MARTES 16 DE ABRIL DEL 2013 FERNANDO VIVAS

“¡Asu mare!” y el éxito de identidad
No es un éxito de calidad, sino de identidad. ¿Qué quiero decir? Que “¡Asu mare!” es irregular en gags y en narrativa, que la dirección de Ricardo Maldonado y las actuaciones palidecen ante el “yo soy Carlos Alcántara”. El documental del brillante „stand up‟ abruma a la débil ficción. “¡A su mare!” depende en demasía del buen humor de su estrella, no lo excede, no cobra vuelo propio, explora poco de lo que ya habíamos intuido en las innumerables entrevistas de Cachín. Pero “¡Asu mare!” es un tremendo éxito de identidad y yo lo he gozado así, a pierna suelta y a sala llena, con la estática de las risas y del „popcorn‟ masticado como „soundtrack‟. La película traza una línea de tiempo de 1964 a mediados de la década pasada y un mapa de Lima, pletóricos de referentes que enardecen nuestra peruanidad. Por supuesto, otra clave para el éxito es que se trata de una historia de movilidad ascendente en el Perú del 2013; de Mirones a Miraflores, pasando por un taller de cásting en el centro de la ciudad; del jalado en el examen de ingreso a la universidad, a la pastrulada y de ahí –¡sí se puede!– al estrellato en la TV. En estos trances vitales debo decir que la ficción se defiende con toques sentimentales 
–los sacrificios económicos de la madre, el niño con la nariz de claun, la pituca con barrio – que la recuperan frente al „stand up‟. Pero, en síntesis, “¡Asu mare!” es la dramaturgia con chongo de un país en crecimiento, en versión limeña, claro está. Si el „stand up‟ gana de todas maneras es porque la rutina de madre vituperante es notable. Cachín ha sacado humor de donde menos se esperaba porque estaba en nuestras narices: el cesto de ropa sucia, la tabla de planchar, la boca sucia de mamá. Convirtió la represión doméstica –gracias al humor– en comedia de afectos primarios. Termina la rutina, y ahora su flamante extensión fílmica, y qued a claro que el „Machín Alberto‟ de la tele era hijo del „Muchachito del ayer‟ del patacláun pretelevisivo –¡qué nostalgia!– y de esta mamá „metro veinte, fina, raza pitbull‟. A veces veo a Cachín como uno de los últimos machos del humor, una versión corregida y presentable de Phillip Butters, funcional a los auspicios de la retrógrada publicidad de Brahma. Pero también lo veo como un „posmachista‟ (o „pos-Machín‟), que se reafirma en la ternura, que deja la chupeta brava y la „pichanga bullying‟ en el rincón de los recuerdos, que se prodiga en „tips‟ de emprededor chonguero y antidiscriminador, luego de haber sido vago y acomplejado como lo admite en el „stand up‟ de su vida (un toque de trivia: Josie Lindley, su mujer, hace un elocuente cameo como la madre de la „pituca con calle‟, es decir, ella misma años atrás). Ese es el buen Alcántara que está llenando las salas. Mención aparte merece el éxito de taquilla. Tengo mis dudas sobre si el márketing compulsivo que ha roto esquemas con su sistema de preventa de entradas fue determinante. Quizá la película igual triunfaba sin ese empujón que ha confundido a muchos que creían que las decenas de salas y centenas de funciones estaban copadas. Quizá “¡Asu mare!” también confunde a muchos que creen que en adelante hay que copiar su fórmula. El cine peruano tiene aquí un hito de popularidad a emular solo si se tiene la convicción , los personajes y las ideas para ello. Lo sano es cultivar la diversidad y mantener el sistema de incentivos, no de cuota de pantalla, sino de apoyo a la creación.

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