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No al tatuaje biopolítico Giorgio Agamben Los periódicos no dejan ninguna duda: de ahora en adelante quien quiera entrar en los

Estados Unidos con una visa será fichado y tendrá que dejar sus huellas digitales al entrar en el país. Personalmente no tengo ninguna intención de someterme a semejantes procedimientos, y por esta razón anulé de inmediato el curso que debía dictar en marzo en la Universidad de Nueva York. Quisiera explicar la razón de este repudio, es decir por qué, a pesar de la simpatía que me liga desde hace numerosos años a mis colegas estadounidenses así como a sus estudiantes, considero que esta decisión es a la vez necesaria y definitiva y cuánto quisiera que fuera compartida por otros intelectuales y profesores europeos. No se trata sólo de una reacción epidérmica frente a un procedimiento que desde hace mucho tiempo ha sido impuesto a los criminales y a los acusados políticos. Si sólo se tratara de eso, podríamos, por supuesto, aceptar moralmente compartir, por solidaridad, las condiciones humillantes a las cuales son sometidos hoy día tantos seres humanos. Lo esencial no estriba en eso. El problema excede los límites de la sensibilidad personal y concierne muy sencillamente al estatuto jurídico-político (tal vez sería más sencillo decir biopolítico) de los ciudadanos en los Estados supuestamente democráticos donde vivimos. Se intenta, desde hace algunos años, convencernos de aceptar, como las dimensiones humanas y normales de nuestra existencia, prácticas de control que siempre habían sido consideradas como excepcionales y propiamente inhumanas. Nadie ignora así que el control ejercido por el Estado sobre los individuos a través del uso de dispositivos electrónicos, como las tarjetas de crédito o los teléfonos móviles, ha alcanzado proporciones antaño insospechables. No obstante, no se podría ir más allá de ciertos umbrales en el control y en la manipulación de los cuerpos sin penetrar en una nueva era biopolítica, sin avanzar otro paso más en lo que Michel Foucault llamaba una animalización progresiva del hombre, implementada a través de las técnicas más sofisticadas. El fichaje electrónico de las huellas digitales y de la retina, el tatuaje subcutáneo, así como otras prácticas del mismo género, son elementos que contribuyen a definir ese umbral. Las razones de seguridad que son invocadas para justificarlas no deben impresionarnos: no vienen al caso. La historia nos enseña cómo las prácticas que primero fueron reservadas a los extranjeros enseguida se encuentran aplicadas al conjunto de los ciudadanos. Lo que está en juego aquí no es nada menos que la nueva relación biopolítica “normal” entre los ciudadanos y el Estado. Esta relación ya no tiene nada que ver con la participación libre y activa en la esfera pública, sino que concierne a la inscripción y fichaje del elemento más privado y más incomunicable de la subjetividad: hablo de la vida biológica de los cuerpos. A los dispositivos mediáticos que controlan y manipulan la palabra pública corresponden, por tanto, los dispositivos tecnológicos que inscriben e identifican la vida desnuda: entre estos dos extremos de una palabra sin cuerpo y de un cuerpo sin palabra, el espacio de lo que llamábamos antaño la política es cada vez más reducido y más exiguo. Así, al aplicar al ciudadano, o más bien al ser humano como tal, las técnicas y los dispositivos que habían inventado para las clases peligrosas, los Estados, que deberían constituir el lugar mismo de la vida política, han hecho de él el sospechoso por excelencia, hasta el punto de que la humanidad misma se ha convertido en la clase peligrosa. Hace algunos años, yo había escrito que el paradigma político del Occidente ya no era la ciudad, sino el campo de concentración, y que habíamos pasado de Atenas a Auschwitz. Se trataba, evidentemente, de una tesis filosófica, y no de un relato histórico, pues no se puede confundir fenómenos que, por lo contrario, conviene distinguir. Quisiera sugerir que el tatuaje sin duda apareció en Auschwitz como la manera más normal y más económica de regular la inscripción y el registro de los deportados en los campos de concentración. El tatuaje biopolítico que ahora nos imponen los Estados Unidos para poder penetrar en su territorio bien podría ser el signo precursor de lo que se nos pedirá más tarde aceptar como la inscripción normal de la identidad del buen ciudadano en los mecanismos y engranajes del Estado. Es por esto por lo que hay que oponerse a ello.

