hacen culturalmente invisibles a sus propios ojos.
Los ciudadanos en ascenso social que logran entrar a las es-
feras burocráticas burguesas (comercial, militar, legal, médi-
ca, educacional) son instados a dejar sus vínculos locales y
los atributos culturales parroquiales (o sea, subnacionales).
Por muy parroquiales que sean, sus obras educacionales clá-
sicas, tanto las occidentales como las atenienses antiguas,
son vistas por las burguesías nacionales como encarnación
de la razón, el pensamiento y lo oculto universales. Desde
otro punto de vista, el pensamiento universal se podría des-
cribir, a pesar de las protestas de sus acólitos, como los siste-
mas culturales y locales (o regionales) característicos de la
burguesía de cada nación fundada en Europa y las Américas
entre 1776 y 1838.
Sin embargo, al concederle total legitimidad a ciertos in-
dividuos (esto es, a los terratenientes blancos varones), el
Estado simultáneamente marginaliza a otros (es decir, a las
mujeres, los grupos étnicos no blancos, los hombres blancos

304 RENATO ROSALDO
sin tierra). Si en las naciones fundadas entre 1776 y 1838 los
individuos con plena carta de ciudadanía se consideran uni-
versales, racionales o cultos, los ciudadanos de segunda cla-
se son vistos como locales, étnicos o culturales. Mientras más
poder real tiene un grupo, menos cultural se considera a sí
mismo, y mientras más cultural se considera un grupo a sí
mismo, menos poder real tiene, al menos en términos de su
derecho a la ciudadanía cabal. Uno puede, entonces, pre-
guntar si esta proporción entre cultura atribuida y poder ac-
tual se aplica de igual manera a las naciones formadas des-
pués de la Segunda Guerra Mundial y a las creadas entre
1776 y 1838. Esta pregunta requiere una exploración com-
parativa, y dadas sus diversas historias precoloniales y colo-
niales, las naciones del sureste asiático serían un campo de
investigación excelente.
A partir de la obra iniciadora de Benedict Anderson se
abre un fértil campo de estudio sobre la ciudadanía en la co-
munidad nacional imaginada en el sureste ' asiático y más
allá. La filiación a las comunidades nacionales imaginadas
parece ser un contrato que requiere constante renegocia-
ción. Vale la pena preguntar quién fue invitado a la fiesta y ·
quién no. ¿cómo se interrrelacionan desigualdades tales co-
mo las de edad, género, clase, raza, casta y etnicidad en los
conflictos y las negociaciones? ¿cuáles grupos han sido ex-
cluidos o marginalizados por las imaginaciones de lo nacio-
nal? ¿cómo se imaginan a sí mismos los grupos sociales mar-
ginalizados y cómo imaginan a las naciones que habitan?
Para los chicanos estas preguntas no son sólo ensayos abs-
tractos de análisis social, sino que inciden en n u e s t r ~ propia
sobrevivencia en Estados U nidos.
APÉNDICE
l. ESTADO E IDENTIDAD CULTURAL Y NACIONAL
Guillermo Bonfú Batalla
En este momento se da un doble movimiento a escala mun-
dial. Por una parte, la globalización de la economía y de las
decisiones políticas hace que los Estados nacionales, como
los hemos vivido hasta este momento, estén perdiendo ace-
leradamente ámbitos de autonomía y decisión, en beneficio
de alternativas que se toman a nivel trasnacional y que llevan
intentos ya muy avanzados, en algunos casos, de formar blo-
ques multinacionales que aseguren a los países que partici-
pan en ellos la posibilidad de tener una parcela dentro de la
economía mundial en su conjunto. Simultáneamente, y en
esto los acontecimientos recientes de Europa del Este y de la
Unión Soviética son una prueba muy clara, surgen identida-
des colectivas, étnicas, regionales, nacionales que, de acuer:
do con lo que nos enseñaron a pensar hace 20 y 30 años, de-
berían haberse debilitado y en algunos casos desaparecido,
o haberse subsumido en las identidades mayores que repre-
sentaban los Estados nacionales. Lo que vemos en la reali-
dad e ~ exactamente otra cosa, y pueblos que parecían ocul-
tos y disfrazados aparecen de nuevo con su propio rostro, su
propia voz, y reclaman el derecho de ser tomados en cuenta
con su particularidad, es decir, desde su particularidad. Esto
305
306 APÉNDICE
hace que también en ese terreno los Estados nacionales pre-
senten una imagen disminuida, una imagen empobrecida,
frente a las sociedades históricas que tienen una fuerza de
organización de la vida social mucho más firme que la que
alcanzaron los Estados nacionales, los cuales en casi todos
los casos son Estados multiétnicos y pluriculturales.
El problema de la identidad nacional en una sociedad co-
mo la mexicana es que, por definición, está referida al Esta-
do nacional. Hablamos de la identidad mexicana como la
identidad colectiva de los ciudadanos del Estado mexicano
y, en la medida en que el Estado pierde ámbitos de decisión
propia y autónoma, esto debe tener algún tipo de efecto en
la solidez de la identidad nacional. Más allá de sus implica-
ciones económicas, está sucediendo no sólo en México sino
en los países de América Latina el llamado adelgazamiento
del Estado, la renuncia a las funciones que el Estado cumplía
y ahora se plantea que las cumpla la sociedad civil, la iniciati-
va privada u otras fuerzas que no tienen las capacidades de
organización del Estado nacional.
Yo creo que con este aflojamiento de los vínculos que
mantenían un Estado fuerte (no estoy hablando de un Esta-
do autoritario, sino de un Estado fuerte, con capacidad de
gestión en muchos ámbitos de la vida social) se desatan tam-
bién una serie de tendencias que han estado presentes en la
sociedad mexicana, pero que ahora tienen, probablemente,
mayores posibilidades de expresarse. Diría que un cierto
sector de la población mexicana, fundamentalmente de po-
blación urbana de altos niveles económicos y con capacida-
des de decisión en distintos ámbitos de la vida social hablan-
do en términos de identidad, estaría en un franco proceso
de desnacionalización, y no quiero que se tome el término
como un calificativo ideológico; creo que hay un proceso,
que podemos explorar, que está llevando a esa desnacionali-
zación de ciertos sectores. Lo entendería principalmente en
APÉNDICE 3'07
estos términos: son sectores que están expuestos creciente-
mente a modelos de vida que no corresponden a las condi-
ciones de la sociedad real mexicana; son sectores que viven,
cada vez más, inmersos en un mundo material de objetos y
aparatos, etc., que tampoco corresponden a lo que es el con-
junto de la vida nacional; que operan con símbolos y signifi-
cados y dan significados a partir de una cultura, de una con-
cepción cultural, de una cosmovisión, incluso, que se aparta
de la que es predominante en el conjunto de la sociedad me-
xicana y que, en consecuencia, tienden no a cambiar la reali-
dad, sino más bien su proyecto sería cambiar de realidad. Es
decir, serían sectores que conciben a la sociedad original, a
la sociedad mexicana, a la que todavía pertenecen, simple-
mente en dos sentidos: primero, esa sociedad contiene ele-
mentos que son los que han impedido que seamos verdade- '
ramente modernos y desarrollados; entonces, hay una
visión que se expresa incluso en términos como Mexiquito,
Nacotitlán y otros, que son términos que califican despectiva-
mente a un amplio sector de la sociedad ,mexicana que se ve,
entonces, como el sector culpable, responsable de que no
hayamos accedido a la plena modernización.
Simultáneamente, la sociedad se ve como un instrumento
al servicio personal o de pequeños grupos. Esa realidad, difi-
cil y negativa, es percibida por estos grupos como el instru-
mento que les permitirá cambiar de realidad. No hay nin-
gún interés en cambiar esta realidad; hay un interés en
cambiar de realidad, el ubicarse en una realidad imaginaria
distinta y alejada. Para que se dé ese proceso de desnaciona-
lización, uno de los recursos a los que echan mano estos gru-
pos es, precisamente, un cambio de perspectiva para enten-
der la realidad nacional. Como parte de este proceso d ~
desnacionalización, se tiene que adoptar un punto de vista y
un sistema valorativo que permiten, al comparar a la socie-
dad y cultura mexicanas, o a las sociedades y culturas mexi-
308 APÉNDICE·
canas, con esa otra cultura ideal e imaginaria, que la mexica-
na resulte siempre una realidad negativa, una realidad
inferior a la realidad a la que se aspira.
México es un país con 86 millones de individuos y que se
conciben como cifras intercambiables, con los cuales se pue-
de construir una realidad diferente sin ubicarlos como seres
en sociedad, como individuos en sociedad, comisionados
por esa trama de relaciones sociales y por la cultura corres-
pondiente de cada uno de estos grupos. A principios de la
administración actual, de la administración federal, todos
los miembros del gabinete tenían estudios en el extranjero.
Esto en sí mismo no es malo; es decir, si esto significa mayor
capacitación, manejo de ciertas técnicas y conocimientos
más amplios, no está mal. Pero el problema es hasta dónde
estudiar en el extranjero también es resultado de toda una
vocación hacia una visión desnacionalizada y desnacionali-
zadora de nuestra realidad. Pienso que en estas circunstan-
cias lo que tenemos enfrente es un debilitamiento de los
elementos en que se fundara la identidad nacional, precisa-
mente porque el Estado está perdiendo espacios y perdien-
do importancia para la vida general de la sociedad, de tal
suerte que el único camino que parecería llevarnos a partici-
par en el proceso de globalización, no como individuos sino
como colectividades organizadas que se relacionan con otras
colectividades organizadas, es reconocer la existencia de es-
tas identidades históricas reales que no obedecen a la divi-
sión político-territorial del país ni han sido reconocidas po-
líticamente como unidades constitutivas del Estado, pero
que son las unidades reales, y en la medida en que contribu-
yamos a crear condiciones para que esas identidades se re-
fuercen y se expresen en una situación de igualdad con el
resto de las identidades que forman la identidad mexicana,
estaremos realmente reforzando las bases reales, las bases úl-
timas de una identidad nacional posible.
APÉNDICE• 309
Empecinarnos en destruir o reducir el peso de
tidades para pretender reforzar una identidad _dis-
tinta e incompatible, por excluyente, de estas otras identida-
des es estar jugando contra la posibilidad de la identidad
nacional, contra el objetivo de construir realmente una
identidad nacional sólida; es decir, fincada en nuestra reali-
dad. Pienso que para ello una de las tareas fundamentales
profundizar en una crítica de las ideologías y de las cosmovJ-
siones de la cultura de los grupos dominantes. Creo que éste
es un punto que en general puede guiar a los trabajadores
migratorios, a los obreros, a los campesinos, a los
sin olvidarnos que hay otros grupos que son los que tienen
las capacidades de decisión y que, finalmente, no sabemos
muy bien cómo las toman, a partir de qué elementos y es-
quemas de valor; sin embargo, sus decisiones nos afectan a
todos.
Creo que la desnacionalización en ese sector es un hecho.
No puedo dar datos, lo planteo como pero creo
que hay suficientes indicios para conocer que ese mo-
vimiento hacia la desnacionalización. Un movJmtento muy
distinto, por ejemplo, del que uno puede ver en estos mi-
grantes que están en el "bordo" tratando de pasar Estados
Unidos, por una sola razón: hasta donde he podido _ver Y
platicar con quienes conocen el fenómeno much_o meJOr, la
visión que ellos tienen de la sociedad es de
la sociedad-instrumento; es decir, la ven como un mstru-
mento gracias al cual van a obtener beneficios en función de
su realidad original. Ello es totalmente distinto a la concep-
ción de que la sociedad mexicana es el instrumento que po-
nemos al servicio de ciertos intereses más bien personales o
de pequeño grupo. _ .
La identidad cultural nacional, entendida como Identi-
dad cultural de los mexicanos, hace referencia al Estado na-
cional, pasa por el Estado nacional. Esto es muy diferente
310 APÉNDICE
que suponer que el Estado nacional la construye, o que esa
identidad cultural depende de alguna manera del Estado
nacional, y esto es una referencia indispensable. De hecho,
cuando se crea el Estado nacional se plantea la idea de ciu-
dadanía; es decir, todos los habitantes de este territorio, que
está organizado políticamente por un Estado, somos mexi-
canos, con toda una larga lucha para destruir cualquier tipo
de privilegios y formas corporativas que de alguna manera
negaban la idea de que los ciudadanos mexicanos, que eran
todos, podían tener, por ejemplo, un acceso libre a los dis-
tintos recursos que el país ofrecía. Esto significó, también,
negar en la práctica y en la ley las identidades culturales pre-
viamente existentes. La lucha liberal para anular las tierras
comunales era justificada en términos de que era una pro-
piedad corporativa y que los indios de tal o cual comunidad
no tenían, en tanto mexicanos, derechos preferentes o ex-
clusivos sobre un cierto territorio, sobre ciertos recursos,
porque, finalmente, cada uno de ellos era igual a cada uno
de los demás mexicanos y debían entrar en una especie de li-
bre competencia para el aprovechamiento de esos recursos.
Se partió de construir desde el Estado nuevas reglas del jue-
go que implicaban la negación de estas unidades sociales
históricas previamente existentes, para fundir todo esto en
una macroidentidad que sería la identidad de los mexica-
nos. Existen culturas reales, identidades culturales reales
que obedecen a la existencia de sistemas sociales que han
podido construir, a lo largo de generaciones, una cultura
distintiva que consideran patrimonio exclusivo y preferente
de los miembros de ese grupo, y ahí entra el problema de la
identidad; es decir, igentidad §ignifica la aceptación por
parte de una colectividad y, al mismo tiempo, los individuos
que integran el grupo afirman su participación cuando afir-
man su identidad como tales.
No existe una, sino muy diversas culturas reales en el país;
APÉNDICE
no hay una cultura popular común a los sectores populares o
explotados o marginales del país, sino que hay muchas cul-
turas diferentes. En la medida en que el Estado reduce sus
funciones, esa referencia que permite construir la identidad
de los mexicanos en tanto mexicanos se convierte en un lla-
mado, en una fuerza integradora menos presente, menos
fuerte que en las situaciones anteriores, lo cual no quiere de-
cir que las culturas reales estén en riesgo: las culturas reales
están ahí y la gente las modifica, las transforma constante-
mente. La alternativa para el país, y en consecuencia para la
identidad nacional mexicana, debería ser una identidad
construida a partir del reconocimiento de las diferencias
culturales, no negándolas como sistemática e históricamen-
te se ha hecho sino, al contrario, reconociéndolas, valorán-
dolas y convirtiendo la diversidad cultural en un recurso po-
tencial para el país y no, como ha sido visto en casi todos los
programas desarrollistas y en todos los proyectos
que se han sucedido en el país, en un obstáculo para la um-
dad nacional, para el desarrollo nacional.
Jorge A. Bustamante
La identidad cultural nacional (trato de no definirla como
identidad nacional, con el fin de alejarme un poco de la no-
ción de decreto gubernamental) no depende de la decisión
del Estado. Creo que la decisión del Estado puede ser un
elemento, un insumo para la identidad cultural nacional,
pero no es necesariamente el factor determinante de la
identidad cultural nacional. Ejemplo de ello son los Estados
del este de Europa que, a pesar de 50 años de decreto que
suprimía o reprimía la identidad cultural nacional, ésta s.e
mantuvo. Ahí está el caso de Lituania. Los lituanos, para uti-
lizar el ejemplo más conspicuo en la prensa de Estados U ni-
312 APÉNDICE
dos, después de 50 años salieron a las calles mostrando una
identidad cultural nacional que contradecía el decreto que
la suprimía. Es claro que aquí hay un elemento político: es-
tán buscando básicamente la independencia política de la
Unión Soviética. Esto no es toda la identidad cultural nacio-
nal, pero es un elemento; es decir, toda cultura nacional que
no busque su preservación tiene un elemento de autodes-
trucción. Observamos países que han aguantado represio-
nes, no de 50 años, sino de cientos de años, y que han man-
tenido sus elementos principales aun en su idioma, como
son los casos de los países árabes, donde el idioma ha sido
reprimido por cientos de años y sin embargo se mantiene.
La identidad cultural nacional no depende del Estado na-
cional; son dos fenómenos separables analíticamente, aun-
que, en la realidad, el Estado nacional puede ser insumo, pe-
ro no el factor determinante de la cultura nacional. Existe una
evolución del Estado nacional. Ya no es lo que dijo Guiddens
en sus tratados sobre el mismo, o sobre la soberanía del siglo
xvr; ya no es el Estado como lo concebía Hegel, ni es el Estado
en términos de El Príncipe: es un Estado que está empezando
a ser otra cosa por la permeabilidad de las fronteras. El ejem-
plo más claro de la evolución del Estado nacional lo constitu-
ye Europa, con el Mercado Común Europeo y que en 1992 ve-
remos como los Estados U nidos Europeos o algo así, en
donde el Estado nacional pierde su elemento esencial, que es
la detentación de la soberanía, a favor de valores compartidos
de nivel supranacional. La permeabilidad de las fronteras,
que es un proceso que hemos visto en Europa por varias déca-
das, estará llegando así al punto de imponer una composi-
ción orgánica, jurídica, superior al Estado nacional.
Eso sería la ejemplificación más clara que tenemos de ese
proceso evolutivo del Estado nacional, lo cual no llevará a la
desaparición de la cultura nacional francesa, española, ingle-
sa, alemana, etc., sino que prevalecerán éstas porque hay una
APÉNDICE 313
cultura nacional independiente del Estado. Ciertamente, en
la conformación de las políticas del Estado nacional sí son re-
levantes, pero hay que distinguir entre lo que es el Estado na-
cional y lo que es la identidad cultural nacional. Ésta es algo
sumamente dificil de definir y precisar, justamente, porque
tenemos una realidad pluricultural en el país.
