LA TERNURA DE LOS LOBOS

Stef Penney

Stef Penney
LA TERNURA LOBOS

DE LOS

Traducción del inglés de Ana Mª de la Fuente

Título original: The Tenderness of Wolves

Copyright © Stef Penney, 2006 Publicado por acuerdo con Quercus Publishing PLC Copyright de la edición en castellano © Ediciones Salamandra, 2009

Publicaciones y Ediciones Salamandra, S.A. Almogàvers, 56, 7º 2ª - 08018 Barcelona - Tel. 93 215 11 99 www.salamandra.info

ISBN: 978-84-9838-203-7 Depósito legal: NA-3.890-2008

1ª edición, febrero de 2009 Printed in Spain

Impreso y encuadernado en: RODESA – Pol. Ind. San Miguel. Villatuerta (Navarra)

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Stef Penney La ternura de los lobos LA DESAPARICIÓN 7 .

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La ternura de los lobos

La última vez que vi a Laurent Jammet él estaba en la tienda de Scott, con un lobo muerto colgado del hombro. Yo iba por agujas y él por la recompensa. Scott quería ver el animal entero desde que un yanqui, a cambio de la recompensa, un dólar, un día le entregó un par de orejas, otro día las patas por otro dólar, y después la cola. Como era invierno, las partes del animal parecían bastante frescas. Pero lo que más irritó a Scott fue que todo el pueblo se enteró del engaño. Así pues, lo primero que vi al entrar en la tienda fue la cara del lobo. Tenía la lengua colgando y enseñaba los dientes. Me estremecí. Scott hablaba a gritos y Jammet contestaba en tono de disculpa; pero no podías enfadarte con él, porque era simpático y, además, cojo. Los dos hombres se llevaron el lobo al fondo de la tienda y, mientras yo miraba las mercancías, se pusieron a discutir acerca de la piel apolillada que cuelga en el dintel de la puerta. Jammet, bromeando, dijo a Scott que ya era hora de que la cambiara. Debajo de la piel hay un letrero que reza: «Canis lupus (macho), primer lobo cazado en la ciudad de Caulfield. 11 de febrero de 1860.» El letrero también dice mucho de Scott, que tiene pretensiones de hombre culto, le gusta darse importancia y prefiere la notoriedad a la verdad. Porque ni es el primer lobo que se cazó por estos parajes ni existe en realidad la ciudad de Caulfield, aunque ya le gustaría a él, porque entonces habría consejo municipal y él sería el alcalde. —Además, era loba. Los machos tienen el cuello más oscuro y son más grandes. Jammet sabía lo que decía, porque había cazado más lobos que nadie que yo conozca. Sonreía para dar a entender que no tenía intención de ofender, pero Scott es muy quisquilloso y se mosqueó. —¿Se acordará usted mejor que yo, señor Jammet? Jammet se encogió de hombros. Como en 1860 él no estaba aquí y, a diferencia de todos nosotros, es francés, tiene que medir sus palabras. Entonces me acerqué al mostrador. —Yo también creo que era hembra, señor Scott. El que la trajo dijo que los cachorros estuvieron aullando toda la noche. Lo recuerdo perfectamente. Y también recuerdo que Scott colgó la loba muerta en la puerta de la tienda, para enseñarla a la gente. Yo nunca había visto un lobo, y me sorprendió que fuera tan pequeño. El animal estaba colgado de las patas traseras, con el hocico apuntando al suelo y los ojos 8

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cerrados, como si le diera vergüenza. Los hombres bromeaban y los chiquillos reían, se desafiaban a meterle la mano en la boca y se ponían a su lado, haciendo posturas de cazador. Scott me miró entornando sus ojillos azules, no sé si molesto porque diera la razón a un extranjero o sólo molesto. —Y ya sabe lo que le pasó al que la trajo. —Doc Wade, el que cobró la recompensa, se ahogó a la primavera siguiente. Como si esto pudiera poner en tela de juicio su opinión. —En fin... —Jammet se encogió de hombros y me guiñó un ojo con todo su descaro. No sé cómo —creo que Scott sacó el tema—, nos pusimos a hablar de aquellas pobres chicas, como ocurre siempre que se habla de lobos. Aunque en el mundo hay infinidad de pobres chicas (yo misma, sin ir más lejos, conozco a bastantes), siempre que aquí se menciona a las «pobres chicas», las aludidas son sólo dos, las hermanas Seton, que desaparecieron hace años. Estuvimos unos minutos haciendo conjeturas, tan morbosas como gratuitas, que cortamos en seco cuando sonó la campanilla y entró la señora Knox, y nos pusimos a mirar con falso interés los botones expuestos en el mostrador. Laurent Jammet cogió su dólar, nos saludó a la señora Knox y a mí con una inclinación de la cabeza y se fue. La campanilla estuvo repicando un buen rato después de que saliera. Eso fue todo, no pasó nada de particular. Fue la última vez que lo vi.

Laurent Jammet era nuestro vecino más próximo. No obstante, su vida era un misterio para nosotros. A mí me intrigaba cómo podía cazar lobos, con su pierna mala, hasta que me dijeron que usaba trozos de carne de ciervo con estricnina. No es que no se necesite habilidad para seguir un rastro hasta dar con el cadáver resultante, pero, no sé, eso no es lo que yo entiendo por cazar. Ya se ha visto que los lobos han aprendido a mantenerse fuera del alcance de un Winchester, por lo que tontos no son, pero tampoco son tan listos como para desconfiar de un bocado llovido del cielo. ¿Y qué mérito tiene seguir a una criatura hasta que cae muerta, si sabes que está condenada? Jammet tenía otras cosas que llamaban la atención: hacía largos viajes nadie sabía adónde, recibía visitas de tipos taciturnos y misteriosos y hacía breves alardes de una esplendidez sorprendente para un hombre que vivía en una cabaña tan destartalada. Sabíamos que era de Quebec y católico, aunque no iba a misa ni a confesarse (a no ser que sólo practicara su religión durante sus largas ausencias). Era cortés y jovial, pero mantenía cierta reserva, no intimaba con nadie. Y no era feo, diría yo, con el pelo y los ojos casi negros y unas facciones que daban la impresión de que acababan de sonreír o estaban a punto de hacerlo. Trataba a las mujeres con una galantería respetuosa, procurando no incomodar, ni a ellas ni a los maridos. No estaba casado ni parecía echar en falta una esposa. Tengo la impresión de que algunos hombres se sienten

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más a gusto solos, sobre todo si son desaliñados y no llevan una vida ordenada. Hay personas que despiertan una envidia inofensiva, exenta de malicia. Jammet era uno de esos seres tranquilos y amables que parecen pasar por la vida sin esfuerzo ni dolor. Yo lo consideraba afortunado, porque me parecía que le eran indiferentes las cosas que a los demás nos hacen encanecer. Él no tenía canas, aunque sí un pasado, del que no solía hablar. Debía de imaginar que también tenía un futuro, pero en esto se equivocaba. Aparentaba unos cuarenta años. No cumpliría más.

Es jueves por la mañana, a mediados de noviembre, unas dos semanas después de aquel encuentro en la tienda. Yo bajo por el camino de nuestra casa, furiosa, preparando el discurso. Probablemente lo ensayo en voz alta, una de las extrañas costumbres que se adquieren fácilmente viviendo en los bosques. El camino —en realidad, apenas más que una franja de tierra apisonada por cascos y ruedas— bordea un tramo del río que forma pequeñas cascadas. Bajo los abedules refulgen al sol retazos de musgo esmeralda. Mis zapatos hacen crujir las hojas cristalizadas por la helada nocturna, un rumor que anuncia el invierno. El cielo está de un azul que casi hiere la vista. Ando deprisa, impulsada por la cólera, con la cabeza alta. Seguramente parezco contenta. La cabaña de Jammet está a cierta distancia del río, en una parcela de maleza con pretensiones de huerto. Las paredes de troncos sin descortezar han ido palideciendo con los años hasta que el conjunto ha adquirido un aspecto gris y lanudo, más propio de un ser viviente que de una edificación. Es un vestigio de una época pasada: la puerta es un cuero clavado en un bastidor de madera y las ventanas están cubiertas por pergamino aceitado que debe de helarse en invierno. No es sitio que acostumbren visitar las mujeres de Dove River. Yo misma hace meses que no venía, pero es que ya no sé dónde buscar. No se ve humo que señale vida dentro de la casa, pero la puerta está entreabierta y en el cuero hay manchas de manos sucias de tierra. Doy una voz y unos golpes en la pared. No hay respuesta. Me asomo al interior y, cuando mis ojos se acostumbran a la penumbra, veo que Jammet está en casa y, cómo no, en la cama, a estas horas de la mañana. Casi doy media vuelta, pensando que de poco servirá despertarlo, pero la frustración me hace insistir. No he venido hasta aquí para nada. —¿Señor Jammet? —empiezo con una voz que me suena de una afabilidad irritante—. Señor Jammet, perdone la molestia, pero es que quería preguntarle... Laurent Jammet duerme plácidamente. En el cuello tiene el pañuelo rojo que se pone cuando va de caza, para que otro cazador no lo confunda con un oso y le dispare. Por un lado de la cama le asoma un pie, con el calcetín sucio. El pañuelo rojo está en la mesa...

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Ya tengo la mano en el canto de la puerta, y de pronto todo cambia y deja de ser normal: las moscas del otoño zumban en torno al festín; el pañuelo rojo no está en el cuello, porque está en la mesa, lo que significa... —Oh —digo y, en el silencio, me sobrecoge el sonido de mi voz—. No. Me agarro a la puerta para no salir corriendo, y en el mismo instante me doy cuenta de que no podría moverme ni aunque me fuera en ello la vida. La cosa roja del cuello se ha derramado en el colchón por un surco. Un corte. Estoy jadeando como si hubiera corrido. El bastidor de la puerta es, en este momento, lo más importante del mundo. No sé qué haría sin él. El pañuelo no ha servido de nada. No ha podido impedir su muerte prematura. No me las doy de valiente, es más, hace tiempo que descarté la idea de poseer cualidades notables, pero me sorprende la calma con que observo el interior de la cabaña. Mi primer pensamiento es que Jammet se ha matado, pero sus manos están vacías y no se ve arma alguna cerca de él. Una mano le cuelga. No se me ocurre que debería tener miedo. Sé con absoluta seguridad que el responsable de esto ya no está aquí: la cabaña está vacía. Hasta el cuerpo que hay en la cama está vacío. Ya no tiene cualidades: la jovialidad y el desaliño, la puntería, la generosidad y la rudeza se han ido. Hay otra cosa que me salta a la vista, ya que tiene la cara un poco vuelta hacia el otro lado. No quiero verlo pero está ahí, confirmando lo que, involuntariamente, ya he aceptado, y es que la causa de la muerte de Laurent Jammet no figurará entre las cosas de este mundo que nunca llegarán a saberse. No ha sido un accidente ni un suicidio. Le han arrancado un trozo de cuero cabelludo. Al fin, aunque quizá han pasado sólo unos segundos, cierro la puerta y al dejar de verlo me siento mejor. Pero durante todo aquel día y varios más me duele la mano derecha, de la fuerza con que asía el bastidor, como si quisiera triturar la madera.

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Vivimos en Dove River, al norte de Georgian Bay. Mi marido y yo emigramos de las Highlands escocesas hace una docena de años, huyendo de la miseria como tantos otros. Un millón y medio de personas llegamos a Norteamérica en un período de pocos años, pero, a pesar del número, a pesar de viajar hacinados en la bodega del barco de tal manera que te parecía que en el Nuevo Mundo no podía haber sitio para tanta gente, en los puertos de arribada de Halifax y Montreal nos dispersábamos como los brazos de un gran río y desaparecíamos en los bosques. Esta tierra nos engullía con un hambre insaciable. Ganábamos tierras al bosque y dábamos a nuestros lugares los nombres de las cosas que veíamos... o nombres de nuestras viejas ciudades, recuerdos sentimentales de sitios que no habían tenido sentimientos para nosotros. Esto demuestra que, quieras o no, no puedes dejar atrás ciertas cosas. Hace una docena de años, aquí no había más que árboles. Más al norte, el terreno es pobre —cieno o piedra-— y ahí no arraiga ni el sauce ni el alerce. Pero cerca del río la tierra es fértil, el bosque tiene un verde tan oscuro que parece negro, el silencio está cargado de aromas penetrantes, y se te antoja casi tan hondo e infinito como el cielo. Cuando llegamos, mi primera reacción fue echarme a llorar. Mientras la carreta que nos había traído se alejaba traqueteando, yo no dejaba de pensar que por mucho que gritara sólo me contestaría el viento. Si lo que buscábamos era paz y silencio, habíamos acertado. Mi marido esperó tranquilamente a que se me pasara el arrebato histérico y dijo con una sonrisa triste: —Aquí no hay nada más grande que Dios. Para el que cree en estas cosas, la apuesta parecía segura. Con el tiempo me he acostumbrado al silencio y la pureza del aire, que hace que aquí todo parezca más claro y nítido que en mi país, y hasta ha llegado a gustarme el lugar. Como no tenía nombre, lo llamé Dove River, el río de la paloma. Y es que tampoco yo soy inmune al sentimentalismo.

Vinieron otros. John Scott construyó el molino cerca de la desembocadura del río y, como se había gastado en él tanto dinero y tenía tan buenas vistas a la bahía, decidió que también podía vivir allí. Así empezó la moda de vivir cerca de la costa, inexplicable para aquellos que habíamos remontado el río huyendo precisamente del 12

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bramido de la tempestad, cuando la bahía se convierte en un océano enfurecido, ansioso de recuperar la tierra en que con tanta presunción te has asentado. Pero Caulfield (otra muestra de sentimentalismo, y es que Scott procede de Dumfriesshire) creció más de lo que podía crecer Dove River, por la abundancia de terreno llano y por la menor densidad del bosque, y también porque Scott abrió una tienda de ropa y granos que facilitó mucho la vida en los bosques. Ahora somos más de un centenar, entre escoceses y yanquis. Además de Laurent Jammet. Él no lleva —llevaba— aquí mucho tiempo, y probablemente no se habría instalado en estos parajes, de no ser porque nadie había querido aquel trozo de tierra. Hace unos cuatro años, Jammet compró la granja situada río abajo de la nuestra. Hacía tiempo que estaba deshabitada, por lo de su anterior propietario, Doc Wade, un escocés ya mayor que llegó a Dove River buscando tierra barata y huyendo de miradas despectivas, porque en Toronto Doc tenía una hermana que estaba casada con un hombre rico. La gente lo llamaba Doc, aunque resultó que no era médico sino un hombre culto que no había encontrado en el Nuevo Mundo un lugar donde desarrollar sus diversas aunque un tanto nebulosas aptitudes. Por desgracia, Dove River no era el destino que él andaba buscando. Como muchos han comprobado, trabajar la tierra es una forma lenta y segura de perder dinero, destrozarte la salud y quebrantarte el ánimo. El trabajo era muy duro para un hombre de su edad, y tampoco lo hacía con entusiasmo. Se le malograban las cosechas, se le escapaban los cerdos y hasta se le incendió el tejado. Una noche resbaló en la roca que forma un espigón natural delante de su cabaña y lo encontraron en la profunda hoya del pie de la cascada Horsehead (así bautizada, con esa reconfortante falta de imaginación tan canadiense, porque tiene forma de cabeza de caballo). Piadosa liberación de tantas penalidades, dijeron unos. Otros lo llamaron tragedia, una de esas pequeñas tragedias tan frecuentes en los bosques. Yo lo veía de otra manera: Wade bebía, como la mayoría de los hombres, y una noche, después de que se le acabaran el dinero y el whisky y no le quedara nada que hacer en este mundo, se acercó al río y se quedó contemplando el agua negra y fría que bajaba con ímpetu. Imagino que miró el cielo, escuchó por última vez la voz indiferente y burlona del bosque, sintió la atracción de la corriente y saltó en busca de su infinita misericordia. Después se comentó que aquella tierra estaba maldita, pero era barata y Jammet no prestaba oídos a supersticiones, aunque quizá hizo mal. Era voyageur, uno de esos guías que utilizan las compañías peleteras para transportar mercancías de puesto en puesto, y un día cayó debajo de la canoa que empujaba remontando unos rápidos. De resultas del accidente quedó cojo y cobró una indemnización. Daba la impresión de que se alegraba de haber tenido aquel accidente que le había reportado dinero para comprar tierras. Solía jactarse de su pereza y, desde luego, no hacía ninguna de las faenas que la mayoría de los hombres no pueden evitar. Vendió la mayor parte de las tierras de Wade y se ganaba la vida cazando lobos por la recompensa y 13

como de hacha. aspecto. señora Ross. Al momento aparece la señora Knox. como si no hubiera comido en una semana.. más que complacido parece alarmado de verme. Tengo que hacer un esfuerzo para no retirarla. grisácea. y les digo lo que he visto en la cabaña del río. Parecía tan. —Y pensar que la última vez que lo vi fue aquel día en la tienda — dice—. —Señor Knox.. para que me entretenga mirando el paisaje.. muy apropiado para un magistrado... severa. El señor Knox tiene una cara descolorida. De repente me siento vacía.. a buscar a hombres de la Compañía. que parece preparado para caer sobre los malhechores.. no esperaba este placer. acompañadas de consejos para calmar los nervios. resuelta. Muevo la cabeza en señal de asentimiento. y pienso que cuando ella entró nos sumimos en un silencio culpable. Ha habido un. Quizá mire a todo el mundo de esta manera. como requiere el caso (es decir. Después de grandes manifestaciones de sobrecogida compasión. —Ah. La señora Knox se ha sentado a mi lado y me acaricia la mano. olfateando chisme suculento. pero no será un placer.. lo lamento. una figura alta y delgada y un perfil afilado. Mientras espero. Me deja sola. que me recuerda el polvo de magnesia. • • • Media hora después. Knox envía un mensajero a Fort Edgar.. pero al cabo de un momento vuelve la cara y cuando me mira de nuevo no puedo evitar pensar que ha compuesto la expresión que considera adecuada al caso: grave. Son sus palabras. Él recibe la noticia con calma. pero me da la impresión de que sabe de mí más de lo que me gustaría. con más detalles de los que podría dar en presencia del padre).. un terrible accidente. en suma. pero estoy segura de que lamenta que la simple esposa de un granjero haya podido estar enredando allí dentro antes de que él tuviera oportunidad de ejercer 14 . A decir verdad. y vuelve al poco rato diciendo que ha mandado recado a John Scott (que. es decir. que no ve con buenos ojos que trate a sus hijas. flexiono los entumecidos dedos de la mano derecha. llamo a la puerta de la casa más grande de Caulfield. posee varios almacenes y muchas tierras) para que lo acompañe a examinar la cabaña y protegerla de «intrusiones» hasta que lleguen los representantes de la Compañía. además de la tienda y el molino.Stef Penney La ternura de los lobos tratando en pieles al por menor. No es que me culpe por haber descubierto el cadáver. y advierto en ellas cierto tono de crítica. Les gustaba negociar con él. Ella oprime con fuerza la crucecita que lleva al cuello. etcétera. Todas las primaveras venían del noroeste tramperos de tez oscura que le traían fardos en sus canoas. ella se va rápidamente a contarles lo sucedido a sus dos hijas.

Pero todos sabíamos la verdad. pero no hago ni una cosa ni la otra. posándose suavemente. —Nosotros podremos ver todo lo que usted haya visto —agrega Scott. No podría tocarlo. y eso no admite réplica. El frío otoñal es clemente. Respondo que yo podré decirles si todo sigue igual. Siento el impulso de limpiarlo con la mano y gritar a los de arriba que paren de revolver. Knox entra respirando por la boca y apoya los dedos en la mano de Jammet —veo que titubea. particularidad anatómica que me intriga. O será que no me gusta que me digan lo que debo hacer. pero no objetos extraños ni armas. Remontamos el río en el calesín de Knox. como nieve. Dando la espalda a Scott —es inútil discutir con ciertas personas —. Y noto en él algo más. «Y más» se sobrentiende. El único indicio es la horrible herida redonda de la cabeza. sin saber dónde tocar— antes de declarar que está frío. aparte de llevarme a rastras a mi casa y encerrarme. Como la cabaña de Jammet está cerca de nuestra casa. que observa la postura del cuerpo y la disposición de los enseres y comprueba la temperatura de la estufa. poco podrían hacer. en su mejilla y en los ojos abiertos. Insisto. pero aun así da la impresión de hombre activo y resuelto. se nota un ligero tufo a podrido. Aquí no se trata de inteligencia: Scott es la prueba de que los ricos no son forzosamente mejores ni más listos que el resto de nosotros. no pueden evitar que yo los acompañe y. casi en susurros.Stef Penney La ternura de los lobos sus superiores facultades. pero no puedo dejar de mirar. Knox arruga el ceño con paternal preocupación. Yo recuerdo la cara hinchada y amoratada de su esposa el invierno anterior. Scott saca una libreta y anota lo que dice Knox. Supongo que lleva consigo a Scott para que la cosa parezca oficial y para tener un testigo de su perspicacia. 15 . Antes no lo había notado. Es insoportable. dice Knox. y también porque los años y las propiedades dan categoría a Scott. Ha visto la posibilidad de demostrar su competencia en un drama mucho más importante que la mayoría de los incidentes que ocurren en los bosques: va a haber una investigación. Los dos hombres hablan en voz baja. cuando ella decía que había resbalado en una placa de hielo. Scott asiente: un blanco no cometería esa salvajada. Sé por dónde andan por el crujido de las tablas bajo sus pies y el polvo que se desprende de las rendijas. Me parece más conveniente que se vaya a su casa. Noto que lo escandaliza la idea de que mi sensibilidad femenina pueda soportar volver a contemplar el horror. aparte de desaprobación: entusiasmo. —Estará agotada después de esa terrible impresión. reluce al sol y cae en el cadáver de Jammet. y es comprensible: hablar más alto sería una falta de respeto. cuando Knox empuja la puerta. Pero algo en mi interior se rebela tercamente ante su suposición de que él y sólo él sacará las conclusiones acertadas. Se ven huellas de pisadas en el polvo del suelo. Tiene que haber sido un indio. yo me ofrezco a entrar con ellos. Luego Knox se queda un rato sin hacer nada. Además. Los hombres suben al piso superior. como primero llegamos a la cabaña. me vuelvo hacia el perfil de hacha. no obstante.

y el polvo vuela como un enjambre de abejas al sol.Stef Penney La ternura de los lobos —Hace días que ahí no ha subido nadie: no había marcas en el polvo —dice Knox cuando bajan. mal que me pese reconocerlo. Cuando salimos. Knox cierra y asegura la puerta con un alambre y una gota de lacre. 16 . aunque hasta el más burro sabe que no servirá de nada. ellos deciden— que no se puede hacer más. Decidimos —mejor dicho. Knox ha bajado una sábana limpia y la sacude. Un detalle que. —Esto impedirá que vengan las moscas —dice con suficiencia. me impresiona. Los dos se limpian los pantalones con los pañuelos. Cubre el cadáver.

Lo conmueve que la víctima haya muerto en calcetines. un asesinato. por ejemplo.. el maduro novio fue cubierto de brea. un viejo se casa con una mujer mucho más joven. para mitigar las punzadas en una y otra cadera.Stef Penney La ternura de los lobos Cuando llega el frío. brutal. por no hablar de esas pobres niñas. en cuyo caso habría podido ocurrir durante la noche. Se dice que es natural: un hecho violento. Scott exclamó con indignación que tenía que ser un nativo: un blanco no podría hacer algo tan bárbaro. se había asesinado a nadie. Knox no está tan seguro. Pero no se ha matado a nadie. donde fue atacado. lee las notas de Scott procurando no perder la paciencia: «La estufa. de viejas. Se han preguntado si el lugar habría sido registrado. sangre sólo había en la cama. propia de los Estados del Sur. Cada otoño empieza un poco antes el dolor. Ha de pisar con precaución. En este caso. en ninguno de los dos pueblos.. por lo que era imposible estar seguros. Ya hace años que las articulaciones empiezan a dolerle en otoño y siguen doliéndole todo el invierno por más capas de franela y lana que les ponga. de accidente. Pero también es posible que fuera la noche anterior. pero sus pertenencias estaban esparcidas con el desorden habitual —al decir de la señora Ross—. En algunas comunidades existe la costumbre de fastidiar al novio en su noche de bodas. Pero hay más. Andrew Knox siente la edad dolorosamente. Es poco lo que han encontrado en la cabaña. emplumado y colgado de un árbol por los pies delante de su propia casa. de fiebres.» Piensa que este dato puede ser útil. Después de la cena. Hasta ahora nunca. A menos que el fuego empezara a extinguirse cuando a Jammet lo mataron. el hogar tardaría treinta y seis horas en enfriarse. Pero hoy la desazón se le ha extendido al alma. mientras los chicos del pueblo desfilaban enmascarados y haciendo sonar silbatos y golpeando 17 . de un metro de alto y medio metro de profundidad. Por tanto. Suponiendo que en el momento de la muerte hubiera un buen fuego. Pensábamos que lo habíamos dejado atrás cuando salimos de las ciudades. está tibia. «Vinimos aquí huyendo de todo eso —piensa—. después de un lamentable incidente. desde luego. el asesinato podría haberse cometido la víspera.» Y lo afecta lo insólito del hecho: una muerte bárbara. Durante los últimos años han muerto varias personas. Se llama «charivari» y es el modo con que el vecindario muestra su reprobación cuando. Varios años atrás lo habían llamado de una granja cerca de Coppermine. trastorna a cualquiera. y menos indefenso y descalzo.

sintió los ojos de ella fijos en él. Knox apila cuidadosamente los 18 . Poco después subió a buscar una sábana y tapó el cadáver. el caso esté resuelto. Y con esta vana esperanza. Casi no pudo controlar el temblor de la mano: no parecía haber carne limpia de sangre que tocar. todas esas historias parecen increíbles: tiene un porte regio y una cara francamente bonita. La víctima no dormía. Una broma. más aún. nadie había hablado. Fuera de las paredes de su casa puede haber una fuerza maligna. hizo otra observación práctica. él ya no será el único responsable: habrán llegado los hombres de la Compañía y probablemente sabrán qué hacer. una mujer irritante que siempre le hace sentirse incómodo. y Knox pensó que en aquel momento debía de hallarse justo donde había estado el asesino. Luego comentó que la sangre estaba seca. capaz de conservar su mirada sardónica aun al describir un horrendo hallazgo e incluso al contemplarlo por segunda vez. antes de la noche. Estaba seguro de que en la cabaña encontraría indicios. si no respuestas. por lo menos. Los de Jammet lo miraban fijamente. quizá alguien haya visto algo y. como la suya. pero ahora está más desconcertado que antes. al igual que las moscas. pero sabía que no podría. Al final inspiró hondo (lo que le provocó una náusea) y tocó la muñeca del muerto. pero tenía tacto humano. a pesar de que. Cuando se acercó al cadáver para comprobar su temperatura. ¿Y qué motivo podía haber para esta muerte? No sería el de robar las viejas y deterioradas pertenencias de Jammet. pese a todo. no manchaba. ¿Tenía oro escondido? ¿Tenía enemigos entre los hombres con quienes negociaba? ¿Quizá una deuda pendiente? Knox suspira. según se rumorea (y él ha oído contar cosas bastante espeluznantes). sus ojos. no tiene motivos para presumir. No obstante. pero. Acecha los sonidos del otro lado de la ventana. cuando la miras. delante de la señora Ross. Él debía cerrarle los ojos. y la naturalidad de su propia voz lo repelió. Mañana. normal. Quizá la perversidad que inspira la idea de arrancar la cabellera a un hombre para arrojar sospechas sobre los de otro color. porque da la impresión de que mira a la gente por encima del hombro. Para disimular su azoramiento. Quizá se haya descubierto algo más. La piel estaba fría. Por más que trataba de no mirar la horrible herida. Algarada de una juventud alegre. ¿Una broma que acaba mal? Scott no había visto la cara abotargada del hombre ni los alambres hundidos en sus tobillos hinchados. como si esto pudiera importar.Stef Penney La ternura de los lobos cacerolas. Andrew Knox no puede eximir de sospecha a toda una raza basándose sólo en que es incapaz de obrar con crueldad. Knox sabía de un muchacho que había intervenido en los hechos. parecían incapaces de mantenerse apartados. disgustado con sus propios pensamientos. por lo menos al final. Esa mujer no goza de muchas simpatías en el pueblo. Pero lo cierto es que el hombre murió. Lo mortifica no haber sabido interpretar las señales y. aunque su gesto adusto es incompatible con la verdadera belleza. No permita Dios que sea un hombre de Caulfield.

La ternura de los lobos 19 .Stef Penney papeles y sopla la llama del candil.

pero aún estoy levantada. pero ¿qué hijos no lo son?). Tenían dos hijas que eran su orgullo y alegría (es lo que suele decirse. Siempre se menciona este detalle. Amy. pensando que quizá las niñas habrían vuelto por otro camino y ya estarían en casa. Se organizó una búsqueda en la que participaron todos los vecinos del pueblo. Los que buscaban redoblaron sus esfuerzos. su esposa. es una tragedia. una inmigrante escocesa. pero no estaban. no habían aparecido. Recorrieron todo el camino registrando los alrededores en zigzag y llamándolas. hora en que tenían que haber vuelto. una y otra vez. Vuelvo a pensar en esas pobres niñas. Había perdido la chaqueta y un zapato. Al anochecer del segundo día. que al parecer (detalle grotesco y probablemente falso) estaba llena de hojas. Los Seton eran una familia respetable de Saint Pierre La Roche. ni siquiera la huella de una pisada. en las noches de invierno. con un libro que no puedo leer. de trece. pero conservaba la cesta del almuerzo.Stef Penney La ternura de los lobos Es más de medianoche. esperando que fuera suenen pasos. sabían de sus peligros y respetaban la consigna: no salirse del sendero y regresar antes del anochecer. de quince años. ni un jirón de tela. La historia la conoce todo el mundo en Caulfield y Dove River y se le cuenta a todo el que llega o se repite. Entonces regresaron. Charles Seton era médico y Maria. Un hermoso día de septiembre. como si eso hiciera lo ocurrido aún más trágico. se abra la puerta y entre en la cocina el aire frío. y Eve. Cathy Sloan volvió a Saint Pierre. conocida en todo el pueblo por su atractivo. Las familias esperaron una hora más y entonces los dos padres decidieron seguir las huellas de sus hijas. junto al fuego. Conocían el camino y las tres se habían criado en los bosques. se fueron con su amiga Cathy Sloan a buscar bayas y almorzar en la orilla de un lago. Las niñas se marcharon a las nueve de la mañana. junto a la lámpara. Era como si se las hubiera tragado la tierra. Ni un zapato. Cathy era muy bonita. con la cesta del almuerzo. aunque yo no creo que importe. y buscaron en la orilla del lago hasta el anochecer. Como todas las buenas historias. A las cuatro. Estaba muy débil y traía la ropa muy sucia. pero fue en vano. con pequeñas variaciones. sin encontrar ni rastro de ellas. 20 . La señora Seton no hacía más que desmayarse.

da a entender que no desempeño como es debido mis funciones de esposa. sino que no se encontró ni el menor indicio de un secuestro.Stef Penney La ternura de los lobos A Cathy Sloan la metieron en la cama. lo cual es una hazaña para una mujer tan poco refinada como ella. hace años que no sé lo que piensa. cuando la señora Seton murió. Mi marido se ha ido a la cama. Los Seton buscaban más y más lejos. Éste viajó a poblados indios de todo el Alto Canadá y más allá. Cathy Sloan no volvió a ser la bonita muchacha de antes. Considera que mi falta de 21 . y por eso aquel día callamos. Contó que. pero no encontró nada. se había quedado rezagada y había perdido de vista a las hermanas Seton. presuntamente de pena. ahora estaba apagada e idiotizada. llegó muy lejos y se convirtió en leyenda. violentos. ya que las sospechas recayeron en ellos con la misma naturalidad con que la lluvia cae en el suelo. Trato de no pensar en lo peor. la señal de que yo no estoy haciendo muy bien mi papel de esposa. De aquello hace quince años o más. pero eran afirmaciones sin fundamento. Pasaron los meses y los años. había tenido una discusión con Eve. a un estadounidense que se dedicaba a la búsqueda de desaparecidos. Pero la historia de las niñas nos afecta porque la hermana de la señora Seton está casada con el señor Knox. o ser ellas. aunque no es probable que estuviera enferma. pero en este momento me atormentan todas las teorías truculentas que se han inventado para explicar la desaparición de las niñas. a poco de salir. seguramente hablará de otras cosas. Cuando llegó al lago las llamó. Ann Pretty. La historia corrió de boca en boca. Pero los indios no sólo juraron sobre la Biblia que eran inocentes. ¿O lo había estado siempre? Ya nadie se acordaba. o haberse casado con ellas. Surgían hipótesis cada vez más descabelladas sobre lo que había podido ocurrir a las niñas. de sufrimiento. entre ellos un explorador indio y. arruinado y agotado de tanto buscar. Charles Seton contrató hombres para que lo ayudaran. de mil maneras. Los Seton ya han muerto. En las noches de invierno. quizá. junto al fuego. No había vuelto a verlas. La gente del pueblo siguió buscando y envió emisarios a los poblados indios de los alrededores. pensando que se habrían escondido para hacerla enfadar. O está tranquilo o disimula muy bien. mi vecina. probablemente se inclinaría por esta última explicación. pero sé que ella nunca habla de eso. al verla entrar en la tienda. la contaban los colegiales con grandes incongruencias y la contaban las madres timoratas para poner coto a las correrías de sus hijos. agotado. Luego se extravió en el bosque y no encontró el camino. Yo no la conozco mucho. arruinado y sin saber qué había sido de sus hijas. ella. primero la madre. y después el padre. La gente desaparece. Finalmente. Debe de ser lo natural en los matrimonios o. no hubo explicación que llenara el vacío dejado por la desaparición de Amy y Eve Seton. Charles Seton murió a los cincuenta y dos. y desde lugares remotos escribían gentes que decían haberlas visto.

Los padres han muerto de la epidemia. salí a su encuentro y entonces vi con sorpresa que en el carro venían dos personas. Es una práctica muy extendida en esta región nuestra. comprobé que la pasajera era una niña de unos cinco años.. Podríamos ponerle Olivia. Esta tarde. Sólo miraba. pero. Asentí con la cabeza y sentí que la cara se me encendía. con el corazón desbocado. Él me abrazó estrechamente. ¿Y si no le gustábamos? —¿Tú serás mi mamá? —preguntó. O quizá es que tienen miedo porque saben que un hijo puede perderse fácilmente y hay que tener muchos. Frances —le dije. Tal vez tengan razón. Pero yo no podía leer las emociones que bullían en su interior.. Ella no dijo más. Le eché los brazos al cuello y. mi marido hizo un viaje al Este. La niña dormía. como hace siempre que está pensativo. Angus tiró de las riendas del poni y yo corrí hacia ellos. que al parecer consiste en criar una cuadrilla de trabajadores lo bastante numerosa como para llevar una granja sin tener que contratar peones. Yo tenía ganas de llorar.Stef Penney La ternura de los lobos hijos naturales vivos demuestra que no he sabido cumplir con mi deber de inmigrante. Angus ya había llegado. Entramos en casa y yo preparé la mejor cena que pude: 22 . Nuestra hijita había muerto el año anterior—. cada uno en su sitio. alerta. de pronto. Con los ojos abiertos tenía un aire vivaz. A veces pienso que los colonos se multiplican de forma tan heroica porque los aterra la extensión y la soledad del territorio. Angus lo conocía más. a cenar en silencio. —Están con las monjas francesas. Le he dicho lo de la muerte de Jammet y él se ha quedado mirando la pipa. No sé si tú querrás o. alguna vez había salido de caza con él. En los párpados se le traslucían venitas púrpuras. nerviosa. cuando he vuelto a casa. en el lado sur de la mesa. Pero ésta era la más bonita. Hace muchos años. —Me llamo Frances —dijo con acento irlandés. Unas largas pestañas destacaban sobre sus mejillas pálidas y hundidas. —Mi marido inspiró hondo—. En cuatro años de matrimonio no habíamos pasado ni una sola noche separados. Muchos niños. Ninguno de los dos se ha referido a él. Cuando oí el traqueteo de ruedas en el camino. noté que las lágrimas me resbalaban por la cara. tan vasta y tan poco poblada. al cabo de las cuales envió un telegrama para anunciar que regresaba el domingo. Yo quería una niña que tuviera la misma edad.. había otro cubierto. y yo esperaba con impaciencia su regreso. Tenía cabello negro y cejas negras. y entonces la niña abrió los ojos. Después nos hemos sentado a la mesa de la cocina. a pesar de que no conocía muy bien a Jammet. Entre los dos. Estuvo ausente tres semanas. Cuando se acercaron. como si creyeran que van a poder llenarlo con sus descendientes. Yo no podía hablar. fui al convento. —No terminó la frase. Cuando me enteré.. Era bonita. —Hola.

donde había preparado una bañera de agua caliente delante de la estufa. La bodega venía repleta de irlandeses del condado de Mayo. pero enseguida rechacé la idea. Mis manos percibían la fragilidad de sus huesos. aunque ella no comió mucho y miraba el pescado como si no estuviera segura de lo que era. Se me ocurrió que él ya lo sabía. Quedaron varios huérfanos que fueron llevados al convento mientras se les buscaba hogar. Comprendí que estaba asustada. Yo temblaba de emoción al contacto de aquel cuerpo cálido e inerte. Sonriendo. la tomé de la mano y la llevé abajo. él se encaró otra vez con el leño. —Empecé a lavarlo. —Angus. —Angus —susurré. confiando en que mis manos. sólo le quité el vestido y los zapatos y la envolví en una manta. mujeres y niños murieron en aquel barco. No pronunció ni una palabra más. le dijeran que no importaba. Él se volvió con el hacha en la mano y me miró con un ceño de extrañeza. Salí corriendo en busca de Angus. Entramos en casa. —Me arrodillé a su lado y le quité el jabón de las manos. claro que no. que estaba partiendo leña detrás de la casa. —No. Las paletillas se recortaban en su esquelética espalda como muñones de alas—. te han dado un chico. —¿Pasa algo malo? ¿La niña está bien? Negué con la cabeza en respuesta a la primera pregunta. como de habitación sin ventilar. Me quedé observándola y vi que se agitaba en sueños. —¿Queréis que vuelva con las monjas? —preguntó. el hacha se abatió y dos mitades perfectas cayeron al cesto. A Francis no parecía extrañarle haber venido vestido de niña. Habituado a mis rarezas. En la bañera. Al igual que esas personas que adoptan una moda cuando ya empieza a decaer. La tomé en brazos y la llevé arriba. quizá había oído contar historias terribles de los granjeros canadienses y pensaba que íbamos a tratarla como a una esclava. No le sorprendió que lo mirásemos fijamente. levantó los brazos para que le quitara la enagua. sintiéndome furiosa y estúpida al mismo tiempo. 23 . que aún padecía la hambruna de la patata. Cuando a la mañana siguiente subí al cuarto de los huéspedes. aunque al tocarle el hombro tuve la impresión de que fingía. Mirando el suelo. Sus ojos azules nos miraban a hurtadillas. el pasaje incubó el tifus a bordo cuando lo peor de la epidemia ya había pasado. Estaba exhausta. el niño jugaba con el jabón apretándolo con los dedos para hacerlo saltar. Como estaba casi dormida. La niña despedía olor a rancio. Déjame a mí. Casi cien hombres. Angus volvió al tajo dando un portazo al salir.Stef Penney La ternura de los lobos pescado blanco con verduras y té con mucho azúcar. Tenía los ojos grandes y recelosos. Frances aún dormía. Los padres de Frances habían llegado a Belle Isle a bordo de un paquebote llamado Sarah. Él soltó el hacha. que se hundió en el viaje de regreso a Liverpool. más que cualquier palabra. No lo sabía.

Stef Penney La ternura de los lobos Estuvimos horas tratando de explicarnos los motivos de las monjas francesas. Ha perdido el acento irlandés. Él piensa que nunca se lo perdonamos. porque ya es casi de día y estoy helada y entumecida. cultivar esa audacia y ese despreocupado desprecio del peligro propios de la gente del campo. no soporta el engaño. no correspondía a las muestras de afecto y a mí ni me tocaba. Sé que no le gusta matar. y él era ahora nuestra plaga personal. pero no es así. me duele que él no pregunte. No es la primera vez que ocurre. tengo que morderme la lengua. sólo otra de sus excursiones de 24 . Mi marido es menos tolerante. Francis dejó de intentar ser como los demás y se volvió huraño y taciturno. Ahora tiene diecisiete años. recordando mi propia juventud. le habían puesto la ropa que les pareció más adecuada? Francis no daba explicaciones ni manifestaba vergüenza. Al ver a Francis lo crees. Por más que me digo que es una coincidencia. la pesca ha de ser sólo un pretexto para buscar la soledad. Era un muchacho que no parecía encajar con los de su edad. quizá no habría importado. casi siempre sin pescado y apenas una palabra sobre lo que ha estado haciendo. Ellos dos pueden estar días sin cruzar una palabra que no sea de reproche. Yo me enfadé (y ella rió. Pero lo que en un mundo más apacible se considera heroísmo aquí forma parte de la rutina diaria. Como buen escocés de las Highlands. Entonces. dijo que una plaga nos lo había traído. claro). Francis no ha vuelto. Dicen que algunos irlandeses tienen sangre española. ¿Pensaban que para una niña sería más fácil encontrar hogar? No obstante. y me parece que no ha superado el golpe. dándoselas de ingeniosa. De mi marido no estoy segura. Era muy divertido. porque es tan moreno como rubios somos Angus y yo. al menos por lo que a mí respecta. No flaquear. Un día Ann Pretty. Pronto será de día y hará cuarenta y ocho horas que nuestro hijo falta de casa. Si hubiéramos vivido en Toronto o Nueva York. Sólo con mirarlo a la cara te das cuenta de que es diferente. siempre estaba haciendo payasadas y gastando bromas. guiándose sólo por la cara. Yo lo veía esforzarse por ser duro y estoico. pero sus palabras me vienen a la cabeza cada vez que Francis anda por la casa dando portazos y gruñendo como si apenas supiera hablar. Por eso me da miedo decir a Angus que desde anteayer no veo a Francis. pero en muchos aspectos sigue siendo un extraño. tampoco se resistió a ponerse los pantalones y las camisas ni protestó cuando le corté el pelo. entre los huérfanos también había niños. como siempre. ¿O sencillamente no se habían dado cuenta y. Mientras Francis fue pequeño todo marchaba bien. Un hombre ha de ser valiente y sufrido y saber soportar el dolor y las penalidades. se va de pesca y no vuelve durante dos o tres días. Pero todos nos hicimos mayores y las cosas cambiaron. para peor. Y yo me daba cuenta de que él no podía. Por otra parte. Debo de haberme quedado dormida en la silla.

25 .Stef Penney La ternura de los lobos pesca sin pesca. no me abandona el pensamiento de que mi hijo ha desaparecido el día del único asesinato que se ha cometido en Dove River.

Además. La mayoría de los hombres de la Compañía tiene estudios. —Donald tira de las riendas y su montura agacha las orejas. y la vida en este vasto país se les antoja falta de alicientes. un tedio virulento y el abuso de un licor detestable.Stef Penney La ternura de los lobos Las primeras luces del alba recortan a tres jinetes que vienen del oeste. la oscuridad. Hay peligro (ya se les advierte). cuando apenas asoma por el horizonte. El caballo de Moody. y a veces aún mete la pata en las costumbres internas de la Compañía. Por más que se ajuste las gafas. valor y espíritu aventurero. hace frío. Donald Moody tiene que forzar mucho sus ojos miopes. Su vida cotidiana se reduce a soportar inconvenientes: el frío. A esta media luz. especialmente para el que cabalga en último lugar. —Perdón. no siente las extremidades. lo mismo que el caballo que va delante. Donald no tardó en darse cuenta de que entrar en la Compañía era como ser enviado a un 26 . porque casi la única diversión de estos hombres es verlo pasar apuros. Nadie le advierte por adelantado. hunde el hocico en los cuartos traseros del tordo y se gana un coletazo de aviso. las sombras de los viajeros se alargan a su espalda hasta el infinito. Ya hace horas que viajan y la llegada del día supone un alivio. El torpe animal que monta Donald o se queda rezagado o choca con el caballo de Mackinley. —Diantres. en este mundo monocromo las distancias son engañosas y las formas. Donald inspira el aire límpido y fragante. tropieza. Aun enfundado en varias capas de lana y una chaqueta de piel con el pelo por dentro. meterse en las ciénagas y ofender a los naturales del país. Su montura tiene unas maneras perfectas. En esta atmósfera diáfana. Moody —dice el jinete que va delante. áspero y carbonífero en esta época del año. pero es peligro de congelación o de pulmonía más que de combate cuerpo a cuerpo con bestias salvajes o indígenas hostiles. ahora. pero está claro que aquí la norma es que el último en llegar tiene que aclimatarse sirviendo de diversión a los veteranos. tan distinto del de su Glasgow natal. el sol parece llegar más lejos. La espalda de Mackinley denota reprobación. señor. Pero a Donald a cada paso se le recuerda su inexperiencia: lleva en Canadá poco más de un año. mutantes. que estaba adelantando al de delante. está aterido. Se lo compraron a un francés y debe de haberse contagiado de la anglofobia de su amo. No lo hacen por maldad.

lo hace erguirse en la silla. El joven intuye que Mackinley es tan susceptible porque se siente socialmente inferior a algunos de sus subordinados. un hombre de los bosques como los de antes. Mackinley. a pesar de que le repugna. sólo que con más papeleo. y está siempre al acecho de eventuales faltas de respeto.Stef Penney La ternura de los lobos campo de trabajo. notaba que los otros seguían mirándolo entre divertidos y condescendientes. que se esconde obstinadamente detrás de una franja de abetos. a su vez. Donald no siente gran aprecio por Mackinley. sistema binario con el que trata de atajar las críticas que parece esperar de unos y otros. lo cual resulta un poco embarazoso. contando largas y aburridas historias y riéndose una y otra vez de los mismos chistes. ha ido aumentando gradualmente su tolerancia al abrasivo alcohol que es la savia vital del fuerte. que está bien surtida de mercancías importadas de Inglaterra y de hombres íntegros y cabales. Una brillante idea que tuvo Donald para demostrar de lo que era capaz fue organizar un partido de rugby. Lo que hace de Fort Edgar un lugar civilizado es la proximidad de colonos. Pero desde entonces se ha esforzado valerosamente en mejorar su imagen. que unas veces se muestra sarcástico y otras campechano. aunque ahora el ron ya no le sabía tan mal. cerca del Gran Lago. Por lo que a sí mismo respecta. por fin sería para ellos uno más. a Donald le consta que los otros lo consideran un tipo meticuloso y remilgado. La primera vez que agarró una borrachera espectacular. también se alegran de estar 27 . útil a su manera. Los otros observaban su morigeración y lo dejaban atrás. al recordarlo. que los otros lo aceptasen tal como era. pero la soledad iba haciendo mella en él. los más cercanos los de Caulfield. aunque también generó un pequeño rayo de luz que ahora. Fort Edgar es un puesto civilizado. No obstante. Y el que abre la marcha es Jacob. Aún no era más que el ayudante del contable. incluido el propio Donald. por cortesía. un conglomerado de edificios de madera rodeados de una empalizada. Si se compara con la mayoría de los fuertes de la Compañía. el que cabalga delante de él. es el factor de Fort Edgar. daba pequeños sorbos al ron que extraían de grandes barriles malolientes. si querían. Éstos. y llegó un día en que ya no pudo resistir más. Donald tiene la impresión de que si Mackinley se despreocupara de estas cosas se lo respetaría más. desentendiéndose de él mientras se adentraban en las regiones de la borrachera. En términos generales resultó un desastre. Donald soportaba pacientemente su indiferencia. Los habitantes de Caulfield. Cuando llegó de Glasgow. un empleado nativo que se ha convertido en la sombra de Donald. pensando que nunca había probado algo tan abominable. por su parte. A pesar de la náusea y de aquella agria humedad. junto a Dove River. despreciando un impresionante panorama de islas y bahía. se alegran de vivir cerca de la factoría. Donald sintió un punto de satisfacción: ya estaba integrado. Donald Moody estaba decidido a ser él mismo. los hombres lo vitorearon y le palmearon la espalda cuando se vomitó en las rodillas. pero a estas alturas ya no va a cambiar. pero no un auténtico aventurero. Al principio. Por un lado.

El grito de triunfo que lanzó Donald desde el suelo se le quebró en la garganta.. que a su vez está bien surtido de mujeres blancas de habla inglesa a las que. Un accidente. Los jugadores corrían por el prado en tropel. los partidos de rugby. El equipo de Donald parecía haberse puesto de acuerdo para no dejarlo jugar. Entonces descubrió que le era indiferente 28 . decidido a anotar. Jacob. Maria. Olvidado el partido. Los jugadores se congregaron alrededor de Donald. con la esperanza de que las muchachas no se dieran cuenta de lo superflua que era su actuación cuando. dame el chal. Su inquietud se acrecentó cuando los tuvo delante: un hombre alto. sus compañeros hacían caso omiso de sus gritos pidiendo un pase.Stef Penney La ternura de los lobos cerca de Caulfield. la menos bonita de las dos hermanas. A medida que avanzaba el partido se calentaban los ánimos. tras una velada dedicada a la bebida. Las hermanas Knox observaron el desarrollo del partido con extrañeza. por fin. con una pelota (un pesado hatillo. su padre había intentado explicarles las reglas. y que en las facciones del mestizo aparecía.. Al apartar las manos del estómago vio que las tenía manchadas de una sustancia oscura y caliente y que Jacob estaba de pie frente a él con un cuchillo en la mano. La mañana del partido. Jacob estaba consternado y las lágrimas le resbalaban por las mejillas. por ejemplo. Donald empezó a sentir un dolor sordo en el estómago y que se estaba quedando frío. agarró la pelota y salió corriendo. cuya primera reacción fue de bochorno.. —. un mestizo de piernas cortas. decidido a no dejar pasar su oportunidad. en ocasiones. lo hizo. los espectadores comprendieron que había ocurrido algo malo y acudieron corriendo. tal como las entendía él. Finalmente. Los hombres estaban hoscos y tenían la mirada turbia. Vio que el magistrado se inclinaba sobre él con expresión de paternal preocupación. Donald se notaba nervioso. una expresión de horror. se puede convencer para que adornen con su presencia los bailes y otros actos sociales que se organizan en el fuerte. vio que la pelota venía hacia él despidiendo peludas partículas de relleno.. cuando de pronto se encontró en el suelo. poco a poco. pero su noción del juego era bastante vaga y sólo había conseguido desconcertarlas más aún. que sonreían nerviosamente al verse rodeadas de hombres solteros y más bien jóvenes. Durante el viaje. una herida leve.. sin resuello. —Maria. confeccionado por la esposa de un voyageur) casi siempre invisible. Donald. lo persiguió y le atenazó las piernas con un placaje duro pero legal. Un gigantón que trabajaba de timonel se llevó la pelota y anotó. y sus dos hijas. la pasión del momento.. los jugadores se paseaban inquietos y encendían sus pipas. con estampa de severo predicador. y Donald vio con inquietud que llegaban unos espectadores. pero era la cara invertida de Susannah lo que Donald miraba fijamente mientras le oprimían la herida con el chal. La atrapó y echó a correr por el campo. Él corría de un lado a otro. Knox examinaba la herida. Pero Donald miró a Susannah y vio preocupación en sus ojos.

A su pesar. todos coinciden en que no hay posibilidad de encontrar al autor.Stef Penney La ternura de los lobos cuál fuera el resultado del partido. aunque apenas puede disimular la alarma al ver a Jacob. Al día siguiente del partido. apareció junto a la cama de Donald y le expresó su terrible y profundo pesar con lágrimas en los ojos. imagina con un horror casi masoquista las bromas que eso le valdría. en especial. La bebida le había empujado a hacerlo. —Un buen amigo de Moody —explica Mackinley con ironía. se siente impresionado por las proporciones y la elegancia de la casa a la que han venido. este hombre acababa de clavarle un cuchillo en el estómago a Donald. No podría soportarlo. Donald se deja resbalar de la silla y medio se tambalea al tocar tierra. porque le parece que esto pone a Susannah más lejos de su alcance. Luego golpea el suelo con los pies para desentumecer las piernas. tendría que regresar a Glasgow de incógnito y probablemente cambiarse el nombre. Tácitamente. salvo que alguien haya visto algo. el mal espíritu lo había poseído. —¿Él es su guía? —pregunta. La herida tuvo el extraño efecto de convertir a Jacob en su amigo perpetuo. juraría que la última vez que lo vio. Se dice que seguramente se equivoca. Donald se conmovió y cuando sonrió y le tendió la mano en señal de amistad. haber mostrado hombría y coraje e incluso que su propia sangre le estuviera empapando la camisa. No obstante. El chismorreo es el fluido vital de las poblaciones pequeñas. No tarda mucho en poner por escrito los hechos conocidos. Se había enamorado. Pero Knox sale a recibirlos sonriendo afablemente. La suya fue quizá la primera sonrisa de verdadera amistad que veía en estas tierras. mientras se disponen a visitar la escena del crimen. Donald pone hojas en blanco encima de sus notas y las endereza con un hábil movimiento. Él nunca ha visto un cadáver. El magistrado está desconcertado. 29 . Aunque no es probable que ello ocurra. el viaje hasta la cabaña pasa en un suspiro. y en una comunidad como ésta siempre hay alguien que ve algo... —Es Jacob —dice Donald. pero Jacob no parece ofenderse. Jacob le sonrió a su vez. Knox les cuenta todo lo que sabe y Donald toma nota. en desagravio se proponía cuidar de Donald personalmente mientras éste estuviera en el país. Con estas cavilaciones. Él teme esta parte del procedimiento y confía en no ponerse en evidencia mareándose o —se tortura imaginando la peor posibilidad— echándose a llorar. ni siquiera el de su abuelo. sonrojándose.

que conserva una memoria tan certera como su gusto en el vestir. Thomas Sturrock se ha permitido pensar más de una vez que. Todo bañado en sangre. Incluso sin carretera ni ferrocarril. La chaqueta es anticuada pero de buen corte. ¿Un pequeño artículo. Desde hace años. son aguileñas y bien dibujadas. alguien ha mencionado el nombre de Caulfield..Stef Penney La ternura de los lobos «Las noticias viajan deprisa hoy día».. las noticias o el rumor. que peina hacia atrás. Deben de haber sido indios merodeadores. Thomas Sturrock está dedicado a su ocupación habitual. piensa Thomas Sturrock. Esta secreta vanidad. tomando un sorbo de café frío. Tiene una frente ancha y noble. más bien largo. (Realmente. advierte. El interlocutor asiente. quizá? Tal vez interese al Globe o al Star. Imagina el olor. «No cabe la menor duda de que eres un vejestorio ridículo». su borroso primo hermano. reflejo del de sus ojos.. con la edad.. atezadas por la intemperie. que se permite raramente para su pequeño (y. —Dicen que era un espectáculo horrible.) —Estaba en su cabaña pudriéndose. si es ameno.. Con un manto de moscas encima. que no ven menos que hace treinta años. le hace sonreírse.. Sturrock. Estas reflexiones sobre noticias y rumores tienen que haber sido suscitadas por algo. se ha vuelto aún más atractivo. gratuito) placer. Es un fenómeno extraño. Caulfield. aunque hace tiempo que no las ve. rodeando las orejas. hechura un tanto atrevida y paño azul oscuro. El pantalón es exquisito. 30 . lo que es más. recorren grandes distancias a la velocidad del rayo. un fenómeno al que una mente lúcida como la suya puede sacar partido. pese a sus actuales apuros económicos. coronada por una mata de pelo plateado. Llevaba varios días. No escuchaba —él nunca se rebajaría a eso—. eso es. la de sentarse en cafés un poco vetustos (éste se llama Rising Sun) y alargar una taza de café durante una hora o dos. conserva buena estampa. Sus facciones. hasta las paredes. El espejo turbio y picado de la pared de enfrente le recuerda que. es sólo que algo debe de haber captado su atención y ahora trata de averiguar qué ha sido. a nadie puede reprochársele que escuche semejante conversación. dice en silencio al del espejo. y descubre que está oyendo la conversación que mantienen dos hombres en la mesa situada a su espalda.. recuerda que conoce a ciertas personas que viven allí..

Los viajantes. ambos un tanto zafios. Aquí la atención de Sturrock se agudiza. aunque algo promete el acento yanqui de la costa Este del desconocido.. 31 . Sturrock capta la mirada. lanza un suspiro. deduce que no será grande. —Perdón... a la cual sigue un leve ladeo de la cabeza. —Un tratante francés fue asesinado en Dove River. Sé cuán molesto es que un desconocido se mezcle en una conversación. pero quiere oírselo a ellos. esto pronto parecerá Estados Unidos. de animal. Tras varios minutos de escuchar pesimistas vaticinios.. del estado del puño.... —Joder.. y mira el puño de la camisa que asoma de la bocamanga de Sturrock.. Se da el caso de que hago negocios con un tratante que vive cerca de Caulfield y no he podido evitar oír describir muy gráficamente un trágico suceso. están impresionados por una elocuencia que no suele oírse entre las paredes del Rising Sun. El informador es el primero en reaccionar. el lugar se llama nosequé River. se decide a intervenir. porque el natural afán de dar malas noticias puede más que su instinto mercenario. comerciando con toda clase de. Etcétera. seguramente.. una breve pausa meditativa y otra mirada a la cara. No sé si habrá más de uno. Los dos hombres ven alterarse su expresión. ¿No sabrá por casualidad el nombre? —Así de pronto no lo recuerdo. Al fin. El hombre calcula el beneficio económico que puede reportarle la venta de la información que posee y. Guerras y revoluciones cada cinco minutos. Algún extranjero.. —Sí... ¿no crees? —Esos tratantes parece que andan buscándose problemas. no sé. viajantes de comercio a juzgar por sus ropas baratas pero ostentosas y su aire basto. eso. —No lo creo. Cuando se vuelve hacia los dos hombres. pero desde luego era francés. Creo que vive en una pequeña granja o algo así. —¿Cerca de Caulfield? —Sí. Lo asesinaron mientras dormía. etcétera. apoyada en el respaldo de la silla. — Sturrock recuerda el nombre perfectamente.. —Les ruego me disculpen. Es un nombre de pájaro.. —¿Ese tratante era francés? Sturrock siente la fría zarpa del horror en la espina dorsal. No hace falta decir más. pero tengo un interés personal en lo que hablaban ustedes. Sturrock recibe unas miradas de las que prefiere no darse por enterado. El hombre mira a su compañero. por lo que nunca sabremos. el caso me inquieta y confío en que no afecte a mi conocido. porque no robaron nada.. —No sé adónde iremos a parar. caballeros. Dove River. —Pudo ser uno de esos desertores. —Dove River. —Mi conocido se llama Laurent Jammet.Stef Penney La ternura de los lobos —Sin motivo. Naturalmente.

consciente de lo que se espera de él. de verdad. En realidad. pero me parece que ése era el nombre que oí mencionar. debe actuar con rapidez si no quiere que la posibilidad se le escape de las manos para siempre. pero tropezarte con un afectado. 32 . porque eso tendrá que hacer si ha de mantener viva la ilusión. ¿qué más se puede pedir? Eso vale por varias cenas en moneda contante y sonante. y su mente ya está examinando las repercusiones de la noticia. aparece ante él un plato de asado calentito. si se lo pide bien. cuenta entrecortadamente una triste historia sobre un regalo prometido a su esposa enferma y una deuda pendiente.. Mientras habla. Cuando finalmente le parece que les ha compensado por el gasto (nadie podría acusarlo de regatear imaginación).. se levanta. él no está casado. Sturrock decide sacar partido y alarga una mano trémula hacia el licor. porque cuando baja la mirada ve en la mesa otra taza de café y un vaso de bourbon. Sturrock guarda un silencio impropio de él. en cuanto dispusiera de los medios económicos necesarios. porque tenían un trato pendiente que él estaba ansioso por concluir. Sturrock tuerce hacia los más recomendables barrios de la orilla del lago. se avenga a prestarle unos veinte dólares. —Se ha quedado usted de piedra —observa uno de los hombres. sigue con la mirada una fuente de chuletas que pasa por su lado. Tal vez aún quede en Toronto alguna persona que no haya perdido del todo la paciencia con él y. Ahora que Jammet ha muerto. cuando menos. Ha debido de ponérsele muy mal semblante. En su larga carrera ha tenido que enfrentarse a muchas sorpresas. Trágicas para Jammet. lo siento. que su verdadera vocación bien podría ser la de novelista: no hay más que ver la facilidad con que ha creado a la esposa tuberculosa. dos minutos después.Stef Penney La ternura de los lobos Los ojos del hombre se iluminan de gozo. La tarde ya huye por poniente. piensa (no por primera vez). De manera que. Sturrock vuelve a la pensión andando despacio y pensando en la manera de encontrar el dinero para ir a Caulfield. Sturrock. por supuesto. Y para él preocupantes. pero eso a los viajantes no les importa. —Vaya. al llegar al extremo de Water Street. Los viajantes lo miran con vivo interés: una atrocidad siempre emociona. Es evidente. les estrecha la mano y sale del café.

que puede cuidar de sí mismo.. pero no en circunstancias tan dramáticas. Angus suele repetir que Francis ya tiene diecisiete años. ¿Cómo podía yo haber impedido que ocurriera esto? Por algo Ann se burla de mí. pero supera esa inquietud la abrumadora sensación de que soy incapaz de tomar la decisión de hacer algo. Mi cuerpo se niega a obedecer órdenes o. cuando en realidad lo trataba como a un esclavo porque siempre lo había odiado. del mío. desde luego. porque Angus acababa de discutir con James Pretty por la cuestión de la cerca. No es de extrañar que él haya escapado de una madre semejante. muy especialmente.Stef Penney La ternura de los lobos Cuando ya no podía seguir pretendiendo que aún era de noche. porque sabía lo que seguiría. Francis no ha vuelto a casa. lo que confirma la idea de que carezco por completo de talento. valor y utilidad. mi mente ha renunciado a darlas. pero no consigo levantarme. Francis explotó: cómo Angus esperaba que le estuviera agradecido por darle un hogar.. No puede haber relación. Estoy inquieta por él. En esta pequeña habitación. Cuando oí «desagradecido» me eché a temblar. Hace una semana. me atormentan las palabras no pronunciadas: Francis ha desaparecido y un hombre ha muerto. Ya debe de ser mediodía. Hemos tenido conversaciones difíciles acerca de Francis. Pero Francis no es un chico normal. Entonces empecé a gritar a Francis con voz trémula. Angus se levantaba cuando he subido. abatida por la futilidad del esfuerzo humano y. Miro el techo. hacía mucho tiempo que no me miraba a los ojos. Dijo que la haría por la mañana. Antes despreciaba a las mujeres que piensan que eso es lo único que 33 . pero no hemos cruzado palabra. No sabía si su cólera me alcanzaba también a mí. Angus inspiró hondo y le dijo que era un egoísta y un desagradecido. Y es que a veces se miran con odio de enemigos mortales. Angus se ensimismó sin dejar traslucir más que ese leve gesto de desdén que me descompone. trato de no decir y siempre acabo diciendo. Francis volvió tarde y se negó a hacer una de sus tareas. sin saber que no estaba el horno para bollos. he subido a acostarme vencida por el cansancio. mucho después de que saliera el sol. que a su edad es normal que un chico esté varios días fuera de casa. En mi cabeza una voz pregunta si Angus lamentaría mucho que Francis no volviera. mejor dicho. y es que no sirvo para educar a un hijo.

—Qué espanto. 34 .. Lo va a sentir. Entro en casa y pongo a calentar ollas de agua para un baño.. más la de repuesto que le hizo Angus cuando aún se hablaban. señora Ross! Un baño a mediodía. a hurgar debajo de la cama y a registrar la casa como una desesperada. —Se llevará un disgusto cuando vuelva —digo. Es difícil saber lo que está y lo que falta. Mi cuñada tuvo un colapso en el baño. Aunque muy amigos no eran. Ann no pierde ocasión de recordarme que tiene tres años menos que yo. porque Ann Pretty se cuela en la cocina sin haber dado ni un triste golpe en la puerta. como si yo misma hubiera acusado a Francis. qué vida tan regalada. un buitre de cara sonrosada y culo gordo. igual que el monstruo asesino. Yo asiento inexpresivamente con la cabeza. Menos mal que no me he metido en la bañera enseguida. A la luz del día. Pero a ella eso la trae sin cuidado. que venía de casa de los Maclaren. No le rectifico. Andan arriba y abajo del río. —Mira alrededor con ojos de depredador—. Me han dicho que Francis no está por aquí desde ayer por la mañana. Ahora respiro con fatiga.Stef Penney La ternura de los lobos importa.. ha dicho que habían estado allí preguntando a unos y otros. cuando es lo único valioso que he hecho. mientras que yo mantengo la silueta y. No tardarán en venir. —Horace. me pongo frenética y me lanzo a sacar cosas de los armarios. ¿sabe usted? Lo sé. ahí están: sus dos cañas de pescar. como si eso fuera toda una generación. Por mi parte. me doy cuenta de que es una idea disparatada: Francis es incapaz de matar ni una trucha. Tenga cuidado con el agua caliente a su edad. me abstengo de señalar que ella aparenta más edad de la que tiene y que parece un oso. Sin pararme a pensar. Recientemente he leído una novela gótica de un hombre artificial que odia al mundo porque su aspecto inspira horror y odio. tomo su caña favorita. Cuando aparece. porque me lo ha contado por lo menos veinte veces. buscando carroña. y tardo en encontrar lo que busco. Me siento culpable y sucia. no digo que hace más tiempo. Sólo falta la ropa que lleva puesta y el cuchillo. Encuentro cajas de yesca y mantas de acampada. el hombre escapa al Ártico para que nadie pueda verlo. preguntando a todo el mundo.. No sé adónde iremos a parar. —¿Sabe que están investigando? Han hecho venir a hombres de la Compañía. por lo menos en mi juventud. Mientras doy vueltas entre el revoltijo de sábanas me acomete un pensamiento que me hace saltar de la cama: ir al cuarto de Francis y revolver en el caos. Toda una tropa. Y en mi delirio nocturno veía a Francis perseguido. Pero es en vano que pida al cielo que no estén cosas que. De todos modos. la parto por la mitad y salgo fuera para esconder los trozos en la pila de la leña. —¡Ah. —Alguna vez. Al final del relato. Una especie de sueño me perseguía en mi duermevela. Pero hace dos días y dos noches que se fue. —¿No solía ir de caza con Jammet? —Pone gesto de suspicacia y sus ojos barren la habitación como los de un ave de rapiña. se me consideraba algo así como una belleza. irrefutablemente.

Es delgado. factor de Fort Edgar. Eso era antes de que Paul —el doctor Watson— ocupara el puesto de director e impusiera un régimen más suave. señal de que comprende que no va a sonsacarme nada más. con un asesino por ahí suelto? —Se ha ido a pescar. y su pelo corto y espeso semeja pelaje animal. se izaba sobre su cabeza un gran cubo de agua. y en un arranque de generosidad añado unos granos de café para asegurarme de que tardará en volver. pero yo lo considero una alternativa civilizada a los baños de shock que nos daban en el manicomio. ¿no cree? Lo sé porque cuando vivía en Sault los veía siempre peleando. era atado a una silla. No es de rigueur bañarse en noviembre. —Bien. Pero aún no se va sino que se queda mirándome con una expresión que no recuerdo haberle visto antes y que. Esos franceses son unos exaltados. tengo que irme. Habrá sido alguno de ellos. pero imagino que no se privará de hacerlo a espaldas mías. Advierte en mí algo que le choca. pero de cada sitio se ha llevado de recuerdo un prejuicio. ante todo. Lo cual era una lástima. Probablemente no regrese hasta mañana. un ayudante movía una palanca. debe de ser la ventaja. me inquieta. durante los primeros días. consistente (al menos para las mujeres) en coser. de haber tenido una juventud desgraciada.Stef Penney La ternura de los lobos era extranjero. Yo sólo recibí la ducha dos veces. Ella lo nota y me pide prestado un poco de té. Se presenta a sí mismo: el señor Mackinley. en la que el paciente (en este caso yo). También a él lo ha mirado siempre como a un extranjero. despejada y hasta eufórica. por su piel oscura y su pelo negro. Le doy el té más gustosa de lo normal. que es más refinado que el suyo y sin duda insólito en estos parajes. lo que no deja de ser apropiado. Se considera una mujer que ha viajado mucho. seguramente el acento. vestido con una fina camisa de algodón. No se atreverá a acusar a Francis en mi cara. porque si había dejado que me internaran era. El agua caliente me produce un efecto benéfico. después te quedabas muy serena. para escapar de eso. y aunque la ducha en sí y los momentos previos eran terribles. hacer flores de trapo y otras tonterías por el estilo. —¿Cuándo espera que regrese? ¿No está preocupada. que vendría por negocios. ya que la etiqueta de los bosques dicta que a la siguiente visita debes corresponder con una gentileza similar. el cubo basculaba y recibías una súbita descarga de agua helada. Era una operación de lo más simple. Pensar en el tiempo que pasé en el manicomio siempre me anima. y entonces sus modales se hacen ligeramente 35 . Estoy deseando que se vaya. supongo. He de compartir esta perla de sabiduría con Francis cuando vuelva. en cierto modo.

ya. He pensado mucho en qué iba a decir acerca de la amistad entre Francis y Jammet. Mientras asimila la información. Me pregunto si la expresión que vi en su cara era de compasión. tal vez lo haga a propósito. Digo que ha subido al lago Swallow. Tan bonita me pareció que me acerqué a la cabaña a escuchar. a pesar de que su cara delata su pensamiento. Tardé varios segundos en darme cuenta de que la figura era Francis. —Ah. Este hombre no es estúpido. como si estuviera jugando. supongo. trabajando. cosa que Angus nunca había conseguido. a principios de este verano. De pronto se abrió la puerta y apareció una figura que brincaba y agitaba los brazos. pero ya tenía pensado lo que iba a decir y nadie puede desmentirlo. se lee en su cara. Este hombre es un caso que me fascina: uno de los pocos escoceses cuya expresión revela sus sentimientos. —Está fuera. deferencia. un vivo interés. Pero tampoco yo tengo motivos para brincar de alegría. que había cesado. para engañar al interlocutor. cortesía y leve desdén. si allí no picaban. Saca una libreta y yo le digo que Angus no tardará en volver. Jammet convenció a Francis para que fuera de caza. oí un violín. como si hubiera sacado la conclusión de que soy una pobre criatura inofensiva. Y está aquella vez. pero él tiene que hacer su trabajo. en que al pasar por delante de la cabaña. no parece nada cómodo. Es evidente que. Ahora su expresión ha cambiado y me mira casi con amabilidad. alguna canción popular francesa. Era una música alegre y pegadiza. La música. —¿Está su marido? —pregunta con rigidez. En resumidas cuentas. Por la ventana lo veo subir por el camino en dirección a la granja de los Pretty y pienso en Ann. Mackinley toma notas. pero que ha estado en Sault hasta ayer tarde y que Francis se fue ayer por la mañana. No sé por qué le he dado esa impresión. Parece que le interesa Francis.Stef Penney La ternura de los lobos obsequiosos. camino de casa de los Maclaren. Se me ocurre que quizá Jammet fuera su único amigo. volvió a sonar y yo seguí mi camino. 36 . yo no debo de saber nada. además de sorpresa. quizá porque reía a carcajadas. Me costó reconocerlo. Podría estar todo el día observándolo. Soy la señora Ross. Yo encontré el cadáver. Enseguida volvió a entrar. Y nuestro hijo se fue de pesca. aunque a su pesar. pero me irrita. por ser mujer. o quizá haya ido más allá. Añado que él y la víctima hacían buenas migas. Es mentira. a pesar de ser mucho mayor y francés. muy distinta de los aires escoceses. Y yo el mío.

Está cansado. —Deja la frase sin terminar. herido o arrestado. ha tomado mucho té y algo de whisky. Él se pone de pie apresuradamente.. Habría tenido que limitarse a asentir con desenfado. o hacer algún comentario ingenioso. Sus notas son un caos de referencias cruzadas: la primera familia no ha visto nada. Una de ellas es que. Maria las recoge sonriendo con malicia. teorías y sombríos vaticinios acerca de la marcha del país. advierte él demasiado tarde. pero se alegra de que haya sido Maria y no Susannah la testigo de su torpeza. después de una hora de espera. Donald se sonroja. que expresan con vehemencia. —¿Sabe cuándo volverá su padre? —No. Donald confía en no haber pasado por alto ninguna cosa evidente que su superior pueda restregarle por las narices. lo atiborran de té y le extraen información. Unos y otros entran y salen de sus casas con historias. ¿no? —Pues claro. —Alguien ha de tratar de encontrar al malvado. Parece molesta. no he querido decir. Donald comprueba que ya ha hablado con ese hombre. pero está casi seguro de no haber conocido a ningún asesino. salvo el extraño comportamiento de las ardillas observado por George Addamont aquella mañana. cuando llama a la puerta de una casa. —¿Así que mi padre lo ha enredado para que haga de detective? Donald cree que ella ha percibido sus dudas acerca de su tarea y se burla de él. Sólo pretendía entablar conversación. sus ocupantes se asustan: en circunstancias normales. Eso no 37 .. Tratar de encontrarle sentido a todo ello es como pretender frenar un río con los brazos. Cuando se cercioran de que ninguno de los familiares más próximos está muerto. —Ella lo mira con aquella expresión calculadora—. Mientras espera en el salón de los Knox. aquí nadie llama a la puerta. lo hacen entrar. ha prometido volver a visitar varias casas. trata de sacar conclusiones de lo que ha oído. pero lo remite a un primo que resulta ser el marido de una mujer que le dice que él ha salido y. Sus notas dan a entender que ninguno de los entrevistados ha visto nada fuera de lo normal.Stef Penney La ternura de los lobos Donald no tarda en descubrir ciertas peculiaridades de Caulfield. Está pensando en cómo preguntar por el baño cuando se abre la puerta y entra la menos bonita de las chicas Knox. dejando caer varias hojas. Ya es de noche cuando Donald termina la ronda de interrogatorios que le ha sido asignada.

—Donald sonríe. Un cortés carraspeo le advierte de la llegada de Susannah antes de que se abra la puerta. —Estoy bien del todo. señorita Knox. Es espantoso. bueno. tiene dos niñas pequeñas a las que adora. Cuando le sirven el té. y Donald observa que tienen un atractivo color avellana con puntitos dorados. ¿Quiere que le haga traer té? Ella le sonríe con simpatía. —Trata de no pensar en los litros de té que ha bebido. —¿Aquel hombre ha sido castigado? A Donald ni siquiera se le había ocurrido que hubiera que castigar a Jacob. —No. ¿Cree que encontrarán al que mató a ese pobre hombre? —pregunta al cabo. ¿Se ha recuperado? Parecía una herida muy grave.. —Es un asunto terrible.Stef Penney La ternura de los lobos puedo saberlo. Susannah se sienta a hacerle compañía. creo que es totalmente sincero. Gracias. Me parece que es la manera en que los indios compensan un daño. Sería muy. me han.. estaba muy arrepentido y ha jurado ser mi protector. Eso es más útil que un castigo. sí. —Yo diría que el verdadero culpable fue la bebida. deseoso de complacerla con la buena noticia. Es decir.. Lástima que las personas no sean tan fáciles de manejar. —¡Cielos! Tenía un aspecto que daba miedo. y ha jurado dejarla para siempre. —Lo sé. de manera que equilibren la «hospitalidad» que la Compañía dispensa a las familias de los voyageurs. que obviamente no van a servir de gran ayuda. Voy a buscarla. Lo habían. ¿Quiere que se lo pregunte a Susannah? Quizá ella lo sepa. pero sin amabilidad—. Pero Susannah lo mira con tanto afecto y 38 .. En realidad es muy buena persona. ¿no cree? Susannah agranda los ojos con sorpresa.. Estoy ayudándole a aprender a leer. Donald lanza una mirada a sus notas. es muy distinta de su hermana. Le parece ver a las dos hermanas reírse de su zafiedad y siente una oleada de afecto por sus libros de contabilidad. y dice que leer y escribir le parecen tan fascinantes como cazar ciervos. gracias. Donald se enorgullece de su habilidad para contabilizar conceptos tan indefinidos como los trabajos de limpieza realizados por las nativas y la comida que traen los cazadores. —¿Usted se fía? Donald ríe. quizá. pero esta vez él no suelta los papeles. —Ahora sonríe. —No. Ahora está aquí. Me gustaría que hubiéramos vuelto a vernos en circunstancias más agradables. atacado.. —¿En serio? —Ella ríe a su vez y se quedan en silencio—. —Sí. muchas gracias. lo hemos dejado abandonado. —¿Señor Moody? Oh. tiene el efecto de hacerle ponerse en pie de un brinco. a pesar de que la cicatriz aún está tierna y a veces duele. llenos de números pulcros que él siempre encuentra la manera de cuadrar. Maria se va y Donald se pregunta qué ha hecho él para merecer tanta acritud. aun así. Pero la otra vez también fue horrible.

por el énfasis de sus palabras. umm. —Oh. mirando a éste—: Venga conmigo: mi padre ha vuelto. Donald observa con ansiedad que. Es una afirmación extraordinaria. Knox se aclara la garganta para reconducirlos a lo que importa. que se reducen a la conclusión de que nadie ha visto gran cosa. cadáver.Stef Penney La ternura de los lobos confianza que a él le gustaría resolver no sólo este asesinato. —Oh. saboreando el momento. se inclina un poco hacia él y baja la voz—. Y añade. Lo siento mucho.. conocido de todos. Cada uno de ellos hace un resumen de sus averiguaciones. por lo que no lo recuerdo. —Imagino que en un lugar como éste alguien habrá reparado en un forastero. Él es ahora el que manda.. No descansaremos hasta llevar al culpable ante la justicia. Como es la más joven de la familia. y Donald la mira con el asombro que ella esperaba. que lleva la voz cantante.. —Susannah ladea la cabeza con gesto de desafío.. —¿Qué opina de la mutilación? Mackinley lo mira con ligero reproche. ellos han escrito mucho más que él. Parece que aquí todo el mundo sabe lo que hace cada cual. La puerta se abre tan bruscamente que Donald juraría que Maria estaba escuchando al otro lado. No tendrán ustedes que vivir con miedo. La Compañía se ha hecho cargo del caso. Susannah parece satisfecha. nosotras éramos muy pequeñas. Ha estado ocupándose del. Era la hermana de mamá y. Busca a Jacob con la mirada. Nosotros también hemos vivido una tragedia. Y un vendedor ambulante llamado Daniel Swan. Un tratante llamado Gros André pasó por el lugar días atrás. Hay montones de papeles con anotaciones encima de la mesa. no puedes contarle eso! —Tiene el semblante pálido y tenso de emoción. —¿Dónde está Jacob? ¿Cenará con nosotros? —Jacob está bien. al parecer. pero Donald observa que parece haberse replegado ante Mackinley.. no sabía. sino todos los crímenes del mundo. Mackinley ha hablado con un muchacho que vio a Francis Ross ir a la cabaña de Jammet una 39 .. Respira hondo. Knox ha enviado un mensaje al magistrado de allí. Knox y Mackinley están en el comedor.. pocas veces tiene ocasión de relatar el Suceso: en Caulfield lo conoce todo el mundo y no es frecuente que ella tenga un forastero a su disposición. —Ha sido algo tan abominable. —Estoy seguro de que su opinión es la misma que la nuestra. —Es verdad —dice ella haciendo una mueca. —Ocurrió hace mucho tiempo. estuvo en Caulfield el día antes y siguió viaje hacia Saint Pierre. es difícil adivinar si lo que más le disgusta es que sea Susannah quien lo cuente o Donald quien lo oiga. —¡Susannah. yo no tengo miedo. aunque..

y ella fue la única que no se arredró por el hedor. hasta que sólo quedó fuera el olor. —Mira a Donald—. —No es necesario. le cerraron los ojos y le pusieron una moneda en la boca. La comadrona le ató un pañuelo alrededor de la cara. para encajar la mandíbula y cubrir las heridas. no conviene dejar que se enfríe el rastro. fueron enviados a recoger el cadáver y trasladarlo a Caulfield. y mantiene el ceño. —Bien. —Habrá que seguirlo y averiguarlo. No sabemos si alguno de los otros dos visitó a Jammet. Vale más que espere un día o dos antes de salir en su busca. —Hemos de mantener un criterio abierto —dice Mackinley. El cuerpo ya había perdido el rigor mortis. Al contrario. ¿Sigo yo al tal Swan? Knox niega con la cabeza. durante el regreso a Caulfield. uno de ellos una comadrona con práctica en mortajas. He hablado de él con vecinos. Y es sólo un muchacho. —Tenemos que examinar todas las posibilidades. —Quizá sea preferible que vayan en su busca. Únicamente tenemos la palabra de la madre. por lo que hemos averiguado eran amigos. Jacob tuvo que sujetar el cadáver para 40 . Por el nombre parece francés. —El tratante. Pero opino que sería perder el tiempo que el señor Moody echara a correr hacia el lago. Donald siente una fugaz decepción. Que se sepa. El camino era malo y. Será fácil seguirle la pista.Stef Penney La ternura de los lobos noche —no recuerda cuándo—. Jacob es cristiano. —Lo que no significa necesariamente que lo hiciera él —interviene Knox. Íbamos a proponer que usted espere aquí con Jacob e interrogue al chico Ross cuando regrese. y parece un chico raro. lo interrogaré yo mismo. sin duda. Un día más o menos no supondrá diferencia alguna para Jacob. pero enseguida. Mackinley arruga la frente. —Por supuesto —admite Knox—. Usted ha dicho que la causa pudo ser una disputa de negocios. Él y dos voluntarios a sueldo. —Dice su madre que no sabe cuándo regresará. ese chico no es un indio. He enviado un mensajero y lo detendrán en Saint Pierre. no tenía motivo. y ahora Francis está ausente. no puede creer en su suerte. al darse cuenta de la oportunidad que se le brinda. Mackinley se vuelve hacia Donald. y entre todos lo envolvieron en sábanas. Si ha huido. —¿Y dónde podrían buscarlo? Quizá ni siquiera haya ido al lago Swallow. y un cuerpo acuchillado de ese modo le sugería una particular impureza. Como tengo que ir allí. de modo que lo enderezaron. pero la idea de tener que tocar un cuerpo muerto le producía viva desazón. Encerrado en sí mismo. La mujer se limitó a chasquear la lengua tristemente en señal de despedida y se puso a limpiar la sangre seca.

No sé.. Siempre está preguntándole qué piensa de esto y lo otro. Donald le explica que tienen que esperar al chico Ross.. Sí. o cuánto se tarda en llegar a tal o cual sitio. si es eso lo que quiere hacer. está seguro. Jacob trata de descubrir qué quiere saber Donald. quizá mientras dormía. animándolo a seguir. rápido. —¿No te parece extraño que nadie haya visto a ningún. —Quizá no debería ir solo. un indio de nuestro pueblo. donde Jacob está fumando su pipa en una especie de nido de paja. echado en la cama. Jacob ya se está acostumbrando a las preguntas de Donald. —Jacob sorbe por la nariz 41 . y se sienta a su lado en silencio. para detenerlo. ningún indio desde hace días? Si lo mató un indio. quiero decir.. el principal sospechoso sin duda alguna. Otros pueblos. si ese hombre es tan cruel —sonríe Jacob—. —¿Tienes idea de quién pudo hacerlo o por qué? Tú has estado allí. Donald procura no sonreír. Pero me parece que quien lo hizo ya lo había hecho otras veces. Por lo menos. Desde que se ha hecho amigo de Jacob. rodeado de cajas de clavos y piezas de tela. —Dime qué piensas. Alguien que no sentía nada por él. Hablar del muerto traerá mala suerte. —Cualquiera puede hacer eso. Donald sigue el olor a tabaco hasta el establo.Stef Penney La ternura de los lobos que no se cayera del carro. umm. Corte limpio. hace mucho tiempo. —Quizá lo mataron por algo que iba a hacer. o quizá seguirlo. Ellos tres y el dependiente de Scott se quedaron un momento alrededor de la mesa. Se pasa el índice por el cuello. o un comentario que alguien hizo dos días antes. es normal que te pregunten qué piensas del tiempo. no es visto.. detrás de unas cortinas improvisadas. pero Donald le habla de cosas vagas y sin importancia. Pero sabe que Donald ha venido a eso. —Si un indio no quiere ser visto. puede percibir la universal impopularidad de Mackinley. —Le arrancaron la cabellera. Ahora estaba encima de una mesa. Quizá lo mate también a él. —¿Pudo hacer eso un blanco? Jacob sonríe enseñando los dientes. —Jacob calla y sigue con la mirada el humo hasta que llega a las vigas. Al salir hablaban del tiempo y decían que menos mal que hacía frío. Quizá hizo daño a alguien.. que relucen a la luz de la lámpara. Jacob hurga en el tabaco de la cazoleta. ¿Por qué lo mató? Quizá él había hecho algo. —¿Quién lo hizo? No lo sé. Mackinley irá tras el tratante. reservando para sí el mérito de capturar al probable asesino. Donald asiente. en la tienda de Scott. o si habrá buena caza.. en espontáneo tributo silencioso. Le cortaron el cuello. como un libro que acaba de leer.

después de todo. empezó a ayudar a Jacob a aprender a leer y escribir. quizá no son buenos rastreadores. A veces. no sé.Stef Penney La ternura de los lobos con desdén—. Chippewas. pero no sabe ni cómo empezar a preguntárselo. —Sonríe. A Donald le gustaría averiguar qué piensa Jacob de esto. Donald se siente como un niño al lado de este hombre que es apenas mayor que él. del mismo modo que Donald comprende el significado de las palabras escritas en el papel sin tener que pensar. Cuando se recuperó de la herida. Donald tiene la impresión de que los conocimientos sacados de los libros que transmite a Jacob no son realmente suyos. Pero quizá a Jacob le ocurra otro tanto. mientras que cuando Jacob le explica algo. el mundo que lo rodea no es sino una serie de señales que él sabe interpretar. él sólo sabe casualmente dónde hay que buscarlos. parece hacerlo partícipe de una ciencia que es suya propia. pero su relación no es la de maestro y discípulo. 42 . que nace de él. para que Donald sepa que bromea.

destacaba en casi todos los juegos y. que los de la sociedad en general) asumen (o se les asigna) un papel automáticamente. más adelante. se volvían o huraños y tímidos o gritones y jactanciosos. consentida y protegida de las cosas desagradables de la vida. aunque alimenta secretas simpatías por los liberales y suele discutir de política con su padre. tales como los retretes atascados o los impuestos. Está acostumbrada: desde que tenía catorce años y su hermana doce. en su presencia. la guerra del Sur y otros temas generalmente considerados impropios de una señorita. La madre la consulta en cada una de las cuestiones domésticas. es de suponer. también era modesta y hasta le molestaban las atenciones que recibía. las diferencias que determinan el curso de una vida son pequeñas. A Maria apenas le hacían caso: feúcha y sarcástica.Stef Penney La ternura de los lobos Maria Knox observa un fenómeno que ha presenciado muchas veces: el efecto de su hermana en un joven. según el carácter de cada cual. Susannah. Hace tres años que está suscrita a varias revistas canadienses y extranjeras. para demostrarlo. era sólo una compañera de juegos o. Y Maria reconoce con honradez que. probablemente también se habría convertido en una intelectual. de haber sido ella más agraciada físicamente. aunque consciente de su aspecto. Se declara partidaria de los reformadores. no habría tenido tanto afán por adquirir conocimientos. Susannah se convirtió en la niña mimada de todos. en cambio. todos los chicos se chiflaban por Susannah y. en tanto que Maria pasaba a ser una adolescente sabihonda. De vez en cuando. Pero su familia declara que ella es indispensable en casa y. aduciendo que ella no da abasto. Por el mismo proceso por el que los miembros de una familia (al igual. inconformista.) Su padre suele discutir con ella sus casos. Maria saca a relucir el tema de la universidad: tiene veinte años y empieza a pensar que si no va pronto le resultará embarazoso. Pero Maria sabe que la diferencia entre la capacidad mental de Susannah y la suya propia no es tan grande. devoradora de libros. pregunta Maria retóricamente. en una ciudad donde leer un periódico llevando faldas está considerado una extravagancia. se la hubiera tratado con indiferencia. alguien de quien copiar los deberes. por tanto. era alegre y simpática y. se vio que sería una belleza. En realidad. Ella nunca fue presumida ni remilgada. que discutía sobre el expansionismo. con el tiempo. Si Susannah hubiera sido fea y. Y 43 . la hace intervenir en todo. Y esto. («¿Cómo te las apañabas cuando yo era pequeña?».

¿Cómo se las arreglan tu madre y tu hermana con todo este jaleo? Maria medita la respuesta. —Eso debía de ser. No está acostumbrada a despertar gran interés. sólo se trata de alojar en su casa a dos forasteros. papá. sí. —¿Qué dices? ¡Si todo el mundo se fija sólo en ella! —Ella causa admiración. cuando se le ocurre la posibilidad. Mamie. Además. Desde luego.Stef Penney La ternura de los lobos Susannah la abraza y gime que sin ella no podría vivir. —Hace una pausa y añade. Maria ríe. Aparentemente. Seguro que la Compañía puede permitírselo. supongo. (¿Y si en la ciudad no llegara ni a graduarse?) Se lo ha preguntado más de una vez. —Susannah está encantada. la cara de su padre. Ella confía en que él le revele sus impresiones y está deseosa de exponerle sus propias teorías. si hubiera ido a la universidad este otoño no habría estado aquí para apoyar a su familia en estos momentos difíciles. Quieren esperar a que vuelva Francis Ross. Le encanta que la llame con el diminutivo de cuando era pequeña. un poco avergonzada—: Me parece que trataba de impresionarlo. pero en la mirada se le nota la inquietud. Para ella. Aunque para eso no necesita esforzarse mucho. Pero cuando los hombres de la Compañía se van a dormir. de manera que. está cenicienta de fatiga. también puede ser que le falte valor para abandonar Caulfield. 44 . No sé qué puede importarle eso a él. Pero hoy la he sorprendido a punto de hablar de nuestras primas al señor Moody. que nunca presenta buen color. abre otro periódico y desecha el pensamiento. y no la ha encontrado hasta esta noche. y casi me enfado con ella. esto se resolverá pronto y no será más que un mal recuerdo. pero tú inspiras respeto y hasta intimidas un poco. nadie más que él está autorizado a usarlo. lo abraza. —Mamá estaría más tranquila sin los huéspedes. Su madre se muestra animosa. —Ya. en lugar de hacer preguntas. —¿Francis Ross? ¿En serio? —Francis tiene tres años menos que ella y por esta razón aún lo ve como aquel muchachito guapo y huraño por el que las chicas de la escuela intercambiaban risitas—. —Desde luego. El padre sonríe. siempre latente en su interior. Pero no tienen por qué quedarse en casa. Podrían alojarse en la posada de Scott. Ella. —No te preocupes. Hace dos días que Maria busca la ocasión de estar a solas con su padre para preguntarle por el caso. pero pensar mucho en eso la deprime. Tiene los ojos hundidos y la nariz más afilada que nunca. pero en el fondo vuelve a atormentarla el terror al bosque. —¿Cuánto tiempo van a quedarse? —El que haga falta para interrogar a cuanta gente deseen. es una diversión. —Así lo espero. Mamie.

