Arthur Chevreul, estudiante ERASMUS francés. Historia Contemporánea. Tarea a partir de la exposición « 1808: La nación recobrada.

La España de 1808 y Castilla y León » (Salamanca, del 1 de Octubre al 16 de Noviembre del 2008; Junta de Castilla y León, Caja Duero.) Nota: después de la perdida de todos mis apuntes sobre la exposición “1808: La nación recobrada”, decidí hacer un trabajo sobre José Bonaparte. Esta personalidad del año 1808 y de la guerra de independencia fue bastante bien puesta de relieve por la exposición.

El material principal para la realización de esta tarea sobre José Bonaparte fue el libro de Rafael Abella, titulado “La vida y la época de José Bonaparte”1. Le propongo a usted un resumen de la lectura de esta obra fijándose particularmente sobre la persona de José Bonaparte y sus relaciones con los acontecimientos, siguiendo el desarrollo del autor. Nuestro libro tiene diez capítulos de tamaño igual, al excepto el último. El capítulo diez, en efecto, es mas largo y se propone volver sobre algunos puntos que no pudieron ser el objeto de un capitulo entero pero que son interesantes para tener una comprensión mas completa del tema (trata de los afrancesados, la vida amorosa del rey, la expoliación, entre otros...). Este mismo capítulo, destacándose voluntariamente de la persona estricta de José y de su entorno directo, y teniendo un enfoque más temático y menos cronológico, nos interesará menos. Debe ser leído como una parte “complementos” de lo que fue expuesto en los capítulos anteriores. Ahora mismo, ¿qué son estos capítulos anteriores? He aquí el plan de la obra de Abella: I. II. III. IV. V. VI. VII. VIII. IX. El 2 de mayo de 1808 José y Napoleón Bonaparte José I, rey de España Napoleón en España La configuración del estado josefino La expedición a Andalucía José I ve su España fragmentada En Cádiz nacen las cortes frente al caos josefino El fin del reinado de José I Epílogo Para nuestro resumen, me parecí mejor distinguir tres grandes partes en el desarrollo del ensayo de Abella. La primera parte engloba los capítulos I y II, y trata de los “antecedentes” del reino de José I sobre España. Nos explica cuales eran los acontecimientos en España al momento de su llegada sobre el trono y nos habla de lo que habían sido hasta ahora las relaciones entre los hermanos José y Napoleón. La segunda parte (capítulos III hasta VI incluso) es la más voluminosa porque concierne el reino de José I sobre España: su llegada, su acción política, sus dificultades, su relación con el imperador, son puntos esenciales y centrales de nuestro tema. En una tercera parte (capítulos VII, VIII, IX, y Epílogo) veremos como cayó el estado josefino frente a las presiones interiores y exteriores y cual fue brevemente la vida de José después del episodio “español”. Acabaré con una breve valoración personal de la obra. Rafael Abella, ilustre historiador español, ha muerto en el mes de diciembre 2008. Se había concentrado en particular en la guerra civil española y a la inmediata posguerra, así que en la persona de José Bonaparte.

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Barcelona: Editorial Planeta, 1999.

