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POSDATA

Tom Gimbert
Arquitecto

ARCHIVO PERSONAL

ABELARDO SÁNCHEZ LEÓN

Nací el 16 de abril de 1980 en Nantes, una ciudad al oeste de Francia. Empecé a construir con las manos a los 12 años. Estudié Arquitectura en mi país y realicé prácticas profesionales en Chile, donde conocí a otro francés que me convenció de visitar Máncora para correr las mejores olas del mundo. Practico surf y kitesurf. Hace tres años decidí venir a vivir al norte porque me gustó el estilo de vida que aquí se practica. Edifiqué el bar Atelier y el hotel Eco Lodge a partir de una arquitectura artesanal y el cuidado del medio ambiente.

PROHIBIDO BEBIDAS ALCOHÓLICAS

“Usé caña, basura y excremento de burro para construir el hotel”
MARÍA JOSÉ CORREA

Al visionario Tom Gimbert le dicen ‘Gringo’ por más francés que sea. Él halló en Máncora la manera más saludable de construir un hotel de lujo: reciclando elementos de la zona.

N

o muchos pueden disfrutar de dos pasiones a la vez como Tom: la construcción y el cuidado del ecosistema lo tienen encantado. No lo hace para obtener reconocimientos, sino por simple atracción hacia una arquitectura responsable. Ahora se encuentra en Francia recargando las pilas para regresar al Perú en un mes y seguir con sus proyectos ecológicos. El Comercio conversó con él antes de su partida*. —Llegaste aquí de casualidad... Hace cinco años hacía mis prácticas en Chile, en la rehabilitación del Mercado de Valparaíso. Ahí conocí a un compatriota que también corría tabla y me dijo que en Máncora las olas eran alucinantes. Quedamos en encontrarnos allá. Me dejó plantado... —Pero te quedaste un tiempo en el balneario... Sí, y conocí a otro francés que llevaba 20 años viviendo allá y me enseñó el pueblo desde un plano más local. También me pidió diseñar un búngalo para él. Mientras lo dibujaba empezamos a edificarlo. Es una

forma de construir que no existe en Europa. Una vez que concluí mi carrera, decidí regresar al Perú. —¿Tu primera opción siempre fue Máncora? Al principio conseguí trabajo en un buen estudio de Lima, pero no me gustó la onda, me di cuenta de que mi vida estaba en la playa. Viajé a Máncora con 5 mil dólares a buscar qué hacer. —Hiciste lo que ni tus vecinos han hecho: reciclar materiales para construir. Cuando llegué al balneario, compré un terreno y construí un bar con lo que encontré: cajas de fruta, muebles que la gente ya no quería.... Y con eso viví mientras buscaba trabajo como arquitecto. —Tu bar El Atelier es conocido en el balneario. Sí, lo he construido con la idea de hacer un bar donde la gente se relaje, pase la tarde tomando aperitivos y en la noche festeje. Cuando compré el terreno, el local era un quiosco de Inca Kola. El lema de la marca, “Con creatividad todo es posible”, fue un ‘leitmotiv’ para mí; siempre lo mantuve como un lema, así que guardé el letrero y hasta ahora forma parte de la decoración del bar. —Además de arquitecto y constructor, has sido barman. Al principio, en el bar vendía solo vino y tablas de queso. Funcionaba bien, pero con el tiempo me di cuenta de que hacía falta algo. Así que tuve que ser el barman y experimentar con tragos. Terminé inventando un montón de cocteles.

—¿Cómo surgió el Eco Lodge?

Mi tesis de fin de carrera estuvo vinculada al reciclaje y a las habitaciones ecorresponsables. Conseguí otro espacio y junto a Gerardo Aghuash, un amigo de la selva, empezamos a construir el hotel con los elementos que encontramos. Mientras construíamos, yo iba dibujando. Fue muy espontáneo. De

También usé trocitos de una lancha malograda. El techo del Eco Lodge está hecho con el plástico de una publicidad, que, en mi opinión, es más resistente y el mejor plástico que existe”.