En el interior del país es dificil definir lo mexicano; diga-
mos que en Puebla o en Michoacán si alguien se pregunta
¿qué es lo mexicano?, quizá tenga que recurrir a varias regio-
nes para definirlo. Lo mexicano es creer en la virgen de Gua-
dalupe, es tener respeto por el padre, es tener cariño por la
madre y los abuelos; en fin, estoy haciendo una lista muy arbi-
traria, pero eso lo encontraríamos, quizá, en muchas partes
de México. Pero si en el centro del país es dificil definir lo me-
xicano, en la frontera no lo es, porque en la frontera se en-
frenta una realidad cultural dicotomizada por el idioma y por
muchos otros factores, pero fundamentalmente por la desi-
gualdad, y esta dicotomización hace que en la frontera lo me-
xicano sea "lo no gringo". La realidad fronteriza nos permite
definir lo mexicano en contraste con lo que no es (es decir, lo
mexicano es lo no gringo); esto nos permite identificar lo mexi-
cano en la frontera con mayor facilidad de lo que lo podría-
mos hacer en el interior del país. Esto es muy importante pa-
ra analizar a la población de origen mexicano que vive y se
educa en el extranjero. En un lugar como California, donde
la historia es nula, podría pensarse que los chicanos no ten-
drían interés en mantener su cultura, sus raíces culturales. Yo
no digo que todos los chicanos estén igualmente preocupados
por mantener, recrear y perpetuar sus raíces culturales mexi-
canas; hay enormes variaciones, pero esta aspiración es muy
real, existe y subsiste a pesar de un sistema educativo que no
solamente no les habla de la historia de México sino que lo
hace de lo opuesto, de la antihistoria, y les dice: "Lo mexicano
es lo sucio, lo mexicano es de lo que te debes deshacer lo más
314 APÉNDICE
pronto posible", y los ha castigado por hablar español. El
idioma español era ilegal en Estados U nidos hasta 1972,
cuando hubo una decisión de la Suprema Corte que declaró
anticonstitucional las leyes que consideraban ilegal hablar es-
pañol en el ámbito de la escuela.
Los casos de Europa, México en su experiencia con Esta-
dos Unidos y la frontera nos llevan a la premisa de que la
identidad cultural nacional es algo que existe y es más fuerte
de lo que nos imaginamos porque es independiente del
Estado nacional y tiene que ver con la sobrevivencia de la
mayoría. Aquí yo me atrevería a sostener que la identidad
cultural nacional es igual a lo que entendemospor ·cultura
popular; es la expresión, el reconocimiento o la conciencia
personal de la cultura popular, y estos valores, creencias, mi-
tos, expresiones idiomáticas, comunicaciones, códigos, sím-
bolos que integran la cultura popular son lo que le da el sus-
tento, son el basamento de la identidad cultural nacional,
que es un acto de conciencia.
La identidad cultural nacional es el resultado de un pro-
ceso de concientización de la cultura popular, y aquí está la
base de su prevalencia, de su resistencia, inclusive a los Esta-
dos nacionales.
La cultura popular es algo que puede ofrecer resistencias
muy prolongadas a acciones contrarias de represión por par-
te del Estado nacional, ya no digamos al fracaso del Estado
nacional en promoverlas. El gobierno de México ha decreta-
do lo que es la cultura nacional, lo cual es un acto del Estado
mexicano, pero no es cultura nacional, y creo que es muy im-
portante hacer la distinción, porque el Estado mexicano ha
hablado de diferentes cosas, como, por ejemplo, de una polí-
tica de castellanización. Ése es un acto del Estado, es un acto
de represión de las culturas autóctonas, pero no es cultura na-
cional, sino un acto de autoridad, un acto de poder. El Estado
mexicano ha hablado del nacionalismo revolucionario, y eso
APÉNDICE Si5
no es la cultura popular, ni muchísimo menos la identidad
cultural nacional; eso es un acto del Estado mexicano.
El fundamento del acto de conciencia de la identidad cul-
tural nacional, que pasa de la cultura popular, como he di-
cho, a la identidad cultural nacional como proceso de con-
cientización, se da por el elemento catalizador de la otredad
como distinción dicotómica que nos hace identificar lo me-
xicano como lo no gringo, y a partir de esto ocurre un proce-
so evolutivo de reforzamiento de la cultura popular y el acto
de conciencia de la identidad cultural nacional.
Hemos descubierto en nuestras investigaciones que no
existe una relación de causalidad entre el uso de anglicismos y
la identidad nacional. Esta conclusión va en contra de la idea
que existe en el centro del país. No digo que alguien aquí la
haya sustentado de ninguna manera, pero es una idea, un es-
tereotipo que existe en el centro del país, de que los que deci-
mos "Ay te guacho a dos bloques de la marqueta" somos can-
didatos a ser acusados de traición a la patria. Esto es un error,
es un estereotipo que está basado en la ignorancia de una his-
toria en la cual ha habido una cierta evolución; yo no veo para
atrás, realmente la veo en términos optimistas hacia delante.
U na de las cosas que más se ignora en el centro del país es
cómo ha habido una recuperación de la mexicanidad en la
frontera y que es parte de la historia de Tijuana. Tijuana fue
inventada por los gringos: hubo un momento en que la eco-
nomía, los edificios, los automóviles, los negocios, los traba-
jos, todo era propiedad exclusiva en la cual no podía pene-
trar el mexicano. Tijuana tiene una historia bellísima de
nacionalismo sindical, que después se corrompió y ahora es
una vergüenza; pero tiene una historia bellísima de naciona-
lismo sindical, hizo cosas importantes en el proceso cultural.
La organización de la Colonia Libertad fue un acto de nacio-
nalismo hermosísimo proveniente de los elementos de cul-
tura popular, lo que me ha llevado a equiparar el
316 APÉNDICE
mo con la cultura popular. Esto es algo que ha venido
avanzando. Para los miembros de los incipientes sindicatos
de Tijuana de aquella época la mayor conquista fue que les
dieran trabajo como choferes, porque les tenían prohibido
manejar automóviles en Tijuana. Olvídense de soberanías:
ellos aspiraban a algo tan concreto como que les dieran traba-
jo en los restaurantes, que pudieran ser meseros, ya no diga-
mos capitanes de meseros; era absolutamente inalcanzable
que pudieran ser choferes. Fue un proceso de nacionalismo
que ha sido un avance, no un retroceso, como se interpreta
desde México; pero es un avance dinámico, no es lineal tam-
poco.
José Manuel Valenzuela Arce
La visión relacional sobre identidad es determinada a partir de
una noción donde los grupos sociales se autoidentifican al mis-
mo tiempo que son identificados por otros grupos. El proceso
a través del cual generan una visión colectiva del nosotros se en-
cuentra concomitantemente asociada a una construcción de
los otros y a una serie de atribuciones asociadas a sus caracterís-
ticas reales o inventadas. La identidad se ubica dentro de un
campo de disputa que se encuentra en la confrontación del
"México profundo" con el "México imaginario", en la disputa
del nosotros con los diferentes matices de las identidades cultu-
rales nacionales, así como con la otredad, alteridad, lo "no mexi-
cano", "lo gringo", que serían formas distintas a través de las
cuales nos vemos reflejados dentro de un contexto sociocultu-
ral específico, y vemos también la presencia, al parecer cada
vez más atenuada, de nuestros mitos fundadores.
¿cuáles son los elementos que siguen anclados en las con-
ciencias colectivas, en las conciencias populares, que conti-
núan otorgando direccionalidad a la acción de los grupos?
Efectivamente, muchos de estos mitos fundadores son reales
APÉNDICE ~ 1 7
y otros son construidos; son mitos imaginados o inventados
principalmente por los grupos hegemónicos y luego son in-
teriorizados y reproducidos por las clases populares. Esto lo
podemos ejemplificar con la magnitud y resonancia de la
santificación de Juan Diego, quien, a pesar de que existe una
serie de elementos que lo muestran como un mito inventa-
do, vive y cobra realidad en las conciencias populares y tiene
capacidad de dirigir acciones y prácticas. Aquí surgiría la
pregunta acerca de la interrelación entre las culturas popu-
lares como elementos que definen la identidad cultural na-
cional y su relación con lo que sería la posibilidad de cons-
trucción de prácticas y creencias por parte del "México
imaginario" que permitan dirigir la acción de los grupos.
¿cómo vincularíamos estas prácticas populares que en sí
mismas ya incorporan elementos míticos simbólicos e iner-
cias sociales dirigidas a través de procesos de socialización y
también mediante formas dirigidas de construcción de ima-
ginarios, o de símbolos que tienen capacidad de anidar en
las prácticas sociales? Estos elementos no son permanencias
estáticas, sino formas vivas, formas proccsuales que se cons-
truyen y reconstruyen, y tienen que ver con la adscripción al
grupo, o las políticas con las que los grupos sociales son des-
pojados de sus referentes míticos. Éste es un elemento cen-
tral a través del cual se buscó la división de la comunidad
mexicana en Estados Unidos; la división pasaba, en un pri-
mer momento, por el despojo de los referentes míticos
simbólicos y también por la desterritorialización, mediante
la separación física de la propia comunidad a través del
fraccionamiento de los barrios, pero también se fueron
construyendo otro tipo de identidades. Ya no era el gran
barrio maravilla, sino que empezaron a darse una serie de
identificaciones ancladas en un contexto espacial do"nde
anidan otro tipo de identidades y también otro tipo de re-
laciones entre los propios grupos subordinados. Existe una
~ -
318 APÉNDICE
serie de elementos claramente relacionados con la erma-
nenCla de iaentidades ' ancladas en formas comunitarias
"premodernas", que aún podemos observar en el contexto
dd barrio, en el contexto de los pueblos indios, en identida-
des que surgen a partir de la interacción espacial inmediata,
cotidiana. Los referentes son directos; es la fuerte intensidad
de la interacción, pero también se encuentra la confrontación
con una comunidad imaginaria de mayor dimensión que se-
ría "la cultura nacional" o la identidad cultural nacional. Las
preguntas serían: ¿cuáles son los rasgos de esa identidad cul-
tural nacional? y ¿hacia dónde apuntan estos elementos, no
desde la perspectiva de las culturas populares sino desde la
perspectiva del "México imaginario"?
Encontramos en los años ochenta una pérdida de la idea
de futuro entre algunos grupos juveniles que se expresa de
múltiples formas, desde el concepto premonitorio de Len-
non del sueño ha terminado y el mito de Sex Pistols de cuando
no hay futuro cómo puede halJer pecado, hasta la reproducción
cotidiana de los punks cuando nos plantean que no existe el
tan profundo desarrollo.
Cuando vemos que la sociedad latinoamericana, donde
según la CEPAL el 38 por ciento de la población se encuentra
considerada en niveles de extrema pobreza, lanza el grito de
desesperanza de los "Panchitos", o la imagen no elaborada
pero que se reproduce en la vida cotidiana de los cholos co-
mo verdad interiorizada de que no hay progreso, de que te
haces viejo y no la has hecho a los diecisiete años. Estos elementos,
que ellos interiorizan como certeza, nos plantean una pérdi-
da de la noción de futuro, que también observamos en el
abandono por parte de grupos de jóvenes de la escuela co-
mo elemento de movilidad social. Me parece que a través de
estas experiencias observamos formas más heterogéneas de
construcción de identidades y que nos confrontan a una ne-
cesidad de redefinir los proyectos nacionales.
APÉNDICE !119
Las lealtades o los sentimientos de pertenencia están refe-
de identidad cultural. En ese sentido, cul-
tura nacional y cultura regional, efectivamente, inscriben,
de manera fundamental, aspectos trasnacionales que reba-
san la frontera y que no necesariamente son construidos in-
ternamente, pero eso no se traduce de una manera lineal en
que se abandonen los procesos de identificación con el gru-
po o con los sectores sociales de pertenencia. La gente pue-
de decir OK, puede decir Bye, Bye, pero existen otros ele-
mentos insertos en la práctica cotidiana de los grupos que
son mucho más fuertes. El que un joven se ponga,!Jna cami-
seta que lo identifica como surjo no implica que esté pensan-
do en que por vestir de esa forma automáticamente se está
inscribiendo dentro de un proyecto distinto al proyecto de
su grupo, y no me refiero al proyecto nacional sino a la coti-
dianidad y a las prácticas de su grupo social. Esta diferencia-
ción conceptual posiblemente nos ayude a no dicotomizar,
sino a integrar dos visiones que existen en la realidad, donde
lo estadunidense es permanencia, existe y ha participado de
manera importante en la delimitación de los rasgos cultura-
les de esta frontera, a veces como adscripción y en o as iones,
como resistencia y como oposición, y es precisamente en esta
oposición donde se han construido lealtades sumamente
fuertes que pueden funcionar como elementos de resisten-
cia cultural frente a lo anglosajón.
Carlos Monsiváis
De una manera explícita, desde posiciones del gobierno o
de sectores afines, se considera que el nacionalismo ha deja-
do de funcionar por ser una táctica meramente defensiva y
que esa condición misma de lo defensivo la vuelve tan secun-
daria y tan prescindible que hay que pasar a formas más
320 APÉNDI CE
agresivas e integradoras. Un ilustre escritor mexicano, muy
ilustre, escribió a propósito de la invasión de Panamá que se
había probado, ante la falta de respuesta popular, que el an-
tiimperialismo ya había desaparecido en América Latina, y
calificó al antimperialismo, que llamaba antiyanquismo, co-
mo el último obstáculo para el desarrollo moderno de Amé-
rica Latina. En fin, no lo está diciendo cualquier persona, lo
está diciendo alguien muy ilustre, alguien muy homenajea-
do por el gobierno, y todo esto ha creado un clima de acoso
al nacionalismo desde arriba, y también creo que ha habido
un cambio en las comunidades que han ido modificando su
percepción del nacionalismo y de la mexicanidad.
Existen términos que ya han sido tan usados y tan vilipen-
diados por la demagogia oficial, que resulta muy difícil en-
trar en contacto con ellos sin tener que definirlos en cada
ocasión, porque han sido objeto del oprobio de alcaldes, go-
bernadores, secretarios de Estado, presidentes de la Repú-
blica y, por más que se quiera, esa carga ahí está. Dice uno
mexicanidad y yo pienso inmediatamente en un alcalde, no
en el hecho mismo de la mexicanidad, porque se interpone,
está ahí todo ese condicionamiento retórico. No creo que
fuera una mera frase, yo sí creo que la americanización es
ahora un componente de la mexicanidad o de lo mexicano o
de lo nacional, que no se puede entender ya un desarrollo
nacional sin el componente de americanización que además
lleva por lo menos sesenta años actuando. No es una cosa
nueva ni es un hecho que me parezca éticamente reprobable
o aprobable; está ahí, y no tengo por qué abstenerme de des-
cribirlo. Hablar de lo mexicano sin incluir la americaniza-
ción es inventarse algo que hace mucho dejó de existir y que
el reconocimiento de estas situaciones también lleva a una
desmitificación de lo que han sido los valores de la identi-
dad, que muchos han sido valores corruptos, represivos, au-
toritarios, que prescinden por completo de los derechos de
APÉNDICE 321
la mujer, que están imbuidos en el autoritarismo. No veo
por qué esa identidad sigue siendo tan elogiable cuando ha
sido parte de la opresión, una parte muy poderosa, interna,
de la opresión.
En este sentido, yo no le veo mucho sentido a seguir insis-
tiendo, como hasta ahora, en la definición continua de tér-
minos en lugar de atender a lo que se está dando en los mo-
vimientos sociales; es mucho más fértil entrar en contacto
con los exámenes muy concretos de movimientos sociales,
de tendencias, de valores, de imágenes, que proseguir con
una discusión que está muy empantanada, en parte por la
agresión oficial, que es furibunda. El nacionalismo ya n? es
imprescindible; todo sentimiento a la defensiva no tiene ra-
zón de ser en este momento; es un sentimiento que nos aísla,
que compromete a nuestro proceso de integración con Esta-
dos Unidos y que, en última instancia, sólo favorece a una
idea romántica, trasnochada y populista. Lo populista no se
le quita ya al nacionalismo: decir nacionalismo es decir po-
pulista, que es un pecado gravísimo.
N éstor Ca reía Canclini
Tengo la impresión de que en muchos momentos estarnos
manejando un esquema excesivamente binario: habría una
cultura mexicana, una cultura norteamericana; habría en-
frentamientos y definiciones por oposición. Esto en parte es
así, pero, junto a eso, han aparecido una cantidad de indica-
ciones no muy desarrolladas acerca de otras combinaciones
y otras problemáticas. La otredad en la frontera también
puede ser la otredad de los centroamericanos, la otredad ,
múltiple de los distintos grupos étnicos mexicanos que están
aquí, y que intentan, dentro de la unificación obligada, ad-
quirir formas propias o mantenerlas. Esto nos remite a otra
322 APÉNDICE·
cuestión, que es el aspecto dramático y doloroso: las pérdi-
das y desestructuraciones de la identidad. No sólo hay opo-
sición, afirmación, enfrentamientos entre una identidad
mexicana y una norteamericana, sino también hay deses-
tructuración, y como ocurre hoy en casi todas las ciudades
contemporáneas, solemos compartir varias identidades
dentro de una misma persona y a veces en contradicción, en
la manera en que somos padres, hijos, trabajadores, acadé-
micos, sindicalistas, políticos, etc., y una identidad a veces
no se lleva muy bien con la otra. '
Tercera observación. Creo que en todas lasclases sociales
ha ganado importancia la noción de transacción. Lo que to-
dos estamos obligados a hacer para poder vivir en socieda-
des tan complejas y heterogéneas como las contemporáneas,
es hacer transacciones entre distintas formas de identidad.
Aun en los sectores populares, donde a veces la oferta es me-
nos diversificada y tienen menores posibilidades de combi-
nar identidades distintas, combinan y se dan cuenta, por
ejemplo, que no tienen por qué optar entre la medicina tra-
dicional, que sería sólo la que correspondería a ellos, y dejar
de usar la medicina científica. En general, las investigacio-
nes que se han hecho en México sobre los usos de las medici-
nas científica y tradicional muestran la alta sofisticación en
la combinación de ambas que hacen distintos sectores socia-
les, entre ellos los populares, en los que la madre de familia,
sobre todo, que es el árbitro en estos casos, sabe muy bien
cuándo acudir al huesera o al curandero y cuándo, para otro
tipo de necesidad como exponer vacunas, tiene que ir a la
medicina científica.
Creo que con la lengua pasa algo parecido a estas combi-
naciones de las que se hablaba; para un tipo de discurso más
formal o referido al mundo del trabajo, se usa la lengua in-
glesa, y para el mundo familiar o de los sentimientos se usa
el español; deslizamientos que a veces he escuchado, creo
APÉNDICE 323
que todos en una misma frase: se empieza la frase en una
lengua, se sigue en la otra y se vuelve a la primera. Es un pro-
ceso transacciop.al. Me parece que este aspecto de las tran-
sacciones debemos incluirlo en la reflexión, en la conceptua-
lización de la identidad, como un elemento permanente que
matiza mucho más las oposiciones binarias que a veces exis-
ten y son muy importantes, y pueden serlo incluso en la defi-
nición política, pero que, a veces, en la vida cotidiana están
mucho más matizadas.