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Primera parte (Cap. I, II)
Estamos en 1808. Los acontecimientos políticos españoles y la intervención del imperador Napoleón Bonaparte en esos asuntos (episodios de Bayona) dio una situación explosiva en todo el país y particularmente en Madrid, donde la presencia francesa, sobre todo después de la llegada de las tropas de Murat y las rumores de que la familia real estaba detenida en Bayona por el imperador. El pueblo madrileño era claramente reaccionando “ante una invasión que se había hecho intolerable”. Pocas cosas faltaban para que estallara le rebeldía abierta. El día 2 de mayo por la mañana, los últimos representantes de la familia real española (los infantes don Antonio y don Fernando) debían irse de la capital española bajo protección francesa. El pueblo, rebelado contra la presencia de las tropas de Murat, intentó impedir la ida de los infantes (que consideraba como un rapto); los soldados franceses represaron con una salva, causando muertos y heridos. Fue el elemento que hizo estallar la situación: el pueblo empezó armarse y atacar a los franceses en toda la ciudad, que bajo el mando de Murat actuaron con una represión feroz como lo sabemos. Hubo dos mil muertos. Entonces, como lo dice Abella, “Quedaba Madrid aherrojado, sometido a una despiadada ocupación militar que engendró en el pueblo llano, personificado en chisperos y manolas, en majas y majos, un invencible repudio al invasor”2. Además, la represión francesa hizo que se constituyeron en toda España grupos resistentes a la presencia y a la actuación francesas, simbolizados por las Juntas Revolucionarias. Un largo movimiento de resistencia acababa de nacer. Poco después y en virtud de las conferencias de Bayona (abril-julio), Napoleón hizo conocer a su hermano mayor, José, su voluntad de hacerle nuevo rey de España. Después de procedimientos jurídicos bancales, el 7 de julio José Bonaparte fue oficialmente nombrado rey de España. Como se ve, éste llegaba a España en una situación explosiva, de rebeldía abierta, con un pueblo en arma. José, entonces rey de Nápoles, mostraba algunas reservas ante esta misión. Su hermano el imperador le tranquilizó “manifestando su desprecio por el pueblo español, que a su parecer “una chusma de aldeanos dirigida por una chusma de curas”. Y los pueblos mandados por curas –según él- eran los mas fáciles de someter”3. Se equivocaba lamentablemente. ¿Quién era José Bonaparte? José Bonaparte nació en Corte (Córcega) en 1768. Primer de los trece hijos de Carlos María Bonaparte (un abogado) y María Letizia Romolino, le sigue directamente Napoleón, nacido en 1769. José, después de haber renunciado a una carrera eclesiástica, estudió en el colegio de Autun en Borgoña antes de regresar a Córcega, donde trabajo en la administración publica. Después de la tormenta revolucionaria encabezada por Paoli sobre la isla, José encontró a Julie Clary, con quien se casó el 1 de agosto de 1795. El carácter de esta ultima, “pleno de tacto y prudencia”4, tendría una cierta importancia en la continuación de los acontecimientos. Gracias a la subida de su hermano pequeño Napoleón, sobre la escala del poder, José pudo desempeñar cargos siempre más altos: ministro residente cerca de la corte de Parma o embajador ante la corte papal de Pío VI. Después de acontecimientos políticos en Roma, José decidió cerrar la embajada y volver a Paris. Allí, formará parte del Consejo de los Quinientos (creado en 1795) y adquirirá su propiedad de Mortefontaine (en las afueras de Paris). El ejercicio de los cargos los más altos reveló a un hombre con un gran talante político. Además de tener dotes diplomáticas y negociadoras marcadas que le permitieron constituirse una red de relaciones de mayor importancia, José tenía un temperamento gozador y seductor: adquirirá muy pronto una reputación de mujeriego, ampliamente justificada. En el 1804, Napoleón se convirtió emperador de los franceses y distribuyó coronas a sus hermanos y hermanas. En esta partición bonapartista de Europa, a José le salio bien. Después