Maria sonríe y siente que se le enciende la cara. Pero de vez en cuando sería agradable imaginar que tiene una posibilidad. Maria mira a su padre subir la escalera y observa que lo hace con dificultad. En absoluto. —No lo digo por halagar tu amor propio. probablemente otro de los efectos de tener una hermana bonita. no me halaga que se me compare con las cataratas del Niágara ni con los montes Abraham. Y no es que a Maria le interese Donald. Es terrible ver envejecer a tus padres. sabiendo que el dolor y los achaques irán acumulándose en su cuerpo hasta vencerlo por completo. lo que significa que le duelen las articulaciones.Stef Penney La ternura de los lobos Él la mira. Maria ya ha desarrollado un concepto de la vida un tanto cínico. Una hermana que ha cautivado al señor Moody con su hechizo totalmente inconsciente. 45 . —Entonces no hay que preocuparse. Le gusta la idea de intimidar. —No te preocupes.

tan seguro como si de un rebaño se tratara. Es el diminutivo cariñoso de antaño. Se limita a esperar a que lo suelte y entonces da media vuelta. ya ves: mi marido me da la espalda y no me mira a la cara. y no hace falta que le diga que Francis no ha vuelto. con los bolsillos abultados. ¿Y si le ha ocurrido algo? Angus suspira con los hombros caídos. como un viejo. Estoy seguro de que está bien. de modo que nadie andará por ahí fuera o por donde no deba estar. su cariño. Llevo casi todo el día pensándolo. todos los habitantes de Dove River se sientan a cenar. Ahora. Le digo que todas las cañas de pescar están en casa y que he escondido una. Hace frío y no lleva mantas. me paseo por la cocina hasta que llega Angus. Cuando Mackinley se va. —Puede haber tenido un accidente. y he decidido que ésta sería la mejor hora.. —Tienes que ir a buscarlo. pero no quiero retrasarlo más. —Yo podría ir contigo. En realidad. Habría podido esperar al amanecer. Cuando sólo pensaba en mí misma. Asiento. ya no sé. El río baja muy crecido —ha llovido al norte—. A esta hora. Ahora también él parece intranquilo. ¿por qué no me mira cuando lo dice? Al atardecer. cualquiera sabe. —Aún no hace tres días. Nadie más que yo. Pero quizá sea sólo cosa de la edad: cuando una mujer se hace mayor pierde encanto y poder de persuasión. —No puedo soportar esta espera. si me cree o no. —No digas tonterías.. no tenía más que chasquear los dedos para que los hombres me complacieran en todo. Tan aliviada me siento que lo abrazo. Por lo menos eso digo a Angus. pero la 46 . aunque luego pienso que si aún soy su «rhu». Ahora que trato de ser mejor persona. —Rhu. tengo la impresión de que cuanto más me preocupo por los demás menos acierto. Ya no es un niño.Stef Penney La ternura de los lobos Empiezo a ver claro que tengo que hacer algo. como si nada. —susurra. Pronto volverá. y me estremezco—. salgo a dar un paseo. me agarro a él como a un salvavidas. Nuestro matrimonio parecía marchar bien mientras yo no pensaba en eso. y eso no tiene remedio. pero sólo encuentro rigidez y frialdad. Angus piensa un momento y dice que mañana irá al lago Swallow. conmovida por el apelativo.

de joven. supongo. no es que piense que el asesino vaya a volver —¿para qué?—. Bajo desolada. en la que los hombres que vinieron ayer dejaron las huellas de sus pisadas. Me pregunto quién las lavará o si las quemarán. por si acaso. las separo de la pared. Hay cajas apiladas junto a las paredes y todo está cubierto por una capa de polvo. En la roca hay una huella. muy vieja ya. aunque desde aquí no veo la roca. ¿Qué acontecimiento pudo merecer esta fotografía? Quizá habían culminado un viaje especialmente arduo. del colchón y de las mantas amontonadas junto a la pared. reunidos alrededor de un montón de cajas y canoas. todos con pañuelo al cuello y capote. pero no hay más que polvo. sólo la cubren las riadas de primavera. Se ve incluso a esta media luz. antes de que viniera a Dove River. por ejemplo. Y aquí hay algo sorprendente: una fotografía en la que aparece. excrementos de ratón y avispas disecadas. 47 . una flor prensada de una seda descolorida. Tal vez todo han sido figuraciones mías. me acerco a la cabaña por un lado. Hay objetos que hablan de las otras vidas de Jammet. se haya ido a pasear en canoa. Aún se nota hedor. las quiera. con aquella contagiosa sonrisa suya. o pensaba dársela él a ella y desistió? Me pregunto por las mujeres de su vida. No creo que su madre. No he oído ni una mosca. Saco los alicates y deshago la ligadura. para no ser vista desde la puerta. chaqueta y pantalón anticuados. sólo que ahora la cama está vacía. En realidad. papeles de la Hudson Bay Company. que está atada con alambre. Ni siquiera sé qué busco. sin hacer ruido. que indican dónde se pararon a examinar algo. ¿Son de cuando era joven o pertenecían a su padre? Miro en las otras cajas: más ropa. pero avanzo con sigilo hasta la ventana. aparte de algo que me confirme que Francis no ha tenido nada que ver con esto. Está con varios hombres. Voy a la puerta. que contiene su traje bueno. Dejo la lámpara en el suelo y empiezo a registrar la primera caja. Trato de no fijarme mucho en algunos de ellos. pero aun así cierro la puerta. Los voyageurs se enorgullecen de estas cosas. Quizá Knox haya puesto a un guardia que. Respiro por la boca y con fatiga mientras rebusco entre la comida. una marca húmeda y oscura. Todos guiñan más o menos los ojos al sol. En el bolsillo traía un cuchillo que ahora empuño con más fuerza de la necesaria. ¿se la dio una mujer en prenda de amor. me parece. Subo las escaleras. aunque ya lo sé. No se oye nada.Stef Penney La ternura de los lobos roca desde la que saltó Doc Wade está seca. Después de registrar las cajas. que debían de quedarle estrechos. No parece que Jammet viniera mucho por aquí. palpando con la mano la pared. voyageurs. No lo creo ni un instante. Tanto rato permanezco en la misma postura que se me duerme una pierna. La cabaña está exactamente tal como la recordaba. No sé qué espero encontrar detrás. la mayoría relacionados con su retiro tras «un accidente sufrido en el desempeño de su trabajo». de modo que. por supuesto. y aguzo el oído. Él es el único que consigue mantener la sonrisa. No logro imaginar qué podría ser. aburrido. Dentro está oscuro.

pero es absurdo fingir que no estoy. Es más. no es probable que pueda revelarme la identidad del asesino. si sólo tiene escrito algo sin sentido. 48 . Es un pedazo de papel arrancado de una hoja mayor. Hasta ahora he evitado acercarme a la cama y desde luego no me apetece tocarla. Me quedo petrificada un momento. esparciendo harina por todas partes.» Nada más. vacía. Mientras lo pienso. por ejemplo. como era el caso de Jammet? Lo guardo en un bolsillo y entonces se me ocurre que quizá fuera a parar al bote de la harina por casualidad. pero no se me ocurrió.Stef Penney La ternura de los lobos El olor impregna toda la casa y es peor que cuando él aún estaba aquí. habiendo luz en las ventanas. Para no descuidar nada que pueda atormentarme por la noche y obligarme a volver. Durante varios segundos trato de hallar un motivo que justifique mi presencia. Debí traer guantes. pudo haber ocurrido en cualquier sitio: en el almacén de Scott. Entonces sucede algo que hace que casi me desmaye del susto: llaman a la puerta. Aun en caso de que lo hubiera escondido el propio Jammet. En el de la harina algo me roza los dedos y doy un respingo y un grito. Imposible imaginar cosa más inútil. ¿Por qué esconder un pedazo de papel en un bote de harina. con números y letras: «61HBKW. sobre todo si no sabes leer. y entonces lo encuentro. miro en la caja de la yesca. meto la mano en los botes de grano y de harina. y aún no he dado con él cuando la puerta se abre y me encuentro delante de un desconocido.

y dejó de saludar a la gente por no tener ni idea de quiénes eran. Fue en noviembre. El segundo milagro. su sombra alargada. Aquella noche. sucedió poco después.Stef Penney La ternura de los lobos Poco después de dejar atrás la pálida nebulosa de la niñez. ¿Y cómo no. Se reía a carcajadas. Donald mira fijamente la luna que reluce sobre Caulfield. Pero lo que lo dejó boquiabierto fue su nitidez. Desde entontes. para sorpresa de los transeúntes. Donald tuvo que reconocer que le costaba distinguir los objetos a cierta distancia. Aquél fue el primer milagro de su vida: cómo las gafas volvieron a situarlo en el mundo. Su nueva visión alcanzaba no sólo al otro lado de la calle y a la pizarra de los himnos de la iglesia. Reveló a su madre su desventura y fue equipado con unas incómodas gafas de montura metálica. ¿cuántas veces ha sentido Donald un gozo tan perfecto y embriagador? A decir verdad. de pronto. ninguna. para revivir el éxtasis de aquella revelación. Estremecido. levantó la mirada y se quedó atónito. El entorno se cerró a su alrededor tornándose a un tiempo más íntimo y más amenazador. sus llanuras resplandecientes y sus cráteres en sombra. Recuerda haber 49 . aquello no significaría nada. más próxima. Echado en la cama estrecha e incómoda. sino también a una infinidad de kilómetros en el espacio. se quitó las gafas y la luna se hizo más difusa. relacionado con el primero. en cierto modo. Volvió a ponerse las gafas y recuperó el espacio y la claridad. más grande. Donald se encaminó a casa rebosante de júbilo. proyectando a su espalda. si estaba tan lejos? Pero aquella noche la vio perfectamente definida. Una luna redonda y baja estaba suspendida ante él. No reconocía a los amigos. que siempre lo habían visto así. Y los compadecía porque no sabían apreciar un don como el de la vista. las cosas pequeñas se escabullían y las personas se hacían anónimas. Todo lo que se encontraba más allá del alcance de su mano se veía borroso. en la carretera. Se quita las gafas y luego se las pone. lo que le valió fama de antipático. una noche despejada. Donald volvía de la escuela cuando. Comprendía que para ellos. ni siquiera a su familia. ignoraban lo que era carecer de él y descubrirlo. Deseaba contarles a gritos lo que acababa de descubrir. Él suponía (sin haber pensado mucho en ello) que para todo el mundo la luna era un disco borroso. con su superficie rugosa y horadada.

y atribuyó un valor a cada tarea. donde se apilaban las pieles en espera de emprender el épico viaje hasta Londres. Quizá por eso se dedicó a los números. Agitó ante los ojos de Donald la pata aplastada de una especie de comadreja. como un prestidigitador. Se quejaba mucho acerca de la cantidad de comida que consumían y de la atención médica que requerían. la comunidad de familias nativas que viven fuera de la empalizada de Fort Edgar y que causan constantes quebraderos de cabeza a los factores. generando más y más bocas que la Compañía ha de alimentar. y más desde que conocía a la esposa y las hijas de Jacob. el enorme y frío almacén. el poblado indio del otro lado de la empalizada (a distancia prudencial). mire. Pero se ha acostumbrado a mirar las cosas a distancia. valdrá un montón de guineas. los abarrotados dormitorios. Esto es marta. donde serían convertidas en dinero contante y sonante. —Bien. en Londres.. el encargado del almacén. Él se sentía orgulloso de este logro. Toque y vea qué ásperas. Bell soltó la marta y hundió la mano en las pieles. Cuando Donald llegó a Fort Edgar. el cultivo de hortalizas. aunque. le enseñó todo el puesto. Por ejemplo. que se multiplican a un ritmo alarmante. Este lote. atraído por su escueta simplicidad. esto es lo que importa —dijo el hombre con su acento de Edimburgo—. Las relucientes pieles se ondulaban bajo sus dedos. y. el cementerio. como si no pudiera soportar el recuerdo de lo que le había ocurrido. y una catarata de relucientes pieles saltó al suelo de tierra. Donald iba tomando las pieles que el hombre le daba y se sentía sorprendido por la suavidad de su tacto. por último. la confección de raquetas de nieve. 50 . para ser sinceros.. Ya ve por qué no queremos que les disparen: las trampas casi no dejan marca.. Aún conservaba la cabeza. Los números son siempre ellos mismos.. que fue presentando a Donald en rápida sucesión. pero Donald se dedicó a cuantificar el trabajo que las mujeres hacen para el fuerte. Donald vio las oficinas. En un principio..Stef Penney La ternura de los lobos creído que se le había otorgado un atisbo de algo portentoso. sirven para envolver las otras. y su carita pequeña y afilada tenía los párpados apretados. el mostrador de las transacciones. Veamos. a situarlas en perspectiva. aunque no estaba seguro de su significado... aunque también son útiles. —Revolvió las pieles con la mano—. —Éstas valen menos: castor. dos niñas que contemplan al pálido amigo de su padre con grandes y relucientes ojos castaños. consignó el lavado de ropa.. O los voyageurs. doblando restos de patas. Bell lanzó una mirada furtiva alrededor antes de abrir un fardo. nadie abriga ni la menor duda acerca de qué es lo más importante. Todo lo que es susceptible de ser reducido a número puede ordenarse y equilibrarse. con lo que pudo demostrar que la Compañía se beneficiaba con la relación tanto o más que las familias. el curtido de pieles. lobo y oso. Estas niñas de mirada confiada y nombres incomprensibles y secretos se contabilizan como contrapartida de las pieles que constituyen el activo de la Compañía. un tal Bell. ahora no le parece que significara mucho. la iglesia de troncos.

—El único más valioso es el zorro negro. dejarse acariciar la mejilla. como si. Un hombre ha muerto. ah. En Londres. —Le brillaban los ojos a la luz turbia del almacén.. con mimo.. a pesar de los intentos de Bell por disimular. pero al hundir las manos en aquella fastuosidad fresca y sedosa. como brotan las hojas en los árboles después del invierno canadiense. ya que le parece inconcebible que la Compañía dedique hombres y tiempo a esta tarea. quería contarle cosas y oír lo que él tuviera que decir. estuviera presenciando un placer secreto. colocando el zorro plateado en medio.Stef Penney La ternura de los lobos ese vasto almacén de muerte le había inspirado repugnancia. experimentó el deseo de sentir su suavidad en los labios. pero no hay hechos suficientes. que también viene del norte. desde luego. casi como si hablara consigo mismo: —Pero la más valiosa. Lo dominó. el negro y el blanco con brillo de plata y tacto suave. Donald meneó la cabeza en señal de admiración. Bell se puso a comprimir las pieles con una prensa de madera. ¿descubrirían la verdad? Donald comprende que éste es un pensamiento ocioso. examinar los hechos para darles la coherencia que le permita sacar una conclusión brillante.. Se quita las gafas y. quién puede haberlo matado. es el zorro plateado.. Bell seguía con sus explicaciones. sólo con ladear un poco la cabeza. Al notar que Bell parecía incapaz de soltar aquella piel. Si pudieran indagar en la vida de Jammet a partir de su último momento. Donald hace un esfuerzo por pensar en el presente. pero apenas vemos uno al cabo del año. El pelo era espeso y en él se fundían el gris. las deja en el suelo confiando en no pisarlas por la mañana. y parecía que ella lo encontraba interesante. menos aún. aquí la tenemos. a falta de mesita de noche. Donald retiró la mano. denso y regular. nadie sabe por qué y. Ahora piensa en Susannah. 51 . ése le costaría cien guineas. si pudieran averiguarlo todo sobre él. Donald estaba muy azorado para disfrutar de la conversación. Han estado en la sala varios minutos sin silencios incómodos. que vale más que su peso en oro. Y menos por un tratante eventual. pero comprendió que a una mujer le gustara envolverse el cuello en aquella piel y. y Donald se sintió incómodo. pero en su interior se insinuaba una sensación de contento. Quiere reflexionar sobre su conversación con Jacob. Donald fue a tocarla y Bell casi hizo una mueca de dolor.

y aunque en general su aspecto es pulcro y va bien afeitado.. He desarrollado el reprobable hábito —muy extendido aquí. y es de suponer que ha deducido que soy la esposa de un granjero relativamente próspero. ¿Busca al señor Jammet? —No. donde el acento de una persona ya no es clave—. Me tiende la mano y yo se la estrecho. La primera vez que veo a alguien le miro las bocamangas. especialmente en una persona que debe de estar preguntándose qué hago yo en el escenario de un crimen. observo que también él ha estado haciendo inventario de mi persona. abogado. de examinar en cada desconocido una serie de detalles. —Hace un gesto hacia la cama y las mantas manchadas de sangre—. Soy Thomas Sturrock. Me gustan los buenos modales. la vecina. no sé su nombre. señora. El martilleo de mi corazón se calma. los abogados no se presentan de improviso por la noche. En el instante que me lleva sacar estas conclusiones. con nasal acento yanqui.. el hábito. los zapatos están lamentablemente deteriorados. Su expresión me parece amable. perdone la intrusión. Él inclina la cabeza. —Me ha dado un buen susto —digo severamente. Es horrible. etcétera.. He venido a ordenar sus cosas. dando a entender lo desagradable de la tarea. Su aspecto es distinguido: pelo blanco. Perdón. las uñas. Este hombre lleva una chaqueta extravagante. — Sonrío tristemente.. —Soy la señora Ross. los zapatos. Ni 52 . —¿Ha venido a hacerse cargo de sus bienes? —Que yo sepa. a fin de deducir posición social y económica. —Disculpe.. Sonríe con amabilidad y empiezo a sentirme bien dispuesta. a husmear. señora Ross. de Toronto. cara delgada y nariz aguileña. —Tiene una voz agradable. me he enterado..Stef Penney La ternura de los lobos Después del primer susto comprendo que no me hallo en peligro inminente. El hombre que está en el umbral tiene sesenta años por lo menos. se le podría llamar (la palabra me choca) hermoso. lo más importante. frente despejada. parece educado y. bien cortada pero raída. para su edad. una pérdida terrible. no está armado. ¿Son imaginaciones mías o se ha acentuado su interés al oír mencionar las cosas de Jammet? —Ah. En realidad. No puedo saber si va más allá y supone que soy una belleza marchita y probablemente amargada. consciente de que tengo harina en el vestido y seguramente en el pelo—. decía.

viniendo en busca de este objeto tan pronto. Con unos grabados. le agradezco su desidia hortícola. No diga nada. Permita que me explique. La grava del camino ha rechinado. supongo que lo habría vendido. señor Sturrock —empiezo—. pero sería una lástima que alguien. pero me parece sincero—. en lugar de con la loca. Monsieur Jammet había adquirido una pieza de hueso. pero arqueólogo por afición. Debo de parecerle muy codicioso. —¿Ha dicho que era usted abogado. Tiene una manera de mirarme. Calla. Se acercan pasos y la luz de un farol que oscila en la mano de una figura oscura. —Supongo que tendré que ponerme en sus manos —dice con una sonrisa recelosa—.? —Abogado de profesión. Puede tratarse de un objeto de interés arqueológico. Aunque mienta. De inmediato cojo el farol de encima de la estufa—. que me desarma. —Me interrumpo al oír un sonido detrás de la cabaña. yo no he. Al fin Angus sale y ata 53 . —Verá. Trato de ocultarme entre los matorrales y siento que un pie se me hunde en algo húmedo. lo tirase. pero es que creo que puede ser importante. Tengo entendido que fue. Si Jammet hubiera tenido tal objeto. Mentalmente. Angus levanta el farol.. aquí podríamos escondernos una docena.. Usted no puede saber si lo que digo es verdad. Abre la boca con gesto de asombro. Procure que no lo descubran y yo le diré todo lo que sé. que es de desconcierto. ya está fuera. sólo de interés cultural. pero lamento su muerte. de este tamaño. Salga y escóndase entre los arbustos de la orilla.. no sé qué daño podría hacer. Consternada.. o de asta. por eso estoy aquí. no recuerdo cosa alguna que pueda interesar a alguien. No sé a quién debo dirigirme.. Sigo sin responder. —No. Por su aspecto no vale nada. Conque ya ve. mientras me pregunto cuánto tardará Sturrock en impacientarse y salir a hablar con el recién llegado. franca y un poco insegura. con un frío creciente y el zapato empapado. estudiando mi reacción. repentina. —Extiende las manos..Stef Penney La ternura de los lobos tienen los puños raídos y los zapatos agujereados.. Señor Sturrock. no he venido por asuntos profesionales. Para nada el típico abogado. retorciendo el alambre. antes de esconderme entre la maleza que ha invadido el huerto de Jammet. Él iba a enviármelo. por ignorancia. —Se señala la palma de la mano—. Honrado. pero se mueve con una rapidez impresionante para un hombre de su edad: apenas he acabado de hablar. reconozco a mi marido. No sé qué pensar. pero el caso es que monsieur Jammet tenía un objeto que es de cierta importancia para mi trabajo. —Se trata de algo personal. Yo espero un buen rato. —No se trata de algo de valor —añade—.. —Supongo que «repentina» puede ser una manera de calificarla—. abre la puerta y entra. Apago el farol y cierro la puerta. He de reconocer que no lo conocía mucho. le ayudaré si usted me ayuda y hace lo que le diga. y menos a este hombre. Después de registrar la cabaña de arriba abajo.

algo totalmente distinto. Casi sin mirar alrededor. y a los pocos instantes él entra en el círculo de luz. y señala las diferencias existentes entre las niñas Seton y Francis. Sturrock conoce el caso. porque era señal de que confiaba en mí. quizá. debe de considerarme una persona muy rara. se aleja por el camino y pronto hasta la luz ha desaparecido. cuando la esposa desaparece al anochecer y vuelve a casa de noche cerrada en compañía de un desconocido. con dificultad. como esta noche. no le importa. ahora. inmensa. le pido perdón por mi comportamiento. quizá es que ya no me cree capaz de despertar deseos impuros o. Saco el pie del lodo. sabe disimularlo perfectamente. Señor Sturrock. En los bosques se pierden chicos. hablamos de las niñas Seton. sin saber cómo ni por qué. Le hablamos de Francis. A veces. pero he de añadir que eso no me tranquiliza. Al principio me gustaba. Porque desea encontrar ese trozo de hueso. generalmente. sea lo que sea. pero mientras cenamos voy haciendo su retrato. Si Sturrock lo nota. con decepciones. Inevitablemente.Stef Penney La ternura de los lobos la puerta. te parece una extensión que tiene no sólo tanto de largo y tanto de ancho en la que puedes perderte. 54 . Estaba muy oscuro. como usted lo ha sido conmigo. sacudiéndose hojas de la deslucida chaqueta. La mayoría de los maridos. ¿Quién era el caballero del que hemos tenido que escondernos? —No lo sé. y el olor me acomete de nuevo. Me enderezo. y te alegras de que esté ahí. Pero otras veces. te encuentras mirando el bosque con otros ojos. Unas veces no ves en él más que los árboles que visten la tierra y nos proporcionan la madera con que construimos las casas y nos calentamos. no sé. El retrato de un hombre con los zapatos agujereados y preferencia por el buen tabaco. Sturrock habla poco de sí mismo. Se han dado casos. Un hombre con tacto e inteligencia y. sino también una profundidad insondable. Yo estoy de acuerdo en que Francis no es una niña indefensa. Es noche cerrada. pero Angus sólo lo mira y asiente con calma. sí. Estoy entumecida. es una presencia oscura. —Vaya. no se mostrarían tan ecuánimes como Angus. Mientras hablaba. Un hombre que come cerdo con patatas como si no hubiera probado una comida decente en semanas. Ésta es una de las razones por las que me casé con él. Voy a serle sincera. y quizá podamos ayudarnos mutuamente. Puede que lo haya visto en la cabaña. —Señor Sturrock —llamo. Tengo la media empapada. me crujen los huesos. ha sido toda una aventura —me dice sonriendo—. y lo desea mucho. sencillamente. Encuentro unos fósforos y vuelvo a encender el farol. su aparición es motivo de celebración. he quitado el alambre de la puerta. como todo el mundo a este lado de la frontera. Los forasteros son escasos en Dove River. Y algo más: ambición.

te encuentras mirando a tu marido y pensando: ¿es el hombre recto al que crees conocer —el sostén de la familia. el que cuenta chistes malos que no obstante te hacen sonreír—. tu amigo.Stef Penney La ternura de los lobos Y a veces. o también él tiene un fondo al que nunca te has asomado? ¿De qué podría ser capaz? 55 . sin saber cómo ni por qué.

. Donald desecha ese pensamiento poco caritativo. —Al decirlo. Quizá. —Es tierno —dice Susannah mirando la mesa—. así que usted velará por nuestra seguridad mientras los otros persiguen a los sospechosos. y las dos jóvenes entran y se sientan a la mesa. o quizá sea culpa suya. Cuando Mackinley se va. Él intenta que su respuesta no suene a disculpa. Pero no ha sido así. No tiene 56 . —No sé nada de él. entre paredes adornadas con cuadros.. —Nos hemos quedado para esperar a Francis Ross. Entonces le parecía que este vasto y solitario país encerraba una promesa de pureza. servido por una mujer blanca —aunque irlandesa y tosca—. señor Moody —dice Maria—. Sin duda. Al fin su paciencia es recompensada. le ha faltado solidez moral. Últimamente se le ocurren con más frecuencia que nunca esa clase de pensamientos. para empezar. Donald alarga el café del desayuno con la esperanza de ver a Susannah. también es agradable estar sentado a una mesa cubierta con mantel blanco. Tímido. saldremos a buscarlo. —No pensará que ha sido él. limpiándolo de mezquindad. Un velo de nieve saluda a Donald cuando rasca la escarcha del cristal y mira fuera. pero aun así le pareció impresionante. Bastante guapo. Maria puede hacer que se sienta un cobarde. —Bien..Stef Penney La ternura de los lobos Por la noche cae la temperatura. Es extraordinario cómo. que el clima riguroso y la vida simple forzosamente habían de templar el valor del hombre. El invierno anterior —el primero de Donald en estas tierras— fue relativamente benigno. Maria lo observa con picardía.. ¿Ustedes qué piensan? —Yo pienso que es un muchacho de diecisiete años. No era esto lo que esperaba él cuando salió de Escocia. Este amanecer con dolor de huesos debe de ser un anticipo de lo que le espera. y ensimismarse contemplando las llamas del hogar sin ser víctima de bromas soeces. alguien lo bastante modesto como para que Mackinley no tenga que compartir el mérito con él. Si no regresa hoy. lacónico y quisquilloso hasta el último momento. —dice Susannah poniendo un ceño encantador. con una sola frase. Knox ha dispuesto que un hombre del pueblo acompañe a Mackinley en la persecución del francés. Por otra parte. Se pregunta si Jacob habrá pasado la noche en el establo. quizá sea que él no se dejó limpiar.

Daba miedo. gastando bromas.. haciendo tonterías de ésas. —Frunce el entrecejo y se interrumpe. — Donald reconoce el tono dogmático de su voz y se estremece interiormente. —Recuerdo un día en el colegio —dice Susannah con aire risueño —. —Pero si un tratante independiente ofrece por una piel un precio superior al de la Compañía. Es sólo que parece un poco blando. Matthew Fox. bebiendo. y otro chico. ¿Cree usted que. —Pues andan por ahí en pandilla. —Mira a Donald abriendo mucho sus ojos color avellana—.. Es la diferencia entre.? —No fue un rapto de locura. —¿Qué hace la mayoría? —Donald trata de distanciarse del chico que era él a los diecisiete años. y eso que tiene un color de piel más bien dorado. señor Moody? —La Compañía procura proteger sus intereses. —Maria reflexiona un momento—. desde luego. él tenía unos catorce años. ¿verdad. Además.. —El señor Mackinley piensa que lo mató el tratante francés.. En fin. ¿verdad. ¿verdad? Por eso lo persigue él personalmente. El señor Clarke y otro chico tuvieron que llevárselo a rastras.. los tramperos saben adónde acudir. O quizá era. el orden y la anarquía. ¿verdad? —Desde luego es libre de hacerlo. ¿comprende?. Maria lanza un bufido de sarcasmo. Pero se expone a que el tratante no vuelva al año siguiente: no puede confiar en él como en la 57 . Nunca había visto a nadie quedarse blanco de rabia. Hacía siglos que no me acordaba de eso. señor Moody? —Maria se ha mantenido serena mientras Susannah ha ido alterándose. para que los demás lo vieran. como ensimismado...Stef Penney La ternura de los lobos muchos amigos. los precios suben o bajan. Su hermana la mira—. el trampero tiene derecho a vendérsela. no ven con buenos ojos a los tratantes independientes. la Compañía tiene a su cargo a mucha gente. los tratantes independientes no cuidan de las familias como hace la Compañía. y la situación es. un chico que no cazaba y al que sin duda estas muchachas también habrían calificado de blando. Y así él mismo puede cuidar de su familia.. me parece. —No se puede descartar. no sé.. Qué horror. Matthew o quien fuera le estaba copiando de su trabajo y se jactaba de ello. No caza ni hace lo que la mayoría de los chicos. Bueno. Es que Francis siempre parece estar de mal humor y. Ustedes... y él estaba como el papel. Donald piensa que raro habría de ser el muchacho que no se mostrara tímido y torpe frente a la cáustica Maria y la bella Susannah. Le gustaría que haya sido el tratante francés. y de pronto Francis se dio cuenta y se puso hecho una fiera. empezó a pegar a Matthew como si quisiera matarlo.. —¿Usted piensa que una persona que no hace esas cosas no puede cometer un asesinato? —No... Ni sé de nadie que lo conozca. pero en general es conveniente que los tramperos puedan percibir un precio fijo por las pieles. —No es que lo conozcamos bien —agrega Maria—. Además... los de la Compañía. Parecía presa de un ataque. ¿era George Pretty? No. estable. Cuando hay competencia.

¿te gusta trabajar para la Compañía? Otra extraña pregunta. —Sí. más que fuera. señor Moody. Y las provisiones que vende la Compañía son baratas. sé que ellas están seguras y que no tienen hambre.Stef Penney La ternura de los lobos Compañía. era voyageur. Maria se encoge de hombros. para un tratante independiente? Jacob se encoge de hombros. porque tiene motivos para temer la competencia. Donald no sabe si de accidente. numerosos tratantes independientes —franceses y yanquis la mayoría— intentan romper el predominio de la Compañía 58 . Cuando estoy fuera. si pasan esas cosas no es culpa del señor Moody. en su casa y en la cama. ¿Has dormido bien? Jacob lo mira con extrañeza: esta pregunta siempre lo desconcierta. Pero asiente. Donald sale a refrescarse al aire de la mañana. —Ahora. hablando a su caballo en la jerga sin sentido que usa con él. Ha dormido. sin dejarse convencer. Susannah se revuelve contra su hermana. —Buenos días. pero. El padre murió joven. Su padre ya trabajaba para la Compañía. Enciende la pipa para calmarse y encuentra a Jacob en el establo. Cansados de soportar su supremacía. —Hay enojo en su tono. Si Donald se ha alterado es porque Maria tenía razón al decir que la Compañía protege celosamente su monopolio. Jacob. —Eso es una acusación horrible. ¿Porque no tendría otro sitio al que ir? Quizá Jacob tampoco lo tiene. Los tramperos hacen lo que quieren. no son inducidos a nada. —Jacob. —La Compañía no incita a nadie. —Buenos días. no. ¿Tú quieres dejarla? Donald ríe y niega con la cabeza. que ha tenido una muerte de guerrero. con mi familia. —Así pues. Después tratará de encontrar a Susannah a solas. de este modo se asegura su fidelidad? Donald nota que se le enciende la cara. pensando en el muerto. y Jacob empezó a los catorce años. nunca encuentra el momento oportuno para preguntar. es imposible mantener una conversación delante de la repelente Maria. ¿es bueno trabajar para la Compañía? —Supongo. ¿qué más se puede decir? También ha estado despierto. menudo sofoco le ha hecho pasar esa chica. —¿No preferirías trabajar para otros. —Pero —insiste ella— ¿no es verdad que la Compañía incita a los tramperos indios a aficionarse al licor y. siendo ella el único proveedor. Además. Entonces se pregunta por qué nunca se le ha ocurrido esta posibilidad. como le ocurre con tantos otros aspectos de la vida de Jacob. para seguirle la corriente a Donald.

Pero. pero. y es natural que empiecen a notarse las consecuencias.Stef Penney La ternura de los lobos en el mercado de las pieles. rifles y comida. qué demonios. Ya ha habido en el pasado empresas rivales. esta nueva asociación. Hasta Donald ve el montón de huellas. • • • Donald pica espuelas al poni para dar alcance a Jacob. pero no es una experiencia que desee repetir. Donald se alegra al pensar que ahora estará vacía. eso no es peor que lo que hacen los yanquis. Donald no ha visto otro zorro plateado. Mira. Desde el día que Bell le enseñó el almacén. como de costumbre. ¿por qué han de preocuparle a él? Al fin y al cabo. Debería haberle hablado a Maria del poblado indio. El comercio y por consiguiente los beneficios se resienten de esta situación. —¿Chicos del pueblo. Está respaldada por bolsillos bien provistos y se caracteriza por su falta de respeto por las normas (establecidas por la propia Compañía. en definitiva. y zorro negro no digamos. Esto es lo que debe recordar. 59 . Si a Susannah no le preocupan los métodos de la Compañía. Consiguió no hacer el ridículo cuando tuvo que ver el cadáver. —Jacob apunta con el dedo detrás de una mata. Ninguno ha llegado hasta allí. desde luego). que subsiste gracias a la protección y los víveres del fuerte. los animales estaban cerca y eran confiados. Jacob se para a examinar el suelo que rodea la casa. pero el ansia de dinero desencadenó en los bosques una mortífera actividad que los puso en fuga. quizá? —Parecen de varias personas. Mackinley ha hecho a Donald breves comentarios acerca de las malas artes de los tratantes independientes y la necesidad de atar a los nativos a la Compañía con licor. no se acordó de estas cosas en el momento oportuno. y de la esposa de Jacob y de las dos niñas de ojos confiados. Dejan los ponis pastando en la ribera y suben a la cabaña. más que probable. Los tratantes ofrecen a los tramperos precios altos por las pieles con la condición de que prometan no comerciar con la Compañía en el futuro. aquí se escondió alguien. ya que también la Compañía se sirve de estos medios. en realidad. —Son de anoche. pero la Compañía las ha absorbido o aplastado. preocupa a los jerarcas. —Va señalándolas. es mejor el orden que la anarquía. Cuando la Compañía estableció los primeros puestos comerciales. llamada North America Company. Durante una de sus conversaciones con Mackinley. a Donald se le ocurrió que quizá el problema de la disminución de beneficios tuviera una causa más honda que la codicia de los yanquis. Esto es lo que hizo que a Donald se le subieran los colores: la acusación de Maria era cierta. Cabalgan por una extensión de bosque en la que la escarcha ha acentuado los vivos colores de las últimas hojas. Ahora bien. Hace más de doscientos años que se ponen trampas. Es probable que utilicen sobornos y amenazas.

—¿Una mujer? ¿Estás seguro de que no son las que dejamos nosotros ayer? Podrían ser de la mujer que vino a amortajarlo. oro y un fajo de dólares envuelto en un trozo de hule. Ponen las piedras como estaban y Jacob esparce hojas secas por encima de la tierra apisonada. Dos hombres. pero de forma diferente. y confía en que su propio rostro sea igual de impenetrable para el indio y que éste no haya advertido su desconfianza. para que el lugar parezca intacto. Lo asalta un recelo momentáneo y enseguida se reprocha haber imaginado que Jacob pueda sentirse tentado por lo que hay en la caja.Stef Penney La ternura de los lobos —Mira aquí. y debajo otra bota.... Donald mira a Jacob. un chico quizá. Donald reflexiona sobre qué hacer con todo ello y decide enterrarlo de nuevo hasta que puedan volver con un carro. Jacob niega con la cabeza. que es más de lo que podría ganar en diez años. Jacob lanza una exclamación de asombro al verlos. o una mujer. Pero la última persona en salir de la casa es ésta. que saca la pipa. pero es Jacob quien encuentra el escondite excavado debajo de unas rocas. El del pie más grande llegó primero. aún más pequeña.. El misterio de la desaparecida fortuna de Jammet está resuelto: en una caja forrada de plomo hay tres rifles americanos. 60 . bota de hombre. en el suelo. Donald sabe que no puede leer en la cara de Jacob como cree poder leer en la de un blanco. Donald experimenta una sensación de triunfo cuando descubre la tabla suelta y el hueco que hay debajo. pues.

—Yo lo siento por su madre. quizá porque es la edad que tendría Olivia. ¿Sabe que él estuvo en Chicago hace sólo dos meses? Ya me gustaría saber qué iba a hacer en Chicago un hombre como él. reservada y con fama de inteligente. Era muy bueno con Francis. Pero si Angus no me habla.. pero está sollozando otra vez. no sé si podré mantener mi aire de despreocupación. se acuerda de Olivia y me parece que por 61 .. pero con fuerza. Señor. encaja en la familia Pretty como un cuervo en un gallinero. Ida está sentada al lado de la estufa. levanta una cara pálida y angustiada. —Mi hijo estaba de tan mal humor cuando se marchó que no le pregunté adónde iba. Cuando vuelva se va a llevar un buen disgusto por lo de Jammet. —Ya podrían irse todos a Chicago en lugar de preocuparse por Francis —respondo—. a un metro de distancia—. Sabe Dios adónde iremos a parar. Debería usted alegrarse de no tener hijas. los hijos son una cruz. —No sé por qué lloras. Ida se levanta y sale sin mirarnos. Mantiene la cabeza baja y no puedo verle la cara. Ida inspira y no dice nada. Al entrar yo. También Ann suspira. pero no he venido a reclamar su devolución. flaca. —Nada más decirlo. Dicen que no tiene a nadie más. —Eso digo yo. Ann me mira y menea la cabeza.. y me mira con prevención.. —Ann lanza una mirada torva a la silenciosa Ida. Ahora que estoy aquí. haciendo el dobladillo a una sábana. —Esta chica me vuelve loca. ¿quieres tranquilizarte? Anda arriba si no puedes estar ahí sin lloriquear. hija. Ida. Se nota que ha llorado hace poco. Es absurdo que se empeñen en andar tras él. —¡Señora Ross! —grita Ann. morena. pero era una persona muy amable. que se mantiene inclinada sobre la sábana dándole puntadas pequeñas y prietas. Parece abatida. De él podrán decirse muchas cosas. Tampoco lo conocías tanto. —Qué tiempos. ¿Sabe algo de su hijo? —Angus ha ido a buscarlo. Ida lanza un leve suspiro. Oh. Tiene quince años y yo la miro de un modo especial. ¿a quién puedo acudir? —Ay.Stef Penney La ternura de los lobos Ann Pretty se sorprende de verme tan pronto después del préstamo del café. —Ida. Ida vuelve a suspirar y ahora le tiemblan los hombros.

Por poco no me echo a reír de la sorpresa. mirando por la ventana. —Ya tienen bastantes chicos para que les ayuden en la granja. pero no quiso volver a jugar con ellos. Desde los diez años llevo una casa y no he tenido tiempo de sentarme a suspirar y pensar en las musarañas. —Dice que eres brillante. De todos modos. probablemente. disfrutando con el pensamiento de que. Ella no lo reconoce. —Le sonrío. Regresaron al cabo de dos días. —En la escuela eran inseparables. —Me lanza una de esas miradas maliciosas que suelen anunciar un chiste a costa mía—. ¿Sabe lo que pienso? Pienso que le gusta su Francis. —Es lo que llevan en la sangre. ¿verdad? A saber si no serían bandidos o gitanos. Ann lanza un bufido. Quizá Ann tenga razón. ojo. pero a mí no me engaña. No son de fiar. —¿Y qué le pasa a Ida? No sea muy severa con ella. —Tu madre dice que últimamente te gusta mucho la escuela. pero lo llevan dentro. —¿Ida? —Cuesta trabajo ver en ella más que a una niña feúcha. Su hija me hace pensar en mí misma cuando era joven. —¿Me deja que suba a hablar con ella? Recuerdo lo que hacía yo a su edad. a pesar de que cuando entro está inclinada sobre las sábanas. No sé si papá y mamá me dejarían. recuerde lo que es tener esa edad. chupada y con ojeras. —Francis habla mucho de lo lista que eres. Y nunca pensé que alguno de los Pretty sintiera simpatía por Francis. Hace años. —Yo nunca he tenido esa edad. tengo la impresión de que estaba mirando por la ventana. la idea de que su hija se parezca a mí puede ser su peor pesadilla. Angus y Jimmy se habían empeñado en ello. Quizá puedas ir a estudiar a Coppermine. Ustedes no conocían a los padres. y ahora sale. es sólo que no tiene otro modo de demostrarlo. Le sonrío y ella casi me corresponde. y Francis nunca dijo ni palabra de la excursión. Es la sangre irlandesa. —¿En serio? —Sus facciones se suavizan un momento. Yo admito que es cierto.Stef Penney La ternura de los lobos un segundo piensa excusarse. Por lo menos. pero enseguida descarta una idea tan tonta—. ¿no? —Supongo. fue de acampada con George y Emlyn Pretty. andaba por allí un hatajo de irlandeses capaces de robarte hasta la camisa sin que te dieras cuenta. Nadie le envidiará su belleza. —¿Que me gusta? No mucho. comprendo que trata de ser amable. Cuando estuve en Kitchener. Ida levanta una cara de ojos enrojecidos y boca rebelde. encuentro a Ida en su minúscula habitación. No lo digo por su Francis. 62 . ¿Nunca lo has pensado? —Mm. Siguiendo el sonido del hipo. Lo llevan dentro y hay que vigilar. A pesar de sus impertinencias. No pueden evitarlo. también ha tenido que pasar lo suyo con éste. Tiene una carita afilada.

Ya lo he decidido. Pienso en los hombres de la Compañía que ahora están en Caulfield y que mañana a primera hora vendrán a la granja a preguntar si Francis ha vuelto. Quizá podría convertirme en algo así como su consejera. Él es realmente inteligente. tan claras como la luz del día. No sé si en el fondo quiero que me lo impida o que. pero la idea me gusta. por lo menos. otra vez se ha enfurruñado.. —Entonces iré yo a buscarlo.. De momento no me habla. Podría haber estudiado. Se le saltan las lágrimas. de no estar en un manicomio por aquel entonces. Merece la pena. Pero las cosas no siempre resultan como una se imagina.. y no me sorprende verlo llegar solo. no tengo que pensar más. me asombra la pena que veo en sus ojos. no me dijo nada. para ver en qué medida estamos asustados. que me pida que no vaya.. como harían la mayoría de los maridos. Ahora Ida me mira con una especie de tímida admiración. ¿Francis no te dijo algo antes de marcharse esta vez? Adónde pensaba ir. 63 . Ella sacude la cabeza. Una pena muy honda y algo más. Cuando vuelve a levantar la cara.Stef Penney La ternura de los lobos —¿Usted ha estudiado. ¿rabia? Algo que tiene que ver con Francis. Pasaron sin detenerse. Cuando seas madre descubrirás que los hijos no te hacen caso. nuevo para ella. —Francis sí que debería seguir estudiando. «Y tú no lo has seguido —pienso—. —Ida. Pero él calla. Los miraré a los ojos sin disimular el miedo. que no haga algo tan disparatado. —Recuerdo que eso decía también yo. Ha vuelto a mudar de expresión. pero juraría que nadie ha estado pescando allí. En su honor he de decir que él no se ríe. Él no estaba. —No. de más de una persona. —Yo no pienso casarme. está desencajado del cansancio y habla sin mirarme. valeroso y arriesgado. discuta. Ya es de noche. señora Ross? —Sí. —He ido hasta el lago Swallow. pero la estoy perdiendo. Nunca. Porque estoy muerta de miedo. He visto huellas. y me gustaría ser como ella me ve. —El esfuerzo de manifestar una opinión personal. Es casi verdad.» Me levanto. Y nos mirarán a la cara con suspicacia. Vuelvo a casa más angustiada que cuando salí. Ya no tengo fuerzas para seguir fingiendo. No confío en que Angus vuelva con Francis. Has dado media vuelta y has regresado a casa. hace que se ruborice. por ejemplo. Podría ser una de las compensaciones de la vejez. No sé por qué. Nunca se me había ocurrido. Si era Francis iba corriendo. quizá. —Bien.

. Él está estupefacto. Maria se aclara la garganta. envía a Jacob a buscarlas. Susannah lanza a su hermana una mirada triunfal. tiene la ventaja de permitirle almorzar con la señora Knox y sus hijas. La señora Knox se ha puesto francamente pálida. me han dicho que su marido... —He pensado que quizá al volver encontraría aquí al señor Sturrock —empieza en tono familiar—. esas personas que se dedican a buscar a niños raptados por los indios. Es terrible.? ¿Thomas Sturrock? Las hermanas intercambian una mirada rápida y elocuente. lo cual le hace sentirse mejor y. —Tuvo un ataque —dice Maria a Donald. despojado de adornos. Susannah mira a su hermana con gesto acusador. —Cuánto lo siento —recuerda decir finalmente—. Estuvo mucho tiempo buscándolas. En el silencio que sigue. pero. y 64 . pero no las encontró. azorado y confuso. —No ocurre nada. El tío Charles hizo venir a varias personas para que las buscaran y el señor Sturrock era una de ellas. Avergonzado de su anterior sospecha. señor Moody.Stef Penney La ternura de los lobos Donald y Jacob llegan a Caulfield a última hora de la mañana y aquél busca un carro para recoger las pertenencias de Jammet. —Sí que lo fue —tercia la señora Knox—. que se fueron de excursión al bosque y no volvieron. Tengo entendido que es un antiguo conocido de su esposo. solo. —Se lo explicaré. Y que está enfadada porque le han robado la iniciativa. pero aprieta los labios con decisión.. La señora Knox lo mira con sobresalto.. Hacía mucho tiempo que no oía ese nombre.. Donald ya ha metido la pata. Tenía fama de buen rescatador. ya sabe. Ni mi hermana ni su marido lo superaron.. señor Moody. De la expresión de Susannah deduce que esto es lo que ella había empezado a contarle la víspera. Disculpe si he dicho algo. Nosotras teníamos dos primas. Tiene razón Maria al decir que sufrió un ataque. —El nombre de pila lo ignoro. Amy y Eve.. que murió con el corazón destrozado —dice Susannah rápidamente. sólo se oye el roce del tenedor de Donald en el plato.. —¿El señor Sturrock. Pero. —Gastó todo el dinero del tío Charles. por otro lado. Ha sido la sorpresa. De pronto se siente como un bruto por seguir comiendo. Donald clava los ojos en el plato. apenas han tomado el primer bocado de cerdo. nada más. Aquello acabó con él. pero no tenía más que cincuenta y dos años..

—Aún no ha vuelto. pero hay un poco de rubor en su cara. con las caras a menos de un palmo de distancia. por favor. Unos días de demora no le suponen dificultad alguna. Donald tiene el convencimiento de que esta hermosa muchacha se siente atraída por él. —¡Maldita sea! Perdón. —No tiene por qué disculparse.. Confía en no estar sonriendo como un idiota. vaya. Sus padres están preocupados. Acaba de decidir ir en busca del tal Sturrock cuando Susannah entra sin llamar. Donald repasa en el estudio las notas de la víspera y agrega los sucesos de la mañana. Es la primera vez que pronuncia su nombre delante de ella y esto le hace sonreír. —Francis Ross siempre anda por los bosques.. cuando lo encontremos todo se aclarará. que percibe con claridad que. Él se levanta de un brinco y.. 65 . —Llámeme Susannah. Ella no olvida fácilmente su papel. —Sea como fuere. Se quedan muy cerca uno de otro.. aunque cueste creerlo. Pero no nos ha dicho usted si Francis Ross ha vuelto. Iremos a buscarlo. —Confío en que le guste el cerdo —dice la anfitriona con una firme sonrisa. De pronto. Susannah se adelanta y lo ayuda a enderezarla. pero poco puede hacer para evitarlo.. —De aquello hace mucho tiempo —dice Maria—. Es como un indio. si tiene la boca llena. Hasta el acto de masticar parece horriblemente ruidoso. con la precipitación consigue derribar la silla. Hemos sido para usted una compañía muy poco agradable. señorita Knox. —Oh. yo. —Susannah deja la frase sin terminar. Y yo que esperaba que cuando volviéramos a vernos las cosas fueran distintas. —Está exquisito —musita Donald. Susannah ha dejado el tenedor. Jacob es un rastreador excelente. —Temen que haya desaparecido como. Diecisiete o dieciocho años. • • • Ahora. Está muy seria. después del almuerzo. Debe de conocerlos como la palma de su mano. Sentir su nombre en los labios mientras ve cómo ella lo mira hace que se le inflame el corazón. —Venía a pedirle disculpas —dice ella—. Donald da un paso atrás. aterrado por la idea de que ella note cómo el corazón le retumba en el pecho. y este asombroso descubrimiento le produce el mismo efecto que una copa de un brandy potente.. —Susannah. a su izquierda.. ¿O van a salir mañana en su busca? Donald siente una oleada de gratitud..Stef Penney La ternura de los lobos la mano que sostiene el tenedor vacila en el aire. riendo.

quizá vuelva antes de lo que imagina. Donald observa su aire angustiado y trata de concentrarse en lo que ella dice. Parece tan contrariada que él se aventura a proponer: —¿Sabe lo que sería fantástico? Que usted me escribiera y. asunto. Los dos se quedan en suspenso un momento. y entonces Susannah sonríe: —A mí también me gustaría... aunque no podría jurarlo.. El señor Sturrock se aloja en su casa. No. —Bien. comprendo. —Suba usted si quiere. una compensación por todo este... celebro que Mackinley me eligiera. y quizá ahora mismo esté en su habitación. necesita estar solo para celebrar esta reciente felicidad.. —Sí. será mejor. —Ah. me contara cómo van las cosas.. sale de la casa precipitadamente. • • • Thomas Sturrock tiene un aspecto que agrada a Donald: cuando le 66 .. Detrás del mostrador está una mujer delgada y de cara redonda que. levanta la cabeza. —¿Le gustaría escribirme? —Ella parece deliciosamente sorprendida. al fin y al cabo. consciente de que. Celebro haber venido. como si acabara de recordar algo—. por paradójico que resulte... Aunque también me gustaría recibir noticias de usted.Stef Penney La ternura de los lobos —Han sido ustedes una compañía encantadora. —La señora se interrumpe. en efecto. que trata de disimular con una máscara de indiferencia. mucho. conscientes del alcance de lo que están diciendo. Donald está loco de alegría. supongo que la Compañía querrá mantenerse al corriente de los acontecimientos. La mujer desaparece por una puerta del fondo. le mandaré recado. Y escribirle... sin apenas saber lo que hace. Quién sabe. Da gracias al cielo fervorosamente y en silencio mientras. al oír la puerta. ha muerto un hombre.. Se dirige a la tienda de Scott. se siente pletórico de una fuerza y una energía cuya existencia había olvidado. si no tiene inconveniente. —¿Quiere decir que le haga un informe? —Bien. quiero decir. —Pero mañana se irá y no volveremos a verlo. John Scott no está. Irrumpe en el establecimiento tratando de borrar de sus labios la sonrisa de embeleso. Estará la criada. pero la señora Scott resulta casi tan útil como su marido. Su primer gesto es de temor. sí.. ya que supone que John Scott ha de estar al corriente de todo lo que ocurre en Caulfield. mientras Donald mira por la ventana un cielo que parece requesón y piensa en los suaves labios de Susannah.

—Cuando me enseñó ese trozo de hueso. Se lo agradezco. —Abrió las manos en ademán de impotencia—.Stef Penney La ternura de los lobos dijeron que este hombre era rescatador. creo que podría usted comprarlo.. entre otras. señor Moody. —Hablando del objeto que ha venido a buscar. —¿Sabe si tenía enemigos? —No. y alguien que lo sabía me pidió ayuda para recuperar a un niño raptado. hay que actuar con precaución. escribir sobre la vida de los indios. Donald asiente. Donald se pregunta si Sturrock no habrá buscado ya la pieza por su cuenta. Ahora tengo el dinero. ¿tiene alguna prueba por escrito de que Jammet quisiera que pasara a poder de usted? —No. dijo que no pero que me lo vendía. Verá. en aquel momento no disponía de fondos. Pero si de algo está seguro es de que. las circunstancias me llevaron a ello. pero me gustaría encontrarlo para llevarlo a algún museo y enseñarlo a un entendido. No hemos encontrado testamento. La última vez que hablé con él no tenía el plan de dejarse matar. —He hecho bastantes cosas en mis tiempos. —¿Qué clase de objeto es? ¿Romano. Tres pares. —Es muy amable. al verme tan interesado. egipcio? —No estoy seguro de lo que es. pero eso no es motivo para que te maten. —¿Y usted no lo compró? —No. pero. si una persona demuestra vivo interés por algo. y es una grata sorpresa encontrarse con un refinado caballero. Pero ahora ya soy muy viejo para esta clase de vida. Jammet se hubiera negado a venderle el hueso y Sturrock lo hubiera matado? ¿Y si Jammet ya lo había vendido a otra persona? En cualquier caso. Yo no tenía el propósito de dedicarme a esto. —Por supuesto. Si Knox lo autoriza. ¿Y si Sturrock hubiera llegado antes de lo que se creía. tomando el amargo café de la casa. Suponiendo que lo encontremos. Están sentados al lado de la estufa de la tienda. 67 . le pregunté si me dejaba copiar las marcas y. No sé dónde está la pieza. Pero él accedió a guardármelo hasta que yo pudiera pagarlo. Recuerda las huellas de pisadas que vio junto a la cabaña. Era duro de pelar en los negocios. La noche anterior habían estado tres personas en la cabaña. sin acabar de comprender el porqué del interés de Sturrock. De pronto. en las sillas que les ha acercado la señora Scott. Sturrock contempla su taza antes de responder. No parece una de esas cosas. El caso terminó bien y después vinieron otros. —No sé si puedo permitirme preguntar qué le ha llevado a dedicarse a este trabajo. —Se lo diré al señor Knox. Siempre me he llevado bien con ellos.. se imaginó a un viejo explorador de modales toscos y aquel humor basto que ha de soportar en el fuerte.

Stef Penney La ternura de los lobos Sturrock no le parece un homicida. Ella no demuestra sorpresa sino que asiente. eso habría sido lo más humano. Maria lo evalúa con la mirada como el granjero que tasa a un caballo por el olor del pedo del animal.. pero un hombre honrado le habría dicho que era inútil seguir buscando a las niñas y no habría aceptado dinero. y generalmente el tiempo le da la razón? Por el camino. —Donald debe de haber fruncido el entrecejo.. «Esta muchacha no encontrará marido si a todos los hombres los mira de ese modo». irritado. Algunas personas lo dicen y creo que tienen razón. y Donald no puede menos que explicar: —Vengo de hablar con el señor Sturrock. gracias. Pero no es menos cierto que no se ha encontrado ese objeto que. Porque al fin mi tío se quedó sin sus hijas y sin dinero para vivir y. Es espantoso. ¿Será porque le parece imposible creer que este hombre de buenas maneras sea el desaprensivo embaucador descrito por los Knox? No por primera vez. siempre es mejor que la muerte. Pero mis tíos nunca lo aceptaron. —Imagino que tendría que ser simpático para sacarle a mi tío todo su dinero. ¿cómo va la investigación? —Eh. pero imagino que a las niñas se las comieron los lobos. dando por descontado que antes o después las personas han de defraudarlo. —Señor Moody. Ahora no comprende por qué no se le ha ocurrido preguntarle por las niñas Seton. —Quizá los lobos las salvaran de un destino peor que la muerte — 68 . ya lo sé.. podría decirse que se dejó morir. ¿En manos de quién puede estar ahora? Donald sale de la tienda una vez Sturrock le ha asegurado que se quedará varios días en Caulfield. —¿Quién aceptaría algo así? —¿Es peor eso que lo que creían ellos? —Yo pienso que la vida. bueno.. comoquiera que sea. —¿Y qué le ha parecido? —Un hombre agradable. piensa él. muy distinto de lo que esperaba. como Mackinley. A la larga... como esperando a que él diga algo. evidentemente. va despacio. Donald se pregunta si su falta de experiencia lo lleva a formarse juicios favorables con demasiada facilidad. Educado. pero él no se habría atrevido a dirigirle la palabra de no haber hablado ella primero. que lleva un cesto. Ella se para. Donald ve a Maria. sensible. ¿No debería ser más desconfiado. Mi tía ya había muerto. que por principio sospecha de todo el mundo. porque ella prosigue—: Ya sé que mi tío estaba desesperado y que habría dado cualquier cosa. Él levanta el sombrero y ella sonríe ligeramente. que no era poco. como si ya lo esperara. tiene valor.. Desde esta mañana parece mucho menos hostil. según creo..

Sus padres los lloraron. Ahora viven en continentes distintos. Se promete escribirle en cuanto salga de Caulfield. salido de sus labios. a modo de defensa. Y no es que piense dejar que lo maten. Pero siguen vivos y ahora hasta parecen bastante felices. las han clasificado en cajas y montones. no encuentra indicio alguno que pueda relacionar con su muerte. Sólo por si acaso. a diferencia de los de Susannah. —Que permite a la gente sin escrúpulos aprovecharse de tu esperanza y chuparte la sangre hasta la última gota. —Y. son azules: —El que una persona te guste no quiere decir que puedas confiar en ella. lo cual es absurdo. desde luego. se aleja de él. Sus ojos. Maria se encoge de hombros. dos niños del pueblo se ahogaron en la bahía. por ejemplo. pero. 69 . Este lugar común.» No obstante. —En realidad usted no piensa eso —la contradice él. Le parece oír vagamente la voz de su padre decir en aquel didáctico tono suyo: «El deseo de escandalizar es un rasgo infantil que se pierde al madurar. Donald no sale de su asombro por cómo habla esta muchacha. Donald trata de no pensar en el poco tiempo que necesitarían sus colegas para hacer inventario de sus propios bienes si él abandonara repentinamente su envoltorio mortal. con una inclinación de la cabeza que es como una insinuación de burlona reverencia. ya que aún están los dos en la misma casa y. Las cosas del francés están reunidas en un lugar seco del establo. —Hace años. aún va a seguir aquí un día o dos. sorprendido de su osadía. desde luego. El conjunto es modesto. parece una sandez. Maria podría ser cualquier cosa menos inmadura. o un recuerdo. Fue un trágico accidente. No encontrarían absolutamente nada que revelara. como Donald ha decidido esperar a que regresen Mackinley y Knox para emprender lo que sin duda será una expedición infructuosa. Entonces Donald recuerda que ya no tiene por qué estar de acuerdo en todo con su padre. Le pedirá un retrato. Donald pasa el resto de la tarde examinando los efectos de Jammet. —Quizá lo peor sea la incertidumbre. y él y Jacob. Maria mira el camino por encima del hombro de Donald y luego lo mira a él sonriendo. tanto como cualquiera de nosotros. al igual que quienes lo han precedido en la tarea.Stef Penney La ternura de los lobos dice ella. los nuevos y enormemente importantes sentimientos que Susannah ha despertado en él. —El señor Sturrock no parece un hombre rico —dice Donald. que ha supervisado el vaciado de la cabaña.

estaba aquejada de lo que se llamaba «dificultades». Mi marido era el único que pensaba que valía la pena tomarse esta molestia. un joven idealista llamado Watson. que el suelo se hundía. intencionada o no. y durante algún tiempo aquella sobriedad parecía una delicia. Una vez te habitúas a una sustancia. Se administraba con liberalidad para apaciguar a los pacientes molestos. Creo que se quitó la vida. Sé que podría comprarlo en la tienda. Pero antes de que esta teoría pudiera comprobarse. lo que fuera. lo dejé. Pero estando sobrio recuerdas cosas que habías olvidado. Mejor dicho. En un principio me lo prescribían para los accesos de pánico pero. Me acometían unos terrores que me paralizaban y hasta me dejaban sin habla. olvidas por qué la necesitabas en un principio. era espantoso.Stef Penney La ternura de los lobos Cuando yo era niña y aún vivían mis padres. por lo menos. y durante estos últimos días he pensado casi tanto en el láudano como en Francis. aunque aquel establecimiento lucía un nombre más suave. con el tiempo. llegó a hacérseme indispensable. Luego murió también mi padre. en años posteriores. Cuando.. no tuve más remedio que dejarlo. Mis terrores se agravaron a tal punto que mi padre no pudo resistir más y me internó en un manicomio —ésta es la palabra. tenía la decencia de llamarse manicomio. y recurría a la astucia para conseguirlo. mi madre murió en circunstancias poco claras. Después. probablemente desaparecería cuando llegara a la edad adulta (con lo que supongo se referían a cuando me casara). Tenía la sensación de que iba a perder pie.. por qué necesitabas la droga en un principio. he recordado perfectamente por qué adquirí el hábito. alusivo a la fatiga de la gente adinerada—. Lo tengo presente durante cada minuto del día y la noche. aunque mi padre lo negaba. dejándome a merced del director del centro. porque él tiró mis reservas de láudano. Los médicos me tomaban el pulso. pero no tardé en darme cuenta de que prefería dosificármelo yo misma. me miraban los ojos y decían que aquello. Allí el láudano corría como el agua. Me resultaba fácil convencer al personal masculino de que me complacieran y tenía dominado hasta al director. Ella tomaba láudano y murió de sobredosis. por ejemplo. cuando mi marido decidió que mi hábito era un obstáculo para la verdadera intimidad. y acabé en una institución pública que. he tenido momentos malos. Fue como serenarme después de una larga borrachera. ocupando el lugar de familia y amigos. 70 . un individuo sin escrúpulos.

pómulos altos. podría haberse inspirado en este hombre. Pero lo que me hace pensar en la historia del hombre artificial es su cara: frente baja y cuadrada. una cara que parece tallada en madera con un hacha mellada. voy en busca de Angus. me pica en la muñeca. Es muy alto para ser indio y ancho de hombros. se me hace difícil creer que una persona con esa cara pueda no tener un genio fiero y brutal. de los que Knox se negó a hacerse cargo. Decido no interpelar al hombre. Al fin. un perro de trineo. Yo pensé que algo habría visto en el desconocido. por delante de mí. Con el sigilo que da la práctica. me pregunto qué es lo mejor. nariz aguileña y labios con las comisuras hacia abajo. lanudo y feroz. ya que en esa cabaña se había cometido un crimen y él no tenía ningún derecho a estar allí. el desconocido había sido arrestado y encerrado. Nunca había visto una cara tan horrible. 71 . porque me parece peligroso. Es un perro desconocido. Si la señorita Mary Shelley hubiera necesitado un modelo para su monstruo. grande. para preocuparse por ellos. Viste capote azul y pantalón de cuero. El hombre titubeó pero no opuso resistencia. uno de ellos el que estaba en el camino. un hombre sale de la cabaña y silba. coge su rifle y se aleja por el camino. Angus lo llamó y. Me detengo: en la cabaña hay alguien. y entonces retrocedo poco a poco. Tomó su rifle y caminó delante de Angus los cinco kilómetros de distancia hasta la bahía. le dijo que tendría que acompañarlo a Caulfield. Finalmente. Después me enteré de que había ido a la cabaña y entrado directamente. Angus se compadeció de los dos perros. El desconocido fue sorprendido mientras registraba la habitación de arriba. Sin atreverme apenas a respirar. Mal que me pese. Tiene profundos pliegues a cada lado de la boca y el pelo negro y revuelto. Se acercan corriendo dos perros. me escondo detrás de un arbusto en el montículo que se levanta detrás de la cabaña. estoy segura de que muy cortésmente. Y hasta ahora en nada lo he ayudado. Un insecto.Stef Penney La ternura de los lobos Sólo me detiene pensar que soy la única persona del mundo a la que Francis puede acudir en busca de ayuda. En mi escondite contengo el aliento y. Él me escucha en silencio. Voy camino de la cabaña de Jammet cuando oigo ruido y. cruza un perro que lanza un aullido. Hace cinco días que Francis se fue. molesto por mi presencia. espero hasta que él vuelve a la cabaña. Cuando Angus emprendió el regreso. perfil de ave de rapiña que sugiere una crueldad feroz. Durante un momento. si volver a la granja y decírselo a Angus o ir a Caulfield e informar directamente a Knox. siento un escalofrío. y espero. cuando el hombre vuelve la cara hacia mí. asegurándome que no serían una molestia. y los trajo a casa.

—Es Mackinley quien rompe el silencio—.Stef Penney La ternura de los lobos Andrew Knox está sentado frente a Mackinley. aparte de su nombre. pero ¿quién entra a husmear en una casa vacía? —Eso no es un crimen. De lo que tenemos. Pero. —No tenemos nada. No le ha gustado tener que pedir otro favor a Scott. que es un trampero y que solía tratar con Jammet. Ha pedido a Adam que lleve una bandeja con comida al almacén donde lo han encerrado. ni aun bajo llave. No estoy seguro ni de que haya motivos para retenerlo. y hasta Mackinley ha perdido su tinte bilioso. Knox reconoce que el razonamiento es sólido. —No es un crimen. y encienda fuego. Knox ha insistido en que el hombre no es un detenido y hay que tratarlo bien. que iba de paso. fumando en pipa. también él ha visto en la cara del desconocido algo que inspira oscuros temores. Knox desea hacérselo observar. —Puede que ese hombre sea sencillamente lo que dice ser: un trampero que trataba con él y que no sabía que había muerto. en la misma casa que sus hijas y su esposa. Le recuerda las caras 72 . Estaba buscando algún indicio de lo que podía haberlo ocurrido a su dueño cuando Angus lo detuvo. —Ya. el encargado oficial del caso es Mackinley. —No encontramos nada que pareciera ajeno al lugar. hemos de deducir lo más probable. su afán de resolver el caso lo impulsa a pretender amoldar los hechos a su idea en lugar de deducir la idea de los hechos. Knox muerde la pipa. puede haber esperado a que las cosas se calmaran y vuelto a la cabaña para seguir buscando. Ha dicho que no sabía que Jammet había muerto. Al fin y al cabo. pero sin herir su amor propio. fue a visitarlo y se encontró la cabaña vacía. es una sensación agradable sentir cómo los dientes encajan perfectamente en la muesca que han ido marcando en la boquilla a lo largo de los años. Mackinley parece tener mucha prisa en condenar al trampero. A pesar de sus palabras. William Parker. sin averiguar nada en concreto. ni siquiera es insólito. —O pensaba que había olvidado algo y ha vuelto a buscarlo. —Quizá se nos pasó por alto. El resplandor de las llamas les tiñe la cara de un cálido tono naranja. pero no quería que aquel hombre estuviera. Knox no comparte la evidente satisfacción del otro. pero es sospechoso. Han interrogado al intruso durante más de una hora. —Usted dice que un asesino no volvería al lugar del crimen. si quería los rifles y todo lo demás y no los encontró la primera vez.

—¿Desde cuándo? —Hace muchos años. —¿Es usted de la North America Company? Ahora Parker ríe agriamente. No vuelve la cabeza. para llevar al asesino ante el juez. ligeramente divertido. Se sientan en las sillas traídas anteriormente con este fin. blasfemas. Samuel Parker. Su tono es insultante. Su padre había venido de Inglaterra. Knox pone la mano en el antebrazo de Mackinley en señal de advertencia: procura hablar en tono razonable y amistoso. —¿Cómo se hizo con el apellido Parker? —pregunta Mackinley. Parker no dice nada ni se vuelve a mirarlos. —Él era amigo mío. —¿Y vendía las pieles a Jammet? —Sí. Antes de que pueda decir más. Sólo su aliento. como si acusara al hombre de mentir acerca de su identidad. extrañas. Mackinley vuelve a hablar. nos gustaría volver a hablar. Abren la puerta del almacén por segunda vez.Stef Penney La ternura de los lobos de los grabados de las guerras contra los indios: caras pintadas. Yo cazo y vendo pieles. Ahora soy trampero. —¿Sabe que Laurent Jammet era de la North America Company? El hombre lo mira. —Debe usted comprender por qué tenemos que hacer estas preguntas: el señor Jammet fue asesinado brutalmente. denota que está vivo. que se condensa en pálidas bocanadas delante de su cara. inmóvil. —Señor Parker —dice Knox—. —¿Dónde estaba la noche del catorce de noviembre. levantan los faroles y ven al prisionero sentado cerca del fuego. Knox suspira. —¿Por qué dejó la Compañía? —Para no depender de nadie. —No. —¿Había trabajado para ellos? —Hice el aprendizaje. ¿Eso se lo ha dicho el otro francés? —Yo no trataba con una Compañía. —Pero usted no. hace seis 73 . Necesitamos descubrir todo lo posible sobre él. —Ahora es otoño. Mackinley tiene el torso inclinado hacia delante. —Yo no soy de ninguna Compañía. la mención de la Compañía lo ha atraído con fuerza magnética. eso es todo. —Mi padre era inglés. —Pero ahora no tiene pieles. —¿Su padre era de la Compañía? —Trabajó para la Compañía toda su vida. Knox se vuelve un momento hacia Mackinley. contraídas por el furor. yo trataba con él.

Da la impresión de que desea matar a Mackinley allí mismo. ¿Ha visto cómo me miraba? Como si quisiera arrancarme la cabellera allí mismo. Parker suelta la bolsa y los dos hombres salen del almacén llevándose los faroles y dejando al prisionero a oscuras y con frío. eso es todo por el momento. sino de qué dirección venía. suena como la de un anciano puntilloso. yesca. —Eso es normal en todas las épocas del año. Knox se vuelve a mirar en el momento de cerrar la puerta y ve —o cree ver— al mestizo convertido en una sombra negra en un espacio oscuro. Knox se aclara la garganta.. —Gracias. Parker mira a Mackinley. que no pestañea. —¿Lo vio alguien? —Yo viajo solo. Yo respondo. —Cazaba para comer.. —Ha dicho que no es la estación de las pieles. señor Parker. Agarra la jarra de agua de la bandeja y la vacía en el fuego apagándolo. Sin eso. se quita la bolsa de piel que lleva colgada del cuello y la entrega a Mackinley. —He dicho Sydney House no para indicar dónde estaba. tabaco y varias tiras de carne seca imposible de identificar. Los ojos de Parker son opacos a la luz de la lámpara. —¿Y qué hacía? —Cazar. Dentro están los medios de supervivencia del hombre: pedernales. Su propia voz le hace sentirse violento. —¿Quiere que prenda fuego a la casa? Conozco a esa gente. —Deme la bolsa de la yesca. Se levantan para marcharse y entonces Mackinley se vuelve hacia el hombre sentado junto al fuego. —Le será devuelta. Iba de Sydney House hacia el sur. No tienen escrúpulos. —No estuve en la misma Sydney House. el hombre titubea. Éste la toma pero Parker no la suelta. Estaba en el bosque. —¿Eso es normal en esta época del año? Parker se encoge de hombros. Lentamente. —¿Cómo sé que me la devolverán? Knox se acerca. —Ha dicho que venía de Sydney House. sólo venía de esa dirección.Stef Penney La ternura de los lobos días? —Ya se lo he dicho. —¿Cuándo salió de Sydney House? Por primera vez. Mackinley mira a Knox alzando las cejas. en los bosques probablemente moriría. para que no 74 . —¿Por qué ha hecho eso? —pregunta Knox mientras regresan cruzando el pueblo silencioso. —¿Qué le ha parecido? Ha cambiado su historia. Levanta la bolsa a la luz del farol: un zurrón de cuero adornado con bellos bordados. deseoso de disipar la tensión. Mackinley está jubiloso. Bien.

inconsciente. en todas partes se respira violencia y resentimiento. y le duele pensar que un canadiense de ascendencia británica pueda enfrentarse a la Compañía. Knox dice: —Así pues. un individuo de aspecto recio y brutal. —Es circunstancial. A pesar de que el tal Parker ha sido recluido. Eligiendo cuidadosamente las palabras. y hasta el pobre Jammet y todo el jaleo de su muerte. aquella fisura en su hermetismo. En su corta historia. ¿En qué medida estaba Jammet implicado en la North America Company? —Ese hombre no lo sabía. —Si insinúa que el crimen pudo cometerlo un hombre de la Compañía. Knox no sabe qué responder. —¿Y es verdad que André estaba en Sault cuando murió Jammet? —Echado en el rincón de una taberna. También él ha detectado el titubeo de Parker. Pero. no podemos pasarlo por alto. No podía estar en Dove River matando a Jammet al mismo tiempo. aunque no tanto como para eludir esa discusión. una potencia extranjera se lleva la riqueza del país a cambio de unas migajas. A Knox no le sorprende tanto. pero puede llegar a serlo. Caulfield ha sido una comunidad pacífica. sin ambiciones ni pretensiones.Stef Penney La ternura de los lobos podamos comprobar si estaba donde había dicho estar. Sólo había oído a Jammet hablar de ella hace tiempo. Su esposa aún está despierta cuando él sube a acostarse. Es posible que un asesino esté en el pueblo. separado de 75 . —No insinúo nada. También él lo está. —¿Qué es todo eso de la North America Company? Nunca había oído hablar de ella. si es un hecho. Lo irritan la oficiosidad y la suficiencia de Mackinley. Knox se impacienta. podría considerarse a Jammet enemigo de la Hudson Bay Company. está muy cansado. —Eso no es una prueba —dice al fin. me parece una idea descabellada. según el dueño. Él es hombre de lealtades simples. Mackinley aprieta los dientes. Pero. Hace una semana pudo estar en Dove River sin que nadie se enterara. Tienen el apoyo de Estados Unidos y hasta de algunos británicos de aquí. André me dijo que Jammet estaba metido en ella. y no encuentra las palabras. La Compañía siempre ha estado dirigida desde Londres por hombres acaudalados que envían a sus representantes (a los que llaman servants) a la colonia para recoger los beneficios. la presencia del prisionero. A ojos de los autóctonos. ¿Prefiere creer que lo hizo el chico? Knox suspira. su presencia preocupa a la población. —No es una compañía oficial. desde hace unos días. Hace tiempo que los tratantes franceses de Canadá hablan de crear una Compañía para hacernos la competencia.

—Sturrock está aquí. 76 . Santo Dios —repite a media voz. —¿Crees que lo mató él? —¿Quién? —En este momento no recuerda de qué habla su mujer. —Knox piensa que es asombroso lo que su mujer llega a descubrir por la vía del rumor—. y ha tratado de olvidar aquella entrevista. Sigue tan lustroso y castaño como cuando se casaron. en busca de Dios sabe qué. ¿Crees que fue él? —Duerme —dice Knox. Pero las personas no pueden evitar tener la cara que tienen. y le da un beso. Mientras se acuesta. ¿Quién iba a imaginar que Jammet tuviera tantas y tan insospechadas amistades? Esa cabaña vacía parece irradiar un extraño magnetismo que atrae a Caulfield a personajes inesperados e indeseables. —Me encuentro bien. —¿Sturrock? ¿En Caulfield? —Sí. las dudas se agolpan en su cabeza. naturalmente. Mira a su mujer y piensa que tiene cara de cansancio. Knox comprende que la noticia no es buena. —Eso iba a preguntarte yo a ti.Stef Penney La ternura de los lobos sus habitantes por una delgada pared de madera. ni se las debe juzgar por su aspecto. —¡Quién! El prisionero. Ella está orgullosa de su melena y todas las noches se la cepilla cinco minutos. ¿Es esto lo que hace él? —Hay personas que no te ponen fácil que sientas aprecio por ellas —comenta mientras se desnuda. Hace diez años que no ve a Thomas Sturrock. —¿Qué novedad? Ella suspira. Prefiero Caulfield cuando es tranquilo y aburrido. hasta que los cabellos crepitan y se adhieren al cepillo. —¿Ya sabes la otra novedad? Por la entonación. pero estoy deseando que termine todo esto. conocía a Jammet. —¿Te refieres al prisionero o al señor Mackinley? Knox reprime una sonrisa. Ahora no consigue encontrar ni una sola razón inocente que explique la presencia de Sturrock. —¿Te encuentras bien? Le gusta cómo se le ondula el pelo cuando ella se lo suelta. Al parecer. —Santo Dios. El señor Moody ha hablado con él. Ella le hace sitio cuando él se mete entre las sábanas. Ese hombre tiene algo que induce a creer en su culpabilidad. desde poco antes de la muerte de Charles.

—No quiero nada a cambio. esperando que Donald la encontrara allí casualmente. —Es el mayor honor que puedo imaginar. El surtido de artículos no era muy extenso. —Esto va a estar muy aburrido sin ustedes. pero no lo leyó. y al fin se decidió por un pañuelo bordado. de modo que no los veremos. Donald invirtió un tiempo precioso en registrar la tienda de Scott en busca de un regalo para Susannah. pero no se atrevió. a ella ni se le ocurriría tal posibilidad. tímidamente. Habría podido leer todo un libro antes de que. abrió la puerta. —Confío en que no lo considere un atrevimiento. Donald. Y estuvo a punto de decir lo mucho que envidiaba al pañuelo. que tenía gustos raros. por fin. —¡Oh. No obstante. pero luego pensó que ella podía considerarlo un recordatorio un poco impertinente de su promesa de escribirle. Antes del amanecer. Se le ocurrió comprarle una pluma estilográfica. sin 77 . un leve rubor había encendido las mejillas de la joven.. envuelto en el papel marrón de la tienda y atado con una cinta.Stef Penney La ternura de los lobos La víspera de su marcha. Probablemente. —Nos vamos mañana. yo no tengo nada que darle a cambio. se lo ruego. la mayoría de las novelas de la biblioteca eran muy pesadas. Mantenía una mano a la espalda. Ella cerró rápidamente el tratado de pesca y lanzó a Donald su irresistible mirada de soslayo. él vaciló. Aquella tarde. Él nunca sabría que Susannah tenía otro pañuelo idéntico. qué bonito! Es muy amable. él se diera cuenta de la situación. o por Maria. Susannah se quedó en la biblioteca de su casa varias horas. —Llámeme Donald. Muchas gracias. —Qué vergüenza. pero me gustaría hacerle un pequeño obsequio antes de irme. aun a riesgo de que pudiera interpretarse como una implícita insinuación de que esperaba que llorase su ausencia. lo abrió y desdobló el pañuelo. señor Moody. Le tendió el paquetito. comprado en la misma tienda hacía menos de un año por un joven del pueblo cautivado por sus encantos. lo conservaré siempre. —Nuevamente. Donald sonrió mientras el corazón le alborotaba la caja torácica. Susannah sonrió. Donald la oyó toser y. y quizá fue una suerte. —Oh.. Parecía un regalo apropiado. adquiridas por su padre cuando era joven. Al fin. con un libro en las manos.

Jacob se arrodilla para ver mejor. Lo alcanzaremos. y Jacob sólo se para un momento a mirar las huellas. Nosotros vamos más aprisa. le tomó una mano. Ahora deja atrás su pasado. Jacob encuentra el rastro más allá de la granja Price. El rastro continúa. sorteando los árboles. si tiene tiempo. Y también usted podría escribirme. Siguen el rastro a lo largo de varios kilómetros. para ver si pueden ser del muchacho. Paran antes de que oscurezca. De todos modos. Entonces sonó el gong de Sumatra del recibidor —la señal de la cena— y ella la retiró. Donald sigue a Jacob. peligroso. sí. y está entusiasmado por la novedad. le escribiré. El sendero está despejado. siempre subiendo. Había vuelto a faltarle valor—. pero no parece conducir más que a la inmensidad del bosque. ahora por fin va a convertirse en un hombre de acción. está cansado y tiene hambre. en dirección a la bahía. Sólo dos caminos parten de Dove River: uno hacia el sur. Espero que el viaje no sea. pero por aquí ha pasado más de uno. y el otro hacia el norte. armándose de valor. diferente tamaño. Angus Ross dijo que había visto señales de que Francis había pasado por el lago Swallow. el rastro gira hacia el oeste y se pierde sobre un suelo pedregoso. En el punto en que un afluente desemboca en el Dove. ¿verdad? —En esta dirección ha ido más de una persona: dos huellas. Donald no sabía qué decir. De no ser por eso. ésta es la primera experiencia que tiene Donald del estilo de vida de los nativos.Stef Penney La ternura de los lobos atreverse a pedirle un beso. supongo que va a estar muy ocupado para eso. Sólo que me escriba de vez en cuando. —Podría ser el tratante francés. pero comprendía que el balón estaba en su campo y al fin. —¡Todos los días! —dijo él imprudentemente. confiando en que él sepa adónde va. Aunque hace más de un año que está en Canadá. su caparazón de muchacho estudioso y remilgado. siguiendo el río a través del bosque. dejan atrás el lago. —Oh. y Jacob enseña a Donald a cortar ramas para construir un refugio. Los restantes minutos que ambos permanecieron en la biblioteca transcurrieron envueltos en un dulce aturdimiento. una porción de tierra en la que unas pisadas han incrustado hojas y musgo en el barro. —Oh. cerca del arroyo. quién sabe qué habría podido ocurrir. un hombre de la frontera. si es posible.. —Ha viajado a pie seis o siete días. a lo largo del río. avanzan a buen ritmo y. un auténtico aventurero de la Compañía. —¿Y adónde va? ¿Adónde lleva esto? Jacob no lo sabe.. —Ya hace días. Él siente vértigo al pensarlo. siente alivio al ver. Vino por aquí. Se 78 . —¿Al mismo tiempo? Jacob se encoge de hombros. a primera hora de la tarde.

No ha pensado en cómo le hará llegar las cartas. donde Donald se deja caer en el lecho de ramas de abeto. pero enseguida sucumbe al calor del fuego y empieza a dar cabezadas.Stef Penney La ternura de los lobos recrea ante la perspectiva de relatar esta experiencia a los hombres de Fort Edgar. también para ver a Jacob mirar el halo de cristales de hielo que la rodea. pensando que le parecerán tediosas. El agotamiento lo ha derribado con el efecto de un mazazo. Donald se sienta junto al fuego y saca papel y pluma para escribir a Susannah. las rocas purpúreas que emergen de un musgo resplandeciente. 79 . el bosque con sus verdes oscuros y sus amarillos llameantes. y está muy cansado para ver cómo la luna proyecta etéreas sombras entre los árboles y. ¿Le describe el viaje de hoy. Escribe «Querida Susannah» y se para. el campamento? Desecha estas ideas. Jacob prepara unas gachas de maíz con carne. y escribe: «Hoy ha sido un día muy interesante». Después de construir el refugio y encender fuego. desde luego. pero quizá encuentren por el camino algún lugar habitado desde el que pueda enviarlas. y fruncir el entrecejo. Jacob lo despierta con una sacudida y lo empuja hacia el refugio de troncos de abedul.

«transido». cuando mi madre era soñadora y dulce y. «Acto de autodestrucción» sonaba tajante y violento. Yo me quedé cohibida y luego lo abracé en un intento de consolarlo. Pensaba que eso me ayudaría a comprender por qué ella había hecho aquello. temía estar haciendo lo mismo conmigo. como se consideraba el causante de la depresión de mi madre. y no sé 80 .Stef Penney La ternura de los lobos Con los años he reunido una buena. Pienso que tenía razón. Creo que se culpaba a sí mismo y estoy segura de que me envió al manicomio porque. Pobre compensación. «enervante». y rompió en sollozos. Uno de esos libros prestados es un diccionario que he guardado como oro en paño durante veinte años. lo solté y salí de la habitación. Después comprendí que mi padre se había enfadado porque yo había adivinado la verdad. por si podía explicármelo. pero ahora ni mis más preciadas posesiones me parecen ya tan importantes. y las buscaba obstinadamente: «límpido». A diferencia de su madre. porque él no era persona que invitara al optimismo. de los que últimamente he prestado varios a Ida. Lo tuve conmigo durante toda mi etapa en el manicomio. Una semana atrás no lo habría hecho. distraída. pero Ida me lo pidió con especial interés. Me he pasado la vida procurando no ser como mis padres. aunque un tanto ecléctica. a falta de otro material de estudio. Me lo dio mi madre poco antes de morir. Yo he desempeñado un papel en su vida. Me irritaba encontrar en los libros palabras que no entendía. como para compensarme por su ausencia. colección de libros. suponiendo que él la conocería mejor que yo. Después de su muerte busqué «suicidio». puede pensarse. algo que mi madre nunca fue. no sé si habré conseguido mi propósito: mi único hijo se ha escapado en estas terribles circunstancias. ella es agradecida y parece conmoverla que yo le confíe algo tan valioso. Ahora que casi tengo la misma edad que mi madre cuando murió. Tengo la impresión de que ninguno de los dos la conocía. a veces. Me pareció que él ni se enteraba. Pregunté a mi padre. La definición era clara y escueta. Pero se puso furioso y me gritó que ella nunca habría hecho tal cosa. y me parece que no debo atribuir su huida a su sangre irlandesa. ya que en casa de los Pretty nunca se ha visto cosa semejante. pero no del todo inútil. Al cabo de uno o dos minutos de mantenernos en un simulacro de compenetración paterno-filial que no arregló nada —uno o dos minutos que parecieron una hora—. que incluso pensarlo era pecado.

con instrucciones de permanecer sentado en la puerta del almacén. con mucho meneo de cabeza y mucho suspiro de resignación. Le aseguro que no tengo miedo de ese hombre. Ida hace una buena imitación de la forma en que Scott resoplaba de indignación cuando le pidieron que cediera una parte de su preciosa propiedad para semejante fin. Estoy nerviosa pero decidida a disimularlo. Con este frío es imposible hablar. que es improcedente y. —¿Queréis matarlo de frío? Adam farfulla que ese hombre podría achicharrarnos a todos. tengo que ir a preguntárselo. Me distrae hablar con Ida. Lo que significa que es posible que viera a Francis. aunque sea un malvado. Me dice que no conseguiré sacarle nada. poco a poco. que es peligroso. Ida comenta que Thomas Sturrock se hospeda en casa de Scott. Acerco una silla al jergón y me siento. lo cual me desconcierta. —Le lanzo mi mirada más imperiosa y él se va. Adam abre la puerta. —Trae lo que te pido y no seas ridículo. y cede. sin mirarme. Se han retirado mercancías suficientes para dejar espacio alrededor del prisionero. Como cabía esperar. pero esto me lo callo). que puede ser perjudicial. tiene mucho que perder (a no ser que lo condenen. Me muestro razonable. pero yo le digo que nos traiga piedras calientes para los pies y café. se sienta y se ciñe una manta delgada. Knox insiste en que me acompañe su criado. vigilando. Al marcharse. No me pasará nada.Stef Penney La ternura de los lobos si habrá sido nefasto. Toda la ciudad habla de eso. he sido la última en enterarme. Quizá está profundamente dormido. El prisionero está como una estatua. Él me mira con asombro. Además tenemos el aliciente de hablar del hombre que está encerrado en el almacén de Caulfield. que hoy está más animada. Si he de conseguir su ayuda tengo que darle a entender que me fío de 81 . Lo que significa que. Hay dos ventanucos cerca del techo que ofrecen pocas posibilidades como vía de escape. Asiento vagamente y le digo que algo he oído. en cuyo caso lo mismo dará que lo cuelguen por un asesinato que por dos. lo que significa que venía del norte. Adam lo llama y él. Me pregunto por qué Sturrock no me lo dijo cuando hablamos del caso. —Me han dicho que no la deje sola. Me pregunta si yo sabía que él es el famoso rescatador que no pudo encontrar a las niñas Seton. El hombre está echado en una bala de paja y no se mueve. por fin. cerrando la puerta con llave. que ellos ya lo han interrogado. Sé que si persevero acabará cediendo. Me vuelvo hacia Adam. Una vez más. por muy amenazador que parezca: si me ataca. Knox pone el grito en el cielo cuando le pido que me deje hablar con el prisionero. Y me dice algo interesante: sus hermanos han encontrado señales de que el hombre pasó por su granja camino de la cabaña de Jammet. No hay fuego y el frío parece más penetrante que en la calle.

no puede haberlo hecho él. Si finge. Debí decir ocho. Tengo entendido que usted venía del norte. Parker parece estar haciendo memoria.. Soy su madre. Inclina el cuerpo hacia delante y yo trato de no apartarme. Casi puedo percibir la 82 . Muevo la cabeza de arriba abajo.. Le ruego me disculpe por aprovecharme de su. —No sé qué decir—.. me parece que no podría decir más aunque quisiera. su risa es grave y áspera.. señor Parker. —Eso depende de circunstancias que desconozco.. Es delgado. Tiene diecisiete años y el cabello oscuro. He pensado que quizá usted podía haber visto alguna señal. —¿Y a Jammet lo encontraron hace seis? —Mi hijo no tuvo nada que ver con eso. Ahora parece sorprendido. No me mira. —También yo era amigo suyo. Entonces se me ocurre que si quiere saberlo. Entonces Parker hace algo inesperado: se ríe. Estoy preocupada.. —Señor Parker —insisto. tales como si es usted culpable o no. Bien. Claro que lo sé. —Porque era amigo suyo. es convincente. ni se da por enterado de mi presencia. Tal vez sea un poco sordo. él replica con calma: —¿Por qué le interesa? —Porque tengo un hijo. que se marchó hace siete días. Él no conoce a nadie allí. pero su cara me horroriza. —Bien.Stef Penney él. porque se me ha hecho un nudo en la garganta. Lo mismo que su voz. Yo lo encontré y vi lo que le habían hecho. —Estoy desconcertada por el giro de la conversación—. por el lago Swallow. La ternura de los lobos —Señor Parker. Pero pienso que un hombre inocente haría cuanto estuviera en su mano para ayudar a una mujer en mi situación. situación. Francis. Eso hablaría en su favor. alzando la voz—. —Yo no lo soy. ¿Sonríe realmente o son figuraciones mías? Sus labios se curvan hacia abajo un poco más. Creo que iba hacia el norte. Soy la señora Ross y he venido a pedirle ayuda. Debe de ser porque no lo conocen. De todos modos. —¿Hace siete días? Me abofetearía. ya está. —He meditado bien lo que voy a decir—. —¿Usted lo vio? No me han dicho lo que le hicieron. No hay más que decir.. Y da la impresión de que quiere saber lo que vi. señor Parker. ¿Y usted? —Yo. pero no desagradable. O nueve. su cara se ha animado y ahora clava sus ojos negros en los míos. —¿Usted piensa que si la ayudo el señor Mackinley me soltará? No sé si tomarlo como un sarcasmo.. Tras una larga pausa. y sin embargo el señor Knox y el señor Mackinley parecen pensar que lo maté. —¿Cómo lo sabe? Siento una punzada de furor.

Luego vuelve a su jergón.? Cuando vuelve Adam. Tengo que tratar de recordar. No puedo hacer un trato con usted. Pregúnteme mañana. Quizá esté acostumbrado a que la gente lo tema.. por el momento —le digo—. 83 . —Soy un mestizo y se me acusa de matar a un blanco. es todo. Me mira con asombro. Se tumba dándome la espalda y se tapa con la manta. —Señor Parker. son sólo unas zancadas. —Entonces. Y eso. Me pregunto dónde estará Adam con el café. Él suspira.Stef Penney La ternura de los lobos cólera que irradia. —El señor Parker y yo ya hemos terminado. al parecer. —No estoy segura de poder convencer a Knox para que me deje volver—. se levanta y se acerca a la pared. ¿por qué he de ayudarla? —¿Y por qué no? Bruscamente. estoy esperando junto a la puerta. Adam tuerce el gesto pero accede y deposita la cafetera y la taza a prudente distancia del jergón. —Dígame lo que vio y quizá yo pueda ayudarla. —Estoy cansado. ¿Señor Parker. Pero podrías dejarle el café. piénselo. La cafetera humea como un pequeño volcán en el aire húmedo y frío. Parece que se ha ido hace un siglo. pero no puedo evitar encogerme.. —Imposible. se lo ruego. ¿Cree usted que les importa que fuera amigo mío? ¿Imagina que creen en mis palabras? Parker está en un lugar oscuro y no puedo ver su expresión.

Tiene la desagradable sospecha de que si dice que no puede recibirla. —No puedo permitirlo. Esta mujer no lo deja en paz.. Él asiente con la cabeza y suspira para sí. y está deseando desligarse de todo esto. antes de que se cierre la puerta. 84 . según sus propias palabras. no tenían la culpa de sus males. o de lo contrario trataría el asunto con el Gobierno.. hasta que se da cuenta y la cierra. Pero no confía en que el señor Mackinley sea imparcial con un. Parece tan convencida que Knox la mira con la boca abierta. Esta mañana se presentó en su estudio John Scott reclamando la devolución del almacén o el pago de una indemnización por la cesión de su local para uso público. —empieza ella. Y luego está el asunto de Sturrock. confío en que su entrevista haya sido útil. —No ha querido hablar.. expresión muy desagradable en una mujer. no obstante.. Knox se encuentra involucrado en las ambiciones de unos y otros. —¿Cómo puede estar tan segura? ¿Intuición femenina? Ella sonríe con sarcasmo. Como si no fuera suficiente con tener a todo el pueblo alborotado por la presencia de un sospechoso de asesinato. en el que no puede dejar de pensar. Lo ignoraba. —Él no lo mató. por muchas tropelías que hubieran cometido.Stef Penney La ternura de los lobos Hay momentos en los que Andrew Knox preferiría no ser el relevante personaje de la comunidad en que se ha convertido.. compréndalo. otra vez. ella se quedará esperando en el recibidor o —todavía peor— en la calle. Personas que mentían y estafaban y. —Señor Knox. para exhibirla como trofeo. He de volver mañana. Y estoy segura de que sabe algo de Francis.. Otros vecinos lo paran en la calle para preguntarle por qué no se lleva el asesino a una cárcel. pensaban que el mundo conspiraba contra ellas y que. Pero sabe algo. un mestizo. Se retiró del ejercicio del derecho precisamente para librarse de todos aquellos que le rogaban que pusiera orden en sus desordenadas vidas. Por otra parte. —Señora Ross. Knox le deseó suerte. Mackinley no muestra prisa por marcharse: Knox sospecha que quiere conseguir personalmente una confesión. —Me ha preguntado cómo había muerto Jammet. Mary llama a la puerta y dice que la señora Ross quiere hablar con él. Nadie parece admitir la posibilidad de que sea inocente.

prefiere no pensar en las consecuencias. o quizá sea el sentimiento de inferioridad que suscitan en él las mujeres altas y bellas. pero la idea de que pueda asumirla la mujer de un granjero es disparatada. —Señor Knox. desde luego—. Si el muchacho se perdiera. —¿Y no sabrá usted también qué hacía ese hombre en la cabaña de Jammet? —Se lo preguntaré. —¿Conseguido qué. y que la señora Ross no lo menciona por diplomacia. quizá nadie llegue a saberlo. No puedo permitir que vaya a hablar con él todo el que quiera. no puedo complacerla. Le dice que vuelva por la mañana temprano. comprendería lo que es perder a una criatura.. Y Mackinley no tiene por qué enterarse. Puede haberse perdido.. Knox tiene que hacer un esfuerzo para no dar un paso atrás. O estar herido. 85 . recomendándole silencio. de una dureza mineral— advierte la firmeza de su voluntad. en una actitud que (si fuera un hombre) casi podría considerarse amenazadora—. En cuanto sea posible.. es sólo que le parecería más natural (y le sería más fácil compadecerla) si ella llorase o se mostrara vulnerable. Considera natural que una madre actúe de este modo por su hijo. Si obra con discreción. Es sólo un muchacho y si usted no me permite hacer todo lo posible por encontrarlo. Este asunto se le va de las manos.. y suspira de alivio cuando ella se va. Este hombre anda por toda la casa como si fuera el amo. Al mirarla a los ojos —ojos de un gris acerado. —Mackinley sonríe arteramente—. —Ella avanza un paso. —¡Señor Knox! —Mackinley irrumpe en el estudio sin llamar. No soportan el encierro. y los hombres de la Compañía quizá no lo encuentren. Knox frunce el entrecejo. —Yo suponía que usted. Ha olvidado que hace unos minutos estaba deseando verse libre de toda responsabilidad. No tiene objeto demorar las cosas. —¿Y si no confiesa? —Bah. A ésos les quitas su libertad y enseguida se rinden. pero comprende que es un argumento incontestable. Knox lo mira con antipatía. Knox lo mira con fatiga. señor Mackinley? —Hacerlo confesar.Stef Penney La ternura de los lobos Knox imagina que Parker tampoco se fía de él. Un día más y lo habremos conseguido. Lo irrita que esta mujer esgrima contra él la tragedia de los Seton. Como los animales. —Lo siento. Mi hijo está en los bosques.. no creo que haya que preocuparse por eso. Esta mujer tiene algo. Mackinley no se da por enterado.. está cada día más insoportable. más que nadie. trasladaremos al prisionero. podría ser responsable de su muerte. ¿Va a negarme un favor que está en su mano? Knox suspira.