Un análisis de las identidades actuales obliga a tomar en
cuenta su carácter no predefinido de una vez para siempre
sustancialistamente, su carácter relacional, el coNjunto de
las mediaciones que van interviniendo históricamente en su
transformación, y un cierto carácter abierto. La importancia
de que lo que estamos definiendo como identidad ya se está
transformando, y se está transformando en distintas direc-
ciOnes.
La idea anterior la ilustraría con una imagen que me pa-
rece especialmente gráfica. La acción del Estado respecto a
las identidades étnicas en México la veo magnffica y terrible-
mente representada por el Museo Nacional de Antropolo-
gía. Al entrar al Museo de Antropología por la derecha, lo
primero que se ve es una introducción científica: cómo es la
antropología, cómo se estudió para convencer que lo que
uno va a ver realmente es así; si uno entra por la izquierda, le
cuentan la historia de los grupos étnicos del norte hasta el
sur, y por cualquier lado que uno entre, acaba en el centro,
en la Sala Mexica; hay que subir incluso, hay una serie de ar-
tificios escenográficos que transmiten muy claramente la
sensación de que uno asciende a un nivel superior de cultu-
ra, de civilización, y ahí se encuentra con los grandes i o s e ~ ,
con la Piedra del Sol y todo lo demás. Si uno entra por la de-
recha, el momento inaugural de la cultura de México, des-
pués de la introducción científica, es la entrada por el estre-
324 APÉNDICE·
cho de Bering, cuando llegan los primeros pobladores a
América. Ahora hay una serie de cortes en el museo que
vuelve muy artificial esta operación que ha hecho el Estado
de elegir la Sala Mexica como lugar central de constitución
del poder desde antes de que llegaran los españoles.
Uno de esos cortes, que ha sido ya bastante criticado, es la
separación de lo arqueológico y lo etnográfico. La plantaba-
ja nos cuenta la historia arqueológica y separada, la historia
de la vida cotidiana. Pero también la historia de la vida coti-
diana de los indígenas se detiene antes de la llegada de los
españoles; hay muy pocos elementos en la Sala Náhuatl que
nos hablan de qué les pasó a los indios después de la Con-
quista. Yo diría, para poner una imagen muy gráfica, que un
buen museo de antropología debería empezar con el canal
de Beagle, y tendría que terminar tal vez con el Cañón Zapa-
ta, como una de las varias salidas o maneras de quedarse, no
la última, no la única; una de las penúltimas quizá. Ahora,
entre una entrada y una salida debería haber muchas media-
ciones que no están contadas, pues el propio Estado que hi-
zo el museo no aparece. La historia de la Conquista y de lo
que les pasó después a esos indios, a cada uno de los grupos
que van siendo presentados en cada sala, no aparece, no ha-
blemos de acontecimientos más contemporáneos, como son
las relaciones interétnicas entre esos grupos, la industrializa-
ción, las industrias culturales, etcétera.
Luis Dávila
Hace ya casi veinte años que Jorge Bustamante, y por medio
de él México y los mexicanos, invitó a un grupo de chicanos
a que viniéramos a México a hablar un poco de la cultura
mexiconorteamericana en esta lengua, el español, que tam-
bién es la nuestra. Había interés en cómo sobrevivía y hasta
APÉNDICE S25
qué extremo. Tal lengua y tal cultura quedaban en Aztlán, o
sea en aquella parte de México para algunos inventada, por
lo mítico, y para otros real, por lo vivido. Allí, en Aztlán , des-
de Texas hasta California y llegando hasta el sur de Colora-
do, decíase que todavía se hablaba o cuando menos se balbu-
ceaba el español, aunque fuera en cachitos, y por más
remendada que esa lengua estuviera por allá. Y los que fui-
mos a dar a la UNAM, en aquel entonces, cuánta bola no nos
hicimos en medio de aquel México tan vital de los setenta y
de luto por lo ocurrido en Tlatelolco. Que los presos políti-
cos, que esta raza y aquella la no raza, que la apertura o la no
apertura, que tales protestas o no protestas, y 6ntre todo
aquel desbarajuste también nos preguntábamos cómo ahora
nosotros, los chicanos, antes meramente pochos, íbamos a
poder decir algo sustancioso, o por lo menos no tan infantil
sobre nuestra cultura, la mexicana in extremis y el ejemplo
patente de hasta qué extremos puede llegar el mexicano,
para usar las palabras de Paz. Así nos habría mitificado él, a
través del pachuco, en aquel su primer capítulo de su tan
personal y tan existencial laberinto de su freudiana soledad.
Nos preguntábamos: ¿cómo podemos decir nosotros, los hi-
jos pródigos del español, algo pertinente en esa lengua,
frente a un México mayor que con tanta pena a veces nos vi-
gila, con tanta fuerza nos habla y a veces también con tanta
destreza nos escribe y a gritos y sombrerazos. De todos mo-
dos, por fin dijimos algo de la cultura, la política, la sociolo-
gía y la historia de Aztlán, en nuestro español vulgar y no tan
formal. Y al decirlo tomamos la palabra en español y en Mé-
xico. Era importante hacerlo así en esa otra lengua america-
na que también nos pertenece, y en la de Martí y la de nues-
tra otra América. Y después de México seguimos así en los
Estados Unidos, enarbolando la bandera del español y la
otra de la acción cultural afirmativa. Bilingual Education le
nombramos, y también Affirmative Action. Insistimos mucho
326 APÉNDICE
en no ser ni más ni menos seres bilingües a quienes nos toca-
ba también hablar esa otra lengua de esa otra América. To-
do esto pasó, y con ganas, desde principios de los setenta, y
luego hacia fines de los mismos setenta vino el ataque furi-
bundo en contra de esa lengua y esa cultura trasnacional, y
no sólo de los antiguos bárbaros miopes de ojos azules, co-
mo diría Efraín Huerta; vino también de algunos de los
nuestros, como Richard Rodríguez, que tan
aprendieron el inglés y luego se ufanaron e insistieron en
que era mil veces mejor en él escribir, hablar y leer. Se nos
rogó a través de los ochenta que descartáramos esa otra len-
gua también pública, que era la de Sor Juana, la de Vascon-
celos, la de Martín Luis Guzmán, y hasta la de Carlos Monsi-
váis.
Pero eso no se cumplió. Mientras aquel país del norte jala-
ba a tanto mexicano hacia allá, el mundo chicano siguió
siendo bastante bilingüe, y hasta haciéndose más de habla
española, pues el español vivo, y vital por lo monolingüe,
constantemente llegaba con esa avanzada. Pero como todos
lo sabemos, y ya lo dijo Borges, "la palabra problema puede
ser una insidiosa petición de principios". Hablar del proble-
ma de los indocumentados, como tantas veces nos lo ha re-
cordado Jorge Bustamante, es postular que ellos, los trabaja-
dores mexicanos, son el problema; decir esto es hasta cierto
punto achacable a México lo que allá nosotros, los que so-
mos ciudadanos, calladamente otorgamos: la explotación
del otro mexicano, para así seguir viviendo cómodamente
nuestro american way of life.
Y este México de suaves oleadas, que allá nos llega cons-
tantemente, es en gran parte el que nos ha ayudado a sobre-
guardar cierto español vital, y por lo vulgar y oral, con su ra-
dio, televisión y habla popular. Nosotros, los que nunca
hemos querido olvidar el español ni la cultura nacional,
constantemente lo saqueamos conscientes de su fuerza na tu-
APÉNDICE 327
ral. Richard Rodríguez, en su polémico libro Hunger of Me-
mory ... , nos dice que hay que leer mucho y sólo en inglés, y
nosotros, los que él llama del grupo los chicanos, le contesta-
mos que sí, pero no sólo en inglés, y que también hay que ha-
blar, dialogar y aprender mucho de México y en especial en
su lengua vulgar. Pues como nos aconsejó el propio Alfonso
Reyes:
Eso que leemos en los libros no es el idioma, sino el retrato o el
reflejo de un solo momento del idioma. Es la fría ceniza que cae
de la combustión de la vida. Es como la huella de los idiomas.
Mas éstos siguen adelante, y van cambiando según las flexiones
que les comunique el habla familiar. Y como la gente culta tiene
la superstición de las formas establecidas [y aquí entre parénte-
sis es lo que le pasa a Richard Rodríguez con su inglls], y como
se ha enfriado en ella el don de hablar; ... se va enseñando a su-
jetar iguales palabras e iguales giros, y prolonga así un filón de
lengua fósil en el torbellino hirviente del idioma. Sólo el popu-
lacho tiene el valor de innovar, de pronunciar mal, de ir ha-
ciendo mudarse los giros y las expresiones. A í les da vida.
Y más concreto es el propio Carlos Monsiváis, quien en la
antología La otra cara de México: El pueblo chicana nos recuer-
da que en
.. .las regiones fronterizas, la mentada "pureza de lengua" allí
no opera. Y sitúo el problema para México en cuanto al espa-
ñol, pues es lo mismo para Estados U nidos tanto en español co-
mo en inglés, y cito una barrera clasista por antonomasia: ha si-
do el buen uso del idioma. En la medida en que los miembros
de una clase no hablen bien el español [o el inglés en Estados
U nidos, añadiría yo] corroboran su inferioridad en una socie-
dad que, de cualquier manera y ateniéndose a las reglas "per-
feccionistas", lo habla espantosamente. Por lo demás, desde el
punto de vista cultural, la mera presunción de "hablar bien" es
sospechosa porque no suele someter a la vivacidad y a la inven-
328 APÉNDICE
tiva idiomática sino a la petrificación e inmovilidad de un tipo
de habla cuyo genio rigor es el rigor mortis .. .
Así termina Monsiváis. Richard Rodríguez insiste en que
el mexicano de allá de aquel lado, el chicana digamos, debe
hablar y escribir antes que nada en inglés, para ser buen
americano, aunque sea a expensas del español. Aunque mu-
chos así lo callen, afirman que hay que ser gringo y escribir
para los gringos y nada más. Lo de escribir para ellos quizá
se pueda hacer; lo de ser un gringo uno mismo, no lo sé: po-
cho quizá, gringo es muy difícil. Pero no sólo para ellos hay
que escribir, sino también para nosotros mismos, tanto en
español como en inglés, para todo el mundo que lee espa-
ñol, si es que logramos darle rigor a nuestra palabra escrita.
Y a pesar de los furibundos combates allá en contra del espa-
ñol, este idioma sigue cundiendo ... , tanto que el propio Ri-
chard Rodríguez, que tanta fama se daba en no ser ni mexi-
cano ni chicana, o ni siquiera mexiconorteamericano, ahora
para escribir sus artículos como experto en asuntos "Hispa-
nic", y así lo hace en Harper, en Newsweek, en U. S. News and
Word Report, en el Reader's Digest y en otras revistas y periódi-
cos, ahora sí se denomina Mexican-Arnerican o por lo me-
nos Hispanic. Y por allí anda describiendo un Aztlán, y una
ciudad de Tijuana y un México en el cual no todos nosotros
nos reconocemos; tal vez será porque es todo en inglés, con
una que otra palabra ligada en el texto, pero con frecuencia
mal usada o deletreada (el "tú" y el "ustedes"; "mamacita" la
usa cuando quiere decir madrecita, etc.) . El México y el
Aztlán de Richard Rodríguez en un mundo demasiado acen-
tuado en inglés, demasiado monocorde en una visión anglo-
sajona del mundo.
Richard Rodríguez añora aquella su iglesia de Sacramen-
to, con monjas irlandesas, que fue la de él de chico, en don-
de la virgen era güerita y no estaba en el altar central. Y a pe-
APÉNDICE 329
sar de todo lo que dice Rodríguez en tanto al inglés, no
abandonamos el español y a orgullo tenemos por lo menos
querer ser algo bilingües. Para terminar, quisiera presentar
dos escritos más sobre estos dos temas, lo· bilingüe y lo gua-
dalupano, esperando que ojalá no suenen muy cursi en una
charla como ésta, en la cual he querido aproximarme a lo
que es el tema de la cultura a través de la lengua en Aztlán.
Primero algo breve sobre lo guadalupano:
Lo guadalupano
Por acá, de este lado, también se nos ocurr; de vez en cuando
dibujar a nuestra manera una figura mítica, morena y huma-
namente serena. La figura de lo guadalupano. Será porque
seguimos divisando algunos viejos fulgores de un drama que
huele a pilla pólvora social. El trigueño César Chávez lo su-
po y nos hizo recordar a Hidalgo, y pensar en Zapata. Los
tres tomaron el estandarte guadaJupano para afirmar que to-
davía no se habían cumplido ciertas promesas de paz, liber-
tad y tierra. La utopía se nos seguía, y igue, e capando.
Tonantzin y la guadalupana siempre han significado lo
mismo: tierra fértil y rosas frescas, en la canícula como en el
invierno. Por acá su imagen híbrida no se ve ya tanto en los
templos de este desierto de aire acondicionado, ni tampoco
en sus prostíbulos secretos. Sin embargo, algunos bohemios
harapientos seguimos haciéndole brindis desde nuestros es-
tablos pobres. Para nosotros esta mujer-diosa es más que
símbolo del mestizaje, más que objeto de religiosa peregri-
nación. Es leche dulce. Es el eco de un auto de fe que pudo
ser humano y nunca fue. Agua de un jardín que pudo quitar-
le el sabor agrio a esos quesos de leche del desierto, pero
nunca lo hizo. Por eso vagamos con nuestro sello guadalupa-
no. Sigue siendo un auto de fe esperanzado. Es albur todo
esto. Una creencia y nada más.
330 APÉNDICE
El ser bilingüe:
A expensas del español, ¿cuántos millones de hombres ha-
blaremos un poquito de inglés? La profética advertencia de
Darío parece haberse cumplido, acá de este lado. Quizá así
se esperaba, pero de todos modos duele. Y el sueño cósmico
de Vasconcelos tampoco se realizó. Las razas y las culturas
no llegaron a fundirse ni por allá ni por acá. El mestizaje
cultural poco pudo prender. Sin embargo, algunos ilusos to-
davía creemos que el hablar dos lenguas y sentir dos cultu-
ras nos honra.
Es cierto que el espíritu multicultural se había abandona-
do. Vasconcclos, el de la Raza cósmica, nos había dicho antes
que ya nadie creía en el mito del ario puro, pero todavía respi-
rábamos aire ario y monolingüe. Los latinos nos seguíamos
engañando, al tratar de ser morenos güeros balbuceando ca-
chitos de inglés. Pero así no se podía ser verdaderamente ni
chicana ni riqueño. Por eso decidimos algunos acogernos más
al español. Descartar este idioma hubiera sido traicionar a la
Raza y a esa visión del mundo que tanto sentíamos. Sin em-
bargo, allí estaba todo el mundo hable y hable inglés, hasta en
México y en Puerto Rico. No hubo más que darle por ser bi-
lingües.
Realmente, urgía también ver el mundo con más de un
cristal cultural. Mientras más idiomas tuviéramos, mejor.
Junto con lo de ser paisanos, queríamos ser humanos. Ha-
blar chino, sí, y hasta ruso, pero habría también que entrarle
duro al español y al inglés. Ahí estaba la circunstancia inme-
diata; la de nosotros.
Además, el mundo no era monolingüe; sí ancho y miste-
riosamente múltiple. Por eso a nosotros, a los muchos que
nos tocó ser marginados, ese mundo no debía ser tan ajeno.
Recordamos que Anáhuac y Borinquén nunca fueron regio-
nes angostas. Tampoco lo debían ser Aztlán y el Harlem his-
APÉNDICE !\31
pánico. En todas estas regiones la palabra fue y sigue siendo
bilingüe. Por las veredas del español y el inglés llegaremos a
otros mundos. Puede ser que estos lugares sean ferozmente
distintos. Eso ya no importa tanto, pues somos lugareños
movedizos como muchos otros. Somos riqueños y chicanos.
Ni más, ni menos.
2. MODERNIZACIÓN
Néstor García Canclini
Parto de una contradicción aparente que me ha llamado
mucho la atención. Por un lado, las políticas culturales en los
últimos años insisten en la búsqueda de eficiencia empresa-
rial o de nociones semejantes a las que se manejan en la efi-
ciencia empresarial, aunque no se les llama de esta manera:
como, por ejemplo, que la cultura debe ser redituable, que
no hay que hacer espectáculos que no puedan pagarse por sí
mismos o por los que los consumen. Y por otro lado, el de-
sinterés por conocer los efectos de esas acciones culturales.