Giorgio Agamben Profesor de Filosofía en la Universidad de Venecia y de New York

NO AL TATUAJE BIOPOLÍTICO. Giorgio Agamben Giorgio Agamben (Roma, 1942) es un filósofo italiano. Se doctoró en la Università di Roma con una tesis sobre el pensamiento político de Simone Weil. Fue alumno de Martin Heidegger entre 1966 y 1968. Es profesor de Filosofía en la Universidad de Verona, Italia, en el Collège International de Philosophie de París y en la Universidad de Macerata en Italia; profesor de Iconografía en el Instituto universitario de Venecia. Ha tenido a su cargo la edición de la versión italiana de la obra de Walter Benjamin. TEMA. Política de los Estados Unidos frente a los extranjeros: ser fichado y dejar huellas digitales al entrar en el país. TESIS. Giorgio Agamben repudia esos procedimientos ya que lo considera que ese ‘tatuaje biopolítico’ que ahora impone los Estados Unidos para poder penetrar en su territorio, podría ser el signo precursor de lo que se nos pedirá más tarde aceptar como la inscripción normal de la identidad del buen ciudadano en los mecanismos y engranajes del Estado. Es por esto por lo que hay que oponerse. Considera que su negativa a ir a dictar un curso [Universidad de Nueva York] en este país, es una decisión a la vez necesaria y definitiva y, por eso desea que sea compartida por otros intelectuales y profesores europeos PREMISAS DE SU ARGUMENTACIÓN Hecho. Es un hecho que los extranjeros que quieren ingresar a los Estados Unidos no solo deben tener visa, sino que se tienen que ser fichados y dejar huellas digitales al entrar en el país. Existe un control ejercido por el Estado —europeos— sobre los individuos a través del uso de dispositivos electrónicos, como las tarjetas de crédito o los teléfonos móviles, ha alcanzado proporciones antaño insospechables. El tatuaje apareció en Auschwitz como la manera más normal y más económica de regular la inscripción y el registro de los deportados en los campos de concentración. Presunciones. Agamben presume que la política de los Estados Unidos terminará por imponerse a todos, pues la historia enseña cómo las prácticas que primero fueron reservadas a los extranjeros o a las clases peligrosas, enseguida se encuentran aplicadas al conjunto de los ciudadanos o a toda la humanidad. El autor considera que la imposición de estas políticas terminan por hacer creer que la humanidad misma se ha convertido en la clase peligrosa [presunción de calidad]. El autor considera que no es sensato lo que se intenta hacer desde hace algunos años, esto es, convencernos de aceptar, como las dimensiones humanas y normales de nuestra existencia, prácticas de control que siempre habían sido consideradas como excepcionales y propiamente inhumanas.