—Sería.. —Si eso le preocupa. Tiende el oído a los sonidos familiares. ya son mujeres. —Encontrará a Adam en la cocina. Sus hijas se pelean. 86 . como cuando eran niñas. Le entrega una de las llaves esforzándose por sonreír. ¿No puede esperar? —No es necesario que se moleste. y no lo es. Por un momento piensa en intervenir.. desde luego. un portazo y pasos apresurados que suben la escalera. Knox se muerde la lengua y abre el cajón en el que guarda las dos llaves del almacén que tiene bajo su custodia. La llave. Knox siente un acceso de cólera. sino en la necesidad de que haya más de un testigo de lo que se diga. no corro peligro. Cuando Mackinley se va. ni mucho menos. Empieza a ver a Mackinley como a un criminal. El tono autoritario de Maria. que lo hace estremecerse. Sí. preferible que estuviéramos presentes los dos. por favor. Además. llevaré a Adam. ahora ya son mujeres. —No pensaba en su seguridad. —No se apure. La voz de Susannah se rompe en sollozos. pero le falta energía. señor Knox. —Se abre la chaqueta para mostrar el revólver que lleva en el cinturón. —Tengo papeles urgentes que despachar. sino un respetado servant de la Compañía.Stef Penney La ternura de los lobos —Antes de cenar lo intentaré otra vez. Considera la posibilidad de cambiar de planes y acompañarlo. Puedo interrogarlo yo solo. Knox oye voces en la sala. señor Mackinley.

Al parecer. como dando por terminado un conciliábulo. se han apartado ligeramente. señora Ross? Invita la casa. —O como yo. Me parece que este señor tiene por costumbre mantener conversaciones confidenciales con las esposas de los demás.. —Es verdad. Es el frío del almacén. señora Ross. aunque hubiera tenido que pagar su escandaloso precio. —¿Quiere una taza de café. me siento en desventaja. la presencia de Sturrock le infunde valor para mostrarse generosa con el café de su marido. Esto me sienta mal. ha encontrado el lugar más cálido y acogedor de Caulfield en este día tan frío. —¿Sabe que está usted aquí? —Sería difícil que no se hubiera enterado. Me da la impresión de que mantenían una conversación confidencial porque. se 87 . Él se vuelve hacia mí e inclina su cabeza plateada. Estoy helada hasta los huesos. aunque con un tono demasiado petulante. —Conozco a Knox desde hace mucho tiempo. Lo habría tomado de todos modos. Pero no creo que él quiera acordarse de mí.Stef Penney La ternura de los lobos Sturrock estaba hablando con la señora Scott. —Podría haber venido directamente a preguntarle por las pertenencias de Jammet. Este hombre me gustaba más cuando era un furtivo lo mismo que yo. A pesar de lo que he dicho a Knox. Tomamos café en silencio. porque yo me consideraba la cómplice de Sturrock. —No me dijo usted que conocía al señor Knox —digo para aclarar las cosas. créame. Y el frío del crimen. Mi seguridad de que no sabía lo que le había pasado a Jammet se disipó en cuanto Adam puso el candado en la puerta. Me vendrá bien. —Gracias. casi esperaba que fingiera no conocerme. Yo asiento con rigidez. Es sólo que. No sé por qué. no sé si Parker es un asesino o no. —No pretendo inmiscuirme. supongo que por temor a que fuera su marido. tan dado a criticarla. que me mira con su habitual aire de nerviosismo. Lo siento. Me siento traicionada.. cuando he entrado. en lugar de merodear como un ladrón. —La otra noche no pretendía engañarla. —Señora Ross. —La señora Scott tiene un arranque de audacia insólito en ella.

—Pero hay quien dice. Lo digo con más crudeza de lo que me proponía. Yo me inclino a creerle. poco podía usted hacer por encontrarlas —insisto. Mi yo cínico se pregunta cuántas familias angustiadas han visto esa expresión y se han sentido consoladas. Que todos acaban por defraudarte. ¿verdad? El héroe de la historia o nada. algo terrible y sin nombre. cristaliza de pronto. en nadie. A veces uno se siente disgustado consigo mismo por su proceder en ciertos casos. —Estoy segura de que usted hizo todo lo que estuvo en su mano. pero comprendo que ello se debe más a su encanto personal que a mi proverbial perspicacia. —Si unos padres se empeñan en esperar. y estoy seguro de que usted lo habrá oído. y Sturrock me mira con ese gesto de conmiseración que ya le he visto antes. que estuve buscando demasiado tiempo y mantuve viva una esperanza que habría tenido que estar muerta y enterrada. de poco sirve lo que diga la gente.Stef Penney La ternura de los lobos lo ruego. 88 . Siempre queremos ser el héroe. —Si ellas habían desaparecido. Él sonríe. sino acción. Algo que ha estado fraguándose en mi interior. Él suspira. Pero en mi situación no es compasión lo que necesito. Y al fin comprendo que no puedo confiar en los demás.

y entre los cincuenta y los sesenta. —Lamento. —Se estrechan la mano—. —En fin. Sé cómo habla la gente. —Que confío en que sean ciertas —dice Sturrock sonriendo. Estoy seguro de que usted me comprende. en fin. ¿qué le trae por Caulfield? He oído historias extrañas. En este momento.. si es eso lo que le preocupa. La criada llama a la puerta. Se levanta al entrar Knox. mal que a él le pese). 89 .. más tranquilo. Knox se siente incómodo. —Debo pensar en mi esposa. advierte Knox. Esto le ha perjudicado más de una vez. Claro que debe de hacer diez años que lo vio por última vez. por supuesto. —No crea que me tienta la idea de contradecirles. Quizá piensen que Sturrock es otro sospechoso. Knox asiente. Supongo que debía esperar su visita. con su sonrisa fácil. Supongo que ya sabrá por qué he venido. Pero no ha dicho que esté de acuerdo.. pero parece más delgado. —Sí. Que chismorreen cuanto quieran (lo harán de todos modos. usted me comprende. No puede confiar en este hombre: él querrá limpiar su reputación. Había olvidado el efecto de la presencia de Sturrock y casi había conseguido convencerse de que la historia aceptada por todo Caulfield era cierta. Sería penoso para ella y para mis hijas. Se hace anunciar por la criada y Scott sale a recibirlo. —Señor Sturrock. —Bien.Stef Penney La ternura de los lobos Knox va a casa de los Scott a ver a Sturrock. pero Knox no alude al motivo de su visita. No debe de ser agradable. la que los Scott alquilan a los viajantes. Knox es conducido a la habitación del fondo del pasillo. —Señor Knox. A pesar de los puños raídos y las ligeras manchas del pantalón. ¿Qué tal está? —Voy encontrando cosas en las que ocuparme durante mi retiro. Knox oye un crujido al otro lado de la puerta. Sturrock contesta y Knox entra. no es asunto suyo. Thomas Sturrock ha envejecido. Sturrock se encoge de hombros exagerando el movimiento. Sturrock se mantiene tan erguido y elegante como antes. o lo que sea que siente.. Knox se pregunta si también él habrá cambiado tanto. diez años suponen en un hombre la diferencia entre la plenitud y la decadencia. disimulando la sorpresa. más enteco. Lo mira con franca curiosidad. aún parece un dandi. más frágil. Sturrock sonríe.

¿verdad? Scott tuerce el gesto y. con varios dólares menos en el bolsillo. que se destaca de las casas iluminadas. confiando en que Mackinley ya se haya ido. El prisionero no se vuelve a mirarlo. —¿Señor Parker? Soy el señor Knox. y se la muerde. y éste promete hacer cuanto esté en su mano por ayudarlo. Knox se estremece al observar la tumefacción de la frente y la mejilla y la sombra de la sangre en la piel. —Gracias. a pesar de que no necesita hacerlo. comprende que algo ha cambiado. —El señor Scott no es sólo nuestro tendero. —Pensó que podría hacerme confesar. molinero y hostelero. Debió fiarse de sus recelos. en busca de buenos bocados. aunque la petición lo desconcierta. —Es un hombre interesante —susurra moviendo la cabeza en dirección a Sturrock. Media hora después. Antes de que sus ojos se habitúen a la oscuridad del interior. 90 . y se limita a asentir con la cabeza mientras cierra la puerta empujando con el pie. o desfigurada por una pifia del cincel. lo que no sería apropiado. Ahora el hombre vuelve la cara. sólo que ahora da la impresión de estar sin terminar. Muy amable. Expone a Knox el motivo de su presencia. la cara de Scott tiene un brillo y un tinte sonrosado que repelen. sosteniendo una bandeja y simulando que acaba de llegar. —¡Santo Dios! ¿Qué ha pasado? —exclama antes de que el cerebro pueda dominar la lengua. —Sturrock parece reflexionar. Deposita la bandeja en una mesa. una talla tosca. —¿Qué le ha hecho? —Debió insistir en acompañar a Mackinley. Supongo que sigue interesado en que avale su solicitud de compensación por la cesión del almacén. Knox tarda un momento en asimilar lo que ve: la cara parece la misma. Pero no puedo confesar lo que no he hecho. —¿Ahora le toca a usted? —La voz del hombre suena áspera pero átona. sino también la gaceta local —comenta. adopta aire de conspirador. ¿Puedo hacer algo por usted mientras esté aquí? Que no sea ofrecerle habitación en mi casa. ¡Maldito sea ese hombre! Lo ha echado todo a perder. Sirve un vaso de whisky a Sturrock—. Knox sale a la calle y descubre que sus pies lo llevan hacia el almacén. Se para en la puerta —es casi de noche— y tiende el oído hacia el interior. —He pensado que les apetecería una copita —dice con una jovialidad que no convence. una gran mole sin ventanas. —Knox toma la bandeja y lo mira con severidad—.Stef Penney La ternura de los lobos Se levanta con sigilo y abre. —Es muy amable. A la luz de la lámpara. tratando de salvar la situación. No oye nada y saca la otra llave. Le choca esta asociación de imágenes. Aparece John Scott. A Knox le recuerda un cerdo de la granja de sus padres que metía el morro por la cerca del huerto y husmeaba con aire remilgado.

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Knox se pasea agitado. Recuerda la confianza de la señora Ross en la inocencia de Parker y se siente inclinado a coincidir con ella. Experimenta el pánico del malabarista que, de pronto, se da cuenta de que tiene demasiadas bolas en el aire y comprende que el desastre y la consiguiente humillación son inminentes. —Yo... le traeré algo para eso. —No hay nada roto. —Le pido disculpas. Esto no debería haber ocurrido. —A usted le diré algo que no he dicho al otro. Knox lo mira con expectación. —Laurent tenía enemigos. Y sus peores enemigos están en la Compañía. Vivo era una amenaza para ellos. —¿Qué amenaza? —Era uno de los fundadores de la North America Company. Pero lo peor es que antes era de la Hudson Bay, lo mismo que yo. A los de la Compañía no les gustan los que se vuelven contra ella. —¿Quiénes, de la Compañía? Una pausa larga. —No lo sé. Knox, a pesar del frío que hace en ese almacén, siente cómo el sudor le resbala por la espalda. Se le ha ocurrido una idea, una idea estúpida e imprudente, impropia de él, pero insistente. Ahora sabe lo que tiene que hacer.

Durante la cena, Knox observa a Mackinley charlar jovialmente, estimulado por el vino y la atención de las señoras. Su voz va subiendo a la par que el color de su cara, mientras se explaya ensalzando las virtudes de los grandes hombres de la Compañía a los que ha conocido. Habla de un factor que zanjó una disputa entre dos tribus indias con perjuicio para ambas, y de un famoso explorador que era capaz de recorrer a pie cientos de kilómetros en lo más crudo del invierno. Al parecer, hasta los guías nativos admiraban su sentido de la orientación y sus dotes de supervivencia, lo cual demuestra que la presunta superioridad innata de los nativos en el conocimiento de los bosques es una falacia: no hay nada en lo que, en las debidas condiciones, el hombre blanco no destaque, y más si es escocés. Knox observa a Mackinley mientras habla y, a pesar de no intervenir en la conversación, consigue disimular la repulsión que le inspira. Después, su esposa le preguntará si se encuentra bien, y él sonreirá y dirá que sólo está cansado, que no debe preocuparse. De ahora en adelante, se murmurará de él; los rumores de su incompetencia, de su incapacidad, llegarán lejos. Afortunadamente, está retirado. Si su reputación es el precio de la justicia, está dispuesto a pagarlo. Ha callado la verdad otras veces. Puede volver a callarla.

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LOS CAMPOS DEL CIELO

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Ha fracasado. Ya lleva varios días en la estrecha cama de esta habitación, sin fuerzas ni para moverse apenas. A veces, unos latidos en la pierna izquierda lo despiertan por la noche. Desde esta cama ha contemplado las paredes encaladas, las sillas pintadas y la ventana sin cortinas por la que sólo se ve cielo. Si se incorpora apoyándose en los codos, ve la pequeña aguja de una iglesia, de un rojo apagado. El cielo está casi siempre gris, o blanco. O negro. El temblor ha cesado. Ahora comprende que después de caer en el cenagal, debió de tener fiebre. Acababa de cruzar un arroyo tranquilo con el fondo de turba —el agua estaba quieta bajo una fina lámina aceitosa e irisada—, cuando resbaló y se metió en el lodo. Horrorizado, sintió que se hundía rápidamente. Resistiéndose a la succión, se asió a los juncos y aplastó el pecho contra el barro. Ya se veía engullido por la ciénaga, ya le parecía sentir el fango en la boca y la nariz, taponándole la garganta. Dio un grito —más declaración de intenciones que petición de socorro—, a pesar de que estaba dolorosamente claro que de nada serviría. Le pareció que tardaba horas en izar el cuerpo y arrastrarse por la tierra color hígado de la orilla, hasta unas matas de arándano. Es bueno el arándano, es seguro, hinca bien las raíces en terreno firme y pedregoso. Se quedó tendido en el suelo, exhausto. Algo malo debía de haberle pasado a la pierna izquierda, porque se le dobló al tratar de levantarse y el dolor de la rodilla le produjo arcadas, aunque no salió nada. Hacía tres días que no comía decentemente, ¿o eran más? No lo recuerda. Tampoco recuerda cómo lo encontraron y lo trajeron aquí, ni sabe dónde es aquí. Despertó en esta habitación blanca y pensó si esto sería la muerte: una habitación blanca y lisa, con ángeles que entran y salen hablando en una lengua extraña. Luego le bajó la fiebre y vio que la habitación no era lisa y que los ángeles eran criaturas terrenales y normales, aunque seguía sin entender lo que decían.

Hay dos mujeres que lo cuidan, le dan sopa y le hacen cosas en las que le da apuro pensar. Deben de tener la edad de su madre, y lo tratan como si fuera hijo suyo. Son activas y enérgicas: lo lavan con esponja, le alisan las sábanas, le acarician el pelo... Ayer —le parece que fue ayer— entró un hombre que habló con una de ellas y luego se acercó a la cama y lo contempló desde lo que le pareció una gran 93

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altura. Aparentaba la edad de su padre, tenía una barba rubia y tupida, muy anticuada, y ojos saltones, como de carnero. —Êtes-vous français? —preguntó con un acento extraño. Francis se asustó al pensar que el hombre sabía su nombre, hasta que entendió que le hablaba en francés. No sabía qué decir. Son tantas las cosas que desconoce... Entonces el hombre se volvió hacia una de las mujeres y le habló en su lengua gutural. —¿In-kles? Francis lo observaba y decidió no decir nada. Tal vez sería lo mejor. El hombre y la mujer se miraron. Él se encogió de hombros y, al cabo de un momento, juntó las manos y se puso a hablar. Francis tardó un minuto en comprender que rezaba. También la mujer rezaba, pero ella siguiendo al hombre. Vestían ropas muy sencillas: telas ásperas, negras, blancas o grises, lo mismo que su cielo.

Hasta ahora —hará cosa de una hora— no ha empezado a recordar: había caminado kilómetros y kilómetros por la margen del río que atraviesa el bosque, más allá de donde había llegado nunca, siguiendo el rastro del hombre. No había vuelto a verlo desde aquella noche en la cabaña y, para seguir las huellas, había tenido que recurrir a toda su habilidad de rastreador. Pero el terreno ayudaba. Cada vez que creía haberse extraviado —después de andar durante horas, buscando y escudriñando sin ver marca alguna en el suelo, cuando empezaba a pensar que le había perdido la pista—, encontraba otra señal: hojas aplastadas por un mocasín, escarcha fundida por orina en una hondonada, cenizas de sus fuegos esparcidas apresuradamente. No sabía cuándo comía. Nunca había visto a alguien moverse tan aprisa. Francis se había arriesgado a encender fuego una sola vez, y aquella noche no se atrevió a dormir por miedo a que el hombre se diera cuenta de que lo seguían y fuera por él. Pero no sucedió nada. Procuraba no acercarse demasiado, siempre mirando el suelo, atento a las trampas. Al fin tanta precaución le hizo perder el rastro. Al cuarto día, dejó atrás el bosque y giró hacia el noroeste por un paisaje desolado que ascendía hacia una meseta pantanosa, en la que el lodo obstaculizaba sus pasos y el viento del norte taladraba la chaqueta de piel de lobo. Privado de la protección de los árboles, avanzaba despacio, temiendo ser visto en campo abierto. Al cabo de varias horas estuvo a punto de caer en otro río, más estrecho, de agua turbia, que se abría camino entre márgenes arcillosas. No se veían señales de que alguien lo hubiera cruzado. Fue entonces cuando resbaló y quedó atrapado en el cieno. Y allí, por primera vez, tuvo miedo de verdad. Miedo había tenido siempre, desde luego, pero en ese momento se sintió absorbido por la tierra, allí moriría y nunca lo encontrarían. Sus huesos yacerían al sol, blanqueados como los esqueletos de los gamos que veía desperdigados alrededor. Estuvo forcejeando, hundido hasta el pecho, hasta que se hizo de noche.

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Incluso gritaba, por si el hombre estaba cerca: él, por lo menos, le daría una muerte rápida. Una muerte humana. Pero de algún modo, no sabía cómo, logró salir. Y entonces se quedó sin fuerzas. Al final, lo mismo daba: exhausto y helado, se desmayó junto al río. Había fracasado. • • • Tiene la impresión de que es por la tarde: hace una hora, ha tomado sopa y luego ha tenido que pasar la vergüenza de usar el orinal delante de la mujer del cabello oscuro. Él ha mirado para otro lado y ella se ha reído, como si lo encontrara realmente cómico, y no parecía ni pizca incómoda. Él no ve su ropa, no sabe cómo averiguar dónde está. Si el hombre volviera, podría preguntarle. Pero está seguro de que no lo hará, ni en francés ni en inglés. Lo seduce la idea de no hablar. Si no habla, no le harán preguntas. Le duele el fracaso, pero a distancia: ha hecho lo que ha podido. Ahora los motivos que lo indujeron a marchar le parecen lejanos, de un mundo diferente. Un mundo doloroso, al que no siente deseos de volver. Lo que más importa ahora es saber dónde está la tablilla de hueso. Después, cuando entra la mujer del pelo rubio y seco y la risa sonora, él prueba a hacerse entender por señas. Esta mujer le recuerda a la madre de Ida: decidida y práctica. Mientras ella le arregla las mantas y le palpa la frente, él consigue captar su mirada y retenerla, y entonces se pasa los dedos por los brazos, haciendo ademán de ponerse una chaqueta, y extiende las manos con las palmas hacia arriba en señal de interrogación. Ella entiende y responde tirándose de la falda y soltando un torrente de palabras chirriantes. Él sonríe, deseoso de tener a alguien de su parte. Luego hace como si escribiera en la palma de la mano y dibuja en el aire la forma de la tablilla. Ella frunce el entrecejo y parece comprender. Lo mira con aire de reproche y sale de la habitación. Una noche, hace meses, Laurent sacó la pieza de hueso de su escondite (estaba borracho) y la enseñó a Francis. Juntos contemplaron las figuritas de palotes y las rectilíneas marcas que parecían signos de escritura. Laurent pensaba que Francis podía saber lo que era. Éste recordó los jeroglíficos egipcios y los textos de la antigua Grecia que había visto en la escuela, pero no creía que se parecieran a eso. Para saber en qué sentido iban tenías que mirar las figuras grabadas en los bordes de la tablilla. Laurent le dijo que se la había dado un tratante de Estados Unidos que aseguraba haber conocido en Toronto a un hombre que ofrecía mucho dinero por ella. Los dos rieron de las rarezas de los ricos. Después, Laurent le dijo que se la regalaba, pero Francis no la quiso debido a un vago escrúpulo. ¿Y si encerraba una maldición? Lo cierto era que Laurent se la había ofrecido, por lo que al llevársela no la estaba robando. En cuanto a las otras cosas, las había tomado para sobrevivir. También habría cogido 95

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La ternura de los lobos

el rifle, de haberlo visto. Una parte de él —la parte en que han hecho mella los largos años de soportar a los chicos de la escuela del pueblo — dice: ¿Qué ibas a hacer tú con un rifle si no eres capaz de matar un conejo? Cuando vuelve a abrir los ojos, ve al barbudo sentado al lado de la cama. El hombre deja el libro: estaba esperando a que despertara. Francis ve el título, pero las palabras le parecen un extraño revoltijo de consonantes. El hombre le sonríe. Tiene los dientes amarillentos, lo que destaca el granate de los labios. Francis le sostiene la mirada, pero su expresión debe de haberse suavizado, porque el hombre ensancha la sonrisa y le da palmaditas en el hombro. Vuelve a preguntarle si es francés o inglés. A Francis se le ha ocurrido que quienes lo encontraron podrían haber visto al hombre al que seguía. Quién sabe, quizá hasta haya pasado por este lugar. Si renuncia a hablar también tendrá que renunciar a la esperanza. Sorprendido, descubre que aún no está dispuesto a abandonar la búsqueda. Se humedece los labios. Tiene la boca seca y amarga. —Inglés —dice con voz ronca. —¡Inglés! Muy bien. —El hombre parece alegrarse—. ¿Sabes cómo te llamas? Francis titubea una fracción de segundo y dice su nombre sin pensar. —Laurent. —¿Laurent? Ah. Laurent. Sí. Está bien. Yo me llamo Per. —Vuelve la cabeza y llama—: ¡Britta! Kom. Aparece la mujer rubia, que debía de estar cerca, y sonríe a Francis. Per le habla en su lengua, explicando. —Laurent —dice ella—. Bienvenido. —Ella no habla inglés muy bien —dice el hombre—. Yo hablo mejor. ¿Sabes dónde estás? Francis niega con la cabeza. —Estás en Himmelvanger. Quiere decir Campos del Cielo. Buen nombre, ¿sí? Francis asiente. Nunca ha oído mencionar este sitio. —¿Qué río...? —Su voz aún le suena extraña y débil. —¿Río? Ah, donde te encontramos... sí. Ahh, río sin nombre. Jens salió a cazar y allí te encontró. ¡Muy sorprendido! —Per expresa con mímica la sorpresa del hombre que busca liebres y encuentra a un muchacho cubierto de barro. Francis sonríe todo lo que puede. A su boca le cuesta un esfuerzo. —¿Puedo hablar con Jens? Per lo mira con extrañeza. —Sí. Claro. Pero ahora... estás enfermo. Duerme y come. Ponte bueno. Britta y Line te cuidan bien, ¿sí? Francis asiente. Sonríe a Britta, que inesperadamente ahoga una risita de colegiala. Per se inclina y recoge la ropa de Francis. —Todo limpio, ¿sí? Y esto... —Levanta el zurrón de Laurent y Francis lo coge. —Muchas gracias. Y también a Jens... por haberme encontrado. 96

Los otros asienten sonriendo. ¿Sí? Francis asiente.Stef Penney La ternura de los lobos Espero hablar pronto con él. Al fin se permite pensar en sus padres. 97 . Ahora ya habrán encontrado a Laurent. —Ahora tú dormir —dice Britta—. aunque no sabe si lo bastante para ir tras él. Britta habla a Per. ¿Qué pensarán? ¿Sospecharán que lo ha matado él? La idea casi le hace sonreír. que se levanta con un gruñido de satisfacción. Imagina que estarán preocupados. arrastrando la silla. en la granja.

Le gusta estar en el gallinero. Todo tenía que estar bien construido. y esto la satisface.Stef Penney La ternura de los lobos Line está fuera con Torbin y Anna cuando Britta sale a decir que el chico ha hablado. Él no estaba muerto. ojos azules. Cuando se levante y salga. Los niños salen del gallinero y cruzan el corral. atravesado sobre un poni.. hecho a prueba de los vientos del invierno. Torbin siempre la hace sonreír. Seríamos como dos ratones. profundos como un fiordo y una sonrisa de terrible dulzura que asoma sólo unas veces al año. en su vida anterior. porque se construía para Dios: ensambladuras de cola de milano. indestructible. ¡mira! —Torbin se deja caer en la nieve fingiendo un desmayo para lo que. sí. Line habla inglés mejor que los demás. Line sonríe. La aguja de la pequeña capilla con su cruz 98 . que es sólido. Line tiene que dar de comer a las gallinas y después ayudar a Britta a hacer colchas. Lo fatigaríais. colocadas con pulcritud en los amplios tejados. —¿Podemos ir a verlo ahora? —pregunta Torbin con la cara colorada del frío. —Como Lázaro no. Dos ratones pequeñitos. cuando vivía Janni. según su interpretación. —Como Lázaro —sugiere Anna. Mamá. —Pronto —dice Line—. pero no está aquí para descansar. que es como un Janni reencarnado — pómulos anchos. —¡Casi! ¿No es verdad? —Torbin quiere más drama. tejas de cedro casi con forma de corazón. Es irreprimible. El chico despertó su instinto protector desde que Jens lo trajo. Está muy débil. Los edificios de Himmelvanger tienen una solidez muy reconfortante. No dispone de mucho tiempo para sí. entre las gallinas que cacarean alborotadas. conocía a un francés de nombre Laurent. pero más devastadora por insólita.. —Anna hace ruiditos de ratón pequeño con la garganta. Torbin y Anna vienen corriendo. Él no le recuerda tanto a Janni como Anna. incluido Per. así. —Todavía no. y ahora piensa que ella puede ser el enlace entre él y los otros. —Sí. pared doble. A Line le parece raro que un inglés se llame Laurent. deseosa de situar al desconocido en un mundo visto desde Himmelvanger. hay que sacar la lengua hacia un lado. Estaba inconsciente. como una pelota de goma maciza. cabello castaño. —Casi muerto. con un tejado muy inclinado para repeler la nieve. Ella. —No lo fatigaríamos.

Y. no pedían dinero. Ella esperaba con impaciencia su regreso y pedía noticias a unos y otros. hacia el noroeste. Él le escribió que las cosas no eran exactamente como había imaginado: Janni y su amigo se alojaban con un grupo de convictos noruegos. Ni palabras de amor ni frases cariñosas. Ella ha procurado hacerlo. Dios los ha protegido.Stef Penney La ternura de los lobos pintada resiste desde hace diez años los peores temporales del invierno canadiense. La idea de instalarse en una comunidad religiosa modélica le pareció extravagante. en Rupert's Land. confía en Dios. fríos y nevados.. lo más importante. Janni no era muy dado a escribir. con frases frías y escuetas. Por una ironía del destino. Ella sólo recibió una carta suya. Ya pensaba en arrojarse con sus hijos al río San Lorenzo cuando una amiga le habló de Himmelvanger. pero carecía de dinero para el viaje. Line no tendría que lavar y remendar ropa de otra gente. Él buscaba trabajo y conoció a otro noruego que iba a trabajar para la Hudson Bay Company. Deja de llorar por Janni. traídos por la Compañía. la dejó con dos niños pequeños y sin dinero. incluso hablando consigo misma—. porque él ahora está con Dios y es feliz. pero una carta en seis meses. Janni se sentía incómodo entre aquellos hombres. Estas gentes la han aceptado con benevolencia y amabilidad. Por las noches. Ofrecían un buen salario por una temporada de trabajo. Line soñaba con grandes espacios vacíos. había sido abierto y reexpedido con letra infantil. tendrían dinero suficiente para comprar una casa.. Cuando Janni desapareció —aún le cuesta decir «murió». El sobre llevaba la dirección equivocada. y él esperaba poder reunirse con ella y los niños al verano siguiente y elegir el sitio para la casa. La echaron de la pensión y no tenía adónde ir. Y después. Llegó el verano. esto hería un poco sus sentimientos. Debes rezar más.. pero las divisiones de la nacionalidad eran más fuertes que las de la legalidad. Line partió en la misma dirección que había tomado Janni en su último viaje. Esto los ayudaría a conseguir la vida que deseaban: una casa y un poco de tierra. pero luego. casi cómica. No obstante. Alguien lamentaba comunicarle. Pensó en regresar a Noruega. dijo. trabaja con fe y eso dará sentido a tu vida. de modo que ella no esperaba apasionadas misivas de amor. aunque acompañadas de consejos. nada. Eran hombres toscos y violentos y formaban una cuadrilla que los otros empleados esquivaban. y despertaba sudando y rascándose nuevas picaduras. ni él tendría que morderse la lengua y trabajar para idiotas. Line. los mosquitos martirizaban a los niños y el cuchitril en que vivían apestaba a cloaca. porque les debe la vida.. En julio recibió una carta dirigida a «Familia de Jan Fjelstad». Se volvió arisca y gruñona. escribía. algunos eran buena gente. por lo menos fue la última vez que ella lo vio. Iba a estar un año sin ver a Line y los niños. que su marido formaba parte de un grupo de noruegos que en enero se habían amotinado y desertado del puesto. robando valiosas mercancías 99 . O si no fue el último viaje. Pero eran noruegos como ella y necesitaban gente trabajadora. una carta como la que podía haber escrito a una tía. pero el lugar estaba muy lejos. En Toronto hacía un calor húmedo y sofocante.

Al fin. El dinero se acababa. Line fue a la oficina de la Compañía en Toronto y exigió hablar con alguien que estuviera enterado del asunto. poco a poco. abrir el corazón al Señor y dejar que Él expulsara de allí tan horrible sentimiento. aquellos hombres eran fugitivos de la justicia. hasta que Sigi Jordal la animó a sincerarse con ella. Se mostró cortés y apenado. se decía. y siguió esperando. en realidad poco importaba lo que ella creyera —si aquello era verdad o no—. y llegó casi tan lejos como Janni en su penúltimo viaje a la factoría del Alce. Por primera vez desde su llegada. Estaba casado (la comunidad sólo acogía a familias) y sus hijos 100 . estaba seguro de que la información era correcta. Pero las semanas iban pasando lentamente y él no regresaba. De aquello hace tres años. Estaba apática y triste. En los primeros tiempos pensaba en ello todos los días. Ella se apresuró a asegurarles que ya había aceptado (súbitamente) a Dios y que Él estaba ayudándola a salir del oscuro valle del dolor. y una mañana de septiembre emprendió con los niños un viaje de tres semanas hacia un lugar que tenía el ridículo nombre de Himmelvanger.Stef Penney La ternura de los lobos propiedad de la Compañía. No podía creer que Janni hubiera robado. él no se daba cuenta de que hablaba de la muerte de su marido y de sus ilusiones. convencida de que lo habían confundido con otro. si no habían muerto. siguiendo con la mirada una mota de polvo hasta que le dolían los ojos. y le dijo que no había razón para dudar de la carta. aunque él personalmente no sabía quiénes habían participado en ella. Siguió esperando la vuelta de su marido. porque tenía que tomar una decisión. Los ingleses confunden los apellidos noruegos. ella no lo creyó. Al principio. Por lo visto. Espen Moland empezó a fijarse en ella. No era nada propio de él. Un día él entraría en el patio montado en un gran caballo y gritando su nombre. Era agradable dejar vagar el pensamiento. Se había producido una deserción y. esta simulación la consolaba y. Al principio estaba segura de que Janni la encontraría: antes de salir de Toronto había dicho a todos sus conocidos adónde iba. Line lloró y confesó a Sigi que a veces deseaba morir. y ella dejaría lo que estuviera haciendo y correría a su encuentro. a veces. y Line ya se ha acostumbrado a su nueva vida. los miembros de la comunidad se turnaban para exhortarla a arrepentirse del grave pecado de la desesperación. Line empezó a gritar y el joven se enfadó. Un joven inglés de pelo pajizo la recibió en un pequeño despacho. Por aquel entonces. renunció a dejarse llevar por la imaginación. pero tampoco se sentía sola. se preguntaba si no empezaba a creerlo así. Habían desaparecido en los bosques y sin duda perecido a causa de las ventiscas que azotaron la región durante aquel mes. No rezaba. En cierto modo. Ella salió corriendo del despacho. A partir de aquel momento. Fue un error. otro nombre ridículo. Sentada en la capilla contemplaba fijamente un rayo de sol. Luego. Ahora bien (puntualizaba la carta).

y Line experimenta aquel familiar derretirse por dentro que le provoca su presencia. jadeando. le parece estar cambiando de un modo que a veces la asusta. ella se resistía. —Pero podría haberlo. pero yo estoy triste si no te veo. Eso no lo hacía Janni. pero sin saber si será capaz de mantenerse a flote. como si descendiera por un río de aguas bravas en una canoa de papel: eufórica. No podía exponerse a otro desastre. Espen no era guapo exactamente. Sólo precavida. —Claro. Yo podría. Espen hacía que volviera a sentirse bonita. seguro. —¿Sí? Unos minutos más no importan. pero su interés no era puramente espiritual. —Se suelta de su abrazo. —Dios mío. ya lo sabes. y en todas las discusiones decía siempre la última palabra. Line nunca había sentido lo que le hace sentir Espen. Line lo oye llegar silbando una de las tonadas que él se inventa. porque sabía que aquello estaba prohibido. la puerta se abre.. Espen siempre la hace reír.Stef Penney La ternura de los lobos jugaban con Torbin y Anna. No queremos que se mojen los huevos. Si no se va ahora mismo sucumbirá. Pero si no sale del gallinero ahora mismo. Hacía varios meses que habían empezado a pecar. pero en su interior le daba la razón. Él está besándole el cuello con labios ardientes. ¿Viene al gallinero? Sí. Es mejor prevenir. como Janni.. excitada. pero él no hablaba mucho. —Sí. casi mágico. La ha abrazado por la cintura apretándose contra ella. Palabras sucias. qué hermosa estás. 101 . obscenidades que Line nunca diría pero que ejercen sobre ella un poder extraordinario. Él lleva el cinturón con las herramientas —es el carpintero de la comunidad— y Line levanta la mirada para examinar el tejado. Era agradable oír frases apasionadas de labios de un hombre que siempre estaba de buen humor. incluso cuando dice las mayores tonterías. aunque no se sentía culpable. Al principio. —No es momento. —¡Basta! A ella le gusta ver en sus ojos esta mirada suplicante. pero sí jovial y ocurrente. Es grato saber que tienes el poder de hacer tan feliz a alguien sólo con tocarlo. Él decía que era la mujer más hermosa de Himmelvanger y que lo volvía loco. y al final su cuerpo no pudo resistir más. En realidad. él puede empezar a pronunciar esas palabras que le calientan la sangre. Así pensaba ella. Qué difícil es comportarse correctamente incluso en una comunidad religiosa tan estricta como ésta. nublándole el entendimiento. —No hay ningún agujero. —Britta me espera.. —¡Line! ¡No te he visto en todo el día! —Tengo trabajo. Line hacía chasquear la lengua con gesto de reproche. ¿verdad? A ella se le escapa la risa.. —Vengo a reparar el agujero del tejado. Pero en el fondo la halagaba.

Es imposible que sospeche. se pone a pensar en el muchacho herido.Stef Penney La ternura de los lobos Se obliga a desasirse. algo repelente como el olor de los cerdos. Quizá deba entrar en la iglesia para rezar unos minutos y tratar de sentir un poco de vergüenza.. Tiene que sentarse a coser con Britta.. y no en Espen y su boca cálida y audaz. no vaya a pensar —no lo permita Dios— que ha dejado de interesarle. Se ve a sí misma levantando la sábana y contemplando su cuerpo. Al salir del gallinero. que estos últimos días la mira inquisitivamente. y en el último momento le sonríe. pero quizá ella misma se haya delatado de algún modo. pero esta vez la táctica no surte el efecto deseado. Line borra la sonrisa y trata de pensar en otra cosa. a pesar de que su cuerpo ansia el abrazo. Ya ha visto cómo es y ha tocado su piel suave y dorada. ¡Dios! Espen le ha envenenado el pensamiento. Para sosegarse. 102 .

con cada movimiento le dolía algo. que se le pega a la cara y tiene que arrancársela dolorosamente para no asfixiarse. Es evidente que en este terreno le resulta más difícil seguirlo. pese a que Jacob lleva la mayor parte del peso. con amable firmeza. da rodeos para explorar el terreno y cuando. Donald protestaba y decía que quería hacer su parte del trabajo. Al principio. hoy es el más frío de los cinco días que llevan siguiendo el rastro. porque Donald. pero la humedad del aliento acartona la tela. para no violentarlo. no podría seguir. hoy piensa que quizá ni él mismo vuelva de este viaje. Jacob camina delante. con la mitad de la carga. El suelo supura charcos de un agua negra cubierta por una lámina de hielo. y Jacob. Es imposible encontrar suelo firme para dar más de dos pasos seguidos. en la que nada se interpone entre ellos y el viento que sopla de la helada bahía de Hudson. A Donald le lloran los ojos y las lágrimas se cristalizan en las mejillas lacerándole la piel. Si ayer tenía que hacer un esfuerzo para preocuparse por si encontrarían al muchacho. a última hora de la tarde. sino que finge detenerse para informarle del estado del rastro. Pronto descubren que la meseta es un enorme lodazal. porta la carga más pesada. se detienen para acampar. Esta mañana temprano han dejado el bosque y empezado a cruzar una árida meseta ondulada. El granizo arrastrado por un viento que viene aullando del Ártico les acribilla la cara. pero Donald lo escucha con creciente indiferencia. enciende fuego y corta ramas con las que construir el cobijo para la noche. Él se consideraba relativamente fuerte y resistente. pero estaba muy cansado y era muy torpe. de modo que. Donald ha tenido que llamarlo en tres ocasiones para pedir que vaya más despacio. avanza pisando charcos a un ritmo monótono y resignado. y tampoco está seguro de si eso le 103 .Stef Penney La ternura de los lobos Está helando. Un agua que sale a saber de dónde se le hiela en el bigote. dijo a Donald que se sentara y se ocupara de hervir agua. pero sin dar la impresión de que lo espera. Los juncos y las matas de sauce atrapan en la maraña de sus tallos los copos que trae el viento. Está aterido y exhausto. pero ahora comprende que apenas sabe lo que es la resistencia. penetra con sus fuertes ráfagas hasta las zonas más sensibles de su cuerpo. Después del segundo día. A pesar de sus esfuerzos por no quedarse rezagado. y ahora el indio se para con frecuencia. a pesar de la gruesa ropa de abrigo que lleva Donald. Se emboza en la bufanda. un viento que. busca leña. abandonado el intento de mantener secos los pies. y Jacob acababa antes haciéndolo todo él.

pueda copiarlas en papel limpio o. —¿Crees que el segundo rastro es de Ross? —El primero viaja rápido. Desandan un trecho y Donald deplora las energías malgastadas. Quizá. 104 . A las cuatro de la tarde. anda distancias largas. como acostumbra cuando se concentra. Pero está bastante lejos y es difícil seguir un rastro en el lodo.Stef Penney La ternura de los lobos importa mucho. Creo que el segundo hombre lo perdió y siguió hacia ese otro lado. Donald trata de concentrar sus pensamientos en Susannah. el segundo es el chico.» Siente que la vieja irritación aflora a la superficie. Donnie. redactarlas de nuevo con mejor estilo literario. pero está muy cansado para hacer preguntas. y luego lo llama con una seña. —Los dos salieron del bosque por el mismo sitio. Lamentablemente. mira a Donald con sus cuencas vacías. y está cansado. Jacob parece desconcertado. casi marrón. a varios pasos del revoltijo de huesos. recordándole en silencio lo fútil de su empresa. si vuelven a la civilización. Sabe por dónde ir y no necesita pararse a mirar. —Creo que desde aquí fueron en distinta dirección. pero se consuela pensando que mal puedes producir una prosa brillante mientras tratas de acercarte al fuego lo suficiente para ver lo que escribes. Jacob respira despacio. para disociar lo que su cuerpo está soportando de lo que siente su corazón. —Indica una ligera depresión del terreno—. Teme que las cartas estén tiznadas y mugrientas cuando lleguen a su destino y huelan a humo o algo peor. Ahora pasan junto al esqueleto de un gamo que debe de llevar allí mucho tiempo. Su padre trabajaba de contable en Bearsden y nunca tuvo que atravesar un cenagal inmenso en pleno invierno canadiense. El cráneo. El aire es áspero y húmedo al mismo tiempo. sin chamuscarte el pelo. cerca del corazón. Hasta allí el rastro está claro. Para sus adentros. La mente. Cae una nieve fina y la visibilidad es escasa. Debí verlo antes. sólo consigue oír a su padre que le alecciona: «La mente debe estar por encima de la materia. Pide a Donald que espere mientras él camina en círculo mirando el suelo. Donald le da la razón. pero no ve nada que le indique que por allí haya pasado alguien. Está descontento de su pobre retórica. Dentro de la camisa. pero me parece que el segundo hombre empezaba a ir más despacio. lleva tres cartas para Susannah. Donald mira el suelo fijamente. Van encontrando cada vez más restos de animales. Desde aquí uno fue hacia ahí. porque está limpio y tiene un color amarillo oscuro. incluso. ¡Elévate sobre ella! Todos hemos de hacer cosas que nos desagradan. por encima de la materia. una huella helada en el barro señala esa dirección. Aquí hay señales de que alguien se quedó encañado y luego continuó. Sí. Probablemente sea lo mejor. como el gas de los pantanos.

Durante estos días han establecido una pauta. —Quizá el primero iba a uno de los puestos de ahí arriba. solo y perdido? Trata de tranquilizarse pensando que no debe de llevarles mucha ventaja. hostilidad. así resulta fácil saber lo que hay que decir en cada momento. sólo matorral y esos charcos infernales.. Pero lo que siente es que no podrá resistir mucho más. indiferencia. la reciente cicatriz que tiene debajo de las costillas ha empezado a latirle otra vez. recordándole su fragilidad. ¿o recordándole que Jacob. a un punto tan inhóspito como el resto. más al norte. — No hace falta mencionar la alternativa. anaranjado. no hay lagos. —Jacob señala en la dirección desde la que aúlla el viento. de quien depende su supervivencia. ¿Cuánto tiempo podría sobrevivir? Esforzadamente. lo que es un alivio. Algunas rocas tienen colores extraños: verde oscuro. —Que Dios se apiade de los pobres infelices que tengan que vivir en ellos. —¿Y el segundo? —No lo sé. —Aquí ha habido gente. decidido a no permitir que ocurra tal cosa. Aquí no puede vivir nadie. Donald lanza un juramento. sin darse cuenta. —La gente vive en todas partes. no hay bosque. hay puestos. Ya odia profundamente este 105 . Han asumido los papeles de discípulo y maestro. Si algún carácter tienen estos parajes es la aridez. Quizá andaba perdido. —Pues más nos valdrá encontrarlo cuanto antes. Santo Dios. Diría que el segundo hombre se reunió con ellos. ¿Cuánto tiempo se puede resistir aquí. Un agua negra como el petróleo. Por lo menos.. procurando pisar matojos y rocas que asoman entre la vegetación.Stef Penney La ternura de los lobos —Pero ¿adónde demonios van? Quiero decir que el bosque es una cosa y esto. En todo lo que alcanza la vista no hay nada. casi invisible. Aquí no hay contraste entre valle y montaña. lo deje atrás y acabe encontrándose tan solo como el muchacho. pero el de otros se rompe y el pie se hunde en una repugnante masa oscura y gélida. lo cual es ahora lo más probable.. sigue a la oscura figura. entre las orillas heladas.. Faltan los elementos del paisaje que generalmente lo hacen atractivo. Y un caballo. Jacob se para y señala un torbellino de barro rodeado de picos y hoyos petrificados.. Por lo que se le antoja una burla de la fisiología. por el paisaje. Saber cómo va a reaccionar el otro. le clavó un cuchillo no hace mucho? Al fin los dos hombres llegan a un río que serpentea. El hielo que cubre algunos charcos es grueso.. A Donald lo horroriza la idea de encontrar finalmente un cadáver. pero por ahí. y entonces lo asalta la terrible idea de que Jacob. Pero a esto lo llaman Tierra de Hambre. —No conozco bien este sitio —dice Jacob—. mira dónde estamos. Jacob sonríe. Sonríe y Donald trata de aparentar satisfacción. porque si no. púrpura. Reanudan la lenta y penosa persecución.

entumecido. Jacob lo agarra del brazo y le ríe en la cara. mejor aún. —¡Señor Moody. establos con ganado que despide vaho y una pequeña iglesia con una robusta torre. Por las ventanas se derraman al patio helado luces que parecen salidas de la Tierra Prometida.Stef Penney La ternura de los lobos paisaje que no se parece a nada que haya conocido. Jacob se detiene bruscamente y Donald. se les ha echado encima. Donald se sorbe unas lágrimas de gratitud mientras van hacia la casa más grande y llaman a la puerta. Donald ve puntos de luz. con los ojos fijos en el suelo traidor. el vivo placer de aquel chico de catorce años. Donald revive la emoción que sintió al ver la superficie de la luna. convencido de que es el tipo más genial y estupendo que ha conocido en su vida. paredes! Paredes que se interpondrán entre él y los elementos. choca contra su espalda. Y entre el trémulo gris. gente. 106 . y es tan pura la felicidad que experimenta que da por bien empleadas las penalidades de los últimos días. ¡Allí hay casas. Abre la boca en una ancha sonrisa y siente que algo cálido le resbala por la barbilla: se le ha rajado el labio. Cuarenta minutos después. Pero nada puede empañar su fiera alegría. sin que le importe hacia dónde va. de pronto. Palmea el hombro de Jacob. entran en un gran patio rodeado por pulcras casas de madera. mira! ¡Mira! Señala la nieve y el crepúsculo que. La idea de que un hombre que iba a caballo haya recogido al muchacho sugiere una posibilidad horrorosa: sólo Dios sabe cuánto más van a tener que caminar. El indio se aparta del río y Donald procura seguirlo. No comprende por qué Jacob no quiso traer los caballos. En un vértigo de júbilo. calor! ¡Y habrá lumbre y. tal vez todo esto sea un astuto plan para acabar lo que empezó el cuchillo. Este lugar no es para personas. rematada por una cruz roja. aturdido.

Me parece que lo molestó que yo aludiera a la tragedia de la familia de su esposa para convencerlo. daba por sentado que estaba destinada a ser una paria de la sociedad o. Mi marido me dio lo que yo no esperaba alcanzar: un sentimiento de legitimidad. Y la convicción de que aquí había una persona a la que no tendría por qué ocultarle nada. tosca. Entonces dudaba que yo llegara a casarme. Teme al hombre de la Compañía. Me parece que nunca. superviviente inveterada. y hay momentos (generalmente por la noche) en los que me gustaría parecerme a Ann Pretty. cuando estaba en el manicomio. Me desprecio por esta debilidad mía. sin imaginación y sin escrúpulos. porque no sé si se da cuenta de lo que hace o está soñando. cuando murió mi padre. la gente ya nunca se sentiría sola. estoy a punto de reconocer 107 . Mis preferidas. Al cabo de un rato. este monólogo interminable que sustituye a la acción. a falta de algo mejor que hacer. pensando en mi visita de mañana al prisionero. el doctor Watson. algo que no ha hecho en mucho tiempo. Sé que él también me quería. Ni a ella la dejaría un hijo suyo para irse a los bosques. Supongo que lo que quiero decir es que lo amaba. Me levanto de la cama y. Knox me ha autorizado a hablar de nuevo con él. pero a veces me da la impresión de que ella es el modelo de la perfecta pionera de los bosques. y es de agradecer que haya accedido a mi petición. Angus da media vuelta y. No tendría que fingir. gruñe y se vuelve otra vez de espaldas a mí. ¿habría sido distinto? ¿Y de no haber tenido con nosotros a Francis? Preguntas inútiles. pero ser la musa de un loquero no hacía que me sintiera integrada en el mundo normal. También teme que lo crean blando. Me quedo quieta un rato. Es tarde y estoy otra vez desvelada. Quizá su apellido desentone de su persona. me había sentido tan sola. De haber vivido Olivia. pero no estoy segura de cuándo dejó de ser así. No me atrevo a moverme. Ann no pasaría noches en blanco preguntándose qué piensa de ella su marido o cualquier otra persona. ni siquiera segura. lo que era peor. pensaba que. con la condición de que sea discreta. ni en los peores momentos del manicomio. No es que me sobren los ánimos. me abraza. dormido. empiezo a preparar la bolsa para el viaje que tengo intención de realizar. una solterona.Stef Penney La ternura de los lobos Cuando era niña e incluso después. al casarse. En el manicomio tenía amigos y hasta un amigo muy especial. al lado de mi marido.

consideraciones como la reputación y el honor pierden lustre.Stef Penney La ternura de los lobos que el bosque me da miedo. Quién sabe. Me precio de no gritar nunca. ni en las peores circunstancias. la caridad ni ninguna de esas ideas sentimentales. y yo necesito un guía para ir tras los pasos de Francis. imagino—. quizá me parece inevitable que al fin se cumplan mis ansias. en el peor de los casos. susurrando su nombre. un hombre que no me ha sido presentado como es debido. Sí. El prisionero levanta la mano con gesto tranquilizador. saco mi ropa de abrigo y alimentos fuertes. Y creo que usted tiene mis perros. Quizá entonces en el destartalado y lóbrego almacén de Caulfield estaría él en lugar del forastero. sin apenas entender lo que dice. él se acerca a un árbol caído. la necesidad mutua es lo que hace que la gente colabore. Estoy muy aturdida para tener miedo y muy alterada para que me importe la falta de decoro. Knox me ha soltado. porque creo que él vio al asesino. busca detrás de las raíces y monta un trineo con las cosas que ha escondido allí: un armazón largo y ligero de ramas de sauce con una especie de asiento 108 . yo necesito su ayuda y usted la mía. Como estoy pensando en Francis. mientras lo encontraran sano y salvo. Abro la puerta conteniendo apenas una exclamación de alegría. por favor. Con estos pensamientos. Así pues. lo tendré presente. Lo miro sin pestañear. visto así no parece tan malo. no entiendo lo que dice de Knox ni por qué lo ha soltado a escondidas. empaquetamos las cosas y me dispongo a adentrarme en los bosques con un sospechoso de asesinato. No me importaría que tuvieran que arrestarlo. Él se ha apartado de la puerta y permanece en la oscuridad — para mitigar la impresión. que voy a soltar. imperecederos. —Perdone si la he asustado. siempre puedo recordar que he vendido mi honra por mucho menos que esto. Los dos perros trotan en silencio al lado de Parker. Suena un ligero golpe en la puerta que no me sorprende tanto como debería. no la solidaridad. Es extraño que se me ocurra susurrar. porque mi hijo tiene algo que él también quiere. pero al ver su cara desfigurada pienso que eso es obra de Mackinley. como si tuviera un presentimiento. que me falta valor. tiritando de frío pero seguro. de modo que mis ojos tengan que buscarlo y adivinar quién es. Es como preparar un picnic de invierno. Parker quiere un rifle. Lo miro con incredulidad. No iba a gritar. quizá Moody y el otro hombre vuelvan mañana y traigan a Francis. pero ante mí sólo hay negrura. y me quitaron el rifle. preparando las palabras. En realidad. Una hora después de dejar atrás la granja Pretty. De modo que es eso. (Además. Voy a ir en busca de su hijo. Pero necesito provisiones. —No grite. llegado el caso. Supongo que si has perdido lo que más quieres. comida y sus perros. Y aún peor. —Señora Ross.) Cae una nieve fina cuando salimos de Dove River. y las lágrimas. mientras mi marido duerme arriba. Miro a un lado y otro. Y quizá él piense que Francis hablará antes si yo estoy presente.

He de admitir que no parece muy interesado en hacerme perder la honra. dando traspiés con los mocasines que me ha hecho calzar. Me dispongo a expresar mi gratitud por esta atención cuando veo que ata al asiento los paquetes de la comida y las mantas. que lleva media hora. Yo lo sigo. Parker no me mira ni dice palabra. siguiendo el curso del Dove.Stef Penney La ternura de los lobos de cuero rígido. lanzan gañidos. guiado sólo por el sonido del río y una vaga fosforescencia que parece surgir de la nieve. Da un último tirón al arnés y se pone en marcha hacia el norte. Durante la operación. decidida a no quejarme por nada. Los perros. 109 . pase lo que pase. alterados por la nieve y el trineo.

desde donde llama a Sigi y Hilde y les hace traer potaje caliente. de mochuelo. de indios que vienen a hacer intercambio de mercancías y noticias. para dejarlos entrar en el cálido ambiente de la casa.. La mano que estrecha Per está morada de frío e inerte como una chuleta de cerdo. —¡Santo cielo. Deben de estar helados. Los recién llegados sonríen con la inane beatitud de los hambrientos y fatigados. que a veces también fallan. Cuando las manos empiezan a entrar en calor. lo que le da un aspecto extraño. Per. Per.Stef Penney La ternura de los lobos No es que en Himmelvanger sean frecuentes las visitas. Somos de la Hudson Bay Company y venimos en misión oficial. se frotan las manos y atacan la comida con fervorosas exclamaciones de gratitud. Todos son criaturas de Dios. Afortunadamente. A veces. Venimos a pie. Esa mano está.. parece que estos hombres no entienden el noruego. Per alza las cejas y los conduce a un cuartito contiguo a la cocina. generalmente. se pregunta qué puede querer de él la Compañía. Donald siente 110 . El hombre blanco extiende una mano helada. —Pasen. Per dice que hemos de llevarnos bien con el prójimo. Todas son bien recibidas. pasen. o aplican sus remedios tradicionales. como los cerdos. Per se aparta de la puerta andando hacia atrás. Acuden compungidos y desesperadamente esperanzados. más sorprendido si cabe. sí que nos envía huéspedes el Señor este invierno! Per le contesta con cierta aspereza: no le gustan los comentarios ociosos que dan pábulo a chismes y rumores. —¿Traen animales? —No. Sigi mira a los viajeros con ojos redondos de curiosidad. los indios vienen porque un familiar ha enfermado y sus medicinas no lo curan. —Perdone la intrusión. ipecacuana o alcanfor. Las gafas que lleva tienen la montura metálica cubierta de escarcha. aunque éste viva en la inmundicia y la ignorancia. pan y café. Per confía en que ésta no sea una de esas veces. y observan cómo los noruegos administran minúsculas dosis de láudano. pero tampoco son tan raras.

al mirarlos al resplandor de las llamas. —Verá. —Donald tiene que hacer un esfuerzo para dejar de sonreír: aún no puede creer que hayan tenido la suerte de encontrar un lugar no sólo habitado sino también tan civilizado. Per explica que son noruegos y que no todos hablan inglés. —No es seguro que Francis sea culpable. La mujer le sonríe mientras le atiende. se limita a inclinar la cabeza. pero no habla. Per levanta la mirada. para que corrobore sus palabras. —¿Por qué sospechan de él? ¿Qué ha ocurrido? Donald decide no revelar todos los hechos. Si Per desea proteger al muchacho. Se llama Francis Ross. siguiendo el río que cruza la meseta. Per frunce el entrecejo. explica que encontró al muchacho en la margen del río. su madre está angustiada. Per reflexiona un momento. qué bendición!) —Estamos siguiendo el rastro de una persona. buscando las palabras. abriendo mucho sus pálidos ojos. —Mira a Jacob. con una lengua que parece muy grande para su boca. donde lo han cuidado. Cuando traduce. Venimos desde Dove River. y a un interlocutor tan educado como Per Olsen. —¿Y qué hacen aquí dos hombres de la Compañía. —El rastro conduce aquí. Una mujer trae nieve en un bol e insiste en frotarle las manos con ella. en la bahía.Stef Penney La ternura de los lobos alfilerazos en los dedos y. —Quizá no sea el mismo —añade Per. El remedio es doloroso. Las huellas nos han traído hasta aquí. desde luego. Per escucha con gesto grave y luego sale de la habitación. Donald y Jacob se miran. no es cosa de enemistarse con él. —¿Van a algún sitio en particular? El tono de la pregunta denota incredulidad. pero les devuelve la vida. —¿Quién es Francis? —El muchacho. No hay duda. los ve amoratados e hinchados. Jens lo mira a su vez con horror. hubo una agresión grave. pero el indio. Donald supone que ha ido a consultar. (¡Almendras. Además. Jens. Es un muchacho inglés de 111 . Donald siente el escalofrío de la certidumbre. medio muerto. en el mes de noviembre? —En realidad no se trata de un asunto de la Compañía exactamente. —El chico dice que se llama Laurent. y lo trajo a Himmelvanger. Lo dice en noruego y Per traduce despacio. porque vuelve acompañado de otro hombre al que presenta como Jens Andreassen. Donald percibe la actitud protectora de Per: Francis es la oveja extraviada que Dios ha traído a su redil para que la cuide. Donald trata de no hablar con la boca llena de pastel de almendras. de repente alterado. tímido en presencia de extraños. pero teníamos que encontrarlo. un hombre de movimientos lentos. Donald alza la voz. —Jens tiene algo que decir.

—Los ojos de Per se desvían un momento hacia Jacob. Saca la libreta. —¿Qué más ha dicho? —Sólo eso. la bolsa de cuero que los indios llevan colgada del cuello. extenuado. y carraspea. «El remordimiento es buen acicate». su tez parece cetrina. quien habla respondiendo a una pregunta—. acerca la silla y la libreta resbala al suelo. Se recuerda quién es y a qué ha venido. Dice que se dirigía al noroeste con un guía indio. —¿Por qué no? —Estaba exhausto. pero él llevaba dinero. de asta o marfil. No parece inglés sino más bien. pero su guía lo abandonó.. de la Hudson Bay Company —dice Per —.. —Esto pertenecía a Laurent Jammet. no pudo llegar hasta aquí solo. —¿Laurent Jammet? —La víctima de la agresión. francés o español.. más de cuarenta dólares. Al entrar en la habitación del convaleciente. procurando no darse por enterado del sofoco que le sube al cuello y la cara. a no ser que alguien lo ayudara.. Donald jura mentalmente y la recoge. —Así se lo describió Maria.. Dijo que necesitaba el trabajo por el dinero. con tabaco y yesca. —Parece que es él. haciendo que su falda roce con descaro el pantalón de Donald. o lo obligara. Tiene el cabello negro y bastante largo. con figuras grabadas y pequeñas marcas oscuras.. Comprendo. Una mujer morena. Donald la mira fijamente y siente un nudo en la garganta. Maria también dijo que era un muchacho guapo. Viene de Dove River. Dice que tus padres están muy preocupados 112 . La abre y hace caer un fajo de billetes y una tableta delgada del tamaño de la palma de una mano. y parecía muy interesado en tenerlo consigo. El muchacho los mira en silencio mientras ellos se sientan y Per hace las presentaciones. —Éste es el señor Moody. Está muy sucia.. No habría podido llegar tan lejos. los mira con suspicacia y sale de la habitación. Vuelve a mirar aquellos ojos que ahora evitan los suyos. Per frunce sus granates labios de niña. y los ojos de un azul intenso y extraño.. Luego traduce para Jens. piensa Donald. Donald recuerda la descripción que le hizo Maria.. con este tiempo. Junto a las blancas sábanas. Donald no tiene ni idea de si podría considerárselo guapo.. pero la hostilidad que irradia no es propia de un muchacho. También llevaba esto. Estos ojos azules que lo miran sin pestañear hacen que se sienta incómodo y torpe. Extiende la mano. Per recoge algo en lo que Donald no había reparado hasta este momento: es un skipertogan. Dice Jens que le pareció extraño encontrarlo solo. Este muchacho no puede. joven y bonita se levanta cuando se abre la puerta. —Pensé que era extraño —prosigue Per—. y que iba camino de un trabajo nuevo.Stef Penney La ternura de los lobos pelo negro. —¿Ha dicho «pertenecía»? —Per lo mira fijamente—. como la de un meridional.

Francis suspira. Vi al que lo mató y lo seguí durante cuatro días.. para su sorpresa. —Entonces. Entonces vi salir a un hombre que se alejó.? Bien. Hace. Pelo largo. que observa apenado al muchacho. —¿Vestía como yo? ¿O como un trampero? Alguna impresión 113 . —¿Sabes por qué estoy aquí? Francis lo mira con rabia. Recuerda que debe proceder con prudencia. observa Donald. Per sostiene su mirada con aire inocente. Era tarde y creí que no estaba. —Vuelve a tragar saliva. Francis.. Por eso supe que lo había matado aquel hombre. y entonces. no recuerdo. pero estaba oscuro.Stef Penney La ternura de los lobos por ti —termina en tono tranquilizador. dime qué viste exactamente. Donald lo mira con ceño. asiente.. Así que entré y lo vi. —Quizá. —¿Y su ropa? ¿Qué vestía? Francis sacude la cabeza.... —¿Cuándo lo viste por última vez? Se produce una larga pausa y Donald empieza a temer que el chico no responda a nada más. apenas se distinguía nada. Ropa oscura. —¿Viste qué aspecto tenía? —Sólo que era un nativo. muchos días. de morir. Su voz suena átona y serena. como si caminara por aquel pantano infernal. —Hace cinco días que estás aquí —apunta Per suavemente. ¿conocías a un hombre llamado Laurent Jammet? El muchacho traga saliva y parece tensar la mandíbula. En Dove River... Se afianza la libreta en el regazo. y cuándo. —¿Conocías a ese hombre? —No. ¿lo reconocerías? La respuesta tarda en llegar. —¿Te llamas Francis Ross? El muchacho baja la mirada. Donald escribe con gesto impasible. El chico asiente ligeramente. Donald lo mira tan excitado como incrédulo. Donald tiene que esperar a que continúe—: Acababa. Donald toma notas. Estaba caliente. —Ummm.. gesto que Donald toma por asentimiento. con evidente dificultad. Mira a Per. la sangre no se había secado. —La noche en que me fui. como si Donald apenas mereciera su atención.. asentar bien un pie antes de avanzar el otro. —¿Qué. Le vi la cara un momento. paso a paso. pero al final lo perdí. —Hola. —Si volvieras a verlo. —Estaba oscuro. —¿Viste a quién? —A Jammet. —Lo vi cuando estaba muerto. quizá haga cinco días más. Yo iba a la cabaña de Laurent.

—No querías perderlo. El muchacho parece agotado. vi al asesino. Donald duda entre seguir interrogando al muchacho o acusarlo directamente. Las once o las doce. —¿Qué es ese trozo de hueso? Francis abre los ojos y lo mira.. —¿Lo visitabas a esas horas con frecuencia? —Él no se acostaba temprano. Me llevé cosas de Jammet. —¿Algo más? —¿Por qué? ¿Qué importa? —Francis levanta la mirada hacia Donald—. —¿Te lo dio? Es valioso. viste el cadáver. Per se revuelve en la silla. Donald levanta la cabeza. Debías de tener algún motivo. del señor Jammet.. Una chaqueta. tratando de observar la cara del muchacho al mismo tiempo que escribe sus respuestas. pero lo perdiste. Así pues. —¿Tan tarde? Francis se encoge de hombros. —¿Lo mataste? —Ya se lo he dicho. en efecto. como el cirujano novato que no sabe dónde buscar el órgano vital de la verdad. —Sí. Jammet era mi amigo. —¿Y el dinero? ¿También te lo dio? —No.. al hombre.. —Tú lo traías. —¿Fuiste a tu casa a buscar provisiones? —No. ¿Qué te llevaste? —Lo que necesitaba.Stef Penney La ternura de los lobos debiste de tener. 114 . Está tanteando en la oscuridad. a medianoche. —¿Por qué ibas a la cabaña de Jammet? —Éramos amigos. —Como un trampero. —¿No pensaste en avisar a tus padres? ¿O en pedir ayuda a alguien más experimentado? —No había tiempo. ¿Piensa que yo lo maté? Donald sostiene su mirada. lo encontraste muerto y seguiste a quien creíste su asesino. —Está cansado —dice Per. Quizá podría tener que pagar a alguien. —El muchacho cierra los ojos. —Un momento. Pero yo necesitaba ayuda para encontrar. No quería perderlo. Así pues..... —Ya. a modo de advertencia. ¿verdad? —No sé lo que es. No era granjero. —¿Qué hora era? —No sé. —Él me lo dio.. —¿Valioso? No lo creo. —Sabes a lo que me refiero. ¿Qué hiciste entonces? —Seguí al hombre. Tiene el cutis tenso.. dices que fuiste a casa de ese hombre. por favor. ¿Por qué iba a matarlo? —Sólo intento averiguar qué pasó. comida. tranquilo. sorprendido.

Per se inclina ligeramente hacia su interlocutor. parece que hasta huele un poco a lana. debo rogarle que ponga a alguien a vigilar la puerta. —Aquí no tenemos secretos —dice Per dirigiendo una tímida mirada al cielo. Aunque habrá que vigilarlo. —Donald no lo cree así. Fuera. De todos modos. que de mala gana cierra la libreta con un golpe seco. con esos ojos de carnero. Cuando Jens lo trajo estaba medio muerto.. dadas las circunstancias. tengo que ponerlo bajo arresto. Per toma del brazo a Donald. desde luego. pero debo velar por su salud. a fin de cuentas. Por lo tanto. —¿Para qué? No podría marcharse de Himmelvanger ni aunque estuviera en condiciones de andar. comprenderá que. aquí es un huésped—.Stef Penney La ternura de los lobos —Lo siento. pálidos y saltones. Cuando habla. actitud que Donald atribuye a la miopía. ¿Qué pensabas que tendrías que hacer? Per carraspea y mira severamente a Donald. pero. —La decisión le corresponde a usted.. A causa del dinero y de todo lo demás. de cerca. —No importa. —Lo siento. 115 . Pagar a alguien ¿para qué? —Francis vuelve la cara hacia otro lado—. no comprendo. —Ya. Así. —Donald ve por la ventana cómo nieva y se siente ridículo—. Bien. —Sí.

con sentimientos encontrados. Knox está horrorizado por el cariz que están tomando los acontecimientos y se pregunta si su intervención habrá influido en los hechos. aunque despotricó contra la estupidez de Adam y la falta de condiciones de Caulfield. Al dar la noticia a su mujer y sus hijas. no es más que un rumor. y Knox reconoció que puede existir otra explicación de la fuga. les recordó él. se lamentó oportunamente de la fuga con Mackinley y los demás y ayudó a organizar las partidas que salieron en su persecución o. Como si este asunto no fuera ya bastante complicado. siente una especie de paternal preocupación por aquel joven de la Compañía que ahora viaja por los bosques. hace una hora llegó de Dove River la asombrosa noticia de que la señora Ross ha desaparecido. Mackinley recibió la noticia con lúgubre satisfacción. y se rumorea que la ha raptado el fugitivo. porque si va sola no será fácil que sobreviva con este tiempo. la fuga del prisionero y la desaparición de una mujer del pueblo son prueba de la culpabilidad de Parker. Adam protestó con vehemencia. Por otro lado. Cuando se fueron. es un alivio pensar que la nieve borrará las huellas del prisionero. que cubrirá el suelo hasta la primavera.Stef Penney La ternura de los lobos Andrew Knox contempla por la ventana cómo cae la nieve. preferiría que la mujer hubiera sido raptada. pero también que no se puede discutir con el jefe más allá de cierto límite. Knox llamó a Adam al estudio y le soltó un largo sermón acerca de la gravedad de su falta. por lo tanto. Luego se marchó con una de las partidas. Por un lado. En el fondo. Por supuesto. los dos sabían que él tenía razón. ciertas frases de doble sentido captadas entre sus hijas le hacen sospechar que Susannah se interesa por Donald Moody y. cuando menos. diciendo que recordaba perfectamente haber puesto la cadena y el candado. Pero en la mente de todos. La vida es injusta. De todos modos. Ellas reaccionaron a la desaparición de la señora Ross con todo el espanto que era de suponer. Ésta es la peor pesadilla de las mujeres blancas en tierra salvaje. la nieve del invierno. La expresión de Adam era una mezcla de virtuosa protesta y hosca gratitud. recalcó su certeza de que el prisionero querrá alejarse de Caulfield lo más aprisa posible. Es nieve seca. a buscar huellas 116 . razón por la cual Adam no perdería el empleo. ¿Los ha provocado él al permitir a la mujer hablar con el prisionero? ¿O las dos desapariciones son simple coincidencia? Reconoce que esto no es probable. a descubrir qué dirección tomó.

El ritual tiene lugar cada varios meses. —No hay que precipitarse a sacar conclusiones. dándose por vencida. —Mackinley se ha puesto tan furioso que creí que pegaría a Adam. siempre que se siente agobiada por el peso del yugo de la vida rural. Son ridículas. Knox mira por la ventana preguntándose si la habrá convencido. Susannah levanta la cabeza. —No soporto pensar en esa pobre mujer. Maria. Cuando se vuelve (¿segundos después. —Podría ser peor. —¿Papi? —Maria no le llama así desde no sabe cuándo—. Quizá no sea nada. la ve tirar furiosamente de las cintas de un vestido de moaré verde y siente una oleada de ternura hacia su hermana. Una vez más. Los copos se posan como plumas. se le pasó enseguida. Susannah combate las tensiones del día probándose vestidos en su habitación y desechando los pasados de moda. un minuto?. rozándose sólo por las puntas de los cristales. Todos creemos saber lo ocurrido. dentro de un par de días volverá a estar entre rejas. No lo rompas. pero no son más que suposiciones. se sirvió un vaso de brandy y sucumbió a un violento temblor. —Está decepcionado. Siempre puede ser peor. —Se interrumpe—. Él sabe que no está preocupada por sí misma sino por la reputación de él. que en momentos de crisis se preocupa por cosas tales como la anchura de unas mangas o la altura del talle. —No soporto pensar en lo que dirá la gente.. Knox se encerró en su estudio. experimenta un vértigo de desastre inminente. Maria se ha ido.. Probablemente. Iré a hacerle una visita.. La mayoría de los fugitivos no llegan lejos. —Ese vestido tiene fácil arreglo. Afortunadamente.. ¿Te encuentras bien? —Se acerca por detrás y le pone las manos en los hombros—. —Nadie ha hablado todavía con el marido. desde la puerta. —Me parece que ya nunca podremos volver a la normalidad después de esto. Maria tiene ojos de haber llorado: otro hábito de la infancia que él suponía que su hija había superado. La nieve perfecta para cubrir rastros. dentro de unos meses ni nos acordaremos. Después de comunicar a Mackinley que el almacén estaba vacío. Piensa que una condena le valdrá un ascenso. —Es que con estas cintas no puedo llevarlo. Es terrible. — Suspira y deja caer el vestido. pero aún no se siente con fuerzas para salir a enfrentarse al mundo.Stef Penney La ternura de los lobos en la zona de la bahía. Si quieres saber lo que pienso. atrapando una capa de aire en el suelo. Susannah. Las ofensivas 117 . Él ha quedado hipnotizado por la blancura del exterior. no está seguro). —Oh. Maria gruñe con desdén.

—En Matthew Fox. La charla abstracta la aburre y las floreadas confesiones sentimentales la violentan. al cabo de una semana.. Maria se sienta en la cama. trapos. —Podríamos ponerle otras mangas. —Pronto habrá noticias. y aún no he recibido nada. que es una sonora carcajada.. Porque lo sabe.. Supongo que.. así. —Quizá sí. Ha visto a muchos jóvenes concebir una viva pasión por Susannah y creerse dichosos por haber encendido en ella una chispa de afecto que. podrías haber escrito cartas largas y apasionadas y llevarlas cerca del corazón. Ésta levanta el vestido. ¿Y con éste qué hacemos? —Levanta un vestido de percal floreado que hace pensar en Maria Antonieta jugando a las pastoras.. Y Maria sabe también que. distinta de su comedida risita pública que.. —¿Ya has escrito a Donald Moody? Susannah rehúye su mirada. —También él lo prometió. Maria no envidia las atenciones que recibe Susannah. —Es horrendo. Quedaría muy moderno. al conocerla. Maria le sonríe ampliamente—. ni mucho menos. en medio de las prendas desechadas. Creí que te gustaba. —Umm. si mal no recuerdo. en realidad. ¡No te rías! ¿Y qué quieres que haga? —Oh. quizá de encaje. se apaga. y él sí sabe dónde estoy.Stef Penney La ternura de los lobos cintas las ha cosido la propia Maria con puntadas pequeñas y firmes. —¿Cómo voy a escribirle? ¿Adónde quieres que envíe la carta? —Creí que se lo habías prometido. atadas con cinta rosa. quitar éstas. —Se tumba en la cama. —Susannah se ruboriza y eso la mortifica. cambiar la forma del escote. todas esas atenciones irritan a Susannah porque la obligan a comportarse como una damita refinada. cuando a ella le gustaba aquel joven que el año anterior daba clases en la escuela. cuando ella descubre a la vuelta de la esquina una novedad más atractiva. es más propia de una señorita. Se da cuenta de que. más amiga de nadar y pescar que de los tés elegantes. Susannah no tuvo la culpa si. Los cajones del tocador de Maria están libres de esta carga de recuerdos. Susannah arroja el vestido a su hermana. Los cajones de su tocador rebosan de prendas de amores no correspondidos. de un modo u otro. ¿verdad? —No sé en qué estaría pensando. entre los flácidos vestidos—. Robert se sintió confuso sobre sus sentimientos y acabó 118 . —Mayor motivo para hacer trapos. Maria observa complacida el sonrojo de su hermana. pero ella no envidia a su hermana. según su madre. se enterarán de lo del prisionero y comprenderán que no tiene objeto continuar la persecución. Susannah deseaba sinceramente que él la hiciera feliz. Susannah suelta su risa de andar por casa. A los hombres que se sienten fascinados por su cara y su figura se les escapa el rasgo esencial del carácter de Susannah: ella es una muchacha vital y dinámica. —No está mal.

de no ser por la fascinación que Donald siente por su hermana. cuando los hombres aún están en lo que se llama la plenitud de la edad. en cuanto él se marchó de Caulfield. Knox saca el calesín y va a Dove River. pero el rumor llegó a sus oídos. Y cuando se encontraron en la calle. tras un período de callado sufrimiento. En Caulfield y Dove River las mujeres se matan a trabajar y envejecen a una velocidad pavorosa. reforzado después de su triste experiencia. Por todo ello. Maria. —¿Y éste? —Susannah muestra un vestido de lana azul celeste que había sido uno de sus favoritos—. desde luego. Me gustaría volver a ponérmelo. Por extraño que parezca. Desde hace tiempo. abochornado por la horrorizada reacción de ella. que ha desaparecido un niño. esto la alivió. porque no concibe que pueda llegar a conocer a alguien que responda a su concepto del hombre ideal: su padre. incluso que el prisionero había atado al propio Knox para escapar. De todos modos. Pero Donald parece honrado e inteligente. a visitar a Angus Ross. Maria tiene la costumbre de mostrarse agresiva y ácida cuando conoce a una persona. dejó de tener un significado concreto para convertirse en una abstracción. a fin de descartar a los estúpidos que no saben ver a través de la fachada. Maria hizo prácticamente voto de castidad. Ve a Ross en el campo detrás de la casa. Ella no lo ve como un futuro apetecible.Stef Penney La ternura de los lobos declarándole su amor con frases entrecortadas. ella se habría animado a sentir algo por él. si podemos hacerle algo en las mangas. no está segura de que el matrimonio y la felicidad doméstica sean todo lo que supone deben ser. En cierto modo. Se pregunta si. Desde que empezó a hablarse del asunto ha oído historias a cual más descabellada: que los Maclaren han sido asesinados mientras dormían. de manera que. pero antes no. Es un disparate hasta pensar en ello. algo que volvería a tener vigencia al regreso. obvia desde el primer momento. Está reparando la cerca 119 . un poco curtidos pero vigorosos. Ella comprende que es un sistema de autodefensa. A raíz de aquel desengaño. aún mantiene la esperanza de encontrar a la señora Ross en su hogar. se sintió impresionada por lo que él dijo y hasta empezó a dudar de que fuera verdad todo lo que le habían contado de aquel hombre. hizo un modelo de Robert Fisher en cera y lo asó lentamente en la chimenea de su habitación. Maria piensa que probablemente Susannah no sea la primera en escribir. si es que llega a hacerlo. Susannah no dijo nada a Maria. parecen estar casados con su madre. como suele ocurrir en Caulfield antes o después. Pero Donald no se arredró y se ganó su respeto. No ha podido localizar la fuente del rumor y se hace reproches por haberle dado crédito con tanta facilidad. algo que había quedado en suspenso. Parece haber dejado de pensar en Donald. para luego regresar a Sarnia en el primer vapor. aunque ella comprendía que si perseveraba era por Susannah. después de que él hablara con Sturrock.

por extrañas que sean las circunstancias. Él y su mujer son a cual más obstinado. Knox se pregunta si Ross estará celoso. Pero Ross no es comunicativo. Ross no hace comentario alguno. Sé por qué ha venido. Quizá.Stef Penney La ternura de los lobos y sigue trabajando mientras Knox se acerca.. mirándolo a los ojos. si sentirá la preocupación del marido cuya esposa puede haberse ido con otro. pero no contra su voluntad. No se vuelve a mirarlo hasta que está a pocos pasos. como a su esposa por su irreverencia hacia los convencionalismos. A Knox le hace pensar en granito erosionado por la intemperie. Todo el mundo anda alborotado con la fuga del prisionero. Ross tiene los ojos y el pelo claros y una cara impenetrable. De todos modos. hombre? ¿Su mujer por ahí. La frase: «no hagas caso de lo que te digan» puede aludir a la fuga del prisionero. Lo que Ross muestra a Knox en la cocina indica que no hay que preocuparse por el inmediato abastecimiento de la señora Ross. Knox se pone a especular acerca del estado del matrimonio de los Ross. Knox comprende que no tiene elección. A este hombre se le conoce por su aire taciturno.. ya no se soportan. saluda al visitante con relativa cordialidad. —Si me pregunta si el prisionero se ha ido con ella. es verdad. No podía soportar la preocupación. —Venga a tomar una taza de té. Mientras toma el té —flojo. al cabo de los años. No sé por qué iba a querer ayudarla. Dijo que se iría. contra pronóstico—. —Angus. con este tiempo? Ross agarra el hacha y el azadón y echa a andar hacia la casa. un aire más inglés. Knox calla. aunque tampoco esperaba otra cosa. Hemos oído rumores disparatados. —Pues sí. Ella se ha marchado. que es lacónica pero expresiva. —¿Sabe adónde? —A buscar a Francis. ¿Y usted? —¿No está preocupado. ¿cómo está? —Bastante bien. es dura como el pedernal. Granito y pedernal. —Sí. esperando más información. —Andrew. —Ross es una de las pocas personas de Dove River que no tienen dificultad en llamar a Knox por su nombre de pila —. Al parecer. —¿Va sola? Ross se encoge ligeramente de hombros. va bien provista. Es una desgracia. Knox está asombrado de la calma de este hombre. Hasta lee la nota que ha dejado. no lo sé. —Confío en que encuentre a los hombres de la Compañía. La clase de personas a las que resulta imposible imaginar en una escena íntima. No advierte ni la menor señal.) Y los dos son tan distintos de Francis que a nadie se le ocurriría tomarlo por verdadero hijo suyo. De todos modos. (Ahuyenta la imagen con un escalofrío mental y un severo reproche. aunque ella posee cierta elegancia. o no. Quizá él se alegre de que su 120 .

no diga nada a nadie — propone Knox—..Stef Penney La ternura de los lobos mujer se haya marchado.. Como le decía. aparentemente insensible a la preocupación y los buenos deseos del visitante. es probable que encuentre a los hombres de la Compañía. Le resulta agotador estar en compañía de personas para las que una sonrisa espontánea es señal de infantil debilidad. 121 . —Knox se pone en pie. que no expresan sus emociones con la misma efusividad que los blancos. La mayoría de los hombres tomarían esta pregunta como un insulto. —¿Me equivoco al pensar que no piensa salir en su busca? Una pausa. y siente un cosquilleo de risa en la garganta. Traga saliva: esto es un asunto serio. Gracias por ser tan franco conmigo.... Espero sinceramente que pronto recupere a su familia. No queremos más. Ross asiente. ¿Trata de justificarse? Knox siente una punzada de desagrado. Knox imagina a más y más personas emprendiendo viaje rumbo al norte. —Si usted lo dice. —Bien. Ross asiente y le da las gracias por la visita. Knox siente alivio al dejar a Angus Ross.. Tanto estoicismo empieza a ser irritante. Una reacción muy poco correcta.. —¿Adónde podría ir? Con este tiempo. Y el hijo. histerismo. —Tal vez sea mejor que. que está haciéndose muy frecuente. cediendo al deseo de marcharse —. Quizá sea síntoma de senilidad. puesto que es de esperar que Donald Moody y Jacob ya hayan llegado a destino. por no decir repelente. Pero quizá no sean necesarias más personas. por ahora. Sentimientos parecidos ha experimentado a veces en el trato con los nativos. Yo diré que he hablado con usted y que de momento no hay motivo de preocupación.. imposible saber con certeza hacia dónde se dirige. dondequiera que esté.

un muchacho con una nuez que da angustia mirar tantea el suelo con una vara larga. la huella de un animal o incluso la de un miembro de la partida. borrando de inmediato todo rastro. Cuando el almacén en que había estado el prisionero apareció vacío. Confía en poder obtener más dinero de Knox para quedarse hasta que reaparezcan el hijo de la señora Ross y la tablilla de hueso. Sturrock conoció a Laurent Jammet un año atrás. mirando el suelo en busca de huellas del fugitivo. A su izquierda. Como de costumbre. Cuando llegó Sturrock. gente que creía haber encontrado una pisada o cualquier señal que luego ha resultado ser un accidente natural del suelo. camina por la nieve reciente. un día gris y ventoso. la señora Pratt. Así pues. pero. el terreno que rodeaba el almacén era un barrizal. debajo del colchón de su cuarto (después de comprobar que no había ratones). durante la noche había empezado a caer un polvo de nieve que probablemente ya había cubierto las huellas. De todos modos. Está seguro de que aquí nadie tiene ni idea de lo que pueda ser. destruyendo cualquier señal que pudiera haber quedado en el suelo. la noticia corrió como el azogue por todas las casas de Caulfield y la gente salió a mirar y opinar. los hombres útiles se dividieron en grupos y cada uno tomó una dirección diferente. pero una mente tan fértil como la suya es capaz de concebir las extraordinarias posibilidades que encierra. un hombre llamado Edward Mackay hace exactamente lo mismo. una de esas personas — 122 .Stef Penney La ternura de los lobos Sturrock. Sturrock había dejado que sus obligaciones superaran sus medios y acababa de soportar un rapapolvo de su casera. en Toronto. lo escucharon amablemente e hicieron caso omiso de su objeción. Se ha hecho todo mal desde el principio. y nadie tenía ni la menor idea de dónde buscar. Se han dado varias falsas alarmas. A su derecha. como era forastero. Ni él mismo lo sabe. Sturrock no deja de pensar en los papeles que ha escondido en casa de Scott. aunque sin demasiada energía. registrando el terreno en filas de diez en fondo. Sturrock había protestado. con una pelliza prestada. señalando los inconvenientes de tal proceder. De esta manera barrieron los alrededores de Caulfield. Sturrock comprende que es vano empeño. pero el ir y venir de tantas personas hacía imposible encontrar indicio alguno.

todo el mundo sabía que los indios no tenían 123 . los hombres se pasaban el objeto unos a otros. latín ni griego. ¿eh? Los hombres prorrumpieron en risotadas. Desde luego. desde mineros hasta condes. y es uno de los pocos blancos que se han granjeado la confianza y el aprecio de varios jefes indios de uno y otro lado de la frontera. Iba andando por la calle (no podía permitirse ir a caballo) y de pronto la tablilla se aparecía ante sus ojos. a las que Sturrock respondía mientras examinaba el objeto. El yanqui empezó a hacerle halagadoras preguntas sobre sus actividades. curioso y probablemente sin valor. que le hacía el favor de enaltecer su roñosa pensión con su presencia. un tal Jammet. Mala suerte. en el que no había reparado hasta mucho después. El yanqui había oído hablar de él. debía de ser uno de esos yanquis despreciables que cruzaban la extensa frontera para escapar de la guerra. Sturrock dijo que había estudiado arqueología y que quizá podría ayudarlos. Al parecer. Mientras tomaba su café con parsimonia. En ese momento. Poco después se despidieron y Sturrock se quedó una hora más. dando sorbitos al café que le había pagado el francés. Al fin devolvió la pieza de marfil al francés. Sturrock se levantó y se presentó a los hombres de aquella mesa. aunque tampoco pudo adivinar de qué se trataba. por el acento. por tanto. Sturrock no podía dejar de pensar en el caso. Para reponerse de la desagradable escena y pensar en la manera de poner remedio a la situación. —No sé —dijo un tercero—. los egipcios son dibujos. Pero estaba intrigado por las pequeñas figuras que rodeaban las marcas que parecían de escritura.Stef Penney La ternura de los lobos lamentablemente numerosas— que no se daban cuenta de que él era un hombre de aptitudes superiores. no pertenecía a ninguna de las grandes civilizaciones de la Antigüedad. —No. no le parecía que perteneciera ni a una ni a otra. No le dio gran importancia. diciendo que no sabía lo que era. pero que desde luego no se trataba de egipcio. destinado a grandes empresas. captaba retazos de la conversación que mantenían unos hombres en la mesa de al lado. —Entonces podría valer mucho —dijo el francés. lo que le sirvió de carta de presentación. Siempre ha tenido una especial habilidad para entablar relación con toda clase de gente. Uno de ellos. pájaros y cosas así —dijo otro que. en tono de conmiseración: —Puede que sea una antigüedad india. Quizá sea griego. Eso le había ayudado en sus rescates. El estilo recordaba el de las ingenuas figuras de las historias que los indios solían bordar en sus cinturones. entró en uno de los cafés en los que aún confiaba que le fiaran. Por lo poco que sabía de las culturas griega y egipcia —siempre exageraba al referirse a sus estudios—. decía haber tenido tratos con un hombre de Thunder Bay que le había dado un objeto. Era una tablilla de marfil con unos grabados «como de los egipcios». y sus extraños signos acudían a su mente. En días sucesivos. francés a juzgar por el acento. Uno de los hombres dijo entonces a Jammet.

Sturrock había llevado la transcripción a museos de Toronto y Chicago. de las tres. Sturrock fingió indiferencia. Entre unos y otros. Entonces Jammet se reveló como el buen comerciante que era. hombre muy versado en lenguas muertas. El francés. se sintió ofendido por esta falta de confianza. el teatro y la Iglesia. Sturrock. después de haber probado fortuna con el derecho. Aunque pronto tuvo que desengañarse de sus pintorescas fantasías. sin encontrar a alguien que pudiera refutar su teoría. quizá averiguaría si tenía algún valor. no fue menos estimulante la realidad que descubrió. a fin de indagar si el objeto tenía interés. Era una actividad diversa y de gran proyección social que le permitía expresar sus opiniones con lenguaje colorista. Al fin creía haber 124 . si no el último. y Sturrock prosperaba. que habían sido expulsados de sus tierras de Massachusetts. que le hablaba de su tribu. Estuvieron charlando un rato y Sturrock dijo que había hablado con un amigo suyo. Sturrock se había hecho rescatador por casualidad. que estaba interesado en ver la tablilla y. la había enseñado a profesores universitarios y sabios reconocidos. Los sabios no lo creían así. Sturrock volvió al café. que había procurado disimular su interés. Y no obstante. Él era uno de los pocos supervivientes de la tribu. negándose a separarse de la tablilla. muy solicitado en los salones elegantes de Toronto y Ottawa. Esta última actividad fue. trabó amistad con un hombre llamado Joseph Lock. le dio palmaditas en el hombro y dijo que se la guardaría hasta que le trajera el dinero. divertido. y él estaba de acuerdo— acerca de la triste situación de Joseph. preguntó por el francés y se hizo el encontradizo delante de una casa de huéspedes situada en un barrio mejor que el suyo. Y no obstante. Él tenía renombre como periodista. Sturrock escribía con brillantez —eso le decía la gente. según observó. Habría servido de ayuda saber su procedencia. Nunca la habían tenido. un octogenario que vivía en la indigencia cerca de Ottawa. En un principio escribía sobre los indios inspirándose en la romántica idea del noble salvaje. Desde entonces. su aventura con la esposa de un feligrés se descubrió y fue expulsado de la ciudad. los pennacook. Tal como había dicho a Moody. sólo preguntaba si era alguna lengua indoeuropea. y sus escritos estaban haciendo de él un hombre famoso. la única que le reportó beneficios: su iglesia llegó a reunir a una congregación de varios cientos de fieles. lo sacó y él lo copió en un papel. En el curso de los meses siguientes. Lamentablemente. atraídos por la elocuencia y el ingenio del predicador. carraspeó y acabó rogando a Jammet que le dejara copiar los signos. habían descartado todas las lenguas de la Antigüedad. luego gruñó. la tablilla dejó de inspirarle interés: pasó a convertirse en obsesión. El periodismo convenía más a su carácter inconformista. Él no decía lo que creía que podía ser aquello. Y lo más importante: le hizo descubrir su espíritu combativo.Stef Penney La ternura de los lobos escritura. Concretamente. salvo a cambio de una considerable suma de dinero. si podía estudiarla durante un par de días. pero él no quería demostrar a Jammet que estaba interesado. pero Jammet se echó a reír.

Pero él era persuasivo. tal como había descubierto en todas sus anteriores actividades. pero se volcó en la empresa con energía e imaginación. sin desconfianza. Muchos pensaban que habían muerto el primer día y que las fieras habrían acabado con sus restos. Sturrock no estaba dispuesto a rechazar lo que podía ser el glorioso colofón de su carrera. y se encogían de hombros. hombres más jóvenes y más airados que Joseph. Charles Seton. Quizá por su condición de forastero. Al cabo de un año de búsqueda. el padre había oído hablar de Sturrock y era lo bastante inteligente —y estaba lo bastante desesperado— como para comprender que aquel periodista podía ayudarlo. no había pruebas de que hubieran sido raptadas por indios. y sus artículos. Él aducía que el público debía conocer los sentimientos de los nativos. El muchacho accedió a volver con su familia. en lugar de describir con gran realismo penurias y lamentar injusticias pasadas (el tema se agotaba). Ahora bien. El asunto se le fue de las manos sin que se diera cuenta. en este mundo nada está destinado a perdurar. al sur de los Grandes Lagos. los indios lo acogían amistosamente. dejándole la sensación de haberlo perdido ya todo. La confianza de Sturrock en encontrar a las niñas se desvanecía. Y de pena había muerto su esposa. Él se dolía de la injusticia y sentía que se lo trataba como se había tratado a los indios. Se le cerraban las puertas y las invitaciones escaseaban. Le daban pretextos vagos o invocaban la volubilidad de los lectores. No obstante. Sturrock habría tenido que reconocer los síntomas del hombre para el que no hay explicaciones que valgan ni resultados que compensen su sufrimiento. Había abandonado el trabajo y dedicaba sus últimos recursos a buscar a sus hijas. Se ganaba la vida. Sturrock ya tenía casi cincuenta años. se hicieron más polémicos. Al cabo de un par de años. en primer lugar. Al cabo de varios meses. pero nadie se hace rico encontrando a hijos de colonos pobres. la dificultad estribaba no tanto en encontrar a los niños como en convencerlos para que volvieran a su vida anterior. ya que hacía más de cinco años que las niñas habían desaparecido y. Los directores respondían que los acontecimientos de Inglaterra eran más importantes. El caso Seton era diferente de la mayoría en que había intervenido. De pronto. Sturrock encontró al muchacho viviendo con un grupo de hurones en Wisconsin. alentado por el éxito.Stef Penney La ternura de los lobos encontrado su lugar en el mundo. se encargó de varios casos de niños raptados. Aunque esto había ocurrido en Michigan. Después de este primer éxito. Thomas Sturrock se había ganado el respeto de la gente. el propio Sturrock empezó a creerlo así. Generalmente. Sturrock descubrió que los directores de los periódicos se resistían a publicar sus escritos. al cabo de cinco años. Por aquel entonces acudió a él una familia estadounidense cuyo hijo había sido raptado por los indios durante una incursión. y consiguió rescatar a dos de cada tres. pero 125 . De nuevo. Sturrock recibió una carta de Charles Seton. seguía abrumado por la pena. Su fama lo llevó a conocer a otros indios. Esta búsqueda era lo único que le quedaba en el mundo.

mantenidas diez años atrás. Es el destino de muchos de los hombres que salen del ámbito en que han nacido. Kahon'wes le habló de excavaciones hechas en el río Ohio que habían sacado a la luz gigantescas construcciones de tierra y objetos anteriores a la era cristiana. cuando Sturrock viajaba con frecuencia entre el lago Ontario y Georgian Bay. sólo piensa en Kahon'wes y su vieja ambición no alcanzada. En aquel tiempo. En estas conversaciones. La publicación de tal monografía podía servir de gran ayuda a la causa de sus amigos indios y. Este objetivo bien vale la espera y las incomodidades que pueda acarrear. de paso. pensaba Sturrock mientras recorría las calles de Toronto indagando acerca de la procedencia de la tablilla de hueso. los indios podían ser desplazados por los blancos sin piedad. Ya imaginaba la monografía que escribiría sobre el tema y el revuelo que levantaría en toda Norteamérica. de igual modo que se suponía que los indios habían desplazado a aquellos otros nativos).Stef Penney La ternura de los lobos Charles Seton no quería ni oír hablar de ello. Hablaban de cultura. conoció a un joven indio llamado Kahon'wes. de que se consideraba a los indios un pueblo de la Edad de Piedra y de los prejuicios de una cultura escrita hacia una cultura oral. Imposible mencionar tal posibilidad en su presencia. hacerlo famoso. acerca de las guerras del sur de la frontera y de los políticos de Ottawa. y Sturrock se sentía halagado por la atención y por el modo en que el joven lo idealizaba. que significa Predicador. Mantenían largas charlas hasta muy entrada la noche. se hicieron buenos amigos. Kahon'wes estaba deseoso de conocer a Sturrock. que había sucumbido a la bebida y derivado hacia el otro lado de la frontera. periodista militante que escribía acerca de la desastrosa situación política de los nativos. Los arqueólogos blancos que habían encontrado estas cosas no querían creer que los indios pertenecieran a esta civilización de constructores y talladores (y por consiguiente. Lamentablemente. Sturrock no repara en el impresionante y sombrío paisaje ni en sus torpes compañeros de rastreo (simples aficionados). Kahon'wes lo llamaba Sakota:tis. ya no podía pedir opinión a Kahon'wes. mientras camina pesadamente por la nieve. Por eso. a fin de establecer relación con la prensa. 126 . Aunque Sturrock no creía poder ayudarlo mucho ya que se hallaba alejado de aquel campo.