Digo que esta contradicción es aparente porque, en lo que
voy a sugerir ahora brevemente, hay una coherencia entre el
concepto de modernización que se maneja por parte del
Estado, la desnacionalización, la falta de transparencia de la
información, y el subconsumo de las mayorías. Esta falta de
transparencia de las decisiones tiene mucho que ver con la
falta de estadísticas culturales en México. En México no con-
tamos con datos básicos, que en general los países moder-
nos, desarrollados, tienen, pero que también tienen países
latinoamericanos dependientes o subdesarrollados, como
Brasil o Venezuela. Por ejemplo, no hay algo en México que
sea una especie de instituto verificador de las circulaciones
de periódicos y revistas; no sabemos cuál es el tiraje real de
332 APÉNDICE
los principales periódicos y revistas que se publican en Mé-
xico: es un secreto. N o sabemos cuál es el rating real de la
mayoría de los espectáculos públicos, de televisión, de radio
y de otros. Esto se maneja con criterios empresariales, es se-
creto de las empresas, y no hay una instancia pública del
Estado que concentre esta información y que a su vez permi-
ta ser consultada cuando un investigador quiera saber cuál
es el tiraje, cuál es el rating, la audiencia de un espectáculo u
otro. Hay una falta de conciencia en la mayoría, en la casi
totalidad diría, de los funcionarios públicos acerca de la im-
portancia de estos datos y la necesidad objetiva de que en un
país moderno, para planificar, se conozca a cuántas perso-
nas realmente llega una política cultural, un programa de
espectáculos, un periódico o una revista. Cuando intenta-
mos hacer, a principios de los ochenta, una investigación so-
bre el público en los museos de arte en la ciudad de México,
entrevistamos a los directores de los museos y les explicamos
que estábamos investigando al público, y les pedíamos que
nos contaran con qué criterio definían las exposiciones que
iban a realizar cada año, y las políticas de comunicación de
la institución. Entonces, nos hablaban en primer lugar de
que, como primer criterio, estaba la falta de presupuesto; se-
gundo criterio, lo que el director del museo le tenía que de-
mostrar a otros funcionarios que estaban por encima de él,
de los cuales dependía que se consiguiera el presupuesto, o a
los competidores de los otros museos o a los artistas que pre-
sionaban para exponer allí. Y así nos hablaban de varios cri-
terios y, cuando ya íbamos por la mitad de la conversación,
les decíamos: pero, ¿y el público? Claro, el público, el públi-
co nunca aparecía espontáneamente, aun con directores de
concepciones muy democráticas, con los que era fácil esta-
blecer complicidade. Sin embargo, no estaba en la lógica de
la organización de la institución el pensar en los que supues-
tamente eran los destinatarios de las acciones que se realiza-
APÉNDICE 333
ban. Me parece que hay mucha relación entre el de
las estadísticas culturales o el simple desconoCimiento y la
caída del sistema electoral. Que hay un interés político en
desconocer cuáles son los reales efectos de las políticas pú-
blicas, como también de las políticas privadas, porque tam-
poco estos datos se conocen. Y esto creo que tiene importan-
tísimas consecuencias en la modernización, en las
posibilidades de que una modernización sea efectiva, que
sea democrática, y que signifique la superación del autorita-
rismo, como muchas veces se dice. Porque conocer las rela-
ciones entre las acciones culturales· y su recepción corres-
pondiente permite valorar y discutir la eficacia de. esas
acciones. Si no tenemos los datos y si nos dicen en una mau-
guración que el nuevo edificio o que el nuevo programa cul-
tural sirve para esto, esto y esto, y siempre para el pueblo,
pero luego no tenemos datos que nos evaluar si
eso fue realmente así después de un año o de Cinco, es muy
dificil hacer una discusión democrática o sobre la utilidad
democratizadora de esas acciones. Si por otro lado no tene-
mos conocimientos de las necesidades socioculturales de la
población, si hay una desconexión sobre las pocas investiga-
ciones que se hacen en algunas instituciones en
el país sobre las necesidades socioculturales y las_
públicas, que no se apoyan generalmente en
ciones, la función legitimadora de la cultura solo tiene mte-
rés como recurso ocasional y ritual, es decir, como inaugura-
ciones, como estadísticas de lo que se pudo hacer a lo largo
de un año, pero sin poder demostrar sus efectos reales. Uno
de los ejemplos, por todos conocido, es la cantidad de mu-
seos nuevos, de casas de cultura que se inauguran y que des-
pués no tienen mantenimiento o carecen de los equipa-
mientos necesarios para cumplir sus funciones.
Me parece que vale la pena traer a colación u_na i?ea que
se ha manejado, sobre todo, en algunas metropohs como
334 APÉNDICE
Estados Unidos. Cuando los neoliberales hablan de la exu-
berancia de las demandas, su lógica es más o menos ésta: ha
habido un gran crecimiento demográfico, ha habido una
multiplicación de las demandas por la democratización del
consumo, por la publicidad, etc., y ahora los Estados no pue-
den responder a una demanda tan cuantiosa de espectácu-
los, de equipamiento cultural, etc.; por lo tanto, esa deman-
da sólo se puede satisfacer en función de aquellos que
disponen de los recursos para pagarse esa cultura que están
pidiendo. Esto es algo radicalmente opuesto a lo que enten-
díamos a partir de la Revolución Mexicana y de otros proce-
sos de principios o primera mitad del siglo como cultura na-
cional. La cultura nacional, entre otras cosas, si no la
integración igualitaria de todos los sectores, al menos [re-
presenta] una integración bastante equilibrada como para
que en las políticas públicas se tomara en cuenta el interés
nacional, interés de todos los sectores, incluso de aquellos
más desequipados, más desprotegidos. Hoy pareciera que
ese concepto de cultura nacional es contradictorio con una
modernización que quiere ser eficiente, redituable y conce-
bida empresarialmente. A mí me ha llamado mucho la aten-
ción un eslogan que leí en las últimas publicidades de lacar-
telera del Conaculta en los periódicos de la ciudad de
México: de pronto, debajo de la lista de espectáculos de ci-
ne, de teatro, de conferencias, de nuevas publicaciones, se
leía: "Seamos menos para vivir mejor". ¿Por qué esto en la
cartelera del Conaculta? Lo entendería en el Consejo Na-
cional de Población, en políticas demográficas, pero no
puedo sino asociar esta noción con ciertos cambios sociocul-
turales muy significativos que han ocurrido en la década de
los ochenta, y que son, por ejemplo, la homologación de los
precios de las entradas a los espectáculos públicos con los
privados. Hoy asistir a un ciclo de conciertos en el INBA o en
la UNAM cuesta 60 mil u 80 mil pesos cada concierto. Si uno
' .
APENDI CE 335
quiere asistir a un ciclo tiene que gastar más o menos un sa-
lario mínimo para poder pagarse las entradas, sobre todo
cuando vienen espectáculos extranjeros. Esto no ocurría
hasta hace cinco o seis años en México, cuando el Estado
protegía estos precios, subvencionaba estas actividades. Pe-
ro la concepción empresarial de la cultura nos dice que los
espectáculos deben autofinanciarse, que no hay que regalar
la cultura. Sin embargo, hay contradicciones porque los or-
ganismos públicos intentan ser redituables sin ser eficientes;
se ha hablado mucho de las bodegas de la UNAM y del INBA
repletas de libros y revistas sin distribuir, etc. Pareciera que
es más importante anunciar una lista de publicaciones que el
hecho de que esas publicaciones lleguen realmente a sus
destinatarios. Yo veo que aquí hay un concepto de moderni-
dad muy distinto del que a veces seguimos manejando en la
academia o en otros espacios públicos, que es el de la tradi-
ción iluminista y liberal; se definía la modernidad como
emancipación democrática de las mayorías, como expan-
sión de la producción de consumo. Un país era más moder-
no cuando crecía y se expandía y con esa expansión alcanza-
ba a más personas; incluso, era el propio interés del
mercado, en el capitalismo liberal clásico, crecer para llegar
a mayor número de personas, y por lo tanto, cuando había
más consumo, había más ganancia. Hoy parece que no, que
la modernización neoliberal nos propone en cambio una lis-
ta de palabras que generalmente van precedidas por "des";
desincorporación, desregulación, ajuste, adelgazamiento,
consumos restringidos y selectivos, etc. Parece que estamos
hablando de otra modernización y de otra modernidad, que
ya no es la modernidad de los siglos XVIII y XIX y principios
del XX. Y en esta perspectiva yo diría: ¿qué significa reivindi-
car la cultura nacional? Me parece que tiene menos que ver
la cultura nacional hoy con la revitalización de rituales an-
cestrales o de místicas religiosas y tiene mucho más que ver
336 APÉNDICE
con el conocimiento de las necesidades diversas del conjun-
to de la sociedad nacional y la atención a esas necesidades a
través de políticas culturales transparentes y democráticas.
Necesitamos conocer cuáles son las necesidades, cómo se
ha transformado la sociedad y la cultura nacional, cuáles son
los requerimientos de las mayorías de la población, si es que
nos interesa, no una concepción empresarial de la cultura de
simple rédito y ganancia, sino de atención a las necesidades
colectivas. Me parece que en este punto habría que retraba-
jar las discrepancias, las disonancias que se dan entre los
conceptos de modernización que nos vienen de la tradición
iluminista, liberal, clásica, con este neoliberalismo que está
proponiendo de otro tipo de modernidad y que por eso mis-
mo es contradictoria con la noción de cultura nacional, en-
tendida como interés colectivo de las mayorías.
Quisiera plantear cuatro tesis y un comentario final. La
primera tesis diría más o menos así: La identidad moderna
es una identidad territorial y monolingüística en casi todos
los casos, mientras la identidad posmoderna es una identi-
dad transterritorial y multilingüística. ¿Qué queremos decir
al afirmar que la identidad moderna es territorial y mono-
lingüística? Que la idea misma de identidad, asociada a la
idea de nación tal como se ha construido en el mundo mo-
derno en Europa primero y en América después, ha ido liga-
da a la ocupación de un territorio y al uso de una lengua, o a
la imposición o la hegemonía de una lengua sobre el con-
junto de lenguas habladas en ese territorio denominado na-
ción. Esto se ha logrado, como en el caso de México, subor-
dinando a las regiones y etnias dentro de un espacio más o
menos arbitrariamente definido y oponiéndose eficazmente
al espacio de otras naciones. Por eso la unidad clave de esta
concepción moderna de la identidad es el Estado-nación;
ése es el actor central que constituye, que organiza esta iden-
tidad nacional moderna y que la defiende y la protege. Lo
APÉNDICE 337
e queremos . sugerir con esta afirmación es que en esta
epoca caractenzada como posmoderna, en que, sin embar-
g?,.enAmérica Latina no hemos logrado que todavía lastra-
diCIOnes se fueran del todo ni que la modernidad acabe de
en esta época que denominamos posmoderna la
se r:de?ne de un modo transterritorial, no ligada
solo a un_ y se define muchas veces en encrucija-
das multllmgmsticas, tales como los cruces internacionales
?e la circulación fluida de bienes a través de las
mdustnas cultu.rales y de las nuevas tecnologías de un país a
otro, Y en amphos mercados trasnacionales. Hay una estruc-
tura del mercado básicamente en la cual en la actualidad se
realizan las identidades y se transforman.
Observamos la disminución del peso de las comunicacio-
nes ?rales y esc:itas cubren espacios personalizados y se
reahzan a de mteracc10nes próximas y, en comple-
mento Y oposiCion a esto, se presenta el predominio de for-
mas de producción industrial de comunicación tecnológica y
de consumo difendo y segmentado de los bienes culturales.
del bilingüismo y del biculturalismo que hemos des-
cnto en días en la frontera, y que viene analizándose en
El Colegio de la Norte y otros lugares, tiene que
ver con estas caractenstteas de la flmdez de las comunicacio-
nes, del acceso a las industrias culturales. Uno enciende el
televisor en y sin necesidad de las antenas parabóli-
cas o de la a Multivisión o a cadenas muy exclusi-
como hay en la cm dad de México o en otras regiones del
uno accede muy fácilmente a una gran diversidad de
bienes culturales de Estados Unidos, y casi lo único que se
necesita es u.n pequeño capital económico y un cierto capital
escolar med10 para relacionarse con esa oferta, que en gran
parte es en inglés.
Me parece que uno de los cambios fundamentales que de-
bemos tomar en cuenta, a partir de lo que hemos hablado en
338 APÉNDICE
este seminario, es la relocalización de las identidades en el
mundo contemporáneo, ya no ligadas a la ocupación estric-
ta de un territorio o exclusivamente a ella, ni al hablar una
lengua, sino con este carácter transterritorial y multilingüís-
tico.
La identidad, que pasa cada vez menos por la afiliación a
una nación, por los sentimientos que se crean hacia una pa-
tria, pasa a definirse mucho más en relación con procesos de
consumo y con la estructura del mercado que ofrece esos bie-
nes de consumo cultural y no cultural pero que incluyen as-
pectos simbólicos. Es en esta medida que en un seminario
reciente sobre consumo cultural se me ocurrió proponer una
redefinición de la nacionalidad y, por lo tanto, de la identi-
dad como una especie de pacto hermenéutico entre consu-
midores. Retomo aquí una idea que no puedo explicar ahora
con cierto detalle: la de los pactos de lectura, de la que se ha-
bla en la estética de la recepción. Un conjunto de lectores y
una literatura comparten esa literatura porque pueden com-
partir un conjunto de pactos de lectura, de acuerdos acerca
de lo que es verosímil, de lo que vale la pena leer, de lo que es
narrativamente comprensible, etc. Es decir, un conjunto de
signos, de significados, de formas de comunicación.
Participamos hoy en un mercado mucho más amplio que
los mercados nacionales, porque somos capaces de compar-
tir un conjunto de significados que circulan internacional-
mente y que nos dan principalmente un acceso a los bienes
simbólicos en tanto consumidores; en este sentido, decimos
que las identidades se constituyen según la posición en que
nos colocamos en relación con ese mercado y las posibilida-
des de interpretar, de leer esos signos que nos ofrecen a tra-
vés del mercado en el proceso de consumo.
En este desenvolvimiento histórico, la cultura nacional
pareciera irse desvaneciendo como expresión de un ser co-
lectivo, una idiosincrasia construida y una comunidad ima-
APÉNDICE ~ 3 9
ginada a partir de la tierra y la sangre. Sigue en esto el desti-
no de que todo lo que es sólido se esfuma en el aire. La cultura
nacional no desaparece, pero es reorganizada; se convierte
en una fórmula para designar la continuidad de una memo-
ria histórica que se reorganiza en forma constantemente
inestable en interacción con ofertas culturales trasnaciona-
les. Cada vez más la cultura nacional deja de ser una mani-
festación de movimientos sociales locales agrupados me-
diante reconocimientos recíprocos y pasa a ser una
construcción flexible, cuyos núcleos semánticos son restruc-
turados por las industrias culturales. La identidad nacional
es cada vez menos lo que se hace en los mercados campesi-
nos, en las fiestas, en la religiosidad católica, y pasa a recons-
tituirse una y otra vez en el consumo estandarizado de bie-
nes que ofrece no una iglesia sino muchas; no una fiesta
local y única, sino un entretenimiento diversificado, de re-
pertorios segmentados para diversos estratos de edad, géne-
ro, en los distintos canales de radio y televisión, en los videos
para uso de las masas y, por otro lado, en las fibras ópticas o
los bancos de datos que proporcionan las informaciones ne-
cesarias a quienes tomamos decisiones.
La división entre los consumidores pasa cada vez menos si
se es de tal nacionalidad o de tal otra, y pasa mucho más por .
la posición social y cultural, el capital simbólico y económico
con el cual accedemos a un tipo, a una red de bienes o a otra,
a las redes de bienes de entretenimiento masivo, o a las redes
de bienes informáticos computarizados que permiten tomar
decisiones en el mundo contemporáneo.
Cabe preguntarse qué quedará de la participación que te-
nemos en este momento en este mercado internacional de
bienes simbólicos después del acuerdo de libre comercio.
Aquí quisiera hacer rápidamente algunas observaciones, qui-
zá injustas, brutales, a esta segunda tesis de que la identidad
se redefine cada vez más como un pacto entre consumidores.
340 APÉNDICE
Si situamos las relaciones entre identidad y modernización en
el proceso actual de integración latinoamericana y norteame-
ricana, encontramos hechos como éste, respecto de México:
se observa una integración económica creciente con Estados
Unidos que pareciera, según algunos, ser mucho más que un
simple acuerdo de libre comercio, y por otro lado, declarati-
vamente, hay una integración cultural hacia el sur, hacia
América Latina. Se percibe, pues, un doble movimiento de
integración económica con Estados U nidos e integración cul-
tural con América Latina. Pero qué ocurre en América Latina,
donde hay precarias, dificultosas y rhuy parciales integracio-
nes regionales. Pareciera que los países del Cono Sur van a
componer algún tipo de mercado unificado común; en Cen-
troamérica tal vez se haga algo parecido. Pero qué ocurre en
el plano cultural: se promueve la integración cuando hay me-
nos para intercambiar, cuando los Estados se retiran de la cul-
tura, cuando cierran organismos, y en otros países distintos
de México esto es mucho más acelerado. Entonces, encontra-
mos que, por ejemplo, en 1990 se lograron algunos acuerdos
·más avanzados que en cualquier época anterior en la historia
latinoamericana respecto de intercambios en cine entre los
principales países latinoamericanos; sin embargo, esto se ha-
ce cuando ya casi no se hacen películas, cuando en México se
producen cuatro películas por año, en Argentina ninguna, en
Brasil dos o tres, etcétera.
¿Qué vamos a intercambiar y con quién? Pareciera que es-
te intercambio latinoamericano, esta integración que podría
ayudar a reforzar ciertos aspectos de nuestra identidad his-
tórica más arraigada, no podrá realizarse, porque no hay
bienes, o cada vez hay menos bienes con los cuales relacio-
narnos. Entonces, daría la impresión de que esto que hemos
escuchado hace un momento, de que el intercambio econó-
mico, el Acuerdo de Libre Comercio con Estados Unidos in-
cluirá una buena cuota de integración cultural y de relacio-
APÉNDICE• 341
nes incentivadas, intensificadas también en el área de la
cultura, y para el desarrollo cultural en Méxi-
co, que va a ser determina? te. Quizá te .una agu-
dización de la dependenCia cada vez mas as1metnca de las
economías y las culturas latinoamericanas, con altas conse-
cuencias políticas y culturales. Me parece que. la falta po-
siciones propias y elocuentes de los países latmoamencanos
ante la actual crisis del Golfo [Pérsico] expresa algo de esta
autocensura de los políticos y los gobiernos latinoamerica-
nos, esta dificultad para tener posiciones propias y
un intercambio creciente. Esta redefinición de nuestra Iden-
tidad, en la medida en que se dé a través del mercado y del
consumo, se dará en lo sucesivo mucho más aceleradamente
que hasta ahora con los U ni.dos; no será
cambio recíproco: será un mtercamb10 cada vez mas asime-
trico, y aquí es donde yo colocaría la pregunta nuestros
hermanos chicanos: ¿cuáles podrían ser las posibilidades de
otro tipo de acuerdos, de otro tipo de relaciones a nivel de
organizaciones más representativas de los pueblos que los
mercados y los gobiernos?
La tercera cuestión, que me ha llamado mucho la aten-
ción en este seminario, y que me parecería muy importante
que sigamos desarrollando, es la de la ciudadanía
Creo que hay una diferencia importante con la nooón de
ciudadanía nacional que habíamos manejado hasta ahora.