No quiero que aquí pase lo mismo que en Europa, donde construir se ha convertido en un negocio más que en una pasión; allá todo es muy industrial, con muchas reglas y menos libertad”.

madrugada atendía en el bar hasta las 5 a.m. y a las 7:30 a.m. empezaba a trabajar en la obra. —¿Cuánto tiempo les tomó terminar el edificio? Tardamos 10 meses en construir el Eco Lodge entre cinco personas. A veces los niños del pueblo nos veían trabajar y nos ayudaban, era una onda muy familiar. Fue una experiencia muy bonita. —¿Qué materiales usaste? Madera hualtaco, caña, bambú, tierra, cal, aserrín, basura y excremento de burro, que me sirvió como pegamento para que el barro no se rajara. También usé trocitos de una lancha malograda. El techo del Eco Lodge está hecho con el plástico de una publicidad, que, en mi opinión, es más resistente y el mejor plástico que existe. Mi hotel tiene tres pisos hechos con madera, levantados con técnicas artesanales como la del tabique, que estuve investigando durante varios años. —¿Qué es lo que más te gusta de Máncora? La calidad de vida es algo único. Hay calor y el mar es caliente todo el año. Además, las personas están empezando a interesarse por la ecología. No quiero que aquí pase lo mismo que en Europa, donde construir se ha convertido en un negocio más que en una pasión; allá todo es muy industrial, con muchas reglas y menos libertad. Aquí, a todos los proyectos que trabajamos les ponemos corazón y tiempo. Y lo hacemos bien. —¿Qué extrañas de Francia? Solo a mi familia. —¿Cuál es tu próximo proyecto? Voy a hacer en Francia lo mismo que aquí. Quiero llevarme al mismo grupo que ha trabajado conmigo en esta playa y formar un equipo cosmopolita de arquitectos. Sin mi amigo peruano Gerardo no habría podido construir nada. * Esta es una versión ampliada de una entrevista publicada el 6 de abril en la edición de Piura.

urante mi juventud, la bebida fue uno de los símbolos más evidentes de la transgresión de los artistas. Los revolucionarios tomaban las armas y discutían entre ellos si se iban o no al monte, mientras los artistas cogían la botella y empinaban el codo. Los revolucionarios eran personas de acción, vivían metidos en la realidad y deseaban modificarla, en tanto los artistas hacían trayectos hacia su interior y solo los grandes cruzaban sus vidas con los acontecimientos del exterior. Entendíamos a los borrachos como seres valientes que preferían autodestruirse antes de convertirse en unos burgueses instalados en la vulgaridad de la rutina de la vida cotidiana y familiar. Luis Valle Goicochea, Martín Adán y Juan Gonzalo Rose son tres poetas cumbres de la transgresión alcohólica y Sérvulo Gutiérrez es nuestro pintor borracho más querido y admirado. Los tiempos han cambiado mucho y la imagen vigorosa de alcohólicos famosos como William Faulkner o Ernest Hemingway ha cedido su lugar a novelistas de estirpe obsesiva como son Haruki Murakami, Mario Vargas Llosa y Orhan Pamuk. Cuando Pamuk se refiere a la escritura piensa “en alguien encerrado en una habitación y sentado a una mesa que se vuelve a sí mismo a solas y gracias a eso forja con palabras un nuevo mundo”. Todos los grandes escritores alcohólicos han sido reconocidos como tales en la medida de ser grandes escritores, incluyendo a Truman Capote, que pasó sus últimos años pergeñando una novela, pero que antes, en la investigación y redacción de “A sangre fría”, sudó tinta en cada página. A los jóvenes de hoy no les gustan los viejos borrachos: detestan a un papá borracho, sobre todo si se le desliza la baba por la comisura de los labios. Yo pienso en Martín Adán, sin embargo, sucio, desaliñado, lejos de casa, sin familia, merodeando por la plaza San Francisco, y lo idealizo al recrear en él una mirada clara en un rostro iluminado. Otros lo entienden como un ciudadano extraviado y sin modales, derrotado, fracasado, devastado. ¿Pero cómo es posible que Martín Adán, me digo, haya sacado fuerzas para escribir en medio del delirio, la bebida y la locura? ¿Era la bebida una transgresión frente a la Lima conservadora de entonces? ¿O se trataba simplemente de un alcohólico consuetudinario? Las palabras han sido domesticadas y si bien antes una cosa era ser borracho y otra alcohólico, anciano y otra viejo, hoy se habla del “colaborador”, del “adulto mayor” y del “emergente” en lugar del trabajador. El viejo o el rebelde. La lógica tiene un aire empresarial y ha invadido diversos registros: los informales, los ‘yuppies’, pero incluye a los narcos e incluso a los terroristas y hasta a los artistas, obligados a vivir abstemios y a tomar solo una copa de vino como cortesía.

D

“A los jóvenes de hoy no les gustan los viejos borrachos: detestan a un papá borracho...”.

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