Durante dos días no he tenido ánimo para hacer preguntas. calculando que en total me ha dicho unas cinco frases. sabiendo que después sentiré más el frío. en la que los cedros nos protegen del viento. he pasado relativamente poco tiempo a solas con un hombre. Parker sigue la orilla del río sin vacilar. Por aquí pasaron dos hombres casi al mismo tiempo. Reconozco que las circunstancias son extrañas y que soy una persona muy callada. me pregunto si habré hecho algo mal. mientras camino detrás de Parker y su trineo. Hoy es el tercer día de viaje y. Uno de los perros ladra. dice: —Cuatro hombres dejan muchas huellas. o quizá sólo me lo parece. No sé si Parker podrá seguir el rastro bajo la nieve. porque necesitaba todas mis fuerzas para mantener el duro ritmo de la marcha. Qué tonta. Cuando nos paramos a tomar té negro y pan de maíz. pero aún no soy tan veterana del invierno como para desdeñar este efímero placer. los únicos sonidos son el crujido de nuestros pasos y el siseo del trineo en la nieve. No cabe duda de que es hombre de pocas palabras. pero duele. tanto silencio me resulta incómodo. Estamos de pie junto a nuestro pequeño fuego. explica: —Encendían dos fuegos. —¿Vio usted su rastro cuando iba a Dove River? —Sí.Stef Penney La ternura de los lobos Sin contar a mi marido. Al cabo de un momento. —¿Cómo lo sabe? —Un rastro sigue al otro. Es un alivio. pero. tendrían un solo fuego. Claro. Caminamos bajo los árboles. Yo no digo nada. Parker muestra una leve satisfacción. Parece esperar. Una ráfaga de viento agita unas ramas cargadas de nieve de las que se desprende una cortina de copos blancos. de manera que me resulta difícil determinar si una cosa es o no es normal. La taza me calienta las manos heladas a través de las manoplas. pregunto: —¿Así que éste es el camino que siguió Francis? Él asiente. Me arrimo la taza para que el vapor cálido y húmedo del té me toque la cara. —¿Dos? ¿Quiere decir que Francis iba con alguien? —Iban uno detrás de otro. no haberlo observado. en un crepúsculo permanente. pero hoy parece haberse suavizado. 127 . y se me ocurre que sabe muy bien adónde vamos. hemos salido a una senda relativamente fácil. Yendo juntos. Como si me leyera el pensamiento. aun así.

Stef Penney La ternura de los lobos —¿Cuatro? —Los hombres de la Compañía que buscan a su hijo. entré en el pequeño y oscuro túnel con el 128 . de color arena. Luego. Son fáciles de seguir. con las hojas hacia el centro. de tragar un líquido hirviendo sin quemarse. Parece tener la facultad. por lo que siento cierta afinidad con ella: parece cariñosa y confiada. al cabo de medio minuto ya se puede beber. se llama Lucie. muy juntos para darse calor. Él corta ramas de abeto con el hacha (supongo que Angus se habrá puesto furioso al echarla de menos. Parker enciende un pequeño fuego al que me arrimo. Por las noches. Me pregunto si Parker también lo habrá pensado. que tiene pinta de lobo. y apila ramas más pequeñas en el suelo. que él pronuncia «Lucí». Él construye el refugio en el tiempo que a mí me lleva hervir agua y preparar un puré de avena y pemmican —esa pasta de carne desecada. pero debió de pensarlo mejor antes de dar por perdido a su hijo). seguidos por los perros. porque olvidé traer sal. La primera vez que lo veo me hace el efecto de una pira para un sacrificio. La primera noche. no le he dicho mi nombre de pila ni es probable que él lo pregunte. cuelga un trozo de lona de la rama que forma la espina dorsal de la tienda. En el interior. que se han tumbado en la nieve. ¿Veo la sombra de una sonrisa o sólo me lo parece? Vacía su taza de un trago y se aparta unos pasos para orinar. agotados (por lo menos yo). pero reconforta comer algo sólido y sentir que te quema la garganta. mientras imagino la amena charla que podría mantener con mi guía —¿o debería decir mi captor?— si él fuera otra persona. Me vuelvo para mirar los perros. lo siento. y yo se la agradezco. el más pequeño. que he observado en otros hombres de los bosques. nos metemos en la tienda. su compañero. Curiosamente. a pesar de que. Después lo cubre todo con la lona embreada que traje del sótano. disponiéndolas como los rayos del sol. sujetándola al suelo con más ramas y con nieve que amontona utilizando una corteza de árbol. Después. y Parker sujeta la lona con una piedra. muy distinta de Sisco. Debe de tener la boca de cuero. el té se enfría pronto. pero ahuyento el pensamiento antes de que vaya más allá. Con este aire helado. Es mi nombre. Está soso. como se supone que son los perros. picada y mezclada con grasa— con unas pasas. más té con azúcar. es perra. Es su única concesión al decoro. desbroza las más largas para hacer el armazón de un refugio que sitúa a sotavento de un tronco robusto o de las raíces de algún árbol caído. para quitar el sabor del engrudo. Me da la impresión de que existe cierta simetría entre los dos perros y las dos personas que hacemos este viaje. a modo de cortina que divide el espacio por la mitad. pero hay que tomarlo deprisa para que no se enfríe del todo. hasta que todo el borde queda recubierto y no deja escapar el calor. unos inquietantes ojos azules y un gruñido amenazador. naturalmente. a la francesa. abrasándome manos y cara mientras se me hiela la espalda. a rastras.

Poco a poco sentí el ligero calor que despedía su cuerpo. Entonces Parker dejó de moverse y noté. sin atreverme a mover ni un dedo. y le agradecí que no sonriera ni mirara descaradamente. por lo tanto. A modo de introducción. desperté a la tenue luz que se filtraba por la lona. Mantuve los ojos muy abiertos en la oscuridad y el oído atento.Stef Penney La ternura de los lobos corazón alborotado y me acurruqué debajo de mis mantas. Por la mañana. he de reconocer que el sistema es bueno. junto al río. y también que se preocupe por mi comodidad. pero no ocurrió nada. Creo que al final me quedé dormida. pero espero que podamos ser buenos compañeros. un escarabajo pelotero. que una parte de su cuerpo se apoyaba en la cortina y. descubrí que. con el pelo suelto y caído sobre la cara. Comprendo que las circunstancias son un tanto. y yo me incorporé. Estoy segura de que Parker me observaba mientras me arrastraba sobre los codos. agradeciendo el calor de su pequeño cuerpo. me tendió una taza de té. por lo que quizá deberíamos enorgullecernos de ella. Es curioso cómo nos mueve la vanidad hasta en las circunstancias menos apropiadas. con horror. En realidad. Hace horas que ensayo mi discurso.. —El resplandor naranja del fuego pinta su cara en un claroscuro que diluye la marca amoratada de la mejilla y suaviza la tosquedad de las facciones—. En mi nido el aire estaba viciado y olía a perro. y me quedé inmóvil. —Me parece que «compañeros» da el tono justo. esperando algo espantoso —ni pensar en dormir—. Pienso que va a seguir sin hablar. Con semblante grave. contra mi espalda.. Conteniendo la respiración. me digo. aunque sólo de pensarlo me sonrojo. No tenía espacio para apartarme —mi cara casi rozaba la lona afianzada con nieve—. peculiares. pero entonces traga y dice: —¿Alguna vez lo oyó tocar el violín? Tardo un momento en comprender que se refiere a Laurent Jammet. la vanidad es uno de los atributos que nos distinguen de los animales. Lucie se metió —o fue empujada— por debajo de la cortina. comienzo a hablar. cordial pero no excesivamente afectuoso. escuchaba a Parker acomodarse y respirar a pocos centímetros de mí. comparado con el exterior. oyendo 129 . digo: —Sepa. Mientras nos tomamos el potaje. señor Parker. Esta noche —la tercera— decido hacer un esfuerzo con mi silencioso compañero de fatigas. Él me mira mientras mastica un pedazo de cartílago correoso. tratando de recogerme el pelo y deseando haber traído un espejito de bolsillo. aquel ambiente era casi cálido. ya que preserva cierta intimidad al tiempo que nos permite compartir nuestros calores corporales. Pero. temiendo un destino peor que la muerte. pero cuando salí a la intemperie reculando. como si yo no existiera o fuera una criatura insignificante. Y entonces me veo delante de la cabaña. se enroscó a mi lado y yo me arrimé a ella. Hacía frío. que le agradezco que me haya permitido acompañarlo.

—Hace mucho tiempo. Ha echado azúcar extra. pero volvió a Inglaterra. No sé qué puede haber cambiado ahora. Parker ha preparado té. Tomo un sorbo y me llevo una sorpresa. aparte de guiarme por los bosques. —¿Hereford? ¿Inglaterra? —¿Lo conoce? —No.. Tuvieron un hijo. para que se me salten las lágrimas y me tracen sendas calientes en las mejillas. Me da una taza de hojalata. Ahora está fumando en pipa. porque bastante tenía con mentir y disimular mientras buscaba la manera de ayudarlo. siempre he pensado que llorar no sirve de nada. No he llorado mucho en mi vida. Porque él nada puede hacer para ayudarme. y eso ya lo hace. Sabían que el peso extra quedaba compensado. Cierro los ojos y vuelvo la cara. La pipa es de mi marido... y no la veo. habida cuenta de las experiencias que he pasado. Se casó con mi abuela. un hombre de la Compañía. creo que está claro que a tu vida le ha tocado una porción mayor que a la mayoría. como si la existencia de la catedral fuera evidente. Cada vida tiene su porción de sufrimiento. También se llamaba William Parker. Cuando abro los ojos. No he llorado por Francis estos días. —¿Usted lo conoció? —No.. como dedos cálidos que quisieran consolarme. —Perdone. implorando su misericordia. No obstante. —Mi abuelo era inglés. buscando a Parker. —Él tocaba cuando trabajábamos en equipo. como la mayoría. Estoy segura de que habría reparado en una cara como la suya. lo que implica que supones que podrá ayudarte. A mi hijo le gustaba su música. Los jefes le dejaban llevar el violín en el equipaje. No pide explicaciones. y me pareció que llorar sería malgastar mis pocas fuerzas. —¿Usted había trabajado con él? ¿Para la Compañía? Recuerdo la fotografía de Jammet con el grupo de voyageurs y la repaso mentalmente. pero si llegas a mi edad y has cruzado un océano y has perdido a tus padres y a una hija. Pero sigo llorando. violenta. Era de un sitio llamado Hereford.. con la cara transfigurada por la risa. porque la suya le fue confiscada. Él asiente. Él no se quedó aquí. y siento con un placer voluptuoso la caricia de las lágrimas en las mejillas.. Creo que tiene una catedral muy hermosa.. por si esto suena a insulto. y yo descubrí muy pronto que no es así. cuando quizá ni siquiera sabe qué es eso. que 130 . Si pudiéramos endulzar tan fácilmente todas nuestras amarguras. —Usted no parece. la panacea de todos los males.. —Sonrío rápidamente. que era creek.Stef Penney La ternura de los lobos aquella dulce tonada y a Francis que sale en tromba. es como si pensaras que alguien te estará mirando y se apiadará de ti. Me da vergüenza que me vea llorar porque parece que esté apelando a su humanidad. y la sensación de pérdida me paraliza. confiando en que Parker no se haya dado cuenta.

Consuela pensar que un sospechoso de asesinato ame a su madre. Envidio el acompasado ritual de la pipa: un hombre que fuma en pipa parece estar ocupado en algo y sumido en sus pensamientos. por supuesto. Y supuestamente (aunque esto no lo digo. Parker gruñe. por la belleza de sus rasgos—. —Creí que era lo mismo. tengo la sensación de que él ya sabe adónde conduce el rastro. en polvo—.Stef Penney La ternura de los lobos fue mi padre. Por eso es tan alto. —Significa «serpiente de cascabel». me siento más tranquila que últimamente. aunque ni haga ni piense nada. pero temo romper la tenue comunicación establecida y me contento con señalarlo con un gesto. Nuevamente. Avanzarán muy despacio. Vamos de camino. Mientras ha estado nevando — una nieve engañosamente ligera. Supongo que alguien tratará de seguirnos. pero ella siempre fue. mohawk. —Bien. con esta nieve perderán el rastro. Y lo explica.. educada en la misión. —Duele menos. Mi padre se casó con una mohawk de una misión francesa. Lo creo así porque no tengo más remedio. que ya se ha enfriado. desde luego). Hay afecto en su voz. sin mostrarse ofendido. —Ah —digo. A pesar de todo. —¿Cómo está su cara? Se palpa con dos dedos.. No parecía de los que se rinden fácilmente—. Algo para 131 . Sonrío desde el otro lado del trémulo fuego. Deseo preguntarle acerca de la muerte de Jammet. he tratado de convencerme de que Francis habrá encontrado refugio en algún pueblo. —Sí. Trabajó para la Compañía toda su vida. —Aunque nos sigan. Usted es iroqués. pero con suavidad. —Perdone. Guardamos silencio durante un rato. —¿Y usted sí podrá seguir el rastro? Esto me preocupa cada vez más. No lo sabía. —¿Sabe qué significa «iroqués»? Niego con la cabeza. no iroqués —me corrige. —Mohawk. Pero su seguridad parece responder a otras causas. porque los iroqueses son conocidos por su corpulencia y su fuerza. y humor. —¿Y su madre? —¿Mi. Casi he terminado el té.? —Una chispa de emoción le anima la cara—. ante todo. Ha bajado la hinchazón. que está acostumbrado a seguir el leve rastro de criaturas ligeras sobre la nieve. Tuerce la boca en lo que empiezo a interpretar como una sonrisa. —Me acuerdo de Mackinley. Es un nombre que les dieron sus enemigos. —Se la suponía una católica. seca. Recuerdo que este hombre es trampero. como si eso explicara algo. Estoy haciendo algo por recuperar a Francis.

y eso importa.Stef Penney La ternura de los lobos demostrar lo mucho que lo quiero. porque me parece que él lo ha olvidado. 132 .

Se pregunta si Moody conoce a su padre. Donald ha ladeado la cabeza. Mira fijamente a Francis. Sentado al lado de Moody está un joven mestizo que han presentado a Francis con el nombre de Jacob. —Temí que aquel hombre tomara mucha delantera. A Francis le han contado — Jammet. Francis no le ha oído pronunciar ni una palabra.Stef Penney La ternura de los lobos Llega un momento en que Francis comprende que está bajo arresto. Es posible que. como el chico que trata de hacer amigos el primer día de colegio. a su pesar. Es decir poco. Quizá piensa que va a cometer un error y delatarse. pero supone que está presente en calidad de testigo de la Hudson Bay Company. Moody piensa que él ha matado a Laurent. y Francis ve la cicatriz. 133 . Moody se vuelve. Es un hombre muy respetado en el pueblo. rosa y tierna. lo irrita. en la pálida piel. La idea. No pensaba con claridad. entre otros— que en la Tierra del Príncipe Rupert la Compañía envía a sus hombres a administrar una especie de rudimentaria justicia. Si se sabe de un asesino. como si tratara de descifrar el concepto de no pensar con claridad. pero sus ojos lo observan atentamente. Podías habérselo contado a tu padre. Me lo clavó el hombre que estaba aquí sentado. —Quiero enseñarte una cosa. —¿Ves esto? El cuchillo se hundió ocho centímetros. pero algo en la manera en que Per lo mira a él y luego a Moody se lo hace suponer. él pensara lo mismo. Francis se muerde la lengua. Se mantiene casi siempre con la cabeza baja. Se sube la camisa sacándola del pantalón. y Jacob se levanta y sale de la habitación. parece razonable. Moody acerca la silla a Francis y le sonríe levemente. Francis se pregunta si Jacob será el verdugo. los empleados de la Compañía lo persiguen y lo matan discretamente. —No comprendo por qué no dijiste a nadie lo que habías visto — dice Moody ajustándose las gafas por enésima vez—. Esto. tal como Moody la expone. nota que los ojos se le agrandan de asombro. Nadie se lo ha dicho. Parece que no lo consigue. más que asustarlo o enfurecerlo. reprimiendo la respuesta obvia. dice unas palabras en voz baja. en el lugar de Moody. quien.

—Quiero decir que. —Si tanto le importa que se haga justicia. Sin pensar. Ahora descubre qué ha estado molestándolo estos días.. Era la primera vez que jugaba al rugby. y Francis siente una chispa de simpatía. te jodan y te jodan! —Y se vuelve de cara a la pared. te vas. las que dejó el asesino? Tienen que haberlas visto. Te escondes aquí y después. para infundirle ánimo. Quiere gritar. incluso con un amigo. Si les dijera la auténtica verdad. Ahora siente un nudo en la garganta y un regusto amargo en la boca. no tiene nada de extraño. Sin darse cuenta. Quizá éste era el motivo de su fastidio. quizá uno de los dos estaba borracho. el clásico placaje con deslizamiento. Donald se ríe.Stef Penney La ternura de los lobos —No obstante. Muy astuto. —Donald se inclina hacia delante. cuando se calman las cosas. diría yo. Jugábamos al rugby y yo lo plaqué. Francis sonríe a medias. y darías la vida por no haberlo hecho. me parece que no hay en todo el país un hombre que sienta más aprecio por mí. —Mira el techo otra vez. lo que dice es: —¡Que te jodan. Señales ilegibles—... Francis lo mira sin pestañear. Me tiré a sus piernas. ¿le creerían entonces? ¿Si les dijera lo que ocurría en realidad? Cuando abre la boca. Donald sonríe a su vez. —Te vas a reír cuando te cuente por qué... —Algo se ha disparado en su interior. una cualidad de Francis que le recuerda a un chico de la escuela al que todos esquivaban. Aunque no me crea. En realidad. ¿De qué sirve hablar con este idiota que ya ha decidido que sabe lo que ocurrió? ¿Así van a ir las cosas? Pues que así sea. debió verlas. como si intuyera que por fin va a obtener la respuesta. 134 . Yo no sabía que llevara cuchillo. porque no era lo más lógico. Francis está mirando el techo. Enseguida se te pasa. —Pudiste seguir ese rastro sólo para tener la seguridad de que llegarías a sitio seguro. —Quizá por eso viniste aquí. —¡De haber querido escapar no habría venido aquí! Habría ido a Toronto y me habría embarcado.. Cuando el chico le da la espalda. Donald tiene una intuición. ¿acaso no lo comprende? Es de locos pensarlo siquiera. te puso furioso y lo atacaste sin pensar. puedes pelearte y atacarlo en un momento de rabia. Donald vuelve a remeter los faldones de la camisa en el pantalón. Y él me atacó instintivamente. ¿por qué no siguen las otras huellas. las líneas y grietas familiares. ¿Fue así? Os peleasteis. las palabras fluyen y la voz sube de tono. ¿Dónde podría gastar el dinero aquí arriba? Es un disparate pensar que yo lo maté. Yo pude seguirlas. ampliamente. Durante un momento son casi como dos amigos.

pero no puedo negarlo: cuando no lo imagino herido o muerto de frío. con viento en calma. Siempre he detestado su uniformidad. de manera que de poco nos serviría en caso de un ataque por sorpresa. Él me dedica una mirada de conmiseración. descargado. porque debería estar preocupada por Francis. Dice que en esta región no hay osos. él me habría obligado. me doy cuenta de que estoy divirtiéndome. su escasa variedad de árboles. pero no las atacarían. empiezo a confiar en él. de haberme negado a acompañarlo. Tampoco temo a mi taciturno guía. • • • El rifle de Angus va atado al trineo. —Los lobos no atacan a las personas. al volverme para ver el trecho andado. Mientras caminamos por el bosque hacia el norte. y no se 135 . él se ríe. No se encontraron indicios de que fueran atacadas por lobos. todas las direcciones me parecen iguales. Pueden acercarse por curiosidad. pregunto. Sé que me he perdido y que nunca podré salir de aquí. Me remuerde la conciencia y me da vergüenza. Le hablo de aquellas pobres niñas que fueron devoradas por los lobos.Stef Penney La ternura de los lobos Ocurre una cosa asombrosa. Estoy desorientada y el pánico me embarga. Al principio de vivir en Dove River tenía una pesadilla recurrente: estoy en medio del bosque y. Al principio me preguntaba si. sobre todo ahora. y eso que no le ha faltado ocasión. Nunca pensé que podría adentrarme tanto en el bosque sin sentir miedo. cuando la nieve los ha convertido en tétricas formas embozadas y el bosque es un lugar indistinto y crepuscular. Puesto que aún no me ha asesinado. pero pronto dejó de preocuparme esa idea. Cuando pregunto a Parker si esto es prudente. Quizá por encontrarme en una situación extrema es imposible —o sencillamente inútil— que sienta miedo. me siento más feliz de lo que he sido en mucho tiempo. —Pero tampoco hay pruebas de que fueran raptadas. —He oído hablar de ellas —dice—. ¿Y lobos?. Caminar ocho horas al día sobre nieve fresca es buen ejercicio para calmar inquietudes.

señora Ross? —Sí —consigo susurrar con el corazón en la garganta. Al principio no veo más. lo busco forzando la vista. —No sé de ningún caso en que los lobos atacaran sin ser provocados. esquirlas de hueso. Ahora preferiría no haber sacado el tema. Me arrimo al fuego. imaginando toda clase de horrores al otro lado de la lona. y habrían dejado el estómago y los intestinos. En primer término veo la mancha oscura dejada por el fuego y. Los perros saben que hay lobos cerca. A medida que va apagándose la luz. Me lo dice por encima del hombro. Parece estar solo. Recojo nieve sin alejarme del fuego y preparo la cena con menos esmero del debido. abulta menos que Sisco. quizá el reflejo en la nieve de una luna escondida. Logro distinguir un poco en la borrosa penumbra creada por los árboles. Se oye otro aullido. ¡Un lobo! Los tres animales se observan con intenso interés. —Los lobos no devoran todo un cadáver. No es grande. y cuando los perros se ponen a ladrar muy excitados. Se acerca unos pasos y luego 136 . quizá del lobo. reconozco otra silueta de perro. Aún no amanece. señor Parker? —digo sonriendo con desenfado. sobre todo de noche. Y nosotros seguimos sanos y salvos. como si fuera un comentario sobre el tiempo. Una leve claridad grisácea se filtra a través de la lona: o está a punto de amanecer o hay luna. No sé qué responder a esto. Quizá le interese. No hay nada que temer. —No hay por qué asustarse. suena la voz de Parker. más allá. —¿Está despierta. y ha habido lobos observándonos. El crujido de una rama o un desprendimiento de nieve me sobresalta. una sombra gris contra el gris más pálido de la nieve. pero a partir de entonces no hago más que volverme a mirar si algo nos sigue y procuro mantenerme lo más cerca posible del trineo. a pesar de que él va delante y no puede ver mi expresión. Ni siquiera la fatiga logra calmarme los nervios. Si pierdo de vista a Parker mientras anda por los alrededores recogiendo ramas. —Si puede. Me pregunto si conoce estos macabros detalles por haberlos visto. porque desde la segunda noche duermo siempre con la cabeza hacia la entrada. ya embutida en las mantas dentro de la tienda. sobresaltándome.Stef Penney La ternura de los lobos encontró de ellas ni el menor rastro. en actitud alerta. pero al cabo de unos momentos percibo un leve movimiento en las sombras. quizá eso me ha despertado. No me es difícil maniobrar. Si las hubieran atacado los lobos. intuyo sombras acechantes que se mueven alrededor. pero hay una luz fría y grisácea. casi doy un brinco. los dos perros. Con un sobresalto. Después. observando los árboles. acerque la cara a la abertura y mire fuera. se habrían encontrado restos. Uno de ellos aúlla. al parecer sin agresividad. A mi derecha. Parker abre una rendija en mi lado de la lona y miro fuera. —¿Quiere asustarme. algo me despierta. Nosotros no hemos sido atacados. pero también sin intención de darse la espalda. No se asuste.

137 . mucho peor. Aunque no vuelvo la cara. Durante unos diez minutos. donde cultivábamos tomates. Me aparto ligeramente y sonrío para disimular la confusión. a vida. no puedo menos que volver ligeramente la cabeza hacia él y aspirar. como si él hubiera organizado la visita del lobo especialmente para mí. Siempre me había parecido que esto era de agradecer. En este bosque helado. y yo no sabría decir si se ha ido ahora mismo o hace varios minutos. observo esta escena de casi muda comunicación entre perros y lobo y acabo por olvidar el miedo. para ver si se burla. el olor que yo aspiraba cuando apretaba la cara contra su camisa o su piel. pero ya se retira hacia su lado de la tienda. —Era un lobo —digo con un alarde de sagacidad. Ha sido una tontería decir eso. como el niño tímido que quiere unirse al juego pero no está seguro de ser bien recibido. A mi lado.Stef Penney La ternura de los lobos retrocede. el aire es tan frío que mata los olores. de cara a los árboles por donde se ha ido el intruso. Sisco sigue inmóvil. es un olor vegetal. tanto que hasta puedo olerlo. pero el olor que percibo ahora no es a perro. —Y usted no ha tenido miedo. Trato de hacerlo imperceptiblemente. ni siquiera a sudor. Yo no sabía que un hombre pudiera oler así. —Gracias —digo. para evocar con más fuerza aquel recuerdo insinuante y agradable. en lugar de a tabaco y colonia como mi padre o. que olía igual que el doctor Watson. vigorosa y penetrante que se respira en un invernadero. casi pegado a mí. Vuelvo a mirarlo. Vuelvo a mirar los perros. lo único que puede oler como Watson y el invernadero es Parker. lo siento muy cerca. pero Lucie me mira con la boca abierta y la lengua colgando. Observo otra vez los perros. a esfuerzo físico y ropa sucia como la mayoría de los enfermeros. Siento el alfilerazo. Al llegar a este punto. como riéndose. Levanto los ojos para comprobarlo y veo que él me está mirando a escasos centímetros. el recuerdo del invernadero del manicomio. Parker también observa. fiero como una ortiga. pero el lobo se ha desvanecido como un fantasma gris. pero me parece que él lo nota. es esa fragancia densa. de un recuerdo. Lo noto poco a poco. y al punto me enfado conmigo misma.

Vuelve a su tópico favorito. dejando aquí a Moody. Y todo por una racha de mala suerte. Trata de mantener un tono de voz suave. visto el estoicismo del marido. pero no. y Knox no tiene a nadie a quien ir a lamentarse. Knox le insinúa que podría regresar a Fort Edgar y esperar allí noticias de Moody.Stef Penney La ternura de los lobos Las partidas de búsqueda no han encontrado el rastro del fugitivo y el histerismo causado por la desaparición de la señora Ross se ha calmado. Ahora debería estar dirigiéndola. lo marginaron. que no deja de tener un extraño efecto inquietante—. desde luego. Knox no está tan seguro. ¿verdad que no? —No. Está decidido a quedarse y seguir enviando mensajes con la descripción del fugitivo. No es justo. en la que parece ver una afrenta personal. cavilando o deambulando por la casa de los Knox como un espíritu vengador. de no gritar. Esto no ha sido culpa suya. No es justo. y eso afirma estar haciendo. después de la cena. después de tener en la mano lo que buscaba. Hay en sus ojos un brillo malicioso que alarma a Knox: si está borracho no es de lo que ha bebido durante la cena. Mackinley no parece haber relacionado ambas desapariciones y se pasa la mayor parte del tiempo en su habitación. Knox detecta la afectación. como si fingir que no existe pudiera hacerlo desaparecer. ¿Y sabe lo que le hicieron a un hombre tan formidable como él? Porque era excepcional. con una ventisca infernal. Esta noche. los héroes de la Compañía. Mackinley se ha puesto a hablar de la suerte. Los Knox ya ni lo mencionan. —Tampoco es justo que a él le haya caído en suerte un huésped como Mackinley. y obsequia a Knox con la ya familiar historia de un tal James Stewart que un invierno. lo ha perdido. —Seguro que no. Un excelente servant de la Compañía que lo daba todo por ella. Susannah lo habría preferido. —Pero ¿entiende lo que le digo? —Mackinley habla a Knox pero mira la nieve. con la rabia impotente del que. Mackinley está bebido. Podría haber ido él en busca del chico Ross. donde no hay pieles de ninguna clase. condujo a sus hombres en una expedición alucinante a llevar provisiones a un puesto lejano. —Pero yo no consentiré que me marginen. Para él lo primero es cumplir con su deber. 138 . Conmigo no harán eso. se lo aseguro. lo enviaron a un lugar dejado de la mano de Dios. de no parecer un hombrecito mediocre. luego debe de beber en su habitación. pero Mackinley se niega. un desierto. Se supone que la mujer acabará por encontrar a Moody y a su hijo.

Knox siente una malsana satisfacción por haberle cerrado la boca. para evitar confusiones. —empieza Mackinley y se interrumpe. —Si yo escribiera esa carta. mientras registrábamos la orilla del río. este hombre considera que el aire puro debe quedar en el exterior. pero lo había desechado por considerarlo una desfachatez. por supuesto. • • • Cuando finalmente Knox sale de casa. pero no responde. señor Mackinley. Evidentemente.. levanta el suyo y hace girar el líquido ámbar—. La verdad es que no lo seduce la idea de enfrentarse a un John Scott bebido. ¿A qué se refiere? ¿Qué le dijo Adam? —Adam no me dijo nada. —Mackinley mira a Knox con sorpresa. Mackinley lo mira con súbita furia. Thomas Sturrock abre la puerta de su habitación dejando escapar al pasillo un vaho cargado de humo. Se había preguntado si el otro le haría semejante petición. como si la idea acabara de ocurrírsele. Knox ahoga una exclamación de incredulidad. Aunque los días son más cortos y el sol traza un recorrido muy bajo. en el aire se percibe una especie de promesa de compensación —quizá el anuncio de una aurora boreal— que lo anima a caminar con paso ligero. Quizá sea preferible que éste desahogue sus frustraciones en su esposa y ofrezca en público la imagen del buen ciudadano. y me gustaría oír lo que tiene que decir. —Me parece que esta noche nadie nos molestará. 139 .Stef Penney La ternura de los lobos —Pero ¿cómo puedo estar seguro de que ellos lo verán así? Yo soy el responsable del mantenimiento de la ley y el orden en mi fuerte y alrededores. —Antes.. Se toma un momento para preparar su respuesta. Yo vi con mis propios ojos el efecto de los métodos que usted emplea para administrar su concepto de la justicia. Quizá. Y me acordé de un hombre al que conocí en los tiempos que buscaba desaparecidos. —Sturrock sirve dos vasos de whisky. Es curioso que se sienta tan despreocupado cuando está tentando a la suerte.. la nieve y las nubes se combinan para producir una luz pálida que vuelve aún más frío el anochecer. —Recibí su nota. si usted escribiera una carta exponiendo los hechos. De inmediato se avergüenza de este pensamiento. Se llamaba Kahon'wes. tendría que exponer los hechos tal como yo los conozco. Knox no sabe qué contestar a esto. Ha habido contienda doméstica y mis caseros están ocupados en otros menesteres. pensé en Jammet. —Bien. con los ojos muy abiertos—. incluso para un individuo semejante. —Knox se recuerda que debe mantenerse en guardia frente a Sturrock.. —Lo mira con gesto inexpresivo y sereno. Knox se mantiene a la expectativa.

la razón por la que. capaz de hilvanar bonitas frases. —Quizá.Stef Penney La ternura de los lobos —No estaba seguro de si debía hablar de ello.. Era muy orgulloso y estaba obsesionado con la idea de que los indios tenían una gran cultura propia. desde luego. El primer impulso de Knox es reírse. ni siquiera sé si es lo que imagino. —Veo que le parece una idea descabellada. desde luego. ¡una novela de aventuras para adolescentes! En su vida ha oído algo tan ridículo. Le dije que la necesitaba para un estudio que estoy haciendo. etcétera. —¿Qué insinúa? —Que él. que pudiera ser por la tablilla.. pero no llegué a preguntárselo. —Y si yo busco esa prueba. pero. o alguien como él. Desde luego. también podría haber otras personas dispuestas a llegar hasta ciertos extremos. Y sospecho. quedarían vestigios. Era indio. que crea apasionadamente en la causa de la nación y la cultura indias. —Quizá le parezca absurdo. —Bien. en cierta medida. un escritor. ¿Eso lo admite? —Sí. —A la luz de la lámpara. si yo me tomo tantas molestias para conseguirla. pues verá lo que he pensado: el hombre del que le hablé. Tengo mis razones. —¿La tablilla de hueso de la que antes me habló? —Sí.. a los sesenta y tantos años.. qué demonios. y yo lo era. equivalente en todo a la de los blancos. pero poseía notables cualidades para el oficio: inteligente. —¡Pero es bien sabido que no existe tal cosa! —Knox no puede contenerse—.. culto. Él veía en mí a un simpatizante. Sturrock lo mira muy serio. y no es así. Absurdo. por qué motivo. Me preguntaba por qué alguien querría matar a un tratante como Jammet.. haría cualquier cosa por conseguir semejante prueba. como si su vaso contuviera jarabe medicinal. lleva una chaqueta anticuada con las bocamangas deshilachadas. Knox adopta un tono conciliador. No hay prueba alguna. era una especie de periodista... pero suena a fantasía. puede haberlas. Siempre pensé que debía de tener algún antepasado blanco. su cara aparece seca y ajada. Hace más de un año que lo investigo. —¿Qué le hace pensar eso? —Sturrock nunca le ha parecido un idiota. —Perdone mi escepticismo. No obstante. a pesar de sus fallos. —¿Qué cree que es? Sturrock bebe y hace una mueca. aunque no tengo la certeza. Kahon'wes. Pero el pobre era inestable. también otros pueden estar buscándola. 140 . De haber existido escritos. creo que es la prueba de la existencia de una antigua escritura india. se dio a la bebida... Quizá lo ha juzgado mal y éste sea su punto flaco. Lo creía así con un fervor religioso. Lo cierto es que hay personas que lo creen posible. —Es posible. Al ver que no conseguía causar la impresión que esperaba. y quizá se le haya ocurrido que.

—¿De verdad? ¿Cree usted. Sturrock extiende las manos. Pero no quiero que. Hablaré con el señor Mackinley. sólo digo lo que sé. Quizá Sturrock tenga otro motivo para hacer recaer la atención en ese indio. Pero la gente siempre se entera de las cosas. gracias por su información. pero me ha parecido que debía conocer todos los hechos. En realidad. de utilidad. Se pregunta si existirá siquiera esa tablilla de hueso. —Kahon'wes me habló de un antiguo lenguaje escrito. escribiendo artículos. que nadie ha mencionado aparte de Sturrock. «Ah. —Eso no lo sé.. Era la primera vez que yo lo oía. bien. piensa Knox. Entonces vi la tablilla de Jammet. antes de que el prisionero escapara. —Bien. Lo conocí cuando él viajaba por la península. —¿Y dónde vive ahora ese Kahon'wes? —Lo ignoro. —Hay otra cosa.. Sturrock mira su vaso vacío.Stef Penney La ternura de los lobos —¿Ese hombre conocía a Jammet? Sturrock parece sorprenderse un poco. de la posibilidad de que hubiera existido. pero no sé más. —Me preguntaba si podría prestarme un poco más de vil metal. Hace años que lo vi por última vez. No era un hombre discreto. Se pregunta si Sturrock lo ha hecho salir de casa para contarle esta extraña historia. se dio a la bebida y desapareció. —Lástima que no revelara antes esta información. Ya hay polvo en los residuos de líquido. Quizá podría haberlo identificado. Oí decir que había cruzado la frontera. Como le digo. ahora viene lo que importa». desviándola de su propia presencia. —¿Y me cuenta esto porque cree que ese hombre puede ser sospechoso? No me parece una razón convincente.. —Sturrock tuerce las comisuras de los labios en una fría sonrisa —. Quizá no tenga importancia. Yo mismo no conocía a Jammet hasta que lo oí hablar de esa pieza en un café de Toronto. ¿no? No has de conocer necesariamente a una persona para desear lo que posee. Knox no se deja engañar por la expresión de sorpresa que adopta Sturrock. Knox se encoge de hombros. —Por supuesto. Es más... quede impune un asesinato. sintiendo que lo invade la familiar sensación del absurdo. Y me acordé de las afirmaciones de Kahon'wes. Podría sernos. Es posible que haberle contado esto desmerezca la opinión que usted tiene de mí. —Yo sólo quiero que se haga justicia. empieza a poner en tela de juicio toda la historia. Pensé que estaba loco. —Se encoge de hombros con un movimiento que a Knox le resulta extrañamente patético—.? Bien. espesándolos. desde luego. 141 . Knox baja la mirada. Es decir.. señor Sturrock. por no haber hablado. la historia le parece cada vez más ridícula.

Vana esperanza. dadas las circunstancias. Así pues.Stef Penney La ternura de los lobos Durante el corto y gélido trayecto de vuelta a su casa.» Sin embargo. la frase que antes ha espetado a Mackinley: «Yo vi con mis propios ojos el efecto de los métodos que usted emplea para administrar su concepto de la justicia. o muy alterado. sólo cabe esperar que Mackinley estuviera muy bebido. para darse cuenta. Knox recuerda de pronto con diáfana y espantosa claridad. o por lo menos dado a entender. que después del interrogatorio no había vuelto a ver al prisionero. 142 . antes le había dicho.

Durante un tiempo se mostró contento y cariñoso. aunque los árboles empiezan a cambiar: son más bajos. Poco a poco vamos subiendo. Era una hembra joven. llegamos al linde.. Parker se encoge de hombros. —¿Nos habría seguido de no ser por los perros? —pregunto. no del todo madura. Es posible que quiera aparearse con Sisco y quizá ya lo haya hecho. Por más que lo intento. como sorprendido de sí mismo por su locuacidad. por mera curiosidad.Stef Penney La ternura de los lobos Durante el desayuno. el cielo está gris y bajo. Pero creció y se acabó el juego. Parker habla de nuestro visitante nocturno. al final de un bosque en apariencia infinito. Estamos en la orilla de un mar blanco donde olas de nieve se alejan hacia el norte. Miraba a lo lejos. Lo eduqué como a un perro. No puedes domesticar a un animal salvaje. Me lamía la mano y se revolcaba con ganas de jugar. y algún día querrá volver. • • • Los siguientes cuatro días. —Quizá. una buena mascota. Yo espero—. Hace años encontré un cachorro de lobo abandonado. siempre por el bosque. es como caminar a través de una nube cargada. no una mascota. Piensa que hace un par de días que nos sigue a escondidas. y el aire. Y un día desapareció.. hay más abetos y sauces y menos cedros. porque siempre recuerda de dónde viene. —Se interrumpe. Recordó que era un lobo. —Me alegro de que me avisara. Los chippewas tienen para eso una palabra que significa «el dolor de la memoria». —Hace años. húmedo. lo que en principio parecía increíble. Salimos a una gran llanura en el momento que el sol taladra las nubes e inunda de luz el mundo. —¿Cómo supo anoche que vendría? —No lo sabía. No he visto una extensión tan grande desde que estuve en la orilla de 143 . no consigo imaginar a un Parker más joven jugando con un lobezno. Después el bosque se aclara y los árboles dejan paso a matorrales dispersos y. probablemente de unos dos años. Quizá a la madre la habían matado o echado de la manada. el este y el oeste. Era probable.

No puedo moverme. Nosotros. uno de los hombres a los que estamos siguiendo. pero da media vuelta y se aleja. Él ni siquiera mira atrás. De pronto. —Caigo de rodillas sobre la nieve en señal de protesta. al parecer. que han estado revolviéndose y enredándose en el arnés. Quiero encontrar un refugio y descansar. Ahora me siento tan conmovida como furiosa estaba antes. en madrigueras. el bosque. Toda ella es un lodazal. —¡No puedo más! —grito. —Pues tendrá que quedarse ahí. Parker se detiene. me dice Parker. blanco y enorme bajo el sol. y siento vértigo. Tengo la cara y las orejas heladas. alejándome del bosque familiar y amigo. parándome. luego con un ademán me invita a sentarme en él. Necesito descansar. está demasiado vacío para las personas. La ira me impulsa durante una hora más. Aquí no hay donde esconderse. Señala un hoyo con forma de remolino y comenta que allí alguien se hundió. Ahora estoy tan cansada que ya no siento nada. Siento el pánico que me acometió la primera vez que vi el bosque virgen de Dove River: esto es muy grande. pero me quedo rezagada y Parker tiene que esperarme. Tengo sed y siento la lengua como una esponja seca. no hace viento pero el frío es como una mano posada sobre la nieve con serena pero implacable firmeza. La meseta no es llana sino que tiene ondulaciones y protuberancias de nieve que ocultan matas. delante. el suelo es tan áspero que al cabo de dos horas apenas puedo andar.Stef Penney La ternura de los lobos Georgian Bay. siento afinidad con esos animales que en invierno excavan en la nieve para vivir bajo tierra. Aun así. —¿Podrán los perros? 144 . Esto es muy duro. Hace restallar el látigo y se alejan. Con lágrimas de rabia. Hace té y vuelve a cargar los paquetes en el trineo. —Todavía no hemos avanzado lo suficiente para descansar. un país que nunca había visto. pero debajo de la ropa estoy sudando. «No lo dice en serio». resplandeciente. —No me importa. Aprieto los dientes y me concentro en levantar primero un pie y luego el otro. Ha dispuesto los paquetes de manera que forman un rudimentario respaldo. y cruzarla antes de que se hiele es una prueba infernal. Si nos aventuramos por esta llanura. Trato de reprimir el deseo de retroceder al amparo de los árboles mientras avanzo pisando las huellas de Parker. me levanto y penosamente empiezo a mover los pies hacia el trineo. Parker no ha cambiado de expresión ni de tono. Es tan agradable no tener que apoyar el peso del cuerpo en los pies que cierro los ojos. El tiempo puede cambiar. Estoy indignada. ordenándole que permanezca. La temperatura ha bajado varios grados. montículos y peñas. otro país. Estoy furiosa. Por fin. pienso cuando llega junto al trineo y los perros. Parker retrocede hasta mí. seremos tan vulnerables como hormigas en un plato. extasiada. —No puedo seguir. Detrás de nosotros. Sería capaz de irse dejándome sola. lo tenemos fácil.

La luz me hace lagrimear. Agarrada al trineo que salta y se bambolea sobre las ondulaciones de la nieve. yo nunca me he sentido libre en la naturaleza. Me avergüenza ser parte de su carga y hacer aún más difícil algo que roza el límite de lo soportable. en los manicomios en que he estado había muchos hombres y mujeres que afirmaban tal cosa. pero en vano. pero no entiendo su respuesta hasta que lo veo atar otra correa al trineo y ceñirse el lazo de cuero a la frente. A diferencia de algunas personas. Estar apartado de su máquina le suponía una tortura. y él había invertido considerables recursos en el proyecto. no corre ni un soplo de viento ni se oye sonido alguno. Tira del trineo gritando a los perros hasta que las varas se desprenden del hielo. Él se sabía imprescindible para el buen orden de las cosas. Una o dos veces sentí la tentación de clavarle mi jeringuilla. Aquél era el tormento de los que se consideran importantes. cuando mis ojos podrán descansar de esta luz cegadora. Me obligo a pensar en la oscuridad de la noche. Reconozco los síntomas de una histeria incipiente y trato de dominarme. Dios le había encomendado la tarea de construir una máquina con tal fin. se descubrieron sus planes y también su locura. porque estaba convencido de que. También yo he tratado de no quejarme. Él no se queja. Siempre me ha reconfortado contemplar mi propia insignificancia. Pasamos junto a matas de las que cuelgan blancas telarañas de nieve y gránulos de hielo que captan la luz y la descomponen en arcos iris. El cielo es de un azul metálico. desde luego). sus súplicas eran las más desgarradoras. El silencio es aplastante. todos iríamos al infierno. Matthew Smart vivía obsesionado por aquella divina conversación. y en lo pequeña y nimia que soy.Stef Penney La ternura de los lobos —Podremos —dice él. El vacío me asfixia. Entre aquellas almas torturadas. bruñido. si llamaba a nuestra puerta un extranjero. Era un ingeniero que pensaba que la fuerza del vapor es tan poderosa que puede salvar del pecado al mundo. ¿por qué iba alguien a perseguirme? Conocí a un hombre al que Dios había hablado. y se agarraba a cada uno de nosotros implorando que lo ayudáramos a escapar para así poder concluir su magna obra. pensaría que había ido a parar a un lugar donde se congregaban los más santos miembros de la sociedad. • • • 145 . porque. pura y vacía. Desde luego. estoy deslumbrada pero también sobrecogida por esta extensión inmensa. cada una con su personal angustia. observo que el llano es hermoso. Cuando se quedó sin dinero. a causa de su forzosa inactividad. siendo tan poca cosa. tantos que yo solía pensar que. indigna de atención. Sigue tirando con fuerza y al poco rato ha recuperado el ritmo de antes. para que dejara de sufrir (aunque nunca llegó a ser una tentación irresistible.

Stef Penney La ternura de los lobos Parker grita a los perros y el trineo se detiene con una sacudida. —Deberíamos llegar antes del anochecer. Vuelve a gritar a los perros con una voz potente que. —Por ahí se va a un puesto de la Compañía llamado Hanover House —dice señalando un punto apartado del sol.. en la llanura vacía. pero no me importa. Estoy dando las gracias. mientras pienso en el manicomio y la exaltada fe de los internos. Está a varias jornadas.. Ahora. no vaya a romperse el encanto de este fabuloso regalo de la suerte. ni siquiera sabría adónde nos dirigimos. Seguimos sin haber llegado a parte alguna. Él viene hacia mí: —Creo que ya sé adónde van. pero no se le ve ni una cana.. a la luz del sol. —Entonces. ¿Francis.. suecos me parece. No me atrevo a decir más. llamado Himmelvanger. observo que Parker no tiene el cabello tan negro como me había parecido sino veteado de castaño. La sacudida me corta la respiración.? —Casi no puedo dar voz a la esperanza que me oprime la garganta. Miro en la dirección que señala y escudriño la refulgente línea del horizonte. La llanura se extiende hasta el infinito en todas las direcciones. Es como estar en el mar. 146 . Ya se ha ajustado el arnés y el trineo arranca bruscamente. donde hay una especie de pueblo religioso de unos extranjeros. a mi manera. que ahora se pone por nuestra izquierda—. resuena como el bramido de un animal. Y el rastro va hacia este otro lado. sólo que ahora ya hace rato que hemos perdido de vista el bosque y no estoy segura de que pudiera señalar en qué dirección queda. Miro alrededor y sigo sin ver nada. De no ser por el sol. —Oh.

Él comprende que se entretiene más de lo necesario. —¿Y si tuvieras dinero? Entonces podrías. Lo dice con tanta vehemencia que él la mira asombrado. —Creí que teníais una vida buena. —Si pudiera me marcharía —comenta—. —¿Deseas volver a Toronto? —pregunta él. tan joven. con una fortuna en oro. —Line. —No puedo. Line.. lo encuentra pálido y apático. Créeme. Line se encoge de hombros. —De nada sirve pensar en eso. —Sonríe con amargura. Pero eso no ocurrirá. —Claro que no —responde ella sonriendo—. Para una mujer sola con hijos pequeños la vida es muy dura. Line acaba de remeter las sábanas y él vuelve a echarse. cuando le cambia las sábanas. da puntapiés a las gallinas que se le ponen delante. pero él piensa que está cumpliendo con su deber. —Francis le toma la mano y ella deja de sonreír. La mujer ve lo delgados que tiene los tobillos y las muñecas. lejos de las tentaciones y el pecado. quiero que aceptes este dinero. hasta que se calmen las suspicacias. El resultado no dependerá de él. Line hace sus tareas furiosa. Generalmente. El chico está perdiendo peso. vivir aquí mata el alma.. Lo único que aún hace de buen grado es atender al muchacho. Como ha encontrado el dinero. —¿No me tienes miedo? —dice él. a pesar de que todos saben ya que está bajo arresto por un crimen terrible. —Esto mismo dije al escocés —añade—. El chico tiene una expresión grave y a ella le da un vuelco el corazón. Pienso que todos son unos idiotas. clava la aguja en las colchas con saña y tira del hilo con tanta fuerza que frunce las costuras. —Supongo que me llevarán al pueblo y que habrá un juicio. No tengo dinero. No he creído eso ni por un momento. A mí no me 147 . Ha propuesto a Line que dejen de verse durante un tiempo... Line mira por la ventana. que los hombres la miren con esa cara sólo quiere decir una cosa—. Hoy. Por eso vine aquí. La subleva verlo desvalido.Stef Penney La ternura de los lobos Espen piensa que su esposa Merete sospecha. cree que no necesita más pruebas. A menos que mi marido aparezca de repente. —No lo creas.

Deberías ser feliz. asombrado y espantado a la vez. No. un poco cohibido. Menudo disparate ha hecho. Pero no soy. Últimamente estoy trastornada. —Francis no está seguro del terreno que pisa. —Oh.. Cógelo ahora. —Lo digo muy en serio... —Lo eres. —Lo sé perfectamente. Aun con los ojos cerrados. —No.. y entonces se inclina y posa los labios en los de él. Dios mío. Line lo contempla atónita. Perdona. como al contacto con un caracol o una lombriz. Me gustas. Todos lo creen.. Line pone la otra mano en la de él.. para elegir besar a un muchacho sospechoso de asesinato. Y creo que eres bonita. —Line siente una náusea de vergüenza. Ella abre los ojos y se retira. —Yo. —Claro que sí. Si no se desperdiciará. —No comprende en qué se ha equivocado—. si es lo que quieres realmente. seguro. ella comprende que está cometiendo un terrible error. ¡Qué oportunidad! —No sabes lo que dices. no puedo.. —¿De verdad? —No hay más que ver cómo te miran. de verdad. sé que no puedo. Sé que él querría que lo tuvieras tú y no esos hombres. no soportaría volver a ver aquel gesto de repugnancia. No es eso. Line trata de disculparse. No es por eso que quiero darte el dinero.Stef Penney La ternura de los lobos sirve de nada y Per no dejará que ellos se lo lleven. quizá en primavera. tras pensar en todas las estupideces que podía cometer. Pero quería decir. Se echa a reír y de repente prorrumpe en sollozos—. Has dicho que soy bonita. Pero tú podrías esconderlo para marcharte de aquí más adelante. Acepto el dinero. al levantarse. y opta por callar. Ay. —No llores. No sé qué me pasa. un poco confusa. —Él parece tratar de alejarse todo lo que le permite la ropa de la cama. Ella se seca los ojos y la nariz con la manga. Es como si esta mañana. La boca de él parece retraerse con repugnancia.. No llores. Line. Eres joven y bonita. Es. Ella siente que el corazón le palpita en la garganta. porque me parece que no puedo seguir aquí. No vuelve a mirarlo. Francis ha desviado la mirada.. que están cálidos pero inmóviles.. no hablas en serio. no deberías estar aquí atrapada en medio de todos estos hombres casados... ¿Adónde iría a parar? A sus bolsillos. Úsalo para empezar una nueva vida. La culpa es mía. Aquí no eres feliz. No hago más que tonterías. Mejor dicho. —Eres muy bueno —dice—.... 148 .. —¿Te parezco bonita? El joven sonríe. hubiera rechazado tanto confesar a grito pelado sus sentimientos por Espen en la capilla durante las oraciones como clavar la aguja en el gordo trasero de Britta (muy tentadoras ambas). Lo siento. Era de Laurent. Acaba de comprender algunas cosas. Line siente una íntima satisfacción. como haría Anna.

Al fin y al cabo. —¡A que no lo adivinas! ¡Más visitas! Jens y Sigi salen corriendo y Line los sigue de mala gana. Los noruegos rodean a los recién llegados y ayudan a levantarse a la figura que viene sentada en el trineo. ahora ya no importa que él la vea desabrocharla. al darse cuenta de que es una mujer blanca. Line se lleva la mano al pecho. Esta mujer es su madre. se jura que no dejará que nadie se lo arrebate.Stef Penney La ternura de los lobos —Bien. Francis está sentado en la cama. con la bolsa de cuero en la mano. la única persona de Himmelvanger que no la trata con condescendencia. mezquino y vergonzoso. es que ahora Francis querrá que le devuelva el dinero. aunque sea un presunto homicida. y Per se vuelve hacia el nativo. En silencio. parece haber por lo menos cuarenta dólares (¡cuarenta dólares. reprimiendo el deseo de contarlos porque quedaría feo. pero luego capta. Line no entiende las primeras palabras. Se tambalea y tienen que sostenerla. También siente una punzada de celos. Line mira fugazmente una cara morena y adusta pero enseguida fija la atención en la otra.. cuando entra Jens rojo de entusiasmo. él es su amigo y aliado. tiene un aire de refinamiento—. en inglés: —Buscamos a Francis Ross. El primer pensamiento de Line. De todos modos. Así pues. cree tener una relación exclusiva con el muchacho. y además yanquis!) y se los guarda dentro de la blusa. Ella coge el fajo de billetes que él le tiende. Aun después de la bochornosa escena de esta tarde. y más en compañía de un nativo de aspecto fiero. Ve la silueta de dos personas y un trineo tirado por perros. No quiere perder el afecto de ese muchacho. Tómalo. oprimiendo el fajo de dinero. Es evidente que la mujer está agotada. • • • Después está en la cocina.. comiendo queso a escondidas. Es raro ver por aquí a una mujer como ésta —aun envuelta en prendas de abrigo. Ella se vuelve. en un primer momento nadie sabe qué decir ni qué hacer. 149 .

La excusa es muy floja. sin darme cuenta. ya sabía que había venido. estábamos tan preocupados. Me es indiferente. —Tú detestas viajar. empezaremos otra vez desde cero: no más puertas cerradas. el cuerpo que se adivina debajo de la ropa de la cama parece el de un niño. pero la ausencia de su padre es más elocuente que cualquier explicación que pueda darle. Por un momento me permito imaginar que. Al verlo. Has venido.. Francis baja la mirada a las sábanas. No puedo dejar de tocarlo. Los dos reímos nerviosamente. no más silencios hoscos. Pero ya no tengo que llorar. —¿Ha venido papá? —Oh. Él me mira. yo sólo percibo un ruido sordo y la sensación de que los ojos me arden. a pesar de estar secos. Hace dos semanas que se fue de casa. cuando volvamos a casa. Quizá estoy deshidratada. Luego lo suelto porque necesito verlo. casi no resisto la emoción. pero aun así parece sorprendido. Después de esto seremos felices. tratando de contener las lágrimas. sonríe y parlotea en respuesta a algo que ha dicho Parker. Le acaricio el pelo y la cara. 150 .. pero me inclino para abrazarlo y palpo sus huesos bajo la piel. esto es lo único que importa. No puedo hablar.. o eso me han dicho. No comprendo por qué parecen tan contentos de vernos. su pelo parece ahora más negro. —Mamá. estoy dando gracias a Dios. o enferma. creo que he conseguido evitar que se desbordaran mis sentimientos. ¿Cómo es posible? —Francis. Mientras la gente que nos rodea asiente. que deben de estar muy deterioradas por falta de uso. como si el corazón se me hinchara y fuera a reventar.. Ojalá hubiera pensado en una más convincente.Stef Penney La ternura de los lobos Hombres y mujeres de rostros ansiosos y asombrados me ponen de pie y me sostienen. ojalá sigan abiertas las vías de comunicación. De pronto me vence el cansancio. —Le acaricio los hombros y los brazos. él no podía dejar la granja. un extraño temblor me agita el cuerpo y me zumban los oídos. No quiero violentarlo. Francis vive y lo hemos encontrado. Siento una opresión en el pecho que me ahoga. Hasta descubro que. está pálido. Sus brazos me ciñen los hombros. y ha adelgazado. noto su olor. Le oprimo las manos. Decidimos que sería mejor que viniera sólo uno de los dos. Nunca más. y le tiembla en la cara la sombra de una sonrisa.

Tengo la fugaz impresión de que se ha enfadado. ¿verdad? —Su voz suena átona. Francis. Suelo pensar mil veces al día en el momento que me quedé paralizada en la puerta de la cabaña de Jammet. Claro que está asombrado. y ahora que es mayor no puedo protegerlo de los sufrimientos y dificultades del mundo. —Ya se lo he contado todo. —Se enfadará mucho. —¿Papá cree que lo hice yo? —Francis. Francis entorna los ojos. Ahora el recuerdo de aquella horrible visión se ha desvaído y ya no me horroriza.. —Piensan que yo maté a Laurent Jammet. pero las noto más flácidas. qué tontería. —Se alegrará mucho de volver a verte. sé que tú no hiciste aquello. Pero sus ojos se 151 . Ni siquiera me pregunta por qué pido perdón. El señor Parker conocía a monsieur Jammet y tiene una idea. pero al final lo perdí.. o podría ser. le digo que iré en busca del señor Moody y trataré de hacerle comprender que está equivocado. Por supuesto. —Si lo encontraste. —¿Tú lo viste? Me mira con los ojos muy abiertos. Ya lo sabes.. que no supe darle una niñez feliz. —Pensé que si me entretenía lo perdería. —¡Lo encontré yo! —replica. —Te creerá. El señor Moody no me cree. Yo lo encontré y seguí al que lo hizo. Le apoyo una mano en la mejilla. —Yo lo encontré. Le hablo del futuro y de que no hay que preocuparse. es un error.Stef Penney La ternura de los lobos Francis no retira las manos de las mías. aunque no hay motivo.. —No. Parker. ¿Cómo se te ocurre? Vuelve a esbozar una sonrisa torcida y triste. Como si tuviera que insistir en ello—.. claro que no.. Me obligo a seguir hablando. ¿por qué no nos avisaste? ¿Por qué seguiste al hombre tú solo? ¿Y si te hubiera atacado? Francis se encoge de hombros. —¿Cómo has llegado hasta aquí? —Me ha traído un guía. el señor Parker. —Cariño. que amablemente se ofreció y. como presa de una súbita emoción. El énfasis es leve pero perceptible. es el suspiro de desdén que suele lanzar en casa cuando yo delato mi inmensa estupidez.. Ni quién es.. él nada sabe de lo que ha ocurrido en Dove River desde su partida. Es muy joven para sonreír así.. Está decepcionado. Debes contarle todo lo que viste y entonces comprenderá. No le digo —porque él debe de estar pensando lo mismo— que de todos modos lo ha perdido. Francis suspira hondo. —Perdona. y comprendo que la culpa es mía. no sé si de horror o de compasión. Hemos visto las huellas que tú seguías.. Yo lo vi.

procurando adoptar un aire alegre.Stef Penney La ternura de los lobos desvían hacia el techo y. aunque conservo sus manos entre las mías. Sonrío. mientras parloteo de esto y lo otro. comprendo que lo he perdido. porque ¿qué otra cosa podemos hacer él o yo? 152 .

lejos de esta presencia grandiosa e imprevisible. pero es nieve húmeda. Está anocheciendo y poca gente anda por la calle. —Caballeros. Van de las casas al almacén y de una casa a otra. Mackinley toma la palabra con voz firme y serena: —No hemos venido de visita. Ah. John. En la casa todo está en calma. con ciertas condiciones atmosféricas. Te indican cuáles son los vecinos de Caulfield más sociables y cuáles los que se quedan en casa. indecisos. Por un momento piensa en negarlo todo. y frunce su pequeña boca. 153 . Senderos de pisadas cruzan la calzada en distintas direcciones. Entra en el salón. Tiene la impresión de que estos dos lo aguardaban. La capa de nieve tiene más de dos palmos. ni rastro. produce este bramido grave e interminable. No obstante.Stef Penney La ternura de los lobos Hoy ha estado en calma la bahía. pero no puede. con la ventisca. el agua estaba gris y blanca. el embate del agua contra las rocas llenaba el pueblo de un sordo fragor. no esperábamos visitas esta noche. Scott baja la mirada. En todo lo que alcanzaba la mirada —no mucho a través del velo de nieve—. De su familia. apelmazada. En estos momentos uno comprende por qué los primeros colonos optaron por construir sus casas en Dove River. Durante todo el día de ayer. desgarrada por el viento. hoy usted me ha dicho que había visto al prisionero con sus propios ojos después de que yo lo dejara. para averiguar en qué estaba pensando. Ha tenido varias últimamente.. Knox ha pensado más de una vez que la escarpada costa debe de tener una configuración peculiar que. pero desiste.. Una laguna en la memoria. lo siento. preguntándose dónde estará Susannah. y se sorprende al encontrar a Scott y Mackinley sentados en el sofá. y cierra la puerta a su espalda. —El otro día —empieza Mackinley—. incómodo. Knox comprende. Adam ha sido castigado por dejar abierto el candado. insistir en que la embriaguez de Mackinley le hizo oír cosas imaginarias. los más transitados son surcos profundos y sucios en la blancura. otros son trazos leves. Ya no le parece tan raro. Knox sigue uno de los senderos más tenues y a cada paso siente los pies más húmedos y fríos. ¿Cómo se le ha ocurrido salir sin los chanclos? Trata de recordar los minutos anteriores a su marcha. habitualmente tan bulliciosa. usted dijo que no había vuelto al almacén y que Adam y yo fuimos los últimos que vimos al prisionero.

Andrew Knox advierte tres cosas a la vez: una trémula flacidez de las extremidades.. Yo no pienso moverme de aquí. —Voy a denunciarlo por esto. dejó marchar al prisionero? —Su tono está cargado de indignación. De modo que tomé medidas para evitar una pantomima de justicia. sin levantar los ojos del suelo. Knox responde mirándose la uña del pulgar. respirando la satisfacción del cazador que acaba de tender una trampa infalible. Se pregunta si. ¿no lo niega? —Lo vi y sentí asco. Buenas noches.. Usted. Quizá sea verdad que está perdiendo el juicio. en cambio. Decidí que eso era lo mejor que podía hacer. Pero si la Compañía ha tenido algo que ver. podrá parar algún día. de empezar ahora a decir la verdad. Knox mira a Scott. —No es asunto de la Compañía. Usted ha obstaculizado deliberadamente la acción de la justicia.. Mackinley carraspea ligeramente. Knox inspira profundamente. razón de más para que la justicia sea imparcial. cuando él reconocía el hecho. Knox se pone de pie y abre la puerta. —Lo que le dije en realidad era que había visto con mis propios ojos cuál era su concepto de la justicia. que vuelve la cara hacia otro lado. Usted ha tratado de convertirlo en eso. Los dos hombres se levantan y pasan por delante de él: Mackinley con la mirada fija en un punto del recibidor.Stef Penney La ternura de los lobos El hombre se arrellana en el asiento. Y yo estoy a cargo de él. —¿Está diciendo que usted. Que es lo que habría organizado usted. —Es asunto de la Compañía. creo que debería buscarse otro alojamiento en el pueblo.. Estoy seguro de que el señor Scott podrá ayudarlo en eso como en tantas otras cosas. Scott detrás de él. De pie en el oscuro recibidor. —¿Se ha vuelto loco? ¡Usted no tiene autoridad para hacer eso! — exclama Scott. le ha desaparecido por completo el dolor de las 154 . Y no lo habría sido mientras usted tuviera encerrado a ese hombre. Knox ve cerrarse tras ellos la puerta de la calle y tiende el oído a los sonidos de la casa silenciosa. —Aún soy el magistrado del pueblo. y siente crecer en su interior una vez más el impío deseo de echarse a reír. Scott lo mira como si antes no hubiera creído la acusación y ahora. y la sensación de que. —Sí. por fin encontrara el valor para encararlo. No le pesa lo que ha hecho ni siente temor. que tiene mal semblante. el deseo de hablar con Thomas Sturrock. la única persona que le parece capaz de comprenderlo en este momento. por primera vez en semanas. como si hubiera comido patatas verdes. —Mackinley ha enrojecido y respira con fatiga. —Entonces. caballeros. Cree percibir que los dos hombres se han parado y hablan en voz baja antes de alejarse. que está un poco rota: —Usted hará lo que crea conveniente. como si acabara de soltarse bruscamente de una atadura que lo había tenido sujeto toda la vida.

Stef Penney articulaciones. La ternura de los lobos 155 .

que dice saber de medicina. Me preocupa él y me preocupa su rodilla. Me pregunto si Angus no se sentiría orgulloso de él. Hasta ahora ha conseguido evitarlo aduciendo obligaciones urgentes. pero no deja de ser un detalle. y esto es lo que leo en sus ojos. Francis dice que ha sido muy amable y la aprecia mucho. que está hinchada y debe de dolerle. para entrar a salvarme.. como si esperasen que me ponga a gritar que Francis me ataca. y cada día hace más frío que el anterior. está subordinada a las casadas. Cuando nos presentaron. un guardián de la ley a pesar suyo. Pero. pero lo lleva sin gracia. Ahora se muestra impaciente e irritable. No es mucho. —Muy bien. puesto que los noruegos tienen muchas bocas de más que alimentar. Confieso que pensé mal: al fin y al cabo. Per. Sabe Dios cómo habrán podido distinguirlos con este tiempo. me saludó con una mirada de hostilidad. o finge dormir. es de suponer que a causa de su viudez. mientras busca otra excusa. Yo le di las gracias por haber cuidado de Francis. con mi llegada.Stef Penney La ternura de los lobos Durante los dos días siguientes nieva sin parar. Le he pedido que hablemos en privado.. Se ha puesto el manto de la autoridad. No sé qué podían tener que decirse. y ella le restó importancia en un inglés excelente pero con una hosquedad incomprensible. Moody o Jacob montan guardia en la puerta. Y reconozco que es bastante bonita. He tenido que modificar mi opinión del señor Moody. pero la he visto hablar con Parker muy animadamente en el granero de enfrente. pero ahora lo atiendo yo. Jacob y Parker salen una mañana y regresan con tres pájaros y una liebre. con su pelo negro y ese aire extranjero. lo cuidaba casi siempre esa tal Line. a. aquí ella es la única que no tiene marido. Esa mujer no pareció alegrarse de mi llegada. Hasta mi llegada. y estoy asombrada y conmovida de que haya podido llegar tan lejos. Lo sigo por el pasillo y nos cruzamos con esa tal Line. señora Ross. pues. Yo estoy casi siempre con Francis. Vamos. En Dove River parecía un muchacho amable y apocado. aunque él duerme mucho. tras dos días de incesante nevada. la había desplazado y relegado a las tareas ordinarias en las que. cree que no hay rotura sino un fuerte esguince que sólo necesita tiempo para curarse. aunque no es culpa suya. y tengo la impresión de que me esquiva. mi habitación. todos sabemos que no tiene nada que hacer más que esperar. Preguntando con paciencia —Francis no dice nada espontáneamente— consigo sonsacarle detalles de su viaje. que lanza a 156 . Luego me di cuenta de que.

pero ya no 157 . —Coincidencia. Knox. —Las huellas —digo—. según creo. Los hechos apuntan a una sola conclusión. que su hijo siguió para encontrar un lugar seguro. ¿Cómo lo sabrá si no lo sigue? Moody suspira y se frota la nariz. —Es cuestión de justicia. Me quedo un momento confundida. Hasta se permite una leve sonrisa. ¿Qué me dice de eso? Él suspira.. No piensa hacer nada respecto al otro rastro. en el que revuelve un momento. —Y es natural que usted desee encontrar a un culpable de este horrible crimen —digo suavemente. créame. con la que hace recaer la responsabilidad en el deber y no en sí mismo. donde las gafas le han marcado dos muescas rojas. También Francis quiere encontrar al responsable. señora Ross. El rastro puede ser del asesino. o no. Carraspea un par de veces antes de hablar. como si acabaran de saquearla. y después mintió. —Comprendo que desee creer que su hijo es inocente. Sería negligente por mi parte no actuar en consecuencia. —Señora Ross. mi deber es llevar al sospechoso a lugar seguro. pero él hace un gesto de agobio e irritación—. Un rastro que el. Parece satisfecho de su explicación. Compone una expresión que sugiere paciencia y tolerancia en circunstancias penosas. El otro rastro. Pienso que en otras circunstancias podría compadecerlo. Es natural y justo. Muy interesante. Para otras investigaciones tendremos que esperar a que el tiempo lo permita.. Es natural. veo en el escritorio contiguo un sobre dirigido a la señorita S. pero son imperiosas. sólo que sus cosas están desperdigadas por los muebles y el suelo. Pero él huyó de Dove River después del asesinato llevándose el dinero de la víctima. hace poco que llegó al país y está solo. comprendo que esté preocupada por Francis. Tengo buenos motivos para mis actos. como ya le ha dicho él mismo. No es mucho mayor que Francis.Stef Penney La ternura de los lobos Moody una mirada torva. como si lamentara que la decisión no esté en su mano.. siendo su madre. Agarra la ropa que hay en las sillas y la arroja sobre la cama. —Señora Ross. —O el rastro del asesino. tratando de disimular la sorpresa. —No sería menor la negligencia dejar de investigar otras posibilidades. no puedo revelarle todas las razones que me obligan a mantener a su hijo bajo arresto. El asesinato es un delito muy grave. Francis no me ha hablado de dinero.. También yo sonrío. Me parece que él no quiere que lo vea. —En las actuales circunstancias. porque reúne todos los papeles en un montón. Al sentarme. Su habitación es tan monástica como la mía. —Yo pensaba que por lo menos a mí podría revelarme esas razones. ya que al parecer se impone sonreír.

Puede dejar a Francis al cuidado de esta gente o. dando a entender que la explicación es evidente. porque cuando el tiempo lo permita. a cualquier sitio menos a mí. Si no la veo. pero no podré si no me dices qué pasó. si el caso va a juicio. y su deber es descubrir la verdad. Francis deja de sonreír y guarda un largo silencio. Moody está convencido de que lo robaste tú. Cuando pregunto a Francis por el dinero. Pero. sus conclusiones podrían ser cuestionadas.. Sin duda he tocado un punto sensible. —Claro que lo robé. en fin. no habrá nada que seguir. como usted dice. Si está en lo cierto.. a las paredes.. —En tu casa habrías encontrado ayuda. ¿no cree? Me mira fijamente y luego se vuelve hacia la ventana.. tanto que pienso que voy a tener que levantarme y salir de la habitación. Además. Y tener que pagarla. señor Moody. un rastro no se borra tan pronto.. —vacila— era la única persona con la que 158 . me gustaría que me dijeras por qué estabas allí a medianoche. por muy joven que sea y muy solo que esté. —Trato de ayudarte.. —Señora Ross. Y dinero.Stef Penney La ternura de los lobos me siento inclinada a compadecerlo. Vuelvo a sentir el hormigueo de mi antigua irritación. nada de eso. —Cualquiera tiene derecho a denunciar negligencia en el cumplimiento del deber.. —¿Qué? ¿Y por qué? —Porque me iba de viaje y pensé que me haría falta. Pero tampoco allí parece encontrar respuesta. y nada más. —Eso no es excusa. y esas pisadas que se pierden en la tundra suponen un cabo suelto mortificante. sorprendido por mis palabras. si no se fía de ellos. sabrá que ha eliminado todas las posibilidades y tendrá la conciencia tranquila. —Laurent Jammet. Parker seguirá el rastro y usted y yo veremos adónde conduce.. —Al fin y al cabo.. Tengo la impresión de que es un hombre meticuloso.. debo de ser tonta. haga que se quede a vigilarlo su compañero. Suspira con fuerza. Moody pone cara de asombro y enojo. en un caso tan grave. Podía necesitar ayuda para encontrar al asesino. ¿Por qué no buscaste allí? —Ya te he dicho por qué no podía volver a casa. —¿Así que también tú piensas que lo maté yo? Esboza su vieja sonrisa amarga. la existencia de ese rastro y la posibilidad que implica. si está usted en lo cierto. a usted no le corresponde decirme cómo he de cumplir con mi deber. Hay que seguir el rastro. —No. él sencillamente calla... —Pero. Francis mira al techo. Abre los ojos como platos. quizá también él ha pensado en ese rastro y lo inquieta. —No puedo decirlo explícitamente—.

pero éste parece un comentario bastante seguro. Parece que haga mucho tiempo de aquello. testigos. ¿Por qué no deseas que no lo hubieran matado? Se deja caer sobre las almohadas. con el objeto de impedir que él abra la boca y diga algo que yo haya de lamentar.. Nadie debería morir de ese modo. Vale más que usted se quede aquí. Creo haberme expresado con tacto. Claro que deseo eso.. Parecen haberse desentendido del drama que tiene lugar al otro lado del patio y creo que hablan sobre tiña. cariño. Daría cualquier cosa para que no lo hubieras visto. —No está segura de que yo volviera —dice. El oscuro granero me recuerda el frío y lóbrego almacén de Scott. Quizá debamos ir solos. Al cabo de unos instantes me doy cuenta de que estoy conteniendo la respiración. —Será duro. o quizá quiere hacerme daño. —¿Eso es todo lo que se te ocurre decir? ¿Que sientes que lo haya visto? ¿Qué importa eso? ¿Por qué nadie piensa en Laurent? A él lo han matado. Cualquier cosa con tal de hacer reír a la gente. me he equivocado. —Pero tiene que haber. pero no sé qué pensar. Este brusco giro me desorienta. Parecía. Era cruel. no quiero decir claramente que no me fío de él. Reconozco que apenas lo conocía. Ahora no queda nadie. siento un miedo horrible de que Francis vaya a hacerme una confesión. Descubría tus debilidades y las utilizaba para burlarse. Me digo que lo ha dicho sin pensar. amar la vida. Y entonces me da por decir tonterías. Era un hombre muy agradable. —Lo siento.. como siempre. con su hijo. como cuando era niño. Su cólera se me viene encima de golpe. Su voz es un murmullo sordo: —No era agradable. no importaba lo que fuera. no parece molestarse.. y la cólera desaparece tan bruscamente como llegó. siseando con suavidad. Le tenía sin cuidado. Parker está en un granero con Jacob y uno de los noruegos. De pronto. cualquier cosa. Le acaricio la frente. Me violenta llevarme aparte a Parker. Lo siento. Sorprendo una mirada del noruego. Si pudiéramos 159 . —Hay que hacer ver a Moody lo que encontremos. con los ojos secos. ahora que hemos vuelto a una especie de civilización. Francis siempre ha podido hacerme más daño que nadie. Mas si pensaba que con eso iba a consolar a Francis o que decía lo que él deseaba oír. que sin duda hace cábalas acerca de mi matrimonio y del curioso compañero de viaje que he elegido. —Siento que hayas perdido a un amigo. —El señor Moody no tiene intención de seguir el otro rastro. Y de esa manera. En cualquier caso. una cólera infantil que roza el llanto.Stef Penney La ternura de los lobos podía hablar. No me importaría no volver a casa.

No sé por qué habría de hacerlo. —¿Y si no hay nada que encontrar? ¿Lo ha pensado? Lo he pensado. y no tengo respuesta. y esos ojos tenebrosos en los que no se distingue el iris de la pupila. Quizá sea mucho pedir que Parker me ayude. He tratado de escalar una pendiente empinada y resbaladiza. No veo en sus ojos ni asomo de compasión ni de nada que pueda reconocer.Stef Penney La ternura de los lobos llevar a Francis. si tengo que suplicar. pero ahora el suelo empieza a escurrirse bajo mis pies y no sé qué hacer.. Haría eso y más. Debo encontrar la prueba de que mi hijo es inocente. —Si lo mató su hijo. querrá culpar a otro. Comprendo que tiene razón. Se lo ruego. Parker se encoge de hombros. y siento un escalofrío.. Miro su cara impasible. siento que me vence la fatiga. 160 . —Tiene que llevarme con usted. A pesar de todo. Moody no le creería. mientras tengan a alguien a quien acusar. Por primera vez desespero. A nadie más le importa a quién se arreste. y lo he conseguido. suplicaré.

Parker le ha dicho que hasta la factoría no hay más que seis días de marcha. no duda de qué opción lo asusta más. Se pregunta si esto es valentía. El sonido es ineludible: tenue pero insistente. El invierno es la estación de beber. el licor ayuda a pasar las noches interminables en que el calor es un recuerdo lejano y a soportar los chistes malos que cuentan y vuelven a contar los compañeros. La nieve ya no es blanca sino de un gris translúcido. La negligencia en el cumplimiento del deber no favorecerá su carrera. Donald piensa qué no daría él por un vaso del detestable ron que tan abundantemente se consume en Fort Edgar. como la voz de la conciencia. cruzar el patio. el nativo alto. Puesto a elegir entre la tundra y el descrédito profesional. Donald tiene media petaca de whisky que se ha jurado reservar para el viaje de regreso. Los elegidos no necesitan estimulantes ni vías hacia el olvido. En el fondo. Sube la temperatura y los copos. Yo sé lo que hay que buscar. la sola idea de salir a caminar por esta horrible llanura lo aterra. ya no flotan sino que caen al suelo pesadamente. él sabe que irá con Parker y la mujer. Por otra parte. El viaje será duro. el prisionero aquí estará seguro. La humedad le hace perder consistencia. Jacob lo mira muy serio y dice: —Pero es mejor que vaya yo con ellos. Parece que prepara la marcha. Están contentos y serenos en todo momento. El agua gotea de los aleros. cargados de agua.Stef Penney La ternura de los lobos En los Campos del Cielo no hay bebidas alcohólicas. Por el momento. Poco a poco asoman los colores oscuros de los tejados: rojo óxido y azul mineral. Además. pero la tentación es fuerte. Dice a Jacob que debe quedarse para custodiar al muchacho. Cambia también la textura de la nieve: ya no es esponjosa y ligera como un edredón de pluma sino húmeda e inestable. sólo para cerciorarse de que esa historia carece de fundamento. que resbalan y caen al suelo con un golpe sordo. Es una oportunidad para conocer al factor. Después de recibir la arenga de la señora Ross. siempre que el tiempo lo permita. será amonestado. La nieve se ha vuelto aguanieve. Donald ve a Parker. empieza a pensar que tardará en regresar. 161 . reprobado y objeto de murmuración entre trago y trago. del tejado frente a la ventana de Donald se desprenden grandes masas. quien quizá pueda ayudarlo a ascender. si se lleva al muchacho en calidad de sospechoso y luego resulta que se ha equivocado.

que no es para disfrutarla. Comprende que ha sido reprendido. Bien. entre ambos se había establecido un trato que él debía de apreciar más de lo que imaginaba. cuidar de ti. conmovido por esta lealtad. infundada por cierto. su padre solía decirle que la vida no es una merienda campestre. Donald se esfuerza en aparentar más optimismo del que siente. Y también porque Jacob parece verlo —por lo menos. —Es que he tenido un sueño —dice al fin—. Da pesadillas a cualquiera. Será interesante conocer otro puesto de la Compañía.Stef Penney La ternura de los lobos A Donald nada le gustaría más que quedarse en Himmelvanger y dejar que Jacob camine por el lodo y el hielo hasta ese lugar dejado de la mano de Dios. Son tonterías de nativos. Pero se contiene: él es un hombre adulto. aunque de una forma más sutil. Él no necesita a un criado nativo que lo cuide. porque comprende mejor la complejidad del mando. para traer a la señora Ross. Donald siente un repentino vacío en el estómago y alza la voz para disipar las supersticiones de Jacob. —Sonríe y Jacob lo mira con gesto taciturno. y las suyas propias. pero asiente. —Y ríe. Después del viaje a Dove River y de aquel sangriento episodio. porque ya empieza a echarlo de menos. Podría revelar algo importante. para decidir lo que se debe hacer. como si debatiera consigo mismo. Y alguien ha de quedarse aquí.. Donald lo atribuye al hecho de que ahora él es el jefe mientras que antes Mackinley trataba a ambos con el mismo leve desdén. él no sabía que Jacob creyera en esas fantasías. —Es necesario no perder de vista al muchacho. Yo puedo. la frase le parecía extraña y perversa. Procura ganarte su confianza. Cuando Jacob se va. Dirás que es una estupidez. pero ahora le encuentra sentido. Piensa en el cambio producido en su relación. pero tengo que ir yo. Jacob. —No es necesario. Creo que debo ir contigo. Pero actualmente él ve a Mackinley a una luz distinta. Donald siente el impulso de llamarlo para agradecerle su preocupación. —Sería mejor que yo fuera contigo. —Gracias. o sea. y su amistad. pero escucha esto: soñé que estabas solo. con ese condenado queso de cabra que nos dan aquí.. Jacob está pensativo. ni siquiera a Jacob. —Ahora ve a decir al señor Parker que yo los acompañaré. Jacob no lo imita. La perspectiva de viajar por ese gélido territorio salvaje le produce no ya aprensión sino pavor. Donald sonríe. en estos parajes— como a un niño indefenso. Jacob no parece convencido. A veces tienes que supeditar el deseo de 162 . Había peligro. y ellos (o por lo menos Donald) le pagaban con la misma moneda. Ser adulto significa enfrentarse a retos indistintos e inquietantes y subordinar la amistad a la responsabilidad. Parker tiene que volver aquí de todos modos. Jacob es aquí la única persona a la que le importa lo que pueda ocurrirle. —No me sorprende que tengas sueños extraños. De niño.

es de suponer. En un acceso de sentimentalismo. Se queda un momento mirando la frase. Mira sus cartas. Le manifiesta sus mejores deseos y. en un cajón. Porque sólo si es respetado puede un hombre conquistar el amor. o envueltas en un pañuelo perfumado (el que él le regaló). embelleciéndolas con tortuosas digresiones filosóficas cuya composición le llevó dos largas veladas de sobriedad. aunque algún día. pero la de Susannah se le escapa. ya que en el amor de una mujer tiene que haber parte de admiración. y el deseo de no preocuparla excesivamente si recibe la carta antes de su regreso. Está satisfecho de las cartas. conocer a otro factor y despejar dudas acerca de la culpabilidad de Francis. Se imagina a Susannah leyéndolas y guardándolas en un bolsillo. con perfecta claridad y relieve. la hermana. Y aún se le ocurre otra cosa. Las entregará a Per para que las envíe a Dove River cuando el tiempo lo permita. Tiene una vaga impresión de su sonrisa. y también la del padre. Escribe que probablemente estará de vuelta en Caulfield dentro de tres semanas. algo que guarda relación con sus pensamientos acerca de Susannah. que no puede fijar la imagen. aunque no contienen frases muy sentimentales. trata de evocar su rostro en el momento que le sonrió en la biblioteca. Por alguna razón. pero los rasgos se distorsionan y desdibujan. que ha pasado a limpio en su habitación. preguntándose si resulta extraña. que ha doblado y en las que ha puesto la dirección cuidadosamente. y que ésta es una buena oportunidad para representar a la Compañía. Ha escrito cuatro. Aún es pronto para eso. Se siente dividido entre el afán de describirlo como una empresa audaz y peligrosa. puede recordar la cara de Maria. su tez pálida y luminosa y sus ojos color avellana. quién sabe. por lo que la introduce en un sobre que cierra y pone junto a los otros. 163 . Al final decide restar importancia a la expedición. le pide que transmita afectuosos saludos a su hermana.Stef Penney La ternura de los lobos hacerte querer a la necesidad de hacerte respetar. sin llegar a perfilarse en un todo reconocible. cartas de amor. Se sienta a redactar una breve misiva para informarle del inminente viaje. y descubre. de su sedoso cabello castaño claro. consternado. pero no tiene tiempo de copiar de nuevo toda la carta. en una posdata que no deja de intrigarlo.

ha llamado a la puerta de la casa a las cinco y media de la tarde. al fin y al cabo. acompañado del señor Mackinley y Archie Spence. más allá. en la que a veces la cortina de agua ondea a impulsos del viento. John Scott. Maria miraba a su padre sin saber qué decir. con la diferencia de que el padre de Maria no tiene que pagar por el privilegio. la señora Knox está postrada en su cama. pero es su carácter: una tormenta repentina seguida de cielo azul. su padre había sido puesto bajo arresto. por lo que Maria había convencido a su madre para que tomara el brebaje. La casa está en silencio. tres semanas después de que se encontrara el cadáver de Laurent Jammet. bajo la influencia de algo que el doctor Gray le ha administrado hace una hora. pero desde aquí abajo Maria no oye nada. adonde le llevan las comidas. Mientras su esposa protestaba indignada y Susannah lloraba. Maria les ha abierto. que está encerrado en la habitación contigua a la que ocupa el señor Sturrock. pero Mackinley 164 . él es el magistrado de la comunidad y no un desharrapado mestizo forastero. captando luz de quién sabe dónde. como si estuviera recordando un chiste. John Scott ha estado a punto de oponerse a la idea de confinar a Knox en su casa. a pesar de que es poco lo que se ve: los dardos de la lluvia que repican en el barro de lo que tendría que ser el jardín y ahora parece un corral de ganado y. La habitación es similar al alojamiento de Sturrock y el menú es el mismo. no ha sido encerrado en el almacén sino confiado a la custodia de John Scott. Una ligera sonrisa le bailaba en las comisuras de los labios. Después de un debate. un largo debate. los ha hecho pasar a la sala y ha ido en busca de su padre. que la miraban boquiabiertos y acobardados. Han hablado veinte minutos a puerta cerrada. Después de los sucesos de la tarde. No es mayor la animación que hay dentro de la casa. Maria mira por la ventana del estudio de su padre.Stef Penney La ternura de los lobos Son las diez de la noche de un jueves. acusado de entorpecer la acción de la justicia. pero el médico fue muy persuasivo al hablar de shock retardado. ya que los miembros del consejo de la ciudad no se ponían de acuerdo —era un hecho sin precedentes—. La tormenta aún no ha pasado. Más afligida parecía Susannah. Es decir. Estaba menos afectada de lo que Maria habría imaginado. sólo una oscuridad trémula. Su madre ha irrumpido en la sala y apostrofado a los tres hombres. hasta que su padre ha salido para decirles que estaba bajo custodia. Dado que.

Evidentemente. Maria lo ha visto tranquilo. El padre ha puesto fin a la discusión diciendo que iba a estar alojado al otro lado de la calle sólo hasta que pudieran traer al magistrado de Saint Pierre para que se hiciera cargo del asunto. y sus ojos y su boca delataban la satisfacción que sentía. a pesar de que llovía a cántaros y en la casa los había de sobra. ellos no habían pensado en tal cosa. les ha preguntado si se fijaría fianza. como si se alegrara de ser arrestado. pero parecía estar reprochando a los que habían venido a arrestarlo que le retrasaran la cena. ha dicho. despreocupado. Desde luego. ha dicho que esta noche lo pensarían y mañana fijarían la cantidad. Al fin Knox ha sugerido que más valía irse ya. Mackinley. no sin antes preguntarles si querían que les prestara paraguas o chanclos. y estaban haciendo esperar a las cocineras. se refería a Mary. Sin asomo de ironía. 165 . pero no ha proferido sonido alguno. era hora de cenar. John Scott ha abierto la boca.Stef Penney La ternura de los lobos se ha mantenido firme. la suya propia. Lo mejor del caso es que tendrán que consultar al propio Knox sobre cuál es el procedimiento a seguir. Ellos han rehusado. de lo que Knox no ha parecido darse cuenta. Las tres mujeres habían presenciado cómo su esposo y padre salía de la casa delante de los otros hombres. Mackinley ha fruncido el entrecejo. tras carraspear. casi como si ellos hubieran caído en la trampa que les había tendido.

Scott tiene la frente perlada de sudor. Quiero decir. Sturrock advierte que sus cejas se encaraman por su frente. Lo soltó Knox. a John Scott y a un hombre al que no conoce. señor Sturrock. Precisamente quería decirle. ya que otra cosa no puede hacer—. pensando en la señora Ross y en si habrá dado alcance a su hijo. No. que acaba de cerrar la puerta de la habitación de enfrente. quien sin duda tiene que haberse llevado la tablilla. Está echado en la cama. decide levantarse para averiguar la causa de tanto ruido. como si quisieran unirse al pelo. Sturrock suspira. por el momento. y puesto que no era cosa de ponerlo en el almacén.Stef Penney La ternura de los lobos Sturrock oye pasos en la escalera. y más colorado que nunca. qué extraordinario. va hacia él. allá donde vaya. y de ese modo ha obstaculizado el buen discurrir de la justicia. Los desconcertantes sucesos de los últimos días le hacen pensar que no debe permanecer más tiempo en este lugar. quizá sea el momento de marcharse. Al llegar a este punto de sus reflexiones. —Sturrock observa la mirada de desprecio que Mackinley lanza a la espalda de Scott—. Abre la puerta y ve al señor Mackinley de la Compañía. pensamos que éste podía ser un buen lugar. como preguntándose si Sturrock tiene derecho a esta información. —No exactamente. ¿Qué demonios ha hecho? Los hombres intercambian miradas. —¿Que han encerrado a Knox en esa habitación? —pregunta Sturrock casi alegremente—. nos vemos en la extraña situación de tener que arrestar al señor Knox. porque cuando encuentren al muchacho tendrán que traerlo aquí. se le ocurre que Knox estará escuchando lo que dicen. se estará alejando del objeto que persigue. 166 . —Confío en que no le moleste.. la botella de whisky que le ha hecho compañía estos últimos días está casi vacía. y quedarse sin licor. —¡Santo Dios! ¿Se ha vuelto loco? —De pronto. ja ja. señor Sturrock —dice Mackinley.. —Resulta que la fuga del prisionero no se debió a un descuido. —¿Un nuevo huésped? —pregunta Sturrock sonriendo ante la posibilidad de un poco de charla interesante. Es la historia de su vida: estar tan cerca y al mismo tiempo tan lejos de conseguir algo de importancia crucial. el magistrado. —Ah. Quizá haya llegado otro huésped. Pero comprende que. Ahora que se funde la nieve. Scott. Parece muy nervioso.

gracias.. ahora con galantería—. Llámeme si. Scott dice en tono coloquial: —La cena estará lista enseguida. —Bien.. aunque nunca han hablado. Sturrock se pregunta si esto significa que su fuente de ingresos se ha secado.. cuando entra Maria Knox. —No sé bien por qué he venido. Creo que ahora voy a retirarme. Mackinley empieza a volverse y Sturrock siente una ráfaga de antipatía. ella se dirige muy decidida hacia él. sí. Sin embargo. —¿Hablar conmigo? —Él vuelve a inclinar la cabeza (desde luego que se siente mareado).. buenas noches. señor Sturrock. la nieve ha desaparecido por completo y los vecinos de Caulfield se hunden en el barro hasta los tobillos. señor Sturrock.. Cuando se apaga el sonido de los pasos. llama en voz baja: —¿Señor Knox? ¿Señor Knox? —Le oigo. los otros dos hombres empiezan a bajar la escalera. Es tarde. —¿Es verdad? —Sí. —Ah. habló de usted favorablemente. y los recuerdos en que ha estado inmerso desde hace una hora. —Bien. Ella lo examina con una mirada de exasperación y cálculo. en fin. Será porque el señor Moody. él no recuerda la hora. Él inclina la cabeza con gesto grave. pero confiaba en poder hablar con usted. 167 . Sabe Dios lo que yo esperaba.Stef Penney La ternura de los lobos —Extraordinario. ¿Está usted bien? —Muy cómodo. Ella habla en voz baja. usted es forastero y esta ciudad parece haberse vuelto loca. gracias.. es verdad. Quería hablar con alguien. pero supone que la muchacha viene a hablar con su padre. en fin. Gracias. —Supongo que se refiere a. Sturrock sabe quién es. bien. Un placer inmerecido. —Sí.. —¿El señor Sturrock? Soy Maria Knox. —Vaya.. en deferencia a la situación de la joven. si desea hablar con alguien. —Sé que es tarde. a pesar de todo. La lluvia ha arreciado durante horas. mientras Sturrock mira fijamente la puerta cerrada. A una seña de Mackinley. La solemnidad del gesto se acentúa por los cinco o seis vasos de whisky que ha bebido... de la Compañía. • • • Sturrock está junto a la estufa de la tienda de Scott. a pesar de que no hay nadie cerca. la delicada situación de su padre. que al anochecer se convierte en bar. No hay respuesta. —No hacen falta los cumplidos.

o cuando los caminos estén transitables. ¿Por qué cree que lo mataron? —No lo conocía bien. 168 .. Muchas veces he creído que juzgaba bien a las personas y luego he comprobado que estaba equivocada. es decir. porque quería comprar un objeto que poseía Jammet. Pero diría que era un hombre que tenía secretos. ¿verdad? —pregunta Maria —. Sturrock siente admiración y pide otra copa. lo conozco. soy muy cobarde para intentar hacer el viaje sola. verá. —¿De qué está hablando? —Umm.. —¿Cree usted? Quizá tenga razón... —¿Cómo se puede saber de lo que es capaz la gente? —responde —. —¿Y qué opina? Maria mira un momento su propio vaso y advierte con sorpresa que está vacío. ¡Oh.. Su padre se quedaría horrorizado. Él lo sabía. —Yo lo conocía.Stef Penney La ternura de los lobos Entonces él advierte —la bebida le embota el cerebro— que la muchacha está a punto de echarse a llorar. Dios mío! Esconde la cara entre las manos. para adelantarme a ellos. no puede hablar en serio. mucho. pero sólo un segundo. Usted. —Yo había pensado ir esta noche. No se deshace en llanto. —¿Y cree que no lo están? —¿Con este tiempo? Lo dudo. y los hombres que tienen secretos también tienen más enemigos que los que no tienen secretos. Por eso espero su vuelta. Quizá lo tenga Francis Ross. Es lo peor que podría hacerle. —No sé con quién hablar. —Entonces. —Señorita. —¿Lo han robado? —Parece lo más probable. y también para ella. Intentar viajar de noche y con esta lluvia sería una locura. Quién sabe lo que dirán de él. No puedo afirmar tal cosa. y sigo aquí. —Usted conocía a monsieur Jammet.. Pero ahora el objeto ha desaparecido. ¿piensa que Francis lo mató? —No lo conozco de nada. y que la exasperación es consigo misma. ¿Qué haría si estuviera en mis circunstancias? —¿Se refiere respecto a su padre? ¿Se puede hacer algo además de esperar? Tengo entendido que irán a buscar al magistrado de Saint Pierre por la mañana. Estoy muy preocupada. señor Sturrock. En cualquier caso. yo he venido a Caulfield. es un hombre con experiencia.

piensa Francis. se sorprende al ver entrar a Jacob con un trozo de madera que ha encontrado en el almacén. El señor Parker sabe adónde va. aunque le avergüenza reconocerlo. es un tronco de abedul joven. Lo descorteza y alisa la bifurcación del extremo en forma de Y. Seguiremos el rastro que seguías tú. que se levanta y sale en silencio. ¿no? Al principio. 169 . Francis observa sus manos. siempre nervioso y preocupado. no hace falta que esté aquí sentado todo el día. Pero hoy ha sonreído. y Francis piensa: «No es mucho mayor que yo. —Las tiras tendrían que ser de cuero. pensando en la cicatriz de la cuchillada que le enseñó Donald. Ella se sienta junto a la cama. fascinado a su pesar.. —Quieres decir cuando me escape. Jacob no parecía saber si bromeaba o no y lo miraba con cara impasible. Cuando ella está en la habitación es tal el peso de las palabras no pronunciadas que los oprime. por lo menos..Stef Penney La ternura de los lobos La mañana en que los otros van a emprender la marcha. podemos buscarlo. pero. Jacob envuelve la parte superior con tiras de manta vieja. su madre entra en la habitación y mira a Jacob. pero mira la pared. el tronco adquiere las propiedades de una muleta. cada vez que Francis hablaba sin pensar o decía una tontería. Después de oír esta advertencia. pero si te vas te seguiré y te romperé la otra pierna. Francis niega con la cabeza. Y un alivio para él verse libre de su madre. Antes de partir. aunque no fuera más que para desembarazarse de ellas. ¿Entiendes? Francis asiente con la cabeza. Habla a Francis. por si encontramos al hombre.» • • • Será un alivio para ambos verse libres de Moody. resistente y de la longitud justa. —No creo que vayas a moverte de aquí. para que no se mojaran. Con una rapidez asombrosa. que él apenas puede respirar. Jacob entra en la habitación y se queda de pie al lado de la cama. Se tardaría años en decirlas todas. —Nos vamos. con las manos juntas. sin que le importara lo que el otro pensara de él. —Así pues. Es una lástima que no puedas venir.

quitarse el peso de encima. Ha leído bastante y sabe muchas cosas. Le acaricia la cara. «No. que terminaba pronto para que los chicos pudieran ayudar a sus padres. Si tiene valor. Él soñaba con Susannah de noche y de día imaginándola a su lado en escenarios indefinidos pero románticos. pero parece cansada y las arrugas de los ojos se le marcan más que nunca. Ella agita los hombros como disgustada. él no me quiere —piensa—. Entonces ella lo sorprende diciendo: —Sabes que te quiero mucho. le había ocurrido algo sin precedentes. al igual que todos los chicos en veinte kilómetros a la redonda.Stef Penney La ternura de los lobos Francis asiente. que está haciendo lo que pensaba hacer él. Son tantas las cosas que ella no sabe. Voy con Parker y Moody. comprende que no dirá nada. El verano anterior. sin saber por qué. Asiente. —Ten mucho cuidado —murmura Francis. Francis lucha con un impulso casi irresistible de decirle la verdad. no se necesita mucho valor yendo con ellos. Francis trata de no pensar en eso. —También tu padre te quiere. Sería un alivio decírsela a alguien.. a pesar del miedo que le inspiran esas tierras inhóspitas. Otra persona le hacía algo muy parecido de vez en cuando. Intercambian sonrisas tímidas y frías.. —El señor Moody piensa que la tablilla puede ser importante. Su madre lo mira fijamente: ella siempre tiene cuidado de las cosas. Su madre tiene una expresión grave y decidida. Francis. ¿Dejas que me la lleve? Francis no quiere separarse de la tablilla. Eres muy valiente. que nunca había pensado mucho en estas cosas. —No seas tonto. Pero no está disgustada. desconcertada. sino complacida. bien formada. alegre y con una cara dulce y exquisita. podría ser un móvil. deslizando la yema de los dedos por la mandíbula. —Gracias. necesitados de brazos en esa época del año. Ella iba un curso por delante de él y era sin duda la chica más bonita de la clase: esbelta. se había enamorado de Susannah Knox.» Pero guarda silencio. Ella la saca y la observa. No imaginas lo mucho que me odia. pero no se le ocurre una razón para negarse. incapaz de mirarla a los ojos. Cuando la veía pasar por su lado en la clase o reír con las amigas en 170 . antes de que acabara la escuela. paseando en barca por la bahía o mostrándole sus escondites secretos del bosque. pero contempla los pequeños signos frunciendo el entrecejo. y entrega a su madre la bolsa de cuero que la contiene. Pero en el mismo instante en que se permite imaginar ese lujo. —¿No tienes nada que decirme? Francis suspira. ¿verdad? Francis se siente incómodo. Siente de pronto una viva gratitud hacia ella.