La ciudadanía nacional y territorial es la ciudadanía típica-
mente moderna, la que surge con la Revolución francesa y
una serie de otros movimientos propios del liberalismo mo-
derno. Yo diría que la ciudadanía cultural es hoy ciuda-
danía posmoderna: el ciudadano cultural es el habitante. de
la ciudad, y aquí no hacemos más que acentuar este sentido
etimológico de la palabra ciudadano: el es
el habitante de la ciudad más que de la nac10n, pero de la
gran ciudad de la vida urbana, como ocurre por ejemplo en
- • - 1
342 APÉNDICE
el D.F., o también en Tijuana, en Los Ángeles, en Nueva
York, en los lugares de intersección de múltiples tradiciones
nacionales, reorganizadas por un mercado trasnacional de
bienes simbólicos.
Esto podría llevarnos a una conceptualización bastante
diferente y radical acerca de qué significa hoy ser ciudadano,
pero no me gustaría sugerir solamente lo que implican, res-
pecto de las acciones y las políticas culturales, las acciones de
la ciudadanía cultural. Por ejemplo, la acción ecológica tiene
que realizarse en relación con algo que está más allá del te-
rritorio de la urbe. Es una mala política, o una mala acción
ecológica, aquella que se refiere sólo al barrio que habita-
mos, a la colonia, o incluso a la ciudad, por grande que ella
sea. ¿De dónde viene la contaminación de Tijuana?, ¿a dón-
de van los migran tes que pasan por Tijuana?, y esto lo pode-
mos decir no sólo en situaciones de frontera sino en muchas
otras grandes concentraciones urbanas.
Por último, me parece que sería útil retomar una distin-
ción que hacía ya hace unos veinte años R. Williams acerca
de la necesidad de diferenciar lo que él llamaba identidades
residuales e identidades emergentes. Hay identidadesresidllales
que són típicamente identidades premodernas, donde se
imagina a partir del pasado y donde puede haber una cierta
persistencia de una herencia histórica de tradiciones, pero
que reducen su peso y su eficacia política. Por ejemplo, la
concepción de Aztlán; me parece que es un típico ejemplo
de identidad residual que tiene que ver con una historia con
cierta vigencia, que puede tener alguna carga utópica, pero
que tiene límites muy precisos acerca de la posibilidad de
restablecer esa unidad imaginada.
Las identi<h!des emergentes son más imaginarias utópi-
- '
cas; son aquellas que nos proyectan de algún modo a un fu-
turo posible, a un futuro no globalizable, porque algo que
habría que pensar con mucho más tiempo es cómo, en este
APÉNDICE
mundo globalizado a nivel económico, la propia situación
posmoderna y las propias teorías posmodernas nos llevan a
desglobalizar, a fragmentar, a ver parcializada la realidad, la
cultura. Un ejemplo de estas identidades emergen-
tes, fragm-enlarias, parciales, es la de muchos grupos juveni-
les, e> la de manifestaciones culturales como los graffitis,_de
trazado- underground, con formas de romb_o, de difícil lectu-
ra, que imitan la gestualidad borrosa del comic internacional.
Pero, al mismo tiempo, estos graffitis utilizan un repertorio
de recursos internacionales para delimitar y afirmar un te-
rritorio barrial-urbano, a la vez interconectado con una es-
pecie de comunidad juvenil y marginal internacional; o sea,
que presenciamos varios movimientos simultáneos de afir-
mación y delimitación: este territorio es nuestro y pobre del
que se anime o se arriesgue a ocuparlo y a disputarlo. De he-
cho, se arriesgan y hay luchas, pero a la vez se interconectan
con una simbólica trasnacional. Pero aquí puede haber un
doble movimiento tambi én, un movimiento de simple acul-
turación (para retomar una distinción que se hacía anterior-
mente: la distinción entre aculturación y transculturación);
puede haber un movimiento de simple aculturación: adap-
tarse, mimetizarse, por ejemplo, a la lengua hegemónica o
de transculturación, en el sentido de hacer un uso alternati-
vo de varios registros lingüísticos y repertorios culturales. Se
nos decía que el chicana habla español, habla inglés y habla
esta tercera forma, que es una especie de inglés chicanizado,
mezclado con el español.
Me parece que una característica de los grupos culturales
nacionales o ex nacionales y populares contemporáneos, no
de todos pero de muchos de ellos, es esta capacidad de ma-
nejar distintos sistemas culturales a la vez y potenciarlos,
cruzarlos, interrelacionarlos de otro modo. Sin duda, subsis-
ten aquí formas de identificación que tienen una matriz na-
cional; pienso, por ejemplo, en la identificación de mexica-
344 APÉNDICE
nos y chicanos con comidas y con las vestimentas que siguen
existiendo, independientemente del territorio donde se
consumen, como bienes de este lado o del otro de la fronte-
ra. Pero qué hacemos con estos bienes simbólicos, cómo los
utilizamos; aquí no sólo habría que distinguir entre identi-
dades residuales y emergentes sino entre usos que tienen fi-
nalidades distintas, lo que me hace acordar de una diferen-
cia que hace un personaje de Carlos Fuentes en su libro de
cuentos Constancia y otras novelas para vírgenes. Hay ahí un ex-
celente cuento en el que una especie de nuevo rico de la ciu-
dad de México logra comprar su casa en Las Lomas; que ha
hecho su riqueza a partir de saber qué importar desde los
años cincuenta o sesenta para acá, en cada momento, no só-
lo en cada decenio, sino en cada quinquenio. Sabía qué traer
de Estados U nidos, era el que sabía relacionarse en el mer-
cado internacional; pero, además, esto tiene muchos niveles
de lectura, porque también, en su vida donjuanesca y de se-
mi playboy, sabía que era muy importante obtener informa-
ción sobre los cambios de las mujeres y relacionarse con
amantes de cincuenta, de cuarenta, de treinta y de veinte
años de edad, para entender a la vez a la mujer tradicional
mexicana, a la que había pasado por el68. Un día le empie-
zan a ocupar la casa sus sirvientes, empieza a traer gente de
Puebla y de Morelos; en fin, hay aquí toda una metáfora za-
patista, y de pronto él ya no es dueño de su casa, es un se-
cuestrado de estos sectores; pero en un momento dice: no,
yo voy a ganarles, porque ellos tienen memoria pero no tie-
nen información, yo soy el que está relacionado con la infor-
mación internacional. Al final del cuento aparece que estos
sectores populares tenían memoria y también tenían infor-
mación.
Creo que en la construcción de la utopía popular es muy
importante distinguir que hay sectores tan golpeados histó-
ricamente que a veces no logran tener acceso a la informa-

APÉNDICE 345
ción por esta segmentación, entre otras razones, del merca-
do simbólico; hay redes para cultivar la memoria y hay redes
para obtener la información más útil y más necesaria para
tomar las decisiones en las culturas y en las sociedades con-
temporáneas.
Hace poco estuvo en la ciudad de México el teólogo y so-
ciólogo norteamericano Harry Cox, y le preguntaron sobre
el tema de la identidad. Dijo: "Bueno, la identidad, cada vez
que oigo la palabra me hace pensar en algo como el alma, al-
go fantasmal, que no se sabe bien dónde está y que se pierde
cuando se hace algo distinto de lo convencional; se pierde el
alma cuando se peca, y pareciera que toda transformación
de la identidad a veces se tiende a ver como un pecado". Me
pregunto si en vez de seguir hablando de la identidad o estu-
diándola, no tendríamos que estudiar más las transforma-
ciones culturales de los mercados simbólicos interamerica-
nos, o no tendríamos que pensar temas y analizar temas
como el de la ciudadanía cultural, entendiéndola como la
forma de tomar posiciones cada vez más elaboradas respecto
de las demandas de la ciudad moderna, de las ciudades fron-
terizas, de la ciudad entre cruzamientos de desterritorializa-
ción, donde sigue de alguna manera habiendo cultura.
José Manuel Valenzuela Arce
Me gustaría iniciar retomando el concepto de vacío espiritual,
un vacío espiritual que nos remite de manera fundamental a
dos procesos: el decantamiento y la resignificación de los re-
ferentes culturales, que nos recuerdan justamente aquellas
posiciones de Durkheim, en relación con la pérdida del peso
de la religión como elemento ordenador de la vida social,
ante lo cual aparecía, como alternativa a este vacío del orden
que había dejado la religión, todo el proceso de seculariza-
346 APÉNDICE
ción y las nuevas formas de relaciones sociales que pasaron a
ocupar el lugar p1eponderante, entre las cuales encontra-
mos aquellas que por más de cinco siglos se ha venido lla-
mando modernización. El proceso de secularización tiene que
ver con la participación del Estado y la vida nacional, la ciu-
dadanía, etcétera.
Dentro de esta visión secularizada de la sociedad, apare-
cen nuevos referentes ordenadores de la vida, donde el Esta-
do ha jugado un papel fundamental en la redefinición de la
construcción del orden y el sentido social; sin embargo, he-
mos llegado a un periodo donde se evidencia el agotamien-
to de esta propuesta de modernización y nuevamente apare-
ce el vacío.
Daniel Bell trabaja de manera importante la degradación
de la ética protestante para tratar de explicar la erupción de
los cambios culturales fundamentales iniciados en los años
sesenta y que en algún sentido muchos podrían considerar
como posmodernos. Esto nos remite a la pérdida de la parti-
cipación del Estado-nación como el elemento regulador del
orden social y a la mayor movilidad social, que permite dife-
renciarse, separarse, desterritorializarse, como elementos
fundamentales de una nueva visión, digamos "posmoder-
na", de construcción de las identidades culturales. Esto se
inserta en las posibilidades de redefinición de reglas del jue-
go que atienden a los cambios económicos y que nos obligan
a observar la atenuación de la participación del Estado be-
nefactor que resulta fundamental dentro de la inercia neoli-
beral. Sin embargo, el vacío, después del agotamiento de la
visión modernista, empieza a ser suplido, según parece, por
las industrias culturales, y también en gran medida por la
utilización de los medios electrónicos que sirven como me-
canismos para el reordenamiento de la vida social, donde se
sobrepondera el flujo de información. Estos elementos han
sido marcados desde algunas de las vertientes posmodernas,

APÉNDICE 347
donde incluiríamos la posición de Daniel Bell y Lyotard,
quienes han señalado la distinción de los sujetos sociales a
partir de los referentes y hábitos de consumo; este énfasis
en el consumo oscurece las relaciones fundamentales de los
países tercermundistas, pero no sólo en ellos; Agnes Hellery
Ferenc Feher tratan de definir a los jóvenes a partir de una
óptica primermundista, centralista, donde la juventud se
define principalmente con base en los hábitos de consumo.
Si ubicamos los elementos anteriores en el análisis de las
distinciones sociales dentro del esquema del consumo de
productos y del consumo simbólico, se presenta a mi juicio
un énfasis unilateral en el papel de la dimensión modernis-
ta, pero se atenúa el peso de la modernización o de la escasa
modernización de los países tercermundistas y de importan-
tes sectores de los países del primer mundo. En ese sentido,
simultáneamente con el mayor flujo de la información a ni-
vel mundial, estamos viviendo de manera muy accidentada
otros elementos ponderados por los teóricos de la posmo-
dernidad y entre los cuales podríamos señalar, el crecimien-
to del individualismo, la fragmentación fundamental de las
identidades colectivas, la descentración del actor social en el
proceso de producción y la transformación de las prácticas
políticas que se deslizan del ámbito social y económico al
ámbito de lo cultural. En un contexto latinoamericano y ter-
cermundista de fuerte deterioro de los salarios reales y de las
condiciones de vida de una gran cantidad de personas que
viven en condiciones de pobreza y donde la pobreza extrema
comprende a 165 millones de personas, así como a 40 millo-
nes de mexicanos que viven en condiciones de pobreza y 17
millones en extrema pobreza, según el Pronasol, se requiere
una mayor definición del concepto de ciudadanía cultural;
sobre todo, cuando los sujetos siguen estando anclados de
manera importante en condiciones objetivas de vida, y en
procesos sociales definidos por sus adscripciones de clase y
348 APÉNDICE
sus condiciones de vida en general. Es necesario contrastar
las dos vertientes de la modernización: el modernismo, refe-
rido al ámbito de la circulación de información y de prácti-
cas culturales, pero también la modernización que tiene que
ver con la infraestructura, el acceso a formas de organiza-
ción que escapan al planteamiento de una distinción donde
el eje fundamental de demarcación pudiese estar estableci-
do a partir del consumo simbólico, con lo cual no quiero de-
cir que el consumo simbólico no sea un elemento fundamen-
tal de distinción, puesto que también se encuentra
fuertemente inserto en las prácticas de los diferentes grupos
sociales como elemento que delimita importantes expresio-
nes identitarias.
Carlos Monsiváis
Los temas son resbaladizos y con frecuencia poco asibles teó-
rica y metodológicamente. ¿Qué es identidad cultural?,
¿qué es nacionalismo? y ¿cuántos nacionalismos caben en
México? Estas dificultades señalan las transformaciones de
toda índole en los últimos años, las ordenades desde arriba y
las promovidas desde abajo. El resultado: la gran confusión,
que en mi caso es lo único sobre lo que no albergo dudas.
Estas notas atestiguan mi incertidumbre.
El destino del nacionalismo, el proyecto de integración
formal con la economía norteamericana, repercutirá de se-
guro, como ya lo está haciendo, en lo cultural, acentuando la
extrema importancia de la americanización, entendida co-
mo la puesta al día permanente, que es también el recurso
de adaptación psicológica al cambio. El proceso está avanza-
do, pero la táctica integracionista del gobierno casi lo con-
vierte en un deber patrio. Si el primero de mayo en Palacio
Nacional se definió la huelga como la estrategia de confron-
' .
APENDICE 349
tación propia de principios de siglo que el gobierno no po-
día tolerar, no es de extrañar el coro creciente de quienes pi-
den redefinir el nacionalismo o incluso, como
recientemente lo hizo el presidente del colegio de econo-
mistas, Arturo Salcido, el concepto antes in tocado de sobera-
nía, que, dijo Salcido, "se interpone en el camino de una
economía expedita". La operación ideológica es transpa-
rente; que las palabras y lo que en ellas permanezca de acti-
tudes y desafíos no bloqueen el camino de los hechos. En la
práctica, la modernización se enfrenta al nacionalismo, y
enunciado de este modo, el debate no da comienzo por lo
volátil de las definiciones: ¿qué es modernización y en qué
contexto, y a quiénes beneficia?, ¿qué es nacionalismo?,
¿qué es lo específico y qué es lo secundario en materia de
cultura nacional? Y el debate recomienza porque el proyecto
modernizador sólo admite, para desarrollarse, la disponibi-
lidad de la nación, sin pasado que lastre. Si bien aún domina
en el discurso general la retórica formulada hace medio si-
glo desde el gobierno, nadie hará públicamente suyas con-
signas como la emitida durante el régimen de Pinochet:
"Que perezcan los ineficientes". Si bien esto sucede, el ncoli-
beralismo requiere de otros paisajes semánticos que busca
imponer a como dé lugar. Estarnos ya ante la nueva batalla
por las palabras, que exigen desde el gobierno la resigna-
ción de los individuos, la aceptación contentadiza del desti-
no natural que impone el mercado de r a b ~ o y la renuncia a
cualquier democracia radical. De un lado, se promueve, en
síntesis, la desaparición estricta de significado acumulativo
del nacionalismo, para sustituirlo por concepciones de la so-
brevivencia del más apto. Primero, se pone modernización
donde estuvo Revolución Mexicana (esto es literal: hagan la
prueba con cualquier discurso de cualquier senador, gober-
nador o secretario de Estado), y luego se intenta remplazar
al nacionalismo con productividad, esto también es literal.
350 APÉNDICE
Ya no se necesitan, es el mensaje, sensaciones vagas y sep-
tembrinas que sólo quitan tiempo. El problema de las visio-
nes ideológicas es la red de ilusiones que fomentan, la exis-
tencia y uso de derechos, especificidad de las tradiciones,
singularidad de la cultura. No hay tiempo de debatir si esto
es o no cierto, y además no importa; se trata de construir en
serio, no como hasta ahora, es el mensaje del capitalismo en
México, y tal empresa globalizadora requiere de la elimina-
ción de las distracciones nacionalistas. El proceso ya lleva
tiempo aunque nunca se había formulado de manera tan ta-
jante. Ya en los años sesenta, los burócratas instauran la
oposición escénica de dos términos: subdesarrollo versus
modernidad, sin la insolencia de ahora, producto de la prisa
y la prepotencia, del ansia para aprovechar la oportunidad
de vaciar al término mexicano de sus contenidos histórico.
Los partidarios de la modernidad selectiva le atribuyen des-
de los sesenta al nacionalismo la forja y el mantenimiento de
la psicología de la desventaja que nos aísla del mundo. No-
ciones como la de Guillermo Bonfil: el "México profundo" o
sus equivalentes, irritan a los tecnócratas. Lo único que inte-
resa es el carácter viable de la nación, lo que exige la des-
trucción de las pretensiones románticas. Entendámonos. La
modernidad es un arca de Noé con luneta y galería; quienes
no lleguen a tiempo, con o sin pareja, serán arrasados, y an-
te esto lo mejor es despojarse de los juicios éticos porque en-
torpecen la comprensión de la realidad. Hoy se jubila osten-
siblemente el nacionalismo, pero el proceso ya estaba
actuante en el régimen de José López Portillo. Echeverría
quiso, a través de la prédica del Tercer Mundo, revitalizar y
ampliar el nacionalismo; lo que consiguió (no mucho) fue al
precio de envolturas paródicas; y López Portillo y Miguel de
la Madrid nunca, en verdad, acudieron al nacionalismo,
pues si se revisan sus comportamientos se verá que el conte-
nido del término les parecía obsoleto.
APÉNDICE ' 351
Al cabo de un sexenio de administrar, si no la abundancia
sí el espejismo, López Portillo nacionaliza la banca, llora y se
conmueve con su propia hazaña: "Ya nos saquearon; no nos
volverán a saquear". Y lo que sigue es, como hemos recorda-
do en estos días, un remedo de 1938 contemplado a distan-
cia por el pueblo. Y De la Madrid ni siquiera se esfuerza. Pa-
ra él, el nacionalismo es un acto voluntarista, un ejercicio
cultural y político que corresponde al ánimo plebeyo y pre-
moderno: "Con mi mamacita lo que quieras, pero conmigo
no te metas". Al tiempo de tal desistimiento gubernamental,
se acepta socialmente el agotamiento del nacionalismo cul-
tural, cuyo esplendor se vio entre 1920-1950. Este naciona-
lismo crea la gran mitología todavía vigente, y produce un
invento que de muchos modos se vuelve realidad sin dejar
de ser invento: la fantasía que desemboca incertidumbres
psicológicas y creaciones culturales, la mexicanidad, el ca-
rácter singular establecido por el matrimonio de las raíces y
los publicistas. Al no darse con claridad el cuadro de dere-
chos y deberes ciudadanos, la idea de mexicanidad lo suple.