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de haber rechazado la corona de Lombardía, se convirtió en rey de Nápoles en el 1806. Allí, José hará prueba de sus calidades políticas así que de sus talantes de seductor; estuvo aceptado bien por la población y la aristocracia locales. El “periodo napolitano” duró solo dos años, dado los acontecimientos ocurridos en España a partir del mes de marzo del 1808. Frente a la decrepitud de la corona española, Napoleón pensó muy pronto en su hermano para desempeñar el papel de monarca español. Después de algunas cartas insistentes recibidas de su hermano pequeño, José decidió, sin convicción alguna, aceptar la misión que él le proponía y se puso en marcha hacia Bayona. Allí, a principios de junio, tomó contacto con sus primeros súbditos que formaban entonces el Consejo de Estado. Esos últimos, bajo el control bonapartista, elaboraron una constitución que fue entregada a José el día 1 de julio. El 4, éste formaba su primer gobierno y el 6, tomaba el camino de España. En ese momento, en el verano del 1808, “el cisma abierto en el cuerpo social hispánico fue profundísimo”5. Había entonces que distinguir entre los “patriotas” y los “afrancesados”, seguidores de la política francesa. Parece que al momento de salir de Bayona para cumplir su destino en Madrid, José era particularmente conciente que su tarea no iba a ser ningún placer…

Segunda parte (Cap. III, IV, V, VI)
Durante el viaje del nuevo rey de España, la situación política no iba mejorándose, pues “casi todo el país estaba en pie de guerra”6. La insurrección contra la presencia francesa seguía siendo feroz y violenta. Los ejércitos franceses y españoles empezaron enfrentarse en julio y contaban cada uno con unos cien mil hombres. En un primer tiempo el ejército francés tenía claramente la ventaja y derrotaba el español, haciendo muertos y heridos sin piedad. Además, toda tentativa de rebeldía se veía fuertemente reprimida. A lo largo del despliegue francés sobre todo el territorio español, el ejército imperial sembraba los gérmenes de un espíritu luchador e insurreccional fuerte, irreversible, que iba a ser fatal a largo plazo. A José no le gustaba el tono que tomaban entonces los acontecimientos. Deseado por instaurar su autoridad, tampoco quería hacerlo poniendo a sangre y a fuego su nuevo pueblo; veía todo enfrentamiento sangriento como un freno mas para que sea aceptado por del pueblo español. Llegó a Madrid el día 20 de julio, sin gloria especial. Un importante despliegue militar aseguraba su seguridad. Allí se confirmaron los presentimientos de José. Como lo escribió en una carta a su hermano datada del día 24 –un día antes de ser proclamado oficialmente rey de España- “Tengo por enemiga una nación de doce millones de habitantes”.7 Tenía plenamente conciencia que los acontecimientos del 2 de mayo eran una herida dañina a su asentamiento y lo deploraba. El día 22, ocurrió un hecho de armas fundamental: la derrota francesa en Bailén por el ejército español. Fue la primera derrota del ejército napoleónico sobre el suelo español, y tuvo consecuencias profundas. Quedando perdida la cobertura del flanco sur, Madrid se encontró amenazado, así que los franceses. Había que abandonar la capital madrileña y es lo que hizo José y parte de su administración el día 1 de agosto. Solo una parte de su administración porque la mayoría de ésta optara para demitir o simplemente desaparecer, demostrando así que la instauración francesa pendía de un hilo. Durante la retirada, las tropas francesas se dedicaron al pillaje y a la destrucción, lo que constituía “la mejor propaganda negativa para su causa.”. Así, “El pueblo español incrementaba progresivamente su odio hacia el invasor”8. José había expuesto la idea de negociar con los rebeldes pero su hermano se oponía fuertemente a todo dialogo. Otro problema era la falta de autoridad efectiva de José sobre los generales del ejército francés, quienes permitían los actos de barbaridad hacia la población. Éstos quedaban bajo la autoridad del imperador y durante todo su reino hispánico, José no dejo pedir la adquisición de la autoridad sobre todas las tropas colocadas en España.