Le bastaba con que habitara en sus sueños. Podían haber elegido otro día para la excursión. pero al cabo de un minuto Ida Pretty se sentó a su lado. Todos los años. si le decía sólo lo indispensable. A ella le gustaba Francis y no lo dejaba en paz. a juzgar por la animada conversación que Susannah mantenía en voz baja con sus amigas. ya que él nada esperaba. no quería perder ocasión de captar aquellas dulces imágenes que alimentaban su pasión. El grupo de Susannah se había dividido en dúos y tríos y la propia Susannah se había ido de paseo con Marion Mackay. —Me parece que va a llover. pero al fin se sumó a la excursión porque sabía que Susannah iría y. Además había chicos mayores alrededor. aparentemente absortos en sus diversiones pero manteniéndose bien a la vista de las chicas. Francis. Tampoco habría importado que la tuviera. Ida comprendería que él no quería charla y se iría. Mira esa nube. la escuela iba de excursión a una pequeña playa de la bahía. aunque. su secreto estaba seguro. dos años menor que Francis. no lejos de donde estaban Susannah y varias chicas mayores. le cosquilleaba la piel. se espantaban moscas y se desechaban prendas de vestir. aunque sin tanto disimulo. Francis se tumbó en la arena. aunque no mostraba predilección por ninguno. era su vecina y le caía bien —a diferencia del resto de su numerosa familia —: era deslenguada y divertida. Francis encontró un buen sitio. que aborrecía esta clase de diversiones forzosas. Ante la indolente mirada de dos aburridos profesores. pero también un poco pesada a veces. Ida observaba ahora un silencio hosco y fingía leer una novelita. como ella ya dejaba la escuela. Así que estaba sentada a su lado con la cesta de la merienda y miraba el cielo haciéndose pantalla con la mano. No sabía si era peor que lo vieran solo y aburrido o al lado de una pesada de un curso inferior. como no tenía amigos íntimos. Él miraba para otro lado. —Quizá. 171 . fingiendo indiferencia y. bromeaban y lanzaban piedras al agua. También Ida era huraña y solitaria y aborrecía tanto como él las actividades comunitarias de supuesto esparcimiento. observándolo con la misma constancia con que él observaba a Susannah. chillando y chapoteando hasta el anochecer. al final del curso. que gritaban. No sé. ¿no? Parecía que le gustaba la perspectiva de la lluvia. los chicos merendaban bocadillos y cerveza de jengibre y se bañaban. El sol que se filtraba por la tela lo deslumbraba de un modo agradable. respiraba con dificultad y le latían las sienes. había pensado quedarse en casa. Francis comprendía que no era el único que sentía esta pasión y que Susannah podía elegir entre pretendientes mayores y más populares. El sol calentaba y el nivel de actividad descendía. se comían bocadillos. con la cabeza apoyada en una roca plana y la gorra sobre los ojos. Francis confiaba en que. Ida.Stef Penney La ternura de los lobos el patio se estremecía. no era probable que se fijara en lo que hacía él.

—¿Tú crees? —Supongo. sí. —En la escuela todos piensan que es la chica más bonita que han visto en su vida. se despertó sobresaltado. —¿Eso piensan? —Pues sí. —No. Él miró alrededor. —¿De qué? —De con quién estés hablando.. porque cuando ella volvió. El corazón le latía con fuerza. Supongo que a ella le importa. La playa estaba más solitaria. —Me parece que me he dormido. Pero no mucho. Susannah se inclinó a mirarlo muy de cerca. Ida. Debió de haberse dormido. Se le pondría roja. Aquello empezaba a hacerse irritante. Es mejor. ¿sabes qué quiero decir? A mí me salen pecas y me pongo como la remolacha. ¿Qué te parece? —Está bien. Sentía la piel de la cara tirante y sensible. pero su voz sonaba con la deseada indiferencia. No se veía a las chicas que antes estaban con ella. trató de alejarla de su mente. No. —Susannah Knox. La gorra le había resbalado de la cara y ahora estaba deslumbrado. Sintiéndose descubierto. —Es bonita. Ella se abrazaba las rodillas y encogía el cuello. tienes la cara roja. Es una suerte tener esa piel. un poco morena. —¿Por qué? —¿Importa? —¿Que si importa qué? ¿Si es bonita? —Sí. Caramba. —Qué va. Francis no podía saber si Ida lo miraba o no. Voy a tener quemaduras del sol. Francis se incorporó y vio a una sonriente Susannah Knox. o eso le pareció a él. él hacía que la intensidad de la luz fluctuara cuando oyó decir a Ida: —¿Qué te parece Susannah Knox? —¿Eh? —En ella estaba pensando. Podía ver cada una de sus arqueadas pestañas y la pelusa dorada de sus mejillas. Depende. Le estallaban cohetes delante de los ojos. —¿Te importa si me siento aquí un momento? No era la voz de Ida. —Siento haberte despertado. Él se quitó la gorra de la cara y la miró guiñando los ojos. supongo.. por supuesto que no. Se palpó la frente con suavidad. sin saber dónde estaba y por qué tenía tanto calor. Él volvió a taparse la cara con la gorra y al cabo de un momento Ida se levantó y se fue. 172 . desde luego. La impresión fue como si un chorro de agua helada le cayera por la espalda. enfadada. imagino. Parecía enfurruñada. bueno. —No sé. Su cara pequeña estaba fruncida en una mueca al sol. —Sí.Stef Penney La ternura de los lobos Moviendo apenas la cabeza de derecha a izquierda.

—¿Te diviertes? —consiguió decir por fin. —Sí. de pronto se le ocurrió que tal vez todo fuera una broma cruel. —Oh. por más que se esforzaba. Pero muchas gracias. En ese momento. Sus facciones estaban desdibujadas y borrosas. qué va! Es sólo una amiga. ¿eh? —Ella se levantó titubeando. Para Francis no era más que una silueta a contraluz.. Es dos años menor que yo —agregó para redondear. ¿Realmente había dicho eso? —Está bien.. quizá Joe. un picnic selecto al que sólo irían sus mejores amigas (y Joe Bell. El sol estaba algo a su espalda y ponía en su cabello castaño claro una aureola de hebras de oro y platino. —Perdona. —¡No.. Él no se explicaba qué se hacía en el pelo. al parecer. —¿Aquí? No está mal. Susannah (la única e incomparable Susannah Knox) estaba invitándolo a un picnic. —¿El sábado? Umm. con ojos insondables. A Francis empezaba a resultarle difícil respirar. era algo complicado que exigía concentración. Vives al lado de los Pretty. Mmm. Qué extraña pregunta. es que tendré que preguntar a mi padre si va a necesitarme. Pero algunos de esos chicos son unos pesados. Seguía tocándose el pelo. a la cascada.? —Al fin ella soltó el mechón con un movimiento enérgico y meneó la cabeza para apartarlo de la cara— el sábado vamos de picnic. Entonces. Menos mal que no lo había tirado a él. con la cara seria. como las de un ángel de las clases de catequesis.. —¿Sí? Francis se alegró interiormente. Gracias. Marión. Emlyn Pretty ha tirado a Matthew al agua vestido y ha estado riéndose más de una hora. Emma. a falta de algo más original.. dímelo. Puedes venir si quieres. dónde vivía cada cual. Al parecer. ¿Y si aquel supuesto picnic sólo era una broma pesada? ¿Y si el sábado él se presentaba allí y no había nadie o.. Había tenido problemas con Emlyn. Ella tenía que saber. no se le ocurría qué decir. Vive al lado de mi casa. Luego rió.. Contempló el agua buscando inspiración. Pero. el corazón le latía desbocado. río arriba. Parece un plan estupendo. Si vas a ir. peor. pero todos sabían que él iba con Emma Spence). de repente. si ahora se ruborizaba no se le notaría. pensativa. se retorcía las puntas del pelo. A Susannah no parecía importarle el silencio. soltó una risita nerviosa. Afortunadamente.. Qué extraña idea. sí que te gusta hacer esperar a una chica. estaba más 173 . —¿Sabes. sólo unos pocos. —¿Ida es tu novia? Lo pilló tan desprevenido que se quedó sin habla por unos instantes.. Irán Maria. Una estupidez. te lo diré. había una horda de chicos y chicas mayores espiando y carcajeándose de él? Aunque ella no parecía estar bromeando. Se había quedado mirándolo y.Stef Penney La ternura de los lobos Tenía aquella cautivadora sonrisa suya. —No podía creer lo que estaba ocurriendo.. mi hermana. Por fin lo miraba de frente. —Vaya. ya sabes. como todos. — Estaba consternado. alisándose el pelo.

Hacía tiempo que su padre había desistido de pedirle que lo ayudara los fines de semana. que hasta entonces no le había dirigido más de una docena de palabras. donde los robles y los sauces tamizan el sol sobre un agua color de té. que lo esquivaban brincando entre la espuma. Entonces sonrió un poco y dio media vuelta. Sus risotadas sonaban extrañamente lejanas. mientras se alejaba por la playa y se reunía con un grupo de chicos y chicas mayores. y desde luego ya no contaba con él. Él pensó en el sábado. 174 . con las faldas extendidas como grandes rosetones de algodón. Le pareció estar soñando. Y comprendió que él no iría a ese picnic. Susannah lo había invitado a un picnic. acababa de invitarlo a un picnic! Francis observó a un grupo de chicos más jóvenes que jugaban en la orilla a lanzar un trozo de madera al agua haciéndolo girar en el aire peligrosamente cerca de las piernas de los compañeros. Pensó en el picnic junto al remanso del río. para poder seguirla con la mirada secretamente. sentadas en el suelo. A él le pareció un poco triste. pensó en muchachas con finos vestidos de verano. Volvió a tumbarse con la gorra sobre los ojos.Stef Penney La ternura de los lobos bonita que nunca. ¡Ella.

Stef Penney La ternura de los lobos LOS COMPAÑEROS DE INVIERNO 175 .

En realidad. las únicas jóvenes que tenía alrededor estaban en mayor o menor medida perturbadas y. me eligió a mí para matar el tiempo hasta que se hiciera famoso y pudiera marcharse. en tiempos de su anterior ocupante. de estilo neoclásico. habían circulado por la casa rumores acerca del nuevo director. la vida en un manicomio es terriblemente aburrida y cualquier novedad es motivo de apasionado debate. tenía una cara afable y una bonita voz de barítono. Todas las mujeres de la casa se enamoraron de él nada más verlo. me sorprendió que él me llamara a su despacho. Un director nuevo era un acontecimiento trascendental que ofrecía material para semanas de comentarios y especulaciones. yo llevaba varios meses internada. Era joven y apuesto. aunque no adiviné su exacta naturaleza. decoraba una 176 . No diré que a mí me fuera indiferente. el director del manicomio. entre todas ellas. el dormitorio de las mujeres se llenaba de suspiros.Stef Penney La ternura de los lobos El doctor Watson. el cual. a base de piedras y helechos. —Watson levantó la mirada y me sonrió. Watson. Aspiraba a labrarse un nombre. tenía aspiraciones. había flores en la mesa y un original ornamento. Cuando él llegó. Parecía muy satisfecho de sí mismo. Como yo no formaba parte de su corte de admiradoras. —Ah. la habitación era hermosa (todo el edificio. señorita Hay. Las paredes habían sido pintadas de amarillo pálido. El personaje no decepcionó. simpático y seductor. Aquel verano. era impresionante). Watson había eliminado las gruesas cortinas para dejar paso a la luz de mediodía. Al verlo. Por el momento. ya sea el cambio del cereal del desayuno o el retraso de la hora de costura de las tres a las cuatro de la tarde. les tomaba las manos y les decía galanterías que las hacían ruborizarse entre risitas. A mí lo que más me sorprendía era el cambio operado en el despacho. me pregunté si aquello sería un artefacto análogo a la ducha. Empecé a ponerme nerviosa. y temí haber hecho algo malo. por las noches. pero me divertía ver cómo algunas se engalanaban con cintas y flores para atraer su atención. En general. Durante todo aquel período. Lo encontré paseándose alrededor de un armatoste que ocupaba el centro de la habitación. con techo alto y un amplio mirador al jardín. escribir monografías y ser invitado a pronunciar conferencias en las que estaría rodeado de jóvenes admiradoras. buenos días. ideado para producir alguna alarmante sensación en los dementes. era lúgubre y deprimente y olía un poco a rancio.

Umm. Yo asentí cortésmente y. porque se puso a hablarme de aquel aparato. —Oh. Me halagó la idea de que me hubiera elegido para su proyecto. así llamado porque afligía a un personaje de una célebre tragedia. franco y expresivo.. por los jardines. —Aunque. Las fotografías ilustrarán mi tesis y resultarán especialmente útiles a las personas que nunca han estado en un sanatorio mental y les cuesta imaginarlo. A pesar de conocer sus maneras. como él no daba más explicaciones. Añadió que ello podía ser útil para entender y tratar la locura. Pareció sacar buena impresión de nuestra charla. ¿Comprende? —Creo que sí. la vida en el manicomio. —Tiene usted un rostro ideal para la cámara.. que existen diferentes tipos de locura. la habitación gana atractivo estando usted en ella. no podía ser más aburrida.. pues. y bajó la mirada a la mesa—. he pensado en hacer una serie de estudios de. bien. Mi tesis es. Conversamos un rato. que supuse una agradable ruptura de la rutina diaria. desde luego. era una caja de hacer retratos. sin poder dejar de sonreír. —Buenos días —dije.. él deseaba hacer retratos de mi persona concretamente. aunque yo no comprendí cómo.. para ilustrar ese estado. de usted. —¿Le gusta mi despacho? —Sí. sentí un ligero rubor que traté de disimular mirando por la ventana a varios internos que se paseaban.. por ejemplo. —Al llegar a este punto me miró. En síntesis. en poses típicas de determinadas condiciones mentales. atento a mi reacción. o eran paseados. ¿Cómo se puede ser feliz en medio de la fealdad? Me pareció que no hablaba del todo en serio y murmuré una respuesta vaga. Como ya he dicho. y yo supuse que él trataba de calibrar mi deficiencia mental y mi propensión a los arrebatos violentos. bien. aparte de alguna que otra convulsión o intento de suicidio.. etcétera. —La conozco —dije. amor lánguido. —Verá —empezó. mucho. justo lo que se necesita. necesitaríamos una pose de. umm.. Al parecer. pregunté: —¿Cuál es su tesis? Pareció un poco sorprendido.. y él dijo que pensaba utilizarla para realizar estudios de los internos. —Me será de gran ayuda para una monografía que estoy escribiendo.. excelente. —Ah. Que ciertas actitudes y movimientos físicos comunes a distintos 177 . existe el denominado complejo de Ofelia. flores en el pelo. pensando que dichoso él que podía cambiar su entorno a su gusto.Stef Penney La ternura de los lobos pared. —¡Bien! Tenemos los mismos gustos.. Bien. Yo creo que es importante rodearse de un ambiente agradable..

Me temo que comí con los modales de un labriego. habría bastado para convencerme la perspectiva de una comida sabrosa e interesante. Se me hizo la boca agua. La comida del manicomio era sana pero insípida. —se interrumpió.. Se me ocurrieron varias imágenes muy poco aptas para un retrato. Cuando me acompañaba a la puerta de su 178 . —¡Ah! —dije animadamente.Stef Penney La ternura de los lobos pacientes son indicativos de su estado mental. pero me contuve y me puse a mirar por la ventana pensando en filetes de venado a la parrilla con salsa al oporto.. Él había puesto un sillón al lado de una ventana. Por extraños que fueran los acontecimientos que se me presentaran. con crema y fruta. Al parecer. Por ejemplo. en el que yo debía sentarme con un vestido de color oscuro y un libro en las manos. me explicó.. Ni que me mataran habría podido comprender cómo mirar fotografías de mujeres cubiertas de flores podía contribuir a encontrar el remedio para la locura. Creo que existía una teoría (quizá incluso una tesis) según la cual ciertos sabores podían ser peligrosamente estimulantes. y yo. de sutileza. sin amparo y con escasas probabilidades de salir de allí. —dijo sonriendo. con el estudio sistemático y minucioso de estas actitudes. —Bien. Creo que así se lo dije.. Por si me atraía ya la idea de hacer de modelo. no era fácil que empeorasen mi situación.. preguntándome qué actitudes tendía a adoptar yo. ¿Se debía a mi presencia? ¿A la posibilidad de que le dijera que no? Asentí. Saborear especias y queso de Roquefort y vino por primera vez en cuatro o cinco años (con la única excepción de Navidad) era una delicia. podemos avanzar en el descubrimiento de formas de curar a esos desdichados. El almuerzo fue tan bueno como había imaginado. la primera imagen se titularía «Melancolía». Watson había reunido trajes y accesorios para crear el ambiente. todos pueden clasificarse en grupos. Al principio yo iba a su despacho una o dos veces al mes. pollo al curry y bizcocho borracho. y él se echó a reír muy satisfecho. como si soñara con mi amor perdido. de picante. Yo habría podido decirle que en la vida hay desgracias peores que un desengaño amoroso. Y también. pero ¿quién era yo para discutir? Además.. y entonces me di cuenta de que estaba azorado—. ¿Le gusta la idea? Me intrigaba su nerviosismo. mirando fuera con anhelo. estado de ánimo que yo me sentía más que cualificada para ilustrar. Comía con ansia no porque estuviera desnutrida sino porque tenía hambre de sabores. que era una de las desdichadas. Así empezó aquello. —Y quizá —prosiguió— querría usted almorzar conmigo los días en que tuviera la bondad de dedicarme algún tiempo. una huérfana internada en un manicomio. atractivo y amable. él era un hombre relativamente joven. aparentemente pensativo— también que. pesada y monótona. por rasgos y actitudes comunes. demasiada carne o un plato muy suculento o picante podían inflamar sensibilidades susceptibles y provocar trastornos. Que si bien es cierto que cada paciente tiene su historial propio. y él me miraba sonriendo mientras yo repetía ración de tarta de pera a la canela.

La lluvia que trajo el deshielo persistió durante dos días. el subdirector anunció que el doctor Watson tenía que abandonarnos repentinamente y que al cabo de unos días otro director ocuparía su puesto. como si le avergonzara pedirme que hiciera esas cosas. Lo cierto es que Watson fue destituido. si bien no parece tan malo. Yo lo apreciaba. Aún hoy. Cuando estoy triste. algo que. que yo sepa. Tres días llevamos caminando por esta llanura. años después. Tal como esperaba. a veces parpadeando con gesto contrito y evitando mirarme a la cara. que hubo un tiempo en que fui la musa de alguien. una dulce pasión. Debió de llevarse el aparato y las fotografías que hicimos juntos. a hojas de tomatera y tierra húmeda. como ahora lo llamaba. siempre estaba pidiéndome perdón por aprovecharse de mí y ceder a sus bajos instintos. hasta que acabé recostada en la urna de los helechos. Supongo que nunca llegaré a saber lo que pasó. Al atardecer del segundo día cesó la lluvia. el olor de Parker me trajo el recuerdo de un pastel de chocolate amargo y se me hizo la boca agua. Watson. imágenes plateadas sobre vidrio oscuro. después de otra comida suculenta. iban delante con el trineo. Es decir. No por mi causa. a diferencia de muchos de los hombres que he tratado fuera del manicomio. a los que yo tenía que sumar el peso de la falda empapada. sin el lastre de la falda. Una mañana. La otra noche. o Paul. el doctor Watson me llamaba a su despacho con frecuencia creciente y. Era tierno y se sentía horrorizado por obrar mal. me consuela recordar que aquel hombre temblaba al tocarme. Amable y considerado. Nos hundíamos en el lodo hasta los tobillos. a puerta cerrada. las poses se hacían menos formales. yo llevaba cada vez menos ropa. un aroma penetrante y grato. me sostuvo la mano entre las suyas y me dio las gracias mirándome a los ojos. Parker y Moody. llevaba a cabo los estudios e investigaciones que le satisfacían. temblando. en una helada tienda plantada en medio del bosque. Desapareció de la noche a la mañana. que fulguraban a la luz. a pesar de que él se ponía nervioso y agitado cada vez que la consumábamos en el despacho.Stef Penney La ternura de los lobos despacho. y yo estaba dando 179 . Creo que él abandonó pronto toda pretensión de contribuir al progreso de la ciencia médica. Era un secreto emocionante. todavía sin señal alguna de final o cambio. me cogió una mano. dificultando mucho el avance. Paul olía a invernadero. Cada pie arrastraba su buen kilo de barro. Algunas eran hermosas. lo que ahora ocurre con frecuencia. A mí esto me tenía sin cuidado. a medida que nos familiarizábamos el uno con el otro. aunque no se dieron explicaciones. con una diáfana muselina enredada en el cuerpo. Paul se interesaba en mis opiniones. al evocar aquel olor. también me vienen a la memoria tartas de frutas con nata y filetes al brandy. y un día tuvo un gesto que me hizo feliz: después del almuerzo. tampoco tiene nada de bueno. Me pregunto si existirán todavía.

Están en una pequeña elevación del terreno y cuando. —Señala un hato en un rincón. aunque «camino» no es la palabra que yo habría elegido. tambaleándonos. y la turbia luz gris que tamizan las nubes no ayuda mucho. Deseo marcharme cuanto antes. Son cosas que solían ocurrir. Una visión alucinante que me produce cierto horror. Parker y los perros se han parado a esperarnos. —Todo el mundo lo sabe. llegamos hasta ellos. probablemente azul. Por el hueco de una puerta desaparecida miro a Moody. —Éste era el puesto de Elbow Ridge. restos de muro ennegrecidos. Está manchada y han debido de dejarla aquí para que se 180 . observando el suelo. ¿No ha oído hablar de él? Niego con la cabeza. Ahora se anda mejor.Stef Penney La ternura de los lobos gracias a los dioses de que se hubieran dignado escucharme cuando se levantó este viento que no ha dejado de soplar. hurgando en los restos de lo que antaño pudo ser un piano. Es una camisa. No ve bien. —Fue construido por la Compañía XY. por lo que se ve desde aquí. vemos lo que ha pasado. —Era una factoría. Me vuelvo hacia Parker para ver si hablaba con sarcasmo. pero no quiero saber. veo el motivo de la parada: a varios cientos de metros se divisa un complejo de edificios. tiene el aire siniestro de un lugar de pesadilla. pero sopla del nordeste y es tan frío que me ha hecho experimentar un fenómeno del que hasta ahora sólo había oído hablar: las lágrimas se me hielan en el borde de los párpados. Tiene en la mano el hato congelado y lo extiende. Pero lo más extraño es que. El puesto se ha quemado y sólo queda el esqueleto. por fin. como si hubiera sido engullida por una criatura amorfa. la osamenta de los edificios ha adquirido extrañas protuberancias vidriosas y ha quedado envuelta en un hielo negro. A la Hudson Bay Company no les gustó que establecieran un puesto aquí. porque el viento ha secado el suelo. No parece muy acogedora. —Estamos en el buen camino —dice Parker. y la incendiaron. Tengo una sospecha. que está a unos treinta pasos. pero Parker se mete entre las paredes. y creo que también a Moody. Al acercarnos. la primera obra humana que vemos desde que salimos de Himmelvanger. —¿Y usted cómo lo sabe? Parker se encoge de hombros. pero está tan sucia que es difícil asegurarlo. No pregunto por qué iba alguien a hacer algo así. vigas rotas que trazan ángulos absurdos e inquietantes. pero mantiene una expresión inescrutable. pilares recortados contra el cielo. —Habrá que ver si él ha estado ahí. El hielo se cuartea con crujidos de protesta. casi segura de que ésta es otra cosa que es preferible ignorar. —¿Qué es? —Moody entorna los ojos detrás de sus gafas. —Aquí han dejado ropa. como hasta hace poco esto estaba cubierto de nieve que se fundía de día y volvía a congelarse por la noche. bulboso y reluciente. Al cabo de una hora tengo los ojos enrojecidos.

Este puesto abandonado. pero apostaría a que Moody comparte mis temores. —Moody me mira y lanza una breve carcajada. De pronto. Quizá. Levanto la cabeza y a través de la negra cuadrícula de las vigas veo unas nubes bajas y oscuras. Parker instala la tienda contra la pared. No se ha quitado las gafas y tiene los ojos muy abiertos. —Sí. nos metemos en la tienda. empieza a temblar y agitarse como si unos desesperados trataran de entrar. Moody tampoco está de acuerdo. Nos conviene tener un refugio. pero sigo sus instrucciones y descargo el trineo sin hacer preguntas. —¿Quedarnos aquí? Aún es temprano. Su aullido sobrecogedor. es mejor que nada. Parker enciende fuego y pone agua a calentar. Se echarán juntos para darse calor. 181 . —Ah. Pero el viento arrecia y le hace claudicar. me he vuelto más eficaz en las tareas necesarias para asegurar la supervivencia y el confort. Nos damos prisa. Cuando terminamos los preparativos. ya ha empezado a nevar y los copos nos aguijonean la cara como un enjambre de abejas. —Se avecina una tormenta. Sigue observando y lanza una exclamación de satisfacción. —¿Los perros estarán bien ahí fuera? —pregunta. A rastras. Me pregunto si el refugio resistirá o se hundirá bajo el peso del hielo que se acumula encima. con retraso. mientras Moody recoge leña —menos mal que la hay en abundancia— y desprende hielo de las paredes para disponer de agua. pero baja la mirada al ver que no lo imito. acampamos entre las ruinas. Buena idea. Moody y yo nos sentamos de cara a la entrada. madera carbonizada y hollín. —¿Reciente? —De una semana. a pesar de estar asegurada con pesadas vigas. Durante los últimos días. reforzándola con negros trozos de viga. el viento arrecia. Así que nuestro hombre estuvo aquí y se quedó a pasar la noche. por tétrico que parezca. comprendo. que. Durante la hora siguiente. y dispongo los víveres dentro del refugio (¿de verdad piensa Parker que vamos a quedar bloqueados durante días?). Haríamos bien en imitarlo. —¿Eso es sangre? —No lo sé. Parker responde con calma. Color de tormenta. Observo con alarma que es un refugio mucho más robusto que los que le he visto erigir hasta ahora. —¿Cuánto falta? ¿Otros dos días hasta Hanover House? Creo que deberíamos continuar. ¿No deberíamos seguir? —Mire ese cielo. Así pues. y se sobresalta ante cualquier variación en los ruidos que nos rodean. El cielo está feo y amenazador. Parker parece indiferente. junto a una pared. acuciados por la amenaza del cielo que se oscurece y el viento que arrecia. Me parece oír zumbar el cerebro de Moody mientras se pregunta si merece la pena discutir y si Parker acatará su autoridad. Esta vez hasta yo sé por qué: hay restos de un fuego.Stef Penney La ternura de los lobos pudra. el restallar de la lona y el alarmante crujido de las vigas apenas nos dejan oír lo que decimos.

. También ofrece la petaca a Parker. Ahora caigo en que nunca lo he visto beber alcohol. —¿Así que usted lo conoce? —pregunto a Parker. Él me mira muy serio. Me gustaría saber si es el mismo. pero no estoy segura. No estoy segura de dónde viene la hostilidad. —Mira a Parker—. —Quizá. ¿Y cuándo le parece que será eso. pero hoy me ofrezco a hacerlo por él. Acepto. Pero aun así tendremos que ir más despacio. sino áspero y fuerte. —Lo conocí hace años. agradecida. Me parece que Parker nos observa. Tiene los pies cubiertos de sangre seca. 182 . que es todo lo que hay. como siempre. pero está ahí. ¿Y el nombre? —James Stewart. haber oído hablar de una persona antes de verla equivale a tener un viejo amigo. —Vaya. —Parece conocer bien el camino. Supongo que para el que no conoce a nadie del país. —Moody parece satisfecho. que no castigan tanto los pies —respondo—. —Stewart. Sí. oí hablar de un James Stewart que es famoso por haber hecho una larga travesía en invierno y en condiciones terribles. Observo que esto no responde exactamente a la pregunta. señor Parker? ¿Amainará la tormenta esta noche? Parker se encoge de hombros. Usted debería adquirir un par cuando lleguemos a Hanover House. Moody saca una petaca de whisky y me la tiende. —¿Ya ha estado allí? —Hace mucho tiempo. pero él no se queja y cierra los ojos mientras le froto las heridas con alcohol y se las envuelvo con una venda prieta. Cuando acabo con el vendaje. Lo he visto curárselos cada noche. Yo no tengo la mano suave. pues no es tanta la diferencia de edad. según dicen. Moody vuelve a ponerse los ensangrentados calcetines y las botas: hace mucho frío para estar descalzo. El rostro de Parker. —No estoy seguro. Toda una hazaña. —¿Conoce al factor? —Se llama Stewart. No es whisky bueno.. para resistir estas caminatas sin que le salgan ampollas. bien. Él se echa y me ofrece primero un pie y luego el otro para que se los limpie y vende con tiras de tela de algodón. permanece inescrutable. Hay una pausa breve y hostil. —Llevo mocasines..Stef Penney La ternura de los lobos Termina su té y se quita las botas y los calcetines. Cuando trabajaba para la Compañía. Es posible que tardemos más de dos días. entre el humo del fuego y el de su pipa es difícil distinguir algo aquí dentro. No hace mucho. —Ah. debe de ser usted una mujer muy fuerte. —Ah. Quizá porque me recuerda a Francis. —Ya.. Es la primera vez que la veo. quizá por la ventisca o incluso por la idea de que necesito hacer amigos. que rehúsa con un gesto. —Señora Ross... me quema la garganta y me hace lagrimear.

que han encendido sus pipas. Escondo la cara detrás de la taza. Moody. sorprendida de verlo tan divertido. Hasta Parker parece menos sereno que de costumbre. no lo nota. Miro con envidia a los hombres. Parker ahoga el rescoldo y hace lo propio. Con el corazón palpitante y los ojos muy abiertos. bebe y me la ofrece. No es que recuerde con exactitud lo que soñaba. Parker me sonríe: —Podremos salir fácilmente excavando. pero mi voz se pierde en la vorágine. Pero al final debo de haberme dormido. Moody enciende la lámpara con manos temblorosas. Yo le sonrío a mi vez. De repente despierto y veo —o eso creo— que la tienda ha desaparecido. Moody sonríe. sería agradable tener en la mano una pipa. pero me parece que con el rugido del viento y los azotes que soporta la tienda. imagino trágicos finales. Entonces recuerdo lo que está tratando de hacer y se me borra la sonrisa. No sé ustedes. No para de nevar. es más bien que la sensación del sueño 183 . y no me calmo hasta haber bebido una taza de té azucarado. Yo tiemblo. bien. espléndido. Parker enciende el fuego para el té y todos nos acurrucamos alrededor. Sonrío. Estamos completamente despiertos y helados—. que también da calor y calma los nervios. pero la nieve ya nos cubre la ropa y el pelo. El viento gime como mil almas en pena y la nieve satura el aire y me ciega. y no soñaba desde hace semanas. no sé si de frío o de miedo.. Estaremos calientes y cómodos mientras morimos sepultados. tan cerca que siento el roce de su cuerpo y percibo el olor a invernadero que despide. Grito. Me enternece ver a Moody dar un patinazo tras otro. más calientes estaremos. y poder mordisquear una boquilla de palo de rosa para que dejaran de castañetearme los dientes. pero sin ánimo de moverme. no voy a pegar ojo en toda la noche. y entonces un pequeño detalle me recuerda el sueño que tenía antes de despertar. ni el viento de aullar. Por acuerdo tácito no se cuelga la lona para aislarme. —Bien. —Vaya. Me aterra la idea de que la nieve nos sepulte o que las paredes se derrumben sobre nosotros. Luego Moody se tumba a mi lado y. Al fin consiguen asegurarla. —Cuanto más gruesa sea la capa. ¿no? Una reunión de viejos conocidos. pero yo necesito beber algo. por supuesto. Parker asiente. sintiendo el calor de las brasas quemarme la cara. que vacila y acepta. —Moody agita la cabeza y se sacude la nieve de las piernas. Me echo entre los dos hombres.Stef Penney La ternura de los lobos Algo en su tono me advierte que no debo insistir. abrasándonos los dedos. Saca la petaca. —Es un consuelo —digo—. porque estoy soñando. envuelta en mantas. tomándolo como una victoria personal. me parece. tratando de sujetar la lona que se ha soltado. Parker y Moody están de rodillas. La oscuridad es total. Yo la paso a Parker.. que se hincha y tiembla como si estuviera viva. finalmente. —Hay mucho espesor de nieve ahí fuera —dice Moody cuando se acaba el whisky.

hay mucha luz y más nieve en los pliegues del abrigo y en los espacios entre nuestros cuerpos. a pesar de que nos hundimos en más de un palmo de nieve. mejor. Debe de estar contento de verlos. salgo de la tienda a un día aún ventoso y gris pero que. menos amenazador. en cierto modo. a su lado se produce una especie de explosión y Sisco surge de un ventisquero. Normalmente ni los toca. Quizá anoche estábamos todos más asustados de lo que aparentábamos. para que los hombres no vean cómo me arden las mejillas. gracias por preguntar. Me lleva sólo unos minutos descubrir que. ¿verdad? Sonríe casi con picardía. la tormenta ha amainado casi del todo. No se ve ni rastro de ellos. Pero no fue así. se me antoja espléndido. 184 . La tienda está casi sepultada en un ventisquero de un metro de espesor y todo el lugar aparece completamente distinto bajo la nieve. señora Ross? Gracias. una parte del muro se ha derrumbado. —Yo también. cuando volvemos a caminar hacia el nordeste. a pesar de las seguridades de Parker. pero ahora les sonríe y parece encantado. ¿sería tan amable. nos mantenemos juntos —Parker acomoda su paso al nuestro—. ¿Cómo se encuentra esta mañana? —Aliviada. Me acerco a Moody. Entonces reaparece Parker. —Oh. Una noche interesante. sepultados para siempre. después de la terrible noche. como tres personas que encuentran ánimo cada una en la compañía de las otras. y Parker los acaricia brevemente. En un primer momento temo que los perros hayan desaparecido. Con esfuerzo. A mí nunca me ha sonreído así. y me hace fingir un acceso de tos y volver la cara hacia la oscuridad.Stef Penney La ternura de los lobos me inunda de un calor repentino y peculiar. Ni él ni nadie. De pronto. Hace que me avergüence. cuando normalmente ladran como locos pidiendo comida. Y después. Cuando vuelvo a despertar. que está recogiendo torpemente el material de la tienda. También él parece muy contento esta mañana. Trato de no pensar en lo que habría ocurrido si hubiéramos construido nuestro refugio siete metros más al este. desde luego. que viene no sé de dónde con un largo bastón que hunde en la nieve mientras llama a los perros con aquella voz áspera y aguda que usa con ellos. seguido de Lucie. y es lo que importa. —Deje que eso lo haga yo. Los animales dan saltos hacia él meneando todo el cuerpo. Avanzada la mañana. aunque sin peligro para nosotros.

Dólares yanquis. Es como si la falta de luz los exonerara. había vivido al día hasta que vino a construir Himmelvanger y se quedó. Yo no podría estar sin ti. y él la envuelve en un abrazo. Y otro tanto debe de ocurrirle a él: podrían ser un hombre y una mujer cualesquiera y estar en un lugar cualquiera. Llevan varios días sin intercambiar palabra. parece una escoba. Line. tengo que hablar contigo. Hace días que ni me miras. ella comprende lo que tiene que hacer. —Ella está a punto de llorar de alegría al ver su mirada de súplica. —No. Me iré lo antes posible. oprimiendo todo su cuerpo. Interrumpe los besos lo justo para decir: —No puedo seguir aquí. —Tengo cuarenta dólares. en Toronto. Ella trata de calmar el tumulto de su corazón al oírlo pronunciar su nombre. Tendremos cuidado. —¿Cómo? Creí que tu mujer sospechaba. Line palpa el rollo de billetes que tiene en el bolsillo y se siente fortalecida con su poder. la garganta. Line sonríe para sí. Espen se aparta. —Tengo dinero. La cara de Espen se abre en una sonrisa de incredulidad. Nadie lo sabrá. tira de Line hacia el interior y se encierra con ella. —No puedo soportarlo. —¿Cómo que tienes dinero? —Espen nunca ha tenido dinero.Stef Penney La ternura de los lobos El tono de Espen es apremiante. Ella oye su respiración. Y entonces. —Line. —¿Cómo los has conseguido? —Es un secreto. por ejemplo. de pronto. por el tacto. Casi podría no saber quién está con ella. apretada contra montones de jabón y algo que. besándole la cara. Line tiene una percepción de la realidad distorsionada e incoherente. los labios. pero no puede verle la cara en esta oscuridad. Forcejeando con la ropa en la oscuridad. ¿Tan poco te importo? ¿No has pensado en mí? Line cede y sonríe. —¿Qué? —No lo sabe nadie más que tú. Ella lo 185 . Luego abre la puerta de un armario.

¿eh? —En realidad. Cualquiera diría que este hombre no sabe cómo suceden estas cosas. ¿No sería preferible esperar a la primavera? Piensa en los niños. Pronto se me notará. En dos días podemos estar en Caulfield. Pronto podremos estar otra vez juntos. es seguro que estoy embarazada. todo es culpa de Merete. o Chicago. Tengo dinero suficiente para mantenernos hasta que encontremos trabajo..» —Pero ¿cómo? ¡Si tomábamos precauciones! —No siempre. —Lo sé.Stef Penney La ternura de los lobos intuye. Line. que quiere a todo el mundo. esto podría haber ocurrido mucho antes. Los niños montarán delante. —Además. cuando tengamos casa. Ojalá se muriera. —Si ni siquiera nieva. Pero por eso no puedo quedarme hasta la primavera. Cualquier sitio. Pero Espen adora a sus tres hijos—. quizá puedas venir a buscarlos.. la alternativa es inconcebible. —Le toma la mano y se la pone bajo la pretina del delantal.. Silencio absoluto en el armario. nunca. —Ya sé que es duro. No estarás enfadado. a Torbin y Anna.. Te quiero... En realidad. Allí tomaremos un vapor para Toronto. ¿comprendes? De lo contrario.. Es sólo que. —Nos llevaremos dos caballos. Ahora la llave suele quedar en la cerradura por la parte de fuera: en ausencia de Moody. amor mío —replica—. Espen parece un poco alarmado. al decir «los niños» te refieres a los tuyos. —¿Por qué tanta prisa? Es su carta de triunfo. —Él. No puedo quedarme aquí. Más adelante. mejor dicho.. —Por eso hemos de irnos antes de que llegue la nieve del invierno. Line se acerca a la habitación del muchacho y espera hasta que ve salir a Jacob camino de los establos. Por él. A media tarde. me parece. Francis la mira. ella no lo cree así. No han estado a solas desde antes 186 . ¿no? Line ya esperaba esto. «¡Por todos los santos! —piensa ella—. ni siquiera Per. Nos pondremos toda la ropa. sorprendido. Pero ahora tengo que marcharme.. ¿verdad. Mira. Ella siente un hormigueo de impaciencia. nadie se toma muy en serio la norma de mantener la puerta cerrada. No sirve para nada y nadie la aprecia. —Pero Line. Espen? —No. Lo siente estremecerse de risa bajo sus manos. Casi no hace frío.. pero no podemos llevar con nosotros a todos los niños. verás. ¿Por qué esperar? Espen suspira. No es probable que Merete ni Per consientan que Espen se lleve a los niños a vivir con su fulana. y Line la juega cuidadosamente: —Es que. ya es pleno invierno. —Oh. De lo contrario. Entonces entra. piensa ella—.

aún más sorprendido. Francis se vuelve. buscando donde dejar el cuchillo y la madera. —Oh —exclama instintivamente—. —Lo agita sonriendo—. He venido porque quiero preguntarte una cosa. no. yendo a caballo será más fácil. —Sí. no. —Sí. «En fin. antes de que vuelva la nieve. «Otra vez te he violentado». con la muleta. Jacob hasta me deja su cuchillo..Stef Penney La ternura de los lobos de que llegara la madre. es decir. desconcertada: lo imaginaba todavía en cama. —¿Tú estás bien? ¿Va todo bien? Quiero decir al otro lado de esa puerta. Necesito que me indiques el camino. —Pero ¿y si se pone a nevar durante el viaje? —Tu madre vino con nieve. sacando el papel y el lápiz que ha traído consigo. Además. Line lo mira. piensa ella. Sostiene un cuchillo con el que está tallando un trozo de madera. —¿El camino de Caulfield? Ella asiente. Es sobre tu viaje desde Caulfield. Nos llevaremos caballos e iremos al sur. el día en que ella trató de besarlo y él le dio el dinero. En realidad. Me encuentro mucho mejor. son cosas que no se pueden evitar. —Me marcho. —Me alegro.» 187 .. sentado en una silla junto a la ventana. Aún se sonroja al recordarlo. —Sí. Francis está asombrado. Tampoco es que fueras a ponerte celoso. —¿Tú y tus hijos? —Sí. ¿Me prometes no decir nada? ¿Ni siquiera a Jacob? Él la mira. Necesito que me ayudes. —Parece preocupado. Tengo que irme ahora. —¿Ya puedes andar? —Voy de un lado a otro. débil y pálido. Francis está vestido. ya estás levantado. Pero no tienes nada que temer. —Ella alza la cabeza y siente que se ruboriza hasta la raíz del pelo. prometido.

—«¿Dónde demonios estarán?». si hubiera esperado usted un poco. —Además. Un mismo hombre no puede ser violento y pacífico. Quizá esté usted informado de que este William Parker tiene antecedentes por asalto a empleados de la Hudson Bay Company. pero no fue posible confirmar su explicación.Stef Penney La ternura de los lobos El magistrado de Saint Pierre. todo esto habría podido salir a la luz. tratándose de un trampero. Conozco a un tal William Parker. —Ummm. suspira. —Mackinley no tenía ni un rasguño. Es un hombre fornido. de más de setenta años y ojos lechosos tras unas gafas de cristales gruesos que parecen muy pesados para su frágil nariz. Las contusiones sufridas por el prisionero le fueron causadas en defensa propia. se pregunta. Aún no han regresado. —Ocurrió hace tiempo. si hubiera sido atacado lo habría dicho a todo el mundo. Bien. es probable que esta inclinación se manifieste una y otra vez. «Hace casi dos semanas que se fueron. Además. el señor Mackinley afirma que el prisionero lo atacó. —Pero el señor Mackinley dice que Parker no pudo explicar dónde se encontraba cuando ocurrieron los hechos. Yo vi al prisionero. —No. —Sigo sin creer que él sea el asesino que buscamos.» 188 . Ya ve. —No sé si puedo estar de acuerdo con eso. —Si he comprendido bien —dice mirando sus notas—. —Cierto. ¿Y todavía anda suelto otro sospechoso? —Yo no lo diría así. Comprendí que decía la verdad. y por eso lo dejó marchar. Que un hombre haya hecho algo malo tiempo atrás no significa que sea culpable de otro delito. usted ha declarado que «no podía consentir los brutales medios que utilizaba Mackinley para obligar a confesar a William Parker». piensa Knox. sentado frente a Knox en su dormitorioprisión. Especialmente. no». Pero si un hombre es violento por naturaleza. «Oh. lo cual no es de extrañar. —No había motivo para retenerlo. pero fue sospechoso de una agresión bastante grave. si el acto de violencia lo cometió en su juventud. Envié a dos hombres en busca de un joven de Dove River desaparecido en las mismas fechas. Fue golpeado con brutalidad. —Lo explicó.

por desgracia. Cuente.. señor Knox. Siempre y cuando. absteniéndose de imitar la triste sonrisa del otro. santé! —Santé! Lamento que no sea de malta.. ni siquiera cuando era joven: debe de ser por la severidad de sus facciones. que le han dejado unas muescas rojas y relucientes en el puente de la nariz. Charlan amigablemente un rato.» —¿Qué piensa hacer conmigo? El magistrado de Saint Pierre menea la cabeza. estaba en buena compañía. —¡Señor Knox! Me alegro de verlo libre otra vez. Se para en el rellano e impulsivamente llama a la puerta de Sturrock. Nunca ha tenido mucho éxito con los chistes. al menos por el momento. estoy libre. Me siento un hombre nuevo. y ve que le saca más de un palmo. —Bien.. Ya cuando empezaba a ejercer la abogacía descubrió que la sensación que solía inspirar en las personas era de alarma y una especie de presunta culpabilidad. pero como allí quien más quien menos es un delincuente. No sé qué pensar. —No. Las frota con el índice y el pulgar. Hace mucho tiempo. —Knox se levanta. A medida que se oscurece la 189 . a no ser que se haya escapado. facultad que no dejaba de serle útil. a pesar de su sonrisa y tono pretendidamente festivo.Stef Penney La ternura de los lobos —Tengo entendido que la madre del muchacho también ha desaparecido. • • • Ahora que puede marcharse.. Knox no está seguro de que. La mirada que dirige a Knox dice claramente: «Vaya caos nefasto que has organizado en este pueblo. pero no es así. Sturrock comprenda que está bromeando. pase. —Pase. —Todo esto es muy irregular. No creo que lo intente. Muy irregular. ¿qué efecto le ha producido pasar una noche entre rejas? —Oh. que se abre al momento. ja ja. desde luego. Knox se permite sentirse halagado y acepta un vaso de whisky.. como si el movimiento se autoperpetuara—. verá. en Illinois... Sturrock lo recibe como si Knox fuera la persona a la que más deseos tenía de ver. —Fue en busca de su hijo. El magistrado se quita las gafas de pinza.. pero qué se le va a hacer. por el momento considero que podemos confiar en usted y dejar que regrese a su casa. —Ya. —Ja ja. no abandone el país. Knox descubre que no tiene prisa por volver a casa. De todos modos. —Me gustaría poder decir que nunca he experimentado ese placer. —Su cabeza sigue oscilando suavemente.

No la ha reconocido.. pedazo de hueso. Se hace una pausa larga. Knox mira el cielo: lo que puede ver por encima de los tejados está cubierto de nubes plúmbeas que presagian mal tiempo. —¿Así que piensa quedarse hasta que vuelva el chico? —Creo que sí.. 190 . Los dos hombres piensan en lo mismo. —Supongo que sí. El whisky se ha acabado. Abajo.Stef Penney La ternura de los lobos ventana va bajando el nivel de la botella. una figura pequeña cruza la calle en diagonal y entra en el almacén. con gesto calculador. Piensa que pronto nevará otra vez. —Debe de interesarle mucho ese. Sturrock lo mira de soslayo.

apenas más altos que un hombre. Hanover House es sólo un vestigio de antiguas glorias. Tiene detrás un grupo de árboles. En este momento no puede imaginar algo más sublime que meterse en una cama para no levantarse en mucho tiempo. a pesar de que. Donald empieza a temer que allí no haya nadie. y esto no lo ha dicho a los otros. Ya están cerca y aún no distinguen señales de vida. va rezagado. una serie de pequeños cañones apuntan a la llanura. Ahora se encuentran en pleno territorio del Shield. por la parte exterior de la cerca. La herida estaba cerrada. que aún no se ha helado —no hace todavía bastante frío—.Stef Penney La ternura de los lobos La tarde del sexto día divisan por primera vez su punto de destino. pero un poco inflamada y exudaba un líquido transparente. Las achaparradas siluetas negras que se destacan sobre la nieve son la única señal de actividad humana. parece negra entre las orillas nevadas. ha empezado a dolerle la herida del estómago. pero mucho más viejo. Ayer pensó que se le había abierto y. y alguien se ha molestado en salir a limpiarlos de nieve después de la ventisca. El curso del río es llano y la corriente lenta. El puesto es del mismo tipo de construcción que Fort Edgar. con el pretexto de hacer sus necesidades. El conjunto rezuma un aire vetusto y. 191 . Donald siente una gran alegría. Se repondría en cuanto llegaran a su destino. se detuvo y se desabrochó la camisa. rodeada en tres de sus lados por un río. Donald. Es evidente. con los pies lacerados. que el secreto de la felicidad consiste en variaciones del principio de estar golpeándote la cabeza contra la pared y parar de repente. la impresión general es de abandono. Imposible abandonar las botas del suplicio. Hanover House se levanta en una loma. Además. Donald tiene una vaga idea de la causa. aun con los pies totalmente vendados. al ver a lo lejos la factoría —de cuya existencia ha llegado a dudar en los trances más duros—. Por eso. pero el agua. No obstante. La empalizada se vence hacia uno y otro lado y los edificios están grisáceos y deteriorados por las inclemencias del tiempo. hasta la señora Ross camina más aprisa que él. las fatigas del viaje lo habían agotado. aunque se observan señales de intentos de restauración. se dice jubiloso. pero de eso hace mucho tiempo. Esta zona había sido una mina de pieles para la Compañía. los primeros que los viajeros ven en varios días: abedules y alerces retorcidos y raquíticos. al sur de la bahía de Hudson. pero árboles al fin. Probablemente. cada paso es una agonía.

Tiene 192 . —Parker mira una fina columna de humo que asciende por detrás de un almacén bajo. La señora Ross lo contempla fijamente. una factoría tan aislada como ésta. se para en seco: es alto. ¿Sabe. se sienta en el suelo y se quita primero una bota y después la otra. —¿No tendríamos que seguirlo? —pregunta ella. lleva sólo una amplia camiseta de franela abierta hasta la cintura. Al cabo de un par de minutos se oyen pasos en la nieve y por la esquina aparece otro hombre. como si viera a un fantasma. Los perros. al verlos. —Seguro que no tardará en salir alguien. —Sí —dice Parker. en busca de confirmación. Al parecer. se dirige a Parker. con la boca abierta en señal de hosca perplejidad. Donald oye que ella dice en voz baja: —Me parece que ese hombre está borracho. que se han quedado fuera. que se encalla en la nieve acumulada al otro lado. —¿Está seguro de que éste es el sitio? —pregunta Donald y. Donald observa con alivio que es blanco. Por la esquina de un edificio aparece un hombre que. El hombre los mira sin pestañear. Parker se acerca a ellos. pero empuja la puerta. nadie sale a recibirlos. por lo que considera que a él corresponde tomar la iniciativa. quizá un poco mayor que el propio Donald. —Parece que no hay nadie —dice Donald mirando a Parker. Parker ha empezado a decir que vienen de muy lejos y que Donald es empleado de la Compañía cuando el hombre gira sobre los talones y desaparece por donde ha venido. pero Donald se les acerca cojeando. No saben estar parados sin pelearse. ladran y se revuelven fieramente. moreno. No puede resistir el dolor ni un momento más. casi sin darse cuenta de lo que hace. los hombres matan el tiempo con lo que tienen a mano. lo que en Port Edgar se considera un crimen. Resulta claro que esta mujer ignora los pasatiempos que se practican durante el invierno en una factoría inactiva. señora Ross?. Pese a que los tres viajeros y el trineo han estado bien visibles sobre la nieve desde hace una hora. —Quizá lo han abandonado. Parker mira a la señora Ross y se encoge de hombros. les grita y los golpea con un bastón. El humo tiene el mismo color que el cielo. Parker no responde. táctica poco grata a la vista pero eficaz.Stef Penney La ternura de los lobos La puerta de la empalizada está entreabierta y aquí y allá se ven pisadas en la nieve. ancho de hombros y tiene el pelo largo y revuelto. El joven sonríe tristemente. sobre todo. Tiene los pies helados. su flácido corpachón es insensible al frío. Ahora mismo parecen estar luchando a muerte. No han limpiado el patio. —No. Como de costumbre. Donald se pone en pie —sobrehumano esfuerzo— y da unos pasos tambaleándose. enganchados al trineo. Están en un puesto de la Compañía. pero deliciosamente insensibles. A pesar del viento helado. abandonado no. en una factoría. —Donald mira el desolado patio.

Antes hay que ver cómo están las cosas.. señora Ross? —No digamos por qué hemos venido... En realidad no es nada. sus pies. cojeando. bienvenidos.. Parker. contable de la Compañía en Fort Edgar. —El hombre suaviza su actitud—. a una habitación grande y fría. que están terriblemente descuidadas. Umm. señor Moody. —Donald vuelve a cerrar los ojos. sólo unas ampollas.Stef Penney La ternura de los lobos la cara pálida.. Observa que la chimenea está muy sucia. horrorizado. Finalmente. Es extraordinario. —Dios mío. o si debería cederles las suyas.. Parker se va.. se acerca a la vacía chimenea y se deja caer en una silla. ayudante del factor. Nesbit los conduce a una puerta lateral y. Donald piensa en Fort Edgar.. donde los visitantes son siempre motivo de celebración y objeto de agasajos. —Ah.. que ya no siente los pies. se le antojan horas. hace tanto tiempo que no recibimos visitas. una figura amenazadora bastón en mano— eh. Les pido disculpas. aire de preocupación y una revuelta mata de pelo rojizo. y además en invierno. Perdonen.. —Parker reaparece en la puerta. —Bien. Parece nervioso y azorado y.. Donald. por un pasillo oscuro. —¡Señor Moody! —La áspera voz de la mujer le hace abrirlos.. Nesbit les estrecha la mano y mira los pies de Donald. a pesar de que ya es casi de noche y está helando. —Tengan la bondad de esperar aquí un momento. Nesbit no muestra intención de hacerlos entrar. No hay que ponerlos en guardia. Frank Nesbit. en voz alta. Donald experimenta una grata sensación de vértigo y se pregunta si va a desmayarse. ¿No tiene botas? —Sí. he olvidado los buenos modales. —¿Mm? ¿Sí.. Así que es verdad. cargo que nunca ha oído mencionar. momentáneamente desconcertado por la expresión «ayudante del factor». —Santo cielo —dice con irritación—. Si me excusan. y a continuación sucumbe al agotamiento que ha estado aguardando para apoderarse de él y le cierra los ojos como una mano de terciopelo. pero me molestaban y me las he quitado ahí fuera. —¡Hola! —Donald se siente más animado al oír un acento escocés. Quizá la mitad del personal de aquí haya desertado.. por lo menos esta noche. Nesbit. —Donald Moody... Sabe que no podrá mantener una conversación coherente hasta que haya dormido 193 . —Como quiera.. Parece taciturno pero sobrio. Nesbit sale dando un portazo. alegando que tiene que atender a los perros. se pregunta si podrán acomodarse en las habitaciones de los huéspedes. —La señora Ross y. después de titubear durante lo que a Donald. — Donald extiende la mano tambaleándose. Él nos ha guiado.. reacciona al fin e indica con un ademán a la señora Ross. Donald. Haré que enciendan fuego y les traigan algo caliente.

pero no puede—. pero cuando los abre hay fuego en el hogar y la señora Ross ha desaparecido. Sólo estar a resguardo de ese frío ácido y lacerante ya es una delicia. ni siquiera pensar. contento de no tener que hablar. dormir y dormir. puede dormir. gracias. Sus tareas pueden esperar a mañana. Donald apoya la cabeza en el respaldo.. Ahora. Pero el calor del fuego es un lujo exquisito y no se siente capaz de moverse. Soy. ¿Y tú te llamas. Trata de ahogar un enorme bostezo..? —Elizabeth Bird.. Sólo se levantaría para ir a una cama. se sienta en el suelo y empieza a quitarle las tiras de tela ensangrentadas y acartonadas que se le han adherido a los pies. Ella apenas lo mira a la cara y se pone a limpiarle las heridas. —Donald se siente un poco cohibido por esta atención y por el repugnante estado de las vendas.Stef Penney La ternura de los lobos un poco. advierte que en la habitación hay alguien más.. a pesar del monumental cansancio. Donald Moody. Al volverse ve a una mestiza que trae un cuenco de agua y vendas... La ventana está oscura y él no tiene ni idea de qué hora es. contable de la Compañía en Fort Edgar. 194 . —Oh. La mujer mueve la cabeza de arriba abajo. Entonces. Ha cerrado los ojos durante lo que le parece un momento. al compás de las manos de la mujer que le restaña la sangre de los pies.

Hemos venido a molestarlos de improviso. —Más te valdrá no decir nada de él. pero parece que le cuesta un esfuerzo—. Llamo a Parker. Las llagas de los pies le han hecho sufrir mucho. Perdone. —Se para. ¿De dónde ha dicho que venían? —¿Entramos? Hace frío aquí fuera. por supuesto. y el señor Moody y el señor Parker también. La otra voz es sorda.. pero es de mujer. iba a. como si acabara de salir al patio.. Empiezo a sentir en los ojos el escozor de las lágrimas cuando a mi izquierda se abre una puerta y un rectángulo de luz cae en la nieve. se lo aseguro. 195 . lo que es extraño. Me complacería que cenara usted conmigo. hasta que Nesbit corta la disputa — suponiendo que sea eso— con un quejumbroso: —Ay. —Oh. perentoria. señora. Pero no oigo nada más. —Ríe brevemente—. La Compañía está muy orgullosa de poder ofrecerles su hospitalidad. Yo abro y cierro la puerta que tengo a mi espalda y voy a su encuentro. si no quieres sentir el peso de mi mano. Una ráfaga de viento me envuelve y copos de nieve me azotan la cara. y oigo la voz de Nesbit. Pido perdón por haberlos abandonado. —Molestia. lo estaba buscando. sí.. palpando el aire con la mano. cuando llegan perros a un puesto se produce una frenética competición de ladridos y gruñidos. No hay respuesta y siento un brote de pánico. —El señor Moody dormía cuando he salido. y en esta época del año. quizá ahora que hemos llegado él haya seguido viaje hacia donde sea que tiene su trabajo. señor Nesbit. —¿Y a usted no? Qué curioso.. he retrocedido hasta situarme a la sombra de un alero.. —No tiene que disculparse. lo que no contribuye a arreglarle el pelo. Se oye una discusión rápida.. pero a nuestra llegada el silencio era total. Son ustedes bienvenidos. ninguna. Dios.. pues haz lo que quieras. Normalmente. ¡Pero espera a que vuelva él! La puerta se cierra con un golpe seco y Nesbit empieza a cruzar el patio.Stef Penney La ternura de los lobos El patio está oscuro y no oigo perros. ninguna. frotándose la cabeza con una mano.. —Me sonríe. —Señora Ross. Lo mejor será que no te dejes ver. —Ross. y el tono es de protesta. ¿No ha ido alguien a encender la chimenea? Tendrán que disculparnos. —Ah. Instintivamente. En este momento estamos escasos de personal.

—No. La mesa es de caoba. Bruscamente y sin dar explicaciones. —Es verdad. seis días. Ah. lo traje yo mismo de Kingston hace dos veranos. Nesbit sirve dos copas. recortados de revistas. Repaso mentalmente mi versión. buscando fallos. Confío en que Moody tarde bastante en despertarse. Yo no he abierto la boca. y no habrá sido por falta de tiempo.. De las paredes cuelgan grabados de caballos de carreras y boxeadores. —Bien. —Admirable. ¿Y qué les ha traído hasta aquí a usted y sus amigos. —Sólo un sorbo. Sabe Dios qué desgracia lo habrá traído hasta aquí. 196 . pulimentada por los años y el uso. quizá italianas. —Siéntese. hasta una habitación pequeña y bien caldeada por el fuego de un hogar. Lástima que. siéntese. importados. y hacemos una vida muy tranquila. El calor me invade el cuerpo por primera vez en días y me pesan los párpados. aquí no hay nadie más que nosotros dos. ¿Lo conoce? Nesbit me mira fijamente con sus ojos castaños. sí. por favor. y me pregunto qué habrá pasado. —Normalmente. no hechos aquí. desde luego. me refiero a empleados. ¿sabe usted? —habla como si no se hubiera movido de la habitación—. Ocupan el centro una mesa Sutherland y dos sillas. correr y saltar sobre la mesa. en la que destacan las chaquetas rojas de los jinetes. supongo... pero ha desaparecido. tan lejos de médicos y farmacéuticos. Éste irrumpe en la habitación. Sí. Sigo a Nesbit por otro corredor con puertas a uno y otro lado. Quería ponerme de acuerdo con Parker. y observo que también los muebles son de calidad. no nos pusiéramos de acuerdo sobre lo que diríamos. y me tiende una. Entre los boxeadores y los caballos hay un par de láminas buenas.. —Se levanta de un brinco cuando apenas acababa de sentarse—. pero por una u otra razón nunca parecía oportuno sacar el tema. sale de la habitación. —Allí viven unos noruegos luteranos que tratan de fundar una comunidad para vivir santamente en la presencia de Dios. Todo ello denota la presencia un hombre culto y de buen gusto. así que. Me parece que no. y las sillas son de cerezo. procurando que el licor esté al mismo nivel. Encima de la chimenea pende una pequeña escena de caza en un bonito marco dorado. Es bastante bueno. con respaldo en forma de lira. haciéndolo girar. cargado con otra silla. en esta visita no por inesperada menos grata? Dejo la copa en la mesa con cuidado.Stef Penney La ternura de los lobos No sé qué explicación darle. He pedido cena. y tengo una revelación: láudano o quizá estricnina. ¿eh? Nada como un buen fuego en este lugar dejado de la mano de Dios. Los dedos de su mano derecha juguetean sin parar con un cabo de lápiz. Y en la mesa hay copas de grueso cristal con pájaros grabados. —Venimos de Himmelvanger. no. y sospecho que no es Nesbit. santé. Me temo que si tomo más me quedaré dormida aquí mismo. Tomará una copa de brandy. antes de llegar. Aquí no hace tanto frío.

—Asiente con la cabeza. —De todos modos.. Quizá esperaba otra cosa. cuando aún no tiene motivo para sospechar. Fue visto por última vez en Himmelvanger y de allí partía un rastro en esta dirección. ¿no han visto ni tienen noticias de algún forastero? —Desgraciadamente. Estoy seguro. No hay muchos lugares habitados en esta zona. incluso en invierno. Siento un acuciante impulso de hacerle hablar ahora. —El otro hombre quiere dormir —dice mirando a Nesbit torvamente. no mucho mejor que lo que hemos comido durante el viaje. lo que no me resulta difícil.. Pero quizá su hijo haya encontrado algún grupo de indios o tramperos. claro. por fortuna. estamos muy aislados. Nesbit ha vaciado y vuelto a llenar su copa. su percepción no es muy aguda. Creo que desea conocer a su factor. ¿Es.. el señor Parker pensó que éste era el destino más probable. el señor Stewart está de viaje. todo lo contrario. —Está bien. pensativo. —Bajo la mirada—. —¿Tienen ustedes vecinos? —No. no podemos estar seguros. Pero. después de la tormenta. al fin y al cabo.Stef Penney La ternura de los lobos —Hacemos este viaje porque. no. Bien. La vajilla es fina... mayor su hijo? —Diecisiete años. Le sorprendería la de gente que va por ahí.. Comprenderá que esté preocupada.. Se abre la puerta y entra una india baja y gorda de edad indefinida. Tengo que hacer un esfuerzo para mantener los ojos abiertos y la mente despierta. Deja eso ahí. sí.. La mujer deja la bandeja en la mesa con un golpe seco. pero mi hijo se ha escapado de casa. esta noche. 197 ....? —El señor Moody se ofreció amablemente a acompañarme. Yo bebo de la mía a pequeños sorbos. Nesbit destapa la bandeja y me sirve un bistec de alce con puré de maíz.. de manera que. Es muy aficionado. Gracias. ¿Harías el favor de ver si encuentras al otro viajero? Hay un punto de sarcasmo en su voz. inglesa. Norah. —¿Un rastro en esta dirección? ¿Y llega hasta aquí? —Eso nos parecía. Él vuelve a llenarme la copa. Nesbit come poco pero bebe insistentemente.. ya que veníamos a un puesto de la Compañía. —No.. Ha salido de caza. —Me interrumpo y suspiro hondo —. Los ojos de Nesbit están fijos en mí de un modo que me pone piel de gallina. pero el bistec es viejo y correoso. —Ah. —Así pues. —Sí. Nadie. pero regresará dentro de un día o dos. ¿Y el señor Moody. Ahora su expresión parece relajarse un poco. Con torpe afectación. con una bandeja. —Ya. Hay gente que anda siempre de un lado a otro. Vuelvo a suspirar con expresión compungida. Es triste decirlo.

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—¿Cuánta gente vive aquí? ¿Son ustedes muchos? —Qué va... Muy pocos. En esta zona no abundan las pieles. Ya no. —Sonríe con amargura, pero no parece que sea por una ambición personal frustrada—. Está el señor Stewart, el factor, uno de los hombres más extraordinarios que pueda usted imaginar. Está su humilde servidor, el factótum... —esboza una sardónica reverencia— y varias familias de nativos y mestizos. —¿La mujer que ha entrado, Norah, es la esposa de uno de sus hombres? —Eso es. —Nesbit bebe un sorbo de brandy. —¿Y qué hacen los voyageurs en invierno? —Estoy pensando en el hombre de la camiseta que hemos visto en el patio y que apenas se tenía en pie. Parece que Nesbit me ha leído el pensamiento. —Ah, bien, cuando hay poco que hacer, como ahora, me temo que... se dejan vencer por las tentaciones. Los inviernos son muy largos. Tiene la mirada extraviada y los ojos vidriosos y enrojecidos, aunque no sé si del alcohol o de otra cosa. —A pesar de todo, la gente se mueve. —Por supuesto. Está la caza y demás, para los hombres... y el señor Stewart. Pero no es lo mío. —Hace un elegante gesto de desagrado—. Ponemos alguna que otra trampa. Pillamos lo que podemos. —¿Alguien de aquí ha venido del sudoeste hace poco? El rastro que seguimos podría ser de alguno de sus hombres y no de mi hijo. En tal caso, tendríamos que buscar en otro sitio. —Procuro mantener la voz lo más neutra posible, pero con un matiz de tristeza. —¿Alguien de los nuestros...? —Adopta un aire de extrema vaguedad frunciendo la frente de un modo que casi resulta cómico. Pero debo recordar que está borracho—. Creo que no... No que yo sepa, aunque puedo preguntar... Me sonríe con franqueza. Yo juraría que miente, pero es tanto mi cansancio que no puedo estar segura de nada. De pronto, el ansia de meterme en una cama y dormir se hace tan imperiosa como un dolor físico. Al cabo de un minuto ya no puedo resistirla. —Lo siento, señor Nesbit, pero... tengo que retirarme. Nesbit se levanta y me agarra del brazo como si creyera que estoy a punto de caer al suelo o de echar a correr. Ni el frío repentino del corredor me despeja.

Algo me ha despertado. Está muy oscuro y no se oye más que el viento. Por un instante me parece que en la habitación hay alguien, y me incorporo en la cama sin poder reprimir una exclamación. Cuando mis ojos se acostumbran a la casi oscuridad, descubro que no hay nadie. Aún no amanece. Pero algo me ha despertado y estoy con el corazón alborotado y el oído atento. Salgo de la cama y me pongo las pocas prendas que me quité antes de sucumbir. Cojo la lámpara, pero prefiero no encenderla. Voy hasta la puerta, andando de puntillas.

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Fuera tampoco hay nadie. Las tablas del tejado crujen y gimen. El viento silba entre las tejas. Se oye una especie de chisporroteo muy leve. Me paro a escuchar en cada puerta, antes de accionar el picaporte y asomarme. Una está cerrada con llave. La mayoría de las habitaciones están vacías, pero por una ventana veo un tenue resplandor verdoso, un parpadeo de luz que mitiga la oscuridad y me permite ver vagamente. Abro una puerta y veo a Moody, con la cara aniñada y vulnerable sin las gafas. Cierro rápidamente. «Parker, he de encontrar a Parker», pienso. Necesito hablar con él sobre lo que estoy haciendo, y antes de hacer algo inconcebiblemente estúpido. Sigo abriendo puertas sin encontrar nada, hasta que en una habitación veo algo que me sobrecoge. Nesbit está sumido en un profundo sueño o estupor al lado de la india que nos ha servido la cena; ésta tiene uno de sus gruesos brazos cruzado sobre el pecho de él, destacándose muy oscuro sobre la piel lechosa. Los dos respiran ruidosamente. Yo tenía la impresión de que ella lo odiaba, pero aquí están, y en su sueño intoxicado hay una inocencia que, curiosamente, enternece. Me quedo mirándolos más tiempo del que pretendo y luego, aun a sabiendas de que no hay peligro de que despierten repentinamente, cierro la puerta con precaución.

Por fin, encuentro a Parker, que está donde yo intuía: en el establo, cerca de los perros. Duerme envuelto en una manta, de cara a la puerta. De pronto vacilo, indecisa. Enciendo la lámpara y me siento a esperar. Aunque hemos dormido muchas noches protegidos por la misma lona, aquí, bajo un techo de madera, me parece indecoroso verlo dormir agazapada en la paja, furtivamente. Al cabo de un momento, la luz lo despierta. —Señor Parker, soy yo, la señora Ross. Parece emerger rápidamente, sin tener que atravesar la densa niebla que a mí me envuelve al despertar. Su expresión es tan impenetrable como siempre; no parece enfadado ni sorprendido de verme aquí. —¿Ha ocurrido algo? Niego con la cabeza. —Me he despertado no sé por qué. ¿Dónde estaba usted anoche? —Atendiendo a los perros. Me quedo esperando, pero no dice más. —Yo cené con Nesbit. Me preguntó qué pretendíamos y le dije que buscábamos a mi hijo, que se había escapado y había sido visto por última vez en Himmelvanger. A mi pregunta de si alguien de aquí había estado de viaje últimamente respondió que no lo sabía. Pero me parece que no es verdad. Parker se apoya en la puerta del establo y me mira pensativo. —Yo hablé con un hombre y su mujer. Dijeron que nadie había estado fuera recientemente, pero hablaban mirando a lo lejos o por

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encima de mi hombro, como si sintieran embarazo. No sé cómo interpretar esto. Entonces percibo un sonido leve pero claro, muy lejano, y siento un escalofrío. Un aullar etéreo, lúgubre e indiferente a la vez, una sinfonía de aullidos. Los perros se despiertan y de su rincón del establo llega un gruñido sordo. Miro a Parker, a sus ojos negros. —¿Lobos? —Están muy lejos. Sé que nos rodean muros recios, defendidos por cañones, pero este sonido me hiela la sangre. Me asalta una súbita nostalgia de nuestra estrecha tienda. Me sentía más segura allí. Hasta es posible que esté temblando, y me arrimo a Parker. —Aquí falta de todo —dice—. Apenas hay caza. La comida escasea. —¿Cómo es posible? Es un puesto de la Compañía. Él menea la cabeza. —Hay puestos mal administrados. Pienso en Nesbit y su sueño narcotizado. Si de la administración del puesto y las provisiones se encarga él, no me sorprenden las deficiencias. —Nesbit se droga. Toma opio o algo parecido. Y... —Miro el suelo —. Tiene... relaciones con una de las nativas. A mi pesar, me encuentro mirando a Parker a los ojos durante un segundo que se convierte en un minuto. Ninguno de los dos habla; es como si estuviéramos hipnotizados. De pronto, me doy cuenta de que estoy jadeando y me parece que él puede oír cómo me late el corazón. Al fin, desvío la mirada con un poco de vértigo. —Vale más que vuelva a mi cuarto. He pensado que debía hablar con usted para... ponernos de acuerdo sobre qué hacer por la mañana. Me ha parecido que lo más prudente sería ocultar el verdadero motivo de nuestro viaje. También se lo he dicho al señor Moody, aunque no sé lo que él querrá hacer mañana. —No creo que podamos averiguar algo hasta que regrese Stewart. —¿Qué sabe de él? Parker menea la cabeza. —Eso no lo sabré hasta que lo vea. Espero unos segundos, pero se me han acabado los motivos para permanecer aquí. Cuando voy a levantarme, rozo su pierna con el brazo. No sabía que estuviera tan cerca, lo juro, ni sé si la ha acercado él. Me pongo en pie de un brinco, como si me hubiera quemado, y cojo la lámpara. Con la oscilación de la luz y las sombras, no puedo leer en su cara. —Bien, buenas noches. Salgo al patio andando deprisa, dolida de que él no me haya contestado. El aire me enfría la piel al instante, pero nada puede contra mis ardientes pensamientos ni con el deseo de volver al establo y tenderme en la paja a su lado. Dejarme envolver por su aroma y su calor. ¿Qué es esto? ¿El miedo y la impotencia que se apoderan de mí? El roce de su cuerpo contra el mío sobre la paja ha sido un error. Un error. Un hombre ha muerto; Francis necesita mi 200

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ayuda; estoy aquí por eso y nada más. La aurora fulgura en el norte como un bello sueño. Ha cesado el viento. El cielo está límpido y tan alto que da vértigo mirarlo. Ha vuelto aquel frío penetrante, agudo, potente, que dice que no hay nada entre el espacio infinito y yo. A pesar del vahído, sigo mirando hacia lo alto. Sé que camino por una senda muy estrecha que discurre entre la incertidumbre y la amenaza del desastre. No controlo mis movimientos. Sobre mi cabeza se abre el abismo del cielo, y nada impide mi caída, nada más que el intrincado laberinto de las estrellas.

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Donald abre los ojos a la luz que entra por la ventana. Durante unos segundos no sabe dónde está, y entonces recuerda: el final del rastro. Un respiro del viaje infernal. Le duele todo el cuerpo, como si hubiera recibido una paliza. Cielos... ¿realmente anoche se quedó inconsciente, igual que se apaga una vela? Aquella mujer que le curaba los pies —asoma uno y ve que tiene vendas limpias—, ¿era, pues, real y no un sueño? ¿También lo desnudó? No recuerda nada, pero el cosquilleo de la vergüenza le recorre el cuerpo. No cabe duda de que está desnudo. Hasta le han puesto ungüento en la herida y se la han vendado. Palpa en torno a la cama hasta encontrar las gafas. Se las pone y se siente más tranquilo, más dueño de la situación. Dentro, una habitación pequeña, con pocos muebles, como las destinadas a los visitantes en Fort Edgar. Fuera, un día gris aún sin nieve, pero no tardará. Y en algún lugar de este complejo de edificios: la señora Ross y Parker haciendo preguntas por su cuenta y riesgo. Sabe Dios lo que contarán al señor Stewart a espaldas suyas. Penosamente, se levanta de la cama y recoge la ropa del respaldo de una silla. Se viste moviéndose como un anciano. Es curioso (y una suerte, pese a todo) que cuando por fin ha podido descansar se encuentre mucho peor. Arrastrando los pies, sale al corredor que circunda el patio interior y recorre dos tramos sin encontrar a nadie. Este puesto de la Compañía es de lo más extraño; ni asomo del ajetreo que hay en Fort Edgar. Se pregunta dónde está Stewart y qué clase de disciplina impone. Se le ha parado el reloj y no sabe si es temprano o tarde. Por fin, en un extremo del corredor se abre una puerta y sale Nesbit, que cierra de golpe. Está ojeroso y sin afeitar, pero vestido. —Ah, señor Moody. Espero que haya descansado. ¿Cómo están sus pies? —Mucho mejor. La... Elizabeth me los curó muy amablemente. Me temo que estaba tan cansado que no le di las gracias. —Venga a desayunar. Supongo que a estas horas ya habrán encendido el fuego y preparado algo. Dios sabe lo difícil que es conseguir que esa gente haga algo en invierno. ¿También tienen este problema en su puesto? —¿En Fort Edgar? —Sí. ¿Dónde queda, por cierto? A Donald le sorprende que no lo sepa. —En Georgian Bay. 202

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—Qué civilizado. Yo sueño con que me destinen a algún sitio cerca de... en fin, de donde viva gente. Esto le parecerá muy pobre en comparación. Nesbit conduce a Donald a la habitación grande adonde los llevaron la víspera, pero ahora hay fuego en la chimenea y han puesto una mesa y sillas: Donald ve las marcas de las patas en el polvo del suelo. Está visto que aquí no dan prioridad a la limpieza. Se pregunta a qué se la darán. —¿La señora Ross y el señor Parker se han levantado? Cuando Nesbit va hacia la puerta, entra la señora Ross. Ha conseguido adecentar su ropa dejándola bastante presentable y se ha peinado pulcramente. La ligera afabilidad que Donald detectó en ella después de la ventisca parece haberse evaporado. —Señor Moody. —¡Estupendo! Conque aquí está usted... ¿Y el señor Parker? —No lo sé —responde ella, mirando al suelo. Nesbit sale al pasillo llamando a la india, y entonces la señora Ross se acerca a Donald rápidamente, con la cara tensa—. Tenemos que hablar antes de que vuelva Nesbit. Anoche le dije que venimos buscando a mi lujo que se ha escapado de casa, no persiguiendo a un asesino. No hay que ponerlos en guardia. Donald la mira boquiabierto. —Señora, tendría que haberme consultado antes de inventar una mentira. —No había tiempo. No le diga otra cosa o él sospechará, y eso sería peor, ¿no cree? —Aprieta los dientes y sus ojos son como dos piedras. —¿Y si...? —Se interrumpe porque entra Nesbit seguido de Norah, que porta una bandeja. Ambos sonríen, y Donald comprende que han advertido que él y la señora Ross estaban cuchicheando. Con un poco de suerte, Nesbit quizá imagine que lo que se traen entre manos tiene carácter romántico... y se ruboriza al pensarlo. Es posible que tenga un poco de fiebre. Al sentarse a la mesa, haciendo un esfuerzo de voluntad evoca a Susannah. Es extraño, hacía tiempo que no pensaba en ella. Llega Parker y, mientras comen la carne asada y el pan de maíz — Donald como si no hubiera probado bocado en varios días—, Nesbit les explica que Stewart ha salido de cacería con uno de los hombres, y pide disculpas por la deficiente hospitalidad. No obstante, de algo se siente orgulloso, y reprende ásperamente a Norah por el café que les ha traído. En silencio, ella se lo lleva y poco después reaparece con una cafetera de algo totalmente distinto. La ha precedido el aroma, aroma de auténtico café, como el que ninguno de ellos ha olido desde hace semanas. Y Donald, al primer sorbo, piensa que quizá nunca ha probado cosa igual. Nesbit yergue el tronco y sonríe ampliamente. —Café de América del Sur. Lo compré en Nueva York al venir. Sólo lo muelo en ocasiones especiales. —¿Cuánto tiempo lleva aquí, señor Nesbit? —pregunta la señora Ross. 203

si no me equivoco. aguzando el oído. y consigue que esa sola palabra suene como una reprimenda. sí. Y sale presuroso de la habitación. como un animal. murmura una excusa y. De distintas direcciones aparecen otras figuras que se quedan junto a los edificios o se acercan al recién llegado. violento: fingir nunca ha sido su fuerte. Ésa 204 . —empieza. —Donald asiente. pero reconoce a la mujer alta que anoche le curó los pies. Tiene una sensación de enojosa incoherencia que lo aturde y desconcierta. Nesbit habla secamente al hombre y sigue a su superior. Donald se pregunta de dónde sale tanta gente. Nesbit tiene los labios prietos.. que estaba en el grupo desde el principio. Sólo Donald sigue andando hacia ellos. titubeando. sigue a Nesbit al patio. se hace el silencio. —Creo. Nesbit se pone alerta repentinamente. confuso. Cuando termina. pero entonces suenan pasos precipitados en el corredor y un grito en el patio. Nadie trata de consolarla. interminable. amigos. Donald y los otros se miran. lanza un alarido largo y se deja caer de rodillas en la nieve con un lamento agudo. —¿Qué ha ocurrido? —pregunta Donald en voz baja cuando los demás no pueden oírlos.. Y está molesto con ella por haberle quitado la iniciativa en un asunto relacionado con la Compañía. Se levanta de un brinco y los mira con una media sonrisa que más parece una mueca.. ¿verdad? —Originariamente —replica ella. le da la espalda y se encamina hacia los edificios. que no es grito ni sollozo. Deben de estar muy preocupados. Nepapanees ha tenido un accidente. —Siento no poder darles noticias del hijo de la señora Ross.. Donald se siente desairado: ¿por qué Nesbit no los ha invitado a acompañarlo? Por lo menos a él. Mortal. Luego mira severamente a la señora Ross: si no quiere despertar sospechas. Ahora no sabe cómo actuar—. habla al grupo. Tras un momento de silencio. Se hace el silencio. Usted es de Edimburgo. Él se para. —Y usted. y entonces la mujer alta. —Kincardine. Cuatro o cinco hombres y mujeres rodean a un hombre. que el señor Stewart ha regresado. El viajero. debería mostrarse más amable. El plañido sigue y sigue. Un hombre parece protestar ante Stewart y éste se encoge de hombros. —Una desgracia. Al ver a Donald. A la mayoría no los ha visto. Así que piensan que. Tiene la cara del color de la nieve sucia. ni parece de este mundo. envuelto en una gruesa pelliza y con la cara oculta por la capucha de piel. se domina y le indica que entre. le lanza una mirada hosca. un trineo y un revoltijo de perros. La señora Ross sostiene la mirada de Donald con frialdad. —Ah.Stef Penney La ternura de los lobos —Cuatro años y cinco meses. es de Perth —sonríe Donald para desagraviarlo. y un par de rostros se vuelven para mirarlo como si fuera una aparición.

Deje que la ayude. Los copos. balanceando el cuerpo. esperando que ella la coja. anoche fue muy amable conmigo. él no se 205 . Él retrocede. casi inglesas. sentada sobre los talones.. Donald se irrita con ellos por dejarla sola. Extiende una mano. de facciones finas.. ¿qué sabe de ella ni del marido? ¿Qué puede decirle que mitigue su dolor? Donald mira en derredor. que desaparece tras la esquina del corredor. entre. Son muchas las mestizas que más parecen blancas que indias. pero en una ventana distingue una figura borrosa que parece estar observándolos. desentendiéndose. tiene los ojos muy abiertos pero la mirada extraviada. pero. de pronto. ahora tengo que hablar con el señor Stewart. Los copos se le posan en las pestañas y el pelo y se funden en sus brazos. Dadas las circunstancias. Después de todo. confuso e inquieto. —Por favor. Elizabeth? ¿Su marido ha muerto? Nesbit asiente. pero ahora no se le ocurre otra forma de dirigirse a ella—. Se queda inmóvil. por favor. que es alargada. —Le pone una mano en el brazo y. buscando ayuda o testigos. Bruscamente..Stef Penney La ternura de los lobos era su esposa. cerrando el paso a Donald. Fuera sólo está la viuda. —Se siente ridículo. parecen venir de todas las direcciones. señora Bird. casi animal. Donald sale otra vez al patio. Había algo casi obsceno en la manera en que Nesbit. Se va a helar aquí fuera. menudos y rápidos. —Disculpe. sólo un vestido con mangas hasta el codo. Ella no los aparta. —A veces pienso que estamos malditos —masculla como hablando consigo mismo. ella vuelve a emitir aquel lamento agudo.. Se pone de pie —estaba en cuclillas—. Donald repara en su cara. en silencio y concentradamente. Después nos reuniremos con ustedes. Él se estremece al verle los tobillos amoratados que asoman por encima de los mocasines. alarmado por ese sonido extraño. trata de sonreír—. Ella no parece oírlo. espectral. Donald comprende que no tiene opción y sigue con la mirada a Nesbit. se distanciaban del dolor de los demás. En lugar de volver a la mesa del desayuno. y el propio Stewart. da media vuelta en el corredor.. Quizá una amiga pueda convencerla para que entre. donde ha empezado a nevar. No ve moverse nada en medio de los torbellinos de nieve. La mujer calla. Esta mujer ni siquiera lleva ropa de abrigo... y se mesa el cabello. —Elizabeth.. Entre. como proclamando: esto ya es el invierno. Sé que está muy afligida.. decidido a ir en busca de alguien. ahora va en serio. limitando la visibilidad a unos pocos pasos. No mira a Donald. No obstante. pero la mujer no se mueve.. Se siente acobardado... Esto es una horrible desgracia. Se acerca a ella. por Dios. ¿por qué no vuelve con sus compañeros? Disfrute de su desayuno. —Parece más enfadado que otra cosa. Los otros han desaparecido. Por favor. Como si pensara: ¿y ahora qué? —¿La que ha caído al suelo.

Se sacude la nieve de los pantalones y se aleja de la viuda. 206 . pero Jacob no está. Está seguro de que ella no lo beberá. aunque no puede menos que volverse a mirarla. La ve como una silueta oscura difuminada por la nieve. es lo menos que Nesbit puede hacer. una figura inquietante en una estampa japonesa. pero quizá se alegre de que él se lo ofrezca. Está seguro de que Jacob sabría qué hacer. Tiene una idea: le traerá una taza de aquel café.Stef Penney La ternura de los lobos considera autorizado a obligarla ni a tomarla en brazos.

Line le da una galleta. mirando hacia la ventana. Tiene calor. Pero es muy importante no hacer ruido. se asoma al corredor y se queda escuchando durante un minuto antes de hacerlos salir. porque lleva varias enaguas. Hará frío. Y quizá vengan también otros. A menos diez. Line se carga a la 207 . Tenemos que salir temprano si queremos llegar hoy. esto es una aventura. deprisa. Dentro de poco. Entonces cierra la puerta de la habitación que ha sido su hogar durante los tres últimos años. —Yo quiero dormir. Enfunda un vestido a Anna. —¿Adónde vamos? —Torbin parece más animado—. Todo está en silencio. —Más adelante. y otra a Torbin. nos vamos de viaje. No les ha dicho nada. donde no hace tanto frío. Una hora de viaje perdida. haciendo que todo parezca una aventura emocionante. Se incorpora y despierta a los niños. Anda.Stef Penney La ternura de los lobos Line está en la cama. No se los revelará hasta que estén lejos de Himmelvanger. porque no está segura de que guarden el secreto. Lo mismo hará Espen. Las ha birlado para comprar su silencio. —Tengo hambre. ¿Entendido? Anna parpadea. Aún está oscuro. y así no habrá que llevar tanto equipaje. —¿Vendrá Elk? Elk. enfurruñada. —Pronto amanecerá. —Apenas cinco años y ya tan testaruda—. —¿Adónde vamos? —Al sur. dos faldas y todas sus camisas. los despertará y vestirá. Ellos nada saben de sus planes. Habría preferido salir más temprano: hace más de una hora que todos duermen. Torbin y Anna duermen a su lado. mira. de modo que sus brazos parecen dos embutidos. —Yo quiero quedarme. es la mejor amiga de Torbin. —Escuchad. Vuelve a mirar el reloj y mueve las manecillas para que señalen la hora que le interesa. vestida. —Luego dormirás. vístete. Menos mal que es invierno. hija de Britta. ya son las cinco. —Anna no está contenta y quiere que todos lo sepan. Hace horas y horas que dormís. Ponte este vestido encima del otro. Ahora levanta. —Vamos. Anna. ya no puede esperar más. les hace jurar silencio.

» Luego pensó: «Quizá entendió que habíamos quedado a las dos. Se queda en suspenso. Line tropieza y murmura un juramento. Ya hace una hora que podrían estar de viaje. Los niños han estado un rato revolviéndose. Debe de hacer por lo menos una hora que esperan. Cuando se pone de pie y empieza a conducirlos de vuelta al dormitorio —menos mal que aún está oscuro—. Lo siento —corta sus previsibles protestas—. Siente mil ojos en la espalda. Al principio se decía: «Siempre se retrasa. apoyado en ella.» Y ahora imagina que tal vez Merete no puede dormir porque se encuentra mal. Le dará otra oportunidad. Ya casi no los siente. y Espen ha tenido que quedarse en la cama. tesoro. el miedo le hace cogerles las manos con fuerza. Se oye piafar a los caballos en el heno. ya estamos. sin luna. o porque el pequeño llora. —Escuchad. pero así están las cosas.Stef Penney La ternura de los lobos espalda la pesada bolsa que contiene la comida y los pocos objetos personales que no quiere dejar. —Lo siento. O es posible que no tuviera intención de venir. No. Recuerda haber usado esta frase cuando les dijo que su padre no regresaría y que tenían que ir a vivir a las quimbambas: «De nada sirve quejarse. Sólo unos minutos y Espen estará aquí. No sería capaz. La noche es oscura. parece aletargado. —Abre la puerta del establo. pero no hace tanto frío. y también los niños. no podrán hacer este viaje de vacaciones. Mira. y al establo no ha venido nadie.» Les hace jurar que guardarán el secreto: si lo dicen a alguien. y Anna lloriquea. hay que esperar. Pero enseguida 208 . Cruzan el patio en dirección al establo. No será capaz. —¿Hay alguien ahí? Por un instante —la mínima fracción de un segundo—. Despierta a los niños sacudiéndolos con más fuerza de la necesaria. quejosa. Sienta a los niños en una cuadra vacía. Ella contempla esta horrible posibilidad. No tiene reloj de bolsillo. ella imagina que es Espen y el corazón le da un vuelco. Él no podría defraudarla. nota movimiento cerca de la puerta. hay que esperar hasta mañana por la noche. alejándose de Himmelvanger. Torbin se sobresalta al oírlo. Así están las cosas. angustiado y maldiciendo su suerte. Suena una voz. Dentro está más oscuro todavía. —¿Espen? Se han adelantado unos minutos y él aún no ha llegado. No podemos irnos esta noche. Pero si le falla. Lo siento. Ella se para a escuchar. Ojalá no tarde. pero ahora Anna duerme hecha un ovillo y Torbin. pero es consciente del paso del tiempo por cómo se le están entumeciendo los dedos de las manos y los pies. pero su madre no puede preocuparse ahora por eso. Quizá un día puedan ir realmente. no puede evitarlo. contagiados de su repentino temor. lo avergonzará delante de todos. y les pinta un cuadro del cálido Sur que los entusiasma.

