El modo de existencia que el sistema de trabajo establecido en las fábricas impone a los operarios es de una índole singularmente desfavorable

a la vida doméstica. El obrero se levanta todo el año al amanecer o aún antes, entre las 4 y las 5 de la mañana, después de haberse recuperado apenas con el deficiente reposo nocturno; luego ingiere una rápida colación o, encaso contrario, se precipita a la fábrica sin haber probado alimento de ninguna especie. A las 8 de la mañana se le concede media hora – en algunos casos 40 minutos – para desayunar. En muchos establecimientos las máquinas prosiguen funcionando durante el tiempo destinado a las comidas, de modo que el operario está obligado a continuar vigilando su trabajo mientras ingiere su alimento. Esta práctica, sin embargo, nos e halla en exceso generalizada. Esta comida, que se hace en las fábricas, por lo común consiste en un té flojo, por supuesto casi frío, acompañado por un trozo de pan; en otros casos, se trata de un potaje de leche y harina. Sin embargo, puede decirse que el desayuno más corriente es el té, al que en años recientes con excesiva frecuencia se le agrega ginebra y otros estimulantes. Cuando los operarios viven cerca de la fábrica se trasladan a sus respectivas casas a desayunarse, pero esto sucede en contadas ocasiones, pues los obreros son reclutados en todas partes, cercanas y lejanas, aunque la mayoría reside en lugares demasiado alejados como para encaminarse a sus hogares con ese propósito. Después de esta colación, el obrero está incesantemente ocupado y no se le concede ni un solo minuto para descansar o distraerse. Al mediodía se detienen las máquinas y se da una hora para almorzar. Los operarios salen de la fábrica y vuelven a sus hogares donde habitualmente tiene lugar esta comida; consiste en papas hervidas, que con mucha frecuencia se comen sin ningún agregado; a veces se añade un poco de tocino y otras una porción de carne. Este último alimento, sin embargo, sólo se encuentra en las mesas de los obreros más previsores y eficientes. Si, tal como sucede a menudo, la mayoría de los trabajadores vive a cierta distancia de la fábrica, un a gran parte del tiempo concedido para el almuerzo, necesariamente debe invertirse en la caminata – o más bien carrera- de ida y vuelta. El obrero no tiene tiempo que perder en formalidades. La comida es preparada de modo muy imperfecto por alguien que permaneció en la casa con ese fin, frecuentemente un mero niño o un hombre o una mujer muy entrados en años. La familia íntegra se ubica alrededor de la mesa – en caso de que se ponga alguna – y cada uno se esfuerza por devorar, con la mayor rapidez posible, la mísera ración que tiene ante sí, la cual si bien por su cantidad es suficiente para mitigar las penurias del hambre, en cambio posee muy escasas cualidades nutritivas. Tan pronto como se da término al almuerzo, la familia vuelve a dispersarse. No se ha tomado descanso alguno e, inclusive, dadas las condiciones en que se lo hace, el ejercicio no sólo es inútil a causa de su exceso, sino qe hasta resulta perjudicial cuando se lo practica en un momento en que el reposo es necesario para las actividades digestivas. Una vez más los obreros están estrictamente encerrados con llave desde la una hasta las 8 ó 9, con excepción de 20’ que se les conceden para tomar la merienda. Con la mayor frecuencia, esta deficiente colación se ingiere en la fábrica misma; con muy raras excepciones, consiste en un té y pan de trigo. Durante el transcurso de este prolongado período, los obreros están activa e indefectiblemente ocupados en un recinto atestado y sometidos a elevadas temperaturas, de modo que cuando por fin se pone término a la labor diaria se hallan exhaustos tanto física como mentalmente. Debe tenerse presente que padre, madre, hijo o hija se hallan ocupados de idéntica manera, pues no les es posible permitir que nadie en condiciones de trabajar permanezca en la casa a la que se apresuran a regresar después de tanto esfuerzo y privaciones a fin de convertirla en un sitio cómodo y acogedor. Ninguna esposa pulcra y prolija aguarda a su marido en al puerta, ninguna madre sonriente y afectuosa recibe a sus hijos, no hay un sitio alegre y placentero que sea digno del nombre de hogar. Por el contrario, todos se reúnen allí igualmente agotados; la casa está míseramente amueblada, su aspecto es sucio y mezquino. Después del regreso, suele servirse otra comida, a menudo de mejor calidad, y luego, los miembros de la familia se entregan al reposo, que tanta falta les hace, o bien abandonan el hogar en procura de placeres y entretenimientos, los cuales tienden a acrecentar aún las pésimas condiciones en las que deben trabajar. Fragemento. Gaskell, Peter. La población industrial en Inglaterra.1833. Cap. IV y V