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Después de la derrota de Bailén, el balance de la situación era más que crítico para el nuevo rey: mal aceptado por el pueblo, a la cabeza de un gobierno desleal, sin real control sobre el ejército, José Bonaparte se encontraba muy inquieto. Tras la derrota de Bailén y ante las dificultades, Napoleón decidió intervenir personalmente en España con su “Grande Armée”. Después de haber informado a José de su decisión el día 24 de octubre, Napoleón llegó en Bayona el día 3 de noviembre y el 5, en Vitoria, donde encontró a su hermano. Dos días después se habían planificado las operaciones militares que cumplir y éstas se pusieron en ejecución. Durante la intervención de Napoleón en España, José asumía claramente un papel segundario, si bien que decidió quedarse al margen, en El Pardo. Había sentido la escasez de las perspectivas de diálogo con su hermano quien, nos dice Abella, experimentaba rencor hacia José, porque éste siempre tuvo un cierto carisma natural que le daba éxito ante las mujeres, lo que no era el caso del imperador, de carácter mas nervioso e impulsivo. 9 La intervención del imperador seguía su curso. Napoleón se dirigió hacia el pueblo español invitándole expresamente a colaborar con él, ya que ahora era en posición de fuerza. Entretanto, José y algunos de sus ministros intentaron “aprovechar la suavización del clima producida por la proclama de Napoleón”10. Pero Napoleón en su posición de generalísimo de las tropas de ocupación promulgó ochos decretos “abiertamente demagógicos”: éstos implicaban, entre otros, la reducción de los conventos y la confiscación de sus bienes, la limitación de las casas monásticas, la abolición de los derechos feudales, así que la declaración como enemigos de Francia y de España los nobles que habían hecho pública su dimisión en el servicio de José I. Una vez mas y por culpa de esos decretos la tarea de José no se facilitaba. Pero lo cierto es que las operaciones belicosas seguían y tenían notable éxito, y a pesar de la aparición de las guerrillas (muy dañinas para el ejército francés), se podría ver pronto una nueva entrada en Madrid de José. Preocupado por los sospechosos movimientos de tropas en Austria, Napoleón se marchó a Francia, dejando a sus generales el mando de las tropas en la península. La marcha del imperador facilitó la vuelta de José en Madrid, ya que representaba, en comparación con su hermano, el “mal menor” a los ojos de muchos españoles. José, aconsejado por su entorno, vio en esta súbita “popularidad”, tan pequeña que sea, la ocasión de un nuevo impulso y de una “recuperación de su incierta soberanía”11. El día 31 de diciembre, José abandonó El Prado y, después de un repaso de las tropas del mariscal Victor, se dirigió hacia Madrid donde hizo su segunda entrada, el día 27 de enero. Como lo dice Abella: “a lo largo del recorrido, el pueblo se fue escalonando, y si no hubo calor, tampoco se registraron ostensibles muestras de desagrado”12. Allí empieza la segunda etapa del reino de José Bonaparte sobre España. ¿Como se configuraba el estado josefino? A principios de la segunda etapa de su reinado, José se dedicó a reforzar las bases de su estado, y en particular las bases legislativas. Abella va hasta calificar la quiebra legislativa de los primeros meses de 1809 de “extraordinaria”13. Las leyes concertaron todos los ámbitos del estado, desde las instituciones, la seguridad o el comercio, hasta unas medidas sanitarias, planes urbanísticos o disposiciones magnánimas. La administración josefina tampoco olvidó el ámbito militar con, por ejemplo, la creación de la guardia real y de nuevos regimientos de infantería de línea. Importante es señalar el esfuerzo que José hizo en lo cultural, promoviendo la creación de un museo nacional o la instrucción publica. Embelleció la capital española y no dejó a un lado su imagen pública, haciendo apariciones regulares en los lugares públicos (visitas de hospitales). Claramente, José Bonaparte tenía ambiciones reformadoras y regeneradoras para España y su pueblo. Promovía la elevación de un estado liberal,