¿Estás 209 . Anna.. A la una. Tu hijo morirá y yo moriré. pasa frente a él y. Si Per me echa no me importa. No lo ve llegar. es muy importante. —Ella sonríe. La ocasión se presenta por la tarde. retrocede—. Line está paralizada. Te avergonzaré delante de todos. —Ahora recuerda que no sabe.. Los han descubierto. —¿Has cambiado de idea? Él suspira. Por favor. el mestizo. Line siente un temblor. el apellido—. se da cuenta de que el hombre ha hablado en inglés. —Está bien. Hola. con puertas que pudiera cerrar con llave. la atenaza como una brida. no pienso irme sin ti.Stef Penney La ternura de los lobos comprende que no es su voz. no me han molestado. frente a ellos. Él no dice nada. aún no. Insisto. Lo siento. No sé qué decirte. —Si es eso. Moriremos de frío. para disimular en caso de que a alguien se le ocurra asomarse. Él enciende una lámpara y la sostiene en alto. Durante el desayuno. Ni siquiera parece sentir curiosidad—. Ni siquiera vuelve la cara hacia ella. por precaución. —Line. ¿Qué puede decir? Un segundo después. no mencione esto a nadie. El hombre viene hacia ellos. buenas noches. pero es difícil apreciarlo. Line suspira. Y tú serás el responsable. Nos iremos esta noche. o no puede pronunciar. El crío llora. cuando los niños ya han empezado a cruzar el patio. Oh. no en noruego. —Sí —responde sencillamente. pero en ese momento él está cabizbajo. quizá tiene cólico. o mi vida no merecerá la pena. Tendrá que esperar. Espera a que hable él. señora. hola. como dando a entender que ha comprendido la importancia de la discreción. Por la mañana tendrá que esparcir ropa por la habitación. No está perdida. eso sería reconocer el fracaso. Puede confiar en mí.. ¿Puedo confiar en usted? Jacob ha apagado la lámpara. —Bien. Cómo aborrece esta falta de independencia. A nadie. Ella está muy nerviosa para dormir. —Oh. Merete tardó horas en dormirse y yo no sabía qué hacer.. —Siento haberlo molestado —dice Line secamente. perdona. Esconde la bolsa detrás de una silla. Me quedaré y diré que el hijo que voy a tener es tuyo. Delante de tu mujer y tus hijos.. No mira a Espen hasta la mitad de la comida. Trata de descubrir si él o Merete parecen cansados. si ella tuviera su propia casa. Él se le acerca cuando está echando comida a las gallinas.. ¿Qué hace él aquí? ¿Acaso duerme en el establo? —No. Es Jacob... Me inventé una historia para los niños. Se lo suplico. No soporta la idea de vaciarla. Torbin. —Gesticula nerviosamente y mira en todas las direcciones menos hacia ella. Line ayuda a los niños a quitarse la ropa y los vigila hasta que se duermen. Line muestra un semblante plácido y alegre.

—¿La amas? —¿A Merete? Ya sabes que no. —Nada de eso. Por fin llega la una y los tres van al establo.Stef Penney La ternura de los lobos preparado para eso? Espen ha palidecido. Line mira con cariño a los robustos animales. Nada más cerrar la puerta. —Ella levanta la cabeza—. Line lleva una brújula robada. ella nota que Espen ya está allí y oye su voz en la oscuridad. ya había preparado los caballos. a resguardo de la vista de las ventanas. En todo Himmelvanger no hay una sola luz. Así es como se viaja en invierno. pero llevan de las riendas a los caballos hasta un bosquecillo de abedules jóvenes. chica? ¿Tienes hormigas en las calzas? Lo único que puede hacer Line es sonreír. donde casi no puedes dar un paso sin rezar una oración. Es sólo que Espen es un hombre que necesita que lo empujen. Pero es muy duro. Al verla revolverse. Cuando lleguemos lo entenderás. como hay tantos. 210 . que lo miran entre tímidos y desconfiados. Ahora iba a hacerlo. —¿No vas a pedir a Dios que bendiga el viaje? —Torbin se vuelve hacia su madre. Todo aquel día es un suplicio para Line. nerviosa. —¡No digas esas cosas. —Pues esta noche. Musita rápidamente la plegaria. —Aquí estamos —responde ella. te inventas una excusa. No iba a decir que no iría. Si Merete no duerme. Los sacan al patio. Todo saldrá bien. —Line está nerviosa y tiene la voz áspera. Él enciende una lámpara y sonríe a los niños. y ha vivido tres años en Himmelvanger. como si los piadosos oídos de Per pudieran captar los rezos en kilómetros a la redonda.. Piensa en todo lo que tengo que dejar. que dócilmente hacen lo que se exige de ellos. —¿Estáis contentos de ir de viaje? —¿Por qué tenemos que irnos de noche? ¿Es que nos escapamos? —pregunta el avispado Torbin. —Claro que sí. Britta le pregunta: —¿Qué te pasa. detrás de Torbin. donde sus cascos no hacen ruido en el barro. Line! Qué horror. —Primero iremos hacia el sudeste. incluso a la una de la madrugada. Mira las estrellas. Espen cuelga las bolsas de las sillas. mientras hacen colchas. siempre deseoso de hacer lo correcto. pronunciando su nombre.. Él pone cara de resignación. Espen tira de las riendas e inclina la cabeza.. Nos ayudarán a orientarnos. A veces es un poco pedante. tú no dejas nada. Iremos hacia aquélla. a la una. Hay que salir temprano para poder llegar lejos antes de que se haga de noche. hay que darse prisa. Te amo a ti. —Basta de charla.. Espen ayuda a los niños y Line a montar y él se encarama a la silla.

Se han ido justo a tiempo. Con el cielo despejado. bendiga nuestro viaje. hace más frío que ayer. La oscura masa de Himmelvanger va empequeñeciéndose a su espalda. 211 . que a todos nos ve y protege. Line hinca los talones en los flancos del caballo. Amén. Rey de los Cielos y la Tierra.Stef Penney La ternura de los lobos —Que el Señor Nuestro Dios. nos libre de mal y nos guíe por el buen camino.

pero él sigue sentándose a la mesa con la familia y parece contento.. Susannah ha decidido preocuparse apasionadamente por Donald. —Podrías ser más amable —dice la señora Knox suavemente—. Maria responde despectivamente: —¿Crees que Francis Ross podría matar al señor Moody y a Jacob. Es lo más absurdo que he oído en mi vida. pero. pero no pensaban tardar tanto en regresar. La preocupación de su hermana es infundada. sin leer. Si el chico hubiera muerto ya habrían vuelto. me parece. —Tampoco es como si estuvieran en medio de. Tu hermana está intranquila. Desde luego. —Susannah se levanta y se va de la sala dando un portazo. No es más alto que tú.. —No se pueden enviar mensajes si no hay mensajero. pero por otros motivos. mirando por la ventana. Lo más seguro es que no hayan encontrado a Francis Ross. Al final dice: 212 . no es mucho tiempo. y está intranquila. has fracasado. todo el mundo se preocupa más por Susannah que por ella. solo. Ha dado orden de que no se lo moleste. ¿Qué espera Maria que haga él si en estos momentos no puede ocuparse de sus tareas de magistrado? No. de Mongolia. abstraído. También Susannah está preocupada. Y también si lo hubieran encontrado cerca. yendo armados los dos? Además. —Ya podrían haber enviado un mensaje. Ambas hermanas han hecho conjeturas acerca de las causas del retraso. —Pues Mongolia tiene una densidad de población mayor que la de Canadá —no puede menos que observar Maria.Stef Penney La ternura de los lobos Su padre parece otro desde que volvió a casa después de su detención. No es propio de él aislarse de este modo.. —Maria. Maria tiene que hacer un esfuerzo para no responder que también ella puede estar intranquila. al borde del sollozo. la inquieta el extraño comportamiento de su padre. como de costumbre. no tendría fuerza.. Susannah se encoge de hombros con impaciencia. Pasa horas en su estudio. pero Maria ha estado observándolo por el ojo de la cerradura. —Si lo dices para tranquilizarme. sin escribir cartas ni ocuparse en otros menesteres. —Pero ¿y si han encontrado a Francis y él los ha matado para escapar de la justicia? —pregunta Susannah con ojos muy abiertos. Hace tres semanas que él y Jacob se fueron. —la amonesta la madre desde la silla mientras cose.

Maria observa que una tumefacción amarillenta en el pómulo izquierdo rompe la perfecta simetría de su cara. Los viejos aún se lo recuerdan. No significa nada. como si dudara de su capacidad para responder pero estuviera dispuesto a intentarlo. las gafas que le resbalan por la nariz y aquella sonrisa humorística que le aflora a los labios cuando alguien le pregunta algo. pero eso es sólo lo que sentiría cualquier persona por un amigo del que no ha tenido noticias en algún tiempo. si la ha traído aquí.. Me sorprende que la Compañía no haya enviado a alguien a buscarlos. Ya deberíamos haber recibido algún mensaje. La señora Scott — Rachel Spence se llamaba entonces— interpretaba el papel de Virgen Maria en la función navideña de la escuela. El señor Sturrock está en su habitación. ¿A qué debo el placer? —Señor Sturrock. —la señora Knox corta un hilo con los dientes— las malas noticias siempre viajan deprisa. al lado de la estufa. Maria piensa que sería típico que sólo pudiera despertar interés en un hombre mayor que su padre. pero ya hace mucho tiempo que han dejado de preguntarle por los accidentes que ella parece sufrir con frecuencia. Él se encoge de hombros con elegancia.Stef Penney La ternura de los lobos —La verdad es que esto intranquiliza a cualquiera. La verdad es que la perturba la reacción que provocan en ella las conversaciones acerca de Moody. Me temo que al aburrimiento. Sin embargo. Susannah afligida y la madre haciendo gala de un extraño estoicismo. Sturrock pide café y dice: —¿Le parecería inapropiado que la invitara a subir a mi habitación? Es que allí tengo algo que me gustaría enseñarle. Él recoge los 213 . últimamente tiene muy presente su cara. sospecharía que trata de cortejarla. La habitación huele a humedad pero está limpia. Hay algo en la expresión de este hombre que la cohíbe un poco.. no se lo parece. —Según mi experiencia. sin saber si querrá verla. Al saludar. El ambiente que se respira en la casa es agobiante. no me parecería inapropiado. Maria siente que necesita alejarse de todos ellos. —Y lo curioso es que. —Bravo por el aburrimiento. con el padre sentado en el estudio como una esfinge. También Maria se ha preguntado qué puede haberles ocurrido y confía en que él esté bien. • • • Maria llega a la tienda con unos centímetros de barro helado pegados a las botas y la falda. —Señorita Knox. Maria espera abajo. Si él fuera más joven. Y quizá lo haga. a pesar de sus sospechas. que sólo levanta la cabeza un momento cuando ella entra. y la sorprende que pueda recordarla con tanto detalle: las pecas en lo alto de los pómulos. Detrás del mostrador está la señora Scott. pero él baja al cabo de un minuto. —No. entrando en el juego.

Está hecho con precisión. —Me asombraría que pudiera descifrarlo. —Me temo que eso se debe a mi torpeza al copiarlos. pero puede haber otras. —¿El dueño?. Por la ventana se ve la calle. Es la copia completa de lo grabado en una pieza. —¿Y algo le hace pensar que es más que. Pero no es babilónico. El original tenía una apariencia más definida. Son líneas que forman ángulos. diagonales y paralelas. ¿Jammet? —¡Bravo! Ella se estremece de satisfacción. que una figura abstracta? Parecen trazos infantiles. hebreo. —¿Sí? ¿Todo eso ha deducido? ¿Dónde está el original? —Ojalá lo supiera. Lo he llevado a museos y universidades.. Maria lo mira fijamente.. y todavía lo es. pero no entiendo nada —se rinde—. una extensión de agua gris. Estas figuras. —¿Arañazos? —El original está grabado en una tablilla de hueso y teñido con un pigmento negro. ¿Está completo? —Sí. —¿Copia de una pieza de qué? No es babilónico. En torno a las marcas hay varias figuras estilizadas que no componen ningún esquema perceptible.. —¿Usted trabaja aquí? —En cierto modo. pero sirve. Todos los vecinos de Caulfield pasan por la tienda. Las figuras forman un círculo alrededor. —Se encoge de hombros. antes o después. pero.. El dueño prometió dármelo. Y sí. 214 . arameo ni árabe. No sé. que yo sepa. Hasta se ve parte de su casa a lo lejos y más allá..Stef Penney La ternura de los lobos papeles de la mesa que hay frente a la ventana y acerca dos sillas.. ¿quizá alguna lengua africana? Él niega con la cabeza. Tampoco es sánscrito. Tiene marcas de lápiz y en el primer momento no sabe en qué sentido mirar. con su cabellera blanca y sus ojos azules. Es una página arrancada de un cuaderno. Se sonríe interiormente de su propia tontería. no lo conozco. Sin duda esto es sólo un fragmento. ¿verdad?. —Bien. aunque no recientemente. hosca bajo las nubes bajas. y a ella le gustan los enigmas. —Lo mismo pensé yo. creo que es más que unos arañazos hechos al azar. Maria sonríe. Maria se sienta. no es chino ni japonés. ¿Qué opina de esto? Maria lo coge. quizá a base de hollín. Pienso que esas marcas son de escritura y relatan un hecho que las figuras ilustran. —Él se sienta y le acerca un papel—. Él le plantea un enigma. aunque parece escritura cuneiforme. Es un excelente observatorio. y nadie ha sabido decirme qué es. —Siento defraudarlo. Las examina atentamente. lo he enseñado a muchos lingüistas. desde luego. —No es una habitación precisamente palaciega. Debía de ser muy guapo de joven. halagada por sus atenciones.. en sentido oblicuo. ni un jeroglífico ni griego..

Quizá suene fantástico. habrían recibido de nosotros otro trato. Su escepticismo natural es una barrera para protegerse del ridículo y también su manera de erigirse en abogada del diablo. usted ya habrá considerado la posibilidad de que sea una falsificación. por lo menos las figuras... —No está convencida.. Me interesan las costumbres y la historia de los indios. Donde hay mercado para esas cosas. —Me recuerda algo. —Y usted espera a ver si el señor Moody lo trae. sin saber qué pensar. Por supuesto. pero no es probable. eso es imprescindible. —No sé. por favor. —Sí. Maria sonríe a su vez. no quiere ofender —. Maria vuelve a mirar el papel. me recuerdan dibujos indios que he visto en calendarios y cosas así. —Quizá en otro tiempo la tuvieron. Por ese motivo estoy aquí. —¿Qué antigüedad tiene el original? —Para averiguar eso necesito tenerlo. por remota que sea. —Pues no está. De todos modos. —Ya. —¿Sabe de dónde procede? —No. pero sí. Yo escribía artículos... de que la pieza tenga valor. porque dijo que me lo reservaría.Stef Penney La ternura de los lobos —Entonces estará entre sus cosas. Pero una falsificación sólo se hace cuando hay algo que ganar. —Puede que sea una esperanza vana. Pero creo. pero tengo la. —Le agradecería que intentara recordar. No sé. supongo que esperanza es la palabra más adecuada. Quizá si viera el original. Y tiene razón. 215 . ¿Por qué iba alguien a tomarse el trabajo de hacer algo que no tiene valor? —Pero es el motivo que lo ha traído a usted a Caulfield. ¿Qué es? —Lo siento. —Quizá tenga razón. O lo han robado o él lo vendió o lo regaló. Tenía cierto renombre.. —Esas figuras.. —hace una pausa mirando por la ventana— creo que si los indios hubieran tenido una cultura con un lenguaje escrito. No estoy segura. no me haga sufrir más. —¿India americana? ¡Pero si las lenguas indias no tienen escritura! Eso lo sabe todo el mundo. —Desde luego. —Señor Sturrock.... no lo sé. tengo la esperanza de que sea escritura india.. Él parece hablar en serio. Pero siempre existe la posibilidad. —Sí. —Yo no soy rico —sonríe burlonamente—. —¿No? ¿Quiere decir que lo han robado? —Eso no lo sé. —Ella escoge con cuidado sus palabras. cree que el hombre está siguiendo una pista falsa. en pequeña escala. lo que significa que cree que es auténtico. —Pero tendrá una idea. y ahora será difícil averiguarlo.... Maria asimila esas palabras.

—¿Puedo copiarlo? Si me permite. tiene mi total beneplácito. Sturrock sonríe y le acerca el papel. —Se encoge de hombros. Yo también he hecho pruebas. —¿Qué pruebas? —La escritura siempre es un código. 216 . me lo llevaré y haré pruebas. pero sin éxito. Ya ve. Si Sturrock está decepcionado por su reacción. no es algo inaudito. Maria duda de poder ayudar. no lo demuestra. y alarga la mano hacia el papel. —Desde luego. ¿no? Y todos los códigos pueden descifrarse. pero este enigma por lo menos la distraerá de las frustraciones y preocupaciones que la acucian.Stef Penney La ternura de los lobos —Yo tenía un amigo indio con el que solía hablar de esta posibilidad. Ella tiene la sensación de haber sido un poco ruda.

bien. Encantado de conocerlo. Celebro volver a verlo. nada en él llama la atención. Ojos de profeta. inquisitivos. Mucho gusto. Hace quince años. —Y usted debe de ser Moody. sencillo y campechano. pero la impresión general es la de un hombre atractivo. Estábamos 217 . impactantes ojos azules. Ya hace mucho tiempo de aquello. La expresión de Stewart cambia y por un momento no consigo descifrarla. brillantes y. —Señor Stewart. al mismo tiempo. —Stewart me estrecha la mano y se inclina ligeramente. —¿Volver a verme? — Stewart adopta una expresión de sorpresa levemente contrita—. de no ser por esos ojos. cara curtida y pelo muy corto de un rubio canoso.. —Señora Ross. He oído hablar mucho de usted. Señor Parker. —Entonces vuelve a ponerse serio—. Dios! ¿Cómo he podido olvidarlo? ¡William! Sí.. —¡Ay.. —William Parker. señor. Podría imaginármelo de abogado o médico rural. encantado de conocerla. Ya se habrán enterado. mi memoria ya no es lo que era. —Sí que lo es —dice Moody sonriendo y estrechándole la mano—. aparentemente incómodo—. —Oh. claro. no recuerdo. como tú bien dices. Parker duda una fracción de segundo antes de estrechar la mano que Stewart le tiende. penetrantes. Clear Lake. Yo muevo la cabeza de arriba abajo. —Quizá recuerde.. Asentimos como colegiales delante del director. Luego se echa a reír y da a Parker una palmada en el hombro. Estoy sorprendida. En la cara de Stewart no observo el menor indicio de que lo haya reconocido. si se sube la manga izquierda. esperaba un monstruo. Salvo los ojos. señor Parker.Stef Penney La ternura de los lobos Es un hombre de edad y estatura medianas. Parker no sonríe. Lo siento.. Siento no haber podido venir a saludarlos al llegar. —Tiene una sonrisa afable. o del funcionario que ha puesto su inteligencia al servicio del bien común. —Nepapanees era uno de mis mejores hombres. y hasta seducida.. soñadores. Me ha dicho Frank que tiene la base en Georgian Bay. —¿Clear Lake? Tendrá que perdonarme. Hemos tenido un trágico accidente. Una hermosa zona. —Stewart menea la cabeza sonriendo. creo que es justo darle las gracias por guiar a estas personas en un viaje tan difícil. No sé por qué.

Me pregunto si habría podido hacer más. en vano. Las habitaciones que nos han dado miran al exterior. con los ojos fijos en algo que no está en la habitación. Tienen que plañir a su manera. Calla. y pisó una placa de hielo delgada y desapareció. construido en forma de U. Puedes hacer una cosa mil veces sin darle importancia. nadie puede decir nada. de falsa naturalidad. —Ahora se dirige a Moody—. Pensará que somos insensibles por dejarla sola. Dentro de la desgracia. está sola. es un alivio. Porque.. Nadie sabía de la tundra más que él. Nepapanees era un rastreador excelente y un cazador muy hábil. La visita. Es terrible. al río y la llanura. escudriñándolo con aquella expresión que tenía cuando escudriñaba el suelo en busca del rastro. conoces el espesor de la capa y la fuerza de la corriente. Stewart sólo muestra pesar y tristeza. —Fue cosa de un instante. Como caminar sobre hielo. cuatro niños sin padre. Aún no puedo creer lo que ha pasado. Toda un ala estaba destinada a alojamiento de los huéspedes. —Me mira con sus extraordinarios ojos azules y no puedo disentir—. cortesía que se brinda a todos los forasteros. pero es la costumbre de esa gente. Moody asiente con gesto de condolencia. y un día te confías y no resiste tu peso. Ellos creen que el espíritu no puede liberarse. no hay peor muerte que la del ahogado. —Su voz se apaga y me parece ver brillar lágrimas en sus ojos. Seguíamos un rastro y. Es de madera y consta de una sola planta con habitaciones a uno y otro lado de un corredor central. —¿La mujer de ahí fuera era su esposa? —pregunto.. Y los niños también. Ahora. al desvanecerse la expresión afable de las presentaciones. No me explico qué puede intrigarlo tanto. con espacio para una docena de personas por lo menos. Hasta metí la cabeza en el agua. en su dolor. tiene un aire irreal.Stef Penney La ternura de los lobos cazando en un río. Es algo que dominas. Y aún es más triste para ella que no haya podido traer el cuerpo. Lo haces mil veces sin peligro. Stewart insiste en enseñarnos el puesto. Pero el rastro que seguía se adentraba en el río. Se hundió. —¿Y no podían decirle que no está sola? ¡Y con este tiempo! —Es que. A medida que avanzamos. no muy lejos de aquí. Parker observa a Stewart sin pestañear. quizá encuentre consuelo en la religión. Primero nos enseña el edificio principal. A pesar del ambiente de tristeza que se respira. pero no vi ni rastro. Menos mal que ella está bautizada. para los indios. No sabría decirlo. se hace evidente la diferencia entre el pasado y el presente de Hanover House. Podría tener entre cuarenta y cincuenta y tantos años. Lo he visto hablarle. —Pobre Elizabeth. Ellos creen que. aunque no estoy segura—. Él tenía una única esposa y ella un único marido. como si estuviéramos interpretando el papel de unos invitados que murmuran frases de aprobación. Sí. en estos momentos. 218 . —Menea la cabeza—. observo señales de cansancio en su cara. Cuatro hijos tienen. Yo me arrastré hasta donde pude.

sin su mesa larga. Durante los veinte últimos años. Así se sabe si falta algo. seguidas de nombres de animales. Donde antes vivía una docena de empleados están ahora Stewart y Nesbit. que domina cuatro idiomas. explica. Me llama la atención un trozo de papel en el suelo y me agacho a recogerlo sin que nadie se fije en mí. quizá de cuando él 219 . y me siento desairada. esto es el año. H. Yo me pregunto si será así: ¿hasta dónde puede llegar un muchacho de piel oscura. Los tramperos cazan durante el invierno pero no traen el producto de su trabajo hasta la primavera. Tiene inscritas cifras y letras: 66HBPH. Si el chico está apenado por lo ocurrido. Stewart lo llama y nos lo presenta. y el puesto. que es el de Missinaibi. Ahora recuerdo que aún conservo el trozo de papel que encontré en la cabaña de Jammet. fue antes de que llegara Stewart. el distrito.. parece vacío y desolado. hasta mayo último. en una compañía propiedad de extranjeros? Aunque quizá tampoco sean tan malas sus perspectivas: tiene empleo y talento. — se dirige sólo a mí. y que quizá él había escondido cuidadosamente. designado con la letra P. muy orgulloso. Así se sabe la fecha y la procedencia de cada fardo. sólo que era de varios años atrás. Parece despierto y deseoso de agradar. y a un buen mentor en Stewart. desde luego. Han expedido mucha mercancía durante el verano. compuesta por oficinas. Pero de eso hace ya muchos años. —Es la referencia de un fardo. Cuando se embalan las pieles. cuando Hanover House estaba en el centro de una región en la que abundaban las pieles. De la tercera ala. pero él no se da por enterado. No recuerdo qué letras tenía el papel de Jammet.. Stewart nos lleva al almacén de las pieles. sin otra compañía que la de Olivier.. lo disimula. cortadas por la franja marrón sucio de la empalizada. El largo cuerpo central del edificio. Miro a Parker para ver su reacción. que Stewart responde con halagadora deferencia. ahora está habitado casi únicamente por arañas y ratones. Luego está el comedor que. —Olivier llegará lejos en la Compañía —dice Stewart. La clave indica la campaña.Stef Penney La ternura de los lobos Ahora la vista se compone de líneas horizontales blancas y grises que se difuminan imperceptiblemente las unas en las otras. Hanover. la Compañía. —¿Qué es? —pregunto dándolo a Parker. Asiento con la cabeza. que antaño alojaba a los empleados. en este comedor cabían cien hombres con sus familias y aquí se celebraban las buenas campañas con fiestas de toda la noche. En los viejos tiempos. Donald hace preguntas acerca de campañas y rendimiento. Stewart nos dice. la única que desconoce los usos de la Compañía— se pone encima de cada fardo una lista del contenido. gracias a la ventaja de que uno de sus progenitores es de habla francesa y el otro inglesa y cada uno procede de una tribu nativa diferente. Pero en verano debe de ser bonito este paisaje. y Olivier sonríe entre tímido y satisfecho. un chico no mayor que Francis. el intérprete. por lo que ahora el nivel de existencias es bajo. el puesto funciona con un personal mínimo que mantiene el frágil dominio de la Compañía en la zona más en honor al pasado que por razones económicas..

—No sé. Al parecer. con este trastorno se me ha pasado por alto. en los que están sólo los perros y un par de robustos ponis. me parece. Lo siento. nuevamente.Stef Penney La ternura de los lobos trabajaba allí.. De todos modos. sepan que tienen total libertad para entrar en la capilla cuando quieran. desde luego. lo envían para que nos atienda. y más allá las siete u ocho cabañas de madera donde viven los voyageurs con sus familias. Ella protestaba. Le decía que sentiría el peso de su mano si no guardaba silencio «sobre él».. el joven intérprete. Pero. oí a Nesbit amenazar a una mujer. hasta estos parajes. Aquí no había venido nadie hasta que llegaron ustedes. de unos ángeles... y la capilla.. • • • Stewart se va para atender asuntos de la Compañía. se abre la puerta y entra Olivier. No sé si contar a Moody lo de Nesbit y Norah. pelo negro. Así están las cosas. que nos ha traído hasta aquí. ¿No ha visto últimamente a algún forastero? Tiene diecisiete años. Formamos una comunidad muy unida. Sospecho que quien discutía era ella. Hemos seguido su rastro. a poco de llegar. una habitación relativamente confortable con el fuego encendido. pero hoy. —¿Quién era la mujer? —pregunta Moody. Por favor —se vuelve y. pero tengo la sensación de que alguien quiere tenernos vigilados. 220 . —En una jornada normal les presentaría a toda la gente. Debía de referirse a Stewart. pero es lo que menos me preocupa. pero ¿conoce ya el motivo por el que estamos aquí? —pregunto. —No. En estos momentos. Hay un óleo encima de la chimenea. Detrás del almacén se encuentran los establos. Preguntaré a los otros. y más ahora que no somos tantos como antes. todos sentimos un gran pesar.. y hablaba en voz más baja que él.. me parece que esta explicación deja mucho que desear.. Ustedes buscan a alguien. no se ha visto a nadie. no quiero que Moody se me adelante.. Y entonces Nesbit le advirtió que algo le pasaría cuando «él» regresara. lo lamento. —Señor Stewart. algo me ha dicho Frank. y yo me vuelvo hacia Parker y Moody.. Estamos en la sala de Stewart. —Anoche. Pero. —Sí. parece la clase de mujer que replica. no la vi. antes de que pueda decidirme. No me importa parecer inoportuna. comprendo que ahora debe de tener otras preocupaciones. que yo sepa. parece dirigirse a mí más que a los otros—. ¿verdad? —A mi hijo. Está siempre abierta. Moody parece disgustado conmigo.

y hasta le parecía oír el siseo del trineo en la nieve. Ni con toda la aguja dentro de la cabeza murió la mujer. Se quedó allí mirando. Esta mañana. Primero prendió fuego a sus cosas. ya trabaja con Olivier. A su marido le hacía guardar secretos y a él no le gustaba. los dejaba en la puerta cuando volvían de cazar. La mujer fue al puesto de la Compañía más cercano y se quedó en la puerta. Pero Amy aún es muy pequeña y. el oído derecho. De modo que desistió y se fue a otro sitio. mirando hacia la casa. Se llamaba Pájaroque-vuela-al-sol. De no ser por sus hijos. excepto que también ella sabe lo que es desear la muerte. la mujer ve a los visitantes que se acercan y se paran a pocos pasos. Y vio que con el trineo venía un solo hombre. su espíritu no quería abandonar su cuerpo. Alec saldría adelante.Stef Penney La ternura de los lobos Ella había oído hablar de una mujer angustiada porque su marido la amenazaba de muerte. Bird. por lo que se metió una aguja muy larga por el oído derecho. en este mundo. Ella ya no confía en ese hombre. donde emprendió una nueva vida y prosperó. Aunque. no murió. Tiene buen oído. él les hablará de su marido. Sin darse cuenta de que está mirando por la ventana. aunque. te obliga a guardar secretos. Aún sonreía cuando él regresaba de viaje. hasta que 221 . a pesar de que hacía mucho tiempo que estaban casados. siempre será invierno. Josiah y William son más jóvenes. El nombre quizá sea fácil de recordar porque se parece a su apellido. no se asustan ni se sienten confusos. y ella le dijo que sí. las niñas necesitan más ayuda.. cegándola y quemándole cara y pecho. Pero seguía viva. ella esperaba su regreso desde el momento en que ha abierto los ojos. Oyó los perros y subió al montículo desde el que puedes ver por encima de la valla. Nada más puede decir de aquella mujer. Inexplicablemente. Entonces tomó una cuerda y trató de ahorcarse colgándose de una rama. Comprende que hablan de ella.. Es extraño que recuerde la historia con tanto detalle: el nombre de la mujer. tiene trece años y es listo. Oyó ladrar los perros a lo lejos y salió a la puerta del oeste. cuando te habla. llena de pólvora. cree que trataría de ahorcarse. sin su marido al lado. como tienen menos imaginación. pero no se preocupaba. de aprendiz de intérprete. La bolsa explotó. por lo que ella tendrá que esperar. con todas sus pertenencias amontonadas ante sí. Luego arrimó el fósforo a una bolsita que llevaba colgada del cuello. No era su hora. sonriendo. Amy preguntó si papá volvería hoy. les contará la historia de cómo ha muerto.

debajo de una gruesa capa de hielo. William y George y Kenowas y Mary. Se parece mucho a ella. se iban para siempre. a su lado. y entonces bajó al patio a oír lo que él decía. Tampoco Amy llora. Amy se despierta y mira fijamente a su madre. de cansancio. como de un trozo de carne asada. lo sacarán del agua y lo traerán. pero dijo que aquello no era para él.Stef Penney La ternura de los lobos el trineo llegó a la empalizada. sabía que él quería ayudar. pero ella aún es muy pequeña para comprender lo que ocurre. Quién sabe. y se ahogaba. La trajeron a casa. pero Nepapanees no lo era. Elizabeth asiente. Hace una hora que ha dejado de nevar. pero ella no lo oía porque él estaba en el río. pero él le hablaba sólo a ella. clavándole su mirada azul como si quisiera lanzarle un hechizo para dejarla sin habla. y vio cómo pequeños copos de nieve se posaban y desaparecían en la negra superficie. el ojos redondos de la puñalada en el estómago y los pies llagados. pero su voz le sonaba a zumbido de abejas y no entendía lo que le decía. Ella no recuerda habérsela pedido. Mary está sentada a su lado sin decir nada. Elizabeth miró a George moviendo la cabeza de arriba abajo. si es cierto lo que creía 222 . Ellos querían tener otra niña. Lo habría hecho antes. sin gota de sangre blanca en las venas. Por la mañana irán al río. Ella no recuerda nada más hasta que el forastero. a lo mejor Nuestro Padre Celestial podrá intervenir en el destino ultraterreno de su marido. que trataba de hablarle. y Mary avivó el fuego y trajo comida para los niños. como si temiera que Elizabeth fuera a arrojarse al fuego si la deja sola. Dime si nieva. Alec la abrazó y le dijo que no llorara. Poco después le trajo una taza de café y la dejó en la nieve. Su espíritu. Los otros dos chicos han estado llorando hasta que se quedaron dormidos. Mary lo echó. a pesar de que ella no lloraba. bromeando. y ella sabe lo que hará por la mañana. George vino una vez y dijo que rezará por el alma de su marido. Olía bien. de no ser porque ha estado nevando para darles tiempo de pensar con calma. Pero ya anochece. El café estaba caliente. Tendrá que ser mañana. también lo vieron llegar solo y salieron a enterarse. salió y le habló. Se posaban y se fundían. o quizá sí. Para que sepan lo que han de hacer. pero no lo suficiente. George es cristiano y muy devoto. Y quizá su oración sirva de ayuda. decía que quería una niña que se pareciera a él y no a ella. tiene los ojos castaños y la tez clara. mejor que todo el café que ha tomado en su vida. no se va. Nepapanees. ella y Elizabeth son cristianas. —No. Había ido a la iglesia y oído a un predicador un par de veces. aunque ya lo sabía. La piel se le puso color de rosa y en el aire frío le salió humo del brazo. Se ha quedado a hacerle compañía. —Mary —dice Elizabeth con una voz que chirría como una nave en una cerradura oxidada—. Quizá exista un convenio de ayuda mutua. Tiene los ojos tan secos como una madera. Él era chippewa. Y entonces ya sólo pudo pensar en la cara de su marido. sabe que es mejor así. Ella cogió la taza y se la vertió en la parte interior del antebrazo. La nevada ha cesado por una razón únicamente. Otros. Ya no habrá otra niña.

223 . Lo malo es que ella ya no cree en nada. tendrá que esperar para nacer en otro sitio.Stef Penney La ternura de los lobos Nepapanees. en otro tiempo.

las conoce a ambas. Pero ahora no se encuentra tan mal. Entonces. como si la muchacha hablara consigo misma. Antes de empezar. Nancy. —Adelante —dice. De nuevo se le aparece con claridad la cara de Maria.. En el comedor. El cansancio que siente es alarmante. Con un ademán. trata de evocar. Durante la cena ha vuelto a nevar. relato que sin duda aburriría a su hermana. Sin saber por qué. —dice. y pone el cuenco en el suelo. Stewart ha asentido y le ha prometido enviarle a alguien. Donald se retira con intención de escribir a Susannah. frente a su montón de cuartillas y la tinta deshelada. Donald se alegra. Donald cubre la carta con un 224 . Le muestra el cuenco de agua y las tiras de tela que trae: es evidente que viene a curarle la herida. y Donald se dice que puede ser interesante escribirle a ella. Da unos golpecitos en la mesa con la pluma. Y no digamos el drama de la viuda. el rostro ovalado de Susannah que. una vez más. «Querida Susannah». y por más de una razón. sentado ante la desvencijada mesa que ha solicitado. ella le indica que se quite la camisa. —Oh. —La voz es baja y átona. sin dejar de escribir.Stef Penney La ternura de los lobos Después de cenar. y la herida del estómago está roja y húmeda. esta tormenta puede durar días. Incluso con mocasines. No tendrá más de veinte años.. Donald descubre que le gustaría saber qué opina Maria de todo ello. sorprendentemente. toma otra hoja y escribe: «Querida Maria. se le resiste. sorprendido y complacido. Pero se para. una vez más. escribe con bastante seguridad. pero por el momento puede olvidar sus obligaciones. ha esperado la oportunidad de llevarse aparte a Stewart para decirle que quizá precise atención médica. Piensa que mañana o pasado mañana —no hay prisa— tendrá que hacer las averiguaciones pertinentes. los pies lo martirizan. y hasta que pase no se podrá viajar. le ha guiñado un ojo. según Stewart. exponiéndole la compleja situación en que se encuentra la expedición. ¿verdad? Muchas gracias. Antes se la han señalado: se llama Nancy Eagles y es la esposa del voyageur más joven. es muy bonita y habla con una voz tan suave que él tiene que aguzar el oído para entender lo que dice. —Dice el señor Stewart que estás herido.» Al cabo de una hora llaman a la puerta. Entra silenciosamente una joven india. ¿Por qué no escribir a las dos hermanas? Al fin y al cabo.

después de un momento en el que el caos de los sentidos le impide darse cuenta de lo que ocurre. que no se mantiene indiferente.. —No es grave. Nancy extiende una mano.. No puedo. se la pone en el pecho y empuja ligeramente para hacerlo sentarse en la cama. Toda ella parece de seda. y la herida no acaba de cicatrizar. el marido. ella le toma una mano y la pone sobre su pecho. él ahoga una exclamación y corta su descripción del placaje a las piernas. Parecen una pareja inmovilizada en medio de un paso de baile. mira. por primera vez. No. —Se pregunta qué puede darle para corresponder. Cuando le limpia la herida. un voyageur alto y musculoso. Donald siente que le arde la cara y contiene el aliento. También su tez es suave. Ella le mira el pantalón. de un canela pálido y terso. pero fue un accidente. que parece estar en desacuerdo con sus 225 . —Donald se ríe y empieza a contarle el largo y complicado episodio del partido de rugby. le coge el miembro entre las piernas.. pero. aquí. no.. muy amable. manchada de un fluido rosado. Eso no. ajena a sus explicaciones. con los labios entreabiertos. Nancy se inclina a oler la herida. y repasa mentalmente las pocas cosas que ha traído consigo.) —¡No! Yo. Moody. aplica a la herida un ungüento que huele a hierbas.Stef Penney La ternura de los lobos secante y se desabrocha la camisa. Son carnosos y color de almendra. no pregunta. —Herida de cuchillo —afirma. me hirieron hace dos. Nancy le obsequia con la sombra de una sonrisa y.. —Sí. —Se quita la venda.. Entonces. le ordena levantar los brazos y lo venda tan estrechamente que Donald teme morir asfixiado durante la noche. Tiene el pelo de un negro azulado. tres meses. Ella le rodea los brazos con los dedos mientras él la mantiene apartada de sí. Donald cierra los ojos. para absoluta estupefacción de Donald. la aparta con firmeza.. El corazón le golpea el pecho y el pulso le late con fragor de oleaje. —Gracias. Él jadea algo —no sabe qué— y. Nancy lo mira. Antes de que él pueda articular palabra o desasirse. Nancy se arrodilla delante de él. Piensa en lo que podría ocurrir si en este momento entrara Peter. A él nunca se le había ocurrido que las nativas pudieran ser tan hermosas como las blancas. consciente de que ella prácticamente le ha puesto la cabeza en el regazo. ¿cuánto duró ese momento? Bastante.. —No puedo. Eres muy bonita pero... consciente de la blancura y la estrechez de su torso. pero en este momento no es capaz de imaginar algo más bello que la muchacha que tiene delante. con la otra mano. no áspero como imaginaba él. ella le besa en los labios y. sin encontrar nada apropiado. para borrar su imagen de la retina. fino y sedoso. y palidece. grácil y sin artificio. Donald se pregunta si será consciente de su belleza. Nancy se mantiene imperturbable.. Lo siento. Prepara una venda. Donald observa que las cejas de la muchacha se arquean con la elegancia de un ala de gaviota. sus bellos ojos negros buscan los de él.. (Francamente.

a ella y a este lugar destartalado. —Tu marido. pero enseguida se arrepiente. casi deseando que ella insista.. Él mira la puerta cerrada y jura entre dientes. si ha hecho lo que debía? (¿Acaso le pesa? ¿Porque es un cobarde pusilánime que no se atreve a tomar lo que desea cuando le es ofrecido?) Maldito... los paños y las vendas usadas. Luego agarra la camisa limpia y la tira al suelo. Lo siento. —Me importa a mí. La carta que está encima de la mesa es como un reproche. Ella se encoge de hombros. ¿Por qué está tan furioso. 226 . Nancy le lanza una rápida mirada pero no dice nada. Donald suspira y ella se va tan silenciosamente como entró.Stef Penney La ternura de los lobos palabras. Pero no pasa nada. Cuando vuelve a mirarla. —No importa. dejado de la mano de Dios.. Las frases serenas y bien construidas. la muchacha ya está recogiendo el cuenco de agua sucia. Por favor. —Gracias. Nancy. A este suelo tan sucio. sólo por el gusto de tirar algo (pero algo que no se rompa). después de todo? Toma la carta y la estruja. maldito sea. ¿Y por qué tiene que escribir a Maria. maldito. las apostillas humorísticas. no te ofendas.. Se maldice a sí mismo.. Consigue apartarse.

he pensado. me pregunto si tramarán algo esos dos. retorciéndose las manos o tamborileando en la mesa. se muestra mucho más sumisa. —Este sitio es horrible. Esta noche ha estado tenso y nervioso. Nesbit sirve dos vasos de whisky de malta y me da uno. —¿Cree que volverá a nevar. Parece tenerle sin cuidado la suerte de mi hijo de diecisiete años. De Parker no estoy tan segura. señor Nesbit? —No es que sepa mucho del tiempo de este país. —Pero esto no está tan aislado.Stef Penney La ternura de los lobos Poco después de que Moody se haya excusado. pero no puedo decir que hasta el momento mis recelos me hayan permitido hacer descubrimientos útiles. a pesar de que la he observado atentamente. No ha comido casi nada. —Lo pregunto porque me gustaría saber cuándo podremos marcharnos. —Aislado lo está. que creo es una tierra bastante agradable. en lugar de enviarlos a Tasmania. dice. Stewart ha respondido amablemente. también Parker se levanta de la mesa y pide permiso para retirarse. con la mirada inquieta. Hemos de seguir buscando. Nesbit ha vuelto al cabo de diez o quince minutos con otra actitud: movimientos lánguidos y ojos soñolientos. Ni tan lejos del hogar. Y antes del café ha pedido que lo disculpáramos. pero la capa de nieve tiene casi un palmo. «Lo sabe». Cuando se va. No es la mejor época del año para eso. sí. No es malo ser suspicaz.. Norah nos ha servido la cena pero no he advertido en ella ni asomo de inquietud. —Ah. pero parece lo más probable. Ni Parker ni Moody han dado señales de haber observado el cambio. 227 . Voy a la ventana y separo las cortinas. En este momento no nieva. Ahora que Stewart está aquí. pero su mirada era severa. Hacemos chocar los vasos. Siempre he pensado que podrían traerlos aquí. solo en la tundra. Stewart sugiere a Nesbit que me lleve a la sala a tomar un vaso de algo.. en un tono que inmediatamente me hace preguntarme qué estará tramando. Hace años. O quizá es más listo de lo que imagino. un puñado de trabajadores. Algo así como la Región de los Lagos. claro. Confío en que esté realizando algún prodigio de deducción que. sin aquella hosquedad de la primera noche. Ideal para convictos. por el momento. no puedo ni imaginar. aunque Moody parece tan cansado que lo más probable es que se haya ido a dormir. Él se reunirá con nosotros dentro de unos minutos.

Fueron incidentes muy desagradables.. esos pobres bastardos. Tiene en el antebrazo una larga cicatriz blanca. Él estaba en Caulfield. de un dedo de ancho. Murmuro que he oído cosas peores. Discutíamos y él se me echó encima empuñando un 228 . —Oh. Parker es. apaciguadas.. Hubo ciertos incidentes en Clear Lake. etcétera. Cuando entra Stewart. —En realidad. Dígame. no es tan fascinante. Perdone mi lenguaje. Nesbit sirve un vaso a Stewart y charlamos unos minutos tranquilamente. Se agotaban las provisiones.. eran extranjeros. Lo cierto es que un día la discusión acabó a puñetazos. —Se ríe por lo bajo con amargura—. ¿comprende?. —¿No le gustan los extranjeros? —No mucho. —Usted recordará lo que ha dicho él: me dejó un recuerdo. William era muy belicoso. pero es mejor que nada. ¿de qué lo conoce? —Nos conocimos hace poco. pero no se aflija. —A veces. —Le sonrío como si para mí se tratara de un simple chismorreo. ¿no lo conoce bien? —No mucho. Valentía de bebedor. Hacíamos un viaje juntos. Boches o cosa así.. Como el señor Stewart. Sé lo que se siente.. «Te conozco —pienso—. él era uno de ésos. a pesar de que la luz es débil. trataron de escapar de la factoría del Alce. Ahora mi horror no es fingido. nosotros necesitábamos un guía y alguien nos lo sugirió. Apuro el vaso. —Entonces. Morirían congelados por ahí. o era. ¿Por qué? Stewart me mira con la sonrisa del que tiene noticias interesantes que revelar. un personaje pintoresco. —¡Qué fascinante! Siga. Venían otros hombres. Realmente. A mí que me den escoceses. el viaje era duro y discutíamos con frecuencia. señora Ross. con media botella de ron. —¡A puñetazos! ¡Santo Dios! —Me inclino hacia delante y sonrío. Aunque ha pasado mucho tiempo. pero tiene las pupilas muy pequeñas. le hablo de más de quince años atrás.. ¡En enero! No se los volvió a ver.. Como le digo.Stef Penney La ternura de los lobos extranjeros según creo. desde luego. Cuando era más joven.. sí.» —¿Desaparecieron? Qué horror. de un modo que no me gusta. esos mestizos. —Sí. Digamos que algunos de nuestros voyageurs son un tanto exaltados y. pero la cabeza clara todavía. Él me mira inquisitivamente. un viaje en invierno. Luego Stewart me dice: —A propósito de su señor Parker. se convierten en diablos. tengo las mejillas calientes del whisky. — Stewart se sube la manga izquierda. —¿Como el señor Stewart? —Exactamente.. Ahora sus manos están quietas y relajadas. Sobre si seguir o volver atrás y esas cosas. siga. es increíble que no lo reconociera a la primera. pero. Hacía tanto tiempo que no estaba en compañía de una señora que he olvidado cómo se habla.. Esta noche no está bebido. animándolo a continuar.

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cuchillo. Y estábamos en medio de la tundra. Aquello tuvo muy poca gracia, se lo aseguro. Se baja la manga. En este momento no se me ocurre qué decir. —Perdone, quizá no debí enseñársela. A algunas señoras les impresionan las cicatrices. —Oh, no... —Muevo la cabeza negativamente. Nesbit me sirve más whisky. No me ha impresionado la cicatriz; me impresionó la última imagen de Jammet, que siempre seguirá apareciéndoseme. Y la primera imagen de Parker: el intruso que registraba la cabaña, una figura extraña, feroz, aterradora. —No ha sido la cicatriz —dice Nesbit plácidamente—, sino más bien la idea de que su guía saque el cuchillo con tanta facilidad. —Durante estas semanas no se ha mostrado violento. Es un guía excelente. Quizá, como usted dice, fue el ron lo que lo empujó. Ahora no bebe. Me digo que quizá Stewart me haya mentido. Lo miro a los ojos, tratando de leer en su alma. Pero parece amable y sincero y quizá un poco nostálgico al pensar en los viejos tiempos. —Da gusto saber que hay hombres capaces de aprender de sus errores, ¿verdad, Frank? —Desde luego —susurro yo—. Ojalá todos aprendiéramos.

Después, en mi habitación, me quedo sentada en la silla para no dormirme, vestida. Nada me gustaría más que meterme en la cama y sucumbir al olvido. Pero no puedo, ni estoy segura de que encontrara el olvido, porque estoy nerviosa, no puedo negarlo. Quiero preguntar a Parker por Stewart, por el pasado de ambos, pero me da apuro volver a despertarlo. Apuro o miedo. La imagen que antes me ha venido a la mente me ha sobrecogido. Había olvidado que al verlo sentí un escalofrío, que su figura me pareció inhumana y siniestra. Yo no había olvidado su aspecto, desde luego, pero sí el efecto que tuvo en mí. Es curioso, pero es lo que suele ocurrir a medida que vas conociendo mejor a una persona. Aunque la verdad es que no lo conozco. En su defensa, hay que reconocer que no trató de ocultar que había tenido conflictos con Stewart, pero quizá sólo pretendía neutralizar lo inevitable con un doble farol. Mis ojos se han acostumbrado a la oscuridad, y la nieve despide su claridad tenue y difusa que me permite orientarme cuando vuelvo a salir al corredor. Llamo suavemente con los nudillos, entro y cierro la puerta. Me parece que me he movido con sigilo, pero él se sienta en la cama bruscamente lanzando una exclamación. —Ay, Dios... ¡No! ¡Vete! —Parece asustado y furioso. —Señor Moody, soy yo, la señora Ross. —¿Qué? ¿Qué demonios...? —Tantea con los fósforos en la oscuridad y enciende la vela que tiene al lado de la cama. Cuando su cara se ilumina, ya tiene puestas las gafas, y los ojos se le salen de las órbitas.

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—Perdone, no quería alarmarlo. —¿Qué demonios pretende viniendo a mi cuarto en plena noche? Yo esperaba sorpresa e irritación, pero no esta virulencia. —Necesito hablar con alguien. Por favor... sólo será un momento. —Creí que usted hablaba con Parker. Noto algo en su tono, pero no estoy segura de lo que es. Me siento en la única silla, aplastando varias prendas de vestir. —Hay cosas que me dan que pensar. Tenemos que hablar. —¿Y no puede esperar a mañana? —No quieren que estemos a solas. ¿No se ha dado cuenta? —No. —Bien... Había empezado a contarle lo que había oído decir a Nesbit cuando entró Olivier, y no pudimos seguir hablando de eso. —¿Y qué? —Aún tiene la voz alterada, pero ya no está tan asustado. Era como si temiera que yo fuera otra persona. —¿Y no le parece que eso indica que aquí pasan cosas que ellos no quieren que sepamos? Y como estamos persiguiendo a un asesino, quizá exista relación. Me mira contrariado, pero no me echa de la habitación. —Stewart ha dicho que últimamente no ha pasado por el fuerte ningún forastero. —Quizá no era un forastero. —¿Quiere decir que fue alguien que vive aquí? —Parece escandalizado de que yo impute a alguien de la Compañía. —Es posible. Alguien a quien Nesbit conoce. Quizá Stewart no sepa nada. Moody no me mira directamente, sino más allá de mi oreja izquierda. —Creo que habría sido preferible plantear las cosas con claridad. Decirles la verdad de por qué estamos aquí, en lugar de contarles su absurda historia. —Pero ya recelan de nosotros. Creo que desde el momento en que les dijimos que seguíamos un rastro se pusieron en guardia. Nesbit amenazaba a una mujer, creo que era Norah, para que no hablara de alguien. ¿Por qué razón? —Podría haber varias razones. Creí que usted no sabía quién era la mujer. —No la vi, es cierto, pero Norah... Norah y Nesbit tienen... relaciones. —¿Cómo? ¿La criada? —Moody parece sorprendido, pero más porque se trate de la gorda y poco agraciada Norah que porque Nesbit cometa un acto reprobable. Estas cosas se dan todos los días. Aprieta los labios; quizá esté pensando en cursar un informe—. ¿Cómo lo sabe? —Los vi. —Prefiero no revelar que fue cuando estaba husmeando de noche por el fuerte, y afortunadamente él no pregunta. —Bien... ella es viuda. —¿Viuda? —De un voyageur, un caso muy triste. —No lo sabía. —Vaya, ser empleado de la Compañía parece una 230

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profesión peligrosa—. Iba a decir que vamos a tener que interrogar a la gente... sin que ellos se enteren. Aún no he acabado de decirlo y ya me estoy preguntando cómo vamos a conseguirlo. Moody no parece muy impresionado. Reconozco que no es una idea muy brillante, pero no se me ocurre otra mejor. —Bien, si no hay nada más... —Mira hacia la puerta significativamente. Quizá debería contarle lo del brazo de Stewart, pero él ya no confía en Parker, y podría empezar a preguntar por qué estaba Parker en Dove River. Preguntas que ahora mismo no deseo responder—. Si no tiene inconveniente, necesito dormir. —Desde luego. Gracias. —Me levanto. Él parece más pequeño, encogido debajo de las mantas. Más joven y más vulnerable—. Tiene cara de estar exhausto. ¿Ya le han curado las llagas de los pies? Aquí ha de haber alguien que tenga conocimientos de medicina. Moody se sube las mantas hasta la barbilla, como si yo estuviera amenazándolo con un hacha. —Sí. Pero váyase ya. Lo único que ahora necesito es dormir, caramba.

Nuestros planes de hablar con el personal deben aplazarse al día siguiente, porque, cuando nos levantamos, la mayoría se ha ido. George Cummings, Peter Eagles, William Pluma Negra y Kenowas, es decir, todos los hombres no blancos que viven y trabajan en Hanover House, salvo Olivier, han ido a recuperar el cuerpo de Nepapanees. Han salido antes del amanecer, en silencio, a pie. Hasta Arnaud, el borracho sonámbulo que vimos la primera tarde (que ha resultado ser el vigilante), serenado por el dolor, se ha unido a la expedición. La viuda y su hijo mayor, que tiene trece años, van con ellos.

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Una semana después de rechazar las insinuaciones de Susannah, Francis fue a la cabaña de Jammet con un encargo de su padre. Aún pensaba en Susannah Knox, pero habían empezado las vacaciones de verano, y la excursión a la playa era un recuerdo intermitente y borroso. No había ido al picnic ni había dado excusas. No sabía qué decir. Si a veces le intrigaba haber rehusado lo que ansiaba desde hacía tiempo, la verdad es que no pensaba mucho en ello, ni se hacía reproches. En cierto modo, después de haber considerado durante tanto tiempo a Susannah un ideal inalcanzable, era incapaz de verla de otra manera. Era media tarde, y Laurent estaba preparando té cuando Francis silbó desde la puerta. —Salut, François! —le gritó, y Francis empujó la puerta—. ¿Quieres té? Francis asintió. Le gustaba la cabaña del francés, caótica y tan distinta de la casa de sus padres. Los enseres estaban sujetos con cuerdas y clavos. La tetera no tenía tapadera, pero se conservaba porque aún cumplía su función de hacer el té. La ropa se guardaba en cajas de embalaje. Cuando Francis le preguntó por qué no construía una cómoda, cosa de la que Jammet era perfectamente capaz, el francés le respondió que todo eran cajones de madera y lo mismo servía uno que otro, ¿no? Se sentaron junto a la puerta abierta, en la que Laurent había puesto una cuña. El aliento le olía a brandy. A veces bebía durante el día, aunque Francis nunca lo había visto borracho. La cabaña estaba orientada al oeste, y el sol, ya muy bajo, les daba en la cara. Francis echó la cabeza atrás y cerró los ojos. Cuando los abrió, vio que Laurent lo miraba. El sol encendía chispas doradas en sus ojos. —Quel visage —murmuró como si hablara consigo mismo. Francis no preguntó qué quería decir, porque no creyó que se refiriese a él. Reinaba una magnífica calma, en la que el único sonido era el canto de los grillos. Laurent agarró la botella del brandy y vertió un chorro en el té de Francis. El muchacho bebió con una grata sensación de audacia: si se enteraban sus padres, lo reprenderían, y así lo dijo. —Ah, bien, no podemos complacer a los padres toda la vida. —Me parece que yo no les complazco nunca. —Aún estás creciendo. Pero pronto te marcharás, ¿no? Querrás casarte y tener tu propia casa y demás. 232

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—No lo sé. —Esto parecía poco probable, muy lejos de los grillos, el brandy y el último sol. —¿Tienes novia? ¿Es esa morenita? —¿Ida? Oh, no. Ella es sólo una amiga. A veces volvemos juntos de la escuela. —¿Todo el condado pensaba que Ida era su novia, por Dios?—. No, yo... —Sin saber por qué, sintió que deseaba hablar de aquello con Laurent—. A mí me gustaba una chica. En realidad, les gusta a todos, porque es bonita y simpática... Al final del curso me invitó a un picnic. Nunca me había hablado antes... y me sentí muy halagado. Pero no fui. Siguió un silencio largo. Francis, incómodo, se arrepentía de haber hablado. —¡No sé qué me pasa! —Rió, tratando de tomarlo a broma, pero la risa no era convincente. Laurent le dio unas palmadas en el muslo. —No te pasa nada, mon ami. Nada, por Dios. Francis miró entonces a Laurent. El rostro del francés estaba muy serio, casi triste. ¿Ése era el efecto que él causaba en la gente? ¿Ponerla triste? Eso debía de ser. Últimamente, Ida siempre estaba triste cuando hablaban. Y sus padres... taciturnos a más no poder. Francis trató de sonreír, para animarlo. Y entonces las cosas cambiaron. Se hicieron muy lentas... ¿o muy rápidas? Francis aún sentía la mano de Laurent en el muslo, sólo que ahora ya no daba palmadas; ahora acariciaba con un movimiento rítmico y enérgico. Él no podía dejar de mirar aquellos ojos castaños y dorados. Olía a brandy, a tabaco y sudor, y él se sentía clavado a la silla, con los brazos y las piernas pesados, como llenos de un líquido viscoso y caliente. Pero había algo más, algo que lo atraía hacia Laurent, y ninguna fuerza de este mundo habría podido detenerlo. Llegó un momento en que Laurent se levantó, fue a la puerta y quitó la cuña. Luego se volvió hacia Francis. —Ya sabes que puedes irte si quieres. Francis lo miraba conteniendo la respiración, repentinamente horrorizado. No creía poder hablar, sólo movió la cabeza negativamente, una sola vez, y Laurent cerró la puerta de un puntapié.

Después Francis comprendió que llegaría un momento en que tendría que volver a casa. Hasta se acordó de la herramienta que había venido a buscar, a pesar de que parecía que de aquello hacía una eternidad. Temía marcharse, por si las cosas volvían a la normalidad. ¿Y si la próxima vez que veía a Laurent, éste hacía como si no hubiera pasado nada? Ahora parecía perfectamente relajado, mientras se ponía la camisa y mordía la pipa, lanzando nubes de humo que se retorcían en torno a su cabeza, como si esto fuera algo que ocurría todos los días, como si el eje de la tierra no se hubiera dislocado. Francis tenía miedo de volver a casa, de tener que mirar a sus padres, preguntándose de ahora en adelante si ellos lo sabían.

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La ternura de los lobos

Se había quedado en la puerta, con el desollador en la mano, sin saber cómo despedirse. Laurent se acercó con su sonrisa perversa. —E... entonces... —tartamudeó Francis, que no había tartamudeado en su vida— ¿vengo... mañana? Laurent le tomó la cara entre las manos. Los ásperos pulgares le resiguieron los pómulos con delicadeza. Sus ojos estaban a la misma altura. Le dio un beso, y su boca parecía el centro de la vida misma. —Si quieres. Francis subió por el sendero de su casa, entre el éxtasis y el terror. Qué absurdo: el sendero, los árboles, los grillos, el cielo del anochecer, la luna, todo parecía igual que antes. Como si no lo supiera, como si no importara. Y mientras caminaba, pensaba: «Ay, Dios, ¿yo soy esto?» Entre el éxtasis y el terror: «¿Yo soy esto?»

Susannah quedó olvidada. La escuela y las preocupaciones estudiantiles se diluían en un pasado lejano. Aquel verano, durante unas semanas, Francis fue feliz. Iba por el bosque sintiéndose fuerte, poderoso, un hombre con secretos. Salía de caza y de pesca con Laurent, a pesar de que él no cazaba ni pescaba. Cuando encontraban a alguien en el bosque, Francis saludaba con un movimiento de la cabeza y un gruñido seco, los ojos fijos en el extremo del hilo de pescar o al acecho de movimiento entre los árboles, y Laurent comentaba que estaba convirtiéndose en un tirador formidable, certero e implacable. Pero los mejores momentos eran cuando se quedaban solos al final de la jornada, en el bosque o en la cabaña, y Laurent estaba serio. Generalmente, también estaba borracho, y a veces tomaba la cara de Francis entre las manos y no se cansaba de mirarlo. Aunque tampoco fueron tantas veces: Laurent no quería que se quedara en la cabaña muy a menudo, para que la gente no sospechara. También tenía que estar en casa, con sus padres. Y esto a Francis se le hacía difícil, desde aquella primera noche en la que, al llegar, los encontró cenando. —He tenido que esperar a que él volviera —dijo levantando la herramienta. Su padre asintió brevemente. Su madre lo miró. —Has tardado. Tu padre quería hacer ese trabajo antes de cenar. ¿Qué has estado haciendo? —Ya te lo he dicho. Esperando. —Dejó la herramienta en la mesa y subió a su habitación, sin hacer caso de las exclamaciones de su madre acerca de la cena. Estaba temblando de júbilo. Como las relaciones con sus padres eran, en el mejor de los casos, rudimentarias, ellos no parecieron observar un cambio en su conducta, ni percatarse de si estaba callado o ausente. Entre visita y visita a Laurent, Francis mataba el tiempo paseando, echado en la cama o haciendo sus tareas con impaciencia y de mala gana.

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No es buen momento para viajar. Luego pasaba otra noche en la cabaña. Esa mujer. Poco. —Una cosa extraña. Francis se frota la cara. —¿Qué ocurre? Jacob ha abierto la boca. —Son personas mayores. y menos con niños. Veinticinco.Stef Penney La ternura de los lobos Esperando. como si hubiera estado durmiendo. Su enfermera se ha llevado al carpintero. Jacob hace su deducción. —Quizá lo consigan. Line. Ella me preguntó por Caulfield. Francis aspira profundamente. Pueden hacer lo que quieran. confiando en que Jacob no vea las lágrimas.. Eran momentos intensos. no saben viajar en invierno. Yo la vi en los establos la otra noche. sus hijos y el carpintero se han ido durante la noche. pero aún no ha proferido sonido alguno. fragantes. con suerte. y entonces podía ser él mismo. sacando bruscamente a Francis de su ensimismamiento. —¿Cuándo va a nevar? —¿Qué? —¿Cuánto falta para que nieve? ¿Un día? ¿Una semana? —Un día o dos. Jacob parece muy agitado. ¿Por qué lo besó entonces a él? Jacob se pasea por la habitación. Francis lo mira atónito. saboreados con fruición. Jacob entra en la habitación. La mujer del carpintero dice que se matará. en los que el tiempo podía eternizarse como una tarde de domingo o escapar veloz como un torrente. Por eso no dije nada. ¿Por qué? —Me parece que sé adónde van. al que él nunca ha visto. ¿Cuántas noches habría pasado en la cabaña de Laurent en total? Quizá veinte. Muy pocas. 235 . Él agradece la interrupción. —Pero no conocen el país.. o se iban de pesca a un lago. Me dijo que no dijera nada. —Va a nevar.

pequeños y dispersos. Torbin. nos vamos a vivir a un sitio más bonito. o te doy un bofetón. Tendría que haberse mordido la lengua. que tenía unos ojos tan grandes como platos.Stef Penney La ternura de los lobos Hace una hora que han llegado a los primeros árboles. pero árboles. —La mira con ojos severos y confusos. ¿verdad? Line suspira. Es complicado. hermética. y no podíamos explicártelo todo. Mentir es pecado. Torbin se revuelve para mirarla a los ojos. Ya están en el bosque. y Line ha estado hablándole de un perro que tenía en Noruega cuando era niña. ¡No es momento de discutir. En Himmelvanger no. —¡Basta! —Line suelta la rienda y le da un golpe en el muslo. Se tuerce un tobillo. No discutas. Per y la iglesia del tejado rojo han hecho de él un pequeño puritano—. —¡Mentirosa! ¡Mentirosa! ¡Yo no habría venido! —chilla él. —¡Torbin! ¡Torbin! ¡Espen! —chilla Line tirando de las riendas 236 . pero se levanta y echa a correr en la dirección por la que venían. él le da un codazo en el estómago que la deja sin respiración y la enfurece. ¿eh? —Se le ha escapado. desasiéndose y dejándose caer al suelo. Tiene una expresión peligrosa. o no nos habrían dejado marchar. —En este caso. Se lo describe como el perro del cuento del soldado. —Quieto. y el bosque llega hasta el lago. —¡No soy muy niño! —Está enfadado. la cara tensa. El papel dice que han de ir hacia el sudeste hasta llegar a un riachuelo y seguir la corriente. tiene las mejillas rojas de frío y de rabia. cuando encontremos un sitio donde vivir. Torbin va en la silla delante de ella. Ellos no podían saberlo. aún eres muy niño. Y no es así. —Nos has mentido. chico. créeme! Al revolverse. Te gustaría. Has dicho que nos íbamos de vacaciones. —También tú podrás tener un perro. —¿Por qué has mentido? —No ha sido una mentira. y Line ha sentido una viva alegría. pero así están las cosas. —No. no era pecado. Van a escapar. Siento haber tenido que hacerlo de este modo. donde no hará tanto frío. Tú no puedes entenderlo. Es como si ya estuvieran allí. cariño. —¿Un sitio donde vivir? —repite Torbin—. Se retuerce en la silla.

cerrando los ojos contra su cabello frío y grasiento. abandonando el caballo. y luego nos iremos. A Line le parece que el liquen se reparte uniformemente alrededor del tronco. El paisaje aparece igual en todas las direcciones. y eso es lo que hay que ver: dónde crece el liquen. Line se agacha y abraza a su hija. Comprende que la culpa es suya. Al principio pensaban que lo encontrarían enseguida: un objeto redondo. enmudece. Lo importante era llegar al bosque. como si se burlara de ellos: abetos vivos y abetos muertos que caen unos en brazos de otros. tu hermano sólo está jugando. Pero el juego se acaba pronto. Ella y Anna han estado buscando. vuelve grupas y ve a Torbin corriendo entre los árboles. Nieve. Dice que el liquen crece en la cara norte de los troncos. está nevando. que ha desmontado y va hacia él. —¡Quedaos aquí! ¡Yo lo traeré! ¡No os mováis! Espen corre tras Torbin. Los cuatro se ponen a buscar. —Mamá. —¡Torbin! —Espen salta al suelo con Anna en brazos y entrega la niña a Line. no tardan más que unos minutos en reaparecer. El abigarrado terreno no muestra señales de su paso. Anna mira a Line con sus solemnes ojos azules y se echa a llorar. Anna es la primera que se da cuenta. Podemos encontrar la dirección fácilmente. cuando tiraba del caballo que no quería seguirla. Enseguida volverán. Espen viene con cara hosca y trae de la mano a un Torbin escarmentado. sorteando árboles y tropezando con ramas caídas. El animal se para bruscamente. Espen ve la expresión de su cara. Da miedo la rapidez con que se pierden de vista. Probablemente. —Tranquila. —Seguiremos buscando durante media hora. Line siente alivio cuando Espen da la señal de descansar. cielo. Torbin da un grito y se precipita hacia un objeto. al ver el miedo en sus rostros. los reúne para hablarles un momento y señala la dirección que han de tomar. Pero Line ya ha descubierto que ha ocurrido algo mucho peor. Espen. duro y metálico como una brújula por fuerza había de verse. como el tren que ha llegado a la estación. pero encierra 237 . hoyos en los que torcerte los tobillos. describiendo círculos en torno a los caballos indiferentes. Line lo propone a Anna como un juego: quien lo encuentre gana. hundiendo la mano en hoyos oscuros y viscosos. que resulta ser una piedra redonda y gris. Unos copos secos flotan silenciosamente a su alrededor. que cabalga delante con Anna. tejiendo en torno a ellos una red tupida que los ha atrapado. Ahora viene lo más fácil. Line endereza la dolorida espalda. Line dice a Espen que no encuentra la brújula. que no parece entender la orden.Stef Penney La ternura de los lobos para hacer girar el caballo. hurgando en el liquen y la hojarasca. y Torbin. madrigueras ocultas bajo la hojarasca y una red de raíces salpicada de arbustos muertos y putrefactos. El suelo del bosque es traidor: rocas que sobresalen. Line no sabe si la brújula ha caído cuando Torbin le ha dado el codazo o después. —Impulsivamente. La encanta la forma en que él asume el mando.

La nieve lo amortigua todo. Espen toma consigo a Torbin y reanudan la marcha en silencio. 238 . él es el encargado de protegerlos. Espen sabe lo que dice. Ella es sólo una mujer. hasta el tintineo de las bridas.Stef Penney La ternura de los lobos este pensamiento bajo llave.

francamente. o siquiera la curiosidad. llevándome hacia el rincón oscuro. acerca de mis compañeros de raza? Los perros se alegran de verme. mencionó a alguien que vivía cerca. Suena como si. dentro de su dolor. aunque eso 239 . Me pregunto si estaría esperándome. Sin que me diera cuenta. había estado casado. y yo olvido apartarla. hoy no estoy segura. yo no. No tenía nada que ver con Francis ni con Jammet. pero no lo retiro—. Mi voz suena más chillona de lo que deseaba. Lucie sigue lamiéndome la mano. donde hay un montón de balas de heno. —Parker me ha puesto la mano en el antebrazo. Me parece que los dos se querían. yo que no sé lo que es soportar la carga de la caridad y la amabilidad.. ¿verdad? —¡Vaya! —Lanzo una risa ahogada—... —¿Ya ha conseguido lo que quería? —¿A qué se refiere? —A lo que usted venía a buscar. Me parece increíble no haberme dado cuenta. —Jammet era. Por una pelea estúpida. él quería a Jammet. Él sabía que yo no lo juzgaba. El encierro y la inactividad los ponen nerviosos. Jammet era amigo mío. Me invade una absurda ternura hacia ella cuando siento en la mano su cabeza hirsuta y su lengua áspera como la arena. pero de vez en cuando también tenía. Ayer me habría sentido contenta. —En realidad.. amigos.. yo.. Parker no dice nada.Stef Penney La ternura de los lobos Voy a los establos sin más motivo que mi intención de hablar con las mujeres a pesar de que. En realidad. la primera desde la noche que llamó a mi puerta e hicimos nuestro trato.. me ha apartado de la puerta. ¿Quién soy yo para interrogarlas... Chicos guapos. Qué manera de decirlo. Es la primera vez que viene a mi encuentro. Una parte de mí desea retirarlo. —La última vez que lo vi. —¿Qué quiere decir? —Mi voz cruje como las hojas secas. como su hijo.. me dan un poco de miedo. la primavera pasada. Es decir. bien. Lucie viene corriendo con un alocado meneo de cola y la boca abierta en su sonrisa perruna de felicidad. Parker habla sin mirarme: —No es eso.. Parecen ariscas y desdeñosas. Y aquí viene Parker. Verá. por lo menos. Y su hijo. Usted quería volver a ver a Stewart por algo sucedido hace quince años. y me encuentro sentada en una de ellas..

encontramos a Stewart y a Rae borrachos e inconscientes. con parsimonia—. Me hago vieja y mi cabeza está llena de pensamientos que no puedo soportar. Quinientos kilómetros. »Como le he dicho. a doscientos kilómetros de cualquier sitio. —Dios mío. No soporto pensar en la tristeza de Francis. terriblemente solitaria. El tiempo era malo. No se viaja en pleno invierno. sin contar los ventisqueros. yo y otro guía: Laurent Jammet. porque ahora comprendo que él sí lo sabía. El chico había muerto ahogado en su propio vómito. durante un viaje. »Cuando al fin volvimos. Tenía madera. Todo el mundo decía que llegaría lejos. tendría que haberme quedado a su lado. He de afrontar los hechos. No hemos encontrado al hombre que dejó el rastro. —Sonríe a medias y se pone a encender la pipa. pero entonces la tormenta arreció y no pudimos regresar hasta tres días después. Él lo hizo para demostrar de lo que era capaz.Stef Penney La ternura de los lobos tampoco le importaba. Stewart era una gran promesa. Esto casi me hace reír. llevó a un grupo de hombres de un puesto a otro. Nosotros esperábamos a que amainara. pero me parece que 240 . —¿Fue la célebre travesía de la que habló el señor Moody? —Fue célebre. —¿Stewart le ha enseñado la cicatriz? Asiento. pero no por las razones que él mencionó. Con mucho sufrimiento. un sobrino de Rae. Éramos cinco. Lo quería mucho. Y no soporto pensar que. Él lo sabe. No soporto pensar que no me diera cuenta de lo que ocurría. Se me han soltado unos mechones del moño y a la larga franja de luz de la puerta veo alguna cana. con mucha nieve y tormentas. Fuma en silencio un minuto. si no es imprescindible. Se acababan los víveres. A los dos días encontramos un poblado indio. Parecía nuestra única posibilidad. que no trabajaba en la Compañía sino que estaba de visita. Me aliso el pelo. Jammet y yo decidimos salir en busca de ayuda. el tiempo era malo. que debía de ser —debe de ser— honda. y usted juzgue. secreta. —Y no ha servido de nada. pero era uno de esos temporales de enero que duran semanas. Stewart. —Dice que se lo hizo usted en una pelea. Le contaré un par de cosas que probablemente él no le ha dicho. no lo consolé lo suficiente. No soporto pensar que Angus lo odiaba por ello. —Muy estúpida es lo que soy. Yo iba con ellos. Dijimos a los otros tres que volveríamos lo antes posible. Parker no se precipita en responder. otro empleado de la Compañía llamado Rae. cuando lo vi. No dieron muchas explicaciones. Había ventisca y menos mal que encontramos una cabaña. Tuvimos suerte. —Es usted muy valiente. —Ha venido hasta aquí buscando a su hijo. —No fue durante el viaje sino después. La ventisca seguía y seguía. de diecisiete años. Luego aún empeoró. Un invierno. Un metro de nieve. les dejamos toda la comida y nos fuimos. en Clear Lake. Lo único que teníamos en abundancia era licor.

bonita. al ver que no volvíamos. pero yo sé que no ha terminado. Rae regresó a Escocia. Desde un puesto como éste no hay ascenso posible. Y siento compasión por los animales. Hará unos cinco o seis años. Stewart siguió adelante y el chico está enterrado. pero el chico sí. Él y Rae no lo lograron. —Yo ya no estaba en la Compañía. bromeando. este destino era un insulto. Quizá yo no valga mucho. —¿Sabe lo que cuesta una piel de zorro plateado? Niego con la cabeza. —¿Y qué pasó entonces? ¿No lo echaron? —¿Qué pruebas tenían? Había sido una desgracia. Parker calla durante un rato. sólo lo oí contar. su marido era uno de ellos. la que cuidaba a su hijo. La viuda que estaba en Himmelvanger. —¿Stewart? —No lo sé.. —¿Hay algo más? —Sí. —Porque era su manera de pensar —dice con átona voz de censura. hubo ventiscas y desaparecieron. Stewart era el jefe de la factoría del Alce. Entonces yo bebía. Otros noruegos que ya vivían en Canadá habían entrado también en la Compañía. Quizá ésa sea la explicación. que estaba asustado. Decían que allí había una fortuna en pieles.. No sé por qué mantienen abierta Hanover House. —¿Cómo sabe usted que fue suya la idea? —pregunto. —A Stewart lo destinaron aquí. Que no valen nada. —En Londres. Docenas de zorros plateados y zorros negros.Stef Penney La ternura de los lobos lo que ocurrió fue esto: Stewart. Me escandalizo. la Compañía necesitaba personal y trajeron hombres de Noruega. más que su peso en oro. Recuerdo a la viuda: joven. hablaba de "dejar este mundo con una explosión gloriosa". Imagino que. Decía que era débil. Aquellos hombres debían de tener un cómplice en el almacén. La gente exagera. No había vuelto a verlo. —¿Y la cicatriz? —Le oí criticar al muchacho. que quería morir. estremecida. —Se encoge de hombros sin pesar. impaciente y con ansias de vivir. desde luego. Y en esta zona ya no hay pieles. —No parece que merezca la pena. Se fueron cruzando la tundra. pero por lo menos valgo más viva que muerta. Para un hombre tan ambicioso como él. Yo dejé la Compañía. Esta vez Stewart quedó en una situación comprometida. El chico tenía la edad de Francis. Fue un castigo por lo que pudiera haber hecho. 241 . tanto por el motín como por la pérdida de tanta y tan buena mercancía. se rindió y pensó que lo mejor sería morir de una borrachera. Un error de cálculo. Varios noruegos se amotinaron y huyeron con una gran cantidad de pieles valiosas. Sólo liebres. —¿Y esto qué tiene que ver con Jammet? —Estoy impaciente por conocer el final. Convictos. donde tenían a un grupo de esos hombres. Que ya es mucho.

—¿Los zorros plateados y los zorros negros? —Sí.... 242 .. El invierno pasado. —¿Y valían una fortuna? —Siento un ligero temblor de entusiasmo. ¿Usted lo encontró? —En el bote de la harina. —Saco el papel del bolsillo y se lo doy. Para él lo más importante es el orgullo. El papel no demuestra nada.. —No valían tanto como decía la gente.. es el equipo. Pero cuando bebía era incapaz de tener la boca cerrada y empezó a presumir. Debió de correrse la voz y llegar a oídos de Stewart. Sólo digo que yo no vi nada. —Se interrumpe y hurga en la cazoleta de la pipa.. —Quizá.. Yo medito un momento. —¿Y los noruegos? —A ellos no los encontré. pero sólo un segundo. pero no suficiente.. ¿verdad? —Sí. Él me mira fijamente. pájaros. No sirve de nada.. —¿Lobos? —pregunto sin poder contenerme.. cualquiera que oyera hablar a Jammet y deseara el dinero. —O se haría rico. salvo que Jammet estaba interesado en las pieles por algún motivo. —Pudo ser otra persona.. —Pero el rastro nos ha traído aquí. Pero no volvieron. La Compañía lo recompensaría. Habían escondido las pieles como si pensaran volver a buscarlas. El año pasado. Si las recuperaba sería un héroe.Stef Penney La ternura de los lobos —Hmm. o quizá de justificación. —Hay un deje festivo en su voz. pero siempre hace palpitar más deprisa un corazón mezquino como el mío.. Porque él las había perdido. Él debía encargarse de buscar compradores en Estados Unidos. Parker sonríe y yo me ruborizo de satisfacción. recuerdo algo y digo con vehemencia: —Esto lo encontré en la cabaña de Jammet. algunas horrendas. —No creo que el dinero le importe. —¿Qué le hace pensar que fue Stewart? —Él quería esas pieles más que nadie. por el que pido perdón a Francis. Estaban en plena tundra. pasarían toda clase de animales. De pronto. me parece que para ganar tiempo—. La riqueza puede llegar bajo muchas formas. pero sí bastante. Parker lo mira volviéndolo hacia la poca luz de la puerta. »Entonces se lo dije a Laurent. Y si no podemos encontrar al hombre. —Sesenta y uno. Parker niega con la cabeza. siempre dejan algo? —Con los años. encontré las pieles. Pero para entonces ya no podía quedar ni rastro. Quizá siguieron adelante. —Nos ha traído aquí pero ha desaparecido.. Por eso murió. —Pero ¿no me dijo usted que. Parker hace una mueca. zorros. Es verdad.

—Ni yo misma sé qué quiero decir con eso. desde luego. La piel la vendió. Quizá le sirva de algo. Por dinero. El silencio es tan denso que ni el aullido de los perros puede romperlo. Sigo sin saber qué hacer. —¿Por qué iba alguien a matar por encargo? —Hay muchos motivos. con una piel de zorro plateado. pero el papel ha desaparecido. ¿Le dirá todo esto a Moody? Quizá entonces él comprenda. —Pudo ser uno de los hombres de aquí. —Estaba pensando. Desde luego es a Moody a quien hay que convencer—. Éste siempre supo ganarse la simpatía de los hombres. Le hizo gracia y lo guardó. Hay alguien más. Cuando sepamos quién fue sabremos por qué. que después amenazó con hablar y Stewart lo mató. no fue a Dove River. Quizá fue Nepapanees. —¿Qué quiere decir? —Quiero decir que han ido en la dirección en la que Stewart les ha dicho que fueran. —Como usted dice. Moody admira a Stewart. Parker no pregunta.. De lo ocurrido no saben más que lo que les ha dicho él. Por miedo. esto no es una prueba.. —Guárdelo —digo—.Stef Penney La ternura de los lobos —Eso se lo di yo. no sé si llegarán a encontrar el cuerpo. 243 . La nieve habrá borrado el rastro. además.

Elizabeth no sabía si dejarlo venir.Stef Penney La ternura de los lobos A última hora de la tarde llegan al lugar que les indicó Stewart. pisadas cubiertas por la nieve nueva en el lugar en que el terreno baja hacia una especie de playa. pero la nieve está virgen. Elizabeth mira aguas abajo la ancha franja arqueada del río. No ha de ser él quien saque del agua el cuerpo de su padre. Cerca de la mancha oscura. de vez en cuando. Hay señales de que alguien ha estado aquí recientemente. Desde su posición elevada. la capa de hielo que cubre el río tiene una blancura tersa y uniforme. Vagamente. Examinan la corriente. el hielo se rompe y debajo aparece un agua negra. Elizabeth retiene a Alec de la mano. se pregunta por qué a Stewart no se le ocurrió buscar aquí. hasta que lo arrastren las crecidas de primavera. tanteando el hielo con palos. le tomaba la mano. Esto es muy duro para él. nubes plomizas y nieve pálida. Un hombre lanza una exclamación: el río es menos hondo de lo que creían. segura de que él obedecerá y. Todo lo que arrastre la corriente quedará detenido allí durante todo el invierno. en el que aparece más oscura. salvo en un punto. aguas arriba. Los hombres dejan los trineos en lo alto de la orilla y bajan al río. Los hombres la observan nerviosos. discutiendo la táctica a seguir. Ése debe de ser el sitio. La luz ha huido del cielo y todo es gris. Estaba decidido y serio. de un marrón negruzco —materia 244 . El fondo. dos o tres metros por debajo del nivel del suelo. Vista desde arriba. Ayer era todavía un niño con un padre al que emular. Resbalando y tambaleándose. lo que indica que es más delgada porque se ha roto. se aleja río abajo sin mirar atrás. Los hombres avanzan con precaución. —Quédate aquí —dice a Alec. para probar su consistencia. Ella ha visto un punto donde la lisa superficie del río se interrumpe en una especie de presa formada por ramas encalladas en una elevación del fondo. Alec caminaba al lado de su madre y. Se arrodilla y barre la nieve con las manoplas dejando al descubierto la placa de hielo cristalino. con paso firme. pero en sus ojos ha visto una mirada que le ha recordado a Nepapanees. el río ha ido abriendo surco en la corteza de la tierra. Con el tiempo. Por allí aguarda Nepapanees. Ahora tiene que ser un hombre. Siente el hielo firme bajo los pies. Elizabeth baja hacia la presa. La que cubre la superficie helada del río es más lisa y señala su curso: un camino ancho que describe un arco en la llanura.

muerto. En un primer momento. tiran de los astillados bordes de las placas heladas. para darle calor. todos piensan que ha muerto. hasta que la cosa se desprende de las ataduras y sube hacia sus brazos extendidos como un amante de pesadilla. se ve algo. ni siente las manos. atrapada en el agua negruzca. Unas manos tratan de apartarla del agujero. pescarían. Pero Eagles la golpea en la espalda y ella tose. moradas y ensangrentadas que. Aún ve la pálida cara del gamo con su inerte sonrisa de triunfo. una forma con manchas claras y oscuras. —Hay mucho río que mirar. Normalmente. Traen una manta. Elizabeth araña el hielo por donde asoman las ramas. pero ella se lanza hacia delante pillándolos por sorpresa y se zambulle de cabeza con los brazos extendidos para coger el cuerpo del marido y liberarlo. Ella menea la cabeza. —Él no está ahí —logra decir cuando dejan de castañetearle los dientes. pero Elizabeth no siente su presencia. Elizabeth siente el sabor del río pegado al paladar. ahora desnudas. con la brutal impresión del frío no ve nada más que negrura abajo y un resplandor verdoso arriba. pero hay una calma extraña y el humo de la fogata sube en vertical hasta desaparecer. durante un momento. como tampoco su propio aliento que le silba entre los dientes en largos jadeos. —Él no está ahí. hocico negro. donde no se ve el agujero que han abierto en el hielo. con ojos putrefactos. cráneo que reluce levemente entre pelos ondeantes y jirones de piel que cuelgan y se ondulan como restos de un sudario. Han acampado en otra playa. en el cenagal del fondo. contraído en una sonrisa macabra. No está preparado para perder también a su madre. Viene hacia ella la carcasa de un venado. vomitando río.Stef Penney La ternura de los lobos en descomposición bajo el escudo helado—. Allí. parece desafiarla. grandes y vacuos. Alec llora. pero nadie quiere pescar en este río. Los hombres acuden con estacas y hachas y parten el hielo en grandes trozos levantando surtidores de espuma. Romperemos todo el hielo. sentados alrededor del fuego.. Alec se ha sentado apretándose contra el costado de Elizabeth. 245 . Han encendido fuego. hasta que lo encontremos. Las riberas son altas y los protegen del viento. quitándole las pieles mojadas que la cubren y friccionándole el cuerpo. nadie lo propone siquiera. lo golpea hasta que se parte y. Tiene los ojos cerrados y le sale agua de la boca. George Cummings le frota las manos con un trozo de manta. Se oyen gritos y varios hombres bajan por la pendiente hacia ella. una forma grande y extraña. comen pemmican y beben té.. Ya la suben por la pendiente. Abre los ojos. Cuando la sacan del agua. helado. Después.

Es mejor un gamo que un niño. con la primera luz. Kenowas pronuncia los suyos en voz alta. ni la mitad que el nuevo. Elizabeth no puede apartar de su mente la imagen de la cabeza del gamo. buscaremos río arriba y río abajo. no importa lo que estuviera persiguiendo. y con sangre de blancos en las venas. un hilo de calor humano delgado y frágil. El de antes no era grueso. George señala a Elizabeth con un movimiento de la cabeza. Elizabeth se siente muy lejos. un extraño que no podría comprender esta muerte ni su gélido dolor. Lo único que la conecta al mundo es la suave presión del cuerpo de su hijo. aunque lo ha dicho en broma. aunque todos lo piensan. Pero ella no parece estar escuchando. Hasta un necio como tú lo pensaría dos veces. Y Peter: —Pensé que sería más profundo. entre los que era un santo muy popular: sólo en su poblado. es que el espíritu guía de Nepapanees era un gamo. por su dulzura y su don para comunicarse con las aves y otras criaturas. y del cielo. en lugar de un niño que lo guiara tenía el espíritu del gamo.Stef Penney La ternura de los lobos William Pluma Negra habla en voz baja. No estaba bautizado. meneaba la cabeza y hacía chasquear la lengua si estaba enfadada o. en caso contrario. la sedujo la figura de san Francisco. Kenowas lo mira. Un espíritu fuerte. Es la verdad. helada por algo más que el frío. —Yo no habría pisado ese hielo. por lo que. pero quizá se equivocaba. de la comida y el fuego. Asentimiento general. nacido mucho tiempo atrás en un país cálido y arenoso. cuatro niños y dos adultos lo habían elegido en su confirmación. ha tenido la vívida sensación de que su marido no estaba allí ni cerca de allí. Nadie ríe. 246 . Parece difícil que te arrastre la corriente. ¿Cómo podía un niño. Se hace un silencio. y cada cual se sume en sus pensamientos. Entre todos podemos cubrir mucho terreno. distante de estos hombres. Francisco se asemejaba a los chippewas. decía él. Ahora san Francisco parece una figura lejana e incongruente. se reía de él y le tiraba del pelo. sin dirigirse a nadie en particular. pidiendo tacto. Hasta de la nieve y el silencio. que había vuelto para mofarse de ella por su incredulidad. Kenowas susurra: —Había hielo nuevo donde se rompió. Tan fuerte no es. insondable e indiferente. Hay viejas rencillas entre ellos. En el río. saber cómo sobrevivir en esta tierra de hielo? ¿Qué podía enseñarle? Entonces Elizabeth. —Tampoco yo veo a Nepapanees pisar ese hielo. veloz y valiente que conocía los bosques y la tundra. En esto. bautizada y encomendada a una santa. porque Nepapanees era el rastreador más hábil y experimentado de todos ellos. —¿Qué dices? —Arnaud está hosco y agresivo. Quizá la fe de su marido ha sido siempre la verdadera y lo que ella ha visto era su espíritu. —Mañana. Lo que nadie dice. ya de mayor. Cuando se convirtió.

en vista de que este ruido no provoca respuesta. tiende el oído mientras esa persona camina. Este tipo arrastra una borrachera colosal. con una silla apalancada bajo el picaporte. Luego. De ventanas situadas en la misma ala del edificio. son irregulares. No es de extrañar que se oiga ruido de pisadas —aún queda gente en el fuerte—. se para.Stef Penney La ternura de los lobos La temperatura sigue bajando. Donald se escandalizaba de que los jefes de la Compañía no tomaran medidas 247 . Eso significa que su carrera será corta. Se ha quedado en la cama todo el día. En Fort Edgar hay hombres que pasan meses enteros ebrios y en todo el invierno no se puede contar con ellos para nada. imaginando seguramente que en la habitación de Donald. Sus movimientos son torpes. se aleja en dirección a los almacenes y desaparece. Involuntariamente. porque quienquiera que sea se mantiene en las sombras. No reconoce a este hombre y. Donald se pregunta si ya habrá regresado la expedición que ha ido a recuperar el cadáver de Nepapanees. Está muy borracho para ser útil en la búsqueda. y los pasos hacen crujir la nieve con una sonoridad que sobresalta. al cabo de unos segundos. y esta impresión lo ha sacado de su placentero duermevela. con la excusa de que tiene un poco de fiebre y. ha dormitado plácidamente hasta última hora de la tarde. como comprimido. pero estas pisadas llaman la atención. que está a oscuras. Él espera —¡vamos ya. apoyado en los codos. te quema como el fuego. Entonces lo distingue: es un hombre con pelliza y el pelo negro y largo. Te corta la respiración. Es triste que lleguen a semejante estado. El alcoholismo es una enfermedad progresiva. sigue andando. se proyectan rectángulos de luz. Divertido. maldita sea!— que siga andando. Donald observa cómo tropieza con algo en la oscuridad y lanza un juramento. mientras la luz palidecía. Esto despierta a Donald. Al principio. te sorbe la humedad de la piel. furtivas. Con este frío el aire parece más denso. comprende que no puede formar parte de la expedición. Al fin tiene que incorporarse y. Se para otra vez. mira alrededor con exagerada atención y avanza con un sigilo de pantomima. el rechinar de la nieve nueva al ser pisada. Donald vuelve a acomodarse en su nido y se sube las mantas hasta la barbilla. En el patio hay un silencio profundo que parece casi intencionado. En un primer momento no ve a nadie. quizá de las oficinas. mira hacia el patio en penumbra. no hay nadie.

y en ella piensa. si acepta este pensamiento. en lo que ve señal de que está recuperando el vigor. Pero aún se resistía a acercarse a las jóvenes nativas que abundaban en el fuerte. y sale a los desiertos corredores. sólo que nunca se había atrevido a soñar que fuera tan bonita. Tiene hambre. el argumento de Mackinley. como Susannah. De todos modos. Nesbit es un hombre joven como él. a pesar de que los hombres bromeaban acerca de tal o cual muchacha que le había sonreído.. estas perspectivas se habían vuelto cada vez más remotas. Él ha conocido parejas mixtas —en Fort Edgar son frecuentes—. recogió el papel estrujado. con su cara redonda y suspicaz y su modales insolentes. «Así son las cosas»: a esto se redujo.Stef Penney La ternura de los lobos para combatirlo y tolerasen que los voyageurs hicieran un consumo ilimitado de su detestable licor. una vez descontadas las similitudes. que volvió hacia él sus ojos pálidos con una mirada no sabía si de conmiseración o de franco desdén. el evidente odio hacia esta vida. Donald se viste. A Donald le pareció un argumento un poco incoherente. Aún le parece sentir el calor de su suave piel. es decir. pero se resiste a pensar que él pueda llegar a mantener estas relaciones. En Susannah debería pensar. Todos los tratantes utilizan el licor para atraerse a tramperos y empleados. su voz suave y clara. Obrar de otro modo sería una ingenuidad. que Donald supiera. No hay rastro de 248 .. parece resignado a la idea de que nunca se irá. Aun así. pero teme que no baste con eso. Las similitudes alarman a Donald. Anoche. quizá fue una insensatez escribir. él se veía casado con una buena muchacha blanca de habla inglesa. Los tics nerviosos de Nesbit. En la mesa está la carta para Maria. se pone a pensar en lo que la señora Ross le dijo la víspera. Cuando habló del tema con Jacob. en síntesis. Vagamente (los detalles no estaban claros). Un empleado subalterno pero con dotes para ascender.. se irían a competidores con menos escrúpulos y menos deseos de satisfacer a los que trabajan para ellos. en cuyos gruesos brazos Nesbit parece haber encontrado consuelo. su risa amarga. Encuentra a Nesbit en su despacho: de su ventana salía la luz que daba en el patio.. pero no se atrevió a discutir.. Al cabo de un rato. lo alarman las diferencias. Es difícil imaginar que Norah pueda ejercer en Nesbit el mismo galvánico efecto.. Lleva en el país más del doble de tiempo que Donald y. Un hombre culto y educado. Y no está dispuesto a aceptarlo. mejor dicho. Durante sus dieciocho primeros meses en Fort Edgar. éste bajó la cabeza: fue el alcohol lo que le hizo clavar a Donald el cuchillo en el estómago. la estremecedora audacia de su mano. Sólo una vez habló de ello Donald con Mackinley. si la Compañía no se lo procurara. llegado de Escocia hace relativamente poco tiempo. rememorando su imagen huidiza. Jacob no había vuelto a beber. después de su arrebato. Desde aquel día. Quizá arrugar el papel fuese lo más conveniente. Donald se estremece al pensar en Norah. lo alisó y lo prensó lo mejor que pudo entre unas hojas de papel debajo de las botas. aunque está a disgusto. Pero nunca había visto a una nativa tan bonita como Nancy Eagles. Cuando se extinguen las últimas luces del cielo.

haciendo una mueca. Ni mucho menos. pero él no se queja. y no son mi fuerte. por ahí andará —dice Nesbit vagamente—. Ese hombre. ese hombre es un santo.. es de mejor calidad que el ron de Fort Edgar. —Los nativos lo adoran. Nesbit echa el cuerpo hacia atrás y endereza la espalda. Archie Murray. Hora de beber algo. Ese hombre habría podido hacer cualquier cosa. No tienen muy buena opinión del que suscribe. hace años. y el sentimiento es recíproco. poca cosa. por lo que estamos en paz. —Jodidas cuentas. Afortunadamente.Stef Penney La ternura de los lobos Stewart. Supongo que en otro tiempo. pero luego decide que tan vigoroso no se siente todavía.. desde luego. confiando en que cada manifestación sea interpretada correctamente. Son mi pesadilla. de la señora Ross ni de nadie. Venga. Donald se pregunta fugazmente cómo es posible que. Antes teníamos un contable. una de mis pesadillas. Un tipo raro. aceptando un vaso lleno de whisky de malta. que contiene una pareja de mullidos sillones y varios desahogos pictóricos de discutible calidad. Más salidas que entradas. Donald hace con la cabeza un gesto afirmativo y otro negativo. —Sí. ¿Sabe usted. Nunca le oirá lamentarse. A lo más alto.. Durante un momento.. los habitantes de Hanover House beban como reyes. créame. Nesbit se inclina hacia delante y saca una botella de whisky de malta de detrás de unos legajos que Donald tiene a su espalda—. antes de que hubiera tanta gente cazando. a diferencia de su humilde servidor. Por ahí. Donald piensa en brindarle ayuda. —Sin levantarse. pero no en el suyo. imagino. Ni los jodidos zorros encuentran comida. en el fin del mundo. —Oh. —Y no es que haya mucho movimiento. Un santo.? —Se inclina hacia delante mirando a Donald con desconcertante intensidad—. debía de haber pieles en abundancia por toda la región. ¿Cómo va el negocio en su puesto? —Bastante bien. Nesbit lo mira con gesto de cálculo. —Dirigir esto es una tarea muy ingrata. llegar a lo más alto. —Mmm —hace Donald con cautela. —¿Y el señor Stewart? —pregunta Donald. parece muy capaz —dice Donald. Pero desde que se marchó tengo que encargarme yo. 249 . tibiamente. y los pocos que hay son rojos. —No estoy seguro de que aquí hubiera abundancia de algo nunca —dice Nesbit con voz lúgubre—. ya me entiende. donde la buena mesa y la limpieza brillan por su ausencia. Pero nosotros somos más una estación intermedia que una fuente de producción. Donald lo sigue a una pequeña habitación contigua al despacho.. Tal vez sea así en mi caso.. ¿Sabe cómo llaman los nativos a este rincón de la tundra? Tierra de Hambre. Es decir. Abre la boca en un amplio bostezo que muestra unas muelas ennegrecidas. —Usted pensará que un hombre al que envían a un agujero infernal como éste tiene que ser una mediocridad. lo reconozco.

preguntándose si Jacob comería de la mano de alguien.. Casi en el mismo momento. definida. —Quizá aún no lo sabe. Muchas cosas no sabré. liberador. por un momento temí que las cosas se pusieran feas. Admirable —murmura Donald. cada elemento encaja en su sitio y allí está ella. Cuando volvió con la noticia de la muerte de Nepapanees. —Yo sé que soy de segunda categoría. que ya ha mantenido otras veces. incómodo. después de tanto tiempo de tantear en la niebla. Siente un imperioso impulso de correr a su habitación y terminar la carta a Maria. Moody. con gran realismo. entera. —Me refiero a si es de segunda categoría o de primera. lo asalta la horrible sospecha de que Nesbit va a echarse a llorar. No le parece probable. generalmente al final de una larga velada de invierno. ah. ¿Y usted. —Insisto. por extraño que parezca. pero él les habló y enseguida todos comían de su mano. Umm. cómo encaja en el esquema de las cosas? —No sé si le he entendido. cristaliza en su mente la cara de Susannah con maravillosa nitidez. —No he dicho que haya de ser útil. Donald se pregunta si no estará un poco perturbado. Donald. Y en el mismo instante. él se siente distante y comprende que sus sentimientos hacia la muchacha no son inconmensurables sino que se concretan en simple admiración y respeto.. Pero sonríe. Extraño y. aunque Donald se precia de poseer criterio suficiente para poner en cuarentena tales alabanzas. La cáustica e imprevisible Maria. —Nesbit mira fijamente los reflejos ámbar de su vaso. —No lo creo. Es decir.Stef Penney La ternura de los lobos pero a él lo tratan como a un pequeño dios. no le cuesta creer que Stewart inspire devoción. Donald podría disfrutar con esta clase de discusión medio en serio. A él mismo Stewart le atrae tanto como Nesbit le repele. También evoca. —Yo. Pero salta a la vista. ¡Fantástico! Donald reprime una sonrisa. Este cinismo le da licencia para abandonar y ahorrarse esfuerzo. al mismo tiempo. Qué extraño descubrimiento. Ahora está ahí fuera hablándoles. adorable. pero eso lo sé. Todos los fracasos están disculpados de antemano. Usted puede afirmar que es prueba de valor aceptar su valoración de sí mismo. si tienes valor para verla. Pero. pero yo sugiero que eso es una forma de abdicar de sus responsabilidades en la vida. se ríe. la figura de la viuda que quedó en medio de la nieve mientras Stewart y Nesbit entraban en el puesto. —¿Me cree usted un fracasado? Donald ve de pronto la inquietante imagen de Nesbit envuelto en el oscuro abrazo de Norah. y saber el secreto del otro lo hace sentirse culpable. con un sobresalto. pero ha empezado a latirle la herida. con aquella expresión de amargo cinismo que ya resulta familiar—. Nesbit sonríe de un modo desagradable. durante un momento. —Ah. no sé si podría estar de acuerdo en que ésa sea una distinción muy útil. ¿usted lo cree? 250 .