Por su parte, el clero propone un equivalente: la condición
guadalupana, nunca lo mismo que la condición de creyente,
sino más bien el ejercicio de la nacionalidad a través de la fe.
En los sesenta, hay ansiedad por destruir lo que José Luis
Cuevas llamó la" cortina de nopal", y es lugar común decirle
a México "Kafkahuamilpa".
El nacionalismo, según los sectores intelectuales, el chovi-
nismo demagogia, el show business y la cultura nacional son,
se afirma implícita o explícitamente, un término burocráti-
co. El Estado se adueña, propietario ritual y celador inconse-
cuente, del discurso nacionalista y se considera inconcebi -
ble, subversivo, un nacionalismo fuera de los marcos
gubernamentales; se concede al patriotismo que a cada et-
nia le inspiran sus tradiciones; se observa con beneplácito y
sorna el regionalismo (cuándo entenderán los de Tijuana
352 APÉNDICE
que el Casino de Agua Caliente no es un Tenochtitlan), y se
regula y reglamenta lo que de reacciones nacionalistas se le
exige a la colectividad. Y en primera y última instancia, es el
monopolio público del nacionalismo lo que va definiendo
por exclusión y sobrevivencia al otro nacionalismo, el que se,
llevarán los migrantes como el patrimonio sentimental que
mezcla la religión como lealtad a las generaciones prece-
dentes y creencia profunda en unas cuantas imágenes y unos
cuantos dogmas.
El mexicano es un analfabeto religioso, dicen los obispos.
Nostalgia que es arraigo familiar, el idioma como la compli-
cidad magnífica de quienes carecen de voz pública; la con-
vicción cívica, que se desprende de los conocimientos atra-
pados, más que adquiridos, en la escuela primaria. La
cultura popular entendida como catálogo de gustos compar-
tidos y prácticas obligatorias. La sensación de ser continua-
mente expulsados de sus derechos, de sus posibilidades, de
su futuro.
Estamos ante el nacionalismo como técnica de estabilidad
emocional en la desposesi(m, el naufragio, el éxodo, el tras-
lado del porvenir vivible a los hijos o los nietos. En este pro-
ceso, la industria proporciona los espacios y los estímulos de
los que también saldrá, asimilada y discernida, la cultura po-
pular que se añadirá a las tradicionales. Al gobierno le toca
patrocinar la Historia Patria y el culto a los símbolos que no
tengan dueño específico, como la Guadalupana o la Madre-
cita Santa. Es asunto de la industria atender regularmente a
los contenidos emocionales del nacionalismo, un concepto
de uso más corriente que el muy periodístico, locutoril, bu-
rocrático y académico de la mexicanidad, y el nacionalismo
suele volverse, no un deber cívico, sino el estado de ánimo
que suplanta, se quiera o no, al deber cívico.
Ser mexicano, en el sentido de disfrute de una idea, es
asunto progresivamente desligado de la política y el com-
APÉNDICE 353
promiso social, y resulta, con frecuencia, un convenio del
sentimiento, el ajuste con la realidad, que es la dificultosa re-
lación personal y social, con un proceso modernizador que
se impone, que excluye, y que jamás concede verdaderas
oportunidades. Se es mexicano, con esa deliberación, en
momentos determinados del tiempo libre, en la lectura in-
frecuente del periódico o ante películas y programas de ra-
dio y televisión; en lo demás, se es empleado o desempleado
sin gentilicio posible. El nacionalismo que persiste con más
adeptos es ruidoso, beligerante, cursi, áspero, devoto, bra-
vero, apretujado, sentimental de a madres; es el nacionalis-
mo de los excluidos de la nación visible, o de los sólo inclui-
dos en los acarreos; es el nacionalismo del futbol, de la
música popular, de las evocaciones regionales, del antimpe-
rialismo de sobremesa o de madrugada, de la ADO como
Aztlán perpetua, de las reflexiones vacías y circulares sobre
el carácter de los mexicanos, de los reflejos condicionados
de un patriotismo no muy claro en su registro histórico. Sin
embargo, como se demostró en 1985-1988, este nacionalis-
mo mantiene profundas vertientes de solidaridad y concien-
cia política, y millones de personas lo adaptan como la causa
intermitente que le es esencial a su espíritu de resistencia y
que sobrevive al uso comercial y a la degradación del kitsch.
"A mí los gringos me caen en la madre, pero reconozco
que viven muy bien, por eso no les envidio su país sino sus
casas". Mientras la mexicanidad es el tótem al que cada
quien le infunde los contenidos que va requiriendo, ocurre
otro proceso paralelo y complementario. Si desde fines del
siglo XIX Norteamérica es la utopía secreta y pública de mu-
chos mexicanos de clases medias, la burguesía en ese tiempo
está entusiasmada con Francia; ya en los años cuarenta de
este siglo se generaliza la observación y la imitación del ame-
rican way oflife, y se estudian con habilidad las conquistas in-
dustriales, los métodos del desarrollo capitalista y los vuel-
354 APÉNDICE
cos de la moral social en Norteamérica. El ritual impertur-
bable: a cualquier conducta liberal o "liberalizada" en Nor-
teamérica, del trato entre hijos y padres a la ropa femenina,
del estilo del ascenso individual a las escenas admisibles en
pantalla, la rodea, primero, la alarma enfurecida, en segui-
da la imitación servil y finalmente la asimilación, que incluso
puede ser muy creativa. Asimilar sin asimilarse, y la resisten-
cia a la americanización resulta débil, porque burlando el
miedo de los tradicionalistas atrincherados en sus conviccio-
nes castizas, la seducción no es en principio ideológica, sino
tecnológica (¿cómo decirle que no al confort?), y quien acep-
ta la tecnología acaba pactando con la ideología que ve en la
moral a una variante de la comodidad y en el cultivo de los
propios prejuicios a un muro de contención de la envidia.
La acción se repite. Los grupos tradicionalistas rechazan
cualquier innovación, libertades del movimiento y compor-
tamiento en las mujeres, uso de anticonceptivos, trato más
igualitario en la familia y en la escuela, desnudos frontales
en cine y teatro, uso público del lenguaje "obsceno", ajustes
en la ropa a la noción de libertades corporales, etc., hasta
llegar hoy al condón. Las autoridades dudan o le tienen
miedo a los poderes de la tradición y por un tiempo se consi-
guen prohibiciones y vetos; en esto teatro y cine tienen un
carácter de laboratorios del cambio social. Luego, ya sin
problemas, la innovación se generaliza y a nadie se le ocurre
protestar. A esto se añaden fenómenos motivados por lapo-
breza de las mayorías; por ejemplo, la unión libre, práctica
de decenas de miles de parejas sin dinero para los gastos
cuantiosos en términos relativos o absolutos del matrimonio
civil y eclesiástico.
Además de las razones políticas y económicas, el ascenso
irresistible de la americanización que abarca a la burguesía y
a las clases populares se basa en un casi dogma de la psicolo-
gía social y la industria. Si el sentido de "lo contemporáneo"
APÉNDICE • 355
se decide en Estados Unidos, un latinoamericano que se
pregunta ¿qué tan contemporáneo soy? en rigor está dicien-
do ¿qué tan cerca o qué tan lejos estoy del modelo nortea-
mericano? Así de colonizado, así de realista y así de inevita-
ble. En el caso de México esto se acrecienta con la frontera
de tres mil kilómetros con Estados U nidos, las migraciones y
la vasta dependencia económica. Antes, si quería orientar su
relación con la modernidad, la gente de provincia miraba a
la ciudad de México. Ahora, la atención se deposita en Esta-
dos U nidos, y más precisamente en la ciudad de Los
Ángeles. A diario, y sea consciente o no tal actitud, el ana-
cronismo se define como alejamiento de los modelos nor-
teamericanos. Otras sociedades pueden ser más libres o me-
nos represivas, digamos las escandinavas, pero según la
mayoría de los latinoamericanos los avances en el comporta-
miento se fuan en Estados U nidos; de ahí que la moda pre-
gone a su manera los vuelcos ideológicos, las formas más de-
senfadadas de relación familiar, el sello de eficacia o
ineficacia que decide el porvenir de las tradiciones (del uso
de las lenguas indígenas al adulterio), el incremento de es-
pacios de libertad para los niños, los adolescentes y las muje-
res, la mínima tolerancia hacia conductas antes inmenciona-
bles. Al principio, la americanización es propia de la
burguesía y la vanguardia de las clases medias; luego, al ex-
tenderse, se origina un debate presentado como batalla por
la preservación de la identidad nacional, y en verdad, sólo
un forcejeo por el dominio de las claves de la moral social. Al
exacerbarse en México el voyerismo cultural, se quiere ser
tan liberal como los gringos, o se busca oponerse de manera
estruendosa a las costumbres disolutas, y casi por excepción,
en este caso, las ideas dominantes de la época son las de la
clase dominante. La americanización, razonan los burgue-
ses, es la única operación conocida que nos permite incorpo-
rarnos a lo que sucede, y vale la pena. El mundo gira en tor-
356 APÉNDICE·
no de un gran estilo de vida, y New York y Houston y Dalias
y Los Ángeles bien valen la incertidumbre de que las hijas
abandonen al mismo tiempo pubertad y virginidad, de que
la infidelidad matrimonial ya no sea unilateral, de que uno
de los hijos pueda no ser el gemelo psíquico de J ohn Wayne
o Pedro Armendáriz, de que la permisividad sexual haya lle-
gado al hogar.
A la americanización la diseminan dos fenómenos que,
cuando aún tenía caso hacerlo, los sectores tradicionalistas
debieron calificar de caballos de Troya: los medios electróni-
cos y las corrientes migratorias. La sociedad tradicional se
dispuso a resistir la profanación ideológica, el protestantismo,
el ateísmo, el marxismo, gracias a las ligas de la decencia, gra-
cias a los curas que en las funciones parroquiales cubrían con
su mano el proyector, ahorrándole a los catecúmenos el paisa-
je maléfico de besos y abrazos, pero que no previeron la con-
taminación del cine y la televisión, y de muy poco les sirvieron
los acuerdos secretos y públicos con los gobiernos.
El éxito de cada película inmoral decidió el fracaso de los
intentos por domesticar cristianamente al público y los tradi-
cionalistas se quedaron sólo con los gestos, y las corrientes mi-
gratorias probaron lo que debería ser obvio, el proceso de in-
ternacionalización cultural que afecta a todos y que se localiza
crecientemente en la americanización; para muchos, la habi-
lidad para descodificar la realidad. Así, lo gringo es cada vez
menos lo otro, aunque los gringos sí lo sean en su versión de
empleadores y policías racistas, de rechazo cultural, de justifi-
cación de las intervenciones cínicas a nombre de la libertad.
Lo gringo, lo otro, sin la posesión de cuyas claves jamás lo
nuestro fructificará. Los gringos, la versión agresiva, distante
y racista de lo otro. Insisto, en cierto nivel, México se está
achicanizando y esta lección les resulta indispensable a quie-
nes han trasladado su noción de futuro a Los Ángeles. ¿A qué
conclusiones llego si tal presunción es posible?
APÉNDICE '557
l. De poco sirve ya la discusión abstracta sobre identidad cul-
tural, que no ha avanzado mucho desde Samuel Ramos y
Octavio Paz. Es mejor, o a mí me resulta más útil, el estudio
específico de las comunidades, el desarrollo de las muje-
res, el español hablado y escrito en México o en Estados
Unidos.
2. El traductor privilegiado y domin-ante de la experiencia
mexicana en México y fuera, sin calificarla ideológica-
mente por ahora, es desde luego Televisa. Lo cierto es que
Televisa es el gran intérprete a fuerza de acumulación de
imágenes y lugares comunes y a fuerza de eliminación de
otras alternativas. Incluso el cine, si hoy quiere tener al-
cances nacionales, necesita de la televisión; e incluso la re-
ligión, de quitársele ahora su dimensión de espectáculo
televisivo, se volvería a la fe de otros tiempos; importante,
pero sin poder de seducción de tantas multitudes a la vez.
Por eso, sin el estudio detallado de Televisa, U nivisión, Ga-
lavisión, etc., lo más importante, la visión sobre identida-
des culturales, creo que ahora quedará fuera.
3. La modernización que el gobierno impulsa sin tomar en
cuenta a los ciudadanos modificará (y ya ha modificado
considerablemente) la naturaleza del Estado y, a la larga, y
a la corta, de la nación. Creo indispensable trasladar mu-
chas de las preocupaciones sobre cultura nacional al estu-
dio de las relaciones entre modernización estatal y vida
cotidiana, entre el culto a la eficacia y la vigencia, muy dis-
minuida, de las tradiciones. Por sus consecuencias devas-
tadoras, esta paleomodernidad, con sus complejidades, es
la mayor modificación histórica del mundo en estos últi-
mos 50 años.
4. La falta de prestigio externo del nacionalismo hará que
se eliminen muchas de las protecciones escenográficas
cedidas por el Estado al concepto y sus prácticas. ¿Qué
permanecerá del concepto cuando se le margine más
358 APÉNDICE
ostensiblemente que ahora? Creo importante examinar el
proceso del nacionalismo estatal, de la exaltación en los
años treinta a la desaparición programática de hoy; del
proyecto de nación al proyecto de lo que sustituyó a la na-
ción, el concepto de socio menor pero viable. Y al respecto
conviene revisar a fondo el término desnacionalización
'
porque, en el mismo ámbito, desnacionalizarse de una idea
de nación es darse de alta en otra y porque, en el enloqueci-
miento semántico en que vivimos, sólo quien usa cada tér-
mino sabe lo que quiere decir.
5. También me parece más fértil ahora, como tema de estu-
dio, el de los movimientos sociales, en donde la cultura na-
cional encarna de modo participativo y crítico. Por
ejemplo, sé que esto ya se ha hecho aquí, en El Colegio de ·
la Frontera Norte, pero tal vez no con la intensidad reque-
rida. Lo que me parece más positivo y valioso de la cultura
nacional radica hoy en los movimientos sociales.
Gustavo del Castillo 14ira
Quiero tocar el tema de la integración económica en Norte-
américa y algunos aspectos culturales. Básicamente, quisiera
plantear tres dimensiones. En primer lugar, sobre lo que se
llama la integración económica de Norteamérica, que cubre
a México, Canadá y Estados Unidos. En segundo término, el
papel que juega el Estado y la acción política en general so-
bre la primera dimensión; y finalmente, trato la investiga-
ción y la transparencia en las decisiones en México y el cami-
no que esta integración tomará al corto plazo.
Como todos saben, el tema de la integración económica
es uno de los más discutidos y generalizados en México; dis-
cutidos por el presidente, el Congreso, el sector empresarial,
la prensa y, claro, los académicos. Todos debaten el tema uti-
APÉNDICE S59
!izando lo que parecen ser términos intercambiables; se ha-
bla de mercado común, de libre comercio, de acuerdos sec-
toriales, etc. Hay artículos en la prensa y declaraciones de
los secretarios de Estado en los que en el mismo párrafo apa-
recen todos estos términos, todos queriendo decir lo mismo.
Ahora, cualquiera que piense que la integración económica
en Norteamérica es un fenómeno nuevo está bastante equi-
vocado. Lo que quiero decir es que la integración económica
ya se dio, y no los quiero aburrir con miles de estadísticas o
gráficas, pero vale la pena comentar que el comercio exte-
rior entre Canadá y Estados U nidos en un 85 por ciento está
dado por relaciones intraempresa, y para el caso de México
y Estados Unidos este porcentaje va llegando ya al 70 por
ciento. Entonces, es difícil, en cierto sentido, hablar de co-
mercio exterior nacional. Quisiera comentar ciertos aspec-
tos sobre los cambios en el comercio internacional, específi-
camente en el de México, y el cambio en las estructuras de
exportaciones de México hacia Estados Unidos. No lo quie-
ro comentar en términos de estadística, pero es obvio que la
naturaleza de las exportaciones y los cambios en los bienes
producidos y en los sistemas de producción tienen, sin duda,
efectos importantes en lo que llamamos la cultura nacional.
Para ejemplificar este punto basta con ver los cambios en la
sociedad campesina al transformarse de administradora de
productos para el consumo nacional en productora de bie-
nes para la exportación. El resultado de esta transformación
ha sido su marginación a favor de grandes corporaciones
agrícolas. El sector manufacturero presenta equivalencias
con lo sucedido en la sociedad rural.
No sé si se acuerdan del regaño de Carlos Fuentes, a fines
de los setenta, cuando les dijo a los estadunidenses que Mé-
xico no solamente era un pozo petrolero; ahora vale recor-
darles y recordarnos que el país tampoco es una gran maqui-
la. La búsqueda de la competitividad mexicana ha sido a
360 APÉNDICE
costa del salario y la salud del obrero mexicano; el resultado
de la búsqueda de ventajas comparativas ha sido igualmente
la marginación del trabajador. Qué efectos sobre la cultura
del trabajador tiene un cambio de los sistemas de produc-
ción complejos, donde pudieran haber estado trabajando
aquellos sistemas más simples de ensamblaje que se dan en
la maquila. La demanda de mano de obra femenil por la in-
dustria maquiladora, comenzando con la crisis del 82 más o
menos hasta mediados de la década, afectó de manera direc-
ta a lo que llamamos la sociedad campesina. En el Bajío, en
la Comarca Lagunera, en los pueblos del noreste de México,
se dieron transformaciones en las unidades domésticas,
donde no solamente desapareció temporalmente la presen-
cia de la mujer sino que los hombres perdieron su tradicio-
nal poder de dominación y se convirtieron en cuidahogares
y cuidaniños, dependientes de redes sociales que habían
creado las mujeres para el sustento de la unidad doméstica;
en este sentido, fueron como peces fuera del agua. Si toma-
mos como un hecho la integración económica, entonces hay
que preguntar si ésta continúa de la manera ad hoc, como ha
sido llevada hasta ahora, o si vale la pena recurrir a mecanis-
mos formales que reglamenten el proceso de integración
económica.