Valores. Se nota que el autor valor, aunque de manera implícita, la participación libre y activa en la esfera pública; la vida biológica de los cuerpos por ser el elemento más privado e incomunicable de la subjetividad. Anti-valores. Agamben califica de prácticas inhumanas: el fichaje electrónico de las huellas digitales y de la retina, el tatuaje subcutáneo. Considera pseudo-democracias los Estados en los que vivimos. Jerarquías de valor. A Agamben se le presenta un conflicto entre la simpatía que siente por los colegas y estudiantes de ese país, y su postura frente a esas políticas. Se decide a favor de su postura ética.
LA BUENA MUERTE. Eutanasia: del prefijo griego “eu” [bueno] y “tánatos” [muerte]. Enrique Santos Calderón Puede parecer no solo extraño sino además incongruente y tal vez absurdo, que el país del mundo donde más se mata la gente (a físico plomo y cuchillo), el supremo tribunal de las leyes haya consagrado (por votación de seis contra tres) “el derecho de cada individuo a morir libre y dignamente”. Además de las fuertes reacciones internas, la decisión de la Corte Constitucional de legalizar la eutanasia para pacientes terminales que la soliciten, ha tenido notables repercusiones internacionales. Muy pocos países han dado este paso y se explica el interés que ha despertado lo sucedido en uno donde, como Colombia, la Iglesia católica tiene tanta influencia. Más aún cuando en casi todas las naciones sigue considerándose un crimen ayudar a morir a alguien, aunque diversas formas de la eutanasia se practican de manera tan generalizada como secreta. Lo cierto del cuento es que Colombia, la nación donde menos se respeta la vida, que detenta la más alta tasa de homicidios, es hoy, también, el país con la legislación más liberal y avanzada en materia de eutanasia, o “muerte buena”. Un tema que en el mundo occidental cristiano ha sido objeto de históricas y apasionadas controversias aún no resueltas. Lo cual resalta todavía más el carácter sin precedentes de la determinación de la Corte, sustentada en su defensa de la dignidad de la persona humana y de su esfera íntima, donde el Estado no puede intervenir. Un derecho a la dignidad que tiene dos expresiones: la de vivir una vida digna, pero también la de poder morir dignamente. ***** Comparto en lo personal, en lo conceptual, en lo filosófico, el espíritu de la decisión mayoritaria de la Corte. No sé, ni me interesa entrar en esa discusión, si este es el procedimiento legal adecuado; si debe ser la Corte, o el Congreso, o un plebiscito, el que adopte una determinación semejante. Creo sencillamente en el derecho fundamental que tiene una persona que sufre una enfermedad terminal de solicitarle a un médico que lo asista a morir dignamente. Es una cuestión de libertad personal. De la libertad inalienable del individuo para decidir sobre su propia existencia. La de escoger en este caso si quiere sufrir más, o hacer sufrir a los demás. Se trata, no hay que decirlo, de un tema complejo, que toca con profundas convicciones que puede tener la gente sobre la vida y la muerte. Sobre todo las religiosas, con las cuales no cabe discusión. Yo las respeto, pero simplemente no las comparto. Ni creo que la Iglesia pueda fijarle al Estado políticas sobre esta materia; ni pretender imponer sus concepciones acerca de derechos fundamentales del ser humano sobre el conjunto de una sociedad cada vez más pluralista y laica como es la colombiana. No entiendo bien por qué hasta el Vaticano acepta hoy la llamada eutanasia pasiva, que consiste en no hacer esfuerzos antes el paciente moribundo para prolongarle artificialmente la vida, pero se condena que la persona, de su libre voluntad, escoja poner fin a su vida. Que la “desconecten”, dirían algunos. La razón de fondo es la misma, pues en ambos casos la vida ha dejado de tener significado y no puede considerarse como un valor. Los propios médicos tienen opiniones disímiles sobre el delicado tema. Algunos consideran que una persona cuyo sufrimiento la lleva a pedir que la maten, no está en pleno uso de la razón. Otros consideran que la eutanasia es un acto de misericordia. Y hay personas que simplemente estiman que se trata de una discusión casi irrelevante, cuando no elitista, en una sociedad donde cada 20 minutos un joven entre los 15 y los 30 años, es decir, en plena vida, es víctima de una muerte violenta. Pero ni esta circunstancia, ni tampoco el hecho de que el debate sobre la eutanasia en el mundo solo se da en el 2 por ciento de las muertes, le quitan la relevancia o significado a una discusión que, en el fondo, tiene que ver con la forma como el ser humano asume su propia muerte. Y, más concretamente,

con la pregunta de si debe considerarse como un crimen asistir a una persona que prefiere morir al sufrimiento prolongado. Leía en días pasados en The Miami Herald el caso desgarrador del ciudadano Charles Hall, un enfermo terminal de sida, que ya no resiste el dolor y el suplica a la Corte Suprema de Justicia de la Florida que lo deje morir en paz. Pero la Corte se niega a que Hall decida qué hacer con su vida. El caso ha suscitado furiosas cartas de lectores que acusan a la Corte de estar jugando a Dios y de impedir la muerte digna de una persona que solo quiere paz sin dolor. En Estado Unidos la eutanasia es un tema tan candente y pasional como el aborto. Es célebre el caso del “doctor muerte”, el médico Jack Kevorkian, que ha desafiado abiertamente la ley y asistido en la muerte a 52 personas. Kevorkian, absuelto ya en tres procesos judiciales, asegura que ni la ley ni la amenaza de cárcel lo detendrán en su propósito de ayudar a morir dignamente a los pacientes que lo soliciten. ***** En Miami se sucede también el sonado caso del médico colombiano Ernesto Pinzón Reyes, sindicado de homicidio en primer grado por haber asistido en su muerte a un anciano, desahuciado por un cáncer que le estaba ocasionando terribles padecimientos. En la Florida, cuya Corte Suprema ha sido tan inflexible contra la eutanasia, existe la pena de muerte y se aplica. Pueda ser que, por tratarse de un colombiano, no vayan a condenar ahora al doctor Pinzón a la silla eléctrica. Que sería una manera bien peculiar de reivindicar el derecho a la vida.

