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“Se Busca Verdugo: La Tragicomedia De Arquímedes” © 2013 Jacqueline Petingi Labastie

(Continuación Capítulo III)

- LA SALA DE ESPERA La puerta del ascensor se abre en uno de los pisos más altos, y el muchacho emprende la marcha con paso firme por el amplio e interminable corredor. Las suelas de goma contra el piso de parquet plastificado hacen resonar sus pasos. Asimismo, su respiración jadeante parece amplificar su sonido en el desierto corredor. El muchacho parece conocer el lugar, y avanza como si temiera retrasarse, o como si en ello sintiera una gran responsabilidad. Se lo ve andar desmañadamente, y tal es su estado de estrés, que pronto llega a una puerta de hierro con vidrio esmerilado. El muchacho la abre y ve un matafuego y una escalera de incendios. Pone los ojos en blanco y con un frustrado suspiro, la cierra y enfila hacia un corredor contiguo. A poco de emprender la marcha por ese otro corredor, una hilera de luces inteligentes ilumina las blancas paredes con alternancia de pobres reproducciones de pinturas famosas, y comienzan a verse algunas puertas de madera. El muchacho va revisando los números de oficinas en las puertas, y las descarta inmediatamente. Hacia el final del amplio pasillo, se divisa una puerta que ostenta a su lado algunas placas con inscripciones grabadas. Apretando los pasos, hacia allí se va él, sin vacilar. Golpea dos veces y espera un poco. Nada. Vuelve a golpear, un poco más fuerte esta vez. Espera unos instantes. Nada ocurre. Decide tantear discretamente el pestillo. Está abierto. Dentro de la amplia sala de espera, la puerta se abre un poco, y Arquímedes asoma algo de su despeinada cabeza. Se retrae un segundo y vuelve a aparecer, dejando ver la camisa azul a cuadros y el pantalón vaquero gastado. Cambia de mano el raído bolso gris, que se ve bastante abultado y pesado de libros, y la evidencia de ropa fuera de estación se deja ver en un puño de lana sobresaliendo por la abertura. Cierra la puerta, y cambia a un paso más cauteloso para dirigirse hasta la recepción. Camina con sumo cuidado, casi con sigilo sobre la moquette color verde Italia, la distancia que lo separa desde la puerta hasta la recepción. Se acerca a la joven administrativa, quien está ordenando algunas historias clínicas, sentada ante un pequeño pero funcional escritorio. Arquímedes.- Buen día... Administrativa.- Sí..., buenos días. ¿En qué puedo ayudarlo? Arquímedes.- Sí..., esteee..., yo... tenía hora... para... el psiquiatra, sí... Administrativa.- Sí, cómo no. ¿Me permite su documento de identidad? Arquímedes saca su documento y se lo entrega. La muchacha busca el registro de consultas previas en un archivo de la computadora. Inexplicablemente, como si fuera una ilusión óptica, va mostrando lo que parece ser una sonrisa. Por algunos instantes se mantiene con los carrillos apretados mirando el archivo. Bien podría pensarse que sólo está siendo simpática. Puede que lo sea. Pero llega un punto en que es notorio que su sobriedad desaparece por completo. Rápidamente toma una lapicera y hace una breve anotación en un papel de oficina que utiliza a modo de ticket. Se vuelve hacia Arquímedes, y entregándole el ticket, se compone lo mejor posible para dirigirse a él. Administrativa.- Tome asiento. El doctor lo va a atender enseguida. Arquímedes.- Gracias. 8
“Se Busca Verdugo: La Tragicomedia De Arquímedes” © 2013 Jacqueline Petingi Labastie

La muchacha se zambulle inmediatamente en el monitor de su computadora, en tanto que Arquímedes se da vuelta lentamente, mirando el ticket, en el que sólo se lee: “HORA 10 A.M.”. El muchacho mira su reloj. Son las 9:40’ a.m. Tomando un impulso para levantar el bolso, con paso cansino, se dirige hacia los asientos que ve libres en la sala de espera. Ahí se detiene y descarga el bolso gris en uno de los asientos, luego él se deja caer en el asiento de al lado, y se acomoda. Espera, y mientras espera, queda como hipnotizado mirando la puerta cerrada del consultorio. En su rostro evidentemente trasnochado, los párpados hinchados hacen que su visión se desenfoque aún más. Sin dejar de mirar hacia la puerta, mentalmente se pregunta: “¿Habrá vida en Marte?”, y aguzando la vista en las inscripciones del letrero puesto en ella, se repregunta: “¿Hay vida detrás de esa puerta?”. Mira el cartel entornando bien los ojos.