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acompañado de propósitos igualitarios y de un fomento de la cultura y de la ilustración. El problema era que sus medidas políticas y el sentido que les acompañaba no tuvieron un real eco en el seno de la población, que tampoco conocían bien los logros de la Revolución francesa. El pueblo no era listo, y las atrocidades cometidas por el ejército francés no facilitaban la aceptación de la política liberal y progresista de José. Los mayores agitadores de la subversión y del motín eran los miembros del viejo clero, en ningún caso dispuesto a dejar parte de sus privilegios, lo que justamente suponía la instauración del estado liberal. José y sus ministros tuvieron que enfrentarse al problema de las financias públicas (particularmente a la regularización de la deuda y al la gestión de los abastecimientos), y actuar siempre en un clima de guerra, así que frente a un contrapoder efectivo: la Junta Central, radicada en Sevilla, e animadora del frente antijosefista. El “rey intruso” quiso sobre todo reforzar la implantación del estado bonapartista sobre el país ocupado, mandando a comisarios regios en sus provincias “para impulsar la implantación de lo legislado […] y de paso fiscalizar a los funcionarios, estrechar las comunicaciones con la capital y convertirse en agentes difusores de la buena nueva regeneracionista que era el señuelo de José I”14. Además, José creó a principios de mayo de 1809 el Consejo de Estado, compuesto por hombres leales y cultos al fin de aconsejar a José en su tarea política y en sus decisiones. Después de un relativo y corto periodo de estabilidad, las actividades de la Junta Central de Sevilla empezaron a ser más virulentas a principios de julio, así que las de la guerrilla. José I y su administración se veían especialmente preocupados por el recrudecimiento de las actividades rebeldes y la llegada de las tropas británicas encabezadas por Wellington en Portugal reforzó sus inquietudes. La situación, ya complicada, se empeoraba por los josefinos. Tras los primeros choques militares con los ingleses, el gobierno se dispuso a adoptar drásticas medidas contra opositores, francos o encubiertos. La represión creció hacia éstos y una “limpieza” fue hecha en el seno de la administración del antiguo régimen (los viejos consejos, como los de Guerra e de Indias, fueron suprimidos). Se adoptaron medidas anticlericales como la supresión de los antiguos órdenes, la abolición del derecho de asilo en las iglesias y la supresión de los tribunales eclesiásticos, trayendo con ellas una inquietud social pronunciada, puesto la impregnación de la religión en la península. Se aprovechó de la apropiación de los bienes conventuales para recuperar la maltrecha economía del país. En paralelo, la administración josefina ordenó la creación de escuelas gratuitas para sustituir a las escuelas de los órdenes religiosos suprimidos, fundó la Bolsa de Comercio y realizaron proyectos urbanísticos en Madrid, alrededor del palacio real. Las buenas noticias que procedían del frente napoleónico en Austria incitaron a José “a tomar iniciativas que demostraban su propia capacidad para resolver una situación complicada y poder, así, dar un mentís a su propio hermano”. La batalla de Ocaña ganada por los franceses fortaleció el moral de José I; él sabía que las victorias militares eran “la mejor propaganda para decantar a su favor a los indecisos”15. Los éxitos militares así que la recrudescencia de las actividades rebeldes en Sevilla convencieron a José el empezar de una operación militar ambiciosa pero necesaria: la conquista de Andalucía (primeros de enero de 1810). A la cabeza de sesenta mil hombres, José I y la comitiva real se pusieron en marcha hacia el Guadalquivir. El 20 de enero, tropas josefinas entraron en Bailén, el 26 en Córdoba, y el 1 de febrero en Sevilla. Fueron acogidas calurosamente en todas partes. La Junta Central, débil, huyó de Sevilla frente a la llegada francesa. José I hizo su entrada en Córdoba y luego en Sevilla con triunfo, y decretó allí una amnistía a favor de los autores de motines y desordenes del periodo anterior a la ocupación, a condición que juraran fidelidad al rey. Informaba al mismo tiempo a su hermano el imperador de los acontecimientos victoriosos y del buen acogido que le prestaba la población andaluza. Las tropas llegaron hasta la región de Cádiz donde se había instalado la Junta Central. Ésta se