LA BUENA MUERTE. Enrique Santos Calderón TEMA. La decisión de la Corte Constitucional de legalizar la eutanasia para pacientes terminales que la soliciten. TESIS. Santos Calderón afirma que comparte en lo personal, en lo conceptual, en lo filosófico, el espíritu de la decisión mayoritaria de la Corte puesto que cree sencillamente en el derecho fundamental que tiene una persona que sufre una enfermedad terminal, de solicitarle a un médico que lo asista a morir dignamente. Por esta razón, rechaza la posición de la Iglesia Católica ya que ésta no puede fijarle al Estado políticas sobre esta materia; ni pretender imponer sus concepciones acerca de derechos fundamentales del ser humano sobre el conjunto de una sociedad cada vez más pluralista y laica como es la colombiana. PREMISAS DE SU ARGUMENTACIÓN
Hecho. Colombia es la nación donde menos se respeta la vida, que detenta la más alta tasa de homicidios, es hoy, también, el país con la legislación más liberal y avanzada en materia de eutanasia, o “muerte buena”. Santos Calderón, también, cita tres casos con los cuales pretende justificar las razones de su posición frente a la eutanasia: 1) El caso ‘desgarrador’ de Charles Hall, un enfermo terminal de sida, que ya no resiste el dolor y el suplica a la Corte Suprema de Justicia de la Florida que lo deje morir en paz. En este caso, se ve claramente que la negativa de la Corte para que este sujeto tenga una muerte digna, hace pensar que la Corte quiera asumir el rol de Dios. 2) El otro caso es el del médico Jack Kevorkian, que ha desafiado abiertamente la ley y asistido en la muerte a 52 personas. Este médico es un claro caso que apoya la tesis del autor, pues es un médico que ayuda a morir dignamente a los pacientes que lo soliciten. 3) El último caso es el de un médico colombiano Ernesto Pinzón Reyes, sindicado de homicidio en primer grado por haber asistido en su muerte a un anciano, desahuciado por un cáncer que le estaba ocasionando terribles padecimientos. Con este caso el autor pone de presente la evidente incompatibilidad que se presenta en la Corte Suprema de la Florida, la que por un lado es inflexible contra la eutanasia; por el otro, acepta la pena de muerte. Presunciones. Santos Calderón apela a la sensatez de la Corte Suprema de Florida pues no sería sensato que una Corte que como esa se niega a aceptar la eutanasia, condene al

doctor Pinzón a la silla eléctrica por haber asistido en su muerte a un anciano. Dice el autor que: “sería una manera bien peculiar de reivindicar el derecho a la vida ”. El autor afirma que aunque algunos médicos presuman que los enfermos que desean morir antes que vivir, están locos [presunción de calidad], la discusión sobre la eutanasia no puede ser considerada irrelevante. Valores. Santos Calderón valora la libertad personal, la libertad inalienable del individuo para decidir sobre su propia existencia.y la eutanasia implica precisamente esto. También plantea como una valor el morir dignamente. Anti-valores. Santos Calderón considera que la vida deja de ser un valor cuando ya no tiene significado, cuando no es digna de ser vivida. Jerarquías de valor. El autor considera que en este tipo de casos se plantea un conflicto de valores entre: el dolor del paciente y el dolor de los familiares, por eso el paciente es quien debe decidir: “si quiere sufrir más, o hacer sufrir a los demás”. También plantea que en estos casos se presenta una incompatibilidad entre los siguientes valores: una vida digna o una muerte digna.