Existe una segunda dimensión, y que no creo que valga la
pena discutir, y es la autarquía económica; creo que ya sufi-
ciente tuvimos con la etapa de sustitución de importaciones
y el llamado desarrollo estabilizador. Partiendo de la premi-
sa de la manera de facto y ad hoc como se ha dado la integra-
ción, entonces se cae en la problemática de los mecanismos
formales que reglamentan o pueden reglamentar la rela-
ción. Junto con esta discusión, se debe plantear una pregun-
ta y que a estas alturas ya aparece como un puro sofisma; es-
to es: ¿integración, para qué? Al querer dirigirnos a la
dimensión de los mecanismos formales y a esta segunda pre-
APÉNDI CE' 361
gunta, aparece de inmediato la presencia del Estado. Yo
propongo que es a través de la acción del Estado que se pue-
den contestar estas dos preguntas. En este sentido, es el
Estado el que firma los acuerdos que determinan qué meca-
nismos son los que se utilizarán para reglamentar la integra-
ción y es el Estado el que decide si se negocia un mercado co-
mún o un acuerdo de libre comercio, etc. Al delimitar su
campo de acción se está contestando de manera implícita la
pregunta interacción, ¿para qué?; es decir, se están defi-
niendo los medios y los fines, y en una sociedad democrática
la ciudadanía, el pueblo, debe participar en esta definición.
Al participar la ciudadanía en esta discusión, como debe ser
obvio, entra en discusión la cuestión de la cultura de nor-
mas, de modo de vida de un pueblo. En este contexto, al co-
menzar a contestar la pregunta de integración, ¿para qué?,
se están discutiendo a la vez cuestiones de cultura, de identi-
dad nacional. No es que sean dos dimensiones distintas, la
económica y la otra; se trata de la misma dimensión.
Cuando se trata de separar estas dos dimensiones, los fi-
nes son puramente analíticos. Esto, dicho en términos más
académicos, significa que no debería haber diferencia entre
los planteamientos que hiciera un economista, un antropó-
logo o un politólogo. Solamente a través de un planteamien-
to comprehensivo podemos comenzar a contestar las pre-
guntas que estoy planteando. Una cosa que sí me queda bien
clara, y sin querer ofender a nadie, es que de ninguna mane-
ra esta discusión puede quedarse solamente en manos de los
economistas. Después de la década de los ochenta, me que-
da poca confianza de que la disciplina tenga soluciones que
no lleven al desastre. En esto de la integración la participa-
ción debe ser más pluralista.
En la siguiente sección quisiera profundizar un poco más
sobre la cuestión de integración ¿para qué? Este tipo de pre-
gunta tiene su equivalente lógico en otras preguntas; por
362 APÉNDICE
ejemplo, una que diga ¿para qué el desarrollo económico? o
¿por qué no exportar solamente bananas? Así como éstas
puede haber otras mil, pero no todas estarían relacionadas a
una dimensión crítica que hace necesaria la primera pre-
gunta; ésta es la dimensión del interés nacional de México.
Una de las muchas discusiones sobre la integración econó-
mica trata un punto fundamental: que, al hacer esta pregun-
ta, la contestación oficial dice: la integración es necesaria pa-
ra obtener la inversión extranjera que hasta ahora no ha
sucedido, y yo me pregunto ¿y qué?, ¿y qué si vienen los flu-
jos de capital?, ¿y qué si no viene el Papa a Tijuana?, ¿qué di-
ferencia hace? Esta última pregunta solamente se puede
contestar si existe una definición explícita del interés y de la .
seguridad nacionales. N o sé si vale la redundancia decir que
parte del interés nacional es seguir siendo lo que somos, más
o menos iguales, sin el subdesarrollo y todo lo que esto im-
plica. Como diferencia de esto, es que no queremos ser grin-
gos. En términos más formales, en otro escrito he dicho que
el interés nacional sólo puede significar una cosa: que la na-
ción debe encontrar los medios para garantizar la prosperi-
dad económica de toda la ciudadanía, al mismo tiempo que
proporcionar los mecanismos institucionales y productivos
para conseguir esta prosperidad.
Pocos dudarían en que la integración económica es preci-
samente uno de estos mecanismos que pueden resultar en la
prosperidad económica. Tampoco hay que olvidar que el
proceso de cómo se llega a estos mecanismos es parte del ser
mexicano; es decir, cualquier proceso de negociación será
distinto de lo ocurrido anteriormente. Esto no es decir que
no se puede aprender de la lección canadiense, por ejem-
plo; pero no hay razón intrínseca que diga que las relaciones
económicas que se establezcan entre México y Estados Uni-
dos tendrán la misma naturaleza o seguirán dimensiones
paralelas de aquellos que reglamenten la relación entre Ca-

APÉNDICE 363
nadá y Estados Unidos. Como pueden apreciar, al discutir
Estados Unidos por lo general se trata la relación bilateral,
ya sea México con Estados Unidos o Canadá con Estados
Unidos, pero pienso que la relación tripartita, Cana-
dá-México-Estados Unidos, es más interesante. Tal vez la
razón fundamental tras esto es que los canadienses tampoco
quieren ser gringos, y aquí se presenta un campo de interés
común entre México y Canadá. Tan no quieren ser gringos,
que el acuerdo de libre de comercio, que entró en efecto en
1989 entre Canadá y Estados Unidos, identifica aspectos
singulares, dimensiones de la vida canadiense que no son to-
cados por este acuerdo. El debate económico sobre un
acuerdo de libre comercio en Canadá, el debate más recien-
te, tomó aproximadamente 15 años, pero es un tema que los
canadienses vienen discutiendo con los norteamericanos
por los•últimos 140 años, y ha habido tres acuerdos de libre
comercio que no han funcionado. Pero fueron los años de
1984 a 1989 los que tuvieron la actividad más intensa con
respecto a este tipo de acuerdos, y el r sultado del debate
económico se ve en el reporte de la comisión encargada de
las investigaciones. Los informes de la comisión McDonal, o
Royal Comition, como fue llamada, comprenden 90 volú-
menes con aproximadamente 72 mil páginas. Aquí creo que
vale hacer referencia a que hasta ahora las negociaciones en-
tre México y Estados Unidos sobre un tema más o menos si-
milar se han hecho sin investigación y sin comisión alguna.
Dentro de este debate existen, como dije anteriormente,
restricciones en el área de inversión extranjera directa Y so-
bre servicios, en el sentido de que los norteamericanos Y los
canadienses esperaban que la Ronda de Uruguay de nego-
ciaciones multilaterales resolviera alguno de los problemas
sobre servicios. Las áreas más significativas, fuera de este
acuerdo, están relacionadas al sector de energéticos, petró-
leo y gas natural, donde se garantiza el control canadiense
364 APÉNDICE
en el área de servicios, especialmente en el de la infraestruc-
tura existente que produce y difunde, y también se limita a
la inversión estadunidense. Aquí hay que notar que al firmar
este acuerdo los Estados Unidos aceptaron la no reciproci-
dad; esto quiere decir que los canadienses no tienen restric-
ciones similares para Estados U nidos. Además de estas res-
tricciones dentro del acuerdo formal, existen dos áreas
donde todavía se da un debate fuerte; son áreas que igual-
mente tocan el modo de vida canadiense. La primera es el
área de servicios médicos nacionalizados y la otra, la infraes-
tructura de bienestar social, y en segundo término, se debate
el carácter independiente de los gobiernos provinciales, a
tal punto que muchas de las provincias canadienses no acep-
tan el poder del gobierno central de determinar su indepen- ·
dencia local con respecto al acuerdo.
El debate en Canadá sobre este acuerdo de libre comercio,
pues, fue profundo y toca dimensiones que a veces parecen
muy raras. Traje un póster pequeño que es una celebración
de libre comercio; es un concierto de rock and roll a favor del
libre comercio. Este tipo de actividad, que podríamos llamar
cultural, se dio en ambos lados del argumento, los que favo-
recían y los que estaban en contra del libre comercio. Lo im-
portante de la discusión es que en México este debate no vie-
ne de abajo hacia arriba, sino que se nos ha dicho que se
quiere llegar a un tipo de acuerdo antes de las elecciones del
próximo año. Yo me pregunto: ¿seremos los mexicanos tan-
to más listos que los canadienses que no necesitamos debatir
el tema, o no necesitamos los 90 volúmenes de investigación
que hicieron ellos, quienes todavía no se ponen de acuerdo
sobre el tema? Genéticamente, lo dudo. En otras palabras, a
lo que voy es a que en México la transparencia (y éste es un
término que se utiliza en las cuestiones de comercio), la
transparencia de las decisiones todavía no es un acuerdo so-
cial, parece que se está dispuesto a tomar decisiones sin la
APÉNDICE 365
aceptación del debate, popular. Ahora, creo que el debate
popular del que estamos hablando no puede ser un deba-
te similar al que nos llevó a seis meses de tirapelos durante
las negociaciones del GATT en 1979, cuando se debatió por
medio año si era bueno o no entrar al GATT, cuando de he-
cho la comisión económica, el gabinete económico, ya había
decidido no entrar al GATT. Entonces, lo que necesitamos y
propongo es la investigación profunda que no puede
quedar al margen del debate popular. En otras palabras, de
estos salones de tipo académico tenemos que salir a discutir el
tema con los más afectados, y éstos son el resto de la ciudada-
nía mexicana.
3. MUJER Y FAMILIA
N éstor García Canclini
Existe una tendencia internacional en los consumos cultura-
les que consiste en la disminución de la vida pública y del con-
sumo de los espectáculos en los sitios públicos, asistencia a ci-
ne, teatro, etc., y un incremento del gasto familiar en lo que se
llama los equipamientos domésticos y de uso del tiempo libre
en el interior de la vida doméstica familiar; es decir, se va me-
nos al cine y al teatro, pero se ve más cine por video en la casa,
se ve televisión, se escucha radio, se realizan actividades que
en general quedan circunscritas al espacio familiar o domésti-
co. Esta tendencia, que es internacional, en México se da aso-
ciada a este enorme y clave papel de la vida familiar en el de-
sarrollo cultural. Sin haberme dedicado nunca a estudiar la
familia, tropecé con ella de un modo inexcusable al trabajar
esto en el último año o año y medio, y estoy tratando de saber
qué significa; por eso traigo la problemática en los términos
de Mabel Piccini, uno de los miembros de nuestro grupo de
investigación, en el sentido de que existe una relación muy
366 APÉNDICE
compleja entre familia extensa y familia intensa. Esa intensifi-
cación de la vida familiar, que se da por el repliegue del con-
sumo de la cultura pública en el espacio doméstico, ,en los
usos privatizados de la cultura, iría asociada a una densidad
de la vida familiar histórica en México, motivada por obliga-
ciones rituales y redes de alianza.
Pensemos, por ejemplo, en el uso del tiempo libre: en otras
sociedades, incluso latinoamericanas, no hay tantas obliga-
ciones de convivencia familiar en fin de semana o en usos no
lucrativos del dinero como las que hay en México. Para ir muy
rápido, la hipótesis que se me presenta en este trabajo sobre
consumo cultural y sobre relaciones entre familia, cultura y
modernización es que tal vez la familia sea el recurso más con-
sistente contra la secularización de la cultura en México, y sin •
embargo, es un espacio donde se procesan de un modo muy
flexible las transformaciones culturales de la modernidad.
Por ejemplo, donde se procesan y amortiguan pasajes de las
relaciones microsociales, cortas, personalizadas, del mundo
campesino a las relaciones largas y anónimas de la vida urba-
na. La familia funciona como un lugar de elaboración de estas
situaciones de transición, de repliegue sobre formas no secu-
larizadas o menos secularizadas o premodernas, si queremos
decirlo así; o, por otro lado, el papel de la familia en relación
con la televisión como reorganizadora de las relaciones sim-
bólicas que, de hecho, están siendo restructuradas de un mo-
do muy radical por las industrias culturales.
Aquí me parece que hay un enorme territorio que no he
visto que haya sido trabajado ni por los antropólogos, ni
por los sociólogos, ni por los comunicólogos. ¿Qué signifi-
ca esta manía de Televisa de llamar primero al canal 2 y
ahora al 9 el canal de la familia? Esta función familiar de la
televisión, esta programación en que se piensa especial-
mente en una familia integrada que va a ver la televisión en
conjunto y que incluye distintas generaciones, hombres y
APÉNDICE• 367
mujeres, etc., también asume, desde la perspectiva de la te-
levisión, que también hay segmentaciones dentro de la vida
familiar; que no siempre el repliegue sobre la vida domés-
tica significa mayor convivencia de la familia, con lo cual
presentan ofertas distintas, y entonces el canal4 va dirigido
a un sexo, el 5 a otro, etc. Me pregunto si esta hipótesis de
la familia como recurso más consistente contra la seculari-
zación cultural y la modernización de la cultura en México
funciona para los jóvenes. Mi impresión es que en parte
funciona la subcultura juvenil, pero en parte se está produ-
ciendo un despliegue que tiene que ver con la reorganiza-
ción de los modelos de familia nuclear.
Jorge A. Bustamante
Quiero introducir el sesgo regional, porque las investigacio-
nes que se están haciendo en El Colegio de la Frontera Nor-
te sobre familia indican importantes diferencias entre la fa-
milia de Tijuana, por ejemplo, que es una familia más
nuclear de lo que correspondería a lo típico del promedio
nacional de una familia más extendida, aun en la ciudad de
México, y esto tiene implicaciones para el tema específico
del que estamos hablando, en la medida en que por la fami-
lia cruza el camino de la identidad; es decir, no hay manera
de escaparse del efecto que produce en la identidad cultural
nacional el paso por el proceso familiar. La familia nuclear
produce un cierto proceso de socialización que tiene ligas
muy claras con elementos objetivos de la familia nuclear,
particularmente en el eje ingreso-gasto. Dentro de una fa-
milia nuclear en una sociedad integrada básicamente por in-
migrantes, como sucede en Tijuana, los abuelos tienden a
estar en otras ciudades en mayor proporción que en las ciu-
dades del interior; es decir, la sociedad de Tijuana parece
368 APÉNDICE
que no tiene abuela. Esto tiene importancia porque, como
nos ha mostrado la literatura femenina de las chicanas, la fi -
gura de la abuela cumple un papel importantísimo, señala-
do con una cierta intuición sociológica por las escritoras chi-
canas. El papel de la abuela es muy importante en la
reproducción, reconstrucción, procesamiento y perpetua-
ción de valores a través de los cuentos, los guisos y de una se-
rie de elementos de la cultura mexicana transmitidos y re-
producidos por las abuelas. La mamá está trabajando, la
mamá no tiene tiempo de contar cuentos, de cantar cancio-
nes de cuna, la que lo hace es la abuela; ella es la que está con
los niños, porque dentro de la familia de los chicanos en ge-
neral trabajan padre y madre. Entonces, si uno retoma esa
importancia que las escritoras chicanas le han dado a la •
abuela, uno puede plantear la hipótesis de que en una socie-
dad móvil, en una sociedad migratoria, como es en gran
parte la de la frontera norte, ese papel de la abuela en la re-
producción de las identidades no está tan presente como lo
está en otros contextos, en otras regiones. Es en ese sentido
que hacía la referencia a que la sociedad de Tijuana no tiene
abuela, tanto como sucede en otros contextos geográficos, y
en la medida en que esto sea cierto (porque sobre esto falta
una comprobación más objetiva) creo que es muy válida la
pregunta de ¿cuál es el efecto de la ausencia de abuela en los
procesos de la reproducción de las identidades? La hipótesis
lógica sería que esto afecta a la reproducción de las identida-
des; sin embargo, los datos de las investigaciones de El Cole-
gio de la Frontera Norte apuntan en el sentido de que hay
una cierta fortaleza de las identidades que está ligada al con-
texto fronterizo, lo que va contra la hipótesis contraria de
que, independientemente de que la sociedad tijuanense no
tenga abuela, algo adicional está cubriendo ciertos vacíos,
no el vacío de la abuela, pero ciertos vacíos en el proceso de
la reproducción de las identidades.
APÉNDICE 369
Guillermo Bonfú Batalla
Me pregunto si el proceso de secularización es una tenden-
cia histórica. Se habla, por ejemplo, de que antes del Renaci-
miento o antes de la Ilustración había un control de la se-
xualidad femenina mucho mayor del que se puede tener en
las llamadas sociedades occidentales contemporáneas, y mi
única duda está en si esa visión histórica que tenemos no
descansa en la visión de lo sistémico en aquellas épocas y no
de lo cotidiano; porque a partir de cierta literatura, de cierta
música medieval, etc., yo me formo una impresión bien dis-
tinta, e incluso encuentro una libertad individual de la mu-
jer desde el punto de vista sexual mucho mayor; es diferente
ver un proceso de cambios de conductas sociales, que ver un
problema de cambio de valores y sistemas dominantes.
José Manuel Valenzuela Ane
A partir del trabajo que he realizado con grupos juveniles es-
pecíficos, retomaría de manera principal lo que tiene que
ver con las características de las redes de relaciones familia-
res, tanto con las adscripciones de clase, condiciones de vida
y ámbitos cotidianos, como con los referentes fundamenta-
les en la delimitación de las prácticas de los grupos de bajos
ingresos, pues es ahí donde creo que se encuentra la partici-
pación de la familia como red de intercambio de bienes, de
servicios y favores, como actor importante de los procesos
de socialización y de reproducción cultural. En los jóvenes,
cholos, chavos banda, etc., prevalece en primer lugar una
manera binaria de conducta a partir de la variable género,
donde hay un discurso distinto, prácticas diferentes entre
hombres y mujeres, y donde los procesos de socialización
global siguen teniendo el peso fundamental más allá de los
370 APÉNDICE
otros procesos de construcción identitaria que ellos generan
en cuanto jóvenes. Es decir, la chola sigue teniendo pautas
de conducta que la identifican más con las mujeres h4mil-
des, las mujeres de clase baja, las mujeres trabajadoras, y con
las pautas culturales existentes en el grupo, que con la cons-
trucción de una forma de pensar, de percibir la vida y de
conducirse derivada del hecho de ser chola; y en ese sentido,
encontramos entre ellas distintas percepciones y conductas.
Encontramos en estos grupos una variedad de conductas
igual a la que encontramos en otros grupos sociales, por lo
cual el referente de grupo social más amplio es básico, así
como los tipos de control diferenciado que se establecen pa-
ra hombres y mujeres, pues hay una mayor vigilancia y con-
trol familiar sobre la participación de las mujeres cholas-,
banda, punk, etc., que la que se da en relación con los hom-
bres. Lo que me parece importante señalar aquí es que la in-
tención de construir un nuevo discurso en cuanto a las muje-
res no se corresponde con lo que es la práctica inmediata.