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disolvió y creó un consejo de regencia cuyo propósito debía ser “dirigir la guerra y liberar el territorio nacional”. Desafortunadamente para el ejército josefino, Cádiz tenía los medios para resistir a la invasión, en particular porque se había asentado allí una escuadra británica que podía defender la plaza por el mar. Los éxitos militares, si daban prestigio y legitimidad a José I, ocasionaban hechos que podían ir en dirección contraria. Una ocupación militar de Andalucía significa sostener un ejército de cincuenta mil hombres y contribuciones de guerra. Había que añadir también las requisas, latrocinios y expoliaciones.16 Para mitigar los efectos onerosos de la presencia francesa, José I se dedicó en particular al fomento de la cultura, e a proyectos como la navegabilidad del Guadalquivir. Pero como lo dice Abella, eso era la “cara” de la ocupación, destinada a promover los beneficios propósitos de la nueva monarquía. La “cara” comportaba, como ya dicho, una carga para el pueblo andaluz así que una represión constante de los motines y rebeldías. Entretanto, Napoleón, que había quedado discreto ante las operaciones militares encabezadas por José, decretó el 8 de febrero de 1810 que en los territorios a la oreja izquierda del Ebro, fronterizas con Francia, se iban a instalar unos gobiernos militares desvinculados con la corona josefista. Para José, fue un “golpe terrible”, porque dedicaba toda su acción política al mantenimiento de la unidad de la patria española frente al enemigo inglés. Según Abella, hubiera que considerar esta decisión del imperador como prueba de suspicacia de éste hacia los éxitos de su hermano, “lo que entraría en la compleja relación amor-odio que existía entre los Bonaparte”17. Siendo seriamente debilitados los proyectos políticos de José I, su reacción normal hubiera debido ser la dimisión. Pero, animado por sus éxitos en Andalucía y con la voluntad de cumplir con su misión, optó por la “carta negociadora”. Al mismo tiempo, Napoleón le había cínicamente expuesto la posibilidad de restaurar a Fernando VII y lo haría regularmente. Ahora bien, el matrimonio de Napoleón con María Luisa de Austria “daba pretexto al envío de un embajador extraordinario con motivo del evento”18 encabezada por Azanza. Desde Sevilla, José medía los impactos negativos que había producido el decreto imperial de 8 de febrero, y se decidió a reorganizar y reforzar la autoridad civil en el país, con la instauración de prefectos que tenían máxima autoridad civil en las provincias, entre otras medidas. Como lo resume bien Abella, ahora bien y con esas medidas, “la España de de José I quedaba articulada en lo civil y en lo militar”. El 17 de abril, Napoleón decretó el nombramiento del mariscal Masséna comandante supremo de Alta España al frente de un ejército de setenta mil hombres. El 2 de mayo, la comitiva regia se trasladó desde Sevilla hasta Madrid. El pulso entre los dos hermanos era ahora “insoslayable”. Por un lado, José, fuerte de sus éxitos militares y de sus esfuerzos reformadores, pedía una ayuda financiera imperial; por el otro, Napoleón, lleno de resentimientos hacia José, tomaba decisiones en total incoherencia con las necesidades del estado, y hacía desesperadamente esperar al embajador Azanza que había llegado a Paris. Ahora podemos entrar en la tercera parte del ensayo de Abella que se podría titular “la caída del estado josefino”.

