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Notas

Quizá este sea un intento un tanto, o demasiado ingenuo. Pero es preferible a quedarse mirando como Venezuela se cae a pedazos. Yo no conozco esas cosas que conocieron o desconocieron mis abuelas. No sé lo que es poder pararse tranquilamente en el umbral de tu puerta a las tres de la mañana. Ni lo que habrá sido no tener nuestros famosos cesta tickets, que con esta inflación, he descubierto que son una grandísima ayuda. No tengo idea de lo que sintieron los venezolanos un viernes negro, y ni siquiera, porque estaba muy peque, de los sentimientos de aquellos revoltosos de un abril del 2002, que sintieron amenazados sus derechos, su patria, y acometieron contra un solo hombre, dispuestos a mancharse las manos. Mancharse las manos. Nuestro gran héroe, nuestro gran Libertador, era un asesino. Un asesino de españoles y un asesino de sus tropas mandándolas a morir, por la libertad. Eso fue lo que le regaló a Venezuela, una libertad que sabe a rojo. ¿Para poder ser libres, entonces, tenemos que matarnos los unos a los otros? Tampoco sé lo que sintieron ellos. Todos esos patriotas, montados en sus caballos, gritando con espada en ristre, sabiendo en su fuero más interno que iban a morir por su patria. Es simplemente admirable estar dispuesto a dejarse en la batalla. Pero las batallas sólo son admirables para los antiguos y para la épica. De resto, no son más que polvo, dolor y sangre. Cada uno de ellos, al morir de la manera más cruel, dejó algo atrás. Amigos. Esposa. Hijos. Mundo. Dolor y rabia. Y eso fue nuestra independencia. Tenemos un pasado oscuro, aunque tendamos a hacernos la vista gorda sobre ello. Pero, por supuesto, ¿qué país no tiene un pasado oscuro? Claro que muchos de ellos tienen un presente claro ahora. Países desarrollados, países a los que los venezolanos sueñan con ir. Esos países “finos”, donde no hay arepas sino caviar, pasta y letras raras. Y nosotros, seguimos siendo esa adolescente del mundo, esa que se pone los piercings, las converse (importadas) y sale a subir árboles por el bosque. Un bosque hermoso, disfrazado de edificios. No crecemos. Nunca crecemos. A veces, parece que lo haremos. Por ejemplo, quizá lo creímos cuando nos enteramos de que el petróleo es llamado oro negro. Pero, eso todo el mundo lo sabe, jamás le des mucho dinero a un adolescente porque se lo gastará en una sola juerga. Ahora, la democracia es una cosa griega, que consiste, básicamente, en elegir a la mayoría y barrer a un lado como trapos sucios a la minoría. La mayoría tiene que tener la razón. Imagínense, démosle un enfermo a la mayoría, ellos sabrán que hacer. Los doctores, que son minoría, no valen la pena. Bien, a la gente medieval le parecía un sistema perfecto y excelente la monarquía, lo que no les gustaba eran los reyes. Bueno, a nosotros, al parecer, no nos gustan los presidentes, pero la democracia es perfecta. El poder sigue estando en manos de un solo hombre, sólo que ahora es el pueblo quien se echa el lazo al cuello. En fin. Voltea la maldita página para que podamos terminar.

Tengamos una dictadura entonces. ¿Qué más da un hombre u otro? Esto es una competencia feroz, ¿no? Rojos contra azules y los blancos que se vayan a la soberana mierda. Venezuela no es un país, sino dos. ¡Que muera la burguesía! ¡Que mueran los ignorantes! Tengo un caprichito y el otro está escuchando pajaritos. Esto es la nueva Guerra de Troya. Todos contra todos. Por cierto, ¿alguien sabe como terminó esa Guerra? Sí, sí, la condenada Guerra de Troya, la que duró diez años. Pues resulta que ganaron los aqueos (los griegos, Aquiles, Brad Pitt, como sea), y tomaron Troya y se llevaron a la chica. Ah, y la mayoría murió de forma horrible eventualmente. El rey de los aqueos (del bando de Brad, hombre), Agamenón, llegó a casa y lo mató su mujer. A Aquiles (Brad Pitt), el que mató a Héctor (el héroe troyano) lo mató el hermano del héroe troyano (el CTM que se había robado a Helena, la chica). Ulises (Odiseo, ese del que se inventó la palabra “Odisea”) estuvo dando tumbos a mar abierto lleno de monstruos por 10 años y pico y cuando llegó a su casa todos lo querían matar. A las mujeres, las violaron a todas (de los dos bandos). De los demás es mejor no hablar, que da penita. Ah, esos tiempos épicos. ¡Vamos revivirlos! ¡Qué viva mi lado de Venezuela, joder! Cuando se muera el líder (porque se va a morir, es humano), bueno, ya nos buscaremos otro, ¿no? Y así podremos seguir reviviendo tiempos épicos, nada como una buena matanza física y verbal, ¿quién dijo paz? ¡Que lo linchen! Que eso sea Venezuela. El hogar de Ares, el dios de la Guerra, casado con Eris, la que causó la guerra de Troya con su manzanita. ¡Que viva Venezuela! Eh, es decir, ¡Venezuela #1 y #2! Aunque a veces me pregunto con diversión, mientras oigo los insultos, las cacerolas, los tiros, los reproches; ¿qué pasaría si un azul y un rojo se dieran un abrazo, hasta un beso francés (baboso) montados en una tarima frente a Miraflores? ¿Y si miles lo hicieran? ¡Mierda! Eso debe ser lo que llaman… como… un solo país, ¿no? Uno que sabría que los presidentes no son héroes sino carroñeros (zamuros, cuervos, cupacabras) y que hay que tenerlos bien sujetos de las plumas, para que no alarguen mucho el pico, “se pasen de verga” y te vean la cara de enfermo mental, echándose todo al bolsillo y huyendo al extranjero. Digo. Sólo son notas que se me ocurren en estos tiempos épicos.

KTP *
Llevo tu luz y tu aroma en mi piel… y el cuatro en el corazón… llevo en mi sangre la espuma del mar… y el horizonte en mis ojos. No envidio el vuelo ni el nido al Turpial… soy como el viento en la mies… siento al Caribe como a una mujer… soy así, ¿qué voy a hacer? ¡Canta y no llores, CTM! Y haz el favor y pásalo. O haz el beso francés, eso sería GENIAL.