Yo di un grito y salí al patio corriendo. estoy seguro. Ojalá lo tuviéramos aquí. por alguna misteriosa razón. Lo mismo sentiría yo. —Es usted un tipo excelente. el animal no podía haber cruzado la empalizada. pero comprende que no debe ser tan brusco. es como si durante los dos últimos días su cerebro hubiera estado dormido— que la presencia de un hombre no identificado debería interesarles. Quizá era él. Él sabe que el hombre del patio no era Olivier. se queda en suspenso. piensa Donald con acritud. y al mirar por la ventana casi me da un ataque al corazón. —Ni idea. Un solo compañero no basta. fue el invierno pasado. Sé lo largos que se hacen los inviernos. no había ido con la expedición de rescate. —Esta luz tan débil a veces engaña. pero yo habría jurado sobre una montaña de biblias que estaba allí. como siempre. aunque únicamente he pasado aquí uno. Y entonces descubre que.. Moody. no hay nadie. Pero imagino la frustración que produce un lugar como éste. Que yo sepa. yo estaba sentado a mi escritorio. pero. ladeando la cabeza. —Nesbit adopta un aire distante—. más alto que un hombre. Vaya. Donald aguza el oído. Desde luego. ¡Figúrese! «Estarías borracho». —¿Es un voyageur? —Donald desea preguntar directamente quién es ese hombre. Evidentemente. Ahí fuera había un alce. Sí. tal como usted ya sabrá. —Ah. Un hombre necesita compañía y distracción. no. todos los hombres excepto Olivier se han ido río arriba. —Ahora Nesbit sonríe ampliamente. —No. 251 . su amargura se ha desvanecido como por ensalmo. habría estorbado. al ir a servirse otro trago. mirándome fijamente. aquí al lado. pero no vi al animal. ¿ha oído eso? —Nesbit vacía el vaso y. —No. suponiendo que se trata de pasos en el corredor. Un día. Más robusto. y empieza a comprender — realmente. de repente se han implantado normas de limpieza más rigurosas y se ha barrido la nieve del patio. era mayor. Y tenía el pelo largo. Nesbit menea la cabeza y echa otro chorro de whisky en el vaso de Donald.Stef Penney La ternura de los lobos Donald ha de hacer un intenso esfuerzo para recordar la pregunta. al cabo de un rato da un pretexto para ausentarse y sale a examinar la nieve delante de su ventana. —Bravo. en absoluto. Ése es un problema que tenemos en invierno. —Antes he visto a uno de sus hombres —dice Donald de pronto—.. a pesar de que éste no lo había vaciado todavía. Y tampoco había huellas en la nieve. en vez de ayudar. aunque sea de primera categoría. aunque parecía tan borracho que. no. Por consiguiente. Incluso podría desenmarañar las cuentas que durante los dos últimos años he estado liando en un nudo de proporciones gordianas.

Pero el motivo más ostensible para venir a la ciudad es la Grand Western Opera House que los Knox visitaron la víspera para ver una muy comentada escenificación de Las bodas de Fígaro. enormes ojos oscuros acentuados por el maquillaje. ella lo había visto más relajado. Si ya es malo que esté desacreditado —o inhabilitado. Su padre refunfuñaba sobre la falta de aptitud de la cantante para el papel (refiriéndose a su voz más que a su raza) y discutía con su madre a propósito de la dirección orquestal. En resumidas cuentas. Se imponía ir a escucharla y. atrofiándose. al parecer sin hacer nada. A Maria. por falta de actividad. y Maria se preguntaba si la señorita Hammer no habría preferido cantar una de las partes femeninas. cuya particularidad era que Delilah Hammer cantaba la parte de «Cherubino». uno de los cuales se precipita en el otro por entre tenaces rocas. Pero. y la idea de que una mohawk cantara Mozart venía ocupando a ciertos cronistas desde hacía meses. Pero esta mañana él ha vuelto a su aislamiento. La ciudad es punto de encuentros: confluencia de dos lagos. con tal fin. aún es peor que pase horas y horas en su estudio. Durante un rato. Tenía cara de mozalbete. mientras discutían sobre la representación. Y a Maria le ha dado por volver a pensar en los misteriosos signos de la tablilla. desde Chicago y Milwaukee. La señora Knox está preocupada por su marido.Stef Penney La ternura de los lobos Sault Saint Marie es una población muy distinta de Caulfield. lugares más extraños y depravados que el más remoto de los puestos. Era más atractiva que las otras cantantes. había vuelto a ser el de antes. 252 . rugía de entusiasmo. El público. la cantante le pareció encantadora y muy original. no se sabe con exactitud—. la visita a la ópera parecía haber valido la pena. reacción probablemente no muy difícil de provocar en un lugar como éste. del este y del interior de Estados Unidos. mezcla de amantes de la ópera engalanados para la ocasión y tipos solitarios que sólo buscaban diversión. que carece de oído musical. Aquí convergen las rutas de navegación del norte. encrucijada de caminos que van de norte a sur y de este a oeste y frontera de dos países. con su traje masculino y el pelo recogido bajo una holgada boina. su brillante inteligencia debe de estar entumeciéndose. la señora Knox compró los pasajes del vapor y toda la familia arrostró la travesía por las aguas invernales. que tendían a la corpulencia. boca grande y dientes muy blancos.

esto es un emporio.. tentándola con un significado que exhibían burlonamente fuera de su alcance. el padre de Francis. abandonó la tarea con menos esperanzas de las que sentía al empezar. Para una muchacha que ha vivido resguardada en medio de la placidez del campo. Pero las pequeñas marcas cuneiformes no dejaban de girar en su imaginación e invadir sus sueños. Es estimulante el ajetreo del comercio. la misma suciedad. tenían en su poder la clave.. Cuando él vuelve la cara. pero son menos saludables que el Victoria y Alberto y están más alejados del teatro de la Ópera. o a una reunión para hablar de precios y salarios. Tendrá que ir cambiando de idea. Es realmente cómico que su madre piense que todo lo que no sea Caulfield es un antro de iniquidad. Pasan por su lado hombres presurosos que acuden a una cita urgente con el vapor que llega. Después de clasificar y reclasificar los grupos y atribuir distintas letras y sonidos a cada uno sin obtener más que un galimatías (da-ya-no-jite ba-lo-reya-no).. No había razón alguna para esperar que Maria Knox pudiera resolver el enigma.. tuerce hacia la derecha en dirección al lago. ella no era más que una campesina sin estudios superiores ni más conocimientos que los que podían proporcionarle un par de suscripciones a revistas y un artículo sobre la piedra de Rosetta. arañando el suelo con las patas de la silla—. —Está bien. —Sí. Ella deseaba ver la tablilla original. Maria juguetea con los restos del desayuno. reconoce en el hombre a Angus Ross.Stef Penney La ternura de los lobos Después de su visita a Sturrock. porque Maria está decidida a irse a Toronto el verano próximo. consiguió olvidarse de las preocupaciones familiares. Maria se encerró en su habitación con la copia de los dibujos y. De uno de estos establecimientos ve salir a un hombre y una mujer y los contempla distraídamente hasta que. también hay hoteles y pensiones. elucubrando sobre ellos. con un sobresalto. Un poco de huevo frío y el jugo del bistec enmascaran con un bilioso garabato el sauce que decora el plato. Me gustaría salir a dar una vuelta. el granjero de Dove River. o el señor Moody. Le han advertido que no se acerque a esta parte de la ciudad. más que a una letra del alfabeto romano. desde el primer momento interpretó que cada signo o grupo de signos podía corresponder. donde se acumulan mercancías de todo el Norte. Pero ten mucho cuidado. aquí se respira una vitalidad que no tienen Caulfield ni el almacén de John Scott. Guiándose por un artículo de la Edinburgh Review y también por su propia intuición. madre. —Maria ya está a mitad de camino de la puerta. La señora Knox junta las cejas y mira a su hija mayor. —Con permiso. En este extremo de la ciudad. donde pululan los tratantes de blancas. pero la advertencia ha dimensionado el atractivo. siguiendo su aparente disposición. Primero trató de descomponer los signos por grupos. el bullicio. —Maria se levanta. Al salir del hotel. y dando por descontado que Sturrock los había copiado con exactitud. a una palabra o un sonido. Por la orilla se extienden muelles y almacenes. Maria distingue claramente su perfil aguileño bajo el pelo rubio. donde quizá Francis. Lo 253 . y sus pensamientos se centraban en el Norte.

lo que la ha sorprendido. Quizá habría sido mejor que terminara el desayuno. ¿Eso es un acertijo? —Algo por el estilo. Pide una copa de jerez y un trozo de pastel de frambuesa y se sienta a una mesa del fondo. Nota que el otro cliente la mira y teme que se le acerque. diciéndose que ella no es de las que se dejan arrastrar por la imaginación. que forman una larga lista de palabras y sílabas sin sentido. vaya a tomar una copa. a pesar de que el señor Ross y la mujer no hacen nada más que cruzar la calle. por si pasa por allí algún conocido. al fin y al cabo. pero dentro no hay nadie más que el hombre del bar y un cliente que come en una mesa. para ver si alguien la observa—. dadas las excepcionales circunstancias. la observa con mirada afable e inteligente—. en el que hay objetos que ella mira sin ver. saca los papeles con los esbozos que ha hecho en sus intentos por descifrar las marcas. porque no sé en 254 . y decide no volver a mirarlo. Maria no se mueve hasta que la pareja se pierde de vista. Allí parece haber algo no del todo lícito. sí. —Gracias. la asalta de pronto la sospecha de que el señor Ross puede haber eliminado a su mujer. señorita. Él no la ha visto. Y se le ocurre que. Cuando le sirven lo que ha pedido. Estoy tratando de descifrar un código. Maria elige un bar de aspecto tranquilo. da un paso atrás y se vuelve a mirar el escaparate de una tienda. Maria se siente enrojecer de vergüenza ajena.. Y. Al llegar a este punto. Saca un lápiz y se dedica a anotar sus deducciones. que además de libros edificantes también ha leído novelas truculentas. para dar a sus ojos algo que mirar. pero eso es sólo lo que dice el marido. ella y la señora Ross podrían tener algo en común. a la que nadie ha visto desde hace semanas. Se le acelera el corazón al recordarlo. Pero es inútil. ¿Y qué le ha pasado a Francis? El señor Moody y su amigo salieron en su busca. Tan absorta está que no advierte que el dueño del bar se le ha acercado hasta que el hombre carraspea. y por eso no han regresado. y entra. Quizá —mira alrededor.Stef Penney La ternura de los lobos que la ha impresionado es que la mujer que va con él no es la señora Ross. ¿Le sirvo otra? —Tiene en la mano la botella de jerez. que tiene un bigote castaño de guías largas y caídas. por cierto ¿dónde está la señora Ross? Ha ido a buscar a su hijo. El pastel estaba muy bueno.. Maria se reprime. Quizá el señor Ross ha matado también al señor Jammet. Impelida por la audacia de su propósito. un poco apartado de la orilla. sentado de espaldas a la puerta. pero está segura de que acaba de presenciarlo. Nunca ha tenido motivos para sentir simpatía ni antipatía por la señora Ross — que es bastante adusta—. —El hombre. Como el señor Ross. y Maria. instintivamente. pero ahora la compadece. Ahora descubre que es un indio de aspecto desaliñado. muchas gracias. —Perdón. A Maria. Inspira hondo para cobrar ánimo. Ella nunca ha sido testigo de un acto indecoroso. —Oh. pero no deben de haberlo encontrado. —Y lo estaba realmente. quizá. Está un poco trastornada.

. y se encoge de hombros ligeramente... ¿Por qué piensa eso su amigo? —Ya lo sé.. es una cara interesante. —Joe.? Él se sienta. Disculpe. Ha sido una impertinencia por mi parte. Soy la señorita Knox. He tratado de descifrarla. De alguien que las conozca todas. Maria vislumbra unos ojos inyectados en sangre y empieza a arrepentirse de su decisión. agradable. hmmm. —Hola.. una sonrisa profesional.. no debe permitir que un cuello mugriento la aparte de la senda del conocimiento. Maria presiente que va a ponerse colorada.. como reconociendo que la palabra no es la adecuada pero no ha encontrado otra mejor. —Sí. —Ya veo que no lo desea. señorita? ¿Ve a ese caballero que está ahí sentado? Él conoce muchas lenguas indias. Gracias por. aunque yo diría que es una lengua india. verá. Huele a ron. con el vaso en la mano.. Esto no es más que una copia. El dueño del bar se acerca a la otra mesa y dice unas palabras al hombre. Aquí tengo un fragmento de una inscripción que. Si él no tiene inconveniente. Sí. —Ella se encoge de hombros y sonríe ante tal imposible. pero. Si quiere. Se lo agradezco. nada de eso. Pero el hombre se levanta y se acerca a su mesa. Se da cuenta de que está sonriendo demasiado. —¿Se refiere a si es francés o italiano? —Sí.. Mira los papeles sintiéndose como una colegiala boba. —¿Me permite una sugerencia. Ella lo mira con una sonrisa breve. —No. un amigo mío piensa que puede corresponder a una lengua india. una intelectual. o lo fue..Stef Penney La ternura de los lobos qué lengua está escrito. puedo presentarlos.. —Dice Fredo que busca a una persona que conozca lenguas indias. Pues necesitará ayuda. él ha investigado y esas figuras... Aun así. El hombre es mayor de lo que le había parecido: tiene canas. —Las lenguas indias no tienen escritura. sin saber qué lengua puede ser. más asustada ahora que están cara a cara. pero. confía ella. —Sí.. claro. Maria yergue la espalda. y hay tantas.. las mejillas flácidas y los ojos inyectados en sangre. —El dueño del bar sonríe. pero se parecen a dibujos indios que he visto... ¿Señor.. Será. —Ah. —Ah. bolsas debajo de los ojos. Esto es lo que se gana entrando en establecimientos poco recomendables: ahora es víctima de su atrevimiento. —Es perfectamente. 255 .. El hombre observa la mirada recelosa que ella dirige a la espalda encorvada y el pelo grasiento que se riza sobre el cuello de la chaqueta. muy interesante.. Si ha de ser una mujer de estudios.

Se lo diré.. ¿cómo la ha llamado? Maria se siente más valiente con Fredo a su lado. buscando con la mirada a Fredo. Yo no tenía ni idea. incluso triste. señorita. y se acerca. Esto es un disparate. parece otro. No sé qué insinúa. eh? ¿O Andy Jensen? ¿Ha sido Andy? —No sé de qué me habla. el señor Joe piensa que quiero gastarle una broma. Y no es una broma. Hay que atribuir sonidos supuestos a cada signo. El hombre echa el cuerpo atrás y sonríe. señorita? ¿Alguien le ha dicho que yo estaba aquí? —No. con el gesto alerta y la postura erguida—. Yo no gasto bromas.. el que tiene esa. por supuesto que no. ¿Cree que aquí dice eso? La actitud del hombre es más agresiva. —¿De donde está copiado? —De una tablilla de hueso. —Está bien. —¿Cómo se llama su amigo. Ahora Fredo capta el tono de la muchacha. Vamos. ¿El rescatador? 256 . Él se acerca los otros papeles con el resultado de sus tentativas de descodificación. —¿Sturrock? —Joe se pone muy serio.. la impulsa a responder. por fin. Golpea el papel con el índice. —¿Quién ha sido? ¿El canalla de McGee.. Desea que por lo menos la tome en serio... pide disculpas a la señorita. —Vuelve la cabeza nerviosamente. —Al parecer. Sólo me gustaría conocer el nombre de su amigo... a pesar de que el hombre le resulta repelente.. la mira. letras y sonidos. y probar. Su método no tiene nada de malo. —Deganawida. pero el dueño está sirviendo a unos recién llegados. Él examina las hojas. —Joe. Lo ha sacado de la Edinburgh Review. —Lo siento mucho. Joe cierra los ojos e inclina la cabeza. No sé quién es usted. Tom Sturrock. con un gesto extrañamente delicado que devuelve a su devastado rostro una distinción que los años y el alcohol han borrado de él. —Son simples pruebas. —¿Es una broma. Maria levanta la frente con gesto de desafío. —Sólo quiero saber su nombre. ella le acerca el papel.Stef Penney La ternura de los lobos Sin saber por qué. Eso lo he obtenido de una. es una mueca burlona y hostil. Ochinaway. Joe. una combinación de. son lo que obtuve probando equivalencias entre los signos. —¿Qué son esos nombres? —No son nombres. se llama Sturrock. A Maria le gustaría estar en su hotel. Y algo que ha visto en la cara del hombre cuando ha cerrado los ojos.. Él observa el papel sin decir nada. un gesto sufrido y resignado. señorita? —insiste Joe. He hecho muchas pruebas. sosteniéndolas a la luz para verlas mejor. —Perdone. tienes que marcharte.

Habitualmente es muy tranquilo y afable. Maria se impone. —Lo siento. no puedo consentir que pague. Maria mira a Fredo interrogativamente. señorita. lo fue. Sale del bar con un crujido de papeles y muestras de cortesía y se aleja rápidamente del lago. —No. Mi padre estará esperándome. no creí que se pusiera así. quizá.. ¿Cuánto le.Stef Penney La ternura de los lobos —Sí. y la senda del conocimiento ha resultado pedregosa y accidentada. Mientras da unas pinceladas de emoción a la aventura de la intrépida heroína. Cuando deja atrás los muelles. no... Tras un rato de insistencia por ambas partes. algo que haga salir a su padre de su letargo.. le deseo suerte..? —No. Maria.. señorita. pero él parece tan sorprendido como ella. más tranquila. con la mirada fija al frente. Pero al menos tiene algo que decir al señor Sturrock y. 257 . peleando con el nombre. ¿Lo conoce? —Hace muchos años. y salude a su amigo de parte de Kahon'wes. Bien. Le traeré otro jerez o un trozo de. muchas gracias. casi consigue convencerse de que en ningún momento ha sentido miedo. se levanta y sale del bar. Considera que no sería un buen precedente quedar en deuda con un extraño. Maria arruga la frente. La mañana le ha deparado más emociones de las deseadas. ¿Ga-hoo'ues? El hombre. comoquiera que se llame. modera el paso y se dedica a componer su relato. Tengo que irme.

Los árboles son distintos. Espen trata de disimular el miedo. No viajamos en círculo todo el tiempo. ¿verdad? —pregunta él. Sólo hay que seguir adelante.. al cabo de un rato. pero no tiene ni idea de cómo construir un refugio ni encender fuego con tanto espesor de nieve. pero llegaremos. —¿Ver el qué? ¿A qué te refieres? —Su imaginación puebla el bosque de osos. con la garganta seca de sed y los labios cortados por el frío. tranquilizarlo. nos 258 . La nevada nos ha retrasado. —Nuestro rastro. Espen calla. Nos hemos desviado. pero está decidida a no rendirse. El bosque cambia. hemos viajado en círculo. a no llorar. de manera que se detienen. Estoy segura de que mañana llegaremos al río. de modo que debemos de estar avanzando hacia el sur. Los niños miran la escena con lágrimas de decepción y frío. Él no parece convencido.Stef Penney La ternura de los lobos La luz es débil bajo los árboles y huye temprano. no tengo ni idea. —Ahora tiene que dominarlo.. Probablemente no sea un círculo muy grande. Además. antes de que hierva el agua. Line no cesa de hablarles para darles ánimo. Al verlo me he desviado. a no mostrar miedo. los niños no paran de protestar. Espen la mira torvamente. —Tú no lo has visto. hacerle comprender que ella todavía controla la situación—. amor mío. No te rindas ahora. —Line. Ya estamos cerca. Limpia una porción de tierra y. Esta mañana hemos vuelto sobre nuestro propio rastro. Hemos cabalgado en círculo. ella dice: —Mañana llegaremos al río. No sé en qué dirección vamos. pero. consigue prender la leña húmeda. Ella le toma la cara entre las manos enfundadas en las manoplas: hace mucho frío para buscar más intimidad. la nieve de alrededor se funde y apaga las llamas. Cuando lleguemos a Caulfield y consigamos habitaciones. Ella nunca lo ha visto tan desanimado. más altos. Baja la mirada como el niño rebelde que no quiere ceder pero no tiene alternativa. indios que blanden hachas y lobos de ojos fosforescentes. Line lo mira fijamente. Lo he observado claramente. sin comprender. —Espera. Nunca había hablado tanto. Cuando Torbin y Anna caen al fin en un sueño de agotamiento. Sin la brújula y sin sol. —Espen. Nos hemos desviado una vez.

—¿Y si lo dejáramos? Más adelante podríamos volver a buscarlo. Esto me agota. siente en la piel el cosquilleo del sudor. —¡Ja! —Line sonríe. y estoy seguro de que no es buena para ellos. Tiene el lomo más hundido que la víspera. ¿Quería ella que Janni desapareciera en la tundra? ¿Quería ella vivir en Himmelvanger? Pero. por lo menos. A lo lejos. oye el estallido de la savia al congelarse. Line. Cansa más llevar —mejor dicho. Espen lo lleva de las riendas.. las cosas se arreglarán. desde su agotamiento. y los ojos empañados. ni bebido. Al cabo de una hora. por lo menos en algún trecho. le parece oír aullidos en el vacío de la noche. y a pesar del frío. hay menos espesor de nieve. no podrías. abrazando a los niños entre los dos. Se mantiene en pie. Mientras yacen bajo el lastimoso refugio. No es de extrañar que siempre consigas lo que quieres. y es lo que importa. Por la mañana. A algún sitio llegaremos. —Eres una vargamor. el caballo de Espen no quiere moverse. —No creo que pudiéramos. Iríamos más aprisa si lo dejáramos. Tú no podrías. —Esto es un disparate. Me parece que pronto se tumbará. Esto lo hace reír. Le da un beso. Espen trata de hacerle comer harina de avena diluida en agua caliente pero el animal vuelve la cabeza. Cuando por fin se ponen en marcha. —Llegaremos. o eso parece. hacer que todos sigan adelante. pero en una triste postura de abandono. No. ¿Y si ya estuviéramos llegando al río? —Continuemos un poco más.. Quizá mejore. pero lo que él dice le parece injusto y falso. ¡Quizá mañana lleguemos al lago! Entonces te sentirás ridículo. Espen llama a Line. Es verdad. que suena como un disparo de pistola. Ha dejado de nevar y no hace tanto frío. Los animales no han comido lo suficiente. y los dos niños montan delante de Line en el otro caballo. Sólo se tardan tres días en cruzar el bosque.Stef Penney La ternura de los lobos sentaremos delante de un buen fuego y nos reiremos de todo esto. 259 . y el suspiro de la nieve que resbala de las ramas. —No seas tonta. ¡Qué aventura para empezar nuestra vida juntos! —¿Y si no llegamos a Caulfield? Mi caballo está enfermo. El caballo agacha las orejas. Increíble. —Cada vez me cuesta más hacerlo andar. Pero sería horrible. ya casi no nieva y. ahora está más animado. —¿Quieres que lo lleve yo un rato? Tú puedes montar con Torbin y Anna para descansar. El mío ha estado comiendo cortezas de árbol. arrastrar— al caballo que caminar simplemente. Ha comido corteza de árbol y mancha la nieve con una diarrea que le resbala por las patas. Si puede hacerle seguir adelante.

—¡Un cazador! —exclama Espen. Había imaginado muchas cosas. la civilización está cerca. No tardaré. El caballo la mira con un parpadeo de advertencia. —¿Cómo piensas volver? —pregunta Line con aspereza. Sólo para cerciorarme de que estamos en el buen camino —agrega Espen rápidamente. una Line distinta lloraría por tener que abandonar el caballo a su suerte. Ha sido un rifle. —Enciende fuego. porque alguien tenía que decirlo. A varios pasos de distancia. En otras circunstancias. No tardaré. Debe de estar muy cerca. y suena de otro modo. Ella toma una decisión—. cuando Line abre la boca para hablar. Allí hay seres humanos. Jutta. —Line le acaricia el cuello. se vuelve hacia ellos. Sus pasos se desvanecen en el silencio. Todos se miran. Parece muy seguro. como se les ha ordenado que se muevan para mantener el calor. pero no que un caballo enfermo pusiera obstáculos en su camino. Si no puede seguirnos. volveré enseguida. alborozado. lo prometo. Diremos a los niños que volveremos a buscarlo. Espen asiente cansinamente. juegan sin ganas.. —Pobrecito Bengi. Espen los mira con una sonrisa amplia y confiada y se aleja entre los árboles.. —Demasiado fuerte. —Me parece que ha sonado por ahí —añade—. lanza un largo suspiro equino. De pronto. Van hacia los niños. Lo dejamos.Stef Penney La ternura de los lobos Line suspira. —Voy a ver si lo encuentro. el otro caballo. resuena entre los árboles una detonación. Es tan fuerte que Anna da un brinco y por poco cae al suelo. Los niños gritan de júbilo y Line se deja convencer. —¿Estás seguro de que no era el crujido de la savia al helarse? — pregunta Line. Si no lo encuentro. En aquel momento. —Espen empieza a gritar en inglés—: ¡Hola! ¡Eh! ¿Quién está ahí? ¡Hola! Sin esperar respuesta. 260 . Pero esta Line no. los niños han desmontado y. tenemos que dejarlo. Alguien está cazando cerca de aquí.

Le tienen respeto. Ahora no estoy segura. como si unos y otros lo considerasen un renegado. De no ser así. Al principio pensaba que todos respetaban a Stewart. No me atrevo a seguir acercándome. Me gustaría saber cuáles son sus tareas. Hace dos horas que ha regresado la expedición de rescate.. algo sobre «descuido». se mantiene apartado. no se comprende por qué él lo consiente. ¿Ha insultado a Stewart? ¿A otra persona? Unos pasos fuertes se acercan a la puerta. Norah lo detesta y. tienes que vigilarlo mejor. A la bonita Nancy la he visto varias veces en el corredor.Stef Penney La ternura de los lobos Es interesante contemplar el ir y venir de la gente del puesto. Él se mantiene cerca de Stewart. la cocina y el comedor.. ya que ni limpia ni sirve a la mesa. andando de puntillas y encomendándome al santo patrón de los suelos de madera.. para que no permita que crujan las tablas. Me acerco por el corredor. Esto me alarma. He estado deambulando entre mi habitación. y hasta lo apreciaban. si bien es de suponer que por Nesbit siente cierto afecto. le hace los recados y hasta imita sus gestos.. Quizá guisa. ¿Quién si no? Y hay más. Medio hombre. tanto blancos como indios. Murmullo grave de Stewart. ya te he dicho que no lo sé! Sólo sé que ha desaparecido. lo que hace que Norah me mire con malos ojos. He observado que Olivier no es popular entre los otros empleados. El murmullo es ahora aún más bajo. pero poco después de las seis mi vigilancia da sus frutos: del despacho de Stewart salen gritos. Moody está sentado al lado de la chimenea y levanta la cabeza cuando 261 . La manera en que se congregan y disgregan las personas. Es la voz de Nesbit y tiene una nota de histerismo. —¡Por Dios. tan ruda se muestra con uno como con otro. De los demás. ¿Qué ha querido decir Nesbit con lo de «medio hombre». pero por precaución. Estoy a la expectativa. buscando pequeñas tareas: recoger astillas (que antes he arrojado fuera) o limpiar el café derramado. Trata a Stewart con una insolencia que hace pensar si no tendrá cierto poder sobre él. Yo me escurro rápidamente y llego al comedor antes de que salga alguien. —¡Eso no me importa. el respeto que inspira un animal que puede ser peligroso. —Ha tenido que ser uno de ellos. joder! ¡Me lo prometiste! ¡Tienes que ayudarme! Otro murmullo. sí.

por Dios. no queríamos que Moody se enterara. pero no se atreve.. Tiene mirada asesina. Arruga el ceño. Estaba bien hasta hace unas 262 . —Oh.. Si llega a oídos de la Compañía.. Retrocedo por el desierto corredor. Recuerdo lo que es eso. aunque sin acercarse mucho. ¿Puedo pasar? —En este momento estoy ocupado. —Soy la señora Ross. con aspecto de haber estado de bruces sobre él. —Vive aislado.. —¿Nepapanees? Entonces. Stewart trata de protegerlo. perdone. ¿verdad? Lo obliga a suplicar. por su familia. me recuerda a un animal acorralado. Tiene la cara pálida y reluciente de sudor y está más despeinado que de costumbre. Llamo con los nudillos. Fuera hay silencio—. Enseguida vuelvo. Vuelve la cabeza hacia un lado y otro. Estoy desolada. —¿Qué hay? —Es la voz de Nesbit. —Se lo daré si me dice una cosa —respondo. Nesbit hace una mueca. Aprieta los puños. Ahora tengo toda su atención. Muy malhumorada. Parece aliviado. ¿Quién? Dígame quién es y se lo devolveré.. —¿Por qué supone que he perdido algo? —Lo guarda él. —Dígame a quién hay que vigilar —digo—. como un salvaje. Por un momento siento compasión. señor Moody. —Ya lo sé. Abro la puerta de todos modos. Él se relaja. Doy otro paso y cierro la puerta a mi espalda... ¿no ha muerto? Nesbit menea la cabeza. ¿A quién se refería? Ahora mismo ha dicho a Stewart que lo vigile mejor. Sonríe a medias. He roto la jarra de la leche. Es Nepapanees. Perdone. Es como si le hubiese arrancado una máscara. si me disculpa. —Dejo la cafetera. pero ahora tiene esperanza. Uno de nuestros hombres se ha vuelto loco. Lo lamento.Stef Penney La ternura de los lobos entro. —¿Dónde está? ¿Qué ha hecho con ello? Démelo. le gustaría pegarme. Se levanta y da un paso hacia mí. pero he olvidado una cosa. —Señora Ross. La puerta del despacho de Stewart está cerrada. —No tiene importancia. se pone lívido. Quizá yo pueda ayudarlo. él lo ha adivinado. le veo bajar la cabeza. —¿Usted? ¿De qué habla? Pero casi desde el momento en que he cerrado la puerta. —Le he dicho. Mientras cierro la puerta. —¿Ha perdido algo? Sé lo molesto que es eso. Nesbit me mira desde detrás del escritorio.. ¿De quién no se debe hablar? —¿Qué? —La primera noche le oí decir a una mujer que no hablase de él. Ha dicho que era medio hombre. me gustaría hablar con usted. Nesbit me mira con ceño de incomprensión e irritación.. —Un momento. Ahora..

Saco del bolsillo el frasco que ayer cogí de debajo de su colchón. Ahora su voz vuelve a ser grave y serena. —¿Me lo da? Siento el deseo de estrellar el frasco contra el suelo. —Avanza otro paso. mientras él estaba con Moody.! Quiero decir. Qué no daría yo por quitárselo y beber de él. es terrible. —Hace poco estuvo fuera. se vuelve de espaldas y bebe. pero quizá no puede tomarlo de otro modo. y aún me parece estar viendo a Elizabeth Bird arrodillada en la nieve. Stewart pensó que era preferible hacerles creer que había muerto. Eso es todo. —Por favor. No sé qué pensar. ciega de dolor. ¡Ja. Tomado así tarda un rato en hacer efecto. ¿Nepapanees. Lo agarra. —No sé. el loco asesino de Jammet? ¿No es eso lo que yo quería descubrir? Pero no experimento sensación de triunfo.. comprueba el nivel —un acto reflejo—. Ni satisfacción. de espaldas a mí. Se ha quedado quieto. No sé qué más decir. Un resto de decoro lo induce a mantener cierta discreción. Regresó hará unos diez días. Sería una vergüenza para su familia. Lo dejo de pie al lado del escritorio.. ¿no? —Va y viene. porque algo no encaja y no sé qué es. escaldarse deliberadamente la piel. 263 . Miro el frasco que sostiene en la mano. pero erguido y firme. —No sé adónde va. un perturbado. pero se volvió loco. Él me mira a hurtadillas. —Vuelve a mover la cabeza—. Nepapanees. —Hace tres semanas. mirando las cortinas.. O preguntar. Me hace recuperar la sensatez. —¿Eso es verdad? —Sí.Stef Penney La ternura de los lobos semanas. No me mira. —¿Y dónde está ahora? —pregunto.. Puede ser peligroso. Vuelvo al comedor. Confío en que lejos de aquí.

tratando de minar su fuerza. Elizabeth. no se lo pondrá fácil. Si deseas algo. Las voces se alejan. Hace una vida. Sería largo de contar. ¿Habéis encontrado el sitio? La mujer asiente de nuevo. Una herida grave. por favor. Bien. Aún está aturdida. ahora se siente cohibida. como el padre de un hijo rebelde: dispuesto a ser indulgente. Oye hablar en inglés al otro lado de la puerta. que ha obrado movida por un impulso que no sabe a qué atribuir. Elizabeth se levanta rápidamente y sale a la puerta. Aquí siempre tendrás un hogar. —He estado pensando en lo que pudo ocurrir. Estoy seguro.Stef Penney La ternura de los lobos Stewart va a casa de la viuda cuando regresa la expedición. Por espíritu de contradicción. —Su espíritu descansará en paz. de doblegar su voluntad. fue un momento de furor que ahora lamento. piensa. Ella asiente con la cabeza. si tú quieres. Moody la mira inquisitivamente. Stewart dice al Ojos Redondos: —Yo que usted no entraría ahora. pero dentro de cierto límite. relucientes como las moscas que se alimentan de carroña. pero sus movimientos son un poco rígidos. Los dos hombres se vuelven.. cuando aún tenía marido—.. Parece apenado. dondequiera que esté su cuerpo. ella mueve la cabeza afirmativamente. —¿Se encuentra bien? ¿Está mejor la herida? —Ella le mira el estómago que le vendó hace cuatro noches. lo siento. Es decir. —Señor Moody. Moody insiste en sentarse en el suelo. Por tercera vez. —Te dejo. «Vete al infierno».. Los asesinados no descansan en paz. Puedes seguir aquí. ¿Alguien quería matarlo? —No —ríe él—. Ahora ella no asiente. lo mismo que ella. Es más fácil que hablar. No debes inquietarte por el futuro. Porque él la mira fijamente. sorprendidos. ella no lo mirará. Si puedo hacer algo para ayudar. 264 . Entre si quiere. la mujer siente fijos en ella aquellos horribles ojos azules. —Elizabeth. desde luego. —Si te preocupa. La mujer ladea la cabeza. Yo venía a ver cómo está usted... pídemelo. Quiere que él se vaya.. Sin mirarlo.

—¿Y? —Mi padre me encontró. Pedí a Dios que me mostrara el camino de mi casa. no había sentido la necesidad. Ahora parece cohibido. Ha ocurrido algo. —Amy. Elizabeth vierte té en tazas de hierro esmaltado.» Si por lo menos pudiera rezar para pedir orientación. No se limita a decir lo que le parece obligado sino que reflexiona. Ni mucho menos. del mismo modo en que respiran sus pulmones. la mujer ha dicho algo de interés vital. acudimos a Dios sólo en momentos de apuro o necesidad. Parece fascinado porque. —Supongo que sólo rezamos. Vuelve a sentir el sabor del agua del río. Tenía miedo de acabar vagando por el monte hasta morir de hambre. el otro día.. amarga como la traición. y yo nunca me he sentido muy apurado ni necesitado. Yo sólo rezaría para pedir justicia. como si acabara de descubrirle una mancha en la cara. y también que no se precipite a llenar todos los silencios. Y tú debes encontrarme. en su interior. Quizá el gamo era una señal: «Me han matado. Nunca había pensado mucho en su fe. —Cuando era niño. —Yo no puedo. andando despacio. —¿Es cristiana desde niña? Ella sonríe. Sonríe. vuelve con Mary. por la puerta de la casa entra la pequeña con pasito inseguro. —Bueno. Moody deja la taza en el suelo y se abraza las rodillas con sus huesudas muñecas. Pero supongo que no todas las oraciones pueden ser atendidas. Usted fue amable conmigo. de pronto.. me perdí en unas lomas cerca de mi casa. —Sí. 265 . Aún no. Ahora que la necesita parece haberse desvanecido. Hace poco que anda. pero a la iglesia de madera no puede ir. otros dioses. A ella le gusta esto. rezo. Medita la respuesta. —Yo no rezaría para que mi marido volviera a la vida. —Entonces habrá conocido. a Dios gracias. como si tuviera dificultad en ordenar las palabras. —¿Justicia? —Él la mira sorprendido. Me parece que no había rezado nunca. —Los misioneros me bautizaron cuando tenía veinte años. Él la mira interrogativamente. En ese momento. Es la iglesia de Stewart y le repele. —¿Usted reza? Moody la mira desconcertado. ¿Les reza? —No lo sé. que existía con independencia de su voluntad. Es decir.. —Sí. No todo lo que debería. —Él se interrumpe—. Estoy hablando. Habla despacio... Entonces recé.Stef Penney La ternura de los lobos —Gracias. Suponía que estaba ahí. —Rezar. —Sus oraciones fueron escuchadas —asiente ella. Quizá la ha descuidado. Dice bien.. La niña mira a Donald y se va. Anduve extraviado un día y una noche.

pensará que soy impertinente. Stewart mató a su marido? —Sí. pero acaba de ocurrírseme una idea asombrosa. —Amy. Esto no va con el carácter de Donald. —¿Es Amy Seton? —Moody se inclina hacia delante. Un padre.. pero me gustaría saberlo. Ahora comprende que no debió hacer una pregunta tan personal. Y su. la voz de él vuelve. Un espasmo como de risa la ahoga. la hermana no. sus hijos. Están un rato sin hablar. —¿Por qué había de hacer tal cosa? —No sé por qué. señor Moody. ¿Su marido estaba loco? Elizabeth abre mucho los ojos y se siente muy pequeña y muy débil.. se ha quedado pensativo. El nombre de su hija. Pero no puedo menos que pensar. una Seton? Elizabeth mira fijamente las llamas. contemplando el fuego que crepita y sisea. Bonito nombre. Prometo por mi honor guardar el secreto. Aquí el único loco es Medio Hombre. La mujer tiene la impresión de observar desde muy lejos cómo él se queda con la boca abierta y se lleva una mano al estómago. Poco a poco. Ella lo mira fijamente. Cosas que creía olvidadas se le aparecen de pronto con perfecta nitidez.. ansioso. Él mueve los labios: está disculpándose. sin apartar los ojos de ella—.Stef Penney La ternura de los lobos Elizabeth deja la taza. piensa ella.. se lo nota en los ojos.. de pena o de rabia. pero de pronto ha sentido la cara mojada—. —Ella no comprende por qué no vuelve su padre. —¿Qué dice? ¿Que.. —Perdone. desfallece... Yo me llamo Elizabeth Bird. Pregunte a quienquiera. no puede asimilarlo. Moody suspira y luego sonríe. Entonces él dice: —Perdone que le haga esta pregunta. Se desmorona.. —¿Medio Hombre? ¿Quién es Medio Hombre? 266 .. No estaba loco. pero no puedo callar. no lo sabe. La mujer no quiere darle esta satisfacción. jadeando como un perro. —No sé qué quiere decir. No. Usted tiene aquí su vida. Este hombre debe de saber algo... Una madre. No lo diré a nadie si no quiere. no habrá sido. sintiendo el vértigo de un inminente descubrimiento sensacional—. con una mueca de angustia. —¿Él ha dicho eso? —Las lágrimas le resbalan por la cara. como desde muy lejos. ¿Qué puedo hacer yo? ¿Qué va a hacer usted? —¿Que lo mataron? ¿Qué le hace pensar eso? Ella lo ve pasar con dificultad de una forma de emoción a otra. Diga si me equivoco. Él no tiene derecho.. —Ríe tímidamente. A mi marido lo mataron.. Ella no es un botín que se descubre ni se reclama. ¿No era. Finalmente se repone. Se ha puesto colorado. Una hermana. A la hermana no la había olvidado. Le zumban los oídos y no oye lo que él dice a continuación. Es mentira. Comprendo que no es el momento. No sé cómo decirlo.

Se pone a dar vueltas alrededor del fuego—. Si tan listo es. ¿por qué no abre los ojos? 267 . si tan claras ve las cosas. y todo a la vez. —Elizabeth se levanta.Stef Penney La ternura de los lobos —Ese del que él no quiere que hablemos. Ya es demasiado.

No hemos terminado. Un testigo que confirme sus palabras. Necesitará un testigo. Ya debe de conocerme bien para sorprenderse. Así ha sido desde el día que nos conocimos en Dove River. preguntándome qué querría. que yo estaba en el negocio con Jammet. Él no estará solo. Seré otro par de ojos.Stef Penney La ternura de los lobos —Me iré mañana si el tiempo lo permite.. Una prueba. si no lo sabe ya. por si lo conduzco hasta las pieles. un ahogo terrible. no dejará de seguirme. —Es muy peligroso. pero usted estará. Iré con usted. llevará consigo a ese. Extiende la mano casi hasta mi cara... Medio Hombre. y si estoy en lo cierto. más que la confesión de Stewart? —No puede ir solo... No puede ir solo. como si tuviera la difteria. ahora con amabilidad. Miro a Parker fijamente. Siento lágrimas en los ojos que amenazan con desbaratar mi 268 .. más suave. o quizá sea efecto de la media luz de la lámpara. —¿Cómo piensa terminar? —pregunto. Parker vuelve a sonreír. Ahora su expresión parece distinta. Tiene que ver cómo Stewart me sigue. menos hermética. —Se interrumpe—. Le diré que me marcho.. —Pero si él hizo matar a Jammet. —No puede irse.. ¿Qué prueba puede haber. Puedo. Repaso los hechos. Él me mira un instante. pero ahora lo sé. Parker se encoge de hombros. Entonces comprenderá. Me he quedado boquiabierta.. Ya respiraba agitadamente desde que ha llamado a la puerta de mi habitación y le he hecho pasar. —Me parece que no hay otra manera de terminar —dice. —Por la mañana me las arreglaré para que Stewart vea la etiqueta que usted me dio. Él debe quedarse. Parker reflexiona.... como el que se siente desafiado más que sorprendido. Así sabrá. por más que le desagrade— a que Parker nos haga de guía.. también lo matará a usted. —¿Piensa que yo debería llevar a Moody? —La idea le hace sonreír —. sin llegar a tocarla. He dicho que no hemos terminado sin saber exactamente a qué me refería.. ¡No debe ir solo! Me arden las mejillas. Y si él es la clase de hombre que yo creo que es. —Pero.. De pronto siento una fuerte presión en el pecho.. —Yo lo estaré esperando. Nos hemos acostumbrado —también Moody.

como no sea la de matarlo a usted. pienso. Quizá Stewart hable. Pero. aquello que más deseas te rehúye. Mañana por la mañana lo decidiremos. no convencerá al señor Moody. porque estaba enterado y le repugnaba. Hacía tiempo que me preguntaba por qué Angus se había distanciado de mí. Y. Me despierto en plena noche. en medio de un silencio tan pesado que tengo la impresión de que no podría levantarme de la cama por más que lo intentara. desde luego. Y luego. si él sabe mi nombre de pila. puedo admitir estos pensamientos. que pican. Hundo la cara en la almohada. Deseo volver a dormirme porque sólo en el sueño puedo rebasar los límites de lo que es posible y lícito.. para esquivar a mi marido. Trato de mantener la voz firme. ofendida e irritada.Stef Penney La ternura de los lobos compostura. —Buenas noches. señora Ross. la cosa había empezado mucho antes. que huele a moho y humedad. Sueño con Angus. Sería concluyente. cerrando la puerta sin hacer ruido. Él no me lo reprocha. Esa noche sueño.. entre las muchas cosas que podría o debería preguntarme. Me muerdo la lengua.. de visiones delirantes que me asaltan. La pregunta suena dentro de mí con tanta fuerza que no estoy segura de no haberla formulado. Pensamientos que vienen no sé de dónde. de un modo vago e inquietante a la vez. Vuelvo la cabeza hacia uno y otro lado. como he podido comprobar tantas veces. Se va. No puede. pero Parker no da señales de haberla oído. mi dignidad.. —No sé qué prueba imagina que pueda aportar Stewart. Buenas noches. todo. Durante unos minutos me quedo clavada al suelo y me pregunto.. Tengo en la cara lágrimas medio secas y frías. pero en esta habitación son dos las personas que no abandonan un asunto hasta que está resuelto. —Debería quedarse. 269 . señor Parker. Únicamente aquí. Yo suponía que era por algo que yo había hecho. eso no probará nada. —Parker mira el suelo y en su voz hay una nota de impaciencia—. Parker quizá no se haya dado cuenta. cuando Parker me habló de Jammet. creí que era por Francis. ¿si lo hace matar por otra persona? ¿Cómo podríamos entonces atribuirle el crimen? Si usted se va solo y no regresa. En realidad.. —Bien. La funda de algodón está fría como el mármol. Moody la necesita. Está perdido. «¿Y yo no lo estoy?». sola y a oscuras.

En este momento. la puerta y hasta a través de las paredes. él no le dijo nada en realidad. Eso se dice. con una cafetera en la mesa y fuego en la chimenea. Es Parker. Pero a distancia ve con más claridad que en Caulfield que Susannah tiene una naturaleza fuerte. es el correcto: después de exponer sus pensamientos —qué alivio poder decir lo que piensa—. La estación avanza. Se siente incómodo. y así lo ha hecho saber a Parker y la señora Ross. tendrán que irse pronto si no quieren quedar aislados en Hanover House. como nunca se había visto en esta situación. Stewart está en su despacho. pero un fuego que está perdiendo la batalla contra el frío implacable que ataca desde la ventana. aunque se reprocha que ello le procure alivio. Donald no sabe cómo actuar. pero nos urge hablar con usted. Considera que el tono. señor Stewart... —Disculpe que vengamos tan temprano. Está seguro de que la cotilla de la señora Ross. Nada que pudiera considerarse una promesa. Le horroriza la idea de que otras personas puedan leer sus cartas. porque la suya no parece una conducta admirable.Stef Penney La ternura de los lobos Donald apoya la mano en el cristal de la ventana y deja una nítida impronta al fundir la escarcha formada durante la noche. Esta mañana la está releyendo. reflexiona. llaman a la puerta. Y es que el frío va en aumento. Donald. O quizá vuelva a escribirlas una vez más. y Donald desea ser admirable. para expurgarlas de toda nostalgia superflua. Susannah. en una de sus inoportunas visitas. rodeado de misivas para las hermanas Knox. vio la carta anterior a Susannah. Donald expresa el ferviente deseo de verla y reanudar sus interesantes conversaciones. Bien. en que Donald permanece sentado al escritorio. pero los invita a pasar sin dejar de sonreír. Quizá renuncie a enviarle las cartas que le ha escrito. sin ser francamente afectuoso. Dobla el papel y lo mete en un sobre. carraspea con cierta agresividad. Anoche terminó la carta a Maria. Stewart capta el tono grave. Pide más tazas: esta vez es Nancy la que acude a la llamada 270 . Tiene la impresión de que ella no sufrirá un gran desengaño: al fin y al cabo. que deja en blanco. considerando que le compete tomar la iniciativa.

—¿Y cómo creía poder ocultarles su presencia? ¡Ese hombre fue visto aquí hace dos días! Stewart se queda inmóvil un momento. No sé lo que fue. —Alza los ojos. cólera quizá.. gritándoles los peores insultos. como si fueran demonios. el de él no llegaba tan lejos. Generalmente. Donald mantiene la mirada en el suelo mientras la muchacha está en la habitación. yo lo habría preferido. A veces. buen conductor de trineo y excelente rastreador.. En primavera se marchó del fuerte y vivía como un salvaje. —Mira a Donald.. y queda a contraluz—. con la mirada baja. Pero hace poco más de un año le ocurrió algo. Por lo menos. No quise aumentar el sufrimiento de su mujer y su familia. —Me parece que se les han dicho cosas que pueden haberlos inducido a error. antes de levantar la mirada mostrando su confusión. y quizá ustedes puedan llenar los huecos. señora Ross. —Fue una temeridad. Es un pobre desgraciado que ha hecho sufrir mucho a quienes lo querían. Me dejé llevar. al principio. Mis disculpas. —Pero ¿cómo pudo decir a su esposa que había muerto? ¿Causarle ese dolor? —La señora Ross.. Vinimos desde Dove River siguiendo un rastro que se dirigía hacia el norte y tenemos razones para creer que llegaba hasta aquí. ocultarlo. Stewart asiente. Trabajador. son los efectos de la bebida. mirándolos como si no los conociera cuando corrían hacia él. Nesbit y yo acordamos. No reconocía a su mujer. magnética. Por lo menos. No reconocía a sus propios hijos. pero la mirada los abarca a todos—. Hace varias semanas estuvo fuera mucho tiempo. Es verdad lo que dije: Nepapanees era uno de mis mejores hombres. 271 . durante estos últimos años. y la impresión se acentuó cuando llegaron ustedes.. Venía de vez en cuando. decidí que. —Creo que debe usted saber el verdadero motivo de nuestra visita —empieza Donald. —Créame. Pero si lo hubieran visto con sus hijos. intensa.. ya que éste se ha sentado al lado de Stewart. Y aquí hay hombres cuya presencia se nos ha ocultado. Era terrible ver sus caras. después de pensarlo bien.. confiando en que no se le note el sofoco. Fue una tontería. Me parecía que había hecho algo. inclinada hacia delante. estoy seguro. Pero para entonces. que parecen tener brillo de lágrimas—.. —Un encogimiento de hombros—. nadie lo mira. taladra con la mirada a Stewart. de espaldas a la ventana.. muerto los haría sufrir menos que vivo. Quise ahorrarles la vergüenza.. pero su mente se trastornó. sobre todo en invierno. Simular que había muerto. Hace caso omiso de la mirada de la señora Ross y no puede ver la expresión de Parker. Está pálida y tensa e irradia una emoción. pero habría sido mejor que no viniera. En cierto modo. lleno de odio y miedo. tengo la impresión de estar perdiendo capacidad de raciocinio. Pero no en su caso. —¿Quiere decir que no era del hijo de la señora Ross? —No. serio. lo reconozco. como ustedes habrán podido advertir. De todos modos. a ella y sus hijos. Voy a exponer lo que sé.Stef Penney La ternura de los lobos y va en busca de las tazas.

De todos modos. incómodo—. sea cual sea su estado. —Levanta la cabeza y esta vez mira directamente a la señora Ross—. en cierta manera. Su expresión es distante. —Ah. En todas partes hay borrachos y perturbados. pero no es eso. no se adivina. Stewart se agacha y lo recoge.. De todos modos. sin interrumpir apenas el ritual de llenar la pipa.Stef Penney La ternura de los lobos Los ojos de Stewart están alucinados. La señora Ross mira a Parker y luego a Stewart.. —En su rostro hay una franqueza que violenta un poco a Donald. de extrañeza. casi como si Donald no estuviera presente. Parker saca la pipa y el tabaco. Con el movimiento.. —Muy amable. aunque no muy útil.. Ese hombre no sabe lo que hace. no lo encontrarán. todo ello sin mirarlo a la cara. Medio Hombre es otro desgraciado. ¿Algún. Donald dice: —Eso ocurre en todas partes. sobre todo en una Compañía como ésta. 272 . No es culpa del jefe si alguien se pierde. Siempre está borracho. —Mira de nuevo a Donald. como si aún vieran la escena. Parker no lo advierte. La de Parker. Uno quiere que lo consideren un buen jefe. salta del bolsillo un trozo de papel que cae al suelo. —No sé dónde está exactamente. Yo no he sido un buen padre para esta gente. Mientras Stewart habla.. Una vez más. Es el marido de Norah. —Mandaré un par de hombres a buscarlo. ocupado en extraer las hebras de tabaco de la bolsa y comprimirlas en la cazoleta. que baja la mirada. Seguramente encontrarán su rastro. delito? Donald asiente. —¿Quién es Medio Hombre? Stewart sonríe tristemente. ya ven. aunque sé que eso no es excusa suficiente. imagino que por algo que hizo... Donald lo compadece. Se queda quieto un instante con la mano apoyada en el suelo. ¿Qué derecho tienen ellos a obligar a este hombre a revelar sus problemas?—. un padre para las personas que tiene bajo su responsabilidad. Stewart inclina la cabeza. entre su silla y la de Stewart.. El episodio ha durado apenas unos segundos. —Tenemos que interrogarlo. he de pedirles perdón por haberlos engañado. y da el papel a Parker. Bien sabe Dios que él ha visto cómo se acumula la tensión en un largo invierno tras otro. si buscan a un criminal. Es trampero. La señora Ross se ha recostado en el respaldo. disimulada en su oscura silueta. Era difícil. por eso le damos comida de vez en cuando. Uno desea que lo consideren. Los dos hombres han permanecido sentados uno al lado del otro durante toda la conversación sin mirarse a la cara ni una sola vez.. lo que les interesa es el hombre al que seguían. Parker guarda el papel en el bolsillo. pero quizá podamos dar con él..

al lado del fuego. en cierto modo. Mi reacción —un súbito ataque de celos— me deja atónita. pero ahora sé que no lo es. en quien más claramente se aprecia el mestizaje. Me irrita su seguridad y no respondo. —¿Aún tiene la camisa que encontramos en Elbow Ridge? —Desde luego. —Él no ha dicho que no haya enviado a Nepapanees a Dove River.Stef Penney La ternura de los lobos Al llegar al fondo del corredor. debajo de la pelliza. Está en el fondo de mi bolsa. O quizá me he dejado llevar por una falsa seguridad. hirviendo carne. iluminando un grupo de arbustos cargados de nieve y relucientes carámbanos. Más allá de unos cien metros se han borrado todas las imperfecciones. El niño me mira fijamente. los refajos de invierno no permiten 273 . Estamos cruzando la explanada por detrás de los almacenes. se abate sobre la llanura que se extiende al otro lado de la empalizada. Ella está en cuclillas. Pero nosotros nos movemos pesadamente sobre una nieve fangosa y pisoteada. Su fulgor hiere la vista. aunque con sus delicadas facciones Elizabeth Bird es. cuando el sol se abre paso entre las nubes. Ella levanta la cabeza y responde en otra lengua. un chico serio de unos ocho años. sólido como una escalera. más india. Boba de mí: él nunca creería lo que dijera Stewart. Los pliegues de su cara denotan un carácter colérico y violento. —Voy a prepararme. —Tráigala. Así lo hacemos. de todos ellos. Él me mira con aquella intensa impasibilidad suya. Encontramos a la viuda en su cabaña con uno de sus hijos. Al otro lado de la empalizada se extiende un paisaje perfecto. cristalino. Con la rapidez de una sonrisa. sobre las mantas extendidas alrededor del fuego. —¿Se marcha? —Yo suponía que ya tenía la respuesta a sus preguntas. puro. como una escultura tallada en sal. Un rayo de luz. La veo más delgada y abandonada que la última vez. —Siéntense —dice la mujer con apatía. el sol hace aflorar belleza en la hosca llanura. Parker entra sin llamar y dice algo que no capto. manchada por las eyecciones de los perros. Parker se vuelve hacia mí. que denota gran concentración pero no deja adivinar el objeto ni siquiera la naturaleza de su pensamiento.

No obstante. Parker la extiende en el suelo. duro e implacable. Enseguida veo que la camisa limpia es más pequeña que la otra. Cuando la desenrollo. —¿Y cuándo fue la última vez que había estado fuera antes de eso? —En verano. —Señora Bird —dice él—. Su boca esboza un gesto despectivo. ¿eh? ¿Por eso pisó un hielo que no debía pisar? —Dice que estaba enfermo. Yo saco la camisa sucia que he traído envuelta en un paño. —¿Él estaba aquí en octubre y primeros de noviembre? —Sí. —¡Eso es una mentira infame! Él siempre fue el mejor padre.Stef Penney La ternura de los lobos sentarse en el suelo con elegancia. señora Bird. doblada. cuando se fue con Stewart. Él no me lo contaba todo. El chico nos mira con aire solemne. 274 . al final de la temporada. me parece. —Mantiene los brazos cruzados—. ¿Por qué lo pregunta? Yo miro a Parker. como si esto fuera una insolencia imperdonable. Elizabeth ha cruzado los brazos y nos mira con ojos de cólera. pero ¿podríamos ver una camisa de su marido? Ella lo mira airadamente. No parece estar enterada. —¿Cuándo vio a su marido por última vez? —Hace nueve días. auténtico. Sólo queda una cosa. Parece obvio que no pueden pertenecer a la misma persona. o todo a la vez. pero hago lo que puedo. y el resplandor del fuego la tiñe de un vivo naranja cuando se inclina hacia delante. —Señora Bird. Parker está desconcertado. ¿Quién lo dice? Eso es lo que dice Stewart. —Ese último viaje. Todo el tiempo. rabia. por el niño. detrás de una cortina. ¿Su marido estaba enfermo? —¿Enfermo? —Ella levanta la cabeza bruscamente—. Esta mujer tiene algo que asusta. —¿Su marido le habló de las pieles de los noruegos? Elizabeth lo mira y luego a mí. perdone que le pida esto. Parker empieza dando un rodeo: pregunta por los niños y expresa su condolencia. Puede quedársela. —Parker le devuelve la camisa del marido. —No. Cuando vuelve trae en la mano una camisa azul. con un movimiento brusco se levanta y va al fondo de la cabaña. desprecio. pero también. —Parker habla en voz baja. a la que yo me sumo murmurando. —¿Para qué la quiero? Nadie va a ponérsela ahora. que no reconocía a sus propios hijos. siento preguntarle esto. ¿cuál era el motivo? —Stewart quería cazar. —Hay una nota de sereno orgullo en su voz. La cara de Elizabeth se contrae en una expresión que puede ser de asco. Al fin va al grano. Mi marido nunca estaba enfermo. —Muchas gracias. las manchas oscuras y acartonadas despiden un olor agrio. El último viaje que hicieron fue a Cedar Lake. Solía llevar a mi marido porque era el mejor rastreador. Era fuerte como un caballo.

hasta el complejo de Hanover House me parece hermoso. seguiré su rastro.. irradiando odio. —Entonces. ¿no? Parker me mira un momento. y yo se lo agradecería. Mientras volvemos al edificio principal.. —No bastará. Me interrumpo. Estoy desolada—. me parece que con un poco de ironía. Ahora es el momento.. como si deseara desprenderse de ella cuanto antes. y la 275 . Ha demostrado que las afirmaciones de Stewart son mentira. en lo de la muerte de su marido. y respiro con fatiga. pero sepa usted que nos ha ayudado mucho. descolorida. ¿Esto va a devolverme a mi marido? Me levanto y recojo la camisa sucia. a pesar de que sólo hemos andado unas docenas de pasos. Yo noto aquella vieja opresión en el pecho. Revela la estructura ósea de su cara dándole aspecto de calavera animada pero no viva. exangüe. De verdad lo siento. —No lo sé. Él también se ha levantado. —¿Y qué? Ayudarlos me importa una mierda. incrustados en una máscara de furor y desesperación. Si no me lleva con usted. —¡Usted no piensa eso! Y también la cree a ella. —Ahora estoy de pie frente a ella mirándola a los ojos. Eso lo convencerá.. pero la risa parece un gruñido—. De pronto. señora Bird. Vamos a. Elizabeth Bird hace una mueca que quiere ser una sonrisa. —No sabe cuánto lo siento. Parker me da la camisa limpia. sería una locura que fuera solo. Hablo por primera vez: —Muchas gracias. Esa camisa podía llevar allí meses. Parker aún tiene la otra en las manos. —¡Justicia! —Ella ríe. —Se las enseñaremos a Moody —digo—. ¿Y mi marido? ¿Habrá justicia para mi marido? Stewart lo mató. unos ojos castaños. —Si él mató al guía. —Conseguiremos que se haga justicia. —¿No tiene miedo de que la gente murmure. Y no se hable más. si nos ven marchar juntos? La opresión del pecho cede y el corazón me da un vuelco. más deseosa de marcharme que de quedarme a averiguar por qué está tan convencida de que fue Stewart. Conseguiré un rifle. Siento que hayamos tenido que hacerle estas preguntas.Stef Penney La ternura de los lobos Verlo titubear es para mí una experiencia nueva y estimulante. pero parece decidido a dejarme hablar a mí. —Para él también la habrá. para dejar que Parker le explique lo que vamos a hacer. Parker menea la cabeza ligeramente. pero no lo es. —Retrocedo hacia la puerta. claros. ¿se marcha? Él asiente en silencio. Parker calla y me mira. Le duele haber disgustado a la mujer.

Stef Penney La ternura de los lobos nieve sucia amontonada junto a la cerca reluce al sol con un tinte azulado. 276 . triunfaremos porque estamos del lado de la justicia. En este momento siento que. por grande que sea el peligro. Esta sensación me acompaña casi hasta la puerta de mi habitación.

y muchos de sus visitantes se quedaban hasta el día siguiente. Francis sabía tanto —es decir. Laurent. a esperar a que el visitante saliera. él le daba respuestas vagas y evasivas. y entonces buscaba en su cara indicios que no encontraba. para no despertar las iras de la Hudson Bay Company. La primera vez que Laurent mencionó un burdel. Más de una vez. Traían a Laurent pieles. Francis descubrió en su interior una profunda y terrible capacidad para los celos. Bromeando. cuando Francis silbaba desde fuera. lo agarró de los hombros y lo sacudió con fuerza hasta que Francis se puso furioso y le gritó cosas terribles que después no recordaba. cerca del corazón. después de una pelea más histérica de lo habitual. Francis estaba ofendido y ofensivo. Quizá no bromeaba. Aquel verano se ausentó más que de costumbre —o quizá antes Francis no se daba cuenta de si se iba o no— y estuvo en Toronto y en Sault. cuando se echaban la mochila a la espalda y se marchaban seguidos por sus perros. Un día. volvía a la cabaña a primera hora de la mañana y se escondía en la parte de atrás. y Francis no pudo menos que reírse y lo perdonó con entusiasmo. Laurent se reía. incluso mayor que Laurent. Algunos no parecían traer ni llevarse nada. pero de pronto también se enfureció. Estuvieron insultándose hasta que enmudecieron abruptamente y se miraron atónitos. no recibía respuesta.Stef Penney La ternura de los lobos Laurent se ausentaba con frecuencia. Pero también estaban los hombres que visitaban a Laurent en la cabaña. tierno y suplicante. entre los arbustos. La mayoría eran franceses o indios. pero el plan debía permanecer en secreto. tipos rudos. tambaleándose. más habituados a dormir al raso que bajo techo. tan poco— acerca de sus misteriosas idas y venidas como los demás. riendo. Esto quería decir que Laurent tenía visita. hasta se puso de rodillas. Laurent tenía una manera cruel y abrasiva de humillar. Laurent le dijo que aquellos hombres venían a visitarlo porque tenían el proyecto de montar una compañía comercial. Cuando Francis le preguntaba por sus viajes. Aquella primera vez. empezó a dar saltos de alegría y Laurent agarró el violín y se 277 . Sentía un dolor intenso en el pecho. era la época en que Laurent hacía sus transacciones. cuando los lobos desaparecían de los bosques de los alrededores. El verano. tabaco y munición y se iban por donde habían venido. en viajes de negocios. delirante de alivio. Francis lo miró horrorizado. Francis. pero al fin le pidió perdón muy serio. decía que andaba por los bares durmiendo la mona o que visitaba prostitutas. Aquello le hizo sentirse mayor. A veces.

—Eso espero. —¿Tú? Tú vas a ser rico. creía él) acerca de sus planes. —Claro que para entonces —Laurent hablaba. con el tiempo. cállate! ¡Tú no deberías estar aquí conmigo! No te hace ningún bien. después de que sus padres se fueran a la cama. con él. una vez más. cuando Laurent le pintaba este triste panorama. había una figura y él volvió a la cabaña rápidamente. y luego el invierno. Ahora no podía ver a Laurent tan a menudo. Las primeras abejas habían salido de dondequiera que hubieran pasado los meses de frío y zumbaban entre las flores del manzano. Llegó el otoño y. Márchate en cuanto puedas. Laurent respondía bromeando. —No. No debes quedarte. pero le pareció que era su madre. Supongo que me iré a Toronto. Con frecuencia. él bajaba sigilosamente por el sendero y silbaba. Francis tenía la impresión de que últimamente bebía más. hasta que Francis salió lanzado por la puerta... Laurent empezó a insinuar que algo grande se preparaba. Es sólo que estás borracho. No digas tonterías. y su manera de bromear podía ser brutal y cruel.Stef Penney La ternura de los lobos puso a tocar persiguiéndolo por la cabaña. pero en su casa todo seguía igual Si ella había visto algo. —¿Qué dices? —Francis procuraba dominar el temblor de la voz—. Esto no ofrece grandes perspectivas. Y parecía que. ¿ya no te acuerdas? Podrás ir a donde quieras. Que él iba a hacer fortuna. los dos habían bebido. recalcando las palabras con una claridad 278 . la primera de varias. A veces oía un silbido de respuesta y a veces no. de su indeterminada riqueza futura— tú te habrás casado. Protestar era animarlo a insistir. lejos. —Imagino que cuando termines la escuela no te quedarás aquí. En cierta ocasión. —Hablo en serio. era preferible seguirle la corriente. generalmente estando bebido. La vio sólo un momento. En el sendero. las respuestas eran menos frecuentes. o al proyecto de irse a vivir al sur de la frontera. De aquello hacía sólo siete meses. —Francis ya había aprendido que. Aquí no hay nada. Yo no soy más que un viejo rústico y estúpido. Empezaba el verano y ya se podía estar fuera a la caída de la tarde. a la vuelta de uno de sus viajes con destino desconocido. Francis se sentía confuso e inquieto por aquellas vagas predicciones que hacía Laurent. p’tit ami —dijo suspirando—. En primavera. A Toronto. pero de vez en cuando. vivirás en una pequeña granja con un montón de hijos y te habrás olvidado de mí. Después de aquello vivió varios días con la angustia de la incertidumbre. Quizá de vez en cuando vaya a visitarte al balneario. ¿Pensaba marcharse de Dove River? ¿Qué haría entonces Francis? Cada vez que trataba de sonsacarle (hábilmente.. jadeando de risa.. no podía haber sacado conclusiones. o a los burdeles que visitaría. —¡Vamos. la escuela. Laurent lo miró y dijo. No soy buena compañía. aludía a la futura esposa y a los hijos de Francis. Laurent lanzó un gruñido y vació el vaso.

tener un montón de hijos y. echó a correr. —No hablas en serio —dijo con toda la calma posible—. era ruin—. como si al decir aquello se hubiera quitado un peso de encima. No obstante. Lo sé. qué importaba que hubiera tenido un hijo. ahora no influía. de averiguar cosas. Después de aquella noche. Qué importaba que Laurent hubiera estado casado. brutalmente. Delante de Laurent trataba de mostrarse despreocupado y animoso. Le había seguido el rastro como a uno de sus lobos envenenados. pero no podía dejar de someterse a ella. mon Dieu! ¿Y quién no ha de mirarte así? Eres lo más hermoso que he visto. se dejó caer de rodillas delante de un pino enorme y golpeó el tronco con la cabeza. Así no. 279 . se repitió muchas noches de aquel verano. Laurent lo apartaría de su lado. Es verdad. Al fin se detuvo. aturdido por el golpe pero agradeciendo aquel dolor que desplazaba al otro. todo eso. si los suyos eran más fuertes que nunca. a pesar de que las ausencias de Laurent eran cada vez más frecuentes. no los afectaba. estoy casado! Francis lo miró con incredulidad. Se preguntó por qué no caía al suelo. antes o después. mon ami. Y tampoco hablas en serio cuando dices lo de ir a los burdeles. Yo veo cómo me miras.. con los ojos entornados por la embriaguez. Esta conversación. más cruel. palpando con los dedos la herida de la frente y pidiendo perdón con lágrimas en las mejillas. cruzó uno de los campos de su padre y se metió en el bosque. En el fondo. Francis. ¡Anda. le daba la razón. con pequeñas variaciones. brevemente. Una vez entre los árboles. No comprendía cómo podían haberse debilitado tanto los sentimientos de Laurent. —No. Dio media vuelta y salió de la cabaña. No sabía cuánto tiempo había estado allí. sin más. Francis se preguntaba cuánto tiempo resistiría esa tortura exquisita. lárgate ya! ¿A qué esperas? Francis se levantó angustiado. no quería que Francis fuera para él más que una diversión ocasional. en su carrera sin rumbo por el bosque. Estoy harto de ti. incapaz de contestar. Pero tampoco podía irse así. Tú eres un jodido idiota. Él no quería que Francis le cambiara la vida. Y así sucesivamente. pero le faltaba práctica. Pero también eres un jodido crío estúpido. lo acusaba de indiferencia. por qué no se desmayaba de dolor. sabía que. Laurent levantó la mirada hacia él con gesto de cansancio. con voz ronca y temblorosa. Y lo que deberías hacer ahora es volver con tus padres. No quería que Laurent lo viera llorar. como la mariposa va a la llama. todo eso estaba en el pasado. —¡Mientes! —dijo al fin. él no podía dejar de ir a la cabaña. El jadeo de su respiración se mezclaba con los sollozos que le sacudían el pecho. Pero Laurent seguía resistiéndose a sus intentos de atarlo. A Francis le pareció que se le desgarraba el pecho.Stef Penney La ternura de los lobos alarmante: —Yo soy un jodido idiota. —¡Ah. Se agachó y lo acunó en sus brazos.. Laurent lo encontró poco antes del anochecer. Laurent. ¡Además. Francis creyó haber ganado. —La expresión de su cara.

delante de aquel hombre —caótico. se veía alejándose de allí con dignidad. Quizá su padre lo descubrió entonces. Su padre arqueó una ceja. a quien desde hacía tiempo se le hacía difícil dirigirle la palabra —a pesar de que nunca se habían hablado mucho—. Francis no se explicaba por qué su padre no se lo había dicho a su madre. Era como si su hijo no le inspirara sino un frío desprecio que paralizaba. Estaban a finales de octubre. ya estaban enzarzados en una agria disputa. Aquella noche fue a la cabaña y. Ella asintió con la cabeza. dio un pretexto para correr a casa de los Pretty en busca de Ida. pero no podía contenerse. en la que Francis adujo torpemente que había pasado la noche en casa de Ida. A veces. A ella la entristecía la frialdad que percibía entre padre e hijo. ¡Yo no buscaba esto! Tú hiciste que me gustara. tosco— sentía el impulso de arrojarse a sus pies llorando. estando solo. al poco rato. y él sintió vergüenza. como tantas veces—. Fue más bien como si su padre hubiera estado colocando las piezas de un puzzle. No lo acusó directamente de nada.Stef Penney La ternura de los lobos Entonces. Y aquella otra ocasión. era la misma mujer irritable y descontenta que él siempre había conocido. asustado. y musitaba excusas poco convincentes acerca de un paseo matinal. aunque no lo demostró. sentado a la mesa en la zona glacial situada entre sus padres. y éste fingió que había ido para aprender a tallar madera. lo que fuera con tal de acabar con aquella tortura. se volvió intratable. el cuerpo erguido y la frente alta. Estaban las veces en que Francis volvía a casa cuando sus padres ya se habían levantado. Tampoco sabía qué decirle a ella. que sólo era para mandarle hacer algún trabajo o decirle que se comportara. pero cuando estaba en la cocina de Laurent. reuniendo y observando pacientemente los fragmentos hasta que al final apareció la imagen con toda claridad. Francis se odiaba a sí mismo. Francis se había jurado muchas veces no volver a la cabaña de Laurent. y se inventó la historia de que se había emborrachado en Caulfield y no quería que sus padres se enterasen. pero no lo miraba a la cara cuando le hablaba. tan lamentable. repitiendo las mismas palabras que se habían dicho una y otra vez. Comoquiera que fuese. o de suicidarse. pero no dijo nada. Un día. O de matar a Laurent. barbudo. pero era un juramento de imposible cumplimiento. hablando con su madre. pero a Francis no lo miraba de otro modo. Y la vez en que su padre se presentó en la cabaña de Laurent estando Francis. como si no pudiera soportar estar en la misma casa. es decir. lo cierto era que su padre. su padre se enteró. ¡Tú! 280 . En momentos así. y en sus ojos no vio más que una rabia feroz e implacable. sorprendió la mirada de su padre fija en él. Francis sentía una náusea que lo ahogaba.. pero tenía la cara crispada y lo miró con ojos doloridos. El hecho no tuvo proporciones de cataclismo.. —Yo no vine para esto. Y entonces Francis. Francis no sabía exactamente cómo. A veces. ¿recuerdas? —gritó Francis con voz ronca.

Quizá también Laurent estaba cansado de pelear. más como un padre que otra cosa. —Quizá así puedas superarlo. No sé cuándo volveré. —Bravo. Laurent se volvió de espaldas. Se sentía débil. «Mi amor. ¿eh? Y encuentres a una muchacha bonita. Adelante. La cólera había desaparecido de la cara de Laurent. dos semanas después. pero ahora no lo digas. —Me iré la próxima semana.» Se quedó toda la noche. Todo había terminado. comprendió que era verdad. a pesar de que. Y que Dios lo asista si el segundo pensamiento que tuvo no fue: «Oh. Laurent le dio palmadas en la espalda. Estaré fuera mucho tiempo. que está mortalmente harto de mí. No comprendía cómo era posible sentir tanto dolor y seguir viviendo. no es para tanto. no digas eso ahora. —Vamos. —Francis no sabía qué decir—. ahora ya no puedes dejarme. Vete cuando tengas que irte. ¡Joder.. con una sensación de frío vértigo. Laurent no se despertó. Vamos a seguir hasta. fingiendo ocuparse en algo. Escuchaba la respiración de Laurent. Laurent se iba. y Francis. me revuelves el estómago! —Y entonces Laurent añadió—: Pero ya no importa.. Se levantó y se vistió sin despertarlo. amor mío. Por favor. —Por favor. Francis tenía ganas de llorar. Francis estaba en la cabaña oscura contemplando el cadáver aún caliente que yacía en la cama. Francis lo miró con incredulidad. o prefirió no despertarse. antes de marcharse. —Laurent le había visto la cara de desolación y trataba de ser amable.» 281 . y deseando más aún poder volver al verano anterior. Y entonces. Pero esto era peor que las obscenidades y las burlas. Eres un buen chico y tienes toda la vida por delante. Francis se acercó a él y lo abrazó... pasado irremisiblemente. oh. se inclinó y le dio un suave beso en la mejilla. Francis se aferraba a él deseando poder marcharse.Stef Penney La ternura de los lobos —Maldigo la hora en que te conocí. y por eso se encogió de hombros y sonrió. di lo que quieras. Me marcho. pero no durmió. como si le hubiera subido la fiebre.

Stef Penney La ternura de los lobos EL DOLOR DE LA MEMORIA 282 .

sí. etcétera. tomando ponche de whisky con un joven que acababan de presentarle. Sturrock tuvo noticias del periodista. los dos hombres simpatizaron. botines. sin haber descubierto nada útil. Kahon'wes era un mohawk alto. Kahon'wes dijo que preguntaría a sus conocidos. las dos niñas raptadas por los indios malvados. A pesar de todo.Stef Penney La ternura de los lobos Años atrás. A Sturrock le gustaba hablar de periodismo. Sturrock dijo que había visitado poblados a uno y otro lado de la frontera. entre un inglés fluido y culto —el de la primera conversación— y un lenguaje un tanto pintoresco que. creando polémica. desde luego. ya que siempre estaba viajando. como la mayoría de los habitantes del Alto Canadá. —O devoradas por los lobos. el padre no quiere dejar piedra sin remover en toda América del Norte. Hasta se apreciaba en él cierto aire de dandi. Había oído hablar de Kahon'wes y se sentía halagado por el deseo de conocerlo que había manifestado el joven. vestía traje de ante o una curiosa combinación de ambos estilos. una vez Sturrock estaba en un bar parecido a éste. que en esa ocasión era la de un joven elegante: chaqué. hablando con numerosas personas y. como Sturrock ya debía de saber. chistera. según las autoridades de Toronto. Kahon'wes. pero se sentía atrapado entre dos mundos y no parecía saber en cuál situarse. que trataba de abrirse camino en el periodismo. a veces una respuesta (lo mismo que su propia manera de hablar y de vestir) dependía de quién estuviera sentado al otro lado de la mesa. cuando se dedicaba a buscar a Amy y Eve Seton. empiezo a pensar. pero también tenía la esperanza de que este hombre pudiera serle útil en su búsqueda. Varios meses después. él consideraba más «indio». Kahon'wes tenía muchos conocidos. Estaba dotado de gran inteligencia y facilidad de palabra. También su modo de hablar fluctuaba. 283 . de aspecto imponente. sin embargo. según quién fuera el interlocutor. había oído hablar del caso. —Ah. En posteriores encuentros. Tras una pausa. Como Sturrock también era amigo de la polémica. Sturrock le habló de las niñas desaparecidas. Llevaba más de un año buscándolas y ya tenía pocas esperanzas de encontrarlas. Esta indecisión se apreciaba ya en su manera de vestir. al parecer. hablado con conocidos y con hombres de influencia que lo habían ayudado en anteriores ocasiones.

Sturrock sentía viva compasión por Charles Seton. como una herida muy honda bajo el tenue tejido de la cicatriz. es sorprendente cómo cambian algunos. si podía haber algo peor. yo las reconocería —dijo Seton. es todo. falto de estímulo. de moverse. 284 . en aquel último encuentro. pero Kahon'wes ya no parecía desear su ayuda. le dijo que la muchacha. —A pesar de todo. con su tristeza siempre presente. A Sturrock le pareció un hombre de carácter volátil que. tras muchas negociaciones. Sturrock. estaría muy cambiada. Hacía más de seis años que las niñas habían desaparecido y tres que la señora Seton había muerto de una enfermedad indeterminada. En un principio. En aquella ocasión. para hacer hablar a Seton. Su manera de hablar. fueron conducidos al campamento donde se encontraba la muchacha. Tampoco el nombre. le dijeron que Kahon'wes se encontraba a pocos kilómetros de allí. lo que más parecía preocuparle era no saber cuál de sus hijas podía ser: Eve tendría ahora diecisiete años y Amy. Parecía enfermo. No hablaron mucho. En esta ocasión. No es sólo la cara. diecinueve. Eso era todo. Sturrock insistió con suavidad. El padre respondió que él la reconocería en cualquier caso. si realmente era su hija. Kahon'wes le dio noticias. podía desmoralizarse. más importante y refinada que la que vino después. Después de aquello vio a Kahon'wes una sola vez. —Mientras viva. Estaba desmoralizado porque la prensa de los blancos no publicaba sus artículos. • • • Semanas después. Pero. He visto a padres que no han reconocido a sus hijos incluso al cabo de poco tiempo de estar con los indios.. Se ofreció a leer sus artículos y aconsejarle. pero no era menos que muchas de las pistas que Sturrock había seguido en su particular actividad.Stef Penney La ternura de los lobos Mientras cruzaba Forest Lake. Pero la perspectiva que ahora se abría era peor. los dos hombres hablaron de una civilización india muy antigua. Seton apenas había pronunciado palabra desde que habían salido del pueblo y estaba blanco como el papel. vestía al modo de los indios y había cambiado su manera de hablar. —De todos modos. pero al parecer nadie sabía la edad de esta muchacha. en las afueras de Kingston. vulgarmente llamada pena. al cabo de unos meses. no olvidaré ni el más pequeño detalle de sus caras —dijo mirando al frente. aunque ahora tendría nombre indio. aun sin creer en ella.. Había hablado con el jefe de una tribu chippewa asentada cerca de Burke's Falls que sabía de una mujer blanca que vivía con indios. Sturrock. no pudo evitar sentirse seducido por la visión. Seton y él se trasladaron a un pequeño poblado desde donde. y Sturrock tuvo la impresión de que el joven indio bebía en exceso. Kahon'wes la describía con apasionamiento. su manera de ser.

El guía dijo unas palabras frente al tipi mayor. que era muy joven. El guía le habló en lengua chippewa y tradujo su respuesta: —Dice que la muchacha vino por voluntad propia. —Gracias por haber accedido a recibirnos —empezó Sturrock. luego otro. —Eve. reluciente de grasa. imperturbable. Tras seis años de búsqueda. Charles Seton ahogó una exclamación que sonó casi como un maullido y miró fijamente a la mujer. Ahora es una de ellos. Después de aquella primera exclamación. pero no la mirada. Sturrock respondió. El hombre lo miró fijamente. sólo se oía la respiración de Seton. Había humo en la tienda. Sturrock no vio en ella más que a una chippewa. un hombre y una mujer chippewas. 285 . Poco a poco. que era pequeña y oscura. Sturrock estaba sorprendido. los ojos oscuros y el pelo largo y negro. Seton volvió a suspirar dolorosamente.. —Eve. La muchacha lo miró un momento más y volvió a bajar los ojos. Sturrock lo notaba.. En principio. había encontrado a una de sus hijas desaparecidas. ¿de qué color tienes los ojos? Por fin ella miró a Seton. Seton suspiró. Quizá todo había sido una empresa vana. Sturrock miraba de una al otro. Transcurrió un minuto. Ella tenía el cutis oscuro. y dio una palmada en la mano a la muchacha. y la llamó por su nombre indio: —Wah'tanakee. abrazarla. Por fin. —No sé cuál de ellas es. Hace muchos años que la busca. En el reducido espacio. adelantándose a Seton: —No la obligaremos a hacer algo que ella no quiera. los invitó a entrar con una seña. pero es mi hija. El anciano asintió y los llevó a otro tipi. Miró a la muchacha. Seton quería inclinarse hacia ella. que a su vez la miró a los ojos. Seton había enmudecido. Al cabo de un momento. como si las palabras lo ahogaran..Stef Penney La ternura de los lobos Desmontaron cerca de los tipis y dejaron pastar a los caballos. Si pudiera verle los ojos. eran castaños. a pesar de que el día era cálido. Por lo que Sturrock podía distinguir a la luz turbia de la tienda. —Se le quebró la voz y una lágrima le resbaló por la mejilla. Vestía túnica de gamuza y se envolvía en una manta de rayas. Al principio. Tenía la boca abierta y respiraba con fatiga. mientras se sentaban. Era una afirmación. que seguía como una estatua. Quiere saber si vienen a llevársela. Era angustioso. ¿Tendrías la bondad de levantar la cabeza para que el señor Seton pueda verte la cara? Sonreía a la joven pareja con afabilidad. del que salió un anciano de pelo gris. distinguieron dos figuras sentadas frente a ellos. Miraba hacia el suelo. pero si es hija de este hombre. poco más que adolescente. él desea hablar con ella. Ella levantó la cabeza. les fue imposible ver algo. Podía ser una señal de asentimiento.. Pensaba que nunca había visto algo tan cruel como el dolor que en ese momento reflejaba la cara de Seton—. esperando una señal de reconocimiento. Supuso que el joven que estaba a su lado era el marido.

Sturrock pensó que empezaría a hablar de cosas triviales. —¿Y Amy? ¿Qué le pasó? Eve respondió sin mirarlo. Pensé que estaba enfadada y se había ido a casa sin mí. para aliviar la tremenda tensión que había soportado. Y quizá podía haber un futuro.Stef Penney La ternura de los lobos pero la muchacha se mantenía inmóvil y distante.? ¿Estás bien? Ella volvió a mover la cabeza de arriba abajo. Nos cansamos de andar y nos echamos en el suelo a dormir. —No me importa lo que ocurrió.. Salimos a pasear y nos perdimos. Entonces habló el anciano. Él la crió con su familia desde que la encontraron. cuyo significado Sturrock no pudo adivinar. —Te he dicho que no lo sé. La muchacha levantó la mirada. que estaba pegado a su espalda en el pequeño tipi. Dímelo. No volví a verla viva. No he dejado de buscaros desde aquel día. —¿Qué. Otro tiempo. y él desistió. lo que sonó con fuerza en la pequeña tienda. —Hace cinco. Quizá la existencia de la señora Seton. No pudo resistir el sufrimiento. —Ella asimiló la noticia e intercambió una mirada con su marido.. No superó el dolor de vuestra desaparición. Tengo que saberlo. e intentó serenarse. pero quiero saber qué le pasó a Amy. seis. No recuerdo. y Sturrock vio la primera —y última— señal de emoción en su cara. Tu padre ha dedicado a buscaros cada minuto de su tiempo y todo lo que tenía. Creí que me había dejado sola. créeme. La otra chica iba delante. en abril hizo tres años. y el intérprete. Seton movió la cabeza negativamente. Cuando desperté estaba sola. Entonces la propia Eve empezó a hablar. pero de vosotras no encontramos rastro. El anciano es su tío. Y entonces vino Tío y me llevó consigo y me dio comida y refugio. Se preguntaba cuánto debía esperar para poner fin a la visita antes de que alguien se impacientara. cómo ocurrió. Tuve miedo y pensé que iba a morir. No sabíamos qué había sido de vosotras. La voz de Seton sonó entonces muy áspera y muy alta en la pequeña tienda. Estuvimos buscando y buscando.. Seton se enjugó una lágrima. 286 . —No sé qué pasó. Pero ya era tarde. una sola vez. —No. tradujo: —Este hombre es su marido. habría hecho que las cosas tomaran otro rumbo. siete años. Se marchó sin nosotras. —Mamá ha muerto. Cathy Sloan volvió. Seton tragó saliva. por favor. Sólo volvió a pronunciar su nombre una o dos veces. No sabía dónde estaba ni dónde estaban las otras. aun lejos de allí. Estuvimos andando y andando. Parece mucho tiempo. —Siento decirte que tu madre murió. —Es verdad —confirmó Sturrock—. con la mirada fija en un punto del suelo.. —¿La encontraron? ¿Dónde? ¿Dónde fue? ¿Con Amy? ¿Dónde está Amy? ¿Está aquí? ¿Lo saben? El anciano musitó unas palabras en las que Sturrock reconoció una maldición.

entre los dos. incluso para los oídos de Sturrock. a regañadientes. No le pareció que el otro lo notara siquiera. mal que le pesara. que la muchacha no era su hija. De Amy nunca encontraron el menor rastro. Seton jadeaba y gritaba al mismo tiempo. Al fin. para calmarlo. a la defensiva. Sturrock no recordaba cómo exactamente. Sturrock y el intérprete agarraron a Seton. accedió. —Si me permite. Seton moría de un ataque de apoplejía sin haber vuelto a ver a Eve. Al cabo de un año. horrorizado pero firme en su propósito.. a los cincuenta y dos. la viste muerta? —La voz de Seton sonó tensa pero controlada. Aun así. e involuntariamente. y daba a entender que aquélla había sido otra pista falsa. creo que deberíamos. Insistir no lo beneficiaría. comprendía que Seton estaba obsesionado por un imposible. Sólo se reveló el secreto a Andrew Knox. Sturrock se inclinó y le puso la mano en el brazo. así lo había demostrado el encuentro con Eve.. te perdono! Ven conmigo. todos estos años. Después comprendió que habría tenido que encargar la misión a otro.. No obstante. —¡Por el amor de Dios. 287 .Stef Penney La ternura de los lobos Una frase extraña. —La muchacha adoptó una actitud huraña. Sturrock deseaba que Seton dejara de hablar de Amy de una vez. y éste. —¡No! No volví a verla nunca más. Eso quiero decir. porque lo más curioso era que Seton se negaba a reconocer que hubieran encontrado a Eve. Sturrock no podía abandonar. Ella tiene que volver. Perdone. Tienes que volver. Sería extinguir la última esperanza de aquel hombre que tanto había sufrido... tienes que venir. Y seguía buscando. —Ahora volverás a casa conmigo. A veces. no me importa. hombre! ¡Claro que sé lo que digo! — Seton se desasió con brusquedad—. —Seton tenía los ojos vidriosos y la mirada ausente. Sturrock dudaba de que ella hubiera existido siquiera. —Sturrock se dirigía a todos—. Es mi hija. a pesar de que la búsqueda continuó. Instó a Sturrock a guardar silencio. El joven se había puesto de pie. consiguieron auparlo a la silla. ¡Vuelve a casa! Cariño. sin aportar ayuda ni consuelo. el episodio de Burke's Falls había unido a los dos hombres en una especie de conjura de silencio.. No sabe lo que dice. Hemos de seguir buscando... No se sentía orgulloso de su actuación en aquel caso. un movimiento súbito que reveló lo que había ocultado la manta: un embarazo muy adelantado. lo llevaron hasta los caballos y... lo convencieron de que lo mejor era irse. Entonces alargó la mano hacia la muchacha por encima del fuego y ella se echó atrás. lo sacaron del tipi. Es la tensión. Seton no paraba de llamar a su hija. No hay más que hablar. No imaginan lo duro que ha sido para él. él deseaba abandonar. —¿Es que... —Ahora deben marcharse —dijo en correcto inglés. —¡Eve. cerrando el paso a Seton. y a continuación habló al intérprete en su lengua.