Tras forzar tanto la vista para leer las tres líneas de la placa del “Dr. Héctor Jaracosoli - Psiquiatra - Psicoterapeuta”, a Arquímedes se le cierran los párpados, y cae en un sueño bastante profundo, para su corta duración. Pudieron haber pasado, a lo sumo, cuatro o cinco minutos, cuando algo lo hace levantar la cabeza de golpe. Un estrepitoso sonido lo despierta sobresaltado. A su izquierda, dos mujeres de unos cuarenta años de edad son el origen del estruendo. Las dos mujeres siguen soltando fuertes exhalaciones al unísono, y se ríen a carcajadas de manera asincrónica, vaya uno a saber de qué. Por si acaso, el muchacho automáticamente se endereza en el asiento y arregla un poco su ropa. 9
“Se Busca Verdugo: La Tragicomedia De Arquímedes” © 2013 Jacqueline Petingi Labastie

La cacofonía continúa a intervalos, sin nada que pueda controlarla, por algunos minutos más. Arquímedes ha fijado la mirada hacia la derecha, donde está la otra puerta, la puerta de entrada a la sala de espera, como si instintivamente pensara en irse. Cuando menos se espera, la misteriosa puerta del consultorio se abre. Un hombre de unos cincuenta años y cabello castaño entrecano, asoma cautamente medio cuerpo, para echar un vistazo al panorama. Con exasperante parsimonia, a razón de un movimiento por segundo, llega a colocarse de pie en el vano de la puerta. Detrás de los anteojos, la imperturbable mirada queda fija en la figura de la administrativa. Permanece ahí, mirándola, sin decir nada. La administrativa dice un par de inaudibles palabras, como si ambos se entendieran en alguna clave ultrasecreta. Luego, la muchacha gira la cabeza en dirección a donde está Arquímedes. Administrativa.- Puede pasar. Arquímedes se levanta, toma su bolso y va en dirección a la tal puerta del doctor Jaracosoli. º-º-º-º-º-º-º-º

- EN EL MISMO MOMENTO PERO EN OTRO LUGAR Un reloj de pared marca las 9:56’ a.m. en el hall de entrada de un canal de televisión. Un hombre de edad mediana y aspecto próspero del tipo “empresario de alto rango”, hace su entrada por las puertas del canal, en un estilo que se podría definir como algo más que autosuficiente. Más valdría decir que entra como si se fuera a llevar a todo el mundo por delante. Avanza con paso firme y canchero hacia la recepción. Sin decir ni “hola”, se viene acercando como de pasada hasta donde está la recepcionista, mirándola de costado, con expresión falsamente plácida. Sin desviar su camino, no vaya a ser cosa de perder tiempo con tonterías, le hace un abordaje al paso. Directivo.- ¿Y?... ¿Ya están todos? Recepcionista.- Sí, señor Rodríguez, creo que sí. Directivo (Sin detenerse.)- Buéh!... El hombre del traje azul oscuro se aleja, haciendo oscilar un poco su maletín, y toma camino por un corredor donde están los ascensores. A poco de eso, uno de los ascensores abre la puerta delante de él. º-º-º-º-º-º-º-º El Directivo Rodríguez aparece en una antesala, entre cuyos paneles divisorios hay oficinas y mostradores. Este lugar queda ubicado previo a la entrada de la Sala de Conferencias. Todo un maremágnum de personal yendo y viniendo, se alborota aún más con la llegada de este “jefe”. En medio de todo este hervidero, un empleado se apura a entregarle una carpeta, al menos medio segundo antes de que el “jefe” llegue a colocarse en posición de frente a su puesto. El Directivo toma de la mano extendida del empleado la carpeta, una vez más como “al pasar”. Mientras va revisando sus contenidos, hace una pregunta al aire. Directivo.- Molina..., ya llegó? 10
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Empleado.- Señor..., Molina está de licencia desde ayer. Directivo.- No me interesa. Lo quiero aquí a las 10. Llámelo. Empleado.- Pero..., señor..., se iba para Atlántida hoy. Directivo.- A mí no me interesa... si se fue a Europa, a Ganímedes... ¡o a cualquiera de las otras lunas de Júpiter!... Yo fui claro: Convoqué a reunión URGENTE- para- hoy, a las 10 en punto. Llameló, hágame el favor... (Sigue camino con actitud expresamente sobradora) ¡Señorita!... Café y agua mineral. Tras mirar a la empleada como si fuera un insecto, voltea la cara hacia delante, en la dirección de sus pasos, hacia la Sala de Conferencias. º-º-º-º-º-º-º-º-º-º-º-º-º-º

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