Tercera Parte (Cap. VII, VIII, IX)
Napoleón consideraba España desde una óptica estrictamente estratégica, y lo confirmó decretando el 29 de mayo un quinto gobierno militar en Burgos. Los medios josefinos pensaron que esta medida era una respuesta del imperador a la creación por José de treinta y
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ocho prefecturas sobre el territorio hispánico. Lo seguro es que cada decreto del imperador que reforzaba lo militar sobre lo civil debilitaba seriamente el estado josefino y su legitimidad. En las provincias militares, los generales actuaban en jefes supremos (como Soult en Andalucía) y constituían un contrapoder dañino para José. Finalmente, a él le quedaba el poder efectivo sólo sobre el territorio de Castilla Nueva. Incluso la autoridad civil de Madrid había sido usurpada por el general Belliard durante la ausencia de José y lo quedaría hasta el fin. El rey intruso veía su autoridad efectiva hundir, mientras esperaba los resultados de la misión Azanza, quien todavía estaba esperando una entrevista con el imperador. Azanza fue recibido a mediados de junio por el ministro de Relaciones Exteriores Champagny, que “se lanzó a una larga exposición de quejas y agravios contra la administración josefina”19. Deploraba la “incapacidad” y la “tolerancia” de José hacia los opositores, al que Azanza contestaba que un rey no se podía asegurar librándose al saqueo y a la represión sistemática de la población. Una segunda entrevista con Champagny no fue más beneficiosa. José, sin noticias de la misión Azanza, se conformó con enviar Almenara al encuentro del imperador. Este último llegó a ser visto por Napoleón y le pidió “que renunciase a cualquier parcela del territorio español, que suprimiera los gobiernos militares y que diera su consentimiento para que pudieran convocarse unas Cortes en Madrid, haciendo participar en ellas a los representantes de la España insurgente que, por entonces, en Cádiz, estaban fraguando otras Cortes”20. El imperador, claramente, no satisfació las demandas del embajador y se quedó en su posición inicial, que era la firmeza militar. No otorgó a José el titulo de lugarteniente en España al frente de las tropas francesas y expuso que quería empezar la conquista de Portugal al fin de reembolsar los gastos ocasionados por la guerra de España. Las misiones negociadoras regresaron sin ayuda, sin dinero y sin supresión de los gobiernos militares, y desmoralizaron a José, que sin embargo quiso creer en un posible acuerdo futuro con su hermano. El bautizo del hijo varón de Napoleón iba a darle a oportunidad de ir a Francia, directamente a su encuentro. El día 15 de mayo llegaba en Paris, con un cierto optimismo, que “le hacia creer en la eficacia de una explicación sincera entre hermanos”21. Durante este tiempo, en la península los franceses encontraron dificultades en su conquista del Portugal. En mayo de 1811, las pretensiones francesas sobre Portugal acabaron a falta de éxitos militares. En Cádiz, la resistencia militar persistía y se reforzaron las Cortes que por primera vez se habían reunido el día 24 de septiembre de 1810, con el objetivo de mantener la independencia de España y convocar unas Cortes que elaboraran una Constitución. El día 16 de mayo de 1810, José I fue recibido en Rambouillet por Napoleón. Expuso a su hermano sus demandas sobre las financias, el mando del ejército, los gobiernos militares, principalmente. La entrevista fue tendida. José esperó diez días para que su hermano le expusiera sus conclusiones durante cuales vio a su mujer y a su madre. La repuesta de Napoleón no satisfació las esperanzas de José, todo lo contrario. No le otorgó más autoridad, lo que José consideraba intolerable puesto su papel real. Las noticias procedentes de Madrid “confirmaban lo caótico de la situación económica, los perpetuos choques con Belliard y las sombrías perspectivas de una hambruna, dado lo mermado de la cosecha de cereales”22. A pesar de eso, José I se puso en el camino de España e hizo su quinta entrada en Madrid el día 15 de junio, con gran pompa. Definitivamente, el estado josefista era en vía de perdida. Los problemas financieros, el acoso de la guerrilla así que la resistencia de los mariscales a la autoridad del rey intruso eran demasiados. Mesonero Romanos describió la situación en Madrid como “el espectáculo de la