En todo caso. Sturrock no creía que lo dijera en serio. Sin que Seton lo supiera. pero ellos ya no estaban. no creía que hablar hubiera servido de algo.Stef Penney La ternura de los lobos Un par de veces. volvió al campamento indio al cabo de una semana. Seton habló de ir de nuevo a Burke's Falls para convencer a Eve de que debía volver a casa. pero no parecía muy decidido. para hablar a solas con la mujer. 288 .

Un caprichoso fenómeno lo hacía girar con los brazos levantados como si bailara una danza escocesa. más abajo. sólo sabía que estaba muerto. Maria no podía dejar de mirarlo. aunque no eran novios sino dos solitarios unidos por su oposición al resto del mundo. Maria no fumaba porque le gustara sino porque estaba prohibido. Corre el rumor de que más hombres preparan la marcha. Aquel indolente movimiento del cuerpo atrapado en el remolino era espeluznante. se tapó la cara con las manos. Unas manos giraban lentamente en el remolino. pero también Maria siente la atracción del Norte. y sin embargo no podría decir si los ojos estaban abiertos o cerrados ni describir el gesto de los labios. para continuar la búsqueda. Maria. Cuando oyeron los gritos. y hacía un esfuerzo. Uno se volvió y dijo a David: —¡Ven. mira! ¡Seguro que nunca has visto una cosa así! Ellos se acercaron a la orilla. corrieron al río y vieron que los chicos miraban el agua y reían. rebozadas en barro. su mejor amigo de entonces. las hojas. Ve ante sí la suave elevación de Horsehead Bluff. Un viento helado le corta la cara. al pie de la cual el agua gira en una hoya erosionada por la corriente. No lo reconoció. que también daba vueltas. Su risa desentonaba de la alarma de sus primeros chillidos. Y entonces. al extremo de unos brazos extendidos desde la oscuridad del fondo.Stef Penney La ternura de los lobos La ruta del Norte que sigue el curso del río parece tirar de ellos. y vieron lo que había en el agua. preparándose para sonreír. Expediciones y más expediciones. de libros y de los defectos de sus compañeros. Los árboles están desnudos. Ella no estaba con los que lo encontraron. El río les gastaba una broma macabra. David era el único chico de la escuela que buscaba su compañía. horrorizada. pisada. pero hace años que dejaron de venir. la nieve. pero sus gritos hicieron acudir a Maria y David Bell. Maria no ha vuelto a nadar desde que vio aquello en el agua. fumando y hablando de política. cuando le dijeron que era el doctor Wade. Con ella no cuentan. y tampoco los otros. Maria recuerda aquella cara como si la tuviera delante. y por eso ahora cabalga por el sendero de la ribera. Unas manos descoloridas y un poco hinchadas. unos chiquillos que pescaban cerca de allí. Ni siquiera después. pudo asociar la cara que había visto en el agua con la imagen que recordaba del anciano 289 . Ella y Susannah solían bañarse aquí en verano. desde luego. Solían pasear por el bosque. ella vio la cabeza.

ni siquiera la persona que vivía aquí. La cabaña parece más pequeña y abandonada. un mechón de cabello oscuro (Maria se estremece). El silencio es opresivo. Maria llega a la cabaña de Jammet y se apea del caballo. Es muy poco lo que queda de nosotros. Y el polvo. que espera unas manos que le devuelvan la vida. Un objeto tan pequeño pasa desapercibido fácilmente. Maria se acerca con paso firme. David la cogió de la mano. Se dice que lo único que desea es cerciorarse de que la tablilla de hueso no ha quedado en algún rincón. Tenía una mirada de ansiedad que la asustó. Hay pisadas alrededor de la cabaña. Las pieles de gamo que cubren las ventanas dejan pasar una luz débil. Maria murmura una vaga disculpa a su espíritu por la intrusión. trozos de periódico. Quizá un asesinato desanime a posibles compradores. que no ha recibido el calor de la chimenea. Cosas que la gente no se molesta en recoger porque no valen nada. Al arrancarlo se araña el pulgar. pero allí no encuentra más que un par de cajas de madera medio vacías. Jammet estaba considerado una amistad poco recomendable para una señorita. aunque no sabría decir la causa del temor. Tampoco en ellas ve una tablilla de hueso ni nada que se le 290 .. por la que hace días que no entra nadie. Pero lo hace. su amistad ya no fue tan natural como antes. incapaz de responder y con cierta repulsión. que cubre el suelo como finos copos de nieve. David y su familia regresaron al Este. en el que quedan impresas las pisadas. El tejado. lo que no hizo un ahogado. sólo para asegurarse de que está vacía. y tienes la extraña impresión de que este lugar está envuelto en un sudario. porque nadie las querría. un cordón de bota. Al fin se decide a subir al piso de arriba. tiene que hacer un esfuerzo para asomarse a la oscura hoya. se desasió y volvió a casa andando delante de él. Estaba callado. de los niños que juegan a poner a prueba su valor. antes de Robert Fisher. y antes de salir del bosque la atrajo hacia el tronco de un árbol y la besó. pero el suelo está liso delante de la puerta. Imposible descubrir ahora cómo era Laurent Jammet. Después de aquello. Aun ahora. Pero también una casa vacía tiene algo que ofrecer al buen observador: viejos utensilios de cocina. Nunca había estado aquí.Stef Penney La ternura de los lobos escocés. no sabía qué significaba. por lo menos imposible para ella. Dentro no quedan más que unas cajas de madera y el fogón. Helada. aún conserva una capa de nieve. Se dice también que está obligándose a hacer algo que teme hacer. Inconscientemente.. Un alambre asegura la puerta. Va hacia la puerta andando por una costra de nieve sucia. Al verano siguiente. Era el único chico que había querido besarla. De regreso a casa. Al cabo de casi una hora. un puñado de clavos. la mayoría. lo que era raro en él. años después.

alguien ha hecho un dibujo a lápiz de Laurent Jammet. Maria siente vergüenza no sólo por estar viendo la imagen de un hombre desnudo. temiendo que su hermana pueda meter la mano buscando algo. con la imagen hacia dentro. Su primer pensamiento coherente es que debe quemar el dibujo para evitar que alguien lo encuentre y saque la misma conclusión. No es Françoise. haciendo que el calor le suba por la garganta. Pero allí. Luego. como si hubiera tratado de desembarazarse de ella a patadas. Debía de ser verano porque tiene la sábana enredada en los pies. Parece que pone François. lo introduce en la bota. Porque la autora del dibujo amaba al modelo. profunda. Maria siente que le arde la cara: es Laurent en la cama. está segura. 291 . con un punto de aprensión. Lo esconde en el escote. El dibujo la perturba de una manera extraña. Y entonces piensa en Francis Ross. Si por lo menos se le pasara este sofoco. al parecer dormido. cerca del corazón. Finalmente. y desnudo. sin la «e» final. con gesto de impaciencia. porque si el dibujo fuera de ella querría recuperarlo. sino también porque tiene la impresión de haberse colado en la intimidad de una persona. La mano del dibujante no era hábil. pero algo encuentra. Se ha quedado inmóvil.Stef Penney La ternura de los lobos parezca. le abrasa la piel como un ascua. como el que se usa en la tienda de Scott para envolver la mercancía.. donde estará seguro. desde luego. sin darse cuenta de que ya anochece. a la luz del crepúsculo.. Lo dobla cuidadosamente. algo escondido entre el marco de la puerta y la pared (¿qué le habrá hecho mirar ahí?). pero el trazo es airoso y sugestivo. con el papel en la mano. pero enseguida lo saca. En un trozo de papel marrón. Trata de descifrar el garabato de la firma. comprende que debe darlo a Francis. y lo guarda en el bolsillo. pero también desde allí emite cálidos efluvios que ascienden por la pierna mientras ella cabalga de regreso a Caulfield.

lo siento —dice con voz trémula.Stef Penney La ternura de los lobos Line se afana en encender fuego. muy caliente. pero estando sola como ahora. pero luego callan y se acurrucan más cerca del fuego. Ya mengua la luz. Hay que aceptar las cosas como vienen. Pero ella aprieta los labios en un rictus de amargura. los tres charlan alegremente mientras esperan. Y Espen se ha ido. Ha estado muy callado desde que perdieron la brújula hace un par de días. apretada junto al muslo derecho de Line. no se da cuenta de que le hace daño y él no se atreve a pedirle que pare. Pero cuando Anna se ha dormido. Torbin. Luego prepara un potaje con harina de avena. no puede evitar 292 . —Sssh. Duerme. le echa azúcar y se la hace beber a los niños. le habla en un susurro. —Line habla sin mirarlo—. Line permanece sentada en la boca del refugio. Trata de no pensar. Line pone agua a hervir. Por su culpa están perdidos en el bosque. —El niño llora en silencio —. —Siento haberme escapado. —No seas tonto. Ella le acaricia el pelo con la manopla. Como no puede dormir. Después de aquel solitario disparo de rifle no se ha oído nada más. esperando oír el sonido de pasos de alguien que se acerca. Por su culpa. mirando al fuego. Al principio. Es fácil mostrarse animosa cuando los niños están despiertos y tiene que tranquilizarlos. —Mamá. una vez más. escaldándoles la boca. donde ha estado escondida durante el día. Al final ellos dejan de preguntar. con los niños abrazados a sus piernas. Su mano se mueve mecánicamente y ella no se da cuenta de que Torbin se ha puesto rígido. que está al otro lado. No es el eterno descontento de siempre. sin más compañía que la de sus temores. Después les prepara un refugio para la noche. bayas y carne de cerdo desecada. a fin de que él pueda verlo desde lejos. ella se ha quedado sin compañero. Ahora también él se ha perdido. Duerme. Line contesta con evasivas a las preguntas de los niños y los manda a recoger leña para avivar el fuego. Por eso nos hemos perdido. La ración de Espen se cuaja en la olla. y la oscuridad sale de las raíces y los troncos podridos. que comen en silencio. Él no vuelve. Todo por mi culpa. Es verdad que por su culpa extraviaron la brújula.

El otro caballo. aquí una mancha grande y muchas marcas de herradura en un ventisquero. Ahora lo pagará con la vida. asustado por algo que ha percibido entre los árboles. perdida en el bosque y rodeada de ventisqueros y sabe Dios qué. Se incorpora apoyándose en los codos. Se encuentra en un lugar remoto. luego van definiéndose los detalles. deben de estar detrás del refugio. que huele a deshielo. Con una náusea. Entonces todo cambia y él está a su lado. oscuro y frío. a sólo veinte metros de distancia. con el motín y el robo. Dice que se arrepiente de su insensatez. Los dos caballos están cerca. tan cerca que siente en la cara su aliento cálido y húmedo. Entonces baja la mirada. Y entonces ve la nieve. uno de los animales. En un momento en que ella siente más frío que nunca. de pensar que podía hacer dinero de esta manera. sabía que podía obligarlo a hacer lo que ella quisiera. El lobo tenía que estar 293 . Line. Casi al instante sueña con Janni. la huella de una pata. Ella quiere acercarse pero no puede. Los niños no pueden ver esto. Line se deja vencer por el sueño y se echa entre sus hijos. pero es cálido y es de él. a cual más espantoso: allí. y cómo la deleitaba. lo que más teme es que Espen la haya abandonado. el enfermo. pisoteada y manchada. Del fuego no queda más que un montón de tizones mojados. En el sueño. mujer que confraterniza con lobos. pero sabe que. pasado el primer sobresalto. buscando comida. uno al lado del otro mirando en sentido opuesto. agacha las orejas y mueve la cabeza a derecha e izquierda. apenas se mueve. con el chal sobre la cara. Mira alrededor. aunque no esperaba que estuviera. con los orificios de las uñas alrededor. recuerda que Espen la llamó vargamor. de ser él. El aliento huele a rancio.. o se asustarán. escudriña la oscuridad con la esperanza de ver acercarse a Espen. Al final. Hay humedad en el aire. mientras sus ojos se habitúan a la media luz grisácea. No ve los caballos. Al principio se resiste a aceptar que las manchas de color granate sean de sangre. sin poder moverse. que está en peligro y parece que la llama. Sólo una. unos regueros rojos en la nieve. Cuando lo esperaba en los establos de Himmelvanger. en forma de arco. No se oye nada. Impresa en el único trozo de nieve intacta que queda fuera del refugio. Line despierta poco después del amanecer. Tiene unos cuatro centímetros de diámetro. Espen tampoco está. Ella lo ve desde una distancia inmensa: una minúscula mota oscura que yace en la llanura nevada. Line está paralizada. Estremecida.Stef Penney La ternura de los lobos sentirse angustiada. Ahora se le ocurre que quizá él se ha servido de aquella detonación como pretexto para escapar. Y ahora Line no sabe dónde encontrarlo. No sueña con Espen. Jutta no se habría alarmado. recuerda aquel aliento cálido y fétido del sueño.. Dos orificios están teñidos de rojo. que no tenía intención de volver. como si detectara una amenaza pero no supiera dónde. ella cierra los ojos y sonríe. A pesar de que está helada.

y ellos iban hacia el sur. Line permanece agarrada a las crines de la yegua hasta que deja de temblar. Tarda un largo momento en comprender que la dejó Espen ayer. Ve el rastro que ha dejado Benji al escapar de los lobos: debían de ser unos cuantos. Line se levanta con sigilo.Stef Penney La ternura de los lobos encima de ella. va en la dirección de la que han venido: no tendrán que ver dónde ni cómo acaba. —Todo va bien —dice al animal con voz firme—. No ha vuelto a nevar desde que se fue. Apunta al oeste. y entonces va a despertar a los niños para decirles que hay que seguir adelante. cerca del tronco de un cedro. con medio cuerpo dentro del refugio. pero no lo ha hecho. 294 . Todo va bien. Con el pie. y lanza un trémulo suspiro de alivio cuando la yegua le hunde la nariz en la axila. Al parecer. Line tiene un sobresalto y el corazón le da un vuelco al ver a Jutta venir trotando hacia ella entre los árboles. Podría haber seguido su propio rastro para volver junto a ellos. nada ha cubierto sus huellas. Todo va bien. Afortunadamente. jadeando sobre su cara mientras ella dormía. bien dibujada. echa nieve sobre las huellas más evidentes y tapa la parábola de sangre con puñados de nieve. Ve otra señal y la mira fijamente: es la huella de una bota. el alivio es mutuo.

supone que así lo hará. —Tenga. —Vamos. a pesar de que. El propio Donald no puede reprimir el impulso de volver a visitarla. donde está el dormitorio. pese a que su intuición se sustenta en un indicio tan tenue como el del nombre de su hija. él no ha tenido tratos con criaturas. Aparte de las hijas de Jacob. con la que consigue insultar tanto a la señora Ross como a Parker e incluso al propio Donald. esperando permiso para entrar. Donald ya se encuentra frente a la puerta de la cabaña. La sostiene con 295 . ¿Eran figuraciones suyas o la mujer lo miraba con aire divertido? Tanto Parker como ella le recomendaron con insistencia que vigilara los movimientos de Stewart y. Nesbit lanza a Donald una mirada oblicua. Amy. la idea había partido de ella. dejando a Donald con la niña. Observa que Stewart se acerca al poblado para interesarse por Elizabeth. Éste calla pero se enfada.Stef Penney La ternura de los lobos Donald sigue con la mirada a Parker y a la señora Ross. y la pequeña lo mira ofendida. Nesbit y Stewart les desean buen viaje y vuelven a sus despachos. Cuando Parker le expuso su razonamiento. Stewart no deja de dedicarle atenciones. A pesar de la franca hostilidad que ella le demuestra. la mece nerviosamente. Elizabeth está arrodillada al lado del fuego. levanta en brazos a la pequeña. que se revuelve y forcejea en sus brazos. Cuando Stewart vuelve a su despacho. vamos. Elizabeth pasa al otro lado de la cortina. No es eso sólo: es evidente que las facciones de Elizabeth son de mujer blanca y que. aunque piensa que no hay motivo para ello. Donald se la llevó aparte y le dijo lo que pensaba del plan. Él. y se la da. me está matando. al parecer. enjugando las lágrimas de la niña. sin saber qué hacer. Cruzan la puerta de la empalizada y se dirigen hacia el noroeste sin mirar atrás. que está berreando. y ésta es la primera vez que se ve con una en brazos. por lo que él recuerda. para habituarse a su olor y al de unas personas que no tienen costumbre de lavarse. Se le ha despertado una curiosidad irresistible desde que se le ocurrió que ella podría ser una de las niñas Seton. no llores. pensó que era un insensato. que se alejan del puesto. Donald respira por la boca. cargada de sorna. Lanza a Donald una mirada rápida y displicente. El humo irrita los ojos. tienen un leve pero apreciable parecido con las de la señora Knox. y algo todavía peor cuando el otro añadió que la señora Ross lo acompañaría.

que pellizcan con una fuerza sorprendente. Se alegrarían tanto de verla. como si fuera un animalito imprevisible. a pesar de los años. —Últimamente. en represalia. con un suspiro. Se hace un largo silencio puntuado por los sonidos del fuego. Fueron muy amables conmigo. mejor dicho. la pequeña deja de llorar. la madre de las niñas. Donald se da cuenta de que ha estado conteniendo la respiración y exhala el aliento. —Hábleme de tía Alice —pide ella en voz baja. Pero tenía presente el caso porque hace poco me habló de él una persona que lo vivió muy de cerca.. El señor Knox es el magistrado. —¿Qué le hizo pensar en las Seton? —pregunta bruscamente—. Ella elude su mirada.. es. —Ah —repite ella. no era un bebé... pronunciando el nombre con cálido afecto. con los ojos fijos en su hija. Se nota que. 296 ... Su esposa era. lo disimula. objeto misterioso recién descubierto que le encanta. Todos ellos. —Verá. un hombre excelente.. Trata de aparentar calma y de no mirarla inquisitivamente. ¿Sólo el nombre de Amy? Donald la mira. Susannah y Maria. —Maria tendría unos dos años —dice él. —Donald mira la cara de la mujer. con el esfuerzo. No lo superaron. A Donald le da un vuelco el corazón. pregunta—: ¿Las recuerda? —Claro. por alguna razón. he conocido a la familia de Andrew Knox. Ella mira hacia las sombras sin dejarle adivinar sus pensamientos. le da un manotazo en las gafas. provisto de una dentadura afilada. los Seton. desprevenido. en Georgian Bay... una era un bebé y la otra no tendría más de dos o tres años.. Cuando vuelve Elizabeth. ya han muerto. Me gustaría que los conociera.. Elizabeth los observa un momento. No recuerdo quién era quién. Él venía para hablar de Stewart. —Ah. No obstante. La última vez que las vimos. —Donald observaba fijamente a la mujer cuando la niña ha dado un tirón a la corbata que casi lo estrangula— es hermana de la señora Seton. —Susannah. —Si ella siente algo más que un interés pasajero. —Están bien y. —Es una mujer encantadora y sensible.Stef Penney La ternura de los lobos precaución.. —¿Qué le dijo ella? —Que aquello destrozó a los padres. —Seguramente. el recuerdo de aquella desaparición la entristece profundamente. Amy está jugando con la corbata de Donald. son una familia encantadora. ¡No puede imaginarlo! Ella sonríe de un modo extraño. que si algo refleja es resentimiento—. viven en Caulfield. Donald trata de imprimir serenidad en su voz. Yo tenía once años. pero. Ellos. Ella asiente levemente. Donald desprende de sus labios los dedos de la niña. está oprimiendo con fuerza a la niña que. y tienen dos hijas. —Envalentonado.

—Supongo que no recuerda lo que ocurrió. Él no hacía más que preguntar por Amy. ajena al drama. en todos los hechos que se han encadenado.. ¿Cathy?) no quería alejarse. como si hubiera sentido una corriente de aire. —Sólo si usted me autoriza —responde él.Stef Penney La ternura de los lobos —Supongo que les hablará de mí. mi hogar. pero su voz no cambia cuando dice: —Debo pensar en mis hijos. ¿Dolor? ¿Incredulidad? —¿Él decía eso? Donald no sabe qué responder. —¿Le dijeron que mi padre me había encontrado? —¿Cómo? ¡Ellos dicen que nunca más se supo nada de ustedes! Algo vibra en la cara de la mujer. Me había casado hacía poco. mi pasado. —Pero. pero cuando Elizabeth lo mira tiene los ojos secos. Siempre fue ella su favorita. —Recuerdo. —¿No lo comprende? Ellos perdieron a sus hijas. Y no volvió. No sin dificultad. No sé lo que le habrán contado.. —Yo me negué a volver con él. Parecía culparme de que ella no estuviera conmigo. A buscar frutas del bosque. Su imagen impide que lo abrume la compasión.. porque decía que hacía mucho calor y 297 . —Oh. —¿Importa eso ahora? —¿No importa siempre averiguar la verdad? —Él piensa en Laurent Jammet. No puede culparlo de que preguntara por su hermana. en los esfuerzos que se están haciendo para descubrir la verdad. Donald no puede disimular su estupefacción. —No sabe qué decir. Elizabeth se estremece. Pero él deseaba encontrar a Amy. Ella vuelve la cara hacia otro lado. De toda Norteamérica llegaban cartas de personas que decían ser ustedes o haberlas visto. Donald mira a la niña.. Piénselo. Donald consigue extraer el pañuelo de debajo del cuerpo de la niña para ofrecérselo.. Su mirada torva parece decir: ¿lo ves? —Ustedes han sido.. Habría podido volver.. —Mi padre me miraba con horror. —Debo pensar en mis hijos —insiste ella—. —Donald porfía en su intento de arreglar las cosas— el gran misterio de nuestro tiempo. Eran famosas.. Sé que ellos no la obligarían a hacer algo que no quisiera hacer. haciéndole cruzar llanuras nevadas para traerlo a esta pequeña cabaña. Discutíamos acerca de hasta dónde iríamos.. pero yo lo perdí todo: mi familia.. Siguió buscando hasta que murió.. —Desde luego... Hasta desde Nueva Zelanda escribió una mujer. todo el mundo se enteró del caso. ¡Tuve que aprender a hablar de nuevo! No podía separarme de lo que era mi vida.. Ahora que se han quedado sin padre. —Él estaba trastornado. otra vez. pero habíamos salido a pasear. La otra chica (¿cómo se llamaba?. Ella menea la cabeza. me parece.

me encontró.. Una lágrima le resbala por la mejilla—. sin darse cuenta..Stef Penney La ternura de los lobos tenía miedo de que el sol le quemara la cara. Ella inclina la cabeza.. Su voz se extingue. hurtando la cara a la luz. eso creo. Se pasea durante unos momentos y luego dice: 298 . Entonces discutí con Amy. Elizabeth parece estar mirando a uno que estuviera detrás de Donald. Que no sepamos de ella no significa que haya muerto. sentada en su regazo. que me había dejado sola.. Si hubiera oído gritos lo recordaría. — Elizabeth (a pesar de todo.. Me pareció oír lobos. cuando ya es tarde. Entonces. pero no.. —.. Lo siento. No sé qué le pasó. Hay un largo silencio. Amy me decía una y otra vez que no fuera tonta. Y nadie vino a buscarme.. No venía nadie. ¿Amy desapareció en el bosque? —Creí que había vuelto a casa. con el que nunca se ha llevado bien.. Imprime un tono jovial a su voz. Y él no hacía más que preguntar por Amy. La querían. mi tío indio. Habla con la mirada fija en un punto situado un poco más arriba del hombro de Donald. y la cabaña se llena de fantasmas. muy cansada. para no quedarme sola. Elizabeth toma en brazos a su hija y niega con la cabeza. ella no estaba. Creí que me habían abandonado para que muriese. Donald sólo tiene un hermano. está ocupada en quitarse las medias—.. —La niña. —Así pues. —Sonríe levemente—. hasta que mi tío. —Yo también tenía miedo.. Y entonces. Perdóneme por haberle hecho hablar de eso. Él. Pensé que había encontrado el camino y me había dejado en el bosque porque estaba enfadada conmigo. No sé. —Quizá su hermana aún viva. Estaba demasiado asustada para abrir los ojos. Esperé mucho tiempo. —Pero aquí está Amy.. contiene la respiración.. Donald la mira con tristeza. En realidad tenía miedo del bosque. cuando volví a ver a mi padre pensé: vienes ahora que soy feliz. Todo el mundo compadecía a los padres y se dolía de su pérdida. pero también sufren los que se pierden. Ella se empeñaba en ir más lejos y yo no quería desobedecer a nuestros padres. —Ellos eran sus padres. Nunca dejaron de buscar. y la idea de que pudiera perderse en el bosque no deja de parecerle atractiva. Me dormí. Miedo de los indios. —Gracias por contármelo. Por lo menos. Yo estaba. mayor que él. Se le ha dormido la pierna y le duele al moverla.. —No lo sabía.. que no se atreve a moverse para no romper el hilo. Pero al fin nos dimos por vencidas y nos dormimos. —También yo la he perdido. —Su voz es fina y tensa como un hilo a punto de romperse. Ella se encoge de hombros. Elizabeth no responde ni levanta la cabeza. —Su mirada se despeja y busca la de él—.. Oscureció y no encontramos el camino. Pero la seguí. No sé. pero quizá lo soñé. él no se habitúa a llamarla Eve) lo mira fijamente.

—Él irá con usted —replica ella con sencillez en un tono que no admite discusión—. —No vaya. Donald mira a Elizabeth. Elizabeth lo mira con gesto de sorpresa. no digamos de un niño. no puedo consentirlo. tendrá la certeza de que sus sospechas son verdad. Donald mira hacia el edificio principal. Después. Necesito pruebas. Norah regresa al edificio principal. ¿Y si ocurriera algo? No puedo permitir que venga. También él lo desea. ojos rasgados bajo gruesos párpados. —Se siente abochornado por su incapacidad. —De viaje. Norah le ha pedido que se niegue a ir. ni siquiera de sí mismo. —Tengo que ir. Si no regreso. se perdería. Elizabeth dice simplemente: —Ahora ya es un hombre. Donald decide rápidamente. Quizá a cazar. Donald la mira boquiabierto. Ella no se molesta en responder. Una de ellas es Norah. Dos mujeres hablan con vehemencia delante de la puerta de la cabaña. Baja la voz—: No puedo hacerme responsable. De pronto siente el corazón en la garganta. Si no. En aquel momento Alec. el hijo mayor de Elizabeth. —Y da un beso a Amy. ¿Ha llegado el momento? —¿Ha dicho adónde o por qué se van? Es importante. sale de una cabaña vecina con otro chico. El chico apenas le llega al hombro..Stef Penney La ternura de los lobos —Quiero que les hable de mí. Donald mira al muchacho. He de averiguar adónde van. cara redonda. cuando ya va hacia su habitación a prepararse para el viaje. que alza los ojos buscando los suyos y asiente. —Stewart ha dicho que iba a buscar a su esposo. Debe de parecerse al padre. Será fácil seguir el rastro. —Un último favor: ¿qué están diciendo? Elizabeth lo mira con una sonrisa sardónica. hundiendo la cara en la nuca de la niña. —Norah está preocupada por Medio Hombre. —Los seguiré. La Compañía necesita pruebas. —Es que no puedo.. Elizabeth sacude la cabeza. Donald no ve en él nada que le recuerde a Elizabeth: piel oscura. y las dos mujeres se van. No me pasará nada. —Alec irá con usted. Es la primera vez que él ve en su cara esta expresión. Donald se vuelve y ve que Elizabeth lo observa desde la puerta de la 299 .. Es peligroso. —No. —Donald no sabe cómo decirlo: no se siente capacitado para cuidar de alguien con este clima.. aunque Medio Hombre está casi siempre muy borracho para apuntar bien. Se marcha con Stewart. pero él no quiere. Elizabeth llama al muchacho y le dice unas palabras en su lengua.

Es humano querer saber. ¿verdad? No es que no la quisiera.Stef Penney La ternura de los lobos cabaña. 300 . Usted lo comprende. Lo mira. pero no dice nada. Ella lo mira entornando los ojos al sol de la tarde que luce en un cielo de metal bruñido. —Su padre sólo quería saber —le dice—.

atisbo por debajo del emplasto. Sólo espacio y luz. que me examina los ojos. Ya casi es Navidad y. acobardado y frenético. —¿Y por qué vamos allí? Como Parker tarda en contestar. retiro el emplasto: es de mala educación no mirar a una persona al hablarle. kilómetros recorridos y kilómetros por recorrer. Sé que ayer. A pesar del chal que me cubre la cara. comprendo que están irritados y llorosos. envueltas en una tela que enfría con nieve. —¿Cómo se llama? —Que yo sepa. 301 . Luego no consigo encontrar el recipiente que he dejado en el suelo con la nieve fundida.Stef Penney La ternura de los lobos Este tiempo tiene cosas extrañas. como había estado yo. A este lado de la empalizada no hay traiciones ni intrigas. Los perros están muy contentos de ir de viaje otra vez. pero estaba tan contenta de irme con él y me parecía tan hermosa la llanura blanca. Antes de que él lo diga. debí taparlos. Primero. Las cosas parecen simples. y me lo da para que me lo ponga en los párpados. añade —: Llegaremos pasado mañana. no tiene nombre.. llamo a Parker. que ni lo pensé. Parker prepara un emplasto con hojas de té hervidas. tropiezo con uno de los perros y caigo al suelo desgarrándome la falda y desencadenando un concierto de ladridos. descubro el resultado de mi estupidez. Me alivia. tal como lo vi en el despacho. comparada con los sucios alrededores de Hanover House. —¿Y allí qué hay? —Un lago y una cabaña. al salir. Él no parece advertirlo porque está mirando a lo lejos. Y cuando he vuelto a ponérmelo. el cielo resplandece como en un soleado día de julio. en cierto modo. —No se lo quite —dice él. Tratando de reprimir la alarma. Quizá sea preferible no tenerlo a mano. aunque caminamos sobre nieve helada. pero no es tan efectivo como unas gotas de láudano. Pienso en Nesbit.. Cuando se pone el sol. y yo los comprendo. ese sitio? Por la fuerza de la costumbre. —Porque allí están las pieles. —¿Cuánto nos falta para llegar a. esta luz me hiere los ojos. sólo el embotamiento del cerebro me hace verlas así. Pero no lo son. Siento en ellos dolorosos latidos y veo destellos rojos y púrpura.

—Lo sé. Él y Nepapanees.Stef Penney La ternura de los lobos —¿Las pieles? ¿Las pieles que se llevaron los noruegos? —Sí. fingir que están en otro sitio? —Creo que él ya sabe dónde están. Algo duro y puntiagudo me roza los labios. —Así podrá estar seguro. Su pulgar. espero las palabras tranquilizadoras de Parker. por tanto. que no regresó y que. me roza los labios. Pienso en lo que esto significa. «¿Y entonces qué?». Debe de estar buscándolas.. sintiéndome ridícula. —Umm —hago con desenfado. —¿No podríamos. aún debe de estar allí. Y siento que el miedo me penetra hasta la médula. —Tengo miedo. desencadena una explosión de dulzura un punto picante. Eso sólo sabe bien. una voz antipática: «Podías haberte quedado en el puesto. —¿Por qué quiere llevarlo hasta ellas? Es lo que él está esperando. En mi cabeza suena otra voz. Él ya ha venido por aquí. de modo que ahora aguanta. ¿Esto cura los ojos? —No. sintiéndome segura y hasta audaz detrás del emplasto—. Vuelva a ponérselo. —¿Está bueno? —pregunta. —Su voz suena más aguda y hasta un poco jocosa. Quizá es el guante. y por su voz adivino que también él sonríe. Parker dice: —Abra la boca. Es fácil ocultar mi reacción detrás del emplasto. como pensando la respuesta. Nepapanees. pienso. No tengo ni idea de dónde lo ha sacado. eligiéndolas cuidadosamente. pero no tan fácil fingir que soy lo bastante valerosa para enfrentarme a esto. Ladeo la cabeza. Cierro la boca en torno al objeto que.» Después de otra pausa. y siento en la boca lo que parece un trozo de hielo plano.. —Abra la boca. al derretirse con el calor. Tú solita te has metido en esto. un poco ahumado con perfume de fuegos de otoño. 302 . Si fuéramos en otra dirección no creo que nos siguiera. o su índice. Ahora me quito el parche y lo miro abiertamente. Está áspero como papel de estraza. Detrás de mi máscara. Las palabras no llegan. La abro un poco. Sonrío: es azúcar de arce. de bordes afilados. pero no me atrevo a decirlo en voz alta. obligándome a separarlos más. —De eso se trata. Inhalo un aire dulce. —¿Cómo? —¿Este hombre me lee el pensamiento? La sensación de vergüenza que me invade ahoga el miedo.

Confía en que Francis Ross se 303 . Si presenta el caso con habilidad (que no le faltará) y convicción suficientes. no ha de serle difícil. Lo fuera o no. y cada paso que da lo acerca a Francis Ross y al objeto de su viaje. Luego empezó a preguntarse —porque ante todo él es realista— si no tendría razón Maria y el objeto era una hábil superchería. Pero aquí está. le hizo el asombroso relato de su conversación con Kahon'wes. Sturrock piensa que eso sería lo de menos. de todos. Ross. Él ha decidido que la tablilla está escrita en una lengua iroquesa y da testimonio de la Confederación de las Cinco Naciones. deslumbrado por el prístino esplendor de la nieve nueva. la incomodidad que causaría a los gobiernos de uno y otro lado de la frontera. se beneficia con ello? Estos eran los pensamientos de Sturrock durante las primeras horas de viaje. a esta gente debe de parecerles un anciano. porque Sturrock. el primer impacto lo hará famoso y la controversia que pueda generar después no será sino buena publicidad. Ha pensado mucho en aquello. un muchacho del pueblo que responde al nombre de Matthew Fox y que ansia demostrar sus dotes de conocedor del bosque. un guía nativo llamado Sammy. se siente animado de una pasión que creía perdida para siempre. él es el único cuya compañía no es bienvenida. Quién sabe si no fue grabada en aquel tiempo.Stef Penney La ternura de los lobos Cinco voluntarios componen la expedición de búsqueda: Mackinley. él comprende la trascendencia del asunto: la repercusión que semejante descubrimiento tendría en la política para con los indios. ex buscador de desaparecidos. además de un forastero del que nadie sabe qué está haciendo en Caulfield. el hombre que sufre la ausencia del hijo y la esposa. la fuerza que imprimiría en las demandas de autonomía de los nativos. Sturrock comprende que. Ha entrado en el grupo gracias a su innegable simpatía y a una larga velada que pasó dando coba al zorro de Mackinley y describiéndole viejas hazañas. En el fondo. Incluso le habló de sus dotes de rastreador. ¿Cuál es el hombre que no ansía hacer el bien si. Él convencerá a Kahon’wes para que lo apoye. pero por fortuna Sammy no ha necesitado su ayuda. ¿Podía saber Kahon’wes que él estaba relacionado con el asunto? ¿Podía haber dicho aquellos nombres por pura coincidencia? Imposible. Por el momento. Desde que Maria Knox. no tiene idea de qué rastros están siguiendo. al mismo tiempo. a su regreso del Sault. no permite que le preocupe la circunstancia de que ahora mismo ignora el paradero de la tablilla. y Thomas Sturrock.

contrito pero aliviado. —Lo que me figuraba.. no lo demuestra. atento a poner las raquetas en las huellas del muchacho que va delante. Maria le dijo que había visto a Ross en Sault en compañía de una mujer. —Sturrock se permite una modesta sensación de halago—. Ha ensayado lo que le dirá. ya que una idea tan escabrosa le parecía impropia de Maria. —Ya... No como usted. 304 .. pero Sturrock. si le preocupa la suerte de su mujer y su hijo. señor Ross — dice. y ya se las ingeniará él. Al cabo de un momento. que va en cabeza. El otro día estuve en Sault. y añade—: Sólo salidas de caza. que va el último.. Ross. Esta conjetura divirtió a Sturrock. Ella tuvo un sobresalto al verme. imagino que la noticia de que tengo una amiguita habrá corrido por todo el pueblo. y comentó si la desaparición de su esposa sería tan fortuita como se suponía. —No lo bastante preocupado. Sturrock sonríe. que se le ha cortado con la sacudida. cae de rodillas. pero éste no ceja. —No mucho —gruñe Ross pero luego se ablanda. Fui a ver a una amiga de mi esposa.Stef Penney La ternura de los lobos la haya llevado. tratando de dominar el jadeo—. y Sturrock. que va delante de él. —Suena sarcástico. y aprieta el paso para alcanzarlo. piensan algunos. vuelve la cabeza y se para a esperarlo. Una raqueta se encalla en un saliente de la costra de hielo. muchas veces.. quizá al percibir la fatigosa respiración del viejo. A Sturrock le intriga este hombre. —Parece sentirse a sus anchas en estos parajes. Hacía años que no viajaba en estas condiciones. El frío hace que le duelan todas las articulaciones. Ross da unos pasos en silencio. Ross prosigue—. Confía en que ésta sea la última vez. Debe de estar usted preocupado por su familia. mirando el suelo. Menos mal que no retrocede para ayudarlo a levantarse. —Oh. Esto no le hace acreedor a la simpatía de los otros hombres de la expedición. Apostaría a que ha viajado lo suyo. no puede verle la cara. Ross lo mira torvamente. se da cuenta de que ha caído. Su cara no expresa nada. Apoya la manopla en la nieve mientras recobra el aliento. y había olvidado este cansancio. Al segundo día de salir de Dove River. Sammy se para y levanta una mano pidiendo silencio. Se alegra de que la señora Ross tenga a alguien que la quiere. sería demasiada humillación. El guía. por si sabía algo de ella. cuando lo encuentren. Todos se detienen. —Uno no tiene por qué hacer alarde de sus sentimientos. Allí vi a la mayor de las Knox. a lo que ella repuso que no era mucho más escabrosa que la hipótesis «oficial»: que la señora Ross se había marchado con el prisionero fugado (¡sin que su marido se inmutara lo más mínimo!). Ross se ha resistido a los intentos de Sturrock de entablar conversación. Hasta ahora. para convencerlo de que se la entregue.

Sturrock llega junto a la mujer e hinca una rodilla en el suelo. a pesar de que no son ni las dos de la tarde. mientras mira a Sturrock con ojos oscuros y recelosos. Sammy y Matthew construyen un refugio detrás de un árbol caído y recogen leña para encender un buen fuego. Deciden acampar. mirando la escena con ojos de asombro. Los hombres miran asustados. Es tan difícil el avance que tardan en distinguir quién los llama. —¿Dónde estamos? —pregunta ella sin preámbulos. El niño se acerca y apoya una mano en el hombro de la mujer en ademán protector. —Hola.. le indica que desea hablar en privado. Sturrock oye un alarido agudo y comprende que es humano. como si tuviera miedo de él. Todos muestran síntomas de congelación y agotamiento. de alegría y también de temor de que ellos sólo sean un espejismo. Ella está demacrada de fatiga y lo mira con ojos desorbitados.Stef Penney La ternura de los lobos habla con Mackinley y éste se vuelve hacia los demás. —Tranquilícese. Va a decir algo cuando de los árboles que tienen a su izquierda surge un grito y crujidos de ramas. en pleno invierno? Entonces la ve claramente: una mujer delgada de cabello oscuro viene hacia él arrastrando un chal. ¿De dónde vienen ustedes? Ella lo mira fijamente un momento y vuelve los ojos hacia los otros. Mackinley y Sammy empuñan rifles. —¿Habla usted inglés? ¿Me entiende? Los otros hombres los rodean. ya pasó todo. Ninguno dice ni una palabra que se entienda. se adelantan hundiéndose en los ventisqueros y sorteando matorrales y obstáculos ocultos. Sturrock nunca ha sabido hablar a los niños. sólo perciben imágenes fugaces entre los árboles. No está seguro de que ella le entienda. La mujer corre entre los matorrales hacia Sturrock y cae de bruces a pocos pasos de distancia. 305 . La mujer y los niños se sientan junto al fuego.. ¿De dónde venís? El niño musita unas palabras ininteligibles. en gesto versallesco que las raquetas entorpecen y convierten en parodia.. Él y Angus Ross.. y la mujer le contesta en la misma extraña lengua. un niño de unos siete u ocho años y una niña aún más pequeña. pero.. ¿una mujer? ¿Mujeres aquí. por si es un oso. que no es francés ni alemán. Están a salvo. Con un gesto. Angus Ross prepara té y comida. la mujer se levanta y se acerca a Sturrock. Son una mujer.. y ambos se alejan unos pasos del campamento. de mujer. en el momento en que Ross toma en brazos a una niña. con la boca abierta en un grito de extrema fatiga. Después de conversar con sus hijos en voz baja un momento. Mackinley se mete en el bosque por donde señala la mujer y reaparece trayendo de las riendas a una yegua desnutrida a la que envuelven en mantas y dan harina de avena. Otra figura sale corriendo de los árboles detrás de ellos. Sturrock observa que habla casi sin acento. —A día y medio al norte de Dove River. los que están más cerca. y éste no parece amigable. Calma. Sturrock cree que hay más de una figura.

así que ni lo intenta. —Gracias. —¿Quiénes son las personas que están siguiendo? —pregunta. («¿Así que es usted de Toronto. Con nosotros venía otra persona que fue a. —Vamos. incluso de vez en cuando lo mira con una dulce sonrisa. La mujer se anima sensiblemente. Quizá. que es empleado de la Hudson Bay Company. vamos. que su marido puede estar herido. Matthew y Sturrock acompañarán a la mujer y sus hijos a Dove River. Vuelve a estar abatida. —Nos separamos. en un rostro ovalado y terso. —Eso no lo sabremos hasta que lleguemos al final. 306 . El propio Sturrock trata la congelación de las manos de la mujer. Si no lo han encontrado al anochecer del día siguiente. lo considera menos peligroso. Mackinley convoca una reunión de urgencia y decide que Sammy y él irán en busca del desaparecido —el rastro está claro—. pero suavemente y sin lágrimas. Sturrock le da palmadas en el hombro. Había lobos. Debe de haber sido terrible. —¿Qué hacen aquí? ¿Adónde van? —Si este interrogatorio denota ingratitud. excepto el del pelo corto y castaño. los demás permanecerán en el campamento. de las vagas explicaciones de la mujer. —¿Adónde conduce el rastro? Sturrock sonríe.?») Él se dice que ello se debe a que. Sturrock no está muy conforme con el plan. y ahora no sabemos dónde está. —Nosotros nos dirigíamos a Dove River —dice—. Ya están a salvo. Cuando desaparecen en la penumbra del bosque... pero sabe que no es la única razón. No tienen nada que temer.. por su edad. viajando lo más aprisa posible. Han desaparecido unas personas. se siente halagado por la preferencia que le muestra la mujer. Mataron al caballo. Ellos son de Dove River. La mujer lo mira a los ojos y él observa que los de ella son muy bellos. color castaño claro. —Se echa a llorar. ¿Ustedes han disparado un rifle estos últimos días? —No. le tiembla el mentón—. Perdimos la brújula y el otro caballo. —Es imposible explicar el caso en pocas palabras. Por otra parte. La mujer suspira y parece aliviada de sospechas y temores. que no ha hablado en privado con nadie más y se mantiene cerca de él.. Podían habernos atacado a nosotros. esperanzada—. Ross distribuye dedales de brandy. —Por fin. Ross. No sé qué habría sido de nosotros. ella no parece advertirlo. pero comprende que lo más conveniente es dejar que sigan adelante los más experimentados. límpidos. —Seguimos un rastro hacia el norte. —Muda de expresión..Stef Penney La ternura de los lobos —¿Ustedes quiénes son? —Me llamo Thomas Sturrock. Nos han salvado la vida. y el guía. una vez los niños se han dormido profundamente. de Toronto.. después de deducir. Aún es de día cuando Mackinley y Sammy se van.. pero ya pasó..

. Hace muchos días que se fueron y no se ha tenido noticias de ellos. posiblemente en persecución de alguien. mirando con cautela a Ross. y desapareció con la madre de Francis. con los ojos muy abiertos y brillantes. Pero sí. En nada se parece a la despavorida criatura que ha salido del bosque hace un par de horas. señor Ross. Inspira hondo y ladea la cabeza. Dos hombres de la Hudson Bay Company.. Nos han salvado la vida. quien se siente obligado a decir: —Es un caso extraño y difícil de explicar. Ross se vuelve hacia ella por primera vez y la mira fijamente. que luego escapó. Por eso. —¡Y eso no es todo! —Matthew se inclina hacia delante. no. Un hombre fue arrestado por el asesinato. Sturrock no habría creído que aquel rostro granítico pudiera humanizarse tanto. salieron en su busca. alguien lo soltó. en resumen. La mujer se inclina hacia el fuego. un mestizo de mala catadura.Stef Penney La ternura de los lobos Ross suspira y calla. Matthew mira de Ross a Sturrock. y mira a Ross con ojos asustados. hace varias semanas se produjo un desgraciado incidente: un hombre murió.. ¡y no se los ha vuelto a ver! Matthew calla y se ruboriza al darse cuenta de lo que ha dicho. Todos están muy bien. sanos y salvos.. encargados de la investigación de los hechos.. aguijoneado por el interés demostrado por la mujer—. —No se sabe si se fueron juntos ni si alguno tomó este camino — le recuerda Sturrock. Quizá el señor Ross. el hijo del señor Ross desapareció de Dove River. y que ambos están bien. ¿comprende? Al mismo tiempo. De no haberlo visto con sus propios ojos. bueno. —Han sido ustedes muy buenos con nosotros. el motivo por el que estamos aquí: encontrarlos y asegurarnos de que están.. que parece indiferente—. 307 . ¿No? Verá. creo que debo decirle que he visto a su hijo y su esposa. éste es.

Se viste y va hasta la puerta. Ignora qué hay detrás de las puertas. cada vez más aprisa.Stef Penney La ternura de los lobos A Francis la despierta una mañana de sol por primera vez en semanas. se dirige hacia él. Francis piensa con rapidez. Nadie viene corriendo. ya que los Elegidos del Señor son gente de paz y no suelen portar armas. Al fin encuentra una puerta que da al exterior y sale. Oye un grito y. Está abierta. Practica con la muleta yendo de un lado al otro por delante de la puerta. Alguien está interrogándolo. —¿Recuerdas que te dije que Line y el carpintero se habían ido? Él ha vuelto. —¿Qué ha pasado? —pregunta Francis—. apenas hay señales de vida. Avanza por el corredor. Fantasea: quizá se han ido todos. lo fue anteayer o el otro (aquí es difícil llevar la cuenta de los días). ¿Qué hacen todos ahí fuera? Jacob mira por encima del hombro. Su primer impulso es retroceder y esconderse. sale al corredor. La vigilancia se ha relajado desde que Moody se fue. dobla la esquina de los establos. Al ver a Francis. De todos modos. pero entonces va hacia el hombre y lo increpa: —¿Qué has hecho con ella? —grita. Francis se acerca al grupo de noruegos. Percibe un silencio inquietante. se acerca. Apoyándose en la muleta. El aire libre es gélido y delicioso a la vez. Ve un grupo de gente a unos cincuenta metros. Quizá alguien se asuste al verlo y le dispare. Ni rastro de Jacob. guiándose por el sonido. el frío le corta la cara y le lacera los pulmones. En medio de todos está el hombre al que debe de referirse Jacob: un tipo de ojos hundidos con la nariz y las mejillas moradas de frío y el bigote y la barba blancos de escarcha. sin saber siquiera si el hombre 308 . Se pregunta qué ocurriría si saliera solo. pero él parece aturdido. pero. su carcelero. Echa de menos los sonidos habituales del corredor y el patio. Francis tarda en reaccionar y se lo reprocha a sí mismo. No es probable. ¿Cómo ha podido permanecer tanto tiempo encerrado en ese cuarto? Se enfurece consigo mismo. Algunas mujeres lloran y Per entona algo que suena a oración. tampoco podría ir a ningún sitio sin dejar en la nieve la delatora impronta de su cojera. ya que es la primera vez que sale de su habitación. en vista de que nadie parece muy interesado en su persona. El sol deslumbra. Así que éste es el carpintero que Line se llevó. Jacob está con ellos. Realmente. ¿Es domingo? No. pero él aspira hondo y se regocija.

Pero ella es fuerte. Espen necesita cuidados y alimento. Había lobos. pero… Es raro que los lobos ataquen y maten a tres personas..Stef Penney La ternura de los lobos entiende el inglés—. y yo no pude resistir más. vi sangre y ellos. La mujer de cara aguileña se aparta de él con visible repugnancia.. explica: —Fue espantoso.. —Creo que debemos entrar. Per les grita: —¡Jacob. Su asombro es comprensible. No hay ningún pueblo a tres días hacia el sur. Se oye un murmullo sordo porque la gente.. él podría indicarnos el camino. El hombre palidece aún más. Francis. Cuando llegan a la puerta de su habitación. ¿Dónde está Line? ¿La has abandonado? ¿Y los niños? El carpintero lo mira estupefacto. Francis. —¿A cuántos días de viaje? —Hmmm. —¿Dónde está ella? —vuelve a preguntar Francis. un río pequeño. Luego averiguaremos qué ha sucedido y enviaremos a buscarlos. Y la dejé. llorando. Ahora no quiere pensar 309 . Francis piensa en las atenciones de Line y en sus deseos de marcharse. no tenéis que volver ahí dentro! Venid con nosotros al comedor.. no estaban. todos se encaminan hacia las casas. en el pueblo. No habla hasta que casi están dentro. Francis supone que es la esposa abandonada. —¿Dónde la dejaste? El carpintero rompe en sollozos. —Mientes. El hombre solloza lastimosamente. abrazada a él. sorprendido y emocionado. Una mujer de facciones angulosas está a su lado. impresionada por lo ocurrido. Se limpia la nariz con la manga. Pero no lo encontré. —Ella. Comprendí que hacía mal... —No sé el nombre. Quizá no haya ocurrido lo peor. Estábamos perdidos... Comen pan y queso y beben café. Cuando volví. Los otros miran a Francis boquiabiertos y curiosos: la mitad no lo han visto desde que lo trajeron medio muerto. Jacob ajusta su paso al de Francis. Quizá no ocurrió así. no sé... Estaba junto a un río.. Ha hablado en su lengua y. habla en susurros.. Francis lo mira.. —Perdimos la brújula. Oí un disparo y pensé que si encontraba al cazador. llegamos a un pueblo. —¿Qué pueblo? ¿A qué distancia está? El hombre parpadea. medio en noruego y medio en inglés.. poco a poco. Tres días. —Mira. furioso y asustado. Per alza la mano reclamando atención.. Una noche. sigue a Jacob al refectorio. Quería regresar. No sé —balbucea el hombre—. Finalmente. ya que nunca lo ha visto.. Francis siente un nudo en la garganta..

Las tiene —tenía— a menudo. Aquél era diferente. Se alejó hacia el río. Ninguno de los presentes lo mira con recelo. Oyó abrirse la puerta y vio salir a un hombre de pelo largo y negro. ya hubiera emprendido aquel misterioso viaje definitivo. sin despedirse. Francis vio luz a través del pergamino de la ventana. Con un sobresalto. El hombre entró en la cabaña. En la mano llevaba algo que guardó cuidadosamente en su zurrón mientras miraba alrededor o. para evitar otro rapapolvo de aquella lengua despiadada. O haberse 310 . desde que ha abierto la puerta y ha respirado el delicioso aire frío. y se le han ablandado los músculos y descolorido la piel. Mucho rato sin pensar en Laurent. Se paró un momento en la puerta antes de abrirla. pero ¿para cuánto tiempo? También podía haber salido de caza. Lo más seguro era que Laurent se enfadara. A tientas. a decir verdad. pero él sabía que aquel hombre no era de Dove River: los conocía a todos por su manera de andar. Quizá había adelantado la marcha para evitar una escena. mascullando entre dientes. pero después de tanto movimiento le late la rodilla y se siente flojo como el algodón. por si Laurent tenía visita. y Francis tuvo una fugaz visión de una piel oscura y brillante. Laurent se había marchado. en dirección al norte. desde el montículo de detrás de la cabaña.Stef Penney La ternura de los lobos en ello. No era joven. o al menos no lo parece. Bajó la cuesta en silencio. Francis iría con ellos a buscar a Line si pudiera. y una cara pétrea.. —Laurent —susurró. y tiene la impresión de haberle sido infiel. Ha permanecido semanas en la habitación blanca. Aquella lejana noche. El desconocido se volvió hacia la puerta abierta y escupió en el suelo. Muy propio de él. Francis respiró con alivio: cuando había visita. Francis empujó la puerta. Francis permaneció inmóvil y en silencio. No llegaba ningún sonido del interior. Laurent. La luz repentina le hizo parpadear. tendía el oído con el gesto alerta del rastreador. hacía sólo un día y medio de su última pelea. un cabello grasiento largo hasta los hombros. Abrió la trampilla y encendió un junco que arrimó a la mecha. y Francis procuraba mantenerse alejado. pero también se notaba el calor de la estufa. buscando la entrada. Dentro había silencio y oscuridad. la luz se apagó y al poco volvió a salir.. mejor dicho. Hace semanas que. desde que ha visto al grupo de gente reunido en el campo blanco.. A menos que —y se estremece de pensarlo — ya se hubiera ido. fue hacia donde solía estar la lámpara y la encontró. Francis bajó del montículo y rodeó la cabaña.. Pero ese hombre no se había quedado a pasar la noche. Su entrada no provocó reacción alguna. Andaba con sigilo. todavía no. Francis advierte que hace por lo menos una hora que no piensa en Laurent. de moverse y hasta de respirar. avergonzado de sí mismo por susurrar—. él debía mantenerse a distancia. Era medianoche y estaba muy oscuro.

Escudriñó la cabaña con la mirada. Encontró la mochila de Laurent y la cargó con una manta. la herida fatal. No había mucho. un pequeño fajo de billetes y aquel curioso trozo de hueso grabado que Laurent consideraba valioso. Francis levantó la tabla suelta del suelo y buscó la bolsa del dinero. sin saber qué haría si llegaba a darle alcance. Después de ver el cuerpo de Laurent. Cuando diera media vuelta. se acercaría rápidamente y le vería la cara. Francis decidió que debía seguir al asesino. No era capaz de imaginar qué otra cosa podía hacer. Jacob está hablando: dice que se va fuera. comprendió qué había metido en el zurrón con tanto cuidado y sintió náuseas. el cuello. vería a Laurent en la cama.Stef Penney La ternura de los lobos ido para volver. el único que se lo hacía soportable. También se lo llevaría. Hoy todos son muy amables con él. Antes de salir. Jacob le pone una mano en el hombro. un último mensaje de Laurent. y Francis los desperdició tontamente ajustando la mecha de la lámpara. Enseguida distinguiría la mancha roja de su cabeza. un día en que estaba de buen humor. Laurent había querido dárselo meses atrás. no le gusta estar sentado mucho rato. Lo necesitaría por la noche.. O podía estar. después de quedarse paralizado sabe Dios cuánto tiempo. o no habría dejado la estufa encendida. más grande y afilado que el suyo. sabiendo lo que sabía. Sólo le quedaban unos segundos de su antigua vida. y su expresión se interpreta como tristeza por la supuesta muerte de Line. 311 . Dijo adiós con el pensamiento y se fue en la misma dirección que había tomado aquel hombre. de pronto. ¡Ja! Francis asiente vagamente. Evitando mirar hacia la cama. ¿Francis estará bien aquí? Ya no tiene que amenazarlo para que no se escape. Vería que aún tenía los ojos húmedos. No quería permanecer en Dove River ni un momento más sin Laurent. Al fin y al cabo. El rifle no estaba. el que tenía el pelo por dentro.. comida y un cuchillo de caza. casi no lo soporta. buscando una señal.. Finalmente se puso el abrigo de piel de lobo de Laurent. No podía volver a casa. Notaría que aún estaba caliente.. ¿Llevaba aquel hombre un rifle? Evocó su imagen. Francis parpadea enjugando una lágrima.

un buen motivo. blanco como una pista de curling. al fin hemos llegado. Casi todo el lago está helado. entre relumbres que hieren la vista. incluso a mi clase social. distingo un pequeño lago. me complacía en imaginar cómo la mano del destino iba cortando los hilos a mi espalda. a mi niñez relativamente plácida. Frente a nosotros. Y por el contrario. aturdida e ignorante. aunque entonces yo no podía adivinarlo. Me acompañaba el que luego sería mi marido. Supongo que lo tengo muy presente porque marcó el final de una etapa de mi vida y el comienzo de otra. que cambiaría mi vida para siempre. En la orilla opuesta hay árboles. al pensar en aquel viaje. me bamboleaba en aquel carricoche. Los árboles son dibujos al carbón sobre la nieve. Yo no sospechaba que nunca regresaría a Edimburgo. Después. Es largo y curvado como un dedo que te invita a aproximarte. pero. El cielo es azul cobalto. El paisaje es aquí menos monótono.Stef Penney La ternura de los lobos Me acuerdo del día que emprendí un largo viaje. Estoy segura de que a mucha gente del Nuevo Mundo le ocurre lo mismo. pero lo 312 . ¿Cuántas veces advertimos la acción de fuerzas implacables en el momento que están actuando? Yo no me daba cuenta. como una alfombra arrugada. Ya estamos en el punto de destino de este importante viaje. pero ahora no me refiero a la travesía del Atlántico. También ignoraba la trascendencia del viaje. Cruzamos el lago. Pero quizá sea sólo mi temor a la violencia lo que hace que parezca importante. en el momento en que el carruaje se puso en marcha por la larga avenida en forma de arco del manicomio. Trato de imaginar que estamos aquí por otro motivo. preguntándome si estaría loca (es un decir) por abandonar el manicomio y sus relativas comodidades. a mis padres. El sol luce frío en el oeste. donde un río se precipita en él desde unas rocas bajas y un vapor se eleva de un agua oscura que la turbulencia del salto mantiene libre de hielo. se rompieron los hilos que me unían a mi pasado. a pesar de que fue inenarrable. arqueándose en torno a una masa rocosa de más de treinta metros de alto por la mitad de ancho. menos en un extremo. ¿cuántos hechos que imaginamos trascendentales se evaporan como la bruma matinal sin dejar rastro? Cualesquiera que sean ahora mis presentimientos. y quedarían rotos para siempre. apenas un bosquecillo. tiene pequeñas ondulaciones. mientras yo. Mi viaje discurrió entre la puerta del manicomio de Edimburgo y un caserón ruinoso de las Highlands Occidentales.

si esperamos a Stewart? Tengo en la boca un sabor agrio. La vieja cabaña está tan deteriorada que se confunde con el paisaje y no la ves hasta que la tienes delante. que da al sur. pero ¿tanto valen estas cualidades? Parker me ha decepcionado. Tropiezo con algo en el suelo. pero un silencio distinto de aquella total concentración suya en lo que estuviera haciendo. —¿Ha visto algo como esto? Me la da y mis manos palpan un pelo fino. voy hacia la parte oscura y sin hielo del lago. necesito estar sola. sí. La puerta está entreabierta. Un zorro plateado. se acerca a uno de ellos y corta las ligaduras con la navaja. La única ventana tiene el postigo cerrado y en el interior hay una grata oscuridad. El sabor 313 . Reluce como la plata y tiene tacto de seda. en efecto. La gente comentaba que habría costado por lo menos cien guineas. atraída por la cascada que cae en un extraño silencio. A pesar de todo. Tengo que ver. No sé lo que yo esperaba. La idea me fascina: la edificación más antigua de Dove River lleva en este mundo trece años exactamente. con sus maderas maltratadas por las inclemencias climáticas. para el fuego. No decimos a qué nos referimos. en Toronto me parece que fue. —¿Son las pieles? —pregunto señalando los fardos. Puede que tenga cien años. y no se ve la ruta por la que hemos venido. fresco e increíblemente suave. metálico. Parker asiente. No quiero ni pensarlo. alrededor del ajado cuello de una vieja rica. Extrae una piel grisácea oscura. Manteniéndome bajo los árboles que bordean la orilla oeste. De vez en cuando atisbo por la puerta. Parker escala la barrera y yo lo sigo quitándome el chal de la cabeza. y la nieve ha entrado formando barrera hasta media altura. La capa de nieve es más delgada debajo de los árboles. Cada mirada es como una cuchillada en el cerebro. no puedo permanecer en la cabaña. colgando de unas bisagras corroídas. mal que me pese reconocerlo. salvo una muerte que nos ata. —¿Qué es esto? —Una cabaña de tramperos. Parker trabaja en silencio. Por eso deseo mirar. a fin de cuentas. aunque me duelan los ojos. Y los aparenta. no nos atará nada en absoluto. La luz es cegadora. pero los dos sabemos que no es al trabajo en curso. Nos acomodamos en la cabaña. Tengo que recordar esto. —¿Cuánto cree que tardará? —No mucho. Recojo las ramas secas que encuentro al paso. Y cuando se haya hecho justicia —o lo que sea—. Lo noto preocupado por otra cosa. y cierto afán de alguna especie de justicia. Había visto una de estas pieles.Stef Penney La ternura de los lobos cierto es que no existe otro motivo por el que yo pudiera estar aquí con Parker. salgo. No se ve nada que haga pensar que aquí ha vivido alguien: sólo un montón de fardos blanqueados por la nieve. pero. Él y yo no tenemos nada en común. ¿Encenderemos fuego. él ha venido hasta aquí buscando lo mismo que Stewart. que conozco bien.

Pero eso es lo que me ocurre. Aprieto los párpados. y salto hacia atrás gritando. pero Parker reconoce el terreno y lo encuentra. algo. La náusea viene y va.. inexplicablemente. aquí no hay nadie. porque no estoy llorando).. inseguros. para haber excavado tanto.. quizá? La tierra está oscura y removida debajo de la nieve. porque no puedo fiarme de mis ojos. Yo me he quedado en el mismo sitio. Llegar tan lejos como sea prudente. manteniendo a mi derecha el sol poniente con sus fieros fulgores. mareándome. Me da un vuelco el corazón: debe de ser un animal muy grande.Stef Penney La ternura de los lobos de mi cobardía. Un animal entonces. ¿verdad? —Aún siento el contacto en la mano que. Palpo el suelo con las manos.. a pesar de haber desandado el camino. Me he mantenido cerca de la orilla y. —Ahí delante. La blancura se diluye un poco y distingo su silueta oscura. mi mano tropieza con algo cubierto por una fina capa de tierra. En principio no me asusto. Y entonces pienso: ¿tan malo sería? La última cara que habría visto sería la de Parker. y me meto otra vez entre los árboles. Doy unos pasos hacia él. pero se han dado casos. Me froto las manos con un puñado de nieve para quitarme aquella terrible sensación.. pasando de lo blanco a lo gris. Estoy de rodillas. Él me coge del brazo. Al levantarme. Parker ahora está en cuclillas escarbando.. en el suelo. ¿Una madriguera. de. Ahora retrocedo. Suspiro aliviada.. los ojos me hacen chiribitas. Si no las seco enseguida se me hielan en las mejillas formando perlas. Ya no veo el montón de tierra.. no veo la cabaña. Me mueve un impulso —como el que camina sobre un acantilado se siente atraído hacia el borde— de ir pisando el hielo. de modo que parece imposible perderse. Tengo miedo de que mis ojos no vuelvan a ver. pero está a mi lado. ribeteada de un hielo que blanquea gradualmente. Son sólo unos cien metros hasta el extremo del lago. porque la tierra aún está suelta. Y no hace mucho. —Ssh. —¿Señora Ross? No lo he oído acercarse. —No se acerque. —Es uno de los noruegos. —No es uno de los noruegos. y el dolor me hace gritar—. Vuelvo sobre mis pasos hasta la cascada y el agua negra y humeante. y un poco más. no tiene puesto el guante. Es algo blando y frío con el tacto inconfundible de la tela o de. he tropezado en lo que parece un montón de nieve pisada. enjugándome las lágrimas que no paran de brotar (sin motivo. La figura de Parker oscila como si estuviera envuelta en llamas. Los troncos cortan la luz del sol en franjas que se ondulan y desflecan ante mis ojos. Es excepcional que la ceguera de la nieve sea permanente. manchas rojas y violeta emborronan las ramas y las placas blancas de la nieve. 314 . Lo he tocado. para probar su resistencia. pero al abrirlos no veo nada —una blancura abrasadora lo cubre todo. —Es Nepapanees.

No puedo verle la expresión. Protegerlo. —Otra vez pidiendo perdón. 315 . Es sólo la segunda vez que me ocurre esto: la otra fue durante mi primer invierno.. —Si Stewart ha estado aquí. una carga. No se ahogó al partirse el hielo. tiene tierra en las trenzas. Pero me parece que durante las últimas semanas he olvidado muchas cosas. —¿Qué le ha pasado? —Le han disparado. —Será preferible que tenga usted los dos. Tengo los dedos blancos e insensibles. Yo puedo sola. Merezco que me fusilen. —No. que empiezan a arderme.Stef Penney La ternura de los lobos De todos modos. Cuando llegamos a la cabaña. Toma mi mano izquierda y la guía hasta su axila derecha y la aprisiona con su carne cálida. mucho no puedo ver. Cuando miro de frente. Vuelvo a sentir los dedos. he sido una estúpida. unas llamaradas ocupan el centro de mi visión. En la cabaña arde un buen fuego y Parker ha hecho una cama con una fortuna en pieles. distingo lo que hay en el suelo. —Me preocupa no estar en condiciones de usar el rifle. —No es grave. pero sigue sosteniéndome del brazo mientras me arrodillo al lado de la somera tumba. Vigilar. Le alegra que esté aquí. Por ejemplo. y mis pies siguen adelante por mera inercia. pero el hilo amarillo y rojo que las ata aún no ha perdido el color. seguramente en el bosque.. Yo podría. espere. a protegerme. El cuerpo está boca abajo. —Lo siento. una inútil. —Me alegra que esté aquí. Entornando los ojos.. —Ha encontrado a Nepapanees —añade. Ahora ni eso puedo hacer. —Quizá no haga falta —gruñe Parker. —Déjeme ver. El sol se ha puesto y el cielo está de un delicado turquesa pálido. —Gracias. Una estúpida. Dos pecados capitales en otros tantos días. Sólo puedo verlo de soslayo y fugazmente.. Pero Parker se ha levantado y me sujeta por los brazos cortándome el paso hacia lo que hay en el suelo. Yo retiro las manos. Parker me frota las manos con nieve. Tiene en la espalda una herida del tamaño de mi puño. y aprendí la lección. Parker ha escarbado lo suficiente para dejar al descubierto la cabeza y el torso de un hombre. No hace falta darle la vuelta. Parker asiente. Al cabo de un momento se hace a un lado. descubro mi última imbecilidad: he perdido las manoplas. —Parker se desabrocha la camisa azul. ha encontrado las pieles. —Yo iba a ser otro par de ojos.

poco me importa que unos hombres hayan perdido la vida. Al parecer. Sinceramente. Apoyo la cabeza en su pecho. al cabo de un rato. Y esta sonrisa. a la distancia del brazo. Y estas mejillas que arden. No hay otro sonido que nuestra respiración y el siseo del fuego. cara a cara. porque no quiero que me vea la cara. con tal de que ahora yo pueda estar así. oigo latir su corazón. eso sí lo sé. Parker hace un ovillo con el zorro plateado y me lo pone debajo de la cabeza: una almohada de cien guineas. Mis manos se abrasan. pediría que esta noche no terminara.Stef Penney La ternura de los lobos Yo introduzco la mano derecha en la otra axila y así nos quedamos. suave y fresca. Y probablemente una mala mujer. como haría con uno de sus perros. No hay nada que decir. rozando con los labios un triángulo de piel cálida para que él sienta mi aliento. Siento en la espalda el peso de su brazo. si fueran a concederme un deseo. No hablamos. pero lo cierto es que poco importa si lo merezco o no. Con el oído pegado a su piel desnuda. No merezco que se me concedan mis deseos. Soy una egoísta. ¿Late deprisa? No sé si es su ritmo normal. Por ahí fuera anda Stewart. Quizá. me muevo un poco. veo que tiene en la mano un bucle de mi pelo que se ha soltado del moño y lo acaricia distraídamente. Cuando. volviendo a la vida al calor de una piel que nunca he visto. Y el latir incierto de su corazón. que viene de camino. O quizá no. lo sé. con estos ojos rojos y llorosos. Mi corazón está acelerado. No lo niego. 316 .

Fuera no se oye nada. de dejar pasar el tiempo sin impacientarse. Está delante de la cabaña.Stef Penney La ternura de los lobos Me despierta el suave contacto de una mano en el hombro. No tengo el don que poseen todos los cazadores. Yo me pego a la pared adyacente. 317 . Me da su cuchillo de caza. —Tenga. Pero son propiedad de la Compañía y tengo que devolverlas a sus dueños legítimos. Parker se sitúa detrás de la desvencijada puerta. Parker está agachado a mi lado. No hace viento. Las estrellas y la luna menguante ponen un poco de claridad en la nieve. con el rifle en la mano. La sangre se me paraliza e. El tiempo continúa claro y gélido. Pero están ahí. El silencio se intensifica y luego percibo un sonido. atisbando por las rendijas. Me esfuerzo por detectar algún sonido y empiezo a pensar que Parker puede estar equivocado. apenas audible. Parker menea la cabeza: nada. Ni canto de pájaros ni sonido alguno. —¿Ya han llegado? No necesita contestar. —Pronto amanecerá. William. Quien esté fuera ha tenido que oírlo. comprendo que no estamos solos. Al momento. —¿Ve algo? —Lo digo quedamente. La voz es de Stewart. hago un movimiento brusco —juro que no he podido evitarlo— y la hoja del cuchillo golpea la pared. debería darle la razón. Quédese aquí dentro con el oído atento. de pasos que se alejan. —Sé que quieres esas pieles. Tardo unos segundos en comprender que se dirige a Parker. involuntariamente. Eso ya lo sabes. y ahora parece que el dueño de los pies ha decidido que no vale la pena esforzarse en andar con sigilo. Al cabo de otro período interminable —¿un minuto?. En realidad. y no digo nada. de hombre o bestia. cuando de pronto una luz da en la pared de la cabaña. mis palabras no llegan ni a susurro. Yo me llevo los dos rifles. Vuelven a sonar pasos. Saben que estamos aquí. Siempre he aborrecido esperar. O que me calle. por supuesto. No sé qué podré hacer con él. aferrando el cuchillo. —¿William? Sé que estás ahí. ¿veinte?— se oye una voz. No quiero pedir perdón otra vez.

quizá se ha quedado junto a la cabaña. pero percibo la cólera de su voz. Juro que he podido oír un suspiro. —Lo mató la codicia. ¡Se lo suplico! —Está bien —susurra. áspera y tan tensa que parece a punto de romperse. Iba a matarme. Quiero asegurarme de que no estás armado. Yo no quería que ocurriera. Veo que la mano de Parker aprieta el rifle. William? Después de hablar. —He traído conmigo a varios hombres. Habría preferido que Parker no hubiera dicho eso. Toma unas pieles y vete. que se aleja. —¿Dos errores? —Otra vez la voz de Parker. Stewart hace un movimiento repentino y 318 . Aburrido. Ahora la pausa es larga. Él ni siquiera sabía dónde estaban. Fuera se oye ruido y entonces Parker abre la puerta y sale al gris crepúsculo. —¡No! Esto lo he dicho yo. —¿Qué le pasó a Nepapanees? ¿Descubrió lo de Laurent? Silencio. nos matará. seguramente la de Stewart. —No debiste matar a Laurent. Ahí dentro está oscuro. para que no le pase nada—. El cielo está más claro. Yo cierro los ojos. No se oye. de un momento a otro. pero no veo a Parker. Sólo pretendo devolver las pieles a sus dueños. Debo ver. Quería las pieles. —¿Por qué no entras y hablamos? —replica Parker. —Sal tú. Si Stewart sabe que hemos encontrado la tumba. Vuelve la voz. Me mira. cada detalle ahora tan querido. Desde mi posición no puedo ver la expresión de Stewart. No fue intencionado. William. —Pero primero sal. —La voz de Parker parte de un lugar situado a mi derecha. —¡No salga! No sabe a cuántos hombres ha traído —digo apretando los dientes. Cierra la puerta. —No quiero problemas. —Es la voz de un hombre sereno. «William Parker.Stef Penney La ternura de los lobos Parker me mira brevemente. Me acerco a mirar por las rendijas de la puerta. Aún me escuecen los ojos. —Hagamos un trato. como si Stewart empezara a perder la paciencia. Y contemplo cada rasgo. Y tú lo sabes mejor que nadie. Tengo que insistir en que salgas de ahí. pero en un susurro. pero puedo ver.» La revelación me golpea con la fuerza de un caballo desbocado. —¿Qué quieres. tú eres mi amor. Distingo una figura. esperando el disparo. cada pliegue que me había parecido horrible y cruel. lo veré salir por esa puerta. —A veces ocurren accidentes. —Le disparaste por la espalda. Estoy rezando con los últimos vestigios de fe que me quedan. Ya hay suficiente luz para verle la cara con nítido relieve. Amanece. confiado. Tiene el otro rifle colgado de un hombro cruzándole la espalda. —Aquello fue un error. Se me llenan los ojos de lágrimas al pensar que. Ya no puede dejarnos marchar.

que sin embargo no he previsto: la puerta me da en la frente. No se ve a nadie. No sé dónde está Parker.Stef Penney La ternura de los lobos desaparece de mi campo visual. Me cuesta recobrar el aliento. Sin soltarme y manteniéndose detrás de mí. Oigo un sonido a mi izquierda y una maldición. No oigo otro sonido. Aferro el mango del cuchillo con las menguadas fuerzas de mis dedos entumecidos. me empuja hacia fuera. lo agarro por la hoja y consigo meterlo en el bolsillo antes de que él me levante rudamente tirándome del otro brazo. Estoy apostada detrás de la puerta. con un jadeo que no consigo calmar. a mi derecha. Entonces me ve revolverme en el suelo. Stewart. quizá porque sus ojos tardan en acostumbrarse a la oscuridad. Quiero llamar a Parker. Por un momento no sucede nada. caigo al suelo y suelto el cuchillo. Respiro entrecortadamente. Afortunadamente he caído encima de él. Suena un disparo y un fogonazo se enciende entre los árboles de detrás. a sus pies. Cuando él da un puntapié a la puerta ocurre lo más natural.. ¿La maldición es porque Parker ha escapado? Pasos firmes. buscando el cuchillo. 319 . cerca de la esquina. Preparada. El fogonazo de la pólvora me ha abrasado la retina como una aguja al rojo.. Algo se incrusta en la pared de la cabaña.

Stewart es un hombre razonable. furioso. La primera señal de vida que ha visto.» Comprende que está cometiendo una insensatez..Stef Penney La ternura de los lobos Al oír el disparo. No dispare. trata de levantarse. Moody. Desde luego es un inconveniente usar gafas en Canadá. y ahora Medio Hombre los está matando. Y que él no habrá podido salvarla.. ¡Stewart! ¡Espere! No sabe qué más decir. Porque ahora también Alec está en peligro. o lo que sea. un instinto superior... Mentalmente... y por culpa suya. incluso más que eso. —¡Stewart! —grita mientras corre—. lo que no es precisamente una ventaja. se lo impide. que una figura que corre sobre el hielo es visible desde lejos. Ahora está disgustado.. Brilla una llamarada debajo de los árboles y algo le golpea en el estómago con una fuerza que lo derriba de espaldas. Al fin encuentra el rifle y lo levanta. el mensaje no le llega a los pies a tiempo. luchando por recobrar el aliento. Soy yo. Qué imbécil. —No dispare. la detonación venía de los árboles de la orilla opuesta. para demostrar sus intenciones pacíficas. Donald echa a correr. Él sabe que probablemente esto no es prudente. —Agita el rifle sosteniéndolo por el cañón. no dispare. pero no puede y se queda en el suelo unos momentos. se repite: «Ellos tenían razón. ellos tenían razón. por lo 320 . Se le ha cortado la respiración.. Palpa la nieve a uno y otro lado buscándolas sin encontrar más que frialdad.. contra lo que ha chocado le ha dado justo en la vieja herida. Advierte que Alec sisea unas palabras a su espalda. meterse en el fregado con tanto atolondramiento. se incorpora un poco y descubre la mancha de la chaqueta. porque o se hielan o se empañan en el momento menos oportuno. pero no las entiende. Aun así. Concentra sus esfuerzos en poner el rifle en posición. Nota en la mano la culata viscosa y caliente. La rama. Se le han caído las gafas. y ve la sangre.. Piensa que la señora Ross puede estar desangrándose. pueden dialogar como dos personas razonables al servicio de la Compañía. pero algo. Pueden encontrar una solución. Con un gran esfuerzo. Ya podría alguien inventar algo más práctico. Está llegando al extremo del lago. pero también comprende que Stewart no va a disparar contra él. Piensa en llamarlo. Está llegando a los árboles que crecen al pie de un montículo cuando advierte movimiento ante sí. pero quizá por ser él tan alto.

. pero demasiado tarde. siempre lento en la reacción. no tenía ni idea. cuando acaba de pensarlo.. Está escuchando. Por lo menos no hay señal de que Parker esté herido ni.. al abrir los ojos. la cara de un borracho. Me ha traído usted. Poco a poco. si realmente es él. Y lo ha encontrado. quienquiera que sea.Stef Penney La ternura de los lobos menos. que me retuerce el brazo izquierdo a la espalda con tanta fuerza que casi no me atrevo a respirar por miedo a que el hombro se me disloque.» Donald empieza a pensar que sería buena idea apuntar con el rifle a aquella cara. Una fracción de segundo después me habría mordido la lengua. Idiota. no quiero que piense que pido 321 . —Cállese —dice tranquilamente. —Qué descuido —dice Stewart. Es la seca detonación de un rifle. lejos.. Quizá deje caer la cabeza en la nieve y descanse un rato. ni siquiera triunfo. usted no tiene idea de a cuántas personas ha hecho sufrir. El hombre cuyo rastro los ha traído a todos hasta aquí. Yo soy su escudo. el que ha disparado. —¿Sí? Vaya. por haber hecho matar a Jammet. ve una cara inclinada sobre él. como si me leyera el pensamiento —. un sonido imposible de identificar. en su cara. inexpresiva. Donald comprende que ésta es la cara del asesino de Laurent Jammet. no tengo el chal para protegerme los ojos. Stewart empuña el rifle delante de mí. ya lo decía su padre. Él no debió traerla. —No me ha traído él —replico apretando los dientes—. Percibo movimiento detrás de la cabaña. pero parece distinta de la anterior. pero no puedo reprimir las palabras. impenetrable como la piedra que bloquea una conejera. Y con esos ojos. Al parecer. —No. Ni las manoplas. Ha sonado un estallido entre los árboles. él podría ser la única persona en varios kilómetros a la redonda. tendido en la nieve. ni siquiera a Stewart. Hablar cuesta esfuerzo. piensa: «Vaya. la cara ha desaparecido y el rifle también. no cree necesario venir a rematar la faena. Fuera de la cabaña no veo a nadie. pero no hay curiosidad ni temor. pero. Tendrá que esperar hasta que vea algo. a nuestra izquierda. piensa Donald. Stewart me empuja hacia el extremo de la pared. Está muy cansado. para encontrarlo. Para eso ha venido él. Muy cansado y con mucho frío. peor aún. Por supuesto. por el silencio que hay. La cólera me abrasa las entrañas. Luego. podrá hacer un disparo en lugar de hincar el pico como un palurdo. Y con un cálido escozor en los ojos. Típico. —Parece ligeramente decepcionado. oír ahora la voz de mi padre que me reprende. Es una cara que recuerda vagamente de Hanover House. Ahora el hombre no está borracho. vacua. —¡Parker! —No he podido contenerme. Pensé que usted y Parker. Tampoco veo a Medio Hombre. en la dirección por la que el sol empieza a incendiar el horizonte. No sólo a los muertos sino. ¿Qué diría su padre? Pero. No será un inútil.

no contesta. me digo. ¡Estoy bien! —grito enseguida—. oprimiendo con tanta fuerza que me parece que sus dedos van a romperme la mandíbula. pero tampoco aquí se ve a nadie. Stewart grita en una lengua extraña.. 322 . El aire se me pega a la garganta como la pez. Yo trazo un semicírculo con el cuchillo por delante de mí y se lo hundo en el costado con todas mis fuerzas. Y entonces llega una voz desde los árboles. pero su cara conserva una media sonrisa y él vuelve el rifle hacia mí. no conoce la voz. ¿Una orden? ¿Una pregunta? Si Medio Hombre está a la escucha. vamos hasta el extremo de la cabaña. se lo ruego. Yo agarro el cuchillo que tengo en el bolsillo y lo giro para aferrarlo por el mango. ahora.. Me quita la mano de la boca para apuntar con el rifle. Aunque en el último instante él parece comprender lo que ocurre y trata de esquivar el ataque. Éste ha sonado a nuestra izquierda. cargados de reproche y más azules que el cielo. Y esta vez. ¡No dispares! ¡Él hará un trato! ¡Nos iremos!. —¡Cállese! Stewart me tapa la boca con la mano. Un gemido. Lo miro a la cara un momento. moviendo la cabeza a derecha e izquierda. Otro disparo parte en dos el silencio. Esto no figuraba en su plan. Empiezo a sacarlo. Echo a correr. centímetro a centímetro. pero no es la de Medio Hombre. Andando como un cuadrúpedo desgarbado.Stef Penney La ternura de los lobos auxilio—. pero no siento nada. después del disparo. Suena otro disparo ensordecedor.. confuso. Una voz joven responde en la misma lengua. la hoja encuentra la blanda resistencia de la carne y él aúlla de dolor. y sus ojos se clavan en los míos. más allá de la cabaña. Tengo que actuar ahora. mientras está indeciso. un sonido. Déjenos marchar.. Stewart está desconcertado. Ahogo una exclamación. Stewart vuelve a gritar con un filo áspero en la voz.

amartillado. y este pensamiento le da valor. quizá no lo hayan visto. No ha visto el fogonazo. teme vomitar y se vuelve de espaldas. Alec avanza de árbol en árbol. hasta quedar a veinte metros. No debían haber matado a Donald. Ha conseguido llegar a los primeros árboles. pero él sigue. Sostiene ante sí el rifle de George. y sigue a Donald. Corre de tronco en tronco. Donald le ha hablado de sus tías. para observar. «Ellos no saben que estoy aquí». Stewart llama a Medio Hombre con voz impaciente. Se aproxima al lugar del que ha partido el disparo. divisa una especie de casa. Donald no hacía daño a nadie. Sabe que tendrá que acercarse mucho para acertar. que son muy bonitas y muy listas y viven junto a un lago tan grande como el mar. Se acerca un poco y ve a dos figuras delante: el hombre que mató a su padre. No hay respuesta. Piensa en los otros —la señora blanca y el hombre alto— para darse valor. protegido por el tronco de un abeto. pero a él le falta práctica. Alec se echa detrás de unos juncos que asoman del hielo.Stef Penney La ternura de los lobos Alec ve a Donald correr por el lago helado. pero no se atreve a moverse. Luego se dice que no debe ser tan niño sino hacer lo que habría hecho su padre. Con el cuerpo doblado. No le apuntaban a él. Le rechinan los dientes de rabia y miedo. —¿Medio Hombre? Contesta si puedes. Alec siente que un miedo inmundo le aferra las entrañas. El rifle es más pesado que el que solía llevar y tiene el cañón más largo. Levanta el rifle y apunta. a sus maldiciones. Mira hacia los árboles —allí estará a cubierto—. La respiración le silba entre los dientes. se dice. pero éste no 323 . hace tanto ruido que por fuerza acabará delatándolo. Es un buen rifle. La voz de Stewart grita en cri: —¿Medio Hombre? ¿Qué ha sido eso? Silencio. se echa en la nieve y se arrastra hasta lo alto de un montículo. entre los árboles. que se esconde detrás de la señora blanca. seguido de silencio. Donald fue amable con su madre. Alec está a cien metros cuando ve el fogonazo —después jurará que no oyó nada— y Donald cae. sin prestar atención a sus gritos ni. después. Le grita que pare. A lo lejos suena otro disparo de rifle. Tiene a la derecha el peñasco que corta la orilla del lago y frente a él. Su respiración suena como un sollozo. Preferiría estar más cerca. se levanta y corre medio llorando. ruidosa. parándose a mirar a derecha e izquierda.

—Shh. Encontramos a Moody con vida pero agonizando. Alec cae de rodillas y vomita. Alec contiene la respiración. lo reconozco por su chaqueta marrón.. su voz suena ronca: —¿Está bien? Asiento con la cabeza. y Parker se acerca a la esquina y se asoma. Stewart se vuelve rápidamente. lo abrazo un momento. y no he sido muy amable con él—.. A unos pasos de distancia está un muchacho. él puede salvarla. el claro delante de la cabaña parece vacío. Cuidaremos de usted. siente una especie de coz en el hombro y una nube de humo envuelve el cañón. incluso ahora. Luego sigue andando: no hay peligro. buscándolo con la mirada.Stef Penney La ternura de los lobos contesta. y luego veo que es el hijo mayor de Elizabeth Bird. Aprieta el gatillo.. espera y corre a un refugio más próximo. Rasgo tiras de mi falda para taponarle la herida y ponérselas de almohada.. pero poco más podemos hacer. en la lengua de su padre: —Tu hombre está muerto.. Sonríe débilmente. Tranquilo. se pondrá bien. —Donald. Stewart aúlla como un zorro y apunta con el rifle al único blanco que puede ver: ella.. Y allí lo encuentran Parker y la mujer. Aunque su cara no se ha alterado. Me arrodillo a su lado y le froto las manos heladas. Entonces Alec responde desde su escondite. Es Stewart. no se le puede reconocer por otra cosa. Miro hacia atrás. esté bien. con la bala dentro. asesino. luego lo llevaremos al 324 . Un disparo. Me mira y dice sólo una palabra: —Donald. Parker está haciendo té y. Un solo disparo. • • • Es tan grande mi alivio al ver a Parker detrás de la cabaña que. y entonces ocurre algo: la señora se revuelve contra él y echa a correr. Cuando el humo se dispersa. como si tratara de alcanzar algo. —Trato de sonreír. en medio del claro. Se adelanta con precaución. Todo un lado de su cara ha desaparecido. pero no hago más que pensar: tiene pocos años más que Francis. con un brazo extendido sobre su cabeza. —Me alegro de que.. despatarrado. En un primer momento me parece una alucinación. están muy cerca.. —Stewart. Alec carga el arma. de rodillas en la nieve. Stewart está tendido en el claro. Yo voy tras él y veo un cuerpo en el suelo. —Señora Ross.. Tiene una herida en el estómago y ha perdido mucha sangre. sin pensar ni preocuparme.. por si Medio Hombre está al acecho. como una estatua. En respuesta noto una presión fugaz. tratando de ser cortés.

. ya que tengo el pelo suelto y revuelto. amo. —Sonríe levemente. sorprendido. —Así verá mejor. —Pero usted ha cambiado —me dice.. y no me sorprende. me toma la mano con una fuerza sorprendente.. pero él ladea la cabeza rechazándolas. Veo las gafas en el suelo. algo extraordinario. y las recojo. sin las gafas. —Mejor. Yo.. con gesto de felicidad. como si estuviera abandonándolo. —Nada de eso. distante. Su voz se debilita.. los ojos llorosos y se me está formando un gran chichón en la frente..Stef Penney La ternura de los lobos puesto. —¿Sí? —He descubierto... —De acuerdo.. yo lo cuidaré. Me inclino hasta poner el oído a dos dedos de su boca.. Su mirada. cerca de mi pie. sin. —Quiero que me haga un favor. —¿Qué? ¿Se refiere a Stewart y las pieles? Él arruga la frente. 325 . extraviada.. ¿Qué ha descubierto? —Una cosa extraordinaria.. Respira con fatiga. —Trato de ponérselas. De pronto. es gris. Allí lo cuidaremos.

el pesar por una posibilidad frustrada. leyendo entre líneas. La vida desfila ante sus ojos como grabada en unos naipes barajados por un tahúr. El gesto con que él le alisaría con el pulgar el pequeño pliegue de la frente. incluso semioculta por el pelo. bañada de luz y humedad. Él mira con asombro: al final del túnel ve la vida que habría tenido al lado de Maria: su boda. y los ojos son todo brillo y color. Maria Knox nunca conocerá la vida que habría podido tener. Se resiste a pronunciar el nombre «Maria». La forma en que ella lo sermonearía. La sangre de él en el chal de ella los había unido. como un agua resplandeciente. El contacto de su cuerpo. La señora Ross. escribiendo. Ahora se abre ante Donald un túnel muy largo. las peleas. cada imagen definida y completa hasta el último detalle. con las pupilas reducidas a casi nada. diciendo la última palabra. Él le sonríe a su vez. ya no la oye. pero Donald la conoce. hace un montón de años. y él tiene la sensación de estar mirando a través de un telescopio invertido que hace las imágenes muy pequeñas pero muy nítidas. Sin pesares. Discutiendo. Su sonrisa. Pero todo está diáfano. Las discusiones acerca de su trabajo. recordando cómo ella se quitó el chal para taponarle la herida en el partido de rugby el día que se conocieron. Y Donald no pronuncia el nombre de Maria. No parece mala vida. Está muy cerca y muy lejos. Donald se asombra de cómo ha cambiado: su cara. ni dice nada más. La señora Ross lo mira. más afable. Su traslado a la ciudad. las pequeñas desavenencias. sin saber por qué. Parece que le pregunta algo pero él. se balancea como un junco al viento. Para que no sienta el dolor de una pérdida. Se ve a sí mismo anciano y a Maria aún llena de vitalidad.Stef Penney La ternura de los lobos La voz se apaga. Un túnel de años. los hijos. La conoce y está contento. con la cara envuelta en bruma. Piensa que quizá sea mejor que ella no llegue a saberlo. inclinada sobre él. hermosa. 326 . es más dulce.

Stef Penney La ternura de los lobos Lo más triste ha sido acompañar a Alec a ver el cadáver de su padre. descubro que he perdido la tablilla de hueso. Dice 327 . son frágiles. pero ha desaparecido. pero cuando hemos vuelto a la cabaña ya no lo hemos encontrado. cuando vuelva a nevar o cuando llegue el deshielo de primavera. Parker guía los perros y yo voy detrás de él. Alec camina a su lado. Parece lo justo. Los perros tiran del trineo que transporta los cuerpos. sin darme cuenta. Este país está surcado por rastros como éstos. Cuando se me ocurre buscarla. Al norte del lago no hay más que nieve y hielo. Alec ha escogido una piel de gamo para su padre. De todos modos. Todas estas cosas hemos hecho ya a mediodía. Hemos envuelto a Donald y Nepapanees en pieles. sudario suave y cálido. desaparecerá la huella de nuestro paso. Medio Hombre estaba malherido por la bala de Parker. Ha insistido en que lo llevemos a Hanover House. marcado en la nieve profundamente. como llevaremos el de Donald. Jammet tenía un hijo: serán para él y para Elizabeth y su familia. No lo dice. débiles señales de los afanes humanos. De vez en cuando veo una huella que sé que es mía. no durará mucho. pero enseguida ha vuelto. están expuestos al invierno y. y Parker lo ha seguido un trecho. he aprendido a identificar rastros. supongo que Parker volverá a buscarlas algún día. Aún la llevaba en el bolsillo al salir de Hanover House. lo que parecía muy importante para él. Parker ha hecho un hato de las pieles más valiosas y lo ha cargado en el trineo. En cuanto al resto. probablemente. A Donald lo hemos envuelto en zorro y marta. Seguimos nuestro propio rastro y el de nuestros perseguidores. tres de estos rastros han sobrevivido a los hombres que los marcaron. A Stewart lo hemos enterrado en la tumba que él mismo cavó a flor de tierra. —Que los lobos se encarguen de él —ha dicho. como esta amarga senda. No pregunto. Se lo digo a Parker y él se encoge de hombros. Pero estos rastros. Medio Hombre tenía una herida en el cuello y. Su rastro señalaba al norte. para enterrarlos allí. Y ahora vamos de regreso a Hanover House. y la piso para borrarla. Descubro que.

—Pues lo ha pronunciado muchas veces. que parece obsesionado por ella—. Pero él y yo somos un interrogante sin respuesta. Parker me llevará a Himmelvanger y seguirá viaje. Y entonces Parker se vuelve hacia los perros y el trineo y sigue andando. Amor. No sé casi nada de él. En cierto modo — aunque lo siento por el pobre señor Sturrock. Los fragmentos que he de unir. él. Me obligo a pensar en Francis y en Dove River. Después de tanto horror no podemos continuar. No obstante.Stef Penney La ternura de los lobos que. y lo mismo hago yo. Es una suerte que el viento sea tan frío. La idea de separarme de él es como la idea de perder la vista. supongo que sí.. Hay cosas que te harían reír si tuvieras ganas. Él me sonríe de ese modo tan suyo: es como un cuchillo en mi corazón que no me arrancaría por nada del mundo. si he de ser sincera. fugitivo. Al cabo de un rato de pensar esto. por una vez. Pues ¿qué otra cosa podemos hacer? 328 . —¿Señora Ross? Yo le sonrío. Ignoro si está casado.. He estado pensando en Parker.. Estas cosas suelen acabar mal. Meneo la cabeza y sonrío. cada vez que paramos. hay en sus ojos una luz. Me obligo a sentir el Dolor de la Memoria. me alegro de no poseer un objeto que otras personas desean tan ardientemente. Y es que. Angus. dondequiera que esté. no puedo dejar de mirarlo. ni habríamos podido en ningún caso. Y él piensa en mí. lo sé. si es importante. Alec va unos pasos más adelante. no puedo sostener su mirada.. No se lo he preguntado ni se lo preguntaré. Él me mira con tanta intensidad que. ni siquiera sabe mi nombre. Y él.. y soñando con él por las noches. Como ya he dicho. volverá a ser encontrada. Imán. Pienso en todo lo que ha sido para mí: extraño.. a pesar de todo.. desde luego. —No me ha dicho cómo se llama. Siempre me vuelvo hacia él. Mi verdadero norte. porque hiela las lágrimas antes de que resbalen. no puedo evitarlo. de vuelta al lugar del que vino.. Parker se vuelve. guía.

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