Podemos observar a una gran cantidad de mujeres cholas en
una ruptura factual con elementos "definitorios" del perfil
cultural de la mujer mexicana, como el rol de sumisión, de
indefensión, de pasividad; en ellas encontramos funciones
mucho más activas, más propositivas, pero en términos ge-
nerales no existe un discurso alternativo y siguen mante-
niendo referentes convencionales que son los que están nor-
mando su conducta, independientemente de que podamos
encontrar rupturas [actuales con estos referentes. Existe una
mayor tolerancia de facto a la unión libre, pero no en el dis-
curso, que sigue siendo un eje imaginario a alcanzar; sigue
siendo la normatividad social global la que está presente de
manera fundamental en este discurso. En los punks es dis-
tinto. Ellos generan un contradiscurso, pero aún es muy
contradictorio, y tampoco escapan a este tipo de contradic-
ción. Creo que en general entre los jóvenes de las clases po-
APÉNDICE 371
pulares existe un gran compromiso en términos de sus
vínculos familiares; aquí se entiende a la familia como com-
promiso y no únicamente como referente de socialización, y
el compromiso implica redes de intercambio de servicios, de
favores, de estrategia y de sobrevivencia. Un fuerte compro-
miso y responsabilidad que tiene que ver con la propia so-
brevivencia de la familia y, en ese sentido, dentro de este ti-
po de movimientos juveniles de los sectores populares, la
familia sigue siendo un referente fundamental en el proceso
de reproducción cultural frente a la secularización.
Estela Serret
Las identidades familiares son muy diversas en México, y
me parece que podrían registrarse claramente dos tenden-
cias, a las que calificaríamos desde la perspectiva haberma-
siana, y de muchas otras, como la tendencia modernizadora
y la tendencia tradicionalista, por llamar de alguna forma a
dos visiones del mundo las cuales contienen muchas otras
que están en contradicción, pues una tiende a transformar
valores. ancestrales y la otra a conservarlos. Sin embargo, los
contemdos de la tendencia modernizadora son muy diver-
sos en cuanto a la forma como influyen en la familia, y ha-
bría que establecer una diferencia muy clara entre las diver-
sas familias y la forma como se incorporan económicamente
a la transformación del país en su totalidad. Esto es, creo que
hay diferencias claras entre la familia rural y la urbana en
principio, y además, entre las familias de diversas condicio-
nes socioeconómicas, en cuanto a la manera como la moder-
nización ha influido en sus transformaciones. Pero lo que
me interesa puntualizar es que la modernidad económica (o
sea, la transformación .de ciertos parámetros tradicionales
de inserción de las personas en las fuerzas productivas), que
372 APÉNDICE
es un hecho que ha afectado a muchísimas familias en el
país, sobre todo en las zonas urbanas, no conlleva la moder-
nización ideológica o cultural.
En los estudios que he hecho en el Distrito Federal entre
diversos rangos de familias, pertenecientes a sectores popu-
lares marginales, que por ejemplo no tienen una vinculación
específica con su terreno porque son inmigrantes, porque vi-
ven en terrenos ilegales, etc., y también familias de clase me-
dia o familias pertenecientes a la burguesía, me parece que
la constante es que no hay una generalización de lo que po-
dríamos denominar modernización ideológica, no hay una
modernización cultural, a pesar de que hay un importante
cambio en los patrones tradicionales de inserción en el mer-
cado de trabajo, por mencionar un aspecto, o del consumo
de bienes diversos, de los niveles de educación, etc. No quie-
ro decir con esto que no haya ningún rasgo de moderniza-
ción ideológica en México; sí lo hay, pero creo que sobre to-
do en cuanto a la transformación de los patrones sexistas es
minoritario. Esto se ve cotidianamente en las familias popu-
lares en México; por ejemplo, la forma y las prácticas de vida
no corresponden a los ideales valorativos de vida. En una fa-
milia marginal en la ciudad de México, compuesta solamen-
te por la madre y los hijos, muchos hijos, a veces de muchos
matrimonios o resultado no de matrimonios sino de uniones
eventuales, la madre trabaja, es trabajadora doméstica u
obrera, o está subempleada, y generalmente ha tenido una
conducta sexual muy temprana, desde los 13 o los 14 años,
ha tenido hijos de violaciones, o hijos de uniones eventuales,
y ha querido establecer una unión sólida; sin embargo, el
marido o el compañero la ha abandonado después de emba-
razarla, múltiples veces la ha golpeado, en fin, ha tenido una
vida muy accidentada en cuanto a lo que pudiéramos llamar
las circunstancias necesarias para la definición de su identi-
dad como madre; sin embargo, ¿cuáles son los patrones va-
APÉNDI it 373
lorativos que ella reproduce al interior de su familia y que
van a seguir afectando muy fuertemente a los hijos? Son los
patrones que llamamos tradicionales; o sea, sigue estable-
ciendo la necesaria autoridad: el hombre, la cohesión fami-
liar (aunque su familia es todo menos una familiacohesiona-
da), la necesidad de que las mujeres tengan el ideal de
casarse vírgenes y por la iglesia (cuando probablemente
nunca sus hijas logren cumplir este objetivo), pero lo más
importante es que entre los y las jóvenes estos patrones ideo-
lógicos siguen teniendo importancia fundamental, a pesar
de que en sus propias vidas probablemente no sigan ese ca-
mino. Pero lo que ellos elaboran como discurso de ideal va-
lorativo sigue siendo el de la tradición. Y o quisiera apuntar
que el canal 2 de televisión tiene un papel muy importante
en la reproducción de estos valores, porque en este proceso,
en el que la familia ha dejado de tener el papel socializador
fundamental , la televisión lo cumple de una manera decisiva
a través de la presencia de los ideales valorativos de las tele-
novelas, de "Siempre en Domingo", etc. , y por ello creo que
el canal 2 ha jugado un papel fundamental en la socializa-
ción de este tipo de familias populares. Para generalizar, di-
ría que en lo que se ha llamado la clase media y en algunos
sectores de la burguesía ni siquiera la relación con el estu-
dio, el trabajo, o la incorporación de las mujeres a la univer-
sidad, trae necesariamente, sobre todo en ciertas áreas pro-
fesionales, una transformación de estos ideales. Esta
transformación tiene mucho más efecto, por ejemplo, en las
mujeres que estudian ciencias sociales que en las que se de-
dican a estudiar ingeniería, lo cual parece muy paradójico,
porque éstas son aparentemente carreras masculinas a las
que ellas han llegado con mucho esfuerzo y transgrediendo
muchas dificultades. Lo que hemos podido rastrear hasta
ahora es que los patrones valorativos son más tradicionales
entre las mujeres que tienen ocupaciones o profesiones o
374 APÉNDICE
una vinculación con la universidad en las áreas de ciencias
básicas, ingenierías, o ciencias biológicas, que entre aquellas
que están en ciencias sociales.
Hablar de la influencia que ha tenido la modenidad en la
transformación de pautas culturales o de la construcción de
la identidad femenina en México es complejo; a pesar de es-
to, no podemos decir que no haya pasado nada en la socie-
dad mexicana en cuanto a la transformación de la idea de
que las mujeres tienen sobre sí mismas. Creo que, al igual
que en todos los otros países que en mayor o menor medida
forman parte de lo que se ha llamado la cultura occidental
contemporánea, en México se ha construido una forma de
adquirir la identidad genérica que necesariamente atraviesa
el referente de la desigualdad entre los géneros. ¿Qué
qmero decir con esto? Que me parece que una de las caracte-
que tendencialmente se configuran en Occidente es
precisamente aquella que se estructura con la conciencia de
que existe una desigualdad social, conciencia que no existe
en otras sociedades, como sería la sociedad musulmana, por
alguna. Independientemente de que se asuma como
propio el discurso feminista o no, el referente de este discur-
so imprescindible en la configuración de las identidades
socmles de las mujeres en México, y, diría, en todo el Occi-
dente. Posiblemente no en los sectores rurales (y digo posi-
blemente no, porque no los conozco), pero en los sectores
urbanos, incluso en los marginales, en los sectores más po-
bres, hay algo en el discurso de las mujeres que nos habla de
que está presente esta racionalización aunque no estén de
con ella. Por ejemplo, dicen algunas: "Las mujeres
tienen que mandar en la casa, pero yo no estoy de acuerdo
con esto'', "Aquella que tenga su marido que lo conserve", o
"Fula?ita quiere estudiar, pero yo creo que las mujeres que
quieren parecerse a los hombres". Puede ser que el
discurso feminista se rechace, pero no se le puede ignorar, y
APÉNDICE• 375
me parece que ésta es una constante en la construcción de la
identidad femenina.
Me pregunto si no será más bien un discurso dominante
el que considere que esta sociedad es menos represiva en tér-
minos de sexualidad de lo que fueron otras sociedades. Creo
que Foucault aborda con bastante riqueza este problema, y
me parece que, en efecto, sociedades como las del Renaci-
miento y un poco antes algunas sociedades medievales tu-
vieron un discurso y una práctica de la sexualidad bastante
"libre", como la podríamos considerar ahora; sin embargo,
creo que hubo un importante recrudecimiento del control
de la sexualidad desde la era victoriana, y que lo que ahora
estamos presenciando es un control sui generis de la sexuali-
dad, porque ha elaborado un discurso muy amplio acerca de
la sexualidad, del placer y del cuerpo, que tiende a hacernos
asociar sexualidad y placer con saber, y hay que conocer, hay
que entender, incluso en térmjnos médicos, qué es la sexua-
lidad, hay que saber qué es un orgasmo, hay que conocer
profundamente el cuerpo de la mujer y, como todos sabe-
mos, en nuestra época, precisamente en nuestra cultura, el
dominio está muy asociado a los saberes: aquel que sabe más
sobre la sexualidad es el que puede ejercer mayor poder so-
bre esto; por eso hay un dominio de los médicos y de los gi-
necólogos que va más allá de lo que quizá nosotros tengamos
conCiencia.
Vania Salles
Quisiera empezar con la idea de la modernización de la ra-
cionalización y de la secularización que sirve de contexto pa-
ra los cambios en la familia. Creo que no se puede negar que
este proceso ejerció una importancia muy grande sobre las
relaciones familiares, pero no debe ser visto como un proce-
so terminado, incluso el proceso de secularización depende
376 APÉNDICE
de valores religiosos, místicos, o míticos en la sociedad mo-
derna, por lo cual lo que observamos apunta hacia una im-
posibilidad de homegeneización de todas las lógicas de
constitución de lo social con base en estos macroprocesos.
La realidad va escapando y va trayendo nuevas modalida-
des de articulación tanto de las prácticas como de las percep-
ciones que los individuos, integrados o no en la familia, van
teniendo. Con esto introduciría la idea de que, a pesar de
que no existe una homegeneización de esos procesos, pues
los procesos que emergen de la realidad se van articulando
contradictoriamente, hay una tendencia muy importante
hacia cambios que son recurrentes. Ejemplo de ello es la le-
gislación del divorcio y su legalización: las separaciones en-
tre parejas siempre han existido, tanto las separaciones for-
males como las separaciones de convivencia, pero ahora,
como esto se da en un ámbito muy privado, muy íntimo, que
muchas veces no trasciende o nunca trasciende a las novelas
con la cuestión de las triangulaciones; o sea, cohabitan pero
no cohabitan, viven en un mismo local, etc. Entonces, todas
estas prácticas que siempre existieron en las relaciones fami-
liares han tenido una tendencia, y esto nadie lo puede negar,
a ser como núcleos de cambios de una serie de reglas y nor-
mas que van a legislar y reglamentar las relaciones familia-
res. Entonces, está ahí toda la cuestión del divorcio que ya
empezó en determinados contextos, como el norteamerica-
no, y se generaliza muchísimo, como un reflejo de esta mo-
dernización, esta secularización, que es inconclusa pero que
de todos modos se instala como una tendencia muy impor-
tante. Y esto que se puede decir con relación al divorcio, se
puede aplicar también con relación al control de la natali-
dad, con relación al aborto, etcétera.
ÍNDICE
Presentación . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .. ... .. 11
Introducción . . .. . .. . . .. ...... .
Nación, nacionalismo y posnacionalismo.
Materiales para una teoría de las identidades sociales
13
20
(Gilberto Giménez) . . . . . . . . . 45
Introducción. . . . . . . . . . . . . 45
La identidad como distinguibilidad. 47
Una tipología elemental. . . . . 48
Una distinguibilidad cuali tativa . 50
La pertenencia social, 5 1; Atributos
identiftcadoms, 55; Narrativa biográftca: historias de vick.1, 57
¿y las identidades colectivas? . . . . . . . 58
La identidad como persistencia en el ti empo . 63
La identidad como valor . . . . . . . . . . . 66
La identidad y su contexto social más amplio 67
Utilidad teórica y empírica del concepto de identidad . 71
Bibliografia . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 74
Sobre la ideología del mestizaje (O cómo el Garcilaso Inca
anunció, sin saberlo, muchas de nuestras desgraci as)
(Guillermo Bonfil Batalla). . . . . . . . . . . . . . 79
l. Garcilaso, el mestizo . . . . . . . . . . . . . . . 79
11. Trayectoria y perfil de la ideología del mesti zaj e 82
111. El indio visto desde la ideología del mestizaje 88
IV Cinco siglos ... ¿y después? . . . . . . . . . . 92
Identidades culturales: comunidades imaginarias
y contingentes (José Manuel Valenzuela Arce) . . . . . . . . 97
378 ÍNDICE
Los grupos étnicos. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 97
Identidad nacional. . . . . . 101
Cultura e identidad nacional 107
Cultura nacional e identidad 111
La propuesta nacional . . . .
Identidad en la frontera del norte de México .
113
115
La identidad nacional ante el espejo (Carlos Monsiváis). . 121
Nación es la frontera con Guatemala . . . . . . . . . 122
En esta esquina la nación. En aquella esquina, los parias . 124
La mujer: la nación fuera de México 125
La acumulación y la síntesis . . . . . . . . . . . . . . 126
Cultura nacional e identidad cultural
en el contexto neoliberal (Beatriz Mariscal Hay) . 130
La propuesta neoliberal . . . . . . . . . . . . . 131
La prueba de lo mexicano: Dimensiones culturales
y Tratado de Libre Comercio (Gustavo del Castillo V) 139
Cultura y dominación . . . . . . . . 140
El liberalismo comercial y la cultura. 142
La cultura y el ajuste . . 145
El Estado y sus acciones . . . . . . . 149
Frontera México-Estados Unidos. Reflexiones
para un marco teórico (Jorge A. Bustamante). . 151
Introducción . . . . . . . . . . . . . . . . . 151
Hacia un marco teórico para el estudio de la región
fronterizat . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 152
El concepto de interacción. . . . . . . . . . . . . . 156
La asimetría de poder como fuente defmitoria
de la naturaleza de la relación predominante de parte
de cada país hacia el otro . . . . . . . . . . . . . 158
El nivel microdimensional de la interacción asimétrica . 162
El nivel macrodimensional de la interacción asimétrica 164
El concepto de internacionalidad . . . . . . . . . . 168
ÍNDICE 379
El componente de la nacionalidad. . . . .
Identidad, cultura nacional y frontera ...
El debate sobre lo nacional y lo fronterizo.
La extraterritorialidad de la cultura nacional .
Conclusiones . . . . . . . . . . . . . . . . . .
174
178
181
186
188
Escenas sin territorio: cultura de los migrantes e identidades
en transición (Néstor García Canclini). 191
Culturas desterritorializadas. . . 195
La simulación de la ciudad. . . . 202
Preguntas en vez de conclusiones 205
Espacios y mecanismos de conformación de la identidad
étnica en situaciones de alta movilidad territorial.
Reflexiones preliminares con migrantes zapotecos
(Marthajudith Sánchez). . . . . . . . . . . . . . . 209
Diferentes aproximaciones analíticas y conceptuales
en el estudio de los migrantes indígenas 211
Planteamientos iniciales acerca del abordaje
delaidentidad. 216
Bibliografía. . . . . . . . . . . . . . . . . . 228
Género, familia e identidad cultural. Orden simbólico
e identidad femenina (Estela Serret) 231
Introducción . . . . . . . . . . 231
La identidad en el psicoanálisis . . 232
Id,entidad individual y social. . . . 238
La identidad social de las mujeres. 241
Bibliografía. . . . . . . . . . . . . 24 7
Las familias, las culturas , las identidades (Notas de trabajo
para motivar una discusión) (Vania Salles) . . . 249
Producción y transmisión de cultura vía familia. 249
La existencia de una hermenéutica . . . . 250
Entorno íntimo, socialización e identidad. . 262
Las identidades y la corporeidad . . . . . . 274
Las identidades procesualmente construidas 285
380 ÍNDICE
Reimaginando las comunidades nacionales
(Renato Rosaldo)
Apéndice ..... .
l. Estado e identidad cultural y nacional
Guillermo Bonfil Batalla . . .
Jorge A. Bustamante.. . ...
José Manuel Valenzuela Arce .
Carlos Monsiváis . . . .
Néstor García Canclini .
Luis Dávila . . . . . . .
2. Modernización . . ...
Néstor García Canclini .
José Manuel Valenzuela Arce.
Carlos Monsiváis . . . . .
Gustavo del Castillo Vera .
3. Mujer y familia . . . . . .
Néstor García Canclini ..
Jorge A. Bustamante . . .
Guillermo Bonfil Batalla .
José Manuel Valenzuela Arce .
Estela Serret
Vania Salles . . . . . . . . . .
289
305
305
305
311
316
319
321
324
331
331
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o '358
365
365
367
369
369
371
375
Esta obra, formada en el Departamento de Publicacio-
nes y Comunicación de El Colegio de la Frontera Norte,
en Tijuana, B. C., se terminó de imprimir en noviembre
del 2000 en los talleres de Programas Educativos S. A. de
C. V. Calzada Chabacano, núm. 65, local A, Col. Asturias,
C.P. 06850, México, D. F. Se utilizó la fuente New Basker-
ville de 8, 9, 10, 11 y 13 puntos. Se tiraron 1000 ejempla-
res. Corrector: Heriberto Y épez.