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desesperación y de la angustia”23, por culpa de la hambruna que mató a más de veinte mil personas. No fue la actitud benévola de José hacia los pobres que pudo impedir el naufragio. El año 1812 fue fatal. Napoleón, el 26 de enero, decidió dividir Cataluña que ya era una provincia francesa en cuatro departamentos, lo que una vez más debilitaba el proyecto de José de mantener la integridad de España. El desacuerdo y el desentendimiento entre los dos Bonaparte había logrado su punto extremo. La guerra con Rusia empezaba y Napoleón concedió, al fin, el mando a José de las tropas presentes en España. Pero era ya demasiado tarde. El ejército era en un estado lamentable y el pueblo de Madrid “pasó de la resignación a la rebeldía”24, nos dice Abella. Como si fuera poco, los Cortes de Cádiz proclamaron la primera constitución española el día 19 de marzo, y era definitivamente comprometido el proyecto de José de convocar Cortes para estabilizar el país. En el mes de Julio de 1812 el general Wellington pasó al ataque y consiguió victorias sobre el ejército francés, lo que estimuló la guerrilla; en Madrid empezaron a sucederse atentados. La situación era peligrosa, la defensa amenazada y José, con sus fieles, tuvo que abandonar Madrid. El día 10 de agosto se pusieron en marcha hacia Valencia el rey así que “una caravana de dieciocho mil hombres que formaban los efectivos del Ejército del Centro y los restos de la guardia real”25. En octubre, se acentuó la ofensiva contra Wellington y gracias a una breve mejora, José pudo hacer un breve retorno en Madrid, parecida a la capital de un reino deteriorado. La derrota de Napoleón en el Beresina hizo caer en picado el moral de los franceses y José I, en su palacio real casi desierto, hacia esfuerzos patéticos para resucitar el estado en pérdida. Frente a las dificultades encontradas sobre el frente este de Europa por Napoleón, la estrategia francesa por España se resumió pronto al repliegue al Norte de la península “como contrafuerte para la defensa del suelo francés”. Entonces, el 17 de marzo de 1813, José I instaló su cuartel general en Valladolid, habiendo quitado Madrid por la última vez. El choque final entre Wellington y el débil ejército francés tuvo lugar en Vitoria, el día 21 de junio. El rey y lo que quedaba de su Corte (disminuida por dimisiones y deserciones) tuvo que huir, y llegó a San Juan de Luz el 29 de junio. Se acababa el paréntesis que había sido, en la Historia de España, el reino de José Bonaparte. Liberado en diciembre de 1813 por Napoleón, Fernando VII “el deseado” recobró el titulo de rey de España. Una vez en Francia, José se procuró de la suerte de miles de afrancesados fieles a su persona y a su política. Consideró que el retorno de Fernando VII sobre el trono de España era la peor cosa que pudiera ocurrir por esta última, y según Abella, no se equivocaba. El país atravesó un largo periodo de inestabilidad con un retorno del absolutismo y del oscurantismo. José se instaló en su residencia de Mortefontaine, renunciado un cierto tiempo en dejar su titulo de rey de España. Fue lugarteniente de la defensa general de Paris hasta la llegada de los aliados en marzo de 1814, y al momento de la abdicación de Napoleón, emigró a Suiza. Después de haber sido presidente del Consejo de los Ministros durante el periodo del los Cien Días, y tras la derrota de Waterloo, emigró a Estados Unidos donde adquirió una propiedad en el New Jersey. Conservó siempre la simpatía de los medios antiabsolutistas españoles. Regresó a Europa en 1840, enfermo, y se instaló con Julia en Toscana. Allí empezó la redacción de sus memorias en 1832. Murió en 1844; tenía setenta y seis anos.

Valoración personal
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El ensayo de Rafael Abella constituye un elemento de comprensión de lo que fue el episodio bonapartista de España. Vemos que mas allá del objetivo conquistador, imperialista y dominador sobre todo representado por Napoleón, el destino de su hermano José hubiera podido coincidir con las necesidades de la España del siglo XIX. José era un hombre con calidades políticas aseguradas, de pensamiento liberal. Parece que la España en la que quería poner en prueba sus proyectos políticos no era lista para tales medidas como las que supone la instauración de un estado liberal. Además, la relación complicada entre los dos Bonaparte y las decisiones incoherentes de Napoleón no facilitó la tarea de José. El imperador no dejaba de considerar España como un objetivo militar en su pulso con Inglaterra. Pero lo cierto es que José hizo prueba de energía y voluntad para cumplir lo mejor posible con un destino impuesto, el de gobernar España, siendo cerca de sus súbditos. Así Rafael Abella nos da la posibilidad de establecer una diferencia entre los dos Bonaparte que demasiadas veces son considerados como los mismos, y eso es una matiza considerable.

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